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El álbum negro

Hanif Kureishi

Shahid, como el Karim de El buda de los suburbios, es «casi un inglés», está en el paso de la adolescencia a la edad adulta y, como cualquier chico listo de su edad, quiere cambiar la aburrida vida de provincias por la excitación de la gran metrópoli, donde todo puede suceder. Aprovechando que va a comenzar la universidad, abandona Kent y la protección de su rica familia, y se marcha a estudiar a Londres. Pero desde los setenta y el punk de Karim el mundo ha cambiado: ahora estamos en 1989, ha caído el muro de Berlín, la señora Thatcher ha dejado su profunda huella en Inglaterra, y Salman Rushdie ha sido condenado a muerte. Shahid, desgarrado entre su educación inglesa y sus raíces pakistaníes, será captado por un grupo integrista musulmán, pero también se fascinará con Deedee Osgood, una carismática y desinhibida profesora que les ilustra sobre Toni Morrison y Alice Walker pero también sobre Prince, el ídolo de Shahid. Y atrapado entre un deleitoso liberalismo ilustrado y un fundamentalismo exaltante, tendrá que encontrar su propio camino en la vida y en el laberinto de las ideologías y los goces de la contemporaneidad. «Los diálogos estallan de ironía, furia e inteligencia, y hay un notable vigor, calidez y generosidad en la construcción de los personajes, aun en los más desagradables. Es también una espléndida novela de ideas» (Jonathan Coe, Mail on Sunday). «Kureishi, al igual que Tarantino en el cine, es el novelista contemporáneo por excelencia» (lan Sansom, Sunday Telegraph). «Una visión exuberante, llena de ruido y aventura, del Londres actual… Hanif Kureishi tiene el don de confrontar las injusticias de la sociedad británica sin convertirse en un predicador, o caer en la mera farsa» (Laura Cumming, Sunday Times). «La prosa de Kureishi es rápida y vigorosa, pero gran parte del mérito de esta notable novela radica en el dickensiano y muy seductor entramado de personajes e historias» (Andy Beckett, The Independent). «Un escritor incapaz de crear personajes esquemáticos, de caer en el lugar común. Si a eso se le añade su original visión sobre la vida de la Inglaterra posimperial, y su instinto para la cultura y el lenguaje popular, se ve muy bien por qué ha sido aclamado como "uno de los grandes talentos de los últimos veinticinco años". Entre el apocalipsis y la orgía, la literatura de Kureishi conserva todo su sabor salvaje» (Boyd Tonkin, The Observer).

Hanif Kureishi

El álbum negro

Traducción de Benito Gómez Ibáñez

Título de la edición original: The Black Album

A Sachin y Carlo

1

Una noche, cuando Shahid Hasan salía del retrete común, volviendo a asegurar la puerta con una lazada y abrochándose en el pasillo a la pálida luz de una bombilla, se abrió la puerta de la habitación vecina a la suya y apareció un individuo con una cartera. De corta estatura, llevaba una camisa con el cuello abierto, zapatos marrones y uno de esos trajes de tono incierto, entre pajizo y descolorido.

Shahid se sorprendió. La Facultad le había asignado una habitación en una residencia junto a un restaurante chino en Kilburn, al noroeste de Londres. Las numerosas habitaciones del edificio de seis pisos estaban llenas de africanos, irlandeses, paquistaníes y algunos estudiantes ingleses. Los diversos inquilinos escuchaban música, fumaban droga e infestaban los sórdidos pasillos de olor a lociones baratas para después del afeitado y a cocido de cabra, efluvios que, entre otros, hacían que el papel de las paredes se combara como antiguos pergaminos. A todas horas, pero sobre todo de noche, los inquilinos discutían en diversas lenguas, castigaban a sus perros, ensalzaban a sus pájaros y practicaban con la trompeta. Pero hasta aquel momento Shahid no había oído el más leve rumor en la habitación de al lado. Al creer que no estaba alquilada, temía no haberse inhibido a la hora de hacer ciertos ruidos de los que ahora se avergonzaba.

La bombilla se apagó: cada tramo de escaleras se iluminaba mediante un interruptor automático cuidadosamente calculado para apagarse antes de que uno llegara a su destino, por mucha prisa que se diese. En la penumbra, el desconocido parpadeó en dirección a Shahid y pareció cortarle el paso. Shahid estaba a punto de disculparse cuando su vecino dijo algo en urdu. Shahid contestó y el desconocido, como confirmando una sospecha, avanzó otro paso, le tendió la mano y se presentó. Se llamaba Riaz Al-Hussain.

La primera impresión de Shahid fue que Riaz andaría por los cuarenta y tantos años, pero cuando aquel individuo cetrino y medio calvo habló, vio que como mucho sólo era diez años mayor que él. Tenía un aire remilgado y ojos menudos, de ratón de biblioteca.

Pero seguramente aquel aspecto amable era engañoso. Su vecino tenía algo intimidante, pues mientras intercambiaban palabras corteses y descubrían que ambos estudiaban en la misma Facultad, observaba a Shahid fijamente, como traspasándole con la mirada, haciendo que se sintiera halagado por el interés que le mostraban y a la vez un tanto tenso y vulnerable.

Riaz tomó una decisión.

– Vámonos.

– ¿Adónde?

Cogió del brazo a Shahid.

– Vamos.

De buen grado, aunque por motivos que desconocía, Shahid se dejó llevar por los dos tramos de escaleras y entre las bicicletas y los montones de correo sin dueño del vestíbulo. Al salir a la calle, Riaz se volvió hacia él husmeando el aire y le indicó, amablemente, que fuese a buscar una chaqueta y una bufanda, si tenía. Parecía que iban a emprender un viaje.

Cuando Shahid se hubo abrigado y echaron a andar, Riaz se dirigió a él como si hiciera mucho que no sentía tanta comprensión ni simpatía por una persona.

– ¿Has comido? Cuando me pongo a pensar o a escribir pasan horas sin que me acuerde de comer y de pronto me entra un apetito voraz. ¿Te ocurre lo mismo a ti?

Shahid, que en las dos semanas de curso apenas había tenido ocasión de dedicar ni recibir una sonrisa amistosa, se sintió efusivo.

– Hace días que se me hace la boca agua pensando en una buena comida india, pero no sé adónde ir.

– Es lógico que eches de menos la comida india. Eres compatriota mío.

– Pues… no exactamente.

– Claro que lo eres. Me he estado fijando en ti.

– ¿Ah, sí? ¿Y qué estaba haciendo?

En vez de contestar, Riaz apretó el paso y siguió en línea recta. Shahid tenía que bajar y subir de la acera para mantenerse a su altura y evitar tropiezos con los irlandeses congregados a la puerta de los pubs. Aquella calle le empezaba a resultar familiar; hasta el momento, la mayoría de sus conocimientos de Londres se centraban en ella. Durante el día era famosa por las tiendas de segunda mano y la sucesión de muebles desvencijados. Los miserables propietarios se sentaban en butacas a la puerta, frente a mesas húmedas y cuarteadas, leyendo periódicos de hípica bajo lámparas de los años cuarenta con pantallas de borlas; sucios colchones con charcos en las fundas de plástico se amontonaban a su alrededor, como sacos terreros.

A Riaz parecía no interesarle la vida que le rodeaba. Shahid se preguntó si trataba de resolver algún problema filosófico o si se apresuraba a una cita y, quizá, sólo necesitaba su compañía para el camino.

Antes de que Shahid se trasladase a la ciudad, cuando en la campiña de Kent soñaba con la variopinta y turbulenta vida de Londres, su hermano Chili le había prestado Malas calles y Taxi Driver para que fuera haciéndose una idea. Pero eran películas extraordinarias, que no lo habían preparado para una pobreza tan trivial. El primer día había visto a una indigente con sandalias de plástico que cruzaba la calle tirando de tres niños y que, una vez en la otra acera, se quitó el calzado y les sacudió con él en los brazos.

Se preguntó, además, si acababan de cerrar algún manicomio en la vecindad, pues día y noche había en High Road docenas de exhibicionistas, charlatanes y locos gritando sin parar. Un hombre con el cráneo rasurado se pasaba el día en un portal con los puños apretados y murmurando entre dientes. Jóvenes vagabundos -Shahid supuso al principio que eran estudiantes- empuñaban latas de cerveza como granadas de mano; después los veía tirados en las puertas con fluidos rezumando de sus cuerpos, como si los perros se les hubiesen meado encima. Una chica se pasaba el día recogiendo leña de obras y contenedores.

De todos modos, los diversos olores a comida india, china, italiana y griega que salían por las puertas abiertas continuaban alegrando a Shahid como la primera vez que pasó frente ellas, lleno de optimismo y expectación, cargando con las maletas. Entre los restaurantes, sin embargo, había muchas tiendas cerradas y aseguradas con tablas; o convertidas en centros de beneficencia. Shahid creía que los londinenses eran especialmente generosos hasta que su casero paquistaní le explicó, riendo, que aquellos centros habían surgido de la quiebra, no de la caridad.

– Desde luego, eres muy trabajador -dijo al cabo Riaz, sin mirar a Shahid-. Todos los que hemos venido aquí lo somos. Pero además tú te dedicas a algo serio.

– ¿Ah, sí?

– No me cabe duda de tu formalidad.

Shahid no se sintió inclinado a discutir el discernimiento de Riaz. Lo que le sorprendía era el carácter íntimo de la observación. Quizá había estado últimamente con demasiados ingleses, poco expresivos.

– Sí, he decidido trabajar mucho en la Facultad, porque…

– Este restaurante es excelente. La comida es sencilla. Aquí viene a comer gente corriente.

– Lo recordaré -aseguró Shahid. -Desde luego.

Situado entre una tienda caribeña de disfraces y un restaurante rumano -filas de mesas sin adornos y sillas blancas tras unas sucias cortinas de red- había un bar indio adónde Sahib siguió a su nuevo compañero.

– Te sentirás como en casa.

¿Cómo sabía Riaz que iba a sentirse cómodo en un local con cinco mesas de fórmica y asientos rojos clavados al suelo, todo tan brillantemente iluminado con blancas luces de neón como la celda de una comisaría?

La comida estaba en cazuelas rectangulares de acero bajo un mostrador de cristal, y en cada una había un letrero que indicaba si era oberjean o korjet. La comida se calentaba en dos microondas colocados en un estante. En la pared había una bandeja de cobre con inscripciones de versos coránicos. Un niño, a quien Shahid supuso hijo del dueño, estaba sentado a una mesa haciendo los deberes.

Quizá Riaz temiese haber sido un poco brusco con su nuevo amigo, pues mientras Shahid examinaba los platos le dijo en tono más suave:

– Aunque hayas comido ya, quizá quieras sentarte conmigo. ¿O te resulta demasiada molestia acompañarme?

– No, en absoluto.

– Mira, no me refería simplemente a tus estudios. Estás buscando algo, ¿verdad?

– No estoy seguro -contestó Shahid en tono meditativo-. Pero quizá tengas razón.

Shahid se sentó mientras Riaz se dirigía al mostrador para pedir la comida al dueño, que tenía los dientes enrojecidos de mascar betel. Con un cazo sirvió la comida en platos de plástico y los metió en el microondas. Shahid oyó a Riaz que preguntaba al dueño por su otro hijo, Farhat.

Luego, el de los dientes color de sangre interrumpió la tarea de su hijo pequeño para que sirviese a los clientes.

– ¿Dónde está tu hermano? -le preguntó Riaz en un murmullo, sentándose.

El niño miró hacia su padre, como para asegurarse de que no estaba escuchando.

– Hat estudiando. Arriba. No permitido salir esta noche. Papi muy enfadado.

Riaz asintió con un leve movimiento de cabeza.

– Dile que le veré mañana.

– Vale.

Tras aquel extraño asunto, Riaz y Shahid, quemándose los dedos, partieron los calientes chapattis y los pringaron en dhal y en cremosa keema.Cuando Shahid alzó la cabeza y vio a Riaz comer de aquel modo -rara vez había visto comer a alguien tan deprisa, como si aprovisionara una máquina-, pensó que había tenido un golpe de suerte. Hasta aquel momento, a la espera de que empezase realmente la vida en la Facultad -tenía afán por vencer dificultades, intelectuales y de cualquier otra índole-, lo único que había hecho era leer, escribir, asistir a clase y dar vueltas por ahí. Iba al cine o conseguía entradas baratas para el teatro, y una noche fue a un mitín de los socialistas. Se dirigía a Piccadilly y se sentaba media hora en los escalones de la estatua de Eros, con la esperanza de conocer a alguna chica; vagaba por Leicester Square y Covent Garden; una vez entró en un bar «erótico» donde una mujer se sentó a su lado y un hombre intentó cobrarle cien libras por una botella de agua mineral con gas, dándole un puñetazo al salir. Nunca se había sentido tan invisible; en cierto modo, aquél no era el «verdadero» Londres.

– ¿Sabías -preguntó Riaz con la boca llena- que el chile se descubrió en Sudamérica? Viene de una palabra azteca que no pasó a la India hasta la Edad Media.

– No tenía ni idea. Pero a mi hermano le llamamos Chili. Le va bien.

– ¿En qué sentido?

– Simplemente le va bien. Dime qué estás estudiando, Riaz.

– Derecho. Durante mucho tiempo he prestado asesoría general y jurídica a la gente pobre y sin cultura de mi barrio que venía a verme. En mi condición de aficionado al tema, hacía lo que podía para ayudarla. Ahora empiezo a estudiarlo en serio.

– ¿Y de dónde eres?

– De Lahore. Originariamente.

– Ese «originariamente» es muy importante -observó Shahid.

– Lo más importante de todo. Lo has comprendido, ¿eh? A los catorce años me trajeron a este país.

Shahid supo que Riaz había vivido y trabajado «con la gente», «enseñándole sus derechos», en una comunidad musulmana cerca de Leeds. Su acento, desde luego, tenía rasgos de ambos sitios, lo que explicaba por qué parecía una mezcla de J. B. Priestley y Zia Al Haq. Pero su inglés era preciso, de expresión formal; Shahid sentía la puntuación tendida en el aire como una red. Se acordó de un tío suyo, periodista en Pakistán (encarcelado una vez por Zia por escribir contra su política de islamización), que solía decir que los únicos que hablaban buen inglés eran los habitantes del subcontinente indio. «Ellos nos dieron la lengua, pero sólo nosotros sabemos utilizarla.»

Pero a ese tío, en cuya casa pasaban el invierno Chili y él, tumbados en hamacas bajo los mangos del jardín y discutiendo sobre las fiestas a que debían asistir, le gustaba entretener a sus sobrinos con sus satíricos puntos de vista. Decía que los paquistaníes que vivían en Inglaterra tenían que hacerlo todo, ganar las competiciones deportivas, presentar las noticias, dirigir tiendas y negocios, además de follarse a las mujeres. «¡Vuestro país ha acabado en manos de los hindúes!» A eso le llamaba «la carga del hombre cobrizo». [1]

Chili, hermano mayor de Shahid, había adoptado esa idea a los diecinueve años, antes de casarse con la fascinante Zulma y de que el vídeo de su boda, más largo que El padrino (las tres partes), se convirtiera en visión obligada en todo Karachi y hasta en Peshawar. Al entrar contoneándose en la cocina para desayunar después de haber hecho otra conquista, afirmaba:

– ¡Aquí tenemos que hacerlo todo nosotros, yaar! ¡Es nuestra carga…, pero yo puedo llevarla!

Shahid decidió no decir nada sobre su vida privada. Pero Riaz tampoco contaba mucho sobre sí mismo y Shahid se preguntó si no pretendía hacerle alguna proposición concreta. Sospechaba que iba a pedirle un favor. Pero desechó sus recelos; estaba resuelto a no ser una persona cerrada.

Momentos después, Shahid explicaba a Riaz que sus padres y su hermano tenían una agencia de viajes. Veinticinco años antes, la madre de Shahid había sido secretaria y su padre empleado en una pequeña agencia. Ahora, aunque su padre había muerto recientemente, la familia tenía dos oficinas en Kent, en Sevenoaks.

Riaz escuchaba.

– ¿Y se perdieron al llegar aquí? -preguntó.

– ¿Que si se perdieron?

– Eso he preguntado.

Era una pregunta extraña. Pero ¿no era por eso, después de todo, por lo que había venido a la universidad, para distanciarse de su familia y pensar al mismo tiempo sobre su vida y el motivo que les había traído a Inglaterra?

– Quizá estés en lo cierto. A lo mejor eso es lo que pasó. El trabajo de mi familia siempre ha consistido en trasladar a otros de una parte a otra del mundo. Ellos nunca iban a ningún sitio, aparte de a Karachi una vez al año. No sabían hacer otra cosa más que trabajar. Mi hermano Chili mantiene… una actitud más desahogada. Pero, claro, es de otra generación.

– ¿Es uno de esos disolutos?

– ¿Disoluto? -Shahid se rio de tan sugestiva palabra-. ¿Qué derecho tienes a decir eso?

Por un momento, fulguró la pasión bajo la fría insistencia de Riaz, quien dio una palmada en la mesa.

– ¿Qué derecho?

– Sí -inquirió Shahid.

– Lo que estoy sugiriendo es: ¿qué tiene realmente esa gente, nuestra gente, en la vida?

– Seguridad y empeño, al menos.

– Entonces es que están perdidos.

– ¿Cómo?

– No hay duda, si eso es todo lo que tienen. ¡Es lógico!

Shahid se miró los dedos, que la comida había teñido del color de la nicotina. Riaz intentaba provocarle. Lamentaba haber sido tan abierto. Pero también estaba disfrutando de la conversación. Sólo añadiría una cosa.

– Desde luego que han perdido algo -admitió-. No les gusta el arte, por ejemplo. Y al mismo tiempo desdeñan su propio trabajo y se burlan de sus clientes por ir a quemarse los feos cuerpos en playas extranjeras y frecuentar los bares de karaoke.

– ¡Sí, tienen razón, precisamente! A ningún paquistaní se le ocurriría hacer el ridículo de esa manera en la playa…, todavía no. Pero pronto, nos pasearemos por ahí con esos biquinis, ¿no crees?

– Eso es lo que mi madre y Chili están esperando. Que los asiáticos empiecen a participar en viajes organizados.

– Disculpa si te hago una pregunta, sé que no te importa, pero veo que tu familia posee cierta distinción.

– Para mí la tiene, sí.

– ¿Por qué han permitido entonces que vayas a una universidad tan desastrosa?

Con su aire tímido y sin la jactancia que daba el whisky a los tíos de Shahid, por ejemplo, Riaz resultaba cortés. Pero, al mismo tiempo, Shahid se preguntaba si no le estaba forzando un poco, como tratando de averiguar algo para otros fines. Aunque ¿cuáles podrían ser? ¿Quién era aquel individuo que hacía tales preguntas?

– A causa de una mujer que se llama Deedee Osgood. ¿La conoces?

– Ah, sí. Tiene fama en la Facultad.

– Merecida. Y porque no saqué buenas notas en el instituto.

– ¿Tú? -dijo Riaz en tono de preocupación-. ¿Por qué?

– Entonces tenía yo otras cosas en la cabeza, ¿comprendes? Mi novia estaba embarazada. Debió… humm… tuvo que…

– ¿Qué?

– Un aborto tardío. Fue un asunto mezquino.

Temía que Riaz se formara una mala opinión de él, probablemente porque él mismo se avergonzaba; y porque, al final, había huido. Riaz, en efecto, suspiró. Shahid prosiguió:

– Después de eso, mis padres me obligaron a trabajar con ellos.

– ¿Y tú los respetabas?

– No tanto como debía. Porque en vez de mandar gente a Ibiza, me quedaba sentado en la oficina leyendo a Malcolm X, Maya Angelou y Souls of Black Folk. Leí cosas sobre el Motín, la Partición y Mountbatten. Y una mañana, en la cama, empecé Los hijos de la medianoche. ¿La has leído?

– La encontré acertada con respecto a Bombay. Pero esta vez ha ido demasiado lejos.

– ¿Sí? El primer libro me pareció difícil al principio. Tiene un ritmo que no es occidental. Desbordante. Luego vi al autor por televisión, atacando el racismo, informando a la gente de cómo surgió todo. Me dieron ganas de aplaudir, te lo aseguro. Pero después me sentí peor, porque acabé dándome cuenta de algo. Empezaron a ocurrírseme cosas tremendas. Ésa es la verdad, Riaz…

– ¡Qué menos!

– Sí. -El corazón de Shahid empezó a latir deprisa-. Creí que iba a volverme loco.

– ¿En qué sentido?

– Riaz, yo…

En aquel momento un hombre irrumpió a tal velocidad en el restaurante que Shahid se preguntó si no se precipitaría hacia la puerta trasera perseguido por la policía. Sin embargo fue capaz de pararse en seco, y quedarse cimbreando a su lado. Antes de que abriera la boca, Riaz le impuso silencio alzando autoritariamente el índice. El hombre obedeció en el acto y se sentó, temblando.

– Continúa -dijo Riaz, mirando a Shahid.

– Empecé a sentirme…

– ¿Sí, sí?

– … más extraño que de costumbre, en aquella parte del país. Con frecuencia me trataban mal, sin consideración, ¿sabes? Eso me hizo tremendamente sensible. Pensaba que me faltaba algo.

La atención de Shahid se dividía ahora torpemente entre el desconocido que tenía al lado, a quien apenas había tenido tiempo de observar y que escuchaba los detalles más íntimos de su vida, y el hombre de enfrente, que estaba resuelto a enterarse de todo.

– Adondequiera que iba, era la única persona de piel oscura. ¿Cómo me veían los otros? No me atrevía a ir a ciertos sitios. No sabía lo que pensaban. Tenía la seguridad de que estaban llenos de desprecio, asco y odio. Y si se mostraban amables, pensaba que eran unos hipócritas. Me volví paranoico. No salía. Era consciente de que estaba confuso y… jodido. No sabía qué hacer.

Shahid se volvió hacia el recién llegado, que escuchaba con atención, moviendo la cabeza y los dedos como al compás.

– Escucho el lamento de cada repliegue de tu alma -dijo el desconocido-. Llámame Chad.

– Shahid.

– Es mi vecino -explicó Riaz a Chad.

Se estrecharon la mano. Chad era de los que llenan una habitación: un individuo voluminoso, de cara ancha, con aspecto de adolescente que trata de ser adulto. Parecía reventar de apetito.

– Hay algo mucho peor. -Shahid tenía la boca seca y le temblaban las manos. Intentó levantar el vaso, pero vertió agua en la mesa-. No creo que pueda hablar de ello. Pero quizá debería.

– Debes hacerlo -le instó Riaz.

– Sí -coreó Chad.

Se inclinaron hacia él, haciendo caso omiso del agua que les empapaba las mangas.

– Quise ser racista.

La seriedad de Chad cobró aspectos más graves. Con una mirada a Riaz, se levantó y se dirigió al mostrador a buscar su comida. Shahid esperó a que volviera. Riaz parecía canturrear para sus adentros.

Shahid estaba temblando.

– Tenía la cabeza llena de fantasías de matar negros.

– ¿De qué estamos hablando ahora? -preguntó Chad.

– ¿De qué? De ir por ahí maltratando paquistaníes, negros, chinos, irlandeses, toda la canalla extranjera. En cuanto los veía les insultaba en voz baja. Me daban ganas de darles una patada en el culo. La idea de acostarme con una asiática me ponía enfermo. Estoy siendo muy franco con vosotros…

– Abre tu corazón -murmuró Chad, sin probar la comida.

– Ni cuando venían a mí soportaba tocarlas. Pensaba, ya sabéis, que las asiáticas pretenden casarse en cuanto las tocan. No tocaría carne cobriza a no ser con un hierro de marcar. Odiaba a todos los hijoputas extranjeros.

– ¿Cómo hemos llegado a eso? -exclamó Riaz en voz baja.

– Me decía… ¿por qué no puedo ser racista como todo el mundo? ¿Por qué tengo que perderme ese privilegio? ¿Por qué sólo yo tengo que ser bueno? ¿Por qué no puedo andar fanfarroneando por ahí, molestando a los individuos inferiores? Empecé a volverme como ellos. Me estaba convirtiendo en un monstruo.

– Tú no querías ser racista -aseveró Chad-. Te lo digo desde ahora mismo, categóricamente. Y te comunico que eso ya está solucionado.

Chad miró a Riaz que, con una compasiva inclinación de cabeza, confirmó que efectivamente ya estaba todo arreglado.

– No te lo tomes demasiado personalmente -prosiguió Chad, señalándose a sí misino e incluyendo con el gesto á Riaz-. Porque nosotros sabemos de eso. Y no te consideramos racista para nada.

– Soy racista.

Chad dio una palmada en la mesa.

– ¡Ya te he dicho que sólo eres un instrumento!

– Quise afiliarme al Partido Nacional Británico.

– ¿Sí?

– Habría rellenado los formularios, si es que los tienen. -Shahid se volvió hacia Riaz-: ¿Cómo se solicita entrar en una de esas organizaciones?

– ¿Cómo sabría nuestro hermano una cosa así?

Chad estaba perdiendo la calma. Se remitió a Riaz, que se puso a buscar algo en la cartera: había dado la aprobación definitiva con una inclinación de cabeza.

– Escucha -prosiguió Chad con tensa paciencia-. Éste ha sido el siglo racista más largo y cruel de toda la historia. ¿Cómo no recibir sus vibraciones de una forma distorsionada? Todos los blancos tienen algo de Hitler: eso es lo que te han transmitido. Lo único que han hecho nunca por nosotros.

– ¡Sólo se salvan los que se purifican! -sentenció Riaz.

Se levantó y se dirigió a la puerta.

– Nuestro hermano necesita aire fresco -dijo Chad-. Vaya, todos lo necesitamos.

Chad y Shahid siguieron a Riaz de vuelta a la residencia. Shahid estaba confuso, inquieto por si había molestado a sus nuevos compañeros hasta el punto de que rechazaran su amistad. Chad le caía simpático. La risa le brotaba por todo el cuerpo, hombros, vientre, pecho, y las manos se le agitaban como ventiladores, como si le pusieran en marcha un motor en el estómago. Chad había emprendido, sin embargo, la ardua tarea de vigilar aquel exceso de risa: parecía avergonzado de hallar tantos motivos de alegría.

Frente a la puerta de Riaz, Shahid estrechó temerosamente la mano de su vecino y, con cierta deferencia implícita, le dijo:

– Me alegro de haberte conocido esta tarde.

– Gracias -repuso Riaz-. Yo también he aprendido cosas.

– Adiós.

– Nada de despedidas.

– ¿Cómo?

– Nos alegramos de tenerte con nosotros.

Y Riaz sonrió a Shahid como si hubiera pasado una especie de prueba.

2

Momentos después, cuando Shahid abrió la puerta de su habitación, encontró a Chad a su espalda, dispuesto a entrar.

– Pasa -dijo Shahid, sin necesidad.

Chad cerró la puerta al entrar y, acercándose a Shahid, le preguntó en voz baja:

– ¿Qué tal está?

– Bien -contestó Shahid, comprendiendo que Chad se refería a su vecino y preguntándose si el pobre Riaz quizá tuviese alguna enfermedad. Desde luego no parecía tener una salud de hierro-. ¿Quieres beber algo?

– Tomaré agua, después. Francamente, tienes mucha suerte de vivir a su lado, ¿y dices que está bien, según tú?

– ¿Por qué no había de estarlo?

Chad escrutó el rostro de Shahid, como pensando que Riaz le había hecho partícipe de sus secretos.

– Bueno, bueno -dijo con alivio-. Estos últimos días me he mantenido aparte porque tiene que acabar un proyecto muy especial para él. Sé que pronto me dejará echarle el primer vistazo…, está a punto de concluirlo. Pero ¿no trabaja demasiado?

– Le dedica todo el tiempo -afirmó Shahid, en tono seguro.

– Hay mucho que hacer.

– Desde luego. -Animado, Shahid se atrevió a formular una pregunta-: ¿Sabes exactamente en qué está trabajando?

– ¿Cómo?

– Quiero decir… ¿es algo específico, aparte de lo normal?

– Pero si no habla de eso, Shahid.

– Ya sé, ya sé. Pero…

– Sí, es algo especial. Además de lo habitual: cartas a diputados, al Ministerio del Interior y a las autoridades de inmigración. Artículos de prensa. También intenta sacar dinero a ciertas empresas para fundar un periódico. Y se trae algo entre manos con los iraníes. No le gusta hablar de eso. Supongo que ya lo sabes. De todos modos…

Shahid notó la tristeza en la mirada de Chad, como si en todo aquello hubiese algo que le doliera profundamente.

– Lo que dijiste en el restaurante… me llegó directamente al corazón. -Entrechocaron los puños-. Hiciste bien en decirlo. El hombre que habla es como un león. Tú eres un león. -Chad abrió la puerta-. Vamos.

– ¿Adónde?

– Ven.

Shahid siguió a Chad igual que antes había seguido a Riaz.

Con una señal convenida, Chad llamó a la habitación que Shahid había creído vacante. A una palabra del interior, entraron.

Riaz estaba sentado de espaldas a la puerta, trabajando a la luz de una lámpara frente a un escritorio rebosante, de cara a la sala de bingo de la otra acera.

Chad se llevó el dedo a los labios.

– Chss…

A Shahid le gustó ver así a Riaz: unía la erudición, el estudio y la sed de conocimiento con la bondad.

La habitación era más grande que la suya, con el mismo papel combado. Pero estaba infinitamente más llena, de libros, papeles, carpetas y cartas. Todo amontonado en el suelo o rebosando de archivadores y como pegados en la repisa de la ventana, quizá con pringue de chutney o de encurtidos. Shahid estaba seguro de que algunas de las carpetas de aspecto quebradizo estaban hechas de nan o chapattis secos, contenían rancios poppadams y las habían atado con telas de araña.

En el piso de arriba estaba sonando un disco de Donna Summer y se oían gemidos masculinos. Shahid estuvo a punto de soltar una risita, pero intuyó rápidamente que ninguno de sus nuevos amigos le vería la gracia. Se preguntó si Riaz sabría que en la residencia, además de los inquilinos corrientes, había varios homosexuales. Encima de Shahid vivía un marica aficionado a las anfetaminas que no cesaba de limpiar los pasillos.

– Se podría comer en este suelo -decía cuando pasaba alguien.

A espaldas de Riaz, Chad empezó a llevar papeles de un inestable montón a otro. Miraba los lomos de los volúmenes descuadernados, los quitaba de una silla y los ponía en el suelo, en el sitio menos adecuado, donde tropezaba al retroceder de puntillas. Cuando Chad le puso un montón de papeles en los brazos, Shahid, interpretando el sentido de la maniobra, fue a colocarlos en la repisa de la ventana, pero tratando de no respirar sobre ellos.

Se derrumbó un estante, desparramando por el suelo un montón de libros en árabe; Chad recogió de debajo de ellos un estropajo, varias camisas, un par de calzoncillos y numerosos calcetines marrones. Los mantuvo un momento en alto, como pensando si la fotocopiadora sería el sitio más adecuado para la ropa sucia. Pero se la pasó a Shahid. Luego mantuvo abierta una bolsa de plástico mientras Shahid la metía en ella.

– Habría que llevarlo a la lavandería.

– Falta hace -convino Shahid, oliendo.

Chad lo miró con aire inquisitivo.

– La lavandería está abierta toda la noche -recordó.

– Qué gran ciudad es ésta.

– Con muchas tentaciones para los jóvenes.

– ¡Ah, sí! -exclamó Shahid-. Gracias a Dios.

– Pero la lavandería es útil.

– Mucho.

Por la mirada de Chad, Shahid comprendió que esperaba que fuese él a la lavandería a lavar la ropa de Riaz. ¡Era injurioso!

A punto de negarse, vaciló. ¿No sería grosero? ¿No andaba buscando compañeros asiáticos interesantes? ¿Por qué mostrarse orgulloso cuando las cosas empezaban a mejorar? ¿Quería pasarse solo todas las tardes?

Al salir de la habitación, vio que Chad sonreía disimuladamente. Hasta él soltó una risita mientras caminaba airosamente por la calle con la bolsa al hombro.

Era tarde y la lavandería estaba desierta. Metió aquel hedor en la máquina, introdujo unas monedas en la plateada ranura, apretó el botón y salió.

Se desvió de la calle principal y se dirigió hacia una urbanización amplia y oscura. Estimulado por el alivio de la confesión hecha en el restaurante, caminaba deprisa, sin importarle dónde estuviera. Se encontró bajando un tramo de escaleras y subiendo por la zona del aparcamiento subterráneo, sin coches, sólo con basura a medio quemar. Era un sitio asqueroso, y fácilmente podría aparecer por allí algún gamberro con una navaja. Pero él no era aprensivo. Prefería las espectrales sombras de la ciudad al tenue sol de la campiña.

Extendió la chaqueta y se sentó bajo una luz turbia. Anotaba todas sus impresiones, como si el hecho de llevar un registro de las cosas pudiera contener los excesos de la realidad, sirviéndole de talismán.

Papá había caído enfermo. Al fin, nueve meses antes, había fallecido de un ataque al corazón. Sin él la familia pareció desmembrarse. Shahid abandonó a su novia de mala manera. Zulma y Chili se peleaban. Su madre era desgraciada y no tenía ánimos. Había sido una época muy mala. Había querido empezar de nuevo, con caras nuevas, en otro sitio. La ciudad le ofrecería eso; no se sentiría excluido; debía haber algo en lo que él pudiera encajar.

Guardó la pluma y volvió a la lavandería. La ropa no estaba; hasta la bolsa había desaparecido. Se precipitó hacia las otras máquinas, pero ninguna reveló las descoloridas prendas de Riaz. Salió rápidamente a la calle pero no vio correr a nadie, ningún sospechoso.

Sólo había cristales rotos bajo sus pies y un chico negro que iba en bicicleta por la acera aplastándolos y triturándolos en dirección a una hamburguesería; un hombre con la cabeza inclinada sobre un cubo de basura se embutía medio pastel en la boca y una mujer, asomada a una ventana, gritaba: «¡Lárgate, gilipollas, o te espabilo!» Dos personas estaban tendidas en un portal azotado por la lluvia, bajo un montón de cartones y periódicos; botellas de sidra vacías se erguían como bolos junto a sus cabezas. Las calles, con sus hamburgueserías y puestos de kebab desiertos, se burlaban de él, como hacían, según comprendió, de todo aquel que no hallaba escapatoria.

Dio patadas y puñetazos a la máquina, pero estaba construida a prueba de golpes. Salió al frío y pateó las calles, temeroso de volver a la habitación de Riaz. No le apetecía nada describir esa zona de ladrones, cabrones redomados y despojos humanos.

Riaz estaba en la misma postura e igual de concentrado, pese a que Chad le estaba limpiando los tinteros con un plumero. Era una escena silenciosa, de serenidad nocturna. ¿Le permitirían volver a entrar allí? Shahid quería dar explicaciones, pero tuvo que esperar a que Chad se apartara de Riaz.

– Es horrible, Chad, pero ha sido culpa mía. He… humm… he… perdido la ropa.

– ¿Cómo?

– La ropa que me diste para lavar, ¿sabes?

– ¿La ropa de Riaz?

– Me la han robado.

Chad miró a Riaz, pero éste no dejaba de escribir.

– ¿Has perdido la ropa del hermano?

– Me temo que sí.

– No creo que hayas podido hacer eso.

– Escucha, Chad, dime una cosa. Él no está especialmente orgulloso de su ropa, ¿verdad?

– No es orgulloso y punto.

– No, no, no digo eso, es que…

– ¿Qué quieres decir?

Shahid titubeó y reprimió un sollozo.

– Lo siento mucho.

– ¿De qué sirve eso?

– He cometido un grave error.

Llamaron bruscamente a la puerta.

Chad señaló a Riaz con la cabeza.

– ¿No montaste guardia frente a la ropa del hermano?

– No pensé que nadie fuese a robar un montón de…

Chad le lanzó una mirada furibunda y se dirigió a la puerta.

– No lo hice, Chad -prosiguió Shahid-. Quiero aprender, pero estoy perdido en Londres, es gigantesco y todo es anónimo. ¡Hay locos por todas partes, pero la mayoría parecen normales! Chad…, ¿me perdonará?

– Eso ya lo veremos. ¿Me estás pidiendo que te saque del lío?

– ¿Podrás?

– Veré lo que puedo hacer. Pero esto es grave.

– Lo sé, lo sé.

– Espera un momento -le pidió Chad.

En el umbral apareció un hombre de barba negra y el pelo al cepillo con una bolsa verde. Riaz se volvió hacia él con un movimiento de cabeza y el desconocido le saludó desde la puerta, desabrochándose el largo abrigo y revelando un delantal de carnicero manchado de sangre.

– Me pedisteis herramientas -anunció.

– Sí.

Pasó a Chad la bolsa, que emitió un sonido metálico. Chad atisbó su contenido, metió la mano y sacó un cuchillo de carnicero. Tocó la hoja.

– Estupendo. Muchas gracias, Zia. Te lo devolveré… cuando hayamos terminado.

El desconocido asintió, dirigió una inclinación de cabeza a Shahid y se marchó. Chad colocó la bolsa bajo una silla y siguió con su ocupación.

– Así que la tiraste, ¿eh?

– ¡Me la robaron, Chad!

– Ahí fuera reina la inmoralidad -sentenció Chad, tras pensar un momento- El caso es que tenemos que hacer algo antes de que el hermano necesite cambiarse de ropa.

– ¿Cuándo será eso?

– Quién sabe. Dentro de cinco semanas, a lo mejor. O de cinco minutos. Puede levantarse de un salto y querer ponerse esa indumentaria.

Shahid sospechaba que no sería dentro de cinco minutos.

– ¿Qué tienes en tu habitación?

– Una cama, una mesa, unos cuantos discos de Prince y una tonelada de libros.

Chad parecía interesado.

– ¿Has dicho Prince?

– Sí.

– Déjame echar una ojeada.

– ¿Para qué?

– Será mejor que los vea.

– ¿Por qué?

– No hagas tantas preguntas, eso es lo principal si quieres que te salve el pellejo. Y ahora quítate de en medio. ¡Ésta es una emergencia superurgente!

Chad entró a grandes zancadas en la habitación de Shahid y empezó a revolver en la caja de los discos de Prince, que estaba en el suelo. Parecía fascinado, aunque a decir verdad aquello no podía tener nada que ver con el asunto de la ropa de Riaz.

– ¿Qué pasa…, te encanta Prince?

– ¿A mí? -Chad sacudió la cabeza enérgicamente y cerró la caja-. La música pop no es nada buena. Ni para mí, ni para nadie. ¿Por qué me haces pensar en eso ahora?

– ¿Yo te hago pensar en eso?

– En este momento las cosas tienen mal cariz. Bueno. Déjame ver si tienes El álbum negro. [2] No hay mucha gente que lo tenga. -Volvió a mirar con atención en la caja y añadió burlonamente-: Vaya, también tienes el CD pirata. ¿Dónde lo conseguiste?

– En el mercado de Camden.

– Claro. Allí se encuentran buenos piratas.

– ¿Quieres oírlo?

– ¡Ni hablar!

Chad se desinteresó de Prince bruscamente, se irguió y examinó el contenido del cuarto.

En la habitación de su casa Shahid solía coger libros de arte de las estanterías y, mientras se afeitaba o paseaba lamentándose de la vida, los dejaba abiertos para ver cosas de Rembrandt, Picasso o Vermeer y tratar de entenderlas.

Aquí había cubierto grandes superficies del estroboscópico empapelado marrón y amarillo con sus postales preferidas. Había muchos Matisse: solía pensar que Matisse era el único artista del que no podía decirse nada malo. Clavados con chinchetas azules, estaban el retrato de Mary Gunning, de Liotard; el encuentro de Peter Blake en su Playa de Venecia con Hockney y Howard Hodgkin; varios Picasso; la extraña Isabella de Millais; fotografías de Allen Ginsberg, William Burroughs y Jean Genet, Jane Birkin tumbada en la cama y docenas más que había arrancado de su habitación para traerlas a Londres.

– Aquí tienes una tonelada de libros -observó Chad.

– Sí, y en casa tengo muchos más.

– ¿Cómo es eso?

Shahid le explicó que cuando su sarcástico tío volvió a Pakistán, dejó todos los libros en casa de su padre. Shahid se quedó con ensayos de Joad, Laski, Popper y Freud, junto con novelas de Maupassant, Henry Miller y los rusos. Además había ido casi diariamente a la biblioteca; su mayor deleite consistía en leer sin método, interrumpiéndose para escuchar música pop. Iba de un libro a otro como subiendo escalones, tanto por entretenimiento como por miedo de encontrarse a disgusto con gente que supiese más que él.

– En general ahora prefiero novelas y relatos -confesó Shahid-. Suelo tener cinco empezadas a la vez.

– ¿Por qué lees?

– ¿Por qué?

– Sí. ¿Qué sentido tiene?

Chad parecía hostil. No era un interrogatorio objetivo. Aquella oposición le resultaba tan inexplicable que, intrigado, se olvidó de la ropa de Riaz. No creía que nadie le hubiera hecho antes esa pregunta. Y desde luego no la esperaba de Chad. Pero era exactamente para discutir de esos temas -el sentido y la finalidad de la novela, por ejemplo, su lugar en la sociedad- por lo que había ido de tan buena gana a la universidad.

Miró apasionadamente los libros apilados sobre la mesa. Al abrir uno surgirían, como enredados en sus páginas, los érase una vez y ábrete sésamo, las bodas de Swann y Odette o las de Levin y Kitty, y hasta Scheherezade y el Rey Shahriya. Los personajes más fantásticos, Raskolnikov, Joseph K., Boule de Suif, Alí Baba, hechos de tinta pero siempre vivos, estaban atrapados en los dilemas más profundos del ser. ¿Cómo podría contestar a Chad?

– Siempre me han encantado las historias -empezó a decir.

– ¿Cuántos años tienes…, ocho? -le interrumpió Chad-. ¿No hay millones de cosas serias que hacer? -Señaló con el dedo a la ventana-. Ahí fuera… se cometen genocidios. Violación. Opresión. Asesinato. La historia del mundo es… matanza. Y tú lees cuentos como cualquier ancianita.

– Según lo dices, es que como si me inyectara heroína.

– Buena comparación. Bonita.

– Pero ¿es que los escritores no intentan explicar el genocidio y esas cosas? Las novelas son como un retrato de la vida. Ahora estoy leyendo una de Dostoievski, Los poseídos…

– No me convences. ¿Qué me dices de los desposeídos? ¿Eh? Sal ahora mismo a la calle y pregunta a la gente qué es lo último que ha leído. El Sun, quizá, o el Daily Express.

– Exacto. Hay veces que veo a alguien y me dan ganas de cogerle y decirle: ¡Lee este relato de Maupassant o de Faulkner, esto no hay que perdérselo, es una obra humana, mejor que la televisión!

– Es cierto, en Occidente la gente se cree muy civilizada, culta y superior, pero el noventa y nueve por ciento lee cosas con las que uno ni se limpiaría el culo. Y hace tiempo que aprendí algo, Shahid.

– ¿Qué?

– ¡Que en la vida hay algo más que diversión!

– La literatura es más que diversión. -Consciente de la intensidad de su acaloramiento, Shahid trató de contenerse. Cogió un libro, lo hojeó y afirmó con indiferencia-: Los libros no son tan difíciles como parecen.

Chad enrojeció ante su tono condescendiente.

– ¡Sí…, así es como los intelectuales se elevan sobre la gente normal!

– Pero, Chad, desde luego los intelectuales piensan más que la gente normal. Eso debe ser bueno.

La forzada mansedumbre de Shahid pareció empeorar las cosas.

– ¿Bueno? ¿Qué saben los intelectuales sobre lo que es bueno?

A Chad le enardecía la ingenuidad de Shahid. Entonces aparentó que se apaciguaba.

– Tienes mucho que aprender, hermano. Pero no perdamos más tiempo discutiendo fruslerías. Tenemos muchas cosas serias que hacer. Esta noche has cometido un grave error.

– Lo siento mucho, Chad.

– Deja de disculparte antes de que me des pena -repuso Chad, frotándose la frente-. Quizá podamos repararlo.

– ¿Cómo?

Chad se dirigió al aparador, abrió un cajón y sacó unos calzoncillos y unos vaqueros Gap, examinándolos como si pensara comprarlos. Luego, dejándolos sobre la cama, abrió el armario con tal fuerza que la puerta se salió de sus goznes. La arrojó al otro extremo de la habitación como si fuera una caja de cerillas. Tras una breve pero crítica inspección, empezó a meter ropa de Shahid en una bolsa que sacó del fondo del armario, incluidos sus calcetines granates de algodón, una camisa Fred Perry y unas camisetas blancas italianas que habían pertenecido a Chili.

– ¿Qué estás haciendo?

– Son para el hermano Riaz.

– Pero, Chad…

– ¿Y ahora qué?

– ¿Estás seguro de que le sentarán bien?

– ¿Crees que no?

– No creo que le vaya la Fred Perry.

– ¿No?

– Deja que la vuelva a guardar. Y con esa camisa morada parecería un poco afeminado.

– ¿Qué?

– Un marica. Dame.

– No, no -repuso Chad, guardándola-. ¿Qué otro remedio nos queda? ¿Quieres que el hermano se pasee desnudo por la calle y que atrape una neumonía por una estupidez tuya?

– No -se quejó Shahid, tratando de salvar una de las camisetas de Chili antes de que Chad acabara de saquearle el armario-. No pretendo eso.

– Oye, ¿de dónde has sacado esa camisa de Paul Smith?

– De Paul Smith.

– A Riaz le encantará -comentó Chad, llevándose la camisa al pecho-. Lo que mejor le sienta son los colores lisos.

– Ah, bueno.

– Échanos una mano, entonces. Estás con nosotros, ¿verdad?

– Sí -contestó Shahid.

3

A la mañana siguiente, de camino al aula de Deedee Osgood -esperaba sus clases con mayor afán que las demás-, Shahid aplicó la oreja a la puerta de Riaz. Como de costumbre, no oyó el menor ruido. Los extraños acontecimientos de la noche anterior -los desconocidos a quienes había abierto su corazón, la ropa robada y el riesgo de pillar una neumonía por ir desnudo, la visita del carnicero y el cuchillo, la discusión sobre literatura y los calcetines granates- quizá habían sido una alucinación. O, a lo mejor, Riaz había ido a la mezquita.

La Facultad era un incómodo edificio Victoriano, antiguo instituto de enseñanza media, a veinte minutos a pie. Albergaba un sesenta por ciento de negros y asiáticos, con una biblioteca deficiente y sin instalaciones deportivas. Su reputación se basaba menos en el ámbito académico que en las rivalidades de bandas, drogas, robos y violencia política. Se decía que en la cárcel de Wandsworth se celebraban reuniones de alumnos.

En la hora punta de la mañana, mientras pasaba los torniquetes frente a los dos guardias de seguridad que a veces registraban a los estudiantes en busca de armas y entraba a la sombría cafetería del sótano para tomar un café, Shahid se sintió más animado que en todo lo que llevaba de curso. Desayunó con dos compañeras de clase, una asiática con salwar kamiz y chaqueta vaquera y su amiga, una joven negra con un amplio mono blanco, zapatillas de deporte y gafas doradas de montura redonda.

Estaba impaciente por ver a Deedee Osgood.

La había conocido gracias a la discoteca Zap de Brighton, frente al mar. Era un sitio tan sensacional que los chicos de Londres lo tomaban por asalto con el último tren de los sábados. Bailaban toda la noche, follaban y montaban juergas en la playa hasta el amanecer y luego volvían a tomar el tren para estar en casa a la hora de la comida. Shahid iba por primera vez. Después de romper con su novia quiso salir de nuevo, de modo que un amigo le dijo una noche que le llevaría al local más animado que conocía.

Nunca había escuchado música tan rápida; el ritmo electrónico era como una perforadora. Todo el mundo llevaba pantalones elásticos de ciclista y camisetas blancas con sonrientes rostros amarillos. Se abrazaban, besaban y acariciaban con inocencia paradisíaca. De madrugada entabló conversación con un chico negro de Londres que consideraba una gran mujer a su profesora.

Consciente de que había llegado el momento de tomar la iniciativa, fue a Londres a conocerla. Tras llamar a la puerta, justo antes de que ella se presentara, pensó que era una estudiante. Su despacho no era tres veces mayor que una cabina de teléfono. Sobre el escritorio, clavadas en la pared, había fotografías de Prince, Madonna y Oscar Wilde con una cita debajo: «Toda limitación es cárcel.»

Deedee le preguntó por la vida que llevaba en Sevenoaks y por sus lecturas. Pese a sus difíciles preguntas sobre Wright y Ellison, Alice Walker y Toni Morrison, Shahid notó que tenía buena disposición hacia él.

Al verle mirar la fotografía de Prince, le preguntó:

– ¿Te gusta Prince?

Shahid asintió.

– ¿Por qué?

– Pues por el sonido -contestó sin pensar.

– ¿Y nada más?

Comprendiendo que aquello no era simple conversación sino que formaba parte de la entrevista, se esforzó por ordenar las ideas para expresarlas bien, pero hacía meses que apenas hablaba con alguien medio inteligente. Ella trató de sonsacarle:

– Es medio negro y medio blanco, medio hombre y medio mujer, de estatura menos que media, femenino pero también macho. Su trabajo contiene y amplía la historia de la música negra americana, Little Richard, James Brown, Sly Stone, Hendrix…

– Es un artista torrencial. Toca soul y funk, rock y rap…

Y así siguió, hablando con toda compostura, es decir, en tanto ella no cruzó las piernas tirándose de la falda. Hasta entonces había logrado mantener los ojos apartados de sus pechos y sus piernas. Pero la elocuencia del movimiento -que en aquella habitación equivalía a una avalancha erótica de susurros y gemidos- fue tan sensacional y su efecto tan parecido al de un concierto de Prince, que su imaginación empezó a buscar un medio con el que pudiera grabar el murmullo de sus muslos para añadirle luego una base rítmica y escucharlo con los auriculares.

– ¿Por qué no escribes un trabajo sobre él?

– ¿Para el curso?

Nada podía complacerle más.

Despedirse aquel día y coger el metro hasta la estación Victoria fue odioso. La ciudad se había convertido en un arrabal; las afueras, en la campiña inglesa. El tren le devolvió a la casa donde su padre ya no estaba. No es que con la muerte de papá hubiese disminuido el número de personas que vivían en ella, pero su ausencia en el centro de las cosas la había hecho más cruelmente anárquica, sobre todo desde la vuelta de Zulma, la mujer de Chili, que había convertido a Shahid en el blanco favorito de sus pullas. Pero al menos tenía una tarea que cumplir; durante muchísimo tiempo sólo escucharía a Prince.

Sin embargo le desconcertaba la libertad del temario que enseñaba Deedee. Ella y otros posmodernos alentaban a sus alumnos a estudiar cualquier cosa que les interesase, desde el pelo de Madonna a la historia de la cazadora de cuero. ¿Se trataba realmente de conocimientos científicos, o sólo de una distracción disfrazada con la jerga de moda? ¿La enseñanza que se impartía en mejores universidades servía a los estudiantes para sacar provecho en la vida? ¿Sería aquel sitio como esas asociaciones juveniles que simplemente valían para que los revoltosos no se metieran en líos?

Lo ignoraba. Pero por fin se marcharía, leería, escribiría y conocería a gente inteligente con la que discutir. Quizá hasta la propia Deedee Osgood encontraría tiempo para hablar con él. A la profesora le había gustado lo mucho que había leído. En casa seguía teniendo algunos amigos del colegio, pero en los últimos tres años se había desinteresado de la mayoría de ellos; había llegado a despreciar a algunos por su falta de expectativas. Casi todos estaban sin empleo. Y sus padres, por lo general patriotas y orgullosos de la bandera británica, no sabían nada de su propia cultura. Pocos tenían siquiera libros en casa; no libros que hubiesen escogido y abierto, sino incluso manuales de jardinería, atlas, selecciones del Reader's Digest.

El verano pasó despacio. En agosto empezó a embalar cosas para la universidad; cada día estaba más impaciente por llegar.

– Escuchad.

Aquella mañana parecía especialmente aguda y provocadora. Shahid corrió a ocupar su asiento habitual, que llamaban «el pesebre», en medio de la primera fila. Desde allí no se le escapaba ni uno solo de sus gestos.

Mientras los demás estudiantes se sentaban en «el círculo» y «los dioses», ella puso una cinta que Shahid reconoció. Hacía mucho que Chili había pasado el «Star Spangled Banner» de Hendrix a Shahid, quien prefería a George Clinton. Dos chicos se taparon las orejas con los dedos y Sadiq -un asiático discreto con quien Shahid había charlado- hizo girar los ojos en las órbitas. Por un momento, la profesora pareció confusa. Shahid les habría dado un buen puñetazo. ¿Qué otra profesora empezaría la mañana con Hendrix?

– ¿Qué representa eso? -preguntó ella.

Shahid levantó la mano en seguida. No podía quedarse quieto.

– ¿Sí, Shahid?

– Estados Unidos.

– Estados Unidos, en efecto. Nuestro tema de hoy.

Para su alivio, ella no se desanimó. Sin notas, y como si se dirigiera individualmente a cada estudiante, explicó que, en la época de Elvis Presley, los negros no podían siquiera ver una película en el centro de Washington, la capital. Las relaciones interraciales eran ilegales en medio país. Emmett Till, que tenía quince años, fue linchado en 1955 por silbar a una mujer blanca. Con tono emocionado habló de King, Malcolm, Cleaver, Davis y los activistas de los derechos humanos que recorrían el Sur en autobús.

Shahid escuchaba exultante y tomaba notas sin parar. La historia de una lucha, vivita y coleando: ¿cómo había vivido tanto tiempo sin saber eso? ¿Dónde habían guardado esos conocimientos? ¿A quién más se los estaban ocultando?

La profesora concluyó poniendo «What's Going on?» de Marvin Gaye.

Como Shahid quería seguir escuchando a Deedee durante el resto de la mañana y también por la tarde, así como, pensándolo bien, durante todo el fin de semana, le hizo una pregunta y prosiguió con una hipótesis, seguida de una duda y una indagación en los hechos. Podría haber seguido, pero la grosera clase estaba inquieta por las patatas fritas de la pausa matinal.

Fue el primero en salir, y se dirigió a la biblioteca a ordenar los apuntes. Pero al salir del aula -una decrépita construcción en la parte de atrás de la Facultad -, oyó que le llamaban suavemente. Deedee iba tras él, con libros, periódicos y ejercicios cayéndosele, como siempre, de los brazos.

– Me han gustado tus preguntas.

– Gracias, señorita.

– Por amor de Dios -exclamó ella con un respingo-, no me llames eso.

Él apretó el paso para mantenerse a su altura mientras atravesaban la Facultad. Dos chicas de su clase se cruzaron con ellos y una le siseó:

– ¡Ayudante de profe!

El optimismo le volvía imprudente; el servilismo era el menor de sus miedos; tenía que dar un salto adelante, ¡era su vida! Con la mayor despreocupación que pudo mostrar, preguntó:

– ¿Tienes algo que hacer ahora?

– Vaya, ¿es que quieres hacer algo?

– Tomar café.

Ella lo miró.

– ¿Y por qué no?

No pensó en preguntarle si quería ir a algún sitio fuera de la Facultad. Así que hicieron cola para el café antes de sentarse, un tanto cohibidos, en el centro de la cafetería. Algunos estudiantes lanzaban miradas en su dirección. Ella era popular, pero resultaba inhabitual que un alumno y un miembro del claustro se sentaran juntos. Suscitaron risitas y comentarios.

Quizá por eso no tuvieron, al principio, mucho que decir. Ella parecía un poco incómoda y reservada, como si no supiera qué hacían allí. A lo mejor esperaba que él empezara a quejarse de que hasta ahora la Facultad no le estaba entusiasmando.

– ¿Te gustan tus alumnos? -le preguntó.

– Soy partidaria -contestó ella, mordaz- de prestar la mayor atención a mis alumnos…, pero sólo cuando lo merecen.

¿Se estaba refiriendo a él?, se preguntó Shahid. Pero no; prosiguió explicando que muchas veces se veía tentada a tratarlos como una madre, sobre todo a las asiáticas. Dos de ellas incluso fueron a vivir a su casa.

– Fue difícil.

– ¿En qué sentido?

Ella estuvo a punto de contestar, pero se contuvo con una mueca.

– Dejaremos esta conversación para más adelante. Creo que te interesará.

Responsabilidad. Dificultad. Ella asumía las cosas; no tenía miedo.

Ella le preguntó cómo lo llevaba. Se había sentido solo, contestó él, y a veces no sabía qué hacer consigo mismo, sobre todo por la noche. Afortunadamente, en los últimos días había conocido a gente interesante. Pero ¿quién te interesa aquí? ¿Qué clase de gente? ¿Chicas o chicos?

– Nuevos amigos, simplemente.

– Vale, lo siento -dijo ella, ruborizándose.

– No importa -repuso él, también un tanto nervioso-. ¿Has leído algo interesante últimamente?

– Ah, sí.

Sabía escuchar y le gustaba hablar de libros, sobre todo si estaban escritos por mujeres. Adoptaba, también, una actitud desconsiderada, como si no siempre sintiera la necesidad de molestarse en emplear buenos modales; había cosas más urgentes. Shahid se preguntó si no habría sido hippy -habían sido muy románticos, ¿no?, y desdeñaban las convenciones sociales-, porque fumaba y se reía de sí misma; y de pronto bostezaba, estirando los brazos; parecía increíblemente cansada; la estaba aburriendo. Sus deseos eran fuertes pero confusos, con ella las cosas podían desbordarse; aquella Facultad le resultaba demasiado pequeña. Quería que él lo supiese, imaginó Shahid, pero resultaba difícil: ella era profesora y tenía que recordarlo cuando estaba con estudiantes, podrían interpretarla mal; si hablaban, muchas cosas debían quedar implícitas.

Ésta es una mujer, quería decir él; y su curiosidad lo abarcaba todo. Los demás, al parecer, carecían de ese estímulo. Sintió la necesidad de dar un par de veces la vuelta al edificio para tomar el aire y recordar quién era, antes de volver con ella menos confuso. Pero no quería separarse de ella ahora, no quería ser él quien dijera: «Ya nos veremos.»

Dijo que su clase le había dado ganas de pasarse el día en la biblioteca.

Ella recogió sus innumerables cosas.

– Te acompaño.

La biblioteca también estaba en el sótano, y era una sala alargada, estrecha y calurosa, como un submarino. Habían rayado los pupitres con navajas y robado muchos libros. Pero pocos estudiantes la frecuentaban y allí se sentía solo y feliz.

– Eres buen estudiante -rio ella-. A diferencia de la mayoría.

– ¿Por qué no son buenos los demás?

– Porque saben que no hay trabajo. No están aquí para aprender, sino para no estar acogidos al paro. Nunca he conocido esa falta de ideales.

Lo miró como si fuera a añadir algo más, pero se volvió y le dejó estudiar.

Se dedicó a la asignatura de colonialismo y literatura, resuelto a escribir un ejercicio inmenso, lleno de citas, plagado de notas a pie de página y con una brillante argumentación que requiriese una discusión detallada en el despacho de ella.

Cuando se vio obligado a hacer una pausa a última hora de la tarde, dejando el pupitre envuelto en una niebla de incipiente rabia e iluminación, su concentración había sido tal que se sorprendió al ver que la Facultad seguía funcionando como de costumbre y que los estudiantes continuaban gastándose bromas en la estrecha escalinata que serpenteaba por el centro del edificio.

En la cafetería vio a Chad y Riaz, sentados con Sadiq y un estudiante a quien Shahid conocía de vista. Prestaban atención a un hombre blanco de mediana edad que llevaba gafas de montura de acero, chaqueta de espiguilla y corbata.

Shahid se acercó a su mesa.

– ¿Alguien quiere café?

El hombre blanco hacía esfuerzos por hablar, pero parecía tener algo atascado en la garganta. Emitía una especie de risa brusca y continua, y la nuez le subía y le bajaba como una bola de ping-pong en el chorro de una fuente. Tenía saliva en la barbilla. Shahid temió que fuera a darle algún ataque.

Aprovechando su distracción, se agachó rápidamente bajo la mesa para mirar las extremidades de Riaz. Llevaba el mismo traje y los mismos calcetines que el día anterior. Shahid se sentó con una tímida sonrisa. Riaz no le hizo caso. ¿Y si se había tomado el robo de sus pertenencias tan mal que no sólo se negaba a ponerse la ropa que le había dado, sino que ni siquiera le dirigía la palabra? Le entró pánico. No quería perder a sus nuevos amigos por semejante estupidez. ¿Los habría perdido ya?

Lo ignoraba, porque aquellos amigos seguían cautivados por el hombre que, inducido por un ánimo colectivo, movía la boca y se golpeaba en un lado de la cabeza como tratando de reparar una conexión. Entonces dio un puñetazo en la mesa, estrechó la mano a todos y salió de la cafetería a grandes zancadas, saludando a algunos estudiantes que le respondían con sonrisas burlonas.

– Qué lástima me da de ese hombre -dijo Riaz.

– ¿Conoces al doctor Andrew Brownlow, Shahid? -le preguntó el estudiante desconocido-. A propósito, me llamo Hat.

– Hatter el Loco -apostilló Chad.

– Su padre es el dueño del restaurante al que fuimos -explicó Riaz.

– Hola, Hat. Se come bien.

– Gracias. Siento no haber estado anoche. Me han dicho que dijiste muchas cosas.

– Sí -reconoció Shahid.

– Está bien.

– Sí -convino Chad en tono protector-. No está mal este chico.

Hat tenía la voz suave y el rostro liso como una muchacha. Shahid recordaba haberle visto en clase con los codos sobre el pupitre, la cabeza apoyada en la mano, escribiendo furiosamente. En aquella ocasión había observado lo animado y simpático que era, su tendencia a reír en el momento menos propicio.

– Me parece haber visto al doctor Andrew por ahí -dijo Shahid-. Pero no sé quién es.

– Enseña historia en la Facultad. Hace veinte años estaba en la Universidad de Cambridge…

– El mejor estudiante de su promoción -interrumpió Chad.

– Sí, ya te digo -prosiguió Hat-. Era de clase media alta. Podía haber hecho lo que quisiera. Le querían en Harvard. ¿O era en Yale, Chad?

– Rechazó la oferta.

– Sí, les mandó a paseo. Odiaba a todo el mundo, a su propia clase, a sus padres, todo. Se vino aquí para ayudarnos, a los indios y negros desfavorecidos, a los marginados. No es mal tipo…, para ser marxista-comunista.

– Leninista -le corrigió Sadiq.

– Sí, es marxista-comunista-leninista -prosiguió Hat-. Antirracista con todas sus fuerzas. Odia el fascismo imperialista y la dominación blanca, ¿eh, Riaz?

Le miraron y esperaron. Al cabo de una pausa, Riaz murmuró:

– Andrew Brownlow tiene cierta integridad personal.

Chad asintió.

– El problema es…

– Sí, el problema es… -Hat puso cara de pena, pero estaba conteniendo un aullido-. Que se está volviendo ta-ta-tar-taja.

– Entonces es reciente, ¿no? -preguntó Shahid.

– Sí, le viene desde que empezaron a derrumbarse los Estados comunistas de Europa oriental. En cuanto cae uno, se le añade otra sílaba a su impedimento, ¿comprendes? En una clase tardó veinte minutos en pronunciar la primera palabra. Empezó Ho… ho… ho… ho… ho… No sabíamos si quería decir Holanda, hoy, hojear, o qué.

– ¿Y qué era, al final? -quiso saber Shahid.

– Hola.

– ¿Hola?

– Sí, idiota, el saludo. Para cuando Cuba se derrumbe, me parece que ni siquiera podrá decir eso.

– Quizá debiera probar con adiós -sugirió Shahid.

– ¡Eso! -exclamó Hat, chocando el puño con él.

– Pero eso le convierte en el mejor oyente -observó Chad-. Le expuse toda mi teoría sobre la evolución de la sociedad y la escuchó de cabo a rabo.

– Entonces es el primero en hacerlo -aventuró Hat.

Sadiq soltó una carcajada. Chad hizo ademán de abofetearle.

– Ten cuidado.

– Comunismo. Qué buena idea, ¿no os parece? -dijo Riaz. Todos lo miraron, sin manifestar acuerdo ni desacuerdo. A Shahid no se le pasó por la cabeza que Riaz se hubiese afiliado recientemente al partido comunista-. Pero, en el fondo -prosiguió-, el ateísmo no conviene realmente a la humanidad.

– No -convino Hat-. De todos modos, sólo una pequeña minoría es atea.

– El ateísmo no durará -explicó Riaz-. Sin religión, la sociedad es imposible. Y sin Dios la gente cree que puede pecar impunemente. No hay moralidad.

– Sólo hay penalidades, ingratitud e indiferencia, como con este thatcherismo -afirmó Chad.

Estaba a punto de continuar, pero Riaz dijo:

– Ésa es una lección bien sabida. Glotonería, nihilismo, hedonismo: el capitalismo en pocas palabras. Junto con ello, asistimos al ocaso del comunismo. Esos revolucionarios ni siquiera han sido capaces de lograr el socialismo en una habitación. En conjunto, estamos presenciando la decadencia del ateísmo.

– Se ha derrumbado -confirmó Chad-. Decían que Dios ha muerto. Pero ha sido al revés. Sin el Creador nadie sabe quién es ni lo que hace.

– Desde luego, el doctor Andrew no sabe lo que hace -terció Hat-. Seguro que conoces a su mujer, Shahid. ¿Deedee Osgood?

– ¿Osgood? ¿Es su mujer?

– Su mujer.

– ¡Pero no puede ser!

– ¿Por qué?

– Porque no es como él.

– ¿Es que te gusta? -inquirió Sadiq-. He visto cómo se te caía la baba.

– Ya sabéis -dijo Chad en tono firme-, sin conciencia de Dios se puede hacer cualquier cosa impunemente. Y entonces está uno perdido. Pero yo sé que Dios me vigila. Y si ve hasta la más mínima puñetera cosa, tengo que tener mucho cuidado con lo que hago.

– Eso es como vivir en un cuarto de cristal, ¿no? -sugirió Shahid-. O en un invernadero.

Shahid volvió a la biblioteca. Su intención era seguir trabajando, dejarse llevar por la inspiración de la mañana. Pero el momento no sólo había pasado, sino que empezaba a notar que el desánimo se abatía como un toldo sobre él.

Ni siquiera podía decidir si recogía sus papeles sentado o de pie; o dejarlo todo y salir a la calle bajo la lluvia fría con los demás locos, tomarse un Big Mac y un batido de leche y hacerse una paja en su habitación. Podría leer y estudiar, pero ¿con qué objeto? Sabía que quería ser una especie de periodista, en el ámbito cultural, en prensa o televisión. En su tiempo libre escribiría cuentos y, posiblemente, una novela. Pero todo quedaba en un futuro demasiado lejano para satisfacerle ahora.

Al recoger los apuntes, descubrió una hoja que él no había dejado allí. El bibliotecario abrió la puerta de su despacho y, a través de sus desiertos dominios, anunció:

– Vamos a cerrar.

Shahid abrió la nota grapada. No levantó la vista hasta que la leyó tres veces.

– No voy a impedírselo -dijo-. Porque tengo prisa.

Empezó a meter sus cosas en la bolsa. Le había escrito una mujer, dándole su dirección e invitándole a visitarla: aquella misma noche.

Ahora sí había motivos para volver a la habitación. Tenía que arreglarse.

Salió de la biblioteca, cruzó la Facultad y se encontró con el tráfico de la hora punta de la tarde. Por primera vez no observó nada en la calle.

4

El desagüe de la ducha común estaba atrancado. El agua se derramaba por el edificio. Shahid tuvo que lavarse en el cuarteado lavabo de su habitación; primero un pie, luego el otro, seguidos, torpemente, por los sobacos, las pelotas, la minga. Para distraerse del agua helada que goteaba por los estremecidos grifos y de las insólitas posturas que se veía obligado a adoptar para rociarse, se puso el walkman: ahora adoptaba precauciones para no molestar a Riaz. Escuchó la voz blanca más sugerente; con su «Stop Your Sobbing», Chrissie Hynde le produjo escalofríos, llenándole de expectativas para la noche. Pero apenas había empezado a escuchar «I Go to Sleep» cuando tuvo que parar la cinta a causa de las voces.

Oía discusiones, murmullos, conversaciones en punjabi, urdu, hindi, inglés y cacofonías de innumerables cotorreos. La residencia era un universo de voces insistentes, pero aquellos sonidos no eran de los que se apagaban tras cerrar la puerta. Se vistió rápidamente y abrió.

Hat llevaba dos tazas de té y daba instrucciones a una cola de asiáticos que empezaba frente a la puerta de Riaz, corría por el pasillo y bajaba por la escalera. Entre inquilinos de la residencia que pasaban, rezongando, hacia sus habitaciones, había bebés que se quejaban, niños impacientes y hombres y mujeres con abrigos deformes esperando que les atendieran, como si el pasillo se hubiera convertido en la sala de espera de un médico. Una joven con hijab y piel de color melón ayudaba a Hat.

– Por aquí, por favor, venga a sentarse -decía a un anciano.

– Ya era hora de que dejaras lo que estabas haciendo -dijo Hat al ver a Shahid-. Esto está que arde.

– ¿Qué ocurre?

– Necesitamos una silla -dijo ella.

– Esta mujer maravillosa es Tahira -informó Hat, ajustándose la gorra de béisbol que llevaba al revés.

– ¿Vas a ayudar o a ponerte en medio? -inquirió ella con acento del Norte. Shahid calculó que era de Leeds o Bradford. A lo mejor había venido a Londres por seguir a Riaz.

Hat señaló a un hombre encorvado, con barba, que llevaba un amplio salwar kamiz.

– Lo primero, trae una silla.

Shahid sacó la única silla de su habitación. El anciano, que parecía enfermo y respiraba con dificultad, se sentó agradecido.

Hat se inclinó hacia Shahid.

– Chad está abajo, buscando al casero. Han destrozado el vestíbulo de la residencia, ¿te has enterado?

– Ha sido la policía -explicó el hombre, sin sonreír.

– ¿Cómo? -exclamó Shahid, sorprendido de que un anciano dijera algo así.

– De manera que Riaz tiene que llevar a cabo aquí su consultorio semanal. -Hat cogió entonces la mano al anciano-. Detuvieron a su hijo cuando iba al instituto, lo acusaron de agresión y lo condenaron a quince meses de cárcel. Confundiéndolo con otro.

– No, ¿de verdad?

– ¡Sí! Vamos a organizar una gran campaña para que lo suelten. Cuartel general, tu habitación. Toda esta gente quiere mucho a nuestro hermano Riaz. Vienen de kilómetros de distancia. Saben que cuando dice algo, que va a escribir al diputado o recomendar a un abogado, va en serio.

– ¿A quién tiene dentro ahora? -prguntó Shahid.

– ¿Tienes ganas de saberlo, eh? -Hat le pasó los dos tazones de té-. Llévales esto. Y entenderás algo de lo buena que es tu encantadora Inglaterra.

Shahid entró sin ruido en la habitación de Riaz. El hombre sentado frente a él estaba llorando y tan atento a lo que decía que no se dio cuenta de la presencia de Shahid.

– Por favor, señor, esos chicos se presentan a todas horas en mi piso para amenazar a mi familia. Como le he dicho, me dieron puñetazos en el estómago. Vivo ahí desde hace cinco años, pero las cosas se ponen cada vez peor. Además, mi hermana y mi hermano y su mujer me escriben y me dicen que los he olvidado, tú vives lujosamente allí, por qué no nos envías dinero que necesitamos para medicinas, para la boda, para nuestros padres…

Riaz le miraba a los ojos, emitiendo un leve murmullo como muestra de discreto consuelo.

– Señor, ya tengo dos trabajos, uno de día en la oficina, y otro hasta las dos de la madrugada en el restaurante. Estoy completamente rendido y el mundo entero se me cae encima…

Riaz alzó la vista, el rostro impasible como siempre; pero la compasión le infundía color. Shahid dejó el té en la mesa.

– Comprendo -dijo a Hat al salir.

Chad también estaba ahora.

– Vaya, Shahid, te has puesto de tiros largos, yaar. ¿Vas a algún sitio?

– No, sólo es una reunión, ya sabes, de estudiantes.

– Sí, ya, una reunión, ¿eh, Hat? -Chad se sacudió la mano como si se le hubiera prendido fuego-. Me temo que tendrás que ayudarnos.

– Sí -confirmó Hat-, Riaz tiene demasiado trabajo. Hay que hacerle unas cartas y he visto que tienes un Amstrad.

Shahid los miró a los dos.

– ¿Ahora?

Se quitó la chaqueta y sacó la llave de su habitación.

– Es un chico serio. Me gusta su actitud -dijo Hat-. ¿Y a ti, Chad?

– No me molesta.

Hat se ablandó.

– Bueno, más tarde.

– Más tarde -convino Shahid-. Volveré dentro de un par de horas. -Señaló la cola-. Esto es increíble.

Hat sonrió, pero Chad dijo en tono sarcástico:

– Estás muy ocupado, pero abajo hay alguien que pregunta por ti.

– ¿Por mí?

– Eso he dicho.

– ¿Quién?

– No me trato con gente de esa clase, ya no -contestó Chad encogiéndose de hombros-. Lleva un traje gris reluciente. Y zapatos de cocodrilo.

– Un pariente, quizá -sugirió Hat, sonriendo y mirando a Chad.

– Puede -dijo Shahid, confuso.

– Pues se ha ido a comprar tabaco.

Shahid tomó una súbita decisión.

– Hat, dile que he salido y que estoy muy bien, gracias, adiós.

– Hat no dice mentiras -aseguró Chad.

– ¿Cómo?

– No -confirmó Hat-. Estoy estudiando para contable.

Chad alzó la vista.

– Demasiado tarde, de todos modos. Parece que la Fiebre del sábado noche viene derecha para acá.

Shahid miró y vio que el hombre a quien Riaz había llamado «disoluto» avanzaba por la cola a fuerza de hombros, con la seguridad de quien está acostumbrado a saltárselas y con el fastidio de quien detesta las multitudes. Efectivamente llevaba el traje gris brillante, y hoy calzaba los Bass Weejans. Chili nunca llevaría zapatos de cocodrilo.

– ¿Qué tal, hermanito?

Llevaba en la mano las llaves del coche, las Ray-Ban y un paquete de Marlboro, sin lo cual no saldría del cuarto de baño. Chili bebía únicamente café solo y Jack Daniel's seco; sus trajes eran Boss, su ropa interior Calvin Klein, su actor Al Pacino. Su peluquero le estrechaba la mano, su contable le invitaba a cenar, su camello iba a verle a cualquier hora y le aceptaba cheques. Al menos no venía fumando un porro.

– Chili.

– ¿Qué es esto? -Chili abrió los brazos-. Abrázame, pequeño.

Shahid se vio empujado contra el pecho de Chili, que le palmeó la espalda. Lamentó su propia renuencia, su rigidez, extrañándose de aquella brusca simpatía. Se liberó.

– ¿Quieres echar un vistazo a mi madriguera?

– ¿A qué crees que he venido, pequeño? Quiero verlo todo, cariñín.

Pero antes de que pudiera llevarse a Chili, Shahid tuvo que presentarle a Chad y a Hat, que se negaban a encontrar algo mejor que hacer pese a las toses y gruñidos de la cola. Mientras Shahid sujetaba la puerta para que pasara su hermano, Hat dijo «Qué hay», mirando a Chili de arriba abajo. Chad saludó con la cabeza, burlonamente.

– Ponte cómodo -recomendó Shahid a su hermano-. Trata de no fijarte en el empapelado.

– Será mejor que me ponga las Ray-Ban. Chili frotó los cristales de las gafas con el pañuelo. Shahid vio que Chad, tras estrechar la mano al invariablemente perfumado Chili, había hecho una mueca olisqueándose los dedos. Shahid esperaba que Chili no se hubiera dado cuenta.

Cerró la puerta.

– No es como en casa.

– Por eso debes haber venido -observó Chili.

La casa familiar era una inmaculada mansión de los años sesenta, justo a las afueras de la ciudad, una posada de caravanas, tan llena de gente como un hotel concurrido. Su padre la pintaba a menudo, los muebles se cambiaban cada cinco años y necesariamente se añadían nuevas habitaciones. La cocina solía estar en el camino de entrada, a la espera de que la recogiesen, aunque a Shahid nunca le parecía menos «innovadora» que la nueva. Papá detestaba lo «anticuado», a menos que gustara a los turistas. Quería acabar con lo viejo; era partidario del «progreso». «Sólo quiero lo mejor», decía, refiriéndose a lo más nuevo, al último grito y, en cierto modo, a lo más ostentoso.

– ¿Dónde coño me siento?

– En cualquier sitio.

Shahid le dio ejemplo dejándose caer sobre la cama, tirando al suelo libros y ropa.

Pero Chili no era de los que se sientan en camas deshechas. Emitió un gruñido irónico y empezó a pasearse de un lado a otro, recogiendo descuidadamente cuadernos, cintas, cartas. Les echaba un vistazo cómo si fuesen asuntos de interés familiar. De todos modos, Shahid notó que estaba conteniendo su excesiva condescendencia. Por una vez Chili no parecía a punto de mencionar lo que él llamaba «el mundo real». Incluso al dar unos toques a una pila de libros con las llaves, parecía haber una sombra de respeto.

– ¿Por qué tienes prisa, hermano?

– ¿Yo? No tengo prisa.

– Me importa un pito que des esos meneítos con el pie cuando estás con otra gente. Pero nunca hagas esa mierda para meter prisa a míster Chili.

– Lo siento.

Chili frunció los labios.

Hasta poco tiempo atrás, Chili había considerado a Shahid como un estúpido sin remedio. En la adolescencia, se burlaba de él y le golpeaba frecuentemente. Una vez, delante de sus amigos borrachos, le hizo salir de la habitación: saltando por la ventana de un segundo piso. Shahid se rompió un brazo. Más adelante, cuando no estaba fuera, Chili hacía lo posible por mantenerse a despectiva distancia de su hermano.

A los veinte años se casó con su prima Zulma y se mudó, según la moda occidental, a un piso de Brighton. Allí trataron de seguir la vida de buen tono que ella llevaba en Karachi. Pero ese postín era imposible sin servicio. Zulma no estaba habituada a las faenas domésticas. Tenía muchas especialidades, incluida, según decían, la felación; pero fregar no se contaba entre ellas. Ni tampoco entre las de Chili.

El año anterior, después de la muerte de papá, Chili volvió con ella y su hijita Safire a vivir a la casa familiar. Shahid dudaba que Chili la hubiera visto mucho desde entonces. Afirmaba estar obsesionado con poner a punto un plan para un negocio. Desde luego le aburría la agencia de viajes, y había cumplido con sus obligaciones laborales únicamente para contentar a papá y cobrar un buen salario. Ahora Chili afirmaba que había que ampliar el negocio familiar… en Londres. Esa era su justificación para no estar nunca en casa.

– ¿Te portas como un bellaco porque tienes que estudiar esta noche?

– Tengo una cita, Chili. Pero más tarde.

– ¿Chichi?

– ¿Cómo?

– Ya lo has oído.

– No. Una profesora de la Facultad.

– Aja. Chichi con clase. ¿Cuántos años tiene?

Shahid pensó un momento.

– Ya es mayor de edad.

– ¿Y te ha invitado a su casa?

Shahid asintió.

Chili dio un silbido.

– Vaya. No te preocupes. Te llevaré en coche hasta el sitio exacto, dondequiera que sea. Pero imagínate que justo en este mismo momento se está poniendo su ropa interior de encaje preferida.

– No seas idiota, es una profesora.

– Te molesta, ¿eh? Pues no me la presentes.

– No lo haré.

– Te estás volviendo atrevido. ¿Qué chavala se está empolvando el coño para cuando vaya a verla esta noche, aparte de…?, ni me acuerdo del nombre de la zorra esa. No, la familia está encantada. A propósito, esos pantalones son fardones. Los cuadros te sientan bien. No son míos, ¿verdad?

– No.

Chili tocó la ropa que quedaba en el armario sin puerta.

– ¿Dónde está mi camisa roja?

– ¿Cuál? Luego te la daré.

Chili siempre había sentido una irrefrenable pasión por la ropa, los coches, las chicas y el dinero con que se adquiría todo eso. Cuando Shahid era adolescente, Chili siempre había dejado claro que la afición a los libros de su hermano le parecía afeminada. En eso estaba influido por su práctico y dinámico padre, que difundió la idea de que la inclinación al estudio del hijo pequeño no sólo era improductiva sino también una desgracia para la familia, sobre todo después del incidente del cuento. Pero desde que Shahid estaba en la universidad, la actitud de Chili se había ablandado.

Todo venía a raíz de la muerte del padre. En su lecho de muerte se quitó la mascarilla de oxígeno y, besando a Chili, jadeó:

– No permitas que el chico fracase. No dejes que te diga adiós pensando que Shahid va a quedarse solo.

Chili empezó a llamar a Shahid por teléfono. Le llevó a tenebrosos clubes situados en sótanos de South Kensington, donde sus conocidos se acercaban a su mesa para saludarlo. Entre ellos se contaban camellos alemanes con guantes de cuero negro y pistolas en la chaqueta, acompañados de adolescentes italianas; venales notarios ingleses que salían de juerga con policías corruptos; campeones de esgrima búlgaros; crupieres franceses con aspecto de gigolós que sacaban billetes de veinte libras de rollos tan gruesos como la porra de un guardia; y abogados millonarios de las Bermudas. Entre los murmullos de urgentes conversaciones, Chili invitaba a Shahid a margaritas y le presentaba a chicas resplandecientes que se marchaban en cuanto los dejaba solos. También le preguntaba lo que le apetecía hacer, pero Shahid era demasiado sensato para manifestarse sobre el tema. Tenía la impresión de que su hermano mayor se había empeñado en servirle de guía, señalándole las trampas de la vida real antes de que cometiera un error grave debido a su credulidad, sensibilidad y falta de astucia.

Shahid se habría molestado de no haber notado que Chili deseaba abrirse pero no sabía cómo. Chili carecía de amigos; tenía compinches, colegas y los que denominaba amigos «personales», que solían ser delincuentes. A sus amigas las trataba mal y les imponía demasiado respeto para que pudiera hablar con ellas.

Mientras Shahid se miraba en el cuarteado espejo, Chili dijo:

– Empiezas a tener buen aspecto, más saludable. El haberte quitado las gafas, las lentillas y todo eso…, el pelo más corto…, estás menos afeminado. Pareces muy decidido. Siempre has sido un quejica. Supongo que ya eres casi un hombre. Papá estaría encantado.

– ¿Ah, sí?

– No te sorprendas. Siempre admiró tu inteligencia.

– ¿Papá?

– Claro que le habría gustado que la utilizaras en algo de provecho. No seguirás escribiendo esas tonterías, ¿verdad?

– ¿A qué te refieres?

– Te daré un guantazo si pierdes el tiempo en esas cosas. -Le acarició la mejilla con la mano abierta, complacido del instantáneo rechazo de su hermano-. Vamonos. Te estás poniendo nervioso.

Shahid pensaba que la cola para ver a Riaz habría disminuido, pero ahora los afligidos suplicantes esperaban hasta en la calle.

Normalmente, Chili habría hecho alguna observación sarcástica, pero ahora, divertido, se hizo cargo de la situación y lanzó una mirada furtiva a Tahira. Únicamente de camino al coche, mirando a Shahid con curiosidad, le preguntó:

– Ese tipo grande, ¿es uno de tus nuevos amigos?

– ¿Chad? Sí.

– Dile que si vuelve a olerse la mano delante de mí, los hijos de sus hijos lo sentirán.

Shahid se instaló en el suntuoso BMW de Chili. En el salpicadero vio su ejemplar de Cien años de soledad. Hojeándolo, preguntó:

– ¿Me lo puedes devolver?

– Déjalo. Acabo de empezarlo.

– Me lo imaginaba. Ya estoy preparando las preguntas.

Meses antes, Shahid llevaba unos libros y Chili, que se ufanaba de no haber leído nada en la vida -«la literatura es un libro cerrado para mí»-, le dijo que probaría con uno para ver dónde estaba la emoción. Shahid sostuvo que sería incapaz de hacerlo; y que sería un error que, la primera vez, midiera sus fuerzas con García Márquez.

– Además -añadió, para darle sabor-, eres un analfabeto funcional.

– Vete a la mierda, cabroncete -repuso Chili, riendo.

Lo leería despacio y al cabo de seis meses superaría cualquier examen oral que Shahid le pusiera. Si suspendía, le daría mil libras; contantes y sonantes.

– Me gustan los desafíos -dijo ahora Chili-. Pero éste es exagerado. Cien años. Con diez habría sido suficiente. Incluso con seis meses. Dime, ¿cómo es que este autor da el mismo nombre a todos sus personajes? ¿Hace igual ese otro escritor, el que ataca la religión?

– No.

– Los libros están bien pero, aparte de la voz de Ray Charles, en la vida no hay nada mejor que una mujer hermosa. ¡Y a por eso, hermanito, es a por lo que vamos ahora!

Ella vivía en Camden. Mientras Chili lograba atravesar las manzanas de dirección única, blasfemando hasta encontrar un tramo despejado por el que acelerar, Shahid estudiaba el plano. Cuando encontraron la calle, Shahid sacó la cabeza por la ventanilla para ver los números de las casas. De pronto, señaló una con el dedo.

– ¡Para! Ésa debe ser.

Chili dio marcha atrás. Observaron la casa.

– Tu amorcito tiene dinero -dedujo Chili-. Un barrio de buen tono. En un día claro puede ver negros y obreros sin necesidad de tenerlos a la puerta ni de que le roben el microondas. No está muy orgullosa de la casa, pero le gusta cuidar un poco el jardín. ¿Es feminista?

– Todas lo son, hoy en día.

– Sí. Difícil de evitar. Hacer de necesidad virtud, diría yo.

– ¿Cómo?

– Corre un bulo sobre las feministas. La gente dice que todas tienen pelos en las piernas y que no les va la polla. Pero yo te digo que en el aspecto sexual son unas verdaderas guarras…, porque cuando se deciden a follar contigo, no tienen sentido del pudor. Y por si fuera poco, te dicen que tienes la picha pequeña.

– No harán eso, ¿verdad?

– No te pongas nervioso -le recomendó Chili, dándole unas palmaditas en la cabeza-. Esta noche no pasará eso, casi con toda seguridad. En el fondo es que les asusta tener el coño demasiado ancho. Si tienes algún problema, recurre a eso, pero con gracia.

– ¿Con gracia? ¿A qué te refieres?

– ¿Eh?

– Dame un ejemplo.

– ¿Ahora?

– Sí, por si acaso.

– Muy bien. -Chili pensó un momento-. Di: «Follar contigo, nena, ha sido como meter un plátano en Oxford Street; me habría gustado tocar las aceras de vez en cuando.»

– ¿Eso es todo?

– Sí.

– A ti no te ha pasado nunca, ¿verdad?

– Una vez, no hace mucho, estaba jodiendo con una tía. Me dijo: «Lléname toda, méteme ese aparato tan grande que tienes.» -Chili soltó una risita-. Y yo ya estaba dentro. Así que le dije: «La tienes toda dentro, nena, ésa es la ración de esta noche.» Se lo tomó bien. Siempre les parece bien, si se lo explicas. Bueno, ¿qué hay de esa profesora, la deseas?

– ¿Cómo puedes preguntar eso, Chili? Apenas la conozco.

– En dos minutos sabes si te apetece follar con alguna. Al cabo de una hora sabes si quieres estar con ella. La deseas, pues acuéstate con ella.

– No puedo hacerlo.

– ¿Por qué no? Por Dios, pero si casi te están castañeteando los dientes. ¿Qué diría papá?

Chili puso el coche en marcha y asió el volante como si estuviera en la cabina de un bombardero. Salieron disparados.

– ¿Adónde vamos? -gritó Shahid.

– Llegas demasiado pronto.

– ¡Llegamos justo a tiempo! -exclamó Shahid, conteniéndose de coger el volante.

– Te deseará más si la haces esperar.

Interminablemente, pensó Shahid, Chili aceleró en un sentido y en otro por la High Street de Camden como un ladrón de coches, pasando frente a la estación de metro, el cine y los pubs, con una cinta a todo volumen del cantante de qawali paquistaní Nasrut Fatah Alí Khan. Shahid empezó a preguntarse si a su hermano le pasaba algo. Normalmente tenía otros sitios mejores donde ir y cosas más importantes que hacer que estar con él.

– Y ahora… -frente a la casa, Chili se sacó la cartera del bolsillo trasero del pantalón. Era del tamaño de media hogaza de pan-. Toma esto por si tienes que coger un taxi para volver. -El guía de la realidad dio dinero a Shahid-. Y recuerda, ellas siempre están más asustadas que tú.

– Chili.

– ¿Qué coño quieres ahora?

Shahid cayó en la cuenta de que Chili no había mencionado a su mujer.

– ¿Cómo está Zulma?

– ¿Zulma? No seas gilipollas. Zulma siempre será Zulma. ¿Qué coño quieres decir?

– Nada.

– ¿Intentas cabrearme?

– No, Chili, te lo prometo.

– ¿Seguro?

– Era para saber algo de la familia.

Chili le dio un beso.

– No te olvides de mi camisa roja.

– Claro que no.

– Buen chico.

Shahid subió por el camino de entrada, se detuvo y vaciló. No quería entrar todavía. Pero al volverse vio que Chili seguía allí, acelerando el motor y murmurando:

– Chichi, chichi, chichi.

Shahid llamó al timbre. Cuando Deedee abrió la puerta, Chili tocó el claxon y soltó una carcajada.

5

Se quedó de pie, nervioso, las manos en los bolsillos.

– ¿Dónde te quieres sentar? -le dijo ella. Él no sabía-. Bueno, ponte cómodo.

Era una gran vivienda familiar. Las puertas tenían vidrieras de colores y las baldosas del pasillo eran esplendorosas. Pero estaba sin cuidar e incluso más desordenada que la habitación de Shahib, con tablas del piso al descubierto, alfombras arrugadas, carteles desgarrados de Billy Holiday y Malcolm X, y tres bicicletas viejas apoyadas contra una pared. En sillas y en el suelo había polvorientas pilas de periódicos amarillentos, algunos de ellos recortados, como de relleno. Parecía una residencia de estudiantes, y Deedee le dijo que tres chicos de la Facultad ocupaban las habitaciones sobrantes.

También había una chimenea, con un sofá enfrente. En el suelo había una tabla con un trozo de gruyère. Deedee fue por vino. Él se sentó en el sofá antes de comprender que, cuando ella volviera, tendría que sentarse a su lado. Había tenido ideas tan extrañas y prometedoras por el camino, en parte inspiradas por Chili, que ahora se sentía tímido y vergonzoso.

Se levantó de un salto, se dirigió a la ventana y miró a la calle.

El coche de Chili no se había movido. Había quitado la música y tenía la mirada perdida. Shahid se preguntó si le había visto tan quieto alguna vez. Como presintiéndole, Chili se volvió de pronto, sonrió y le dio ánimos levantando el dedo pulgar. Shahid sintió un escalofrío. ¿Qué pasaría si Chili decidía de repente conocer a Deedee? Era la clase de jugarreta que solía gastar. Entonces Shahid tendría que explicar a Deedee por qué no debía abrir la puerta.

Hubo un ruido en la cocina. Rápidamente, se tumbó en el sofá con los pies colgando del extremo y se puso a mirar al pequeño televisor que, situado en un estante al fondo del cuarto, estaba apagado.

– Me encantan las personas que saben ponerse cómodas en cualquier sitio. -Traía una botella y dos copas. Las depositó en la mesa y puso una cinta en el vídeo. Era de los primeros tiempos de Prince-. Mientras la ves, iré a calentar una sopa de calabaza y coco con jengibre. Está deliciosa. ¿Te apetece?

– Estupendo, gracias, si no es mucha molestia. Y a propósito -añadió cuando ella se dirigía a la puerta-, gracias por invitarme para que viese el vídeo. Sin él no podría escribir el trabajo sobre Prince.

– Ya hablaremos de eso después.

– De acuerdo.

¿Hablaremos de eso después?

Se puso a ver la cinta, pero acabó antes de que pudiera entenderla. No encontró el mando a distancia, así que tuvo que levantarse, rebobinarla y verla otra vez. Luego vio otro vídeo, que pasó dos veces, pensando todo el tiempo en algún comentario que hacer. La expresión «sin fisuras» le venía continuamente a la cabeza. Ése era el nivel al que había que ponerse. Pero no se le ocurrían frases de acompañamiento. ¿Qué pensaría cuando sólo le dijera «Es algo sin fisuras»… dos veces?

Estaba cambiando la cinta cuando ella apareció con una bandeja en la que llevaba la sopa junto con pan de barra y una ensalada griega. Iba a sentarse en el sofá. Shahid ya no podía volver corriendo para impedírselo y adoptar su posición anterior.

– ¿Te han parecido incitantes? -preguntó ella, señalando los vídeos.

Se sentó a su lado. La sopa estaba caliente y casi se quemó la lengua al tragar. No podía dejar de preguntarse dónde estaba su marido.

– Mucho. Pero también tienen un poco de pantomima. -Titubeó, pero siguió adelante-: ¿No los encuentras sin fisuras…, sin fisuras y bastante catárticos?

– Odio esta casa.

– ¿Cómo?

Ella paseaba la mirada por la habitación.

– Estamos intentando venderla. Perdona, ¿qué decías?

– Los vídeos. Sin fisuras.

Ella miró la sopa. Shahid sintió el calor de la chimenea; tendría que quitarse la chaqueta si no quería ponerse a sudar.

Ya se la había quitado y estaba empezando a desabrocharse la camisa cuando percibió, en el pasillo, unos ojos que lo miraban fijamente. Brownlow se puso apresuradamente el abrigo. Luego esbozó una sonrisa y saludó con la mano. Shahid hizo lo mismo, intentando apartarse de Deedee. Pero temió haberse pasado de la raya, pues Andrew entró en la habitación, se detuvo frente a él y bajó la vista.

Brownlow iba a decir algo pero, al abrir la boca, recordó que había perdido el habla. En cambio, tendió su viscosa mano y Shahid la estrechó tan cordialmente como pudo, intentando olvidar el hecho de que casi tenía a su mujer sentada en las rodillas.

Cuando Brownlow se volvió para marcharse, Shahid, aliviado, continuó tomándose cautelosamente la sopa y vio que el profesor y Deedee se miraban con despreocupada curiosidad, buscando una pista, como extraños que intentan recordar dónde se han visto antes.

La puerta de la casa se cerró.

– Qué silencioso, ¿verdad?

Deedee dejó la cuchara y se echó a reír.

– ¡Es mi marido! ¿Te imaginas?

– Me cuesta, debo reconocerlo.

– Llega un momento en que te enamoras apasionadamente y luego, no mucho después, eres incapaz de creer que hayas sentido tanto. ¿Te ha pasado eso a ti? Una vez, hace años, Andrew volvió de una fiesta y me describió cómo había besado a una mujer. En aquella época, las parejas trataban de ser lo más honradas y abiertas posible, ¿sabes?

– ¿Por qué?

– Ya no me acuerdo. Por motivos políticos, creo. En cualquier caso, me pasé dos noches sin dormir. Nunca me había sentido tan engañada. Ahora ni siquiera entiendo por qué. -Suspiró-. Cabría esperar, por otra parte, que la intimidad dejara más huella, que fuese más perdurable. Pero no. Simplemente se acaba pensando: ¿Quién es esa persona?

Terminaron la sopa.

Deedee le preguntó si le apetecía ver otra vez los vídeos, pero aunque él sabía que a la hora de redactar el trabajo se le habrían olvidado muchas cosas -aparte de que a Prince sin duda le gustaba llevar ropa interior femenina-, era consciente de que ya no los vería con tranquilidad. La cuestión era que no estaba seguro de si era eso lo que ella quería o de si le resultaría aburrido. Deedee se llevó los tazones.

Al volver se quedó de pie, revolviéndose el pelo con un dedo, y dijo:

– Lo siento, necesito salir. Me pongo nerviosa si estoy aquí demasiado tiempo. Y no quiero dar motivo de habladurías a mis huéspedes. No hay nada, no pasa nada -incluyó a ambos con un gesto, encogiéndose de hombros y sacudiendo la cabeza-. Pero… Pero mañana no correrán rumores en la Facultad.

Él se puso en pie.

– De todos modos, estoy cansado -dijo, bostezando para dejarlo claro.

– No, no. Te vienes conmigo.

– ¿Yo?

– A menos que estés demasiado cansado. Me gustaría que vinieras, Shahid.

– No, no estoy cansado. -Estaba tan impresionado por su determinación y tan nervioso, que añadió-: Contigo… contigo voy a donde sea. De modo que… sí.

– Qué bien. Me encanta el «sí». Prácticamente es la palabra más interesante que existe, ¿no crees? Como una bisagra que abre una puerta al exterior. Sí, sí, sí.

Dio un paso hacia ella.

En los ángulos de sus ojos había arrugas de satisfacción.

– ¿Me permites que vaya a arreglarme?

Esta vez desapareció por más tiempo.

Shahid se dirigió a la ventana, a inspeccionar. Chili estaba tumbado en el asiento, fumando, sin mirar a la casa ni a ningún sitio en particular, la música retumbaba apagadamente.

¿Qué haría ahora el Virgilio con vaqueros? Sin duda, Shahid no había hecho ningún falso movimiento hasta entonces, pero Chili, con su coche y su navaja, habría dominado más la situación. Salvo que Deedee no se habría acercado a él.

No, Chili era la última persona a quien le hubiera gustado parecerse. Había muchas cosas de su hermano que no le gustaban. Si Chili creía que Shahid tenía problemas, no eran nada comparados con los que éste adivinaba en su hermano.

Chili partía de la idea fundamental de que la gente era débil y perezosa. No de que fuese estúpida: él no cometería ese error. Veía, sin embargo, que la gente se resistía a los cambios, aunque tendieran a facilitar la vida; tenían miedo, eran complacientes, carecían de valor. Eso daba ventaja a quien demostrara iniciativa y voluntad.

Chili pensaba, por ejemplo, que los hombres temían hacer el ridículo con las mujeres, de manera que titubeaban en vez de lanzarse. Chili se consideraba un depredador. Cuando una mujer se ofrecía…, ése era el momento más satisfactorio. Muchas veces ni siquiera era preciso acostarse con ella. Bastaba una expresión en su mirada, de deseo, de alegría, de aquiescencia.

En casa, Chili solía sentarse por la mañana en la cama de Shahid para contarle las proezas de la noche anterior: Chili bajándole a alguna los pantalones cortos en la parte de atrás del club de tenis; Chili en el dormitorio de un colegio femenino, escapando por la ventana; la afición a los triángulos, Chili con dos chicas («emparedados de King's Road», los llamaban); Chili dejándose ligar en un club y follando con la mujer mientras el marido, un viejo, miraba.

A papá, además, le encantaban las aventuras de su primogénito. No es que Chili le contara los detalles más lascivos, por temor a que los condenara por «demasiado tortuosos». Pero desde su cuarto gritaba «Manténme informado», cuando Chili salía a otra expedición para «llevar su carga». Papá tenía interés en conocer a sus amigas.

– Estoy seguro de que les gusta salir contigo -le decía a Chili-. Pero es conmigo con quien prefieren hablar. ¡Tráelas!

Chili las llevaba para que viesen a papá, acostado en medio de su cuarto con una resplandeciente bata marrón (bajo la cual siempre llevaba un pijama azul de seda). Sonaba un disco de Glenn Miller mientras él bebía whisky en un vaso largo, mitad Bushmills, mitad agua con gas. Papá se metía en la cama siempre que no estaba trabajando. Se quedaba tumbado como un pachá, con un montón de tebeos en la mesilla de noche. El «centro de operaciones», lo llamaba. Entretanto, la madre de Shahid se retiraba con sus amigas, hermanas y sobrinos, a otra parte de la casa; era como si viviesen en Karachi.

Igual que papá, aunque con mayor malicia, Shahid disfrutaba de las aventuras de Chili como si fuesen relatos de pasión y desvarío, sobre todo cuando Chili aparecía en ellas con un aspecto ridículo. Como la vez que se ligó a una mujer especialmente fascinante en un club y al despertarse, después de una noche perfecta, descubrió que la casa estaba llena de carteles y publicaciones del Frente Nacional y que sus dos hermanos de cabeza rapada hacían resonar los tirantes en el cuarto de estar. Chili adoptó un acento español, fingió saber poco inglés, abrió la puerta y salió a escape.

El problema era que papá deseaba que Shahid se pareciese a Chili.

Cuando Shahid tenía quince años, papá le convenció de que saliera con una chica del barrio. Pasearon por el campo y Shahid le leyó a Shelley en un pajar. A su vuelta, papá insistió en que Tipoo -su hermano menor, esquizofrénico, que trabajaba en la casa- condujese a Shahid al «centro de operaciones».

– ¿La has tocado? -le preguntó papá, golpeándose el resollante pecho-. ¿O más abajo? -continuó, palmeándose las piernas, tan delgadas como las de un Cristo medieval. Chili sonreía en el umbral.

– No.

– ¿Qué has hecho?

– Leer poesía.

– ¡Habla alto, estúpido eunuco!

– Le he leído a Keats y a Shelley.

– ¿A la chica?

– Sí.

– ¿Se ha reído de ti?

– No creo.

– ¡Claro que se ha reído!

Papá y Chili no dejaban de burlarse de él.

Pese a su afición a divertirse, papá tenía muchas cosas honestas y respetables. De corta estatura, como de un metro sesenta, con un bigote en forma de cepillo de dientes, llevaba, en la oficina, trajes o chaquetas azules con corbata y pantalones grises. Durante la guerra había pilotado bombarderos de la RAF desde East Anglia, lo que le valió la condecoración de Miembro de la Orden del Imperio Británico. Papá siempre había querido hacer muchas cosas. Poseía un orgullo sin límites, incluso distinción.

Llevaba personalmente a sus hijos de compras, asegurándose de que tanto él como ellos adquirieran la mejor ropa. Mientras sus hijos hacían muecas en los espejos de la sastrería Burtons, el gerente y él hojeaban los gruesos libros de retales, con dibujos y lisos, como eruditos que examinaran manuscritos. Papá solía volver varias veces para los ajustes -los pantalones siempre le quedaban largos-, antes de decidir, tras interminables consideraciones, que la corbata y el chaleco no iban en cierto modo con el traje. En casa, llevaba al baño a Chili y a Shahid para enseñarles la forma correcta de afeitarse, la carga de la brocha y el ángulo de la navaja, el enjabonado, frotado, raspado y pellizcado de la piel. Luego se desnudaba para la demostración del baño, seguida de un ejemplo sobre cómo echarse polvos de talco en las pelotas, los sobacos y entre los dedos de los pies. Papá hubiera preferido dormir en la calle que pasar por una puerta antes que una mujer. Les enseñaba esas buenas maneras, y a estrechar la mano con firmeza mientras decían: «¿Cómo está usted?» Quería que la gente comentase lo elegantes que eran sus hijos. Pero ¿lo habían aprovechado?

Deedee aún no había vuelto. Su ausencia empezaba a inquietarle. ¿Qué estaría haciendo?

Sus padres habían venido a Inglaterra en busca de una vida tranquila y próspera, a un país no gobernado por tiranos. Una vez logrado ese objetivo, depositaron sus demás ambiciones en sus hijos, sobre todo en el mayor. Papá quería a Chili, pero ¿aprobaría ahora su conducta? Su último sueño era triunfar en Estados Unidos, aunque lo que llamaba a Chili no era tanto la voz de la libertad como la intensa violencia. Veía una y otra vez Érase una vez en América, Scarface y El padrino como documentales sobre ciertas profesiones. Incluso había maldecido a papá -sin que él lo oyera- por haber emigrado a la vieja Inglaterra en lugar de haber hecho cola en Ellis Island con judíos, polacos, irlandeses y armenios. Inglaterra era pequeña, rígida; la verdadera gloria era imposible en un país donde los guardias llevaban cascos como calabacines recortados. Chili creía que en América sería alguien, pero no iría pobre. Prepararía el terreno en Londres para presentarse luego en Nueva York con una buena reputación.

El caso era, como su satírico tío declaró una vez, que en los años ochenta el dinero le había venido con demasiada facilidad a las manos. Chili no respetaba su procedencia.

– Es muy fácil que las personas, sobre todo si son jóvenes -había dicho el tío-, olviden que acabamos de llegar a Inglaterra. Se tarda varias generaciones en acostumbrarse a un país. Creemos que estamos instalados, pero somos como novias que apenas han traspasado el umbral. Tenemos que andar vigilantes, si no queremos que al despertar un día descubramos que hemos hecho una boda desgraciada.

Esa declaración, desde luego, estaba teñida de amargura. Su tío se veía ante la imposible tarea de vivir en un país en el que no había cabida para la inteligencia, la iniciativa, la imaginación, y donde la mayoría de los esfuerzos se hundían en la ciénaga de la desesperación. Pero Shahid comprendía sus palabras.

Se puso en pie. Deedee seguía sin dar señales de vida. ¿Le habría pasado algo?

Salió al pasillo con intención de buscarla. Empezó a subir las escaleras. Estaba arriba, cantando al compás de la música. Reconoció la canción; era la misma que Chili había puesto varias veces aquella tarde mientras él se arreglaba, el primer corte de Beggar's Banquet. Se volvió.

Oyó una voz en lo alto de la escalera.

– ¿Estás ahí abajo, Shahid?

– Sí.

– ¿Te importaría subir a decirme una cosa?

– ¿Qué quieres saber?

– No sé qué ponerme. ¿Puedes decirme si voy bien?

Subió las escaleras, preguntándose qué promesas le reservaban ella y la noche.

6

No mucho después salieron de la casa. Chili los vio, arrancó el coche y se alejó, cosa que Shahid le agradeció en silencio.

Fueron andando por la acera. Paró un autobús. El conductor los miró y, cuando Deedee negó con la cabeza, tocó el claxon.

Frente al Camden Plaza no hizo ademán de parar un taxi, sino que se bajó de la acera. Un taxi se detuvo en el acto a su lado. Deedee subió y se inclinó hacia adelante para dar instrucciones al chófer. Shahid se demoró un poco, pensando que estaba resplandeciente con la falda corta y la chaqueta de amplias solapas, bajo la cual llevaba un sujetador negro.

En el taxi se sentaron muy juntos.

– Queremos vender la casa, ahora que Andrew y yo nos hemos separado -explicó ella-. Me muero de ganas de vivir sola.

Olía a flores. Sus pendientes temblaban como dos gotas de agua a punto de caer.

– ¿Por qué os habéis separado? -preguntó Shahid, maldiciéndose a sí mismo por hacer preguntas tan ridículas.

Ella no contestó, sino que continuó revolviendo en el bolso como si tratara de sacar un premio en una tómbola.

Él permaneció inmóvil; al menos iba en un taxi londinense.

– A ese hombre sólo le interesa una cosa, la política -dijo ella-. Yo también he estado en eso durante años. No sabía lo mucho que me limitaba. Todo eso te crea sentimientos de culpa.

– ¿Qué es lo que te gusta ahora?

– Estoy tratando de descubrirlo. Otras cosas. La cultura. Cuando puedo, me dedico a no hacer nada. Pruebo con el placer. Sí. -Volvió a introducir la mano en el bolso-. Andrew tiene una nueva amiga, de modo que casi siempre está en el piso de ella. Tenemos una norma: no llevar a casa a nuestros amantes.

Shahid encontró cómica la palabra «amante» aplicada a Andrew, y se entretuvo brevemente en imaginarse al doctor Brownlow sin pantalones; pero entonces vio a Andrew besar a Deedee y se preguntó cómo podía tener ese marido.

Estaba pensando que quizá fuese más complicada de lo que él podía entender, cuando Deedee sacó del bolso una cajita de madera con esquinas de cobre. De ella extrajo dos pastillas blancas y acanaladas. Parecían pequeñas bombas en su mano extendida.

– No sé por qué te cuento mis intimidades; a lo mejor es que tengo un presentimiento contigo.

– ¿Por eso me has invitado a tu casa esta noche?

– Sí. Y porque estás solo y me gustó tu forma de mirarme.

– ¿Te hacen muchas proposiciones los hombres?

– ¿Cómo?

– Era sólo curiosidad. Lo siento, en realidad no quería decir eso.

Ella miró fijamente por la ventanilla.

– Quiero tomar una cosa. ¿Me acompañas?

– ¿Qué es?

Sentía su cuerpo contra el suyo.

– Te hará reír. Y bailar.

Le explicó lo que era; los términos farmacéuticos que empleó y su tono profesoral -«Tendrás experiencias…»- le daban aire de médico imprudente. A él le encantaba escuchar, de eso no tenía ella la menor duda. Sin embargo le parecía inquietante el modo en que hablaba de lo que su madre denominaba «cosas malas», drogas y música pop, como los adultos charlaban de vino o literatura.

– Sí -dijo él-. Fumábamos hierba, pero de esas pastillas sólo he tomado una vez, en Brighton.

– ¿Te gustó?

– Me tomé la mitad, y la persona que me la dio me recomendó que viniese a verte. Ese fue el efecto que me hizo.

– Me alegro de que la tomases. Éstas son muy suaves. Me hacen sentir. ¿Qué me dices?

El taxi seguía su marcha sin obstáculos, no había mucho tráfico. Shahid no tenía idea de adónde iban. En aquella ciudad sin límites ni forma se podía ir en coche durante dos o tres horas y no salir de ella; y a partir de cierto punto llegar donde nunca van los turistas, la gente lleva ropa más harapienta, los coches son más viejos, las casas más descuidadas.

Ella se depositó una bomba en la lengua y echó atrás la cabeza, tomando un trago de agua de la botella de plástico que llevaba consigo.

– En realidad, me parece que estoy muy bien -dijo él.

– ¿Seguro?

– Los vídeos de Prince me han animado un montón -contestó Shahid, bailando sobre el asiento.

Deedee no habló ni le miró. Se había enfadado con él, o quizá consigo misma, Shahid no sabía decirlo. Estaba claro que había algún malentendido.

Podía pedirle que parase el taxi. No tardaría mucho en volver en autobús o en metro. Riaz trabajaba hasta tarde, había mucho que hacer, necesitaba que le escribieran cosas; su labor no podía ser más meritoria ni esencial. Riaz, Hat y Chad eran las primeras personas parecidas a él que había conocido, no tenía que explicar nada. Chad confiaba en él. Hat le había llamado hermano. Estaba más próximo a esa cuadrilla que a su propia familia. Pero la mujer que le había invitado a salir -debía tener cuidado para no llamarla señorita- estaba tensa. Parecía ser de las que imaginaban tener muchos problemas para discutirlos continuamente con amigos y psicólogos, mientras que, comparadas con la mayoría de la gente, llevaban una vida agradable y, probablemente, eran bastante frívolas. ¿Es que no lo había reconocido ella, al decir que buscaba el placer? De todas formas le estaba poniendo nervioso. ¿Qué quería de él?

– ¿Dónde estamos, Deedee?

Ella respondió indicando con el dedo. El labio del puente los deslizaba hacia la boca del sur de Londres. Eso podía haberlo averiguado él solo. No le gustaba que ella le fuera señalando ríos.

El taxi llevaba la calefacción puesta y el calor le traspasaba la ropa hasta la piel, humedeciéndola. Necesitaba quitarse la chaqueta o tomar el aire. Imaginó que sería más fácil salir, dejar aquel asunto, fuera lo que fuese, y perderse en la ciudad.

Se detuvieron frente a un semáforo. Se inclinó para coger el tirador de la puerta. Pensó, sin embargo, que podía matarse, y que debía considerar la situación. Abriría la ventanilla. Pero no se movía y, después de tirar hacia arriba, hacia abajo y de lado, e incluso de rascar el metal, no consiguió que cediera. No podía seguir arañando el cristal como un gato bajo la lluvia. Apartando la vista, se echó agua en la mano, se salpicó la frente y se frotó la nuca. Asfixiado de calor, se recostó en el respaldo.

Ella se inclinó sobre él y liberó la ventanilla con un solo movimiento. Por el taxi corrió la vaporosa brisa del río; era un alivio. El taxista alargó la mano y conectó la radio. Hubo un chisporroteo y se oyó un fragmento de la información del tiempo en las Oreadas, que es en lo único en que tienen que pensar allá arriba, antes de que el taxista diera con una emisora de música pop y subiera el volumen.

Shahid escuchó de pronto algo que le hizo mover las rodillas. ¿Eran los Doors? No, idiota, algo nuevo, los Stone Roses o los Inspiral Carpets, uno de esos grupos de Manchester con guitarras. Fueran quienes fuesen, le animaron. La música podía producirle el efecto de una inyección de adrenalina, y sintió deseos de corear «bu-bu-bua» por estar con su profesora, que le había invitado a salir. (Si al menos pudiera preguntarle adónde.) Cuando abandonó los intentos de dominarse, comprendió que le gustaba la situación. Ahora estaba seguro de que quería estar allí. Sí, no estaba mal; Chili no lo había conseguido.

– De acuerdo -dijo él.

– ¿Cómo?

– Me la tomo.

– ¿Seguro?

– Sí.

Cerró los ojos, se metió la pastilla en la boca y tomó un sorbo de la botella. Luego rodeó a Deedee con el brazo. Inmediatamente, ella apoyó la cabeza contra su pecho. Shahid deseaba besarla ya, estaba armándose de valor, pero temía cometer una equivocación; Chili decía que todo estaba en la voz, no en el lenguaje del cuerpo, ése era el error que solía cometerse. Pero ésta era su profesora, por amor de Dios, podían expulsarle.

Torcieron por un callejón concebido para cometer asesinatos, pasando por talleres, garajes cerrados y árboles, de triste aspecto. Doblaron una estrecha esquina y se metieron por una calle cortada. El edificio del fondo, que resonaba tenuemente, era el White Room.

Era un almacén plateado.

Enfrente había una explanada en cuyo centro se abría un sendero entre rollos de alambre espinoso. Toda la zona estaba rodeada por una cerca alta y bañada en una luz áspera y amarillenta, que le daba aspecto de patio carcelario. Las tres entradas, en forma de garitas, estaban guardadas por centinelas que hablaban en voz baja por sus transmisores. Un gentío los rodeaba en la fría noche. Algunos chicos, no admitidos, se aferraban tiritando a la cerca. Otros trataban de escalarla como refugiados, gritando hacia el edificio, antes de que los bajaran al suelo de un tirón y los echaran.

Deedee dio su nombre y los admitieron. Filmados por cámaras de seguridad, avanzaron airosamente entre la luz del sendero seguidos por miradas de envidia. Como estrellas del pop en un estreno. Entraron en una sombría zona de bar con mesas y sillas, donde la gente bebía agua y zumo de frutas bajo paracaídas hinchados. No servían alcohol.

– Por aquí.

Shahid la siguió por un laberinto de túneles y lonas onduladas. Al fin llegaron a una estancia cavernosa que albergaba al menos quinientas personas y en cuyas paredes se proyectaban cambiantes diapositivas en color. Había un incesante torbellino de ruidos interplanetarios. Chorros de luces calidoscópicas rociaban el ambiente. Muchos hombres iban con el torso al aire, llevando sólo una tirilla de cuero; algunas mujeres no llevaban nada en la parte de arriba o camisetas de red y pantalones cortos. Una iba desnuda sólo con zapatos de tacón y un gran pene de plástico atado a los muslos con el que mantenía una continua actividad. Otros llevaban trajes de caucho, máscaras o disfraces de niños. Bailaban frenéticamente, cada uno por su lado. Unos tocaban silbatos, otros daban gritos de placer.

Deedee acercó los labios al oído de Shahid. La poderosa intimidad de su pelo y el olor de su piel le produjo una descarga emocional.

– Echamos un vistazo y nos marchamos -gritó ella entre aquel infierno.

– Empieza a darme la impresión de que puedo volar.

– ¿Por qué? ¿Estás colocado?

– No lo sé.

– Me parece que te he forzado a hacer esto, ¿sabes? -dijo ella.

– Lo has hecho, pero te lo agradezco. Podría decirse que forma parte de la enseñanza, ¿no?

Deedee empezó a agitar brazos y piernas. Luego se movió con más sensualidad, como una cuerda al desenrollarse. Shahid se quedó parado frente a ella, sin levantar los pies del suelo por si empezaba a flotar.

Con los ojos medio cerrados, atisbó hacia la luminosa niebla ultravioleta. Entre la bruma dorada observó que nadie prestaba especial atención a nadie, aunque las miradas de la gente se encontrasen de vez en cuando. Y entonces le ocurrió algo: todo el mundo le pareció maravilloso. Pero antes de que pudiera adivinar la causa o de saber por qué se encontraba tan bien, se sintió anegado por una oleada de satisfacción, como si alguna criatura suspirase en su interior. Tuvo la impresión de que empezaría a flotar en cualquier momento.

La sensación se agotó y se sintió vacío. Quería recuperarla. Y lo hizo, una y otra vez. En un trance palpitante, empezó a retorcerse gozosamente, sintiéndose parte de un ondulante océano. Podía haber bailado eternamente, pero no lo hizo mucho tiempo porque ella dijo:

– Tenemos que irnos.

Ondas eléctricas de luz parpadeaban en el aire. Frondas de dedos que desprendían llamas saludaban a los pinchadiscos, directamente llegados de Nueva York y sentados en casetas de cristal.

– Pero ¿por qué?

– Hay un sitio mucho mejor que me recomendó una de mis alumnas más dignas de crédito. Es una fiesta de final de década.

– La década no ha terminado todavía.

– No, pero da la impresión de haberlo hecho.

– Es imposible que haya un sitio mejor que éste, Deedee.

Ella asintió, segura de sí. Lo sabía todo.

– Fumemos un cigarrillo y marchémonos.

Él la siguió.

El aire fresco les heló el sudor de la frente y devolvió a Shahid una lucidez pasajera pese a quedar boquiabierto ante la resplandeciente calle, iluminada como para una comedia musical. Deedee y él no hablaban mucho pero no dejaban de mirarse.

Estaban en otro taxi, de eso era consciente, pero no tenía idea de cómo habían llegado a él, había perdido toda noción del tiempo. Seguían en dirección sur y se preguntó si circulaban por un parque; era una zona de las afueras, exuberante, abierta, sin tiendas. Las calles cubiertas de escarcha estaban silenciosas, no había tráfico ni peatones. Las oscuras mansiones, tras verjas de hierro y altos muros bordeados de árboles, estaban bastante apartadas de la carretera. Se preguntó dónde estaría Chili. Pensó en su madre, que estaría durmiendo en su cama; allí era donde a su familia le habría encantado vivir.

Llegaron a la ominosa verja de hierro de una mansión blanca, el tipo de residencia que un Gatsby inglés hubiera elegido, pensó. Había camionetas aparcadas en el camino de entrada. Hombres altos acechaban en la penumbra. Registraron a Shahid, hurgándole en los bolsillos; tuvo que quitarse los calcetines y sacudirlos mientras se mantenía en equilibrio con un pie en el barro.

Entraron en el vestíbulo de mármol y se encontraron ante una gran escalinata. Luego pasaron por el eficiente guardarropa, el bar y un oso polar disecado, en pie sobre las patas traseras y con una luz en las fauces, cruzaron la gruesa alfombra blanca, puertas, amplios pasillos y un invernadero donde los árboles tocaban el techo, hasta llegar a una bañera de hidromasaje donde todo el mundo estaba desnudo. Más allá había una piscina iluminada. En la penumbra de la superficie flotaban docenas de globos amarillos y verdosos.

Afuera, el jardín se extendía en la distancia, iluminado por gaseosas llamas azules.

Era el sitio perfecto para una fiesta. Mientras observaban todo, Deedee le cogió del brazo y le recitó al oído:

– «¡En un lugar salvaje, tan santo y encantado / como nunca hubo bajo luna menguante, / vagaba una mujer que gemía por su demonio amante!» [3]

La casa vacía había sido ocupada ilegalmente la tarde anterior, después de que un limpiacristales, batería de los Peniques del Infierno, la descubriese en uno de sus itinerarios.

Esa noche estaba invadida de hordas de chicos y chicas del sur de Londres. Llevaban el pelo a lo paje, camisetas de monopatín, gorras de béisbol, capuchas, ponchos de colores vivos y pantalones con medio metro de campana. Deedee dijo que la mayoría de ellos jamás habría estado en una casa así, salvo para entregar los pedidos de la tienda. Ahora se lo estaban pasando como nunca. Cuando terminase el fin de semana, la casa quedaría reducida a cenizas.

– Y ellos también -añadió.

Empezaron a subir la escalera, pero bajaban docenas de personas. Otras bailaban sin desplazarse de sitio, gritando: «Todo el mundo es libre de sentirse bien, todo el mundo es libreee…» Algunos estaban simplemente sentados, moviendo la cabeza con los ojos cerrados. Entonces Shahid perdió a Deedee.

En el rellano, un chico menudo, delgaducho y nervioso había montado un tenderete y, saltando, gritaba:

– ¿Queréis algo, queréis algo…? ¡Eeeee…! ¡Éxtasis para el pueblo! ¡Viva la clase trabajadora!

– ¿Cuánto? -le peguntó Shahid.

Era un precio exorbitante.

– ¿Cuántas quieres? -le dijo el chico.

– Tres.

El chico le puso tres bombas en la mano; Shahid se tragó dos.

– ¿Cómo se llaman éstas? -preguntó Shahid.

– ¿Las blancas? Palomas de amor. Tengo de otras clases.

– No, éstas me valen.

– Sí, que te diviertas -repuso el chico-. Hasta luego.

– ¿Qué estás haciendo? -preguntó Deedee.

Estaba detrás de él, abrazándole el pecho.

– Toma.

Le depositó una pastilla acanalada en la lengua extendida. Luego se perdió otra vez, entre el gentío. Solo, siguió subiendo.

En la fría estancia del piso superior no había nadie en posición vertical: todos estaban tumbados en el suelo, sin moverse -salvo para besarse o acariciarse-, como si los hubieran exterminado. Shahid sintió la necesidad de unirse a ellos y se tumbó, acoplándose en un espacio entre los cuerpos. En cuanto cerró los ojos, su mente, que antes visualizaba como un antiguo estrato entre las capas de la corteza terrestre, se convirtió en un deslumbrante trapecio de luz en el que danzaban formas de colores.

Alguien le zarandeaba suavemente y al abrir los ojos vio a una chica que le observaba.

– ¿Qué tal?

– ¿A qué te dedicas? -preguntó él, sorprendido.

– A sentirme bien, como tú.

– ¿Y el resto del tiempo?

– ¿El resto de qué tiempo?

– De cualquier tiempo.

– Hago esto.

– ¿Todos los días?

– Todos los fines de semana. Viernes, sábado y domingo. El resto de la semana…

– ¿Qué?

– Tengo que quedarme en cama; es necesario. Mañana, ya verás…

Shahid estaba colocado y acelerado, se sentía líquido, como si huesos y músculos se le hubieran convertido en lava en el horno de su estómago. Pero lo que acababa de decirle la chica chirriaba. En algún sitio de su mente acechaba la desolación: las cosas que le gustaban se habían esfumado y no sólo era incapaz de localizarlas, sino que tampoco recordaba cuáles eran. Necesitaba un bolígrafo para enumerar los motivos por los que valía la pena vivir. Pero ¿qué habría en esa lista comparable a la sensación de aquella droga? Había penetrado un secreto peligroso; una vez revelado, gran parte de su vida, vista desde aquel elevado punto de observación, parecía del todo insignificante.

Entonces la chica y él empezaron a besarse, dándose la lengua hasta sentir que se les fundía la cabeza.

Alguien se tumbaba junto a él y le tiraba del hombro. Shahid no hizo caso. La habitación se había convertido en un cuerpo anónimo, una boca y un beso. Luego le forzaron a volverse; era Deedee, que se acercaba a él con una mirada feroz antes de apartar a la chica y lanzarse a su boca.

Le tomó de la mano y se lo llevó. Fueron los primeros en tirarse a la piscina.

Se encaramaron al silencio del taxi y descubrieron que sus oídos ansiaban música como el estómago reclama comida, pero no había. Deedee apoyó la cabeza en su hombro.

– Cuéntame un cuento.

– ¿De qué clase?

– Pues romántico, y sexy. -Cerró los ojos-. Me lo imaginaré mientras me lo cuentas. Esta noche atravieso las esquinas con la mirada.

Al principio, por temor y vergüenza, dio al cuento un tono deliberadamente infantil, pero como ella le tiraba de la solapa y le lamía la oreja a medida que él vacilaba, se vio obligado, por exigencias del auditorio, a inventar un argumento bastante retorcido y obsceno, una historia para excitarla.

Shahid ya reconocía el barrio.

– No contarás esto a nadie, ¿verdad? -dijo ella.

– Por supuesto que no. -Él vio que aquello la seguía preocupando-. Te lo prometo, nena.

– Sí, llámame nena -dijo, dándole un beso en la cara-. Nena, nena, nena. -Pero seguía inquieta-. Ojalá no fuese siempre la más vieja en estas cosas.

– Ojalá no te preocupara eso.

– Me recuerda que todas mis amigas están casadas o viven con alguien. La mayor parte de ellas tienen al menos un hijo. Ni se les ocurriría hacer esto. No podría ni empezar a contárselo.

Shahid reconoció la calle, pero todos los portales eran idénticos. Ella se reía mientras le ayudaba a probar su llave en varios edificios. Al fin funcionó en uno y entraron en el vestíbulo, que olía a meadas de gato. El taxi esperaba. Besándose, cayeron contra la pared.

– ¿Otra vez?

– Otra y otra vez -repuso ella.

Shahid subió a su habitación repitiendo «otra y otra vez» hasta que las palabras perdieron todo sentido.

Podía dormirse, pero sabía que al despertarse la vida sería trivial. ¿Por qué tenía Deedee que haberse marchado? ¿Por qué no estaba con él ahora? ¿Por qué no había sido capaz de invitar a su profesora a pasar la noche con él después de aquellos inolvidables momentos en la piscina de los sueños?

Al entrar en el cuarto, se quitó la ropa y se dejó caer en la cama, pensando que ella debía de estar de camino. Al bajarse del taxi, sin duda habría encontrado la soledad insoportable. Venía hacia él por las calles de ardientes osos polares, sabiendo que la esperaba. Al fin y al cabo, en el taxi le había musitado -y eso es lo que estaba deseando oír desde que era un muchacho-: «¿Me dejarás chupártela? Me encantaría tener tu polla en la boca.» Lo había dicho, ¿no?

Pero ahora que la felicidad iba a llegar por fin, le castañeteaban los dientes. ¿Sería capaz de satisfacerla? Ni siquiera se sentía los cojones. Al encontrarlo en aquel estado, sin duda volvería a ponerse su chaqueta de Katharine Hamnett y bajaría brincando las escaleras entre la boquiabierta cola de Riaz. Cogería un taxi hasta un club del West End; imaginó que entraba corriendo y se arrojaba en brazos de un hombre alto con esmoquin que la había estado esperando.

Pero no tenía que estar acostado en pijama cuando ella llamara al timbre. Podía estar levantado…, ¿haciendo qué? Preparando una tortilla. Se puso los pantalones y el walkman, abrió las llaves de los tres hornillos de gas y se tumbó en el sucio suelo junto a la cocina, resuelto a permanecer despierto hasta el momento de cascar los huevos; si encontraba alguno. A lo mejor traía ella. Sí, ella lo sabría.

Qué más había dicho, pensó, sacándose la picha y acariciándose para ponerse en forma. (Llegaría en seguida; se desnudaría y se acostaría a su lado; por la mañana irían a la universidad: amantes.) Al despedirse se había disculpado por llevarle a sitios donde sólo había blancos.

– La White Room es muy…, bueno, ya sabes, blanca.

¿Qué era ese ruido? Estaba llamando. ¡Había llegado! Tenía que abrir. Pero no podía moverse; la habitación daba tantas vueltas que ni siquiera podía apoyarse en el suelo con la mano. Pero ella tenía que saberlo. De todos modos no había cerrado con llave. Iba hacia él, ligera como un ángel.

¡Le despertaba! Se removió mientras ella, cálida como una madre, le atraía a sus brazos, donde se disolvió.

7

– Decididamente, eres un tipo con suerte -le dijo Chad, no sin sarcasmo-. ¡Oye, Shahid, te estoy preguntando por qué eres tan afortunado!

Riaz estaba de pie frente a su escritorio, clasificando un montón de papeles. Tahira disfrutaba ayudándole. Pasaba hojas a Riaz, que se las entregaba a Chad, quien, a su vez, las colocaba en una carpeta para Shahid.

El hermano Shahid estaba sentado en la cama de Riaz y, en aquel momento, mantenía una mano sobre los ojos y la otra cerca de la boca: para impedir el paso a cualquier deplorable proyección.

– ¿Por qué soy afortunado? -se obligó a decir.

– Por ser tan útil. El hermano quiso que fueses tú especialmente.

Media hora antes, Chad lo había sacado de la cama, quedándose allí parado con su ropa en la mano mientras Shahid se apoyaba en él para ponerse, tambaleándose, calzoncillos, pantalones y camisa. Entonces, fascinado por un pliegue de grasa marrón en la nuca de Chad, se rio de la absurda escena. Pero ahora se estaba enfadando.

– Aquí lo tienes, Shahid -dijo Riaz.

– ¡Shahid! -gritó Chad.

Shahid se dio cuenta de que Riaz estaba frente a él con el fajo de papeles. Riaz esperó a que abriese los ojos antes de tendérselos y Shahid, de mala gana pero como movido por una presión irresistible, los cogió.

– ¿Qué es esto, Riaz? -preguntó suavemente.

– Por favor -repuso Riaz, invitándole a coger los papeles.

Con dedos pegajosos, Shahid los hojeó dejando una huella húmeda en cada uno. El manuscrito tenía unas cincuenta páginas. Se titulaba: «La imaginación del mártir.»

Asombrado, Chad miraba alternativamente a Shahid y a Riaz.

– Es mi modesto libro -explicó Riaz.

– ¡No! -exclamó Tahira-. ¿Ya está acabado?

– Sólo escrito a pluma, hasta el momento. Por favor -dijo Riaz a Shahid-. ¿Podrías prestarme un servicio?

– Lo que sea, Riaz.

– ¿Lo imprimirás?

– Por supuesto. Ningún problema.

– Me dice Chad que tienes ciertas aspiraciones literarias.

– Sí, estoy trabajando en una novela.

– ¿Sobre? -terció Chad.

– Mis padres. La educación. Una típica primera novela.

– No tan insultante como las que escriben otros, supongo -aventuró Tahira.

– No es de ésos -afirmó Riaz.

– No -convino ella.

– Mira, hay otros que se han ofrecido voluntariamente -explicó Riaz-, pero desde hace unos días pienso que eres la persona indicada para esta tarea.

Intrigado, Shahid abrió el manuscrito por la primera página. La escritura no llenaba el papel. Era poesía. Riaz había escrito un libro de poemas. Así que también era escritor.

Riaz sonrió tímidamente a Shahid.

– Soy de un pueblecito de Pakistán, ¿sabes? Principalmente son… cantos del recuerdo, la adolescencia y el ocaso. Pero puede que también cambien un poco el mundo.

– No sabía que tú… -empezó a decir Shahid, pasando las páginas. Era evidente que a Riaz le gustaban los adjetivos, pero se figuró que los verbos estarían en alguna parte.

– Ah, sí -dijo Chad-. Riaz es poeta.

Riaz sonrió con modestia.

– Es obra de Dios.

– Con tu nombre en la página de guarda -apostilló Shahid.

– Sí -repuso Riaz, rebosante de satisfacción-. Toda la responsabilidad es mía.

Tahira le dio a Shahid un vaso de agua y dos aspirinas.

– Quizá te venga bien esto para hacer el trabajo. -Se volvió a Riaz-. ¿Qué mensaje tiene el libro, hermano?

– El mensaje, y todo arte que nos hable con franqueza debe tenerlo, es de amor y compasión.

– Precioso -murmuró Chad, quien dirigiéndose a Shahid añadió-: Ahora tenemos que marcharnos para que el hermano medite.

Con los ojos brillantes de lágrimas y caminando hacia atrás, Shahid se dirigió a la puerta.

– Gracias, hermano Riaz, gracias… ¡por todo!

– No, no -protestó Riaz.

Chad siguió a Shahid a su habitación, apenas capaz de contenerse.

– Vaya, es increíble, te ha dado el libro para que lo pases al ordenador. Es un verdadero privilegio.

– Tú no querías hacerlo, ¿verdad, Chad?

– ¿Qué? Voy a hacerte una advertencia: esto tienes que guardarlo en absoluto secreto.

– ¿Quién te has creído que soy? -exclamó Shahid. Chad estaba empezando a fastidiarle. Papá y Chili le habían enseñado a contener el mal genio. Era algo que quería conseguir, pero seguía sin resultarle fácil-. ¿Estás diciendo que no soy digno de confianza?

– No, no, hermano. -Chad trató de calmarle-. Pero Riaz es peligroso, demasiado radical. Para nosotros es un amigo, pero a mucha gente importante de la comunidad no le gustaría que fuese un creador. Eso es demasiado frívolo, demasiado alegre. Algunos de esos tíos, si entran en un supermercado donde hay música, vuelven a salir pitando.

– ¿Sí?

– Dicen que no hay que hablar de las emociones. Él debe dedicarse a cosas más serias -declaró Chad, poniéndole la mano en el hombro-. Lo siento, hermano. ¿Cómo te encuentras?

– Un poco débil.

– ¿Por qué no descansas un poco antes de empezar un trabajo tan importante? -sugirió Chad, quitándole suavemente el libro de las manos.

Shahid se tumbó en la cama. Mientras, Chad se sentó a la mesa de Shahid y estudió el manuscrito, aunque no parecía que Riaz le hubiese dado permiso.

Sobre las seis de la mañana habían despertado a Shahid, que estaba tumbado en el suelo de su habitación, helado de frío y con dolor de cabeza. Una aguja le pinchaba un ojo; tenía agua en los oídos. Peor, se sentía herméticamente cerrado, como si le hubiesen metido el cráneo en una bolsa de plástico. No podía respirar. Tenía taponada la boca, la garganta y la nariz. Aunque forcejeaba como alguien que se ahoga, no llegaba a comprender la causa de la obstrucción ni el origen de la densa humedad que le empapaba el pecho. Temía que el cerebro se le hubiese derretido y se le saliera por la nariz y la boca. Para empeorar las cosas, Deedee le golpeaba la espalda y tenía la picha colgando.

Fue Riaz, no Deedee, quien le oyó llegar a casa; alertado por el olor a gas, y preguntándose si Shahid le pasaría unas cartas para George Rugman Rudder, el dirigente laborista, había ido a su habitación.

Fue Riaz quien, con palmadas, le liberó el vómito atascado en la garganta; Riaz quien le arrastró al lavabo para desatascarle la nariz y la boca. Por último, Shahid, postrado en la cama, atisbó tras una serie de sinuosas pirámides ondulantes a su hermano espiritual, que limpiaba el vómito de las paredes, el entarimado del suelo y varios clásicos de Penguin con la toallita de lavarse que su madre le había comprado. Luego Riaz enjugó la toallita, la extendió en el borde del lavabo, comprobó que su vecino seguía respirando y se marchó de puntillas.

Ahora Shahid quería descansar. Necesitaba dormir y quería soñar con Deedee, con lo que llevaba, lo que decía, lo que podrían hacer juntos, los sitios adónde podrían ir. Más aún: quería volver a verla, aquella misma noche, quizá; en cuanto ella quisiera, lo que tardara él en llegar. ¡Cómo podría estar ya sin ella! Vaya golpe, también, la impresión que se llevaría la gente…, si él conociese gente. Pero no había nadie ante quien ufanarse de su amante, y menos aún ante sus nuevos amigos.

Ahora, mientras flotaba y descubría que podía revivir la noche anterior, las alucinaciones se fundieron con la voz de Chad que venía a través de la habitación.

– Magnífico -ronroneaba-. «Pura belleza en mis manos… La fragancia en la sombra de la espada.»

Shahid se incorporó a coger una palangana que había junto la cama.

– «Tu cuerpo estaba húmedo y tu hechicera lengua contaba cuentos, mala mujer.» -Ante el gemido de Shahid, Chad se volvió hacia él-. Lo siento, no hablaba contigo. Sabes, hermano Shahid, Riaz quiere que hagas otra cosa. Sé que le daba reparo pedírtelo.

– ¿De qué se trata?

– Necesita que le ayudes a publicar el libro.

Antes de contestar, Shahid vomitó en la palangana y se limpió la boca con la sábana.

– Esta noche me puse muy enfermo, ¿sabes? Pero Riaz vino a mi habitación…

– Intuye las cosas…

– Me salvó la vida.

Chad gruñó de satisfacción.

– Le debes todo.

– Sí -convino Shahid-. He prometido hacer lo que pueda para corresponderle.

– ¿Le ayudarás a encontrarle un editor para el libro?

– No faltaba más.

– Te lo agradezco en su nombre.

Shahid fue incapaz de dormir durante el resto del día, alternativamente poseído por el miedo y la felicidad, como si le zambulleran en agua fría y luego en agua caliente.

Pero al menos estaba en la cama. En casa rara vez tenía la posibilidad de holgazanear. Papá, que se habría ido horas antes a trabajar, mandaba a tío Tipoo -que se ocupaba del jardín, de la limpieza y de lavar la ropa- a despertarle. Pero Tipoo, demasiado pusilánime para enfrentarse con Shahid, se ponía a pasar la aspiradora por el pasillo de su cuarto; luego la pasaba bajo la cama, aun cuando él siguiese durmiendo, antes de arrancarle las sábanas y salir huyendo.

Cuando Shahid no trabajaba en la agencia, apenas veía a sus padres. Varias noches por semana salían a cenar con clientes, asistían a fiestas, trabajaban hasta tarde o papá se reunía en su habitación con los amigos. Shahid los conocía más por los ruidos que hacían en el cuarto de baño. Acostado, escuchaba los niágaras de agua que utilizaba su padre; no sabía para qué, pero los grifos corrían sin parar. Su madre dejaba caer cosas continuamente, lápiz de ojos en el lavabo, pendientes; los cierres de sus diversos bolsos chascaban, los tacones altos repiqueteaban.

Luego se cerraba la puerta de la calle y el coche arrancaba. Shahid se levantaba para recordar qué parientes se alojaban en la casa; y si estaba Zulma, se quedaba en su habitación tanto como podía o pensaba en formas de evitarla.

Aquellos días, saturados de asfixiante inutilidad, no volverían más. Ahora iba a hacer algo.

A primeras horas de la noche pudo arrancarse de la cama y sentarse frente al ordenador. Abrió el manuscrito de Riaz; sus dedos caían en los familiares emplazamientos de las teclas. Empezó a transcribir el texto de Riaz pero, mirando a la pantalla, se sumió en un estado de ensoñación.

Cuando Shahid tenía quince años, su padre, incitado por Chili, le ordenó trabajar en la agencia. No era tarea fácil, porque tenía que dar la impresión de estar ocupado. Afortunadamente, en la trastienda había dos máquinas de escribir abandonadas y un libro, Aprenda mecanografía, con el que empezó a practicar por su cuenta. Le encantaba la máquina maciza y gris, con su cinta negra y roja, el ruido de las teclas al salpicar el papel como la lluvia sobre un tejado de zinc, y el campanilleo al final de cada línea que le inducía a dar una palmada a la palanca del carro. Para adquirir velocidad, copiaba pasajes de sus autores favoritos: Chandler, Dostoievski, Hunter S. Thompson. Cuando se cansaba de seguir el paso, alteraba las frases y dejaba que los personajes hicieran lo que él quería. En el papel con membrete de papá empezó a escribir relatos.

La primera tentativa, de la que hizo copias -un emparedado de tenue papel carbón del que salieron dos reproducciones manchadas- se tituló «Indio paqui, a tu puta casa». Presentaba en él a los seis chicos que componían la última fila de su clase en el instituto y que, un día, cuando el profesor abandonó desesperado el aula, cantaron a Shahid: «¡Paqui, paqui, paqui, fuera, fuera, fuera!» Describió la escena directamente en la máquina a medida que la iba reviviendo, expresando el deprimente miedo y la furia en una prosa desgarrada, llena de expresiones. malsonantes que manifestaban su emoción, como los gritos de un cantante de soul en el micrófono.

Al volver una noche a su habitación descubrió a su madre, aún con la gabardina puesta, que leía el relato. Agitó las hojas delante de él, como si hubiera descubierto una carta con cosas intolerables sobre ella.

– Siempre sé cuándo estás tramando algo. ¡Espero que no trates de publicar esto!

– No se me ha ocurrido -mintió él-. No depende de mí, ¿verdad?

– ¿De qué depende?

– De si le interesa a alguien.

– ¡No le interesa a nadie! ¿Quién va a leer esto? La gente no quiere saber nada de este odio. -Hizo pedazos lo que acababa de leer-. ¡Adiós a la porquería, adiós a la porquería… y no la extiendas!

No era fácil para su madre destruir físicamente las quince páginas, una copia de las cuales había enviado a la revista literaria Stand en un sobre franqueado con su dirección escrita; todas las mañanas bajaba corriendo a ver si lo había recibido. Su madre incluso le miraba para que la ayudase, pero él no iba a hacerlo, oh, no, sobre todo cuando estaba tan decidida a romperlas que echaba el cuerpo hacia adelante para reforzar la acometida.

Se pasó días lanzándole miradas severas.

Odiaba más que nada en el mundo que se hablase de raza o de racismo. Probablemente habría sufrido su parte de insultos y desprecio. Pero su padre había sido médico; todo el mundo -políticos, generales, periodistas, mandos de la policía- frecuentaba su casa en Karachi. La idea de que alguien pudiera faltarle al respeto era intolerable. Incluso cuando Shahid vomitaba y defecaba de miedo antes de ir al instituto, o cuando volvía con rasguños, moratones y la cartera rajada a navajazos, ella se comportaba como si fuese imposible una ofensa tan espantosa. Así que le negaba su apoyo. Sabía demasiado para poder asumirlo.

Sin embargo, aquella actitud hacia su afición literaria le sorprendía mucho. Dos años antes habían ido a ver La casa de Bernarda Alba al teatro de la Universidad de Kent.

Desde el primer momento -una criada fregando el suelo, el monótono repicar de campanas, la estremecedora aparición de la inquisitorial matriarca vestida de negro gritando «¡Silencio!»-hasta el telón final, el mundo ardiente y confinado de Lorca les impresionó. Shahid ignoraba que el teatro pudiera surtir tal efecto. Vio con alegría que su madre estaba tan interesada, sobrecogida y turbada como él.

Al final, para no romper el hechizo, no quiso hablar ni escuchar los comentarios del público. Su madre pareció adivinarlo, y en el coche, mientras volvían a casa bajo la lluvia, mantuvieron un silencio cómplice, aunque Shahid le preguntó si la obra le recordaba la vida de las familias paquistaníes. Ella meditó cierto tiempo antes de inclinar la cabeza.

– ¡Es eso! ¡Es eso! -exclamó Shahid para sí, brincando por su habitación más tarde. Ésa no era la literatura que les enseñaban en el instituto, donde les metían los libros por el gaznate como medicinas hasta hacerles vomitar. Estaba impregnado de la obra; revivió las claustrofóbicas y trágicas pasiones que habían evocado los actores; repitió en voz alta el deslumbrante lenguaje. Algo en él se sintió triunfalmente justificado. Estaba descubriendo nuevas emociones y nuevas posibilidades. Lo que deseaba más que nada, era lograr aquel efecto con algún escrito suyo.

Pero ¿quién era él para presumir que podía ser tan sutil y profundo? Una de cada tres personas pensaba que sabía y debía escribir su propio relato. Sin embargo, la obra que Lorca escribió dos meses antes de que lo asesinaran, no le intimidaba. Había algo en su mansa grandeza que le movía a pensar que, a su modo, él adquiriría experiencia, imaginación y constancia. ¿Por qué tenía que subestimarse? Ya había muchos dispuestos a menospreciarle. De todos modos, escribir fue una obsesión durante algunos años. Claro que tenía que obligarse y, a menudo, casi prefería hacer cualquier otra cosa. Era trabajo, y nunca enteramente agradable; se lograba un momento de satisfacción en una semana de desánimo. Las recompensas no eran inmediatas, como en cualquier actividad infantil, ni perfectas. Siempre que se lograba algo, se presentaba otra cosa más difícil de realizar. Era una tarea inacabable, afortunadamente.

Las sensaciones que despertó en él la «noche de Lorca» le hicieron desear otras experiencias así de estimulantes. Grabó discos de ópera, jazz y pop que cogió de la biblioteca. Escuchó repetidamente a Bartók, Wagner y Stravinsky, compositores que, según comprobó, no eran tan pesados como parecían. Descubría buenas películas. Sus deseos se vieron colmados. Amplió una y otra vez la experiencia de Lorca, siempre meditada de nuevo y sentida de otro modo. Nunca perdía el afán por la jubilosa inspiración.

Siempre supuso que la noche de Lorca había sido una fascinación duradera para su madre.

Pero cuando Shahid volvió a subir al coche con su padre, éste le preguntó por qué se había puesto a escribir «esas malditas estupideces». Papá, siempre consciente de sus propios defectos, no gustaba de sermonear a sus hijos, pero ahora sentía claramente la necesidad de hacerlo.

– No estás hecho para esas cosas. ¿Por qué no te dedicas a los estudios? Mis sobrinos son abogados, banqueros y médicos. ¡Ahmed se ha dedicado a la sombrerería y se ha construido una sauna en su casa! Esos artistas suelen ser unos pobretones; ¿cómo podrás mirar a tus parientes a la cara?

Shahid empezó a comprender que había multitud de verdades que no podían decirse porque conducían a pensamientos inquietantes. Podían llegar, incluso, a trastornar la vida; la verdad podía tener graves consecuencias. Estaba claro que todo giraba en torno a lo que no se decía.

– Las personas como tú nuncan triunfan con los libros -afirmó papá.

– Pero ¿por qué?

Lamentablemente, papá no vaciló.

– Porque esos escritores…

– ¿Cuáles?

– Howard Spring, Erskine Caldwell y Monsarrat, por ejemplo, se ocupan de las flores, los árboles, el amor y demás gaitas. Y ése no es tu ámbito. Debemos vivir -añadió con ternura- en el mundo real.

No era su ámbito. Flores, árboles, el amor y demás gaitas. El mundo real.

– Si vuelves a hacerlo otra vez, te romperé los puñeteros dedos -le amenazó después Chili, en un aparte, sentado y rodeando a Zulma con los brazos-. Nunca he visto a mamá tan apenada. Y papá ha venido a verme. Ya ha tenido una trombosis: la presión que le estás causando en el corazón. No quiero ni pensar en lo que pasará cuando salgas con la próxima.

Shahid adoraba y veneraba a su padre; tanto Chili como él, cada uno a su modo, querían parecerse a él. (Shahid recordó que imitaba el imperioso aire que papá adoptaba al caminar.) Pero aquello era diferente; debía reconocer que papá estaba equivocado y encontrar su propio camino, cualquiera que fuese.

Ahora, sentado frente al escritorio, empezó a pasar el manuscrito de Riaz a la caja iluminada. Se había convertido en secretario -drogado, además-, pensó mientras guiñaba los ojos tratando de leer la ondulada escritura.

Pronto se encontró a la mitad de la primera página de «Un artista herético». Al teclear, sus dedos sentían el cuerpo de Deedee, bailando sobre las teclas con demasiada euforia para el tema de que se trataba. Se dijo que la concentración era la piedra angular del proceso creador. Se dominó, pero tuvo una erección que sencillamente no se disipaba.

8

Para facilitar luego las cosas, Shahid abrió el precinto de una caja de condones. Había pasado la tarde en la biblioteca, corrigiendo el primer borrador del artículo para pasarlo al ordenador al llegar a casa. Acababa de caer la tarde y había oscurecido. Se oía ruido en la calle. Echó las cortinas y puso más fuerte la estufa de gas. Después de trabajar con empeño y aclararse las ideas, podía disfrutar de aquella parte del día, apagar algunas luces y escuchar «Dancing in the Dark» mientras decidía si ponerse los vaqueros negros, los azules o los rojos. Ante él se abría la promesa del amor y de la noche: toda la noche.

Iba a ver a Deedee. Desde que estuvieron juntos habían hablado varias veces por teléfono y se habían visto en la Facultad, en su despacho, donde se besaron. Esta vez fue él quien dijo: «¿Puedo invitarte a salir?», aunque era ella quien estaba haciendo los planes. Conocía Londres, y le gustaría enseñárselo. ¿Acaso no era una educadora?

Reservaría mesa en un restaurante indio que frecuentaba mucho, el Standard, en Westbourne Grove, donde no había ni música de sitar ni papel aterciopelado en las paredes. El menú nunca variaba, los camareros eran rápidos y profesionales, no estudiantes ni actores. El mutter paneer picante tenía un sabor fuerte; no se encontraban en todo Londres mejores garbanzos, aunque luego quizá había que abrir las ventanas.

Podían regar la cena en el pub Maida Vale, que tenía vistas al canal y las embarcaciones. Los clientes bebían cerveza europea en botellas oscuras y vestían, como sólo sabían hacerlo los jóvenes londinenses, extrañas combinaciones de atuendos de marca, ropa usada y prendas deportivas americanas; algunos se comportaban como si el local estuviese lleno de fotógrafos. Había más colas de caballo que en Ascot. Podían quedarse hasta la hora de cerrar, observando y haciendo comentarios. Además, había conseguido un poco de hierba alucinógena. O podían ir al cine. En el Gate ponían una película de moda de la que se hablaba mucho.

– Hay un apartamento -anunció, y Shahid notó la tensión en su voz-. Es de una amiga, Hyacinth, que está fuera. Podemos ir después, si quieres. A pasar la noche. ¿Vale?

– Sí -dijo él.

– Espléndido. Hasta luego, entonces.

Llamaron a la puerta. Shahid abrió con vacilación, temiendo que fuese Chili. Era Chad, con su cara redonda y en perpetua agitación. Entró como una tromba en el cuarto y, sin decir palabra, apagó la música.

– Eh, escucha.

Shahid se puso los pantalones, ocultando los condones en la mano y guardándolos en el bolsillo de atrás.

– ¿Qué…? No escucho nada.

– A veces, el silencio es la música más hermosa.

Chad adoptó de pronto un aire meditativo. Pero había interrumpido en mal momento.

– ¿No te parece esta música demasiado… ruidosa?

– Ahora mismo, no lo bastante.

Shahid temía la corpulencia y la violencia contenida de Chad, pero lo apartó de un empujón y subió la música, añadiendo los graves, hasta que los muebles vibraron. Chad se llevó las manos a las orejas al tiempo que, según observó Shahid, llevaba el ritmo con el pie.

– Me envía Riaz. Vengo con un asunto del hermano.

– Quería hacerte una pregunta, Chad, ¿por qué estuviste mirando mis cintas el otro día?

– Te aseguro, tío, quiero decir, hermano Shahid, que yo estaba enganchado a la música. ¡Siéntate ahora mismo y escúchame!

– Ahora no, Chad.

– ¡Pero si era como tú, me pasaba día y noche escuchando música! ¡Estaba destruyendo mi alma!

– ¿La música te dominaba?

– ¡Dame unos minutos!

Se le estaba haciendo tarde, pero no tenía otro remedio. Chad le cogió por los hombros y le obligó a sentarse en la cama, acercando el rostro, enardecido con el fuego de la convicción, a sólo unos centímetros del suyo. Parecía haber enloquecido, como si reaccionara al recuerdo de ciertas alucinaciones.

– ¡No como a un loco esquizofrénico! -prosiguió Chad-. Pero la música y la industria de la moda sí me dominaban. Nos dicen lo que debemos llevar, adónde ir, qué escuchar. ¿Acaso no somos esclavos? Y también hacía todo lo demás. Empezaba el día metiéndome la coca que me hubiera sobrado. Cuando me cansaba, me fumaba un porro con una botella de sidra. Para variar me tragaba dos éxtasis o un ácido. Por la noche, cuando me daba la pálida y creía que la policía me vigilaba por la televisión, me picaba caballo. Mira qué brazos.

– Joder, Chad!

– Sí. Ahora te enseñaré las piernas.

– Paso.

– Iba a las discotecas más molonas. Nunca veía la luz del día, salvo la del amanecer. ¡Rechazaba a montones de gente sólo por la ropa o la música que les gustaba! Seguía el lema de Aleister Crowley: «La única ley es hacer lo que se te antoje.» Una esclavitud demencial, ¿eh?

– Yo no soy yonqui.

– ¿No? ¿Y qué camino llevas, entonces?

– Esta noche salgo con una amiga.

– ¿La misma de antes?

– Yo no puedo vivir sin música -repuso Shahid-. Di la verdad…, tú también la echas de menos.

– Soy más fuerte sin esas drogas. -Chad le apretó el brazo y, mirándolo con enloquecida ternura, como si le sirviera la verdad en bandeja, añadió-: ¿No quieres nadar en un mar limpio y ver con una luz clara?

– ¿No es eso lo que el arte nos ayuda a conseguir? Si no, la vida sería un desierto. ¿Verdad, Chad?

Chad hizo un rápido braceo.

– ¡Imagina que te envuelve el agua cálida!

Shahid trató de no hacerle caso. No iba a dejarse influir por aquel individuo para quien la realidad era claramente un reino perdido, sobre todo cuando él tenía que arreglarse para una cita.

Pero Chad insistió, como si tuviera que salvarle.

– ¡Te hablo en serio! No somos monos saltarines. ¡Tenemos inteligencia y sentido común! ¿Por qué queremos reducirnos al nivel de los animales? ¡Yo no desciendo del mono, sino de algo noble! Verás como irás viendo las cosas con mayor profundidad. ¿No estás con nosotros?

– Sí.

– Dices que sí. Pero no estoy seguro de que seas un verdadero hermano. ¡Purifícate! ¡Dame esos discos de Prince!

– ¡Ni los toques…, algunos son de importación!

Shahid se vio forcejeando con Chad.

– Somos esclavos de Alá -gritó Chad-. ¡Sólo a Él debernos someternos! Él nos puso la nariz en la cara…

– ¿En contraposición a qué?

– Al estómago, por ejemplo. ¿Cómo puedes negar su sabiduría, su poder y su autoridad?

– No los niego, Chad, sabes que no. Y también sabes que te respeto como hermano, por eso te pido que lo dejes.

– Creemos ser dueños de nosotros mismos, pero quebrantamos nuestra fe en Alá. Escucha a Riaz. Has venido con nosotros a la mezquita para oírle. ¿Te convenció?

Shahid tuvo que reconocerlo. Había ido dos veces con el grupo al amplio y fresco edificio para asistir a las charlas dominicales de Riaz. Asistía un público cada vez más nutrido de jóvenes, sobre todo asiáticos cockney. Como no era un viejo oscurantista, Riaz se estaba convirtiendo en el orador más popular. Debía de haber probado la atmósfera de su tiempo sin beberla, porque los títulos de sus sermones eran: «¿Juerga hasta la tumba?», «Adán y Eva, no Adán y Esteban», «El islam, ¿maldición del pasado o fuerza del futuro?», y «Democracia e hipocresía».

Sentado con las piernas cruzadas y descalzo en una pequeña tarima, vestido con un salivar gris y con una vasija llena de flores frente a él, Riaz no utilizaba notas y jamás vacilaba. El impulso de su convicción le hacía fluido, divertido, apasionado y brillante. Parecía más cómodo dirigiéndose a una multitud que a una persona. Nunca le faltaban las palabras ni parecía intranquilo. No se detenía en ningún tema. Empezaba el sermón hablando de la identidad islámica, por ejemplo, pero pronto se explayaba sobre la creación del universo, la persecución mundial de musulmanes, el Estado de Israel, maricas y lesbianas, el islam en España, estiramientos de cara, nudismo, vertidos de residuos nucleares en el Tercer Mundo, perfume, el ocaso de Occidente y la poesía urdu.

Aunque empezara con ironía, diciendo «Hoy no voy a maldecir nada», montaba en cólera, agitando el puño en el aire, tirando el bolígrafo y creando un estremecimiento de humorística connivencia entre el público. Luego, fingiendo arrepentimiento, pedía a los hermanos que ofreciesen disculpas a todos aquellos con quienes hubieran discutido y amasen a los que practicaban otras religiones.

Al final, cuando lo había dicho todo, hermanos como Hat y Chad le echaban una chaqueta por los hombros y le escoltaban a la salida antes de que le sofocasen los merecidos elogios.

– ¿Y no dice que todos nos estamos convirtiendo en occidentales, europeos, socialistas? -recordó Chad-. Los socialistas sólo saben hablar. ¡Se han quedado paralizados para siempre! ¡Mira a ese haragán de Brownlow, por ejemplo! ¡O a su mujer, la Osgood!

– ¿Qué le pasa a ella?

– ¡Existen al más bajo nivel! ¡Y a nosotros nos gustaría integrarnos aquí! Pero no debemos asimilarnos, si no queremos perder el alma. Somos orgullosos y obedientes. ¿Qué hay de malo en eso? ¡No somos nosotros quienes hemos de cambiar, sino el mundo! -Chad no apartaba los ojos de Shahid-. A los incrédulos les aguarda el fuego del infierno, ya lo sabes.

– ¿Y el cielo a los demás?

– Sí. ¿Qué dices, hermano? ¿Qué dices?

En aquel momento entró Riaz en la habitación. Llevaba un abrigo amplio y grueso, y guantes.

A su lado, arrastrando la tintineante bolsa del ejército que el carnicero había llevado a la habitación de Riaz, iba Hat, con una trenka y un gorro verde de lana calado hasta las orejas. Llevaba una bufanda bien anudada. Parecía preparado por su madre para ir al colegio en un día de mucho frío.

Tahira, junto con otros dos estudiantes, Tariq y Nina, estaba tras ellos en el pasillo, también con ropa de abrigo. Los negros ojos de Tahira, prácticamente todo lo que Shahid veía de ella, le sonreían animosamente. Ella observó que Shahid miraba a Hat y explicó:

– Su padre cree que va a Birmingham, a visitar a su tía.

– Hay otra cosa que no he tenido tiempo de explicarte -dijo Chad, apartándose de Shahid-. ¿Estás disponible?

– ¿Para qué?

– Hay una emergencia. Piden auxilio. Esta noche van a atacar a nuestra gente.

– ¿De qué estás hablando?

Riaz miró a Chad y luego a Shahid. Chad se calmó. La presencia de Riaz sosegaba a todo el mundo.

– Esta noche debes estar con nosotros, Shahid -dijo Riaz.

– Shahid siempre está con nosotros -afirmó Chad, dándole una palmada en el hombro.

– Pero yo…

– Muchos de la Facultad también han dicho que vendrían con nosotros -dijo Hat.

– Vamos -ordenó Riaz-. Abrígate bien.

Shahid vio que no tenía más remedio que ponerse el abrigo negro forrado de guata que le había regalado su madre. De todas formas, estaba esperando la ocasión de estrenarlo.

– ¿Qué vamos a hacer, entonces? -preguntó.

– Un piquete de defensa. Están maltratando a gente honrada.

– No somos puñeteros cristianos -exclamó Riaz, con una agresividad considerable para él, aunque el efecto quedó bastante mitigado por el hecho de que, como de costumbre, llevaba la cartera-. Nosotros no ponemos la otra mejilla. ¡Lucharemos por nuestro pueblo, torturado en Palestina, Afganistán, Cachemira! Nos han declarado la guerra. Pero estamos armados.

– No permitiremos la degradación de nuestro pueblo -anunció Chad mientras se precipitaban escaleras abajo-. ¡El que se niegue a luchar responderá ante Dios y sufrirá el fuego del infierno!

– Deberíamos llamarnos la Legión Extranjera -sugirió Shahid a Hat en la escalera, empezando a animarse con la empresa. Se le estaba calentando la sangre y sentía un orgullo físico por su causa, cualquiera que fuese. Formaba parte del batallón de hermanos y hermanas-. ¿Qué te parece, Chad?

Chad rodeó a Shahid con el brazo.

– Sabía que estabas con nosotros. Siento haberte gritado y todo eso. Estaba nervioso.

– ¡Legión Extranjera! -entonó Hat.

El ejército de Riaz pasaba apretadamente entre las bicicletas del vestíbulo cuando sonó el teléfono de la pared. Lo cogió Hat.

– Eh, Shahid, es para ti -dijo.

– ¿Es Chili? Dile que…

– Una dama -repuso Hat, negando con la cabeza.

Shahid se puso al teléfono. Estaba inquieto ante la idea de dar plantón a Deedee; le estaría esperando. Ahora podría explicarle que tenía que hacer algo urgente. Luego se reuniría con ella, apoyaría la cabeza en su hombro y se lo contaría.

– ¿Shahid?

Reconoció la voz, pero no sabía de quién era. De todos modos, se estremeció.

– Soy Zulma.

En casa se ocultaba en el cuarto de baño para evitar a la mujer de Chili, ideando formas de molestarla. Zulma, a quien le encantaba decir que Shahid era un vago, se quejaba de que por debajo de su puerta salían «extraños olores humanos» que contaminaban la casa. A Chili solía decirle: «Si Shahid es un intelectual, ¿por qué no aprueba los exámenes? ¿Por qué sus amigas van tan mal vestidas y son tan poquita cosa? ¿Es que no puede encontrar una guapa paquistaní? ¡Nuestras mujeres son las más atractivas del mundo!»

– Ah, Zulma, me alegro de oírte. ¿Qué pasa?

La imaginaba tumbada en un sofá con su salwar plateado, su aspecto de estrella de cine, sus cabellos rozando el suelo, relucientes como el charol.

– ¿Qué tal van tus estudios?

Qué amistosa estaba hoy, ¿qué querría?

– Bien, Zulma, estupendamente.

– ¿Estudias mucho?

– Más que nunca.

– ¿Tienes amigos?

Por el portal abierto veía a sus amigos, que le esperaban en la calle.

– Los mejores que he tenido.

– ¿Has visto a Chili?

¿Por qué le preguntaba a él? Era su mujer. Si alguien veía a Chili, tenía que ser ella.

– Sí.

– Dime cuándo, Shahid.

– ¿Cuándo? Pues a veces pasa a saludarme.

– Chili nunca saluda a nadie. ¿Qué número tiene ahora en Londres? Tengo el bolígrafo preparado.

Desde fuera, Chad empezó a hacer gestos a Shahid. Dos taxis había parado frente a la acera.

– No lo sé, Zulma.

– ¿Dónde se aloja?

– Ya sabes cómo es, probablemente estará en casa de algunos amigos. Se pasan la noche jugando al póquer y esas cosas.

– ¡Pero qué amigos, Shahid, ni qué niño muerto! -Se estaba poniendo furiosa-. Será mejor que me lo digas, porque lo sabes.

– ¿Ah, sí?

– La última vez me dijo: Ya me verás. ¿Dónde?, le pregunté. En las noticias de la tele, me contestó. ¿A qué locura se refería, eh?

Le estaba presionando. Pero ¿por qué tendría que hacerle un favor?

– Oye, Zulma, tengo que ir corriendo a la biblioteca. Ya conoces a Chili, o deberías conocerle, a nadie le cuenta lo que hace.

Hubo una pausa. Estaba pensando si creerle o no. Fuera lo que fuese, ahora no podía echarle las manos al cuello.

En la calle, el primer taxi se marchó.

– Voy a ir pronto a Londres -dijo ella-. Necesito verte. Todos pensamos que estás estudiando muchísimo.

– Hasta luego, Zulma.

– ¡Espera! No te habrás mezclado con mala gente, ¿verdad? Ya sabes lo influenciable que eres.

– Adiós.

– ¡Shahid!

Colgó. Estaba a punto de llamar a Deedee cuando el segundo taxi arrancó, tocando el claxon. Shahid salió corriendo, Chad abrió la puerta y se apretó junto a Riaz. El conductor llevaba un salwar kamiz sobre el que se había puesto un jersey sin mangas. Sartas de cuentas se desgranaban contra el parabrisas.

Para alivio de Shahid, en el taxi había silencio, lo que le dio tiempo para pensar en Zulma. Había perdido a Chili; o Chili la evitaba, o había ocurrido algo peor. Para llegar a admitirlo, debía de estar preocupada.

Venía de una distinguida familia de terratenientes de Karachi y, como otras personas de su clase, vivía parte del año en Pakistán y el resto en Inglaterra. En Karachi pasaba como un rayo entre los baches y las carretas tiradas por camellos en un Fiat Uno de importación con un pañuelo de Hermès atado a la cabeza. En Londres iba a casa de sus amigas y se dedicaba a sus compras, al cotilleo y a armar alboroto en otras familias, actividades de las que disfrutaba grandemente. Hermosa, de piel clara, Zulma nunca estaba lo bastante bella: tardaba dos días en arreglarse para una fiesta. Se cepillaba el pelo, del que tenía suficiente para tres personas, con cien pasadas y sólo se lo lavaba con agua de lluvia. Al primer atisbo de chaparrón, zarandeaba a Tipoo para que se despertara y bajara corriendo al jardín con cacerolas y palanganas.

A tales mujeres no se les exigía inteligencia, de modo que, después de casarse, fue una sorpresa que no se quedase en la cama ni practicase aerobic, sino que acompañara a Chili al trabajo para aprender todo lo posible del negocio.

Se encargó, además de que papá la adorase. Hacía todo lo que él ordenara; a Bibi, la madre de Shahid, eso nunca le había resultado fácil, consciente de que era una tarea interminable, desde preparar pollo a la tandoori a comprar discos de los Ink Spots y escuchar sus historias de la guerra. Y cuando los amigos de papá -propietarios de negocios del barrio, indios e ingleses-iban cada noche a beber whisky, ver películas y pasar el rato en torno a la cama de papá, Zulma era la única mujer que los acompañaba.

Al principio se limitaba a saludar a los amigos, buscar hielo, ofrecer patatas fritas e ir al videoclub. Pronto quedó claro que atender a la gente no se encontraba entre sus mejores habilidades. Los hombres empezaron a animarla para que dijera lo que pensaba. Allí, entre la densa humareda de los puros, sus minuciosas críticas de ausentes o conocidos mutuos, junto con los motes que les aplicaba y la enumeración de sus desgracias, eran tan denigrantes, precisas y crueles que los temerosos amigos se quedaban pálidos y muertos de risa, a la vez que aterrorizados por si ellos también se convertían en sus víctimas, cosa que solía ocurrir. A papá le encantaba aquel talento malicioso. La exhibía ante sus amigos como si fuese un tigre meloso a punto de zafarse de su correa adornada con diamantes.

Chili también estaba orgulloso de ella. Le encantaba ir a una fiesta con Zulma y esperar a que se reuniese la gente. En casa, el teléfono no dejaba de sonar para ella. Ambos salían a cenar con políticos, banqueros, hombres de negocios, productores cinematográficos como Ishmail Merchant y actores de moda como Karim Amir, con quien ella apareció fotografiada en la revista Hello! Su hermano era comandante de líneas aéreas, y ella sabía pilotar. Alquilaba avionetas como las amas de casa del barrio iban a montar a caballo, haciendo pasadas rasantes sobre los coches de los amigos. Zulma contribuyó al prestigio de Chili; era la mujer más fascinante que había tenido. Chili llegó a sentir, sin embargo, no sólo celos de la atención que otros hombres le dedicaban, sino, lo que era más importante, envidia de sus cualidades. Zulma era una humillación para él. Pretendía saber más que ella, pero no era así.

Chili volvió a llevar la vida de antes, acostándose tarde, desapareciendo en Londres, saliendo con amigas a las discotecas; pero tenía cuidado con Zulma; rara vez le faltaba al respeto, y nunca le pegaba.

Zulma ponía pocas objeciones a sus ausencias; ella tenía sus distracciones. La entusiasmaba reunirse con el equipo de criquet paquistaní cuando papá lo invitaba a casa. Shahid la pilló besando a un lanzador rápido -muy rápido- en la cocina. Su familia tenía un piso en Knightsbridge, donde ella se alojaba durante los campeonatos del Lord's y donde, según habían dicho a Shahid, se encargaba de ciertas virginidades tardías.

El error de Shahid consistió en mantener discusiones políticas con ella porque, como Chili, era una thatcheriana consumada. Adoptaba un tono condescendiente, provocándole, llevándolo todo al plano personal y diciéndole: «Es normal, vives del negocio de tu familia, esto no es una comuna, ¿verdad? Tu padre es un hombre de negocios y tú eres un hipócrita, ¿no?» Cuando le hablaba de honradez, de igualdad de oportunidades o de la necesidad de reducir el desempleo, Zulma casi le hacía llorar de frustración. Soltaba una carcajada; el mundo no era así. Lo que hacía falta era lo contrario, gente emprendedora (como Chili y ella, probablemente) que no tuviera miedo de aplastar a los demás para conseguir lo que quería.

Él argüía que estaba engañada, explicando que los thatcherianos eran unos racistas. Aunque se creyera una mujer inteligente de la alta sociedad, para ellos siempre sería una paqui a la que podía tratarse con condescendencia. Ella lo reconocía, pero eso era un residuo colonial; el dinero carecía de color. Y, para colmo, tenía razón. Sus gordezuelos amigos blancos, banqueros y hombres de negocios, la adoraban. Era oriental, exótica y elegante.

Luego Chili y ella se fueron a vivir a casa. Papá había muerto. Shahid era consciente de que tenía que marcharse y hacer algo que mereciese la pena, mientras Zulma insistía, por el bien de la familia, en que se «dedicase a los viajes».

Había viajado… a Londres. Y ahora se estaba alejando literalmente cada vez más de ella y de todos los demás. Había escapado, pero ¿adónde?

– ¿Adónde vamos? -repitió a Riaz.

Sus nuevos amigos y él habían atravesado la ciudad y, al parecer, ahora se dirigían al East End. Necesitaba saber qué pensaban hacer; estaba inquieto por si después no podía ver a Deedee.

– He escrito un poema sobre el tema -anunció Riaz-. «La ira». ¿Todavía no has llegado a él?

– ¿A cuál?

– «La ira». «La ira».

– No, todavía no.

– ¿Cómo va la copia al ordenador, entonces? -terció Chad.

– No puede ir mejor. Riaz, hermano, ¿para cuándo lo quieres terminado? He hecho un poco, pero…

– No te apresures, por favor.

– Gracias -repuso Shahid, suspirando-. Además…

Quería informar a Riaz de que a veces el lenguaje no era tan sugerente como podía ser y las ideas resultaban confusas en ocasiones, de modo que lo había reorganizado un poco. Estaba a punto de decírselo cuando el taxi se detuvo a la entrada de un polígono de viviendas azotado por el viento.

– Vamos -ordenó Riaz. Recogió la bolsa de las armas, extrajo un machete y se lo puso bajo el abrigo-. Hemos llegado, hermanos y hermanas.

9

Aparcaron, se bajaron y echaron a andar tras el conductor, que caminaba arrastrando los pies y se había pasado una bufanda por el mentón anudándosela en la cabeza, como si le dolieran las muelas.

Un cielo sombrío, senderos empañados de niebla y maleza seca fusionaban los edificios. Algunos arbolitos, envueltos en tela metálica, estaban tronchados, como si fueran un insulto. Había pintadas en los muros, pero sólo clichés, nada nuevo que decir, aparte de una extraña leyenda en letras doradas y plateadas de cuarenta centímetros: «Comeos al Cerdo.»

Las farolas daban poca luz. Las sombras avanzaban al paso del grupo, como siluetas a caballo. Alarmas de coches rompían el silencio. Se oyó a un hombre que corría, seguido de otro, y gritos. El grupo se irguió y esperó como un solo hombre, previendo un ataque. Estaban preparados; en realidad, querían, reclamaban confrontación. Pero pasó el momento. Prosiguió el amenazador silencio.

Los chicos embozados y las jóvenes encapuchadas fueron conducidos a un chirriante ascensor. Avanzaron luego entre corredores que resultaban espectrales por el reflejo de altos muros de hormigón. Caminaban dificultosamente por un estrecho pasaje cuando Shahid reconoció los quejumbrosos metales de «Try a Little Tenderness», que se oía por una ventana abierta. Chad también lo oyó y se detuvo en seco. Tariq chocó con él y Tahira pisó a Hat, manchándole las blancas zapatillas de deporte. El taxista continuó la marcha y desapareció al torcer la esquina.

Chad se agachó a atarse los cordones de los zapatos, dos veces, mientras duró la música. Al incorporarse vio que Shahid le estaba mirando. Chad tenía los ojos húmedos. Shahid sintió deseos de abrazarlo, pero siguió andando.

Llegaron frente al piso de una familia bengalí que había asistido a las «consultas» de Riaz. El cabeza de familia era el hombre que Shahid había visto en la habitación de Riaz.

Durante meses, la familia había sido acosada -miradas de desprecio, escupitajos, apelativos de «basura paqui»- y atacada finalmente. Al marido le habían roto una botella en la cabeza y enviado al hospital. A la mujer le habían dado puñetazos. Habían introducido cerillas encendidas por el buzón de la puerta. El timbre sonaba a cada momento y los autores amenazaban con volver para asesinar a los niños. Chad suponía que no eran cabezas rapadas, neofascistas. Aquellos fanfarrones no participaban en vejaciones de poca monta. Se trataba de gamberros de doce o trece años.

A través de George Rugman Rudder, su contacto en el ayuntamiento, Riaz había conseguido que la familia pudiera mudarse a una barriada bengalí, pero el traslado no era inmediato. De manera que Riaz tomó medidas. Hasta que la familia se mudara, montaría guardia en el piso y perseguiría a los culpables junto con Hat, Chad, Shahid y otros chicos y chicas de la universidad.

El taxista susurró por la ranura del buzón y, tras el resonar de muchos cerrojos, la mujer abrió la puerta. El piso, con sus destartalados muebles, ventanas reforzadas y sus vistas sobre la ciudad color malva, estaba iluminado únicamente por el aparato de televisión y una lámpara tamizada. La mujer quería hacer creer a sus enemigos que la familia había huido.

Los cuatro niños, pequeños, no estaban asustados, sino contentos; habían tomado cariño a Chad, quien al entrar se vació los bolsillos y les dio caramelos y monedas que sus diminutas manos eran incapaces de abarcar.

– ¿Qué te ocurre, Chad? -le preguntó Shahid.

– Me conmueve el sufrimiento de mi pueblo -logró articular-. No puedo remediarlo.

– Si sigues gimoteando, la mujer no va a tener mucha confianza en nosotros.

– Tienes razón. -Se sonó la nariz-. Eres testarudo, pero a veces dices cosas sensatas.

Hat volcó la bolsa verde y, resonando, cayeron de ella bates de criquet, porras, puños de hierro, cuchillos de trinchar y hachas: la aportación del carnicero.

– ¿Has manejado armas alguna vez? -inquirió Chad.

– No -contestó Shahid-. No puedo decir que sí. ¿Y tú?

– Sí. Te enseñaré.

Mientras Chad le mostraba entusiasmado la mejor manera de manejar una cuchilla de carnicero, Hat examinaba la distribución de entradas, salidas y conexiones vulnerables del piso, como un policía de la televisión. Entonces, ante el asombro de Chad y las risitas de Tahira, sacó las cosas del neceser que su madre le había preparado, colocando el cepillo de dientes y la seda dental en el baño y colgando la gorra roja de béisbol en el vestíbulo.

Entretanto, Tahira le organizaba una pequeña zona de estudio en un rincón del cuarto.

– Hat siempre está estudiando -explicó Chad, sin quitarle ojo-. Es listo, y su padre le aprieta mucho para que sea contable.

– ¿No es su padre el dueño del restaurante que le gusta a Riaz?

– Sí -repuso Chad en tono sombrío-. Aunque nosotros no le caemos bien. Cree que somos un obstáculo para la carrera de Hat. Pero no es así. Nosotros sólo decimos que los contables tienen que tratar con muchas mujeres. Y estrecharles la mano. Además, parece que deben ingerir alcohol todos los días y participar en asuntos de cobro de intereses. No estamos seguros de que Hat encaje en todo eso, ¿comprendes?

Shahid se disponía a descolgar el teléfono del vestíbulo para llamar a Deedee cuando Riaz anunció que era el momento de la oración.

En Karachi, instado por sus primos, Shahid había asistido varias veces a la mezquita. Mientras sus padres bebían whisky de garrafón y veían vídeos enviados de Inglaterra, los jóvenes parientes de Shahid y sus amigos se reunían los viernes en la casa antes de ir a rezar. El entusiasmo religioso de la nueva generación, y sus vínculos con un acusado sentimiento político, le habían sorprendido. Una vez, Shahid mostraba a una de sus primas unas posturas de yoga cuando el hermano intervino bruscamente, forzando a la chica a separar los tobillos de las orejas. El yoga le recordaba a «esos puñeteros hindúes». Aquel primo también se negaba a hablar inglés, aunque era la primera lengua de su familia, y la más común; afirmaba que la generación de papá, con su acento inglés, títulos extranjeros y esnobismo británico, consideraba inferior a su propio pueblo. Tenían que obligarlos a ir al campo a vivir con los campesinos, como hizo Gandhi.

En casa, cuando le preguntaban por su fe, papá solía decir:

– Sí, practico una religión. ¡La de trabajar hasta que me duele el culo!

Shahid y Chili habían recibido poca instrucción religiosa. Y en las ocasiones en que Tipoo rezaba en la casa, papá refunfuñaba y se quejaba de que hiciese aquellos ruidos durante la emisión de su programa preferido, El mundo en guerra.

Ahora, sin embargo, Shahid temía que su ignorancia le situara en tierra de nadie. Actualmente, todo el mundo insistía en afirmar su identidad, de hombre, mujer, homosexual, negro, judío, enarbolando cualquier rasgo distintivo que pudiera reclamar, como si la calidad de ser humano se perdiera al no llevar una etiqueta. Shahid también quería ser aceptado entre su pueblo; pero antes tenía que conocerlo, su pasado y sus esperanzas. Afortunadamente, Hat le había servido de gran ayuda. En varias ocasiones había interrumpido sus estudios para ir de visita a la habitación de Shahid; sentado a su lado, le explicaba durante horas episodios de la historia del islam, junto con sus creencias fundamentales. Luego, dejando libre un espacio en el suelo, le enseñaba lo que debía hacer.

Shahid no sabía en qué pensar mientras rezaba, desconocía la asociación mental que debían suscitar aquellos actos. Así, de rodillas, celebraba la sustancialidad del mundo, el hecho de la existencia, el inexplicable fenómeno de la vida, el humor, el arte y hasta el amor, en un lenguaje de murmullos que en sí mismo era otro milagro sagrado. Acompañaba esa reverencia y estupefacción con música adecuada, el «Himno a la alegría» de la Novena de Beethoven, por ejemplo, que canturreaba de forma inaudible.

Aquella noche, el grupo comió en el suelo, como una partida de guerrilleros. Se habían llevado trabajo de la universidad; pero habían hecho un largo camino, estaban excitados, había que vengar muchas cosas: no abrieron los libros.

Alrededor de las once llamaron a la puerta.

Armados, se levantaron todos, incluidas Tahira y Nina. Riaz se irguió sobre sus pies de paloma esgrimiendo con esfuerzo una especie de cimitarra, apenas capaz de elevarla por encima del hombro y mucho menos de partir el cráneo con ella a un cabeza rapada. Chad ya estaba en el vestíbulo, frente a la puerta. Era como un oso, pero se movía con rapidez. Se remangó resueltamente, descubriendo sus gruesos brazos. Antes de quitar la barrera de la entrada, se inclinó a escuchar una voz a través de la puerta.

Para sorpresa de todos, Brownlow apareció en el cuarto de estar, no sólo con sandalias y calcetines blancos, sino hablando con claridad. Le brillaba la huesuda frente. A Shahid le sorprendió su palidez, como la de la televisión cuando a alguien se le olvida dar al botón del color.

– ¡Camaradas!

Menos Riaz, todos volvieron a sentarse, aliviados, decepcionados.

– ¡Buenas noches, camaradas! -declaró Brownlow-. ¿Alguna señal de esos dementes?

– Hasta tu llegada, ninguna -murmuró Shahid; los demás sonrieron.

– Todavía no -dijo Riaz, acercándose a él-. Pero sabemos que estamos rodeados de gente inmoral. Nos alegramos mucho, doctor Brownlow, de que recibiera el recado y pudiera prestarnos su apoyo.

Brownlow abrió los brazos con gesto expansivo, como si quisiera abarcarlos a todos. Estaban combatiendo en la misma trinchera.

– ¡Horrendo… este barrio! ¡Lo que han hecho a esta gente! Crímenes contra la humanidad. Es importante visitar los páramos de vez en cuando. Por si olvidamos. Al verlos se entienden muchas cosas. Está claro, no me sorprende…

Al fin revelada, la voz de Brownlow era sonora, capaz de parar un taxi al otro lado de Knightsbridge, poner en fuga a camareros como perros fustigados y sofocar al instante rebeliones en las colonias sin esforzarse. Ya fuera con ladridos, balbuceos, bocinazos u órdenes, el ejército, la City, el campo e Inglaterra habían almibarado la rotundidad de cada sílaba. El pobre Andrew hablaba desde el punto de vista que más odiaba. El día que llegara la revolución, su primera tarea consistiría en arrancarse la lengua.

– ¿Cómo dice? -inquirió Riaz, divertido, mirándolo con cierta vehemencia.

Riaz siempre se mostraba cortés con Andrew, le llamaba doctor Brownlow y no le soltaba la mano, dándole afectuosos golpecitos como el dueño de un restaurante indio al recibir al alcalde. Pero al mismo tiempo, Shahid ya se había dado cuenta de que le gustaba adoptar una posición dominante. La pregunta, pues, suponía cierto desafío. El grupo estaba atento.

– ¿Qué es lo que no le sorprende, doctor Brownlow, amigo mío?

Pero Brownlow miraba a Tahira con evidente lujuria; casi estaba jadeando. Debía de haber pasado horas en algún local público. Chad también se dio cuenta y, dando un paso atrás, se apartó como de un soplete. Tahira hizo una mueca, pellizcándose la punta de la nariz.

Shahid se inquietó. Brownlow, que parecía animado, era capaz de mencionar que lo había visto en casa de Deedee.

– No me sorprende que sean violentos -contestó Brownlow-. Este sitio. Vivir en esta fealdad. He estado metido un par de horas en el Hades, sabe usted, perdido en las aguas sucias. He visto perros gigantescos, verdaderos muros de las lamentaciones, silos de miseria. Pocilgas. Campos de cultivo del asco, estos barrios, para los niños. ¡Ja! Y antipatía racial que infecta a todo el mundo, que se transmite como el sida.

Riaz siguió observándolo y, como decía Chad, cuando el hermano miraba a alguien, ese alguien sentía su mirada. Riaz avanzó unos pasos; se veía venir un discurso.

– Pues yo podría tomar cariño a este barrio -empezó a decir.

– Exacto -gruñó Chad-. Acaban de restaurarlo.

Brownlow intuyó una trampa y se quedó perplejo.

– Continúe -dijo.

– ¡Le diré una cosa, mañana mismo me cambiaría por cualquiera de estos afortunados cabrones! ¡Mañana mismo! -Riaz alzaba la voz cada vez más-. ¡Mire qué bien alimentados deben estar… están tan gordos que casi no pueden levantar el culazo de la tele! -Menos Brownlow, todos soltaron una carcajada-. ¡Tienen vivienda, electricidad, calefacción, televisión, neveras, hospitales a mano! Pueden votar, participar en política o en lo que sea. Son unos verdaderos privilegiados, ¿no le parece?

– Esta gente no puede enfrentarse a las autoridades municipales -aseguró Brownlow-. Están indefensos. Mal alimentados. Sin educación y sin empleo. De la esperanza no salen puestos de trabajo.

– ¿Y cree que nuestros hermanos del Tercer Mundo -prosiguió Riaz-, como suele denominar a casi todos los que son diferentes de usted, tienen una mínima parte de esto? ¿Acaso hay electricidad en nuestras aldeas? ¿Ha visto alguna vez una aldea?

– Y no se refiere a Gloucestershire -murmuró Chad.

– En Soweto -contestó Brownlow-. Tres meses viviendo con el pueblo.

– Entonces sabrá -repuso Riaz- que lo que acabo de enumerar serían lujos de James Bond para la gente de allí. ¡Sueñan con tener frigoríficos, televisores, cocinas! ¿Y son racistas cabezas rapadas, ladrones de coches, violadores? ¿Han deseado dominar al resto del mundo? ¡No, son humildes, buenos, gente trabajadora que ama a Alá!

Shahid y los hermanos asintieron con murmullos. Brownlow debió de lamentar el momento en que recuperó el habla. Era sensible y, con su fe en la liberación, debió de resultarle penoso aceptar aquello de un hombre cuya causa apoyaba.

Hizo una mueca.

Shahid se preguntó si los demás estaban tan perplejos como él. Ahí tenían a alguien con educación, privilegios y estudios superiores; sus antepasados habían dado la vuelta al globo, dominándolo. Shahid esperaba algo más de todo aquello. Al mismo tiempo, los otros y él no podían dejar de sentirse halagados. Sus antiguos dominadores, que seguían tratándolos de forma condescendiente y desdeñosa, no eran dioses. Educados para dominar, para dirigir, ahora sólo eran otra minoría. Se lo había explicado Deedee: «A los siete años los mandan al colegio, donde les hacen algo horrible. De eso no se recuperan nunca.»

Riaz le indicó educadamente que se sentaran juntos, a un lado. Sadiq les pondría una alfombra persa limpia y les traería una jarra de agua y vasos. Así discutirían cómodamente.

Todo el mundo se tranquilizó.

Shahid aprovechó la ocasión para sacar una novela. Aquel día no había leído nada, y echaba de menos la soledad de la concentración. Pero en el momento en que sacaba el libro de la bolsa, intuyó que en cierto modo los demás no aprobarían que leyera en la noche de guardia.

En cambio se aproximó a Brownlow y a Riaz, cuando reanudaban la conversación. En la universidad o en la mezquita, cuando Riaz hablaba no había debate, sólo preguntas formuladas en voz queda. Al final, el grupo le daba palmadas en la espalda, felicitándolo y alejando a los entusiastas.

Shahid notó que había pasado el momento de interrogar a Riaz sobre los principios fundamentales. Su falta de fe le producía ansiedad. Observando la mezquita, donde todo lo que veía eran cosas sólidas, materiales, y mirando la hilera de hermanos cuyos rostros traslucían espiritualidad, se sentía un fracasado. Pero temía que las preguntas le expusieran a cierta clase de sospecha. Al menos podía discutir sus dudas con Hat, quien le decía: «No te preocupes, déjalo.» Y cuando se tranquilizaba, Shahid comprendía que la fe, como el amor o la capacidad creadora, era independiente de la voluntad. Se trataba de una aventura del conocimiento. Debía seguir las indicaciones y tener paciencia. Sin duda, la comprensión vendría después; sería un bienaventurado.

Pero Brownlow, sentado ahora frente a Riaz con las piernas cruzadas, reabría la llaga de la incertidumbre.

– En mi vida adulta -decía, dirigiéndose tanto a Riaz como a Shahid-, en muchas ocasiones he deseado, a veces desesperadamente, tener un sentimiento religioso. Pero a los catorce años leí a Bertrand Russell. Supongo que lo conoces, ¿verdad?

– Un poco -admitió Shahid.

Brownlow removió en las sandalias los húmedos dedos de los pies.

– ¿Deedee te ha hablado de él? ¿O sólo te hace ver vídeos de Prince?

– Es buena profesora.

Brownlow emitió un gruñido y prosiguió:

– Russell pone en su sitio a la divinidad, ¿eh? Dice que si Dios existiera, sería un idiota. Ja, ja, ja! También dijo textualmente: «Toda la concepción de Dios se deriva de los antiguos despotismos orientales.» Bueno, ¿eh? Desde entonces… yo… frecuentemente me he sentido abandonado en el mundo. El ateísmo puede producir una angustia tremenda, como bien sabéis. Eso de tener que dar sentido al universo. Sería maravilloso creer que después de morir de cáncer en seguida se disfruta -quiero decir, se goza-de uvas, melones y vírgenes en el paraíso. El paraíso es como Venecia. Sin los malos olores ni las tempranas horas de cierre. El cielo es sin duda, como dijo alguien, el invento más fácil del hombre.

Shahid intentó sonreír. Le apetecía una copa. No sabía qué le había dado aquella sed repentina: si el miedo o la compañía. La mención del paraíso, probablemente.

Brownlow se estaba animando.

– Maravilloso arrodillarse. Existir en un reino imaginario dirigido por seres imaginarios. Maravilloso tener todas las normas de conducta dictadas desde lo alto. Qué comer. Cómo limpiarse el trasero. -Tenía ahora los arracimados dedos a unos centímetros de la nariz de Riaz, como si fuera a arrancársela y a limpiarse el culo con ella-. ¡Qué aberrante! Ser esclavo de la superstición.

Shahid dio un respingo. ¡Brownlow estaba llamando esclavo de la superstición a Riaz! ¡Nadie le hablaba así! ¿Cómo reaccionaría?

– ¡Realismo mágico en cuentos de siglos remotos! -prosiguió Brownlow-. Servidumbre…, seguro que reconoce la servidumbre, ¿no? ¿Es que algunos débiles de corazón no preferimos eso al libre albedrío? Abusar de la dependencia infantil, ¿no es eso? ¿Comprende?

Quizá fuesen los vapores alcohólicos que emanaba Brownlow lo que hacía ansiar a Shahid la oscuridad de un pub. Una pinta de Speckled Hen, Southern Comfort, Heineken, Tennents, Guinness, Becks, Pils, Bud…, ¡Qué nombres tan encantadores, como de poetas! Tenía la boca seca.

Pero Shahid luchó contra la tentación. No quería que el deseo lo arrastrase de acá para allá. Los excesos y el egoísmo de Chili, por ejemplo, le repugnaban. Pero las imágenes de la mujer de Brownlow seguían tentándole. En aquel momento le hubiera gustado tocarle la bien formada pantorrilla, apretarle la rodilla, meterle la mano entre los muslos y deslizaría suavemente hacia dentro.

– Desde luego -decía Brownlow-, el acto de creer…

– ¿Creer en contraposición a qué?

Riaz no se había desconcertado por el contraataque de Brownlow, sino que mantenía la confianza del jugador de ajedrez que piensa con anticipación en los siguientes movimientos.

– En contraposición al acto de pensar. Pensar sin prejuicios ni ideas preconcebidas. Sí, la tensión de creer algo que no puede demostrarse ni explicarse con un sentido lógico sin duda debe ser, para una persona inteligente como usted… debe ser… es… -Brownlow buscaba el calificativo menos tendencioso-. ¡Deshonesto! Sí. ¡Deshonesto!

Brownlow estaba incontenible aquella noche.

Shahid estudió la sonrisa que tan a menudo aparecía en el rostro de Riaz. Se estaba quedando calvo, tenía una verruga en el mentón y otra en la mejilla; a veces olía a sudor. Shahid daba por sentado que su sonrisa indicaba alegría, amor a la humanidad, paciencia. Pero, observándola con atención, era desdeñosa. Riaz no sólo pensaba que Brownlow era imbécil, sino que además lo consideraba despreciable.

– Las personas deben elegir por sí mismas entre el bien y el mal -afirmó Brownlow.

Riaz soltó una carcajada.

– ¡El hombre es la última persona a quien yo confiaría esa tarea!

Shahid se puso en pie.

Preguntaría a Chad si podía salir a dar un paseo. Llamaría a Deedee desde la calle. Ahora sólo quería oír su voz. Pero ¿y si Chad no se lo permitía, cosa harto probable? Entonces estaba apañado. Deedee creería que la había dejado plantada.

¿Por qué debía temer a Chad? Chad había sentido cumbres inolvidables, y ahora se imponía a sí mismo una permanente coerción. No era de extrañar que estuviese molesto y furioso; la realidad tenía que decepcionarle a cada momento. En el fondo sólo era un hermano más, aunque necesitaba comprensión. Shahid tenía que valerse por sí mismo.

– Disculpe, por favor -decía Riaz a Brownlow-, pero es usted un poco arrogante. -Brownlow emitió una risita. Estaba disfrutando de la discusión-. Sus creencias liberales son propias de una minoría que vive en el norte de Europa. Sin embargo, da por hecha su superioridad moral sobre el resto de la humanidad. Pretenden ustedes dominar a los demás con su moralidad particular que, como muy bien sabe, ha ido de la mano con el imperialismo fascista. -Riaz se inclinó hacia Brownlow-. Por eso tenemos que guardarnos del ambiente intelectual, tan hipócrita y presuntuoso, de la civilización occidental.

Brownlow se enjugó el sudor de la frente y sonrió. Su mirada se dispersó. No sabía por dónde empezar. Respiró hondo.

– Desprecia ese ambiente. Y con razón. Pero esta civilización también nos ha traído…

– Díganos qué nos ha traído, doctor Brownlow -le interrumpió Shahid.

– Bien, Tariq. Un estudiante con curiosidad. Veamos. -Contó con los dedos- Literatura, pintura, arquitectura, psicoanálisis, ciencia, periodismo, música, cultura, política estable, deporte organizado…, a escala bastante elevada. Y todo esto ha ido de la mano de algo significativo: el análisis crítico sobre la naturaleza de la verdad. Es decir: prueba y demostración.

– ¿Como la famosa dialéctica de Marx, quiere decir? -preguntó Riaz, en tono malicioso.

Brownlow se quedó un momento callado.

– Y preguntas inexorables. Sin vacilar. Preguntas e ideas. Las ideas son enemigas de la religión.

– Tanto peor para las ideas -replicó Riaz, con un bufido.

Brownlow y Shahid se le quedaron mirando. Era una discusión en la que Shahid no se consideraba en condiciones de participar. Se maldijo por ser un ignorante incapaz de expresarse, igual que cuando Chad le preguntó por qué le gustaba la literatura. Pero eso también suponía un acicate: tenía que estudiar, leer y pensar más, para estar en condiciones de relacionar hechos y argumentos que encajaran con su visión del mundo.

Shahid alzó la vista hacia Chad. Se puso en pie y se dirigió a la puerta.

– Salgo un momento -musitó a Riaz, saliendo del cuarto lo más rápidamente que pudo.

En el vestíbulo cogió el teléfono y marcó deprisa.

– Tengo miedo -le dijo Tahira-. ¿Y tú?

Él asintió. Tahira no se marchaba. Cuando oyó la voz de Deedee, colgó.

– Vuelvo en seguida -dijo a Tahira, descorriendo cerrojos, girando llaves y quitando la cadena de la puerta.

– ¿Adónde vas?

– Alguien tiene que reconocer el terreno. Estudiar la distribución del barrio y todo eso.

– Bien. Pero no solo. Déjame acompañarte.

– No, no.

– No tengo miedo, de verdad.

– Pero yo lo tendría por ti.

Salió rápidamente.

Tardó un poco en salir de la barriada. Incluso entonces dudó de encontrar un teléfono. Caía una leve llovizna, era como andar a través de una nube. Olió la lluvia; hacía tiempo que, en aquella ciudad, no olía nada tan fresco. Además el ambiente estaba cargado de humedad y de las aceras subía vaho, como en un vídeo musical. No sería fácil encontrar el camino de vuelta. Ni tampoco el de casa.

Era una zona muy conocida por la presencia de racistas. Empezó a caminar deprisa, luego a correr. Bajo un oscuro puente de la vía férrea vio al taxista que los había llevado, dejando a un cliente. Shahid se dirigió a él. El taxista le recordaba, y le dejó pasar a la oficina de la parada de taxis. En la habitación del fondo se oía un ruido espantoso. El taxista alargó el brazo, impidiéndole la entrada: Shahid miró por encima de su hombro y vio que sus compañeros estaban jugando a las cartas mientras veían un vídeo pornográfico.

Le dejaron llamar desde el cuarto de la entrada. Por fin logró comunicar.

– ¿Dónde te has metido? ¡Llevo dos horas esperándote! ¿No podías haber llamado antes? ¿Crees que una mujer haría esto a un hombre?

Antes de que le afectase la humillación y la rabia que escuchaba en la voz de Deedee, le explicó que los hermanos le habían llamado para un asunto importante. El año anterior, una docena de jóvenes habían abierto la cabeza al hermano de Sadiq, que tenía quince años. Había que tomarse en serio aquella misión.

Ella no lo aceptaba. Era como si le reprochara los desengaños que otros hombres le habían causado y la esperanza que, evidentemente, había suscitado en ella.

– Lo siento, lo siento, lo siento -repitió Shahid-. ¿Qué puedo hacer?

Mientras hablaban, desde la ventana vio en la calle a un muchacho con la brasa del cigarrillo relumbrando entre la pegajosa llovizna. Estaría esperando un taxi, probablemente. En aquel momento el chico se volvió, miró directamente a Shahid y le hizo una seña con la cabeza.

– En este mismo instante hay racistas fuera, esperándome.

Deedee le dijo que cogiese un taxi -ella lo pagaría- y que fuese a su casa en seguida, al menos para tomar una copa. Se despreciaba a sí misma por pedírselo, adivinó Shahid.

– Pero si no puedo -se lamentó él-. Esta noche no.

– ¿Cuándo, entonces?

– Pronto, pronto.

– ¿Lo prometes?

– Sí.

Dejó el teléfono lo más deprisa que pudo y pidió al taxista que volviera a llevarlo al piso. Cuando salieron de la oficina, el chico había desaparecido.

La cuadrilla montó guardia toda la noche, durmiendo por turnos en el suelo. A la mañana siguiente, los que tenían clase y trabajos que hacer se marcharon y otros los sustituyeron. Shahid, que no tenía nada aquel día, no se marchó hasta la tarde, y entonces ya había estallado la bomba en el vestíbulo principal de la Estación Victoria.

10

Al parecer estaban sacando los cadáveres, nadie sabía cuántos. Los heridos eran trasladados a los hospitales de la zona. Decían que la estación era presa de las llamas, pero estaba demasiado oscuro para verlo, pues una tenebrosa nube había caído sobre la ciudad.

La policía tendió barreras bajo la lluvia, haciendo circular a la gente en un sentido para luego dirigirla por otro, gritando por megáfonos. En el cielo, los helicópteros volaban en círculos.

Una cosa estaba clara: nadie sabía nada. Se hacían muchas conjeturas, naturalmente. En la calle contaron a Shahid que aquella emergencia no era un atentado ortodoxo y aislado, sino que en tiendas, coches y hasta aeropuertos estaban poniendo bombas en una tentativa coordinada de diversas organizaciones para tomar Londres. No es que hubiese confirmación de ello: las pantallas de televisión sólo mostraban rostros manchados de sangre y relatos de gente que pasaba en el momento de la explosión.

Shahid no había quedado en casa de Deedee, sino en el apartamento de su amiga Hyacinth, en Islington, cerca de Upper Street. Estaba cruzando la ciudad para verla. Ya llevaba horas de camino. Había recorrido a pie parte del trayecto, atravesando la City, por Fleet Street y el Strand.

Era difícil imaginar mayor caos. De momento, las estaciones ferroviarias estaban cerradas, como los aeropuertos y la terminal de autobuses. Las calles estaban colapsadas. En Marylebone Road, en Talgarth Road, incluso en la City, coches de la policía, camiones de bomberos y ambulancias sorteaban el tráfico inmóvil; el público alargaba el cuello para atisbar el rostro de aquellos héroes al volante, como si alguna señal concreta de inteligencia y valor los distinguiera de la inquieta masa que, pese a todo, no parecía muy sorprendida por la atrocidad.

Miles de viajeros de cercanías se arremolinaban bajo la lluvia, parándose en los puentes con el cielo por techo, inclinando la vista hacia las sucias aguas, preguntándose a qué hora llegarían esa noche a casa, si es que lo conseguían. Algunos automovilistas se tumbaban en los asientos traseros de los coches; otros abandonaban su vehículo y se reunían en torno a la radio de los demás. La gente se dirigía sin que se lo pidieran a los hospitales más próximos, guardando cola en silencio para donar sangre mientras las cámaras de televisión se movían entre ellos como científicos neutrales. Las iglesias se abrían y gente perpleja esperaba en edificios que no habían pisado en años. Los cafés y los pubs estaban llenos; al parecer, se bebía tanto que se estaban quedando sin existencias. Amantes ilícitos, adúlteros y oportunistas aprovechaban la ocasión. Los hoteles casi estaban al completo.

Una vez empezado, Shahid se sentía reacio a abandonar el viaje a través de aquella extraña selva. Quería estar en medio del caos, no ver el acontecimiento por televisión, donde le darían forma y contenido, pero robando participación a los televidentes.

Llevaba dos horas caminando cuando descubrió que ya funcionaban algunas líneas del metro. Era la única posibilidad de moverse por la ciudad en tales momentos. Bajó al andén y, al cabo de una hora, subió a un silencioso tren que circulaba en dirección norte. Para sorpresa y alivio de los viajeros, la unidad pasó sin detenerse por varias estaciones. La proximidad de la gente le consoló: todos estaban cautelosos, asustados, empapados. Una tragedia así era lo que más podía aproximar a una ciudad como Londres a cierta emoción colectiva.

¿Qué sentían? Ira y confusión, porque en alguna parte del exterior acechaban los ejércitos del rencor. Pero ¿de qué facción se trataba? ¿De qué grupo clandestino? ¿Qué guerra, causa o agravio se manifestaba? El mundo estaba lleno de hirvientes causas que exigían venganza; al menos eso era sabido. Mientras que en el interior de la ciudad, atiborrándose de todo sin levantar la vista, estaban los satisfechos. Y hoy, «los afortunados», los que tenían hipotecas y empleos, vagando por las calles en busca de un teléfono que funcionase, debían comprender que podían ser acechados, sitiados, cazados uno a uno. Porque eran culpables. Y tenían que pagar.

El conductor anunció algo por el altavoz, aunque no se entendió nada salvo la palabra «urgente». Los viajeros se alarmaron tanto que empezaron a hablar entre ellos. Las fuerzas del orden seguían inspeccionando muchas estaciones. La mujer sentada frente a Shahid emitió un grito sofocado. Su compañero de asiento la hizo callar bruscamente. Cuando parase, el tren habría acabado su recorrido. ¡Final de trayecto!

El tren pasó por estaciones oscuras. Hombres con perros y linternas patrullaban los andenes. Brillantes conos de luz recorrían zonas normalmente ajetreadas. Shahid observaba a sus compañeros de vagón a medida que se alejaban de la posible seguridad de cada estación.

Fue un alivio escapar cuando al fin se abrieron las puertas unas estaciones más allá de su destino.

Corrió hasta la casa, pero se quedó fuera. Sabía que no debía haber ido. De todas formas, como no quería volver, empezó a bajar la escalera, suponiendo que Deedee estaría esperando a oír sus pasos en los escalones de piedra. Sabría que se había detenido; comprendería su renuencia.

En los sótanos sólo vivía gente poco recomendable; pero los vecinos de la zona no debían de ser malos, no tanto como los chicos del polígono. Allí todo era cómodo y apacible, aislado de la realidad. Empezó a sentirse culpable por abandonar a sus compañeros en peligro. Charlaría un par de horas con Deedee y después volvería con el grupo. Temía, además, lo que aquella mujer pudiese querer o esperar de él, las exigencias que le impondría, las emociones que sentiría y las que suscitaría en él. Pero la necesitaba, aunque no comprendiese en qué sentido ni estuviese en condiciones de admitirlo.

Deedee había dejado abierta la verja y la puerta de entrada. Al entrar, con un nudo en la garganta, Shahid olió a marihuana. La pequeña habitación de techo bajo estaba iluminada por dos velas. A duras penas distinguió un sofá, una televisión y un equipo de música en el que sonaba «Desire». Casi no la veía entre la penumbra.

– Siento venir tarde. Ha habido…

– Olvídalo.

Estaba sentada en el suelo, con la espalda en la pared; llevaba una amplia falda roja, jersey negro y medias negras. En la alfombra había un libro en rústica boca abajo. Fumaba un canuto fino y daba sorbos de un gran vaso de vino. No se levantó; sin duda no le apetecía.

Shahid era incapaz de acercarse a ella, estaba temblando, sólo diría lo que no debía y ella le tomaría por idiota. Se quitó el abrigo, bajo el que llevaba una chaqueta corta de cuero y una camiseta. Deambuló por la habitación con el canuto que ella le había preparado, mirándola furtivamente. Ella le dejó pasear y mirarla tanto como quisiera.

Entonces Shahid se echó a reír. A Deedee quizá le extrañase su actitud, pero se limitó a ladear la cabeza con expresión divertida y curiosa.

Shahid recordó que la noche anterior, aunque no por última vez, Hat y Chad habían planeado la respuesta a un ataque de los cabezas rapadas. Chad estaba sentado en el suelo con las rodillas levantadas y las piernas abiertas. Su arsenal, un martillo y un cuchillo, yacía entre sus piernas. Tahira llevaba un rato lanzándole miradas severas. Cuando no pudo contenerse más, mientras Chad hablaba de los destrozos que causaría entre los racistas, le dijo:

– Por favor, Chad, ¿podrías cerrar las piernas?

Chad frunció el ceño, miró a Hat y se encogió de hombros.

– He observado que te gusta llevar pantalones ceñidos, Chad -prosiguió ella.

– Sí, me gusta.

– Pero las mujeres nos molestamos mucho en ocultar nuestros encantos. Sin duda te habrán comentado lo difícil que es llevar el hijab, ¿verdad? No hacen más que insultarnos y ridiculizarnos, como si nosotras fuésemos las sucias. Ayer un hombre me dijo en la calle que esto era Inglaterra, no Dubai, y trató de quitarme el pañuelo de la cabeza.

– Hermana… -dijo Chad, horrorizado.

– Vosotros, hermanos, exigís que nos cubramos, pero os volvéis extrañamente evasivos cuando se trata de vuestra ropa. ¿No podéis llevar algo más amplio?

Chad miró a Hat y, en tono socarrón, dijo que llevaba tiempo buscando unos pantalones bombachos.

– Eso ya sería algo -repuso Tahira-. Pero ¿es que no piensas dejarte barba? Fíjate en Hat, ya le está saliendo un poco de vello. Incluso a Shahid le está creciendo algo.

Hat sonreía, complacido de sí mismo.

– Mi piel necesita espacio para respirar; si no, me sale un sarpullido y me pica.

– La vanidad debería ser la última de tus preocupaciones -replicó Tahira.

Aquello remató a Chad. Se quedó allí, frotándose la barbilla y sorbiendo aire a través de los dientes, emitiendo un ruido semejante al de un tronco húmedo que se arroja al fuego. Se negó a hablar con nadie, ni siquiera con Hat.

Más tarde, cuando Shahid, Hat y Chad estaban en la cocina, Hat se volvió a Shahid y le preguntó:

– ¿Es cierto que te está creciendo algo de vello?

– Muy cierto -contestó Shahid-. ¡Y a Chad no le crece nada!

– ¡Te voy a dar yo a ti en la cara con algo de vello! -replicó Chad.

No tenía ganas de contarle esa historia a Deedee. Se había figurado que le impresionaría la labor antifascista que estaban realizando, pero cuando le describió por teléfono cómo se probaba Chad los puños de hierro y la forma en que Hat enseñaba a Riaz a blandir el machete, notó su desaprobación.

– ¿Estás pensando en tus compañeros?

– Sí.

– ¿Sabes una cosa? -dijo ella-. Ese chico al que llamas Chad…

– ¿Qué quieres decir con eso?

– Antes se llamaba Trevor Buss.

– ¿Chad? No te creo. -Deedee se encogió de hombros -.¿Chad? -repitió él.

– Lo adoptó un matrimonio de blancos. La madre era racista, todo el tiempo hablaba de los paquis y de lo que había que hacer con ellos. -Deedee le tendió la botella de vino-. ¿Te apetece un trago?

– Estos días intento mantener la cabeza despejada. No pasarme de la raya.

– Chad empezó a sentir señales de alarma. Veía casas de campo y a ingleses que emanaban seguridad, que encajaban sin ningún esfuerzo en todo aquello. Ya sabes, la idea orwelliana de Inglaterra. ¿Has leído sus ensayos?

– No como es debido.

– En cualquier caso, la sensación de rechazo prácticamente le volvió locó. Quería poner bombas.

– Pero ¿por qué? ¿Por qué?

– Cuando llegó a la adolescencia vio que no tenía raíces ni vínculos con Pakistán, ni siquiera hablaba la lengua. Así que fue a clase de urdu. Pero cuando pedía la sal en Southall, todo el mundo reparaba en su acento. En Inglaterra, los blancos lo miraban como si les fuera a robar el coche o el bolso, sobre todo si iba vestido como un pelagatos. Pero en Pakistán lo miraban de una forma aún más extraña. ¿Cómo podría encajar en una teocracia del Tercer Mundo?

Hasta su padre pensaba lo mismo, quiso decir Shahid, y lo consideraba su patria. Rodeado de sus hijos y hermanos, papá lanzaba juramentos en su club de Karachi, aunque en las mesas hubiese cubiertos de plata sobre manteles almidonados y los camareros llevasen uniformes blancos y turbantes. De las paredes colgaban fotografías firmadas de Cowdrey y May, y un grabado de Jorge V dirigiéndose por radio al imperio; The Times estaba abierto en un mostrador de roble. Más allá se encontraban la galería y los «soberbios» macizos de flores, cuidados por un ejército de jardineros. Aquel local le ponía furioso: la religión metida a la fuerza por la garganta de la gente; los delincuentes, la corrupción, la censura, la pereza, la fatuidad de la prensa; los baches en las carreteras, la ausencia de carreteras, las carreteras en llamas. Allí nada estaba bien para papá. En sus momentos de mayor depresión decía que los ingleses no deberían haberse marchado.

– ¡Un país nuevo, un nuevo comienzo en 1945! -exclamaba-. ¿Cuántos pueblos han tenido esa oportunidad? ¿Por qué no podemos hacer las cosas sin torturarnos ni asesinarnos unos a otros, sin toda esta corrupción y explotación? ¿Qué es lo que nos pasa?

Alardeaba tanto de Inglaterra que uno de sus hermanos le dijo:

– ¿Qué, estás emparentado con la familia real, yaar?

Pero al marcharse tenía los ojos llenos de lágrimas, como un niño que vuelve al internado.

– Por decirlo así -prosiguió Deedee-, Trevor Buss perdió el alma en la transmutación. Incluso dijeron que quiso afiliarse al Partido Laborista en un intento de encontrar su sitio. Pero ellos eran muy racistas y él había acumulado mucha rabia. Demasiada, ¿sabes? Estaba fermentando y no podía dominarla.

– No sabía esas cosas de él -comentó Shahid, suspirando-. Ni siquiera le he hecho preguntas.

– Una vez me dijo: «No tengo hogar.» Yo le pregunté: «¿No tienes sitio donde vivir?» «No», contestó él. «No tengo patria.» «Pues no te pierdes gran cosa», le dije yo. «Pero no sé lo que es sentirse un ciudadano normal.» Trevor Buss vestía mejor que nadie y me pasó cintas que yo nunca había oído. ¿Sigue gustándole la música?

– Sí y no.

– Bebía y tomaba drogas. Un día le vi metiéndose coca en clase y lo eché. Se quedó fuera, con un zapato en equilibrio sobre la cabeza, mirando por la ventana. Era camello, siempre cargado de pasta, una bomba a punto de estallar.

– Pero no estalló, ¿verdad?

– No.

– ¿Por qué? ¿Porque conoció a Riaz?

– Quizá.

– Lo sabía -exclamó Shahid, chasqueando los dedos-. ¡Ya se podía quitar el zapato de la cabeza! ¿Y qué pasó entonces?

– Se cambió el nombre por el de Mohamed Shahabuddin Alí-Shah.

– ¡No!

– Insistía en que le llamaran por su nombre completo. Jugaba al fútbol y sus compañeros se hartaban de repetir: «Pasa el balón, Mohamed Shahabuddin Alí-Shah.» «Centra para que remate de cabeza, Mohamed Shahabuddin Alí-Shah.» Nadie se lo pasaba a él. Así que se quedó con Chad. -Deedee bebió otro trago de vino. Se estremeció-. Pero no es él quien me da miedo. No es Trevor.

– ¿Quién, entonces?

– Riaz es el peor.

– ¿Sí?

– Ya lo creo.

Por el camino, Shahid había ido pensando en Riaz. ¿No habían crecido todos en una época que admiraba a los rebeldes, a los excéntricos, a los marginados de todas clases, desde Bowie a Idol, desde Boy George a Madonna? En la adolescencia, sus amigos llevaban el pelo a lo mohicano y se agujereaban la nariz -uno incluso se atravesó la lengua-, convirtiendo sus cuerpos en un insulto. Pero rebelarse no costaba nada. Sólo los ancianos recordaban lo que había sido la «respetabilidad». Sus amigos, inclinados todas las noches sobre la mesa de billar, eran fantasmas, no de difuntos ambulantes, como ellos llamaban a los viejos, sino de nonatos.

Riaz, en cambio, en una época de arribismo y ambición, había abrazado una causa y mantenía su impopular individualidad. En el fondo era más inconformista -y sin afectación- que nadie que Shahid hubiera conocido. Si el mundo se movía en una dirección, Riaz iba en sentido contrario.

Deedee le ofreció otra vez la botella.

– Se te traba la lengua -observó Shahid, moviendo la cabeza-. ¿Por qué siempres quieres obligarme a tomar algo?

– El alcohol es uno de los grandes placeres.

– ¿Sólo se vive para el placer, entonces?

– ¿Qué otra cosa tenemos?

– No estoy seguro. Sé que sólo intentas provocarme. Pero el placer no basta, ¿verdad?

– Es un comienzo.

– ¿Y dedicarse a mejorar el mundo?

– ¿Crees que es eso lo que hace Riaz? -repuso ella, haciendo una mueca.

– En este momento está arriesgando su vida, montando guardia en el piso de una familia perseguida.

– A Riaz le echaron a patadas de la casa paterna por denunciar que su propio padre bebía alcohol. Además, le reprendía por rezar en el sofá y no de rodillas. Decía a sus amigos que si los padres pecaban, debían ser arrojados al implacable fuego del infierno.

– No esperes que me crea eso, Deedee.

– ¿Cómo?

– Riaz es una persona de lo más amable. -Antes de que ella pudiera protestar, Shahid prosiguió-: Y es un individuo que se enfrenta a toda la sociedad. Reconoce que hay que ser valiente para eso. No empieces a tomarla con él. Sólo te pregunto lo que pasó cuando conoció a Chad.

– Se hizo cargo de Trevor, y con su mezcla de amabilidad y disciplina lo metió en vereda mejor de lo que lo hubieran hecho en cualquier centro de rehabilitación.

– Eso pensaba. Sin él…

– Sí, probablemente uno u otro habría muerto.

– Y ahora el propio Chad se ocupa de la gente de una forma que ni te puedes imaginar.

– Pero ¿no te dan miedo? -inquirió ella, sin dejar de mirarlo.

– ¿Quiénes?

– Tus amigos.

– ¿Por qué tendrían que darme miedo?

– No tienen la más mínima duda.

– Algunos tienen creencias apasionadas, y están furiosos -repuso él, sacudiendo la cabeza-. Sin eso no puede hacerse nada.

– ¿Estás tú furioso, tienes creencias apasionadas?

– El caso es, Deedee -contestó Shahid, ruborizándose-, que los blancos inteligentes como tú sois demasiado cínicos. Veis lo malo que hay en todo y no dejáis títere con cabeza, pero nunca hacéis nada. ¿Por qué querríais cambiar algo cuando todo funciona ya a vuestra manera?

– No te conozco bien, Shahid, pero sólo digo que no quisiera que te pasara nada malo.

– ¿Quién iba a hacerme daño?

– Tus nuevos compañeros.

– ¡Pero si las víctimas somos nosotros! ¡Y cuando luchamos tú dices que nos excitamos por nada! ¡Te pasas el día fumando hierba y calumnias a los que realmente hacen algo!

Se quedó sentada, con los ojos bajos, como si no quisiera empeorar las cosas. Pero no se retractó.

– No sé por qué me he molestado en venir hasta aquí -dijo él.

– ¿Es que no querías verme? ¿Te he obligado yo? -inquirió ella en tono tan violento que Shahid dio un respingo. Deedee se puso en pie-. Pensé que había algo. -Cogió el bolso y empezó a guardar cosas-. Qué estúpida he sido. Eres un alumno. ¡Debo haber perdido la cabeza, coño! ¿En qué estaría pensando? Estoy desesperada, eso es. Ojalá no lo estuviera. Supongo que eso es lo que piensas de mí. -Se dio una palmada en la frente-. Quisiera olvidar todo este asunto.

– Deedee…

– ¡Olvidémoslo y volvamos a nuestra vida de antes!

Apagó la música y la calefacción, puso el tapón a la botella de vino y fregó los vasos con furia, sin dejar de sollozar, de espaldas a él. Shahid se preguntó lo que Chili, que sabía de aquellas cosas, habría hecho para arreglar la situación. El cabrón probablemente se la habría ganado con zalamerías; la lisonja era una técnica que tanto podía utilizarse con hombres como con mujeres, decía Chili. Pero siempre añadía que, si no se quería resultar rastrero, había que acertar con el punto débil.

Se acercó a ella antes de que se pusiera el abrigo y le dijo:

– Hoy estás arrebatadora, de verdad.

– ¿En serio? -repuso ella, ladeando la cabeza y sonriendo-. Gracias.

– Ha habido tantas confusiones. Hemos tenido una discusión estúpida. Había olvidado lo atractiva que eres. No te marches.

– De acuerdo.

– ¿Qué quieres hacer?

– Acostarme.

– ¿Por qué no?

– El dormitorio está ahí -indicó ella-. Y, por favor…, ¿podrías no mirarme el cuerpo?

– ¿Cómo?

– Mira a los visillos o algo así. Tú eres demasiado joven para avergonzarte de tu cuerpo. Pero he empezado a ir otra vez al gimnasio. Ah, y otra cosa.

– ¿Qué?

– No te quites la chaqueta de cuero, ¿quieres?

Más tarde, el cielo se había aclarado: era apacible y diáfano. Con los labios juntos, Shahid y Deedee habían dormitado sin llegar a caer en el sueño. Luego, sintiéndose satisfechos y audaces, se vistieron y salieron del sótano. Ahora iban abrazados, y cada vez que él se volvía para besarla -si, por ejemplo, estaban esperando a cruzar la calle-, ella se apretaba contra él, estrechándolo en sus brazos, y se fundían el uno con el otro. Habían hecho el amor; ella era su amante. Le había gustado sudar en la cama con la chaqueta de cuero; era ella quien se lo había follado, poniéndose encima, no sentada, sino tumbada con las piernas abiertas sobre las suyas, empujando sobre su picha. Él había extendido los brazos, diciendo:

– Quiero que me folles.

– No te preocupes -jadeó ella-. Déjame a mí.

En las tiendas vendían camisetas, bisutería, cinturones, bolsos, tenues pañuelos estampados de la India. En pequeños tenderetes callejeros, ex estudiantes con el pelo rosa a lo mohicano y perros mugrientos vendían paquetes de incienso y copias piratas de los Dead, Charlie Hero, Sex Pistols.

Había animación en las calles regadas. Parte del caos había desaparecido; la gente se congregaba de nuevo en torno a la estación del metro, esperando a amigos. La multitud se sentía atraída por los pubs o las brasseries estilo francés que se estaban poniendo de moda; o hacía cola para la sesión de noche de Fahrenheit 451 de Truffaut. Era raro ver a alguien de más de cuarenta años, como si hubiera un toque de queda para la gente mayor.

Shahid observaba a su amante desde el fondo de la librería, un espacioso local de dos pisos con las existencias expuestas sobre enormes mesas; en el pasado, las librerías siempre habían sido bastante sombrías. Al ver los montones de libros nuevos, a Shahid le entraron deseos de cogerlos todos, preguntándose cómo sobreviviría sin ellos. Deedee compró Rastros de carmín y él la siguió a la caja, esperando el punto de libro y la bolsa, con unos relatos de Flannery O'Connor y un par de antologías, todo comprado con el dinero que le había dado Chili.

Fueron a un pub. Las chicas llevaban minifalda o vaqueros blancos; los chicos iban con vaqueros negros o azules, con agujeros en las rodillas; algunos vestían cazadoras de cuero negras con polos negros o jerséis de cuello redondo. Había unos cuantos «siniestros» con maquillaje fúnebre que parecían fuera de lugar. Y también algunos chicos trajeados, más elegantes, que salían del trabajo y más tarde tomarían un taxi hasta el Soho para ir a L'Escargot, Alastair Little o al Neal Street Restaurant.

Muchos de ellos, explicó Deedee, eran unos gandules que pretendían escribir guiones. Pero algunos trabajaban en películas de bajo presupuesto o en musicales, y eran ayudantes de producción o montaje, extras de vídeos, directores jóvenes que, más tarde, acabarían la noche en las discotecas de moda: Moist, Future o Religión.

En un rincón había una pandilla de peor catadura, con chaquetillas de deporte con capucha y anchos vaqueros, suministrando manoseadas pastillas para fiestas particulares. Tenían cuenta de crédito con los taxis que les esperaban, ganaban mucho dinero vendiendo éxtasis. Las fiestas se celebraban en descampados de las afueras o en almacenes, bajo los puentes del ferrocarril. Deedee dijo que habría ido esa noche si no hubiera sido porque había un grupo punk asiático que no quería perderse, los Masters of Enlightenment.

Shahid se apretó contra ella. Empezaba a estar inquieta, removiéndose en el asiento, como la primera vez que hablaron en la cafetería de la Facultad. Quería hablar de su vida, pero no sabía por dónde empezar. No había tenido tiempo de digerir y examinar el pasado, había llevado una vida apresurada, los años habían pasado volando, no había descansado.

Por persistir en su actitud alborotadora, a los dieciséis años la expulsaron del colegio. Un sábado por la mañana, en vez de ir a su trabajo puso «She's Leaving Home», metió algo de ropa en una mochila y se marchó de casa para siempre.

– Pensé que, ya que estaba en ello, debía hacerlo todo de una vez, ¿sabes?

Su madre era secretaria en el Daily Express y su padre tenía una tienda polvorienta donde arreglaba radios, equipos de música y televisiones.

– No les gustaba que saliese con un bolso negro de plástico, guantes de encaje y los labios pintados de carmín. No tenían ni idea de la clase de persona que podía ser, sólo que les desagradaba cómo era.

Le gustaban la música, la ropa, los hombres, salir. Iba muy deprisa hacia… no sabía dónde. Nada la retenía; la velocidad era lo único que contaba. Frecuentaba los clubes punk; Louise's, en el Soho, donde Vivienne Westwood y Malcolm McLaren tenían su corte, y el Roxy, donde tocaban Police y Elvis Costello. Trabajó en bares, acabando en un elegante club de top-less en el West End.

– Trabajé de acompañante una temporada. -No miraba a Shahid-. Te lo cuento porque es mejor que lo sepas todo. Y ya no me importa.

– Bien.

– En aquellos días Londres estaba lleno de árabes que pensaban que les gustaban las chicas. No nos trataban mal, pero no hablaban. Siempre les preguntábamos: «¿Cómo es tu mujer?» No nos tenían gran consideración. Pasábamos la noche en sus apartamentos, metiéndonos coca y esperando a ver a cuál elegían.

– ¿Lo hacías por dinero?

– En mi mesilla de noche había montones, centenares de libras. Como con la cocaína, notas que se te escapa entre los dedos, que se te va en ropa, salir a comer, drogas. Hasta… hasta que otra de las chicas me pasó un libro de Gloria Steinem. Era el relato de cómo se convirtió en chica Playboy. Siempre me había considerado una rebelde, ¿sabes? Las chicas malas eran individualistas, destacaban. El libro me cambió las ideas. Descubrí otros y los leí, subrayando. El no ser estúpida era una especie de rebelión cotidiana. Quise unirme a un grupo de mujeres y cogí el autobús hasta Kentish Town, esperando discusiones sobre por qué los hombres eran tan imposibles. Pero aquellas mujeres ya no se planteaban eso. Eran lesbianas exclusivamente interesadas en ellas mismas. Dos de ellas trabajaban en un estúpido asilo. Aquello fue el colmo. Puse un anuncio en el Spare Rib y organicé mi propio grupo.

El día más feliz de su vida fue cuando la admitieron en la universidad.

– Mi madre me dijo: «¿Significa eso que tendremos que mantenerte?» Mi padre me dijo que una persona tan ordinaria como yo no necesitaba estudios superiores.

La universidad fue dura. Lamentaba ser mayor que los demás y, a la vez, tener menos formación académica. Nunca había hecho un trabajo escrito; las bibliotecas la dejaban narcoléptica. Vivía sola y estudiaba más que nadie, rehuyendo el contagio de la clase media: duda de sí misma, desprecio del aprendizaje, aburrimiento. Después de licenciarse, sacó una titulación en pedagogía.

– Luego me dieron el trabajo que tengo ahora. Ya llevo mucho tiempo aquí. -Lo tomó de la mano-. Este pub se está llenando de gente.

Siguieron calle arriba hasta el Underworld.

– ¿No te parece mal lo que te he contado?

– Está bien, supongo -contestó él-. Me gusta. Pero resulta confuso. Continúa.

– En la universidad me volví insociable. Un poco como tú ahora, tenía un objetivo político muy marcado. Mediados los setenta sólo vivía para el partido. Cuando no estudiaba, asistía a mitines, vendía periódicos o estaba en piquetes. Conocí a Brownlow.

– ¿Qué viste en él?

– Nos gustaban los Beatles. Teníamos en común la conversación y el activismo. Nos imaginábamos que estábamos en la Rive Gauche, reuniéndonos en los cafés con nuestros amantes, viviendo sin celos burgueses, comprometidos con el cambio personal y político. Sartre y Simone de Beauvoir tienen la culpa de muchas cosas.

Sólo se dedicaban a las tareas del partido. Formaban parte de piquetes, manifestaciones e iban a Greenham. Ni siquiera ahora sabía cómo considerar su militancia, si bien temía que, al ocuparse de los oprimidos y no del marido, su actividad política hubiese sido un mero desplazamiento de la atención.

Shahid pidió bebidas en la barra. El Underworld era un rectángulo negro de techo bajo detrás del pub, atestado de estudiantes. La cerveza parecía manar de las paredes. El cantante, un indio con gafas, estaba tan nervioso que se le cayó la guitarra al intentar empotrarla en un amplificador. El batería empezó a agitarse como una trilladora. El grupo no era muy bueno, y sonaba como una versión heavy de The Velvet Underground, sin la armonía. No es que Shahid le prestase mucha atención. Trataba de asimilar los datos de la vida de Deedee.

Al cabo de un par de canciones, Deedee se puso una pastilla en la lengua y dio otra a Shahid. Decidieron marcharse cuando al batería, en una de sus contorsiones -seguramente, como observó Deedee, porque nadie le había explicado que la batería no era un instrumento para hacer solos-, se le desprendió el turbante, que salió despedido hacia el público desplegándose como una cometa.

Se abrieron paso entre el gentío y salieron a la calle, contentos de encontrarse fuera. El aire fresco y el silencio eran un alivio. Volvieron al sótano, caminando despacio. Una vez allí, Deedee se tumbó en el suelo bajo una luz tenue y, desabrochándose la ropa, lo miró acariciarla. Le pidió que le diera masajes en los hombros, la nuca y la parte de arriba de los brazos.

– Cuando pienso en lo lejos que he llegado, me siento orgullosa de lo que he hecho. ¿Quién me ha ayudado? Algunos amigos, pero nadie en concreto. Y me alegro.

– Entonces, ¿por qué estás triste?

– ¿Lo estoy?

– Un poco.

– Sí. Me duele admitirlo. Supongo que quiero decir que el precio puede haber sido demasiado alto.

Dijo que en los años ochenta el objetivo de las mujeres, incluso de las izquierdistas, había sido el de ocupar puestos importantes, independizarse, triunfar. Pero lo habían pagado caro. Habían trabajado hasta no poder más, confiando demasiado en sus propios recursos, debiendo apoyarse a sí mismas además de a las amigas. Muchas desaprovecharon la posibilidad de tener hijos. ¿Y para qué? Al fin y al cabo, una carrera no es más que un trabajo, no la vida entera.

¡Qué poco habían disfrutado! En aquella época de la militancia, mientras el mundo permanecía inalterable -y hasta que llegaron las celebraciones del «día de la libertad»-, el placer sólo era condicional y culpable. Además, ella apenas se había movido fuera del círculo de la política; implícitamente sólo se consideraba buenas personas a aquellos que luchaban por el cambio. Los demás eran insensibles, deliberadamente ignorantes o víctimas de una falsa percepción.

– A mediados de los años setenta hubo un momento en que creímos que la historia se ponía de nuestro lado. Homosexuales, negros, mujeres se afirmaban y organizaban. Al cabo de menos de diez años, después de las Malvinas, la Plataforma Pro Desarme y la huelga de los mineros, hasta yo veía que el movimiento iba en dirección opuesta. Thatcher había concentrado la lucha. Pero ella pudo con todos. ¿Adónde nos llevaba eso?

– ¿Adónde?

– ¿Quién sabe? Pregúntale a Brownlow. Ya ha sido bastante difícil admitir la derrota y luego la incertidumbre. Ahora ni siquiera deseo estar segura de nada.

Esperaría la experiencia y el conocimiento, consciente de determinadas certidumbres concretas: sólo existía el presente, aquella noche les pertenecía, y él le gustaba.

– Me haces más feliz de lo que nadie me ha hecho desde hace siglos.

Shahid se desvistió con sólo una pizca de timidez. Deedee había dicho que le gustaba verlo desnudo mientras ella seguía vestida. Pero cuando se volvió a mirarla, vio que se había retirado un poco. Dobló la ropa y se quedó inmóvil. Ella se incorporó de pronto, pasándose la lengua por los labios. Él retrocedió.

– Me miras como si fuese un trozo de tarta. ¿En qué estás pensando?

– En que te merezco. Me dan ganas de comerte. Acércate. Ven, te digo.

Él se acercó de rodillas. Deedee le puso los labios en la oreja y le preguntó si quería que le hiciese algo. De la mano fueron otra vez al dormitorio y se tumbaron en el colchón tendido en el suelo. Había muchas cosas que quería que le hiciese. Tantas, que apenas sabía por dónde empezar; no por nada estaba prohibido lo prohibido.

– En realidad, estoy bien -dijo Shahid.

Ella sabía insistir. Desde el momento en que lo conoció, quería verlo con maquillaje; estaba segura de que le sentaría muy bien.

– ¿Ahora?

– Sólo existe el ahora.

Sin duda su destino no sería, aún, parecerse a Barbara Cartland, ¿verdad? Entonces recordó su primera noche, en la que «sí» era mejor palabra que «no». ¿Por qué tener miedo? Vivir, si se podía, aquí, esta noche. Esta noche era la eternidad. ¿Acaso ignoraba lo mucho que debía confiar en ella? Tenía que hacerlo. Ah, sí.

Ella fue al otro extremo de la habitación y puso «Vogue», de Madonna. Madonna preguntaba: «¿Qué estás mirando?» Le encantaba aquella canción. Deedee cogió su bolso y lo extendió todo sobre una toalla blanca. Shahid se sentó a su lado. Ella canturreaba mientras se dedicaba afanosamente a pintarle los labios, los ojos, a darle rímel en las pestañas, colorete en las mejillas. Le cardó el pelo. Eso le inquietó; era como si estuviera perdiendo su identidad. ¿Qué estaba viendo ella?

Ella sabía lo que quería; Shahid le permitió llevar la situación; era un alivio. Deedee no le dejaba mirarse al espejo todavía, pero a él le gustaba la sensación de su nueva cara femenina. Podía adoptar una actitud recatada, provocativa, juguetona, de estrella; desapareció una carga, le habían quitado cierta responsabilidad. No era él quien debía tomar la iniciativa. Incluso se preguntó cómo sería salir disfrazado de mujer y que lo mirasen de otra manera.

Ella se movió a su alrededor para observarlo, diciéndole que volviera la cabeza a un lado y a otro, que colocara los brazos así o asá, que hiciera esto o lo otro. Era más fácil no resistirse, incluso cuando le obligó a andar de puntillas como una modelo. Lejos de sentirse cohibido, caminó como en una especie de danza, balanceando las caderas y los brazos, echando la cabeza atrás, haciendo pucheros, separando bien las piernas, mostrándole la minga y el culo. Mientras él evolucionaba, ella asentía con la cabeza, sonriendo y suspirando.

Él hizo una reverencia, cogió una naranja del frutero que había junto a la cama y empezó a pelarla.

– ¿Me toca? -inquirió ella.

Él afirmó con un gesto.

Deedee se dirigió al armario. Cogería algunas cosas que pudieran gustarle. En la postura de una ayudante de prestidigitador, eligió unas medias y un amplio sombrero de paja con una banda de seda roja. Se sentó en la cama para ponérselo. Luego desplegó violentamente un condón, se lo enrolló en un dedo y lo untó de vaselina.

– Siempre pienso en ti de esta forma, sobre todo cuando das clase -dijo él.

– No te apures. A veces, cuando vuelvo a casa de trabajar y me apetece una orgía relajante, esto es lo que hago, antes de cenar. Miro fotografías, también. O leo.

– ¿Qué cosas?

– Crash. ¿La conoces? La historia de O también es un buen libro para leer con una sola mano. Se pasan horas preparándola, erizándole los pezones. Lleva zapatos de ante negro con tacones y plataforma, guantes, pieles y seda. Cuando se convierte en su esclava y la azotan, dice: «Seré lo que queráis que sea.» Su mayor vergüenza es cuando la obligan a masturbarse delante de ellos. Estoy pensando en recopilar una lista de pajas literarias para mis alumnos.

– ¿Cómo pasas las páginas?

– Qué tonto eres.

Le invitó a mirar mientras levantaba una pierna y hundía el dedo en el músculo del ano hasta hacerlo desaparecer.

– Mira -ordenó ella.

Con los dedos separados le enseñó el coño. Él cogió la vela y, acercándola, atisbó en su interior. Estaba encantado: la droga, que daba un tono pálido a su sonriente rostro, la presentaba en una perspectiva de revista; sin degradarse, se estaba convirtiendo en pornografía.

Arrobado, contuvo el aliento mientras Deedee cogía un tubo de desodorante y se introducía la parte superior en la vagina. ¿Había visto Riaz algo así? ¿Le apetecería verlo, secretamente? Deedee quizá pudiera hacerle una demostración, para que viese el carácter humano de todo aquello.

En el estómago de Deedee la carne formaba pliegues como dedos. Cayó de rodillas y se masturbó con diligencia y concentración, arqueando la mano entre las piernas. En seguida empezó a jadear, pasándose los dedos del coño a los pezones, con aureolas semejantes a pétalos de rosa. Él se puso de rodillas y se escupió en la mano; frente a frente, se masturbaron juntos y al correrse, simultáneamente, se derrumbaron riendo.

Ella se echó en el suelo y dormitó, como desvanecida.

Él se tendió y soñó. No podía dejar de pensar en algo que unos días atrás había dicho Riaz. De pasada, Hat declaró que había que decapitar a los homosexuales, aunque primero debería ofrecérseles la opción del matrimonio. Aquello interesó a Riaz, que dijo que Dios condenaría a los homosexuales al infierno, donde se les abrasaría la piel y les volvería a salir otra nueva, lo que se repetiría durante toda la eternidad.

– Si alguna vez os habéis quemado en la lumbre, sabréis lo que quiero decir. Imaginaos eso un millón de veces.

El odio de Riaz había sido sereno, muy seguro. Shahid quiso contárselo a Deedee, pero no quiso distraerla. Pero ¿no era Riaz su amigo? Ojalá pudiera comprender de dónde le venían aquellas ideas.

Más tarde, adormilados y ausentes, Deedee y él charlaron un poco, murmurando lo mucho que les gustaba mirarse en clase. Tras escribirle la nota en que le invitaba a su casa, le costó trabajo colocársela en el pupitre de la biblioteca. La retiró, volvió a colocarla y salió a toda prisa de la Facultad, imaginando que todo el mundo percibía su desconcierto y agitación. Una vez en casa, se sintió como una quinceañera, mirando por la ventana, pensando vendrá o no, qué es lo que he hecho, creerá que estoy loca. Nunca había tomado la iniciativa de aquel modo, al menos con un alumno. Cuando salieron, estaba tan nerviosa que, sin saber por qué, tuvo que colocarse. Al final, cuando se separaron, hizo dar media vuelta al taxi y volvió. Recorrió la calle varias veces, pero fue incapaz de recordar dónde vivía.

Volvió a dormirse, quedándose quieta a su lado con las piernas encogidas, chupándose el dedo.

Ahora, viéndola dormir, sintió, cerrando los ojos, que en aquella intimidad -guardada bajo el edredón- era un entrometido. Al mismo tiempo comprendió, tranquilizándose, que no podía sentirse aversión por alguien a quien se ha visto dormido.

La besó y la dejó dormir. Por la mañana Deedee llamó a la puerta del baño. Él estaba tumbado en la bañera con un café apoyado sobre los grifos y una toallita en la cara. Del piso de arriba se oía una pieza para violín de Bach.

Deedee se remangó. Lo enjabonó y le lavó la cara, detrás de las orejas, entre las piernas, por todas partes, echándole agua en el pelo con una jarra, deteniéndose sólo para besarle el cuello, el interior de las muñecas, las axilas.

Lo ayudó a salir, cogió toallas de los radiadores, le frotó y le envolvió bien. Lo hizo sentarse al borde de la bañera y le puso una camiseta. Luego, arrodillándose, le secó las piernas y le hizo una mamada. Él jamás había conocido unos labios que dieran esa impresión de sorberle el alma por la punta de la picha.

No le parecía bien limitarse a recibir. Ella dijo que no se preocupase, le gustaba complacerle de aquel modo, tenía mucha práctica. En aquel momento estaba satisfecha, no necesitaba nada. Cuando sintiera deseos de algo, se lo pediría.

Se situó desnuda frente al espejo, mojó una toallita y se lavó. Él cogió la ropa que ella había preparado y la ayudó a vestirse.

– He mirado en la nevera. No hay nada de comer. ¿Salimos a desayunar?

Eso era un lujo para él: por la mañana siempre había prisa y ajetreo.

Era un día frío, pero claro y brillante, que confirmaba su estado de ánimo. Deedee se puso gafas de sol y lo tomó del brazo. El local que escogió estaba cerca. La camarera la conocía, porque a Deedee le gustaba leer allí antes de ir a la Facultad y le hablaba de las discotecas y bares que frecuentaba. El ambiente era suficientemente cálido, y allí mismo elaboraban las baguettes y los croissants en hornos de acero. El olor les dio más hambre.

Se guardaron los guantes en el bolsillo y colgaron abrigos y bufandas junto al mostrador. Los pocos estudiantes, actores y amantes que había no llenaban el café. Deedee eligió una mesa con un mantel a cuadros rojos frente a la ventana, con vistas a la calle. Había carteles de teatro, la música era de Verdi, las camareras eran actrices y no tenían prisa; incluso les llevaron los periódicos.

Deedee pidió café y, cuando volvió la camarera, estudiaron la carta. Le dijeron que esperase y pidieron en seguida. Las tostadas venían calientes, envueltas en una servilleta: el pan era bueno y las rebanadas no eran demasiado finas. La confitura y la mermelada, servidas en tarritos, eran excelentes. Comieron deprisa, sin hablar mucho, aunque él notó que Deedee lo miraba con cariño pero también como si estuviera tramando algo. Después, ella sugirió que comiesen algo más, huevos revueltos, quizá, y chocolate con nata montada. Lo comentaron preguntándose si estaban demasido gordos, ambos negándolo del otro y palmeándose el vientre.

Estaban más cohibidos que antes. A Deedee le habían salido ronchas en las mejillas; no hacía más que volver la cabeza, la exasperaba.

– Quería estar guapa para ti -le dijo-. Es un verdadero fastidio. No puedo mirarme al espejo, no sé…

Había mucho que discutir de los periódicos y, cuando decidieron pedir pain au chocolat y capuccino y ambos se desabrocharon los pantalones, fumaron. Entraba y salía gente, pero él era el único de piel oscura. Lo mismo pasaba en casi todos los sitios a los que iban.

Deedee miró a la calle y dijo que Londres seguía gustándole. Si le dieran a elegir -no es que tuviese otra elección-, le parecía que no podría vivir en ningún otro sitio: las calles no eran tan angostas ni cerradas como en París o Roma, ni tan peligrosas como en Nueva York; normalmente se podía ver el cielo.

Había hecho autoestop por toda Europa con una mochila, y lo echaba de menos. Dijo que quería ir a Barcelona y ver el Barrio Chino de Jean Genet; Shahid podía conseguir billetes baratos a través de su madre. Se llevarían camisetas, vaqueros y un montón de libros; se dedicarían resueltamente al calor y la indolencia, y no importaría nada salvo lo que pasase en el día. Pese a Londres, las cosas podían resultar mezquinas en Inglaterra. Daban ganas de extender los brazos y abrirlo todo; había que alejarse de la triste monotonía del lugar, la decadencia, las minucias y la inercia de la política, la falta de optimismo en todas partes.

La idea de marcharse los animó. Se quedaron allí bebiendo coñac hasta que las camareras empezaron a poner las mesas para la comida.

Al salir a la calle ella lo cogió del brazo, pero no fue suficiente: él la besó hasta que les silbaron y estuvieron a punto de caerse. Ella tenía el día libre, no quería volver a trabajar más, la Facultad la asfixiaba. En la mejor disposición de ánimo, ahora que habían comido, caminaron a la ventura, pensando qué otra cosa podía distraerles, como si Londres sólo existiese para complacerlos.

Se probaron ropa y joyas, ella quiso comprarle unas botas. Pero aunque le gustaban, él no lo consintió y ella cedió. Deedee le indicó casas que le gustaban del vecindario; examinaron la enseña comercial de una antigua carnicería. En recuerdo de los viejos tiempos, ella compró unas grabaciones piratas de Dylan a un chico que las vendía en una caja frente a la boca del metro. Finalmente lo llevó a un pub a tomar un vodka al limón. Se quedaron en la barra y se bebieron tres copas de golpe, haciendo una pausa entre cada una y mirándose jadeantes después.

Lo único que podían hacer era volver al sótano, echar las cortinas y desnudarse el uno al otro. El tenía ganas de follársela de nuevo, ahora más que antes. Tras la segunda ocasión, con el miedo ya vencido, cada vez era mejor.

Mientras ella dormitaba, él se quedó sentado en la cama, bebiendo vino rancio de la noche anterior y leyendo un relato de García Márquez. Pensó en Chili y escribió una nota sobre él en el cuaderno. Al cabo de un tiempo, sin saber si era de día o de noche, la besó y se puso la camiseta. Trató de ponerse los pantalones sin despertarla.

Ella abrió los ojos y le preguntó por qué se marchaba.

Shahid no quería separarse de ella. Tampoco era necesario, era libre, eso ya lo sabía. Pero cuando ella le preguntó si le apetecía ver la última de Woody Allen en el Gate, él contestó que tenía que irse a casa a estudiar. Deedee repuso que podía estudiar con ella. No, dijo él, hoy no, tenía cosas que hacer.

Ella le lanzó una mirada inquisitiva. Pero él no quería estar sujeto a sus planes, como si lo hubieran contratado para un empleo cuyas condiciones ella ya hubiese fijado. Deedee no discutió. Ahora que las cosas iban bien entre los dos, se alegraba de quedarse sola; el resto del día sería maravilloso.

Se vistió y lo acompañó a la estación. Se quedó en el andén agitando la mano, mirándolo hasta que el metro desapareció en el túnel.

11

En aquel trayecto, de vuelta a casa, hubo otra perturbación de orden diferente. Había sido la mejor noche. Ahora quería soñarla de nuevo, gozando de los recuerdos.

Pero sentado en los deslucidos asientos de la Northern Line y pasando los túneles entre estaciones con el coño, el culo y el sudor de Deedee en la lengua y los dedos, y untados los labios de todo ello, se sintió inmerso en un clima carnal. Un orgasmo incomparable, como una espléndida salida nocturna, podía durar todo el día, ella tenía razón.

Aquel estado de ánimo también lo suscitaba, quizá, una fantasía con la que Deedee se masturbaba. Paseaba por la ciudad con tacones altos, los labios pintados y un largo vestido transparente, visibles el coño y los pezones: no la tocaban, pero sí la miraban. Al caminar veía a los hombres que la miraban, y mientras se masturbaban, ella se acariciaba.

Pero sobre todo era porque hoy notaba que, aunque los secretos del deseo estaban velados, en todas partes había tensión sexual. Imposible dudar de su palpitante radiación. Bajo la trivialidad y la rutina de una jornada corriente discurrían, como los cálidos y deshabitados túneles del metro bajo la ciudad, el galanteo, la pasión y la más honda curiosidad. La gente se vestía, accionaba, se movía con afán de exhibirse y atraer. Se calibraban unos a otros, fantaseaban, queriendo desear y ser adorados.

Faldas, zapatos, peinados, miradas, gestos: el encanto y la fascinación estaban en todas partes mientras el mundo se dirigía al trabajo. Y esa seducción no era un paso previo para el encuentro sexual, sino la sexualidad misma. No cabía la inocencia. La gente ansiaba embrujo, deseo, sentimiento. Quería ser besada, acariciada, chupada, abrazada y penetrada más de lo que era capaz de admitir. El andén de Baker Street era la misma Arcadia. No había imaginado que lo extraordinario existiera con aquella fuerza en la Jubilee Line. Hoy podía ver y sentir la tentación. Deedee había accionado la llave de sus sentimientos.

Mientras caminaba, Shahid recordó algo que contó una vez su hermano. Chili era objeto de los ataques de una de sus amigas, que afirmaba no haber conocido nunca a nadie tan mujeriego. Un individuo que, sobre todo si llevaba su traje Comme des Garçons, al cruzarse en la calle con una chica guapa prácticamente se le echaba encima sin mediar palabra. Ni se molestaba en mirarle la cara. Chili lo reconoció. Su actividad sexual era indiscriminada porque en cada mujer creía encontrar algo único e inestimable.

– Bajo las sábanas uno siempre es un buscador de perlas.

Chili estaba seguro, además, de que ellas descubrían algo vivo en él. La muchacha argüyó que simplemente trataba de justificar un comportamiento vampírico, pero Chili repuso que eso era lo de menos. Insistía en la idea de que en cierto modo, a veces, la impersonalidad tenía algo de sagrado.

– ¿No es eso lo que creen los cristianos? -inquirió.

– ¡Por Dios santo, Chili! -exclamó la chica-. ¡Esta vez te has pasado!

– No, en la cama me porto como el mismísimo Cristo.

Shahid salió del metro y se puso a callejear por los alrededores de la residencia. Debió de estar diez minutos dando vueltas, tomando resueltamente una dirección, parándose y encaminándose indeciso por la contraria. Deseó estar comiendo croissants con mantequilla y bebiendo café con Deedee. ¿Por qué se había separado de ella? ¿Qué era lo que quería hacer con tanta urgencia?

Sí; había algo importante. No podía abandonar a sus amigos; luchaban por algo; eran su gente; se había comprometido con ellos.

Volvió apresuradamente al metro. Cogió otra línea, hacia el East End, y cruzó la barriada a paso vivo, dejando atrás los coches oxidados y quemados.

– ¿Dónde te has metido? -Chad tenía los ojos velados de fatiga-. Vienes muy tarde.

Shahid era consciente de que en la penumbra del piso sus ojos relucían como diamantes. Lo último que deseaba era que Chad notase que emanaba luz. Adoptó su expresión de mayor desdicha.

– Puedes echarte a dormir un poco. Tengo que ir a un recado.

– De compras, ¿eh? ¿Qué recado?

– Una baguette. Pan francés.

– ¿Es que la comida india no es lo bastante buena para ti?

Chad llevaba su habitual ropa informal con una gorra blanca. Pero hoy se había colgado al cuello un silbato plateado con una vistosa cinta verde. A Shahid le encantó; le recordó al Trevor del que había hablado Deedee, el Trevor que Chad negaba ahora. Era a esa parte de Chad a la que Shahid quería llegar. Resolvió decir a Chad que sabía quién era Trevor.

– Oye, Chad…

– ¿Qué?

– Lo que quiero decir, hermano…

Pero Chad le volvió la espalda y ensayó unos mandobles con su arma. Shahid se sentó, tarareando para sus adentros «Sexual Healing», el himno de Chili. A todas horas, desde la trastienda de la agencia de viajes o al paso del coche por las carreteras comarcales, se oía susurrar a Marvin: «Levántate, despierta, vamos a hacer el amor esta noche.»

– ¿Qué ocurre? -preguntó Shahid-. No ha pasado nada, ¿verdad?

– No. A la hora de la verdad son unos cobardes. ¿Y a ti qué te pasa?

– ¿Me quieres escuchar?

Chad se puso en cuclillas con las armas alrededor, lo más lejos posible de Nina y Sadiq. La pareja se había ofrecido para la tarea más ardua. Ante la prohibición de besarse o tocarse, les gustaba pelearse: Sadiq le había dado un pellizco y ahora Nina acechaba la ocasión de devolvérselo, mirando recelosamente a Chad y a Shahid, como si fuesen profesores. A Chad no le gustaba que las hermanas los acompañasen, pero ellas, entregadas a la causa, habían insistido; eran ellas, animadas por Riaz, quienes tenían que presentar excusas a sus padres.

– ¿Recuerdas, hermano Chad, cuando nos conocimos en el restaurante de Hat y te dije que era paquistaní, contándote un montón de problemas?

– ¿Y qué?

– Iba a decirte que supongo que tú también pasarías por malos momentos.

– Sí -repuso Chad en tono cansino. Algo le preocupaba, evidentemente, pero no lo que decía Shahid.

– Y quería decirte, Trev…

– ¿Has visto a tu hermano? -le interrumpió Chad.

– ¿A Chili?

– Sí, ése. ¿Lo has visto?

Shahid estuvo a punto de decir que no. Pero el tono de Chad lo contuvo. Pero ¿por qué no tendría que haber estado con Chili? No veía el motivo. Fuera lo que fuese lo que hubiese pasado, no quería estropear su estado de ánimo -el rastro de los besos de su amante permanecía en su rostro, el aroma de su cuerpo en sus manos- discutiendo con Chad.

– ¿Por qué, hermano?

Chad cogió un jersey y se lo lanzó a Shahid.

– Chili te manda esto. Para que no se te enfríe el culo, dice.

– ¿Cómo sabe dónde estoy? ¿Cómo se ha enterado de esto?

– ¿Que cómo se ha enterado? ¿Tú que crees? Se ha alojado en tu habitación. El hermano Riaz ha tenido el placer de encontrárselo en el pasillo. ¿Y sabes qué pasó?

Shahid sintió la boca seca. Nina y Shahid dejaron de jugar.

– ¿Qué?

– Chili amenazó al hermano Riaz.

– ¿Cómo?

– Acusó al hermano de llevar una camisa suya.

– Oh, no.

– Riaz no sabía de qué estaba hablando.

– ¿Qué pasó?

– Riaz no le hizo caso, Y ahora contéstame: ¿dejaste entrar a Chili en tu habitación?

– ¡No! Las puertas no detienen al loco de mi hermano. Entra y sale cuando le da la gana.

– No importa, no es él quien me preocupa ahora. Sino tú.

– ¿Yo?

– Pasaste la noche en otro sitio -le acusó Chad, inclinándose hacia adelante- ¿Dónde has dormido?

Chad creía que era de su propiedad. Querían que les perteneciese por completo; ni una parte de él podía escapárseles. Pero Chad cometió un error al enfadarle.

– ¿A qué vienen esas preguntas? ¿No te fías de mí? ¿Es eso lo que insinúas? -Shahid miró fijamente a Chad-. ¿Y me puedes decir dónde está Chili ahora?

– ¿Estás ocultando algo, Shahid? -gruñó Chad.

– ¿Cómo qué?

– Tú sabrás.

– Por favor, hermano Chad, no tengas tan mal genio. He estado tratando de arreglar unos asuntos familiares. ¿No te he dicho que mi familia tiene un piso en Knightsbridge? -Chad frunció el ceño-. ¡Pero ya estoy aquí! ¿Es que no me ves?

– Te veo con demasiada claridad.

Shahid necesitaba saber por qué había estado Chili en su habitación; sus mocasines no solían honrar un linóleo tan deteriorado. De todos modos, con Chad era inútil hablar de eso.

Chad no le quitaba la vista de encima. Shahid rogaba que Deedee le hubiera limpiado bien la cara de sombra de ojos Molton Brown y pintalabios Auburn Moon.

– ¿Me has llamado paquistaní, hace un poco? -inquirió Chad, alzando la voz.

– Sí, intentaba decirte…

– Nada de paqui. Yo, musulmán. Nosotros no nos disculpamos. Somos gente que afirma una cosa importante: ¡el placer y el egoísmo no lo es todo!

– Riaz dice que eso es un pozo sin fondo -murmuró Shahid.

– ¿No es una frase estupenda? -exclamó Chad, inspirándose. Shahid vio que se le había pasado el mal humor, de momento-. Un placer, a menos que existan límites estrictos, sólo puede llevar a otro. Y cuanto mayor sea el placer físico, menos respeto habrá hacia el prójimo y hacia uno mismo. Hasta que nos convertimos en bestias. Hay quienes se pintan la cara.

– ¿Qué?

– Después de afeitarse se dan lociones. Por dentro están sucios, son un desastre. Pero nosotros somos diferentes.

– ¿Cómo podemos ser diferentes? -Shahid observó que Nina y Sadiq se apartaban el uno del otro-. Viviendo en toda esta… ruina.

La cuestión satisfizo a Chad.

– Excelente pregunta.

Shahid escuchó con atención: una horrible tormenta se estaba formando en su mente.

– Nosotros hemos ido más allá de las sensaciones, pasando a una concepción espiritual y controlada de la vida -explicó Chad-. Miramos al prójimo con respeto, y no pensando en cómo podemos utilizarlo. Trabajamos para los demás, y eso es lo que estamos haciendo aquí.

– Ya.

– Si perseveramos en eso -prosiguió Chad-, por mucho que quieran corrompernos podremos resistir.

– Comprendo.

– Me alegro, hermano, me alegro mucho porque veo que flaqueas.

– ¿En serio?

– Es una tarea difícil, pero Alá está de nuestro lado. ¿Qué tiene de malo la idea de vivir en la pureza?

– Nada.

– Exacto. Nada. Una persona será sin duda más madura si se domina a sí misma en vez de someterse a cualquier deseo, ¿no?

– Creo que tienes razón, probablemente.

– ¡En efecto! Algún día habrá un cambio radical. ¡Sueño con eso!

Chad empezó a pasear por la habitación como hubiera hecho Riaz, complacido de su discurso y musitando frases como si se dirigiese a la multitud en la mezquita.

La ausencia de Riaz era molesta. Sin su jefe, el ambiente estaba desconectado, disperso; el grupo se infantilizaba, olvidando los motivos de sus acciones. Y Chad parecía disfrutar imaginando que tenía cierta autoridad sobre ellos. Shahid se preguntó si a Chad no le apetecería ocupar el lugar de Riaz. De todas formas, Shahid entendía lo que Chad quería decir. Se había equivocado al burlarse o desechar sus ideas. Chad podía resultar arrogante, pero hablaba desde una experiencia angustiosa.

Shahid se sentó en silencio, la atmósfera era tensa. Al principio, la mujer que vivía allí había disfrutado de su compañía. Pero ahora le había dado por fruncir el ceño y recluirse en el dormitorio con sus hijos. Quizá se debiese a la insistencia de Chad en hablar con ella en urdu, cuyo estudio había emprendido de nuevo. La mujer lo miraba como si hablase en galés y, sin duda, los frenéticos gestos con que se ayudaba en sus tentativas la ponían nerviosa.

Y así, en aquella habitación mugrienta y demasiado iluminada, donde todo el mundo parecía cansado, Shahid, inmerso de nuevo en lo cotidiano -y temeroso, también, de un ataque racista- volvió a pensar en Deedee. Y fue como escuchar su música preferida; ella era una canción que le gustaba oír. Evocó la forma en que le había vuelto suavemente la cabeza para besarle la oreja, como si en aquel momento sólo la atrajese esa parte de su cuerpo. Recordó también el modo en que le había besado la mano, apretándola contra sus ojos, mejillas, labios, marcándole de amor.

Pero en vez de sumergirse en el cálido recuerdo del amor al que se habían entregado y de los placeres que ella le había revelado y que podían repetir y ampliar voluptuosamente en el futuro, notó una sensación amarga, de desengaño. ¡Cómo había anegado sus sentidos en las últimas horas! ¡A qué ilusiones se había sometido! ¡Qué torrentes de basura inspirada por la droga había dejado correr por su cabeza! ¡Cuántas fantasías triviales había confundido con visiones! ¡Hasta en el andén de Baker Street!

Afortunadamente, la llegada de Tariq le distrajo de sus pensamientos. Entonces informó a Chad de que iba a visitar la mezquita. Después patrullaría por el paseo, para ver cómo andaban las cosas fuera.

Chad no pudo negarse.

– Pero ten cuidado -le advirtió-. Lo mismo quieren cogernos por separado.

Algo que notó en Shahid debió conmover a Chad, porque le dijo que iba a regalarle una cosa. Mientras Shahid guardaba el cuaderno y sus plumas preferidas, Chad cogió una bolsa de plástico y se la entregó.

– Para ti.

– ¿Qué es?

– Míralo.

Era un salivar kamiz, lo extendió y lo mantuvo en alto.

– Es precioso.

– ¡Sí!

Shahid se lo llevó a la mejilla.

– ¿Es para mí?

– Pues claro. Yo tengo uno. ¿Quieres ponértelo?

Observó cómo Shahid se ponía, por primera vez, «el atuendo nacional». Chad lo examinó bien antes de presentarle un gorro blanco que ocultaba detrás de la espalda. Se lo ajustó en la cabeza, se retiró un momento y le dio un abrazo.

– ¡Estás magnífico, hermano!

– Gracias, Chad.

– He pensado que te sentaría bien. Espera a que te vea Riaz. Y Tahira. Se sentirán muy orgullosos. ¿Cómo te sientes?

– Un poco raro.

– ¿Raro?

– Pero bien, muy bien.

– Estupendo.

Shahid se puso encima el jersey y la chaqueta y se fue. Chad salió a la puerta y lo despidió con el brazo cuando doblaba la esquina. Sintiéndose aún más llamativo entre los pliegues del amplio y cómodo salwar, Shahid recorrió las tres paradas de metro.

Rezó lo mejor que supo, repasando mentalmente las instrucciones y exhortaciones de Hat; pidió a Dios que le otorgara el conocimiento, la comprensión de sí mismo y de los demás, la tolerancia. Sintiéndose desprovisto de pasión y, en cierto modo, liberado y purificado, se sentó tranquilamente con el cuaderno.

Distribuidas en tres plantas, las estancias de la mezquita eran tan grandes como pistas de tenis. Después de charlar a la entrada, donde se quitaban los zapatos antes de retirarse a hacer las abluciones, se congregaban allí hombres de tantos tipos y nacionalidades -tunecinos, indios, argelinos, escoceses, franceses-, que sin saberlo de antemano habría sido difícil adivinar en qué país se encontraba la mezquita.

Allí quedaban excluidas la raza y las barreras de clase. Había hombres de negocios con trajes caros, otros con uniforme del metro de Londres o de la dirección de Correos; ancianos encorvados, vestidos con salwar kamiz, manipulaban sartas de cuentas. Jóvenes elegantes con cola de caballo que trabajaban con ordenadores intercambiaban tarjetas comerciales con otros vestidos de traje. Cuarenta etíopes con túnicas se sentaban al fondo de la nave, escuchando a uno de los suyos.

Entre los hombres que rezaban corrían por la inmensa alfombra niños con sus mejores trajes y niñas vestidas de blanco con lazos en el pelo. Algunos visitantes estaban tendidos en colchones arrimados a la pared, durmiendo. A su alrededor tenían teteras, botellas de agua y sus enseres en bolsas de plástico. Otros se pasaban horas sentados contra las columnas con las piernas cruzadas, charlando. Y los había tumbados de espaldas, dormidos en el centro de la nave, con un brazo sobre los ojos. Personas que no se conocían hablaban entre sí. Era un ambiente tolerante, pacífico, medidativo.

Sí, reflexionó Shahid, se había zambullido en un río de deseo y excitación. Y pronto, sin duda, estaría embotado pero no saciado: esas sensaciones no bastarían. ¡Necesitaría más y acabaría lanzado al «pozo sin fondo»! Riaz lo entendía. Tenía que aprender de él y de Chad.

Lo habían tentado. Y había caído de cabeza. Pero el ir allí había sido buena idea. Había recobrado el juicio antes de que fuese demasiado tarde. Aunque se detestara a sí mismo, también merecía elogio por haber recobrado la pureza. ¿No había logrado salvarse, saliendo del remolino y volviendo a casa? Sí y no. Seguía inquieto; no podía tranquilizarse. Incluso en aquellas frescas estancias donde sentía más sosiego que en ninguna otra parte, no dejaba de pensar, justificándose y criticándose mordazmente. Sólo estaba seguro de una cosa. Dejaría a Deedee antes de que se complicaran más los sentimientos. Se lo diría mañana. Podría dedicarse por entero a su trabajo con Riaz.

Una vez tomada esa decisión, se puso en pie, recogió los zapatos del estante y salió, guiñando los ojos, a la calle. Atravesó un mercadillo en cuyos bulliciosos puestos vendían maletas, relojes, casetes; los vendedores pregonaban a gritos aparatos para enhebrar agujas, exprimidores de naranjas, adornos de plástico para visillos de encaje. Era una transición brusca; le resultaba difícil conciliar lo que pasaba en la mezquita con la animada diversidad de la ciudad.

Sus amigos contaban historias, en términos religiosos, sobre el origen de todas las cosas, explicando que Dios les dio la vida, lo que ocurría después de la muerte y por qué sufrían persecuciones. Eran historias antiguas y útiles, sólo que hoy podían ser socavadas y ridiculizadas por otras más demostrables, lo que quizá daba más determinación a sus partidarios.

El problema era que, cuando estaba con sus amigos, esas historias le subyugaban, pero cuando los dejaba, como quien sale del cine, el mundo le parecía más sutil e inexplicable. Era consciente, también, de que esas historias eran invención de hombres y mujeres; no eran ni ciertas ni falsas, sólo productos de esa facultad maravillosa pero poco digna de confianza que William Blake denominaba «el cuerpo divino en cada hombre». Pero sus amigos no reconocían ni una pizca de imaginación en el cuerpo de sus creencias, pues eso lo envenenaría todo, haciendo humana su convicción, estética, falible.

Comprendía, sin embargo, en qué se equivocaba Brownlow. No se trataba de la verdad o falsedad de esas creencias, ni de si podían o no demostrarse, sino de afiliación. En el tiempo que pasó deambulando por las calles, había observado que las razas estaban divididas. Los chicos negros salían juntos, los paquistaníes se visitaban unos a otros y los bengalíes se conocían entre sí desde tiempo atrás, igual que los blancos. Aunque no se percibía hostilidad -y había mucha, aunque fuese implícita; su madre, por ejemplo, solía hacer comentarios desdeñosos sobre los negros, diciendo que eran perezosos, mientras que respetaba a los blancos de clase media-, los grupos se mezclaban poco. ¿Llegarían a cambiar las cosas? ¿Y por qué? Algunos individuos hacían un esfuerzo, pero ¿no se estaba disgregando el mundo en tribus religiosas y políticas? La división se daba por sentado, cada uno con lo suyo. Pero ¿adónde conducirían esas desuniones, sino a diversas clases de guerra civil?

Y algo más apremiante: si todo el mundo se daba tanta prisa en adherirse a su propio grupo, ¿cuál le correspondía a él?

Al volver al barrio sintió que perdía el ánimo y al mismo tiempo se puso en guardia. Sacó la navaja que ahora llevaba -Chad no permitía que ninguno saliese desarmado-, atento a posibles atacantes. Había poca gente por la calle. Sentado en un muro, mantuvo la vigilancia con «Sign o' the Times» en los auriculares, solo con los cuadernos negros que iba llenando rápidamente. Al final del último empezó a redactar un relato erótico para Deedee, «La alfombra de la oración carnal», para enviárselo como regalo de despedida.

Pero Deedee y él no sólo se procuraban sensaciones. La noche anterior, cuando le contó que había prestado a Chili Cien años de soledad, ella repuso que acababa de leer La educación sentimental. Contenía escenas espléndidas, le aseguró; parecía una película. Pero algunos libros le costaban trabajo, igual que ir al gimnasio. También había probado con La pequeña Dorrit, en navidades. La lectura seria requería dedicación. ¿Quién la consideraba una actividad provechosa en aquella época? ¿Y cuántos conocían un libro tan bien como Blonde on Blonde y Annie Hall, o como a Prince? ¿Podía la literatura conectar así a una generación? Algunos estudiantes excepcionales leían libros difíciles; pero los más no lo hacían, y no eran estúpidos.

La música que escuchaban sus alumnos, la forma de bailar, la ropa y el lenguaje les pertenecían, era un estilo de vida. Ella intentaba entrar en ello, ampliarlo, hacer preguntas. No era agradable oír decir que la cultura no servía para nada, sobre todo si la gente no entendía su finalidad. Tal como estaban las cosas, la gente estaba continuamente informada de su propia inferioridad. Muchos consideraban hipócrita e ilusoria la cultura de la élite blanca. Para algunos, eso era una excusa de la pereza. Otros lo consideraban justificado: no querían conocer una cultura que los humillaba profundamente.

Pero había una clase de libros que le gustaba en aquellos momentos. Deedee confesó que leía en secreto novelas de «polvos y lujo» como otros comían chocolate en la cama, por la ropa, las escenas sexuales, los restaurantes, los hoteles. La avergonzaban más, sin embargo, las docenas de libros prácticos que consumía. Muchas mujeres los leían, explicó, para tratar de comprender por qué no eran más felices, por qué no se habían realizado sus expectativas. Ella prefería pensar en las necesidades que tales libros satisfacían antes que fastidiar a la gente con la literatura, que sólo los eruditos consideraban crucial y la gente normal sólo leía en vacaciones.

Shahid empezó a pasearse de un lado a otro, tercamente, diciendo que él no soportaba esas cosas. Lo había intentado, pero la literatura era mejor en todos los sentidos, la diferencia saltaba a la vista, mira las primeras páginas de Tom Sawyer. Por eso se llamaba literatura. Tenía intención de ponerse a leer libros pesados. Turguéniev, Proust, Barthes, Kundera: ¿qué tenían que decir? ¿Por qué se les estimaba?

Y otra cosa. No siempre le gustaba que le pusieran a Madonna o George Clinton en clase, ni que le diesen una conferencia sobre la historia del funk como si fuese más «suyo» que Padres e hijos. Cualquier expresión artística era «suya» si demostraba sus méritos. Él no se privaría de lo mejor.

Habían discutido apasionadamente pero sin acritud, modificando ambos sus puntos de vista. Deedee siempre le estimulaba las ideas. Y ahora iba a dejarla.

Para entrar en calor se puso a andar a paso atlético por el paseo que rodeaba el edificio. Se cruzó con un anciano, vio a un chico negro que caminaba en sentido contrario al suyo y, en una ocasión, un muchacho de aspecto colérico se le puso delante obligándolo a desviarse. Aparte de eso, por allí no había nadie.

Entonces, no muy lejos, oyó voces. Tres o cuatro hombres estaban cantando. Pero ¿qué? Se devanó los sesos antes de reconocer «Rule Britannia». Para alivio suyo, el cántico se desvaneció. Empezó de nuevo, minutos después, unas veces más arriba de donde él se encontraba y otras más abajo. Estaba convencido de que la letra iba dirigida a él. Siguió andando, volviéndose aquí y allá. Le iban a pisar la cabeza.

Aquella gente del barrio, la que le estaba rodeando ahora, por ejemplo, cuando no le aterrorizaba le dejaba perplejo. Tenía que traer allí a Deedee para comentarlo. Quería decir que no le gustaba patrullar el barrio como un británico en la India.

En las primeras páginas del cuaderno estaba haciendo retratos literarios de los inquilinos del bloque que, pese a ser vecinos durante años, se robaban entre sí periódicamente. Una mujer que había charlado con Shahid -llamándole su cariño morenito y pasándole la mano por el pelo porque no lo podía resistir-, le contó que una vez había ido a apuntarse al paro y al volver se encontró con el piso vacío: alfombras, radiadores, bombillas, camas, chucherías, todo había volado. Le dijo que, si se era inteligente, al salir había que dejarlo todo guardado en una habitación, tras una puerta blindada. O comprarse un doberman, salvo que como no habría dinero para alimentarlo siempre estaría muerto de hambre y podría arrancar la cara a un niño de un mordisco.

Los chicos con iniciativa, que no llegarían a nada, quizá los que le perseguirían aquella noche, rebuscaban en la basura, robaban coches y casas, vendían hierba y coca. Algunos eran aficionados al robo con escalo. Llevaban navajas, se entrenaban, sabían que tenían que ser despiadados. ¿No había historias de muchachos como ellos que tenían un BMW, un piso en los muelles, tías buenas, novias finas? Pero allí no había dinero que ganar. Lo único que conseguían eran adicciones, cicatrices en la cara y cinco años de cárcel, como mínimo.

Shahid pensaba a veces que Riaz tenía razón. ¿No poseía aquella gente lo justo para que la vida le resultara soportable? Ninguno se moría de hambre. No eran campesinos. Pero en aquel sitio no había Dios, ni creencias políticas ni sustento espiritual. ¿Qué gobierno o partido consideraba que esa gente merecía la pena? Todo el trabajo disponible era de la peor especie. La mujer le dijo a Shahid que sólo si llamaban la atención podría mejorar algo su situación.

– ¿Y cómo lo conseguirían?

– Pegando fuego a todo este jodido sitio.

Por todas partes veía Shahid a personas con los ojos abrasados de culpa y resentimiento. Quizá pertenecieran a la especie que se encargaba de los campos de concentración. ¿Es que no tenían orgullo ni vergüenza? ¿Cómo podían soportar su propia ignorancia, vivir sin cultura, reducidos a ver seriales las tres cuartas partes del día? Estaban indefensos, perdidos. A Shahid se le ocurrió que el grupo de Riaz debía hacer algo en favor de los inquilinos del bloque, escuchar, dar información, no desdeñarlos a todos. Resolvió hablar del asunto con Riaz.

Riaz no llegó hasta la tarde del día siguiente. Shahid había patrullado toda la tarde y se quedó a pasar la noche. El frío, el miedo y el extraño cántico le dejaron agotado. Pero mientras Sadiq y Hat se instalaban frente a la ventana de la cocina por si oían el «Rule Britannia», él no lograba conciliar el sueño metido en el saco de dormir; acabó levantándose y se fue a leer a la cocina. Sentía nostalgia de Deedee, como si ya se hubiera separado de ella. Estaba convencido de que le olvidaría en un par de días, y de que era mejor terminar antes de que la relación se hiciese demasiado complicada.

Pero al llegar, Riaz no quiso saber nada del misterioso «Rule Britannia»; apenas dirigió la palabra a Shahid ni a los demás mientras Chad lo conducía a la cocina. Shahid fue tras ellos y se quedó frente a la puerta cerrada. Riaz explicó algo en voz baja pero convincente. Luego, dando un puñetazo en la mesa, Chad exclamó:

– Dios nos ha hablado. ¡Nos ha dicho que está aquí! ¡Él ve lo que está pasando y castigará a los impíos!

Momentos después, Shahid vio desde el balcón a Hat y a Riaz que se apresuraban por el paseo hacia la parada del autobús. Hat estaba encargado de organizar patrullas y volvería con nuevos voluntarios de la universidad, así como con comida del restaurante. Pero hasta Hat parecía preocupado últimamente, pues su padre empezaba a sospechar que en vez de dedicarse a sus libros perdía el tiempo con Riaz.

Debían de estar vigilándolos. Poco después de la marcha de Riaz y como una hora antes de que acabara el turno de guardia de Shahid, ocurrió algo.

Chad estaba en la cocina. Sadiq se había ido. El otro chico aún no había llegado. Shahid y Tahira estaban sentados con sus libros de texto. Tahira ofreció a Shahid una bolsa de pegajosos gulab jaman, consciente de que nunca se hartaría de comerlos.

– Echémonos a perder -dijo ella, riendo.

Mientras estaban juntos habían empezado a pensar que los racistas conocían su presencia y no querían presentar batalla: o eso, o esperaban una oportunidad. A Sadiq le habían tirado una botella desde un coche en marcha, pero como vivía en el East End estaba acostumbrado a sortear cristales.

Ahora se oyó un ruido en el buzón seguido del estrépito de un ladrillo arrojado contra la ventana reforzada, junto a la puerta.

Chad se puso en pie de un salto empuñando el arma. Shahid cogió un cuchillo de trinchar. Se detuvieron un momento, chocando la mano libre para infundirse valor.

Chad quitó la barra a la puerta. Tahira se puso el abrigo.

– Quedaos ahí -advirtió Chad, atisbando al otro lado de la puerta.

No vio nada. Con cautela, Shahid y él salieron. Tahira los siguió. Habían roto algunas farolas del paseo; el aire era tan frío que parecía una cortina de niebla. Entre la mortecina luz apenas se distinguía algo.

– Será mejor que llames para que vengan refuerzos -musitó Chad a Tahira.

Los dos hombres miraron en ambas direcciones. Sahid vio por el paseo a una mujer con un objeto en la mano. La acompañaban dos niños, ninguno de los cuales podía tener más de ocho años.

– ¡Eh!-la llamó Shahid.

En esto, la mujer, que iba en zapatillas, les arrojó un ladrillo partido y se dio a la fuga. Chad y Shahid los persiguieron. La niña, más pequeña, resbaló en lo alto de las escaleras y Chad la cogió del cuello del abrigo. La madre, con una gabardina llena de manchas echada sobre los recios hombros, se detuvo y les lanzó una mirada desafiante, agarrando al niño.

– ¡Chad! -exclamó Shahid-. ¡No!

Chad blandió su arma sobre la cabeza de la niña, agitándola. Quizá esperaba que lo contuviesen.

La cuadrilla armada exigía una jihad purificadora, pero eso no era en absoluto lo que habían pensado. Se encendieron luces alrededor. Se abrió una puerta por la que se asomó un rostro tatuado. Ladraron unos perros. Sin duda la policía estaba de camino.

Esperando que Chad se conformara con eso, Shahid gritó a la mujer:

– ¿No puede dejar en paz a esas personas? ¿Qué daño le han hecho a usted? ¿Han ido a su casa a insultarla y tirarle piedras? ¿Son ellos quienes la han hecho vivir a usted en estos horribles pisos?

La niña escapó de la presa de Chad, corrió hacia su madre y, volviéndose, empezó a gritarles. La mujer, sin amedrentarse, echó la cabeza hacia adelante y les escupió. Pero sopló el viento y la saliva salpicó el pelo de su hija.

– ¡Paqui! ¡Paqui! ¡Paqui! -gritó. Su cuerpo se había convertido en un solo miembro encorvado con una abertura en la parte de arriba que vomitaba maldiciones-. ¡Nos robáis el trabajo! ¡Nos quitáis nuestras casas! ¡Los paquis se apropian de todo! ¡Devolvedlo y marchaos a casa!

Salió huyendo con los niños.

– Tú quédate aquí -ordenó Chad a Shahid. Los dos estaban temblando-. ¡Pero no te apures, vienen refuerzos, Sadiq y Tariq vendrán en seguida!

Solo, Shahid deambuló por el paseo, sabiendo que la mujer volvería con bestias de cara de rata armados con bates. Sentía urgentes deseos de marcharse, pero su padre no había sido un cobarde, no había de eso en su familia. Y no es que a Chili, pensó, se le pudiera describir como un ortodoxo defensor de su comunidad. Una de sus amigas negras le convenció una vez para que participase en una manifestación antirracista; y cuando los del Frente Nacional gritaron: «¡Marchaos, paquis!», Chili, que llevaba un traje color visón, avergonzó a todo el mundo sacando su gruesa billetera, agitándola hacia los racistas y gritando a su vez:

– ¡Marchaos a vuestras viviendas municipales, indigentes!

Para distraerse, y por frustración, Shahid se esforzó en pensar en Deedee. La recordó quitando los cañamones de la hierba mientras preparaba un canuto, antes de dispararlos por la ventana con el dedo. Mientras desmenuzaba la hierba, distribuyéndola a lo largo del papel, levantaba la vista hacia él y sonreía. Después, se ponía el porro entre los labios y lo aparcaba allí, quitándoselo sólo para demostrar algún argumento, alzándolo frente a su rostro como si pesara. Entonces le encantaba oír música, poniéndola alta e inclinando la cabeza hacia atrás para hacer anillos de humo, perdida en una lujuriosa indolencia.

Shahid recordó cuando se tomaron los pelotazos de vodka; cómo jugueteaban sus manos sobre su cuerpo, con una vida cognoscitiva propia, y cómo las relaciones sexuales eran para ella como el baile, todo su ser receptivo y en movimiento. Él se sentía un inepto, queriendo únicamente meterle la picha; era incapaz de sentir ni tocar como ella. Deedee dijo que no acababa de localizar su sensualidad. Él quería saber si, con la práctica, podría obtener información al respecto. ¡Ah, ojalá pudiera estar lamiéndole el coño en vez de encontrarse en aquel precipicio, aterrorizado por si un chico blanco le clavaba una navaja!

Distinguió la sombra de un muchacho detrás de una columna y le oyó reír.

– ¡Eh! -gritó, dirigiéndose hacia él, para ver quién era.

El chico estaba solo. No era alto. Pero había desaparecido. Sin pensar, Shahid subió precipitadamente por un corredor y torció la esquina. Pasó frente a una puerta y siguió. Sólo con la mirada que le había echado, estaba seguro de haberlo visto antes. ¿Dónde?

Estaba en el ascensor, obstruyendo la puerta con la bota. Shahid no iba a entrar en aquel cajón metálico. Se contemplaron mutuamente. Bien parecido, con suave cabello rubio, el chico tenía un aspecto sucio. Sin embargo, llevaba unos mocasines presentables, pantalones de algodón y cazadora negra de cremallera.

– ¿Quieres algo?

Shahid receló una trampa. Miró a su espalda.

– ¿Cómo?

El chico le tendió la mano.

– ¿Sabes a lo que me refiero?

– Quizá -dijo Shahid, respirando de nuevo y tocando la mano que le ofrecían. El chico sonrió-. ¿Qué tienes?

– Conmigo siempre es una fiesta, tío. Mierda, tripis, éxtasis. Ya has catado mi género. Y sabes que es fantástico.

– ¿Lo he catado ya?

El chico echó a andar, entre contoneándose y cojeando. Shahid había estado de vacaciones en Jamaica y le reconoció cierta actitud jamaicana. Se preguntó si la habría adquirido en el colegio.

– ¿Vienes a dar un paseo?

Shahid vaciló.

– No temas, esta noche no hay verdaderos cazapaquis -aseguró el chico-. Están todos en casa, viendo el partido por la tele.

– Dinos entonces dónde viven esos cabrones -le pidió Shahid, alzando la voz y poniéndose a su altura-. Tú sabes quiénes son. Dínoslo.

– ¿Seguro que quieres conocerlos? ¿Qué vais a hacer, prenderles fuego? Para eso necesitaréis ayuda de un especialista. Yo puedo incendiar casas, si queréis.

Se llamaba Stratford, aunque lo conocían por Strapper. Meses antes, una familia asiática había escapado del piso que Strapper ocupaba ahora ilegalmente.

Shahid hacía esfuerzos por recordar dónde lo había conocido. Él afirmaba que se dedicaba a los negocios. Después de cierta insistencia -Strapper disfrutaba con el misterio-, resultó que había estado en la fiesta de la piscina a la que le llevó Deedee.

– ¿No te acuerdas de mí? Soy el camello eufórico de las escaleras. También te seguí una vez, por aquí.

– ¿Por qué?

– Para observarte. Llamaste por teléfono desde la parada de taxis. Supuse que estarías discutiendo con alguna chica. -Soltó una carcajada malévola. Y como si ambos comentarios estuviesen relacionados, añadió-: La civilización capitalista blanca ha llegado a su fin.

– ¿Sí?

– Eso ya lo sabes, ¿no? Por eso vas vestido así.

– Claro.

Lejos del bloque, Strapper condujo a un cauteloso Shahid por un solar helado. Había un coche apoyado en ladrillos y unos críos se dedicaban a quitarle piezas; al ver a Strapper y a Shahid titubearon un momento, antes de seguir con su tarea.

– ¿Estás seguro de que se ha acabado?

– Te lo digo yo, tío. Lo sé por experiencia. -Strapper hizo una pausa y continuó-: Policía, tribunales, correccionales, centros de rehabilitación, asistentes sociales. En serio, tío, yo conozco la ley por dentro. Y te aseguro que los blancos me han tratado como una mierda. Ni uno sólo cree en el amor fuera de su propia familia. Los negros y los paquis, los musulmanes, la gente humillada y marginada, esos son generosos y entienden el amor. Saben lo que son malos tratos. -Strapper se detuvo con las manos en los bolsillos-. Si no vas a comprar nada, me largo al oeste de Londres. El negocio marcha bien por esa parte. Así que… hasta luego.

– Yo también voy en esa dirección. Allí es donde tengo la madriguera.

– ¿Quieres que vayamos juntos? -le invitó Strapper-. Podemos charlar.

– Estupendo.

Strapper pidió a Shahid que esperase. Desapareció detrás de un garaje y volvió en seguida, guardándose algo en el bolsillo.

– No puedo llevar el género encima.

Strapper no desconfiaba de él. Eso le hizo pensar que podía hacerle preguntas personales, que le agradaría hablarle de su vida.

– ¿Qué te gustaría hacer de verdad en la vida, si tuvieras oportunidad? -le preguntó Shahid-. ¿Lo sabes?

– Si te lo digo, pensarás que te estoy tomando el pelo.

– No lo pensaré.

– Bueno, a mí no me gusta reírme de nadie -declaró Strapper-. Siempre he querido hacer algo relacionado con la arqueología.

– ¿Por qué no lo haces, entonces?

– ¿Crees que podría?

– ¿Por qué no presentas una solicitud?

– Sí, sí, ¿por qué no? -Strapper lanzó una patada a un perro que pasaba, rozándole el rabo enroscado.

– ¿No has aprendido algún oficio?

– Podría cubrirte de mármol el baño. ¿Tienes cuarto de baño?

– Mío, no.

– Bueno, pues cuando tengas uno acuérdate de que aprendí pintura y decoración en la cárcel.

Strapper acompañó a Shahid de vuelta al piso. Shahid quería ver si habían llegado los otros; en ese caso, podría marcharse.

– ¿Dónde viven esos racistas, Strapper? -insistió Shahid mientras subían en el ascensor-. Sólo indícanos su puerta y nosotros nos ocuparemos de lo demás.

Strapper rio de nuevo. Estaba seguro de sí; parecía saber de la vida más que ningún otro chico que Shahid conociese de esa edad. Le encantaba decir que había sobrevivido a cosas que sólo se ven en la tele. Su intuición, ya que no su escolarización, era profunda.

– ¿Qué problema hay? -repuso Shahid, riendo también-. No te pido que me escribas los nombres.

– ¿Quieres conocer a alguien que odie a otra raza? -Strapper dejó de rascarse lo suficiente para señalar hacia el sur de Inglaterra-. Llama a cualquier puerta. -Entraron al diminuto vestíbulo del piso. Añadió-: Claro que yo también he sido cabeza rapada.

– ¿Qué?

– Me gustaba el fútbol, ¿comprendes? En Millwall. Los negros siempre me andaban persiguiendo.

– No alces la voz, por amor de Dios.

– Una vez me pasaron al cuello una cuerda con un nudo corredizo y quisieron tirarme por un puente.

A raíz del susto anterior, se habían congregado algunos miembros del grupo: Sadiq, Tariq y dos de las hermanas estaban sentados en el suelo con el abrigo puesto y las armas en el regazo, mientras Chad les informaba de los acontecimientos. Cuando Shahid entró con Strapper, los miraron con recelo. Las dos mujeres volvieron el rostro. Strapper se quedó atrás, haciendo una mueca como si le ofendiera aquella actitud, pero sonriendo al mismo tiempo, aún pensando en cuando quisieron tirarle por el puente, probablemente. Por suerte, sabía mostrarse simpático.

– Este es Strapper -anunció Shahid-. Está de nuestro lado. Vive aquí.

Pero no se rompió el hielo. A decir verdad, Shahid aún no había visto con buena luz a su nuevo amigo. Ahora observó que, pese a sus facciones regulares, Strapper tenía la cara picada de viruela y con manchas, los ojos inyectados en sangre y cinco pendientes de oro en la oreja. En el dorso de la mano llevaba tatuada una hoja de marihuana.

Shahid recordó una expresión que Chili solía emplear en los años ochenta: «contacto útil». Seguro que Chad apreciaría a Strapper, un chico que vivía en el mismo bloque y conocía el barrio.

– Es un contacto útil. Quizá pueda ayudarnos.

– ¿Cómo te va, amigo Chad? -preguntó Strapper.

Chad se había puesto furiosamente pálido, o más pálido aún, y miraba fijamente a Strapper. No respondió.

Shahid se apresuró a recoger su antología de cuentos de Maupassant, un ensayo a medio terminar, sus guantes y un gorro de lana.

– Un respeto, ¿no? -dijo Strapper, aspirando aire entre los dientes.

Chad se cruzó de brazos. Shahid no se atrevió a mirarlo. Estrechó la mano a todos menos a Chad, se quitó el salivar en el baño y se marchó, con la sensación de que los estaba traicionando.

Strapper y él caminaron juntos hacia el metro. Al cabo de quince minutos, al ver el letrero rojo y azul de la estación, Shahid sintió alivio, como si al fin se encontrase fuera de peligro. Al entrar, Strapper dijo a Shahid que esperase a que el empleado mirara a otra parte. Shahid introdujo el billete y Strapper atravesó la barrera pegado a su espalda.

– Conozco a tu jefe, Trevor, Chad, o comoquiera que se llame ahora -anunció Strapper, ya en el metro-. Le vi andar por aquí el otro día, afilando su machete. Antes no me imponía respeto…, y me quería muchísimo.

– ¿A ti?

– Sí, tío, a mí. ¿Qué sabes tú? -Strapper sonrió con desdén-. Todo el mundo me quiere… en ciertos momentos. Soy más conocido que el Pupas. A Trevor le pasaba tiza, cracks ya sabes. Y todo lo que quisiese. Tenía dinero, ¿comprendes?

– ¿De qué?

– Explotaba a un par de chicas. Todo eso es agua pasada, ¿verdad? -Shahid asintió-. Qué suerte tiene. ¿Cuántos lo consiguen? Hay pocas oportunidades, tío. Pocas, pocas, pocas. Su gente le salvó la vida. Son puros. -Strapper se recostó en el asiento y añadió-: Tengo la impresión de que te conozco desde hace tiempo. ¿Sabes por qué?

– ¿Por qué?

– Tú eres paqui, yo delincuente. -Tenía una risa malévola y sarcástica, que pretendía llegar a lo fundamental dejando a un lado toda afectación-. ¿Cómo te sienta ser un problema para el mundo?

Cuando salieron del metro, Strapper dijo a Shahid que si quería localizarle o sabía de alguien que quisiera alegrarse la vida, lo encontraría en el Morlock. Estaba cerca. Aunque Shahid no creía que fuese a necesitarle, asintió a las indicaciones de su nuevo amigo.

– Hasta luego, tío.

– Hasta luego.

12

De vuelta en la residencia, Shahid recogió dos notas «urgentes» que Riaz le había dejado en el mostrador de la entrada. En ambas se le informaba de que Zulma había llamado. Se las guardó en el bolsillo y subió a su cuarto con cierta aprensión.

Abrió la puerta empujando sobre la cerradura rota y permaneció en el umbral, escudriñándolo todo, temeroso de que su hermano apareciese por cualquier rincón. La habitación estaba igual, pero daba la impresión de que lo habían cambiado todo de sitio. ¿Por qué se había ocultado Chili allí? Jamás había necesitado a Shahid. ¿Quién le perseguía? ¿Qué había hecho?

No pudo evitar alegrarse de que Chili estuviera en algún lío. Desde que podía recordar, Chili había mentido, embaucado y despreciado impunemente a los demás. Si existiese alguna especie de justicia natural, Chili merecería un castigo. El propio Shahid, unos años antes, no cejaba en sus intentos de venganza. Entraba a escondidas en la habitación de Chili y pasaba un peine metálico por sus discos favoritos; tiraba una de sus corbatas de Armani detrás de un aparador y fingía inocencia ante el estallido de su hermano. No obstante, Shahid no le deseaba ningún descalabro. Quería que comprendiese algunos aspectos de su carácter y que los modificara en consecuencia. Aun así, había una parte de Chili que, sin dejar de odiarlo, Shahid admiraba, la parte de él que declaraba: «Me importa un huevo.»

Hacía falta un valor desafiante, mucha arrogancia y cierta nobleza para ser tan temerario consigo mismo, para exponerse a la ira y la represalia de los demás. Incluso su ambición, la idea de que se sentiría mejor acumulando todo lo que quería, parecía ahora más conmovedora que perversa. La esperanza y la osadía no eran virtudes que Shahid poseyera por naturaleza. En comparación con su hermano, era consciente de que rara vez asumía riesgos.

Shahid quería sentarse a meditar. Pero en el escritorio, como un reproche, vio los poemas de Riaz. No le apetecía abrir el manuscrito, ni ningún otro libro. El silencio de su habitación parecía antinatural y opresivo. Era como si hiciese días que no estaba solo. ¿Quién viviría en soledad si pudiera evitarlo? Había estado soslayando su propia compañía, escapando de sí mismo. No era simplemente el aburrimiento lo que temía; las cuestiones que le espantaban eran las que inquirían en qué asunto se había metido, con Riaz a un lado y Deedee al otro.

Lo creía todo; no creía nada.

Su propia naturaleza le tenía cada vez más confuso. Un día sentía apasionadamente una cosa; al otro, la contraria. En ocasiones, los estados de ánimo provisionales cambiaban por momentos; y a veces todo se estrellaba en el caos. Se levantaba con esta sensación: ¿quién resultaría ser aquel día? ¿Cuántas personalidades pugnaban en su interior? ¿Cuál era realmente la suya? ¿Cómo la reconocería al verla? ¿Llevaría alguna marca especial?

Perdido en aquella sala de espejos rotos, con reflejos quebrados repitiéndose hasta la eternidad, se sentía aturdido. El instinto le inducía a escapar, a buscar a alguien con quien hablar. Incluso Chili habría sido mejor que nada.

Pero se resistió a moverse de la silla. Al volver a Sevenoaks después de su primera cita con Deedee Osgood, había meditado sobre su futuro. Era consciente de que no poseía una inteligencia natural como algunos compañeros de instituto. Pero su padre, aun siendo aficionado a diversiones bastante indecorosas, había trabajado sin parar, como su madre seguía haciendo todavía. Habían dado buen ejemplo. Shahid, en una época, resolvió ser una persona disciplinada y no desperdiciar la vida.

Ahora dejó el reloj sobre la mesa. Continuaría trabajando en los papeles de Riaz, y también en sus cosas, sin moverse durante tres horas. Aunque explotara una bomba en el pasillo, cosa no enteramente improbable, volaría con el culo pegado al asiento.

Al cabo de unos minutos no tuvo que esforzarse por quedarse quieto, pues empezaba a gustarle aquel empeño: hacer algo bien hasta el límite de sus capacidades, partiendo de su propio punto de vista. Por la cabeza le pasaban ideas inconcebibles, entusiasmándole. Repasaba la misma estrofa una y otra vez hasta que la idea original se ampliaba, llegando, incluso, a transformarse en algo que nunca se le hubiera ocurrido.

Aun cuando su vida fluctuase diariamente, había algo de lo que estaba seguro: todo el mundo tenía su propia historia; y lo que le pasaba por la imaginación también se producía en la mente de otros, la corriente de la vida lo inundaba todo. Escribir podía ser tan fácil como soñar, salvo que los sueños se extendían en círculos concéntricos, coloreándose unos a otros. Cuando el flujo se detuvo, consideró que lo mejor era esperar, ya volvería a surgir.

Había hecho suficiente. Tenía hambre, pero en la nevera sólo había un trozo de queso rancio y leche agria.

Se tumbó en la cama. Dormiría un poco; ya no se sentía tan bien. El frenesí y el entusiasmo de antes no estaban justificados. ¿Por qué no era mejor su trabajo? ¿Por qué al releer lo escrito sólo se percibía un apagado eco de lo que él pretendía decir con precisión y claridad? ¿Mejoraría alguna vez? ¿Se estaba engañando a sí mismo; debía dejarlo? Seguro que Prince, de quien la música manaba a borbotones, jamás se sentía así.

Cerró los ojos y consideró ir a la mezquita, cosa que siempre le calmaba. Pero, al mover la almohada, cayó un pañuelo de papel. A lo mejor Chili se había hecho una paja; aunque no era probable, pues su hermano solía declarar: «¿Por qué te haces lo que pueden hacerte?» Además, en el pañuelo había manchas de sangre. Recostándose para pensar en lo que podía andar metido su hermano, la mano se le deslizó al suelo y tropezó con un arrugado ejemplar de New Directions, revista que había consultado tanto que las personas que salían en ella le parecían viejos amigos. No necesitaba molestarse en hacer un resumen y eliminar los errores, pues la jornada ya estaba justificada por el trabajo que acababa de realizar.

Fue directamente a su sección preferida, «Encuentros», que incluía instantáneas enviadas por los lectores para encontrar a otros con los mismos gustos. Examinó una fotografía.

Un culo y un coño, fotografiados por detrás, llenaban el cuadro. En lo alto de los muslos, abriendo el coño -en una tenaza semejante a la que aplica el lanzador rápido a la bola de criquet, dividiéndola por la costura-, se veían los dedos de la mujer, con las uñas pintadas de rojo. Debajo, se leía: «Señorita de veinte años busca caballeros mayores, de preferencia con el pelo gris y muy machos. Le gusta que la laman, la chupen y la follen. Complaciente. Espíritu aventurero. Essex.»

¡Que la laman, la chupen, la follen! ¡Señorita! No sólo era complaciente, sino que la aventurera de Essex se había molestado en que le hiciesen una fotografía. ¡Había escrito una carta, que metió en un sobre y envió por correo!

Era incitante; se acarició la picha. Quizá se excitase pensando que iban a mirarla. Pero ¿por qué la atraía el pelo cano? ¿De verdad tenía veinte años? El ángulo de la foto no ayudaba a saberlo. Pasó las hojas. Le gustaban las posiciones que adoptaban las mujeres. Había una página de mujeres con las piernas abiertas, medias y tacones, sobre el coche de sus maridos. ¿Qué harían en aquel momento? ¿Escuchar la radio, bailar? ¿Lavar la ropa? Si entraran en su cuarto no las reconocería.

Leyó algunas «cartas de los lectores». Muchas se referían a una pareja que iba a un pub o una discoteca donde otra pareja desconocida o unos amigos de él se ligaban a la mujer y se la follaban en su propio cuarto de estar mientras el marido miraba, participando en alguna ocasión. La prosa era estereotipada, inexpresiva y sin sentido del humor, pues de lo contrario perdería efecto, aunque los autores eran propicios a las interjecciones.

Shahid, cuyos ojos se precipitaban de las palabras a las fotografías y de las imágenes al texto con creciente excitación, pero cuya lectura más estimada eran las irónicamente obscenas «Mil y una noches», llena de pedos, impotencia y engaños, se preguntaba por qué le fascinaban aquellas historias tan vulgares. Quizá la pornografía representase una completa y edificante aventura, como el mundo de los libros infantiles. El otro placer consistía en la forma en que la pornografía se diferenciaba de la sexualidad real: no era preciso pensar en ninguna otra persona.

Ahora descolgaba el espejo y lo colocaba apoyado en el escritorio en un ángulo apropiado para moverse hacia atrás y hacia delante viéndose los muslos mientras se acariciaba. Torpemente, sin saber bien de dónde cogerlas, se puso una de las medias que Deedee le había dado y unas bragas francesas, que le estaban un poco estrechas. Se estaba pintando los labios -sin mucha precisión, como Safire, la hija de Chili-, cuando oyó un ruido. Fue sigilosamente hasta la puerta.

Riaz estaba entrando en la habitación de al lado.

Shahid rio en voz baja. Se cambiaría, invitaría a entrar a Riaz, dejaría la revista abierta y diría que iba a mear. Por la puerta entreabierta le vería examinar con atención a Greta, de Acton. Observaría cualquier movimiento hacia la bragueta. Riaz tendría alguna debilidad, ¿no?

Quizá sí, supuso Shahid. Pero no tenía gusto por lo vulgar; y no le corrompería la perversión, ni tampoco la curiosidad, probablemente. No se sorprendería de que las mujeres estuviesen tumbadas en la postura del parto, con aquellos atuendos; ni se pararía a elegir la expresión que más le gustaba. No se preguntaría lo que pensaban las mujeres, cuyos ojos no decían nada, ni por qué se desnudaban por dinero; ni lo que deseaban los hombres que se masturbaban contemplándolas; ni por qué todo el mundo parecía ser un mirón en aquellos días, precursores del coito imaginario. A la gente se le salían los ojos de las órbitas. Pero ¿quién llegaba a consumarlo realmente, a menos que le pagasen?

No, Riaz sólo pensaba en una cosa: el futuro, y cómo forjarlo.

Shahid lo guardó todo. Salió al pasillo y se plantó ante la puerta cerrada de Riaz. Iba a llamar, pero se contuvo. No le gustaba criticar a Riaz, pero podía decirse una cosa: su risa siempre era severa y sarcástica. La locura no le divertía; su empeño era corregirla. Como la pornografía, la religión no admitía el humor.

Además, Shahid estaba avergonzado. La travesura habría encantado a papá y a Chili, pero a ellos les gustaba ver el lado más bajo de la naturaleza humana.

¿Por qué no podría ayudarle Riaz? Al fin y al cabo le había forzado a confesarse, metiéndolo en todo aquello. Y ahora no le pedía sino obediencia, dándole poco a cambio. Shahid había creído que Riaz estaba en posesión de cierto conocimiento o sabiduría de la vida; que se entablarían discusiones y debates a altas horas de la noche. Pero sólo Chad podía llegar a él, y Chad mantenía aparte a todos los demás. Shahid encontró unas monedas en el bolsillo y bajó al vestíbulo. Necesitaba hablar con alguien.

– Hola, soy yo -dijo por el teléfono.

Sonaba música en el ambiente. Ella parecía inquieta.

– Por Dios, Shahid. ¿Dónde estás? Pareces triste.

– ¿Sí? Pues no lo estoy.

– Acabo de venir del psicólogo.

– ¿Es que no estás bien?

– No. Ahora estaba escribiendo mi tesis y esperando que llamaras. Y lo has hecho. Gracias por ser digno de confianza.

– ¿Es que los hombres te han hecho la puñeta? -inquirió Shahid, impaciente-. No me trates con condescendencia, Deedee.

– Tengo ciertos saludables recelos, ¿vale? Y ahora con mayor motivo, diría yo. -Suavizó el tono-. Quizá no tengas edad suficiente para esto. ¿Qué has estado haciendo?

Shahid titubeó; ya estaban discutiendo, no podía hablarle de Chad y Riaz. Le contó su encuentro con Strapper.

– No me gusta estar sin droga en casa. Parece un buen camello -repuso ella. Cuando Shahid le preguntó qué iba a hacer luego, respondió-: ¿De verdad tienes ganas de verme?

– Me muero de ganas -declaró él.

13

Se encontrarían en una estación de metro cercana. Shahid fue directamente allí. Sabía que ella deseaba verlo, pero le hizo esperar cuarenta minutos. Quizá se imaginase que le vendría bien cierta expectación.

Y así fue. Nunca había estado tan impaciente por ver el rostro de alguien y dedicarle una mirada larga, de maravillada curiosidad. No sabía cómo, pero la hacía feliz. Deedee no quería a nadie más; haría cualquier cosa por él. ¿Cómo había sucedido? ¿Y cómo era ella realmente? ¿Añoraba a alguien que él no conocía? ¿Sería tal como él la recordaba? ¿O menos atractiva? ¿Acaso era fruto de su imaginación, la había inventado o escrito de algún modo? Sólo estaba seguro de una cosa: ansiaba oír su voz.

Sabía vestirse discretamente con Levis negros; pero le gustaban sus pechos y llevaba una blusa escotada. Aún tenía el pelo húmedo. Él le dio unas cintas de música bailable que había escuchado en casa, con algunos cortes de INXS y Zeppelin, porque a ella le encantaban los grupos con guitarras.

– Gracias, gracias. -Le dio un beso rotundo, con la cara pegajosa de maquillaje-. Pero estás un poco raro. Siempre que vas con tus amigos se te tuerce la boca.

– ¿Y se me endereza cuando estoy contigo?

– Hombre, cuando estás conmigo se te endereza todo.

Fueron andando al Morlock, tras localizarlo sin dificultad. Se oía desde el otro extremo de la calle.

– De acuerdo -dijo él-. Mis amigos.

Fuera había algunos chicos apoyados en coches, comiendo Deseado y patatas fritas. Parecían chicos, al menos, pero en realidad eran hombres de veinticinco a treinta años.

– Me resulta difícil.

Ella lo tomó del brazo y lo apretó con fuerza.

– Al menos lo reconoces. Ahora quizá lleguemos a alguna parte.

Shahid empujó la puerta. Echaron una mirada al interior.

Nada más entrar había un caballete con dos tocadiscos. Un muchacho blanco, que no paraba de saltar, restregaba los discos con la yema de los dedos, como haciendo una figura en un cacharro de arcilla. Tras él había un anciano sentado en un banco con un perro dormido en el regazo. Y, más allá, dos mujeres de unos setenta años, arrugadas, con aspecto de estar allí desde la guerra, indiferentes al entorno.

– ¿Entramos? -preguntó Shahid en tono de duda.

– Sí, claro.

El Morlock no cuidaba mucho la decoración. Había unas cuantas sillas y mesas tambaleantes arrimadas contra la pared, el papel pintado estaba descolorido, las dos fotografías de boxeadores irlandeses amarilleaban. Un chico se sentaba con la cabeza apoyada en los brazos. La deshilachada alfombra estaba salpicada de colillas de porros y trozos de papel de plata.

– ¿Dónde está ese chico?

– No sé.

Se abrieron paso a empujones, atisbando en los rincones oscuros y las cavidades que las luces intermitentes dejaban de iluminar. Numerosos hombres con vaqueros Joe Bloggs, chándales y sudaderas amplias, apoyados en la mesa de billar, no quitaban ojo a Deedee.

– ¿Qué? -preguntó Shahid.

– Podemos conseguir aquí -repitió ella.

– Eso espero.

Los camellos, y parecía haber muchos, miraban furtivamente alrededor, pasando de mano dinero y droga y yendo y viniendo a los servicios, aunque los camareros no se daban cuenta o no hacían caso, manteniéndose aparte con los brazos cruzados, pues nadie pedía bebidas.

Shahid y Deedee se sentaron en unos taburetes al lado de un grupo que contaba la forma en que uno de ellos había pasado droga descaradamente a un colega que estaba en la cárcel. Deedee pidió vodka con gaseosa de jengibre en vasos largos, con hielo, y observó a la gente, moviendo la cabeza. El camarero sirvió la bebida.

– ¿Voy a verte bailar? -preguntó Deedee.

Shahid pensaba que debían marcharse. Aquélla no era su gente. ¿Y no los miraba Deedee con ojos demasiado objetivos, como si fuesen especímenes de teorías que hubiera construido sobre la moda, la música o la vida de la calle?

– Lo dudo.

– Vaya, ¿y por qué no?

– Espera.

Shahid se abrió paso hacia el fondo del Morlock. En el local, cada vez más oscuro a medida que avanzaba, había chicos que fumaban hierba o habían tomado ácido. Grupos de chicos y chicas se aferraban a las paredes para mantenerse en pie. Otros que estaban solos, con el sudor empapándoles el pelo, la mirada frenética, se ponían a bailar de pronto con los brazos en alto como haciendo señas a alguien que estuviera lejos, parándose bruscamente como si acabaran de darles malas noticias, poseídos siempre por cierta ebullición interior, imposible de contener.

Pisó el húmedo suelo de los servicios y entre la penumbra vio a gente que fumaba pipas de crack; un chico estaba apoyado en la pared hablando con otro sin dejar de vomitar. En la pared, una inscripción declaraba: «La gente es gilipollas.» Recordó las severas críticas de Chad contra el autoenvenenamiento. En aquellos días, mantener la dignidad era una hazaña. Hay que estar resuelto a no caer en el remolino cuando la mayoría de la gente se arroja a él de cabeza.

– Me apetece estar bien y en forma -le dijo a Deedee-, que me funcione la cabeza.

– Estás bien, y en forma. Y te funciona la cabeza, ¿no?

Shahid observó a una chica. Estaba entre un grupo de adolescentes, apenas trece o catorce años, pelo largo, bien vestidas; una llevaba pantalones cortos con lentejuelas. Bailaban entre ellas, viéndose en los espejos que no dejaban de mirar los hombres de la barra, pasándose canutos.

Entre ellas había una mujer de unos cincuenta años, la madre de alguna, quizá, con un vestido de fiesta de lunares, bailando grotescamente y dispersando de cuando en cuando a la gente con saltos frenéticos. Tenía los ojos negros y la boca torcida. Se fijó en Shahid: cuando sus ojos se encontraron lo miró intencionadamente, como diciendo: «Me ves aquí y piensas que soy una carroza. Pero no lo soy, y te podría desvirgar.»

La chica pasó frente a ellos.

– ¿Qué es lo que te gusta de ella? -le preguntó Deedee-. ¿Las piernas, los zapatos, el pelo, las tetas?

– Sí -contestó él, haciendo un gesto con la copa.

– ¿Qué te gustaría hacer con ella?

– Lo mismo que haré contigo después.

– Ni que decir tiene que yo te puedo hacer más cosas que esas adolescentes…, y con la mayor dedicación. Sabes que me puedes hacer lo que se te antoje, ¿verdad?

La besó a cada lado de la boca; ella lo cogió del culo y le besó los ojos. El orgullo sexual de Deedee y la forma en que lo abrazaba, con aires de propietaria pero con naturalidad, le hizo estremecerse. Aquella actitud íntima y despreocupada revelaba que lo conocía; estaban juntos.

– No viniste a mi clase de James Baldwin. Puse a Miles Davis todo el tiempo. He estado deseando verte. A veces… me muero de ganas. Pero ha habido un silencio.

El pinchadiscos subió la música.

– Lo sé, lo sé. Pero aquí me tienes.

La gente bailaba con frenesí, como si tuviera pesadillas.

– No me resulta fácil. Me siento muy atraída por ti. Pero no puedo cometer un error. Sería demasiado.

– ¿A qué te refieres exactamente, Deedee?

– Quiero decir… Dime lo que piensan tus amigos de las mujeres.

– ¿A ti qué te parece?

El pinchadiscos gritó:

– ¡Vamos a pasarlo bien esta noche!

– Tengo cierta idea. Doy clase a algunos de ellos.

– La gente hace conjeturas. -Shahid la cogió de la muñeca-. Nunca los he visto mirar con lascivia a una mujer, ni siquiera las miran. Son respetuosos, no como los ingleses -señaló al pub-, que consideran a las mujeres como bolsas de basura donde correrse. -Se recostó en la barra-. ¿De acuerdo?

– No me vengas con ésas -repuso Deedee, burlándose de él.

– ¿Qué quieres decir?

– Que no digas tonterías -replicó Deedee, levantándose.

– Escucha -dijo él.

– Necesito otra copa.

Fue al otro extremo de la barra. La música subió de volumen.

Mirando en aquella dirección, Shahid vio a su padre. O al menos, a alguien que se le parecía. Entonces Deedee, que estaba al lado de aquel hombre tratando de que la sirvieran, se inclinó hacia adelante y lo tapó. Un momento después se irguió de nuevo y Shahid lo pudo ver. Era Chili, y le estaba dando conversación.

A Chili le encantaba salir; le gustaban los clubes y disfrutaba en los pubs. En los viejos tiempos, cuando había oportunidad, una eliminatoria internacional, por ejemplo, su madre y los empleados se quedaban atendiendo el negocio mientras Chili y papá iban al pub a ver el partido por la tele. Al entrar apresuradamente en el bar, papá solía decir que los pubs eran la única grandeza de Inglaterra y la sola razón para vivir en un país tan dejado de la mano de Dios. Al cabo de unas horas, si Imran había lanzado con brío o Zahir Abbas había marcado dos series de cien, si los rápidos indios o lanzadores con efecto de las Indias Occidentales no dejaban tocar una bola a los bateadores ingleses, o incluso si los australianos -coloniales, al fin y al cabo- humillaban a Inglaterra, papá y Chili se entusiasmaban.

Tras degustar unas ostras con un golpe de tabasco y una pinta de cerveza de malta, papá y Chili disfrutaban burlándose de la empanada de cerdo, riéndose de que si por casualidad apareciese el mulá -lo que, desde luego, no era un hecho habitual en Sussex Castle- se la restregarían por la barba a ese cabrón y luego le meterían un kebab caliente por su culo de hipócrita. Chili se volvía pendenciero, pero papá era peor: desafiaba a la gente a echar un pulso. Chili tenía que cogerlo y llevárselo a rastras.

– ¡Yo he combatido por vosotros, cabrones, besadme la Orden del Imperio Británico! -gritaba papá, pataleando como una novia al cruzar el umbral.

Chili se llevaba a papá a pasar la tarde a Londres. Sólo Dios sabía el giro que cobraban sus escandalosas diversiones, de las que Shahid quedaba excluido. Pero tenía conocimiento, a través de Tipoo, de que habían hecho una apuesta por un «amor de uniforme». Ganaría el primero que se follara a una monja, una guardia de tráfico o una agente de policía. Había que aportar pruebas, naturalmente, un elemento del uniforme; por eso, la gorra de una guardia de tráfico era el trofeo que ocupaba el lugar de honor en el escritorio de Chili.

Pero al menos cuando estaba con papá Chili se contenía, porque le quería y tenía miedo de hacerle daño. Ahora papá ya no estaba, ¿y qué hacía Chili allí, aquella noche?

Deedee volvió con las copas del otro extremo de la barra. Chili la siguió con la mirada hasta que sus ojos negros como la Guinness se posaron en Shahid. Saludó a su hermano con la copa como si se encontraran todas las noches en el Morlock. Chili estaba a punto de levantarse cuando Strapper le puso la mano en el hombro. Empezaron a hablar, incluso a discutir, las caras próximas una de otra.

Deedee dejó las copas.

– ¿Es ese chico?

– Sí. El que está con Chili.

– ¿Tu hermano?

– Mi hermano.

– Vaya.

– Exacto.

Ella volvió la cabeza y los miró. Algunos, al pasar frente a Strapper, lo saludaban, dándole un toque. Otros le dirigían un movimiento de cabeza. Él no se inmutaba.

– ¿Se conocen?

– No creo.

– ¿Qué te pasa, no esperabas encontrarte esta noche con tu hermano?

– Ni siquiera sabía que frecuentase esta clase de sitios.

– Él podría decir lo mismo de ti. ¿Quieres presentármelo?

– Prefiero que nos marchemos. No quiero verlo.

– Pero ¿por qué?

– Sólo quiero estar contigo.

– Bien.

Estaban terminando la copa cuando Strapper y Chili se levantaron.

– ¡Demasiado tarde, joder! -exclamó Shahid.

Deedee le cogió la mano y empezó a acariciarle los dedos uno por uno.

– No es tan guapo como tú. Y no me lo imagino ruborizándose. Pero tiene las facciones finas, ¿verdad?

– ¿Sí?

– Como un cura.

Chili insistió en rodear a Deedee con los brazos, estrechándola contra sí, besándola en ambas mejillas y mirándola a los ojos.

– Hola, Chili, quienquiera que seas -dijo ella, sonriéndole a su vez.

– ¡Bueno, bueno! ¿Cómo es que traes a mi hermano pequeño a estos antros? Podría oponerme enérgicamente.

– Soy mala compañía.

– ¿Cómo te llamas?

– Deedee Osgood.

– Me gustan las malas compañías, Deedee Osgood. Cuanto peores, mejor, según mi ilustrada opinión. No es que lea mucho. Strapper sí, ¿verdad, chaval? He oído que te dedicas a la enseñanza, nena. Vamos a tomar una copa. ¿Qué bebéis? ¿Deedee? ¿Shahid?

Deedee acercó los vasos.

– Yo, nada -dijo Strapper-. No pruebo el alcohol.

– Strapper está en el rollo de la salud -comentó Chili con una risita, haciendo señas al camarero-. Nunca le he visto tan robusto. Es un anuncio ambulante de Lourdes. Dales una de tus anfetas, Strap. Este chico habla muy bien. ¿Y de cuánta gente se puede decir lo mismo?

– A tomar por saco. Pedid lo que queráis, tíos -invitó Strapper. Tenía los ojos hundidos: parecían recibir la luz, pero no la reflejaban. En comparación con unas horas antes, se mostraba circunspecto y reservado-. Domino el panorama como desde una torre.

– Eso es exactamente lo que queremos -repuso Deedee-. Subir a la Torre Eiffel.

– Eiffeliza en seguida a esta mujer maravillosamente atractiva, Strap -dijo Chili-. Se merece lo mejor y ahora mismo, zángano.

Strapper se apresuró a recoger las drogas del lugar donde las había escondido, detrás del zócalo, con objeto de resultar tan inocente como siempre si se producía una redada.

– Es buen chico -comentó Chili, rechazando con un gesto el dinero de Deedee y diciendo a Strapper-: Luego te pagaré.

Shahid rodeó a Deedee con los brazos, apartándola de la barra.

– Ahora quiero bailar.

Bailaron lento, muy juntos, aunque la música era movida y los ocupantes del pub brincaban al unísono, gritando y agitando los puños en el aire.

– Qué bien bailas -le dijo ella-. ¿Cómo te sientes?

– Mucho mejor, porque estoy contigo.

– A veces eres muy encantador, y no siempre lo simulas.

– Es cierto. Ya lo creo.

– ¿Qué es esto? -Se restregó contra él-. ¿Se te está poniendo gorda?

– Desde luego que sí.

– Podemos pasar la noche juntos.

– ¿Por qué no?

– ¡Ah, cariño, hay un pequeño inconveniente!

– Deedee.

– Se armaría un lío tremendo si los estudiantes que viven en casa se enterasen de que un alumno me está matando a polvos. Las relaciones sexuales con las profesoras no entran en el programa de estudios. Y Brownlow me sigue deprimiendo casi todas las noches con su detestable presencia, aunque repite que se va a mudar. -Le tomó de la mano y echó a andar-. Vamos.

– ¿Adónde?

– No se te puede dejar en ese estado.

Cayeron besándose contra la puerta de los servicios. En alguna ocasión había envidiado a los homosexuales que podían retirarse a cualquier cubículo, sacarse mutuamente la picha y correrse en un abrir y cerrar de ojos sin tener que estrecharse primero la mano.

Deedee le desabrochó el pantalón y le asió la polla con su cálida mano. Luego se echó saliva en la palma y empezó a acariciarle, sopesándole y apretándole los huevos con los dedos.

– Más fuerte.

– ¿No te duele así?

Ella siguió. Shahid se abandonó. Deedee se interrumpió para preguntarle:

– ¿Qué dirían tus amigos?

Él soltó una carcajada, le bajó la cremallera de los vaqueros y le metió la mano por la bragueta.

– No te pares, Deedee.

– No me excites, entonces. ¿Dirían que eres un hipócrita?

Él le sacó los dedos del pantalón y se los llevó a los labios.

– ¿Qué?

En el cubículo de al lado bajaron la tapa del retrete.

– ¿No es eso lo que eres, técnicamente hablando?

– Técnicamente hablando, hazme una paja.

– Oye, esto se me da muy bien cuando quiero. Pero dime lo que piensas hacer con ellos.

– Pues…

El ocupante del cubículo adyacente se puso a hablar por un teléfono portátil.

– ¿Qué?

– Voy a dejarlos.

– ¿Sí? Ojalá que sea verdad lo que dices.

– Pero he estado muy triste y asustado. Todo va mal.

Ella se había retirado un poco para escucharle. Shahid tenía los pantalones en torno los tobillos, caídos sobre el húmedo suelo; los calzoncillos en las rodillas y los brazos cruzados. Un hedor a vómito los envolvía.

Deedee soltó una carcajada.

– Me gusta verte así.

– Gracias.

– Pero si estás temblando.

– Por favor, Deedee. Nunca me ha gustado que me digan lo que tengo que hacer. ¡Las cosas tengo que resolverlas yo solo! No soporto que me atosiguen.

– Déjalos con Dios y que ellos te dejen conmigo. Di esto: soy ateo, blasfemo y pervertido. Dilo de rodillas en un retrete público. ¿Nunca se te ha ocurrido algo así?

Él se cubrió con la mano y sacudió la cabeza.

– ¡No, no! ¿Estás loca? No quiero estar siempre al margen de todo.

– Entonces se trata de eso, ¿eh?

– Quiero seguir los preceptos.

– ¿Aunque sean ridículos?

– Tienen que existir por alguna razón. Millones de personas los siguen desde hace siglos.

– Esperaba de ti algo más que una lúgubre ortodoxia.

– Venga, Deedee, no me hagas esto.

– Te gustan los libros, ¿verdad? Pues casi todas las novelas, como la mayoría de las vidas, podrían titularse Las ilusiones perdidas, ¿No es eso lo que te está pasando?

– ¿Es que no puedes hacer que me corra, simplemente? No sueles dar clase en estos sitios, ¿verdad?

– Quizá tenga que empezar -replicó ella-, visto el deterioro que sufre la educación en estos días.

Shahid se subió los calzoncillos y los pantalones.

– Necesito salir de aquí.

– Estupendo.

Deedee salió tras él. Dos chicos que estaban frente al mingitorio sonrieron burlonamente. Chili estaba sonándose la nariz en el lavabo. Le brillaban los ojos. Se guardó el pañuelo, pero no antes de que Shahid viese las manchas de sangre.

Chili besó a Shahid en la sien y dijo:

– Me pareció conocer esa voz gimoteante.

Deedee se arregló el pelo. El pub estaba cerrando. Salieron a la calle.

– ¿Dónde tienes el coche? -preguntó Shahid a su hermano.

– Voy a ir a tu habitación.

– ¿Por qué?

– No hagas preguntas tontas.

– Te encuentras muy cómodo allí, ¿no?

– Y cuidado con lo que dices -le reconvino Chili, alzando el dedo en señal de advertencia.

Deedee vio un taxi y lo paró.

– Deedee…

Creyó ver lágrimas en sus ojos.

– Tienes que pensar seriamente en algunas cosas. Hasta luego.

Ni siquiera le besó. Al alejarse, se sacudió el pelo. Le asaltó el miedo de no volver a verla. Sintió deseos de correr tras ella, pero la había perdido de vista y su hermano estaba con él.

Strapper apareció corriendo en la calle y se dirigió a Chili.

– ¿Dónde está mi dinero? ¿Dónde está?

Chili echó a andar y trató de quitárselo de encima.

– No te preocupes, chaval, pronto lo tendrás. -Pero Strapper le cogió el brazo y Chili añadió-: ¿Es que no me conoces, pedazo de cabrón?

– Te conozco. Eres un tío importante -afirmó Strapper. Chili echó el puño hacia atrás. El muchacho insistió-: Págame, quiero comprar unas patatas fritas.

– Déjame en paz esta noche, joder.

– ¿Cuándo, entonces?

– Chavalín, tus absurdas preocupaciones aburren a cualquiera.

La ofendida mirada que se abatió sobre el rostro de Strapper revelaba más cansancio que ira, como si hubiese pasado numerosas veces por aquella situación pero le siguiera resultando un trago sumamente amargo que la vida siempre le deparase lo mismo, cómo si hubiese ganado el premio de consolación sin saber por qué.

– Chili -imploró Strapper.

Chili le golpeó en el pecho con la palma de la mano, lanzándolo tambaleante al extremo de la calle, donde cayó sobre la alcantarilla. Se levantó y echó a correr como un niño, siguiendo a unos que salían del Morlock.

Los hermanos volvieron a la residencia de Shahid, pero al pie de las escaleras Chili dio un bandazo contra la pared. Mirándole la cara cenicienta y las cárdenas manchas bajo los ojos, Shahid vio que su hermano, hasta ahora un hombre joven, parecía haber envejecido. Llegará el día, pensó, en que a mí me mirarán de la misma manera. Aunque de momento a Chili le importaba un pito todo aquello.

– ¿Qué has tomado, Chili?

– No lo suficiente.

Para que subiese las escaleras, Shahid tuvo que aguantarle por la espalda y empujar. Afortunadamente, el espídico del primer piso estaba de rodillas con un cubo de agua, fregando el suelo. Ayudó con mucho gusto a Shahid con su carga. Mientras avanzaban jadeantes, repetía en un murmullo: «No pesa, es mi hermano.» Shahid deseó que se callase.

Seguían los tres su laboriosa marcha cuando Shahid oyó la voz de Riaz en lo alto de la escalera. Peor aún, su vecino hablaba con Chad. ¿Por qué estaban en el pasillo, a menos que pensaran bajar? Shahid ordenó a Chili que se mantuviera erguido.

– Trata de no tambalearte -musitó-. No abras la boca.

– ¿Qué?

– ¡Cierra el pico, Chili!

Chad y Riaz continuaban arriba. Shahid los saludó con la cabeza y les sonrió con el aire más natural del mundo, pero no dijo nada por temor a que notaran que olía a alcohol. Riaz parecía tan inquieto como de costumbre, y estaba impaciente por que pasaran; Chad les lanzó una mirada severa.

Shahid metió a Chili en la habitación y se alegró al ver que podía mantenerse en pie. Chili se quitó la chaqueta, sacudió las hombreras con la punta de los dedos y la colgó en el respaldo de la silla. Se sentó y se frotó la frente, como intentando serenarse. No solía hacer caso a Shahid, que estaba acostumbrado al silencio de su hermano. Shahid se puso el pijama y salió al pasillo en dirección al baño.

Al volver, se encontró con Chili a cuatro patas detrás de la cocina.

– Chili.

Siguió buscando por el suelo, pero al cabo de un tiempo dijo:

– ¿Os seguís gustando esa mujer y tú? ¿Cómo se llama?

– Deedee Osgood -contestó Shahid, mirando la espalda de su hermano-. Pero es muy complicado. Y tenemos que mantenerlo en secreto, por muchos motivos.

– Quizá, pero esta noche no quería separarse de ti. Hará cualquier cosa por ti. No lo desaproveches.

– Odia a mis amigos.

– ¡Premio!

– ¿Eh?

Chili cogió una bolsa de plástico de detrás de la nevera, la abrió y sacó un sobrecito. Había suficiente coca para dos rayas finas, que cortó sobre un libro de texto de Shahid. Aspiró las dos, pasando luego la lengua por el papel, el billete de diez y el libro.

– El contacto más profundo de tu vida con la literatura -murmuró Shahid.

Cuando Chili alzó la cabeza, había olvidado de qué estaban hablando. Se quedó sentado con los brazos cruzados. Una gota roja le brotó de la nariz; le resbaló, como una lágrima, y le cayó en la pierna.

Shahid se acostó, Chili se tumbó en el duro suelo, con los ojos abiertos, fumando, mirando al techo.

– ¿Tienes algo de beber?

– Afortunadamente, no.

– ¿Tienes algo en contra de la bebida?

– Antes no tenía, no.

– ¿Pero ahora sí?

– Sería preferible que la gente se cuidara, ¿no te parece?

– ¿Cuántas veces has rezado hoy, santurrón de mierda?

– ¿Por qué no te duermes, Chili?

– El suelo está muy duro. ¿Dónde está el casero? Quiero presentar una queja. Es un cabrón.

Shahid se levantó para darle a su hermano una manta y una almohada.

– Trata de dormir, por favor. Empieza por cerrar los ojos.

Chili se arropó con la manta.

– Morirse sería más fácil.

Shahid fue a sentarse a su lado.

– ¿De quién te escondes? Sé que estás huyendo. ¿Qué hacías en el Morlock?

– ¿Es que eres detective?

– De otro modo no estarías aquí. Ni siquiera te caigo bien. ¿Es que echas de menos a papá?

– ¿Y tú?

– Pues claro.

– Es natural -repuso Chili-. Hizo todo lo que pudo por nosotros. De todas formas me alegro mucho de no tenerlo encima ahora mismo.

– ¿Por qué?

– Si viviera, le daría un ataque al corazón por nuestra culpa. ¿Cuál de los dos crees que le produciría más horror? -Chili se echó a reír-. Me encantaría hacerte una foto mientras rezas de rodillas y mandársela al cielo. Probablemente diría: ¿Qué hace mi hijo en el suelo?, ¿buscando dinero que se le ha caído?

– ¿Qué has hecho? ¿Alguna barbaridad? ¿Por qué no me lo dices?

– El pobre desgraciado, se dejó el culo trabajando y ¿para qué?

– Para llevar una vida decente.

Chili cogió a Shahid de la chaqueta del pijama y lo atrajo hacia él.

– ¿Y qué es eso? ¿Lo sabes tú? ¿Estás seguro?

– ¡No! ¡Suéltame!

Chili se apoderó con una mano del brazo de su hermano y se lo retorció.

– ¡Nadie lo sabe!

Con la otra mano le dio una bofetada. Shahid notó que la mejilla le ardía y se le ponía colorada. Temblaba de ira. Echó el puño hacia atrás. Inmediatamente, Chili lo abofeteó de nuevo.

– ¡Y ahora cierra el pico!

– ¡Joder, coño!

Shahid se arrojó en la cama. Aquello le recordaba su infancia. Estuvo por decir: Espera a que se entere papá. Pero papá nunca lo sabría, y ya no había nadie -estaba seguro- que velara por ellos.

14

Shahid asistió a dos clases y fue a la biblioteca. Era un estudiante organizado, capaz de recordar montones de datos y quitárselos de la cabeza después de un examen. Había comprendido lo que había que hacer, y con disciplina y concentración pasaría el curso sin apuros ni tener que estudiar por la noche. Cada vez le resultaba más aburrido, pero es que las cosas habían sido un poco raras últimamente.

Al salir a la calle vio que había salido el sol. A los londinenses les encantaban los días templados, y al menor atisbo de luminosidad se quitaban el abrigo, iban a Boots y se compraban gafas de sol. A la hora de comer paseaban por los parques, donde aquel año los narcisos y los iris empezaban a salir pronto, y levantaban esperanzados la cara al cielo. O bien, si seguía apretando el frío del invierno, iban al pub en grupo y se quedaban hasta las dos y media, comiendo budín de riñones y carne picada con cerveza rubia.

En un pub irlandés del barrio, Shahid tomó un emparedado de queso con gruesas tostadas de pan moreno, que untó de mostaza, encurtidos y salsa de tomate. No bebió nada; sabía que el pub estaría lleno de oficinistas, no de estudiantes. No se encontraría con ninguno de los hermanos.

Se recompensó por el esfuerzo de la mañana sacando una novela. Leyó con un lápiz en la mano, intentando ver la forma en que el autor lograba un efecto para reconstruirlo en su cuaderno de apuntes y modificarlo luego con sus propios personajes. Luego empezó un relato que tenía intención de titular «La carne, la carne».

Aquello era colosal, mucho más que satisfactorio; su imaginación bullía y se afianzaba. Seguro de sí y con ganas de trabajar, intuyó lo que podía hacer. ¿Había algo mejor? Entonces, una secretaria empezó a bailar por el pub, después de poner «Kiss» en el tocadiscos.

Poco antes se había sentado en clase de Deedee. Aquella mañana debía de haber tenido reunión -asistía a muchas, porque iban a privatizar la Facultad – y llevaba un traje de chaqueta negro con unos relucientes mocasines de color burdeos, un tanto deformados. Algo la había puesto irritable, de mal humor. Fulminó a un alumno que no había oído hablar de Freud. Recorrió el aula con aire enérgico y se quitó la chaqueta, bajo la cual llevaba una blusa de seda encarnada. De cuando en cuando se sentaba en el escritorio, balanceando las piernas como si quisiera patear a los alumnos y ajustándose bien la falda entre los muslos. Y lo hacía, pensó Shahid, con deliberación. Pero ella creía que la educación debía ser estimulante. Al final dio las gracias a los alumnos; cuando Shahid recogió sus cosas, Deedee ya había salido del aula.

– Deedee -la llamó-. Espera un momento.

Estaba en las estrechas escaleras, cercada por los «Tres grados cero», una afrocaribeña, una india y una irlandesa con el pelo rosa. Tenía un pequeño grupo de admiradoras que desfallecían en cuanto asomaba inesperadamente por una esquina. Pero aquellas tres eran las más devotas, se vestían como ella y la estudiaban como si fuese Madonna.

Shahid siguió a las admiradoras, que se apresuraban tras ella, y estaba a punto de alcanzarlas cuando Deedee se detuvo a hablar con Tariq, uno de los hermanos. Sabiendo que no era prudente que lo vieran con ella, dio un par de veces la vuelta al edificio. Al volver, las admiradoras estaban plantadas frente a la puerta de la sala de profesores. Esperó media hora, inútilmente. Se fue al pub.

Luego se marchó a casa, a ver si había llamado.

Se dio cuenta, al subir las escaleras, de que se había olvidado de Chili. Por la mañana, cuando Shahid se marchaba a la Facultad, Chili se había levantado del suelo y se había derrumbado en la cama con los ojos abiertos. Pero ya se había ido, y la taza de café que le había preparado estaba intacta junto a la cama.

Shahid estaba trabajando en el manuscrito de Riaz cuando Hat llamó a la puerta.

– Nos necesitan en el East End -anunció al entrar.

Shahid volvió a la mesa y continuó escribiendo en el ordenador. Hat se acercó a él por detrás y le puso las manos en los hombros.

– La familia se muda al otro piso. El marido sigue en el hospital. Necesitan ayuda para sacar las cosas.

– Aparta los ojos de lo que estoy haciendo.

Automáticamente, Hat dio un paso atrás.

– ¿No quieres venir?

– No me toca a mí. Tengo que pasarle esto a Riaz.

– Déjalo, de momento.

– Me limito a cumplir órdenes.

– Riaz quiere verte -suspiró Hat-. Ha pasado algo más.

– ¿Qué?

– Chad lo mantiene en secreto.

– Como siempre.

– Vamos, Shahid; venga, muchacho. Ya sé que Chad tiene sus rarezas y todo eso. Pero ¿no te apetece un poco de bindi?

Por el camino hicieron un alto en el restaurante del padre de Hat.

Hat le hizo sentarse y le llevó comida y un poco del fuerte chutney de manzana que hacía su padre. Luego, picando rábanos de una fuente, se inclinó sobre la mesa.

– Prueba este chana, yaar -dijo, metiendo el tenedor entre los garbanzos y levantándolo hacia la boca de Shahid-. Pero, Shahid, ¿qué te pasa, muchacho? Hemos notado que estás un poco raro. Alguien ha dicho que ocultas algo.

– ¿Tú lo crees, Hat?

– Yo no puedo decir que te haya visto hacer nada malo.

– Pero ¿alguien sí?

– Estás angustiado por algo. ¿Qué te pasa? ¿Sigues sin creer?

Shahid no contestó. Hat le caía bien; no quería entrar con él en un tema que podía acabar en discusión. De manera que, pese a que Hat le miraba con afecto, como diciendo: «Aquí tienes a alguien que te escuchará, si quieres contárselo», cosa que Shahid le agradecía, se limitó a responder:

– No te preocupes por mí, Hat, sólo estoy pensando en un problema personal.

– No olvides que soy tu amigo -le recordó Hat.

Mientras bajaban con gran esfuerzo camas, guardarropa, nevera, televisión y juguetes de los crios a la camioneta, Shahid se cruzó con Chad en la escalera y le oyó decir:

– Qué bien, ¿no?, la decisión de los iraníes.

– ¿Lo de la fatwa?

– Sí.

– Lo mencionaron hoy en la Facultad -intervino Shahid-. Pero no lo entendí bien. No lo dirán en serio, ¿verdad?

– Ese libro lleva mucho tiempo circulando impunemente por ahí -contestó Chad-. Nos ha insultado a todos: al profeta, a sus mujeres, a toda su familia. Es un sacrilegio y una blasfemia. El castigo es la muerte. Ese individuo irá al patíbulo.

– ¿Estás seguro de que es necesario?

– Está escrito.

A Shahid le había gustado Los hijos de la medianoche; admiraba a su autor. No comprendía la indignación de Chad.

– Y si nos ha insultado, ¿no podemos olvidarlo tranquilamente? -sugirió-. Si algún imbécil te llama hijoputa en el pub, es mejor no hacer caso, ¿sabes? No debías dejar que te afectaran esas cosas.

Chad lo miró con recelo.

– ¿De qué hablas?

– ¿Qué?

– ¿Qué quieres decir exactamente?

– Pues lo que he dicho.

Chad sacudió la cabeza con aire de incredulidad.

Pronto resultó que las cosas ya habían ido muy lejos. Mientras se cruzaban unos con otros con los enseres de la familia, Shahid comentó el asunto con Tahira, Sadiq y Tariq. Todos estaban de acuerdo. Riaz había comunicado a Chad que se congratulaban de la medida del ayatolá, y Chad había transmitido la noticia al grupo.

Chad y Shahid se encontraron en el piso vacío.

– Eso no es todo -dijo Chad, lanzándole una mirada severa-. Hay más pruebas contra él. Nadie puede dudarlo ya.

Shahid supuso que era a eso a lo que Hat se había referido antes.

– ¿Qué pruebas?

– No voy a decírtelo ahora; hay mucho que hacer -repuso Chad, saboreando el secreto.

Para entonces, el resto del grupo, que había terminado aquella fase de la mudanza, se había reunido en torno a él.

– Ah, ¿de qué se trata? -preguntó Tahira.

Chad disfrutaba de aquel momento, pero no podía decir más; sin embargo, tenía que ofrecerles algo.

– Lo único que puedo decir, sólo para orientar vuestra curiosidad, es que hemos recibido una señal milagrosa.

– ¡Una señal! -aplaudió Tahira-. ¿Qué suerte tenemos? ¿De qué clase?

– Una flecha.

– ¿Una flecha? -repitió Shahid.

– Sí, una flecha que apunta directamente al autor.

– ¿Qué tipo de flecha? -quiso saber Hat.

– ¡No seas idiota! ¡Cuántos tipos de flecha hay, joder! -exclamó Chad que, a punto de insultar a Hat, se contuvo ante la sonrisa de advertencia de Tahira-. Sólo diré una cosa. Es una flecha en forma de fruto.

Se quedaron pensándolo.

– Será un plátano -concluyó Hat.

– No, no es un plátano. ¡Te voy a dar un guantazo que te va a volver la cara del revés!

Cerraron la camioneta, condujeron unos tres kilómetros y, dirigidos por la aliviada mujer, lo desembalaron todo en un piso casi idéntico de un barrio bengalí. Luego, cuando se cansaron, Chad les mandó subir a la camioneta vacía. En vez de conducirlos a casa, los llevó a las afueras del norte de Londres.

Tras recorrer unos kilómetros en un tenso silencio, Chad anunció:

– Esto es estrictamente confidencial, pero creo que ya puedo revelaros que la flecha es una berenjena de huevo.

– ¿Cómo?

– Escucha y calla.

– ¿Qué es una berenjena de huevo? -inquirió Hat-. ¿Cómo se puede plantar un huevo?

– Échate la cremallera, Farhat -le ordenó Tahira.

– ¿En qué se parece una berenjena a una flecha? -preguntó Shahid.

– ¡Pandilla de estúpidos! -gritó Chad, quitando las manos del volante y llevándoselas de golpe a las orejas.

La camioneta se desvió al centro de la carretera y ellos le gritaron que de vez en cuando mirase por el parabrisas.

– ¡Entonces, escuchadme! ¡No creéis problemas a vuestro hermano!

Les contó que, al partir una berenjena, un devoto matrimonio del lugar descubrió que Dios había grabado palabras sagradas en la esponjosa pulpa. Mulana Darapuria había confirmado que la berenjena era un símbolo sagrado.

– Y la hemos expuesto -concluyó Chad.

– ¿Dónde?

Chad señaló hacia adelante.

– Estoy autorizado para comunicaros que nos estamos acercando al sitio donde se expone la berenjena.

Chad añadió que Riaz había organizado una cuadrilla de hermanos que, en colaboración con algunos entusiastas de la localidad que ya se encontraban en sus puestos, vigilaban la puerta de la casa para garantizar el orden entre la muchedumbre y para evitar que la prensa asumiera una actitud sensacionalista sobre el mensaje divino, que se estaba borrando rápidamente. Como en el piso donde habían montado guardia, se organizarían turnos.

Shahid vio que Riaz los estaba esperando con otros hermanos y hermanas de la universidad que vivían en la zona. El grupo de Chad entró en fila en la casita del extrarradio. En la habitación de la entrada, guiñando los ojos, Shahid observó la reseca pulpa de la berenjena. Hat, Tariq y Tahira estaban a su lado.

– Puedo leerlo -anunció Tahira-. Dios me ha concedido la visión.

– ¿Lo ves tú, Hat? -preguntó Shahid.

Dio la impresión de que Hat asentía.

Shahid salió fuera a tomar el aire y se apoyó en un muro frente a la casa. Resolvió no entrar de nuevo y volver a su habitación. Se dirigía a la parada del autobús cuando se encontró con Riaz, que daba vueltas ansiosamente, con los párpados enrojecidos por la tensión. Pareció alegrarse de ver a Shahid.

Shahid se dio cuenta de que era muy raro ver a Riaz solo; incluso cuando trabajaba en su escritorio siempre había alguien con él.

– Assalam aleikum -le saludó.

– Salam, hermano.

Observaron en silencio al gentío. Shahid pensó en lo que quería decirle, ahora que tenía oportunidad.

El excitado pero paciente público hacía cola de cuatro en fondo a lo largo de la cerca de varias casas adosadas e idénticas. No hacía calor, y muchos iban bien abrigados. Podían estar haciendo cola para ver una película india, pero entonces no habría habido tantos ancianos con aspecto de salir únicamente para visitar a los parientes, asistir a un entierro o presenciar un milagro. Había un ambiente festivo, además, y se saludaban a gritos, paseaban, chismorreaban.

Un anciano a quien Shahid conocía del consultorio de Riaz dejó la cola y se acercó a ellos, quejándose de que los ricos de la localidad -propietarios de restaurantes, importadores, dueños de prósperas tiendas de aparatos eléctricos y de artículos deportivos-habían llegado a la Casa del Milagro conducidos por sus chóferes. O habían aparcado en doble fila dirigiéndose tranquilamente a la casa y saltándose la cola.

– Fijaos, mirad.

Una pareja estaba haciendo lo que acababa de describir. El hombre, rechoncho, llevaba una camisa blanca como de seda y unos pantalones negros, muy ajustados. Tenía gafas refractantes, una cadena en el cuello, un anillo en la oreja y una gruesa pulsera, todo de oro. Un manojo de llaves se balanceaba de su cinturón de piel de cocodrilo. Con el pelo peinado en una densa masa sobre la cabeza, teñido de alheña, parecía que le hubieran colocado una hogaza de pan en el cráneo a guisa de corona. La mujer, de tez más clara que el hombre, llevaba una ajustada camiseta rosa, vaqueros blancos y zapatos blancos de tacón. Sin joyas, porque no podía competir con el marido.

Shahid afirmó que los suyos y él harían lo posible para evitar ese comportamiento.

– ¿Lo matarías por escribir un libro? -preguntó súbitamente a Riaz.

Riaz tenía poca presencia física. Shahid se lo imaginó en el colegio, en un rincón del patio de recreo, con la cara entre las manos, tratando de esquivar los golpes de los abusones.

– Sin remisión. Es lo menos que le haría. ¿Sugieres que no es justo?

– Me revuelve un poco las tripas.

– ¿Y por qué?

– Es un hecho muy violento.

– A veces hay violencia, sí, cuando se comete una maldad.

– Pero ¿no predicamos el amor, hermano?

Riaz le puso la mano en la espalda; se alejaron de la casa.

– ¿Eres anarquista?

Shahid titubeó.

– No creo.

– ¿Y entonces? Para integrar los diversos elementos, en la sociedad tiene que haber orden. Todos estamos indignados.

– Lo sé, pero…

– ¿Es que no estás con tu gente? Míralos, vienen de aldeas, son medio analfabetos y aquí no los quieren. Continuamente sufren la pobreza y el insulto. ¿Acaso no tenemos que darles voz en este país donde presuntamente impera la libertad de expresión? ¿No somos, al fin y al cabo, los afortunados?

– ¿Afortunados, hermano?

– Somos personas de cierta instrucción. No estamos esclavizados, día y noche, en una tienda o una fábrica. Pero eso significa que tenemos otras tareas, ¿no? No podemos olvidarnos de nuestra gente y vivir sólo para nosotros.

– No.

– Y si lo hiciéramos, ¿no significaría eso que habríamos asimilado por completo la moral occidental, que es absolutamente individualista?

Riaz se interrumpió para saludar a alguien.

Shahid vio que, en el jardín de al lado, un blanco de edad avanzada y su mujer habían montado una mesa para vender zumo de frutas y bocadillos, pasando comida y bebida por encima de la cerca y echando el dinero en una caja de hojalata. En la mesa habían puesto un letrero con la palabra «hallal» escrita a mano suponiendo que les daría cierta inmunidad.

Shahid observó al hombre cuya amistad había deseado y que, como él pero con menos motivos, parecía allí extrañamente fuera de lugar. Riaz adoraba a «su gente», pero cuando no la ayudaba directamente parecía incómodo con ella. Riaz tenía poco: ni mujer ni hijos, ni carrera ni aficiones, ni casa ni pertenencias. El sentido de su vida era la fe y la idea de que conocía la verdad sobre cómo debía vivir la gente. Esa resolución era la que le hacía poderoso y, para Shahid ahora, bastante digno de lástima.

Riaz volvió a reunirse con él y, con el ingenuo entusiasmo que adoptaba al hablar del tema, le preguntó:

– Dime, ¿cómo va la mecanografía?

– Quería decirte, hermano…

– ¿Sí?

– Que he corregido algunas cosas.

– Excelente -comentó, dando una palmada-. ¿Estás traduciendo mi obra al inglés?

– No. Es cuestión más bien de…

– ¿Pulirlo?

– Sí.

– Bien. Chad me ha informado de que te pasas las noches dándole a las teclas del ordenador.

– Así es.

– Cuando empiezo a componer tengo esa misma obsesión. -Riaz meditó un momento antes de añadir-: Dime una cosa, ¿de qué hablas exactamente cuando escribes cosas tuyas?

– De la vida, supongo.

– ¿En general, o desde algún punto de vista concreto?

– No hay punto de vista -afirmó rotundamente Shahid.

– ¿No hay punto de vista? Yo siempre parto de alguno. Ojalá dispusiera de más horas para escribir. ¿De dónde sacas el tiempo?

– Supongo que llevarás una disciplina, ¿no, hermano?

– Hay tanta gente que me necesita -dijo Riaz, haciendo una mueca-. Tengo cien cartas contestadas en mi habitación. Las necesidades particulares carecen de importancia. Dice Chad que te han publicado algún trabajo.

– Un relato. En una revista. Lo escribí hace tiempo.

– Vaya, me impresionas.

– Gracias.

– ¿Cómo se titulaba?

– ¿Qué? Bueno…, no importa. Pero en el que estoy trabajando ahora se llama «La alfombra de la oración».

– ¿Lo van a publicar?

– A lo mejor.

– Me interesa, porque pensaba que a los extranjeros como nosotros difícilmente nos aceptarían. Los blancos son muy estrechos de miras y sin duda no admitirán en su mundo a gente como nosotros, ¿verdad?

– Ah, no, no hay nada que esté tan de moda como los extranjeros.

– ¿Cómo es eso? -preguntó Riaz, perplejo.

– La novedad -contestó Shahid, encogiéndose de hombros-. Incluso alguien como tú, hermano, podría suscitar una amplia atención si los medios de comunicación le conociesen. Piensa en la cantidad de gente a la que podrías dirigir tus palabras.

– Los medios de comunicación, sí. Esa es exactamente la dirección que debemos tomar. Tenemos que utilizar todos los canales para transmitir el mensaje de la fe. Espero que pronto presentes a la prensa nacional un artículo sobre este tema de la blasfemia. ¿Ya has pensado en hacerlo?

– No… No lo he pensado.

– Pero ¿no es ése el trabajo que debes hacer para tu gente? Recuerda que las masas son más sencillas y sabias que nosotros. Hay que aprender mucho de ellas. ¿Crees que uno debe separarse del pueblo a que pertenece?

– Ese asunto de la pertenencia, hermano. Ojalá lo entendiera. ¿Te gusta vivir en Inglatera, por ejemplo?

Riaz parpadeó y miró en torno; era como si nunca hubiese considerado la cuestión.

– Esta nunca será mi casa -aseguró-. Jamás llegaré a comprenderla enteramente. ¿Y tú?

– Me va bien. En ningún otro sitio me sentiría más a gusto.

– Estábamos muy preocupados por ti. Espero que el hermano Chad, a quien he puesto a cargo de tu salud espiritual, te haya ayudado.

– ¿Chad? Claro que sí.

– ¿Y ya estás tranquilo?

– ¿Tranquilo? Tengo muchas dudas, Riaz.

– ¡Olvídalas! -exclamó Riaz con la enérgica confianza que Shahid admiraba en él.

– Pero Riaz…

– ¡Sólo cree en la verdad! Esos intelectuales se enredan en sus propios hilos. Fíjate en el doctor Brownlow. ¿Quién querría ser un payaso tan inteligente, tan atormentado? Al final queda el impulso de la fe y la confianza en Dios. Pero también hay algo de razón en lo que dices.

Shahid miró ansiosamente a Riaz.

– ¿Algo de razón?

– Ya sabes cómo le encanta decir a cierta gente que somos antidemocráticos. ¿Por qué no deberíamos comentar todos los aspectos de este asunto?

– Desde luego debemos discutirlo sin prejuicios.

– ¿Por qué no? ¿Comunicarás a los hermanos y hermanas interesados la hora y el lugar? -Shahid asintió-. ¿Por qué no mañana por la mañana? ¿Y harás el favor de escribir el borrador de un artículo sobre la arrogancia occidental en relación con nuestro derecho a no ser insultados?

– Después de la discusión -prometió Shahid.

– Muy bien. Creo que tienes grandes dotes de persuasión.

– Gracias.

En aquel momento todo el mundo se volvió.

Un Escort rojo se había parado con un chirrido frente a la casa sagrada. Por lo que fuese, quizá porque la jornada había sido tan inverosímil, Shahid pensó que la casa o la multitud iban a sufrir un ataque.

Del coche saltó un muchacho con una camiseta negra de redecilla y pantalones de cuero, mirando con fiereza al gentío, como desafiándolo. Abrió la puerta trasera y otro chico, con media melena de color platino y una oreja vendada, salió dando tumbos. Ambos se quedaron en posición de firmes junto al coche, como niños que pretenden ser duros y pasan el rato buscando camorra.

Riaz hizo un pequeño gesto de cabeza, satisfecho.

– Pero esto no puede superarse.

Shahid vio a Brownlow, que estaba frente a la verja de la casa sonriendo hacia el coche. Igual que los demás, observó que un individuo voluminoso, con una expresiva sonrisa estampada en su florido y reluciente rostro, que al parecer iba tumbado en el asiento trasero del coche, descolgaba las piernas en la acera frente a la expectante multitud.

– Tranquilos, gatitos -dijo a sus chicos-. Esta es una celebración cultural.

– ¡Dios todopoderoso! -exclamó con una carcajada un espectador blanco-. ¡Pero si es el Mesías de Goma!

– ¡Hola, amigos! ¡Hola a todos!

El individuo agitó la mano hacia la multitud y no pareció desanimarse cuando nadie, ni siquiera los niños, le devolvió el saludo.

– No es musulmán, ¿verdad? -preguntó la acompañante del espectador.

– Todavía no.

– Entonces, ¿qué hace aquí?

– Entorpecer -respondió el espectador, encogiéndose de hombros.

El Mesías de Goma pareció avanzar de puntillas hacia la casa, pues, en comparación con el resto del cuerpo, tenía unos pies diminutos. Y con las manos oscilando al extremo de los codos, que sobresalían a los costados como dos barandillas, daba la impresión de que acariciaba a la gente al pasar. Aunque correctamente vestido -chaqueta, chaleco, camisa y corbata-, la ropa no le caía bien, unas prendas le quedaban estrechas y otras demasiado anchas; la camisa, por ejemplo, era ambas cosas a la vez por donde menos convenía, y la rígida corbata verde parecía colgar de la camisa como un pepino.

– George Rugman Rudder -informó Riaz a Shahid. Miró a Brownlow, que le guiñó un ojo-. El laborista elegido para primera autoridad del distrito. Nuestro amigo el doctor Brownlow conoce a todos esos políticos municipales. Ha logrado cosas espléndidas en nuestro favor.

Un fotógrafo había empezado a tomar fotos, Riaz, Brownlow y Rugman Rudder se estrecharon la maño ante el objetivo. Brownlow se apartó luego para dejar que Riaz y Rudder se fotografiasen juntos. Mientras, un periodista tomaba notas.

– Gracias por venir, míster Rudder -dijo Riaz-. Estábamos seguros de que vendría a presentar sus respetos.

– Pues claro, naturalmente. ¡Qué maravillosa multitud, adorando el fruto de la tierra! ¡Qué berenjena tan popular, cúspide de la mesa vegetariana! ¡Qué medio de comunicación tan saludable es el milagro! ¡Gracias a Dios que no fue escogido un municipio conservador!

Brownlow parecía un tanto consternado, pero Riaz repuso:

– Míster Rudder, le doy de nuevo mis más expresivas gracias por hacerse cargo de todos los problemas de seguridad y de tráfico suscitados por nuestra causa. Y por permitirnos utilizar públicamente un domicilio particular. Somos conscientes de la ilegalidad que esto suele representar. El conjunto de nuestra colectividad, tan frecuentemente humillada, le está eternamente agradecida. Es usted un verdadero amigo de Asia.

– ¡Es nuestro amigo! -gritó Chad, saltando con la punta de los pies.

– ¡El amigo de Asia! -apostilló Hat.

– ¡El mejor amigo de Asia! -gorjeó Tahira.

Riaz empezó a aplaudir; Chad y Hat siguieron su ejemplo y hasta Brownlow juntó las manos en una especie de saludo hindú. Entre la multitud, otros empezaron a mostrar su agradecimiento, entonando:

– ¡Rudder, Rudder… es nuestro hermano!

– Sí, y seré recompensado en el cielo, no cabe duda -repuso Rudder, sonriendo beatíficamente a sus ceñudos muchachos. En tono más bajo, y dirigiéndose a Brownlow y Riaz, añadió-: Naturalmente, he tenido que hacer un uso bastante generoso de mi influencia, como ustedes ya habrán observado, para contrarrestar una fuerte oposición de tipo racial a la utilización pública de un domicilio particular. -Bajó aún más la voz-. Eso se debe a que nuestro partido apoya a las minorías étnicas, tengan ustedes la absoluta seguridad. Los adventistas del séptimo día me han manifestado su profunda satisfacción y, según me han dicho, mencionan mis dolencias en sus plegarias. Los rastafaris me estrechan la mano cuando saco a pasear a mi perro. Todo esto es muy apreciado al este de Londres. Pero, por otra parte, usted es lo bastante inteligente, Riaz, un verdadero sabelotodo -por un momento, pareció que Rudder iba a hacerle cosquillas en el mentón-, para adivinar que esto no puede durar eternamente.

– Somos conscientes de ello, míster Rudder -dijo Brownlow-. Por eso hemos pensado en el ayuntamiento.

– Sí, en el ayuntamiento -repitió Riaz.

– ¿Cómo?

– Para la salvaguardia pública del santo milagro -explicó Riaz.

– ¿El ayuntamiento? -exclamó Rudder, como si Riaz hubiese sugerido que le colocaran la berenjena en la nariz.

– No hay ninguna razón que lo impida -insistió Brownlow, seguro de sí-. Acaba usted de afirmar su fe en diversas religiones.

– Cosa que le agradecemos desde el fondo de nuestro corazón -remachó Riaz.

– ¡Gracias de nuevo, amigo de Asia! -gritó Hat.

– ¡Hermano Rudder!

– ¡Chss! -ordenó Tahira.

La mano del periodista volaba sobre el papel.

– Sí, sí, quizá en el ayuntamiento. Hay espacio de sobra -concedió Rudder, echando algo a su amplia panza. Acercando la boca a uno de los chicos, añadió-: Sobre todo las orejas de los que trabajan allí.

– Tiene que ser en el vestíbulo -insistió Riaz.

– Allí ocupará un lugar destacado -comentó Brownlow.

– Sí, seguro -concedió Rudder, frunciendo los labios-. En el vestíbulo.

– Además, ya hay colgado un cuadro de Nelson Mándela.

– Y la máscara africana -añadió Chad.

– No nos meterán en un gueto -advirtió Riaz.

– No, no. De guetos, nada.

– Ya concretaremos, entonces. -Riaz se dirigió a Chad y Hat-. Todo arreglado.

– Estupendo -comentó Chad-. Magnífico.

– ¡Viva, viva! -gritó Hat-. ¡Es un amigo de Asia! ¡Amigo de Asia!

– ¡Amigo de Asia! -corearon otros-. ¡Hermano Rudder!

El periodista escribía, el fotógrafo accionaba el objetivo.

– Cerremos el trato con un apretón de manos -sugirió Brownlow.

Rudder empujó a sus muchachos al interior de la casa, delante de él.

– No hay nada decidido. Ahora permítanme contemplar este milagroso ejemplo de la firma de Dios. Vamos, chicos.

– Qué tipo tan repulsivo y reaccionario -comentó Brownlow cuando Rudder ya no podía oírle-. Pero está en nuestras manos. Le venimos bien.

– Perfecto -dijo Riaz.

– ¡Superior! -gritó Chad.

– ¡Chachi! -coreó Hat.

Shahid entró en la casa detrás de Rudder.

– ¿Es tu primer milagro, Georgie? -preguntó uno de los muchachos al entrar.

– Sólo es hasta la reelección del Partido Laborista -dijo Rudder en el vestíbulo, con un murmullo teatral-. Las revelaciones son una aberración de la fe, por supuesto, un entretenimiento todo lo más. Esperemos que hagan un curry con esta hortaliza azul. Brinjal, creo que la llaman. Me dan ganas de matar a un indio, ¿a vosotros no, chicos?

Shahid tardó horas aquella noche en localizar al grupo para informarle del debate prometido por Riaz. Estaba resuelto a que asistieran todos. Unos, como Tariq, no estaban en casa o cenaban con la familia. En casa de los padres de Sadiq había una habitación llena de colchones donde dormían cuatro o cinco niños; su abuela, que no sabía inglés, estaba sentada en el suelo con las piernas cruzadas, como en el pueblo; había ropa tendida en cuerdas por el cuarto. Shahid tuvo que sentarse una hora con ellos, comiendo hasta no poder más, esperando una oportunidad para transmitir el mensaje y escapar. Tres o cuatro, según le dijeron, estaban en la planta superior del restaurante de Hat, entretenidos con videojuegos: o, según el tío de Hat, acababan de marcharse a la habitación de Riaz con intención, al parecer, de visitar de paso a Shahid.

El otro problema consistía en asegurarse de que asistiesen a la reunión. Sólo se comprometieron a ir cuando Shahid tomó la iniciativa diciendo que Riaz había dado instrucciones de perder las clases si era necesario. Los hermanos y hermanas no comprendían el sentido de la reunión; pensaban que todos lo tenían claro.

En cada casa a la que entraba, Shahid preguntaba si podía llamar por teléfono. Quería hablar con Deedee; podrían verse cuando terminase la gestión. Marcó el número varias veces, pero siempre colgaba antes de que ella contestase. Deedee solía preguntarle: «¿Qué has hecho?» ¿Cómo podría contestarle que había estado custodiando una berenjena?

Así que volvió a su habitación, se hizo un bocadillo de sardinas con pan tostado y siguió pasando al ordenador el manuscrito de Riaz, haciendo alguna que otra corrección.

Luego se acostó pensando en lo que diría por la mañana, si es que era capaz de hablar.

15

Comprimidos en su habitación, tuvieron que esperarle cuarenta minutos. Riaz solía retrasarse, había observado Shahid, por múltiples razones. Le gustaba crear expectación para luego, con la frustración acumulada, hacer una entrada triunfal. Resultaba extraño, porque Riaz era esencialmente retraído y discreto. Quizá pensara que los demás le exigían muestras de autoridad.

Al parecer, Riaz tenía una reunión con Brownlow y Rudder. Afortunadamente, mientras esperaban se había presentado Hat con una bolsa de comida de su padre, que repartió alegremente. Había tres mujeres contando a Tahira, que llevaba una larga camisa blanca, recién planchada, pantalones negros y un pañuelo a cuadros grises y blancos.

Por fin apareció Chad, entrando deprisa y sujetando la puerta a Riaz, que llevaba un salwar nuevo de color gris. Permaneció inmóvil un momento, dejó la cartera y se sentó en el suelo junto al escritorio.

– Os agradará saber que las negociaciones con míster Rudder, el concejal del Partido Laborista, marchan bien, muy bien -informó Riaz inmediatamente-. Comprende la posición y la importancia de la minoría en este país. Nos ha declarado personalmente que dedicará todos sus esfuerzos a nuestra causa.

Hat chocó las manos con Tariq.

– ¡Amigo de Asia!

– Eso pienso yo también. Esa simpatía por nuestro pueblo es tan rara como una virgen inglesa. -Sonrió ante el comentario, que hacía a menudo-. Pero ahora tenemos otro desagradable asunto que discutir rápidamente, pues como Shahid me ha dicho todos estáis muy ocupados estudiando sin parar.

La risa recorrió la habitación una vez más. Shahid se dio cuenta de que Riaz le miraba expectante, como todos los demás. Eso no lo había esperado.

– Ten la bondad de recordarnos el tema, hermano.

– ¿Cómo?

– Será mejor que te acuerdes tú primero -comentó Chad con una risita.

– Nos has convocado aquí -añadió Tahira-. ¿Puedes decirnos para qué, por favor, cuando el asunto está tan claro?

Shahid procuró hablar con cuidado, como traduciendo de una lengua extranjera, pero las palabras le salieron desordenadamente y le sorprendió el sonido de su propia voz.

– El… hmm… libro -empezó a decir.

– Ese libro -le ayudó Chad.

– Exacto -confirmó Sadiq.

– Y la narrativa. ¡Ésa es la cuestión! Por qué la necesitamos. Si es que la necesitamos. Lo que puede decirse. Y… lo que no puede decirse. Lo que no debe decirse. Lo que es tabú, lo que está prohibido y por qué. Lo que se censura. Cómo nos beneficia la censura a los que estamos exiliados aquí. De qué manera nos protege, si es que nos protege. Eso…, esa clase de cosas.

– Muy bien -dijo Riaz-. Eso nos mantendrá despiertos… durante un rato.

De pronto lanzó al grupo una mirada severa para suprimir cualquier frivolidad que pudiera haber suscitado. Dominada la situación, empezó a hablar con su estilo preferido, lanzando una idea al mar de rostros vueltos hacia él para luego dirigirla con el viento de sus palabras. Shahid sintió alivio: Riaz no le había juzgado, sólo se había limitado -hasta el momento- a utilizarlo como excusa.

– Mirad, toda ficción es, por su propia naturaleza, una mentira, una perversión de la verdad. ¿No se emplea la frase «eso son cuentos» cuando los niños dicen mentiras? Hay narraciones inofensivas, falsas, desde luego, que nos hacen reír. Son para pasar el tiempo cuando no tenemos nada que hacer. Pero hay muchas ficciones que manifiestan un carácter corrompido. Son obra de autores que, por decirlo así, no se saben aguantar la tinta. Los que cuentan esas historias disparatadas se han rebajado para que la élite blanca los acepte y considere «grandes escritores». Les gusta creer que revelan la verdad a las masas: esos imbéciles incultos, medio analfabetos. Pero no saben nada de las masas. Las únicas personas humildes que conocen son sus criados. Y así despiertan, en realidad, la suciedad que hay en nosotros. Resulta fácil. Lo sucio nos atrae. A Hat no, por supuesto.

Hat rio nerviosamente. Todos manifestaron su acuerdo con movimientos de cabeza.

– Y, al igual que lamentamos la falta de respeto en otra persona, no podemos comprender cómo puede considerarse literatura ese espectáculo. ¿Algún comentario? -Todas las miradas convergieron en Shahid. Pretendía ser uno más entre los presentes, pero no logró evitar un tímido rubor en las mejillas-. Al fin y al cabo, ¿para qué fines más altos puede existir esa clase de literatura?

Hubo un silencio. Los componentes del grupo evitaban las miradas; no era que tuviesen miedo a hablar, sino que no tenían nada que decir.

– Para hablarnos de nosotros mismos, sin duda -aventuró Shahid.

– ¡No! -Riaz sacudió la cabeza-. Pero continúa.

– La literatura nos ayuda a reflexionar sobre nuestra propia naturaleza, ¿no?

– Eso no es más que arrogancia y presunción -afirmó Riaz.

– Por favor -empezó a argumentar Shahid-, Por favor…

– Pura arrogancia -manifestó Sadiq, tras decidir que estaba de acuerdo con Riaz.

– En tu calidad de poeta…

Hubo una llamada a la puerta.

– Sí, soy poeta -dijo Riaz, sin prestar atención-. Gracias por recordármelo. Pero te aseguro que no se nos informa de nosotros mismos, de la gente en general, sino de la mentalidad del autor. De eso se trata. De un hombre.

– Una imaginación libre abarca muchas naturalezas -argüyó Shahid-. Una imaginación libre, al mirar dentro de sí misma, ¿ilumina las demás.

– Estamos discutiendo de la imaginación libre y desenfrenada de hombres que viven al margen del pueblo -replicó Riaz-. Y esas naturalezas corruptas e irreverentes, que se revuelcan en sus propias excreciones, deben estar enjauladas como carnívoros peligrosos. ¿Queremos tener más leones y violadores salvajes sueltos por la calle? Al fin y al cabo, si un individuo se presenta en tu casa y dice que tu madre y tus hermanas son unas putas, ¿no lo echarías ni le harías una barbaridad? ¿Una verdadera barbaridad? -Hubo muchas sonrisas-. ¿Y no es eso lo que hacen esos libros?

– Esos libros nos inquietan-dijo Shahid.

– ¡Sí!

– Nos hacen pensar.

– ¿Qué falta hace pensar?

– ¿Cómo?

– ¿Debemos preferir ese capricho al satisfactorio y profundo consuelo de la religión? Y si no podemos tomar en serio las creencias de millones de personas, entonces ¿qué? ¡No creemos en nada! Somos animales que viven en la letrina, no seres humanos en una sociedad liberal.

Como de costumbre, Riaz pronunció la palabra «liberal» como si fuera el nombre de un asesino. Paseó la mirada por el grupo.

Volvieron a llamar a la puerta, sólo que más fuerte.

Chad miró fijamente a Shahid, que abrió la boca y sacudió la cabeza, resuelto a no decir nada, temeroso del lío en que podría meterle la discusión.

– Hasta tu gran Tolstói denunció el arte, ¿no es así? -inquirió Riaz-. Quizá me consideres un hipócrita, pero tengo el libro en alguna parte. ¿Quieres buscarlo, Chad? -Chad asintió-. Pero antes mira a ver quién llama.

– Debe ser para Shahid -murmuró Hat.

Chad salió al pasillo, cerrando la puerta.

– Para mí -prosiguió Riaz-, las verdades sobre la importancia de la fe y la preocupación por los demás son más profundas que los desvarios de la imaginación de un hombre.

– Pero la imaginación también es importante, ¿no? -insistió Shahid, consciente de que el entusiasmo de su voz le separaba de sus compañeros.

– Hasta cierto punto y nada más. ¿Hay alguna sociedad que conceda una libertad sin límites a algún individuo? De todos modos, debemos seguir adelante. Tenemos que discutir las medidas que tomaremos contra ese libro.

– ¿Qué clase de medidas? -quiso saber Shahid.

– He dicho que eso es lo que tenemos que ver.

Tahira, sentada junto a Shahid, le dijo al oído:

– Parece que no logras entenderlo. Dime si es simple confusión, por favor, o si se trata de otra cosa.

– Las dos cosas, creo.

En la habitación había silencio, pero en el pasillo se oía la voz de Chad, que discutía con una mujer.

– ¿Hay más preguntas? -dijo Riaz.

– Sí -contestó Tahira-. ¿Qué vamos a hacer?

La puerta se abrió de golpe. En el umbral apareció Zulma, con un vestido amarillo de Chanel y un chal negro. Chad, a su espalda, extendió las manos en un gesto de frustración. Zulma dio tres zancadas, firmes pero indolentes, hacia el centro del cuarto. Los presentes se apartaron con urgencia para evitar que sus tacones les atravesaran las manos.

Se sucedió una batalla entre su perfume y el olor de la habitación.

Zulma examinó los rostros con una mezcla de cortesía y sarcasmo hasta localizar al objeto de su visita, acurrucado en el rincón con las manos sobre la cara.

– Vamos. -¿Iba a llevárselo de la oreja?-. Ven conmigo, cariño.

Él se incorporó sobre los talones.

– ¿Ahora mismo?

– ¡Pues claro!

– Estamos en una reunión, Zulma.

– ¿De qué? ¿Quién está a cargo de esto? -Sus ojos se posaron en Riaz-. ¡Se trata de un asunto familiar muy urgente, profesor!

Riaz hizo un gesto de indiferencia; no malgastaría palabras con alguien como ella, pero Chad soltó una risita sofocada cuando Shahid se puso en pie. Zulma lo condujo a la puerta, lanzando a Chad una furiosa mirada al salir.

Shahid bajó corriendo las escaleras tras ella, inesperadamente aliviado por la súbita libertad.

– ¿Qué hacíais ahí dentro, celebrando una reunión política?

– Sobre la fatwa, casualmente.

– Ay, Dios. ¿Y son todos estudiantes?

– Sí, Zulma.

– ¿Y van a manifestarse en su favor?

– No. Creo que en su favor, no.

– Pero ¿no has dicho que eran estudiantes?

– ¿Y qué? Pues claro que son estudiantes, Zulma. ¿Qué crees que son, joder, jefes de empresa?

– Santo cielo, ¿es que asistes a clases de tacos? -Le lanzó una mirada inquisitiva-. Nunca te he visto tan enfadado. Hacías chistes tontos, eras muy tímido para todo, apenas capaz de abrir tu grosera boca. También tenías un extraño tic. ¿Ya has superado todo eso?

El coche estaba medio subido en la acera. Zulma le metió prácticamente de un empujón en el asiento para impedirle la fuga. Cerró los muslos. Se subió la falda para liberar las piernas y, agitando la mano por la ventanilla, bajaron de la acera introduciéndose en el tráfico.

– ¿Son así los universitarios de ahora?

– Algunos.

– Se supone que los estudiantes son muy inteligentes, ¿no?

– ¿A qué te refieres, Zulma?

– ¡No me levantes la voz! -Tintinearon sus joyas de oro-. Te estoy explicando que la religión está destinada a las masas, no a los tipos inteligentes. A los campesinos y gente así les viene bien la superstición, de otro modo vivirían como animales. Tú, que vives en un país civilizado, no lo entiendes, pero esos papanatas necesitan normas estrictas, si no seguirían creyendo que la tierra se apoya en tres peces. -Dio un puñetazo en el volante. Shahid observó el anillo de boda con un diamante que Chili le había regalado-. Pero esos intelectuales deben saber que son un montón de patrañas.

– Son creyentes, Zulma.

– ¿Y quieren asesinarlo y todo eso?

– Sí -admitió él, con abatimiento.

– Esos chalados están cada vez peor. Y parece que la locura es general. Todo el mundo me llama para preguntarme por este barullo, como si yo fuese el autor de la novela. Las cosas están llegando a tal extremo, cariño, que no voy a tener más remedio que leer ese libro.

Zulma compraba revistas como Elle, Hello!, Harpers y Queen, pues prefería literatura instructiva en papel brillante, con fotografías, a la narración puramente imaginativa en papel mate.

– Como si no tuviera la cabeza a punto de reventar con los problemas que me da tu familia entera, muchísimas gracias.

El piso de Zulma estaba detrás de Lowndes Square, en un suntuoso edificio antiguo.

– Pero ¿por qué estás con esa gente? -le preguntó, mirándolo con preocupación al salir del coche-. No te habrás metido en una organización religiosa, ¿verdad, Shahid?

– Por favor, Zulma, déjame un momento en paz. Necesito pensar.

– Claro que tendrás que meditar, no cabe duda, después de esta conversación, así que esperaré un poco.

El portero uniformado que sacaba brillo a la puerta del ascensor, dejó el trapo, se puso la gorra y echó el cierre metálico. Mientras subían en la estrecha caja enrejada, semejante a un ataúd invertido, ella bajó la voz y le dijo en un murmullo:

– A ti no te van las oraciones, ¿verdad?

– ¿A qué te refieres?

– Dime la verdad o te doy un guantazo.

– A mí no puedes tratarme así, Zulma.

– No, supongo que no, pero me dan ganas de darte una torta.

Shahid tenía curiosidad por ver si era capaz de cumplir la amenaza.

– He ido a la mezquita -confesó-. Y no me avergüenzo. ¿Debería avergonzarme?

Ella fingió que le fallaban las piernas.

– ¡Pero si te han dado una educación como es debido!

Shahid salió del ascensor después de ella y, mientras avanzaban por el mullido y silencioso pasillo curvo, se preguntó si sería entonces cuando iba a darle la bofetada.

– Ni te cuento los problemas que Benazir ha tenido con esos locos intrigantes. Es una chica muy buena, y ha sufrido mucho.

– Haga lo que haga, Zulma, al menos no soy como tu marido.

Ella soltó una carcajada, aunque su cálido arrebato fue inmediatamente absorbido por las paredes del silencioso y formal edificio.

– Mi marido. La próxima vez haré que me organicen un matrimonio de conveniencia. No es mala idea, ¿eh? ¿Qué son estos matrimonios liberales sino malos modales por el día y malos olores por la noche? ¡Esto ya ha ido demasiado lejos!

Shahid no quería hablar con Zulma de eso, ni de ninguna otra cosa. Recordó que Deedee le había dicho: nunca hagas nada que no quieras hacer, jamás. Si te apetece separarte de Zulma, cruzar la calle y salir corriendo, hazlo; ahora mismo.

El cavernoso piso de Zulma parecía la suite de un hotel. Contenía pocos adornos personales: había una alfombra persa sobre la moqueta color marfil; un cubo lleno de lirios en el suelo; lámparas de ónix y una mesa de mármol; tres objetos exóticos robados de monumentos no protegidos de Pakistán. Al ver a la señorita, el aya de la sobrina de Shahid recogió unos juguetes y los sacó de la habitación.

Shahid jugó con la pequeña Safire, que tenía los ojos color café de Chili. A Shahid siempre le gustaba llevar caramelos en diversos bolsillos para que ella se le subiera por todos lados, buscándolos. Pero hoy no tenía ninguno y, tras buscar afanosamente, la niña no encontró nada. Mientras jugaban, Shahid oyó que Zulma hablaba en la cocina con un hombre de acento aristocrático.

– ¿Quién es ése, Safire? -musitó Shahid.

Ella dijo que se llamaba Charles. Shahid vislumbró brevemente a un individuo rechoncho con un traje caro.

– ¿Huele a coles de Bruselas demasiado hervidas? -preguntó a la niña.

Safire se reía entre dientes cuando Zulma apareció con una copa y una botella de vino.

– Ya sabes que no suelo beber antes de comer. Pero siempre que veo a esos fanáticos me apetece muchísimo un vaso de Sauternes bien frío. Influencia de tu papá, tal vez. -Se sirvió, alzó la copa y, utilizando la jerga aún de moda en Karachi, añadió-: Bueno, chin-chin.

Shahid se levantó y se dirigió a la puerta.

– La heroína es ilegal en Gran Bretaña. ¿Por qué no tomamos también un poquito?

– Vamos, Shahid, nunca hemos sido los mejores amigos del mundo, pero me sienta muy mal que vayas por ese camino.

– Escúchame, Zulma, yo…

– ¡Siéntate y calla! Déjame contarte lo que me ocurrió hace poco en una fiesta en Karachi. Estaba yo diciendo a una cabeza hueca, buena amiga mía desde hace años: «Todas esas tonterías sobre Dios me molestan mucho cuando nos hacen falta viviendas, hospitales y educación.» ¿Adivinas qué pasó?

– No.

– ¡Te lo puedes creer, señor Cara Mohína, la zorra me dio una bofetada, zas! -Se dio una palmada-. Y me echó de su casa. Se me helaron las tripas. Pronto nos matarán a todos, por pensar. ¿Has dejado de pensar, Shahid?

– No.

– ¿Estás seguro? -Zulma dejó la copa y, antes de dirigirse de nuevo a Shahid, dijo a su hija-: Safire, vete con Charles un momento. Sé buena. Es un tipo decente, este Charles Jump. Claro que, como la mayoría de los hombres, no es muy inteligente, y tiene una extraña actitud hacia las mujeres. Pero es un lord. ¿O conde? He dicho conde, con una «o». [4] Tiene una mansión impresionante en Wiltshire. Los autocares paran enfrente y los turistas se asoman para verle desayunar. -Se inclinó hacia Shahid y se dio una palmada en la rodilla-. Te he traído aquí para que me ayudes. Contesta sinceramente: ¿sabes dónde está Chili? -Él negó con la cabeza-. ¿Lo juras por lo más sagrado?

– Sí.

– Bueno, entonces está en paradero desconocido. Me importa un pito, cariño. ¿Quién quiere volver a ver a ese haragán? Nos vamos a divorciar. Esto es entre él y yo. Es un hijo de… Peor aún, está cubriendo de vergüenza a tu respetable familia y destrozando la reputación que tu papá se había creado. Ya sabes cómo habla la gente en Karachi.

– Eso es lo único que esos vagos desgraciados saben hacer…, cuando no están explotando a sus obreros y sacando el dinero fuera del país.

– Gracias por la idea. Pero ¿no entiendes que Bibi no puede llevar sola el negocio? ¿Cómo puede pedirse eso a una anciana?

– No. Ya lo sé.

– Lo que tienes que hacer es volver a casa y ayudarla, a ella y al negocio. Si ese bala perdida se ha vuelto loco, entonces tú tendrás que hacerte cargo de la familia. -Se rio ante la idea-. De ahora en adelante dirigirás el negocio que crearon tus padres, si quieres que sobreviva. ¿Quién lo va a hacer, si no, aparte de ti?

A Shahid no se le había ocurrido que pudiese pasar aquello. Le estaban arrebatando la libertad que había venido a buscar a Londres. Volvían a arrastrarlo a una personalidad y a una vida anterior de la que se había desprendido con alivio.

– Sí -insistió ella-. Será mejor que te hagas cargo.

¿Qué pasaría con Deedee si él se convertía en director de una agencia de viajes en Kent? ¿Cuántas veces se verían? Peor aún, ¿qué pensaría de él? ¿Cómo se consideraría a sí mismo?

– Pero tengo que terminar el curso -protestó débilmente.

Safire jugaba con sus muñecas al fondo de la habitación. Charles Jump se sentó en el brazo del sofá, al lado de Zulma, mirando a Shahid con una mezcla de lástima y desaprobación.

– No olvides quién te paga los estudios. Tu madre y tu familia. Te recuerdo que ahora tienes otras responsabilidades.

– Qué responsabilidades tan serias, por Dios -terció Jump.

Shahid se negó a advertir su presencia.

– Papá quería que estudiase. Los estúpidos le irritaban. Le gustaba la gente con empuje, decisión e inteligencia.

– Entonces, ¿por qué pierdes el tiempo con esos fanáticos religiosos? -inquirió Zulma.

– Hemos hecho averiguaciones -informó Jump.

– ¿Ah, sí?

– ¿No es cierto que te has unido a los mahometanos militantes? -prosiguió Jump. Shahid miró a Zulma, que hizo una mueca-. Porque te advierto que entran en Francia por Marsella, y en Italia por el sur. Pronto se esparcirán por las debilitadas zonas comunistas, en el corazón de la civilizada Europa, con frecuencia haciéndose pasar por vendedores de joyas mientras nos acusan de prejuicios e intolerancia.

– ¿Cómo dice?

– No pueden darse diez pasos sin encontrar una mezquita. Ahí es donde se fomentan los tumultos.

– ¿Qué tumultos?

– No te hagas el tonto.

– ¿Qué?

– Nos degollaréis mientras dormimos, a todos los infieles. O nos convertiréis. Pronto prohibiréis los libros y… y… la panceta. ¿No es eso lo que queréis?

Zulma miró a Shahid enarcando las perfiladas cejas.

– Ojalá fuese tan divertido.

– Esa invasión de terroristas debe erradicarse de la sociedad como una peste, ¿no te parece? -Jump pareció perder un momento la seguridad-. ¿No dijiste el otro día en San Lorenzo que ésa era la única forma, Zulma?

Shahid apeló a Zulma.

– ¿Me has traído aquí para escuchar a este capullo pretencioso?

– Vale, basta ya. -Les hizo callar a los dos-. Volvamos al tema, Shahid. A menos que tu hermano recobre la sensatez, me temo que vas a tener que hacerte cargo de todo. No podéis abandonar el negocio que vuestra familia ha tardado años en poner en pie. Eso lo tienes claro, ¿no?

– Y tú ¿qué? Aseguraste que entendías el negocio.

– Tampoco es difícil de llevar -bufó ella-. Pero por primera vez voy a pensar en mí misma. Me marcho a Karachi. Y por supuesto me llevo a mi Safire conmigo.

Shahid quería a Safire; la idea de no volver a verla en mucho tiempo le inquietó.

– Cuando veas a Chili -prosiguió ella-, harás el favor de decirle que está haciendo sufrir mucho a tu madre y que tú ocuparás su puesto. Debes saber que está angustiada.

– Angustiada -repitió Jump.

– Ve a llamar por teléfono -le ordenó Zulma.

– Sí, cariño. ¿A quién?

– A tu contable.

Jump se marchó.

– ¿Has visto cómo obedece Jump? -rio ella.

Shahid se levantó.

– ¿Qué disparates le has estado contando?

– No te enfades.

– ¡Por Dios, Zulma!

– ¿Qué culpa tengo yo de lo que la gente crea, Shahid? Nos ven en la televisión comportándonos como payasos y creen que estamos chiflados. Por otro lado, nuestros compatriotas vienen a este país y adquieren costumbres occidentales. Se olvidan de que tienen familia. Y la familia se rompe. Entonces nos volvemos como todos los de aquí.

– Tengo que irme.

– ¿Adónde?

– Gracias por ser franca conmigo.

Se dirigió a la puerta y la abrió. Era fácil.

– Ven aquí -le llamó ella-. Tenemos que arreglar otras cosas.

– Y yo también, Zulma.

– ¿Qué?

– Mi vida.

– ¡No te puedes marchar así, Shahid!

Dio un portazo con todas sus fuerzas.

16

Primero necesitaba escapar del barrio de Zulma, con sus embajadas, salones de peluquería, modistos y coches elegantes, en cuyas calles transversales casi esperaba encontrarse con coches de caballos y carrozas, caballeros con sombrero de copa y mujeres con faldas ahuecadas. ¿Para qué tanto acomodo?

Estaba tomando cariño a la zarrapastrosa variedad de su residencia, con sus chalados y sus miserias, donde todo el mundo llevaba los zapatos rotos. Su residencia, así es como la consideraba ahora. En Londres, con tal de encontrar el lugar adecuado, se podía uno considerar un ciudadano en cuanto fuese dos veces a la tienda del barrio.

Necesitaba dinero. Afortunadamente llevaba su tarjeta bancaria y sacó todo lo que le permitía el cajero automático. Dejó rápidamente atrás el sombrío Knightsbridge Barracks y bordeó el parque. Frente al Albert Hall saltó a un autobús. Para volver, tenía que hacer dos transbordos.

En el Morlock era temprano. La única música que se oía era del tocadiscos de monedas. El camarero tenía el labio partido y un parche sobre el ojo. Cuando Shahid entró, estaba pasando un canuto por encima de la barra a la dueña, una mujer arruinada de casi cuarenta años que tenía alineados frente a sí tres vodkas con naranja. El camarero le reconoció y hasta lo saludó con la cabeza, cosa que Shahid agradeció. Se había convertido en parroquiano. Había chicos en torno a la barra, como de costumbre.

– Una cerveza pequeña.

Todos le lanzaron una breve mirada, más alarmados por su energía que por otra cosa, y siguieron hablando en murmullos.

El camarero sacudió la cabeza.

– No hay cerveza hasta mañana.

Shahid nunca había estado en un pub donde no hubiera cerveza.

– Una cerveza, entonces.

– No des la murga. Sólo pelotazos, a menos que te traigas la cerveza del pub de enfrente.

– Vale. Un Jack Daniels.

Se sentó en una silla rota y observó a los chicos, que circulaban entre el bar y los servicios.

No sabía qué hacer. No podía volver a casa por si Riaz o los otros le necesitaban; y estaba desesperado por ver a Deedee. No le gustaría verlo en aquel estado; siempre la hacía enfadar. Ya se le debía de haber acabado la paciencia.

Cuando fue por otra copa, uno de los chicos de la barra le ofreció un paquete de cosméticos sin abrir.

– ¿Quieres una crema antiarrugas para tu novia?

– No le hace falta -replicó-. ¿Dónde la has robado?

– En Boots.

– Estoy buscando al cabrón de Strapper.

El chico se encogió de hombros.

– Strap aparecerá mañana a mediodía. O a lo mejor nos hace el honor esta noche. Es un tipo listo.

– ¿Vale la pena esperar?

– Siempre vale la pena esperar a Strap, ¿no?

Shahid volvió a sentarse y, al cabo de una hora más o menos, le pasaron un canuto de jamaicana. Un chiflado intentó besarle, confundiéndolo con su mujer, y tuvo que rescatarle el camarero, deseoso de practicar su boxeo de pies y puños.

Perdió la noción del tiempo. Varias horas después ayudaron a entrar al objeto de su búsqueda, sujetándolo contra la barra.

Strapper, con la mandíbula temblorosa, movía incesantemente la cabeza. Sólo era capaz de articular una pregunta: por qué todo estaba «desintegrándose, coño».

– Porque se está desintegrando -le explicó uno de sus colegas.

– Ah, sí -repuso Strapper-. Se me había olvidado.

Shahid fue a buscarle una cerveza al pub de enfrente. Cuando volvió, Strapper estaba tumbado en unos asientos. Shahid se inclinó sobre él como un médico que hiciera una pregunta indispensable a un paciente e intentó hacerse oír, con la esperanza de que se abriera un espacio en su mente llena de droga. Cuando al fin el caos se disipó durante unos segundos, Shahid le explicó lo que quería saber.

– Sí, bueno, hay un montón de cabrones tras los huevos de tu hermano -contestó Strapper-. Y no les falta razón, tío.

– Por favor, Strapper, me dijiste que los blancos son egoístas. Necesito tu ayuda. Creí que querías al pueblo asiático.

– Cuando andan jodiendo por ahí a la occidental, no. Ahora todos queréis ser como nosotros. Es un cambio pernicioso.

– Te compraré mierda, después. Tengo dinero.

Strapper casi abrió los ojos.

– ¿Cómo has dicho?

– Necesito saber si podemos encontrarlo.

– ¿A quién?

– A Chili. Tengo dinero.

– ¿Dónde?

Shahid se lo mostró.

– Joder, alguien de tu familia tiene dinero de verdad.

Shahid le ayudó a ponerse en pie y echaron a andar. Strapper, que parecía haberse recobrado, iba como nuevo, casi contoneándose, escupiendo y maldiciendo.

– Por aquí.

Se habían alejado unas cuantas calles. Strapper se desvió bruscamente hacia el Fallen Angel, con Shahid pegado a sus talones. En la puerta, Strapper extendió la mano.

– Dame dinero.

– ¿Qué?

– Venga, tío, dame. ¿No quieres acabar bien la noche?

Después de la transacción, Shahid esperaba, con cierto optimismo, ver a su hermano en la barra del Fallen Angel. En cambio, Strapper siguió a un camello a los servicios. Luego tomó una copa con él, dejando a Shahid sentado al otro extremo del pub antes de que el dueño reconociera a Strapper y los echara a la calle entre muchas amenazas y casi algún puñetazo.

Con Strapper cada vez más animado, por lo que fuese, a medida que recorrían los pubs, pronto se pusieron en marcha. Caminaron entre infectos bloques de viviendas municipales y callejones mal alumbrados, subieron parques y bajaron junto a la línea del metro, por donde sólo suicidas y «artistas de la pintada» se atrevían a ir. Momentos después llegaron a un barrio residencial, donde pararon en una farmacia. Allí Shahid, obedeciendo instrucciones, compró un jarabe para la tos: Strapper lo engulló de un trago, se limpió la boca con la manga y arrojó el frasco a un seto.

Mientras avanzaban por el borde de la acera de lo que Strapper llamaba «antiguo Londinium» -que Shahid no conocía-, Shahid notó que la gente lo miraba de otra manera. Las mujeres aferraban los bolsos y les echaban la cremallera. Los chicos más jóvenes se apartaban. Otros lo saludaban respetuosamente con movimientos de cabeza, como soldados a un oficial. Con algunos, asomados a una ventana o a la puerta de un pub en la acera de enfrente, Strapper intercambiaba un oscuro sistema de señales que empezaba con una interrogación de las cejas, seguida de una expresión grave con participación de los labios, y finalmente rematada con una pregunta formulada con la mano. La respuesta era una mirada primero inquisitiva y luego afirmativa o negativa, confirmada por una sonrisa y un gesto de adiós o por un mensaje enviado con el dedo y otro gesto de la mano, que indicaba: «Te veré luego con el material.»

Algo debió dar a Strapper ganas de hablar. Mientras seguían caminando, hizo a Shahid una amplia exposición de su vida y milagros con las drogas, empezando con los deslumbrantes éxtasis que había tenido recientemente, su color, si eran galletas o discos, cómo se fabricaban, importaban y comercializaban, aunque no podía ser muy explícito en esto último por motivos de seguridad. Comentó la calidad del colocón que se obtenía tomando dos, cuatro o seis a la vez -Strapper había llegado a diez (estaba orgulloso de que, pese a sus esfuerzos, no había logrado minar su organismo)-, las saludables ventajas de escalonar o incluso limitar las dosis y el efecto que producían mezcladas con alcohol, hierba, hash, coca o diversas combinaciones de todo eso en distintos momentos del tripi; el éxtasis malo o «marrón», lo abominable que era, sobre todo si uno se desmadraba demasiado bailando: la gente se quemaba, lo había visto con sus propios ojos en Liverpool, vacilones hechos mierda, y otros, horteras de fin de semana por lo general, que se pasaban y se ahogaban en su propio vómito como en Spinal Tap.

Las fiestas a las que había ido el año anterior en almacenes y al aire libre, el «verano de amor»: así era como había conocido Gran Bretaña, caminando, a dedo, durmiendo en el suelo, mezclándose con los viajeros, viviendo en tiendas de campaña. Las aventuras corridas al saltar una verja y meterse en un espacio que contenía tres mil personas prácticamente desnudas, gente importante, bailando como una sola sin violencia, el nuevo sueño del ácido, aún vivo, todavía. El espíritu y la generosidad de algunos que conoció en ese ambiente que, ridiculizados y marginados por la sociedad convencional, le acogerían en sus casas en aquel mismo momento, sin preguntas, compartiendo todo lo que tuvieran, porque se entendían entre sí como si hubieran combatido juntos; había sido amor colectivo y unidad espiritual. Aventuras en varios centros de rehabilitación por toda la ciudad y cuántas veces se había fugado o lo habían echado a patadas por tomar drogas o follar en el sótano del centro.

Y un relato de cómo, los sábados por la noche, los parroquianos del Morlock solían apretujarse en unos taxis para salir escapados al campo, donde buscaban un lugar apartado con buenas vistas, hacían una fogata y se quedaban hasta la mañana siguiente, tripeando, charlando, bailando alrededor del fuego.

– La próxima vez tienes que venir con nosotros -le invitó.

– ¿Podré?

– Eres bienvenido, tío.

Las drogas, la intensidad e intimidad que creaban constituían el elemento de Strapper y su ámbito de especialización. Mientras narraba sus aventuras de delincuente, dando la impresión de que escudriñaba atentamente los momentos de su despreocupada vida en busca de algún hecho disoluto para aprovechar la ocasión y explotarlo, Shahid envidiaba la vida de Strapper, sin responsabilidades, sin mañana, disfrutando del placer y del dinero tal como iba y venía, siguiendo adelante. Pero al mismo tiempo, pese a cierto grado de inocencia interior, Strapper transmitía un efluvio tan inconfundible de transgresión, superchería y delincuencia que Shahid temía a cada paso que la policía los detuviese sólo por sus andares insolentes. Como mínimo, habría sido imposible que los atendiesen en ningún restaurante. Estaba claro que, siendo Strapper, había muchos sitios a los que no se podía ir. Aquella noche, sin embargo, Shahid podría estar metido en su piel y soportarlo. Pero Strapper siempre tenía que ser fiel a sí mismo, probablemente, y cuando hicieron la siguiente parada, esta vez en una tienda asiática situada en una esquina, donde se llenó los bolsillos de caramelos, patatas fritas, chocolatinas, y donde pudo verle de nuevo el rostro bajo las luces de neón, Shahid tuvo la certeza de que no quería ser como él.

Londres se entremezclaba de forma incesante. A su alrededor, Strapper veía a chicos de su edad con trajes de Armani, Boss, Woodhouse. Miraba a la calzada y veía amplios BMW, Mercedes dorados y Saab turbo descapotables y de color turquesa. Veía mansiones de cinco pisos, cerradas a cal y canto, con dueños de treinta y tantos años, niñeras, asistentas, contratistas de obras. Nada de eso sería suyo, jamás. Y no había nada que hacer. No tenía sentido.

Chili había prometido a Strapper un camino a la prosperidad, diciéndole que conocía a grandes traficantes, importadores, gente de dinero. El cínico Strapper, que con cierto orgullo vivía esa vida pero conocía otras, considerándola inútil y consciente de que su único futuro era la adversidad, se lo creyó. Chili debió de haberle animado de verdad, inyectándole una dosis de esperanza, esa engañosa sustancia cuyos efectos, a diferencia de las otras drogas, no se le pasaban.

– Cuando conocí a Chili-Willy, me llevó en su elegante coche a un montón de pisos de postín, llenos de tías buenas, impresionándome -contó Strapper a Shahid-. Iba tirando el dinero. Me dijo que le había caído simpático. Yo quería vender a lo grande y el tío me dijo que podía ayudarle porque yo sabía cómo funcionaba la calle.

– ¿Qué quería hacer?

– No hacía más que decir que Inglaterra era demasiado pequeña para él; para su cabeza, en todo caso. Estaba deseando largarse a Estados Unidos. El cabrón me aseguró que podíamos ganar dinero y marcharnos juntos.

– Pero ¿dónde está esta noche? -Shahid estaba perdiendo la paciencia-. ¿Queda lejos?

– No sé. ¡Me estoy hartando de buscar al hijoputa ese!

Shahid cogió a Strapper de la chaqueta y lo zarandeó.

– ¡No! ¡Si no lo encontramos pronto esta noche te vas a enterar!

Para sorpresa de Shahid, Strapper se asustó. Quizá pensara que toda la familia era violenta.

– Muy bien, de acuerdo. Pero ¿y si los otros le encuentran antes? Entonces nos estarán esperando.

– ¿De qué estás hablando? -inquirió Shahid-. ¿Quiénes?

– No sabes nada, ¿verdad?

Siguieron caminando un trecho.

– Por aquí, paqui.

Cruzaron una puerta y pasaron a un jardín lleno de piezas oxidadas de coches y frigoríficos viejos. Llegaron a la parte de atrás de una casa medio en ruinas con las ventanas tapiadas con ladrillos; dentro, en lugar de puertas había cortinas oscuras.

– ¡Chili! -llamó Shahid.

Escucharon.

– ¡Chili!

En alguna parte de la maloliente penumbra Shahid reconoció el inconfundible gruñido de Chili.

– Entra.

Avanzaron a tientas hasta dar con él. Así que allí era donde había naufragado el sueño de papá.

– Si él pudiera verte -murmuró Shahid.

– Habla más alto -dijo Chili.

En casa tenía un guardarropa lleno de trajes que ocupaba una pared, lino para el verano y lana para el invierno, colocados según el color, colgando como un arco iris. Había abrigos de cachemir, bufandas de Paul Smith, paraguas de Cardin. Sus maletas eran del cuero más fino y poroso. Tenía un cajón lleno de gafas de sol con la marca grabada; un armario rebosante de juguetes electrónicos -calculadoras, consolas de videojuegos, un CD portátil, agendas-, todo en el inevitable color de aquella época, negro mate. En un estante tenía sus colonias, todas de Guerlain y compradas en París.

Chili se había pasado la cuarta parte de su vida delante del espejo, y otra cuarta parte acariciando sus valiosas pertenencias. Shahid tenía prohibido tocar cualquier objeto, aunque alguna vez Chili le llamaba para enseñarle un traje nuevo, que él tenía que alabar sin reservas mientras su hermano lo exhibía pavoneándose. En las fiestas, se abría la chaqueta, riendo, delante de completos desconocidos para enseñarles la etiqueta, los bolsillos de espléndida costura o los preciosos botones. Otra habitación de la casa de papá se había convertido en un gimnasio donde Chili se «reconstruía el cuerpo». En el camino de entrada, Tipoo limpiaba sus coches.

Ahora, a la luz de una simple bombilla que funcionaba con pilas y sentado en un colchón con la espalda apoyada en una pared desconchada, llevaba una camiseta sucia y calcetines de distinto color, uno azul y otro marrón. De los labios le colgaba medio cigarrillo. Guiñaba los ojos. Bebía vodka de una taza sin lavar.

Shahid y Strapper habían pasado por una habitación en la que había varios yonquis tumbados en el suelo. Entre ellos había una negra desnuda, pero nadie hacía caso. Shahid no tenía idea de a qué parte de la ciudad lo había conducido Strapper.

– Será mejor que hablemos -anunció Shahid.

Chili cerró los ojos.

Shahid se tumbó junto a su hermano, que no dejaba de pasarse la lengua por los resecos y cuarteados labios.

– Por eso he venido a buscarte, Chili, para hablar de algunas cosas.

– ¿Sí?

Pero Shahid se sintió repentinamente cansado; no tenía ganas de moverse más aquella noche. Descansaría un poco para recobrar las fuerzas.

Al otro lado de la habitación, Strapper se acomodó con la navaja, el encendedor y la bolsita de droga para hacer un porro. Le daba igual dónde se encontrase, en todas partes parecía estar a gusto, como si no pudiera distinguir entre el espacio propio y el ajeno.

Shahid se quedó dormido.

Se despertó. No podía haber pasado mucho tiempo. De pronto se incorporó y dijo:

– Por favor.

– ¿Por favor? -Chili despeinó a su hermano-. Te hablaré, te diré lo que sea, pero sin un estimulante soy hombre muerto.

– No me vengas con ésas. -Strapper esbozó una tortuosa sonrisa y mostró un sobre-. Porque ya te he surtido.

– ¡Surtido! -Chili se puso prácticamente en posición de firmes-. ¡Qué bien dicho! ¡Excelente, míster Strapper!

El elogio de Chili le animó; a Strapper le encantaba complacer a su antiguo amigo.

– Sí, supongo que sí. Pero sólo queda un poco. Y después…, ya sabes.

– ¿Qué?

– Tiene que ser crack.

Chili miró a Shahid, hizo a Strapper un imperceptible movimiento de cabeza y dijo:

– El caso es que son malos tiempos, Strap, tengo que reconocerlo. Ya sabes que, provisionalmente, me han suspendido la puñetera paga.

– Me dijiste que tu parienta está forrada.

– No me tiene mucho cariño, en estos momentos. No sé por qué. ¿Te he dicho que tiene una fuerza física considerable?

– ¿Por qué no te pones a trabajar otra vez? -le sugirió Shahid.

– ¿Trabajar? ¿Para qué coño?

– Sólo es una sugerencia.

– Pues métetela donde te quepa.

Strapper reía entre dientes.

– Los viajes son un gran negocio -dijo Shahid con todo el entusiasmo que pudo-. Eso decía papá.

– A mí me gusta viajar de vez en cuando -convino Strapper-. La gente siempre necesita evadirse.

Chili cortó tres rayas y aspiró una.

– A mí me lo vas a decir. Se tumban al sol, follan, arman ruido, no aprenden nada de lo que ven y se vuelven a casa. -Se volvió a Strapper-. Quiere que haga eso durante el resto de mi vida.

– Es un empleo, trabajo -insistió Shahid.

Chili inhaló la segunda raya.

– Ahí tienes a nuestros paisanos, los paquis, en sus mugrientas tiendas, secos, sin gracia, con sus hijos gordos y sus feas hijas mirándote, cogiendo el dinero. Aplican unos precios exorbitantes, porque tienen abierto veinticuatro horas. Los nuevos judíos, todo el mundo los odia. Dentro de unos años, los hijos darán una patada en la boca a sus padres. No se conformarán con pasarse la vida en una tienda cutre. -Y, anticipándose a la objeción de Shahid, añadió-: No es que quedarse aquí sea una maravilla, tampoco. Pero… -Chili solía ponerse agresivo cuando le pinchaban mucho-. ¡Vete tú a trabajar allí si tanto te gusta! ¡Te cedo mi puesto! Pero tú tampoco irás. ¡Eres demasiado intelectual, joder! A nuestra generación no le da por sacrificarse. Mira, Strap, fíjate en este idealista -concluyó inhalando la tercera raya y señalando a su hermano-. Es un soñador con grandes esperanzas.

– Como yo -repuso Strapper.

– ¿Tú?

– Sí, tío, yo.

– ¡Lo tuyo no son sueños, sino alucinaciones de drogota! -replicó Chili con una risa entrecortada.

Strapper lanzó un lapo que salpicó el polvo a los pies de Chili.

– ¡Cuidado con lo que dices! ¡Cabrón!

Chili trató de calmarlo.

– Pero hay cosas que Shahid quiere hacer de verdad, que se las cree.

– Sé dibujar un poco -anunció Strapper, buscándose un lápiz en los bolsillos-. ¡Dame un papel!

– ¿Te has fijado en que Shahid tiene temperamento artístico?

Strapper señaló con la navaja a Shahid.

– ¡Lo tiene todo, joder, y pasta también!

– ¿Tienes dinero? -preguntó Chili a Shahid.

– Un poco -contestó Shahid, tratando de olvidarse de Strapper.

– Pues dámelo. ¡Tanto hablar! ¡Por amor de Dios, Shahid, entiéndelo! ¿No somos hermanos?

Shahid no tuvo fuerzas para negarse; vació los bolsillos y se lo dio todo.

Justo en aquel momento Chili alzó la cabeza y Shahid vio que su hermano tenía miedo por primera vez en la vida y que había perdido toda capacidad de resistencia. Acababa de entrar un hombre blanco de mediana edad, corta estatura y vestido con ropa informal, como un empleado de banca en fin de semana, seguido por un individuo más alto, de mala catadura, cuya cabeza se ladeaba y movía como si la columna vertebral no pudiera con ella. A la vista de la pareja, Strapper pareció fundirse con las sombras de la habitación.

– ¿Qué? -dijo el primer hombre, breve y eficaz.

Sin decir palabra, pero con una sonrisa obsequiosa, Chili se inclinó y le entregó el dinero de Shahid. El desconocido lo contó, profirió un bufido de desprecio y dio un paso hacia Chili, que levantó la mano en un gesto defensivo. Sabía lo que tenía que hacer. Sacó las llaves del coche y las soltó en la mano del recién llegado.

– Eso está mejor.

– Depósito a tope, además -informó Chili.

– ¿Cómo?

– Que tiene el depósito lleno.

Los hombres se marcharon. Shahid abrió la boca, pero Chili se llevó un dedo a los labios.

Permanecieron inmóviles, escuchando, temerosos de moverse. Al cabo de unos minutos, Chili cambió de postura e intentó reírse, pero fue un sonido hueco, sin sentido, que casi pareció una queja. Shahid comprendió que se sentía humillado.

Para demostrar que aún podía reaccionar, Chili se puso en pie y se estiró, palmeándose el estómago y flexionando los músculos de los hombros. Luego echó a andar por la habitación y, en broma, dio unos capones a Strapper.

– Ahí dentro hay algo, sí, estoy convencido.

– ¡Por Dios! -gimoteó Strapper-. Esos…

– ¿Qué?

– ¿Se han ido?

– De momento.

– Menos mal. ¡Uf!

– Tranquilo.

– Es fácil decirlo.

– Dame el porro.

– No, tío. Lo necesito. Yo fumo mierda. Y ése también -dijo Strapper, señalando a Shahid.

El muchacho siguió inquieto, rascándose como para quitarse de la piel la ansiedad de los últimos momentos. Shahid volvió la cabeza para mirar al cuarto de al lado, donde sonaba «Electric Ladyland». Chili había recobrado su voz normal. Hablaba de Strapper como si estuviese presentando un monumento a un grupo de turistas.

– Me alegro de que te caiga bien, porque este cabroncete entiende las cosas. Ah, sí. Está metido en la mierda, pero sabe lo que vale, lo que le han hecho y el grado de esperanza que puede asumir, que no es mucho. Por eso tenemos que ayudarle. No nos ocurrirá ninguna desgracia, a menos que lo queramos. -Shahid dirigió a su hermano una mirada de reprobación, pero Chili estaba imparable-. Pero le han hecho daño, prácticamente desde el primer día de su vida. Y no se merece que lo destruyan. ¡Hay que hacer algo por él!

Cuando los ojos de Chili se llenaron de lágrimas, Shahid comprendió que hablaba de Strapper como su padre se hubiese referido a él mismo.

– Basta -dijo Shahid entre sollozos. Temblaba de forma incontrolable-. No sigas, por favor.

– De todos modos -prosiguió Chili, dando al muchacho un último capón inquisitivo-, lee libros. En ese aspecto es mejor que yo. Strapper, ¿cómo se llama ése con el que me diste la lata el otro día?

– La naranja mecánica.

– Eso es -recordó Chili, cortando una pequeña reserva de coca. Sólo con los movimientos se animó-. ¿Lo conoces?

– Puro escapismo -comentó Strapper.

Cogió un rollo de papel pintado y extendió alrededor de un metro en el suelo. Poniéndose de rodillas, empezó a dibujar rápidamente en el dorso del papel, mirando de cuando en cuando a los hermanos. Bajo los dibujos garabateaba palabras ilegibles.

Shahid se cansó pronto de aquello.

– Zulma está harta.

– ¿Cuándo la has visto? -preguntó Chili, alzando la cabeza.

– Está harta de ti.

– ¿Qué más novedades hay?

– Se lleva a Safire a Pakistán.

Hubo una pausa, tras la cual Chili se convirtió en una persona a quien le daba igual todo, que soportaba con indiferencia las vicisitudes de la vida porque una cosa no podía ser peor que otra. Pero, por un momento, una sombra le cruzó el rostro.

Se tumbó y, durante un rato, sólo se incorporó para beber.

– ¿Dónde está tu chica? -dijo al fin-. Llámala y dile que venga. Con ella sí podría hablar. La entiendo, y ella lo sabe. ¿Seguís juntos?

– No sé.

– A propósito, ¿cómo se llama?

– Chili -repuso Shahid-. Creo que si no andas con cuidado, acabarán matándote. Dime qué has hecho, por favor, para que tengas que esconderte.

– No te metas en lo que no te importa.

– Al menos dime lo que piensas hacer.

– Te digo lo mismo.

Shahid se puso en pie y agitó los puños con frustración.

– Chili, hermano, si no tienes nada más que decirme me voy ahora mismo.

– No tengo nada más que decirte.

Shahid miró a Strapper.

– Ya le has oído -dijo el muchacho.

– Hasta luego -dijo Shahid.

– Hermanito… -le llamó Chili.

– ¿Sí?

– No te pierdas.

Shahid salió a tientas de la casa basta encontrar la puerta trasera. Una vez en la calle, se dio cuenta de que no tenía ni idea de dónde se encontraba. Caminó hasta encontrar una estación de metro.

17

– Lo siento, soy un completo imbécil -dijo Shahid-. Lo lamento.

Ella estaba en la puerta, temblando, pálida y ansiosa, mirando a un lado y otro de la calle. Llevaba una camiseta vieja con un jersey deshilachado sobre los hombros y leotardos negros desgarrados. Se había quitado el maquillaje; era la primera vez que la veía con gafas.

Shahid había ido corriendo. Con la respiración agitada, echó a andar hacia atrás, retirándose de la puerta para indicarle que no tenía por qué dejarle entrar.

– ¿Por qué has venido, Shahid? -le preguntó cuando llegó a la verja.

– Necesitaba verte.

– Entonces entra.

– ¿Estás segura?

– No. Pero pasa de todos modos.

Se volvió, dejando la puerta abierta. Él la siguió al piso de arriba.

– Gracias, Deedee, siento todo esto.

Uno de los estudiantes esperaba en el rellano. Shahid le sonrió, cohibido. En el cuarto de Deedee había un olor dulzón, a hierba y perfume. Era ella, desprevenida, en la intimidad de su casa. Había cenado en la cama con la tele puesta. Sobre el edredón había varios libros, un voluminoso diario con una pluma entre las páginas y un secador de pelo. Shahid se sentía ahora más tranquilo, pero era consciente del malestar de Deedee: no le gustaba que la vieran así, pero no quería preocuparse por ello.

– ¿Y bien?

– He tenido que recorrer medio Londres, pero he encontrado a Chili -empezó a decir él-. Strapper sabía dónde estaba. Tengo otro problema, además. Zulma quiere que me ocupe del negocio si Chili se echa del todo a perder.

– ¿De veras?

– No podía creer lo que me estaban diciendo. Pero lo decía en serio. ¿Qué voy a hacer?

Deedee no era joven -Shahid observó la cantidad de venas que tenía en el dorso de la mano-, y había rebasado cierta capacidad de aguante. Había meditado mucho las cosas, guardándolas demasiado tiempo. No iban a descolocarla ahora.

– Creía que habíamos dejado de vernos -dijo de pronto, cerrando la puerta- Por eso no quiero escuchar una palabra más.

– ¿Cómo?

– Ha sido difícil. Pero era un consuelo pensar que esto no podía seguir. Me figuraba que yo era… demasiado para ti, que te abrumaba. Quiero que dejemos lo nuestro.

– Pero ¿por qué?

– Una mujer sensata seguramente se apartaría del amor, sustituyéndolo con una combinación práctica de amistad, arte y relaciones sexuales, ¿no crees?

Él la escuchaba a medias; no podía entenderlo.

– Decía que no sé qué hacer. Chili está escondido, a muchos kilómetros de aquí. Hay gente violenta que le está buscando. Creo que ha hecho algo horrible. No ha querido contármelo, pero lo he adivinado por algo que dijo Strapper. Machacó aun camello y le quitó la droga y el dinero, después de haber cometido otras fechorías. Y ahora hay unos tipos que lo quieren liquidar.

– No se les puede reprochar, ¿verdad?

Estaba claro que no quería saber nada de eso; no iban a confundirla. Shahid suspiró.

– ¿Cómo estás, entonces?

– ¿Te interesa?

– Sí, mientras no tenga que sentarme.

– A mí me gustan casi todas las posturas, soy una persona liberal. O lo era. -Dio un sorbo de café y luego bebió un poco de vino-. La Facultad ha reconocido al fin que habrá despidos. Brownlow incluido.

– Eso está bien.

– ¡No me digas! -Por lo menos se rio-. Así que al volver a casa pensé en el miedo que me daba dejar la universidad. Y en la emoción, también, en otro sentido. Ya sabes que me gusta ser ridículamente positiva, porque en seguida me compadezco de mí misma. -Él le acarició el pelo-. Pero era difícil de encajar. No hay trabajo. Estaría dos años sin empleo. Quizá no podría volver a trabajar en la enseñanza. En cualquier caso, fui al supermercado, volví para ver Brookside y preparé unos pimientos rellenos. Suelo cocinar y cenar mientras veo el telediario, con un libro apoyado y bebiendo vino.

– Me gusta hacer eso.

– La mayoría de las noches me tomo una botella o más, y desde luego me va mejor que a algunos matrimonios que conozco. Mis amigas con hijos envidian mi vida de soltera. Puedo salir a cenar. Echar un polvo con quien quiera. O no. ¿Qué más puede pedir una chica? Pero ya no puedo seguir así. No me apetece estar siempre sola. Me resulta difícil todo ese asunto porque me he creado fantasías…

Shahid se sentó llevándose las manos a la cabeza.

– ¿De qué clase?

– Ésas te las contaré luego.

– Estoy impaciente por oírlas.

– Fantasías de que tú y yo estábamos más tiempo juntos. Sólo que tú no estás seguro de que sea eso lo que quieres, ¿no?

Fue incapaz de contestar. Había tanto en qué pensar, y ella le estaba acosando.

– He perdido la confianza en ti -añadió ella.

– A tomar por culo, Deedee. Me importa un pito. Estoy agotado. Esta noche no estoy para esta clase de discusiones de clase media.

– ¿Quieres que sea franca?

– ¿Por qué no?

– Me han contado una cosa inquietante, que me ha hecho pensar. Y pensar.

– ¿Sobre qué?

– ¿Cómo expresarlo? -Lo miraba atentamente-. Pareces intranquilo, amor. No puedes estarte quieto.

– ¡Deedee, joder, esta noche no soporto ese puñetero sarcasmo! ¿Qué te han contado?

– Que tienes algo que ver con esa berenjena.

– Ya. -Sintió un escalofrío-. ¿Berenjena?

– Sí.

Ella esperó a que confesara.

– Sé lo de la berenjena, Deedee. Es cierto. Y he ido a echarle un vistazo. Por supuesto que sí. No voy a negarlo.

– Dios ha escrito unas palabras en ella, ¿verdad?

– Eso es lo que dicen algunos. Pero son los simples, Deedee. A diferencia de ti, no leen a los filósofos franceses. Hace unos años estaban en sus aldeas, ordeñando vacas y criando gallinas. Tenemos que respetar la fe de los demás; los católicos incluso afirman que beben la sangre de Cristo. Y nadie mete al Papa en la cárcel por canibalismo.

– ¿Es cierto que habéis convencido al Mesías de Goma para exponer esa… revelación en el ayuntamiento?

– Míster Rudder ha declarado públicamente que desea una asociación más estrecha con nuestra comunidad. Si las berenjenas son el objeto de nuestras creencias, habrá que respetarlo. Es nuestra cultura, ¿no?

– ¿Es tu cultura? ¿Es cultura de algún tipo?

– No seas presuntuosa.

– ¿De veras? Te estás engañando a ti mismo. ¿Qué habría dicho tu padre?

Shahid inclinó la cabeza y se mordió el labio.

– ¿Sabes que Rudder es un cínico, un hijoputa integral?

– ¡Somos ciudadanos de tercera, de clase aún más baja que los obreros blancos! -gritó él-. ¡La violencia racista está aumentando! Papá creía que eso se iba a acabar, que nos considerarían como ingleses. ¡No ha sido así! ¡No somos iguales! Pasará como en Estados Unidos. ¡Por mucho que avancemos, siempre estaremos oprimidos!

– Es cierto lo que me contaron. Te tenía por más inteligente.

– Deedee.

Quería que lo abrazase. Se acercó a ella. Deedee lo rodeó con los brazos pero no le besó.

– No me gusta que me critiques tanto.

– Me importa un rábano. Yo he visto muchas cosas, pero esa berenjena se lleva la palma. No voy a respetar a una hortaliza comunicante ni tampoco voy a competir con ella.

– Entiendo por qué te sientes así. Pero sé razonable…

– ¿Qué clase de gente quema libros y lee berenjenas? He oído que los libros estaban en vías de desaparición, pero nunca imaginé que iban a sustituirlos las hortalizas. Posiblemente, los verduleros sustituirán a los libreros. No, te estoy dando un ultimátum.

– ¿Qué estás diciendo, Deedee? ¡Estoy a punto de volverme loco!

– ¿Y quién no? Pero elige entre la berenjena milagrosa y yo.

– Basta.

Estaban sentados al borde de la cama.

– ¿A cuál prefieres?

Él reflexionó.

– No es difícil.

– ¿El nabo?

– Creo que sí.

– Eso esperaba.

– ¿De verdad?

– Está bien, chéri. Con tal de saberlo.

– Dame un beso de despedida.

– Ha sido una época maravillosa, a ratos.

– Sí. -Shahid le devolvió el beso-. Dame la lengua.

– Quítate la camisa. -Ella le mordió el labio-. Me encanta esa piel de café con leche. Déjame verla por última vez.

– Quítamela tú. Me gusta.

– No sé si podré -advirtió ella-. Me tiemblan las manos.

– Sí, te tiemblan. Pero quítate la camiseta.

– Ayúdame.

– Ya está. Ahora, túmbate. Eres preciosa.

– Gracias. Tócame…, por favor.

– ¿Así?

– Ay, sí, por Dios, exactamente así. Retuércelo, tira…, pellízcalo. Santo cielo. Y el otro también. ¡Aah!

– ¿Demasiado fuerte?

– Todavía no. Con la boca. Eso me calmará. Ponme la otra mano en el culo. Clava las uñas.

– ¿Vale?

– ¡Sí! ¿Te has olvidado de que me debes una buena lamida?

– ¿En serio? -preguntó él.

– Media hora, por lo menos, lo prometiste.

– ¿Media hora?

Ella cerró los ojos.

– Hazlo.

Él empezó a cumplir su deseo, pero se incorporó de pronto para mirarla.

– ¿Qué pasa, Deedee?

Le temblaban las mejillas; se le estiraban las comisuras de los labios, se le ensanchaban las aletas de la nariz. Instintivamente, se cubrió la cara con las manos.

– ¡Deedee!

La risa le estalló en la garganta, una cascada de júbilo. Él soltó a su vez una risita entrecortada, arrancándole a ella otra carcajada. Cada vez que se miraban, y antes de que cualquiera de ellos llegase a decir «berenjena», rodaban por la cama abrazándose por miedo a caerse. Les corrían lágrimas por las mejillas. Se palmeaban el uno al otro y daban patadas al aire como criaturas. Él sólo pudo evitar los aullidos mordiéndole en el brazo. Ella intentó callarle poniéndole una almohada en la boca.

Al cabo, ella se levantó y fue al baño a lavarse con agua fría.

Aquella noche, Shahid no iría a ninguna otra parte. Ya había hecho bastante por aquel día. Se desnudó satisfecho, tirando la ropa como un adolescente, y se metió bajo el edredón lo más deprisa que pudo, aspirando su olor entre las sábanas.

Deedee volvió, apagó la luz y se acostó a su lado. Con las cabezas juntas, de cuando en cuando siguieron riendo entre dientes, soltando risitas ahogadas, pero afortunadamente la hilaridad iba cediendo el paso a las sensaciones físicas. Para eso estaba la sexualidad. Ya podía ella quedarse tumbada con las piernas abiertas, las manos en la nuca, moviéndose únicamente para cogerle la mano e indicarle una acción concreta sobre un sitio determinado. Él no necesitaba instrucciones, sin embargo, pues quería explorar sensaciones y acariciar y frotar donde a él le apetecía, a su propio ritmo. Su coño le iba resultando familiar; quería deambular por él como si fuera suyo; no se imaginaba que se pudiera tener una relación tan personal, tan propia, con una vagina.

– Dame tu berenjena. Rellena mi agujero en forma de polla -pidió ella-. Plántala en mi tierra y deja que te la consagre con mis aguas benditas.

Ella soltó otra risotada, incapaz de contenerse, y los músculos de su coño empezaron a contraerse y relajarse alternativamente; él tuvo la sensación de haber metido la berenjena en una concertina.

– Oye, esto es vida.

– Exacto -convino ella-. No podrías tener más razón.

18

A la mañana siguiente, tratando de evitar a los inquilinos de Deedee, Shahid cruzó el vestíbulo con cautela. Pero la puerta de la calle se abrió de golpe y apareció Brownlow como una tromba, escupiendo migas de croissant.

– ¡Hola, Tariq! ¿Tenemos la suerte de que nos hayas alquilado una habitación?

– ¿Cómo? Pues… no.

– ¿Qué haces aquí, entonces? -Brownlow lanzó a Shahid una mirada perpleja antes de añadir, sombríamente-: Ah, ya entiendo. Te estás tirando a mi mujer.

– Y que lo diga.

– ¿Va en serio?

– Bastante.

– Hay que joderse.

Shahid miró sorprendido a Brownlow; profesor de inglés y la palabra que más utilizaba era joder.

– A mí también me interesaban esas cosas, por supuesto -prosiguió Brownlow-. Cuando era más joven. Pero suponía que tu religión era muy estricta en esa cuestión. Debo haber interpretado mal el Corán. A lo mejor podrías enmendar mis errores en la materia algún día. O si no, consultaré a Riaz esta tarde.

– Buena idea.

– ¿Vas a la Facultad?

– Sí.

– Espera unos minutos y nos haremos compañía. Charlaremos. Pillaremos un croissant.

Brownlow tropezó en el primer escalón, recobró el equilibrio y subió a saltos la escalera.

Shahid seguía esperando cuando Deedee apareció en pijama. Tenía la expresión vidriosa del sueño.

Shahid la besó en los ojos. Ella se acurrucó contra él.

– Así que se ha descubierto todo.

– Sí. Te veré en la Facultad.

– Eso espero. ¿Shahid?

– ¿Sí?

– Dame otro beso.

Tenía que apretar el paso para mantenerse a la altura de Brownlow, que gritaba:

– Mis más sinceros parabienes.

– Muchas gracias -repuso Shahid, temeroso de preguntar qué había hecho para merecer ese homenaje.

– Estuve en Cambridge a finales de los sesenta, ¿sabes?

– ¿Los mejores años?

– Ni mucho menos. Pero tomé parte en la rebelión. Sartre era mi dios. -Miró a Shahid, como temiendo tratarle con aire condescendiente por mencionar a alguien que no conocía-. Y Fanon, desde luego, por quien Deedee siente a veces cierto interés. Los estudiantes constituían entonces una fuerza unida; eso era cuando la educación humanística contaba para algo. Recuerdo que pensaba: hemos derribado la barrera, han caído los muros del miedo y la sumisión, ya no tenemos que rebajarnos ante los dioses de la autoridad. Podemos sentar las bases de una historia más sensual.

Brownlow se detuvo, agitó el puño y empezó a mover las caderas mientras entonaba frente al gentío de la hora punta:

– Lyndon B. Johnson, LBJ, ¿a cuántos niños has quemado hoy? LBJ, LBJ, ¿a cuántos niños has quemado hoy? -Miró frenéticamente a Shahid y estuvo a punto de rodearle con el brazo, pero se contuvo-. ¿Lo has oído alguna vez?

– Hasta ahora, no.

– Lamento decirlo, pero me resulta increíble que haya jóvenes que nunca han experimentado esa impetuosa libertad. ¡Pero vosotros, Riaz, Chad y también las mujeres, en la época más reaccionaria desde la posguerra, lo estáis haciendo, no estáis aislados del pueblo ni os han intimidado! ¡Sois los modernos, la grandeza y la dignidad está de vuestra parte, ya lo creo!

– Pero en los sesenta -argüyó Shahid-, ya sabe, en aquella efervescencia social, no les gustaba la censura, ¿verdad?

– ¡Con la fuerza de nuestro aliento abríamos todas las puertas, las arrancábamos de sus goznes, mandábamos sus casas por los aires!

– Qué época tan alentadora -comentó Shahid-. Pero hace poco, Deedee, miss Osgood, quiero decir, mencionó una frase que repetían entonces. Y todavía la sostiene: «La imaginación al poder.»

– Debió aprenderla de algún amigo nuestro -repuso Brownlow con impaciencia.

– Entonces, ¿está a favor de censurar a ese escritor?

Brownlow dejó caer los brazos y pestañeó.

– Ya veo adónde quieres ir a parar. Ojalá…, ojalá sólo fuese una cuestión literaria. Pero no creerás que los liberales, que no hacen sino acalorarse con discursos pretenciosos, luchan por la libertad de expresión, ¿verdad?

– Yo creo…

– Sólo apoyan a su miserable clase. ¿Cuándo les habéis importado algo vosotros, los trabajadores asiáticos y vuestra lucha? En vuestro país nadie os coloniza, ni os humilla, ni os insulta. Y los liberales, que siempre han sido gente de lo más débil y complaciente, se cagan por la pata abajo porque sois una amenaza para su poder. El liberalismo no puede sobrevivir a esas fuerzas. Y si te encuentras con alguno, no olvides decirle que muy pronto se le van a prender fuego los pantalones.

– ¿A qué se refiere?

– Ya sabes a lo que me refiero -afirmó Brownlow con una estrepitosa carcajada. Torció bruscamente frente a los guardias de seguridad y le hizo el signo de la paz-. Ciao.

Aquella mañana, Shahid trabajó en la biblioteca lo más tranquilamente que pudo. No quería marcharse, tenía un presentimiento de lo que le esperaba fuera; pero era ridículo; estudiaba en la Facultad, no podía ocultarse.

A la hora del almuerzo fue a la cafetería y no vio a nadie conocido. Volvía a su pupitre, deseando pasar la tarde leyendo, cuando se cruzó con Hat y Sadiq, que iban discutiendo acaloradamente. Instintivamente trató de mezclarse con la multitud que se dirigía a las aulas. Pero Hat le había visto y, aunque Shahid mantuvo la cabeza agachada, se abrió paso entre la gente, gritando:

– Oye, yaar, adivina lo que ha hecho esa tía! Ahora mismo. Sadiq no se lo puede creer. Chad se va a subir por las paredes.

– ¿Qué estáis tramando?

Hat se ofendió.

– Vamos, hombre, no te pongas así, la cosa está empezando. -En señal de amistad lo tomó del brazo-. ¿Dónde estuviste anoche?

– Estuve ocupado…

– ¿Con qué? Te perdiste la reunión. Sin tus curiosos comentarios, no fue tan entretenida, hermano.

– Cuéntaselo, Hat, yaar -Sadiq no podía contenerse.

– Muy bien, vale -dijo Hat, dirigiéndose a Shahid, aun cuando éste trataba de alejarse-. Esa mujer, esta mañana, miss Osgood. Cogió el libro. ¿Y sabes lo que dijo, agitándolo como si fuera una compresa? Dijo: esto es literatura, el tema que vamos a tratar en la clase de hoy…, Orwell y todo eso. Hay amenazas, la libertad se derrumba.

– ¿Y qué pasó, entonces?

– Hay una siria y una hermana iraquí, y un paquistaní…

– Era yo, idiota-intervino Sadiq.

– Ah, sí. Se molestaron de que les restregaran la mierda en la cara. «¿Alguna idea?», pregunta ella, paseándose como una dictadora. «¿Alguna idea?» «Yo le daré una idea, profesora», digo yo. «Guarde ese libro antes de que… antes de que yo… Ya sabe lo que le digo, ¿verdad, miss Deedee Osgood?»

– ¿Por qué dijiste eso, Hat?

– Oye, ¿y por qué no? ¿Qué te pasa? Le digo claramente que nuestros padres pagan impuestos, que aquí deben enseñarse la erudición y las brillantes ideas británicas, que son la envidia del mundo, y no tacos.

– ¿Y qué dijo ella?

– Siguió con lo suyo. «Estamos en un aula. Debe haber comentarios, debate, discusión.»

– Insistió, entonces.

– Hasta que empecé a dar puñetazos en el pupitre, hermano. Y los demás me siguieron, haciendo ruido todos juntos. No me lo esperaba, apenas conozco a esa gente.

– Aparte de mí -le recordó Sadiq.

– ¿Cómo reaccionó? -quiso saber Shahid.

– Cerró la boca en el acto. Democracia en acción. Protesta estudiantil a tope. Se lo he contado a Brownlow y me ha dicho que tienen que escucharnos. Nuestras voces sofocadas por gente como Osgood, con mentalidad colonialista… Para ella somos sirvientes, no personas educadas. Así que miss Deedee tuvo que guardar el libro antes de que alguien se lo metiera en…

– ¿Se enfadó?

– ¿Ella? Ahí no acaba la cosa, hombre. ¡Nos vamos a enfadar nosotros!

– ¿Cómo es eso?

– Acabo de pasar frente a la sala de profesores y de allí salía la Osgood con un montón de hojas. Me puso esto en la mano. -Mostró una fotocopia-. Ha establecido un programa, que empezará mañana. Historia de la censura: importancia de la inmoralidad. Platón, los puritanos, Milton. -Miró la hoja con atención-. ¿Cómo se pronuncia esto? Baudelaire, Brecht. En fin, todos esos blancos como se llamen.

– Parece interesante -observó Shahid-. ¿Dónde hay que apuntarse?

– Oye, me hace gracia tu sentido del humor. Pero será mejor que te guardes los chistes, ya sabes lo que quiero decir, por tu propio bien.

Una vez más, Shahid trató de marcharse.

– Hasta luego.

– Vamos por ahí -le indicó Hat, dándole un codazo.

– Tengo que recoger los libros.

– ¡Demasiado tarde para libros! ¡Legión Extranjera a tope!

– ¡A tope! -coreó Sadiq.

Shahid nunca había visto al grupo tan excitado, con una emoción tan contenida y resuelta.

Chad y los demás estaban reunidos en un aula vacía montando panfletos en varios idiomas. Pero mientras observaba la seguridad con que Riaz daba instrucciones bien calculadas, Shahid se sintió primero confuso y luego desalentado al comprobar que el dirigente llevaba la ropa que le había prestado el día que se conocieron. Bajo la chaqueta, Riaz llevaba la camisa roja de Paul Smith, los vaqueros verdes desteñidos y los calcetines de topos de Chili.

– Chad -dijo Hat-. Echa una ojeada a este panfleto de Deedee Osgood, yaar, es dinamita.

Chad lo miró por encima.

– Yo la dinamitaré después, hermano, no te preocupes. -Se volvió hacia Shahid, que se dirigía a la puerta-. ¿Adónde vas?

– A la biblioteca.

Chad se balanceaba sobre la punta de los pies, como preparándose para echar a correr.

– No seas capullo, vamos a quemar esa aburrida mariconada. -Llevó a Shahid aparte-. Tu tarea consiste en buscar un palo largo…

– ¿Un palo?

– ¿Un palo? -le imitó Chad-. Sí, un palo de escoba.

– ¡Estás loco, hombre, si crees que vas a empezar a pegar a la gente!

– ¡Imbécil! Colgaremos esa basura y la quemaremos para que todo el mundo contemple nuestra protesta y grite hasta quedarse ronco. Y trae cuerda también. ¡Vamos!

– Chad, yo…

– Toma dinero…, ¡y tráeme la vuelta! -Con una palmada, le dejó en la mano un billete de cinco libras-. ¿A qué esperas, a que te metamos un poco de prisa?

– Ese hombre, haya hecho lo que haya hecho, estoy seguro de que no nos ha escupido ni negado el trabajo -dijo Shahid, dándose la vuelta-. Nunca te ha llamado basura paquistaní, ¿verdad?

El rostro de Chad se puso de color arcilla. Dio una patada en el suelo y, de un tirón, hizo volverse a Shahid.

– ¿Cuántas veces tengo que repetirte que ese hijoputa nos ha restregado la mierda por la cara?

– Quiero seguir discutiendo con el hermano Riaz -insistió Shahid, dando un paso hacia él.

– No empieces. ¡Estábamos discutiéndolo y te largaste con aquella azafata! El hermano Riaz está más enfadado que nunca contigo. ¿Qué hay de ese trabajo de máquina que te encargamos?

– Lo siento por ti, Chad. Sin él no eres nada.

– Estoy de acuerdo contigo.

– Sí, un perro sin amo.

– Conque un perro, ¿eh?

Chad lo atenazó prácticamente con los brazos, tirándole de las muñecas hacia abajo, de manera que Shahid, obligado a inclinarse hacia adelante, forcejeó por mantenerse erguido.

– Un perro sarnoso.

– Al menos…, por lo menos reconozco que hace falta un amo. No soy lo bastante arrogante para pretender que puedo hacerlo todo. ¿He hecho yo el mundo? -Empezó a hundir el dedo por debajo de la tráquea de Shahid, como si quisiera clavárselo-. Pero sí sé que, a diferencia de ti, no soy un cobarde.

– Chad…

– ¡Porque tú siempres estás hablando pero nunca actúas! ¿Y sabes por qué? ¡Porque has tenido una vida fácil! ¡Esas chorradas que me contaste el primer día no eran más que para hacerte el interesante! Ah, sí, sé lo mentiroso que eres. ¡Se tomarán medidas!

Shahid recordaba la forma en que Chili se reía echando la cabeza atrás cuando alguien le insultaba, como si la idea de que le dieran un puñetazo fuese divertida. De todas formas, Chili sabía kárate y no solían pegarle. Con todo, Shahid dedicó su más amable sonrisa a la lisa y ancha cara de Chad.

Chad lo agarró por la pechera de la camisa, lo atrajo hacia sí y lo lanzó hacia la puerta. Shahid salió de la Facultad; no de buena gana, pero al menos estaría lejos de ellos. Tendría tiempo para pensar.

Iba caminando, presa de agitación, sin preocuparse de la dirección que tomaba, cuando Tahira lo alcanzó a la carrera. El pañuelo se le había caído de la cabeza; mechones de pelo le quebraban el óvalo de la cara, que restableció con todo cuidado.

– He visto lo que ha pasado, Shahid. Chss. -Le puso un dedo en los labios-. No te sientas humillado, pero recuerda, esto sólo es una etapa del camino. Te estás comportando como si fuese todo el viaje. -Quería decirle algo más, pero le resultaba difícil-. Desde el principio… me gustas.

– ¿Que te gusto?

– ¿De qué te sorprendes? Eres más tolerante que los demás. Pero ¿por qué estás siempre pensando en otra cosa?

– En los estudios.

Ella le lanzó una mirada traviesa.

– ¿O es en otra persona? -Hubo una pausa. Ella esperaba, pero Shahid fue prudente y no contestó-. Me pregunto quién será. Déjame adivinar. Creo que es… -Él echó a andar-. No te vayas, por favor. Nos han encargado algo. ¡Shahid!

Ella lo condujo bruscamente a una ferretería, donde compraron una escoba y un rollo de cuerda. Fuera, Shahid trató de que le cogiera las compras, diciendo:

– Lleva esto al hermano Riaz.

Tahira no lo consintió; sabía lo que pretendía hacer. Le hizo volver rápidamente a la Facultad.

– No es momento de abandonar. Tenemos que creer en algo y defenderlo; de otro modo, nos vencerán.

Era antes del almuerzo en un día normal y corriente; las clases estaban llenas. Pronto se congregaría todo el mundo en el patio. Y allí estaba él, guardando la llama con el hermano Riaz, Chad y los demás. ¡Estupendo!

Ahora quería colaborar/entregarse al amargo nihilismo, la destrucción y el odio. Le encantaría que la locura le recorriese el cuerpo, como si asistiera a un desmadre de adolescentes en Kent.

Vio de pronto a un guardia de seguridad que bajaba por las escaleras. Seguro que adivinaría su sentimiento de culpa. Dando por sentado que la escoba era un arma, le pararía para interrogarlo antes de llevárselo. Lo expulsarían de la universidad. Por la tarde estaría en el tren, en compañía de sus maletas. Aquella noche se sentaría junto a su madre mientras Tipoo le traía el té, convertido ya en el «cabeza de familia».

Ocultó la cuerda en la chaqueta y se puso a barrer.

– Pero ¿qué haces? -exclamó Tahira-. ¡Shahid!

Ya no distinguía entre la cordura y la demencia, la injusticia de la razón, el bien del mal. ¿Por dónde empezar? Por ahí no se iba a ningún sitio. Pero ¿por dónde, entonces? ¿Quién sabía? ¿Cómo se les haría justicia? Todo estaba en marcha; nada podía detenerse, el mundo era un torbellino, las brújulas giraban aturdidas. En su mente, la historia se sumía en el caos y él caía dando tumbos por el espacio. ¿Dónde aterrizaría? Si el guardia le preguntaba cuántas eran dos y dos, ¿qué le contestaría?

Con la mayor calma de que era capaz, pero sin saber lo que hacía, limpió el suelo con la escoba.

Cuando el guardia de seguridad pasó de largo, Shahid, perseguido por Tahira, se dirigió a la parte trasera del edificio, hacia el patio, donde iba a celebrarse la manifestación. Por el camino, quería volver a ver a Deedee.

Pasaron frente a la caseta donde enseñaba a «sus chicas», alumnas negras que estudiaban moda. Una de ellas, un tanto cohibida, estaba subida en una silla. Las demás aplaudían entre risitas nerviosas. Deedee también reía, señalando los zapatos de la chica. ¡Qué vitalidad tenía; cómo disfrutaba la gente en sus clases!

Shahid cerró los ojos y siguió andando.

– ¿Qué ocurre? -inquirió Deedee a su espalda, empujándolo detrás de la caseta-. ¿Estás enfermo?

Era un gesto de brusca intimidad, con su rostro suave y su aliento muy cerca de él. Tahira se quedó rezagada, observando.

A Shahid le castañeteaban los dientes. Deedee quería protegerlo, y en aquel momento él no podía agradecérselo más. Ella miró la escoba y la cuerda como si fueran pruebas en un proceso.

– ¿Estás ayudando al conserje o es que vas a montar en esa escoba?

Se le cayó la cuerda y se agachó a recogerla.

– Ha habido un accidente.

– ¿Dónde?

– Se ha roto algo. Tengo que arreglarlo.

– ¡Dime la verdad! ¿Para qué es la cuerda?

Él le apartó las manos.

– ¡Déjame en paz!

– Sabes que te quiero. ¿Sientes algo parecido por mí?

– ¿De dónde sacas esa idea? Tengo que irme ya.

– ¿Qué estabas haciendo? -le preguntó Tahira, cuando él logró desprenderse de Deedee y seguir su camino.

– Me está corrigiendo un ejercicio.

– Esa mujer es muy mala.

– ¿En qué sentido?

– Riaz tiene pruebas de que sus familiares son nudistas.

– No sabía que fuesen tan interesantes.

– ¿Te gusta ser cínico, Shahid?

– Pensándolo bien…

– ¿Qué?

– Me parece que sí.

Ella lo miraba fascinada.

Shahid tendió a Chad la escoba y la cuerda.

– Bien, muy bien -aprobó Chad, lanzando una mirada a Tahira-. Eres de lo que no hay. Llévalo tú.

Sadiq había conseguido una lata de gasolina. Hat había llevado unos altavoces de su habitación y un micrófono prestado por la Facultad. Mientras, otros hermanos y hermanas distribuían panfletos en la cafetería, en las escaleras, en la sala de descanso, después de situarse a la salida de las últimas clases de la mañana.

Shahid, Sadiq y otros cuantos salieron al patio de la Facultad, un recinto cerrado y tan severamente asfaltado como el recreo de un colegio, donde los alumnos jugaban al baloncesto. Riaz lo había escogido para la manifestación.

A la salida de clase los estudiantes empezaban a congregarse allí. Algunos se subían a pupitres abandonados para ver mejor. En torno al patio se abrían ventanas y se asomaban racimos de cabezas. Se oían vítores y abucheos. Hat hacía pasar a la gente al patio ordenando a grandes voces que no hicieran ruido. Para su sorpresa, Shahid vio que Brownlow ayudaba a Hat. Observó el ambiente festivo, las risas y la despreocupada curiosidad, los chicos evolucionando con los patines.

El patio estaba casi lleno cuando Chad ató el libro al palo de escoba y lo agitó en el aire. Cerca, una pareja no dejaba de besarse en la boca, alzando la vista de vez en cuando -girando la chica el índice sobre la sien-, incluso cuando Hat empapó las páginas con gasolina.

Dos guardias de seguridad se dirigían hacia Chad. Tenían que impedirlo: no podían haberles concedido permiso para aquella manifestación en el recinto de la Facultad. Iban a poner fin al asunto, sin duda. Pero Shahid no deseaba, en aquel momento, que interrumpieran el acto. Desde luego no se habría vuelto de espaldas, asqueado. Quería ver cómo ardía cada página.

Cuando los guardias se acercaban a Chad, Brownlow se dirigió a ellos, extendiendo los brazos en un gesto de calma, y empezó a darles explicaciones. Pero le había vuelto el tartamudeo y los guardias, divertidos, intercambiaron miradas, más interesados en la conducta de aquel profesor que en el acontecimiento mismo, pues al fin y al cabo se desenvolvía pacíficamente. Shahid no ignoraba, sin embargo, que Brownlow se jugaba la carrera participando en la manifestación.

Shahid vio que Deedee había salido del edificio y se había quedado al fondo, con algunas de sus alumnas y admiradoras.

– ¡Dios mío! -gritó, llevándose una mano a la cabeza-. ¡Qué nos está pasando!

Impetuosa y resuelta, se abrió paso a codazos entre el gentío hasta llegar a Brownlow. Estaba lo bastante furiosa como para darle un tortazo, pero la gente la miraba embobada y no habría sido buena idea. Reprendió a su marido, que miró a Riaz, sacudió la cabeza y tartamudeó aún más, haciendo inútiles y espasmódicos gestos con los labios. Deedee se movió en torno a él, buscando algo con que llamar la atención, pero los estudiantes empezaron a reírse de ellos por elegir aquel momento para una disputa «conyugal».

Riaz respiró hondo. Se subió a la caja que había colocado Hat y empuñó el micrófono que le tendía Sadiq. Hasta entonces, esperando a un lado, Riaz había tenido un aspecto insignificante, aturdido incluso, como el que Lenin debió de tener en la Estación de Finlandia cuando por fin llegó el momento de actuar.

– Buenas tardes -dijo para probar, carraspeando.

– ¿Qué vais a hacer con ese libro? -resonó la voz de Deedee.

Riaz pareció estremecerse antes de dirigirse hacia ella a través de las cabezas que se volvían.

– Si me permite, quisiera decir algo.

– Vais a quemarlo, ¿verdad?

Eso era ayudarle. Riaz se dirigió al público.

– Lo explicaré dentro de un momento.

– ¿Entendéis verdaderamente lo que significa eso?

– Perdóneme, pero ¿es que las autoridades van a amordazar a un asiático, impidiéndole expresarse libremente?

– No, no -murmuró la gente.

– Pero ¿por qué no lo leéis primero? -inquirió ella.

– ¡Deja hablar al hermano! -gritó alguien desde una ventana.

– ¡Le toca a él! -convino otra voz entre el público.

– ¡Dilo, hermano!

– ¡Adelante, tío!

– ¡Habla ya!

– ¿Lo ve usted? -dijo Riaz, mientras las voces subían de tono-. ¡Esto es democracia!

– ¡Democracia! -remedó ella.

– ¿Puedo empezar?

– Creo que vosotros…

– ¿Es que los partidarios de la supremacía blanca van a darnos esta tarde lecciones de democracia? ¿O nos permitirán ejercerla, por una vez?

El público se volvió expectante a Deedee, que escrutaba la multitud buscando apoyo. Se encontró con la mirada de Shahid; lo miró fijamente un momento. Esbozó una sonrisa, como para decir: nosotros nos comprendemos, pero en cambio echó a andar con aire abatido.

Unos estudiantes resollaron y empezaron a sisear. Otros rieron disimuladamente. Una voz se abrió paso entre los murmullos de incertidumbre.

– ¡Lárgate, zorra blanca!

– ¡Sí! -gritó otra voz, y otra.

Deedee agitó el puño hacia Riaz y gritó:

– ¡Salvadnos de nuestros salvadores!

Desapareció a toda prisa.

– Gracias -dijo Riaz-. Por fin. Ahora podré empezar.

Riaz utilizó su ironía habitual, haciendo hábiles pausas mientras desarrollaba su argumento típico sobre los crímenes cometidos por los blancos contra negros y asiáticos en nombre de la libertad. Dios, como un viento favorable, estaba de su lado. Shahid recordó cuando Brownlow manifestó su deseo de creer en Dios. En aquel momento lo consideró una afirmación cínica, pero ahora no estaba tan seguro. ¡Qué ventajas podía procurar Dios… en determinadas circunstancias de la vida!

Riaz habló brevemente antes de mirar a Chad y levantar un dedo. Chad ladeó el libro. Las hojas temblaron en la brisa como las alas de un pájaro. Hat les aplicó un mechero. Sadiq y Tahira retrocedieron de un salto. El humo cubrió el volumen antes de ascender en el aire.

La gente gritó y vociferó como si estuviera en una exhibición de fuegos artificiales. Se alzaron puños hacia el libro, convertido en un ramillete de llamas. Y el antiguo Trevor Buss, Mohamed Shahabuddin Alí-Sha, alias Hermano Chad, que lo enarbolaba hacia el cielo, soltó una carcajada de triunfo.

Sadiq empezó a dar vítores; como Hat, Tariq y los demás, con intensa satisfacción. Shahid se había mezclado con la multitud, ni en primera fila ni detrás. Esperaba que sus amigos no le vigilaran. Pero ¿cómo evitar sus ojos? Miró hacia ellos y Hat le vio. Con expresión culpable, como si no disfrutase tanto como debiera, apartó inmediatamente la vista. Quería parecer neutral, pero sabía que era imposible. No es que no sintiera nada, como muchos de los presentes. Más que otra cosa, se sentía avergonzado. No podía sumarse a los demás, pero tampoco apartarse de ellos.

Observando entre la multitud la expresión de Chad, se alegró. ¡No quería que su rostro mostrara alguna vez aquella extática rigidez! Le asombraba la imbecilidad de la manifestación. ¡Qué estrechez de miras, qué poca inteligencia, qué… vergonzoso era todo! Pero ¿acaso era mejor él por carecer de su fervor, por intentar escabullirse? No, peor; por su tibieza. ¡No era lo bastante simple!

– Esto no está bien -dijo a uno que estaba a su lado-. ¿Qué le pasa a nuestra comunidad?

– ¿Qué más te da? -le respondió el estudiante-. No es más que un libro.

Un estremecimiento recorrió los capítulos; páginas chamuscadas remolinearon entre la multitud. Un párrafo tomó la dirección de Kilburn; varios pasajes volaron hacia Westbourne Park; media cubierta se disparó a las alturas.

– ¡Eh! -gritó alguien-. ¡Han llamado a la policía!

La policía no era bien vista en la Facultad: era más probable que estallaran disturbios con su presencia que con la quema de literatura. De inmediato, con expresiones de desprecio, la multitud empezó a dispersarse en todas direcciones. Por lo que fuese, el micrófono se desconectó. Sadiq se precipitó a arreglarlo.

Riaz hizo megáfono con las manos y gritó confusas consignas. Los miembros de su cuadrilla prestaron atención, pero les distrajo una conmoción a la entrada del patio, adónde se dirigió Shahid. Era Deedee. Acababa de salir del edificio con tres policías. Señaló a Riaz y a Chad. Entonces Brownlow se apresuró hacia ellos y empezó a hablarles.

Chad escapó a la calle por una puerta lateral del patio, llevando el socarrado y maloliente libro por encima de la cabeza como un paraguas destrozado y gritando incoherencias en urdu. Riaz se tambaleó en la caja y cayó de costado. Recobró la compostura y se quedó parado, mirando en torno, sin saber qué hacer.

Hat, Sadiq y Shahid recogieron los altavoces y los metieron a toda prisa en el edificio justo cuando los bomberos aparecían por la otra puerta.

Habían quemado el libro. La ceremonia había resultado un poco pobre, pero era lo que querían y ya estaba hecho. Pese a las llamas, no había ocurrido un desastre ni se habían producido víctimas directas. La decana pretendía castigar a los incendiarios de libros, pero Shahid dudaba de que tomara medidas por miedo a exacerbar la situación. Sospechaba desde tiempo atrás del grupo de Riaz pero, temiendo acusaciones de racismo, les había asignado un cuarto para sus oraciones y por lo demás solía evitarlos, incluso cuando ponían carteles sediciosos.

Unos estudiantes iban a la cafetería; otros asistían a clase y frecuentaban la biblioteca. La normalidad se restablecía rápidamente. Las instituciones británicas podían estar podridas, pero existían desde hacía mucho y aún se mantenían en pie; aunque a Shahid le desagradara pensarlo, aquel ataque sin importancia, o incluso docenas de atentados semejantes, no representaba una gran amenaza.

Ahora no podía ir a la biblioteca. Recogió sus cosas, a sabiendas de que debía estar con Deedee. Pero tenía miedo de su zozobra y de su propia capacidad de afrontarla, de que estuviera enfadada con él, de que aquello hubiera sido demasiado y de que se hubiese acabado todo entre los dos.

En la puerta del aula, Deedee había clavado un aviso de que cancelaba sus clases. Shahid supuso que estaría discutiendo la situación en el decanato.

Frente a la Facultad, había una página chamuscada en una alcantarilla. Pero los autobuses circulaban, los puestos de kebab estaban abiertos, la gente empujaba cochecitos de niños y volvía del trabajo a casa. En las escaleras del metro un cura se había agachado a leer la Biblia a un mendigo adolescente que se pasaba el día allí sentado. Ninguna de aquellas personas tenía noticia de que cerca habían quemado un libro. Y a muy pocas, quizá, les habría importado. No obstante, por la mañana había estallado otra bomba en la City: había controles en muchas calles. Sabía que sería un error pensar que todo seguiría igual.

Quería volver a su habitación, cerrar de un portazo, sentarse y coger la pluma; así recobraría la razón. La destrucción de un libro -un libro que era una pregunta- representaba una actitud ante la vida que tenía que considerar.

Estaba subiendo las escaleras cuando, cerca de su piso, oyó voces conocidas. Soltó un taco. Deben de haberse reunido en la habitación de Riaz. Estuvo por volverse. Se iría. Había abandonado el grupo. No es que hubiera tomado una decisión: la alianza había concluido en el momento en que Hat empapó el libro de gasolina. Había aprendido mucho de lo que no le gustaba; ahora se entregaría a la inseguridad. El conocimiento quizá viniese de la ignorancia, y no de la certidumbre. Eso esperaba.

Esperaba, también, que la separación fuese sencilla. O al menos que no hubiese confrontación. No quería exponer sus razones ni tampoco verlos durante una temporada. Al mismo tiempo no deseaba evitar a sus antiguos amigos como si fuese un delincuente o un paria. La vida en la Facultad sería insoportable.

Y no quería que le obligaran a marcharse de la residencia. No podría pasar frente a la habitación de Riaz sin que se dieran cuenta.

Llegó a lo alto de las escaleras y vio que no estaban en la habitación de Riaz. Chad, Hat, Tahira, Sadiq, Tariq y Nina habían abierto su puerta que, desde que la forzó Chili, no cerraba bien.

Permaneció en pie ante su mirada hostil. Guardaron silencio. No había sitio donde sentarse. Hat estaba junto al ordenador, abanicándose con un disquete. Shahid señaló la pantalla.

– ¿Quieres que te eche una mano con eso? Chad se levantó, arrebató el disco a Hat y se lo guardó en el bolsillo. Hat apartó la vista.

– ¡Vamos a verla ahora mismo! -sugirió Sadiq, reanudando la conversación.

Hat miró a Shahid con aire culpable.

– No está en su despacho.

– ¿Lo comprobaste, entonces? -preguntó Chad.

Su respuesta fue casi inaudible.

– Me dijiste que lo hiciera.

– Bien.

Hubo un silencio.

– Una cosa es cierta -dijo Sadiq, al cabo-. Envió contra nosotros al Estado británico.

– Sin ningún escrúpulo -convino Chad-. Está en contra de la autoridad, pero intentó que nos detuvieran. Una hipocresía increíble.

– He averiguado algo que voy a deciros para vuestra información -anunció Sadiq-, Osgood escoge a sus amantes entre los alumnos caribeños y asiáticos. Demostrado. -Tahira y Chad se miraron. Hat asintió gravemente. Sadiq prosiguió-: Hay pruebas. En la Facultad se sabe que se lo monta con dos rastafaris. Por motivos políticos, ahora sólo elige amantes negros o asiáticos.

Tahira se ajustó el pañuelo.

– Nuestro pueblo siempre ha sido un objeto sexual para los blancos. No es raro que detesten nuestra modestia.

– Esa sacerdotisa de la pornografía anima a los hermanos de color a que tomen drogas -continuó Sadiq-. Cuando se la follan, se la oye por medio Londres, como la alarma de un coche. Y al final, suele abortar. ¡Tiene una cuenta de crédito con la clínica!

– Sadiq -le reconvino Tahira-. Te entusiasmas demasiado con esas cosas.

– Pido disculpas. Fijaos en su manera de vestir, con esa ropa tan estrecha, que parece una patata metida en un calcetín.

– Ojalá hubierais estado aquí el año pasado -intervino Chad-. Los posmodernos hicieron renegar de la verdad a una de nuestras chicas. La convencieron de que abandonara a sus amantes padres, que se pusieron en contacto con el hermano Riaz y conmigo. La llevaron a un escondite. Esa pobre gente estaba destrozada. Obligaron a la joven a decir que la religión trata a las mujeres como ciudadanos de segunda clase. Riaz se ocupó personalmente del asunto. La chica fue a una residencia de estudiantes y convino en hablar con sus padres. ¡Hablar! ¿Sabéis dónde estaba? ¡Osgood la había escondido en su casa!

– ¿Esa mujer arrebató una hija a sus padres? -inquirió Tahira.

– ¡Sí! ¿Me atrevería yo a esconder en mi casa a un miembro de la familia Osgood para atiborrarle de propaganda? Si lo hiciera, ¿de que me acusarían? ¡Terrorista! ¡Fanático! ¡Demente! Nunca ganaremos. La idea imperialista no ha muerto.

– ¿Qué le pasó a la chica? -quiso saber Shahid.

– Buena pregunta -contestó Chad-. Porque la asesinaron.

– ¿Sus padres?

– ¿Cómo se te ocurre eso, idiota? No, se suicidó ella, en el Támesis. Eso es lo que pasa cuando las personas no saben lo que son.

– No podemos permitir que vuelva a ocurrir -declaró Tahira-. Vamos a hablar con ella.

– ¡Sí! -exclamó Sadiq.

– El hermano Riaz ha mencionado que, como mínimo, tienen que quitar el puesto a Osgood por sus ataques a las minorías. Y hoy nos ha privado de la libre expresión de nuestras ideas. ¿No es eso censura racista, Shahid?

Shahid bajó la vista.

– ¿Ha hablado alguna vez con nosotros? -inquirió Chad-. ¿Nos ha preguntado por qué no queremos que nos insulten? ¿Ha explicado por qué nuestras ideas siempre son inferiores a las suyas, a pesar de que sermonea con la igualdad a todo el mundo?

– Cree en la igualdad, vale, pero sólo si olvidamos que somos diferentes -añadió Tahira-. Si afirmamos nuestra individualidad, somos inferiores, porque creemos en tonterías.

– ¡Y nos ha vendido al Estado! -insistió Hat.

– Yo jamás hubiera hecho eso -aseguró Chad-. ¡Ni siquiera a mi peor enemigo!

– Vamos a su despacho a dejar las cosas claras -propuso Hat.

– ¡Sí, sí, que nos escuche, que respete nuestra libertad de expresión!

– ¿Qué dices? -preguntó Chad, mirando a Shahid.

– Los de seguridad os detendrán antes de que dirijáis la palabra a Deedee Osgood -advirtió Shahid.

– ¿Cómo lo sabes?

– Os expulsarán, además.

Chad se acercó a él y le dio un manotazo por encima de la cabeza, como si tuviera una avispa en el pelo.

– ¡Yo ya he dejado de estudiar! ¡Seré yo quien los expulse a ellos! ¡No subestimes nuestra fuerza! ¡Si seguimos tus consejos nunca haremos nada, aparte de quedarnos tumbados como gatos panza arriba! No, con mi talento habitual ya he pensado lo que vamos a hacer. Sé dónde vive. Esta noche iremos a su domicilio particular.

– ¿Qué? -dijo Hat.

– Habrá que darle una lección, para que aprenda -explicó Tahira-. ¿No te parece, Shahid?

– Me dan ganas de atizarle con esto -Sadiq extendió el puño-. Para que se acuerde de nosotros.

– Nadie te lo reprocharía. -Chad se dirigió a la puerta-. Riaz nos está esperando en la mezquita. Tenemos que discutir antes de la reunión con míster Rugman Rudder. Está a punto de tomar la decisión sobre lo del ayuntamiento.

Shahid se preguntó si le pedirían que fuese con ellos. Pero Chad sólo se palmeó el bolsillo.

– Gracias por el disco.

– ¿Cuál te llevas?

– Sólo la propiedad del hermano Riaz.

Shahid alargó la mano.

– Devuélvemelo, Chad, por favor.

– Piérdete.

– Pero todavía falta. Te lo daré esta noche, cuando esté terminado.

– Está terminado.

– No, Chad, no lo está.

Las facciones de Chad parecían tan duras como tierra helada.

– Ah, sí. Está terminado. Del todo.

Chad dio la orden de marcha con un gesto. Al salir, Sadiq entonó:

– ¡Profesora, delatora! ¡Profesora, delatora!

Shahid se derrumbó en la cama escuchando cómo los demás se unían al cántico mientras bajaban las escaleras.

19

Tenía que avisarla, pero ¿dónde estaba? Volvió corriendo a la Facultad, pero nadie sabía nada de ella. Cogió el metro y corrió hasta su casa, donde uno de los inquilinos le informó de que a esas horas normalmente ya estaba de vuelta. Pero hoy no había señales de ella. Shahid garabateó una nota, donde le decía que se pusiera inmediatamente en contacto con él, y la dejó en la mesa del vestíbulo.

Shahid caminó largo rato hasta sentirse agotado y comprobar que se había perdido. Por fin encontró un teléfono y llamó a Deedee varias veces, pensando que ya habría vuelto. Tenía conectado el contestador. El miedo le atenazaba el pecho; se movía con dificultad. Su organismo sabía que había hecho algo irreversible.

Tomó un autobús y acabó en el Morlock, donde se sentó con un vaso de cerveza, tan perdido ahora como cualquiera de los que andaban por allí. Pero seguía creyendo que Riaz era compasivo y que le escucharía, que el hermano comprendía y aceptaba los sentimientos. Si pudiera hablar con él, la situación de Deedee y la suya propia podría resolverse. Pero Chad no debía estar presente, porque le impediría quedarse a solas con Riaz. ¿Qué hacer?

Meditó una y otra vez todos los aspectos de la cuestión antes de tomarse otras dos cervezas. Luego salió del pub, se le había ocurrido una idea.

Los tubos fluorescentes emitían un zumbido. Hat pareció sobresaltarse. Era como si el rostro de Shahid le causara tanta tristeza que no quisiera reconocerlo. Pero algo se agitaba en su interior, como si pensara en lo que debía hacer. Shahid no dejaba de sonreír y saludarle con la cabeza, aunque le resultaba difícil, pues Hat se dedicaba a servir a los clientes como si él no existiera.

Al final, Shahid se quedó solo en el restaurante. Hat limpiaba con un paño el mostrador de cristal.

– No te acerques a mí.

– Tengo que preguntarte algo.

– ¿Por qué?

– Por favor, Hat.

– ¿Qué quieres?

– Hat. Somos amigos, Hat.

Hat pareció ablandarse. Llamó a su hermano pequeño, que estaba en la trastienda, y lo hizo quedarse detrás del mostrador. Pero entonces se dirigió a las escaleras del fondo, que llevaban al piso. Shahid se quedó sin saber qué hacer, mirando el reloj del microondas. Estaba a punto de irse, creyendo que Hat sólo quería librarse de él, cuando volvió a aparecer. Nunca le había visto así, con aire receloso y asustadizo.

– Ya sabes lo que has hecho -dijo Hat, cuando se sentaron a una mesa uno frente al otro.

– ¿Qué he hecho?

– ¿Para qué empeorar las cosas, mintiendo?

– Tienes que decírmelo, Hat.

Hat le miró como si le estuviera gastando una broma pesada.

– He hecho una copia de los poemas de Riaz en mi impresora.

– ¿Ya?

– Sí.

– Entiendo. -Shahid asintió con la cabeza-. Lo comprendo.

– ¡No podíamos creerlo!

– ¡No había acabado lo que estaba haciendo!

– ¿Acabado?

– Los poemas en prosa…

Hat se rio sin alegría.

– ¿Cómo crees que se sintió el hermano Riaz, tan orgulloso como estaba, deseando que sus poesías salieran impresas y en limpio para disponer del texto y enseñarlas a sus amigos? Sé que esperaba ganar algún dinero con ellas.

– No he tocado para nada el manuscrito original.

– Nunca le había visto tan emocionado. Después ocultó bien sus sentimientos. Es una persona digna. Pero estaba deshecho. Todos lo estábamos.

Shahid recordó haber leído:

La arena barrida por el viento habla de adulterio en el país sin Dios,

donde reinan Lucifer y los imperialistas,

las muchachas sin velo huelen a Occidente y envidian a las impúdicas.

Había empezado de buena fe a copiar la obra de Riaz, pero había encontrado palabras, luego frases y versos, que se resistía a transcribir. En cuanto dejó de hacerlo, el entusiasmo lo había arrebatado. Había estado pasándolo bien con Deedee; parecía lógico expresar el misterio de aquella maravilla.

– Era un homenaje -explicó Shahid.

– ¿A qué, yaar?

– A la pasión.

Hat pareció a punto de estrangular a Shahid.

– A mí se me pueden ocurrir obscenidades, pero esas cosas… Eres una rata de alcantarilla.

– ¿Tú no tienes fantasías sexuales?

A Hat casi se le salieron los ojos de las órbitas.

– Todo el mundo sabe que me gusta mirar y eso. Pero no me pongo a escribir cosas de chicas que cruzan las piernas…

– Y del olor de su pelo, de la piel de las corvas…

– ¡Sí! Los aromas de su cuerpo y esas historias; todos oliéndose…, ya sabes, el como se llame.

– ¿Es que Dios no nos ha dado el «como se llame»?

– ¡Yo no lo pondría por escrito! No lo mezclaría con palabras religiosas, ¿entiendes?

– Lo has leído, entonces.

– ¿El qué?

– Hat, aparte de los comentarios negativos que has hecho, ¿te ha gustado algo de lo que he escrito? ¿Te ha gustado, Hat?

Por un momento Shahid pensó que Hat iba a ceder y que su amistad se reanudaría. Lo que compartían era seguramente más profundo que todo aquello, ¿no? Pero le miraba con perplejidad teñida de cólera. Y no hacía más que volver la cabeza, como si esperase que apareciese alguien para aconsejarle.

– ¡Eres un demonio rabioso! ¡Un agente doble que trabaja para el otro bando!

– Sigo siendo tu amigo, Hat, si eso te vale.

– ¿Por qué nos has deshonrado, entonces? ¿Cómo puedes haber hecho eso al hermano Riaz? ¿Puedo preguntarte qué daño te ha hecho?

Shahid comprendió que era incapaz de explicarlo, se sentía demasiado avergonzado; quería dejar de lamentarse. Hat tenía razón. Habían quemado un libro; pero ¿qué había hecho él? Abusar de la confianza de un amigo sin siquiera ponerse a pensarlo. ¿Cómo podía quejarse ahora?

– Chad ha dicho que el hermano Riaz te salvó la vida una vez. ¿Es cierto?

– Sí.

– ¿Qué?

– Es verdad. Me salvó.

– Te salvó. ¿Por eso te has vuelto contra él?

– Por favor, Hat, créeme. Estaba experimentando, jugando con palabras e ideas.

– Crees que puedes jugar con todo, ¿no es eso? Pues te aseguro que hay cosas que no son divertidas.

– Ésas suelen ser las más graciosas.

– ¿Cómo podría decírtelo? ¿Es que ya no crees en nada?

– ¡No sé! Pero me hace falta algo, Hat. Necesito orden y equilibrio.

– Bien. ¡Pero nuestra religión no admite experimentos, no puede probarse como un traje para ver si a uno le sienta bien!

La aversión de Hat estaba acalorando a Shahid. Sintió deseos de agarrarle de las solapas y decirle: Hat, sigo siendo el mismo, no me he convertido en otra persona desde la primera vez que nos vimos…

Se inclinó hacia adelante.

– Por favor, Hat, ayúdame.

– ¿Cómo?

– Quiero hablar con Riaz a solas. Sólo media hora. Tengo que explicarle todo. ¿Hablarás con él sin que se entere Chad?

Pero Hat no quería ni entenderlo.

– El hermano Chad y todos nosotros confiábamos en ti, menos Tahira, que desde el principio dijo que eras un egoísta y tenías una sonrisa perversa. Y luego Riaz te encomendó sus generosas palabras. ¡Habría sido un privilegio para cualquiera de nosotros! Pero a ti te consideraba especial. -Cuantos más ejemplos citaba, más se agravaba su afrenta hasta el punto de resultarle inconcebible la magnitud de sus crímenes-. ¿Y cómo puedes pensar en molestar al hermano Riaz en estos momentos? Está muy ocupado haciendo planes.

– ¿Planes? ¿Para qué?

– Otros justos castigos.

– ¿Por ejemplo?

– No te lo puedo decir. Pero el libro va a ser condenado por el mismísimo Rugman Rudder. Él, la persona más importante del distrito, dice que es una basura. ¿Cómo puedes discutir eso?

– Entiendo.

– Bien.

– Bueno…

Se pusieron en pie. Shahid extendió la mano para despedirse. Hat retrocedió, mirándolo con ojos desencajados.

– ¿Adónde vas?

– ¿Qué? -preguntó Shahid, confuso-. Será mejor que me vaya. Volveremos a vernos, espero.

– ¡No! ¡Quédate!

– ¿Para qué?

– ¿Quieres comer algo?

– No tengo apetito.

Casi como sin querer, Hat empujó a Shahid. No fue un empujón muy decidido, pero sí repentino, y Shahid, que se disponía a marcharse, dio un traspié y cayó de espaldas contra el frigorífico de las bebidas. El estante de encima, que contenía los encurtidos, se soltó de la pared y los grandes frascos cayeron al suelo, rompiéndose y esparciendo por todas partes su viscoso contenido.

Hat se horrorizó de los efectos de su acción, sobre todo cuando su padre salió corriendo de la trastienda y, sin haber comprendido siquiera la situación, sacudió a Hat un manotazo en la cabeza, resbaló en los encurtidos y – agitando las piernas como si bailara el cancán-, aterrizó con el trasero. Quedó tendido, rebozándose en el puré de mango, aullando maldiciones.

Shahid se levantó, se limpió cuanto pudo las manchas y se dirigió a la puerta. Le dolía en varios sitios, pero no iba a quedarse allí para consolarse. Saldría antes de perder la paciencia y romper algo más.

Alzó la cabeza y vio a Chad, que cruzaba la calle. Quizá supiese que estaba allí, porque se dirigía hacia él. Cuando había subido al piso al comienzo de su conversación, Hat debió de llamarle por teléfono. No parecía venir en plan amistoso.

Shahid salió a toda prisa, siguió calle arriba, cruzó y torció la esquina, apartando con el codo a los transeúntes. Luego se detuvo y miró atrás. En efecto: Chad le estaba persiguiendo. Y aunque voluminoso y de pies grandes, acometía con la ferocidad de un jabalí. Apareció en la calle corriendo, sin mirar, con los puños en alto, la boca resuelta, dispuesto a embestir.

Shahid corría con todas sus fuerzas, pero de vez en cuando bajaba el ritmo y le flaqueaba el paso. Quería hablar con Chad, que parecía desinflarse poco a poco: arrastraba los pies, saltaba sobre una pierna y daba la impresión de querer tumbarse. Pero siempre que Shahid disminuía la marcha, Chad sacaba fuerzas de flaqueza, revivía y continuaba.

Shahid tenía más fuelle que Chad. Lanzándose a fondo lo dejó atrás. Buscó un escape metiéndose en una galería comercial y, a toda marcha, fue pasando Our Price, Habitat, Dixons y el Early Learning Centre. Al fin salió por la parte de atrás. Soltó un ligero grito de alivio al ver que había perdido a Chad. Tambaleándose, se sentó en la acera; el corazón le latía violentamente, la cabeza le daba vueltas.

Esta vez, cuando tocó el timbre de la casa de Deedee, le abrió Brownlow. Shahid le siguió al cuarto de estar y se quedó mirando mientras él quitaba libros de las paredes y los metía en cajas.

– ¿Dónde está Deedee, doctor Brownlow? -preguntó con voz ronca.

Brownlow, lleno de alcohol y agitación, se movía con rapidez, manipulándolo todo a golpes.

Había libros sobre China y la Unión Soviética; guías turísticas de Europa oriental -Deedee le había contado que, durante tres años seguidos, su marido insistió en que pasaran las vacaciones en Albania-; obras de Marcuse, Miliband, Deutscher, Sartre, Benjamin, E. P. Thompson, Norman O. Brown; libros de marxismo e historia, marxismo y libertad, marxismo y democracia, marxismo y cristianismo.

Había discos, y Shahid los miró en cuclillas, aprovechando el momento de calma: Traffic, King Krimson, Nick Drake, Carole King, John Martyn, Iron Stool, Condemned, Police, Eurythmics.

– ¿Dónde está?

– Me voy de aquí para no volver -repuso Brownlow.

– Si lo sabe, dígamelo, por favor.

– Afortunadamente, ya no estoy muy al corriente de las andanzas de mi mujer. Quizá esté proporcionando algunos nombres a la policía.

– Cállese, no sea gilipollas.

Aquello encantó a Brownlow.

– Vaya. ¿Es que no te cuenta cosas?

Shahid abrió una de las cervezas de Brownlow y bebió la mitad de un trago.

– No es eso.

– Menudo lío, de todas formas. Si yo fuera tan atractivo como tú, encontraría algo mejor.

– Pero ¿qué dice?

– Me parece bien que estés con ella, pero esa generación de mujeres espera demasiado de nosotros. ¿Adónde ha llegado el feminismo? Un puñado de mujeres amargadas de clase media que consiguen todo lo que quieren. ¿A qué vienen tantas discusiones y tanta agresividad?

– Doctor Brownlow…

– ¡Cállate! Esas mujeres te hacen bailar a su alrededor como un criado y luego te dejan sin blanca, sin orgullo, sin puñetera cosa, como si tuvieras la culpa de que sean menospreciadas. Un chico como tú, que puede lograr lo que quiera en la vida, debería buscar una rubia joven, tierna, que le diese de mamar…, una serie de novias complacientes. Ah, sí. Eso es lo que haría yo.

Brownlow se relamió los labios.

– Gracias -dijo Shahid-. Muy útil el consejo.

Se dejó caer en una silla. Su respiración era irregular; de los pantalones le subía el olor a chutney de mango. Acabó la lata de cerveza y la tiró al suelo, entre el desorden.

– ¿Quién te persigue? -preguntó Brownlow.

– Dígame primero por qué se lleva los libros.

– Son míos. ¿Por qué no debería llevármelos?

– A lo mejor podríamos hacer una hoguera con ellos para calentarnos, ¿eh?

– No te cachondees de mí.

– Pero ya se le ha acabado el rollo, ¿verdad? Del todo.

– ¿Cómo?

– Que adiós. Le han despedido.

– ¿Cómo lo sabes? De acuerdo, sí. No hace falta ser meteorólogo para saber en qué dirección sopla el viento. [5] Así que tengo mucho tiempo para leer, ¿no? Historia, filosofía, política, literatura. Estoy impaciente.

– ¿Sí?

Shahid se sentía acosado. No podía estarse quieto. Se acercó a la ventana y puso las manos en el cristal. La habitación estaba caldeada, pero sentía soplar el viento por las grietas. Se esforzó por descubrir algún rumor inhabitual proveniente de la ciudad. Temía que Chad y los demás entrasen por el seto con machetes, martillos, cuchillos de trinchar.

– ¿Qué se puede enseñar? -prosiguió Brownlow-. ¿Cómo va a haber algo que enseñar si ya no quedan conocimientos que transmitir?

Shahid cruzó cautelosamente la casa hasta la puerta trasera.

Inspeccionó el jardín antes de atrancar el picaporte con una silla.

– Me iré a vivir a Italia -decía Brownlow-. Aunque sea en una tienda de campaña. Allí saben que sólo se vive una vez y lo aprovechan al máximo.

Shahid se dejó caer en la butaca. Incontrolables temblores le sacudían el cuerpo. Más que cualquier otra cosa, deseaba volver a casa, tumbarse en la cama y pensar en lo que debía hacer. Pero a su habitación, con Riaz al lado, era el último sitio al que podía ir. A menos que cambiaran las cosas, tendría que largarse lo más lejos posible.

Brownlow, con la frente llena de sudor, se afanaba ruidosamente, gruñendo mientras dejaba huecos en los estantes y cargaba cajas hasta la puerta, murmurando entre dientes:

– Éste es mío. No. Es suyo. Me lo llevo de todos modos. No, ése no lo quiero, me trae malos recuerdos… -Empezó a tirar libros al suelo-. No tiene sentido que me lleve éste, ni ése, ni aquél. ¿De qué me servirán todos esos textos inútiles?

La relación de Brownlow con Deedee había concluido. Quizá no volvieran a verse más; o si acaso, apenas se saludarían.

Shahid pensó en lo que Riaz dijo un día en la mezquita: sin una moralidad bien definida, sin un marco donde pudiera florecer -determinado por Dios y establecido en la sociedad-, el amor era imposible. De otro modo, las personas se limitaban a celebrar un contrato mutuo durante cierto tiempo. En ese interludio sin fe, esperaban obtener placer y distracción; incluso confiaban en descubrir algo que les faltara. Y si eso no ocurría, abandonarían al otro y seguirían su camino. Una y otra vez.

¿Qué permanencia o conocimiento profundo podría haber en esas circunstancias? Deedee y él se habían entregado a una apremiante intimidad. Habían salido unas cuantas veces, confesándose y compartiendo las pasiones más desinhibidas que podían suscitarse en dos personas. Pero sin duda sus relaciones sexuales no eran más que un intercambio de técnicas y experiencias. Él hacía esto; ella hacía lo otro. ¿Cuánto se conocían el uno al otro? ¿Qué le impedía a ella elegir otros amantes asiáticos o negros? ¿Por qué no lo hacía? A lo mejor tenía uno diferente cada año y utilizaba a los hombres del modo en que Chili se había servido de las mujeres, despidiéndolos en época de exámenes.

Deedee quizá le abandonase. Él podría dejar de verla. ¿Por qué no? ¿Qué había entre ellos? Tal vez un día, no muy lejano, él estaría haciendo lo que Brownlow ahora, separando sus pertenencias. Y, como él, habría otra persona esperanzada guardando cola.

De todos modos, la idea de Riaz causó ahora a Shahid un estremecimiento de repulsión. ¡Qué personaje tan gris y mojigato; qué mentalidad tan estrecha y limitada, cuánto rencor y amargura!

– ¡Oye! -dijo Brownlow-. Échame una mano, ¿quieres?

Sin saber qué hacer y a la espera de que ocurriese algo, Shahid se puso a ayudar a Brownlow. Pero al disponerse a mover un montón de libros observó una cosa reseca, semejante al interior de la oreja de una vaca, colocada sobre una no