/ / Language: Español / Genre:thriller

El síndrome de Copérnico

Henri Lœvenbruck

“Según los especialistas que lo visitan, Vigo Ravel padece una esquizofrenia paranoide aguda que le hace tener lo que se conoce como "síndrome de Copérnico", y que consiste en creerse en posesión de una verdad que el mundo entero rechaza, una verdad que podría modificar radicalmente el futuro de la humaniad. Pero, ¿y si Vigo estuviera en lo cierto y, por tanto, las voces que escucha en su cabeza fueran como él cree, pensamientos de gente real? Después de que una de esas voces lo librara de morir, junto con miles de personas, en un cruel atentado que casi destruye el barrio de La Défense, en París, Vigo empieza a tener dudas sobre la enfermedad que le han dicho que padece. Al contrario de lo que el resto del mundo se empeña en hacerle creer, tal vez no sólo no esté loco, sino que además puede ser la clave de un secreto celosamente guardado que amenaza con cambiar el mundo tal y como lo conocemos.”

Henri Lœvenbruck

El síndrome de Copérnico

Título original: Le Syndrome Copernic

© Flammarion, 2007

Primera edición: junio de 2008

© de la traducción: Julia Alquézar

Para los que se han ido, que son demasiados:

Claude Barthélemy

Colin Evans

Alain Garsault

David Gemmell

Daniel Riche

Prólogo

01.

La deflagración fue tan fuerte que la oyeron hasta en los municipios vecinos y en todo el sector oeste de la capital. Parecía una mañana como todas las otras, una mañana de verano. La vida bullía en la explanada de hormigón del oeste parisino.

Eran las 7.58 cuando un tren de la RER entró aquel octavo día de agosto, envuelto por la luz pálida de la gran estación, bajo el arco de la Défense.

Las ruedas se pararon lentamente con un chirrido agudo. Tras un instante de silencio en el que el tren permaneció inmóvil, las puertas metálicas se abrieron con un ruido. Cientos de hombres y de mujeres, envueltos en el halo grisáceo característico de los oficinistas, saltaron al andén para dirigirse cada uno a su salida y subir hacia una de las tres mil seiscientas empresas instaladas en las altas torres de cristal del gran barrio de negocios. Las largas filas humanas que se amontonaban en las escaleras mecánicas evocaban las columnas alineadas de hormigas obreras que partían dóciles a su labor cotidiana.

Era un año caluroso, y los numerosos sistemas de climatización tenían dificultades para mantener a raya el calor sofocante de la ciudad. El traje o la chaqueta eran obligatorios para la mayoría de aquellos asalariados concienzudos, y se los podía ver aquí y allá secándose el sudor de la frente con sus pañuelos blancos, o refrescándose la cara con ayuda de unos pequeños ventiladores portátiles que eran el último grito.

Cuando llegaron a la inmensa explanada, envueltos por los vapores vacilantes y los destellos del sol, aquellos escuadrones de soldaditos de plomo se dispersaron hacia las torres de espejos, como los innumerables afluentes de un gran río.

A las ocho en punto, las campanas de la iglesia de Notre- Dame de Pentecôte, emplazada en medio de las torres de vidrio, resonaron a través del arco. Se oyeron ocho largos golpes, como cada mañana, a ambos lados de la explanada.

En aquel momento, el flujo de personas que llegaban alcanzaba su apogeo en el desmedido recibidor de la torre SEAM, en la Place de la Coupole. Ciento ochenta y ocho metros de fachada se alzaban hacia el cielo inmaculado de verano; era una de las cuatro construcciones más altas de la Défense, un símbolo del orgullo por la bonanza económica. La fachada de granito y las ventanas negras le daban el amenazador aspecto de un monolito atemporal. Los hombres que entraban parecían no ser más que disciplinadas extensiones del conjunto, pequeñas esquirlas de roca que se reunían con aquel gran amante negro. La torre SEAM desafiaba el cielo parisino con la arrogancia de un joven galán.

La planta baja se vio invadida lentamente por el trasiego matinal. Las seis puertas que abrían la fachada filtraban como cedazos, no sin dificultad, el flujo contenido de trabajadores que se sucedían en las puertas de seguridad, e introducían prudentemente sus tarjetas magnéticas antes de pasar por los tornos metálicos. El rumor de la multitud se mezclaba con el ronroneo de la climatización y el ruido de los ascensores, después se elevaba en el mostrador de recibimiento convirtiéndose en una cacofonía ensordecedora.

Empezaba el ballet cotidiano. Sin sorpresas, por el momento. Se veían los rostros habituales, como el de Laurent Huard, de treinta y dos años, de complexión media, cabellos cortos y paso seguro. A las 8.03, franqueó una de las grandes puertas de cristal que daban acceso a aquella ciudadela de los tiempos modernos. Llegaba antes por una vez, pero su jefe sólo reparaba en los retrasos. Aquel día tenía una reunión de la mayor importancia con unos clientes de su sociedad. Como no había pegado ojo en toda la noche, por la mañana se había cubierto el rostro con una crema antifatiga en cuya eficacia no acababa de confiar; no obstante, era mejor agotar todos los recursos de los que disponía. Después había besado a su nueva novia, que todavía dormía, se había puesto su mejor traje, cortado a medida en un pequeño taller de las afueras, y mientras esperaba, con la mano en el bolsillo, a que se abrieran al fin las grandes puertas de uno de los ascensores que llevaban a los cuarenta pisos del edificio, ensayaba ya la sonrisa forzada que debería mostrar para recibir a su visita.

Tras él, dos chicas jóvenes con traje discutían en voz baja, inclinadas la una hacia la otra. Eran Stéphanie Dollon, una parisina tímida y soltera, y Anouchka Marek, hija de un inmigrante checo. Con sus ropas oscuras, parecían dos escolares inglesas. Todas las mañanas, las dos amigas, que se habían conocido en la cafetería de la torre dos años antes, llegaban juntas. Se encontraban en la salida del tren, y después caminaban juntas hacia sus respectivas oficinas, intercambiando sus impresiones del día y las aventuras de la víspera, antes de separarse hasta el almuerzo.

A las 8.04, frente a las puertas grises de los ascensores, muchos esperaban ya, apretujados unos a otros. La mayoría eran habituales, como Patrick Ober, un cincuentón, solitario y silencioso, con un CI elevado, pero con habilidades sociales limitadas, gran fumador, consumidor de televisión y lector compulsivo; Marie Duhamel, una secretaria de cuidado moño, obsesionada por la opinión de los demás, y a la que aterrorizaba la idea de disgustar, especialmente, a su patrón; o Stéphane Bailly, un ingeniero comercial que se había instalado en París hacía unos meses y cuya joven esposa se quedaba en casa para cuidar a sus dos hijos, porque no había encontrado plaza en ninguna guardería de la capital: eran mujeres y hombres corrientes, tan diferentes como parecidos.

A las 8.05, tras el largo mostrador oscuro de recepción, el hombre al que todo el mundo llamaba señor Jean, pero cuyo nombre era Paboumbaki Ndinga, se apresuró a irse por fin. Envarado en su uniforme azul marino, el vigilante congoleño tiró el vasito de cartón en el que se había bebido su último café, y después saludó a las cuatro recepcionistas que estaban ya bastante ocupadas. Trabajaba allí desde la inauguración oficial de la torre, en 1974, y las sucesivas sociedades que habían dirigido sucesivamente el centro lo habían mantenido en su puesto, pues era un hombre muy concienzudo y que conocía aquel edificio gigantesco como la palma de su mano. Llamaba al edificio su torre, porque conocía su historia mejor que ninguna otra persona, sus secretos, sus recovecos, y fruncía irónicamente el ceño cuando uno de sus ocupantes llegaba más tarde de lo habitual y con ojeras bajo los ojos.

A las 8.06, un mensajero, que ni siquiera se había tomado la molestia de quitarse el casco, dejó unos paquetes cuidadosamente embalados en el mostrador. Más lejos, unos americanos vestidos de forma informal hablaban con voz fuerte y gangosa. A un lado, se encontraba un hombre vestido con una camisa blanca; al otro, tres jóvenes con camisas y corbatas de colores, gafitas, pluma en el bolsillo y un teléfono móvil en el cinturón. Eran informáticos, sin duda.

Todos aquellos hombres y mujeres ejecutaban, sin pensarlo verdaderamente, gestos repetidos mil veces, cada mañana seguían una rutina que ni siquiera la pereza estival habría podido destruir. Era el ritual de un inicio de semana, el trajín cotidiano de unos de los dos barrios de negocios más grandes de Europa, con sus retrasos, olvidos, sorpresas, citas, empujones, sonrisas, rostros fatigados…, su vida, en suma.

Parecía una mañana como todas las otras. Una mañana de verano.

Y, sin embargo, a las 8.08 exactamente, cuando las compuertas metálicas de unos de los ascensores acababan de cerrarse en el recibidor ruidoso de la torre SEAM, conduciendo a las alturas a los Laurent Huard, a las Anouchka Marek o a los Patrick Ober, en aquella mañana corriente se desató un infierno indecible.

Tres bombas artesanales explotaron simultáneamente en tres pisos diferentes del edificio.

02.

Fue una detonación ensordecedora y profunda, que hizo temblar la tierra como en un violento seísmo. La onda expansiva de la explosión hizo volar en pedazos la mayoría de las ventanas de los edificios del ala norte de la Défense, y restos de ellas flotaron en el aire durante unos minutos interminables. Ante la mirada incrédula de miles de personas, el cielo se incendió de golpe.

Las bombas se habían ocultado en la planta baja, en el decimosexto y en el trigésimo segundo piso del rascacielos. Las tres estaban colocadas cerca del eje central, y fueron, no obstante, lo suficientemente potentes para dañar la estructura en toda su extensión. Tres agujeros abrieron las fachadas sur y este del edificio, dejando escapar gigantescas bolas de fuego y una espesa humareda negra.

Los incendios que se desencadenaron enseguida elevaron la temperatura por encima de los novecientos grados. La estructura no resistió mucho tiempo; desde luego, mucho menos del que habría sido necesario para salvar las vidas en el interior de los muros. Tal y como establecen las medidas generales de seguridad de un inmueble de esa altura, los materiales de construcción esenciales deben resistir al fuego durante, al menos, dos horas. No obstante, en la práctica, es imposible prevenir los daños reales ocasionados por tres bombas distintas. En este caso en concreto, por otro lado, los sistemas de extinción que se ponen automáticamente en marcha en caso de incendio no funcionaron en las zonas afectadas por las bombas, lo que agravó seriamente la situación.

Unos años antes, habían bastado treinta minutos para que se derrumbara la primera torre del World Trade Center, tras los atentados del 11 de septiembre; pero aquel día, en mucho menos tiempo la torre SEAM corrió una suerte idéntica, igual de trágica y mortal.

A las 8.16, sólo ocho minutos después de las explosiones, el edificio empezó a hundirse en medio de la Place de la Coupole con un estruendo terrorífico.

Ocho minutos, apenas un tercio del tiempo que habría sido necesario para la evacuación general de la torre. A pesar de los numerosos ejercicios practicados con regularidad, a pesar de los algoritmos calculados con anticipación para simular la evacuación simultánea por las escaleras de varios pisos, el edificio estaba demasiado dañado como para que el importante dispositivo de seguridad pudiera ser realmente eficaz. Además, como una de las bombas había explotado en la planta baja, fue imposible salir del inmueble por las salidas ordinarias o huir por el sótano. En ocho minutos, no se pudo encontrar ni la menor solución.

Numerosos tabiques habían quedado destruidos por las bombas, mientras que la carga que debían soportar los restantes había aumentado de forma considerable. El metal, de inmediato, había perdido su rigidez. Los pilares, con tres pisos tocados, cedieron unos tras otros. La parte superior del edificio perdió sus apoyos, de manera que cayó por su propio peso, provocando progresivamente el hundimiento de toda la torre. Los pisos se desplomaron uno a uno, empezando por la cima en llamas del edificio, en medio de una inmensa nube de humo negro.

A lo lejos, todos los espectadores petrificados comprendieron entonces que la catástrofe iba a alcanzar dimensiones devastadoras. Un estruendo amenazador empezó uno o dos segundos después del principio del derrumbamiento, lento, progresivo, como el ruido del trueno que nada podía detener. Fue una gigantesca y ruidosa onda expansiva, un sonido grave y potente que se elevó en torno al desastre. Fue tan violento como repentino. Y el aspecto de la Défense cambió para siempre.

En la zona cero, el edificio Nigel, la torre DC4, la iglesia y la comisaría de policía fueron parcialmente destruidos por el hundimiento del edificio que los dominaba. La avenida de la Division-Leclerc, que estaba más abajo, quedó completamente sepultada. Durante algunos momentos de pesadilla, todo el barrio de la Défense quedó inmerso en una oscuridad apocalíptica. El Gran Arco parecía flotar por encima de un océano de polvo negro.

Apenas unos minutos después de la explosión, el prefecto de la policía puso en marcha el Plan Rojo. Rápidamente, se nombró a un responsable de las operaciones de salvamento para dirigir las dos cadenas de mando: la cadena encargada del incendio y del salvamento, y la médica. Se pusieron importantes medios a su disposición: los bomberos, el SAMUR, la policía, protección civil y diversos organismos médicos privados encargados de la gestión de las urgencias del puesto médico avanzado y de la atención psicológica de las víctimas.

A pesar de la rapidez de la intervención de los organismos de auxilio, el resultado del atentado fue terrible, el más terrible que Francia había conocido jamás en su territorio. En el momento del derrumbamiento, hubo personas fuera de la torre que murieron asfixiadas o aplastadas por los escombros en un radio de varios centenares de metros. En cuanto a los ocupantes del inmueble, los que sobrevivieron a las tres explosiones perecieron en el hundimiento.

De las 2.635 personas que habían entrado aquella mañana en la torre SEAM, sólo hubo un superviviente, y sólo uno: yo.

PARTE I – El murmullo de las sombras

Sueñas; a menudo desde lo más profundo

de las sombrías prisiones,

Surge, como de un infierno, el murmullo

de las sombras.

Víctor Hugo

Los castigos, libro VII

03.

Me llamo Vigo Ravel, tengo treinta y seis años y soy esquizofrénico. Al menos, eso es lo que siempre he creído.

Cuando tenía veinte años, si lo recuerdo bien, pues mis recuerdos no llegan hasta tan lejos y he de fiarme de lo que mis padres me han dicho, me diagnosticaron problemas psicológicos sintomáticos de una esquizofrenia paranoide aguda: perturbación de la memoria a corto y largo plazo, alteración del pensamiento lógico y, sobre todo, mi principal síntoma, llamado «positivo», alucinaciones auditivas verbales.

Sí. Oigo voces en mi cabeza.

Centenares de voces, diferentes, nuevas, cercanas o lejanas. Todos los días, en todos sitios, aquí, ahora. Son murmullos venidos de ninguna parte, amenazas, insultos, gritos o sollozos, voces surgidas de los raíles del metro, voces que flotan en las alcantarillas, que gruñen tras las paredes… Llegan acompañadas de crisis en las que mi vista se turba y mi cerebro grita de dolor.

Desde aquella época, me han hecho seguir un tratamiento a base de neurolépticos antiproductivos, que reducen más o menos mis delirios y alucinaciones. Los medicamentos han evolucionado, pero mi enfermedad, no. He aprendido a vivir con ella y con los efectos secundarios de los antipsicóticos: ganancia de peso, apatía, mirada esquiva, pérdida de libido… La apatía, a fin de cuentas, ayuda enormemente a asumir los demás y a dejar de luchar.

A la fuerza, he acabado por aceptar que estaba simplemente enfermo, que esas voces no eran más que producto de mi cerebro que fallaba. A pesar del sorprendente realismo de mis alucinaciones, las reconocí como tales, me rendí ante la evidencia, tal y como me pedía mi psiquiatra. Al cabo de los años, me rendí. En el fondo, creo que me resultaba menos fatigoso aceptar mi locura que seguir negándola. Mi psiquiatra incluso consiguió encontrarme trabajo hace cerca de diez años. Me contrataron para entrar datos en el ordenador en Feuerberg, una sociedad de patentes. No era complicado, bastaba con teclear kilómetros de cifras y palabras sin preocuparse de los que significaban. Mi jefe, François de Telême, sabía que era esquizofrénico, y esto no le suscitaba ningún problema. Lo principal era que yo lo supiera también.

Sin embargo, después de la explosión de la torre SEAM, ya no estaba seguro de nada, ni siquiera de todo aquello. Aquel día todo cambió para siempre.

Allí ocurrió un misterio que sólo yo conocía y que hizo cuestionarme muchas cosas. Sé que probablemente nadie me crea, pero eso carece de importancia. Además, me he acostumbrado. Hace un tiempo, ni siquiera me creía a mí mismo.

Es difícil hablar de uno mismo cuando no se tienen recuerdos. Es difícil quererse cuando no se tiene historia, pero desde aquella horrible mañana del 8 de agosto, vi a la vida saltarme encima. De repente, tengo muchas garas de hablar. Así que voy a hablar.

04.

Cuaderno Moleskine, nota n.° 89: la búsqueda de sentido.

Ser esquizofrénico no me quita el derecho a reflexionar, aunque sea mal. La búsqueda de sentido no encierra peligros. Es una búsqueda de vida, de existencia, en sentido cartesiano. Pienso, luego existo. La esquizofrenia me hace dudar tanto de lo que es real, que sólo tengo una existencia segura en mi pensamiento.

Todo tiene una explicación. Merece la pena indagarlo todo, porque nada se conoce por completo.

Ésa es la razón por la que anoto, emborrono, busco y escribo en estos cuadernos Moleskine, que tengo por todas partes. Donde quiera que vaya, siempre tengo alguno a mano. Cuando leo -y leo mucho-, cuando pienso, cuando lloro, mi mano acaba siempre rascando las páginas de esos pequeños cuadernos negros. Buenos días, mi pequeño cuaderno negro. No eres el primero ni el último.

A menudo, me refugio en las bibliotecas. Los libros tienen la cualidad de no cambiar jamás de opinión. Pueden intentarlo. Aunque uno los relea, siempre dicen lo mismo. Sólo evoluciona nuestra interpretación. Pero ellos, al menos, tienen una constancia que me tranquiliza. Los más estables son los diccionarios. Puedo afirmar que los diccionarios son mis mejores amigos.

Con la cabeza hundida en las páginas de papel biblia, soy una estatua que piensa. No puedo caer.

05.

Inmediatamente después de la explosión, mientras la sangre corría por mis tímpanos y mis manos, sordo, presa del pánico, me puse a correr durante mucho tiempo. Corrí en línea recta, sin reflexionar, en estado de choque. Mi instinto sólo me dictaba que me alejara de aquel humo negro que se ele vaba en el cielo, y de aquellos trozos que seguían cayendo. A pesar del zumbido que se había adueñado de mis oídos, oía a mi espalda el estruendo de la catástrofe. El desgarro de los palastros, la destrucción de vidrio, las sirenas de alarma… La torre no se había derrumbado todavía. Lo haría unos minutos más tarde.

Abandoné la explanada en llamas de la Défense, puse rumbo hacia Courbevoie y, sin saber verdaderamente lo que hacía, me subí al autobús. La policía todavía no había cerrado el perímetro, y todavía había gente que no estaba al corriente. Intercambiaban la poca información que tenían, lanzaban exclamaciones de incredulidad y terror. La cacofonía empezaba a invadir el autobús. Ante la mirada perpleja de los otros viajeros, me fui a sentar al fondo, en el último asiento, y no pronuncié palabra en todo el trayecto.

Me miraban sin atreverse a hablarme. La mayoría estaban colgados de sus teléfonos móviles e iban descubriendo progresivamente la magnitud del accidente. No tenían duda alguna de que yo venía de aquel infierno, pero no decían nada, nunca decían nada. Me dejaban tranquilo volviendo la mirada.

Cuando llegué a París, bajé del autobús y caminé, más bien titubeante, hasta el octavo distrito. Allí también la gente me miraba de reojo, pero para ellos no era más que otro excéntrico de la jungla parisina. Además, el cálido aire veraniego estaba lleno ya de pánico e incomprensión. Se adivinaba por la actitud de la gente, en los atascos…

Guiado por la costumbre, bajé por el Boulevard Malesherbes, después llegué a la Rue Miromesnil, donde vivía con mis padres.

Sí, con mis padres. A los treinta y seis años, todavía en su casa. No era por capricho, sino que una de las libertades que debía sacrificar por mi esquizofrenia era la independencia.

En ese momento volví en mí mismo, más o menos. En mitad de la calle, me crucé con una pareja joven a la que conocía.

Intenté torpemente ocultar mis manos ensangrentadas. Ellos me lanzaron una mirada inquieta, pero no se detuvieron debido a esa indiferencia adquirida que tan bien cultivan las capitales occidentales. Enseguida, como si aquellos rostros familiares me hubieran sacado de mi estupor, me di cuenta de mi locura. ¿Qué estaba haciendo yo allí? ¡Podría haber ido a la policía o quedarme en el lugar de los hechos con las fuerzas de rescate y explicar lo que había visto! Podría al menos haberme ido al hospital más cercano para que me curaran, pero no, estaba allí, solo, ausente, bajando por la Rue Miromesnil como un zombi descerebrado.

Me preguntaba si debía volví allá, al lugar del atentado, para reunirme con las otras víctimas del atentado y seguir el protocolo oficial; pero estaba demasiado asustado y necesitaba tranquilizarme, reencontrarme, volver a tocar el suelo, y sólo había una forma de hacerlo: debía ir al refugio reconfortante de nuestro antiguo apartamento, cerca del silencio discreto del Parc Monceau. Allí, al menos, sabía quién era, sabía dónde estaba. Y ninguna voz invadía mi cabeza.

Así, seguí caminando en dirección a nuestro edificio, subí lentamente la pequeña escalera y después entré exhausto en nuestro gran salón blanco.

En nuestra casa, todo era blanco: las paredes, los muebles, el suelo…; por consejo del psiquiatra, para que no trastocara mis sentidos.

Tiré las llaves encima de la mesita. Suspiré, después me quedé un momento en silencio, petrificado. Encendí un cigarrillo. El apartamento estaba vacío. Mis padres pasaban el mes de agosto en la playa, como cada año.

Solo. Estaba solo en lo más hondo de mi pesadilla, solo frente a mí mismo, frente a mi entendimiento, consciente, no obstante, de no poder confiar plenamente en ella. En mi persona, la soledad y la razón nunca han ido unidas.

Tras varios minutos, no sé muy bien cuántos, di unos cuantos pasos titubeantes y me dejé caer en el sillón, como un peso muerto. Con un gesto automático y desenvuelto, cogí el mando a distancia y encendí el televisor, como si quisiera verificar que todo aquello había ocurrido de verdad. Como si ver el atentado en la pequeña pantalla fuera un indicio de verdad más serio que el haberlo vivido yo mismo en directo. Después de todo, yo era esquizofrénico; incluso la televisión era más creíble que yo.

Vi las imágenes de la torre SEAM hundiéndose en medio de la Défense en todas las cadenas y desde todos los ángulos durante horas, horas enteras. Y entonces supe que no lo había soñado.

Había una decena de versiones de la misma pesadilla. Los puntos de vista variaban, los encuadres cambiaban, pero siempre era la misma escena. El hundimiento lento e irreal, y después esa humareda opaca, como una nube opaca, que se levantaba por encima del oeste parisino. Los gritos de los espectadores impotentes; las voces quebradas de los periodistas… Cambiaba de una cadena a otra. El contraste cambiaba ligeramente, pero las imágenes permanecían idénticas. Siempre eran las mismas secuencias, las de las cámaras de vigilancia o las que habían tomado en directo los turistas perplejos. Eran imágenes que había visto desde más cerca que nadie, a unos pocos metros.

Escuchaba sobrecogido los comentarios que los presentadores hacían con voz siniestra, por una vez sincera. Oía las hipótesis que se apuntaban. Desde luego se mencionaba el negocio de la sociedad SEAM, propietaria de la torre: una empresa de armamento europea, un buen blanco para un atentado terrorista. A continuación, hacían comparaciones con otros atentados: el del Drugstore Saint-German en 1974, el de la sinagoga de la Rue Copernic en 1980, después el de la Rue des Rosiers, dos años más tarde; el del RER Saint-Michel, en 1995, y, por supuesto, el del World Trade Center de Nueva York, seguido por los de Madrid y Londres. Todos estos ataques se habían atribuido a fundamentalistas islámicos como Abou Nidal, el GIA, Al-Qaeda… Así que, a la fuerza, la hipótesis que se privilegiaba para el caso de la Défense era la islamista. En el fondo, no sé muy bien qué quiere decir eso. Nunca he entendido las religiones en absoluto.

Repitieron en numerosas ocasiones una intervención del ministro de Interior, Jean-Jacques Farkas, un hombre mayor de mirada dura y rostro enjuto, que hacía las promesas habituales: darían con los terroristas y los juzgarían, el asunto se dilucidaría con luz y taquígrafos…

A continuación, se hablaba de las víctimas. Se mostraban fotos, el rostro de los desaparecidos en viejas instantáneas donde se los veía sonreír. Había que humanizar el drama. Se mostraba a las familias inquietas, que esperaban respuestas. El periodista daba paso a un psicólogo especializado en estrés postraumático. Hablaba de ansiedad, depresión, abandono…

Después, llegaba el turno del análisis de las consecuencias políticas y económicas. Vaticinaban cambios radicales en las relaciones internacionales, en la Bolsa, que es una institución que nunca he entendido. Pero todo esto es muy normal; al fin y al cabo, soy yo el que está loco, ¿no?

A aquello le seguía un breve reportaje sobre la SEAM, la sociedad europea de armamento con fondos mixtos cuyo accionariado mayoritario era el Estado francés. Con un volumen de negocios que sobrepasaba los 400 millones de euros, era el segundo mayor exportador de armas de Europa, y obtenía la parte esencial de sus resultados mediante la venta de armas a los países en vías de desarrollo. Fácilmente se llegaba a la conclusión de que la torre habría podido representar un símbolo político y económico para los terroristas, pero todavía no era seguro… Tal vez el ataque a la torre SEAM había sido simplemente un ataque al imperialismo occidental.

Fuera como fuese, los periodistas anunciaron rápidamente que la caza de los terroristas había empezado, según las declaraciones del ministro del Interior. Seguro que había gente a la que eso la tranquilizaba.

Hipnotizado por las imágenes, no reparé en el paso del tiempo.

En aquel instante, me ahogaba en los pozos más oscuros de mi esquizofrenia. Me repetía las mismas frases, flotaba en los mismos pensamientos. Siempre la misma idea, como una voz exterior, intratable, una obsesión. El final de todas las cosas. Mi angustia escatológica.

Llegué a darle este nombre después de buscar en diferentes diccionarios, donde por fin encontré la palabra que se ajustaba a mi mayor miedo. Del griego eschatos, «último», y logos, «discurso»; la escatología es el conjunto de doctrinas y creencias que se ocupan de la suerte última del hombre. Sobre su final, en definitiva.

06.

Cuaderno Moleskine, nota n.° 97: angustia escatológica.

A menudo, tengo la sensación de que el Homo sapiens se está extinguiendo. Puedo ver la lógica del asunto, su evidencia. Y me digo que lentamente nuestra especie camina hacia su propio fin. No querría ceder al catastrofismo, desde luego, pero tengo derecho a estar angustiado.

La tierra tiene 4,5 millones de años. Admito que, pasada una cierta cifra, con el vértigo, es difícil hacerse una idea; pero os prometo que son las cifras del diccionario, es así. La tierra está ahí desde hace 4,5 mil millones de años, queramos o no.

La humanidad, por su parte, sólo lleva presente 2 millones de años; aunque podría parecer un tiempo significativo, es ridículo frente a los 140 millones de años que permanecieron los dinosaurios… Personalmente, eso merece todo mi respeto.

De todas las diferentes especies del ser humano, una sola ha sobrevivido, la nuestra: el Homo sapiens. Su curiosa historia podría haber empezado en África, hace ciento veinte mil años. Algunos creen que podría haber nacido en otro sitio, en Asia tal vez, y mucho antes. Sea como sea, tiene ya una buena edad, la suficiente como para extinguirse… No se me ocurre ninguna alternativa. Un día u otro, nos llegará el turno, y me temo que esta extinción puede ser inminente y que nuestra especie ya huele como un cadáver.

No debo de ser el único que piensa esto.

Desde luego, es posible que esté más preocupado que los demás; poseo una información que nadie más conoce y que no me tranquiliza. Pero estoy seguro de que ya otros sienten e intuyen la extraña impresión de que estamos llegando a nuestro destino, al final de la Historia; de que no podemos ir más lejos y de que es posible incluso que hayamos sobrepasado el límite.

La propia humanidad encierra una gran paradoja, pues es la especie que mejor se adapta a los cambios externos y la que demuestra mayor inclinación a autodestruirse. El hombre es a la vez capaz de inventar la vacuna y de organizar Auschwitz. La DHEA y la bomba de neutrones. Seguro que un día u otro inventarán una pildora de más.

Me gustaría equivocarme, me gustaría poder tener fe todavía; pero no me es posible, hay señales.

En primer lugar, está la impresión de que ya lo hemos probado todo: comunismo, capitalismo, liberalismo, socialismo, cristianismo, judaismo, islam, ateísmo… todo. Ya lo hemos probado todo. Y sabemos cómo ha acabado siempre, en un gran baño de sangre. Nos hemos masacrado a nosotros mismos eternamente, porque somos así. Así es el Homo sapiens: un destructor, un superdepredador del mundo y de sí mismo. Por tanto, ¿cómo no va a extinguirse?

No puedo ser el único que piensa esto.

También está lo demás: el virus que gana terreno en su combate contra el hombre, que se hace cada vez más fuerte, más difícil de derrotar; el clima, la capa de ozono, el calentamiento global, la sobrepoblación, la erosión del suelo, las catástrofes naturales, que cada vez son más numerosas y más devastadoras; la política, que es incapaz de detener nuestra caída y nuestros fracasos; el enfrentamiento que se avecina entre el norte y el sur… Por más que seamos los campeones de la adaptación, hemos de ser realistas, a fuerza de rebuscar en la mierda, acabaremos en el contenedor de reciclaje.

Y si verdaderamente, tal y como pretendían que creyéramos hace dos años los individuos involucrados en el asunto de la Piedra de Jordán, estamos solos en el universo, entonces, mi angustia escatológica es todavía más terrible, pero eso no la hace menos probable. Tras dos millones de años de evolución, el Homo sapiens estaría solo y sería el único ser pensante en la inmensidad del universo. ¿Un milagro absoluto de la vida, o un accidente sin sentido? Vaya uno a saber. Y un día se extinguirá. Solo. Insignificante en la riqueza del infinito. Un inmenso estropicio.

Pues en esto consiste mi angustia escatológica. A menudo tengo la sensación de que el Homo sapiens se está extinguiendo.

Tal vez en el fondo sea hora de que la naturaleza pase a otra cosa.

07.

Debían de ser las tres o las cuatro de la mañana, cuando el hambre se hizo más fuerte que el poder de atracción de la televisión. Me levanté empapado en sudor, me dirigí a la cocina y abrí el frigorífico. Dudé durante un instante, sentí el aire fresco que salía del interior, después cogí las sobras de la víspera y fui a sentarme en el sillón sin tomarme la molestia de calentar el plato.

Mientras comía, empezaron a desfilar por la pequeña pantalla las fotos de nuevas víctimas, con sus nombres escritos debajo. Pronto el telediario sería una gigantesca página de necrológicas, y, por mi parte, no conseguía despegarme de aquel morboso espectáculo.

De repente, tuve una revelación.

A la vez que apartaba a un lado el plato vacío, la verdad que se me había escapado me heló la sangre. Fue como si la siniestra acumulación de aquellas imágenes hubiera acabado por retomar el contacto con la realidad. Con una cierta realidad. Tuve la sensación de despertarme al fin, de abrir los ojos: de golpe, recordé que había sobrevivido al atentado y el porqué. Entonces me di cuenta de que mi presencia allí, en ese sofá, con las manos todavía llenas de sangre, era absurda, irreal.

Sencillamente, tomé conciencia de que algo no marchaba, algo inverosímil.

08.

La principal información que parece interesar a los telespectadores después de un atentado es el cómputo humano, el número exacto de muertos. Durante los días que siguen al drama, la cifra oficial aumenta, como una gran y macabra venta en una subasta, y se diría que la gente lo está esperando y que se decepciona cuando se para.

He hablado de la gente, pero hay que ser honesto: no me considero ajeno a esta malsana obsesión. Tal vez esté loco, desde luego, pero soy como todo el mundo.

No consigo explicármelo, pero también yo siento esa mórbida fascinación por el número de muertos tras los atentados o las catástrofes naturales. Por esa razón no consigo despegarme del televisor. Tal vez sea el querer ser testigo de algo que se sale de lo común. No es que disfrutemos con la muerte de los demás, sino que cuanto mayor sea el recuento, más cae dentro del ámbito de lo excepcional. Supongo que cuanto más grave sea el drama del que nos hemos librado, más vivos nos sentimos. Ya que uno no puede sentirse más lleno de vida que cuando ve pasar la muerte de cerca, o cuando la vive por poderes.

Debe de ser efecto de mi angustia escatológica. La muerte me da tanto miedo que no puedo evitar sondarla.

09.

Cuaderno Moleskine, nota n.° 101: la muerte.

Lo que distingue a los hombres de los animales no es sólo su lenguaje articulado, sino también su facultad de reflexionar sobre sí mismos y, por tanto, de tomar conciencia de su propia finitud. No somos más que una sola cosa: seres que mueren. Vosotros, yo. Morimos lentamente.

En lo más profundo de mi ser, hay una inmensa paradoja. En realidad, hay muchas más, pero ésta de la que hablo es sin duda la más asombrosa.

Soy esquizofrénico. En pocas palabras, soy un discapacitado del alma, mi vida es una gran burla, algo inútil sin sentido. Y, sin embargo, nada me da más miedo que la muerte. He aquí la paradoja. ¿Cómo puede alguien temer que se termine una vida que apenas tiene interés? No sé por qué, pero así es. Me conformo con que el miedo me corroa las entrañas.

Parece ser que el riesgo de suicidio es elevado en los esquizofrénicos. La naturaleza nunca hace nada a medias. Más del 50 por ciento de los pacientes comete al menos un intento de suicidio en su vida, y más del 10 por ciento consigue poner fin a sus días. ¿Alguna vez se ha cruzado esa idea por mi cabeza?

Mi angustia por la muerte llega de noche. Es tan terrible que me hace llorar como un niño. Me incorporo en mi cama, noto las palpitaciones de mi corazón, el sudor chorrea por mis manos y todas las voces que viven en mí al fin se ponen de acuerdo para gritar una sola frase. Siempre la misma frase: «No quiero morir». Cierro los ojos, todos mis ojos: los de mi cuerpo y los de mi alma. Y lucho por no pensar más en ello. Todo mi ser rechaza la idea de la muerte de pleno. Esto hace mucho ruido en mi cabeza, pero acabo durmiéndome. Es la mejor manera de no verla llegar.

Vivo, estoy vivo, y no es posible que eso termine.

Se dice que en nuestra sociedad -Occidente, siglo XXI, el imperio de la hipocresía- la muerte se ha convertido en un tema tabú y que, a fuerza de no verla, ha acabado dándonos miedo. Pero ¿en qué podría ayudarme ver la muerte de los demás a aceptar la mía?

No vemos la muerte de los demás, la constatamos. El muerto es un objeto que desaparece. Pero yo no soy un objeto, yo soy un sujeto, ¡mierda! Hay que comparar lo que es comparable. Yo es un sujeto, ¿no? No sé ni por qué os lo pregunto. ¿Cómo podríais saberlo? Sólo soy un sujeto para mí mismo.

Entonces no, mi vida no se ve afectada por la muerte del otro, la experiencia de la muerte no es transferible, y, por tanto, ninguna muerte me hará aceptar la mía. Al contrario, la desaparición de los demás me recuerda la fatalidad que me espera, sin permitirme pensar, y todavía menos aceptar, mi propia muerte. ¿Cómo prepararse para lo que no se va a vivir? No puedo pensar en mi muerte por analogía a través de los demás, ya que mi muerte es única, incomunicable, y seré el único que la conozca.

Mi muerte no es inobservable, porque cuando llegue ya no estaré. No estar más, tampoco ser. Nada. Ni siquiera esa gran nada que éramos antes de nacer, pues al menos éramos una posibilidad. Pero ¿después?

La muerte es un grado de soledad todavía mayor que la vida. Como si no fuera suficiente con eso.

10.

Veinticuatro horas después del atentado de la torre SEAM, los periodistas eran todavía incapaces de dar el recuento exacto. Decían que probablemente había más de mil victimas. «Pero corremos el riesgo de que la cifra oficial aumente sensiblemente en las próximas horas; quédense con nosotros.» La única cosa que repetían con seguridad era que, como la explosión que había tenido lugar en la planta baja había impedido una evacuación, ninguno de los ocupantes de la torre había sobrevivido.

Eso no era del todo exacto. Ahí estaba yo. Pero yo era el único que lo sabía, del mismo modo que era el único que conocía la razón, el motivo por el que había escapado de la explosiones.

Y esa razón no tenía sentido. Lo cambiaba todo. Y, en ese momento, en ese lugar, sentado en el sofá blanco de mis padres, me aterrorizaba, porque sabía que nadie me creería y que yo debería hacer acopio de mis fuerzas para creerme a mí mismo.

Había llegado a la torre SEAM poco después de las ocho de la mañana el día del atentado. Tenía mi cita semanal en el piso cuarenta y cuatro, en el gabinete Mater, el centro médico en el que trabajaba el psiquiatra que me había tratado siempre, el doctor Guillaume, que, según mis padres, era el mejor especialista de París. Cada semana, me inyectaba neurolépticos de acción prolongada, lo que me permitía no tener que tomar pildoras todos los días, y llevaba el seguimiento de mi enfermedad.

Unos quince segundos antes de que las bombas explotaran, veinte como máximo, mientras esperaba el ascensor en el vestíbulo de la torre, ocurrió algo que me llevó a abandonar corriendo aquel lugar; algo extraordinario que nadie, sin duda alguna, querrá creer.

En efecto, en aquel preciso instante, fui presa de una crisis epiléptica, tal y como mi médico las llamaba: unas «crisis de epilepsia temporal» que ocasionaban «accesos delirantes». Migraña, pérdida del equilibrio y problemas de visión eran las señales que, cada vez, anunciaban la llegada de mis alucinaciones auditivas; pero aquella vez ocurrió algo diferente. Oí en mi cabeza una voz que no era habitual. Y ahora sé con seguridad que no era cualquier voz.

Era la voz de uno de los portadores de las bombas.

No me hago ninguna ilusión: lo achacarán a mi locura y a mi manía persecutoria. De todos modos, estoy seguro de que era la voz de uno de los terroristas. Justo ahí. Como un susurro en el centro de mi cerebro.

Una voz llena de miedo y entusiasmo a la vez, una voz llena de urgencia y de amenazas. Una voz, en definitiva, que me hundió en un escalofrío glacial. Comenzó con unas palabras que no pude entender, palabras extrañas cuyo significado se me escapaba, pero que ahora no puedo olvidar. Recuerdo cada palabra, con precisión, a pesar de no haberlas entendido en aquel momento. «Brotes transcraneanos, 88, es la hora del segundo mensajero. Hoy, los aprendices de brujos en la torre; mañana, nuestros padres asesinos en el vientre, bajo 6,3.»

En el transcurso de mi vida, a menudo me ha parecido oír frases que parecían no tener sentido alguno. Mi psiquiatra me explicó muchas veces que ese tipo de discurso incoherente, aquellas alteraciones del pensamiento lógico eran una consecuencia normal de mis problemas psicóticos… Pero aquella vez fue diferente. Había algo más oscuro, más perturbador, tal vez en la entonación de la voz. Y además, realmente no es que la frase no tuviera sentido, sino que más bien parecía tener uno muy profundo que se me escapaba completamente: una realidad que no podía percibir, pero que escondía una misteriosa coherencia.

Después hubo otras palabras. Y entonces el pánico se apoderó de mí por completo.

La voz se calló durante unos segundos, después volvió, más grave todavía, y pronunció estas últimas palabras: «Ya está. Va a saltar. Todo el mundo morirá en esta puta torre de vidrio. Por la causa. Nuestra causa. Se van a enterar. Van a reventar todos. Esto va a saltar por los aires».

Llevaba años intentando ignorar las voces que hablaban en mi cabeza y no darles importancia. Pero aquel día, de repente, sin poder explicar por qué, sentí miedo y creí en aquellas palabras que acababa de escuchar. Me convencí en lo más hondo de mi ser de que eran reales. Muy reales. Comprendí que no mentían, que la torre iba a explotar literalmente…

Entonces huí. Sin esperar, sin razonar. Corrí fuera de la torre a toda velocidad, como perseguido por una horda de demonios. La gente me miraba con extrañeza. Algunos, como el vigilante de la torre, sabían tal vez que era uno de los locos que iban al gabinete del doctor Guillaume y no prestaron atención…

Cuando las bombas explotaron, estaba a unos treinta metros de la torre, no más; pero fue suficiente para salvar mi vida. Impulsado por la deflagración, caí al suelo, perplejo, herido, lastimado, pero vivo. Vivo.

Y a la mañana siguiente, sentado frente al televisor, después de haber pasado una noche alelado en el gran salón blanco de mis padres, con los ojos fijos en la pantalla, me acordé repentinamente de algunas frases. Aquellas voces que me habían salvado la vida. «Brotes transcraneanos, 88, es la hora del segundo mensajero. Hoy, los aprendices de brujos en la torre; mañana, nuestros padres asesinos en el vientre, bajo 6,3.»

Y entendí que todo iba a cambiar.

¡Porque, después de todo, tenía que haber oído aquellas extrañas palabras! ¡Por muy increíble e imposible que parezca! Si todavía estaba vivo allí, en aquel sofá, era porque las había oído, ¿no? Y si me habían salvado del atentado las voces de mi cabeza, y si me habían permitido huir apenas unos segundos antes del instante fatídico…, ¿cómo podía explicarlo?

Angustiado y agotado, me esforzaba por creer lo que acababa de comprender. No osaba formularlo, ni admitirlo. Llevaba tanto tiempo convencido de que estaba enfermo, que no podía negarlo de repente. No. Tenían que ser mentiras de mi cerebro enfermo, simples mentiras, alucinaciones. Y sin embargo, ¡el atentado no había sido un sueño! Aparecía en las pantallas del mundo entero. Las heridas de mi frente y mis manos no eran invención mía. Había estado al pie de la torre, y aquellas voces me habían ordenado huir. Me habían salvado la vida. Ésa era la verdad objetiva, ni más ni menos. Por tanto, debía tener el coraje de admitir la evidencia, la fuerza necesaria para aceptarla: cuestionarme aquello en lo que llevaba creyendo desde hace tanto tiempo, cuestionarme lo que me había costado tanto esfuerzo.

No había otra explicación, ningún otro razonamiento posible. Si había sobrevivido era porque las voces de mi cabeza no eran alucinaciones.

Sí, haber sobrevivido sólo podía significar una cosa: yo no era un esquizofrénico. Era… Era otra cosa.

11.

Cuaderno Moleskine, nota n.° 103: el otro.

Estoy yo. Estáis vosotros. Están ellos.

Yo escribo; vosotros leéis, tal vez. Pero estas palabras no son yo. No me leéis a mí: yo soy inaccesible. Y no lo digo para vanagloriarme. Es así, forma parte del ser humano.

¿Acaso me oís? No. ¿Acaso podéis ver en mi interior? Todavía menos. Igual que yo no veo dentro de vosotros, aquí, ahora. No lo intentéis. Siempre seremos extraños.

El otro. Necesitaba estar seguro. Lo he buscado en diccionarios, y he comprobado que a ellos también les suscita dificultades. Normalmente se puede confiar en ellos, pero en este caso, pinchan hueso. El Petit Robert se ríe de nosotros.

Otro: Pronombre. El otro. Los otros hombres. V. próximo.

¡Qué graciosos! «¡Véase próximo!» Difícilmente podrían ser menos precisos. No es el tipo de definición que tranquiliza. Hay que buscar en la filosofía para que dé menos miedo. En el diccionario de Armand Colin, hay algo que casi resulta reconfortante.

Otro: 1. En sentido general: el otro como yo que no es yo, como correlativo del yo. 2. Fil.: en Rousseau: el otro designa a mi semejante, es decir, a todo aquel que vive y que sufre, con el que me identifico en la experiencia privilegiada de la piedad. En Hegel: el otro, dato irrecusable como existencia social e histórica, es, en una relación intersubjetiva, constitutivo de cada conciencia en su mismo origen…

Dato irrecusable… Hegel lo dice para gustar.

No hay mayor soledad que la que se siente frente a los demás.

Es una soledad que resulta agotadora. Solo, solo, solo, estoy solo. A veces, siento ganas de estar con otro, pero ¿para qué?

El otro es un misterio y una paradoja. Desde siempre, es el causante de todos mis tormentos. No os escondáis. Verdaderamente no es culpa vuestra. Es así. Y de todas maneras, sólo existo a través de vosotros.

Ésta es la verdad: el Homo sapiens no puede existir solo. Necesita un padre y una madre para ver la luz. Somos el producto de otros. Y esta dependencia jamás nos abandona. Se ve en todas partes. El lenguaje, la cultura… Todo viene de los otros. Somos herederos constantes.

Y, sin embargo, el otro permanece siempre inaccesible. Veo el cuerpo del otro, pero jamás veo su espíritu. Jamás veo su alma, su interioridad. Y mi interpretación del otro es forzosamente inexacta, igual que la que vosotros hacéis de mí.

Mientras el otro siga siendo otro, seremos víctimas de una eterna incomunicabilidad por mucho que intentemos evitarlo.

La invención del lenguaje es la mejor prueba de nuestra incapacidad de comprendernos.

12.

Sentado en el salón de mis padres, me pasé el día entero dando vueltas a esa frase en mi cabeza. «No soy un esquizofrénico, soy otra cosa.» Parecía que intentara convencerme, y aquello me angustió terriblemente. Desde luego, la angustia era una vieja compañera; pero aquel día tenía un sabor que no conocía y que me atenazaba el corazón.

Habían pasado veinticuatro horas desde los atentados. Intentaba pensar con claridad y calmarme, reparar los habituales desvarios de mi pensamiento lógico. Los fallos.

«Esquizofrenia paranoide: el sujeto puede estar convencido de que fuerzas sobrenaturales influencian sus pensamientos y acciones.»

Mientras me fumaba un cigarrillo Camel, escribí frenéti camente todo lo que pude en un papel para no perder el hilo. Las cenizas caían sobre las hojas, pero no las apartaba. Muy pronto, había llenado centenares de páginas, que tiraba al suelo alrededor del sofá y que se amontonaban como en otoño las hojas al pie de un árbol. Hice esquemas, dibujos. Subrayaba las frases importantes, las que servían de vínculo entre las diferentes afirmaciones de mi razonamiento. Las conjunciones. «Unas voces en mi cabeza me han dicho que el edificio iba a saltar por los aires. POR TANTO, salí corriendo del edificio. El edificio explotó. POR TANTO, las voces no eran alucinaciones. POR TANTO, no soy esquizofrénico.»

De vez en cuando, soltaba algún grito de rabia o de miedo. Me levantaba tembloroso y daba vueltas por el apartamento de mis padres, sin dejar en ningún momento de morderme las uñas. «Pero, si no soy esquizofrénico, ¿qué soy entonces, doctor?»

Después volví a sentarme y me quedé unas cuantas horas sumido en una familiar apatía.

«Por tanto, por tanto, por tanto.¡Mierda de CQFD! CQ mierda de FD.»

Más tarde, tras recuperar la calma, intenté poner orden en los acontecimientos. Anoté varias veces la fecha y la hora del atentado, después las comparé con la cita con el doctor Guillaume que tenía apuntada en mi agenda. El 8 de agosto a las 8 horas. Las horas encajaban. Miré el billete de metro que todavía guardaba en el bolsillo. La hora y la fecha de la validación probaban sin dudas que había acudido a la cita. «Por tanto, estaba allí en el momento de la explosión. Por tanto, por tanto, por tanto.»

Me examiné las manos. ¿Las heridas eran reales? Me levanté, entré en el baño y las dejé bajo el agua un instante. El fondo del lavabo se coloreó de rojo. Estaba verdaderamente herido. Era sangre de verdad. Pegajosa.

No era esquizofrénico, no era esquizofrénico, no, no, no. Todo encajaba.

En el fondo, habría preferido que no hubiera sido así. Habría preferido tener la certidumbre de ser víctima de una nueva alucinación, haber sido el bueno de «Vigo Ravel, treinta y seis años, esquizofrénico». Simplemente. Pero todo encajaba.

El problema era que la realidad era mucho más angustiosa que una alucinación. No conseguía alcanzar cierta tranquilidad de espíritu. «Espíritu sano. ¿El espíritu santo? Las ideas en orden. ¿No están en su sitio? Desplazadas. Las ideas desplazadas. Las ideas, un poco demasiado a la izquierda. No os mováis más, ideas. Siéntate. Túmbate. Las alucinaciones auditivas, señor Ravel, se deben a un aumento funcional de las áreas del lenguaje, en las partes frontales y temporales izquierdas del cerebro. Un cerebro lento. Un cerebro volante. Un ciervo volante. Que vuela. Muy alto. Muy por encima de la media. Cuidado con la caída. Es mi angustia escatológica. El Homo sapiens está en proceso de extinción. De extinción. De extenderse. Tierno. No es tierno.»

Entrada la madrugada, creo que seguía sin dormir, y acabé por hundirme en un sueño agitado. Sacudido de vez en cuando por sobresaltos de angustia, me levanté bañado en sudor pasado el mediodía. No había apagado el televisor, pero mi visión era turbia, así que no conseguía enfocar para ver correctamente las imágenes. Me froté los ojos. No había nada que hacer.

Me levanté de un bote, me fui al baño para asearme un poco. Me miré en el espejo. Mi vista volvió a la normalidad. «¡Vigo, piensa, reflexiona! ¡Reponte! ¡Todo esto no es más que una gigantesca alucinación! Una crisis aguda, es todo. Te perdiste la inyección de neurolépticos de los lunes por la mañana, ahí lo tienes. ¡Estás desbarrando, pedazo de esquizo! ¡Pedazo de puto esquizo de mierda!»

Toqué a la puerta del lavabo, después abrí el botiquín y me tomé dos comprimidos de Leponex para las alucinaciones y dos de Depamida para el humor: un cóctel de probada eficacia para mis crisis más graves. En tan sólo unos minutos haría efecto.

Cuando volví al salón, un periodista sentado en mi sillón estaba entrevistando a uno de los responsables de la seguridad del barrio de la Défense. Era un tipo austero. Cogí un cigarrillo y me senté junto a ellos.

– … autoridades hablaban ya de más de mil trescientos muertos, en su última conferencia de prensa. ¿Se sabe ya cuántas personas había en la torre en el momento de la explosión?

– Todavía es un poco pronto para decirlo. En el mes de agosto, la afluencia a las oficinas baja sensiblemente. Pero, en general, en verano, hay al menos dos mil personas que vienen a trabajar por la mañana…

– Entonces, en su opinión, ¿podría haber al menos dos mil víctimas?

– Por el momento no puedo pronunciarme al respecto… Tan sólo esperamos que haya las menos posibles, y compartimos el dolor de las familias…

– ¿Quién había en la torre en el momento de las explosiones?

– Estaba el personal de la torre, evidentemente, y sobre todo los empleados de la oficina.

– ¿Cuántas sociedades albergaba la torre SEAM?

– Unas cuarenta.

– ¿De qué lectores?

– Desde luego, está la sede social de la SEAM, propietaria de la torre, que es una sociedad europea de armamento. Pero la empresa alquilaba una buena parte de los locales a otras compañías, principalmente, a empresas privadas. En general eran sociedades de servicios, de seguros de SSII, ese tipo de cosas…

Fruncí el ceño. ¿Principalmente, empresas privadas? ¿Y qué pasaba con el gigantesco gabinete médico que ocupaba todo el último piso? El gabinete Mater. ¿Por qué no lo mencionaba?

El doctor Guillaume… Su rostro me vino a la memoria, y los otros dos desaparecieron de mi sofá.

Ah, si tan sólo estuviera allí mi psiquiatra… ¡Él podría tranquilizarme! Me ayudaría a reencontrarme, a identificar mi alucinación y no dejarme llevar por la locura. Y entonces volvería a ser un esquizofrénico como los demás. Un buen y tierno esquizofrénico. Pero había que rendirse a la evidencia. El doctor Guillaume debía de estar muerto a esas horas. Aplastado bajo los escombros, carbonizado. Y, ahora, yo era el único juez de mi realidad. El único, el único, el único.

Cerré los ojos e imaginé el cuerpo calcinado de mi psiquiatra. No llegó a parecerme triste, sino más bien dramático. Egoístamente, me preguntaba cómo iba a poder recuperar mi historial médico. ¿Cómo iba alguien a poder revisar mi diagnóstico si no disponían de las notas de mi psiquiatra de los últimos quince años?

Alejé esa idea de mi cabeza. Era indecente pensar en mi historial médico cuando el doctor Guillaume estaba muerto sin ninguna duda. Un pequeño montón de cenizas. Entonces me di cuenta de que mis padres se iban a hundir cuando se enteraran del fallecimiento del psiquiatra.

Mis padres… Pensé en ellos. ¿Cómo es que no habían llamado todavía? Sabían que iba todos los lunes por la mañana a aquella torre. ¿Tal vez todavía no se habían enterado del atentado? Durante sus vacaciones, en la casita que alquilaban en la costa, eran capaces de no ver la televisión, ni leer los periódicos durante varios días. A aquella hora, seguramente se estaban tomando un cóctel al borde de su piscina, sin preocuparse ni por un instante de que su hijo hubiera sobrevivido al más terrible atentado jamás cometido en suelo francés.

De todos modos, no tenía con mis padres, Marc e Yvonne Ravel, una relación muy calurosa; no obstante, parecían interesarse por mi suerte, a su manera, en todo caso, lo suficiente como para alojarme y animarme a ver al doctor Guillaume una vez a la semana, por ejemplo. Digamos que manteníamos una relación respetuosa y cordial, que se ocupaban de mí sin lamentarme por mi deficiencia psicológica, pero sin demostrarme, no obstante, un afecto desbordante. No había nada de pasión. El hecho de que no tuviera ningún recuerdo ni de mi infancia, ni de mi adolescencia, no facilitaba, sin duda, las cosas, ni a ellos, ni a mí. No había buenos recuerdos que compartir, ni vacaciones, ni celebraciones, ni fiestas de familia… No recordaba nada y me sentía diferente a ellos, casi un extraño.

Me gustaría hablar largamente sobre mi padre, sobre mi madre, pero sinceramente tengo la impresión de no conocerlos. Es terrible: sería incluso incapaz de decir su edad. No sé nada ni de su pasado ni de su infancia. No sé cómo se conocieron, ni dónde y cuándo se casaron, en resumen, todas esas cosas que los niños saben y que un día comprenden.

Por lo general, teníamos poca relación. De todas maneras, prácticamente no tenía relación alguna con nadie, aparte de con mi jefe y mi psiquiatra, sólo tenía relaciones… de tipo profesional.

Los fines de semana, mis padres salían de la ciudad. Yo me quedaba solo en París, feliz por poder disfrutar del apartamento, encerrado en mi acostumbrada soledad. Entre semana, cuando volvía por la tarde de trabajar, ya habían cenado Y mi madre me dejaba algo de comer en la cocina. Cenaba solo, en la mesita de contrachapado, distinguiendo a lo lejos el ruido de la televisión de su habitación. A veces, los oía discutir. No podía evitar pensar que yo era el motivo de la mayor Parte de sus peleas. Mi nombre aparecía regularmente en la conversación. Tras unos minutos, mi padre gritaba más fuerte y se acababa. Parecía tener el argumento final para zanjar siempre el debate. Y mi madre se resignaba. A menudo me cruzaba con ella en el salón, después de aquellas peleas. Comentábamos alguna banalidad, casi enfadados. Ella parecía triste, pero yo no conseguía compadecerme de ella. Le dirigía una sonrisa vacía y después me solía ir a mi habitación, donde me encerraba hasta el día siguiente. Allí, leía libros, montones de libros, sobre los que tomaba notas, montones de notas, y finalmente, acababa durmiéndome intentando no pensar. Ese aislamiento era para mí la mejor manera de olvidar las voces de mi cabeza. No dejaba de ser algo siniestro, soy consciente, pero al menos no me sentía oprimido. Y, aunque, desde luego, había en lo más hondo de mí un ser que soñaba con algo diferente, había acabado por acostumbrarme. De todas formas, los efectos secundarios de mis neurolépticos no me incitaban a hacer nada más. Mis padres, tampoco, por otra parte.

A veces, me decía que eran tan letárgicos como yo. Me hacían pensar en las caricaturas de jubilados que se ven en los anuncios de los seguros de defunción, salvo por la sonrisa ficticia.

Pasada con creces la sesentena, ambos habían trabajado durante toda su vida en un ministerio; eso lo sabía. Pero no estaba seguro de en qué ministerio. Siempre hablaban de «el ministerio». Y mis recuerdos no llegaban lo suficientemente lejos. Hasta donde llegaba mi memoria, siempre habían estado jubilados.

En cierto sentido, eso me iba bien. De repente, me pregunté qué habría hecho si hubiera tenido unos padres más presentes, o, incluso, más afectuosos. Me pregunto si eso no me habría agobiado, si no habría sido peor.

A pesar de todo, decidí en ese momento que tenía que avisarlos; decirles que estaba vivo, al menos les debía eso.

Cogí el teléfono y marqué el número de la casa de vacaciones. Nadie respondió. Dejé sonar durante más tiempo, por si estaban lejos del aparato, pero no. Nada. Debían de haber salido. Solté un suspiro y volví a colocar el auricular.

Durante un instante, me pregunté si aquello era real. Empecé a tocarme la mejilla con la mano. Sentí los pelos duros de mi incipiente barba. ¿Era ésa mi mejilla? Acaricié mi vientre hinchado por los neurolépticos. ¿Era mío de verdad? ¿Yo era aquel tipo grande de pelo negro, un poco grueso, ancho de espaldas y de gesto desmañado? ¿De verdad estaba allí, en el apartamento de la Rue Miromesnil? Y mis padres ¿estaban de verdad en la costa? ¿De verdad era agosto? ¿Había sucedido realmente el atentado? ¿Había sobrevivido? ¿Había sido gracias a las voces en mi cabeza?

«Esas voces en mi cabeza. Cabeza, cabeza, cabeza.»

Y entonces, volvía la única pregunta de verdad. Redundante, obsesionante, penosa, dificultosa.

«¿Soy esquizofrénico, sí o no?»

Me eché a llorar suavemente. Era un lloro perdido, malgastado, infantil. No conseguía juzgar la validez de mis puntos de referencia y anclarme con seguridad en la realidad. Daba igual en cuál. Y eso me entristecía y me hacía sentir desamparado. Tenía ganas de refugiarme en mi interior, detrás del velo de mis lágrimas, pero no estaba seguro de estar solo allí. Aquellas voces podían volver a acosarme, en todo momento. Las palabras del doctor Guillaume me volvían a la cabeza como una vieja regañona cuya voz hubiera estado grabada en un magnetófono anticuado. «Sufre distorsiones tanto en su pensamiento como en su percepción, Vigo. Pero intente no encerrarse en usted mismo. Eso les pasa muy a menudo a las personas que sufren sus mismos problemas. La alteración de su contacto con la realidad no debe empujaros a la exclusión…»

No excluirse de la realidad. ¿Cómo se hace eso?

Me sequé algunas lágrimas que habían resbalado por mis mejillas. Miraba de nuevo la televisión. ¿Eso era la realidad, lo que salía en aquel pequeño aparato, las voces y las imágenes?

Pero, entonces, ¿por qué esos condenados periodistas no hablaban del gabinete médico del último piso? Todo era muy extraño. El gabinete era grande y, según mis padres, gozaba de una buena reputación. Había muchos médicos en esos locales, me había cruzado con decenas de ellos, y un montón de aparatos de análisis… ¡Eso debería haber interesado a los periodistas! Y era asombroso que nadie hablara del doctor Guillaume…, «el mejor psiquiatra de todo París».

En lugar de eso, filmaban a pobres personas que desfilaban por la Défense: unos con fotos de un desaparecido, que mostraban a los bomberos, a los policías, con aspecto desesperado; otros que consultaban las primeras listas oficiales de las víctimas, que estaban colgadas cerca del puesto médico avanzado.

De repente, se adueñó de mí la idea de volver al lugar. Tal vez el nombre del doctor Guillaume estaba escrito en las listas, o tal vez había sobrevivido… ¿Por qué no? Si aquella mañana había llegado tarde, él también podía haberse escapado de las bombas.

Necesitaba saberlo. No era razonable, sin duda, las esperanzas eran pocas, pero necesitaba saberlo. El doctor Guillaume era la única persona que podía ayudarme. Él era el único vínculo que podía volver a unirme a la realidad. El único que podría decir si era o no esquizofrénico. Tenía que verlo. Si estaba vivo, podría explicarle cómo me habían salvado las voces del atentado. Él me creería, o si no, me lo explicaría. Él sabría qué hacer.

Sin pensarlo más, me levanté y abandoné el apartamento.

13.

Esa vez, cogí un taxi. -¿Qué le ha pasado?

Me di cuenta de repente de que debía de tener un aspecto lamentable.

– He estado en los atentados.

El chófer me lanzó una mirada de asombro. Miró mi ropa cubierta de sangre y de suciedad.

– ¡Dios mío! -soltó-. Usted está herido…

– Nada grave…

– ¿Y no ha ido al hospital?

– No, tengo que volver allí.

– ¿A la Défense? -Sí.

– Pero todo el sector está cerrado, señor.

– Tengo que ir. Tengo… Tengo familia que ha desaparecido allí -mentí-. Quiero volver. Lléveme lo más cerca posible, por favor.

El taxista dudó durante un momento antes de acceder. Debió de apiadarse de mí y pensar que estaba en estado de choque. De hecho, no se equivocaba del todo.

Era un magrebí de unos cincuenta años. Tenía una mirada alegre, que desprendía una generosidad muda, con bonitas arrugas alrededor de los ojos.

Arrancó sin esperar más y se dirigió hacia la Porte Maillot, mirando regularmente por su retrovisor. Yo veía su mirada de inquietud en el pequeño espejo rectangular. Tenía miedo de hablar. Hice todo lo posible para no continuar la conversación. Tapándome la boca con la mano y con la cabeza apoyada en el cristal, miraba a la gente que estaba fuera en sus coches, en las aceras, cada uno con su propia realidad. Había madres con sus niños, parejas, ancianos…, cada uno con su vida. Todas aquellas trayectorias invisibles que apenas eran visibles… Esos futuros que tal vez podían adivinarse… Los otros.

Lentamente sentí que llegaba: la crisis. Mi frente pareció invadida por una ola de dolor, insistente, pesado, y después el mundo se desdobló ante mis ojos. Las siluetas se multiplicaban; el horizonte se dividió.

«Pobre tipo, pobre, pobre tipo. Está completamente colgado.»

Me sobresalté. ¿Ésa era la voz del conductor? ¿En mi cabeza? ¿O era una alucinación? Habría jurado que era su voz. Seguía mirándome por el retrovisor, con aspecto desolado. Aparté la mirada. Tal vez había imaginado esa frase… Sí. Seguramente mi cerebro la habría producido.

Sin embargo… ¡Ya no sabía dónde estaba! No sabía qué creer. Desde hacía más de diez años mi psiquiatra afirmaba que no oía los pensamientos de la gente, sino que eran alucinaciones producidas por mi propio cerebro: alucinaciones auditivas, nada más. Pero, ahora, empezaba a dudarlo. «Pobre tipo.» Eso no podía ser una alucinación, ¡era tan real! No podían ser otra cosa que los pensamientos del conductor, y nada más.

En el mismo instante, las palabras del atentado me volvieron a la mente. «Brotes transcraneanos, 88, es la hora del segundo mensajero. Hoy, los aprendices de brujos en la torre; mañana, nuestros padres asesinos en el vientre, bajo 6,3.»

Me estremecí.

– ¿Podría encender la radio, por favor? -pregunté sin levantar la mirada.

– ¿Quiere los informativos?

– No, no, música. Bastante fuerte, si no le molesta.

Encendió el aparato. La melodía de una música oriental inundó enseguida el coche. Resoplé. Era un medio que había encontrado hacía tiempo para que no me molestaran las voces: escuchar música muy alta. Me relajé un poco mirando el cielo azul del verano. Me gustaba París en el mes de agosto. Había menos gente en la calle, menos voces en mi cabeza. La luz daba a los edificios un aspecto nuevo. Las ventanas de todos los pisos estaban abiertas. Eso me gustaba, me parecía acogedor.

– Lo siento, señor, no nos podemos acercar más -anunció finalmente el conductor, al tiempo que paraba el coche junto a la acera, en el límite entre Neuilly y la Défense. Los bulevares circulares están cerrados. Tendrá que caminar.

Frente a nosotros, unas barreras bloqueaban la carretera y provocaban un enorme atasco.

– De acuerdo. ¿Cuánto le debo?

Se volvió con una amable sonrisa en el rostro.

– Nada, señor -dijo el hombre, dándome una palmadita sobre la mano-. Esto corre de mi cuenta. Buena suerte con su familia.

Asentí con la cabeza, intentando demostrar agradecimiento. No se me dan muy bien los gestos afables. Sentía ganas de darle las gracias dignamente, pero no sabía hacerlo. Saber dar o recibir un poco de amor es todo un arte. Y yo no he recibido una buena formación.

Salí del taxi y me dirigí hacia la humareda que seguía levantándose sobre el barrio de negocios. Crucé varias calles, después pasé por el complicado laberinto de túneles subterráneos. Me había perdido ya más de mil veces en aquel complejo de cristal y hormigón. El arquitecto que concibió las vías de circulación de la Défense debía de tener un extraño sentido del humor. Llegué enseguida frente a una nueva barrera instalada por la policía; cintas de plástico rojo y blanco señalaban el perímetro. Dudé, después rodeé aquella barrera simbólica. Un agente de policía se precipitó enseguida hacia mí, con un comunicador en la mano.

– No puede usted pasar, señor -me espetó él con aspecto audaz.

– Pero debo volver allí -insistí-. Está mi médico, y yo también estaba allí.

La mirada del policía cambió por completo. Vio mi ropa, mis heridas, los restos de sangre. El cambio en la expresión de sus ojos demostró que había comprendido de repente que no era un simple curioso, sino una víctima del atentado. Debía de tener heridas en el rostro y los ojos hinchados. Un aspecto terrible.

– Pero ¿por qué no se han ocupado de usted los encargados de auxiliar a los afectados? ¿Qué hace usted aquí?

– No… No sé muy bien qué me ha pasado. Me asusté y me fui. Pero quiero ver las listas, quiero comprobar si está en ellas mi médico…

El policía dudó, después cogió el comunicador que llevaba en el cinturón.

– Está bien, señor. Está usted en estado de choque, no debería haberse ido así… Le voy a acompañar al puesto de atención médico-psicológica, sígame.

Él me tendió la mano y me cogió por el hombro, como si fuera un herido grave, después me condujo a través del laberinto de la Défense. Yo no abrí la boca. Conforme avanzábamos, el sol y las paredes se cubrían más de un polvo gris, y los rostros de los bomberos, de los policías o de los civiles eran más serios. Atravesamos varios subterráneos, después volvimos a subir a la superficie, en medio de la jungla de ruinas, y me condujo hasta el extremo este del barrio, cerca del Gran Arco. Allí, habían limpiado un espacio en el que había instalado un puesto de auxilio de urgencia. Había unos hombres vestidos con casullas amarillas que parecían organizar toda la operación, socorristas con brazaletes rojos y el personal médico que llevaba brazaletes blancos. Aquel pequeño mundo corría en todas las direcciones, y me preguntaba cómo podía existir la más mínima coherencia en aquel gigantesco caos.

A la derecha, vi cuatro tiendas blancas, instaladas bajo el Gran Arco. La más alejada llevaba una inscripción: «Secretariado PMA». Aquél era, o eso me pareció, el lugar que había visto en uno de los reportajes de la televisión, adonde acudían las familias a buscar noticias sobre los suyos o dar los nombres de los desaparecidos.

– Quédese aquí, señor, voy a buscar a alguien del equipo de emergencias para que se ocupe de usted.

Asentí, pero cuando se hubo alejado, me fui enseguida en la otra dirección, hacia el secretariado. En la esquina de la tienda, vi las listas de nombres colgados en grandes paneles de maderas.

La plaza del Gran Arco ofrecía un espectáculo siniestro e inquietante. Se podía distinguir a hombres de uniforme que corrían por todas las esquinas: enfermeros, médicos y socorristas continuaban recibiendo a nuevos heridos, mientras otros se encargaban de la evacuación. También había aún personas a las que sacaban de entre los escombros, y que habían permanecido durante más de veinticuatro horas bajo éstos. Desde luego, no había sobrevivido ninguno de los ocupantes de la torre; pero había muchas personas rescatadas de los edificios vecinos. Un poco más lejos, se veían periodistas y equipos de televisión sobreexcitados. A un lado, había un bombero con aspecto extraviado, sentado en el suelo, con el rostro cubierto de sudor, que respiraba con dificultad y escupía frente a él flemas negras, con los ojos inyectados en sangre. Por otro lado, una pareja lloraba uno en brazos del otro. Todavía más lejos, unos hombres vestidos de amarillo discutían, escribían cosas en grandes cuadernos, daban órdenes por teléfono… Más abajo, la explanada de la Défense no era más que un vasto campo en ruinas. A la derecha, apenas podía reconocerse la fachada del centro comercial, cubierta por un polvo opaco. Los edificios más pequeños, los cafés y los puestos móviles habían desaparecido bajo el amasijo de la torre. En algunos sitios, columnas de humo gris danzaban hacia el cielo de agosto. A lo lejos, mucho más cerca de lo que antes había sido la torre SEAM, se oía el ruido sordo de las máquinas que intentaban limpiar los escombros.

Temblando, me acerqué lentamente a los paneles de madera, Miré primero al azar, para ver si podía dar con el nombre del doctor Guillaume. Rápidamente entendí que las listas de víctimas estaban ordenadas por el nombre de la sociedad. De inmediato, busqué el nombre del gabinete médico. Mater, Por la letra M. Lo intenté varias veces, pero no conseguí hallarlo.

Di un paso atrás. Tal vez había algún otro panel, más lejos. Di una vuelta, pero no encontré nada. Noté que los latidos de mi corazón se aceleraban y oí voces confusas que se peleaban en mi cabeza. Tenía que seguir concentrado. El doctor Guillaume. ¿Dónde estaba el doctor Guillaume?

Esperé un momento, para volver a coger aliento, y después me dirigí hacia el bombero que había visto más allá y que seguía sentado en el suelo, con la máscara de gas colgada al cuello.

– Buenos días… ¿De verdad no ha habido supervivientes en la torre?

El joven alzó sus ojos escarlatas hacia mí. Movió la cabeza para decir que no, con aspecto cansado.

– Pero… yo… yo… no encuentro el nombre de mi médico… allí, en las listas. Y estaba en la torre, en el gabinete médico… Y…

El bombero lanzó un suspiro. Se aclaró la garganta.

– Vaya mejor a preguntar al secretariado -dijo, señalándome la última tienda.

Le di las gracias y me puse en camino. Delante de la entrada había decenas de personas, apretadas unas contra otras. Todo el mundo hablaba a la vez. La mayoría lloraba. Algunos volvían a salir, abatidos, apoyándose en los socorristas.

Me sequé la frente. ¡Hacía mucho calor! El aire estaba muy pesado. Gotas de sudor caían sobre mis párpados, y me picaban los ojos. Mis manos temblaban cada vez más. Me sentía mal. Me sorprendí al notar que todo daba vueltas a mi alrededor. Estaba completamente aterrorizado.

«Venga. Avanza, Vigo, con calma.»

Tosí. Después sacudí la cabeza. «Calma.» Avancé. La multitud que había delante de mí empezaba a darme miedo. Pero necesitaba saber y encontrar a mi psiquiatra. Era mi única oportunidad.

Resoplé. Hice acopio de valor, después me lancé. Intente meterme por aquella extraña asamblea, pero enseguida mesacudieron los síntomas que avisaban de una crisis violenta. El dolor de mi cabeza, el mundo que daba vueltas a mi alrededor y se desdoblaba. Enseguida empecé a oír decenas de voces en mi cabeza. «Es mi turno.» Voces confusas. Llantos. Llamadas de auxilio. «No puede estar muerta.» Cerré los ojos. Intenté alejarlas, dejar de escucharlas. Entré en la tienda, aplastado en medio de aquel gentío. «Mi hijo, ¿dónde está mi hijo?» Las voces estaban por todas partes, se deslizaban hasta el menor recodo de mi cerebro, cada vez más enredadas entre sí. «Todavía en los escombros.» Cada vez menos comprensibles. «Me da igual quién hay aquí. ¡Un responsable! ¡Quiero hablar con un responsable!» Me sentí invadido por una ola de calor. Una ola de pánico. Y las voces resonaron cada vez más fuerte en mi cabeza. Enseguida ya no conseguí distinguir unas de otras. «Traumatismo licencia se ha hecho imposible quien va a ir a buscarme todavía pero ya que yo le digo con mi hermano.» En mis tímpanos golpeaba un enorme estruendo. «El pánico tener atentado sino mañana.» Sentí que mi cabeza daba vueltas. «Es la hora del segundo mensajero.» Gotas de sudor se deslizaban por mi espalda, por mis brazos, mis piernas. Volví a secármelo frenéticamente. «¿Señor?» Me tapé los oídos con las manos. Grité. Mi vista se turbó. La multitud empezó a dar vueltas a mi alrededor. «Señor, ¿puedo ayudarle?» Tuve la impresión de ser el eje de una inmensa noria abigarrada. Me agarré a la mesa que había frente a mí. Mis piernas todavía temblaban. Los murmullos de mi cabeza se mezclaban con los latidos de la sangre en mis tímpanos. «¿Señor?»

Noté entonces que una mano me agarraba por el hombro. Me sobresalté. El rostro de una mujer que estaba frente a mí se dibujó lentamente, y me habló.

¿Puedo ayudarle, señor?

Estoy… Estoy buscando al doctor Guillaume -balbuceé mientras intentaba reponerme.

¿Un doctor? Para eso tiene usted que ir al PMA.

No. En la torre, estaba en la torre. En el gabinete médico, sabe usted, del último piso. ¿Está vivo? El doctor Guillaume, el psiquiatra del gabinete Mater…

– ¿El gabinete Mater? Pero ¿qué es eso, señor?

– Es el gabinete médico que estaba en el cuadragésimo cuarto piso de la torre SEAM. ¡El gabinete del doctor Guillaume!

No conseguí enmascarar mi asombro. Las voces seguían en mi cabeza. «Callaos.» Lancé miradas de cólera en torno a mí. La joven verificó sus listas.

– Señor, no figura ningún gabinete médico en la lista, ni ninguna sociedad con el nombre de Mater. No había ninguna sociedad en el cuadragésimo cuarto piso… Sólo hay locales técnicos ahí, señor. ¿Está usted seguro de que estaba en esta torre?

«¡Vais a cerrar la boca, pandilla de idiotas!»

Di un golpe en la mesa.

– Desde luego que sí -dije exasperado-, ¡el gabinete Mater! Voy todos los lunes por la mañana desde hace diez años. Pregunte usted al vigilante, al señor Ndinga. ¡Él me conoce!

La joven bajó de nuevo los ojos hacia las hojas. Parecía agotada, pero mantuvo la calma.

«¡Dejadme en paz!»

Ella volvió a levantar la cabeza con aspecto afligido.

– ¿Busca usted al señor Ndinga? ¿A Paboumbaki Ndinga? Lo siento sinceramente, señor. Es una de las víctimas… Espere un momento, alguien va a ocuparse de usted, y…

– ¡No! ¡Al doctor Guillaume, no al señor Ndinga! ¡Busque al doctor Guillaume!

La muchedumbre se movió, y dos personas pasaron frente a mí. Di unos pasos atrás a la vez que me tapaba las orejas. Tenía que irme. El ruido se había hecho insoportable. Di media vuelta y me marché rápidamente, apartando a varias personas.

Salí de la tienda y me detuve a un lado, sin aliento. Me dejé caer sobre un gran contenedor de plástico. «No había ninguna sociedad en el cuadragésimo cuarto piso…» La cabeza me daba vueltas. Tenía ganas de dormir.

De repente, una voz me sacó de mi turbación.

– ¿Busca usted el gabinete Mater?

14.

Levanté la mirada. Entonces, vi el rostro del hombre que me había hablado. Tenía unos treinta años, ojos pequeños y negros, y el cabello corto y oscuro. Fruncí el ceño. Había algo en su aspecto…

– ¿Perdón? -balbuceé.

– Está buscando el gabinete Mater, ¿no? -repitió él.

Llevaba un chándal gris con una capucha que le caía sobre la espalda, del tipo que llevan los estudiantes en las universidades americanas. Recordé inmediatamente que lo había visto antes, cerca del secretariado, apartado a un lado, como si esperara a alguien. Y todos mis sentidos se pusieron en alerta. Me sentí invadido por una alarma inexplicable. Una urgencia. Como si mi inconsciente hubiera reconocido en este hombre a un enemigo. Un peligro.

Las palabras de la mujer resonaban todavía en mi cabeza. «Sólo hay locales técnicos ahí.»

Me levanté.

– No, no… -mentí, al tiempo que me alejaba.

– ¡Claro que sí! -insistió el hombre mientras me agarraba por el brazo-. Le he oído…

No dudé ni un segundo más. Con un gesto brusco me desembaracé de él y me puse a correr con todas mis fuerzas. Oí que se ponía a perseguirme. Mi instinto no me había engañado. Ese tipo iba a por mí no sé por qué extraña razón.

Corrí cada vez más rápido, hacia la izquierda del Gran Arco, subiendo de cuatro en cuatro los escalones que llevaban hasta un gran puente peatonal, sin preocuparme de cómo me tiraba la gente. Cuando hube llegado a lo alto de la escalera, eché una ojeada a mis espaldas. No podía creer lo que veía.

Ahora eran dos los tipos que me perseguían, ambos con sus chándales grises.

«Una alucinación. No puede ser otra cosa que una alucinación.»

Sin embargo, no sentía deseo alguno de verificarlo. Volví a echarme a correr. Tras pasar de largo a un grupo de socorristas perplejos, crucé la pasarela a toda velocidad, con la mano en la barandilla para no perder el equilibrio. Cuando llegué al final del puente, bajé los escalones tan rápido como me fue posible, después me precipité a la calle. Sin dejar de correr, volví a girar la cabeza. Los dos tipos se me echaban encima y estaban muy cerca. Y las voces amenazantes de mi cabeza me perseguían.

Empezaba a faltarme el aliento. ¡Malditos cigarrillos! Sin esperar, di media vuelta y me metí bajo el puente de los subterráneos de la Défense. Sin saber dónde iba a aparecer, bordeé una calle en penumbra. Enseguida, oí el eco de mis perseguidores. Sus pasos golpeaban en la acera y resonaban bajo la baldosa de hormigón. Aceleré tanto como pude. Yo mismo estaba sorprendido de la rapidez con la que podía correr durante tanto tiempo. Sin duda, el miedo me daba alas.

De repente, cuando llegué a una intersección, decidí tomar otra calle a la izquierda, más oscura todavía. Estuve a punto de perder el equilibrio al esquivar un cubo de basura. Me apoyé en una barrera y volví a correr todo recto. El sol parecía escurridizo, cubierto de polvo, pero no debía abandonar. No sabía quiénes eran aquellos hombres, pero una cosa era segura, no querían nada bueno.

Empezaban a dolerme las piernas, y también el pecho, como si me lo hundiera un puño invisible. Me preguntaba cuánto tiempo podría correr tan rápido. Llegué entonces al final de la calle, crucé y tomé otra vía a mi derecha. A lo lejos, volví a ver la luz del día. Me armé de valor. Sin girarme, salí al exterior. Cuando por fin estuve a plena luz del día, vi una nueva barrera instalada por los policías. Estaba saliendo del perímetro de seguridad. La calle iba a parar directamente al bulevar circular de la Défense. Salté torpemente la reja y, cuando levanté la cabeza, vi la parte delantera de un autobús que se dirigía hacia mí a un centenar de metros. El número 73. Se dirigía hacia una parada en la que esperaban unas diez personas. Me sequé la frente y lancé una rápida mirada tras de mí. Todavía tenía un poco de ventaja. Decidí probar suerte y me dirigí hacia el autobús. La calle hacía una ligera subida, pero creo que incluso corrí más rápido, en un último esfuerzo, con la esperanza de que todo acabaría muy pronto.

Cuando el autobús paró, todavía estaba a unos cincuenta metros. Solté una maldición. Si lo perdía, no tendría fuerza suficiente para seguir huyendo; pero todavía tenía una oportunidad, una muy pequeña.

Apreté los puños y busqué nuevas fuerzas en lo más profundo de mi ser. Después de todo, había sobrevivido a un atentado. No iba a dejar que una simple carrera acabara conmigo. Gritando de dolor, corrí todavía más rápido. Los coches pasaban a mi izquierda en dirección al Pont de Neuilly. Chorreaba de sudor. Otro esfuerzo más. Ya no estaba muy lejos. Pero cuando me acercaba a la parada, vi que las puertas se cerraban.

– ¡Espere! -grité como si el chófer pudiera oírme.

Con los brazos levantados, recorrí los últimos metros, y me precipité contra la puerta de cristal. El autobús ya había arrancado. Golpeé la ventana. Los tipos no estaban muy lejos. El chófer me lanzó una mirada sombría.

– ¡Por favor! -le rogué, mientras veía que los otros dos se acercaban.

Oí entonces el ruido agudo de las puertas que se abrieron frente a mí. Salté al interior.

Gracias, señor -le susurré sin aliento.

El chófer asintió, volvió a cerrar las puertas y arrancó. Avancé por el pasillo. El bus aceleró en el bulevar circular. Miré por la ventana. Mis dos perseguidores acababan de alcanzar la calle. Vi al primero soltar un grito de rabia y pegar un puñetazo al panel publicitario. Había ido de poco. Después su silueta se alejó. Había conseguido escapar. Yo, Vigo Ravel, esquizofrénico, había conseguido dejar atrás a esos dos tipos. Apenas podía creerlo.

Con la respiración todavía entrecortada, me dejé caer sobre un asiento en la parte delantera del autobús. Las personas que me rodeaban me miraban con suspicacia, pero empezaba a acostumbrarme. Ni siquiera los miraba. Poco a poco, fui recuperando las fuerzas e intenté tomar conciencia realmente de lo que acababa de pasar.

«¿Ha sido un sueño?»

¿Qué querían esos hombres de mí? ¿Por qué el primero me había preguntado si estaba buscando el gabinete Mater? ¿Y por qué la mujer del secretariado me había dicho que no existía? ¡Todo aquello era verdaderamente increíble! ¡Esa persecución, en pleno corazón de la Défense, en medio de las fuerzas de salvamento! Debía de estar completamente loco, en plena crisis de paranoia.

Cuando recuperé una respiración regular, me levanté y me fui a la parte del fondo del autobús, como para asegurarme de que los hombres de chándales grises no estaban allí. Me metí por entre los pasajeros y después pegué la frente al cristal de atrás. La silueta rodeada de humo del barrio de negocios iba disminuyendo progresivamente en la lejanía, como un mal sueño. Detrás de nosotros, había algunos coches, pero ningún perseguidor, ningún hombre vestido de gris. Me encogí de hombros. ¿Cómo podía ser tan real una alucinación, tan concreta? Me asustaba mi propia locura.

En ese momento los vi. Eran aquellos dos tipos, los mismos, allí, en un coche azul, justo al lado del bus. En un Golf. Y me estaban mirando con aire de satisfacción. Me habían encontrado.

El corazón me dio un brinco. Di un paso atrás. La pesadilla no se había acabado. Presa del pánico, me precipité de nuevo a la parte delantera del autobús. No sabía cómo salir de esa situación. En coche, no tendrían dificultad en seguirme. Estaba bien fastidiado. Cuando llegué cerca del conductor, le pregunté inquieto:

– Disculpe, ¿cuál es la próxima parada?

– Pont de Neuilly, Rive Gauche… ¿Todo va bien, señor?

– Sí, sí -respondí mientras volvía al centro del autobús.

La gente se apartaba a mi paso, como se aparta de un vagabundo que huele a basura y suciedad. Me agarré a una barra de metal, justo delante de las puertas centrales, y, de puntillas, intenté ver el coche azul. Lo vi enseguida por el rabillo del ojo, iba por el carril de la derecha del bulevar circular a la misma velocidad que el autobús. Guardaban una distancia de seguridad. Di un paso atrás para evitar que me vieran, pero sabía lo ridículo que era ese gesto.

Enseguida, el autobús llegó cerca del Pont de Neuilly. Empezó a aminorar la marcha. ¿Y si salía allí? Ellos me alcanzarían. La parada estaba justo delante del puente. No había muchos caminos para huir. ¿Saltar al Sena? No era el tipo de riesgo que estaba dispuesto a correr. Estaba loco, pero no hasta ese punto. Sin embargo, tenía que encontrar una forma de huir.

Cuando el autobús se paró, sentí que el terror puro se adueñaba de mí completamente. Parecía que se me iba a salir el corazón por la boca. Dejé que la gente saliera delante de mi. Coloqué tímidamente un pie en el primer escalón; pero, en el mismo instante, vi que uno de los tipos salía del coche, presto a saltarme encima. Me volví al interior. Las puertas se volvieron a cerrar. No había nada que hacer, estaba prisionero. El bus volvió a ponerse en camino, y el coche salió tras nosotros.

A lo largo de la Avenue Charles-de-Gaulle, el Golf permaneció pegado a nosotros. En cada parada, veía que los dos tipos dudaban. Entreabrían su puerta y asomaban la nariz fuera del coche. Acabarían saliendo y viniendo a atraparme al autobús.

Algo me decía que no les importaría hacerlo delante de todo el mundo.

Por mi frente, caían abundantes gotas de sudor. El conductor, que debía de haberse dado cuenta de mi extraño comportamiento desde el principio, me echaba miradas cada vez más suspicaces. Tenía que hacer algo.

Cuando llegamos a la gran Place de la Porte-Maillot, frente al Palais des Congrès, el autobús tomó una calle reservada, prohibida para los coches. Había muchos policías en la inmensa plaza, a causa de los atentados, sin duda, y mis perseguidores no se arriesgaron a seguirnos en dirección contraria. Se vieron obligados a quedarse allí; vi que me vigilaban de lejos. Pero cuando el bus se paró, no dudé ni un solo segundo. Era la mejor ocasión. Salí.

En cuanto salí, me puse a correr de nuevo. No sé de dónde saqué la fuerza para hacerlo. Salté por encima de la barrera de hormigón y me hundí en las calles de París. Cuando me giré, vi que el Golf arrancaba, saltaban chispas, y se dirigía hacia mí. Un policía dio la señal de alarma con un silbido. El coche se paró. Uno de los dos tipos salió de él y se puso a perseguirme. No me quedé mirando durante más tiempo. Tenía que huir.

Tomé la Avenue de Malakoff. Había mucha gente en las aceras. Pasé por entre un grupo de curiosos y huí en medio de un mar de insultos. La pendiente de la calle aumentaba cada vez más, pero no aminoré el ritmo. Apreté los puños y, esforzándome por respirar, me dirigí a la Avenue Foch. Parecía un loco furioso al que habían dejado abandonado en los barrios más elegantes. Las viejas damas, con sus largas capas y sus perritos, se apartaban a mi paso ofendidas.

Cuando llegué a la gran arteria que conduce al Arco del Triunfo, bordeé un terraplén, salté por encima de una verja, crucé una zona verde por donde se paseaban turistas con ropa de verano. Cuando llegué a la calzada, no hice siquiera una pausa para cruzar. Un coche frenó con urgencia; lo esquivé y continué mi carrera. No me atrevía a volverme, pero lo notaba detrás de mí, a mi perseguidor, adivinada su cara, su determinación. No pararía jamás, de eso estaba más que seguro. Seguí recto.

Una vez llegué al otro lado, me lancé a la primera calle. Entonces, lo oí: un chirrido de neumáticos, una súbita aceleración. Miré por encima de mi hombro. Era el Golf de nuevo. El segundo tipo había conseguido alcanzarme en coche. Su colega entró y se dirigió en línea recta hacia mí.

Me precipité hacia la otra acera, más estrecha. El coche me cortó el paso antes, incluso, de que llegara al pavimento. Aterrorizado, salté a un lado y aterricé sobre el capó de un Mercedes, y me encontré en el suelo, tendido sobre la espalda. Solté un grito de dolor. Entonces, oí que la puerta del Golf se abría. Me levanté enseguida. La gente de la calle se puso a gritar. Mis dos perseguidores, de nuevo reunidos, gritaban también:

– ¡Deténganlo!

Crucé una avenida y después, más lejos, entré en una callejuela que estaba a mi izquierda. Corrí con todas mis fuerzas, más de las que habría imaginado nunca. Parecía que hubiera vuelto a fijar mis límites y hubiera encontrado recursos escondidos. Tal vez fue una inyección de adrenalina. Dos veces, giré precipitadamente en callecitas, a derecha y a izquierda. Era el único medio de despistarlos. Cada vez, esperé que no me hubieran visto girar; pero no podía seguir así eternamente, ni atravesar todo París a ese ritmo frenético.

En aquel instante, vi, a mitad de calle, en un pequeño pasaje, un singular edificio de piedras, redondo y coronado por una cúpula y con una especie de linternilla.

Eché una ojeada detrás de mí. Los dos tipos no habían llegado todavía. Estaba fuera de su campo de visión. Tal vez era el momento adecuado para entrar en un edificio a fin de refugiarme en él. O, por el contrario, podía quedar atrapado sin salida… Decidí probar suerte y me dirigí a la pequeña y extraña puerta.

Estaba cerrada, por supuesto. Era una puerta vieja y oxidada, medio desencajada, de un color amarillento, sobre la que podía descifrarse un mensaje estropeado por el tiempo: «Canteras. No abrir, peligro». No había ningún mango, sino sólo una pequeña cerradura. Empujé con fuerza la puerta. Pero, evidentemente, no se abrió. Mi tiempo se agotaba. Si no me daba prisa, los dos tipos llegarían enseguida al cabo de la calle y me verían en aquel escondite. Di una patada a la puerta. Se resistió. No perdí el ánimo: el marco estaba tan oxidado que debía de ser posible forzar la entrada. Inspiré profundamente y di un segundo golpe. Después, un tercero. La vieja puerta cedió. Sin perder tiempo, me precipité al interior y cerré detrás de mí.

Me volví a encontrar en la oscuridad total. Esperé un instante para recuperar el aliento. Escuché enseguida los pasos de los dos tipos que corrían en esta dirección. Apreté los dientes y me quedé inmóvil. El ruido de su carrera resonaba en la calle, cada vez más próximo. Tragué saliva. No estaban más que a algunos metros. No hacer ruido. Y esperar. ¡Qué estúpido riesgo había corrido! ¡Encerrarme yo mismo! Sin embargo, cuando ya no lo creía posible, constaté que no me habían visto entrar. Sus pasos se alejaron hacia la otra punta de la calle. Solté un suspiro de alivio. Estaba tranquilo, por el momento, en todo caso.

15.

Cuaderno Moleskine, nota n.° 107: solipsismo.

El sueño es la prueba, si es que era necesaria, de que nuestro cerebro es capaz de fabricarse sensaciones que se parecen a una cierta realidad. Hay pesadillas que apestan a realidad. En suma, nuestro cerebro es tal vez un simulador de vida particularmente socarrón.

A menudo veo nacer en mí una cierta certidumbre según cual mi yo y mi conciencia constituyen la única realidad existente. No es egocentrismo, sino el miedo de que los otros y todo el mundo entero sean representaciones falsas, productos de mi conciencia.

En el fondo, no creo conocer verdaderamente más que mi propio espíritu y lo que éste contiene; tan sólo ellos saben que existen.

Esto tiene un nombre. También, para asegurarme, lo he verificado en los diccionarios, para ver si era el único que creía estar solo. En realidad, somos bastantes.

De entrada, en el Petit Robert…

Solipsismo: n.m. (1878; del latín solus, «solo», e ipse «mismo», suf. -ismo). Filo. Teoría según la cual para el sujeto pensante no había más realidad que él mismo.

Y también en el diccionario de filosofía de Armand Colin.

Solipsismo: Doctrina, que nunca se ha defendido realmente, según la cual el sujeto pensante sería el único en existir. Este término, siempre peyorativo, se utiliza a veces para calificar una forma extrema de idealismo. Wittgenstein, en su Tractatus logicophilosophicus, subrayó la paradoja del solipsismo que, practicado rigurosamente, coincide con el puro realismo.

Tengo que leer a Wittgenstein. No sé si lo entenderé, porque ya he tenido dificultades con el título.

16.

El aire era caliente. Caliente y húmedo. Descendí prudentemente los viejos escalones metálicos con la única luz de mi mechero. Los muros de piedra blanca se iluminaban a mi paso. Estaban cubiertos de pintadas, llenos de grietas y atracados por viejas barras de hierro oxidadas. La escalera se hundía en las oscuras profundidades de París. A lo lejos, se Perdía en la negrura. Recordé el cartel de la puerta. No había duda, estaba en una de las antiguas canteras de Chaillot: las catacumbas.

Dudé durante un instante. ¿Había sido una buena idea meterme allí dentro? No tenía linterna, y había oído varias veces que era fácil perderse en los subterráneos de la capital. No obstante, ¿tenía elección? Estaba casi seguro de que mis dos perseguidores merodeaban todavía por el barrio, acabarían por volver sobre sus pasos y buscar el lugar en el que me había escondido. No podía plantearme volver a salir. Entonces, no podía hacer otra cosa. Tenía que bajar allí dentro, a aquel agujero negro. Era sin duda el mejor escondite posible. Tal vez no el más tranquilizador, pero sí el más seguro.

Me estremecí, después me decidí a aventurarme más lejos. Al menos, podía ir a ver lo que había al final de los escalones. Quizás había otra salida en alguna parte.

Me volví a poner en camino, teniendo cuidado de no resbalar sobre el metal oxidado. El sonido regular de mis pasos se elevaba por la escalera. Los muros de piedra tallada se transformaron enseguida en paredes de roca calcárea bruta, y los escalones de metal dieron paso también a la roca. Respiré penosamente, todavía cansado y atenazado por la inquietud. En cada instante, me esperaba oír más arriba a los tipos que me habrían descubierto. Pero no. Por el momento, todo estaba silencioso. Tenía que conseguir calmarme.

Recuperé un poco de mi seguridad y aumenté el ritmo de mi marcha. Noté entonces que no había ninguna voz en mi cabeza. Las amenazas, los murmullos, todo había desaparecido. Conforme me adentraba en el subsuelo parisino, el silencio se iba imponiendo en mi espíritu. Esto no bastaba para extinguir mi angustia, pero ya era algo.

No podía mantener mi mechero encendido todo el tiempo por miedo a quemarme los dedos, pero también porque no quería malgastar la gasolina. Por tanto, lo apagaba a intervalos, y avanzaba largos tramos en absoluta oscuridad, a ciegas.

De repente, un escalofrío me recorrió la espalda. Allí el aire era mucho más fresco, y la oscuridad no mejoraba nada. Era un ambiente desagradable, irreal. Caminé durante minutos interminables a tientas, hasta que, por fin, la escalera se terminó.

Volví a encender de nuevo mi mechero y vi que ahora estaba en una galería estrecha. Debía de estar a varios metros bajo tierra. Las paredes estaban frías y ligeramente húmedas. Respiré durante un instante, inmóvil, después volví a ponerme en marcha agachado para no herirme la cabeza con el techo, que era muy bajo. Avanzaba lentamente en la oscuridad, paso a paso, apoyándome con la mano izquierda en la pared de piedra. Después de una larga caminata, una abertura se dibujó a un lado. Encendí mi luz y descubrí a mi derecha una pequeña habitación, bastamente tallada en la roca, a una profundidad de sólo unos metros.

Por el suelo, había viejas latas de cerveza y bolsas de plástico. Nada interesante.

Volví a ponerme en camino. Cuando, al cabo de un tiempo que me pareció bastante largo, vi que la galería parecía no querer acabarse nunca, decidí dar marcha atrás y refugiarme en la pequeña alcoba. No me apetecía perderme en el laberinto de las catacumbas, y dado que no podía volver a salir enseguida, decidí esperar en aquella habitacioncita hasta que los dos hombres que me habían perseguido abandonaran por fin el barrio.

Volví a entrar en aquel pequeño refugio, resuelto a pasar en él varias horas. Paseé mi mechero por delante de las paredes e intenté descifrar las inscripciones que habían grabado torpemente en la roca. Por aquí: «Anna, te quiero»; por allá: «Jode al IGC, Clemente, a la mierda», y más lejos también: «Si la curiosidad te ha traído hasta aquí, ¡vete!».

Me senté con cuidado en el suelo intentando esquivar los desechos dejados por algunos fiesteros nocturnos, y escondí la cabeza entre las rodillas.

Aquel pequeño gabinete oscuro llamaba a la introspección. Decidí abandonarme a ella. Después de todo, no tenía nada mejor que hacer. Quería recobrar mi calma interior, retomar el vínculo con la realidad, con la tierra, tal vez.

La fría roca parecía recubrir mi espalda. Puse las manos sobre el suelo, levanté un suave polvo. Tenía la impresión de estar apoyado contra una roca en la playa. Casi podía sentir la caricia de una brisa marina.

«No soy esquizofrénico.»

Repasé en mi cabeza la sucesión de los acontecimientos: el metro, la torre, las voces, las bombas, la huida, el apartamento de mis padres, el regreso a la Défense, los dos tipos que me perseguían, y ahora, el subsuelo de París…

Quería convencerme de que todo aquello era real, increíble, pero real. Tenía que confiar en mi juicio, en mis sentimientos.

Imaginé el rostro del doctor Guillaume, dibujé sus rasgos uno a uno en mi cabeza. Sabía con seguridad que había existido, que era parte de la realidad. Mis padres lo habían visto, habían hablado con él. Él era. Pero, entonces, ¿por qué aquella joven me había dicho que no existía y que no había ningún gabinete médico en la torre SEAM? «No había ninguna sociedad en el cuadragésimo cuarto piso… Sólo hay locales técnicos ahí, señor.»

Había algo anormal, algo que no tenía sentido.

«Y no soy yo. No soy esquizofrénico.»

La angustia volvió a invadirme.

«Pero ¿qué demonios estás haciendo en las catacumbas, mi pobre amigo?»

Levanté la cabeza. Apagué el mechero, estaba completamente oscuro, pero, de todos modos, abrí los ojos de par en par. Tenía ganas de salir, de irme de allí, de aquel lugar surrealista. Pero no podía, me arriesgaba a perder la vida.

¿Existían de verdad aquellos dos malditos tipos? Sí, desde luego. O no. Tal vez, no.

Por momentos, la cólera ocupaba el lugar de la angustia.

La cólera contra mí mismo. Contra mi incapacidad para razonar correctamente. No obstante, ¿tan complicado era observar los hechos? ¿Interpretar lo real? Entonces, ¿no había aprendido nada después de todos esos años?

Me parecía que ya era tarde. Fuera, debía de estar a punto de hacerse de noche.

En ese momento, volvió a darme. Primero, la quemazón familiar de la migraña, como una pinza que se cierra sobre la mitad izquierda de mi cerebro. El mundo, a continuación, se balanceó y empezó a dar vueltas. Y después, las voces.

Los murmullos. Lejanos, pero muy reales. Muy reales para mí. Conocía esos extraños encantamientos. Eran las voces que salían a veces de algunas bocas de alcantarilla. De algunas salidas de metro. Había aprendido a reconocerlas después de años de pasearme por París. Era el murmullo de la ciudad, indistinto, secreto, oscuro, que me petrificaba el alma. Decenas de cuchicheos incomprensibles, como el coro de un ejército de muertos.

Me tapé las orejas. Todo mi cuerpo se encogió, como para rechazar aquellas voces confusas; pero sabía que eso no serviría de nada. Nada podía acallar el murmullo de la sombras.

17.

No sé durante cuánto tiempo me quedé así encerrado en mi angustia, ni al cabo de cuántas horas me dormí.

Cuando me desperté sobresaltado, las voces habían desaparecido. Me levanté, torpemente, con las piernas abotargadas. Encendí mi mechero, dudé durante un instante. No había sido un sueño. Estaba allí, bajo la ciudad, como una vulgar rata de alcantarilla. Me decidí a salir.

Con paso rápido, rehíce todo el camino en sentido inverso, y volví a subir velozmente los escalones hacia el exterior. Tenía la impresión de salir de una larga pesadilla, de tener que salir hacia aquella pequeña luz que estaba allí arriba. El mundo real. ¿Real?

Cuando llegué, por fin, frente a la puerta de hierro, me guardé el mechero en el bolsillo, apreté los puños y solté un largo suspiro. Un poco de valor. Salir.

Abrí lentamente. Los rayos de luz invadieron enseguida el pasadizo. Ya era por la mañana. París se coloreaba con miles de resplandores dorados. Los tejados de zinc centelleaban bajo el campo de antenas. Eché una ojeada a la calle y no vi a nadie. Ni rastro de mis dos tipos, en todo caso. Salí.

Me decidí a caminar hasta mi casa. No sentía ni el menor deseo de coger el metro y volver a encontrarme en las profundidades de la tierra, ni de subirme a un autobús en el que la gente me volvería a mirar de reojo por mis ropas desgarradas.

Encontré el camino hasta la Place Victor Hugo. La mañana se levantaba al ritmo de los camiones de la basura. Los primeros coches arrancaron envueltos en un halo de sol. Llegué hasta la Place de l'Étoile. Allí, el Arco del Triunfo resplandecía bajo el cielo inmaculado. Adiviné a lo lejos la llama del soldado desconocido. ¿No era yo uno de ellos? Un pequeño esquizofrénico, anónimo, perdido, esclavo de nuestra ridicula condición, sacrificado como otros miles a la locura militar de Napoleón. Encendí un cigarrillo y crucé las grandes avenidas, después recorrí la Avenue Hoche. Más abajo, entré en el Parc Monceau. Todavía estaba vacío a esa hora. Los árboles parecían hincharse, como si fueran los pulmones de la ciudad, con su primera respiración.

Después, atravesé el parque y bajé hasta la Rue Miromesnil. Cuando, finalmente, estuve junto al edificio, sentí que mis músculos se destensaban lentamente. Llegué a mi casa. En aquel lugar donde tenía referencias, casi me sentía seguro.

Abrí la gran puerta del portal, subí al piso y cogí la llave que tenía en el fondo de mi bolsillo. La deslicé en la cerradura y descubrí, entonces, con estupor, que no estaba echada.

Fruncí el ceño. ¿Había olvidado cerrar con llave? Sí, seguramente. Salí precipitadamente, preocupado, no era nada asombroso…

Pero, cuando volví a entrar en el salón, comprendí que se trataba de algo totalmente diferente.

Alguien había registrado el apartamento.

18.

Cuaderno Moleskine, nota n.° 109: la Mâyâ.

En la filosofía hindú, encontramos una noción que se aproxima sensiblemente a la enfermedad que sufro. No es que me sienta solo, sino que sienta bien ser varios cuando se está delante de un precipicio.

La noción de Mâyâ designa la ilusión del mundo físico. Es lo que podemos percibir del mundo, pero que no es real. Según esta filosofía, el universo, tal y como lo vemos, no es más que una representación relativa de la realidad. Ésta está velada, es subyacente y superior. Trascendental.

Soy como un niño que intenta levantar el velo. Tengo las uñas destrozadas a fuerza de rascar la realidad.

19.

El gran salón blanco de mis padres estaba totalmente revuelto. Se habría podido pensar que un temblor de tierra había sacudido toda la habitación. Los cajones de la cómoda y del pequeño escritorio estaban abiertos, y habían vaciado su contenido en el suelo. Habían vaciado el contenido de las papeleras en el suelo; los cojines del sofá estaban diseminados por las cuatro esquinas del salón. La alfombra, que estaba enrollada, había sido empujada a un lado. El suelo estaba cubierto de libros, de papeles, de todo tipo de adornos, de bolígrafos, de papeles mezclados. Habían roto la mesita baja; había miles de minúsculos trozos de cristal esparcidos por todas partes. Los cinco o seis ceniceros que yo solía dejar repartidos por la habitación también habían sido repartidos por aquel desastre.

Me quedé un momento con la boca abierta. Me froté los ojos, casi sin poder creérmelo. ¿Un robo? Desde luego que no. ¡La coincidencia sería demasiado grande! Tenía que haber alguna relación con lo que me había pasado y con esos tipos que me habían seguido por toda la ciudad. Pero ¿a qué me estaba enfrentando?

Di algunos pasos adelante, con los brazos colgando y el rostro descompuesto. Me incliné con cuidado para ver el interior de la habitación de mis padres: después de todo, los tipos podrían haber estado todavía allí dentro. El dormitorio estaba en el mismo estado: irreconocible. Volví a avanzar, esta vez hacia mi dormitorio. Tampoco se había librado. De hecho, parecía que era la habitación que había sufrido el asalto más violento. Habían puesto mi cama de pie, como una vulgar ficha de dominó. Todos mis libros, mis diccionarios estaban tirados por el suelo al pie de mi biblioteca y formaban una especie de montaña blanca, al borde de la avalancha. Mi ropa estaba por el suelo o la habían tirado sobre mi sillón.

Solté un juramento. Mis libros. ¡Mis pobres libros!

Volví al centro del salón. Recogí algunos objetos aquí y allá, como para asegurarme de que no estaba soñando. Levanté una lámpara de pie que me impedía el paso y, en ese instante, vi por el rabillo del ojo, en la otra punta del salón, un objeto que me heló la sangre.

Me erguí, perplejo. No me había equivocado. Allí, en medio de la pared, justo debajo de un estante, vi relucir un pequeño cristal redondo. Allí estaba el discreto ojo de una cámara de vigilancia, instalada a toda prisa, sin duda, mal camuflada. Boquiabierto, me quedé enfrente mismo del objetivo, incapaz de moverme. Después, en un repentino acceso de cólera y miedo, me puse a caminar en línea recta hacia aquel espía indiscreto y lo arranqué con un gesto brusco. El hilo se despegó del estante, y la minúscula cámara cayó al suelo.

No conseguía creerlo. ¡Una cámara! ¡En mi casa! ¡Habían instalado una cámara de vigilancia en mi casa! ¡En mi salón! Debía de estar en plena alucinación, en pleno delirio paranoico. Tenía que reponerme y razonar. Era completamente ridículo, grotesco.

Cerré los ojos y los volví a abrir. Pero la cámara seguía allí, una pequeña caja negra a mis pies.

La destruí a pisotones. El aparato se rompió en pedazos con un crujido seco. Tiré del cordón negro que salía de ella y lo seguí. Descubrí que estaba atado a la toma telefónica. Lo arranqué, incrédulo. Después di media vuelta y me precipité a mi habitación.

Huir, tenía que huir. Fuera o no fuese una alucinación, no podía quedarme en ese apartamento ni un segundo más. ¡Me iba a volver completamente loco!

Si no era un nuevo producto de mi cerebro enfermo, entonces los que habían puesto la cámara en mi apartamento llegarían seguramente de un momento a otro. No tenía ni la menor idea de qué podían querer esos tipos de mí, ni de quiénes eran; pero no tenía ningunas ganas de conocerlos.

Tenía que irme de inmediato y coger unas mínimas cosas esenciales. Cuando llegué a mi habitación, saqué de debajo de mi escritorio una vieja mochila, metí en ella algo de ropa y la cajita de madera en la que, en mi paranoia, guardaba siempre un poco de dinero en metálico, algo con lo que mantenerme una o dos semanas. ¿Un arma? No tenía ninguna. Cogí, no obstante, una gran navaja suiza que estaba sobre mi mesa. Me paré a pensar qué más podía coger. Lo más precioso que tenía: mis cuadernos Moleskine.

De repente, la idea de que los intrusos habrían venido para robarme se me pasó por la cabeza. Presa del pánico, me precipité a los pies de mi cama, vuelta del revés. Con las manos temblorosas, levanté las dos pequeñas placas de parqué bajo las que solía esconder mis cuadernos. Solté un suspiro de alivio. Todavía estaban allí. Todos. Los recogí y los puse en mi mochila.

En el cuarto de baño, recogí rápidamente mis enseres de aseo y mis medicamentos, que metí revueltos en la mochila. Eché una última mirada al apartamento, después salí al recibidor sin esperar más. Cerré de un portazo y bajé por la escalera de servicio.

Una vez en la calle, miré rápidamente a mi alrededor, seguro de que un enemigo invisible estaba a punto de echárseme encima; después, con la mochila a la espalda, subí por la Avenue Miromesnil corriendo, pegado a las paredes de piedra blanca y ladrillo rojo.

Tras torcer a la izquierda, entré en el ruidoso bulevar recorrido por largas filas de vehículos. Dejé tras de mí la sombra imponente de la iglesia de Saint-Augustin. Por las aceras, me hundí corriendo en la jungla parisina de columnas Morris y de otras cabinas telefónicas… Cuando llegué a la Place du Général Catroux, levanté la cabeza para mirar la gran estatua de Alexandre Dumas. El escritor estaba sentado sobre una gran silla, encima de sus obras. Él también parecía vigilarme. En cada momento, esperaba ver que guiñara los ojos como había resplandecido el objetivo de la pequeña cámara de vigilancia. Tenía la seguridad de que toda la ciudad me espiaba. Me deslicé sin esperar hacia la sombra tranquilizadora de los plátanos. El mundo parecía girar en torno a mí, lleno de voces confusas y ruidosas. Hacía tanto calor que el cielo estaba lleno de un vapor trémulo que me aturdía. Creí que me desvanecería varias veces. Pero tenía que seguir corriendo, seguir corriendo, como la víctima enloquecida de mil depredadores.

Crucé la Place Wagram para continuar recto hacia la Porte d'Asnières. Quería salir de París, de su locura o de la mía; alejarme de mi apartamento, de la cámara, de mi pesadilla.

Cuando ya no pude correr más, me dejé caer en un banco.

Cerré un instante los ojos, como si eso pudiera transportarme a otro mundo, a otra realidad. En mi cabeza resonaban miles de voces. Sudaba. Abrí los ojos y levanté la cabeza. La fachada de un hotel se dibujó frente a mí, como una respuesta maternal a todas mis angustias.

20.

Era el mejor refugio con el que se podía soñar: un hotel Novalis, dos estrellas, anónimo, casi inexistente, blanco y frío, discreto; el no-lugar que justamente necesitaba. Para no ser.

Desde el atentado, no había tenido tiempo para cambiarme de ropa. La sangre y la suciedad se confundían en mi camiseta. Mi pantalón estaba desgarrado; mis manos, heridas; tenía el aspecto de un vagabundo que ha sido apaleado por una banda de gamberros. No sé cómo el tipo de debajo del hotel me permitió entrar con unas pintas como las mías. Tal vez, la cadena hotelera no le daba el placer de rechazarme.

– ¿Le queda alguna habitación?

Mientras hablaba, sin dejar de sudar, miré a mi alrededor, como si me siguieran.

– ¿Para cuánto tiempo?

– No lo sé. Para algunas noches.

– ¿No tiene equipaje? -preguntó él con un tono de desinterés.

– No, nada.

– Tiene que pagar por anticipado, señor.

Le di en efectivo la cantidad correspondiente a la primera noche. Él soltó un suspiro y me dio una llave.

– Habitación 44, segundo piso.

Y me dejó pasar sin preguntar nada más.

Algunas horas más tarde, a cambio de un billete de 50, aceptó incluso subirme una botella de whisky y cigarrillos…

Me quedé acostado, fumando cigarrillo tras cigarrillo, en estado de choque, mudo y atiborrado de ansiolíticos. Las personas como yo siempre tienen un arsenal de medicamentos al alcance de la mano. Al cabo de varios años, los médicos acaban olvidando lo que prescriben. Te dan recetas. Y uno acaba guardando un poco de todo: somníferos, neurolépticos, antidepresivos… Cuando se ha probado todo, durante cerca de quince años, siempre se encuentra la pildora adecuada para cada momento. Por poco aventurero que se sea, se llegan a conocer las mezclas y las virtudes que el alcohol añadía.

Entonces, yo añadía mucho.

Pasaron dos días sin que bajara de mi habitación. Tal vez más. Había perdido la cuenta. Me había fumado cuatro paquetes de cigarrillos con la punta de mis dedos amarillos. Mis crisis de angustia se sucedían, como mis alucinaciones y mis pérdidas repentinas de memoria. Todo había empeorado y tenía miedo. Simplemente miedo. Porque lo sabía.

Mi cuerpo entero temblaba. Estaba aterrorizado como una rata en el calor y la oscuridad de mi pequeña habitación. ¡Tan estándar, realmente anónima, tan inexistente! Todo era cuadrado: la cama, la pequeña televisión, los muebles… No era una habitación, era una celda, una jaula, una cama de hospital. Tenía ganas de gritar, pero mi propia voz me aterrorizaba. Como todas las otras. Las de mi cabeza, las del exterior, que oía en la noche ardiente, esos ecos indistintos que subían de la calle. Voces tristes. Frases cargadas de desasosiego.

Todo me oprimía. El olor de los productos de limpieza, el aire acondicionado, la ampulosidad de los revoques, que parecían moverse lentamente… Ese hotel parisino, cuya blancura camuflaba mal una insalubridad más profunda, parecía querer anonadarme completamente. Y si me quedaba allí, acabaría por pasar.

Recordé vagamente un instante de lucidez en la primera noche, cuando la angustia me dio un cierto descanso. Solté un largo suspiro. Tumbado sobre el rígido somier, con la espalda dolorida, el espíritu abrumado, giré la cabeza hacia la mesita de noche situada a mi izquierda. Había dejado mi reloj allí, cerca de la botella de whisky.

Mi viejo reloj de cuarzo, que siempre he llevado conmigo. Ni siquiera recuerdo el día que lo compré. Siempre había estado allí, en mi muñeca, fiel, y tal vez era, de mis escasas posesiones, el objeto al que me sentía más unido. Alguien me había dicho un día que tenía cierto valor -era un reloj de pulsera Hamilton, modelo Pulsar, uno de los primeros relojes de pulsera electrónicos, de los primeros años de la década de los setenta-, pero sobre todo tenía para mí un valor sentimental que me costaba entender. Un vínculo con mi pasado. Y ahora, estaba roto. Todavía hacía tictac, como buscando un último aliento. El cristal se había roto cuando caí el suelo por la onda expansiva. Desde el atentado, aparecían las mismas cuatro cifras obsesivas: 88.88.

Una hora que todos los relojes y los despertadores analógicos pueden indicar, pero que no existe. La tierra de nadie temporal en la que vegetaba anonadado e incrédulo. Mi vida se había parado entonces, en aquella elipse invisible en la que ninguna aguja se había posado jamás. Me sentía inmovilizado, extraviado, en aquel colchón demasiado duro de una habitación de hotel encima de los bulevares de los mariscales, aturdido por el miedo y los medicamentos, atrapado en los segundos infinitos de la hora que no existía.

Sonreí. Entonces, estaba fuera del tiempo. La idea era divertida para un esquizofrénico. Giré de nuevo la cabeza y dejé mi reloj donde estaba. Encendí otro cigarrillo mientras pensaba en los días extraños que acababan de suceder, en la locura que acababa de vivir. Noté que unas gotas dé sudor se deslizaban por mi frente. Intenté no secarme. De todas maneras, el calor del mes de agosto y la angustia se habían aliado contra mí. Era una batalla perdida por anticipado.

Mi paranoia jamás había alcanzado un nivel tan crítico. Estaba sordo por esas voces que invadían mi cabeza, esas frases que no podía olvidar, y que suponía que debían de tener un significado profundo, importante. «Brotes transcraneanos, 88, es la hora del segundo mensajero. Hoy, los aprendices de brujos en la torre; mañana, nuestros padres asesinos en el vientre, bajo 6,3.» No tenía conciencia de las horas, el tiempo me parecía a la vez terriblemente largo e impalpable, como encerrado para siempre en el medio de infinitos bucles de mi 88.88. Con cada pequeño ruido que invadía mi habitación, toqué con el dedo la superficie helada del terror puro, la raíz misma del miedo, que se hundía como un inmenso picador de hielo en las profundidades de mi columna vertebral.

Pero, finalmente, la mañana del tercer día, sin duda, cuando estaba inmerso, amorfo, en un sustituto del sueño, me sobresaltaron y despertaron tres golpes en mi puerta. Tres golpes ensordecedores cuyo eco llenó toda mi habitación. Tuve tanto miedo que creí que mi corazón se había parado. Sin embargo, oí que volvía a latir. Y más fuerte que nunca.

Me cubrí enseguida con mi gran sábana blanca y cerré los ojos, hecho un ovillo en medio de la cama, esperando resignado la muerte.

– ¿Señor? ¡Señor!

Abrí los ojos. Era la voz del tipo del hotel.

– ¿Hay alguien ahí dentro?

Golpeó de nuevo la puerta, más fuerte todavía.

– ¿Está usted vivo todavía? ¡Señor! ¿Está usted ahí?

Me senté en la cama, con la frente cubierta de sudor.

– Señor, si usted no abre, me voy a ver obligado a abrir yo mismo…

– ¡Espere! -grité, presa del pánico, sacando la cabeza de la cama-. ¡Espere! Estaba… Estaba durmiendo. ¡Me estoy vistiendo, ya voy!

– ¡Ah! Está usted ahí. Bueno… Sería muy amable si se reuniera conmigo en la recepción, no ha pagado usted las últimas dos noches…

Creo que esta llamada brutal a la realidad fue un desencadenante para mí. Como un electrochoque psicológico, una ducha fría. Sin saberlo, el guardia del hotel acababa de sacarme de la espiral paranoica en la que estaba hundido desde hacía varios días. Por primera vez desde que me había tirado a aquella cama, volví a tener un contacto con el mundo real, y, en cierto modo, eso me salvó, al menos por un tiempo, de mi laberinto de angustia.

Me levanté de golpe, impulsado por un violento sentimiento de culpabilidad, me dirigí hacia el pequeño lavabo blanco del minúsculo cuarto de baño, me desvestí por completo y me eché agua turbia y fría sobre el cuerpo. «Puta, ¿qué estás haciendo, pero qué estás haciendo?» Me froté con fuerza mis brazos y mi frente. Tuve que enjuagarme varias veces para quitarme el color rojo que había impregnado mis pelos. Me froté la mejilla. Una barba dura y que pinchaba la recubría. Cogí el neceser de mi mochila y me afeité. Mis manos temblaban de miedo y cansancio. Me corté dos veces. Cuando hube acabado, dejé la cuchilla al borde del lavabo y me erguí para mirarme en el espejo.

Apenas me reconocía. Era como si no hubiera visto esa figura desde hacía una eternidad. Mis rasgos acusaban el cansancio, tenía la cara de un muerto viviente. Sin duda, excepto por la barba, ahora había recuperado mi aspecto habitual, pero seguí teniendo una pinta desastrosa. De todas maneras, detestaba mirarme en los espejos. Tal vez no me gustaba mi cara, que siempre me había molestado: nariz demasiado grande, dientes estropeados, cejas eternas, tez amarillenta de fumador. Tenía la impresión de que no me pertenecía. En el fondo, sólo podía soportar mis ojos. Aquella gran mirada azul que conseguía sostener. Era la única cosa de mi rostro que me parecía real, que parecía pertenecerme. Para siempre.

En mi brazo, observé durante un momento el viejo tatuaje cuyo origen ignoraba. Era una cabeza de lobo. No recordaba ni el día ni la razón por la que me hice ese tatuaje. Se remontaba a esa época lejana que se escapaba totalmente a mi memoria.

Bajé la cabeza y contemplé mi vientre. Había adelgazado un poco. Muy poco. Los medicamentos me habían condenado a una detestable gordura eterna. Inspeccioné uno a uno los pliegues de grasa de mi estómago. ¿Cuánto de ese cuerpo me pertenecía a mí, de verdad? Después, más abajo, miré mi sexo, aquel sexo idiota que, según creía, jamás había conocido mujer. Tal vez ni siquiera la había deseado. Era incapaz de acordarme. ¿Seguía siendo uno un hombre cuando no se tiene ningún deseo?

Levanté los ojos y sostuve de nuevo mi propia mirada. Lo consideré una prueba. Había algo raro en ese espejo, en todos los espejos.

«¡Jodidos neurolépticos!»

Con un gesto de rabia, cogí la papelera que estaba a mis pies, me fui hacia la mesita de noche y tiré una a una las cajas de medicamentos a la basura.

«Se ha acabado. Lo dejo. Dejo estos medicamentos que me joden la vida. Me moriré si es necesario, pero se ha acabado. Lo dejo.»

Miré durante un instante las tabletas y cartones amontonados en el fondo de la papelera, después me dirigí a la ventana, la abrí de par en par y tiré todo lo que contenía a la calle. Las tabletas plateadas volaron como hojas muertas y se esparcieron por la acera y la calzada. Solté un pequeño grito de victoria, y esbocé una sonrisa burlona en los labios.

Volví al lavabo, cogí ropa limpia de mi mochila y me vestí rápidamente.

«No soy esquizofrénico.»

Me puse los zapatos, cogí todo el dinero que tenía en mi cajita, lo metí en mi cartera y salí, finalmente, de aquella maldita habitación con paso decidido.

Bajé rápidamente la escalera del hotel y me encontré con el recepcionista en el vestíbulo.

– Siento mucho haberlo molestado así, pero creía que le había pasado algo -me dijo él con una especie de sonrisa forzada.

– ¿Cuánto les debo? -pregunté secamente.

– Son 20 euros por noche, 40 en total.

Le di el dinero.

– Sin duda, me voy a quedar unos días más -le anuncié.

– Entendido. Ahora que le conozco y que sé que usted paga, no hay problema. Puede pagar cuando se vaya… Tiene que comprenderme, señor. Uno desconfía…

– Desde luego. Gracias.

No añadí nada más y salí rápidamente del hotel.

21.

El sol de agosto inundaba el bulevar. Árboles y hombres desbordaban de vida. Observé el mundo. Todo parecía normal, tan normal como lo había conocido antes. Calmado, real, aunque envuelto, al salir de mi cueva, de un efímero resplandor dorado.

Me puse a caminar por la acera con paso que pretendía seguro. Un vientecillo irregular templaba el calor húmedo del verano, y me hacía cosquillas en la cara. De vez en cuando, pasaban coches cerca de mí, indiferentes. Me cruzaba con hombres, mujeres y niños. Algunas tiendas estaban abiertas. No toda la ciudad estaba de vacaciones. A un lado, había un quiosco de prensa con sus variopintas pancartas que recordaban los atentados; al otro, una cabina de la Compañía Eléctrica de Francia, cubierta de carteles y de adhesivos de colores que invitaban a las festividades urbanas, o anunciaban conciertos o veladas; más lejos, una panadería de la que salía el olor seductor de su bollería. Atadas a los tubos de una pequeña barrera verde, bicicletas, ciclomotores y motos esperaban el regreso de sus propietarios. La realidad me pareció perfecta, indiscutible. No había nada que resaltara. Tranquilo, me encaminé por ese mundo tangible, evitando cuidadosamente las salidas de metro y las bocas de alcantarilla.

Con una idea en la cabeza, avancé sin apartar la mirada de las fachadas de los inmuebles alineados. Crucé algunas calles, con los puños apretados en el fondo de los bolsillos, casi a paso ligero, y después, al cabo de un cuarto de hora, tal vez más, vi, en fin, lo que buscaba en una pequeña calle detrás de la Place Paul-Léautaud. En la pared, al lado de la puerta de un garaje, una placa de metal grabada anunciaba: «Sophie Zenati, psicóloga, 1.º izquierda».

Sin dudar, entré en el vestíbulo del viejo inmueble parisino y subí los peldaños de una pequeña escalera roja. Cuando llegué al primer piso, me quedé un instante ante la puerta mordiéndome el labio, indeciso; después, finalmente, llamé al timbre. Nada. ¿No había nadie? Volví a llamar al timbre una vez más, inquieto. Si el gabinete estaba vacío, ¿tendría el valor de buscar otro? Pero entonces oí pasos que se acercaban, bajo los que crujía el suelo de un viejo parqué de madera. La puerta se abrió.

– Buenos días, señor. ¿Tiene usted cita?

Era una mujer morena, de unos cuarenta años, pequeña, un poco rellena y con un rostro frío.

– No -respondí encogiéndome de hombros.

– ¿Viene usted a que le den cita?

– No, querría ver enseguida a la psicóloga -dije sin ceder.

– Ah, lo siento, pero no recibo más que con cita.

Entonces era ella. Me pregunté si tenía el aspecto de una psicóloga. O más bien, me pregunté si una psicóloga debía parecerse a mi psiquiatra. ¿Había algo en sus ojos que me hizo pensar en el doctor Guillaume? Me resigné a creer que eso no debía de tener mucha importancia. Eso fue tranquilizador, pero tenía que hacerme a la idea. Mi psiquiatra estaba muerto, tendría que establecer lazos de confianza con una nueva persona. Completamente nueva.

– Sí, lo entiendo, pero es una urgencia -insistí.

– ¿Una urgencia?

– Sí. Querría saber si soy esquizofrénico.

Mi interlocutora levantó las cejas.

– Ya veo.

Ella dudó. Yo no me moví ni un centímetro. La miraba, simplemente. No quería decir nada más. Era una especie de prueba. Si ella decidía que el tema merecía investigarse, tal vez sería la señal de que podía confiar en ella.

– Está bien -dijo ella, a la vez que suspiraba-. Puedo recibirlo en un cuarto de hora, pero no para una sesión completa. Y después, tendrá que coger una cita… No funcionamos así, sabe usted…

– Gracias.

Ella me dejó pasar; atravesamos un largo pasillo revestido de madera, después me rogó que me instalara en la sala de espera. Me senté en un asiento, ligeramente incómodo, escondiendo las manos bajo mis muslos como un niño tímido. La mujer desapareció tras una doble puerta.

Me quedé un momento paralizado, inmóvil; después empecé a calmarme y me puse a inspeccionar la habitación, como un alumno en el despacho del director. En una esquina, a mi izquierda, había juguetes de madera y plástico guardados en grandes cestos; a la derecha, una pequeña biblioteca, con filas de libros en desorden. No pude evitar fijarme en un gran título rojo que sobresalía entre los demás: Kramer contra Kramer. En las paredes desnudas habían colgado, hacía tiempo a juzgar por su estado, unos pósteres con números de emergencia como el de SOS Mujeres Maltratadas, u otros organismos de asistencia. Frente a mí, en una pequeña mesa, había apiladas unas revistas estropeadas. En lo alto del montón, un Paris Match aseguraba revelar todo sobre la vida privada del primer ministro. Al lado, un número de Elle alababa las virtudes de un régimen especial para el verano.

Saqué las manos de debajo de mis piernas, y me puse a frotarlas una contra otra, en un gesto nervioso. ¿Había hecho bien en ir allí? Sí, seguramente. Era un acto razonable. De hecho, especialmente razonable, y del que podía sentirme orgulloso. Un acto sensato.

De todos modos, necesitaba una opinión exterior a mí. Una opinión de un profesional. Seguramente, no podía librarme solo de mis angustias ni de esa duda repentina y justificada sobre mi enfermedad. Sin embargo, el doctor Guillaume estaba muerto. O tal vez no había existido nunca. Ya no lo sabía… En suma, sí, seguramente necesitaba ayuda, no había duda al respecto.

Algunos instantes más tarde, mientras intentaba ver los títulos de otros libros alineados en la biblioteca, la puerta se abrió de nuevo. Oí que la psicóloga se despedía, y vi que salía una mujer que debía de tener entre veinticinco y treinta años, y que cruzó la sala de espera sin dirigirme una mirada. Llevaba el pelo corto, a lo chico, y tenía la tez oscura de una mediterránea; tal vez, incluso, el sol de África del Norte había dorado su piel. Los rasgos finos, el rostro delicado: tenía un aspecto triste y salvaje. Sus ojos brillaban con un verde bello primaveral. La vi irse, sin atreverme siquiera a decirle adiós. En la consulta del doctor Guillaume, jamás me había cruzado con otro paciente.

– Puede entrar, señor, por favor.

Me levanté lentamente y crucé la puerta frotándome la nariz con la mano izquierda. La psicóloga se había instalado detrás de una mesa desordenada. Me observaba con aspecto serio.

– Siéntese -me dijo ella, señalándome la silla que estaba frente a ella.

Yo lo hice, sin dejar de mirar el fárrago que reinaba en el gabinete. Había montones de libros, un ordenador abandonado por el suelo, un gran climatizador blanco… Me había esperado un interior sobrio y, sobre todo, mucho más ordenado. ¿Una psicóloga negligente podía ser una buena psicóloga?

– Bien. Antes que nada, ¿cómo se llama usted?

– Me llamo Vigo Ravel, como el compositor, y tengo treinta y seis años.

Vi que anotaba mi nombre en un gran cuaderno negro.

– Venga, cuéntemelo todo.

– Doctora, creo que…

– Espere un momento -dijo ella levantando su bolígrafo-. Yo no soy doctora, soy psicóloga.

– ¿No es lo mismo?

– No, en absoluto. No he estudiado medicina…

– Ah, bueno, eso no es grave -dije sonriendo-; yo estoy loco, no enfermo.

Ella permaneció sorprendentemente serena. Eso no la había hecho reír.

– ¿Por qué dice usted que está loco?

– Eso no lo digo yo exactamente, sino mis padres y mi psiquiatra, el doctor Guillaume. Dicen que soy esquizofrénico… Llevan años tratándome.

– ¿Y usted no les cree?

Ella hablaba con una voz monótona y asentía regularmente con la cabeza, como para darme a entender que comprendía todo lo que yo decía, o bien para tranquilizarme, sin duda. Y lo más asombroso era que funcionaba. Sin entender por qué, sentía confianza hacia aquella mujer. Había en su mirada una contradicción que me gustaba: era a la vez maternal y neutra. Protectora e imparcial. Tenía la impresión de que podría decirle cualquier cosa y que ella no me juzgaría, al contrario que el doctor Guillaume, quien siempre había parecido estar evaluándome.

– Bueno, es un poco más complicado. Al principio no les creía, pero acabé creyéndoles, y ahora vuelvo a tener dudas… Es un poco complicado, lo admito. Me habría gustado hablarlo con mi psiquiatra, no la habría molestado; pero el problema, sabe usted, es que ha muerto en el atentado.

Vi que levantaba lentamente la cabeza y arqueaba ligeramente una ceja. Intentaba no parecer sorprendida, pero no pudo ocultármelo. Sonreí.

– ¿Su psiquiatra murió en el atentado de la Défense? -preguntó, a la vez que se aclaraba la garganta.

– Sí, bueno, eso creo. Ya no estoy seguro de nada, ahora. Ni siquiera estoy seguro de que haya existido. Disculpe, pero necesito saberlo: ¿el atentado ha ocurrido de verdad?

En esa ocasión, ella no intentó ocultar su asombro.

– Sí -dijo, frunciendo el ceño-. Sí, desde luego que ha tenido lugar el atentado de la Défense. ¿Por qué duda de que su psiquiatra haya existido?

Me estremecí. A medida que explicaba las cosas, iba tomando conciencia de lo excéntrico de mi historia.

– Cuando volví allí, a la Défense, las personas que se ocupaban de las víctimas me dijeron que no había ningún gabinete médico en la torre. Sin embargo, allí veía al doctor Guillaume todas las semanas, desde hace años. Y también iba allí el día del atentado… ¿Conocía usted al doctor Guillaume? Mis padres dicen que tiene una buena reputación.

– No, lo siento, no me dice nada. ¿Ha recibido atención médica de urgencia tras el atentado?

– No.

– ¿Y no le han hecho una evaluación psicológica?

– No, porque conseguí escaparme de la torre…

– Pero, entonces, ¿precisamente estaba usted dentro de la torre SEAM en el momento mismo del atentado?

– Sí, pero conseguí sobrevivir porque pude salir justo antes de que las bombas explotaran. Y por eso vengo a verla. Porque si he sobrevivido, significa que no soy esquizofrénico. Y necesito saber…

Ella me miró fijamente sin decir nada.

– ¿Cree usted que soy esquizofrénico? -insistí.

– De entrada, no me gusta decir que una persona es esquizofrénica. En psicología, no clasificamos a las personas, sino problemas. Prefiero decir que una persona presenta una esquizofrenia…

Asentí con la cabeza, pero en el fondo lo psicológicamente correcto me daba igual. Lo que me interesaba era saber si estaba totalmente loco o no.

– De acuerdo, entendido, pero según usted, entonces, ¿presento una esquizofrenia?

– Debería ser su psiquiatra más que yo el que lo dijera, ya que le ha seguido durante más tiempo… Su diagnóstico sería más seguro que el mío.

– Sí, pero mi psiquiatra está muerto. Y necesito saberlo. Es urgente. No puede usted dejarme con la duda. Usted es psicóloga. Al menos, es capaz de reconocer a un esquizofrénico, ¿no? Es básico. Si no, está usted dejando de asistir a una persona en peligro. ¿Cómo se sabe si se es esquizofrénico?

Creo que ella soltó un ligero suspiro.

– Es bastante complicado, pero empezamos a conocer mejor este problema. ¿Conoce usted un poco la historia del descubrimiento de esta enfermedad, señor Ravel?

– Sí, vagamente.

– ¿Le dicen algo los primeros estudios de Kraeplin?

– Sí, el doctor Guillaume me había hablado de ellos. Es el psiquiatra que, en 1900, diferenció la esquizofrenia de la paranoia, ¿no?

– Así es. Primero la llamó Dementia praecox, «demencia precoz», porque afecta esencialmente a los hombres jóvenes de entre dieciocho y veinticinco años. Esta diferenciación fue esencial. Desde entonces, el enfoque clínico de la esquizofrenia ha progresado mucho, y para diagnosticarla, hay muchos métodos. Su psiquiatra ha debido de hablarle sobre eso también, supongo. En general, hay que remitirse a los criterios diagnósticos del DSM IV.

– Sí, sí. Lo recuerdo. Pero no presté verdaderamente atención en aquel momento. ¿Qué es eso exactamente?

– Es una clasificación americana de las enfermedades psiquiátricas… En concreto, proporciona una lista de síntomas característicos de la esquizofrenia, o más bien, de las esquizofrenias. Cuando un paciente presenta, al menos, dos de estos síntomas, puede declararse que presenta una esquizofrenia.

– ¡Pues ya está! -exclamé-. Eso es exactamente lo que quiero saber: quiero saber si objetivamente, clínicamente, soy esquizofrénico. Porque durante años me han dicho que lo era; pero, ahora, ya no estoy seguro…

La psicóloga se quedó en silencio durante un instante. Me miraba con mucha seriedad, lo que me parecía bastante tranquilizador. Deslicé una mano en el bolsillo de mi chaqueta para buscar mis cigarrillos.

– ¿Puedo fumar?

– No.

Volví a dejar el paquete en su lugar.

– ¿Cuáles son los síntomas que hicieron que su psiquiatra le declarara una esquizofrenia? -me preguntó finalmente ella.

– Oigo voces en mi cabeza.

Ella anotó algo en su cuaderno.

– ¿Son voces exteriores o su propia voz?

– Bueno, más bien son voces exteriores que oigo cuando tengo crisis. En realidad, creo…, en fin, empiezo a creer que lo que oigo son los pensamientos de las personas.

No me atreví a darle ejemplos. Sin embargo, había uno que no podía olvidar. «Brotes transcraneanos, 88, es la hora del segundo mensajero…»

– Ya veo. Y bien, si es lo que quiere saber, entonces sí, se parece bastante, en efecto, a uno de los síntomas que se citan en el DSM IV. Pero esto no basta para afirmar que usted sufre una esquizofrenia…

– ¿Qué más hay?

– Hay montones de síntomas, señor Ravel, pero le repito que no se puede diagnosticar así este tipo de enfermedad, durante una simple entrevista. Requiere su tiempo. Y además, ahora tenemos medios más desarrollados. En ciertos casos, pueden incluso tomarse imágenes del cerebro.

– Sí, sí, lo sé: me he hecho montones de ellas. Montones, durante años. ¡Tienen tantas imágenes de mi cerebro en el gabinete del doctor Guillaume, que habrían podido hacer un cómic!

– Bueno, al menos, tiene usted sentido del humor…

Sonreí. Decididamente, había algo de esta psicóloga que me gustaba. Su manera de hablarme como a un adulto, especialmente. Ni el doctor Guillaume, ni mis padres, ni siquiera mi jefe me habían hablado de esta manera. Para ellos, siempre había sido un esquizofrénico, un enfermo y, por tanto, un ser globalmente irresponsable. Por primera vez, me pareció que esa mujer me miraba como un adulto normal, sensato, que presentaba tal vez un simple problema psicológico…

Era una nueva impresión. En nuestra conversación, había una especie de estimación, de respeto tácito, y eso me pareció tranquilizador. Casi liberador.

– Sea amable -le dije, al tiempo que me adelantaba en mi silla-. Sé que es un asunto delicado, pero dígame, de todos modos, lo que usted piensa. Deme su opinión, su opinión personal. Me siento verdaderamente perdido.

– No puedo formarme una opinión tan rápido, señor Ravel.

– Dígame, al menos, los otros síntomas para que vea si encajan conmigo.

– Hay muchos…

– ¡Deme ejemplos y ya veremos!

Ella volvió a suspirar, dudó, y después, encogiéndose de hombros, se decidió a responderme.

– Se puede tener la sensación de que el cuerpo está controlado por alguna otra persona, lo que, a veces, provoca movimientos involuntarios…

– No. No tengo ese síntoma. Controlo perfectamente mis gestos.

– Puede haber una desorganización del discurso, lo que tampoco parece sufrir… Aunque tenga cierta tendencia a embalarse cuando habla -añadió ella sonriendo.

– Es porque estoy hecho un lío, comprende, un poco estresado. Venga, ¿qué mas?

– Los enfermos, a menudo, son extraordinarios consumidores de tabaco, se ve por el color amarillento de los dedos, o por los agujeros causados por las quemaduras de tabaco en su ropa…

Examiné mis manos, avergonzado. Mis falanges estaban totalmente oscuras.

– Sí, bueno, hay esquizofrénicos que fuman como cosacos… Eso no prueba gran cosa. ¿Qué más?

– Verá usted, no me sé de memoria todos los síntomas. Tendría que mirar el manual. Lo que puedo decirle, por ejemplo, es que a menudo se observan en los pacientes tendencias, más o menos conscientes, a automedicarse. ¿Alguna vez se prescribe usted mismo los medicamentos?

– Tal vez, ¿y qué más?

– Puede haber un comportamiento catatónico, cambios de humor…

– Sí, eso, eso me pasa. Cambios de humor. Pero eso le pasa a todo el mundo, ¿no?

– Una obsesión por los detalles, los calendarios, las fechas, lo que puede llamarse aritmomanía…

– ¿Algo más?

– Escuche, verdaderamente, no sirve de nada hacer una lista con todos. Usted mismo ha dicho, señor Ravel, que sufre alucinaciones auditivas. Tal vez sería necesario empezar por ocuparse de esto. Sería más razonable que consultara a un psiquiatra que podría prescribirle medicamentos…

– No, no. ¡Basta de medicamentos! ¡He probado todos los neurolépticos, todos! En pildora, en inyección… Eso no sirve de nada, nunca he dejado de oír las voces en mi cabeza.

– Señor Ravel, en el cuadro de una esquizofrenia hay algo que llamamos «alianza terapéutica», y es verdaderamente importante. Debe asegurarse una continuidad en los tratamientos, si es posible con el mismo psiquiatra y con el mismo equipo. Los problemas que usted padece son demasiado importantes como para que se los tome a la ligera. No sólo debe seguir un tratamiento a base de neurolépticos, sino también una psicoterapia. Permítame derivarlo a un especialista…

– ¡No! No me apetece ver a otro doctor Guillaume. Sólo quiero su opinión…, la opinión de alguien como usted. Usted no puede forzarme -dije yo, poniéndome derecho.

– No, en efecto. A menos que represente una amenaza para el orden público. ¿Piensa usted que representa una amenaza para sus conciudadanos?

– No, no. ¡Nunca le he hecho daño ni a una mosca! Debe usted ayudarme, señora. No le pido gran cosa. Sólo quiero que me ayude a saber si las voces que oigo en mi cabeza son alucinaciones.

– ¿Y qué otra cosa podrían ser?

Me encogí de hombros. Ése era uno de los principales argumentos del doctor Guillaume. «¿Qué otra cosa podrían ser?» Ésa era la cuestión, la única cuestión válida.

– Bueno, ya se lo he dicho. Creo que son los pensamientos de la gente. Oigo los pensamientos de la gente.

– ¿Cuánto tiempo hace que lleva oyendo esas voces?

– No lo sé. No recuerdo mucho de mi pasado. Pero creo que al menos hace quince años.

– ¿Y las escucha todo el tiempo?

– No, no todo el tiempo. Hay señales antes de que las escuche. Una migraña, el mareo, y, después, mi vista se desdobla. Es una especie de crisis epiléptica. Ahora, por ejemplo, no las oigo.

– ¿No puede oír mis pensamientos?

– No.

Me estremecí.

– No me cree, ¿verdad? Como no puedo oír sus pensamientos, no me cree.

– No estoy aquí para creerle, señor Ravel. Todo lo que puedo hacer es ayudarle a que vea las cosas con más claridad… Y antes que cualquier otra cosa, me gustaría ayudarlo a que no se angustiara. Parece usted terriblemente angustiado.

– ¿No estaría usted también angustiada si hubiera oído la voz de los terroristas en la cabeza algunos segundos antes de que la Défense explotara?

– ¿Y qué le decían esas voces? ¿Le decían que pusiera bombas?

Sacudí la cabeza.

– ¡Claro que no! ¡En absoluto! Ya veo adonde quiere ir a parar. Está dando a entender que tal vez he sido yo el que ha puesto las bombas, en cuyo caso me convertiría en un verdadero peligro para el orden público, y así podría librarse de mí y hospitalizarme de oficio.

– Ésa no es mi intención. Pero veo que conoce el término de hospitalizar de oficio. ¿Eso le ha ocurrido alguna vez?

Finalmente, empezaba a irritarme. Contrariamente a lo que había esperado, había empezado a ponerme una mirada acusadora. Tal vez no valía más que el doctor Guillaume.

– ¡No, jamás! -respondí con sequedad-. Pero tampoco soy completamente tonto. He leído libros. Sé lo que es una hospitalización de oficio.

Dejamos pasar un buen rato sin decir palabra. No había apartado sus ojos de mí. Creí distinguir de nuevo en su mirada el resplandor del respeto que había visto al inicio de nuestra conversación. Volví a recuperar algo de confianza.

– A decir verdad, creo que soy bastante inteligente -murmuré-. Siempre intento comprender el mundo. Tomo montones de notas. Leo montones de libros. ¿Son inteligentes los esquizofrénicos?

– En general, los pacientes que sufren esquizofrenia tienen un coeficiente intelectual por debajo de la media… Pero no son más que estadísticas. Sin embargo, es cierto que padecen algunos problemas intelectuales, como déficit de atención o problemas de lenguaje… No obstante, hay personas muy inteligentes aquejadas de esquizofrenia, como el célebre premio Nobel de ciencias económicas, John Nash.

– ¿Y si me hiciera pruebas de atención o pruebas de coeficiente intelectual? ¡Estoy seguro de que estoy por encima de la media! ¿Probaría eso que no soy esquizofrénico?

Ella sacudió la cabeza.

– Por el momento, prueba sobre todo que es usted un pretencioso. Señor Ravel -me anunció ella con voz franca-, esto es lo que le propongo. Por ahora, vamos a dejar a un lado la cuestión de saber si presenta, o no, una esquizofrenia, y vamos a concentrarnos en las voces que escucha en su cabeza. Eso es lo que le causa más problemas, por el momento, y creo que sería más prudente trabajar eso, en primer lugar. ¿Qué me dice?

– No lo sé…

– No puedo obligarlo. Pero estas voces realmente parecen incapacitarlo para la vida diaria. Si verdaderamente no quiere consultar a un psiquiatra, cosa que desapruebo por completo, al menos podemos intentar trabajar esto juntos. No sé si puedo ayudarle, pero creo que necesita trabajar este problema.

– Quiere que vuelva a verla, ¿es eso?

– Usted debe decidirlo.

Me tomé un momento para reflexionar.

– No consigo manejarme yo solo -confesé finalmente.

– Es completamente comprensible. Hace un momento me ha dicho que tenía padres… ¿Pueden ayudarle?

– No, por ahora. No están aquí.

– El problema que usted padece es muy difícil de sobrellevar solo, señor Ravel. Pero no debe olvidar que es un problema, no una fatalidad. Hay posibilidades de que remita. El que sea usted consciente de este problema es ya un punto positivo.

– Sí, de acuerdo; pero a fin de cuentas, una vez que hayamos tratado la cuestión de mis alucinaciones, usted me dirá que soy esquizofrénico y volveremos al principio.

– Ya le he dicho que no afirmo este tipo de cosas. Y se lo repito: dejemos de lado esta problemática para concentrarnos en las voces que escucha.

– De acuerdo -respondí sin convicción-. Puedo intentarlo.

– Perfecto. Entonces, acordemos una cita.

– De acuerdo.

Ella sacó un segundo cuaderno negro, más pequeño, y la observé lamerse el dedo índice cada vez que volvía la esquina de una hoja. Tuve la impresión de que era un gesto que hacía mi madre, pero no conseguí imaginármela. No podía ver el preciso rostro de mi madre haciendo ese gesto preciso, y, sin embargo, estaba seguro de que había algún vínculo con ella… Era bastante extraño… Era bastante extraño. Como esos sueños en los que la gente tiene nombre, pero no un rostro.

– ¿Puede usted volver pasado mañana?

– Sí, sí… No tengo nada previsto.

– ¿No trabaja usted, señor Ravel?

– Sí, pero no este momento…

– Entonces, pasado mañana a las tres de la tarde.

Le pregunté cuánto le debía y le pagué enseguida.

– Hasta la vista, señor Ravel. Intente descansar. Tiene aspecto de no haber dormido mucho los últimos días, y la fatiga no mejora las cosas.

Me levanté y le di la mano, tomando conciencia de repente del sentido profundo de ese simple gesto. Un gesto que no hacía a menudo. Apretar una mano. Compartir durante un instante nuestros útiles. Algo así. Mis manos no son esquizofrénicas.

– Gracias, señora.

Salí de la consulta.

22.

Cuaderno Moleskine, nota n.° 113: la memoria.

Se dice que poder ponerle nombre a nuestros problemas es ya encontrar la mitad del remedio. Ahí va: sufro una amnesia retrógrada. Para ser preciso, no recuerdo prácticamente ningún acontecimiento anterior a mis veinte años. Las pocas cosas de las que me acuerdo pueden ser falsos recuerdos, cosas que mis padres me habrían contado y de las que me habría apropiado, o bien lo que se llama «paramnesias reduplicativas», ilusiones de la memoria. Está en los diccionarios, y se traduce en impresiones de déjà-vu o de reviviscencias confusas de escenas de la infancia. A veces me asaltan, como fiases, ante un objeto, un olor, un sonido.

Es particularmente lamentable no acordarse de la propia infancia, ni siquiera de la adolescencia. En la comprensión, el conocimiento de uno mismo, una laguna tan grande es necesariamente un déficit. Por tanto, no me conozco bien. Por tanto, no estoy seguro de nada en lo que me concierne. No estoy seguro de mis preferencias políticas, ni de mis gustos, ni de mis deseos. Se dice que un hombre es la suma de todas las opciones que éste hace en su vida. Pero, entonces, ¿se puede ser un hombre si uno no se acuerda de ninguna de estas opciones?

Tal vez, no obstante, tengo la impresión de acordarme de hechos antiguos. Recuerdos vagos, antiguos, confusos, pero recuerdos de todos modos. No sé si son reales o si son paramnesias causadas por mis problemas mentales; sin embargo, he tomado la decisión de anotar aquí estos recuerdos. Tal vez podría así reconstruir poco a poco el ser que soy o que era. Es lo que los psiquiatras llaman la «técnica del paso a paso». Revivir lentamente el viaje de mi vida pasada, pero en segunda clase, por favor.

23.

Al día siguiente de mi visita al psicólogo, después de haber Pasado mi primera noche relativamente en calma desde los atentados, me propuse no quedarme encerrado en el hotel. Llevaba horas dándoles vueltas a las preguntas en mi cabeza, y no siempre sabía dónde estaba. Me sentía muy solo, muy perdido, y enseguida me pareció que necesitaba ver a alguien, a alguien que me conociera, junto al que pudiera tal vez reencontrar el sentido de la realidad. Seguía sin tener noticia alguna de mis padres, y no estaba seguro de querer verlos por el momento. Por tanto, me decidí a ir a ver al señor De Telême, mi jefe.

Me aseé rápidamente, y me vestí, no sin sentir un verdadero placer. Volver a ponerme esa ropa era un primer paso para aceptar una realidad segura, una realidad en la que debía estar afeitado, limpio y presentable.

Me tomé un café y un cruasán en la planta baja del hotel, en un pequeño bar. Intenté no prestar atención a las voces de los otros clientes. Tenía que concentrarme en otra cosa. Eché una ojeada a los periódicos de la mañana. Sólo hablaban del atentado y de la pista islamista. Todavía se veían las fotos de la Défense, y de las fuerzas de auxilio en medio de las ruinas. Mi realidad. Pagué al camarero, y después me puse en camino.

La sociedad Feuerberg está instalada en la Place Denfert-Rochereau. Seguía inquieto por la idea de volver bajo tierra, así que cogí el autobús y crucé París por la superficie. Pero cuando estuve a pocos pasos de las oficinas y vi pasar tras las ventanas a numerosas siluetas, tuve de repente un extraño sentimiento, no tanto de miedo como de inquietud. ¿Estaba listo para volver a ver a mis colegas de golpe? Había desaparecido durante días, iban a asediarme con preguntas, a lanzarme miradas suspicaces… No. Era demasiado pronto para enfrentarme a eso. Era mejor ver al señor De Telême cara a cara.

Cogí mi teléfono móvil y llamé a su oficina. Me respondió su secretaria. Era una mujer a la que nunca había apreciado. Hablaba poco, jamás daba su opinión. Se contentaba con seguir al señor De Telême para todo, con un cuaderno y un bolígrafo en la mano, y esbozaba extrañas sonrisas, que no lo eran, en realidad.

– ¿Podría hablar con el señor De Telême, por favor?

– No está aquí hoy. ¿Quiere dejar un mensaje?

– No -respondí-. Volveré a llamar mañana.

La secretaria pareció dudar durante un instante.

– ¿Señor Ravel, es usted?

Ella me había reconocido. Había reconocido a Vigo Ravel, a mí. Por tanto, estaba en la realidad. Feuerberg, François de Telême, la secretaria… Eso, al menos, no me lo había inventado.

– No, no -mentí-. Gracias, señora, volveré a llamar.

Colgué enseguida. Di algunos pasos por la plaza, suspirando. ¡Qué imbécil! Había cruzado todo París para nada. Me habría bastado llamar para evitar el desplazamiento. Pero, después de todo, caminar me ayudaría a ver las cosas más claras. Por el momento, no oía ninguna voz en mi cabeza. No me había sentido tan tranquilo desde los atentados. Ahora que estaba aquí, y con una buena disposición, podía aprovechar el buen tiempo para pasear un poco…

Así, pasé el mediodía caminando por el distrito XIV. Como todavía no estaba completamente seguro y me esperaba que aparecieran los dos tipos que me habían perseguido, me paseé por los lugares más tranquilos y más discretos del barrio: los jardines del Observatorio, las callejuela de la villa d'Alésia, el parque Montsouris…

En el camino de regreso, más sereno, me sorprendí al encontrar en mí sensaciones antiguas: el estado de ánimo en el que había estado tanto tiempo. Volví a descubrir, sin verdaderamente explicármelo, esa resignación que el doctor Guillaume siempre había alabado. Poco a poco, la certidumbre de que era esquizofrénico se fue instalando de nuevo, y prácticamente me convencí de que todo lo extraño que me había pasado esos últimos días era tan sólo producto de mis delirios.

Los dos tipos que me habían perseguido, sin duda, no habían existido nunca, ni tampoco la cámara del apartamento de mis padres, y la frase que me había parecido oír en la torre SEAM. No era ningún mensaje indescifrable, era simplemente una frase sin pies ni cabeza que me había inventado.

En el fondo, era tranquilizador saberse simplemente loco. Era reconfortante, y era una respuesta fácil a todas mis cuestiones. Si era esquizofrénico, entonces, ya no había ningún misterio, sino sólo algunas alucinaciones a las que no debía dar ningún crédito.

Entonces, en el Boulevard Raspail, crucé una mirada que me pareció familiar. Me detuve, intranquilo, y observé más atentamente a la joven que cruzaba un poco más lejos. Ese corte de cabellos, esa nariz fina, esas piernecillas… Sí, era la contable de Feuerberg. Sin pensarlo, grité su nombre.

– ¡Joëlle!

La joven se giró, y después pareció sorprendida al descubrir mi rostro. Giró los ojos y retomó su marcha con un paso más rápido.

Dudé un segundo, desconcertado por su reacción; después empecé a seguirla.

– ¡Joëlle! ¡Soy yo, Vigo!

Ella caminó más rápido todavía. Corrí para alcanzarla y, cuando estuve a su altura, me deslicé ante ella y la cogí por el hombro.

– ¿Qué ocurre? -pregunté, perplejo-. ¿No me reconoce?

Ella se soltó, con los ojos llenos de pánico.

– Déjeme, por favor.

Después, volvió a ponerse en marcha. Estupefacto, la volví a coger del brazo, más firmemente esta vez.

– ¿Qué son estas tonterías? ¡Joëlle! Trabajamos juntos en Feuerberg. ¡Soy Vigo Ravel!

– ¡Señor, no sé de qué está hablando, no le conozco, déjeme tranquila!

Ella me empujó violentamente y se fue corriendo al otro lado de la calle.

Me pregunté si era posible que se hubiera equivocado, que hubiera confundido su rostro, pero estaba absolutamente convencido de reconocerla, hasta por su voz y su mirada. Era ella sin lugar a dudas. Pero ¿por qué iba a mentirme? Algunos peatones habían empezado a mirarme fijamente con suspicacia; sin embargo, me negué a dejarlo estar. Necesitaba una explicación. Me puse a correr.

La contable me llevaba ventaja, pero yo iba mucho más rápido y la alcanzaría enseguida. Vi que giraba por una calle a la derecha.

– ¡Oh! ¡Señor! ¡Déjela en paz!

Una rubia alta, que iba detrás de mí, pareció querer jugar a los justicieros; pero no tenía intención de dejarme impresionar. Corrí más rápido.

Cuando llegué a la esquina de la calle, vi a lo lejos a dos policías. Lancé un juramento. La joven se fue derecha hacia ellos. Iba a denunciarme. ¿Denunciarme por qué? ¿Por haberla reconocido? Di inmediatamente media vuelta, invadido por un inmenso sentimiento de injusticia. Era a mí, ahora, al que iban a perseguir, cuando era la única y verdadera víctima de esta historia.

Me precipité hacia el cruce y, sin dudar, me subí a un autobús. Dejé el barrio, apenado, y viendo alejarse las siluetas de los dos policías.

A la mañana siguiente, a la hora prevista, me senté frente a la mesa de «Sophie Zenati, psicóloga, 1.° izquierda».

24.

– ¿Cómo se siente hoy, señor Ravel?

Extrañamente, me sentía feliz de volver a encontrarme con la señora Zenati, a la que me complacía poder llamar ya mi psicóloga. Así estaba seguro de apropiármela. Tenía la impresión de que se hacían cargo de mí.

– No sé -respondí, a la vez que me aclaraba la garganta-. Es extraño. Por un lado, me siento mejor, sin duda, por haber hablado con usted; pero, por otro, tengo una sensación extraña. Como si saliera de una larga pesadilla… Debo confesarle que, desde ayer, me pregunto si lo que le conté había sido real. Siento un poco de vergüenza, pero es así.

– ¿Qué quiere decir?

– Toda la historia del atentado… Y además, no se lo he dicho todo. También está lo del apartamento de mis padres, que encontré hecho un desastre, y después los dos tipos que me habrían perseguido hasta las catacumbas… Cuando pienso en ello ahora, me parece totalmente imposible. Completamente absurdo. Creo que deliraba un poco. Reconozco los síntomas de mi esquizofrenia. Mi delirio de persecución, todo eso…

– ¿Su esquizofrenia? ¿Por tanto, cree usted de nuevo que padece ese problema?

Suspiré.

– Ya no sé, he empezado a dudar de todo. Me pregunto si verdaderamente he sobrevivido al atentado, o si me lo he inventado todo… Parece increíble, en todo caso, que haya podido sobrevivir, ¿no?

– ¿Ha retomado su tratamiento con neurolépticos?

– No.

– Creo que debería hacerlo.

– No puedo soportar más los efectos secundarios.

– ¿Son más insoportables que sus problemas?

Me encogí de hombros.

– ¿Cómo podría decírselo? Esos medicamentos me convierten en un ser al que no puedo mirar en el espejo. Me hacen engordar, me vuelven completamente letárgico, me cuesta levantar los ojos, mirar a la gente a la cara. Y además, soy incapaz de tener la menor erección…

Ella asintió y escribió algo en su cuaderno. Imaginé, sonriendo, la frase que podía haber escrito: «incapaz de empalmarse». Mi vida era fabulosa.

– Tal vez podría hacer que le prescribieran medicamentos que no tienen los mismos efectos secundarios.

– Sí, tal vez.

Hubo un momento de silencio. Miré a mi alrededor. El despacho seguía igual de desordenado.

– Señor Ravel, le he traído un libro que me gustaría que leyera.

– ¿Cree que no tengo otra cosa que hacer?

– Es sobre la esquizofrenia. Es un libro excelente, claro y conciso. El autor, Nicolas Georgieff, es un buen psiquiatra. Debería leerlo; le permitiría identificar mejor sus problemas. Vería que la medicina moderna los reconoce claramente. ¿Quiere que le lea un pasaje?

– Sí, hágalo…

La psicóloga se puso sus gafas y empezó a leer como una maestra de escuela.

– «El delirio y la esquizofrenia son dos síntomas psicológicos típicos de la esquizofrenia. El delirio se define por una creencia absoluta e inquebrantable del sujeto en que son reales pensamientos imaginarios, creencia que no comparte con nadie más. Las ideas delirantes más frecuentes son las de persecución, en la que el sujeto está convencido de que unos personajes, reales o no, lo persiguen con fines malvados y se confabulan contra él.»

– Sí, eso se parece a lo que me pasa. ¡Es formidable! -dije con ironía.

– Espere. Ahora viene algo que puede interesarle: «Lo que caracteriza al delirio es una particular creencia llamada convicción delirante". Se trata de una convicción íntima que se escapa a cualquier contestación de los hechos. Nace, a menudo, de la atribución de un significado personal y extraño a un acontecimiento real cualquiera, que adquiere sentido brutalmente de manera evidente: el sujeto tiene la intuición de que tiene que ver con él. El delirio sitúa al sujeto en el centro del mundo, frente a acontecimientos que adquieren sentido para él, que le conciernen, y dejan de parecer aleatorios, para expresar necesariamente una lógica oculta. Las alucinaciones psicóticas, segunda categoría de problemas psicóticos típicos, consisten muy a menudo en la percepción de "voces" que se dirigen al sujeto».

– Genial. Leeré su libro.

Ella me lo tendió, a la vez que soltaba un suspiro.

– ¿Sigo sin poder fumar? -pregunté, arqueando las cejas.

– Sí, señor Ravel. No se fuma en mi despacho.

– Se hace usted valer.

Ella no se levantó.

– Dígame, ¿sigue escuchando esas voces en la cabeza?

– Sólo cuando tengo crisis.

– Y cuando siente que le van a llegar esas crisis, ¿no puede hacer nada para evitarlas?

– Cuando tengo una crisis, la única manera de no oír las voces es aislarme completamente.

– Eso puede ser algo positivo: ya sabe que lo que provoca su problema es la proximidad a otras personas.

– Sí, la proximidad a los demás.

– Pero el problema, señor Ravel, es que no puede pasarse el resto de su vida solo. Tendremos que encontrar, pues, otra solución. ¿Es usted consciente de ello?

– Sí. Y mucho más porque…

– ¿Sí?

– Mucho más porque lo echo en falta.

– ¿El qué? ¿El contacto con la gente?

– Sí, los demás. Siempre me he sentido un extraño, sin relación con la gente.

– ¿Con la gente con la que trabaja también?

– Sí, nunca hablamos. En Feuerberg estamos cada uno en un pequeño despacho, separados, y nos pasamos todo el día frente al ordenador… Ya ve. El siglo XXI en todo su esplendor. Ayer… Ayer me crucé con una colega en la calle, y ni siquiera me reconoció. O no quiso reconocerme, no lo sé.

– ¿No hace pausas en la máquina de café?

– En nuestras oficinas no hay máquina de café. El señor De Telême está en contra.

– ¿Y para almorzar?

– La mayoría se trae su propio bocadillo y se lo comen en su mesa. Tengo la impresión de que todos los empleados de esa empresa son tan esquizos como yo -añadí, sonriendo.

– Usted no es esquizo, señor Ravel. Se lo repito una vez más, creo que debería eliminar esa palabra de su vocabulario.

Asentí con la cabeza, con aspecto desanimado.

– ¿Verdaderamente no hay nadie con quien hable de vez en cuando?

– Bueno, sí, está el señor De Telême, el jefe. Sabe que estoy loco, de manera que es atento. De hecho, es más bien simpático. Es la única persona con la que alguna vez salgo. Sí. Podría decirse que es un amigo. Una especie de amigo… Aunque siga siendo mi jefe.

– Y cuando sale, ¿adonde va?

Sonreí.

– A un club de blues que frecuentamos bastante, en Neuilly.

– ¿Le gusta el blues?

– Sí, y además, hay tanto ruido en ese club que, si por casualidad tengo una crisis, dejo de oír las voces de mi cabeza…

– Entonces, cuando hay ruido, ¿no oye ninguna voz en su cabeza?

– Prácticamente. Se ahogan.

Ella volvió a escribir algunas notas en su gran cuaderno negro.

– Antes de ayer me dijo que cada vez estaba menos conducido de sus problemas esquizofrénicos. Hoy me dice us ted, finalmente, que empieza a creer en ellos de nuevo. ¿Qué le ha hecho cambiar de opinión?

– No lo sé. Mientras me paseaba por la calle, ayer, creo que me aclaré las ideas. Me di cuenta de que toda mi historia no se sostenía desde el principio.

– Dígame exactamente qué es lo que no se sostenía desde el principio.

– ¡Nada en absoluto! Ya no estoy seguro de nada. Se lo he dicho: ni siquiera estoy seguro de que el doctor Guillaume haya existido realmente.

– ¿No cree que debería verificarlo usted mismo? Eso tal vez le ayudaría. No solo, desde luego, sino con la ayuda de alguien…

– ¿Con usted?

– No. ¿No podría hacerlo con su jefe o, todavía mejor, con sus padres? ¿No tiene ninguna noticia de ellos desde los atentados?

– No. Ni siquiera sé si han vuelto a su casa, en la Rue Miromesnil. Tengo miedo de volver allí. Cuando fui, había, en fin, me pareció que había una cámara. Pero he debido de imaginarlo, desde luego, en medio de mi paranoia.

– ¿Una cámara?

– Sí, sí.

Ella lo anotó.

– Sus padres estarán muy preocupados a estas horas. Debería intentar ponerse en contacto con ellos y preguntarles si pueden ayudarle a aclararse, a discernir lo falso de lo real.

– ¿Y si lo hubiera inventado todo, como con la cámara? ¿Y si mis padres no existen?

– Lo sabrá si intenta verlos, señor Ravel. Eso me parece importante. La soledad en la que se ha encerrado me parece peligrosa. Necesita retomar el contacto con la realidad. De lo contrario, se arriesga a sufrir fases bastante penosas. Sería bueno que estuviera acompañado.

– Mientras la escuchaba, no podía evitar pensar en mis padres. La idea de que ellos también pudieran ser el fruto de mi imaginación me parecía factible y aterradora. Tal, vez el apartamento de la Rue Miromesnil tampoco era real. Tal vez siempre había vivido en ese hotel…

– ¿Qué posibilidades hay de que me haya inventado la existencia del doctor Guillaume? -pregunté, apoyando el mentón en mis puños.

– Si las personas de la Défense le dijeron que esa consulta médica no existía, hay muchas posibilidades de que lo haya inventado, en efecto.

– ¿Igual que invento las voces de mi cabeza? Esas voces no son reales, ¿verdad?

– Son reales para usted, Vigo. Usted las escucha. Pero debe entender que no pueden ser los pensamientos de la gente. Son sus propios pensamientos. Su cerebro confunde su yo y el mundo exterior, igual que su vida psíquica, su imaginario, y los acontecimientos reales que le rodean…

Solté un largo suspiro. Sí. Desde luego. Evidentemente. ¿Cómo podía ser de otro modo? Sin embargo, todo me había parecido muy real.

– Según todas las informaciones, señor Ravel, ninguna de las personas que estaban en el interior de la torre SEAM ha sobrevivido… Ninguna. Y cuando se ven las imágenes, cuesta imaginar lo contrario.

– Entonces, ¿yo no estaba en la torre?

– Probablemente, no.

– ¿Y por qué tengo ese recuerdo?

– Tal vez estaba usted en las proximidades, lo que explicaría sus heridas. O bien ha visto las imágenes de la televisión, que le han impresionado y han provocado en usted una crisis de paranoia; en suma, todo bastante clásico…

– ¿Clásico? -dije, un poco ofendido.

– En el cuadro de los síntomas que padece, sí. Usted le ha dado un significado personal y extraño a un acontecimiento real que, no obstante, es ajeno a usted. Las crisis de esquizofrenia paranoica le dan la impresión al sujeto de ser el centro del mundo, frente a los acontecimientos más aleatorios que, para él, tienen una lógica muy precisa… Tal y como le he leído antes…

– En resumen, ¿las cosas que he imaginado no son sorprendentes para una persona que sufre esquizofrenia?

– Es un síntoma bastante corriente, sí. Usted se ha colocado en el centro de un acontecimiento excepcional, como si usted fuera el protagonista principal, como si pudiera estar en el corazón mismo del mundo entero. Y cuando a este tipo de síntoma se le añade la sensación de que nadie quiere creerle, tal y como usted decía el otro día, se puede hablar del síndrome de Copérnico.

– ¿El síndrome de Copérnico?

– Sí, es un síndrome que se da, a menudo, en pacientes aquejados de paranoia o de esquizofrenia: la seguridad de poseer una verdad esencial, capital, que lo coloca por encima del común de los mortales, pero que el mundo entero se niega a creer.

– ¿Y cree usted que padezco ese síndrome?

– Me parece bastante probable. Usted está seguro de haber descubierto algo extraordinario, la capacidad de escuchar el pensamiento de los demás, y que, además, ese poder le ha permitido escapar al atentado más terrible de nuestra historia. Por otro lado, está usted convencido de que nadie querrá creerle, que el mundo entero niega su verdad, incluso, que hay un complot para impedir que revele su historia… Tiene todos los elementos del síndrome de Copérnico.

– ¡Pero eso es horrible!

– No. Es un síntoma bastante banal.

– ¿Dice eso para tranquilizarme? -dije con ironía.

– En absoluto, se lo digo porque es la realidad, y lo que debe usted volver a empezar a hacer ahora es reconocer la realidad. Pero eso no será fácil, señor Ravel. Comprender que su cerebro le miente no debe llevarlo a excederse en sentido contrario; eso no debe hacerle perder el sentimiento de la realidad, ni de su propia persona. No todo es ilusión, ni alucinación. Hay algo real en lo que usted siente y ve, en lo que usted escucha. Debe volver a aprender a captar la realidad, y a distinguirla.

Asentí.

– Señor Ravel, ahora que nos conocemos, ¿está usted seguro de que no quiere consultar a un psiquiatra? Su problema es serio, y…

– ¡No! -le corté-. De verdad que no, al menos por el momento, en todo caso. Por favor. Prefiero continuar viéndola a usted. Necesito tiempo. Y referentes. Usted, mis padres… son referentes para mí.

– Ya veo. Bien. ¿Va a retomar el contacto con su familia? -Sí.

– Perfecto. ¿Quiere que lo hagamos juntos?

– No, no. Voy a ir a buscar mis cosas al hotel, después los llamaré yo solo.

– Muy bien. Me parece que ha tomado usted la decisión correcta.

Ella me dedicó una sonrisa de satisfacción. Debía de pensar que habíamos hecho progresos. Sin duda, tenía razón. Poco a poco, volvía a tomar conciencia de mi enfermedad. La crisis desaparecería pronto, o eso quería creer. Y podría volver a tener una vida casi normal, trabajar, seguir un tratamiento…

– Bien -dijo ella, poniendo las manos sobre su mesa-. Ya hemos hecho bastante por hoy. ¿Quiere que volvamos a vernos dentro de dos días?

¿Una rutina, una referencia? Sí, tenía ganas, lo necesitaba.

– Sí que quiero, sí -dije, mientras me retorcía las manos.

Ella consultó su agenda y fijó una nueva cita.

– Perfecto. Entonces, hasta la vista, señor Ravel. Retome el contacto con su familia e intente reconstruir un poco las cosas con ellos, ver cuáles de sus recuerdos son reales y cuáles, fruto de su imaginación. Pero tómese su tiempo. No se apresure. Es inútil querer hacer demasiado… Podría empezar por verificar quién es su psiquiatra…

– Entendido.

– Dentro de dos días, me contará cómo le ha ido.

Dije que sí con la cabeza y pagué la consulta. Mientras rellenaba el cheque, me fijé en mi nombre escrito en caracteres de imprenta: «Vigo Ravel». Nunca había imaginado mi patronímico. Visiblemente, el Crédit Agricole me reconocía como tal… Vigo Ravel.

Le di la mano a mi psicóloga y salí de su despacho. Al cruzar la salita de espera, vi a la mujer con la que me había encontrado dos días antes, en el mismo sitio. La reconocí enseguida: era la esbelta treintañera, de pelo corto y oscuro, con rostro fino, frágil, y los ojos de color verde, unas cejas atusadas y la piel tostada, tal vez, por el sol del Magreb. Estaba sentada, inmóvil, preparada para abrirle el corazón a la psicóloga, un alma en la sala de espera, con las lágrimas al borde de las palabras. En esa ocasión, su cita era después de la mía. Olvidando quién era, le dirigí un gesto amistoso de cabeza. Ella me devolvió lo que parecía una sonrisa.

En el rellano, cerré la puerta detrás de mí y me quedé inmóvil de repente, con los puños apretados. No me moví, como prisionero de la mirada de Medusa. Pero había sido más bien un ángel el que me había clavado al suelo.

Aquella joven, su tristeza, su silencio… No conseguía sacarme su rostro de la cabeza. Había algo en su mirada verde oscura… Fuerza y debilidad a la vez, como un arrebato roto, y esa pequeña luz enternecedora, una linterna encendida en una noche de pesadilla. Tenía el aspecto frágil y duro de la gente que ha sufrido. Conozco bien esos rostros.

Y, entonces, al final de esta extraña semana, a manera de conclusión, tal vez, como colofón, bajé las escaleras del inmueble y me fui a sentar a un banco que había en medio de la acera, decidido a esperarla. Para volver a verla.

25.

Cuaderno Moleskine, nota n.° 127: Nicolás Copérnico.

Desde que la psicóloga mencionó el síndrome de Copérnico, la vida de ese astrónomo polaco me ha obsesionado… Me parece que tengo que conocerlo. Para intentar comprender, he buscado su rastro en los libros de historia. He anotado su biografía, como para hallar resonancias en ella, explicaciones y un poco de tranquilidad.

Nikolaj Kopernik nació el 12 de febrero de 1473, en Torun. Lo he buscado. Era la capital de la Prusia polaca. Su padre, que era panadero, murió cuando Copérnico tenía diez años. Pregunta: ¿la pérdida prematura de su padre lo empujó a sondear los misterios del universo? ¿Ya poner en cuestión toda la cosmogonía de su tiempo? Tal vez. ¿Qué soledad tan grande pondría a un hombre a interrogar así el cielo y su inmensidad? No estoy lejos de pensar que Copérnico debía de tener también angustias. Eso lo tenemos en común.

Después, fue adoptado por su tío, que era el obispo de Cracovia… Resulta irónico cuando se sabe que la Iglesia será durante tanto tiempo su mayor y más violento adversario. En realidad, la obra de Copérnico marca, en la historia, el inicio de las divergencias entre ciencia y religión… Veo algo ahí. Veo a un hombre que, tocando con el dedo una pequeña esquina de verdad, molestó profundamente a sus contemporáneos porque puso en cuestión el sistema de creencias y, por tanto, de poder, de la clase gobernante… Pero no nos precipitemos. Yo no he descubierto que la Tierra gira alrededor del Sol. Yo me engaño.

En todo caso, esta adopción le permitió a Copérnico cursar estudios con brillantez. Así, se inicia en las artes liberales en la Universidad de Cracovia. Después, su tío lo nombra canónigo de Frombork. En ese puesto, asume, en realidad, más responsabilidades financieras que religiosas.

A continuación, se desplaza a Bolonia, en Italia, para estudiar derecho canónico, medicina y astronomía. Allí conoció a Domenico María Novara, uno de los primeros científicos que puso en cuestión el sistema geocéntrico, tesis que entonces era la admitida por toda la cristiandad y según la cual la Tierra estaría en el centro del universo. Copérnico se aloja en casa de su profesor, que le transmite su pasión por la astronomía. Juntos, observan el eclipse de Aldebarán por la Luna, que tuvo lugar el 9 de marzo de 1497.

En 1500, Nicolás Copérnico se convierte en profesor de matemáticas en Roma, donde también da algunas conferencias notables sobre astronomía. Después decide irse a Padua para estudiar medicina. Recuerdo, de paso, que en esta misma universidad, un siglo más tarde, también dará clases un cierto Galileo. Paralelamente, Copérnico obtiene su doctorado en derecho canónico. Vuelve después a Polonia para cumplir con su deber de canónigo.

Además de trabajar como administrador y como médico, no abandona jamás sus investigaciones en astronomía, y consagra siete años de su vida a escribir De Hypothesibus Motuum Coelestium a se Contitutis Commentariolus, un tratado de astronomía que anuncia ya los principios del heliocentrismo, pero que no se publicará antes del siglo XIX.

Sin embargo, en 1512, trabaja en la que será la obra de su vida: De Revolutionibus Orbium Coelestium. Invirtió dieciocho años en acabarla. Este ensayo, tan magistral como controvertido, no se publicará hasta poco antes de la muerte de su autor. En efecto, Nicolás Copérnico muere en Frombork el 23 de mayo de 1543, unos días después de haber recibido el primer ejemplar impreso.

Me complace creer que murió con su libro entre las manos. Bien agarrado.

26.

Mientras esperaba a los pies del edificio de la psicóloga, disfrutaba de la luz de un día magnífico, con los brazos colocados sobre el largo respaldo verde de aquel banco parisino. Me sentía bien, acunado por el ronroneo de los coches y los caprichos del viento, y el verano urbano satisfacía todos mis sentidos. No vi pasar el tiempo, pero sentí enseguida el ardor del sol en mis mejillas y mi frente.

Mientras fumaba cigarrillo tras cigarrillo, no podía evitar pensar en la joven de la sala de espera. ¿Qué me pasaba? ¿Estaba empezando a sentir una atracción? ¿Así era como los hombres se enamoraban? No. Seguro que no. El amor tenía que ser algo más complicado. Se habían escrito muchos libros, y se habían cantado muchas canciones. Pero entonces, ¿qué? ¿Qué quería yo de esa mujer de la que no sabía nada?

Tal vez necesitaba sentirme menos solo. Porque compartimos al menos una cosa: aquel pequeño despacho desordenado del primer piso, sus confidencias y sus secretos. Sí, sin lugar a dudas, tenía ganas de hablar con alguien que compartiera esa extraña realidad, la de nuestra psicosis o nuestras neurosis, la de nuestras confesiones. Porque, a pesar de lo que le había dicho a la psicóloga, la idea de hablar con mis padres no me encantaba particularmente. Por el contrario, reencontrar el sentido de la realidad hablando con aquella joven, en vez de con ellos, me parecía una excelente iniciativa.

Mis padres… Algún día, a pesar de todo, tendríamos que retomar el contacto. ¿Y si habían vuelto? Tal vez, en aquel mismo momento estaban en la Rue Miromesnil. ¿Habrían encontrado el apartamento tal y como lo había dejado? ¿Como si hubiera pasado un tornado?

Tenía que saberlo. Cogí mi teléfono móvil y me preparé a marcar el número de nuestro apartamento. Pero, cuando acercaba mis dedos al teclado, me di cuenta enseguida de que era incapaz de acordarme de él. Intenté averiguarlo, probar combinaciones distintas de cifras, pero no me venía nada a la cabeza. Decidí entonces consultar el directorio de mi teléfono. Estaba vacío. ¿Jamás lo había llenado? Me resultaba imposible responder y, con sensación de desamparo, me decidí a llamar al teléfono de información.

Un teleoperador me respondió con la cortesía ritual y afectada de los operadores privados.

– Buenos días -respondí yo-, querría el número de teléfono del señor Ravel, que vive en el número 132 de la Rue Miromesnil, por favor.

– ¿En qué ciudad?

– Ah, sí, en París.

– ¿El distrito?

– Está en el VIII, señor.

– Tenga la bondad de esperar, estamos efectuando su búsqueda.

Esperé con los ojos cegados por el sol. Encendí otro cigarrillo.

– Señor -repuso finalmente el desconocido al otro lado del hilo telefónico-, no hay ningún abonado con ese nombre en la Rue Miromesnil.

– ¿Cómo dice? -exclamé.

– No hay ningún señor Ravel que figure en el listín telefónico, en la Rue Miromesnil, en el distrito VIII de París. ¿Quiere que pruebe con una ortografía similar?

– No, es Ravel, como el compositor.

– Lo siento, no hay nadie con ese nombre, señor.

– Está bien -balbuceé-, gracias.

– Gracias a usted, señor, que tenga un buen día.

Él colgó.

Estaba boquiabierto. Necesité unos instantes para decidirme a despegar el auricular de mi oreja.

«No hay nadie con ese nombre, señor. No hay ningún señor Ravel.»

No tuve tiempo para valorar las consecuencias de esa frase asesina. La joven de la sala de espera apareció, de repente, tras la gran puerta cochera del inmueble.

Me levanté de un salto, sin reflexionar. Me debatía entre el deseo de verla y las ganas de huir y la de ceder a la angustia que surgía en mi interior. Me quedé un momento de pie, como un imbécil.

La miré, sobrecogido; su cuerpo estaba sumido en la sombra, mientras que un tenue rayo de luz iluminaba su rostro mate. Antes de cerrar la puerta tras ella, me vio y me dirigió una mirada de sorpresa.

Era demasiado tarde para fingir que no la había esperado. Di unos pasos adelante, con el rostro, sin duda, descompuesto.

– ¿Todavía está usted ahí? -dijo ella con desinterés.

– Eh… sí -dije tontamente.

– Ah. ¿Y qué está usted esperando?

Dudé. Podría haberle hecho creer que quería volver a subir para ver a la psicóloga. Por otro lado, con la impresión que acababa de sufrir («No hay nadie con ese nombre, señor»), la idea no me disgustaba. Pero algo se apoderó de mí y me oí responderle:

– Me gustaría invitarla a beber algo.

Ella se echó a reír, con una risa tan franca que me sobresalté.

– Escuche, honestamente, no necesito verdaderamente, pero de verdad, que alguien intente ligar conmigo en este momento.

Arqueé las cejas. ¿Ligar? Era algo que me sentía incapaz de hacer.

– No intento ligar con usted -le expliqué-. Sólo quiero beber algo…

– ¿Ah, sí? ¿Y por qué?

– Eh, bueno, no sé… Vamos a ver a la misma psicóloga.

Ella volvió a reírse, generosamente, en un tono casi infantil.

La puerta se cerró tras ella.

– ¿Y qué razón es ésa?

En efecto, yo era, sin duda, el único al que le podía parecer que tenía cierta lógica esa respuesta. De todos modos, intenté explicársela.

– Mire, me he dicho que si usted va a verla, a Sophie Zenati, psicóloga, 1.° izquierda, es que usted no está muy bien. Igualmente, yo voy a verla, y, por tanto, estoy mal. Y por eso me he dicho que tal vez podríamos ir a beber algo, así de simple. Estar mal juntos. Porque cuando alguien está mal, va bien compartirlo, ¿no?

– ¿Ah, sí? ¿Ir a beber algo, cuando se está mal, con alguien que está mal? ¡Qué idea tan maravillosa!

– Sí, porque las personas felices no comparten las penas.

– Ah. ¿Es usted desgraciado?

– La verdad es que no. Tengo una dementia praecox.

– ¿Y eso qué es?

– Soy esquizofrénico.

Ella arqueó las cejas.

– ¿Esquizofrénico? ¿Y quiere que vaya a beber algo con usted? ¡Muy bien! ¡Sabe usted hablar con una mujer!

– No muy bien, no. Es parte de la enfermedad. Relaciones problemáticas con los demás.

Esta vez, su sonrisa no fue burlona. Por tanto, era capaz de relajar ese rostro tan duro. Yo, a mi vez, volví a sonreír.

– ¿Y usted es desgraciada?

Ella se encogió de hombros. Pareció calibrarme con la mirada.

– No -dijo ella-. Depresión pasajera…

– Ah. Lo siento, pero le gano -dije, al tiempo que hundía las manos en los bolsillos-: esquizofrenia, es más grave.

– ¡Qué malvado!

Vi que ella empezaba a reír. Después de todo, no era tan torpe.

– Entonces, ¿viene usted? No puede imaginarse el esfuerzo que representa para un esquizofrénico invitar a alguien a beber algo.

Ella sacudió la cabeza y levantó su mano izquierda. Movió su dedo anular para enseñarme su alianza.

– Me esperan.

– Comprendo -dije, bajando la mirada-. Perdóneme. Es que no tengo a menudo la ocasión de conocer a alguien. Así que, en la consulta de mi psicóloga, me he dicho que… Bah…

Dejémoslo estar. ¡Buenos días, en todo caso! Sin duda, nos cruzaremos allí arriba uno de estos…

– Espere -me interrumpió ella-, ¿cómo se llama usted?

Tragué saliva. Luchaba para que mi mirada no se hundiera en la acera, para mantener la cabeza alta.

– Creo que me llamo Vigo. ¿Y usted?

– ¿Cómo que cree usted?

Azorado, me rasqué la cabeza.

– En estos últimos días, me he acostumbrado a dudar de todo, incluso de mi nombre. Lo único cierto es el nombre que está impreso en mi chequera… Vigo Ravel.

– ¿Ravel? ¿Como el compositor?

– Sí. ¿Y usted cómo se llama?

– Agnès.

Intenté enmascarar mi sorpresa. Me había esperado un nombre árabe, o más exótico en todo caso…

– Encantado.

Le tendí la mano. Ella la apretó con una dulzura que no había sospechado.

– Bueno -dijo ella, tras dejar escapar un suspiro-. Me parece bien ir a beber algo enfrente, si insiste usted; pero le aviso, no tengo mucho tiempo… De verdad que me esperan.

Casi no lo podía creer. Hasta donde alcanzaba mi memoria, era la primera vez que le proponía a una desconocida ir a beber algo conmigo, y además, había salido bien. De golpe, me pregunté qué iba a poder decirle. Tendría que mantener una conversación. Enseguida empecé a angustiarme. Ella debió de notarlo, y me dio una palmadita amable en el hombro.

– Allí hay un café al que voy a veces, cuando llego antes de hora -dijo, con el brazo extendido.

– De acuerdo, vamos -murmuré.

27.

Cruzamos juntos la calle y nos instalamos en una soleada terraza. Ella se sentó en primer lugar, y yo tomé asiento torpemente frente a ella. Estaba nervioso, y eso parecía divertirle.

– ¿De verdad es usted esquizofrénico? -preguntó ella como si fuera una pregunta banal.

Al menos, me alivió la angustia: era ella la que se encargaba de dirigir la conversación.

– Eh, sí, creo -respondí-. Es un poco complicado, en este momento. Como le decía antes, ahora dudo de todo. Pero, globalmente, sí, a grandes líneas, creo que puede decirse que soy esquizofrénico.

– Ah, ¿y eso qué quiere decir? ¿Acaso, a veces, se cree usted que es Napoleón, ese tipo de cosas?

Sonreí. Tenía una franqueza llena de ingenuidad, de la clase que sólo tienen los niños. O tal vez, la similitud de nuestros supuestos sufrimientos nos invitaba a fraternizar más fácilmente. Era agradable.

– No. Estese tranquila. No me creo ni Napoleón ni Ramsés II. No obstante, tengo problemas bastante graves -admití casi con orgullo.

– ¿Ah, sí? ¿Cuáles?

Dudé. Aquello se estaba volviendo un interrogatorio. Pero, después de todo, yo me lo había buscado.

– Oigo voces.

– ¿Como Juana de Arco?

– Sí, como Juana de Arco.

– De acuerdo -dijo simplemente, como si esa explicación le bastara.

Pero sentí ganas de darle más detalles.

– A veces, tengo la impresión de que oigo los pensamientos de la gente; pero en realidad, parece ser que son alucinaciones producidas por mi cerebro.

Hizo un gesto de compasión.

– Eso debe de dificultar bastante las cosas…

– Sí -confesé-, atravieso un período particularmente difícil.

– Me lo imagino -dijo ella, asintiendo con la cabeza-. Pero ¿no debería ver también a un psiquiatra para tratar ese tipo de problemas?

– Bah, es una larga historia. Veía a uno, pero ya no lo veo desde los atentados del 8 de agosto… No sé si es cierto, pero creo que estaba allí en el momento de las explosiones. Desde entonces, mi vida ha sido un embrollo.

En ese mismo instante, el camarero del café se acercó a nuestra mesa con su uniforme negro y blanco.

– Buenos días, señores.

Agnès hizo un gesto amistoso con la cabeza. Estaba en territorio conocido.

– ¿Qué desea usted?

– Un café -pidió la joven.

– Dos -confirmé yo.

– Y dos cafés, dos -gritó el camarero antes de desaparecer en el interior.

Lo miré sonriendo. Había algo tranquilizador para mí en las caricaturas humanas. Esos clichés eran como pruebas irrefutables de la realidad.

– ¿Y usted? -dije yo acercando mi sillón a la mesa-. ¿Cuál es la razón de su… depresión pasajera?

La vi fruncir el ceño. Era, de nuevo, el rostro frágil que había visto en la sala de espera…

– Bah… Nada terrible. Soy un poco ciclotímica, como mujer. El cansancio, pequeñas preocupaciones en mi vida conyugal, todo eso… Y además… Tengo un trabajo… difícil. Un trabajo fatigante. En mi profesión, este tipo de depresión leve es frecuente.

Profesora. Estaba seguro de que era profesora. Había reconocido en sus ojos ese desgaste, esa desilusión que, no obstante, se niega a ceder. Debía de tener una plaza en un barrio difícil, en una Zona de Educación Prioritaria, como las llaman, uno de esos guetos modernos que el mundo se fabrica. Para los esquizofrénicos, se había inventado la hospitalización de oficio; la educación era prioritaria para los barrios desfavorecidos. Al menos, me sentía menos solo.

– ¿Y qué es lo primero que fue mal -pregunté-, su trabajo o su vida conyugal?

Ella se quedó silenciosa y aturdida. Insistí.

– ¿Su relación de pareja ha empezado a hacer mella a causa de sus problemas en el trabajo, o bien no soporta más su trabajo porque las cosas van mal en casa?

Ella soltó un suspiro.

– ¡Vaya! Es usted muy directo. Lo siento, Vigo, pero no era éste el tipo de conversación que había imaginado cuando acepté venir a beber algo con usted…

– Espere, le he dicho que oía voces en mi cabeza… ¿Y usted tiene miedo de confiar en mí? ¡Eso no es muy equitativo!

– No es que tenga miedo de confiar en usted, es sólo que no me apetece demasiado hablar de eso…

– Ah. ¿Prefiere usted que hablemos de la lluvia y del buen tiempo? Lo siento, pero no estoy seguro de saber hacerlo.

Ella sonrió.

– No, no, tranquilícese, a mí también me gusta la sinceridad…

– Es lo que me ha parecido entender -dije más tranquilo-. Además, me parece que está muy bien. Esa manera que tiene de plantear las preguntas… Es un buen ahorro de tiempo.

Ella asintió.

– Sí, está bien la franqueza. Pero no siempre se puede hablar tan directamente…

– Tiene usted razón. Como soy ansioso, tengo tendencia a ir un poco rápido a lo esencial. Debe de ser alguna consecuencia de la esquizofrenia. Cuando se tiene miedo a morir, también se tiene miedo de perder el tiempo.

– ¿Tiene usted miedo de morir? -preguntó ella sorprendida.

– ¿Y usted no?

Ella dudó.

– Zenati diría que más bien tengo miedo a vivir.

– Ya ve que vuelve a salir el tema de su depresión.

– Sí, pero ha de entenderme, acabo de pasarme una hora con nuestra adorada psicóloga, eso me basta ampliamente por hoy.

Asentí con la cabeza. El camarero nos trajo nuestro pedido.

– ¿Se ha fijado usted en el desorden de su despacho? -le pregunté como si le hiciera una confidencia-. Es extraño, ¿no? ¿Una psicóloga que no tiene sus cosas ordenadas?

Ella sonrió.

– Sí -dijo ella-, o tal vez es una argucia de psicólogo. Seguramente, el desorden es menos agobiante que el orden para los pacientes… Además, tal vez así nos incite a que confiemos en ella.

– ¿Eso cree usted? Pues yo creo que simplemente es desordenada.

La joven cogió su taza de café mientras reía, después tomó un sorbo. En ese instante, sin entender por qué, como una evidencia repentina, me di cuenta de que era guapa. Verdaderamente guapa.

Hasta ese momento, me había intrigado, asombrado. Pero allí, en la futilidad de ese simple gesto, en la eternidad gratuita de aquel segundo, finalmente descubrí que era magnífica. Su frágil rostro se llenó de triste ternura, y sus ojos verdes se volvieron muy dulces. Poseía la más bella de las bellezas, la que, con prudencia, se revela lentamente.

Cuando volvió a dejar la tacita blanca sobre la mesa, debía de estar petrificado.

– ¿Qué? -dijo ella frunciendo el ceño.

– Es usted… Es usted muy bella, Agnès.

Ella puso cara de estupefacción.

– No ha estado bien, ¿no?

Me di cuenta de lo que acababa de decir. Me rasqué la mejilla avergonzado.

– Discúlpeme. No lo he dicho para cortejarla, se lo juro. Es simplemente que aquí me ha parecido verdaderamente bella, mientras que antes tenía usted un semblante muy serio…

Ella resopló.

– Da lo mismo. Bueno, Vigo, puede decirse que usted ha hecho progresos en entablar relaciones con los demás.

– Yo… lo siento. No sé qué se me ha pasado por la cabeza.

– No es grave. Es mono y sincero. Digamos que su miedo de morir hace que diga usted todo lo que se le pasa por la cabeza…

Ella bebió un nuevo sorbo de café. Yo la imité.

En el momento en que dejé mi taza, sentí que un característico dolor se adueñaba de mi cabeza. Mi migraña, esa migraña. «¡No! ¡Ahora no!» Pero no había nada que hacer, lo sabía bien. Mis manos se pusieron a temblar. Las apoyé en la mesa para intentar controlarlas. Agnès me miraba. Intenté por todos los medios enmascarar la crisis que se adueñaba de mí. Pero enseguida mi vista se nubló y las imágenes que había frente a mí empezaron lentamente a desdoblarse. Los colores y las formas se repetían en ecos vacilantes. El rostro de Agnès se desdobló, como el mundo entero tras ella. Guiñé los ojos.

«Este tipo es verdaderamente raro. A veces, parece que está completamente loco. Pero es gracioso. No es verdaderamente mono, pero sus ojos son muy bonitos. Como los de mi tío…»

Me sobresalté. Era su voz. La voz de Agnès, en mi cabeza. Lo habría jurado. Pero no. Debía ser razonable, no era más que una alucinación. Una alucinación auditiva, completamente normal para un esquizofrénico como yo. Ya está. No tenía que prestarle atención, ni dejar que la locura se adueñara de mí. Con la mano temblorosa, cogí mi taza de café y me la bebí de un solo trago. La crisis se fue disipando lentamente, y con ella, los murmullos de mi cabeza.

– Está temblando. No es muy bueno su café, ¿verdad? -dijo Agnès inclinándose hacia mí.

Yo examinaba el fondo de mi taza. Estaba lleno de pequeños granos negros. Me había tragado algunos, y eran de una amargura desagradable. Pero no temblaba por eso. Dudé si decirle la verdad. «Me ha parecido oír sus pensamientos, Agnès.» Pero decidí finalmente que no era bueno decir todas las verdades.

– No, no es excepcional -concedí.

– Y, sin embargo, continúo viniendo aquí cada vez que vengo a ver a Zenati. Es raro, ¿verdad?

– Buf. Uno se acostumbra a todo.

– Tal vez. O bien soy yo que tengo una fastidiosa tendencia a acostumbrarme a lo que no es bueno. Mire, por ejemplo, ¿fuma usted?

– Como una chimenea -dije, a la vez que sacaba un paquete de tabaco.

Sonreí. No podía evitar mirarla, con su cabello corto a lo chico, sus ojos profundos y su piel llena de sol. Había algo en su actitud que me enternecía. Su voz y sus gestos atestiguaban una fuerza segura que la hacía parecer intocable, incluso infalible; sin embargo, su presencia en la consulta de la psicóloga y algo de su mirada dejaban translucir su fragilidad, más profunda.

– Esta mierda acabará con nosotros -dijo ella, mientras se encendía un cigarrillo.

– De algo hay que morir…

– Sí… Eso es lo que se dice para tranquilizar la conciencia, ¿no? Bueno, con estas palabras llenas de verdad, Vigo, me tengo que ir, ahora…

Ella dejó algunas monedas en la mesa y echó su silla hacia atrás.

– ¿No le habré asustado con mis historias de alucinaciones auditivas? -pregunté con cierto embarazo.

Me aterrorizaba la idea de no haberle gustado, de haber desvelado demasiado rápido la cruda verdad de mi esquizofrenia.

– En absoluto, Vigo. Si le dijera todo lo que tengo en la cabeza, tal vez sería usted el que se asustaría. Pero de verdad, tengo que irme. Como le he dicho, me esperan. Ya volveremos a vernos.

Sin reflexionar, la cogí de la mano.

– ¿Quiere usted que intercambiemos nuestros números de teléfono? -pregunté angustiado.

– ¿Para qué?

– No lo sé. Así, si un día se siente usted mal, puede llamarme a cualquier hora.

– ¿Ah, sí? Bueno, pues usted no lo haga -replicó ella sonriendo-. Yo por la noche duermo, y a mi marido no le parecería muy divertido.

No obstante, ella sacó su móvil del bolso.

– Vamos, le escucho.

Ella apuntó mi número, después me dio el suyo. Lo grabé rápidamente en mi directorio, desesperadamente vacío.

Ella se levantó, y después, sin que pudiera esperarlo, y todavía menos desearlo, me besó en la mejilla. Ella me dirigió, entonces, una última sonrisa, y se alejó a paso rápido. Yo la vi irse, derecha y ligera, cruzar la calle y desaparecer como se borra lo lejano en un horizonte de lluvia.

Me pasé una mano por la mejilla, como para asegurarme de que aquel beso había sido real. Después, me puse a mirarme las manos. Temblaban. Apreté los puños para que esos ridículos espasmos cesaran, pero no podía controlar los latidos de mi corazón. Y cada vez eran más rápidos. Cerré los ojos, incrédulo. ¿Era eso posible? ¿Estaba sintiendo aquello que no había sentido nunca? ¿Allí, de repente, bajo ese sol de verano, a mitad de una semana que sobrepasaba el entendimiento? ¿El amor? ¿Sin avisar? ¿Como una lluvia inopinada en pleno verano, inesperada y refrescante?

El recuerdo de su boca se alargó todavía un buen rato, como una caricia en mi mejilla. Me levanté de un salto y me fui a besar la ciudad.

28.

Creo que debí de reír en voz alta dos o tres veces durante mi trayecto de vuelta. Las personas con las que me crucé debieron de tomarme por un loco; pero me daba igual, era un loco.

Tenía la sensación de tener quince años y jamás los había tenido. Tenía la sensación de que no me importaba nada, aparte de Agnès, cuyo nombre se me aparecía por todas partes a mi alrededor, se convertía en «ángel» y llenaba todo el cielo con sus alas de plumas. E-na-mo-ra-do. Qué ligeras eran esas cinco sílabas. Tenían el sabor de lo prohibido.

«¡Bravo, Vigo, te enamoras de una mujer casada y depresiva! Bravo, de verdad. Creo que Zenati, psicóloga, 1.° izquierda, te felicitará.»

Pero me daba igual Zenati. Me daban igual los atentados del 8 de agosto, me daban igual la Rue Miromesnil, Kraeplin y la dementia praecox, el doctor Guillaume y mi salud mental. Sólo contaba una cosa. Era capaz de estar enamorado. E-na-mo-ra-do. «¡En el suelo, con la cabeza en las nubes, e-na-mo-ra-do!» Y eso me parece delicioso. ¡Casi divertido! La letra de esa canción me viene a la cabeza, evidente y pertinente, como si la hubieran escrito para mí. «En el suelo, con la cabeza en las nubes, enamorado, hay llamas en el fondo de tus ojos…»

Enseguida estuve seguro de que eso no habría pasado si no hubiera dejado mi tratamiento con neurolépticos. Tenía la impresión de tener el control de mi vida, la impresión de que mis actos no los dictaba un psiquiatra o la medicación. París jamás me había parecido tan bello. Jamás mi mirada había volado tan alto.

Cuando llegué al hotel con el rostro iluminado, el patrón me observó extrañado.

– ¡Vaya! ¿Qué le ocurre? -soltó, perplejo-. Parece usted muy feliz hoy.

– Estoy de buen humor -confesé.

– Tiene usted suerte. Tenga, alguien ha dejado esto para usted.

Él me tendió un sobre blanco. Mi nombre, Vigo Ravel, estaba inscrito en la parte superior. Fruncí el ceño. De repente, me di de bruces con el suelo. Hice un aterrizaje forzado.

¿Quién podía haberme dejado un mensaje? Nadie, aparte de mi psicóloga, sabía que estaba allí, en aquel hotel.

Con la mano temblorosa, cogí el sobre.

– Gracias.

Sin esperar, abrí la carta. Sólo había una hoja. Una sola. Con algunas palabras escritas a mano. Con un mensaje muy simple. Y tuve que leerlo dos veces para estar seguro de que no estaba soñando. Pues no era un mensaje normal. Era un mensaje sorprendente, casi aterrador. Y me heló la sangre.

«Señor, su nombre no es Vigo Ravel, y usted no es esquizofrénico. Encuentre el Protocolo 88.» Y estaba firmado simplemente: «SpHiNx».

Creí que iba a desmayarme, a perder el conocimiento allí mismo, en el pequeño vestíbulo blanco de ese hotel Novalis.

En un solo día mi cerebro había atravesado demasiadas realidades diferentes. Demasiadas informaciones, demasiados sentimientos. Ahora tenía la seguridad de estar completamente loco. Loco de atar.

El encargado del hotel me miraba suspicaz. Bajé de nuevo la mirada a la carta, y leí de nuevo aquellas palabras: «Usted no es esquizofrénico. Encuentre el Protocolo 88».

¿Quién podía haber escrito eso? ¿Quién? ¿Por qué? ¡Eso no tenía ningún sentido! ¿El Protocolo 88? ¿Qué tontería era ésa? Tenía ganas de gritar, de despertar de esa terrible pesadilla. Pero no era una pesadilla. Era mi vida. La realidad. Habría querido que el encargado leyera el mensaje del hotel para poder estar seguro de que era auténtico, pero no podía, evidentemente. Sentía que no era necesario. De todos modos, no podía ser una alucinación. No podía haber inventado eso. Semejante nombre. ¡El Protocolo 88!

– ¿Todo va bien, señor Ravel?

Me sobresalté.

– Eh, sí, sí, todo va bien -mentí.

«Aparte de que tal vez no me llame señor Ravel, manda narices.»

– ¿Una mala noticia? -insistió él.

– Más o menos -admití.

Intenté recomponerme. Me guardé la carta en el bolsillo, saludé a mi interlocutor y subí con paso ligero a mi habitación.

Cuando llegué a la pequeña habitación demasiado cuadrada, me dejé caer como un peso muerto sobre la cama. Me puse boca arriba, con la cabeza entre las manos, y me quedé mirando fijamente el techo durante unos largos segundos. Aquel techo blanco que había mirado fijamente horas enteras durante mis noches de ansiedad. El techo era tan blanco como vacía estaba mi cabeza en el momento presente.

Dejé escapar un largo suspiro. Aquel mensaje no existía. Me lo había inventado. Sí. Seguramente. Eso debía de ser. In-ven-ta-do. Sin embargo, sentía el trozo de papel en mi bolsillo. La carta estaba doblada en dos. Sabía que estaba allí, junto a mi muslo. Verdaderamente allí. Sabía que me bastaba con extender la mano y releerla. Pero ¿a qué precio?

Después de todo, ¿lo había leído bien? Tal vez, lo había entendido mal con las prisas. Con el pánico…

Dudé todavía un segundo más, después hundí la mano en mi bolsillo y saqué el trozo de papel. Tumbado boca arriba, la leí de nuevo.

«Señor, su nombre no es Vigo Ravel, y usted no es esquizofrénico. Encuentre el Protocolo 88. SpHiNx.»

¿Qué crédito podía darle a ese mensaje surrealista? «Usted no es esquizofrénico.» ¡Eso es fácil decirlo! Pero ¿cómo podía saberlo? ¿Por qué debía creer ese mensaje? Con todo el tiempo que llevaba cuestionándomelo, con todo el tiempo que llevaban los psiquiatras aportando pruebas… ¿Cómo podía creer un simple trocito de papel, que un misterioso SpHiNx había dejado en la recepción de mi hotel? Todo aquello era totalmente ridículo.

Sin embargo, tal vez era un medio para saber. De salir de dudas. Sí. Tal vez. El único medio.

Con la mano temblorosa, cogí mi teléfono móvil y marqué el número de Agnès.

La joven descolgó tras el primer tono.

– ¡Vigo! ¡No ha debido llamarme! Creía que sólo lo haría en caso de emergencia. Y apenas hace una hora que nos hemos despedido.

– Sí, pero justamente es una emergencia.

– ¿Se ríe usted de mí? Esto me molesta, Vigo. ¡Jamás debería haberle dado mi número!

Ella estaba tan furiosa que apenas reconocía su voz. Me aclaré la garganta. Me sentía mal. Pero de verdad era una emergencia.

– Agnès, antes, en el café, cuando usted me miraba, ¿en qué pensaba?

– ¿Qué tonterías está diciendo?

Suspiré. No me atrevía a decir lo que tenía que decir. Sin embargo, necesitaba saberlo.

– Agnès, ¿su tío, su tío… tenía… tenía los ojos azules, como los míos?

– ¿Perdón? -exclamó ella, con voz de estupefacción.

Me di cuenta de lo absurda que era mi pregunta. Si me equivocaba, si todo había sido una alucinación, entonces ella me tomaría verdaderamente por un tremendo loco. Y sin duda, no querría volver a verme. Pero estaba seguro, estaba seguro de no equivocarme.

– Antes, en el café, cuando usted me miraba, le he dicho que me parecía guapa, y usted…, usted, Agnès, se ha dicho a sí misma que yo no era verdaderamente guapo, pero que tenía unos ojos bonitos, como…

– … como los de mi tío -continuó Agnès con una voz vacilante y de incredulidad-. ¿Cómo lo sabe usted, Vigo?

Finalmente obtuve la respuesta a mi pregunta más antigua. Por primera vez en mi vida, estuve seguro. Absolutamente seguro. Creí que iba a desmayarme. Pero no. Debía afrontar la realidad. Controlarla. Empecé a balbucear:

– Agnès… Yo… no soy esquizofrénico. Oigo los pensamientos de las personas.

PARTE II – Gnosis

29.

Hay minutos que parecen durar mucho más que sesenta miserables segundos. Y entonces, la relatividad deja de ser teórica. Te ahogas, te sofocas, todo se te va de las manos.

Mi vértigo fue, en ese instante, tan grande que tuve la sensación de caerme, durante un presente eterno, en una grieta helada y sin fondo. El eco de esas palabras resonó en mi cabeza como una llamada de socorro en medio de un aparcamiento desierto: «Señor, su nombre no es Vigo Ravel, y usted no es esquizofrénico».

No era esquizofrénico. Fue como perder todo lo que poseía, y no me refiero a bienes materiales, sino a toda la seguridad y conciencia de mí mismo, una conciencia de la que, desde hacía tiempo, sólo quedaban vestigios, desde hacía mucho tiempo. Todo lo que constituía mi identidad, mi memoria, por corta que fuera, y mis pensamientos, mi representación del mundo, todo lo que me quedaba de mi frágil intimidad se hundió como un castillo de naipes que jamás podría reconstruirse. Bruscamente, dejé de ser yo mismo para ser otro, muy diferente. Un desconocido que jamás había sido esquizofrénico, que jamás había sido Vigo Ravel, pero que, desde hacía más de diez años, oía realmente, sin ser plenamente consciente de ello, los pensamientos de la gente.

No eran alucinaciones, sino pensamientos, verdaderos y secretos, lejanos pero concretos. «Hoy, los aprendices de brujo en la torre; mañana, nuestros padres asesinos en el vientre, bajo 6,3.»

Después de colgar el teléfono, no puede evitar echarme a llorar. «Todo es mentira.» Seguro que Agnès no me había entendido. Ella no podía entenderlo, nadie podría. Ni comprenderme ni creerme. Porque toda mi vida sobrepasaba el entendimiento. Estaba solo, completamente solo, terriblemente solo frente a lo increíble. La psicóloga podía llamarlo como quisiera, síndrome de Copérnico o no: ese día tenía la prueba, oía los pensamientos de la gente, y nadie podría creerme.

Me repetía mil veces esa frase imposible: «Oigo el pensamiento de la gente». Y nada lo hacía más fácil. Ni siquiera la costumbre. Uno no se habitúa a lo inconcebible.

Inmóvil en medio de mi habitación de hotel, enseguida fui presa de una angustia tal que quise a toda costa reencontrarme con mis padres. Reencontrar a Marc y a Yvonne Ravel, con el deseo de que existieran y de que fueran muy reales. ¡Ya que no soy más yo mismo, al menos deseaba poder ser un hijo! Poder ver en sus ojos el resplandor, aunque fuera ínfimo, de un reconocimiento. Mi identidad.

«Su nombre no es Vigo Ravel.» Pero, entonces, ¿quién era yo? ¿Cuál era mi nombre? ¿Cuál era mi historia? ¿Sabrían decírmelo ellos, que me habían visto crecer?

Fueran cuales fuesen mis relaciones con mis padres, estaba convencido de que podrían reconfortarme un poco. Al menos lo justo para mantenerme en pie, para tener un apoyo. De todas maneras, no tenía ninguna idea mejor. Debía verlos, enseguida. Y ya que parecía que no figuraban en el listín telefónico, no me quedaba otra solución que volver yo mismo, con la mayor rapidez, al apartamento de la Rue Miromesnil. A aquel maldito apartamento. Ir personalmente y creer lo que pudiera ver.

Desgraciadamente, la simple idea de salir a la calle me aterrorizaba. Porque, fuera, estaban los otros. Había voces, susurros. Y ahora sabía que esos susurros eran algo más que alucinaciones auditivas, que no eran el producto de una esquizofrenia paranoica aguda. Eran pensamiento. Eran reales. Y no quería oírlas más. Pero ¿tenía elección?

Hice acopio de todo el coraje que me quedaba y me levanté lentamente. Como un ritual, me miré en el espejo, y, sin creerlo, tuve la sensación, a pesar de todo, de reconocerme. Al menos, no había cambiado de cara. Era mi último pilar, mi última realidad. Esos ojos azules. Esa boca severa. Esa gran frente tan preocupada. Pero seguía sintiendo esa impresión extraña, esa desazón que parecía estar causada por el reflejo del espejo… Como si hubiera algún símbolo encerrado que se me escapara, y que me molestaba sin razón.

Salí rápidamente del hotel y descarté coger el metro. Demasiada gente, demasiadas sombras, demasiadas voces. Hice a pie el camino hasta casa de mis padres. A lo largo del camino, me repetí la increíble verdad: «No soy esquizofrénico». Ese pensamiento me ocupó por entero el espíritu y me permitió, sin duda, no escuchar el de las personas con las que me cruzaba. En cuanto se me acercaba una silueta, me alejaba y permanecía hundido en mi introspección obsesiva, con los ojos de nuevo clavados en las aceras.

Cuando llegué a los pies del edificio, que no podía haber inventado porque lo reconocía, sólo me sorprendí a medias cuando el código que marqué no abrió la puerta cochera. Conservé la calma, e incluso creo que esbocé una sonrisa. Podían haberlo cambiado. O bien, podía haberme equivocado. Después de todo, había olvidado nuestro número de teléfono… Sin embargo, no podía evitar pensar que la Rue Miromesnil pudiera ser otro falso recuerdo. Una invención. No. El apartamento de la Rue Miromesnil no podía ser una alucinación. No tenía alucinaciones. Yo no era esquizofrénico.

Intentando no ceder al estrés, esperé hasta que llegó un inquilino y me colé detrás. Éste no me prestó atención. Tal vez me había reconocido. No supe decirlo. No oía sus pensamientos. Tampoco estaba mal. Él cogió el ascensor, y yo subí por la escalera.

Conforme iba subiendo los escalones del edificio, me invadía el miedo. ¿Estaba listo para una nueva desilusión? La última vez que había ido allí, el apartamento había sido visitado. Y alguien había instalado una cámara. Eso tampoco podía habérmelo inventado… Pero, entonces, ¿qué esperaba? ¿Que mis padres hubieran vuelto al fin? Tenía muy pocas esperanzas.

Cuando estuve frente a la puerta, la gran puerta de madera que reconocía perfectamente, cogí las llaves de mi bolsillo e inspiré profundamente. No había ningún ruido en el inmueble. ¿Qué iba a encontrar en el apartamento? ¿Su rostro de antaño? ¿La mirada perpleja de mis padres? ¿O bien el desorden que había dejado atrás algunos días antes, con esa cámara que había destrozado contra el suelo?

No podía dudar durante más tiempo. La verdad no estaba en mi cabeza, estaba en el interior de aquellas habitaciones. Tragué saliva y acerqué lentamente la llave a la cerradura. Con mano temblorosa, la deslicé varias veces junto a la cerradura, pero no conseguí hacer entrar la llave. Temblaba demasiado, sin duda. Lo intenté de nuevo, pero no. No había nada que hacer. ¡No era la llave que abría la puerta! Habían cambiado la cerradura, o bien no había vivido allí jamás…

«Vete.»

Enseguida, como días antes en la Défense, mi instinto me aconsejó huir. Estaba íntimamente convencido de que no me podía quedar allí. Una voz en mi interior me gritaba que estaba en peligro. Todo mi cuerpo percibía el perfume de una amenaza evidente. Fuera cual fuese la razón por la que mi llave no funcionaba, no podía quedarme frente a aquella puerta. Sin plantearme nada más, di media vuelta y bajé la escalera a toda velocidad. Mis pasos resonaron entre los muros blancos del patio de vecinos. Se confundían unos con otros, aunque enseguida dejé de estar seguro de estar solo. Corrí para salir a la calle.

El corazón se me salía por la boca. Me sentía asfixiado por la soledad, la urgencia y el miedo. ¿Dónde podían estar mis padres? ¿Y si les había pasado algo? ¿Podía estar seguro de que ellos eran mis padres de verdad?

Era incapaz de encontrar una respuesta lógica a todos esos enigmas. Y me sentía más perdido que nunca.

Titubeando como un borracho en la Rue Miromesnil, a punto de desmayarme, pasé frente a los comerciantes a los que conocía bien, pero que, de repente, se habían vuelto unos extraños para mí: el zapatero, ese viejo racista y amargado con el que había reñido años antes; la pastelería oriental, su fuerte olor a azúcar; el pub irlandés; el estanco de Europa donde compraba mis cigarrillos… Los reconocía. ¡No podían ser falsos recuerdos! Y, sin embargo, no conseguía sentirme en mi casa en aquel lugar, ni entre aquellos hombres.

Confundido, me fui del barrio de mis padres y me deslicé por una callejuela desierta. La cabeza me daba muchas vueltas. Me dejé caer sobre un peldaño, a los pies de un viejo edificio, y me agarré con fuerza la frente entre mis manos. No sabía qué más hacer, ni adonde ir, ni a quién recurrir para hallar un poco de reposo y auxilio. Una simple mirada podría decirme que no estaba loco, que existía, y que siempre había existido.

¿Agnès? No. No podía permitirme molestarla de nuevo, y no me conocía bastante. ¿Mi psicóloga? Tampoco. Eso no habría bastado. Necesitaba una prueba más antigua de mi existencia. Entonces, por eliminación, me acordé de él, del señor De Telême. Me di cuenta de que podía ser mi última esperanza, mi único vínculo con el pasado, mi único vínculo con quien había creído ser: Vigo Ravel, treinta y seis años, esquizofrénico.

Cogí mi móvil y marqué directamente su número. Oí que daba señal. Descolgaron el teléfono y, con gran alivio por mi parte, respondió la voz del señor De Telême.

– ¿Vigo? Pero ¿dónde está usted? ¡Todo el mundo le busca desde hace una semana!

«Vigo.» Él me había llamado Vigo. Había reconocido mi voz. Para él, existía.

– Señor De Telême, tengo que verle. Tengo… Tengo problemas.

– Pues claro, amigo mío. No tenemos noticias suyas desde el 8 de agosto. Espero que me pueda dar una explicación. Le espero mañana en la oficina.

– No, en la oficina, no. Y tampoco mañana.

– ¿Cómo que en la oficina no?

– Preferiría que nos viéramos en otro sitio, señor De Telême.

Él dudó. No habría sabido decir si estaba furioso o inquieto.

– Bueno, ¿dónde está usted?

– En el hotel Novalis, en el distrito XVII, pero no es el mejor sitio para vernos.

– Entonces, ¿dónde?

Me puse a pensar. Un sitio neutro. Un sitio donde me sintiera seguro.

– En el Quai du Blues.

– ¿Está de broma? ¡No es el mejor momento para escuchar blues, mi pequeño Vigo!

– Necesito verle allí, señor De Telême, al abrigo de las miradas. ¿Puede ir allí esta noche?

Se quedó, de nuevo, un momento en silencio. Después, tras un suspiro enervado, aceptó.

– Bien. Estaré allí a eso de las 22.30.

Colgué. Cuando llegó la noche, me subí a un taxi que me llevó allí, a Neuilly, en el corazón silencioso de la isla de la Jatte.

30.

Cuaderno Moleskine, nota n.° 131: coincidencias.

Lo sé, la esquizofrenia se traduce principalmente en distorsiones del pensamiento y de la percepción. Ya no creo ser esquizofrénico. Sin embargo, entre los fenómenos psicopatológicos de los que informan los especialistas eminentes, hay uno contra el que tengo que luchar a diario: la tendencia a asociar ideas entre las que no existen correlaciones reales, y una cierta obsesión por los detalles: cifras, fechas, acontecimientos.

Todo el tiempo, en todo lugar, veo coincidencias sibilinas que me asaltan como evidencias. Veo esos vínculos ocultos, esos hilos invisibles, adivino las relaciones, las conexiones misteriosas. Por todas partes, a mi alrededor, el mundo transpira mensajes que no puedo evitar unir entre ellos, como si, en todas las cosas, tuviera que haber una intención secreta, un sentido hermético en el universo.

Después de los atentados, esa impresión se aceleró. Aunque me diga que no son más que correlaciones ilusorias, veo sentidos ocultos en los acontecimientos más nimios.

Por ejemplo, está Copérnico. Desde que mi psicólogo me habló del astrónomo polaco, veo su nombre por todas partes. Primero, me dijeron que sufro un síndrome que lleva su nombre; después, me acuerdo de que el edificio por el que entré en las catacumbas daba a la Rue Copernic, y, finalmente, los periodistas, en la televisión, no cesan de mencionar los atentados que tuvieron lugar en la sinagoga de esa misma calle… Es como si las correspondencias me asaltaran.

Sin embargo, no he de ceder a esa obsesión. La vida está trufada de coincidencias, por la simple razón de que los acontecimientos obedecen a las leyes de la probabilidad. Tenemos tendencia a fijarnos sólo en las coincidencias, sin tener en cuenta el hecho de que intervienen en medio de un número considerable de otros acontecimientos en los que no pasa nada extraordinario. Lo sé: la simultaneidad de lo que nos parecen ser coincidencias sobrenaturales se explica en realidad por lo que se llama la «ley de los grandes números». Según esta ley, con un encadenamiento lo suficientemente largo de acontecimientos, incluso el más improbable se vuelve probable.

Y sin embargo… ¿Cómo puede distinguirse entre una simple probabilidad y un acontecimiento inesperado realmente significativo?

No puedo evitar escrutar lo invisible.

31.

– ¡Vigo! ¡Tiene usted un aspecto desastroso!

La velada hacía tiempo que había empezado. La gran sala estaba sumida en la luz cálida de los focos rojos y azules. La gente había acabado de comer, y estaban sumidos en la actuación de un viejo bluesman de la Nueva Orleans posterior a la inundación. Ese tipo, su voz y su guitarra eran sólo un ente en medio de aquellos halos de colores. Una especie de bola de notas, de ritmos y de desgarros que iba directa al alma. Sus lamentos de hombre abandonado se elevaban por todas sus cuerdas, vocales o metálicas, y todo lloraba en torno a él: las vibraciones del órgano Hammond en el cajón Leslie, el deslizamiento de los dedos sobre un bajo… Era bello como una carta de adiós encontrada un siglo más tarde. Tenía el vello de los brazos erizado. Mi cuerpo entero oía la música. Tenía la sensación de ser uno de esos instrumentos, allí, de pie, a pocos pasos del pequeño escenario.

– ¿Vigo?

Salí de mi aturdimiento e intenté sonreír al señor De Telême. Las 22.48. Acababa de sentarse frente a mí y parecía inquieto, incómodo dentro de su traje gris. Vi enseguida que no me miraba con los mismos ojos que antes. Había sido desde hacía diez años una de las pocas personas que nunca me había visto como un esquizofrénico. Al menos, ésa era la impresión que siempre había tenido. Pero allí, de repente, reconocí ese velo distante en su mirada, esa condescendencia afectada que las personas orgullosas reservan para las criaturas de mi especie.

– Buenos días, señor De Telême. Perdón… Yo… estoy completamente hipnotizado. Mire, esta música… La música…

– ¿Sí?

– Me parece que es más eficaz que el lenguaje.

– ¿Qué está diciendo?

Me encogí de hombros. Hay sensaciones que las palabras expresan mal.

– El blues es como una comunión, ¿no le parece?

– Bueno, Vigo, ¿para este tipo de tonterías me ha hecho venir aquí?

Sonreí. Era momento para bajar de las nubes. François de Telême no estaba de humor para filosofar. Ni siquiera había mirado a los músicos. Con las dos manos sobre la mesa, parecía estresado, con prisas por acabar conmigo.

– No, no, lo siento -dije, a la vez que procuraba sentarme bien en la silla-. No. Tiene usted razón. Tengo… Tengo problemas, señor De Telême.

En ese momento, el propietario del club, un tal Gérard, vino a darnos un apretón de manos. Estaba acostumbrado a vernos allí, a Telême y a mí, y en varias ocasiones habíamos tenido la ocasión de debatir. Era un tipo un poco fanfarrón, impetuoso e impaciente con la gente que no termina sus frases y que desaparece en cuanto le das la espalda. No cambiaba nunca de aspecto: gafas de media luna, un viejo tejano usado, una chaqueta azul y deportivas blancas. Apasionado, llevaba su negocio con las entrañas y luchaba por homenajear el blues puro y duro, afroamericano, contra viento y marea. Trataba la programación musical como si fuera política, con octavillas, corazonadas y arengas. Me gustaba, por instinto.

– Ya verán, esta noche toca una vaca sagrada -nos dijo antes de volver detrás de su mesa de mezclas.

Telême lo vio alejarse, después se volvió de nuevo hacia mí.

– Bueno, Vigo -dígame-, ¿qué le pasa?

Dudé. No me apetecía contarle toda mi historia. Sólo necesitaba algo de reconocimiento.

– ¿Cuánto tiempo hace que trabajo en su empresa, señor De Telême?

Él frunció el ceño.

– Está usted harto, ¿es eso?

– No, en absoluto. Simplemente quiero saber cuánto tiempo hace que trabajo en Feuerberg…

– Está bien… Usted lo sabe tan bien como yo, desde hace casi diez años.

– ¿Diez años? ¿De verdad? ¿Y he ido todos los días de la semana durante ese tiempo?

Mi jefe asintió con la cabeza.

– Pero ¿qué preguntas ridiculas son ésas, Vigo?

– Ya no estoy muy seguro de mis recuerdos, señor. ¿De verdad llevo diez años en su empresa?

– ¡Pues sí, claro!

Bajé la cabeza. Parecía sincero. Bien. Ya tenía algo concreto. Feuerberg. Mi trabajo. Una cosa tangible. La realidad. De acuerdo.

– ¿Y usted ha visto a mis padres? -le pregunté con timidez.

Él se aclaró la garganta. Parecía cada vez más incómodo.

– No, no, jamás los he visto. Pero usted habla a menudo de ellos…

– Dígame, sinceramente, ¿está usted seguro de que mis padres existan?

El hombre se quedó un instante boquiabierto. Me miró fijamente. Había algo en su actitud, algo que no me gustaba. Un plan. Una estratagema.

– Escuche, Vigo, usted ha sufrido una impresión bastante grave, creo que necesita ayuda…

Reculé en mi silla. «Necesita ayuda.» No era el tipo de frase que quería escuchar de él.

– ¿Por qué me dice usted esto? -pregunté en un tono seco.

– Eh, bueno, usted estaba en los atentados, ¿no?

– ¿Quién se lo ha dicho?

– ¡Nadie! Simplemente sé que usted va a la Défense los lunes por la mañana, y desde ese lunes no hemos tenido noticias de usted… He deducido que estaba usted allí. ¿No?

Dejé escapar un suspiro. Yo le había pedido reunirme con él, así que era yo el que hacía las preguntas.

– Señor De Telême, dígame, justamente, ¿qué voy a hacer a la Défense todos los lunes?

– ¡Va usted a ver a su psiquiatra!

– ¿Por qué?

– ¿Cómo que por qué?

– Por qué voy a ver a un psiquiatra.

– Pues, porque, en fin…, ¡usted sabe perfectamente a qué va, Vigo!

– Dígamelo. Necesito oírselo decir.

Él hizo una pausa. Su rostro se suavizó. Estaba enfadado.

– Porque sufre esquizofrenia.

– ¿De verdad? ¿Usted cree que, de verdad, sufro esquizofrenia?

Se mordió los labios. Ahora sentía que él lamentaba haber ido y que habría preferido irse. Miraba a menudo a su alrededor, como si tuviera ganas de escapar. Como si yo le diera miedo.

– Vigo, usted necesita ayuda. Tiene usted que volver a ver a su psiquiatra, y después es necesario que vuelva a venir a trabajar. Usted… debe recuperar su vida normal.

– ¡Yo jamás he tenido una vida normal!

– Estaba mejor antes. Atraviesa una crisis, Vigo, no es la primera, y sin duda no será la última, pero debe usted cuidarse y…

Lo interrumpí.

– Dígame, François, ¿cree que me llamo Ravel de verdad? Quiero decir: Ravel es un nombre grotesco, ¿no? ¡Es el nombre de un compositor! ¿Y Vigo? ¿Es un nombre de verdad?

El señor De Telême me cogió las manos por encima de la mesa en un gesto paternalista. Detrás de nosotros, el cantante empezaba un clásico de Willie Dixon.

– Bien, cálmese, Vigo, cálmese. Tiene que razonar un poco y coger las riendas. Venga, hablaremos de todo esto con calma, cuando haya hablado con su psiquiatra, ¿de acuerdo? Mientras tanto, tiene usted que descansar. Está usted al límite de sus fuerzas, amigo mío. ¿Quiere usted que vaya a buscarle algo de beber?

Pero, en el mismo momento en que estaba a punto de ceder, los vi entrar: eran los dos tipos del chándal gris, al otro lado de la sala, en medio de la luz rojiza de la entrada. Era imposible que me equivocara, eran ellos, sin ninguna duda. Y me estaban buscando con la mirada.

Solté las manos de mi jefe y me incliné sobre la mesa, a la vez que bajaba la cabeza. Había mucho humo en el club y estaba oscuro. No me habían visto todavía.

– ¡Deme las llaves de su coche! -dije, mirando a mi jefe a los ojos.

– ¿Pero? No lo dice en serio, ¿verdad?

– ¡Necesito irme ahora mismo! ¡Deme las llaves de su coche!

– Usted delira completamente, Vigo. Ni siquiera tiene carné de conducir.

Me acerqué a él y le agarré el brazo. Caían gotas de sudor por mis sienes. Mis manos temblaban. Sentí en la boca el sabor familiar del pánico.

– Escuche, François, dos tipos me persiguen -dije, a la vez que señalaba las dos siluetas-. Ellos me persiguen desde los atentados. Se lo suplico. Tengo que irme de aquí, ¡deme las llaves de su coche!

El señor De Telême lanzó una ojeada a la entrada. Después se quedó mirándome fijamente turbado.

– Vigo… Yo…

Él se estremeció. Había algo que se me escapaba. Su mirada me huía.

– Vigo, esas personas no quieren hacerle ningún daño. Quieren ayudarle, como yo.

La respuesta de mi jefe me heló la sangre. Me llevó algo de tiempo tomar conciencia de lo que eso significaba; pero cuando lo entendí realmente, la impresión fue inmensa. No había ninguna duda. Estaba en el ajo. ¡François de Telême estaba en el ajo! Desde el inicio. ¡Y, seguramente, él mismo había llevado a esos dos tipos allí! ¡Aquel maldito me había traicionado!

No perdí ni un segundo más. Fuera de mí, me levanté de un salto y agarré a Telême por el cuello. Vi entonces el terror en sus ojos. El terror puro. No me había equivocado. Me tenía miedo. Yo palpé los bolsillos de su chaqueta, y después los de su pantalón, y encontré, por fin, su llavero. Él estaba tan sorprendido, o asustado, que no se resistió. Lo empujé hacia atrás sobre su silla y me precipité hacia el lado derecho del escenario. Sabía que había una puerta que conducía a las oficinas de la planta baja. El propietario del club me había llevado un día allí para hacerme escuchar unos viejos discos de blues. Era mi única oportunidad.

Con la espalda curvada, pasé por delante del escenario a paso rápido, dejando tras de mí a mi anonadado jefe. Descubrí, entonces, que los dos tipos me habían descubierto. Se dirigían directamente hacia mí.

– ¿Algún problema, amigo?

Me sobresalté. Era Gérard, el propietario. Me había cogido por el hombro y me miraba suspicaz. Decidí decírselo. Verdaderamente, no tenía elección, y siempre me había parecido un buen tipo.

– Esos dos tíos me persiguen -dije, señalándolos con el dedo.

Él echó una ojeada en esa dirección y asintió.

– De acuerdo. ¡Sígame! -dijo, a la vez que me tiraba del brazo.

Me puse a correr tras él. Nos metimos entre las sillas. La gente del público se puso a gritar. Yo tiré una mesa y estuve a punto de caerme. Rodeamos el escenario, y el propietario me hizo pasar por la puerta de las oficinas. Él la cerró con llave tras nosotros.

– Vamos, baje por allí, ¡dese prisa! Voy a intentar entretenerlos.

Asentí con la cabeza.

– Gracias.

Sin esperar, bajé la escalera a toda velocidad, crucé corriendo el indescriptible desorden de las oficinas y llegué rápidamente ante la gran puerta cubierta de carteles y de pósteres. La entreabrí y, de puntillas, escruté la calle. No había nadie. Salí y, al cabo de unos metros, vi el Porsche del señor De Telême, que estaba aparcado en la acera de enfrente. No me podía equivocar: mi jefe me había hecho subir en su bólido, del que le gustaba presumir, varias veces. Era un 911 de los años ochenta. Crucé, desactivé la alarma y subí al coche.

«No sabes conducir, Vigo.»

Metí la llave de contacto en la cerradura, a la izquierda del salpicadero, y puse las manos al volante. Mis dedos se crisparon sobre el cuero negro. Giré dos veces la cabeza para destensar las cervicales. Entonces, oí el grito de los dos tipos en la calle. Miré la entrada del Quai du Blues. Habían salido y corrían ya hacia mí.

«No sabes conducir, Vigo.»

Giré la llave. Los seis cilindros retumbaron ruidosamente. Pise el embrague y metí la primera marcha.

«No sabes conducir. Y menos un coche como éste.»

Cerré los ojos, después me dejé guiar por mi instinto. Acelerar.

Las ruedas chirriaron. La propulsión arrancó sobre las pezoneras de rueda, derrapó ligeramente; enderecé y lo puse verticalmente. Me alejé del club de blues. En el retrovisor, vi que mis dos perseguidores abandonaban su carrera, sin aliento. Giré en la primera calle a la derecha, después en la siguiente, y enseguida, dejé atrás la isla de la Jatte, yendo muy por encima de la velocidad autorizada.

«Sé conducir perfectamente. No me llamo Vigo Ravel y no soy esquizofrénico, y sé conducir perfectamente.»

32.

Cuaderno Moleskine, nota n.° 137: recuerdo.

Estoy en el asiento trasero de un coche. No sé adonde va, dónde está, o quién soy yo. Dos personas están sentadas en el asiento delantero. No las reconozco. Sólo son unas siluetas aproximadas, sin rostro.

El decorado desfila fuera, incierto. El campo, creo; hay vegetación. El cielo está gris. Blanco, incluso. El mar, tal vez, se extiende a lo lejos, oscuro y embravecido.

Una mosca no deja de ponérseme en el brazo. Cada vez que la espanto, vuelve. Ella me engaña. Vuela lentamente, como a cámara lenta, se da contra el cristal y, sempiternamente, se vuelve a posar sobre mí. Me disgusta. No consigo chafarla. La espanto, varias veces, en vano.

Las personas discuten en los asientos delanteros del coche. El que conduce ha montado en cólera. No sé por qué. Oigo simplemente su voz que se eleva y veo sus gestos bruscos.

De repente, el coche se para. Oigo el crujido de las ruedas sobre la grava, o la arena, tal vez. El recuerdo acaba ahí.

33.

Tras haber pasado varios cruces, me sentí más o menos tranquilo. En realidad, estaba tan sorprendido de ser capaz de conducir que casi había olvidado lo demás.

Las afueras estaban particularmente tranquilas a esa hora. Algunos pocos peatones nocturnos paseaban a lo largo de las grandes avenidas llenas de árboles. Hasta donde alcanzaba la vista, podían verse las filas de fuegos rojos que parecían responderse a un ritmo hermético. La ciudad tenía su propia inteligencia. Tanto mejor para ella.

Me perdí en mis pensamientos y dejé de darme cuenta de que el tiempo pasaba. ¿Dónde y cuándo había podido aprender a conducir? ¡Y a conducir rápido, además! ¡Un Porsche! No tenía ni el menor recuerdo de haber tenido un volante alguna vez entre mis manos; probablemente, eso correspondía a la época borrada por mi amnesia retrógrada. Intenté en vano encontrar el origen de esas sensaciones. El mando de las marchas en la mano, al reposacabezas contra mi nuca… Tenía la impresión de haber conocido eso siempre, a pesar de no recordar ni una sola ocasión.

Mi hotel no estaba muy lejos. Puse punto final a mi introspección y, con un gesto automático, encendí la radio. Busqué una emisora en la que dieran noticias. Me topé, entonces, con la voz monótona de un especialista que disertaba sobre la posible implicación del grupo Al-Qaeda en los atentados del 8 de agosto.

… Numerosos indicios apuntan hacia la organización islamista armada de Osama Bin Laden. El ministro del Interior, Jean-Jacques Farkas, ha afirmado esta mañana que varias células de Al-Qaeda llevan mucho tiempo infiltradas en la capital, y es bastante probable que ellas hayan organizado estos actos terroristas. Varios presuntos miembros de la organización islamista han sido interrogados esta semana en París y en la región parisina, y la policía indica que se han apoderado de unos documentos sospechosos que se están analizando…

Apagué la radio y solté un suspiro. Yo había oído a los que habían puesto la bomba. Había oído los pensamientos de uno de ellos, en todo caso. Pero eso no me era de ninguna ayuda.

A partir de lo que había oído, no habría podido decir si se trataba o no de un terrorista islamista, y de todas maneras, no estaba seguro de saber qué hacer.

Me apresuré a aparcar el coche frente al hotel cuando reparé en un hombre que parecía esperar en la entrada. Empujado por mi paranoia, decidí conducir un poco más lejos. Era casi media noche y jamás había visto a ese tipo en el barrio. Llevaba una cazadora abombada de aviador y no parecía cómodo, con sus manos hundidas en los bolsillos y encogido.

Di media vuelta en la rotonda y pasé una vez más frente al hotel. El tipo sostenía ahora un teléfono móvil contra su oreja y estiró el cuello para intentar verme al pasar. Le vi dar algunos pasos hacia calle, y después acelerar tras colgar el teléfono. Estaba corriendo hacia mi coche.

Enseguida pisé el acelerador y huí. El maldito De Telême le había indicado mi alojamiento. No debería haberle dicho nunca en qué hotel estaba. Cuando estuve seguro de que no me seguían, recuperé la calma y agarré el móvil. Sólo me quedaba un último recurso.

Agnès respondió a mi llamada con voz somnolienta.

– ¿Ha visto qué hora es, Vigo?

– Lo siento. No sé a quién acudir. Tengo problemas graves, Agnès.

– Pero ¿qué pasa, por Dios santo?

– Dos tipos me están siguiendo. Y después me ha pasado una cosa extraña en el hotel. Es necesario que se lo enseñe, y que usted me diga qué piensa al respecto. Tengo la impresión de estar volviéndome completamente loco, Agnès. Debe usted ayudarme.

– ¿Que yo «debo» ayudarle?

– Puede ayudarme…

La oí suspirar.

– ¡Como si no tuviera bastantes problemas ya! -farfulló ella.

No supe qué responder. Después de todo, tenía razón.

¿Con qué derecho le pedía ayuda a una mujer a la que apenas conocía? Pero apenas, para mí, ya era mucho, porque tenía la impresión de no conocer a nadie, sólo a mí mismo.

– Mis problemas le harán olvidar los suyos -probé, sin mucha fe en mis palabras.

– Está bien, Vigo, ¿conoce el Wepler?

– ¿En la Place Cliché? Sí, lo conozco…

– ¿Cuánto tardaría en llegar?

– Un cuarto de hora.

– Hasta entonces, pues -susurró ella con voz cansada. Y colgó.

34.

Cuaderno Moleskine, nota n.° 139: la revolución copernicana.

Fuera, por la ventana, oigo a un tipo que pasa tarareando una canción que reconozco. Las palabras resuenan entre los muros de la estrecha callejuela y me dedican uno de esos guiños que la vida te reserva, cuando te gusta escucharla. «Au village sans pretensión, j'ai mauvaise réputation, que je me démène ou que je reste coi, je passe pour un je-ne-sais-quoi [1]…». A veces, tengo la sensación de llevar un sombrero lleno de agujeros y una barba de Robinson. Espero paciente que me lancen piedras, eso te endurece. Los asilos están llenos de no sé qué. Y sin embargo…

El síndrome de Copérnico debe su nombre, a la vez, a la seguridad de aquél de poseer una verdad susceptible de alterar completamente el orden del mundo, si admitimos que exista alguno, y al rechazo entre sus contemporáneos a tomárselo en serio. Vemos fácilmente que aparecen todos los sutiles ingredientes necesarios para el desarrollo de una perfecta paranoia. Créanme, empiezo a conocer la receta.

Y entonces, ¿en qué creía tanto Copérnico? Lo he investigado. Sí. En los diccionarios.

Antes que él, la Iglesia y las ciencias estaban de acuerdo en una visión del universo establecida en el siglo II por un tal Ptolomeo. Este geógrafo había escrito El Almagesto, en el año 141, un tratado sobre el geocentrismo que siguió vigente hasta el Renacimiento. Según éste, la Tierra estaba en el centro de todo, estaba fija y los planetas giraban a su alrededor y, además, en un orden diferente al que conocemos en la actualidad: la más cercana era la Luna, después estaban Mercurio, Venus, el Sol, Marte, Júpiter y Saturno. Como era inevitable percibir un montón de objetos celestes brillantes y bastante pequeños, se entendió que existía una esfera más bien alejada que llevaba en ella sola todas las estrellas del cielo, supuestamente fijas. Y ya está. Las cosas estaban bien así, todo el mundo estaba tranquilo, y pobre del que expresara la menor duda: esta visión, felizmente, se ajustaba perfectamente a la última versión de la Biblia.

Por desgracia, Copérnico estableció en el siglo XVI una teoría radicalmente diferente… En efecto, este astrónomo aventurero afirmó que la Tierra no era el centro del universo, sino que ésta giraba, como los otros planetas, en torno a su estrella: el Sol. Éste fue el nacimiento de lo que más tarde se bautizó como una visión heliocéntrica del universo. Como esto no bastaba, el loco de Copérnico sostuvo, asimismo, que la Tierra giraba también sobre ella misma.

La teoría de Copérnico estaba sostenida por constataciones que eran simples para quien quisiera levantar un poco la cabeza. La rotación de la Tierra sobre ella misma justificaba, sin duda, la constatación de un movimiento periódico del Sol, la Luna y las estrellas, y la vuelta de la Tierra en torno al Sol debería haber permitido comprender el movimiento anual de éste, las estaciones… Pero esto no era lo bastante convincente. Los contemporáneos de Copérnico no creyeron ni una palabra, y la Iglesia se escandalizó con una teoría tan blasfema.

Hasta el siglo XVII, el heliocentrismo sólo consiguió la adhesión de una decena de científicos, entre los que se contaban el italiano Galileo Galilei, que sería condenado duramente, el alemán Johannes Kepler y el filósofo Giordano Bruno.

Habrá que esperar hasta el final del siglo XVII, y a que Isaac Newton elabore su mecánica celeste, para que todo el mundo se rinda ante la evidencia: ¡el inútil de Copérnico tenía razón!

35.

Sentado a una mesa del gran restaurante rojo, con la mirada perdida en el vacío, intentaba imaginarme el rostro de todos los que habían apoyado sus codos bajo ese mismo techo: Picasso, Apollinaire, Modigliani… Siempre me ha gustado el ambiente «locos años veinte» de esas grandes salas parisinas en las que el ruido me protege de los pensamientos invasores del exterior. Está la canción de los camareros, el rumor de los clientes, el eco de los techos altos; rápidamente, te vuelves invisible y te sientes como en tu casa. En el fondo, los bares deberían estar subvencionados por la Seguridad Social. Sus banquetas de cuero son a veces más eficaces que los divanes de los psicólogos, y un whisky seco siempre es menos caro que una consulta.

Estaba diciéndome que Agnès había renunciado finalmente a reunirse conmigo cuando la vi aparecer al final del Wepler. Llevaba unos tejanos negros y una camiseta roja que le llegaba hasta sus finas caderas. Sus cabellos morenos estaban algo despeinados. Le hice un gesto con la mano. Ella vino a sentarse frente a mí.

– Y bien, ¿qué le pasa, Vigo? ¿Por qué he tenido el placer de salir de la cama a estas horas?

La miré confuso. Ignoraba por qué la había escogido, a ella, y qué fuerza inexplicable me empujaba a lanzarme sin mirar a aquel encuentro sin precedentes. Tirarme a los brazos de una desconocida no era mi estilo. Pero ¿sabía de verdad cuál era mi estilo? Tal vez simplemente había presentido que ella era mi última esperanza, mi último recurso para mantener un vínculo con la realidad. Todo se había hundido a mi alrededor, todo, excepto esa pequeña luz de esperanza: encontrar en esa mujer un alma gemela cuya ayuda y mirada habrían bastado para convencerme de que no estaba completamente loco. Era osado, pero no tenía otra opción.

– Agnès, necesito que confíe en mí, pero no sé si podrá creerlo.

Ella echó una ojeada a nuestro alrededor, como si tuviera miedo de que alguien nos oyera o nos viera juntos.

– ¿En qué tengo que creerle?

– Creerme, simplemente.

Ella se encogió de hombros.

– Lo intentaré.

– ¿Me creyó cuando dije que pude oír sus pensamientos?

Ella me miró, sin decir nada, después rebuscó en su bolso y encendió con nerviosismo un cigarrillo. Por primera vez, su mirada era huidiza. Insistí.

– ¿Me creyó usted?

– No… No lo sé. Le confieso que me inquietó.

Con el codo apoyado sobre la mesa, soltó una bocanada de humo, después giró la cabeza hacia mí con una mirada de tranquilidad fingida.

– Escuche, no sé nada de eso, tal vez simplemente ha adivinado lo que estaba pensando… Un golpe de suerte.

Ella se resistía. No podía culparla. Es difícil admitir lo inadmisible. Me acerqué a ella y le volví a decir, con una voz más suave pero más insistente:

– ¿Adiviné sin más que usted me comparaba con su tío? Menuda coincidencia, ¿no?

Ella se estremeció y se aseguró una vez más de que nadie nos escuchaba. El encargado del bar y los camareros estaban lo suficientemente ocupados como para no prestarnos atención.

– Sí, menuda coincidencia… Pero seamos realistas, ¿cómo podría usted…?

Ella bajó notablemente el tono de voz.

– ¿Cómo podría usted oír los pensamientos de la gente, Vigo? Esas cosas no existen. Tiene que haber una explicación racional. Estoy desolada, pero no creo en lo sobrenatural, ni en los médiums, ni en todas esas tonterías.

– ¡Y yo tampoco, Agnès! Sin embargo, he de rendirme a la evidencia: de una manera u otra, oigo, a veces, los pensamientos de las personas que me rodean.

Ella sacudió la cabeza.

– ¿Se da usted cuenta de lo que dice? ¡Es simplemente surrealista!

– Pero eso es lo que me pasa. En efecto, tiene que haber una explicación racional. Y créame, me gustaría saberla.

Ella frunció el ceño, después le dio otra calada a su cigarrillo. Yo, por mi parte, me encendí otro, como si la barrera de humo que lanzábamos frente a nosotros hubiera podido erigir un velo entre nuestras dos perplejidades.

En ese mismo instante, un camarero se acercó a nosotros.

– ¿Le pongo algo, señora?

Ella miró mi vaso de whisky.

– Lo mismo -dijo ella.

El camarero asintió y le trajo rápidamente su bebida.

Incómodos, nos quedamos callados unos minutos. Agnès bebía de vez en cuando un sorbo. Yo me estremecía, y después me frotaba la frente con nerviosismo. Sudaba sin parar.

Agnès se volvió hacia mí, a la vez que se acomodaba en su taburete. Mi vista empezó a nublarse.

– Dígame, Vigo, usted…

Ella se calló.

– ¿Yo qué? -le pregunté con voz temblorosa.

Ella hizo una mueca que reflejaba el embarazo que sentía. Le costaba formular lo que estaba a punto de preguntarme. Podía adivinar el motivo.

– Bueno… ¿Todo va bien?

Me sequé de nuevo la cara. El mundo se había desdoblado frente a mí. Era como dos películas totalmente idénticas, superpuestas una al lado de la otra.

– ¿Ahora está oyendo algún pensamiento?

Había anticipado su pregunta, pero no estaba seguro de querer decirle la verdad. Tenía miedo de que me tomara por un loco o, peor, como un monstruo, un animal de feria. Pero también necesitaba que confiara en mí.

– Sí -murmuré.

Ella frunció el ceño.

– ¿Ah, sí? ¿Y qué está oyendo?

El dolor de mi cabeza se hizo más intenso.

– Oigo la confusión de sus pensamientos, Agnès.

Ella sonrió con malicia.

– ¡No hace falta ser brujo para saber que estoy un poco confusa!

– Oigo más que eso. Y… Y acabo de comprender, además, algo sobre usted.

– ¿Ah, sí? ¿El qué?

Me aclaré la garganta. Me apoyé en la mesa que tenía enfrente. La sala entera daba vueltas a mi alrededor. Tenía que permanecer concentrado, y decírselo.

Jamás había dicho una cosa así. Jamás había tomado en consideración esas impresiones secretas, esos murmullos secretos que me asaltaban como olas repentinas. Jamás había aceptado traducirlas, y todavía menos, repetírselas a alguien. En el fondo, al revelarle lo que oía, tenía la impresión de violar a Agnès, de robarle su intimidad, y de tener que admitirlo. Me sentía particularmente molesto. Mi crisis llegaba a su paroxismo. Me dolía el corazón, pero tenía que resistir y hablarle. Ella tenía que saberlo.

– Cuando me dijo que tenía un trabajo difícil, en el café, en un primer momento, pensé que debía de ser profesora. Pero, ahora, lo sé. Creo que comprendo mejor quién es usted, porque oigo en su angustia y en sus preguntas ecos llenos de señales.

– ¿De verdad? Y entonces, ¿quién soy? -preguntó ella con un tono que me pareció cercano al desafío.

– Usted… Usted está en la policía, ¿no es así?

Vi que la imagen flotante de su rostro se crispaba. Cerré los ojos y continué. Sus pensamientos me llegaban como olas sucesivas. Sólo tenía que dejar que me dictaran algunas frases…

– Usted está en la policía y se está preguntando si debería creerme, o bien hacer que me encierren… Y ahora, aquí, a continuación, se pregunta si he podido ver su carné de policía en su cartera, o bien si la he investigado. 541329. Está pensando en esa cifra. Y ahora, se pregunta si le estoy haciendo alguna jugarreta para impresionarla. Empieza a tener miedo… Y ahora, se pregunta si lleva su cartera encima, o si se la ha dejado olvidada en su apartamento… Y además… El miedo, la confusión… Muchas, demasiadas cosas. Su marido…

De repente, las voces se pararon. El dolor de mi cabeza se extinguió tan rápidamente como había venido.

Abrí los ojos y miré a Agnès, confuso. Ella estaba estupefacta, petrificada. Me mordí los labios. Lo lamenté. De repente, ella se levantó, dio media vuelta y se dirigió hacia la salida del Wepler a paso rápido, sin ni siquiera dirigirme una mirada.

Tras recuperar las fuerzas, pagué rápidamente la cuenta y salí a perseguirla.

El distrito XVIII todavía estaba iluminado a esas horas de la noche. Di algunos pasos por la acera; después, enseguida, la vi sentada al pie de la estatua del mariscal Moncey, con la cabeza entre las manos.

Crucé la calle y me reuní con ella no muy seguro de mí mismo.

– Siento si la he asustado, Agnès.

Ella levantó la cabeza hacia mí. Sus ojos transmitían el miedo que sentía. Era exactamente lo que me había temido: me veía como un monstruo.

– ¿Puedo sentarme a su lado? -pregunté con timidez.

Ella no respondió. Lo consideré un sí. Pero, cuando iba a sentarme, se levantó de un salto y dio un paso atrás. Ella quería establecer una clara distancia entre nosotros. Era comprensible.

– Vigo, yo… Tiene usted que ir a ver a un especialista. Hay que avisar a alguien… Hay que… No sé… Pero no soy yo en quien debería confiar…

– No puedo, Agnès. Me siguen unos hombres y…

– Justamente por eso tiene usted que buscar ayuda.

Hundí las manos en mis bolsillos, avergonzado.

– Entonces, ¿usted me cree? -pregunté con voz temblorosa.

– No lo sé. ¡Es… inaudito!

No habría podido contradecirla. Por otro lado, tampoco sabía qué decir. Abatido, decidí finalmente sentarme a los pies de la estatua. Agnès me miró y soltó un suspiro, después vino a sentarse junto a mí. Nos quedamos un buen rato en medio de la Place Cliché, en un silencio incómodo; a nuestro alrededor, el ronroneo de los conductores nocturnos acunaba nuestras angustias. Cuando el silencio se volvió demasiado embarazoso, cogí el sobre que me había guardado en el bolsillo y se lo ofrecí.

– Mire lo que he encontrado en mi hotel.

Ella dudó, después abrió el sobre y leyó la nota que había en su interior. Después, me la devolvió estupefacta.

– Pero ¿de qué va esto? ¿De qué está hablando?

– No tengo ni la menor idea.

– Esto es de locos -murmuró ella-, es de locos. No puede mantener esto en secreto.

– Por eso quería hablar con usted…

– ¡Pero no es conmigo con quien debería hablar! Es completamente necesario que contacte con las autoridades competentes… ¡No se da cuenta!

– Agnès, no quiero ponerme en contacto con nadie, por ahora. Ya no confío en nadie.

– ¿Y en mí confía? -Sí.

Ella me miró boquiabierta.

– Pero no entiendo por qué, Vigo. ¡Apenas nos conocemos! No soy más que una simple funcionaría de policía, y medio deprimida, además. No puedo hacer nada por ayudarle. Su historia me sobrepasa. Y, para ser totalmente sincera, me da miedo. Ha de dirigirse a alguien que pueda ayudarlo…

– No. Confío en usted, Agnès, sólo en usted. Se lo suplico, debe respetar mi decisión. En primer lugar, tengo que entender qué me pasa, y creo que usted podrá ayudarme, porque usted me cree y porque… Porque yo también creo en usted. Creo en que es usted real. Usted es la única realidad que me queda.

– Eso no puede ser. ¡Usted no me conoce! Nos hemos cruzado un par de veces en la consulta de la psicóloga y hemos tomado juntos un café. No entiendo qué es lo que justifica esta confianza que me tiene.

– Ese tipo de cosas no tienen explicación, Agnès.

– ¡Esto es completamente ridículo! Porque usted tenga la impresión de tener un no sé qué, los átomos cruzados conmigo, o una tontería de ese tipo, no puede contar conmigo para que le saque de este aprieto. No veo qué puedo hacer por usted.

– Creerme.

– Pero con las pruebas que usted podrá aportar, las autoridades también podrán creer en usted, no me necesita.

– Tal vez, pero soy yo el que no cree en ellas. Atribúyalo a la paranoia, si quiere, pero veo enemigos por todas partes.

– ¡Eso es una estupidez! El mundo entero no se ha aliado contra usted, Vigo. No puede salir solo de esta historia, y por lo que parece, hay otras personas implicadas. Esa carta anónima… Hay que llevar a cabo una investigación. Y su estado… Es necesario que algún científico constate su estado…

– No, Agnès, llevo años viendo a psiquiatras. Nunca ha servido de nada. En cuanto a las autoridades, nunca podría confiar en ellas. Después de que esos tipos intentaran echárseme encima en la Défense, desconfío de todo el mundo, ahora. No puedo confiar en nadie. Sólo en usted.

– Pero tendrá usted familia, amigos…

– No. Mis padres han desaparecido, mi psiquiatra parece no haber existido nunca, si debo creer a las personas que estaban en la Défense tras los atentados. En cuanto a mi jefe, obviamente está en el mismo equipo que esos tipos que llevan varios días persiguiéndome.

Ella sacudió la cabeza.

– Pero ¿se está usted oyendo? ¿«En el mismo equipo»?

Ella dejó escapar un largo suspiro. Después miró directamente a los ojos.

– ¿Cómo quiere usted que yo le ayude? -preguntó ella con voz tranquila.

– Lo ignoro. Querría, al menos, intentar comprender cómo ha podido pasar todo esto; dónde están mis padres; dónde se ha metido el psiquiatra que me llevaba; por qué su gabinete no aparece en la lista de las sociedades de la torre SEAM; quiénes son los tipos que me siguen; por qué mi jefe los ha puesto sobre mi pista; quién ha escrito esa carta anónima y qué quiere decir; cómo puede ser que sea perfectamente capaz de conducir un coche, a pesar de que no recuerdo poder hacerlo. Tengo que encontrar respuestas a todas estas preguntas. Usted está en la policía, debería poder ayudarme, ¿no?

Ella puso los ojos en blanco.

– Pues claro que no, usted está delirando. ¿Cómo puede pensar que puedo responder a todas esas preguntas? ¿Cree usted que está en una película? Sería mucho más simple que se pusiera en contacto con las autoridades.

– Por última vez, Agnès, ¡no quiero! Al menos, por el momento. ¡Venga, ayúdeme! Sólo unos días. Sólo el tiempo necesario para ver si estoy loco o si hay algo de verdad tras esta historia. Por favor… Necesito que alguien crea en mí y me apoye.

Ella resopló nerviosa, exasperada. Pero todavía podía sentir su emoción. Lo que ella temía, sobre todo, no era ayudarme, sino que, al hacerlo, tuviera que admitir que mi historia era verdadera y que realmente oía los pensamientos de la gente. Eso le exigía un esfuerzo para aceptar lo impensable que la aterrorizaba. Sin embargo, al mismo tiempo, sentía piedad por mí.

– Todo esto me parece una idiotez, Vigo.

– Tal vez, pero no puedo seguir siendo la víctima inocente de lo que me ocurre.

Ella asintió.

– Entonces, ayúdeme.

Agnès cerró los ojos, como si estuviera lamentando ya lo que me iba a decir.

– Bueno. Voy a intentarlo -me concedió finalmente-, pero uno o dos días como mucho. El tiempo para distinguir lo verdadero de lo falso, en su historia, y preparar un informe para llevar después a las autoridades. ¿De acuerdo?

Asentí lentamente con la cabeza, sin atreverme a expresar mi emoción. En realidad, oír esas palabras era para mí un inmenso alivio, como si me acabaran de quitar un peso enorme de mis pulmones. Había encontrado esa mano tendida con la que había soñado tanto… Ya no estaba completamente solo.

– Bueno, ahora es tarde -dijo ella a la vez que se levantaba-. Me gustaría volver a casa a acostarme.

– Desde luego.

– Y usted, ¿qué va a hacer? -preguntó ella mientras se quitaba el polvo de su camiseta.

– No lo sé. No puedo volver a mi habitación de hotel. Cuando he intentado volver antes, un tipo vigilaba la entrada.

– ¿Está usted seguro de que no se ha dejado llevar por su paranoia?

– No -respondí sonriendo-. Estoy seguro. Se echó a correr hacia mí cuando me acerqué.

– Ya veo. Bueno, está bien, venga a dormir a mi casa, si quiere; hay un sofá cama en el salón. Pero sólo esta noche, ¿de acuerdo?

– ¿Y a su marido no le parecerá extraño?

– Se ha ido. ¿No ha leído en mis pensamientos eso? -preguntó ella con una sonrisa burlona.

– No. Tampoco he intentado escuchar. Y además, tampoco oigo permanentemente. Gracias a Dios. Pero su marido ¿se ha ido… ido?

– Ido ido.

Miré su mano. Se había quitado la alianza. No era yo el único cuya vida se había revolucionado. Hay momentos así…, y no sólo en las películas, también en la vida de verdad. Yo me levanté también y nos alejamos, juntos, de la Place Clichy.

36.

El apartamento de Agnès estaba escondido bajo los tejados de un viejo inmueble de la Rue des Batignolles. Era un pequeño apartamento con tres habitaciones, y se habrían necesitado, al menos, dos más para que cupieran todos los muebles y objetos que estaban encajonados allí en un desorden asombroso. Me pregunté cuántos años se necesitaban para acumular semejante bazar. Yo jamás habría podido soportar vivir en semejante ambiente, pero me sorprendí al encontrar una cierta estética del caos. La acumulación de cachivaches, de libros y revistas, de velas, de lámparas viejas, de cuadros, de jarrones y de un sinfín de utensilios insólitos constituía, al final, un verdadero decorado que, misteriosamente, daba la apariencia de una secreta coherencia.

– Discúlpeme, hay un poco de lío… Estará más presentable cuando Luc venga a recoger sus cosas.

Podía sentir su embarazo. Yo mismo me sentía incómodo. Me preguntaba si no era la primera vez en mi vida que entraba solo en casa de una mujer…

– Bueno, puede usted instalarse aquí -dijo ella señalándome el sofá naranja que estaba al otro lado de su salón-. Mañana me voy a trabajar bastante pronto. Intentaré hacer investigaciones sobre sus padres en la comisaría, ¿de acuerdo?

– Es muy amable de su parte…

– Haré lo que pueda. Dígame simplemente todo lo que pueda decirme sobre ellos.

Hice lo posible por hablarle de Marc e Yvonne Ravel, de lo que sabía de su vida, y de lo que siempre me habían contado. Le mencioné la casa que alquilaban durante sus vacaciones, el hecho de que los dos habían trabajado en un ministerio, y tantos detalles como pude recordar… Ella los anotó en un cuadernillo.

– Bien. Veré lo que puedo encontrar con esto. Ahora, es hora de dormir. Hay una sábana bajo el sofá. Está en su casa. El cuarto de baño está allí. Voy a sacarle una toalla.

Asentí, intentando sonreír; pero en el fondo me sentía completamente desamparado. No estaba acostumbrado a dormir en casa de alguien, a que me recibieran así, y todavía menos, a que lo hiciera una mujer. No sabía cómo reaccionar y me preguntaba incluso si conseguiría dormir, hasta tal punto me angustiaba la idea de estar en mi sitio.

– Gracias por todo, Agnès.

– De nada. Mañana me iré a eso de las ocho. Puede irse después, si quiere. Pero tampoco tarde, preferiría que no se cruzara con Luc, si decide venir a recoger sus cosas durante el día. Cierre la puerta de un golpe al salir. Le llamaré por la tarde para decirle lo que he encontrado.

– De acuerdo.

Me costaba imaginar que todo eso fuera real. Que esa mujer fuera a ayudarme de verdad, que ambos hubiéramos aceptado esa absurda situación… Aunque, en lo que me concernía, no tenía verdaderamente elección.

– Usted, por su parte, podría tal vez ir a una biblioteca o a un cibercafé para realizar algunas investigaciones, ¿no?

Me encogí de hombros.

– Por qué no…

Ella pareció sorprendida porque no demostrara más entusiasmo.

– ¡Pues claro que sí! Me ha dicho que quería respuestas a todas sus preguntas; por tanto, tiene que moverse, Vigo.

– Y eso implica… No sabría por dónde empezar…

– Por ejemplo, podría intentar encontrar algo sobre el Protocolo 88, que menciona la carta anónima.

– De acuerdo, buena idea.

En realidad, me aterrorizaba la idea de conducir mi propia investigación solo al día siguiente. Me sentía completamente incapaz. Pero ella tenía razón. Tenía que avanzar. Dado que no podía confiar en nadie, estaba obligado a investigar por mi cuenta.

– Entonces, hasta mañana, Vigo. Buenas noches.

– Buenas noches, Agnès. Gracias de nuevo.

Ella me dedicó una sonrisa y desapareció en su habitación.

37.

Cuaderno Moleskine, nota n.° 149: recuerdo, precisión.

Estoy en el asiento trasero del coche. Soy yo. Soy joven. Apenas adolescente. De nuevo, no reconozco a las dos personas que están sentadas delante, pero recuerdo ahora que se trata de un hombre y de una mujer. Y estoy seguro de conocer sus voces.

El hombre conduce. Conduce rápido.

Fuera, veo mejor el decorado que desfila ahora. Es el mar, a lo lejos, más allá de los acantilados. Un mar verde, ensombrecido por las nubes del cielo gris.

Siempre está esa mosca que no deja de venir a posarse sobre mi brazo. Me gustaría que desapareciera, esa mosca testaruda que acapara mi atención, que me impide oír lo que dicen las personas que están delante de mí. Pero no hay nada que hacer. Ella se mofa de mí.

Sólo intuyo la entonación de sus voces. Las frases vuelan, se encabalgan. No discuten, se pelean, juntos. Eso me angustia. Como la mosca. Todo me angustia. Querría gritar. Pero es como en esos sueños en los que los sonidos no quieren salir, como esas pesadillas en las que las piernas se niegan a correr. No puedo. No puedo cambiar un recuerdo. No puedo reescribir el pasado. No soy más que un pasajero de mi memoria que desfallece.

De repente, el coche se detiene. De forma algo brusca. Debo agarrarme en el asiento que está delante de mí. Oigo el ruido de la arena bajo las ruedas, después el del mar. El conductor aparca sobre un dique.

Bajamos del coche.

Por el momento, el recuerdo acaba aquí: con el ruido sordo de los golpes de las puertas al cerrarse, unas tras otras. Y salgo.

38.

Cuando me levanté, invertí algunos segundos en recordar dónde estaba. Sentí entonces un cierto vértigo, una sensación de estar flotando, de pesadez. Después reconocí el apartamento de Agnès. Los cachivaches, el desorden, la mesita, Scorsese y Woody Alien tirados por la moqueta… A fuerza de huir, ya no tengo referencias. Me di cuenta de que echaba de menos mi habitación. Extrañamente, añoraba la Rue Miromesnil. Allí tenía señales, rutinas, una especie de seguridad…

Pero ya no era ese hombre. Tendría que acostumbrarme; ya nada sería como antes. Los cambios en mi vida habían alcanzado un punto de no retorno. Jamás el futuro me había parecido tan incierto. El propio presente me parecía vago, inaccesible o mentiroso.

Dejé escapar un largo suspiro. Tenía que intentar reencarnarme, llegar a ser quien era. Me senté en el sofá cama y rememoré lentamente la víspera. «No soy esquizofrénico.» Había esperado que, después de dormir, las cosas se aclararían y parecerían más aceptables al día siguiente; pero nada de eso. Al contrario. Me costaba recuperar la tranquilidad que había conseguido adoptar después de mi conversación con Agnès. La realidad me parecía todavía más difícil de admitir.

«¿Cómo he podido contarle todo eso? ¿Cómo ha podido creerme? ¿Y si me equivocaba? Y ella ¿me creerá todavía hoy, después de una noche de sueño? ¿Y si me denunciaba a la policía? ¿Cómo había podido ser tan tonto como para confiar en una policía?»

Cerré los ojos por un instante, después los volví a abrir. Seguía estando allí, en el sofá naranja. La realidad podía ser incomprensible, pero era inmutable. «No soy esquizofrénico. Tengo que confiar en lo que sé. Es decir, no gran cosa. No sé quién soy, no sé por qué estoy aquí, no sé qué me pasa; pero sé algo: no soy esquizofrénico. Por tanto, puedo y debo confiar en mi juicio. Eso es ya un punto de partida. Es el momento de emular a Descartes, amigo, y hacer tabla rasa con el pasado. Y confiar en la razón.»

Después de unos minutos de silencio, conseguí calmarme un poco. Escuché el ritmo regular de mi respiración y me dejé acunar por su exactitud. «Bien. Ahora, debo levantarme. Vestirme. Franquear una a una las etapas. Afrontar el día y avanzar en el descubrimiento de mi nueva realidad. No puedo encerrarme en esta angustia insensata.»

Lentamente, me levanté, separando los brazos del cuerpo, como si tuviera miedo de perder el equilibrio, como si la gravedad, durante la noche, hubiera podido desaparecer. Avancé algunos pasos, y el mundo me pareció lo suficientemente estable. Crucé el salón y eché una ojeada al pasillo. Nadie, evidentemente. La habitación de Agnès estaba abierta de par en par. Se había ido hacía mucho.

El apartamento estaba envuelto por un silencio inquietante. Grandes lenguas de luz cortaban el aire a mi espalda, a través de las cortinas del salón. Fuera, se distinguía el ronroneo distante de los coches que empezaban a invadir el Boulevard des Batignolles. Me pregunté qué hora podía ser. Levanté la muñeca. Mi reloj seguía dando las 88.88. Solté una maldición.

Di media vuelta y me fui a correr las cortinas. Los rayos de sol invadieron todo el espacio del salón. El apartamento no tenía el mismo aspecto a la luz del día. Había perdido su encanto y recuperado la cruda realidad. Ya no era un misterioso bazar, sino simplemente la casa desordenada de un hombre y una mujer. Por todas partes, veía surgir al marido de Agnès, su realidad. Pertenencias, ropa, revistas masculinas… Empecé a temer encontrármelo en algún momento del día. ¿Cómo había podido Agnès dejarme solo allí?

Enseguida, se adueñó de mí un sentimiento de urgencia. Con las manos temblorosas, cerré de un solo gesto las cortinas del salón. La habitación se inundó de nuevo con la penumbra más alentadora. Apreté los puños. No podía quedarme allí. Tenía que salir de ese apartamento.

Finalmente, encontré la energía para activarme. Me apresuré a darme una ducha y a vestirme. Mientras me ponía la ropa, evitaba mirar el reflejo de mi propio rostro en el espejo del cuarto de baño.

Volví enseguida al salón, plegué el sofá y, a mi pesar, cuando debería haberme dirigido hacia la salida, me dejé caer sobre los enormes cojines naranjas, como engullido por ellos. Me quedé un buen rato con la mirada fija en el techo, pensativo, dividido entre las ganas de irme y el miedo de enfrentarme al mundo exterior. Mi razón me gritaba: «Levántate», pero mis piernas se negaban a obedecer.

Después de algunos minutos inmóviles, sentí que la fuerza me había abandonado completamente. Bajé lentamente los ojos, desesperado. Mi mirada se cruzó con el magnetoscopio que había encima del televisor. Vi entonces las cuatro cifras que parpadeaban en la pequeña pantalla negra. Me froté los ojos, incrédulo. ¡El magnetoscopio indicaba la misma hora que mi reloj! Las 88.88. ¡La hora que no existe! Los cuatro bucles verdes se encendían y se apagaban con un ritmo regular, y su imagen se impregnó en mi retina. Enseguida, tuve la impresión de que las cifras se habían despegado del magnetoscopio y que flotaban, luminosas, en medio del salón. Cerré los ojos. Pero las seguía viendo, inmensas, avanzando hacia mí, amenazantes, como cuatro hologramas gigantes.

En ese instante, debo reconocerlo, mi crisis de angustia se transformó en alucinación; mi cerebro, sin duda, debilitado por los traumas de los últimos días, descarriló.

De repente, fue como si todo adquiriera sentido, como si todo se volviera límpido: me convencí de que el tiempo se había detenido.

El tiempo. No el de los otros, o el del planeta, sino sólo el mío: mis horas, mis minutos, mis segundos se habían parado. Simplemente. Y eso lo explicaba todo. Estaba seguro de que, de una manera u otra, había entrado en un bucle atemporal del que no podía salir. Si se pensaba bien, era evidente. Sin duda, oía fuera el mundo que continuaba viviendo, avanzando; pero yo ya no estaba en él. Me había salido del tiempo.

«Por inconcebible que parezca, no sirve de nada negar la evidencia. Tal vez no estoy en situación de comprender el cómo y el porqué, pero tengo que aceptarlo. Estoy fuera del tiempo. Sea absoluto o relativo, yo estoy fuera del tiempo.

Es muy excitante. Tal vez estoy al borde de una nueva etapa de la comprensión del tiempo. Más allá de la física clásica, más allá de la relatividad, más allá incluso de la física cuántica, tal vez estoy al principio de una nueva etapa de interpretación del espacio-tiempo, que podrá analizarse gracias a mi estado extraordinario. Estoy preparado para someterme al análisis de los físicos. No soy rencoroso.

En todo caso: una cosa es innegable: allá donde esté, puede haber espacio y materia, pero no hay tiempo matemático, que se pueda medir. Sin duda, esto pone en cuestión todas las teorías actuales, y especialmente la de la relatividad restringida, según la cual el tiempo y el espacio están unidos. Sin embargo, hoy se admite que el tiempo habría empezado hace trece mil millones de años, con lo que se sobreentiende que hubo un inicio. Sin embargo, si el tiempo pudo tener un inicio, ¿por qué no iba a tener un final? ¿O incluso una pausa? Tal vez soy una pausa temporal, ¿quién sabe?

De lo que no tengo ninguna duda es de que me he salido de la línea geométrica sobre la que el tiempo parecía estar ordenado. Eso es. Ya no estoy en la línea. Si es verdad que en una recta un punto se sitúa necesariamente antes o después de otro punto, ¿qué se puede decir cuando, por el contrario, uno se separa de esa recta?

Por otro lado, mi experiencia podría confirmar las teorías según las cuales el tiempo es absoluto. Porque si el tiempo es absoluto, eso implica que no pertenece ni al mundo material, ni al del espíritu, y que, por tanto, existirían aunque el mundo o nuestro espíritu no existieran. No hay interdependencia. Mi espíritu puede muy bien extraerse del tiempo, eso no lo va a parar.

Los relojeros se arruinarán.

Es absolutamente necesario que establezca contacto con los señores y señoras científicos. Ellos podrán estudiar esto en profundidad. Por mi parte, yo no puedo explicarlo verdaderamente. Simplemente he tomado conciencia -a un nivel superior, que debo admitir que no domino por completo- de la evidencia. El presente no existe. Sin embargo, es simple: elinstante no puede ser más que cuando deja de ser. La función misma del instante es pasar; mientras no lo ha hecho, no es, el instante no existe. El presente no existe. Todo es pasado.

Es sorprendente.

Así pues, estoy fuera del tiempo. Desde luego, es bastante extraordinario, incluso increíble. Pero me parece que me estoy tomando el asunto bastante bien. En el fondo, es casi tranquilizador.

Me pregunto.

Maldito magnetoscopio.

Bueno días, tal y como ven, estoy arrinconado fuera del tiempo. Debe de ser un fenómeno físico completamente explicable. Una especie de desbordamiento, de deslizamiento. Muy raro sin duda. Pero no puede decirse que me asombre, después de todo lo extraño que ha pasado. Era necesario que hubiera una explicación racional. Una buena razón. Y ahora, al menos, sé lo que me pasa. Simplemente he salido del tiempo. No soy esquizofrénico. Estoy fuera del tiempo.

Vaya. Puedo verificarlo, por otro lado.

Uno, dos, tres.

Ya está. No ha pasado ningún segundo. Mi reloj y el magnetoscopio siguen indicando la misma hora: las 88.88.

Debo de ser el único que puede ver la hora que no existe. Me pregunto si soy mortal.

Debería haberlo dudado desde el principio. Debería haber confiado en mi reloj. Las 88.88. Es un Hamilton. No podía mentir. Debería sentir más respeto por los relojes. Después de todo, saben más que nosotros sobre las cuestiones del tiempo. Saben medir el tiempo que necesita un rayo de luz, provocado por la estimulación de un átomo de cesio 133, para efectuar más de nueve mil millones de oscilaciones. O bien un segundo. Los relojes son fuertes.

No sé por qué me he obcecado. Tengo que avisar a Agnès. No debe preocuparse más por mí. Ya no arriesgo nada, basta con que me acostumbre.

Ya, debo dejar de querer volver al tiempo de los otros, debo dejar de agarrarme. Seguramente es peligroso. Tal vez incluso debería dejar de interactuar con él. Con aquéllos. Con aquellos que se han quedado en el interior. Seguramente no pueden comprenderme. Y me arriesgo a hacer descarrilar su tiempo. No puedo correr ese riesgo. Es extremadamente egoísta por mi parte.

Me pregunto si soy mortal.

¿Y si los dos tipos del chándal gris hubieran intentado avisarme? ¿Por qué no? Parece creíble, ahora que lo pienso. Mucho más creíble que el pequeño escenario paranoico que me he inventado… No veo qué podrían pintar dos asesinos en mi historia. Jamás le he hecho daño ni a una mosca. No, más bien deben de ser una especie de agentes temporales. Unos tipos que están al corriente de lo que me pasa. Eso lo explicaría todo.

Los tipos de gris son agentes temporales.

Además, no me quieren hacer ningún daño. Telême tenía razón. Esos hombres no me quieren hacer ningún daño. Debería haberles dejado que se explicaran. Lo habría comprendido más fácilmente. Bah, ¡no es grave! Ahora, ya no los necesito, porque ahora, lo sé. Lo he comprendido solo. Estoy en un bucle atemporal y no soy esquizofrénico.

En el fondo, es incluso más simple que eso, yo soy atemporal.

Y eso explica seguramente por qué tengo la impresión de oír los pensamientos de la gente. Debe de ser un fenómeno físico. Como no estamos en el mismo tiempo, ya sé lo que van a decir antes de que lo digan, y de golpe tengo la impresión de oír sus pensamientos. Algo así.

Me pregunto si soy mortal.

La cuestión es si Agnès me va a creer. Y si me cree, ¿podremos continuar viéndonos?

Vaya, otra hipótesis. Tal vez no he salido verdaderamente del tiempo, en sentido literal. Tal vez, simplemente, he llegado al final. Sería un signo precursor del final del Homo sapiens. Sería uno de los primeros que llegaría al final del tiempo. Tal vez porque lo he entendido. He comprendido que vamos a extinguirnos. Tenía razón desde el principio, así que estoy totalmente solo, al final del bucle temporal. Tal vez, por otro lado, no esté solo. Tal vez haya otros, otros atemporales, como yo, o como los agentes del chándal gris que recorren el mundo para salvar a las víctimas apartadas del tiempo.

Me pregunto si soy mortal.

En todo caso, una cosa es segura, estoy al final del tiempo.

Lo noto.

Me pregunto si soy. Es extraño. Tengo la impresión de que el tiempo se encabalga, ahora, de que se mezcla. Y mi nombre será esperanza. Me pregunto.

Me pregunto si. Tengo la impresión… Me pregunto… que el tiempo… si yo soy… se encabalga… mortal… ahora. Yo tengo… yo… la impresión… me… pregunto… lo… si… tiempo… yo… se… soy… encabalga… mortal… ahora. Tengo mortal ahora. Mi nombre será Unamez. Mezcla. Unamez cla. ¿Qué demonios está usted haciendo todavía ahí? Que se mezcle.

La próxima vez que vea los agentes temporales, tendré que ser más educado. ¿Vigo? Pero ¿qué narices estás haciendo todavía ahí? Tengo la impresión de que el tiempo se encabalga. ¿No me respondes, tonto? Que se mezcla. ¡Vigo!»

39.

No sé cuánto tiempo duró esa crisis delirante ni cuánto tiempo habría podido continuar si los gritos furiosos de Agnès no me hubieran sacado de mi aturdimiento.

– ¿Qué narices está haciendo todavía en mi casa, Vigo? Debería haberse ido esta mañana. ¡Menudo fresco está usted hecho!

Me quedé un momento alelado, mudo, completamente perdido. Como si me hubiera despertado un electrochoque, tomé conciencia a la vez de que mi cerebro había estado desvariando, durante un rato bastante largo, y de que Agnès había vuelto a casa tras su jornada laboral. Sentado en el sofá, extraviado, la escuchaba gritarme sin comprender lo que estaba diciendo.

– Es usted amable, Vigo, pero tengo bastantes problemas ya, sin la necesidad de albergar a un tipo como usted. Le propuse albergarlo una noche, pero jamás he dicho que pudiera instalarse aquí. ¡Oh! ¿Me escucha usted? ¡Al menos podría responder!

Recuperé las fuerzas con dificultad. La cólera de Agnès, al menos, había conseguido devolverme a la tierra. Una cosa era segura, no estaba fuera del tiempo, lejos de allí. Estaba metido en él de pleno.

– Estoy confuso… Creía que… Creía que había salido del tiempo -murmuré.

– ¿Qué? ¿Qué está diciendo?

La vi pasar junto a mí en tromba, con la mirada furiosa, después abrir las cortinas con un gesto amplio y brusco. Me sobresalté. La luz de agosto me cegó.

– ¡Jamás le debería haber propuesto que se quedara aquí! ¡Mira que soy ingenua!

– Lo siento, Agnès, yo… he tenido un pequeño problema. Creía que estaba fuera del tiempo. Tranquilícese, me voy enseguida.

Ella se me quedó mirando boquiabierta. No habría sabido decir qué sentimiento se reflejaba en su mirada, cólera o incomprensión. Una cosa estaba clara, no estaba orgulloso de mí mismo, y tenía prisa por salir de allí.

En cuanto pude, me levanté del sofá, luché contra el vértigo que me hacía sentir que la habitación daba vueltas a mi alrededor y me fui a recoger mis cosas. Vi que Agnès se apoyaba en una silla y que me miraba, a la vez que se mordía los labios.

– Siento haberle gritado así -dijo con una voz más serena-, pero la verdad es que Luc habría podido venir perfectamente hoy y darse de bruces con usted. Me habría creado una situación desagradable, Vigo.

– Lo siento, Agnès.

Y lo sentía de verdad. Ella tenía razón. No había sido muy hábil por mi parte. Yo mismo tampoco habría querido encontrarme con su marido. Y, de todas maneras, había abusado de su hospitalidad… Por mucho que lo deseaba, no conseguía encontrar las palabras adecuadas para disculparme, para intentar hacerle entender la crisis que había atravesado. Todavía estaba totalmente desorientado. La cabeza seguía dándome vueltas, y me seguía pareciendo que no había escapado completamente de mi extraña pesadilla.

Con paso vacilante, me precipité hacia la puerta y abandoné el apartamento.

– Lo siento -repetí antes de cerrar la puerta tras de mí.

Titubeante, bajé la escalera, y creo que de mis ojos cayeron algunas lágrimas.

40.

Cuando llegué a la planta baja del edificio, me quedé inmóvil durante unos segundos, de pie, en el vestíbulo, sin aliento, y me tuve que apoyar contra la puerta de cristal para no perder el equilibrio. Me froté los ojos con el reverso de la manga para quitarle su vergonzosa humedad.

En el exterior, el barrio de Batignolles iba a cien por hora. Era el mundo, la verdad, nuestro espacio-tiempo. Aquel al que debía regresar absolutamente, y recuperar mis referencias. O como mínimo, hacerlas. En el fondo, no estaba seguro de haberlas tenido nunca.

¡Menudo imbécil estaba hecho! ¿Cómo había podido caer en semejante estado? Tenía vergüenza de mí mismo, de la debilidad de mi ánimo, de mi razón. Sobre todo, me sentía avergonzado por haber podido herir a Agnès, y temía haberla perdido.

Con un nudo en la garganta, miré los coches que pasaban frente al edificio y los habitantes del barrio que deambulaban por allí. Verdaderamente no sabía qué hacer, ni adonde ir. No obstante, tenía que moverme, avanzar.

Respiré hondo y después salí. Fue menos difícil de lo que me había temido. Me dejé acariciar por el aire de aquella tarde urbana, después caminé en línea recta, con los ojos clavados en el sol, y evitando las miradas de la gente que me rodeaba.

Tras dar unos pasos, eché una ojeada detrás de mí, hacia el último piso del edificio de Agnès. Creí reconocer la ventana de su salón. La luz estaba encendida. Me preguntaba qué estaría haciendo ella ahora, si ya habría pasado página y si habría decidido olvidarme. Bajé de nuevo los ojos y continué mi camino. ¿Podría perdonarme? La víspera había prometido ayudarme, pero ¿y ahora qué?

Y si no, y si Agnès me abandonaba, ¿sería capaz de dar respuesta yo mismo a todas esas preguntas? Seguro que no. Pero dirigirme a las autoridades, como ella había sugerido, me daba todavía más miedo.

Mi vientre se puso a gruñir. Estaba hambriento. No había comido nada en todo el día. Tenía que empezar por ahí, por alimentarse. Cosas simples. Una a una. Subí por la calle hacia la Place Clichy, y sin pensarlo mucho, volví al Wepler.

El ruidoso local estaba a rebosar y lleno de humo. Me instalé en una mesita en el fondo de la gran sala, al abrigo de las miradas.

Me encendí un cigarrillo. El muchacho vino a tomarme nota. Como tenía hambre y tenía prisa por comer, le pedí una croque-madame, un plato de patatas fritas y una cerveza de barril. Después de todo, era un bar parisino…

Mientras esperaba mi pedido, para intentar dejar de pensar en Agnès, decidí releer la nota que había encontrado en el hotel. Saqué el sobre y desdoblé la hoja delante de mí.

«Señor, su nombre no es Vigo Ravel, y usted no es esquizofrénico. Encuentre el Protocolo 88.»

El Protocolo 88. Tenía que centrarme en eso. No había avanzado ni un centímetro desde que había descubierto el mensaje. Incluso tal vez había retrocedido. A pasos de gigante.

Intenté concentrarme, plantear las preguntas correctas, pero fue en vano. Cada vez que intentaba buscar una respuesta, una pista, el rostro de Agnès me acosaba en mi mente: su mirada furiosa, sus palabras severas. Habría preferido que las cosas hubieran ido de otra manera. Ni siquiera había podido decirme si había encontrado algo, si había tenido tiempo de hacer averiguaciones sobre mis padres, como había dicho… ¿Me llamaría? ¿Tendría alguna revelación que hacerme? ¿Aceptaría mis disculpas? ¿Aceptaría volver a verme? ¡Tenía que dejar de pensar en ello!

El camarero me trajo mi plato. Le di las gracias y me abalancé sobre la comida con apetito. Engullí la croque-madame y las patatas fritas sin levantar la cabeza, excepto para tomar algunos sorbos de cerveza.

Cuando el camarero vino a buscar mis dos platos vacíos, le pedí otra media ración.

Me quedé así algunas horas, fumando cigarrillo tras cigarrillo, encadenando las bebidas, incapaz de pensar en otra cosa que no fuera en aquella mujer con la que me habría gustado tanto pasar aquella extraña noche. Una noche más. Imaginaba sus ojos verdes, su tensa sonrisa, su cuerpo delgado, su bella piel tostada, y veía que todo aquello se alejaba, lentamente, como la estación de una ciudad querida en un viaje sólo de ida.

Sentía haberlo estropeado todo y también la necesidad inalcanzada de tenerla entre mis brazos, durante una hora y en silencio. El Wepler me recordó su mirada. Aquél era para mí un barrio con un recuerdo. Volvía a vernos a los dos, sentados en el suelo, en medio de la Place Cliché. No conseguía resignarme. No era posible. La felicidad me había durado muy poco. ¿Acaso lo propio de la felicidad era durar sólo un instante, lo bastante para que uno se acuerde y se lamente de haberla perdido?

Tras la sexta cerveza, el camarero me dedicó una sonrisa compasiva.

– ¿Un mal día?

– No peor que ayer.

– Venga, éste va de mi cuenta.

Le di las gracias con un gesto con la cabeza, y sentí que me pesaban los párpados. El alcohol empezaba a hacer su efecto.

Hacia las diez de la noche, tal vez un poco más tarde, cuando ya empezaba a estar seriamente borracho, mi teléfono móvil empezó a sonar. No lo oí enseguida, debido al jaleo ensordecedor que reinaba en la gran brasería. Cuando por fin me enteré de la llamada, hundí la mano en mi bolsillo y vi que el número de Agnès aparecía en la pequeña pantalla. Mi corazón empezó a latir con fuerza.

– ¿Agnès?

Nada. No hubo respuesta. Sólo oí una respiración bastante fuerte.

– Agnès, ¿es usted?

La oí suspirar. Sí, era ella.

– Lo siento, Agnès, lo siento sinceramente… Espero que no me guarde mucho rencor.

– ¿Dónde está usted?

Su voz era temblorosa, húmeda. No había ninguna duda: había estado llorando.

– Pues estoy en el Wepler.

Un largo silencio. Un sollozo, tal vez.

– ¿Puedo reunirme con usted? -murmuró ella finalmente.

Sonreí.

– ¡Pues claro que sí!

Ella colgó enseguida. Yo cerré los ojos, apreté los puños, y dirigí al techo del local mi mayor sonrisa desde hacía tiempo, y no sólo porque las sucesivas cervezas se me hubieran subido a la cabeza.

Vi llegar a Agnès un cuarto de hora después, con un largo pañuelo blanco. Se había vuelto a maquillar, pero todavía tenía los ojos rojos y el rostro crispado. Me levanté para ofrecerle una silla. Ella se sentó en mi mesita. Sus ropas claras resaltaban magníficamente su piel cobriza.

– ¿Va todo bien?

– No.

– ¿Por mí?

Ella puso los ojos en blanco.

– ¡No diga tonterías! ¡Desde luego que no!

– Siento mucho lo de antes… En su casa, me he quedado atontado… En realidad, más exactamente, he sufrido una crisis de angustia y…

– No pasa nada, Vigo. Soy yo la que lamenta haberle gritado arriba. En este momento, estoy muy estresada.

Le hice una señal con la cabeza que intenté que fuera amistosa.

– Vamos, ¿qué le ocurre, Agnès?

Ella se encogió de hombros.

– La rutina.

– ¿La rutina? ¿Está bromeando? Es evidente que acaba de estar llorando.

– Luc ha venido a buscar sus cosas y nos hemos cabreado.

Me estremecí. Subirle la moral a una mujer no se contaba, ciertamente, entre mis capacidades. Y mi estado no me permitía correr el riesgo.

– Ya veo… Lo siento…

No se me ocurrió nada mejor que decir.

– Estoy verdaderamente harta… Siempre hay algo que tiene que fastidiarse un día u otro. Nunca he sabido escoger a un hombre. Debe de ser un problema de ser policía.

No dije nada y me contenté con adoptar una actitud compasiva. Habría sido totalmente incapaz de darle el más mínimo consejo. No sé nada del amor, y el único ejemplo de vida conyugal sobre el que podría hablar se limitaba a la penosa relación de Marc e Yvonne Ravel, mis padres invisibles.

– Hace dos años que sé que esto no funcionaba y, como una idiota, me he colgado de él. Siempre cometo el mismo error. No sé por qué… ¡Como si fuera a cambiar en el último minuto! Y cuando sé perfectamente que no está hecho para mí.

Ella sacó un cigarrillo. Yo le ofrecí mi mechero.

– ¡Somos todas iguales! Tenemos miedo de no encontrar a nadie mejor. Nos conformamos diciendo que todos los buenos hombres están pillados. Y huelga decir que no hay muchos de ellos. E incluso los buenos tíos acaban haciendo el idiota. Así que una se considera feliz, se contenta, hace concesiones, soporta y perdona. Y después, un día, acabas dándote cuenta de que llevas demasiado tiempo sin ir a ningún lado; entonces, te decides a abandonarlo y te das cuenta de que has malgastado cinco años de tu vida por un cerdo.

Ella dejó escapar un largo suspiro. Vi que sus ojos se habían vuelto a llenar de lágrimas.

– ¿Le aburro con mis historias?

– En absoluto. Llorar le sienta bien, hace que sus ojos brillen.

Ella hundió su cabeza entre sus manos.

– No diga tonterías, ¡tengo un aspecto lamentable!

– A mí me gusta.

Ella sacudió la cabeza e hizo un gesto para que me despreocupara.

– No se preocupe por mí. Ya sabe, incluso con una pequeña depresión, se llora por un sí o por un no…

Bajé la cabeza. No me atreví a confesarle que yo también había llorado, cuando bajaba de su casa.

– ¡Menuda pareja hacemos, eh, los dos! -dijo ella esbozando una sonrisa-. La depresiva y el esquizofrénico en el bar de la esquina.

– ¿Quiere una cerveza?

– ¿Por qué no?

Hice el pedido. El camarero nos trajo las dos bebidas. Me dije que eso no era lo más razonable, después de las trampas que me había puesto mi cerebro ese mismo día. Desde luego, no era el mejor momento para abusar tanto de la bebida… Pero me sentía obligado a constatar que eso me ayudaba a sentirme bien con Agnès. Así que me dejé llevar.

– Vigo -repuso ella después de haber tomado el primer sorbo-, he reflexionado y he cambiado de opinión.

– ¿Sobre qué?

Ella titubeó sin dejar de mirarme. Me quedé suspendido en sus labios, con mi cerveza en una mano, y la otra apoyada en el borde de la mesa. Ella se quedó silenciosa todavía durante un rato más, como si tuviera miedo de decir una tontería, y después se lanzó.

– Puede instalarse unos días en mi apartamento.

Me quedé boquiabierto. No me había esperado eso.

– ¿Perdón?

– Me parece bien alojarlo durante algunos días.

– ¡No, no, no quiero molestarla! Y además, con todas esas historias, no me sentiría muy a gusto… No. Me voy a buscar una habitación de hotel, es lo más razonable.

– ¡No, eso es una tontería! ¡He prometido ayudarle! Le aseguro que no me molesta. ¡Al contrario! Y además, tengo un ordenador con Internet, podrá usted hacer sus investigaciones durante el día. Y por la noche, me hará compañía. Eso evitará que me deprima…

– ¿Está usted segura?

– Desde luego.

– ¿Y su marido? No quiero empeorar las cosas…

– Se ha ido definitivamente.

Yo también dudaba por mi parte. No estaba seguro de que fuera una buena idea. Y además, no conseguía olvidar la crisis que había sufrido en su apartamento. ¿Cómo podía estar seguro de que no me volvería a pasar? Y, al mismo tiempo, la perspectiva de pasar algunos días cerca de Agnès me resultaba muy agradable. No sé si habría aceptado de no haberme bebido todas esas cervezas, pero decidí ceder.

– Bueno, de acuerdo -dije sonriendo.

Ella levantó su cerveza y me invitó a brindar. Nuestros dos vasos se chocaron, y después bebimos en silencio. Después de unos minutos sin hablar, como sentía un cierto embarazo, retomé la conversación con otro tema:

– ¿Ha encontrado algo sobre mis padres?.

– No, por el momento, pero seguiré investigando mañana.

Ella chafó enérgicamente su cigarrillo en el cenicero.

– Vigo -preguntó ella, a la vez que levantaba sus ojos hacia mí-, ¿está usted…, me gustaría saber…, ha vuelto a tener una de esas crisis durante las que usted… oye mis pensamientos?

Dije que no con la cabeza.

– ¿Me… Me promete que me avisará cuando sienta que va a sufrir una? La última vez me dio bastante miedo… Prefiero no estar presente en una.

Sonreí.

– Desde luego, Agnès. Se lo prometo.

Ella pareció aliviada.

– Bueno -dijo ella con una voz repentinamente más ligera-, acábese su bebida, necesito dormir… Voy hasta arriba de medicamentos.

41.

Cuaderno Moleskine, nota n.° 151: ¿dónde estoy?

He buscado el lugar preciso de mi yo. Su residencia principal. A veces, no hay nada mejor que hacer. No me ha sorprendido: todo pasa en mi cabeza, en mi cerebro. El resto de mi cuerpo sólo es un prolongamiento grotesco, contingente. Relativamente obsesivo, por otro lado.

Las frases que ustedes leen nacen en mi cerebro. Las que no leen, también. Sí. Es una evidencia: todo lo que me hace ser quien soy está en mi cerebro.

Lo he intentado, por probar. He intentado imaginar las cosas de otra manera. Me he puesto completamente desnudo frente a un espejo, y he intentado ver dónde estaba mi yo. Lo he buscado, he registrado mi cuerpo. Y no he conseguido convencerme de lo contrario. Localizo a la perfección el lugar de mi pensamiento, anatómicamente. Allí. Detrás de esa gran frente preocupada. He intentado imaginar, como un reto, que el pensamiento pudiera nacer en otra parte. He mirado mis pies, fijamente, durante mucho tiempo. Me he mirado las piernas. Y he intentado ver allí el lugar de mi pensamiento. He intentado localizar allí lo que hace que yo sea yo. Y eso no es posible. Mis piernas no piensan. No tienen ni la menor facultad. Todo está allí. En mi cabeza. Siento, físicamente, las ideas y los recuerdos que viven en mi cabeza. Entonces me digo que allí está mi verdadero yo. En ese lugar misterioso donde se sitúan mi pensamiento, mi memoria, mi representación del mundo, mi autonomía, mi libertad.

Aunque me cortaran el pie, seguiría siendo yo. Aunque me cortaran la mano, me extirparan el hígado, me cambiaran el corazón, seguiría siendo yo.

Yo soy mi cerebro. Y como mi cerebro está enfermo, todo mi yo lo está.

42.

– ¿Nos tomamos una última copa?

El apartamento acusaba todavía las señales de la disputa que Agnès había tenido con su marido. Había cosas tiradas por el suelo, e incluso un jarrón roto. La escena había dejado de ser bastante más animada de lo que Agnès me había dado a entender.

El salón daba una impresión diferente de la víspera, pero, sin duda, se debía a mi estado. La cabeza me daba vueltas, el mundo entero giraba.

– ¿Creía que quería dormir? -dije, acomodándome en el maldito sofá naranja.

Agnès se encogió de hombros y sonrió maliciosamente.

– ¡Bah! Dormiré mejor con otra copa.

– Bueno, pues vamos. ¡No veo ninguna copa en mi mano! -exclamé, a la vez que levantaba la mano en el aire de una manera un tanto ridicula.

Ella desapareció en la cocina.

Estaba tan bebido que dudaba de poder levantarme del sofá. Completamente hecho polvo, dejé que mi mirada se deslizara por los estantes de la biblioteca, que estaba justo a mi lado. Me costaba concentrarme y fijar mis ojos. Los libros estaban amontonados los unos sobre otros, por todas partes, y no conseguí distinguir ni la menor clasificación lógica. Las novelas estaban junto a los ensayos filosóficos, los documentos y las biografías, los diccionarios… Había numerosas obras jurídicas, sin duda ligadas a la profesión de Agnès, algunos viejos cómics, y una buena colección de cintas de vídeo. La mayoría de las tapas estaban estropeadas y rotas. Era todo lo contrario que mi propia biblioteca, que estaba cuidadosamente ordenada, con las novelas por un lado, clasificadas por orden alfabético de autores, y los ensayos por el otro, clasificados por temas, al menos, antes de que la gente que había entrado a la fuerza en el apartamento de mis padres lo tirara todo por el suelo… Pero no debía pensar más en eso. Ahora no.

Agnès reapareció con dos vasos de whisky que puso sobre la mesita, después se fue a encender un bastoncillo de incienso al otro lado de la habitación.

– ¿Está mirando mi biblioteca?

– Sí…

– ¿Le gusta leer, Vigo?

Sonreí.

– Mucho.

– Yo también -dijo ella, sentándose a mi lado.

La oí suspirar, y creí distinguir en ese suspiro un cansancio extremo, como una señal de resignación al final de su dura jornada.

– Es una buena forma de evadirse, ¿no?

– ¿Perdón?

– La lectura es un buen medio para evadirse…

Dudé. Jamás me había planteado esa cuestión. Había engullido una cantidad pantagruélica de libros cada semana, no me había preguntado nunca qué me empujaba a hacerlo. Me limitaba a tomar notas en mis cuadernos Moleskine, por miedo a olvidar. Obsesión de un amnésico. Pero ¿evadirse? ¿De verdad? ¿De qué?

– No sé -balbuceé finalmente-, no estoy seguro de que la evasión sea verdaderamente lo que busco en los libros…

– ¿Ah, no? Entonces, ¿no le gustan las novelas?

– ¡Sí, mucho! Pero no creo que sea verdaderamente por evadirme…

– ¿Por qué, entonces?

Me encogí de hombros. No estaba seguro de ser capaz de responder a este tipo de pregunta.

– Hum… ¿Cómo decirlo? De hecho, puede ser un poco por lo contrario.

– ¿Lo contrario de evadirse?

– Sí. Leo…

Me detuve para buscar el verbo adecuado.

– Leo para encarnarme.

– ¿Qué quiere usted decir?

– Para sentirme humano, para tener la sensación de compartir algo…

– ¿Compartir el qué?

– Es difícil de decir. Hum… ¿La condición humana? Me gustan los libros cuando tengo la impresión de encontrar en ellos, aunque sea brevemente, lo que hace específica nuestra condición… No sé si estoy siendo muy claro… No olvide que estoy ebrio, Agnès.

Me aclaré la garganta, a la vez que me removía con torpeza en el sofá. No estaba verdaderamente habituado a ese tipo de situaciones, y estaba seguro de dominar bastante mal el arte de la conversación. Después de lo que había pasado ese mismo día, todavía me sentía inquieto por la idea de disgustar a Agnès, y tenía la impresión de que debía vigilar cada una de mis frases, cada una de mis palabras, como si el menor error pudiera ser fatal. Era agotador.

– ¿No cree que la lectura puede ser también una simple diversión? -preguntó ella, antes de llevarse el vaso de whisky a los labios.

– Hum… ¿Una diversión? Sí, sin duda. Pero también me gusta cuando el autor consigue evocar sentimientos profundos, terriblemente humanos, universales, y que descubro que no son sólo míos, sino propios de la humanidad entera. Eso me tranquiliza. ¿Ve lo que quiero decir?

– Creo que sí.

– Y bien, ya está. En esos momentos, el libro sirve como puente entre el mundo y yo, un vínculo entre lo íntimo y lo universal. ¿Comprende usted?

– Sí, sí.

– No sé cómo consigue escucharme, y todavía menos comprenderme. Estoy completamente borracho y hablo demasiado, sin que nada tenga el menor sentido.

– ¡No! -replicó ella riéndose-. Usted no habla demasiado. Al contrario, lo que dice es muy interesante. Y entonces, dígame, ¿cuáles son las novelas que le hacen sentir así?

Me preguntaba si se estaba burlando de mí o si era sincera. Preferí decirme que tenía ganas de oírme hablar, sin duda porque eso la distraía y le impedía pensar en lo que la entristecía…

– ¿Qué novelas? Hum… No sé… Las novelas de Émile Ajar… ¿Le gusta Émile Ajar?

– Es el pseudónimo de Romain Gary, ¿no?

– Sí… Con ese nombre escribió La Vie devant soi.

– ¡Ah, sí! ¡Me encantó ese libro! -me confió ella-. Me parece que es el único que leí de Gary bajo el pseudónimo de Ajar, pero es muy conmovedor, en efecto. ¡Entiendo exactamente lo que quiere decir!

Sonreí. Aquello era delicioso, tranquilizador. Parecía que haber leído los dos un mismo libro en el pasado pudiera servir como sustituto de recuerdos compartidos, y de buenos recuerdos.

– ¿Ha leído Pseudo?

– No.

– Pues bien, en Pseudo -repuse- se encuentra todo eso e incluso más, en él está todo lo que siento, el miedo de estar solo entre los demás, de no llegar a encontrarse ni a comprenderse verdaderamente, el miedo de no ser, de no ser más que un sobre, porque el ser es indecible, y respecto a los otros, es inalcanzable. ¿Ve lo que quiero decir?

– Hum… Más o menos…

– Todo se resume en las primeras frases del primer capítulo, y en la última. Mire, se las voy a decir de memoria: «No hay comienzo. He sido engendrado, cada uno en su turno, y después viene la pertenencia. Lo he probado todo para sustraerme, pero nadie ha llegado, todos somos añadidos». Y después: «Continúo buscando a alguien que no me comprenderá y al que yo no comprenderé, porque tengo una terrible necesidad de fraternidad».

Hizo una mueca de admiración.

– Es muy bonito. No estoy segura de haberlo entendido bien, pero es bonito. Y además, ¡qué memoria!

– Sí, en fin, no se piense que soy un gran erudito porque conozco muchas citas de memoria. No intento pavonearme. Simplemente es mi libro preferido.

– No es asombroso -dijo ella sonriendo-. Discúlpeme, Pero con esa historia de Émile Ajar, del pseudónimo y del testaferro, uno estaría en su derecho de preguntarse si Romain Gary no es un poco esquizofrénico…

Asentí y le sonreí.

– Sí, eso es seguramente lo que hizo que enseguida me gustara. Y me imagino que usted lee novelas policíacas, ¿no?

Ella puso los ojos en blanco.

– ¡Muy gracioso! ¡Así que los polis sólo leen novelas policíacas!

– Ah, pero ya está muy bien que sepan leer -solté con ironía.

– ¡Qué ingenioso! No, figúrese que leo un poco de todo, como puede verse. A mí me va sobre todo la lectura de entretenimiento: las novelas policíacas, sí, pero también el suspense, la ciencia ficción, las novelas de aventuras… Hay personas que consideran estos géneros como literatura de segunda clase, pero a mí me da igual, me va bien y me llega. Me evado. Así que leo mucho. Además, ése era uno de los motivos recurrentes de mis peleas con Luc. Yo le reprochaba que pasara mucho tiempo en casa de sus amigos, y él, por su parte, habría querido que leyera menos libros… Resulta un poco ridículo, ¿no le parece? ¡Menudo tópico!

– No sé. No soy el más indicado para juzgar relaciones conyugales. Siempre he estado solo…

– ¿Nunca ha tenido una novia?

Me estremecí. Una parte de mí había esperado que pudiéramos obviar el tema. Pero otra parte sólo estaba esperando eso…

– No creo. Tal vez tuviera alguna antes de mi amnesia, pero desde entonces, no.

Ella enmascaró difícilmente su asombro, lo que hizo que me sintiera más incómodo. Ella debió de darse cuenta, porque desvió la mirada. Ella dejó su copa en la mesa y se levantó, suspirando.

– Bueno, venga… Dejo de molestarle. Es hora de irse a dormir. Gracias por haberme hecho compañía esta noche,

Vigo. De nuevo, siento haberle gritado antes. Mañana puede quedarse aquí. Le prometo que no le gritaré. Está usted en su casa. También puede usar el ordenador del despacho para hacer sus investigaciones.

– Gracias, Agnès. Muchas gracias.

Me dedicó una última sonrisa y se fue a acostar. Me levanté con dificultad, intentando no caerme, abrí el sofá, corrí las cortinas y me dejé caer de espaldas, con los brazos en cruz. Mareado por el alcohol, me costó un poco conciliar el sueño; pero cuando lo hice, fue profundo como un abismo.

43.

A la mañana siguiente, me levanté con un terrible dolor de cabeza. Gruñí y me refugié bajo la colcha. De nuevo, me costó unos segundos recordar dónde estaba; pero no me dejé ganar el pánico o el vértigo del primer día. Todo estaba claro. Estaba en el pequeño apartamento de tres habitaciones de Agnès, que me acogía algunos días en su casa, y todo era normal. Sólo tenía una considerable resaca.

Me levanté, temblando pero sereno, y fui haciendo uno a uno los gestos de una mañana casi ordinaria. Me duché, me vestí, y encontré en la cocina algo con lo que preparar un desayuno digno de ese nombre.

De regreso en el salón, encendí la televisión. Miré durante un corto momento los informativos en los que se hablaba todavía de los atentados, de la pista islamista, del recuento de víctimas… Suspiré y la apagué. Tenía que concentrarme en mi propia investigación y empezar por el principio. Y tal y como había sugerido Agnès, lo más simple era investigar yo mismo qué podía ser el Protocolo 88, del que hablaba mi misteriosa carta.

Hacia las 9, pues, a pesar del dolor de cabeza que no me daba tregua, me decidí a encender el ordenador que había en el despacho de Agnès. Esa habitación era como el resto del apartamento: desordenada, inundada de muebles y de objetos insólitos. En una mesa sobre caballetes, arrinconada en medio de columnas de libros y de papeles, el ordenador parecía haber sobrevivido milagrosamente a múltiples tempestades. El teclado estaba salpicado de ceniza y lleno de manchas oscuras. Después de algunos intentos, conseguí conectarme a Internet y empecé mi búsqueda. Me irá bien llamarla así, mi búsqueda. En el fondo, no era otra cosa que el detective de mi propia existencia.

Tecleé «protocolo 88» en el motor de búsqueda. De repente, el simple hecho de que yo mismo escribiera esa expresión le daba una existencia, una realidad. No sabía todavía a qué se correspondía, pero el misterio de aquella palabra y de esa cifra se volvía, de hecho, más concreto. Y eso me pareció casi tranquilizador. Me daba un fin. Tal vez no era Vigo Ravel, tal vez no era el esquizofrénico que había creído ser, pero al menos era el hombre que debía encontrar lo que era el Protocolo 88. En el punto en el que me encontraba, en cuestión de identidad, podía contentarme con eso.

El motor de búsqueda encontró nueve resultados. ¡En los millones de sitios de la Red, sólo había nueve coincidencias con la expresión protocolo 88! Era poco, muy poco, pero ya era algo. Me estremecí de excitación. Tal vez conseguiría alguna pista. ¡Un principio de pista! Una abertura.

Uno a uno, revisé los textos que mencionaban el objeto de mi investigación. La mayoría eran textos técnicos, muy oficiales. Y rápidamente me di cuenta de que ninguno mencionaba algo que pudiera tener relación más o menos directa con mi historia. Nada sobre la esquizofrenia, ni sobre los atentados, y nada misterioso. En todo caso, nada que atrajera mi atención, que despertara mi curiosidad. Todo lo que encontré se refería a los protocolos de seguridad de los navios, a la ruta informática o a la legislación para los controladores de la circulación aérea. Todos llevaban la cifra 88 simplemente porque se habían firmado en 1988, y nada más. Instintivamente, supe enseguida que no tenía ninguna relación con lo que buscaba. Por precaución, me propuse leer todos esos textos de principio a fin; pero, en efecto, no encontré nada probatorio.

Solté un largo suspiro de decepción. El misterio no estaba cerca de desvelarse. Pero no podía abandonar tan rápido. Decidí, por casualidad, invertir los términos de la expresión y tecleé «88 protocolo». No encontré nada mejor. Uno u otro por separado daban demasiados resultados como para que pudiera encontrar la menor pista.

Debería haber algo acerca de la cifra 88: aparecía relacionada con tantos detalles después del día de los atentados, empezando por la frase misteriosa del terrorista. «… 88, es la hora del segundo mensajero.» No me atreví a pensar también en la hora que mostraba mi reloj. No podía tratarse más que de una coincidencia. Pero, al margen de eso, la cifra 88 tenía que tener algo especial. Sin embargo, teclear esa cifra como única palabra clave en un motor de búsqueda daba como resultado varios millones de respuestas. No era posible partir sólo de esto.

Todavía continué con mis investigaciones durante cerca de una hora en vano; después, desalentado, me dejé caer contra la espalda de mi sillón. Vi entonces un diccionario apoyado sobre la mesa de Agnès. Sin ningún propósito fijo, me puse a copiar en mi cuaderno las definiciones de la palabra protocolo.

«Protocolo: n.m. (lat. Protocollum, del griego Kollaö «reproducir»).

Conjunto de fórmulas de comportamiento para los actos públicos. Resoluciones tomadas en el marco de una reunión. Informe, enunciado de una operación, sobre el desarrollo de una experiencia científica. Conjunto de convenciones necesarias para hacer cooperar a entidades generalmente distantes, en particular para establecer y mantener intercambios de información entre esas entidades.»

Eso no me ayudaba verdaderamente en mi investigación, pero al menos tenía una idea más precisa de lo que podía ser un protocolo; me fijé un marco, un campo de investigación.

Un poco antes de mediodía, mi dolor de cabeza empeoró y, seguro de no poder encontrar nada interesante sobre el tema, apagué el ordenador y me fui a tumbar al sofá del salón. Cerré los ojos e intenté relajarme, pero el dolor se negaba a desaparecer. Lentamente, se extendió hasta las sienes, los ojos y hasta la nuca misma. Me di un masaje en el cráneo durante un rato, pero no conseguí nada, el dolor no dejaba de progresar y se volvió rápidamente insoportable. Muy pronto, tuve la impresión de oír un silbido agudo, cada vez más fuerte y cada vez más desagradable. Después, sentí náuseas y vértigo. Varias veces creía que iba a vomitar o a perder el conocimiento.

«¡No puede volver a empezar de nuevo!»

No sabía si ese sofá naranja traía mala suerte, pero no tenía ningunas ganas de revivir el delirio de pesadilla de la víspera. Tenía que controlarme. Me levanté e intenté dominar el aturdimiento. Pero no había nada que hacer: la habitación giraba a mi alrededor, y mi cráneo parecía estar a punto de romperse, aplastado por un torno invisible.

Como el dolor aumentaba al mismo tiempo que el asco, enseguida estuve seguro de no atravesar ni una oleada de delirio ni una de mis crisis alucinatorias, sino más bien un problema de adicción ¿Los neurolépticos? No, no producen dependencia. Tenía que ser otra cosa. Tal vez los ansiolíticos. Hacía mucho que no tomaba ninguno, y mi cerebro empezaba a rebelarse.

Empujado por una rabia repentina, me levanté y registré totalmente mi mochila; pero sabía perfectamente que no contenía ni el menor medicamento. Los había tirado todos por la ventana del hotel. La dejé caer al suelo con ira y me precipité hacia el cuarto de baño. Abrí el botiquín de Agnès. Mi mirada entrenada cayó rápidamente sobre sus antidepresivos; después, a su lado, vi una cajita verde y blanca. Era Lexomil. Levanté una mano temblorosa hacia la caja de comprimidos. Después cerré los ojos. No. No. No podía hacer eso. No debía hacerlo. ¡Me lo había jurado!

Miré de nuevo el contenido del armario, y mis dedos se deslizaron más hacia la derecha, hacia una caja de aspirinas. Una simple caja de aspirinas. Cogí un comprimido y me fui a la cocina a servirme un vaso de agua. Me tragué el medicamento y volví a acomodarme sobre el sofá.

El dolor era tan intenso que me puse a gritar como si eso hubiera podido liberarme. Tuve la impresión de que mi cerebro estaba licuándose y a punto de hervir. Después, negándome a ceder, intenté controlarme de nuevo y luchar. «No es más que una pequeña crisis. Una vulgar y pequeña crisis. No puedo dejarme llevar como ayer. Tengo que resistirme.» Me concentré en todas las otras partes de mi cuerpo para intentar olvidar mi frente. Además, me esforcé por visualizar el dolor de mi cabeza, como si fuera una pequeña bola de un rojo intenso, e imaginé que explotaba, que se dispersaba, y se retiraba lentamente como una ola sobre una larga playa de arena fina. También la alejé lo más que pude. El silbido estridente entre mis dos tímpanos empezó a disminuir. Me concentré de nuevo y repetí el mismo proceso para liberarme yo mismo del dolor. Debía reconocerlo por lo que era simplemente: una simple información en mi cerebro. Sin saber verdaderamente por qué, me puse a repetir la frase que había oído en la torre SEAM: «Brotes transcraneanos, 88, es la hora del segundo mensajero…».

Como una letanía, me puse a decir y repetir esa frase, lentamente, y poniendo énfasis en cada palabra: «Brotes transcraneanos…». Y, extrañamente, funcionó. Como una fórmula mágica, esas palabras que no comprendía me tranquilizaron, me ayudaron a olvidar progresivamente mi horrible migraña. «… Es la hora del segundo mensajero.» Y a fuerza de buscar la paz de espíritu, acunado por esa enigmática invocación, acabé durmiéndome.

44.

Me desperté sobresaltado por el timbre de mi teléfono móvil. Eché una mirada a mi reloj. No. Desde luego. Fue imposible leer la hora. Seguía parpadeando: 88.88. Todavía no lo había puesto en hora; la guardaba allí, en mi muñeca, tal vez por superstición, testimonio íntimo y secreto de los atentados, de la realidad que yo mismo había leído.

Sacudí la cabeza y cogí mi teléfono. Vi en la pequeña pantalla que ya eran las tres de la tarde. Había dormido cerca de tres horas. Mi dolor de cabeza había desaparecido completamente. Descolgué.

– ¿Vigo?

La voz al otro lado del hilo me heló la sangre. Era la de François de Telême.

– ¿Qué quiere usted? -balbuceé perplejo.

– Vigo, tiene que dejar de hacer tonterías. Queremos ayudarle, sabe…

Me di cuenta en ese instante de que lo detestaba. Había pasado de considerar a aquel hombre como casi un amigo a odiarlo.

– ¿Usted y quién más? -exclamé fuera de mí.

– Estoy con el doctor Guillaume.

No podía creer lo que oía. ¿El doctor Guillaume? ¿Estaba vivo? ¿Y con Telême? ¡No! Eso era imposible! ¡Era una trampa, una nueva trampa que me había tendido ese traidor!

– Estamos muy preocupados por usted, Vigo.

– No le creo. No le creo ni una sola palabra. ¡El doctor Guillaume está muerto!

– No, no, Vigo, se equivoca usted. Está aquí, justo a mi lado. Y está preocupado por usted, como yo. Mire, se lo voy a pasar.

Mis dedos se crisparon sobre el teléfono.

– Vigo, ¿me oye usted?

No cabía ninguna duda. Era la voz de mi psiquiatra. Creí que iba a desmayarme.

– ¿Doctor? Pero… Pero no lo entiendo…

– Vigo, está sufriendo una crisis aguda de esquizofrenia paranoica. Debe ponerse en tratamiento de inmediato. Su jefe tiene razón: estoy verdaderamente preocupado por usted…

– Pero… ¿Y el atentado…? Creía que estaba muerto…

– No. De milagro, logré sobrevivir. Como usted, Vigo. Llegué tarde esa mañana, y eso me salvó la vida. Pero usted, Vigo, está en estado de choque. Y es completamente comprensible. Sin embargo, no puede seguir así. Haga lo que haga, tiene que venir a verme. Debe usted retomar su tratamiento. Necesita ayuda…

– Pero… ¿qué está haciendo con el señor De Telême?

– Bueno, he venido a verlo porque no conseguía encontrarle a usted. Le conozco desde hace mucho tiempo (recuerde que fui yo quien se lo presentó), y pensé que tendría noticias suyas. ¿Dónde ha estado, Vigo? Todo el mundo le está buscando. Y su huida de la otra noche ¡fue ridicula! El señor De Telême sólo quería ayudarle…

– ¿Y mis padres?

Se quedó en silencio. Un silencio que fue demasiado largo.

– ¿Sus padres? Están al corriente de todo, Vigo. Ellos están también tremendamente inquietos. ¡Les da muchas preocupaciones!

– Pero ¿dónde están?

– En su casa…

– ¡Eso es falso! -exclamé furioso-. Todo esto no es más que una sarta de mentiras. ¡No han dejado de mentirme! Mis padres no están en su casa. He ido a comprobarlo. No sólo no están, sino que alguien ha cambiado las cerraduras.

Hubo un nuevo silencio. Creí oír susurros.

– Venga, Vigo -repuso el psiquiatra en un tono paternal-está usted en estado de choque, y, sin su medicación, sus alucinaciones son cada vez más fuertes. ¿Se está dando cuenta de lo que acaba de decir? ¡Reemplazar las cerraduras! Sabe perfectamente que esto es una crisis de paranoia, Vigo. Y le voy a decir que es totalmente normal, después de lo que ha vivido. Pero no puede quedarse en ese estado, porque empeorará. Venga a verme lo más rápido posible, tiene que recibir cuidados. Dígame dónde está e iré a buscarlo enseguida.

– ¡Desde luego que no! ¿Me toma usted por un idiota? ¡Su gabinete no existe! ¡Mis padres no están en el listín! No estoy loco. No tengo ninguna alucinación, ¿me oye usted? ¡Ninguna! ¡Usted es el que está loco! ¡Y no voy a dejar que me manipule!

– Vigo, dígame dónde está y le iré a buscar ahora. Su estado va a empeorar, y, legalmente, yo soy quien se encarga de su tratamiento psiquiátrico. Sea razonable. ¡Dígame dónde está, por Dios!

– ¡Váyase al demonio!

– Vigo, no me obligue a pedir una hospitalización de oficio. Dígame dónde está, y todo acabará bien.

– ¿Está usted sordo o qué? ¡Le he dicho que se vaya al demonio!

Colgué de inmediato.

45.

Cuaderno Moleskine, nota n.° 157: el año 1988.

No sé si esto servirá verdaderamente para algo, pero he decidido anotar, completamente al azar, algunos de los acontecimientos que marcaron el año 1988 en Francia… Nunca se sabe. Algo podría darme una pista.

Si no, atribúyanlo a mi obsesión por las fechas, a mi aritmomanía, como decía Zenati, psicóloga, 1.° izquierda.

4 de marzo: François Mitterrand inaugura la pirámide del Louvre.

30 de marzo: muerte de Edgar Faure.

18 de abril: muerte de Pierre Desproges.

24 de abril: primera vuelta de las elecciones presidenciales, el PCF se hunde y el FN se divide.

Mayo: el historiador Raul Hilberg publica un informe exhaustivo sobre el genocidio judío.

4 de mayo: liberación de los tres rehenes franceses secuestrados en Líbano: Marcel Carton, Marcel Fontaine y Jean-Paul Kauffmann.

5 de mayo: drama de Uvea. Algunos días antes, en Fayaoué, veinticuatro gendarmes fueron tomados como rehenes por independentistas canacos, y cuatro de ellos murieron. Fue el inicio de la crisis en Nueva Caledonia. El 5 de mayo, esta toma de rehenes acabó en un baño de sangre. Jacques Chirac dio la orden a las fuerzas francesas de entrar al asalto.

8 de mayo: segunda vuelta de las elecciones presidenciales, François Mitterrand fue reelegido con el 54 por ciento de los votos, contra el 46 por ciento obtenido por Jacques Chirac.

26 de junio: acuerdos de Matignon sobre el porvenir de Nueva Caledonia.

30 de junio: monseñor Lefebvre, arzobispo, es excomulgado por la Iglesia católica.

6 de julio: catástrofe de la plataforma petrolera Piper Alpha en el mar del Norte, 167 muertos.

3 de octubre: inundación en Nimes, 10 muertos.

30 de noviembre: establecimiento del RMI [2], lo que permitió que 570.000 hogares desfavorecidos en Francia tuvieran una renta.

Lo he pensado mucho. Creo que el único acontecimiento con el que tal vez pueda establecer un vínculo es la muerte de Pierre Desproges.

46.

Todavía estaba dando vueltas en el sofá, furioso por la idea de haber sido engañado y tomado por un imbécil durante más de diez años por el doctor Guillaume, cuando la puerta de entrada se abrió con un ruido. Me sobresalté. ¿Y si era el marido de Agnès? ¿Cómo podría explicarle mi presencia allí? Pero no. Agnès me había asegurado que se había ido para siempre.

Me incliné para mirar hacia la entrada y la vi por fin: sus brazos finos, sus rasgos deliciosamente duros, su corte de pelo a lo chico. Agnès. Todavía era más bella de lo que recordaba. Y su belleza era casi un calmante para mí.

– Buenos días, Vigo.

– Buenos… Buenos días -balbuceé.

Ella dejó su cazadora en el perchero y vino conmigo al salón. Llevaba una camisa azul, hecha con algún tejido brillante, cuyos últimos botones no estaban atados y dejaban ven el color oscuro de su cuello. Las líneas delicadas de sus clavículas le aportaban una bella fragilidad. Estaba llena de vida y de movimiento. Parecía un soplo de aire que se había colado en el apartamento.

– ¿Y bien? ¿Qué le pasa? -preguntó ella cuando descubrió mi mirada inquieta-. Tranquilíceme y dígame que no ha sufrido una nueva crisis.

Le señalé mi teléfono móvil, que había dejado sobre la mesita, como si no quisiera volver a tocarlo.

– Acabo de hablar con el doctor Guillaume por teléfono.

– ¿El doctor Guillaume?

– Mi psiquiatra. ¡Mi maldito psiquiatra! ¡Aquel que creía que había muerto en el atentado.

– ¿Y qué?

– ¿Y qué? ¡Pues que no era posible, Agnès! ¡Me hablaba como si todo fuera normal! ¡Como si nada hubiera pasado! Sin embargo, el gabinete Mater, donde pasaba consulta con él, no existe. Y el muy cerdo intentaba aparentar que todo eso era perfectamente normal, como si yo estuviera loco. ¡Y además…, además me llamaba desde el despacho de mi jefe! Ya me dirás qué narices podía estar haciendo ese falso psiquiatra en el despacho de mi jefe, ¿eh? Y fue éste mismo quien me traicionó poniendo sobre mi pista a los tipos del chándal gris en el club de blues. ¡No estoy loco, Agnès! Esos tipos intentan manipularme. Me han ocultado algo durante años, no sé qué, pero algo me han ocultado. Estoy seguro. Y ahora, tienen miedo de que lo descubra. Y por eso intentan echarme mano. ¡Lo único que le interesaba al doctor Guillaume era saber dónde estaba!

– Espero que no se lo haya dicho, ¿no?

– ¡Desde luego que no! ¡Esa basura!

– Bien, cálmese, Vigo, cálmese. Ha hecho usted exactamente lo que debía. Vamos a ocuparnos de esto. Si esos tipos tienen algo que ocultar y están unidos, acaban de cometer un grave error. Porque nosotros sí sabemos dónde están ellos, lo que nos da una cierta ventaja, porque podemos investigarlos.

– ¡Acabarán por encontrarme!

– Por ahora desconocen dónde se esconde. Aquí está usted seguro, así que recupere su calma, Vigo. Cada cosa a su debido tiempo. Nos ocuparemos de esos tipos en cuanto hayamos avanzado algo en lo demás, ¿de acuerdo?

Asentí, pero en realidad, no me sentía del todo capaz de calmarme. Estaba seguro de que el doctor Guillaume me mentía, pero su llamada había vuelto a sumirme en la duda sobre mi esquizofrenia. Todos mis recuerdos se confundían: los falsos, los reales, las paramnesias, las alucinaciones… Todo se embrollaba de nuevo. Llegué incluso a plantearme si podía confiar de verdad en Agnès. ¿Y si ella también estaba de su lado? Después de todo, era poli. Tal vez la habían convencido para que me manipularan. Eso explicaría que, de repente, hubiera aceptado tenerme en su casa… No. Era imposible. Agnès, no. Sin embargo, debía ser desconfiado.

– ¿Ha encontrado a mis padres? -pregunté intentando que mi voz sonara serena.

Vi que en su rostro se dibujaba una mueca de aflicción, llena de compasión. Comprendí de inmediato que las noticias no eran buenas.

– No, lo siento, Vigo. Me temo que lo que he descubierto puede decepcionarle…

– La escucho.

Ella vino a sentarse frente a mí.

– Sus padres… no existen, jamás han existido, al menos no con esos nombres.

– ¿Cómo?

– No he encontrado en ningún sitio el menor rastro legal de una pareja con el nombre de Marc e Yvonne Ravel. Ni en el fichero de la policía judicial, ni en los registros de los ayuntamientos, ni en el fichero de los permisos de conducir, ni tampoco en la Seguridad Social, y permítame que le diga que no estaba autorizada a mirarlo… He tenido que mover algunos hilos. Pero seguí sin encontrar nada. En ningún sitio. Marc e Yvonne Ravel no existen.

Me dejé caer sobre el sofá.

– ¡No entiendo cómo puede ser posible! Hasta donde me alcanza la memoria, he vivido siempre con ellos. ¡Es imposible que me los haya imaginado!

– No, desde luego, Vigo. Pero, sin duda alguna, no los conoce con sus verdaderos nombres. No sé cómo es posible, Vigo, ni por qué, pero es la realidad. Y, desgraciadamente, eso no es todo.

– ¿Qué pasa ahora?

– Pues bien, evidentemente, también he investigado su propio nombre: Vigo Ravel. Y tampoco tiene ninguna existencia legal… La carta anónima que recibió usted no mentía sobre eso tampoco. Usted no se llama Vigo Ravel.

– Pero… ¡tengo un carné de identidad y una cuenta en el banco! Mire, tengo incluso una chequera, con mi nombre en ella. ¿Cómo podría haber abierto una cuenta en el banco?

– Tal vez su carné de identidad sea falso. En cuanto a su cuenta en el banco, puede que se abriera justamente gracias a papeles falsos. Enséñeme su carné de identidad.

Se lo di. Ella lo inspeccionó minuciosamente.

– Parece auténtico, pero no soy ninguna experta. Haré que mañana lo analicen. Su cuenta podría ser una buena pista que seguir. ¿Sabe usted en qué agencia estaban sus padres?

– En la misma que yo.

– Perfecto. Buscaré por ese lado mañana.

Me devolvió mi carné de identidad. No pude evitar examinarlo yo también. Miré el texto que estaba junto a mi foto. «Apellido: Ravel. Nombre(s): Vigo. Nacionalidad: francesa.» Lo ponía muy claro. Y, sin embargo, no era yo. Ese nombre no era el mío. Solté un suspiro de abatimiento.

– Vamos, Vigo, sólo acabamos de empezar nuestras investigaciones… No se desaliente tan rápido. De todas maneras, esto tampoco puede sorprenderle del todo, ¿no?

– Eso no lo hace más fácil de entender. No conozco mi verdadera identidad, Agnès. No tengo nombre, ni padres…

Ella se levantó, vino a sentarse a mi lado y apoyó una mano sobre mi hombro.

– Lo siento sinceramente. Comprendo que eso debe de ser difícil de admitir, muy desconcertante. Pero ha sido usted quien decidió empezar esta investigación, así que debe estar preparado a enfrentarse a este tipo de verdades…

Asentí con la cabeza e intenté sonreírle. Ella tenía razón. Y seguramente ésa era sólo la primera de mis desagradables sorpresas. Por otro lado, si no quería hundirme, sería mejor utilizar esos inconvenientes para encontrar la fuerza para continuar.

– ¿Y usted? -preguntó ella-. ¿Ha encontrado algo con el nombre de Protocolo 88?

– No, nada.

Le confié los decepcionantes resultados de mis investigaciones.

– Ya veo -digo ella-. Entonces, tendremos que buscar en otra parte. La carta anónima no mentía sobre su identidad. Ignoramos quién pudo escribirla, pero podemos, en todo caso, suponer que el Protocolo 88 es una pista fiable.

Asentí con un gesto de la cabeza.

– Creo que ya hemos hecho bastante por hoy, Vigo. Vamos, estoy agotada, no tengo fuerzas para hacer la cena. Y usted tampoco parece estar muy en forma, amigo mío. Le invito a un restaurante.

Arqueé las cejas, un poco sorprendido.

– Yo… no estoy seguro. No me encuentro demasiado bien. Y… he de confesarle que me da un poco de miedo salir…

– ¡No! ¡Al contrario! ¡Le sentará muy bien! ¡Lleva todo el día aquí encerrado! Hay un restaurante muy mono cerca de aquí. Los dos los necesitamos.

A pesar de la ansiedad y de la depresión pasajera que ella me había confesado, Agnès tenía reservas de energía insospechadas.

Tal vez luchar era justamente una manera de resistir. La primera vez que la había visto, en la consulta de la psicóloga, me había imaginado tontamente, sin duda a causa de la severidad de su morfología, que se trataba de una mujer árabe, encerrada y abatida. Pero, en realidad, estaba llena de coraje, de vigor, e incluso, ahora lo adivinaba, de una cierta malicia.

– ¿Y si esos tipos me hubieran seguido? -dije-. Dejé el Porsche de mi jefe ante su casa. Tal vez lo hayan encontrado, no se puede decir que sea un coche muy discreto, y si eso ha ocurrido, ya deben de estar buscándome por todo el barrio.

– ¡No diga tonterías! No nos ha seguido nadie. ¡No puede vivir continuamente aterrorizado, Vigo! Vamos, le aseguro que en este tipo de situaciones no hay nada que sienta mejor que ir a un buen restaurante.

Me dedicó una sonrisa de complicidad. Tenía la sensación de compartir con ella mucho más de lo que jamás había compartido con alguien. Sus ojos estaban llenos de secretos que valían por mil recuerdos. Al azuzarme de esa manera, creo que quería azuzarse también a sí misma. Al fin y al cabo, tal vez nos necesitábamos el uno al otro.

– De acuerdo, la sigo.

Salimos del apartamento agarrados por el brazo.

47.

– Como plato principal, le recomiendo los filetes de lomo de ternera a las cinco especias.

El Parfait Silence era un pequeño restaurante de barrio con pinta de antiguo bistró, con acabados de madera, en el que se mezclaban gastrónomos de vientre prominente y burgueses bohemios del siglo XVIII. La decoración, hecha de cualquier cosa, era original, con algún toque de art déco y pinceladas de colores provenzales.

– De acuerdo. Confío en usted.

– ¿Le apetece tomar vino, Vigo?

– Desde luego.

– Le dejo escoger.

No estaba seguro de querer tomar semejante responsabilidad, pero quería causar buena impresión, parecer seguro de mí mismo, independiente, capaz de elegir una buena botella. En resumen, no quería jugar a ser un esquizofrénico acomplejado. Eché una ojeada a la carta y opté con seguridad por un Pesca-Léognan de una edad considerable.

Agnès pidió. El camarero se retiró discretamente con las cartas bajo el brazo.

– El Ministerio del Interior no me proporciona los medios para venir a comer aquí todas las tardes, pero vengo de vez en cuando. Es delicioso.

– Si usted lo dice… Parece agradable.

– Sí. El patrón es un filántropo.

No entendía muy bien por qué me decía eso. ¿Un filántropo? Ni siquiera estaba seguro de entender qué quería decir. Tal vez simplemente quería que me sintiera a gusto…

Ella me ofreció un cigarrillo con una sonrisa. Yo me dejé tentar. No fumábamos la misma marca, pero yo era de fácil conformar.

– Entonces, Vigo, ¿se ha desenvuelto bien en mi apartamento, a pesar de todo mi desorden?

– Sí, sí, no se preocupe. Gracias. Ya sabe lo agradecido que estoy por su hospitalidad…

– No es nada, para mí es un placer. Un poco de compañía no me va mal…

– Pero, dígame, Agnès, ¿está usted segura de que no hay riesgo de que su marido se presente en cualquier momento?

Ella sonrió.

– ¿Ha estado temiéndolo todo el día?

– Digamos que me lo he planteado y que me habría costado mucho explicarle qué estaba haciendo allí, si hubiera entrado.

A ella le hizo gracia mi preocupación.

– Pues, bien, tranquilícese. Después de nuestra discusión de ayer, se fue a casa de sus padres en Suiza. No hay riesgo de que vuelva por el momento…

– ¿Cree usted que su historia con él…, quiero decir…, que se ha acabado definitivamente?

– ¡Ah! Ya veo -dijo ella, mientras apoyaba su cigarrillo en el borde del cenicero-. ¿Vamos de cabeza a un interrogatorio?

– Bueno… No sé gran cosa sobre usted. Pero no está obligada a responderme. Ni siquiera conozco su apellido.

– ¡No pasa nada! -replicó ella sonriendo-. De todas maneras, estoy a punto de recuperar mi apellido de soltera.

– ¿Y cuál era?

– ¿Mi apellido de soltera? Fedjer. Me llamo Agnès Fedjer.

– Ya decía yo que tenía usted un aspecto meridional…

Ella puso los ojos en blanco.

– ¿De que país es?

– De Argelia -respondió ella.

– Pues Agnès no suena argelino.

– Mi padre no tenía los medios para cambiar nuestro apellido, así que pensó que con un nombre de pila francés las cosas me resultarían más fáciles.

– Es terrible tener que esconder los orígenes, avergonzarse del propio nombre…

– ¡No me avergüenzo de mi nombre! -se defendió ella-. Mi padre jamás se hizo ilusiones sobre el racismo patológico de este país, Vigo, eso es todo. Pero yo no me avergüenzo de mi nombre. Me llamo Agnès Fedjer.

Asentí. En el fondo, ella tenía suerte. Yo ni siquiera estaba seguro de tener nombre alguno…

– De acuerdo, pero usted no ha respondido a mi primera pregunta -repuse-. ¿Cree usted que ha acabado definitivamente con su marido?

– Es usted insistente, Vigo… Ya se lo dije ayer. Llevamos ya dos años intentando resolver un problema que parece no tener otra solución que la de separarnos. Además, creo que Luc no aguanta que sea poli, y yo, por mi parte, no estoy dispuesta a dejarlo. Por tanto, sí, creo que es definitivo. Pero bueno, ¿qué tal si hablamos de otra cosa?

– ¿Está usted todavía enamorada de él?

Ella se quedó boquiabierta.

– ¡Menuda pregunta! Y, de entrada, ¿quién le ha dicho que lo haya estado jamás?

Me encogí de hombros.

– Ustedes estaban casados.

– Uno puede casarse sin amor, ¿no?

– ¿Ese fue su caso? -insistí.

– En todo caso, nunca le he dicho que le amaba.

Por su manera de decirlo, estuve casi seguro de que no le había dicho esas palabras a nadie.

El camarero nos trajo el vino. Yo lo probé, le hice un gesto de aprobación, y él nos llenó los vasos. Agnès brindó conmigo, con una media sonrisa en los labios.

Después, cogió otro cigarrillo. Yo la imité y le ofrecí mi encendedor.

– ¡Hoy ya llevo un paquete! -confesó ella en un tono despreocupado-. Pero, como dice usted, de algo hay que morir…

Me encogí de hombros.

– De todas maneras, con mi angustia escatológica, no es el cigarrillo lo que me asusta…

– ¿Su qué?

Sonreí. Me di cuenta de que había mencionado algo íntimo como si se tratara de una evidencia… Me pregunté si era buena idea hacer partícipe a Agnès tan rápidamente de mis obsesiones. Pero, después de todo, ella me había hecho muchas confidencias.

– Mi angustia escatológica.

– ¿Y eso qué es exactamente?

– Bah, nada, una especie de idea rara que me obsesiona a menudo.

– ¡Explíquese!

– Me va usted a tomar por un loco.

Ella se echó a reír.

– Mi pobre Vigo, hace mucho que ya lo he clasificado entre los pesos pesados de la locura…

– De acuerdo… Ahí va: a veces, tengo la sensación de que nuestra especie se está extinguiendo…

– ¿Nuestra especie? ¿Se refiere usted a los fumadores?

– ¡Pues claro que no! ¡Me refiero al Homo Sapiens! Tengo la sensación de que el Homo sapiens está en proceso de extinción.

Ella parecía desconcertada.

– ¿De qué está usted hablando?

– ¡Oh, no es nada! ¿Nunca la asalta esa sensación?

Ella resopló.

– ¡De hecho, la verdad es que no!

– Sin embargo, donde quiera que mire, veo los signos de la llegada de nuestra extinción. ¿Nunca lo ha temido?

– No, no, en absoluto. Es usted un verdadero optimista, ¿no?

Encendí mi cigarrillo y deslicé mi mechero con rapidez en mi bolsillo.

– ¿Sabe usted que, cada día, cerca de trescientas especies vegetales y animales desaparecen de la tierra? Hay que rendirse a la evidencia; un día u otro, nos llegará nuestro turno.

– Un día u otro, sí, tal vez… ¡Pero no necesariamente ahora! ¡Un poco de optimismo, diablos!

– ¡Es un consejo curioso viniendo de una depresiva! -dije con ironía.

– De entrada, no soy ninguna depresiva -se defendió ella-. Tengo ansiedad y atravieso una depresión pasajera… Y, de todas maneras, mis problemas no afectan a mi confianza en la especie humana en general, sino sólo a lo que respecta a mi persona. Mis angustias son muy… personales. Pero, a pesar de todo, sigo teniendo esperanzas en la humanidad. Al contrario que usted…

– Espere un momento, mi angustia no es tan pesimista como podría parecer.

– ¿Ah, no?

– Piénselo: ¿le parece triste que el Hombre de Neandertal se extinguiera a favor delHomo sapiens? No, desde luego. Pues bueno, en este caso es lo mismo. Me pregunto si nuestra especie no habrá llegado al final de su evolución, a un momento en el que hace más mal que bien a su entorno… La naturaleza se ve obligada a defenderse, y la especie humana, a evolucionar. En pocas palabras, me pregunto si es posible que elHomo sapiens haya llegado a su fin.

– ¿Y a usted eso no lo parece pesimista?

– No necesariamente. ¿Quién sabe? Tal vez otra especie ocupará nuestro lugar, como en cada nueva fase de la evolución del género humano.

– Me da usted miedo, Vigo. ¿No irá a sacar a Nietzsche y todas las divagaciones sobre el superhombre? Nunca se sabe adonde puede llevar ese tipo de filosofía.

– No, no -le aseguré-. ¡Eso no me va nada!

– Pues entonces, tenga cuidado, porque su discurso catastrofista, con la idea de una nueva especie humana, es algo extremista…

– Ya se lo había advertido.

– Sí, creo que le da muchas vueltas a la cabeza, mi querido Vigo -dijo ella con cierta ternura.

– Sin duda. Leo muchos libros, debe de ser eso; tomo muchas notas. Pero tranquilícese, todo esto se queda en el ámbito de la ansiedad. A veces, simplemente tengo la impresión de que nuestra especie está en proceso de extinción, y de que la naturaleza va a pasar a otra cosa. Siento que los hombres han llegado a ser demasiado peligrosos no sólo para el planeta, sino también para los demás… Creo que son incapaces de comprenderse y, por tanto, de salvarse de sí mismos.

– Pues, por mi parte -dijo ella con un tono frío-, creo que el instinto de supervivencia es mucho más fuerte que todo, y que el hombre será capaz de detenerse antes de que sea demasiado tarde para adaptarse, como siempre.

– En el fondo, usted es una depresiva optimista.

– Eso mismo. Mire, para ir a ver de motu propio a un psicólogo, se necesita, a pesar de todo, tener algo de fe en la posibilidad de mejorar. Es un acto de optimismo.

– Entonces, ¡yo también debo de serlo un poco!

– Sí. Después de todo, no estamos tan lejos uno de otro -dijo ella, a la vez que me apretaba la mano que tenía sobre la mesa.

El contacto fue delicioso. Era un calor al que no estaba habituado, y que de buen grado habría disfrutado durante más tiempo.

– En todo caso, todavía siento que he de agradecerle lo que hace por mí, Agnès.

– ¡Oh, no siga con eso más tiempo! Le juro que, a fin de cuentas, es un acto muy egoísta. Me ayuda a no pensar en mí misma. Soy mucho más eficaz ocupándome de los problemas de los demás que arreglando los míos.

– ¿Por eso entró en la policía?

– No -respondió ella sonriendo-, no, eso es cosa de familia. Mi padre era poli en Argelia. Le habría gustado que su hijo fuera como él y que yo me convirtiera en ama de casa. Los dos lo decepcionamos. La primera vez que me vio con el uniforme, no se puede decir que estuviera contento. Aunque debo decir que he acabado por pensar que él tenía razón. Desde luego, no es lo más inteligente que he hecho. No es fácil llamarse Fedjer en esta profesión y en Francia. Soy la magrebí de servicio. Por un lado, debo aguantar la condescendencia de mis colegas, y cuando tengo la mala suerte de detener a un árabe, me mira como si fuera una traidora. Y además, yo, que quería escapar de la depresión a todo coste, no he elegido la profesión ideal.

– ¿Ya era depresiva antes?

– No, al contrario. No crecí en una casa muy alegre, así que lo compensaba forzándome a ser feliz. Desde que soy muy pequeña, siempre me dije que no era de la clase de persona que se deprimía. Y, finalmente, un día, me di de bruces con esta situación. Me había jurado que jamás pondría un pie en la consulta de un psicólogo… Y mire ahora: estoy abonada a la consulta de Zenati.

– ¿Al menos, le hace algún bien?

– ¡No estoy segura! La mayor locura es que eso me horroriza. Es bastante paradójico, se lo concedo. Siempre consideré la depresión como un lujo occidental, una enfermedad de la pequeña burguesía. Además, hay una parte de mí que no cree en el psicoanálisis. Y a pesar de todo, no puedo evitar pedir auxilio a Zenati en cuanto me siento mal. Soy una perfecta imbécil, ¿no cree?

– Para nada. Sería una idiotez no afrontar su dolor por razones de pudor o por viejos principios, ¿no cree?

– Tal vez, pero lo que me reprocho no es querer curarme, sino las razones por las que sufro. Son… ridiculas.

– ¿De verdad?

– En el fondo, sí. Nuestra sociedad nos empuja a concederle mucha importancia a los pequeños males del alma. Acabamos por centrarnos en ellos y en darles un valor mayor del que deberían tener. Al final y al cabo, es una forma de complacencia… Me gustaría hallar la fuerza para pasar página, y dejar de sentirme arrinconada por esta sempiterna introspección…

Asentí lentamente con la cabeza. «Sempiterna introspección». No era yo quien iba a renegar de la expresión.

– Me pregunto si todo esto no tiene su origen en nuestra soledad -le confié-. La necesidad de hablar de uno mismo con un psicólogo tal vez no sea más que la expresión de una frustración, la de no tener a nadie que nos comprenda completamente… ¿No le parece? Entonces, depositamos nuestra confianza en un psicólogo, y nos creemos que él, por su profesionalidad y su objetividad, es capaz de comprendernos… Eso nos tranquiliza.

Ella sonrió.

– Volvemos a su angustia sobre elHomo sapiens -soltó ella mirándome divertida-, y a lo que busca usted en las novelas de Romain Gary. La incomunicación y todo eso…

– Exactamente. Los hombres corren el riesgo de extinguirse por no haber sabido comprenderse, ¿no?

– Sin embargo, sí que llegamos a comprendernos, allí, ¿no?

– Sí, es verdad -admití sonriendo.

– Entonces, tal vez le obligué a revisar los fundamentos de su angustia… ¿Cómo la ha llamado?

– Mi angustia escatológica.

Un segundo camarero llegó, entonces, con nuestros entrantes. Los dejó ante nosotros, a la vez que nos deseó buen provecho. Yo había elegido un plato de foie-gras mi-cuit. Agnès, por su parte, había optado por un pequeño pastel de verduras y queso fresco con salvia. Después de algunos minutos de un silencio, sin duda, gastronómico, retomé la conversación.

– Agnès, no me ha dicho en qué departamento trabaja.

– Soy teniente de policía en la comisaría central del distrito XVIII… Sobre todo me ocupo de investigaciones policiales judiciales. Nada apasionantes: robos, vandalismo…

– Ya veo. Verdadero trabajo de poli.

– Pues sí, como en las películas.

Sonreí y tomé algunos bocados de foie-gras.

– No sé lo que voy a poder hacer mañana -repuse para cambiar de tema-. Mis investigaciones sobre el Protocolo 88 no han dado ningún resultado.

– Tal vez podría investigar la pista de su extraño psiquiatra, a ver si puede encontrar algo sobre su gabinete fantasma, o sobre él.

– ¿Por qué no? ¡Cómo me gustaría cargarme a ese farsante!

– Por mi parte, si a usted le parece bien, haré que analicen su carné de identidad y llevaré a cabo alguna investigación sobre sus cuentas bancarias, la suya y la de sus padres.

– Perfecto. ¿No le molesta que siga en su casa?

– ¡No, en absoluto, Vigo! Por otro lado, ¿no le parece que tal vez podríamos pasar al tuteo?

Fruncí el ceño. Volví a pensar en mis ideas sobre el lenguaje, puente a la vez entre los hombres y barrera discreta que se erige entre nuestras subjetividades. Una máscara llena de mentiras, a la vez que una mano tendida, que aleja y que acerca. Así que pasar al tuteo… Sí, ¿por qué no? Era una manera de salvar un primer obstáculo virtual. Todo iba tan rápido en nuestra relación, que ya nos habíamos acercado hasta ese punto.

– Muy bien, si es lo que quieres -respondí con timidez.

Ella me regaló una amplia sonrisa.

– ¡Ah! Así está mucho mejor.

Su espontaneidad me encantó. Tras su rostro severo y su aspecto de muchacho tosco, había conservado su parte infantil. Eso me conmovía, tal vez porque yo había olvidado la mía.

Acabamos nuestros entrantes, y nos trajeron rápidamente el plato principal. Ella no había mentido: los filetes de ternera estaban deliciosos.

Poco a poco, nos fuimos relajando y nuestras risas se hicieron cada vez más frecuentes y más francas. La atmósfera del restaurante era calmante, entre el jazz discreto que difundían los invisibles altavoces, y el resplandor vacilante de las velas. El vino también empezaba a hacer su efecto.

– Podríamos ver una película al volver, si quieres -propuso ella-. Eso nos cambiaría las ideas.

No estaba convencido de que una película pudiera hacerme olvidar que acababa de perder mi nombre y a mis padres, pero estaba dispuesto a compartir cualquier placer con aquella mujer. Aunque asumiera mal el papel de amigo relajado y desenvuelto, era un ejercicio en el que quería entrenarme. Después de todo, desde que había conocido a Agnès, había acumulado nuevas experiencias sociales. La idea de una noche de vídeos no me disgustaba.

En ese mismo instante, un tipo, que había salido de las cocinas, se acercó a nuestra mesa. Con una media melena, mirada brillante, debía de rondar la cincuentena y, a juzgar por su gordura, le gustaba vivir bien. Adiviné rápidamente que era el patrón del restaurante, el famoso filántropo.

– Buenas noches, Agnès -dijo él, antes de besarla tres veces en las mejillas.

– Buenas noches, Jean-Michel, te presento a Vigo, un amigo.

Estreché la mano que me había tendido.

– ¡Ah! Entonces, si estás con un amigo, os dejo tranquilos. Hasta el lunes, guapa…

Le guiñó un ojo a Agnès y nos volvió a dejar solos.

Era asombroso entrar así en la vida de una mujer, descubrir uno a uno los elementos que conformaban su cotidianidad: su barrio, sus amigos, su pasado, sus problemas… Tenía ganas de saberlo todo, y ya me gustaba todo antes. Enseguida me di cuenta de que, en toda mi vida adulta, jamás me había abierto más que a esa mujer. ¡Eso era entonces «sentirse bien con alguien»! Tal vez, en mi adolescencia, había tenido amigos más próximos de lo que lo era Agnès por el momento, pero no me acordaba de ninguno, y allí, de repente, sentí que volvía a vivir al fin. Era como un niño que descubre un nuevo sabor, que prueba por primera vez. Olvidé todo lo demás. Estábamos solos en un mundo que ofrecía un espectáculo que comentábamos juntos, divertidos y sorprendidos. Cuando nos dimos cuenta de que era hora de irnos, el restaurante estaba vacío, y nuestras velas se habían apagado hacía mucho tiempo, sin que nos hubiéramos dado cuenta de las horas que habían pasado.

Cuando volvimos a su casa, me sorprendí dándole la mano. Ella se dejó hacer. No pude saber si era porque había bebido demasiado, pero me pareció exquisito.

48.

Cuaderno Moleskine, nota n.° 163: los filántropos.

Cuando Agnès me habló del patrón del restaurante, me prometí buscar qué era un filántropo. Me pregunto qué pinta tiene uno de ellos, cómo se los reconoce o para qué sirven.

Filántropo: (1370, del griego philanthropôs, de philos, «amigo», y anthropos, «hombre»), 1. Persona que tiende a amar a todos los hombres. 2. Persona que se esfuerza por mejorar la suerte material y moral de los hombres. V. humanista.

¡Vaya mierda! No sé a vosotros, pero a mí, esto me da vértigo. Hay que decir que como posición es tentadora, pero aun así, amar a todos los hombres es un trabajo de santo. Y para encontrar desafíos, no hay que irse hasta Hitler o Mussolini, porque a mí, por ejemplo, me cuesta amar al doctor Guillaume. Esforzarse por mejorar la suerte material y moral de los hombres es una cosa, deja cierto margen, pero amarlos a todos…

Me pregunto si existe alguno verdaderamente, si ese patrón del restaurante era un filántropo auténtico y convencido. ¿Y qué sacrificios exige ser filántropo?

Tal vez haya que ir progresivamente, avanzar por etapas: antes de amarlos quizás haya que comprenderlos. Y así, como digo siempre, es difícil llegar a ningún lado. Por otro lado, me pregunto si no es lo contrario, si no es más fácil amar a los demás, sin más, tontamente, que comprenderlos verdaderamente, que sería el verdadero desafío y la antropología absoluta.

Quizás, en el fondo, los filántropos no sean más que holgazanes.

49.

Durante toda la primera mitad de la película, no conseguí concentrarme en lo que pasaba en la pequeña pantalla de televisión. Toda mi atención estaba centrada en mi mano, que Agnès todavía apretaba contra la palma de la suya. Para mí, seguía siendo una primera vez, otra deliciosa primera vez. Hasta donde puedo recordar, jamás una mujer me había cogido así de la mano, ni siquiera la que creía que era mi madre. Y no podía evitar plantearme mil millones de preguntas, a cuyo ritmo transcurría cada instante de ese contacto tan tierno. ¿Cuánto tiempo más me sujetaría la mano? ¿Sería ésa la única vez? ¿Y cómo podía interpretarse ese gesto? ¿Me amaba, a pesar de que acababa de romper una relación? Y yo ¿la amaba? ¿Tenía ganas de algo más? ¿Esperaba ella algo de mí? Ahora éramos amigos, ¿llegaríamos a ser amantes? ¿Sabría serlo? ¿Era así como se daba la mano? ¿Había algún sentido, alguna intención detrás de ese gesto, o era un simple impulso irreflexivo? Una atención sin mañana, como una sonrisa, un guiño furtivo, imperceptible…

Habría podido contentarme por siempre más con eso. Con ese único contacto, con sus dedos entrelazados con los míos. Habría podido transformarme en estatua de mármol y ser, para el resto de la eternidad, esa simple alegoría de la felicidad. Dos seres silenciosos cuyas manos ligadas eran un puente en el que se cruzaban sus almas. No era nada y lo era todo. Era una manera de unión inexplicable, eran dos individuos que, sin decir nada, parecían ser uno solo.

No estaba seguro de entender los latidos de mi corazón. ¿Tenía miedo? ¿Estaba enamorado? ¿Molesto? ¿Impaciente? No habría sabido decir lo que aquel pequeño músculo expresaba, pero algo era seguro: latía.

Después, lentamente, como la felicidad se reconoce bien por su finitud, su mano se retiró.

Agnès se levantó, paró la película y me dirigió una sonrisa. Tenía la mirada brillante, y sus gestos eran inseguros. Debía de estar un poco ebria.

– ¿Quieres beber algo?

Mi puño se cerró sobre el sofá.

– Eh… Sí. ¿Por qué no?

– Me voy a servir un poco de Martini, ¿quieres?

– Desde luego.

Dio media vuelta y se fue hacia la cocina.

Yo me quedé mirando la pantalla del televisor. La imagen inmóvil titilaba ligeramente. Mia Farrow, petrificada en plena caminata, parecía esperar febrilmente que la vida continuara. No la suya, sino la mía. Empecé a pensar que mi mano, abandonada por Agnès, padecía la misma angustia, crispada sobre el tejido naranja del sofá.

Oí el ruido de vasos y de cubitos de hielo en la habitación de al lado. Me cuesta explicar lo que sentía durante aquella espera. Me embargaba la extraña impresión de que atravesábamos una nueva etapa de nuestra intimidad: «Agnès prepara una copa para mí en la cocina, mientras yo espero frente al televisor, como un marido indolente». Era un gesto simple y banal, tal vez, ¡pero tan nuevo para mí, y tan… social! Me volvía tantas cosas a la vez: un amigo con el que se cena, con el que se habla, un hombre al que se le da mano, para quien se prepara un Martini… No estaba seguro de estar. listo todavía, listo para dar o recibir cosas, no obstante, tan simples.

Agnès reapareció en el salón con dos vasos. Los dejó sobre la mesa y, con un solo gesto, aclaró todas mis dudas. La vi poner una rodilla sobre el borde del sofá, muy cerca de mis piernas, poner una mano en mi hombro, inclinarse sobre mí y, con una ternura que la vida jamás me había regalado, darme el más suave de los besos.

Yo me dejé hacer, sobrecogido, casi sofocado; después mis labios se entreabrieron para recibir a los suyos. Suavemente, ella se apoyó en mis hombros para empujarme contra la espalda del sofá; después, se sentó en mis rodillas. En esa posición era más grande que yo, y tuve la impresión de no poder luchar. Al tiempo que me cubría de besos, me desabrochó la camisa y empezó a acariciar mi torso, mis costados. De vez en cuando, sentía sus cabellos rozarme el rostro, y su aliento en mi cuello. Mis manos temblaban de miedo, de excitación, no sé. Mil sensaciones asaltaban mi mente, mil sentimientos contradictorios que la urgencia del instante se negaba a dejarme comprender. De pronto, me encontré apoyado sobre la espalda, medio desnudo, y vi a Agnès, como un ángel suspendido sobre mi cuerpo, quitarse las últimas piezas de ropa que le quedaban.

Sin que pudiera hacer nada, todo mi cuerpo se enervó. No conseguí abandonarme, perder ese nivel de conciencia del que sabía que había que desembarazarse para ceder simplemente al deseo. Las manos de Agnès buscaron en vano la prueba de mi deseo hacia ella. Mi alma le pertenecía por entero; pero mi cuerpo, por su parte, la rechazaba, tanto a ella como a mí.

Con nuestras cabezas una junto a la otra, oía el ínfimo suspiro de Agnès contra mi oreja.

– Lo siento -murmuré-. No puedo.

Ella se levantó y cogió mi cabeza entre sus manos.

– No digas tonterías. Soy yo quien lo siente… No sé qué me ha cogido.

– No tienes de qué disculparte, Agnès. Debe de ser por mi enfermedad… y esos malditos neurolépticos…

Ella puso un dedo sobre mis labios y me impidió continuar.

– No hablemos más -dijo ella-. He bebido demasiado y no sé lo que hago.

Ella se quedó un momento contra mí, con su cabeza apoyada en mi pecho. Era dulce y muy reconfortante; creo, además, que habría podido conciliar el sueño entre sus brazos, pero Agnès acabó levantándose. Se puso rápidamente la camisa y se sentó a mi lado. Después me acarició lentamente el hombro.

– Tu tatuaje es extraño -dijo ella, con la cabeza inclinada-. ¿Qué es? ¿Un lobo?

Miré el pequeño dibujo azul que estaba en la parte superior de mi brazo.

– Sí, eso creo.

– ¿Eso crees?

– No me acuerdo. Debe de ser de antes de mi amnesia… Pero sí, se diría que es un lobo.

Ella cogió uno de los vasos de Martini que estaban sobre la mesa y lo levantó molesta.

– Creo que ya he bebido bastante esta noche… Lo siento, Vigo. Me voy a acostar.

Se levantó y se fue a su habitación sin dirigirme ni una mirada. Oí un discreto ruido de teclas, y Mia Farrow desapareció de la pantalla del televisor. Apagué la luz, me fui a dormir y esperé, en vano, a que llegara el sueño.

50.

A la mañana siguiente, hacia las ocho, oí a Agnès salir del cuarto de baño e ir después a la cocina. Pasó rápidamente frente al salón, bella como un hada que alcanza el más allá, pero no me dirigió ni una sola mirada. Pensaba, sin duda, que estaba dormido, o bien temía tener que hablarme.

Oí que se preparaba un café. Tal vez debería haberme levantado para reunirme con ella en la cocina, pero no encontré el valor necesario. No habría sabido decirle las palabras adecuadas. Unos minutos más tarde, se fue sin hacer ruido, y vi que su frágil sombra desaparecía tras la puerta de entrada.

Me quedé durante un momento en el sofá cama. No conseguía olvidar la escena de la víspera. Su abandono, mi desfallecimiento. Me preguntaba cómo íbamos a manejar la situación. No estaba seguro de mis sentimientos, y todavía menos de los suyos. ¿Había actuado ella sólo bajo la influencia del alcohol, o sentía algo por mí? ¿Y yo? ¿Era capaz de vivir una aventura con una mujer? Todo eso era muy complicado para Vigo Ravel, esquizofrénico inseguro, demasiado complicado y aterrador. Tenía grandes dudas sobre mí mismo, y los demás me daban mucho miedo. No estaba seguro de ser capaz de vivir esa relación. ¡Y a pesar de todo! A pesar de todo, sentía por esa mujer algo que jamás había sentido por nadie. La sola idea de haber podido herirla la víspera al rechazarla, muy a mi pesar, me atormentaba. ¿Y si aquélla había sido mi única oportunidad?

Solté un suspiro y me levanté de golpe. No podía pasarme la mañana dándoles vueltas a esas preguntas. Tenía que avanzar. Tenía que intentar no pensar más en ello. Después de todo, tenía cosas mejores que hacer.Los dos teníamos cosas mejores que hacer.

Con decisión, me dediqué entonces a lo que parecía que iba a convertirse en una rutina: ducha, desayuno, y después a buscar en Internet en el despacho de Agnès. Tal y como ella había sugerido, intenté averiguar algo sobre el doctor Guillaume; pero, de nuevo, no llegaba a ninguna parte. No encontré nada ni sobre el gabinete Mater, ni sobre el hombre que había fingido ser mi psiquiatra durante diez años. A juzgar por mi búsqueda, ni uno ni otro existían. Sólo me sorprendí a medias. Hacía varios días que había llegado a la conclusión de que aquel gabinete carecía de existencia legal u oficial. Durante años había frecuentado un gabinete fantasma. El doctor Guillaume, si es que era ése su verdadero nombre, era un impostor. Me quedaba por comprender con qué fines me había estado siguiendo durante tanto tiempo… Y por qué mis «padres» me habían enviado allí.

Aunque cada vez me sorprendía menos, mi cólera no disminuía; estaba, incluso, furioso. Y después de haberme sentido como un gato enjaulado en el despacho de Agnès, incapaz de escuchar otra cosa que mi propia rabia, cogí la copia de las llaves del apartamento y salí a la calle.

Encontré el 911 del señor De Telême y descubrí, con una sonrisa, dos multas en los limpiacristales. Los rompí y los tiré a la acera. Mi jefe recibiría la sorpresa de recibir las multas incrementadas. No hay placer pequeño.

Entré en el coche y arranqué, todavía sorprendido por la facilidad con la que conducía. Como si lo hubiera hecho toda mi vida…

Me fui hacia la Place Denfert-Rochereau, con la firme intención de obtener explicaciones del señor De Telême. Ahora estaba seguro de que sabía mucho más de lo que había querido decirme y estaba dispuesto a hacerle ver las estrellas con mi puño si no me explicaba quiénes eran esos tipos y qué hacia el doctor Guillaume con él. Quería encontrar la respuesta a la eterna pregunta de toda buena novela policíaca: ¿quién se beneficia con el crimen?

Crucé París, apretando los dientes cada vez que me cruzaba con la policía. Telême tal vez había denunciado el robo de su coche; por otro lado, yo no tenía permiso de conducir, ni siquiera carné de identidad, ya que Agnès se lo había llevado.

A pesar de todo, llegué sin mayor dificultad a mi destino. Aparqué en una calle adyacente y después me encaminé al edificio en el que estaban las oficinas de Feuerberg. Cuando me encontraba a sólo unos pocos pasos de la entrada, vi enseguida que algo no era normal.

De entrada, a lo lejos, vi que habían quitado el cartel de la sociedad de la pared del inmueble. Además, como delante de mi hotel, dos tipos parecían vigilar la entrada. Levanté la mirada hacia el piso en el que estaban situadas las oficinas y vi, entonces, a numerosas siluetas que transportaban muebles: ¡estaban vaciando el sitio! Por muy inverosímil que pudiera parecer, igual que había pasado en el apartamento de mis padres, alguien se esforzaba por borrar toda huella de mi vida pasada.

Solté una maldición. Pero no era momento adecuado para hacerme notar. Con las manos hundidas en los bolsillos, desvié mi camino, con la cabeza agachada, y me fui al otro lado de la plaza. Cuando me pareció que ya estaba lo suficientemente alejado, me giré por última vez. Los dos tipos seguían apostados ante la puerta y, al parecer, no me seguía nadie.

Tiré las llaves del Porsche en la acera. No valía la pena arriesgarse más con ese coche. Después, a pesar de mi aprensión, decidí volver a la Place Clichy en metro.

Con el corazón en un puño, bajé los escalones que conducían bajo tierra y tomé un largo pasillo para llegar a la estación. El lugar estaba casi desierto, sólo me crucé con una o dos personas; no obstante, algunos metros antes del andén, me vi asaltado por una nueva crisis. El dolor, el equilibrio, la vista: el cuadro habitual. Después, llegaron los susurros que resonaban en mi cabeza.

Me estremecí. No había ninguna duda. Habría reconocido esas voces entre un millón. Eran las que había oído mil veces y que parecían provenir del subsuelo de París. Las llamaba el murmullo de las sombras. Pero ahora, y por primera vez, sabía con seguridad que no eran fruto de mi imaginación y que no eran simples alucinaciones auditivas, sino voces muy reales.

Me quedé inmóvil. Busqué a mi alrededor. No había ninguna puerta, ninguna salida. Avancé y eché una ojeada. Nadie esperaba junto a la vía. Estaba solo, completamente solo. ¡Y sin embargo, sin embargo, oía esas voces, esos susurros! ¡Eran pensamientos lejanos, cierto, pero seguían siendo pensamientos! Haciendo acopio de coraje, intenté concentrarme para oírlos mejor; pero sólo captaba palabras confusas, indistintas. Cerré los ojos y dejé en blanco la mente. No quería seguir oyendo aquellas voces. Quería descifrar su misterio de una vez por todas.

Lentamente, el murmullo de las sombras se fue distinguiendo más, el eco fue siendo menos problemático. Las palabras empezaron a cobrar forma una a una. Y, poco después, pude por fin comprender algunas sílabas, incluso algunas expresiones. Ninguna frase; pero al menos, sí algunas palabras. Algunas palabras simples. Da igual cuáles.

51.

Cuaderno Moleskine, nota n.° 167: ilusión.

El ojo humano no es la herramienta que interpreta las imágenes que se reciben. No es más que un conjunto de perceptores fotosensibles. La herramienta que interpreta las imágenes es el cerebro. Sí. De nuevo, el cerebro.

Así, hay un fenómeno que se conoce desde hace mucho tiempo y que, sin embargo, no deja de perturbarme. Los investigadores han tenido una idea extravagante, pero no se les puede recriminar por ello: es su trabajo. Hicieron llevar a gente gafas especiales que invertían las imágenes. Durante los primeros días, esas personas veían el mundo al revés, lo que, a la fuerza, no debía de ser muy práctico; pero al cabo de unos ocho días, su cerebro corrigió la información y empezaron a ver, de nuevo, al derecho, como si ya no llevaran aquellas gafas. Asimismo, cuando se les quitaron las gafas, hicieron falta ocho días para que el cerebro de estas personas se habituara y volvieran a ver con normalidad.

No puedo evitar hallar aquí la prueba si no flagrante, al menos probable, de que nuestra visión del mundo no es más que una gigantesca ilusión, interpretada por nuestros cerebros enfermos. En el fondo, lo real tal vez no tenga gran cosa que ver con la imagen que nos hacemos de ello. Aunque parezca extraño, esto me tranquiliza.

52.

Agnès volvió a casa poco después de las seis de la tarde. Me levanté enseguida y le sonreí. Ella colgó su chaqueta en la entrada y se detuvo en la puerta del salón.

– Buenas tardes, Vigo.

– Buenas tardes.

Hundí las manos en mis bolsillos, a disgusto. Veía en sus ojos que sentía la misma incomodidad que yo. Era difícil olvidar el fiasco de la víspera. Guardábamos las distancias, y nuestras miradas se regían. Darnos la mano habría sido un gesto demasiado frío, y besarnos, demasiado familiar. No sabía en qué punto nos encontrábamos. Las cosas estaban en suspenso, sin resolver. No habíamos intercambiado ni una palabra desde lo que había pasado, o más bien lo que no había pasado, en aquel sofá… Durante todo el día, me había preguntado cómo íbamos a encontrarnos, cómo podríamos asumir nuestra relación. Tal vez había esperado que me besara, con una inesperada desenvoltura, y que todo estuviera arreglado. Pero las cosas no son nunca tan simples. Y visiblemente, Agnès no tenía ganas de retomar las cosas allí donde las habíamos dejado la víspera.

– Voy a prepararme un té -anunció ella, yéndose hacia la cocina.

Dudé un instante, pero después la seguí. Como había hecho ella unos minutos antes, me quedé en el umbral de la puerta. Apoyado contra el marco, la miré encender la tetera. Parecía preocupada y tensa, pero seguía estando igual de guapa. ¡Qué imbécil era! Había tenido a esa mujer en mis brazos, me había besado, se había desvestido ante mí, y la situación se me había escapado de las manos. En el momento presente, nuestra relación estaba en tierra de nadie, y ni uno ni otro sabíamos qué paso dar.

– ¿Todo va bien? -le pregunté, con las manos todavía en los bolsillos.

– Ha sido un día de mierda.

– ¿Problemas en la comisaría?

– Lo habitual. ¿Un té?

Asentí. No parecía querer decir nada más.

– Esta tarde tenía mi cita en la consulta de Zenati. Siempre salgo trastornada de allí. Y tú, ¿has dejado de ir?

Me encogí de hombros.

– ¿Con qué fin? No soy esquizofrénico…

No era una respuesta completamente cierta, pero era verdad que, después de todo lo que había pasado, una sesión con la psicóloga me habría parecido irrisoria…

– ¿Has avanzado en tus investigaciones? -preguntó Agnès, como para cambiar de tema.

– No mucho.

– ¿No has encontrado nada? -insistió ella, mientras llenaba las dos tazas.

Casi había olvidado que habíamos pasado a tutearnos, lo que seguía exigiéndome un esfuerzo. No acababa de sentirme cómodo, ni de actuar con naturalidad. A pesar de estar allí, los dos, en su cocina, y de haber pasado esa velada íntima, todavía me sentía como un extraño y un intruso. Tal vez incluso más que antes.

– No, y tampoco sobre el gabinete Mater. En cuanto a Feuerberg, la sociedad en la que trabajaba, ha desaparecido por completo. He ido allí, y he visto a unos hombres desmontar las instalaciones.

Ella arqueó las cejas.

– ¿Desmontar las instalaciones?

– Sí, los muebles, todo. Y había dos tipos haciendo guardia en la entrada.

– ¡Qué extraño! No puede ser una coincidencia…

Dejó las dos tazas en la mesita de la cocina y se dejó caer pesadamente sobre una silla. Yo me senté frente a ella.

Después de unos minutos de un silencio incómodo, me sentí tan molesto que no pude aguantarme más.

– Tengo… Tengo la impresión de molestarte, Agnès…

– ¡No, en absoluto!

– ¿Es por lo de ayer por la noche?

– No, estoy agotada, eso es todo.

– ¿Estás segura? Lo que pasó ayer…

– Había bebido demasiado, lo siento. No te hagas ideas raras.

¿«Ideas raras»? No estaba seguro de entender lo que quería decir. O más bien, temía hacerlo…

– Te confieso que no sé muy bien en qué lugar me deja esto… ni en qué punto estamos…

Ella suspiró, se inclinó por encima de la mesa y cogió mi mano en la suya.

– Escucha, Vigo, te aprecio mucho y estoy feliz de acogerte aquí; pero lo que hice ayer por la noche fue una verdadera tontería. Te pido disculpas, no debería haberlo hecho jamás. Acabo de salir de una larga y dolorosa historia, estoy un poco desorientada y no sé lo que hago. Lo único que quiero es ayudarte, como una amiga, ¿de acuerdo?

Asentí. No era lo que había esperado, pero al menos el mensaje estaba claro. Y tal vez era mejor así. O, como mínimo, de eso me quería convencer. «Como una amiga.»

Agnès soltó mi mano y se puso a beberse el té. Hice lo mismo. El ambiente se relajó un poco.

– Me ha pasado algo extraño -dije, con la cabeza apoyada contra la pared.

– ¿Qué?

– En el metro, he escuchado unas voces…

Ella se echó ligeramente hacia atrás.

– ¿Y entonces? Empieza a ser una costumbre, si no te importa que te lo diga, ¿no?

– Sí, claro… Aunque no sé si llegaré a acostumbrarme alguna vez de verdad. Pero la cuestión es que esas voces no dicen cualquier cosa. Son voces que ya había oído antes…

– ¿Qué quieres decir?

– Bueno, en el pasado, siempre procuraba no coger el metro, o no acercarme a las alcantarillas, porque en varias ocasiones había escuchado susurros extraños, que me asustaban. En ese momento, me decía que eran alucinaciones, sin duda causadas por mi miedo a la oscuridad, al vacío o a algo así. En mi particular jerga de esquizofrénico, las llamaba los murmullos de las sombras. Pero antes, cuando las he oído, ahora que sé que no son alucinaciones, me he dado cuenta de algo…

– ¿De qué?

– Casi todas las veces que he oído los murmullos fue en los dos mismos sitios: en Denfert-Rochereau, cerca de la sociedad Feuerberg, y en la Defènse, cerca de la torre SEAM…

– No tiene nada de sorprendente, Vigo. Son los dos sitios a los que ibas con más frecuencia.

– Sí, tal vez. Pero también pasé mucho tiempo en el barrio de mis padres, y no recuerdo haberlos oído allí. Y tampoco estos últimos días aquí, en este barrio. Sé que podría tratarse de una coincidencia, pero algo me hace pensar que todo esto está relacionado con mi historia.

– ¿Cómo?

– Antes, cuando oí de nuevo esos murmullos en el metro, intenté prestarles atención. Me concentré y…

– ¿Qué?

Solté un suspiro. El simple recuerdo me helaba la sangre.

– Escuché unas palabras que no dejaban lugar a la duda.

– ¿Qué palabras?

– Pues bien, hay tres que captaron mi atención, tres que no pueden ser fruto del azar, Agnès. La primera era «SEAM». Ya sé que no es más que el nombre de una sociedad; pero aun así, está relacionada con el atentado…

– ¿Cuál más?

– La segunda era «Ravel»… No hace falta que te diga en qué me hace pensar eso. Sé que no soy el único del mundo que se llama Ravel, pero la coincidencia es sorprendente.

– Cierto.

– Pero la tercera expresión es la que me ha sacado de toda duda, Agnès. Pues, verás, la tercera cosa que oí en esos murmullos del metro no era otra que nuestro querido «Protocolo 88».

– ¡Eso es increíble! ¿Estás seguro? ¿Estás seguro de no haber interpretado a tu manera palabras casi inaudibles? Estás tan obsesionado con esta historia que, tal vez, ves correlaciones por todas partes, ¿no? Sería algo comprensible.

– Es posible, pero estoy casi seguro de haber oído esas palabras. Podría admitir que me hubiera equivocado con «SEAM» o «Ravel», pero «Protocolo 88»…

– Es extraño.

– Me he pasado todo el día intentando comprenderlo. Créeme, seguía preguntándome si estaba loco. Pero esta historia está tan llena de sorpresas que creo que puedo confiar en lo que he oído. A priori, lógicamente, esto querría decir que alguien en el metro, o en algún lugar cercano, habla o piensa en toda esta historia. En mi historia. Algunos cuyos pensamientos me llegan directamente. Sé que es totalmente inverosímil, pero no tengo ninguna otra explicación.

– Todavía nos faltan muchos elementos de juicio, creo, para sacar conclusiones…

Asentí. Sin embargo, teníamos que empezar a formular hipótesis. Me quedé en silencio durante un breve momento, antes de retomar la conversación:

– ¿Crees que la gente que está metida en esto podría estar escondida en el metro? ¿Bajo tierra? Recuerdo también haber oído esas voces el día que me refugié en las alcantarillas de París.

Ella se encogió de hombros.

– No sé, pero me parece un poco cogido por los pelos. Podríamos informarnos, si quieres. Tal vez, simplemente haya locales subterráneos en esos sitios. Hay muchos en París.

– ¿Locales secretos?

Ella sonrió.

– No nos embalemos.

– Pero es asombroso que haya escuchado exactamente el mismo tipo de murmullos en los subsuelos de la Défense, en los de Denfert-Rochereau y en las catacumbas, ¿no?

– Me parece que también hay catacumbas en Denfert-Rochereau. Escucha, hay un departamento de la policía parisina especializado en el subsuelo: el Equipo de Investigación y de Intervención de las Alcantarillas. Conozco a un compañero que trabaja en ese servicio. Podría ir a hablar con él, si quieres.

– Desde luego, sí.

Ella se sirvió un poco más de té.

– ¿Y tú? -le pregunté-. ¿Has encontrado algo, por tu lado?

– Sí. No he tenido mucho tiempo, porque estábamos desbordados de trabajo en la comisaría, pero he hecho algunos avances… Ven, te lo contaré todo en el salón. Estoy agotada, necesito relajarme.

La seguí y nos instalamos en el sofá, con nuestras tazas en la mano.

53.

– Bien. En primer lugar, me he centrado en el banco. Y tengo una mala noticia, Vigo.

Dejé mi taza en la mesa y me pasé la mano por la frente, esperando lo peor.

– Te han cerrado tu cuenta del banco.

– ¿Perdón?

– Tus padres, o las personas que se hacían pasar por ellos, cerraron ayer tu cuenta en el banco.

– Pero… Pero ¿cómo es eso posible?

– Son tus tutores legales. Aparentemente, por tus problemas psiquiátricos, tenían la libertad de hacerlo, a ojos de la ley. La cuenta se cerró ayer a las diez y media de la mañana.

– ¿Ayer? Pero… ¿y mi dinero? ¿Cómo voy a vivir ahora?

– No sé. Estoy segura de que es muy molesto. ¿No tenías alguna cuenta de emergencia en otra parte?

– ¡No, no! Siempre he preferido guardar el dinero en metálico, y recogí todo lo que tenía el otro día, cuando pasé por mi casa, pero no me dará para vivir mucho tiempo. ¡Ah, malditos cerdos! ¿Qué voy a hacer?

Agnès puso cara de malestar.

– Yo podría ayudarte durante algún tiempo, Vigo. Mientras te quedes aquí, no necesitarás gran cosa, y además, supongo que tendrás que buscar un nuevo empleo. De todas maneras, tendrás que volver a trabajar algún día.

– ¡Toda esta historia es una locura! -grité, presa del pánico-. ¡No te das cuenta! ¡No me queda nada! ¡Nada! ¡Ni nombre, ni identidad, ni padres, ni dinero! ¡Ya no existo, Agnès!

Desesperado, dejé caer la cabeza hacia atrás.

– Tampoco voy a vivir a tu costa -murmuré, con los ojos cerrados-. Ya me cuesta vivir en tu casa.

– Encontraremos una solución, Vigo. Por ahora, no es lo importante.

Me quedé un momento inmóvil, intentando calmarme. No podía ceder al pánico. Abrí los ojos y me volví hacia Agnès.

– En todo caso, eso quiere decir que mi padres están ahí fuera, en alguna parte…

– Las personas que fingen ser tus padres, sí. Están en algún lugar y han decidido cortarte todo medio de subsistencia. Lo que confirmaría que están en el mismo bando que las personas que te buscan.

Solté un largo suspiro de cansancio.

– Telême, el doctor Guillaume, mis padres… Las únicas personas en las que confiaba…

– Si nuestras sospechas son ciertas, Vigo, esas personas han manipulado tu vida durante más de diez años. Te han mentido siempre. Y ahora, creo que saben que has descubierto su mentira, e intentan atraparte cortándote toda vía de subsistencia.

Me hundí de nuevo en el silencio. Todavía me dominaba la cólera. A partir de ese momento, la verdad ya no me bastaría, esas personas iban a tener que pagar por sus mentiras y manipulaciones.

– ¿Y su cuenta? -repuse-. ¿Encontraste la cuenta bancaria de mis padres?

– Sí, en tu agencia había una cuenta a nombre de Marc e Yvonne Ravel; pero fue cancelada al mismo tiempo que la tuya. Esto no cambia nada el hecho de que sus nombres no eran reales… Además, el servicio central de documentación me ha confirmado que tu carné de identidad era falso.

– Pero es posible que investigando esa cuenta pudiéramos encontrar alguna información sobre ellos, ¿no? Descubrir quiénes son realmente.

– Para eso sería necesario abrir un procedimiento judicial, Vigo, con el consentimiento de un procurador. ¡No podemos saltarnos sin más el Código Penal! Con mi pequeña investigación personal, ya me he salido de los límites de la legalidad. Me he visto obligada a rodear la ley y a pedir favores discretos a varios colegas, pero te confieso que no me gusta. Si mis superiores descubrieran lo que he hecho, corro el riesgo de tener problemas. Ahora, es tu turno. Creo que tenemos suficientes pruebas para poner la historia en manos de un procurador. La policía judicial tendrá, entonces, toda la libertad para investigar este asunto…

– ¡No, no, Agnès! Me prometiste ayudarme a comprender antes de avisar a las autoridades. Ahora tenemos la prueba de que no estoy loco, de que no me he inventado toda esta historia. Sabemos que están tramando algo. He pasado diez años de mi vida manipulado. Quiero comprenderlo por mí mismo.

Y ya ves: tengo razones para no confiar en nadie. Toda la gente que llenó mi vida los últimos diez años me ha traicionado. ¡No puedo confiar en nadie, Agnès, ni siquiera en la justicia!

– Exageras. ¡La justicia no tiene nada que ver con esa gente!

– Eso lo dices tú. Lo único que sé, Agnès, es que esa gente tiene mucho poder y muchos medios. Son capaces de hacer vivir a tres personas durante diez años bajo una falsa identidad, en plena capital. Son capaces de camuflar la existencia de un gabinete médico en lo alto de la mayor torre de la Défense.

Y son capaces de hacer desaparecer de la noche a la mañana una sociedad que estaba a pie de calle, en la Place Denfert-Rochereau. Por el momento, no sabemos a quién nos enfrentamos. Y sólo estamos al principio de nuestra investigación. Por tanto, sí, verdaderamente, prefiero que acabemos lo que hemos empezado antes de confiar en la justicia. ¡Te lo suplico, Agnès, prometiste ayudarme, y estamos haciendo progresos en nuestra investigación!

Hizo un gesto de desesperación.

– ¿Te das cuenta de lo que me pides? ¡Después de todo, soy poli!

– ¿Y tú te das cuenta de la situación que tengo que vivir? Agnès, he descubierto que no soy esquizofrénico; de una manera u otra, oigo los pensamientos de la gente, y unos tipos de los que no sé nada llevan manipulándome más de diez años. ¿Crees, de verdad, que un procurador querrá creerme sin pruebas concretas? Necesitamos saber más. ¡Te lo suplico! Sólo te pido unos días más.

Ella sacudió la cabeza.

– ¡Sólo para ver adónde nos conduce! -insistí.

– Sabes que desapruebo completamente…

– ¿Quiere decir eso que aceptas ayudarme algunos días más?

Ella dudó.

– Cuarenta y ocho horas. Ni un segundo más.

Asentí, aliviado.

– Es fin de semana. No trabajo. Aparte del sábado por la noche, que tengo una cena, me quedaré contigo los dos días y podremos hacer algunas investigaciones. Pero eso es todo.

– Gracias -dije, agarrando su mano entre las mías.

– Tan sólo espero no estar haciendo la mayor tontería de mi vida.

Ella se soltó la mano, nerviosa.

– ¿Te ha dado tiempo a averiguar algo más? -pregunté, acomodándome en el sofá.

– Sí, tal vez haya dado con una pista por la que empezar. El colega del servicio central de documentación con el que contacté ha descubierto a quién pertenece, desde hace al menos doce años, el apartamento en el que vivías con tus presuntos padres.

– ¿De verdad? ¿A quién? -la apresuré.

– A una sociedad offshore, llamada Dermod, y cuya actividad oficial es la importación-exportación, como la mayoría de esas sociedades instaladas en paraísos fiscales.

– ¿Dermod?

– Sí.

– Jamás había oído su nombre.

– En todo caso, es algo por lo que empezar. No sé adonde nos conducirá, pero vale la pena investigar.

Asentí.

– Gracias por todo, Agnès.

– Espero sinceramente no tener que lamentar haberme mojado así por ti.

– No sé cómo agradecértelo…

Ella se encogió de hombros.

– He de confesarte que estoy particularmente intrigada por toda esta historia. Sigo pensando que deberíamos contar todo esto a las autoridades, pero bueno, no seguiré insistiendo. No por el momento, al menos. Pero te aviso, si esto se vuelve demasiado peligroso, incluso antes de las cuarenta y ocho horas que te he concedido, lo quieras o no, me pondré en contacto con el procurador.

– De acuerdo.

– Bueno, venga, ya basta por hoy. Necesito desconectar.

– Sí… De todos modos, creo que no podría entender nada más -confirmé sonriendo.

– No podemos recuperarnos con un restaurante. Voy a cocinar algo…

– ¿Te echo una mano?

– Si quieres.

54.

Cuaderno Moleskine, nota n.° 173: recuerdo, precisión.

Mi nombre no es Vigo Ravel. Tengo doce años, tal vez trece. Estoy en el asiento trasero del coche; en el exterior, se extiende un paisaje verde, un gran paisaje verde. Los adultos de los asientos delanteros son marido y mujer. Deben de ser mis padres, mis verdaderos padres. Pero sigo sin distinguir su rostro. No son más que dos fantasmas indiferentes.

Fuera, ahora estoy seguro, se extienden las colinas verdes de la costa normanda. Antiguos blocaos surgen detrás de las lomas de hierba, inmortales cubos de hormigón, como si la tierra jamás olvidara las heridas de guerra. A lo lejos, los acantilados de arcilla dominan un mar agitado.

Miro la mosca idiota. Se posa, huye y vuelve lentamente. Sé que no podría cazarla. Está allí para desviar mi mirada, para alejarme de los secretos del mundo adulto.

Delante, la conversación se agria. Me siento contrariado. Cansado. He oído ya mil veces esos reproches, esa discordia, mil veces he visto esa lucha.

Debe de ser culpa mía, porque estoy allí.

Después, el coche se detiene. Veo que mis manos se agarran al reposacabezas. Oigo el ruido de la arena bajo los neumáticos, el mar, las puertas que golpean. Bam, bam, bam, como tres bofetadas en las mejillas rojas de mi recuerdo.

Arrastro los pies por la playa desierta. Sigo de lejos a esos adultos que no me oyen. Caminamos sobre guijarros. El clamor de las olas y el viento ahogan todo el paisaje.

Frente a nosotros, veo el largo espigón cubierto de algas verdes. Y después, de nuevo, el recuerdo se extingue lentamente en el batir de alas de una lechuza.

55.

Al día siguiente por la mañana, cuando salí del cuarto de baño, me encontré a Agnès en su despacho. Sin esperarme, había empezado a investigar en Internet. No pude evitar emocionarme al mirarla desde la puerta: su nuca delicada, sus manos revoloteando sobre el teclado. Me costaba olvidar los besos que me había regalado, aquellos minutos de una intimidad que parecía perdida para siempre y que, sin embargo, me habría encantado volver a saborear.

– Roncas, Vigo.

– ¿Perdón?

Ella no se había girado.

– ¡Roncas como un ogro! Te oigo hasta en mi habitación.

– Lo… Lo siento.

Ella giró su sillón para mirarme, por fin, cara a cara. Una sonrisa burlona iluminaba su rostro.

– ¡Jamás había oído a nadie roncar tan fuerte! ¡Es sorprendente!

– ¡Yo… lo siento de veras!

Parecía disfrutar con mi embarazo.

– Ven a ver, creo que he encontrado algo interesante sobre tu carta anónima.

Me acerqué al ordenador.

– ¡Mira, me parece que he identificado al tipo que dejó aquel mensaje en el hotel!

– ¿De veras?

Ella me mostró la pantalla. Su navegador de Internet mostraba la página de un foro.

– Es el nombre de un hacker, un pirata informático, si lo prefieres, y no uno cualquiera…

Ella me señaló algunos de los mensajes colgados en las páginas, y me mostró varias veces la misma firma: SpHiNx.

– Ah, sí. ¿Y por qué dices que no es uno cualquiera?

– Cuando leí tu mensaje el otro día, tuve la impresión de haber visto ya ese nombre en alguna parte. Entonces, lo verifiqué. Y aquí está… Seguramente debía de haber visto su nombre en Internet. Mira, es aquel tipo misterioso que hizo las revelaciones sobre la Piedra de Jordán…

– Ah, sí, ya me acuerdo. El famoso mensaje oculto de Cristo.

– Exactamente, sus revelaciones fueron todo un escándalo en su momento, y permitieron desmantelar Acta Fidei, una organización mafiosa infiltrada en el Vaticano…

– ¿Y cuál es su relación con nosotros?

Ella se encogió de hombros.

– No tengo ni la menor idea. Pero, al menos, sabemos que es bastante serio. Me he permitido enviar un correo electrónico a ese misterioso SpHiNx, espero que no te moleste. ¡Ya veremos si responde! He creado una cuenta en este foro, lo que nos permite recibir y enviar mensajes.

– Has hecho bien. Pero ¿estás segura de que es la misma persona que firmó mi carta?

– Prácticamente. Lo comprobaremos con su respuesta, pero, mira, es exactamente la misma tipografía, con una letra de cada dos en mayúscula.

– Sí. ¡De todos modos, es increíble! Me pregunto por qué un pirata informático me habría dejado un mensaje en mi hotel.

– Pues bien, después de leer sus mensajes, tengo la impresión de que este tipo se pasa el tiempo denunciando escándalos políticos, financieros o de otra clase. Su sitio parece una especie de panfleto político alternativo [3] de Internet.

– Interesante…

– Sí, todavía no me lo he mirado todo, pero parece fiable… No obstante, es mejor desconfiar, hay muchos tíos raros en la Red, falsos periodistas de investigación que defienden tesis completamente falsas.

– Como la que explicaba que ningún avión se había estrellado contra el Pentágono en los atentados del 11 de septiembre…

– Por ejemplo… Pero ése no parece ser el caso de nuestro SpHiNx. He leído uno o dos artículos que ha publicado sobre el Opus Dei o sobre el asunto de Clearstream, y no parece ir desencaminado… Ya lo veremos.

– Pues entonces es una buena noticia. Espero que pueda explicarnos más cosas. ¿Has desayunado ya? -No. Vamos.

Pasamos el resto del día juntos, dividiendo nuestro tiempo entre las comidas, nuestras conversaciones y algunas nuevas investigaciones en Internet que confirmaron nuestra buena impresión sobre el misterioso hacker. Pero no recibimos respuesta alguna al mensaje de Agnès.

Al final de la tarde, el telediario difundía la foto de un hombre de unos treinta años.

… que se llama Gérard Reynald, habría sido detenida esa mañana a su domicilio parisino, en el marco de la investigación sobre los atentados del 8 de agosto. Este joven de treinta y seis años, desconocido anteriormente para los servicios policiales, es sospechoso de haber sido una de las personas que colocaron la bomba implicada en la explosión de la torre SEAM. Según nuestras informaciones, el sospechoso padecería problemas psiquiátricos graves, de tipo esquizofrénico.

Noté la mano de Agnès que se agarrotaba sobre mi brazo.

… Este arresto sorpresa pone en cuestión la tesis de la pista islamista y de la participación de Al-Qaeda… El juez de instrucción encargado del caso se ha negado a hacer comentario alguno por el momento, pero hemos sabido de una fuente próxima a la policía que todavía se buscan más sospechosos.

Agnès y yo nos quedamos durante unos largos minutos anonadados frente al televisor. Cuando el periodista pasó al siguiente tema, me volví hacia ella, y todo lo que conseguí decir fue:

– ¡Menuda mierda! ¡Mierda, mierda y mierda!

Agnès se limitó a asentir. Estaba tan estupefacta como yo.

– ¡Un esquizofrénico! -murmuré, sacudiendo la cabeza.

– No es posible… Esto no puede ser una coincidencia. No es posible.

– ¿Has anotado el nombre del tipo? -pregunté con inquietud.

– Sí, sí. Gérard Reynald.

– Tenemos que averiguar quién es ese tipo. Tiene que tener forzosamente alguna relación conmigo.

De repente, estuve seguro de que un elemento clave de la verdad acababa de revelarse. Pero no había nada que pudiéramos hacer, por el momento. Nada aparte de aceptar aquella noticia, como mínimo, perturbadora.

Finalmente, Agnès se decidió a sacarnos a los dos de nuestro estupor.

– Bueno, no nos vamos a quedar aquí toda la noche boquiabiertos como imbéciles, Vigo. Sobre todo, porque tengo que irme a mi cena. Después de todo, podemos alegrarnos: tenemos una pista más y una confirmación de que tu historia no es el productor de tu imaginación y de que puede tener un vínculo directo con los atentados del ocho de agosto.

– ¡Unos atentados perpetrados en la torre en la que se hallaba el gabinete fantasma del doctor Guillaume!

– ¿Crees que…?

– ¿Qué?

– ¿Que ese tipo es como tú? ¿Que otro paciente del doctor Guillaume hizo saltar la torre por los aires?

– Es una explicación factible, ¿no? Tal vez ese Gérard Reynald sea tan esquizofrénico como yo. Tal vez sea un tipo que descubrió las maquinaciones del doctor Guillaume y que, para vengarse, colocó bombas en la torre SEAM…

Agnès asintió lentamente.

– Es absolutamente necesario que averigüemos algo más sobre este tipo.

– ¿Quieres ir a echar un vistazo a Internet?

– Vamos, pero démonos prisa, voy a llegar tarde.

Nos instalamos de nuevo ante el ordenador. Empezaba a convertirse en una costumbre a la que le cogía el gusto. Pero, una vez más, no encontramos ninguna información interesante. Aparte de una noticia que no decía nada más de lo que habíamos oído en televisión, no había ningún rastro tangible sobre Gerárd Reynald en todos los resultados que proporcionaban los buscadores.

Suspiré.

– ¿Qué tal si miras si SpHiNx ha respondido a tu mensaje?

Agnès se conectó al foro, pero vio rápidamente que seguíamos sin haber recibido ningún correo. Se encogió de hombros con aspecto desolado.

– No sabremos mucho más esta tarde -dijo ella-. Tengo que irme. No te propongo que vengas porque es una cena con polis…

– Sí, de ninguna manera…

– Intenta relajarte, pensar en otra cosa. Mañana retomaremos todo el asunto.

Asentí con la cabeza; pero, en cuanto se hubo ido, continué investigando por Internet. Me pasé horas intentando cruzar referencias: el nombre del sospechoso arrestado, el protocolo 88, el gabinete Mater… Pero no hallé nada concreto.

Hacia la una de la mañana, Agnès todavía no había vuelto. Agotado, me fui a acostar al salón.

56.

A la mañana siguiente, me desperté sobresaltado por un repentino resplandor. Agnès había corrido las cortinas, y estaba frente a mí con un café en la mano. Sorprendido, miré el pequeño reloj del magnetoscopio. Esa vez, mostraba una hora real: ya eran las diez.

– Vigo, he encontrado los datos del abogado de Gérard Reynald.

Ella se sentó al borde del sofá y me ofreció la taza de café. Me levanté con dificultad.

– ¿Probamos a reunimos con él? -propuso.

Fruncí el ceño.

– Hum… ¿Un domingo por la mañana?

– Bueno, ¿y qué? ¿Prefieres esperar? Te recuerdo que tu prórroga se habrá acabado muy pronto, Vigo. Mañana, pase lo que pase, llamaré al procurador.

Gruñí.

– ¡Sí que te despiertas con energía! ¿A qué hora volviste ayer?

– Hacia las dos… Pero no tenemos tiempo que perder, Vigo… Por eso me he pasado trabajando toda la mañana. Me desvivo por ti, amigo mío.

Sonreí. Sabía desenvolverse con soltura, nuestra investigación le interesaba al menos tanto como a mí. Habría jurado que lamentaba tener que confiar en la justicia a partir del día siguiente.

– Bueno -dije-, déjame, al menos, levantarme.

Bebí el café y fui a vestirme al cuarto de baño. Cuando volví, Agnès me tendió el teléfono.

– Llama al abogado. Dile que quieres verlo.

– Pero ¿cómo quieres que se lo diga?

– No sé. Dile que tienes informaciones importantes que proporcionarle.

Sacudí la cabeza. Me decía que Agnès sería seguramente más eficaz que yo para hacer ese tipo de gestiones, más convincente. Pero me tocaba a mí hacerme cargo de la responsabilidad. Cogí el teléfono y marqué el número del abogado. Evidentemente, sus oficinas estaban cerradas, pero el mensaje del contestador indicaba un número de teléfono móvil para casos de emergencia.

Algunos instantes más tarde, conseguí comunicarme con el señor Blenod. No parecía muy contento de que lo molestaran un domingo por la mañana, cosa que no podía reprocharle, pero no tenía tiempo para cortesías.

– Señor, es absolutamente necesario que hable con su cliente, Gérard Reynald. Tengo informaciones que transmitirle que podrían ser capitales durante su defensa, y necesito entrevistarme con él a propósito de los atentados de la torre SEAM…

– ¿Está usted de broma? ¿Qué clase de farsa es ésta?

– No… Debo reunirme con su cliente.

– ¡Pero bueno, señor! ¡Está bajo custodia!

– Tengo una información esencial que debo comunicarle.

– ¡Escuche, señor, ni siquiera sé quién es usted!

Dudé. No podía correr el riesgo de dar mi nombre tan fácilmente.

– No puedo decirle nada por teléfono. Debe confiar en mí… Tengo informaciones de una importancia realmente capital… Debo reunirme con su cliente.

– Y yo le repito que eso es imposible. Mi cliente está bajo custodia, no puede verlo, y se acabó.

– Le estoy diciendo que sé cosas… cosas importantes… que podrían resultarle útiles para el proceso y…

– Es posible, pero es así, señor… Y ahora, si quiere perdonarme, tengo cosas importantes que…

– ¿Le ha hablado del gabinete Mater? -le corté.

El abogado se quedó en silencio.

– Le ha hablado de él, ¿no es así?

Se hizo de nuevo el silencio. No había ninguna duda. El nombre del gabinete le resultaba familiar.

– Lo siento, pero lo que me cuente o me deje de contar mi cliente mientras esté bajo custodia es estrictamente confidencial. Además, ignoro quién es usted y no veo de qué modo puede estar usted vinculado a este asunto.

– Estaba en la torre en el momento de los atentados. Escuche, dígale a su cliente que tengo información sobre el gabinete Mater. Dígale simplemente eso, y luego vuelva a llamarme.

Él suspiró, pero no se negó, así que le di mi número de teléfono móvil.

– Espero su llamada, señor.

– No le prometo nada.

Él colgó. Miré a Agnès con satisfacción.

– Estoy seguro de que le ha hablado del gabinete. Pareció sorprendido cuando pronuncié el nombre de Mater.

– Entonces, vamos por buen camino.

Por precaución, anoté el número y la dirección del abogado en mi cuaderno Moleskine.

Agnès y yo pasamos buena parte del día buscando en vano alguna otra información en Internet; después, avanzada la tarde, mi móvil empezó a sonar por fin. Descolgué enseguida, impaciente.

– ¿Diga?

– Soy el señor Blenod. Escuche, quiero reunirme con usted mañana lunes, a las once.

– ¿No podemos vernos antes, esta tarde?

– No. Lo veré mañana, si es cierto que puede aportar información importante.

– Entendido.

– A las once, frente al palacio de justicia.

– De acuerdo.

Él colgó. Yo me volví de nuevo hacia Agnès.

– Déjame adivinar -dijo en tono exasperado-. ¿Me vas a pedir que espere hasta mañana por la tarde para avisar al procurador?

Me mostré inquieto.

– El abogado no puede verme hoy… Tenemos una pista,

Agnès, una pista de verdad. ¡No me irás a dejarme colgado ahora!

– ¡Todo esto es muy poco razonable, Vigo! Tu asunto empieza a volverse peligroso.

– Pero fuiste tú la que me dijo que llamara al abogado, no voy a abandonar ahora que estoy tan cerca…

– Bueno, después de todo, ése es tu problema -soltó ella con voz cansada.

Agnès estaba dividida entre las ganas de ayudarme y sus propias angustias, que se traslucían en la tensión de su voz y en su mirada. Me avergonzaba abusar así de su ayuda y de su hospitalidad en un momento tan delicado. Ella debió de notarlo y se esforzó por hacerme pensar en otra cosa proponiéndome una nueva noche de películas de vídeo… Preparó la cena para los dos y eligió una vieja comedia americana de su biblioteca.

Esa mujer era de una generosidad profunda y sincera, abandonada, que me conmovía sin que pudiera expresar mi reconocimiento. Varias veces durante la película, noté que su mano se cerraba en torno a la mía con una discreta ternura. Pero ni uno ni otro nos arriesgamos a llevar más allá esas tímidas señales de afecto.

Hacia las once, el teléfono de Agnès empezó a sonar. Ella se levantó y se fue a su habitación para estar a solas. Tras la puerta, oí que el tono de su voz subía progresivamente, y con rapidez la conversación se transformó en una larga disputa. No distinguía más que algunas palabras, pero era bastante para comprender quién estaba al otro lado del teléfono: su marido. Y las cosas eran, sin duda, más complejas de lo que Agnès me había dado a entender.

Cuando su voz acabó por extinguirse, un silencio pesado invadió el apartamento. No me atreví a moverme, aunque estaba seguro de que ella estaba llorando, sola, tirada sobre la cama. Me resistí al deseo de reunirme con ella en su habitación para darle algo del consuelo que seguramente necesitaba, pero no habría sabido encontrar las palabras adecuadas. No la conocía lo suficientemente bien, aunque no conocía a nadie tanto como a esa mujer.

Agnès no volvió al salón. Me acosté hacia la una de la mañana, terriblemente inquieto, silenciosamente desolado.

57.

El lunes por la mañana, de nuevo solo en el apartamento, me preparé para el día. Después de desayunar rápidamente, encendí el ordenador de Agnès. Me conecté al foro en el que habíamos intentado contactar con el misterioso SpHiNx, y descubrí que teníamos una respuesta. Sentí que el pánico y la emoción se adueñaban de todo mi ser de golpe. No me atreví a leerla sin el permiso de Agnès. Después de todo, era su correo.

No había cruzado ni una palabra con ella desde su pelea de la víspera con su marido. Se había ido al amanecer, antes de que yo me despertara. Dudé durante un instante, y después la llamé a su móvil.

– Buenos días, Vigo -dijo ella en voz baja.

– ¿Te molesto?

– Estoy en la oficina, pero te escucho.

– Hemos recibido una respuesta de SpHiNx.

Ella se quedó en silencio durante un momento.

– ¿La has leído?

– No.

– Pues, venga, hazlo.

Me puse a hacerlo. El mensaje sólo consistía en unas pocas líneas. Las leí en voz alta: «Señora, salga enseguida -ENSEGUIDA- de su apartamento. Está usted en peligro. Y dígale a Vigo que no utilice más su móvil. Nos pondremos en contacto rápidamente. SpHiNx».

Empecé a temblar.

– ¿A qué hora ha llegado el mensaje? -me apresuró Agnès al teléfono.

Miré el encabezamiento del correo electrónico.

– Ha sido enviado a las siete y cincuenta y cuatro minutos de la mañana.

– ¡Vigo, cuelga enseguida y sal del apartamento! Reúnete conmigo enfrente del restaurante. -¿Eh?

– ¡Cuelga, maldita sea! Y apaga tu móvil, y sobre todo no lo vuelvas a encender.

Corté la conversación y apagué enseguida mi móvil. Pensé durante un momento, intentando no ceder ante el pánico. Agnès tenía razón. No había ni un instante que perder. Ambos sabíamos que el hacker era de fiar, lo que habíamos comprobado con su primer mensaje, así que no podíamos correr el riesgo de ignorar sus consejos. Tenía que apresurarme. Mucho. Razonar y actuar rápidamente. Sin esperar ni un segundo más, corrí al salón, cogí mi mochila y metí en ella mis cosas. Eché una última ojeada al apartamento y después me precipité a la entrada, cogí mi abrigo y me fui.

Cuando llegué a la escalera, me di cuenta de que el ascensor estaba subiendo por el ruido característico de los cables al deslizarse. La cabina estaba de camino, se acercaba lentamente. «Está usted en peligro.» El mensaje del hacker estaba claro. Alguien podía llegar de un momento a otro al apartamento. ¿Podía ser que fueran ellos ya? Di media vuelta y abrí la puerta de la escalera de emergencia. Bajé los escalones de cuatro en cuatro. Cuando hube llegado a la planta baja, me paré justo frente a la puerta. ¿Y si habían puesto a alguien frente al edificio? Decidí huir por el aparcamiento.

Di de nuevo media vuelta y bajé los escalones que llevaban al primer sótano. La luz se apagó. Dudé. Decidí no volver a darle al interruptor. A ciegas, busqué la puerta que llevaba al aparcamiento. Mi mano encontró una empuñadura. Abrí.

Las filas de coches estaban iluminadas por las débiles luces verdes de los paneles de las salidas de emergencia. No había nadie, ni un ruido. Mi corazón latía fuerte. ¿Y si me daba de bruces con uno de esos tipos? Volvía a ver a uno de mis dos perseguidores de la Défense, con sus chándales grises. Esperaba que, en cualquier momento, esos tipos aparecieran al volante de un coche, con los faros encendidos, y se me echaran encima.

Pero no, no había nada que temer. No había nadie. Hice acopio de todo mi valor y avancé por la penumbra. Con todos mis sentidos alertas, bordeé los capós de los coches alineados. Vi la rampa de salida frente a mí. Aceleré el paso. De repente, un motor se encendió frente a mí. Me giré. Vi los faros de un coche oscuro encenderse. Me asusté. Me precipité detrás de un coche y me agaché. El coche salió lentamente de su plaza y giró hacia mí. La luz de los faros me cegó. Me agaché aún más. Sentía la sangre latirme en las sienes, el sudor que se deslizaba por mi espalda y por la palma de mis manos. El coche se acercó. Apreté los dientes. Cuando llegó a mi altura, me incliné para ver al conductor. Solté un suspiro de alivio. Era una anciana, pegada al volante.

El coche se paró frente a la salida del aparcamiento. La conductora introdujo su tarjeta en el lector magnético. La puerta se abrió. La dejé salir y luego corrí tras ella para aprovechar que la puerta estaba abierta. Con la espalda encorvada, subí rápidamente por la larga rampa. Cuando llegué arriba, me pegué a la pared; después avancé con prudencia hacia la calle. De puntillas, eché una ojeada a la izquierda. La entrada del edificio estaba a unos quince metros. Y, como había temido, un hombre estaba vigilando la puerta. No llevaba un chándal gris, pero no parecía inocente. Con chaqueta de cuero, las manos en los bolsillos y el pelo rapado, parecía el portero de una discoteca. Estaba seguro de que era uno de ellos. Uno de los dos tipos que me habían perseguido.

Eché la cabeza hacia atrás, con el aliento entrecortado. Dudé durante un instante. Tenía que hallar una manera de irme del lugar lo más rápido posible. Seguramente arriba habría otros tipos, y cuando hubieran descubierto que el apartamento estaba vacío, vendrían a buscarme por los alrededores del inmueble.

Lancé de nuevo una mirada a la entrada. Esperé durante unos segundos, y cuando el tipo se puso de espaldas, me fui corriendo hacia el lado opuesto. Recorrí la pared con rapidez, sin darme la vuelta, y giré en la primera calle a la derecha.

Agnès me había pedido que me reuniera con ella frente al restaurante. No había precisado frente a cuál, al suponer que podían estar escuchando nuestra conversación; pero estaba casi seguro de que se refería al Parfait Silence, donde habíamos cenado. Si se hubiera tratado del Wepler, sin duda ella habría dicho «el bar». Esperaba no equivocarme. Continué corriendo, crucé dos calles, después me paré para ver si me habían seguido. No vi a nadie detrás de mí. Sin embargo, no era motivo para aminorar la marcha. Retomé mi carrera de inmediato y sólo me paré cuando tuve a la vista el restaurante.

Agnès no había llegado todavía. Por precaución, me quedé a cierta distancia. Refugiado bajo el porche de un edificio, esperé, con el corazón a cien por hora. Unos diez minutos más tarde, la vi llegar a paso rápido. Me adelanté y le hice una señal. Ella me vio y vino corriendo hasta mí.

– ¿Todo va bien? -me preguntó sin aliento.

– Sí, estoy bien, pero creo que los tipos están en tu casa.

– ¿Estás seguro?

– He oído subir el ascensor, he salido por el aparcamiento y he visto que un tipo vigilaba la entrada del edificio.

– ¡Mierda! Esto ha ido demasiado lejos, Vigo. Tengo que avisar al procurador.

– ¡No!

– No empieces otra vez. ¡Escucha, soy yo la que está en peligro! ¡Y si verdaderamente unos tipos están registrando mi apartamento, creo que tengo el derecho, si no el deber, de hacer algo!

– Espera, al menos, a que haya visto al abogado. Si quieres, ven conmigo, y después haz lo que te parezca bien.

Ella sacudió la cabeza.

– ¡Mira que eres jodido! ¿A qué hora tienes que verlo?

– A las once.

– Está bien. Espera.

La vi sacar el teléfono móvil y marcar un número rápidamente. Se puso a dar vueltas por la acera, con el teléfono pegado a la mejilla. Después, oí su conversación: «¿Michel? Soy Agnès. Sí… Dime, necesito que me hagas un gran favor, allí… ¡Sí, cada cosa a su tiempo, amigo mío! Creo que unos tipos están poniendo patas arriba mi apartamento… No tengo tiempo de explicártelo… No puedo ir, tengo una… una urgencia. ¿Puedes pasarte con dos agentes? Sí. Gracias, amigo, te devolveré el favor. Tenme al corriente». Ella colgó, después vino hacia mí.

– Ven, vamos a buscar mi coche, te llevo a ver a tu abogado.

– ¿Estás… segura?

– Claro. Vamos.

Caminamos con paso rápido hacia la comisaría central. Miraba regularmente hacia atrás para verificar que no nos estaban siguiendo. Cuando llegamos a la Rue de Clignancourt, Agnès se fue a buscar su coche al aparcamiento de la comisaría, después nos encaminamos hacia el primer distrito.

Sentado tranquilamente a su lado, percibí con claridad la tensión de Agnès. Su cabeza echaba humo. Acabó por decirme lo que le carcomía el ánimo.

– Vigo, vamos a tu famosa cita, y después, se acabó, ¿de acuerdo? Esto se está volviendo demasiado peligroso. Hay que avisar a un juez.

Asentí con la cabeza sin decir nada. En el fondo, la generosidad de Agnès no tenía límite. Mis enemigos invisibles estaban revolviendo su apartamento, y a pesar de todo, prefería seguir ocupándose de mí…

– Esta mañana, he intentado ver al comandante Berger, el colega del que te había hablado y que trabajaba en el Equipo de Investigación y de Intervención de las Alcantarillas, para comentarle tu asunto con las catacumbas… Desgraciadamente, se ha retirado.

Sin apartar los ojos de la carretera, me dio un trocito de papel.

– Toma, éste es su número personal. Puedes intentar contactar con él de mi parte, pero no estoy segura de que te pueda ayudar.

– Gracias. Gracias por todo, Agnès.

Ella se quedó en silencio durante el resto del trayecto. Un poco antes de las once, llegamos frente al palacio de justicia.

58.

– ¿Señor Blenod?

El hombre asintió. Era grande, delgado, con los cabellos morenos y canosos, y flotaba dentro de un traje negro y demasiado grande. Bajo su brazo, llevaba una cartera de cuero marrón. Tenía la mirada hastiada y los gestos apresurados de un hombre de negocios.

– Le agradezco que haya aceptado reunirse conmigo.

– No nos quedemos aquí.

El abogado parecía estresado. Le seguimos al otro lado del bulevar, después nos guió a una callejuela situada un poco más lejos. Inspeccionó escrupulosamente los dos lados de la calle, y después me miró directamente a los ojos.

– ¿Puedo saber cómo se llama usted?

– Prefiero permanecer en el anonimato.

– Entonces, le voy a tener que decir adiós, señor.

El abogado dio media vuelta. Yo lo retuve por el brazo.

– ¡Espere!

– Lo siento, pero en un caso como éste, no estoy dispuesto a hablar con un desconocido… Necesito saber con quien trato.

– No puedo dar mi nombre -le expliqué-. Ya estoy bastante implicado en este asunto.

– Puedo prometerle que no revelaré su nombre a nadie… Tengo derecho a proteger mis fuentes.

– ¿Cómo podría estar seguro?

– Es una cuestión de mutua confianza. Usted decide.

Me giré hacia Agnès con una mirada inquisitiva. Con un gesto de la cabeza, me animó a que le diera mi nombre. La idea no me gustaba demasiado, pero debía confiar en el abogado.

– Me llamo Vigo Ravel.

El abogado pareció escéptico.

– ¿Ravel? ¿Puedo ver su carné de identidad?

Arqueé las cejas.

– ¿Perdón?

– He aceptado reunirme con usted sin la menor información tangible, sin saber quién era usted… Le ruego que me disculpe, pero me parece que tengo derecho al menos a asegurarme de su identidad.

Sonreí. El pobre hombre no sabía que yo mismo era incapaz de estar seguro de nada sobre mi identidad… Él no podía captar la ironía de su pregunta. Saqué mi cartera y le di mis papeles, aunque fueran falsos.

– Bien. ¿Y la señora?

– Agnès Fedjer. Soy teniente de policía -dijo ella, a la vez que sacaba su identificación.

Él pareció sorprendido.

– ¿Teniente de policía? ¿Es una broma?

– No. Estoy aquí a título privado -replicó ella-. Asisto al señor Ravel.

El abogado meneó la cabeza.

– Lo siento, pero preferiría entrevistarme a solas con usted, señor Ravel.

– ¿Por qué?

– No parece usted darse cuenta de la situación, señor. Mi cliente todavía está bajo custodia, no debería estar aquí. El señor Reynald es sospechoso de haber cometido un acto terrorista que les ha costado la vida a dos mil seiscientas personas, así que permítame que le diga que no están bromeando los de allá arriba. Tengo al juez de instrucción pegado a la espalda. Jamás he estado bajo tanta presión. Comprenderá usted que no me apetezca mucho que un teniente de policía participe en nuestra conversación, sea cual sea su relación con la señora.

Me apresuré a protestar, pero Agnès me cogió por el brazo y respondió en mi lugar.

– No hay problema, señor, lo comprendo. Vigo, te espero en el café -dijo señalando una brasería en la esquina del Boulevard du Palais y de la Rue de Lutèce.

Ella se alejó a paso rápido, sin esperar mi respuesta. Suspiré. ¡La presencia de Agnès hubiera sido tan tranquilizadora! Tendría que arreglármelas solo.

– No me guarde rencor, pero la situación es particularmente tensa, me veo obligado a tomar precauciones. A decir verdad, no sé ni siquiera por qué he aceptado reunirme con usted, espero que sus informaciones…

– Vamos, señor -le corté-. Sabe usted muy bien por qué ha aceptado reunirse conmigo.

– ¿Ah, sí?

– Sí.

Él se quedó en silencio. Estaba seguro de no equivocarme. Su silencio lo había traicionado el día anterior, cuando mencioné el nombre del gabinete Mater.

– ¿Y si vamos a hablar de todo esto a un café? -propuse.

– No -respondió el abogado-. Dada la importancia de este caso, me vigilan de cerca. No creo que el juez quisiera hacer la vista gorda. Vamos a dar una vuelta en coche, es más seguro.

– ¿En coche?

– Sí, estoy aparcado justo allí -dijo él señalando el final de la calle.

Me estremecí. No me gustaba mucho la idea de entrar en el coche de un desconocido en quien no tenía confianza alguna, pero parecía que no tenía otra opción.

– Entendido.

Lo seguí hasta su pequeño Mercedes gris, me senté a su lado, dejando la mochila a mis pies, bastante incómodo, y después él arrancó el motor y se dirigió hacia la Place Saint-Michel.

Encendió la radio, sintonizó una emisora musical y subió bastante el volumen.

– En primer lugar, quiero dejar clara una cosa. Todo lo que mi cliente me haya podido confiar estando bajo custodia es secreto de sumario. Así que no espere que le diga nada. ¿Está claro?

– Perfectamente.

– Bien, le escucho -dijo él finalmente, mientras cruzábamos el Sena.

Inspiré profundamente. No me había preparado lo suficiente para la entrevista. Debía procurar no decir demasiado, pero sí lo suficiente para conseguir su confianza, de manera que él me diera también su información. Me temía que aquella conversación se iba a convertir en una verdadera partida de ajedrez.

– Bueno, vamos a ver -empecé, a la vez que me aclaraba la garganta-, me encuentro en una situación que parece asemejarse bastante a la de su cliente, y no me acabo de creer que sea una coincidencia.

– ¿Qué quiere usted decir?

– Durante más de diez años, me han tratado, después de que me diagnosticaran un esquizofrenia paranoica aguda, en un gabinete médico que se encontraba en la torre SEAM: el gabinete Mater… Sin embargo, desde el atentado, he descubierto cosas perturbadoras sobre ese gabinete. La cuestión que me planteo, por tanto, es la siguiente: ¿era su cliente paciente de ese gabinete?

– No puedo darle esa información.

Me estremecí. No iba a ser fácil hacer hablar al abogado. Sin embargo, necesitaba una confirmación: ¿tenía el gabinete Mater alguna relación con el atentado y con Reynald? La reacción del abogado el día anterior me permitía creerlo, cierto, pero necesitaba estar seguro.

– Señor, comprendo su punto de vista, y le prometo que puedo darle información útil para la defensa de su cliente. Pero ¿por qué iba a dar información alguna sin ni siquiera saber si andamos tras la misma pista? El que su cliente frecuentara o no el gabinete Mater no viola el secreto de sumario…

Llegamos a un semáforo en rojo. El coche se paró. El abogado se volvió hacia mí y se me quedó mirando.

– Señor, estoy dispuesto a darle algo a cambio si lo que tiene que decirme puede ayudarme realmente en algo. Es un toma y daca.

Señaló la cartera de cuero que estaba en el asiento trasero.

– Le he preparado un dosier que contiene algunas informaciones. Nada que viole el secreto de sumario, cierto, nada que se haya dicho durante los interrogatorios; pero tal vez haya cosas que puedan ayudarle. Usted decide.

Era la segunda vez que me soltaba esa réplica: «Usted decide». Empezaba a irritarme de verdad. Eché una ojeada hacia la cartera de detrás.

– ¡Pero si no sé lo que hay en ese dosier! -protesté.

– Le he fotocopiado el dosier que he elaborado sobre el señor Reynald, contiene la información que he podido reunir. No es gran cosa, pero estoy seguro de que le interesará. De todos modos, tiene usted que entender una cosa: por ahora, no sé prácticamente nada. Mientras mi cliente esté bajo custodia, no tengo acceso al sumario. Y sólo he podido mantener con él dos entrevistas, de una media hora cada una. Si tiene usted alguna información que pueda ayudarme, estoy dispuesto a escucharle.

Dudé. Tenía que decidir si podía revelar al abogado la información que, sin duda, era la principal pista en ese caso, si creíamos en las palabras del hacker: el Protocolo 88. No sabía todavía de qué se trataba; pero, a juzgar por el mensaje de SpHiNx, ese protocolo era el núcleo del asunto que teníamos entre manos. Confiarle aquella referencia era arriesgado. Después de todo, tenía tantas razones para desconfiar de ese abogado como del procurador al que Agnès quería avisar a toda costa… No. Sería mejor que me guardara para mí el Protocolo 88. ¿Y si le hablaba de la misteriosa sociedad Dermod, que, como había descubierto Agnès, era propietaria del apartamento de mis padres? De una manera o de otra, estaba seguro de que esa sociedad estaba vinculada a esta historia. Pero, de nuevo, era una información preciosa. Por otro lado, podía hablarle de Feuerberg. Desconocía si la sociedad en la que había trabajado durante tanto tiempo estaba mezclada en todo esto, pero tenía buenas razones para suponerlo: mi jefe me había traicionado y parecía estar conspirando con el doctor Guillaume, y acababan de vaciar misteriosamente las oficinas.

– Señor, estoy lejos de poseer la verdad sobre este asunto, pero creo que su cliente y yo somos víctimas de la misma conspiración.

– ¿Una conspiración?

– Sí. Seguramente, usted habrá llevado a cabo sus propias investigaciones sobre el gabinete Mater…

No respondió.

– Por tanto, sabe usted que, oficialmente, ese gabinete no existe. Sin embargo, su cliente y yo mismo hemos acudido a él durante años. Alguien estaba interesado en seguir, al menos, a dos pacientes esquizofrénicos en un gabinete médico no declarado, oculto en una torre de la Défense. ¿Por qué? Lo ignoro todavía.

– Todas esas cosas no son más que suposiciones… Usted me había prometido datos.

Sonreí. Al abogado no se le podía dar gato por liebre.

– Estoy dispuesto a revelarle el nombre de una sociedad de la que sospecho, por buenos motivos, que tiene vínculos directos con esa conspiración.

– Le escucho.

Titubeé. Tenía la impresión de darle un elemento clave de la investigación en bandeja de plata. Pero, después de todo, tal vez ése era el precio que había que pagar para hallar nuevas pistas. Toda información podía ser útil. Era más fuerte que yo, deseaba saber lo que tenía en su maldito dosier. En el fondo, tal vez era también una forma de contentar a Agnès: al poner al abogado tras la pista de Feuerberg, indirectamente alertaba a la justicia, sin tener necesidad de avisar yo mismo a un procurador, y evitaba mojarme en ese asunto.

Me decidí a revelarle al abogado el nombre de Feuerberg. Nada más.

– Tengo buenas razones para creer que el gabinete Mater, o en todo caso el doctor Guillaume, está vinculado a una empresa de patentes llamada Feuerberg.

El abogado frunció el ceño. Adiviné, enseguida, que no era tampoco la primera vez que oía ese nombre.

– ¿Le dice algo ese nombre? -pregunté.

– No.

Podría haber jurado que estaba mintiendo.

– Pues bien, ahí tiene una pista importante. Las oficinas de Feuerberg acaban de ser desmanteladas, como por casualidad. Además, estoy casi seguro de que el director de la empresa, el señor De Telême, estaba al corriente de la conspiración de la que su cliente y yo somos víctimas.

– Una vez mas, señor, no dice más que suposiciones…

– No. No es una suposición. Es una pista. Sólo tiene que ir usted mismo a la sede social de la empresa Feuerberg, y verá que allí pasa algo raro.

El abogado asintió.

– ¿Es todo lo que puede decirme?

– Eso debería de ayudarlo mucho. Investigue sobre Feuerberg y sobre el gabinete Mater, y encontrará la base para la defensa de su cliente.

– Eso espero. Me ha dado una información bastante escasa.

El abogado tenía cara de decepción, pero yo estaba seguro de que mis informaciones le resultarían particularmente útiles.

– Su turno. ¿Qué puede decirme sobre el señor Reynald?

– Verá toda la información en el dosier.

– ¿Piensa usted que es realmente esquizofrénico? -insistí.

El abogado pareció asombrado.

– ¿Qué quiere usted decir?

– ¿Tiene pinta de ser de verdad esquizofrénico?

El señor Blenod dudó.

– Eso lo tendrán que decidir los expertos… Sin embargo, sus afirmaciones son bastante confusas, incluso incoherentes; sufre manía persecutoria.

– Si habla de la misma persecución que yo, tal vez no sean delirios -susurré-. Aunque ése sea un trastorno típico de la esquizofrenia, tiene usted que reconocer que la historia del gabinete Mater es inquietante…

– Tal vez, todavía hay que verificarlo.

Sonreí al pensar que el abogado me podía estar tomando, quizá, por un tipo tan loco como su cliente. Pero eso no tenía demasiada importancia.

– ¿Algo más?

– Lo único que tiene que hacer es leer el dosier. Y si puedo darle un consejo, en su lugar, yo me olvidaría de esta investigación… Si continúa metiendo las narices, la policía acabará echándosele encima.

En ese preciso momento, observé algo extraño, algo que me podría haber pasado inadvertido, pero que, casualmente, vi por el rabillo del ojo, como una imagen subliminal o una diapositiva furtiva.

Acabábamos de pasar por delante del palacio de justicia, y, en lugar de detenerse, el abogado había girado por una calle a la izquierda. De entrada, creí que buscaba un sitio para aparcar; pero comprendí al instante que estaba tramando algo completamente diferente. El abogado parecía cada vez más nervioso, cuando, de repente, a lo lejos, vi la silueta de dos hombres. De un solo vistazo, a través del cristal, estuve seguro de haberlos reconocido. Eran mis dos perseguidores de la Défense, con sus chándales grises.

Observé al abogado y vi en su mirada huidiza que me había traicionado. Pensaba entregarme al enemigo.

No me tomé tiempo para pensar y me dejé guiar por el instinto, limitándome a ser espectador de mis propios reflejos. Con un movimiento brusco, agarré el volante del coche y lo volví de un solo golpe hacia la derecha. El Mercedes giró con un chirrido de neumáticos y se empotró de inmediato contra una camioneta aparcada junto a la acera. El choque fue de una violencia insospechada. Hubo un gran estruendo, provocado por el ruido del destrozo de la chapa y del cristal al volar en pedazos. Nuestros cuerpos fueron proyectados hacia delante y detenidos en seco por los airbags blancos.

Ni por un solo instante perdí el dominio de mis actos, el sentido de la urgencia. O más bien fue como si alguien, una especie de conciencia extralúcida, hubiera tomado el control de mis movimientos. Con gestos seguros y precisos, me desabroché el cinturón de seguridad, abrí la puerta tanto como pude y me desembaracé de la bolsa blanca hinchada contra mi pecho. Me deslicé por la pequeña abertura, cogí mi mochila y el dosier que estaba en la cartera del abogado, en el asiento trasero. Me deslicé, entonces, con agilidad entre la camioneta y el coche. Una vez en la calle, empecé de inmediato a correr, abandonando tras de mí el cuerpo inerte del abogado, cuya mirada petrificada había percibido brevemente.

Tras encaminarme en dirección opuesta, no me giré ni una sola vez. Sabía perfectamente que me pisaban los talones. Oía a lo lejos el traqueteo de sus pasos en la calle. Pero, por una vez, tenía ventaja, y el factor sorpresa, sin duda, jugaba a mi favor. Corrí con todas mis fuerzas, con el puño apretado contra la carpeta del abogado; cambié en varias ocasiones de dirección, corriendo riesgos insensatos al cruzar, sin disminuir la marcha, calles por donde pasaban coches a toda velocidad. En varias ocasiones, estuve a punto de ser atropellado; pero corrí cada vez más, movido por una fuerza invisible, compuesta de rabia y de frustración. Llegué enseguida a las orillas del Sena, me escabullí entre los turistas, que no salían de su asombro, y después, como había hecho en la Défense, salté a un autobús unos segundos antes de que las puertas se cerraran.

El chófer me miró extrañado, después arrancó y se limitó a preocuparse de la circulación. Eché una ojeada a la calle. En esa ocasión, estuve seguro de que los dos tipos no me habían visto entrar. Los vi al otro lado del cruce, desamparados, mirando a todos lados para intentar encontrar algún rastro de mí. Bajo la mirada de reprobación de una anciana sentada al fondo del autobús, levanté el dedo corazón de la mano derecha y lo agité en su dirección.

Tras recobrar el aliento, deslicé el dosier del abogado en mi mochila, y después me fui a sentar en un asiento individual, donde me acomodé con gran alivio. Me quedé así durante un buen rato, paralizado, esperando a que los latidos de mi corazón recobraran un ritmo normal, antes de darme cuenta de que me había olvidado de Agnès.

Me enderecé en mi asiento y metí la mano en el bolsillo para coger mi teléfono móvil. Dudé durante un momento antes de encenderlo. En su mensaje, el hacker me había recomendado firmemente apagarlo y no utilizarlo más, pero tenía que avisar a Agnès a cualquier precio. No tenía opción. Lo encendí. Vi, entonces, en la pantalla el símbolo que indicaba que tenía un mensaje. Consulté, de inmediato, mi contestador.

«¡Vigo! Soy yo. ¿Dónde estás? Empiezo a preocuparme seriamente. Bueno. Espero que no te haya pasado nada… Lo siento, pero no puedo esperarte más… Han saqueado mi apartamento, mis colegas me esperan, tengo que irme para allá. Me voy. Llámame enseguida.»

Marqué sin esperar su número. Yo también me encontré con su contestador. Dudé. ¿Cómo podía explicárselo? Sonó la señal para que dejara el mensaje en mi oído. Puse una mano delante de mi boca para evitar que los otros pasajeros me oyeran e intenté ser breve.

«Agnès… Soy yo… Estoy bien… Pero era una trampa. El abogado está de su lado. Me he visto obligado a huir. No sé muy bien qué hacer. Espero noticias tuyas, pero tengo que apagar mi móvil. Déjame un mensaje de texto, y yo lo verificaré regularmente… Te mando un beso.»

59.

Me pasé una buena parte de la tarde vagabundeando por el Barrio Latino, todavía aturdido por el giro que habían tomado los acontecimientos. No acababa de creer que el abogado hubiera podido traicionarme así. Y sobre todo no comprendía por qué había actuado así… ¿Por qué no me había entregado de entrada a los hombres del chándal gris? ¿Qué necesidad había de montar esa mascarada? ¿Tal vez esperaba sacarme la información antes de que me pusieran las garras encima? Ésa era, sin duda, la mejor explicación. Pero me molestaba haberme dejado engañar así. Y sobre todo me preguntaba qué podía hacer ahora. Por supuesto, por el momento estaba fuera de cuestión pensar en reunirme con Agnès. Me había quedado a mi suerte, y eso me angustiaba terriblemente.

Al final de la tarde, cuando caminaba en dirección al Odéon, empecé a notar, de repente, los síntomas de una crisis epiléptica: la migraña, el zumbido, la pérdida de equilibrio, la vista que se nubla… Enseguida, lo sabía, las voces, los pensamientos de todas esas personas que me rodeaban, iban a inundarme. ¡No! ¡No quería oírlas más, no quería volver a sentirlas! No soportaba más mi indefensión ante mi cerebro enfermo! Tenía que haber algún medio de resistirme, de defenderme.

Titubeante, me precipité hacia un banco en el que me dejé caer como un peso muerto. Doblado en dos, me cogí la cabeza entre las manos e intenté dejar la mente en blanco, expulsar el mundo exterior, los ruidos, los olores, los colores. Pero los susurros llegaron lentamente, penetrantes, envolviéndome, como una cantinela confusa. Tras recordar que había funcionado en casa de Agnès, me concentré de nuevo en la frase misteriosa de la torre SEAM. «Brotes transcraneanos…» Una a una, repetí esas palabras sin sentido, como si se tratara de una fórmula mágica. Y, progresivamente, el dolor de mi frente desapareció y los murmullos se alejaron. Poco a poco, las voces se fueron callando. Abrí los ojos. El mundo se había vuelto claro, único, fluido en su reconfortante normalidad. Había vencido la crisis.

Me levanté y volví a conseguir cierta calma, o al menos, algo parecido a la calma.

Pero ahora, ¿qué podía hacer? ¿Dónde iba a ir? Había vuelto al punto de partida, me veía confrontado a mi soledad y a mi único juicio, que, había que admitirlo, era todavía frágil.

Pensé un momento en el dosier del abogado que llevaba en la mochila. Estaba impaciente por ver qué contenía, pero la calle no era el mejor sitio para leerlo. Demasiados peligros. Tendría que esperar. De todas maneras, tenía que encontrar alguna habitación de hotel. Entonces, podría consultarlo con calma.

Retomé mi camino por el barrio estudiantil, con la cabeza escondida entre los hombros, e intenté poner cierto orden y resumir metódicamente el total de mis descubrimientos. En el fondo, mi investigación empezaba a tomar forma, empezaba a ver las cosas con más claridad; tenía incluso algunas convicciones. Pero todavía quedaban muchas preguntas, y tenía que avanzar, con o sin Agnès. Me pregunté dónde podía estar en ese momento. Decidí comprobar mi teléfono móvil y, en efecto, me había dejado un mensaje de texto.

Me apoyé contra una pared y leí el mensaje.

«Vigo, he recibido tu mensaje. Me has tranquilizado, pero preocúpate por ti. Por mi parte… Difícil decirte esto por SMS. Te dejo un mensaje en Internet, en nuestra bandeja de entrada, en el foro. Sé prudente.»

Mi corazón se puso a mil por hora. ¿Qué había querido decir? «Difícil decirte esto por SMS.» ¿Qué quería anunciarme? Su prudencia… Sólo podían ser malas noticias. No pude evitar que se apoderara de mí la ansiedad y me preparé para lo peor.

Impaciente e inquieto, me puse enseguida a buscar un cibercafé. ¡No podían escasear en ese barrio! Empecé a caminar más rápido, casi corriendo. Unas calles más allá, vi por fin una pequeña tienda que parecía responder a lo que estaba buscando. A través del escaparate, podían verse filas de ordenadores, jóvenes inclinados sobre sus pantallas con auriculares en las orejas… Crucé apresuradamente la calle, y después entré en el cibercafé. La sangre me latía cada vez más fuerte en las venas, y sentía que se me hacía un nudo en la garganta.

Un tipo en la entrada me hizo un gesto para indicarme que me sentara donde quisiera. Entré en la mal iluminada habitación y me instalé frente a un ordenador, lo más lejos posible de la calle.

Me conecté a Internet y encontré sin dificultad el foro en el que contactamos con SpHiNx por primera vez. Tecleé la contraseña para acceder a la cuenta que Agnès nos había creado. Entonces, vi su mensaje. Con la mano temblorosa, cliqué sobre el icono. Mis peores temores se confirmaron.

Vigo… Me gustaría poder decirte esto de viva voz, pero las circunstancias no lo permiten… Y, visiblemente, debes evitar utilizar tu teléfono…

En el fondo, tal vez es mejor que te lo diga por escrito. No sé si habría tenido las fuerzas necesarias para decírtelo de otro modo.

Creo… Creo que no voy a poder seguir ayudándote. Todo esto ha pasado en un mal momento… En el peor momento posible. Me cuesta mucho abandonarte así, pero esto se ha complicado mucho. Extremadamente.

Luc me ha vuelto a llamar. No puedo mentirme a mí misma. Tengo que arreglar las cosas con él. Es mi marido… Ya no sé en qué lugar me encuentro. En qué lugar estamos. Creo que me voy a ir durante unos días. Me cogeré una baja y me iré con él a Suiza para intentar arreglar las cosas si todavía es posible. De todas maneras, no me irá mal alejarme un poco de todo esto. Tal vez sea mejor para los dos.

Espero que no me lo reproches, y que lo entiendas. Me importas mucho, Vigo. Mucho. Más de lo que haya sabido decirte. Pero es un mal momento.

Si tan sólo…

Tienes que saber que entiendo que necesites saber la verdad sobre tu historia, y respeto tu elección. Te admiro, incluso. Eres mucho más fuerte de lo que crees. Espero que lo consigas, pero yo no te puedo ayudar más.

Te prometo guardar silencio. Dejo en tus manos avisar si quieres al procurador. Creo que deberías hacerlo, pero después de todo, es cosa tuya. Dicho sea de paso, eres un jodido cabezota. Me recuerdas a mi padre.

En cuanto a mi apartamento, mis colegas estuvieron en él. ¡Los tipos lo habían destrozado todo y se habían llevado mi ordenador! No sé qué pueden encontrar, aparte del mensaje de SpHiNx; pero eso no tiene mucha importancia. Hemos denunciado un robo… Te escribo desde mi oficina.

Sé bueno y no intentes verme. Dame tiempo. Danos tiempo a los dos.

Excepto en caso de emergencia, claro.

Ánimo. Perdóname. Te voy a echar mucho de menos. Mucho.

Un beso,

Agnès

P.S.: Te he dejado un sobre en el restaurante, ve a ver a Jean-Michel de mi parte.

Me quedé un buen rato inmóvil en mi silla, asombrado y sin poder creerlo. El rostro de Agnès se hizo presente enseguida en mi mente. Lo vi, lleno de ella, alejarse, desaparecer lentamente sin que pudiera retenerlo. La idea de no verla más me torturaba el alma, me dejó desgarrado en tres o cuatro mil trozos.

Al notar que los otros clientes del cibercafé me miraban, luché para no ceder a las lágrimas que amenazaban con invadir esos ojos que amaban tanto mirarla. Hundí la mano en un bolsillo y la apreté contra mi teléfono apagado. Me habría gustado llamarla, detenerla, decirle que ella era lo mejor que me había pasado en mi vida de adulto, decirle que no quería perderla. Pero tenía que ver las cosas como eran: ella tenía razón, tal vez era mejor así. Yo no podía imponerle mi tren de vida, ni impedir que salvara su relación de pareja. Tenía que respetar su decisión. Tenía que ceder y resignarme.

Resignarme otra vez. Después de todo, mis hombros podían aguantar una vez más, tenían años de entrenamiento. Debía aceptarlo. Por el momento, en todo caso. Ya llegaría el momento de volver a verla, si todavía era posible… Pero por ahora, debía concentrarme en mi investigación.

Mi investigación. Tenía mucho que hacer, y podía aprovechar mi soledad para dedicarme por completo. Ésa fue, en todo caso, la mentira que le dije a mi corazón para evitar derrumbarme.

Y eso fue todo. En la penumbra de aquella pequeña tienda del Barrio Latino, aquel día extraño -al menos, tan extraño como los precedentes-, tomé conciencia de que volvía a estar solo. Dependía de mis propias fuerzas y me veía obligado a avanzar, a pesar de todo.

«Eres mucho más fuerte de lo que crees.»

Lentamente, levanté los ojos hacia la pantalla del ordenador. Para intentar alejar el dolor que me atenazaba el corazón, me forcé a reflexionar. Pensé enseguida en SpHiNx y en su último mensaje de esa misma mañana, que me había hecho dejar con urgencia el apartamento de Agnès. Era un mensaje, por lo menos, lacónico, escrito con prisa, pero que daba a entender que el hacker sabía mucho más que nosotros sobre lo que se estaba tramando en secreto. Tal vez había llegado el momento de ponerme en contacto con él y pedirle explicaciones…

Busqué su correo en los mensajes del foro y le envié un nuevo mensaje privado: «Aquí Vigo. Necesito información. Le ruego que me responda lo antes posible».

Me decidí enseguida a hacer algunas investigaciones sobre la sociedad Dermod. Puse la palabra en un buscador. Encontré más de 45.000 referencias. Al parecer, Dermod era un nombre irlandés bastante corriente. Se mencionaba a muchas personas llamadas así aquí y allá. Pero no parecía que hubiera ninguna sociedad de importación y exportación. En un sitio genealógico, descubrí con interés la etimología de la palabra. Provenía del gaélico, y significaba «hombre libre». No estaba seguro de que tuviera ni la menor importancia, pero, de todos modos, lo anoté en mi cuaderno Moleskine.

Unos minutos más tarde, mientras continuaba navegando a la búsqueda de posibles informaciones sobre la sociedad Dermod, una ventana se abrió para indicarme que había recibido un mensaje privado en el foro. Lo abrí.

«Vigo, aquí no… Este foro no es seguro. Estaremos mejor en el canal IRC de nuestro servidor. Conéctese enseguida a hacktiviste.com con el nombre de usuario de Vigo. En cuanto a ña contraseña, le toca a usted adivinarla…»

Fruncí el ceño. Tenía la impresión de estar en un folletín americano de mala calidad; pero si quería saber más, me veía obligado a seguirle el juego. Seguí las instrucciones del hacker. Tecleé la dirección del servidor en el navegador.

Una ventana se abrió y me pidió mi nombre de usuario y una contraseña. En cuanto al primero, tecleé «Vigo»; pero, respecto a la contraseña, iba a tener que adivinarlo yo solo… Dudé. Seguramente, debía de tener alguna relación con mi historia. Tecleé «protocolo88». No funcionó. Demasiado evidente. Probé con «feuerberg», y después con «dermod», con el mismo éxito. Me acordé, entonces, del asunto que había hecho célebre a SpHiNx, y tecleé «jordán». Tampoco era ésa. Lo intenté con «agnès», después con «ravel»… Pero seguían sin ser la contraseña. Elhacker tenía que haber elegido, a la fuerza, una palabra que él supiera que yo podía encontrar solo, y que yo también sabía que él conocía. Necesitaba, pues, una referencia común, que nos uniera. Volví a pensar en la primera vez que había visto el nombre de SpHiNx: en el hotel. Tecleé la palabra «Novalis». Pero tampoco, no era eso. Empecé a impacientarme. ¡Menuda idea! ¡Dejarme adivinar a mí solo la contraseña! ¡Había miles de contraseñas posibles! Reflexioné. ¿Qué había dicho elhacker exactamente? «En cuanto a la contraseña, le toca a usted adivinarla.» Sonreí. Tal vez era tan simple como eso. Tecleé «le toca a usted adivinarla». El navegador se conectó enseguida al sitio.

Era una página de alto diseño tecnológico, negra y verde fluorescente, con numerosas noticias colgadas, más o menos ligadas a la seguridad informática, o bien diversos casos candentes en los que debía de estar trabajando SpHiNx, como el grupo Carlyle, el programa «Petróleo por alimentos» en Irak, el grupo Bilderberg…

En la parte superior de la página, vi unos enlaces a varias subcategorías del sitio. Una de ellas se llamaba «canal IRC». Cliqué encima. Se abrió una ventana de conversación. Entonces, vi aparecer el nombre delhacker.

›¡Bravo! Ha encontrado usted la contraseña…

Las palabras aparecieron en la parte superior de la ventana, en verde sobre un fondo negro. El símbolo «›» parpadeaba en la línea, como si el ordenador esperara mi respuesta. Titubeé. Miré a mi alrededor. Nadie parecía prestarme atención. Me decidí a responder.

›Sí…

›Perdón por las precauciones. Nos vigilan de cerca. Pero aquí, estamos en nuestra casa, estamos tranquilos. Hemos cerrado todos los accesos.

Sonreí. Este tipo debía de estar todavía más paranoico que yo.

›¿Ha podido dejar el apartamento a tiempo?

›Sí.

›Perfecto. Nos temíamos que fuera demasiado tarde.

›¿Nos? ¿Sois varios?

›Sí. SpHiNx es un nombre de grupo…

›¿Y ahora, con quién hablo?

›Con dos de nosotros.

›¿Puedo saber sus nombres?

›¿Y en qué le ayudaría eso?

›Ni siquiera sé quiénes son, y ustedes parecen saber muchas cosas sobre mí.

›Bueno, considérenos dos ciberperiodistas de investigación.

›Eso no basta.

›Le daremos nuestros nombres cuando llegue el momento. No aquí.

Decidí no seguir insistiendo. Lo esencial seguía siendo sacarles el máximo de información, pero no podía evitar guardarles cierta desconfianza.

›¿Qué fin persiguen?

›¿A qué se refiere?

›SpHiNx… ¿Qué es su grupo? ¿A qué se dedica exactamente?

›Buscamos la verdad. Internet es el último lugar en el que la libertad de expresión tiene todavía cierto sentido.

›Si usted lo dice…

›Utilizamos la Red para denunciar escándalos políticos o financieros. Pensamos que el público tiene derecho a que lo pongan al corriente, y la prensa institucional no siempre hace su trabajo…

Todavía me costaba darme cuenta de que estaba conectado en línea con los tipos que me habían enviado ese misterioso mensaje a mi hotel. Para mí, habían sido completamente irreales. Y, sin embargo, en ese momento, estaba discutiendo con ellos. Quizá podría, al fin, saber más.

›¿Qué es lo que me garantiza que es usted quien dice ser y que usted quiere realmente ayudarme?

›Nada. Pero ahora sabe que el mensaje que le dejamos en su hotel estaba justificado. Y ya ha debido usted de hacer sus pequeñas investigaciones sobre nosotros, ¿no? Sabe usted que somos gente seria.

Gente seria, no estaba completamente seguro de ello… Pero Agnès había considerado que tenían una cierta credibilidad, que ya era algo. De todas maneras, no podía hacerme el difícil. Necesitaba desesperadamente informaciones.

›¿Su amiga está con usted?

¿Mi amiga? Probablemente conocían la identidad de Agnès. ¡Tenían que conocerla a la fuerza, porque nos habían recomendado que saliéramos de su apartamento! Tendría que acostumbrarme a que esos tipos supieran tantas cosas, y seguramente más de las que querían admitir.

›No. Ha preferido… retirarse de este asunto. Esos tipos han saqueado su apartamento…

›No ha sido muy astuto por su parte confiar en un policía…

›Ella es de fiar.

›Eso esperamos por su propio bien. No obstante, en el futuro, desconfíe.

Empezaba a impacientarme. No estaba seguro de que me gustara su condescendencia. Después de todo, estaba en mi derecho de desconfiar de ellos tanto como de Agnès. ¡No conocía su identidad, y nada me aseguraba que no trabajaran para el enemigo! Pero no era el momento de hacerse el difícil.

Decidí ir directo al grano.

›¿Qué es el Protocolo 88?

›Todavía no lo sabemos.

›Entonces, ¿por qué me ha dejado ese mensaje? ¿Y cómo está usted al corriente de todo este asunto?

›Dimos con ello por azar, mientras hacíamos unas investigaciones sobre otro caso.

›¿Qué caso?

›Nuestro servidor ha sido víctima de varios ataques durante los últimos meses. Desde luego, eso nos pasa todos los días; pero estos ataques eran especialmente perniciosos, y provenían todos de la misma fuente. No hemos podido identificar con precisión a los autores de esos ataques, pero hemos conseguido ver que se ejecutaban desde la sede social de una sociedadoffshore sobre la que estamos investigando.

›¿Qué sociedad?

›Dermod.

Fruncí el ceño. Dermod. La misteriosa sociedad que era propietaria del apartamento de mis padres. Así que había sido ella la que había puesto a loshackers tras mi pista.

›¿Qué sabe usted sobre Dermod?

›No gran cosa. Sabemos que es una especie de grupooffshore. Su ocupación principal es la importación y exportación, pero es verdaderamente difícil conocer sus actividades reales. Desde luego, no trabajan en el textil. Nos hemos preguntado por qué uno de sus miembros tendría interés en atacar nuestro pequeño sitio y, por tanto, hemos llevado a cabo una investigación. Al piratear una parte del servidor interno de Dermod, dimos con unos documentos asombrosos. Uno de ellos nos condujo hasta usted.

›¿Qué tipo de documentos?

›Estamos analizándolos. La mayoría están codificados, y no todo está muy claro. Pero, entre los que hemos podido descifrar, había una copia del contrato que unía a sus padres con la sociedad Dermod.

›¿Cómo?

›Me temo que esto puede entristecerlo…

›Empiezo a estar acostumbrado.

›Era un contrato entre sus padres y Dermod, que precisa específicamente la cantidad de la pensión que sus padres recibían a cambio de sus servicios.

›¿Sus servicios?

›Sí, aparentemente, la sociedad Dermod les pagaba, al menos desde 1991, para que se hicieran pasar por sus padres, bajo el nombre de Ravel, y para que se ocuparan de usted, a la vez que lo mantenían en la certidumbre de que era usted esquizofrénico.

Me estremecí. Desde luego, ya no era una sorpresa, pero averiguar que la conspiración de la que era víctima estaba detallada, negro sobre blanco, me aterrorizaba mucho más. No era más que un peón en un complot inverosímil. Me sentía a la vez estúpido y traicionado.

›Comprenderá usted que, al encontrar este contrato, nos dijimos que habíamos dado con algo enorme. El tipo de casos que nos interesan. Por tanto, quisimos saber algo más sobre sus padres, y así descubrimos que éstos habían desaparecido y que usted había huido, después de los atentados. En cuanto le encontramos, decidimos informarle de lo único que sabíamos con seguridad: «Usted no se llama Vigo Ravel y no es esquizofrénico». También encontramos una ficha sobre Gérard Reynald, el hombre que está acusado de haber cometido los atentados.

›¿Saben ustedes por qué la sociedad Dermod pagaba a esas personas para que se hicieran pasar por mis padres?

›No. Eso lo ignoramos. El contrato mencionaba un cierto Protocolo 88, sin precisar en qué consistía. Consideramos que era legítimo ponerle sobre la pista del famoso protocolo. Por el momento, intentamos saber más sobre la sociedad Dermod. En este momento, sólo sabemos que es el grupo al que pertenece el gabinete Mater, así como la sociedad Feuerberg, donde usted y Gérard trabajaban, y que es propietaria de su apartamento, así como del de Reynald.

¿Reynald había trabajado para Feuerberg? Sin embargo, creía no haber oído jamás ese nombre. Debía de haber trabajado en otro departamento… Después de todo, estábamos aislados los unos de los otros, enclaustrados, y nos relacionábamos muy poco. Pero, de todos modos, ¡podría haberme cruzado con él! En cuanto al hecho de que su apartamento perteneciera a Feuerberg… Se estaba volviendo difícil no ver en todo eso la prueba de una gigantesca conspiración.

›¿Están ustedes seguros de lo del apartamento?

›Sí.

›¿Dónde se encuentra?

Loshackers se tomaron su tiempo para responderme, o bien porque dudaran sobre si darme la información, o bien porque no la tuvieran a mano. Esperé.

›Avenue de Bouvines, en el distrito XI.

›¿En qué número?

›En el 18.

Escribí la dirección en mi cuaderno Moleskine.

›Gracias. ¿Y cómo han sabido ustedes dónde contactarme?

›No ha sido usted muy discreto, Vigo.

Tal vez no hubiera sido muy discreto, pero esos tipos se las habían ingeniado para encontrar el hotel en el que me escondía, después el apartamento de Agnès… ¡Debían de vigilarme de cerca y con medios probablemente muy modernos!

›¡Disponen de muchos medios para ser simpleshackers!

›No somos «simples hackers», señor Ravel. Digamos que somos bastante astutos. Y además, nuestra organización se beneficia de algunos apoyos financieros y logísticos… Hemos de creer que no somos los únicos enamorados de la verdad, en este país. Tenemos colaboradores muy generosos y buenas fuentes de información.

›Tenemos que reunimos.

›Sí. Pronto. Lo vamos a organizar todo. No obstante, en primer lugar, debemos verificar algunas pistas. Nos gustaría poder ayudarle, Vigo, darle nueva información; va a tener que ser paciente. Este asunto nos interesa particularmente. Visite regularmente este sitio, e intentaremos tenerle al corriente. Memorice esta nueva contraseña: AdB_4240. No la escriba en ninguna parte. La cambiaremos regularmente.

Me repetí varias veces el código para no olvidarlo.

›Hay un servidor de correo en letras mayúsculas en la derecha de la ventana. Funciona de forma parecida al foro en el que usted ha contactado con nosotros. Podremos dejarle mensajes en él, no dude en hacer lo mismo. Volveremos a ponernos en contacto lo antes posible.

›¡Esperen! ¿Y qué hago yo ahora?

›Evite hacerse notar. Instálese en un hotel bajo una falsa identidad, sea prudente, y espere nuestras noticias.

›¿De verdad no puedo utilizar mi móvil?

›No. Sobre todo, no lo haga. Incluso apagado, pueden localizarlo mediante triangulación. Tiene que quitarle la batería. Deshágase de él, es lo más sencillo. No sabemos si se trata de Dermod, pero hay una cosa segura: alguien le escucha y le busca.

›¿Cómo lo saben?

›¡Ahá! Nosotros también le escuchamos…

›¿Están de broma?

›No, lo sentimos, pero no con este caso. En el futuro, utilice cabinas telefónicas, y evite permanecer más de cuarenta segundos en línea. Le proporcionaremos un teléfono protegido lo antes posible. De hecho, tampoco debe permanecer jamás demasiado tiempo en un cibercafé, treinta minutos como máximo, y no vuelva jamás dos veces al mismo. Sea prudente, Vigo. Nosotros haremos lo que esté en nuestras manos para ayudarle.

›Gracias.

El pseudónimo de loshackers desapareció de la pantalla. Me desconecté de inmediato. Con su paranoia, los tipos de SpHiNx me habían puesto todavía más nervioso de lo que ya estaba. Pagué y salí enseguida del cibercafé. Una vez en la calle, tiré mi teléfono móvil a una papelera. Noté un pinchazo en el corazón. Con él, desaparecía toda posibilidad de que Agnès me pudiera telefonear algún día… Pero no tenía elección. En el fondo, si me espiaban, tal vez era una buena manera de protegerla también a ella.

Me puse en marcha, con la mirada perdida en el vacío. Empecé lentamente a tomar conciencia de todo lo que los hackers habían podido decirme. La situación era todavía más increíble de lo que había imaginado y, sobre todo, me sentía cada vez más vulnerable. Estaba seguro de que me espiaban por todas partes. Mientras caminaba, veía a enemigos en cada esquina. No me atrevía a cruzar la mirada con la gente. Estaba impaciente por ir a ponerme a salvo para leer el dosier del abogado. Pero antes de eso, me quedaba una cosa por hacer. En su mensaje, Agnès me había dicho que había dejado un sobre para mí en el restaurante. Cogí el autobús y me dirigí al barrio de la Place Clichy.

Apenas había dado unos pasos en la calle, las ganas de ver a Agnès, que se encontraba a unos pocos minutos de allí, se volvieron odiosamente apremiantes. Sin embargo, sabía que eso no era posible, como tampoco lo era llamarla. La frustración fue terrible, la injusticia me ahogaba. Tal vez ya se había ido a Suiza. Sí. Era mejor convencerme de que no estaba allí…

Con el corazón en un puño, me dirigí al Parfait Silence. El patrón, Jean-Michel, me reconoció sin dificultad. Me hizo una señal para que esperara, después me trajo un sobre. Me guiñó un ojo y me dijo en un tono de complicidad:

– Sea prudente. Si necesita cualquier cosa, venga aquí. Los amigos de Agnès son mis amigos.

Le di las gracias, a disgusto, antes de irme. Me alejé del restaurante y abrí el sobre, con el corazón desbocado.

En su interior, como había sospechado, encontré cinco billetes de 100 euros y un trozo de papel. «Es todo lo que puedo hacer. Espero que te las puedas arreglar. Ánimo. Agnès.»

Esta vez, no pude aguantarme las lágrimas que habían estado tanto tiempo esperando. La generosidad de Agnès volvía su ausencia más penosa todavía, más cruel.

Cuando me dirigía hacia el metro, me metí el dinero en el bolsillo, y después me dispuse a buscar una habitación. Me decidí por un viejo hotel del Quartier de la Nation, no lejos del apartamento de Gérard Reynald. Aunque la idea de registrar su apartamento me había elevado el ánimo, no estaba todavía seguro de tener el valor para hacerlo…

Apenas hube entrado en la habitación, sin poder aguantarme más, me lancé a la cama, encendí un cigarrillo y abrí la carpeta que había cogido del coche del abogado. Con el corazón en un puño, levanté rápidamente las dos gomas que la mantenían cerrada. Tuve, entonces, que enfrentarme a una nueva desilusión. ¡Me habían engañado! No había nada en el dosier. ¡Sólo unas cuantas hojas blancas!

Ese maldito abogado se había reído de mí hasta el final. ¡Había dejado que me manipularan y, además, me había arriesgado a que me cogieran!

Por pura rabia, estaba rompiendo las hojas blancas cuando me quedé repentinamente paralizado por una imagen que acababa de aparecer en la televisión que había en la habitación. Me levanté de inmediato, anonadado. No podía creer lo que veía. Fue como si me hubieran clavado un puñal en el estómago.

El telediario de las ocho de la tarde acababa de difundir mi fotografía.

60.

Cuaderno Moleskine, nota n.° 181: los espejos.

Me gustaría comprender las razones de la perturbación, de la molestia que me provocan los espejos. Ellos y yo mantenemos una relación malsana. Sé que hay una razón escondida, profunda, por lo que busco y escruto. Como siempre, he acudido a los diccionarios y a los libros. No sé si la respuesta está entre sus líneas. Jamás me dicen nada.

Un espejo es una superficie lo bastante pulida como para que se forme una imagen. De ahí a decir que se tiene que estar pulido para reflexionar, sólo hay un paso.

El adjetivo relativo al espejo es «especular», porque el espejo, como yo mismo intento hacer a veces, especula, reflexiona.

Antes de entrar en consideraciones metafísicas -oh, la palabra malvada-, intenté comprender cómo se fabrican los espejos, con el objeto de no morir idiota, y si es posible, no morir en absoluto.

Originalmente, los espejos eran una simple superficie de metal que se había pulido hasta que fuera muy reflectante. Hoy en día, los espejos que se utilizan normalmente en las casas se han fabricado a partir de una placa de vidrio, más o menos espesa, sobre la que se aplica una capa reflectante de aluminio o de plata, después una capa de cobre o de plomo, llamada azogue. El vidrio sirve de soporte y de protección para la capa reflectante, mientras que el azogue, como última capa, hace que el espejo sea completamente opaco. Así, un espejo sin capa de cobre o de plomo puede usarse para espiar, porque se ve a través de él. Es lo que se llama un cristal sin azogue.

De golpe, ahora, cada vez que veo un espejo, tengo sospechas. A partir de ahí, uno puede ponerse preguntas. Es legítimo.

El espejo plano devuelve una imagen supuestamente fiel de la persona que se mira en él. He dicho con motivo «supuestamente». A priori, éste permite verse a uno mismo tal y como es, especialmente en lo que respecta a los propios defectos. Por tanto, se asocia a menudo con la verdad, el conocimiento, como el espejo mágico de Blancanieves, por ejemplo.

Si la base del conocimiento es el «conócete a ti mismo», la frase que dominaba el templo de Delfos y que se atribute a Sócrates, entonces, el espejo es, tal vez, la primera herramienta del conocimiento. Eso si verdaderamente permite conocerse a uno mismo, tal y como es realmente… No obstante, tengo dudas.

Había un tipo, el alquimista Fulcanelli, que iba mucho más lejos. Creo que ir un poco más lejos es una tendencia extendida entre los alquimistas. Según él, no se podría ver la propia naturaleza más que en un espejo, porque ésta no se mostraría jamás a alguien que la busque… Aquí hallamos las leyendas sobre la medusa o el basilisco, esas criaturas míticas a las que no se podía mirar a los ojos bajo pena de ser petrificado, pero que, sin embargo, podían mirarse reflejadas en un espejo…

En suma, el espejo sería una puerta abierta sobre lo que no se ve directamente con los ojos… Discúlpenme, pero todavía tengo muchas dudas.

Una cosa es segura, si el espejo devuelve una imagen del mundo, él no es el mundo. No soy yo.

Ese tipo en el espejo no soy yo, y que nadie venga a decirme lo contrario.

Una de las cosas que me perturban del espejo no es su superficie, sino su parte trasera: su cara escondida, que es el negro absoluto, lo desconocido.

Me resulta tan difícil mirarme en un espejo como no saber lo que hay detrás.

A menudo se habla, especialmente en los cuentos fantásticos -y no sólo Lewis Carroll-, del otro lado del espejo, que evoca un mundo paralelo, supuestamente oculto y del que no se sabe nada.

El espejo me sumerge en mis preguntas sobre la ilusión… Exactamente igual que el maya de los hindúes, tal vez aquél es lo que podemos percibir del mundo, pero no la realidad…

Sin embargo, en el psicoanálisis he encontrado algo parecido a una respuesta. Zenati, psicóloga, 1.° izquierda, estaría orgullosa de mí. He investigado. Para Lacan, el estadio del espejo es una fase de la constitución del ser humano. Sería un momento fundamental en la formación del primer esbozo del yo. Según él, el estadio del espejo sería el momento de «individualización del sujeto». Antes de ese estadio, el niño habría vivido en la confusión de él con el otro. Lo que la experiencia del espejo le va a aportar es una facultad de individualización de su propio cuerpo.

Se superponen tres momentos: en primer lugar, el niño vive en la confusión de él con el otro. Después, cuando se le coloca frente a un espejo, comprenderá que lo que ve en el espejo sólo es una imagen, o dicho de otro modo, que el otro del espejo no es real. Finalmente, en un tercer momento decisivo, el niño reconocerá la imagen del espejo como suya. Visiblemente, es un momento crucial.

Me pregunto si yo habré pasado alguna vez el estadio del espejo.

61.

Estaba tan impresionado que, tras conseguir reponerme, sólo pude entender el final de los comentarios del periodista. Le oí repetir mi nombre, «Vigo Ravel», y confirmar que era sospechoso de estar implicado en los atentados del 8 de agosto. Era oficialmente el presunto principal cómplice de Gérard Reynald, y la policía había emitido una orden de búsqueda internacional. Mi foto iba a ser difundida en el mundo entero.

Creo que jamás había sentido una angustia semejante, ni un furor igual. En el fondo, era lo peor que le podía pasar a mi paranoia ya ampliamente exacerbada: saber que mi foto había aparecido en millones de pantallas; que esa imagen estaría colgada en todas las comisarías, en todas las fronteras… Y no tenía ningún medio para defenderme. Estaba solo, más solo que nunca. Me sentía víctima de una temible injusticia para la que no veía ninguna salida feliz. Me habría gustado gritar mi inocencia, mi rebelión; pero no había nada que hacer. Era mi esquizofrenia contra el mundo entero.

En ese instante, sentí que la cabeza me daba vueltas y que mi corazón latía anormalmente rápido. Conocía demasiado bien esos pequeños avisos. Mi vista se nubló de nuevo. No. No podía ceder al miedo. Tenía que calmarme, reflexionar, comprender y encontrar una solución: encontrar una salida.

«Concéntrate, Vigo. Eres inocente. La verdad está ahí, en alguna parte. ¡Encuéntrala! Es la única salida, la única salida posible.»

Alguien me había traicionado. No importaba quién había sido: Zenati, ese maldito abogado, o incluso Agnès, o loshackers del grupo SpHiNx, después de todo. ¡Cualquiera! A menos que fuera una maniobra de los que habían montado la increíble conspiración, una de cuyas víctimas más dóciles había sido yo durante mucho tiempo. El doctor Guillaume, Telême, mis falsos padres…

Después de largos minutos de perplejidad, me levanté, con los puños apretados, y me puse a dar vueltas por la habitación del hotel. ¿Qué hacer? ¿Rendirme? ¡Desde luego que no! ¿Huir? Desgraciadamente, ésa era la mejor solución, sin duda alguna. Pero acabarían por atraparme; no podría pasarme toda la vida corriendo. ¿Y si el recepcionista del hotel me había reconocido? Tal vez estaba en peligro incluso allí, en ese mismo momento.

Sin esperar más, me precipité al baño, saqué el neceser de la mochila y cogí la espuma para afeitarme la cabeza. Con los ojos fijos, examiné mi propia imagen en el espejo. Después, con mano temblorosa, empecé a deslizar la cuchilla desde la nuca hasta la frente, lenta y metódicamente. Me corté varias veces por torpeza, y mi cuero cabelludo se irritó rápidamente, pero al cabo de unos minutos, estaba calvo. Me aclaré el cráneo y me volví a mirar. No me reconocía a mí mismo. Perfecto, eso serviría. Tenía el aspecto de otro, el de un portero marsellés, por ejemplo.

Recogí rápidamente mis cosas, me aseguré de que no me olvidaba de nada y salí de mi habitación. Bajé con presteza las escaleras del hotel. Cuando llegué abajo, eché una ojeada a la recepción. No había nadie. Había vía libre. Respiré hondo, me fui hacia la puerta y salí a la calle.

Empezaba a caer la noche. La penumbra me resultaba reconfortante. Corría el riesgo de acostumbrarme y volverme un animal nocturno. Me pregunté si podría volver a salir alguna vez a plena luz del día ¿Cuánto tiempo tendría que vivir con el miedo a ser descubierto, reconocido? Si de verdad había algún medio de probar mi inocencia, tendría que darme prisa. No podría escapar eternamente a la policía. El cansancio y el miedo acabarían por hacerme cometer un error. Siempre se acaba igual.

Con el corazón a punto de salírseme por la boca, empecé a caminar, manteniendo la cabeza agachada, hacia la Avenue de Bouvines, al otro lado de la Place de la Nation. Mis manos temblaban, y cada vez que me cruzaba con alguien, desviaba la mirada por miedo a ser identificado. Era una sensación terrible, como si cada segundo que pasara supusiera un nuevo sobresalto. No podía evitar pensar que se me iban a echar encima, de repente, en plena calle, y no encontraría jamás algún sitio donde refugiarme.

Enseguida, vi el edificio en el que estaba el apartamento de Gérard Reynald. Dudé. Sin duda, era la cosa más estúpida que podía hacer en el momento en que la policía me buscaba con todos sus medios, y cuando el plan de seguridad había elevado la alerta a su nivel máximo en todo el país. Sin duda, no había mejor manera de entrar en la boca del lobo. Pero no sabía qué hacer, adonde ir ni cómo salir de esa pesadilla.

Estaba solo y dispuesto a todo. Si tenían que detenerme, que fuera al menos tras haber intentado hacer algo.

El tal Gérard Reynald era una de mis únicas pistas de verdad. Seguramente, podría averiguar cosas de él. Y después de todo, ya no me quedaba gran cosa que perder. Había perdido mi pasado, mi nombre, diez años de mi vida, a Agnès… ¿Qué me quedaba tan precioso como para temer ir a la prisión? Tenía que pagar un precio por la única cosa que me importaba y no tenía: la verdad.

Decidí probar suerte. Di algunos pasos más y me fijé, entonces, en dos coches de policía aparcados frente al inmueble. No había nada que hacer. No tenía unas tendencias suicidas tan fuertes. El apartamento de Reynald estaba bajo vigilancia. Debería haberlo sospechado.

Di media vuelta. Tenía que encontrar otra cosa, enseguida. No podía seguir dando vueltas así por la ciudad. Tenía que actuar desesperadamente, avanzar. No conseguiría nada quedándome inerte.

Entonces, se me ocurrió una idea. Saqué mi cuaderno Moleskine y busqué la dirección de aquel detestable señor Blenod. Ya que me había engañado y se había negado a darme la menor información, tendría que ir a buscarla yo mismo. Tenía ganas de acción. Sus oficinas estaban en el distrito VII.

62.

Por miedo a ser reconocido, me senté en un asiento en el fondo del autobús. Llegué, por fin, a las oficinas del abogado, en el segundo piso de un viejo edificio parisino, poco antes de las diez de la noche. Dudé durante un momento, me aseguré de que no había nadie en la escalera, y después llamé al timbre. No hubo ningún ruido. Volví a llamar. De nuevo, nada. Las oficinas estaban vacías.

Lo que pasó entonces escapa a mi propio entendimiento, o al menos a mi conciencia directa. Sin reflexionar, tuve un reflejo inexplicable, mecánico. Empujado tal vez por un sentimiento de urgencia y de pánico, saqué la navaja suiza de mi mochila e intenté forzar la cerradura.

Me manejaba con gestos de una singular precisión, como si lo hubiera hecho mil veces, como si hubiera repetido de memoria las estrofas de un viejo poema olvidado. Sentía la misma sensación que el día en que conduje el coche de mi jefe: la de que dominaba perfectamente una técnica que me sentía, lógicamente, incapaz de hacer.

Inserté la punta más fina de la navaja suiza en la cerradura. «La retiras lentamente para calibrar la presión de los resortes. Después, haces girar la cerradura. Inserta de nuevo la punta; tiras hacia ti aplicando esta vez una presión sobre las clavijas, otra vez, otra vez, aplicando la presión rotativa en cada paso hasta que los pistones empiecen a colocarse. Ahora raspa la cerradura. Y ya estás dentro.»

La puerta se abrió.

Me levanté y miré mis propias manos, perplejo. ¿Cómo lo había hecho? ¿Dónde lo había aprendido? ¿Había sido ladrón en la vida anterior de la que no recordaba nada? Meneé la cabeza, divertido y estupefacto a la vez.

Me aseguré de que seguía sin haber nadie en la escalera, después entré sin hacer ruido en las oficinas del abogado. Volví a cerrar la puerta detrás de mí.

¿Y si había una alarma? Inspeccioné las paredes, los techos, todos los rincones para buscar algún sensor de movimiento. Nada. Sorprendente. No era tan listo el señor Blenod. Avancé hacia la sala de espera e intenté orientarme. Había varios despachos, pero uno de ellos era el más grande y bonito, seguramente era el del abogado. Entré de inmediato.

Di una vuelta rápida y me fijé en los ficheros, los armarios y la mesa. Había carpetas por todas partes. Solté un respiro. ¿Cómo iba a saber dónde buscar?

Valor. En aquel lugar, se escondía alguna verdad. Empecé por el primer fichero. Las carpetas estaban ordenadas por orden alfabético. Miré en la letra R, de Reynald. Nada. Probé con la letra S, de SEAM. Tampoco había nada. Había un gran armario detrás de la mesa. No había ningún orden en su interior, las carpetas estaban apiladas sin ningún criterio aparente. Era imposible registrarlo todo. Solté un juramento, me volví y eché una rápida ojeada a la mesa. Varias carpetas estaban apiladas en el lado derecho. Las levanté una a una. Ninguna parecía responder a lo que buscaba. A la izquierda, la pantalla del ordenador estaba en espera. Saqué una repisa de debajo de la mesa y apreté una tecla del teclado del ordenador. La pantalla se encendió lentamente. Bingo. Una de las carpetas que aparecían en la pantalla se llamaba «Carpeta_G_Reynald_SEAM». Cliqué dos veces sobre el icono de la carpeta. Aparecieron varios ficheros. Algunos nombres evocaban recortes de prensa; otros, informes médicos; pero uno de ellos atrajo mi atención particularmente: era un documento de texto titulado «elementos_de_personalidad». Lo abrí.

En el mismo momento, vi por el rabillo del ojo un diodo rojo que parpadeaba en la esquina izquierda de la habitación, justo encima de la puerta. Fruncí el ceño. Cuando me levanté, vi la pequeña caja gris. ¡Una alarma! ¿Me habría delatado? ¿Parpadeaba ya antes de mi llegada? Sentí que mi pulso se aceleraba. No podía quedarme allí, esperar a que vinieran a atraparme. Tenía que salir pitando, ¡pero no sin ese documento! Miré de nuevo la pantalla. El texto tenía cinco páginas, en las que aparentemente había notas biográficas de Gérard Reynald, reunidas por el gabinete del abogado. No tenía tiempo para leerlo todo. Decidí imprimirlo e irme lo antes posible. La impresora se encendió. La ruidosa secuencia de inicio duró unos largos segundos. Finalmente, una a una, las páginas empezaron a salir por la bandeja del papel. De repente, oí el tintineo de unas llaves en la puerta al otro lado de las oficinas. Mi corazón se paró de golpe. ¡Me habían pillado con las manos en la masa! Me precipité hacia el cable de alimentación de la impresora y lo desenchufé de la pared con un golpe seco. La máquina se apagó de inmediato. Cogí las tres páginas que habían salido, las guardé en mi mochila y corrí a esconderme tras la primera puerta de vidrio.

– ¿Hay alguien ahí?

No era la voz del señor Blenod. ¿Ya había llegado la policía? No, no era posible que hubiera llegado tan rápido. Oí que unos pasos avanzaban por el despacho.

– ¿Martine, es usted?

Apreté los puños. Era alguien del gabinete. Noté que la sangre latía en mis tímpanos. ¿Qué podía hacer? ¿Seguir escondido, o bien emprender la huida con la esperanza de no ser reconocido? El hombre se acercaba. Vi que su sombra se hacía más grande en el umbral de la puerta. No había forma de salir. Entró en la oficina.

– ¿Qué pasa aquí?

Se giró y lanzó un grito cuando me sorprendió tras la puerta.

– ¿Qué está haciendo en mi despacho? ¿Quién es usted?

Me quedé inmóvil, petrificado. ¿Su oficina? No entendía nada. ¿Era un colega de Blenod?

– ¿Señor Ravel? ¿Es usted? -dijo el hombre, a la vez que reculaba, boquiabierto-. Usted me ha dado plantón esta mañana… ¿Qué está haciendo aquí?

¿Plantón? Enseguida lo entendí. Por increíble que pudiera parecer, ese hombre era el verdadero señor Blenod. El tipo con el que me había encontrado por la mañana era un farsante.

No tenía tiempo para explicarme. Vi que la mano del abogado se deslizaba discretamente hacia un cajón de su mesa. Tal vez poseía un arma. Sin dudar, me lancé hacia delante y le asesté un violento puñetazo en la cara. Oí romperse el hueso de su nariz por el golpe. El señor Blenod salió disparado hacia atrás y se empotró contra su mesa, inconsciente.

Miré incrédulo mi mano. Abrí el puño, y mis dedos ensangrentados se pusieron a temblar.

Levanté la cabeza. El diodo rojo seguía parpadeando. No podía entretenerme ni un segundo más. Salí corriendo de allí y bajé los escalones del edificio de cuatro en cuatro. Cuando llegué a la calle, corrí con todas mis fuerzas, crucé varias calles con la esperanza de que nadie se hubiera fijado en mí, después me precipité hacia una parada de autobús. Me senté en el banco, sin aliento.

«Mierda, ¿estás completamente loco o qué?»

Observé de nuevo mi mano derecha. ¿Cómo había podido hacer eso? Me limpié con nerviosismo los restos de sangre de mis dedos. Llegó el autobús. Me subí intentando ocultar mi turbación, después me senté en el fondo.

Cuando hube recuperado parte de mis fuerzas, saqué de la mochila las hojas que había impreso y me puse a leer las notas del abogado. No estaban muy organizadas, e incluían numerosas abreviaciones. El señor Blenod todavía no las había pasado a limpio.

Gérard Reynald (según CI; sin confirmación; ficha de estado civil inencontrable; probable pseudo; ¿secreta?), nacido en París el 19 de febrero de 1970. Según CV, encontrado por PJ en su domicilio (fuente of.), hijo único, padres Jean-Michel y Christiane, muertos en 2004 en un accidente de coche.

Domicilio en el 18, av. de Bouvines 75011.

¿Sin empleo desde X? Pensión de adulto discap.

Empleo de documentalista para la SA Feuerberg entre? y? Abandono del trabajo.

Esquizofrenia paranoica aguda, tratado por el doctor Guillaume (?) del gabinete Mater en la torre SEAM (?) (Uno y otro son inexistentes para el Consejo departamental del Colegio de médicos). Sin embargo, varios informes e IRM, que se adjuntan, parecen provenir de este gabinete (¿falsos?).

Alucinaciones auditivas y verbales. Amnesia retrógrada 1991. Obsesión por las cifras (especialmente por el 88 o el 888, cf. fecha y hora del atentado) y por las fechas (aritmomanía).

Delirio persecutorio. Convencido de que unas personas lo siguen y conspiran contra él (cf. definición clínica de esquizofrenia). Discurso incoherente. Piensa que sus padres no eran sus verdaderos padres. Afirma que el gabinete Mater manipula su vida y sus pensamientos. Padece crisis, alteración de la vista. Sentido de la realidad anormal.

Medicación dura, neurolépticos y antipsicóticos (ZYPREXA, neurolép. atípico) (intentar encontrar recetas para ver el nombre del médico que aparece y cruzar con Colegio).

Un dedo cortado de la mano izquierda.

Fuerza física considerable. Posiblemente violento.

Cultura bastante pobre, pero está obsesionado por la lectura y la escritura.

Fuente of. (posiblemente PJ no está todavía al corriente. ¿RG?): desde diciembre de 2006 alquila apartamento estudio en Niza, 5, Rue du Château.

Estrujé el papel. Por primera vez en todo el día tenía la impresión de haber encontrado algo, por fin.

En ese documento, había numerosas informaciones importantes. No había perdido mi tiempo. Continué leyendo entusiasmado. La vida de Gérard Reynald se parecía en muchos aspectos a la mía. Las coincidencias eran tan numerosas que apenas podía creerlo. A continuación, se encontraban detalles de su arresto y los datos legales sobre su custodia…

Cuando hube terminado de leer, doblé las hojas y las metí en mi bolsillo. Cerré los ojos e intenté analizar toda la información que contenían esas notas. Había tres que me resultaban particularmente interesantes. En primer lugar, la idea de verificar en las recetas el nombre del médico que le había prescrito a Reynald, igual que a mí, neourolépticos y antipsicóticos. Si el doctor Guillaume no existía, debía de haber utilizado el nombre de un verdadero médico para que la seguridad social no se diera cuenta del engaño… Tal vez ésa era una pista seria. Después, estaba la presencia de la cifra 88 y la relación que el abogado había establecido con el atentado. El 8 de agosto a las 8. 8/8 a las 8. ¿Tendría alguna relación con el Protocolo 88? Desde luego. Pero ¿cuál? Finalmente, estaba el asunto del apartamento de Niza. ¿Qué podía haber ido a hacer Reynald a Niza? Y sobre todo, si, como lo suponía Blenod, la policía no estaba todavía al corriente de la existencia de ese estudio, tal vez era una manera de encontrar información de primera mano. El apartamento de París estaba bajo vigilancia, por lo que era imposible investigar por ese lado. Pero en Niza…

El bus se detuvo. Bajé y busqué un taxi. No tenía razón alguna para rezagarme.

Una media hora más tarde, había llegado a la Gare de Lyon. Me dirigí hacia una taquilla. Pese a lo incómodo que me sentía debido a la orden de búsqueda, intenté parecer tranquilo con la esperanza de que mi interlocutor no me reconociera. Tenía que entrar en razón. No era posible que todo el mundo hubiera visto mi foto en la televisión, y aunque ese tipo la hubiera visto, había pocas posibilidades de que hubiera memorizado mi rostro y me reconociera con la cabeza afeitada.

– Buenos días, ¿a qué hora sale el próximo tren a Niza?

– Pues mañana por la mañana, hay uno directo a las 7.54.

– ¿No hay ninguno esta noche?

– Pero, señor, ¿está usted de broma? Son más de las 23 horas. El último tren se fue poco después de las 21 horas.

Me estremecí, pero no había opción.

– Entonces, deme un billete para mañana por la mañana.

Vi al hombre teclear en su ordenador. En ese momento, me di cuenta del riesgo que estaba corriendo. ¿Me iba a pedir mi nombre? No estaba seguro de que lo necesitara para expedir un billete de tren… Pero, sobre todo, como la policía había emitido una orden de búsqueda, ¿no era posible que mi cara estuviera pegada en todas las taquillas de las estaciones y los aeropuertos del país?

Mis dedos se iban agarrotando en mi bolsillo, a medida que el agente efectuaba su búsqueda en el ordenador. Estaba listo para huir ante la menor alerta, y por eso vigilaba cada uno de sus gestos.

– ¿Sólo de ida?

– Sí.

– Entonces, ¿le reservo una plaza para el tren de las 7.54?

– Sí.

– ¿Cómo va a pagar, señor?

Me estremecí. En metálico, desde luego, ya que no podía darle mi apellido; aunque un pago en metálico era la mejor manera de atraer sospechas. De todos modos, no tenía opción.

– En metálico.

Vi que asentía sonriendo. Miró su pantalla. Los segundos parecían durar horas. De repente, una impresora se puso en marcha.

– Serán 105 euros con 70 céntimos, señor.

Pagué con el dinero que me había dejado Agnès.

El agente me dio mi billete, todavía sonriente. No me había preguntado mi apellido y no parecía plantearse cuestión alguna sobre mi identidad. Solté un suspiro de alivio, después me alejé de la taquilla rápidamente. Vi entonces una patrulla de policías armados hasta los dientes que avanzaba lentamente por en medio de la estación. Di enseguida media vuelta y me dirigí rápidamente hacia el exterior. Los policías siguieron su camino sin prestarme atención.

Una vez fuera, bajé con paso rápido hacia el Boulevard Diderot, con las manos en los bolsillos, y la cabeza oculta entre los hombros. Mientras caminaba por la calle, me preguntaba qué iba a poder hacer hasta el día siguiente. No tenía ningunas ganas de buscarme un nuevo hotel. Era tarde y tenía demasiado miedo de que alguien pudiera reconocer mi cara. Cuanto más pudiera evitar el contacto con la gente, mejor. Pero entonces, ¿adónde podía ir? Tenía que matar el tiempo durante ocho horas…

Continuaba caminando al azar, un poco perdido y confuso, y enseguida llegué al Quartier de la Bastille. Las calles estaban animadas, y me dije que podía ser buena idea mezclarme con la multitud nocturna.

Subí por la Rue du Faubourg-Saint-Antoine. Después de algunos minutos de caminata, llegué frente a La Fabrique, un bar y restaurante al que había ido una o dos veces, y que se transformaba en club a media noche. Me moría de hambre, y buscaba el anonimato. Me decidí a entrar.

El restaurante ya no estaba abierto, pero aceptaron hacerme una gran ensalada. Comí con rapidez en una mesa que estaba en un rincón, en medio del jaleo.

Como me sentía reconfortado en aquella sombría esquina,decidí quedarme allí y aprovechar la discreción que me proporcionaba el claroscuro de los juegos de luz. Pasé buena parte de la noche acurrucado en un sillón ovoide. Fue una noche insólita bañada de luces y colores, aturdido por los whiskies y los White Russians que encadenaba sin parar, por la música house ininterrumpida que un DJ pasado de vueltas y que no dejaba de gesticular en medio de la pista de baile pinchaba, y por la humareda de mis propios cigarrillos. Mi estancia en aquel antro furioso fue como una larga alucinación esquizofrénica en la que todos mis sentidos se sometieron como esclavas voluntarias, encantados, sin duda, de sustraerse algún tiempo a los colores angustiosos de la realidad. Las horas pasaron como minutos, llenas de fiases, de imágenes sincopadas en las que los rostros se fijaban en trance, con los puños levantados y los cabellos al aire. Los latidos de mi corazón parecían responder al eco de los bajos regulares de la música electrónica que me hacía cosquillas en las tripas. Tal vez intercambié algunas palabras con otros clientes, sin comprenderlos realmente, bailé un poco con torpeza, reconocí a un actor de cine, que estaba rodeado de una horda de mujeres, a menos que esas cosas no fueran más que falsos recuerdos.

Sin embargo, recuerdo que en medio de la noche, no sé a qué hora, crucé la muchedumbre danzante para ir a los lavabos. La cabeza me daba vueltas. Apoyado en el lavabo, me dirigí una mirada inquisitiva en un pequeño espejo roto, rodeado de pósteres y de panfletos abigarrados. Tenía los ojos rojos, la tez macilenta y gotas de sudor que perlaban mi cráneo y mi frente. En ese momento, vi el rostro de una mujer joven en la esquina derecha del espejo. Se acercó suavemente y con una sonrisa en los labios. Creí reconocerla. Sus cabellos eran largos y rojizos, tenía una pequeña nariz de gato y una boca carnosa. Habíamos bailado juntos unos instantes antes. Me había parecido que estaba flirteando conmigo, pero lo había atribuido a mi paranoia o al alcohol. No había creído que estuviera pasando verdaderamente, ni le había prestado atención. Seguramente me había equivocado, y ése no era el mejor momento para dar rienda suelta a las tonterías de mi pobre cerebro… Sin embargo, en ese instante, ya no podía equivocarme. Lentamente, la joven vino a abrazarme por la espalda. Sonreí. Debía de estar soñando. Después noté sus labios en mi cuello, y eran muy reales. Levanté los ojos. Vi nuestras dos siluetas enredadas en el reflejo del espejo. Sus manos se deslizaron a lo largo de mis caderas. Un escalofrío me atravesó la espalda. Cogí sus dedos para retenerla. Mi corazón se aceleró. Pese a lo inadecuado de la situación, sentí que un violento deseo se apoderaba de mí. Y la prueba me invadió. «Estoy empalmado.» Me eché a reír. «¡Mierda, ahora estoy empalmado!» Me giré y agarré a la joven por los hombros; la aparté lentamente de mí y de mi cuerpo. Le hice un gesto para indicarle que lo sentía.

Ella sonrió, se encogió de hombros y se fue hacia los lavabos.

Completamente desorientado, me volví a refugiarme en el gran huevo blanco que centelleaba bajo los puntos de color. Mi mirada se perdió más allá de los juegos de luces. Furtivamente, el rostro de Agnès apareció como una inmensa diapositiva en el techo blanco de la discoteca. Sus grandes ojos verdes me miraban. Me habría gustado decirle que estaba curado. Solté un suspiro y me dejé llevar por las olas de mi ebriedad. Perdí enseguida el hilo, y las vibraciones del tiempo y de las notas se mezclaron en un magma nebuloso. Me abandoné, resignado. En el fondo estaba bien, lejos de todo, lejos de mí.

Eran más de las cinco cuando me di cuenta, distraído, de que la sala se había vaciado en gran parte. Algunos minutos más tarde, un joven con camiseta negra, tal vez un camarero, vino a señalarme que era el momento de plegar velas. Me levanté, aturdido, y salí titubeante a la calle, un poco borracho y extenuado.

Hacia las seis, llegué de nuevo a la Gare de Lyon. Flotaba en un estado de duermevela, y me quedaban más de dos horas de espera. Encontré un viejo banco verde en la gran explanada, lejos de los coches, donde me tiré, exhausto, para caer finalmente en un sopor agitado, con la cabeza echada hacia atrás y apoyado contra una pared rugosa. Cada cuarto de hora, salía con dificultad de los brazos de Morfeo, miraba el reloj de la estación y me volvía a dormir sin pensar mucho en ello. Al cabo de un rato, el ruido de un desconocido que se alejaba con paso fuerte me despertó sobresaltado. No estaba seguro de que todo aquello fuera de verdad real. ¿Había estado soñando, o ese tipo me había robado? Deslicé mi mano dentro de mi chaqueta. Mi cartera seguía allí.

A las 7.40, con la mente suficientemente clara como para sentir de nuevo el sabor de la urgencia, me dirigí hacia los andenes, que ya estaban llenos de agitación, de la Gare de Lyon, y me subí en mi tren sin perder tiempo.

Fui hasta mi plaza, guardé mi mochila encima de mi asiento y me instalé cómodamente. Dormí durante toda la primera mitad del trayecto.

Un poco antes del mediodía, me despertaron los rayos deslumbrantes del sol. Me estiré, con la mente enredada por esas horas extrañas. Tenía la impresión de no ser yo mismo del todo, y de no controlar completamente la situación. Era como una especie de sincronicidad, de desencarnación. Tal vez sólo era la resaca. Necesitaba un café.

Me levanté y me fui al bar del TGV. Sentado en un taburete, mis ojos iban y venía de la nota de Agnès, que había guardado con los billetes de 100 euros y que había desdoblado frente a mí, y el espectáculo rosado de la Costa Azul que desfilaba bajo el gran cielo de verano. Me dejé hechizar por la costa recortada, las casas con balaustradas, la tierra roja de los pequeños cañones que el tren cruzaba, el azul artificial de las lujosas piscinas y la bahía Des Anges que, lentamente, se vislumbraba en la lejanía… Después volví a hundirme en las palabras de Agnès. «Es todo lo que puedo hacer. Espero que te las arregles. Ánimo.» Su ausencia, su marcha arruinaban el horizonte como esos horribles edificios erigidos frente al mar: un insulto a la belleza simple de lo que debería haber sido. Entre Cannes y Antibes me sorprendí a mí mismo resentido con ella.

63.

El tren entró en la estación de Niza a las 13.33. Apenas hube salido del vagón, con mi mochila a la espalda, me golpeó el calor agobiante de la ciudad.

Tenía la impresión de haber salido de Francia, porque Francia, para mí, se había limitado durante mucho tiempo al paisaje de París. ¿Habría vivido alguna vez en otra parte? Allí todo era diferente, todo era extraño. Las personas, los árboles, el cielo, los olores… Incluso los segundos parecían diferentes. Olía a Italia y a la Nouvelle Vague hasta en las gafas de sol desmedidas de los paseantes perfumados. Yo era Michel Piccoli, y mi desprecio era para mi ausente, mi Brigitte Bardot, representada en algunas palabras arrugadas en el fondo de mi bolsillo. «Espero que te las arregles. Ánimo.»

Había cogido un plano de la ciudad en la estación, y bajé directamente hacia el casco histórico de Niza. Después de todo, era mejor ir directo al grano, ya que no había ido hasta allí a jugar a los turistas domingueros.

Había mucha gente en las calles del casco antiguo, gente de la región, con un acento y una voz fuertes, viajeros venidos de todas las partes del mundo y de todos los colores. El sol obligaba a disminuir el ritmo y a tomarse las cosas con calma. Se aprovechaba la sombra que ofrecían las calles más estrechas y se arrastraban los pies, lo que provocaba atascos humanos. Arrastrado por la multitud, me dejé invadir por los amarillos y rojos de las paredes de Niza, las fachadas color pastel, las pizarras pintadas que vendían las virtudes de la absenta, las guirlandas de manteles provenzales, los cafés, los comercios, las viejas con pañuelo reunidas tras las puertas cocheras, en las que debían de intercambiarse mil cotilleos, los jóvenes bribones acelerando en sus escúteres, los espectáculos ruidosos… Llegué enseguida al barrio de los artistas, sembrado de galerías y de vitrinas cubiertas de decenas de carteles pintados, y después bajé hasta la Rue Droite, bordeé el Palais Lascaris y encontré por fin la calle que había señalado en el mapa.

Me estremecí, y de repente fui consciente de que ahí estaba toda la razón de mi viaje, y una buena parte de mis últimas esperanzas. El apartamento secreto de Gérard Reynald no estaba más que a unos pocos metros. ¿Encontraría allí alguna respuesta o nuevas pistas? ¿Seguía ignorando la policía su existencia? Nada era seguro. Quizá mi viaje hubiera sido en vano, pero al menos buscaba. No me limitaba a ser un peón, sino que era un actor. En todo caso, intentaba serlo.

La Rue du Château, o, como lo especificaba la placa colgada en el muro, la Carriera del Castu, era una pequeña calle estrecha que subía abruptamente hacia la gran colina que dominaba la bahía Des Anges. Las fachadas de ambos lados de la calle estaban tan próximas unas de otras que parecía que fueran a unirse antes de alcanzar el cielo. El camino era escalonado y estaba pavimentado con piedras blancas. Las paredes rosas, ocres y amarillas aparecían aquí y allá tras las cortinas de lino que colgaban de las ventanas. Era como estar en Sicilia.

Empecé a subir por la larga escalera. A la derecha, unos chicos jugaban en un campo abierto. Se podía oír el sonido de un andador de bebé y el eco de sus gritos de alegría. Continué, como si estuviera vagabundeando; después me paré, por fin, frente al número 5. Una vieja puerta de madera y un interfono en el que figuraban media docena de nombres impedían la entrada al edificio. Me acerqué prudentemente con las manos en los bolsillos. Uno de los botones llevaba la inscripción «G.R.». ¿Sería la abreviatura de Gérard Reynald? Había posibilidades. Pese a todo, dudé durante un instante. Miré de nuevo a mi alrededor. ¿Y si Blenod se hubiera equivocado? ¿Y si los polis estaban ya esperándome tranquilamente en el apartamento? ¿Acaso no estaría a punto de cometer el error más estúpido que un hombre perseguido podría cometer? Decidí que era demasiado tarde para renunciar. Había cruzado toda Francia, y no era el momento de dar media vuelta. De todos modos, ya estaba harto de esperar. Si mi investigación tenía que acabar ahí, pues que así fuera. Prefería caer en manos de la policía por haber intentado hacer algo que estar aterrorizado en París. Llamé al timbre. Nada. Segundo intento. De nuevo, ninguna respuesta. El apartamento estaba vacío, como había esperado. Eché una ojeada a la puerta de madera. Sabía que no resistiría una buena embestida, pero no era el mejor momento para llamar la atención. Los chicos jugaban en la calle a pocos metros de allí. Sería mejor esperar a la oscuridad de la noche. De todos modos, me moría de hambre.

Cuando deambulaba por las calles estrechas del casco antiguo, buscando un sitio donde comer, me vi atraído de repente por el escaparate de una pequeña tienda. Sin pensarlo mucho, me detuve allí, con las manos en los bolsillos, como un tipo ocioso. Frente a mí, estaban alineadas decenas de relojes de pulsera, expuestos con cuidado sobre estuches de colores. Los había de todas las tallas, todos los tipos, para hombres, para mujeres, para niños, relojes de cuarzo, relojes automáticos, con manecillas o analógicos, bellos relojes de marca o artículos simples a buen precio. Estaba fascinado por ese espectáculo banal, por todos esos objetos anodinos que, abandonados tras esas grandes vitrinas, medían sabiamente el paso del tiempo. Bajo la calurosa iluminación de las lámparas, todos los relojes marcaban dócilmente la misma hora. Levanté mi muñeca y miré el mío. Seguían parpadeando las mismas cifras hipnóticas, 88.88. Sonreí. ¿Por qué me seguía molestando en ponerlo en hora? Eso superaba definitivamente la superstición. Quizá tenía la sensación de permanecer fuera del tiempo y del mundo… O quizás el hombre que había sido en otro tiempo había muerto en el mismo segundo en que mi reloj se había roto, en el momento del atentado, y estaba bien así. No estaba listo todavía para revivir ni para reencarnarme.

Di media vuelta, volví al barrio del apartamento de Reynald y me fui finalmente a comer a un pub irlandés, hecho por completo de madera y pintura verde.

La camarera, una británica de pura cepa, con las mejillas rojas y los cabellos claros, me dio la bienvenida con una gran sonrisa.

– ¿Qué le pongo? -preguntó con un acento delicioso.

Miré el menú y pedí una cerveza y una jacket potatoe & cheese, para seguirles el juego. Fui a instalarme en un rincón oscuro, detrás de una barricada de viejos toneles ficticios, y comí viendo por el rabillo del ojo un partido de rugby en una gran pantalla colgada en la pared. La inmersión en la cultura anglosajona me divirtió. Después de todo, no estábamos lejos de la Promenade des Anglais…

Cuando la camarera vino a buscar mi plato vacío, decidí probar algo:

– Discúlpeme, ¿conoce usted a Gérard Reynald?

Ella frunció el ceño.

– ¿Es usted policía?

– Periodista -mentí-. ¿La policía ha venido ya a hacerle preguntas?

– No, nadie. Pero ése es el tipo a quien detuvieron la semana pasado, ¿no?

Asentí.

– Venía aquí de vez en cuando, sí. Pero nunca hablamos mucho… Me cuesta pensar que él hiciera un atentado. Parecía un hombre respetable. ¡Cuando vi su foto en la tele, no podía creer lo que veía!

– ¿Venía aquí solo?

– Sí. Siempre solo. Como usted, venía y se sentaba en la esquina, aquí. Y nunca llamaba la atención. Era tímido…

– ¿Nunca se fijó en algo extraño?

– ¿Como qué?

– No sé… Un comportamiento especial, algo…

– No, la verdad. Oí en la televisión que era schizophrenic; pero cuando él venía aquí, no parecía estar loco. Sólo un poco tímido… ¿Para qué diario trabaja usted?

– Para la televisión -respondí con soltura.

Ella pareció satisfecha, después se alejó con una sonrisa. Le dejé una propina en la mesa y salí a la calle.

Pasé el final de la tarde y el principio de la noche merodeando por el casco antiguo, con las manos en los bolsillos, como si caminar por las mismas calles que Reynald me pudiera acercar a él y ayudarme a comprenderlo. ¿Por qué ese hombre que se parecía tanto a mí había puesto las bombas? ¿Estaría la respuesta escrita en las paredes de las callejuelas de Niza? ¿Estaba allí su alma todavía, en alguna parte? ¿Cómo era que yo, que oía los pensamientos de la gente, no podía encontrar nada allí, en las aceras por las que debía de haber pasado mil veces?

Mi determinación me sorprendía incluso a mí. La apatía de los primeros días, la indolencia forzada de los neurolépticos, el miedo y la indecisión parecían haber desaparecido. Me había vuelto un hombre diferente. No obstante, seguía sin acostumbrarme a esas aptitudes innatas que venía demostrando desde el inicio de este asunto. La persecución por la Défense, después mi habilidad conduciendo el coche de mi jefe, la cerradura que había forzado, el puñetazo que le había dado al abogado, la investigación que estaba llevando a cabo con un criterio totalmente nuevo… Tenía la sensación de estar poseído por un fantasma del pasado, de saber hacer muchas más cosas de las que sospechaba, y cuanto más tiempo pasaba, más seguro estaba de que había una explicación racional detrás de todo eso: algo de mi vida anterior me predisponía en esta situación. Empecé a preguntarme si habría sido un poli o un matón… Algo así. En todo caso estaba seguro de que no había aprendido a conducir como un piloto de las 24 horas de Le Mans o a dar ganchos de derecha en una oficina de patentes.

En aquella parte de Francia, se hacía de noche tarde, y estuve esperando durante bastante tiempo a que estuviera totalmente oscuro antes de decidirme, por fin, a volver ante el viejo edificio de la Rue du Château.

El barrio había adoptado su aspecto nocturno. Había menos gente en las calles y se oía el eco de voces joviales, movidas por el alcohol y el frío de la noche, entre las fachadas sombrías. Se oía a lo lejos la música electrónica de los últimos cafés abiertos.

Cuando llegué a la callejuela, dejé pasar a un grupo de juerguistas; después, cuando estuve seguro de estar solo, volví a llamar al interfono. No hubo ninguna respuesta. Inspeccioné los dos lados de la calle. Nadie. De un golpe, hice saltar la cerradura de la puerta cochera y entré en el porche.

La entrada del edificio estaba oscura. Apreté un interruptor, y el pequeño recibidor destartalado, que desprendía un olor nauseabundo, se iluminó. Examiné maquinalmente el lugar. La lista de ocupantes estaba colgada junto a los buzones. A juzgar por las etiquetas, el apartamento de G.R. se encontraba en el segundo piso a la derecha. Subí las escaleras.

Los peldaños de madera crujían, y tuve que tomar mil precauciones para ser lo más discreto posible. Con una mano, me apoyé contra una pared agrietada; con la otra, mantenía el equilibrio para subir sin ruido.

Cuando llegué al segundo piso, di tres golpes en la puerta. Nadie había respondido al interfono, pero era mejor asegurarse. Volvió a no haber ninguna respuesta. Cogí mi navaja suiza del fondo de mi mochila y retomé mi trabajo de ladrón. Ahora lo sabía: bastaba con seguir mi instinto.

En ese mismo instante, oí unas voces en la calle. Un grupo se estaba aproximando al edificio. Aumenté el ritmo. La punta se deslizó en la cerradura. Fruncí el ceño. No hubo resistencia. No lo había comprobado, tal vez estaba abierta… Abajo, la puerta del edificio se abrió. Después, los gritos divertidos de tres o cuatro jóvenes cuya noche había debido de ser movida subieron hacia mí. Puse la mano en el tirador de la puerta y lo empujé. Estaba abierta. Extraño. Eso no presagiaba nada bueno. ¿Y si los polis estaban atrincherados dentro? Pensé en dar marcha atrás, pero los jóvenes estaban subiendo ya por la escalera. No había tiempo para reflexionar. Empujé la puerta y entré rápidamente en el apartamento de Gérard Reynald.

No tuve tiempo para defenderme. Apenas había cerrado la puerta tras de mí, cuando me encontré aplastado contra la pared, con el brazo doblado en la espalda y el cañón de un revólver apoyado en mi sien.

– Pero…

– Shhh…

La presión sobre mi antebrazo se hizo más fuerte, y una rodilla se hundió entre mis lumbares. Habría podido intentar algo para liberarme. Conocía la técnica. Lo sabía, lo sentía: inscritos en los meandros insospechados de mi memoria se hallaban los gestos exactos para liberarme y dar un giro a la situación. Pero no era el momento de hacer ruido. Todavía había gente en la escalera. Me quedé quieto por el momento.

Las voces de los tipos joviales resonaron hasta que llegaron frente a la puerta, después siguieron subiendo por el edificio hasta desaparecer por fin.

De inmediato, me dejé llevar por un fantasma camorrista y por mis reflejos inconscientes. Todo ocurrió en una fracción de segundo, sin que tuviera necesidad de reflexionar. Con la velocidad de una fiera, di media vuelta, doblé mi brazo inmovilizado, agarré fuertemente la muñeca de mi agresor y la golpeé contra la pared para desarmarlo; después me deslicé tras él, pasé mi brazo alrededor de su cuello y le doblé la pierna con una patada. El hombre soltó un gruñido de dolor y cayó ante mí. Desarmado, estaba ahora de rodillas, con una mano aplastada contra la pared y la garganta arrinconada bajo mi codo. Sofocado, intentó hablar. Disminuí un poco la presión.

– Vigo -balbuceó él con voz gutural-, ghhh, déjeme…

– ¿Cómo te llamas, maldito? -repliqué con una agresividad que me sorprendió a mí mismo.

– SpHiNx… ¡Formo parte del grupo SpHiNx! -exclamó él sin aliento.

Me agaché con prudencia, cogí el revólver que se había caído al suelo, después liberé al hombre que estaba a mis pies y di unos pasos hacia atrás, con el arma apuntando hacia él. No podía ver sus rasgos en la oscuridad, pero me parecía demasiado mayor para ser un hacker.

– ¡Encienda la luz! -le ordené.

El tipo se quedó unos minutos de rodillas, agarrándose el cuello mientras tosía. Después se levantó con dificultad y le dio al interruptor. Descubrí entonces su rostro. Debía de tener unos cuarenta años, no parecía un asesino, ni un pirata informático, con los rasgos finos, los cabellos oscuros un poco largos y unos grandes ojos azules, aterrorizados. Llevaba guantes.

– ¿Cómo puedo estar seguro de que usted pertenece al grupo SpHiNx?

El hombre reflexionó antes de responder:

– Soy… Damián Louvel. Entró usted en contacto conmigo en Internet el otro día… El código que le di era AdB_4240.

Ése era el código que me habían dado. No era una garantía absoluta, desde luego, porque alguien podía haber estado espiando nuestra conversación; pero decidí que me podía contentar con esa información. En el fondo, se parecía tan poco a la imagen que me hacía de un hacker que tenía ganas de creerlo. La verdad es siempre más sorprendente de lo que uno pudiera pensar. Me guardé el revólver en la cintura.

– Encantado, señor Louvel…, ¿o debería decir SpHiNx?

El tipo sacudió la cabeza. Todavía no se había recuperado del susto.

– Llámeme Damien, con eso bastará. ¡Santo cielo! ¡Sí que tiene usted fuerza!

– Lo siento, pero fue usted quien me puso su pistola en la sien.

– Pero ¿qué está haciendo aquí, Vigo?

Me encogí de hombros; la situación me parecía cómica.

– Lo mismo que usted, supongo.

– Pues no ha sido muy astuto por su parte. Le habíamos aconsejado que fuera discreto…

– No puedo quedarme con los brazos cruzados…

El tipo asintió lentamente con la cabeza. Parecía entenderme, o bien todavía me tenía miedo.

– Me ha costado reconocerle -dijo, después de soltar un suspiro-. Bonito corte de pelo.

– Se hace lo que se puede…

Louvel sonrió por fin. Por el momento, me parecía simpático. No lo habría sabido explicar, pero había algo en su mirada que me reconfortaba, una especie de complicidad y de simplicidad sinceras. Tenía la impresión de que íbamos en el mismo barco. Desde hacía varios días, llevábamos a cabo la misma investigación, en paralelo, y al menos teníamos una causa en común: la verdad. Por otro lado, su condición de hacker, como un Robin de los bosques futurista, me gustaba; pero tenía que seguir desconfiando La vida no dejaba de enseñarme que no debía confiar en nadie.

– Y ahora, ¿qué hacemos? -pregunté, a la vez que echaba un vistazo al estudio de Reynald, que estaba detrás de mí.

El apartamento estaba hecho una leonera. Había un viejo colchón en el suelo, algunos muebles de fórmica desfondados, papeles y libros tirados por todas partes, bolsas de deporte llenas a rebosar, ropa esparcida por el suelo, hojas pegadas en las paredes… En la esquina opuesta a la entrada había una cocina americana, y en la pared de enfrente, una ventana con las persianas cerradas, por donde se filtraba la luz de una farola.

– Ya está. Voy a intentar recobrar el aliento…

El hacker se arregló la ropa, se volvió a frotar el cuello y después respiró hondo.

– Pues bien -dijo, por fin-, ahora que está usted aquí, supongo que no se va a ir.

– De eso puede estar seguro. He venido a buscar respuestas, y algo me dice que hay algunas en este apartamento…

– Creo que sí. Escuche, el tiempo apremia, Vigo. No podemos entretenernos aquí. No sé cuánto tiempo nos queda antes de que los polis acaben por descubrir la existencia de este estudio. Entonces, ayúdeme a acabar lo que tengo que hacer, y vámonos de aquí.

– ¿Y qué hace usted aquí, exactamente?

Sacó un pequeño aparato numérico de su bolsillo.

– Fotos. No hay tiempo para llevárnoslo todo.

Con un gesto de cabeza, me invitó a seguirlo al centro del estudio.

– Intento recoger la mayor cantidad de cosas posible. He fotografiado todo lo que he podido por aquí y por allá -dijo él, a la vez que indicaba la primera mitad de la habitación-. Hay que hacer fotos del resto.

– De acuerdo.

– Tenga, póngase esto. Es mejor que no dejemos nuestras huellas por todas partes.

Me puse el par de guantes que él me había dado. Cogí su revólver, y aunque al principio dudé, se lo acabé devolviendo. Él sonrió y lo guardó y se llevó la cámara de fotos frente a sus ojos. Se puso a retratar documentos que había apilado sobre el suelo.

Me fui a revisar la pared que bordeaba la cocina americana y donde estaban colgados la mayoría de documentos. Mi mirada fue enseguida atraída por una hoja en particular. En caracteres enormes, escritos a mano, se encontraba el principio de la frase que había oído en la torre SEAM: «Brotes transcraneanos, 88, es la hora del segundo mensajero».

Noté que mi corazón daba un brinco. Esas palabras, de repente, cobraron una sangrante realidad. No había podido inventármelas. Por otro lado, eso demostraba que había oído a Reynald el día de los atentados. Sí. Ya no había ninguna duda. Pero esa frase seguía sin tener ningún sentido para mí. No obstante, debía de significar algo interesante. Parecía un eslogan, una especie de grito de guerra… ¡Ojalá pudiera descifrarla! Recordé la continuación: «Hoy los aprendices de brujos en la torre; mañana, nuestros padres asesinados en el vientre, bajo 6,3». Por muy enrevesada que fuera esta frase, quizá la respuesta a este enigma se escondía allí, en esa habitación…

Continué examinando la pared. Había varios recortes de prensa: algunos parecían provenir de revistas científicas, la mayoría en inglés, y otros estaban sacados de sitios de Internet. Leí algunos titulares al azar: «Auditory hallucinations and smaller superior temporal gyral volume in schizophrenia»; más allá: «Trastornos psicóticos: trastornos esquizofrénicos y trastornos delirantes crónicos»; más abajo, había otro: «Increased blood flow in Broca's area during auditory hallucinations