/ Language: Español / Genre:thriller

Sueños asesinos

Iris Johansen

En una noche oscura, los terrores del pasado volverán a la vida de Sophie Dunston. Reconocida especialista en terapias del sueño y creadora del tratamiento REM-4, la científica ha visto cómo sus hallazgos se vuelven contra ella al ser utilizados para controlar la mente de los pacientes y convertirlos en crueles asesinos. Para salvaguardar su seguridad y la de su hijo Michael, durante años ha luchado con todas sus fuerzas denunciando las oscuras prácticas de Robert Sanborne, su antiguo jefe, aunque todo ha sido en vano. Esta vez, los sicarios del magnate farmacéutico están más cerca que nunca, pero Sophie no está dispuesta a que ganen la partida. Amenazada de muerte, su única opción será encomendarse a Matt Royd, un soldado calculador y enigmático que ha podido rehabilitarse de la manipulación causada por el medicamento. Pero ¿podrá confiar en él? Sus peores pesadillas, convertidas ahora en realidad, no han hecho más que empezar. Su vida corre peligro… Sophie Dunston nunca podrá perdonarse el hallazgo de la fórmula para controlar las pesadillas. No mientras ésta se encuentre en manos de Robert Sanborne, el despiadado empresario que ahora la utiliza con el propósito de crear un ejército de asesinos. Sus intentos de denuncia han sido en vano, y la científica empieza a entender que esta guerra que ha iniciado no la podrá luchar sola. Prisionera de su propio hogar y atrapada por los sentimientos de culpa, necesitará todo su ingenio y valentía para proteger su vida y la de su hijo Michael de las oscuras intenciones de Sanborne y sus secuaces, estableciendo un arriesgado juego de confianza con la única persona que parece dispuesta a ayudarla… …y no sabe en quién confiar. Matt Royd ha sido entrenado para matar. Miembro del grupo de operaciones especiales del ejército estadounidense, es frío como un iceberg y experto en manipular gente. Sin embargo, en su vida se esconde una historia mucho más oscura, un experimento que le transformó en lo que es en la actualidad. Decidido a saldar cuentas pendientes con aquéllos que le convirtieron en un asesino, en su camino se cruzará con la bella Sophie, y hará todo lo posible por protegerla.

Iris Johansen

Sueños asesinos

Eve Duncan & Friends, 10

© 2006 Johansen Publishing LLLP

Título original: Killer Dreams.

Traducción: Armando Puertas Solano.

Prólogo

– Te había dicho que es un lugar excelente -dijo Corbin Dunston, triunfante y orgulloso, mientras sostenía en alto la trucha que acababa de pescar-. Mira esta maravilla. Debe de pesar más de un kilo.

– Asombroso. -Sophie sonrió mientras se incorporaba-. ¿Ahora podemos volver al restaurante y comer algo, papá? Michael y mamá nos esperan.

– Michael debería haber venido con nosotros en lugar de quedarse en el restaurante. Los niños deberían salir a tomar el aire. Además, tenía la intención de lucirme delante de él. Son los privilegios que tiene un abuelo.

– Será la próxima vez. Te dije que estaba constipado. No quería arriesgarme a que viniera al muelle y cogiera frío.

– No le habría hecho daño. Michael no es un niño delicado. Es un chico duro donde los haya.

– Sólo tiene ocho años, papá. Déjame que lo mime todavía un tiempo. Además, le da a mamá la posibilidad de tenerlo para ella sola. Tú y él ya tenéis bastantes ocasiones para pasar ratos juntos, de hombre a hombre.

– Supongo que tienes razón. Y a tu madre le impedirá pasarse todo el día haciendo llamadas a los clientes. Es como si estuviera en el despacho. -El padre de Sophie lanzó el pez dentro del cesto, se incorporó y se estiró antes de emprender la marcha-. Sí, supongo que es mejor así. Mientras juega con Michael, charlará con todas las camareras del restaurante y hará unas cuantas llamadas para no sentirse culpable -dijo, y se encogió de hombros-. Le he dicho que debería jubilarse como yo, pero ella cree que se volvería loca. -Sacudió la cabeza-. Tú debes de haber heredado de ella esa fuerte personalidad. Las dos estaríais mejor si os relajarais y disfrutarais de la vida.

– Yo disfruto de la vida. Sólo que no me gusta pescar. Y quisiera que dejaras de intentar convertirme. Desde que tengo seis años te empeñas en llevarme a pescar a los lagos.

– Y tú me has dejado -dijo él, y le apretó el hombro-. Y la mayoría de las veces ni siquiera te quejas. Ya sé que crees que habría querido tener un hijo, y quizá tengas razón. Pero para mí nadie podría haber sido mejor compañera que tú a lo largo de los años. Gracias, Sophie.

Ella carraspeó para que no se notara la tensión en su voz.

– Esta vez sí que voy a quejarme. Me has pillado en medio de un mega-proyecto. -Sonrió-. Deberías entenderlo. Si no recuerdo mal, tú mismo has vivido episodios de estrés en ciertas ocasiones.

– Cosas del pasado. -Corbin miraba hacia el lago-. Dios mío, mira esa puesta de sol. ¿No la encuentras bella?

– Muy bella -asintió Sophie.

– ¿Y crees que merecía la pena venir aquí y dejar tu proyecto tan importante?

– No -dijo ella, sonriendo-. Pero tú sí merecías la pena.

– Por algo hay que empezar. -Corbin ahogó una risilla-. Y tienes razón. Merezco la pena. Soy un hombre agudo y listo y he descubierto el secreto de la vida. ¿Por qué no querrías pasar un rato conmigo?

– Ninguna razón en especial -respondió Sophie, dirigiéndole una mirada vaga. Corbin tenía las mejillas enrojecidas por el sol y, con su porte alto y atlético, parecía mucho más joven que sus sesenta y ocho años. Y vaya si parecía feliz, pensó Sophie. Ni asomo de tensión, ni señal alguna de cansancio-. Por eso lo he dejado todo y he venido corriendo -añadió, y guardó silencio un momento-. Te he echado de menos. Tenía la intención de venir el mes pasado, pero no tuve tiempo.

– Siempre pasa lo mismo. Por eso decidí abandonar esa carrera de ratas hace cinco años. Las personas son más importantes que los proyectos. Cada día debería ser una aventura, no una rutina aplastante -dijo, con un suspiro. Desvió a regañadientes la mirada de la puesta de sol-. Tu madre y yo nos vamos en un crucero a las Bahamas el próximo mes. Quiero que tú y Michael vengáis con nosotros.

– No puedo… -alcanzó a decir Sophie, y luego calló al ver la mirada de Corbin. ¿Qué más daba? Podía trabajar más horas y despachar los asuntos pendientes. Su padre y su madre no eran lo que se dice jóvenes, y Corbin tenía razón. Las personas eran más importantes que los proyectos, sobre todo esas personas que ella amaba tanto-. ¿Cuánto tiempo? -preguntó.

– Dos semanas.

– ¿Nada de pesca?

– Quizá un poco de pesca submarina. Nunca he llevado a Michael a hacer pesca submarina.

Sophie suspiró.

– Siempre y cuando nos dejes a mamá y a mí quedarnos en cubierta tomando margaritas mientras vosotros estáis en lo vuestro.

– No me importa. Trae a Dave, si puede. Él también necesita un respiro.

– Se lo preguntaré. Pero en este momento está ocupado en un pleito importante y trabaja todo el día. Para él significa unos buenos honorarios.

– Otro adicto al trabajo. -Corbin hizo una mueca-. Ni siquiera sé cómo tuvisteis tiempo para concebir a Michael.

Ella sonrió.

– Siempre queda la hora de la comida.

– No me sorprendería. -Corbin aceleró el paso-. Ahí están tu madre y Michael. Tengo muchas ganas de contarle lo del crucero. -Corbin hizo señas a Mary Dunston y a Michael, que acababan de salir del restaurante y les devolvían el saludo-. Ya verás lo feliz que se pone cuando le diga que vienes con nosotros. Me apostó que no sería capaz de convencerte -dijo, con una mueca-. Si no lo conseguía, le prometí que iría a uno de esos balnearios con ella. Quiere perder unos cuantos kilos.

– No lo necesita.

– Ya lo sé. Está estupenda. -La expresión de Corbin se suavizó mientras miraba a su mujer-. Cuantos más años cumple, más guapa se pone. Yo le digo que no sé por qué me enamoré de ella cuando tenía veinte años. Tenía esa piel tan tersa, sin esas arrugas que da el carácter, y ni un asomo de sabiduría en sus ojos. Ella me pide que deje de decir chorradas. Pero no son chorradas, Sophie.

– Ya lo sé. -El amor entre su padre y su madre había sido para Sophie una realidad de la vida durante toda su infancia-. Ella también lo sabe.

Michael había echado a correr hacia ellos.

– Abuelo, ¿podemos parar en la galería comercial cuando volvamos a casa? Quiero enseñarte el nuevo videojuego que he encontrado.

– No veo por qué no. Si tenemos tiempo después de cenar.

– Ya era hora de que llegarais -dijo Mary Dunston, que había alcanzado a Michael-. Estoy muerta de hambre, Corbin. ¿Has pescado algo?

– Claro que sí -dijo Corbin-. Dos truchas gigantescas.

– Digamos casi gigantescas -corrigió Sophie.

– Vale -convino Corbin-. Pero de un tamaño considerable, de todas maneras. ¿Has acabado de hacer tus llamadas, Mary?

Ella asintió con un gesto de la cabeza.

– Puede que me den aquellos listados de Palmaire -anunció, y le dio un ligero beso-. Venga, vamos a cenar.

– Enseguida. -Corbin abrió el cesto de la pesca.

– No quiero ver tus famosos pescados -dijo Mary-. Te creo. Son estupendos. Gigantescos.

Él metió la mano en el cesto.

– No pensaba enseñarte los pescados, Mary -dijo.

Del cesto sacó un revólver calibre 38 y le descerrajó un tiro en la cabeza.

– ¿Papá? -Sophie miraba sin creer lo que veía, el cráneo de su madre que se desintegraba. No, aquello tenía que ser una broma pesada muy exagerada. No podía ser…

Pero no era una broma. Su madre se había desplomado y yacía en el suelo en medio de un charco de sangre.

Corbin se giró y apuntó a Michael con la pistola.

– ¡No! -Sophie se lanzó hacia delante para situarse entre los dos cuando su padre apretó el gatillo.

Sintió un dolor que le desgarraba el pecho. Oyó que Michael gritaba. Y luego, la oscuridad.

Capítulo 1

Dos años después.

Hospital universitario de Fentway.

Baltimore, Maryland.

– ¿Qué pasa? Se supone que no deberías estar aquí.

Sophie Dunston alzó la mirada del gráfico y vio a Kathy VanBoskirk, la enfermera jefa del turno de noche, observando desde el umbral.

– Es un estudio de una apnea durante la noche.

– ¿Has trabajado todo el día y ahora haces el seguimiento durante toda la noche? -Kathy entró en la habitación y miró la cama al otro lado del doble panel de vidrio-. Ah, es un bebé. Ahora entiendo.

– Ya no tan bebé. Se llama Elspeth y tiene catorce meses -dijo Sophie-. Dejó de tener episodios hace unos tres meses, y ahora vuelve a tenerlos. Simplemente para de respirar en medio de la noche y el médico no puede descubrir a qué se debe. Su madre está enferma de los nervios.

– ¿Y dónde está, entonces?

– Trabaja por la noche.

– Tú también. Día y noche -dijo Kathy, mirando al bebé que dormía-. Dios, qué guapa es. Me pone a funcionar el reloj biológico. El mío ahora tiene quince y no tiene nada de tierno. Espero que vuelva a convertirse en un ser humano de aquí a seis años. ¿Crees que tengo una oportunidad?

– Don es el adolescente típico. Lo conseguirá -Sophie se frotó los ojos. Era como si tuviera arena. Eran casi las cinco y el estudio del sueño estaba a punto de acabar. Y luego se ocuparía de la tarea pendiente al comienzo de su lista, antes de meterse en la cama y dormir unas horas. Después, tenía que volver a su sesión de la una con el hijo de los Cartwright-. Y la semana pasada, cuando lo trajiste al despacho, se ofreció para limpiarme el coche.

– Lo más probable es que tuviera la intención de robarte algo -dijo Kathy, con una mueca-. O puede que quisiera ligar con una mujer mayor. Dice que te encuentra guapa.

– Sí, claro. -En ese momento, Sophie se sentía con más años de los que tenía, desaliñada y más fea que un pecado. Giró el gráfico que tenía en las manos y estudió el historial médico de Elspeth. La pequeña había tenido un episodio de apnea hacia la una de la madrugada y, desde entonces, nada. Quizá hubiera algo en aquel historial que le ayudara a entender mejor…

– Tienes un mensaje en la sala de enfermeras -avisó Kathy.

Sophie se puso tensa.

– ¿Es de casa?

Kathy se apresuró a sacudir la cabeza.

– No. Dios, lo siento. No era mi intención asustarte. No lo pensé. El mensaje lo han dejado durante el cambio de turno, a las siete, y se han olvidado de dártelo -dijo, y siguió una pausa-. ¿Cómo está Michael?

– A veces terrible. A veces bien. -Sophie intentó sonreír-. Pero maravilloso, siempre.

– Sí, es verdad -asintió Kathy.

– Pero de aquí a cinco años me estaré tirando de los pelos, como tú -dijo, y cambió de tema-. ¿De quién es el mensaje?

– Es Gerald Kennett, otra vez. ¿No piensas devolverle la llamada?

– No -dijo Sophie, mientras revisaba la lista de los medicamentos de Elspeth. Quizá se tratara de una alergia.

– Sophie, no te perjudicaría en nada hablar con él. Te ha ofrecido un empleo por el que te pagan más en un mes que en todo un año aquí en la universidad. Y hasta puede que suba su oferta, ya que no deja de llamarte. Yo no me lo pensaría dos veces.

– Entonces, llámalo tú. Me gusta mi trabajo aquí, y me gusta la gente de mi equipo. No quiero tener que responder ante una empresa farmacéutica.

– Antes trabajabas para una.

– Cuando me licencié de la facultad de medicina. Fue un grave error. Creí que me dejarían la libertad de investigar sin trabas. Eso no ocurrió, y ahora prefiero dedicarme a la investigación en mi tiempo libre. -Dibujó un círculo en torno a un medicamento en el historial de Elspeth-. Y he aprendido más a tratar con las personas aquí de lo que aprendería jamás en un laboratorio.

– Como con Elspeth -dijo Kathy, que miraba al bebé-. Se está agitando.

– Sí, está en fase no REM desde hace cinco minutos. Casi ha acabado. -Sophie dejó el gráfico y se dirigió a la puerta que daba a la sala de pruebas-. Tengo que entrar y quitarle esos cables, antes de que se despierte. Si se despierta sola, tendrá miedo.

– ¿A qué hora se supone que viene la madre?

– A las seis.

– Va contra las normas. Se supone que los padres deben venir a buscar a sus hijos al final de la sesión, y ésta acaba a las cinco y media.

– Al diablo con las normas. Por lo menos, la madre se preocupa lo bastante como para que le hagamos las pruebas a su bebé. A mí no me importa quedarme.

– Ya lo sé. Serás tú la que empiece a tener terrores nocturnos por la noche si te empeñas en no dormir y acabas agotada.

Sophie hizo la señal para mantener a los demonios a raya.

– Ni me hables de ello. Dile a la madre de Elspeth que venga en cuanto llegue, ¿vale?

– Te he asustado -dijo Kathy, con una risilla.

– Sí, me has asustado. No hay nada peor que sentir terror por la noche. Créeme. Yo lo he vivido. -Entró en la habitación de Elspeth y se acercó a la cuna. Sólo tardó unos minutos en desconectar los cables. La pequeña tenía el pelo oscuro, como su madre, y una piel sedosa de color oliva, ahora enrojecida en medio del sueño. Sophie sintió una calidez familiar mientras la contemplaba-. Elspeth -murmuró-. Vuelve a nosotros, cariño. No te arrepentirás. Hablaremos y te leeré un cuento y esperaremos a tu mamá…

Kathy pensó que debía volver a su puesto, mientras observaba a Elspeth y a Sophie a través del vidrio. Sophie había cogido al bebé y lo había arropado con una manta y, en ese momento, estaba sentada en la silla mecedora con la pequeña en el regazo. Le hablaba y la mecía y la expresión de su rostro era dulce, viva y afectuosa.

Kathy había oído a otros médicos describir a Sophie como una mujer brillante e intuitiva. Tenía un doble doctorado en medicina y química y era una de las mejores terapeutas del sueño de todo el país. Pero Kathy prefería a esta otra Sophie. La que se acercaba a sus pacientes y, aparentemente sin esfuerzo, los tocaba con su magia. Incluso su hijo adolescente había respondido a esa calidez el día que la conoció. Y Don era un chico decididamente exigente. Desde luego, era probable que el hecho de que Sophie fuera rubia, alta y delgada, además de tener un ligero parecido con Kate Hudson, tuviera mucho que ver con la admiración de su hijo. A Don no le iban las mujeres maternales. A menos que se tratara de Madonna, a quien tenía en las tapas de sus cuadernos.

Pero Sophie no se parecía a Madonna más de lo que se parecía a una estatua de la virgen María. En aquel momento, era muy humana y estaba llena de amor.

Y de fuerza. Sophie tenía que ser una mujer muy fuerte para haber superado el infierno que le había tocado vivir en los últimos años. Se merecía un respiro. A Kathy le habría gustado que cogiera el empleo que le ofrecía ese Kennett, que cobrara una buena pasta y se olvidara de la responsabilidad.

Y luego, cuando volvió a mirar su expresión, sacudió la cabeza. Sophie no renunciaría a su responsabilidad. No con ese bebé, ni con Michael. No iba con su naturaleza.

Qué más daba, quizá Sophie tuviera razón. Quizá el dinero no fuera tan importante como lo que recibía cuando estaba ahí dentro, con esa pequeña.

– Adiós, Kathy -se despidió Sophie al ir hacia los ascensores-. Ya nos veremos.

– Si tienes dos dedos de frente, espero que no. Tengo turno de noche todo este mes. ¿Has encontrado algún motivo que explique el aumento de la apnea?

– Voy a cambiar uno de los medicamentos. En el caso de Elspeth, es casi todo ensayo y error. -Dio un paso para entrar en el ascensor-. Sólo tenemos que hacer un seguimiento hasta que, con el tiempo, lo supere.

Se apoyó contra la pared del ascensor cuando las puertas se cerraron. Cerró los ojos. Estaba demasiado cansada. Debería ir a casa y olvidarse de Sanborne.

Deja de portarte como una cobarde. No, señor, todavía no se iría a casa.

Unos minutos después, abría la puerta de su Toyota monovolumen. Evitó mirar la caja con el rifle Springfield en el maletero. Lo había comprobado antes para asegurarse de que todo estaba en orden. En realidad, ni siquiera era necesario comprobarlo. Jock siempre se ocupaba de las armas y no la dejaría ir por ahí con un rifle defectuoso. Era demasiado profesional para eso.

Ya quisiera ella tener igual opinión de sí misma. Había evitado pensar en Sanborne durante toda la noche, pero ahora temblaba. Durante unos minutos, mantuvo la cabeza apoyada contra el volante. Supéralo, se dijo. Era natural que se sintiera de esa manera. Cobrarse una vida era una cosa terrible. Incluso la de una escoria como Sanborne.

Respiró hondo, alzó la cabeza y puso en marcha el coche.

Sanborne llegaría a las siete de la mañana.

Ella tenía que estar ahí, esperándolo.

Corre.

Oyó que alguien gritaba a sus espaldas.

Se dejó caer por la pendiente del cerro, rodó, se levantó y corrió a toda prisa hacia la orilla del arroyo.

Una bala pasó silbando a centímetros de su cabeza.

– ¡Deténgase!

Corre. Sigue corriendo.

Alcanzaba a oír el ruido de los arbustos que se quebraban. ¿Cuántos eran?

Ocúltate entre los arbustos. El monovolumen estaba aparcado a la orilla del camino, a unos quinientos metros. Tenía que perderlos antes de llegar al coche.

Las ramas le azotaban la cara mientras se abría camino entre los arbustos.

Ya no los oía.

Sí, todavía los oía. Pero sonaba como si estuvieran más lejos. Quizá hubieran ido en otra dirección. Había llegado al coche.

De un salto estuvo en el asiento del conductor. Lanzó el rifle hacia el asiento trasero antes de arrancar. Pisó con fuerza el acelerador.

Huye. Todavía le quedaba una posibilidad. Si no estaban lo bastante cerca para verla bien.

Lo bastante cerca para meterle una bala en la cabeza…

Michael estaba chillando cuando entró en la casa, una hora más tarde.

Mierda. Mierda. Mierda.

Dejó su bolso en el suelo y corrió por el pasillo.

– Ya está. -Jock Gavin levantó la vista cuando ella entró corriendo en la habitación-. Lo he despertado en cuanto se activó el sensor. No le ha afectado demasiado.

– Lo suficiente.

Michael se había sentado en la cama. Respiraba con dificultad y tenía el pecho agitado por el esfuerzo. Sophie se acercó deprisa a la cama y lo cogió en sus brazos.

– Ya está, cariño. Se ha acabado -murmuró, meciéndolo-. Se ha acabado todo.

Michael la apretó desesperadamente un momento antes de rechazarla.

– Ya sé que ya está -dijo, con voz cortante, y respiró hondo-. Quisiera que no me tratases como a un bebé, mamá. Me siento raro.

– Lo siento -cada vez se decía a sí misma que dejaría de ser tan emocional, pero aquello la había pillado con la guardia baja. Se aclaró la garganta-. Intentaré evitarlo -dijo, sonriendo tímidamente-. Sin embargo, algunas personas podrían pensar que eres un niño. Imagínatelo.

– Te prepararé el desayuno, Michael -dijo Jock, al ir hacia la puerta-. Muévete. Son las siete y media.

– Sí. -Michael bajó de la cama-. Vaya, tengo que prepararme para ir al colegio. Perderé el autobús.

– No hay prisa. Te puedo llevar si no alcanzas a cogerlo.

– Nooo. Tú estás cansada. Lo cogeré -afirmó Michael. Miró por encima del hombro-. ¿Cómo va ese bebé?

– Esta noche ha tenido un episodio. Creo que es uno de los medicamentos que toma. Intentaré cambiarlo.

– Qué bien -dijo Michael, y desapareció en el cuarto de baño.

Cuando cerró la puerta, pensó Sophie, era probable que Michael estuviera apoyado en el picaporte dándose un momento para superar las náuseas inducidas por el terror nocturno. Ella le había enseñado a hacerlo pero, en los últimos tiempos, él la marginaba de ese ejercicio. Era una reacción perfectamente natural y no había motivos para que ella se sintiera herida. Michael tenía diez años y estaba creciendo. Sophie tenía suerte de que todavía mantuvieran una relación tan estrecha.

– Mamá. -Michael había asomado la cabeza por la puerta, y una sonrisa iluminaba su cara delgada-. He mentido. No es que me sienta raro. Pero he pensado que quizá debería sentirme raro.

Y volvió a desaparecer.

Mientras iba hacia la cocina, Sophie se sintió embargada por una calidez y un amor inconmensurables.

– Buen chaval. -Jock estaba parado junto al aparador-. Y los tiene bien puestos, además.

Ella asintió con un gesto de la cabeza.

– Ya lo creo. ¿Ha tenido algún otro episodio anoche?

– No según tus instrumentos. Sin aumento significativo del ritmo cardiaco hasta hace unos minutos. -Jock se giró-. Dile a Michael que le he hecho una tostada y un zumo de naranja. Tengo que hacer una llamada. Ya es hora de que informe a MacDuff.

Ella sonrió.

– La primera vez que te oí decir eso creí que MacDuff era tu agente de libertad condicional. Nunca pensé que sería un terrateniente escocés.

– En cierto sentido, es mi agente. -Los ojos de Jock brillaban-. Si no lo llamara de vez en cuando, me andaría siguiendo los pasos para asegurarse de que hago lo que se supone que tengo que hacer. Tenemos un acuerdo.

– El que hayas crecido en un pueblo de sus tierras no le da derecho a decirte lo que tienes que hacer.

– MacDuff cree que sí. Creció siendo una persona muy responsable y se muestra muy protector con todos los habitantes de nuestro pueblo. Nos considera a todos parte de su familia -dijo Jock, y sonrió-. Y a veces yo pienso lo mismo. También es mi amigo, y es difícil decirle a un amigo que se vaya al infierno-. Su sonrisa se desvaneció cuando la miró-. Tienes un rasguño en la mejilla.

Sophie evitó llevarse la mano a la cara. Se había limpiado en una gasolinera, pero no había manera de ocultar el arañazo. Tendría que haber sabido que Jock se daría cuenta. Jock se daba cuenta de todo.

– No es nada -dijo.

Él entrecerró los ojos, fijos en su cara.

– Te esperaba hace una hora. ¿Dónde has estado?

Ella no contestó directamente.

– Podrías haberme llamado si había algún problema con Michael.

– ¿Dónde has estado? -repitió él-. ¿En las instalaciones?

Ella no le mentiría. Asintió con un gesto brusco de la cabeza.

– No vino. Ha llegado a las siete en punto el martes las últimas tres semanas. No sé por qué no ha aparecido hoy. -Sophie tenía los puños apretados a los lados-. Joder, estaba preparada, Jock. Estaba dispuesta a hacerlo.

– Nunca estarás preparada.

– Tú me has enseñado. Estoy preparada.

– Puede que lo mates, pero de todas maneras te destrozará.

– Matar no te ha destrozado a ti.

Él respondió con una mueca.

– Deberías haberme visto hace unos años. Era un caso perdido.

– Un motivo más para matar a Sanborne -dijo Sophie-. No se le debería permitir que siga vivo.

– Estoy de acuerdo. Pero no tienes que ser tú quien lo haga. -Jock guardó silencio un momento-. Tienes a Michael. Te necesita.

– Lo sé. Y he llegado a un acuerdo con su padre para que cuide de él si fuera necesario. Dave lo quiere, pero fue incapaz de soportar lo que ocurrió aquel primer año. Michael está mucho mejor ahora.

– Michael te necesita.

– Cállate, Jock. ¿Cómo puedo…? -Sophie se frotó la sien que le dolía y murmuró-: Es culpa mía. Ellos siguen adelante. ¿Cómo puedo dejar que sigan?

– MacDuff conoce a mucha gente importante. Podría pedirle que llame a alguien conectado con el gobierno.

– Ya sabes que lo he intentado. He llamado a toda la gente que conocía. Me han dado golpecitos en la espalda y me han dicho que entendían mi histeria. Que Sanborne era un empresario respetable y que no había pruebas de que fuera el monstruo que yo decía. -Los labios se le torcieron en una mueca-. Cuando conseguí hablar con el quinto senador, un burócrata cabrón, era verdad que estaba histérica. Me parecía inconcebible que no me creyeran. Aunque, en realidad, sí lo entendía. Se hacían favores. En todas partes. -Sophie sacudió la cabeza con gesto de cansancio-. Tu MacDuff se toparía con el mismo muro. No, tiene que ser de esta manera -dijo, entre dientes-. Y te equivocas. No me destrozaría. No dejaría que Sanborne me hiciera más daño del que me ha hecho hasta ahora.

– Entonces deja que lo mate yo en tu lugar. Sería una solución mucho más aconsejable.

A Sophie el tono de Jock le pareció relajado, casi inexpresivo.

– ¿Porque a ti no te molestaría? Eso es una mentira. Sí que te molestaría. No eres tan insensible.

– ¿No? ¿Sabes a cuántos he matado?

– No. Y tú tampoco lo sabes. Por eso me has ayudado. -Sophie pulsó el botón de la cafetera y se apoyó contra el aparador-. Uno de los guardias me vio. Quizá más de uno, no estoy segura.

Jock se puso tenso.

– Eso está mal. ¿Te habrán filmado con las cámaras de vigilancia?

Ella negó con la cabeza.

– Llevaba un abrigo y el pelo recogido bajo un gorro. Estoy segura de que nadie me vio hasta que empecé a retirarme, y fue sólo un minuto. Puede que no pase nada.

Él sacudió la cabeza.

– Ya verás como no. Lo conseguiré. Nadie va a avisar a la policía. Sanborne no quiere llamar la atención a propósito de nada raro en las instalaciones.

– Pero ahora estarán alertas.

Eso no lo podía negar.

– Tendré cuidado.

Jock negó con la cabeza.

– No puedo permitirlo -dijo, con voz suave-. Puede que MacDuff me haya contagiado su sentido de la responsabilidad. Yo maté a mi demonio personal hace muchos años, pero te señalé la dirección correcta para acabar con Sanborne. Puede que nunca lo hubieras encontrado si yo no te hubiera llevado hasta él.

– Lo habría encontrado. Sólo que habría tardado más. Sanborne tiene instalaciones farmacéuticas en todo el mundo. Las habría comprobado todas.

– Y habrías tardado un año y medio en llegar igual de lejos.

– No podía creerlo. O quizá no podía aceptarlo. Era demasiado horrible.

– La vida puede ser horrible. Las personas pueden ser horribles.

Pero Jock no era horrible, pensaba Sophie, mientras lo miraba. Quizá era el ser humano más bello que había conocido. Era delgado, tenía poco más de veinte años, pelo rubio y rasgos notablemente finos. No había nada de afeminado en él, era un tipo totalmente masculino y, aún así, su rostro era… bello. No había otra manera de describirlo.

– ¿Por qué me miras así? -preguntó Jock.

– No querrías saberlo. Ofendería tu orgullo escocés masculino. -Sophie se sirvió una taza de café-. Anoche tuve una paciente llamada Elspeth. También es un nombre escocés, ¿no?

Él asintió con la cabeza.

– ¿Y está bien?

– Creo que sí. Espero que sí. Es un bebé precioso.

– Y tú eres una buena mujer -dijo él-. Que intenta evitar una discusión cambiando de tema.

– No pienso discutir. Es mi batalla. Te he arrastrado a ella para que me ayudes, pero no dejaré que corras riesgos ni cargues con culpas.

– ¿Culpas? Dios, si lo pensaras bien, te darías cuenta de lo ridículo que es eso. A estas alturas, mi alma estará más negra que la caldera del infierno.

Ella negó con un gesto de la cabeza.

– No, Jock. -Se mordió el labio inferior. Maldita sea, no quería decirlo-. Te agradezco todo lo que has hecho, pero quizá ha llegado el momento de que me dejes.

– Esa breba no caerá. Ya hablaremos. Buenos días, Sophie. -Jock se dirigió a la puerta-. Le he prometido a Michael que lo recogeré esta tarde después de su partido de fútbol, así que no tienes que molestarte si estás ocupada. Métete en la cama e intenta dormir. Me dijiste que tenías una cita a la una.

– Jock.

Él miró por encima del hombro y sonrió.

– Es demasiado tarde para que intentes deshacerte de mí. No puedo dejar que te maten. Actúo como un egoísta. Me quedan muy pocos amigos en este mundo, como si hubiera perdido la habilidad de entablar amistades. Me dolería mucho perderte.

Al salir, cerró con un portazo.

Maldita sea, no necesitaba ese tipo de reacciones de Jock. Debería haberse callado la boca y no contarle que la habían visto. Ella sabía que él era muy protector. Jock no había parado de discutir con ella para que le dejara a él ejecutar el asesinato y, cuando Sophie se había negado, él le había enseñado la manera más segura y eficaz de hacer lo que tenía que hacer. Se había quedado con ella esos meses para supervisarla y protegerla, y para estar presente en caso de que cambiara de parecer. Ella debería haberlo despachado después de que él le enseñara todo lo que tenía que aprender. Jock decía que se portaba como un egoísta, pero la egoísta era ella. Tenerlo ahí para que cuidara de Michael mientras ella trabajaba era una bendición. Se sentía muy sola, y la presencia de Jock había sido un consuelo, pero ahora tenía que obligarlo a marcharse.

– Tengo cinco minutos. -Michael entró a toda prisa en la cocina. Cogió el zumo de naranja y lo tragó-. No tengo tiempo para desayunar -dijo. Cogió su mochila y fue hacia la puerta. Ella le dio un beso en la mejilla al pasar-. No llegaré a casa hasta las seis. Tengo fútbol.

– Lo sé. Me lo ha dicho Jock -Sophie lo abrazó-. Te veré en el partido.

– ¿Podrás venir? -preguntó él, con la cara iluminada.

– Llegaré tarde, pero llegaré.

– Estupendo -Michael sonrió. Dio unos pasos y se giró-. Deja de preocuparte, mamá, estoy bien. Esto ya lo tenemos resuelto. Sólo ha ocurrido tres veces esta semana.

Tres veces en que su corazón se había disparado hasta triplicar su ritmo y él se despertaba gritando. Tres veces en que Michael podría haber muerto si ella no lo hubiera conectado al monitor. Y, aún así, él quería que ella no se preocupara. Sophie se obligó a sonreír.

– Lo sé. Tienes razón. Ahora lo tienes cuesta arriba. ¿Qué puedo decir? Me preocupo demasiado. Todo viene con el mismo paquete -lo empujó hacia la puerta-. Llévate una barrita de proteínas ya que no tienes tiempo para desayunar.

Él cogió la barra y desapareció.

Sophie esperaba que se acordara de comerla. Michael estaba demasiado delgado. Después de los terrores nocturnos, había tenido problemas para retener la comida y, sin embargo, insistía en jugar al fútbol y practicar atletismo. Lo más probable era que le hiciera bien estar ocupado, y ella quería desesperadamente que tuviera una vida lo más normal posible. Pero sin duda el deporte le había ayudado a perder peso.

Sonó su teléfono móvil.

Sophie se puso tensa al ver el nombre en la pantalla. Dave Edmunds. Dios, no tenía ganas de hablar con su ex marido en ese momento.

– Hola, Dave.

– Esperaba hablar contigo antes de que te fueras al trabajo -dijo él, y siguió una pausa-. Jean y yo vamos a coger un vuelo a Detroit el sábado por la noche, así que antes tendré que llevar de vuelta a Michael. ¿Te parece bien?

– No, pero supongo que así tiene que ser. -Sophie apretó con fuerza el auricular-. Dave, es la primera vez en seis meses que tienes a Michael un fin de semana. ¿Crees que no se enterará de por qué no se queda a dormir? No es tonto.

– Claro que no. -Siguió otra pausa-. Son esos malditos cables, Sophie. Tengo miedo de hacer algo mal. Está mejor contigo.

– Sí, es verdad. Pero te enseñé cómo conectar el monitor. Es sencillo. Sólo el dedo índice con la pinza y el cinturón de respaldo del pecho. Ahora Michael sabe hacerlo solo. Lo único que tienes que hacer es verificar que el monitor funcione correctamente. Eres su padre y no quiero que lo engañes. Por Dios, Michael no tiene la peste. Está herido.

– Lo sé -dijo Dave-. Estoy trabajando en ello. A mí me da un miedo de muerte, Sophie.

– Entonces, supéralo. Él te necesita. -Sophie colgó, y parpadeó para reprimir las lágrimas que le quemaban. Esperaba que Dave hubiera cambiado por fin, pero las perspectivas no eran demasiado halagüeñas. El santuario de seguridad que ella había construido para Michael con su padre se estaba viniendo abajo ante sus ojos. Tendría que pensar en otra cosa, hacer otros planes. Antes de aquel día horrible, pensaba que podían superarlo como pareja, a pesar de que tenían unos cuantos problemas. Se había equivocado. Seis meses después de que la hubieran dado de alta en el hospital, el vínculo no había sido lo bastante sólido para perdurar.

Pero, maldita sea. Dave tenía que estar presente si Michael lo necesitaba. Tenía que estar.

Conserva la calma. En ese momento, nada podía hacer. Encontraría una manera de proteger a Michael. Se metería en la cama y se dormiría. Y luego volvería al hospital, donde podría mantenerse ocupada y dedicada a aquello para lo que había estudiado. Ayudar a las personas, en lugar de planear cómo matarlas.

– Te pido que me liberes de mi promesa -dijo Jock Gavin cuando MacDuff contestó el teléfono-. Puede que tenga que matar a un hombre. -Esperó, mientras escuchaba al terrateniente lanzar imprecaciones al otro extremo de la línea. Cuando terminó, Jock dijo-: Es un hombre malvado. Merece morir.

– No a manos tuyas, maldita sea. Eso ha acabado para ti.

Nunca acabaría, pensó Jock. Él lo sabía, aunque el terrateniente lo ignorara. Pero MacDuff deseaba que aquello acabara con tanto ahínco que él también lo quería.

– Sophie va a matar a Sanborne, si no lo hago yo. No puedo permitirlo. Ya le han hecho demasiado daño. Aunque no la descubrieran, la marcaría para siempre.

– Es probable que se eche atrás. Dijiste que no tenía instinto de asesina.

– Pero ahora tiene la destreza. Yo se la he dado. Y, además de la destreza, tiene el odio y la noción de que hace algo malo por el motivo correcto. Eso la empujará más allá del abismo.

– Entonces, déjala que lo haga. Vete de ahí.

– No puedo hacer eso. Tengo que ayudarla.

MacDuff guardó silencio un momento.

– ¿Por qué? ¿Qué sientes por ella, Jock?

Jock rió por lo bajo.

– No te preocupes. Nada de sexo. Y, Dios me libre, nada de amor. Bueno, quizá amor. La amistad también es amor. Los aprecio, a ella y al chico. Siento un vínculo debido a todo lo que ha sufrido. Lo que todavía sufre.

– Con eso basta para que me preocupe, porque podría llevarte a adoptar viejos hábitos. Quiero que vuelvas a los dominios de MacDuff.

– No. Libérame de mi promesa.

– Ni lo sueñes. Te he dejado solo mucho tiempo para que encuentres tu camino. Fue jodidamente difícil para mí. Lo único que te pedí es que te mantuvieras en contacto y que no hubiera más crímenes.

– Y no los ha habido.

– Hasta ahora.

– No ha ocurrido nada… todavía.

– Jock, no… -MacDuff calló y respiró hondo-. Déjame pensar. -Siguieron unos minutos de silencio. Jock casi oía el tic-tac de la mente del terrateniente, barajando las posibilidades-. ¿Qué te haría volver al castillo?

– No quiero que Sophie mate a Sanborne.

– ¿No podemos dejarlo en manos del FBI o de algún organismo de gobierno?

– Ella dijo que ya lo ha intentado. Cree que hay sobornos de por medio.

– Podría ser. Sanborne tiene casi tanto dinero como Bill Gates y ese potencial podría parecer muy atractivo a ciertos políticos. ¿Qué pasa con los medios de comunicación?

– Sophie estuvo tres meses ingresada en un hospital, con una crisis nerviosa, después de aquellas muertes. Es uno de los motivos por los que no conseguía que nadie le hiciera caso.

– Mierda.

– Libérame de mi promesa -repitió Jock, paciente.

– Olvídalo -dijo MacDuff, terminante-. ¿No quieres que Sophie mate a Sanborne? Entonces mandaremos a alguien que haga el trabajo en su lugar.

– Si no me deja a mí, no dejará a nadie. Dice que es responsabilidad suya.

– ¿Quién va a contárselo? Nos deshacemos del cabrón, y ya está.

Jock rió.

– Hasta ahí llegan tus ganas de impedir un homicidio -dijo-. Empiezas a hablar como yo, MacDuff.

– No me importa pisar una cucaracha. Sólo que no quiero que lo hagas tú. ¿Qué pasa si metemos a Royd en la foto?

Jock guardó silencio.

– ¿A Royd?

– Me dijiste que anda a la caza de algo. Al parecer, no hay duda de que Royd podrá ocuparse y llegar hasta el final, si tiene la oportunidad.

– Sin duda. Royd es una apisonadora. Sólo tendría que preocuparme de que no arrase a Sophie a su paso.

– Eso no estaría mal si la mantiene a salvo.

– Sophie no pensaría igual -dijo Jock, seco-. Te aseguro que volvería a levantarse y lo buscaría hasta encontrarlo, como me encontró a mí.

– Llama a Royd y luego vuelve a casa.

– No.

Silencio.

– Por favor.

– No quiero… -Jock dejó escapar un suspiro. Una promesa era una promesa y él le debía a MacDuff más de lo que podría pagarle en mil años-. Me lo pensaré. Puede que tarde un poco en encontrarlo. Según mis informaciones, Royd podría estar muerto. Lo último que supe es que estaba en algún sitio en Colombia. Intentaré dar con él.

– Si necesitas ayuda, dímelo. Hazle venir, y tú, coge ese avión. Nos veremos en Aberdeen -dijo MacDuff, y colgó.

Jock colgó, lentamente, a su vez. La respuesta de MacDuff no era inesperada, pero lo decepcionaba. Quería acabar con el tormento de Sophie de la manera más rápida y eficaz, y no había nadie más eficaz que él para la tarea que ella se había propuesto.

Excepto, quizá, Matt Royd.

Como le había advertido a MacDuff, Royd era una apisonadora en todo el sentido de la palabra. Jock le había pedido a MacDuff que investigara los antecedentes de Royd cuando éste se había puesto en contacto con él hacía un año. Parecía un hombre lleno de pasión y amargura, pero Jock había vivido con mentiras y engaños demasiado tiempo y no iba a correr el riesgo de que volvieran a manipularlo. Royd era un tipo listo, implacable, y conseguía salir con éxito de operaciones difíciles, cuando no imposibles.

Royd tenía motivos para alimentar esa pasión y amargura que Jock había percibido. No había duda de que se centraría solamente en Sanborne y en el REM-4 una vez que averiguara dónde estaban las instalaciones.

Pero, joder, a Jock no le gustaba la idea de no estar para controlar la actuación de Royd. Apreciaba a Sophie Dunston y a Michael y, en su vida, cualquier tipo de emoción era algo raro y preciado. Había tenido que volver a aprender cómo responder al afecto, y ese aprendizaje era algo que debía atesorar y proteger.

Sonrió desganadamente con ese último pensamiento. Era raro reflexionar sobre la gentileza mientras se resistía a no cometer el más abominable de los pecados en nombre de la bondad.

Y puede que existiera la necesidad de hacerlo, en caso de que Royd hubiera perdido interés por la caza.

Aquello era una probabilidad jodidamente remota.

Capítulo 2

– ¿Podría ser ella? -preguntó Robert Sanborne, levantando la mirada del informe que tenía en su mesa.

– ¿Sophie Dunston? -Gerald Kennett se encogió de hombros-. Supongo que podría ser ella. Ya ha leído el informe del guardia de seguridad. Sólo tuvo un atisbo del intruso. Sexo no identificado, altura media, constitución delgada, chaqueta marrón, gorra de tweed. Llevaba un rifle. Supongo que habrá huellas de las pisadas. ¿Debería tirar de algún hilo y pedirle a la policía que mande un equipo de forenses a comprobarlas?

– Vaya, qué pregunta más descabellada. No podemos tener a la policía en las inmediaciones. Envía a un par de hombres a echar una ojeada.

Gerald procuró que Sanborne no viera cómo lo crispaba el desprecio implícito en su voz. Cuanto más contacto tenía con Sanborne, más le irritaba. El muy hijo de puta se creía Dios y sólo se mostraba complaciente con quien estaba a obligado a serlo. Que pensara que Gerald era inferior a él. Aguantaría a Sanborne todo lo que pudiera y luego lo dejaría.

– ¿De verdad cree que intentaría dispararle?

– Claro que sí -dijo Sanborne, que volvía a mirar el informe-. Si no puede hacerme daño de otra manera. Ya esperaba que hiciera algún movimiento desde que el senador Tipton se negó a escucharla. Es una mujer desesperada.

– ¿Y qué piensa hacer? Yo no he venido a trabajar para inmiscuirme en nada violento -se apresuró a añadir Gerald-. Sólo dije que se la traería si ella aceptaba tener una reunión conmigo.

– Pero, Gerald, es Sophie Dunston la que se ha vuelto violenta -dijo Sanborne, con voz sedosa-. ¿Y qué otra cosa se puede esperar cuando piensas en su historial de desequilibrio? Uno debería sentir pena por esa pobre mujer. Tiene que soportar una carga tan enorme que a menudo debe tener impulsos suicidas.

Gerald lo miró con expresión cauta.

– ¿Impulsos suicidas?

– Estoy seguro de que sus compañeros en el trabajo declararían que estaba sometida a mucha tensión. Su pobre hijo, ya sabes.

– ¿De qué está hablando?

– Estoy diciendo que ha llegado el momento de deshacerse de esa puta. He estado esperando a que se presente la ocasión propicia, porque sería demasiado sospechoso, después de todo lo que Sophie Dunston ha hablado con el FBI y los círculos políticos. Además, pensaba que podría obtener de ella parte de la información que necesito -dijo, golpeando el informe con un dedo-. Pero esto me inquieta, y puede que me obligue a modificar mis planes. Es posible que esa chiflada tenga un golpe de suerte si esos ineptos de seguridad no saben cumplir con su trabajo. No he llegado hasta aquí perseverando en el éxito de este proyecto para que venga Sophie Dunston e intente hacerlo saltar todo por los aires.

Gerald frunció el ceño.

– Ya veo que sería un grave inconveniente.

– ¿Es un sarcasmo, Gerald? -inquirió Sanborne, entrecerrando los ojos.

– No, claro que no -se apresuró a decir Kennett-. Sólo que no sé cómo…

– No, desde luego que no. Aquí tú no pintas nada. Quieres llevarte las ganancias de nuestro trato y conservar las manos limpias -dijo Sanborne-. Pero seguro que no te importaría mirar hacia otro lado mientras Caprio se ensucia las suyas.

Caprio. Garwood había visto sólo una vez a aquel tipo desde que Sanborne lo había contratado, pero la sola mención del nombre lo ponía instintivamente alerta. Suponía que esa desazón que sentía era la reacción que experimentaba la mayoría de las personas ante Caprio.

– A Caprio no le importaría un poco de suciedad. Disfruta con ello -dijo Sanborne-. Y tú ya te has ensuciado. Has robado más de quinientos mil dólares a tu empresa, y habrías dado con el culo en la cárcel si yo no te hubiera dado el dinero para restituirlo.

– Habría encontrado el dinero.

– ¿En tu árbol de navidad?

– Tengo contactos. -Gerald se humedeció los labios-. No me daba miedo que me descubrieran. Vine a verlo porque me hizo una oferta que no podía rechazar.

– La oferta sigue sobre la mesa. Puede que incluso la haga más suculenta si me demuestras tu valor trayéndome a Sophie Dunston la semana que viene. Entretanto, yo haré mis propios movimientos. -Cogió el teléfono y marcó-. Lawrence, las cosas se agitan. Puede que tengamos que movernos rápido. -Siguió una pausa, y luego-: Dile a Caprio que tengo que verlo.

Las cadenas le cortaban los hombros.

Tenía que moverse. Tenía que liberarse.

Dios mío.

¡Sangre!

Royd se despertó en la cama con los ojos exageradamente abiertos. El corazón le latía aceleradamente y estaba empapado de sudor.

Sacudió la cabeza para despejarse y se giró para posar los pies en el suelo. Otra de aquellas malditas pesadillas. Tenía que bloquearla. Las pesadillas no le devolverían a Todd y sólo lo llenaban de rabia y frustración.

Se levantó, cogió su cantimplora y salió de la tienda. Se salpicó la cara con agua y respiró hondo. Casi había amanecido y tendría que salir en busca de Fredericks. Si es que los rebeldes no habían decidido aplicar un castigo ejemplar y le habían volado la cabeza.

Rogaba a Dios que no lo hubieran hecho. Por lo que había escuchado de Soldono, su contacto con la CIA, Fredericks era un tipo bastante decente, tratándose de un director ejecutivo. Lo cual no significaba ni una mierda en este mundo. El juego se llamaba Poder, y los tíos simpáticos acababan siendo los últimos si no tenían los músculos para protegerse. Fredericks tenía los músculos, pero sus guardaespaldas habían sido unos ineptos o habían sido sobornados…

Sonó su teléfono móvil. ¿Sería Soldono el que llamaba para decirle que la operación de rescate se había anulado?

– Royd.

– Nate Kelly. Lamento llamarte tan temprano pero acabo de volver de las instalaciones. Creo que tengo algo. ¿Tienes un momento para mí?

Royd se había puesto tenso.

– Habla, y que sea rápido. Tengo que irme en unos minutos.

– Sólo unos minutos. He localizado los informes experimentales iniciales del REM-4. No hay fórmulas. Seguro que las guardan en algún otro sitio. Pero tengo tres nombres. Sanborne, tu favorito, el general Boch y un nombre más.

– ¿Quién?

– La doctora Sophie Dunston.

– ¿Una mujer? ¿Quién coño es?

– Todavía no lo sé. No he tenido tiempo para investigar. Te he llamado enseguida. Pero sus antecedentes aparecían como referencia en un archivo actual. Iba a revisarlo pero he tenido que salir a toda prisa de la sala de archivos.

– Eso quiere decir que sigue implicada.

– Diría que afirmativo.

– Quiero saberlo todo acerca de ella.

– Haré lo que pueda. Pero la próxima semana van a vaciar las instalaciones. No sé por cuánto tiempo tendré acceso a la sala de registros.

Mierda.

– ¿Una semana?

– Así parece.

– Debo tener esa información. No puedo hacer nada contra Boch ni Sanborne a menos que también consiga esos archivos de investigación del REM-4 también. Tiene que estar todo en el mismo paquete. Sin embargo, la mujer podría ser una pista, si llego a encontrarla.

– ¿Y qué harás con ella?

– Averiguar todo lo que sabe.

– ¿Y luego?

– ¿Qué te creías? ¿Qué la dejaría ir sólo porque se trata de una mujer?

Kelly guardó silencio un momento.

– No, supongo que no.

– Eso es porque no eres tonto. ¿Puedes conseguir información acerca de ella antes de que retiren los archivos?

– Si trabajo rápido y no me descubren.

– Hazlo. -Royd hablaba pausadamente, pronunciando cada palabra con claridad-. No he investigado lo del REM-4 durante tantos años para acabar aquí. Quiero saberlo todo sobre Sophie Dunston. La necesito. Y la tendré.

– Volveré esta noche. Me encontraré contigo en el National Airport mañana, con todo lo que pueda averiguar.

– No puedo llegar mañana. -Royd se quedó pensando en ello, estaba tentado a renunciar a la misión y dejarla en manos de la CIA, pero ya era demasiado tarde. Para cuando hubieran superado todos los escollos, Fredericks estaría muerto-. Dame una semana.

– No te puedo prometer que todavía estará por ahí. Si Boch y Sanborne se marchan, puede que ella se reúna con ellos.

Royd dejó escapar una imprecación.

– Dos días. Necesito al menos dos días. Encuéntrala y llámame si pareciera que se marcha. Mantenla a buen recaudo hasta que yo vuelva.

– ¿Acaso sugieres que la secuestre?

– Lo que sea necesario.

– Me lo pensaré. Dos días. Llámame cuando cojas el avión a Washington -dijo Kelly, y colgó.

Royd desconectó su móvil, con una punzada de frustración. Joder. Estaba tan cerca, pero ésta era la primera oportunidad que tenía en los últimos tres años. Y se presentaba justo cuando tenía que solucionar lo de Fredericks.

Dos días.

Empezó a vestirse a la carrera. Tenía que sacar a Fredericks de ahí y subirlo a un avión. No había tiempo para errores. Ni para juegos. Rescataría a Fredericks de manos de los rebeldes aunque tuviera que regar con napalm toda la selva hasta Bogotá.

Y seguro que estaría en Washington antes de que se cumplieran los dos días que había negociado.

No la dejes escapar, Kelly.

El grito de Michael recorrió la casa justo en el momento en que se activaba la alarma del monitor en la mesilla de noche de Sophie.

En cuestión de segundos, ya se había levantado y corría hacia su habitación.

Michael volvió a gritar antes de que ella llegara a su lado.

– Michael, no pasa nada. -Sophie se sentó en la cama y lo sacudió. Michael abrió los ojos, desconcertado, y ella lo abrazó-. No pasa nada. Estás a salvo. -No era verdad. Siempre pasaba algo. Sophie sentía latir su corazón, galopando, errático. Michael temblaba como si tuviera la malaria-. Se ha acabado.

– ¿Mamá?

– Sí. -Sophie lo apretó con fuerza-. ¿Estás bien?

Pasó un momento antes de que Michael contestara. Siempre tardaba unos minutos en recuperarse, aunque Sophie interviniera antes de que se hundiera irremediablemente en el horror.

– Sí, claro -dijo Michael, con voz temblorosa-. Siento que tú… Debería ser más fuerte, ¿no?

– No, eres muy, muy fuerte. Conozco a hombres adultos que también sufren terrores nocturnos y tú eres mucho más fuerte que ellos. -Sophie se separó apenas de él y le apartó el pelo de la cara bañada en lágrimas. Sophie no intentó secárselas, porque había aprendido a ignorarlas para no avergonzarlo. Era un pequeño gesto, pero era lo único que podía hacer para salvar su orgullo, aunque Michael dependiera tanto de ella-. Siempre te digo que no es una cuestión de debilidad. Es una enfermedad que tenemos que curar. Conozco tu dolor y me siento muy orgullosa de ti -afirmó, y luego calló-. Sólo hay una cosa que me haría sentir más orgullosa. Si me hablaras de ellos…

Él desvió la mirada.

– No me acuerdo.

Era una mentira y los dos lo sabían. Era verdad que las víctimas de terrores nocturnos a menudo no recordaban el contenido de sus sueños. Pero los sueños de Michael tenían que estar relacionados con lo ocurrido aquel día en el muelle. Con sólo ver su reacción cuando ella le preguntaba, se veía que se acordaba.

– Te haría bien, Michael.

Él sacudió la cabeza.

– Vale, quizá la próxima vez -dijo Sophie, y se incorporó-. ¿Qué te parece una taza de chocolate?

– Son las cuatro y media. Hoy tienes que ir a trabajar, ¿no?

– Ya he dormido lo suficiente. -Sophie fue hacia la puerta-. Tú ve a lavarte la cara y, entretanto, yo prepararé el chocolate. -Michael estaba pálido. Había sido una pesadilla de las fuertes. Dios mío, Sophie esperaba que no vomitara-. Te espero en la cocina dentro de diez minutos, ¿vale?

– Vale.

El color le había vuelto a la cara cuando se sentó a la mesa, cinco minutos más tarde.

– Papá me llamó ayer por la tarde.

– Qué bien. -Sophie vertió el chocolate caliente en los dos tazones y agregó un poco de merengue-. ¿Cómo está?

– Muy bien, supongo. -Michael bebió un sorbo-. Volveré a casa el sábado por la noche. Papá y Jean se van de viaje fuera de la ciudad. Le dije que no me importaba. Prefiero volver a casa y estar contigo.

– Me alegro. Te echo de menos. -Sophie se sentó y cogió el tazón con ambas manos, que estaban frías-. Pero, ¿por qué? Jean te cae bien, ¿no?

– Sí, claro. Es simpática. Pero creo que ella y papá quieren estar solos. Es lo que pasa con los recién casados, ¿no?

– A veces. Pero ellos ya llevan casi seis meses casados y estoy seguro de que hay un lugar para ti en sus vidas.

– Puede que sí. -Michael bebió otro sorbo y se quedó mirando el chocolate-. ¿Es culpa mía, mamá?

– ¿Qué es culpa tuya?

– Tú y papá.

Sophie llevaba esperando que Michael hiciera esa pregunta desde el día en que ella y Dave se habían separado. Se alegraba de que por fin hubiera salido a la superficie.

– ¿El divorcio? En absoluto. Sencillamente éramos dos personas muy diferentes. Nos casamos en la universidad, cuando éramos muy jóvenes, y cambiamos a medida que envejecimos. Les ocurre a muchas parejas.

– Pero vosotros dos discutíais mucho por mí. Yo os oía discutir.

– Sí, discutíamos. Pero discutíamos mucho por casi todo. Y eso no significa que no nos habríamos divorciado de todas maneras.

– ¿De verdad?

Ella se inclinó y le cogió ambas manos.

– De verdad.

– ¿Y no importa si Jean me cae bien?

– Me parece estupendo que te caiga bien. Ella hace muy feliz a tu padre, y eso es importante. -Sophie cogió una servilleta de papel y le limpió el merengue derretido en los labios-. Y ella es buena contigo. Eso es todavía más importante.

Él guardó silencio un momento.

– Papá dice que a Jean la ponen un poco nerviosa mis pesadillas. Creo que por eso no quieren que me quede por la noche.

Qué cabrón. Le había colgado la responsabilidad a Jean para quedar como un inocente. Se obligó a sonreír.

– Ya se acostumbrará. Vaya, puede que ni siquiera tenga que acostumbrarse. Como tú mismo has dicho, ya no ocurre todas las noches. Estás mejorando día a día.

Él asintió con un movimiento de la cabeza y guardó silencio un momento.

– Papá me preguntó acerca de Jock.

Sophie tomó un trago de su chocolate.

– ¿Ah, sí? ¿Le hablaste de Jock?

– Sí, claro. Se lo mencioné un par de veces la última vez que fuimos al cine.

– ¿Qué quería saber?

– Preguntó qué hacía todo el día aquí en casa -dijo Michael, sonriendo-. Creo que pensaba que había algo sentimental.

– ¿Y tú qué le dijiste?

– Le conté la verdad. Que Jock era tu primo, que estaba en la ciudad y que buscaba un empleo.

Era la verdad, por lo que Michael sabía. Sophie había tenido que inventarse una historia cuando Jock apareció.

– Es una suerte para nosotros -dijo-. Jock ha sido una gran ayuda, ¿no? ¿A ti te cae bien?

Michael asintió con un gesto de la cabeza, pero su sonrisa se desvaneció.

– Sabes, me da un poco de vergüenza que haya otras personas cuando tengo pesadillas. Pero con Jock es diferente. Es como… si supiera lo que me pasa.

Jock lo sabía. Nadie conocía mejor ese tormento.

– Tal vez sí lo sepa. Jock es un hombre muy sensible -dijo Sophie, y se incorporó-. ¿Has acabado? Lavaré tu taza.

– Yo la lavaré. -Michael se levantó, cogió las dos tazas y las dejó en el fregadero-. Tú has preparado el chocolate. Lo justo es justo.

Sin embargo, no había nada de justo en lo que Michael estaba viviendo, pensó Sophie, entristecida.

– Así es. Gracias. ¿Estás listo para volver a la cama?

– Supongo que sí.

Ella lo miró fijo a los ojos.

– Nada de suposiciones. Si no estás preparado, nos quedamos aquí y conversamos. Podríamos ver un DVD.

– Estoy listo -dijo Michael, sonriéndole-. Tú vuelve a la cama. Yo me enchufaré al monitor -dijo, con una mueca-. Me pondré muy contento cuando no tenga que usarlo porque me siento como un personaje de una peli de ciencia ficción.

Ella se puso tensa.

– Por ahora es necesario, Michael. No puedes prescindir de él. Quizá en unas semanas podamos dejar de usar la conexión del pulgar.

Él asintió y desvió la mirada al ir hacia la puerta.

– Lo sé. Sólo hablaba por hablar. Todavía no quiero dejar de usarlo. Me da mucho miedo. Buenas noches, mamá.

– Buenas noches.

Sophie lo miró mientras se alejaba por el pasillo. Parecía tan pequeño y vulnerable con ese pijama de franela azul. Era vulnerable.

Vulnerable al dolor y al terror, e incluso a la muerte. Daba miedo. Daba terror.

Y él estaba aprendiendo a lidiar con ello y sobrevivir. Ella le había dicho que se sentía orgullosa, pero aquello se quedaba corto. Michael luchaba contra la confusión, la amenaza de la muerte y el horror con un valor que la asombraba. Cualquier otro chico habría sido golpeado, aplastado y completamente destruido por el castigo que le tocaba soportar a Michael.

Dios mío, esperaba que el terror nocturno no volviera esa noche.

– Pareces cansado -dijo Kelly, mientras miraba a Royd saliendo de la aduana en el aeropuerto National, de Washington-. ¿Te he presionado demasiado?

– Me he presionado a mí mismo -dijo Royd, seco-. Y, joder, sí, estoy cansado. En los últimos días habré dormido unas tres horas.

Y lo parecía, pensó Kelly. En la cara ancha y de pómulos salientes de Royd siempre había una expresión de tirantez y de alerta, pero sus ojos oscuros estaban cansados y brillaban, agitados, y en su boca se adivinaba la tensión. Con sus pantalones vaqueros, la camisa color caqui y su complexión grande y fuerte, parecía un leñador.

– Tal como han resultado las cosas, no se han movido con tanta rapidez como yo creía -dijo Kelly-. Podrías haber tardado un poco más.

– No, no podía. Me estaba volviendo loco. ¿Qué has averiguado acerca de esa mujer? -inquirió Royd.

– No demasiado. Todos los que trabajan en la instalación hacen turnos de doce horas preparándose para la mudanza, y yo sólo he tenido acceso a la sala de archivos en una ocasión. Es terapeuta del sueño y trabaja en el hospital de la universidad de Fentway.

– Terapeuta del sueño. -Royd apretó los labios-. Sí, tendría sentido. ¿Tienes una dirección?

Kelly asintió con un gesto de la cabeza.

– Tiene una casa en las afueras de Baltimore, cerca del hospital.

– ¿Y cerca de las instalaciones?

– Sí. -Kelly guardó silencio-. ¿Has decidido ir a por ella?

– Ya te he dicho que sí. ¿Has averiguado algo más?

– En realidad, no. Está divorciada y vive con su hijo de diez años.

– ¿Hay alguien más en la casa?

Kelly se encogió de hombros.

– Ya te he advertido que tenía escasa información. He estado demasiado ocupado para seguirle los pasos. Sería preferible que esperaras a que lo averigüe…

– ¿Y darle la oportunidad de dejar el nido? -Royd negó con la cabeza-. Me pondré en marcha ahora mismo. ¿Tienes una foto?

– Una foto antigua de los expedientes del personal. -Kelly buscó en su bolsillo y le entregó una fotocopia-. Una mujer atractiva.

Royd miró la foto.

– Sí, ¿sabes si se acuesta con Sanborne?

– Ya te he dicho que no he tenido tiempo de…

– Lo sé. Lo sé. Es sólo una idea. Cuando investigues, averígualo. -Kelly se había detenido junto a un coche y Royd estudió la foto mientras Kelly abría las puertas-. Quizá no. Da la impresión de que no es alguien a quien se pueda intimidar, y a Sanborne le gustan los juegos sexuales de poder. Hace unos años en Tokio mató a una prostituta.

– Qué encantador. ¿Estás seguro?

– Estoy seguro. Hay muy pocas cosas que no sé acerca de Sanborne. Pero verifícalo de todas maneras. -Royd subió al coche-. ¿Vuelves a la instalación?

Kelly asintió.

– Para eso me pagas. Las cosas están un poco agitadas con la mudanza. Puede que se presente la oportunidad.

– También puede que te corten el cuello.

– Me conmueve tu preocupación.

Royd guardó silencio un momento.

– Es verdad que me preocupa. No quiero ofrecer más vidas humanas a Sanborne de las que ya se ha cobrado.

– Además, me aprecias -dijo Kelly, sonriendo.

– A veces.

– Eso es toda una concesión de tu parte -añadió Kelly-. Y eso que llevo casi un año arriesgando el culo por ti -dijo, haciendo una mueca. -Sabré cuidarme, ya he tomado mis precauciones. Y puede que ésta sea mi última oportunidad para conseguir esas fórmulas. ¿Tenemos absoluta certeza de que no hay otras copias?

– Sanborne no se arriesgaría a que hubiera otras copias circulando por ahí. El valor del REM-4 reside en su exclusividad. Sanborne era un obseso del secreto y de su control sobre el proceso cuando yo trabajaba para él. Pero puede que sea posible conseguirlas a través de Sophie Dunston -dijo Royd, y apretó los labios-. Esta noche lo averiguaré.

– ¿Piensas ir ahora mismo?

– No correré el riesgo de que escape bajo mis narices.

– Al menos podrías esperar a que averigüe algo más acerca de ella.

– Ya he esperado demasiado. Me has dicho que Dunston ha tenido una participación decisiva en los experimentos iniciales. Es muy probable que sepa dónde están localizados esos archivos en el interior de la planta. Es lo único que necesito para seguir.

– ¿Quieres que te acompañe?

– Tú haz lo que sabes hacer. Yo haré lo que yo sé hacer -dijo Royd, y una mueca le torció los labios-. Gracias a Sanborne.

– Y, quizá, a Sophie Dunston.

– Como he dicho, ella encaja en todo esto. Te llamaré si veo que puedes abandonar la búsqueda de los archivos.

– Si consigues obligarla a hablar.

Royd respondió sólo con una fría mirada, pero fue suficiente. Aquello era una estupidez, pensó Kelly. Además de ser uno de los hombres más peligrosos que jamás había conocido, Royd era imparable. No había ninguna duda de que haría lo que tenía que hacer.

Y que Dios se apiadara del alma de Sophie Dunston.

Capítulo 3

– He hablado con MacDuff dos veces en los dos últimos días -dijo Jock cuando Sophie contestó el teléfono-. Quiere que vuelva a casa.

Sophie intentó disimular la natural reacción de decepción. Al fin y al cabo, ¿no era lo que ella deseaba?

– Entonces, vete. No te necesito. Esperaba que, al no haber aparecido por aquí en los últimos días, me hubieras tomado la palabra.

– Deja de intentar deshacerte de mí. Le he dicho a MacDuff que volvería a casa si las cosas salían bien. Eso todavía no ha ocurrido. Te estás portando como una testaruda. ¿Qué tal está Michael?

– Anoche tuvo un episodio, pero lo desperté muy rápido.

– Vaya. Las cosas no son nada fáciles. Dile que vendré mañana para llevarlo a ver esa peli de ciencia ficción que quería ver. O podríamos ir a comer a Check E. Cheeses, si tiene ganas.

– Jock, yo lo llevaré. Michael no necesita un hermano mayor. Vete a casa -dijo Sophie, y guardó silencio un momento-. Su padre le ha preguntado por ti.

– Bien. Tal vez lo estimule un poco de competencia por el afecto del hijo. No admiro tu elección de marido, en este caso. Es un milagro que Michael haya salido bien parado.

– Dave tiene muchas cualidades.

– Pero he observado que le importa más el dinero que cuidar de Michael.

– El dinero es importante para Dave, pero también lo es Michael.

– No vamos a discutir por eso ahora -dijo Jock-. He ido a las instalaciones -dijo, después de una pausa-. Tienen mucha prisa en cargar esos camiones con todo lo que no esté clavado al suelo. Puede que hayas puesto nervioso a Sanborne. Los hombres nerviosos son impredecibles. Hay más cosas de las que tenemos que hablar. Invítame a una taza de té cuando traiga a Michael a casa.

– Ni te lo pienses.

– Pensándolo bien, creo que vendré enseguida. Tengo que empezar a trabajar contigo. Te vuelves cada vez más testaruda a medida que pasa el tiempo.

– Cerraré la puerta con llave. Vuelve a Escocia.

Jock oyó su risilla antes de colgar.

Sophie sonrió después de colgar y se quedó pensando. No debería experimentar aquel sentimiento de alivio. No era justo que obligara a Jock a quedarse, y no lo obligaría. Llamaría a MacDuff y le pediría que ejerciera más presión sobre Jock. A ella, desde luego, no le hacía ningún caso.

Lo haría al día siguiente.

Era tarde y tenía una cita a las ocho de la mañana. Se alejó por el pasillo y fue a echar una mirada a Michael. Por favor, duerme profundo y tranquilo, hijo mío. Cada noche es un regalo.

Cerró cuidadosamente la puerta y volvió sobre sus pasos para preparar la cafetera de la mañana siguiente. Necesitaba toda la cafeína que podía consumir para funcionar aquellos días.

Fue a su habitación y extendió el brazo para encender la luz.

Un brazo la cogió por el cuello.

– Si gritas, te rompo el cuello, puta.

Dios mío.

Sophie no gritó. Le lanzó al hombre un fuerte codazo en el vientre, al tiempo que le propinaba una patada en la espinilla.

Él soltó un gruñido y, por un momento, el abrazo se aflojó. Sophie se soltó de un tirón y corrió hacia el mueble donde guardaba el arma que Jock le había dejado.

Cayó de rodillas cuando él le hizo un placaje antes de recorrer la mitad del camino. Ahora estaba encima de ella y la cogió por el cuello con ambas manos.

Dolor.

Sophie no podía respirar.

Intentó desesperadamente separarle los dedos.

Dios mío, no podía morir.

Michael…

Lo escupió en la cara.

– ¡Puta! -El hombre soltó una mano para darle una bofetada. Ella giró la cabeza y le hincó los dientes en la otra mano. Sintió el sabor cobrizo de la sangre. Y luego, su grito de rabia y dolor.

Logró zafarse por debajo. Él la cogió por el pelo antes de que pudiera doblar las rodillas.

Algo metálico brilló en su mano. Una navaja. La muerte. ¡No!

Se quedó mirando su rostro contorsionado por la rabia mientras luchaba por librarse. Horrible, demasiado horrible.

– ¿Asustada? -preguntó él, con el aliento entrecortado-. Deberías estarlo. Te habría sido más fácil… -El hombre abrió desmesuradamente los ojos y arqueó todo el cuerpo-. ¿Qué…?

Sophie vio la punta de la daga que le asomaba en el pecho.

Tenía los ojos vidriosos cuando empezó a trastabillar hacia ella, pero fue lanzado hacia un lado por un hombre que estaba a su espalda. ¿Jock?, se preguntó Sophie, en medio de una nebulosa.

– ¿La ha apuñalado?

Pero entonces vio que no era Jock. Era un tipo alto y musculoso, pelo oscuro muy corto. Su talante era tan inexpresivo como su rostro anguloso.

Se miró la blusa salpicada de sangre.

– No, debe de ser la sangre de él.

Él lanzó una mirada al hombre caído.

– Supongo que sí. ¿Quién es?

Ella se obligó a mirar la cara de su agresor. Pelo castaño y ralo, los ojos totalmente abiertos en un rostro triangular.

– No lo sé -murmuró Sophie-. No lo he visto en mi vida.

– Ya veo. ¿El tío ha entrado sin más a cortarle la yugular? -inquirió el hombre, con tono escéptico.

Sophie se dio cuenta de que temblaba. Se sentía débil, vulnerable y enfurecida.

– ¿Quién diablos es usted?

– Matt Royd. Puede que el nombre le diga algo.

– No.

Él se encogió de hombros.

– Pero claro, supongo que han sido muchos los que han pasado por sus manos.

– No sé de qué me habla.

– La habitación de su hijo está al fondo del pasillo, ¿no? -preguntó el hombre, que empezaba a girarse hacia la puerta. Ella se incorporó de un salto.

– ¿Cómo lo sabe? Ni se le acerque.

– He hecho un breve reconocimiento antes de ver a su amigo forzando la ventana. Pero si hay alguien a quien usted ha enfadado, puede que haya decidido…

– Acabo de dejar a Michael -dijo ella.

Pero alguien podría haber entrado en su habitación mientras ella luchaba, pensó, presa del pánico. Pasó junto a Royd, empujándolo a un lado y corrió por el pasillo. Abrió de golpe la puerta de Michael. La habitación estaba bañada en la tenue luz de la noche, pero Sophie vio a Michael dormido y a salvo en la cama.

Quizá…

Tenía que asegurarse. Cruzó a toda prisa la habitación. Michael respiraba con ritmo regular y dormía profundamente. No tan profundamente, porque abrió los ojos adormecidos.

– ¿Mamá, pasa algo?

– Hola -dijo ella, con voz suave-. Todo va bien. Sólo estaba mirando. Vuelve a dormirte.

– Vale… -Cerró los ojos-. ¿Has estado cocinando? Tienes ketchup en la blusa.

Sophie se había olvidado de la sangre.

– Salsa para la pasta. Mañana por la noche tengo espaguetis. He dejado la cocina hecha un desastre. Buenas noches, Michael.

– Buenas noches, mamá.

Sophie dio media vuelta y salió de la habitación. Royd estaba en el pasillo.

– Al parecer, está bien.

Ella asintió con un gesto seco mientras cerraba la puerta.

– ¿Cómo ha entrado en mi casa?

– Por la puerta de atrás.

– Estaba cerrada con llave.

– Una buena cerradura. He tardado unos cuantos minutos en abrirla.

– ¿Se dedica a robar casas?

Él frunció los labios.

– Cuando me lo ordenan. He hecho un poco de todo, y muchas de las actividades practicadas por el hombre que iba a cortarle el cuello. Es lo que se me daba más fácil. He tenido entrenamiento y experiencia antes del REM-4.

Sophie se tensó.

– ¿Qué?

– El REM-4. -El hombre la miró fijamente a los ojos-. No finja que no sabe de qué hablo. En este momento, estoy un tanto cabreado. No se necesitaría demasiado para hacerme perder la calma.

– Salga de mi casa -dijo ella, con tono neutro.

– ¿No me da las gracias por salvarle la vida? Qué maleducada. -El hombre apretó los labios-. Si colabora, puede que haga desaparecer ese cadáver que hay en su habitación. Soy bueno en ese tipo de cosas.

– ¿Cómo sabe que no llamaré a la policía? Ese hombre ha entrado ilegalmente en mi casa -dijo, mirándolo fijo-. Igual que usted.

– ¿Es una amenaza? -preguntó él, con voz suave-. No me gustan las amenazas.

Sophie se estremeció con un miedo profundo. Dios mío, aquel tipo le daba más miedo que el maniático de su habitación.

Es usted el que me amenaza. Ha entrado en mi casa. ¿Cómo sé que si el hombre no me hubiera atacado, no lo habría hecho usted?

– No lo sabe. Todavía puedo hacerlo. Es muy tentador. Pero intento controlarme. Si me da lo que quiero, tendrá la posibilidad de sobrevivir.

Sophie sentía el corazón tan acelerado que casi no podía respirar. Se apoyó contra la pared.

– Salga de aquí -ordenó.

– Está asustada. -El hombre dio un paso adelante y le puso las manos sobre los hombros que ella apoyaba en la pared-. Tiene derecho a estarlo. Sería una lástima que el niño perdiera a su madre por ser una testaruda.

Estaba a pocos centímetros de ella, y Sophie se sintió atrapada. El hombre la miraba con sus ojos azules y brillantes. Una mirada dura, fría como el hielo.

– ¿Quién lo ha mandado?

– Pero si ha sido usted misma -dijo él, sonriendo.

– Y una mierda. -Sophie le lanzó una patada a la entrepierna y se escabulló por debajo de su brazo cuando el dolor lo hizo doblarse en dos. Corrió hacia la puerta principal. Tenía que salir de ahí. Conseguir ayuda. No tenía tiempo para pensar.

Royd estaba justo detrás de ella cuando abrió la puerta de un tirón.

Y cayó en brazos de Jock.

Sophie intentó empujarlo a un lado.

– Jock, ten cuidado. Está…

– Shh, ya lo sé.-Jock miró por encima de su hombro y la apartó suavemente-. ¿Qué ocurre, Royd?

Royd se paró en seco y le lanzó una mirada de cautela.

– Dímelo tú, Jock. No esperaba encontrarte aquí. ¿Pretendes decirme que tú has llegado antes? Ni lo pienses.

Sophie miraba, asombrada.

– ¿Os conocéis, Jock?

– Se podría decir que sí. Fuimos a la misma escuela -dijo, y miró fijamente a Royd-. Te has equivocado de pista. Ella no es la que buscas.

– Y una mierda que no -dijo Royd, irritado-. Su nombre estaba en los archivos de Sanborne. En los antiguos y en los actuales.

– ¿Cómo lo sabes?

– Nate Kelly. Es un hombre legal. No comete errores.

– Eso no significa que quizá no haya interpretado incorrectamente algo que ha descubierto. -Jock se giró hacia Sophie-. ¿Michael está bien?

Ella asintió con gesto tembloroso.

– Pero hay un hombre muerto en mi habitación.

Jock miró a Royd.

– ¿Uno de los tuyos?

– No suelo matar a mis propios hombres -dijo Royd, con una mirada de sorna-. Llegó antes que yo. Pensaba cargársela. Y yo no podía permitirlo. La necesitaba.

Jock la miró a ella.

– ¿Sophie?

– Él lo mató.

– ¿Quién es el hombre al que ha matado?

– No lo sé -dijo ella, sacudiendo la cabeza.

– Entonces será mejor que eche una mirada. -Cogió a Sophie por un brazo-. Ven. No podemos quedarnos aquí en el porche. No te conviene que los vecinos vengan a curiosear.

Ella no se movió. Tenía la mirada fija en Royd.

– No te hará daño -dijo Jock-. Ha habido un malentendido.

– ¿Un malentendido? Acaba de matar a un hombre.

– Y le he salvado el pellejo -añadió Royd, con voz seca.

– Al parecer, para sus propios fines.

– Absolutamente.

– Royd, no es ella a quien buscas -repitió Jock-. Si me das una oportunidad, te lo explicaré. Entretanto, no te metas.

Royd se tensó visiblemente.

– ¿Me estás amenazando?

– Sólo si no das un paso atrás. Pero sería una tontería que nos enfrentáramos. Estamos en el mismo bando. De hecho, estos últimos días he estado intentando averiguar tu paradero -dijo, con una mueca-. Y no sé si podría enfrentarme a ti. MacDuff ya se ha percatado de que no he tenido ocasión de practicar en mucho tiempo. Y tú has vivido una vida que, decididamente, te mantiene en forma.

– No me vengas con chorradas -dijo Royd-. Tú eras el mejor y eso no se olvida.

– Estamos en el mismo bando -insistió Jock-. Dame un poco de tiempo y te lo demostraré.

Royd no quería hacer lo que Jock le pedía, pensó Sophie. Sentía la tensión, la violencia que latía bajo la superficie. Por un momento, pensó que aquella violencia explotaría. Y, de pronto, Royd se giró bruscamente y se alejó por el pasillo.

– Échale una mirada al cuerpo. Si era un profesional, se ha dejado llevar por la emoción. Estaba tan cabreado con ella que no me oyó acercarme por detrás.

– No quiero a este Royd en mi casa, Jock -dijo Sophie-. No me importa lo que tengáis entre vosotros. Pero no quiero que nos afecte ni a mí ni a mi hijo.

– Ya lo creo que les afectará. -Royd se giró, con la mirada encendida-. Está metida en esto hasta el cuello y todo lo que yo haga a partir de este momento le afectará. Será mejor que ruegue para que crea lo que Jock quiere contarme. No es demasiado probable.

– Tranquila. -Jock hizo entrar a Sophie en la casa y cerró la puerta-. Sophie, prepara un café mientras nos ocupamos de este intruso. Diría que un café te sentará bien.

– Quiero ir con… -Era mentira. No quería volver a ver al asesino con el maldito cuchillo asomándole por el pecho. Y no serviría de nada-. Iré a ver de nuevo a Michael y nos veremos en la cocina.

Diez minutos más tarde, preparaba el café e intentaba recuperar la compostura. Dios mío, temblaba tan violentamente que no iba a ser capaz de sostener la taza. Era la reacción a lo ocurrido que se estaba a poderando de ella. En unos minutos, se le pasaría. Cerró los ojos y respiró profundamente. Después de la muerte de sus padres, había vivido periodos en los que perdía el control, pero ahora era fuerte y aquel hombre no significaba nada para ella excepto una amenaza.

La sangre que brotaba de aquella maldita herida. No tenía sentido. No tenía ningún sentido. Ningún sentido.

No, no perdería el control. Ahora estaba bien.

– ¿Sophie? -Era Jock, que entraba en la cocina.

Ella abrió los ojos y asintió con un gesto de la cabeza.

– Estoy bien. Supongo que me ha traído de vuelta unos cuantos recuerdos.

– ¿Qué recuerdos? -preguntó Royd, que entró en la cocina después de Jock.

Ella le lanzó una mirada fría.

– Nada que le concierna.

– Ve al baño y cámbiate. -Jock le pasó una blusa blanca que le había traído. -Pensé que no tendrías ganas de entrar en tu habitación en estos momentos.

– Gracias. -Sophie cogió la blusa y pasó al lado de los dos hombres al salir de la cocina.

Royd estaba apoyado en el vano de la puerta, y ella procuró no tocarlo. Sin embargo, sintió la tensión, percibió la pasión de la emoción que lo electrizaba. No quería lidiar con esa pasión antes de haber recuperado la serenidad. Que Jock tratara con él. Que Jock lo sacara de su casa.

Se lavó, se cambió la blusa y se cepilló brevemente el pelo. Luego se dio un minuto para intentar bloquear de su mente la imagen del cadáver en su habitación. No dio resultado. No debiera dar resultados. Tenía que enfrentarse a lo que había ocurrido y también tendría que enfrentarse con Matt Royd. «Así que deja de lamentarte y plántale cara».

Jock y Royd estaban sentados a la mesa de la cocina cuando ella entró. Royd parecía tan relajado como un tigre al que se obliga a mantener el equilibrio encima de un taburete. Un tigre, sí. Era un símil adecuado.

– Te he servido café -dijo Jock, señalando la silla a su lado-. Siéntate. Tenemos que hablar con Royd.

Ella sacudió la cabeza.

– Siéntate -repitió Jock-. Tienes suficientes líos, tal como están las cosas. No te conviene ver a Royd como una amenaza.

Ella vaciló pero, al final, lentamente, se sentó.

– ¿Has reconocido al hombre de mi habitación?

Jock negó con la cabeza.

– Y Royd tampoco. Pero puede que sepamos pronto quién es. Le ha sacado una foto con su teléfono móvil y se la ha mandado a su contacto en las instalaciones de Sanborne.

Ella se puso muy tensa.

– ¿A su contacto?

– Contrató a un tipo para que trabajara en secreto y consiguiera información de los archivos de Sanborne. Trabaja en la sala de vigilancia de la central de seguridad de la planta.

– ¿Y por qué ha hecho eso?

– No le gusta Sanborne -dijo Jock-. Diría que lo odia con la misma intensidad que tú.

– ¿Por qué? -Sophie buscó con la mirada en la expresión de Jock mientras recordaba lo que Royd le había dicho en esos momentos en su habitación. Y luego Jock había dicho que habían ido a la misma escuela. Sintió que las náuseas se apoderaban de ella-. ¿Otro como tú? ¿Cómo tú, Jock?

Jock asintió con un gesto de la cabeza.

– Circunstancias algo diferentes, pero más o menos con los mismos resultados.

– Dios mío.

– No estamos hablando de mí -dijo Royd-. Hasta ahora, no he oído nada que me convenza de que ella no trabaja para Sanborne, Jock.

Éste guardó silencio un momento.

– Hace dos años, su padre mató a su madre, intentó matar al hijo de Sophie y acabó disparándole a ella antes de pegarse un tiro. Aparentemente, no había ningún motivo. Fue un arrebato inesperado.

La mirada fría de Royd se volvió hacia Sophie.

– ¿Uno de sus experimentos que salió mal?

– No. -Sophie sintió que el estómago se le retorcía-. Dios mío, no.

– Eres duro -dijo Jock, con voz queda-. Demasiado duro, Royd.

Éste no había dejado de mirar a Sophie.

– Es posible. ¿Cómo sabemos que no se trataba de uno de sus experimentos?

Ella sacudió la cabeza.

– Yo nunca habría… Yo lo quería. Los quería a los dos.

– Y no tenía la culpa de nada. Su nombre figuraba destacadamente en el archivo de Sanborne sobre los primeros experimentos del REM-4, pero no significaba nada.

– No he dicho eso. -Sophie buscó ciegamente el café que tenía delante-. Significaba algo. Significaba todo.

– ¿Por qué? ¿Cómo?

Sophie se sentía como si Royd la golpeara, la desgarrara.

– Fue culpa mía. Todo aquello era…

– Tranquila, Sophie. -Jock estiró una mano y le cogió a Sophie la suya-. Puedo contárselo más tarde. No tienes por qué pasar por esto.

– No puedes protegerme -dijo ella, y se humedeció los libios-. Y no puedo ocultarme de lo que hice. Tengo que enfrentarme a ello todos los días. Cada vez que miro a Michael y sé que… -balbuceó, y alzó la mirada para encontrarse con el rostro de Royd-. Y nada de lo que usted pueda decir me hará sentir peor de lo que me siento ahora. Puede reabrir la herida, pero no será más profunda. ¿Quiere saber lo que ocurrió? Yo era joven e inteligente y creía que podía cambiar el mundo. Acababa de licenciarme en medicina y empecé a trabajar en la empresa farmacéutica de Sanborne. Me aseguraron que podría dedicarme plenamente a la investigación que había seguido en paralelo a mis estudios de medicina. Tenía un doctorado en química y otro en medicina, y había comenzado a especializarme en trastornos del sueño porque mi padre había sufrido de insomnio y de terrores nocturnos a lo largo de casi toda mi infancia. Creí que podía ayudarle a él y a otros como él.

– ¿Cómo?

– Desarrollé un proceso para inducir químicamente en el sujeto de forma inmediata el estado de REM-4, el nivel más psicológicamente activo del sueño. Mientras se encontraba en ese estado, también era posible sugerirle al sujeto cosas para estimular los sueños agradables en lugar de los terrores nocturnos, incluso para curarlos del insomnio. Sanborne estaba muy ilusionado y entusiasmado. Me engañó para que pasara por encima de la FDA y me instalara en Amsterdam para hacer pruebas. Quería que se mantuviera en absoluto secreto hasta que estuviéramos seguros de que los resultados fueran tan prometedores como esperábamos. No tuvo que esforzarse demasiado para convencerme de ir por la vía rápida. Yo sabía que la FDA tardaba siglos en aprobar cualquier medicamento y tenía una confianza sin fisuras en la seguridad del proceso. Las pruebas resultaron ser sumamente exitosas. Personas que habían sido víctimas de terrores nocturnos toda su vida se liberaron de sus miedos. Se convirtieron en personas felices, más productivas, sin sufrir efectos secundarios visibles. Yo me creía en el cielo.

– ¿Y?

– Sanborne dijo que teníamos que disminuir el ritmo. Me relevó de la dirección de las pruebas e intentó convencerme de que le entregara las investigaciones que había llevado a cabo para el perfeccionamiento del REM-4. Cuando me negué, me marginó del proyecto. Yo estaba furiosa y me sentía frustrada, pero no sospeché de ninguna actividad criminal. -Sophie hizo una pausa-. Sin embargo, quería saber cómo iban las pruebas, así que una noche fui al laboratorio y miré los archivos. -Respiró con dificultad-. Puede imaginarse lo que encontré. Se estaban aprovechando de la vulnerabilidad que provocaba el fármaco para desarrollar el control mental. Descubrí una correspondencia entre Sanborne y un general, un tal Boch, acerca de las ventajas que ese control podría brindar en tiempos de guerra. Fui a ver a Sanborne y le dije que renunciaba, que me llevaba mi investigación y que me largaba. Estaba furioso, pero al cabo de un rato me dio la impresión de que se calmaba. Al día siguiente había dos abogados llamando a la puerta de mi casa. Me dijeron que ya que estaba contratada por Sanborne en aquel entonces, legalmente la investigación le pertenecía. Yo podía firmar un documento de renuncia o ir a juicio. -Sophie sonrió con los labios torcidos-. Ya se imagina qué posibilidades tenía contra los halcones de Sanborne, unos abogados implacables. No quise seguir adelante con la investigación. Era claro que, potencialmente, era demasiado peligrosa. Pero tampoco quería que Sanborne siguiera en la dirección que él había trazado. Le dije que iría a los medios de comunicación a denunciar lo que se proponía si seguía con los experimentos de control mental. Él dijo que estaba de acuerdo. Yo creí que había ganado. Conseguí otro empleo en un hospital universitario en Atlanta e intenté dejar todo aquello en el pasado.

– ¿Sin tener pruebas de que Sanborne estaba cumpliendo su palabra?

– Tenía amigos en el laboratorio. Había grandes probabilidades de que me lo dijeran si no cumplía.

– ¿Probabilidades?

– De acuerdo, me porté como una ingenua. Debería haber ido a los medios enseguida. Pero me había pasado la mayor parte de mi vida adulta estudiando medicina, y no quería estropear mis posibilidades. Aquellos abogados habrían hecho picadillo mi carrera profesional y mi vida -dijo, y respiró hondo-. Y los experimentos cesaron. Lo verifiqué periódicamente durante los seis meses siguientes, hasta que el proyecto se cerró.

– ¿Y después de los seis meses?

Sophie apretó la taza que tenía en las manos.

– Después de eso, ni siquiera tuve que preocuparme de que mi vida me fuera a explotar en la cara, porque ya había explotado. Un día fui a pescar con mi padre y mi madre. Jock le ha contado lo que ocurrió. Mi padre se volvió loco. En un momento dado, era cariñoso y estaba perfectamente sano y, al momento siguiente, acabó con la vida de la mujer a la que había amado casi toda su vida. Habría matado a mi hijo si yo no me hubiera interpuesto. La bala le dio a Michael de todas maneras, pero pasó a través de mí y fue desviada. Me desperté al día siguiente en el hospital. Me derrumbé cuando me enteré de lo ocurrido. No tenía sentido. Cosas como ésas no ocurrían. Acabé en un hospital psiquiátrico unos cuantos meses. -Sophie apretó los puños-. Fui débil y debería haberme conservado entera para ayudar a Michael, pero Dave nunca me dijo que tenía problemas. Yo tendría que haber estado a su lado.

– Fueron dos meses, Sophie -dijo Jock, con voz queda-. Y tú misma tenías unos cuantos problemas.

– No soy una niña -dijo ella, con voz dura-. Soy su madre y debería haber estado a su lado.

– Muy conmovedor -dijo Royd-. Pero me gustaría que volviéramos a Sanborne.

Dios, aquel tío era un cabrón, y era duro.

– Lamento hacerle perder su tiempo. No intentaba ganarme su simpatía -siguió Sophie-. No creo que la tenga. En realidad, nunca nos libramos de Sanborne. -Se llevó la taza a los labios-. Cuando estaba en ese hospital psiquiátrico, la única manera que tenía de sobrevivir era intentar entender qué había ocurrido. Me parecía increíble que mi padre de pronto se hubiera vuelto loco. Era un hombre… maravilloso, generoso y normal, en todos los sentidos -dijo, y guardó silencio-. Con la excepción de los trastornos del sueño que sufría desde que era un niño. Pero incluso esos problemas estaban mitigándose en los últimos meses. Había empezado a ver a un especialista nuevo, el doctor Paul Dwight. Lo investigué y vi que era un hombre muy respetado. Mi padre lo iba a ver con mucha más frecuencia que al último terapeuta y parecía que daba buenos resultados. Dormía bien por la noche y los terrores nocturnos eran menos frecuentes. Mi madre estaba muy contenta por él. Aquel último día parecía más descansado y contento de lo que yo recordaba haberlo visto. Y luego recordé lo descansados y contentos que parecían aquellos voluntarios en Amsterdam cuando seguían la terapia REM-4. -Sophie sacudió la cabeza-. Pensaba que había llegado a conclusiones falsas, que imaginaba y hacía conexiones ahí donde no existía nada. Pero tenía que asegurarme. Al fin y al cabo, ¿no sería la manera perfecta de deshacerse de mí? No tengo la menor duda de que mi padre habría vuelto el arma contra mí si antes no hubiera encajado la bala destinada a Michael. Todo el mundo ha oído hablar de locos que matan a toda su familia y luego se suicidan. Una tragedia familiar. No hay ningún asesino misterioso que justifique una investigación. Yo habría desaparecido y Sanborne tendría la libertad de seguir adelante con sus planes para el REM-4.

– ¿Y qué hizo usted?

– Cuando salí del hospital, revisé los papeles de mi padre y conseguí el nombre de su terapeuta. Llamé para pedir una cita. El teléfono había sido desconectado. El médico había muerto en un accidente de coche tres semanas antes.

– Qué conveniente -murmuró Jock.

– Fue lo que yo misma pensé. Contraté a un detective privado para que intentara establecer alguna conexión entre el doctor Dwight y Sanborne. Lo único que encontró fue una reunión en una convención en Chicago ese mismo año. Y unos ingresos bancarios que sumaban cerca de medio millón de dólares que Dwight hizo a intervalos regulares durante los últimos meses.

– No es concluyeme.

– No para un tribunal, pero lo era para mí. Me daba una pista, una cuerda de la que tirar en las arenas movedizas. Pero tenía que saber más. Todavía tenía amigos en la empresa de Sanborne, y empecé a hacer preguntas. Me aseguraron que en aquellas instalaciones ya no se llevaban a cabo experimentos. La sección se había cerrado por completo y el personal había sido destinado a otros proyectos. No me lo creí. Le pedí a mi amiga, la doctora Cindy Hodge, que echara una mirada y viera qué podía averiguar. -Sophie volvió a hacer una pausa-. Encontró una lista de nombres. Y encontró un lugar. Garwood, Dakota del Norte. -Sophie calló al percibir el cambio en la actitud de Royd-. ¿El nombre le dice algo?

– Oh, sí, conozco bien Garwood -dijo éste, y le lanzó una mirada a Jock-. ¿Y tú?

– Mi entrenamiento fue diferente al tuyo. Ni siquiera recordaba Garwood, hasta el año pasado, cuando empecé a recuperar la memoria. -Asintió mirando a Sophie-. Y ella me refrescó esos recuerdos cuando me buscó.

– ¿Ella te buscaba? -preguntó Royd.

– ¿Creías que era yo el que la buscaba a ella? Intentaba entender quién era y quién soy. No me liberé tan rápidamente como tú.

– Yo llevaba mucho tiempo en Garwood antes de que tú llegaras. Y no me pareció rápido -afirmó Royd-. No más rápido que luchar para salir del infierno.

– ¿No habéis estado juntos en Garwood? -preguntó Sophie-. No lo entiendo.

– A Jock lo llevaron a Garwood respondiendo a la solicitud de Thomas Reilly, que entrenaba a sus propios zombis -dijo Royd-. Reilly pagaba a Sanborne por usar el REM-4 con el fin de manipular la voluntad de Jock y de otras víctimas. Pero también estaba experimentando con otros métodos, y Sanborne no era más que un instrumento.

– ¿Y usted?

– Oh, yo fui un regalo del general Boch a Sanborne cuando inauguraron el laboratorio de Garwood -dijo Royd, y sonrió desganadamente-. El general se quería librar de mí y, para hacerme desaparecer, no pensó en mejor solución que mandarme al laboratorio de su amigo en Garwood. Le seducía la idea de aniquilar mi voluntad y, si aquello no funcionaba, siempre existía la posibilidad de que me volviera loco. Fue lo que ocurrió con dos hombres mientras estuve en Garwood.

Sophie tuvo un estremecimiento de terror.

– No puede ser -murmuró.

Royd le devolvió una mirada cargada de incredulidad.

– Tenía que haber estado enterada si sabía lo de Garwood.

– No estaba en los archivos de Sanborne -dijo ella, sacudiendo la cabeza.

– Por lo que sé, los habitantes de los pueblos cerca de Auschwitz también sostenían que no sabían.

– Le he dicho que yo no…

– Si dice que no sabe, dice la verdad -afirmó Jock-. Sanborne no habría guardado los archivos de un fracaso. Eliminaría el tema y dejaría la pizarra en limpio.

– ¿Estás seguro? -preguntó Sophie-. El REM-4 que yo creé era física y mentalmente seguro. Te juro que lo era.

– No cuando ellos acabaron de alterarlo -dijo Royd-. Aumentaron enormemente el factor de la sugestión. Algunas mentes no podían resistir ese grado de sumisión sin quebrarse. Sí, decididamente lo habían modificado. Había cincuenta y dos hombres en Garwood que servirán de prueba.

– Sólo había registros de treinta y cuatro -dijo Sophie.

Royd se limitó a mirarla.

– ¿Sanborne los… mató?

Él se encogió de hombros.

– Yo conté cincuenta y dos antes de marcharme. No sé qué les ocurrió. Pero me lo imagino. Yo estuve oculto más de tres meses, y fue durante ese periodo que la CIA desveló lo de las instalaciones de Reilly. Sanborne temía que los archivos de Reilly condujeran a la CIA a Garwood. Así que lo dejó todo tan limpio que nadie podría haber sabido para qué se había usado. Luego lo cerró y trasladó la operación.

– A su planta en Maryland -dijo Sophie-. ¿Por qué no recurrió a la policía?

– La policía no suele creer a los asesinos. Y no me cabe duda de que el general Boch se habría asegurado de que al menos uno de los asesinatos que me encomendaron estaba documentado. -Royd apretó los labios-. Al fin y al cabo, era perfectamente razonable que yo me hubiera dedicado a matar. Pertenecí durante cuatro años a las fuerzas especiales de la marina, y todos saben que nos entrenan con métodos violentos y nos enseñan a matar. Tenía que encontrar otra manera de cogerlos.

– ¿De qué manera?

– Tenía que conseguir suficiente dinero para comprar información. Tardé un tiempo pero conseguí encontrar las instalaciones del REM-4 y metí un topo en la empresa de Sanborne. -Royd volvió a mirarla-. Y eso me ha conducido hasta usted.

– Yo no… Jamás habría… -Sophie calló y sacudió la cabeza con gesto de cansancio-. Pero fui yo quien lo ideó. Yo lo empecé. Fue culpa mía. No puedo culparlo por…

El monitor de Michael se había activado.

– ¡Dios mío! -Sophie se incorporó de un salto-. Michael…

Y salió corriendo de la cocina.

Capitulo 4

Royd masculló una imprecación y empezó a incorporarse.

– No intentará escapar -le avisó Jock-. Siéntate y acaba tu café. Sólo va a cuidar de su hijo. Ya volverá.

Royd volvió a sentarse lentamente.

– ¿Qué le ocurre?

– Terrores nocturnos. De vez en cuando tiene un episodio de apnea, y deja de respirar.

– Jooder.

– Y, antes de que preguntes, no, tampoco ha experimentado con él. Empezó a tener los trastornos después de que su abuelo intentara matarlo y de ver cómo disparaba a su abuela y a su madre. Sophie me ha dicho que antes estaba mucho peor, y que quizá esté empezando a recuperarse. -Jock hizo una mueca-. Aún así, es muy duro verlo. Es sólo un chaval.

– Has dicho que ella te encontró. ¿Cómo?

– En los archivos de Garwood que había conseguido su amiga, figuraban referencias a los casos de Thomas Reilly que eran llevados allí. Los sujetos de Garwood habían desaparecido, pero todavía había pistas de algunos hombres de Reilly. Reilly tenía un grupo de hombres que trabajaban con él para el mejor postor. Se dispersaron cuando la CIA empezó a cercarlo. A la mayoría de ellos los cogieron, pero algunos conservamos la libertad. -Jock guardó silencio un momento-. Pero tú ya sabías todo esto. Tú mismo casi me encontraste hace un año.

– Y tú me dijiste que no tenías idea de dónde había ido Sanborne con sus experimentos del REM-4. ¿Era mentira?

Jock negó con la cabeza.

– Yo no recordaba casi nada en aquella época. Tardé un tiempo jodidamente largo en recuperarme y tener la capacidad de dar sentido a cualquier cosa. Era prácticamente un vegetal cuando MacDuff me encontró en aquel psiquiátrico de Denver, después de haber escapado de las garras de Reilly. Tú me viste demasiado pronto en mi recuperación. Si hubieras venido unos meses más tarde, te habría dado más información. Sophie se presentó justo en el momento oportuno, porque estaba preparado para recordar. Ella me estimuló y recuperé la memoria con rapidez.

Royd se lo quedó mirando. Era probable que dijera la verdad. Jock era diferente del hombre que había conocido la primera vez. En aquella ocasión, le había dado respuestas más bien vagas y remotas. Ahora no había nada de vago ni remoto en aquel hombre sentado al otro lado de la mesa. Tenía ese leve acento escocés, pero todo lo demás en él era claro y tajante.

– ¿Y qué recordabas?

– Que Reilly iba a enviar a unos cuantos de sus sujetos más recientes a otra localización de Sanborne para su entrenamiento incluso antes de la redada de la CIA. En algún lugar de Maryland.

– ¿Y por qué no te pusiste en contacto conmigo? Maldita sea, sabías que yo buscaba esa información. Tardé meses en dar con ella.

– Estaba ocupado con Sophie. No quería interferencias.

– ¿Ocupado?

– Ella no conocía el alcance de los planes de Sanborne hasta que me conoció. Estaba bastante destrozada. Pensaba ir y cargarse a Sanborne ella sola -dijo, y sacudió la cabeza-. No podía dejarla hacer eso.

– ¿Por qué no?

– Porque me conmovió -dijo Jock, sin más-. Estaba llena de culpa y dolor y no podía enfrentarse sola a Sanborne y sus matones. Al principio, quería entrar en las instalaciones y destruir sus investigaciones del REM-4. Sin embargo, habían cambiado todos los códigos de seguridad y no lo consiguió. Así que eso no le dejaba más opción que cortarle la cabeza a la serpiente, esperando que eso destruyera el veneno.

– ¿Así que te pidió a ti que lo hicieras?

Jock volvió a negar con la cabeza.

– Está tan abrumada por la culpa por lo que ha contribuido a crear que no hay manera de que me deje matarlo a mí. Lo único que hizo fue pedirme que le enseñara cómo matar a un hombre.

– ¿Y lo hiciste?

– Sí, técnicamente es bastante buena. Es casi tan buena tiradora como yo. ¿Puede hacerlo? Ella cree que sí. Depende de cuánto odio tenga acumulado. El odio puede marcar la diferencia. -Miró a Royd fijo a los ojos-. ¿No es así?

Royd ignoró la pregunta.

– La verdad es que es culpable. ¿Cómo sabes que no participó en los planes de Sanborne desde el comienzo y que luego se pelearon?

– Confío en ella.

– Yo no.

– No soy ningún tonto, Royd. Me ha contado la verdad -dijo Jock, mirándolo fijo-. Pareces jodidamente frustrado. ¿Por qué te empeñas en creer que todavía trabaja para Sanborne?

– Porque era mi oportunidad de sonsacarle suficiente información como para localizar las fórmulas del REM-4 y cargarme a Sanborne y a Boch. Ahora me dices que es prácticamente una espectadora inocente. -Apretó con fuerza el puño-. No, no me lo trago.

– Lo harás. Eres demasiado inteligente como para que te cieguen tus ganas de hacer las cosas a tu manera. Simplemente tienes que acostumbrarte a la idea.

– Quizá.

– ¿En qué estás pensando? -preguntó Jock, escrutándolo con la mirada.

– Desde que escapé de Garwood he tenido que enfrentarme a todo tipo de situaciones para sobrevivir y continuar la búsqueda de Sanborne. Tengo que hacer lo mismo en este caso. -Royd apretó los labios-. Estoy demasiado cerca, Jock. Si no puedo servirme de Sophie Dunston, no dejaré que se interponga en mi camino. No tendría ningún reparo en…

Sonó su teléfono móvil y Royd miró la pantalla. Era Nate Kelly.

– Toca madera para que Kelly haya averiguado quién es ese fiambre de la habitación -murmuró, mientras pulsaba la tecla para responder.

Sophie se detuvo un momento fuera de la habitación de Michael para respirar hondo y prepararse para volver a la cocina y enfrentarse nuevamente con Matt Royd.

El episodio de Michael de esa noche no había sido demasiado horrible y Sophie daba gracias a Dios por ello. La noche entera había sido un horror, y una noche traumática para Michael habría sido la guinda del pastel. Ella no habría sido capaz de soportarlo.

Sí, habría sido capaz. Qué débil era. Podía aguantar todo lo que la vida le lanzara.

Eso incluía a Royd, que la miraba con esa absoluta frialdad, y que la acusaba con una animosidad que no se molestaba nada en disimular.

Cuadró los hombros y se alejó por el pasillo hacia la cocina. Jock alzó la mirada al verla entrar.

– ¿Michael ha vuelto a dormirse?

Ella asintió con un gesto.

– No era demasiado grave. Me senté a hablar con él durante un rato y ha vuelto a dormirse.

– Bien -dijo Jock-. Esperemos que siga durmiendo. Tenemos unos asuntos de que ocuparnos. Royd acaba de recibir un correo de su topo en las instalaciones.

Ella miró enseguida a Royd.

– ¿Ha averiguado quién era el asesino?

– Uno de los guardaespaldas de Sanborne -dijo Royd-. Al menos así figura en los archivos del personal. Arnold Caprio.

– Caprio -repitió Sophie.

– ¿Ha oído hablar de él?

Ella sacudió la cabeza.

– Me parece que no. Pero el nombre me parece familiar…

– Piense.

– Se lo he dicho. No creo que lo haya… -dijo ella, y se interrumpió-. Sí. Ya sé quién… -Salió de la cocina, fue hasta el salón y abrió el cajón superior de una mesa de escritorio. La lista estaba dentro de una carpeta de cuero. La abrió y con el dedo índice siguió la lista.

El nombre de Arnold Caprio figuraba a la mitad. Sophie cerró los ojos.

– Dios mío.

– ¿Quién es?

Abrió los ojos y se giró para mirar a Jock y a Royd.

– Caprio era uno de los que figuraba en la lista que me dio Cindy de los hombres que habían pasado por los experimentos de Garwood. Sanborne lo habrá conservado cerca de él para tenerlo como guardaespaldas. Es evidente que lo usaba para deshacerse de las amenazas como yo. -Sophie tuvo que hacer un esfuerzo para parar de temblar-. Es más bien una ironía, ¿no le parece? Sanborne ha enviado a matarme a una de las víctimas de las que soy responsable.

– Tú no eres la responsable -dijo Jock-. Tú nunca quisiste que esto ocurriera. Intentaste detenerlo.

– Ve y cuéntaselo a Caprio. -Sophie miró a Royd-. O a Royd. Usted cree que soy responsable, ¿no?

Él la miró un momento y luego se encogió de hombros.

– No importa lo que yo piense en este momento. Tengo que decirle que Sanborne no siempre escogía a chicos jóvenes para entrenarlos como asesinos, como hacía Reilly. Él prefería tener una ventaja de partida. Creía que los experimentos funcionarían mejor con hombres que ya tenían una disposición innata a la violencia. Boch solía mandarle francotiradores militares y ex agentes de las fuerzas especiales, como yo. Se inventaba las llamadas misiones delicadas para transportarlos hasta allí y Sanborne mandaba luego a sus matones a buscarlos. Y sé que había dos traficantes de droga y al menos tres asesinos a sueldo entre los que estábamos en Garwood.

Ella se lo quedó mirando, sorprendida.

– Dios mío, ¿acaso pretende que me sienta mejor?

– No, usted me ha hecho una pregunta. Ahora yo le haré una a usted. Por lo visto, mi nombre no le dice nada. ¿No estaba en la lista?

Ella pensó en la pregunta un momento.

– No, pero el nombre de Jock sí estaba.

Royd se encogió de hombros.

– Quizá la lista sólo incluía a los reclutas de Sanborne y a los sujetos que él conseguía personalmente. Yo fui un regalo de su socio -dijo, y miró a Jock-. Será mejor que nos deshagamos de Caprio. ¿Conoces algún lugar?

– Las marismas que hay hacia el oeste -dijo Jock-. No lo encontrarán en meses, quizá en años.

– Anótame las instrucciones para llegar. Cogeré unas bolsas de basura de la cocina para envolverlo. Tú ve a dar una vuelta y asegúrate de que este barrio está tan dormido como parece antes de que lo traslade al coche.

– ¿Tiene que…? -Sophie volvió a hablar-. ¿No hay alguna manera de sacarlo de mi casa sin tener que dejarlo en un pantano para que se pudra?

– Sí -dijo Royd-. ¿Quiere usted que lo deje en el jardín de Sanborne? Sería un placer.

Sería capaz de hacerlo, pensó Sophie, y con toda esa salvaje expresión de goce que vio en su rostro.

– Eso ya se ve.

– Pero no sería inteligente -dijo Royd-. Una bofetada en la cara es una advertencia, y yo no quiero dar ninguna advertencia a Sanborne ni a Boch. Yo soy el que ha matado a Caprio y no necesito que nada se interponga en mi camino. Así que nos desharemos de él porque, si no, le daremos una ventaja a Sanborne. Puede que encuentre una manera de retorcer la situación para incriminarla a usted. Con su dinero y su influencia, es posible -dijo, haciendo un gesto para ponerse manos a la obra-. Y antes de que empiece a sentir lástima por esa basura, creo que debería mostrarle algo que he encontrado en el suelo de su habitación.

Royd se ausentó un breve minuto y cuando volvió dejó caer dos objetos en la mesa de la cocina.

– Había venido preparado -dijo.

Ella se quedó mirando la soga.

– ¿Una soga?

– El cuchillo era por si acaso. Es evidente que Caprio no estaba entrenado tan bien como Jock o como yo. Perdió la calma y la concentración. Lo mandaron para que la ahorcara y hacerlo parecer un suicidio. Pero había dos sogas. ¿Qué le dice eso?

– ¿Michael? -murmuró ella.

– Una mujer desequilibrada que cuelga a su único hijo y luego se suicida. Uno pensaría que es más probable que hubiera envenenado a su hijo, pero Sanborne no es demasiado fino en cuestión de reacciones emocionales. Considerando sus antecedentes, supongo que las sogas no son del todo un disparate. -Se giró hacia Jock-. Acabaré de limpiar y estaré listo en diez minutos. Asegúrate de que el camino esté despejado. -Acto seguido, le lanzó una mirada a Sophie-. Hablaremos cuando vuelva.

Ella lo miró alejarse por el pasillo antes de girarse hacia Jock.

– Debería echaros una mano, si es necesario.

– ¿Y dejar a Michael solo? -Jock miró las sogas-. Royd podría haberte ahorrado este asqueroso detalle. -Recogió las dos sogas y las tiró en el cubo de basura en un rincón.

– No quiere ahorrarme nada -dijo Sophie, con aire cansado-. No lo puedo culpar. ¿Qué puedo hacer para ayudar, Jock?

– Quédate aquí y cuida de tu hijo. -Jock sacudió la cabeza mientras se dirigía a la puerta de entrada-. Sabemos lo que hacemos. Tú serías un estorbo.

Ella se quedó mirando, frustrada e impotente, cuando la puerta se cerró a sus espaldas.

No, no podía dejar a Michael, pero estaba permitiendo que Jock se incriminara ayudándola, y habría deseado que eso nunca ocurriera.

Y Royd. Debería sentirse igual de mal por dejar que Matt Royd corriera cualquier riesgo. Al fin y al cabo, la había salvado la vida al matar a Caprio. Sin embargo, le costaba sentir culpa o gratitud en lo que se refería a él. Aquel hombre era demasiado duro, demasiado agudo, y su actitud hacia ella era de franca animosidad. ¿Y quién podía culparlo?, pensó. Tenía suerte de que Jock no pensara de la misma manera. Desde el momento en que se había enterado de la existencia de Garwood, el sentimiento de culpa había sido una agonía. Ella había hecho daño a esos hombres, a todos, de una manera demasiado horrible como para pensar en ello.

Sin embargo, ella pensaba, imaginaba y se preguntaba. No podía parar. Pensaba que ya nunca más podría parar.

Hasta que acabara con Robert Sanborne.

Jock volvió a entrar en la casa casi inmediatamente después de trasladar a Caprio al coche de Royd.

– Creí que irías con él -dijo Sophie.

– Yo también -dijo Jock-. Royd ha dicho que no tenía sentido que los dos nos expusiéramos si él podía encargarse solo. No le gustaba la idea de que te quedaras sola.

– Cuesta creer que eso le preocupe. Él no es como tú.

– Sí y no. Tenemos muchas cosas en común. Cuando vino a verme hace un año, sentí una especie de vínculo. Pertenecemos a un club muy exclusivo.

Sophie había intuido aquel vínculo al sentarse a la mesa con ellos. Los dos eran tan diferentes y, aún así, parecían tener un entendimiento mutuo perfecto.

– Es un hombre furioso y amargado. Como tendrías que ser tú.

– Siente frustración. Como ya te he contado, yo maté a mi demonio cuando liquidé a Thomas Reilly. Él todavía está luchando con los suyos. No parará hasta que se haya cargado a Boch y a Sanborne.

– ¿Y a mí?

Jock se encogió de hombros.

– No si puedo convencerlo de que dices la verdad. No quiere creerlo. Creía que por fin tenía a alguien que podía acercarlo lo suficiente a Boch y Sanborne para llevar a cabo su misión. No quiere que seas otra víctima, quiere una clave. Tardará un tiempo en adaptarse a la situación, pero lo conseguirá. Sin embargo, aunque acepte la verdad, todavía no se librará de las ganas de usarte, si puede. Lleva mucho tiempo buscando una manera de vengarse.

– Eso lo comprendo.

– No sólo por lo del REM-4. También perdió a su hermano en Garwood.

– ¿Qué dices?

– Boch necesitaba un anzuelo para llevar a Royd a Garwood, así que hizo que Sanborne contratara a su hermano menor para trabajar en las instalaciones. Todd lo llamó desde allí para pedirle ayuda. Royd fue a buscarlo.

– ¿Cómo murió su hermano?

– Royd no me lo contó. Sea lo que sea que ocurrió, no fue nada agradable.

– ¿El REM-4?

– Sophie, todo lo malo que ocurrió en Garwood no se puede atribuir directamente al REM-4. Sanborne y Boch son dos cabrones consumados y sus planes son siniestros. Royd me dijo que el motivo por el que Boch quería cargárselo era porque Royd había sido testigo de un encuentro entre Boch y un japonés, un capo de la droga, en Tokio. Boch tenía que deshacerse de él. Así que llamó a su socio, Sanborne, y le dijo que encontrara una manera de llevar a Royd a Garwood. Sin embargo, aunque Garwood no hubiera existido, habrían encontrado otra manera de acabar con él.

Sophie sacudió la cabeza con gesto de desazón.

– Pero Garwood existía. ¿Qué hacía Royd en Japón?

– Acababa de dejar las fuerzas especiales y andaba dando vueltas por Oriente antes de volver a Estados Unidos. Pensaba crear una empresa de importación si conseguía la financiación. Me contó que había crecido en las chabolas de Chicago antes de ingresar en la marina. Un pasado como ése suele despertar el deseo de la seguridad que da el dinero.

– Pero no tuvo la oportunidad. Garwood lo arruinó todo.

– Conseguirá lo que quiere. Nunca he conocido a nadie con la determinación de Royd. Sólo que lo ha dejado en barbecho durante un tiempo.

Sophie recordó la total concentración con que Royd la había observado mientras estaban sentados a la mesa de la cocina. Sí, no le costaba creer que sería despiadado con cualquier objetivo que se propusiera.

– ¿Cuánto crees que tardará en volver?

– Una hora, más o menos.

– ¿Y luego, qué?

– Tendremos que hacer planes.

– Yo tengo un plan y es para el próximo martes.

– Si Sanborne ha enviado su tarántula para inocularte su veneno, hay una buena probabilidad de que no tengas la oportunidad. Alterará sus rutinas.

Jock tenía razón. Sophie había pensado en esa posibilidad pero no quería reconocerlo.

– Tendremos que esperar y ver, ¿no?

– No creo que Royd esté dispuesto a esperar a que tengas tu oportunidad. Tendrás que aceptar que hay que contar con un elemento nuevo.

– No tengo que aceptar nada. -Sophie se sentó en el sofá-. Vete, Jock. Esto se parece cada vez más a una película de terror. Déjame que me ocupe yo.

– ¿Te gustaría beber algo? -Jock se sentó frente a ella-. Puede que tengamos una larga espera por delante.

– Será una espera interminable. -Sophie se reclinó en su asiento y cerró los ojos. No podía quitarse de la cabeza la imagen de las dos sogas que Royd había dejado caer. Una para ella y otra para Michael. Antes, le habían preocupado las consecuencias que tendría para Michael su decisión de matar a Sanborne, pero nunca había sospechado que su vida correría peligro. Creía que ella sería el único blanco de las represalias. ¿Por qué alguien mataría a un niño? Es verdad que su padre había intentado matar a Michael, pero eso sólo había sido parte de un plan para que todos creyeran que se había vuelto loco. Sin embargo, ahora había otra amenaza para Michael. Maldito sea Sanborne-. Y no quiero tomar nada. Quiero que esta noche termine.

– ¿Caprio ya se ha presentado? -preguntó Boch cuando Sanborne contestó el teléfono.

– Todavía no.

Boch lanzó una imprecación.

– Te dije que tuvieras cuidado con él. Era un pobre asesino a sueldo del tres al cuarto cuando lo recogimos, y el REM-4 no lo hizo más inteligente.

– Pero lo hizo muy fiel a mí. Le dije exactamente lo que tenía que hacer, y lo hará. Los experimentos han demostrado que la inteligencia no siempre hace los mejores sujetos. Mira el caso de Royd.

– Fue el mejor sujeto que tuvimos jamás.

– Hasta que desapareció del entrenamiento como si jamás hubiera existido.

– No le fue tan fácil. Pero no estamos hablando de Royd. Quiero saber por qué Caprio no se ha puesto en contacto contigo. Manda a otro hombre a casa de Sophie.

– ¿Y correr el riesgo de que lo vean cuando descubran los cadáveres? Ni hablar. Esperaremos.

– Tú esperarás. Yo no tengo tanta paciencia. Tengo mis propios hombres, y no son los zombis que tienes tú. Te daré otras dos horas para que te ocupes de ella.

– ¿Por qué estás tan nervioso? Ella ni siquiera sabe de tu existencia. Me quiere a mí.

– ¿Y cómo se ha enterado de que el REM-4 se encontraba en estas instalaciones? Si ha averiguado eso, quizá también se ha enterado de nuestra relación. Deberías haberte deshecho de ella cuando la teníamos al lado.

– Había una posibilidad de que nos ayudara si le hubiera puesto las manos encima. El REM-4 no es perfecto y ella se largó con los resultados de la investigación en que trabajaba y que podrían haber aumentado por diez la eficacia, además de hacerlo más seguro.

– No hay nada perfecto. No la necesitábamos. No era el único pez en el mar. Lo que tenemos ahora es lo bastante bueno.

– Puede que tus clientes no piensen igual. Tres de cada diez acaban muertos o locos.

– Es un porcentaje de bajas aceptable. No puedo permitir que Sophie Dunston ande dando vueltas por ahí, espiando. Quedan tres meses para que me jubile y tengo que estar limpio si quiero conservar mis contactos.

Los valiosos contactos de Boch, pensó Sanborne, impaciente. Sin embargo, esas conexiones serían importantes para los dos. Aquel cabrón conocía a todos los militares corruptos en servicio, y sus vínculos en el extranjero tendrían una importancia vital una vez que el REM-4 empezara a funcionar. Tuvo que hacer un esfuerzo para recuperar la compostura.

– Los conservarás. Por lo que más quieras, Caprio sólo se ha retrasado una hora respecto de los planes. ¿Por qué te pones tan nervioso?

Boch guardó silencio un momento.

– Mi informante en la CIA me ha llamado para decirme que Royd se ha marchado de Colombia.

– ¿Qué?

– Puede que no signifique nada. Que haya aceptado otro empleo. Hay una gran demanda de sus servicios.

– Me dijiste que mandarías a alguien para que acabara con él.

– Es lo que he hecho. Tres veces. Es muy bueno. Nosotros lo hicimos así.

– Y tú eres un imbécil.

– No toleraré que me hables de esa manera.

He herido el gigantesco ego de este idiota, pensó Sanborne, con amargura.

– Estaba fuera del país y era tu mejor oportunidad para cargártelo.

– Lo tenía controlado.

– Tan bien controlado que lo has dejado escapar. Joder, recuerdo cómo era en Garwood. ¿Bueno? El tío era un jodido especialista. No había nadie que superara a Royd.

– Yo lo encontraré -dijo Boch, y siguió una pausa-. Pero nunca vuelvas a hablarme de esa manera.

Sanborne vaciló. Mierda. Tenía que aplacar a ese hijo de puta.

– Lo siento.

– Y ocúpate de lo que te concierne. Puede que Sophie Dunston sea sólo una mujer, pero tenemos que eliminarla. Quiero estar libre y limpio antes de que nos instalemos en la isla -dijo, y colgó.

¿Acaso Boch creía que él no sabía eso? Sophie Dunston había sido una piedra en el zapato desde el momento en que había descubierto que él seguía adelante con los experimentos de Amsterdam. Desde entonces, le había parado los pies, pero ella no tenía intención de darse por vencida. Seguía buscando, escarbando, intentando encontrar a alguien que la escuchara.

Sin embargo, quizá se preocupaba por un problema que ya había sido solucionado.

Si Caprio le había dado a esa puta su merecido.

– ¿Ya está? -preguntó Jock a Royd cuando éste entró en la casa una hora y media más tarde.

Royd asintió con un gesto de la cabeza.

– Había más tráfico del que me imaginaba a esta hora -dijo. Miró a Sophie-. Tiene un aspecto lamentable. Vaya a dormir. Hablaremos más tarde.

Ella negó sacudiendo la cabeza.

– ¿Nadie lo ha visto?

– Nadie me ha visto. -Se volvió hacia Jock-. Ya te puedes marchar. Me quedaré y me aseguraré de que esté a salvo.

– Ése es mi trabajo.

– Dios mío, basta ya. Sé cuidarme sola -dijo Sophie, exasperada-. Los dos podéis… Michael.

– De acuerdo. Uno de los dos se queda. Lanzad una moneda al aire. -Se giró y fue hacia la puerta-. Estaré en la habitación de invitados, la del pasillo. No quiero volver a mi habitación todavía.

– Instalaré el monitor mientras te duchas -avisó Jock-. Y estaré pendiente de la alarma hasta que salgas del cuarto de baño.

– Gracias. -Sophie se alejó temblando por el pasillo y pasó junto a su habitación. Un santuario de comodidad y seguridad se había convertido en algo horrible en unos pocos, violentos minutos. No sabía si algún día podría volver a esa habitación y sentirse cómoda. No pienses en ello. Vete a dormir. Quizá fuera capaz de lidiar con ello cuando se despertara.

Tardó otra hora en dormirse. Permaneció tendida pensando, intentando elaborar un plan. No oía nada en la otra habitación. Quizá los dos se habían ido. No, Jock no la habría dejado…

Capítulo 5

– Despierte.

Michael.

Sophie se incorporó de un salto en la cama y se sentó tocando con los pies en el suelo. Estaba a punto de dejar la cama cuando alguien la empujó de vuelta hacia las almohadas.

– Tranquila. No pasa nada. Sólo es que tenía que despertarla -dijo Royd-. La he dejado dormir un par de horas, pero su hijo se despertará en cualquier momento y no quería asustarlo cuando viera que había un desconocido dentro de la casa. Supongo que no quiere que eso ocurra.

– Oh, no -dijo ella, vagamente, apartándose el pelo de la cara. Miró el reloj en la mesilla de noche. Eran las cinco de la madrugada-. No, no querría que Michael… -dijo, sacudiendo la cabeza para despejarse-. Pero Michael no se despierta hasta las siete.

– Bien. -Royd sirvió una taza de café de la cafetera que estaba en la mesilla y se la pasó-. Entonces tendremos un rato para hablar -dijo, y se sentó en la silla cerca de la cama-. Vuelva a la cama y tápese. Hace mucho frío.

– No tengo frío. -Era mentira. La camisa de hilo que llevaba apenas la calentaba, y el hecho de que estuviera física y emocionalmente agotada probablemente influía en su temperatura corporal-. Por lo visto, ha sido usted el que ha ganado con la moneda.

– Jock nunca se fiaría de la suerte. En realidad, se quería quedar conmigo. Pero lo persuadí y le dije que iba a hablar con usted de todas maneras y que necesitaba estar un rato solo -explicó, e hizo una mueca-. Desde luego, tuve que asegurarle que no perdería la paciencia ni le cortaría el cuello.

– Entiendo que eso le preocupara -dijo ella, seca-. Jock y yo nos hemos convertido en buenos amigos, y usted es un hombre con una gran rabia dentro. -Sophie se encogió de hombros, cansada-. Y esa rabia está dirigida a mí. Eso lo puedo entender.

– Excelente. Entonces estamos destinados a entendernos -Royd se inclinó hacia delante, cogió una manta y se la puso sobre las piernas desnudas-. Por Dios, tápese. Tiene la piel de gallina.

– Esperaba que nuestra conversación no durara demasiado. ¿Qué hay que decir? Le he hecho daño. Lo siento. Si pudiera hacer algo para compensárselo, lo haría -Los labios se le torcieron en una sonrisa sardónica-. Pero no puedo dejar que me mate. Tengo que pensar en Michael.

Él no habló durante un rato, mientras la miraba, escrutándola.

– Dios mío. Y si Michael no existiera, hasta creo que me dejaría hacerlo.

– No sea ridículo -dijo Sophie, y apartó la mirada-. Pero hice algo horrible. Tiene que haber alguna forma de restitución.

– Si dice la verdad, ignoraba lo que Sanborne hacía con el REM-4

– Pero eso no impidió que usted, Jock y todos esos otros hombres fueran manipulados y heridos. ¿Acaso salvó a mi padre y a mi madre? Fue culpa mía -dijo, y lo miró a los ojos-. Y, a menos que le pare los pies a Sanborne, seguirá sucediendo. Eso no lo puedo permitir, Royd.

– Con matar a Sanborne no acabará con el REM-4. Si ésa hubiera sido la solución, me habría puesto como objetivo liquidar a Sanborne en cuanto escapé de Garwood. Aún queda Boch. Si matas a uno, el otro se apoderará del disco con la fórmula del REM-4 y se ocultará. Tengo que deshacerme de los dos, de las instalaciones y de todos los archivos y fórmulas que utilizaron en Garwood. Voy a borrar el REM-4 de la faz de la tierra. Nadie podrá volver a hacer lo que ellos me hicieron a mí -dijo, con voz ronca-. Y usted no va a arruinar mis posibilidades matando a Sanborne. Lo quiero todo.

Había tal pasión e intensidad en su manera de hablar que, por un momento, la confundió.

– ¿Y qué haría si yo matara a Sanborne?

– No querría saberlo. ¿Cree que ahora estoy enfadado?

Sí, Sophie imaginaba la rabia letal que se apoderaría de Royd si lo contrariaban.

– Puede que tenga que vérselas con esa posibilidad.

– Y una mierda. Si quiere a Sanborne, tendrá que pasarse a mi bando.

– No quiero hacer eso -dijo ella, tensa.

– ¿Y cree que yo sí lo quiero? Pero puede que la necesite. Cuando vine aquí, creí que había una posibilidad de que pudiera sonsacarle información que me pondría las cosas más fáciles para llegar hasta Sanborne y Boch. Usted estaba en la lista de los experimentos de Amsterdam. Creí que trabajaba con ellos.

– Siento haberlo decepcionado.

– La verdad es que sí me ha decepcionado. No era mi intención ocuparme de Caprio. El blanco era usted.

Ella sonrió desganadamente.

– Y, en su lugar, se vio obligado a salvar mi insignificante vida.

– No es insignificante para mí. No dejaré que lo sea.

– Bromeaba. Claro que mi vida tiene un sentido. Soy médico y ayudo a las personas. Soy madre, y creo que soy una buena madre. Y me importa un rábano si para usted tengo algún valor o no.

– Sí que le importa. Siente que me debe algo, y utilizaré eso al máximo. -Royd se reclinó en la silla y estiró las piernas-. Así que vaya acostumbrándose a la idea de que no matará a Sanborne hasta que yo le dé luz verde. Ahora, relájese y déjeme hablar.

– Deje de darme órdenes. Hago lo que quiero, Royd.

– ¿Y quiere que el REM-4 sobreviva a Sanborne? Porque eso ocurrirá, ¿sabe? El control de las mentes es demasiado tentador como para no atraer a toda la basura del mundo. Los militares de media docena de países llevan décadas experimentando con el control de las mentes. Pero todos quedaron relegados a segundo plano cuando apareció usted. Usted le entregó la respuesta a Sanborne en una bandeja de plata. Ahora tiene que ayudarme a recuperarla.

– No tengo que hacer nada que no quiera hacer.

– Pero quiere hacer esto. Puede que no le guste que yo me ponga al mando, pero hay algo que quiere hacer. Jok me contó que, si hubiera podido, habría entrado en las instalaciones y destruido toda su investigación relacionada con el REM 4. En su lugar, optó por matar a la serpiente, cortarle la cabeza. Pero no puede acabar con el REM-4 cortándole la cabeza a Sanborne. Tiene que enviar toda esa bestialidad al otro mundo.

Sophie respiró hondo, intentando liberarse de ese resentimiento que la franqueza de Royd había despertado en ella. Royd tenía razón. Al ver que no podría tener acceso a las instalaciones, ella no había pensado en lo que ocurriría, más allá de matar a Sanborne. Joder, si ni siquiera sabía de la existencia de Boch.

Él la miraba con los ojos entrecerrados.

– Si se arrepiente de lo que ha hecho, entonces remedido. Acabe con el REM-4, maldita sea.

Sophie no habló durante un momento.

– ¿Cómo?

– Vale, tenemos una baza -dijo él, y se inclinó hacia delante-. Mi topo en las instalaciones, Nate Kelly, dice que durante los últimos seis meses daba la impresión de que Sanborne intentaba organizar un cambio total con todo y con cualquiera que estuviera relacionado con las instalaciones del REM-4 aquí. Una limpieza total. Dijo que había rumores de una mudanza incluso antes de que empezaran a sacar equipos y documentos. Sanborne ha despedido o ha trasladado a los doce miembros clave del equipo que estuvieron relacionados con los experimentos. Kelly intentó contactar con dos de ellos, porque consiguió los expedientes. Uno de ellos murió en un accidente de coche, el otro se había marchado en unas largas vacaciones y no se esperaba su retorno demasiado pronto.

– ¿Más asesinatos?

– Es probable. Como he dicho, una limpieza total. Me imagino que encontraremos… ¿Qué ocurre?

Ella se humedeció los labios.

– Mi amiga, Cindy, que me dio la información acerca de Garwood.

– ¿Ha sabido de ella últimamente?

Sophie negó con un gesto mudo de la cabeza.

– Renunció a su puesto en Sanborne hace más de un año. Pero trabajó en los primeros experimentos.

– Puede que esté a salvo. Llámela -dijo Royd, y calló-. Usted tendría que haber encabezado la lista de personas a las que había que eliminar.

– Sanborne no ha intentado nada desde que salí del hospital. Me llamó una vez y me ofreció mucho dinero para que volviera a trabajar con él. Lo mandé al infierno. Pero he hablado mucho con el FBI y con varios congresistas. No me sirvió de gran cosa, pero a Sanborne no le convendría que las condiciones de mi muerte levantaran sospechas.

– Anoche hizo un segundo intento.

Era verdad.

– Me vieron en las instalaciones. Habrá decidido que tenía que eliminarme como medida de defensa.

– Me perdonará si le digo que dudo que su iniciativa lo haya intimidado tanto como para reaccionar tan rápido. Creo que ya la tenía en mente y que eso sólo ha acelerado un poco los acontecimientos.

– ¿Por qué ha decidido eliminar a todas esas personas ahora?

– Creo que puedo adivinarlo. Piensa lanzarse al mercado internacional.

– ¿Qué?

– Cree que ha desarrollado lo suficiente el REM-4 como para empezar a venderlo a clientes extranjeros. Pero necesitan una base de operaciones que no se encuentre en el territorio de Estados Unidos, para funcionar libremente y evitar que sus clientes sean investigados.

– ¿Se marcha al extranjero?

– Kelly dice que ésa es su conclusión. Al extranjero o a una isla cerca del continente. El mercado extranjero sería el lugar donde encontrar mucho dinero -dijo Royd, con una mueca-. Y por eso quiere asegurarse de que nadie le cause problemas. Quiere que cualquier cosa que usted le haya contado al FBI desaparezca como por arte de magia, y usted también.

– A mí no me harán desaparecer con una simple soga. -En realidad, eso no era verdad, pensó Sophie, si todos llegaban a la conclusión de que se trataba de un suicidio-. ¿En qué lugar del extranjero?

Royd sacudió la cabeza.

– Kelly no ha podido averiguarlo. Pero sabe que los camiones que salen de las instalaciones tienen como destino un muelle en las afueras de Baltimore.

– Tenemos que encontrarlo -dijo ella, apretando las sábanas con fuerza.

– Tengo toda la intención de dar con él. Por eso he venido.

– Porque pensaba que yo lo sabía.

– Lo esperaba. Pero no ha sido un viaje en balde. Todavía me puede servir.

– ¿Perdón?

– ¿No es eso lo que quiere? Es evidente que le corroe la culpa y que desea encontrar una manera de compensarlo. Y bien, si puedo usarla, tendrá lo que quiere.

– No me gusta esa palabra.

– Llamo a las cosas por su nombre. Sin embargo, la utilizaré a usted de todas las maneras posibles. De maneras que Jock probablemente no aprobaría.

– ¿Por ejemplo?

– Sanborne ha soltado a sus perros de presa tras de usted por algún motivo.

– Me ha dicho que quería asegurarse de que nadie en el FBI me prestara atención.

– Tampoco quería que sus clientes extranjeros le prestaran atención. Usted es la única que conoce la fórmula básica del REM-4. No tendría un producto exclusivo si usted estuviera de por medio.

Sophie le miró con los ojos muy abiertos.

– No habrá creído que me dedicaría a venderlo. Llevo años luchando contra él.

– Sanborne y Boch creen en el poder sublime de la corrupción, el principio en que se basaba Garwood. Suponían que existía una probabilidad de que, al final, usted sucumbiría. Es una amenaza demasiado grande para suponer cualquier otra cosa. Además, ha dicho que trabajaba en una idea para perfeccionarlo que haría al REM-4 más eficaz. A ellos les encantaría hacerse con la fórmula, lo cual significa que de ahora en adelante será un blanco de primer orden.

– ¿Y qué?

– Eso me conviene -dijo él, sin más-. Si de verdad quieren acabar con usted, la buscarán. Puede que cometan algún error. Puede que manden a alguien que tiene información que pueda usar -dijo, y la miró fijo a los ojos-. O puedo usarla a usted como cebo.

– ¿Y cree que yo lo dejaría?

– Sí, empiezo a conocerla. Me dejaría hacerle casi cualquier cosa si con eso puede expiar lo que usted considera pecados del pasado.

– Eso sería una tontería.

– Se prestaría a ello, ¿no?

Ella no contestó enseguida.

– ¿Por qué piensa eso?

– Porque nos parecemos más de lo que usted cree. En mi caso, estaría dispuesto a que me crucificasen si pudiera volver atrás las agujas del reloj. -Royd pronunció aquellas palabras con voz queda, pero ella volvió a ver esa pasión en su cara.

– ¿Por qué dice eso?

– Tuve que hacer una elección, y elegí mal. A usted le ocurrió lo mismo.

Sophie quería preguntarle cuál había sido esa elección, pero no tenía ganas de escuchar confidencias que harían más estrecha la relación. Sería como tener intimidad con un tigre.

No era la primera vez que pensaba en ese símil, recordó. Ahí sentado, enorme, poderoso, con aquella tensión disimulada apenas, volvió a rondarle la idea.

Tigre, tigre, luz llameante…

Sophie apartó la mirada.

– No llegaría a ese tipo de autoinmolación.

– Ya lo creo que sí. El REM-4 ha monopolizado su vida durante años -dijo Royd, y alzó la mano cuando ella quiso hablar-. Venga conmigo a terminar con el REM-4 o vaya usted sola a la caza de Sanborne, arriesgándose a que el REM-4 siga vivo. Me da igual.

– No diga esas chorradas. Sí que le importa.

Él sonrió apenas.

– Vale, me importa. Podría ponerme las cosas más fáciles. Quizá.

Ella guardó silencio un momento.

– ¿Qué dice Jock de todo esto?

– Jock se siente en medio de una disyuntiva. Tiene que volver a Escocia. Sabe que soy capaz de cuidar de usted. Sabe que puedo dejar de cuidarla, si me conviene. Tiene razón en las dos cosas.

No, Royd haría lo que quisiera. Pero lo que él se planteaba como objetivo era lo mismo que ella perseguía desesperadamente desde hacía años.

– Me lo pensaré.

– No tiene mucho tiempo. Quiero que salga de aquí. Calculo que nos quedan un par de horas antes de que Sanborne envíe a alguien a ver qué ha pasado con Caprio. Puede que ya sepa que Caprio tuvo problemas y que le haya encomendado su misión a otra persona.

– Tengo un empleo. No puedo desaparecer sin más.

– Llame y diga que está enferma. Usted es médico. Invéntese algún síntoma convincente.

– No miento.

– Yo sí, cuando de eso depende salvar el culo. -Royd se incorporó-. Echaré una mirada afuera para comprobar. Tenga el móvil cerca -dijo, y le entregó una tarjeta con el número de su móvil-. Me mantendré a una distancia en que pueda oírla gritar. Si no sé nada de usted, volveré en una hora. Puede presentarme a su hijo para que se sienta tranquilo conmigo. En su lugar, no lo dejaría ir al colegio. Puede que no sea seguro.

Sophie se estremeció de pies a cabeza.

– Me lo pensaré. Pero él no lo entenderá.

– No le conviene que entienda nada. Ya tiene suficiente -dijo, y frunció el ceño-. Puede que sea un problema. Tendré que pensar en algo.

– Usted no tendrá nada que ver con mi hijo. A él no lo va a usar.

Él sonrió desganadamente.

– ¿Lo ve? Ya ha reconocido que me dejará usarla a usted. El supremo poder de la culpa.

Ella se lo quedó mirando, como asombrada.

– Creo que puede ser un hombre realmente horrible, Royd.

– Y yo creo que quizá tenga razón -dijo él, yendo hacia la puerta-. ¿Y a quién le gustaría tener a su lado para librarla de otro hombre, todavía más horrible? Ni siquiera tendrá que preocuparse de quién de nosotros la palme. -Le lanzó una mirada por encima del hombro-. Prepararé algo más de café. Luego llamaré a Jock y le diré que vuelva. Querrá que usted le diga que no le importa que vuelva con MacDuff.

– Eso ya se lo he dicho.

– Pero ahora tiene un argumento más convincente.

– Todavía no he tomado ninguna decisión, Royd.

– Entonces, tómela. Soy su mejor baza. Incluso le prometo que ni su hijo ni usted morirán si hace lo que le digo.

Sophie oyó sus pasos en el pasillo y luego la puerta de entrada que se cerraba a sus espaldas. Dios mío.

Apoyó la cabeza en la almohada y pensó en las palabras de Royd. Antes de que él apareciera, había creído que al matar a Sanborne acabaría con toda la miseria que ella misma había iniciado. Ya no lo creía así. Todo iba a ser mucho más complicado e intrincado de lo que había imaginado.

Pero no estaría sola.

Royd se había propuesto ir a por Sanborne con o sin ella. Era ella la que estaba siendo manipulada para hacer lo que Royd quería. No, eso no era verdad. Quizá él intentaría obligarla y utilizarla, como le había dicho, pero no habría culpa en que ella lo utilizara a él.

No podía seguir descansando. Estaba demasiado tensa. Dejó la cama y fue hacia el cuarto de baño. Quince minutos más tarde, ya vestida, se dirigió a la cocina.

Se detuvo al llegar a la puerta.

Aquel tipo era un manipulador hijo de puta.

En el mostrador de la cocina, junto a la cafetera, donde Royd sabía que ella las vería, había dejado las dos sogas que Jock había tirado a la papelera.

– Vale, allí ya no te necesitan -dijo MacDuff-. Vuelve a casa, Jock.

– Sanborne se está moviendo. Ha intentado matarla.

– Y Royd lo ha impedido. Me has dicho que Royd garantizaba su seguridad. ¿No confías en él?

– Confío en el hombre que conocí hace un año. Creo que confío en el hombre que es ahora, pero no es mi vida la que está en juego. ¿Puedes llamar a Venable, de la CIA, y ver si puedes conseguir un informe reciente sobre él?

– Venable no trabaja en América del Sur. Y, además, ha sido ascendido desde que ayudó a deshacerse de Reilly. Puede que no quiera arriesgar su empleo revelando información reservada.

– Convéncelo. Tiene que tener contactos en Colombia. Necesito saberlo.

– Y si el informe es favorable, ¿volverás a casa?

Jock guardó silencio un momento.

– Durante un tiempo. Tengo que ver qué tal van las cosas.

MacDuff masculló una imprecación.

– Jock, no es… -dijo, y calló-. Te volveré a llamar enseguida -añadió, y colgó.

Jock desconectó su teléfono y se incorporó. Se ducharía y volvería a casa de Sophie. Según Royd, le había sugerido que se quedara en casa y que no dejara salir a Michael, pero Royd no conocía a Sophie. Ella haría lo que considerara más conveniente, sin importar las órdenes de Royd.

Con suerte, MacDuff conseguiría rápidamente la información que necesitaba. Cuando MacDuff se fijaba un objetivo, hacía las cosas con determinación y con una eficacia implacable. Quería que Jock volviera a casa, y haría todo lo que fuera necesario para conseguir ese objetivo.

Y Jock sabía que si no obtenía lo que quería, era probable que MacDuff cogiera un avión a Washington. Joder, no lo quería ver metido en ese lío. MacDuff ya le había salvado el pellejo y había velado por su cordura una vez, y saber que el señor de MacDuff estaba ahí, en segundo plano, mantenía a Jock en cierto estado de nerviosismo aquellos días. Sin embargo, la dependencia de su amigo tenía que acabar pronto.

Sonó su teléfono.

– Acaba de subir al coche con el niño -le informó Royd-. ¿Dónde diablos va?

– ¿Lleva equipaje?

– No.

– Entonces lleva a Michael al colegio. Seguro que se quedará esperando fuera para cerciorarse de que está bien.

– Le dije que no lo dejara salir de casa, maldita sea.

– ¿Vas a seguirla?

– Desde luego que sí.

– Si la pierdes, Michael va al colegio Thomas Jefferson. Y yo no intentaría enfrentarme a ella tal como estás ahora mismo. No si quieres que colabore. Tienes que haber hecho algo para irritarla. ¿Has hecho algo?

– Quizá. He asumido un riesgo calculado. Puede que la haya asustado, y entonces o se une a mí o puede que la haya vuelto más desafiante.

– Por lo visto, has perdido.

– Puede que sea ella la que pierda. A estas alturas, Boch y Sanborne deben saber que Caprio no llevó a cabo su misión. Enviarán a otro.

– Pero tendrán que investigar y asegurarse de que no hay riesgos.

– No está segura en esa casa. Puede que no esté segura en ningún lugar de la ciudad. Convéncela.

Jock guardó silencio.

– ¿Pero contigo estará a salvo?

– Se lo he prometido. Y yo cumplo mis promesas, Jock. Habla con ella.

– Lo pensaré.

Royd no dijo palabra durante un momento.

– Yo no soy como tú. No seré amable con ella ni la perdonaré si la caga. La manipularé y la utilizaré para conseguir lo que quiero. Pero, al final, el REM-4 habrá sido destruido y ella estará viva. ¿No es eso lo que los dos queremos?

– ¿Y el fin justifica los medios?

– Joder, sí. No intentes hacerme creer que tú piensas diferente.

– Intento no hacerlo. Es parte del entrenamiento que los dos recibimos en Garwood. No quiero darles nada a esos cabrones.

– Pero no da resultado, ¿no es así?

No, no funcionaba del todo, pensó Jock, cansado. Aquel lavado de cerebro que habían sufrido tenía como objetivo apelar a los instintos más salvajes del hombre.

– A veces.

– Sí, a veces. Pero no cuando tiene que ver con Boch y Sanborne -dijo Royd-. Ahora estoy pasando por una zona de colegios.

– ¿Qué calle es?

– Sycamore.

– Como te he dicho. Lo lleva al colegio. Aparcará y comprobará los alrededores. No pondrá a su hijo en peligro. ¿Quieres que coja el relevo de la vigilancia?

Silencio.

– Sí. Tengo que ponerme en contacto con Kelly y pensar en los planes. Te llamaré cuando vuelva a mi turno.

– Llegaré en treinta minutos.

Que le den a Jock.

MacDuff se incorporó y fue hasta la ventana de su estudio. Miró el mar que rompía contra los acantilados allá abajo. No necesitaba este problema que Jock le había dejado. ¿Por qué ese chico no hacía lo que él le decía y volvía a casa?

Porque Jock ya no era un niño y hacía lo que quería, no lo que MacDuff le ordenaba hacer aquellos días. De alguna manera, había sido mucho más fácil cuando Jock era una especie de robot enfermo, tal y como lo había encontrado hacía meses.

Más fácil, no mejor. Jock se iba convirtiendo poco a poco en el hombre que podría haber sido si no hubiera sido víctima de Thomas Reilly. No, eso no era verdad. Su experiencia lo había cambiado, y ya nunca volvería a ser el mismo niño vivo y alegre que durante su infancia entraba y salía del castillo cuando le daba la gana. Sin embargo, ahora tenía la oportunidad de salir de la oscuridad a la luz y, maldita sea, MacDuff velaría por que así fuera.

Sí.

Vale, había que traerlo a casa. Implicarlo en la búsqueda y hacer que se olvidara de Sophie Dunston y sus problemas. Bien sabía que Jock tenía suficiente con sus propios asuntos.

Cogió el teléfono y llamó a Venable.

– Soy MacDuff. Tengo que pedirte un favor.

– ¿Otra vez? Ya te hice un favor cuando te dejé hacerte cargo de la custodia de Jock. No pienso arriesgar el culo una segunda vez.

– No es nada importante. Sólo necesito una información.

Venable guardó silencio un momento.

– Te he dicho que no puedo hacer nada a propósito de Sanborne. Tiene demasiada influencia. Nadie puede hacer nada en su contra si no cuenta con una tonelada de pruebas. He asignado a alguien para que investigue Garwood y no han encontrado absolutamente ninguna conexión con Sanborne. Se trataba de una fábrica de plástico que quebró al cabo de un año de empezar. La posición de la CIA sobre Sophie Dunston es que está chalada y que pretende vengarse de la empresa que la despidió.

– Jock le cree.

– ¿Y esperas que la CIA crea que él está mucho más equilibrado? Por el amor de Dios, él también estuvo en un hospital psiquiátrico. E intentó suicidarse tres veces.

Sería mejor distanciarse del pasado de Jock, pensó MacDuff. Venable había querido confiar en él dándole la custodia de Jock, y no necesitaba que le recordaran lo inestable que había sido Jock.

– No te pido que persigas a Sanborne.

– Me parece bien. Porque eso no ocurrirá.

– Quiero que verifiques qué pasa con un hombre que trabaja con uno de vuestros operativos en Colombia. Lo necesito enseguida. Como máximo, un par de horas.

– Es una lástima. Soy un hombre muy ocupado.

– Lo sé. Pero me ayudará a traer a Jock a casa. Tú nunca aprobaste eso de que anduviera buscándose la vida solo.

– En eso tienes razón -dijo Venable, con voz amarga, y suspiró-. De acuerdo, dime el maldito nombre.

– Hola, Sophie.

Sophie se tensó enseguida y luego se relajó al ver que Jock caminaba hacia su coche.

Él le enseñó una bolsa de McDonalds.

– Te he traído una hamburguesa con queso y patatas fritas. Seguro que no has desayunado y pensé que necesitarás algo de combustible. Llevas cuatro horas ahí sentada.

– ¿Y tú cómo lo sabes? -Sophie quitó el seguro a la puerta del pasajero, cogió la hamburguesa y le quitó el envoltorio-. ¿Me has seguido?

– No, Royd te siguió. Y luego yo le he relevado. Me dijo que tenía que ocuparse de unas cosas, pero yo creo que quería que se calmaran un poco los ánimos. Dijo que había hecho un movimiento calculado y que podría haberle salido el tiro por la culata.

– Cabrón -dijo ella, y mordió su bocadillo-. Dios mío, ese tipo es un iceberg.

– En realidad, no. Lo más probable es que lo contrario sea más fiel a la verdad. Matt Royd es un hombre apasionado. ¿Quieres patatas fritas?

Sophie cogió una.

– ¿Lo estás defendiendo?

– No, estoy explicando su actitud. No gastaría mi saliva si no creyera que quizá tengas que entender a Royd.

– ¿Por qué?

– Creo que lo sabes. Estás enfadada, pero ya te has dado cuenta de que Royd podría ayudarte.

– ¿Y se supone que tengo que confiar en él?

Jock asintió con la cabeza.

– MacDuff cree que puedes.

– ¿Qué?

– Le he pedido que comprobara las actuales operaciones de Royd en Colombia.

– ¿Y?

– Un amigo de la CIA se puso en contacto con Ralph Soldono, el operativo que trabaja con Royd en Colombia. Soldono está muy impresionado con Royd. Cree que es una especie de superhombre de las operaciones militares. Suele combatir solo o con un puñado de sus hombres y cumple con el trabajo.

– ¿Qué tipo de trabajo?

– Desde rescatar a ejecutivos secuestrados y en manos de los rebeldes, hasta eliminar una banda especialmente peligrosa de bandidos. Es rápido, listo y no se da por vencido.

Ella recordó ese aire de confianza que envolvía a Royd.

– Eso me lo podría haber imaginado.

– Soldono también ha dicho que nunca ha aceptado un trabajo del que luego se haya desentendido, por muy duro o sucio que acabe siendo. -Siguió una pausa-. Y que cumple su palabra. Eso es lo que de verdad quieres saber, ¿no?

– Sí, es lo que quiero saber. -Sophie apretó la hamburguesa que tenía en las manos-. Me prometió que mantendría vivo a Michael y que el REM-4 sería destruido. ¿Debería creerle?

Jock sonrió.

– Sé demasiado bien que no tengo que influir en tus decisiones. Sólo puedo darte la mejor información que tengo y dejar que seas tú quien juzgues. Es evidente que se trata de un tipo bastante increíble y que Soldono lo encuentra fiable. Dicho eso, no es un tipo sutil ni bien educado, y es probable que ponga en peligro tu vida. Tienes que decidir si será capaz de mantenerte con vida y de hacer que el riesgo merezca la pena. También es probable que te irrite una docena de veces al día.

Sophie apretó los labios cuando recordó las sogas sobre el mostrador de la cocina.

– Oh, sí, ya lo creo.

Jock escudriñaba su expresión.

– Sin embargo, tú te inclinas por la dirección que ha tomado él.

– Tú sabes que he querido entrar en las instalaciones y destruir todos los archivos del REM-4. Simplemente no conseguí entrar para llevarlo a cabo. Royd tiene un topo en las instalaciones y sabe más que yo. Es probable que mucho más. Dice que me va a utilizar. Que lo intente -dijo, y echó el resto de la hamburguesa en la bolsa-. Puede que sea yo quien acabe utilizándolo a él. -Sophie lo miró-. Pero quiero que tú abandones esto, Jock. Vuelve a casa.

– Vaya, no paro de escuchar lo mismo en todas parles -dijo él, con una mueca-. Y si el plan de ataque de Royd me convence, puede que vuelva a las tierras de MacDuff por un tiempo. Tendré que pensarlo. ¿Le has contado algo a Michael?

– No, lo he despertado tarde y he utilizado eso como excusa para traerlo al cole.

– Eso no puede seguir así. Él…

– Lo sé -interrumpió ella-. Pero no le diré nada hasta que tenga que hacerlo. Ya tengo bastantes problemas para mantenerlo calmado. No quiero darle más motivos pata tener pesadillas.

Él asintió con un gesto.

– Tienes que estar preparada -dijo, y abrió la puerta del coche-. Volveré a mi coche, tengo que hacer unas cuantas llamadas. Me puedo quedar aquí y recoger a Michael cuando salga del colegio, si quieres.

Ella sacudió la cabeza.

– Tiene entrenamiento de fútbol de nuevo. Lo llevaré a Chuck E. Cheeses antes de volver con él a casa.

– ¿Quieres compañía?

– No, ya he despejado mi horario para hoy y necesito pensar unas cuantas cosas.

– De todas formas me quedaré un rato. Y Royd o yo seremos tu sombra durante el resto del día. Llámame si cambias de opinión.

Ella lo miró alejarse. Le gustaría mucho más que se quedara Jock en lugar de Royd, y deseó poder cambiar de opinión. Pero Royd tenía un objetivo y Jock tenía que volver a casa. Era mucho mejor que tratara con ese maldito cabrón hasta que viera el camino más despejado.

Capítulo 6

– ¿Qué pasa, mamá? -Michael no la miraba a ella. Tenía la vista fija en el exterior del coche-. ¿Ocurre algo malo?

Sophie apretó las manos sobre el volante. Michael había permanecido bastante callado durante la cena y ella, en cierta manera, se esperaba la pregunta.

– ¿Qué quieres decir?

– Estás preocupada. Al principio, creía que era por mí, pero es otra cosa. ¿No es verdad?

Tendría que haber sabido que Michael percibiría su desasosiego. Después de todo lo que había vivido, su conciencia se había vuelto tan aguda como el filo de una navaja. A veces Sophie se preguntaba cómo conseguía ser un niño tan normal.

– No es nada de lo que tengas que preocuparte. Son cosas del trabajo.

Él la miró fijamente a los ojos.

– ¿Estás segura?

Ella vaciló. Deseaba protegerlo pero, ¿era aconsejable protegerlo de la verdad? La situación adquiría un sesgo muy preocupante y quizá llegaría un momento en que Michael tendría que enfrentarse a ello.

– Sí, no tienes por qué preocuparte. Y no, no tiene que ver con el trabajo.

Él guardó silencio un momento.

– ¿Con el abuelo?

Ella se mordió el labio. Era la primera vez que Mic hael mencionaba a su abuelo desde aquel día en el muelle.

– En parte. Puede que tenga que mandarte a vivir con tu padre un tiempo.

– Él no querrá -dijo Michael, sacudiendo la cabeza.

– Sí que querrá. Tu padre te quiere.

– Actúa raro cuando estoy con él. Creo que se alegra cuando vuelvo a casa.

– Quizá tenga la impresión de que a ti no te gusta estar con él. Deberíais hablar.

Él volvió a negar con la cabeza.

– No querrá que vaya. Y yo tampoco iría. Si tú tienes problemas, me quedaré contigo.

Hasta ahí llegaría su franqueza. Sophie respiró profundamente, un suspiro de frustración.

– Hablaremos de ello cuando lleguemos a casa. En realidad, no tengo ningún problema, y no hay nada…

– Mira esos camiones. -Michael había bajado la ventanilla-. ¿Qué ha pasado?

Tres camiones blanquiazules, con el emblema del departamento de Luz y Gas de Baltimore pintado en los lados, estaban estacionados en un lado de la calle con las balizas encendidas. Las luces de su coche iluminaron a un agente de policía en medio de la calle hablando con el conductor del coche que la precedía.

Sophie aminoró la marcha hasta detenerse.

– No lo sé -dijo-. Tendremos que averiguarlo. -El agente le hacía señas al conductor para que avanzara y ahora se dirigía hacia ella-. ¿Qué ha ocurrido, agente?

– Una fuga de gas. ¿Vive usted en esta manzana?

– No, vivo cuatro manzanas más abajo. -Sophie miró a los empleados de uniforme gris que iban de casa en casa-. ¿Están evacuando?

– No. Sólo están comprobando las casas en busca de fugas y quieren que no dejemos entrar a nadie hasta que hayan acabado. -El agente sonrió-. Hasta ahora sólo han encontrado dos pequeñas fugas. Pero tenemos que tener cuidado. Estamos informando a todos los habitantes de la calle de que no enciendan nada hasta que les demos el visto bueno.

– Yo vivo en la calle High Tower. ¿Esto también vale para nosotros?

El agente miró su carpeta.

– No hay informes de fuga más allá de Northrup. No debería tener problemas. Puede que sea buena idea tomar algunas precauciones adicionales -dijo, y la invitó a avanzar-. Llame a la compañía de gas si tiene alguna pregunta.

– No se preocupe. Eso haré.

– ¿Podremos oler el gas si hay una fuga? -inquirió Michael cuando dejaron atrás a los agentes.

– Seguro que sí. Ahora han añadido una esencia como medida de seguridad para que podamos detectarlo. Por eso la gente sabe que hay que llamar a la compañía de gas.

No había camiones en las dos siguientes manzanas. Su propia manzana estaba igualmente tranquila.

– Creo que llamaremos a la compañía de gas de todas maneras -avisó Sophie. -Se detuvo en la entrada del coche y pulsó la tecla del mecanismo de apertura de la puerta del garaje-. En realidad, deberíamos llamar antes de entrar en…

– ¡Pare! -Era Royd, que estaba junto a su ventana-. ¡Ahora!

Sophie paró bruscamente el coche.

– ¡Salgan de ahí! Los dos.

Su tono era tan urgente que Sophie no vaciló. Abrió la puerta.

– Michael, baja.

– Mamá, ¿qué…? -balbuceó Michael, mientras le obedecía y bajaba del coche.

– Bien. -Royd se había puesto al volante-. Ahora, llévelo a mi coche, el Toyota marrón claro que está aparcado en la calle. Las llaves están en el contacto. Sáquelo de aquí. Yo la llamaré cuando sea seguro volver.

Sophie vacilaba.

– Salga de aquí, rápido.

Sophie cogió a Michael y corrieron hacia el Toyota. Al cabo de un momento avanzaban hacia la calle siguiente.

– Mamá, ¿quién era…?

– Calla. -Sophie tenía la mirada fija en el retrovisor. ¿Qué diablos…? Vio que su coche avanzaba hacia el garaje abierto. Mientras miraba, de pronto el coche se abalanzó hacia delante.

Royd saltó del vehículo y rodó varias veces por el césped del jardín mientras el coche entraba en el garaje.

¿Pero qué…?

Michael miraba por encima del hombro.

– ¿Qué está haciendo? ¿Por qué nos ha dicho que…?

De pronto, la casa explotó.

Los vidrios del Toyota vibraron con la onda expansiva. Llamas.

Trozos de madera, puertas y vidrios volaron y quedaron esparcidos por el césped.

¡Royd!

¿Dónde estaba Royd?

Sophie lo había visto tirado sobre el césped, pero ahora un humo negro se elevaba por encima del desastre y el césped estaba cubierto de vigas ardiendo.

Sonó su teléfono.

– Dé la vuelta a la manzana y vaya hasta el final de la calle -dijo Royd-. No se detenga hasta llegar. La estaré esperando.

– ¿Qué ha pasado? ¿Qué ha hecho?

Royd había colgado.

Ella dejó el móvil y giró al final de la calle. Vio a la gente que salía de sus casas y corría hacia el infierno en que se había convertido la suya.

Su hogar. Y el hogar de Michael.

Sophie miró a su hijo. Estaba pálido y sujetaba con fuerza la mochila escolar.

– Aguanta, Michael. Estamos a salvo.

Él sacudió la cabeza cuando se giró para mirar hacia delante. Era probable que se encontrara en estado de shock. ¿Quién se lo iba a reprochar? Ella estaba igual. Royd esperaba en la esquina. Sophie se detuvo junto al bordillo. Él subió rápidamente al asiento trasero.

– Siga. Salga de aquí. No quiero que la vean.

Sophie oyó el ulular de la sirena cuando aceleró.

– ¿Por qué no?

– Ya le contaré. Salga del barrio y gire a la izquierda en el cruce. -Royd abrió el teléfono móvil y marcó un número-. Se ha desatado el infierno, Jock. Nos encontraremos en La Quinta Inn en la autopista Cuarenta -dijo, y colgó-. Deténgase a un lado y usted y el chico siéntense aquí atrás. Yo conduciré.

– Deje de darme órdenes, Royd -dijo Sophie, intentando serenar la voz-. Lo único que necesito de usted son respuestas.

– Puede que eso no sea lo que necesita el niño -dijo él, con voz queda-. Y a él no puedo ayudarlo en este momento.

Tenía razón. Michael acababa de ver cómo su casa volaba por los aires, y Sophie entendía que había quedado aturdido y en estado de shock. Michael la necesitaba, era verdad. Se detuvo en el bordillo.

– Venga, Michael. Nos sentaremos atrás.

Él no se resistió, pero cuando le obedeció sus movimientos eran rígidos y faltos de coordinación.

– Está bien, Michael. -Era mentira-. No, no está bien -se corrigió, y lo abrazó por los hombros-. Es terrible, pero encontraremos una manera de arreglarlo.

Michael no la miró. Tenía la mirada clavada en Royd cuando éste se puso al volante.

– ¿Quién es?

– Se llama Matt Royd.

– Ha hecho volar la casa.

– No, no ha sido él. Él no quiere hacernos daño.

– Entonces, ¿por qué…?

– Te lo explicaré cuando yo misma lo sepa. ¿Puedes esperarte hasta que lleguemos al motel y tengamos un momento para saberlo? Jock se reunirá con nosotros.

Michael asintió lentamente con la cabeza.

– Bien. -Sophie se reclinó en el asiento y lo abrazó-. No dejaré que nada te haga daño, Michael.

Él alzó la cabeza para mirarla a los ojos.

– ¿Crees que soy tonto? No tengo miedo de que algo me ocurra a mí. Eres tú, mamá.

Ella estrechó su abrazo.

– Lo siento -dijo, y carraspeó-. Vale, tampoco dejaré que nada malo me ocurra a mí -dijo. Alzó la cabeza para mirar a Royd por el retrovisor-. Llévenos a ese motel, Royd. Mi hijo y yo queremos respuestas.

– Espere aquí. -Royd bajó del coche y se alejó a grandes zancadas hacia la recepción del motel. Al cabo de cinco minutos, volvió y subió al coche-. Habitación cincuenta y dos. Primer piso. Queda al final del edificio. Nadie ocupa las habitaciones contiguas. He pagado para que así sea.

Royd aparcó el coche en la plaza frente a la habitación y le entregó la llave.

– Cierre la puerta con llave. Entre y ocúpese del niño. Yo esperaré a Jock.

– No soy el niño -dijo Michael-. Me llamo Michael Edmunds.

Royd asintió con la cabeza.

– Lo siento. Yo me llamo Matt Royd -dijo, y le tendió la mano-. Las cosas están un poco agitadas en este momento, pero eso no es motivo para que te trate como si no estuvieras. ¿Podrías llevar a tu madre a la habitación y darle un vaso de agua? Parece un poco aturdida.

Michael se quedó mirando la mano que le tendía Royd y luego, lentamente, tendió la suya para estrecharla.

– No es de extrañar -dijo, con voz grave-. Pero se pondrá bien. Es muy dura.

– Ya me he dado cuenta -dijo Royd, y miró a Sophie-. Y creo que su hijo Michael también es muy duro. Sería una buena idea contarle toda la verdad.

Sophie bajó del coche.

– No necesito consejos sobre cómo comunicarme con mi hijo. Vamos, Michael.

– Espera. -Michael seguía mirando a Royd-. Si usted no voló nuestra casa, lo hizo alguien, ¿no? ¿No ha sido un accidente?

Royd no vaciló en contestar.

– Exactamente. No ha sido un accidente. Querían que pareciera un accidente.

– Basta -dijo Sophie.

Royd se encogió de hombros.

– Por lo visto, cometo un error tras otro.

– Será un error muy grave si no vuelve pronto y me cuenta exactamente lo que está ocurriendo -dijo. Miró a Michael-. Quiero decir, nos cuenta.

Él sonrió apenas.

– Ya había entendido que eso es lo que quería decir. Volveré en cuanto llegue Jock.

– Más le vale. -Sophie fue hasta la puerta y le quitó el cerrojo-. Estoy harta de que se me deje de lado, Royd.

– Dijo que cerráramos con llave -observó Michael cuando ella cerró de un portazo.

– Eso pensaba hacer -dijo ella, echando el cerrojo.

– Estás enfadada con él. -Michael la observaba atentamente-. ¿Por qué?

– ¿Porque hace cosas que no me agradan?

– ¿No nos ha salvado la vida?

– Sí.

– Pero a ti no te gusta.

– No lo conozco bien. Pero es una de esas personas que te arrollan si no te apartas de su camino.

– A mí tampoco me gustaba demasiado al principio, pero no está tan mal.

– ¿Qué?

– Oh, no es como Jock -se apresuró a explicar Michael-. Pero es como si me hiciera sentirme seguro. Como Schwarzenegger en la peli que vi en casa de papá, Terminator.

Era lo que hacía Dave, dejarle ver películas que ella tenía en su lista prohibida.

– Royd no es ningún Terminator del futuro -Era curioso que Michael hubiera percibido aquella violencia letal que había en Royd, pero quizá no estaba mal que algo o alguien pudiera brindarle esa sensación de seguridad en esos momentos-. Pero puedes sentirte seguro con él. Perteneció a las fuerzas especiales de la marina, y sabe lo que hace.

– ¿Las fuerzas especiales?

Sophie vio que aquello lo impresionaba. Quizá demasiado.

– Siéntate e intenta descansar. Hemos tenido una noche muy agitada.

Michael negó con la cabeza.

– Tú siéntate -dijo, y fue hacia el baño-. El señor Royd dijo que te diera un vaso de agua.

– El señor Royd es un… -dijo ella, y calló. Mantener a Michael ocupado dándole ese rol protector era lo más indicado. Así, dejaría de pensar en las últimas horas. Se dejó caer en una silla junto a la cama-. Gracias, me sentaría bien.

Él le pasó el vaso de agua y se sentó en la cama.

– De nada. -Su expresión era muy seria-. Y el señor Royd tenía razón. Tengo que saber qué está ocurriendo para que pueda ayudar, mamá.

Dios mío, Michael no hablaba para nada como un niño.

Pero eso no significaba que ella pudieraa hablarle de todos aquellos horrores.

Sin embargo, el horror había tocado a la puerta de su casa nuevamente. Si no le contaba al menos una parte de la historia, corría el riesgo de que Michael se hundiera aún más en sus terrores nocturnos. Lo desconocido era a veces peor que enfrentarse a la realidad. No sabía qué sería mejor para él.

– Mamá. -Michael la miraba con expresión tensa y ojos implorantes-. No me dejes fuera. Tengo que ayudarte.

– Michael. -Sophie tendió la mano para acariciarle la mejilla. Dios, cómo lo quería. ¿Qué se suponía que debía decirle? ¿Que su madre había estado dispuesta a matar a un hombre? ¿Que la noche anterior un hombre había intentado matarlos a los dos, a sólo unos metros de donde él dormía? Vale, había que saltarse esa parte de la historia y sólo darle a conocer el trasfondo. Aquello ya era bastante duro-. Hace años, estaba muy preocupada por tu abuelo. Es probable que no lo recuerdes, pero el abuelo tenía sueños horribles. Un poco como tú. Y no dormía demasiado. Yo tenía muchas ganas de ayudarlo. Así que empecé a trabajar en un…

– ¿Fue ese hombre, Sanborne, el que hizo volar nuestra casa? -inquirió Michael.

Sophie asintió.

– Es probable. Al menos, él dio la orden.

– Porque quería matarte. ¿Porque te odia?

– Creo que ni siquiera me odia. A su manera, sólo desea borrar del mapa a cualquiera que sepa de la existencia del REM-4.

– Pues yo sí lo odio a él -dijo Michael, cuyos ojos brillaban como ascuas-. Quisiera matarlo.

– Michael, te entiendo. Pero tengo que asumir una parte de la culpa. No es…

– Él hizo daño al abuelo y a la abuela y a toda esa gente. Te hizo daño a ti -dijo, y se lanzó a sus brazos-. No es culpa tuya. No es tu culpa. Él lo hizo. Él lo hizo todo.

Sophie sentía las lágrimas contra la mejilla mientras lo abrazaba.

– Será castigado, Michael. Como te he dicho, es difícil encontrar una manera de castigarlo.

– ¿Por qué? Se supone que los buenos tienen que ayudar. Se supone que los buenos ganan.

– Ganaremos. -Sophie lo apartó para mirarlo a la cara-. Te lo prometo, Michael -Tenía que hacérselo creer-. Ganaremos, sí.

– Él hizo volar nuestra casa -dijo él, enfurecido-. ¿Por qué no vamos y volamos la suya?

Dios mío.

– ¿Ojo por ojo?

– Ya lo creo que sí. El señor Royd lo haría. ¿Por qué no se lo preguntamos?

– Tenemos muchas cosas que preguntarle. No creo que ésa sea una de ellas. -Sophie lo besó en la frente. Era el momento de volver a las cosas normales y cotidianas, si quería que Michael pasara una noche sin problemas-. Ahora, ve a lavarte la cara. Ninguno de los dos comió mucho a la hora de la cena. Llamaré a Domino’s para que traigan una pizza.

– Yo no tengo hambre -dijo Michael, frunciendo el ceño-. Pera tú deberías comer. Llama.

– Gracias. Supongo que tú también podrás comer un trozo. Echaré una mirada afuera y le preguntaré a Royd si quiere comer con nosotros -dijo, y se dirigió a la puerta-. Y Jock debería llegar pronto, también. A él le gusta de salchichón y pimientos, ¿no?

– Con champiñones. -Michael fue hacia el cuarto de baño-. Vuelvo enseguida.

Michael reaccionaba más normalmente de lo que había esperado, pensó Sophie, aliviada, cuando abrió la puerta. Creía que el miedo sería la respuesta primaria, pero lo había subestimado. Primero había sufrido aquel estado de shock, luego la rabia y después había dominado esa actitud protectora.

Royd y Jock estaban sentados en el Toyota de Royd y los dos bajaron del coche al verla.

– Lo siento, Sophie -dijo Jock, con voz queda-. Tiene que haber sido terrible para ti y para Michael.

– ¿Cómo está? -preguntó Royd.

– Está bien. -Sophie respiró hondo-. No, no está bien. Le agradará saber que he tenido una conversación con él.

– ¿Se lo ha contado todo?

– Casi todo. No tenía para qué saber lo de Caprio -explicó Sophie, y miró a Jock-. O lo que Sanborne os hizo a ti y a Royd. Hablé en un sentido general.

– Bien -dijo Royd-. Nos podría haber confundido con los malos. Seguro que está muy desorientado.

Ella sonrió con una mirada triste.

– Lo bastante confundido como para pensar que usted es Terminator. Le he dejado muy claro que usted es un hombre de carne y hueso.

– No es una mala comparación -dijo Jock, riendo por lo bajo-. Terminator protegía al chaval en las últimas dos películas.

– Y era un malo consumado en la primera. Estoy segura de que te prefiere a ti, Jock -dijo Royd-. Tú eres el puño de hierro con el guante de terciopelo.

– Yo también estoy seguro de que me prefiere a mí -dijo Jock-. ¿Qué es lo que no te gusta?

Sophie lo miró con ojos fríos.

– El hecho de que vosotros dos estéis sentados aquí fuera haciendo planes antes de entrar a hablar conmigo.

– Es verdad -dijo Jock-. Pero también pensamos que quizá necesitarías más tiempo con Michael.

Sophie se volvió hacia Royd.

– ¿Cómo sabía que la casa iba a volar por los aires?

– No lo sabía. Pensé que había muchas probabilidades. Era una coincidencia demasiado rara que hubiera una fuga de gas la noche después de un intento fallido contra usted.

– La fuga era a cuatro manzanas de distancia.

– Y entonces usted se sentiría más confiada. Sin embargo, cuando la casa estallara, todo parecería menos sospechoso a la policía -dijo, e inclinó la cabeza a un lado-. ¿Acaso no le ha parecido sospechoso?

– Sí, pensaba llamar a la compañía de gas en cuanto entrara en el garaje.

– No habría alcanzado a entrar en la casa. El garaje estaba lleno de gas. Había un mecanismo en el suelo que soltaría una chispa cuando la rueda pasara por encima. Una sola chispa habría bastado.

– ¿Cómo lo sabe?

– Es lo que habría hecho yo. Para eso nos entrenaron -dijo Royd, después de un breve silencio.

Sophie se sintió impresionada. No debería estar tan asombrada, pensó, y desvió la mirada.

– Desde luego -dijo.

– No aparte la mirada de mí. -De pronto, la voz de Royd se había vuelto dura-. Será mejor que esté jodidamente contenta de que yo supiera lo que estaba ocurriendo, o usted y su hijo estarían muertos.

Ella se obligó a volver a mirarlo.

– Me alegro de cualquier cosa que mantenga vivo a Michael. Y no tengo ningún derecho a condenar aquello que yo misma contribuí a enseñarle.

– Maldita sea, no quise decir… No era mi intención…

– Eso no significa que no esté furiosa porque usted haya dejado que mi casa saltara por los aires. Si había adivinado lo que iba a ocurrir, nos podría haber dicho a mí y a Michael que saliéramos del coche. No tenía que soltar los frenos y lanzarlo hacia el garaje. Usted quería que la casa explotara.

– Es verdad, es lo que quería.

– ¿Por qué? ¿Y por qué nos dijo a Michael y a mí que escapáramos? ¿Por qué no quería que nos vieran?

– Pensé que tendríamos una ventaja si todos creían que habían muerto.

– ¿Qué tipo de ventaja?

– Tiempo.

Sophie pensó en su respuesta.

– Sin embargo, cuando busquen entre las ruinas, sabrán que no estábamos dentro.

– Eso llevará un tiempo. Ese incendio seguirá ardiendo un buen rato porque fue alimentado por el gas. Y luego estará demasiado caliente para examinar las cenizas, hasta que estén seguros de que no hay peligro y de que no hay bolsas de gas que exploten y hieran a los bomberos. Fue una explosión terrible y se convencerán de que si usted estaba en el interior, no podrá haber sobrevivido. Cualquier búsqueda estará destinada a encontrar restos humanos y tardarán mucho tiempo en estar absolutamente seguros. Si hemos tenido suerte y no la han visto escapar, tendremos una oportunidad.

– ¿Una oportunidad para qué?

– Para sacar a Michael de aquí -dijo Jock-. Para alejar a Michael de ti, Sophie.

Sophie se tensó enseguida.

– ¿De qué hablas?

– Michael ha estado a punto de morir dos veces en las últimas veinticuatro horas, y ni siquiera era el blanco. Mientras permanezca a tu lado, correrá peligro.

– ¿Queréis que lo mande a algún sitio? -preguntó ella, con los puños apretados-. No puedo hacer eso. Me necesita.

– Necesita seguir vivo -dijo Royd-. Y usted necesita libertad de movimientos sin tener que preocuparse de él.

– Usted cállese. Esto no le concierne. Usted no sabe… -dijo Sophie, y calló. La verdad era que le concernía. Ella lo había provocado al destruir su vida con la invención del REM-4-. Usted no ha estado con él cuando sufría sus terrores nocturnos.

– Yo sí -dijo Jock-. Confías en mí, ¿no?

– ¿A qué te refieres?

– Quiero llevarme a Michael al castillo de MacDuff.

– ¿A Escocia? Ni hablar.

– Allí estará seguro. MacDuff se asegurará de ello -dijo, y sonrió-. Yo mismo velaré porque así sea. Y yo he cuidado de Michael cuando ha tenido sus terrores nocturnos y tú trabajabas. Nos entendemos.

Michael a miles de kilómetros de distancia.

– Estaría muerta de miedo.

– Entonces será mejor que decida qué es más importante para usted -sentenció Royd-. Les he prometido mantenerlos a salvo, pero esto me facilitaría mucho las cosas.

Sophie cerró los ojos, dominada por la sensación de un miedo enfermizo. Rara vez había estado separada de Michael por más de ocho kilómetros desde que saliera del hospital, después de la muerte de sus padres.

– Es mi hijo. Yo puedo cuidar de él.

Ninguno de los dos hombres le contestó.

Todo había sido dicho. Sophie se portaba como una bruja egoísta en nombre del amor maternal. No podía hacerle eso a Michael. Abrió los ojos.

– ¿Has hablado con MacDuff de esto?

– Sí -dijo Jock-. En cuanto Royd me llamó y me contó lo que ocurría. MacDuff no puso reparos.

– Eso no basta. No quiero que Michael sea aceptado a regañadientes.

Jock negó sacudiendo la cabeza.

– Si el terrateniente se ha comprometido, eso no ocurrirá. Aceptará a Michael como uno de los suyos. -Jock hizo una mueca-. Y, créeme, MacDuff tiene un profundo sentido de la familia.

– Tengo que hablar con él.

– Ya me había imaginado que querrías. ¿Te parece bien mañana? MacDuff ha dispuesto lo necesario para que Michael y yo partamos mañana a las nueve en un avión privado.

Santo Dios, todo estaba ocurriendo demasiado rápido.

– Michael ni siquiera tiene pasaporte.

– MacDuff ha enviado un pasaporte británico para él esta noche.

– ¿Qué?

– Bajo el nombre de Michael Gavin -anunció Jock, y sonrió-. Es mi primo.

– ¿Un pasaporte falso?

Jock asintió con un gesto de la cabeza.

– MacDuff estuvo en los marines y en ocasiones tuvo una vida muy agitada. Adquirió unos cuantos contactos que han demostrado ser útiles.

– Delincuentes -dijo ella, sin más.

– Pues, sí. Delincuentes muy bien preparados. En esta vida a menudo es necesario pasar por encima de los papeleos y la burocracia.

Sophie guardó silencio un momento.

– Hablaré con él. No he prometido que dejaré marchar a Michael.

– Lo dejarás marchar -dijo Jock-. Podrás hablar con él todos los días y sabes que yo lo protegeré y cuidaré. -Lanzó una mirada pícara a Royd-. A pesar de que yo no soy ningún Terminator.

– Ya lo creo que sí. -Royd se volvió hacia Sophie-. ¿Quiere que yo me ausente mientras ustedes se lo dicen al chico?

Sophie pensó en ello.

– No, Michael no querrá marcharse. Está preocupado por mí. No debe creer que me he quedado sola.

Jock sonrió sin ganas.

– Ya has tomado tu decisión. Sólo quieres encontrar la mejor manera de llevarlo a cabo.

Ella se giró y abrió la puerta.

– La mejor manera es llamar a Domino’s para que traigan unas pizzas y que luego Jock hable con Michael mientras comemos. Lo escuchará.

– ¿Y yo qué hago? -preguntó Royd.

– Usted se sienta y adopta un aspecto serio y responsable. -Sophie le lanzó una mirada fría-. Y si tiene que hablar, domine esa extrema franqueza suya e intente no decir nada que pueda preocupar a Michael.

– ¿Por qué no te vas a dormir? -preguntó Michael cuando se giró para mirarla, sentada en el sillón-. Yo estaré bien.

Sus ojos brillaban en la oscuridad y su cuerpo parecía rígido bajo la manta. Dios, sería un milagro si esa noche no tenía uno de sus terrores nocturnos, después de todo lo que había vivido, pensó Sophie. Primero la explosión, y luego las horas de emoción vividas con Jock, que intentaba persuadirlo de ir a Escocia con él. A Sophie le parecía increíble que finalmente hubiera cedido.

– No estoy cansada. Duérmete, cariño.

Michael guardó silencio un momento.

– Tienes miedo porque no tengo el monitor. Te quedarás toda la noche despierta porque, si no, te dará miedo.

– Es sólo una noche. Jock prometió que MacDuff tendría un monitor en el castillo cuando llegues.

– Eso no te ayudará esta noche. Debería ser yo el que se quede despierto. Siempre te estoy dando problemas.

– Tú no… Sí, tienes problemas, pero lo mismo le ocurre a todo el mundo.

– No como a mí -dijo Michael, y calló-. Mamá, ¿estoy loco?

– No, no estás loco. ¿Qué te hace pensar eso?

– No puedo parar. Lo intento una y otra vez, pero no puedo parar los sueños.

– Hablar de ellos te ayudaría. -Sophie le cogió las manos-. No me cierres la puerta, Michael. Deja que te ayude a luchar.

Él negó con la cabeza y Sophie percibió su inhibición.

– Estaré bien. Me siento mejor ahora que sé que el abuelo no se volvió loco. O que se volvió loco, pero que no era culpa suya. Antes, me preocupaba… No entendía. El abuelo me quería. Yo sé que me quería.

– Yo también lo sé.

– Pero no entendía lo que había ocurrido.

– Tendrías que ser Einstein para entenderlo. Yo tardé meses en entenderlo y sabía más que tú.

Después de un silencio, Michael volvió a hablar.

– Sé que Sanborne debe ser castigado pero no quiero que estés aquí. No quiero que lo hagas. Te hará daño.

– Michael, ya hemos hablado de esto.

– Te hará daño.

– No lo dejaré. No nos hará daño a ninguno de los dos. Pero, sí, tiene que ser castigado. Y ninguno de los dos estaremos seguros mientras él esté en libertad. -Mientras esté vivo, pensó para sí-. Confías en Jock, ¿no?

– Sí.

– Y él te ha dicho que yo estaré a salvo. Te dijo que Royd es muy bueno cuando hay que proteger a las personas.

– Y perteneció a las fueras especiales -añadió él, asintiendo.

Gracias a Dios por aquello, pensó ella. Michael se había agarrado rápidamente ae ese detalle del pasado de Royd.

– Así que todo estará bien.

– Sí -Michael le apretaba las manos y luego aflojaba-. ¿Crees que Dios ha perdonado al abuelo por lo que hizo?

– Sé que la abuela lo habría perdonado. Estoy segura de que habrá intercedido por él. No fue culpa suya.

– Supongo que sí. -Michael apretó con más fuerza-. Tampoco fue culpa tuya. Tienes que dejar de pensar eso.

– Duérmete, Michael. Tienes un vuelo muy largo mañana.

– ¿Cuánto tiempo tendré que quedarme allí?

– No lo sé. No demasiado -Dios, como iba a echarlo de menos-. Pero hablaremos todos los días.

– ¿A qué hora?

– A las seis, hora de Escocia.

– ¿Lo prometes?

– Lo prometo.

Michael no volvió a hablar, pero ella sabía que no dormía. Cada cierto rato, él le apretaba las manos.

– Duérmete Michael. Yo cuidaré de ti.

Él sabía que era verdad, que ella estaría con él pasara lo que pasara. Hasta esa noche, Sophie no se había dado cuenta de que su hijo temía estar perdiendo el juicio. Sin embargo, tendría que haberlo sabido. Era bastante comprensible en un niño que creía que su abuelo se había vuelto loco.

La mano empezaba a relajarse, a quedarse floja. ¿Se estaba quedando dormido, por fin?

Sophie se reclinó en el sillón. Estaba cansada pero no podía cerrar los ojos. Dormiría después de dejar a Michael en ese avión. Debería llamar y asegurarse de que MacDuff tenía el monitor adecuado. De todas maneras, debía hablar con él. Confiaba en Jock, pero tenía que asegurarse de que MacDuff era todo lo que Jock le había dicho.

– Mamá -dijo Michael, casi dormido-, deja de sufrir…

– Estoy bien, Michael -dijo ella, con voz suave.

– No lo estás. Lo siento. No sufras. No es culpa tuya…

Se había dormido.

Sophie se inclinó y lo besó suavemente en la frente, antes de volver a reclinarse en la silla.

Capítulo 7

Royd observó a Michael subir torpemente la escalerilla del avión privado con Jock.

– De pronto tendrá una reacción -dijo, con voz queda-. Ahora se dará cuenta de lo que está pasando.

Dios mío, ojalá que no, pensó Sophie. Michael había guardado silencio en el camino, pero era normal que no estuviera contento.

– Puede que no. Jock ha sido muy persuasivo.

– De pronto tendrá una reacción -repitió Royd-. Prepárese para ello.

¿Cómo podía estar preparada para…?

De repente, Michael giró sobre sus talones, bajó la escalerilla como pudo y echó a correr por la pista de alquitrán. Se lanzó a los brazos de Sophie.

– No quiero ir -murmuró-. No sirve de nada. No está bien.

Ella lo estrechó con fuerza.

– Sí que está bien -dijo, con voz temblorosa-. Nunca te pediría que te marcharas si no fuera la mejor solución.

Michael guardó silencio un momento y luego se separó de ella. Tenía los ojos humedecidos por las lágrimas.

– ¿Me prometes que estarás bien? ¿Me prometes que no te pasará nada?

– Lo prometo. Ya hemos hablado de esto -dijo ella, intentando sonreír-. Y Royd también te lo prometió. ¿Quieres que firmemos un contrato?

Él sacudió la cabeza.

– Pero a veces pasan cosas. A veces son cosas sin sentido.

– A mí no -afirmó Sophie, mirándolo a los ojos-. ¿Quieres decir que te estás echando atrás?

Él volvió a decir que no sacudiendo la cabeza.

– Yo no haría eso. Quiero quedarme contigo, pero Jock dice que estarás más segura sin mí.

– Es verdad.

– Entonces, me iré. -Michael la abrazó desesperadamente antes de volverse a Royd, con semblante grave-. Usted cuide de ella. ¿Me ha oído? Si deja que algo malo le ocurra, lo seguiré a donde vaya y se las verá conmigo.

Antes de que Royd pudiera responder, Michael se había dado la vuelta y corría hacia el avión, donde Jock lo esperaba. Al cabo de un momento, la puerta se cerró.

Royd soltó una risilla.

– Vaya, vaya. Hasta creo que sería capaz de hacerlo. Creo que empiezo a sentirme muy cerca de su hijo.

– Cállese. -Sophie se secó los ojos y observó mientras el avión se alejaba rodando por la pista. Sentía como si algo la estuviera desgarrando viva. Le había dicho a Michael que aquello era lo mejor. Y esa mañana temprano había hablado con MacDuff, que le prometió mantener a su hijo sano y salvo. Sin embargo, eso no había hecho las cosas más fáciles. Esperó hasta que el avión desapareció de su vista antes de girarse-. Vámonos de aquí -pidió, y se dirigió al aparcamiento-. ¿Ha hablado con su amigo Kelly?

– Anoche no pude ponerme en contacto con él. Me dijo que me llamaría sólo si era seguro -explicó Royd, que caminaba junto a ella-. Si Sanborne está muy ocupado eliminando a todos los que tenían alguna relación con el REM-4, acercarse a esos archivos debe de ser cada día más difícil.

– ¿Eso significa que no piensa intentarlo?

– No diga tonterías -dijo él, con expresión fría-. Significa que voy a esperar hasta saber que es seguro.

– ¿Y si no es seguro? ¿Qué pasará si consigue escapar con todos esos archivos y establece su fortaleza en el extranjero?

Royd le abrió la puerta del coche.

– Lo encontraré y haré volar su madriguera hasta el infierno.

Lo dijo con un tono neutro y un semblante inexpresivo, pero ella sintió la fuerza que lo impulsaba como si fuera algo tangible. Respiró hondo y decidió cambiar de tema.

– ¿Adónde vamos? ¿Volvemos al motel?

Él negó con la cabeza.

– Saldremos de la ciudad. He hecho una reserva en un motel a unos sesenta kilómetros. No quiero correr el riesgo de que alguien la vea y la reconozca. Según las noticias de anoche, a usted y Michael se les da por presuntamente muertos. Quiero que siga siendo así todo el tiempo posible.

– Supongo que no puedo contarle a mi ex marido que Michael está vivo.

– Claro que no.

No era lo que ella pensaba.

– Será un golpe duro para él. Dave quiere a Michael.

– Una lástima. -Royd salió de la plaza de parking-. ¿Y a usted? ¿Todavía la quiere a usted?

– Ha vuelto a casarse.

– Eso no es lo que le he preguntado.

Ella se encogió de hombros.

– Tuve un hijo con él. ¿Cómo saber qué sentimientos habrá conservado?

– ¿Y usted?

Sophie se giró para mirarlo, pero él no la miró a ella.

– ¿Qué?

– ¿Qué siente usted por él?

– Eso no es asunto suyo. ¿Por qué quiere saber eso?

Él no respondió enseguida.

– Quizá porque quiero explorar posibles debilidades. Sería lo correcto.

– ¿Y es ésa su intención?

– No.

– ¿Curiosidad?

– Quizá. No lo sé -dijo él, encogiéndose de hombros.

– Entonces, que se joda su maldita curiosidad. Lo único que tiene que saber es que no iré corriendo junto a Dave para contarle que Michael y yo estamos vivos. -Se reclinó contra el respaldo y cerró los ojos-. Y estoy cansada de hablar con usted. Es como abrirse camino a través de un campo de zarzas. Despiérteme cuando lleguemos al motel.

La habitación en el Holiday Inn Express era limpia y sobria, pero disponía de más comodidades que el motel donde habían pasado la noche anterior.

Royd le entregó la llave después de haber echado una mirada por la habitación. Sonrió sin ganas.

– Michael se enfadaría si yo no me encontrara a una distancia prudente.

Sophie dejó caer su bolso sobre la cama.

– Necesito ropa. Todo lo que tenía estaba en esa casa.

– Saldré y compraré algo -dijo Royd, y la miró de arriba abajo-. ¿Talla seis?

– Ocho -corrigió ella-. Calzo un treinta y siete. Y necesitaré un portátil. Me daré una ducha y luego dormiré un rato -dijo, yendo hacia el cuarto de baño-. ¿Averiguará usted si hay noticias sobre nuestro fallecimiento?

– Lo que usted diga.

– Qué servicial. Nadie reconocería al hombre que prácticamente destruyó todo lo que tenía en este mundo.

– Le prometo que le reemplazaré todos los objetos de valor.

– No podría. Me dan igual los muebles y las cosas de la casa pero, ¿qué hay de mis álbumes de fotos? ¿Y los recuerdos de mi hijo y los juguetes que más le gustaban?

– No, eso no lo puedo reemplazar -dijo él, con voz queda-. Supongo que no pienso en esas cosas. Yo crecí en ocho hogares de acogida y nunca nadie pensó en sacar fotos de familia. Pero intentaré compensar a Michael. Sólo usted puede decidir si el tiempo que hemos ganado valía lo que yo le he arrebatado.

Claro que lo valía. Michael volaba hacia un lugar seguro.

– Hizo lo que creía mejor.

– Así es. Pero eso no significa que lo haya hecho de la mejor manera posible. No soy perfecto -dijo, asintiendo con la cabeza-. Compraré comida china al volver. Cerraré la puerta con llave. No le abra a nadie excepto a mí.

Salió y cerró.

No le abra a nadie excepto a mí.

Había pronunciado aquella frase de la manera más impasible, si bien su significado no era nada banal. Ella seguía siendo un blanco, y eso sin duda agradaba a Royd. ¿Por qué no tenía más miedo? Estaba cansada y con los nervios a flor de piel, pero no tenía miedo. Aquello se debía probablemente al hecho de que Michael ya no corría peligro. Podía lidiar con cualquier cosa siempre y cuando no tuviera que preocuparse por la suerte de su hijo.

Se metió en la ducha y dejó correr el agua caliente por todo el cuerpo. Michael estaría bien. Nadie podía cuidar mejor de él que Jock.

Quizá Royd podría.

¿Por qué había pensado de pronto en eso? Royd era la imagen misma del peligro y la muerte. Al contrario de Jock, no tenía ni una pizca de amabilidad que disimulara la amenaza. Royd era un tipo rudo y decidido, y tenía tanta sensibilidad como un rinoceronte enfadado.

Sin embargo, había sabido que Michael reaccionaría de esa manera en el último momento.

Tenía buen juicio, pero carecía de sensibilidad. No tenía la menor duda de que Royd era un hombre inteligente.

«No pienses en él», se dijo. Aprovecharía esos momentos para relajarse y recuperar fuerzas. Estaba irritada y enfadada, y empezaba a sentir las primeras punzadas de la soledad. Michael estaba siempre con ella, en persona o en sus pensamientos. Todos los días empezaban y acababan con su hijo presente. Ahora se había separado de él, y aquello dolía.

«Entonces deja de quejarte y haz lo que tengas que hacer. Es la única manera de volver a estar juntos». Ella no era solo madre. También era una mujer inteligente y tenía voluntad. Debía servirse de esas cualidades y usarlas contra Sanborne.

Royd estaba sentado en una silla al otro extremo de la habitación, con una pierna colgando sobre el brazo del sillón y la cabeza apoyada en el respaldo.

Tigre, tigre, luz llameante…

– ¿Está despierta? -Royd se enderezó en el sillón y sonrió-. Se ha quedado completamente frita. Me pregunto cuánto sueño habrá perdido en los últimos años.

Sophie sacudió la cabeza para despejarse antes de sentarse y envolver su cuerpo desnudo con la sábana.

– ¿Cuánto tiempo lleva ahí?

Royd miró su reloj.

– Tres horas. Y he tardado otras dos horas en encontrarle ropa y una bolsa de viaje.

– Cinco horas. Debería haberme despertado -dijo, y puso los pies en el suelo-. O debería haber aprovechado para dormir.

– No tenía prisa. Aunque pareciera que se está convirtiendo en una costumbre que yo la despierte a usted, ¿no? Sin embargo, esta vez he disfrutado.

– Eso es una cho… -Sophie se interrumpió al ver su mirada. Sensual. Tan sensual como su manera de sentarse. Perezosa, felina, totalmente sensual. Tuvo que apartar la mirada-. Entonces será mejor que encuentre otra cosa para distraerse. No me gusta que invadan mi espacio, Royd.

– No lo he invadido. No me he movido de esta silla desde que entré. Sólo la he estado observando -dijo, sonriendo-. He estado demasiado tiempo en la selva -Se incorporó-. Volveré a mi habitación y calentaré la comida china en mi microondas. Su ropa está en esas dos bolsas. Espero que le quede bien. He intentado encontrar algo con un poco de estilo -dijo, mirando por encima del hombro-, aunque nunca encontrará nada que le quede mejor que esa sábana.

Ella se lo quedó mirando. Dios mío, tenía las mejillas calientes y los pechos bajo las sábanas de pronto estaban hinchados y sensibles.

Se sentía… No quería pensar en cómo se sentía. Y no quería pensar en el hombre que le hacía sentir eso. De todas maneras, era una insensatez. A ella siempre le habían atraído los hombres inteligentes y civilizados, como Dave. Puede que Royd fuera un hombre inteligente, pero no tenía nada de civilizado. Establecía sus propias reglas e ignoraba todo lo demás.

Era normal sentirse así. Aquella respuesta descontrolada era puramente biológica, considerando que no había tenido relaciones sexuales desde meses antes de su ruptura con Dave. La habían sorprendido con la guardia baja y era probable que hubiera tenido la misma reacción ante cualquiera, en esas mismas circunstancias.

Quizá no cualquiera. Había en Royd una sexualidad atrevida que…

«Olvídate de ello. Ese momento no se repetiría». Se incorporó y fue hacia el otro extremo de la habitación para abrir las bolsas. Debía vestirse, guardar el resto de la ropa en la bolsa de viaje, ir a la habitación de Royd y comer. Cuando acabaran, quizá fuera la hora de llamar a Jock y hablar con Michael.

– Acabo de ver las noticias de la noche -dijo Boch, cuando Sanborne contestó el teléfono-. La policía todavía no sabe si estaban en la casa cuando explotó. O si lo saben, no lo han hecho público.

– Tenían que estar dentro. El policía que paró su coche reconoció las fotos. Los restos del mismo coche fueron encontrados entre los restos esparcidos por el jardín.

– Pero no hay cuerpos, maldita sea.

– Es la fuerza de la explosión. Hablamos de trozos de cuerpos, y la policía no anunciará una muerte hasta estar segura. Podría desatar una marea de demandas contra la compañía de gas y provocar el pánico en los barrios donde había fugas. Llevará un tiempo.

– Son excusas, Sanborne. Tu enviado, Caprio, metió la pata y ahora no tienes pruebas de que tus hombres hayan corregido el error.

Sanborne procuró controlar su irritación.

– No puedo llamar a ninguno de mis contactos en la policía. No me pueden relacionar con ella de ninguna manera. ¿Es que no lo entiendes? Le he dicho a Gerald Kennett que llame al hospital, y Sophie Dunston no ha llamado. Suele ver a sus pacientes los fines de semana. El personal está impresionado y preocupado.

– Eso no basta. Esa mujer no es tonta. Puede que esté oculta. Debe de tener amigos con quienes ponerse en contacto. Averigua algo de ellos.

– Tengo que irme con cuidado. No puedo exponerme a que llamen a la policía acusándome de acoso. -Sanborne no esperó una respuesta-. Voy muy por delante de ti -avisó-. He mandado a uno de mis hombres, Larry Simpson, a hablar con los vecinos y con el entrenador de fútbol del chico, fingiendo ser reportero. Ninguno de ellos ha sabido nada.

– ¿Y el ex marido?

– He mandado a alguien a casa de Edmunds. ¿Satisfecho?

– No. Me daré por satisfecho cuando la policía declare que Sophie Dunston ha volado en pedazos -dijo Boch, y calló-. Ben Kaffir se ha puesto en contacto conmigo. Le interesa el REM-4, pero está coqueteando con Washington y no quiere comprometerse hasta que demostremos que no figura como implicado en ninguna investigación. Esa mujer, Dunston, ya ha creado demasiados problemas.

– Ya no creará más problemas -dijo Sanborne-. Ten paciencia. Dame otro día y verás que te preocupas innecesariamente.

– No me preocupo. Voy a viajar a Caracas para hacer los últimos arreglos. Si me entero de que has vuelto a fallar, volveré y yo mismo me ocuparé de ella -dijo Boch, y colgó.

Sanborne se reclinó en su silla. Aunque él mismo tenía ganas de destapar toda su irritación, Boch no se equivocaba demasiado. Él le había dicho la verdad acerca de la tardanza de los informes forenses, pero le preocupaba la desaparición de Caprio. El retraso en anunciar la muerte quizá se debiera a que intentaban identificar los trozos encontrados, pero quizá era una chapuza. Las cosas no marchaban tan bien como había imaginado, y aquello no le gustaba.

¿Royd?

Dios, esperaba que no. No tenía necesidad alguna de enfrentarse a ese cabrón en ese momento decisivo.

De acuerdo, suponiendo que Royd no apareciera en escena para enturbiar las aguas. Suponiendo que esa mujer y su hijo habían perecido, como le había dicho a Boch.

Necesitaba la confirmación.

Miró su libreta y vio el nombre subrayado, el último de la lista. Dave Edmunds.

Royd había puesto el pollo de Hunan en dos platos de cartón en la pequeña mesa junto a la ventana y estaba sirviendo el vino en un segundo vaso cuando entró Sophie.

– He comprado vino tinto. ¿Le parece bien?

Ella dijo que sí con la cabeza.

– Aunque preferiría tomar café.

– Prepararé una cafetera más tarde -dijo él, y señaló una silla-. Es vino barato de supermercado y de todas maneras no tolerará más de dos copas. Le aseguro que no es mi intención emborracharla.

– No era eso lo que creía.

– ¿Ah, no? -preguntó Royd, con la boca torcida en una sonrisa-. Creía que todo lo que hacía o decía era sospechoso. Detecto en usted cierta actitud de cautela. A veces actúo siguiendo mis impulsos, pero no la asaltaré.

– Porque soy un anzuelo demasiado importante para Sanborne y Boch.

– Correcto. -Royd sonrió-. De otra manera, estaría perdida.

Ella se sentó y cogió un tenedor.

– Creo que no. Jock ha sido un excelente instructor.

Él soltó una risilla.

– Entonces, decididamente me mantendré a distancia -dijo, y tomó un trago de vino-. He oído decir que Jock es un auténtico especialista.

Ella alzó la mirada al tiempo que fruncía el ceño.

– Se ve que está fingiendo. No recuerdo haberlo visto reír antes.

– Quizá intente hacerle bajar la guardia para dar el salto.

Sophie se lo quedó mirando.

– ¿Es eso lo que intenta?

Él se encogió de hombros.

– O podría ser que Kelly finalmente me ha llamado y me he enterado de que no lo han convertido en fiambre. Ya me doy cuenta de que piensa que soy un hijo de perra insensible, pero no me agrada ver que la palman los hombres que he enviado al frente.

– Sin embargo, lo ha enviado de todas maneras.

– Sí -admitió él, mirando por encima del borde del vaso-. Tal como la enviaría a usted.

– Me parece bien. -Sophie comió otro bocado-. ¿Qué ha dicho Kelly?

– Que no había encontrado los archivos, pero que seguirá intentándolo. Volverá a llamarme más tarde esta noche.

– Puede que no estén en la sala de archivos. Quizá Sanborne los tenga a salvo en su casa.

– Tal vez. Pero apostaría a que quiere tenerlos en un lugar donde la seguridad sea máxima, y ese lugar es la planta.

– Pero es probable que los guarden en una caja fuerte de todas maneras.

– Kelly puede entrar en la mayoría de las cajas fuertes, siempre y cuando tenga tiempo.

Sophie recordó la facilidad con que Royd había burlado los cerrojos de su casa.

– Qué conveniente. Aunque Kelly los encuentre, puede que no reconozca el CD -dijo Sophie, bajando la voz-. A menos que tenga estudios superiores de química. Sanborne ha etiquetado todos sus discos con números de código. Y esa fórmula es muy compleja e intrincada. Necesitará ayuda.

– ¿Qué quiere decir?

– ¿Kelly puede meterme en las instalaciones?

Royd se puso rígido.

– De ninguna manera -dijo, en tono neutro.

– ¿De ninguna manera me puede meter dentro o de ninguna manera quiere que lo haga?

– Las dos cosas.

– Pregúntele si puede hacerlo.

Royd soltó una imprecación entre dientes.

– ¿Pretende meterse en la boca del lobo cuando intentamos precisamente mantenerla lejos de Sanborne para que no le corte el cuello?

– Necesitamos ese CD. Es nuestro objetivo primordial. Y usted lo sabe.

– Y lo conseguiré.

– Pero puede que el tiempo se le acabe. Ha dicho que será más difícil si Sanborne traslada las instalaciones al extranjero.

– No -dijo él, con tono firme-. Dejaremos que Kelly haga su trabajo.

– Pregúntele cómo podría entrar. Debe saber dónde están situadas cada una de las cámaras de seguridad, ya que trabaja en la sala de vigilancia. Jamás podría haber llegado cerca de ningún archivo reservado si no supiera cómo burlar esas cámaras.

– Sin embargo, una vez que se encuentra dentro, sólo puede pasar la seguridad con una huella dactilar.

– Ya lo sé. Pero si Kelly le ha entregado información sobre mí, ha conseguido burlarlas.

– Cambió el código de su huella por el de un científico que estaba de vacaciones unos días. Tuvo que restaurarlo casi enseguida.

– Si lo hizo una vez, puede volver a hacerlo. O encontrar alguna otra manera. Pregúntele.

– No la necesitamos a usted ahí dentro. Descríbame las etiquetas de código de Sanborne.

Ella le respondió con un silencio deliberado.

– Tenemos que trabajar juntos, Sophie.

– A menos que sea usted el que prefiera trabajar solo -dijo ella, con tono seco-. Seguro que no se lo pensaría dos veces antes de dejarme en la estacada.

Ahora fue él quien guardó silencio.

– Puede que sí. ¿Qué importa eso si consigo acabar la misión?

– Importa. Ha dicho «si», y ésa es la palabra clave. He renunciado a demasiadas cosas como para jugármelo todo por su manera de planear todo esto. -Sophie acabó su plato y se llevó el vaso a los labios-. Quiero hacer algo. Quiero recuperar a mi hijo.

Él se la quedó mirando un buen rato y luego se encogió de hombros.

– Le preguntaré a Kelly. Tiene razón. ¿Por qué habría de detenerla? Por lo visto, tiene ganas de que la maten.

– ¿Cuándo lo llamará?

– Lo llamaré ahora mismo -Se incorporó y sacó su móvil-. Tómese otra copa de vino. Yo voy a salir fuera un momento. Necesito aire.

– ¿Qué va a decirle que yo no pueda escuchar?

– Le preguntaré qué posibilidades tendrá si consigue meterla dentro. Y si no me gustan las probabilidades, usted no irá a ningún sitio. -Acto seguido salió y cerró la puerta.

Ella se quedó sentada unos minutos y luego se acercó a la ventana. Royd se paseaba de arriba abajo por el parking del motel, hablando por el móvil. No había esperado esa reacción por su parte. Había pensado que cumpliría su promesa de protegerla pero, ante su propuesta de entrar en las instalaciones, él había tenido una actitud negativa y violenta. Quizá no lo conocía tan bien como creía. Había pensado que su obstinada pasión por ponerle las manos encima a Sanborne y a Boch dejaba en segundo plano y nublaba los demás rasgos de su personalidad. Pero cuanto más estaba a su lado, más matices revelaba su carácter.

Como esa lujuria suya, pensó. Tampoco aquello debiera sorprenderla. Era evidente que Royd era un hombre muy viril, y que el sexo gobernaba el mundo. Debería haberle sorprendido más el hecho de que le preocupara la seguridad de Kelly, un empleado. Royd le había advertido que Kelly debía correr ciertos riesgos pero, por lo visto, su actitud no era tan insensible como daba a entender superficialmente.

Royd seguía hablando y ella comenzaba a impacientarse. Detestaba tener que esperar a que volviera. Detestaba no tener el control de la situación. Bueno, había un aspecto en el que sí tenía el control. Se giró y cruzó la habitación hasta la mesa donde tenía el móvil, dentro del bolso.

Y el móvil sonó justo cuando lo sacaba del bolso.

– Yo también te quiero. -Sophie apagó el móvil y se giró hacia la puerta al darse cuenta de que Royd entraba en la habitación.

– Dave ha vuelto a llamar. Me preguntaba si… -Sophie calló al ver la expresión de Royd, que acababa de cerrar de un portazo y cruzaba la habitación a toda prisa-. ¿Qué diablos…?

Royd lanzó una imprecación al cogerla por los hombros.

– Es usted una imbécil. Le dije que…

– Quíteme las manos de encima.

– Mejor tener las mías encima que las de Sanborne. Maldita sea, se las hará pasar canutas. ¿Por qué diablos correr el riesgo sólo porque siente una debilidad por un antiguo amante? ¿Por qué no me ha hecho caso?

– Quíteme las manos de encima -repitió ella, entre dientes-. Si no, que Dios se apiade de usted porque lo convertiré en un eunuco.

– Inténtelo -advirtió él, y la apretó con más fuerza-. Resístase. Quiero hacerle daño.

– Entonces lo ha conseguido. Me dejará magulladuras. ¿Está contento?

– ¿Por qué no habría de estarlo? -Royd aflojó y la rabia desapareció de su semblante-. No -dijo, y la soltó-. No, no estoy contento. -Dio un paso atrás-. No era mi intención… Mierda. Sin embargo, no debería haber contestado la llamada de Edmund.

– No la he contestado -dijo Sophie, metiendo el móvil en su bolso-. No he dicho que haya contestado. He dicho que ha llamado. No me ha dado la oportunidad de decirle nada más. Llamó anoche y dejó un mensaje en el buzón de voz. Y luego, ha vuelto a llamar esta noche. Pensé que era raro que insistiera cuando lo más lógico es que piense que he muerto.

– Entonces, ¿con quién hablaba?

– ¿Con quién cree usted? Acaban de llegar a casa de MacDuff.

– Oh. -Royd prefirió callar-. La he pifiado.

– Y tanto que la ha cagado, pedazo de cabrón. ¿Cree que he ignorado la llamada de Dave porque usted me dijo que no contestara? No lo he hecho porque pensé que era lo más inteligente -explicó, y le lanzó una mirada fulgurante-. Y no vuelva a ponerme las manos encima.

– No lo haré. -respondió Royd, con una sonrisa torcida-. Su amenaza ha acertado en mi parte más vulnerable.

– Bien.

– Y siento haber perdido los estribos por un momento.

– Ha sido más que un momento, y no acepto sus disculpas.

– Entonces tendré que esforzarme para expiar mi culpa. ¿Le ayudará a distraerse si le digo que Kelly me ha informado que podrá desactivar las cámaras de seguridad durante doce minutos?

– ¿Sólo doce minutos?-dijo ella, frunciendo el ceño.

– No es suficiente para localizar la caja fuerte, sacar el CD y salir.

– Sería muy justo.

– Muy justo, joder. Lo cancelaremos.

– Y una mierda. Déjeme pensármelo.

Él guardó silencio y luego asintió con un gesto de la cabeza.

– Tenemos hasta mañana, pero hay que darle tiempo a Kelly para que prepare la avería eléctrica.

– Si Kelly es tan bueno con las cajas fuertes como usted dice, quizá lo consigamos. No tardaré tanto en revisar la caja fuerte. Reconocería cualquiera de los CDs de Sanborne en un abrir y cerrar de ojos. Pero doce minutos son… Me lo pensaré. -Sophie se dirigió hacia la puerta-. Buenas noches, Royd.

– Buenas noches. Deje la puerta entornada y cierre la puerta de entrada con llave. Y no se enfade tanto conmigo como para discutir eso -añadió.

– Me encantaría discutirlo, pero no soy la imbécil que usted cree. Dejaré que se pase la noche en vela para protegerme, si quiere. Se lo tiene bien merecido.

– Sí, es verdad -dijo él, con semblante grave-. ¿Cómo está Michael?

– Mejor de lo que esperaba. Dice que el castillo de MacDuff está muy bien. Cualquier chaval diría lo mismo -dijo, encogiéndose de hombros-. Un castillo escocés y un terrateniente que obedece a todos sus deseos.

– No creo que MacDuff se ocupe de los deseos de nadie, por lo que me cuenta Jock. Pero estoy seguro de que sabrá cuidar de Michael.

– Jock me prometió que los dos cuidarían de él. Sólo espero que lo mantengan a salvo -dijo, con ademán de cansancio-. Hasta mañana, Royd. -No esperó una respuesta.

Unos minutos más tarde, se quitaba sus pantalones vaqueros y la camiseta y se ponía un camisón de algodón de color amarillo vivo. ¿Amarillo? Royd había escogido un color raro. Ella habría pensado en un azul o verde cazador…

Sería un milagro si conseguía dormir después de aquella larga siesta que había hecho durante la tarde. Quizá sería lo mejor. Se tendería y tomaría una decisión. ¿Estaba dispuesta a arriesgar el pellejo e intentar dar el golpe en menos de doce minutos?

– No ha contestado. -Dave Edmunds apagó el móvil-. Ha ido directamente a su buzón de voz. Le dije que no contestaría. Su móvil está probablemente en algún lugar entre los escombros o ha acabado en el jardín trasero de alguien. La policía me dijo que una de las primeras cosas que hicieron después de la explosión fue llamar a su móvil.

– Merecía la pena intentarlo -dijo Larry Simpson, y se encogió de hombros-. Como le he dicho, a veces la policía no investiga en profundidad. Tienen demasiados casos y están desbordados. Pero yo soy periodista freelance y tengo todo el tiempo del mundo. Esperaba conseguir un bonito reportaje para vender a los periódicos.

– No hay nada de bonito en esto -dijo Edmunds, entristecido-. Mi hijo ha muerto. Mi ex mujer ha muerto. No debería haber sucedido. Alguien pagará por lo que me han hecho. Y pienso demandar a la compañía de gas y sacarle hasta el último centavo. No pueden salir indemnes de esto.

– Es una buena iniciativa. -Simpson se incorporó-. Tiene mi tarjeta. Si puedo ayudarlo, llámeme.

– Puede que lo llame -dijo Edmunds, frunciendo los labios-. Cualquiera que crea que un caso se juzga únicamente en los tribunales, está loco.

– Usted es abogado, debería saberlo -Simpson calló para mirar sus notas-. ¿Su hijo le mencionó que alguien más estuviera viendo a su mujer aparte de este Jock Gavin?

– No.

– ¿Y lo único que le dijo era que se trataba del primo de su ex mujer?

– Ya le he dicho que sí -respondió Edmunds, escrutando la expresión de Simpson-. Y empiezo a hacerme preguntas sobre usted, Simpson. Lo he dejado entrar en mi casa y he cooperado con usted porque quizá necesite el apoyo de algún medio. Pero es usted una persona muy, muy entrometida. Me pregunto si la compañía de gas no habrá enviado a alguien para sondear mis intenciones y saber cómo me lo tomaba.

– Ha visto mis credenciales.

– Y no crea que no las comprobaré mañana.

– Lamento que sospeche de mí -dijo Simpson, con expresión sincera-. Aunque, por otro lado, es perfectamente comprensible. Quizá podamos hablar mañana después de que lleve a cabo su investigación.

– Quizá. -Edmunds cruzó la sala y abrió la puerta de entrada-. Pero ahora mismo quiero estar a solas con mi dolor. Buenas noches.

Simpson asintió con un gesto de simpatía.

– Sí, claro. Gracias por su ayuda.

Edmunds lo siguió hasta el porche, lo vio alejarse, subir al coche aparcado junto al bordillo.

Simpson miró por el espejo retrovisor cuando se alejaba. Mierda.

Cogió el teléfono móvil al llegar a la esquina.

– Tiene el número de matrícula del coche, Sanborne -dijo, cuando éste contestó-. Y puede que haga averiguaciones acerca de mí mañana.

– Eso quiere decir que no has conseguido presentarte ante él como un profesional recto y honorable.

– Lo he hecho lo mejor que he podido. ¿Qué más quiere? Sospecha de todo el mundo. Es abogado, por amor de Dios.

– Vale, cálmate. ¿Cómo podemos tranquilizarlo?

Simpson guardó silencio un momento.

– Tiene la intención de demandar a la compañía de gas. Pensaba que quizá ellos me habían contratado. No sé bien si lo que quiere es venganza o llenarse los bolsillos.

– Entonces, exploraremos esa vía. Los abogados siempre están dispuestos a negociar. No debería… Espera un momento. -Sanborne cortó un momento la comunicación-. Maldita sea, el departamento de bomberos acaba de anunciar que no había restos humanos entre las ruinas de la casa.

– Entonces ya no tenemos que preocuparnos de Edmunds.

– Puede que sí, puede que no. -Sanborne calló-. Llámalo mañana y acuerda una reunión para discutir los términos de parte de la compañía de gas. Ya que no tiene pruebas de que ha perdido a su hijo, debería estar dispuesto a negociar según nuestros términos. ¿Tienes alguna otra cosa?

– Ella no contestó su teléfono móvil. Y, según el chaval, Sophie Dunston tenía algún tipo de relación con su primo, un tal Jock Gavin, durante los últimos meses.

Silencio.

– ¿Jock Gavin?

– Ése fue el nombre que me dio.

– Maldita sea.

– ¿Lo conoces?

– Lo conocí hace tiempo. Y he oído ciertas cosas impresionantes después de que le perdí la pista.

– ¿Qué tipo de…?

– Vuelve aquí en cuanto puedas. Necesito decirte un par de cosas sobre cómo proceder con Edmunds mañana.

– ¿Por qué no esperar y dejarlo impacientarse un poco?

– Porque no quiero esperar. No discutas conmigo -dijo Sanborne, y colgó.

Capítulo 8

Eran las tres de la madrugada.

Sophie volvió a girarse en la cama una vez más, buscando una parte fría de la almohada. Relájate, maldita sea. Había acertado, porque la siesta de aquel día había dado al traste con cualquier posibilidad de volver a dormirse. Hacía cuatro horas que daba vueltas sin parar. Habría encendido el televisor e intentado encontrar una película de madrugada para dormirse si la puerta no hubiera estado sólo entornada. No había oído ruidos en la habitación de Royd desde que la luz se había apagado unas horas antes. No tenía que despertarlo sólo porque…

Sin embargo, en ese momento oyó un ruido en su habitación.

Una respiración pesada e irregular. No era un gruñido ni un grito. Sólo esa respiración aguda y áspera.

Sophie se puso tensa pero siguió tendida, escuchando.

Si era Royd, sonaba como si algo le doliera.

Y tenía que ser Royd. Ella habría oído el ruido de una puerta abriéndose.

Quizá tenía una indigestión a causa de esa comida china. Pero no era asunto suyo.

Claro que era asunto suyo. Ella era médico. En su juramento, había renunciado al derecho de mirar a otro lado ante el dolor ajeno. Había ocasiones en que desearía cerrar los ojos, y ésta era una de ellas.

Maldita sea, quizá fuera sólo una pesadilla.

Tal vez no. Sophie se sentía inclinada a pensar en todos los males en relación con su experiencia. Aunque fuera sólo una pesadilla, no podía resistirse al impulso de despertarlo por compasión.

Deja de hablar contigo misma, se dijo. Simplemente pasa a la acción.

De un salto, dejó la cama y en unos segundos estaba al otro extremo de la habitación. Abrió la puerta. Royd estaba tendido sobre el vientre y la mitad de la sábana lo cubría.

Encendió la luz en la mesita de noche.

– Le he oído. ¿Qué…?

En una fracción de segundo, él la había lanzado al suelo y ya estaba a horcajadas sobre ella.

Apretó las manos en torno a su cuello.

Ella giró la cabeza y le hundió los dientes en una muñeca.

Royd no aflojó. La estaba mirando, pero Sophie no estaba segura de que la estuviera viendo. Tenía la cara convulsionada por la rabia.

Sophie le lanzó un puñetazo a los genitales con toda su fuerza.

Él dejó escapar un gruñido de dolor y sus manos se aflojaron.

Sophie intento girarse para rodar, pero él la tenía bien sujeta entre las piernas. De pronto, le hincó las uñas en los muslos.

– Mierda. -La rabia comenzaba a desvanecerse de su expresión. Él sacudió la cabeza como para despejarla-. ¿Sophie? ¿Qué hace? ¿Intenta matarme?

– Intento sobrevivir, pedazo de cabrón. ¿Qué cree que estoy haciendo? ¡Deje que me levante!

Royd se incorporó trabajosamente.

– ¿Se encuentra bien?

– No, no me encuentro bien. Es la segunda vez hoy que me pone las manos encima -dijo. Se estiró el camisón cuando él la ayudó a levantarse-. La próxima vez que me acerque a usted, lo haré con un arma en la mano.

– Ya ha hecho un daño considerable sin un arma -dijo él, con una mueca-. Recuerdo que me amenazó con convertirme en un eunuco.

– Si hubiera tenido una navaja, lo habría hecho -aseguró ella, entre dientes-. Creí que iba a matarme.

– No debería haberme cogido por sorpresa.

– No intentaba asustarlo. Sólo he encendido la luz. Ni siquiera lo he tocado. No había ningún motivo para…

– ¿Por qué? -interrumpió él-. ¿Qué ha ocurrido? ¿Por qué ha entrado en mi habitación?

– Porque usted estaba… No sonaba como si soñara. No quise correr el riesgo de no mirar. No conozco su historial médico, pero pensé que podría estar enfermo. O que tenía un infarto. Sonaba como si… Qué estúpida he sido -dijo, y se giró para irse-. La próxima vez ya sé qué esperar.

– ¿Y piensa dejarme aquí con mi ataque al corazón o con un infarto? -preguntó él, y luego negó con la cabeza-. No lo creo, Sophie.

– Es evidente que no era ninguna de esas cosas, o usted no habría tenido fuerza para hacerme tanto daño.

– ¿Le he hecho daño?

– Sí.

– Lo siento -dijo, y calló un momento-. ¿Cómo puedo compensárselo? ¿Qué quiere que haga?

– Nada.

Él alargó una mano y le tocó el brazo.

– Le he hecho daño. No era mi intención, pero decirlo no cuesta nada. No hay nada que no esté dispuesto a hacer para expiar mi falta. Lo que usted diga.

Lo decía en serio. Su expresión era tan intensa que Sophie no pudo apartar la mirada. Se sentía curiosamente impresionada.

– No quiero que haga nada. Suélteme. Voy a volver a la cama.

Él le soltó suavemente el brazo.

– Gracias por intentar ayudarme. Pero no vuelva a hacerlo. -Royd sonrió desganadamente-. Si quiere despertarme de una de mis pesadillas, lánceme una almohada o gríteme desde el otro lado de la habitación. Es más seguro.

Ella se puso rígida.

– ¿Era una pesadilla? Me preguntaba qué era, pero no podía correr el riesgo. Me dio la impresión de que sufría mucho. No estaba segura de si eso era lo que ocurría verdaderamente.

Él asintió con un gesto de la cabeza.

– Oh, sí, decididamente era una pesadilla.

– ¿De qué iba?

– La caza, la persecución, la muerte. No le gustaría escuchar los detalles.

Sí que le gustaría. Pero era evidente que él no tenía intención de contárselo.

– ¿Alguna vez ha tenido episodios de sonambulismo debido a esas pesadillas?

– No. ¿Usted cree que confundo los terrores nocturnos con pesadillas? -Royd negó con un movimiento de cabeza-. Es una pesadilla. Como usted sabe, solemos tenerlas durante el sueño REM, en lugar del no REM, el sueño profundo. Así que éstas ocurren al final de mi ciclo de sueño en lugar de más cerca del comienzo. Mi cuerpo parece paralizado, de modo que sólo tengo alguna contracción nerviosa, no me muevo ni grito. Tengo un ritmo cardiaco elevado pero nada comparado con el ritmo de los terrores nocturnos. Recuerdo perfectamente mi pesadilla, y eso es algo que no sucede con los terrores nocturnos.

Sophie lo miró, sorprendida.

– Al parecer, sabe bastante sobre el tema. ¿Ha estado en terapia?

– Joder, no. Pero cuando empezaron, supe que tenía que ponerle freno. Así que investigué un poco.

– En mi opinión, no ha conseguido realmente ponerle freno al problema. Sólo lo ha identificado. Puede que necesite una terapia.

– ¿De verdad? -preguntó Royd, inclinando la cabeza a un lado-. ¿He despertado su curiosidad profesional?

Ella se humedeció los labios.

– ¿Los sueños tienen algo que ver con Garwood?

– Sí, claro. ¿Qué se esperaba? -dijo él, después de un momento de silencio.

– Exactamente lo que está ocurriendo. -Sophie se giró para irse-. Siéntese y respire profundo unas cuantas veces. Tiene que relajarse. Le traeré un vaso de agua.

– ¿Por qué?

– Hágame caso.

Royd frunció el ceño.

– No quiero que se ocupe de mí. Puedo ir yo solo a buscar un vaso de agua, joder.

– Siéntese y cállese la boca. Ahora vuelvo.

Él respondió frunciendo el ceño.

– ¿Me puedo vestir?

– ¿Por qué? La desnudez no me molesta y volverá a la cama en cuanto se relaje.

Él bajó la mirada.

– Estar desnudo en la misma habitación con usted no es como para estar relajado.

– Haga lo que quiera. -Sophie fue al cuarto de baño. Ver a Royd desnudo tampoco la relajaba a ella. Era demasiado masculino, y su cuerpo era demasiado musculoso y duro. La hacía sentirse débil y femenina, y nada profesional. No quería sentirse así por nada del mundo. Pero reconocerlo ante él sería una derrota.

Llenó un vaso de agua y volvió a la habitación. Él estaba sentado en el sillón con las piernas extendidas. Había seguido sus instrucciones al pie de la letra y no se había vestido.

Maldito sea.

Sophie le pasó el agua y se sentó en una silla de respaldo vertical frente a la pequeña mesa donde habían comido más temprano esa noche.

– Está sudando. ¿Siempre le ocurre lo mismo durante el ciclo del sueño?

Él dijo que sí con la cabeza.

– ¿Con qué frecuencia tiene esa pesadilla?

– Dos o tres veces por semana -dijo Royd, y bebió un sorbo-. A veces más. Depende.

– ¿Depende de qué?

– De lo cansado que esté. La energía sobrante, al parecer, la activa -dijo, encogiéndose de hombros-. El agotamiento quizá las impide.

– Puede ser. O quizá relaja la tensión que ha acumulado durante las horas de vigilia en lugar de dejar que lo haga la pesadilla cuando se duerme.

– No hay nada de liberador en ellas. Es una emboscada. -Inclinó la cabeza a un lado, escrutándola-. ¿Por qué todas esas preguntas? ¿Qué hace?

– Soy médico. Los trastornos del sueño son mi especialidad. Quiero ayudarlo. ¿Tanto le cuesta entenderlo?

– Considerando que la he estrangulado hasta casi matarla hace sólo cinco minutos, diría que es muy difícil de entender.

– Sí, pero usted no era plenamente dueño de sus facultades. No sabía lo que hacía.

– Ahora es usted la que pide perdón.

– No, pero es parte de mi trabajo comprender causa y efecto. Tuve un paciente nada más licenciarme de la facultad de medicina que me golpeó tan fuerte que me rompió la nariz -dijo Sophie, con una mueca-. No era su intención. Fue sólo un reflejo automático. Sin embargo, después de eso, tuve más cuidado.

– Esta noche no ha tenido cuidado.

– No sabía que tenía que tenerlo. Daba la impresión de que estaba…

– ¿Sano?

– Parecía que controlaba la situación -corrigió ella.

– Sí, controlo la situación. -Royd hizo una mueca cuando se topó con su mirada escéptica-. Vale, excepto cuando no la controlo.

– ¿Ha probado algún fármaco?

– Nada de fármacos. Nunca -dijo él, con un tono neutro-. No soy de los que creen que hay que probar la cicuta.

Ella pestañeó.

– No sugería… En algunos casos es conveniente encontrar una manera de relajarse antes de entrar en el ciclo del sueño.

– Estoy de acuerdo. Lo supe desde el primer mes en que empecé a tener los sueños. Probé todo tipo de remedios. El póquer, las palabras cruzadas, el ajedrez. Sin embargo, la estimulación mental no dio resultados. Tenía que ser algo físico. Cualquier cosa que me agotara. Empecé a correr más de diez kilómetros todas las noches.

– Eso lo dejará agotado, supongo.

– A veces -dijo él, y calló un momento-. Con el sexo se obtiene mejores resultados.

– Seguro que sí. -Sophie se lo quedó mirando, presa de una sospecha-. ¿Acaso intentaba que me sintiera incómoda?

– Sólo era una aclaración. Usted me preguntó qué cosas me ayudaban.

– Y usted sólo me hablaba de hechos concretos.

Él le devolvió una sonrisa.

– No, la verdad es que intentaba un modo de seducirla. Pero es la pura verdad. No hay nada tan liberador como el sexo. ¿No está usted de acuerdo?

– Si estuviera de acuerdo, seguiría con esta conversación, y eso no es lo que quiero. ¿Piensa contarme de qué trataba su sueño?

– No, ahora no. Quizá cuando nos conozcamos un poco mejor.

Por su sonrisa, era evidente que el cabrón hablaba de «conocer» en un sentido bíblico. Sophie se incorporó.

– Váyase al infierno. Sólo intentaba ayudarle. Debería haberlo sabido.

La sonrisa de Royd se desvaneció.

– No quiero ser su paciente, Sophie. No soy su hijo. Lo último que necesito es que me coja la mano y me consuele. Y no tengo ganas de curarme completamente de mis pesadillas.

– Entonces está loco.

– Vaya palabra. Y qué falta de profesionalidad de su parte.

– He vivido con el dolor de Michael y sé el infierno que desatan esas pesadillas. En inglés, la palabra «pesadilla» nightmare, viene del antiguo sajón mara, que significa «demonio». Y las pesadillas pueden quemarlo vivo como los demonios que son. Puede que no sean tan peligrosas como los terrores nocturnos, pero son horribles. ¿Por qué no querría usted librarse de ellas?

Él guardó silencio un momento.

– Porque mantienen la memoria bien fresca. Y mantienen viva la hoguera de la furia. Me ayudan a concentrarme en lo que tengo que hacer.

La hoguera viva.

Sophie tuvo un atisbo de la rabia infernal que latía por debajo de ese exterior aparentemente duro.

– Dios mío, ¿de verdad se haría eso a sí mismo? Sé que las pesadillas pueden ser una tortura.

– Sanborne y Boch son los culpables, fue el regalo que me hicieron. Más me vale conservarlo para usarlo contra ellos. Así que no desperdicie su compasión conmigo.

– No lo haré.

– Sí, lo hará. No puede evitarlo. Es usted una benefactora que lleva todo el peso del mundo sobre los hombros. -Royd se incorporó para volver a la cama-. No se habría metido hasta el cuello en esta historia si no hubiera querido ayudar a su padre. Ahora sufre porque no puede curar a su hijo. Ahora cree que yo la necesito, y yo con usted podría hacer lo que quiero. -Se metió en la cama y se tapó con las sábanas-. Pero no quiero. Así que vuelva a la cama y déjeme dormir.

– Eso haré, hijo de puta -dijo ella, dando rabiosas zancadas hacia la puerta-. Y espero que sus pesadillas se conviertan en terrores nocturnos y que tenga una vida de… -dijo, y calló-. No, eso no.

– ¿Lo ve? -preguntó Royd desde la cama a sus espaldas-. Incluso tiene miedo de lanzarme una maldición.

– Los terrores nocturnos son algo demasiado personal para mí. Pero hay todo tipo de terrores. Se me ocurren varios que podría desearle y que harían palidecer incluso a un hombre como usted.

– ¿Como por ejemplo?

Ella le lanzó una mirada distante por encima del hombro.

– Que sus huevos se sequen y que desarrolle una alergia al Viagra y a todas sus ventajas.

Él se la quedó mirando, como atontado. Y, de pronto, estalló en una risa sonora.

– Dios, es usted una mujer formidable.

– No, no lo soy. Soy una blanda, ¿recuerda? -replicó Sophie.

Y salió dando un portazo.

– ¿El chico sigue durmiendo? -preguntó MacDuff cuando vio que Jock bajaba por la escalera.

– Debería seguir durmiendo un rato. Estaba agotado, pero tan tenso que no ha conseguido dormirse hasta casi las tres de la madrugada.

– ¿Puedes venir a dar un paseo conmigo? Tenemos que hablar.

Jock dijo que no con un gesto de la cabeza.

– No puedo dejar a Michael, ni siquiera por un momento. Se lo prometí a Sophie.

– Te he facilitado ese receptor inalámbrico que llevas en la muñeca.

– Pero si el chico tiene uno de sus terrores y sufre una apnea y yo estoy a más de diez minutos, ya tenemos un niño muerto.

– Te entiendo -dijo MacDuff-. Salgamos al patio. Ahí estaremos sólo a tres minutos de cualquier habitación del castillo.

– Tú deberías saberlo. Te conocías hasta el último rincón cuando pequeño.

– Y tú nunca me hiciste sentirme inferior porque mi madre fuera el ama de llaves -dijo Jock, mientras seguía a MacDuff hacia el patio-. Jamás se me ocurrió que pudieras ser todo un cabrón, hasta que salí al mundo real.

– Éste es el mundo real, Jock.

Jock miró las torretas del castillo.

– Para ti. Es parte de tu sangre y de tus huesos. Tú vives para este lugar. Para mí, es un recuerdo agradable y el hogar de mi amigo.

– También debería ser tu hogar.

Jock sacudió la cabeza.

MacDuff guardó silencio un momento y miró hacia la explanada que daba al mar.

– Quiero que te quedes. Antes te dejé ir porque sabía que tenías que tomar distancias conmigo. Tenías la impresión de que te colmaba de atenciones porque… porque no estabas en tus cabales.

Jock soltó una risilla.

– Querrás decir que estaba loco.

– Digamos que pasabas por periodos de desorientación -dijo MacDuff, sonriendo-. Periodos de descontrol.

– Loco -repitió Jock-. No creas que hieres mis sentimientos. Todavía tengo momentos en que no controlo del todo bien. -Miró fijo a MacDuff-. Pero son momentos que se dan cada vez con menos frecuencia. Y no necesito estar aquí, bajo tu ojo vigilante. Ya has invertido suficientes esfuerzos y preocupaciones en mí.

– Chorradas. No será demasiado esfuerzo hasta que estés completamente sano y restablecido -dijo MacDuff, y siguió una pausa-. ¿Qué pasaría si te dijera que, por el contrario, soy yo el que te necesita?

– No te creería. Como tú mismo has dicho, cada cual aplasta sus propias cucarachas.

– Por amor de Dios, tú vales más para mí que un maldito exterminador de bichos. Tienes un cerebro.

– ¿Crees que no hace falta un cerebro para ser un exterminador?

– Jock.

– De acuerdo. Dime cómo quieres que ponga a trabajar mi bonito cerebro.

– Todavía no he encontrado el oro de Cira.

– ¿El oro de Cira? -Jock rió por lo bajo-. ¿Vuelves a hacer planes para buscar ese tesoro familiar perdido hace siglos?

– Nunca he dejado de hacerlo. He seguido buscando, con interrupciones, durante el último año. No pienso ceder el Castillo de MacDuff al National Trust. Es mío.

– Y el oro de Cira podría ser un mito.

– Entonces, quédate por aquí y lo averiguaremos juntos. Es toda una aventura, Jock. -MacDuff bajó la voz para atraer a Jock-. He buscado por casi toda la propiedad. Necesito una mente fresca y una perspectiva nueva para encontrar una nueva vía.

Jock se sintió tentado. MacDuff de verdad sabía pulsar las cuerdas indicadas.

– Quieres distraer mi atención de Sophie y el chico.

– En parte. Pero te necesito de verdad. Tú eres como de la familia, y sólo confiaría en la familia para encontrar ese arcón de oro. No tiene precio, y ya sabes que no soy un hombre confiado. Ayúdame, Jock.

– Me lo pensaré.

– Sí, piénsatelo -dijo MacDuff, dándole unos golpecitos en el hombro-. No hay ninguna necesidad de que vuelvas a Estados Unidos. Cuidaremos del niño hasta que pueda volver con seguridad. Y seré yo mismo quien se lo devuelva a su madre. -Vio que la expresión de Jock cambiaba y se encogió de hombros-. Vale, lo puedes llevar a casa. Sólo te pido que después des media vuelta y regreses en el primer avión.

– Creo que vas un poco demasiado lejos.

– Más que un poco. ¿Alguna vez me has visto adoptar medidas a medias?

– Nunca -dijo Jock, y dejó de sonreír-. Pero puede que con Michael tengamos que pensar en algo más que en simplemente esperar. Puede que te haya traído problemas con Sanborne. Estuve pensando cuando venía en el avión que el ex marido de Sophie sabía de mi existencia. Michael le dijo que era un pariente, pero ahora Edmunds sabe mi nombre. Lo que Edmunds sepa lo puede averiguar Sanborne.

– Eso lo veremos cuando ocurra.

– Sanborne es un hombre muy poderoso.

– Aquí, no. En mi propiedad, no. No entre mi gente. Déjalo que venga.

Jock rió. Era una respuesta tan característica de MacDuff que le procuraba una sensación de cálida acogida en casa.

– ¿Entonces entiendo que no quieres que coja al chico y lo esconda en algún lugar?

– ¿Qué dices? Yo he asumido la responsabilidad de cuidar del niño. Si alguien intenta quitármelo, tendrá que luchar por ello.

– Entonces, no sería aconsejable intentar quitártelo -dijo Jock, mientras subía las escaleras-. Tengo que ir a ver a Michael y comprobar que todo va bien. Aunque no tenga uno de sus terrores nocturnos, está lejos de casa.

– Tiene diez años. Tú sólo tenías quince cuando te escapaste de casa y decidiste explorar el mundo.

– Sin embargo, fue decisión mía. No fue acertada, pero en el caso de Michael, no tenía alternativa cuando lo traje. -Jock miró por encima del hombro-. Y yo te tenía a ti para cuidarme y salvarme el pellejo. Michael sólo me tiene a mí.

– Entonces, no podría tener más suerte -dijo MacDuff, con voz queda-. Yo te elegiría a ti para que estés de mi lado en cualquier momento, Jock.

Por un momento, Jock no supo qué hacer. Él siempre había sido la carga, no el tutor. Sabía con todo su corazón que él y MacDuff ahora se encontraban en términos de igualdad, pero sus emociones eran otro asunto. Dios mío, estaba conmovido. Sonrió haciendo un esfuerzo.

– Es bueno saberlo. ¿Significa eso que no nos vas a encerrar a Michael y a mí en la mazmorra para que estemos a salvo?

– Claro que no. Ni nada que se le parezca. Siempre hago lo necesario. -MacDuff sonrió mientras lo seguía por las escaleras-. Pero resulta que la mazmorra se ha inundado con las lluvias de la primavera. Así que quizá la suerte te ha ahorrado este destino.

– Han descubierto que usted y Michael no estaban en la casa -dijo Royd a la mañana siguiente, al ver entrar a Sophie en su habitación-. El Departamento de Bomberos lo anunció anoche.

– Tenía que ocurrir, tarde o temprano.

Él asintió.

– Hemos tenido suerte al poder disponer de todo este tiempo. Significa que tenemos que ser sumamente cuidadosos y evitar que la vean a usted por ahí y la identifiquen. No sólo la buscarán Sanborne y Boch. Es probable que la policía también tenga unas cuantas preguntas que hacerle y averiguar por qué se ha ocultado.

– No tengo ninguna intención de andar por ahí a menos que usted encuentre algo productivo que pueda hacer -dijo Sophie, y entrecerró los ojos al mirarlo-. ¿Ha pensado en algo?

Royd se encogió de hombros.

– Me ha llamado Kelly. Dice que el mejor momento para la avería eléctrica es esta noche a las nueve. A esa hora sacarán más equipos del laboratorio, y todos andarán chocando unos con otros en la oscuridad. Cuanto mayor sea la confusión, mejor.

– ¿Y puede arreglarse para que sea a esa hora?

– Dijo que podía -afirmó Royd, seco-. Quiere mi visto bueno para planearlo.

– Entonces dele el visto bueno.

– No si no puedo idear una manera para sacarla de ahí.

– Si Kelly puede meterme dentro, debería poder sacarme.

– Puede que eso no sea necesariamente así. Si reparan lo de la luz demasiado pronto, no.

– Entonces, piense en ello. Yo voy a entrar.

Royd guardó silencio un rato.

– Le diré a Kelly que nos encontraremos en el exterior del edificio a las nueve menos cuarto para sincronizarnos.

– Estupendo. Sobre todo porque no sé qué aspecto tiene. ¿Tiene una foto?

– No. Kelly se parece a Fred Astaire, pero en versión pelirroja.

– Pues eso ya es toda una descripción.

– Y es capaz de salir de las situaciones más difíciles bailando claqué, pero no quiero que esta noche se vea obligado a hacerlo. -Asintió mirando hacia la mesa-. He comprado zumo de naranja y un bocadillo para el desayuno en Hardee’s. Siéntese y coma.

– No tengo hambre.

– Coma de todas maneras. Le hará bien. Le dará la fuerza para despellejarme cuando lo desee -dijo, y siguió una pausa-. A menos que esté demasiado enfadada para sentarse a la misma mesa conmigo.

– Sería una estupidez dejar que influyan mis sentimientos personales. Jock ya me advirtió que me enfadaría con usted al menos una vez al día. -Se sentó y abrió el paquete del bocadillo-. Creo que lo subestimó, y que quizá no lo conozca tan bien como se imagina.

– En realidad, Jock conoce bastante bien una parte de mi personalidad. El resto de las cosas que dice se basa en juicios.

– ¿Qué parte conoce?

– La parte que se rebeló contra las cadenas. La parte que él también vivió.

– ¿Las cadenas?

– Mentales. A veces, físicas. La supresión del libre albedrío, saber que no te queda más alternativa que obedecer. -Una sonrisa sardónica le torció los labios-. Está usted tan carcomida por la culpa que cree que lo mismo nos ocurre a Jock y a mí. No puedo hablar por Jock, pero yo soy demasiado egoísta para pensar que pecaba al cometer un crimen cuando no era yo quien controlaba la situación. Odiaba servir de esclavo a esos cabrones. Odiaba ser demasiado débil y no poder luchar contra ese maldito fármaco y sus efectos secundarios, no poder matar a esos hijos de perra que me lo administraban.

– Fui yo quien se lo administré -murmuró ella-. O viene a ser como si lo hubiera hecho.

– Chorradas. Si yo creyera eso, usted estaría muerta. -Royd se dejó caer en una silla y abrió el envase de zumo de naranja-. Así que deje de lamentarse y adopte mi perspectiva, más saludable y egoísta. -Le sirvió zumo a ella y luego se sirvió él-. Si quiere que deje de hablar de Garwood, le haré caso. Pero siempre he pensado que el aire y la luz del sol sirven para sanar las heridas.

– ¿Y a esa mezcla le añade un poco de odio?

Él asintió y alzó su copa en un brindis fingido.

– Ya veo que lo ha entendido.

– Es verdad que odio a Sanborne. ¿Cómo podía dudarlo?

– No lo dudo. Sencillamente tenemos perspectivas diferentes. Quizá sea porque en su trabajo abunda la compasión y el mío es básicamente lo que me enseñaron a hacer en Garwood.

– Y tiene que mantener la hoguera de la rabia viva.

– Ah, sí.

– ¿Dónde nos encontraremos con Kelly? -preguntó Sophie, para cambiar de tema.

– Hay un arroyo a unos tres kilómetros de las instalaciones. No hay cámaras de vigilancia.

Ella recordó el arroyo del día que había escapado de los guardias de seguridad.

– ¿Ha localizado la caja fuerte?

– Sí, lo ha hecho. Se encuentra en un despacho cerca del laboratorio, pero no en el despacho de un ejecutivo sino en el departamento de recursos humanos.

– Aún así, podría ser la caja fuerte de Sanborne. Un poco de prestidigitación.

Él asintió con un gesto de la cabeza.

– Merece la pena que Kelly lo verifique. No estoy seguro de que acompañarlo sirva para algo.

– Yo sí estoy segura. -Sophie acabó su zumo de naranja-. Cuando Kelly provoque la avería, todos los que trabajan en la instalación serán sospechosos, así que puede que no tenga una segunda oportunidad. -Sophie se incorporó-. Yo también iré, Royd.

Él se encogió de hombros.

– Como quiera. ¿Por qué habría de importarme?

– Porque si me pierde a mí, pierde su anzuelo.

– Nunca he dicho que la utilizaría de cebo -dijo él, frunciendo el ceño-. Vale, quizá sí lo mencioné, pero haría eso como último recurso.

Ella sacudió la cabeza.

– Vaya, diría que se está ablandando.

– No lo crea. -Royd se reclinó en su silla-. Puede que intente engañarla para que piense que no estaría tan mal meterse en la cama con un tipo simpático como yo.

– ¿Un tipo simpático? -Sophie se lo quedó mirando como si no saliera de su asombro-. Todavía le queda por andar un largo camino, Royd.

– Hasta el viaje más largo comienza con el primer paso -citó él-. Puede que haya empezado a reformarme. ¿Qué cree usted?

– Creo que es usted ridículo.

Él sonrió.

– Pues usted trabaja haciendo terapias y tenemos todo el día y todo el tiempo que queramos. Tendrá que quedarse escondida y mantener un perfil bajo. ¿Quiere venir a la cama y nos soltamos y relajamos para el trabajo de esta noche?

– No, no quiero. Es usted asqueroso.

– En la cama, no. En muchas otras facetas del comportamiento puede que lo sea, pero no entre las sábanas. Le caería bien.

– Cabrón arrogante -dijo Sophie, y se volvió hacia la puerta de su habitación-. No estoy interesada en tener relaciones sexuales con usted.

– Creía haber detectado una pizca de interés, y es porque soy un cabrón tan cachondo que tengo que aprovechar lo que tenga a mi alcance.

Era indignante. Sophie lo observó, cómodamente repantigado en la silla, irradiando sexualidad. Sin embargo, de pronto tuvo conciencia de otra cosa. Un parpadeo pícaro, más allá de esa mirada desafiante. Su irritación empezó a desvanecerse.

– Ninguno de los dos está aquí para eso.

– Pero puede que no tenga otra oportunidad para hacérmelo con usted si la matan esta noche -dijo él, con sonrisa traviesa-. Y quizá se estaría perdiendo la oportunidad de su vida.

– Si me matan esta noche, no tendré una vida para reprocharme haberlo conocido.

– Cuando eres tan bueno como yo, cada minuto que pasas conmigo es una vida entera.

A pesar de sí misma, Sophie no pudo evitar que sus labios esbozaran una leve sonrisa.

– Creo que voy a vomitar.

– Vale, no sigo -concedió él, y su sonrisa desapareció-. Pero si no quiere dejar que la distraiga placenteramente, entonces le sugiero que encuentre otra cosa. Si no, esta noche estará muy nerviosa.

– Encontraré algo con que entretenerme, como siempre. No tengo mis archivos, pero mi memoria no me falla. Pensaré en los pacientes con los que tengo problemas y tomaré algunas notas. -Siguió una pausa y luego Sophie lo miró-. Sin embargo, hay algo que quiero pedirle.

– Estoy a su servicio… quizá.

– No puedo llamar a mi amiga, Cindy Hodge, pero usted sí podría hacerlo. Dígale que llama de mi parte. Necesitará alguna prueba… -dijo, y pensó un momento-. Recuérdele que siempre teníamos una cita para ver La guerra de las galaxias cada vez que salía un nuevo episodio la misma tarde del estreno. Quiero saber si está viva y, si lo está, quiero advertirle que huya.

Él asintió.

– Deme su número de teléfono. La llamaré desde la tienda de la esquina.

– Lo buscaré en la agenda de mi móvil. ¿Cuándo la llamará?

– ¿Cuándo cree usted? -preguntó Royd, seco-. Me ha pedido un favor. Está preocupada. ¿Cree que tengo la intención de mantenerla en ascuas? La llamaré en el curso de la siguiente hora.

– Gracias -dijo ella, y cerró la puerta.

Dios mío, qué enigma de hombre, pensó. Rudo y cortante, sensual y primario, apasionado y frío. Y, sin embargo, esa pizca de humor que la había sorprendido hacía sólo un momento había tocado una fibra en ella. No había habido demasiados momentos para el humor ni para las réplicas agudas en su vida en los últimos tiempos. Incluso cuando estaba casada con Dave, habían estado demasiado concentrados en sus respectivas carreras para dedicar tiempo a otras cosas.

No era que las relaciones sexuales no hubieran sido buenas. El sexo siempre era bueno si dos personas se tenían respeto. Dios, aquello sonaba aburrido y cerebral.

¿Cómo sería el sexo con Royd? No había ninguna garantía de que él la respetara. Y seguro que no sería suave. Cada vez que estaba con él, Sophie sentía aquella explosión animal desatada. Las señales físicas que transmitía eran casi palpables.

¿En qué estaba pensando? ¿Cada vez? No era consciente de estar tan pendiente de Royd. Sólo aquella vez cuando…

Respiró hondo. De acuerdo, tenía que reconocerlo. Se sentía físicamente atraída. Eso no significaba que se metería en la cama con él. No significaba que la atracción no se acabaría cuando todo aquello terminara. Sólo significaba que ella lo necesitaba y que él estaba disponible.

Sonó su móvil. Era Royd.

– Hola.

– Cindy Hodge está con su madre en los montes Catskills. He hablado con ella y le he dicho que se mantenga oculta.

Sophie sintió un enorme alivio.

– Gracias a Dios.

– La veré más tarde -dijo él, y colgó.

Royd había cumplido su palabra y ahora ella podía concentrarse en las cosas importantes. Fue a la mesa, sacó papeles y un boli y se sentó en el sillón junto a la ventana.

Tenía que pensar en su paciente Elspeth.

Pensar en Randy Lourdes, que tenía un insomnio severo.

No pensar en Royd desnudo la noche anterior.

No pensar en Royd sentado en esa silla diciendo cosas provocadoras y vagamente divertidas.

No pensar en Royd. Punto.

Capítulo 9

Simpson todavía no había llegado.

Dave Edmunds volvió a mirar su reloj. ¿Dónde diablos estaba? Ya era un fastidio tener que encontrarse con él en una carretera secundaria en medio de ninguna parte. Al principio, les había dicho que no, pero entendía por qué ellos querían tener la seguridad de que cualquier negociación sería absolutamente secreta. Tampoco tenía ningún deseo de publicidad. La publicidad acabaría con la poca ventaja de la que todavía gozaba después de saber que Sophie y Michael no estaban en esa casa. Era evidente que se alegraba de que hubiera una posibilidad de que estuvieran vivos y que él haría todo lo posible por encontrarlos. Sin embargo, hasta que no existieran pruebas definitivas, todavía tenía una oportunidad para entenderse con ellos y llegar a un acuerdo antes de que Sophie y Michael aparecieran. Alguien tenía que pagar, y bien podía ser él quien recibiera el dinero. Podía hacerles soltar suficiente pasta para obtener un buen porcentaje y guardar lo necesario para los estudios universitarios de Michael.

Y aquellos ejecutivos debían de saber el escándalo que podía armar si ellos se negaban a negociar. De otra manera, Simpson no habría llamado para reconocer que trabajaba para la compañía de gas ni habría acordado esa reunión.

Sin embargo, ahora ese cabrón de Simpson lo hacía esperar. ¿Una treta psicológica?

No, ahí llegaba por el recodo del camino. Dave reconoció el coche. Fue a su encuentro cuando se detuvo a un lado del camino y Simpson bajó la ventanilla.

– Ha llegado tarde -dijo Edmunds, mirando su reloj con impaciencia-. Veinte minutos. No soporto a la gente impuntual. ¿Sabe usted cuántos casos habría puesto en peligro si llegara tarde a los tribunales?

– Lo siento -dijo Simpson-. Me retuvieron en el despacho. Es fin de semana, pero se trata de un asunto importante. Cuando hablamos por teléfono, usted me dijo que no se conformaría con una cantidad inferior a la que mencionó, pero mis superiores se muestran reacios.

– Déjese de chorradas. Los tengo con el agua al cuello. O negocian o me verán en el banquillo, pálido y temblando, contándole a un jurado cómo la compañía de gas ha puesto en peligro la vida de mi hijo.

– ¿De verdad cree que nos puede sacar algo a pesar de que no ha habido víctimas?

– Eso no lo sabemos. Quizá mi ex mujer sufrió un golpe y anda por ahí perdida y herida. Al fin y al cabo, todavía no ha aparecido. Puede que tenga que contratar a investigadores privados, y eso cuesta dinero. -Tenía que apuntar a la yugular-. No tiene ni idea de los problemas que les podría crear. Cuando llegue el fin de semana, todos los propietarios en ese barrio estarán presentando demandas contra la compañía de gas por poner en peligro su seguridad mental y física. Le convendría mucho más negociar algo ahora y mantenerme callado.

– Mis superiores están de acuerdo con usted -dijo Simpson, sonriendo-. Sólo querían que negociara un poco. Les dije que usted no se prestaría a ello -dijo, y calló-. Pero no tengo la autoridad para negociar el acuerdo que usted quiere. Si le parece bien, vendrá alguien que puede hacer eso en nombre de la empresa.

– ¿Quién?

– George Londrum.

– ¿El director de la comisión de obras públicas? -Edmunds lanzó un silbido por lo bajo-. He oído que renunció a todas sus acciones cuando asumió la dirección de la comisión.

– Eso no significa que no le interese que la empresa de gas siga estando saneada y sea próspera. Sólo seguirá en el servicio otros dos años y luego querrá un nido bien cómodo al que volver.

– La empresa no estará saneada si yo tengo que sacarles hasta el último centavo.

– Entonces, ¿puedo llamarlo y decirle que venga? Espera en una gasolinera a unos pocos kilómetros de aquí.

Edmunds pensó en ello. ¿Por qué no? Londrum era un político, y él sabía cómo manejar a los políticos. Y el hecho de que Edmunds supiera que todavía le preocupaba a la empresa de gas sería una excelente arma de negociación.

– Claro que sí. Dígale que venga. Hablaré con ese cabrón corrupto.

Simpson sonrió.

– Es una descripción muy ingeniosa -dijo, y marcó el número-. El señor Edmunds dice que estará encantado de tratar con usted. -Simpson empezó a subir la ventanilla-. Ahora, si no le importa, yo me largo. Estoy seguro de que ninguno de los dos quiere tener testigos de su encuentro. El señor Londrum llegará en unos minutos. ¿Sabe usted qué aspecto tiene?

– Por supuesto que sí. -Edmunds se quedó mirando cómo Simpson se marchaba. El hombre tenía razón. No quería testigos. Pero, joder, deseaba no tener miedo por llevar un micrófono para grabar el encuentro. No tenía ni idea de que el director de la comisión tuviera algo que ver con la empresa de gas.

Simpson redujo la velocidad al cruzarse con un elegante Lincoln Town Car en una curva. Era normal que Londrum viajara en un gran vehículo de lujo. Seguro que quería impresionarlo e intimidarlo. Pero se equivocaba.

Edmunds se preparó cuando vio que el coche se dirigía hacia él.

– ¡Dios! -Jock lanzó las cartas cuando oyó que se disparaba la alarma del monitor de la biblioteca-. Michael -dijo, y se incorporó de un salto-. Supongo que tendría que habérmelo esperado. Hemos tenido suerte de que no ocurriera anoche.

– Siéntate -dijo MacDuff, que se había levantado e iba hacia la puerta-. Ya me ocupo yo.

– Es responsabilidad mía. Le prometí a Sophie que… Ni siquiera te conoce.

– Entonces será mejor que empiece ahora -dijo, y sonrió a Jock por encima del hombro-. Confía en mí. Cuidé de ti cuando estabas loco de atar. Podré ocuparme del niño.

– Pero ¿por qué quieres hacerlo? -Jock lo había seguido hasta el pasillo-. Es mi…

– Lo he aceptado en mi casa. -MacDuff subía la escalera de dos en dos-. Ya es hora de conocerlo.

– Porque es uno de los tuyos -dijo Jock, con voz queda.

– Todavía no. No es tan fácil. Pero tú lo aprecias y eso me pone las cosas difíciles -dijo, y siguió por el pasillo de la planta superior-. Quédate ahí a menos que te llame. Puedo ocuparme de esto, Jock.

MacDuff abrió la puerta de la habitación de Michael cuando el grito rompió el silencio de la noche. El chico estaba sentado en la cama y hacía grandes esfuerzos para respirar.

MacDuff cruzó la habitación en cuestión de segundos y sacudió suavemente a Michael.

– Despierta, niño. Nadie te hará daño.

Las lágrimas le bañaban la cara cuando abrió los ojos.

Y volvió a gritar cuando vio la cara de MacDuff. Se separó de él y se acurrucó en el otro lado de la cama. Cogió la lámpara de la mesita de noche, tiró del cable y se la lanzó por la cabeza a MacDuff.

Éste alcanzó apenas a defenderse levantando el brazo.

– Maldita sea, niño, no tengo intención de… -MacDuff se lanzó sobre la cama y cogió a Michael en un estrecho abrazo-. ¿Quieres dejar de pegarme? Jock se reirá un buen rato si consigues dejarme una magulladura.

– ¿Jock? -De pronto, Michael quedó quieto entre sus brazos-. ¿Jock? ¿Dónde está?

– Está abajo. Espera a regañadientes a que yo baje -dijo MacDuff, y apartó al niño-. ¿Ahora sabes quién soy?

– El señor MacDuff. -Michael se humedeció los labios-. Lo siento, señor. No era mi intención…

– No tienes que disculparte. Te he asustado. Más o menos me lo esperaba -dijo, e hizo una mueca-. Pero no esperaba que me fueras a tirar una lámpara a la cabeza.

– No sabía quién…

– Ya lo sé. -El niño seguía temblando, e intentaba ocultarlo. Había que darle una oportunidad para salvar su orgullo. MacDuff se levantó y fue hasta la ventana-. Hace calor aquí dentro -dijo, y la abrió-. No hay aire. Yo también tendría pesadillas.

Michael no dijo palabra durante un momento.

– No es por eso que tengo pesadillas. Creo que usted lo sabe, señor.

MacDuff lo miró por encima del hombro. Vio el pulso que latía en la sien de Michael, y que ahora parecía empezar a calmarse.

– Sí, lo sé. Pero me pareció que era lo que tenía que decir.

– ¿Piensa preguntarme acerca de las pesadillas?

– ¿Por qué habría de hacerlo? No es asunto mío.

– Entonces, ¿por qué está aquí?

– Yo te invité a venir al castillo. Si tienes un problema, es responsabilidad mía ayudarte a solucionarlo. No puedo ayudarte si no te conozco, Michael.

– Jock me ha traído aquí -dijo Michael, vacilante-. No quiero molestarlo.

– Si fuera una molestia, no habría dejado que Jock te trajera. -Siguió un silencio-. A ver si aclaramos una cosa. Yo no te hago preguntas y no soy tu madre.

– Sí -dijo Michael, y en sus labios asomó una ligera sonrisa-. A mamá no le habría lanzado una lámpara a la cabeza.

– Espero que no -dijo MacDuff, frunciendo el ceño-. Aquí en mis tierras no permitimos de ninguna manera maltratar a las mujeres.

– Ya puede irse, estoy bien.

– Se diría que quieres deshacerte de mí. Me da la impresión de que no cumplo mi función de sustituto como es debido. ¿Qué hace tu madre cuando despiertas de una pesadilla?

– Pero usted no es mi madre -dijo Michael, con voz grave.

– Vaya, señor sabelotodo.

Michael lo miró con los ojos muy abiertos.

– Perdón, señor. Se me ha escapado. Ya sé que no ha sido muy correcto, ni siquiera…

– Deja de tratarme como si fuera un ogro. No tengo intención de comerte.

– Pero es un señor mayor y una especie de lord, y mamá me dijo que tenía que portarme bien.

– No soy viejo -dijo MacDuff, irritado.

– Es más viejo que Jock.

– La mitad de la población es más vieja que Jock. Tengo más de treinta años, y han sido unos años ricos y bien vividos que me han convertido en el ser humano excepcional que soy. -MacDuff adivinó un ligero toque de humor en la mirada de Michael cuando miró el suelo-. Me estás tomando el pelo. Vosotros, los de Estados Unidos no tenéis respeto.

– ¿Conoce a muchos estadounidenses?

– Unos cuantos. Ahora, dime, ¿qué hace tu madre después de estos episodios?

– Me prepara un chocolate caliente y conversa conmigo.

– No tengo intención de bajar a la cocina a preparar un chocolate, y no nos conocemos lo suficiente como para entablar una conversación.

– Puedo volver a dormirme. Usted no tiene que hacer nada.

– Pamplinas. Es un lugar desconocido para ti y tardarías mucho rato en deshacerte de la tensión. Será mejor que te la quite a base de machacarte.

Michael se puso tenso.

– ¿Señor?

– No quiero decir literalmente. Jock me ha contado que juegas al fútbol.

– Sí.

– Yo jugaba cuando iba a la escuela. Bajemos a la explanada y practiquemos un poco. Te garantizo que estarás hecho un trapo cuando acabemos.

– ¿Ahora? ¿En plena noche?

– ¿Por qué no? ¿Tienes algo mejor que hacer? Ponte tus botines y vamos a correr.

Michael lanzó la manta a un lado. Tenía el rostro encendido de ilusión.

– ¿La explanada? ¿Dónde está esa explanada?

– Es un terreno cerca del acantilado que mira al mar detrás del castillo. Mis antepasados venían de las tierras altas y acostumbraban a ponerse a prueba con juegos con que demostraban su fuerza y su destreza. Es un terreno llano, y seguro que podré encontrar una pelota en alguna parte.

– ¿Y qué pasará si le doy a la pelota y la lanzo por el acantilado?

MacDuff iba hacia la puerta y se detuvo.

– Pues, te lanzaré yo a ti detrás para que vayas a buscarla.

Era verdad que Nate Kelly se parecía un poco a Fred Astaire, pensó Sophie, al verlo caminar hacia ellos. Sin embargo, su manera de moverse era menos rítmica y enérgica.

– Tenemos que movernos con rapidez -dijo a Royd, cuando faltaban unos metros-. Tenemos que estar dentro cuando se corte la luz, y tenemos que encontrarnos cerca de la sección de recursos humanos -advirtió, y le lanzó una mirada a ella-. ¿Sophie Dunston?

– Sí.

– Encantado de conocerla. Sígame de cerca y haga lo que le digo y puede que salgamos vivos de este asunto. -Se giró y empezó a caminar hacia las instalaciones-. ¿Tú vienes con nosotros, Royd?

– No. Esperaré fuera, en la zona de transporte en caso de que necesitéis a alguien que os libre de algún contratiempo.

– Estaremos bien, siempre y cuando no se restablezca la electricidad. A esta hora de la noche no hay nadie en recursos humanos.

– Y ésas fueron sus últimas palabras. Siempre he constatado que no puedes fiarte de nada en situaciones como éstas -dijo Royd, mirando a Sophie-. Es nuestra última oportunidad. Deje que Kelly haga su trabajo.

– ¿Y perder mi oportunidad de apoderarme del CD? Si es él quien tiene que revisar todos los CDs y documentos de la caja fuerte, habrán reparado la avería antes de que salga del despacho. Yo sabré enseguida si el CD está ahí.

– Es verdad -concedió Kelly-. Pero puede que no alcance a salir del edificio y llegar a la zona de transporte. Una vez que haya acabado con la caja fuerte, estará sola. Yo tengo que volver a la sala de vigilancia y fingir que he estado ahí mientras las luces estaban apagadas-. Lanzó una mirada por encima del hombro en dirección a Royd-. A menos que quieras que me arriesgue y la acompañe hasta donde esperas tú.

– No -dijo Royd, terminante-. Es decisión suya. No quiero que te expongas ni quiero correr el riesgo de perderte allí, dentro de las instalaciones. Si veo que hay problemas, entraré yo mismo a buscarla.

– Y una mierda -dijo Sophie-. Nadie correrá más riesgos de los que debe por mí. Ustedes dos, hagan lo que tienen que hacer y déjenme hacer lo mío. Saldré sin su ayuda -dijo, y se detuvo. Estaban en lo alto de un cerro y las instalaciones se erguían a cierta distancia. El edificio de tres plantas estaba protegido por una valla de tela metálica y había luces en todas las ventanas. Sophie divisó tres camiones en la zona de transporte y un grupo de hombres que iban de un lado a otro, atareados con la carga. Intentó disimular su escalofrío-. ¿Cómo burlaremos a esos hombres?

– Pasaremos por el sótano, al otro lado del edificio. Es mucho menos concurrido. Hay un guardia, y suele estar distraído mirando a los que cargan los camiones -dijo Kelly-. He dejado la puerta del sótano y la puerta sur abiertas al salir. -Kelly ya descendía por la ladera del cerro-. La carga del sótano ya ha sido trasladada y despachada, de modo que no hay demasiadas posibilidades de toparse con un guardia. Iremos hacia la izquierda, hacia la escalera de emergencia y subiremos hasta la segunda planta. Seguimos recto unos cien metros, doblamos a la derecha y continuamos otros veinte metros. ¿Lo ha entendido?

– A la izquierda en la escalera de emergencia. Segunda planta. Doblar a la izquierda, cien metros, doblar a la derecha y seguir otros veinte metros.

– Vale. No lo olvide. Memorice cada paso que da. Recuerde que tendrá que volver sola. Tengo unos visores infrarrojos, pero a veces las cosas tienen otro aspecto.

– ¿Nada de linternas?

– Usaremos una en la sala de recursos humanos, porque tenemos que ver claramente la caja fuerte y los contenidos. Pero esos despachos de la segunda planta tienen paredes de vidrio y no queremos que nos vea algún vigilante en los pasillos. Una vez que salgamos del despacho, yo iré por la escalera de atrás hasta la sala de vigilancia en la tercera planta y usted irá por la escalera de emergencia y saldrá al patio. ¿Entendido?

Sophie asintió con un gesto de la cabeza y miró hacia el enorme edificio de la factoría que se alzaba ante sus ojos para que él no viera lo asustada que estaba a medida que pasaban los segundos.

– ¿No debería tener un arma?

– No -dijo Royd-. Puede que se vea tentada de usarla y no queremos verla metida en un enfrentamiento. Es más seguro para Kelly y más seguro para usted.

– Y no quiere arriesgarse a perder a Kelly.

– Absolutamente -dijo Royd, sin más-. Me alegra ver que entiende las prioridades de la situación.

– Sobre eso no tengo dudas. -Casi habían llegado a las puertas y Sophie sentía el sudor que le humedecía las manos-. ¿Y usted estará esperando en la puerta cuando yo vuelva?

– O entraré a buscarla si la pifia -dijo Royd, sonriendo apenas-. Como usted misma ha dicho, no puedo arriesgarme a que desvele la presencia de Kelly como topo.

– No la pifiaré. -Dios, esperaba que eso fuera verdad. No se había imaginado que tendría tanto miedo.

– Espere aquí. -Kelly había abierto las puertas y se había deslizado en el interior. Al cabo de dos minutos, volvió-. El guardia de aquella esquina está vigilando la operación de carga. Tú, Royd, quédate aquí. Y vigílalo. Yo entraré con ella -dijo, y le cogió la mano a Sophie-. ¡Agáchese y corra!

Sophie echó a correr.

Quedaban diez metros hasta la puerta del sótano. Dios mío, las luces eran tan intensas que si el vigilante se giraba por fuerza tendría que verlos. Sólo un metro. Ya estaban dentro.

La embargó un profundo alivio, pero Kelly no le dio ocasión de recuperar el aliento, porque ya la llevaba hacia la puerta de la escalera de emergencia.

– Dese prisa, nos quedan tres minutos antes de que se corte la luz.

Subieron las seis plantas en dos minutos. Kelly echó una mirada a la oscuridad que reinaba en los despachos de paredes de vidrio.

– Está vacío. Deprisa. Con un poco de suerte, entraremos en el despacho antes de que el circuito…

De pronto, la oscuridad.

Una oscuridad total.

– No hemos tenido suerte -dijo Kelly, poniéndose el visor de infrarrojos y echando a correr por el pasillo-. Sígame de cerca. Puede que no tengamos tanto tiempo como pensaba. Por lo visto, el temporizador tiene un fallo. Deberíamos haber tenido un minuto más…

Mierda.

Royd rodó por el suelo hasta quedar debajo de un coche aparcado cuando oyó los gritos y vio a los guardias correr de un lado a otro, confundidos. Miró su reloj.

El temporizador tenía que haber fallado.

Y si el temporizador no era fiable, significaba que todo el plan podía fallar.

¿Debería entrar a buscarlos?

No, siempre tenía que haber un hombre de apoyo en una misión tan arriesgada.

Y le había dicho a Sophie que sólo contaba consigo misma. Tenía que reconocer que lo había dicho para que ella desistiera. Aunque no sólo por eso. Sophie tenía que saber que si se comprometía, ella era la que corría peligro.

Vale, no había que entrar. Debía vigilar los alrededores. Encontrar una manera de abandonar las instalaciones, en caso de que Sophie consiguiera salir antes de que las luces se encendieran como un árbol de navidad. Kelly había hecho todo lo que podía, pero su responsabilidad acababa en cuanto Sophie saliera de la puerta del sótano.

Y la responsabilidad de Royd empezaba ahí donde terminaba la de Kelly.

Volvió a mirar su reloj. Habían pasado dos minutos. Faltaban otros diez.

Empezó a arrastrarse para salir de su escondite.

– Nos quedan diez minutos -murmuró Sophie, mientras iluminaba la combinación de la caja fuerte con la linterna.

– Shh. -Kelly tenía la oreja pegada a la superficie metálica de la puerta. Movía los dedos con delicadeza y precisión.

Unas manos bellas, unos dedos gráciles, pensó ella, como distraída. Era curioso quedar prendada de las manos de un asaltante de cajas fuertes. Pero era más raro aún estar ahí arriesgando el pellejo junto a él.

Por amor de Dios, ábrela ya.

Quedaban siete minutos.

El último minuto parecía haber durado una hora. Seis minutos.

Sophie sentía el corazón disparado en la boca de la garganta. Venga. Venga.

¡La puerta de la caja fuerte se abrió! Kelly se apartó.

– Ha sido muy justo. Sólo tendrá un par de minutos para revisarlo si quiere tener tiempo suficiente para salir de aquí.

– Vaya, gracias. -Las manos de Sophie volaban revisando la caja de CDs-. No esta aquí -dijo, y buscó en una segunda caja-. Tampoco está aquí, maldita sea.

– Ya se acaba el tiempo.

– No… -Y de pronto lo vio, en la parte trasera de la caja. Era la codificación de Sanborne, la misma con que había marcado los discos del REM-4.

– ¿Lo ha encontrado?

– No es el mismo. No sé si… -balbuceó Sophie, y se incorporó de golpe, paseando una mirada frenética por el despacho. Tenía que encontrar un ordenador portátil con batería. Vio uno en un rincón y cruzó corriendo la habitación-. Lo copiaré.

Kelly soltó una imprecación.

– ¡No hay tiempo!

Ella miró en la mesa en busca de un CD virgen mientras el ordenador se encendía. Tendría que guardarlo en el disco duro y luego copiarlo…

– No he venido hasta aquí para irme con las manos vacías.

– Entonces coja el maldito CD.

– Eso es lo que voy a hacer -dijo ella, decidida-. No creo que sea el que buscamos, pero es de los archivos privados de Sanborne. Quizá podamos utilizarlo. -Sophie miró por encima del hombro-. Salga de aquí. Necesita el tiempo que queda para volver y deshacerse del temporizador. Yo borraré el historial del ordenador, devolveré el original a la caja de seguridad y haré girar la combinación. Y luego lo seguiré.

Él miró su reloj y corrió hacia la puerta.

– Tiene tres minutos como máximo, Sophie. De otra manera, no podrá salir -avisó.

Y enseguida desapareció. «Enciéndete. Enciéndete, maldita sea». De pronto la pantalla se iluminó.

Tardó otros tres minutos en acabar el proceso de la copia. Pulsó las teclas para eliminar la copia del disco duro, devolvió el original a la caja fuerte e hizo girar la combinación. Salió enseguida y echó a correr por el pasillo hacia la escalera de emergencia.

Quedaban menos de dos minutos.

Bajó las escaleras de dos en dos.

Una planta.

Dos.

Cuatro.

Seis.

Salió disparada por la salida de emergencia. Le quedaba un minuto. Corrió hacia la puerta del sótano y la abrió de un tirón.

¡Las luces se encendieron!

– ¡Venga! -Royd la cogió por la muñeca, la sacó a toda prisa del edificio y echaron a correr hacia el aparcamiento. La hizo rodar debajo del primer coche que encontraron-. ¡Es usted una imbécil! ¿Por qué ha tardado tanto?

– Cállese. Tuve que hacerlo. -Sophie no podía respirar-. Y he mandado a Kelly por delante. Tuvo tiempo suficiente para desconectar el temporizador.

– No nos servirá de nada si nos descubren. Esperemos que todos se dirijan al interior para revisar el edificio.

– ¿Podemos cruzar la valla?

– No podemos arriesgarnos. Los he visto mandar a unos hombres para que vigilen el perímetro y se aseguren de que no hay señales de intrusos.

– ¿No nos facilitará las cosas cuando descubran que la avería ha sido un accidente?

– Tardarán un rato en comprobar que así ha sido. -Royd empezó a moverse para salir de debajo del coche-. Hasta entonces, tendremos que aguantar y esperar lo mejor.

– ¿En este aparcamiento?

– No, es un espacio demasiado abierto. Quédese aquí. Echaré una mirada y veré si el camino está despejado. Dejaremos que nos saquen de aquí en uno de sus camiones de mudanza.

– ¿Qué?

– ¿Se le ocurre alguna idea mejor?

– No. -Sin embargo, Sophie recordaba que había visto a muchas personas alrededor de aquellos camiones más temprano aquella noche-. No estoy segura de que funcione.

– Yo tampoco. Pero es nuestra mejor apuesta. No podemos volver al edificio, y nos volarían el culo si intentamos salir por la verja. Esperemos que Kelly haya preparado debidamente la avería eléctrica para que no sospechen, y que usted no haya dejado huellas de la intrusión.

¿Había dejado todo como estaba? Tenía mucha prisa, pero había procurado tener cuidado.

– No me gusta ese silencio.

– Creo que no debería haber problemas.

– Más nos vale -dijo él, con voz grave, mientras seguía arrastrándose-. No me gusta la idea de que nos veamos atrapados en una ratonera.

Hasta hora, todo va bien, pensó Sophie.

La zona alrededor de los camiones parecía desierta. Y bien, ¿por qué no? Supuestamente, no había nada importante dentro de los camiones y todos estaban dentro del edificio intentando averiguar qué diablos había ocurrido.

– Arriba. -Royd la hizo subir al camión y la siguió rápidamente. Miró los muebles-. El armario metálico. -Royd se acercó al armario de casi dos metros y abrió las puertas-. Estanterías, maldita sea -masculló por lo bajo. Royd hurgó en su bolsillo y sacó una cadena con distintas herramientas colgando de ella-. Vigile la parte trasera del camión mientras me deshago de esto.

Sophie se agachó frente a la puerta abierta del camión.

– ¿Qué es eso? ¿Una navaja suiza?

– Bastante más sofisticada, pero la idea básica es la misma. ¿Qué ocurre ahí dentro?

– Mucha actividad. Guardias que van y vienen…

¡Y uno de ellos estaba abriendo la puerta de la factoría!

– ¡Dese prisa!

– Eso hago. Queda una estantería. Podemos dejar la de arriba.

– Viene un guardia… No, se ha detenido y está hablando con alguien de dentro.

– Ya lo tengo. -Royd se incorporó de un salto y llevó las estanterías hasta el sillón de cuero en un rincón-. Métase dentro. -Dejó las estanterías detrás del sillón-. No hay sitio para ponerse de pie, pero los dos podemos acurrucamos dentro.

– No hay mucho sitio -dijo ella, metiéndose dentro del armario. Todavía oía al guardia que conversaba. Que siga hablando, que siga hablando-. Y usted no es un enano, que digamos.

– No precisamente. -Royd se metió dentro del armario y cerró una puerta. Luego cogió la otra puerta por la bisagra y tiró de ella para cerrarla-. Es una suerte que usted sea lo bastante delgada para compensar.

Se hizo la oscuridad total.

Una cercanía agobiante.

A Sophie le latía con tal fuerza el corazón que estaba segura de que Royd podía oírla.

– No pasa nada -susurró él-. No son chicos demasiado inteligentes, o nunca habrían dejado el camión sin vigilancia. Lo más probable es que no lleven a cabo una búsqueda.

Ella asintió con un movimiento enérgico de la cabeza, pero permaneció muda. No quería hacer nada que redujera esas probabilidades.

El tiempo transcurrió con una lentitud exasperante.

Cinco minutos.

Diez minutos.

Veinte minutos.

Treinta minutos.

Cuarenta minutos.

La puerta del camión se cerró con tal estrépito que el armario se movió.

Sophie sintió una ola de alivio.

Al momento siguiente, el motor rugió y se puso en marcha.

¿Se detendría en la puerta de entrada?

No, era evidente que los habían dejado pasar.

Se dejó ir contra el frío metal del armario.

– Le dije que no pasaría nada -dijo él, por encima del rugido del motor-. Kelly es un experto. Es probable que hayan verificado la avería eléctrica y no hayan encontrado nada sospechoso.

– Odio a la gente que dice «Ya te lo había dicho».

– Reconozco que es uno de mis defectos. Tengo razón tan a menudo que se puede convertir en un rasgo muy desagradable para los demás.

Royd bromeaba. Ahí estaban, encerrados en aquel estrecho ataúd metálico y a él no le molestaba en lo más mínimo. A Sophie le entraron ganas de matarlo.

– En realidad, deberíamos agradecer que no siguen el procedimiento habitual para trasladar esta carga al barco.

– ¿Qué?

– La mayoría de las veces sólo tienen contenedores cerrados que cargan en el barco mediante grúas. En cuyo caso, se nos habría acabado la suerte.

– ¿Por qué no hacen eso ahora?

– Tendría que preguntarle a Sanborne. Tiene que haberles dicho que había que trasladarlo con mucho cuidado y a mano.

– ¿Y cómo se supone que saldremos de este camión cuando lleguemos a nuestro destino? -preguntó ella, entre dientes.

– Ya veremos.

– Yo no funciono de esa manera. Usted verá. Yo necesito un plan.

– De acuerdo, tracemos un plan. Usted primero.

– Nos encontrarán cuando empiecen a descargar. Tendremos que salir antes.

– Buen plan. Y mi plan es esperar a que abran la puerta y matarlos cuando suban a descargar o esperar hasta que descarguen uno de los otros muebles y luego aprovechar la oportunidad para salir a toda leche. En pocas palabras, ya veremos.

– No tengo qué preguntar cuál de las dos opciones prefiere.

– Sí, soy un cabrón tan sediento de sangre que espero con ansias mi próxima víctima.

– No, no he querido decir… Pero me ha hecho enfadar. No tengo derecho a culparlo por…

– Por el amor de Dios, cállese ya -dijo él, con voz seca-. Tiene derecho a decirme lo que quiera sin tener que entrar en una espiral de culpa. ¿Ha encontrado el CD? -preguntó, para cambiar de tema.

– No, no exactamente.

– O lo ha encontrado o no lo ha encontrado.

– No he encontrado el CD del REM-4. Pero encontré otro con los códigos especiales de Sanborne e hice una copia.

– ¿Por qué?

– Porque quería ver qué contenía -dijo Sophie, y calló-. Y me ha irritado no haber encontrado el REM-4. Maldita sea, con las ganas que tenía de encontrarlo.

– Eso era bastante evidente. Podría haber sido un desastre.

– Pero usted me dejó intentarlo.

– Y eso debería asustarla. Si hay una posibilidad de tener éxito, aunque sea parcial, la dejaré intentarlo. A pesar de la promesa que les hice a Jock y a usted. Siempre me ocuparé de que salga con vida una vez consumados los hechos.

– Nunca he pedido más que eso. No, eso no es verdad. Si alguna vez pone a mi hijo en peligro, lo mataré con mis propias manos.

– Eso no hay ni que decirlo. Todos tenemos una tecla del infinito que puede dispararse.

– ¿Una tecla del infinito?

– El mecanismo único que puede liberar todo el mal y todo el bien que hay en nosotros. La caja de Pandora. Un acto o una persona que pueden conducirla a hacer lo que tiene que hacer a como dé lugar.

– ¿Y Michael es mi tecla del infinito?

– ¿No lo cree usted?

Cualquier bien o cualquier mal…

– Supongo que sí. Sin embargo, yo estaba dispuesta a matar a Sanborne para vengarme de lo que le hizo a mi familia. Así que tiene que haber otras teclas.

– En su caso, están todas conectadas con sus seres queridos.

Eso era verdad.

– ¿Y cuál es su tecla, Royd?

– El odio puro.

La respuesta le provocó un sobresalto. Estaba tentada de dejar el tema, pero la posibilidad de indagar más allá era una atracción irresistible.

– El odio es el producto. ¿Pero cuál es la causa de todo ese odio? ¿Cuál es el gatillo? ¿Garwood?

– Puede que sí.

– Royd.

Él guardó silencio un momento.

– El REM-4 tardó un tiempo en hacerme efecto. Yo me resistía, y eso irritaba a Sanborne y a Boch. Buscaban todo tipo de métodos para perfeccionarlo, al igual que Thomas Reilly hacía con Jock. Boch tuvo una gran idea. Me llevaron hasta Garwood reclutando a mi hermano menor, Todd. Luego, lo encadenaron a una pared y cada vez que yo no obedecía las instrucciones, le daban una paliza y le negaban el agua. Aquello tuvo un efecto psicológico satisfactorio en mí cuando se administraba con el REM-4. En un abrir y cerrar de ojos, me convertí en el zombi que ellos deseaban. Después de eso, Todd ya no les servía porque estaba a punto de morir de los golpes y la desnutrición. Así que lo mataron ante mis propios ojos. Se suponía que debía ser una prueba final. Para entonces, ya tenían bastante confianza en mí. Dios, qué par de imbéciles. Sólo demuestra lo poco que Sanborne sabe acerca de la naturaleza humana. El asesinato de Todd fue el primer ladrillo que se desprendió del muro que habían construido a mi alrededor. El resto tardó otros dos meses en caer, pero cayó.

– Dios mío.

– Le aseguro que Dios no tuvo nada que ver. Ni Sanborne ni Boch estaban en buenos términos con los dioses.

– Quise decir… -Sophie tuvo que callar cuando se le quebró la voz.

Él guardó silencio.

– ¿Está llorando? -preguntó, al cabo de un momento.

Ella no contestó.

Él alzó una mano y le rozó suavemente la mejilla.

– Está llorando. Supongo que debería habérmelo esperado pero, por algún motivo, no me lo esperaba.

– ¿Por qué no? -Sophie intentó hablar con tono sereno-. No para de decirme que soy débil.

Él no contestó enseguida.

– No tenía intención de aprovecharme de su simpatía. Usted ha preguntado y yo le he contestado. Lo que ocurrió en Garwood ya pasó, y ahora ha acabado.

Pero todavía sufría pesadillas a las que no quería renunciar porque mantenía el odio al rojo vivo.

– No, no ha acabado. -Sophie se secó los ojos con el dorso de la mano-. Eso es una estupidez. Todavía lo está viviendo.

– No, es una nueva página, y ahora controlo la situación -dijo él, y guardó silencio un momento-. Usted también tiene el control. Mientras esté en posesión de sus facultades mentales y sea dueña de su voluntad, no podrán acabar con usted.

– Lo sé -dijo ella, con voz cansina-. No tiene por qué decírmelo. O quizá sí, tiene que decírmelo. Al parecer, tengo… Supongo que tenía más ganas de encontrar ese CD de lo que creía.

– Lo encontraremos. Simplemente pasaremos página. -Royd hablaba con una seguridad absoluta-. De hecho, puede que lo hagamos cuando salgamos de este camión. Quiero que se oculte y me deje echar una mirada. Kelly dijo que iban a descargar los camiones en un muelle. Quiero conocer el nombre del barco al que va destinada la carga. Así podremos seguir al barco hasta su destino una vez haya zarpado.

– Siempre y cuando podamos salir de aquí sin que salten las alarmas después de matar a los ocupantes del camión -dijo ella, con voz cortante-. ¿Qué haría en ese caso?

– Vaya, Sophie -respondió él, y ella casi oía la sonrisa en su voz-. Simplemente tendría que pasar página.

– Todo parece estar en orden -dijo Gerald Kennett cuando Sanborne contestó el teléfono-. Al parecer, la avería la causó una subida de tensión. Una chispa provocó el apagón del tablero central.

– ¿Y el generador de emergencia?

– Ha saltado el distribuidor principal en la estación de empalme. Todo se ha apagado en un radio de ochenta kilómetros.

– Aún así, no me gusta.

– Seguridad ha peinado minuciosamente todas las instalaciones. No ha entrado ningún intruso y, por lo visto, todo está en orden.

– «Por lo visto» no es suficiente. Ahora mismo voy para allá para comprobarlo.

– Como usted quiera. Sólo intento ahorrarle una molestia innecesaria.

– ¿No te ha parecido que este apagón es una coincidencia demasiado grande, ahora que Dunston anda suelta por ahí?

– El apagón eléctrico ha sido un accidente. Y aunque no lo fuera, tendría que ser obra de alguien en el interior con los conocimientos técnicos que Sophie Dunston, evidentemente, no posee.

– No me agradan las coincidencias -dijo Sanborne, y colgó.

Capítulo 10

La furgoneta se detuvo.

Sophie sintió la repentina tensión de Royd.

– Silencio -advirtió él, mientras abría lentamente la puerta del armario-. Y quédese aquí hasta que le haga una señal para que salga. Luego, sígame. Y que sea rápido.

¿Acaso creía que se iba a mover a cámara lenta cuando salieran de ahí?, se preguntó ella, irritada. Conserva la calma, se dijo. Era el pánico lo que la ponía tan nerviosa. Vio a Royd, delante, junto a las puertas, oculto detrás de unas alfombras enrolladas. Tenía un arma en la mano.

Y alguien abría las puertas del camión, alguien que hablaba con una segunda persona.

– Ve a buscar ayuda entre esos cabrones de portugueses del barco -dijo-. Sólo tenemos órdenes de descargar personalmente las cubas, y en este viaje sólo hay muebles. No pienso descargar toda esta mierda solo.

Se oyeron risas, justo antes de que las puertas se abrieran.

Sophie vio a un hombre bajo y robusto, mirando por encima del hombro mientras seguía hablando. Luego se giró y salió de su campo visual.

Royd se incorporó, y le hizo una señal.

Joder, el hombre estaba a sólo unos metros.

Qué diablos. Sophie sólo esperaba que Royd supiera lo que hacía. Salió como pudo del armario y se lanzó hacia la parte trasera del camión.

Le llegó un aire salado y cargado de humedad cuando dejó que Royd la alzara para bajar. Tuvo una rápida visión de unos almacenes alineados a lo largo del muelle donde estaba anclado el carguero.

El barco…

El chófer del camión no estaba. ¿Dónde se había metido?

En ese momento, oyó el metal deslizándose sobre los rieles cuando el chófer abrió las puertas de un segundo trailer aparcado justo detrás del que ellos acababan de abandonar de un salto.

Se lanzó detrás de Royd, que se metía debajo del camión y empezaba a deslizarse hacia la cabina del conductor. Dios mío, tenía la impresión de que se habían pasado la noche arrastrándose debajo de vehículos. Primero, los coches en el aparcamiento de las instalaciones y, ahora, el camión. Era una suerte que los enormes neumáticos del trailer de dieciocho ruedas fueran un escudo mucho más seguro que los de los turismos.

Por suerte, pensó, cuando oyó a los marineros portugueses que hablaban mientras intentaba alcanzar a Royd. Él la detuvo con un gesto de la mano, mientras se aplastaba contra una rueda, sin dejar de mirar hacia el otro extremo del camión.

Sophie aguantó la respiración.

Había cinco hombres.

Se paseaban de un lado a otro, al parecer sin grandes prisas para empezar a descargar. Pasaron por la parte trasera del camión y luego siguieron hacia el que estaba estacionado detrás.

– Hay un almacén a unos veinte metros de aquí -avisó Royd, con un susurro de voz-. No podemos contar con que esté abierto y vacío. Así que nos esconderemos detrás de los barriles de combustible que hay delante y nos escabulliremos hacia la parte de atrás.

Ella asintió con un gesto seco de la cabeza.

– Adelante, maldita sea. Cuando empiecen a descargar, estarán por todas partes.

Él la miró y sonrió.

– Vale, allá voy. Y usted se las arregla sola.

Acto seguido, se deslizó hasta poder incorporarse de debajo del camión y echó a correr hacia el almacén.

Ella lanzó una rápida mirada hacia el segundo camión, y luego lo siguió.

¿Veinte metros? Más bien le parecieron cien. A cada paso, Sophie esperaba oír un grito a sus espaldas. Por fin, alcanzó a ocultarse detrás de los barriles. Royd ya estaba al otro extremo del almacén y, al momento siguiente, había desaparecido. Era evidente que hablaba en serio cuando le dijo que se las arreglara sola. Se agachó y corrió hacia la esquina.

– Muy bien. -Él la estaba esperando-. Ahora, espere aquí mientras me acerco al barco -avisó, y se volvió para ir hacia el muelle-. En cuanto vuelva, nos vamos de aquí.

Ella sintió una punzada de pánico.

– ¿Por qué volver al barco?

– Porque con la prisa no he cogido el nombre.

– Yo sí. Se llama Constanza.

Él la miró con expresión de sorpresa.

– ¿Está segura?

– Claro que estoy segura. Fue lo primero que miré al bajar del camión. ¿Ahora podemos salir de aquí?

Él se giró y se lanzó hacia el otro extremo del almacén a trote ligero.

– A toda velocidad y con el máximo de precaución.

Tardaron cuatro horas en volver al motel. Primero se dirigieron al aeropuerto, donde alquilaron un coche. Y luego dos horas conduciendo de vuelta al motel.

Sophie estaba al borde del colapso por agotamiento mientras miraba a Royd abriendo la puerta.

– Constanza. Tengo que mirarlo en mi ordenador. Debe de ser de bandera portuguesa, y eso debería…

– Primero debería dormir unas cuantas horas. -Royd abrió la puerta de un tirón-. No le hará mal, y así no se quedará dormida encima del teclado.

– No me quedaré dormida. Y el conductor del camión mencionó algo acerca de unas cubas. ¿Qué diablos quería decir? -preguntó, yendo hacia la otra puerta-. Me daré una ducha para despejarme. Necesito… -Se detuvo en seco al ver el reflejo de su imagen en el espejo sobre la mesa-. Dios mío, se diría que me ha pasado por encima un tornado -dijo, tocándose la mancha de grasa en la mejilla, seguramente de los barriles del almacén-. ¿Por qué no me lo había dicho? ¿Y por qué usted no se ha ensuciado igual que yo?

– Sí que me ensucié. Pero usted no se fijó en gran cosa después de que salimos de los muelles. Creo que estaba un poco tensa. Me limpié en el aeropuerto antes de ir a alquilar el coche y recogerla a usted.

Decir que estaba «tensa» era un eufemismo. Había sido una noche agotadora y Sophie había pasado mucho miedo. Era probable que no se hubiera percatado si él se hubiera desecho de su ropa en el aeropuerto y salido desnudo a recogerla. Sacudió la cabeza.

– Me sorprende que el taxista nos haya dejado subir a su coche.

– La mayoría de taxistas no se fijan demasiado en la clientela a esa hora de la noche, y le he dado una buena propina. En realidad, conviene que haya estado así de sucia. Era prácticamente irreconocible. ¿Qué le parece si yo me siento a buscar información sobre el Constanza en su ordenador mientras usted está en la ducha? Así ahorramos tiempo.

Ella asintió con la cabeza. La propuesta tenía sentido, y ella quería esa información con la mayor brevedad posible.

– El ordenador está en mi bolsa de viaje. No tardaré.

– Tómese su tiempo. -Royd fue hasta la bolsa que estaba junto a la pared y la abrió-. Como he dicho, el Constanza no saldrá ni al amanecer ni esta noche. Las instalaciones no parecen estar del todo listas para cerrarlas.

– Quiero saberlo. -Sophie cogió su camisón y su bata de la bolsa y se dirigió al cuarto de baño-. Quiero saber todo lo que pueda encontrar sobre los planes de Sanborne.

– ¿Y cree que yo no? -inquirió él, mientras abría el portátil-. Ya sabe que mi fuerte no es la paciencia.

– ¿Ah, sí? Jamás lo habría adivinado. -Sophie entró en el cuarto de baño, cerró la puerta y empezó a desnudarse. Tenía que seguir, se dijo. Se sentiría mejor después de lavarse la suciedad y el cansancio. No había sido una noche del todo desastrosa. No había encontrado el CD del REM-4, pero había conseguido una copia de algo que quizá tenía un gran valor para Sanborne. No los habían descubierto, no habían acabado heridos ni muertos, y eso no estaba mal. Y ahora conocían el nombre del barco que transportaba los equipos.

Entró en la ducha y dejó que el agua caliente la bañara durante unos minutos antes de coger el champú. ¿Qué estaría haciendo Michael en ese momento? Eran casi las cuatro de la madrugada, casi las nueve de la mañana en tierras de MacDuff. Lo había llamado el día anterior, tal como había prometido, y Michael parecía contento, incluso ilusionado. Le contó que había tenido un terror nocturno la noche anterior, pero que MacDuff cuidaba de él. Dios, esperaba que su hijo estuviera contento. Al menos estaba a salvo, y eso era lo importante.

Espero que sigas bien, Michael. Que no te desanimes. Hago todo lo que puedo para traerte de vuelta a casa.

Royd alzó la mirada cuando, al cabo de diez minutos, ella salió del cuarto de baño.

– Venga aquí. Hay algo que debería ver -dijo.

– ¿El Constanza? -preguntó ella, yendo rápidamente hacia la mesa-. ¿Ha encontrado algo?

Él negó con la cabeza.

– Primero he mirado las noticias locales -dijo, y giró el portátil hacia ella-. La policía ha anunciado que no encontraron ningún cuerpo en el incendio de su casa y que la han declarado oficialmente desaparecida.

Ella frunció el ceño.

– Pero ésas son noticias viejas. Usted me dijo que el Departamento de Bomberos ya había llegado a esa conclusión. ¿Por qué actúa como si…?

– No esperábamos lo que mencionan en el segundo párrafo. Siga leyendo.

– ¿A qué se refiere? No veo por qué… Oh, Dios mío -dijo Sophie, alzando la mirada hacia él-. ¿Dave? -murmuró-. ¿Dave ha muerto?

– Así parece. He mirado la referencia en el periódico. Encontraron su cuerpo ayer en una zanja en las afueras de la ciudad.

Ella volvió a la lectura del artículo.

– Le dispararon. No saben quién lo hizo.

– Salvo que la policía ha sumado dos más dos.

Ella sacudió la cabeza, como si quisiera desprenderse del impacto de ese comentario.

– ¿Yo? ¿Me buscan a mí? Creen que he sido yo -dijo, y se dejó caer sobre la cama-. Dios mío.

– Para ellos, tiene sentido. Primero, hace volar su casa, esperando que todos crean que ha muerto. Y luego va y mata a su ex marido.

– Sin embargo, al cabo de un tiempo descubren que yo no he muerto en la explosión.

– Recuerde, la policía cree que usted está un poco desequilibrada y que no está en sus cabales.

– Pero ¿por qué mataría a Dave?

– Suele haber todo tipo de disputas después del divorcio. ¿Acaso insinúa que no tenían disputas?

– Claro que las teníamos. Pero yo no… -Sophie había empezado a temblar-. Por amor de Dios, fue mi amante. Yo tuve un hijo suyo.

– Y él se casó con otra mujer después de haberse divorciado de usted, cuando usted se volvió loca.

– No me volví loca -dijo ella, entre dientes-. Jamás me habrían dejado salir si no hubiera recuperado la cordura.

– ¿No? Hay todo tipo de historias acerca de altas prematuras que acaban en asesinato.

– Cállese.

– Sólo estoy haciendo de abogado del diablo. En el periódico dice que la mujer de Edmunds declaró que éste salió precipitadamente después de recibir una llamada. Parecía muy alterado, pero no quiso decirle dónde iba. Sería normal que no tuviera demasiadas ganas de contarle a su mujer que iba a un encuentro con su ex.

– Jean no tenía celos de mí.

– ¿Por qué no? Usted es una mujer bella, inteligente, y es la madre de Michael.

– Ella… era la mujer con que Dave debería haberse casado, y lo sabía. Su única aspiración era ser una buena ama de casa y ayudar a Dave de cualquier manera. Sabía que yo no era una amenaza, y sólo quería lo mejor para Michael.

– Pero seguro que ahora no piensa lo mismo. Una viuda dolida siempre quiere venganza.

– ¿Quiere hacer el favor de callarse? -dijo Sophie, llevándose una mano temblorosa a la cabeza-. Tengo que pensar.

– Intento ayudarle a pensar. Está impresionada y… -se interrumpió-. Es posible que usted también sienta dolor por ese cabrón. Eso es un obstáculo.

Ella se sacudió, como bajo el impacto de algo.

– Dave no era un cabrón. Tenía defectos, como todo el mundo, pero…

– Vale, vale. -Royd cerró el portátil con una violencia apenas contenida-. ¿Yo qué voy a saber? Pero yo no dejaría a mi compañera ni la abandonaría a su suerte cuando tiene problemas. Por lo que he oído, se supone que el vínculo del matrimonio es bastante más fuerte. Él tendría que haberla ayudado.

– No tiene idea de lo difícil que era vivir con Michael.

– Usted también vivía con él. Y no lo abandonó. -Antes de que ella respondiera, siguió-: Sienta todo el dolor que quiera, aunque sea una tontería. Pero no permita que eso le impida pensar en su propia supervivencia. Se trata de un asunto muy sucio y tenemos que lidiar con ello.

– Usted sabe que yo no lo maté -dijo Sophie, frotándose la sien-. Yo no estaba en aquella zanja. La policía lo descubrirá si lo investiga.

– ¿Eso cree? No si la persona que lo mató sabía lo que hacía. No creo que en esta ocasión Sanborne mandara a otro Caprio. Esta vez ha contratado a un auténtico profesional.

– ¿Qué dice?

– Que habrá limpiado toda huella que pudieran usar los forenses para orientar a la policía en su búsqueda, y que habrá dejado algún objeto que la incrimine a usted.

– ¿Como qué?

– Como el ADN. En los días que corren, es el mejor amigo de un asesino. Siempre y cuando él mismo pueda esquivar la bala.

– Como seguramente usted podría hacer -dijo ella, con gesto amargo.

– Sí, soy muy bueno esquivando balas. Pero no tiene que preocuparse por mí sino por el sobre o los cabellos que encontrará la policía.

– ¿Qué sobre?

– Era uno de los objetos que sugerían nuestros maestros en Garwood. Cuando se deja la saliva en el pegamento de un sobre, eso se conserva durante años. Consiga un cabello de un cepillo en la taquilla de una persona y ya tenemos otra prueba irrefutable. ¿Sanborne tenía acceso a su correspondencia cuando trabajaba con él?

– Desde luego que sí.

– ¿Y guarda usted objetos personales de aseo en su taquilla en el hospital?

Ella asintió con la cabeza.

– Entonces seguro que la policía ha recogido una muestra para llevar al laboratorio de ADN y su plato ya está guisado. ¿Me entiende?

Sophie lo entendía, y las consecuencias la horrorizaban.

– ¿Sanborne lo ha matado sólo para implicarme a mí?

– Hay una buena probabilidad. Usted se ha convertido en un problema, y no hay mejor manera de desacreditarla que un asesinato.

Sophie sacudió la cabeza, como atontada.

– Parece imposible. No, no lo es. Sólo que me cuesta asimilarlo.

– Pues será mejor que empiece a hacerlo -dijo él. Su tono de voz era tan inflexible como su expresión-. Porque tenemos que empezar a pensar en una respuesta.

– Sólo le pido que se vaya, Royd. Que me deje un rato sola.

– Después. Podrá llorar a Edmunds después de que se dé cuenta de las implicaciones. -Royd se cruzó de brazos y se reclinó en la silla-. Lo más importante para usted es que empezarán a buscarla. Y esa búsqueda incluirá a Michael.

– Michael está a salvo en Escocia.

– ¿Cree que MacDuff estará dispuesto a esconderlo si eso significa tener que lidiar con las autoridades de Estados Unidos?

– No lo sé. Pero Jock no dejaría que nada le ocurriera. -Sin embargo, ¿sería Jock capaz de ofrecerle un techo si MacDuff les negaba su refugio? Eso sencillamente no lo sabía-. Puede que no sepan cómo encontrarlo -dijo, y luego un pensamiento le vino a la mente-. O quizá sí sepan. Puede que Dave le haya hablado a Jean de la existencia de Jock.

– Para estar seguros, tenemos que suponer lo peor. En primer lugar, usted es sospechosa y puede que haya que recurrir a algo muy sofisticado para sacarla de esto. En segundo lugar, mientras siga siendo sospechosa, carece de toda credibilidad, y a Sanborne eso le va muy bien. Y, en tercer lugar, Michael será vulnerable ante Sanborne y Boch, pero también ante la policía. ¿Me entiende?

– Claro que le entiendo.

– Vale. Ahora la dejaré dormir un rato -dijo Royd, y se incorporó-. Tenía que asegurarme de que lo entendiera bien antes de dejarla. Es más importante que piense en su propia seguridad que en la muerte de Edmunds.

– No, no lo es. -Sophie sintió que las lágrimas le ardían en los ojos-. Tengo que pensar en las dos cosas. Estuve casada con él, por el amor de Dios. Puede que a usted no le cueste compartimentar las cosas, pero a mí sí. No poseo tanta frialdad.

– ¿Frialdad? Ya quisiera yo ser frío. Me facilitaría mucho las cosas. -Royd se dejó caer de rodillas ante ella-. ¿Quiere consuelo? Yo le daré consuelo. Aunque no creo que Edmunds se mereciera que usted hable tan bien de él.

Ella se puso tensa.

– No estoy hablando de él. Y no quiero su… -Sophie calló cuando él la abrazó-. Suélteme. ¿Qué se ha creído…?

– Cállese -dijo él, con voz seca. Le cogió la nuca y la hizo apoyarse en su hombro-. Llore, si quiere. No puedo darle comprensión, pero le ofrezco mi hombro y respeto su derecho a opinar como quiera -dijo, acariciándole el pelo-. La respeto a usted.

Aquella mano grande sobre su pelo era como la pata de un oso, pensó Sophie. Había en ella una torpeza que debería haberla irritado. Pero, al contrario, era curiosamente reconfortante.

– Suélteme. Me siento… rara.

– Hábleme de ello. En este momento soy lo único que tiene. ¿Acaso no soy mejor que una almohada mojada?

– En cierto sentido -murmuró ella, y lo abrazó con fuerza, instintivamente. No era verdad. Ahora sentía que el dolor y el impacto se desvanecían, como si se los estuviera traspasando a él, como si él deseara que se librara de ello-. No tiene que hacer esto, ¿sabe? Jamás lo habría esperado de usted.

– Para mí también es una sorpresa. No sé cómo hacer estas cosas, y me da rabia. No soy demasiado bueno cuando se trata de estas cuestiones de sensibilidad. El sexo es fácil, pero no puedo… -dijo, y respiró hondo-. No era mi intención mencionar el sexo en este momento. Se me ha escapado. Pero, bueno, ¿qué diablos espera de mí? Soy un hombre.

– Y me respeta profundamente.

Él la apartó para mirarla a la cara.

– Lo he dicho en serio. Es usted una mujer inteligente y bondadosa, y es una buena madre. Y yo sé juzgar bien las bondades de una madre, porque tuve algunas madres adoptivas nada brillantes. No es culpa suya que tenga la cabeza hecha un lío.

– No tengo la cabeza hecha un lío. Creo que usted debe de ser el hombre más falto de tacto del mundo, y en este momento me es imposible hablar con usted.

– Shh -dijo él, y volvió a abrazarla-. Me callaré la boca. Al menos, lo intentaré. Si usted empieza a hablar bien de Edmunds, no le prometo nada. Él no se la merecía.

– Era un hombre decente. No era culpa suya si se casó con la mujer equivocada… -dijo, y calló. No tenía intención de convencerlo y era agradable tener a alguien que se pusiera, sin fisuras, a favor suyo. Al menos en ese momento de dolor e incertidumbre. Era probable que mañana se desentendiera del asunto, pero en ese momento le ofrecía una ayuda que ella necesitaba desesperadamente-. Y si no fuera por mí, estaría vivo.

– Estupendo. Otra víctima en su puerta. ¿Nunca se cansa de arrastrar esa carga de culpa? -Royd se incorporó y la hizo incorporarse-. Si él hubiera estado a su lado, estarían luchando juntos contra Sanborne. Puede que su muerte no se hubiera producido. -La tendió en la cama y se recostó a su lado-. No se ponga tan rígida. No pienso aprovecharme de usted. Es que no puedo mantenerme en esa posición toda la noche sin que me den calambres -dijo, y volvió a abrazarla-. ¿Le parece bien así? Si no, la dejaré. Se lo prometo.

– ¿Dice la verdad? -preguntó ella, con voz insegura.

– Es probable que no. Como le he dicho, no soy un hombre demasiado sensible. Tengo tendencia a tratar de arrasarlo todo cuando creo tener razón. Es probable que haría lo posible por convencerla de lo contrario.

Royd era como un ariete, y ella no quería librar esa batalla. Creía que intentaba sinceramente ayudarla y que esa noche no era una amenaza. Aquello la alegraba, porque era alguien a quien abrazarse en la oscuridad que se cernía a su alrededor.

– Demasiadas palabras… -dijo, y cerró los ojos-. Sólo le pido que me deje dormir, Royd.

– Claro. -Royd estiró las sábanas y la cubrió a ella y a sí mismo-. Que duermas bien. Yo cuidaré de ti, Sophie.

Cuidaré de ti… Era curioso, pero Dave nunca había pronunciado esas palabras. En su matrimonio nunca habían figurado esas necesidades primarias. La había divertido, la había llenado de admiración por su fino intelecto, y le gustaba su cuerpo. Al principio, tenían objetivos iguales. Y después habían tenido a Michael. Él amaba a Michael.

– Mierda -dijo Royd, con voz cortante-. Deja de llorar. No me gusta.

– Mala suerte -dijo Sophie, y abrió los ojos para mirar su ceño fruncido-. ¿Tú no lloraste cuando murió tu hermano?

Él guardó silencio un momento.

– Sí, pero era yo el que lloraba. No me gusta que llores tú. No sabía que me sentiría así -confesó, apretando los labios-. Pero si tienes que llorar, adelante.

– Muchas gracias -dijo ella, con tono irónico-. Eso haré.

Él volvió a apoyar la cabeza en la almohada.

– Digo todo lo que no hay que decir. Seguro que echas de menos a Jock. Él sabría qué hacer en este caso.

– No, no quiero a Jock aquí. Quiero que esté con Michael. -Sophie volvió a cerrar los ojos-. Y sí, él sería mucho más sensible que tú. Sin embargo, creo que intentas ayudarme, y te lo agradezco. Dame un par de horas y no necesitaré a ninguno de los dos.

– De acuerdo-. Royd volvió a acariciarle la cabeza con su enorme mano-. Haré lo que quieras… al menos durante las próximas horas.

Ella volvió a percibir aquella tierna torpeza. Le parecía uno de los hombres más sobrios que había conocido, pero no en ese momento. Era evidente que se enfrentaba a una nueva situación y le molestaba. Vaya si le molestaba. Pero lo hacía por ella.

– Gracias -dijo. Esta vez no había sarcasmo en su voz.

– De nada -dijo él, y se acomodó más cerca de ella-. Y también me alegro de que Jock no esté…

Estaba dormida. Debería dejarla.

Todavía no. Royd miró hacia la oscuridad, con los brazos rodeando a Sophie. No quería que se despertara y se encontrara sola. De todas formas, ahora Sophie se sentía muy sola y muy vulnerable. Quizá no era su presencia lo que deseaba, pero mala suerte. Él era un puerto en medio de la tormenta que la envolvía, y el hecho de que ella lo hubiera aceptado era una demostración de lo sola que estaba.

¿Por qué diablos se había empeñado tanto en que ella lo dejara quedarse? A él no debería importarle su dolor siempre y cuando pudiera funcionar.

Sin embargo, le importaba.

Ella le importaba. Se estaba acercando demasiado a Sophie. La había observado, había hablado con ella y percibido su miedo. Había visto su valor. Se había obstinado en evitar que aquello significara algo para él. Pero no funcionaba. Tenía que obligarse a mantener una distancia, a ignorar sus ganas de tocarla, de acariciarla y calmarla.

El sexo.

Ah sí, decididamente era el sexo. El escozor que sentía era una manifestación de esa verdad. No era nada fácil estar tendido a su lado y no tener ganas de montarse encima de ella. ¿Por qué no intentarlo?, se había dicho, temerariamente. Nunca había destacado por su capacidad de contenerse, y Sophie era muy vulnerable en ese momento. Podía conseguir que ella lo deseara. ¿Dónde diablos intentaba llegar con esa actitud de noble imbécil? Siempre había gozado del sexo ahí donde lo encontraba, siempre y cuando no le hiciera daño a la mujer. Sophie era una mujer dura y él le importaba un rábano, pensó. Y tampoco le haría daño un encuentro de una sola noche.

Si es que se trataba de una sola noche. No estaba seguro de que aquello fuera suficiente para él.

Tenía que dejar de pensar en ello. Se lo había prometido, y ahora sólo lo hacía sentirse más…

Ella se removió a su lado con un gemido.

Mierda.

Su rostro era una pálida nebulosa en la oscuridad, pero él alcanzaba a ver la sombra de sus pestañas en las mejillas. Parecía tan indefensa como una niña.

Maldita sea, no era una niña. Era una mujer que tenía un hijo y que había vivido un infierno esos últimos años. El sexo podía ser un consuelo. No tenía que ser…

Sin embargo, a ellos dos el sexo no les traería ningún consuelo, así que ¿para qué seguir inventándose pretextos para tomar lo que quería? No iba a ocurrir sencillamente porque él había hecho esa maldita promesa.

Sophie olía a champú de limón y a jabón.

Tenía que contenerse. Pensar en otra cosa. No era un niño. Puede que no estuviera acostumbrado a reprimirse, pero era capaz de hacer lo que se proponía.

Eso esperaba.

Sophie se acurrucó contra él. Iba a ser una noche muy larga.

Capítulo 11

La luz del sol de media mañana flotaba en la habitación de hotel cuando Sophie abrió los ojos al día siguiente.

Royd ya no estaba junto a ella, y sintió un ramalazo de soledad.

Qué tonta. Claro que estaba sola. Durante la noche, se había despertado unas cuantas veces, y él estaba ahí, pero eso no significaba que…

– Buenos días -Era Royd, que miraba desde el vano de la puerta-. ¿Cómo te sientes?

– Mejor -dijo ella. Sus labios se torcieron levemente-. O quizá no. Quizá estoy adormecida. Pero al menos ahora puedo pensar.

– Entonces será mejor que te duches y te vistas. Tenemos que irnos de aquí.

– ¿Ahora mismo? -Sophie se sentó en la cama-. ¿Inmediatamente?

– Cuanto antes, mejor -dijo él, y le lanzó el periódico-. Vuelves a estar en la primera página. Es un refrito de la misma historia, pero es una buena foto y no queremos que nadie te reconozca. -Royd calló un momento, y luego añadió-: También hay una foto de Michael. A la policía le preocupa su seguridad.

– A mí también. -Sophie miró la foto de Michael-. ¿Creen que mataría a mi hijo? ¿Tan loca me creen?

– Tu padre mató a tu madre.

– ¿Y la locura es una herencia de familia? -Sophie puso los pies en el suelo-. Estaré lista en treinta minutos. ¿Te parece bien?

Él asintió con la cabeza.

– Empezaré a hacer tu equipaje.

Ella dejó la cama y fue hacia el baño.

– Eso lo puedo hacer yo.

– Verás, he estado contando pajaritos mientras te espero -dijo él. Fue hacia la mesa y desenchufó el portátil-. Debo tener algo de que ocuparme.

Eso ya se veía. Royd parecía nervioso y tenso.

– Entonces, busca lo del Constanza. Anoche no lo hice.

– Estabas un poco preocupada -dijo él-. Pero lo he mirado al levantarme esta mañana. Es un barco portugués que navega con bandera liberiana. Tiene cuarenta y dos años y se alquila al mejor postor. Me ha parecido interesante que la última persona en alquilarlo fuera Said Ben Kaffir.

Sophie se había detenido en la puerta del baño.

– ¿Y ése, quién es?

– Un traficante de armas que provee a todos los fanáticos religiosos y a cualquier desalmado en Europa y en Oriente Medio.

– Traficante de armas -repitió ella-, y el REM-4 podría ser un arma muy poderosa.

– Cualquier cosa, desde bombarderos suicidas hasta asesinos bien entrenados para arriesgar sus vidas sin cuestionar órdenes.

– ¿Y crees que Ben Kaffir está relacionado con los planes de Sanborne?

Él se encogió de hombros.

– ¿Quién sabe? Eso sí, no deja de ser una interesante coincidencia. -Royd metió el portátil en su funda-. Tendré que investigar más a fondo en cuanto tenga la oportunidad. Venga, que sea rápido. Quince minutos, Sophie. Te esperaré en el coche.

– Diez minutos -dijo ella.

Royd tenía una actitud seca, al estilo de un gestor eficaz, completamente diferente del hombre que la había abrazado durante la noche, pensó Sophie al cerrar la puerta del cuarto de baño. No, no era verdad. Quizá Royd había tenido una actitud diferente la noche anterior, pero el cambio no era el de el Doctor Jekyll y Mister Hyde. La había abrazado y la había ayudado, aunque su amabilidad le pareciera rara y él fuera el primero en reconocer que había dicho todo lo que no debía.

Sin embargo, había sido sincero, y en su franqueza no había ni asomo de falsedad. Quizá era ése el motivo por el que había aceptado su simpatía. Lo que Royd decía iba en serio, y eso ya era todo un consuelo.

Pero ella no podía volver a aceptarlo, pensó, cansada. Ya había despojado a Royd de demasiadas cosas cuando lo habían enviado a Garwood. Tenían que trabajar juntos porque era la única manera de vencer a Sanborne y a Boch, pero debía cuidarse y no dejarlo que le diera nada más allá de lo absolutamente necesario.

Royd miró su reloj cuando ella subió al coche.

– Diez minutos. Eres una mujer de palabra -dijo, y puso el coche en marcha-. He pagado la cuenta y he llamado a Kelly. No hay actividades fuera de lo común en las instalaciones. Sanborne apareció y le hizo preguntas a todo el mundo, pero no sospechan de Kelly. -Siguió una pausa-. Primero fue al departamento de recursos humanos y comprobó que la caja fuerte estuviera cerrada. Eso significa que el CD que has copiado quizá tenga algún valor. Ábrelo y veremos lo que contiene.

– Ahora no. Lo haremos más tarde.

Él se la quedó mirando.

– ¿Más tarde?

– Cuando lleguemos a Escocia.

– ¿Vamos al castillo de MacDuff?

– Desde luego. Tengo que ser yo la que le comunique a Michael la muerte de su padre. Y puede que a Michael lo busque la policía o Sanborne. Ni siquiera conozco a MacDuff. Hasta ahora, me he fiado de la palabra de Jock, pero no tengo la seguridad de que protegerá a Michael y que lo mantendrá a salvo de cualquiera de los dos. Ha llegado la hora de conocerlo para que pueda juzgar por mí misma. Tengo que estar segura.

– Eso ya lo veo -dijo él, y dejó de sonreír-. Sin embargo, Michael estaría más seguro con cualquiera que contigo, Sophie.

– Ya lo sé. -Sophie se cogió las manos con un gesto nervioso. Dios, qué impotente se sentía-. Y Jock confía en MacDuff. Pero yo también tengo que confiar en él.

– Entonces, nos vamos a Escocia -dijo él, asintiendo.

Sophie sintió una oleada de alivio.

– No tienes que ir conmigo. No me gustaría que te arriesgaras. Pero hay que conseguir los documentos necesarios para salir del país como hizo MacDuff para viajar con Michael. Tú puedes arreglarlo, ¿no?

– Es probable -dijo él, que en ese momento maniobraba marcha atrás para salir del aparcamiento-. Pero no lo haré. Sería demasiado peligroso y tenemos que movernos rápidamente. Tendremos que salir sin documentos.

– ¿Qué?

– Sé pilotar un avión y aprendí mucho sobre las técnicas de contrabando cuando estuve en Asia. Creo que puedo sacarte de aquí y llevarte a Escocia de contrabando.

– ¿Y qué hay del servicio de vigilancia aérea?

– ¿Y qué? ¿Qué tienes que perder? -inquirió Royd, frunciendo el ceño-. Aparte de la vida, en caso de que nos derriben.

– ¿Eso es probable?

– Si lo fuera, no lo intentaría -dijo él, con una media sonrisa-. Confía en mí.

– Tengo un problema con la confianza.

– Eso es bastante evidente. Pero no será la primera vez para mí, Sophie.

Ella lo miró detenidamente. No, era probable que a él ya no le quedaran muchas primeras veces.

– De acuerdo. Hagámoslo. ¿Cuándo puedes conseguir el avión?

– Ya está hecho -dijo él, y miró su reloj-. Debería estar listo en el aeropuerto de Montkeyes cuando lleguemos, más o menos en una hora.

– ¿Qué? ¿Montkeyes? -preguntó ella, que lo miraba desconcertada.

– Es un aeropuerto privado cerca de Richmond, Virginia. Muy privado. Muy discreto.

– ¿Y tú ya lo has organizado todo?

– He llegado a conocerte bastante bien. Sabía que sería lo primero que te propondrías. Incluso llamé a Jock y le dije que se asegurara de que Michael no se enterara de la muerte de Edmunds por nadie más -dijo, e hizo una mueca-. Sólo esperaba que no insistieras en llevarte a Michael del castillo de MacDuff.

– Puede que todavía decida hacerlo.

– Pues son los gajes del oficio. Tendré que lidiar con ello.

– No. Yo tendré que lidiar con ello. Yo soy la responsable de Michael -dijo, y apartó la mirada-. Me gustaría poder prescindir de tu ayuda. Me he pasado un buen rato diciéndome que no puedo seguir apoyándome en ti y ahora vengo y te pido que hagamos esto.

– No te preocupes. Siempre consigo algún tipo de recompensa.

Algo en su tono de voz hizo que Sophie lo mirara enseguida a los ojos. Su expresión era totalmente impenetrable.

Él miró de soslayo y sonrió.

– Dudas de mí. Por amor de Dios, no soy ningún príncipe azul. Me confundes con Jock. Después de lo de anoche, te habrás dado cuenta de que no soy un dechado de bondad.

– Anoche fue una sorpresa para mí -dijo ella, pausadamente.

– También lo fue para mí -declaró él, apretando con fuerza el volante-. En más de un sentido. No soy lo que se suele llamar un hombre comedido ni tolerante.

– No te pido tolerancia -Sophie se había puesto tensa-. No la necesito. Mis sentimientos hacia Dave son asunto mío.

– No hablaba de Edmunds -dijo él, y pulsó un botón para encender la radio-. No me importa. También puedo lidiar con eso. Si Edmunds todavía significara algo para ti, me habrías roto una lámpara en la cabeza. No lo hiciste, así que pensé que te habías distanciado lo bastante de la relación como para ver que lo que decía tenía un fondo de verdad.

Ella sintió el impulso de negarlo, pero Royd tenía razón. ¿Por qué después de la muerte de Dave se había cegado ante la verdad que había reconocido en vida?

– No pasa nada -siguió Royd, escrutando su expresión-. Cuando alguien muere, es normal pensar que se merecían más de lo que les dábamos. A menos que sea alguien como yo, que se pone celoso a reventar y reacciona como un salvaje.

¿Celoso?

– Ya está, lo he dicho -dijo él, con voz seca-. Lo he hecho a propósito porque quiero que empieces a pensar en ello. Quiero acostarme contigo. Lo he deseado casi desde el día en que te conocí.

Sophie sintió que una ola de calor se apoderaba de ella. Resístete.

Es una locura, pensó.

– Has dicho que has estado demasiado tiempo en la selva -dijo, con un deje nervioso.

– No se trata de cualquier mujer. Eres tú. Tienes que ser tú.

– Sí, claro.

– Pero no voy a insistir, no ahora mismo. Así que olvídalo, relájate y escucha la música.

– ¿Que lo olvide? -preguntó ella, con expresión de incredulidad-. Tú no quieres que lo olvide.

– Claro que no. Quiero que te guardes la idea y que, de vez en cuando, la cojas y la acaricies y te acostumbres a ella.

Ella se humedeció los labios.

– Eso no ocurrirá -sentenció.

Él ignoró sus palabras.

– Creo que te gustaría. No soy un hombre suave ni dicharachero. No te susurraré dulces frases al oído. No pertenezco a ese mundo que compartías con Edmunds. La única educación que tuve más allá del instituto es lo que me he enseñado a mí mismo. Lo que ves es lo que hay. No temo no estar a la altura de la competencia. Puedo hacer cualquier cosa que tenga que hacer. Y te aseguro que te deseo más que cualquier hombre que hayas conocido y me tomaré el tiempo para que tú me desees a mí de la misma manera.

Ella lo miraba, intentando pensar en algo que decir.

– Ya verás cómo llegaré a gustarte -repitió él, con voz suave.

– No quiero…

– Como he dicho, no voy a presionarte. -Royd pisó el acelerador-. Sé dónde están tus prioridades. Tenemos una tarea por delante -dijo, y sonrió-. Pero piensa en ello.

¿Cómo evitarlo? Maldita sea.

Su enorme cuerpo estaba a unos centímetros de ella, y ahora sentía que el corazón se le aceleraba.

Se reclinó en el asiento y cerró los ojos. Escucha la música, se dijo. Escucha la música.

– ¿Qué ha ocurrido? -preguntó Boch cuando Sanborne contestó el teléfono-. ¿La policía la ha encontrado?

– No, por lo que yo sé. Mi contacto en el departamento de policía dice que la siguen buscando.

Boch soltó una imprecación.

– Quiero que desaparezca del mapa. Mientras siga suelta por ahí, es una amenaza para las negociaciones. Me habías dicho que bastaría con la encerrona.

– Y bastará. En cuanto den con ella, irá a la cárcel. Las pruebas de ADN son sólidas.

– Si tu hombre no ha cometido errores.

– No ha cometido errores. Le di una muestra de su pelo y una nota perfectamente falsificada, con su saliva en el sobre, invitando a Edmunds a encontrarse con ella. Le dije que limpiara la escena del crimen.

– ¿Y el coche?

– Ahora mismo está en el fondo de la bahía. Es sólo cuestión de esperar a que la policía la detenga. Un poco de paciencia.

– A la mierda la paciencia. Sophie Dunston empezará a hablar de ti y del REM-4 en cuanto le den una oportunidad para hablar con los reporteros.

– No hablará con los reporteros durante un tiempo. Primero le darán apoyo legal. Eso le dará a mi hombre en la policía la oportunidad que necesita para llegar hasta ella.

– ¿Qué usará?

– Cianuro -dijo Sanborne, y sonrió-. ¿No es el cianuro la píldora clásica del suicidio? Será una pena que las mujeres policías no se lo encontraran encima cuando la registraron. Sin embargo, al fin y al cabo, Dunston es médico, y tiene acceso a todo tipo de fármacos mortales.

– ¿Y qué hay del niño? Lo necesitamos muerto, maldita sea. No hay compasión para una madre que mata a su lujo. Tenemos que encontrarlos antes que la policía.

– Yo creo que ha puesto al niño a buen recaudo al darse cuenta de que ella corría peligro.

Boch guardó silencio un momento.

– ¿Jock Gavin?

– Parece lógico. Gavin era el protegido de un lord escocés llamado MacDuff. He enviado al mismo hombre que se cargó a Edmunds para que investigue el castillo y vea qué se le ocurre.

– Gavin es un experto. No será nada fácil quitarle el niño.

– Nada que valga la pena es fácil. Pero el hombre que he enviado tiene órdenes de informar antes de pasar a la acción. No queremos que un incidente internacional salpique más lodo.

– ¿A quién has mandado? ¿Lo conozco?

– Oh, sí. Lo conoces. Sol Devlin -dijo, después de una pausa.

– ¡Madre mía!

– Reconocerás que es un tipo eficaz. Al fin y al cabo, es uno de los tuyos. Estabas muy orgulloso de él cuando acabó su entrenamiento en Garwood. -Y luego añadió, con un dejo de picardía-: O quizá necesitaras un resultado exitoso después de que Royd se marchó.

– Devlin fue un éxito. Es casi perfecto, es todo lo que Royd debería haber sido.

– Es verdad. Letal y obediente. Por eso lo he guardado para un trabajo especial como éste.

– Yo quería usarlo como ejemplo para enseñar a Ben Kaffir.

– Eso para más tarde. Esto es más importante.

Boch guardó silencio un momento.

– Vale, supongo que tienes razón.

Claro que tenía razón, pensó Sanborne, con gesto amargo. Cabrón desconfiado.

– ¿Cómo piensas matar al niño?

– Con la misma arma que mató a Edmunds. Pero si esa puta ha ido a buscarlo, valdrá la pena esperar hasta que esté lo bastante cerca como para parecer sospechosa. Por eso le he dicho a Devlin que vigile y espere.

– ¿Y si no está cerca? ¿Qué pasará si la policía la detiene?

– Entonces matamos al niño y lo tiramos al mar. Así, nadie sabrá cuándo lo mataron. Además, Devlin no usó todas las muestras de ADN en la escena del crimen de Edmunds. Todo saldrá bien. -Sanborne estaba harto de defenderse de Boch-. Tengo que colgar ya.

– Espera. ¿Has recibido el análisis de los últimos resultados que nos envió Gorshank?

– No, deberían llegar en cualquier momento.

– Sin embargo, sea cual sea el resultado, no debería impedirnos seguir adelante.

Los resultados de Gorshank influirían decisivamente en su manera de proceder, pensó Sanborne, impaciente. ¿Acaso no lo entendía? Boch recurría a su habitual táctica de apisonadora, y él no tenía ganas de discutir con él en ese momento.

– Ya hablaremos de ello. Tengo que hablar con Devlin. -Sanborne pulsó una tecla para desconectar y marcó el número del móvil de Devlin-. ¿Dónde estás? -preguntó, cuando éste contestó.

– En los cerros por encima del castillo. No he visto a nadie entrar ni salir. Tengo que acercarme.

– ¿Y qué te lo impide?

– Hay una cabaña de pastores por aquí cerca. He tenido que permanecer oculto para que no me vean.

– Nada de excusas. Si tienes que acercarte, acércate.

– Si eso es lo que quiere que haga… -No había ni una pizca de docilidad en su voz. Era tranquila e inexpresiva, pero Sanborne no tenía la impresión de tratar con un zombi. Parte del programa de Garwood consistía en lograr que los sujetos se comportaran de manera normal en todos los aspectos, excepto la obediencia. Sí, Devlin era casi perfecto. Sanborne lo imaginaba en el monte, un hombre duro y fuerte, pelo rubio cortado a cepillo. Una máquina magnífica a sus órdenes. Era bastante peculiar tener tanto poder sobre un ser humano. Sanborne sentía la excitación que se apoderaba de él. El dinero estaba muy bien, pero los dólares no podían compararse con la sensación que procuraba la dominación total. Durante casi toda su vida adulta, Sanborne había tenido el poder al alcance de sus manos, pero esto era diferente, era la emoción pura-. No cometas errores, pero cumple con la tarea que te fue encomendada -ordenó, y colgó.

Sol Devlin colgó su móvil.

Cumple con la tarea que te fue encomendada.

Ya sentía el placer agitándose en su interior. Detestaba que Sanborne le restringiera ciertos movimientos, y en ocasiones intentaba deliberadamente evitarlo diciendo o haciendo algo que lo obligara a darle vía libre. La mayor parte del tiempo, Sanborne no se daba cuenta de que era el esclavo quien lo controlaba a él.

La idea lo hizo sonreír. Ignoraba si podía liberarse de Sanborne si lo intentaba. En una ocasión lo había intentado, y había sido doloroso. Demasiado doloroso cuando ni siquiera sabía si quería vivir sin el objetivo que le había dado Sanborne. Estaba bien alimentado. Tenía a su alcance mujeres y drogas.

Y disfrutaba de lo que hacía.

¿Cuánto de ello era condicionamiento? No le importaba. El placer estaba presente, y eso sí le importaba. Como este momento, cuando la expectación empezaba a agitarse en cuanto pensaba en lo que iba a hacer.

Pronto. Dentro de unas horas.

Devlin se giró para observar la cabaña de pastores, varios cientos de metros más abajo.

– Mi madre viene a verme. -Michael colgó lentamente el teléfono-. Dijo que llegaría en unas horas.

MacDuff esperaba la noticia desde la noche anterior, cuando Jock le había informado de la muerte de Edmunds.

– ¿Y cómo te sientes tú al saberlo? -preguntó MacDuff, con voz queda.

– Bien… Supongo. No quería hablar. Sonaba… preocupada.

– Tiene derecho a estar preocupada, por lo que tú y Jock me habéis contado.

Michael alzó la mirada.

– Pero ¿hay alguna otra cosa? ¿Algo que usted sabe pero que no me ha contado?

¿Debería mentirle? No, el chico había vivido episodios demasiado fuertes como para agregar el engaño.

– Sí, y no tengo intención de contártelo. Es tu madre la que tiene ese derecho.

Michael frunció el ceño.

– No quiero esperar.

– Mala suerte. -MacDuff sonrió-. No siempre consigue uno lo que quiere -Se puso de pie-. Pero yo podría ayudarte a quitártelo de la cabeza. ¿Quieres bajar a la explanada y jugar un rato al fútbol conmigo?

– No me servirá para olvidarme.

– ¿Qué te juegas? Te daré tan duro que no serás capaz ni de pensar -dijo, yendo hacia la puerta-. Venga, pasaremos a buscar a Jock al bajar y le haremos jugar de portero.

Michael vaciló.

– Me había dicho que revisara estos cajones y viera si podía encontrar unos papeles que parecen antiguos.

– Por hoy estás excusado -dijo MacDuff, que ya cruzaba la puerta-. Necesito un poco de ejercicio.

– ¿Qué hacen esas malditas ovejas en medio del camino? -preguntó Sophie, con las manos tensas sobre la falda-. Alguien debería estar cuidando de ellas.

– Es probable que el pastor esté cerca. En Escocia hay que ser tolerante -dijo Royd, mientras avanzaba lentamente entre el rebaño-. No es grave.

– Ya sé que no es grave -dijo Sophie, humedeciéndose los labios-. Supongo que estoy nerviosa. Por amor de Dios, no las atropelles.

– ¿En serio? Yo jamás habría dicho que estás nerviosa -Royd encendió los faros del coche-. Allá está el castillo de MacDuff, un poco más adelante.

El castillo se alzaba, enorme e intimidatorio, dominando el paisaje de la campiña. A Sophie le recordaba una escena inspirada en Ivanhoe.

– Entonces, acelera. Tengo que ver a Michael.

– ¿Piensas contárselo esta noche?

– No tiene sentido dejarlo para después. Tengo que ser yo quien le cuente lo de Dave. -Frunció el ceño-. No puedo tener absoluta seguridad de que no venga alguien e intente arrestarme.

– Creo que puedes estar segura de que eso no sucederá -aseguró Royd-. Por lo que Jock me ha contado, MacDuff no es alguien a quien puedas coger por sorpresa.

– Yo no estoy segura de nada… ¡Para! -Habían estado a punto de atropellar a una oveja que había vuelto a saltar al camino. Sophie bajó del coche y asustó al animal para que saliera de en medio. Luego, volvió a subir-. Tardaremos toda la noche en llegar a la puerta.

– Creo que ya está despejado -dijo Royd, acelerando con cautela-. Tendré cuidado con el rebaño.

– No es culpa tuya. Este lugar está en el culo del mundo y me extraña que MacDuff no tenga mejores…

– Alto. -Un guardia había salido de la sombra junto a las puertas del castillo. Llevaba un M16 y, cuando el coche se detuvo, los iluminó con el haz de su linterna-. ¿La señora Dunston?

– Sí -dijo ella, y se tapó los ojos para que no la deslumbrara-. Apague eso.

– Enseguida. -El hombre estaba haciendo una comprobación con una foto que tenía en la mano-. Tenía que asegurarme. Al señor no le agradan las visitas inoportunas. Me llamo James Campbell.

– ¿De dónde ha sacado la foto?

– Jock -dijo Campbell, y miró a Royd-. ¿El señor Royd?

Éste asintió con un movimiento de la cabeza.

– ¿Ahora puede apartarse para que podamos pasar?

El hombre sacudió la cabeza.

– El señor MacDuff me dijo que lo enviara a la explanada cuando llegara. Él y el chico están allá -dijo, señalando hacia la derecha-. Pueden bajar y dar la vuelta al castillo yendo hacia el acantilado.

– No me gusta esto. -Royd abrió la puerta-. Iré yo, Sophie. Tú sigue y llega hasta el castillo. No entiendo por qué MacDuff se arriesgaría a dejar que Michael ande sólo fuera del recinto.

– ¿Arriesgarse? -preguntó James Campbell, que paret a indignado-. No hay ningún riesgo. El Señor está aquí.

Era como si hubiera dicho «Superman está aquí», pensó Sophie Era evidente que aquel hombre sentía el mismo respeto que Jok por el señor de aquellas tierras. Aquella similitud era reconfortante.

– Voy contigo -dijo Sophie, y bajó del coche-. ¿Jock está con ellos?

Campbell asintió.

– Entonces llámelo y dígale que vamos hacia allá -dijo Sophie, alcanzando a Royd.

– Podrías haber dejado que yo me ocupara de esto -dijo él, en voz baja.

– Podría -dijo ella, y apuró el paso-. Pero dudo de que haya algo de lo que ocuparse. No creo que los hombres de Sanborne estén apostados en las afueras del castillo.

– Y tú quieres ver a Michael lo antes posible.

– Ya lo creo que quiero verlo -murmuró ella-. No me hago ninguna ilusión con todo esto y quisiera que acabe.

Royd guardó silencio.

– ¿Me dejarás adelantarme y asegurarme de que todo está bien?

– Estamos en esto juntos. Yo he tomado la decisión. Si es una trampa, entonces…

– Michael.

Ella era la madre de Michael. Tenía que seguir viva para protegerlo. Sophie respiró hondo y se detuvo.

– Vale, ve tú. Si no has vuelto en cinco minutos, volveré al castillo e intentaré esquivar a Campbell en la entrada.

– No es nada fácil esquivarlo. -Era Jock, que de pronto había aparecido en el sendero. Llevaba el torso desnudo y estaba bañado en sudor, pero sonreía-. Y si lo consiguieras, tendría que despedir al pobre hombre -añadió, alzando la mano a manera de saludo y frunciendo la nariz-. Hola, Sophie, te abrazaría pero mi estado es un poco asqueroso. MacDuff y Michael me han dejado hecho un trapo.

– ¿Qué dices?

– Venid conmigo -dijo.

Dio media vuelta y desapareció en la oscuridad.

Sophie frunció el ceño mientras lo seguía. ¿Hecho un trapo? ¿De qué diablos hablaba?

Y entonces doblaron una esquina del castillo y vio la explanada. Era un trozo de terreno llano flanqueado a ambos lados por rocas enormes y lisas.

Y corriendo de un lado a otro estaban Michael y un hombre alto de pelo oscuro, con el torso desnudo e igual de sudado que Jock. Tenía el pelo recogido con un pañuelo. Los dos estaban sin aliento y reían como si no tuvieran preocupación alguna en el mundo.

Sophie se quedó mirando, asombrada. No era el Michael que ella se había imaginado durante el viaje. Parecía… libre. Sintió una ola de alegría que, enseguida, fue barrida por un sentimiento de espanto, al pensar que estaba a punto de destruir esa alegría.

– ¡Mamá! -Michael había alzado la mirada y la había visto. Ya corría hacia ella.

Sophie cayó de rodillas cuando él se lanzó a abrazarla. Lo abrazó a su vez y lo apretó con fuerza. Michael olía a sal, a sudor y a jabón. Dios, cómo lo quería. Se aclaró la garganta.

– ¿Qué haces aquí fuera? ¿Estás jugando? ¿No deberías estar en la cama durmiendo?

– Te estaba esperando -dijo Michael, y retrocedió un paso-. Y al señor MacDuff no le importa. Dice que el fútbol es bueno para el alma a cualquier hora, de día o de noche.

– Me temo que no estoy de acuerdo -dijo ella, apartándole un mechón de la frente-. En cualquier caso, no tienes mal aspecto.

– Estoy bien -dijo él, mirando por encima del hombro-. Le presento a mi madre. Mamá, te presento al conde de Connaught, Señor del castillo de MacDuff. Tiene muchos otros nombres pero no puedo recordarlos todos. Supongo que tendremos que dejarlo por hoy, señor.

– Qué pena. -MacDuff se acercaba a paso tranquilo-. Encantado de conocerla, señora Dunston. Espero que haya tenido un viaje sin sobresaltos.

– Así ha sido. Hasta que nos topamos con su rebaño de ovejas por el camino.

– ¿De verdad? -preguntó él, frunciendo el ceño.

– De verdad -dijo Sophie, que se obligó a soltar a Michael-. Tengo que hablar con mi hijo a solas. ¿Nos puede dejar un momento?

– No. -MacDuff se giró hacia Royd y le tendió la mano-. ¿Usted es Royd?

– Sí. -Royd se inclinó y estrechó la mano que MacDuff le tendía.

– ¿Puede usted acompañar a Michael y a la señora Dunston de vuelta al castillo? Tengo que hablar con Jock. Le diré que llame a James para que les enseñe sus habitaciones.

– Michael y yo podemos hablar aquí -dijo Sophie.

MacDuff negó con un gesto de la cabeza.

– Para Michael este lugar ahora es especial. No quiero que quede manchado. Hable con él en algún otro sitio. -MacDuff se giró y fue hacia donde estaba Jock.

Aquel tío era un cabrón arrogante.

– ¿Manchado? -Michael la miró con un dejo de ansiedad.

Ella le puso una mano en el hombro.

– Volveremos al castillo.

– Sabía que ocurría algo malo -murmuró él-. Cuéntamelo.

– No pretendo ocultarte nada -dijo ella, con voz suave-. Pero, al parecer, no puedo hablar contigo aquí. Vamos a tu habitación -indicó, señalándole el camino-. ¿Royd?

– Iré detrás de vosotros hasta que lleguéis al castillo y sepa que estáis a salvo. Después de eso, ya no me querrás ni me necesitarás, ¿no?

Ella quería decirle que sí lo necesitaba. Se había acostumbrado a su compañía y a su fuerza durante esos últimos días, a apoyarse inconscientemente en él. Sin embargo, esto no tenía nada que ver con el vínculo que los unía. Se trataba de una cuestión entre ella y su hijo. Asintió con un gesto de la cabeza mientras caminaba por el sendero.

– No, no te necesitaré.

Royd observó a Sophie y a Michael cruzar el patio hacia la puerta principal del castillo. Sophie caminaba con la espalda muy recta, como si se preparara para un golpe. Royd ya había visto esa postura antes. Pensó que ella no había dejado de recibir golpes que la marcaban desde el momento en que lo había conocido a él, y que los aceptaba con la misma fortaleza inagotable.

Cuando la puerta se cerró a sus espaldas, Royd esperó, con los puños apretados a los lados. Dios, qué impotente se sentía. Sophie había sufrido y todavía iba a sufrir más cuando le contara a Michael lo de su padre.

Nada podía hacer él. Él era el extraño. Así que, pensó, sería mejor dominar el impulso de ir tras ellos y, en su lugar, hacer algo útil. Giró sobre sus talones y volvió hacia la puerta, donde Jock, MacDuff y Campbell, el guardia, estaban hablando. Al llegar, interrumpió la conversación.

– Vale, ¿cuál es el problema?

MacDuff alzó las cejas.

– ¿Problema?

– Las malditas ovejas. Cuando Sophie le habló de las ovejas en el camino, usted tuvo una reacción… Se nota que eso lo puso en guardia. Y enseguida quiso hablar con Jock. ¿Qué está pasando?

– Podría ser una coincidencia, ¿sabe? -dijo MacDuff-. Quizá sólo quería decirle a Jock que consolara a la señora Dunston en este momento de aflicción.

– Chorradas.

Campbell dio un paso adelante.

– Al Señor no se le habla de esa manera -dijo, con voz suave-. ¿Quiere que lo eche, Señor?

– Tranquilo, James, déjalo correr -respondió MacDuff-. Ve a buscar unos cuantos hombres y vuelve en diez minutos.

– ¿Está seguro? Para mí no representa ningún problema.

Jock soltó una risilla.

– No estés tan seguro -dijo-. Incluso a mí me daría problemas, James. -Señaló con el pulgar hacia el castillo-. Diez minutos.

Campbell se giró y cruzó la puerta a grandes zancadas.

– Las ovejas -repitió Royd.

– Díselo -sugirió Jock a MacDuff-. Si es lo que pensamos, puede que nos sea útil.

MacDuff guardó silencio un momento y luego se encogió de hombros.

– Tienes razón -convino, y alzó la mirada hacia el monte-. Las ovejas no tenían por qué estar en el camino. Esos montes son de mi propiedad pero he dejado a Steven Dermot y a su hijo cuidar de un pequeño rebaño en esas tierras. Su familia ha gozado de ese derecho desde hace generaciones. Pero Steven se cuida mucho de respetar mis derechos. Jamás he sabido que haya dejado a sus ovejas vagar libremente por mis caminos.

Royd siguió la mirada de MacDuff hacia los cerros.

– Usted compruebe lo de Dermot. Yo iré a dar una vuelta.

– ¿Ninguna pregunta? ¿Ninguna discusión sobre posibles coincidencias? -inquirió MacDuff.

– Una de las primeras reglas de mi entrenamiento es que cualquier cosa fuera de lo ordinario es sospechosa -dijo, y miró a Jock por encima del hombro-. ¿Vienes conmigo?

– Creo que tú te puedes ocupar de ello -dijo éste, con voz queda-. Yo crecí jugando en esos montes con Mark, el hijo de Steven. Iré con MacDuff a la cabaña.

Royd asintió con un gesto mudo.

– Si no encuentro a nadie, volveré para cubriros.

– Para eso tendremos a James y a varios más -dijo MacDuff-. Podría prescindir de un par de hombres para que le acompañen.

– No, se interpondrían en mi camino.

– Conocen el monte.

– Se interpondrían en mi camino -repitió Royd-. No quiero tener que ocuparme de nadie más que de mí mismo.

– Campbell y los demás no son unos inútiles -dijo MacDuff-. Han servido conmigo en los marines.

– Vale. Quédeselos -dijo, y se alejó por el camino.

¿Acaso lo observaban? Era probable. Sin embargo, estaría lejos del alcance de un rifle durante varios cientos de metros. Y luego se escabulliría entre los árboles en la falda del monte…

– Qué cabrón -murmuró MacDuff cuando se volvió hacia Jock-. Creo que estoy un poco cabreado. Más le vale que sea bueno. ¿Siempre es así?

– Es bueno -dijo Jock-. Y muy impetuoso. Puede que esté un poco más pesado que de costumbre, pero me parece haber detectado una pizca de frustración. Las cosas, al parecer, no van como él quisiera.

– ¿Y eso ocurre alguna vez?

– Sin embargo, Royd ha tenido que tratar con Sophie Dunston, y no se entienden -dijo Jock, y se encogió de hombros-. O quizá no sabe cómo manejarla. Seguro que es una ofensa a su ética de apisonadora tener que pararse y pensar en otra persona, cuando lo único que desea es llegar hasta Sanborne y Boch. -Jock miró por encima del hombro de MacDuff-. James y los demás han llegado. Vamos a ver qué pasa en la granja.

Capítulo 12

Lo estaban observando.

Royd se detuvo a junto a la sombra de un árbol y aguzó el oído.

El viento mecía las ramas. En la distancia, balaban las ovejas.

Miró hacia lo alto del cerro hasta el bosque que se perfilaba en la cima. Si había alguien ahí arriba, él se convertiría en un blanco en cuanto abandonara el resguardo de los árboles y empezara a subir.

Si es que había alguien allá arriba. No era una posición que él habría escogido. Le daría una buena visión para disparar, pero luego estaba el problema de tener que bajar el cerro, casi desprovisto de vegetación. Era mucho mejor quedarse allí, en las faldas del cerro, porque había donde cubrirse y no quedaba lejos del camino, en caso de que hubiera que salir a toda prisa.

Además, percibía a ese cabrón en la oscuridad.

Cerca. Jodidamente cerca.

¿Tenía un rifle o una pistola? Lo dudaba. Si tenía un arma, no querría usarla o ya habría intentado disparar. Royd se había movido con rapidez, avanzando en zigzag entre los árboles, pero una bala era la manera más rápida de eliminar a un enemigo. Dio un paso a un lado y luego otro, a la luz de la luna, antes de volver a ocultarse.

Ni un disparo. Nada. Puede que no quisiera disparar un arma de fuego por el ruido.

Pero seguía ahí, esperando. Así que él también esperaría. Se acercó más al árbol. Tres minutos. Cuatro minutos. Venga. Muévete. Me quedaré aquí toda la noche si es necesario, cabrón.

Ningún ruido, pero el viento… las ovejas… Pasaron otros seis minutos.

De pronto percibió apenas un ruido, a varios metros de donde se encontraba. Una especie de deslizamiento.

Las serpientes pitón se deslizaban. Pero también los hombres, cuando rozaban la rama de un árbol.

O cuando bajaban de un árbol.

Esperó. Ven a mí.

¿Cuántos minutos habían pasado desde que oyó ese roce sedoso? ¿Dos? ¿Tres?

Tiempo suficiente para que aquella víbora llegara hasta donde estaba Royd.

No te muevas. No le hagas saber que eres consciente de que te acecha.

No se oía ni siquiera el ruido de una pisada. Aquel cabrón era bueno.

Royd sintió que su nuca se tensaba.

A su espalda. Cada nervio, cada uno de sus instintos lo alertaba. Giró lentamente la cabeza. Más cerca.

Por el rabillo del ojo, tuvo un atisbo de movimiento.

– ¡Ahora!

Cayó al suelo e hizo girar las piernas en un movimiento de barrido contra las piernas del hombre a sólo un metro de distancia. Y lo hizo caer.

Royd tuvo la impresión de que era un tipo robusto y de baja estatura, justo antes de que el hijo de puta rodara hacia atrás y lanzara el cuchillo que tenía en la mano.

Royd alzó instintivamente el brazo.

El dolor.

Sintió que la hoja penetraba en el músculo de su antebrazo. De un tirón, se quitó el cuchillo y lo lanzó de vuelta. Vio que la hoja penetraba en el hombro de su atacante.

– ¿Royd? -Dios mío, el muy cabrón reía-. Sanborne no me lo dijo. Es todo un placer.

Joder, era Devlin.

Devlin inclinó la cabeza, y escuchó.

– Pero vaya, puede que tenga que ser breve. Nos interrumpen. Es una lástima -Devlin rodó por el suelo y se ocultó tras un árbol.

Royd sacó su arma y avanzó, intentando ver dónde se había metido.

Sangraba como un cerdo empalado. No había tiempo para restañar la herida.

Alcanzó a ver a Devlin corriendo cerro abajo haciendo zigzag. Apuntó y disparó.

Había fallado. Devlin volvió a ocultarse tras un árbol.

El ruido de los movimientos en el cerro que habían alertado a Devlin se acercaban. ¿Eran Jock y MacDuff?

A pesar de estar herido, Devlin se movía entre los árboles a una velocidad sorprendente.

Demasiado rápido.

La sangre brotaba de su brazo. Se desmayaría si no paraba la hemorragia. Mierda.

¿Debía volver a disparar? Ya estaba demasiado lejos.

Se detuvo y lanzó una imprecación, frustrado. De acuerdo, déjalo correr, pensó. Ya habría otra ocasión. Tratándose de Devlin, siempre habría otra ocasión.

Tenía que llamar a Jock y a MacDuff y conseguir que le curaran la herida lo antes posible. Quizá podrían ir a por Devlin.

Pero no lo alcanzarían si ya disponía de tanta ventaja. Devlin era demasiado bueno.

Ya se ocuparía de eso.

Alzó el arma que sostenía y disparó al aire. Después, presionó en un punto por encima de la herida y esperó a Jock.

– No tiene buena pinta. Debería verte un médico. -Jock había acabado el vendaje improvisado del brazo de Royd-. Has perdido bastante sangre.

– Después. Las he visto peores. -Royd se incorporó-. Tenía que parar la maldita hemorragia -explicó, mientras buscaba su teléfono móvil-. Y tengo que llamar a Sophie y cerciorarme de que se encuentra bien.

– Ella y Michael estarán bien -dijo Jock-. El castillo está vigilado como una fortaleza. Y sólo un loco se atrevería a buscarlos después de que lo has hecho huir de su escondite.

– Exactamente. -Royd marcó el número de Sophie.

Ella contestó a la tercera llamada, lo que provocó en él un profundo alivio.

– ¿Cómo está Michael?

– ¿Tú qué crees? -Sophie guardó silencio un momento-. Pero no has llamado para preguntarme cómo está mi hijo. ¿Dónde estás?

Él no contestó.

– Volveré pronto. Ha habido un problema.

– ¿Qué tipo de problema?

– Ya está resuelto. Hablaré contigo más tarde. Vuelve con Michael -ordenó, y colgó.

Sophie estaba enfadada y frustrada, y esa manera de colgar suya era la gota que colmaba el vaso. Mala suerte. No tenía tiempo para explicaciones.

– Te dije que estaría bien -dijo Jock-. MacDuff no la habría dejado si no estuviera seguro.

– Vale, vale. Me perdonarás si no tengo la misma fe en MacDuff que tú. Tenía que asegurarme.

– ¿De verdad creías que Devlin intentaría dar con ella después de lo ocurrido esta noche?

– Si pensara que tiene la más mínima oportunidad de llegar hasta donde están Michael y Sophie, se la jugaría. Le gusta caminar sobre la cuerda floja. -Royd vio que MacDuff y cinco hombres más salían del bosque-. No lo habéis alcanzado -dijo, alzando la voz-. Os dije que era una pérdida de tiempo. Es probable que tuviera un coche en las cercanías y que ya esté camino de Aberdeen.

– He llamado al magistrado y le he dado la descripción que usted me dio -dijo MacDuff-. Estarán alertas. Tenemos una posibilidad.

Royd sacudió la cabeza.

– No lo creo. Ese hombre sabe lo que hace.

– ¿Garwood? -inquirió Jock.

Royd asintió con un gesto de la cabeza.

– Uno de los mejores. O de los peores, depende de cómo se mire -dijo, y pensó un momento-. ¿Habéis ido a la cabaña?

MacDuff negó con la cabeza.

– Íbamos hacia allá cuando escuchamos los disparos. -Hizo una señal a Campbell y a los hombres a su espalda-. Volved al castillo. Ya nos ocuparemos.

– Puede que no haya nada de que ocuparse -dijo Royd-. No creo que Devlin estuviera con otro. Le gusta trabajar solo. Pero os acompañaré.

MacDuff se encogió de hombros.

– Como quiera. -Se giró y empezó a caminar nuevamente cerro arriba con sus hombres.

Jock no se movió. Se había quedado mirando fijamente a Royd.

– ¿Nada de que ocuparse? -repitió.

– En realidad, estoy equivocado -dijo Royd-. Cuando se trata de Devlin, siempre hay algo de que ocuparse.

– ¿De qué?

Dios, qué mareado estaba, pensó Royd cuando empezó a caminar detrás de MacDuff.

– De la limpieza.

Sophie apagó el móvil. Maldito Royd. Ella no necesitaba eso. Algo estaba ocurriendo y la estaban dejando de lado…

– Mamá.

Se volvió hacia la cama. Había que olvidarse de Royd. Su deber esa noche era estar junto a su hijo.

– Voy. -Dejó el teléfono sobre la mesa y cruzó la habitación hacia donde estaba Michael-. No era nada. Sólo Royd que quería saber cómo estábamos. -Sophie se metió en la cama y lo abrazó-. Ha preguntado por ti.

– Estoy bien.

No estaba bien. A Michael le había impactado la noticia como ella temía.

– Eso le he dicho.

Michael guardó silencio un momento, antes de preguntar, con un susurro de voz:

– ¿Por qué? -Las lágrimas le bañaban las mejillas-. ¿Por qué papá?

– Te lo he dicho. -Sophie procuraba no mostrar su emoción-. No estoy segura. Pero creo que está relacionado con lo que yo hago, Michael. Jamás pensé que afectaría a tu padre. Pero si quieres culparme a mí, no te lo reprocharé.

– ¿Culparte a ti? -Michael apoyó la cabeza en su hombro-. Tú sólo intentas parar a esos hombres malos. Fueron ellos -dijo, y cerró los puños con fuerza sobre la blusa de su madre-. Yo… lo quería, mamá.

– Ya lo sé.

– Me da… vergüenza. A veces, me enfadaba con él.

– ¿Te enfadabas? -preguntó ella, acariciándole el pelo-. ¿Por qué?

– Me hacía sentirme… No quería que yo estuviera cerca de él. La verdad, no quería.

– Claro que quería.

Michael negó con un gesto de la cabeza.

– Yo era un estorbo. Lo molestaba. A veces pensaba que él creía que yo estaba… loco.

– Eso no es verdad. -Sin embargo, pensó, un chico tan sensible como Michael habría percibido esas vibraciones que emitía Dave-. Y no era culpa tuya.

– Yo era un estorbo para él -repetía Michael.

– Escúchame, Michael. Cuando un hombre y una mujer tienen un hijo, es su deber estar a su lado, por muy difícil que sean las cosas. Es su trabajo. Eso es la familia. Tú hiciste todo lo que podías para superar el problema que tienes y él debería haberte ayudado. Él era el que fallaba, no tú. -Sophie lo estrechó con fuerza-. Deja de pensar en la culpa. Piensa en los buenos momentos que compartiste con él. Recuerdo que te regaló ese Hummer de juguete cuando cumpliste cinco años y los dos estuvisteis todo el día jugando. ¿Recuerdas ese día, Michael?

– Sí. -Las lágrimas seguían fluyendo, más abundantes-. ¿Estás segura de que yo no lo hice sentirse descontento?

– No, no lo hiciste. Cuando alguien muere, lo primero que nos preguntamos es si hemos sido buenos con esa persona. -Eran casi las mismas palabras que Royd había dicho esa mañana, pensó Sophie-. Pues tú eras muy bueno. Te lo puedo asegurar.

– ¿Lo dices en serio?

– En serio. -Consuelo era una palabra rara, pensó Sophie, entristecida. La noche anterior, había descansado en brazos de Royd y él le había dado consuelo. Ahora estaba tendida en la cama y consolaba a su hijo. Era como un círculo que no tenía fin. Dios, cómo quería que cesara la necesidad de ese consuelo-. ¿Intentarás dormir? No me apartaré de ti, te lo prometo.

– No tienes que quedarte -dijo él, pero la abrazó con más fuerza-. No soy un bebé. Y no quiero ser un deber para ti. No como lo era para papá.

Maldita sea, se lo había explicado todo mal.

– El deber no es algo malo. Cuando se trata de alguien a quien amas, puede ser una alegría -Lo besó en la mejilla-. Eres una alegría, Michael. Eres mi alegría. Nunca lo olvides.

Había sangre por todas partes. En el suelo, sobre la mesa, corriendo en un hilillo que fluía por debajo de la puerta cerrada al otro lado de la habitación.

MacDuff se detuvo en la entrada de la pequeña cabaña y soltó una sarta de imprecaciones.

– La limpieza -murmuró Royd, mientras miraba el caos y la sangre por encima del hombro de MacDuff.

– Cállate -dijo MacDuff, sin contemplaciones-. James, ¿cuántas personas viven aquí?

– El viejo Dermot, su mujer y su hijo. Su hijo se trajo a su pequeña de Glasgow después de divorciarse. -James tragó saliva-. Esa sangre… ¿Quiere que mire en las habitaciones?

– No, yo miraré -dijo MacDuff. Cruzó la sala y abrió la puerta. Se quedó rígido-. Dios mío.

Jock y Royd lo siguieron.

– Madre de Dios -dijo Jock, mirando la carnicería-. ¿Dermot?

– No es fácil afirmarlo -dijo MacDuff, con voz ronca-. Casi le han despedazado la cara. -Entró en la habitación-. Y no ha sido el único.

En el suelo yacía el cuerpo de una mujer. Pelo canoso, delgada, los ojos marrones mirando al vacío. Un hilillo de sangre le manaba de la boca.

– Margaret, la mujer de Dermot. -Jock apretó los labios-. Hijo de puta -Paseó la mirada por la habitación-. ¿Dónde está Mark, el hijo de Dermot? ¿Y la pequeña?

– Quizá hayan escapado. -James Campbell miraba, con el rostro pálido-. Dios, espero que hayan podido escapar.

– Buscadlos -dijo Royd-. Buscad en el resto de la cabaña y en los alrededores. Espero que estés en lo cierto, pero Devlin rara vez deja que se le escape una víctima.

– ¿Una niña? -preguntó Campbell-. Una niña no sería una…

– Buscadlos -dijo Jock.

Campbell asintió con un gesto brusco de la cabeza y salió. Jock se arrodilló junto a Dermot y miró la cara destrozada del pobre anciano.

– Esto es una salvajada. Se ve que se tomó su tiempo. ¿Es sólo un ejemplo o lo hace porque le gusta, Royd?

– Le gusta -dijo Royd-. Antes de pasar por el REM-4 ya era un asesino. Sanborne lo eligió porque creía que soportaría mejor el entrenamiento. -Se volvió hacia MacDuff, que seguía mirando el cadáver de Dermot-. Yo te lo traeré -dijo, torciendo el labio-. No -se corrigió-, lo traeré para mí mismo. Le he clavado un cuchillo y no lo olvidará. Ese cabrón desquiciado tiene muy buena memoria.

– Yo también -dijo MacDuff, entre dientes-. Y soy yo el que le cortará los cojones a ese cabrón. Dermot era uno de los míos. -Giró sobre sus talones-. Vamos a buscar a su hijo.

Se encontraron con Campbell, que venía hacia la cabaña.

– En el pozo -dijo, y tragó saliva mientras señalaba con un gesto de la cabeza hacia el pozo de piedra, a cierta distancia-. Está al otro lado del pozo.

– ¿Muerto? -preguntó MacDuff.

Campbell asintió con un gesto.

– Debe de tener unas cincuenta puñaladas en el cuerpo.

MacDuff guardó silencio un momento.

– ¿Y la pequeña?

– Creemos que está en el pozo. Hemos mirado con una linterna. -Volvió a tragar saliva-. O al menos hay trozos de ella en el fondo. Tiene que haberla… descuartizado.

MacDuff masculló una maldición y empezó a caminar hacia el pozo.

– No tiene que comprobarlo, señor. Es el hijo de Dermot -dijo Campbell, caminando deprisa detrás de él-. Yo lo conozco. No cometería un error.

– No dudo de tu palabra -objetó MacDuff-. Pero tengo que verlos.

– ¿Por qué? -preguntó Royd, cuando él y Jock lo alcanzaron-. Un muerto es un muerto, MacDuff.

– Necesito guardar el recuerdo. -MacDuff había llegado al pozo y miraba el hombre que yacía en el suelo-. El tiempo nos engaña. El odio se disipa, a menos que lo alimentemos, y el recuerdo es el mejor alimento. Puede que no lo entiendas, pero no quiero olvidar jamás lo que ese hombre, Devlin, ha hecho, aunque pasen años antes de que le ponga las manos encima.

– Vaya, entiendo -dijo Royd.

MacDuff lo miró.

– Creo que sí me entiendes. -MacDuff respiró hondo antes de iluminar el fondo del pozo con el haz de la linterna. La apagó enseguida-. Tienes razón, James -dijo, con voz ronca-, la ha descuartizado. -Buscó su teléfono móvil-. Llamaré al juez. Jock, que se quede un hombre aquí para esperarlos. Los demás bajaremos al castillo.

– Yo me quedaré -dijo Jock-. No quiero dejarlo ahora mismo. Era mi amigo. ¿Qué le digo al juez?

– Nada. Les dirás que se trata de un psicópata.-MacDuff se apartó del pozo-. No quiero que me den problemas -dijo, y empezó a bajar hacia la cabaña.

Royd lo observó mientras MacDuff daba órdenes a Campbell y a los demás para que lo siguieran.

– Es bastante impresionante -dijo-. De verdad quiere coger a Devlin.

– Por supuesto -dijo Jock-. Y no me gustaría estar en su pellejo cuando lo atrape.

Royd frunció el ceño.

– No estoy seguro de querer que MacDuff entre en escena.

– Demasiado tarde. MacDuff ahora está involucrado. Podría haberse quedado en segundo plano si sólo se tratara de proteger a Michael. Ahora que Devlin se ha cargado a los suyos, ya no puede permanecer al margen. -Jock siguió a MacDuff hacia la cabaña-. Será mejor que vuelvas al castillo y que te miren ese brazo. ¿Quieres que pida un coche?

Royd negó con un gesto de la cabeza.

– Ya bajaré solo. -Se giró y comenzó a caminar en dirección a MacDuff.

Devlin.

¿Por qué habría enviado Sanborne a ese cabrón loco hasta el castillo? Tendría que haber sabido que habría un baño de sangre.

O quizá no. Devlin siempre había sido lo bastante listo como para hacer creer a Sanborne que era él quien tenía el control. Durante esas últimas semanas en que Royd había conseguido librarse de los efectos del REM-4, había empezado a sospechar que Devlin no era el manipulado sino el manipulador. Le agradaba lo que hacía. Le gustaba la sangre y el poder de matar, eran pasiones que podía cultivar bajo la protección de Sanborne. Quizá el REM-4 hubiera tenido un efecto marginal, pero Devlin era un asesino nato.

Y ahora le habían dado la oportunidad que necesitaba para liberar su lujuria por la violencia. Michael y Sophie eran el blanco, pero eso no había sido suficiente para él. Esa familia que acababa de masacrar sólo le despertaría el apetito. Iría a por el objetivo principal, y no pararía.

Maldito seas, Sanborne.

Voces.

Sophie levantó la cabeza. Había dejado abiertas las ventanas y las voces venían del patio de abajo.

Dejó la cama sigilosamente y se acercó a la ventana. Abajo estaban MacDuff y varios hombres, y detrás venía Royd. Sintió un enorme alivio. Se había quedado despierta después de que Michael se durmiera, preocupada y maldiciéndolo por no haber llamado.

Lanzó una mirada en dirección a Michael. Estaba profundamente dormido y con el monitor conectado. Pensó que podía ausentarse un momento y se dirigió a la puerta.

Al cabo de un momento, ya bajaba por las escaleras a toda prisa y abría la puerta de entrada.

– Maldito seas, Royd. ¿Por qué diablos no…? -Se paró en seco al ver el vendaje-. ¿Qué ha ocurrido?

– Está un poco maltrecho. -MacDuff contestó-. Usted es médico, ¿no? Cúrelo -dijo, y pasó a su lado para entrar en el castillo.

Royd hizo una mueca.

– MacDuff tiene una actitud muy severa hoy. Está irritado. Puede que necesite unos cuantos puntos de sutura, pero puedo llamar al médico del pueblo.

Ella bajó las escaleras.

– ¿Cómo ha ocurrido? -preguntó, con voz temblorosa-. Puede que el médico del pueblo te sea de más ayuda. No es mi especialidad.

– Ningún problema -dijo él, que iba a pasar por su lado-. Yo mismo me ocuparé.

– ¿Cómo te has herido? -volvió a preguntar ella.

– Un cuchillo.

– Estás blanco como una sábana. ¿Cuánta sangre has perdido?

– No demasiada.

Sophie no aguantó más.

– Cómo odio a los machos que temen reconocer una pequeña debilidad -dijo, y lo empujó hacia las escaleras-. Entra y deja que le eche una mirada.

– Vale. -Royd se tambaleó antes de subir-. Nunca discuto con una mujer más fuerte que yo. Y, en este momento, eres decididamente más fuerte. ¿Eso me exime de la categoría de macho?

– Puede ser. -Sophie lo siguió y lo cogió por el codo-. Tendremos que ver lo sensato que te muestras…

Royd volvió a perder pie y se tambaleó apoyándose contra la puerta.

– Vaya, vaya…

– Por el amor de Dios. -Sophie le puso el brazo bueno alrededor de los hombros y miró a su alrededor en busca de ayuda. MacDuff y sus hombres habían desaparecido-. No puedo quedarme aquí. Tengo que volver junto a Michael. ¿Podrás subir las escaleras si te ayudo?

– Ningún problema.

– Hay un problema -dijo ella, y comenzó a subir-. Reconócelo.

– Vale, hay un problema -dijo él, y avanzó lentamente-. Pero no es nada que no pueda superar.

– Será mejor que me lo digas si te vas a desmayar. No quiero que los dos nos caigamos por la escalera.

– Iré por mis propios medios. Sólo deja…

– No he dicho que quisiera dejarte solo. He dicho que me avises para que no nos caigamos los dos. No pienso dejarte solo.

– No es una decisión demasiado brillante. No tiene sentido que tú también te caigas.

– Ninguno de los dos va a… -dijo Sophie, respirando hondo-. Pero si vuelves a insultar mi inteligencia, estaré tentada de soltarte y dejar que te desangres hasta morir.

– Ya no sangro.

– Cállate. -Habían llegado al rellano. Sophie lo sujetó con fuerza y empezaron a subir el segundo tramo de escalera-. Hay una cosa que se llama saber aceptar la ayuda con dignidad.

Él guardó silencio. Cuando llegaron a lo alto de la escalera, dijo:

– Nunca aprendí a hacer eso. Cuando era niño, sabía que tenía que apañármelas solo. No recuerdo que nadie me ofreciera ayuda. Y luego, cuando me convertí en soldado, era diferente. Tenía que ser el mejor.

– ¿Y ninguno de los que estaban ahí podía pedir ayuda?

– Yo no podía.

Sí, Sophie entendió que él no sería capaz de bajar la guardia hasta ese punto. Tenía demasiadas cicatrices, y esa manera de ser atrevida e impetuosa habría rechazado a cualquiera que intentara ir más allá de esa dura capa exterior.

Dios, realmente sentía lástima por él. Nadie deseaba la simpatía ajena menos que Royd, pero ella sentía lástima por aquel chico que debía de haberse sentido profundamente solo. Quizá lástima no era la palabra. Sus propios padres la habían querido y entendido cuando ella crecía. Sólo después de ese día horrible en el lago se sintió desconcertada y sola. Incluso entonces había tenido a Michael y a Dave para protegerse de ese aislamiento. Sí, lo que ahora sentía era auténtica simpatía. Pero aquello no mitigaba sus deseos de tocarlo, de darle consuelo.

– Basta. -Royd la miraba con un deje de dureza-. Ya veo que estás preparando ese jarabe de sensiblería con que vas a todas partes. No lo quiero. Tíralo en algún otro sitio.

Ella lo miró, exasperada. Estaba herido y debilitado, pero eso no le impedía ser igual de duro y de resistente que siempre.

– Eso haré. Y no les reprocho a tus padres adoptivos que no te hayan consolado. Lo más probable es que les hubieras mordido.

– Es probable. -Royd sonreía-. Así está mejor. Así es como me gusta verte. Pero a ti no te mordería -advirtió, y luego agregó-. A menos que me lo pidas.

La sensualidad. Un momento antes, había querido consolarlo y, al siguiente, le había hecho sentir esa conciencia que era como un cosquilleo. Con todo lo que había ocurrido, Sophie había pensado que su reacción hacia él se había desvanecido. Desvió rápidamente la mirada.

– Eres incorregible -dijo. Lo hizo sentarse en un tresillo forrado de terciopelo frente a la habitación de Michael-. Quédate aquí. Tengo que echar una mirada a mi hijo. O puedes ir a la habitación de al lado, la mía, y esperar.

– Creo que esperaré aquí. -Reclinó la cabeza contra la pared y cerró los ojos-. Tómate tu tiempo.

Con los ojos cerrados parecía todavía más vulnerable, y Sophie casi olvidó sus duras palabras. Sin embargo, no debía olvidarlas. Royd no era vulnerable y ella tenía que dejar de sentir esa creciente debilidad por él.

– No te quedes dormido o te caerás del tresillo. No sé si sería capaz de levantarte.

Él sonrió sin abrir los ojos.

– Yo confiaría en ti. Y sí que podrías.

Ella abrió con cuidado la puerta de la habitación de Michael y entró. Seguía dormido. Cruzó la habitación para mirarlo de cerca. Parecía tranquilo, pero eso podía cambiar en un abrir y cerrar de ojos. Parecía tan pequeño e indefenso. Vulnerable. Hacía sólo unos minutos había pensado lo mismo de Royd, y él lo había intuido y la había rechazado cruelmente. Michael también empezaba a rechazar cualquier muestra de compasión. Él nunca sería rudo con ella, pero su respuesta había sido la misma de Royd. Michael empezaba a hacerse mayor y quería cargar con sus propios problemas.

Sin embargo, todavía no podía hacer eso. Todavía no. Ella todavía lo tenía para quererlo y protegerlo durante un tiempo.

Lo tapó con la manta, volvió hacia la puerta y la dejó entornada.

Royd entreabrió los ojos.

– ¿Todo bien?

Ella asintió en silencio.

Él se incorporó a duras penas y se alejó por el pasillo.

– Entonces, acabemos con esto de una vez. Sé que quieres volver a su lado.

– Sí, quiero.

Royd apenas se tenía en pie, pero ella no intentó ayudarlo. Royd lo conseguiría y ella no quería tocarlo en ese momento. Lo siguió y abrió la puerta.

– Pero dejaré mi puerta abierta. Así podré oírlo. -Sophie encendió la luz del techo y señaló hacia la silla al otro lado de la habitación-. Siéntate. Tendré que bajar a buscar un kit de primeros auxilios, si es que logro encontrar a MacDuff o a alguno de sus hombres.

– No creo que te cueste encontrar a MacDuff. No se habrá acostado -dijo Royd, y se dejó caer en una silla-. Tenía que ocuparse de unos asuntos.

– ¿De qué asuntos…? -Sophie calló y fue hacia la puerta-. Espero que estés preparado para hablar conmigo en cuanto acabe de ponerte los puntos de sutura. Si no, que Dios se apiade de ti porque…

– ¿Me los quitarás?

– No arruinaría mi propio trabajo. Encontraría otra manera.

– Que Dios se apiade de mí -murmuró él.

– Quiero que estés pendiente de Michael -dijo Sophie, y salió de la habitación.

– Ya está. -Sophie dio un paso atrás cuando acabó de vendar el brazo de Royd-. Es una herida fea. Creo que deberías ir a que te hagan una transfusión y que te miren los puntos.

Él negó con la cabeza.

– Es asunto tuyo -dijo ella, encogiéndose de hombros.

– Así es. Sano rápido -dijo él, y calló-. Y creo que las cosas se van a mover muy rápido a partir de ahora.

– ¿Por qué? Cuéntame. ¿Qué ha ocurrido esta noche?

– ¿Recuerdas esas ovejas que casi atropellamos esta noche? Aquello alertó a Jock y a MacDuff. Al parecer, el pastor dueño de las ovejas era un hombre muy fiable y nunca habría dejado a esas ovejas salir del corral. Teniendo en cuenta la situación, merecía la pena averiguar qué pasaba.

– ¿Y qué habéis encontrado?

– A Devlin, uno de los hombres de Sanborne. -Se miró el brazo-. En el bosque. Le herí con un cuchillo en el hombro, pero escapó. Aún así, decidí llamarte y comprobar que todo iba bien.

– Y no contarme nada -dijo ella, con la mandíbula tensa.

– No había tiempo, y tú estabas consolando a tu hijo.

– ¿Por qué no había tiempo?

Royd guardó silencio un momento.

– Tuvimos que ir a ver al pastor y su familia.

Sophie se lo quedó mirando. Royd no había tenido problemas para contarle lo del encuentro con Devlin pero, al parecer, no tenía ganas de hablar del pastor.

– ¿Y?

– Muertos. Unas muertes horribles. El pastor, su mujer, su hijo y su nieta, una pequeña de unos siete años.

Ella se sintió sacudida por el terror.

– ¿Qué?

– Lo has oído. ¿Quieres que lo repita?

– ¿Por qué? -preguntó ella, con un murmullo de voz.

Él se encogió de hombros.

– Existe la posibilidad de que el pastor se haya topado de repente con Devlin y que éste lo matara para evitar que revelara su escondite -dijo, y apretó los labios-. Pero no, yo creo que a Devlin se le presentó la oportunidad y la aprovechó. Es un hijo de puta sediento de sangre. Un solo niño no habría sido suficiente para él, así que fue a por el blanco más grande.

– ¿Y tú crees que podría haber venido directamente hasta el castillo?

– En realidad, no. Pero Devlin tiene una tolerancia al dolor muy alta, y simplemente tenía que cerciorarme -dijo él, con voz seca-. Tenía que escuchar tu voz. Tenía una idea de lo que iba a encontrar en esa cabaña. No quería tener que pensar en ti cuando mirara lo que Devlin había hecho. Sabía que me iba a afectar.

Ella lo miró con los ojos muy abiertos.

– Por supuesto que te iba a afectar.

Él sacudió la cabeza.

– No habría tenido tanto efecto si hubiera ocurrido en los meses que siguieron a mi huida de Garwood. En aquel entonces, era como si, en lugar de emociones, tuviera callos. No sentía nada. -Hizo una mueca-. Era uno de los efectos secundarios del REM-4. Duraba mucho tiempo.

– Dios mío.

Él sacudió la cabeza.

– Ya estás de nuevo sudando culpa. Debería haberlo sabido. Para alguien como tú, eso sería casi tan terrible como el control de las mentes. Si te hace sentirte mejor, lo que he visto allá arriba en la cabaña me ha destrozado. La pequeña… -dijo Royd. Calló y tragó saliva-. Sí, la verdad es que he sentido muchas cosas allá arriba, en la cabaña.

– A mí no me hace sentirme mejor -dijo ella, con voz temblorosa-. No quiero que sufras. No quiero que nadie sufra. Esa pobre gente… -Respiró hondo-. Ahora entiendo por qué MacDuff ha sido tan seco conmigo. Debe de creer que yo soy la responsable.

– Quizá. Tendrás que preguntarle por la mañana. Sé que está furioso y que piensa ir en busca de Devlin. Si yo no doy con él antes. -Al ver su expresión, agregó-: No me despistará. No tendré que ir a buscarlo. Él me buscará a mí. A Devlin no le gusta que le hagan daño, y yo le he clavado un cuchillo en el hombro. Aunque Sanborne le diga que lo deje, me seguirá el rastro.

– Qué consuelo.

– Sí, es verdad. Me simplificará las cosas -dijo, y se incorporó a duras penas-. ¿Sabes dónde se supone que tengo que dormir en este museo?

– En una habitación dos puertas más allá. Te ayudaré… -dijo Sophie, y calló enseguida-. Lo olvidaba. Ve tu solo. Si te desmayas en el pasillo, pasaré por encima de ti cuando baje a desayunar mañana.

– Me contento con que no me pises -dijo él, y fue hacia el pasillo-. Si tú y Michael me necesitáis, llámame.

– Quieres decir, si necesitamos ayuda.

– Touché. -Royd se detuvo en la puerta-. ¿Quieres desvestirme y mantenerme en la cama? Te dejaré hacerlo.

– No, no quiero. Ya tuviste tu oportunidad.

– Cobarde. No importa. Esta noche no estoy del todo en plenas facultades.

Sophie lo observó salir a paso lento de la habitación. Se sintió tentada de ir tras él. Seguro que le dolía y estaba más indefenso de lo que fingía estar. Se había mostrado más abierto que nunca con ella y, sin duda, aquello era consecuencia del dolor y del estado de shock. Era probable que esa noche, mientras estaba en la cabaña, Royd hubiera deseado que las emociones le fueran tan ajenas como en los tiempos del REM-4.

Un pequeño efecto secundario, había dicho. Otro horror al que tenía que enfrentarse. ¿Qué otros efectos secundarios había tenido el REM-4 en los hombres que habían pasado por Garwood?

Una cosa a la vez. No podía funcionar si se hacía la vida imposible pensando en Garwood. Tenía que seguir. Tenía que proteger a su hijo y destruir a Sanborne y a Boch.

Y tendría que enfrentarse a MacDuff por la mañana y escucharlo mientras él le decía que cogiera a su hijo y se lo llevara lejos de su castillo y de su vida. Después del horror cometido contra la gente que él amaba, no podía haber otro desenlace.

Ya pensarás en ello mañana, pensó, cansada. Por ahora, se quedaría con Michael y se aseguraría de que sus propios horrores no volvieran a visitarlo esa noche.

Capítulo 13

– ¿Puedo hablar con usted?

MacDuff levantó la vista de su mesa y se incorporó.

– No tengo demasiado tiempo, señora Dunston. El magistrado vendrá con unos hombres de Scotland Yard en menos de una hora.

– No me llevará mucho tiempo. -Sophie entró en la biblioteca-. Tenemos que hablar.

– Absolutamente. Pensaba hablar con usted después. ¿Cómo está el niño?

– Nada fuera de lo normal. No podía esperarme que todo fuera bien. Sólo lo he visto unos momentos antes de que fuera a ducharse, pero parece algo mejor que anoche. Y anoche no tuvo terrores nocturnos. Esperaba lo contrario.

– Sólo ha tenido uno desde que llegó. Quizá los supere porque empieza a madurar.

Ella negó con la cabeza.

– No, pero está mejorando.

– Siéntese y deje de dar vueltas -dijo MacDuff-. Estoy muerto de cansancio, he tenido una noche infernal y mi buena educación me impide sentarme hasta que usted me lo permita. Es la cruz que llevo por haber sido criado para administrar este trozo de piedra.

Ella se sentó donde él le señalaba.

– Es un trozo de piedra magnífico y sorprendentemente cómodo.

– En eso estamos de acuerdo. Es el motivo por el que sigo luchando para impedir que el National Trust se haga con él. ¿Café?-No esperó a que Sophie le contestara y le sirvió una taza de la cafetera y se lo pasó-. ¿Leche?

Ella dijo que no con la cabeza.

– Es usted muy amable conmigo. Esperaba más bien que estuviera enfadado.

– Estoy enfadado. Tengo una furia asesina -dijo MacDuff, y se reclinó en su silla-. Pero no contra usted. Yo acepté a Michael y yo soy el responsable de las consecuencias. Sin embargo, esperaba que cualquier ataque me tendría a mí como objetivo, no a mi gente. La carnicería que vimos anoche no tiene sentido.

Sophie se estremeció.

– Es verdad -dijo-. Royd me dijo que fue horrible. Yo esperaba que usted nos pusiera a Michael y a mí de patitas en la calle.

– ¿Y dejar que ese hijo de perra de Sanborne crea que ha ganado aunque sea una pequeña batalla? ¿Que puede enviar a sus asesinos contra nosotros e intimidarme para que le entregue a Michael y él pueda usarlo contra usted? -Los ojos de MacDuff brillaban con la intensidad de su rabia-. Les protegeré a los dos aunque no sea más que para contrariarlo.

– Es probable que tengamos que irnos de todos modos. Puede que la policía venga a hacerle una visita si descubren que he mandado a Michael aquí -dijo, y se le torcieron los labios en una media sonrisa-. Quizá crean que estoy lo bastante loca como para hacerle daño a mi propio hijo.

– Procuraré mantener a raya a Scotland Yard -dijo MacDuff, frunciendo el ceño-. Sin embargo, estoy un poco preocupado. No me sentiré tranquilo si dejo a Michael cuando me ausente de mis tierras.

Sophie se puso tensa.

– ¿Piensa marcharse?

– ¿Por qué le sorprende? Devlin ha matado a los míos. No puedo dejar que se salga con la suya -dijo, con el ceño fruncido-. No se preocupe. Me encargaré de que el niño quede bien protegido.

– Acaba de decir que pensaba que no podía hacer eso.

– He dicho que no estaré seguro a menos que se ocupe de él la persona adecuada. Estoy trabajando en ello.

– No tiene que trabajar en ello. Yo soy la responsable de Michael. Soy yo la que tiene que preocuparse de que nadie le haga daño -afirmó, y se incorporó-. Usted haga lo que tiene que hacer. Yo cuidaré de mi hijo.

– No, no lo hará.

Ella lo miró con expresión de incredulidad.

– ¿Qué ha dicho?

– Puede que los necesite, a usted y a Royd. Usted está metida hasta el cuello en esta desgracia y tiene información y una visión que yo no tengo. No puedo dejarla ocupada sólo de lo que le ocurra a su hijo y que eso le impida actuar.

– Dios mío -Sophie sacudió la cabeza-. Es usted tan implacable como Royd.

– ¿Quiere decir egoísta? Diablos, claro que sí. Protegería al niño de todos modos, pero si impedir que usted cometa un error me ayuda a conseguir lo que quiero, puede estar segura de que lo impediré. -Le hizo un gesto con la mano-. Vaya usted a ver a Michael y a Royd. Yo tengo que ocuparme de unos asuntos con el juez y el inspector de Scotland Yard que investigan la muerte de Dermot. Intente no dejarse ver. No quiero que se enteren de que hay extranjeros en el castillo.

– Yo tampoco -dijo ella, con voz seca-. Es probable que también me vieran como sospechosa del asesinato. -Sophie cerró la puerta y se alejó por el pasillo.

No sabía que debía esperarse de MacDuff, pero él no paraba de sorprenderla. Arrogante y contundente en ciertos momentos, y carismático al momento siguiente. Lo único que de verdad había observado en él era que había que tenerlo en cuenta, y que ella tendría que estar alerta para no ser barrida a su paso.

– Estás frunciendo el ceño.

Alzó la mirada y vio a Jock en la puerta. Sonreía vagamente, aunque la sonrisa no le llegaba a los ojos. Parecía cansado y triste. ¿Por qué no habría de ser así?, se dijo, con un sentimiento de compasión. Se había pasado la noche velando a sus muertos.

– ¿Acabas de volver?

Él asintió con un gesto de la cabeza.

– Tuve que quedarme hasta que llegó el inspector de Scotland Yard. El juez de la localidad no quiso dejarme marchar. -Hizo una mueca-. A pesar de que se pasó la mitad de la noche hablando con MacDuff para hacerle jurar que mi coartada era cierta.

– No tendrías por qué haberte quedado tú. Con tus antecedentes, era lógico que…

– Lo sé. A MacDuff tampoco lo gustó la idea. Pero Mark Dermot era mi amigo -dijo Jock, y enseguida cambió de tema-. ¿Por qué fruncías el ceño? Te he visto salir de la biblioteca.

– Entonces sabrás por qué estoy molesta. Tu MacDuff es un hombre muy arrogante. Le he dicho que es igual a Royd.

– Hay ciertas similitudes. Los dos son implacables y obsesivos. ¿Qué ha hecho MacDuff para contrariarte?

– Vino a decirme que, me guste o no me guste, él se ocupará de Michael porque yo soy demasiado útil para quedarme haciendo de madre.

– Supongo que estará cansado -dijo Jock, con una risilla-. Normalmente, es más diplomático. Cuando se lo propone, MacDuff puede ser el hombre más encantador del mundo.

– Eso quiere decir que esta mañana no se lo ha propuesto. Me dijo que me fuera por ahí y que no me dejara ver, que hablaría conmigo más tarde.

– ¿Y piensas hacerle caso?

– Claro que no. -Sophie suspiró con expresión de cansancio-. Vale, no me dejaré ver. Si no, me estaría portando como una estúpida. No quiero tener a Scotland Yard siguiéndome los pasos, pero tampoco pienso dejar que él me diga lo que tengo que hacer. Yo soy la que debe tomar las decisiones -dijo, sacudiendo la cabeza-. Aunque sólo Dios sabe que estos últimos días he sido más zarandeada que un marinero borracho en un huracán.

– MacDuff se ha portado muy bien con Michael, Sophie -le recordó Jock, con voz queda.

– Eso ya lo veo. No todos los niños tienen un lord con quien jugar al fútbol. Y Michael mencionó algo acerca de la búsqueda de un tesoro. ¿Se lo ha inventado MacDuff para entretenerlo?

Jock se encogió de hombros.

– Hay algunas historias. En cualquier caso, impidió que Michael se aburriera. No es más que un niño pequeño lejos de casa.

– Y yo estoy agradecida. Pero no lo bastante como para dejar que MacDuff me pase por encima.

– Hablaré con él.

– Como quieras -dijo ella, y empezó a subir las escaleras-. Tengo que ir a ver a Royd. Estaba muy débil. No debería haber caminado hasta el castillo anoche.

– Le ofrecí traerlo en coche.

– No estoy culpando a nadie. Si alguien tiene la culpa, es él -dijo, mirando por encima del hombro-. Es tan obcecado que se cree Superman.

– No has hecho gala de demasiado tacto -dijo Jock. Acababa de entrar en la biblioteca de MacDuff-. Y a Sophie no le gusta que le digan lo que tiene que hacer. Tendrás suerte si no coge a Michael y se marcha de sopetón.

MacDuff alzó la mirada.

– Estaba demasiado alterado para conducirme con tacto. Tuve que decirle lo que pensaba y que no se dejara ver hasta que Scotland Yard se vaya. ¿Ya están en camino?

– Llegarán en quince minutos. El inspector se llama MacTavish y es un hombre agradable -dijo Jock, y su sonrisa se desvaneció-. Cuando no me está acusando a mí de la masacre. Me obligó a mirar cuando sacaron a la pequeña del pozo. Creo que quería ver mi reacción.

MacDuff masculló una maldición.

– Cuando dijiste que vendrían los de Scotland Yard, te advertí que no eras el más indicado para quedarse.

– Mark era mi amigo. -Jock guardó silencio un momento-. ¿Cuándo saldremos a buscar a Devlin?

– Pronto. Primero tengo que ocuparme de esto -agregó, con voz sombría-. Y convencer a Scotland Yard de que no has vuelto a las andadas ni has perdido la chaveta.

– Ella no te esperará -dijo Jock-. A menos que consigas que Royd intervenga. Al parecer, Sophie lo ha aceptado.

– Entonces, hablaré con Royd -dijo MacDuff, y se incorporó-. Luego saldré y me reuniré con el inspector en el patio. Necesito respirar aire fresco. Y tú, no te cruces en su camino. No quiero que te vea más de lo que ya te ha visto.

– Si no lo ves, no piensas en él.

– Lo que sea. -MacDuff fue hacia la puerta-. Sólo que no quiero que te vea por ahí.

– Entonces saldré obedientemente e iré a esconderme con el resto de los fugitivos de la justicia. ¿Alguna otra orden?

– ¿Obedientemente? Tú no tienes ni idea del significado de esa palabra -dijo MacDuff, y se detuvo en el umbral-. Sí, hay una cosa que puedes hacer por mí.

– A vuestro servicio.

– Llama a Jane MacGuire y averigua dónde está. Pregunta si estará disponible esta tarde para que yo la llame.

– ¿Por qué no la llamas tú mismo?

– No estará mal que tú allanes el camino. Siempre te ha apreciado y sabe que no eres una amenaza para ella.

– No, nunca me ha considerado una amenaza, incluso cuando podría haberlo sido. Es increíble. -Inclinó la cabeza a un lado-. ¿Y crees que a ti te considera una amenaza?

– Es posible. Tú, llámala.

Michael no estaba en su habitación.

– ¿Qué diablos?

Le había dicho que la esperara.

– Michael está bien.

Se giró y vio a Royd en el vano de la puerta.

– Te espera en mi habitación. Vine a ver cómo estaba y pensé que preferirías que estuviera acompañado. Así que le pedí que me ayudara a cambiarme el vendaje. Le ha servido para distraerse.

– Sí, así es. Gracias. -Sophie se lo quedó mirando-. Estás un poco pálido pero mejor que anoche. ¿Has dormido bien?

– Lo suficiente. ¿Por qué no bajamos y buscamos algo para comer?

– Todavía no. En estos momentos, MacDuff recibe la visita de un inspector de Scotland Yard. Quiere que nos mantengamos apartados hasta que se vaya.

– Ya que la alternativa podría ser un desastre, le haremos caso, ¿no? ¿Ya has hablado con MacDuff?

Ella asintió con un gesto.

– Tenías razón. Tiene la intención de ir tras Devlin y quiere usarnos a nosotros para encontrarlo. No, eso no es lo bastante claro. Tiene toda la intención de utilizarnos. Y cree que quizá Michael no esté seguro aquí si él se marcha. Ha pensado en elaborar otro plan.

– ¿Y eso te molesta? ¿Por qué?

– No me importaría que alguien se ocupara de la seguridad de Michael. Pero me molesta que a MacDuff le importe un rábano mi opinión sobre cómo hacerlo.

– Seguro que lo harás cambiar de actitud -dijo él, haciendo una mueca-. Como cambiaste la mía.

– No tenemos demasiado tiempo. Yo esperaba contar con MacDuff un tiempo más. ¿Crees que el objetivo original de Devlin consistía en matar a Michael? -preguntó, al cabo de un momento-, ¿o era una trampa para mí?

– Podría haber sido cualquiera de las dos, o las dos.

– Maldita sea. Entonces, ¿cómo diablos voy a…?

– Hay algo que deberías saber. He recibido una llamada de Kelly esta mañana.

– ¿Y? -preguntó Sophie, tensa.

– Le había dicho que vigilara el barco. Ha zarpado esta noche.

– ¿Qué? Pero si habías dicho que no habían acabado de desmontar las instalaciones.

– Es evidente que se han llevado todo lo que necesitaban y han dejado el resto.

– Maldita sea. ¿Y cómo…?

– Calma. Kelly se ocupará de ello. Ha alquilado una lancha y ha alcanzado al barco antes de que saliera del canal. Intentará no perderlo de vista, procurando que no lo vean a él. Se dirigen hacia el sur.

– ¿Y Sanborne?

Royd se encogió de hombros.

– Kelly sólo puede estar en un único lugar a la vez. Pero si podemos seguir el rastro del barco, lo más probable es que Sanborne y Boch se encuentren con él cuando llegue a su destino.

– ¿Y si eso no ocurre?

– Entonces nos preocuparemos de seguirles la pista. O yo me ocuparé. Ahora mismo voy a reunirme con Kelly, pero tú no tienes que venir. Si prefieres quedarte con Michael y…

– Calla. Sabes que tengo que ir. -Y, sin embargo, tenía que proteger a Michael-. Además, me has dicho que quizá me necesites. ¿Por qué has decidido de repente que soy prescindible?

– Nadie es prescindible. Toda mi vida me las he arreglado sin ti. Podrías haber sido una ayuda, pero no me servirás de nada si piensas constantemente en tu hijo. Así que mantente alejada de mí.

– Eso sí que es agradable. Debes de ser el más… -dijo Sophie, y paró cuando se percató de su expresión ceñuda-. Dios mío, me da la impresión de que intentas protegerme. Qué raro.

– No tiene nada de raro. Te dije que te protegería si podía.

– Y luego me lanzaste a la hoguera en cada oportunidad que se presentaba.

– No tenía que hacerlo. Sólo tenía que darte la oportunidad. Tú te lanzabas sola -dijo Royd, encogiéndose de hombros-. Y ahora eso ha dejado de ser una opción. Tienes que hacer lo que tienes que hacer.

– Y eso haré. Así que cállate. La nobleza o la amabilidad no se te dan demasiado bien, Royd. Eres mucho más convincente cuando eres basto y cruel. -Sophie se acercó a la ventana y miró hacia el patio-. Hay un coche aparcado allí abajo. Debe de ser el inspector. Todavía no podemos bajar. -Se giró y hurgó en su bolso-. Así que puedo aprovechar para mirar la copia de aquel CD que encontramos en la fábrica. Lo pondré en mi portátil. ¿Te quedarás con Michael mientras hago eso?

– Quiero verlo.

– Te contaré qué hay dentro. Puede que no sea nada.

– Si estaba en esa caja de seguridad, debe de tener algún valor.

– ¿Puedo ayudar en algo? -Se giraron y vieron a Jock en la puerta, mirando a uno y a otro-. ¿Es idea mía o detecto cierta fricción en el ambiente?

– Sí, puedes ayudar -convino Royd-. ¿Puedes ir a mi habitación y distraer a Michael mientras nosotros hacemos una pequeña investigación?

– Claro. -Jock iba a dar media vuelta-. No pasará mucho rato antes de que lo lleve a la explanada. A Michael le gusta ir allí. El inspector estará a punto de acabar con el dueño del castillo. MacDuff es un hombre importante, y hasta en Scotland Yard lo tratan con cierta deferencia.

– Espera -dijo Sophie-. ¿Por qué has venido?

– Para apaciguar las aguas turbulentas. No se trata de ti y Royd. He hablado con MacDuff y me ha dicho que es consciente de que no ha actuado con demasiado tacto. Es verdad que quiere lo mejor para ti y el niño, Sophie. Está haciendo todo lo posible para encontrar una solución.

– Para tener las manos libres e ir a matar a Devlin.

Jock sonrió.

– Oh, espero que no -dijo, con voz amable-. Espero que eso me lo deje a mí. Tengo algunas ideas maravillosas y muy detalladas -advirtió, y salió de la habitación.

Sophie se estremeció cuando lo miró alejarse. Bello como la aurora y letal como una víbora. No estaba acostumbrada a ver ese aspecto de Jock.

– Dios mío.

– Tú no viste a esa pequeña en el pozo -dijo Royd, con voz queda.

Ella asintió con un movimiento enérgico de la cabeza.

– Sólo que me… ha sorprendido. -Se giró, fue hasta su bolsa de viaje y sacó el portátil-. Tengo que ponerme manos a la obra. No puedo dejar a Michael mucho rato cuando está tan alterado. -Se sentó en la cama, abrió el portátil e insertó el CD-. Veamos qué tenemos aquí.

– Números -murmuró Royd.

– Fórmulas -corrigió ella, distraída. De pronto, se puso tensa-. El REM-4.

– ¿Qué?

– No es mi fórmula, pero ha sido usada como base.

– Sabías que eso había ocurrido.

– Pero no de esta manera -dijo ella, que seguía con los ojos fijos en la pantalla-. Esto es diferente.

– ¿Cómo de diferente?

– Todavía no lo sé -dijo ella, y pulsó una tecla para ver la página siguiente-. Pero esto no me gusta. Vete. Tardaré un rato con esto.

– ¿Puedo hacer algo?

– Vete -repitió ella, y volvió a pasar la página. No había más que fórmulas. Fórmulas complejas e intrincadas. El que había hecho ese trabajo era alguien brillante.

– ¿Cuánto tardarás?

Ella sacudió la cabeza.

– Vale, volveré en un par de horas.

Royd dijo algo más, pero ella no lo oyó. Estaba demasiado absorta en las ecuaciones. Empezaba a ver un patrón…

MacDuff llamó a Jane MacGuire al final de esa tarde. Ella contestó al segundo timbrazo.

– ¿Qué te traes entre manos, MacDuff? No tienes por costumbre pedirle a Jock que me llame y sirva de intermediario.

– Tenía que estar seguro de que estarías disponible. Tenía que hablar contigo.

Jane guardó silencio un momento.

– Chorradas. Yo creo que querías que hablara con Jock acerca de los viejos tiempos.

– Yo podría hacer eso contigo -dijo él, con voz suave-. Son recuerdos que compartimos.

– Pero en mi relación con Jock no hay asperezas.

– Te he dado tiempo más que suficiente para limar esas asperezas. Sólo te he llamado dos veces en todo ese tiempo. Y puedo decirte que ganas no me faltaban, Jane.

– ¿Qué quieres, MacDuff?

– ¿Cómo está tu querida Eve Duncan?

– Nada de sarcasmos. Está maravillosamente.

– No era mi intención ser sarcástico. Sabes que la admiro. ¿Cómo está?

– Trabajando hasta el agotamiento, como de costumbre. La han llamado para que dé un curso en una facultad de medicina, en Washington.

– ¿Y Joe? ¿Está con ella?

– No, está aquí. -Tras una pausa, Jane volvió a preguntar-: ¿Qué quieres, MacDuff?

– Un pequeño favor. Un poco de tu tiempo.

– Estoy muy ocupada. Tengo una exposición de mis cuadros dentro de un mes.

– Ah, pero estoy seguro de que tienes un tiempo para la familia.

– Yo no soy familia tuya.

– Eso no lo discutiremos. Familia o no, sé que tienes un corazón enorme y que no querrías que nada le ocurriera a un niño inocente.

– MacDuff.

– Te necesito, Jane. ¿Vas a escucharme?

– No dejaré que me manipules.

– Se trata de un niño, Jane.

Siguió un silencio.

– Maldito seas -dijo ella, con un suspiro-. Cuéntame.

Sophie tenía las palmas de las manos húmedas. Respira hondo, se dijo.

Era la tercera vez que revisaba las fórmulas para asegurarse de que no había cometido errores. Había deseado, contra toda esperanza, haberse equivocado. Pero no se había equivocado. Las pocas y escuetas líneas al final del documento lo decían con todas sus letras, pero ella no había querido creerlo.

Sacó el CD del portátil y lo devolvió a su funda.

Levántate. Ve a decírselo a Royd. Había vuelto tres veces durante el día y ella lo había ignorado. Ahora deseaba compartir la pesadilla con alguien.

Fue al cuarto de baño y se lavó la cara. Se sintió un poco mejor.

– ¿Una toalla? -Era Royd, que miraba desde el vano de la puerta, tendiéndole una toalla.

– Gracias. -Empezó a secarse la cara.

Royd le pasó una taza de café caliente.

– Has dejado que se enfriara la cafetera que te he traído. Creo que ahora esto te vendrá bien.

– Sí. -El café era fuerte y estaba caliente cuando lo probó-. ¿Dónde está Michael?

– Acabo de dejarlo. Jock y yo hemos hecho turnos para estar con él. Ahora están en la explanada.

– Tengo que explicarle por qué no he podido estar con él.

– Después de que me hayas explicado unas cuantas cosas -advirtió Royd-. Y lo primero es saber por qué estás pálida y temblando como si tuvieras malaria.

– No estoy temblando. -En realidad, se dio cuenta de que sí temblaba. No podía ir a ver a Michael en ese estado. Y quería hablar con Royd-. Estoy alterada. -Volvió a la habitación y se dejó caer sobre la cama-. Lo he verificado tres veces, Royd. Es verdad.

– ¿Qué es verdad?

– Sanborne ha dado un paso más después de Garwood. Contrató a un científico para que ampliara la capacidad del REM-4.

– ¿Ampliar la capacidad?

– El REM-4 sólo se podía producir en pequeñas cantidades. Era uno de los problemas en que yo estaba trabajando. Se calculaba que sería muy caro para producirlo masivamente y destinarlo al consumo general.

– ¿Y el científico de Sanborne ha conseguido remediar ese problema?

– Ha aumentado enormemente la potencia, de manera que podría ser disuelto en agua y conservar sus propiedades.

– ¿En agua? -inquirió Royd. Tenía la vista fija en su cara-. ¿En un vaso de agua?

Ella sacudió la cabeza.

– O en una cuba. ¿Recuerdas que aquel chófer mencionó que iban a cargar unas cubas en el barco?

– Sigue -dijo él, después de asentir con la cabeza.

– Hay unas cuantas líneas al final de la fórmula. A pesar de que había serios problemas, las pruebas iniciales prometen. Gorshank asegura que en la isla el experimento será un éxito.

– ¿Una isla? ¿Buscamos una isla?

– Al parecer, sí.

– ¿Tenemos un nombre para este Gorshank?

Ella dijo que no con un gesto silencioso.

– Debe de ser uno de los científicos que trabajan para Sanborne, pero nunca he oído hablar de él.

– ¿Y el experimento?

– ¿Por qué necesitaría Sanborne todas esas cubas con REM-4? -preguntó Sophie, y se humedeció los labios-. Ya no se trata de un experimento controlado y limitado.

– ¿A qué te refieres?

– Piensan vaciar esas cubas en alguna fuente de la isla y ver qué pasa.

Royd asintió.

– Tiene sentido.

– ¿Cómo puedes estar tan tranquilo? Sanborne pretende convertir a los habitantes de esa isla en un puñado de zombis.

– Y luego vender la fórmula al mejor postor para que la vacíe en nuestras plantas depuradoras -dijo Royd-. Es muy feo.

– Yo no había ido tan lejos -dijo Sophie-. No quería ir más allá del desastre en la isla. -Sin embargo, el pensamiento le había rondado, pensó-. Está en fase experimental. Podría matar a muchas personas.

– O volverlas tan dóciles hasta el punto de dejar que cualquier grupo terrorista los controle.

– Tenemos que detenerlos.

– Así es. -Royd fue hacia la puerta-. Sin embargo, tenemos un punto de partida. Gorshank. Nos costará llegar hasta Sanborne o Boch, pero podemos echarle el guante a Gorshank.

– Si sabemos quién es o dónde está. -Sophie lo siguió por el pasillo-. Tú tienes contactos. ¿No puedes averiguarlo?

– Puedo intentarlo. Pero tenemos que movernos rápido. Tenemos que conseguir toda la ayuda que podamos. -Miró por encima del hombro-. Voy a llamar a MacDuff. Lo siento si todavía estás enfadada con él. He hablado con Jock y me ha dicho que MacDuff puede recurrir a fuentes a las que yo no podría llegar. Tiene contactos en todas partes, desde el Parlamento del Reino Unido hasta la policía de Estados Unidos.

– No lo discuto. -Hizo una mueca-. Aunque no creo que la policía vaya a prestarle atención a nadie si tiene que ver conmigo. Dejaré que MacDuff haga lo que quiera para parar a Sanborne. Las diferencias que hemos tenido son a propósito de Michael.

– Eso queda entre vosotros dos -dijo Royd, y empezó a bajar las escaleras-. Dejaré que tú misma libres esa batalla.

– Gracias. -Su tono era irónico-. Eres demasiado amable.

– Eso es lo que quieres de mí, ¿no? -preguntó él, con voz seca-. No quieres que vaya y me cruce en tu camino. Predicas mucho y dices que es bueno que las personas se ayuden, pero eres tan mala en eso como yo. Te han herido tan profundamente que crees que yo haré lo mismo. Pues puede que te haga daño, pero no si puedo impedirlo. Y mataré a cualquiera que se atreva a hacerte daño. Maldita sea, sí, mataría por ti. Te guste o no te guste.

Ella se detuvo para mirarlo, desconcertada por aquel brote de sinceridad.

– ¿Demasiado fuerte para ti? -Royd apartó la mirada y siguió escaleras abajo-. Mala suerte, tendrás que tragártelo. Tenía que decirlo. He sido jodidamente diplomático, y se me empezaba a pegar en la garganta.

– ¿Diplomático? ¿Tú?

– Claro que sí -dijo él, ceñudo-. Y si pretendes venir a ver a MacDuff conmigo, te sugiero que lo hagas ya. -Se dirigió hacia el pasillo que conducía a la biblioteca.

Ella siguió bajando lentamente. Que tío más rudo y mandón. Debería estar enfadada. Royd había tenido una actitud desagradable y crítica, y hasta amenazante.

Pero la amenaza no era contra ella. Dios, había ofrecido matar por ella.

Y lo decía en serio.

– Date prisa -dijo Royd, mirando hacia atrás.

Ella obedeció instintivamente. Royd tenía razón. Tenían que explicar aquel desastre a MacDuff y ver si él podía ayudarlos. No era el momento indicado para pensar en el enigma que era Matt Royd.

– Gorshank -repitió MacDuff-. ¿Ninguna inicial? ¿Ningún nombre?

– Sólo el apellido -dijo Sophie-. Esta tarde he intentado buscar Gorshank en Internet en diversas universidades y organizaciones científicas. Nada.

– ¿Es posible que se trate de un científico de Estados Unidos? -preguntó MacDuff.

Ella asintió.

– Es posible. Pero también he comprobado las organizaciones internacionales. No hay ningún Gorshank.

– Hay muchos científicos del este de Europa que trabajaban en el bloque soviético en algunos proyectos muy peligrosos. No se les solía estimular para que se dieran a conocer como científicos ni para que dieran a conocer sus trabajos -explicó Royd-. Después del colapso del régimen, se instalaron por todo el mundo.

– Si él forma parte de ese grupo, estará en la lista de alguien -dijo MacDuff-. Es probable que en la CIA o en el Departamento de Estado. Conozco a unas cuantas personas. Veré qué puedo hacer.

– ¿Cuánto tardarás?

Él se encogió de hombros.

– Eso me gustaría saber a mí. Aunque lo identifiquen, puede que no lo encuentren. Quizá ya haya viajado a esa isla.

– Esperemos que Sanborne no lo necesite antes de que lleguen -dijo Sophie-. Son muy cautelosos con la fórmula del REM-4 y no querrán correr el riesgo de que un científico que conoce la fórmula sea reclutado por uno de sus clientes.

– Esperanza es la palabra -dijo MacDuff-. Me pondré a ello de inmediato. No…

Lo interrumpió el teléfono de Royd.

– Perdón -dijo éste, y pulsó una tecla-. Royd. -Se quedó escuchando-. Mierda. No, ya sé que no podías evitarlo. No pierdas la esperanza. Llámame cuando llegues a puerto. -Colgó-. Kelly ha perdido al Constanza.

– No -murmuró Sophie.

– Se vio atrapado en una tormenta. Tiene suerte de haber salvado el pellejo. Pero no había manera de conocer el rumbo del Constanza. Cuando logró dejar atrás la tormenta, había desaparecido.

Sophie se hundió en su silla.

– ¿No hay manera de seguirles la pista?

– Si tuviera un radar moderno, quizá tendría alguna posibilidad. Pero cuando alquiló la lancha, no hubo tiempo para especificar nada más que la rapidez. Tenía que moverse o los perdería. -Royd se volvió hacia MacDuff-. Así que será mejor que te pongas a trabajar y nos des otra pista para seguir. -Acto seguido, se incorporó-. Y yo me voy. No pienso estar en el lado equivocado del Atlántico cuando me llames y me digas dónde puedo encontrar a Gorshank o esa isla -añadió, y salió de la biblioteca.

– Usted quiere ir con él -dijo MacDuff, que escrutaba el rostro de Sophie.

– Tengo que ir con él. -Sophie apretó las manos-. Fui yo quien abrió esta olla de grillos. Yo tengo que cerrarla.

MacDuff asintió con un movimiento de la cabeza.

– ¿Y Michael? -preguntó.

– Claro que se trata de Michael. No lo dejaré si ni usted ni Jock están aquí. A menos que haya cambiado de parecer.

– No, me marcho en cuanto acabe el trabajo que usted me ha asignado -dijo, y siguió un silencio-. Pero puede que tenga una solución.

– ¿Una solución?

– Tengo una amiga que viene en camino. Debería llegar en las próximas horas.

– ¿Una amiga?

– Jane MacGuire. Viene con su padre adoptivo y estarán aquí todo el tiempo que haga falta.

– ¿Por qué debería confiar en ella?

– Porque yo lo hago. -MacDuff sonrió-. Y porque su padre es inspector del Departamento de Policía de Atlanta y uno de los hombres más inteligentes y duros que podría esperar.

– ¿La policía? ¿Se ha vuelto loco? Se llevarán a Michael y lo dejarán en un hogar. Ellos creen que soy una maniática homicida.

– He explicado la situación. Joe Quinn piensa más allá y reconoce que las cosas no siempre son lo que parecen. También ama a Jane y confía en ella. Si Joe se compromete, estará ahí hasta el final. Dejaré aquí a Campbell y a varios hombres con instrucciones de obedecerle. No habrá problemas.

Sophie seguía dudando. Un policía de la confianza de MacDuff. Sonaba seguro para Michael.

– No lo sé…

– Jane MacGuire es una mujer muy fuerte, muy inteligente y tiene buen corazón -aseguró MacDuff-. Me recuerda un poco a usted. Por eso pensé en ella. Además de ser una chica dura, creció en una docena de hogares de acogida antes de ser adoptada. Sabe lo que es estar sola y ser objeto de abusos. También sabe defenderse. A Michael le gustará, y no puedo pensar en nadie que pueda lidiar con sus problemas psicológicos mejor que Jane -afirmó. Y luego sonrió-. Aunque no sé si sabe jugar al fútbol. Eso podría echar a perder el trato.

– ¿Está seguro de que Michael estará…?

– Estará seguro -afirmó MacDuff-. Se lo juro. Estará a salvo y bien cuidado. Jane se ocupará de eso. Es lo más indicado. Usted puede irse con la conciencia tranquila, lo digo en serio.

Sophie le creyó.

– Quiero hablar con ella y con su padre.

– Será mejor que sea por teléfono -dijo MacDuff-. No creo que Royd vaya a esperar.

– Esperará -dijo ella, con gesto sombrío-. Aunque tenga que atarlo. Tengo que hablar con Michael y luego llamar a su Jane MacGuire. Puede que también quiera hablar con Joe Quinn. Pero no lo dejaré partir sin mí.

– No le será fácil. Creo que Royd no quiere más que una excusa para sacarla a usted de la foto.

– ¿Por qué cree eso?

Él se encogió de hombros.

– ¿Intuición? Puede que Royd esté en esa peculiar posición del que se encuentra entre la espada y la pared. Debe de ser muy desconcertante para alguien tan centrado en una sola cosa como él. No quiere que usted acabe herida, pero también existe la posibilidad de que usted le ayude a dar con Sanborne.

– Créame, Royd no es lo bastante blando como para dejar que las emociones influyan en la lógica.

Mataría por ti.

– Acaba de pensar en algo -dijo MacDuff, que escrutaba su expresión-. No quiero insinuar que Royd sea un blando. Pero pienso que responde a un estímulo que no guarda relación con la venganza que hasta ahora lo ha inspirado. Puede que eso tienda a convertirlo en un hombre impredecible.

– Ha sido un hombre impredecible desde el momento en que lo conocí -dijo Sophie, mientras iba hacia la puerta-. ¿Podrá arreglar una conversación telefónica entre Jane MacGuire y yo? Volveré en una hora.

Él asintió.

– Haré lo que pueda. En este momento, vuela por encima del Atlántico. Puede que tarde un poco.

De pronto, Sophie cayó en la cuenta.

– ¿Viene para acá sin siquiera consultar conmigo? Ustedes dos deben de tener una relación muy estrecha.

– Se podría decir que somos almas gemelas -respondió él, sonriendo-. Pero no ha venido por mí. Cuando le conté lo de su hijo, no se pudo resistir. -MacDuff cogió el teléfono-. Ahora, será mejor que vaya en busca de Royd mientras yo intento comunicarme con Jane. No me ha dado demasiado tiempo.

Sophie salió deprisa de la sala y corrió por el pasillo. Royd había dicho que Michael estaba en la explanada con Jock, pero primero tenía que ver a Royd. Le había dicho a MacDuff que éste siempre era impredecible, pero algo había cambiado. Ella lo sentía incluso con más intensidad que MacDuff.

No dejaría que la dejara atrás porque Royd empezaba a ser más consciente de los riesgos a los que la exponía.

Subió por la escalera a toda carrera. Miraría primero en su habitación. Luego se aseguraría de que no estaba en el establo, donde habían dejado el coche alquilado.

Royd estaba sentado en la cama y hablaba por teléfono, con su bolsa de viaje abierta a sus pies. Colgó justo cuando ella entraba.

– ¿Has venido a despedirte?

– No, he venido a decirte que voy contigo. MacDuff ha hecho unos arreglos para reemplazarme y cuidar de Michael.

– ¿De verdad? -Royd se incorporó y cerró la cremallera de su bolsa-. ¿Estás segura?

– Sí, y no intentes hacerme dudar de mi seguridad -declaró, apretando las manos-. Es lo correcto. Estoy convencida.

– Vuelve a decirme eso cuando estés a dos mil kilómetros de tu hijo.

– Maldito seas -dijo ella, con voz temblorosa-. No tuviste ningún problema para utilizarme cuando comenzamos. ¿Cuál es la puñetera diferencia ahora?

Él la miró fijamente desde el otro lado de la habitación.

– El problema es cómo quiero usarte.

Sophie no podía respirar. Sintió que el calor se apoderaba de ella.

– Lo sabías -siguió él, con voz inflexible-. Se veía venir. No soy de esos hombres que ocultan lo que sienten.

Ella se humedeció los labios.

– Yo creía que el sexo no iba a interferir en las cosas que eran importantes para los dos.

– Yo también. Así que quizá no es el sexo -dijo, y torció los labios-. Eso te ha impresionado. Si es sólo sexo, es lo bastante fuerte para desquiciarme. Y si es así de fuerte, tendrás problemas conmigo. No soy un hombre tranquilo y civilizado como tu ex. Así que piénsatelo dos veces antes de venir a cualquier sitio conmigo.

– ¿Intentas asustarme? -preguntó Sophie, y sacudió la cabeza-. No vas a violarme.

– No, pero quizá pruebe todos los otros trucos que tengo en la chistera.

– Iré contigo.

– Vale, de acuerdo. ¿Por qué habría de preocuparme? Lo único que quiero es follarte como un loco antes de que consigas que te maten -dijo él, y echó mano de su bolsa de viaje-. He hecho los arreglos para el avión. Quiero salir de aquí en treinta minutos.

– Entonces tendrás que esperar. Debo hablar con Michael. ¿Sigue en la explanada con Jock?

– Por lo visto, sí.

– Nos reuniremos en el coche en cuanto termine.

– Tengo que hablar con Jock. Dile que lo espero en el patio -pidió Royd, y salió de la habitación.

Sophie respiró hondo. Dios, cómo temblaba. Y, sin embargo, todavía sentía el calor que la recorría como una espiral. Aquello la desconcertaba. Se había sentido abatida por el miedo, el horror y la aprensión pensando en Michael y ahora, de pronto, esta necesidad abrumadora. La respuesta había sido intensa e irreflexiva como la de un animal en celo.

Sin embargo, ella no era un animal en celo que ansiaba aparearse con Royd sólo porque su atractivo sexual era crudo y osado y…

«Para. Vuelve a pensar con claridad».

Tenía que encontrar a Michael. Tenía que hacerle entender por qué su madre se marchaba justo cuando acababa de enterarse de que su padre había sido asesinado.

¿Cómo diablos iba a hacer eso?

Capítulo 14

Michael y Jock no jugaban a la pelota. Estaban sentados sobre una de las enormes rocas que rodeaban la explanada.

– Hola, Sophie. -Jock se incorporó-. ¿Va todo bien?

Ella asintió con un gesto seco.

– Tengo que hablar con Michael. ¿Puedes dejarnos solos?

– Claro. -Jock se la quedó mirando y se giró hacia Michael-. Creo que tu madre necesita que le echen una mano, Michael. Te encargas tú, ¿vale?

Michael asintió.

– Nos veremos más tarde, Jock.

– Ya lo creo que sí -afirmó éste, sonriendo.

– Royd quiere verte en el patio, Jock -dijo Sophie.

Jock asintió y se alejó por el camino. Ella se giró y miró a Michael.

– ¿Por dónde empiezo? -preguntó.

– Te vas, ¿no? -inquirió Michael, con voz queda.

Ella se puso tensa. Era asombroso.

Michael miró hacia el mar, con el rostro bañado por la luz del atardecer.

– No importa, mamá.

Ella guardó silencio.

– No es verdad -dijo, al cabo de un momento-. No quiero hacer esto. No quiero dejarte. Entendería que te enfadaras conmigo.

– ¿Cómo puedo estar enfadado contigo? -dijo él, sacudiendo la cabeza-. Eres mi mamá. Las cosas se han complicado para ti, y ahora intentas hacer lo mejor para todos. Jock dice que tengo que poner algo de mi parte.

– ¿Jock?

– Pero aunque no me hubiera dicho nada, no estaría enfadado. -Tendió la mano y le cogió a Sophie la suya, que descansaba sobre la roca-. ¿Recuerdas anoche, cuando me hablabas del deber y decías que a veces es una alegría y a veces como un peso? Hablabas de mí. Pero yo también tengo que cumplir con mi deber. Tienes un problema y yo tengo que hacerte las cosas más fáciles. Ése es mi trabajo. -Michael apretó los labios para que no le temblaran-. Tendré miedo. Me preocuparé por ti. Tienes que prometerme que no te harás daño ni nada.

– Intentaré no… Vaya, qué diablos. Te lo prometo.

– Jock me ha dicho que vendría alguien a cuidar de mí mientras él y MacDuff cuidan de ti. Yo no les crearé ningún problema, mamá.

Sophie sintió un nudo en la garganta, estaba al borde de las lágrimas.

– Ya lo sé. -Lo abrazó por los hombros y lo estrechó-. Estoy muy orgullosa de ti, Michael. ¿Jock te dijo quién vendría?

Él negó con un gesto de la cabeza.

– Vale, te diré lo que sé.

– No quiero pensar en ello. Jock me lo contará más tarde -dijo Michael, y se apoyó en ella-. ¿Crees que podríamos quedarnos sentados aquí un rato? No tienes demasiado tiempo, ¿no?

Treinta minutos. Sophie tuvo una imagen de Royd paseando de un lado al otro del patio. Mala suerte.

Estrechó su abrazo.

– Tengo tiempo suficiente. No hay prisa.

Era totalmente de noche cuando Sophie volvió al patio, donde Royd se había acercado con el coche. Al verlo apoyado contra la puerta del pasajero, se tensó.

– Tenía que estar un rato con él.

– Por amor de Dios, ya lo sé. ¿Crees que voy a reprochártelo? -preguntó él, mientras abría la puerta-. Por eso he esperado más de una hora antes de pedirle a Jock que os interrumpiera. Sube. Le he dicho a Jock que lo entretenga durante unos quince minutos, de manera que ya nos hayamos marchado cuando vuelva Michael. No quieres que te vea partir, ¿no?

– Mi bolsa de viaje.

– En el maletero.

– Tengo que hablar con MacDuff. Será sólo un minuto.

– Ya he hablado con él. Jane MacGuire te llamará a tu teléfono móvil. ¿Quieres subir al coche? No querrás hacerlo más difícil aún para Michael.

Sophie subió al coche.

– No, no quiero. -Se reclinó en el asiento y cerró los ojos-. Sácame de aquí.

– Es lo que intento hacer.

Sophie oyó el portazo del lado del conductor y el encendido del motor. Royd no habló hasta transcurridos unos minutos.

– ¿Ha sido muy duro?

– ¿Quieres decir si se ha puesto histérico o si me ha gritado? No, ha sido comprensivo y encantador y lo único que ha hecho es romperme el corazón. Es un chico tan bueno, Royd.

– Lo sé -dijo él, asintiendo con la cabeza-. No he pasado mucho rato con él, pero lo he observado. Sin embargo -agregó, después de una pausa-, Jock me ha dicho que está seguro de que Michael estará bien cuidado. Conoce a esas personas y confía en ellas. Eso debería tranquilizarte.

– Significa todo para mí -dijo ella, y le lanzó una mirada-. Diría que te muestras sospechosamente comprensivo.

– ¿Ah, sí? Tendré que tener cuidado -dijo Royd, y pisó el acelerador-. Quizá empieces a pensar que soy un ser humano con sentimientos.

– Nunca he dicho que creía que eras…

– Venga. ¿Nunca piensas en mí en relación con lo de Garwood? ¿Nunca recuerdas lo que era antes?-preguntó Royd, encogiéndose levemente de hombros-. ¿En lo que soy ahora?

– Eso no significa que no piense que seas una buena persona. Si creyera eso, tendría que preguntarme si acaso yo lo soy -dijo ella, y decidió cambiar de tema-. Jock le dijo a Michael que él y MacDuff se ausentarían para ayudar a protegerme. Por lo que yo sé, MacDuff piensa ir en busca de Devlin.

– Creo que he ampliado sus horizontes al informarle de que Devlin seguramente estaría bajo la protección de Sanborne. Si tiene que pasar por encima de Sanborne y de Boch para llegar a Devlin, lo hará.

– Y entonces es preferible que tengamos un plan común y que no nos estorbemos unos a otros.

– Exactamente -convino Royd, y en ese momento sonó su teléfono móvil-. Royd.

– ¿Kelly? -murmuró Sophie.

Royd asintió con un gesto.

– Quédate donde estás, Kelly. Vamos hacia Miami. Ya te diré si tienes que volver a casa. -Colgó-. Está en Barbados. Era el puerto más cercano cuando perdió de vista al Constanza.

– ¿A Miami? ¿Por qué Miami?

– Es un buen punto de partida. No sabemos dónde localizar a Gorshank. Puede que esté en las islas, o puede que siga en Estados Unidos…

– O en cualquier otro lugar del mundo.

– Por lo que me has dicho, diría que Sanborne quiere vigilarlo estrechamente, a él y su trabajo.

Sí, eso era verdad, pensó Sophie.

– ¿Cuándo crees que MacDuff nos dirá algo acerca de Gorshank?

– No creo que tarde demasiado.

– Lo sé. Sólo que no quiero… Estoy asustada. Antes, el daño era limitado. Individuos aislados. Esto es diferente.

– Puede que la fórmula de Gorshank sea una pifia. Has dicho que no sabías cómo había llegado a algunos resultados.

– Y puede que no sea una pifia. -Sophie cuadró los hombros-. No puedo pensar en ello ahora. Tengo que ir poco a poco.

– Tienes razón. Tardaremos una hora en llegar al aeropuerto. Te hará bien relajarte.

– No puedo relajarme -dijo ella, y miró por la ventanilla hacia la oscuridad-. No hasta que Jane MacGuire me llame.

– No ha salido bien -informó Devlin cuando Sanborne se puso al teléfono-. Lo hice lo mejor que pude, pero usted no me avisó que me toparía con Royd.

Sanborne lanzó una imprecación.

– No sabía que estaría ahí. ¿Estás seguro de que era Royd?

– Ya lo creo que sí. Tengo una herida de cuchillo en el hombro con su firma. Lo conozco bien. En Garwood nos cruzábamos a menudo.

– Si estabas tan cerca, tendrías que haber acabado con él. ¿Si no, de qué me sirves?

Siguió un silencio.

– Lo siento -dijo Devlin, con un deje de humildad-. ¿Qué puedo hacer para repararlo?

– Matar al niño y a la mujer.

– Demasiado tarde. Royd me reconoció y habrá avisado a MacDuff. Si me acerco al castillo, me darán caza. He obedecido sus órdenes y me he deshecho de un obstáculo. Quiero decir, de varios obstáculos. La policía estará por todas partes revisando cada palmo de la propiedad.

– Eres un imbécil despistado. Sabes que no quería que pusieras en peligro tu misión.

– Usted me dijo que hiciera lo que tenía que hacer. Sé que no quiere que me atrapen si todavía puedo servirle de algo. Si me deja buscar a Royd, me conducirá hasta la mujer.

– Entonces quédate en Escocia y acaba el trabajo.

– No creo que se queden aquí. Royd me conoce bastante bien y cree que puede dar conmigo.

– Y tú crees que puedes dar con él. ¿Cuál de los dos está en lo cierto?

– Yo. Porque él viaja con la mujer, que es un estorbo. Lo obligará a ir más lento.

– Has dicho que no deberías volver al castillo.

– Si sigue ahí, no será por mucho tiempo. Royd lo busca a usted, y ahora me busca a mí. No puede conseguir sus objetivos si se queda de brazos cruzados en ese castillo.

– ¿Y Sophie Dunston?

– Usted me ha dado una orden. Naturalmente, acabaré el trabajo. Sólo que quizá tarde un poco más.

Sanborne pensó en ello. Las prioridades habían cambiado radicalmente ahora que sabía que Royd había establecido un vínculo con Sophie. Royd era un peligro que debía ser eliminado rápida y eficazmente.

– Puede que la policía dé con la mujer en cualquier momento. Royd no se quedará con ella si eso le pone en peligro. Tiene demasiadas ganas de dar conmigo como para dejarse detener como cómplice.

– ¿Entonces puedo ir a por Royd?

– Cuando aparezca. Te quedarás conmigo hasta que eso ocurra.

– ¿Para protegerlo? -agregó Devlin, rápidamente-. Es muy inteligente. Usted no puede sufrir ningún daño.

– Me alegro de que recuerdes la primera directriz -dijo Sanborne, con tono sarcástico-. A veces me pregunto si estás en tus cabales, Devlin.

– ¿Por qué? Siempre cumplo con mi cometido, ¿no?

– Siempre. Pero suele haber considerablemente más sangre de lo que yo estimo necesario.

– Es sólo un medio para alcanzar un fin.

– Quizá. -Sanborne miró el informe que tenía sobre la mesa. Si el análisis de los resultados de Gorshank era correcto, su perspectiva se vería alterada-. Las cosas están cambiando. Mantente alerta. Puede que tenga otro trabajo para ti mientras esperamos a que Royd dé el primer paso -avisó, y colgó.

La sangre que tanto atraía a Devlin quizá no fuera tan perjudicial en este caso. Podría intimidar a Sophie y arrastrarla hacia ellos. Seguro que se sentía perseguida, y el hecho de tener a Devlin tan cerca de su hijo tendría que haber sido devastador para su seguridad.

¿Debía ir en busca de la muy puta e intentar atraerla nuevamente?

Quizá. No había quedado satisfecho con los trabajos de Gorshank en el pasado, y ahora cada día que pasaba lo ponía más nervioso. Al principio, creía haber encontrado el sustituto adecuado, lo cual le permitía deshacerse de Sophie. Sin embargo, Gorshank no era tan brillante ni creativo como Sophie, y los resultados de sus últimos ensayos habían sido prometedores, pero provisionales. Siete muertes y diez personas que habían demostrado tener sólo una fracción del grado de docilidad que él se empeñaba en obtener.

¿Esperar a que Devlin matara a Royd y ella se sintiera más desamparada?

Si aquel niño no se hubiese refugiado tras esas murallas de piedra, podría haberse apoderado de él y entonces conseguiría persuadirla teniéndolo como rehén. Pero Devlin le había advertido de la férrea seguridad en torno al niño y recordado que en ese momento la escena estaba llena de policías. Sin embargo, quizá todavía era posible…

Tendría que tomar una decisión pronto. Boch lo presionaba para que procedieran con las pruebas finales y le diera luz verde para empezar a negociar.

Venga, Royd. Devlin te espera.

Y esta vez no pondré objeciones a la cantidad de sangre derramada.

El móvil de Sophie sonó unos minutos antes de que embarcaran.

– ¿Sophie Dunston? Soy Jane MacGuire. -La voz de la mujer era ronca y joven, pero vibraba con fuerza-. Siento no haberla llamado antes, pero pensé que quizá querría esperar a que llegara al castillo y pudiera hablar con su hijo.

– Así es.

– Está en la otra habitación. Lo llamaré cuando acabemos. Quizá quiera hacerme algunas preguntas. Adelante.

– ¿MacDuff le ha hablado de los trastornos del sueño de mi hijo?

– Sí. Dormiré en la habitación de al lado. Nos entenderemos -dijo. Y luego agregó-: Es un buen chico. Seguro que está orgullosa de él.

– Sí. -Sophie carraspeó-. MacDuff me ha dicho que su padre es inspector de policía. Me sorprende que le haya persuadido para que la acompañe.

– No ha sido fácil -dijo Jane, sin más-. Joe procura regirse por lo que dice la ley. Pero no cuando la vida de un niño está en juego. En ese caso, tira la ley por la ventana. Puede confiar en él. Si yo tuviera un hijo, a nadie se lo confiaría con más seguridad que a Joe.

– Podría meterse en líos por hacer esto. ¿Por qué está dispuesta a arriesgarse? ¿Es tan estrecha su amistad con MacDuff?

– ¡Qué va! -exclamó Jane, y guardó silencio un momento-. Supongo que no ha sido una respuesta muy tranquilizadora, ¿no? MacDuff y yo tenemos una historia y no siempre estamos en el mismo punto. Pero en este caso estamos de acuerdo. El niño tiene que estar seguro y Joe y yo podemos ocuparnos.

– ¿Usted es policía?

Jane MacGuire soltó una risilla.

– Dios me libre, no. Soy artista. Pero Joe me ha enseñado a cuidar de mí misma y de los demás. ¿Alguna otra pregunta?

– En este momento no se me ocurre ninguna.

– Cuando quiera puede llamarme. Estaré aquí con su hijo, y no lo perderé de vista. Se lo prometo.

– Gracias. -Sophie carraspeó-. No puedo expresarle lo agradecida que estoy. ¿Ahora puedo hablar con Michael?

– Enseguida -Jane MacGuire alzó la voz-. ¡Michael! Aquí viene.

– ¿Mamá? -dijo Michael, al ponerse-, ¿estás bien?

– Perfectamente. Estoy a punto de coger mi vuelo. ¿Va todo bien por ahí?

– Sí, claro. Joe es un buen tío, pero no sabe jugar al fútbol. Dijo que, en su lugar, me enseñaría judo.

– Qué… interesante. ¿Y Jane?

– Es simpática. Y guapa, muy guapa. Me recuerda a alguien…

– Tú haz lo que ellos te digan. Sólo han venido para ayudarte.

– No tienes para qué decírmelo, mamá. Me estoy portando bien.

– Perdona. Supongo que me siento un poco lejos e intento aferrarme a ti. Sé que serás tan bueno y listo como siempre lo eres conmigo. -Sophie respiró hondo-. Te quiero. Te llamaré cada vez que pueda. Adiós, Michael.

– ¿Satisfecha? -preguntó Royd, mientras le pasaba un pañuelo.

– Todo lo satisfecha que puedo estar. -Sophie se secó los ojos-. Jane MacGuire parece una mujer decente y sincera. Creo que sabrá cuidar de Michael -dijo, con un suspiro tembloroso-. Y a Michael le gusta. Aunque ni ella ni su padre, Joe Quinn, sepan jugar al fútbol. Al parecer, no le importa. Dijo que era muy guapa.

Royd sonrió.

– Eso podría ser un problema. Quizá los niveles de testosterona de Michael empiecen a dispararse. Puede que cuando vuelvas te encuentres con un hijo más que enamorado.

– No me importa. De eso me ocuparé cuando vuelva a estar con él -dijo Sophie, y le devolvió el pañuelo-. Vamos. -Empezó a caminar hacia el avión-. ¿Dónde nos quedaremos en Miami?

– No es el Ritz. He alquilado una cabaña en la costa. He estado ahí en otras ocasiones. Es un lugar privado, aislado y es bastante cómodo. Debería servirnos hasta que sepamos adonde iremos.

Ella asintió con un gesto de la cabeza.

– Quiero volver a mirar el CD de Gorshank. Como te decía, creo que he pillado unos cuantos agujeros en esas fórmulas. Tengo que trabajar con ellas cuando disponga de tiempo para concentrarme.

– Has pasado todo un día concentrada en ellas.

– Un día probablemente no es gran cosa para un trabajo que Gorshank quizá tardó un año en elaborar. Y cuando lo analicé antes, estaba confundida y asustada, y eso no conviene cuando se trata de trabajar con un pensamiento analítico claro.

– Oh, lo olvidaba. -La sonrisa de Royd se desvaneció cuando empezaron a subir la escalerilla del avión-. Tu complejo de culpa había cogido impulso en ese momento. Adelante, estudia las fórmulas. Tal vez descubras que no eres ni Hitler ni Goering. Eso sería una sorpresa agradable.

– ¿Os habéis instalado cómodamente? -MacDuff esperaba al pie de la escalera mientras Jane MacGuire bajaba-. ¿El niño duerme?

Jane asintió con un gesto.

– Ha tardado un rato. Está bastante alterado e intenta que nadie se dé cuenta. Es todo un hombrecito -dijo ella, y se encontró con la mirada de MacDuff-. Y tú le caes muy bien.

– Qué sorpresa.

– En realidad, no. Tú puedes ser lo que quieras ser, y con Michael te gusta ser amable. -Jane llegó al pie de la escalera-. Jock me ha dicho que hay un monitor en mi habitación y otro en la biblioteca. ¿Es eso correcto?

– Sí, pero si necesitas otro, Campbell te lo instalará.

– ¿Cuándo te marchas? Creí que esperabas saber algo acerca de este Gorshank.

– Esperaré una noche más y luego cogeré un vuelo a Estados Unidos. Aquí estás perfectamente segura, Jane -agregó-. Dejo aquí a la mayoría de mis hombres para asegurarme de que ni tú ni Joe lamentéis haber venido. No os habría traído si hubiera creído otra cosa.

Jane se encogió de hombros.

– Lo que tenga que ocurrir, ocurrirá. A partir de ahora, depende de Joe y de mí. Ninguno de los dos es un debilucho. Él es uno de los hombres más duros que conozco y yo me crié y crecí en la calle. No en un enorme castillo, como tú. -Empezó a caminar por el pasillo-. Enséñame dónde está el monitor.

– Había olvidado que no tienes pelos en la lengua -dijo él, ahogando una risilla. De pronto, su sonrisa se desvaneció-. No, no es verdad. No lo he olvidado. No he olvidado ni una sola de las cualidades que te convierten en Jane MacGuire.

– Lo sé -declaró Jane, y abrió la puerta de la biblioteca-. O no estaría aquí haciendo tu trabajo mientras tú sales a divertirte y a convertir el mundo en un lugar seguro para la democracia.

– ¿A divertirme?

– La mayoría de los hombres disfrutan cazando y recolectando. Es el instinto de las cavernas. Y si cazar incluye un poco de alboroto, tanto mejor -Su mirada recorrió la biblioteca hasta que vio el monitor en un aparador-. Vale, probablemente lo cambie de lugar.

– ¿A quién dibujarás? ¿A Michael?

– Es posible. Tiene un rostro interesante, para ser tan pequeño. Quizá se deba a que ha tenido una vida muy difícil. Mucho más complicada que la de un niño normal.

– Y a ti te gusta lo complicado. Recuerdo los problemas que tenía cuando intentaba que no hicieras aquellos esbozos de Jock.

– No habrías tenido demasiada suerte. Además de ser el ser humano más bello que jamás he conocido, Jock tenía en él todo el tormento de Prometeo encadenado en lo alto de la montaña. No podía resistirme. -Jane lo miró escrutándolo-. Nunca te he dibujado a ti. No serías un mal modelo.

– Me siento honrado -confesó él, seco-. Aunque no sea ni de lejos tan agraciado como Jock o Michael.

Jane negó con un movimiento de la cabeza.

– Creo que ni siquiera me atrevería contigo. Eres demasiado complicado. No tendría suficiente tiempo.

– No soy más que un simple terrateniente que intenta que su herencia no se desmorone a su alrededor.

Ella lanzó un bufido.

– ¿Simple? Eres un aristócrata civilizado a medias, y una réplica de esos barones ladrones que te criaron.

– ¿Ves? Al fin y al cabo, no soy tan complicado. Ya me has definido.

– Apenas he rascado la superficie. -Jane se giró y se alejó por el pasillo-. Mantente en contacto conmigo. Necesito saber qué está ocurriendo.

– Eso haré -aseguró él, y siguió una pausa-. Por cierto, ¿todavía sales con Mark Trevor?

– Sí.

– ¿A menudo?

Jane miró por encima del hombro.

– Eso no es asunto tuyo, MacDuff.

– Ya, pero a veces soy un cabrón muy entrometido. Apúntalo a la cuenta de esos horribles barones ladrones. ¿Sales a menudo con él?

– Buenas noches, MacDuff.

Éste respondió con una risilla.

– Buenas noches, Jane. Es una lástima que las cosas entre tú y Trevor no vayan bien. En fin, yo ya te había dicho que podría ser…

Jane respondió enfadándose.

– Maldita sea, todo va bien entre nosotros. ¿Por qué diablos no te…? -dijo, pero calló cuando vio el brillo diabólico en su mirada-. He venido para hacerme cargo del niño, no para escuchar tus provocaciones. Vete con Jock y apártate de mi vista. Te conviene más intentar ayudar a esa pobre mujer que sangra por dentro porque no sabe a quién confiarle su hijo.

La sonrisa de MacDuff se desvaneció.

– Ahora sabe a quién se lo puede confiar, Jane. Es una mujer muy intuitiva y tendría que estar ciega para no darse cuenta de la joya que tiene al contar contigo. -MacDuff se giró y volvió a la biblioteca-. Jock y yo no te despertaremos para despedirnos. Dale las gracias una vez más a Joe.

– Espera. -Era probable que MacDuff la estuviera poniendo a prueba, pensó, frustrada. MacDuff era un maestro de la manipulación de los acontecimientos para su propia conveniencia, o ella no estaría ahí. Pero no podía verlo partir y exponerse a un posible daño con esa nota amarga-. Cuídate, MacDuff.

Una sonrisa le iluminó la cara.

– Eres una chica dulce y guapa, Jane.

– Chorradas.

– Es verdad que lo mantienes bien oculto, pero eso sólo hace que el desafío de dar con esos rasgos sea mayor. Intentaré reparar este desastre lo más rápido posible -agregó-. Tengo demasiadas cosas de que ocuparme como para perder el tiempo.

La puerta de la biblioteca se cerró a sus espaldas.

Jane vaciló un momento antes de subir. Como de costumbre, MacDuff había hurgado en sus emociones y le había hecho sentir toda la gama, desde la rabia hasta la simpatía. ¿Por qué diablos había venido?

Sabía por qué había venido. El chico. No importaba que MacDuff fuera tan pesado ni que intentara meterse en su vida privada. El curioso vínculo que había entre los dos todavía existía. Ella había procurado ignorarlo y apartarlo de su vida. Era evidente que eso no ocurriría, porque había sido incapaz de negarse cuando él le contó lo de Sophie Dunston y su hijo.

No porque fuera MacDuff, pensó, contrariada. No habría sido capaz de negarse ante nadie que le pidiera ayuda cuando se trataba de un niño. Ella misma había sufrido demasiado durante sus primeros años. Eve y Joe la habían rescatado y, ahora, Michael necesitaba a alguien que cuidara de él de la misma manera. Aunque fuera por un periodo breve, tenía que estar a su lado para ayudarle.

Y MacDuff no tenía nada que ver con ese sentimiento de obligación.

Excepto que MacDuff había leído en su carácter y utilizado ese conocimiento para hacerle una oferta a la que no se podía negar. Era una verdad que debía admitir. ¿Por qué habría de hacerlo? MacDuff era MacDuff y ese encuentro sería tan breve como el último. Cuando Sophie Dunston estuviera a salvo y viniera a buscar a su hijo, ella se marcharía sin remordimientos y con la satisfacción de un trabajo bien hecho.

Y entonces se reiría de MacDuff.

La casa al norte de Miami era pequeña, encantadora, de estilo mediterráneo español, rodeada de un muro alto que ocultaba un patio de baldosas. Royd aparcó el coche en la calle y abrió la verja de hierro.

– Muy agradable -dijo Sophie, cuando su mirada se detuvo en una pequeña fuente en el centro del patio-. ¿Has dicho que habías estado aquí anteriormente?

– Unas cuantas veces. Es una casa cómoda. -Cerró la verja-. Y segura. Me gusta tener muros a mi alrededor.

– Eso es algo que no te falta.

Él la miró.

– Supongo que no te refieres a la casa.

– Lo siento, lo he dicho sin pensar -se disculpó ella, con gesto de cansancio-. Tienes derecho a estar protegido de quien quieras.

– De ti no me estoy protegiendo.

– ¿No? -Sophie apartó la mirada de la fuente para fijarse en él. Respiró hondo-. No era eso lo que quería decir.

– Entonces cuidado con lo que dices. Porque estoy pendiente de cada expresión y de cada inflexión. -Dio unos pasos y abrió la puerta ventana-. Hay tres habitaciones, un estudio, comedor y cocina -explicó, haciendo un gesto hacia la escalera curva de hierro forjado-. Quédate con cualquiera de las habitaciones. Dúchate y reúnete conmigo en la cocina dentro de una hora. Yo saldré a buscar algo para comer. Hay un restaurante cubano a unos kilómetros de aquí. Sé que es temprano, pero me da la impresión de que te gustaría comer algo. ¿Vale?

– Vale -dijo ella, y empezó a subir la escalera-. Cualquier cosa.

– No abras si llaman a la puerta.

Ella se detuvo y se lo quedó mirando.

– Creí que habías dicho que es un lugar muy seguro.

– Es seguro. Pero sólo un tonto se fía de la seguridad. -Se giró y fue hacia la puerta.

Y Royd no era tonto, pensó ella, mientras subía las escaleras. Había vivido junto al horror durante años, el horror que ella había producido, y seguía viviendo en los márgenes de esa experiencia. Cada momento que pasaba junto a él ahondaba el arrepentimiento que sentía desde que se enteró de la existencia de Garwood.

Tendría que olvidarlo. Él había dejado muy claro que no quería su simpatía. Se daría esa ducha y llamaría a Michael para asegurarse de que todo iba bien.

Esperaba que MacDuff hubiera averiguado algo acerca de Gorshank.

Michael estaba sentado en una silla junto a la ventana. La habitación se hallaba iluminada sólo por la luz de la luna que se derramaba sobre la habitación.

– Es tarde. Deberías estar en la cama. -Jane sólo tenía la intención de echar una mirada en la habitación de Michael, pero observó, por su postura, que estaba muy tenso. Entró en la habitación y cerró la puerta-. ¿No puedes dormir?

Él negó con la cabeza.

– ¿Estás preocupado por tu madre?

– Estoy esperando que llame -puntualizó él, volviendo a asentir-. Dijo que me llamaría cuando llegara a Estados Unidos.

– Sabrá que aquí es tarde.

– Llamará. Lo prometió.

– Ella querría que dejaras de preocuparte y te durmieras. Yo te despertaré si llama. -Jane hizo una mueca mientras cruzaba la habitación hasta llegar a su lado-. Eso que he dicho es una tontería. Querer algo no siempre significa que sea posible.

– El señor MacDuff ha dicho algo parecido -dijo Michael, como si vacilara-. No tiene que quedarse conmigo. Estoy bien. Y no quiero molestarla.

– No me molestas. -Jane se sentó en el suelo y cruzó las piernas al estilo indio-. ¿Tienes miedo de dormirte, Michael?

– A veces. No esta noche. Sólo estoy preocupado por mamá.

– No se lo has dejado ver. Has sido muy valiente. Ya he visto que se siente muy orgullosa de ti.

Él negó sacudiendo la cabeza.

– Le causo muchos problemas.

Sería una tontería discutir con él. Michael era un chico inteligente, y enseguida entendería que era una mentira.

– Eso no significa que ella no tenga motivos para sentirse orgullosa. Además, cree que esos problemas merecen la pena.

– Porque es mi mamá. Nadie más pensaría eso. -La miró fijamente-. Usted no lo piensa, ¿verdad?

Era el momento de la confrontación. Ella sabía que en algún momento ocurriría. Él la había aceptado porque le facilitaba las cosas a su madre, pero ahora tenían que entenderse entre ellos.

– No estaría aquí si no fuera así.

– Ni siquiera me conocía -dijo él, seco-. ¿Por qué ha venido? ¿Porque se lo ha dicho el señor MacDuff?

– El señor MacDuff a mí no me dice lo que tengo que hacer. -Michael seguía mirándola fijamente. Necesitaba una respuesta-. He venido porque pensaba que me necesitabas. Cuando yo era pequeña, no tenía una mamá como tú y estaba muy sola. Y un día vino una señora y me acogió y me cambió la vida. Se llama Eve Duncan. Ella y Joe me dieron una casa y ahuyentaron la soledad. Ella me enseñó que las personas deben ayudarse unas a otras. Pensé que quizá te podía dar una parte de lo que Eve y Joe me han dado a mí.

– ¿Sentía lástima de mí? -preguntó él, a la defensiva-. No necesito que nadie sienta lástima de mí.

– Claro que siento lástima de ti. Tienes un problema que yo quiero ayudar a remediar. Eso no significa que crea que das pena. Eres un chico muy fuerte, Michael. No sé si yo podría superar lo que tú has vivido.

Michael guardó silencio mientras miraba fijamente a Jane.

Necesitaba algo más, y ella tenía que dárselo, aunque le doliera. Intentó sonreír.

– Eres tan fuerte que casi le dije que no a MacDuff, hasta que me dijo tu nombre.

– ¿Qué? -preguntó él, frunciendo el ceño.

– Me dijo que te llamabas Michael. Yo conocí a un niño pequeño que se llamaba Michael antes de que me acogiera Eve. Era más pequeño que yo y le llamábamos Mikey. Yo era como una hermana mayor para él. Crecimos juntos.

– ¿Yo me parezco a él?

– No, él era muy dulce, y yo lo amaba; tú eres más valiente e independiente -Jane carraspeó-. Pero ya no puedo ayudar a Mikey, y me parecía bien ayudar a otro Michael.

– ¿Tu Mikey se marchó?

– Sí -dijo ella, apartando la mirada e incorporándose-. Se marchó. ¿Me dejarás ayudarte? Me hará sentirme mejor. ¿Serás mi amigo y me dejarás ayudaros a ti y a tu madre?

Michael guardó silencio un momento y luego asintió lentamente con la cabeza.

– Me gustaría ser tu amigo.

– Entonces ¿puedo convencerte de que te acuestes para que yo le pueda decir a tu madre que he cumplido con mi deber?

– Supongo que sí -aceptó él, sonriendo. Se incorporó y fue hacia la cama-. No me gustaría que te metieras en problemas. Yo no soy ni la mitad de duro, comparado con mamá.

– Yo creo que sí lo eres. -Jane lo observó mientras se conectaba los cables del monitor antes de meterse en la cama-. Y me siento orgullosa de ser tu amiga, Michael. Gracias -murmuró.

Sophie acababa de terminar de hablar con Michael cuando Royd llamó a la puerta de su habitación.

Se metió el móvil en el bolsillo de sus pantalones vaqueros y abrió la puerta de un tirón.

– Michael está bien. Estaba durmiendo. Siento haberlo despertado pero es buena señal. Y MacDuff todavía está en el castillo. Dijo que todavía no ha localizado a Gorshank.

– Entonces seguro que tiene ganas de partir -dijo Royd-. Está ansioso por ponerse en marcha. ¿Te apetece comer algo?

Sophie pensó en ello y asintió con un gesto de la cabeza.

– Me muero de hambre. ¿Has encontrado el restaurante cubano?

– No. He cambiado de opinión. -Le enseñó la bolsa que traía en los brazos-. He ido a una charcutería. Pensé que podríamos cenar en la playa. Parecía un lugar tranquilo y me iría bien un poco de aire fresco.

A Sophie también le iría bien. Habían llevado un ritmo frenético desde el momento en que Royd había aparecido en su vida. En ese momento, un par de horas de paz parecía una idea atractiva.

– Vamos. -Pasó a su lado y empezó a bajar las escaleras-. Pero me extraña que quieras un momento de paz. No pareces… -Calló, intentando comprender-. Estás tenso. Siento como si fuera a recibir una descarga eléctrica si te rozo por accidente.

– No sufriste ninguna descarga aquella noche que pasaste en la cama conmigo.

– No -convino sin mirarlo-. Fuiste muy amable esa noche.

– Yo no soy amable -dijo él, y le abrió la puerta-. Casi todo lo que hago es en beneficio propio. De vez en cuando, tengo algún lapsus, pero no cuento con ello.

– Yo tampoco contaría con ello. He aprendido a no contar nunca con nadie. -Sophie se quitó las zapatillas deportivas al llegar a la playa-. Pero confiaría más en ti que en la mayoría de las personas.

– ¿Por qué?

– Porque conozco tus motivaciones. -El sol empezaba a ponerse, pero la arena bajo sus pies todavía guardaba el calor de la tarde. El viento soplaba apartándole el pelo y, de pronto, Sophie se sintió más ligera, libre… Alzó la mirada y respiró profundamente el aire cargado de sal-. Ha sido una buena idea venir aquí, Royd.

– De vez en cuando tengo buenas ideas. -Señaló hacia unas rocas cerca de la orilla-. ¿Allí?

– En cualquier sitio. -Ella asintió con un gesto de la cabeza-. Como he dicho, tengo hambre.

– Estás muerta de hambre -corrigió él, con una sonrisa-. Es la primera vez que reconoces tener una necesidad tan acuciante. Se diría que comes para mantenerte viva -dijo, mirándola de arriba abajo-. Estás demasiado delgada.

– Soy fuerte y tengo buena salud.

– Tienes aspecto de poder quebrarte con sólo un movimiento de mi mano.

– Entonces mi apariencia engaña -aseguró, deteniéndose junto a las rocas-. Tú no podrías quebrarme, Royd.

– Sí que podría. -Royd se arrodilló y empezó a abrir la bolsa-. Soy bueno rompiendo cosas… y personas. -La miró-. Pero nunca lo haría. Me haría demasiado daño.

Sophie no podía respirar. Sentía el cosquilleo de la sangre en las manos y la piel más sensible alrededor de las muñecas. No podía apartar la mirada de él.

Finalmente, Royd miró hacia otro lado.

– Siéntate y come. Pastrami con pan de centeno. Pepinillos en vinagre. Y patatas chips. En la charcutería no vendían vino así que tendrás que contentarte con una Coca Cola.

– Está bien. -Sophie se sentó lentamente frente a él. No estaba bien. Se sentía débil y un poco mareada. Pensó que no se había sentido así desde que era adolescente-. Me gusta el pastrami -dijo, y cogió con cuidado el bocadillo que él le pasaba.

«No lo toques a él. Tocarlo sería un error». Mirarlo era un error, porque le daban ganas de estirar la mano y acariciarle la mejilla. Royd era muy duro, y estaba muy tenso, pero ella sabía que podía romper esa tensión. Aquel poder la mareaba.

Vaya, Adán y Eva y la maldita manzana. Lo que sentía era puramente primitivo.

Aunque quizá no fuera tan puro.

– Vale. -Él la miraba atentamente-. No voy a saltar sobre ti sólo porque te sientes un poco vulnerable. No es por eso que te he traído aquí.

Ella quería negar que fuera vulnerable. No podía mentir. Nunca en su vida se había sentido tan vulnerable.

– ¿Por qué me has traído?

Él frunció el ceño.

– Tenías que relajarte. Quería verte sin que te sintieras tensa -explicó, y dio un mordisco a su bocadillo-. Y quería decirte que… he sido rudo contigo. No quería que vinieras conmigo, y dije cosas que no debería haber dicho.

– Sí.

– No lo decía en serio -aclaró encogiéndose de hombros-. Y claro que me importa que vivas o mueras.

Royd era como un niño travieso que no quería confesar. Sophie alzó las cejas.

– Vaya, qué consuelo. ¿Entonces mentiste cuando dijiste que sólo tenías ganas de follarme?

– Bueno, mentí cuando dije que ése era el único motivo -explicó él, sonriendo-. Pero, desde luego, era un motivo de primer orden. -Su sonrisa se desvaneció-. Lo sigue siendo. Aunque no insistiré. -Acabó su bocadillo, se tendió de espaldas en la arena y cerró los ojos-. Todavía.

Ella lo miró con una expresión mezcla de exasperación y diversión. Era típico de él lanzar una provocación y luego ignorarla.

– Acaba tu bocadillo y túmbate -dijo él, sin abrir los ojos-. Puede que después de hoy no tengas otra oportunidad para relajarte. Uno siempre debería aprovechar los buenos momentos cuando se puede.

– Lo sé. -Ella dio el último mordisco y se quedó sentada un momento, mirándolo. Parecía que empezaba a dormirse. Ahí estaba ella, nerviosa y recelosa, y él la ignoraba por completo. Al diablo con todo ello.

Se reclinó y apoyó la espalda contra la roca.

– Pero si me duermo, será mejor que me despiertes antes de que suba la marea. No me gusta despertarme de golpe.

– A mí a veces sí me gusta. Sentir una ligera descarga o tener un momento de apremio te agita la sangre. Algún día te mostraré…

– No me gustaría que… -No hables con él, se dijo. Cada palabra que decía le transmitía una imagen. Royd desnudo en la cama esa primera noche. Royd mirándola con esa intensidad que le hacía sentir ese calor raro e intenso-. No puedo relajarme si sigues hablándome.

– Bien dicho. Por otro lado, eres una mujer muy lista. Ése es uno de mis problemas. No tienes aspecto de médico.

– ¿Qué aspecto se supone que tiene un médico?

– No como tú. Cuando te lavas el pelo, te queda todo lleno de rizos y suelto, como el de una chica. No sueles usar maquillaje y tienes un aspecto limpio, suave y brillante…

Maldita sea, volvía a sentir ese calor, como si fueran cosquillas.

– Por como lo dices, se diría que soy una especie de Shirley Temple -dijo, procurando hablar con voz serena-. Espero estar limpia, pero no hay nada en mí que se parezca a una chica. -Cerró los ojos-. Tengo un hijo, ¿recuerdas?

– ¿Cómo iba a olvidarlo? Un hijo que domina tu vida.

– Así es.

Sin embargo, Michael estaba muy lejos en ese momento. Hacía tiempo que ella no tenía esa sensación primordial de ser mujer, en lugar de madre. Era completamente consciente de su cuerpo, sus músculos, su pecho que subía y bajaba con la respiración. Aunque tenía los ojos cerrados, el recuerdo del mar, la arena y Royd seguían con ella.

– Vale -dijo Royd, en voz baja-. Así debería ser. No he querido decir otra cosa. Sin embargo, eres humana. Si me necesitas, estoy aquí, Sophie.

Ella no podía contestar. Maldito sea. Royd era un hombre brusco, atrevido y rudo y, aún así, había momentos en que a ella le daban ganas de abrazarlo y consolarlo. Y justo cuando conseguía endurecerse para protegerse de él, él volvía a decir algo dulce.

– Gracias. -Carraspeó-. Lo tendré presente.

Él no volvió a hablar. ¿Se había dormido? Ella sabía perfectamente que no conseguiría quedarse dormida.

¿Tenerlo presente? Era lo único en que podía pensar.

Capítulo 15

No volvieron a la casa hasta unas horas después de que oscureciera.

– ¿Estás bien? -preguntó Royd mientras abría la verja-. Has estado muy callada.

Ella forzó una sonrisa.

– Estoy bien. ¿Por qué no habría de estarlo? No he hecho más que holgazanear en la playa durante las últimas horas. -Sophie fue la primera en entrar en el patio-. Tenías razón. Necesitaba unas cuantas horas de paz y silencio. -Aunque la paz había sido más bien ambigua. Su cuerpo había estado quieto, pero su mente y sus emociones no habían parado de vibrar.

Y él lo sabía, lo había percibido.

Sophie lo notaba por su expresión alerta y vigilante. Desvió la mirada y caminó más deprisa.

– Ha sido una buena idea no ir al restaurante cubano para ir a…

– ¿Tendré suerte esta vez?

Ella se detuvo en seco.

– ¿Qué? -preguntó.

– Ya me has oído -dijo él, sin más-. Puede que no sea la manera más diplomática de preguntarlo, pero tengo que saberlo.

Ella se giró para encararse con él.

– ¿Si tendrás suerte? -repitió ella-. Por amor de Dios, haces que me sienta como una mujerzuela barata que has recogido en un bar.

– No, no es eso. Sólo tengo que… Bah, olvídalo -Pasó a su lado y subió las escaleras de dos en dos-. Tendría que haber sabido que…

Sophie oyó el portazo de su habitación. Se quedó un rato mirando la puerta antes de empezar a subir. Se sentía sorprendida, indignada y confundida.

Y decepcionada. No sabía qué esperar, pero no era recibir un portazo en las narices de esa manera.

Entonces, ¿qué quería? Se había dicho que de ninguna manera tendría relaciones sexuales con Royd. Aquello sería un error. Su único interés en común era acabar con Sanborne y Boch, y los dos eran personas tan diferentes como el día y la noche. No se podía construir una relación sin un terreno común. En su relación con Dave, habían tenido cientos de intereses y objetivos similares y, aún así, el matrimonio había fracasado. Había sido demasiado débil para soportar la tragedia. Por lo tanto, ¿cómo podía esperar que funcionara una relación con un hombre que…?

¿En qué estaba pensando? Royd no quería una relación. Quería sexo.

¿Acaso no era lo mismo que quería ella? ¿Por qué prestarse a ese análisis tan profundo, como si se acercara de puntillas a un compromiso?

Oyó que se abría la puerta de su habitación. El corazón se le desbocó.

– Tenía que decírtelo -dijo, con voz vacilante-. Me he expresado mal. No soy imbécil, pero me cuesta mucho hablar cuando estoy contigo. No sé por qué. Todo se me confunde.

Ella se aferró a la barandilla de la escalera.

– A mí me ha parecido muy claro.

– Crees que te he insultado. -Él negó con la cabeza-. Utilizaste la palabra barata. Es lo último que pensaría acerca de ti.

Ella se humedeció los labios.

– ¿Ah, sí?

– No me crees -dijo él. Tenía los puños apretados a los lados-. Me salió de esa manera, ¿vale? He crecido en un ambiente duro y toda mi vida ha sido dura. Dije lo que pensaba. Puede que sea algo que dicen los hombres cuando ligan pero no era eso lo que pretendía.

Ella no podía apartar la mirada de él.

– ¿Qué pretendías decir, entonces?

Él guardó silencio un momento.

– Que me consideraría el cabrón más afortunado del planeta si me dejaras tocarte. Si me dejaras follarte, me sentiría como si me hubiera tocado la lotería. -Hizo una mueca-. Eso también ha sido rudo. No puedo evitarlo. Soy así.

– Ha sido rudo.

Pero incluso la rudeza la excitaba.

– Pero lo he dicho sinceramente. Sólo quiero ser sincero contigo. No intento engañarte para llevarte a la cama. Puede que lo haya hecho al comienzo, pero ahora es demasiado tarde. Tienes que quererlo tanto como yo.

– ¿Y si no lo quiero tanto?

– Sería una pena. Lo deseo demasiado. Puede que te haga daño si intento hacerte sentir lo que yo siento. No puedo hacer eso. Tú tienes que querer lo que yo quiero. De otra manera, no me dejes tocarte. -La miró fijamente-. Te doy miedo.

– No, no me das miedo. -La había sacudido, agitado. Dios, incluso la había tocado. Pero no le inspiraba miedo-. Nunca me has dado miedo, desde aquella primera noche, cuando creía que me ibas a cortar el cuello -recordó, intentando sonreír-. Y no creo que me hubieras hecho daño. Sólo que… no es una buena idea. -Se obligó a soltar la barandilla y se alejó por el pasillo-. Buenas noches, Royd.

– Buenas noches.

Sophie sintió la mirada de él en su espalda. Pero Royd no dijo palabra hasta que ella llegó a su puerta.

– Te equivocas -advirtió, con voz queda-. Es una idea puñeteramente buena. Piénsatelo.

Ella cogió el pomo de la puerta con fuerza. «Haz girar el pomo, abre la puerta y cierra la puerta después de entrar». Sólo era sexo. Ella no lo necesitaba a él, ni él a ella.

– Barcos que pasan en la noche -dijo.

– Quizá. Quizá no. Nunca lo sabremos, ¿no?

Había entrado en la habitación. «Cierra la puerta y no mires atrás».

No quería cerrar la puerta.

Era un motivo más para cerrarla.

Al final, cerró la puerta.

Vendría.

No, no vendría. Era un necio arrogante si creía que ella no se resistiría a la atracción que se había forjado entre los dos.

Cruzó desnudo la habitación hasta la ventana y la abrió. Respiró hondo el aire marino. «Conserva la calma. La tranquilidad». Ella tenía que venir. Él no mentía cuando le había dicho que temía haberle hecho daño. Solía tenerlo todo controlado, pero esto era diferente. Ella era diferente.

La puerta se estaba abriendo. Royd se puso muy tenso, pero no se giró.

– He cambiado de opinión -dijo ella, con voz temblorosa.

Él no se movió.

– Gracias a Dios.

– Maldita sea, date la vuelta. Quiero verte la cara.

– Si me giro, no será mi cara lo que te llamará la atención.

– No seas fanfarrón.

Él se giró lentamente para mirarla.

Ella lo miró a los ojos, y luego su mirada se desplazó hacia abajo.

– Dios mío.

– Te lo advertí.

Ella volvió a mirarlo a la cara.

– Me esperabas. Estabas esperando que apareciera.

– Lo deseaba.

– Ya lo creo que lo deseabas. -Se quitó la camisa por encima de la cabeza-. Venga, pongámonos a ello. -Tiró la camisa al suelo y en un momento estaba dentro de la cama y se tapaba con las sábanas-. Ven aquí.

– Enseguida. Quiero preguntarte algo.

– No, no quieres. No quieres hablar en absoluto. Nada podría estar más claro.

– Vale. Necesito preguntarte algo.

– Ven aquí.

– No hasta que me contestes. No me puedo acercar a ti o la respuesta no tendrá ningún valor.

– No quiero hablar. ¿Crees que ha sido una decisión fácil para mí?

Él negó con la cabeza.

– Creo que ha sido muy difícil. Por eso quiero estar seguro de que es por el motivo correcto.

Sophie se llevó una mano a la frente.

– Dios mío. A ver si lo adivino. Quieres que te prometa que no lo interpretaré como un compromiso por parte tuya. Joder, no quiero un compromiso. Pensé que…

– A la mierda los compromisos. Sería un imbécil si creyera que has pensado en la posibilidad de algún vínculo conmigo. Sólo quiero que contestes una pregunta.

– ¿Qué? Venga. ¡Pregunta!

– ¿Esto es una especie de compensación?

Ella se lo quedó mirando, desconcertada.

– ¿Compensación?

– ¿Por qué te sorprendes? Eres blanda como la mantequilla y cada vez que me miras sé que estás recordando Garwood. Estás tan llena de culpa, una culpa que ha moldeado y ha torcido tu vida estos últimos años. No quiero que te acuestes conmigo porque piensas que es una manera de compensarme.

– Dios mío, estás loco -exclamó Sophie. Recogió las piernas hasta quedar sentada en la cama-. Y no tengo la menor intención de demostrarte nada.

– Sólo contéstame.

– ¡No! -dijo ella, con una mirada furiosa-. Joder, sí, siento que soy culpable por lo que te ha ocurrido.

– ¿Lo ves? Sin embargo, la verdad es que no eres más culpable que un arma en las manos de un asesino.

– Lamento tener otra opinión. -Se levantó-. Sin embargo, eso no me haría ofrecerme en un altar como una ridícula vestal. Me valoro demasiado a mí misma. He cometido un error tremendo, pero eso no tiene nada que ver con el hecho de que, por algún motivo, te encontraba… Sólo era sexo. -Fue hacia la puerta-. Pero no intentaré convencerte. No vale la pena…

– Yo haré que valga la pena -dijo él, que se había plantado al otro extremo de la habitación en una fracción de segundo, y que ahora la cogía por un brazo. Cayó de rodillas frente a ella-. Dame tres minutos.

– Levántate. No pienso darte… -Se estremeció al sentir sus besos en el vientre.

Él sintió que se ponía tensa cuando le cogió las nalgas con ambas manos.

– Tres minutos -repitió él, lamió su piel con la lengua-. Después, si quieres, puedes cambiar de opinión.

– ¿Podré? -dijo ella, cogiéndole el pelo-. No estoy tan segura de eso.

– Yo tampoco. -Royd frotó su mejilla contra ella-. Es probable que esté mintiendo. Así que por qué no vuelves a la cama. Entonces no habrá presión…

– Ahora mismo siento una gran presión -dijo ella, con voz temblorosa-. Creo que mis piernas están a punto de ceder.

– Déjalas. -Royd tiró de ella hacia el suelo y se montó encima-. Una alfombra vale lo mismo que una cama…

– Royd…

– Shh, es demasiado tarde. -Le abrió las piernas. Qué bien se sentía rodeado por ellas-. Lo necesitamos demasiado. Tú lo necesitas demasiado. Lo veo…

– Entonces, dámelo. -Sophie apretó los dientes y le hundió las uñas en la espalda-. Y, por amor de Dios, no me hagas más preguntas estúpidas o te mataré.

– ¿Estás bien? -preguntó Royd, mientras se quitaba de encima de ella-. ¿No he sido demasiado rudo?

– ¿Cuál de las veces? -Sophie respiraba con menos dificultad, pero seguía temblando. Royd estaba a sólo unos centímetros, pero no la tocaba. Ella deseaba aquel contacto, la sensación de piel contra piel. Diablos, se estaba portando como una ninfómana. Se habían corrido juntos varias veces, rodando por el suelo como animales, y ella seguía queriendo más. Entonces, cógelo, maldita sea. Alargó la mano para acariciarle el pecho. Estaba caliente, un poco humedecido por el sudor. Sintió el cosquilleo en la mano al tocar el vello rizado en su camino hacia abajo-. Sí, has sido rudo. Yo también. ¿Ahora quién es el que se siente culpable?

– Sólo preguntaba. -Royd le cogió una mano y se la llevó a los labios-. Estoy haciendo un estudio.

– ¿Qué?

– ¿Podría hacerte una pregunta más?

– Desde luego que no. -Sophie lo miró con curiosidad-. ¿Qué?

Él le chupó el dedo índice.

– ¿Soy el mejor que has tenido nunca?

Ella se lo quedó mirando, incapaz de creer lo que oía.

– Eres un cabrón vanidoso.

– ¿Soy mejor que tu marido?

– Royd, ¿sabes quién hace ese tipo de preguntas?

– Yo -dijo él, inclinando la cabeza para rozarle un pezón con los labios-. Es importante.

– ¿Para mimar tu ego?

– No. -Royd levantó la cabeza para mirarla-. Si he hecho algo malo, tengo que saberlo. Tengo que ser el mejor que jamás hayas tenido. Si no, tendré que entrenarme hasta serlo.

Ella lo miraba, incrédula.

– Sabía que eras una persona competitiva, pero esto es un poco exagerado.

Él sacudió la cabeza.

– Hemos empezado con casi nada en común. Quizá haya unas cuantas cosas en las que estamos de acuerdo, pero no tenemos t