/ Language: Español / Genre:thriller

El accidente

Ismaíl Kadaré

Un taxi se sale inexplicablemente de la calzada y se estrella en la carretera que lleva al aeropuerto de Viena. Como consecuencia del choque, los dos pasajeros, un hombre maduro y una mujer joven, ambos de nacionalidad albanesa, resultan muertos. Las investigaciones policiales no consiguen aclarar qué fue lo que despistó al taxista al mirar por el retrovisor como para perder el control del vehículo. El asunto queda archivado como un mero accidente, aunque con el calificativo de extraño. Meses más tarde, los servicios de inteligencia serbios y albaneses primero, y un investigador anónimo después, reclaman el expediente e inician sus propias pesquisas. El fallecido, Besfort Y., era un experto para asuntos balcánicos del Consejo de Europa que había seguido de cerca el proceso de descomposición de Yugoslavia, especialmente la guerra de Kosovo. La mujer que lo acompañaba, Rovena, se había entrevistado con él en distintos hoteles de toda Europa, por lo que podría estar implicada en las nunca desveladas actividades de Besfort. A través de los indicios policiales, testimonios de amigos y conocidos, un diario de Rovena…, se va trazando un bosquejo de la personalidad de los fallecidos y, sobre todo, de su particular relación amorosa.

Ismaíl Kadaré

El accidente

Traducido del albanés por Ramón Sánchez Lizarralde, 2009

Título original: Aksidenti

Primero parte

1

El suceso parecía de lo más común. Un taxi se había estrellado en el kilómetro 17 de la carretera que conducía al aeropuerto. Los dos pasajeros habían resultado muertos en el acto, mientras que el conductor, gravemente herido, fue trasladado al hospital en estado de coma.

El atestado de la policía incluía los datos habituales en este género de casos: los nombres de los fallecidos, un hombre y una mujer joven, ambos de nacionalidad albanesa, el número de matrícula del taxi, además del nombre de su conductor, austríaco, así como las circunstancias, o, más exactamente, el desconocimiento parcial de las circunstancias en las que se había producido el accidente. El vehículo no había dejado la menor huella de frenada en ninguna dirección. En el curso de la marcha se había desviado hacia el costado de la calzada como si el conductor hubiera perdido de pronto la vista, hasta volcar en un talud.

Una pareja de holandeses cuyo vehículo circulaba detrás del taxi declaró que, sin la menor causa aparente, éste había abandonado de pronto la carretera para abalanzarse contra el quitamiedos lateral. Aunque aterrados, los dos holandeses habían llegado a presenciar no sólo el vuelo del taxi en el vacío, sino también la apertura de las puertas traseras del vehículo, por donde los pasajeros, un hombre y una mujer, si no se equivocaban, se habían visto expulsados al exterior.

Otro testigo, conductor de un camión de Euromobil, proporcionaba poco más o menos la misma versión.

Un segundo atestado, redactado una semana después en el hospital, cuando el taxista recuperó el conocimiento, en lugar de esclarecerlo, lo oscurecía todo aún más. Tras la afirmación del hombre en el sentido de que nada infrecuente había sucedido hasta el momento del accidente, a excepción… tal vez… del retrovisor… que quizás hubiera atraído su atención…, el juez de instrucción acabó por perder la sangre fría.

A la reiterada pregunta acerca de lo que había visto en el espejo retrovisor, el chófer fue incapaz de responder. Las intervenciones del médico en sentido de que no se fatigara al paciente no impidieron al instructor continuar su interrogatorio. ¿Qué había visto en el retrovisor situado sobre el salpicadero del vehículo; en otras palabras, qué se estaba produciendo de infrecuente en el asiento trasero del taxi como para llegar a distraerlo por completo? ¿Una trifulca entre los dos viajeros? ¿O, al contrario, caricias eróticas especialmente atrevidas?

El herido decía que no con la cabeza. Ni una cosa ni la otra.

Entonces ¿qué?, estuvo a punto de gritar el otro. ¿Qué es lo que te hizo perder la cabeza? ¿Qué demonios viste?

El médico se disponía a intervenir de nuevo cuando el paciente, arrastrando las palabras como venía haciendo, comenzó a hablar. Al término de su respuesta, que resultó interminablemente larga, el juez y el médico intercambiaron una mirada. Antes del choque, los dos pasajeros del asiento trasero del taxi… no habían hecho otra cosa… otra cosa… que… esforzarse por… besarse…

2

Aunque el testimonio del taxista, a falta de credibilidad, fue interpretado como producto de las secuelas postraumáticas, el expediente del accidente del kilómetro 17 se declaró cerrado. La argumentación era sencilla: cualquiera que fuese la explicación que pudiera proporcionar el conductor sobre lo que había visto o había creído ver en el espejo retrovisor, eso no cambiaba gran cosa respecto a la esencia de la cuestión: el taxi había volcado como consecuencia de algo que había sucedido en su cerebro: distracción, alucinación o súbito oscurecimiento de sus facultades, todas ellas cosas mediante las que difícilmente podía establecerse alguna clase de vínculo con los pasajeros.

Sus identidades fueron establecidas, como de costumbre, junto con otros pormenores: él, analista al servicio del Consejo de Europa para cuestiones de los Balcanes occidentales; ella, una mujer joven, hermosa, becaria en el Instituto Arqueológico de Viena. Al parecer, amantes. El taxi había sido llamado desde la recepción del Hotel Miramax, donde las víctimas habían pasado las dos noches del fin de semana. El informe de la revisión técnica del vehículo excluía cualquier acto de sabotaje.

En un último intento por dilucidar si existían contradicciones en el relato del taxista, el juez le hizo una pregunta trampa sobre lo que había sucedido con los viajeros tras la caída por el barranco. De la respuesta del interpelado en el sentido de que sólo él se había estrellado contra el suelo, pues los otros habían abandonado el taxi, por así decirlo, se habían disociado de él por los aires, podía concluirse al menos que el herido no mentía en lo relativo a lo que había visto o imaginaba haber visto.

Aunque trivial a primera vista, el expediente, debido al testimonio insólito del taxista, fue no obstante archivado en el casillero de los «accidentes atípicos».

Fue ésta la razón de que, varios meses después, una copia acabara aterrizando en el Instituto de la red viaria europea, cuarta sección, encargada de los accidentes raros.

Aunque la calificación de «raros» diera a entender que no se trataba más que de un puñado en comparación con los accidentes habituales, impremeditados, causados por el mal tiempo, la velocidad inadecuada, el cansancio, el alcohol, las drogas, etcétera, los accidentes atípicos sorprendían sin embargo por su diversidad. Desde los golpes mortales o el sabotaje de los frenos hasta las visiones o alucinaciones repentinas de los conductores, su crónica relataba los más inconcebibles sucesos.

Una parte de ellos, los más misteriosos, guardaban relación con el espejo retrovisor del interior de la cabina. Constituían todo un capítulo aparte. Puede imaginarse con facilidad que lo que habían visto los conductores en él debía de ser extremadamente chocante, pues les había conducido a la propia desgracia. En el caso de los chóferes de taxis, el hecho de ser amenazados con un arma por el pasajero era uno de los que aparecía con mayor frecuencia. No eran raras tampoco las lesiones vinculadas con enfermedades diversas: pérdidas pasajeras de la consciencia, vómitos de sangre, arrebatos de delirio acompañados de alaridos. Una brusca pelea, incluso con cuchilladas entre los propios pasajeros, aunque no se produjera con una frecuencia excepcional, podía por su violencia ofuscar a un conductor sin experiencia. Más raros eran los casos en que uno de los viajeros, por lo común la mujer que pocos minutos antes había entrado en el taxi cariñosamente abrazada por su pareja, comenzaba de pronto a vociferar que la estaban secuestrando al tiempo que hacía esfuerzos por abrir la portezuela para saltar al exterior. Aunque podían contarse con los dedos de la mano, tampoco faltaban otros casos en que el conductor del taxi reconocía en la cliente a su primer amor, o bien a la esposa que lo había abandonado.

Si bien la mayor parte de los sucesos a primera vista misteriosos acababan encontrando explicación, resultaría excesivo pretender que el misterio de todas las apariciones reflejadas por la superficie de un retrovisor hubiera sido desentrañado.

Aparte de las alucinaciones, se clasificaban los casos por categorías: hipnosis producida por la mirada del pasajero, súbita ebriedad debida a la mirada traviesa de la hermosa clienta, o bien a la inversa, sensación de ser absorbido por un vacío aterrador semejante a un agujero negro.

Lo declarado por el taxista tras el accidente del kilómetro 17 de la carretera del aeropuerto, aunque a primera vista demasiado trivial para ser calificado de delirio o alucinación, escapaba en cualquiera de los casos a toda explicación racional. El esfuerzo de los dos clientes por besarse, que de acuerdo con las palabras del chófer se convirtió en causa de su propia distracción y, en consecuencia, de la muerte de ellos, se escurría insidiosamente entre los dedos cuanto mayores eran los esfuerzos por captarlo.

Los analistas que se ocuparon del accidente sacudieron al principio la cabeza, luego torcieron el gesto, más tarde sonrieron con malicia, para irritarse a continuación y verse obligados a empezar otra vez desde el comienzo.

¿Qué significaba aquello de que «se esforzaban por besarse»? Si incluso desde el punto de vista de la lengua ya resultaba antinatural, no digamos ya de la lógica. Podía concebirse que uno de ellos intentara besar al otro y este último se opusiera. Que uno de ellos mostrara recelos o que los mostraran ambos, que los dos tuvieran miedo de un tercero y así sucesivamente. Pero que las dos personas en el taxi, a solas con el conductor, «se esforzaban por besarse» -Sie versuchten gerade sich zu küssen-, como precisaba el acta, no se sostenía de ningún modo. El asunto era perfectamente sencillo: salían de un hotel donde habían pasado la noche, entonces ¿cómo es que «se esforzaban por besarse»? Dicho en otros términos, si querían continuar besándose, ¿por qué no lo hacían en vez de andarse con rodeos? ¿Qué se lo impedía?

Cuanto más se intentaba desenmarañar los hechos, más incomprensible se tornaba todo. Supongamos que las dos víctimas, a consecuencia de algún impedimento, no conseguían aproximarse: ¿Por qué entonces el taxista se había impresionado tanto con ello? ¿Acaso eran pocos los clientes que se besaban, incluso los que hacían directamente el amor en el asiento trasero entre los que había tenido ocasión de llevar de un lado al otro? Además, ¿cómo había podido percibir él una cosa tan sutil como el intento, en otros términos el deseo, acompañado del secreto obstáculo que lo impedía, de besarse?

Irritados, tras haberse repetido la sentencia: «Un simple arroja una piedra al río que cuarenta espabilados no son capaces de sacar», los analistas anotaron en el margen que, a no ser que se tratara del viejo subterfugio de la cliente en la que se reconocía a la propia esposa o a la amante de otro tiempo, a menudo pretextado por los conductores a partir del modelo heredado de fábulas más antiguas, éste era un caso de simple psicosis del que no merecía la pena ocuparse.

Por otra parte, tras la confirmación de que cualquier posible vínculo entre el taxista y la clienta extranjera de nacionalidad albanesa quedaba excluido, un informe médico calificaba el estado psíquico del conductor como enteramente normal.

3

Tres meses más tarde, cuando dos países de los Balcanes reclamaron uno tras otro examinar el dossier del accidente del kilómetro 17, el encargado de los archivos no pudo ocultar su sorpresa. ¿Desde cuándo a los países de la turbulenta península, después de haber perpetrado todas las atrocidades concebibles: asesinatos, bombardeos, entrada a saco y desalojo de pueblos enteros, ahora, una vez calmada la locura general, en lugar de consagrarse a las reparaciones necesarias, se les ocurría de pronto concentrar su atención en tan dispares y sofisticados hechos como los accidentes «raros» de automóvil?

Si bien no resultaba en modo alguno posible averiguar la causa que motivaba el interés del Estado serbo-montenegrino por el accidente, pronto quedó claro que los difuntos habían sido durante largo tiempo objeto de vigilancia por su parte.

Fue suficiente dar con el rastro de ese interés para que los servicios secretos albaneses se activaran de igual modo. La sospecha de que pudiera tratarse de un asesinato político, sospecha que tras la caída del comunismo todo el mundo se complacía en suscitar como parte inseparable de su legendaria paranoia, regresó de pronto a primer plano con toda su carga sombría.

Como de costumbre, los agentes albaneses llegaban con retraso al punto por donde los demás ya habían pasado. No obstante, gracias a los vínculos con los compatriotas de la diáspora, consiguieron reunir cierta cantidad de material relativo a las víctimas. Fragmentos de cartas, fotografías, billetes de avión, direcciones y facturas de hotel, aunque daban la impresión de no ser más que restos de una cosecha anterior, parecían de cualquier modo suficientes para arrojar algo de luz sobre las relaciones de la pareja. La simple visión de las fotografías, tomadas principalmente en hoteles, en terrazas de cafetería al borde de la calle, además de algunas otras, menos numerosas, tomadas en una bañera desde donde la joven, desnuda, miraba al objetivo con más regocijo que turbación, no dejaba el menor espacio para la duda sobre la naturaleza de sus relaciones. Las facturas de los hoteles permitían concluir con relativa precisión que los encuentros habían tenido lugar en diferentes ciudades de Europa a las que el hombre parecía haber acudido por razones de trabajo: Estrasburgo, Viena, Roma, Luxemburgo.

Los nombres de los lugares eran ratificados por las fotos, incluso por las cartas, en las que se hacía alusión a las ciudades, sobre todo por parte de la joven, a quien parecía complacerle precisar en cuáles de ellas se había sentido más dichosa.

Fue justo tras el examen de las cartas, en las que habían depositado sus principales esperanzas de desentrañar el enigma, cuando los investigadores, pasada la decepción inicial, experimentaron unos instantes de cierto estupor, seguido de inmediato por un completo desconcierto.

Las contradicciones eran tan groseras que se vieron obligados a interrumpir repetidas veces la indagación para conversar con los recepcionistas de los hoteles, las camareras de las plantas, los encargados de los bares nocturnos, con una compañera de la joven, inmigrante en Suiza, que, como se desprendía de las cartas, estaba en conocimiento de la verdad, y finalmente con el conductor del taxi.

Todos los testimonios coincidían poco más o menos en lo mismo: en la mayoría de sus encuentros la pareja parecía feliz, aunque había momentos en que la mujer se sumía en la tristeza, incluso en una ocasión había llorado en silencio durante el rato que él la dejó sola para ir a telefonear. Él también se enfadaba a veces, y entonces era ella quien hacía esfuerzos por tranquilizarlo acariciándole o besándole la mano.

A la pregunta de si había algo que los mortificara, una decisión necesaria que no eran capaces de tomar, una pesadumbre, una duda, una amenaza, los camareros no sabían qué responder. A sus ojos todo parecía de lo más natural. En los bares nocturnos era frecuente que las parejas pasaran de la euforia al mutismo, a veces al abatimiento, para recuperar de pronto la exaltación instantes después.

En tales casos, ella se volvía todavía más hermosa. Los ojos, que hasta ese instante no habían hecho más que seguir el humo del cigarrillo, se le iluminaban de pasión. Las mejillas de igual modo. Quedaba entonces envuelta en una belleza que sobrecogía, que te arrasaba.

¿Que te arrasaba? ¿Qué significa eso?

No sé cómo explicarlo. Quería decir una belleza que te dejaba partido en dos, tal como dicen. También él parecía reanimarse de pronto. Pedía otro whisky. Luego continuaban hablando en su lengua hasta pasada la medianoche, momento en que se levantaban para subir a su habitación.

Por el modo en que ella se ponía en pie, dejando caer una mirada de soslayo, echaba a andar la primera, la cabeza levemente inclinada, como antes se representaba a las mujeres hermosas y pecadoras, era evidente que iban a hacer el amor. Para los camareros de los bares nocturnos, sobre todo los de los hoteles, episodios así se convertían en detalles relajantes después de las largas horas de servicio.

4

El resto de las informaciones reunidas aquí y allá no consiguieron ayudar a los analistas a proyectar algo de luz sobre otros hechos. Por el contrario, todo iba enredándose cada vez más y, sobre el fondo de los testimonios de los camareros, las cartas de los dos fallecidos resultaban todavía más inexplicables. En ocasiones parecían adoptar el tono de una correspondencia banal entre dos amantes, incluso cuando ella se quejaba del comportamiento de él. Pero aparecían casos en que no quedaba el menor rastro de tal, y el laconismo de las notas daba claramente a entender que entre ellos no existía más que un mero acuerdo comercial entre una chica de alterne y su pareja.

Los investigadores no daban crédito a lo que veían sus ojos cuando después frases de la joven como: «Suceda lo que suceda, yo te querré toda la vida», se encontraban con notas de fecha posterior en las que, después de proporcionarle la dirección del hotel, él añadía: «En cuanto a las condiciones, de acuerdo en todo, como la vez anterior».

La frase podía interpretarse de dos modos. Podía referirse a la duración de la estancia, una o dos noches, pero de igual modo y con mayor probabilidad a una contrapartida, ya que, por si lo anterior no bastara, aquí y allá surgía el término call-girl, que él parecía estar siempre dispuesto a utilizar, viniera o no a cuento.

Por otra parte, en intercambios anteriores, por algunas frases debidas a él que ella citaba en sus propias cartas, se deducía que el hombre se refería de forma completamente normal a su impaciencia por verla, a lo que la había echado en falta y todo lo demás. La transformación, al parecer, se había producido durante la última fase de su larga relación.

De acuerdo con un minucioso cálculo, resultaba que si sus relaciones se habían prolongado durante alrededor de unas quinientas semanas, era durante las últimas cincuenta y dos cuando había tenido lugar tal alteración. Y como si hubiera querido situar un jalón fronterizo, la expresión call-girl aparecía justamente en la semana número cuarenta.

«Me has hecho experimentar una felicidad sin límites, lo reconozco -escribía ella-, pero tantas otras veces tu sañuda irritabilidad me ha envenenado la existencia.»

Se quejaba continuamente de eso y, en una carta del año 2000, le recordaba incluso que el periodo en que más plenamente había gozado la felicidad a su lado había sido el año de la guerra en los Balcanes, cuando probablemente él descargaba su agresividad en esa dirección. «En cuanto Serbia cayó de rodillas, como si no supieras a qué dedicarte, comenzaste de nuevo a martirizarme a mí.»

Fue esta última frase la que empujó a los agentes albaneses a creer que habían encontrado la clave para explicar uno de los enigmas: la vigilancia de Besfort Y. por parte del servicio secreto serbo-montenegrino. Con sus numerosas relaciones en Estrasburgo y en Bruselas, así como en la mayoría de los organismos mundiales de defensa de los derechos humanos, era natural que Besfort Y. figurara no sólo entre las personas consideradas molestas para Yugoslavia, sino entre aquellas a las que, en cierta medida, podía adjudicárseles algún grado de responsabilidad en el hecho de que fuera bombardeada.

La perplejidad provocada por la circunstancia de que la vigilancia hubiera comenzado con tanto retraso, cuando la guerra ya había acabado, se disipó de inmediato. Fue precisamente después de la guerra cuando, junto con cierta pesadumbre por el castigo y el desmembramiento padecidos por Yugoslavia, vio la luz cierto intento de revisión de los hechos. La esperanza de que los bombardeos fueran calificados de erróneos provocaba así tanto el regocijo de miles de personas como la desesperación de otras tantas.

Dentro de esta oleada que crecía a ojos vista, el esfuerzo por enfangar la reputación de Besfort Y., así como la de toda la cohorte de los que habían fomentado la defunción de Yugoslavia, parecía perfectamente natural. Bajo los efectos de una saña enfermiza, según podía deducirse de la carta de su amante, este hombre no había encontrado sosiego hasta asistir al derrumbamiento del Estado vecino. Sin contar con que su amiga y puede que incluso inspiradora resultaba ser una simple mujer de la vida.

Por mucho que se resistieran a admitirlo, los analistas albaneses sospechaban que, por desgracia, una parte de lo que sostenían los serbios, en particular todo lo relacionado con la amante de Besfort Y., parecía en no pocos casos fundado. Como ansiosos por certificar lo contrario, los agentes reemprendieron sus visitas a las agencias de viaje, los bares, las piscinas de hotel, hasta llegar a la modesta vivienda en cuyo desván se encontraban aún algunos de los efectos personales de la fallecida.

A consecuencia de ello, el galimatías engendrado en sus cabezas, en lugar de verse un tanto despejado, se enmarañó a tal extremo que llegaron incluso a sospechar que se tratara no de una, sino de dos mujeres diferentes, confundidas por error por los investigadores.

Eso es lo que habrían deseado creer pero, para su desesperación, se descubrían cada vez más persuadidos de que tras la joven mujer de turbadora figura, que tan bien conocían ya por las cartas, los testimonios de otros y sobre todo por las fotos íntimas, se ocultaba en realidad una segunda naturaleza.

5

La salida a escena de la pianista Liza Blumberg, amiga de Rovena, resucitó la sospecha de asesinato.

Hasta entonces había resultado fácil desecharla en tanto que se la relacionaba con el servicio secreto serbio. No se excluía, es verdad, la eliminación de Besfort Y. como elemento dañino para Yugoslavia, y con él de la amante que se encontraba por azar a su lado en el instante aciago. Pero era completamente ilógico que tal cosa se produjera una vez transcurrido tan largo espacio de tiempo. Si bien la eliminación de Besfort Y. en el momento debido podría haberles reportado algún beneficio, ahora que el telón del drama ya había caído, eso no le beneficiaba a nadie.

El revisionismo de los acontecimientos tenía más necesidad del descrédito que de la muerte de Besfort Y. Su asesinato no podía contribuir a ese descrédito. Por el contrario, lo más probable era que su desaparición lo obstaculizara. Es cosa sabida que resulta más fácil infamar a un vivo que a un muerto. Besfort Y. no podía ser una excepción, y mucho menos su amiga.

Lo que surgía de nuevo y de sorprendente en el testimonio de Lulú Blumb, como llamaban en su círculo de amistades a la pianista, era el vínculo que ella establecía entre la muerte de Rovena no con el servicio secreto serbio, sino con su pareja. Según ella, en los últimos tiempos se había convertido en una verdadera moda utilizar accidentes para encubrir asesinatos, y ella estaba convencida de que, precisamente por medio de ese accidente, Besfort Y. había pretendido desembarazarse de su amiga, con independencia de que él mismo lo hubiera pagado con la vida.

En este punto, no sin disimular su sarcasmo, todos los investigadores sin excepción interrumpían a la pianista para decirle que no resultaba demasiado creíble culpar a alguien de la muerte de otro cuando ambos se habían precipitado juntos al abismo. A menos que se pensara que Besfort Y., en el curso de la caída, por alguna razón radicalmente incomprensible, ¡había conseguido apresurarse, aprovechando la confusión, para perpetrar su crimen!

Espere, no tenga tanta prisa por burlarse, replicaba Lulú Blumb. No estoy tan chiflada como para creer semejante cosa. Y continuaba exponiendo su versión.

Estaba convencida de que Besfort Y. había asesinado a su amante. Las circunstancias, ella, por supuesto, no podía conocerlas, pero eso no le impedía en modo alguno mantener su convicción. Como le había confesado la propia Rovena varios meses atrás, mientras pasaban una temporada en Albania, alojados en un dudoso motel al que B. Y. la había llevado, ella había temido por su vida. Por lo que se refiere a la causa, prefería guardar silencio. Ellos estaban en condiciones de identificarla mejor que ella misma. Ella era una pianista, y la cara oculta de la política no le interesaba en absoluto. Besfort Y. era un hombre complicado. Por pura casualidad, Rovena le había hablado de misteriosas llamadas de teléfono pasada la medianoche. De cierto incidente con Israel o a causa de Israel tampoco se acordaba bien. Como ya les había dicho, ella prefería no mezclarse en tales enredos. Incluso si había estado en contra de los bombardeos sobre Yugoslavia, eso no se debía a ninguna convicción política, sino simplemente al hecho de que formaba parte de los verdes y, por tanto, se oponía al sobrevuelo de aviones militares, a la contaminación de la atmósfera y todo lo demás.

Entre tanto, el descubrimiento de la naturaleza de las relaciones entre Rovena y la pianista vino a deteriorar la credibilidad de esta última. No resultaba difícil concluir, incluso ella misma no lo ocultaba, que habían tenido las dos una aventura prolongada, lo que tornaba comprensibles los celos de la pianista hacia Besfort Y.

Fue ésta la razón de que, incluso tras la referida intervención de la Blumberg, los investigadores escucharan sin prestar mucha atención las conjeturas de ésta, incluida la última, la más nebulosa, en que la pianista, después de referirse a una gran muñeca despedazada por los perros, añadió acto seguido que no prestaran demasiado oído a sus palabras, pues se sentía muy cansada. Los investigadores, naturalmente, la hicieron volver sobre esa muñeca, pero la pianista dijo que lo había leído en las esquelas mortuorias de los periódicos, que estaba en verdad muy cansada y la única cosa que podía decirles era que quien se encontraba en el taxi, estaba completamente convencida, no era Rovena St. sino otra mujer.

Aunque estas últimas frases aparecían subrayadas en la mayor parte de las actas, los investigadores continuaban mostrándose incrédulos, y tal vez no habrían tenido la idea de retornar, no ya a ella, sino a la sospecha de asesinato en general, si no se hubieran topado con otro testimonio, procedente esta vez de «la parte de él».

Tal testimonio, en apariencia el único en su género, procedía de un viejo compañero de la facultad. La conversación se había producido en Tirana, en la planta de arriba del club Davidoff, un día de finales de invierno, algunos meses antes del accidente.

Según el testigo, Besfort estaba sombrío. Preguntado por la causa de ello, al comienzo respondió con evasivas. Tenía problemas. Más tarde retornó a su propia respuesta dejada a medias. Estaba enredado en un lío desagradable… con una mujer joven.

Conociendo su carácter, el testigo no intentó averiguar nada más. Pero el otro, contra su costumbre, le reveló algo de forma voluntaria. Al parecer había cometido un error. Por lo que llegó a captar el testigo, era la propia relación con aquella mujer lo que consideraba un error. Para su sorpresa, llegó incluso a utilizar la palabra «miedo»: miedo de esa relación, o de ella, la joven amante.

Tras un largo silencio, volvió a repetir que había cometido un error en algún momento. Sin proporcionar ninguna otra explicación, dijo que estaba haciendo esfuerzos por salir de aquel enredo. Tenía confianza. Su discurso era cada vez más confuso. Tenía confianza en que, cuando llegara el momento… es decir, el momento adecuado, sabría qué hacer.

El tono de sus palabras no dejaba lugar para injerencias. ¿La expresión de su cara? ¿Sus ojos? Fríos. ¡Oh, no! De ningún modo los de un asesino. Yo diría simplemente fríos. Desprovistos de compasión.

Los investigadores hubieron de regresar a las conjeturas de Liza Blumb, incluso a sus palabras casi delirantes acerca de la muñeca encontrada entre los matorrales, despedazada por los perros, pero la antojadiza pianista, tal vez arrepentida de haber hablado de más, se negó a continuar colaborando.

Esto no impidió en modo alguno la continuación de las pesquisas. Incluso ahora que la pianista había quedado al margen, el celo de los agentes se multiplicó de pronto. Pocas veces les había ocurrido que una sospecha de asesinato les condujera a digresiones tan alejadas de lo esencial que a menudo les hacían olvidar el punto de partida.

Todo lo que ya sabían, junto con el producto de las indagaciones nuevamente realizadas, fue objeto de un minucioso proceso de depuración que excedía el deber profesional.

Retornaron entonces a los dos primeros testimonios, el de la pareja holandesa y el del conductor del remolque de Euromobil. Al inicio habían parecido concordar (las puertas del taxi abiertas, los cuerpos lanzados al exterior), pero ahora, una vez sometidos a un concienzudo análisis, no era así. Según los holandeses, los cuerpos de las víctimas, todavía en el aire, iban abrazados por el cuello, como si pretendieran aferrarse el uno al otro. Mientras que el conductor del camión sostenía con insistencia que los cuerpos, al tiempo que caían, estaban separados.

La discrepancia podía estar justificada por el diferente ángulo de observación y sobre todo por la ubicación respectiva de los dos vehículos en el momento del accidente. Dado que el camión circulaba detrás del turismo, resultaba plausible que los holandeses hubieran visto unidos los cuerpos de las víctimas y el camionero los hubiera visto separados.

Sin embargo, este encaje de las pruebas se sostenía a duras penas. Implacables, el resto de los elementos aportados por las frases misteriosas desgranadas aquí y allá o vagamente pronunciadas al teléfono según el testimonio de la amiga de Suiza inducían a suponer algo sustancialmente diferente.

Tú crees haberte convertido en una persona serena, le escribía ella en una carta fechada en el último año. Yo preferiría tu irritabilidad anterior, que tantas veces ha representado una tortura para mí, a esta aterradora calma chicha.

En otra hoja, en apariencia escrita un día diferente, evocaba la conversación telefónica de la noche antes: Lo que me dijiste ayer, aunque sonara compasivo, era en sí mismo, no sé cómo calificarlo, monstruoso, desolador, de una frialdad cósmica.

Aproximadamente en el mismo periodo, ella le había confesado a su amiga de Suiza que se sentía extremadamente abatida. ¿A causa de él?, le había preguntado su amiga; y ella le respondió: Sí, pero no puedo decírtelo por teléfono. Resulta muy difícil de explicar. Tal vez sea imposible. Cuando nos veamos, lo intentaré de todos modos.

No consiguieron volver a verse, pues dos meses más tarde se había producido el accidente.

A la pregunta de los investigadores sobre si de todos modos ella había supuesto algo, la amiga de Suiza guardó silencio durante largo rato antes de responder. Por supuesto que algo había captado, pero era muy confuso. Tengo problemas con Besfort, le había dicho Rovena en algunas otras ocasiones, pero se trataba de frases de carácter vago, las más cómodas para iniciar cualquier conversación sobre el tema. A una pregunta sobre cuál era la naturaleza de esos problemas, la otra le había respondido que no resultaban fáciles de explicar. Tras un silencio, había añadido: B. intenta convencerme de que nosotros ya no nos queremos. ¿Qué manera es ésa de hablar?, se había indignado la amiga. Rovena había callado. ¿Y qué más?, había continuado la amiga. ¿Acaso quiere que os separéis? No, no, había respondido Rovena. No comprendo; entonces ¿qué pretende? Otra cosa, fue la respuesta al otro extremo del hilo. No te entiendo, había dicho la amiga. Hace ya algún tiempo que he dejado de comprenderte. A él, tu amigo, nunca le he entendido, pero ahora tampoco a ti. Tal vez cuando nos volvamos a ver, había añadido la otra, lo mismo que unas semanas antes.

Entre las notas redactadas en forma de diario o los fragmentos de frases que la difunta había dejado anotadas con destino a futuras cartas, los investigadores encontraron vínculos con el confuso diálogo entre las dos mujeres.

¿Esperanza de resurrección?, aparecía escrito en una hoja sin fecha. ¿Pretendes hacerme concebir la esperanza de verte de pronto convertido en el que eras? Al decirme que para resucitar es preciso morir primero, finges tratar de aliviarme. En realidad me hundes más profundamente en la oscuridad.

Tres meses antes del accidente, en el listín de teléfonos, junto a la dirección de un hotel, aparecía anotado: «Nuestro primer encuentro… después del vacío. ¡Es extraño! Se diría que me hubiera contagiado lo que yo tomé por su locura personal».

Los investigadores no entendían una palabra.

Una semana antes del accidente, en la agenda de bolsillo surgía una anotación parecida: Viernes, Hotel Miramax, nuestro tercer encuentro post mortem.

Como tratando de encontrar alivio para su ánimo con algo tangible y preciso, los investigadores tornaban y retornaban a la última noche en el bar nocturno del Hotel Miramax, reconstruida hora a hora mediante los testimonios de los camareros. La conversación entre ambos, muy juntos, en el rincón más oscuro. Los cabellos sueltos de ella. Su salida de madrugada, y el regreso de él una hora después. Su rostro exhibiendo esa laxa placidez de los hombres que, después de haber hecho el amor, bajan de nuevo al bar para dar tiempo a que su pareja duerma, sobre todo cuando su juventud requiere de más horas de sueño.

Luego, con otro ritmo, se sucedían la copa de whisky irlandés por la mañana, el encargo del taxi y la frase cruelmente antinatural del chófer: Sie versuchten gerade sich zu küssen.

6

En cualquier lugar del mundo, la batahola de los acontecimientos que se producían en la superficie estaba en abierta contradicción con el silencio imperante en las profundidades, pero en ninguna parte ese contraste era tan patente como en los Balcanes.

El viento atronaba sobre sus cumbres, doblegando los abetos y los robles enormes, lo que provocaba que la península toda tuviera la apariencia de una loca furiosa.

Entre tanto, lo que sucedía en los subsuelos, en el mundo de los susurros y de las investigaciones secretas, podía ser asimismo tomado por la locura de turno, aunque a menudo más grave que la imperante en la superficie.

Eso es lo que habría percibido un ojo ajeno al celo de los dos servicios secretos que continuaban enfangados en algo que tenía cada vez más la apariencia de una historia de fantasmas.

Los primeros en dar muestras de cansancio fueron los analistas serbios. Sus homólogos albaneses, que, aunque negándose a admitirlo, se daban cuenta de que se habían dejado arrastrar a ciegas en aquella historia por no quedarse atrás respecto a sus rivales, acechaban la ocasión propicia para retirarse a su vez.

Largo tiempo después, como siempre justo en el momento en que menos podía esperarse, una mano concienzuda había conseguido entre tanto, para sorpresa general, internarse de nuevo en los más ocultos rincones de los archivos. Una mano de largos dedos, finos y ágiles, cuya fragilidad se veía subrayada por las numerosas huellas de extracciones de sangre a cargo de enfermeras irritadas por no conseguir encontrarle las venas, había logrado sondear no solamente los expedientes de las dos partes, sino incluso centenares de otros testimonios conocidos o ignorados. Como recompensa por esa perseverancia, todo un mosaico de una sorprendente diversidad se había ido completando estación tras estación y año tras año. Lo que no habían sido capaces de alcanzar los servicios secretos de los dos Estados, un hombre solo, sin medios logísticos, sin dinero, sin recursos para ejercer presión, incluso sin la motivación del deber cumplido o de alguna suerte de beneficio, sino tan sólo movido por una pesadumbre personal, pesadumbre que no había desvelado jamás a nadie, había logrado aproximarse a la solución del enigma del kilómetro 17.

Al igual que en la imagen de una galaxia que en la distancia parece helada, mientras que para el observador entendido permite imaginar con facilidad qué torbellinos catastróficos y cegadoras explosiones se abisman en su interior, de igual modo en el expediente del investigador que jamás desveló su nombre se encontraba agrupada en un fingido desorden, aunque en realidad con arreglo a un sistema oculto, la multitud interminable de pequeños fragmentos que componían el mosaico. Figuraban allí, naturalmente, todos los datos antiguos, enriquecidos en su mayor parte con nuevos pormenores. Los nombres de los hoteles, incluso los números de las habitaciones donde la pareja había dormido, los testimonios de las camareras de planta, de los camareros de los bares. Asimismo toda clase de recibos, facturas de teléfono, tickets de salas de gimnasia, de cursos de autoescuela, de visitas y recetas médicas. Pero no se detenía aquí: dos sueños de Besfort Y., sin duda contados por él mismo a Rovena, uno fácil de interpretar, el otro totalmente abstruso, aparecían a retazos en una y otra parte. Y de nuevo pasajes de cartas, de diarios íntimos, de diálogos telefónicos reconstruidos más tarde, en su mayor parte acompañados de suposiciones y deducciones que, aunque en apariencia contradictorias, convergían siempre en algún punto para volver a divergir y aproximarse de nuevo más tarde de forma todavía más sobrecogedora.

Obedeciendo a un sistema cuya precisión recordaba los boletines meteorológicos de las noticias de la noche, se detallaban, de acuerdo con las anotaciones de la joven mujer, los días felices, su frecuencia comparada de un hotel al otro, el escalonamiento de las dosis de satisfacción, la jerarquía de los orgasmos. Todo esto confrontado con los testimonios de las mujeres de servicio, quienes recordaban el perfume utilizado por la mujer, la ropa interior dejada al descuido a los pies de la cama, las manchas en las sábanas indicando que no se protegían nunca. Casi con idéntica prolijidad se referían las horas de abatimiento, provocadas la mayor parte de las veces por conversaciones al teléfono que terminaban mal debido a la irritabilidad de su amante, las quejas de ella, su desesperación. Entre estos dos estados se encontraba un tercero, más difícil de desentrañar, una zona grisácea envuelta en bruma.

Era precisamente la palabra «zona» la que ella había utilizado en una de sus escasas cartas dirigidas a su amiga en Suiza.

Ahora nos encontramos en otra zona. No exagero en lo más mínimo al afirmar que se trata de otro planeta. Regido por otras leyes. Desde luego, hay en ello algo glacial, algo aterrador; sin embargo debo reconocer que al mismo tiempo me siento cautivada, sumergida en lo ignoto… Sé que te sorprenderán estas palabras, pero espero poder explicártelo cuando nos volvamos a ver.

Como sabe, no volvimos a vernos nunca, finalizaba la remitente de Suiza.

Otra carta, escrita dos semanas antes del accidente, era todavía más confusa.

Estoy de nuevo como paralizada. El continúa ejerciendo sobre mí un poder hipnótico. Las cosas que a primera vista me parecen absurdas son precisamente las que admito más dócilmente. Anoche me dijo que toda esta bruma, esta incomprensión entre nosotros de los últimos tiempos era cosa del alma. Ahora que lo hemos dejado a un lado, podemos decir que está superado. Del cuerpo siempre es más fácil ocuparse… Tú dirás seguramente que estás tratando con una loca. También yo me veía al principio de ese modo. Luego no. Aunque, de cualquier modo, pronto nos veremos y podrás darme la razón.

Durante horas enteras el investigador se dejaba arrastrar por este galimatías. El alma contribuyendo a la incomprensión. El encuentro antes de la muerte, calificado de post mortem. Entre otras frases insondables. Había ocasiones en que cada una de ellas se le antojaba la clave para el desvelamiento de la verdad, y otras, al contrario, la que cerraba para siempre todas las puertas.

Era precisamente el encuentro antes de la muerte el que era calificado como post. Y por si este desmedido retorcimiento no fuera suficiente, la carta, más exactamente la última palabra de Besfort Y., encontrada en el bolso de la joven mujer el día del accidente, la carta desconcertante que comenzaba con las palabras: «En cuanto a las condiciones, de acuerdo, lo mismo que la última vez», cuya interpretación se había convertido en causa de que los servicios secretos reemprendieran la investigación, se refería precisamente al último encuentro en el Hotel Miramax.

Una conversación telefónica con su amiga de Suiza que esta última no tenía previsto revelar nunca, después de haberse decidido por la opción contraria, aunque sólo cuando hubo leído la nota calificada de «cínica» en la mayor parte de los informes, dicha conversación telefónica indescifrable encontraba explicación más que con el concurso de ella.

¿Tú me dices que no me deje abatir? ¿Crees acaso que se trata de nimiedades comparadas con la felicidad que me proporciona? ¿Y si te dijera que me trata prácticamente como a una prostituta?

¿Se permite tratarte a ti como a una prostituta? ¿Eres consciente de lo que dices? Me dejas desconcertada.

Soy plenamente consciente. Y lo repito, aunque en lugar de la palabra puta, utiliza call girl, es esencialmente así como me trata, como a una puta.

¿Y tú toleras semejante cosa?

Sí…

Me dejas verdaderamente desconcertada. Y para serte sincera, más que él, eres tú la que me deja boquiabierta.

Tienes razón. Sin embargo tú no estás en condiciones de conocer toda la verdad. Tal vez sea culpa mía por habértelo dicho por teléfono. Espero que cuando nos encontremos…

Escucha, Rovena. No hay necesidad de grandes explicaciones para comprender que si él te trata de puta, no lo hace por nada. Él pretende humillarte a toda costa.

Naturalmente que lo pretende. Sin embargo…

No hay sin embargo que valga. Humillación es humillación.

Quería decir que tal vez sea más complicado que eso. ¿Te acuerdas de aquella película de la que hablábamos, La dama de las camelias, en la que el protagonista, pese a que ama a la chica, en un arrebato de cólera, llega a dejarle, para ofenderla, un fajo de billetes bajo la almohada?

¿Hasta ese extremo han llegado las cosas?

No… Espera… Son la clase de cosas que llegan a suceder en el amor…

Rovena, no me cuentes tonterías. Ya se sabe lo que son las peleas amorosas. Hasta los animales lo entienden. Pero se trata de explosiones momentáneas. Pero, si yo te he entendido bien, él hace eso sin irritarse, a sangre fría.

Es verdad. Así lo hace… ¿Pero por qué razón?

¿Por qué? Justamente eso en lo que no consigo comprender. Puede que tenga un resentimiento contigo. Un ansia de venganza. Un… no sé cómo decirlo.

No. No se trata de eso. Yo sí, hay momentos en que apenas soy capaz de contenerme. El no.

Lo que quiere él es enfangarte. Abatirte, derribarte moralmente… por no decir corporalmente… ¿Es que no lo comprendes?

Pero ¿por qué? ¿Por qué siente esa necesidad?

Eso sólo lo sabe él. Me has dicho que le tienes miedo. Quizás también él te tenga miedo a ti.

¿Miedo a qué?

No lo sé. Vosotros os tenéis miedo el uno al otro. No sólo miedo, yo diría que incluso terror… Pero bueno… Rovena, querida mía, piensa bien en todo esto. No quiero asustarte, pero estate atenta. Tengo un mal presentimiento.

7

No resultaba fácil determinar qué parte del material de la investigación había permitido a los servicios secretos esbozar el retrato de Besfort Y. En ocasiones daba la impresión de que eran los nombres de los hoteles, sobre todo cuando los hoteles mismos, o las ciudades donde se encontraban, coincidían con las informaciones relativas a los «terroristas albaneses», como eran calificados por los yugoslavos los insurrectos albaneses que habían coincidido alojándose en los mismos lugares. Aunque pesquisas más incisivas, las denominadas «psíquicas», sobre todo extraídas de las conversaciones de Rovena St. con sus amigas, puede que tuvieran también alguna parte en ello. Ése era el caso desde luego del sueño con las citaciones ante el Tribunal de La Haya, o las palabras «estate atenta, tengo un mal presentimiento».

Por otra parte, el último mensaje de Besfort Y., para entonces designado como «la nota cínica», traducida a la mayoría de las lenguas utilizadas en el seno del Consejo de Europa y provista en ocasiones de comentarios incrédulos -«¿Transmite la traducción el sentido exacto? ¿Las palabras «condiciones» y «Okay» tienen las mismas connotaciones en el original albanés que en el resto de las lenguas?»-, era citado al margen en todas las comunicaciones serbias, que se empeñaban en demostrar que el analista Besfort Y. era, entre otras cosas, un esquizofrénico peligroso.

En la lista de veintinueve personalidades que, según los servicios serbios, con sus intervenciones y sus informes sobre las masacres cometidas en Kosova, habían conseguido ofuscar a ciertos gobiernos occidentales, el nombre de Besfort Y. era como una pálida brasa entre estrellas de primera magnitud como Clinton, Clark, Albright y otros. No obstante, cuando se trataba de aludir a las oscuras motivaciones, cuyo punto de partida era a menudo personal, que habían instigado la cólera de estos hombres contra la inocente Yugoslavia, Besfort Y. era el único en ser equiparado con el presidente estadounidense. La historia de este último con Mónica Levinsky daba la impresión de un idilio inocente frente a la inquina siniestra del analista albanés a quien la destrucción de un Estado proporcionaba al parecer el mismo goce que la posesión, más exactamente dominación, de su pareja. De acuerdo con los informes, las palabras «Después de acabar tu trabajo con Serbia, te has lanzado de nuevo contra mí», no dejaban espacio alguno para la duda sobre la naturaleza perversa del analista.

El celo desplegado por los servicios secretos tras la finalización del drama era retratado por el investigador desconocido con mayor minuciosidad que todas las indagaciones precedentes. Si bien era cierto que el telón había caído y el Tribunal de La Haya estaba en trance de condenar al ex jefe de Serbia, la oleada de arrepentimiento europeo estaba aún lejos de aplacarse. Se reclamaba la revisión de todo e incluso los gritos «¡A La Haya!, ¡A La Haya!» se dejaban oír cada vez con mayor frecuencia, pero esta vez no respecto a los vencidos, sino a los vencedores. Como escribió un historiador: No es ya batiendo el tambor de la guerra, sino invocando la piedad y las ruinas, como Serbia esperaba el retorno a su regazo de la Kosova perdida.

Como a modo de contrapeso para los pasajes más brumosos y enigmáticos, esta pieza de la indagación era de una precisión ejemplar. Nombres, fechas, titulares de periódicos, extractos de noticias, declaraciones, desmentidos, nuevamente nombres ordenados con arreglo a las posiciones sostenidas, con frecuencia contradictorias, vertidos en una marea inacabable. Alain Dusselier, William Walkner, Tony Blair, Günter Grass, Noam Chomsky, André Glucksmann, Harold Pinter, Bernard-Henri Levy, Paul Garde, Peter Handke, Pascal Brukner, Madre Teresa, Ibrahim Dominique Rugova, Seamus Heaney, el papa Juan Pablo II, Patrick Besson, Gabriel Keller, Ismaíl Kadaré, Claude Durand, Bernard Kouchner, Régis Debray, Jacques Chirac, Pontifeks (defensor de los puentes de Belgrado), Bogdan Bogdanovic, Pontikrasb (arquitecto, ideólogo del derribo de esos mismos puentes), el Dalai-Lama, el cardenal Ratzinger, etcétera.

De acuerdo con el investigador desconocido, tanto el agradecimiento de los serbios respecto a sus defensores como el encono contra sus vencedores, que de acuerdo con las tradiciones balcánicas estaban llamados a perpetuarse por los siglos de los siglos, comenzaron de pronto a desdibujarse. La nueva geopolítica de la península, el Pacto de Estabilidad, la lista de espera ante las puertas de Europa de los Estados testarudos, amigos y enemigos de la víspera, con la pretensión de integrarse conjuntamente en la familia de sus sueños, habían provocado lo que antaño parecía inconcebible: los juramentos de venganza, los rencores y suspiros se recordaban ahora con mayor curiosidad que ira.

Más gradualmente se disipaban algunos rumores de la época, como el que establecía que la Madre Teresa de Calcuta había sido la principal instigadora de los bombardeos sobre Yugoslavia mediante una llamada telefónica en mitad de la noche al presidente estadounidense, hijo mío, haz algo por mis pobres albaneses, castiga a Serbia. Al mismo tiempo, una copla sobre el presidente punitivo continuaba entonándose en los bares lo mismo que ayer:

Vamos, Bill, dale a Serbia,

cosas peores hiciste…

Es más fácil darle a Serbia

que a Mónica Levinsky.

El propio investigador, que hasta entonces se había mantenido escrupulosamente al margen dando muestras de imparcialidad, de pronto daba la impresión de tener cierta prisa por separarse del trasfondo épico debido al sesgo de los acontecimientos y consagrarse a otro hilo de la trama.

8

El expediente hacía pensar ahora en el avión que, después de haber atravesado cielos despejados y clementes, penetra de nuevo en una zona de turbulencias y nubarrones. Sombrías suposiciones que desembocaban en sospechas, frases de doble sentido, diálogos indescifrables extraídos de recuerdos de ciertas conversaciones telefónicas, se remontaban hasta la superficie para volatilizarse de nuevo en el torbellino del caos. En tu última carta me hablas de sumisión. ¿De verdad has soñado tú, aunque sea por un instante, una cosa parecida? ¿Pero acaso no sabes que, arrodillado, yo podría haber sido todavía más peligroso? Ella: Lo que me ha terminado por cansar, créeme, es esta incomprensión entre nosotros. Él: No tienes por qué devanarte los sesos a ese respecto. Ésa es una tristeza que procede del cuerpo, no del espíritu. Él me dijo ayer: Debes atenerte a nuestro pacto. ¿Qué pacto es ése? Es la primera vez que lo mencionas. ¿De verdad? Si es verdad que me consideras tu amiga, debes ser más clara conmigo. Tienes razón, pero ¿crees que me resulta fácil serlo? En esta historia, todo se oscurece cada vez más. ¿Has oído hablar de Empédocles? Hum, algo me recuerda ese nombre, pero no estoy segura. Tampoco yo lo conocía. Es un antiguo filósofo que, empujado por la curiosidad de ver lo que ningún ojo humano había contemplado jamás, se arrojó al cráter del Etna. ¿Ah, de verdad? ¿Y qué relación tiene eso contigo? No conmigo, con nosotros dos. Sigo sin entender nada. Fíjate, un día en que él me decía que estábamos experimentando algo desconocido, me habló de ese famoso Empédocles. Rovena, no te comprendo. ¿No estarás pensando en arrojarte por cualquier precipicio porque un loco haya hecho lo mismo hace cinco mil años? No te precipites, espera un poco. No soy tan insensata como para dejar que me propongan cosas semejantes. Era solamente una comparación. Una metáfora, como nos enseñaron en la escuela. De todos modos, incluso así, con sólo imaginarlo, me produce estremecimientos. Por supuesto que es para asustarse. Me lo has dicho tú y me ha producido de inmediato escalofríos. Arrojarse a la lava por pura curiosidad… Bonita curiosidad, te lo aseguro. ¿Pero por qué ha sido así, incandescente, como has imaginado el cráter? ¿Cómo? Quiero decir que si pensaste en el cráter con lava o sin ella. ¿Y qué importancia tiene eso? Cuando se dice volcán, es en lava en lo que se piensa. En cambio yo lo he imaginado apagado, negro, desolado. Y con esa apariencia me ha parecido doblemente terrorífico. Espera, él decía que es así como se imagina la caída en el interior de un agujero negro, para salir a otras zonas… Escucha, Rova, escúchame, cariño, y no me lo tomes a mal. Harías bien viniendo cuanto antes a descansar unos días aquí. El aire de los Alpes te sentará bien. No divertiremos las dos juntas, como antaño. Recordaremos los buenos tiempos de la facultad. ¿Te acuerdas de los versos de aquel muchacho de Durres que seguía un curso paralelo?

Rova es un antibiótico,

rovaminicina lo llaman.

Pero Rovena es una chica estupenda,

y eso todo el mundo lo sabe.

Las palabras «tengo miedo» pronunciadas por la joven mujer, repetidas con más frecuencia que cualesquiera otras, servían de punto de partida al investigador para abordar lo relativo a la versión del conductor del taxi. Tengo miedo de no sé muy bien qué. No, no sé por qué, había repetido ella. Finjo no tener miedo de él. Él también actúa como si ya no me diera miedo. Pero nada de todo eso es verdad.

¿Por qué te impresionó tanto lo que viste o lo que te pareció ver en el espejo retrovisor?

La pregunta, aunque extraída de las actas escritas, no había perdido nada de su fuerza sugestiva.

¿Te trajo algo a la memoria esa visión? ¿Aunque de manera ambigua, indirecta? ¿Una negativa, un impedimento, algo que no debía tener lugar?

No sé qué decir. No estoy seguro.

¿Tuviste miedo?

Sí.

Miedo lo habían tenido todos en esta historia. Con razón y sin ella. Unos de otros, de sí mismos, de algo que continuaba ignorado.

Una parte de ese miedo había pasado por el retrovisor del taxi. La otra parte, no se sabía por qué canales desconocidos.

El investigador consiguió al fin no sólo entrevistarse con Lulú Blumb, sino incluso convencerla para que hablara y completara su testimonio. Resultaba difícil descartar sus sospechas de asesinato. Pero tampoco era fácil aceptarlas.

La mujer contenía a duras penas su resentimiento. ¿Es que son ustedes ciegos o lo aparentan?, protestaba una y otra vez. Según ella, su mentalidad asesina se olfateaba a distancia. Su sueño o para ser más exactos su temor onírico al Tribunal de La Haya lo demostraba a las claras.

El investigador ardía en deseos de interrumpirla para replicarle que La Haya aterrorizaba a no poca gente en el mundo aquella temporada. Serbios, croatas, albaneses, montenegrinos, podía decirse que toda la península balcánica temblaba con sólo pensar en él. Pero el investigador lograba contenerse.

La mujer continuaba insistiendo en que no sólo aquel en que se lo convocaba ante el Tribunal, sino tampoco el otro sueño, aquel que se había convertido en costumbre clasificarlo como indescifrable, misterioso, etcétera, para ella, Lulú Blumb, ocultaba enigma alguno. Como sin duda sabía el señor investigador, aparecía en él un monumento mortuorio, algo entre el mausoleo y el motel, al que el hombre llega y llama en busca de alguien. Ese alguien, según resulta más tarde, es una mujer joven. Está encerrada allí, o congelada, en otras palabras, asesinada.

De acuerdo con los términos de la investigación, Besfort Y. había tenido ese sueño una semana antes de la muerte. Por lógica, habría debido tenerlo más tarde, después de haberse deshecho de Rovena. Pero como el señor investigador sin duda alguna ya sabía (incluso mejor que ella), un desplazamiento de este orden es de lo más habitual en el mundo de los sueños. Con la mayor de las certezas, aquel sueño testimoniaba que, en el inconsciente de Besfort Y., la decisión de desembarazarse de Rovena estaba ya tomada.

Tanto cuando la creía como cuando no daba el menor crédito a sus palabras, el investigador escuchaba a la pianista con la misma infatigable curiosidad. La mujer poseía un don especial, derivado tal vez del ejercicio de la música, para engendrar una atmósfera evocadora, sobre todo de acontecimientos conjeturados. De este modo, por ejemplo, siempre que mencionaba el último de los sueños, no olvidaba jamás aludir a la luminosidad de la medianoche, cuya procedencia podía atribuirse tanto al estuco de color claro como a la ausencia de esperanza.

En cuanto a la otra evocación, la del amanecer del día 17 de octubre, cada vez que se hacía referencia a ella, suscitaba en el espíritu del investigador una embriagadora flojedad de la que sólo con gran esfuerzo conseguía desprenderse.

Decenas, centenares de veces se representaba la marcha de Besfort Y. entre la lluvia y la niebla manteniendo apretada contra su cuerpo una forma femenina de la que no se sabía bien si era verdadera o falsa.

Como atrapado por esa visión, consiguió a duras penas librarse de ella para hacer la siguiente pregunta: Pero ¿y después?, ¿qué sucedió después, según tú?

Presa de su propia trampa, Lulú Blumb no parecía sentir deseos de responder. El continuaba haciendo preguntas para sus adentros, diciéndose tras cada una que si ella fruncía el ceño sin haberlas escuchado, a saber lo que haría si las expresaba en voz alta. Así pues, qué es lo que sucedió a continuación, señora Blumb, proseguía en su fuero interno. Sabemos que ella le iba a acompañar al aeropuerto, pero que no viajaría con él. Sabemos por tanto que todo lo que había de suceder no podría tener lugar más que en el interior del taxi, entre el hotel y la terminal del aeropuerto. Y efectivamente algo sucedió, pero se llevó consigo tanto al taxi como a todos sus ocupantes. Es poco más o menos como imaginar que mientras dos países se están haciendo la guerra, todo el globo terrestre es sacudido de pronto por un cataclismo… Tal vez usted piense que una muerte perpetrada o simplemente proyectada es la misma cosa. Hay momentos en que a mí también me lo parece. Pero incluso en ese caso nosotros debemos esforzarnos por desvelar el guión imaginado por el asesino, con independencia de que cualquier factor externo, y no él mismo, se haya encargado de llevarlo a cabo. Tras la partida en taxi del hotel, las posibilidades de tal puesta en práctica eran limitadas. Salvo que a lo largo del trayecto se detuvieran en alguna parte, en las proximidades de una casita o un lugar apartado… Conductor, deténgase aquí, por favor… Tenemos un asunto que resolver en aquella capilla de allá…

Lulú Blumb suspiró, dando a entender que ellos pensaban de dos modos radicalmente diferentes; de ahí la imposibilidad de que se pusieran de acuerdo en ningún caso.

Nada le impide de todos modos expresar el móvil del asesinato, declaró en voz alta y perfectamente comprensible el investigador, seguro de que ella le volvería la espalda.

Pero la pianista no sólo no se molestó, sino que de pronto le pareció más accesible. En voz baja comenzó a decirle que precisamente de eso deseaba hablar hacía tiempo, pero nadie hasta ahora había querido escucharla. Ella se había referido a los telefonazos a medianoche, al Shin Beth, el servicio secreto israelí, al terror que provocaba el Tribunal de La Haya, pero los investigadores fingían no comprender. También ellos estaban asustados, era evidente que Besfort Y. resultaba un peligro para quienquiera que se le acercara. Con mayor motivo para una joven que se acostaba con él. Seguramente le había contado cosas de las que no debía hablar, y luego se había arrepentido. Y ya se sabe lo que sucede cuando un hombre peligroso se arrepiente. Hace mil años que se sabe: la desaparición del testigo. Rovena St. estaba al tanto de cosas terribles. Si yo le confiara solamente una de ellas se le pondrían los pelos de punta. Si, por ejemplo, le dijera que cuarenta y ocho horas antes ella conocía casi con precisión la hora del bombardeo de Yugoslavia. ¿Comprende ahora por qué no quiero hablar de esas cosas?

A semejanza de los testimonios de la pianista, el procedimiento se prolongaba, se dilataba, se tornaba viscoso. Aquí y allá destacaban los esfuerzos del investigador por escapar de aquella bruma y, de inmediato, de forma igualmente perceptible, se percibía su deseo de volver a disimularse entre ella.

El interrogante a propósito de lo que eran en realidad los dos personajes principales, Besfort Y. y Rovena St., aparecía planteado por fin con toda claridad hacia la mitad del expediente. ¿Dos personas comunes y corrientes que hacían teatro, en otras palabras, que fingían ser amantes con arreglo a los clichés de todos conocidos, cuando en realidad no eran más que una pareja vulgar al uso, el cliente con su prostituta, o, por el contrario, dos amantes de lujo que, al igual que los príncipes de antaño, vagabundeaban de incógnito por la ciudad ataviados de simples mortales, tratando de esconder su idilio bajo la apariencia de una pareja formada por una furcia y un vividor?

Siguiendo otra línea con mayor profundidad de miras, el investigador conjeturaba la posibilidad de que Besfort Y. y su amiga fueran dos personas situadas al margen del orden habitual de las cosas.

Precisamente al abordar esta cara del expediente, como el que camina por sendas sinuosas piensa en dejar tras de sí algunos vestigios más tarde reconocibles, piedrecillas o ceniza derramada por el suelo, el investigador hacía por primera vez un esfuerzo por atraer la atención sobre sí mismo. A las palabras «¿Y yo, quién soy yo para aventurarme en estos vericuetos donde no se debe penetrar?», le seguía la frase: «¡Buscadme y me encontraréis!».

Convencido al parecer de que otra investigación seguiría a la suya, y a ésta otra más, pues igualmente interminable, tan incansable como las olas del océano de la humanidad, era la atracción que ejercía una investigación como aquélla, el redactor del informe se dirigía a su probable homólogo futuro. A medida que se las leía, sus palabras se asemejaban cada vez más a la súplica de quien, tras haberse internado por su propio pie en una trampa o en una profunda mazmorra, implora que lo saquen de allí.

9

En el epílogo a la primera parte del informe, el investigador retornaba de forma directa a lo que él denominaba «perversidad esencial» de toda aquella historia.

No era sólo el lenguaje, las frases componiendo diálogos o mensajes lo que sonaba sorprendente; en otros términos, no era solamente la materia lingüística lo que parecía haber sufrido una especie de parálisis, consecuencia de un golpe repentino o de un envenenamiento, sino la propia médula, la lógica interna lo que parecía desnaturalizado. Incluso tras una revisión del texto, por tanto tras su conversión al lenguaje normal, los rastros de lo anómalo continuaban siendo perceptibles, lo que evidenciaba que el daño había afectado de algún modo a lo intrínseco, al núcleo.

Al igual que los reparadores del servicio eléctrico descienden bajo tierra para localizar los daños sufridos por la red de cableado, durante años el investigador se había empeñado justamente en aproximarse a dicho núcleo.

Sus notas evidenciaban tanto las peripecias de los dos desaparecidos como su propio tormento. Esa representación invertida de todo le proporcionaba tanto un embriagador sentimiento de liberación, una nueva visión del mundo, como llegaba a dejarlo completamente petrificado.

¿Qué había empujado a los dos amantes a aceptar una perversidad semejante?

Cuando se habla de muerte en el amor, se da por supuesto un enfriamiento. Pero éste jamás es vivido de manera igual por los dos. Es siempre uno de ellos, al menos al comienzo, quien carga con el peso del sufrimiento.

En este caso todo era del revés. De ahí que también la pregunta pudiera plantearse de otro modo: ¿Estaban los dos en situación de post mortem o solamente uno de ellos?

¡Desde luego que debía de estar solamente uno de ellos! Dicho de otro modo, uno había logrado obtener ventaja sobre el otro. Lo que sin embargo se ignoraba era cuál de los dos había alcanzado la superioridad.

Decenas, centenares de veces había retornado el investigador a la misma pregunta: ¿qué les había incitado a los dos a vivir como natural una situación que no parecía de este mundo? ¿Qué sabían, qué percibían ellos que los demás no habían llegado siquiera a discernir? ¿Qué leyes secretas habían descubierto, qué cara, qué curso diferente del tiempo?

Se encontraba muy cerca del muro divisorio, un solo paso bastaba para franquear esa separación y penetrar en una nueva zona del pensamiento, pero ese último paso era precisamente el que resultaba imposible.

Durante días enteros se devanó los sesos intentando dilucidar en qué podía consistir aquella cadena que mantenía el pensamiento, como si fuera una bestia salvaje, encerrado en el interior de ciertos límites. La sospecha de que ellos dos hubieran podido, aunque sólo fuera por un instante, desatar a esa bestia lo invadía lánguidamente. Habían querido rebasar ese límite y había sido precisamente allí donde se habían perdido.

Ciertos días le parecía que lo sucedido se relacionaba en todo caso con el famoso dilema de si el amor existía en realidad o no era más que un vislumbre enfermizo, una alucinación nueva que sólo llevaba sobre la tierra cinco o seis mil años y que aún se ignoraba si el planeta se lo apropiaría de forma definitiva o acabaría por rechazarlo como se rechaza un cuerpo extraño.

Se había hecho sonar la alarma acerca de la brecha en la capa de ozono, sobre el avance del desierto, sobre el terrorismo, pero aún nadie se había interesado por la fragilidad del sentimiento amoroso. Unas cuantas sectas se habían constituido tal vez para certificar su existencia o su inexistencia, y ellos dos, Besfort Y. y Rovena St., probablemente formaran parte de una semejante.

Una noche de verano cuajada de estrellas, le pareció de pronto que se había aproximado más que nunca a la zona prohibida, pero justo en su umbral se desplomó al suelo como sacudido por un ataque de epilepsia.

Todo aquel verano transcurrió para él en un estado de entumecimiento melancólico como los que provocan las convalecencias hospitalarias.

Resuelto a eludir riesgos, se resistió a dejarse arrastrar por una nueva tentación: tratar, sobre la base de su ingente investigación, de reconstruir día a día, estación a estación, la crónica terrenal de lo que podía haber sucedido entre Rovena St. y Besfort Y. durante las cuarenta últimas semanas de sus vidas. Sabía que, de acuerdo con la idea de Platón, esa crónica no podía ser más que un pálido reflejo del modelo perdurable, pero la esperanza de que, partiendo de las apariencias, lograría aproximarse aunque fuera turbiamente al referido modelo no le concedía reposo.

No resultaba cosa fácil ese proyecto de reproducir sus cuarenta últimas semanas. El empeño parecía imposible. Era una materia que se dilataba, relampagueaba, se encabritaba.

A veces le parecía que conseguiría dominarla mejor si la desmenuzaba en días o en meses, otras en actos o en cantos, como en las epopeyas antiguas.

Había oído decir que eran precisos cuatro días enteros para recitar la Ilíada. Quizás fuera preciso otro tanto para su historia. Como para cualquier historia, con ésta necesitaría recorrer tres fases: imaginarla sin palabras, luego revestirla de ellas y finalmente relatarla a los demás.

Un presentimiento le decía que sólo sería capaz de realizar la primera.

Y de este modo, una noche de finales de verano, se dispuso realmente a imaginarla. Pero tal evocación no solamente resultaba agobiante, sino que llevaba consigo tanto afán y tanta bondad que lo extenuó más que cualquier otra cosa que hubiera vivido hasta entonces.

Segunda parte

1

Cuadragésima semana. Hotel. Mañana

Como es frecuente en los hoteles, le pareció que el despertar procedía de la ventana. Por un instante mantuvo los ojos clavados en las cortinas, como si éstas le fueran a desvelar de qué hotel se trataba. Pero nada se le revelaba aún, ni siquiera el nombre de la ciudad donde se encontraba. En cuanto al sueño que acababa de tener, le pareció que aún estaba en condiciones de reproducirlo con precisión.

Volvió la cabeza del otro lado. Sobre la almohada, los cabellos de Rovena, esparcidos en desorden, hacían parecer más frágiles no sólo su rostro sino también sus hombros desnudos.

A Besfort Y. le había parecido siempre que la nuca y los brazos suaves de las mujeres, con su atrayente apariencia, formaban parte de esos artificios bélicos que los ejércitos utilizan para confundir al enemigo.

Nueve años atrás, ésa era la impresión que le había producido Rovena, cuando, por primera vez, salió del baño para tenderse junto a él: frágil como si se le fuera a romper entre los brazos, y fácil de dominar. Más abajo, su pecho, menudo también como el de una adolescente, sin duda formaba asimismo parte integrante de la estratagema. Seguía el vientre, un nuevo señuelo. En su extremo, oscuro y amenazador bajo la marca del toisón negro, se escondía el último parapeto. Allí es donde él había sido vencido.

Sigiloso para no despertarla, levantó el cobertor y, al igual que decenas de veces antes, contempló su bajo vientre y el lugar de su rendición. Era probablemente el único caso en el mundo en que sin una derrota no existía felicidad.

La volvió a cubrir con idéntico cuidado y miró el reloj. Se acercaba la hora de su despertar. Quizás tuviera aún tiempo para contarle su sueño, antes de que se esfumara y se tornara inenarrable.

Todo aquello se había repetido tantas veces de un hotel en otro, se dijo para sus adentros, sin saber con exactitud qué significaba ese «todo aquello».

En el sueño se había visto almorzando con Stalin. Todo parecía tan natural que ni siquiera la metamorfosis de Stalin, cuyo rostro adquiría insistentemente la fisonomía del de un compañero de clase del instituto, un tal Thanas Rexha, le había causado ninguna impresión particular. Tengo la mano derecha dormida, es el cuarto día que me pasa, le había dicho Stalin colocándole delante unas hojas de papel. Fírmame tú estos dos decretos.

Mientras ponía su rúbrica sobre el primero, quiso preguntarle de qué se trataba, pero entre tanto el otro ya se había adelantado a su pregunta: Échale una ojeada si quieres, aunque esto es secreto. Aunque no se sentía particularmente deseoso de hacerlo, sin embargo, más por darle gusto que por curiosidad, le había echado una mirada al segundo documento. Era extremadamente complicado, con cláusulas que parecían excluirse las unas a las otras, y al llegar a este punto volvió a acordarse de Thanas Rexha, quien, después de haber obtenido sucesivamente dos notas de suspenso en la asignatura de historia, justamente en la clase en que se hablaba del pacto de no agresión germano-soviético en vísperas de la Segunda Guerra Mundial, había abandonado la escuela.

Qué sueño más insensato, se dijo. Tenía la impresión de que había tenido continuación, pero no encontraba modo de acordarse. Tras apartarse de las cortinas, sus ojos se posaron de nuevo sobre el rostro de Rovena. En sus párpados aún cerrados le pareció captar la huidiza inquietud, como un batido de alas de golondrina, que precede al despertar. Dado que habitualmente se levantaba el primero, había escudriñado innumerables veces su rostro dormido, convencido de que una mujer enamorada no abría los ojos por la mañana de la misma forma que las demás.

Rovena no despertó todavía y él, tras levantarse, se acercó a la ventana de la antecámara, la que se encontraba más alejada de la cama. Apartó levemente la cortina y contempló, como helado, la calle donde los árboles dejaban caer multitud de hojas amarillentas.

Por su mente, sin causa aparente, comenzaron a desfilar nombres de hoteles en los que habían pasado la noche juntos. Plazza, Intercontinental, Palace, Don Pepe, Sacher, Marriott. Sus letreros se iluminaban alternativamente con un brillo pálido, azul, anaranjado, rojo, y dos o tres veces se preguntó: ¿a qué venía aquella oleada?, ¿por qué los traía a la memoria como quien busca el auxilio de alguien?

Sintió una corriente de aire frío en los hombros y se volvió para dirigirse al baño. De la parte baja del gran espejo emanaban los mismos fulgores pálidos, esta vez procedentes de los objetos de tocador de ella: perfumes, peines, cremas. Debido al trato regular con su rostro, algo se habían apropiado de él con el paso de los años.

Entre sus momentos más hermosos retenía aquel en que tomaba asiento junto a la bañera mientras ella continuaba sumergida. Bajo la superficie del agua, la mancha de su pubis cambiaba constantemente de forma, se enturbiaba, se difuminaba, como si adquiriera dobles sentidos. Mientras se sumía en aquella contemplación, le parecía que era precisamente allí, en aquella turbiedad, donde parecía comenzar el distanciamiento de la mujer.

¿En qué piensas?, le preguntaba ella. Luego, cuando su mirada oblicua se trasladaba desde su propio cuerpo hasta los ojos de él, añadía: ¿Quieres salir un momento hasta que me prepare?

Desde la cama donde la esperaba, él escuchaba su canturreo a media voz de melodías conocidas.

La última noche, el ritual se repitió casi idéntico al de otras ocasiones, aunque esto no impidió que, para sus adentros, él se repitiera las palabras que le había dicho en la calle: hay algo que ya no es como antes.

Cuando salió de la ducha, Rovena aún no había despertado. Ni siquiera la transparencia que anticipa el despertar se manifestaba aún sobre su cara. Sus mejillas, toda la zona de la frente, continuaban opacas. Recordó su primera visita, bastantes años atrás. Como ella le había explicado más tarde, se encontraba sentada en una silla después de la noche en blanco, sus mejillas refulgían con los polvos luminosos de moda en aquel tiempo, semejantes a pequeñas migajas de un sueño. Lo había mirado directamente a los ojos para decirle lo que había venido pensando durante el trayecto, unas palabras sacadas de una canción francesa: J'ai tant revé de toi.

Nadie hasta entonces le había expresado de forma tan natural y directa su amor.

Te amaré toda la vida. Desesperadamente tuya. Estas palabras que él sabía que no se habían pronunciado ni escrito sino más tarde dejaba ahora que decoraran, como las chispas en las mejillas, aquel primer encuentro.

De nuevo como si pidiera auxilio, dejó su mente vagar por los bares nocturnos de rótulos luminosos con nombres resonantes: Kempinski, Kronprinz, Negresco. Dios mío, qué dichosa soy contigo. Sólo tú me proporcionas esta felicidad. Tuvo la impresión de no haber apreciado aquellas palabras en su justo valor, pero el pensamiento de que probablemente así sucedía siempre en este mundo lo tranquilizó un tanto.

Una nueva ráfaga de viento hacía girar los montones de hojas en torno a los postes metálicos de las farolas. No sólo alguna cosa, nada es ya como antes, se dijo.

Cuando le había dirigido poco más o menos esas mismas palabras mientras se acercaban al hotel, sus ojos parpadearon como si se sintiera cogida en falta. Pues… comenzó a responder. Luego se serenó de pronto. No para mí, se apresuró a decir. Ni mucho menos.

Repitió estas palabras, pero, en lugar de tranquilizarle, a él se le hundieron en la carne como si fueran clavos.

No para mí, repitió ella nuevamente. Puede ser que así sea para ti.

Para los dos, replicó él.

Volvió la cabeza bruscamente hacia ella con la sensación de que se había despertado, y en ese preciso instante recordó la continuación de su sueño con Stalin.

Estaban de nuevo juntos, esta vez en el monasterio de Novodevichi. Se avanzaba con dificultad entre las tumbas. Stalin portaba en la mano unas flores y parecía llevar un buen rato buscando la tumba de su mujer.

Seguro que ahora me dice: colócale tú las flores, yo tengo la mano entumecida, había pensado. Pero el otro estaba irritado. Sus ojos eran de hielo. Si al menos pudiera no estar presente cuando le dé la vuelta a la lápida. Y cuando aúlle: Infame criatura, ¿por qué me has hecho esto?

Casi sabía lo que bullía en la cabeza del otro. Te lamentabas de mis crímenes, ¿no es eso? Pero si hubieras sido sincera, no me habrías dejado solo. Para que perpetrara la peor de las hecatombes. Solo en mitad de la estepa. De este espanto.

2

La misma mañana. Rovena

Era la primera vez que fingía dormir. ¿Por qué? Ni yo misma lo sé. Se me ha ocurrido de pronto, como cuando, de niña, creía que manteniendo los ojos cerrados podía obtener ventaja sobre los que estaban despiertos.

Me di cuenta cuando él me acarició el cabello; luego apartó la sábana para poder contemplar mi vientre. Justo en ese instante, cuando me habría gustado decirle «¿Ya estás despierto, cariño?», hice lo contrario: apreté los párpados con más fuerza. Y lo mismo que de pequeña, cuando observaba a mis padres a hurtadillas para averiguar si aún estaban enfadados por la trastada que había hecho el día anterior, he comenzado a escrutar, más que a él mismo, su espalda. Su mal humor se manifestaba por lo general en todo su talante, pero a mí me parecía que era su espalda la que lo concentraba con mayor intensidad que el resto.

En realidad, así, de espaldas, es como le vi por primera vez. Podría incluso añadir que no fueron sus ojos ni su voz o sus andares, como sucede normalmente, lo que se me quedó grabado, sino precisamente su espalda.

Cualquiera que me escuchara me consideraría una loca o una comediante de las que pretenden a toda costa parecer originales. Pero en realidad no es ése mi caso.

¿Ves a ese que se dirige hacia la puerta de salida? Es Besfort Y., el hombre del que hablábamos ayer. ¿El que tuvo ese lío relacionado con Israel? Exacto. Por lo que se ve, por eso lo han echado de la universidad, si es que las cosas no van a más.

Sentía curiosidad por conocerle, pero atravesó el umbral sin volver la cabeza, de modo que sólo quedó grabado en mi mente el rectángulo oscuro de su espalda. Se me antojó sobrecargada, desamparada. En ocasiones me digo que mi turbia atracción por los hombres con problemas dio comienzo probablemente ese día.

En aquel preciso momento, tantos años después, contra la ventana del hotel, su espalda resultaba tan sombría y enigmática como entonces. Y el poder hiriente de sus palabras en el sentido de que nada era ya como antes, que en el restaurante le había parecido insoportable, ahora, llegado como a través de su espalda, se le antojaba multiplicado por diez.

Rovena se movió lentamente en el lecho. Pero desde la nueva postura no consiguió captar nada más. La espalda permanecía idéntica a sí misma, sólo que más oscura por efecto del contraluz de la ventana. Se diría que su historia hubiera vuelto atrás, al punto donde había comenzado.

Al igual que en otros momentos de desaliento, Rovena habría deseado recordar algo diametralmente opuesto: situaciones o palabras tiernas. Sorprendentemente, en lugar de eso, acudían a ella las disputas, principalmente al teléfono, que por lo general tenían dos versiones: la primera, la experimentada, y la otra, la que Rovena le refería a su amiga de Suiza. Esta última, a causa de las frases que no había conseguido inicialmente pronunciar pero que más tarde había recalcado incluso con redoblado énfasis y que ahora ya estaban por entero incorporadas al relato, resultaba completamente diferente. Él rechaza mi reproche permanente por su temperamento despótico (Tú has hecho de mí una esclava, me encontraste tan tierna que juegas conmigo a tu antojo). Se dice que los hombres vanidosos obtienen un secreto placer de tales quejas. A él, por el contrario, le entristecían. No representaba ningún orgullo convertirme en su prisionera. ¿No las tenían todos los hombres con bigote de Oriente y de los Balcanes? Resulta muy difícil pelearse con él. A veces, en mitad de la trifulca, dan ganas de abrazarle.

En momentos así, Rovena se esforzaba por dominar la oleada de ternura que la invadía, sin conseguirlo nunca. Se repetía para sus adentros: te ha encadenado, te llama princesa y en realidad sabe perfectamente que el príncipe es él y tú no eres más que su esclava. Me digo a mí misma estas cosas, pero eso no cambia nada. ¿Me comprendes? No me resulta fácil entenderte, le respondía su amiga de Berna. Te comprendo cuando me dices que si estáis juntos os entendéis de maravilla y que al teléfono os encrespáis, aunque a mí me sucede lo contrario, somos todo azúcar y miel al teléfono pero, en cuanto nos vemos, los genios maléficos se apoderan de nosotros. Eso lo entiendo, cariño, pero el resto, esas historias de la sierva y el señor, todo eso me parece excesivo. Lo sé, lo sé, así es como se ven siempre los problemas de los demás. En ocasiones llegaba a suceder que el desahogo con su amiga la dejaba más agotada que la disputa misma. Intentaré decírtelo de forma sencilla: no me deja vivir. No pretendo que lo haga a propósito, pero así es como sucede: me tiene encadenada y no me deja ir en paz. Su vida, a diferencia de la mía, está ya en la fase de declive. Y él no hace otra cosa que arrastrarme tras de sí. Sin preocuparse por mí, por mi juventud, por mi sacrificio…

Lo malo, como ya te he dicho, es que resulta difícil pelearse con él, y mucho más ganarle. Una vez, cuando entre sollozos le dije que sin pedirle nada a cambio yo le había entregado toda mi juventud, me replicó con frialdad que él me había entregado la parte más vulnerable de su vida de varón.

Así es como finalizaban habitualmente sus altercados, después de los cuales él volvía a atraerla a su lado, seguro de que ella se dejaría llevar. Porque él conocía con anticipación lo que ella sólo averiguaba después. Y ella, siempre ingenua, no sólo lo reconocía, sino que se lo había confesado por escrito. ¿Puedes comprenderlo ahora?

No, no lo comprendo, ésa había sido la respuesta de su amiga. En tus cartas has afirmado lo contrario. Que eres feliz, que estás locamente enamorada, tal como dicen. A fin de cuentas, eso es lo que todas nosotras esperamos de la vida: enamorarnos. La expresión misma tiene algo de peyorativo para una mirada ajena. Rendirse al amor. Fall in love. Es algo así como caer dentro de un hoyo, en una trampa; por tanto, poco más o menos en una prisión. A enfadarte con Besfort si él se porta mal contigo tienes todo el derecho. Pero hacerle reproches por otros motivos, como por el hecho de haber conseguido que le ames, eso no es justo. En ese sentido deberías darle las gracias. Y si de pronto sientes deseos de declarar que esa relación ha sido un error, entonces la culpa sería tuya y no de él. Rovena, cariño mío, si me atengo a todo eso que me dices, no, no te entiendo. Salvo que haya otras cosas que yo no sepa. Tengo la impresión de que ni tú misma sabes lo que quieres.

Era realmente así: Rovena no sabía lo que quería. Se enfadaba cuando él daba muestras de celos, pero mucho más que por eso se sublevaba ante su indiferencia. Después de uno de sus reproches más exaltados a propósito de que la impedía vivir, a la réplica acerba: Vaya, ¿andas pensando en tener aventuras?, le siguió esta cruel frase: Haz lo que quieras, entre nosotros no existe ningún pacto de fidelidad, que yo sepa.

¿Ah, sí?, se dijo ella. ¿Conque ésas tenemos? Pues espera un poco y verás.

Durante días enteros no consiguió olvidar el poso de amargura que le había dejado esa conversación telefónica. Pues te vas a enterar, se repetía. Llegará el día en que te verás obligado a quitarte la máscara.

Presa de la indignación, se preguntaba cómo podría llegar ese momento, y si deseaba verdaderamente que eso sucediera.

El continuaba al igual que poco antes junto a la ventana, inmóvil ante el cristal. De espaldas, para mayor precisión.

Rovena hizo un último intento de conciliar el sueño, aunque sólo fuera un poco. Aunque sólo fueran unos minutos, con la esperanza de entrar de modo diferente en aquella nueva jornada. Como cualquier otro día de crisis, éste parecía anunciarse con anticipación. No iba a resultar fácil aplacarlo, como había creído al principio, con unos cuantos recuerdos placenteros. Como aquella primera mañana, por ejemplo, cuando se despertó enamorada de Besfort. Incuestionablemente el momento más hermoso de cualquier relación. Hacia el amanecer, a solas frente a tu nuevo señor. Dicho de otro modo, el tirano que tú misma has fabricado. Las cortinas de la habitación, tus cabellos sobre la almohada, el estremecimiento de tus pechos, todo lo que el otro había ido recibiendo de manera sucesiva era tan diferente…

Tenía la sensación de que, por mucho que se esforzara, no sería capaz de rememorar aquel día. Más exactamente, no lo deseaba. Una jornada tortuosa como aquélla requería otros recuerdos. Victoriosos, con el regusto embriagador de la venganza. Los dulces labios de Lulú durante su primer beso en el coche se mezclaban con la música bajo cuyas notas su cuerpo, abandonado a su antojo, permitía al estudiante eslovaco que la acariciara mientras bailaban. Nunca hasta entonces se había besado con una mujer y esta otra vez había sido la primera en que iba con otro hombre después de tener relaciones con Besfort.

Un miedo difuso le impedía concentrarse. La idea de que esta propensión a regodearse en los recuerdos no era una buena señal no se apartaba de ella. Se decía que solían entrecruzarse y multiplicarse en vísperas de una separación.

Lo sabía, pero no podía hacer nada. Como todo lo que intensificaba la sensación de vacío, ese temor se le antojaba insoportable. Peor que el que experimentó cuando, por primera vez, Lulú la había advertido de que se guardara de él. Escúchame, amor, aparta de tu cabeza la idea de que yo te digo estas cosas a causa de los celos. Soy celosa, no lo oculto, pero jamás se me pasaría por la mente acusar a alguien de asesino empujada por los celos. Eres incrédula, lo sé, sólo que, de acuerdo con las cosas que tú me has contado, él tiene todas las características de un asesino. Es así como son en estos tiempos, indiscernibles. Ese en el que jamás se te habría ocurrido pensar, tu consejero financiero, el afinador del piano o incluso el cura que dice su misa el domingo, precisamente ése puede ser tu asesino. No te fíes de sus camisas impolutas, de sus corbatas, de su cartera con el emblema de Europa. No tengo nada de paranoica, cariño, créeme. He tenido la oportunidad de saber de qué pasta están hechos. Tu cuerpo, con esa blancura tan particular, me empuja a temer lo peor. Es demasiado atrayente para ellos.

Acerca de esto último, por mucho que Rovena trató de indagar algo más, la otra se limitó a sus vagas palabras. Tenía una piel de una blancura tan turbadora que, según ella, fascinaba a los individuos de psiquis quebradiza.

El chasquido de la puerta le hizo abrir los ojos. Ya no estaba junto a la ventana. Parecía haber bajado a tomar un café, cosa que hacía a menudo en los últimos tiempos.

Ahora que él no estaba, le pareció que podía recapacitar más libremente.

Lo imaginó en la esquina de la barra de la cafetería con aire pensativo, lo mismo que antaño en el café del Palacio de Cultura. Tras haberlo identificado a distancia en una de aquellas visitas suyas a la facultad por aquel problema que, al parecer, se alargaba de forma interminable, ésta era la primera vez que lo veía sentado tranquilamente ante una taza de café.

En esta ocasión fue Rovena quien le explicaba a la amiga con la que se había sentado a tomar un helado el misterio del hombre que había tenido problemas a causa de Israel, más exactamente a causa de una partida de ajedrez que no debía haber jugado, o no debía haber perdido, no lo sé bien, era un asunto tan complicado que incluso me parece que tampoco debía ganarla.

Me estás armando un lío. ¿Es que es un ajedrecista entonces? ¿No me habías dicho que iba a vuestra facultad para daros clase de derecho internacional? Qué vacía tiene la mirada. Seguro que es a causa de esa historia. No, no creo que sea ajedrecista profesional aunque, según parece, los aficionados también participan en algunos torneos. ¿A ti te parece que tiene los ojos vacíos? Pues yo le encuentro atractivo precisamente por eso.

Por lo que veo, te has quedado prendada de él, fueron las palabras de su amiga. A las que Rovena respondió: No lo sé. Puede que sí. Pero es tan imposible. ¿Qué es lo imposible? Todo, fue la respuesta. Empezando por su llegada a la facultad, donde todos lo esperábamos…

Por supuesto que era imposible, después de aquel… fallo, fueron los términos en que se expresó su amiga.

El estrépito de las cadenas que arrastraban la estatua del dictador por el centro de Tirana se inmiscuía de tiempo en tiempo en sus pensamientos. Fue eso lo que, con mayor fuerza que un terremoto, lo había dividido todo en dos. Y todos los imposibles parecieron de pronto verosímiles, como sus palabras una semana después de que se conocieran en el curso de una cena, invitándola a pasar tres días con él en una ciudad de Europa Central.

Ella no había dicho nada. Se limitó a bajar los ojos como una pecadora y, durante la sobremesa que siguió a la cena, la noche, el mundo todo se hundió en la niebla.

A lo largo de toda esa noche de insomnio, las mismas preguntas se repetían febrilmente. ¿Qué significaba aquella invitación? ¿Podía calificársela de erótica? Por supuesto que lo era. ¿Qué podía ser además? Solos en un hotel. Tres días y por tanto tres noches. Con un hombre al que ni siquiera había besado todavía. Oh, Dios, no podía ser de otro modo. Después, todo volvía a comenzar desde el principio: ¿Y si no fuera así? ¿Y si no se alojaban en la misma habitación? Desde luego que no. Por supuesto que no podía ser más que doble. De igual modo que la cama.

Una semana más tarde, con voz contenida, casi displicente, me notificó por teléfono que ya había sacado los billetes. Sin dejarme tiempo a responder, ni siquiera a enfadarme -cómo se atrevía aquel tipo, con sus modos de gran señor, a lanzarle a una mujer semejante invitación a un viaje, al amor, al sexo-, así pues sin darme tiempo para nada, me informó de cómo debía entregarme el billete, así como de la fecha de partida.

Agoté el catálogo de todas las réplicas indignadas que principiaban con las palabras «¿Cómo se atreve?», pero eran tan vanas como hipócritas. Entregada, yo, que me tenía por una mujer joven llena de orgullo, me dirigí con la cabeza gacha al Café Europa, donde él me esperaba para entregarme el billete. Encontrar una justificación para el viaje no resultó tan difícil como había imaginado. Tú sabes la infinidad de invitaciones que distribuyen para sus encuentros ONG, sectas, toda clase de entidades minoritarias compuestas por personas que se consideran «diferentes». Ten cuidado no vaya a ser una asociación de lesbianas, me dijo mi novio con una sonrisa pretendidamente astuta. Una semana más tarde, con la cara pálida por la falta de sueño, me encontraba en el aeropuerto de Rinas. Nos saludamos a distancia. Él exhibía un ademán grave, y eso me gustó. Lo que no habría podido soportar en una situación semejante habría sido la frivolidad.

Era un día lluvioso y con niebla. El avión parecía abrirse paso con dificultad entre ellas. Yo me sentía completamente entumecida. En cierto momento tuve la impresión de que aquel viaje no tendría fin… Incluso sentí deseos de abandonar mi asiento para sentarme a su lado y apoyar al menos la cabeza en su hombro antes de que nos estrelláramos…

Por la noche, después de llegar, nos encontramos por fin el uno junto al otro, dos personas aún ajenas, en el taxi que rodaba en dirección a la gran ciudad. Los haces de luz de los coches que venían de frente resbalaban pálidos sobre nosotros desvelando a trechos, para volver a abandonarlo en la oscuridad, como si fuera una máscara, el rostro de él.

No nos decíamos nada. Me había echado el brazo por los hombros y yo esperaba con emoción que me besara, pero eso no sucedía. Parecía aún más agarrotado que yo, y ausente.

En el espejo retrovisor mi mirada se encontró por un instante con los ojos del conductor. Me parecieron inquisidores, como si estuvieran pendientes de mí más que de la carretera. Sabía que aquello era efecto del cansancio; sin embargo, me aparté un poco para salir de su campo de visión. Besfort, que percibió el movimiento, me estrechó aún más contra su cuerpo. Pero continuamos sin besarnos.

En la habitación del hotel, mientras abríamos las maletas, parecía que no nos viéramos el uno al otro.

Fue en el restaurante, sobre todo después, en el bar nocturno, donde nos besamos por primera vez. Yo me disponía a decirle algo, no recuerdo qué, pero en lugar de eso, ignoro por qué razón, fue otra cosa lo que pronuncié: Hacía bastante tiempo que mi prometido y yo habíamos dejado de tomar precauciones…

Yo misma quedé desconcertada, pero, una vez dichas, aquellas palabras no podían ser retiradas. Como me recordaría él después, fueron precisamente las que acabaron de romper el hielo entre los dos.

Sus ojos se habían quedado clavados en mis piernas como si las descubriera por primera vez. Tuve la sensación de que su mirada penetraba a través de la tela negra de la minifalda para llegar hasta el lugar donde los muslos se unían y donde él estaba ya invitado a entrar sin necesidad de precauciones…

¿Subimos?, dijo poco después.

Liberada de la vergüenza, con las mejillas arreboladas, yo no era capaz de disimular el deseo. Sí, subir cuanto antes, a toda velocidad, hasta la planta, hasta el séptimo cielo…

Cuando salí del cuarto de baño y me tendí a su lado, antes de quitarme la toalla con la que me había cubierto el torso, le murmuré: ¿No seré demasiado delgada?

Pareció no comprender lo que le acababa de decir, o puede que lo fingiera. Mientras nos acariciábamos, acudieron a mi memoria las palabras de la gitana Ishe Zara, pero, aunque ardía en deseos de decírselas, el pudor me lo impedía. Como si las hubiese escuchado, él me miró un instante con aire de extrañeza. Incluso me pareció que un resplandor insólito brillaba de pronto en sus ojos. Algo de emoción y de ternura a un tiempo, que puede que no fuera así pero que yo, debido a mi propia emoción o tal vez a causa de su palabras: «Mi pequeña», lo tomé por tal. Poco después, a continuación de las caricias, él tuvo al principio como una dificultad, luego todo fue bien.

La angustia haría presa en mí más tarde, de regreso en Albania. Él me había acompañado al aeropuerto, para continuar por su parte viaje hasta Bruselas, donde debía permanecer dos semanas por sus asuntos.

Durante un largo periodo no dio señales de vida. Todas las elucubraciones de la mujer que se entrega por primera vez y desea a toda costa gustar intensamente me asaltaban sin descanso. ¿Le había embelesado irresistiblemente, según se decía, o le había decepcionado aunque sólo fuera un poco? ¿Eran sinceras las dulces palabras que me había dirigido? Y aquel impedimento del inicio ¿había sido efecto del estrés habitual en los hombres de hoy, del que ellos ya no se avergüenzan como antes, llegando por el contrario a encontrarlo chic, o consecuencia de la decepción?

La idea de que aquel viaje hubiera podido constituir un error me aguijoneaba una y otra vez. Acompañada de un profundo suspiro: qué no haría yo por enmendar ese error.

Me complacía en suponer que un dolor en el pecho, al principio leve, luego cada vez más perceptible, junto al corazón, otras veces del lado contrario, podía ser una huella de él. Nunca había sido tan ingenua como para creer que una pena de amor pudiera provocar realmente un dolor en el pecho. Sin embargo, encontraba menor dificultad en considerarlo que la posibilidad de haber quedado embarazada, lo cual sospechaba aunque sin desasosiego, como si se hubiera tratado de otro cuerpo.

* * *

La ventana sin él continuaba vacía. Ella pensó en levantarse, darse una ducha, arreglarse y, de este modo engalanada para la flamante mañana, esperarlo en el sofá. Llevó a cabo todas estas operaciones con la imaginación mientras su cuerpo, todavía apegado al sueño, se volvía del otro lado. Pero en lugar de un sueño acudió a ella una suerte de sucedáneo suyo, la imagen adormecida de la callejuela al costado de la escuela donde, justo después de la consigna: «Lo que anuncia el Partido lo hace el pueblo. Lo que quiere el pueblo lo hace el Partido», escrita toscamente sobre el muro, se encontraba la casa de una sola planta, con un caqui plantado en el patio, de la gitana Ishe Zara. Durante el recreo largo, pero sobre todo por las tardes, al igual que otras muchachas, ella había empujado a veces, sin hacerse notar, la puerta desvencijada de la gitana. Todo allí era diferente, el olor de la ceniza en el hogar, las fotografías tapizando las paredes, pero sobre todo las palabras que se pronunciaban. No tenían semejanza con nada. Con los rostros enrojecidos de vergüenza, las jóvenes hacían preguntas sobre toda suerte de asuntos relacionados con el amor, que la gitana llamaba «gusto». Respondía sosegadamente, sin parecer nunca incómoda, en un lenguaje que provocaba estremecimientos. ¿Las tetas y las nalgas? Todo el mundo sabe que es el placer lo que las hace crecer e hincharse. En cuanto a ti que te crees delgada, escucha a Zara. Los hombres que saben de estas cosas se mueren por unos muslos como los tuyos. Rovena tenía la sensación de que se le doblaban las rodillas. No seas avara con él, le llegaban las palabras de la otra mientras su mano señalaba la parte baja de su vientre. Entrégalo, a fin de cuentas se lo van a comer los gusanos.

Fueron estas palabras las que pusieron patas arriba todas las películas que había visto hasta entonces y todos los libros que estudiaba en la escuela. Varias semanas después, con ademanes seguros, bien diferentes de la primera vez, después de presentar a la gitana a la compañera que llevaba consigo, la abrazó para susurrarle algo al oído. Ya está, ya no soy… La otra cerró los ojos con delectación. Luego le hizo señas para que aproximara de nuevo la cabeza. Al parecer quería que Rovena le expresara en otras palabras lo que había sucedido. Y Rovena así lo hizo. En términos crudos, de los que son calificados de sucios y que no había utilizado nunca, se lo repitió. Ya lo he hecho… ¡Tú eres una estrella!, murmuró la gitana, cuyos ojos y cuyas cansadas arrugas se iluminaron.

Fue dos meses antes de que deportaran a la gitana, un día de diciembre. Estaba en curso una campaña de purgas contra la inmoralidad. Junto con las mujeres sospechosas de dedicarse a la mala vida, perseguían a los homosexuales y a los jugadores, así como a las personas que estimulaban el libertinaje. La gitana formaba parte de este último grupo. En los pasillos del instituto, los investigadores vestidos con traje gris brotaban por todas partes. Presa del pánico, Rovena aceptó la proposición de noviazgo de un estudiante que acababa de conocer. Le pareció que así se encontraría más protegida. No soy virgen, le murmuró al oído la tarde en que fueron a la cama por primera vez. El otro hizo como si no la hubiera oído.

De modo que la caída del régimen la encontró comprometida. Todos los días resurgían de la bruma cosas olvidadas: las palabras señora, señorita, reverendo, las fórmulas de bautismo, los rezos. El noviazgo, por el contrario, figuraba entre las costumbres que iban quedando en el olvido. ¿Comprometida?, se preguntaban sus compañeras de la facultad sin ocultar cierta sorpresa. A ella misma se le antojaba cada vez más como una vestimenta pasada de moda y comenzó a utilizarla cada vez menos hasta dejar de mencionarla siquiera.

¿Y tú dices que nada es ya como antes?, se dijo. No, fue entonces cuando nada era en verdad como antes, mientras que ahora… ¿Ahora qué, Dios mío?… ¿Y si ahora todo volviera a ser igual?

En realidad, su encuentro con Besfort durante una recepción lo había vuelto todo del revés con más ímpetu que el cambio de régimen. Sin ocultar la atracción que le provocaba, la invitó a una de aquellas cenas festivas que se sucedían sin descanso en la alborozada Tirana de entonces.

Cuando se encontraron de nuevo uno junto al otro, la conversación volvió a tratar de mujeres hermosas. El ni siquiera disimulaba que se estaba refiriendo a mí; tampoco yo fingía no darme cuenta. Hacía tiempo que me tenía por una de ellas.

Completamente pasmada, le escuchaba decir que las mujeres hermosas, a diferencia de las simplemente guapas, eran muy escasas. Y lo eran, según él, porque todo en ellas era diferente. Pensaban de forma distinta, amaban de forma distinta, incluso padecían de forma distinta, muy distinta.

Yo no podía apartar los ojos de él, hasta que, tras una mirada prolongada que no era de su estilo habitual, me dijo: Tú sabes sufrir.

Hechicero, dije para mis adentros. ¿Cómo lo sabía?

Debía de tener una expresión seria, porque se apresuró a rectificar: ¿Te parece mal que lo diga?

En realidad eso es lo que me había parecido, una especie de humillación. Yo era hermosa, no tenía motivos para conocer el sufrimiento, al menos para un ojo ajeno. El sufrimiento era para las otras.

Como si, doblemente hechicero, hubiera leído en el interior de mi cerebro, observó que el sufrimiento no era una vergüenza para nadie. Luego, en un tono de voz que me pareció frío, añadió que con aquellas palabras había pretendido hacerme un cumplido, pues estaba convencido de que no podían existir mujeres hermosas que no supieran sufrir.

Me ruboricé debido a mis palabras, que de pronto me reconocí estúpidas, pero, pretendiendo enmendarlas, añadí una nueva idiotez: Según se veía, yo no formaba parte de ese grupo.

El pareció disimular una sonrisa interior y sacudió varias veces la cabeza como quien renuncia a disipar un malentendido por considerarlo a esas alturas irreparable.

Tras un silencio, y tras un «perdona, no pretendía ofenderte», como si cayera de pronto en la cuenta de que yo era mucho más joven y completamente inexperta comparada con él, con la mayor seriedad y sin la más leve sombra de ironía, declaró que la capacidad de sufrimiento era a fin de cuentas considerada por todos como un don, tanto más el padecimiento lujoso de las mujeres hermosas.

Agradecida por aquel recurso para distender la atmósfera, le respondí con una sonrisa: ¿Me está haciendo publicidad a favor del sufrimiento? Y de inmediato, mirándole fijamente a los ojos, añadí en tono sugerente: Tal vez no sea necesario…

No tengo ninguna necesidad de que me estimulen, yo ya sufro por ti. Esto es lo que había querido decirle, al margen de que no consiguiera expresarme más que a medias.

Él mantuvo los ojos bajos y yo sentí que había interpretado aquellas palabras como lo que eran: una clara expresión de amor.

Antes de separarnos, en tono desenvuelto, casi con regocijo, me dijo que, si yo aceptaba, me ofrecía un viaje de tres días a una ciudad de Europa Central. Durante unos momentos, medio en broma medio en serio, hablamos atropelladamente sobre una eventualidad semejante que tanto habría resultado insensata poco tiempo atrás en Albania como se antojaba en idéntica medida verosímil después de la caída del comunismo. Mientras nos despedíamos, me miró largamente a los ojos antes de decirme: Hablo en serio, de modo que no te apresures a decirme que no.

Yo no le dije nada. Bajé los ojos como una pecadora y aquella velada, aquella noche, el universo todo se me convirtió en bruma.

Dos semanas más tarde, lo que le parecía la cosa más inconcebible del mundo estaba sucediendo.

Era también un día de lluvia y niebla. El avión que hacía el enlace Tirana-Viena parecía a punto de ser engullido. Rovena se sentía aturdida… El vuelo daba la impresión de no tener fin. En una ocasión incluso estuvo a punto de levantarse e ir a sentarse junto a él de modo que al menos estuvieran juntos en el momento de estrellarse…

Así es como ella lo había contado más tarde. Cuando en realidad había viajado sola y en todo caso no con Besfort a bordo de aquel avión. La verdad era que durante el vuelo había deseado tanto encontrarse junto a él que luego, poco a poco, había ido introduciendo en su recuerdo las transformaciones necesarias para tornar creíble a sus propios ojos, y más tarde a los de otros, la versión modificada del viaje.

En realidad la esencia era la misma: se dirigía hacia un encuentro con Besfort Y. en Viena, y durante el vuelo, en los momentos en los que el avión era zarandeado, repetidas veces se imaginó a sí misma con la cabeza apoyada en el hombro de él. A su lado, en lugar de Besfort Y., se encontraba otra mujer, activista de la misma ONG a la que Rovena pertenecía. No había existido por tanto su llegada apresurada al Café Europa para recibir de sus manos el billete, ni evidentemente la proposición de su parte de viajar juntos. Había sido ella por el contrario quien, después de enterarse de sus actividades en Bruselas, le había dicho que, a su vez, debía viajar próximamente a Viena, y de ahí las palabras de él: ¿A Viena?; él pasaba a menudo por allí, de modo que podían encontrarse. Y de este modo, de forma distendida, como si participaran en un supuesto juego, habían intercambiado los números de teléfono.

En Viena, una vez llegaron al hotel, su compañera de viaje se había quedado con la boca abierta cuando Rovena, con total desenvoltura, le dijo: Tengo un amante aquí, pasará a recogerme dentro de una hora.

Y ante los ojos de la otra, sin sofocarse lo más mínimo, comenzó a arreglarse para el encuentro.

3

La misma mañana. De nuevo Rovena

El sobresalto la hizo estremecer como si alguien extraño hubiera penetrado en la habitación. Luego se serenó. No sólo no había entrado ningún intruso sino que él estaba ausente todavía. La presión que le aplastaba las sienes le permitió apreciar hasta qué punto la había fatigado fingirse dormida.

Está loco, pensó.

Mientras se dirigía hacia el baño, ni ella misma habría sabido decir por qué había pensado eso. Se lo habían dicho el uno al otro tantas veces que el término sonaba ya casi afectuoso.

En la ducha, bajo el chorro de agua, la frase «Nada es ya como antes» refulgió como un diamante alevoso. Le parecía en ocasiones que se desvanecía entre el agua, pero al instante volvía a descubrirla allí.

Algo no acaba de encajar debidamente con sus pensamientos de poco antes. Había como una especie de niebla en sus límites, a tal punto que le pareció hacer un descubrimiento: aun permaneciendo despierta, bastaba con fingir el sueño para que ese fingimiento se extendiera a todo el resto.

La alcachofa de la ducha parecía negarse a obedecer. Así le había sucedido entonces tras regresar de Viena: tenía la certidumbre de que todo su cuerpo ya no era el mismo de antes. Como si su blancura se hubiera reabsorbido hondamente bajo la piel y sus pequeños pechos de incitante tersura fueran ajenos a este mundo. Estaba convencida de que le habían crecido inmediatamente después de su primer encuentro. La sensación de experimentar un milagro se mezclaba en su interior con la angustia de que él no volviera a telefonearla y se separaran sin volver a verse. Imaginaba su llamada de teléfono una tarde de finales de marzo, su recorrido en dirección a la cita, su prisa por desnudarse. Después el estupor de él, la pregunta sobre si tomaba hormonas, y la respuesta de ella: No había tomado ninguna clase de hormonas. Eres tú, solamente tú.

Bajo su mirada incrédula, las palabras de ella encubrirían de inmediato, como si fueran bruma, la temible fisura. Tú, solamente tú. Mi angustia frente a ti. El deseo loco, inhumano de gustarte. La exhortación interior. Esa súplica como ante un altar.

Probablemente él continuaría como embotado. Se regocijaría tal vez menos de lo debido. Independientemente de los términos elogiosos que pronunciara -marmóreos, divinos-, él parecería como ausente.

Intentando no desembriagarse, ella encontraba justificaciones para su actitud: Tú me has hecho libre. Otros pensamientos se le agolpaban en el cerebro, en ocasiones atropellados, a veces agarrotados. ¿Apreciaría alguien más aquella transformación? Por supuesto que sí, incluso muy pronto. Comenzando por su prometido. Después de su regreso del extranjero no había vuelto a acostarse con él. Lo posponía recurriendo a toda clase de pretextos. Finalmente volvieron a verse. ¿Me encuentras cambiada?, preguntaba ella. Maravillado, él la observaba acariciándola lleno de aprensión. Ella le respondía sin tapujos. ¿Pero cómo se te puede ocurrir que me he hecho una operación de cirugía estética? ¿Por qué no lo iba a pensar? Está tan de moda ahora… Además, ese viaje tuyo al extranjero me pareció no sé cómo decirte… El primer pensamiento que me vino a la mente al ver tus pechos fue justamente ése: Ahí tienes la causa del viaje.

¡Pero cómo puedes ser tan ingenuo, Dios mío! ¿No te has fijado en que no hay la menor cicatriz? ¿No se te ha pasado por la cabeza ninguna otra razón? ¿Por ejemplo que podría haberme enamorado?

El la miró con ojos de sorpresa, como si escuchara las palabras más extrañas del mundo.

Le parecía que ya nadie podría creerla. Eran tres o cuatro hombres los que se alineaban en su memoria como sombras. De acuerdo con el consejo de la gitana en el sentido de que «cada hombre es diferente y lo que no hace el instrumento de uno lo consigue el del otro», había ido con cada uno de ellos una o dos veces. Ahora los traía a la memoria para comprobar si entre ellos había alguno al que ella pudiera desear mostrarle su transformación. El primero, con el que había perdido la virginidad, se había ido en barco a Italia. El segundo, al parecer, había ido a parar a la cárcel, y un tercero había acabado de viceministro. En cuanto al último, era un diplomático extranjero.

Besfort se encontraba aún en Estrasburgo. Más insoportables que las noches eran las tardes. Con los ojos clavados en los cristales de la ventana, ella se preguntaba a sí misma por qué. ¿Por qué deseaba hacerlo a cualquier precio? ¿Era instigada aún por las palabras de la gitana: Entrégalo, a fin de cuentas se lo van a comer los gusanos, o se trataba de algún otro motivo? En ocasiones se le antojaba como una despedida del mundo antes de encerrarse en un convento.

Las tardes se sucedían igualmente crueles. Una de ellas fue a tomar un café con el diplomático extranjero en el Hotel Rogner. Su charla, que antaño había escuchado llena de curiosidad, le pareció carente de interés. Ella condujo la conversación a su único encuentro en el apartamento de él. ¡Ah, fue fantástico!, exclamó él. Repitió esas palabras, pero cada vez que las escuchaba, ella, en lugar de alegrarse, se entristecía todavía más. No irradiaban nada. Por fin, intensificando la mirada, el otro afirmó que era «bi». Afortunadamente Albania estaba cambiando en los últimos tiempos y ya no era ningún desastre ser «bi». En efecto, ella había creído captar algo entonces, aunque muy turbiamente. Cuando se separaron, él le dijo que esperaba que se volvieran a encontrar. Su mirada se adensó de nuevo mientras pronunciaba las palabras «nuevas experiencias» y «fantástico». Ella asintió con la cabeza al tiempo que en su fuero interno sentenciaba: ¡Jamás!

De camino hacia su casa recordó que la vivienda de la gitana debía de encontrarse por allí cerca. Toda clase de nuevas construcciones se alzaban alrededor, pero, gracias al caqui del patio, reconoció de pronto el portón desvencijado.

Con el corazón encogido lo empujó. ¿Habría vuelto de la deportación? ¿Le guardaría rencor? Antes de empujar la puerta de la vivienda, reconoció un olor familiar, cierta acidez de paja y humo, como antaño.

La gitana estaba allí. Los mismos ojos guiñados cercados de arrugas la escrutaban de pies a cabeza. Madre Ishe Zara, soy Rovena, ¿te acuerdas de mí? Las arrugas se animaron levemente. Rovena… cómo no te iba a recordar. Yo me acuerdo de todas vosotras. ¡De todas, mis pequeños ángeles, mi única alegría! Rovena esperaba las palabras: ¡De todas, pequeñas zorras que me traicionasteis! Pero la otra no había dicho ni lo uno ni lo otro.

Rovena era incapaz de encontrar las palabras adecuadas. ¿Has sufrido mucho allí?¿Nos has maldecido? Puede que ninguna te denunciara y que el origen de toda esa desgracia fuera simplemente la ingenuidad.

Entre tanto, los ojos de la gitana ya le habían enviado una señal de clemencia.

Tú eres la primera que viene… No dijo más que eso, pero esas palabras parecían estar llamando a otras: Lo sabía, yo tenía puestas mis esperanzas en ti. Más que en todas las demás.

Rovena sentía impulsos de hincarse de rodillas y pedirle perdón.

Poco a poco, las arrugas se distendían dejando libres los ojos como antaño. ¡Por fin está regresando, Dios mío!, pensó Rovena. Volvía a ser la de siempre…

Allá estaban todos… dijo en voz baja. ¿Y aquí? ¿Cómo te ha ido a ti, mi pequeña princesa?… ¿Has gozado al menos?

Rovena dijo que sí con la cabeza. Sí, abuela Ishe, mucho… Pero ahora me he enamorado.

Durante un largo rato, la otra no apartó los ojos de ella, tanto que a Rovena le pareció que no la había oído. Me he enamorado, repitió.

Es lo mismo, dijo la otra con la misma voz queda.

Rovena tuvo la impresión de haberse aproximado al enigma de su lenguaje. Durante una noche en blanco, Besfort le había hablado de un tiempo ancestral en que el amor no era más que erotismo.

De allí arrancaba, al parecer, el misterio que la había fascinado en el modo de expresarse de la gitana, quien no hacía otra cosa que traerlo de allí, de aquel tiempo.

Completamente aturdida, bajo la mirada ahora plácida de la otra, con gestos maquinales, como si diera cumplimiento a un rito, Rovena se quitó primero el jersey, luego se bajó las bragas con objeto de que la otra pudiera verle el toisón. Rígida como un cirio, como esperando el veredicto de culpabilidad o de inocencia de un jurado, permaneció en esta postura durante largo rato.

De regreso hacia su casa, mientras caía el crepúsculo, aquel desnudamiento le parecía tan difícil de explicar como inevitable. Lo había llevado a cabo con naturalidad, como si se sometiera a una orden mística: ¡Muestra tu divisa!

Trataba confusamente de captar algo que sin embargo continuaba escapándosele. Se trataba, al parecer, de una aproximación distinta al sexo femenino perteneciente al universo de los gitanos, surgida de la época ancestral de la que hablaba Besfort y que la raza blanca había perdido. Irreductible, instrumento supremo arraigado en el cuerpo de la mujer en virtud de un pacto secreto, conservaba su autonomía con obstinación. Millares de nuevos decretos habían tratado de reducirlo a la nada. Catedrales, deportaciones, doctrinas, regímenes enteros. Ciertos días, Rovena tenía la intuición de que, desde los recovecos donde se mantenía agazapado, sería capaz de desbaratarla.

Una vez en casa, sus pies la condujeron directamente hasta el sofá. Sumida en el hastío, tenía calculados los días que la separaban del regreso de Besfort.

El reencuentro con él fue diferente de como lo había imaginado. Le pareció extraviado, algo umbroso, como si se hubiera traído consigo todas las nubes del continente.

Experimentó ante ello una vaga ansiedad. Aquel hombre que ella se complacía en considerar el dispensador de su libertad podía perfectamente, aun sin pretenderlo, volvérsela a arrebatar.

Eres peligroso, pensó, mientras le susurraba al oído palabras dulces sobre la añoranza que había sentido, sobre la visita a casa de la gitana y por supuesto sobre el café tomado con el diplomático, quien de forma inmediata recibió el sobrenombre de «biplomático». Algo bueno había salido no obstante de aquel encuentro. Se había enterado por él de la existencia de una beca austríaca para estudiar en Grac, y el «bi» le había dicho que ella podía solicitarla. Nos resultará más fácil reunirnos, no te parece, en los hoteles de por allí, cuando tú tengas asuntos que resolver, y yo podré acudir entonces… ¿No te alegras?

Naturalmente que me alegro. ¿Quién ha dicho lo contrario? Por la cara que has puesto, no lo parecía.

Quizás porque mientras tú hablabas se me ocurrió que por cualquier cosa como un visado o una beca, a las chicas de hoy no se les plantean problemas para ir a la cama…

Ella se quedó petrificada. El le acarició las mejillas como si estuvieran recorridas por las lágrimas. Qué hermosos son tus ojos cuando te pones a pensar de ese modo. ¿Ah, sí?, respondió ella, sin saber por qué. Yo te estaba planteando la pregunta en serio, continuó él.;Lo harías?

Dios mío, pensó ella. Y al instante respondió: No lo creo.

Los ojos de él continuaban mirándola con insistencia, y entonces ella añadió: No lo sé…

Él le besó los cabellos con idéntica dulzura. Tú pretendes decir algo más, Besfort, ¿no es verdad? Él asintió con un movimiento de cabeza. Pero no estoy seguro de que deba ser dicho todo lo que se nos pasa por la cabeza. ¿Por qué no?, dijo Rovena. En la vida puede que no, pero nosotros estamos, como decirlo… en el amor…

Se echó a reír a carcajadas. Pues verás, hace un instante, cuando tú me hablabas con tanta franqueza, la idea de cuánto embellece la sinceridad a una mujer fue seguida en mi mente por su contraria: una mujer insincera puede resultar, por desgracia, igualmente atractiva.

¿Qué quieres decir con eso? No tuerzas tanto el gesto. Quería decir que de manera general la doblez desluce al hombre, no en vano se dice de una mirada esquiva que es traicionera. En cambio, curiosamente, una mujer infiel puede ser maravillosamente seductora. Estamos en el amor, ¿no es así? Tú mismo has dicho que todo es diferente… en el amor…

A diferencia de una hora antes, su voz parecía jovial, aunque ella se repitió de nuevo para sus adentros: peligroso.

Tenía los modales de un hombre que no se asusta ante los abismos. ¿Por qué parecía seguro de sí mismo y ella no? Esta idea la ponía nerviosa. Habría deseado preguntarle cargada de animosidad: ¿De dónde te viene esa seguridad? ¿Por qué te crees que me tienes?

Sentía que no encontraría la audacia para hacerlo. Ella experimentaba angustia y él no, ésa era la diferencia entre los dos. Y mientras eso no cambiara, ella se sentiría perdida.

Al tiempo que le acariciaba los pechos, él interrumpió sus tiernos susurros para pedirle que le repitiera las palabras de la gitana. Tienes ganas de burlarte, ya lo veo. Ni mucho menos, respondía él. Si existe un lugar donde los gitanos y los romaníes son por fin respetados es justamente entre nosotros, en el Consejo de Europa.

Como si temiera el silencio, ella continuó hablando mientras se peinaba ante el espejo. Él permanecía de pie, junto a la puerta, observando sus gestos ya familiares.

Mientras se pintaba los labios, ella volvió la cabeza para decir, con voz transformada de pronto, algo referente a su prometido. Por la fuerza de las cosas, la estancia en Austria traería consigo el distanciamiento, luego la separación.

Lo miró fijamente como para averiguar lo que pensaba. Pero él, reservado al parecer, no dijo una sola palabra, se limitó a avanzar dos pasos para besarla en el cuello. Seremos felices juntos, murmuró Rovena.

Más tarde tendría que arrepentirse de haber pronunciado esta frase. En realidad, debería haber sido él quien la dijera. Pero, como de costumbre, ella se había precipitado.

Qué falta le hacía todo aquello, se dijo quejosa. Creía haberlo olvidado todo, pero inútilmente. Todo persistía, en particular los últimos instantes de cada encuentro. Algo que no habría debido suceder sobrevenía de pronto. Algo que no había tiempo de enmendar. El lo explicaba por el nerviosismo de la separación. Ella no conseguía discernir qué era preferible: hablar lo menos posible con objeto de evitar los malentendidos o lo contrario, hablar, hablar apresuradamente, con pánico, para no permitir que se instalara el temible vacío. Ahora ya sabía que precisamente en vísperas de cada separación sobrevenía ese instante fatal en el que se decidía de qué lado quedaría el sufrimiento hasta el nuevo encuentro.

Todo aquello era ya cosa del pasado. Sin embargo, pertinaces, emitían a distancia su hostigamiento. Sentía deseos de gritarles: ¡Vale, ya os he recordado, ahora quitaos de en medio!

Había llegado a Grac en pleno invierno. Las nubes de febrero dejaban caer una lluvia hostil. Los mantos de bruma acechaban por todas partes como hienas. La casa donde había vivido Lasgush Poradeci era imposible de encontrar. Había creído que Grac la situaría, si no en una posición de superioridad, al menos en el mismo plano que Besfort Y. Sucedió a la inversa. Únicamente sus pechos se tornaron más turgentes.

En mitad de la soledad invernal, la llamada de teléfono de él se le antojó providencial. Se encontraba no lejos de allí. La esperaría en el hotel, el sábado. Al descender del tren, debía tomar un taxi. Por los gastos no tenía que preocuparse.

A lo largo de las dos noches no había parado de decir: Qué feliz soy junto a ti. Luego llegó el camino de regreso hacia el invierno y el hastío de la residencia universitaria.

Permaneció inmóvil durante un instante, con la alcachofa de la ducha sobre sus cabellos. El agua gorgoteaba carente de dulzura, a intervalos abrasadora y otros helada. Era probablemente la primera vez que una ducha, en lugar de sosegarla, le proporcionaba ansiedad. Por un instante le pareció captar la causa: la alcachofa de la ducha le recordaba el auricular del teléfono.

Sus disputas comenzaban por lo común a través de él. La primera y la más grave se produjo en primavera. Todo había cambiado en Grac. Por primera vez ella experimentaba los alicientes de la libertad. Y junto con ellos una irritabilidad desprovista de motivación. Le parecía que Besfort se estaba convirtiendo para ella en una traba.

Fue la primera cosa que le dijo al teléfono, exasperada: Tú me impides vivir. ¿Cómo? Replicó él con voz helada. ¿Que yo te impido…? Eso es, le respondió ella. Me has dicho que anoche me llamaste dos veces por teléfono. ¿Y qué pasa con eso?, dijo él. Ella captó la indiferencia en el tono de su voz y, en lugar de irritarse consigo misma por su metedura de pata, comenzó a gritar: Tú me tienes prisionera. Aja, exclamó él. Qué significa ese aja. ¿Tú piensas que yo debo estar constantemente a la espera de que al señor se le antoje llamarme? No sabes lo que dices, le cortó él. La indignación hacía que le zumbaran los oídos. Tú me consideras como una esclava con la que puedes hacer lo que te venga en gana. No sabes lo que dices, volvió a replicarle él. Su voz se tornaba cada vez más gélida. Ella detectó el peligro y perdió por completo el control. Ya no era capaz de controlar sus palabras, y llegó a tal extremo que él acabó gritándole: ¡Basta!

Ignoraba que pudiera ser tan implacable. A continuación le dirigió una frase cargada de cinismo: Tú misma has metido la cabeza en el yugo y luego pretendes convertirme a mí en culpable; y por si todo aquello no hubiera sido suficiente, la comunicación se cortó.

Entumecida, estuvo esperando su llamada. Luego, cuando perdió toda esperanza, lo telefoneó ella misma. Su aparato estaba descolgado. ¿Qué es lo que he hecho?, se dijo. Y un breve instante después: ¡Qué abominación es ésta!

Durante toda la noche estuvo tratando de averiguar de dónde había salido aquel resentimiento contra él que había aflorado de pronto. ¿Por haber dejado a su novio cuando él continuaba sin prometerle nada? ¿Será por eso?, se preguntó. No estaba segura. Tampoco podía ser el miedo a perder la libertad. ¿Se había metido de pies a cabeza en aquella historia y ahora no sabía bien cómo salir? Era demasiado pronto para decirlo.

De cuando en cuando conseguía tranquilizarse: este asunto puede resolverse con serenidad. Debía intentar quererle menos, sí, eso era todo.

Tres días más tarde, declarándose vencida, le telefoneó con voz apagada. Él respondió con voz grave, aunque sosegadamente. Ninguno de los dos mencionó el altercado. Así continuó la cosa durante varias semanas: llamadas de teléfono espaciadas, palabras contenidas, hasta el encuentro de turno.

En el tren que rodaba hacia Luxemburgo, las frías planicies europeas medio blanqueadas por la nieve reflejaban mejor que ninguna otra cosa su propio embotamiento. No estaba segura de si todo continuaría como antes o no. Al teléfono, él no había dado el menor signo. Con su novio, el escenario había sido completamente distinto: justo después de la reconciliación se abrían los corazones de par en par. Se confesaban sus sufrimientos y sus pequeñas astucias de guerra, como si ahora, tras el restablecimiento de la paz, hubieran pasado a ser completamente inútiles.

Por qué contigo es tan difícil, amor, pensó a punto de dejarse vencer por la somnolencia.

A medida que el tren se trasladaba hacia el norte, más imperiosa se iba tornando la angustia. Sin embargo, algo en su interior la hacía retroceder. Una sensación extraña, desconocida. La idea de que era una mujer joven y hermosa dirigiéndose al encuentro de su amante a través de la Europa aterida por el invierno se le manifestaba indecisa.

Se encontraba aún en ese mismo estado, medio entumecida, en el momento de la llegada.

El la esperaba en la habitación. Se abrazaron como si nada hubiera sucedido. Durante un rato se dedicó a ir y venir para colocar sus cosas entre palabras escasas, principalmente comentarios sobre la habitación, luego sobre el cuarto de baño y las grandes toallas, que, quién sabe por qué, se le antojaban siempre de buen augurio en un hotel.

Cuando reparó en la parquedad de sus palabras, no intentó buscar otras. Eran cerca de las cuatro. Afuera, el día invernal moría. Ella formuló la pregunta de costumbre: ¿Me preparo?, y entró en el cuarto de baño.

No se sentía capaz de decidir cuánto tiempo debía permanecer allí. A veces tenía la impresión de que iba demasiado rápido, y otras, demasiado despacio.

Finalmente envolvió su cuerpo desnudo en la toalla y salió.

El la esperaba.

Cabizbaja, caminó hacia la cama con unos andares que de nuevo no parecían pertenecerle. El sabor infrecuente de aquel viaje, mezclado con la idea de que, más que una amante, era una esposa que se dirigía a la cama junto a su marido, no se apartaba de ella.

Sin saber por qué hizo esfuerzos por ahogar sus gemidos, y en cierto modo lo consiguió. Sólo tras acabar le susurró al oído: «Ha sido divino». A él siempre le había parecido así. Sin embargo no tuvo ningún otro desahogo verbal. Cuando no se produjo tampoco a medianoche, ni siquiera al día siguiente, antes de despedirse, ella perdió la esperanza. En el tren que se alejaba a través de las mismas llanuras que la máscara medio rasgada de la nieve era incapaz de cubrir, experimentó idéntica melancolía en el alma que dos días atrás. Pero parecía tan soportable que no se sentía en condiciones de decidir si podía o no llamarla de ese modo: melancolía.

Además de ese abatimiento, no era capaz de desprenderse de la idea de que Besfort Y., cualquiera que fuese la situación, era peligroso. Todo era difícil con él, pero, sin él, era imposible.

El retorno a la normalidad, que con su ex novio no requería más que unos instantes, con Besfort precisaba de varios meses.

De vez en cuando se preguntaba a sí misma si aquel asunto de la libertad no estaba a punto de transformarse en una lacra. Tras la caída del comunismo en Albania todo parecía conducir al exceso: el dinero, el lujo, las asociaciones de lesbianas. Todos corrían para recuperar el tiempo perdido. Una tarde, en el café, la mirada lánguida de una actriz la había turbado profundamente. Por el modo en que Besfort se lo había escuchado contar, le pareció haber descubierto confusamente algo.

En aquel tiempo tampoco ya nada era como antes, se dijo. Sólo que ella no lo había proclamado poniendo el grito en el cielo, como él.

En realidad, nunca nada es como antes, pensó.

Su primera infidelidad, que sólo en albanés y unas cuantas lenguas más respondía al nombre de traición, le vino de forma atropellada a la memoria, hecha un ovillo, como una venganza sin remordimiento. Los besos a los compases de la música, las palabras en un alemán con acento extranjero. El apretón enardecido por parte del otro y luego el suyo. El desnudamiento en la habitación, el preservativo, las palabras de él, siempre con un fuerte acento: Icb hatte noch nie schbneren Sex, nunca he tenido un sexo tan dulce.

Sí, eso es todo lo que tú mereces, se dijo.

En realidad fue un año después de Luxemburgo cuando le había contado lo sucedido a lo largo de su primavera de la tentación. La pequeña fiesta organizada en la residencia universitaria con motivo de su cumpleaños, los besos intercambiados durante el baile con uno de sus compañeros de curso. Y tras los besos, la libre aproximación de los vientres, el susurro del otro: Vamos a mi habitación, a la que ella le había seguido sin decir una sola palabra. Besfort estaba al corriente de lo que había sucedido hasta el día siguiente, cuando cerca de la mitad de la cofradía estudiantil se encontraba reunida en un bar nocturno y Rovena se sorprendió al comprobar que entre tanto se había gestado una minihistoria de amor. Por lo que se ve, todos ellos se habían enterado de que la atractiva albanesa se había acostado por fin con su compañero eslovaco y ahora se dirigían a ellos con particular consideración, cuidaban de que se sentaran bien juntos y los trataban a todos los efectos como a una pareja. A ella le parecía realmente divertido que el asunto de los noviazgos la persiguiera sin resultarle en modo alguno desagradable. Una voz decía que, según las últimas noticias, en Albania se estaban produciendo disturbios, pero ella no sabía nada.

El resto, lo que sucedió a continuación, lo sabes tan bien como yo, había dicho Rovena. En realidad, lo que sabía Besfort no correspondía del todo a la realidad. La inexactitud comenzaba a partir del bar nocturno donde Rovena y el eslovaco eran tratados como una pareja. A ella le gustaba, incluso mucho. Hacía gala de un gusto y una ternura de una particular condición, algo que le había faltado hasta entonces. Alguien volvió a repetir entonces que en Albania se estaban produciendo disturbios, pero ella continuaba sin saber nada preciso.

Hacia las dos de la madrugada, mientras se separaban a la salida en medio de una gran algarabía, acordaron verse todos al día siguiente en el mismo local. En torno a las diez de la mañana, el timbre del teléfono pareció rasgarlo todo al mismo tiempo que su sueño. Era Besfort. La había llamado varias veces la noche anterior. Con irritación, los reproches del tipo: Tú no me dejas vivir, fueron pronunciados entonces. Él se encontraba en Viena. En una reunión de la OSCE. En Albania, como puede que ella hubiera oído decir, las cosas se presentaban mal. Por la noche estaría libre. Era la primera vez que ella se permitía expresar una vacilación. ¿Cómo no me lo has advertido antes? Le resultaba difícil desplazarse… el seminario… el profesor… Como quieras. La frialdad de su voz despertó en ella la ya conocida angustia. Espera un poco, ¿no puedes venir tú? No lo sé, fue la respuesta. Revisaría su agenda y la llamaría.

Su llamada se retrasaba. No respondía al teléfono móvil. Sin duda la estaba castigando por su vacilación. Tirano, se dirigía a él en su fuero interno. Luego se volvía contra sí misma: le estaba bien empleado. Por una noche en el bar lo había puesto todo en peligro. Como si no tuviera otras noches, entre la aburrida sucesión de noches de Grac, para pasearse por los bares. Entre las risas y las bromas estúpidas, justo cuando él había tenido necesidad de verla.

Por fin el teléfono había sonado. Doble victoria: venía él. La dirección del hotel, la hora de la cita.

Mientras avanzaba a paso vivo a lo largo de la calle cubierta por la escarcha, experimentaba una especie de euforia. Una leve punzada en el corazón ante el recuerdo del bar nocturno donde habían acordado reunirse contribuía a su exaltación. Hasta la vacilación que había manifestado le parecía ahora una buena señal. Por primera vez después de un año y medio se sentía verdaderamente, si no en posición de fuerza, al menos en pie de igualdad con Besfort Y. El asunto de su sumisión a la voluntad de él parecía haberse enmendado por sí solo.

La sensación de seguridad, que la lujosa alfombra del largo pasillo que conducía a la habitación de Besfort no había conseguido debilitar, se desbarató curiosamente ante la vista de la expresión de su rostro. Sus rasgos demacrados, que deberían acentuar su abatimiento, producían sin embargo en él el efecto contrario. El vacío que se recelaba en sus ojos, aquella zona de su mirada que parecía no pertenecer a nadie, era al parecer la causa.

Permanecieron durante un rato medio abrazados en el sofá. ¿Por qué no duda?, se preguntó ella. ¿Por qué le continúa pareciendo que me tiene?

La región vacía de sus ojos no le permitía el sosiego.

En el cuarto de baño, mientras se preparaba, reparó en un moratón oscuro en lo alto de uno de sus muslos, secuela de un mordisco del eslovaco.

Secretamente, deseaba que él lo descubriera. ¿Te convences ahora de que ya no me tienes? Qué tontería, se dijo. Tras la puerta cerrada resonó el timbre del teléfono.

Cuando salió del baño, él aún estaba hablando.

Algo te pasa, le dijo ella al tumbarse a su lado.

La acarició sin darle respuesta. Hicieron el amor prácticamente sin palabras. En el restaurante, mientras ojeaba el menú de precios exorbitantes, pensaba que en ese mismo momento los otros comenzaban a reunirse de nuevo en el bar nocturno. Durante largo rato contemplarían su asiento vacío sin poder adivinar la causa de su ausencia. Y si conseguían averiguarla, jamás lograrían comprender la verdad. Creerían que, frente al estudiante arruinado con alma de artista que compartía con ellos el precio de una pizza, ella había preferido el lujo y al hombre poderoso, de acuerdo con los clichés más extendidos.

Que pensaran lo que quisieran, se dijo. El vino tinto, combinado con el esmalte de color malva de las uñas de sus dedos sosteniendo la copa, le infundía como siempre esa leve embriaguez que tanto apreciaba antes de hacer el amor. Al salir del restaurante pasaron un rato a la cafetería nocturna. Aparta tu mente de eso, le dijo acariciándole la mano. Y cuando él le preguntó de qué estaba hablando, ella le respondió: Tú sabes bien de qué, de eso, de las malas noticias.

Pasada la medianoche volvió a sonar el teléfono. Qué horror, gimió ella. No era capaz de recuperar lo suficiente la consciencia como para averiguar qué hora podía ser. Las dos de la madrugada. ¿Estás en tus cabales?, dijo. El otro estaba hablando. Los que le llamaban a aquella hora no podían estar en sus cabales. En vano se echó la almohada por encima de la cabeza. Continuaba oyéndolo todo. Él respondía en inglés. Creo que se trata de un levantamiento comunista… Sí, estoy convencido… La recuperación del poder mediante las armas… Es sin duda alguna espantoso…

Aunque irritada, la curiosidad la obligó a prestar atención. Comprendía sólo a medias lo que decía… La única solución sería la intervención… inmediata… ¿Que podría ser tomada por una invasión?… ¿Por parte de quién?… Aja… Antes sí, ahora de ningún modo…

Cuando colgó el teléfono, ella se apoyó sobre uno de los codos. ¿De Bruselas?, preguntó. El respondió: Sí. Luego añadió: El gobierno y el parlamento acaban de ser derribados en Albania.

Me lo estaba imaginando. Durante un rato no pudo oírse más que la respiración de ambos. ¿Tú estás a favor de una intervención militar? Él asintió con la cabeza. Si no me equivoco, eso antes se llamaba traición, dijo ella. En la escuela, no se hablaba de otra cosa. Lo sé.

Ella le acarició el cabello. Tranquilízate, cariño. Son más de las dos.

Allá en el bar, justo en ese momento, estarían dándose las buenas noches unos a otros. Podían haber hecho toda suerte de suposiciones, pero jamás que ella se encontraba en la cama junto a un hombre que acababa de hablar por teléfono de cosas que al día siguiente aparecerían en grandes titulares en la primera página de los periódicos.

Tal vez a ella misma tampoco le pareciera mañana demasiado creíble… Nada más fácil que llegar a la conclusión de que había cambiado la miserable pizza por un palacio. Pero se trataba de otra cosa. El la había hecho complicada. Una mujer hermosa llena de misterio, tal como se había soñado a sí misma en la adolescencia.

Una languidez que pocas veces había experimentado parecía a punto de licuarle el cuerpo. Lo abrazó amorosamente, le susurró palabras dulces al oído. Debía apartar de su cabeza lo que podía estar sucediendo allí. Tenía el presentimiento de que todo iría bien. No, nadie iba a tomarlo por una invasión. Ella se consumía por él. Ven, cariño mío.

Justo después de hacer el amor, con esa desnuda nitidez propia de un rayo que sólo le proporcionaba el orgasmo, el pensamiento de que no se hubiera convertido en su marido la traspasó con infrecuente agudeza. Con la proximidad del sueño, la sensación abismal de una pérdida sin remedio se atenuó de pronto, hasta que la idea de que, a despecho de las leyes, tal vez él fuera en realidad su marido se le antojó natural.

Tras el desayuno, le comentó que iría al seminario, aunque sólo fuera por hacer acto de presencia, y regresaría cuanto antes.

Las preguntas ¿Dónde estuviste anoche?, te buscamos por todas partes, te esperamos, se le antojaron más desagradables de lo que había pensado. Al menos podrías haber avisado, protestó el eslovaco. No pude, fue la respuesta de ella. Alguien había llegado inesperadamente de Albania. Allí había caído el gobierno. Aja, continuó él, ¿por eso estabas tan triste? Desde luego. Él se encogió de hombros: desde que se había marchado, Eslovenia le importaba un bledo. Prefería incluso no oírla nombrar siquiera.

Ella lo sabía. Muchos albaneses hablaban del mismo modo.

Una hora más tarde, mientras casi corría en dirección al hotel, el viento de marzo se esforzaba con obstinación en arrancarle unas lágrimas. La mirada de las dos recepcionistas no le pareció natural. Una de ellas le extendió un pequeño sobre. Querida mía. Tengo que partir apresuradamente. Ya te imaginas la causa. Besos, B.

Las lágrimas acabaron por derramarse a raudales.

Con un movimiento brusco, como si acabara de descubrir la llave que le permitía interrumpir el flujo de los recuerdos, Rovena cerró el grifo de la ducha.

El silencio le pareció todavía peor. Estaba convencida de que él aún no había vuelto a la habitación. Como si tratara de llenar aquel vacío con lo que fuera, empuñó el secador del pelo. Se había librado de ruido del agua para situarse bajo su frenético torbellino, que, mejor que cualquier otra cosa, se ajustaba a su cólera.

¡Tú me vas a contar de una vez por todas qué no es ya como antes!, pensó presa del furor.

Al cabo de tantos años juntos, jamás hasta entonces le había dicho algo así. Ni en la época de las pesadillas de La Haya, en vísperas del gran proceso. Ni siquiera al desatarse la peor de las tormentas, durante su relación con Lulú.

Los fríos ojos del psiquiatra se le aparecían tanto por la derecha como por la izquierda del espejo a lo largo de todo aquel invierno. La crisis que usted está atravesando, señorita, aunque poco frecuente, está sobradamente acreditada. Usted está en trance de operar un corte, de consumar una trasgresión. Y como tiene alguna experiencia previa, imagina que puede llevarse a cabo de manera indolora. Olvida que incluso un cambio de domicilio resulta traumático para cualquier individuo, con mucha mayor razón lo que usted está experimentando. Es lo mismo que emigrar a otro planeta.

Al salir del médico, antes de llegar a casa, ella consiguió derramar por teléfono sobre él la mitad de su rencor. Yo ahora he cambiado, ¿comprendes? Tú ya no eres el que fuiste para mí. Ya no eres mi dueño, ¿comprendes? Ni siquiera eres tan terrible como yo creía.

Nada era ya como antes… Y en realidad, aquellas palabras de Besfort que tanto la habían lacerado había sido ella misma la primera en pronunciarlas tiempo atrás. Puede que ahora fuera el turno de sufrir para él.

Véngate entonces, no sé a qué esperas. El ruido ensordecedor no le permitía poner en claro sus ideas. No obstante alcanzó a decirse que quizás ella no era de las que se tomaban la revancha utilizando la misma moneda.

A no ser que también él hubiera experimentado la misma transformación, pensó. Se decía que en el Consejo de Europa no faltaban quienes lo hubieran hecho.

La parada del secador de pelo originó un silencio doblemente más hondo que el de la ducha.

A no ser… que también él… hubiera dado… ya… el salto…

Estas últimas palabras parecían desplomarse con lentitud como las hojas después de la tormenta.

En mitad del silencio se sintió de nuevo indefensa. Pero su mirada se detuvo al instante sobre los objetos de tocador situados bajo el espejo. El primero con el que se toparon sus dedos fue el lápiz de labios. Se lo acercó a la boca, pero, a causa de sus gestos bruscos, la barra se desvió de la trayectoria prevista. Como incitada por la mancha roja, en lugar de esforzarse por tener más cuidado, se embadurnó todavía más.

También yo puedo jugar a los asesinos… dijo para sí… Lo mismo que tú… mi señor.

El ruido de una puerta la hizo ponerse rígida. Al mismo tiempo que gritaba en su interior: «¡Ha vuelto!», la mitad de su furor se disipó al instante.

Con apresuramiento, como esforzándose en borrar un rastro, se apresuró a eliminar de su cara las manchas de carmín.

Se sintió un tanto más tranquila cuando comenzó a ocuparse de sus pestañas. Como de costumbre, más que ninguna otra cosa, el ritual del maquillaje le clarificaba las ideas.

Se creyó en condiciones de sonreír, pero sus rasgos aún no le obedecían.

El pensamiento de que, cuanto más hermosa estuviera, más fácil le resultaría arrancarle su secreto, se iba tornando en certidumbre. Con una máscara en la cara cualquiera tiene ventaja sobre los demás.

4

El mismo día. Los dos

Tal como ella como esperaba, él hizo un gesto de asombro en cuanto la vio. Ahora comprendo por qué has tardado tanto.

¿Hace tiempo que me esperas?

Él consultó su reloj. Hacía unos veinte minutos.

¿Ah, sí?

Había tomado un café abajo, luego había subido, pero ella estaba en la ducha. Hay una vista preciosa desde el balcón. ¿Pero qué es lo que te pasa?

Ella se llevó las manos a las mejillas. No sé cómo me ha venido… Se había acordado, ignoraba por qué, de una vieja gitana. ¿No se acordaba él? Alguna vez le había hablado de ella. Aquella gitana que había sido expulsada de la capital por nuestra culpa…

Desde luego que se acordaba. Tal vez fuera culpa suya. Le había prometido que haría algo por ella. Para casos semejantes existían reparaciones, pensiones especiales. Dame su nombre y su dirección. Esta vez no me olvidaré.

Si es que todavía está viva, dijo ella. Se llamaba Ishe Zyberi. También recordaba el nombre de la calle, era Him Kolli, aunque ignoraba cuál era el número. Sabía solamente que había un caqui en el patio.

Ella seguía con la mirada los movimientos de la mano de él mientras escribía, y de nuevo tuvo dificultades para contener las lágrimas.

Después de desayunar salieron a dar un paseo. Era prácticamente el mismo ritual de siempre en busca de un café agradable. En Viena era más fácil que en cualquier otra parte.

A los pies de la catedral, las calesas de otro tiempo esperaban como de costumbre a los turistas deseosos de diversión. Siente años atrás, ellos habían montado en una semejante. Estaban en pleno invierno. Una nieve ligera hacía que las estatuas parecieran dar tímidos signos de desear aproximarse. Ella tuvo la sensación de no haber visto jamás tal abundancia de nombres de hoteles y de calles que contuvieran las palabras «príncipe» o «corona». Fue su última esperanza de que a él se le ocurriera pensar en el matrimonio. En lugar de eso, dijo algo acerca del derrocamiento de los Habsburgo, la única dinastía que había caído sin excesivo terror.

En la cafetería, mientras se observaban el uno al otro los dedos con la mirada, permanecieron ambos pensativos. El pequeño rubí de su sortija relumbraba como entre la escarcha.

Sin que pudiera averiguar la causa, a la mente de él acudieron los carteles de las últimas elecciones municipales de Tirana y el restaurante Piazza, donde un sacerdote arberesh, llegado de Calabria, se había arrancado de pronto a cantar: «Junto al arroyo de la aldea, han matado al último de los Jorgo…».

Sintió deseos de contárselo a ella, lo mismo que su sorpresa por los apelativos que se adjudicaban los candidatos unos a otros, pero sobre todo hablarle del desconocido aldeano llamado Jorgo al que se aludía en la canción como si fuera el tercero de ese nombre, o el decimocuarto de la misma dinastía, pero en ese instante le pareció que los carteles, la ebriedad del cura, al igual que la mayor parte de las imágenes que se recordaban, no mantenían el menor vínculo entre sí, sin contar con que sobre el rostro de ella, radiante hacía pocos instantes, se había cernido de pronto un velo de tristeza. Tampoco había tenido tiempo de contarle el sueño con Stalin.

Ella ya no disimulaba su brusco cambio de humor. Llevaban nueve años juntos. Se lo había dado todo a aquel hombre. De modo que, en ese terreno, él no tenía ningún derecho a exigirle más. Sobre todo no tenía derecho a torturarla con frases de doble sentido.

El sabía que las palabras «Pero qué es lo que te pasa» eran las menos aconsejables en tal situación; sin embargo, llegó el momento en que las pronunció.

Ella esbozó una sonrisa sardónica. Sería más apropiado que se hiciera a sí mismo esa pregunta. Le había dicho que ya nada era como antes, y ella tenía derecho a saber qué quería decir con ello. Lo había estado esperando durante toda una noche.

El se mordió el labio inferior. Rovena no le quitaba ojo.

Tienes razón, dijo él. Pero créeme si te digo que no me resulta fácil decirlo.

Durante un breve instante todo quedó nuevamente congelado.

Entonces no lo digas, era el grito de ella. Pero su boca no la obedeció y articuló lo contrario: ¿Hay alguien más en tu vida?

¡Oh, Dios mío!, pensó de inmediato. ¿A qué venían aquellas palabras como extraídas de una antigua morgue? Manoseadas desde hacía tiempo. No por ella, por él.

También él las recordó. Incluso con la misma nitidez que los carteles de las elecciones municipales, la cabina telefónica desvencijada junto al edificio de Correos, la lluvia sucia y el silencio de ella.

Tras las palabras de él: Dime ¿qué te pasa?, ella había permanecido en silencio. Y entonces él le casi gritó: ¿No habrá alguien más entre nosotros dos?

Estaban utilizando las mismas palabras, como si no tuvieran derecho a otras, pensó él mientras ella, para sus adentros, continuaba implorando: No, no me respondas nada.

Dos años atrás, desde aquella cabina desvencijada de Tirana, él le había dicho: Quiero saberlo.

¡Era la misma situación, Dios mío! Sólo que él, al contrario que ella, había osado acercarse al precipicio.

No, ella no quería saberlo.

¿Cómo había podido soportar entonces su silencio?

Ahora tenía la oportunidad de tomarse la revancha.

El silencio ya se había consumido. No quedaba más que el golpe final, el que ella le había asestado tras el silencio de entonces: Será mejor que no me preguntes.

¿Que si hay alguien más en mi vida?, dijo él. Pues bien, te responderé: No.

Ella tuvo la sensación de que el brusco relajamiento de la tensión le cerraba los ojos. Sintió deseos de apoyar la cabeza sobre su hombro. Sus palabras le llegaban ahora como a través de una neblina apacible. No se trataba de otra mujer. Se trataba de otra cosa. Ella lo tradujo al alemán como para captar mejor el sentido: es ist anders.

Que sea lo que quiera, pensó. Basta con que no sea eso.

Es muy complicado, continuaba él.

¿Ya no me quieres como antes? ¿Te sientes alejado de mí?

No es sólo cosa mía. No, era algo que les concernía a los dos. Estaba relacionado con la libertad, de cuya falta ella se quejaba tan a menudo… El había decidido decírselo esta vez, pero ahora sentía que no era capaz. Aún le hacía falta algo. De hecho, le hacían falta muchas cosas. La próxima vez probablemente lo lograría. En caso contrario, probaría a hacerlo por escrito.

Tal vez no sea verdad. Quizás sólo te lo parece… Lo mismo que me ha parecido a mí…

¿Qué es lo que te ha parecido a ti?

Pues verás, que las cosas ya no son como antes. Mejor dicho, que algo ya no es como era y entonces a ti te parece que ya nada es como antes.

No es eso, respondió él.

Le pareció que su voz se multiplicaba como bajo la cúpula de una iglesia.

Por un instante ella creyó captar el sentido de sus palabras, pero casi enseguida volvió a evaporarse. ¿Sería posible que él, de igual modo que ella, se hubiera sentido encadenado por su relación y hubiera deseado romperla? ¿Que al mismo tiempo que ella aullaba contra él: ¡Tirano, esclavista!, roía también él en silencio las cadenas que lo mantenían prisionero?

Sentía que, como siempre, llegaba con retraso.

El cansancio se le vino encima. También a él le dolía la cabeza. En las calles, las entradas de los hoteles y de los comercios, con sus rótulos ya iluminados, emitían una amenaza diamantina.

En lugar de su almuerzo con Stalin, él evocó la primera carta de ella. La temperatura había descendido por debajo de cero y Tirana, congelada por el invierno, parecía haber recobrado por fin la seriedad. Estos eran los términos en que le escribía. En cuanto a su bajo vientre, ya que le pedía noticias sobre él, se diría poseído de una impaciencia próxima a la catástrofe.

Rememoró pasajes enteros de la carta en la que ella le hablaba de la espera, de un café que había tomado en casa de la gitana, de ciertas palabras de ésta que no podía ponerle por escrito, y de nuevo de las temperaturas por debajo de cero en las que tenía lugar todo esto.

Recordaron el contenido de la carta prácticamente entera, acompañándolo de contadas sonrisas semejantes a rayos de un sol de invierno. En su respuesta desde Bruselas, él le había escrito que era sin duda la carta más hermosa que había recibido aquella temporada en Europa del norte desde la parte más alejada del continente, los Balcanes occidentales, devorados de impaciencia por entrar en Europa.

La primera vez que se encontraron después de eso, él ardía en deseos de escuchar las palabras de la gitana. Transmitían, según él, una voluptuosidad diferente, procedente de un periodo oscuro, aunque largo, tremendamente prolongado.

Ella sentía deseos de llorar. No era buena señal que se recordaran las cartas de amor.

Él quiso escuchar esas palabras de la vieja en la cama, justo antes de hacer el amor. Ella se las repitió en voz baja, como se susurra una plegaria. A su pregunta de si, mientras le hablaba, la gitana le había pedido que le mostrara su sexo, ella le respondió que no hubo necesidad, ella se lo había descubierto por sí misma, no sabía muy bien por qué, de forma maquinal, como la primera vez… Oh, no, no tenía trazas de ser lesbiana. O más exactamente, en aquella exhalación suya de deseo el lesbianismo estaba probablemente fundido con todo lo demás… Pero bueno, tú eres un verdadero brujo…

Después de comer, los dos sintieron la necesidad de dormir una siesta. Cuando volvieron a salir, estaba cayendo el crepúsculo. Las coronas reales sobre la entrada de los hoteles que, según él, en la mayor parte de los países habían sido destrozadas por el terror, aunque fatigadas, continuaban en su sitio.

Se encontraron de nuevo al pie de la catedral de San Esteban, al final del paseo. Por efecto de la luz del ocaso, sus vitrales, como si se probaran distintas máscaras, cambiaban de reflejos, resucitando a veces y extinguiéndose otras.

Inclinado sobre su hombro, él le murmuraba palabras de amor. Ella casi no daba crédito a sus oídos. Hacía tiempo que tales expresiones se habían vuelto escasas, primero por parte de él, más tarde también por la suya.

Volvían a dejarse oír como una música olvidada, aunque irradiando cierto regusto de inverosimilitud. Nos hemos ido distanciando el uno del otro, decía él en un tono aún más dulce. Lo sorprendente era que a ella aquellas palabras no le parecían temibles, aunque deberían serlo en realidad. También la palabra «matrimonio» era entre ellos así, incierta, como propia de un sueño. Siete años atrás, cuando se encontraron allí por primera vez, ella había esperado en vano aquella palabra. Le llegaba ahora con excesivo retraso, y por si eso no fuera suficiente, cambiaba constantemente de signo. ¿Aceptas convertirte en mi ex mujer?

Estuvo a punto de interrumpirle: ¿Qué delirio es éste?, pero le pareció más razonable esperar. No era la primera vez que le parecía extraviado. Durante una de sus trifulcas telefónicas, había llegado a sugerírselo: Tú me aconsejas a mí que vaya al psiquiatra, pero tú estás bastante más necesitado que yo.

¿Convertirme en tu ex mujer?, le interrumpió por fin. ¿Es eso lo que has dicho o lo he soñado?

Él la besó suavemente. No debía tomárselo a mal. Se trataba de algo relacionado con una vieja conversación entre los dos.

Aja, de eso se trataba en aquella conversación.

Su voz era susurrante, lo mismo que antes de su primer beso. Ella debía intentar comprenderlo. Si no había acabado aún, el tiempo de su amor se estaba aproximando a su final. La mayoría de los malentendidos, incluso de los dramas entre las personas, tenían lugar precisamente porque se negaban a reconocer ese vencimiento. Eran perfectamente capaces de distinguir el día de la noche o el verano del invierno, pero ante el tiempo del amor actuaban como ciegos. Y de este modo, privados de la vista, marchaban contra el tiempo.

¿Lo que tú quieres es que nos separemos? ¿A qué vienen tantos rodeos?

Ella se expresaba, según él, con arreglo a las medidas vulgares del mundo. Dicho de otro modo, de las cloacas. Todo el pensamiento vulgar del mundo, que por desgracia era dominante y aspiraba a adquirir patente de ley, surgía del fango. El pretendía apartarse de eso, encontrar una fisura, otra salida.

Rovena ya no se tomaba la molestia de intentar comprender. Tal vez encuentre alivio hablando de ese modo, pensó. Según él, ellos dos se encontraban por ahora en un momento bisagra. Después de eso, los últimos rayos del amor, a semejanza de la luz del día, se extinguirían. Entonces comenzaría un tiempo negativo. Éste obedecía a otras leyes, pero la gente se negaba a reconocerlo. Entraban en conflicto con ellas, padecían, se golpeaban los unos a los otros, hasta que un día descubrían con horror que su amor se había convertido en escoria.

Habla, se dijo ella. No cortes el hilo.

Se estaba haciendo tarde, desde luego. Eso era precisamente lo que él quería evitar, que se enfangaran en ese terreno crepuscular. Debían buscar otro donde aún calentara el sol. El descenso de Orfeo a los infiernos para sacar de él a Eurídice tal vez debía ser interpretado de otro modo. Quien había muerto no era Eurídice, sino el amor. Orfeo, en su esfuerzo por recuperarlo, probablemente había cometido un error en algún momento, puede que se precipitara demasiado, y lo había vuelto a perder.

Pero tú mismo me has dicho que el amor porta un problema en sí mismo, pensó ella. Así le había dicho tiempo atrás: había dos cosas en el universo cuya existencia se veía puesta constantemente en duda: el amor y Dios. La tercera, la muerte, como era bien sabido, las personas sólo podían advertirla en los demás, nunca en sí mismas.

Dos años antes, en el apogeo de su historia con Lulú, él le dijo que le había perdonado todas las palabras hirientes que le había dirigido porque le había parecido fuera de sus cabales. Ella haría lo mismo ahora. Parecía agotado y sin lugar a dudas sus nervios estaban al límite.

En el hotel, después de la cena, tras preguntar «¿Hay algún mensaje para mí?», los ojos de él se clavaron en el recepcionista con insistencia.

¿De dónde esperas mensajes?, preguntó ella.

Él sonrió.

Espero una citación. Una citación ante un tribunal.

¿De verdad?, dijo ella, esforzándose por mantener el mismo tono juguetón.

No estoy hablando de broma. Espero de verdad una citación a juicio. Al juicio final tal vez…

En el espejo del ascensor no conseguía encontrar sus ojos.

Ellos acabarán por encontrarme, dijo él en voz baja.

Tú no puedes más, Besfort, dijo ella, aproximando la cabeza a su hombro. Necesitas descansar, cariño mío.

En el lecho, ella se esforzó por ser lo más dulce posible. Le susurró palabras acariciantes, algunas de doble sentido, como le gustaba a él antes de hacer el amor, luego, cuando se dejó caer a su lado, en voz muy baja le preguntó: ¿Cómo era… tu ex mujer?

Él utilizó su último aliento para darle respuesta.

Sublime, repitió Rovena para sí.

Cada vez con mayor frecuencia, él rememoraba el regusto radicalmente inusual de su primer encuentro tras la historia con aquella Liza. Sabía que algo había sucedido, pero nada más. Mucho menos que había de por medio una mujer.

A la pálida luz de la lámpara de noche, el rostro de ella parecía a ratos tan extraño e indescifrable como entonces. La esperanza de experimentar de nuevo aquella sensación se le antojaba semejante a la espera del retorno de un sueño de inefable dulzura, de esos que, originarios de otros mundos incomparablemente más benignos, iluminaban de manera fortuita, por una sola vez, la vida de una persona.

Posiblemente Liza había formado parte de la zona intermedia donde se había engendrado esa alteración.

¿Qué es lo que te ha hecho recordarla?, dijo Rovena, cuando él le preguntó algo acerca de Liza.

El hizo esfuerzos por sonreír, luego dijo «No, nada», pero ella ya no se reía. Tú continúas ocultándome algo, dijo con voz cansada. ¿No te parece que te estás excediendo?

Es posible. Sin embargo, no me siento culpable.

Si le había dicho que no se sentía culpable era porque sabía que un hombre, por muy impenetrable que fuera o fingiera ser, siempre continuaría siendo un aficionado en comparación con una mujer.

Vosotras, es decir, tú en el caso presente, lo quieras o no, sois la ocultación misma, le susurró acariciándole el bajo vientre. Nadie, ni ella misma, podía ver lo que se ocultaba tras aquella hendidura muda. Salvo que el ojo de la gitana fuera capaz de captarlo.

Mientras le escuchaba, ella recordó de pronto el lavabo de las chicas, en la escuela, y la siguiente pintada: «Rovena, me muero por tu sx…». Se sentía fuertemente conmovida al entrar en la clase, sin conseguir adivinar cuál de sus compañeras podía ser la autora de la inscripción. Le parecía que podía ser tanto una como cualquier otra. Y tras cada suposición se escondía siempre la misma pregunta: ¿Qué sabía la otra de su sexo? Nadie se lo había tocado, ni siquiera mirado, a excepción de su madre. En el siguiente descanso corrió de nuevo al lavabo, pero la pintada había desaparecido. Sobre la puerta repintada de forma grosera se veía un pedazo de papel pegado, con el letrero: «Cuidado, pintura fresca».

Espero que no tengas la impresión de que pretendo hacerme el misterioso, dijo él acariciándole el cabello. Ella le besó la mano. Oh, no. El no tenía necesidad de hacerse, él era.

Oculta bajo la pintura, la inscripción resultaba infinitamente más peligrosa y, al regresar al aula, ella había sentido que le flaqueaban las piernas.

El le daba su palabra de que aquella confusión pasaría y que la próxima vez todo quedaría mucho más claro.

Siempre lo dejas todo para la próxima vez, le respondió ella en tono quejoso. ¿De verdad esperas una citación para un juicio? ¿De verdad que nada es ya como antes? Al menos respóndeme a eso.

El no respondió de inmediato. Le acarició los cabellos, se pasó un mechón sobre los ojos como si se tratara de un pañuelo, luego con voz clara y nítida le dijo que era verdaderamente así.

5

Trigésima tercera semana.

Liza según Besfort Y.

Todas las informaciones coincidían en situar a Besfort Y. en Tirana durante la trigésima tercera semana. La furia de los elementos de las noches de febrero parecía haber dejado rendida a la ciudad. Las escasas torres lujosas se devolvían unas a otras sus trémulos reflejos. Mientras recorría el barrio antaño prohibido sin alcanzar a decidir en qué café entrar, Besfort Y. creyó captar en las fachadas de vidrio de los edificios todo el resentimiento y la conciencia atormentada de la ciudad, tal como los periódicos se referían a ella cada mañana. Todos reunidos allí, procesos, agravios, deudas y venganzas sin saldar, esperaban su momento.

Indeciso, detuvo el paso ante la entrada del Manhattan, luego un poco más allá frente al café contiguo, hasta que, sin pensarlo más, penetró en la Sky Tower.

Desde la terraza cubierta del piso dieciséis la vista era, como en cualquier época del año, espléndida. A esa altura, las predicciones de la prensa resultaban aún más creíbles.

Las últimas cuatro plantas de la Sky Tower, incluida la cafetería donde él se había instalado, mantenían un contencioso con el Estado. Abajo, al pie del rascacielos, el solar excavado y los cimientos de otro rascacielos eran objeto de otro pleito entre los propietarios, el Ayuntamiento y la Embajada suiza, cuyo perímetro había sido invadido. Más allá, una estatua continuaba alimentando disputas debidas a otras razones, relativas en este caso a los símbolos históricos, incluso indirectamente al choque de civilizaciones, involucrando el derrumbamiento mismo de las Torres Gemelas de Nueva York.

Besfort Y. contuvo a duras penas un suspiro. Sólo entonces reparó en el hecho de que en la mesa vecina se hablaba alternativamente en albanés y en alemán.

Albania es demoledora, le había dicho un amigo emigrado a Bélgica en 1990. Te desespera, había añadido a continuación, te saca de quicio y sin embargo no puedes despegarte de ella.

Ambos eran de la misma opinión. Cuanto más se la cubría de improperios, más firmemente te ataba. Es como enamorarse de una puta, había dicho el otro.

Rovena se encontraba de nuevo en Grac. Había conseguido prorrogar su beca por tercera vez. Por ti, le había dicho por teléfono.

Con el rabillo del ojo observó la mesa vecina. Era posible que uno de los extranjeros fuera el «bidiplomático». La forma de su mentón le proporcionó la seguridad de que no se había vuelto a acostar con Rovena, pero los rizos pelirrojos de las sienes le decían lo contrario. Pequeña mía, se dijo, cómo podía soportar todo aquello.

Una oleada de nostalgia lo invadió apaciblemente. Debía escribirle de una vez por todas la carta que le había prometido en su último encuentro.

Un alboroto en la mesa vecina, acompañado de un movimiento hacia la cristalera, le indujo a volver la cabeza en la misma dirección. En el Gran Bulevar, el tráfico de vehículos estaba detenido en ambos sentidos. Alguien señalaba con la mano a la multitud que inundaba la plaza de la Madre Teresa.

Otra vez manifestación, comentó el camarero que estaba retirando el cenicero. Reclaman la restitución de las tierras.

Las blancas pancartas se alzaban visibles sobre la muchedumbre, pero aún no se podían descifrar sus inscripciones. Ante la sede de la Presidencia del gobierno, una segunda hilera de policías con casco se desplegaba apresuradamente.

Besfort pidió un segundo café.

De cualquier modo no debía retrasarse más con la carta, pensó. Una carta acompañada de dos o tres llamadas de teléfono podía aliviarle de la mitad de la carga. El nombre de Liza, mencionado tan a menudo en Viena, era un gancho adecuado para retomar el hilo roto de la conversación.

No son los antiguos propietarios, dijo el camarero al tiempo que depositaba la taza de café. Son los came expulsados de Grecia, que están irritados con el gobierno.

¿Con qué gobierno?, preguntó Besfort. ¿El griego o el albanés?

El camarero se encogió de hombros.

Probablemente con los dos. Cada vez que hay un acuerdo bilateral, salen a la calle.

La manifestación se encontraba aún demasiado lejos para que las pancartas resultaran legibles.

Liza era más que un simple anzuelo, pensó. Era tal vez la clave para dilucidar lo que estaba sucediendo. No por casualidad, en Viena, tras un prolongado olvido, la habían vuelto a recordar los dos a un tiempo.

Dos años atrás, después de la famosa pelea, había descubierto de pronto esa sensación incomparable, insólita, de hacer el amor con la mujer reencontrada. Aquello procedía sin lugar a dudas de alguna otra parte. Una combinación de los inicios del amor que acto seguido llegaban a su fin, para transformarse de nuevo en primicia. Era ella sin serlo en absoluto. Tan suya como no. Extraña aunque conocida en todos sus detalles. De aquí y del otro lado. De una felicidad falaz, tan huidiza como si compartiera la cama con un arco iris.

Desde el último encuentro, sus pensamientos no dejaban de detenerse en todo lo que se relacionara de alguna manera con esa sensación. El sueño de resurrección, a buen seguro, tenía que ver con ello. De igual modo que los temas del reconocimiento, que, ya en la facultad, durante sus años de estudiante, se le antojaban simple folclore. Ahora se sorprendía ante su dimensión misteriosa. El novio que, en el lecho nupcial, gracias a una marca, reconocía en la novia a su hermana. O la inversa, la recién casada a su hermano. El padre retornado de una larga emigración que tomaba a su hijo por un rival, o al rival por su hijo, y así sucesivamente: todas ellas historias de incesto presentadas como incumplidas pero que con toda probabilidad se habían consumado en realidad. La bruma envolvía la ruptura de los tabúes, turbias ansias en el seno de la misma sangre que, por vergüenza y horror, se daban luego por leyendas.

Tú ya no eres mi dueño. Ha llegado el fin de tu tiranía. De tu terror. Basta.

Besfort volvió la cabeza hacia la cristalera como si la voz de Rovena al teléfono, aquella voz quebrada por el llanto, dos años atrás, le hubiera llegado ahora del exterior.

La multitud de manifestantes se había acercado a la sede de la Presidencia del gobierno y los gritos llegaban ya hasta él con nitidez.

No son los antiguos propietarios ni los came, dijo el camarero, que también se había acercado.

Sobre las pancartas predominaba el color malva.

Me parece que son los «diferentes», dijo una voz en la mesa vecina. Así es como llaman ahora a los gays y a las lesbianas.

Al teléfono, Rovena había estado irreconocible. Perplejo, él no supo qué decirle. A su intervención: Tranquilízate un poco, escúchame, ella le había replicado: No me tranquilizo, no te escucho. Al fin, exasperado, había terminado colgándole el teléfono. Pero ella le volvió a llamar de inmediato. No me cuelgues el teléfono como tienes por costumbre. Tú ya no eres… ¡Basta!, le había gritado él. Tú no estás bien de la cabeza. ¿Ah, sí?, había dicho ella. ¿Eso es lo que te parece? Pues ahora prepárate a escuchar algo verdaderamente penoso.

Tú ya no eres para mí el que fuiste. Quiero a otro.

Entre la resignación y la sordera, ésas eran las palabras que él esperaba. Extrañamente, del otro lado del hilo fueron otras las que se dejaron oír.

Tú has destruido mi sexualidad.

¿Qué?, respondió él.

La idea de que no estaba bien psíquicamente se le impuso de pronto sobre todo lo demás. Los reproches, los insultos, incluso las posibles traiciones le parecieron entonces vanas, inconsistentes. Intentó abordarla en términos amables: Rovena, corazón, cálmate, por lo que se ve, sin lugar a dudas, es culpa mía, sólo mía, ¿me oyes? No, no te escucho, ni siquiera siento deseos de escucharte. Y no te creas que eres tan terrible como pareces.

Por supuesto que no lo soy, ni tampoco quiero parecerlo. Conque sí, ¿eh? ¿Es que piensas realmente lo contrario? ¿Tú crees que yo envidio a los indios americanos que se pintarrajeaban el rostro con hollín para dar miedo? Extrañamente, ella se echó a reír, a él incluso le pareció escuchar la palabra «cariño», ahogada entre las risas, como sucedía siempre que le gustaba alguna de sus ocurrencias. Pero la tregua fue brevísima. Al instante, su voz se tornó de nuevo tensa, y él pensó: Dios mío, realmente no rige como es debido.

Al día siguiente, al teléfono, le había dado la impresión de estar más serena, aunque cansada. Había estado en el médico… Él intentó con cautela enterarse de algo. Me he peleado con mi amante, fue su explicación. Y el médico le había recetado un calmante. Por supuesto que le había dado además algunos consejos. El principal: eludir todo contacto con la fuente de su tormento. Dicho de otro modo, con él. Siguió un largo silencio. ¿Vas a volver a salirme con la vieja pregunta de si hay algún otro entre nosotros dos? No, respondió él. Eso es lo que dices, pero no es eso lo que estás pensando. Porque sigues sin comprender que yo no soy tu prisionera. Él dejó que se desahogara. Según ella, él había sido su secuestrador, cerrando una tras otra todas las ventanas que se abrían ante ella con el fin de no dejarle una sola brizna de libertad. Para tenerla exclusivamente para él, como cualquier tirano. A tal extremo que se había visto obligada a ir al psiquiatra. La había mutilado, había desbaratado su sexualidad.

En este punto él la interrumpió para decirle que había sucedido lo contrario, que él… es decir, ellos dos, juntos, como ella misma había repetido tantas veces, habían refinado sus relaciones como pocos lo habían logrado, pero ella gritó: Precisamente eso es lo que no se debería haber hecho. El había violentado su naturaleza. Su psiquis… ¿Esas son las majaderías que te ha endilgado ese medicucho alemán tuyo?, la interrumpió él indignado. Justamente, fue la respuesta.

La imagen de sus pechos pasó por el cerebro de él y el punzante dolor ante la idea de no volver a verla confirió a sus palabras una serenidad inesperada. La dejaría tranquila, pero debía saber una cosa, él no había sido tal como ella decía. Había sido su libertador, aunque en este mundo no era la primera vez que se estigmatizaba como tirano a un libertador. Lo mismo que se tomaba por libertador a un tirano.

Estas fueron poco más o menos sus últimas palabras. La llamada de ella al cabo de tres semanas le llegó como a través de un territorio brumoso. Su voz estaba cambiada. Ni el uno ni el otro hicieron alusión a la disputa. Ella le dijo que había ido de excursión a Londres con todo el curso. Y luego, como si no hubiera sucedido nada, que estaba practicando deporte, sobre todo natación. Únicamente cuando ella preguntó «¿Vamos a vernos?», se hizo el silencio. ¿Tú qué opinas?, preguntó él. La respuesta fue inesperada: No lo sé.

Le resultó difícil contenerse y no replicarle: En ese caso, ¿para qué diablos me llamas por teléfono? ¿Y por qué preguntas si vamos a vernos?

Escucha, continuó ella. Yo quisiera que nos viéramos como antes, pero quiero ser sincera contigo… Ha sucedido algo en este tiempo…

He aquí pues de qué se trataba. Durante el largo silencio que siguió, ella esperaba, al parecer, la pregunta que, por fin, le había llegado el momento de ser hecha: ¿Hay alguien más entre los dos? El continuaba en silencio. Se la había planteado cuando no debía, y ahora que había llegado la hora, permanecía con la boca cerrada. Puta, la insultó él para sus adentros. ¡Buscona de becas de las ONG! Aunque en voz alta articuló: «No quiero saberlo».

La respuesta de ella también tardó en llegar. Puede que esperara otra cosa. También podía haber tomado sus palabras por un gesto de indiferencia. ¿Ah, sí? ¿Así que prefieres no saberlo? Entonces apura la hiel hasta la última gota: Tú ya no eres el que fuiste, yo pertenezco a otro.

Ya me he dado cuenta de eso. Es más, hace tiempo que lo sé… La respuesta de ella: Sin embargo, simulas que te da lo mismo. Porque a eso es a lo que estás acostumbrado. A golpear al otro incluso cuando tú mismo estás de rodillas.

Ninguna de estas últimas palabras fue pronunciada. Dieron vueltas en el interior de su cerebro como pájaros atrapados que no lograban encontrar la salida. Únicamente resultaba audible la trabajosa respiración de ella. Y para terminar, atravesándola, las palabras: Si es así, ven…

El vuelo fue agotador. El avión se inclinaba continuamente de un ala, o al menos ésa era su impresión. Un avión patizambo verdaderamente. Medio adormecido, la imaginaba delante del espejo en el momento en que se preparaba para el otro. El cuidado prestado en la elección de la ropa interior, a las axilas, al bajo vientre. Un derrumbamiento poco natural, ardor y sofocación a un tiempo, ralentizaba los latidos de su corazón. Si el causante del distanciamiento era otro, ¿a qué venía aquel furor contra él? En casos de este género, lo que sucedía era justo lo contrario.

Hubo momentos en que, como en los sueños, la llegada se le antojó imposible.

La vio desde lejos, en el mismo lugar donde ya le había esperado en otros momentos. La palidez de su rostro la hacía aún más bella. Había algún cambio en su peinado, así como en su forma de inclinar la cabeza al andar.

En el taxi se besaron suavemente, como a través de un vidrio. Era ella misma y al tiempo no lo era. Palabras que comenzaban por «re», reconocimiento, renacimiento, que dominarían más tarde durante días enteros sus pensamientos, tuvieron probablemente su punto de partida en este instante. Más improbable que la llegada le parecía ahora el hecho de tenderse en una cama junto a ella.

El hotel lo había reservado ella… Intentaría sacar algo en conclusión de su ubicación, de su fachada, del vestíbulo y naturalmente de la habitación y la gran cama doble o bien las dos camas separadas como dos tumbas de antiguos amantes, como las que había visto en un cementerio japonés, en Kyoto, con la lápida de mármol donde aparecía grabada su triste historia.

Mientras el mozo de planta les abría la puerta, su corazón lentificó de nuevo los latidos. Sus ojos se iluminaron con un destello apacible antes incluso de que la gran cama apareciera con el cobertor bordado de lánguidos crisantemos como los de las porcelanas japonesas. Los gráciles andares de ella mientras colocaba sus cosas parecían surgidos de ese mismo universo. Todo sucedía en silencio, como pintado verdaderamente en un jarrón; incluso las palabras de ella «¿Me esperas un poco?», al tiempo que entraba en el cuarto de baño, fueron pronunciadas con los ojos bajos, sin ir acompañadas de la mirada maliciosa habitualmente anunciadora del placer.

Allí estaba el misterio que durante tanto tiempo le había tentado, pensó cuando la puerta del cuarto de baño se cerró. Se le antojaba más improbable que admisible que ella volviera a salir de allí lo mismo que antes.

Permanecía sentado al borde de la cama, como en el cementerio japonés, esperando a su esposa lo mismo que en el año 1917, como en 1913, como Dios sabe cuándo un japonés o un hombre balcánico con el deseo retenido por los interminables años de noviazgo, o puede que aún peor, algún espíritu extraviado creyendo que volvería a él la novia perdida, raptada por otro, quizás por el destino mismo.

Finalmente ella salió. Oh, Dios, dijo para sí, una auténtica recién casada del Kanun, completamente desconocida, blanca como la cal. Con la cabeza baja caminó en dirección al lecho, para tenderse rígidamente a su lado. El tuvo la impresión de que todos sus ademanes de otro tiempo habían sido olvidados. Se inclinó sobre su rostro; sus labios, al igual que sus ojos, le eran extraños, y en lugar de besarlos le preguntó: ¿Los ha tocado algún otro?

Ella dijo sí bajando lo párpados.

El albornoz entreabierto dejaba ver sus pechos, parte activa en la conjura, tal vez con mayor implicación que los labios. Le hizo la misma pregunta y su respuesta fue idéntica.

No conseguía saber si su propio cuerpo soportaría aquel vértigo, en el que resultaba imposible distinguir el sufrimiento de la voluptuosidad. ¿Quién habrá sido el afortunado?, se preguntó.

Le acarició el vientre, luego el sexo. Cuando le preguntó acerca de esa zona del cuerpo, ella respondió con el mismo movimiento de los ojos. De modo que has llegado hasta el final, pensó, pero en palabras dijo: De modo que… aunque…

Rovena no dijo nada y él no pudo contenerse más. A diferencia de todas las veces anteriores, su gemido fue ahogado, como succionado desde el interior, y él dijo para sus adentros: Por supuesto.

Una lejana sirena de policía había acompañado en sordina, en lugar de la música, los últimos instantes de su acto sexual.

Una sirena se dejó sentir de pronto más próxima, casi idéntica a la de aquella noche en Luxemburgo. Le pareció que se le había quedado grabada en el rostro una sonrisa provocada por la idea de que, tras la dotación de la policía albanesa con nuevos vehículos occidentales, sus sirenas habían sido las primeras en proporcionar un poco de ambiente europeo a Albania. Volvió la cabeza hacia los cristales para mirar. En el Gran Bulevar, los enfrentamientos parecían haberse desatado. Están lanzando gases lacrimógenos, dijo alguno de los clientes que se habían aproximado. Se distinguían los gestos de las gentes llevándose las manos a los ojos, como asustados por espectros. La cabellera del «bidiplomático» parecía incendiada. Recordó que a los pelirrojos se los tenía por sexualmente insaciables. Mi pobre pequeña, dijo para sí. Quién sabe lo que te habrá hecho soportar.

Poco más o menos eso es lo que había pensado cuando, tras hacer el amor, se derrumbó, rendido, a su lado.

Las palabras de ella al teléfono, mezcladas con otras fruto de su propia imaginación, acudían en desorden a su memoria, con la sintaxis trastornada como en fórmulas rituales: mi sexualidad tú has destruido.

Los otros te han zarandeado y tú quieres hacerme culpable a mí, se dijo. Cuando terminaron, le repitió la pregunta no respondida de si había llegado realmente hasta el final. Ella volvió a vacilar, luego dijo finalmente: Depende de lo que entiendas por eso.

En voz baja, como para no disipar su estado de aturdimiento, él le dijo que eso no tenía ningún sentido, que si el otro la había besado y acariciado por todas partes, había llegado a buen seguro hasta el final… dicho de otro modo, había estado dentro de ella…

Ella volvió a darle la misma respuesta, eso dependía de qué se entendiera por eso, y él la increpó: ¿Y eso cómo es? ¿No sería impotente? No, respondió Rovena tras un largo silencio. Era una mujer.

Ah… Fue todo su ser el que suspiró de este modo. Aja, de modo que era eso. Durante unos instantes quedó sumido en una total confusión. Le parecía haber encontrado la explicación que lo aclaraba todo. Pero las preguntas se atropellaban como enloquecidas en su cerebro. Si una mujer la había seducido, ¿por qué ese goce, ese nuevo placer, en lugar de sosegarla, la había conducido a aquel estado de furia contra él? ¿Y a qué venía todo aquel sufrimiento, aquellos gritos, aquella visita al psiquiatra?

Ella le escuchaba sorprendida. ¿Cómo que por qué? Pues era normal que pasara eso. Quería separarme de ti y tú no me lo permitías. Yo no era capaz de engañarte, entiendes, eso es todo.

De repente todo le pareció sencillo. Como si fueran pastillas para dormir, esas palabras le hicieron derrumbarse sobre la almohada. También ella deseaba dormir. Ambos estaban cansados y dos horas más tarde se despertaron como en otra época. Le parecía haberla reencontrado. Aunque, de todos modos, no estaba muy seguro. Era como un reflejo sobre la superficie del agua que el más leve temblor podía desvanecer.

Con gran tiento condujo la conversación al punto en que la habían dejado. Por primera vez escuchó pronunciar el nombre de Liza y el relato de las circunstancias de su encuentro. El bar nocturno donde ella tocaba el piano los sábados. El cruce de miradas. La llamada de teléfono. El primer beso en el coche.

¿Y luego? El resto ya se sabe…

Yo no sé nada, dijo él con una curiosidad casi infantil. Cuéntamelo todo… Cuéntame cómo lo hacíais.

¿Cómo lo hacíamos?… En realidad yo no hacía nada. Era ella la que… me hacía… Yo sólo la dejaba hacer…

A él le pareció no haber escuchado nunca palabras tan sensuales. A no ser probablemente las de la gitana.

Cuéntamelo otra vez, dijo casi en un ruego. Dímelo todo.

Ella le habló de sus perturbaciones adolescentes en las horas de gimnasia, cuando las chicas se desnudaban. Esa tendencia se debía de haber incubado ya entonces, pero no era nada excepcional, lo mismo que les sucedía a muchas jóvenes. Ella no era lesbiana, como puede que creyera él. No era más que una vía de escape provocada por el miedo a los hombres. Y esto debido a su dificultad para asumir su pecho, que le parecía más pequeño de lo que habría deseado. Con Liza se había hecho más mujer.

Más mujer, pensó él. ¿Hasta dónde podría llegar?

Por primera vez, ella le besó en el cuello, aunque con frialdad.

A fin de cuentas, todo hasta ahora lo he hecho por ti.

El retornó a estas últimas palabras inmediatamente después de hacer el amor. Aún entre jadeos, le dijo que ella le hacía culpable a él de todo lo que le sucedía. Se sentía atraída por una mujer, tenía la revelación de una nueva experiencia, se transportaba, se derretía de placer, y el culpable era él. En plena tormenta, por motivos que aún se le escapaban, acudía al psiquiatra, y de nuevo descargaba sobre sus hombros la responsabilidad. El debía expresarle su pesar, pedirle perdón.

Sólo pronunció una parte de estas palabras. E incluso esta parte de forma balbuciente, a retazos. Ella le escuchó en silencio; luego, con la misma suavidad, le dijo: Pues ésa es la verdad, ha sido por ti.

Besfort se sentía incapaz de montar en cólera. Pero esto no impedía que sus palabras fueran frías.

Quisiera que me dijeras una cosa. Pero en términos claros y precisos. Cuando le explicaste al psiquiatra el motivo de tu estado, ¿qué palabras utilizaste: me he peleado con el amante o con la amante? Supongo que en alemán existen términos diferentes para uno y otra.

Ella suspiró. No negó que hubiera tenido un conflicto con Liza. Pero la causa primera era siempre él. El la tenía atrapada y se negaba a soltarla. Ella intentaba escapar de la jaula, pero no lo conseguía. Ésa era la causa de que se hubiera peleado con su amiga… Ella se debatía, se hería las alas. Gritaba pero…

Todas sus conversaciones a propósito de Liza quedaron así, a medio terminar. No era sólo cosa de ella, tampoco él la presionaba, como si temiera que aquella niebla se disipara.

La reconquista de Rovena fue larga. El mismo no estaba seguro de cuál preferiría: la primera Rovena, tan transparente, o esta segunda, de difícil acceso bajo la máscara de arcilla, con dos vidas.

Siempre que ella se aproximaba un poco más, se tornaba más accesible, sonriente como antes, junto con la emoción del reencuentro, él experimentaba tristeza por el desvanecimiento de la máscara. ¿Cómo restablecer de nuevo aquella sensación que no era de este mundo, emanación de zonas desconocidas e ilimitadas?

En ocasiones se le antojaba elemental. Por mucho que se negara a admitirlo, él no hacía otra cosa que experimentar los temores de millones de hombres que se empeñaban en reavivar su deseo adormecido. Su relación se había prolongado mucho en el tiempo, las revistas e Internet bullían de direcciones de clubes de intercambios y de toda suerte de fórmulas para esta clase de situaciones.

Una noche, ante el escaparate de un sex-shop en Luxemburgo, mientras devoraba con los ojos una muñeca hinchable, ella le dijo en tono sarcástico: Cómprala si tanto te atrae. La compraría, le respondió él con seriedad, pero sólo con una condición: que tú estuvieras en su interior.

Rovena frunció los labios sin saber cómo tomárselo.

Tampoco él mismo estaba en condiciones de explicárselo a fondo. De ningún modo deseaba que se deshiciera del velo de misterio que la envolvía después de su aventura con Liza. Aunque, por otro lado, sabía que eso era imposible. A medida que pasaban las semanas, ellos se tornaban tan próximos como antes, y esto era sin lugar a dudas maravilloso. Se repitió la palabra, pero en lo más hondo sentía que más que una maravilla era una sensación de tranquilidad. Se enfadaba consigo mismo, vete con una máscara, se decía, busca a una de esas actrices japonesas que se pintan con yeso, misterio sobre misterio, como si te acostaras con una novia recién levantada de su ataúd, ¿eso es lo que buscas?

De forma por entero natural, había llegado a la conclusión de que aquella sensación de sueño no podía experimentarla más que con una persona antaño próxima que se había tornado más tarde extraña. Tornar desconocida nuevamente a Rovena, al igual que dos años atrás. Perderla para volverla a conquistar.

Él mismo se daba cuenta de que eran pensamientos insensatos. Se trataba de dos situaciones contradictorias que se excluían la una a la otra.

La imposibilidad para el cerebro humano de abrir una brecha en el muro divisorio que lo acotaba se le tornaba de pronto tangible. A fin de cuentas, el cerebro era un instrumento amasado con la misma materia que el resto del universo. Opresiva materia que te mantenía sometido a su imperio. Y dado que el universo estaba compuesto de principio a fin de ese mismo ingrediente, no había la menor esperanza en parte alguna. Acostarse con un arco iris… Sin duda no era casual que todo exceso estuviera vinculado con la sexualidad… En otro tiempo debían de suceder fenómenos semejantes, vestigios de los cuales franqueaban fortuitamente el muro divisorio para perturbar nuestro cerebro. ¿Pero dónde tenían lugar?

La inmensidad era la misma por todas partes, Dios mío, a no ser que existiera otra, una zona disidente con leyes radicalmente distintas, los agujeros negros.

Puede que debiera tomar un tranquilizante para evitar tales desenfrenos. Y reducir el consumo de café.

La tentación de jugar con Rovena como a la ruleta rusa le llegaba sin duda de alguna región opaca. Pero la obsesión de libertad tampoco tenía en ella un origen menos oscuro. Presentía que ambas se encontraban de algún modo en resonancia, del mismo modo que el interrogante acerca de si existía o no el amor.

La idea de que había casos en que la libertad podía ser igualmente aportada por la violencia le hizo sonreír. Encargó un tercer café sin atreverse a tocarlo.

En el bulevar, los barrenderos recogían los desechos y los restos de pancartas pisoteadas durante el enfrentamiento. Las huellas del breve huracán de odio que acababa de soplar eran eliminadas para dejar su lugar al viejo rencor inmemorial vinculado a los procesos y los testamentos de otro tiempo, una parte de ellos redactados en lenguas fuera de uso y estampillados con sellos otomanos.

6

Fin de la misma semana. Rovena

Toda la semana había transcurrido para ella en la inquietud. Había creído que se aliviaría un tanto haciendo llamadas telefónicas frecuentes. Luego le pareció que precisamente esa frecuencia no hacía más que incrementar su desasosiego. También había ensayado la solución contraria, que resultó todavía más insoportable.

No debíamos haber hablado tanto de Liza, se dijo. Hacía casi dos años que no la mencionaban y de pronto, como una sombra maléfica, había reaparecido durante su reencuentro en Viena.

A veces me parece que, de forma deliberada, tú no has querido nunca escuchar mi historia completa con ella. Para torturarme mejor con preguntas no formuladas, con sospechas que me parece adivinar pero que tú no expresas nunca.

Cuántas cartas habré empezado y roto después sobre este asunto. Cuántos monólogos agotadores en soledad.

Incluso cuando estábamos juntos y yo comenzaba a contarlo, sentía tu impaciencia por verme llegar al punto culminante, lo único que te interesaba. Tu mirada parecía atenta pero en realidad no lo estaba. El velo aparecía siempre en medio. Para que desde el otro lado, como a distancia, escucharas la descripción del café nocturno donde conocí a Liza, su forma de depositar el vaso de cerveza a un lado del piano.

Mi turbación de entonces, su mirada, la mía que le respondía, luego el beso en el coche, su mano en mi muslo, el recuerdo de los lavabos de la escuela, a continuación mi mano que cogía la suya para dirigirla hacia mi entrepierna, y justo después de su gemido el deslizamiento del cierre, abierto para franquearle el paso hasta aquello que buscaba…

Como en trance, tú repetías las mismas preguntas, las primeras y las últimas: Y tú misma, cuando desbloqueaste su cierre, cómo conocías la forma de hacerlo, y sin escuchar mi respuesta, continuabas, cuéntame lo que vino después, cuando te poseyó, no sé si es así como se dice entre vosotras, me refiero a cuando te hizo plenamente suya, por decirlo así…

Era aquí, por lo común, donde mi relato se interrumpía, porque a continuación, es decir, tras haber hecho el amor, tú te volvías distraído, de modo que nunca conseguí explicarte que, más que debido a esa antigua inclinación, fue para liberarme, aunque sólo fuera un poco, de tu dominio por lo que me fui con otra persona. Y por lo que parece, de modo inconsciente, mi deseo, en lugar de a un hombre, me condujo a una mujer. Lo hice por mí misma, tal vez porque así me resultaba más fácil. Más fácil por el hecho de que no podía existir ningún elemento de comparación entre vosotros. Pero, más que nada, créeme, lo hice por ti. Para no ofenderte a ti con un rival. En cambio tú, como empujado por el diablo, en el preciso momento en que yo tenía necesidad de un poco de descanso, de un poco de distancia, comenzaste a intensificar tus llamadas de teléfono. Contra tu costumbre, de pronto me llamabas a diario. Eran las primeras semanas con Liza, las de nuestra primera pelea, justamente por tu causa. Sentía celos de ti, durante horas enteras me endilgaba su teoría de que tú no solamente eras un obstáculo en mi vida sino que habías pervertido mi verdadera orientación sexual. Yo le replicaba cuanto podía, le decía que tú me habías hecho doble, triplemente mujer. Ella se burlaba de lo que unas veces llamaba mi ingenuidad y otras mi desconocimiento del mundo. Entre las caricias, me susurraba al oído que yo formaba parte del escaso grupo de mujeres a quienes la naturaleza había atribuido la facultad de alcanzar las cimas del placer, esas que se imaginaban únicamente atributo de los dioses, aunque con una condición, que me deshiciera del estorbo que obstruía mi horizonte, es decir, de ti. Tú mismo, entre tanto, en lugar de ayudarme a resistir, hacías lo contrario. Cuanto más tensas se volvían tus llamadas, más dulces eran sus susurros, hasta el día en que sucedió lo inconcebible, la única cosa que no te he dicho nunca y no estoy segura de que te vaya a revelar alguna vez: su proposición de matrimonio.

Fue tras una discusión banal en un salón de té, una historia de celos provocada al comienzo por mí cuando tuve la impresión de que no me prestaba atención a mí sino a otra por la que, con el fin de tomarme la revancha, fingí sentirme atraída. Nerviosas, terminamos las dos en su casa, luego en la cama, donde ella puso en juego toda su pericia para hacerme gozar como ninguna otra vez. Hemos nacido la una para la otra, me murmuraba entre caricias, yo la pianista, tú el instrumento que se rinde a mis dedos, y así será para siempre, cada vez más divino, rumbo a ese séptimo cielo del que tanto se habla pero que sólo unos pocos, un puñado de elegidos, consiguen alcanzar. Experta como era, la palabra matrimonio la pronunció o más exactamente la exhaló en el momento culminante, con el fin de prolongarlo tal como, según dicen, actúan los sadomasoquistas.

Bien avanzada la tarde, vaciada, en un estado evanescente, iridiscente como te gusta calificarlo a ti, comencé a recuperarme. Realmente casi había conseguido franquear el arco iris, ese turbio sueño de mi adolescencia, pero esta vez de otro modo, de forma tangible y voluntaria: en las nupcias con una mujer.

Mi exaltación se mezclaba con el despecho hacia ti, igualmente neblinoso, aunque cargado de resentimiento, con la amargura porque esa proposición no me hubiera venido nunca de ti.

El velo nupcial, el cortejo y todo lo demás acudían a mi mente en forma de imágenes quiméricas, como procedentes de otro mundo, y en mi fuero interno me decía que sería realmente así, que yo me casaría en otro planeta.

Liza y yo viajaríamos a Grecia, a una isla en la que desde hace años, en una iglesia olvidada, medio en secreto, se casaban las mujeres entre sí. Pronto todo iba a cambiar: el Consejo de Europa estaba preparando ya nuevas leyes y nosotras no tendríamos que continuar disimulando nuestra relación en la calle, en los cafés, ni siquiera en los conciertos, donde no dejaríamos un momento de mirarnos, la una en la sala y la otra en la escena.

Mientras hacía estos planes para mí misma, el resentimiento contra ti no me abandonaba un instante. Me consolaba interiormente con mi sacrificio por ti. A semejanza de las jóvenes que se casaban en otra ciudad para no humillar con su boda al amante abandonado, yo me casaría en otro mundo, el de las mujeres. Era de este modo como me gustaba representarme lo que me disponía a hacer: más que una satisfacción, una toma de distancia respecto a ti. Para no afrontar el otro casamiento. Las inexistentes nupcias compartidas contigo.

Cómo había esperado ese matrimonio durante nuestro imborrable viaje invernal a Viena. Todas las luces, los rótulos, los nombre de las calles lo sugerían, lo proclamaban a grandes voces, hacían sonar las campanas por él. Únicamente tú permanecías sordo.

Me encontraba aún en la calle, dividida entre una morbosa embriaguez, la euforia de la separación, el miedo a lo que había de venir, el rencor hacia ti y un extraño vacío en cuyas oquedades se escondía aquella capilla ilegal, cuando tú me llamaste por teléfono.

En el primer segundo, aquella llamada me pareció extraña, fuera del tiempo. Y tu voz igualmente. Sin duda así de heladas fueron mis primeras palabras. Lo que te hizo preguntar: ¿Qué forma de hablar es ésa? Tras lo cual todo fue de mal en peor. La acritud de tu tono de voz no era más que la mitad del mal. De pronto me pareciste sarcástico. Despectivo con todo: con mi emoción, con el velo de novia, con las nupcias, con esa capilla surrealista. Implacable, demoledor, como en tus peores horas, lo destrozaste todo como si se tratara de trapos viejos. ¿Cómo no iba a perder yo el control? Fue sumida en ese arrebato como se me escaparon esas palabras que te ultrajaron tanto acerca de mi sexualidad que tú habías arruinado. No lo oculto, eran las palabras de Liza cuando se empeñaba en sostener que, en el momento en que de mi cuerpo, violentado según ella por las toscas intervenciones de los varones, se hubiera borrado hasta el último recuerdo, yo estaría dispuesta para la fase suprema del amor.

Por si esto no bastara, dos horas después, mientras me encontraba como aturdida después de nuestra disputa, Liza me llamó por teléfono. Afectuosa como pocas veces, esperaba probablemente la misma dulzura de mi parte, y quedó al principio sorprendida ante mi distracción, luego se ofendió. Ah, tú vacilas o todavía peor, ¿has cambiado de opinión? Yo no era capaz de concentrarme. Ella se indignaba cada vez más. Mi supuesta vacilación la decepcionaba. Creía haberme hecho feliz con aquella proposición que formulaba por primera vez en su vida, y yo me lo tomaba como un juego. Yo le dije, espera, déjame que te explique, pero ella ya no escuchaba. Después de tratarme de pérfida y de que yo le replicara que no sabía lo que estaba diciendo, comenzó a atacarte a ti. Vete, vete con ese terrorista, me dijo. Con ese instigador de la guerra que terminará en alguna sala del Tribunal de La Haya. Allí acabaré viéndote a ti también.

Extrañamente, su furia pareció proporcionarme cierta clase de sosiego. Sobre todo las últimas palabras. Ella ya era pacifista y en tanto que tal se oponía al bombardeo de Serbia, pero al saber por mí de tus actividades, por aversión hacia ti se había vuelto doblemente proyugoslava.

La medianoche me encontró de nuevo acongojada ante la duda de si telefonearte unas veces a ti, otras a ella, o de arrancar el cable del teléfono. Quebrantada por el insomnio, con el pulso desbocado, a duras penas logré esperar hasta por la mañana para acudir al médico.

Es verdad que fue con esas palabras como le describí mi situación: Me he peleado con mi amante. Más tarde, como hechicero que eres, tú quisiste conocer con precisión el género de la palabra utilizada. En alemán Geliebter y Geliepte se diferencian bastante poco. Por otra parte, como siempre, bastó tu pregunta para poner mi cerebro como sobre ascuas. Insistí en haber dicho: Me he peleado con mi amante. Era sincera y al mismo tiempo no lo era del todo. Si lo había dicho realmente en género masculino, la palabra os incluía a los dos. Más que mi «amada», Liza era en efecto mi «amante».

Durante aquella conversación, nada más escuchar la palabra «médico», tú cambiaste de forma radical. Te apaciguaste, no cesabas de pedirme disculpas. Sentí que me había hecho digna de compasión. Entre sollozos te afrenté una última vez. Y comprendí al instante que había perdido. Mezclados con los de Liza, mis insultos tratándote de tirano, de egoísta, de desalmado, se desparramaban como la nieve sobre una coraza medieval. No sólo no te alcanzaban siquiera, sino que tú continuabas pidiéndome perdón.

El vacío que vino a continuación fue todavía más aterrador. El médico me había recomendado apartarme de la fuente del mal. Así pues, la ruptura. Curiosamente, esa ruptura no te aludía más que a ti. Mientras que Liza era el objeto de mi ira, tú eras mi espanto.

Me había internado de pronto en un territorio desértico. Más que el barullo de las disputas, me atormentaba el mutismo que imperaba en ellas. Me encontraba en un mundo turbio donde la verdad y la no verdad se amalgamaban dolorosamente. Como producto de la ignorancia misma era tu perdón. Al igual que mi infidelidad, tan real como ilusoria. De igual modo que el matrimonio con Liza y todo lo que le seguiría.

Ahora tú dices que entre nosotros ya nada es como antes. Justo en el momento en que yo me decía: Gracias a Dios, por fin, después de tantas tempestades, vivimos una época de sosiego, tú lanzaste esas palabras. Junto con la temible pregunta: ¿Aceptas convertirte en mi ex esposa? Además de otras frases equívocas.

No me dijiste nada semejante el día de nuestro reencuentro después de la catástrofe, cuando yo, todavía aturdida, como escapada de un sueño, me reuní de nuevo contigo en el lecho del amor. En los catorce años que hace que conozco esa maravilla, ésa fue sin lugar a dudas nuestra unión más fabulosa. Me dijiste: es como si hubieras descendido de la luna. Incluso añadiste: quizás sea de este modo, con esta misma sensación, como se producirán en el futuro los encuentros entre las parejas cuando uno de los dos regrese de un viaje o una misión en cualquier otro planeta.

Tampoco entonces me dijiste que nada era ya como antes. Pero ahora lo afirmas, incluso lo haces sinceramente.

Algo está flotando en el aire, lo percibo. Del mismo modo que siento que, como siempre, llego con retraso. Eres tú quien golpea primero.

Golpea. Haz lo que tengas que hacer. Pero no me dejes sola. Esto ya no es una cuestión de amor. Se encuentra más allá. Has operado una intrusión en mí de las que las leyes secretas de la naturaleza seguramente prohíben en tiempo normal. Dicen que, a través de sus mucosas, se producen a menudo entre los amantes transfusiones contra natura, una suerte de incestos a la inversa, en los que la sangre del clan y la sangre extranjera se sustituyen la una a la otra por error.

Si es así, tú debes someterte a las nuevas leyes. Puedes ser mi ex marido y a mí calificarme como tu ex mujer. Pero si yo, por error, me he convertido entre tanto en tu hermana pequeña, no puedes abandonarme en este mundo, una golondrina ciega con las alas rotas.

No, no debes hacerlo. No puedes.

7

Vigésima primera semana. Tormenta de nieve

Desde las ventanillas del tren, la furia de la nieve parecía doblemente brutal. Imaginar el otro tren, aquel en el que viajaba Rovena, no logró sacar a Besfort Y. de su entumecimiento. Le procuró tan sólo un torpe sosiego, como el provocado por un somnífero.

Lo que debía hacerse ya estaba hecho. Poco después de medianoche, inclinado sobre la almohada, por encima del cabello en desorden de ella, tras su último gemido, casi asustado ante la posibilidad de haberla estrangulado de verdad, le había susurrado: Rovena, ¿estás bien?

Ella no había respondido. El le acarició las mejillas y luego le murmuró palabras dulces, que ella tal vez tomaba por las últimas, pues sus mejillas aparecían cada vez más cubiertas por las lágrimas. De su balbuceo Besfort sólo entendía la palabra «mañana». Mañana ellos se marcharían en trenes diferentes, aunque, a diferencia de otras ocasiones, estarían libres de la angustia de la separación. Mañana, corazón, sentirás por primera vez qué es la otra zona.

Durante las casi cincuenta horas que habían pasado juntos en Luxemburgo no había hablado más que de ello. Ella escuchaba con ojos cada vez más tristes. Su oposición se iba debilitando a causa del cansancio. Tampoco los muertos podían separarse. Él repetía: No, mil veces no. Ellos serían libres como en el comienzo del mundo. Libres, por tanto, en adelante, inseparables. Libres para encontrarse si lo deseaban. Para dejarse el uno al otro. Para olvidarse. Para reencontrarse. Experimentarían como ningún otro la regeneración del deseo. Cada vez que se vieran serían extraños pese a haberse encontrado alguna vez, como surgidos de un sueño, de otro mundo. Poco más o menos como entonces, tras la historia con Liza, pero mil veces más intenso. Ella debía tener confianza y no empeñarse nunca más en rumiar pensamientos lúgubres como la noche anterior cuando le había expresado su duda de que él hiciera aquello (es decir, tratarla como a una callgirl, en otras palabras, como a una puta de lujo) con el fin de humillarla, de manera que, cuando llegara la hora, pudiera apartarla más fácilmente de su lado. Oh, no, prometía él, siempre había deseado justo lo contrario, hacer de ella un icono.

Mientras hablaba, la mirada de ella se tornaba de pronto tierna, inquisitiva, como queriendo decir: ¿Quién te ha hecho enfermar de este modo, cariño mío?

Afuera, tras una tregua, la ventisca comenzó a huracanarse de nuevo. Un viajero que acababa de entrar en el compartimento con bamboleos de borracho no apartaba los ojos de Besfort. Se contuvo cuanto pudo y luego se dirigió a él.

No hablo alemán, respondió Besfort.

Ya, dijo el otro. Mira por dónde. Durante un rato murmuró para sí mismo, luego alzó la voz. De todos modos no es necesario hablar alemán para comprender que Luxemburgo es un país innoble. Que finge ser un pequeño Estado precisamente para conseguir que se le perdonen sus ignominias. Donde todos los paneles indicadores son engañosos. Y donde las puertas traseras de los bancos se abren secretamente a medianoche para los pedófilos arrepentidos.

Besfort se levantó para ir a tomar un café a la cafetería.

Quizás el tren de Rovena hubiera salido ya de la zona de la tempestad. De pronto sintió el deseo de estrechar su cabeza contra su pecho. De este modo, con la cabeza apoyada en él, se había quedado dormida pasada la medianoche. Alrededor de las dos de la madrugada, se despertó asustada. Besfort, Besfort, decía en voz baja tratando de despertarlo. Quisiera saber, con nuestras conversaciones, ¿qué sucederá? ¿Cómo? Preguntaba él como atrapado en falta. Nuestras conversaciones de medianoche, después de hacer el amor. Ah, sí, respondía él.

Por supuesto, nuestras interminables conversaciones, no tienes nada que temer, continuarán lo mismo que antes. ¿Lo piensas de verdad o sólo lo dices para tranquilizarme? Desde luego, cariño, desde luego que lo pienso de verdad. Las conversaciones entre las call-girls y sus clientes son especiales. Ocurre lo mismo con las geishas. La mitad de la literatura japonesa ha salido de ahí. Perdona, decía ella. Es culpa mía por quedarme dormida. Me parece que habías empezado a contarme algo sobre los complots, ¿no es verdad? Yo tenía doce años cuando se produjo el último complot en Tirana. Lo recuerdo, todos hablaban de ello. Mi madre esperaba la llegada de mi padre para preguntarle, sin darle tiempo a que se quitara el abrigo, qué había de nuevo. Era invierno. El Primer Ministro acababa de suicidarse. Yo estaba pendiente de mis pechos, que no crecían como es debido. ¿Y tú? Si no me equivoco, me dijiste que te sentías muy triste.

Él le respondió que así era. Se trataba de una tristeza de un género particular. Como un abismo. Una infinita pérdida de esperanza. Los complots se sucedían, y tras cada uno de ellos el abismo se ahondaba un poco más.

¿Pero por qué?, preguntó ella. ¿De dónde procedía toda esa tristeza? Pese a todo, aunque las conjuras fracasaran, debía de reavivarse un hilo de esperanza. Alguien lo intentaba, a pesar de los pesares, alguien ponía su vida en peligro para derribar a la dictadura.

Él sacudió la cabeza para decir que no. Justamente eso no era verdad. Nadie intentaba nada. Nadie arriesgaba la cabeza. Los complots eran falsos. Y todavía más falsos que ellos eran los conspiradores. ¿Te parece cosa de risa?

En absoluto, había respondido ella. Me parece aterrador.

Así era justamente. Eran tal vez los complots más aterradores que jamás hayan existido.

Con voz monocorde, entre una nana y el relato de un cuento, él le rememoró durante largo rato todo aquello. Los falsos complots eran conocidos desde el tiempo de Nerón, quizás desde antes. Complots concebidos en aras de una idea. Por razones de Estado. Para remontar una crisis. Como pretexto para un ataque. Para aterrorizar. Proyectados por el deseo de anticiparse al mal (ya lo veis, tramasteis el complot pero no habéis conseguido derribarme). Incitados por las mujeres. Por la envidia. Por la locura. El mundo había visto toda clase de ellos, pero créeme, complots como los de los albaneses no se habían visto en ninguna parte. Tú tendrías motivos para preguntar: ¿Pero por qué se montaban, qué ganaban con ello? Te lo digo desde el principio, no ganaban nada excepto un tiro en la nuca. Y eso lo sabían. Sin embargo continuaban simulándose. ¿Crees que me lo invento? Créeme si te digo que no hay nada de exagerado aquí, puede que sea lo contrario. No obstante, tú estás en tu derecho de preguntar: Si ya conocían el desenlace, ¿por qué continuaban fingiendo ser conjurados? Por lo general, la gente finge ser fiel antes que renegada. Y sin embargo eso es lo que ellos aparentaban: ser traidores. No podían fingir ser fieles porque eso es lo que eran, fieles más allá de toda medida. Pero el dictador estaba harto de ellos y de su adulación. Él necesitaba otra cosa… Tienes motivos para pensar que estoy delirando. Tú saliste de ese tiempo con trece o catorce años, por tanto casi salvada, pero yo no. Tú aún puedes buscar un grano de lógica en esta maraña. Pensar por ejemplo que las dos partes, el dictador y los falsos conspiradores, empezaban aquello como diversión, como cosa de teatro: ellos desempeñarían el papel de los conjurados y él fingiría que los condenaba, hasta que al fin todos se desternillarían de risa y entre carcajadas se darían las buenas noches los unos a los otros. Conociendo sin embargo la locura de la época, podrás aceptar que si el asunto comenzaba en verdad como una diversión, muy pronto, en mitad de la representación, en el cerebro enfermo del tirano brotaba una duda. Y lo que había comenzado entre risas terminaba con esposas en las muñecas. Una cierta lógica, aunque brumosa, podía entreverse. Pero lo que sucedía realmente estaba más allá de todo lo que un cerebro humano podía concebir. Por eso resultaba tan difícil, por no decir imposible, explicarlo.

El engaño lo cubría todo, semejante a una niebla cada vez más densa. Envolvía todo el horizonte. No dejaba una sola fisura en parte alguna. Una tras otra, las conspiraciones surgían entre esa bruma, difusas al principio, como los rasgos de un feto en una ecografía del vientre de la madre, luego cada vez más nítidas. Quedaban todavía ilusos que pensaban: si esta conjura no ha podido derribarlo, otra llegará, tal vez con más fortuna, que lo consiga. Pero la siguiente en intentarlo resultaba ser más fiel que la anterior. Las cartas de los conspiradores enviadas desde la cárcel se tornaban cada vez más entusiastas. Algunos reclamaban diccionarios de albanés porque les faltaban las palabras para expresar su adoración al Guía. Otros se quejaban de que no los torturaban tanto como debían. Desde el pedregal apartado a la orilla de un río, las actas transmitían poco más o menos el mismo espíritu. Además de sus gritos: «¡Viva el Guía!», se consignaban las últimas voluntades de los fusilados. Algunos se sentían tan culpables que pedían ser ejecutados no con las armas clásicas, sino con cañones antitanque, incluso con lanzallamas. Otros solicitaban ser bombardeados de modo que no quedara rastro de ellos, que los enterraran cabeza abajo, que los metieran vivos en la tierra o que no los enterraran del todo sino que los dejaran a merced de los grajos, como en los tiempos antiguos. Nadie era capaz de discernir cuánto había de verdad y cuánto de fábula en estas informaciones. De igual modo que resultaba imposible dilucidar adonde querían ir a parar los conspiradores y adonde el líder.

A veces parecía que este último era el más fácil de comprender. Había sometido el país de un confín al otro y las alabanzas de los conspiradores se le antojaban ahora la coronación de su triunfo. Algunos llevaban el análisis incluso más lejos. Harto del amor de los fieles, pretendía ahora el otro, en apariencia imposible, el amor de los traidores. Aquel tras el que se ocultaba Occidente, la OTAN, la CÍA. Se había convencido a sí mismo de que los odiaba a muerte para adorarlos secretamente. Al igual que Tito, su ídolo primero convertido después en su bestia negra. El que lo corroía por dentro día y noche. Pero la bestia negra había franqueado ya el umbral del arco iris, mientras que él se había quedado atascado a este lado. A buen seguro que por las noches sentía deseos de aullar: ¿Por qué el otro era aceptado por el mundo y yo no? ¿Quién lo impedía? Y creía que había encontrado por fin la causa: sus fieles se habían convertido en su rémora. Aferrados a los bajos de su abrigo, era imposible deshacerse de ellos. Al pie mismo del arco iris, le impedían emprender el vuelo. (Tú no me dejas vivir.) Se colgaban de sus brazos, de sus botones, de sus botas ensangrentadas: Tu vida está con nosotros, no con ellos, ¡no nos abandones! Sentía ganas de aullar: Repugnante jauría de fieles, sois vosotros los que me instigáis. (Tú has destrozado mi sexualidad.) Pues ahora os vais a enterar. Y los flagelaba. Cuanto más lo alababan ellos, más fuerte les golpeaba. En ocasiones, entre los gritos, le parecía que se burlaban de él. Y lo creía. A fin de cuentas eran ellos los que triunfaban.

Afuera, la tormenta de nieve se aplacaba un tanto. Besfort Y. se sentía cansado. En todo aquel galimatías, ni él mismo era capaz de distinguir lo que había pensado para sí y lo que le había dicho realmente a Rovena. Mucho menos era capaz de imaginar lo que ella había escuchado y lo que no.

Hacia las cinco de la mañana, Rovena se había puesto a temblar en sueños. Él la había despertado con cautela. ¿Has pasado miedo? Ella le contestó con palabras desprovistas de sentido. Luego, medio dormida, le susurró: ¿Por qué te sometes a esta prueba?

El mantenía los ojos cerrados, como si, a cubierto del sueño en el que esperaba refugiarse, pudiera responder con mayor facilidad.

Por qué lo hago, se dijo, siguiendo con la mirada los copos de nieve ahora escasos. En buenas condiciones estaba él para dar con el porqué.

Luego oyó la voz conocida del borracho. No es necesario hablar inglés, sir, para percibir la bajeza de este país.

Dios mío, sólo esto me faltaba. Por suerte, el otro le estaba endilgando su perorata a un larguirucho pelirrojo. Créeme, sir, Europa se va islamizando poco a poco. Mientras que en los países árabes, en cuanto se agote el petróleo, vamos, cuando les llegue la gran miseria, se extenderá de nuevo el cristianismo, como hace dos mil años. No, no, replicaba el larguirucho intentando volverle la espalda. Pero el borracho no soltaba su presa. ¿Has empezado a escucharme? Pues escúchame hasta el final. Por lo tanto, lo mismo que hace dos mil años, el cristianismo tratará de remontarse hacia Europa, pero ya será demasiado tarde. Demasiado tarde, ¿comprendes? Too late! Por encima de los rascacielos flotará el canto de los almuédanos. Too late! ¿Me entiendes o no? No es necesario saber inglés para captar esa fatalidad.

Besfort buscó otro asiento más alejado, siempre junto a la ventanilla. Los últimos copos de nieve, semejantes a jirones de un velo de novia, escapaban hacia atrás como empavorecidos.

Por qué hacía aquello… Durante los dos días pasados con Rovena habían vuelto sucesivas veces a esta cuestión. Llegaba un momento en que todas su explicaciones se enturbiaban hasta parecerle a él mismo carentes de sentido. Entonces buscaba otras. Volverían sin duda a ser libres. No sólo ella sino también él. Sin sospechas ni vanas ofensas. Liberados de la rutina, del peso del ritual, de los celos, del torpe fastidio de los silencios prolongados al teléfono, finalmente de aquella dama fatal, aquella viuda enlutada: la separación. Rovena hacía esfuerzos por seguirle. ¿De ese modo no te importaría separarte de mí? El fingía reír. No era cuestión de si le importaría o si le dejaría de importar. Habrían conseguido poner fin a la propia separación. Les gustara o no, una call girl y su cliente no podían separarse. Se encontraban ya al otro lado del espejo. Allí donde muchas nimiedades de este mundo no conseguían llegar.

Cansada, ella trataba de contradecirle, pero sin mucho afán. ¿No intentaría tal vez de este modo renovar en sus relaciones la llama del deseo? ¿De forma que en cada nuevo encuentro, convertida en extraña, distante, a ser posible infiel, le atrajera con más intensidad físicamente hablando?

Él no sabía qué responderle. No podía decirle que no. En realidad, la sola posibilidad, incluso la propia conversación sobre ello, eran perturbadoras. Ella decía «no, no», en un tono quejoso que, más que oposición, a él se le antojaba revelador del tormento de la tentación. Y de inmediato la sospecha de que, puede que inconscientemente, también ella se sentía atraída por la idea no se apartaba de él.

Rovena había vuelto a repetir su pregunta y él, de nuevo, no había sabido qué responder.

Me estás poniendo un nudo en la garganta, le dijo ella. ¿Tú no tienes miedo, Besfort? Estás pidiendo lo imposible…

Ni él mismo sabía si tenía o no tenía miedo. Lo único de lo que tenía conciencia era de que era tarde para echarse atrás.

Por qué hacía aquello… En casos semejantes, a la gente le resultaba fácil decir: ni yo mismo lo sé. En realidad, él lo sabía, aunque fingía no saberlo. Lo había sabido siempre. Se esforzaba en mantener la vaguedad de forma deliberada. En eludirlo. Pero estaba siempre allí.

Muchas cosas habían sido dichas por cada uno de los dos, pero siempre a medias. Nunca completamente al desnudo. Y el miedo, naturalmente, estaba allí. Pero no a lo imposible. El miedo de ella a él. El que ella le provocaba. El miedo de los dos.

Lo había sabido desde el primer instante cuando, con un andar ligero, ella llegó y se inclinó sobre él, en el sofá, aquella tarde inolvidable. Tú eres excesiva. Todo su ser lo había gritado.

Rovena era demasiado para él. Se sentía fuera de la ley. No sabría decir de qué ley, pero estaba convencido de que estaba infringiendo una ley.

Ella decía cualquier cosa, él respondía, pero lo que se decía no tenía la menor relación con lo que tenía lugar en su cabeza. Siempre había pensado que un hombre no podía afrontar en su vida más de tres o cuatro mujeres hermosas. El ya había recibido su parte. Ambicionar más era peligroso.

Durante años, el enigma de las mujeres hermosas no había dejado de fascinarle. Sus signos, aquello que las hacía diferenciarse de las simplemente agraciadas, eran difíciles de explicar. Una línea divisoria tal vez, aunque inestable, una cesura como la que se percibe a veces en la superficie del agua, o como la articulación entre las dos lunas de un espejo, proclamaba su naturaleza huidiza. Fieles o infieles, todas daban la misma impresión de estar siempre pendientes de algo, en alguna parte, de unos ganchos galácticos quizás, que ellas mismas ignoraban.

Tú te encontrabas a su lado y continuabas teniendo la sensación de que algo te faltaba. Te echaban los brazos al cuello, te decían palabras dulces, se entregaban, y tú continuabas sintiendo avidez. No me falta nada, te decías, no pretendas más de lo que se te ofrece. Sin embargo, algo no cesaba de escaparse al otro lado de la línea divisoria, las caricias, las preciadas lágrimas…

Incluso cuando parecían doblegarse ante el sufrimiento y tú creías que se habían vuelto semejantes al resto, ellas no desfallecían. Un contramodelo defensivo acudía en su ayuda. Aunque tú te dabas cuenta de que ella continuaba estando presente, incluso su llanto resonaba claramente en tu oído y sus lágrimas humedecían aún tus mejillas, el hecho es que el original, el modelo indestructible, ya se había procurado refugio en algún lugar distante. Y contra esto tú estabas impotente. Y si esto te irritaba, si tras el cuello sedoso, los labios, los pechos, los muslos, el sexo que ella te había entregado, pretendías extender tu dominio más allá, sobre la parte inasible de ella, entonces sentías que la única manera de conseguirlo era matarla.

Cuando Rovena, de manera despreocupada, leve como una golondrina, se había apoyado sobre el sofá, desde el primer instante, fue así como se perfiló en esa zona oscura de su imaginación, como un pájaro en el punto de mira de un arma.

Era innegablemente «una de ellas». Para cualquiera, la expresión designaba a las fulanas. Pero no había en ella nada de eso. Poseía los signos distintivos de las mujeres hermosas, esa línea divisoria, inestable, lo mismo que las otras, incluida la conjunción astral. De nuevo él dijo que no. No, nunca había sido de los que van detrás de las faldas, y mucho menos ahora. Y en cuanto a las frases del tipo: aunque mi juventud ya está lejos, tengo el corazón ardiente, le parecían miserables. Tenía la impresión de que a algunos hombres les sucedía lo contrario. No era su cuerpo, sino su corazón lo que se cansaba primero. Él formaba parte de este grupo.

Rovena continuaba diciendo algo. Él respondía. La satisfacción por gustar todavía a las mujeres, aunque moderada, continuaba allí. No tenía motivos para renunciar a eso. Poco más o menos eso es lo que había pensado. Incluso con cierta irritación, se diría que alguien se lo exigiera como un deber.

Su conversación proseguía, junto con su furor, que cambiaba curiosamente de objeto pero no se disipaba. Podía ser cólera tanto como rechazo ante algo. Desde luego que no habría debido verse tentado por una relación «de esa clase», pero por otra parte tampoco había hecho juramento a nadie de meterse a fraile. Una relación intrascendente y banal, como millones de ellas que pululaban por el mundo… ¿por qué no?…

Al rememorar aquella tarde, nunca fue capaz de localizar el punto preciso en el que se había operado el viraje y se había dejado tentar.

El rumor uniforme de las ruedas del tren parecía propicio a la evocación prolongada de sucesos pasados. Cada cosa requería su propio ritmo.

La planicie estaba medio cubierta por la nieve. Resultaba difícil saber qué país atravesaban. Varias veces se le había pasado por la cabeza la idea de que la Unión Europea, antes de ser proyectada por los grandes hombres, había sido diseñada por la nieve.

El ruido del tren resultaba monótono. El juego con Rovena, ese juego habitual, millones de veces repetido, se había prolongado mucho más de lo que él esperaba. La joven mujer se había tornado de pronto remisa. Pero su oposición, cosa que para cualquier otro habría incrementado el atractivo, despertaba en él el efecto contrario. Tal comportamiento formaba parte de un estilo vulgar que no tenía que ver con «ellas». Estaba convencido de que las mujeres hermosas no utilizaban semejantes estratagemas, pues no tenían ninguna necesidad de ellas. Rovena estaba perdiendo su timbre de distinción. Probablemente fue ésta la principal razón por la que le expuso su invitación al viaje sin miramientos, por no decir con zafiedad.

En el hotel, al descubrir su pecho adolescente, en lugar de decepción había sentido alivio. Esa carencia se le antojó un auxilio de los dioses. Blanca, frágil, indefensa, más que una mujer peligrosa, ahora le parecía una joven mártir.

Pero su sosiego fue de corta duración. Algunas semanas más tarde, además de un pecho floreciente, ella lo había recuperado todo: la invisible línea divisoria, la mirada traviesa, el misterio. Mientras sus ojos escrutaban impacientes su exultación, él permanecía agarrotado. La palabra «divino» acabó por ser pronunciada, pero ya entonces era consciente de que lo que estaba diciendo sobre el aumento de sus pechos lo había pensado antes por lo contrario.

Había algo trastocado en toda aquella historia.

Y por si esto no fuera suficiente, Rovena le susurraba al oído que esos pechos eran obra suya. A duras penas conseguía disimular su angustia. Las palabras: «Me has dejado embarazada» habrían sido mil veces más naturales. Mientras que aquel otro vínculo de causalidad en el que parecía intervenir algo relativo al «género», «el roble de la leche» como se decía en el Kanun, no le infundía más que terror.

Ahora el indefenso era él, como en aquella tarde lejana. Y al igual que entonces sobre el sofá, cuando ella se le antojó un pajarillo en el punto de mira de un arma, sintió la llamada interior: aquella relación no debía ser.

Entre los dos o tres sueños que había tenido, figuraba uno que se negaba a rememorar. Le resultaba insoportable la mirada oblicua de Rovena intentando captar un surco descendente de su cuello al pecho extraordinariamente blanco, algo semejante a un rasguño que tanto se le asemejaba a una señal de la cruz como a una marca de estrangulamiento.

Mecido por el ruido familiar de los trenes, decenas de veces, durante sus fatigosos desplazamientos a través de Europa, en la duermevela, había pensado en abandonarla. La próxima vez, decía. La próxima vez sería la última. Entre tanto, los Balcanes eran pasto de las llamas y, por la fuerza de las cosas, todo quedaba invariablemente postergado.

¿Tú ya habías pensado en la separación entonces? ¿Antes de decirme que nada era ya como antes? Habla, te lo ruego. Mientras yo, de hotel en hotel, creía que éramos dichosos, ¿tú no hacías más que prepararte para eso?

Resultaba difícil responder, en ocasiones imposible.

¿Quién podía saber en este mundo para qué se preparaba? Se partía rumbo a alguna parte y, aun sabiendo que no era en la buena dirección, se fingía creerlo.

Se convenció a sí mismo, arrastrando más tarde a Rovena, de que habían acudido al club Lorelei para experimentar el acicate del deseo, pero en su fuero interno sabía que estaban allí para otra cosa. Había pretendido saldar sus cuentas con los celos, con el dolor vinculado a una posible separación, con la infidelidad. Como el boxeador que se entrena para encajar los golpes sin sufrir excesivos estragos, con los dientes apretados contemplaría cómo ella se dejaba acariciar por otro delante mismo de sus ojos.

Cuando hubiera domesticado a todas las pequeñas fieras, alcanzaría lo mismo con Rovena, que en la hora fatal habría pasado a ser inofensiva.

Sabía que su alianza con aquella jauría perversa, en la que se mezclaban fango, lujuria, lucro, doblez, cuchilladas por la espalda, no le valdría de mucho y un día podía volverse de pronto contra él. Pero eso no le asustaba.

De todo ello, lo más providencial para él, pero también lo más dañino para Rovena, era la contrapartida: su transformación en call girl. Era la única manera de arrancarle la corona de la amante. De lo contrario, provista de aquella corona y en su apariencia natural, tal como se le había aparecido cien años atrás en el sofá de una sobremesa, en Tirana, Rovena era excesiva. En lugar de debilitarla, los años la habían tornado aún más peligrosa.

Esta nueva máscara, provista de todas sus apariencias, constituía su último recurso, tras lo cual no quedaría más que… más que… ¿Qué quedaría después de la máscara y sus oropeles? Una lividez tal vez, la supresión de una veladura de vapor sobre la superficie de un espejo, que podía tomarse por simple borradura, y ésta por una huida, y así sucesivamente, hasta llegar a la brutal idea desnuda de algo… De algo que se parecía mucho a un asesinato.

Él mismo estaba sorprendido ante la irrupción de esa tentación. Había surgido sosegadamente en su cerebro para permanecer allí suspendida, como cerniéndose sobre una extensión desolada. Rígida, subsistía como una sustancia inerte sin contornos, sin tiempo mensurable y sin plazo. Más que una muerte en sí misma, revelaba la futilidad de su ejecución. Un asesinato no era cosa difícil en Europa, pero en Albania, por el momento, lo era probablemente aún menos. Moteles pequeños al margen de todo control, donde por dos mil euros se hacía desaparecer cualquier rastro, los había por todas partes.

Besfort Y. sacudió la cabeza como cada vez que deseaba desembarazarse de una mala ocurrencia.

No es verdad, se dijo. Los pensamientos son como las visiones de un sueño, surgen sin ningún pretexto ni razón, para desaparecer más tarde de igual modo.

Imaginó a Rovena dormitando con las rodillas encogidas sobre un asiento que tanto podía ser el de su tren como el del sofá de antaño, y sintió nostalgia.

Antes de oír su voz, Besfort percibió el aliento del borracho. Estos paneles indicadores que informan de distancias falsas, direcciones equivocadas, no es necesario hablar ninguna lengua extranjera para entenderlos.

Besfort Y. se dio la vuelta para salir del compartimento.

Se sentía cansado y el ruido del tren incrementaba su embotamiento. La pregunta de Rovena, insistentemente arrastrada por las ruedas, se repetía sin piedad: ¿Por qué lo hacía, qué pretendía, para qué? Pretendía sin duda lo imposible. Lo mismo que el otro… el dictador… el amor de los traidores…

Monstruo, ¿cómo has conseguido contagiarnos tu estigma?, pensó.

8

Duodécima semana. La otra zona.

Tres capítulos de Don Quijote

Él fue el primero que la había llamado así: «La otra zona». Luego lo hicieron los dos, de forma completamente natural, como si se tratara de la zona euro o del espacio Schengen.

Le había enviado el billete de avión para viajar a Albania. Acompañado de una breve nota: «Aprovecha la oportunidad para ir a ver a tu familia. Creo que te conviene. Siento mucho tu ausencia. B.».

Su mirada permaneció durante un rato clavada en la palabra «ausencia». Había en ella algo de arqueológico. De mineral. Siento mucho… tu ausencia… Era como la sombra de una vieja palabra. Cruelmente sustituida después.

Ella le respondió en el mismo estilo: «Gracias por el billete. También yo siento mucho tu ausencia. R.».

Que pase lo que tenga que pasar, se dijo para sí. Con tal de volver a verle.

Era natural que los dos sintieran estimulada su curiosidad. Por primera vez se encontraban en otro ámbito. Allí donde todo era diferente. Comenzando por la lengua.

En una de sus escasas conversaciones telefónicas antes de la llegada, ella le había expresado su sorpresa con estas palabras: Qué raro que esto vaya a suceder en Tirana.

La siguiente causa de sorpresa consistió en el hecho de que debían ir a un motel. Sin dejarle tiempo para replicar, le dijo que no debía inquietarse. En los últimos tiempos aquello se estaba convirtiendo en algo habitual en Albania.

Avanzada la tarde, pasó a recogerla con su coche al callejón situado delante de su casa. Distinguió desde lejos su silueta elegante sobre la acera y dejó escapar, quién sabe por qué: Dios mío.

Mientras avanzaban por la autovía de Durres, él observaba con el rabillo del ojo el perfil de ella. Poseía esa suerte de palidez que él esperaba. Ajena, combinando la rigidez de la muñeca con los polvos de arroz japoneses. No la había deseado nunca con tanta intensidad.

El coche había abandonado la autovía para enfilar una carretera situada junto a las playas. A ambos lados brillaban los letreros luminosos de los restaurantes y los hoteles. Por primera vez, ella se animó leyendo en voz alta sus nombres: Hotel Montecarlo. Bar-café Viena. Motel Z. Motel La Discreción. New Jersey. Hotel Reina Madre.

¿Cómo es posible?, repetía una y otra vez en voz alta. ¿Cuándo habían levantado todo aquello?

Su motel estaba apartado, casi invisible entre los pinos. Se registraron con nombres falsos. El patrón les mostró la habitación. El restaurante estaba en la segunda planta. Si lo deseaban, podían servirles la cena en la habitación.

La habitación estaba caldeada, cubierta por una moqueta de color morado. De las paredes colgaban algunos cuadros semieróticos. En cuanto a la pileta del baño, exhibía en su flanco un bajorrelieve con tres figuras de mujeres desnudas.

Qué extraño… Fueron las únicas palabras que ella pronunció mientras apartaba las cortinas para contemplar los pinos y, tras ellos, el mar ensombrecido. Apoyado en el cabecero de la cama, él la observaba yendo y viniendo como una sombra.

¿Voy a prepararme?

El asintió con la cabeza. Sentía una suerte de falta de aire en el pecho, y junto con ello un entumecimiento gozoso. ¿Cómo se «prepararía» ella ahora? Seguro que de una forma distinta…

Las lamparillas de noche emitían una tenue luminosidad. Tenía la sensación de que su corazón latía con creciente lentitud al tiempo que imaginaba cómo ella se desnudaba. Era natural que todo fuera diferente y que por tanto tardara algo más…

En cierto momento le pareció que no volvería a salir de allí. Poco después se dijo: Parece que realmente se retrasa demasiado. Los leves ruidos a los que su oído estaba acostumbrado hacía años ya no se percibían.

Bajó de la cama y lentamente, como un sonámbulo, caminó hacia el cuarto de baño. La puerta había quedado entreabierta. La empujó y entró. Rovena, dijo sin voz. No estaba. Los objetos de tocador, el cepillo, el frasco de perfume, el lápiz de labios, estaban todos allí, sobre el estante situado bajo el espejo. Ligeras, de color azul pastel, unas bragas de seda abandonadas sobre el borde de la bañera, parecían formar parte de la decoración de los azulejos. Rovena, volvió a decir, esta vez a media voz. Cómo era posible que se hubiera marchado así. Sin decir nada, sin un crujido de la puerta.

Ante el espejo volvió a mirar sus objetos, luego su propio rostro que se le antojó desconocido. La tenías y la has dejado escapar, se reprochó a sí mismo. De tus propias manos.

De pronto se dio la vuelta, pues le había parecido verla reaparecer. Aunque no ella misma, sino su reflejo. En el bajorrelieve, una de las mujeres se le parecía de manera extraña. Cómo no se había dado cuenta antes. Ahí está la blancura de yeso que buscabas, volvió a decirse. Era más que una semejanza. Era ella misma. Al parecer había encontrado su propia forma y se había alojado en ella. Eran justamente su nuca y sus pechos, su vientre marmóreo, todos ajenos, llegados del otro lado, como lo había soñado en su delirio. Loco, se dijo, demente.

Sintió ganas de llorar, sentado sobre el borde de la bañera, con la cabeza entre las manos. Nunca le había sucedido una cosa así. Aquello parecía interminable, hasta que sintió unos dedos que le acariciaban los cabellos. No abrió los ojos, como si le aterrara la idea de encontrarse con el brazo de mármol surgido del bajorrelieve que le acariciaba. Solamente cuando oyó su voz: «Besfort, ¿estás dormido?», se estremeció.

Ella se encontraba de pie junto a la cama, con el albornoz blanco del hotel entreabierto.

No sé lo que me ha pasado. Parece que me he quedado adormecido.

Eran los mismos pechos y el mismo vientre de mármol que había contemplado hacía unos instantes en sueños. Con la excepción del triángulo negro en el centro.

La atrajo hacia sí, con deseo, con premura, como para comprobar que estaba hecha de carne caliente, y ella hizo lo mismo. Así eran también la nuca y los pechos y las axilas tibias y sedosas, aunque no los labios, que habían quedado prisioneros del mármol. Como un torbellino, como una tromba de aire acompañada de estruendo amenazador, sus labios se aproximaron fugazmente los unos junto a los otros, sin atreverse a violar el pacto eterno entre los clientes y las chicas de alterne: no besarse.

El le besó el vientre, luego descendió vertiginosamente más y más abajo, hasta el oscuro abismo donde las leyes eran otras y el pacto asimismo otro.

Cuando sus jadeos se sosegaron, sin esperar a que él hiciera la pregunta habitual: ¿Qué tal?, ella le susurró al oído: ¡Divino!

Él le acarició el cabello.

Afuera debía de haber caído la noche.

Antes de cenar, él le propuso que dieran un paseo por la orilla del mar. Reinaba una oscuridad inquietante. Aquí y allá, las oscuras verjas de hierro de las villas destacaban lúgubres.

Ella se apoyó en su brazo. Debido al rumor de las olas, las palabras de uno y otra sólo se percibían a medias. Ella le preguntó si unas pálidas lucecillas en la distancia podían pertenecer a la residencia del rey Zog. Besfort le respondió que bien podía ser. El heredero del trono, junto con su corte, había regresado hacía poco tiempo. La reina Geraldine igualmente. Toda la prensa anunciaba que sus días estaban contados.

Increíble, dijo ella poco después. El quiso saber qué era, según ella, lo increíble, y ella hizo un esfuerzo por explicárselo sin estar segura de cuáles de sus palabras eran ahogadas por el fragor de las olas y cuáles no. Increíbles eran los establecimientos con nombres holliwoodienses que flanqueaban la carretera, y las villas, y las piscinas escondidas, y los comunistas transformados en patronos, y los ex burgueses convertidos en no se sabe qué, y los destellos de una corte real que demandaban nostalgia.

Sin saber por qué, sentía deseos de sollozar. Más increíbles aún que todo lo demás eran él con su locura, y por supuesto ella misma, que seguía sus pasos a través de aquella niebla.

Al regreso tuvieron dificultades para encontrar el camino. No te bajes el cuello del abrigo, le dijo él cuando se aproximaron al motel. Ella quiso preguntar por qué, pero se acordó de los nombres falsos y no dijo nada. Pidieron que les llevaran la cena a la habitación. Había toda clase de exquisiteces. Vinos caros, por supuesto. El patrón les aconsejó caza recién llegada, así como el vino italiano Gaya, por el que, según él, el Primer Ministro se volvía loco. Me cuesta creerlo, dijo Besfort. Sin embargo no se opuso.

Cuando el patrón salió, sus ojos se cruzaron cargados de ternura. Tras una mirada semejante, ella tenía la costumbre de decir: «¡Qué feliz soy contigo!». El las esperó, luego, al darse cuenta de que la otra no era capaz de vencer su vacilación, bajó la cabeza.

Nada era ya como antes, decididamente.

Ella estaba diciendo algo que se le escapó, como si se expresara en una lengua desconocida. ¿Qué?, preguntó en voz baja. Ah, ella le preguntaba si deseaba que se cambiara, que se vistiera más elegante para la cena.

Desde luego, le respondió. Mientras para sus adentros decía: Una verdadera callgirl.

El vestido de terciopelo negro confería a la parte alta de su pecho, así como a las zonas de sus senos que dejaba al descubierto, esa blancura insostenible que empujaba al enajenamiento, a la pérdida de la razón. En ese instante no era capaz de creer que se hubiese acostado cientos de veces con ella. Ni siquiera que lo hubiera hecho dos horas antes.

– Poco antes, a la orilla del mar, cuando vimos las luces de la villa de Zog, me acordé de lo que me dijiste la otra vez sobre los falsos conspiradores.

– ¿Ah, sí?

– No hay por qué sorprenderse. Todo lo que tú me dices se queda para siempre grabado en mi memoria. -Ella se tocó la frente con un gesto como el que hacen las personas cuando pretenden reírse de sí mismas-. Durante las tres semanas en que estuve redactando la parte de mi tesis en la que se habla de las conjuras contra el rey Zog, tus palabras no se apartaban de mí.

– ¿Y cómo eran esas conjuras?

Ella se echó a reír por fin. A causa del vino se le habían formado dos o tres leves enrojecimientos en las mejillas y en el cuello.

– Al menos no eran fingidas.

– Sobre eso no tengo la menor duda. Pero tú me lo vas a contar luego, ¿de acuerdo?

Por el modo en que se miraron el uno al otro, ambos tuvieron la impresión de haber pensado lo mismo: al menos el rato de después de medianoche continuaría siendo el que había sido.

– Tú me vas a contar las conjuras del rey, y yo te hablaré de otra cosa.

– ¿De verdad? -dijo ella-. Estupendo.

¡Cuéntame, oh, diosa, los complots contra el rey, los verdaderos!

– También nosotros hemos dado nombres falsos en la recepción -dijo Rovena en tono provocativo.

El no respondió. Incluso su rostro permaneció inalterable.

Ella continuó observándole con ojos juguetones, pero la cara del otro le pareció aún más impenetrable ahora que lo veía de perfil.

– ¿Recuerdas cuando fuimos por primera vez al Lo-relei? -preguntó de pronto, como si despertara.

– ¿Al club de encuentros? ¿Qué te lo ha recordado ahora? -preguntó Rovena-. Fue hace un año o más, si no me equivoco.

Él se echó a reír.

– No fue hace un año o más, sino hace uno o dos siglos.

Con una sonrisa relajada, Rovena esperó a que él volviera a sentarse frente a ella. Llevaba en la mano un librito de color vino.

– ¿Has dicho un siglo o he oído mal?

– Has oído bien -Besfort aspiró profundamente-. ¿Te acuerdas de cuando atravesamos el umbral del Lorelei? Creo que no sólo nosotros, sino todo el mundo debió de sentir el estremecimiento o más exactamente el miedo provocado por el rechazo del tabú.

Sabía que no olvidaría nunca la tarde, ya avanzada, en que, disimulando la angustia, se disponían los dos para ir allí. Mientras iban y venían por la habitación, sin saber muy bien por qué, se habían puesto a hablar en voz baja.

La parte más evidente de esa turbación fue en ella la prolongada permanencia en el cuarto de baño. Por la puerta entreabierta, él observaba sus movimientos y sus gestos: la concentración ante el espejo, el maquillaje de las pestañas, el último examen de las axilas… Era la primera vez que la veía prepararse no sólo para él sino para el género masculino en su conjunto…

– Desde luego que me acuerdo -respondió ella. Besfort no le quitaba ojo-. Todos creían que se trataba de una nueva experiencia, algo moderno, pero era conocida desde la noche de los tiempos. Al menos el autor de este texto la describió hace cuatro siglos.

Rovena leyó en voz alta el título del librito:

– Miguel de Cervantes, Novela del curioso impertinente. Pero esto está sacado de Don Quijote, ¿no es verdad?

– Justamente. Mucho tiempo antes de que apareciera su traducción completa, Fan Noli publicó como reclamo precisamente este extracto. Constituye, sin lugar a dudas, un cierto prototipo de los actuales clubes de intercambios.

– Qué cosas -dijo ella.

– ¡Y piensa que Noli era el austero arzobispo de Albania! Además de un conspirador, por lo que creo. Tú lo sabrás mejor.

– No sólo un simple conspirador, sino el conjurado en jefe, como se decía en aquel tiempo. Estuvo implicado al menos en tres de los complots.

– Esta novela es misteriosa -continuó Besfort.

La había leído lápiz en mano, como para descifrar un mensaje cifrado.

Ella la hojeó con curiosidad, pero Besfort le arrebató suavemente el cuadernillo de la mano.

– Después de la cena podrás echarle una mirada.

Levantó su copa.

– El vino es excelente, pero me parece que ya he bebido bastante -dijo Rovena.

Sus mejillas mostraban ese ardimiento que se asocia de forma natural con el amor.

A la entrada del Lorelei, su rostro estaba pálido. Ya no le cabía la menor duda de que ella esquivaba el pecado tanto como se sentía atraída por él.

– Me voy a dar una ducha -dijo Besfort-. Así tendrás tiempo, si lo deseas, de echarle una mirada al librito.

– Por supuesto -respondió ella-. Estoy impaciente.

9

La misma noche. El texto de Cervantes

Bajo el chorro de agua caliente, Besfort intentaba representarse la imagen que adquirían en la imaginación de Rovena la ciudad medieval española y los dos inseparables amigos, Lotario y Anselmo. Así como la dulce Camila, esposa del segundo, quien se convierte involuntariamente en la causa del distanciamiento del amigo de toda la vida. Los recién casados se dan cuenta de ello y se afligen.

Besfort imagina los finos dedos de Rovena en el gesto de volver la página.

Así pues, los recién casados se sienten afligidos. Consiguen persuadir al amigo para que acuda a su casa lo mismo que antaño. Lotario acude, pero se siente incómodo. Teme las maledicencias. La pareja, sin embargo, en absoluto. La sombra de preocupación que Lotario descubre una y otra vez en la frente de su amigo no tiene nada que ver con eso. Un día Anselmo se franquea con él. Está sometido a un suplicio que no cesa de corroerle. Que podría llegar a volverlo loco. Naturalmente, es feliz con su esposa, pero ese tormento no le deja un instante de sosiego. Está relacionado con una duda. Que Lotario deje de poner esos ojos de asombro. Justamente tiene dudas sobre la fidelidad de Camila.

Besfort sabe que los delicados dedos de Rovena vuelven las páginas con impaciencia.

Espera, le dice Anselmo a su amigo cuando éste abre la boca con intención de hablar. Ya sé lo que vas a decir. El también sabe perfectamente que su Camila no tiene tacha. Y sin embargo… Sin embargo, ¿puede atribuirse ese mérito a una mujer que nunca ha tenido la oportunidad de ser mala?

Besfort imagina las cejas y las pestañas de Rovena, maquilladas con tanto esmero, estremecidas de inquietud como unas alas de golondrina ante la tempestad que se avecina.

Lotario hace lo posible por tranquilizar a su amigo. Pero la obsesión del otro no tiene cura. Como en trance, torna una y otra vez a sus negras sospechas. Como colofón, le hace a su amigo una proposición funesta. Lotario, su amigo de toda la vida, él y sólo él, puede liberarlo de esa pesadilla. De la única manera posible. La única que podría acreditar la fidelidad de Camila. Arriesgada, sí, pero segura. Poniendo a Camila a prueba. En pocas palabras, haciéndole la corte. Con el fin de poseerla.

Besfort imagina cómo los dedos nerviosos de Rovena vuelven atrás la página para releer los últimos párrafos. Sus pupilas emiten un brillo helado. El rubí de su anillo también.

Lotario rechaza con desprecio la proposición. Se siente gravemente ofendido. Se levanta para marcharse. Para siempre. Sin embargo, una palabra de Anselmo lo paraliza. Una amenaza. Si él no lo acepta, será un extraño, un desconocido quien lo hará. Un rufián de circunstancias tal vez. Un asaltaalcobas.

Lotario se lleva las manos a la cabeza. Esa amenaza puede con él. Acepta la abominación, más exactamente simula hacerlo. Para burlar a su amigo como se burla a un loco. Y de este modo, cuando llega la hora de la prueba, solo frente a Camila, permanece estático como una piedra. Anselmo espera con impaciencia el desenlace. Lotario le confía: Camila es pura como el cristal. Como la nieve de los Alpes. Como todo lo que pueda concebirse como inmaculado. Le ha acusado de perfidia. Ha rechazado sus asaltos. Le ha amenazado con denunciarle a su marido.

En lugar de sentirse aliviado, Anselmo se ensombrece como una nube negra. ¡Traidor!, lo afrenta. ¡Falsario! Te he estado vigilando por el ojo de la cerradura. Vi cómo te mofabas de mí. Cómo permanecías allí plantado como una encina. ¡Rufián de mala ralea! ¡Cazurro fementido! Verás entonces cuando haga venir a los verdaderos depravados. A los bragueteros de la noche. Al menos ésos no me mentirán.

Lotario trata de sosegarlo. Le pide perdón. Le ruega una nueva oportunidad. Una prueba de lealtad. La última. Con tal de que no haga venir a esa canalla.

Finalmente se reconcilian. Traman entre los dos la trampa. Anselmo partirá a su aldea. Lotario permanecerá en la casa. Tres días y tres noches. Esta es la orden de Anselmo. Camila acepta de mala gana. Cae la primera noche.

Besfort cierra el grifo de la ducha como para distinguir la respiración acelerada de Rovena.

Están solos los dos. Anselmo y Camila. Cenan juntos. Beben un poco de vino. Contemplan el fuego en el hogar.

El texto se torna parco. Muy parco. Lotario declara su amor. Camila se defiende desesperadamente. Pero la defensa tiene un límite. Camila es vencida. El relato es implacable. Sólo la palabra «entrega» aparece dos veces. Camila se entrega. Camila es vencida.

Besfort está convencido de que en este fragmento Rovena ha cerrado los ojos. Entre todas las mujeres que ha conocido, ninguna cerraba los ojos con tanto ardor como Rovena en el trance del amor. De modo que ha cerrado los ojos. Con el fin tal vez de prolongar el efecto del texto. Para identificarse con él. ¿Lamenta que Camila haya caído? Es posible que sea al contrario, que lo hubiera estado esperando con impaciencia…

Ante la puerta iluminada del Lorelei, Besfort hizo por enésima vez poco más o menos la misma pregunta. ¿Le complacía o no lo que estaban a punto de hacer? El rostro pálido de Rovena no proporcionaba ninguna respuesta.

Han franqueado por fin el umbral y pocos instantes más tarde deambulan a través de los salones del club, ella completamente desnuda a excepción de las finas bragas, como requería el reglamento, él algo más vestido. Caminan a través de la niebla hasta que les sale al paso un enorme lecho. Toman asiento en él con el fin de recobrarse. Junto con su propia conmoción se disipó la bruma, y ambos pudieron ver por fin lo que sucedía a su alrededor. Había otras camas aquí y allá, ocupadas o no. En una de ellas incluso se hacía el amor. En torno, la gente iba y venía. Mujeres en bragas, a veces sin ellas. Hombres con calzones de baño. Los varones solitarios deambulaban como espectros. Alguien le llevaba de beber a su pareja. Todo era dúctil y armonioso. Tienes el pecho más bonito de todos, le murmuró él. Cierto fulgor en los ojos de Rovena hacía las veces de barrera frente a las palabras. El le repitió por segunda vez lo que le acababa de decir. No sólo el pecho, añadió. Ella había doblado una de sus piernas, tornando visible la zona oscura de su bajo vientre. Era precisamente allí, en la rendija que dejaban al descubierto las bragas, donde uno de los espectros tenía clavados los ojos enternecidos.

Todos te desean, le susurró él. ¿De verdad? Y la parte de la entrepierna que se te ve está volviendo loco a ese tipo de ahí. Ya me he fijado, dijo ella. De todos modos, no hizo el más leve gesto para cubrirse. En la antigüedad, no recuerdo dónde, se mantenían relaciones sexuales en lugares públicos, dijo Besfort. ¿De verdad? Era algo serio, sin la menor sombra de vulgaridad, incluso un rito casi sagrado, como las fiestas nacionales de ahora. Ella le tomó de la mano. ¿Y nosotros? ¿Aquí?, preguntó él. Ella dijo que sí con la cabeza. Espera un poco más. Yo aún no estoy del todo ambientado. De pronto ella se estremeció y retiró la pierna. El hombre de la mirada tierna se había inclinado para tocarle la rodilla. No te asustes, dijo Besfort. Con un aire de acatamiento culpable, el hombre la miró con dulzura. Creo que se trata de una señal, dijo Besfort. Pide permiso para hacer el amor contigo. Ella se mordía las uñas.

La misma atmósfera propia de una secta imperaba alrededor de ellos. ¿Damos una vuelta?, preguntó ella. En cuanto se levantaron, le tomó de la mano y a él le pareció natural que fuera ella quien le guiara. Como Virgilio, pensó. Mientras caminaban, los ojos de ambos se detuvieron de pronto en una de las puertas. «Masaje»…

Besfort había terminado de ducharse. Rovena estaba sin duda en las últimas páginas de la novela. Anselmo ha regresado del pueblo para conocer el resultado de la historia. Lotario le dice naturalmente lo contrario de lo que ha sucedido. Anselmo parece feliz. La prueba de la fidelidad ha terminado. Lotario entra y sale ahora en la casa como si de la suya propia se tratara. El gran engaño ha triunfado. Todo está del revés. Cuanto más se ensalza el honor de Camila, más profundamente se hunde ella en el fango. Lo mismo que Lotario. Hasta que una noche todo se va al garete. Con los ojos cegados por los celos, Lotario ve a un desconocido salir furtivamente de la casa de Anselmo. Un nuevo amante de Camila, piensa de inmediato. Granuja, rufián, canalla depravado. Estas son las palabras de Anselmo que le vienen a la mente, pero bajo una nueva luz.

A Besfort siempre le ha parecido que la historia termina en este punto. El epílogo, la cólera de Lotario contra Camila, el impulso de vengarse, los enredos de la criada, la huida de los dos pecadores, el escándalo, finalmente la muerte de los tres (debida, respectivamente, a la locura, a una lanzada en la guerra, al aburrimiento del convento), todas estas peripecias nunca las ha leído Besfort con atención.

Mientras se seca el pelo, piensa que, lo mismo que él, Rovena ha pasado apresuradamente las últimas páginas.

Abrió lentamente la puerta del cuarto de baño y, desde el umbral, la vio tumbada de espaldas, con la mirada perdida en el cielo raso. El libro entreabierto se encontraba junto a su cuerpo.

Sus miradas se encontraron por fin. La de ella estaba vacía, como tras un frío acceso de cólera. La conversación, que él había imaginado ardorosa, no acababa de cuajar. Finalmente ella le preguntó con placidez por qué le había dado aquel libro.

El se encogió de hombros. ¿Por qué? Por nada.

Tú raramente haces las cosas por nada, Besfort.

Pongamos que no es por nada. ¿Qué de malo puede haber, según tú? ¿Qué segunda intención? Rovena no respondió. El le dijo que estaba convencido de que ella ya lo había leído. ¿El Quijote? Por supuesto. Ya en el instituto, cuando lo incluían en el programa del curso. El asalto contra los molinos de viento. Dulcinea del Toboso. Pero de este episodio casi no se acordaba.

Besfort, sé sincero, tú me lo has dado a leer porque piensas que tiene alguna semejanza con nuestra historia, quiero decir con nosotros dos.

¿Alguna semejanza? Besfort se echó a reír. No alguna, todas las semejanzas. Y no sólo con nosotros, sino con todos. Le acarició el cabello antes de tenderse a su lado. Haciendo uso de palabras que encontraba con dificultad, intentó explicarle que aquella historia era un arquetipo, una especie de máquina infernal por la cual, conscientemente o no, pasaban millones de parejas.

Rovena se esforzaba por captar su argumentación. Era uno de esos textos codificados en los que era preciso dar con la clave para desentrañarlos.

No me mires así, como si estuviera delirando.

Ella le estrechó la mano con suavidad.

Él le dijo que siempre le había gustado su mirada compasiva de enfermera, que no era casualidad que las enfermeras fueran tan dulces en el amor. Pero que él no estaba loco, como podía ella pensar.

Rovena le acarició la mano. No, ella no creía eso ni mucho menos. Si se trataba de averiguar quién de los dos estaba loco, ambos habían dado muestras por igual. Al menos en una ocasión.

¿Quieres decir en el Lorelei?, la interrumpió él.

Volvieron a rememorar la historia de su paso por allí, sin fingir que no les recordara la del Curioso impertinente. En esencia, eran las dos tan semejantes que casi encajaban la una en la otra. Y las palabras «máquina infernal» no habían surgido por casualidad. Todo en aquel fondo común recordaba el más allá, pero, a diferencia del conocido, se trataba de otro infierno, sin suplicios ni calderas hirviendo, sino suave, alado, próximo al precristiano.

Recordaron el desconcierto inicial, su deambular a través de la bruma y la gran cama que les salió al paso como una tabla de salvación. Luego su segundo paseo hasta el bar con el fin de tomar una copa y, más adelante, al tiempo que los andares de ella se tornaban cada vez más desenvueltos, el frufrú de la seda e incluso el leve contoneo de sus nalgas, incluso apareció ante ellos la puerta con el letrero «Masaje».

¿Te gustaría?, había preguntado él más con la mirada que con la voz. La vacilación de ella fue breve. Si a él no le molestaba…

La puerta se cerró tras ella y él volvió sobre sus pasos en busca de un lugar donde esperarla. Desde lejos reparó en la cama de antes, todavía sin ocupar. Se sentó en ella, luego se tendió apoyado en un codo, Ulises solitario, arrojado allí por la marea entre el estruendo del oleaje. Que proseguía alrededor. Una pareja se había detenido a su lado y hablaban algo entre ellos. La mujer dio un paso adelante, se inclinó y le rozó la rodilla. Besfort esbozó una sonrisa de culpabilidad. Sentía deseos de dar alguna explicación, decir por ejemplo que la señora era espléndida y tenía mucha clase, pero que él se sentía terriblemente agarrotado. Susurró un Fm sorry, pero los otros dos inclinaron las cabezas para despedirse con tal delicadeza que sintió una punzada en el corazón. Los siguió durante un rato con la mirada mientras se alejaban cogidos del brazo, sin encontrar la fuerza de voluntad de levantarse y seguirlos para decirles: Me gustaría tanto pasar un rato con usted, encantadora señora, y con usted, señor, para compartir nuestro lujoso aburrimiento sobre esta cama hasta donde la fortuna nos ha conducido… Se sentía verdaderamente desanimado, pero de manera singular. Su mente acudía una y otra vez hacia Ro-vena y luego la abandonaba. Se le antojaba a una distancia sideral, absorbida por un universo girante sobre sí mismo, semejante a las galaxias dormidas, tal como aparecían en las más recientes fotografías del espacio. El temor a que ella pudiera no volver le parecía tan natural que en cierto momento llegó a pensar que, tras haber compartido tantos años hermosos, no tenía motivos para quejarse. Más valía intentar entender de dónde le venía aquel entumecimiento enervante, como si hubiera fumado hachís. Podía deberse a la tensión de aquella jornada agotadora, o tal vez había llegado el momento de someterse a la prueba Doppler sobre la que insistía su médico.

Los astros proseguían su torbellino aletargador. Una mujer de ojos lacrimosos con un tulipán en la mano buscaba al parecer a alguien. No le habría extrañado reconocer entre los merodeadores a alguno de sus conocidos del Consejo de Europa que le habían proporcionado la dirección del club. Rovena tardaba. La mujer llorosa volvió a pasar. En lugar del tulipán, ahora portaba una suerte de documento. Sin duda buscaba a alguien. Besfort tuvo la impresión de que, si se acercaba un poco más, seguro que habría distinguido sobre el documento las siglas del TPI, los sellos del Tribunal Internacional de La Haya.

¡Citación a juicio! Majaderías, se dijo. ¡Vete a agitarle a otro en las narices esos papeles! No obstante giró un tanto la cabeza hacia un costado para no toparse con su mirada.

Ya había dado un par de cabezadas así cuando Rovena apareció por fin, como si surgiera de la niebla. Después de recorrer decenas, quizás miles de años luz. Por supuesto que iba a estar transformada. El blanco de sus ojos se iluminaba de soledad. Había en ellos zonas vacías. También sus palabras eran de esa condición, desoladas, escasas.

– Cuando volví, estabas como extraviado -dijo Ro-vena-. Esperaba que me preguntaras cómo me había ido…

– No sé qué me lo impedía -le dijo él-. Tal vez la idea de que tú, aunque quisieras, no habrías podido decir la verdad.

– Es posible -respondió ella-. Hay casos en que ocurre realmente así.

El dejó escapar un profundo suspiro.

– Sucede así de manera general. Y resulta desconcertante constatar que el sentimiento más hermoso del mundo, el amor, sea precisamente el que menos que ningún otro soporta la verdad.

– No sé qué decirte -dijo ella.

– Pero ahora es diferente. Ahora tú eres libre. Los dos somos distintos, ¿comprendes? Somos radicalmente otros, por eso tú puedes contarlo.

Ella no dijo nada. Se limitó a tomar en la suya la mano con que él le acariciaba el vientre para llevársela allí donde le proporcionaba placer.

– ¿De verdad quieres saberlo? -decía con voz sofocada.

¿Realmente quería saberlo al cabo de tanto tiempo?

Las voces de ambos, desarticuladas por el jadeo, se apagaron la una tras la otra.

– Ahora comprendo por qué me has hecho leer ese texto de Cervantes -le dijo Rovena cuando se calmó su agitación.

El respondió que no lo había premeditado con tanta precisión. Al principio se había dejado arrastrar por la curiosidad, por la similitud con el Lorelei. El resto vino por sí solo después.

– Me dijiste que el texto estaba codificado. ¿Tú has encontrado la clave para descifrarlo?

– No pretendo ser el único. ¿Te apetece escucharlo? ¿No estás demasiado cansada?

– No te hagas el cínico -replicó ella-. Me has prometido que este momento de la noche continuará siendo lo que siempre ha sido.

– Es verdad. Te lo he prometido.

Ella aspiró profundamente.

Es la hora en que la chica alegre le cuenta al cliente curioso su destino de huérfana. El padre alcohólico, la madre sonada…

¡Oh no, basta ya!, la interrumpió tapándole la boca con la mano. Adivinó sus labios posados sobre el dorso en la leve presión de un beso y sintió que se le desgarraba el corazón.

10

La misma noche. El texto hermético

Lentamente comenzó a referirle su desciframiento del texto. Raras veces se había dado al público de manera tan disimulada un engaño de tamañas dimensiones. Un colosal triunfo del artificio. Cada cual espera su turno para burlar o para ser burlado. Al comienzo Camila, la joven esposa, es engañada por su propio marido, Anselmo, que la pone a prueba. Luego por el amigo de la familia, Lotario, que acepta participar en el juego. Más tarde, por segunda vez por Lotario, ahora su amante, que no le cuenta cómo ha comenzado todo.

La otra víctima es Anselmo, el Curioso impertinente. Engañado por los dos, por Camila y Lotario, que a sus espaldas se convierten en amantes.

La indecencia impera a tal escala que cuando Lotario actúa honorablemente es calificado de traidor, y cuando se convierte en tal es ensalzado como un santo. Y lo mismo vale para Camila. Es sospechosa de fementida cuando no lo es, se cantan sus alabanzas cuando ha caído.

El único en esta historia que traiciona sin ser traicionado parece ser Lotario. ¿Te parece que es así?

Rovena no sabía qué responder. En efecto eso es lo que parece, continuó Besfort. Pero puede que se trate de todo lo contrario. Es posible que la única víctima de la infamia sea él.

Continuó explicando cómo en la novela el pasaje más enigmático es en el que se describe que una mañana, con el alba, Lotario descubre a un desconocido saliendo de la casa de Anselmo. La primera sospecha es terminante: Camila tiene un amante. ¿Se lo ha buscado ella misma? ¿Lo ha reclutado Anselmo con objeto de repetir la prueba? Curiosamente, Cervantes sólo alude a la primera hipótesis. La segunda, tan pertinente como la primera, incluso más, ni siquiera la menciona.

Para un lector atento se plantea un grave interrogante: ¿Qué busca Lotario antes de amanecer ante la casa de Anselmo? ¿Por qué acecha? ¿De qué sospecha?

A partir de aquí todo el texto queda patas arriba. He aquí la nueva lectura:

Tras su compromiso o su matrimonio, Anselmo y Camila descubren las delicias del sexo. Se entienden tan bien que el lecho conyugal, tan denostado como un espacio para el aburrimiento, se convierte en el altar de un placer insaciable. Tornándose cada vez más refinado, ese deseo los empuja hacia una drástica emancipación. Todo lo que han oído decir o imaginado sobre el sexo se convierte en objeto de su experimentación. Posturas insólitas, experiencias, obscenidades: no se detienen ante nada. En las cenas entre amigos, en el mercado, en la misa dominical, no tienen pensamientos más que para eso, para la hora de la noche en que, con una bujía en la mano, ella se aproxima al lecho donde, más vacilante que la llama, él la espera. En la inmensa y lóbrega España, repleta de catedrales y prohibiciones, de espías de la Inquisición, ellos dos, a diferencia de la mayoría, experimentan una incandescencia de la carne que escasa gente conoce. Es esto lo que les transporta cada noche hacia esferas desconocidas. Los límites son superados uno tras otro, transgredidos los pudores y los tabúes. Hasta que un día se encuentran ante una puerta imponente. ¿Te gustaría probar con otro? Largo silencio. Luego las palabras: ¿Por qué no?, seguidas de la pregunta: ¿Y a ti? De nuevo el silencio. Y acto seguido la respuesta: Para ser sincero, sí.

De este modo, temblando de temor y de deseo, se encaminan hacia la gran prueba. Todo es inquietante. La elección del amante-víctima sobre todo. El primer candidato que les viene a las mientes, Lotario, es rechazado de inmediato por los dos. Es demasiado próximo. Resulta excesiva la osadía. Buscan otros, pero también los descartan. A uno debido a su calvicie, al otro por cualquier otra tara, al tercero porque no da la talla, al último por ser falto de virilidad. Camila observa con satisfacción que su esposo no emplea tretas intentando elegir a alguno que sea inferior a él. Esto facilita el retorno de Lotario a la escena. Camila no oculta que le parece el más adecuado. Anselmo no está en contra. De modo que les conviene a los dos. En otras palabras, los excita…

Eso es lo que se hace, y ocurre lo que dicen los hechos referidos. Con la sola diferencia de que Anselmo no se marcha nunca de la casa. Loco de deseo, sigue con los ojos los preparativos de Camila para recibir al otro. Percibe su impaciencia, que se añade a la suya. Luego, desde el lugar donde se oculta, con el beneplácito de Camila, lo observa todo. La confesión de amor por parte de Lotario, el asentimiento de Camila, su aproximación, los primeros besos. Luego, desde otro punto de observación, acecha cómo se introducen en el lecho, su desnudez, el gemido familiar de Camila, sus blancas piernas abiertas sin pudor tras haber hecho el amor… Ahora, arde de impaciencia porque el otro se vaya cuanto antes para hacer a su vez el amor con su esposa.

Así prosiguen las cosas durante varias semanas, puede que varios meses, hasta el día funesto. Que tiene lugar es un hecho fuera de toda duda. Que Lotario, ahora en el papel de emboscado, ve a alguien salir furtivamente de la casa es algo perfectamente creíble. Lo que no lo parece tanto es el episodio tal como lo cuenta Cervantes. Es decir, el flirteo de la criada, etcétera. En realidad, el que sale no es el amigo de la criada sino el amante de Camila.

He aquí la continuación de la historia de acuerdo con la nueva lectura:

El ansia por llegar más lejos conduce a Camila y a Anselmo a cansarse rápidamente de Lotario. Como sucede a menudo en casos semejantes, buscan nuevas fuentes de excitación. De este modo se cumple lo que desde el principio había sido proyectado por Anselmo: la búsqueda de una nueva pareja. Y así es como sucede.

Lotario ha captado algo, por eso ha comenzado a alimentar sospechas. Esas sospechas son las que le mueven a apostarse durante noches enteras frente a la casa de su amigo. Hasta que descubre la verdad.

Aquí cae el telón del drama. Y junto con él la oscuridad. Algo grave sucede, algo que les conduce a los tres a la muerte, pero esto, se ignora por qué, no se cuenta.

… Cansado, Besfort permanecía callado desde hacía unos instantes. Como sucedía a menudo cuando ella se disponía a hablar tras un silencio, fueron sus pestañas las que se movieron primero.

– Extraña historia -dijo Rovena sin mirarle-. ¿Quieres saber lo que sucedió en el Lorelei? -añadió al cabo de un momento.

Él se tomó algún tiempo para responder.

– No te he contado la historia con esa intención, puedes creerme.

– Te creo. De todos modos yo siento deseos de contarlo.

El sintió una punzada familiar en el corazón.

Ella hablaba con los ojos orientados hacia el techo, como si se dirigiera a él.

Ni uno ni otro se miraban. Con voz monocorde, como si hablara de otra, Rovena confesó lo que había sucedido. Así lo escuchó también él, con frialdad, mientras pensaba no sin tristeza que toda curiosidad tiene un plazo de prescripción y que, al parecer, el del Lorelei ya había expirado. El avance de ella hasta la cama de los masajes, el propio masajista «adecuado», del modo en que tanto Besfort como ella lo habrían calificado… o Camila y Anselmo antaño… el límite difuso entre el masaje y la caricia amorosa, la tentación, la vacilación, el abandono del cuerpo a su antojo, finalmente el bloqueo inexplicable al borde del abismo, todo esto se lo relató ella con una sorprendente precisión.

– Esto fue todo -dijo-. ¿Lo lamentas?

El no respondió de inmediato. Se aclaró la voz, tosió.

– ¿Lamentarlo? ¿Por qué?

El silencio se tornó desagradable.

– Por lo que sucedió… aunque no sucediera nada…

– Eso es -replicó él.

Ella sintió un vacío en el pecho.

– Podía haber planteado la pregunta de otro modo: ¿Lamentas que no sucediera nada?

– No -dijo él en tono cortante-. Tampoco eso.

De pronto, Rovena se sintió desairada. La vieja pregunta acerca del punto a partir del cual había errado el camino resurgió ante ella con todas las angustias de las que ya creía haberse librado. Y como la mayor parte de las personas que, pretendiendo enmendar un error, lo agravan acto seguido, añadió con desesperación:

– ¿Es que te da lo mismo?

Sentía deseos de llorar a causa de la decepción.

– Escucha, Rovena -dijo él sosegadamente-. Yo no sé cómo hablar contigo. Hasta ayer te quejabas de que por mi culpa no disponías de suficiente libertad. Ahora te lamentas de tener demasiada. Siempre por mi culpa.

– Perdona -le interrumpió ella-. Lo sé, lo sé. Te lo ruego, perdóname. Ahora somos distintos. Hemos hecho un pacto. Tú eres el cliente, yo la prost… la girl. Yo no tengo derecho… Yo…

– Basta -replicó él-. No hay necesidad de añadir más dosis de melodrama. Ya hay demasiado por todas partes.

Años atrás, después de un «basta» como aquél, pálido como la cera, con la mano temblorosa, él la había aferrado por los cabellos, delante mismo de la ventana, y ella había pensado con horror: Oh, Dios, ¿cómo ha llegado el día en que me vea zarandeada como una pobre zorra en pleno corazón de Europa?

No la había pegado. Se había dejado caer sobre el sofá con la mirada vidriosa, como si él mismo acabara de recibir un golpe.

Ahora todo aquello había quedado atrás. No tuvo necesidad más que de un breve instante para no ocultarse a sí misma que, entre aquellos dos «¡basta!», ella habría preferido el antiguo, y las lágrimas se le derramaron al instante. Tirano, se dijo. Finges estar desgarrado pero continúas siendo el mismo.

– Son más de las tres de la madrugada -le oyó decir-. ¿Dormimos?

– Sí -respondió ella con un hilo de voz.

Se desearon mutuamente las buenas noches y unos momentos más tarde, por su respiración, Rovena comprendió con sorpresa que el otro ya dormía.

Era probablemente la primera vez que se dormía antes que ella. El vacío de la habitación se le tornó sospechoso. Todo era inútil, pensaba. Frente a él no podía triunfar nunca. Había perdido la oportunidad de lograrlo hacía mucho tiempo y ahora era demasiado tarde. Su única superioridad, la juventud, no la había utilizado jamás. Del mismo modo que no se recurre a las armas prohibidas.

Ahora él ya estaba fuera de peligro. Le había hecho creer que saldrían adelante los dos juntos, que todas aquellas vacilaciones, sospechas, separarnos, no separarnos, qué he hecho mal, qué no he hecho mal, etcétera, irían quedando atrás, como pertenecientes a otro mundo. A semejanza de la novela de Cervantes, del cine mudo o del teatro antiguo.

Ingenua como de costumbre, ella le había creído. Él había salido bien librado, pero no ella. Su respiración regular, carente de piedad, eso testimoniaba: su dominio.

Tirano, dijo de nuevo para sí. Al borde de la caída, había preferido arrancarse él mismo la corona. Yo abdico, me echo a rodar por mí mismo de modo que nadie pueda derribarme.

Está bien, cae, álzate de nuevo, haz lo que te venga en gana. Yo no te puedo evitar. Ni a ti ni a tu sombra. Ni a tus cenizas, si es que llegas a hundirte. He sido tuya. Reconozco tu imperio y no me avergüenzo. Pero yo no quiero esa corona. Porque es otra cosa lo que deseo: ser una mujer. Una mujer hasta el fin que asume lo que es. Que, si debe reinar, lo consiga a través de eso: la sumisión.

Mujer, se repetía. Con esta fisura entre las piernas en el bajo vientre. Una ausencia, pero de esas que, como tú mismo me has dicho, lejos de ser calificadas de insuficiencias, en las escrituras sagradas se las considera tesoros.

El sueño se apartaba de ella cada vez más. Descendió despacio del lecho y se acercó a la mesilla de noche de él. Encima, junto al vaso de agua, se encontraba la cajita con los tranquilizantes. Stilnox, leyó. Noches tranquilas.

La tomó en la mano con cierta emoción. Era por tanto su proveedor de sueño. Lo que le apaciguaba el cerebro.

Al extender la mano hacia el vaso de agua, sus ojos distinguieron un objeto negro. En el interior del cajón entreabierto había un revólver.

Por espacio de un segundo se quedó sin aliento. Hechos una maraña, afluyeron a su memoria el cariz secreto de aquel viaje, los nombres falsos entregados en la recepción y sus palabras: Álzate el cuello del abrigo. Qué significa esto, se dijo. Pero de inmediato recordó que le había oído decir tiempo atrás que por Albania viajaba armado, y se calmó de inmediato.

Sin dilatarlo más, separó una píldora del paquete de tranquilizantes y se la tomó.

En la cama, tendida de espaldas, esperó la llegada del sueño. ¿Cómo han llegado las cosas hasta aquí?, pensó. No tenía derecho ni a decirle «amor mío».

Intentó no pensar más. Tal vez le pedía demasiado a este mundo, se dijo. Una mujer como ella no tenía necesidad de tanto.

El sueño acabaría llegando de todos modos. Sentía cierta curiosidad por conocer la clase de extravío que proporcionaba el somnífero. Como si a partir de la naturaleza del sueño de él pudiera llegar a descubrir algo más de lo que ocultaba.

Aunque quizás tampoco debería conocer sus secretos. En ese caso, una sola cosa habría podido bastarle a una mujer como ella. Saber, por ejemplo, si él, Besfort Y., había tenido que tomar ciertas noches aquel medicamento a causa de ella… Sólo eso.

Mientras le oía respirar profundamente, sus pensamientos acababan siempre por regresar al tranquilizante. Le parecía que, gracias a él, había logrado por fin introducirse en su cerebro. Ahora, por muy esquivo que fuera, no conseguiría zafarse.

Su respiración estaba cambiando, pero ella se mantendría vigilante. Ahora sería ella quien lo engañara fingiéndose dormida.

Al parecer eso es lo que él había estado esperando. Se movió lentamente con objeto de no despertarla. Luego su brazo se extendió hacia el cajón de la mesilla de noche y ella se dijo: ¿Está este hombre en sus cabales?

Era evidente lo que pretendía hacer. No tenía por qué fingir que no se daba cuenta. Percibió el crujido del cajón y el movimiento del brazo para extraer el revólver. Dios mío, rogó para sus adentros. Al parecer, lo que venía temiendo en los últimos tiempos, morir asesinada en la habitación de un motel, estaba sucediendo. Entre tanto, en lugar de hacer cualquier cosa para escapar, no cesaba de repetir en su mente un estribillo cantado por las mujeres de la calle:

Si no me encontráis en el fondo de un barranco,

en los moteles de Golem debéis buscarme.

El frío cañón del arma le rozó las costillas, poco más abajo del seno derecho. Aunque estuviera provisto de silenciador, percibió la detonación y sintió la bala penetrando en su carne.

Eso es lo que tú querías, se dijo.

Por sus movimientos comprendió que su brazo trazaba el mismo arco para depositar el arma en el lugar de donde la había sacado. Luego dejó de moverse y ella pensó: Increíble. Se había quedado dormido inmediatamente después de matarla, tal como estaba, tendido de costado.

Rovena se llevó la mano a la herida para detener la hemorragia. El otro continuaba respirando profundamente. ¿Tanto le había agobiado aquel suplicio?, se dijo ella como para proporcionarle una última excusa.

Se levantó y se dirigió sigilosamente hacia el cuarto de baño. Allí se examinó la herida. Parecía limpia, nada aterradora, casi como dibujada a mano. Bajo el espejo, entre los objetos de tocador, encontró un apósito auto-adhesivo que tenía costumbre de llevar consigo. Se lo colocó sobre la herida y al instante se tranquilizó. Al menos no reventaría como una furcia de motel.

Increíble, se dijo de nuevo al regresar a la cama. El continuaba durmiendo como si no hubiera sucedido nada y ella, lo mismo que mil años atrás, se tendió a su lado.

11

Al día siguiente. La mañana

No tenía derecho a comportarse de aquel modo. La mayor parte de sus despertares ella los vivía sin su presencia. Por eso, aquella mañana, él no tenía derecho a no encontrarse a su lado. Aun antes de abrir los ojos, su brazo desnudo le había buscado. No estaba. El brazo adormecido se había extendido más allá. Hasta el extremo de la cama, incluso más allá, sobre la extensión austríaca y la gran planicie europea. Los nombres de las grandes ciudades se iluminaban pálidamente, espantados, como en la temerosa pantalla de los viejos aparatos de radio. No, no tenía el menor derecho. Ya estaba acordado que él se iría el primero, dejándola completamente sola en este mundo durante muchos años. Pero justamente por eso no tenía derecho a escabullirse tan pronto.

Por fin abrió los ojos y, de inmediato, todo se tornó sencillo y claro. El paseo por el bosque de pinos a la espera de su despertar. Desde el exterior, los jirones del día penetraban con dificultad a través de las persianas. El librito de Cervantes con cubierta de color malva estaba allí, apagado, cansado de su viejo secreto.

Oyó sus pasos, luego el movimiento del picaporte de la puerta. Se inclinó para besarla en la sien. Llevaba en la mano los periódicos del día. Mientras desayunaban, echaron por turno un vistazo a los grandes titulares. Parece que la reina está enferma, dijo Rovena.

El no dijo nada.

Ella dejó la taza de café para telefonear a su casa. Mamá, estoy en Durres con unas amigas. No te preocupes.

El café le estaba pareciendo a Besfort más sabroso que de costumbre. Este mundo parecía a veces tan clemente. Con sus reinas dolientes, con sus pequeñas mentiras femeninas.

– Fíjate en esto -dijo Rovena extendiéndole uno de los periódicos. Besfort se echó a reír, luego continuó leyendo en voz alta: «La portavoz de la Dirección del Servicio de Aguas de Tirana, la baronesa Fatime Gurthi, intenta dar explicación a los cortes del suministro».

– La compra de títulos está haciendo furor en los últimos tiempos -añadió poco después-. Por mil dólares te puedes despertar conde o marqués.

– Al principio lo había tomado por una broma, pero incluso así me parecía una extravagancia.

Besfort le respondió que no había en ello nada de broma. Existían agencias internacionales que se ocupaban del tráfico de títulos. Los antiguos países del Este se volvían locos por ellos.

– Vaya -dijo Rovena-. No nos faltaba nada más que eso.

Besfort estaba seguro de tener en alguna parte la tarjeta de visita de un tal vizconde Shabe Dulaku, «Puertas y ventanas blindadas a medida», en el barrio de Laprake. Se hablaba de un duque en la policía de tráfico, y de una condesa autora del opúsculo Verbos irregulares de la lengua albanesa.

Después de desayunar salieron a dar un paseo por la orilla del mar. A causa del viento, el día se anunciaba hosco e inclemente. Agarrada a su brazo, ella sentía cómo sus cabellos azotaban el rostro de Besfort.

No era capaz de decidir si en adelante debía contarle todo o no. Siempre a causa del viento, tenía la impresión de que los ojos de ambos eran como de vidrio. No, incluso si hubiera querido no habría podido contarle todo. Ni siquiera a sí misma, por otro lado.

El agua de las piscinas se ha helado, se dijo.

Tras las verjas de hierro, la capa de hielo adjudicaba a las piscinas la apariencia de ojos ciegos.

Acabaron instalándose en el restaurante para comer. Luego se pasaron la tarde entera encerrados en la habitación. En la cama, antes de hacer el amor, entre las caricias, él le susurró algo acerca de Liza. Siempre olvidaba los detalles que la concernían, o al menos eso es lo que aparentaba. Ella le respondió asimismo con voz susurrante, y él le dijo que nadie entendía mejor a los hombres que ella. Rovena le devolvió el cumplido.

Cuando moría el día, ella volvió a hablar por teléfono con su madre. Besfort había encendido el televisor en busca de alguna novedad sobre el estado de la reina. Esto está muy bonito, mamá. Nos vamos a quedar también esta noche.

Mientras hablaba, él le acariciaba el vientre en torno al ombligo.

Afuera, la noche cayó con rapidez. Hacia la medianoche, el estruendo del mar comenzó a dejarse oír en un tono cada vez más gimiente. Por la mañana partieron, sin comprender ellos mismos la causa, con cierto apresuramiento. A medida que se acercaban a Tirana, el tráfico se fue haciendo más denso. A la altura del cruce de la carretera nacional con la del cementerio del oeste, los vendedores de flores parecían más abundantes que nunca. Flores para todos nosotros, pensó ella. Recordó retazos de sus conversaciones sobre los falsos conspiradores. Parte de ellos debían de estar enterrados allí. Al menos tendrían derecho a las mismas flores que todos los demás.

A la entrada de Tirana, la caravana de coches prácticamente no avanzaba. ¿Ha habido algún accidente?, le preguntó Besfort a un motorista de la policía de tráfico que avanzaba a su lado. Antes de responder, el otro inspeccionó con el rabillo del ojo la matrícula del coche. La reina ha muerto, dijo.

Besfort encendió la radio. En efecto, hablaban de ello, pero las voces evidenciaban un extremado nerviosismo. Había una disputa a causa de algo. Habían llegado a la carretera de Kavaja cuando captaron el objeto de la discordia. Se trataba de la ceremonia funeraria y el lugar de enterramiento. Al gobierno, como de costumbre, le había cogido de improviso. Espera y verás cuando hagan llamar a alguna comisión de Bruselas, dijo Rovena. Se encontraban junto a la plaza de Scanderberg en el momento en que se dio lectura a una declaración de la Casa Real. A las tres de la tarde se celebraría un réquiem por la difunta en la catedral de San Pablo. Sobre el lugar de enterramiento, ni una sola palabra. El gobierno aún no había tomado posición acerca de la restitución de las propiedades del monarca, entre las que se incluía el cementerio privado situado sobre la ladera sureste de la capital.

Casi habían llegado ante la puerta de la casa de Rovena cuando dieron lectura a una segunda declaración de la Casa Real. El lugar de la inhumación continuaba desconociéndose. Esto es un escándalo, dijo ella al tiempo que abría la portezuela del coche.

De regreso, Besfort intentó pasar por la calle de la catedral, pero estaba cortada al tráfico. En la radio estaban dando la noticia de que la Asamblea se iba a reunir a primera hora de la tarde en sesión extraordinaria. La emisora continuaba emitiendo opiniones de transeúntes recogidas al azar. Esto es una vergüenza, una vergüenza, decía un desconocido. Escatimar un pedazo de tierra para la tumba de la reina: es para volverse loco. ¿Y usted, señor? Yo conozco bien estas cosas. Yo soy partidario de que todo se haga con arreglo a la ley. Que haya una ley para la mujer del rey, para la del presidente, para la de todos los demás. ¿No se referirá a la viuda del dictador? ¿Cómo? No, no. No me confunda a mí con ésos, joven-cito. Estamos hablando de reinas y de señoras de altura, no de lobas o panteras, como las llama el pueblo.

La radio interrumpió las entrevistas para informar de que se esperaba de un momento a otro un tercer comunicado de la Casa Real.

12

En La Haya. Los cuarenta

Durante largo tiempo, nada testimoniaba la presencia en La Haya de Besfort Y., y mucho menos de los dos, ese cuadragésimo día antes de que todo se consumara. No sólo eso: como para descartar de forma categórica cualquier suposición, todo indicaba que precisamente aquel día ambos se encontraban en Dinamarca. La amiga suiza, por lo general vacilante en sus testimonios, se había mostrado en este caso concluyente: Rovena la había telefoneado desde un tren, justamente en el momento en que éste penetraba en Dinamarca. Ciertos comentarios en el cuaderno de Rovena, escritos cuatro días antes del viaje, lo confirmaban. «Jutlandia, Saxo Grammaticus, las localidades donde, al parecer, tuvieron lugar los hechos de Hamlet (Amleúi)… Visita de dos días.»

En realidad las sospechas a propósito de La Haya tenían su origen en la frase: «¡Ojalá acabéis los dos en La Haya!», pronunciada por su amiga íntima, Liza.

Sin fundamento en ningún billete de tren o registro de hotel, se habría dicho que esta sospecha podía ser tanto descartada como tomada en consideración, incluyendo de este modo tal viaje en la categoría de lo que se denominaba viajes interiores, que no se efectuaban más que en el cerebro del supuesto viajero o, en el caso de un lugar como La Haya, en el cerebro de alguien a quien se deseara ver sentado en el banquillo de los acusados.

Pareció por tanto fácilmente descartable, sobre todo tras la coartada de Dinamarca, pero bastaron unos cuantos renglones del diario del eslovaco Janek, el compañero de curso con el que Rovena había mantenido una fugaz relación, para que el amenazante nombre de La Haya hiciera de nuevo aparición. En dicho diario, de manera por demás imprecisa, se describía muy brevemente la pesadilla de alguien para quien varios anuncios de venta de apartamentos, así como unas cuantas hojas blancas pegadas sobre postes de teléfonos, se convertían a distancia en citaciones ante el Tribunal de La Haya.

El hallazgo de otro cuaderno del diario puso fin al desconcierto. A medida que se comprendía mejor el estilo del autor, se esclarecían diferentes elementos que iluminaban la relación entre el eslovaco y la bella albanesa, entre otros el asunto de aquella pesadilla, que no concernía en absoluto al estudiante eslovaco, sino a Besfort Y.

«Tras la noche en que me hizo de pronto aquel regalo inesperado, R. ya no volvió a ser la misma.» Esto escribía

Janek B. En escasas líneas expresaba su tristeza, aunque esforzándose por eludir tal concepto y sobre todo el término «sufrimiento».

Sus apuntes eran confusos; las frases, a menudo, inacabadas. Permitían no obstante imaginar su pesadumbre de la siguiente noche, cuando ella no acudió al bar nocturno.

Bebía. Trataba de disimular ante los demás. Unos días antes, medio riendo, había dicho: Nosotros los de los países del Este ya hemos tenido nuestra ración de sufrimiento. Ahora os toca el turno de sufrir a vosotros, los occidentales.

Los ojos de alguno de los presentes parecían replicarle: Querido, el sufrimiento consigue atraparte bajo cualquier régimen.

Al día siguiente, ella había llegado a la universidad con el rostro demudado. Se justificó pretextando la llegada de alguien de su país, Albania. Estaba pálida, distraída, acelerada. ¿Mafioso? ¿Traficante de mujeres? ¿Amante? Janek B. había colocado signos de interrogación tras las tres hipótesis sobre el visitante misterioso, sin resolver cuál de ellas prefería. La prensa abundaba en informaciones sobre los malhechores albaneses. Llegaban de lejos para extender la amenaza, y no dejaban a sus espaldas más que vacío y horror.

Janek B. se lo sugirió cautelosamente a Rovena, mientras ella parpadeaba sin comprender adonde pretendía ir a parar. Hasta que al final, cuando lo captó, sacudió la cabeza para decir: No, no, no tenía nada que ver con asuntos de amenazas… de tráficos…

Habría querido sujetarla por los hombros, sacudirla: ¿Entonces qué diablos te pasa?, pero algo se lo impedía. «R. viene conmigo de nuevo al bar nocturno. Pero ya no funciona nada.» Continuaban sentándose juntos como antes, bajo la mirada curiosa de los otros: Vienen del Este, a éstos resulta difícil entenderlos, cualquiera sabe lo que han tenido que soportar bajo sus dictaduras…

En ocasiones, la joven estaba contenta, pero al poco su mirada se tornaba meditabunda. A Janek le atormentaba un interrogante: ¿Acaso ni siquiera se acordaba de que se habían acostado juntos? No sabía cómo recordárselo sin ofenderla. «Anoche conseguí decirle: ¿Te acuerdas de lo bonito que fue aquella noche cuando bailamos por primera vez el uno en los brazos del otro y luego…?»

Con la sangre helada en las venas, esperó su reacción. Sus pestañas le parecieron de pronto extraordinariamente largas y pesadas. Por fin ella alzó los ojos para decirle: Sí, fue bonito, pero en un tono plácido, ni fría ni emocionada, como si estuviera hablando de un cuadro. El se dijo: Que salga el sol por donde tenga que salir, y aludió al visitante llegado de lejos. Rovena bajó los párpados pero, inexplicablemente, él tuvo la impresión de que la pregunta no la había molestado en absoluto, al contrario. Envalentonado por ello, le dijo: ¿No puedes dejar de pensar en él?

Pronunció estas palabras en tono dulce, casi en un susurro. Cuando ella levantó los ojos, no solamente no había en ellos el menor rastro de disgusto sino que parecían velados por una carga de gratitud. «Había que ser un imbécil para no comprender que esperaba impaciente la menor oportunidad para hablar de él.»

Me gustan los hombres complicados, dijo después de un largo silencio. ¿Complicados en qué?, preguntó él. En todo, fue la respuesta de ella.

Velozmente, pasaron por su mente sus anteriores conjeturas. ¿Complicación en asuntos turbios y peligrosos? Muchas mujeres se enamoraban de hombres del mundo del crimen. Era incluso una tendencia en los últimos tiempos.

Ella jugueteaba con los mechones de su cabello como una colegiala enamorada. Es complicado, prosiguió, como si hablara consigo misma. Janek sintió una punzada en el corazón pues le pareció distinguir una humedad lacrimosa en sus ojos. Una noche se puso a gritar en sueños a causa de una pesadilla, continuó ella. Ah, vaya, pensó Janek. ¡Si era eso lo que había que hacer para impresionar a las mujeres, él estaba dispuesto a aullar en sueños hasta que se estremecieran las paredes! De este modo fanfarroneó para sus adentros, pero no se atrevió a decirle nada a ella. Por el contrario, con la mirada concentrada, escuchó su descripción de la pesadilla del otro, las famosas citaciones ante el Tribunal de La Haya pegadas en los postes, en las paradas de autobús, en los troncos de los árboles.

«Los otros, al vernos cuchichear de este modo, seguro que están pensando: ¡Gracias a Dios se han vuelto a reconciliar!»

Algunos días después, Janek iniciaría la anotación correspondiente en su diario con las palabras «descubrimiento» y «vergüenza».

«He hecho un descubrimiento. Constituye al mismo tiempo mi vergüenza. Una vergüenza que, extrañamente, no me perturba en absoluto. Como si fuera uno más de los que se dice: Con su pan se come la vergüenza.»

El sorprendente descubrimiento del eslovaco consistía en que el visitante misterioso al que había culpado de su distanciamiento de Rovena era justamente quien ahora los aproximaba.

Agachó la cabeza y aceptó lo que para la mayoría habría constituido la más grave de las humillaciones: salir con una mujer a condición de alimentar la conversación sobre un tercero.

Esta condición, por supuesto, nunca fue reconocida abiertamente, pero se daba por sentada. La impaciencia de ella por dejar a un lado el resto de los temas y llegar por fin hasta «él» era palpable. No ocultaba que llevaban años de relaciones. Hablaba de los viajes que habían hecho juntos, de los hoteles, las playas invernales. No dijo nunca que estuvieran atravesando una crisis, pero resultaba evidente.

«¡Lo inverosímil ha sucedido! Hemos vuelto a pasar la noche juntos.»

Más inverosímil que el hecho mismo de que se le entregara fue que esto no trajo consigo el menor cambio. Incluso sucedió lo contrario: ahora que se le ofrecía, parecía más natural y en modo alguno ofensivo que le reclamara su tasa en contrapartida.

«Ya no queda ninguna esperanza…», anotó dos días más tarde en su diario.

No existía en verdad ninguna esperanza de que algo pudiera ser reparado. Su cuerpo continuaría tendiéndose a su lado al igual que antes, pero ella misma no. Al igual que antes, tendría la mente en otra parte. Y él se vería obligado a pagar el precio hasta el último céntimo. Lo quisiera o no, se sometería al pacto: escucharla hablar del intolerable ausente, aquel al que, más que a ningún otro, él tenía derecho a odiar.

Alentaba la ilusión de que, una vez su crisis hubiera quedado atrás, ella ya no tendría necesidad de confiársele. Pero resultaba fácil de imaginar lo que sucedería a continuación: el pacto perdería su vigencia. Y todo lo demás junto con él.

Eso fue lo que sucedió. Los encuentros se fueron espaciando hasta interrumpirse. Él se esforzaba por hacerse a la idea. Ahora eran como buenos amigos. ¿Estáis de nuevo juntos?, le preguntó un día. Ella asintió con la cabeza. Sin embargo aún conservaba la esperanza de que volviera a producirse otra crisis y que, para su vergüenza, él se aprovecharía de ello.

Un tanto desinhibido, aunque con cierta amargura ocasionada por la nueva situación, hizo alusión a las informaciones sobre los mañosos albaneses. Se volvía a hablar mucho de ellos en los últimos tiempos. Ella se encogió de hombros con ademán de menosprecio.

Mucho tiempo más tarde, en la terraza de un café, después de hablar de Besfort Y., el eslovaco le preguntó de pronto por qué este último le tenía miedo a La Haya.

Ella se echó a reír. ¿Miedo a La Haya? No entiendo a qué te refieres. Quería decir miedo a un viaje a La Haya. Ella sacudió la cabeza en señal de negación. Más bien al contrario. Contábamos con hacer ese viaje por placer, juntos. Visitar Holanda, los campos de tulipanes… Pero La Haya, antes que un jardín de flores, es un alto tribunal. Las conciencias atormentadas se inquietan ante él. Ah, ya entiendo a qué te refieres, respondió ella, sin ocultar su irritación. Ahora escúchame bien: Nosotros íbamos a ir por placer, sí, por los tulipanes… Escúchame tú también, gritó él: No eran anuncios de tulipanes lo que él veía en sueños, sino convocatorias ante el Tribunal…

En el silencio que siguió, se miraron con irritación. ¿Tú qué sabes?, dijo ella con voz helada. En lugar de responderle, él se llevó las manos a la cara. Perdona, dijo entre sollozos. Perdona, jamás debería haber dicho eso.

Cuando apartó las manos, ella comprobó que estaba llorando de verdad. Soy perverso, continuó hablando con voz descompuesta. Los celos me han cegado. Por eso no sé lo que digo.

Ella esperó a que se tranquilizara; luego, tomándole la mano en la suya, le preguntó con suavidad: ¿Cómo sabes tú lo que vio él en sueños?

Después de limpiarse las lágrimas, sus ojos le parecieron más grandes e indefensos.

Tú misma me lo contaste… cuando querías hacerme comprender lo complicado que era…

Ella no respondió nada. Se limitó a morderse el labio inferior, diciéndose para sus adentros: ¡Dios mío!

Fueron estas notas de Janek B. las que, algunos años después, empujaron a la amiga de Suiza a reconsiderar bajo una nueva luz la breve conversación telefónica que había sostenido con Rovena en el momento en que ésta viajaba por el norte. Un detalle que en aquel entonces había tomado por un lapsus se convirtió en la clave que permitía descifrar el embrollo a propósito de La Haya. Aló, corazón, ¿eres tú? Qué bien has hecho en llamarme. ¿Desde dónde me hablas? ¿Te lo puedes imaginar? Desde Dinamarca, desde un tren. ¿Ah, sí? Voy a encontrarme con Besfort. Qué maravilla: se ven los molinos de viento, los campos de tulipanes. ¿Campos de tulipanes?… Quería decir… son unas flores que se parecen a los tulipanes… No sé cómo se llaman. Qué más da. De modo que estáis de nuevo juntos. Aló… No se oye bien… Hasta la vista, corazón. Adiós.

* * *

Qué idiota soy, se reprochó Rovena colgando el teléfono móvil. No había sido capaz de atenerse a una recomendación tan sencilla. No le hables a nadie de este viaje a La Haya, le había encomendado Besfort. A su pregunta pronunciada en tono jovial: ¿Y eso por qué?, él había respondido en el mismo tono: Por nada, eso es lo que se me ha ocurrido, que hagamos un viaje secreto. Creo que es bueno que toda persona tenga derecho al menos a un viaje secreto en la vida. Divertida, ella le había respondido: ¡Okay!

En una segunda llamada, él le había explicado que en tales circunstancias la mejor manera de no embrollarse cuando le preguntaran hacia dónde se dirigía era recurrir a una sustitución. Por ejemplo, sustituir Holanda por Dinamarca. Un viaje a Dinamarca para visitar, pongamos, los parajes donde se había desarrollado la verdadera historia de Hamlet. Pero, ya que estamos con este tema, ¿tienes un bolígrafo? Apunta entonces Jutlandia, ése es el nombre de la región. Y Saxo Grammaticus fue su primer cronista. Con equis y dos emes. Con eso bastará. No hay necesidad de que te compliques la vida con lo del sempiterno «ser o no ser». ¿Okay?

Qué idiota soy, volvió a decirse Rovena. Trató de apartar de su mente la metedura de pata. Se había preparado con tanto afán para aquel viaje que no valía la pena mortificarse por una nimiedad semejante. Aparte de la ropa interior, le tenía reservada otra sorpresa: dos pequeños tatuajes, uno entre el ombligo y el pecho… el otro en una nalga. De modo que, cualquiera que fuese la modalidad de la práctica sexual, bien el uno bien el otro entraría en juego. Se sentía asimismo en posesión de toda una reserva de dulces susurros, aunque no estaba del todo convencida de su derecho a utilizarlos.

El repiqueteo monótono del tren le producía sueño. Me has dejado agotada, se dijo, dirigiéndose al hombre que la esperaba.

La letra de una canción que, más que haberla escuchado, era bien probable que la hubiera fabricado su propia mente acudía a ella una y otra vez:

Dos vidas que me dieran

las dos veces te quisiera.

Dos vidas, pensó. Es fácil decirlo. Por el momento no estaba permitido tener dos vidas. Y mucho menos continuar queriendo a alguien primero en una y luego en la otra. Sin embargo, la gente no renunciaba a ello. Ellos dos tampoco. Estaban en posesión de cierto simulacro pálido, muy pálido de esa vida prohibida. Pero, aterrorizados por ella y sobre todo por la perspectiva de padecer en represalia la cólera del cielo, fingían no amarse el uno al otro.

Sonrió justo después del breve adormecimiento. Así era como, de pequeña, le gustaba engañarse a sí misma, adjudicando a las cosas la forma que le convenía.

Todo este secreto…, se dijo. Las sospechas de Janek B. encontrarían sin duda terreno propicio para medrar sin control. Sólo una parte de ellas habrían bastado para helar la sangre de cualquier mujer que se dirigiera al encuentro de su amante: Ni una sola palabra a nadie sobre este viaje. Haz desaparecer el billete de tren y cualquier otro rastro. Más tarde conocerás la razón.

Por el altavoz se oyeron frases en holandés, luego en inglés. Se acercaban a La Haya. Por tercera vez, ella utilizó su teléfono móvil. Nuevamente sin respuesta.

No tuvo dificultad en encontrar un taxi. Ni tampoco el hotel de nombre flamenco. Sin distintivos monárquicos.

En la recepción le dijeron que, aparte del encargo de entregarle las llaves de la habitación de Besfort Y., no tenían ningún mensaje para ella. Él no estaba.

Deambuló durante un rato por la gran habitación. Los dos bolsas de viaje estaban allí. En el cuarto de baño, su maquinilla de afeitar y su habitual perfume. Sobre una pequeña mesa, un ramo de flores junto con la tarjeta de bienvenida del director del hotel, en inglés. Pero de él, ni una sola palabra.

Se dejó caer sobre una de las butacas y permaneció durante un rato completamente vacía. Saxo Grammaticus. Jutlandia… De todos modos podía haber dejado una nota: A tal hora estoy de vuelta. O simplemente: Espérame en la habitación.

Su mirada acababa siempre por ir a parar sobre el teléfono. Se levantó para llamar de nuevo, pero de pronto una de las bolsas le pareció desconocida. Lo mismo que la otra. El pensamiento de que, por error, pudiera haber penetrado en una habitación equivocada se bosquejó en su mente con frialdad. Con objeto de disipar cualquier duda, irrumpió atropelladamente en el cuarto de baño, pero su recuperada seguridad se disipó al instante. ¿Acaso eran pocos los hombres que utilizaban el mismo perfume?

Abrió una tras otra las puertas de los armarios. Ninguna de sus camisas aparecía colgada, como tenía por costumbre nada más llegar al hotel. Sus ojos se dirigieron de nuevo a las dos bolsas de viaje y, sin pensarlo siquiera, abrió la cremallera de una de ellas. No llegó a distinguir gran cosa porque un gran sobre se deslizó del interior para quedar sobre la cama. Intentó volver a colocarlo en su lugar cuando un paquete de fotografías se desprendió de él cayendo sobre la colcha. Con manos temblorosas se inclinó para recogerlas y al instante lanzó un grito. En una de ellas aparecía un niño ensangrentado. En el resto otros niños. La idea de haberse metido por error en la habitación de un asesino en serie la poseía al mismo tiempo que la pregunta sobre lo que debía hacer. ¿Gritar pidiendo ayuda? ¿Abandonar precipitadamente la habitación? ¿Telefonear a la policía?

Nadie debe saber que vienes a La Haya… Se inclinó de nuevo con el fin de examinar el sobre. En el anverso figuraba la dirección del destinatario: «Besfort Y. Consejo de Europa. Departamento de crisis. Estrasburgo».

Era él.

Dios mío, pensó. Al mismo tiempo que horror, experimentaba cierto alivio. Al menos trabajaba realmente en el Consejo de Europa. La dirección del sobre lo demostraba. Como evidenciaba que las fotografías habían sido enviadas por alguien. A modo de chantaje tal vez. Con objeto de recordarle algo.

El timbre del teléfono le produjo un sobresalto. Se aclaró la garganta antes de levantar el auricular. Era él. Captaba sus palabras sólo a medias. Le pedía disculpas, pero aún se retrasaría un poco. Ha sucedido algo, dijo ella. ¿Ah, sí?… No puedo decírtelo por teléfono… Lo noto en tu voz… Harías bien en salir un poco. La ciudad es agradable. A las cinco estaré allí.

Siguió su consejo. Afuera todo le pareció más fácil, también más improbable. Sus pasos la conducían por una calle realmente agradable. Todas sus especulaciones de poco antes se le antojaban ahora insensatas. No estaba bien de los nervios, desde luego. Por segunda vez le pareció que oía hablar en albanés. Había escuchado decir que las conmociones nerviosas comenzaban a menudo de este modo, con alucinaciones auditivas.

Se había detenido ante un escaparate cuando oyó por tercera vez esas voces a su espalda. Se quedó paralizada hasta sentir que se alejaban un tanto. Sólo entonces volvió la cabeza para mirar. El pequeño grupo se alejaba ruidoso. Nunca se le habría ocurrido pensar que pudiera haber tantos albaneses en La Haya. Quizás fuera ése el motivo del requerimiento de secreto de Besfort.

Entró en el primer café que le salió al paso. Tras la cristalera, la calle parecía aún más atrayente. Las frases albanesas que captaron sus oídos poco después ya no la sorprendieron. Aquella gente hablaba en voz alta como de costumbre. También fumaban. Distinguió las palabras «la sesión de hoy», luego el insulto «hijo de puta», seguido del nombre de Milosevic. Todo iba aclarándose: el edificio del Alto Tribunal debía de estar situado por allí cerca.

Ella tomaba su café sin volver la cabeza. Por un instante le pareció reconocer una cara familiar a cierta distancia. El hombre estaba solo en una mesa, sin disimular su curiosidad por la ruidosa conversación de aquellos extranjeros. Estaba segura de haber visto aquel rostro en alguna parte. De pronto se acordó: era un conocido escritor. En otras circunstancias habría encontrado natural dirigirse a él, ella estudiaba en Austria y él era de allí, pero recordó sus actitudes proserbias y su impulso se disipó.

Besfort se encontraba sin duda en el interior del Tribunal Internacional. Así se explicaban sus pesadillas plagadas de citaciones judiciales. Sus gritos en sueños, y sobre todo el secreto.

Lo imaginaba atascado en algún punto de aquel laberinto. El reloj avanzaba despacio. En la mesa situada junto a la del austríaco se sentaron de nuevo clientes ruidosos. El pidió un segundo café; luego, al igual que poco antes, pareció ponerse a escuchar atentamente la conversación de sus vecinos.

Rovena prefería trasladar sus pensamientos a la cama del hotel. Lo mismo que en el tren, sintió que los tatuajes cobraban vida en su cuerpo. ¿Cuál de ellos triunfaría sobre el otro? Procedentes de los cursos de historia, acudieron turbiamente a su memoria ciertas guerras prolongadas y fastidiosas con nombres de flores y de insectos: ¿La guerra de las dos rosas o la de las dos mariposas?

En el tren, la representación del tatuaje que adornaba su nalga le había proporcionado un momento de languidez. Estaba segura de que a él le gustaría. Con mayor motivo teniendo en cuenta que hacían raras veces el amor en aquella postura.

Reblandecida por el deseo, pidió otro té. Las fotografías de los niños parecían ahora lejanas. Como despertadas de un sueño, las manecillas de su reloj se apresuraban. Tenía la sensación de ir con retraso.

Una hora más tarde, en la cama del hotel, esa sensación no la abandonaba un solo instante. Habían hecho el amor sin casi decirse nada de lo que ella había pensado. Incluso la rivalidad entre los tatuajes se había manifestado de forma distinta. ¿No me habías dicho que había sucedido algo? Es verdad. Sólo que no me resulta fácil hablar de ello. Te comprendo. Al comienzo muchas cosas dan esa impresión. Después… ¿Después qué? No existe en el mundo nada que no pueda ser contado. Yo creo que sí. Tal vez porque eres una mujer. Tal vez. ¿Qué has hecho durante todo este tiempo? ¿Te refieres al tiempo que llevamos sin vernos? Ella sintió deseos de gritar: ¿Que qué he hecho? Nada, es decir, todo. Eso es lo que pensó. Pero en voz alta dijo: ¿Por qué quieres saberlo?

Como quieras, dijo él quedamente. Hace tiempo que nosotros hemos superado eso.

Con apresuramiento, presa del secreto deseo de que él sólo captara a medias el sentido de sus palabras, le refirió su temor cuando, al llegar al hotel, creyó haberse equivocado de habitación. Es decir, haber entrado en la de otro. Sus bolsas de viaje le habían dado la misma impresión, aunque no el perfume. Pero ¿acaso eran pocos los hombres que usaban el mismo perfume?

Bajó todavía más el tono de voz para contarle cómo, con el fin de asegurarse de que se trataba realmente de él reconociendo al menos alguno de sus objetos, había hecho algo que no tenía por costumbre: había abierto la cremallera de una de las bolsas.

Tuvo la impresión de que él la escuchaba sin prestar la menor atención y se dijo: Tanto mejor. Sin embargo, no se atrevió a contarle más.

¿Descansamos un poco?, dijo él. He tenido un día tan agotador. Tú también, imagino…

Cuando por la respiración del otro comprendió que se había quedado dormido, le pareció que su cerebro recuperaba la lucidez. Para sus adentros le dijo lo que había sucedido después de abrir la bolsa, las fotografías macabras, su miedo. Luego, calmadamente, le preguntó si de verdad le aterraban las citaciones que veía en sueños. Y si era así, ¿qué relación tenía él con aquellos niños muertos? Y para terminar: ¿Por qué habían venido a La Haya en secreto, como dos sombras culpables?

Algo aliviada, consiguió dormitar unos instantes. Dos o tres veces intentó imaginar las respuestas de él. Se representó la peor de las variantes: su rostro sombrío, la mirada helada. ¿Quién eres tú para atreverte a hacer preguntas semejantes? Tú no eres más que una chica de alterne. Una puta de lujo a la que yo alquilo.

Antes de bajar a cenar, ella permaneció ante el espejo más largamente que de costumbre. En la mesa del restaurante, él la contemplaba casi con asombro, como si no la reconociera. Rovena había reparado ya en que las velas sobre la mesa de una cena establecían vínculos misteriosos con los hombres. Aunque formaban parte de su campo, se convertían en aliadas de las mujeres. Proclamaban abiertamente su adoración, como si se derritieran por ellas, incitando a los hombres a hacer lo mismo.

– Estás ahora más hermosa -dijo él en voz baja.

Rovena le miraba fijamente.

– ¿Lo dices con cierto reproche o sólo me lo parece a mí?

– ¿Reproche? ¿Por qué?

Rovena se turbó.

– Bueno… porque ahora… Ahora que somos diferentes… Lo que yo quería decir es… ¿No preferirías que me volviera más fea?

– Oh, no. Todo podría desearlo, menos eso.

– En realidad no era exactamente eso lo que quería decir… Me gustaría… en realidad preguntarte a propósito de algo. En la habitación, mientras tú dormías, esas preguntas no dejaban de torturarme.

De forma atropellada, como si temiera que el coraje acabara abandonándola, le confió finalmente todos sus temores. El rostro de él se ensombreció durante unos instantes, tal como ella había imaginado para el peor de los supuestos. ¿Quién eres tú para investigarme de ese modo? ¡Una chica de alterne, nada más! No tienes derecho a tratarme así. Es verdad que me has convertido en una fulana de lujo, pero en otro tiempo fuiste mi marido.

Aunque ninguna de estas últimas palabras había sido pronunciada, ella estaba sin aliento a causa de la conmoción.

Sintió que el miedo la poseía como antaño, pero, más que a él, era miedo a la verdad.

El reflexionó largamente antes de responder. Lo que había resbalado al abrir la cremallera de su bolsa eran en verdad fotografías de niños muertos. Pero no de los que ella imaginaba. Eran niños serbios despedazados por los bombardeos de la OTAN.

Rovena escuchaba aterrada. Se mordió el labio y dos o tres veces dijo: ¡Perdón!

No había nada por lo que pedir perdón. Semejantes fotografías constituirían un horror cualquiera que fuera la bolsa donde se encontraran. A ella le estaba permitido suponer cualquier cosa, incluso que él, Besfort Y., fuese un asesino de niños. De hecho, las fotografías habían sido enviadas con ese propósito. Señalarlo como asesino.

Le tomó la mano con cierta timidez. Sus dedos se le antojaron a ella más largos, más finos. Hablaba como si ella no se encontrara allí. Lo que estaba sucediendo era difícil de expresar. Se trataba de una especie de concurso de fotografías de pesadilla. Niños serbios despedazados por las bombas. Niños albaneses degollados a cuchillo. Ambas partes las enviaban por doquier a despachos, comisiones, comités. Las polémicas macabras se sucedían a continuación. ¿Existía o no una jerarquía de la muerte?

Una parte insistía en que cualquier muerte de niños representaba una tragedia irreparable, que excluía toda jerarquía. El pensaba de otra manera. Un pequeño muerto en un accidente de tráfico no tiene parangón con el mismo aniquilado por las bombas. Y los dos a un tiempo están a una distancia sideral del bebé acuchillado. Por una mano de hombre, ¿me comprendes? No por una bomba ciega, sino por una mano de hombre. Ochocientos bebés albaneses destripados como corderos, a menudo ante los ojos de sus madres. Era para perder la razón. Era el fin del mundo.

Por efecto de sus alientos, la llama de las velas situadas sobre la mesa vacilaba ligeramente. Ella le pidió que dejaran de pensar en aquello.

Tras la cena, en el bar nocturno, Rovena condujo la conversación hacia los tatuajes y a la pregunta del tatuajista sobre el motivo de su encargo: por nostalgia de alguien, en cumplimiento de una promesa o por qué otra cosa.

A diferencia de otras ocasiones, él no intentó saber nada más acerca de aquel hombre que había tocado su cuerpo. Al parecer continuaba teniendo la mente puesta en la conversación del restaurante.

Rovena se dijo que sin que acabara de expresar lo que andaba rumiando, difícilmente podrían hablar de cualquier otro asunto. Le recordó de nuevo las fotografías y la macabra competición, antes de preguntarle por qué, si no se sentía culpable, daba la impresión de llevar un peso sobre la conciencia.

Él sonrió rígidamente.

Porque soy un ciudadano… Lo cual significa que me concierne todo lo relativo a la vida de la cité…

Rovena no acabó de entender el sentido de sus palabras, pero se abstuvo de manifestarlo.

Como si se hubiera percatado de ello, él continuó diciendo en voz baja que, con independencia de lo que le había dicho sobre los chiquillos albaneses, la muerte de los niños serbios le dolía también profundamente. Pero allí en los Balcanes, por desgracia, no sucedía así… En el restaurante, ella le había preguntado por qué razón habían venido a La Haya en secreto, como dos culpables. Debía saber que él jamás había recibido citación judicial alguna más que una o dos veces durante una pesadilla. E incluso en el caso de que recibiera alguna, no se humillaría, continuaría obedeciendo únicamente a su conciencia. Todos deberían acudir aquí a La Haya como a las oficinas del Hades. Cada cual por la salud de su propia alma. En silencio y en penumbra.

A la memoria de Rovena acudió la imagen de la barba y los ojos perplejos del austríaco, en el café, rodeado por los clientes albaneses.

Mientras hablaba, Besfort buscó con los ojos al camarero, con toda probabilidad para pedirle un segundo y último whisky.

Pasada la medianoche, en la cama, antes de hacer el amor, se acordó del tatuajista. ¿Era amable, atractivo, desvergonzado? Un poco de todo a un tiempo, respondió ella. Y cometía el error de todos los hombres en esa clase de circunstancias: aun a sabiendas de que el tatuaje estaba destinado a un futuro encuentro amoroso, preferían creer que la excitación de la mujer estaba relacionada con ellos.

Como en la mayor parte de los casos, el relato de Rovena se quedó a medias. Mientras ella se encontraba en el baño, él encendió el televisor. Los canales se sucedían unos a otros, la mayoría en neerlandés. En uno de ellos le pareció reconocer el nombre de Albania. Siguió buscando hasta dar con las noticias en inglés. La reina ha muerto, le dijo a Rovena cuando ésta salió del baño. Ella creyó no haber oído bien. No la reina de Holanda, no, ha muerto la reina de Albania. Las cejas de ella se arquearon en un gesto de incredulidad. Hace varios meses que sucedió eso, ¿no te acuerdas? Estábamos en el motel, en Durres. Por supuesto que me acuerdo. Pero se trata de la otra. No de la madre, sino de la mujer del heredero. Aja, dijo ella. Qué extraño.

En la pantalla, el cortejo de automóviles negros avanzaba lentamente ante la catedral de Tirana.

Cubriéndole los hombros desnudos, Besfort expresó poco más o menos la misma sorpresa. Era mucho… para un pequeño país ex estalinista, producir en tan breve tiempo dos reinas muertas.

Estremeciéndose, ella se apretó contra él.

13

Las séptimas

Una semana antes de la caída habría resultado difícil determinar si él o ella había tenido un mal presentimiento. El lunes, al enterarse de que él vendría, Rovena cumplió con su visita acostumbrada al ginecólogo. Su vagina se encuentra en excelente estado, le dijo el médico. Eso me alegra, respondió la joven. Luego, sorprendiéndose ella misma ante su reacción, añadió: Mi amante llega el sábado.

Aunque hacía ya cierto tiempo que la tenía como paciente, el médico quedó igualmente sorprendido. Es un hombre con suerte, le dijo, al tiempo que ella se vestía. (Pensé que era una manera de no ofender a la paciente, cuando su confesión excedía sin pretenderlo los límites de la consulta médica.)

Al salir tuvo la sensación de tener aún las mejillas ardiendo de vergüenza. En la calle caía una lluvia fría. Entró en el primer bar que encontró y pidió un café.

Idiota, se dijo a sí misma. ¿Cuándo conseguiría por fin no cometer el viejo error de contarle a cualquiera, con la mayor ligereza y sin ninguna necesidad, cualquiera de sus secretos?

Se consolaba a sí misma con la idea de que el ginecólogo formaba parte en todo caso del círculo más íntimo en las relaciones de una mujer. Meses antes le había manifestado abiertamente su admiración por su competencia profesional cuando, inmediatamente después del chequeo, él le había preguntado: ¿Ha empezado usted a utilizar preservativos?

Rovena se desconcertó. La pregunta, que en cualquier otro caso le habría sonado como la cosa más normal del mundo, había adquirido de pronto en su mente otras dimensiones. Compréndame, doctor, yo… El la escuchaba con ojos un tanto desorbitados, sin comprender prácticamente nada. En un alemán que de pronto la dejaba en la estacada, trató de explicarle que ella aún seguía con su amante, el que él ya conocía… es decir… cómo decirlo… que él conocía por medio de… su vagina… aquel con el que no utilizaba ninguna protección… Pero los encuentros con él eran esporádicos… muy esporádicos… y precisamente esto es lo que había dado lugar a otra relación… por completo superficial… pasajera…

Señorita, acabó interrumpiéndola el médico. Eso forma parte de su vida privada, en la que yo me abstengo en todo momento de inmiscuirme. (Estaba aterrorizado por encontrarme de pronto, sin tener arte ni parte, en el papel del moralista ante el que ella debía justificarse. En tono terminante le repetí que no me interesaba nada de aquello, y que mi atención se limitaba al estado de su vagina, en la que se apreciaba una leve irritación de la mucosa, causada al parecer por el látex del preservativo.)

Aunque se abstenga de pregonarlo, seguro que forma parte de los Verdes, pensó Rovena tomándose el café. Consideradas desde este ángulo, sus palabras, que poco antes le habían parecido estúpidas, podían encontrar cierta explicación. Había querido compartir con él… con su mentalidad de ecologista… una buena noticia: la llegada de su amante… natural.

Por increíble que pudiera parecer, justo en esos instantes, a mil kilómetros de allí, Besfort Y., mientras atendía a las noticias en la televisión, era incapaz de apartar de su mente el blanco vientre de Rovena y la posibilidad de que hubiera quedado embarazada. El papa Juan Pablo II aparecía en la pantalla más agotado que nunca. Sin embargo nadie podría esperar de él la menor concesión en lo relativo a las relaciones sexuales entre hombres y mujeres. Todo debía hacerse como mil, cuatro mil, cuarenta mil años antes. Contó los días que faltaban y la cifra 7 se le antojó excesivamente alta. En el café, Rovena marcó el prefijo de Suiza, pero al instante se acordó de que era la hora en que las llamadas costaban más caras y decidió hablar más tarde con su amiga.

Afuera la lluvia arreciaba. Los transeúntes a quienes el aguacero había sorprendido en plena calle adoptaban posturas temibles tratando de protegerse de él. Uno de ellos, a causa de su tabardo sacudido por el viento, cambiaba de forma continuamente. Después del Papa, aparecieron en la pantalla dos terroristas árabes que amenazaban a un rehén europeo arrodillado. Besfort Y. cerró los ojos para no presenciar el disparo. De forma maquinal, Rovena volvió a marcar el prefijo de Suiza pero al instante volvió a acordarse de la inconveniencia de la hora. El transeúnte del tabardo inflado pasó amenazante, prácticamente pegado a la cristalera del café. Por un instante pareció haber quedado adherido a ella, hasta que se separó para alejarse como un torbellino negro. Ésa debía de ser la apariencia del andrógino de Platón, pensó ella. En su última llamada de teléfono, Besfort le había hablado del asunto. Al principio, a ella le pareció divertido. Qué cosas, dijo entre risas, esa criatura humana resultaba fantástica, la perfección misma: hombre y mujer en un solo cuerpo, allí ya no cabía me amas o no me amas, me dejaste o te dejé. Por eso las divinidades se habían sentido celosas, le explicó Besfort. Y justamente a causa de los celos lo dividieron en dos, de forma que desde entonces, siempre según Platón, las dos mitades se buscaban la una a la otra. Qué tristeza, había dicho ella. La canción sobre las dos vidas con el mismo amor acudió de pronto a ella desnaturalizada, como la había escuchado años atrás, recitada por un borracho a la entrada de un bar de Tirana:

Y si dos vidas se me dieran

en ninguna de ellas te quisiera.

Rovena estaba tan nerviosa que por tercera vez marcó el prefijo de Suiza. Qué noticias tan irritantes, maldijo para sí Besfort a mil kilómetros de distancia, al tiempo que apagaba el televisor.

La tormenta amainó momentáneamente para intensificarse poco más tarde, aunque esta vez sin lluvia, como una tos seca. Rovena consiguió a duras penas llegar ante la puerta de su casa. Subió a su habitación, cerró la ventana y permaneció sobrecogida tras el doble vidrio. Las ráfagas de viento aullaban unas veces amenazadoras y otras gimiendo cargadas de lamentos, como si imploraran compasión. Una parte del cuadro que se le ofrecía se encontraba en tinieblas, y entre esta zona y la aledaña, iluminada por una luz enfermiza, volaban cartones de embalar, toda clase de desechos y jirones de lona alquitranada se agitaban de derecha a izquierda. Todos nosotros podríamos encontrarnos ahí, pensó. Formas huecas, largo tiempo vacías de toda sustancia giraban en aquel torbellino. También sus tatuajes, descoloridos ya, y tal vez incluso sus dos mitades, la suya y la de él, cercenadas sin piedad, buscándose la una a la otra.

A la noche, entre las imágenes desoladoras de la tormenta, las noticias televisivas emitían las de un viejo teatro de provincias cuyas dependencias de guardarropía habían sido arrastradas por el viento. Dos capas de Hamlet, una de 1759, la otra del siglo siguiente, eran consideradas particularmente valiosas, por lo que el teatro prometía una recompensa a quien las retornara. Qué noticias tan insensatas, volvió a decirse Besfort, al tiempo que apagaba el televisor.

Se acostó como de costumbre pasada la medianoche. Hacia el amanecer tuvo un sueño que lo despertó.

Una embriagadora y nunca antes experimentada languidez lo había dejado completamente relajado. Sentía, mezcladas, tristeza y ausencia de esperanza, pero en dosis tan insoportables que le proporcionaban una dulzura imperturbable y sin límites.

Era la clase de sueños de los que se guarda recuerdo. Aparecía una llanura pálidamente iluminada desde una fuente invisible. En mitad de ella, una construcción de estuco y de mármol, una suerte de mausoleo pero al mismo tiempo motel, al que él se aproximaba apaciblemente.

Lo veía por primera vez y sin embargo la edificación no le resultaba desconocida. Se detuvo ante la puerta y las ventanas, o más bien ante los rastros que indicaban la ubicación en que se habían encontrado tiempo atrás. Coloreadas ahora con cal, del mismo tono que el estuco, apenas se distinguían.

Tenía la sensación de saber por qué se encontraba allí. Incluso sabía quién estaba encerrado entre aquellos muros, pues en voz alta gritó un nombre. Un nombre de mujer que, aun siendo él mismo quien lo pronunciaba, continuaba siendo inaudible e irreconocible. Escapaba débilmente de su garganta, sin esperanza. Percibía únicamente que aquel nombre se componía de tres o cuatro sílabas. Algo parecido a Ix-zet-i-na…

Le vino a la memoria la extraña continuación del sueño y su lasitud mezclada de melancolía se le tornó de nuevo insoportable.

Encendió la lamparilla de noche y miró la hora. Eran las cuatro y media. Recordó que incluso los sueños que parecían más memorables podían volatilizarse después en un instante.

Por la mañana, nada más despertar, se lo contaría a Rovena por teléfono. Era necesario, pensó con tranquilidad.

La idea de que llevaría a cabo su designio le proporcionó sosiego, y el sueño lo invadió al momento.

Tercera parte

1

Con las dos capas zarandeadas por la tormenta se interrumpía extrañamente la crónica de la vida de Besfort Y. y de Rovena St., una semana antes de su auténtico término. En una anotación explicativa, el investigador había reafirmado la idea de que, en la imposibilidad de reconstruir su historia de forma completa a partir del material reunido durante las pesquisas, se había concentrado en las cuarenta últimas semanas de la vida de la pareja. De estas palabras se deducía que la finalización del informe con los trajes de los dos Hamlet arrastrados por un viento loco no tenía nada de premeditada, y era poco razonable, en consecuencia, que pudiera ser tomada por una conclusión simbólica. Mucho menos podía ser interpretado como tal el sueño que B. Y. había tenido hacia el amanecer y que, horas más tarde, le había referido por teléfono a Rovena. Otra razón podía haberse convertido en la causa de que, contra lo prometido, toda la última semana, sobre la que como es natural se concentraba por completo la atención, quedara al margen de la crónica.

Anodina en apariencia, a medida que se concentraba en ella, adquiría mayor peso hasta convertirse en la razón principal: la última semana no estaba completa. Un fragmento de ella, más exactamente las tres últimas jornadas antes de que los separara la muerte, ellos mismos se habían disociado del curso de los días. Eran precisamente las setenta y dos horas para las que Besfort Y. había pedido un permiso en la administración del Consejo de Europa. Aparte de esta solicitud efectuada verbalmente durante su última llamada telefónica, ninguna otra huella tangible había quedado de aquellos tres días. Los testimonios de los camareros del bar y de los recepcionistas parecían cada vez más vagos. No quedaba el menor rastro de ninguna llamada de la pareja desde la habitación del hotel ni tampoco desde sus teléfonos móviles, ambos apagados. Se diría que esos tres días no les habían pertenecido sino que, exteriores a ellos, formaran parte de los que vagan flotando de un confín a otro del cosmos, abandonados por casualidad al margen de las existencias humanas y tratando de introducirse en alguna vida que no era la suya. Por eso continuaban siendo así, extraños, desprovistos de todo vínculo posible, inasibles y opacos para todos pero mucho más para los dueños de las vidas en que trataban de albergarse.

En otra nota, el investigador hacía esfuerzos por explicar el discurrir singular, o como él mismo lo calificaba «de cangrejo», de las semanas y de los días. Esta circulación invertida (las cuarenta semanas o los siete días contados antes de la muerte y no después de ella, como quiere la costumbre universal) se debía, según él, al deseo de transmitir, de algún modo, la visión en todo caso descabalada del tiempo de los dos amantes, si es que podía calificársela así.

La aproximación del día cero, cuya significación en este trueque no se tornaba difícil de comprender: final, comienzo, ambas cosas a la vez o ni una ni otra, esta aproximación, pues, había contribuido probablemente a incrementar el pánico del investigador. Situado ante un torbellino que se sentía incapaz de dominar, había decidido quedarse al margen justo en el momento en que menos se esperaba.

Que la renuncia a la última semana había ocasionado al investigador pesares a buen seguro profundos era algo que se desprendía con claridad del dossier donde se reunía el material relativo a este periodo. Se encontraban allí, mezclados en completo desorden y en una densidad inconcebible, otros jirones de relatos y de testimonios, escritos, actas, dos requerimientos repetidos de una nueva autopsia del cuerpo de Rovena, seguidos del categórico rechazo de sus padres, así como una solicitud de exhumación del cadáver de Besfort Y. en Tirana, ésta aceptada, la tesis del asesinato de Rovena, en esta ocasión no a cargo de los servicios secretos sino de Besfort Y. al amanecer del día 17 de octubre, sospecha introducida por Liza Blumb, una fotocopia del boletín meteorológico de esa misma mañana publicado en el periódico Kurier sosteniendo esa misma sospecha, finalmente el permiso de tres días, su último requerimiento en este mundo.

El investigador acababa siempre retornando a ese permiso con la esperanza de que algo nuevo acabara saliendo de él. Las palabras de uno de sus colegas cuando, mucho tiempo atrás, le había hablado por vez primera de la investigación no cesaban de acudir a su memoria. Si, con motivo de un procedimiento judicial, los británicos se remitían con frecuencia a las viejas crónicas, los musulmanes al Corán y los nuevos Estados africanos a la Enciclopedia británica, cuando llegaba el caso de los balcánicos la práctica totalidad de sus referencias y patrones podían espigarse con escaso esfuerzo en sus baladas. ¿Tres días de permiso para llevar a cabo cualquier cosa probablemente inconfesable? Con toda seguridad se trataba de un paradigma conocido.

De hecho, así era, un viejo cliché. La mitad de las baladas balcánicas estaban repletas de ellos. Se diría que todos se apresuraban por conseguir un plazo. Algunos lo negociaban con la muerte, el resto, más próximos en el tiempo, por tanto menos conmovedores, con la prisión donde se pudrían, y así sucesivamente hasta los contemporáneos como Besfort Y., que lo había solicitado a los servicios del Consejo de Europa. Todos parecían diferentes, pero en definitiva todos evidenciaban algo invariable: un pacto secreto al que no podían sustraerse.

El investigador escuchaba con gesto aterrado. Por ejemplo, el permiso de tres días de Besfort Y. se asemejaba, de acuerdo con los expertos, al plazo de tres días de un tal Ago Ymeri, por mucho que este último hubiera sido obtenido de una cárcel medieval y el otro del Departamento de Crisis de Bruselas.

El investigador se representaba a Ago Ymeri cabalgando a lomos del caballo obsesionado por llegar a la iglesia donde su prometida iba a desposarse con otro… Jamás había escuchado una historia más inaudita. Imposible entender por qué se le había concedido el permiso, y mucho menos por qué, a su término, debía regresar de nuevo a la prisión. Salvo en el caso de que el significado estuviera codificado.

El investigador sentía un creciente vacío en el estómago. ¿De qué le servían las siluetas y las sombras que se parecían entre sí? Él tenía al conductor, así como el retrovisor de su taxi sobre cuyo espejo, aunque sólo fuera por una breve fracción de segundo, debía haberse reflejado el enigma.

La última vez no había cesado de interrogarle acerca de esto: ¿Qué es lo que viste en ese espejo? ¿Qué te conmovió a tal extremo? ¿Fue la pérdida de alguien que te hubiera dejado un peso en el alma? ¿Que ni siquiera en sueños se te muestra?

Así era como comenzaba uno de sus intercambios, tan semejante a decenas de otros anteriores.

¿Que ni siquiera en sueños se me muestra? No sé qué decir, respondía el otro.

Tú tienes una hija aproximadamente de la misma edad que la joven desconocida a la que llevabas en el taxi. ¿Has tenido algún problema con ella? ¿Algún impulso turbio de los que un hombre se jura no reconocer jamás? ¿Que no se comparte más que con la propia tumba? Habrás escuchado, imagino, esa expresión. Aunque, incluso si la conoces, no creo que hayas profundizado en su significado. Que hayas intentado imaginar lo que significa encontrarte de verdad en la tumba, en su estrecho habitáculo, no por unas cuantas noches, unas semanas o años, sino durante siglos enteros, milenios, centenares, miles de milenios. Completamente solos, la tumba y tú. Tú y la tumba. Confesante y confesor. Confesor y confesante. Las historias que contamos sobre la superficie de la tierra no son más que jirones, migajas de la inmensa confesión de los muertos. Son miles de millones, a lo largo de miles de años, en cientos de lenguas, los que tejen esa inmensa narración. Pero permanecerá encerrada allí hasta el fin de los tiempos. Hasta el final de los finales, jamás escuchada por un oído vivo. Allí, en el fondo. Entre la tumba y tú. Entre tú y ella. Imagínate a ti mismo allí, sin abogado ni testigos, sin miedo a nada pues la nada eres tú mismo. Piénsate de ese modo y dime solamente una migaja, sólo una brizna de lo que le confesarías a la tumba. Eso es todo lo que te pido, hombre, conductor de taxi, hazme ese honor, tómame un instante por hermano. Es decir, por tumba.

No te comprendo. Estoy cansado. Tengo sueño. No entiendo lo que pretendes de mí.

¿Has soñado alguna vez con tu propia hija? Incesto lo llaman a eso en nuestro mundo. Allá no sé qué nombre se le da. No te pido perdón por esta terrible pregunta. La tumba no pide que la perdonen.

Tengo sueño. Déjame tranquilo. El médico me ha dicho que estas sesiones prolongadas me perjudican.

Tienes razón, tranquilízate. Solamente te preguntaré aún dos cosas bien sencillas. Se trata de los últimos instantes, justo antes del accidente. ¿Cómo era la cara de la muchacha? ¿Y la de él?

Eran frías las dos. O así me lo pareció a mí. Pálidas como la cera, según se dice.

¿Fue eso lo que te asustó, quiero decir, lo que te sorprendió?

Puede que sí.

¿Y qué más? ¿Qué más sucedió?

Nada. Se hizo el silencio, como en la iglesia. Sólo que del exterior llegaba una especie de deslumbramiento. Fue probablemente por lo que dejé de distinguir la carretera. Parecía como si el taxi fuera propulsado a través de los cielos.

Has declarado que en ese instante ellos se esforzaban por besarse. Perdona que te haga la misma pregunta que todos los demás. ¿Ese gesto te produjo un escalofrío? ¿Tal vez incluso te horrorizó?

Por lo que se ve… Pero ellos mismos parecían horrorizados. Al menos los ojos de ella. Yo distinguí su horror en el espejo retrovisor.

En el espejo percibiste su terror… Pero ¿y el tuyo, tu terror, dónde aparecía?

No te comprendo.

Tu terror he dicho. ¿No sería el tuyo que te pareció ser de ellos? ¿No habrías pretendido tú mismo transgredir un tabú semejante? Y ellos te lo recordaron. Por eso perdiste la cabeza y te saliste de la calzada.

No te comprendo. Deja ya de hostigarme.

Cálmate… ¿Y después? ¿Qué sucedió después? ¿Llegaron ellos a besarse?

No estoy seguro. Me inclinaría a decir que no. Fue el momento en que caímos. Todo se desbarataba en el abismo. La luz te cegaba. Te desintegraba.

2

Cada vez que se separaba del taxista, el investigador sentía que algo había quedado sin decir. A duras penas conseguía reprimir el impulso de regresar junto a él de inmediato. La próxima vez, se repetía. La próxima vez no se permitiría equivocarse. Era sin duda el conductor quien escondía el enigma. Debía dejarse de especulaciones filosóficas, como aquellas sobre las dos clases de amor, el viejo, de millones de años de antigüedad, activo en los vínculos de sangre, y el nuevo, el disidente, que había roto esas cadenas. Que fueran otros quienes se ocuparan de sus disputas y sus reconciliaciones, de la esperanza que cada cual alimentaba de liquidar alevosamente al otro cuando llegara el momento. Se trataba de una bruma que disimulaba los más inmemoriales mecanismos del mundo, aquellos que, milenio tras milenio, habían fabricado en la semioscuridad la ferocidad de los tigres, los deseos, la compasión, la vergüenza o las horas de paz del espíritu…

Todo aquello no le concernía a él, del mismo modo que no tenía nada que ver con las baladas, ya fueran antiguas o recientes. Con quien sí tenía en cambio asuntos que dilucidar era con el chófer, quien tal vez se creía ya a cubierto de todo y pensaba que se iba a librar de él. Y no se equivocaba al pensarlo, pues el investigador no se había concentrado aún en la cuestión crucial: ¿Había colaborado o no en la muerte?

Llegaremos, llegaremos, pequeño mío, a esa cuestión. En cuanto diera remate a ciertas suposiciones de segundo orden. Y se olvidara de aquel asunto de las baladas. Al menos eso es lo que deseaba creer, hasta el instante en que, pese a él mismo, se preguntaba si sus pensamientos no cesaban sin embargo de conducirle siempre a lo mismo.

El jinete con su prometida a la grupa del caballo es algo fácil de imaginar. Lo mismo que las palabras que intercambian. ¿Adonde vamos? Allá… ¿A la prisión? Desde luego que sí, ¿dónde si no? ¿Pero qué voy a hacer yo allí? Además, ¿lo permite la ley? Eso no lo he pensado. ¿Pero por qué? ¿Qué pacto has hecho con ellos, por qué te han dejado salir? ¿Qué les has prometido a cambio?

El galope del caballo llenó unos instantes el silencio. Luego, nuevamente, las palabras. ¿Por qué estás obligado a volver? Vayámonos los dos, somos libres. No puedo. ¿Pero por qué? ¿Qué es lo que te retiene?

De nuevo silencio y el galope levantando una polvareda.

¿Podríamos descansar un momento? No, vamos ya con retraso. Ya se cumple el tercer día de plazo. Al caer la noche se cierran las puertas de la prisión. ¿Qué río es ése? Me recuerda a aquel sobre cuyo puente nos conocimos, ¿te acuerdas? ¿Por qué se vuelve de pronto contra nosotros?

Hay que apresurarse. Agárrate fuerte a mí. ¿Y esas ovejas, y esas vacas negras, de dónde han salido? Hay mucho tráfico. Hay que apresurarse. Sujétate con más fuerza. Ago, qué haces, me estás ahogando… Tal vez consigamos llegar antes de que se cierren las puertas. Los aeropuertos son ahora muy estrictos. Las puertas de embarque se cierran cada vez más rápido.

Con los ojos entrecerrados, el investigador sacude la cabeza en señal de negación. Un sexto sentido le empuja a verse con Lulú Blumb antes de la siguiente entrevista con el conductor.

A diferencia de la primera vez, en los encuentros posteriores con el investigador Lulú Blumb se había mostrado extraordinariamente cuidadosa para que la hipótesis de que Besfort Y. no era más que un asesino hiciera acto de presencia lo más tarde posible.

Ésta fue sin duda la razón de que, antes de llegar al punto esencial de su relato, Lulú Blumb, quien de pronto iba a ocupar el lugar principal en la fase decisiva de la investigación, se esforzara en demorarse acerca de detalles personales y en extremo delicados que nadie mejor que ella estaba en condiciones de conocer. Así, por ejemplo, pidiéndole disculpas al investigador por expresarse en términos tan crudos, no sin cierta arrogancia, le dijo que, si bien era posible que muchos hombres se hubieran acostado con Rovena St., ninguno de ellos podía pretender que conocía sus partes íntimas mejor que ella. La comparación con el piano, que el investigador ya esperaba, la mencionó de pasada, para concentrarse en la idea de que la música de Mozart y de Ravel, con cuyo fondo se habían conocido ellas para hacer más tarde el amor, sus dedos la habían trasladado de la forma más natural del teclado del piano del club nocturno al cuerpo de la otra. Con una sonrisa irónica añadió que no podía creer que las declaraciones fastidiosas y a menudo bárbaras del Consejo de Europa sobre intervenciones armadas, sobre terrorismo, bombardeos y otros horrores de los que se ocupaba Besfort Y. fueran más propicias para el amor.

Siempre en este sentido, empujada al parecer por el deseo de retrasar al máximo posible la acusación de asesinato, Liza Blumberg disipó una parte de la bruma que envolvía los hechos, esclareciendo precisamente aquellas zonas ante las que el resto de los testigos se habían echado atrás. Su gran pesadumbre por no haber sido capaz de apartar a Rovena de Besfort Y. tendía de forma creciente a sustituir al enigma principal, el de la muerte de ella.

Era la primera vez que me sucedía eso: ser derrotada por un hombre. Eso es lo que le gustaba repetir.

Durante días y noches enteros, Lulú Blumb se había devanado los sesos sin alcanzar a explicarse qué podía haber sucedido. ¿Con qué cadenas mantenía prisionera Besfort Y. a su amante? ¿Por medio de qué temores? ¿De qué modo había logrado contaminarla de aquel modo?

Por lo general, los hombres se comportaban como verdaderos mostrencos cuando se enteraban de que tenían a una mujer por rival. Les gustaba reírse, algunos se sentían aliviados por no haber sido traicionados con otro hombre, otros se morían de curiosidad y había incluso quienes alentaban la esperanza de echarle el lazo a la rival. Solamente más tarde, cuando un día comprendían la verdad, se tiraban de los pelos y maldecían el instante en que, en lugar de poner el grito en el cielo, se habían burlado como unos memos.

Lulú Blumb esperó con impaciencia ese momento. Se demoraba y se demoraba, hasta un día en que comprendió que no llegaría nunca. Besfort Y. no estaba celoso de ella. En cambio, ella sí de él. Ésta parecía ser la diferencia entre los dos, la que probablemente le dio la victoria a su rival y no a ella.

Ambos sabían el uno del otro. Pero cada cual de manera diferente. Un día en que Rovena se refirió a una nueva experiencia con Besfort y la pianista la interrumpió diciendo: Basta, no quiero saber nada de eso, y la otra le contestó que con Besfort sucedía todo lo contrario, Lulú Blumb palideció.

¿Qué significa todo lo contrario?…

Era demasiado tarde para que Rovena pudiera elaborar una respuesta tranquilizadora… Lo contrario significaba que él no solamente no pretendía impedir que saliera con ella… sino que le gustaba saber… vamos, que encontraba placer en… llegando incluso a empujarla a reconciliarse cuando se enfadaban la una con la otra.

Puta, le había gritado Liza. Se había servido de su amor para encender el deseo de aquel mequetrefe. La había puesto en venta lo mismo que los que vendían vídeos en el top manta. Como una idiota, había permitido que él la utilizara como a una muñeca. ¿Te enteras de lo que quiero decir? ¿Entiendes el alemán? ¿Sabes lo que significa muñeca? Ein manikene, en eso es en lo que él te convierte. Como los chulos de tu país que colocan a sus novias en las esquinas. Lo habrás leído en los periódicos, imagino. Lo habrás escuchado en la radio. Pero tú, no contenta con aceptar ese juego, me has metido en él a mí también. Y su señoría, con su generosidad propia de un chulo, resulta que te permite verte conmigo. En otras palabras, me arroja una limosna, una limosna que en este caso eres tú. Porque hasta ese punto te has dejado arrastrar, lo mismo que una muñeca que se entrega a modo de limosna; y del mismo modo me has rebajado a mí, ¡como si fuera una pordiosera a la puerta de la iglesia!

Empavorecida, Rovena escuchaba aquellos lamentos que le resultaban más insoportables que los gritos. El no sentía celos porque ni siquiera existía ante sus ojos. Para él, para su mentalidad de macho balcánico, ella, Lulú Blumb no era más que algo estrambótico, un espantajo, una pompa de jabón con la que Rovena se engañaba a sí misma para soportar sus días de servidumbre.

Entonces le pedía perdón por la palabra «puta», y también por las demás. Admitía que no estaba en condiciones de medirse con semejante monstruo. Reconocía su derrota. Tal vez fuera preferible que no se volvieran a ver. No le quedaba otra cosa que decirle excepto: ¡Que Dios te proteja!

Rovena estaba igualmente desconsolada. Le pedía perdón a su vez. Le decía que no debía tomarse todo aquello tan a pecho. A fin de cuentas, él era su marido.

¿Tu marido?, había gritado ella entre sollozos. Era la primera vez que lo escuchaba. Le había dicho lo contrario… Aunque en realidad era así… Ellos lo mantenían en secreto… Al menos para ella, Rovena, así era… Pero tú estabas dispuesta a venir conmigo a aquella pequeña capilla griega en mitad del Jónico, para que nos casáramos… Es verdad, pero en el fondo eso no cambiaba nada… Él es mi marido en otro sentido, quiero decir en otro espacio…

3

Marido secreto, otro espacio… Según Lulú Blumb, era él y sólo él quien instilaba en la cabeza de Rovena ideas semejantes. Ella se encontraba completamente indefensa ante ese perverso influjo. No resultaba fácil, desde luego. Ella misma, Lulú Blumb, a quien podría haberse creído automáticamente inmunizada a causa del odio que sentía hacia él, en ocasiones, a causa del terror de ella, se sentía contaminada.

Su proposición de matrimonio fue la primera ocasión en que le pareció que había tomado ventaja sobre el otro. La tristeza de Rovena en compañía de Besfort Y. al pasar ante las iglesias de Viena sin penetrar en ninguna de ellas… en ninguna de ellas para intercambiar sus anillos… es lo que había provocado que su mente se viera de pronto iluminada por la idea de que aquéllas no eran las iglesias de ellas dos, pero que ella, Lulú, podía conducirla a otro templo, el que reconociera un amor distinto.

¿Existía realmente una capilla perdida en algún lugar entre Grecia y Albania donde las lesbianas unían sus vidas o todo aquello no era más que un fruto de la fantasía?

Hacía largo tiempo que corrían rumores acerca de ello. Sin embargo en ninguna parte figuraba dirección alguna. Ni siquiera el nombre de una agencia turística o matrimonial, ni la menor huella tampoco en Internet. Se sospechaba de tráfico, como es natural. Se hablaba de una red clandestina que, a cambio de una suma de tres mil euros, reclutaba aquí y allá a las dientas con objeto de proporcionarles, además de los esponsales, tres días paradisíacos con la elegida de su corazón en hoteles de fábula. El resto resultaba fácil de imaginar: patrones griegos o albaneses que hasta entonces se dedicaban al transporte de clandestinos a través de la frontera ahora, por el mismo procedimiento, las desembarcaban en parajes desiertos, simulaban extraviar el camino por efecto de la niebla, las violaban y las volvían a embarcar en sus lanzaderas, les hacían dar unas vueltas con el fin de desorientarlas, para abandonarlas por fin en algún pedregal aislado o aún peor: las ahogaban presos de una locura asesina o, empujados por un arrebato de ebriedad inexplicable, se arrojaban ellos mismos a las olas para de este modo perecer entre gritos junto con ellas.

Rovena no sabía nada de esto, mientras que Lulú Blumb, aunque aterrada por los relatos, se negaba extrañamente a renunciar a su proyecto de viaje.

Ciertos días le parecía que esta tentación misma no era más que una irradiación emanada del cerebro implacable de su rival. Era probable asimismo que Besfort Y. hubiera buscado hacía tiempo otra iglesia distinta. Para él y para Rovena. Una iglesia diferente para su extraña relación.

Puede que, por desconfiar de este mundo y sentirse extranjero en él, estuviera rastreando desde hacía tiempo otra realidad. Y como siempre sucedía, había logrado contagiarle aquel descarrío a Rovena.

Poco antes de su muerte, una mañana antes del alba, desvelada entre sollozos, ella le había contado a Lulú el sueño que acababa de tener: un mostrador de aeropuerto donde ella pedía un billete de avión, pero no había plazas en el vuelo, y ella se empeñaba, rogaba, amenazaba, insistía en que debía partir cuanto antes, pues debía llegar a toda costa a su país, Albania, donde dos reinas habían muerto una tras otra, y ella, la tercera, se encontraba lejos, al mismo tiempo que la funcionaría del aeropuerto le decía: Señorita, está usted en la lista de espera como una pasajera más, ni mucho menos en calidad de reina, pero ella repetía que lo que decía era la pura verdad: Una reina, y que la esperaban en la catedral de Tirana y que si acudía llevando dos clases de vestimenta era porque ignoraba por qué iba… para unos esponsales o para un funeral…

Es probable que, como muchas mujeres jóvenes en este mundo, llevara a cabo una transposición del estado de sierva para situarse en el de reina, o viceversa, sin conseguir encontrar su lugar natural.

A las innumerables interpelaciones del investigador acerca de la nueva especie de amor que, al parecer, habían buscado Rovena y Besfort, la pianista no estuvo en condiciones de ofrecer respuestas claras. A partir de las explicaciones de ella, el investigador cayó sobre la pista de indicios anteriores, espigados de aquí y de allá, relativos a la primera forma del amor, la que había prolongado su vigencia durante dos millones de años y que, como resultado de la mezcla de los vínculos de sangre con el deseo, había abarrotado el planeta de idiotas y tarados. Siempre según Besfort Y., si bien las gentes comprendieron muy pronto que la procreación debía tener lugar con personas ajenas al clan, fue preciso el transcurso de cientos de miles de años para que la atracción entre hombre y mujer, después de una interminable sucesión de nacimientos, adoptara la forma del amor tal como es conocido hoy. Aunque extremadamente tardío (tal vez tres o cuatro mil años antes de la construcción de las pirámides), este nuevo amor, rebelde y fulminante como el día del fin del mundo, consiguió hacer frente al antiguo amor, un anciano de millones de años. A la arcaica, fastidiosa pero tranquilizadora fidelidad de la sangre le había opuesto la incertidumbre vertiginosa, con su regusto de riesgo y su arrebato. Rivales a ultranza, ninguno de los dos había logrado sin embargo derrotar al otro. De tiempo en tiempo, el viejo mamut adormecido conseguía incluso suplantar a la joven fiera hasta el punto de poner en duda su propia existencia.

Lulú Blumb había captado con retraso la causa de aquella atracción por semejantes temas. Ellos dos, primero Besfort Y. v más tarde tal vez ella también, llevaban tiempo en busca de un nuevo amor, dicho de otro modo, de una nueva variante producto del cruzamiento de las dos primeras. Al menos así lo había entendido, hasta el día en que comenzó a sospechar otra cosa. Lulú Blumb había llegado pues a la conclusión de que ellos dos, con su búsqueda de un amor todavía por inventar, se asemejaban a esos pacientes voluntarios que aceptan que se experimente sobre ellos con fármacos nuevos y peligrosos.

Como ya le había explicado con anterioridad, Besfort Y, como toda personalidad complicada, se sentía aislado en este mundo. La búsqueda de una nueva forma de amor probablemente estuviera relacionada con ese sentimiento. Una fórmula en la que la infidelidad quedara descartada, al igual que en la vieja modalidad, la debida a los vínculos de sangre, la inmemorial. Y al mismo tiempo que la infidelidad quedara excluida la separación. Los tiranos, como era cosa de todos conocida, no admitían nunca una pérdida. Por otra parte, él no podía ignorar que ningún vínculo pasional entre el hombre y la mujer se podía fraguar sin el riesgo de la pérdida. Esta era en apariencia la razón de que él, no pudiendo situar su amor a salvo de ese peligro, hubiera decidido separarlo en dos fases, la primera, la segura, definitivamente sellada ya, y la segunda, aquella en la que Rovena ya no era su amada, sino una simple callgirl, en otras palabras, una chica de alterne.

Como usted mismo me ha informado, para referirse a esta segunda fase ellos utilizaban la expresión post mortem. La usaban los dos, pero, en realidad, era ella quien se encontraba post mortem y no él. Dicho de otro modo, su muerte había comenzado con esas palabras mismas. La programación de su asesinato, su primer fermento, estaba ya anunciada, aunque fuera inconscientemente, en esa expresión.

Era lógico que él acabara llegando hasta esa idea. Los temperamentos tiránicos se inclinan por las soluciones radicales. Con el fin de habituarse a la posible infidelidad de ella, había empleado todos los medios. Luego, tras comprobar que nada conseguía borrar la angustia de la pérdida, decidió hacer lo que miles de personas hacen en el mundo: desembarazarse de su amada.

Ella, Lulú Blumb, había recelado de su naturaleza asesina antes de que aludieran a ella los servicios secretos. Su miedo a las convocatorias ante el Tribunal de La Haya, las fotografías de los niños serbios asesinados en su bolsa, los tatuajes de Rovena: todo ello no era más que expresión de sus fantasmas, todo constituía la seña segura de una evidencia. Su ímpetu destructivo se manifestaba cuantas veces aparecía un obstáculo atravesado en su camino: ya podía tratarse de una idea, de un Estado, como en el caso de Yugoslavia, de una cruzada, una religión, una mujer, tal vez de su propio pueblo.

Rovena había aparecido en su vida cuando no tenía más que veintitrés años, y era evidente que no existía ninguna posibilidad de que volviera a salir.

Ellos intentaban comprender por qué la había convertido casi en una prostituta. Y creían zanjar la cuestión fingiendo haberlo conseguido, pero no era así en realidad. Los bandidos y los proxenetas, los que a cambio de unos dólares convertían a sus novias en putas, respondían a impulsos menos misteriosos. Su caso era bien distinto. Ella misma acababa de enunciar algunos razonamientos en exceso alambicados. ¿Y si las cosas fueran más sencillas y su conversión en cali girino hubiera sido más que una fase preparatoria del asesinato? A fin de cuentas, en nuestro mundo, cuando se habla de asesinatos de mujeres, en lo primero que se piensa es en las prostitutas.

Puede que sus argumentaciones resultaran demasiado intrincadas, traídas por los pelos, según se decía, que tanto abundaban en los medios artísticos.

Ella había renunciado hacía tiempo a calentarse la cabeza con aquello. Ella ya no se preocupaba, por ejemplo, de analizar el famoso sueño, el del mausoleo de estuco que, a todas luces, se trataba del sueño típico de un asesino.

En el caso de que el señor investigador, por sus propios motivos personales o vinculados con su actividad, no sintiera inclinación por los enrevesamientos psíquicos, podía olvidar por completo todo lo dicho hasta el momento y prestar atención a una sola cosa, a su explicación primordial, la que le había manifestado hacía ya tiempo: Besfort Y. había asesinado a su amada porque esta última había llegado a enterarse de sus más profundos secretos… profesionales.

4

La pianista respiró hondamente. A través de los conciertos, ella conocía bien el instante en que los espectadores, tras un profundo silencio, dejaban escapar el aire todos a un tiempo.

Esos secretos eran aterradores, prosiguió al poco. Se trataba de la OTAN, de las discrepancias internas capaces de dividir a todo Occidente. Los propios investigadores tenían miedo. Y cuando ellos estaban aterrados, ¿cómo no iba a estarlo ella, una pianista indefensa?

Habló durante un rato de ese miedo, hasta que él la interrumpió con discreción. Lulú Blumb, le dijo, usted ha hablado de dos móviles para el asesinato radicalmente distintos el uno del otro. El primero, el que ha calificado de psicótico, y este último, el segundo, vinculado por así decirlo con los acontecimientos contemporáneos… políticos podría decirse. Permítame que le pregunte: ¿En cuál de ellos cree verdaderamente?

La pianista reflexionó largamente antes de contestar: En los dos. Añadió que resultaba probable que el decisivo hubiera sido el primero, el psicótico, en tanto que el segundo no había sido más que una excusa para convencerse a sí mismo más fácilmente de su necesidad.

Su discurso se tornó de nuevo confuso al evocar nuevamente las dos clases de amor, sobre todo sus relaciones con la muerte. Para la primera, el amor en el seno del clan, la muerte había sido su principal enemigo. En cambio para la segunda ni mucho menos… Era probable que, al sentirse débil frente a su arcaico rival, el nuevo amor hubiera tenido necesidad de un aliado poderoso, el de la muerte. Y de este modo lo inconcebible se había producido: gracias a esa nueva alianza, la muerte, que tanto atemorizaba a los miembros del clan, no era experimentada ya del mismo modo por los amantes. Y esto era tan verdad que resultaba imposible que, en una historia de amor, no existiera al menos un instante en que uno de los dos le deseara la muerte al otro.

El investigador escuchaba fascinado. Muy a menudo había escuchado hablar de la relación eros-tánatos, pero nunca de forma tan accesible, como si la muerte, que cada una de las partes pretendía situar de su lado, fuera lo mismo que un grupo bancario, una compañía de seguros o un Estado.

Ella no cesaba de bajar la voz, aunque él, de forma extraña, continuaba escuchándola. Todo consistía en que él liberara su mente de la trampa en la que todos estaban atrapados hasta entonces. En la mañana del 17 de octubre, Rovena St. ya no estaba viva. De modo que, en el taxi que conducía al aeropuerto a Besfort Y., a su lado se encontraba otra mujer.

¿Sostiene usted que la muerte se produjo antes?, dijo él en un susurro. Pero entonces ¿y el cadáver? ¿Por qué no se encontró?

El cadáver, su descubrimiento, su desaparición, eso eran, según ella, asuntos de policías. Ellos hablaban de otra cosa. Lo principal era que él la creyera. Casi se lo rogaba. Que creyera que el asesinato había tenido lugar. Estaba dispuesta a arrodillarse ante él e implorarle. Que no ofendiera la memoria de la otra con su incredulidad… Había habido un asesinato, sin la menor duda, aunque ella no pudiera precisar dónde…

Él la seguía con dificultad. Finalmente le pareció atrapar el hilo. Pero era tan extraordinariamente fino que parecía a punto de quebrarse. No creer en el asesinato conducía a no creer que hubiera existido amor.

Bastó la sonrisa incrédula de su interlocutor para que Lulú Blumb perdiera el hilo.

Tras un último silencio, más prolongado que todos los anteriores, comenzó por decir que era natural que el señor investigador le diera una explicación errónea a la insistencia con que ella, Lulú Blumb, se empeñaba en persuadirle de que en la mañana del 17 de octubre, Rovena St. y Besrort Y. no se encontraban ¡untos en el taxi fatal. Él podía tomar esto por un último deseo de la pianista, que, al igual que había pretendido separarlos en vida, deseaba al menos conseguirlo en la muerte. Era su derecho pensar de ese modo, pero ella se mostraría sincera hasta el final. Con el fin de hacerle admitir que había existido realmente un asesinato, ella le desvelaría el más grande secreto de su vida. El que no le había revelado a nadie y estaba hasta entonces convencida de llevarse consigo a la tumba. Le estaba confiando por tanto el terrible secreto de que ella, Liza Blumberg… también había deseado matar a Rovena…

Esta abominación tenía que ver con la pequeña iglesia perdida cerca del mar Jónico. Desde el comienzo ella había oído hablar de las atrocidades que tenían lugar allí: las mujeres arrojadas al mar, los traficantes enloquecidos aullando de risa. Pero no había sentido miedo. Había soñado hasta el final con ese viaje del que ni ella ni Rovena St. regresarían nunca. Si los traficantes no las hubieran arrojado al mar, Lulú misma se habría encargado de aferrar con sus manos el cuello de su amada y la habría arrastrado al abismo… Pero, según se veía, estaba escrito que lo que había debido suceder a bordo de una lancha, en el mar, se consumara sobre la tierra, en el interior de un taxi. Como en todo, Lulú Blumb había llegado demasiado tarde. Después de esta confesión, ella confiaba en que el investigador comprendiera que su proceder contra Besfort Y., como todo resentimiento hacia el hermano criminal, no podía sino pecar de vehemencia. En las horas en que el espíritu busca la paz, ella había rogado por él con la misma devoción que por sí misma.

5

Tras la conmovedora confesión, el investigador estaba persuadido de que Lulú Blumb no volvería más. Había algo extenuante en aquel relato, un acto de cierre de todas las puertas tras el cual no podía esperarse la menor salida.

El investigador comenzó a lamentar amargamente no haberla interrogado con mayor hondura, sobre todo acerca de ciertos puntos oscuros de la historia. Había observado que, cada vez que Lulú Blumb decía que no se extendería sobre tal o cual aspecto, éstos se le revelaban esenciales y a continuación no cesaban de asediar su cerebro.

Esto es lo que había sucedido con el segundo sueño, acerca del que nunca la había interrogado tanto como debía. Ahora se siente defraudado y, como para castigarse por ello, repasa cada vez con mayor frecuencia en su cabeza el sueño en su totalidad, tal como lo ha escuchado de la albanesa residente en Suiza.

No le resulta difícil representarse a Besfort Y. avanzando a través del terreno yermo en medio del cual se alza el edificio mortuorio. Se detiene ante el mausoleo que es simultáneamente motel, cuyas puertas son puertas al tiempo que no lo son. El yeso y el mármol irradian una luz fría. Sabe por qué está allí, pero tanto como lo ignora. Grita el nombre de una mujer sin llegar él mismo a oír lo que sale de su garganta. Esa mujer, en apariencia, se encuentra tras toda esa montaña de mármol y estuco, pues él llama de nuevo. Pero la voz que sale de su boca es tan débil que de nuevo ni él mismo la oye. Un reflejo de luz procedente del interior en el que hasta entonces no ha reparado le empuja a llamar golpeando sobre los cristales tintados. Un leve ruido se percibe entonces y una puerta se abre allí donde no parecía haberla. Un vigilante nocturno, de motel o de templo, aparece. Esa mujer no está aquí, dice el hombre volviendo a cerrar la puerta.

Entre tanto, por una escalinata exterior de caracol que desciende de lo alto, sin duda desde la terraza, avanza efectivamente una mujer. Sus ropas ceñidas la hacen parecer más esbelta, pero su rostro es desconocido. Tras superar el último escalón, se aproxima y enlaza su cuello con los dos brazos. La atracción y la dulzura lo envuelven, pero su nombre, que ella pronuncia quedamente, muy quedamente, permanece inaudible para él. Ella continúa diciendo alguna otra cosa. Sobre su larga espera quizás, allí en el interior. Y tal vez sobre la añoranza que ha debido soportar… Pero no llega a entender nada de su relato. Sólo saca en conclusión que echa en falta algo.

La mujer inclina la cabeza para decirle al menos su nombre o simplemente para besarle, pero de nuevo algo no encaja y él se despierta.

Durante horas enteras, el contenido del sueño no deja alternativamente de contraerse y dilatarse en su espíritu.

Resultaba fácil interpretarlo como el sueño de un asesino. Vuelve al lugar donde ha sido feliz, ésa es la razón por la que el edificio se asemeja a un motel. Pero se asemeja en idéntica medida a una tumba, lo que probaría que, en el mismo lugar donde ha sido feliz, ha matado también.

Ésta era la interpretación obstinada de Lulú Blumb. Sin atreverse a contradecirla, él buscaba otra. Besfort Y. acudía al erial desierto en busca de la que se encontraba encerrada en su interior. Petrificada. Emparedada. La llamaba con el fin de sacarla de allí. De descongelarla. Aunque tampoco a ella le resultaba fácil conseguirlo.

Pero eso es prácticamente la misma cosa, habría replicado Lulú Blumb. Tras el estuco y el mármol se encontraba en todo caso Rovena muerta, con todo lo que eso implicaba.

El investigador proseguía las conversaciones imaginarias con Lulú Blumb, aunque un presentimiento le decía que volverían a encontrarse.

Y así sucedió efectivamente. Su llamada telefónica le regocijó como en la época de la juventud.

Tras haberlo eludido testarudamente, acabaron desembocando en el asunto que a ambos les obsesionaba. Era evidente que, al igual que él, ella había estado imaginando tanto preguntas como respuestas y objeciones sin fin. Por mucho que se esforzaran por no embrollarse, llegó un momento en que la maraña que uno tenía en la cabeza se había mezclado con la del otro. Ambos se daban perfecta cuenta de que no debían permitirse en ningún caso caer en las trampas de un sueño visto por una tercera persona, contado por una cuarta, e incluso a través de una quinta…

Era Lulú Blumb quien, a diferencia del investigador, lograba escapar de aquella bruma y regresar penosamente a la mañana del 17 de octubre y al taxi estacionado bajo la lluvia ante la entrada del hotel. La temperatura era de siete grados, el viento cambiaba de dirección con brusquedad, la lluvia no cesaba un solo instante.

Haciendo esfuerzos por escuchar a Lulú Blumb, el investigador no conseguía apartarse del inevitable sueño. ¿Qué buscaba Besfort Y. en el interior del edificio de mármol, en aquel monumento desolado, postnocturno? A Rovena, sin lugar a dudas, ¿pero a cuál? ¿A la asesinada, a la destruida? ¿Y por qué ella no salía por donde él la esperaba sino por la escalera de caracol? Por todas partes planeaban los remordimientos, desde luego, pero ¿por qué motivo?, ¿y los de quién?, dos de él, los de ella, los de ambos? Habría querido preguntarle a Lulú Blumb, pero ella le pareció demasiado alejada de todo aquello.

6

Su tono al hablar se hacía más insistente. Ella había sido la única que no se había contentado con las explicaciones propuestas hasta entonces acerca del intervalo de tiempo excesivamente prolongado entre la salida del hotel de las víctimas y el instante del accidente. Los testimonios recogidos por ella sobre la mañana del 17 de octubre, los extractos de prensa, los boletines meteorológicos, sobre todo las sucesivas comunicaciones por radio de la policía de tráfico acerca de los automovilistas destacaban por su sorprendente precisión. Todos habían estado de acuerdo en que este hecho era suficiente para que se ganara al menos el derecho a ser escuchada. El otro motivo era la conmovedora recreación que había hecho con su imaginación de la atmósfera del vestíbulo del Hotel Miramax la mañana del 17 de octubre: las lámparas cuyo brillo palidecía ante la proximidad del día, el rostro entumecido por el sueño del portero de noche, y Besfort Y. que se aproximaba para saldar su cuenta y pedir un taxi. Luego su retorno hasta el ascensor, su desaparición seguida de su reaparición, esta vez en compañía de su amiga, a la que conducía, sujetándola con fuerza contra su cuerpo, desde la puerta del ascensor hasta el taxi. A las decenas de preguntas que se le hicieron, el vigilante había respondido invariablemente la misma cosa: Después de una noche prácticamente en blanco, veinte minutos antes de la finalización de su turno, ni él ni ningún otro habría estado en condiciones de discernir con claridad el rostro de una mujer cubierto en su mayor parte por el cuello alzado del abrigo, el sombrero y el hombro del individuo al que iba prácticamente pegada. Todavía menos habría podido distinguir algo el chófer que esperaba en el interior del taxi mientras la lluvia y el viento cambiaban de dirección a cada instante y la pareja, como dos siluetas extraviadas, se aproximaba al vehículo.

Liza Blumberg continuaba insistiendo en que la mujer joven que había montado en el taxi no era una Rovena… normal. A la pregunta de qué quería decir con eso, ella respondía que tenía la convicción de que la joven mujer, incluso en el caso de que fuera Rovena, no era en realidad más que su apariencia, un remedo suyo.

En este punto de la conversación, ella blandía las fotografías tomadas inmediatamente después del accidente, en ninguna de las cuales aparecía la cara de la mujer. Mientras que el rostro de Besfort Y. era perfectamente identificable, la mirada inmóvil y un trazo de sangre sobre la sien derecha, de la mujer caída de bruces a su lado sólo se distinguían los cabellos castaños y el brazo derecho estirado encima del cuerpo de él.

Este relato se lo había repetido numerosas veces la pianista a los investigadores anteriores. Ellos la escuchaban con más compasión que atención, y cada vez que ella se daba cuenta, se descomponía. Esto era lo que los obligaba, aunque sin la menor convicción, a entablar cierto debate con la mujer. Pongamos que el asesinato resulta plausible. ¿Pero cómo explicar entonces el comportamiento posterior de Besfort Y? ¿Con qué objeto iba a arrastrar el cuerpo muerto, rígido, o sustituido, hasta un taxi? ¿Dónde iba a llevarla, cómo se desembarazaría de ella? ¿Con o sin la ayuda del taxista?

Después de una breve vacilación, ella recuperaba el ímpetu. Por supuesto que el chófer podía haber formado parte del plan. Pero esto era algo de segundo orden. Lo principal era averiguar qué había sucedido con Rovena. Según Liza Blumberg, había sido asesinada fuera del hotel y Besfort Y., solo o con la ayuda de alguien, había conseguido deshacerse del cadáver. Sin embargo, él tenía necesidad de ese mismo cuerpo; dicho de otro modo, tenía necesidad de la apariencia de Rovena St. en el momento de abandonar el hotel. Habían pasado dos noches allí, de modo que cuando llegara la hora de buscar a la joven desaparecida, el primero en ser preguntado sería su amante o pareja, llámenlo como prefieran. Su respuesta era fácil de imaginar: habían abandonado el hotel juntos, él y su amante, por la mañana pronto, como de costumbre ella le había acompañado hasta el aeropuerto y luego, al regreso, había desaparecido. Todo parecía sencillo y convincente, sólo que había necesidad de una cosa, justamente de lo que se había mencionado al principio: un cuerpo, una apariencia.

Bajo la mirada siempre afligida de los investigadores, Lulú Blumb había rematado su hipótesis. Besfort Y., el mismo que había hecho desaparecer tanto el alma como el cuerpo de Rovena, tenía necesidad de su forma humana, de su apariencia.

Debía de haberse devanado los sesos durante largo tiempo acerca del modo de construirse una coartada, dicho de otra forma: con quién o con qué sustituiría a la difunta. A primera vista, eso parecía arriesgado, incluso imposible. En una segunda apreciación resultaba sencillo. Una mujer poco más o menos semejante, al menos en cuanto a la estatura, era fácil de encontrar y de hacer venir al hotel. A falta de una mujer, algo mudo y sin memoria, es decir, sin peligro, pongamos una muñeca hinchable, de esas que se encuentran por docenas en las tiendas de sexo. Hacia el amanecer, en la penumbra del vestíbulo del hotel, difícilmente el portero adormilado repararía en que la mujer surgida del ascensor, tiernamente abrazada por su amante, era diferente de la otra…

En este punto del relato, además del cansancio, en las miradas de los investigadores se percibía la impaciencia. Era lo que había sucedido con el primero, luego con el segundo y también con el tercero. Liza era consciente, por eso en su primer encuentro con este cuarto investigador, cuando llegó el momento de referirse a aquella mañana (la lluviosa madrugada otoñal barrida por las ráfagas de un viento que tornaba aún más desolado el vestíbulo del hotel ante el cual Besfort Y. conducía hacia el taxi el simulacro de su amante), ella esbozó una sonrisa culpable, comenzó a hablar apresuradamente intentando, en vano, eludir la palabra «muñeca» y acabó pronunciándola entre dientes.

Fue justamente esa palabra la que le dio la vuelta a todo. El rostro del investigador se transformó de pronto por completo.

Se ha referido usted a un simulacro, a una muñeca, si no me han engañado mis oídos…

La sonrisa culpable en el rostro de la mujer adquirió apariencia de mueca. Si la palabra le molesta, olvídela, se lo ruego. Se trataba de un sustituto de Rovena, de una fabricación, de una impostura.

Señora, no tiene usted por qué desdecirse. Ha utilizado usted la palabra «muñeca» ¿no es así? Ha dicho justamente ein manikene. Liza Blumb quiso pedir disculpas por su alemán, pero entre tanto el otro ya le había tomado la mano. Ella se estremeció. Esperaba de él palabras ofensivas, las que los otros probablemente habían pensado sin pronunciarlas. En lugar de eso, para su sorpresa, sin soltarle la mano, murmuró: Honorable señora…

Era su turno de preguntar si esas palabras habían sido pronunciadas en verdad o eran fruto de su imaginación.

Sus ojos estaban vacíos, como si estuvieran vueltos para mirar en el interior de su cráneo.

7

En realidad, en la mente del investigador se estaba produciendo una insoportable mutación. El enigma que llevaba tiempo tratando de resolver se desvelaba de pronto. Quiso decir: Señora, me ha dado usted la clave del misterio, pero le faltaba la energía precisa para pronunciar esas palabras.

La niebla se disipaba con rapidez en torno al misterio. Lo que el chófer había visto en el retrovisor del taxi no era más que un duplicado. De modo que el viajero, el hombre, hacía esfuerzos por besar una simple forma. O la forma, por besar al hombre.

Esto era lo esencial; el resto, dónde había matado a Rovena, si había existido realmente asesinato, por qué razones, si los secretos de la OTAN, por ejemplo, habían constituido la razón más plausible, dónde había sido abandonado el cuerpo, qué se había hecho de la muñeca más tarde, todo eso era secundario.

¡Dios mío!, exclamó en voz alta. Ahora recordaba con claridad que en algún punto de su informe se hablaba precisamente de una muñeca. De una muñeca femenina despedazada por los perros.

Allí estaba la explicación y en ninguna otra parte. El secreto que les había perturbado a todos. De igual modo que aquellas palabras inquietantes, como surgidas de un universo de plástico: Sie versuchten gerade, sich zu küssen. Ellos hacían esfuerzos por besarse.

De modo que en la base de todo se encontraba un muñeco. Un objeto inanimado que había de servir para salir del hotel. Luego, de camino hacia el aeropuerto, tendría lugar la continuación de la historia. Para un poco en esa área de descanso, el tiempo necesario para que pueda tirar esto. O bien: Toma este dinero y quítamelo de encima.

A consecuencia del beso, nada de lo anterior llegó a suceder. Fue ese beso el que, dejando petrificado al taxista, paró en seco la historia. En lugar de deshacerse de la muñeca, todos acabaron estrellados.

Se golpeó las sienes con los puños. ¿Y la policía? En el primer atestado tendría que haber aparecido registrada precisamente ella, la muñeca, encontrada junto al cuerpo de Besfort Y.

El investigador no se apresuró a recompensarse con un «¡idiota!». Por mucho que la visión resultara incompleta, la esencia estaba allí. Algo no encajaba, eso desde luego. Existía una discrepancia entre los cuerpos orgánicos, la materia plástica, las ideas y sobre todo el tiempo pasado y futuro. Pero esto era provisional. Eran como un retrato de grupo: una pareja de amantes, un muñeco, un beso imposible y lo principal: un asesinato. Estos elementos se eludían los unos a los otros, rehusaban establecer un vínculo. Aunque era perfectamente comprensible. Tales incongruencias, como por ejemplo la existente entre la idea del asesinato y su consumación, eran cosas de manual. A veces sucedía que el asesinato y el cuerpo que había de perecer permanecían durante un tiempo divorciados, hasta el momento en que se reencontraban el uno al otro como siempre acaban por encontrarse quienes se han equivocado de hora.

El investigador se esforzó por representarse la historia lo más sencillamente posible, como un relato que se cuenta después de la cena. Poco tiempo después de que el taxi deje el hotel, el chófer observa que la viajera envuelta en un abrigo y un pañuelo, más que una mujer, parece un muñeco. Pasada la sorpresa inicial, a la que se añade cierto temor supersticioso, se recupera. ¿Acaso hay pocos maniacos que viajan en los taxis con violonchelos descuajaringados, con bidones enteros de aguardiente, incluso con tortugas primorosamente empaquetadas? Aquello no le impresiona, incluso conserva la tranquilidad cuando la criatura sintética parece cobrar vida. Son las vibraciones del vehículo al circular por la carretera, sin hablar de su propio cansancio, las que probablemente le hacen creer eso. Solamente más tarde, cuando el viajero intenta besar al muñeco, el taxista acaba perdiendo la cabeza.

Como tiene por costumbre considerar las distintas posibilidades frente a cada crimen, a la mente del investigador acuden varias de forma automática. De acuerdo con una, el taxista sabe desde el principio que, a cambio de una retribución, va a arrojar una muñeca a la cuneta de la carretera. Según otra, el asunto se torna más grave porque lo que debe arrojar, naturalmente a cambio de una retribución más consistente, no es un muñeco sino un cadáver. Tanto en un caso como en el otro, el extraño pasajero trata de besar a su acompañante, ya sea muñeca o cadáver, y entonces sobreviene la catástrofe.

La última variante, la peor para el conductor, es la que implica la colaboración de éste en el asesinato. De camino hacia el aeropuerto, Besfort Y. y él se desvían hacía algún paraje a salvo de las miradas para deshacerse de la mujer después de haberla asesinado. Entra en lo posible que el intento de Besfort Y. de darle el beso de despedida sea el origen de la catástrofe.

8

Era la madrugada de un domingo de Pascua cuando, todavía adormilado, entre el repicar de las campanas, se encaminó hacia la vivienda del conductor del taxi. La ciudad parecía poseída por la grisura invernal. Ya no queda esperanza, pensaba, sin saber muy bien por qué.

La mujer que le abrió la puerta exhibía una expresión hostil, pero el chófer le dijo: Te esperaba. A diferencia de ocasiones anteriores, su deseo de desahogarse había crecido en los últimos tiempos.

A todo el mundo le gustaría liberarse del peso con el que carga, se dijo el investigador. Quién sabe por qué, le parecía que eso se produciría en este caso a sus expensas.

Te voy a preguntar una sola cosa, le dijo en voz baja. Pero quisiera que fueras más preciso que nunca.

El interpelado dejó escapar un suspiro. Con la mirada inmóvil escuchó lo que el otro decía. Luego dejó caer la cabeza durante largo rato. ¿Era una mujer viva o una muñeca?, repitió en voz baja, como dirigiéndose a sí mismo, las palabras del investigador. Tus preguntas se hacen cada vez más difíciles.

El otro lo miró con gratitud. No había gritado: Qué significa este delirio, qué es lo que se te ha ocurrido esta vez, sino que simplemente encontraba la pregunta complicada.

Con voz despaciosa, lo mismo que antaño, comenzó a hablar de aquella mañana sombría, de la tempestad que no cesaba, del ronroneo del motor del taxi en cuyo interior él esperaba a los dos clientes. Aparecieron por fin a la entrada del hotel y, enlazados el uno con el otro, con las solapas alzadas, se apresuraron en dirección al taxi. Sin esperar a que él saliera a abrirles, el hombre abrió la portezuela izquierda del coche para su amiga, luego dio la vuelta para tomar asiento del otro lado, desde donde le llegó su voz con acento extranjero. Flugbafen! ¡Al aeropuerto!

Como le había repetido ya tantas veces, no recordaba un embotellamiento de la carretera semejante al de aquella mañana. Se movían con lentitud a través de la penumbra del amanecer, se detenían, arrancaban, volvían a pararse de nuevo, coches, camiones frigoríficos, vehículos pesados, autobuses, todos chorreando agua, ostentando nombres de empresas, de agencias de viaje, números de teléfono móvil que reaparecían debido a las continuas detenciones unas veces por la izquierda otras por la derecha, como en una pesadilla. Durante sus noches en el hospital, la mayor parte de aquellas inscripciones en idiomas atroces y desconocidos no cesaron de atormentar su cerebro. Nombres propios y comunes en francés, en español, en flamenco. La mitad de la Unión Europea con su torre de Babel incluida.

Los ojos del investigador estaban desprovistos de la emoción precedente. No podrás prolongar indefinidamente ese relato, pensaba. Lo quieras o no, acabarás respondiendo sobre el fondo de mi pregunta.

Aguantó cuanto pudo y luego le repitió la pregunta. El otro sólo necesitó un breve instante de silencio.

Ah, el asunto de la muñeca… ¿Si la mujer se parecía o no a una muñeca?… Por supuesto que lo parecía. Sobre todo ahora que tú lo dices. Unas veces ella, otras él, eso es lo que parecían a ratos. No podía ser de otra manera. Tras los vidrios de los vehículos medio velados por el vaho, la mayoría de las personas tenían el mismo aire distante, evanescente, como cubiertos de cera.

El investigador sentía que estaba perdiendo la paciencia.

¡Te he rogado que no escurras el bulto -gritó de pronto-, al menos por esta vez! Te lo he pedido por favor, te lo he implorado de rodillas.

Dios mío, ya empieza otra vez, se dijo el otro.

La voz del investigador sonaba gutural, al borde del gemido.

Te he ofrecido una última oportunidad de confesar. De que te arranques de una vez lo que te corroe y te reconcome por dentro. De decir por fin lo que te aterroriza: ¿El hecho de que un hombre intentara besar a una simple forma? ¿Que la muñeca intentara besar al hombre? ¿Que resultaba imposible tanto para uno como para el otro porque algo les faltaba? ¡Habla!

No sé qué decir. No soy capaz de hacerlo. No puedo.

¡Desvela el secreto! ¡Libéranos a todos!

No puedo. No lo sé.

¡Porque no quieres! Porque tú también eres sospechoso. ¡Habla! ¿Cómo ibais a hacer desaparecer el cuerpo después del asesinato? ¿Dónde ibais a arrojar la muñeca? ¡Deja de escabullirte! Tú estabas al tanto de todo. Estabas constantemente al acecho. A través del retrovisor, tu perro fiel.

Pasados los gritos, la voz del investigador recuperó la calma. Había llegado cargado de entusiasmo a ver al otro, con la esperanza de que su descubrimiento lo regocijaría también a él. Pero el otro no quería saber nada. No, ninguno de ellos quiere nada contigo, dijo para sus adentros dirigiéndose a la muñeca. Todos te ignoran excepto yo.

En silencio, extrajo de su cartera las fotografías de los dos accidentados. Para que su señoría pudiera examinarlas una vez más. Para que se convenciera de que el rostro de la muerta no aparecía por ninguna parte…

El otro hurtaba la mirada. Estaba asustado, balbuceaba. ¿Por qué la revelación del secreto dependía únicamente de él? Y si la muerta no era, como decía, una mujer, sino una muñeca, ¿por qué la policía no había dicho nada?

Zorro, se dijo el investigador. Era la misma pregunta, incluso la primera de todas, que él le había hecho a Liza Blumberg. Después de la cual, de forma sorprendente, antes de escuchar su respuesta, la bruma había envuelto todas sus cavilaciones.

El chófer continuaba balbuceando. En su taxi había sucedido algo inexplicable. Algo que no encajaba de ningún modo… Pero ¿por qué la respuesta se la pedían únicamente a él?

Tú eres el único que no tiene derecho a quejarse, le interrumpió el investigador. Llevo mil años preguntándote cómo te las ingeniaste para estrellarte por la sola visión de un beso y no eres capaz de responderme.

Permanecían los dos como aturdidos por el cansancio. También tú podrías preguntarme miles de veces cómo he podido creer a Liza Blumb y yo no sabría responderte. Todos nosotros podríamos preguntarnos los unos a los otros: ¿Con qué derecho vienes a preguntarme en mitad de la noche por algo que tú mismo no eres capaz de discernir?

Estaba demasiado cansado para contarle cómo, muchos años atrás, cuando era estudiante de bachillerato y le llevaron por primera vez a visitar una exposición de pintura moderna, todos quedaron asombrados, incluso se echaron a reír ante las imágenes de personas con tres ojos, con los pechos desplazados, o de jirafas en forma de bibliotecas en llamas. No os riáis, les dijo alguien. Más adelante comprenderéis que el mundo es más complicado de lo que parece.

El investigador había recuperado la serenidad, incluso la emoción volvió a aparecer en sus ojos.

Existen distintas verdades además de la que nos parece ver, dijo en voz baja. Nosotros no las conocemos. No queremos conocerlas. No podemos. Tal vez no debamos. El, su compañero de infortunio, estaba diciendo que en su taxi había ocurrido algo que no encajaba. Puede que eso fuera lo esencial. El resto era superfluo. En tu taxi sucedió algo diferente de lo que tú viste. En el asiento trasero se sentaban culpable e inocente, asesino y tal vez asesina, muñeca, apariencia, formas y espíritus, a veces juntos y otras separados, como aquellas jirafas entre las llamas. Lo que tú viste y lo que yo me he imaginado están posiblemente todavía lejos de la verdad. No en vano los antiguos sospechaban que los dioses no nos habían dado a nosotros los humanos el saber y los conocimientos superiores. Esa es la razón por la que nuestros ojos, como de costumbre, estuvieran ciegos ante lo que sucedía.

El investigador se sentía tan exhausto como tras un ataque de epilepsia.

La historia entera podía haber sido diferente. A estas alturas, no se extrañaría si le dijeran que lo que él había estado investigando era algo tan dispar como la biografía del Papa de Roma, el expediente de un crédito bancario o el relato de una joven importada del antiguo Este en las desconsoladoras dependencias de la policía de fronteras de un aeropuerto.

Voy a hacerte una pregunta más, dijo con voz queda. Tal vez la última. Quisiera saber si durante la carrera hacia el aeropuerto sentiste algún ruido inexplicable, que al principio pudieras haber tomado por un fallo del motor, pero que no era eso. Un sonido por completo ajeno a la autopista, como un galope de caballo que marchara en vuestra persecución…

Se puso en pie sin esperar la respuesta.

9

La renuncia a la descripción de la última semana, en lugar de disgustarle, le procuraba ahora sosiego.

Estaba convencido de que no sólo los últimos instantes, en el taxi, sino la totalidad de la última semana se revelaba inenarrable. De ahí que no solamente la interrupción de la crónica no le causara ya el menor sentimiento de pecado sino que, por el contrario, continuar es lo que se le habría antojado un sacrilegio.

De todo gran secreto escapa siempre una fuga fortuita. Cabía en lo posible que del aterrador depósito donde los dioses guardaban los conocimientos supremos, aquellos que les estaban vedados a los humanos, una vez cada siete mil, cada diez mil, cada setenta mil años, se filtrara alguna cosa al exterior. Y entonces, los ciegos ojos de los hombres, como sucede cuando el viento levanta por casualidad el borde de una cortina, durante un breve y único instante distinguían de pronto aquello para cuya aprehensión harían falta siglos.

En aquella brizna de tiempo, ellos cuatro, los dos viajeros además del conductor y el espejo retrovisor, se habían encontrado en apariencia situados en un campo de visión imposible.

Sucedió algo que no encajaba, había dicho el conductor. Por tanto algo que se le escapaba a cualquiera. ¿Una turbia historia de sangre? ¿Una deuda contraída antaño ante su férreo código y que no podía ser saldada por las generaciones humanas más recientes?

Era probable que en la última semana Rovena y Bes-fort Y. se hubieran visto arrastrados por un torbellino del que en vano trataban de escapar. O tal vez habían llegado demasiado lejos y pretendían ahora deshacer lo andado.

¿En qué consistían aquellos viejos pactos? ¿Dónde se establecían y por qué era imposible romperlos?

Durante las primeras horas de la mañana sucedía a veces que la historia adoptaba un color diferente. Una historia de espíritus a los que les faltaban los cuerpos. De esta disociación de los cuerpos se derivaba sin duda la sensación de aturdimiento nebuloso y de liberadora ebriedad, de distensión de los vínculos entre la esencia y la forma.

El expediente de la investigación revelaba que, aquí y allá, Rovena St. y Besfort Y. habían aludido varias veces a esa disociación. No podía excluirse que también se hubieran arrepentido de eso.

Como raros fulgores de diamante, el investigador pasa revista ahora a las escasas ideas que ha intercambiado con la pianista sobre el último sueño de Besfort Y.

¿Qué buscaba en el mausoleo-motel? Ambos estaban de acuerdo en que acudía en busca de Rovena. De la asesinada, según Lulú Blumb. De la metamorfoseada, según él. Tal vez algo semejante a lo que buscan millones de hombres: la segunda naturaleza de la mujer amada.

Durante horas enteras imagina a Besfort Y. ante la estuquería a la espera de la Rovena original. Luego, en el taxi, al lado de su forma huidiza, experimentando aquello que jamás nadie ha podido vivir hasta hoy.

10

Era un mudo mediodía de domingo cuando, después de un largo silencio, Liza Blumberg telefoneó. A diferencia de otras oportunidades, su voz era cálida, como acabada de despertar. Le llamo para decirle que retiro de forma definitiva toda sospecha sobre el asesinato de mi querida amiga Rovena por parte de Besfort Y.

¿Cómo es eso?, respondió él. Estaba usted tan segura…

Tan segura como ahora estoy de lo contrario.

Aja, asintió él tras un silencio.

Esperó a que la otra añadiera algo o colgara el teléfono.

Rovena está viva, continuó Lulú Blumb. Simplemente se ha cambiado el color del cabello y se hace llamar en adelante Anevor.

Ya avanzada la tarde, Lulú Blumb acudió para contarle lo que había sucedido la noche anterior.

Estaba tocando el piano en el bar nocturno, justo en el mismo donde ellas dos se habían conocido años atrás. Se encontraba pues en el mismo lugar y a la misma hora, poco antes de la medianoche, con el alma cargada de tristeza, cuando Rovena se le apareció. Había sentido su presencia desde el instante en que empujó la puerta de entrada, pero un indecible temor, el miedo a que la otra cambiara de opinión y se marchara por donde había venido, le impidió levantar los ojos de las teclas del piano.

La recién llegada avanzó lentamente entre las sillas para situarse precisamente en el lugar donde se había sentado antaño, la noche fatal en que se conocieron. Se había teñido el cabello de rubio, al parecer para no ser reconocida, según comprendí más tarde, pero sus andares eran los mismos, al igual que sus ojos, desde luego, aquellos ojos imposibles de olvidar después de haberte cruzado con ellos una sola vez.

Acabaron por tanto entrelazando sus miradas como entonces, aunque una invisible barrera obligó a Lulú Blumb a respetar el deseo de la visitante de no ser reconocida.

Entre tanto, toda la emoción del reencuentro vinculada a la prolongada ausencia, al deseo y a la frustración era transmitida por sus dedos a las teclas del piano que durante tanto tiempo continuaron siendo para ella in-disociables del cuerpo de su amada.

Al finalizar la pieza, agotada, cabizbaja, mientras escuchaba murmullos de admiración, esperó a que, entre sus admiradores, también ella acudiera a felicitarla de nuevo.

La otra acudió realmente en último lugar, pálida de emoción. Rovena, alma mía, había gritado interiormente Liza Blumberg, pero la otra susurró otro nombre.

Esto no impidió que repitieran las palabras de entonces, y finalmente, poco antes del cierre del bar, que se reencontraran las dos, lo mismo que entonces, en el coche de la pianista.

Durante largo rato se besaron en silencio, y aunque, por dos veces, Liza repitió el nombre de Rovena, la otra no respondió. Continuaron besándose, las lágrimas mojaban sus mejillas pegadas la una a la otra, y sólo en el lecho, mucho después de la medianoche, al borde del sueño, cuando Liza le dijo por fin: Tú eres Rovena, ¿por qué lo ocultas?, la otra respondió: Me tomas por otra. Tras un silencio repitió de nuevo: Me tomas por otra, para añadir a continuación: ¿Pero qué importancia tiene?

Qué importancia tenía, en efecto, se dijo Lulú Blumberg. Era el mismo amor, sólo que bajo otra forma.

¿Has pronunciado un nombre?, murmuró la muchacha. ¿Has pronunciado el nombre de Rovena? Pues bien, si le gustaba tanto, podía llamarla por su anagrama, como se había convertido en moda últimamente: Anevor.

Anevor, se repitió para sí Lulú Blumb. Sonaba como un antiguo nombre de hechicera. Podrás teñirte el pelo, cambiar de pasaporte y hacer mil y una piruetas, pero nada en el mundo podrá hacerme dudar de que eres Rovena.

Mientras le acariciaba los pechos, descubrió la cicatriz de la herida causada por el revólver en el espantoso motel albanés. Depositó en ella un leve beso, sin decirle nada.

Tenía tantas preguntas que hacerle. ¿Cómo había conseguido escapar de Besfort Y.? ¿Por qué medio había burlado su vigilancia?

Rovena podía haber hecho lo que se le antojara con su cuerpo, pero en el fondo, aunque quisiera, no podía cambiar nada.

Al día siguiente, Lulú Blumberg tocaría el piano en su casa, y el teclado, y la música de Bach que surgiría de él, y el universo todo estarían impregnados de los efluvios más íntimos del cuerpo de la joven mujer.

Con este pensamiento se había quedado dormida. Al día siguiente, cuando despertó, Rovena se había ido. Habría creído que todo aquello no había sido más que un sueño si no hubiera encontrado su nota sobre el piano:

«No he querido despertarte. Te doy las gracias por este milagro. Tuya, Anevor».

Así fue, dijo con voz cansada tras un silencio, antes de levantarse para salir.

Los ojos del investigador, como le sucedía con frecuencia, permanecieron clavados sobre la última fotografía en la que se percibían los cabellos castaños de Rovena y su delicado brazo extendido sobre el pecho de Besfort Y., en dirección al nudo de la corbata, como si hubiera pretendido en el último momento aflojarlo un poco para facilitar la salida de su espíritu atormentado.

Desde la ventana, el investigador siguió con la mirada a la mujer que atravesaba el cruce. Un trueno lejano le hizo balancear la cabeza en señal de negación sin saber él mismo a quién se dirigía ese «no» ni qué era lo que rechazaba de ese modo.

Ya se había ido también Lulú Blumb. Lo había abandonado quedamente, lo mismo que no pocas otras cosas de este mundo, y tal vez aquel estruendo estacional constituyera una especie de despedida por su parte.

Ahora se quedaría sin nadie, como antes, solo con el enigma de los dos extranjeros que nadie le había pedido resolver.

11

Tal como le ha sucedido a menudo con anterioridad y como le sucederá cientos de veces más hasta el fin de sus días, el investigador no tiene grandes dificultades en imaginar el trabajoso avance del taxi entre el flujo de vehículos en la brumosa mañana del 17 de octubre. El choque de las gotas de lluvia contra los cristales, las largas detenciones, las lenguas de Europa, los nombres de marcas y de ciudades lejanas escritos sobre el costado de los largos camiones: Dortmund, Euromobil, Hannover, Helsingor, Paradise Travel, Den Haag. Esos nombres, al igual que las palabras casi inaudibles: Qué caos es éste, voy a llegar tarde al avión, contribuyen a su angustia.

Es tarde, no cabe duda. Ellos desearían echarse atrás, aunque no lo admitan. La trampa se cierra sobre ellos por ambas partes. Volvamos, cariño. No podemos. Hablan en voz baja sin saber que el otro les escucha. Ya no hay retorno posible. En el espejo retrovisor aparecen alternativamente los ojos del uno y los de la otra. La carretera parece despejarse un poco. Más allá vuelve a atascarse. Tal vez espere el avión. Francfort. Intercontinental. Viena. Monaco-L'Hermitage. Kronprinz. Ella siente vértigo. Pero si ésos son los hoteles donde hemos estado. (Donde hemos sido felices, susurra con aprensión.) ¿Por qué se vuelven de pronto contra nosotros? Lorelei. Schlosshotel-Lerbach. Ernst Excelsior. Biarritz. El trata de estrecharla contra su pecho. No tengas miedo, amor. Parece que la carretera se despeja. Tal vez se haya retrasado el avión. Le ha echado el brazo sobre los hombros, pero el gesto mismo parece distante, como olvidado. ¿Qué son esos toros negros?, dice ella. ¡Sólo eso nos faltaba! En lugar de responder, él murmura algo acerca de las puertas de una prisión que espera encontrar todavía abiertas antes de que el sol se ponga. Ella vuelve a tener miedo. Querría preguntar, ¿qué error hemos cometido? Él se esfuerza por atraerla hacia sí. ¿Qué haces? Me estás ahogando. El taxi acelera. Los ojos del chófer, como fijos en algo, quedan inmóviles sobre el cristal del espejo. La luz penetra por uno y otro lado. Pero es excesiva, implacable. Ella inclina su cabeza sobre el hombro de él. El taxi comienza a trepidar. Una presencia extraña se ha instalado en su interior. Inaprensible, sorda. Junto con sus instrumentos y sus leyes amenazadoras. ¿Qué está sucediendo, qué error estamos cometiendo? Los labios de ambos se aproximan todavía más. No se debe. No se puede. Los instrumentos y las órdenes que lo prohíben están por todas partes. Él dice algo que no puede oírse. Por el movimiento de sus labios, parece un nombre. No es el nombre de ella. Es el de otra. Lo vuelve a pronunciar, y de nuevo resulta inaudible, como en el sueño de estuco. Invoca con sus gemidos a la que ha asfixiado con sus propias manos. Le implora: Regresa, vuelve a ser la que eras. Pero ella no puede. De ningún modo. Minutos, años, siglos enteros, hasta que una fisura lo hiende todo. Y del estuco, entre el estruendo, emerge por fin el nombre: ¡Eurídice! Entonces la vibración cesa de pronto. Se diría que el taxi se ha separado bruscamente del suelo. Eso es lo que parece en realidad. Con las puertas abiertas, podría creerse que al taxi le han salido de pronto alas. Y de este modo transformado avanza surcando el cielo. A menos que nunca haya sido un taxi sino otra cosa que ellos no hubieran podido percibir. Ahora es demasiado tarde. Ya nada se puede rectificar.

Rovena y Besfort Y. ya no están… Anevor…

…odnum etse ed nos on ay Y. trofseB y anevoR

12

Se sumía cada vez más a menudo en un estado de profundo letargo. Sólo se animaba al pensar en su testamento. Antes de redactarlo esperaba una última respuesta del Instituto europeo de accidentes de carretera. La respuesta tardó mucho en llegar. El instituto había aceptado sus condiciones: a cambio del retrovisor interior del taxi, él ofrecía el fruto de sus indagaciones.

En las oficinas donde se presentó lo miraban con asombro, incluso con cierta conmiseración, como ocurre con un enfermo. Con idéntica disposición de ánimo lo recibieron en el almacén de desechos. La búsqueda del espejo se prolongó largamente, tanto que al final, cuando acabaron por entregárselo, no daba crédito a sus ojos.

La redacción del testamento no fue cosa fácil. Mientras se preparaba para hacerlo, descubría cada día que el universo testamentario carecía de fronteras. Desde tiempos inmemoriales, las crónicas ofrecían toda suerte de modalidades. Ultimas voluntades en forma de venenos, de dramas antiguos, de nidos de cigüeña, de quejas de minorías étnicas o de proyectos de metro. Las piezas anexas que los acompañaban no eran menos desconcertantes, desde los revólveres y los preservativos hasta los oleoductos y el diablo sabe qué más. El retrovisor del taxi enterrado a la espera de la resurrección junto al hombre al que había obsesionado en vida era el primero en su género.

Entregó el texto para su traducción al latín, luego a las principales lenguas de la Unión Europea. Durante semanas enteras se ocupó de enviarlo a todos los institutos posibles, espigados de Internet. Centros arqueológicos. Centros de estudios e investigaciones psicomísticos. Cátedras de geoquímica. El Gran Bunker de la muerte en Estados Unidos. Finalmente el Instituto Mundial de los Testamentos.

Mientras se ocupaba de estos pormenores, de aquí o de allá le llegaban informaciones confusas. Una parte se relacionaban con la vieja sospecha de asesinato cometido por Besfort Y. en la persona de su amada. Como entonces, las opiniones estaban divididas, mientras que una tercera hipótesis admitía con toda probabilidad que Besfort Y. había cometido un asesinato, si bien resultaba imposible datar el hecho. Y dado que era así, sus partidarios se veían en la obligación de renunciar a la idea del asesinato, a menos que éste, consideradas las circunstancias, se hubiera llevado a cabo en otro espacio, allí donde los actos existen pero al margen del tiempo, pues, en tales zonas, el tiempo no existe.

Como era de esperar, a esto se añadió el rumor de que Rovena St. estaba aún viva. Además, el rumor no se refería sólo a ella: se contaba que Besfort Y. había sido visto mientras atravesaba corriendo un cruce de calles con el cuello del abrigo alzado con el fin de no ser reconocido. Incluso lo habían visto una vez en Tirana, al término de una cena, sentado en un sofá, mientras trataba de convencer a una mujer joven de que hiciera con él un viaje por Europa.

Absorto en el testamento, él trataba de hacer oídos sordos a todo esto. Retomaba el texto todos los días, deseando sustituir aquí y allá alguna palabra, que borraba para volver a reponerla a continuación, aunque siempre sin cambiar nada del contenido.

Lo esencial del testamento se refería a la reapertura de su tumba, allí donde, en el interior del ataúd de plomo, junto a sus despojos, quedaría instalado el famoso espejo retrovisor.

Al comienzo había establecido un plazo de treinta años para la reapertura. Más tarde lo sustituyó por cien, hasta que por fin volvió a enmendarlo para situarlo en mil años.

El tiempo de vida que le restó lo pasó imaginando lo que encontrarían tras la apertura de su tumba. Está convencido de que los espejos ante los cuales las mujeres se engalanaban antes de ser besadas o asesinadas retenían algo de ellas mismas. Pero en este mundo despreciativo no se le había ocurrido a nadie ocuparse de ellos.

Tenía la esperanza de que lo sucedido en el taxi que conducía a los dos amantes hacia el aeropuerto, mil años atrás, habría dejado una huella, por tenue que fuera, en la superficie de vidrio.

Ciertos días, como entre la bruma, creía discernir los contornos del enigma, pero llegaban otros en que le parecía que el espejo, aunque había permanecido mil años junto a su cráneo, no devolvía, opaco, más que la nada infinita.

Tirana, Mali i Robit (Monte del Cautivo),

París, invierno de 2003-2004

Ismaíl Kadaré

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