/ / Language: Español / Genre:thriller

Black & blue

Ian Rankin

Tres mujeres jóvenes han aparecido ultrajadas y asesinadas. El criminal se ha guardado como fúnebre recuerdo un objeto de cada una de ellas. Demasiadas coincidencias en tono a una forma de actuar que recuerda a los salvajes procedimientos y la impronta de un asesino en serie que conmocionó a la sociedad escocesa en los años sesenta: el escurridizo John Biblia, cuya verdadera identidad nunca se pudo averiguar. El inspector de policía John Rebus es el vivo reflejo de la frustración de aquellos que no pudieron atrapar a aquel depravado criminal. Ahora está decidido a enfrentarse con alguien que parece querer glorificar la memoria de su macabro predecesor. En el embarullado curso de la investigación el inspector Rebus topa con otra serie de muertes sin conexión aparente. Un trabajador de la industria del petróleo, un confidente del narcotráfico y un conocido mafioso mueres en extrañas circunstancias; unos sucesos a los que hay que añadir las extrañas implicaciones de personajes de los bajos fondos urbanos y de magnates de las altas esferas del poder económico. Inmerso en varios frentes abiertos, el carácter pendenciero, rebelde y transgresor del inspector le enfrenta además a una investigación interna dirigida por un superior vengativo. Cualquier paso en falso puede acabar con la carrera de Rebus, si bien antes habrá que poner punto final a una obsesión: dar caza a John Biblia.

Ian Rankin

Black amp; blue

Nº 8 Serie Inspector Rebus

Agradecimientos

Gracias a Chris Thomson por haberme permitido citar la letra de una de sus canciones; al doctor Jonathan Wills por sus opiniones sobre Shetland y la industria del petróleo; a Don y Susan Nichol, por su casual ayuda en la investigación; a la División de Energía del Ministerio de Industria de Escocia; a Keith Webster, jefe del Departamento de Asuntos Públicos de Conoco UK; a Richard Grant, jefe del Departamento de Asuntos Públicos de BP Prospecciones; a Andy Mitchell, asesor de Asuntos Públicos de Amerada Hess; a Mobil del Mar del Norte; a Bill Kirton, por su asesoramiento en seguridad marítima; a Andrew O'Hagan, autor de Los Desaparecidos; a Jerry Sykes, que me encontró el libro; a Mike Ripley por la documentación de vídeo; al ebrio trabajador del petróleo Lindsey Davis que conocí en un tren de Aberdeen; a Colin Baxter, extraordinaire del Departamento de Regulación de Comercio; a mis investigadores Linda e Iain; al personal del hotel Caledonian Thistle de Aberdeen; al Grampian Regional Council; a Ronnie Mackintosh; a Ian Docherty; a Patrick Stoddart; y a Eva Schegulla por el correo electrónico. Y como siempre mis más efusivas gracias a la Biblioteca Nacional de Escocia (en particular al South Reading Room) y a la Biblioteca Central de Edimburgo. Quiero igualmente manifestar mi agradecimiento a cuantos amigos y autores se pusieron en contacto conmigo cuando el caso de John Biblia reapareció en la prensa a principios de 1996, tanto por expresarme su pesar como por ofrecerme sugerencias para retocar el argumento. Mi editora, Caroline Oakley, que, sin perder la confianza, me remitió a la cita de James Ellroy al principio de la obra… Y para finalizar, un agradecimiento especial a Lorna Hepburn, que fue la primera en contarme una historia…

Cualquier «influencia» se debe a: Fool's Gold de Christopher Harvie; A Place in the Sun de Jonathan Wills; Innocent Passage: The Wreck ofthe Tanker Braer de Jonathan Wills y Karen Warner; Blood on the Thistle de Douglas Skelton; Bible John: Search for a Sadist de Patrick Stoddart y Los Desaparecidos de Andrew O'Hagan.

La cita del mayor Weir -«seres domados por la crueldad»- es en realidad el título de la primera antología poética de Ron Butlin.

¡Ah, quisiera, antes de que acabe el día y que la traición nos burle,

que en paz repose mi cabeza cana, con Bruce y el fiel Wallace!

Más nervio y fuerza, hasta mi fin, no cejo en declarar,

que el oro inglés nos compra y vende cual fardo de truhanes en una nación.

Robert Burns, Fareweel to a' Our Scottish Fame

Si tienes los Arrestos… para decir «Yo puedo reescribir la historia según mis criterios», puedes salirte con la tuya.

James Ellroy

(Letras mayúsculas del autor)

Capital desierta

Cansada por los siglos esta capital vacía resopla cual fiera dormida y enjaulada, soñando libertad sin creer en ella…

Sydney Goodsir Smith, Kynd Kittock's Land

Capítulo 1

– Dígame otra vez por qué las mató.

– Ya se lo he dicho, por impulso.

– Antes, dijo que fue por compulsión -replicó Rebus repasando sus anotaciones.

La figura derrengada de la silla asintió con la cabeza. Desprendía mal olor.

– Impulso o compulsión, qué más da.

– ¿Ah, sí? -comentó Rebus, apagando la colilla. Había en el cenicero tantas, que algunas, rebosándolo, habían caído en el escritorio metálico-. Háblenos de la primera víctima.

El individuo que tenía enfrente gruñó. Su nombre era William Crawford Shand, alias Craw, un cuarentón soltero que vivía solo en un bloque de viviendas subvencionadas de Craigmillar y que llevaba seis años en el paro. Se hurgaba con dedos temblorosos el pelo moreno grasiento, en ademán de cubrirse una incipiente coronilla.

– La primera víctima -insistió Rebus-. Cuéntenos.

«Cuéntenos» porque había otro hombre del Departamento de Investigación Criminal (DIC) en la «galletera». Era Maclay, y Rebus apenas sabía nada de él. Lo cierto es que aún no conocía muy bien a nadie en Craigmillar. Maclay, recostado en la pared, con los brazos cruzados, entornaba al máximo los ojos. Parecía una pieza de maquinaria en reposo.

– La estrangulé.

– ¿Con qué?

– Con un trozo de cuerda.

– ¿De dónde sacó la cuerda?

– La compré en una tienda, no recuerdo dónde.

Pausa de tres compases.

– ¿Y qué hizo después?

– ¿Cuando ya estaba muerta? -preguntó Shand rebulléndose ligeramente en la silla-. Le quité la ropa y mantuve relaciones con ella.

– ¿Con un cadáver?

– Aún estaba caliente.

Rebus se puso en pie y fue como si el chirrido de la silla contra las baldosas acobardase a Shand. Nada más fácil.

– ¿Dónde la mató?

– En un parque.

– En un parque, ¿de dónde?

– Cerca de su casa.

– ¿En qué sitio?

– En la calle Polmuir de Aberdeen.

– ¿Y qué hacía usted en Aberdeen, señor Shand?

Se encogió de hombros. Pasó los dedos por el canto de la mesa, dejando manchas de sudor y grasa.

– Tenga cuidado -dijo Rebus-. Son cantos afilados y podría cortarse.

Bufido de Maclay. Rebus se arrimó a la pared y le miró interrogante. Maclay asintió ligeramente con la cabeza y Rebus volvió a la mesa.

– Descríbanos el parque -dijo, apoyándose en el borde del escritorio y encendiendo otro cigarrillo.

– Pues, un parque. Con árboles, con césped; un parque donde juegan los críos.

– ¿De esos que cierran las puertas?

– ¿Cómo?

– Ya era de noche. ¿Estaban cerradas las puertas?

– No me acuerdo.

– No se acuerda. -Hizo una pausa de dos compases-. ¿Dónde la conoció?

Craw respondió precipitadamente:

– En una discoteca.

– No parece usted el clásico discotequero, señor Shand. -Otro bufido de la máquina en reposo-. Descríbame el local.

– Como todas las discotecas -replicó Shand, alzando de nuevo los hombros-: poca luz, focos deslumbrantes y una barra.

– ¿Y la víctima número dos?

– Lo mismo. -Shand tenía los ojos apagados y la cara chupada, pero se notaba que comenzaba a divertirse reanudando su relato-. La conocí en una disco, me ofrecí a acompañarla a casa, la maté y me la follé.

– ¿Se llevó algún recuerdo?

– ¿Qué…?

Rebus dejó caer ceniza al suelo y unas pavesas fueron a aterrizar en sus zapatos.

– Que si cogió algo del escenario del crimen.

Shand reflexionó y negó con la cabeza.

– ¿Y dónde fue exactamente?

– En el cementerio de Warriston.

– ¿Cerca de su casa?

– Vivía en Inverleith Row.

– ¿Con qué la estranguló?

– Con el trozo de cuerda.

– ¿El mismo trozo? -Shand asintió con la cabeza-. ¿Dónde lo llevaba, en el bolsillo?

– Sí.

– ¿Lo tiene aún?

– Lo tiré.

– No nos facilita las cosas que digamos. -Shand se sacudió satisfecho. Cuatro compases-. ¿Y la tercera víctima?

– En Glasgow. Kelvingrove Park. Su nombre era Judith Cairns, pero me pidió que la llamase Ju-Ju. Le hice lo mismo que a las otras -respondió Shand de carretilla, repantigado en la silla y con los brazos cruzados.

Rebus alargó la mano hasta tocar con gesto de curandero el antebrazo del hombre, para acto seguido darle un leve pero certero empujón que lo tiró al suelo con silla y todo. Se arrodilló a su lado y lo incorporó agarrándolo por la camisa.

– ¡Embustero! -le espetó entre dientes-. ¡Todo lo que cuenta lo ha leído en los periódicos y lo que se inventa es basura!

Lo soltó y se puso en pie con las manos mojadas del sudor de la camisa de Shand.

– No miento -protestó Shand tirado en el suelo-. ¡Le digo que es la pura verdad!

Rebus apagó el cigarrillo a medio consumir y del cenicero se desparramaron varias colillas sobre la mesa. Rebus cogió una y se la arrojó a Shand.

– ¿Va a presentar acusación contra mí?

– Claro, con el cargo de hacer perder el tiempo a la policía. Una temporada en Saughton, compartiendo celda con un buen maricón.

– La costumbre es dejarle que se vaya -terció Maclay.

– Que lo encierren -ordenó Rebus, saliendo del cuarto.

– ¡Soy él! -insistió Shand, mientras Maclay le levantaba del suelo-. ¡Soy Johnny Biblia! ¡Soy Johnny Biblia!

– Ni por asomo, Craw -le dijo Maclay, calmándolo de un puñetazo.

Rebus necesitaba lavarse las manos y refrescarse la cara. Cuando entró en los lavabos, dos agentes que fumaban y contaban chistes dejaron de reír.

– Señor -dijo uno de ellos-, ¿quién era el de la «galletera»?

– Otro farsante -contestó Rebus.

– Hay muchos aquí -añadió el otro policía.

Rebus no sabía si se refería a la comisaría, a Craigmillar, o a toda la ciudad. Era el peor destino de Edimburgo; allí nadie aguantaba más de dos años de servicio. No hallaría diversión en aquella comisaría. Estaba en una zona de la capital de Escocia tan dura como la que más, y bien se merecía el apodo de Fort Apache, Bronx. Situada al fondo de un callejón que daba a una calle llena de tiendas, era un edificio bajo de fachada lóbrega con casas de pisos de alquiler, más lóbregas aún, en la parte de atrás. Su situación en la callejuela la hacía fácilmente vulnerable al aislamiento del mundo civilizado y había sido asediada infinidad de veces. Indudablemente, Craigmillar no era un destino apetecible.

Rebus sabía por qué le habían trasladado allí. Por haber incordiado a gente importante. No habían podido asestarle el golpe definitivo y le habían relegado al purgatorio. Infierno no, porque no era para siempre. Una especie de penitencia. El oficio que le comunicaba el traslado señalaba que iba a sustituir a un compañero hospitalizado al mismo tiempo que ayudaría en la supervisión del cierre de la anticuada comisaría de Craigmillar. Estaban desmontándolo todo para el traslado a otra nueva cerca de allí. El viejo local era un desbarajuste de cajas y armarios ya vacíos y el personal no prestaba mucha atención a los casos pendientes. Como tampoco se habían molestado en dar la bienvenida al inspector John Rebus. Aquello parecía más una sala de hospital que una comisaría y a los pacientes se los tranquilizaba sin remilgos.

Volvió despacio a la sala del DIC, el «cobertizo», cruzándose con Maclay y Shand, que seguía proclamándose culpable, mientras era arrastrado hacia los calabozos.

– ¡Soy Johnny Biblia! ¡Que sí, joder!

Ni por asomo.

Eran las nueve de la noche de un martes de junio y en el «cobertizo» sólo estaba el sargento detective «Dod» Bain, que alzó la vista de la revista Offbeat, el noticiero territorial de Lothian y Borders y el área de Edimburgo. Rebus negó con la cabeza.

– Me lo imaginaba -dijo Bain, pasando una página-. Craw es famoso por los colocones de hierba que agarra, por eso te lo dejé.

– Tienes más valor que una tachuela.

– Y además pincho por el estilo. No lo olvides.

Rebus se sentó a su mesa dispuesto a redactar el informe sobre el interrogatorio. Otro farsante y otra pérdida de tiempo. Y Johnny Biblia campando a sus anchas.

Primero había sido John Biblia, el terror de Glasgow a finales de los años sesenta. Un joven bien vestido, pelirrojo, conocedor de la Biblia y que frecuentaba el salón de baile Barrowland. Allí se ligó a tres mujeres, a las que maltrató, violó y estranguló.

A continuación, desapareció, escapando al dispositivo policial más espectacular organizado en Glasgow para cazar a un hombre. No se supo nada más y el caso seguía pendiente. La policía disponía de una implacable descripción de él facilitada por la hermana de la última víctima, que había pasado casi dos horas con la pareja e incluso había compartido el mismo taxi; a ella la dejaron donde indicó y la hermana le dijo adiós con la mano por la ventanilla… Una descripción que no sirvió de nada.

Y ahora estaba Johnny Biblia. Los medios de comunicación no habían vacilado en darle ese nombre: tres mujeres maltratadas, violadas y estranguladas era suficiente para establecer comparaciones. A dos de ellas las había recogido en nightclubs, discotecas. Tenían la vaga descripción de un hombre a quien habían visto bailar con las víctimas, bien vestido y tímido, que coincidía con el John Biblia original. Sólo que John Biblia, suponiendo que aún viviera, sería un cincuentón, y la descripción del asesino actual era la de un joven de unos veintitantos años. En resumidas cuentas: Johnny Biblia era el hijo espiritual del tal John Biblia.

Existían diferencias, desde luego, pero los medios de comunicación no las mencionaban. Por una parte, las víctimas de John Biblia iban todas al mismo salón de baile, mientras que el radio de acción de Johnny Biblia era más amplio y abarcaba toda Escocia. De ahí que se barajaran diferentes teorías, entre ellas que se tratara de un camionero que hacía largos recorridos o un viajante de comercio. La policía no sabía qué pensar. Podría ser hasta el mismísimo John Biblia que regresaba al cabo de un cuarto de siglo, aunque no coincidiera su descripción con la de un hombre de veintitantos o treinta años; eran discrepancias que se habían dado otras veces con testigos presenciales en apariencia fiables. También se reservaban ciertos detalles respecto a Johnny Biblia, igual que en el caso de John Biblia, por mor de descartar docenas de falsas confesiones.

Apenas había comenzado Rebus su informe cuando entró Maclay balanceándose. Esa manera suya de caminar dando bandazos no era porque estuviese bebido o drogado, sino por culpa r de su grave sobrepeso, un trastorno metabólico. Padecía también sinusitis, muchas veces respiraba con exagerados silbidos y hablaba con una voz que recordaba un cepillo mellado raspando a contrapelo la madera. En la comisaría le llamaban Heavy.

– ¿Te has encargado de Craw? -preguntó Bain.

Maclay asintió con la cabeza apuntando a la mesa de Rebus.

– Quiere acusarle de hacernos perder el tiempo.

– Eso sí que es perder el tiempo.

Maclay se balanceó en dirección a Rebus. Tenía un pelo azabache lleno de rizos y ensortijado en la frente. Probablemente habría ganado algún concurso del niño más bonito, pero de eso ya hacía algún tiempo.

– Vamos, hombre -le dijo.

Pero Rebus negó con la cabeza y siguió escribiendo a máquina.

– Que te jodan.

– Que le jodan a él -añadió Bain de pie mientras se disponía a descolgar la chaqueta del respaldo de la silla, y dirigiéndose a Maclay preguntó-: ¿Un trago?

Maclay emitió un profundo suspiro sibilante.

– Es lo que toca.

Rebus ni se movió hasta que hubieron salido. No es que esperase que le invitaran a acompañarles. Se trataba precisamente de no invitarlo. Dejó de escribir y sacó del último cajón la botella de Lucozade, desenroscó el tapón, olió los cuarenta y tres grados del malta y bebió. Una vez devuelta la botella al cajón se metió en la boca un caramelo de menta refrescante.

Mejor. «Ahora lo veo más claro»: Marvin Gaye.

De un tirón, sacó de la máquina el informe y lo hizo un rebujo; luego, llamó al mostrador y ordenó que retuvieran a Craw Shand una hora y lo soltasen después. El teléfono comenzó a sonar en cuanto colgó.

– Inspector Rebus.

– Soy Brian.

Brian Holmes, sargento de policía, que conservaba su destino en St. Leonard. Se mantenían en contacto. Aquella noche su voz era neutra.

– ¿Problemas?

Holmes rió sin ganas.

– Todos y más.

– Pues cuéntame el último -dijo Rebus, abriendo la cajetilla, llevándose un cigarrillo a la boca y encendiéndolo, todo con una sola mano.

– No sé si debo, con lo jodido que estás.

– Craigmillar no está tan mal.

Rebus echó un vistazo a la anticuada oficina.

– Me refiero a lo otro.

– Ah.

– Escucha, es que… creo que voy a tener problemas…

– ¿Qué ha pasado?

– Un sospechoso que habíamos detenido me estaba tocando las pelotas.

– Y le zurraste.

– Sí.

– ¿Ha presentado denuncia?

– Lo va a hacer. Su abogado quiere llevarlo adelante.

– ¿Tu palabra contra la suya?

– Claro.

– Los de asuntos internos lo rechazarán.

– Imagino que sí.

– Que Siobhan te eche una mano.

– Está de vacaciones. En el interrogatorio me acompañaba Glamis.

– Malo, entonces. Es un gallina como no hay dos.

Pausa.

– ¿No vas a preguntarme si lo hice?

– Bajo ningún concepto quiero saberlo, ¿está claro? ¿Quién era el sospechoso?

– Mental Minto.

– Dios, ese borracho sabe más de leyes que un procurador. Bien, vamos a hablar con él.

Daba gusto salir de la comisaría. Bajó el cristal de las ventanillas del coche. El aire era casi cálido. El Escort de la policía llevaba mucho tiempo sin limpiar y tenía envoltorios de chocolatinas, bolsas de patatas fritas y cartones de zumo de naranja y Ribena aplastados. El alma de la dieta escocesa: azúcar y sal. Añádase alcohol y ya es todo puro sentimiento.

Minto vivía en el primer piso de un edificio de apartamentos de alquiler en South Clerk Street. Rebus ya había estado allí otras veces, ninguna de ellas fue agradable. No encontró aparcamiento y dejó el coche en doble fila. En el cielo, un rosado deslavazado luchaba inútilmente con la oscuridad arrolladora. Todo ello subrayado por un naranja halógeno. La calle estaba animada. Del cine y de los pubs aún abiertos se retiraban los últimos clientes. Olía a comida: fritangas, pizza y especias indias. Brian Holmes esperaba delante de una tienda con las manos en los bolsillos. Seguramente había venido a pie desde St. Leonard. Se saludaron con una inclinación de cabeza.

Holmes parecía cansado. Pocos años antes era joven, fresco, entusiasta. Rebus sabía que la vida hogareña se había cobrado su tributo: a él le había sucedido igual en su matrimonio, roto hacía años. La compañera de Holmes quería que éste dejase la policía. Deseaba un hombre que al volver a casa estuviera pendiente de ella y no enfrascado en los casos, en especulaciones mentales y en estrategias para ascender. Muchas veces, un oficial de policía está más unido a su compañero de trabajo que a su propia esposa. Cuando ingresas en el DIC te dan un apretón de manos y un papel.

El papel sin fecha fija, condicional a tenor de las circunstancias.

– ¿Sabes si está en casa? -preguntó Rebus.

– Le he telefoneado y contestó él mismo. Parecía medio sobrio.

– ¿Le has dicho algo?

– ¿Me tomas por idiota?

Rebus miró hacia las ventanas del edificio. La planta baja estaba ocupada por tiendas. Minto vivía justo encima de una cerrajería. La cosa tenía su gracia.

– Bien; subes conmigo y te quedas en el rellano. Sólo entra si oyes jaleo.

– ¿Seguro?

– Sólo quiero hablar con él. -Rebus le puso la mano en el hombro-. Tranquilo.

La puerta principal estaba abierta. Subieron la tortuosa escalera en silencio. Rebus tocó el timbre y respiró hondo. En cuanto comenzó a abrirse la puerta le dio un empujón con el hombro que propulsó a Minto y a él mismo hacia el recibidor escasamente iluminado. El inspector dio un portazo a su espalda.

Minto se puso a la defensiva hasta que vio quién era, tras lo cual se contentó con lanzar un gruñido y regresar dando zancadas al cuarto de estar, una pieza minúscula que incluía la cocina, con un armario que ocupaba toda una pared y que Rebus sabía que ocultaba una ducha con retrete y lavabo de casa de muñecas. Construían iglús más espaciosos.

– ¿Qué cono quiere? -le espetó Minto cogiendo una lata de cerveza, que vació de un trago, sin sentarse.

– Poca cosa -contestó Rebus, mirando alrededor despreocupado pero alerta, con las manos a los costados.

– Esto es allanamiento de morada.

– Sigue quejándote y yo te daré allanamiento.

El rostro de Minto se ensombreció. A sus treinta y tantos años parecía mucho mayor. Había estado enganchado a casi todas las drogas duras de su época, coca Billy "Whizz, caballo, speed Morningside, y ahora seguía un programa de metadona. Si antes era un problema menor, ahora era un loco. Un tarado.

– Por cierto, he oído que se la ha buscado -dijo.

Rebus dio un paso más hacia él.

– Pues, sí, Mental. Ya no tengo nada que perder. Podría rematar la faena.

Minto alzó las manos.

– Despacio. Vamos por partes. ¿Cuál es su problema?

Rebus serenó el rostro.

– Mi problema eres tú, Mental Minto. Has denunciado a un colega mío.

– Me pegó.

Rebus meneó la cabeza.

– Yo estaba presente y no vi nada. Fui a charlar con el inspector Holmes y estuve un buen rato; así que si te hubiera agredido lo habría visto, ¿no?

Se miraron mutuamente en silencio. Luego, Minto dio media vuelta y se dejó caer pesadamente en el único sillón del cuarto. Parecía enfadado. Rebus se agachó a coger algo del suelo. Era un folleto municipal de alojamientos para turistas.

– ¿Vas a algún sitio? -dijo, mientras miraba la lista de hoteles, hostales y habitaciones con derecho a cocina, y amenazaba con el papel a Minto-. Si atracan alguno de estos establecimientos tú serás el primero a quien visitaremos.

– Acoso -replicó Minto en voz baja.

Rebus dejó caer el folleto al suelo. Minto ya no parecía estar loco, sino hundido, como si la vida le atacara con una herradura dentro de un guante de boxeo. Rebus dio media vuelta para marcharse, cruzó el recibidor y ya estaba en la puerta cuando oyó que Minto pronunciaba su nombre. De pie, a cuatro metros, al otro extremo del recibidor, aquel hombrecillo, con su astrosa camiseta negra alzada hasta los hombros, le mostraba el pecho, para a continuación darse la vuelta y enseñarle la espalda. Pese a la poca luz de la bombilla de cuarenta vatios con tulipa cagada de moscas, Rebus los vio. Primero le parecieron tatuajes. Pero tenía magulladuras por todas partes: costillas, flancos y riñones. ¿Autoinfligidas? Tal vez. Siempre existe la posibilidad. Minto se bajó la camiseta y lo miró furioso, sin pestañear. El inspector abandonó el apartamento.

– ¿Todo bien? -preguntó nervioso Brian Holmes.

– Le he dicho que estuve en el interrogatorio.

– ¿Ah, sí? -inquirió Holmes tras un fuerte suspiro.

– Exacto.

Fue quizás el tono de voz lo que dio una pista a Holmes. Sostuvo la mirada de John Rebus, pero fue el primero en desviarla. En la calle le tendió la mano y dijo:

– Gracias.

Pero Rebus le había dado la espalda y se alejaba.

Cruzó con el Escort la capital desierta, sus calles flanqueadas por casas a precios de seis cifras. En la actualidad, vivir en Edimburgo era un lujo. Podía costarte cuanto tenías. Trató de no pensar en lo que había hecho, en lo que Brian Holmes había hecho. Del It's a Sin [1] de los Pet Shop Boys, que le vino a la cabeza, pasó sin transición al So What? [2] de Miles Davis.

Se dirigió dudoso hacia Craigmillar, pero cambió de idea. No, se iría a casa con la esperanza de que no hubiese periodistas al acecho. Al regresar siempre llevaba la noche pegada y tenía que frotársela y lavársela, como si fuera un viejo adoquinado que pisan todos a diario. A veces era mejor quedarse por las calles o dormir en la comisaría. Había noches en que no paraba de dar vueltas en coche, no por Edimburgo, sino por Leith, la zona de putas y maricones, por el muelle, en ocasiones por South Queensferry y el puente Forth, luego cruzaba Fife por la M90, hasta más allá de Perth, y llegaba a Dundee, daba la vuelta y regresaba, por lo general ya cansado; paraba en un arcén y se dormía en el coche.

Recordó que iba en un automóvil de la comisaría y no en el suyo. Que vinieran a recogerlo si les hacía falta. Al llegar a Marchmont no encontró aparcamiento en Arden Street y acabó dejándolo en una línea amarilla. No había periodistas; ellos también necesitaban dormir. Subió por Warrender Park Road hasta su tienda favorita de patatas fritas: las raciones eran generosas y también vendían pasta dentífrica y papel higiénico. Volvió despacio sobre sus pasos. La noche era propicia. Cuando se hallaba a mitad de la escalinata del edificio sonó el busca.

Capítulo 2

Se llamaba Alian Mitchison y estaba en un bar de su ciudad natal tomando copas, sin ostentación pero con la actitud de quien no padece apuros económicos. Entabló conversación con los dos tipos. Uno de ellos contó un chiste. Un chiste estupendo. Pagaron una ronda y él invitó a la siguiente. Cuando contó el único chiste que sabía, los otros se rieron hasta saltárseles las lágrimas. Pidieron otras tres copas. Se sentía a gusto con ellos.

En Edimburgo le quedaban pocos amigos: Algunos parecían resentidos por el dinero que ganaba. No tenía familia ni la había tenido, que él recordase. Aquellos dos le hacían compañía. No acababa de explicarse por qué había venido a su ciudad, ni por qué llamaba «su» ciudad a Edimburgo. Estaba pagando la hipoteca de un piso, pero no lo había amueblado. Un simple refugio, nada que reclamara su presencia allí. Regresaba por el simple hecho de que todos vuelven a donde han nacido. En dieciséis días de trabajo seguido te da por pensar en tu ciudad, hablas de ella, comentas lo que vas a hacer cuando vuelvas: beber, ir con tías, frecuentar clubes. Había compañeros que vivían en Aberdeen o alrededores, pero la mayoría venía de más lejos y todos estaban deseando que acabaran los dieciséis días de trabajo para iniciar el permiso de catorce.

Era la primera noche de sus catorce días.

Al principio discurrían despacio, pero hacia el final aceleraban y te dejaban sorprendido por no haber aprovechado mejor el tiempo. Esa primera noche era la más larga. Era la que había que pasar bebiendo.

Se fueron a otro bar. Uno de sus nuevos amigos llevaba una vieja bolsa Adidas de plástico rojo con bolsillo lateral y la correa rota. Igual que una que tuvo a los catorce o quince años, cuando iba al colegio.

– ¿Qué llevas ahí, los trastos de hacer deporte? -dijo en broma.

Se echaron a reír dándose palmadas en la espalda.

En el nuevo local optaron por tomar chupitos. El pub estaba lleno de tías.

– No pararás de pensar en ellas en la plataforma -comentó uno de sus nuevos amigos-. Yo me vuelvo loco.

– O te pones ciego -dijo el otro.

– Yo también -añadió él, riendo y apurando otro Black Heart.

No solía beber ron negro; lo había iniciado un pescador de Stonehaven: OVD o Black Heart; a él le gustaba más el Black Heart. Por el nombre.

Había que comprar bebida para seguir la juerga. Estaba cansado. Tres horas de tren desde Aberdeen y antes, el helicóptero de la empresa. Ya estaban sus amigos comprando en la barra: una botella de Bell's, otra de Black Heart, doce latas de cerveza, patatas y cigarrillos. Allí salía muy caro, pero lo pagaron a escote, no querían gorrearle.

En la calle les costó encontrar un taxi. Circulaban muchos pero iban ocupados.

– ¿Qué es lo que haces exactamente en la plataforma? -preguntó uno de ellos.

– Procurar que no se hunda.

Tuvieron que apartarlo del bordillo de un tirón cuando intentó parar uno; perdió el equilibrio, cayó sobre una rodilla y le ayudaron a levantarse. Por fin paró un taxi para dejar a una pareja.

– ¿Es tu madre o es que estás desesperado? -le espetó al hombre. Sus amigos le dijeron que cerrara el pico y lo metieron en el taxi para acomodarle en el asiento de atrás-. ¿Pero habéis visto a esa tía? -les soltó-. Su cara… Una bolsa de patatas.

No irían a su piso: allí no había nada.

– Vamos al nuestro -dijeron sus amigos.

Así que sólo debía preocuparse de estar repantigado viendo las luces. Edimburgo era igual que Aberdeen; ciudades pequeñas, no como Glasgow o Londres. En Aberdeen había más dinero que clase y daba miedo; más miedo que Edimburgo. La carrera parecía no acabar nunca.

– ¿Dónde estamos?

– En Niddrie -oyó que decían.

No recordaba sus nombres y le daba apuro preguntar. El taxi paró por fin. Era una calle oscura; como si el vecindario no hubiese pagado la factura de la luz. Y así lo comentó.

Más risas, lágrimas y palmadas en la espalda.

Casas de alquiler de tres plantas, imitación piedra, con casi todas las ventanas protegidas por planchas metálicas o bovedillas.

– ¿Aquí vivís? -dijo.

– No todos podemos permitirnos comprar un piso,

Claro, claro. En muchos aspectos, él no podía quejarse. Abrieron de un empujón la puerta principal y entraron, sus dos amigos flanqueándole y echándole una mano al hombro. Era un portal húmedo y asqueroso y la escalera estaba medio obstruida por colchones rotos y tazas de sanitario, trozos de tubería y fragmentos de rodapié.

– Viva la salubridad.

– Arriba está bien.

Subieron dos pisos. En el rellano vio dos puertas abiertas.

– Pasa, Alian.

Entró.

No había luz, pero uno de ellos llevaba una linterna. Aquello era una pocilga.

– Tíos, no pensaba que fuerais pordioseros.

– La cocina está bien.

Se dirigieron a la cocina, donde sólo había una silla de madera con el tapizado hecho trizas. Se sentó en lo que quedaba del suelo de linóleo. Se estaba despejando rápido, pero no lo necesario.

Le levantaron de un tirón y lo sentaron en la silla. Oyó el chasquido del rollo de la cinta adhesiva con que le ataban a la silla con varias vueltas. También la cabeza y la boca y luego las piernas hasta los tobillos. Intentó gritar, pero la cinta adhesiva le amordazaba. Sintió un golpe en un lado de la cabeza que por un momento le dejó aturdido. Dolía como si se hubiera golpeado con una viga. Todo le daba vueltas.

– ¿No parece una momia?

– Uy, y dentro de nada verás cómo llama a su mamá.

Tenía en el suelo, ante él, la bolsa Adidas abierta.

– Bueno -anunció uno de ellos-, voy a coger mis trastos de deporte.

Alicates, martillo, grapadora automática, destornillador eléctrico y una sierra.

El sudor le caía sobre los ojos y le nublaba la visión. Sabía lo que le iba a suceder pero sin acabar de creérselo. Los dos tipos, sin decir palabra, estiraron un trozo de plástico grueso en el suelo. Le pusieron encima. Él se retorcía, con los ojos cerrados, incapaz de gritar; trataba de romper las ligaduras. Al abrirlos vio en primer plano una bolsa de plástico transparente que le embutieron en la cabeza, sujetándosela alrededor del cuello con cinta adhesiva. Respiró por la nariz y la bolsa se contrajo. Uno de ellos cogió la sierra, pero volvió a dejarla en el suelo y optó por el martillo.

Sin saber cómo, impulsado por el terror, Alian Mitchison se irguió atado a la silla. A dos pasos de él estaba la ventana de la cocina, de la que no quedaba más que el marco y fragmentos de los cristales. Vio que los dos tipos estaban distraídos con las herramientas, y como una exhalación se lanzó hacia la ventana.

No se asomaron a ver cómo caía. Recogieron el instrumental e hicieron un paquete apresuradamente con el plástico para guardarlo todo en la bolsa y cerrar la cremallera.

– ¿Por qué tengo que ser yo? -preguntó Rebus al entrar en el despacho.

– Porque es nuevo y lleva poco tiempo aquí para haberse hecho enemigos en el barrio -dijo su jefe.

«Y porque no ha localizado a Maclay o a Bain», podría haber añadido él.

Un vecino que había sacado a pasear a un galgo presentó la denuncia.

– Se tiran muchas cosas a la calle, pero esto ya es…

Cuando Rebus llegó al lugar había un par de coches patrulla acordonando la zona, lo que no había impedido una aglomeración de vecinos. Uno de ellos remedaba los gruñidos de un cerdo. Casi todos los pisos estaban abandonados en espera de la piqueta y habían realojado a los inquilinos, pero aún quedaba algún piso por desalojar. A Rebus no le apetecía demorarse mucho allí.

Habían levantado atestado de un fallecido en circunstancias sospechosas cuando menos, y los equipos forense y de fotografía intercambiaban impresiones. Un ayudante del fiscal charlaba con un médico forense, el doctor Curt, que vio a Rebus y le saludó con una inclinación de cabeza, pero el inspector no tenía ojos más que para el cadáver. En una especie de verja antigua rematada por pinchos, que rodeaba la casa, estaba empalado el cuerpo aún sangrante. A primera vista creyó que se trataba de una extraña deformidad del cadáver, pero al aproximarse vio que el muerto estaba atado con cinta adhesiva a una silla medio destrozada por la caída. Tenía la cabeza enfundada en una bolsa de plástico transparente, ahora medio llena de sangre.

– Me pregunto si tendrá una naranja en la boca -dijo el doctor Curt, acercándose al inspector.

– ¿Lo encuentra gracioso?

– Quería telefonearle. Siento lo de su… En fin…

– Craigmillar no está tan mal.

– No me refería a eso.

– Ya lo sé -dijo Rebus alzando la vista-. ¿Desde qué piso cayó?

– Desde el segundo, parece. Por aquella ventana.

Oyeron ruido a sus espaldas. Un agente vomitaba y un compañero a su lado le cogía por los hombros.

– Que bajen de ahí a ese pobre diablo y lo metan en un saco de cadáveres -dijo Rebus.

– No hay luz -comentó alguien a Rebus mientras le alargaba una linterna.

– ¿El suelo es seguro?

– Nadie se ha caído de momento.

Rebus recorrió el piso. Había estado en madrigueras como aquélla docenas de veces. Se advertía la presencia de pandillas, con su obsequio de orines y pintadas en las paredes. Otros se habían dedicado a arrancar todo lo que podía tener algún valor: moquetas, puertas, cables de luz, plafones. En el cuarto de estar, una mesa coja patas arriba y una manta arrugada con hojas de periódico. Un auténtico hogar en la ciudad. En el dormitorio no había nada; de las lámparas no quedaban más que los agujeros. En la pared, otro orificio enorme permitía asomarse al piso contiguo con igual panorama.

Los del departamento científico estaban inspeccionando la cocina.

– ¿Hay algo? -preguntó Rebus, y alguien iluminó un rincón con la linterna.

– Una bolsa repleta de bebida, señor. Whisky, ron, latas de cerveza y cosas de picar.

– Vaya juerga.

Rebus se acercó a la ventana. Junto a ella un agente apostado miraba cómo otros cuatro se esforzaban en desprender el cadáver de la verja.

– Más colocado no se puede estar -dijo el joven agente, volviéndose hacia Rebus-. ¿Usted qué cree, señor? ¿El borrachín se suicidó?

– A ver si haces honor al uniforme, hijo -comentó Rebus mientras se apartaba de la ventana-. Quiero huellas de la bolsa y su contenido. Si procede de una tienda de licores autorizada, seguramente habrá pegatinas con los precios; si no, podrían ser de un pub. Hay que buscar a una persona, o puede que a dos. Tal vez quien les vendió la bebida nos dé sus descripciones. ¿Cómo llegaron aquí? ¿Por sus propios medios? ¿En autobús? ¿En taxi? Hay que averiguarlo. ¿Cómo conocían este lugar? ¿Eran del barrio? Indaguen entre el vecindario. -Deambulaba ahora por la pieza y advirtió que había un par de inspectores jóvenes de St. Leonard y agentes de uniforme de Craigmillar-. Después asignaremos las tareas. Podría ser simplemente un horrible accidente o una broma que acabó mal, pero en cualquier caso la víctima no estaba sola. Quiero saber quién estaba con él. Gracias y buenas noches.

Afuera ultimaban unas fotografías de la silla y las ligaduras, antes de separarlas del cadáver. La silla iría a parar también a una bolsa con las astillas que recogiesen. Tenía gracia el orden con que se realizaba todo: ordenar el caos. El doctor Curt aseguró que por la mañana tendrían el resultado de la autopsia. Rebus no hizo ninguna objeción. Montó en el coche patrulla y lamentó que no fuese el suyo, pues en el Saab guardaba media botella de whisky bajo el asiento del conductor. Aún habría bastantes pubs abiertos; los autorizados hasta medianoche. Pero se dirigió a la comisaría, a medio kilómetro de allí. Le dio la impresión de que Maclay y Bain acababan de llegar; sin embargo, ya se habían enterado.

– ¿Homicidio?

– Algo así -contestó Rebus-. Lo ataron a una silla con la cabeza metida en una bolsa de plástico y lo amordazaron con cinta adhesiva. Debieron de empujarle, tal vez saltó él mismo o quizá se cayó. Quien estuviera con él se marchó a toda prisa sin coger lo que habían comprado.

– ¿Heroinómanos? ¿Vagabundos?

Rebus negó con la cabeza.

– Los pantalones vaqueros parecían nuevos y llevaba unas Nike recién estrenadas. Y una cartera bien repleta con tarjeta de cuenta corriente y de crédito.

– Entonces, sabemos el nombre.

Rebus asintió con la cabeza.

– Alian Mitchison, con domicilio en Morrison Street. -Sacudió un manojo de llaves-. ¿Alguien quiere acompañarme?

Bain fue con Rebus y Maclay se quedó «de guardia en el fuerte», expresión más que manida en Fort Apache. Como Bain comentó que no le gustaba ir de pasajero, Rebus le cedió el volante. El sargento detective Dod Bain se había granjeado una reputación de sus tiempos en Dundee y Falkirk y todavía la conservaba en Edimburgo. Lucía una cicatriz bajo el ojo izquierdo, recuerdo de un navajazo, y de vez en cuando se la tocaba inconscientemente con el dedo. Con su metro sesenta y ocho era unos cuatro centímetros más bajo que Rebus y pesaba unos cinco kilos menos. Había competido en combates de boxeo de aficionado en los pesos medios -de zurdo-, conservando de aquello una oreja más baja que otra y aquella narizota que le tapaba media cara. Su pelo era corto y canoso. Estaba casado y tenía tres hijos. Poco había visto Rebus en Craigmillar que justificase su fama de duro; era un oficial normal, un investigador académico que cumplimentaba los formularios. Rebus acababa de deshacerse de un enemigo -el inspector Alister Flower, destinado a un puesto en la frontera entre Inglaterra y Escocia para capturar fornicadores de ovejas y carreristas de tractores- y no quería sustitutos.

Alian Mitchison vivía en un bloque de lujo del llamado «barrio financiero»; unos solares de Lothian Road transformados en centro de congresos y «apartamentos». Había un nuevo hotel en perspectiva y una compañía de seguros estaba instalada en el hotel Caledonian. Aún quedaba espacio para una expansión y para trazar más calles.

– Atroz -comentó Bain mientras aparcaba.

Rebus intentó recordar sin éxito cómo era el lugar un par de años atrás. ¿Era ya un enorme solar o habían demolido las casas? Aquello debía de estar a medio kilómetro de la comisaría de Torphichen, menos quizás, y él que creía conocer su terreno de operaciones… Pues no.

Había media docena de llaves en el llavero; abrieron la puerta principal y una vez en el portal bien iluminado, entre los buzones, localizaron el apellido Mitchison: apartamento 312. Rebus abrió el buzón y recogió el correo. Folletos y sobres de propaganda: «¡Ábralo! ¡El premio de su vida!» y cosas por el estilo, más un extracto de cuenta de la tarjeta de crédito. Abrió el extracto. La Voz de su Amo de Aberdeen, una tienda de deportes de Edimburgo -las 56,50 libras de las Nike- y un restaurante indio, también de Aberdeen. Dos semanas sin nada en el debe y otra vez el restaurante de Aberdeen.

Subieron al tercer piso en el exiguo ascensor, en el que Bain tapaba el espejo vertical, y buscaron el apartamento 312. Rebus abrió la puerta, vio que el panel de alarma del minúsculo recibidor parpadeaba y lo desconectó con una llave, mientras Bain daba con el interruptor y cerraba la puerta. El piso olía a pintura y yeso, alfombras y barniz. Nuevo y deshabitado. No había muebles; sólo un teléfono en el suelo al lado de un saco de dormir desplegado.

– Una vida sencilla -comentó Bain.

La cocina estaba perfectamente equipada -lavadora, fogones, lavavajillas, frigorífico-, pero la puerta de la secadora conservaba el sello adhesivo de fábrica y en la nevera no había más que el manual de instrucciones, una bombilla extra y un juego de elevadores. En el armarito bajo el fregadero había un cubo para basura conectado a la puerta para su apertura simultánea. Nada excepto dos simples latas de cerveza aplastadas y un envoltorio manchado de rojo que olía a pincho moruno o algo parecido. El único dormitorio estaba vacío, y también el armario empotrado, sin perchas. Bain sacó algo a rastras del reducido cuarto de baño: una mochila Karrimor azul.

– Como si hubiera venido sólo a ducharse, cambiarse y salir corriendo.

Vaciaron la mochila. Aparte de ropa había un radiocasete estéreo y cintas -Soundgarden, Crash Test Dummies, Dancing Pigs- y Wbit, la novela de Iain Banks.

– Tengo que comprármela -dijo Rebus.

– Quédatela, ¿quién te ve?

Rebus le lanzó una mirada en apariencia inocente al tiempo que negaba con la cabeza. No podía permitirse ningún desliz más. De un bolsillo lateral extrajo una bolsa de compras con más casetes -Neil Young, Pearl Jam y de nuevo los Dancing Pigs- y el ticket de caja de La Voz de su Amo de Aberdeen.

– Me da la impresión de que trabajaba en la ciudad de granito -dijo Rebus.

Del otro bolsillo lateral Bain sacó un folleto doblado en cuatro. Lo desdobló, lo abrió y se lo pasó a Rebus. Era una fotografía en color de una plataforma petrolífera con la leyenda: «LA PETROLERA T-BIRD ROMPE EL EQUILIBRIO» y un segundo titular: «Fuera las instalaciones marítimas. Una sencilla propuesta». En el interior, junto a otro texto, había mapas de colores, gráficos y estadísticas. Rebus leyó el primer párrafo:

– «Había en un principio, hace millones de años, organismos microscópicos que vivían y morían en los ríos y mares. Esos seres dieron su vida para que millones de años después -miró a Bain- nosotros vayamos en coche.»

– Me da la impresión de que el de la verja trabajaba en una empresa petrolífera.

– Se llamaba Alian Mitchison -le reprochó Rebus en voz baja.

Amanecía cuando Rebus llegó finalmente a casa. Encendió el equipo de alta fidelidad con el volumen muy bajo, lavó un vaso en la cocina y se sirvió dos dedos de Laphroaig con un chorrito de agua del grifo. Ciertos whiskies requerían agua. Se sentó a la mesa de la cocina y hojeó los periódicos, los recortes del caso Johnny Biblia y las fotocopias del antiguo caso John Biblia. Había estado todo un día en la Biblioteca Nacional revisando por encima los años 1968-1970 y pasando metraje de microfilme por la visionadora. Un auténtico festival de noticias: Rosyth a punto de perder el mando de la Royal Navy, proyecto en Invergordon de un complejo petroquímico por valor de cincuenta millones de libras y en la cadena ABC proyectaban Camelot.

Se anunciaba un opúsculo, Cómo debe gobernarse Escocia, junto a cartas al director sobre el tema de la autonomía. Se buscaba gerente de ventas y mercadotecnia: sueldo de 2.500 libras anuales. Una casa nueva en Strathalmond costaba 7.995 libras. Hombres rana buscaban pistas en Glasgow y Jim Clark estaba a punto de ganar el Grand Premio de Australia. Simultáneamente, en Londres detenían a miembros de la Steve Miller Band acusados de posesión de drogas; el aparcamiento en Edimburgo había alcanzado límites de saturación…

1968.

Rebus tenía ejemplares de los diarios originales, adquiridos a un precio muy similar a los seis peniques que costaban. Continuaban en agosto de 1969. El fin de semana en que John Biblia se cobró su segunda víctima hubo matanzas en el Ulster y 300.000 fans se congregaban (y se colocaban) en Woodstock. Vaya ironía. La propia hermana de la segunda víctima la había encontrado en un piso deshabitado… Rebus trató de apartar del pensamiento a Alian Mitchison para concentrarse en aquellas antiguas noticias; sonrió al leer un titular del 20 de agosto: «Declaración de Downing Street». Huelga de barcos de pesca de arrastre en Aberdeen…; productora de cine norteamericana busca dieciséis gaitas…; suspendidas las conversaciones sobre el Pergamon de Robert Maxwell. Otro titular: «Notable descenso de actos delictivos y agresiones en Glasgow». Que se lo dijeran a las víctimas. En noviembre se afirmaba que el índice de homicidios en Escocia era el doble que en Inglaterra y Gales; alcanzaba el récord de cincuenta y dos procesos anuales. Tenía lugar un debate sobre la pena de muerte. Manifestaciones antimilitaristas en Edimburgo y actuación de Bob Hope para las tropas de Vietnam. Dos noches de concierto de los Rolling Stones en Los Ángeles a 71.000 libras por actuación; los honorarios más altos de la música pop.

Hasta el 22 de noviembre no se publicó en la prensa un retrato robot de John Biblia. Ya se le llamaba así por el apelativo que le daban los medios de comunicación. Habían transcurrido tres semanas entre el tercer asesinato y la aparición del retrato robot en prensa: la investigación no progresaba demasiado. También un retrato dibujado de la segunda víctima se había publicado con un mes de retraso. Cuántos retrasos… Rebus no se lo explicaba.

No acababa de entender por qué le atraía John Biblia. Quizá se estuviese implicando en un caso antiguo para eludir otro: el caso Spaven. Aunque, no: era algo más complejo. John Biblia marcaba el final de los sesenta para Escocia y ponía una nota amarga en la transición de una década a otra. Para muchos era como si hubiese dado al traste con la poca paz y el bienestar que había alcanzado hasta entonces al norte. Rebus no deseaba que el siglo XX acabase igual. Quería ver a Johnny Biblia detenido. Pero en cierto modo su interés por el caso actual experimentaba una evolución y había comenzado a centrarse en el de John Biblia hasta desempolvar viejas hipótesis y gastar una fortuna en periódicos antiguos. Entre 1968 y 1969 él estaba en el Ejército, entrenándose para matar, y fue destinado a diversos lugares, Irlanda del Norte incluida. Era como si le hubieran arrebatado una porción de tiempo importante.

Por lo menos estaba vivo.

Llevó el vaso y la botella al cuarto de estar y se dejó caer en el sillón. No recordaba cuántos cadáveres había visto, pero, desde luego, seguía sin acostumbrarse. Recordó los comentarios que había oído sobre la primera autopsia de Bain, realizada por el forense Naismith, de Dundee, un cabronazo cruel por no decir más. Probablemente sabía que Bain era novato, y se dedicó a hacer barbaridades con el cadáver, como los chatarreros que desmontan coches, sacando las vísceras, serrándole el cráneo por la mitad y removiendo el reluciente cerebro con las manos, práctica desechada en la actualidad en prevención de la hepatitis C. Cuando Naismith comenzó a desollar los genitales Bain se desplomó como un saco. Aunque era justo reconocer que había aguantado sin amilanarse. Quizá pudieran trabajar juntos tras limar ciertas asperezas. Quizá.

Echó un vistazo a la calle por la ventana. El coche seguía aparcado en la línea amarilla. En uno de los pisos de enfrente había luz. Siempre brillaba una luz en alguna parte. Tomó un leve sorbo de whisky y se puso a escuchar el Black and Bine de los Stones. Influencias negras y de blues; no era lo mejor del grupo, pero tal vez el álbum más sosegado.

Alian Mitchison estaba en una cámara frigorífica de Cowgate. Había muerto atado a una silla y Rebus ignoraba el móvil. Al It's a Sin de los Pet Shop Boys le siguió Fool to Cry [3] de Glimmer Twins. En ciertos aspectos no había tanta diferencia entre el piso de Mitchison y el suyo: poco habitado y más refugio que hogar. Apuró el resto del vaso, se sirvió otro que también apuró, y se tapó hasta la barbilla con el edredón que había en el suelo.

Otro día más.

Despertó horas más tarde, se levantó y fue al baño. Se duchó, se afeitó y se cambió de ropa. Había soñado con Johnny Biblia, mezclándolo todo con John Biblia. Policías de uniforme ajustado, corbata negra estrecha, camisa blanca de nailon brillante y sombrero de jubilado. 1968: primera víctima de John Biblia. Para Rebus significaba el Astral Weeks de Van Morrison. 1969: víctimas dos y tres; el Let It Bleed de Rolling Stones. Orden de búsqueda y captura hasta 1970, año en que él planeaba acudir al festival de la isla de Wight y no pudo, aunque ya por entonces John Biblia se había esfumado… Esperaba que Johnny Biblia se fuera a hacer puñetas y reventara.

No había nada de comer en la cocina, sólo periódicos; y la tienda de la esquina había cerrado definitivamente, pero tenía una de comestibles no muy lejos. No, compraría en otra cualquiera por el camino. Miró por la ventana y vio una ranchera azul claro en doble fila bloqueando tres coches del vecindario. Equipo de filmación en el vehículo y al lado dos hombres y una mujer tomando café en vasitos desechables.

– Mierda -exclamó mientras se anudaba la corbata.

Se puso la chaqueta y salió a la calle a afrontar las preguntas. Uno de los hombres cargó al hombro una cámara de vídeo y el otro comenzó a hablar.

– Inspector, sólo unas preguntas. Somos de Redgauntlet Televisión, de Justicia en directo.

Rebus les conocía: él era Eamonn Breen, guionista-presentador y un engreído de campeonato, y ella, Kayleigh Burgess, productora del programa.

– Inspector, es por el caso Spaven. Concédanos unos minutos. A ver si llegamos al fondo…

– Yo ya he llegado.

Vio que la cámara no estaba a punto y giró con rapidez sobre sus talones, dándose casi de bruces con el periodista. Recordó a Minto diciendo «acoso», sin saber lo que era ni lo que a él le había costado saberlo.

– Te va a parecer un parto -dijo.

– ¿Cómo dice? -preguntó Breen perplejo.

– Cuando el cirujano te saque la cámara del culo.

Rompió la multa de aparcamiento del parabrisas, abrió la puerta del coche y se sentó al volante. Ahora sí que estaba lista la maldita cámara, pero lo único que pudo filmar fue un Saab 900 abollado dando marcha atrás a toda pastilla.

Rebus tenía una reunión matinal con el inspector jefe, Jim MacAskill. El desorden del despacho era similar al de las otras dependencias de la comisaría: cajas de cartón para el traslado pendientes de llenar y rotular, estanterías medio vacías, viejos archivadores metálicos verdes con los cajones abiertos y montones de papeles, todo lo cual debía ser transportado con cierto orden.

– Esto es un tremendo rompecabezas -dijo MacAskill-. Si llega todo a destino en buen estado, será un milagro comparable a aquella copa de la UEFA que ganaron los Raith Rovers.

El jefe era un brigadista como Rebus, nacido y criado en Methil, en la época en que en los astilleros se construían barcos y no torres de perforación para la industria del petróleo. Era alto, fuerte y más joven que él. Daba la mano de manera normal y no al estilo masónico, pero al no estar casado, corrían rumores de si no sería de la acera de enfrente, cosa que a Rebus le tenía sin cuidado aunque esperaba que en caso afirmativo no fuese de los que se sienten culpables. Basta que se quiera guardar un secreto para estar más a merced de los chantajistas y mercachifles de la vergüenza, de las fuerzas destructivas interiores y exteriores. Vaya si lo sabía él.

En cualquier caso, MacAskill era un guaperas de abundante pelo negro, sin canas ni indicios de tinte, de rostro bien cincelado y sin defectos; el equilibrio entre los ojos, la nariz y la barbilla le hacía parecer sonriente aunque estuviera serio.

– Bien -dijo-, ¿qué conclusiones ha sacado?

– Pues no lo sé. Una fiesta que acaba mal, una caída… Las botellas de bebidas estaban sin abrir.

– Me pregunto si llegaron juntos. La víctima podría haber ido allí sola y sorprender a alguien que hacía algo que no…

Rebus negó con la cabeza.

– El taxista ha confirmado que llevó a tres individuos y ha facilitado su descripción. La de uno de ellos coincide perfectamente con la del difunto, que le llamó más la atención porque estaba muy borracho. Los otros dos viajaron tranquilos, sobrios, incluso. Pero la descripción física no va a llevarnos muy lejos. Los recogió cerca del bar Mal's. Hemos hablado con el personal y fue allí donde compraron la bebida.

El jefe se atusó la corbata.

– ¿Se sabe algo más del difunto?

– Únicamente que tenía amistades en Aberdeen y que quizá trabajase en una empresa petrolífera. No utilizaba mucho su piso de Edimburgo, lo cual me hace pensar que haría turnos de dos semanas seguidos de otras dos de permiso. Ganaba lo bastante para pagar la hipoteca de un piso en el barrio financiero, y en su tarjeta de crédito hay una laguna de dos semanas en los últimos cargos.

– ¿Cree que es el tiempo que estaría en la plataforma?

Rebus se encogió de hombros.

– No sé si aún funciona así, pero hace años conocía gente que se ganaba la vida en las plataformas petrolíferas trabajando a destajo durante dos semanas seguidas.

– Bien, vale la pena averiguarlo. Hay que comprobar también si tenía familia y quién es su pariente más próximo. Dé prioridad al papeleo y a la identificación. ¿Tenemos alguna hipótesis sobre el móvil?

Rebus negó con la cabeza.

– Parece muy preparado. No creo que la cinta adhesiva y la bolsa de plástico las encontraran por casualidad en aquella pocilga. ¿Se acuerda de cómo se cargaron los Kray a Jack McVitie? No, claro; es demasiado joven. Le tentaron con una juerga. El les había cobrado un trabajo que no pudo llevar a cabo y era una deuda pendiente. Le citaron en un sótano a donde él llegó pidiendo a gritos droga y bebida. Ronnie lo sujetó y Reggie lo apuñaló.

– Entonces ¿esos dos hombres atrajeron a Mitchison al piso abandonado?

– Es posible.

– ¿Con qué propósito?

– Bueno, en primer lugar le ataron y le embutieron una bolsa de plástico en la cabeza; es decir, que no pensaban hacerle preguntas. Querían que se cagara de miedo para después matarlo. Yo diría que es un simple asesinato, con cierto agravante de crueldad.

– ¿Lo empujaron o saltó él?

– ¿Tiene alguna importancia?

– Mucha, John. -MacAskill se puso en pie y cruzó los brazos sobre el archivador-. Si él saltó, es un suicidio, aunque planeasen matarlo. Con esa bolsa en la cabeza y atado de ese modo, a lo sumo sería homicidio involuntario. La defensa alegará que lo único que pretendían era asustarle, y entonces reaccionó haciendo algo que ellos no esperaban: tirarse por la ventana.

– Para lo cual debió de sentir más que miedo, pánico.

– Pero no es homicidio -replicó MacAskill, encogiéndose de hombros-. La clave está en si trataban de asustarlo o de matarlo.

– No dejaré de preguntárselo.

– A mí me parece cosa de gángsteres; drogas quizás o un préstamo que no devolvió, o alguna estafa.

MacAskill volvió a sentarse, sacó una lata de Irn-Bru de un cajón, la abrió y bebió un trago. Nunca iba al pub después del trabajo, ni brindaba con whisky cuando el equipo de fútbol ganaba; nada de alcohol. Tanto más a favor de lo de la acera de enfrente. Le preguntó a Rebus si quería una.

– Estando de servicio, no, señor.

MacAskill reprimió un eructo.

– Averigüe más datos sobre la víctima, John, a ver si surge alguna pista. Apremie a los forenses para que identifiquen las huellas de las botellas y envíen el resultado de la autopsia. Lo primero es saber si consumía drogas. Eso nos facilitaría las cosas. No quiero irme a la nueva comisaría sin resolver un caso así. ¿Me ha entendido, John?

– Sin lugar a dudas, señor.

Se dio la vuelta para marcharse, pero el jefe seguía hablando:

– Ese problema de… ¿cómo se llama?

– ¿Spaven? -dijo Rebus, figurándoselo.

– Exacto, Spaven. Se ha silenciado, ¿no?

– Más silencioso que una tumba -mintió Rebus, al tiempo que salía del despacho.

Capítulo 3

Aquella noche -un compromiso contraído hacía tiempo- Rebus estaba de servicio en el estadio de Ingliston en un concierto de rock en que actuaban una estrella norteamericana y un par de teloneros ingleses de cierta fama. Formaba parte de un equipo de apoyo (mejor llamarlo de protección) constituido por ocho policías de la secreta procedentes de cuatro comisarías. Ayudaban a los sabuesos de Regulación de Comercio que iban a confiscar el género de contrabando -camisetas, programas de ordenador y discos compactos- con la aprobación de los representantes de los grupos musicales. Los habían provisto de pases para los camerinos, el escenario y para el recinto de invitados, con derecho a una bolsa-obsequio de artículos de los grupos.

– Para sus hijos, o nietos… -le comentó el acólito que repartía las bolsas, casi tirándosela.

Rebus se tragó una réplica y se encaminó a la barra sin saber qué escoger entre tantas botellas. Optó por una cerveza, pero luego pidió un Black Bush, aunque guardó la botella en la bolsa-obsequio.

Tenían dos furgonetas aparcadas fuera del recinto, lejos del escenario, llenas de infractores y mercancía. Maclay se dirigió hacia allí con un puño de hierro entre las manos.

– ¿A quién has matado, Heavy?

Maclay meneó la cabeza y se enjugó el sudor de la frente; parecía un ángel caído pintado por Miguel Ángel.

– Uno que no quería que inspeccionara su maleta. Se la perforé de un puñetazo y se acabó.

Rebus paseó la mirada por el furgón de los detenidos. Un par de chavales reincidentes y dos veteranos acostumbrados a aquella rutina. Una multa y confiscación de la mercancía. Apenas había comenzado el verano y quedaban muchos festivales por delante.

– Qué horrible estafa -dijo Maclay, refiriéndose a la música.

Rebus se encogió de hombros; a él le agradaba aquella clase de servicios, aunque no sacase más que un par de compactos. Le invitó a Black Bush; Maclay bebió como si fuese gaseosa, por lo que Rebus le ofreció un caramelo de menta que él se echó a la boca dándole las gracias con una inclinación de cabeza.

– Han llegado esta tarde los resultados de la autopsia -dijo.

– ¿Y qué? -inquirió Rebus, que no había tenido tiempo de llamar.

Maclay trituró el caramelo entre los dientes.

– Falleció por efecto de la caída. Poco más.

La caída. Había pocas posibilidades para un veredicto de homicidio.

– ¿Y la toxicología?

– No han concluido los análisis. El doctor Gates comentó que cuando seccionó el estómago apestaba a ron negro.

– En la bolsa había una botella.

– Lo que bebía el difunto -agregó Maclay con gesto afirmativo-. Dice Gates que no parece haber indicios de droga, pero habrá que esperar a los análisis. Busqué en el listín telefónico a los Mitchison.

– Yo también. -Rebus sonrió.

– Lo sé; en uno de los números me dijeron que habías hablado con ellos. ¿Nada?

Rebus negó con la cabeza.

– Sólo un número de T-Bird Oil de Aberdeen. El jefe de personal ha quedado en llamarme -añadió.

Un oficial de Regulación de Comercio venía hacia ellos cargado con un montón de camisetas y programas de ordenador; el rostro enrojecido por el esfuerzo y la cabeza gacha. Tras sus pasos, otro oficial brigadista -de la División Livingston- escoltaba a un detenido.

– ¿Ya acaban, señor Baxter?

El oficial de Regulación de Comercio dejó las camisetas y cogió una para secarse el sudor de la cara.

– Más o menos -contestó-. Voy a reagrupar a mi tropa.

Rebus se volvió hacia Maclay.

– Me muero de hambre. Vamos a ver qué han preparado para las superestrellas.

Algunos fans trataban de romper la barrera de seguridad. Los que habían logrado infiltrarse, quinceañeros en su mayoría, chicos y chicas a partes iguales, deambulaban por detrás de los de seguridad a la caza de algún famoso como los que aparecían en los carteles que adornaban sus dormitorios, pero cuando veían uno no decían palabra de puro respeto o timidez.

– ¿Tienes hijos? -preguntó Rebus a Maclay.

Estaban en el entoldado, con sendas botellas de Beck que habían sacado de un frigorífico que Rebus no había visto en su primera incursión. Maclay negó con la cabeza.

– Divorciado antes de que ésa fuera la solución, ya ves qué gracia. ¿Y tú?

– Una hija.

– ¿Mayor?

– A veces pienso que es mayor que yo.

– Hoy día los críos crecen rápido.

Rebus sonrió al pensar que era diez años mayor que Maclay.

Dos guardias de seguridad obligaban a volver al perímetro del público a una chica que se resistía entre chillidos.

– Es Jimmy Cousins -dijo Maclay, señalando a uno de los gorilas-. ¿Lo conoces?

– Estuvo un tiempo destinado en Leith.

– Se jubiló el año pasado a los cuarenta y siete. Treinta años de servicio. Ahora tiene la pensión y un empleo. Es para pensárselo.

– A mí me parece que echa de menos la policía.

– Acaba por convertirse en un hábito -comentó Maclay sonriendo.

– ¿Por eso te divorciaste?

– Algo tuvo que ver.

Rebus pensó preocupado en Brian Holmes, en la tensión que agobia a los más jóvenes, y que afecta al trabajo y a la vida privada. Que se lo dijeran a él.

– ¿Y a Ted Michie, lo conoces?

Rebus asintió con la cabeza. Era a quien reemplazaba en Fort Apache.

– Dicen los médicos que es un caso terminal. Y él se niega a que le operen porque su religión prohíbe las armas blancas.

– Tengo entendido que en sus tiempos manejaba muy bien la porra.

Uno de los grupos de teloneros irrumpió en el entoldado entre aplausos dispersos. Cinco varones de veintitantos años, torso desnudo y toallas por los hombros, colocados con algo, tal vez con la simple actuación. Apretones y besos de las chicas, alaridos y carcajadas.

– ¡Los hemos dejado jodidamente muertos!

Rebus y Maclay continuaron bebiendo en silencio, no querían que los confundieran con promotores.

Cuando salieron del entoldado ya había oscurecido lo bastante para apreciar los efectos de la luminotecnia. Había, además, fuegos artificiales, lo que a Rebus le recordó que estaban en plena temporada turística y pronto tendrían la tradicional parada militar, con ocasión de la cual los fuegos artificiales se oirían desde Marchmont aunque cerraras las ventanas. Un equipo de filmación, acechado por los fotógrafos, agrandaba a su vez la inminente salida a escena del grupo telonero más famoso. Maclay observaba aquel cortejo.

– Te sorprenderá que no te acosen a ti -comentó irónico a Rebus.

– Vete a la mierda -replicó éste, dirigiéndose hacia el lateral del escenario.

Los pases tenían un código de colores y el suyo, amarillo, le permitía llegar a los bastidores, donde se quedó a ver la actuación. El sonido era muy deficiente, pero tenía unos monitores cerca y fijó en ellos su atención. El público se divertía y se agitaba por oleadas cual un mar de cabezas incorpóreas. Su pensamiento voló a la isla de Wight, uno de los festivales que se había perdido, algo que ya nunca se repetiría.

Volver a aquella época, veinte años antes, le hizo recordar a Lawson Geddes, su antiguo mentor, jefe y valedor.

Un John Rebus de apenas veinte años, agente de policía ansioso por dejar atrás el servicio militar, sus fantasmas y pesadillas. Soñaba con tener una esposa y una hijita. Tal vez buscaba un padre adoptivo y lo encontró en Lawson Geddes, inspector de policía de la ciudad de Edimburgo. Geddes, cuarenta y cinco años y ex combatiente de Borneo, contaba historias de la guerra en la selva como antídoto al fenómeno de los Beatles, pero en el Reino Unido a nadie le interesaban los últimos estertores de la fuerza colonial. Geddes y él tenían en común ciertos valores, sudores nocturnos y pesadillas de fracaso. Rebus, nuevo en el DIC, y Geddes, zorro viejo en todo lo relativo al mismo. Recordaba perfectamente el primer año de creciente amistad y le resultaba fácil olvidar ahora los pocos escollos: Geddes intentando conquistar a su joven esposa y a punto de lograrlo; él, borracho en una fiesta de Geddes, entrando a oscuras en una habitación para mearse en un armario que confundió con el váter; un par de puñetazos en un bar a punto de cerrar, golpes que no alcanzaron su objetivo y quedaron en simple forcejeo.

Era fácil perdonar cosas así. Pero luego les cayó una investigación por homicidio en la que el sospechoso era Leonard Spaven, jefe de Geddes. Ambos llevaban un par de años jugando al gato y al ratón: agresión con agravantes, proxenetismo y robo de un par de cargamentos de tabaco. Y corrían rumores sobre uno o dos asesinatos, asuntos de ajustes de cuentas y rivalidad entre gángsteres. Spaven había servido en la Guardia Escocesa con Geddes, y puede que la inquina naciera entonces, pero ninguno comentaba nada al respecto.

El día de Navidad de 1976 tuvo lugar un horripilante hallazgo en una granja de las inmediaciones de Swanston: una mujer decapitada. La cabeza apareció una semana después, el día de Año Nuevo, en un campo cercano a Currie. Como las temperaturas marcaban bajo cero, debido al avanzado proceso de descomposición, el forense dictaminó que había permanecido cierto tiempo en algún otro sitio desde el seccionamiento, al contrario que el cuerpo, que fue abandonado inmediatamente después del crimen. La policía de Glasgow, con el caso de John Biblia pendiente desde hacía seis años, mostró cierto interés. A partir de la descripción inicial por la ropa, un civil se presentó a declarar que podía tratarse de una vecina que llevaba dos semanas sin aparecer. El lechero había interrumpido el reparto al imaginarse que, sin previo aviso, se había ausentado en Navidad.

La policía forzó la puerta. Felicitaciones navideñas sin abrir sobre la alfombra del recibidor, en el fogón una cazuela con sopa mohosa y la radio a bajo volumen. Localizados los familiares, éstos identificaron el cadáver: era Elizabeth Rhind, Elsie para los amigos. Tenía treinta y cinco años, estaba divorciada de un marino mercante y trabajaba como secretaria en una fábrica de cerveza. Una mujer muy apreciada y extrovertida. El ex marido, primer sospechoso, tenía una coartada perfecta ya que su barco estaba por aquellas fechas en Gibraltar. Repasando la lista de amistades de la víctima, y en concreto de los hombres con quien salía, apareció un nombre sin apellido: Lenny. Elsie había salido con él durante un par de semanas. Sus amigos más allegados facilitaron la descripción y Lawson Geddes intuyó que se trataba de Lenny Spaven. Rápidamente estableció una hipótesis: Lenny había puesto sus miras en Elsie al saber que trabajaba en una fábrica de cerveza, con la intención quizá de obtener información interna y así apropiarse de un camión o robar en la fábrica. Al negarle Elsie su colaboración, él, furioso, la mató.

Para Geddes la hipótesis era muy sólida, pero no lograba convencer a nadie. Y no existían pruebas. El momento de la muerte tampoco se podía determinar sin un margen de error de veinticuatro horas, por lo que Spaven no necesitaba coartada. En un registro en su casa y en la de sus amigos no se encontró una sola mancha de sangre. Había otras pistas, pero Geddes no podía apartar a Spaven de la cabeza. Rebus estuvo a punto de volverse loco. Acabaron gritándose más de una vez y dejaron de salir juntos a tomar copas. Sus jefes le llamaron la atención, diciéndole que estaba obsesionado y perjudicaba la investigación; le aconsejaron tomarse unas vacaciones, e incluso los de Homicidios organizaron una colecta para él.

Una noche se presentó en casa de Rebus y le pidió un favor. Tenía aspecto de haber estado una semana sin dormir ni mudarse de ropa. Le contó que había seguido a Spaven y que acababa de verle entrar en un garaje de Stockbridge, donde seguramente podían sorprenderle si se daban prisa. Rebus sabía que aquél no era modo de actuar, saltándose el reglamento, pero Geddes, tembloroso, le imploraba con ojos de loco, y se le fue totalmente de la cabeza la orden de registro y todo lo demás. Rebus insistió en tomar él el volante y seguir las indicaciones de Geddes.

Encontraron a Spaven en el garaje, rodeado de montones de cajas con género de un atraco a un almacén de South Queens-ferry en noviembre: radio-relojes digitales, a los que Spaven estaba colocando el cable para venderlos por pubs y clubes. Detrás de unas cajas Geddes descubrió una bolsa de plástico con un sombrero de mujer y un bolso beige, posteriormente identificados como pertenecientes a Elsie Rhind.

Spaven proclamó su inocencia desde el momento en que Geddes alzó del suelo la bolsa de plástico, inquiriendo qué había dentro. Y no dejó de proclamarla a lo largo de la investigación, durante el juicio y cuando le conducían al calabozo después de que le condenaran a cadena perpetua. Comparecieron los dos ante el tribunal; Geddes, ya tranquilo y radiante de satisfacción, y Rebus, un tanto incómodo. Su declaración fue una historia inventada: un aviso anónimo sobre un cargamento de artículos robados; pura suerte… Quedaba bien y mal al mismo tiempo. Lawson Geddes nunca más habló del asunto, cosa extraña, pues, ante una copa, era costumbre charlar de los casos, estuvieran resueltos o no. Luego, para sorpresa de todos, Geddes dejó la policía cuando apenas le faltaban dos años para el ascenso y optó por irse a trabajar a la tienda de licores de su padre, donde hacían descuento a los agentes de policía; ganó algo de dinero y se jubiló tan feliz a los cincuenta y cinco. Desde hacía diez años vivía en compañía de su mujer Etta en Lanzarote.

Desde su marcha Rebus sólo había recibido una postal: en Lanzarote había «escasez de agua potable, pero de sobra para suavizar un whisky, y los vinos Torres no requerían adulteración»; y un paisaje casi lunar, «ceniza negra volcánica, ¡buena excusa para no tener que cuidar de un jardín!». No había vuelto a tener noticias y Geddes no daba dirección alguna en la isla. No tenía mucha importancia: las amistades vienen y van. Había sido útil conocer a Geddes en su momento; había aprendido mucho de él.

Don 't Look Back [4], había cantado Dylan.

Volvió al presente: las luces deslumbrantes del espectáculo. Contuvo las lágrimas y se apartó del escenario camino del entoldado. Astros del pop con sus séquitos, encantados del acoso de la prensa y la tele. Fogonazos y micrófonos, preguntas. Espuma de champán. Rebus se limpió unas salpicaduras del hombro y decidió que era hora de volver al coche.

El caso Spaven debía haber sido asunto concluido aunque el condenado jurara inocencia, pero el preso Spaven comenzó a escribir y sus amigos sacaron los relatos de la cárcel bajo mano o sobornando a los guardianes, y los publicaron. Al principio eran historias de ficción, con una de ellas ganó el primer premio de un concurso convocado por un periódico. Al conocerse la verdadera identidad y las circunstancias del galardonado, el periódico publicó otro relato más extenso. A partir de ahí, Spaven siguió escribiendo y publicando y hasta compuso una obra teatral para la televisión que obtuvo sendos premios en Alemania y en Francia y fue representada en Estados Unidos, con una audiencia mundial de unos veinte millones de personas. Escribió después otra y a continuación una novela, antes de iniciar acto seguido la publicación de relatos autobiográficos, comenzando por su niñez. Pero Rebus sabía lo que Spaven acabaría contando.

Ya por entonces se había granjeado el apoyo de los medios de comunicación que pedían su excarcelación, propósito que se vino abajo a causa de una agresión de Spaven a otro recluso, a quien causó lesiones cerebrales. A partir de este incidente los relatos de Spaven se hicieron más patéticos que nunca: el agredido le tenía envidia por la expectación que él suscitaba e intentó matarle en la galería. Él sólo había actuado en defensa propia. Y como colofón, decía que no se habría visto en situación tan envidiable de no haber sido por culpa de un grave error de la justicia. La segunda entrega de la autobiografía de Spaven concluía con el caso Elsie Rhind y mencionaba a los dos policías que le habían tendido la trampa: Lawson Geddes y John Rebus. Spaven descargaba todo su rencor sobre Geddes y a Rebus le calificaba de simple peón, un lacayo de su amigo. Para Rebus no era más que una versión fantasiosa elucubrada como venganza durante los largos años de reclusión. Pero a lo largo de la lectura de aquellas entregas había advertido el modo en que Spaven manipulaba sin recato al lector, lo que le hizo recapacitar sobre el Lawson Geddes de la noche de marras ante su puerta y en las mentiras que habían elaborado a continuación…

Spaven se suicidó poco después: se rajó la garganta con un escalpelo haciéndose un tajo por el que cabía una mano. Según nuevos rumores había muerto a manos de los carceleros, que querían impedirle terminar la autobiografía porque explicaba pormenores de los años de reclusión y los malos tratos sufridos en las cárceles escocesas, o de presos envidiosos de su fama que habían dejado entrar en su celda.

Pero fue un simple suicidio. No dejó más que una nota, con tres borradores arrugados en el suelo, proclamando hasta el último momento su inocencia en el asesinato de Elsie Rhind. Los medios de comunicación comenzaron a barruntar una buena historia con la vida y la muerte de Spaven. Y ahora, el epílogo.

Primero: se había editado el tercer volumen inconcluso de la autobiografía -«enteroecedor», según un crítico, «un logro absoluto», según otro-, que se mantenía en la lista de best-sellers. En Prince Street te encontrabas con la cara de Spaven mirándote desde los escaparates de todas las librerías. Un trayecto que Rebus evitaba en lo posible.

Segundo: un preso que acababa de obtener la libertad había declarado a la prensa que era la última persona que habló con Spaven antes de morir, y porfiaba que sus últimas palabras habían sido: «Bien sabe Dios que soy inocente, pero estoy harto de repetirlo». El ex presidiario había cobrado del periódico 750 libras por la entrevista. Evidentemente, se trataba de una maniobra de la prensa sensacionalista.

Tercero: acababan de lanzar una nueva serie de televisión, Justicia en directo, una visión impactante del delito, el poder y los errores de la justicia. Tras el elevado índice de audiencia registrado en su emisión piloto -con el atractivo presentador Eamonn Breen, ídolo de las televidentes-, estaba en preparación la segunda, en la que el caso Spaven -decapitación, acusaciones y suicidio de alguien mimado por los medios de comunicación- constituía la primera entrega.

Con Lawson Geddes en el extranjero y sin dirección conocida, quien cargaba con el muerto era John Rebus.

Framed [5] de Alex Harvey, seguido de Living in the Past [6] de Jethro Tull.

Volvió a casa pasando por el Oxford Bar, un largo desvío que valía la pena. La decoración y los montajes visuales debían de ejercer cierto efecto hipnótico; única explicación posible de que los parroquianos se pasaran horas enteras mirándolos. El barman aguardó a que Rebus pidiera, pues por aquellos días no tomaba «lo de siempre»: en la variedad está el gusto, etcétera.

– Ron negro y media Best.

Hacía años que no bebía ron negro; le parecía propio de marineros. Pero Alian Mitchison lo bebía: motivo de más para pensar que trabajaba en el mar. Pagó, apuró el chupito de un trago, se enjuagó la boca con la cerveza y cuando quiso darse cuenta ya no le quedaba. El barman volvió con el cambio.

– Ahora una jarra de cerveza, Jon.

– ¿Con otro ron?

– No, por Dios.

Rebus se restregó los ojos y gorreó un cigarrillo a un tipo somnoliento que tenía al lado.

El caso Spaven… Le había hecho retroceder en el tiempo, forzándole a cotejar recuerdos y plantearse si la memoria no le jugaría malas pasadas. Un asunto inconcluso de veinte años atrás. Igual que el de John Biblia. Sacudió la cabeza, tratando de borrar la historia, y su pensamiento voló hacia Alian Mitchison y una caída en picado sobre una verja, que ves llegar con los brazos atados a una silla y una única alternativa: hacer frente a tu destino con los ojos abiertos o cerrados… Rodeó la barra hasta el otro extremo para telefonear y metió la moneda sin saber a quién iba a llamar.

– ¿Ha olvidado el número? – comentó un parroquiano al ver que recogía la moneda.

– Sí, ¿cuál es el teléfono de la Esperanza?

Ante su sorpresa, el hombre se lo sabía de memoria.

Cuatro parpadeos del contestador automático significaban cuatro mensajes. Leyó el manual de instrucciones que tenía abierto por la página seis, con la sección «Playback» encuadrada en bolígrafo rojo y párrafos subrayados. Siguió los pasos indicados y el aparato se avino a funcionar.

– Soy Brian Holmes. -Rebus abrió el Black Bush y se sirvió mientras escuchaba-. Era para… bueno, darte las gracias. Minto se ha retractado, así que me has sacado del apuro. Espero poder devolverte el favor.

La voz sonaba cansada, sin energía. Final del mensaje. Rebus saboreó el whisky.

Blip: mensaje dos.

– Se me ha hecho tarde trabajando y se me ocurrió llamarle, inspector. Hablamos el otro día. Soy Stuart Minchell, jefe de personal de T-Bird Oil. Es para confirmarle que Alian Mitchison era, efectivamente, empleado nuestro. Si me da un número de fax le puedo enviar los datos. Llámeme mañana a la oficina. Adiós.

Adiós y bingo. Qué alivio saber algo del muerto aparte de sus gustos musicales. Le silbaban los oídos: el concierto y el alcohol habían acelerado su pulso.

Mensaje tres:

– Aquí Howdenhall, tanta prisa que le corría y está ilocalizable. Típico de Homicidios. -Rebus conocía aquella voz: Pete Hewitt, del laboratorio de la policía en Howdenhall. Con aspecto de quinceañero, cuando seguramente pasaba de los veinte, Pete era un pico de oro con cerebro a juego y especialista en huellas dactilares-. Son casi todas parciales, pero hay un par de ellas magníficas. ¿Y sabe qué? Su dueño está en el ordenador por antiguas condenas por agresión. Llámeme si quiere saber su nombre -dijo con su habitual buen humor.

Rebus miró el reloj. Eran más de las once y Pete estaría en casa o ligando por ahí, y él no tenía su número particular. Dio una patada al sofá maldiciendo no haber estado en casa: detener a contrabandistas de licores era una pérdida de tiempo. En fin, tenía el Black Bush y una bolsa de discos compactos, camisetas que nunca se pondría y un póster con cuatro caras de chiquillos con acné en primer plano. Le sonaban de algo, no sabía de qué…

Faltaba otro mensaje.

– ¿John?

Una voz de mujer que conocía.

– Si estás ahí, descuelga, por favor. Odio esto. -Pausa; un suspiro-. Bueno, escucha, ahora que no estamos… Quiero decir, ahora que no soy tu superior, ¿qué te parece si nos vemos de vez en cuando? Para almorzar o algo. Llámame a casa o a la oficina, ¿de acuerdo? Antes de que sea tarde. Bueno, no vas a estar toda la vida en Fort Apache. Cuídate.

Se sentó, mirando cómo se desconectaba el aparato. Gill Templer, inspector jefe, antaño su media naranja. Había sido su jefa poco tiempo; aparentaba cierta frialdad, pero era un auténtico iceberg sumergido. Rebus se sirvió otra copa y brindó hacia el aparato. Una mujer acababa de pedirle una cita: ¿desde cuándo no sucedía? Se levantó y fue al baño, examinó su reflejo en el espejo, se restregó la barbilla y se echó a reír. Ojos apagados, pelo lacio y manos temblorosas cuando las alzaba despacio.

– Buen aspecto, John.

Sí, por Escocia se podía mentir. Gill Templer, tan guapa aún como cuando se conocieron, ¿pidiéndole una cita? Meneó la cabeza sin dejar de reír. No, algo habría… alguna intención oculta.

En el cuarto de estar vació la bolsa-obsequio y vio que el póster de los cuatro críos coincidía con la portada de uno de los CD. Claro, los Dancing Pigs, una de las cintas de Mitchison, su último disco. Recordó un par de rostros bajo el entoldado: «¡Los hemos dejado jodidamente muertos!». Mitchison tenía dos discos de ellos.

Qué raro que no llevase una entrada del concierto…

Sonó el timbre de la puerta: dos toques breves. Cruzó el recibidor, mirando la hora. Las once y veinticinco. Echó un vistazo por la mirilla, sin dar crédito a sus ojos, y abrió de par en par.

– ¿Y el resto del equipo?

Kayleigh Burgess en persona con una abultada bolsa colgando del hombro y el pelo recogido bajo una enorme boina verde, con mechones cayéndole sobre las orejas. Guapa y cínica a la vez, al estilo de «no me fastidies si no te doy pie». Rebus la conocía desde hacía un año.

– En la cama, lo más probable.

– ¿Quiere decir que ese Eamonn Breen no duerme en un ataúd?

Cauta sonrisa mientras nivelaba en el hombro el peso de la bolsa.

– ¿Sabe una cosa? -replicó sin mirarle, ocupada con la bolsa-.

No se hace usted ningún favor negándose a hablar de esto con nosotros. No le favorece en absoluto.

– Para empezar, no soy ningún modelo.

– Nosotros somos neutrales. Es la esencia de Justicia en directo.

– ¿Ah, sí? Claro, y a mí me encanta que me den la tabarra antes de irme a dormir…

– No se ha enterado, ¿verdad? -Ahora sí lo miraba-. No, no creo. No ha habido tiempo. Enviamos a Lanzarote un equipo para entrevistar a Lawson Geddes y esta tarde me llamaron…

Rebus conocía la actitud y el tono de voz, el mismo que él había adoptado en muchas circunstancias tristes para comunicar la noticia a familiares o amigos…

– ¿Cómo ha sido?

– Se suicidó. Parece que sufría de depresión desde que murió su esposa. Se pegó un tiro.

– ¡Hostia!

Se dio media vuelta, buscando el cuarto de estar y la botella de whisky con un peso en las piernas.

Ella le siguió y dejó la bolsa en la mesita de centro. Rebus señaló la botella y la periodista asintió. Chocaron los vasos.

– ¿Cuándo murió Etta?

– Hará cosa de un año. De un ataque al corazón, creo. Una de sus hijas vive en Londres.

Rebus la recordaba: una adolescente mofletuda con corrector de ortodoncia llamada Aileen.

– ¿Han estado acosando también a Geddes?

– No «acosamos», inspector. Simplemente recabamos la opinión de todo el mundo. Es importante para el programa.

– El programa -musitó Rebus, sacudiendo la cabeza-. Bien, ahora se han quedado sin programa, ¿no?

– No lo crea, inspector. -La bebida le había arrebolado las mejillas-. El suicidio del señor Geddes puede interpretarse como una admisión de culpabilidad. Es un titular de impacto.

Contraatacaba bien, y Rebus se preguntó si su anterior timidez no sería en gran parte fingida. Se percató en ese momento de que la tenía allí de pie, en un cuarto de estar lleno de discos, botellas vacías y montones de libros por el suelo. No podía dejarla pasar a la cocina, con los recortes de Johnny Biblia y John Biblia esparcidos sobre la mesa, prueba de su obsesión.

– Por eso he venido… en parte. Podía haberle dado la noticia por teléfono, pero pensé que era el tipo de cosas que conviene hacer en persona. Y ahora que sólo queda usted, como único testigo…

Abrió la bolsa y sacó una grabadora con micrófono.

Rebus dejó el vaso y se acercó a ella con las manos extendidas.

– ¿Me permite?

Ella le entregó el aparato sin titubear. El inspector cruzó el recibidor, pasó por la puerta abierta, se acercó al hueco de la escalera y dejó caer la grabadora, que se estrelló dos pisos más abajo contra el suelo de piedra. Ella corrió hacia él.

– ¡Esto lo pagará!

– Mándeme la factura y ya veremos.

Dio media vuelta, entró en el piso, cerró la puerta, echó la cadena haciendo ruido y espió por la mirilla hasta que la periodista se hubo marchado.

Sentado en el sillón junto a la ventana pensó en Lawson Geddes. Como buen escocés no podía llorar. Los llantos son para derrotas futbolísticas, historias de animales valientes, con Flor de Escocia como cierre. Cualquier tontería le hacía llorar, pero aquella noche sus ojos permanecieron secos.

Sabía que estaba metido hasta el cuello. Ahora sólo les quedaba él y redoblarían los esfuerzos por salvar el programa. Además, Burgess tenía razón: suicidio del preso y del policía, era un buen titular. Pero no tenía intención de ser él quien aportara más carnaza. Quería saber la verdad, igual que ellos, pero por distintos motivos, aunque ni siquiera atinaba a decir cuáles. Podía iniciar él mismo su propia investigación. El único problema era que cuanto más escarbara, más ensuciaría su reputación -o lo que quedaba de ella- y también la de su antiguo mentor, compañero y amigo. Había otro problema: no era lo bastante objetivo y no podría hacer esa investigación. Necesitaba un sustituto, un suplente.

Cogió el receptor y marcó siete cifras. Le respondió una voz somnolienta:

– Sí, ¿diga?

– Brian, soy John. Perdona que te llame tan tarde, pero necesito que me devuelvas el favor.

Se encontraron en el aparcamiento de Newcraighall. Las luces del cine universitario estaban encendidas. Alguna sesión golfa. El Mega Bowl cerrado; igual que el McDonald's. Holmes y Nell Stapleton se habían mudado a una casa de Duddingston Park, con vistas al campo de golf de Portobello y a la terminal de los trenes de mercancías. Holmes decía que el ruido no le molestaba para dormir. Podían haberse citado en el campo de golf, pero estaba demasiado cerca de Nell para gusto de Rebus. No la había visto desde hacía un par de años, ni siquiera en actos oficiales; ambos tenían el don de evitarse. Antiguas heridas que Nell obsesivamente seguía manteniendo abiertas.

Por eso habían quedado un par de kilómetros más lejos, en aquella especie de trinchera comercial rodeada de tiendas cerradas, un almacén de bricolaje y Toys R'Us. Eran polis aun estando fuera de servicio.

Sobre todo fuera de servicio.

Comprobaron por los retrovisores si estaban solos. No había nadie, pero de todos modos hablaron en voz baja y Rebus le puso al tanto de lo que quería.

– Necesito saber algunos datos antes de que los del programa de televisión me hagan la entrevista. Pero como para mí lo de Spaven es un caso muy personal, quiero que lo revises tú; anotaciones y actas del proceso. Léetelo todo a ver qué piensas.

Holmes estaba sentado al lado de Rebus. Su aspecto mostraba a las claras que le habían sacado de la cama en plena noche. Tenía el pelo revuelto, dos botones de la camisa desabrochados y no llevaba calcetines. Bostezó y movió la cabeza.

– No acabo de entender qué es lo que tengo que buscar.

– Algo que te llame la atención. No sé… cualquier cosa.

– ¿Tan en serio te lo tomas?

– Lawson Geddes se ha suicidado.

– Hostia -musitó Homes sin pestañear.

No le dio el pésame. Demasiados problemas tenía él.

– Otra cosa -añadió Rebus-. Podrías localizar a un ex presidiario que dijo ser la última persona que habló con Spaven. No recuerdo el hombre pero salió en todos los periódicos.

– Una pregunta: ¿crees que Geddes le tendió una trampa a Spaven?

Rebus fingió pensárselo y se encogió de hombros.

– Voy a contarte la verdad, no lo que redacté sobre el caso.

Rebus comenzó a hablar: Geddes llamando a su puerta, el fácil hallazgo de la bolsa, el estado obsesivo de Geddes y su curiosa tranquilidad después. La falsa justificación de una denuncia anónima. Holmes escuchaba en silencio. El cine comenzó a vaciarse, parejas de jóvenes abrazados y tonteando se apresuraban a coger el coche para estar juntos en casa. Motores en marcha, humo de tubos de escape y haces de faros y sombras alargadas sobre el muro de las rampas que el aparcamiento quedó desierto. Rebús concluyó su relato.

– Otra pregunta.

Se puso a la expectativa. Holmes pareció dudar y optó por desistir y dar su conformidad asintiendo con la cabeza. Rebus le leyó el pensamiento: él había apretado las tuercas a Minto a sabiendas de que tenía razón. Y, además, Holmes se daba cuenta ahora de que también había mentido para encubrir a Lawson Geddes y asegurar el veredicto de culpabilidad. En su cabeza se planteaba un doble interrogante: ¿era cierta la versión de Rebus? ¿Hasta qué extremo estaba pringado el poli que estaba sentado al volante?

¿Hasta qué extremo llegaría a pringarse Holmes antes de dejar la policía?

Rebus sabía que Nell le daba la lata a diario intentando persuadirle. Era lo bastante joven para iniciar otra carrera, otra profesión, algo limpio y sin riesgos. Aún estaba a tiempo de dejarlo, pero tenía que decidirse ya.

– Vale – dijo Holmes, abriendo la portezuela-. Empezaré lo antes posible. -Hizo una pausa-. Pero si encuentro algo sucio, algo oculto entre líneas…

Rebus encendió las luces del coche y arrancó.

Capítulo 4

Se despertó temprano. Tenía un libro abierto sobre el regazo. Miró el último párrafo leído antes de dormirse y no recordó nada. Habían echado el correo por debajo de la puerta: ¿quién tendría valor para trabajar de cartero en Edimburgo con tantos bloques de apartamentos y tanta escalera? El extracto de la tarjeta de crédito: dos supermercados, tres tiendas de bebidas y aquel disco raro de Bob Dylan. El impulso se apodera de uno el sábado por la tarde, tras una buena comida en el Ox… El single de Freak Out, un dineral; The Velvet Underground con un plátano pelado en la portada; Sergeant Pepper en mono con sus carátulas. Aún no los había escuchado. Los ejemplares que tenía de Velvet y los Beatles estaban rayados.

Compró en Marchmont Road, desayunó en la cocina con el material de John Biblia y Johnny Biblia a guisa de mantel. Titulares sobre Johnny Biblia: «Capturen al monstruo», «El asesino con cara de niño se cobra una tercera víctima», «Aviso al público: Estén alerta». Muy parecidos a los titulares dedicados a John Biblia un cuarto de siglo antes.

La primera víctima de Johnny Biblia apareció en el Duthie Park de Aberdeen. Michelle Strachan era de Pittenweem, en Fife, así que sus amigos de la ciudad de granito la llamaban Michelle Fifer. No tenía nada que ver con su homónima, pues era baja y flaca, con una melena pardusca hasta los hombros y, además, dentona. Estudiante de la Universidad Robert Gordon, había sido violada y estrangulada; y del escenario del crimen faltaba un zapato.

La segunda víctima fue hallada seis semanas después: Angela Riddell, Angie para los amigos. Había trabajado anteriormente en una agencia de señoritas de compañía; fue detenida en una redada cerca de los muelles de Leith. Cantaba en un grupo de blues, con voz ronca, y se lo tomaba en serio. Una discográfica había editado en CD la única maqueta del grupo para ganar dinero con los morbosos. El DIC de Edimburgo había invertido miles de horas de trabajo rastreando el pasado de Angie Riddell, entrevistando a antiguos clientes, amigos y admiradores del grupo, por si aparecía algún putero convertido en asesino, algún forofo por el blues, lo que fuese. El cementerio de Warriston, lugar en que se encontró el cadáver, era frecuentado por los Ángeles del Infierno, aficionados a la magia negra y pervertidos y solitarios. En los días siguientes al hallazgo del cadáver, en lo más oscuro de la noche, había más posibilidades de tropezarse con somnolientas patrullas de policía que con gatos crucificados.

En el intervalo de un «ves se había, establecido la relación, entre los dos crímenes -pues Angie Riddell no sólo había sido violada y estrangulada, sino que le faltaba un collar muy peculiar con dos vueltas de cruces de cinco centímetros comprado en Cockburn Street-, cuando hubo un tercer asesinato, esta vez en Glasgow. Judith Cairns, Ju-Ju, cobraba el subsidio de paro, pero eso no le había impedido trabajar en una tienda de pescado y patatas fritas por las noches, en un pub algunos días a la hora de la comida y de camarera en un hotel los fines de semana por la mañana. En el lugar en que apareció el cadáver no se encontró rastro de aquella mochila que sus amigos juraban llevaba a todas partes, clubes y fiestas de ácido incluidos.

Tres mujeres, de diecinueve, veinticuatro y veintiún años, asesinadas en tres meses. Habían transcurrido dos semanas desde el último asesinato de Johnny Biblia; entre la primera y la segunda víctima el intervalo había sido de seis semanas y entre la segunda y la tercera se reducía a un mes, por lo que todos estaban a la expectativa, esperando lo peor. Rebus acabó el café, dio cuenta del cruasán y miró las fotos de las tres víctimas, ampliadas en grano grueso a partir de las publicadas en los periódicos: tres jóvenes sonrientes posando para una foto. La cámara siempre miente.

Rebus sabía mucho sobre las víctimas y muy poco de Johnny Biblia. Aunque ningún policía lo admitiría en público, se veían impotentes y actuaban sin criterio. Bailaban al son que él les tocaba, esperando que cometiera un desliz por exceso de confianza, por aburrimiento o por el simple deseo de ser capturado, sabedor de la diferencia entre el bien y el mal. Aguardaban alguna denuncia de un amigo, un vecino, un ser querido, una llamada anónima tal vez, pero no falsa. Todos esperaban. Pasó el dedo por la foto más grande de Angie Riddell. La había conocido porque él estaba de servicio la noche de su detención en Leith; ella y muchas otras furcias. Había habido buen ambiente, muchas bromas y chirigota con los agentes casados. La mayoría de las prostitutas conocían la rutina y las más veteranas tranquilizaban a las nuevas. Angie Riddell se puso a acariciar el pelo a una jovencita histérica, una drogata. A Rebus le había gustado el gesto y fue él quien le tomó declaración. La había hecho reír. Se tropezó con ella dos semanas más tarde, yendo en coche por Commercial Street, y le preguntó qué tal estaba. Ella contestó que su tiempo valía dinero y que charlar salía caro, pero le ofreció un descuento si quería algo más sustancioso que hablar de bobadas. Él se echó a reír otra vez y la invitó a un té y un bollo en un café. Quince días después, al pasar otra vez por Leith, las chicas le dijeron que no habían vuelto a verla. Punto.

Violada, torturada, estrangulada.

Todo eso le recordaba los asesinatos de World's End ocurridos en octubre de 1977, homicidios de mujeres jóvenes, muchos de los cuales habían quedado sin resolver. El año anterior al caso Spaven, los cadáveres de dos quinceañeras que habían estado en el pub World's End de High Street, aparecieron a la mañana siguiente; maltratadas, con las manos atadas y estranguladas, sin bolsos ni joyas. Rebus no había intervenido en el caso, pero tenía compañeros que participaron en la investigación y aún les duraba la frustración de una tarea inconclusa con la que se irían a la tumba. Para muchos policías una investigación criminal era como si el muerto fuese un cliente, mudo y frío, que no dejaba de reclamar justicia. Y debía de ser cierto, porque a veces, si se escuchaba con atención, se los podía oír gritar. En aquel sillón, junto a la ventana, Rebus había oído muchos gritos de angustia. Una noche oyó a Angie Riddell y le partió el corazón, porque la había conocido y le gustaba. Por un instante se convirtió en algo suyo íntimo. Claro que le interesaba Johnny Biblia. Pero no sabía qué podía hacer. Seguramente su curiosidad por el antiguo caso de John Biblia era contraproducente. Le retrotraía al pasado y le robaba cada vez más tiempo del presente. A veces le costaba un esfuerzo ímprobo volver al aquí y ahora.

Tenía llamadas telefónicas que hacer. La primera a Pete Hewitt de Howdenhall.

– Buenos días, inspector. Qué maravilla.

Una voz llena de ironía. Rebus miró al sol lechoso.

– ¿Mala noche, Pete?

– ¿Mala? Peor. Supongo que recibiría mi mensaje. -Rebus tenía a punto papel y bolígrafo-. Saqué un par de huellas aceptables de la botella de whisky, del pulgar y el índice. Lo intenté con la bolsa de plástico y la cinta adhesiva de la silla, pero sólo conseguí algunas parciales, nada concluyente.

– Vamos, Pete, la identidad.

– Bien, usted que tanto se queja de lo que gastamos en ordenadores… Dentro de un cuarto de hora tendrá los duplicados. El nombre es Anthony Ellis Kane, fichado por intento de asesinato y por agresiones; y además es reincidente. ¿Le suena de algo?

– De nada.

– Solía operar en Glasgow. Tiene en blanco los últimos siete años.

– Lo comprobaré en comisaría. Gracias, Pete.

La siguiente llamada era una conferencia a la oficina de personal de T-Bird Oil. Llamaría más tarde desde Fort Apache. Echó un vistazo por la ventana: ni rastro del equipo de Redgauntlet. Cogió la chaqueta y salió.

Hizo un alto en el despacho del jefe. MacAskill apuraba un Irn-Bru y tiró la lata a la papelera. Su mesa estaba a rebosar de expedientes viejos del primer cajón del archivador. En el suelo había una caja vacía.

– ¿Qué hay de la familia y de los amigos del difunto?

Rebus meneó la cabeza.

– Voy a llamar al jefe de personal para que me dé los datos.

– Eso es lo primero, John.

– Lo primero, señor.

Pero cuando llegó al «cobertizo» y se sentó a su mesa pensó en llamar primero a Gill Templer, aunque luego desistió. Bain estaba allí y no quería testigos.

– Dod -dijo-, mira a ver si tenemos algo de Anthony Ellis Kane. Howdenhall ha encontrado sus huellas en la bolsa de las bebidas.

Bain asintió con la cabeza y se puso a teclear. Rebus llamó a Aberdeen, dio su nombre y pidió que le pusieran con Stuart Minchell.

– Buenos días, inspector.

– Gracias por su mensaje, señor Minchell. ¿Tiene los datos de Alian Mitchison?

– Aquí los tengo. ¿Qué desea saber?

– Si hay algún familiar.

Minchell removió papeles.

– Parece que no. Un momento que compruebe el curriculum. -Pausa larga. Menos mal que no había hecho la llamada desde casa-. Inspector, por lo visto, Alian Mitchison era huérfano. Hay datos de su niñez y el nombre de un centro de menores.

– ¿Familia?

– No figura nada.

Rebus había escrito el apellido Mitchison en una hoja. Lo subrayó; el resto de la página estaba en blanco.

– ¿Qué cargo tenía el señor Mitchison?

– Era… Vamos a ver… Trabajaba en mantenimiento de plataformas, de pintor, concretamente. Tenemos una delegación en Shetland, quizá trabajase allí. -Más sonido de papeles-. No, el señor Mitchison trabajaba en las plataformas.

– ¿Pintando?

– Y mantenimiento general. El acero se oxida, inspector. No tiene usted idea con qué rapidez se carga la pintura el mar del Norte.

– ¿En qué torre trabajaba?

– En una torre no. En una plataforma de extracción. Tendría que mirarlo.

– Si es tan amable. Y envíeme por fax el expediente personal.

– ¿Dice usted que ha muerto?

– Según las últimas noticias.

– Entonces, no habrá problema alguno. ¿Cuál es el número de fax?

Rebus se lo indicó y colgó. Bain le hacía señas para que se acercase. Cruzó la sala y se situó a su lado para ver mejor el monitor.

– Este tío está loco -dijo Bain.

Su teléfono sonó, cogió el auricular y empezó a hablar.

Rebus leyó en la pantalla: Anthony Ellis Kane, alias «Tony El», fichado desde joven. En la actualidad tenía cuarenta y cuatro años y la policía de Strathclyde le conocía bien. La mayor parte de su vida adulta había trabajado para Jóseph Toal, más conocido por Tío Joe, quien prácticamente mandaba en Glasgow ayudado por los músculos de su hijo y elementos como Tony El. Bain colgó.

– Tío Joe -musitó-. Si Tony El sigue con él, podría tratarse de un caso muy distinto.

Rebus pensaba en lo que había dicho el jefe: «Me huele a cosa de gángsteres». Drogas o ajuste de cuentas. Quizá MacAskill tuviera razón.

– ¿Sabes qué significa esto?

Rebus asintió con la cabeza.

– Un viaje a Glasgow.

Las dos principales ciudades de Escocia, a cincuenta minutos por autopista, eran vecinas recelosas, como si desde tiempos inmemoriales una de ellas hubiera acusado a la otra de algo y el reproche, fundado o no, siguiera agraviando. Como Rebus tenía un par de conocidos en el DIC de Glasgow, fue a su mesa a hacer dos llamadas.

– Si quiere información sobre Tío Joe -le dijeron en el segundo número-, será mejor que hable con Chick Ancram. Espere, le doy su número.

Resultó que Charles Ancram era el inspector jefe de Govan. Rebus malgastó media hora intentando localizarlo y salió a dar una vuelta. Las tiendas que había frente a Fort Apache eran los típicos locales de puertas metálicas y verjas, la mayoría de propietarios asiáticos, aunque los dependientes fueran blancos. Vio a varios hombres deambulando por la calle principal, en camiseta, luciendo tatuajes y fumando. Su mirada era tan poco de fiar como la de una comadreja en un gallinero.

«¿Huevos? Yo no, gracias, amigo. No puedo ni verlos.»

Rebus compró cigarrillos y un periódico. Al salir de la tienda un cochecito de niño le golpeó en los tobillos y una mujer le gritó que mirase por dónde cono iba, largándose acto seguido a toda velocidad y tirando de otro pequeño. Tendría veinte o veintidós años, pelo teñido de rubio, dos incisivos mellados y brazos tatuados. En la acera de enfrente una valla publicitaria incitaba a gastar veinte mil libras en un coche nuevo. Detrás, un supermercado sin clientes, con el aparcamiento transformado por los críos en pista de monopatines.

Al regresar al «cobertizo», Maclay, que estaba al teléfono, le pasó el auricular.

– El inspector jefe Ancram, que contesta a tu llamada.

– Diga -respondió Rebus recostado en el escritorio., – ¿Inspector Rebus? Aquí Ancram. ¿Quería hablar conmigo?

– Sí, gracias por llamarme, señor. Sólo dos palabras: Joseph Toal.

Ancram bufó. Hablaba con acento de la Costa Oeste, nasal, arrastrando las palabras, con un tonillo de condescendencia.

– ¿El Tío Joe Corleone? ¿Nuestro querido padrino? ¿Ha hecho algo que yo ignore?

– ¿Conoce usted a uno de sus hombres llamado Anthony Kane?

– Tony El -asintió Ancram-. Trabajó muchos años para Tío Joe.

– ¿Trabajó?

– No se ha vuelto a saber nada de él desde hace tiempo. Se dice que el jefe se enfadó con él y le envió a Stanley. Tony El quedó muy afectado.

– ¿Qué Stanley?

– El hijo de Tío Joe. No es su verdadero nombre, pero todos le llaman Stanley por su afición.

– ¿Cuál?

– Cuchillos Stanley. Es coleccionista.

– ¿Cree que Stanley se cargó a Tony El?

– Bueno, el cadáver no ha aparecido todavía, lo que suele ser una prueba, en el mal sentido.

– Tony El está bien vivo. Estuvo aquí hace unos días.

– Ah. -Ancram guardó silencio. Como ruido de fondo, se oían voces dando órdenes, transmisiones de radio y sonidos típicos de una comisaría-. ¿Una bolsa en la cabeza?

– ¿Cómo lo sabe?

– Es la marca de fábrica de Tony El. Así que ha vuelto a la circulación, ¿no? Inspector, creo que es mejor que nos veamos. El lunes por la mañana. ¿Sabe dónde está la comisaría de Govan? No, espere; pase por Partick, en Dumbarton Rod 613. Tengo allí una reunión a las nueve. ¿Qué le parece a las diez?

– Muy bien. A las diez.

– Hasta entonces.

Rebus colgó y se dirigió a Bain:

– El lunes a las diez estaré en Partick.

– Qué cabrón -espetó Bain como si lo dijera en serio.

– ¿Quieres que difundamos la descripción de Tony El? -preguntó Maclay.

– Ahora mismo. A ver si podemos echarle el guante antes del lunes.

John Biblia volvió en avión a Escocia una espléndida mañana de viernes. Lo primero que hizo en el aeropuerto fue comprar periódicos. Observó en el quiosco que había salido otro libro sobre la Segunda Guerra Mundial y lo compró también. Sentado entre los demás pasajeros, hojeó los diarios y no encontró ninguna nueva noticia sobre el Advenedizo. Dejó la prensa en el asiento y se acercó a la cinta transportadora de equipajes a recoger su maleta.

Un taxi le llevó a Glasgow. Había decidido no quedarse en la ciudad. No porque tuviese nada que temer, sino porque no tenía sentido quedarse. Glasgow le traía recuerdos agridulces. A finales de los sesenta, la ciudad había comenzado a reinventarse, derribando sus barrios bajos y levantando en la periferia los sucedáneos en hormigón, además de nuevas calles, puentes y autopistas: eso había afectado a toda la urbe. Y tenía la impresión de que el proceso se prolongaba, como si la ciudad no hubiese logrado aún el aspecto que le convenía.

Algo de lo que John Biblia sabía bastante.

En la estación de Queen Street tomó un tren para Edimburgo y por el móvil reservó habitación en su hotel habitual a cuenta de la empresa. Llamó a su esposa para decirle dónde iba a estar y, como llevaba el ordenador portátil, aprovechó para trabajar un poco durante el trayecto. El trabajo le apaciguaba; tener el cerebro ocupado era lo mejor. Así que a trabajar, pues «no se os dará la paja, y habéis de hacer la misma cantidad de ladrillos», Éxodo. En aquel entonces los medios de comunicación le habían hecho un favor, igual que la policía, al publicar su descripción señalando que se llamaba John y que «le gustaba citar pasajes de la Biblia». No era totalmente cierto lo uno ni lo otro, pues John era su segundo nombre de pila y sólo en ocasiones citaba algún pasaje del libro santo. Aquellos últimos años había vuelto a la iglesia, pero ahora lo lamentaba, lamentaba haber pensado que no había peligro.

Nadie estaba exento de peligro en este mundo; ni en el otro.

Se bajó en Haymarket. Allí era más fácil coger un taxi en verano, pero al salir a la luz del sol optó por caminar hasta el hotel: era un paseo de cinco o diez minutos. Llevaba una maleta con ruedas y la bolsa colgada del hombro no pesaba gran cosa. Respiró hondo: olía a humo de coches y ligeramente a lúpulo de cerveza. Cansado de entornar los ojos, se detuvo a ponerse las gafas de sol e inmediatamente se sintió más a gusto. Miró su imagen reflejada en un escaparate y vio a uno de tantos hombres de negocios cansado después de un viaje. Ningún detalle relevante en su rostro ni en su aspecto, él siempre vestía de forma conservadora: un traje de Austin Reed y camisa Double 2. Un hombre de negocios bien vestido y acomodado. Comprobó el nudo de la corbata y se pasó la lengua por los dos únicos dientes falsos, una intervención necesaria hacía veinticinco años. Cruzó la calle por el semáforo, como uno más.

Pasar por recepción le llevó poco tiempo. En la habitación, se sentó a la mesa, abrió el portátil y lo enchufó, cambiando el adaptador de 110 voltios a 240. Tecleó la contraseña, hizo doble clic en el archivo ADVENEDIZO, donde guardaba sus notas sobre el tal Johnny Biblia con su propio perfil psicológico del asesino. Le estaba quedando muy bien.

John Biblia se dijo que disponía de algo que les faltaba a las autoridades: un conocimiento profundo de cómo actuaba, pensaba y vivía un asesino en serie, las mentiras que tenía que decir, sus argucias, sus disfraces y su doble vida. Esto le confería ventaja. Con un poco de suerte cazaría a Johnny Biblia antes que la policía.

Tenía pistas. A partir de sus hábitos de trabajo estaba claro que el Advenedizo disponía de datos sobre el caso John Biblia. ¿De dónde los había sacado? Tenía veintitantos años y era demasiado joven para recordarlo. Por consiguiente, habría oído hablar de él en alguna parte, o lo habría leído, dedicándose a investigar los detalles. Había libros -algunos recientes y otros no tanto- sobre los asesinatos de John Biblia o que les dedicaban capítulos enteros. Si Johnny Biblia era meticuloso habría consultado todo lo escrito al respecto, pero como parte del material impreso estaba agotado tendría que haber buscado en librerías de viejo o haber recurrido a las bibliotecas. La búsqueda se estrechaba cada vez más.

Otra posible fuente: los periódicos. Pero era bastante improbable que el Advenedizo pudiera consultar sin más los periódicos de hacía veinticinco años. Circunstancia que ponía en primer plano las bibliotecas, y pocas bibliotecas conservaban tanto tiempo los periódicos. La búsqueda se estrechaba cada vez más.

Estaba después el propio Advenedizo. Muchos depredadores cometen errores desde el principio, equivocaciones debidas a la falta de una planificación adecuada o a simple nerviosismo. John Biblia era realmente una excepción: había cometido un único error, con la víctima número tres, al compartir un taxi con su hermana. ¿Existían víctimas que hubieran escapado del Advenedizo? Eso equivalía a tener que buscar en los periódicos recientes, verificar si se habían producido agresiones a mujeres en Aberdeen, Glasgow y Edimburgo para detectar los primeros intentos fallidos del asesino. Sería un trabajo laborioso, pero también terapéutico.

Se desvistió, se dio una ducha y se puso un atuendo más informal: un blazer azul marino y pantalones caqui. Decidió no arriesgarse utilizando el teléfono de la habitación, en recepción controlarían las llamadas, y salió del hotel. Ahora ya no había cabinas con listín; se encaminó a un pub, pidió una tónica y el listín de teléfonos a la camarera. La camarera -unos veinte años, piercing en la nariz y pelo rosa- se lo entregó sonriente. Se acomodó en una mesa, sacó la libreta y el bolígrafo, apuntó unos números y se dirigió al teléfono del fondo, junto a los servicios; un sitio discreto para sus propósitos, y más a aquella hora en que el local estaba casi vacío. Llamó a un par de libreros y a tres bibliotecas. Los resultados le parecieron satisfactorios aunque no reveladores, pero ya sabía que iba a ser un proceso muy largo. Pese a contar con la ventaja de su propia experiencia, lo cierto era que la policía disponía de centenares de personas, de ordenadores y de los medios de difusión. Y ellos podían investigar abiertamente. Era evidente que la investigación que él hacía sobre el Advenedizo requería mayor discreción. Pero, por otra parte, no podía hacerla solo y ahí estaba el riesgo. Al intervenir terceros siempre hay un riesgo. Había reflexionado sobre ese dilema durante mucho tiempo: un platillo de la balanza lo ocupaba su deseo de localizar al Advenedizo y el otro el peligro de que al hacerlo pudiera levantar sospechas.

Por todo ello se había preguntado hasta qué extremo deseaba cazar al Advenedizo.

La respuesta fue que por encima de todo. Naturalmente.

Pasó la tarde por los aledaños del puente Jorge IV y merodeó junto a la Biblioteca Nacional de Escocia y la Biblioteca Central de Préstamos. Tenía carnet de lector de la Nacional porque había realizado allí unas indagaciones para asuntos de la empresa y sobre la Segunda Guerra Mundial, su afición de entonces. Curioseó también en algunas librerías de ocasión de los alrededores y preguntó si tenían algún libro sobre crímenes auténticos, alegando que le movía su interés por los asesinatos de Johnny Biblia.

– Sólo tenemos media estantería policíaca -le dijo la dependienta de la primera tienda, señalándosela.

John Biblia fingió interesarse hojeando los volúmenes y volvió al mostrador.

– No; no hay nada que me interese. ¿Se pueden encargar libros?

– No exactamente, pero anotamos peticiones… -respondió la mujer, sacando y abriendo un grueso libraco-. Si anota lo que busca, nombre y domicilio, y el libro pasa por nuestras manos, le avisaremos.

– Estupendo.

John Biblia sacó el bolígrafo y escribió morosamente mientras leía los últimos encargos. Pasó una página hacia atrás y repasó la lista de títulos y nombres.

– Hay que ver qué gustos tan variados tiene la gente -comentó a la dependienta, sonriente.

Utilizó el mismo truco en otros tres comercios, pero no encontró pistas del Advenedizo. Luego, se dirigió al anexo de la Biblioteca Nacional en Causewayside, donde guardaban los periódicos recientes, y curioseó los ejemplares de un mes de Scotsman, Herald y Press and Journal, tomando nota de algunas noticias sobre agresiones y violaciones. Claro que, aunque hubiese una primera víctima fallida, no significaba necesariamente que el conato se hubiera publicado en la prensa. Los norteamericanos tenían una palabra para designar lo que él hacía: trabajo sucio.

Volvió a la Biblioteca Nacional y observó a los bibliotecarios. Buscaba a alguien peculiar y cuando creyó haberlo encontrado, fue a ver la tabla de horarios y decidió esperar.

A media tarde, con gafas de sol, aguardaba la hora de cierre frente al edificio central, separado de él por un tráfico congestionado. Vio salir al personal, de uno en uno y en grupos, hasta que por fin apareció el joven que esperaba. Lo vio alejarse por Victoria Street y cruzó para seguirle. Había mucha gente en la calle, turistas y trabajadores que volvían a casa. Se mezcló con la multitud a paso ligero sin perder de vista a su presa. En Grassmarket el joven entró en el primer pub que encontró. John Biblia se detuvo y reflexionó. ¿Sería sólo una copa antes de volver a casa o iría a reunirse con sus amigos para pasar con ellos la velada? Decidió entrar.

Era un bar con poca luz y bullicio de oficinistas, hombres con la chaqueta echada por los hombros y mujeres tomando tónica en vasos largos. El bibliotecario estaba solo en la barra. John Biblia se sentó a su lado y pidió un zumo de naranja, haciendo un gesto con la cabeza hacia la cerveza del joven.

– ¿Toma otra?

Cuando el joven se volvió, se inclinó sobre él y le susurró:

– Voy a decirle tres cosas. Primero: soy periodista. Segundo: quiero obsequiarle con quinientas libras. Tercero: no implica en absoluto nada ilegal. -Hizo una pausa-. Bien, ¿acepta la copa?

El joven no dejaba de mirarle, pero aceptó.

– ¿Es un sí a la cerveza o al dinero? -añadió John Biblia sin perder su sonrisa.

– A la cerveza. De lo otro, explíqueme algo más.

– Se trata de una tarea tediosa que yo no puedo hacer. En la biblioteca, ¿llevan un libro de registro de los volúmenes en consulta y préstamo?

El bibliotecario reflexionó y asintió con la cabeza.

– Parte de ellos se registran por ordenador y otros, todavía por fichas.

– Bien, con los de ordenador será cosa rápida, pero los de fichas le llevarán más tiempo. De todos modos, es una buena remuneración, créame. ¿Y la consulta de prensa?

– Figurará en el registro. ¿Qué fechas le interesan?

– Los últimos tres o seis meses. Y los periódicos entre 1968 y

I97°' Pagó las dos consumiciones con un billete de veinte libras y abrió ostensiblemente la cartera para que el joven viese que había más.

– Tardaré un poco -dijo el joven-, porque tendré que recurrir al cruce de datos entre Causewayside y el puente Jorge IV.

– Puede contar con otras cien libras si se da prisa.

– Necesito datos.

John Biblia asintió con la cabeza y le entregó una tarjeta profesional con nombre y dirección falsos y sin número de teléfono.

– No se moleste en pasar; le telefonearé yo. ¿Cómo se llama?

– Mark Jenkins.

– Muy bien, Mark -dijo John Biblia.

Cogió dos billetes de cincuenta libras y se los metió al joven en el bolsillo superior de la chaqueta.

– ¿De qué se trata? -inquirió éste.

John Biblia se encogió de hombros.

– De Johnny Biblia. Estamos verificando una posible relación con ciertos casos antiguos.

El joven asintió con la cabeza.

– Bien, ¿y qué libros le interesan?

John Biblia le entregó una lista.

– Y los periódicos Scotsman y Glasgow Herald entre febrero del sesenta y ocho y diciembre del sesenta y nueve.

– ¿Qué quiere saber?

– La gente que los ha consultado. Necesito nombres y direcciones. ¿Puede hacerlo?

– Los periódicos originales se guardan en Causewayside; nosotros sólo conservamos microfilmes.

– ¡Qué dice!

– Pediré ayuda a un colega de allí. John Biblia sonrió.

– Mi periódico puede permitirse un suplemento con tal de obtener resultados. ¿Cuánto cree que querrá su amigo…?

Susurro de lluvia

No me olvides cuando me azote la maldad del cruel y del vanidoso

The Bathers, Ave the Leopards

Capítulo 5

La lengua escocesa es particularmente rica en vocabulario meteorológico: dreich y smirr (nublado y calabobos) son dos ejemplos.

Rebus tardó una hora en llegar a la ciudad de la lluvia y otros cuarenta minutos en dar con Dumbarton Road. No había estado en aquella comisaría de Partick, trasladada en 1993, aunque sí conocía la antigua, la «Marina». Circular en coche por Glasgow -puede ser una pesadilla si no se conoce el laberinto de calles de una sola dirección y la deficiente señalización de cruces.

Tuvo que dejar el automóvil en dos ocasiones para llamar por teléfono y que le orientaran, obligado las dos veces a guardar cola bajo la lluvia ante las cabinas. No era verdadera lluvia sino el chispear del smirr, una neblina de minúsculas gotas que te deja calado sin que te des cuenta. Venía del oeste, del océano Atlántico. Era lo que le faltaba a Rebus un lunes dreich por la mañana.

Al llegar a la comisaría, observó que había un coche aparcado con dos personas; por la ventanilla salían volutas de humo y el sonido de una radio. Periodistas, sin duda del turno de noche. Cuando no hay novedades sobre un caso, los periodistas se reparten la guardia en turnos para poder atender otras informaciones y los que quedan al acecho están obligados a comunicar inmediatamente a sus colegas cualquier nueva noticia sobre la investigación.

Cuando por fin franqueó la puerta de la comisaría oyó aplausos dispersos. Se acercó al mostrador.

– Por fin dio con ello, ¿no? Pensé que íbamos a tener que enviar patrullas en su búsqueda -comentó el sargento de guardia.

– ¿Y el inspector jefe Ancram?

– Está en una reunión. Dijo que subiera y esperase.

Rebus subió a la primera planta y vio que los despachos del departamento parecían una única sala de homicidios: en todos ellos había fotos de Judith Cairns en las paredes: Ju-Ju, viva y muerta. Y fotos del lugar del crimen, Kelvingrove Park, un rincón cubierto rodeado de setos. Habían establecido una lista de tareas; con una rutina de investigaciones a domicilio no esperaban obtener gran cosa, pero había que hacer un esfuerzo. Por todas partes veía agentes tecleando, conectados quizá con el ordenador SCRO, o con el HOLMES, el mayor banco de datos de Interior y a través del cual se procesaban todos los casos de homicidio por resolver. Varios equipos dedicados exclusivamente a esa tarea -policía secreta y agentes uniformados- atendían el sistema cargando los datos, verificándolos y documentándolos con referencias cruzadas. El propio Rebus, poco partidario de la nueva tecnología, reconocía las ventajas en comparación con el viejo sistema de ficheros. Se detuvo junto a. una pantalla para observar cómo se introducían unos datos, y al levantar la vista y ver una cara conocida, se apartó para saludar.

– ¿Qué tal, Jack? Te hacía aún en Falkirk.

El inspector Jack Morton se volvió como quien ve visiones, se levantó de su mesa de trabajo y le estrechó la mano.

– Y allí sigo, pero aquí necesitaban ayuda -dijo, echando una mirada a la sala-. Se comprende.

Rebus miró a Jack Morton de arriba abajo, sin poder dar crédito a sus ojos. La última vez que se vieron Jack tenía unos doce kilos de más y era un fumador empedernido con una tos capaz de romper el parabrisas de un coche patrulla. De todo lo cual ya no quedaba nada, ni siquiera el sempiterno cigarrillo. Llevaba, además, el pelo cortado de forma reglamentaria y vestía un traje caro con zapatos negros relucientes y una camisa con corbata.

– ¿Qué te ha pasado? -inquirió.

Morton sonrió y se dio unas palmaditas en el estómago casi plano.

– Un día me vi en el espejo y me sorprendió que no se rompiera. Dejé la bebida y el tabaco y me apunté a un gimnasio.

– ¿De buenas a primeras?

– Son decisiones de vida o muerte que hay que tomar sin vacilar.

– Tienes un aspecto estupendo.

– Me gustaría poder decir lo mismo, John.

Rebus sopesaba una réplica cuando entró el inspector jefe Ancram.

– ¿Inspector Rebus? -Ancram le estrechó la mano mientras le escrutaba con la mirada-. Lamento haberle hecho esperar.

Ancram pasaba de los cincuenta, vestía tan bien como Jack Morton y estaba bastante calvo, al estilo Sean Connery, con un grueso mostacho a juego.

– ¿Ya le ha enseñado esto Jack?

– No exactamente, señor.

– Bien. Está usted en Glasgow, en el último lugar donde actuó Johnny Biblia.

– ¿Ésta es la comisaría más próxima a Kelvingrove?

– La proximidad con el lugar del crimen fue uno de los puntos a favor -añadió Ancram sonriente-. Aunque Judith Cairns fue la tercera víctima, los periodistas ya habían mencionado la relación con John Biblia. Aquí tenemos todo lo relativo al asesino.

– ¿Podría verlo?

Ancram lo miró y después accedió con un gesto.

– Venga por aquí.

Rebus siguió al inspector jefe por el pasillo hasta otra sala rodeada de despachos. Aquello parecía más una biblioteca que una comisaría. Enseguida comprendió por qué olía a polvo: estaba lleno de viejas cajas de cartón, archivadores de muelle y legajos de bordes deteriorados y atados con cordel. Cuatro oficiales de Homicidios -dos hombres y dos mujeres- clasificaban todo lo relacionado con el antiguo caso John Biblia.

– Estaba en un almacén -dijo Ancram-. Si hubiera visto cómo olía al retirarlo… -añadió, soplando una carpeta, que desprendió un polvillo fino.

– Entonces, ¿aceptan la tesis de que existe una relación?

Era la pregunta que mutuamente se habían planteado todos los policías de Escocia; si descartaban la posibilidad de que los dos casos y los dos asesinos no tuviesen nada que ver, entonces malgastarían cientos de horas de trabajo.

– Oh, sí -respondió Ancram. Sí, Rebus también lo creía-. Mire, para empezar el modus operandi es muy parecido, y además están los recuerdos que se lleva. Puede fallar la descripción de Johnny Biblia, pero estoy seguro de que emula a su ídolo. ¿No cree? -añadió mirando a Rebus.

Rebus asintió con la cabeza. Miraba el material, pensando cuánto le gustaría poder quedarse unas semanas y encontrar algo en lo que nadie hubiese reparado… Un sueño, claro, una fantasía, pero en las noches de poco trabajo a veces era motivación suficiente. Él tenía los periódicos, pero sólo explicaban lo que había revelado la policía. Se acercó a unas estanterías a leer los lomos de los archivadores: Indagaciones puerta a puerta, Empresas de taxis, Peluqueros, Sastrerías, Postizos.

– ¿Postizos?

Ancram sonrió.

– Por su pelo tan corto. Se sospechó que podía ser una peluca… Y se indagó entre los peluqueros para ver si alguno reconocía el estilo.

– Y a los sastres por el corte italiano del traje.

Ancram lo miró.

Él se encogió de hombros.

– Me interesa el caso. ¿Esto qué es? -añadió Rebus señalando un Cuadro en la pared.

– Similitudes y diferencias entre ambos casos -dijo Ancram-. Salas de baile y discotecas. Y las descripciones: alto, delgado, tímido, pelo castaño rojizo, bien vestido… Fíjese que es como si Johnny fuese el hijo de John Biblia.

– Es algo que yo mismo me he planteado. Suponiendo que Johnny Biblia esté copiando a su mentor y suponiendo que John Biblia esté todavía por ahí…

– John Biblia está muerto.

– Pero, suponiendo que no lo esté -añadió Rebus sin quitar la vista del cuadro-. Me pregunto si le halaga o le cabrea.

– A mí no me lo pregunte.

– La víctima de Glasgow no estaba en un club -dijo Rebus.

– Bueno, no se la vio a última hora en un club, pero aquella misma noche sí había estado en uno, y él pudo muy bien haberla seguido desde allí hasta el concierto.

Johnny Biblia había recogido a la primera y segunda víctimas en discotecas, el equivalente en los noventa de los salones de baile de los sesenta, más ruidosas, menos iluminadas y más peligrosas. Las dos iban con gente que facilitó sólo una vaga descripción del hombre con quien se había marchado su amiga. Pero a la tercera víctima, Judith Cairns, la había recogido en un concierto de rock en la sala superior de un pub.

– Hay más casos -decía Ancram-. Tres sin resolver en Glasgow a finales de los setenta y siempre con la desaparición de algún objeto de la víctima.

– Como si fuera el mismo -musitó Rebus.

– Y muchas otras pistas poco estudiadas -añadió Ancram cruzándose de brazos-. ¿Hasta qué extremo conoce Johnny Biblia las tres ciudades? ¿Eligió al azar los clubes nocturnos o los conocía de antemano? ¿Fue elegido cada uno de ellos premeditadamente? ¿Podría tratarse de un repartidor de cerveza? ¿De un disc-jockey} ¿Un periodista de revistas musicales? Quién sabe si no es un simple redactor de puñeteras guías de viaje… -espetó Ancram a guisa de conclusión.

Se echó a reír forzadamente y se restregó la frente.

– Podría ser el propio John Biblia -dijo Rebus.

– Inspector, John Biblia está muerto y enterrado.

– ¿De verdad lo cree?

Ancram asintió con la cabeza. No era el único; había muchos policías que creían saber todo sobre John Biblia y estaban convencidos de que había muerto. Pero otros eran más escépticos, Rebus entre ellos. Probablemente ni una prueba de ADN le habría hecho desistir. La posibilidad de que John Biblia siguiera vivo para él era una realidad.

Disponían de la descripción de un hombre de unos treinta años, pero existían enormes discrepancias en las declaraciones de los testigos. Por eso se habían desempolvado los retratos robot originales y los dibujos artísticos de John Biblia, para difundirlos a través de los medios de comunicación. Recurrían al habitual truco psicológico de publicar notas en la prensa para que se entregara: «Es evidente que necesita ayuda y nos gustaría que se pusiera en contacto con nosotros». Un farol y silencio por respuesta.

Ancram señaló unas fotos en la pared: un retrato robot de 1970, y otro avejentado mediante ordenador, con barba y gafas y menos pelo en la coronilla y las sienes. Habían difundido los dos.

– Es que podría ser cualquiera -exclamó Ancram.

– ¿Le cabrea, señor? -Rebus esperaba que Ancram le invitara a tutearle.

– Claro que me cabrea. -El rostro del inspector jefe se serenó-. ¿A qué viene tanto interés?

– Por nada en particular.

– Porque ha venido aquí para hablar de Tío Joe y no de Johnny Biblia, ¿verdad?

– Cuando usted guste, señor.

– Bien, pues vamos a ver si encontramos dos sillas libres en este puñetero edificio.

Acabaron de pie en el pasillo, tomando café de máquina.

– ¿Sabemos con qué las estrangula? -preguntó Rebus.

Ancram abrió los ojos perplejo.

– ¿Más Johnny Biblia? -Suspiró-. Sea lo que fuere, no deja mucha impronta. Hemos llegado a la conclusión de que utiliza un trozo de cuerda de tender; ya sabe, ésa forrada de plástico. Los laboratorios forenses han analizado unas doscientas posibilidades, desde soga hasta cuerdas de guitarra.

– ¿Y qué piensa de los recuerdos?

– Yo creo que habría que divulgarlo. Cierto que manteniéndolo en secreto nos ahorramos toda esa caterva de chiflados que acuden a confesar el crimen, pero creo que es mejor pedir ayuda a los ciudadanos. El collar, por ejemplo, es de lo más peculiar. Si alguien lo ha encontrado o lo ha visto…

– Tienen a un vidente trabajando en el caso, ¿no?

A Ancram no pareció gustarle la pregunta.

– Yo, no. Algún gilipollas de las altas esferas. Es un truco publicitario de un periódico, pero los jefazos han dado su conformidad.

– ¿Y no hay ningún resultado?

– Le pedimos una demostración previa, que predijera el ganador de la carrera de caballos de las dos y cuarto en Ayr.

Rebus se echó a reír.

– ¿Y?

– Dijo que veía las letras S y P y un jockey con traje rosa de lunares amarillos.

– Impresionante.

– Pero es que no hubo carrera a esa hora, ni en Ayr ni en ningún sitio. A mi entender, toda esta investigación tipo vudú es una pérdida de tiempo.

– ¿Así que no cuentan con nuevas pistas?

– Poca cosa. En el lugar del crimen no apareció ni saliva ni un simple cabello. El hijo de puta utiliza un condón y se lo lleva con el envoltorio. Yo apostaría que también usa guantes. Hemos encontrado alguna hebra de chaqueta o cosa similar, que aún se está analizando. -Ancram se llevó el vasito a los labios, soplando-. Bueno, inspector, ¿quiere información sobre Tío Joe o no?

– A eso he venido.

– Es que parece como si… -Rebus esbozó un gesto de contrariedad y Ancram dio un profundo suspiro-. Bien, escuche entonces. Tío Joe controla casi todo el negocio del músculo, y literalmente, porque es copropietario de un par de centros culturistas. De hecho, participa en casi todo lo que sean negocios turbios, cuando menos. Prestamismo, protección, zonas de prostitución, apuestas.

– ¿Drogas?

– Quizás. Hay muchos quizás en el caso de Tío Joe. Lo comprobará cuando lea el expediente. Es tan escurridizo como una anguila. Es dueño también de saunas de masaje-relax y tiene muchos taxis, de esos que no bajan la bandera cuando sube el cliente, o si lo hacen, tienen trucado el taxímetro. Todos los taxistas están en el ajo y se llevan su parte. Hemos entrado en contacto con algunos, pero ninguno dice nada en contra de Tío Joe. Se da el caso de que si la Seguridad Social comienza a indagar cualquier posible fraude, los inspectores reciben una carta en la que se indica su domicilio, nombre de su esposa con sus movimientos cotidianos, el nombre de los hijos y el colegio al que van…

– Ya entiendo.

– Y, claro, solicitan un traslado de departamento mientras el médico les da la baja por trastornos del sueño.

– Entendido. Tío Joe no es precisamente el hombre del año en Glasgow. ¿Dónde vive?

Ancram apuró su café.

– Eso es lo bueno: habita un piso subvencionado. Aunque recordará usted que también Robert Maxwell vivía en uno de ésos. Tendría que verlo.

– Es lo que pretendo.

Ancram movió la cabeza de un lado a otro.

– No podrá pasar del portal.

– ¿Se apuesta algo?

– Muy seguro le veo -replicó Ancram entornando los ojos.

Jack Morton pasó a su lado, poniendo los ojos en blanco a guisa de comentario general sobre la vida y hurgándose los bolsillos buscando monedas. Mientras la máquina le preparaba el café, se volvió hacia ellos.

– Chick, ¿en The Lobby?

– A la una -contestó Ancram con una inclinación de cabeza.

– Estupendo.

– ¿Y de socios qué? -inquirió Rebus, percatándose de que Ancram seguía sin pedirle que lo llamara por su nombre de pila.

– Ah, socios tiene muchos. Sus guardaespaldas son culturistas escogidos entre los mejores. Y dispone de algunos chalados, auténticos descerebrados. Los culturistas le cuidan el negocio, pero estos otros son el negocio. Uno de ellos era Tony El, un vendedor de bolsas de plástico loco por las herramientas eléctricas. Aún le quedan a Tío Joe uno o dos como él. Aparte de su hijo, Malky.

– ¿Mister cuchillos Stanley?

– Las salas de urgencia de todo Glasgow pueden confirmar esa afición.

– ¿Ya Tony El no se le ha visto por aquí?

Ancram negó con la cabeza.

– Pero tengo a mis confidentes husmeando y mañana podré decirle algo.

Se abrió la puerta del fondo del pasillo y dio paso a tres hombres.

– Bueno, bueno -canturreó Ancram por lo bajo-, aquí viene el de la bola de cristal.

Rebus reconoció a uno de ellos por la fotografía de una revista: Aldous Zane, el vidente norteamericano. Había colaborado con la policía estadounidense en la captura de Mac el Alegre, llamado así porque alguien que pasaba por el lugar en que cometía un asesinato -ajeno a lo que realmente sucedía detrás de una tapia- había oído una especie de risotada parecida a un gorgojeo. Zane expuso sus visiones sobre el domicilio del asesino y cuando por fin la policía lo detuvo, los medios de comunicación señalaron que la vivienda era asombrosamente parecida a la descrita por Zane.

Durante unas semanas Aldous Zane fue noticia en todo el mundo, circunstancia suficiente para tentar a un periódico sensacionalista escocés que se avino a correr con los gastos para que prestara sus servicios a la investigación sobre Johnny Biblia. Los altos mandos de la policía estaban tan desesperados que se avinieron a ello.

– Buenas, Chick -dijo uno de los hombres que acompañaban al vidente.

– Buenas, Terry.

Terry miraba a Rebus en espera de que se lo presentasen.

– El inspector John Rebus. El sargento Thompson.

Tendió la mano y Rebus se la estrechó. Masón, como casi todos los del cuerpo. Rebus, sin ser de la cofradía, había aprendido a imitar su manera de dar la mano.

Thompson se volvió hacia Ancram.

– Vamos con el señor Zane a que eche otro vistazo a algunas de las pruebas materiales.

– No sólo un vistazo -terció Zane-. Tengo que tocarlas.

Thompson acompañó sus palabras con un guiño del ojo izquierdo. Era evidente que compartía el escepticismo con Ancram.

– Sí, naturalmente. Por aquí, señor Zane.

Y se fueron los tres.

– ¿Quién era ese que no ha dicho ni mu? -preguntó Rebus.

– El mentor de Zane en el periódico. Quieren estar al tanto de todo lo que hace.

Rebus asintió con la cabeza.

– Lo conozco desde hace un par de años -dijo.

– Creo que se llama Stevens.

– Jim Stevens -completó Rebus, con otra inclinación de cabeza-. Por cierto, existe otra diferencia entre ambos asesinos.

– ¿Cuál?

– Todas las víctimas de John Biblia tenían la menstruación.

Dejaron a Rebus a solas en una mesa con los archivos sobre Joseph Toal, sin que averiguara nada nuevo excepto que Tío Joe había comparecido ante el juez. A Rebus le dio que pensar. Era como si Toal estuviese sobre aviso siempre que la policía lo tenía en su punto de mira en ocasiones en que la cosa estaba al rojo vivo, y por ello nunca encontraban las pruebas suficientes para enviarlo a la cárcel. Quedaba impune con un par de multas y, pese a haber organizado varias operaciones, todo se saldó con la suspensión por falta de pruebas concluyentes o porque le habían dado el soplo. Era como si Tío Joe dispusiera de un vidente particular. Pero para Rebus había una explicación más verosímil: alguien del departamento le avisaba, y pensó en los trajes que lucían todos, los relojes y los zapatos caros y el aire general de prosperidad y presunción.

La mierda de la Costa Oeste: que la limpien o la escondan. Vio una anotación a mano casi al final del expediente; supuso que era letra de Ancram:

«Tío Joe no necesita matar a nadie más. Su fama es su mejor arma y el cabrón es cada vez más poderoso.»

Encontró un teléfono libre y llamó a la cárcel de Barlinnie, y, como no había ni rastro de Chick Ancram, se dio una vuelta por el local.

Sabía que al final volvería allí: a la sala de olor a moho, donde estaba entronizado el antiguo monstruo John Biblia. Aún se le recordaba en Glasgow y se le mencionaba, incluso antes de que surgiera Johnny Biblia. Su predecesor era el coco de carne y hueso invocado para que los niños se fueran a la cama y utilizado como espantajo durante toda una generación. Podía ser el vecino sigiloso de la puerta de enfrente, el hombre tranquilo de dos pisos más arriba, el repartidor de paquetes de la furgoneta. Podía ser cualquiera; a gusto del consumidor. A principios de los setenta, los padres amenazaban a sus hijos con un «¡Sé bueno o vendrá John Biblia!». Un coco de carne y hueso. Y ahora volvía.

Parecía que el turno de la policía secreta hubiera cogido un permiso colectivo. Estaba solo en la sala, así que dejó la puerta abierta y, sin saber muy bien por qué, se puso a examinar la documentación. Cincuenta mil declaraciones en total. Leyó un par de titulares de periódico: «El donjuán de los salones de baile planea el crimen», «Cien días a la caza del asesino». El primer año de su búsqueda, se había interrogado y descartado a más de cinco mil sospechosos. Cuando la hermana de la tercera víctima facilitó la detallada descripción, pudieron saber que el asesino tenía los ojos azules, una dentadura regular salvo el incisivo derecho, un tanto superpuesto sobre el contiguo, que su marca preferida de cigarrillos era Embassy y que hablaba bien, citando a veces pasajes de la Biblia. Pero ya era demasiado tarde. John Biblia se había esfumado.

Otra diferencia entre John Biblia y Johnny Biblia era el intervalo entre un crimen y otro. Johnny mataba con pocas semanas de pausa y John Biblia no seguía pauta temporal alguna, podían ser semanas o meses. Se cobró la primera víctima en febrero de 1968, y la segunda fue año y medio después. Dos meses y medio más tarde cometió el tercero y último. Primera y tercera víctimas, muertas en jueves por la noche, y la segunda, un sábado. Dieciocho meses era un intervalo muy largo. Rebus conocía las hipótesis: ausencia en el extranjero, por tratarse quizá de un marino mercante o de alguien que perteneciera a la armada o la RAF destinado fuera del país; tal vez había estado en prisión por algún delito menor. Pero eran simples hipótesis. Las tres víctimas tenían hijos, no como las de Johnny Biblia. ¿Era importante que las víctimas de John Biblia tuvieran la regla o fueran madres? A la tercera víctima le había dejado una compresa en la axila, como acto ritual. Las interpretaciones de los psicólogos que estudiaron el caso eran muy diversas, y la tesis sostenía que el asesino se atenía a las consideraciones bíblicas de las mujeres como prostitutas, extremo que a John Biblia le había parecido corroborar cuando su primera víctima, una mujer casada, accedió a marcharse con él del salón de baile. La circunstancia de que tuvieran la regla le irritó, potenció su sed de sangre y fue el móvil del crimen.

Rebus no ignoraba que había algunos convencidos -siempre los había habido- de que se trataba de una simple relación fortuita entre los tres asesinatos realizados por tres asesinos, aun admitiendo una notable vinculación por las coincidencias. Rebus, poco amigo de las coincidencias, seguía convencido de que sólo había un asesino.

En el caso habían intervenido policías famosos: Tom Goodall, que había capturado a Jimmy Boyle y asistido a la confesión de Peter Manuel. Tras la muerte de Goodall, habían tomado su relevo Elphinstone Dalgliesh y Joe Beattie. Este último dedicó horas y horas a escudriñar fotos de sospechosos hasta con lupa, y estaba convencido de poder reconocer a John Biblia en cualquier sitio. Aquel caso había sido una auténtica obsesión para los investigadores, causando la ruina de algunos en el escalafón. Tanto trabajo y ningún resultado. Una burla para todos, métodos y organización incluidos. Volvió a pensar en Lawson Geddes.

Levantó la cabeza y vio que le observaban desde la puerta. Se puso en pie cuando vio que entraban Aldous Zane y Jim Stevens.

– ¿Ha habido suerte? -inquirió.

Stevens se encogió de hombros.

– Aún es pronto. Aldous ha señalado un par de cosas. -Le tendió la mano y Rebus se la estrechó-. ¿Se acuerda de mí, verdad? -Rebus asintió con la cabeza-. Antes, en el pasillo, no estaba seguro.

– Le suponía en Londres.

– Hace tres años que regresé y ahora trabajo por mi cuenta.

– Y de guardián, por lo que veo.

Rebus miró hacia donde estaba Aldous Zane, pero el norteamericano no les prestaba atención, dedicado a pasar la palma de las manos por los papeles que había en la mesa. Era bajo, delgado, de mediana edad, con gafas de montura metálica y cristales azulados, labios levemente abiertos que dejaban ver unos dientes pequeños y afilados. A Rebus le recordaba un poco a Peter Sellers en el papel de doctor Strangelove. Encima de la chaqueta llevaba un chubasquero que hacía frufrú al menor movimiento.

– ¿Esto qué es? -preguntó.

– John Biblia. El antecesor de Johnny Biblia. En este caso también trajeron a un vidente: Gerard Croiset.

– El paranormal -musitó Zane-. ¿Descubrió algo?

– Describió un lugar, dos tenderos y un viejo que podía ser importante para la investigación.

– ‹Y?

– Y un periodista localizó lo que parecía ser el lugar -terció Jim Stevens.

– Pero ningún tendero ni ningún viejo -añadió Rebus.

– El cinismo no sirve de nada -dijo Zane, alzando la vista.

– Llámeme paragnóstico.

Zane sonrió y le tendió la mano; Rebus se la estrechó y sintió un gran calor y un hormigueo que le recorría el antebrazo.

– Escalofriante, ¿no? -comentó Jim Stevens leyéndole el pensamiento.

Rebus señaló con un gesto la documentación esparcida por las cuatro mesas.

– Bien, señor Zane, ¿siente algo?

– Sólo tristeza y sufrimiento, en grandes proporciones -respondió, cogiendo una de las últimas fotos robot de John Biblia-. Y como si hubiera banderas.

– ¿Banderas?

– Barras y estrellas y una esvástica. Un baúl lleno de objetos… -añadió con los ojos cerrados, las pestañas temblorosas-. En el ático de una casa moderna. -Abrió los ojos-. Nada más. Hace mucho, mucho tiempo.

Stevens había sacado su cuaderno de anotaciones y garabateaba unas líneas de taquigrafía. Alguien, desde la puerta, miraba sorprendido al grupo.

– Inspector, es hora de comer -oyó que decía Chick Ancram.

Ancram conducía un coche de la comisaría. Parecía algo distinto: más interesado por él y más cauteloso a la vez. La conversación entró en vía muerta.

Ancram señaló un cono de tráfico cerca del bordillo, que reservaba el único hueco de aparcamiento en toda la calle.

– Bájese a retirarlo, haga el favor.

Rebus le complació y puso el cono en la acera. Ancram aparcó dando marcha atrás con una precisión de milímetros.

– Se ve que tiene práctica.

– Es el sitio del dueño -replicó Ancram, ajustándose la corbata.

Entraron en The Lobby. Un bar de moda con un número excesivo de incómodos taburetes, paredes de azulejos blancos y negros y con guitarras eléctricas y acústicas colgadas del techo.

Una pizarra con el menú detrás de la barra, tres empleados atareados por la aglomeración de mediodía y más olor a perfume que a alcohol. Chicas de oficina, hablando a voces por encima de la música atronadora y bebiendo combinados de vistosos colores; algunas acompañadas por sus jefes, hombres sonrientes, callados, mayores, delatados por su traje de «directivos». En las mesas había más móviles y buscas que vasos. Hasta el personal del bar debía de llevar uno.

– ¿Qué va a tomar?

– Una jarra de cerveza -contestó Rebus.

– ¿Y para comer?

– ¿Hay algo con carne? -preguntó, mirando por encima el menú.

– Empanada.

Aceptó con un gesto afirmativo. Delante de ellos, una fila bloqueaba la barra, pero Ancram había logrado llamar la atención de un camarero y se alzó de puntillas voceándole lo que querían por encima de las permanentes pajizas de las quinceañeras que les precedían, quienes se volvieron a mirarles con mala cara por colarse.

– ¿Pasa algo, señoritas? -dijo Ancram, con una sonrisa lasciva y disuasoria.

Acto seguido, condujo a Rebus a un rincón apartado de la barra hasta una mesa llena de verduras, ensaladas, quiche y aguacates. Rebus cogió una silla y vio que Ancram tenía asiento reservado. La ocupaban tres oficiales del departamento, ninguno con jarra de cerveza. Ancram hizo las presentaciones.

– A Jack ya lo conoce. -Jack Morton asintió con la cabeza mientras mascaba pan árabe-. Sargento Andy Lennox e inspector Billy Eggleston.

Ambos le dirigieron un escueto saludo, interesados más por la comida que por su presencia. Rebus miró a su alrededor.

– ¿Y la bebida?

– Paciencia, hombre, paciencia. Aquí llega.

Llegaba, efectivamente, el camarero con una bandeja: la jarra de Rebus y su empanada, más el salmón ahumado de Ancram y un gin-tonic.

– Doce libras con diez -dijo.

Ancram pagó con tres billetes de cinco libras y le dijo que se quedara el cambio.

– Por nosotros -dijo, alzando el vaso hacia Rebus.

– Los únicos -añadió Rebus.

– Eran pocos y murieron -apostilló Jack Morton, alzando una copa de algo sospechosamente parecido a agua, y volviendo a su plato y a la conversación del día.

Cerca de ellos había otra mesa con unas oficinistas, con quienes Lennox y Eggleston trataban infructuosamente de vez en cuando de entablar conversación. Rebus pensó que un buen traje no es garantía de nada. Se sentía agobiado e incómodo en aquella mesa tan reducida, con su silla pegada a la de Ancram y la música bombardeándole.

– Bien, ¿qué me cuenta de Tío Joe? -dijo Ancram por fin.

– Cuento que voy a hacerle hoy mismo una visita.

Ancram se echó a reír.

– Si habla en serio hágamelo saber y le pondremos algún refuerzo.

Los otros rieron también sin dejar de comer. Rebus se preguntaba cuánto dinero de Tío Joe había en el departamento de Glasgow.

– A John y a mí -añadió Jack Morton- nos encargaron del caso Knots and Crosses [7].

– ¿Ah, sí? -dijo Ancram con interés.

– Es agua pasada -terció Rebus con gesto despectivo.

Morton captó su ánimo por el tono de voz, inclinó la cabeza sobre el plato y cogió el vaso de agua. Una vieja y lamentable historia.

– Por cierto -dijo Ancram-, creo que tiene algunos problemas con el caso Spaven. Lo he leído en los periódicos -añadió con una sonrisa maliciosa.

– Una campaña orquestada para un programa de la tele. -Fue el único comentario de Rebus.

– Chick, tenemos más problemas con los NSA -comentó Eggleston.

Era alto, delgado y estirado. A Rebus le recordaba a un contable; seguro que era eficiente en el papeleo y un inútil en la calle. Pero en todas las comisarías tenía que haber uno así.

– Es una plaga -gruñó Lennox.

– Un problema social, señores -comentó Ancram-. Y, por consiguiente, un problema para nosotros.

– ¿Los NSA?

Ancram se volvió hacia Rebus.

– Los que No Se Alojan; sin domicilio. El Ayuntamiento ha ido echando a la calle a muchos «inquilinos problemáticos», se niega a darles casa y no les permite la entrada en centros de acogida nocturna. Son casi todos drogadictos y chiflados, «psicológicamente trastornados» que vuelven al seno de la comunidad. Pero la comunidad les dice que se vayan a la mierda y andan por la calle dando la lata y creándonos problemas. Desnudándose en público, picándose una sobredosis de diazepam en la vena y qué sé yo.

– Es repugnante -terció Lennox.

Era un pelirrojo de cabellos rizados y mejillas carmesí, pecoso, de cejas y pestañas claras. El único de la mesa que fumaba. Rebus encendió un cigarrillo para secundarle y Jack Morton le dirigió una mirada de reproche.

– ¿Y qué pueden hacer? -inquirió Rebus.

– Pues -contestó Ancram-, vamos a meterlos a todos el próximo fin de semana en varios autobuses y los soltaremos en Princes Street.

Rieron, mirando a Rebus, y a Ancram, que llevaba la batuta. Rebus miró su reloj de pulsera.

– ¿Tiene que ir a algún sitio?

– Sí, se me hace tarde.

– Bien, escuche -dijo Ancram-, si le invitan a casa de Tío Joe, quiero que me lo diga. Me encontrará aquí esta tarde entre las siete y las diez. ¿De acuerdo?

Rebus le dirigió una inclinación de cabeza, dijo adiós a los demás con la mano y abandonó The Lobby.

Afuera se sintió mejor y empezó a caminar sin rumbo fijo. El centro de la ciudad era como en Norteamérica, una red urbana con calles de una sola dirección. Pero si Edimburgo tenía monumentos, Glasgow estaba construido a una escala tan monumental que, a su lado, la capital parecía de juguete. Siguió caminando hasta encontrar un bar que le gustara. Necesitaba un refuerzo para el viaje que iba a emprender. Había un televisor a bajo volumen pero no música; la gente conversaba en voz baja. A su lado dos hombres hablaban con un acento tan cerrado que no podía entenderles. La única mujer del local era la camarera.

– ¿Qué va a ser?

– Un Grouse doble. Y una botella pequeña para llevar.

Echó un poco de agua en el vaso y pensó que de haber comido allí un par de empanadas con dos whiskies le habría costado la mitad que en The Lobby. Bueno, había pagado Ancram: tres billetes nuevecitos de cinco libras salidos del bolsillo de su elegante traje.

– Coca-Cola, por favor.

Rebus se volvió hacia el nuevo cliente.

– ¿Estás siguiéndome?

– No tienes muy buen aspecto, John -replicó Morton sonriente.

– Y el tuyo y el de tus colegas es demasiado bueno.

– A mí no me compran.

– ¿No? ¿Y a quiénes sí?

– Vamos, John. Lo decía en broma -replicó Morton, sentándose a su lado-. Oí algo sobre Lawson Geddes. ¿Es que se va calmando el asunto?

– Puede. -Rebus vació el vaso de un trago-. Mira eso -añadió, señalando una máquina de caramelos en un rincón-. Dulces a veinte centavos. Los escoceses tenemos fama de dos cosas, Jack: de golosos y de grandes bebedores.

– Y de otras dos -replicó Morton.

– ¿Cuáles?

– Eludir las cuestiones y sentirnos siempre culpables.

– ¿Te refieres al calvinismo? -dijo Rebus a punto de echarse a reír-. Por Dios, Jack, pensaba que el único «calvinista» conocido actualmente era Calvin Klein.

Jack Morton no le quitaba ojo a la espera de que sus miradas se cruzaran.

– Dime otro motivo por el cual un hombre acabe con todo -dijo.

Rebus lanzó un resoplido.

– ¿Tú hasta dónde has llegado?

– Hasta donde hay que llegar -replicó Morton.

– Ni por asomo, Jack. Anda, tómate un trago como es debido.

– Esto es un trago como es debido. Lo que tú bebes sí que no es un trago.

– ¿Qué, entonces?

– Un modo de escapar.

Jack se ofreció a llevarle a Barlinnie sin preguntarle a qué iba. Fueron por la M8 hasta Riddrie, pues Jack conocía el camino, y no hablaron gran cosa durante el trayecto hasta que le planteó la pregunta que flotaba en el aire.

– ¿Cómo está Sammy?

La hija de Rebus, ya crecida, a quien Jack hacía casi diez años que no veía.

– Muy bien -respondió; pero ya abordaba otro tema para cambiar de conversación-. Me da la impresión de que a Chick Ancram no le caigo bien. No hace más que… estudiarme.

– Es un listillo. Procura ser amable.

– ¿Por algún motivo en concreto?

Jack Morton se calló un comentario y negó con la cabeza. Giraron en Cumbernauld Road y llegaron a la cárcel.

– Oye, no puedo esperarte -dijo Morton-. Dime cuánto vas a tardar y te envío un coche patrulla.

– Será cuestión de una hora.

Jack Morton miró su reloj de pulsera.

– Una hora. -Le tendió la mano-. Me alegro de haberte visto, John.

Rebus se la estrechó.

Capítulo 6

«Big Ger» Cafferty ya esperaba cuando pasó al locutorio.

– Vaya, «Hombre de paja», qué inesperado placer.

Hombre de paja era el apelativo que Cafferty daba a Rebus. El guardián que había acompañado al inspector no parecía dispuesto a dejarlos solos, y dos más vigilaban a Cafferty. No querían que se volviera a fugar de Barlinnie.

– Hola, Cafferty. -Rebus tomó asiento frente a él. Cafferty había envejecido en la cárcel; estaba más pálido y fofo, había engordado bastante. Tenía menos pelo, algunas canas y llevaba barba-. Te he traído algo -dijo, mirando a los guardianes mientras sacaba del bolsillo la botella.

– Está prohibido -espetó un vigilante.

– No se preocupe, Hombre de paja -dijo Cafferty-, de eso tengo lo que quiero; aquí corre como el agua. Pero se agradece la intención.

Rebus se guardó la botella.

– Supongo que quiere algo.

– Así es.

Cafferty cruzó las piernas, estirándolas para ponerse a sus anchas.

– ¿De qué se trata?

– ¿Conoces a Joseph Toal?

– Todos conocen a Tío Joe, hasta los gatos.

– Sí, pero no como tú.

– ¿Y? -sonrió nervioso.

– Quiero que le llames y le pidas que hable conmigo.

Cafferty reflexionó un instante.

– ¿Para…?

– Quiero preguntarle algo sobre Anthony Kane.

– ¿Tony El? Creía que había muerto.

– Dejó sus huellas en el escenario de un crimen en Niddrie.

Pese a lo que dijera el jefe, él enfocaba el caso como un asesinato, y, además, así impresionaba más a Cafferty, quien, efectivamente, lanzó un silbido.

– Qué idiota. Tony El no solía ser tan imbécil. Y si sigue trabajando para Tío Joe… Puede tener consecuencias.

Rebus sabía que ahora Cafferty ataba cabos para ver el modo de conseguir que Toal aterrizara en Barlinnie a hacerle compañía. Motivos no debían faltarle para desear verle en chirona: cuentas pendientes, deudas, usurpación de territorio. Siempre había viejas cuentas por saldar. Cafferty se decidió.

– Pida un teléfono.

Rebus se levantó y se dirigió al guardián, que ladró «¡No está permitido!», pero él le introdujo tranquilamente la botella de whisky en el bolsillo.

– Es preciso que haga una llamada -añadió.

Condujeron a Cafferty a través de corredores bloqueados por tres rejas hasta un teléfono de monedas.

– Es lo más cerca de la calle que estoy desde hace tiempo -bromeó Cafferty.

Los guardianes no sonrieron. Rebus le dio unas monedas.

– Vamos a ver si lo recuerdo… -dijo Cafferty con un guiño a Rebus.

Marcó siete cifras y esperó.

– Oiga. ¿Quién está ahí? -Dijeron un nombre-. No te conozco. Escucha, dile a Tío Joe que Big Ger quiere hablarle. Nada más. -Aguardó, miró a Rebus y se pasó la lengua por los labios-. Que dice, ¿qué? Dile que llamo desde la Bar-L y no me sobra el dinero.

Rebus echó otra moneda.

– Escúchame -insistía Cafferty irritado-, dile que tiene un tatuaje en la espalda. Una cosa que Tío Joe no va contando por ahí -añadió, tapando el micrófono.

Rebus se acercó lo más posible al auricular y oyó una voz grave.

– ¿Eres tú, Morris Gerald Cafferty? Pensé que alguien quería tomarme el pelo.

– Hola, Tío Joe. ¿Cómo van los negocios?

– Funcionan. ¿Quién está a la escucha?

– Que yo vea, tres monos y un pasma.

– A ti siempre te gustó tener público. Ése es tu problema.

– Suena a consejo, Tío Joe, pero ya es demasiado tarde.

– Bueno, ¿qué quieren ésos?

Ésos: Rebus, el pasma, y los tres monos guardianes.

– Es el poli de Edimburgo que quiere hablar contigo.

– ¿De qué?

– De Tony El.

– ¿Y sobre qué? Tony hace un año que no trabaja aquí.

– Pues díselo al amable policía. Tony ha vuelto a las andadas, por lo visto. En Edimburgo hay un fiambre con sus huellas donde lo encontraron.

Gruñido humano.

– ¿Tienes un perro, Tío Joe?

– Dile al poli que yo no tengo nada que ver con Tony.

– Creo que quiere oírlo él mismo.

– Pues que se ponga.

Cafferty, inquisitivo, miró a Rebus, quien negó con la cabeza.

– Quiere verte la cara mientras se lo cuentas.

– ¿Es maricón o qué?

– No, de la vieja escuela. Te gustará, Tío Joe.

– ¿Y por qué ha acudido a ti?

– Era su último recurso.

– ¿Por qué cono aceptaste?

– Por media botella de whisky -respondió Cafferty sin inmutarse.

– Dios mío, esa Bar-L debe de estar más seca de lo que yo pensaba. -Su tono se suavizó.

– Mándame una entera y le mando a tomar por culo.

Risas agudas.

– ¡Joder, Cafferty, te echo de menos! ¿Cuánto te queda?

– Pregunta a mis abogados.

– ¿Sigues con lo tuyo?

– ¿Tú qué crees?

– Eso me han dicho.

– Pues me alegro.

– Envíame a ese cabrón y dile que tiene cinco minutos. A lo mejor voy a verte un día de éstos.

– Mejor no, Tío Joe, a ver si al final de la visita han perdido la llave.

Más risas. Después, Cafferty colgó.

– Me debe un favor, Hombre de paja -masculló-, y es el siguiente: encierre a ese cabrón.

Pero Rebus iba ya camino de la calle.

Morton había cumplido su palabra y allí estaba el coche esperándole. Dio las señas que recordaba haber leído en el expediente de Toal y se acomodó en el asiento de atrás. Delante iban dos agentes. El que ocupaba el asiento del pasajero se volvió hacia él.

– ¿No es donde vive Tío Joe?

Rebus asintió y los agentes intercambiaron una mirada.

– Déjenme allí -ordenó.

El tráfico era denso, la gente volvía del trabajo, y Glasgow se alargaba hacia los cuatro puntos cardinales como si fuera de goma. Cuando llegaron a la barriada de viviendas subvencionadas, vio que eran muy parecidas a las de Edimburgo: piedra artificial gris, zonas de juego sin un árbol, asfalto y varias tiendas fortificadas. Críos en bicicleta que se detenían a mirar el coche con curiosidad, como centinelas, y cochecitos de niño conducidos por mujeres vulgares teñidas de rubio. La gente observaba tras las ventanas y había hombres apostados en las esquinas. Una ciudad dentro de otra, uniforme y enervante, debilitada, librada a su mera obstinación: la pintada RESISTIR en un hastial, un mensaje del Ulster pertinente allí también.

– ¿Le esperan? -preguntó el conductor.

– Sí.

– Menos mal, gracias a Dios.

– ¿Hay por aquí más coches patrulla?

El copiloto soltó una risa nerviosa.

– Hemos cruzado la línea divisoria, señor. Esta zona se rige por su propia ley y orden.

– Si usted tuviera el dinero que él tiene, ¿viviría aquí? -inquirió el que conducía.

– Ése nació aquí -respondió Rebus- y, además, tengo entendido que su casa es un poco especial.

– ¿Especial? -resopló el conductor-. Espere a verla.

Se detuvieron a la entrada de una calle sin salida y Rebus vio al fondo dos casas que destacaban del resto por su revestimiento de piedra.

– ¿Es una de esas dos? -inquirió.

– Lo mismo da una que otra.

Rebus bajó del coche y se inclinó hacia los agentes.

– No se les ocurra marcharse -dijo, cerrando con fuerza la portezuela y encaminándose al fondo del callejón.

Optó por llamar a la puerta de la casa adosada de la izquierda y le abrió un gigante musculoso en camiseta que le franqueó el paso.

– ¿Es usted el poli? -preguntó en el estrecho recibidor-. Pase ahí.

Rebus empujó la puerta del cuarto de estar y se quedó pasmado: habían eliminado el tabique divisorio y aquello era una sala de estar de proporciones enormes. Le recordó a Tardis de Doctor Who y, como estaba solo, se llegó hasta el fondo de la pieza. Habían ganado tanto espacio que incluía un gran invernadero, lo que reducía el tamaño del jardín, pero desde la casa se veían inmensos prados con campos de deportes y comprobó que Tío Joe se había apoderado de una gran parte de la zona para su propio jardín. Ni que decir tiene que sin permiso municipal.

– Espero que tenga limpios los oídos -dijo una voz.

Rebus se dio la vuelta y vio un hombrecillo algo encorvado que entraba en el salón, con un cigarrillo en una mano y un bastón en la otra. Arrastró sus pies en zapatillas de cuadros hasta un raído sillón y se hundió en él, agarrándose a los grasientos tapetillos de los brazos, con el bastón en el regazo.

Rebus le había visto en fotos, pero aun así le sorprendió. Joseph Toal parecía realmente el tío de alguien. Tendría más de setenta años; era fornido y sus manos y rostro recordaban a los de un antiguo minero; su frente estaba muy arrugada, y llevaba el escaso pelo cano peinado hacia atrás y engominado. Tenía una cara cuadrada, de ojos acuosos, y las gafas le colgaban de un cordón al cuello. Al llevarse el cigarrillo a los labios, Rebus advirtió que la nicotina amarilleaba sus dedos y que sus uñas eran deformes y encarnadas. Vestía una chaqueta corriente y una camisa deportiva también anodina. La chaqueta estaba remendada y deshilachada y los pantalones, marrones, estaban dados de sí, con las rodilleras sucias.

– Los oídos los tengo bien -respondió Rebus, acercándose.

– Estupendo, porque no pienso repetir las cosas -dijo con un profundo resoplido para controlar la respiración-. Anthony Kane trabajó conmigo doce o trece años; no de forma seguida, sino en contratos temporales. Pero hace un año, algo más quizá, me dijo que se iba porque quería establecerse por su cuenta. Nos despedimos de forma amistosa y no he vuelto a saber de él.

Rebus señaló una silla y Toal asintió con la cabeza. El inspector se acomodó sin mucha prisa.

– Señor Toal…

– Todos me llaman Tío Joe.

– ¿Como a Stalin?

– ¿Cree que el chiste es nuevo, hijo? Pregunte.

– ¿Qué planes tenía Tony cuando dejó su empleo?

– No me dio detalles. La conversación que tuvimos fue… breve.

Rebus asintió con la cabeza. Estaba pensando: «Tenía yo un tío que se parecía mucho a ti, y ni recuerdo su nombre».

– Bien, si eso es todo…

Toal hizo el gesto de ir a levantarse.

– ¿Se acuerda de John Biblia, Tío Joe?

Toal frunció el ceño; entendía la pregunta pero no captaba la intención. Estiró el brazo hasta el suelo para coger un cenicero y apagó el cigarrillo.

– Me acuerdo muy bien. Centenares de policías por las calles; fue fatal para el negocio. Colaboramos al cien por cien y tuve hombres a la caza de ese hijo de puta meses enteros. ¡Meses! Y ahora sale ese otro cabrón.

– ¿Johnny Biblia?

– Yo soy un hombre de negocios -dijo, señalándose- y que maten a inocentes me repugna. A mis taxistas… -Hizo una pausa-. Tengo acciones en una empresa de taxis. Les he dado instrucciones para que sean todo ojos y oídos. -Se oyó una respiración agitada-. Si sé algo lo comunicaré inmediatamente a la poli.

– Un ciudadano ejemplar.

Toal se encogió de hombros.

– Yo hago negocios con los ciudadanos. -Hizo otra pausa y frunció el ceño-. ¿Qué tiene esto que ver con Tony El?

– Nada. -Toal no parecía muy convencido-. Pongamos que está relacionado. ¿Puedo fumar?

– No se va a quedar lo bastante para disfrutarlo.

Rebus, sin inmutarse, encendió un pitillo.

– ¿Adónde se marchó Tony El?

– No me envió ninguna postal.

– Tendrá alguna idea.

Toal fingió reflexionar.

– Al sur, creo; no sé dónde. Londres, tal vez. Allí tenía amistades.

– ¿En Londres?

Toal asintió con la cabeza sin mirar a Rebus.

– Tengo entendido que se fue al sur -repitió.

Rebus se puso en pie.

– ¿Ya ha concluido el tiempo? -A Toal le costaba incorporarse en el sillón y tuvo que recurrir al apoyo del bastón-. Cuando apenas habíamos empezado a conocernos. ¿Cómo está ahora

Edimburgo? ¿Sabe lo que decíamos en otro tiempo? Mucho abrigo de piel y pocas agallas. Eso era Edimburgo.

Se echó a reír y le sobrevino un ataque de tos. Se aferró al bastón con ambas manos, doblando un poco las rodillas.

Rebus aguardó a que se sosegara. Su cara abotargada estaba pálida y relucía de sudor.

– Quizá sea verdad -replicó-, pero aquí ni siquiera hay abrigos de piel.

Una sonrisa cruzó el rostro de Toal dejando ver su amarillenta dentadura postiza.

– Cafferty dijo que usted me agradaría. Pues, ¿sabe qué?

– ¿Qué?

La sonrisa se transformó en gesto de desdén.

– No acertó. Y ahora que lo he visto, aún entiendo menos por qué le ha enviado. Por la botella no ha sido, pues ni siquiera Cafferty es tan barato. Más vale que se vuelva a Edimburgo, amiguito. Y vaya con cuidado. Me han dicho que la calle ya no es lo que era.

Rebus se dirigió al otro lado de la sala, dispuesto a salir por la segunda puerta. Junto a ella había una escalera por la que alguien descendió a toda prisa y casi chocó con él. Era un tipo corpulento, mal vestido, con rostro de pocas luces y brazos tatuados. Tendría unos veinticinco años y Rebus le reconoció por las fotos del expediente: Mad Malky Toal, Stanley. La esposa de Joseph Toal había muerto de parto por su avanzada edad al dar a luz. Los dos hijos anteriores también murieron, uno cuando era pequeño y el otro atropellado por un coche, y ahora sólo quedaba Stanley, heredero único y de los últimos de la fila en la distribución de coeficiente de inteligencia.

Miró a Rebus fijamente, con expresión amenazadora y rabiosa, y se acercó a su padre a zancadas. Vestía pantalones de raya diplomática, una camiseta de manga corta, calcetines blancos y zapatillas de deporte y adornaba su rostro media docena de gruesas verrugas. Rebus no conocía a ningún gángster que supiera vestir bien.

– Hola, papá, he perdido las llaves del BMW, ¿dónde están los duplicados?

Rebus salió de la casa, feliz de que el coche patrulla siguiera allí. Una pandilla de chiquillos daba vueltas a su alrededor en bicicleta como indios cherokees. Antes de salir del callejón se fijó en los coches: un Rover nuevo, un BMW serie 3, un viejo Mercedes, de los más grandes, y un par de utilitarios. De haber sido para una subasta de vehículos usados, habría buscado en otra parte.

Se escurrió entre dos bicicletas, abrió la portezuela y subió al coche. El conductor arrancó y Rebus miró hacia atrás; vio a Stanley dirigirse hacia el BMW, como si caminara accionado por un muelle en los talones.

– Bueno -dijo el otro agente-, antes de irnos, ¿ha mirado si le falta algún dedo?

– A la zona del centro -dijo Rebus, recostándose en el asiento y cerrando los ojos.

Necesitaba otro trago.

Primero fue al bar Horseshoe. Pidió un chupito de whisky de malta y salió a buscar un taxi. Le dijo al chofer que le llevase a Langside Place, en Battlefield. Desde que había estado en la sala donde tenían toda la información referente a John Biblia, sabía que acabaría yendo allí. Podía habérselo pedido a los del coche patrulla, pero no quería dar explicaciones.

En Langside Place tenía su domicilio la primera víctima de John Biblia. Era enfermera y vivía con sus padres. Su padre cuidaba del hijo pequeño cuando ella salía a bailar. Rebus sabía que aquel día pensaba ir al salón Majestic de Hope Street, pero cambió de parecer y fue al Barrowland. Se habría salvado de haber seguido su primer impulso. ¿Por qué habría decidido ir al Barrowland? ¿Fue sólo cosa del destino?

Mandó esperar al taxista, se apeó y anduvo por la calle de arriba abajo. El cadáver lo habían encontrado cerca de allí, a la puerta de un taller en Carmichael Lañe, sin ropa y sin bolso. La policía había llevado a cabo una intensa búsqueda inútil. Y no menos laboriosos habían sido los interrogatorios de quienes aquella noche estaban en el Barrowland, con el agravante de que la noche del jueves era muy concurrida por estar dedicada a los clientes mayores de veinticinco años, y acudían muchos casados y casadas para echar una cana al aire. Muchos no habrían debido estar allí y no se les podía considerar testigos fiables.

El motor del taxi seguía en marcha, y el contador corría. No sabía lo que esperaba encontrar allí, pero, de todos modos, le satisfacía haber ido. Resultaba difícil mirar la calle y recrear el año 1968; no quedaba nada que recordase a aquella época. Todo había cambiado, incluidas las personas.

El segundo lugar Rebus ya lo conocía: Mackeith Street. Allí había vivido y muerto la segunda víctima. Un detalle en el caso de John Biblia era que había acompañado a sus víctimas hasta cerca de su domicilio, lo que indicaba mucha confianza o indecisión. En agosto de 1969, la policía tenía casi abandonada la investigación y el Barrowland volvía a llenarse. Aquel sábado por la noche, la víctima había dejado a sus tres hijos al cuidado de una hermana que vivía en el piso de enfrente. En aquella época toda Mackeith Street eran edificios de pisos, pero al llegar allí en taxi, Rebus vio casas adosadas y antenas parabólicas. Hacía ya mucho que los pisos habían desaparecido; en 1969 estaban condenados a la piqueta y muchos de ellos deshabitados. La habían encontrado en uno de los edificios abandonados, estrangulada con sus propias medias. Faltaban algunas pertenencias, bolso incluido. Rebus no veía motivo para bajar del taxi. El taxista volvió la cabeza.

– John Biblia, ¿no?

Rebus, sorprendido, asintió con la cabeza. El hombre encendió un cigarrillo. Tendría unos cincuenta años: pelo canoso y rizado, rostro rubicundo y una mirada infantil en sus ojos azules.

– También entonces era taxista, ¿sabe? -añadió-. La verdad es que siempre he hecho lo mismo.

Rebus recordó el archivador con la etiqueta Empresas de taxi.

– ¿Le interrogó la policía?

– Ah, sí, pero lo que querían, sobre todo, es que estuviéramos alerta, ¿sabe?, por si subía al taxi. Pero por su descripción podría haber sido uno de tantos clientes y sus rasgos eran los de muchos. Estuvieron a punto de producirse linchamientos y la policía tuvo que dar a algunos un certificado que especificaba: «Este hombre no es John Biblia».

– ¿Y qué cree que fue de él?

– Ah, ¿quién sabe? Al menos paró, que es lo que importa, ¿no?

– Si es que paró -dijo Rebus con voz queda.

El tercer lugar estaba en Earl Street de Scotstoun, donde apareció el cadáver la víspera de Todos los Santos. La hermana de la víctima, que había pasado con ella toda la velada, hizo un relato muy detallado de aquella noche: el autobús hasta Glasgow Cross, el paseo por Gallowgate…, los escaparates que habían mirado…, lo que habían bebido en Traders' Tavern… y el baile de Barrowland. Ambas habían conocido a dos tipos que se llamaban John, pero que no congeniaban, y uno de ellos se despidió para coger el autobús; el otro se quedó con ellas y las acompañó en taxi charlando. A Rebus le extrañaba, igual que a otros muchos, que John Biblia hubiese dejado un testigo tan sólido. ¿Por qué se había cobrado aquella tercera víctima a sabiendas de que la hermana iba a facilitar un minucioso retrato de él: cómo vestía, lo que había hablado y el detalle del diente? ¿A qué se debía tal descuido? ¿Era un desafío a la policía, o había otro motivo? Quizás estaba a punto de marcharse de Glasgow y eso hizo que no actuara como siempre. Pero ¿marcharse, adónde? ¿A algún lugar en que por su descripción pasara inadvertido, como Australia, Canadá o Estados Unidos?

A medio camino de Earl Street, Rebus le dijo al taxista que había cambiado de idea y que le llevase a la «Marina». La antigua comisaría de Partick -centro de la investigación sobre John Biblia- estaba vacía y casi en ruinas. Se podía aún acceder a ella abriendo los candados, pero los críos no tenían necesidad de hacerlo para entrar. Se contentó con sentarse fuera un rato. Por la «Marina» habían pasado muchos sospechosos a declarar y ser sometidos a ruedas de identificación y careos más informales. Joe Beattie y la hermana de la tercera víctima los observaban, escrutaban sus rostros, los rasgos y la forma de hablar, y, luego, vuelta a empezar.

– Ahora querrá ir al Barrowland, ¿verdad? -dijo el taxista, pero Rebus negó con la cabeza.

Ya había visto suficiente. El Barrowland no iba a decirle nada que no supiera.

– ¿Conoce un bar llamado The Lobby? -preguntó. El hombre hizo un gesto afirmativo-. Pues lléveme allí.

Pagó la carrera, le dio cinco libras de propina y pidió el recibo.

– No damos recibos, amigo. Lo siento.

– No trabajará por casualidad para Joe Toal, ¿eh?

– Ni lo he oído nombrar.

El hombre le miró con mala cara, metió la primera y arrancó.

En la barra de The Lobby estaba Ancram, con aire relajado entre dos hombres y dos mujeres que le escuchaban atentamente. El local estaba lleno de gente que había salido del trabajo, arribistas y mujeres solas.

– ¿Qué toma, inspector?

– Invito yo -dijo Rebus, señalando el vaso de Ancram y los de los otros, pero Ancram soltó una carcajada.

– A ellos no se les invita; son periodistas.

– De todos modos, la ronda es mía -dijo una de las mujeres-. ¿Qué toman?

– Mi madre me aconsejó no aceptar bebidas de desconocidos.

La mujer sonrió, iba maquillada y su rostro cansado fingía entusiasmo. Jennifer Drysdale. Rebus sabía la causa del cansancio: resultaba duro actuar como «un hombre más». Mairie Henderson le había hablado de ello… las cosas cambiaban muy lentamente, la realidad era un barniz de igualdad sobre el mismo papel pintado de siempre.

Un disco de Jeff Beck, Hi-Ho Silver Lining. La letra era idiota pero se escuchaba desde hacía más de veinte años. No entendía por qué en un local con las pretensiones de The Lobby ponían viejos éxitos.

– En realidad -decía Ancram-, estamos cerca de encontrar algo. ¿Verdad, John?

– Sí.

Que le llamara por su nombre le dio a entender que el inspector jefe quería zanjar el asunto.

Los periodistas ya no parecían tan contentos y comenzaron a asediarle a preguntas sobre Johnny Biblia para tener algo que escribir.

– Qué más quisiera yo que contarles algo, pero todavía no tengo datos.

Ancram alzó las manos para tratar de calmarlos.

Rebus vio que había una grabadora en la barra.

– Declare usted cualquier cosa -dijo uno de los hombres, arriesgando una mirada en dirección a Rebus, que se mantenía al margen.

– Si quieren información -añadió Ancram, rompiendo el corro-, contraten un vidente. Gracias por las copas.

Fuera del local su sonrisa se esfumó. No era más que puro teatro ante los periodistas.

– Esos cabrones son como sanguijuelas.

– Y tienen sus costumbres, como las sanguijuelas.

– Cierto, pero ¿con quién, si no, vas a tomar una copa? No he traído el coche, ¿te importa ir a pie?

– ¿Adónde?

– Al primer bar que encontremos.

En realidad tuvieron que dejar atrás tres pubs -lugares poco seguros para que un policía tome una copa tranquilo- hasta dar con uno del agrado de Ancram. No dejaba de llover, aunque con menos fuerza. Rebus notaba la camisa pegada en la espalda. Pese a la lluvia, había una legión de vendedores de Big Issue, que ya nadie compraba.

Se sacudieron el agua y se sentaron en sendos taburetes de la barra. Rebus pidió un whisky y un gin-tonic y encendió un cigarrillo; le ofreció uno a Ancram, que lo rehusó.

– Bueno, ¿dónde has estado?

– He ido a ver a Tío Joe.

«Entre otros sitios.»

– ¿Y qué tal?

– Hablé con él.

«Y adiós muy buenas.»

– ¿Cara a cara? -Rebus asintió y Ancram pareció admirado-. ¿Dónde?

– En su casa.

– ¿La Ponderosa? ¿Y se lo permitió sin orden de registro?

– Una casa limpia como la patena.

– Se pasaría media hora antes de que llegaras escondiéndolo todo en el piso de arriba.

– En el piso de arriba estaba su hijo.

– Haciendo guardia a la puerta del dormitorio, seguro. ¿Viste a Eve?

– ¿Quién es Eve?

– Su contable. No te fíes de su asma de jubilada. Debe de andar por los cincuenta y se conserva perfectamente.

– No la he visto.

– Te acordarías seguro. Bueno, ¿le sacaste algo a ese viejo cabrón?

– Poca cosa. Me juró que hace un año que no tiene a Tony El en plantilla y que no ha vuelto a verle.

Un individuo entró en el bar. Al ver a Ancram estuvo a punto de dar media vuelta, pero como el inspector le había visto por el espejo de la barra, optó por acercarse, sacudiéndose la lluvia del pelo.

– Hola, Chick.

– ¿Qué tal, Dusty?

– Vamos tirando.

– Bien, ¿no?

– Ya me conoce, Chick.

El hombre hablaba en voz queda con la cabeza gacha, y se fue al otro extremo de la barra arrastrando los pies.

– Un conocido -dijo Ancram a guisa de explicación.

Un confidente, claro. El hombre pidió un medio y «media»: whisky con media jarra de cerveza para que entrara mejor. Abrió un paquete de Embassy, haciendo esfuerzos para no mirar al otro extremo de la barra.

– Bueno, ¿y eso fue todo lo que le sacaste a Tío Joe? Tengo curiosidad por saber cómo llegaste allí.

– Fui en un coche patrulla y entré andando.

– Ya sabes a qué me refiero.

– Tío Joe y yo tenemos un amigo en común.

Rebus apuró el whisky.

– ¿Otro? -insinuó Ancram, y Rebus asintió con la cabeza-. Sí, ya sé que estuviste en Barlinnie. – ¿Cosa de Jack Morton?-. Y no se me ocurre que haya allí muchos que tengan mano con Tío Joe… ¿Big Ger Cafferty? -Rebus le aplaudió mentalmente y esta vez Ancram soltó una carcajada sincera-. ¿Así que el viejo cabrón no soltó prenda?

– Sólo que tenía entendido que Tony El se había marchado al sur, a Londres quizá.

Ancram retiró del vaso la raja de limón.

– ¿De veras? Qué interesante.

– ¿Por qué?

– Porque he movilizado a mis amigos en busca de información. -Ancram hizo un gesto casi imperceptible con la cabeza y el soplón del extremo de la barra dejó su taburete y se le acercó-. Dile al inspector Rebus lo que me has contado, Dusty.

Dusty se pasó la lengua por unos labios inexistentes. Parecía ser el tipo que hace de confidente por darse importancia más que por dinero o rencor.

– Se dice -hablaba otra vez sin alzar la cabeza y Rebus podía verle la coronilla- que Tony El ha estado trabajando por el norte.

– ¿Por el norte?

– Dundee…, en el nordeste.

– ¿Y en Aberdeen?

– Por allí; sí.

– ¿En qué?

Se encogió de hombros.

– Opera por su cuenta; a saber… Se le ha visto por allí.

– Gracias, Dusty -dijo Ancram y el hombre se escabulló hacia el fondo de la barra. Ancram miró a la camarera-. Otras dos

– dijo- y póngale a Dusty lo que quiera. -Se volvió hacia Rebus-. ¿A quién crees, a Tío Joe o a Dusty?

– ¿Crees que me mintió para tomarme el pelo?

– O por liarte.

Sí, hacerle ir a Londres con una falsa pista que entorpeciera la investigación. Tiempo y esfuerzos perdidos.

– La víctima trabajaba en Aberdeen -añadió Rebus.

– Todas las pistas se juntan allí. -Les sirvieron las bebidas y Ancram pagó con un billete de veinte libras-. Quédese la vuelta; cobre lo que deba Dusty y le da lo que sobre, menos una libra para usted.

La mujer hizo el gesto de asentimiento de quien está acostumbrada. Rebus no dejaba de pensar en los caminos que llevaban al norte. ¿Quería ir a Aberdeen? Estaría a salvo de Justicia en directo, quizás así dejaría de pensar en Lawson Geddes. A ese respecto, el día había sido una especie de vacaciones; Edimburgo estaba lleno de fantasmas, pero también Glasgow: Jim Stevens, Jack Morton, John Biblia y sus víctimas.

– ¿Fue Jack quien te dijo que había ido a Barlinnie?

– Me impuse por jerarquía, no se lo reproches.

– Cuánto ha cambiado.

– ¿Te molestó? No sé por qué te siguió después de comer. El celo del converso.

– No sé a qué te refieres -dijo Rebus.

Se llevó el vaso a los labios y dio un largo trago.

– ¿No te lo contó? Se ha afiliado a Alcohólicos Anónimos y, en serio, no para cobrar la baja por depresión. -Ancram hizo una pausa-. Pensándolo bien, a lo mejor yo también lo hago -añadió con un guiño, sonriendo.

Había algo molesto en su sonrisa; como si escondiera muchos secretos. Una sonrisa condescendiente.

Una sonrisa muy de Glasgow.

– Era un alcohólico -prosiguió Ancram-. Bueno, lo sigue siendo. Una vez que se empieza, nunca se deja. Pero algo le sucedió en Falkirk y acabó en el hospital casi en coma con sudores, vómitos y alucinaciones. Lo primero que hizo al salir fue buscar en el listín el teléfono de la Esperanza y ellos le remitieron a la iglesia de los zumos. -Miró el vaso de Rebus-. Dios, qué rápido. Anda, tómate otra.

La camarera venía ya con otra copa en la mano.

– Pues sí, gracias -dijo Rebus, algo despechado consigo mismo por sentirse tan tranquilo-. Pareces sobrado de pasta. Y el traje es precioso.

Los ojos de Ancram perdieron la chispa.

– Hay un sastre de Argyle Street que nos hace el diez por ciento de descuento a los del cuerpo -replicó, entrecerrando los ojos-. Vamos, suéltalo.

– No, en realidad, no es nada, pero revisando el expediente de Toal no pude por menos que advertir que siempre parece disponer de información interna.

– Cuidado, amiguito.

Lo de «amiguito» chirriaba con toda intención.

– Bueno -prosiguió Rebus-, todo el mundo sabe que en la Costa Oeste hay sobornos. No siempre con dinero, ya sabe. Pueden ser relojes, pulseras con el nombre grabado, anillos, algún traje que otro…

Ancram echó una mirada a su alrededor, como si buscase testigos a los comentarios de Rebus.

– ¿Le importaría dar nombres, inspector, o en el DIC de Edimburgo se contentan con rumores? Tengo entendido que en Fettes no hay sitio en los armarios, que están repletos de esqueletos. -Cogió su copa-. Y por lo visto la mitad de ellos están llenos de sus huellas.

Otra vez la sonrisa, los ojos chispeantes. ¿Cómo lo sabía? Rebus dio media vuelta y salió del pub. Oyó a Ancram que decía:

– ¡No todos podemos ir a Barlinnie a ver a un amigo! Hasta luego, inspector…

Capítulo 7

Aberdeen.

Aberdeen significaba lejos de Edimburgo, sin Justicia en directo, ni Fort Apache, ni tanta mierda encima. Aberdeen no estaba mal.

Pero en Edimburgo tenía cosas que hacer. Quería ver el lugar del crimen de día; iría con el Escort de Fort Apache, sin arriesgarse con su Saab. Jim MacAskill le quería en el caso porque llevaba poco tiempo en aquel destino para haberse ganado enemigos; Rebus se preguntaba cómo podría hacer amigos en Niddrie. De día, el lugar era aún más inhóspito: ventanas tapiadas, vidrios rotos sobre el asfalto, críos aburridos jugando al sol y miradas de desaprobación cuando pasaba en coche.

Habían derruido ya muchos edificios; detrás de la barriada había casas adosadas. Antenas parabólicas como símbolo del estatus: el paro. También un pub abandonado, y una tienda solitaria en una esquina con el escaparate lleno de carteles de vídeos; parada obligatoria para todos los chicos. Bandidos en ciclomotor masticando chicle. Rebus pasó despacio mirándolos. El apartamento del crimen quedaba más allá y no se veía desde la calle principal de Niddrie. Rebus pensó que Tony El no pertenecía a aquel barrio. ¿Por qué habrían ido allí si había otros más cerca del centro?

Dos hombres y la víctima. Tony El y un cómplice.

El cómplice conocía el barrio.

Subió la escalera hasta la vivienda. La puerta estaba precintada pero él tenía llaves de los candados. El salón seguía igual: con la mesa patas arriba y la manta. Si hubiera vecinos, quizás habrían podido ver algo, pero había que reconocer que las posibilidades se reducían a un uno por ciento y aún menos las de obtener declaraciones. Cocina, cuarto de baño, dormitorio, recibidor. Andaba pegado a las paredes por si el suelo cedía. En aquel bloque no vivía nadie, pero en el contiguo había un par de ventanas con cristales: una en la primera planta y otra en la segunda. Llamó a la puerta de la primera y le abrió una mujer desaliñada con un niño de pecho aferrado al cuello. Sobraban las presentaciones.

– Yo no sé nada y no he visto ni oído nada -le espetó la mujer intentando cerrar la puerta.

– ¿Está casada?

Abrió de nuevo.

– ¿Ya usted qué más le da?

Rebus se encogió de hombros. Buena pregunta.

– Él estará en el bar, lo más seguro -añadió ella.

– ¿Cuántos hijos tienen?

– Tres.

– Vivirán muy apretados.

– Eso es lo que no paramos de repetirles. Y nos dicen que estamos en la lista.

– ¿Qué edad tiene el mayor?

Ella entornó los ojos.

– Once años.

– ¿Cree que pudo haber visto algo?

– Me lo habría dicho -respondió ella, negando con la cabeza.

– ¿Y su marido?

– Lo habría visto todo doble -contestó sonriendo.

Rebus sonrió también.

– Bien, si se entera de algo… por los críos o por su marido…

– Sí, muy bien.

Y le cerró la puerta sin más.

Rebus subió a la otra planta. Cagadas de perro en el rellano y un condón usado. Lo miró evitando la asociación de ideas. Pintadas en la puerta: mamona, el cono de Su Majestad y dibujos de coitos de cómic, que la inquilina había desistido de borrar. Rebus tocó el timbre. No contestaban. Probó otra vez.

Una voz se oyó desde el fondo:

– ¡Largo, cabrón!

– ¿Podría hacerle unas preguntas?

– ¿Quién es?

– Departamento de Investigación Criminal.

Ruido de cadena. La puerta se entreabrió cuatro centímetros. Rebus vio media cara: una vieja, o quizás un viejo. Mostró su placa.

– No van a echarme. Me encerraré en el piso aunque tiren la casa.

– No vengo a echarla.

– ¿Cómo?

– Que nadie va a echarla -repitió, alzando la voz.

– Sí que quieren, pero yo no me voy. Dígaselo.

Le llegaba un olor como de carne podrida.

– Escuche, ¿se ha enterado de lo que pasó aquí al lado?

– ¿Cómo?

Rebus miró por la rendija de la puerta. Un recibidor lleno de hojas de periódico y latas vacías de comida para gatos. Lo intentó de nuevo.

– Aquí al lado mataron a una persona.

– A mí no me venga con cuentos, joven -replicó la anciana irritada.

– No le vengo con… Bah, al diablo.

Giró sobre sus talones y descendió las escaleras. De pronto el mundo exterior le pareció agradable al calorcillo del sol. Bueno, relativamente. Se llegó a la tienda de la esquina, hizo unas cuantas preguntas a los chicos y ofreció caramelos de menta a todos. Información no obtuvo, pero le sirvió de excusa para entrar en la tienda a comprar un paquete de extrafuertes, que se guardó en el bolsillo para después, y hacer un par de preguntas a la dependienta asiática, una chica de quince o dieciséis años guapísima. En el televisor, a buena altura en la pared, unos gángsteres de Hong Kong se destrozaban a tiros. La chica no sabía nada.

– ¿Le gusta Niddrie?

– No está mal -le contestó con acento de Edimburgo sin apartar la vista del televisor.

Rebus volvió a Fort Apache. En el «cobertizo» no había nadie. Tomó un café y se fumó un cigarrillo. Niddrie, Craigmillar, Wester Hailes, Muirhouse, Pilton, Granton… Todas esas barriadas le parecían una especie de horrible experimento de ingeniería social, obra de científicos con bata blanca que situaban a la gente en diversos laberintos, a ver qué pasaba, cómo encontraban la salida… Él vivía en una zona de Edimburgo donde los pisos de tres dormitorios se vendían por una suma de seis cifras. Le hacía gracia poder vender el suyo y hacerse inmensamente rico… salvo que, claro, no tendría dónde vivir y no podría mudarse a una zona mejor. Se daba cuenta de que estaba tan atrapado como los de Niddrie o Craigmillar; simplemente en una trampa más bonita.

Sonó su teléfono. Descolgó, arrepintiéndose de inmediato.

– ¿Inspector Rebus? -Una voz de secretaria-. ¿Puede venir mañana a Fettes para una reunión?

Rebus sintió un escalofrío en la columna vertebral.

– ¿Una reunión de qué?

– No lo sé. -La voz era neutra y risueña-. Es a petición de la oficina del ACC.

El subdirector Colin Carswell, adjunto del jefe de policía, era de Yorkshire, lo más parecido a un escocés que puede ser un inglés. Llevaba en la dirección territorial dos años y medio y hasta el momento nadie había hablado mal de él, lo que le hacía merecedor de aparecer en el libro Guinness. Había habido un poco de desorganización durante los meses siguientes a la dimisión del anterior director hasta el nombramiento de otro nuevo, pero Carswell supo hacerse con el timón, aunque algunos opinaban que era excesivamente apto, por lo que nunca llegaría a ser jefe supremo. En la territorial de Lothian y Borders solían presumir de un jefe supremo y dos ayudantes, pero uno de éstos había pasado a ocupar el cargo de director de Servicios Corporativos, empleo que nadie del cuerpo sabía en qué consistía.

– ¿A qué hora?

– A las dos. No le entretendrán mucho.

– ¿Y habrá té con galletas? Si no, no voy.

Hubo un silencio y después un suspiro al advertir que era broma.

– Veremos qué puede hacerse, inspector.

Rebus colgó. Volvió a sonar y cogió el auricular.

– ¿John? Soy Gill. ¿Recibiste mi mensaje?

– Sí, gracias.

– Ah. Pensé que me llamarías.

– Hum…

– John, ¿sucede algo?

– No lo sé -dijo, alzando los hombros-. El subdirector quiere verme.

– ¿Para qué?

Suspiró.

– ¿Qué has hecho ahora?

– Nada en absoluto, Gill. Es la pura verdad.

– ¿Ya te has ganado enemigos?

En ese momento entraron Bain y Maclay. Rebus les saludó con la cabeza.

– De enemigos nada. ¿Por qué, crees que he cometido alguna pifia?

Maclay y Bain se despojaban de la chaqueta como ajenos a la conversación.

– Escucha, el mensaje que te dejé…

– Diga, inspector jefe.

Maclay y Bain dejaron de fingir.

– ¿Podemos vernos?

– ¿Por qué no? ¿Hoy, para cenar?

– Hoy… bueno, ¿por qué no?

Ella vivía en Morningside y Rebus en Marchmont: se citaron en Tollcross.

– A las ocho y media en el restaurante indio de Brougham Street -dijo él-. Ese de persianas de listones.

– Muy bien.

– Nos vemos allí, inspector jefe.

Bain y Maclay estuvieron durante un par de minutos dedicados a sus asuntos hasta que Bain tosió, tragó saliva y dijo:

– ¿Qué tal la ciudad de la lluvia?

– Salí con vida.

– ¿Has averiguado algo sobre Tío Joe y Tony El? -preguntó Bain, llevándose la mano a la cicatriz bajo el ojo.

– Pues sí y no -respondió Rebus, encogiéndose de hombros.

– Vale, no cuentes nada -terció Maclay.

Era gracioso verle sentado en una silla a la que habían serrado tres centímetros las patas para que cupieran sus piernas bajo el escritorio. La primera vez que Rebus reparó en ello le preguntó por qué no había alzado la mesa. Maclay no había caído en ello; lo de serrar las patas de la silla había sido idea de Bain.

– No hay nada que contar -replicó-. Sólo que se rumorea que Tony El trabaja por libre en el nordeste, así que tenemos que ponernos en contacto con el DIC de Grampian a ver qué saben.

– Les enviaré los datos por fax -dijo Maclay.

– Supongo que aquí no hay nada nuevo.

Bain y Maclay negaron con la cabeza.

– Pero te diré un secreto -dijo Bain.

– ¿Cuál?

– En Brougham Street hay por lo menos dos restaurantes con persianas de listones.

Rebus se quedó mirando cómo se reían del chiste y a continuación preguntó qué novedades había sobre los datos del difunto.

– No gran cosa -contestó Bain.

Inclinó hacia atrás la silla y enarboló un papel.

Rebus se levantó y se lo cogió.

Alian Mitchison. Hijo único. Lugar de nacimiento: Grangemouth. La madre, fallecida de parto; el padre, víctima de la depresión, la siguió dos años después. El pequeño Alian, sin familia, fue a parar a un orfelinato y posteriormente lo acogió una familia para adoptarlo, pero era un niño travieso y rebelde proclive a gritos, berrinches y enfurruñamientos, que siempre acababa escapándose de casa para volver al orfelinato. Después, una adolescencia tranquila aunque con tendencia a la depresión con algún arrebato de cólera, si bien con muestras de evidente talento para ciertas materias -inglés, geografía, arte y música- y dócil en términos generales. Terminó sus estudios a los diecisiete años y, como había visto un documental sobre la vida en una plataforma petrolífera del mar del Norte, decidió que eso le gustaba: estaba a kilómetros de la civilización y le recordaba al orfelinato. Le gustaba la vida en comunidad, los dormitorios y las salas comunes. Pintor. Su trabajo era variado y pasaba tiempo en el mar y en tierra; cursillo de formación en ITRG-CSM…

– ¿Qué es ITRG-CSM?

Maclay esperaba que lo preguntara.

– Instituto de Tecnología Robert Gordon, Centro de Supervivencia en el Mar.

– ¿Es lo mismo que la Universidad Robert Gordon?

Maclay y Bain intercambiaron una mirada de sorpresa.

– Da igual -dijo Rebus, pensando que la primera víctima de Johnny Biblia había estudiado en la URG.

Mitchison había trabajado también en el terminal de Sullom Voe en Shetland y algún otro lugar. Tenía muchos compañeros de trabajo y muy pocos amigos. Edimburgo había sido para él una ciudad sin porvenir; sus vecinos nunca lo veían y de Aberdeen y otros lugares del norte la información no era más halagüeña. Un par de nombres; uno en una plataforma y otro en Sullom Voe…

– ¿Estos dos aceptan que se les interrogue?

– ¡Dios!, ¿no estarás pensando en ir allá? -exclamó Bain-. Primero Glasgow y ahora Aberdeen. ¿Es que no has tenido vacaciones este año?

Maclay se echó a reír.

– ¿Me estáis tomando por tonto o qué? He pensado que quien eligió ese piso conocía la zona y seguramente era de la barriada. ¿Tenéis confidentes en Niddrie?

– Naturalmente.

– Pues hablad con ellos. Alguien que cuadre con la descripción de Tony El, y que quizás haya estado en pubs y clubes buscando a uno del barrio. ¿Hay algo de la empresa del difunto?

Bain alzó otra hoja y la enarboló sonriente. Rebus tuvo que volver a levantarse a por ella.

La T-Bird Oil debía su nombre a Thom Bird, cofundador de la empresa con el «mayor» Randall Weir.

– ¿Mayor?

– Así le llaman: mayor Weir -dijo Bain, encogiéndose de hombros.

Weir y Bird eran norteamericanos con fuertes raíces escocesas. Tras la muerte de Bird en 1986, Weir se hizo cargo de la empresa, una de las más pequeñas para extracción de petróleo y gas en el lecho marino…

Rebus reflexionó sobre sus escasos conocimientos de la industria petrolera. Su imaginería mental al respecto eran catástrofes y manchas negras.

T-Bird tenía su sede en el Reino Unido en Aberdeen, junto al aeropuerto de Dyce, y la central era estadounidense; la firma extraía, además, gas y petróleo en Alaska, África y el golfo de México.

– Aburrido, ¿no? -comentó Maclay.

– ¿Se supone que es un chiste?

– Un simple comentario.

Rebus se levantó y se puso la chaqueta.

– ¿Adónde vas?

– A otra comisaría.

A nadie parecía interesar verle de nuevo por St. Leonard. Un par de agentes se pararon a saludarle, pero resultó que no sabían nada de su traslado.

– Lo cual no sé si dice menos en mi favor que en el vuestro.

Ya en las oficinas del departamento, vio a Siobhan Clarke sentada a su mesa, que hablaba por teléfono, y le saludó esgrimiendo un bolígrafo. Vestía una blusa blanca de manga corta que dejaba ver sus brazos bronceados, como el rostro y el cuello.

Rebus le agradeció el cálido saludo con una mirada. Resultaba raro estar en «casa». Pensó en Alian Mitchison y en su piso vacío: había vuelto a Edimburgo porque era lo más parecido a lo que podía llamarse su hogar.

Finalmente localizó a Brian Holmes, quien charlaba animadamente con una agente.

– Hola, Brian. ¿Cómo está tu mujer?

La agente se ruborizó, musitó una excusa y los dejó.

– Ja, ja… Cabrón -dijo Holmes.

Ahora, sin la agente, parecía un hombre derrotado; hombros caídos, tez grisácea y mal afeitado.

– El favor que… -le espetó Rebus.

– Estoy en ello.

– ¿Y qué?

– ¡Estoy en ello!

– Tranquilo, hijo, que somos amigos.

Fue como la puntilla. Se restregó los ojos y se pasó los dedos por el pelo.

– Perdona -dijo-. Es que estoy deshecho.

– ¿Qué tal un café?

– Si me invitas a la cantina, sí.

En la cantina servían buenos dobles. Se acomodaron a una mesa y, como preámbulo, Holmes abrió los sobrecillos de azúcar y vertió el contenido en el café.

– Escucha -dijo-, respecto a la otra noche y Mental Minto…

– De eso no se habla -replicó Rebus con firmeza-. Es historia.

– Nos rodea la historia.

– ¿Qué otra cosa hay en Escocia?

– Estáis tan alegres como dos monjas en un cabaret -dijo Siobhan Clarke mientras arrimaba una silla para sentarse.

– ¿Qué tal las vacaciones? -le preguntó Rebus.

– Relajantes.

– Ya veo que hizo mal tiempo.

– Mis horas de playa me costó -replicó al pasarse la mano por el brazo.

– Siempre fuiste una perfeccionista.

Siobhan dio un sorbo a una Pepsi diet.

– Bueno, ¿por qué está todo el mundo tan deprimido?

– No te lo diremos.

Ella enarcó una ceja sin replicar. Dos hombres con tez cenicienta, cansados, y una mujer joven bronceada y llena de vida. Rebus tenía que salir pitando para su cita.

– Oye, ¿y eso que te dije que miraras…? -preguntó a Holmes sin darle importancia.

– Va despacio. Si quieres que te diga mi opinión -añadió, levantando los ojos hacia él-, el que ha escrito las notas es un maestro del circunloquio. Vueltas y más vueltas en torno al asunto. Me da la impresión de que cualquiera que le eche una primera ojeada abandonará en vez de enfrascarse en la lectura.

– ¿Y qué pretendería el que lo redactó? -dijo Rebus sonriente.

– Disuadir al lector. Lo más probable es que intentara inducirle a ir directamente a las conclusiones prescindiendo de toda la paja descriptiva. Con ello se pierden muchos detalles que hay salteados en el texto.

– Perdonad -terció Siobhan-, ¿interrumpo por casualidad una reunión masónica? ¿Habláis en clave para que yo no me entere?

– Nada de eso, hermana Clarke -dijo Rebus al tiempo que se levantaba-. A lo mejor el hermano Holmes te lo explica.

Holmes la miró.

– Sólo si prometes no enseñarme las fotos de tus vacaciones.

– No pensaba hacerlo -replicó Siobhan, erguida en la silla-. Sé que las playas nudistas no te van.

Rebus llegó expresamente pronto a la cita. Bain no mentía. En efecto, había dos restaurantes con persianas de listones de madera separados por unos ochenta metros, distancia que se dedicó a recorrer paseando de arriba abajo. Vio a Gill torcer la esquina de Tollcross y la llamó con la mano. No se había arreglado para la ocasión: vaqueros nuevos, una sencilla blusa beige y un jersey de cachemira amarillo anudado al cuello. Gafas de sol, una cadenita de oro al cuello y zapatos de tacón alto. Le gustaba hacer ruido al caminar.

– Hola, John.

– ¿Cómo estás, Gill?

– ¿Es éste?

Rebus miró al restaurante.

– Hay otro más allá, si lo prefieres. O uno francés, o un tai…

– No, aquí está bien -dijo ella mientras empujaba la puerta y le precedía-. ¿Has reservado mesa?

– Pensé que no habría mucha gente -respondió Rebus al ver que no estaba vacío, pero quedaba una mesa para dos junto a la ventana, justo debajo de un altavoz que distorsionaba.

Gill se quitó el bolso en bandolera para dejarlo bajo la silla.

– ¿Van a beber algo? -inquirió el camarero.

– Para mí, whisky con soda -dijo Gill.

– Yo, whisky solo -pidió él.

Después del primer camarero llegó otro con la carta, pan indio y pepinillos. Cuando se hubo retirado, Rebus miró en derredor, vio que nadie les miraba y estiró el brazo para desconectar de un tirón el cable del altavoz. Fuera música.

– Mejor -dijo Gill, sonriendo.

– Bueno -dijo Rebus, desplegando la servilleta sobre las piernas-, ¿es una cena de trabajo o simple diversión?

– Ambas -respondió ella, pero se interrumpió al llegar el camarero, quien miró desconcertado al advertir algo raro hasta detener la mirada en el altavoz silenciado.

– Tiene fácil arreglo -les comentó, pero ellos negaron con la cabeza y se enfrascaron en la carta.

El camarero tomó nota y Rebus alzó la copa.

– Slainte.

– Salud -dijo ella.

Dio un sorbo y exhaló un suspiro.

– Bueno -dijo Rebus-, una vez hechos los cumplidos…, al grano.

– ¿Sabes cuántas inspectores jefe hay en la policía escocesa?

– Podrían contarse con los dedos de una mano.

– Exacto. -Gill hizo una pausa y recolocó sus cubiertos-. No quiero fastidiar.

– ¿Y quién lo quiere?

Ella le miró y sonrió. Rebus: un auténtico cenizo donde los hubiera, una vida llena de meteduras de pata y más difícil de enmendar que una grabación de ocho pistas.

– De acuerdo -admitió él-, me llevo la palma.

– Y eso cuenta a tu favor.

– No -replicó sacudiendo la cabeza-, porque sigo cagándola.

– John, yo llevo cinco meses sin conseguir una buena captura -dijo ella con una sonrisa.

– Y ahora las cosas van a cambiar, ¿eh?

– No lo sé -añadió ella-. Me han pasado una información sobre un asunto de drogas… Un jefazo.

– Que según el reglamento deberías trasladar a la Brigada de Investigación Criminal de Escocia.

Gill clavó la vista en él.

– ¿Y que esos cabronazos gandules se apunten el mérito? Vamos, John.

– En cualquier caso, nunca he sido muy partidario del reglamento… -No quería que Gill la cagara. Sentía que era algo importante para ella; quizá muy importante. Necesitaba orientación, como le había sucedido a él con Spaven-. Bien, ¿quién te pasó la información?

– Fergus McLure.

– ¿Feardie Fergie? -dijo Rebus, con los labios fruncidos-. ¿No era confidente de Flower?

Gill asintió con la cabeza.

– Yo me quedé la lista de Flower cuando lo trasladaron.

– Joder, ¿cuántas cosas te sacó a ti?

– Es igual.

– La mayoría de las confidencias de Flower son de lo peorcito del sector soplones.

– Sea lo que fuere, me dio su lista.

– Feardie Fergie, ¿eh?

Fergus McLure se había pasado media vida de clínica en clínica porque tenía los nervios hechos trizas; lo más fuerte que bebía era Ovomaltina y, como espectador, lo que más le excitaba eran los concursos de animales de compañía. Su botiquín contribuía en gran parte a los beneficios de la industria farmacéutica inglesa. Aparte de ello, dirigía un modesto imperio casi legal: joyero de profesión, vendía también alfombras persas con alguna tara que liquidaba en subastas. Vivía en Ratho, un pueblo de las afueras. Se sabía que era homosexual, pero llevaba una vida discreta, no como algunos jueces que Rebus conocía.

Gill mordisqueó el pan indio y lo untó de salsa picante.

– ¿Cuál es el problema? -inquirió Rebus.

– ¿Conoces bien a Fergus McLure?

– Sólo lo que dicen -mintió Rebus-. ¿Por qué?

– Porque quiero tenerlo todo bien atado antes de actuar.

– El problema con los soplones, Gill, es que no siempre puedes contar con una confirmación.

– Ya, pero otro puede darme su opinión.

– ¿Quieres que hable con él?

– John, pese a todos tus fallos…

– A los que debo mi fama.

– … eres buen psicólogo y conoces muy bien a los confidentes.

– Fue mi tema de reserva en el concurso Mastermind.

– Sólo quisiera que vieras si la cosa está clara. No quisiera echar toda la carne en el asador y abrir una investigación, disponiendo la vigilancia, intervención de teléfonos, o incluso una operación de cebo, para quedar en ridículo.

– Entendido. Pero ya sabes que, si no les informas, los de la brigada se cabrearán; ellos tienen el personal y la experiencia para una operación de ese tipo.

Gill volvió a clavar la mirada en John.

– ¿Desde cuándo estás a favor del reglamento?

– No se trata de mi posición. Soy la oveja negra de la jefatura territorial… y para ellos con una basta.

Les trajeron la cena y la mesa se llenó de bandejas y platos, más pan indio en unas obleas enormes. Se miraron como si ya no tuvieran tanto apetito.

– Otros dos -dijo Rebus, al tiempo que entregaba al camarero su vaso vacío. Y, dirigiéndose a Gill-: Bueno, explícame lo de Fergie.

– Es algo deslavazado. Se espera que llegue del norte droga consignada como antigüedades, para entregar luego a los traficantes.

– Que son…

Ella se encogió de hombros.

– McLure cree que son norteamericanos.

– ¿Quiénes, los vendedores?

– No, los compradores. Los vendedores son alemanes.

Rebus repasó mentalmente los principales compradores de Edimburgo sin que recordara ningún norteamericano.

– Sí, ya sé -dijo Gill, como si le hubiera leído el pensamiento.

– ¿Unos que quieren entrar en el negocio?

– McLure cree que el destino de la droga está mucho más al norte.

– ¿Dundee?

Afirmó con la cabeza.

– Y Aberdeen.

Otra vez Aberdeen. Dios, aquella ciudad se la tenía jurada.

– ¿Y Fergie qué pinta aquí?

– Con una de sus subastas sería la tapadera ideal.

– ¿Y ha aceptado?

Asintió de nuevo. Mordisqueó un trozo de pollo y mojó una oblea en la salsa. Rebus contempló su modo de comer y recordó detalles de su persona: la manera de mover involuntariamente las orejas al masticar, el destello de los ojos al examinar la variedad de platos, el modo de frotarse al final los dedos… Aparte de unas arrugas en el cuello, y que tal vez se tiñera las raíces, estaba estupenda.

– ¿Por qué lo dices?

– ¿No te ha contado algo más?

– Que tiene miedo a esos traficantes; demasiado miedo para decirles que le olviden. Pero lo que no querría es que interceptáramos la operación y le encarcelemos a él por cómplice. Por eso da el soplo.

– ¿A pesar de tener miedo?

– Así es.

– ¿Para cuándo se prevé el asunto?

– Tienen que avisarle por teléfono.

– No sé, Gill. De ser un clavo, no podrías fiarte ni para colgar un pañuelo, y no digamos el abrigo.

– Muy creativo.

Le miró la corbata. Era chillona; se la había puesto expresamente para distraer la atención de la camisa arrugada y a la que le faltaba un botón.

– Bien, hablaré mañana con él a ver si puedo sonsacarle algo más.

– Pero sé amable.

– Como si fuera mi peluche preferido.

Sólo dieron cuenta de la mitad de la comida pero quedaron artos. Llegó el café y unas pastillas de menta que Gill guardó en el bolso para después. Rebus tomó un tercer whisky. Estaba imaginándose la escena final: los dos solos en la calle. Únicamente podía ofrecerse a acompañarla a casa a pie. O invitarla a su piso. Pero no podía quedarse, porque por la mañana estarían apostados los periodistas.

«Rebus, cabronazo, eres un bastardo presuntuoso.»

– ¿De qué te ríes? -inquirió ella.

– Úsalo o déjalo, como suele decirse.

Pagaron a medias, pues las bebidas subían tanto como la comida. Y ya estaban en la calle. Había refrescado.

– ¿Será fácil encontrar taxi por aquí? -dijo ella, mientras miraba la calle en ambas direcciones.

– Aún no han cerrado los pubs, no habrá problema. He dejado mi coche en casa…

– Gracias, John. Me las arreglaré. Mira, ahí viene uno -dijo alzando la mano.

El taxista puso el intermitente y paró junto a ellos de un frenazo.

– Dime si consigues algo -añadió ella.

– Te llamaré en cuanto lo tenga.

– Gracias.

Le dio un beso rápido en la mejilla, apoyándose en su hombro, antes de subir al taxi, cerrar la portezuela y dar la dirección al conductor. Rebus contempló al coche dar media vuelta despacio para perderse en dirección a Tollcross y aún permaneció un rato mirándose los zapatos.

Simplemente para pedirle un favor. Era una alegría saber que uno aún servía para ciertas cosas. «Feardie Fergie», Fergus McLure. Un nombre del pasado; amigo antaño de un tal Lenny Spaven. Sin duda, por la mañana valdría la pena darse una vuelta por Ratho.

Por el inconfundible ruido del motor, advirtió que llegaba otro taxi. Estaba libre. Lo paró y subió.

– Al bar Oxford -dijo.

Cuanto más pensaba John Biblia en el Advenedizo… más cosas sabía de él… y más seguro estaba de que Aberdeen era la clave.

Estaba en su estudio con la llave echada, aislado del mundo, repasando el archivo ADVENEDIZO en su portátil. El intervalo entre la primera y la segunda víctima era de seis semanas; entre la segunda y la tercera, sólo cuatro. Johnny Biblia era un demonio ansioso, pero no había vuelto a matar. O si lo había hecho aún estaría divirtiéndose con el cadáver. Aunque no era el estilo del Advenedizo. Las liquidaba con rapidez y dejaba los cuerpos a la vista. John Biblia había repasado los periódicos, con el resultado de dos casos que recogía el Press and Journal de Aberdeen. Una mujer agredida cuando volvía a casa de la discoteca, el agresor había intentado arrastrarla a un callejón; ella gritó y él, atemorizado, se dio a la fuga. John Biblia fue en automóvil una noche al lugar de los hechos y, de pie en el callejón, estuvo un rato pensando en el Advenedizo al acecho en el mismo sitio, aguardando la hora propicia del cierre de la discoteca. Había cerca una urbanización y la calle de acceso pasaba por la boca del callejón. En apariencia era el lugar ideal, pero el Advenedizo se había puesto nervioso o no lo había preparado

Wen. Lo más probable es que hubiese estado allí al acecho una o dos horas, en la oscuridad, receloso de que alguien lo descubriera, y había estado a punto de abandonar. De manera que cuando finalmente cayó sobre su víctima, no había sido capaz de neutralizarla con la rapidez suficiente y un solo grito le había puesto en fuga.

Sí, podía muy bien tratarse del Advenedizo. El había estudiado su fracaso, ideando un plan mejor: ir a la discoteca, entablar conversación con la víctima…, ganarse su confianza y, después, la agresión.

Segundo caso: una mujer denunció a un mirón furtivo en el jardín trasero de la casa. La policía había encontrado señales en la puerta de la cocina, torpes intentos de allanamiento. Quizás estuviera relacionado con el primer caso, quizá no. Primer suceso: ocho semanas antes del primer asesinato. Segundo: cuatro semanas antes. De lo que se deducía una pauta de meses, a la que se superponía otro patrón: el mirón devenía en agresor. Claro que podían existir, en otras ciudades, casos que él ignorase y que dieran pie a otras hipótesis, pero a John Biblia le complacía ceñirse a la de Aberdeen. Primera víctima: muchas veces la primera víctima era de la localidad y cuando el asesino adquiría confianza el radio de acción se ampliaba. Pero el primer éxito era fundamental.

Llamaron tímidamente a la puerta del estudio:

– He hecho café.

– Voy enseguida.

Volvió al ordenador. Sabía que la policía estaría atareada estableciendo los retratos robot y los perfiles psicológicos; recordaba uno sobre él, aportado por un psiquiatra, una autoridad por la cantidad de siglas, títulos y diplomas que seguían a su apellido: BSc, BL, MA, MB, ChB, LLB, DPA y miembro del Real Colegio de Patología. En términos generales, una bobada. Él había leído aquel informe hacía años en un libro y subsanado las pocas cosas ciertas que sobre él se afirmaba: que el asesino en serie era, supuestamente, introvertido y con muy pocos amigos íntimos, por lo que se veía forzado a ser más social. El prototipo psicológico correspondía al de un individuo poco dinámico y temeroso del contacto con adultos, circunstancia que le inducía a hacer un trabajo cuyas características esenciales fuesen dinamismo y contactos. En cuanto al resto del perfil…, basura en su mayor parte.

Los asesinos en serie tienen muchas veces un historial de actividad homosexual: frío.

Suelen ser solteros: que se lo dijeran al destapador de Yorkshire.

Suelen escuchar dos voces interiores, una buena y otra mala. Coleccionan armas y les ponen nombres cariñosos parecidos a los de animales de compañía. Hay muchos que se visten de mujer. Otros muestran interés por la magia negra o los monstruos y coleccionan pornografía dura. Y abundan los que disponen de un «lugar privado» donde guardan objetos como capuchas, muñecas y trajes de submarinismo.

Miró a su alrededor y movió la cabeza despectivamente.

Pocas cosas había acertado el psiquiatra. Sí, admitía que era egocéntrico, como la mitad de la humanidad; limpio y acicalado, también. Le interesaba la Segunda Guerra Mundial (pero no exclusivamente el nazismo o los campos de concentración). Posible embustero: bueno, aunque más bien era la gente, que se lo creía todo. Y desde luego planeaba con mucha anticipación a quién iba a matar, como parecía estar haciendo ahora el Advenedizo.

El bibliotecario no había concluido la comprobación de la lista de periódicos que le había dado, y la revisión de los encargos de libros sobre John Biblia no había dado resultado. Era la parte negativa. Pero estaba la parte positiva: gracias a la reciente fiebre de interés por el caso de John Biblia, disponía ahora de los detalles que daba la prensa sobre otros asesinatos no resueltos, siete en total. Cinco se habían producido en 1977, uno en 1978 y otro en una fecha mucho más reciente. A partir de lo cual se perfilaba una segunda tesis. El primer crimen era el debut del Advenedizo y el segundo, su reaparición tras un largo intervalo. Quizá por una estancia en el extranjero, o en alguna institución, quién sabe si por una relación estable que neutralizaba sus impulsos asesinos. Si la policía era meticulosa -cosa que dudaba- estaría comprobando los divorcios recientes de hombres casados en 1978 o 1979. Él, John Biblia, carecía de sus medios, lo cual era frustrante. Se levantó y miró sin ver las estanterías de libros. El hecho era que ahora corría el rumor de que el Advenedizo era John Biblia y que las descripciones de los testigos presenciales no eran fiables y, como consecuencia, la policía y los medios de comunicación desempolvaban sus fotos robot y sus retratos artísticos.

Un peligro. La única manera de acabar con tales especulaciones era localizar al Advenedizo. La imitación no era la expresión más sincera de admiración. Potencialmente era letal. Tenía que dar con el Advenedizo. Encontrarlo o dar su pista a la policía. Eso haría.

Capítulo 8

A las seis estaba celebrando haber dormido bien con un solo trago.

Había dormido bien, pero se había despertado demasiado pronto y se había vestido, decidido a dar una vuelta. Cruzó Meadows y se dirigió al puente Jorge IV y a High Street, a la izquierda de Cockburn Street. Cockburn Street: la meca de las compras para los jovenzuelos y los hippies. Rebus recordaba aquel mercado de cuando la calle tenía mucha peor fama que ahora. Angie Riddell había comprado aquel collar en una tienda de Cockburn Street. Quizá lo llevase puesto el día en que él la había invitado al café, pero seguramente no. Desechó el recuerdo, dobló por un pasaje entre edificios -una empinada escalinata- y después por otro a la izquierda de Market Street. Frente a la estación Waverley había un pub abierto adónde iban los ferroviarios del turno de noche a tomarse un par de copas antes de volver a casa a dormir. Pero también se veían hombres de negocios tomándose un lingotazo antes de la jornada que tenían por delante.

Por los periódicos que había allí cerca, la clientela eran tipógrafos y jefes de sección y no faltaban las primeras ediciones con tinta aún fresca. Eso sí, aunque hubiese un periodista tomándose una copa, nadie le molestaba preguntándole por una noticia: era una regla implícita que todos respetaban.

Aquella mañana había tres quinceañeros sentados a una mesa, más bien desmoronados en sus asientos sin apenas tocar sus bebidas. Por lo desaliñados y su cara de sueño, Rebus comprendió que era la etapa final de una jornada de veinticuatro horas ininterrumpidas de alcohol. De día resultaba fácil: comenzabas a las seis de la mañana -en algún sitio como aquél- y hasta medianoche o la una había pubs abiertos. Después, el recurso obligado eran los clubes y casinos, y el maratón concluía en una pizzería de Lothian Road, abierta hasta las seis, donde se tomaba la última copa.

La barra estaba tranquila: ni televisor ni radio, y la máquina tragaperras permanecía desenchufada. Era otra regla implícita: a cierta hora del día, allí sólo se iba a beber. Y a leer los periódicos. Rebus se echó un poco de agua en el whisky y, junto con un diario, se lo llevó a una mesa. Los cristales dejaban ver un sol rosado en un cielo lechoso. Había sido un buen paseo; le gustaba aquella hora tranquila de la ciudad: taxis y madrugadores, primeros paseantes de perros y aire claro, limpio. Pero con la noche aún pegada: un cubo de basura tirado, un banco de los Meadows con el respaldo roto, conos de tráfico sobre las marquesinas de las paradas de autobús. En el bar sucedía lo mismo: el aire viciado de la noche no se había disipado del todo. Encendió un cigarrillo y se puso a leer el periódico.

Le llamó la atención un artículo en las páginas centrales. En Aberdeen se celebraba un congreso internacional sobre polución marina y el papel de la industria petrolera, al que asistían delegados de dieciséis países. Y un recuadro dentro del artículo: la zona de extracción de gas y petróleo en Bannock, ciento cincuenta kilómetros al nordeste en Shetland, estaba en las últimas de su «vida económica útil» y faltaba poco para que expirara la concesión. A los ecologistas les preocupaba el destino de la plataforma principal de extracción de Bannock, una estructura de hormigón y acero de doscientas mil toneladas, y pedían que la empresa propietaria, T-Bird Oil, dijera qué pensaba hacer con ella. Amparándose en la ley, la empresa había presentado a la subsecretaría de Petróleo y Gas del Ministerio de Industria y Comercio un Programa de Abandono cuyo contenido no se había hecho público.

Los ecologistas señalaban que existían más de doscientas instalaciones para extracción de petróleo y gas en la plataforma continental del Reino Unido, todas ellas con una vida de producción limitada. El Gobierno apoyaba al parecer la opción de dejar in situ la mayoría de las instalaciones de aguas profundas con un programa mínimo de mantenimiento. Se hablaba incluso de venderlas para el reciclaje, sugiriéndose el empleo en cárceles y complejos casino-hotel. Gobierno y empresas petroleras procedían al cálculo de los costes reales para determinar el término medio entre gastos, seguridad y medio ambiente. La reivindicación de los ecologistas era preservar el medio ambiente a toda costa. Animados por su triunfo sobre la Shell cuando el Brent Spar, los grupos de presión querían lograr algo similar en Bannock y estaba previsto convocar en Aberdeen manifestaciones, reuniones y conciertos al aire libre cerca del lugar en que se celebraba el congreso.

Aberdeen se había convertido en el centro del universo de Rebus.

Terminó el whisky sin pensar en tomarse otro, pero cambió de idea. Siguió hojeando el periódico: nada nuevo sobre Johnny Biblia. En la sección inmobiliaria echó un vistazo a los precios en la zona Marchmont-Sciennes y no pudo por menos que reírse de algunos detalles del anuncio de New Town: «lujosa casa urbana, cinco plantas de gran categoría…», «garaje aparte, veinte mil libras». En Escocia aún había lugares donde por veinte mil libras comprabas una casa, puede que hasta con garaje. Miró la sección Propiedad rural y eran igualmente precios de locura, con sus correspondientes fotos. Una de ellas al sudeste de la ciudad, con vistas al mar, por el precio de su piso de Marchmont. Sueña, marinero…

Regresó a casa, cogió el coche y se fue a Craigmillar, una zona de la ciudad que aún no figuraba en la sección inmobiliaria y que seguramente tardaría lo suyo.

El turno de noche estaba a punto de concluir y vio a agentes que no conocía. Les preguntó qué tal y le dijeron que había sido una noche tranquila; los calabozos estaban vacíos y las «galleteras» también. En el «cobertizo» se sentó a su mesa y se encontró con más papeleo esperándole. Fue a por un café y cogió la primera hoja.

Ninguna pista en el caso de Alian Mitchison; la policía local había interrogado al director del orfelinato. La comprobación de la cuenta bancaria no había revelado nada. Nada por parte del DIC de Aberdeen respecto a Tony El. Entró un agente trayéndole un paquete con sello de Correos de Aberdeen y remite de T-Bird Oil. Lo abrió. Publicidad con una nota de cortesía de Stuart Minchell, Departamento de Personal, media docena de folletos bien maquetados y en papel satinado, mucha fotografía y pocos datos. Rebus, autor de miles de informes, reconocía la paja. Minchell le adjuntaba un ejemplar de T-BIRD OIL ROMPE EL EQUILIBRIO, idéntico al que llevaba Mitchison en la mochila. Lo abrió, miró el mapa de la zona de Bannock, representada sobre la cuadrícula topográfica con el área que ocupaba. Una nota explicando que el mar del Norte había sido dividido en casillas de cien millas cuadradas sobre las cuales las petroleras habían presentado sus ofertas para obtener concesiones de prospección. Bannock estaba en el linde de aguas internacionales, y aunque unas millas más al este había otras bolsas de petróleo, era ya en aguas noruegas.

«Bannock será el primer yacimiento de T-Bird Oil sujeto a un estricto desmantelamiento», leyó. Al parecer había siete opciones, desde dejarlo tal como estaba hasta un desmantelamiento integral. La «modesta propuesta» de la empresa era dejar la estructura y aparcar el tema para más adelante.

«Ah, sorpresa -dijo Rebus para sus adentros, al leer-: si se dejaba aparcado habría fondos para futuras prospecciones y desarrollo.»

Guardó los folletos en el sobre y los metió en el cajón para seguir con el papeleo. Debajo del montón había un fax; era de Stuart Minchell, remitido la víspera a las siete de la tarde: más detalles sobre los dos compañeros de trabajo de Alian Mitchison. El que trabajaba en el terminal de Sullom Voe se llamaba Jake Harley y estaba de vacaciones en las Shetland haciendo senderismo y algo de ornitología, por lo que seguramente no se habría enterado aún del fallecimiento de su amigo. El que trabajaba en el mar se llamaba Willie Ford y cumplía el período de trabajo de dieciséis días y, «naturalmente», se habría enterado.

Cogió el teléfono, sacó del cajón la nota de cortesía de Minchell, miró el número y marcó las cifras. Era temprano. Daba igual…

– Personal.

– Stuart Minchell, por favor.

– Al habla.

Premio: Minchell era un hombre de empresa madrugador.

– Señor Minchell, soy el inspector Rebus.

– Inspector, tiene suerte de que haya contestado al teléfono. Generalmente dejo que suene, pues es la única manera de sacar adelante algo de trabajo antes de que empiecen las prisas.

– Le llamo por su fax, señor Minchell. ¿Por qué dice que Willie Ford se habría enterado «naturalmente» de la muerte de Alian Mitchison?

– Porque trabajaban en el mismo turno, ¿no se lo dije?

– ¿En el mar?

– Sí.

– ¿En qué plataforma, señor Minchell?

– ¿No se lo dije también? En Bannock.

– ¿La que queda aparcada?

– Sí. Nuestro departamento de relaciones públicas tiene mucho trabajo allí. -Guardó silencio-. ¿Es importante, inspector?

– Probablemente no -respondió Rebus-. Gracias, de todos modos -agregó; colgó y tamborileó con los dedos sobre el auricular.

Salió y se compró para desayunar un bocadillo de carne encebollada en conserva. El panecillo tenía mucha miga y se le pegaba al paladar. Se tomó un café. Al volver al «cobertizo», Bain y Maclay estaban ya en sus mesas con las piernas en alto, leyendo la prensa sensacionalista. Bain comía un donut y Maclay una salchicha.

– ¿Informes de confidentes? -preguntó Rebus.

– Nada de momento -dijo Bain, sin levantar la vista del periódico.

– ¿Y de Tony El?

Maclay respondió:

– Hemos distribuido la descripción a toda la policía escocesa, pero no han contestado.

– Llamé al DIC de Grampian -añadió Bain- para decirles que indagasen en el restaurante indio de Mitchison, y parece que era cliente habitual. Tal vez sepan algo.

– Muy bien pensado, Dod -dijo Rebus.

– ¿Verdad que no es sólo un niño bonito? -comentó Maclay.

La previsión meteorológica anunciaba sol y chaparrones. A Rebus, en coche camino de Ratho, se le antojaban rachas de diez minutos entre nubarrones y rayos de sol. Cielo azul y otra vez nubes. Y en determinado momento comenzó a llover cuando el cielo parecía despejado.

Ratho estaba situada entre tierras de cultivo que bordeaba al norte el canal Union, muy concurrido en verano para dar un paseo en barco, dar de comer a los patos o almorzar en el restaurante de la orilla. Quedaba a menos de un kilómetro de la M8 y a tres del aeropuerto Turnhouse. Se dirigía allí por Calder Road, confiando en su sentido de la orientación. La casa de Fergus McLure estaba en Hallcroft Park y sabía que era fácil de encontrar, pues el pueblo estaba formado por una docena de calles, y, además, McLure trabajaba en su domicilio. No le había telefoneado previamente para que no estuviera prevenido.

A los cinco minutos de llegar había localizado Hallcroft Park; aparcó ante la casa de Fergie y llamó a la puerta. No contestaba nadie. Volvió a tocar el timbre. Los visillos de la ventana no le dejaban ver el interior.

– Debería haber telefoneado -musitó.

En aquel momento pasó una mujer con un terrier tirando de la correa y resoplando al olisquear el suelo.

– ¿No está? -dijo la mujer.

– No.

– Qué raro; tiene ahí el coche -agregó mientras señalaba con la cabeza un Volvo aparcado, antes de que el perro se la llevase a rastras.

Era una ranchera azul 940. Rebus miró por las ventanillas pero no vio más que un interior impecablemente limpio. Echó un vistazo al cuentakilómetros y marcaba muy pocos. Coche nuevo. Los neumáticos ni siquiera habían perdido el brillo.

Volvió al suyo, con un kilometraje cincuenta veces superior al del Volvo, y decidió regresar a Edimburgo por Glasgow Road, pero cuando iba a cruzar el puente del canal vio, al otro lado, un coche de policía en el aparcamiento del restaurante, justo en la rampa de bajada al canal, y a su lado una ambulancia. Frenó y entró en el aparcamiento dando marcha atrás para acercarse al sitio. Le salió al paso un agente haciéndole señales de que se alejara, pero él ya tenía la placa en la mano. Aparcó y bajó del coche.

– ¿Qué ha pasado? -inquirió.

– Alguien se tomó un baño vestido.

El agente siguió a Rebus por la rampa hasta el embarcadero. En los amarres había barcos de paseo y un par de turistas que parecían haber desembarcado de uno de ellos. Llovía otra vez y las gotas punteaban la superficie del agua. Los patos habían desaparecido al ver que sacaban un cadáver chorreando y lo depositaban sobre los tablones de madera del embarcadero. Un hombre con aspecto de médico procedía a auscultarlo con expresión de pocas esperanzas. El restaurante tenía abierta la puerta trasera, desde donde el personal contemplaba la escena con interés y horror.

El médico negó con la cabeza. Uno de los turistas, la mujer, comenzó a llorar y su compañero le cogió la videocámara y le pasó una mano por los hombros.

– Resbalaría y al caer se golpearía en la cabeza -comentó alguien.

El médico examinó la cabeza del muerto y descubrió una brecha.

Rebus dirigió la mirada hacia el grupo del restaurante.

– ¿Alguien ha visto algo? -Todos negaron con la cabeza-. ¿Quién dio parte?

– Yo -contestó la turista, con acento inglés.

Rebus se volvió hacia el médico.

– ¿Cuánto tiempo llevaría en el agua?

– Soy médico de cabecera, no un experto, pero, de todos modos, yo diría que… no mucho. Desde luego no toda la noche.

Del bolsillo de la chaqueta del ahogado rodó un objeto que fue a encajarse entre dos tablones. Un frasco marrón con tapón rojo de plástico. Pastillas por receta. Rebus miró la cara abotargada, relacionándola con un hombre mucho más joven, un hombre que él había interrogado en 1978 por su vinculación con Lenny Spaven.

– Es de aquí -dijo a los agentes y al médico-. Se llama Fergus McLure.

Trató de hablar con Gill Templer por teléfono pero no pudo localizarla y le dejó media docena de recados en distintos lugares. De vuelta a casa, limpió sus zapatos, se puso su mejor traje, cogió la camisa menos arrugada y la corbata más discreta (excluida la de luto).

Se miró en el espejo. Duchado y afeitado, con el pelo seco y peinado. El nudo de la corbata bien hecho, y por una vez había localizado un par de calcetines iguales. Se veía bien, pero no le convencía del todo.

Era la una y media y había que ir a Fettes.

El tráfico era aceptable y los semáforos parecían secundarle como si no quisieran que llegara tarde. Llegó antes de tiempo a la jefatura territorial de Lothian y Borders y pensó en dar unas vueltas con el coche, pero únicamente iba a ponerse más nervioso, así que optó por entrar y preguntar por Homicidios. Se hallaba en la segunda planta: una pieza central espaciosa con pequeños compartimientos para los oficiales superiores. El vértice que correspondía a Edimburgo en el triángulo creado por Johnny Biblia y centro de la investigación sobre Angie Riddell. Rebus conocía de vista a muchas de las caras que había por allí y fue repartiendo sonrisas y saludos. Las paredes estaban llenas de mapas, fotos y gráficos; en un intento de dar sentido. Con un trabajo policial tan intenso las cosas empezaban a adquirir cierto orden: la cronología se concretaba, los detalles se plegaban a una exposición correcta y se desentrañaba la maraña de la vida de las personas y de su muerte.

La mayoría de los que estaban de servicio aquella tarde parecían cansados y faltos de entusiasmo. Sólo esperaban un telefonazo, la inesperada información, el eslabón perdido, un nombre o una observación, de quien fuese… esperaban desde hacía mucho. En una foto robot de Johnny Biblia alguien le había pintado cuernos, volutas de humo saliendo de la nariz, colmillos y una lengua bífida.

El coco.

Rebus se acercó a mirarla. Era una foto robot hecha por ordenador a partir de la antigua de John Biblia. Con aquellos cuernos y los colmillos tenía un ligero parecido con Alister Flower…

Examinó las fotos de Angie Riddell en vida y apartó la vista de las de la autopsia. La recordaba de aquella noche de redada, sentada en el coche hablando con él, tan llena de vida. En cada una de las fotos se le veía el pelo de color distinto, como si nunca estuviera satisfecha de sí misma. Quizá necesitaba cambiar continuamente para huir de la persona que había sido; riendo por no llorar. Payaso de circo, sonrisa pintada…

Rebus miró su reloj de pulsera. Mierda; ya era la hora.

Capítulo 9

El subdirector en persona, Colin Carswell, le estaba esperando en su cómodo y alfombrado despacho.

– Siéntese, por favor.

Carswell se había erguido a medias para darle la mano.

Rebus se sentó frente a él, mirando la mesa por si algo le daba una pista. El de Yorkshire era alto, con una prominente barriga de bebedor de cerveza. Pelo castaño y escaso, nariz pequeña y casi chata como la de un boxeador. Dio un resoplido.

– Lamento no poder hacer honor a su petición de galletas, pero, si quiere, hay café o té.

Rebus recordó la llamada telefónica: «¿Habrá té y galletas? Si no, no voy». Se lo habían comentado.

– No, gracias, señor.

Carswell abrió una carpeta y sacó un recorte de periódico.

– Una verdadera lástima lo de Lawson Geddes. Me han dicho que en su día fue un inspector excepcional.

Una nota sobre el suicidio de Geddes.

– Sí, señor -dijo Rebus.

– Hay quien dice que es una solución de cobardes, pero a mí, desde luego, me faltarían agallas para hacerlo -comentó, alzando la vista-. ¿Ya usted?

– Espero no tener que planteármelo, señor.

Carswell sonrió, metió el recorte en la carpeta y la cerró.

– John, sufrimos un verdadero asedio por parte de los medios de comunicación. Al principio eran sólo los de la tele, pero es que ahora parece ser que todos se apuntan al carnaval -añadió, mirándole-. Mal asunto.

– Sí, señor.

– Así que hemos decidido, el director y yo, que hay que hacer un esfuerzo.

– ¿Va a revisarse el caso Spaven? -dijo Rebus, al tiempo que tragaba saliva.

Carswell sacudió un polvo imaginario de la carpeta.

– No de inmediato. No hay nuevas pruebas que lo hagan necesario. -Alzó rápidamente la vista-. A menos que sepa usted de algún motivo que nos obligue a ello.

– Era asunto concluido, señor.

– Dígales eso a los medios de comunicación.

– Tenga la seguridad de que ya lo he hecho.

– Vamos a abrir una investigación interna, para estar seguros de que no se pasó nada por alto o… de que no se cometió un error… en su momento.

– Estoy bajo sospecha.

Rebus sentía crecer su furia.

– Sólo en caso de que nos oculte algo.

– Vamos, señor, si se revisa una investigación, todos empiezan a parecer pringados. Y al haber muerto Spaven y Lawson Geddes quien paga el pato soy yo.

– No hay ningún pato que pagar.

Rebus se puso en pie.

– ¡Siéntese, inspector! ¡No he terminado todavía!

Rebus volvió a sentarse y se aferró con las manos a los brazos del sillón, convencido de que explotaría si se soltaba. Carswell se detuvo para recobrar la calma.

– Bueno, por mor de objetividad, realizará la investigación alguien ajeno a Lothian y Borders- y me informará directamente a mí. Se revisarán los archivos originales…

Avisar a Holmes.

– … haciendo los interrogatorios de seguimiento que se estime necesario y se redactará un informe.

– ¿Esto se va a hacer público?

– No, hasta que me llegue el informe definitivo. Que no puede reducirse a un simple enjalbegado, por supuesto. Si en algún punto ha habido una infracción del reglamento hay que subsanarla. ¿Está claro?

– Sí, señor.

– Bien, ¿tiene algo que decirme?

– ¿Para que quede entre nosotros o se lo va a contar al inquisidor?

Carswell dejó pasar la broma.

– No creo que pueda calificársele así.

Era un hombre.

– ¿A quién va a encargárselo, señor?

– A un inspector del DIC de Strathclyde, Charles Ancram.

«¡Dios bendito, hay que joderse!» Él que se había despedido de Ancram con una imputación de soborno. Y Ancram estaba en el ajo; al tanto de todo lo que a él se le venía encima. Por aquella manera de sonreír como si guardara algún secreto, por el modo de mirarle midiendo a un adversario.

– Señor, podría darse cierta animosidad entre el inspector jefe Ancram y yo.

– ¿Quiere explicarse?

Carswell lo miró fijamente.

– No, señor; con todo respeto.

– Bueno, supongo que, en ese caso, puedo encomendárselo al inspector jefe Flower, que en estos momentos se cree la mar de listo por echar el guante al hijo de ese diputado por cultivo de cannabis…

– Preferiría a Ancram, señor -objetó Rebus, tragando saliva.

– ¡No es usted quien decide, inspector! ¿Entiende? -replicó Carswell, con el ceño fruncido.

– No, señor.

Carswell lanzó un suspiro.

– A Ancram ya se le ha informado. Que lo haga él… ¿Le parece?

– Gracias, señor. -«Adónde he llegado -pensó-, dando las gracias por ponerme a Ancram sobre mis talones…»- ¿Puedo marcharme ya, señor?

– No. -Carswell volvía a mirar en la carpeta y Rebus entretanto procuraba calmarse; el subdirector jefe comenzó a hablar sin levantar la vista de una nota que estaba leyendo-. ¿Qué hacía usted esta mañana en Ratho?

– ¿Cómo dice, señor?

– Sacaron un cadáver del canal y me han dicho que se le vio por allí. Ratho no es Craigmillar, ¿cierto?

– Andaba por la zona.

– Parece ser que identificó el cadáver.

– Sí, señor.

– Es útil tenerle a usted a mano -comentó con ostensible ironía-. ¿De qué le conocía?

«¿Lo suelto o me callo? Ninguna de las dos.»

– Lo reconocí porque era confidente nuestro, señor.

– ¿De quién concretamente?

Carswell alzó la vista.

– Del inspector Flower.

– ¿Iba a invadir su terreno? -Rebus guardó silencio para que Carswell sacara sus propias conclusiones-. Se cayó al canal por la mañana… ¿qué raro, no?

Rebus se encogió de hombros. -Cosas que pasan, señor -dijo, clavando la mirada en Carswell, quien se la sostuvo.

– Puede marcharse, inspector.

Rebus no parpadeó hasta llegar al pasillo.

Llamó a St. Leonard desde Fettes con mano temblorosa. Pero Gill no estaba y nadie sabía dónde se encontraba. Dejó el recado en centralita y a continuación pidió que le pusieran con el DIC. Contestó Siobhan.

– ¿Está ahí Brian?

– Hace dos horas que no lo veo. ¿Es que tramáis algo?

– Lo único que se trama es joderme. Si lo ves, dile que me llame. Y a Gill Templer también.

Colgó antes de que ella comentara nada. Seguramente se habría ofrecido a ayudar y en ese momento no quería implicar a nadie más. Mentir para protegerse…, mentir para proteger a Gill Templen… A Gill… tenía que hacerle unas preguntas. Preguntas urgentes. Llamó a su casa y le dejó un mensaje en el contestador; acto seguido, marcó el número de casa de Holmes. Salió otro contestador y dejó el mismo mensaje: «Llámame».

«Alto. Piensa un momento.»

Le había pedido a Holmes que echase un vistazo al caso Spaven, lo que implicaba revisar los archivos. Cuando la comisaría de Great London Road se incendió muchos se perdieron, pero los antiguos no, porque ya los habían trasladado para hacer sitio. Los tenían almacenados con los demás casos antiguos, todos los viejos esqueletos, en una nave cerca de Granton Harbour. Era de suponer que Holmes ya los habría localizado, o quizá no…

De Fettes al almacén había diez minutos. Él llegó en siete. Sonrió satisfecho al ver en el aparcamiento el coche de Holmes. Se dirigió a la puerta principal, la empujó y se encontró en un amplio espacio con escasa luz en el que resonaban sus pasos. Filas de estanterías metálicas verdes llenas de cajas de cartón con la historia de la policía de Lothian y Borders -y de la policía de la ciudad de Edimburgo hasta su desaparición- entre los años cincuenta y setenta. Seguía llegando documentación y había cajones de madera con rótulos casi desprendidos, a la espera de que los vaciaran. Al parecer estaba en marcha una renovación y ahora sustituían las cajas de cartón por otras de plástico con tapa. Un viejecillo muy atildado, con bigote negro y gafas de culo de botella, vino a su encuentro.

– ¿En qué puedo servirle?

Era el prototipo del «oficinista». Cuando no miraba al suelo atisbaba más allá de la oreja derecha de Rebus. Llevaba un guardapolvo de nailon gris y camisa blanca de cuello gastado con corbata de tweed verde. Por el bolsillo superior del guardapolvo asomaban lápices y bolígrafos.

Rebus le mostró su tarjeta de identificación.

– Busco a un colega, el inspector Holmes. Creo que está revisando casos antiguos.

El hombre examinó la tarjeta, cogió una carpeta sujetapapeles y apuntó el nombre y rango de Rebus con la fecha y hora de llegada.

– ¿Es imprescindible? -inquirió él.

El hombre le miró como si en su vida le hubiesen preguntado algo semejante.

– Papeleo -espetó, mirando en derredor a lo que se almacenaba allí-. Todo es necesario, si no, yo estaría de más. -Sonrió-. Venga por aquí.

Condujo a Rebus por un pasillo de cajas, dobló a la derecha y finalmente, tras un momento de duda, giraron a la izquierda y desembocaron en un claro donde estaba sentado Brian Holmes ante una especie de pupitre escolar, con tintero y todo. A falta de silla había recurrido a un cajón puesto del revés y estaba acodado sobre el pupitre con la cabeza entre las manos. Una lámpara en el improvisado escritorio iluminaba la escena. El empleado tosió.

– Alguien quiere verle.

Holmes se giró y se levantó al ver de quién se trataba. Rebus se volvió hacia el hombre.

– Gracias por guiarme.

– No tiene importancia. No hay muchas visitas.

El hombrecillo se alejó arrastrando los pies, dejando oír sus pasos.

– No temas -comentó Holmes-, he dejado un reguero de migas para saber volver. ¿No es el lugar más siniestro que has visto? -añadió mirando en derredor.

– Uno de ellos -replicó Rebus-. Brian, hay un problema -dijo-. Se armará una buena.

– Cuenta.

– El subdirector va a abrir una investigación sobre el caso Spaven previa a su revisión. Y se la ha encargado precisamente a alguien con quien hace poco me enemisté.

– Una tontería por tu parte.

– Sí. Pero no tardarán en venir a por los archivadores. Y no quiero que vengan a por ti.

Holmes miró los apretados cartapacios y la tinta negra desvaída de sus tapas.

– Podrían perderse los archivadores, ¿no?

– Podrían. Pero hay dos problemas. Uno: que resultaría muy sospechoso. Dos: supongo que el de la entrada sabe cuáles estás revisando.

– Cierto -admitió Holmes-. Y los tiene apuntados en su lista.

– Con tu nombre.

– Podríamos intentar untarle.

– No me parece ese tipo de persona. No está aquí por dinero, ¿no crees?

Holmes adoptó una actitud dubitativa. Su aspecto era horrible: mal afeitado, despeinado y sucio. Y enormes ojeras.

– Mira -dijo al fin-, voy por la mitad… o más. Si me quedo hoy el tiempo que haga falta y acelero la lectura, quizá mañana haya acabado.

Rebus asintió con la cabeza pausadamente.

– ¿Qué impresión tienes hasta el momento?

Sentía casi temor de tocar los archivadores y hojearlos. Más que historia era arqueología.

– Que no ha mejorado tu mecanografía. No, hay algo chungo, por lo que he leído entre líneas. Redactando el caso a tu manera, me he dado cuenta de a quién encubres exactamente. No eras muy sutil en aquel entonces. La versión de Geddes queda mejor, tiene más soltura. Se permite enrollarse sobre el asunto. Lo que yo quisiera saber es qué sucedió en principio entre él y Spaven. Me dijiste que estuvieron los dos en Birmania o algo así. ¿Por qué se enemistaron? Si lo averiguásemos sabríamos hasta qué extremo Geddes se sentía agraviado y hasta dónde estaba decidido a llegar.

Rebus volvió a dar una palmada amortiguada de admiración.

– Es un buen enfoque.

– Dame un día más y a ver qué saco. Quiero hacerte este favor.

– ¿Y si te pillan?

– Ya sabré salir, no te preocupes.

Sonó el busca de Rebus y miró a Holmes.

– Cuanto antes te marches, antes habré acabado -dijo Holmes.

Rebus le dio una palmada en la espalda y se perdió entre las hileras de estanterías. Brian Holmes era realmente un amigo. Resultaba difícil ver en él al personaje que había maltratado a Mental Minto. Pero la esquizofrenia era una condición intrínseca en la policía; se daba fácilmente la doble personalidad…

Preguntó al empleado si podía usar el teléfono y llamó desde uno que había en la pared.

– Soy el inspector Rebus.

– Sí, inspector. Creo que trataba usted de localizar a la inspectora jefe Templer.

– Sí.

– Bien, pues, a ver… está en un restaurante de Ratho.

Rebus colgó airado, maldiciéndose por no haberlo pensado.

El viento había barrido el embarcadero de madera donde depositaron el cadáver de McLure y no quedaban indicios del macabro suceso. Los patos volvían a surcar las aguas, una embarcación acababa de zarpar con media docena de turistas y los comensales miraban desde el restaurante aquellas dos figuras a orillas del canal.

– Llevo medio día de reuniones -dijo Gill- y sólo hace media hora que me he enterado. ¿Qué pasó?

Hablaba con las manos en los bolsillos de la gabardina, una Burberry beige. Parecía triste.

– El forense lo dirá. McLure presentaba una brecha en la cabeza, pero eso no significa gran cosa. Pudo golpearse al resbalar.

– O le golpearon y le empujaron.

– O se tiró -agregó Rebus con un estremecimiento. Aquella muerte le recordaba las posibles disyuntivas del caso Mitchison-. Creo que lo único que vamos a sacar en limpio con la autopsia es si estaba vivo al caer al agua. Y probablemente lo estaba; lo que sigue sin aclarar si ha sido accidente, suicidio o porrazo y empujón.

Gill giró sobre sus talones y se dirigió hacia el camino de sirga. Le dio alcance. Volvía a llover en gotas finas, dispersas, y contempló cómo caían en la gabardina de ella, oscureciéndola poco a poco.

– Mi operación se fue al agua -dijo ella con cierta crispación en la voz.

Rebus asintió reiteradamente con la cabeza y Gill, captando el sentido, sonrió.

– Ya habrá otras -comentó él-. De momento, ha muerto un hombre… no lo olvides. -Ella afirmó con la cabeza-. Oye, esta tarde el subdirector me ha echado un rapapolvo.

– ¿Por el caso Spaven?

Rebus asintió.

– Y, además, quería saber qué hacía aquí esta mañana.

Gill le miró:

– ¿Y tú qué le has dicho?

– No le he dicho nada. Pero lo que sucede es que… McLure está relacionado con Spaven.

– ¿Qué? -exclamó ella, todo oídos.

– En aquellos tiempos mantenían una cierta amistad.

– Santo Dios, ¿por qué no me lo dijiste?

– No lo creí importante -respondió Rebus, mientras se encogía de hombros.

Gill pensaba a toda velocidad.

– Pues si Carswell vincula a McLure con Spaven…

– El que yo haya estado aquí la misma mañana en que Feardie Fergie dijo adiós va a resultar algo sospechoso.

– Tienes que decírselo.

– No lo creo.

Ella se volvió hacia él y le agarró por las solapas.

– Actúas como si fueses mi refugio nuclear.

La lluvia arreciaba y las gotas mojaban su melena.

– Bueno, digamos que soy antirradiactivo -respondió él, llevándola de la mano hacia el bar.

No tenían mucho apetito y tomaron una tapa. Rebus pidió un whisky y Gill un agua mineral Highland. Se sentaron frente a frente a la mesa de un compartimiento. El local estaba medio vacío y no había cerca nadie que pudiera oírles.

– ¿Quién más lo sabía? -dijo Rebus.

– Tú eres el único a quien se lo comenté.

– Bueno, de todos modos, pueden enterarse. Quizá fue Fergie quien perdió los nervios, o que confesó. O quizá sospechaban.

– Demasiados quizá.

– ¿Qué otras conjeturas hay? -preguntó Rebus-. ¿Y los otros confidentes que heredaste?

– ¿Por qué?

– Los soplones oyen cosas, y a lo mejor Fergie no era el único que estaba enterado de esa operación de narcos.

Gill negó con la cabeza.

– Se lo pregunté en su momento y él me aseguró que era el único que lo sabía. Tú das por supuesto que lo han matado, pero ten en cuenta que tenía antecedentes de crisis nerviosas y problemas mentales. Quizás el miedo pudo más que él.

– Mira, Gill, haznos un favor y cíñete a la investigación. Indaga con los vecinos. Si recibió alguna visita esa mañana y si era alguien conocido o un sospechoso. Trata de comprobar las llamadas telefónicas. Apostaría a que va a quedar como un accidente sin que nadie se lo tome muy en serio. Apriétales las clavijas; pídeselo como un favor si es preciso. ¿Solía dar un paseo por las mañanas?

Ella asintió con la cabeza.

– ¿Algo más?

– Sí…, ¿quién tiene las llaves de la casa?

Gill hizo las llamadas pertinentes y tomaron café hasta que llegó un agente con las llaves recién recogidas del depósito de cadáveres. Hasta ese momento ella le había estado preguntando sobre el caso Spaven, pero Rebus se limitaba a responder con evasivas. Hablaron también de Johnny Biblia, de Alian Mitchison… Sólo conversaron sobre trabajo, lejos de cualquier asunto personal. Pero hubo un momento en que se miraron a los ojos, sonriéndose uno a otro, conscientes de que los interrogantes estaban en el aire aunque los callaran.

– Bien -dijo Rebus-, ¿qué sabes?

– ¿De la información que me dio McLure? -Suspiró-. Con eso no vamos a ninguna parte. Era demasiado vaga… Sin nombres, ni detalles, ni fecha concreta… Nada.

– Bueno, a lo mejor… -dijo Rebus, agitando las llaves en la mano-. Depende de si quieres ir a fisgar o no.

Las aceras de Ratho eran estrechas y Rebus iba por la calzada al lado de Gill. Caminaban en silencio; no había necesidad de hablar. Era la segunda vez que se veían, y Rebus se sentía a gusto con ella pero manteniendo las distancias.

– Éste es su coche.

Gill dio una vuelta alrededor del Volvo mirando por los cristales. En el salpicadero parpadeaba una lucecita roja: la alarma automática.

– Tapizado de cuero. Parece recién comprado.

– El típico coche de Feardie Fergie: bonito y seguro.

– No sé qué decirte -replicó ella pensativa-, es la versión turbo.

Rebus no se había percatado. Pensó en su viejo Saab.

– Es extraño -Se dirigieron a la casa. Abrieron con un llavín y una Yale de seguridad. Rebus dio la luz del recibidor.

– ¿Sabes si alguien de los nuestros ha estado aquí antes? -inquirió.

– Somos los primeros, que yo sepa. ¿Por qué?

– Por hacer conjeturas. Supongamos que tuvo una visita y le metieron miedo, que le invitaron a dar un paseo…

– ¿Y?

– Pues que él aún tuvo la entereza de cerrar la puerta con las dos llaves. Luego no estaba tan asustado…

– O quien estuvo aquí la cerró de ese modo, suponiendo que era lo que McLure hacía normalmente.

Rebus asintió con la cabeza.

– Otra cosa: el sistema de alarma -agregó, señalando un cajetín en la pared con una lucecita verde encendida-. No está conectado. Si tenía prisa, pudo olvidársele. Pero si pensó que no iba a volver con vida, ni se preocuparía.

– Tampoco se habría preocupado de haber salido a dar un paseo.

Sí, Gill tenía razón.

– Conclusión: el que cerró la puerta con dos llaves se olvidó de la alarma o no reparó en ella. Es decir, cerrar con dos llaves y dejarse la alarma desconectada no cuadra. Y una persona como Fergie, que conduce un Volvo, debe de ser consecuente.

– Bueno, vamos a ver si hay algo que valga la pena.

Entraron en la sala de estar, atiborrada de muebles y cachivaches, algunos modernos y otros que parecían herencia de familia. Pero, pese al exceso de objetos, era una pieza limpia, sin polvo y con alfombras caras, no precisamente de ocasión.

– Suponiendo que alguien viniera a verle -dijo Gill-, quizá deberíamos buscar huellas.

– Por supuesto. Que mañana sea lo primero que hagan.

– Como usted diga, señor.

– Perdone usted, señora -replicó él, sonriendo.

Recorrieron atentos la estancia con las manos en los bolsillos, reprimiendo la poderosa tentación de tocar los objetos.

– No hay señales de forcejeo y no parece que hayan tocado nada.

– Estoy de acuerdo.

Después de la sala de estar había un corto pasillo que conducía a un dormitorio de invitados y a lo que probablemente había sido el salón de visitas y que Fergus McLure había transformado en despacho. Había papeles por todas partes y una mesa de comedor plegable con un ordenador nuevo.

– Me imagino que alguien tendrá que mirar eso -dijo Gill, con ganas de hacerlo ella.

– Detesto los ordenadores -comentó Rebus.

Vio un grueso taco de notas junto al teclado y sacó una mano del bolsillo para cogerlo por los bordes y mirarlo a la luz. El papel conservaba marcas de la última hoja anotada. Gill se acercó a verlo.

– ¡No me digas!

– Casi no se lee, y no creo que sirva de nada el truco de rayarlo con lápiz.

Se miraron el uno al otro pensando lo mismo.

– Howdenhall.

– ¿Miramos ahora la papelera? -dijo ella.

– Hazlo tú; yo voy arriba.

Rebus volvió al recibidor y vio otras puertas que fue abriendo: una cocina no muy grande, anticuada, fotos de familia en la pared; un aseo y un trastero. Subió a la otra planta por una escalera de mullida alfombra que silenciaba sus pasos. Era una casa tranquila, y le daba la impresión de que siempre había sido así pese a habitarla McLure. Otro dormitorio de invitados, un cuarto de baño amplio -sin modernizar, igual que la cocina- y el dormitorio principal. Miró en los lugares de rigor: bajo la cama, colchón y almohadillas; mesillas, cómoda y armario. Estaba todo rigurosamente ordenado: los jerséis perfectamente doblados y por colores, zapatillas y zapatos en hilera, los marrones a un lado, los negros, a otro. Había una pequeña librería con una colección anodina sobre alfombras y arte oriental y un volumen con fotografías de los viñedos de Francia.

Una vida sin complicaciones.

A no ser que los trapos sucios de Feardie Fergie estuvieran en otra parte.

– ¿Has visto algo? -preguntó Gill desde el pie de la escalera.

Rebus salió al descansillo.

– No, pero que alguien eche un vistazo al local de su negocio.

– Mañana a primera hora.

– ¿Y tú? -dijo Rebus, ya abajo.

– Nada. Lo que se encuentra en las papeleras. Nada que diga «Droga: el viernes a las dos y media en la subasta de alfombras».

– Lástima -comentó él con una sonrisa, mirando su reloj-. ¿Qué tal una copa?

Gill dijo que no con la cabeza, desperezándose.

– Me marcho a casa. Ha sido un día pesado.

– Otro día pesado.

– Otro día pesado -repitió ella, ladeando la cabeza-. ¿Y tú? ¿Vas a tomarte otra copa?

– ¿Por qué lo dices?

– Lo digo porque no deberías -le espetó sin dejar de mirarle.

– ¿Cuánto debería beber, doctor?

– No te lo tomes así.

– ¿Cómo sabes lo que bebo? ¿Es que alguien se ha quejado?

– Recuerda que anoche salimos juntos.

– Y no tomé más que dos o tres whiskies.

– ¿Y después de irme yo?

– Me fui a casa a dormir -respondió él, tragando saliva.

Gill sonrió entristecida.

– Qué embustero. Seguiste bebiendo: un coche patrulla te vio salir del pub que hay detrás de Waverley.

– ¿Es que me vigilan?

– Simplemente hay gente que se preocupa por ti.

– Es increíble -dijo Rebus, al tiempo que abría la puerta.

– ¿Adónde vas?

– A tomarme una puñetera copa. Si quieres, puedes acompañarme.

Capítulo 10

De camino hacia Arden Street vio un grupo de gente ante la puerta de su casa. Andaban de un lado para otro, contándose chistes para animar la espera. Un par de ellos comía patatas fritas de un cucurucho de papel de periódico; curiosa ironía ya que parecían periodistas.

– Mierda.

Pasó rápido de largo, sin dejar de mirar por el retrovisor. No había donde aparcar y dobló por la primera bocacalle a la izquierda, yendo a parar a un aparcamiento de Thirlestane Baths.

Cerró la llave del contacto y golpeó el volante. Podía optar por largarse, tomar por la M90 hasta Dundee y luego volver, pero no le apetecía. Respiró hondo varias veces y notó que su circulación se activaba por la fuerte pulsación en los oídos.

– Vamos allá -dijo al bajar del coche.

Se dirigió por Marchmont Crescent a su puesto de patatas fritas y, a continuación, emprendió el camino de su casa, sintiendo el calor que desprendían las patatas a través de las hojas de periódico. Ya en Arden Street aminoró el paso. No esperaban que llegara a pie y estaba ya casi encima de ellos cuando uno le reconoció.

Era el equipo de filmación, con el cámara de Redgauntlet, Kayleigh Burgess y Eamonn Breen. Pillado de improviso, Breen tiró el cigarrillo al suelo y cogió el micrófono. Rebus vio un foco supletorio en la cámara de vídeo. Consciente de que las luces deslumbran, hacen parpadear y pareces culpable, mantuvo los ojos bien abiertos.

Un periodista le lanzó la primera pregunta.

– Inspector, ¿algún comentario sobre la encuesta Spaven?

– ¿Es cierto que se va a reabrir el caso?

– ¿Qué sintió al saber que Lawson Geddes se había suicidado?

Ante tal pregunta, Rebus miró hacia Kayleigh Burgess, quien tuvo la delicadeza de bajar la vista. Estaba ya a medio camino de la entrada, a pocos pasos del portal, pero rodeado de periodistas. Se detuvo y les hizo frente.

– Señoras y caballeros de la prensa, tengo una declaración que hacer.

Se miraron unos a otros, con gesto de sorpresa, y apuntaron hacia él las grabadoras. Un par de periodistas veteranos, que ya estaban acostumbrados a perder el tiempo, cogieron bolígrafo y cuaderno sin gran entusiasmo.

El rumor de voces decayó. Rebus alzó el paquete de patatas fritas.

– En nombre de los escoceses adictos a las patatas fritas, quisiera darles las gracias por proveernos de envoltorios.

Antes de que pudieran reaccionar ya estaba dentro.

En el piso, sin encender las luces, fue a la ventana del cuarto de estar para observarles. Algunos meneaban la cabeza sin salir de su asombro, otros llamaban por el móvil consultando con la redacción y un par iban hacia sus coches. Eamonn Breen hablaba con el operador de la cámara con aire pretencioso, como de costumbre. Uno de los más jóvenes alzó dos dedos por detrás de la cabeza del presentador.

Miró enfrente y vio a un hombre al lado de un coche, con los brazos cruzados. Miraba sonriente hacia su ventana. Alzó los brazos y le dirigió un silencioso aplauso para montar acto seguido en el coche y arrancar.

Jim Stevens.

Giró sobre sus talones y encendió el flexo, se sentó en el sillón y se puso a comer patatas fritas. Pero no tenía mucho apetito. Se preguntaba cómo habría llegado la noticia a los buitres. Había hablado con el subdirector por la tarde, y no se lo había comentado más que a Brian Holmes y a Gill Templer. El contestador parpadeaba furioso: cuatro mensajes. Probó a accionarlo sin el manual y logró que funcionase, para su gran satisfacción, hasta que oyó el deje de Glasgow.

– Inspector Rebus, soy el inspector jefe Ancram. -El tono era cortante y formal-. Es para decirle que seguramente llegaré a Edimburgo mañana para iniciar la investigación; cuanto antes empecemos, antes acabaremos. Es lo mejor para todos, ¿no le parece? Le dejé un mensaje en Craigmillar para que me llamase, pero por lo visto no ha ido usted por allí.

– Gracias y buenas noches -gruñó Rebus.

Bip. Segundo mensaje.

– Inspector, soy yo otra vez. Sería muy conveniente saber dónde va a estar, en términos generales, durante la semana que viene y así aprovecho el tiempo al máximo. Si puede hacerme por escrito un resumen lo más pormenorizado posible se lo agradecería.

Se acercó a la ventana inquieto. Ya se marchaban. Estaban metiendo la cámara en la ranchera. Tercer mensaje. Al oír la voz, giró atónito sobre sus talones y miró fijamente el aparato.

– Inspector, la investigación se llevará desde Fettes. Me acompañará uno de mis hombres, aunque, en caso contrario, utilizaremos agentes y personal de allí. Así que desde mañana por la mañana puede ponerse en contacto conmigo en Fettes.

Rebus fue hasta el aparato sin dejar de mirarlo, tentado de…

Cuarto mensaje.

– Mañana a las dos de la tarde, la primera reunión, inspector. Dígame si…

Rebus cogió el aparato y lo lanzó contra la pared. La tapa se abrió y la cinta salió disparada.

Sonó el timbre de la puerta.

Fue a escrutar por la mirilla. No podía creerlo. Abrió de par en par.

Kayleigh Burgess retrocedió un paso.

– Dios, parece furioso.

– Lo estoy. ¿Qué demonios quiere?

Ella sacó la mano de detrás de la espalda y le mostró una botella de Macallan.

– Vengo en son de paz -dijo.

Rebus miró la botella y después a la periodista.

– ¿Es su modo de tenderme una trampa?

– Ni mucho menos.

– ¿Trae micrófonos o cámaras?

Ella negó con la cabeza y los rizos castaños cubrieron sus mejillas. Rebus se hizo a un lado.

– Tiene suerte de pillarme seco -dijo.

Ella se encaminó al cuarto de estar, dándole ocasión de observarla. Estaba todo tan impecable como en casa de Feardie Fergie.

– Escuche -añadió él-, lamento de veras lo de la grabadora. Envíeme la factura.

Ella se encogió de hombros y vio el contestador.

– ¿Tiene algún problema con las máquinas?

– Diez segundos, y ya empieza con las preguntas. Espere que traiga unos vasos.

Fue a la cocina y cerró la puerta tras de sí, recogió los recortes de prensa y los periódicos de la mesa y los metió en uno de los armaritos. Enjuagó dos vasos y los secó despacio, mirando a la pared. ¿Qué querría? Información, desde luego. Le vino a la cabeza la cara de Gill. Ella le había pedido un favor y había muerto un hombre. En cuanto a Kayleigh Burgess… tal vez había tenido la culpa del suicidio de Geddes. Salió con los vasos y se la encontró en cuclillas ante el equipo de música, leyendo los títulos de los discos.

– Nunca he tenido tocadiscos -le dijo.

– Me han dicho que se van a poner de moda -comentó él mientras abría el Macallan y servía las bebidas-. Lo que no tengo es hielo, aunque podría arrancar un trozo del congelador.

– Solo está bien -dijo ella, levantándose y cogiéndole el vaso.

Vestía vaqueros negros ajustados, descoloridos en la entrepierna y las rodillas, y una cazadora vaquera forrada de borreguito. Advirtió que tenía los ojos algo saltones y las cejas arqueadas, sin depilar, pensó. Los pómulos marcados.

– Siéntese -dijo.

Ella se sentó en el sofá, con las piernas levemente separadas, los codos apoyados en las rodillas y sosteniendo el vaso a la altura del rostro.

– ¿No es el primero que toma hoy, verdad? -inquirió.

Rebus dio un sorbo y dejó el vaso en el brazo del sillón.

– Puedo dejarlo cuando quiera. ¿No ve? -contestó y le mostró las manos vacías.

Ella sonrió y bebió, observándole por encima del vaso. Rebus trató de interpretar su actitud. ¿Coqueta, descarada, tranquila, expectante, calculadora, risueña?

– ¿Quién le dijo lo de la investigación? -preguntó.

– ¿Quiere decir quién informó a los medios de comunicación o a mí personalmente?

– Lo mismo da.

– No sé de dónde salió, pero un periodista se lo contó a otro y corrió la noticia. A mí me llamó una amiga de Scotland on Sunday que sabía que estábamos cubriendo el caso Spaven.

Rebus se puso a pensar: Jim Stevens, al margen de la escena como si fuera el director de escena. Stevens, destinado en Glasgow. Chick Ancram, de Glasgow. Seguro que Ancram sabía que Rebus y Stevens hacía tiempo…

Cabrón. No le extrañaba que no le hubiera invitado a llamarle Chick.

– Es como un mecanismo.

– Me parece que ya sé de dónde procede.

Sonrió levemente.

Cogió la botella y la dejó al alcance de la mano. Kayleigh Burgess se reclinó en el respaldo del sofá y se sentó sobre las piernas recogidas, mirando en derredor.

– Bonito cuarto. Es muy espacioso.

– Necesita una mano de pintura.

Ella asintió con la cabeza.

– Las molduras, desde luego, y quizá la ventana. Pero yo eso lo eliminaría. -Se refería a un cuadro que había encima de la chimenea; una barca de pesca en el muelle-. ¿Dónde es?

– Un lugar ficticio -respondió Rebus, encogiéndose de hombros.

A él tampoco le gustaba el cuadro pero no hasta el extremo de deshacerse de él.

– Podría también rascar la pintura de la puerta -prosiguió ella-, quedaría bien en su tono natural. Acabo de comprarme un piso en Glasgow -añadió al interpretar su mirada inquisitiva.

– Me alegro.

– Los techos son muy altos para mi gusto, pero…

Se interrumpió al darse cuenta del tono con que Rebus había hecho el cumplido.

– Lo siento. Soy un poco anticuado para chismorrear.

– Pero no para la ironía.

– Tengo mucha práctica. ¿Qué tal va el programa?

– Pensé que no quería hablar de eso.

Rebus alzó los hombros.

– Será más interesante que Bricolaje en casa -replicó, mientras se levantaba para volver a llenar los vasos.

– Va bien -dijo ella, mirándole, pero él no levantaba la vista del vaso-. Iría mejor si usted se dejase entrevistar.

– No -respondió él cuando volvió al sillón.

– No -repitió ella-. Bien, pues con usted o sin usted el programa seguirá adelante. Ya está estructurado. ¿Ha leído el libro de Spaven?

– No soy un gran lector de ficción.

Ella se volvió hacia los numerosos libros que había al lado del equipo de música, que desmentían la afirmación.

– He conocido a pocos presos que no proclamen su inocencia -prosiguió Rebus-. Es un mecanismo de supervivencia.

– Y tampoco se habrá tropezado con un error de la justicia, ¿no?

– He visto muchos. Pero el «error» suele producirse cuando el criminal queda impune. Todo el sistema judicial es un error.

– ¿Puedo citar la fuente?

– Esta conversación es estrictamente extraoficial.

– Pues déjelo bien claro antes de decir las cosas.

– Extraoficial -insistió él, alzando un dedo.

Ella asintió con la cabeza y alzó su vaso para brindar.

– Por los comentarios extraoficiales.

Rebus se llevó el vaso a los labios pero no bebió. El whisky comenzaba a relajarle, fundía el cansancio y su dolorida cabeza. Un cóctel peligroso. Sabía que desde ese momento tenía que ir con mucho más cuidado.

– ¿Algo de música? -dijo.

– ¿Un sutil cambio de conversación?

– Preguntas, preguntas -replicó él, poniendo la cinta Meddle.

– ¿Qué es? -preguntó ella.

– Pink Floyd.

– Ah, me gusta. ¿Su nuevo disco?

– No precisamente.

Le dio pie para que le hablara de su trabajo y cómo se había dedicado a aquella profesión y ella le contó su vida hasta la niñez, interrumpiéndose de vez en cuando para preguntarle algo de su pasado, pero él negaba con la cabeza y la obligaba a seguir con su historia.

«Necesita parar -pensó-; un descanso.» Pero ella estaba obsesionada por su trabajo, y quizás aquella conversación era la máxima concesión que se hacía, sólo porque con él era como si trabajara. Volvió a surgir lo de la culpa; culpa y ética. Le vino a la cabeza una historia: Primera Guerra Mundial, Navidad, los enemigos salen de sus trincheras a darse la mano y jugar un partido de fútbol, para volver de nuevo a las trincheras a coger las armas…

Al cabo de una hora y cuatro whiskies, ella se había tumbado en el sofá con una mano detrás de la cabeza y la otra en el estómago. Se había quitado la cazadora y ahora se subía las mangas de la camiseta: la lámpara convirtió en filamentos dorados el vello de sus brazos.

– Será mejor que llame a un taxi… -dijo con voz queda, con el Tubular Bells de fondo-. ¿Y éste quién es?

Rebus no contestó. Era innecesario: se había rendido al sueño. Podía despertarla, ayudarla a subir a un taxi. Podía llevarla a casa; a aquella hora, Glasgow estaba a menos de una hora de coche. Pero la tapó con el edredón y dejó la música tan baja que casi no se oían las entradas de Viv Stanshall. Fue a sentarse en un sillón junto a la ventana y se tapó con un abrigo. La calefacción de gas caldeaba el cuarto. Esperaría a que se despertase y se ofrecería a llamar a un taxi o bien a hacer de chofer. Ella diría.

Tenía mucho que pensar, mucho que planear. Y una idea para el día siguiente, Ancram y la investigación. Estaba perfilándola, dándole forma, consolidándola. Mucho que pensar…

Le despertó la luz de las farolas de la calle y tuvo la sensación de no haber dormido mucho; miró hacia el sofá y vio que Kayleigh no estaba. Iba a cerrar de nuevo los ojos cuando advirtió que en el suelo estaba la cazadora vaquera.

Se levantó medio adormecido; ahora deseaba despejarse. La luz del recibidor estaba encendida y la puerta de la cocina, abierta. También había luz…

La encontró junto a la mesa, con dos paracetamol en la mano y un vaso de agua en la otra. Y los recortes de prensa esparcidos, delante. Dio un respingo al verle y a continuación fijó la mirada en la mesa.

– Buscaba café para despejarme y encontré eso.

– Trabajo -comentó Rebus lacónico.

– No sabía que era usted del equipo de investigación del caso Johnny Biblia.

– No lo soy -replicó él, recogiendo los papeles y volviéndolos a guardar en el armario-. No queda café. Se me acabó.

– Me arreglo con el agua -dijo ella, tragando las tabletas.

– ¿Resaca?

Ella dio un buen trago de agua y asintió.

– Creo que se me pasará. -Le miró fijamente-. No estaba fisgando. Quiero que quede claro.

Rebus se encogió de hombros.

– Si sale en el programa, los dos sabremos de dónde viene.

– ¿A qué viene ese interés por Johnny Biblia?

– Por nada. -Comprendió que no colaba-. Es difícil de explicar.

– Pruebe.

– No sé… llámelo el final de la inocencia.

Rebus bebió un par de vasos de agua y dejó que ella se fuese al cuarto de estar. Volvió con la cazadora puesta, sacándose el pelo por fuera.

– Me voy.

– ¿Quiere que la deje en algún sitio? -Negó con la cabeza-. ¿Y la botella?

– Quizá podamos acabarla en otra ocasión.

– No le garantizo que aún la tenga.

– No pasa nada.

Se dirigió a la puerta, la abrió y se volvió hacia él.

– ¿Se ha enterado de ese ahogado en Ratho?

– Sí -contestó impasible.

– Fergus McLure; le entrevisté hace poco.

– ¿Ah, sí?

– Era amigo de Spaven.

– No lo sabía.

– ¿No? Qué raro, a mí me contó que usted le llamó para interrogarle cuando el caso Spaven. ¿Algo que alegar, inspector? -añadió con sonrisa sarcástica-. No, no creo.

Cerró la puerta y oyó cómo bajaba las escaleras; después, volvió al cuarto de estar y, de pie ante la ventana, miró hacia la calle. La vio doblar a la derecha hacia el Meadows en busca de un taxi. No había señales del coche de Stevens. Clavó la mirada en su propio reflejo. Ella conocía el vínculo entre Spaven y McLure y sabía que él había interrogado a McLure. Era justamente la clase de munición que le vendría bien a Chick Ancram. Su propio reflejo le miraba, burlonamente tranquilo. Le costó un gran esfuerzo no estampar el puño contra el cristal.

Capítulo 11

Se puso en marcha -blanco móvil, etc.- venciendo la galbana de la resaca matinal. Lo primero que hizo fue meter alguna cosa en la maleta y dejarse el busca en la repisa de la chimenea.

En el taller en que generalmente pasaba la ITV le hicieron un hueco para dar un repaso al Saab: neumáticos y niveles. Quince minutos, quince libras. La única pega que encontraron era que la dirección estaba floja.

– Como mi modo de conducir -les comentó.

Tenía que hacer llamadas, pero no desde el piso ni desde Fort Apache u otra comisaría. Pensó en los pubs que abrían a primera hora, pero eran como oficinas y sabían que solía llamar desde allí: Ancram le podía localizar fácilmente. Se decidió por la lavandería, rechazando al entrar la oferta de la semana: un lavado con el diez por ciento de descuento. «Oferta promocional.» ¿Desde cuándo necesitaban las lavanderías hacer ofertas de promoción?

Fue a la máquina a cambiar un billete de cinco libras en monedas, sacó café y un bizcocho de chocolate en otra y arrimó una silla al teléfono de la pared. Primera llamada: a casa de Brian Holmes, último recurso de su «investigación». No contestaban. No dejó mensaje. Segunda llamada: a Holmes al trabajo. Disimuló la voz y escuchó a un joven agente decirle que Brian aún no había llegado.

– ¿Quiere dejar algún mensaje?

Rebus colgó sin contestar. A lo mejor Brian estaba en su casa trabajando en la «revisión» y no cogía el teléfono. Podía ser. Tercera llamada: a Gill Templer en su despacho.

– Departamento de Investigación Criminal, Templer al habla.

– Soy John -dijo Rebus, mirando en torno a él.

Dos clientes embebidos en sus revistas, ruido sordo de motores y centrifugadoras. Olía a suavizante, la encargada echaba detergente en una máquina y se oía una radio al fondo: Double Barrel de Dave y Ansel Collins. Una letra estúpida.

– ¿Quieres las últimas noticias?

– ¿Para qué iba a telefonear, si no?

– Eres de lo más zalamero, inspector Rebus.

– Ya. ¿Qué habéis descubierto sobre Fergie?

– El cuaderno de notas está en Howdenhall, pero todavía no hay resultados. Un equipo del forense irá hoy a la casa para comprobar si hay huellas y todo lo demás. Han preguntado por qué les enviábamos.

– ¿Y se lo explicaste?

– Impuse mi rango. Al fin y al cabo para eso está.

Rebus sonrió.

– ¿Y el ordenador?

– Volveré esta tarde a examinar los disquetes. Preguntaré también a los vecinos por visitantes, coches raros, etc.

– ¿Y el local del negocio de Fergie?

– Dentro de media hora voy a la tienda. ¿Qué tal lo voy haciendo?

– De momento, no me puedo quejar.

– Vale.

– Ya te llamaré para ver cómo van las cosas.

– Te noto raro.

– ¿Raro, cómo?

– Como si estuvieras tramando algo.

– No soy de ésos. Adiós, Gill.

Siguiente llamada: a Fort Apache, línea directa al «cobertizo». Contestó Maclay.

– Hola, Heavy. ¿Tengo algún mensaje?

– ¿Alguno? Voy a tener que coger el teléfono con manoplas de amianto.

– ¿Del inspector jefe Ancram?

– ¿Cómo lo has adivinado?

– Percepción extrasensorial. He estado intentando localizarle.

– ¿Pero dónde estás?

– En cama. Con gripe o algo.

– No lo parece por la voz.

– Afronto la situación.

– ¿Estás en casa?

– En la de una amiga que me cuida.

– ¿Ah, sí? Cuenta, cuenta.

– Ahora no, Heavy. Escucha, si vuelve a telefonear Ancram…

– No te quepa duda.

– Dile que intento localizarle.

– ¿Tiene teléfono tu abnegada enfermera?

Pero Rebus ya había colgado. Llamó a su piso para comprobar si el contestador aún funcionaba después de los malos tratos. Tenía dos mensajes: ambos de Ancram.

– Por favor -rezongó alucinado.

Terminó el café, se comió el bizcocho y permaneció sentado mirando los tambores de las lavadoras. Era como si su cabeza estuviera dentro de una de ellas mirando hacia fuera.

Hizo otras dos llamadas -a T-Bird Oil y al DIC de Grampian- y decidió acercarse en un momento a casa de Brian Holmes, con la esperanza de no encontrarse con Nell. Era una casa adosada estrecha, de dos plantas, bastante grande para una pareja. Delante tenía su jardincito, penosamente abandonado, y flanqueando la puerta dos sedientas macetas colgantes. Y él convencido de que a Nell le gustaban las plantas.

No contestaban. Se acercó a la ventana a mirar. No tenía visillos; en la actualidad había parejas jóvenes que no se preocupaban de eso. Parecía que hubiera estallado una bomba en el cuarto de estar: el suelo lleno de periódicos y revistas, envoltorios de comestibles, platos y tazas y jarras de cerveza vacías, la papelera a rebosar de latas de cerveza. El televisor transmitía un culebrón matinal con una pareja bronceada mirándose a los ojos. Sin oírlos parecían más convincentes.

Decidió preguntar en la casa contigua. Le abrió un niño.

– Hola, vaquero, ¿está tu mamá?

Una joven salía de la cocina secándose las manos con un trapo.

– Perdone que la moleste -dijo Rebus-. Busco al señor Holmes, de aquí al lado.

La mujer se asomó a la puerta.

– El coche no está y siempre lo deja en el mismo sitio -dijo, señalando hacia donde él había aparcado el Saab.

– ¿No ha visto usted, por casualidad, a su esposa esta mañana?

– Hace siglos que no la veo -respondió la mujer-. Antes pasaba a darle caramelos a Damon -añadió, revolviendo el pelo al niño, que escapó corriendo hacia dentro.

– Bien; de todos modos, gracias.

– Él volverá por la tarde. No está mucho tiempo fuera de casa.

Rebus asintió. Y aún seguía haciéndolo cuando subió al coche. Permaneció un rato sentado, pasando la mano por el volante. Ella le había dejado. ¿Cuánto tiempo haría? ¿Por qué el gilipollas no había dicho nada? Sí, claro, los policías tenían fama precisamente de exteriorizar sus emociones y comentar sus crisis personales. El mismo era un buen ejemplo.

Fue al almacén: ni rastro de Holmes, pero el empleado le dijo que había estado trabajando la víspera hasta la hora de cerrar.

– ¿Usted cree que había terminado?

El hombre negó con la cabeza.

– Al marcharse me dijo «hasta mañana».

Rebus consideró dejarle un recado, pero se dijo que no podía correr el riesgo. Subió al coche y arrancó.

Fue por Pilton y Muirhouse por no meterse demasiado pronto en la transitada Queensferry Road. No había mucho tráfico saliendo de la ciudad; al menos se avanzaba. Preparó las monedas para la entrada a la autopista en el puente Forth.

Iba en dirección norte. Y esta vez no era a Dundee, sino a Aberdeen. No sabía si huía o iba a enfrentarse a algo.

Tal vez las dos cosas. Los cobardes son héroes a veces. Puso un casete: Rock Bottom [8] de Robert Wyatt.

– Sé lo que es eso, Bob -musitó, y añadió-: Anímate, a lo mejor no.

Tras lo cual cambió de cinta: Deep Purple atacando Into the Fire [9]. Pisó el acelerador.

Ciudad granito

Capítulo 12

Hacía un par de años que Rebus no volvía a Aberdeen, y en aquella ocasión estuvo sólo una tarde visitando a una tía suya que ya había fallecido; y él sin enterarse. La mujer vivía cerca del estadio Pittodrie en una casa rodeada de nuevas edificaciones. Ya no debía de existir. Casi seguro que la habrían demolido. Pese a la asociación de ideas Aberdeen-granito, la ciudad evocaba para él lo efímero. En la actualidad casi toda su riqueza procedía del petróleo, pero éste no iba a durar siempre. Rebus, criado en Fife, había vivido un proceso similar con el carbón: no habían hecho previsiones para el futuro cuando se agotase. Acabado el carbón, se acabó la esperanza.

Lo mismo había ocurrido en Linwood, Bathgate y el Clyde: no escarmentaban.

Recordaba los primeros años del petróleo, las voces de los que acudían de las Lowlands al norte en busca de empleos duros y buenos sueldos: obreros sin trabajo de los astilleros y las metalúrgicas, gente recién salida de la universidad y estudiantes. Aberdeen era el Eldorado de Escocia. Los sábados por la tarde, te sentabas en un pub de Edimburgo o de Glasgow, abrías un periódico por la sección de carreras de caballos y era como si vieras tus sueños correr ilustrando fabulosas escapadas. Entonces había empleo de sobra, era un Dallas en ciernes que desbordaba el núcleo de un puerto pesquero. Un portento, algo increíble. Mágico.

La gente que seguía la serie de J. R. fantaseaba sin dificultad sobre algo similar en la costa nordeste. Hubo una invasión de norteamericanos, y los peones americanos -matones, pendencieros- no querían una ciudad marítima tranquila e independiente, sino armar jaleo, y por ahí empezó todo. A partir de entonces, las historias de Eldorado fueron convirtiéndose en relatos muy distintos: burdeles, matanzas, peleas de borrachos. La corrupción lo invadía todo, había millones de dólares en juego y los lugareños lamentaban la invasión del mismo modo que se beneficiaban del dinero y el trabajo. Para la clase trabajadora que vivía al sur de Aberdeen era como el verbo hecho carne, y no sólo un mundo de hombres sino un mundo de hombres duros en el que el respeto se obtenía con y por dinero. En cosa de semanas cambiaban, y se marchaban desengañados, rezongando sobre la esclavitud, los turnos de doce horas y la pesadilla del mar del Norte.

Y a medio camino entre el Infierno y Eldorado se situaba algo parecido a la verdad, siempre menos interesante que los mitos. El nordeste había prosperado gracias al petróleo y casi sin traumatismos, pues, a semejanza de Edimburgo, no se había permitido que el desarrollo comercial destrozara en exceso el centro de la ciudad. Pero en los alrededores proliferaban las viviendas tipo colmena y las naves industriales, muchas de éstas con nombres relacionados con el petróleo marítimo: On-Off, Grampian Oil, PlatTech…

Sin embargo, antes de llegar a todo eso había un maravilloso viaje en coche. Se mantuvo en la carretera de la costa el mayor tiempo posible, reflexionando sobre la mentalidad de una nación que construye un campo de golf al borde de un acantilado. En un alto que hizo en una gasolinera compró un mapa de Aberdeen para mirar dónde estaba la jefatura de policía de Grampian. Queen Street, en pleno centro. Esperaba que el sistema de tráfico de una sola dirección no fuese un problema. Puede que hubiera estado en Aberdeen seis veces, tres de ellas cuando era niño. Pese a ser una ciudad moderna, él seguía burlándose de ella como muchos de las Lowlands: llena de palurdos y destripaterrones, con un modo de hablar que daba risa. Pero para los de Aberdeen era la «ciudad de granito». Rebus sabía que tendría que andarse con cuidado en cuanto a burlas e ironías.

Cerca del centro había un embotellamiento que le vino de perlas para mirar el mapa y el nombre de las calles. Encontró Queen Street y aparcó, entró en la jefatura y dio su nombre.

– Antes hablé por teléfono con el agente Shanks.

– Voy a preguntar en el DIC -replicó la agente uniformada de recepción, diciéndole que tomara asiento.

Sólo por la mirada podía distinguir a los delincuentes de los policías de la secreta. Dos de ellos, jóvenes, hacían gala del bigote distintivo del departamento, poblado pero bien recortado, para parecer mayores. Frente a él, un grupo de jovenzuelos de aspecto sumiso, cara saludable y pecosa y labios pálidos, pero con un brillo peculiar en los ojos. Dos rubios y otro pelirrojo.

– ¿Inspector Rebus?

Estaba de pie a su derecha, seguramente desde hacía un par de minutos. Se levantó y se estrecharon la mano.

– Soy el sargento Lumsden. El agente Shanks me pasó su mensaje. Un asunto relacionado con una empresa petrolera, ¿no es eso?

– Cuya sede está aquí. Uno de sus empleados salió volando por una ventana de una casa en Edimburgo.

– ¿Se tiró?

Rebus se encogió de hombros.

– Había alguien más. Entre ellos un delincuente conocido como Anthony Ellis Kane. Me han informado que opera por la zona.

Lumsden asintió con la cabeza.

– Sí, me consta que el DIC de Edimburgo requirió información sobre él, pero a mí no me suena; lo siento. Normalmente se habría encargado de recibirle el oficial de enlace con las petroleras, pero está de permiso y yo le sustituyo. Así que seré su cicerone mientras se quede con nosotros. Bienvenido a la Ciudad de Plata -añadió sonriente.

Plata por el río Dee que la surca. Plata por el color de los edificios bañados por el sol que confiere al granito esa tonalidad.

Lumsden se lo fue explicando durante el trayecto en coche hacia Union Street.

– Otro mito de Aberdeen es que la gente es tacaña -dijo-. Ya vera usted lo que es Union Street un sábado por la tarde. Seguro que es la zona comercial más concurrida del Reino Unido.

Lumsden vestía un blazer azul con relucientes botones de latón, pantalón gris y mocasines negros, con una elegante camisa azul de rayas blancas y corbata color rosa-salmón. Era un hombre de metro ochenta y cinco, enjuto y fuerte, con el pelo rubio corto, lo que resaltaba las entradas de su frente. Sus ojos eran un poco amarillentos, con un iris azul intenso. No llevaba alianza. Aparentaba entre treinta y cuarenta años. Rebus no acababa de localizar su acento.

– ¿Es usted inglés? -preguntó.

– De Gillingham -respondió Lumsden-. Mi familia cambió de domicilio varias veces. Mi padre era de la policía. Ha acertado mi deje a la primera; casi todo el mundo piensa que soy escocés.

Rebus le dijo que se quedaría al menos una noche.

– Ningún problema -dijo Lumsden-. Conozco un hotel como Dios manda.

Se dirigieron a un hotel situado en Union Terrace, enfrente del parque, y Lumsden le indicó que aparcase a la puerta. Sacó una tarjeta del bolsillo y la puso sobre el salpicadero: POLICÍA DE GRAMPIAN. ASUNTO OFICIAL. Rebus cogió el equipaje del maletero pero Lumsden se empeñó en llevarlo él y se ocupó igualmente de los trámites en recepción. Un mozo se hizo cargo de la maleta y Rebus le siguió hacia la escalera.

– Mire la habitación, a ver si le gusta. Yo le espero en el bar -dijo Lumsden.

La habitación estaba en el primer piso y tenía unas ventanas altísimas con vistas al parque. Hacía un calor insoportable y el mozo corrió las cortinas.

– Cuando hace sol siempre pasa igual -dijo.

Rebus echó un vistazo al cuarto.

Probablemente era la mejor habitación de hotel en que había estado. El mozo le observaba.

– ¿Y champán no?

El mozo no captó el chiste y Rebus se limitó a darle una libra de propina. El hombre le puso al corriente del funcionamiento, servicio de habitación, restaurante y otros detalles, y le entregó la llave. Rebus volvió a bajar con él.

No había mucha gente en el bar, pues había pasado la hora de la comida y los clientes habituales habían vuelto a su trabajo; los platos y vasos continuaban en las mesas. Lumsden estaba sentado en un taburete de la barra, comiendo cacahuetes y mirando la televisión, con una jarra de cerveza.

– No le he pedido nada de beber -dijo cuando se sentó a su lado.

– Otra igual -dijo Rebus al barman.

– ¿Qué tal la habitación?

– Un poco lujosa para mi gusto, la verdad.

– No se preocupe, el DIC de Grampian corre con los gastos -comentó con un guiño-. Cortesía de la casa.

– Tendré que venir más veces.

Lumsden sonrió.

– Bueno, ¿y qué es lo que quiere hacer durante su estancia?

Rebus miró el televisor y vio a los Stones en su última gira. Dios, qué viejos. Stonehenge con ritmos de blues.

– Hablar con esa petrolera a ver si puedo localizar a un par de amigos del difunto. Y averiguar si hay algún indicio de Tony El.

– ¿Tony El?

– Anthony Ellis Kane -dijo Rebus, sacando del bolsillo sus cigarrillos-. ¿Le molesta?

Lumsden negó dos veces con la cabeza; una para indicar que no le importaba y otra para rehusar el pitillo que le ofrecía Rebus.

– Salud -dijo éste, dando un trago de cerveza y relamiéndose satisfecho. Era buena, pero la televisión encendida le distraía-. Bueno, ¿qué tal va el caso Johnny Biblia?

Lumsden se echó unos cacahuetes a la boca.

– Nada. Casi en vía muerta. ¿Está usted vinculado al de Edimburgo?

– Sólo en cierto modo. Interrogué a parte de los chiflados.

– Yo también -dijo Lumsden-. Me habría gustado estrangular a algunos. Tuve también que interrogar a DPF nuestros -añadió, haciendo una mueca: los Delincuentes Potenciales Fichados, eran los «sospechosos habituales» de una lista de pervertidos, agresores sexuales, exhibicionistas y mirones conocidos. En el caso de Johnny/ Biblia todos fueron interrogados y se verificaron sus coartadas.

– Supongo que se daría un buen baño a continuación.

– Media docena, por lo menos.

– ¿Y no hay nuevas pistas?

– Nada.

– ¿Creen que es alguien de por aquí?

Lumsden se encogió de hombros.

– Yo no creo nada. Cabe pensar cualquier cosa. ¿A qué se debe el interés?

– ¿Cómo?

– Ese interés por Johnny Biblia.

Rebus se encogió de hombros. Guardaron silencio hasta que finalmente preguntó:

– ¿Cuál es el cometido de un oficial de enlace con petroleras?

– De cajón: enlazar con la industria del petróleo. Aquí es fundamental. El motivo es que el cuerpo de policía en Grampian no es meramente un efectivo terrestre por tener también jurisdicción sobre las instalaciones marítimas. Si en alguna de ellas se produce un robo, una pelea o hay una denuncia, la investigación es competencia nuestra. Puedes verte volando tres horas seguidas en pleno infierno en un molinillo.

– ¿Un molinillo?

– Un helicóptero. Tres horas lejos de tierra, echando las tripas, para investigar un delito de poca monta. Gracias a Dios no suelen recurrir a nosotros. Aquello es otro mundo con su policía fronteriza.

Un agente de Glasgow había hecho el mismo comentario sobre la barriada del Tío Joe.

– ¿Es que tienen su propia policía?

– Es algo reprobable pero eficaz. Y si te evita un viaje de seis horas de ida y vuelta, para mí está bien.

– ¿Y Aberdeen qué tal?

– Relativamente tranquilo, salvo los fines de semana. Un sábado por la noche, Union Street es como el centro de Saigón. Tenemos mucha juventud frustrada. Se han criado sin problemas de dinero y oyendo continuamente hablar de eso, y ahora quieren su parte; pero sucede que ya no hay. Dios, qué rápido bebe. -Rebus observó que aunque él había dado cuenta de su jarra, la de Lumsden estaba casi llena-. Me gusta la gente bebedora de cerveza.

– Esta la pago yo -dijo él.

El barman estaba ya a la espera, pero como Lumsden no consumía, Rebus se contentó discretamente con una pequeña. Primeras impresiones y otras intrascendencias.

– Puede quedarse en el hotel cuanto guste -dijo Lumsden- y no pague ésta; cárguela a la cuenta de la habitación. Las comidas no están incluidas pero yo le indicaré algunos restaurantes. Diga que es poli y le harán un buen precio.

– Aja.

– A muchos compañeros no se lo diría, pero sí a alguien con quien me parece estar en la misma longitud de onda, ¿no? -dijo Lumsden, sonriendo de nuevo.

– Seguramente.

– No suelo equivocarme. Quién sabe si mi próximo destino no es Edimburgo… Una cara amistosa es siempre de agradecer.

– A propósito, no quiero que se divulgue mi presencia aquí.

– ¡Ah!

– Me siguen los pasos los medios de comunicación. Están preparando un programa de televisión sobre un antiguo caso y quieren entrevistarme.

– Ya entiendo.

– Puede que intenten localizarme por teléfono fingiéndose compañeros…

– Bueno, nadie sabe que está aquí salvo el agente Shanks y yo. Procuraré que no trascienda.

– Se lo agradezco. A lo mejor utilizan el nombre de Ancram. Es quien lleva la investigación.

Lumsden le hizo un guiño y acabó los cacahuetes.

– Pierda cuidado por su secreto.

Terminaron las cervezas y Lumsden dijo que tenía que volver a la comisaría. Le dio el número de teléfono -casa y comisaría- y anotó el número de la habitación.

– Si necesita algo, no dude en llamarme.

– Gracias.

– ¿Sabe cómo llegar a T-Bird Oil?

– Tengo un mapa.

Lumsden asintió con la cabeza.

– ¿Y esta noche? ¿Le apetece salir a cenar?

– Estupendo.

– Le recogeré hacia las siete y media.

Se dieron la mano y Rebus le vio salir antes de volver al bar a tomarse un whisky. Lo cargó en cuenta tal como le había dicho Lumsden y subió a la habitación. Con las cortinas echadas no era tan calurosa pero aún le faltaba ventilación. Intentó sin éxito abrir las ventanas: tendrían casi tres metros de alto. Sin descorrer las cortinas, se tumbó en la cama, se quitó los zapatos y se puso a repasar su conversación con Lumsden. Una costumbre que tenía, mediante la cual solía reflexionar sobre cosas que habría podido decir o sobre un modo mejor de decirlas. De pronto se sentó en la cama. Lumsden había mencionado la T-Bird Oit, y él no recordaba haber citado el nombre de la empresa petrolera. Tal vez… o quizá se lo dijo al agente Shanks por teléfono, y Lumsden lo sabía por él.

Intranquilo, se puso a mirar por la habitación y en un cajón encontró folletos turísticos y propaganda sobre Aberdeen; se sentó en el tocador a hojearlos. Los hechos hablaban por sí solos.

En la región de Grampian trabajaban cincuenta mil personas en la industria del gas y el petróleo, el veinte por ciento de la población activa. La población total de la zona había aumentado en sesenta mil personas desde principio de los años setenta y la construcción de viviendas había crecido un tercio, con la consiguiente aparición de nuevos suburbios en las afueras, donde se había edificado sobre cuatro millones de metros cuadrados. El aeropuerto había multiplicado por diez el tráfico de pasajeros y era ahora el helipuerto más activo del mundo. Ni un solo dato negativo con excepción de un comentario sobre un pueblo pesquero llamado Oíd Torry, merecedor de fueros propios tres años después del descubrimiento de América. Con el hallazgo de petróleo en el nordeste, Oíd Torry fue destruido para dejar sitio al terminal de la Shell. Rebus alzó su vaso y brindó en memoria del pueblo.

Se duchó, se cambió y volvió al bar. Una mujer de aspecto aturdido con falda larga escocesa y blusa blanca se le acercó animosa.

– ¿Es usted de la convención?

Rebus negó con la cabeza y recordó haber leído la noticia: polución en el mar del Norte o algo parecido. Finalmente la mujer dio con tres corpulentos ejecutivos a quienes dirigió hacia la salida. Rebus llegó al vestíbulo y vio cómo se marchaban en una limusina. Miró el reloj. Era hora de irse.

Encontrar Dyce fue fácil, no tuvo más que seguir los indicadores hasta el aeropuerto. Naturalmente, vio helicópteros. La zona del aeropuerto era una mezcla de terrenos agrícolas, hoteles nuevos y polígonos industriales. La sede de T-Bird Oil era un modesto hexágono de tres plantas, casi enteramente de vidrio tintado, con su aparcamiento delante y jardines de diseño con un camino que serpenteaba hasta la entrada. A lo lejos no paraban de despegar y aterrizar aviones.

La recepción era grande y luminosa. En unas vitrinas se veían maquetas de los campos petrolíferos del mar del Norte y de plataformas de extracción de T-Bird Oil. Bannock era la mayor y más antigua. Un autobús miniatura de dos pisos parecía a su lado una hormiga. En las paredes, enormes fotos en color y una panoplia de trofeos. La recepcionista le dijo que le esperaban y que tomase el ascensor a la primera planta. Recordó la escena en el exiguo ascensor de casa de Alian Mitchison, con Bain tapando el espejo. Se metió en la boca un caramelo de menta.

Le aguardaba una chica preciosa que le invitó a seguirla. No se hizo de rogar. Cruzaron una gran planta de oficinas con sólo la mitad de los escritorios ocupados y televisores conectados al servicio teletexto, a los índices de las acciones y a la CNN. Continuaron por un corredor más tranquilo y de mullida alfombra. En la segunda puerta, que estaba abierta, la joven le indicó que pasase.

Vio en la puerta el nombre de Stuart Minchell y supuso que era él quien se levantaba para saludarlo y darle la mano.

– ¿Inspector Rebus? Encantado, finalmente, de conocerle.

Era cierto eso de que es difícil adivinar la cara y el porte de un individuo por la voz. Minchell hablaba con autoridad, pero no tendría más de veinticinco años. De cara lustrosa y mejillas rubicundas, llevaba el pelo corto peinado hacia atrás, usaba gafas de montura metálica y sus cejas eran negras y espesas, lo que confería a su rostro cierto aire de pícaro. Además, exhibía unos tirantes rojos. Al girarse un poco, Rebus advirtió que llevaba una pequeña cola de caballo.

– ¿Café o té? -preguntó la joven.

– No hay tiempo, Sabrina -dijo Minchell, abriendo los brazos en dirección a Rebus, excusándose-. Ha habido cambios, inspector, y tengo que asistir a un congreso sobre el mar del Norte. Traté de localizarle para advertírselo.

– No pasa nada.

«Mierda -pensó Rebus-, si ha llamado a Fort Apache ya saben dónde estoy.»

– He pensado que podemos ir en mi coche y así hablamos durante el trayecto. Cosa de media hora. Si nos queda algo pendiente ya lo resolveremos más adelante.

– Muy bien.

Minchell se puso la chaqueta.

– Documentos -le dijo la secretaria.

– Positivo -dijo él, recogiendo media docena y guardándolos en la cartera.

– Tarjetas de visita.

Abrió la agenda.

– Positivo.

– Móvil.

Se palpó el bolsillo y asintió con la cabeza.

– ¿Está listo el coche?

Sabrina dijo que iba a comprobarlo y buscó su móvil.

– Podríamos esperar abajo -dijo Minchell.

– Positivo -dijo Rebus.

Aguardaron el ascensor y al llegar éste vieron que iba ocupado por dos personas, aunque había sitio. Minchell vaciló y pareció que iba a esperarse, pero siguió a Rebus, que ya había entrado, y dirigió una leve inclinación de cabeza al mayor de los hombres.

Rebus observó la escena por el espejo y vio que el anciano no le quitaba ojo de encima. Llevaba el pelo largo blanco-amarillento peinado hacia atrás por detrás de las orejas, vestía un traje cedido en las rodillas y apoyaba sus manos en un bastón de empuñadura de plata. Parecía un personaje de Tennessee Williams con aquel rostro cincelado y ceñudo y el porte tieso pese a la edad. Rebus bajó la vista y vio que calzaba unas zapatillas deportivas muy usadas. El hombre se sacó un taco de notas del bolsillo, escribió algo sin soltar el bastón y se lo pasó al otro, quien lo leyó y asintió con la cabeza.

El ascensor se detuvo en la planta baja y Minchell prácticamente contuvo a Rebus para que cediera el paso a los otros. Rebus los vio dirigirse a la puerta del edificio, al tiempo que el que llevaba la nota se acercaba a recepción a hacer una llamada. Afuera esperaba un Jaguar rojo con chofer de librea que abrió la portezuela de atrás al anciano personaje.

Minchell se pasó la mano por la frente.

– ¿Quién era ése? -preguntó Rebus.

– El mayor Weir.

– Si lo llego a saber le habría preguntado por qué no dan ya bonos-premio al repostar gasolina.

Minchell no estaba para bromas.

– ¿Y eso de la nota…? -inquirió Rebus.

– El mayor habla poco. Prefiere comunicarse por escrito. -Rebus se echó a reír-. Hablo en serio -añadió Minchell-, no le habré oído decir más de media docena de palabras en todo el tiempo que llevo aquí.

– ¿Le pasa algo en la voz?

– No, en absoluto; algo cascada, pero normal. Lo que sucede es que tiene acento norteamericano.

– ¿Y?

– Que le gustaría ser escocés.

Ya había arrancado el Jaguar cuando se dirigieron al aparcamiento.

– Está obsesionado con Escocia -prosiguió Minchell-. Sus padres eran escoceses que emigraron a Norteamérica y cuando él era niño le contaban historias del «viejo país», que le causaron una impresión imperecedera. Aquí pasará por lo menos una tercera parte del año, dado que T-Bird Oil es una red mundial, pero se le nota que detesta salir de Escocia.

– ¿Algo más que pueda interesarme?

– Que es un abstemio empedernido: un empleado que huela a alcohol, y a la calle.

– ¿Está casado?

– Viudo. Su esposa está enterrada en Islay o en un lugar parecido. Este es mi coche.

Era un Mazda deportivo azul oscuro con asientos bajos y espacio sólo para dos. La parte de atrás la llenaba prácticamente la cartera de Minchell, quien colgó el móvil antes de arrancar.

– Tenía un hijo -prosiguió-, pero creo que también murió, o él le desheredó. El mayor no habla nunca de él. ¿Por dónde empiezo, por la buena noticia o por la mala?

– Adelante con la mala.

– Aún no hay señales de Jake Harley. No regresa de sus vacaciones de senderismo hasta dentro de un par de días.

– De todos modos, me gustaría ir a Sullom Voe -dijo Rebus.

Y más si Ancram le localizaba en Aberdeen.

– No hay problema. Le llevaremos en un helicóptero.

– ¿Y la buena noticia?

– La buena, que hemos dispuesto otro helicóptero para llevarle a Bannock a que hable con Willie Ford. Como es un viaje de un día no necesita cursillo de supervivencia. Créame que es una buena noticia, porque en el entrenamiento te obligan a montar en un simulador y a tirarte a una piscina.

– ¿Usted lo ha hecho?

– Pues claro. Todo el que sume más de diez días de viaje al año está obligado a hacerlo. Pasé pánico.

– Pero los helicópteros son seguros, ¿no?

– Pierda cuidado por eso. Y en estos momentos tiene suerte: tenemos buenas previsiones. -Advirtió que Rebus ponía cara de circunstancias-. Previsiones meteorológicas. No se esperan fuertes temporales. Tenga en cuenta que el petróleo es una industria todo el año, pero también se rige por las estaciones. No siempre se puede acceder a las plataformas o salir de ellas: depende del tiempo. Cuando hay que transportar una torre o dos al mar, hay que consultar las previsiones y cruzar los dedos. En alta mar, los elementos… -Minchell movió de un lado a otro la cabeza-. Te hacen pensar a veces en Dios todopoderoso.

– ¿El del Antiguo Testamento? -comentó Rebus y Minchell sonrió, asintiendo con la cabeza, y a continuación hizo una llamada por el móvil.

Dejaron Dyce atrás y enfilaron por el puente de Don, siguiendo los indicadores del Centro de Conferencias y Exposiciones de Aberdeen. Rebus aguardó a que Minchell acabase su charla telefónica para hacerle otra pregunta.

– ¿Adónde iba el mayor Weir?

– Al mismo sitio que nosotros. Tiene que dar una conferencia.

– Pero ¿no dice que no habla?

– Y no habla él. Ese que le acompañaba es su gurú de relaciones públicas, Hayden Fletcher, que será quien lea el discurso en presencia del mayor tranquilamente sentado.

– ¿No es una excentricidad?

– No cuando se tiene una fortuna de cien millones de dólares.

Capítulo 13

El aparcamiento del Centro de Congresos estaba lleno de modelos de altos ejecutivos: Mercedes, BMW, Jaguar y algún que otro Bentley y Rolls Royce. Un tropel de chóferes fumaba cigarrillos mientras se contaban anécdotas.

– Cara al público, habría quedado mejor si todos hubiesen acudido en bicicleta -comentó Rebus al ver una manifestación ante la cúpula prismática de acceso al congreso.

Del tejado colgaba una gigantesca bandera blanca que decía en letras verdes: ¡NO MATÉIS LOS MARES! Desde arriba los de seguridad intentaban quitarla sin perder el equilibrio ni la dignidad. Una voz dirigía las protestas desde un megáfono. Muchos de los que protestaban lucían equipo completo de combate con capucha antirradiactiva, había otros vestidos de sirenas y sirenos, amén de una ballena hinchable, a la que, por impulso del viento, poco faltaba para soltar sus amarres. Policías de uniforme patrullaban por la zona, comunicándose a través de pequeños aparatos de radio. Rebus pensó que no andaría lejos algún furgón con la artillería pesada: escudos antidisturbios, cascos y porras estilo norteamericano… Aunque, de momento, no parecía esa clase de demostración.

– Tendremos que pasar por en medio -dijo Minchell-. Es lamentable. Con los millones que gastamos en protección ambiental… Yo hasta soy miembro de Greenpeace, de Oxfam. Pero todos los putos años sucede lo mismo.

Cogió la cartera y el móvil, conectó el dispositivo de cierre de control remoto, la alarma, y se encaminaron hacia la puerta.

– Le haría falta una tarjeta de identificación de delegado. Pero no creo que pase nada -comentó.

Estaban ya a dos pasos de la manifestación. La música difundía por megafonía una canción sobre las ballenas y Rebus reconoció el estilo de los Dancing Pigs. Se abalanzaron sobre él para darle octavillas; cogió una de cada y dio las gracias. Justo delante de él una joven paseaba como un leopardo enjaulado. Era la encargada del megáfono, su voz nasal tenía acento norteamericano.

– Las decisiones que se adopten en el presente afectarán a nuestros hijos y nietos. ¡El futuro no tiene precio! ¡Demos prioridad al futuro por el bien de todos!

Cuando Rebus pasó por delante la miró. Una expresión neutra sin odio ni desdén; era su trabajo. Llevaba el pelo decolorado y descuidado con trencitas brillantes, una de las cuales le caía sobre la frente.

– ¡Matad los océanos y mataréis el planeta! ¡La madre tierra es más importante que el dinero!

Antes de llegar a la entrada Rebus ya estaba convencido.

Ya en el interior, había una papelera para tirar las octavillas, pero él dobló las suyas y se las guardó. Una pareja de vigilantes les requirió la tarjeta de identificación, pero, efectivamente, bastó con su carnet de policía. Había más vigilantes: guardias de seguridad privada uniformados y con gorras relucientes que seguramente habrían asistido a un cursillo acelerado de veinticuatro horas sobre bromas de mal gusto. Entre los asistentes abundaban los trajes. Los megáfonos transmitían continuamente mensajes y había zonas de propaganda con mesas llenas de folletos, y un mercadillo de infinidad de productos. En algunas casetas parecían estar haciéndose negocios. Minchell se excusó y propuso reunirse en la entrada al cabo de media hora, pues tenía que «fingir» por ahí. Debía de tratarse de dar la mano a gente, sonreír, decir cuatro cosas y repartir alguna que otra tarjeta de visita. Rebus lo perdió de vista enseguida.

No vio muchas fotos de plataformas y las que había eran del tipo con patas de tensión y semisumergibles. La auténtica novedad parecía ser los SADPF -Sistemas de Almacenamiento y Descarga de Producción Flotante-, consistentes en una especie de depósitos que hacían prescindible el empleo de una auténtica plataforma. Los oleoductos conectaban directamente con aquellos depósitos con capacidad para trescientos mil barriles diarios.

– ¿Verdad que es impresionante? -preguntó un escandinavo; seguramente agente de ventas.

Rebus asintió con la cabeza.

– Se prescinde de la plataforma -dijo.

– Y es más fácil de convertir en chatarra cuando llega su hora. Barato y ecológico. -Hizo una pausa-. ¿Le interesa alquilar uno?

– ¿Y dónde lo aparco?

Se alejó sin esperar a que el vendedor pudiera interpretarlo.

Quizá por su olfato de sabueso dio fácilmente con el bar y se acomodó en un extremo de la barra con un whisky y algo de picar. Había almorzado un bocadillo en la gasolinera y empezaba a sentir apetito. Llegó un nuevo cliente que se puso a su lado, se secó el rostro con un pañuelo blanco y pidió una soda con mucho hielo.

– No sé por qué sigo asistiendo a estos eventos -farfulló.

Tenía acento de la costa atlántica, del centro; el hombre era alto y delgado, de pelo rojizo y algo calvo. Por la piel floja del cuello juzgó que tendría algo más de cincuenta años, aunque aparentaba algunos menos. Rebus no sabía qué decirle y guardó silencio. Le trajeron la soda, se la bebió de un trago y pidió otra.

– ¿Quiere una? -ofreció.

– No, gracias.

El sediento advirtió que Rebus no llevaba la tarjeta de identificación con la foto.

– ¿Es usted delegado? -preguntó.

– Observador.

– ¿Periodista?

Rebus volvió a negar con la cabeza.

– Ya me parecía. Las únicas noticias sobre el petróleo son las catástrofes. Es una industria mucho más importante que la nuclear, y se le da la mitad de cobertura.

– Pero en definitiva está bien si todas las noticias que publican son malas, ¿no?

El hombre reflexionó al respecto y se echó a reír, mostrando una dentadura perfecta.

– En eso estoy con usted -dijo, volviendo a secarse la cara-. Así que es usted observador: ¿de qué exactamente?

– Ahora no estoy de servicio.

– Suerte que tiene.

– ¿Y usted qué hace?

– Trabajar como un burro. Pero tengo que decirle que mi empresa está a punto de renunciar a vender a la industria petrolífera. Prefieren comprar productos yanquis o escandinavos. Pues que se vayan a tomar por culo. No me extraña que Escocia se esté quedando a la cola. Y queremos la independencia… -El hombre agitó la cabeza y se inclinó hacia él. Rebus le imitó en plan conspirador-. Fundamentalmente, mi cometido es asistir a congresos aburridos como éste y cuando vuelvo a casa por la noche me pongo a pensar qué estoy haciendo. ¿Seguro que no quiere nada?

– Bueno, de acuerdo.

Dejó que le invitase y por su modo de decir «que se vayan a tomar por culo» pensó que no debía decirlo con frecuencia. Era un simple pretexto para romper el hielo y hablar entre hombres, de un modo informal. Le ofreció un cigarrillo, pero el otro rehusó.

– Hace años que lo dejé. No crea que no me tienta aún, a veces. -Hizo una pausa y miró a su alrededor-. ¿Sabe quién me gustaría ser? -Rebus puso cara de circunstancias-. A ver si lo adivina.

– Ni la menor idea.

– Sean Connery -dijo-. Figúrese, con lo que gana por película, podría dar una libra a cada hombre, mujer y niño del país y aún le quedarían un par de millones. ¿No es increíble?

– Entonces, ¿si usted fuera Sean Connery, le daría a todo el mundo una libra?

– ¿Para qué necesitaría dinero si fuera el hombre más sexy del mundo?

Tenía razón y brindaron por la idea. Lo único malo fue que, al mencionar a Sean Connery, Rebus se acordó de Ancram por el parecido físico. Miró el reloj y vio que tenía que marcharse.

– ¿Puedo invitarle antes de irme? -dijo.

El hombre negó con la cabeza, al tiempo que, con un movimiento rápido, como de prestidigitador, le daba su tarjeta de visita.

– Por si le hiciera falta. Por cierto, me llamo Ryan.

Rebus leyó la tarjeta: Ryan Slocum, jefe de ventas de la Sección de Ingeniería y el nombre de una empresa: Eugene Construction.

– John Rebus -dijo estrechándole la mano.

– John Rebus -repitió Slocum-. ¿No tiene tarjeta de visita?

– Soy policía.

Slocum le miró con los ojos muy abiertos.

– No habré dicho algo incriminador…

– Aunque lo hubiera dicho, me tendría sin cuidado. Soy de la policía de Edimburgo.

– Está lejos de Aberdeen. ¿Ha venido por Johnny Biblia?

– ¿Por qué lo pregunta?

– Porque ha asesinado en ambas ciudades, ¿no es cierto?

Rebus asintió con la cabeza.

– No, no es por Johnny Biblia. Cuídese, Ryan.

– Usted también. Que ésos están muy locos.

– Ya lo creo.

Stuart Minchell le esperaba en la puerta.

– ¿Quiere ver alguna cosa más o nos vamos?

– Vamonos.

Lumsden le llamó a la habitación y bajó a reunirse con él. Iba bien vestido, pero con un atuendo más informal y una chaqueta beige con camisa amarilla sin corbata que sustituía la blazer.

– Bueno -dijo Rebus-, ¿voy a estar toda la noche llamándole Lumsden?

– Me llamo Ludovic.

– ¿Ludovic Lumsden?

– El sentido del humor de mis padres. Ludo, para los amigos.

Aún hacía calor y no había anochecido. La algarabía de los pájaros llenaba el parque y las gaviotas picoteaban en las aceras.

– Hay luz hasta las diez, hasta las once incluso -comentó Lumsden.

– Son las gaviotas más grandes que he visto en mi vida.

– Las detesto. Fíjese cómo está la acera.

Era cierto, estaba llena de cagadas.

– ¿Adónde vamos? -preguntó Rebus.

– Digamos que es una sorpresa. Podemos ir a pie. ¿Le gustan las sorpresas?

– Me gusta llevar guía.

Fueron a un restaurante italiano, donde era muy conocido y todos querían estrecharle la mano. El dueño pidió excusas a Rebus y se llevó a Lumsden para cuchichear un rato.

– Aquí, los italianos no nos dan guerra -comentó Lumsden una vez concluida su charla privada-. No consiguieron hacerse con el control de la ciudad.

– ¿Y quién lo tiene?

Lumsden reflexionó.

– Hay un poco de todo.

– ¿Norteamericanos también?

Lumsden asintió sin dejar de mirarle.

– Tienen muchas discotecas y clubes y algunos hoteles nuevos. La industria del sector servicios. Llegaron en los setenta y aquí los tenemos. ¿Querrá ir después a un club?

– No creo que sea un inconveniente -dijo Rebus con gesto de displicencia.

Lumsden se echó a reír.

– ¿O quiere ir a lo «fuerte», que es lo que se supone que hay en Aberdeen? Pues se equivoca; aquí domina lo empresarial. Si tiene interés, más tarde le llevaré a la zona portuaria donde hay locales de striptease y borrachos, pero son una minoría.

– Cuando uno vive en el sur oye contar historias.

– Sí, cómo no. Burdeles de lujo, droga, pornografía, juego y alcohol. También nosotros las oímos. Pero en cuanto a la realidad… -añadió, sacudiendo la cabeza-. La industria del petróleo es muy tranquila, en el fondo. Ya no quedan casi matones. El petróleo se ha vuelto legal.

Se habría convencido con facilidad, pero Lumsden insistía en exceso, habla que te habla, y cuanto más hablaba menos creíble resultaba. Se acercó otra vez el dueño para hablar con él y se alejaron a un rincón. Lumsden no cesaba de darle al hombre palmaditas en la espalda. Cuando volvió a sentarse se atusó la corbata.

– El hijo, que se le desmanda -comentó, encogiendo los hombros como si no hubiera más que decir, al tiempo que recomendaba a Rebus que probase las albóndigas.

La siguiente etapa fue un club nocturno donde los hombres de negocios competían con los jóvenes por los favores de las dependientas transformadas en elegantes zorras. La música era tan excesiva como las indumentarias. Lumsden seguía el ritmo con la cabeza pero no parecía pasarlo bien. Era como si fuese un guía turístico. Ludo, el organizador de juegos. Rebus era consciente de que le estaban vendiendo la moto, como a cualquier turista que viaja al norte: que no era más que la tierra de las sopas Baxter, de currantes en camiseta y abuelas en sus casitas, y donde el petróleo era una industria más que había beneficiado a la ciudad y a los lugareños. Una estampa que tiene mucho del estereotipo del Highland montañés.

Sin tacha alguna.

– Creí que este sitio le interesaría -voceó Lumsden por encima de la música.

– ¿Porqué?

– Aquí es donde Michelle Strachan conoció a Johnny Biblia.

Rebus se quedó de piedra. No se había fijado en el nombre del club. Ahora lo veía todo distinto: las chicas en las pistas de baile y las que estaban en la barra, brazos posesivos enroscándose en cuellos reticentes. Veía ojos de deseo y dinero corruptor.

Se imaginó a Johnny Biblia tranquilo en la barra, columbrando posibles presas y descartándolas hasta elegir una en concreto. Y sacando a Michelle Fifer a bailar…

Cuando Rebus sugirió ir a otro lugar Lumsden no se opuso. El gasto había consistido en una sola ronda, habían cenado «por cuenta de la casa» y el gorila del club les franqueó discretamente la entrada con una inclinación de cabeza.

Al salir se cruzaron con un hombre que acompañaba a una joven y Rebus volvió ligeramente la cabeza.

– ¿Los conoce? -preguntó Lumsden.

Rebus se encogió de hombros.

– Me sonaba la cara.

Acababa de verla aquella tarde: pelo negro rizado, gafas, tez olivácea. Hayden Fletcher, el gurú de relaciones públicas del mayor Weir. Parecía muy contento. La mujer cruzó su mirada con la de Rebus y sonrió.

Afuera el cielo conservaba un fulgor púrpura. En un cementerio del otro lado de la calle un árbol era asediado por el estruendo de los estorninos.

– ¿Adónde vamos? -dijo Lumsden.

– En realidad, Ludo -contestó Rebus, desperezándose-, creo que me vuelvo al hotel. Perdona que me raje.

Lumsden procuró ocultar el peso que se quitaba de encima.

– Bueno, ¿y dónde piensas ir mañana?

Se dio cuenta de que prefería no decírselo.

– A otra entrevista en la empresa del difunto -contestó, ante la aparente satisfacción de Lumsden.

– ¿Y te vuelves a Edimburgo?

– Dentro de un par de días.

Lumsden procuró ocultar su decepción.

– Bueno, que duermas bien. ¿Sabrás volver?

Rebus asintió con la cabeza y se dieron la mano. Tomaron direcciones opuestas. Siguió caminando hacia el hotel, despacio, mirando escaparates y atento por si le seguían. Luego se detuvo, consultó el plano y vio que la zona portuaria no estaba lejos, pero paró al primer taxi que pasaba.

– ¿Adónde vamos? -preguntó el taxista.

– A algún sitio en que pueda tomar una buena copa. Por el puerto.

«Donde se divierten los borrachos», pensó.

– ¿Con mucha marcha?

– Donde haya más.

El hombre asintió con la cabeza y arrancó. Rebus se inclinó hacia delante.

– Creí que aquí había más animación.

– Ah, es algo pronto. Pero los fines de semana es el desmadre. Vienen los de las plataformas con la paga.

– Y beben cantidad.

– Cantidad de todo.

– Tengo entendido que todos los clubes son de los norteamericanos.

– Yanquis. Están por todas partes -dijo el taxista.

– ¿Lo legal y lo ilegal?

El hombre miró por el retrovisor.

– ¿Qué es lo que busca, en concreto?

– Pues algo que me pusiera bien.

– No tiene usted el aspecto de ésos.

– ¿Y qué aspecto tienen éstos?

– No el de un poli.

Rebus se echó a reír.

– Fuera de servicio y lejos de mi ciudad.

– ¿Cuál?

– Edimburgo.

El hombre asintió con la cabeza, pensativo.

– Si yo buscase ponerme bien -añadió- tal vez iría al club Burke's en College Street. Hemos llegado.

Frenó. El contador marcaba algo más de dos libras. Rebus le dio un billete de cinco y le dijo que se quedase con la vuelta. El taxista se asomó por la ventanilla.

– Estaba usted a menos de cien metros de Burke's cuando le recogí.

– Lo sé.

Claro que lo sabía, el Burke's era donde Johnny Biblia había conocido a Michelle.

Mientras el taxi se alejaba echó un vistazo para situarse. Frente a él tenía el puerto, con barcos atracados y luces en algunos en los que aún trabajaban; equipos de mantenimiento, lo más probable. La acera donde estaba era una mezcla de viviendas, comercios y pubs. Un par de busconas y poco tráfico. Ante él había un local llamado Yardarm que ofrecía karaoke, bailarinas exóticas, bebida más barata a partir de cierta hora, televisión por satélite y «ambiente cálido».

Nada más cruzar la puerta sintió la calidez de sopetón: era un horno. Tardó más de un minuto en llegar a la barra, y a pesar de ser un fumador empedernido atracó en ella con los ojos irritados por el humo.

Algunos clientes parecían pescadores: rostros enrojecidos, pelo ralo y jerséis gruesos. Otros, con manos sucias de gasóleo; debían ser mecánicos de los muelles. Las mujeres tenían la mirada vacía por la bebida y los rostros muy maquillados o demacrados. Pidió un whisky doble en la barra. Ahora que se había impuesto el sistema métrico nunca sabía si treinta y cinco mililitros eran más de un cuarto de pinta. No había vuelto a ver tantos borrachos juntos desde el partido de los Hibs contra los Hearts, en un bar de Easter Road en que se había organizado un jaleo de órdago al ganar los Hibs.

A los cinco minutos ya había entablado conversación con su vecino, un tipo que había trabajado en el petróleo. Era bajo y enjuto y ya casi calvo con poco más de treinta años, además de usar gafas a lo Buddy Holly con cristales de culo de botella. Había estado empleado en la cantina.

– Una comida cojonuda. Tres menús en dos turnos. De lo mejor. Los nuevos se hartaban, pero escarmentaban enseguida.

– ¿Trabajaba dos semanas sí y dos no?

– Todos. Y semanas de siete días. -Hablaba con la cara casi pegada a la barra, como si el peso le venciera-. Algo que al final te engancha. Luego, en tierra, no me acostumbraba y estaba deseando volver al mar.

– ¿Y qué pasó?

– La cosa se puso mal. Reducción de personal.

– Me han dicho que en las plataformas corre la droga. ¿Usted lo vio?

– Ay, sí. Por todas partes. Fuera de las horas de trabajo, claro. A nadie se le ocurriría trabajar colocado. Un movimiento en falso y un tubo puede seccionarte la mano… Lo sé porque lo he visto. O si pierdes el equilibrio, vamos, que das un vuelo de treinta metros al agua. Pero sí, había mucha droga, y mucho alcohol. Y mire lo que le digo, no había mujeres pero teníamos revistas y películas porno a porrillo. No he visto cosa igual. Había para todos los gustos y algunas bien asquerosas. Yo he corrido mucho mundo y sé de qué hablo.

Eso pensaba Rebus. Le invitó a un trago. Si seguía inclinándose más sobre la barra acabaría dándose de narices con el vaso. Cuando anunciaron que faltaban cinco minutos para el karaoke, se dijo que era hora de irse. Aquello ya lo había visto. Recurrió al plano para regresar a Union Street. La noche comenzaba a animarse y se cruzaba con pandillas de quinceañeros y furgones de policía -Transit de color azul- haciendo la ronda. Un exceso de uniformes que a nadie parecía intimidar. Todos gritaban, cantaban y batían palmas. Entre semana, Aberdeen era como Edimburgo un sábado por la noche de los malos. Una pareja de policías discutía algo con dos jóvenes mientras sus respectivas novias aguardaban mascando chicle. Cerca de allí había una furgoneta con las puertas traseras abiertas.

«Yo soy turista», se dijo pasando de largo.

En un determinado momento giró hacia donde no debía y llegó al hotel por la dirección opuesta, pasando ante una enorme estatua de William Wallace que esgrimía una espada escocesa.

– Buenas noches, Mel.

Subió la escalinata del hotel y decidió tomarse la última copa; se la llevaría a la habitación. El bar estaba lleno de congresistas, muchos de ellos con la tarjeta credencial en la solapa, en mesas llenas de vasos vacíos. En la barra, una mujer sola fumaba un cigarrillo negro y expulsaba el humo hacia el techo. Rubia oxigenada con mucho oro y traje sastre granate con leotardos o medias negras. Rebus la miró y dedujo que serían medias. Tenía un rostro duro y el pelo peinado hacia atrás y recogido con un gran broche de oro; mejillas empolvadas y labios pintados de carmín oscuro brillante. Debía de tener su misma edad o quizás un año o dos menos: la clase de mujer que los hombres llaman «de bandera». Tenía delante un par de vasos, motivo suficiente, quizá, para que le sonriera.

– ¿Es congresista?

– No -respondió Rebus.

– Gracias a Dios. Le juro que no ha habido uno que no haya intentado ligarme, pero no saben más que hablar de crudo. -Hizo una pausa-. Petróleo crudo… crudo vivo y crudo muerto. ¿Sabía que hay una diferencia?

Rebus sonrió, negó con la cabeza y pidió una copa.

– ¿Toma otra o sólo quiere ligar?

– Ambas cosas. -Viendo que él miraba su cigarrillo añadió-: Sobranie.

– ¿Saben mejor por el papel negro?

– Saben mejor por el tabaco.

– Yo fumo picadura -dijo Rebus, sacando los suyos.

– Ya veo.

Les sirvieron la bebida y Rebus firmó la nota para que las cargasen a la cuenta de su habitación.

– ¿Está aquí por trabajo?

Tenía una voz profunda, probablemente de la Costa Oeste, clase trabajadora con estudios.

– Algo así. ¿Y usted?

– Por trabajo. ¿Y a qué se dedica?

La peor respuesta del mundo para ligar:

– Soy policía.

Ella enarcó una ceja con interés.

– ¿Del Departamento de Investigación Criminal?

– Sí.

– ¿Está en el caso de Johnny Biblia?

– No.

– Tal como lo ponen los periódicos, pensaba que estaba en ello toda la policía de Escocia.

– Yo soy una excepción.

– Recuerdo el caso John Biblia -dijo ella, dando una calada al Sobranie-. Me crié en Glasgow y mi madre estuvo semanas enteras sin dejarme salir de casa. Como si me tuviera en la trena.

– Les pasó a muchas mujeres.

– Y ahora vuelta a empezar. -Hizo una pausa-. Cuando dije que me acordaba de John Biblia hubiera debido decirme: «No parece usted tan mayor».

– Lo que demuestra que no estoy ligando.

Ella se le quedó mirando.

– Lástima -dijo, cogiendo el vaso.

Rebus no sabía dónde poner las manos y cogió también el suyo para ganar tiempo. Le había marcado la pauta claramente. Le tocaba a él actuar o no en consecuencia. ¿Invitarla a su habitación? O alegar… ¿qué exactamente? ¿Mala conciencia? ¿Miedo? ¿Repulsa de sí mismo?

Miedo.

Se imaginaba lo que podía dar de sí la noche, en un intento de extraer belleza de la necesidad, pasión de una especie de desesperación.

– Muy halagador -atinó a decir.

– No hay de qué -fue la inmediata réplica de ella.

Le tocaba a él; una partida de ajedrez de aficionado contra profesional.

– Bien, ¿ya qué se dedica? -inquirió.

Ella se giró. Sus ojos daban a entender que se sabía todas las tácticas del juego.

– Ventas. Productos para la industria del petróleo. Puede que tenga que trabajar con ésos -añadió, ladeando la cabeza hacia la barra-, pero nadie dice que tenga que pasar el tiempo con ellos.

– ¿Vive aquí en Aberdeen?

Negó con la cabeza.

– Ahora invito yo -ofreció.

– Tengo que madrugar.

– Una más no será grave.

– Podría serlo -replicó Rebus, sosteniéndole la mirada.

– Bueno, final perfecto para un día perfectamente asqueroso -dijo ella.

– Lo siento.

– Es igual.

Notaba sus ojos clavados en él mientras salía del bar hacia recepción. Tuvo que hacer un esfuerzo para subir la escalera hacia la habitación. Era muy atractiva. Y ni siquiera sabía su nombre.

Encendió el televisor mientras se desvestía. Un subproducto de la factoría de Hollywood: las mujeres parecían esqueletos con pintalabios y los hombres eran muy malos actores. Volvió a pensar en la mujer. ¿Sería una buscona? No, desde luego. Pero le había entrado rápido. Le había dicho que se sentía halagado, cuando, en realidad, le había aturdido. Siempre encontraba difícil la relación con el sexo contrario. Se había criado en un pueblo minero, un poco atrasado en lo que atañía a asuntos como la promiscuidad. Echabas mano a la blusa de una chica y enseguida tenías a su padre persiguiéndote con un cinto.

Después se había enrolado en el Ejército, donde las mujeres eran o fantasías eróticas o figuras intocables: escoria y vírgenes, sin término medio. Después de licenciarse ingresó en la policía, ya casado; pero el trabajo había resultado más atrayente, más entregado, que la relación, que cualquier tipo de relación. Y desde entonces, sus aventuras habían durado meses, semanas y a veces días. Tenía la sensación de que ya era demasiado tarde para algo más duradero. Gustaba a las mujeres; ése no era el problema, sino algo más íntimo que se agravaba con asuntos como el caso de Johnny Biblia y esas mujeres violadas y asesinadas. La violación era imponer el poder, y asesinar, tres cuartos de lo mismo. Y el poder, ¿no era la máxima fantasía masculina? ¿Acaso él no soñaba a veces con el poder?

Al ver las fotos de la autopsia de Angie Riddell la primera idea que le había venido a la cabeza, el primer pensamiento que tuvo que descartar fue: buen cuerpo. Y le fastidió, porque en aquel momento fue como si también él la hubiera visto como un simple objeto. Luego, una vez que el médico forense inició su faena, ella, de objeto, pasó a despojo.

Se durmió nada más rozar la almohada. Como cada noche, lo único que había rogado era no tener pesadillas. Se despertó en la oscuridad con la espalda mojada en sudor oyendo un tictac. No había reloj y el suyo estaba en el cuarto de baño. Aquello era más próximo, más recoleto. ¿Salía de la pared? ¿Del cabezal? Encendió la luz y dejó de oírlo. ¿Carcoma? El marco de madera del cabezal no tenía agujeritos. Apagó la luz y cerró los ojos. Volvía a oírlo: ahora más tipo contador Geiger que diapasón. Trató de distraer su atención, pero lo notaba muy cerca. No podía. Era la almohada; la almohada de plumas. Algo había dentro; algo vivo. ¿Se le metería en el oído? ¿Para devorar? ¿Para mutar y volverse crisálida, o simplemente regalarse con un poco de cerumen y pabellón de su oreja? El sudor le chorreaba por la espalda y mojaba la sábana. Se asfixiaba en aquella habitación; pero se encontraba demasiado cansado para levantarse y demasiado nervioso para dormir. Optó por hacer lo único razonable: tirar la almohada contra la puerta.

Dejó de oír el tictac, pero no podía dormir. El timbre del teléfono fue un consuelo. A lo mejor era la mujer del bar. Le diría que era un alcohólico, una basura, un desecho que no servía para nada.

– Diga.

– Soy Ludo. Lamento despertarte.

– No dormía. ¿Qué sucede?

– Ahora sale un coche patrulla a recogerte.

Rebus torció el gesto. ¿Le habría localizado ya Ancram?

– ¿Para qué?

– Un suicidio en Stonehaven. Pensé que te interesaría. Resulta que se llama Anthony Ellis Kane.

– ¿Tony El? ¿Se ha suicidado? -exclamó saltando de la cama.

– Por lo visto. El coche llegará dentro de cinco minutos.

– Estaré listo.

Ahora que John Rebus estaba en Aberdeen la situación era más peligrosa.

John Rebus.

Era el primer nombre de la lista del bibliotecario, con domicilio en Arden Street, Edimburgo EH9. Con una tarjeta de lector de plazo limitado, Rebus había consultado los ejemplares de The Scotsman entre febrero de 1968 y diciembre de 1969. Otras cuatro personas habían consultado los microfilmes equivalentes en los seis meses anteriores. A John Biblia le constaba que dos eran periodistas y el tercero un escritor, autor de un capítulo sobre el caso para un estudio sobre el crimen en Escocia. En cuanto al cuarto… el cuarto había dado el nombre de Peter Manuel. Para el bibliotecario que había extendido otra tarjeta de consulta de plazo limitado no significaría nada, pero el auténtico Peter Manuel era un asesino en serie de los cincuenta con doce víctimas en su haber, por lo que había pagado con la horca en la cárcel de Barlinnie. Para John Biblia estaba claro: el Advenedizo era lector de casos célebres de asesinato y a lo largo de sus lecturas se había tropezado con la historia de Manuel y la de John Biblia. Y para completar sus conocimientos había decidido centrar la indagación en John Biblia, ampliando detalles sobre el caso con los periódicos de la época. «Peter Manuel» había solicitado no sólo los Scotsman de 1968 a 1970, sino los Glasgow Herald del mismo período.

Una investigación exhaustiva, aunque la dirección de su tarjeta de lector -Lanark Terrace, Aberdeen- era tan ficticia como su nombre. Sí, pero el auténtico Peter Manuel había cometido sus asesinatos en Lanarkshire.

Aun siendo falsa la dirección, John Biblia se paró a pensar en el detalle de Aberdeen. Sus propias investigaciones le habían conducido a situar al Advenedizo en la zona de Aberdeen. Y esto parecía corroborar la vinculación. Y ahora John Rebus estaba también en Aberdeen… Ese John Rebus ya le había llamado la atención antes de saber quién era. Su primer enigma y ahora un problema. Mientras reflexionaba sobre qué hacer con el policía examinó y repasó con el ordenador algunos de los recortes de prensa más recientes sobre el Advenedizo. Leyó lo que decía otro policía: «Esta persona necesita ayuda y nosotros le pedimos que no dude en acudir a nosotros». Y seguían otras especulaciones. Simples palos de ciego.

Pero ahora Rebus estaba en Aberdeen.

Y John Biblia le había dado su tarjeta de visita.

Sabía de sobra desde un principio que sería peligroso seguir la pista del Advenedizo, pero difícilmente habría podido sospechar tropezarse con un policía. Y no cualquier policía, sino uno que había estado estudiando el caso de John Biblia. John Rebus, inspector de Edimburgo, con domicilio en Arden Street, y ahora en Aberdeen… Decidió abrir un nuevo archivo para él en el ordenador. Había leído algunos periódicos recientes y creía saber por qué había venido a Aberdeen: un trabajador del petróleo, caído desde la ventana de una vivienda de Edimburgo, por lo que se sospechaba algún asunto turbio. Era lógico llegar a la conclusión de que Rebus trabajaba en ese caso. Pero también que el inspector había estado estudiando el caso de John Biblia. ¿Por qué? ¿En qué le concernía a él?

Y un segundo dato, aún más problemático: Rebus tenía ahora su tarjeta de visita. A él no le diría nada; de momento. Pero podía suceder… cuanto más se acercara al Advenedizo más peligro correría. Con el tiempo, la tarjeta podría cobrar cierto sentido para el policía. ¿Podía asumir tal riesgo? Había dos opciones: acelerar la caza del Advenedizo o poner al policía fuera de juego.

Se lo pensaría. Mientras, tenía que fijar su atención en el Advenedizo.

Su contacto en la Biblioteca Nacional le había explicado que para obtener la tarjeta de lector hacía falta un carnet de identidad o el carnet de conducir. Quizás el Advenedizo se había buscado una identidad igual a la de «Peter Manuel», pero John Biblia lo dudaba. Lo más probable era que el Advenedizo hubiese sabido evitar enseñarlo. Sabía hablar bien, halagar y congraciarse con la gente. No parecería un monstruo: su cara, por el contrario, inspiraría confianza a hombres y mujeres; a mujeres sobre todo. Se le daba bien irse de las discotecas en compañía de mujeres que acababa de conocer un par de horas antes. Eludir una verificación de identidad no le plantearía grandes problemas.

Se puso en pie y se miró al espejo. La policía había difundido una serie de fotos robot, hechas por ordenador, en las que se había envejecido el retrato robot original de John Biblia. Una de ellas no estaba mal del todo, pero era una entre muchas otras. Hasta el momento nadie se le había quedado mirando ni ninguno de sus colegas había comentado ningún parecido. Ni siquiera el policía había advertido nada. Se restregó la barbilla. En su piel enrojecida se marcaron sombras en los puntos mal afeitados. La casa se hallaba en silencio. Su mujer no estaba. Se había casado para marcar una diferencia más con el perfil psicológico. Abrió la puerta del estudio, fue hasta la puerta de la vivienda y se aseguró de que estaba echada la llave. A continuación, subió a la planta superior y descolgó la escalerilla móvil de acceso a la buhardilla. Le gustaba estar allí, un lugar suyo. Miró el baúl con dos cajones viejos encima, simple camuflaje. No los habían movido. Los quitó, sacó el bolsillo una llave, abrió el baúl y soltó los dos cierres de latón. Volvió a prestar oído: silencio y el latido sordo de su corazón. Levantó la tapa.

El arca de los tesoros: bolsos, zapatos, pañuelos, baratijas, relojes y monederos; nada que tuviese una marca especial que permitiese identificar a la propietaria. Había vaciado y revisado cuidadosamente los bolsos y monederos por si tenían iniciales o algún defecto o señal distintiva. Había quemado cualquier carta o papel con un nombre o unas señas. Se sentó en el suelo ante su baúl sin tocar nada. No había necesidad. Recordaba a la vecina de su calle cuando él tenía ocho… o nueve años, y ella un año menos. Jugaban a tumbarse alternativamente en el suelo y a quedarse muy quietos, con los ojos cerrados, mientras el otro iba quitándole todas las prendas de ropa que podía sin que lo notara.

John Biblia no tardó en sentir los dedos de la chica tocándole… Él había jugado según las reglas, con ella tumbada, desabrochándole botones y cremalleras… y ella pestañeaba emocionada y sonriente… y se había quedado echada sin protestar, a pesar de que él sabía que debía de sentir sus torpes dedos.

Hacía trampa, claro.

Su abuela no dejaba de advertirle que anduviera con cuidado con las mujeres que iban muy perfumadas, que no jugase a las cartas en el tren con desconocidas…

La policía no había dicho nada de que el Advenedizo se llevase recuerdos. Era evidente que no querían divulgarlo; sus motivos tenían. Pero el Advenedizo cogía recuerdos. Tres hasta el momento. Y los atesoraba en Aberdeen. Se había descuidado un poco al dar Aberdeen como dirección en la tarjeta de lector… John Biblia se puso en pie de repente. Ahora lo veía, veía la escena entre el bibliotecario y «Peter Manuel». El Advenedizo diciéndole que necesitaba hacer unas consultas; el bibliotecario pidiéndole los datos: domicilio, nombre… El Advenedizo sonrojándose, alegando que tenía el carnet en casa. «¿No puede ir a por él?» Imposible: venía de Aberdeen a pasar el día y era muy lejos. Y el bibliotecario había accedido a darle la tarjeta. Y, claro, el Advenedizo no tuvo más remedio que dar una dirección de Aberdeen.

Vivía en Aberdeen.

Animado, John Biblia cerró el baúl, volvió a colocar los cajones igual que antes y bajó. Le acongojaba que John Rebus estuviera tan cerca; tendría que trasladar el baúl…, mudarse. Se sentó a su mesa en el estudio. El Advenedizo parecía tener su base en Aberdeen, aunque su campo de acción fuera mayor. Había aprendido de sus primeros errores y ahora planeaba sus agresiones con más anticipación. ¿Escogía las víctimas al azar o seguía una pauta de conducta? Era más fácil elegir víctimas premeditadamente; pero, entonces, también era más fácil para la policía determinar la pauta y llegar a capturarle. Pero el Advenedizo era joven y tal vez aún no sabía eso. Al elegir «Peter Manuel» demostraba cierto engreimiento, para tomar el pelo a quien lo detectara. Una de dos: conocía a las víctimas o no las conocía. Dos caminos que seguir. Primer camino: suponiendo que las conociera podría existir cierta relación entre ellas que las vinculase al Advenedizo.

El Advenedizo podía ser un viajante: camionero, representante de una empresa o un empleo por el estilo. En Escocia se viaja mucho y los viajantes suelen ser hombres solitarios, que a veces recurren a una prostituta. La víctima de Edimburgo era una prostituta. Se alojan con frecuencia en hoteles. La víctima de Glasgow era camarera. La primera víctima -la de Aberdeen- no encajaba en el esquema.

¿O sí? ¿Había algo que la policía no había detectado, algo que él pudiera descubrir? Cogió el teléfono y llamó a Información.

– Es un número de Glasgow -dijo a la operadora.

Capítulo 14

En plena noche Stonehaven quedaba a escasos veinte minutos de Aberdeen en dirección sur; sobre todo con un loco al volante.

– Por muy pronto que lleguemos no habrá resucitado -dijo Rebus al conductor.

Y bien muerto estaba; en el baño de una pensión con derecho a desayuno, con un brazo colgando de la bañera, estilo Marat. El clásico corte de venas en las muñecas en sentido longitudinal. El agua de la bañera parecía fría, pero Rebus no se acercó demasiado, pues el brazo yerto había regado el suelo de sangre.

– La patrona no sabía que era él quien estaba en el cuarto de baño -le informó Lumsden-. Sabía que había alguien que llevaba mucho tiempo dentro, y como no contestaban fue a buscar a uno de los «muchachos»… los trabajadores del petróleo a los que atiende. Dice que pensaba que el señor Kane era también del petróleo. Bien, un huésped abrió la puerta y se encontraron con esta escena.

– ¿Y no hay nadie que haya visto u oído nada?

– El suicidio suele ser un asunto silencioso. Ven conmigo.

Cruzaron pasillos estrechos y subieron dos plantas hasta el dormitorio de Tony El. Estaba bastante aseado.

– La patrona pasa la aspiradora y cambia toallas y sábanas dos veces por semana. -Había una botella de whisky barato con el tapón puesto y con la quinta parte de su contenido, y un vaso vacío al lado-. Mira esto.

Rebus dirigió la mirada hacia el tocador. Todo un instrumental: jeringuilla, cuchara, algodón, mechero y una bolsita de plástico con polvo marrón.

– Me han dicho que la heroína vuelve a estar muy de moda -comentó Lumsden.

– No le he visto señales en los brazos -dijo Rebus, pero Lumsden afirmó con la cabeza, contradiciéndole, y él volvió al cuarto de baño a comprobarlo.

Sí, un par de pinchazos en la cara interna del antebrazo. Regresó a la habitación y se encontró a Lumsden sentado en la cama hojeando una revista.

– No hacía mucho que se drogaba -dijo Rebus-. Hay pocos pinchazos en los brazos. Y no hay navaja.

– Mira esto -dijo Lumsden, mostrándole la revista. Una mujer con una bolsa de plástico en la cabeza a quien penetraban por detrás-. No falta gente morbosa.

Rebus cogió la revista: Snuff Babes. En la contraportada leyó que «se preciaba» de estar editada en Estados Unidos. Aparte de ser ilegal, era el porno más duro que Rebus había visto en su vida. Páginas y más páginas de asesinatos ficticios con sexo incluido.

Lumsden sacó del bolsillo una bolsita de pruebas con un cuchillo manchado de sangre. Pero no uno corriente, era un Stanley.

– A mí no me parece un suicidio -dijo Rebus en voz baja.

Y a continuación explicó por qué: la visita a Tío Joe, la razón por la que su hijo recibía aquel apodo y la circunstancia de que Tony El había sido matón a sueldo de Tío Joe.

– La puerta estaba cerrada por dentro -arguyó Lumsden.

– Y no había sido forzada cuando yo llegué.

– ¿Entonces?

– Entonces, ¿cómo entró el «muchacho» de la patrona?

Llevó a Lumsden al cuarto de baño y examinaron la puerta: con un destornillador se abría y cerraba fácilmente por fuera.

– ¿Quieres que lo llevemos como homicidio? -preguntó Lumsden-. ¿Crees que ese Stanley se presentó aquí, mató al señor Kane, le arrastró pasillo adelante hasta el baño y allí le cortó las venas? Hay media docena de habitaciones en el trayecto y dos pisos… ¿No crees que alguien hubiera oído algo?

– ¿Les has preguntado?

– John, te he dicho que nadie vio nada.

– Y yo te digo que esto lleva la firma de Joseph Toal.

Lumsden meneaba la cabeza sin dar crédito. La revista enrollada asomaba por el bolsillo de la chaqueta.

– Yo lo único que veo es un suicidio. Y por lo que me has contado, me alegro de que el cabrón la haya palmado y punto.

Volvió en el mismo coche patrulla, contraviniendo de nuevo el límite de velocidad.

Ahora estaba completamente despierto. Paseó de arriba abajo por la habitación y se fumó tres cigarrillos. Tras las ventanas catedralicias la ciudad dormía. Aún funcionaba el canal de pago para adultos, y la otra opción era un partido de balonvolea en una playa de California. Por distraerse, sacó las octavillas de la manifestación. Eran deprimentes. En el mar del Norte la caballa y otras especies estaban ya «comercialmente extintas», y otras, entre ellas el eglefino, congénere del bacalao y base de la alimentación de aquella zona, habrían desaparecido a finales del milenio. Entretanto había en la zona cuatrocientas instalaciones petrolíferas que en su momento serían excedentes y si se optaba por hundirlas con sus metales pesados y productos químicos… adiós peces.

Probablemente, los peces estuvieran, de todos modos, condenados por los nitratos y fosfatos de las alcantarillas y los fertilizantes agrícolas que se vertían al mar. Se sentía peor que nunca y tiró las octavillas a la papelera, pero una fue a parar al suelo y la recogió. Anunciaba la convocatoria de una marcha de protesta el sábado y un concierto para recaudar fondos con figuras como los Dancing Pigs. La echó también a la papelera y decidió comprobar si tenía mensajes en el contestador de casa. Había dos llamadas de Ancram, exaltado y casi furioso, y una de Gill, diciéndole que llamase a cualquier hora. Eso hizo.

– Diga.

Hablaba como si tuviera la boca pegada.

– Perdona que sea tan tarde.

– John. -Miró la hora-. Es tan tarde que ya es pronto.

– Me decías en el mensaje…

– Sí, sí. -Parecía como si tratara de incorporarse en la cama, bostezando exageradamente-. Examinaron en Howdenhall ese bloc de notas con el ESDA, el método electrostático.

– ¿Y?

– Un número de teléfono.

– ¿De dónde?

– El prefijo es de Aberdeen.

Rebus sintió que un estremecimiento le recorría la espina dorsal.

– ¿De quién en concreto?

– Es el teléfono público de una discoteca. Espera, tengo el nombre apuntado… del club Burke's.

Ding-dong.

– ¿Te sugiere algo?

«No me va a sugerir… -pensó-; ahora resulta que estoy aquí trabajando en dos casos como mínimo.»

– ¿Un teléfono público, dices?

– Sí. Lo sé porque llamé, y no debe de estar lejos de la barra, a juzgar por el jaleo.

– Dame el número. -Gill se lo leyó-. ¿Algo más?

– Las huellas que había eran sólo de Fergie. Nada de interés en el ordenador, salvo que tenía un par de triquiñuelas fiscales.

– Atente a lo principal. ¿Y en el local del negocio?

– Nada de momento. John, ¿estás bien?

– Muy bien. ¿Por qué?

– Es que te noto… No sé, como lejano.

Rebus esbozó una sonrisa.

– Estoy aquí. Duerme un poco, Gill.

– Buenas noches, John.

– Buenas noches.

Decidió llamar a Lumsden a la comisaría. Eran las tres de la madrugada y estaría allí.

– Deberías estar en el país de los sueños -comentó Lumsden.

– Es que antes se me olvidó preguntarte una cosa.

– ¿Qué?

– Referente al club ese en que estuvimos, donde Michelle Strachan conoció a Johnny Biblia.

– ¿Burke's?

– Es que he pensado si es totalmente legal -añadió Rebus.

– Más o menos.

– ¿En qué sentido?

– Han pisado en alguna ocasión terreno resbaladizo y hubo algo de droga en el local, pero los dueños hicieron limpieza y creo que lo solucionaron.

– ¿Quiénes son los dueños?

– Dos yanquis. John, ¿a qué viene esto?

Rebus se inventó rápidamente una mentira.

– Porque el que pegó el salto en Edimburgo llevaba en el bolsillo un librillo de fósforos de Burke's.

– Es un lugar muy concurrido.

Rebus emitió un sonido de aceptación.

– Y los dueños, ¿cómo dijiste que se llamaban?

– No lo he dicho.

El tono era cauteloso.

– ¿Es un secreto?

Carcajada.

– Qué va.

– ¿O es que no quieres que los moleste?

– Santo Dios, John… -Suspiró de un modo exagerado-. Erik, con k final, Stemmons y Judd Fuller. No veo para qué tienes que hablar con ellos.

– Ni yo, Ludo. Sólo quería saber sus nombres. Ciao, baby -añadió en un mal remedo del acento norteamericano.

Colgó sonriendo y miró el reloj. Las tres y diez. College Street quedaba a cinco minutos de allí a pie. ¿Estaría aún abierto? Cogió el listín de teléfonos y comprobó el número: el mismo que le había dado Gill. Llamó y no contestaban. Decidió dejarlo… de momento.

Una espiral que se estrechaba: Alian Mitchison…, Johnny Biblia…, Tío Joe…, el cargamento de droga de Fergus McLure.

Beach Boys: God Only Knows [10], y More Trouble Every Day [11] de Zappa y The Mothers. Cogió la almohada del suelo, escuchó un minuto, la volvió a poner en la cabecera y se puso a dormir.

Se despertó pronto y sin ganas de desayunar, y fue a dar un paseo. Hacía una mañana espléndida. Las gaviotas picoteaban los restos de la noche pero las calles aún estaban desiertas. Caminó hasta Mercat Cross y tomó después por King Street. Sabía que iba más o menos en dirección de la casa de su tía, pero no era probable que la encontrara todavía en pie. Se vio de pronto ante un viejo edificio, una especie de escuela, con el cartel de ITRG marítimo. Le constaba que ITRG era el Instituto de Tecnología Robert Gordon, y que Alian Mitchison había cursado sus estudios en el ITRC-CSM, y, por otro lado, la primera víctima de Johnny Biblia había estudiado en la Universidad Robert Gordon, pero no sabía qué exactamente. ¿Los habría seguido en aquel edificio? Miró los muros de granito gris. Un primer asesinato en Aberdeen y las siguientes víctimas de Johnny Biblia en Glasgow y Edimburgo. ¿Qué significaba eso? ¿Tenía Aberdeen un significado concreto para el asesino? Había salido con su víctima de un club nocturno, y la acompañó hasta el parque Duthie, pero eso no significaba necesariamente que fuese de la ciudad; podía haberle indicado el camino la propia Michelle. Volvió a sacar el plano, localizó College Street y siguió con el dedo el itinerario desde el Burke's hasta el parque. Un buen paseo por una zona residencial sin que nadie los viera en todo el trayecto. ¿Habrían ido por calles secundarias? Dobló el plano y se lo guardó.

Siguió hasta más allá del hospital y llegó a la explanada, un amplio paseo con varios minigolf, boleras y pistas de tenis. Ya había madrugadores corriendo y paseando al perro. Caminó entre ellos. Unos espolones dividían la playa en pulcras secciones.

Era la parte de la ciudad más limpia que había visto, excepto por las pintadas: un artista que firmaba Zero se había prodigado en una auténtica exposición individual.

Zero el Fiero; un personaje sacado de algún relato… Bang. Dios, hacía años que no pensaba en esos porreros. Anarquía en el aire.

Al final de la explanada, junto al puerto, se alzaban un par de manzanas de viviendas, un pueblo dentro de la ciudad. En el interior de las manzanas se encontraban los correspondientes jardines mustios con cobertizos. Ladraban perros a su paso, y le recordaron las casitas de pescadores de Fife, pintadas de colores pero modestas. Paró un taxi que cruzaba el puerto y puso así fin a los recuerdos.

Había una manifestación ante la sede de T-Bird Oil. La joven con el cabello lleno de trencitas, tan persuasiva la víspera, estaba ahora sentada, cruzada de piernas, en el césped, fumando un pitillo liado, como si fuera su turno de descanso. El que la sustituía en el megáfono no lograba emular su ardor y elocuencia, pero sus compañeros le jaleaban. Puede que fuese lego en eso de las manifestaciones.

Dos policías de uniforme, tan jóvenes como los activistas, parlamentaban con tres o cuatro ecologistas de mono rojo y máscara antigás. Les decían que si se quitaban la máscara antigás la conversación resultaría más fácil, requiriéndoles que desalojaran los terrenos propiedad de T-Bird Oil, es decir, el trozo de césped en la entrada principal. Los manifestantes alegaban algo sobre infracción de las leyes de propiedad. Lo último era añadir conocimientos legales a la defensa del territorio. Una especie de regla de combate sin armas para el recluta.

Le ofrecieron las mismas octavillas del día anterior.

– Ya tengo -dijo Rebus con una sonrisa.

La de las trencitas alzó la vista y entrecerró los ojos como si estuviera haciendo una foto.

En la zona de recepción había un tipo filmando la manifestación tras los cristales. Para la policía o para el archivo de T-Bird Oil. Stuart Minchell le estaba esperando.

– ¿No es increíble? -exclamó-. Me han dicho que hay grupos como éste delante de todas las Seis Hermanas y hasta de empresas más modestas como nosotros.

– ¿Las Seis Hermanas?

– Los grandes del mar del Norte. Exxon, Shell, BP, Mobil… y otras dos que no recuerdo. ¿Listo para el viaje?

– No sé qué decirle. ¿Podré echar una siestecita?

– Puede que no sea muy tranquilo. La buena noticia es que tenemos un avión que va allí y así no tendrá que volar en helicóptero… hoy, al menos. Irá hasta Scatsta, que es una antigua base de la RAF. Así se ahorra la molestia de transbordar en Sumburgh.

– ¿Y queda cerca de Sullom Voe?

– Al ladito. Le recogerán a la llegada.

– Se lo agradezco, señor Minchell.

Minchell se encogió de hombros.

– ¿Conoce las Shetland? -Rebus negó con la cabeza-. Bueno, seguramente no verá gran cosa; lo que atisbe desde el aire. Recuerde que en cuanto despegue ya no está en Escocia y que no es más que un sureño volando millas y millas hacia la nada.

Capítulo 15

Minchell lo llevó al aeropuerto de Dyce. Era un avión de dos motores a hélice de catorce plazas, pero aquel día sólo llevaba seis pasajeros. Cuatro de ellos iban con traje, y de inmediato abrieron sus carteras para sacar papeles, informes, calculadoras, bolígrafos y portátiles. Había otro con una pelliza de borrego, que no iba, como habría dicho el resto, «vestido decentemente». Con las manos en los bolsillos, miraba por la ventanilla. Rebus, que no tenía ningún inconveniente en ocupar el asiento del pasillo, se acomodó a su lado.

El hombre trató de disuadirle con la mirada. Tenía los ojos enrojecidos y una barba grisácea. Rebus, ni corto ni perezoso, se ajustó el cinturón de seguridad y él lanzó un gruñido, aunque enderezándose en el asiento y dejándole medio apoyabrazos, tras lo cual volvió a concentrarse en mirar por la ventanilla. Un coche se acercaba al avión.

Sonó el motor y las hélices comenzaron a girar. En la cola había una azafata junto a la puerta aún abierta. El de la pelliza apartó la vista de la ventanilla y se volvió hacia el grupo de los trajeados.

– Preparaos para jiñaros -dijo, soltando una carcajada.

Rebus sintió en su rostro los efluvios del whisky de la noche y se alegró de no haber desayunado.

Un último pasajero subía a bordo. Asomó la cabeza por el pasillo y vio que era el mayor Weir, con falda escocesa y su correspondiente escarcela. Los trajeados se estremecieron, mientras el de la pelliza continuaba riéndose por lo bajo. Cerraron la puerta de golpe y en cuestión de segundos el avión rodaba por la pista.

Rebus, que detestaba volar, procuró imaginarse de pasajero en un simpático tren en tierra firme sin ninguna intención de despegar hacia las alturas.

– Si continúa agarrando con esa fuerza el maldito apoyabrazos lo va a arrancar -dijo su vecino.

El despegue fue como rodar por un camino de tierra. Rebus notaba como si los empastes se le fueran a caer y oía el traqueteo de tuercas y soldaduras. Pero el aparato acabó por estabilizarse y todo fue como la seda. Respiró tranquilo de nuevo y vio que las manos y la frente le sudaban. Reguló el dispositivo del aire que había encima del asiento.

– ¿Mejor? -preguntó el de la pelliza.

– Sí -contestó él.

Notó cómo se plegaba el tren de aterrizaje y se cerraba la compuerta. El de la pelliza le dio una detallada explicación de los ruidos y Rebus asintió con la cabeza agradecido, y oyó que la azafata decía desde el final del pasillo:

– Mayor, si hubiéramos sabido que venía usted habríamos preparado café. Lo lamento.

Se oyó un gruñido por toda respuesta; los trajeados seguían pendientes de su trabajo pero no parecían concentrarse. Una turbulencia zarandeó el aparato y Rebus volvió a aferrarse al apoyabrazos.

– Miedo a volar -comentó el de la pelliza con un guiño.

Rebus era consciente de que lo mejor era distraerse.

– ¿Trabaja en Sullom Voe? -dijo.

– Lo dirijo, prácticamente. No trabajo para ésos -añadió señalando con la cabeza a los trajeados-. Voy en su avión pero trabajo para el consorcio.

– ¿Las Seis Hermanas?

– Y los demás. Treinta y pico en el último recuento.

– Mire, yo no sé nada de Sullom Voe.

– ¿Es periodista? -replicó el de la pelliza, mirándole de soslayo.

– Soy de la policía criminal.

– Me da igual mientras no sea periodista. Yo soy el jefe suplente de mantenimiento. En la prensa siempre están dándonos la lata de que si roturas de tuberías, que si escapes, que si filtraciones… Pero las únicas filtraciones de mi terminal son las de los putos periódicos. -Volvió a mirar por la ventanilla como si la conversación hubiese terminado. Pero al cabo de un minuto volvió al ataque-. A la terminal llegan dos oleoductos. De Brent y Ninian, aparte de lo que descargan los petroleros. Con los cuatro muelles de atraque casi no damos abasto. Llevo allí desde el principio, en 1973. Cuatro años después de que los primeros barcos de prospección llegaran a Lerwick. Joder, tendría que haber visto la cara que ponían los pescadores. Seguramente pensaban que no iba a haber nada de nada. Pero ya lo creo que se encontró petróleo y bastante; fue una puja de la hostia con las islas, pero al consorcio le sacaron hasta el último céntimo. Hasta el último céntimo.

Su rostro se relajaba a medida que hablaba, y Rebus pensó que quizá seguía borracho, porque charlaba en voz baja, mirando casi constantemente por la ventanilla.

– Tendría que haber visto este lugar en los setenta, muchacho. Parecía Klondike: sólo un montón de remolques y chabolas, y las carreteras eran un auténtico barrizal. Nos cortaban la luz, faltaba agua potable y los de aquí nos odiaban a muerte. Una delicia. No había más que un pub y los víveres los traía el consorcio en helicóptero como si estuviésemos en guerra. Qué cojones, casi lo estábamos.

Se volvió hacia Rebus.

– Y el tiempo… el viento te desollaba la cara.

– Entonces, ¿no habría hecho falta que me trajera la maquinilla de afeitar?

El hombretón lanzó un resoplido.

– ¿A qué va a Sullom Voe?

– Una muerte en circunstancias sospechosas.

– ¿En Shetland?

– En Edimburgo.

– ¿Muy sospechosa?

– Quizá no, pero hay que comprobarlo.

– Sí, ya sé. Igual que aquí; hacemos al día miles de comprobaciones, sean necesarias o no. El otro día, en la zona de enfriamiento del LPG sospechábamos una avería; sospechábamos, repito. Bueno, pues Dios sabe la gente que tuvimos de guardia. Claro, porque está cerca del depósito de crudo.

Rebus asintió con la cabeza, sin estar muy seguro de lo que el otro decía. Le parecía que volvía a divagar y decidió centrarle.

– El difunto trabajó un tiempo en Sullom Voe. Alian Mitchison.

– ¿Mitchison?

– De mantenimiento, creo.

El de la pelliza agitó la cabeza.

– Ese nombre no me… No.

– ¿Y Jake Harley? Trabaja en Sullom Voe.

– Ah, sí, a ése le conozco. No me gusta mucho, pero le conozco.

– ¿Por qué no le gusta?

– Es de esos cabrones de los verdes. Ecologistas, ¿sabe usted? -añadió con despecho-. ¿Qué carajo nos ha dado a nosotros la ecología?

– ¿Así que le conoce?

– ¿A quién?

– A Jake Harley.

– Eso he dicho, ¿no?

– Está de vacaciones, haciendo senderismo.

– ¿En Shetland? -Rebus asintió con la cabeza-. Sí, no me extraña. Siempre está hablando de arqueología y cosas de ésas, y de observar a los pájaros. Los únicos pájaros que me paso yo el día observando no tienen plumas, se lo digo yo.

Rebus pensó: «Este tío es peor que yo».

– Pues sí, senderismo y observando pájaros. ¿Tiene idea de dónde puede estar?

– Pues donde van ellos. En el terminal hay unos cuantos observadores de pájaros. Es como el control de polución. Sabemos que lo estamos haciendo bien si los pájaros no la diñan. Como pasó con el Negrita -añadió, casi mordiendo la última sílaba y atragantándose-. Mire, lo que sucede es que los vientos y las corrientes son tan fuertes que lo dispersan todo. Como cuando el Braer. Alguien me dijo que en Shetland el viento cambia totalmente cada cuarto de hora. Condiciones ideales de dispersión. Y, qué cojones, si al fin y al cabo sólo son pájaros. Puestos a pensarlo, ¿para qué sirven?

Apoyó la cabeza en la ventanilla.

– Cuando lleguemos al terminal le consigo un mapa y le marco los sitios donde puede estar…

Segundos después había cerrado los ojos. Rebus se levantó y fue al váter de cola. Al pasar ante el mayor Weir, sentado en la última fila, vio que estaba enfrascado en la lectura del Financial Times. El retrete era como un ataúd infantil. Si hubiera estado más gordo habría tenido que ponerse a dieta. Se sonrojó, pensando en que sus orines iban a parar al mar del Norte… en lo que a polución respecta, una gota en el océano. Abrió la puerta acordeón y se sentó en la fila de al lado del mayor en la butaca que había ocupado la azafata, en aquel momento en la cabina del piloto.

– ¿Algún acierto en las carreras de caballos?

El mayor Weir alzó la vista del periódico y ladeó la cabeza para observar a aquella extraña criatura. No tardó más de medio minuto, pero no dijo nada.

– Nos conocimos ayer -añadió él-. Soy el inspector Rebus. Sé que usted habla poco… pero llevo un bloc de notas si lo precisa -apostilló, dándose unas palmaditas en la chaqueta.

– Inspector, ¿cuando está fuera de servicio se dedica al teatro?

Era una voz refinada y cortés. Pero también seca y algo cascada.

– ¿Me permite una pregunta, mayor? ¿Por qué ha puesto nombre de torta de avena a su campo petrolífero?

Weir enrojeció de cólera.

– ¡Es la abreviatura de Bannockburn!

Rebus asintió con la cabeza.

– ¿Una de las batallas que ganamos? -dijo.

– ¿No conoce su historia, amiguito? -Rebus se encogió de hombros-. Le juro que a veces es desesperante. ¡Es usted escocés!

– ¿Y bien?

– ¡El pasado tiene su importancia! Hay que conocerlo para aprender.

– Aprender, ¿qué, señor?

Weir lanzó un suspiro.

– Como decía un poeta, un poeta escocés que hablaba sobre lenguaje, de nosotros los escoceses, que somos «seres domados por la crueldad». ¿Comprende?

– No acabo de verlo claro.

– ¿Es bebedor? -añadió Weir, ceñudo.

– Abstemio es mi segundo nombre. -El mayor emitió un gruñido de satisfacción-. Lo malo es -añadió Rebus- que el primero es Nada-de-eso.

El viejo captó finalmente la broma y esbozó a regañadientes una torva sonrisa. La primera que veía Rebus.

– El caso es, señor, que he venido aquí…

– Sé a qué ha venido, inspector. Ayer, al verlo, le dije a Hayden Fletcher que averiguase quién era.

– ¿Puedo preguntar por qué?

– Porque no paraba usted de mirarme en el ascensor. Y no estoy acostumbrado a semejante comportamiento. Eso significaba que no trabajaba para mí y como iba con mi jefe de personal…

– ¿Pensó que buscaba un empleo?

– Quería asegurarme de que no se lo daban.

– Me halaga.

El mayor volvió a mirarle.

– ¿Por qué le envía mi empresa a Sullom Voe?

– Quiero hablar con un amigo de Mitchison.

– Alian Mitchison.

– ¿Le conocía?

– No diga tonterías. Me informó Minchell ayer por la tarde. Me gusta saber todo lo que sucede en mi empresa. Quiero hacerle una pregunta.

– Adelante.

– ¿Podría tener algo que ver T-Bird Oil con la muerte del señor Mitchison?

– De momento… no creo.

El mayor Weir hizo una inclinación de cabeza y levantó el periódico a la altura de los ojos. La conversación había terminado.

Capítulo 16

– Bienvenido a Mainland -dijo el guía de Rebus, al pie de pista.

El mayor Weir se alejó a toda velocidad en un Ranger Rover. Junto a ellos había una fila de helicópteros parados. El viento era… serio. Sacudía las palas de los rotores de los helicópteros y aullaba en los oídos de Rebus. El viento de Edimburgo era un profesional y había veces en que al salir de casa era como si te dieran un puñetazo, pero el viento de Shetland… parecía que fuera a levantarte y darte una tunda.

El descenso había sido movido, pero antes pudo divisar por primera vez las Shetland. La nada más absoluta. Apenas un árbol y muchas ovejas. Y un espectacular litoral desierto donde rompían blancas olas. Se preguntó si la erosión sería un problema. Las islas no eran precisamente grandes. Pasaron por el este de Lerwick y a continuación por algunas ciudades dormitorio que, según el de la pelliza, eran aldeas en los años setenta. Acababa de despertarse y volvió al ataque con más anécdotas.

– ¿Sabe lo que hicimos? Me refiero a la industria del petróleo. Mantuvimos a Maggie Thatcher en el poder. Los ingresos del petróleo sirvieron para compensar la reducción de impuestos. Asimismo, pagaron la guerra de las Malvinas. El petróleo corrió por las venas de todo su puto reinado y ella ni nos dio las gracias. Ni una sola vez, la mala puta. Pero es inevitable que le guste a uno -espetó, echándose a reír.

– Creo que hay un antídoto -dijo Rebus; pero el de la pelliza no le escuchaba.

– El petróleo y la política son inseparables. Las sanciones contra Irak eran sólo para impedir que llenara el mercado de petróleo barato. -Hizo una pausa-. Los cabrones de los noruegos.

– ¿Los noruegos? -preguntó Rebus perplejo.

– Ellos también tienen petróleo, pero metieron el dinero en el banco y lo emplearon en impulsar otras industrias. Maggie lo gastó en la guerra y las putas elecciones…

Después de Lerwick volvieron a salir a mar abierto. El de la pelliza señaló unos barcos. Unos putos barcos.

– De Klondiker -precisó-. Barcos factoría para procesar pescado. Probablemente hacen más daño al medio ambiente que toda la industria petrolera del mar del Norte. Pero los de aquí dejan que sigan y les importa un pito. La pesca es para ellos una tradición…, no como el petróleo. Bah, que les den por culo.

Se separaron en la pista sin que el hombre le hubiera dicho cómo se llamaba. A Rebus le esperaba un tipo que esgrimía una discreta sonrisa dentona: «Bienvenido a Mainland», le dijo. En el coche, camino del terminal de Sullom Voe, le explicó a qué se refería.

– Esto es lo que los de Shetland llaman isla principal, Mainland, diferente de la tierra firme, mainland con eme minúscula -añadió con un resoplido a guisa de carcajada y limpiándose la nariz con la manga de la chaqueta.

Parecía un crío que ha cogido el coche de papá: inclinado sobre el volante que agarraba con todas sus fuerzas. Se llamaba Walter Rowbotham y era nuevo en el Departamento de Relaciones Públicas de Sullom Voe.

– Le enseñaré todo esto con mucho gusto, inspector -dijo sin dejar de sonreír con ánimo de congraciarse.

– Si nos queda tiempo -comentó Rebus.

– Con mucho gusto, de verdad. Sabrá usted que la construcción del terminal costó mil trescientos millones. De libras, no dólares.

– Interesante.

El rostro de Rowbotham prácticamente se iluminó al oír el comentario.

– El primer crudo comenzó a llegar a Sullom Voe en 1978. La empresa da trabajo a muchas personas y ha contribuido enormemente a reducir la tasa de paro en Shetland, que es de un cuatro por ciento, la mitad de la de Escocia.

– Dígame una cosa, señor Rowbotham.

– Llámeme Walter, por favor. O Walt, si prefiere.

– Walt, ¿han vuelto a tener problemas con el enfriamiento del LPG? -dijo Rebus sonriente.

El rostro de Rowbotham se arrugó como una remolacha en conserva. «Caray -pensó Rebus-, les va a encantar a los periodistas…»

Tuvieron que recorrer en coche la mitad de las instalaciones para llegar hasta donde Rebus quería, por lo que tuvo que seguir escuchando a su cicerone y aprendió más de lo que hubiera podido imaginar sobre desbutanizar, desmetanizar y despropanizar, aparte de detalles sobre depósitos de rebose y medidores de integridad. «¿No sería fantástico -pensó- disponer de medidores de integridad para seres humanos?»

En el edificio de la administración general les dijeron que Jake Harley trabajaba en la sala de control de producción, y que sus compañeros estaban advertidos de que iba a hablarles un policía. Cruzaron los oleoductos de llegada de crudo, la estación de alimentación y el depósito terminal, y en un momento dado Walt dijo que pensaba que se habían perdido, aunque logró orientarse con el plano.

Afortunadamente, porque Sullom Voe era enorme. Se tardaron siete años en construirlo superando toda clase de récords (que Walt se sabía de memoria) y Rebus se rindió a la evidencia de que era un monstruo impresionante. Él había pasado muchas veces por Grangemouth y Mossmorran, pero no tenían punto de comparación. Mirando más allá de los depósitos de crudo y los muelles de descarga, se veía agua, la propia bahía al sur y la isla de Gluss al oeste, lo que producía la agradable impresión de naturaleza virgen. Era como una ciudad de ciencia ficción trasladada a la prehistoria.

La sala de control del terminal debía de ser el lugar más tranquilo en que Rebus había estado en su vida. En el centro, había dos hombres y una mujer sentados ante sus ordenadores; las paredes estaban cubiertas de organigramas electrónicos con luces parpadeantes y silenciosas que indicaban los flujos de gas y petróleo. Tan sólo se oía el ruido que producían los dedos al teclear y alguna conversación en voz baja. Walt tomó la iniciativa de presentar a Rebus -quien, de pronto, se había sosegado como si estuviera en una iglesia en pleno oficio religioso- y se dirigió a la consola central para hablar en voz queda con los tres oficiantes.

El mayor de los dos hombres se levantó y se acercó a Rebus a darle la mano.

– Milne, inspector. ¿En qué puedo servirle?

– Señor Milne, en realidad quería hablar con Jake Harley, pero, dada su ausencia, quizás usted pueda decirme algo de él. Concretamente de su amistad con Alian Mitchison.

Milne vestía una camisa a cuadros con las mangas arremangadas, y se rascaba un brazo mientras Rebus le exponía el motivo de su visita. Contaba algo más de treinta años, llevaba el cabello pelirrojo despeinado y tenía antiguas marcas de acné en la cara. Hizo una inclinación de cabeza, levemente girado hacia sus compañeros, asumiendo el papel de portavoz.

– Bueno, los tres trabajamos con Jake, así que podemos hablarle de él. Yo no conocía muy bien a Alian, aunque él me lo presentó en cierta ocasión.

– A mí no creo que me lo presentara -dijo la mujer.

– Yo le vi una vez -añadió el tercer empleado.

– Alian estuvo trabajando aquí sólo dos o tres meses -prosiguió Milne-. Y lo único que sé es que hizo amistad con Jake -agregó, encogiéndose de hombros.

– Si eran amigos, tendrían algo en común. ¿Observar a los pájaros?

– No creo.

– Las excursiones -terció la mujer.

– Ah, sí -comentó Milne con una leve inclinación de cabeza-. Claro, en un sitio como éste siempre se acaba por hablar de ecología más pronto o más tarde; el tema preocupa.

– ¿Está muy concienciado Jake?

– No en especial -dijo Milne, mirando a sus compañeros, quienes le apoyaron negando con la cabeza.

Rebus advirtió que todos hablaban en voz baja.

– ¿Es aquí mismo donde trabaja Jake?

– Exactamente. En turnos alternos.

– Es decir, que a veces coinciden…

– Y a veces no.

Rebus asintió con la cabeza. No estaba sacando nada en limpio, ni sabía si realmente estaba convencido de que iba a averiguar nada. Así que Mitchison había estado relacionado con la ecología… Pues vaya cosa. Allí se estaba bien, era relajante. Había dejado atrás Edimburgo con todos los problemas y lo notaba.

– Este trabajo parece un chollo -dijo-. ¿Admiten solicitudes?

– Tendrá que darse prisa -comentó Milne sonriente-. ¿Quién sabe cuánto durará el petróleo?

– No se acabará de la noche a la mañana, ¿verdad?

Milne se encogió de hombros.

– Depende de los costes de extracción. Ahora las empresas comienzan a hacer prospecciones al oeste, lo que llaman el petróleo atlántico. Y ya está llegando crudo del oeste de Shetland a Flotta.

– En Orkney -puntualizó la mujer.

– Se llevaron ellos la concesión -prosiguió Milne-. Allí, dentro de cinco o diez años el margen de beneficio será más sustancioso.

– ¿Y se irán del mar del Norte?

Asintieron con la cabeza como un solo hombre.

– ¿Ha hablado usted con Briony? -inquirió la mujer de pronto.

– ¿Quién es Briony?

– La… bueno, no está casada con Jake, ¿verdad? -añadió, dirigiéndose a Milne.

– Una novia, creo -agregó éste.

– ¿Dónde vive? -preguntó Rebus.

– Comparte una casa con Jake, en Brae -respondió Milne-. Trabaja en la piscina.

Rebus se volvió hacia Walt.

– ¿Está muy lejos?

– A unos diez kilómetros. -Lléveme allí.

Pasaron primero por la piscina, pero no estaba de turno y les indicaron dónde quedaba la casa. Brae parecía pasar por una crisis de identidad, como si de pronto hubiese tenido que cambiar. Las casas eran nuevas y anodinas; se notaba que había dinero, pero el dinero no lo compra todo y era imposible que Brae volviera a ser el pueblo de antaño, cuando aún no existía el terminal de Sullom Voe.

Encontraron la casa y Rebus le indicó a Walt que aguardase en el coche. Le abrió una joven veinteañera con pantalón de chándal y una camiseta de tirantes blanca. Iba descalza.

– ¿Briony? -preguntó Rebus.

– Sí.

– Perdone, pero no sé su apellido. ¿Puedo pasar?

– No. ¿Quién es usted?

– El inspector John Rebus -dijo, mostrando su identificación-. Se trata de Alian Mitchison.

– ¿De Mitch? ¿Qué sucede?

Había muchas respuestas a la pregunta y Rebus escogió una.

– Ha muerto.

Vio que ella palidecía y se agarraba a la puerta para sostenerse, pero no le dijo que entrara.

– ¿Desea sentarse? -aventuró Rebus.

– ¿Qué le ha sucedido?

– No lo sabemos exactamente; por eso quería hablar con Jake.

– ¿No lo saben exactamente?

– Podría tratarse de un accidente. Estoy intentando averiguar cosas sobre él.

– Jake no está.

– Lo sé. He intentado ponerme en contacto con él.

– Llamaron varias veces del Departamento de Personal.

– A petición mía.

La mujer asintió repetidamente con la cabeza.

– Pues él aún no ha regresado -añadió, sin apartar el brazo del marco de la puerta.

– ¿Podría darle un recado?

– Yo no sé dónde está. -A medida que hablaba sus mejillas iban recobrando el color-. Pobre Mitch.

– ¿Y Jake, no tiene usted idea de dónde puede estar?

– Se va por ahí a veces sin rumbo determinado.

– ¿Y no llama?

– Él necesita su territorio. Igual que yo; el mío es la natación, y el de Jake el senderismo.

– ¿Cuándo vuelve, mañana…, pasado?

– A saber -contestó ella, alzando los hombros.

Rebus sacó del bolsillo su bloc de notas, escribió unas líneas y arrancó la página.

– Tenga. Son dos números de teléfono. Dígale que me llame.

– Muy bien.

– Gracias. -Miraba la hoja, incapaz de llorar-. Briony, ¿hay algo que pueda usted decirme sobre Mitch? ¿Algún detalle que ayude en la investigación?

Alzó la vista del papel y se le quedó mirando.

– No -respondió, y a continuación le cerró despacio en las narices.

En el último instante sus miradas se cruzaron y en sus ojos Rebus vio algo que no era desconcierto ni pena.

Miedo, le pareció. Y un fondo calculador.

Sintió de pronto que tenía hambre y que le apetecía tomar un café. Fueron a comer a la cantina de Sullom Voe. Era un local blanco, limpio y espacioso con macetas y carteles de prohibido fumar. Walt seguía parloteando acerca de que Shetland seguía siendo más nórdica que escocesa; prueba de ello era que la mayoría de los topónimos eran noruegos. A Rebus le parecía el fin del mundo, lo cual le complacía. Le dijo a Walt lo que había hablado en el avión con el de la pelliza.

– Ah, ése debe de ser Mike Sutcliffe.

Rebus pidió que le llevara a verle.

Mike Sutcliffe había cambiado su pelliza de borrego por un impecable atuendo de trabajo. Le encontraron inmerso en una acalorada conversación junto a los depósitos de lastre de agua. Dos subalternos le escuchaban decir la poca diferencia que representaría sustituirles por un par de simios, a la par que hacía aspavientos mirando los depósitos y señalaba después los muelles, en uno de los cuales se veía un petrolero de tamaño no inferior a seis campos de fútbol. Al ver al inspector, Sutcliffe perdió el hilo del discurso; despidió a los trabajadores y echó a andar; pero tenía necesariamente que pasar por donde él estaba.

Rebus esgrimió su mejor sonrisa.

– Señor Sutcliffe, ¿me ha conseguido ese mapa?

– ¿Qué mapa? -replicó Sutcliffe sin detenerse.

– Me dijo que tenía alguna idea de dónde dar con Jake Harley.

– ¿Ah, sí?

Casi tenía que correr para mantenerse a su altura. Ya no sonreía.

– Claro que sí -espetó con brusquedad.

Sutcliffe se detuvo de pronto y Rebus lo rebasó por inercia.

– Escuche, inspector, en este momento estoy hasta las gónadas de líos. Ahora no tengo tiempo.

Y se largó sin dignarse a mirarle. Rebus le siguió sin decir palabra durante unos cien metros hasta que se cansó. Pero Sutcliffe continuó como si fuera a llegar al final del muelle y seguir caminando sobre las aguas si era preciso.

Rebus volvió junto a Walt, pensativo. Aquello era poco menos que echarle a patadas. ¿Por qué habría cambiado así de actitud? Le vino a la mente la imagen de un viejo de pelo blanco con falda escocesa y escarcela. Sí, debía de ser eso.

Walt le acompañó al edificio principal de la administración, y le dejó en un despacho con teléfono, diciéndole que iba a buscar café. Rebus cerró la puerta y tomó posesión de una mesa. Las paredes estaban invadidas por enormes fotos con plataformas petrolíferas, petroleros, oleoductos y el enclave de Sullom Voe; había montones de folletos de propaganda y, sobre un escritorio, la maqueta de un superpetrolero. Pidió línea y llamó a Edimburgo, buscando un término medio entre cierta diplomacia y un cuento chino, pero llegó a la conclusión de que ganaría tiempo diciendo la verdad.

Mairie Henderson estaba en casa.

– Mairie, soy John Rebus.

– Válgame Dios.

– ¿Cómo no estás en el trabajo?

– ¿Es que no has oído hablar de la oficina portátil? Con el fax, un módem y el teléfono lo tienes resuelto. Escucha, estás en deuda conmigo.

– ¿Cómo es eso? -replicó Rebus intentando parecer ofendido.

– Todo aquel trabajo que hice por ti y al final, de artículo nada. No es precisamente un toma y daca. Los periodistas tenemos memoria de elefante.

– Te filtré la dimisión de sir Ian.

– Sí, hora y media antes de que lo supieran los demás. Y, además, no era precisamente el crimen del siglo. Sé que me ocultas información.

– Mairie, me duele que digas eso.

– Me alegro. Y ahora dime que me llamas por cortesía.

– Totalmente. ¿Qué tal estás?

Se oyó un suspiro.

– ¿Qué quieres?

Rebus giró ciento ochenta grados en el sillón. Era cómodo; ideal para dormir.

– Necesito que escarbes un poco.

– Vaya, qué sorpresa más inesperada.

– Su nombre es Weir. Y se hace llamar mayor Weir, pero puede ser un rango espúreo.

– ¿T-Bird Oil?

Mairie era una periodista excepcional.

– Exacto.

– Hizo un discurso en ese congreso.

– Bueno, se lo leyó un tipo.

Una pausa. Rebus se estremeció.

– John, ¿estás en Aberdeen?

– Algo así -admitió.

– Cuéntame.

– Después.

– Y si hay una historia…

– Serás la primera en la parrilla de salida.

– ¿Con algo más de ventaja que los noventa minutos de la última vez?

– Dalo por hecho.

Silencio. Ella era consciente de que podía ser mentira. Como periodista sabía bastante de eso.

– De acuerdo. ¿Qué quieres saber de Weir?

– No sé. Todo. Lo interesante.

– ¿Negocios o vida privada?

– Ambas cosas; sobre todo, negocios.

– ¿Tienes un número de teléfono ahí en Aberdeen?

– Mairie, no estoy en Aberdeen; por si alguien te pregunta. Volveré a llamarte.

– Me han dicho que reabren el caso Spaven.

– Una simple investigación interna.

– ¿Previa a una revisión?

Entró Walt con dos cafés y Rebus se levantó.

– Escucha, tengo que dejarte.

– ¿Te ha comido la lengua el gato?

– Adiós, Mairie.

– He comprobado que su avión sale dentro de una hora -dijo Walt. Rebus asintió con la cabeza y cogió el café-. Espero que le haya gustado la visita.

«Joder -pensó Rebus-, lo dice en serio.»

Capítulo 17

Aquella noche, una vez recuperado del vuelo de regreso a Dyce, Rebus comió en el mismo restaurante indio que Alian Mitchison. Y no fue por casualidad; quería ver por sí mismo el lugar. La comida no estaba mal: empanada de pollo ni mejor ni peor que la que se comía en Edimburgo. Los clientes eran parejas jóvenes y de mediana edad que conversaban en voz baja. No parecía el tipo de restaurante para ir de parranda tras quince días en el mar, sino más bien un lugar para pensar, si uno cenaba solo, naturalmente. Cuando le trajeron la cuenta recordó los cargos en la tarjeta de crédito de Mitchison y comprobó que eran el doble de lo que él había gastado.

Enseñó su identificación de policía y pidió hablar con el encargado. El hombre llegó renuente a la mesa con la sonrisa pintada en el rostro.

– ¿Hay algún problema, señor?

– No -dijo Rebus.

El hombre se disponía a romper la nota, cuando Rebus le detuvo.

– No; lo abonaré -dijo-. Sólo quería hacerle unas preguntas.

– Por supuesto. Usted dirá. -Se sentó en la otra silla frente a él-. ¿En qué puedo servirle?

– Un joven llamado Alian Mitchison solía cenar aquí más o menos cada dos semanas.

El hombre asintió con la cabeza.

– Ya vino un policía preguntando.

Del DIC de Aberdeen; Bain ordenó que comprobasen datos de Mitchison y habían cursado un informe casi en blanco.

– ¿Le recuerda usted? Me refiero al cliente.

– Un joven muy amable -contestó el hombre, asintiendo varias veces con la cabeza-. Le habré visto unas diez veces.

– ¿Solo?

– A veces solo y a veces con una señora.

– ¿Podría describírmela?

Negó con la cabeza. Un estrépito en la cocina lo distrajo.

– Únicamente puedo decirle que no siempre venía solo.

– ¿Y por qué no se lo mencionó al otro policía?

El hombre se le quedó mirando como si no hubiese entendido la pregunta, mientras se ponía en pie, claramente preocupado por lo ocurrido en la cocina.

– Sí que se lo dije -respondió, alejándose.

Un detalle que el DIC de Aberdeen había omitido expresamente en el informe…

Había otro gorila en la puerta del Burke's, así que tuvo que pagar la entrada. Era la noche de los setenta, y se daban premios a los mejores disfraces. Observó el desfile de zapatos con plataforma, pantalones de pata de elefante, minifaldas y maxifaldas y corbatas estrechas. Una pesadilla: le recordaba las fotos de su boda. Había un Travolta de Fiebre del sábado noche y una chica bastante parecida a la Jodie Foster de Taxi Driver.

La música era una mezcla de disco kitsch y rock regresivo: Chic, Donna Summer, Mud, Showaddywaddy y Rubettes, intercalados con Rod Stewart, Rolling Stones, Status Quo y ráfagas del Hi-Ho Silver Lining de Hawkwind.

Jeff Beck: ¡El remate!

La vieja canción le hizo volver al pasado. El pinchadiscos tenía el Connection de Montrose, una de las mejores versiones de la canción de los Stones. Una noche él la estuvo escuchando en el barracón del Ejército en un radiocasete Sanyo, con un solo auricular para que no le oyeran, y por la mañana estaba sordo de un oído. Desde entonces cada noche cambiaba el auricular de lado para no quedarse sordo de verdad.

Se sentó a la barra. Era como la barrera desde donde hombres solos admiraban en silencio la pista. Los compartimientos y las mesas estaban reservados a parejas y fiestas de empresas; las mujeres chillaban como si realmente se divirtieran. Vestían tops escotados y faldas cortas ajustadas y con aquella escasa luz parecían todas estupendas. Pensó que estaba bebiendo demasiado deprisa; echó más agua al whisky y pidió hielo al camarero. Estaba en el extremo de la barra, a menos de dos metros del teléfono público. Imposible hablar con la música a todo volumen y, de momento, no había tregua. Eso le hizo pensar que el único momento razonable para llamar sería fuera de horas, cuando cesara el jaleo. Pero entonces no habría clientes; sólo el personal…

Se levantó y dio una vuelta en torno a la pista. Un letrero indicaba un pasillo para ir a los servicios. Se dirigió hacia allí y nada más entrar oyó en uno de los cubículos a alguien esnifando. Se lavó las manos y esperó. Oyó la descarga de la cisterna y el pestillo al abrirse la puerta y dar paso a un joven trajeado. Rebus le enseñó la placa.

– Queda detenido. Cualquier cosa que diga…

– ¡Eh, oiga! -protestó el joven.

Aún tenía restos de polvo blanco en la nariz. Veintitantos años; ejecutivo de baja categoría, aspirante a la mediana. Chaqueta nueva pero no cara. Le empujó contra la pared, dirigió el secador de manos a su rostro y apretó el botón del aire.

– ¿Y este polvo qué?

El individuo apartó la cara del calor. Temblaba como un flan sin saber qué decir.

– Una pregunta -dijo Rebus- y te largas… ¿Cómo dice la canción? Libre como un pájaro. Una pregunta.

El hombre asintió con la cabeza.

– ¿Qué?

Rebus aumentó la presión de la mano.

– La droga -dijo.

– Sólo la tomo los viernes por la noche.

– ¿De dónde la sacaste la última vez?

– De uno que a veces viene por aquí.

– ¿Está hoy?

– No lo he visto.

– ¿Qué aspecto tiene?

– Corriente; nada de particular. Usted dijo una pregunta.

– Te mentí -replicó Rebus, soltándole.

El hombre dio un resoplido y se estiró la chaqueta.

– ¿Puedo irme?

– Largo.

Se lavó las manos y se aflojó el nudo de la corbata para desabrocharse el primer botón. Que se fuera con el de la farlopa. Se marcharía; o quizá se quejase a la dirección. Tal vez procuraban que no hubiera esa clase de incidentes. Salió de los servicios y buscó las oficinas, pero no veía ninguna puerta. En el vestíbulo había una escalera con un gorila que impedía el paso. Le dijo que quería hablar con el encargado.

– No se puede.

– Es importante.

El gorila meneó despacio la cabeza sin apartar los ojos de Rebus, quien lo catalogó rápidamente: un borracho de mediana edad, un tipo patético con esmoquin. No había más remedio que desengañarle. Le enseñó la placa.

– Departamento de Investigación Criminal. Hay gente vendiendo droga en el local y ha faltado un suspiro para que llamase a la Brigada de Narcóticos. ¿Puedo hablar con el jefe?

Y habló con el jefe.

– Soy Erik Stemmons -dijo el hombre mientras se levantaba de la mesa de despacho y acudía a darle la mano.

Era una oficina pequeña, bien decorada e insonorizada; sólo se oían levemente los graves de la música de pista. Había media docena de monitores de vídeo. Tres de la pista, dos de la barra y uno general de los compartimientos.

– Ponga uno en el meadero -dijo Rebus-, que es donde pasan las cosas. Veo que hay dos en la barra. ¿Problemas con el personal?

– Desde que pusimos las cámaras no.

Stemmons vestía vaqueros y una camiseta blanca de mangas cortas subidas hasta los hombros. Llevaba el pelo largo y rizado, quizá con permanente, pero ya estaba algo calvo y se le notaban arrugas en la cara. No era mucho más joven que Rebus y sus intentos por rejuvenecerse le hacían parecer mayor.

– ¿Es usted del DIC de Grampian?

– No.

– Ya me lo parecía. Casi todos vienen por aquí y son buenos clientes. Siéntese, haga el favor.

Rebus tomó asiento y Stemmons se acomodó tras su mesa, llena de papeles.

– Francamente, me sorprende su afirmación -prosiguió-. Cooperamos de lleno con la policía de aquí y el club está tan limpio como el primero. Aunque ya sabe usted que es imposible acabar con la droga al cien por cien.

– Había un tipo esnifando en los servicios.

Stemmons se encogió de hombros.

– ¿Lo ve? ¿Qué podemos hacer? ¿Cachear a todo el mundo en la entrada? ¿Tener un perro olisqueando por el local? -Soltó una breve carcajada-. Compréndalo.

– ¿Cuánto tiempo lleva viviendo aquí, señor Stemmons?

– Vine en el setenta y ocho. Me gustó y me quedé. Hace casi veinte años. Estoy prácticamente integrado. -Otra carcajada; y Rebus siguió impasible. Stemmons puso las palmas de las manos sobre el escritorio-. A cualquier parte del mundo adónde van los norteamericanos, Vietnam, Alemania, Panamá, llegan empresarios. Y mientras haya negocio, ¿por qué íbamos a marcharnos? -Se miró las manos-. ¿Qué quiere, en realidad?

– Quiero saber qué puede decirme de Fergus McLure.

– ¿Fergus McLure?

– Ha muerto. Vivía cerca de Edimburgo.

El norteamericano negó con la cabeza.

– Lo siento. No me suena de nada el nombre.

«¡Hombre, qué casualidad!», pensó Rebus.

– No tiene teléfono aquí, por lo que veo.

– ¿Cómo dice?

– Teléfono.

– Uso un móvil.

– La oficina portátil.

– Abierta las veinticuatro horas. Oiga, si tiene una queja plantéesela a la policía de aquí. No quiero problemas.

– No sabe usted lo que son problemas, señor Stemmons.

– Oiga -replicó el norteamericano apuntándole con el dedo-, si tiene algo que decir, dígalo. Si no, la puerta es eso que tiene detrás de usted.

– Y usted es eso que tengo aquí delante con la cara muy dura -replicó Rebus, levantándose al tiempo que se inclinaba sobre la mesa-. Fergus McLure tenía información sobre una operación de narcóticos. Y murió de repente. Pero en su despacho apareció el número de teléfono de este club. Y McLure no era precisamente un discotequero.

– ¿Y bien?

Fue como si viera a Stemmons ante el tribunal diciendo exactamente lo mismo. Y al jurado planteándose el mismo interrogante.

– Mire -añadió Stemmons aplacado-, si yo tuviese algo que ver con esa operación, ¿iba a darle a ese McLure el número del teléfono público del club, que puede cogerlo cualquiera, o le daría el del móvil? Usted que es policía, ¿qué cree?

Rebus se imaginó a un juez sopesando las dos opciones.

– Aquí conoció Johnny Biblia a su primera víctima, ¿verdad?

– Joder, no me saque eso ahora. ¿Es usted un morboso o qué? Bastante nos fastidiaron los del DIC durante semanas.

– ¿No le reconoció por las descripciones?

– Nadie; ni el gorila. Y les pago para eso, para que recuerden las caras. Ya les dije a sus compañeros que a lo mejor la conoció después de que ella se marchará de aquí. ¿Cómo puede saberse?

Rebus se dirigió a la puerta y se detuvo.

– ¿Su socio no está?

– ¿Judd? No, hoy no está.

– ¿Tiene despacho?

– La puerta de al lado.

– ¿Puedo verlo?

– No tengo llave.

Rebus comenzó a abrir la puerta.

– ¿Él también usa móvil?

Había pillado a Stemmons desprevenido. El norteamericano tosió antes de contestar.

– ¿No me ha oído?

– Judd no tiene móvil. Detesta el teléfono.

– ¿Y qué hace si hay una emergencia? ¿Envía señales de humo?

Rebus sabía perfectamente lo que haría Judd Fuller: hablar desde un teléfono público.

Pensó que se había ganado una copa antes de retirarse, pero a mitad de camino de la barra se quedó helado. Una nueva pareja ocupaba uno de los compartimientos. Y conocía a los dos. Ella era la rubia del bar del hotel y el hombre que tenía a su lado, con los brazos estirados sobre el respaldo de los asientos, tendría veinte años menos que ella y llevaba una camisa abierta que dejaba ver muchas cadenas de oro. Seguramente habría visto a alguien vestido así en alguna película, o quizá participaba en el concurso de disfraces imitando al malo de los años setenta. Aquel rostro con verrugas era inconfundible.

Mad Malky Toal.

Stanley.

Y estableció la relación. No paraba de establecer relaciones. Se sintió mareado y encontró apoyo en el teléfono público. Descolgó y metió una moneda. Tenía el número en el bloc de notas. Comisaría de Partick. Preguntó por el inspector Jack Morton y esperó una eternidad. Echo más monedas y al final le dijeron que Morton se había marchado.

– Es urgente -dijo-. Soy el inspector John Rebus. ¿Tiene su número particular?

– Puedo hacer que él le llame -respondió la voz-. ¿Le parece, inspector?

¿Qué podía decir? Glasgow era el territorio de Ancram. Si daba su número podía llegar a oídos suyos y sabría dónde estaba… A la mierda; sólo iba a estar allí un día más. Recitó el número y colgó, dando gracias al cielo porque el pinchadiscos hubiera puesto algo lento: In a Broken Dream [12] de Python Lee Jackson.

De ésos tenía él de sobra.

Se sentó a la barra de espaldas a Stanley y la mujer. Pero los veía deformados en el espejo tras las luces cambiantes. Figuras en sombra, distantes, que se enroscaban y desenroscaban. Claro, Stanley estaba en Aberdeen, ¿habría matado a Tony El? ¿Por qué? Y lo que era más importante: ¿estaba en Burke's por casualidad?, ¿qué hacía con la rubia del hotel? Comenzaba a atar cabos. Estaba atento por si sonaba el teléfono, rogando que pusieran otro disco lento. Bowie, John, I'm Only Dancing [13]. Una guitarra serrando metal. Daba igual: el teléfono seguía mudo.

– Ahí va una que más vale olvidarla -dijo el pinchadiscos con voz cansina-, pero quiero veros bailarla porque si no tendré que ponerla otra vez.

Mouldy Oíd Dough [14] de Lieutenant Pigeon. Sonó el teléfono y Rebus se abalanzó sobre él.

– Diga.

– John, ¿no tienes demasiado alta la música?

– Estoy en una disco.

– ¿A tu edad? ¿Es ésa la emergencia? ¿Es para que te saque de ahí?

– No. Quiero que me describas a Eve.

– ¿Eve?

– La mujer de Joe Toal.

– Sólo la he visto en fotos -contestó Jack Morton, pensando-. Rubia teñida y unas facciones duras. Hace veinte o treinta años quizá fuese una Madonna, aunque tal vez exagero.

La compañera de Tío Joe, Eve, intentando ligarle en un hotel de Aberdeen. ¿Coincidencia? Poco probable. ¿Para sacarle información? Buena jugada. Y allí estaba Stanley; los dos tan acaramelados… Recordó lo que le había dicho ella: «Ventas. Productos para la industria del petróleo». Sí, ahora comprendía qué clase de productos…

– John…

– Dime, Jack.

– Tu número de teléfono ¿no es un prefijo de Aberdeen?

– Que quede entre nosotros. No se lo chives a Ancram.

– John, una pregunta…

– ¿Qué?

– ¿Eso que se oye no es Mouldy Old Dough?

Rebus colgó, pagó su copa y se fue. Había un coche aparcado enfrente. El conductor bajó el cristal de la ventanilla para que le viera. Era el inspector Ludovic Lumsden.

Rebus sonrió, le saludó con la mano y cruzó la calle mientras pensaba que no podía creerlo.

– Hola, Ludo -dijo con el tono natural de quien ha salido a tomar una copa y a bailar-. ¿Qué haces por aquí?

– No estabas en el hotel y pensé que habrías venido aquí.

– Acertaste.

– Me has mentido, John. Me hablaste de un librillo de fósforos del club Burke's.

– Sí.

– En Burke's no hacen librillos de fósforos.

– Oh.

– ¿Te llevo a algún sitio?

– El hotel queda a dos minutos.

– John -dijo Lumsden con una mirada glacial-, ¿te llevo a algún sitio?

– Pues claro, Ludo -contestó, dando la vuelta al coche y sentándose a su lado.

Fueron hacia el puerto y aparcaron en una calle solitaria. Lumsden paró el motor y se volvió hacia él.

– ¿Y bien?

– ¿Y bien, qué?

– Pues que fuiste hoy a Sullom Voe sin que te dignaras informarme. Mi terreno se ha convertido en tu terreno. ¿Qué te parecería si yo fuese a Edimburgo y me pusiera a actuar a tus espaldas?

– ¿Es que soy un prisionero? Creí que era del bando de los buenos.

– No es tu ciudad.

– Sí, ya lo veo. Pero quizá tampoco sea la tuya.

– ¿Qué quieres decir?

– Lo que quiero decir es quién manda realmente aquí en la sombra. Tenéis una juventud desquiciada por la frustración, candidata perfecta para la droga o cualquier cosa que les anime la vida. Y esta misma noche he visto en esa discoteca al loco del que te hablé: Stanley.

– ¿El hijo de Toal?

– El mismo. ¿Querrías decirme si ha venido aquí a una exposición de flores?

– ¿Se lo has preguntado?

Rebus encendió un cigarrillo y bajó el cristal de la ventanilla para tirar la ceniza fuera.

– No me vio.

– Tú crees que deberíamos interrogarle a propósito de Tony El. -La respuesta era obvia-. ¿Y qué nos va a decir: «Sí, claro, yo lo maté»? Vamos, John.

Una mujer golpeó con la mano en la ventanilla. Lumsden bajó el cristal. Era una buscona.

– ¿Dos? Bueno, normalmente no hago tríos, pero no estáis mal… Ah, hola, señor Lumsden.

– Buenas noches, Cleo.

La mujer miró a Rebus y, de nuevo, a Lumsden.

– Veo que ha cambiado de gustos.

– Lárgate, Cleo -dijo Lumsden subiendo el cristal.

La mujer desapareció en la oscuridad.

Rebus se volvió hacia Lumsden.

– Mira, no sé lo corrupto que estás. No sé quién paga mi hotel. Hay muchas cosas que ignoro, pero me da la impresión de que empiezo a conocer la ciudad. Lo sé porque es muy parecida a Edimburgo. Y sé que podrías vivir aquí varios años sin ver lo que hay bajo la superficie.

Lumsden se echó a reír.

– Llevas aquí… ¿Cuánto?, ¿día y medio? Eres un turista; no presumas de conocerla. A mí, que hace mucho más tiempo que vivo aquí, no se me ocurriría alardear.

– Es igual, Ludo… -musitó Rebus.

– Esta discusión no nos lleva a ninguna parte.

– Tú eres el que quería hablar.

– Y sólo hablas tú.

Rebus lanzó un suspiro y comenzó a hablar como si se dirigiera a un niño.

– El Tío Joe domina Glasgow, incluido, supongo, una buena tajada del narcotráfico. Ahora está aquí su hijo, tomando copas en el Burke's. Un confidente de Edimburgo tenía información sobre un cargamento que iba destinado al norte. Y además tenía el número de teléfono de Burke's. Y acabó ahogado. Es una pista -añadió, alzando un dedo-. Tony El torturó a un trabajador del petróleo, que también murió. Acto seguido ese Tony El viene aquí y aparece muerto. Son tres muertes de momento, todas sospechosas y nadie hace nada. -Alzó de nuevo el dedo-. Segunda pista. ¿Hay relación entre las dos últimas? No lo sé. De momento lo único que las relaciona es Aberdeen. Pero ya es algo. Tú no me conoces, Ludo. Todo lo que necesito es un buen comienzo.

– ¿Puedo cambiar ligeramente de tema?

– Adelante.

– ¿Sacaste algo en limpio en Shetland?

– Hostilidad. Una de mis aficiones. Soy coleccionista.

– ¿Y vas mañana a Bannock?

– No has perdido el tiempo.

– Unas simples llamadas. ¿Sabes qué? -añadió, dando al contacto-. Estoy deseando que te largues. Mi vida era muy tranquila antes de que tú llegaras.

– Soy una diversión continua -dijo Rebus, mientras abría la portezuela.

– ¿Adónde vas?

– Vuelvo a pie. Es una noche agradable.

– Como gustes.

– Siempre lo hago.

Rebus contempló cómo el coche se alejaba y tomaba una curva. Escuchó desvanecerse el ruido del motor, tiró el cigarrillo y echó a andar. El primer club que encontró era el Yardarm. Era la noche de baile exótico, con un espantapájaros en la puerta para cobrar la entrada. Él ya estaba de vuelta. El momento de auge de los bailes exóticos a finales de los setenta había sido generalizado en los pubs de Edimburgo: hombres con gafas oscuras, la chica del striptease elegía tres discos de la máquina y después, si querías que la cosa fuera a más, toda la colección.

– Sólo dos libras, amigo -dijo el espantapájaros, pero Rebus negó con la cabeza y siguió su camino.

La noche estaba llena de ruidos: alaridos de borrachos, silbidos y pájaros que ignoraban lo tarde que era. Unos polis interpelaban a dos quinceañeros. Pasó de largo como un turista más. Quizá Lumsden tuviera razón, pero él no pensaba así. Aberdeen era muy parecido a Edimburgo. A veces ibas a un pueblo o a una ciudad y no le cogías el pulso, pero no era el caso de Aberdeen.

En Union Terrace un múrete de piedra protegía el parque que se extendía en declive hacia una hondonada. Su coche seguía aparcado en la otra acera, justo delante del hotel. Iba a cruzar cuando dos manos le agarraron por los brazos, tirando de él hacia atrás. Cayó sobre el murete y siguió cuesta abajo dando tumbos y revolcones.

Caía, rodaba… Resbalaba por la pendiente del parque, sin poder parar, dejándose ir, golpeándose con matas y arbustos, rompiéndose la camisa. Le entraba tierra en la nariz y sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas. Al fin aterrizó en el césped recién cortado boca arriba y sin aliento, más furioso que dolorido. Oyó ruido entre los arbustos. Bajaban a por él. Consiguió ponerse de rodillas, pero le alcanzó un puntapié que le tumbó de bruces con los brazos abiertos. El pie agresor le presionó con fuerza la cabeza y se la inmovilizó, haciéndole chupar hierba y aplastándole la nariz. Ahora le agarraban los brazos por detrás tirando un poco hacia arriba: un dolor insoportable que no le impidió darse cuenta de que no le convenía moverse.

Debían de ser al menos dos hombres. Las calles con borrachos quedaban muy lejos y el tráfico era un zumbido distante. Notó algo frío contra la sien. Sabía lo que era: una pistola. Fría como el hielo.

Una voz le silbó al oído. Le golpeaba el pulso agitado y tuvo que hacer un esfuerzo para escucharla. Casi un susurro, difícil de reconocer.

– Es un aviso, así que espero que escuche.

No podía hablar. Tenía la boca llena de tierra.

Aguardó a oír el aviso pero no decían nada.

Un culatazo en el temporal, por encima del oído. Miles de estrellas y oscuridad.

Se despertó; aún era de noche. Se sentó y miró a su alrededor. No podía ni mover los ojos de dolor. Se tocó la cabeza… no tenía sangre. Le habían golpeado con algo romo. Para que se enterara. Y le habían dejado tirado allí mismo. Miró en los bolsillos y tenía el dinero, las llaves, el carnet de policía y todo lo demás. Sí, claro que no era un atraco. ¿No le habían dicho que se trataba de un aviso?

Intentó levantarse. Le dolía el costado. Se miró y vio que tenía una rozadura de haber rodado por la pendiente. También rasguños en la frente y había sangrado un poco por la nariz. Miró en el suelo a su alrededor, pero no habían dejado ningún rastro. No era una chapuza. De todos modos, procuró rastrear por donde ellos habían bajado por si se les había caído algo.

Nada. Se irguió sobre el muro y lo saltó. Un taxista le miró asqueado y apretó el acelerador. Un borracho, un vagabundo, un perdedor.

Pura escoria.

Cruzó cojeando hacia el hotel. La recepcionista iba ya a descolgar el teléfono para pedir ayuda, pero le reconoció antes de hacerlo.

– ¿Qué le ha sucedido?

– Me caí por una escalera.

– ¿Quiere que avise a un médico?

– Sólo la llave, por favor.

– Tenemos un botiquín.

– Que me lo suban a la habitación.

Se dio un baño, tranquilo y sin prisas, se secó bien y se miró las contusiones. Un chichón en la sien y Un dolor de cabeza peor que diez resacas. Se le habían clavado espinas en el costado, pero se las pudo sacar. Se limpió la raspadura; no necesitaba emplastos. Le dolería por la mañana, pero podría dormir si no volvía a oír el ruidito de la almohada. Con el botiquín le llegó un coñac doble y se lo tomó con mano temblorosa. Se tumbó en la cama y telefoneó a su casa para escuchar los mensajes. Ancram y más Ancram. Era muy tarde para llamar a Mairie, pero probó con Brian Holmes. Tardó en contestar.

– ¿Sí?

– Brian, soy yo.

– ¿Qué deseas?

Rebus hablaba con los ojos cerrados, tratando en vano de conjurar el dolor.

– ¿Por qué no me dijiste que Nell se había marchado?

– ¿Cómo te has enterado?

– Fui a tu casa y vi el panorama. ¿Quieres hablar de ello?

– No.

– ¿El problema de siempre?

– Quiere que deje la policía.

– ¿Y?

– Quizá tenga razón. Pero ya lo he intentado y es duro.

– Lo sé.

– Bueno, hay más de una manera de dejarlo.

– ¿Qué quieres decir?

– Nada.

Y se cerró en banda.

Sólo quería hablar del caso Spaven; el resultado de la lectura de las notas. Ancram se olería cierta connivencia, que no se decía toda la verdad; pero no podría hacer nada para evitarlo.

– También he visto que interrogaste a un antiguo amigo de Spaven: Fergus McLure. Acaba de morir, ¿sabes?

– Madre mía.

– Ahogado en el canal que pasa por Ratho.

– ¿Cuál es el resultado de la autopsia?

– Tiene un golpe feo en la cabeza anterior a la caída al agua. No creen que fuera un accidente, así que…

– Así que, ¿qué?

– Yo en tu caso no me dejaría ver. No le des más facilidades a Ancram.

– Hablando de Ancram… Te anda buscando.

– Digamos que me perdí la primera entrevista.

– ¿Dónde estás?

– Emboscado -dijo con los ojos cerrados y tres paracetamol en el estómago.

– No creo que se haya tragado tu cuento de la gripe.

– Él sabrá.

– Puede.

– Entonces, ¿has acabado lo de Spaven?

– Pues, sí.

– ¿Y el preso, el último que habló con Spaven?

– Estoy en ello, pero creo que no tiene domicilio fijo y a lo mejor tardo.

– Te lo agradezco mucho, Brian. ¿Te has preparado una explicación por si Ancram lo descubre?

– No te preocupes. Cuídate, John.

– Y tú, hijo.

¿«Hijo»? ¿De dónde había salido eso? Colgó y cogió el mando a distancia del televisor. Esa noche se las arreglaría con balonvolea playero…

Crudo muerto

Capítulo 18

Petróleo: oro negro. Los derechos de prospección y explotación del mar del Norte estaban asignados desde hacía tiempo. Las compañías petrolíferas habían gastado mucho en los sondeos y había parcelas sin garantía de extracción de petróleo o gas. Llegaron barcos cargados de equipo científico y, mucho antes de plantar el primer pozo experimental, hubo que analizar y estudiar los datos. Había casos en que las bolsas estarían incluso a tres mil metros por debajo del lecho marino. La madre naturaleza no era pródiga con sus tesoros ocultos. Pero los saqueadores tenían mucha más pericia técnica y las profundidades de más de doscientos metros eran pan comido. De hecho, los últimos descubrimientos -petróleo atlántico a doscientos kilómetros al oeste de las Shetland- estaban a cuatrocientos o seiscientos metros.

Si la primera perforación daba buen resultado, valía la pena proceder a la extracción y levantar una plataforma con sus diversos módulos complementarios. En algunas zonas del mar del Norte el tiempo era tan imprevisible para racionalizar la carga de los petroleros que hubo que tender oleoductos: los de Brent y Ninian llevaban el crudo directamente a Sullon Voe, y otros conducían el gas a Aberdeenshire. A pesar de ello, el petróleo se resistía. Había campos en los que únicamente se podía extraer un cuarenta o un cincuenta por ciento de la reserva; pero se trataba de una reserva de un billón y medio de barriles.

Por otro lado, había que considerar la plataforma en sí, algunas eran de trescientos metros de alto, una infraestructura de cuarenta mil toneladas, que requería ochocientas toneladas de pintura más un peso adicional con módulos y equipo de otras treinta mil toneladas. Las cifras mareaban. Rebus trataba de retenerlas, pero al cabo de un rato optó por resignarse y rendirse a la admiración. El sólo había visto un pozo petrolífero con motivo de una visita a unos familiares en Methil. La calle de casitas prefabricadas desembocaba directamente en el almacén de materiales de construcción, junto al cual se erguía hacia el cielo aquella torre de acero, que ya desde kilómetro y medio le había parecido enorme. Lo recordaba ahora al mirar las relucientes fotografías del folleto sobre Bannock. Señalaba que la plataforma tenía mil quinientos kilómetros de cable eléctrico y albergaba a casi doscientos trabajadores. Sobre su base, una vez remolcada hasta el campo de extracción y anclada en él, se habían instalado una docena de módulos: cuanto era necesario para efectuar el proceso de separación y almacenamiento del crudo y el gas. La estructura estaba proyectada para resistir vientos de cien nudos y temporales con olas de más de treinta metros.

Esperaba que aquel día el mar estuviera en calma.

Leía sentado en una sala de espera del aeropuerto de Dyce, algo nervioso por el vuelo que iba a emprender. El folleto insistía en que la seguridad era primordial en un «entorno tan peligroso potencialmente» y lo ilustraba con fotos de los equipos de bomberos, de un barco de apoyo y seguridad siempre listo y de botes salvavidas perfectamente equipados. «Hemos aprendido la lección de la plataforma Piper Alpha.» La Piper Alpha, situada al nordeste de Aberdeen, se cobró más de ciento sesenta vidas una noche de verano de 1988.

Muy tranquilizador.

El acólito que le había dado el folleto le dijo que esperaba que hubiese traído algo para leer.

– ¿Por qué?

– Porque el vuelo puede durar tres horas y la mayor parte del tiempo hay demasiado ruido para charlar.

Tres horas. Se había acercado al quiosco del terminal a comprar un libro. Sabía que era un viaje de dos etapas: aterrizaje en Sumburgh y después en un helicóptero Puma hasta Bannock. Tres horas de ida y tres horas de vuelta. Bostezó y miró el reloj. Aún no eran las ocho. No había querido desayunar porque no le apetecía vomitar en pleno vuelo. Su dosis matinal: cuatro comprimidos de paracetamol y un vaso de zumo de naranja. Estiró los brazos para mirarse cómo le temblaban las manos debido a la conmoción.

Había dos anécdotas del folleto que le hacían gracia: que el nombre de las torres «derrick» procediera del apellido de un verdugo del siglo XVII y que el primer crudo descargado en tierra firme hubiera llegado a Cruden Bay, donde Bram Stoker solía pasar sus vacaciones. Un tipo de vampirismo por otro… sólo que el folleto no lo exponía así.

Tenía enfrente un televisor que pasaba un vídeo sobre seguridad explicando lo que había que hacer en caso de que el helicóptero cayera al mar del Norte. Todo parecía ir de perlas: los pasajeros abandonaban sus asientos, localizaban las balsas salvavidas hinchables y las botaban en unas aguas tan calmas como las de una piscina cubierta.

– ¡Santo Dios! ¿Qué te ha pasado?

Alzó la vista. Ludovic Lumsden con un periódico doblado en el bolsillo de la chaqueta y un vaso de café en la mano.

– Me atacaron -contestó Rebus-. Tú no sabrás nada, claro.

– ¿Que te atacaron?

– Anoche. Dos tipos me esperaban cerca del hotel. Me tiraron por encima del muro al parque y me dieron un culatazo -dijo, tocándose el chichón de la sien.

El dolor era peor que los moratones.

Lumsden se acomodó dos asientos más allá, horrorizado.

– ¿Lograste verlos?

– No.

Lumsden dejó el vaso de café en el suelo.

– ¿Te robaron algo?

– No querían robarme, era un simple aviso.

– ¿De qué?

– El golpe -contestó Rebus, y se llevó un dedo a la sien.

– ¿Ése era el aviso? -inquirió Lumsden ceñudo.

– Supongo que querían que leyera entre líneas. Tú no podrías ayudarme a interpretarlo, claro.

– ¿Qué insinúas?

– Nada -replicó Rebus, mirándole fijamente-. ¿Qué haces aquí?

Lumsden seguía con la vista clavada en las baldosas del suelo.

– Te acompaño en el viaje.

– ¿Por qué?

– Soy el enlace con las petroleras. Vas a visitar una plataforma y tengo que ir contigo.

– ¿Para vigilarme?

– Es el reglamento -respondió sin dejar de mirar el televisor-. No pienses en el chapuzón. Hice el cursillo de entrenamiento y el resumen es que al caer al agua le quedan a uno cinco minutos.

– ¿Y pasados esos cinco minutos?

– Hipotermia. -Lumsden cogió el café del suelo y dio un sorbo-. Así que reza por que no pillemos una tormenta.

Después del aeropuerto de Sumburgh no se veía más que agua y un cielo surcado por nubes. El ruidoso bimotor Puma volaba bajo. Los trajes salvavidas que les habían obligado a ponerse eran muy ceñidos e incómodos. El de Rebus era naranja intenso de una sola pieza, con capucha; le indicaron que se cerrase la cremallera hasta el cuello y el piloto le recomendó que se pusiera también la capucha, pero su experiencia le decía que yendo sentado con la capucha puesta las perneras acabarían por rajarle el escroto. Había ido en helicóptero en sus tiempos de militar, pero sólo en vuelos cortos. El diseño había cambiado con los años, pero aquel Puma era tan ruidoso como los cacharros utilizados antaño por el Ejército. Desde luego, todos llevaban protectores auditivos por los que les hablaba el piloto. Iban en compañía de otros dos ingenieros del consorcio. Desde aquella altura, el mar del Norte parecía tranquilo y sólo se advertía la suave ondulación de la superficie por efecto de las corrientes. El agua parecía negra debido a la capa de nubes. El folleto explicaba ahora con abundancia de detalles las medidas antipolución y Rebus trató de leer el libro, pero le temblaba en las rodillas y veía el texto borroso; además, no podía concentrarse en la historia. Lumsden miraba por la ventanilla, entornando los ojos por la fuerte luz. Rebus sabía que no le quitaba ojo porque la noche anterior le había tocado una fibra sensible. Lumsden le dio un golpecito en el hombro, señalándole la ventanilla.

A la derecha se veían tres plataformas y en una de ellas un petrolero maniobraba para dejar el muelle. Las enormes antorchas lanzaban llamaradas amarillas que lamían el cielo. El piloto dijo que sobrevolarían los campos de Ninian y Brent por el oeste antes de llegar a Bannock. Poco después anunciaba por radio:

– Estamos llegando a Bannock.

Rebus miró por encima del hombro de Lumsden y vio que se aproximaban a una plataforma. El punto culminante era una chimenea pero estaba apagada. Claro que Bannock estaba en las últimas y no quedaba mucho gas ni crudo. Al lado de la chimenea había un tubo, mezcla de chimenea industrial y cohete espacial, pintado de rojo con rayas blancas, como la antorcha. Debía de ser el pozo de perforación. Rebus leyó en el faldón de la plataforma T-Bird Oil, bloque número 211/7. En el borde de la plataforma se alzaban tres enormes grúas y una parte de la misma servía de helipuerto, pintada de verde con un círculo amarillo rodeando la letra H. Pensó que una simple ráfaga podía llevárselos. Y había una distancia de más de treinta metros. Del faldón colgaban botes salvavidas y en otra destacaban unos barracones blancos prefabricados parecidos a enormes contenedores. A un costado de la estructura había un barco de apoyo y seguridad amarrado.

– Vaya -dijo el piloto-, ¿qué es eso?

Acababa de avistar otro barco que navegaba en círculo alrededor de la plataforma a una distancia de casi media milla.

– Manifestantes -añadió-. Idiotas.

Lumsden miró por la ventanilla y señaló hacia abajo. Rebus lo veía ahora: era una embarcación alargada pintada de color naranja con las velas recogidas. Le pareció que estaba peligrosamente cerca del barco de seguridad.

– Se van a matar -comentó Lumsden-. ¡Que revienten!

– Vivan los polis con objetividad.

El aparato hizo un giro muy cerrado sobre el mar antes de enfilar hacia el helipuerto. Rebus rogaba al cielo en medio de un espantoso bamboleo a tan sólo unos veinte metros de la pista. Veía alternativamente el área de la H, el mar picado y otra vez la pista. Y de pronto aterrizaron en lo que parecía una especie de red de pesca que cubría la H mayúscula blanca. Nada más abrirse las puertas se quitó los audífonos de protección. Lo último que oyó fue: «Agachen la cabeza al salir».

Lo hizo. Dos hombres con mono color naranja, casco amarillo y protectores en los oídos les esperaban al pie del aparato y les entregaron sus respectivos cascos. A los ingenieros les encaminaron en una dirección y a Rebus y Lumsden en otra.

– Seguramente les apetecerá un té después del viajecito -dijo su guía, que advirtió que Rebus batallaba con su casco-. La correa es regulable -le dijo, mostrándole cómo hacerlo.

Rebus comentó que el viento era feroz y el hombre se echó a reír.

– Esto es calma chicha -le gritó para que pudiera oírle.

Rebus no pensaba más que en encontrar dónde asirse. No era sólo el viento, sino la sensación de fragilidad de aquella estructura. Esperaba ver petróleo, olerlo, y allí lo único que se veía era agua de mar: el mar del Norte por todas partes. Una inmensidad frente a aquella mota de metal soldado. Penetraba en sus pulmones y el salitre se le adhería a las mejillas; aquellas olas parecían amenazar con engullirle y se le antojaba más inmenso que el cielo, una fuerza de la naturaleza digna de respeto. El guía sonreía.

– Sé lo que está pensando. A mí me sucedió igual la primera vez.

Rebus asintió con la cabeza. Los nacionalistas decían que el petróleo era de Escocia y que las compañías tenían concesiones de explotación, pero él, in situ, lo veía distinto: el petróleo era del mar y no iba a entregarlo por las buenas.

El guía les condujo a la relativa seguridad de la cantina. Un local limpio y tranquilo con jardineras de ladrillo y largas mesas blancas ya preparadas para el turno siguiente. Dos tipos con mono naranja tomaban té en una mesa y otros tres con camisas de cuadros comían chocolatinas y yogur.

– A la hora de la comida es una locura -comentó el guía, cogiendo una bandeja-. ¿Té para los dos?

Lumsden y Rebus asintieron. Una mujer les sonreía desde el extremo de los mostradores.

– Hola, Thelma. Tres tés. ¡Qué bien huele el menú! -comentó el guía.

– Menestra y bistec con patatas o chili -dijo la mujer, sirviendo los tés de una gran tetera.

– La cantina permanece abierta las veinticuatro horas del día -comentó el cicerone a Rebus-. Muchos nuevos al principio se hartan de comer. El pudín es mortal -añadió a la par que se daba unas palmaditas en el vientre y reía-. ¿A que sí, Thelma?

Rebus recordó que el hombre de Yardarm le había hecho el mismo comentario.

A pesar de estar sentado, a Rebus le temblaban las piernas. Lo atribuyó al vuelo. El guía dijo que se llamaba Eric y que, dado que eran policías, omitiría el vídeo preliminar de seguridad.

– Aunque, de acuerdo con el reglamento, debería enseñárselo.

Los dos negaron con la cabeza y Lumsden preguntó cuánto faltaba para abandonar aquella plataforma.

– El último crudo ya ha sido extraído -respondió Eric-. Bombearemos una última carga de agua de mar en el depósito y casi todos marcharemos a tierra. Aquí sólo quedarán los de mantenimiento hasta que decidan qué hacer con ella. Y más vale que se decidan pronto porque mantener esto a base de turnos es muy caro, pues hay que traer las provisiones, hacer el cambio de turnos y, además, disponer de un barco de seguridad. Todo eso cuesta dinero.

– Lo cual no importa mientras Bannock produzca, ¿no es eso?

– Exacto -dijo Eric-. Pero si no produce… los responsables de finanzas empiezan a ponerse nerviosos. El mes pasado perdimos dos días de trabajo por unos problemas con la calefacción. Vinieron y anduvieron con sus calculadoras por todas partes… -añadió, y se echó a reír.

No era en absoluto el peón clásico, el tipo duro, sino un hombre delgado de uno sesenta y cinco con gafas de montura metálica sobre una nariz aguileña y barbilla alargada. Rebus miró a los otros tipos que había en la cantina, tratando de asimilarlos al estereotipo de «grandullón» trabajador del petróleo con la cara manchada de crudo y bíceps tensos tratando de taponar un chorro de oro negro. Eric advirtió que se fijaba en los de la otra mesa.

– Esos tres trabajan en la sala de control. Actualmente casi todo se hace por ordenador: circuitos digitalizados y monitores… Soliciten ustedes que les den una vuelta: es como la NASA, y con tres o cuatro personas funciona todo. Están muy lejos los tiempos de Texas Tea.

– Hemos visto unos manifestantes en un barco -dijo Lumsden, echándose azúcar.

– Están zumbados. Estas aguas son peligrosas para un barco pequeño. Y se acercan demasiado; una ráfaga fuerte podría lanzarles contra la plataforma.

Rebus se volvió hacia Lumsden.

– Tú representas a la policía de Grampian. Podrías hacer algo.

Lumsden lanzó un bufido y se volvió hacia Eric.

– De momento no han hecho nada ilegal, ¿verdad?

– Lo único que están infringiendo son las reglas tácitas de la navegación. Cuando acaben el té querrán ver a Willie Ford, ¿no es eso?

– Así es -dijo Rebus.

– Le dije que nos veríamos en el salón recreativo.

– Quisiera ir también a la habitación de Alian Mitchison.

Eric asintió.

– La misma de Willie. Son habitaciones de dos literas.

– ¿Y sabe usted lo que piensa hacer T-Bird Oil con la plataforma cuando deje de funcionar? -preguntó Rebus.

– A lo mejor acaban hundiéndola.

– ¿Después de todo el jaleo con Brent Spar?

Eric se encogió de hombros.

– Los de finanzas están a favor de ello. No necesitan más que dos cosas: que el Gobierno lo apruebe y una buena campaña de relaciones públicas. Y ésta ya va muy avanzada.

– ¿A las órdenes de Hay den Fletcher? -aventuró Rebus.

– Exacto -contestó Eric, cogiendo su casco-. ¿Han acabado?

– Cuando quiera -dijo Rebus, dando el último sorbo.

Fuera hacía ahora viento «tempestuoso», según expresión de Eric. Rebus avanzaba agarrado a la barandilla y vio que había trabajadores asomados en la plataforma, encuadrados por una cortina de espuma. Se acercó al grupo y vio que el barco de seguridad lanzaba chorros de agua sobre el barco de los manifestantes.

– Tratan de asustarlos para que no se acerquen demasiado a las patas de la plataforma -comentó Eric.

«Maldita sea, ¿por qué habrá tenido que ser hoy?», pensó Rebus, temiéndose que el barco chocara contra la plataforma y hubiera que evacuarla.

Continuaban acosándoles con las cuatro mangueras. Alguien le pasó unos prismáticos que enfocó sobre el barco. Impermeables color naranja, media docena de personas y pancartas: VERTIDOS NO. SALVEMOS EL MAR.

– Ese barco no parece muy seguro -comentó alguien.

En el puente se veía aparecer y desaparecer gente que agitaba los brazos y discutía.

– Esos gilipollas seguramente han ahogado el motor.

– No podemos dejarlo a la deriva.

– Podría ser un caballo de Troya, muchachos.

Se echaron a reír, mientras Rebus y Lumsden seguían a Eric. Subieron y bajaron escaleras de mano y en algunos tramos del suelo Rebus pudo ver a través de la celosía metálica el mar bullente bajo sus pies. Cables y tuberías por doquier, pero siempre de modo que no hubiera peligro de tropezar. Finalmente, Eric empujó una puerta y siguieron por un pasillo. Era un alivio estar a resguardo del viento. Habían permanecido a la intemperie ocho minutos seguidos, se dijo Rebus.

Pasaron por salas con mesas de billar, de pimpón, tableros de dardos y juegos de vídeo. Al parecer, los juegos de vídeo eran muy solicitados. No había nadie jugando al pimpón.

– Hay plataformas con piscina; pero aquí no -dijo Eric.

– ¿Es producto de mi imaginación o se mueve el suelo? -inquirió Rebus.

– Ah, sí -contestó Eric-, las juntas de dilatación; tiene que haber cierta holgura. Cuando azota el temporal se diría que se va a romper. -Otra carcajada.

Siguieron pasillo adelante para pasar por una biblioteca, vacía, y un salón de televisión.

– Hay tres salas de televisión -dijo Eric-. Exclusivamente por satélite, pero casi todos prefieren los vídeos. Aquí estará Willie.

Entraron en una amplia estancia con más de veinte sillas de respaldo recto y una gran pantalla. No había ventanas y estaba en penumbra. Frente a la pantalla había ocho o nueve hombres, de brazos cruzados, quejándose de algo. Uno de ellos miraba una cinta junto al proyector de vídeo. Se encogió de hombros.

– Lo siento -dijo.

– Ése es Willie -dijo Eric.

Willie Ford tendría algo más de cuarenta años, era fornido aunque algo encorvado y llevaba el pelo rapado. La nariz le tapaba una cuarta parte de la cara y la barba se ocupaba de ocultar el resto casi por completo. Si hubiese tenido la tez más oscura, habría podido pasar por un fundamentalista musulmán. Rebus se acercó a él.

– ¿Es usted el policía? -preguntó el hombre.

Rebus asintió.

– La gente parece inquieta.

– Por culpa de este vídeo. Tenía que ser Black Rain, con Michael Douglas, y resulta que es una peli japonesa de igual título pero sobre Hiroshima. Totalmente distinta. Pues sí, muchachos, tendréis que contentaros con otra cosa -dijo, volviéndose hacia el público alzando los hombros y alejándose con Rebus y los otros tres a la zaga.

Cruzaron el pasillo y entraron en la biblioteca.

– ¿Así que usted es el encargado del entretenimiento, señor Ford?

– No, simplemente me gustan los vídeos. En Aberdeen hay una tienda donde se pueden alquilar por dos semanas y casi siempre me traigo unos cuantos. -Conservaba en la mano la cinta japonesa-. No sé cómo ha podido suceder. La última película extranjera que han visto ésos debe de haber sido Emmanuelle.

– ¿Tienen películas porno? -preguntó Rebus para dar conversación.

– Docenas.

– ¿Muy fuertes?

– Depende. -Sonrió-. Inspector, ¿ha volado hasta aquí para interrogarme sobre vídeos porno?

– En absoluto. He venido a interrogarle sobre Alian Mitchison.

El rostro de Ford se ensombreció como el cielo. Lumsden miraba por la ventana, pensando quizá si iban a tener que pasar la noche allí…

– Pobre Mitch. Aún no acabo de creérmelo -dijo Ford.

– ¿Eran compañeros de habitación?

– Los seis últimos meses.

– Señor Ford, me perdonará que sea franco, pero no tenemos mucho tiempo -añadió Rebus, e hizo una pausa. Pensaba en Lumsden-. A Mitch lo asesinó un tal Anthony Kane, un matón a sueldo que antes trabajaba para un mafioso de Glasgow, pero parece que hace poco actuaba por cuenta propia en Aberdeen. El caso es que anoche también el señor Kane apareció muerto. ¿Sabe usted por qué Kane mató a Mitch?

Ford puso cara de perplejidad y pestañeó varias veces boquiabierto. Eric parecía también estupefacto y Lumsden adoptó una actitud de estricto interés profesional. Ford logró por fin balbucir:

– No… no tengo ni idea. ¿No sería por error?

Rebus se encogió de hombros.

– Podría ser cualquier cosa. Precisamente, he venido aquí para intentar hacerme una idea de la vida que llevaba Mitch. Para lo cual necesito que sus amigos me ayuden. ¿Puedo contar con usted?

Ford asintió con la cabeza y Rebus se sentó en una silla. -Pues, adelante, empiece por decirme todo lo que sepa -dijo.

En un determinado momento Eric y Lumsden se fueron a almorzar. Regresaron poco después, y Lumsden trajo unos emparedados para Rebus y Willie Ford. El hombre callaba de vez en cuando para beber agua. Explicó lo que Alian Mitchison le había contado: que sus padres eran adoptivos y que había pasado mucho tiempo en el internado juvenil. Ésa era la razón de que le gustara vivir en la plataforma: por la camaradería y la vida en común. Rebus comprendía ahora el motivo de que no se hubiera acostumbrado al piso de Edimburgo. Ford sabía muchas cosas de Mitch y dijo que era aficionado al montañismo y a la ecología.

– ¿Por eso hizo amistad con Jake Harley?

– ¿El de Sullom Voe? -Rebus asintió con la cabeza y Ford hizo lo propio-. Sí, Mitch me habló de él. Eran los dos muy aficionados a la ecología.

Rebus pensó en el barco de los manifestantes… y lo asoció con Alian Mitchison, trabajador de una industria blanco de protestas de los verdes.

– ¿Estaba muy comprometido?

– Era bastante activista. Bueno, con los turnos de trabajo que tenemos nosotros no se puede ser activista a tiempo completo. Él solo estaba en tierra dieciséis días al mes. Y aquí tenemos las noticias de la tele, pero de periódicos, poca cosa. Y menos de los que a Mitch le gustaba leer. No obstante, eso no le impidió organizar ese concierto. Pobre, tanto entusiasmo que puso en ello…

– ¿Qué concierto? -inquirió Rebus, frunciendo el ceño.

– El de Duthie Park. Creo que es esta noche, si el tiempo lo permite.

– ¿El concierto de protesta? -Ford asintió con la cabeza-. ¿Lo organizó Alian Mitchison?

– Bueno, intervino en la preparación contactando con un par de grupos para que vinieran a actuar.

Rebus ató cabos. Los Dancing Pigs tocaban en el concierto y Mitchison era un fan. Sin embargo, no tenía entrada para el concierto… Claro, porque no le hacía falta: ¡pase de invitado! Lo que significaba exactamente, ¿qué?

Nada.

Sólo que Michelle Strachan había sido asesinada en Duthie Park…

– Señor Ford, ¿a la empresa no le preocupaba la… lealtad de Mitch?

– No hay que estar necesariamente a favor de arrasar el planeta para tener un empleo en esta industria. De hecho, en cuanto a industria se refiere, la del petróleo es mucho más limpia que otras.

Rebus reflexionó sorprendido.

– Señor Ford, ¿puedo echar un vistazo a su camarote?

– Por supuesto.

Era pequeño. Contraindicado para claustrofobia nocturna. Dos camas individuales y sobre la de Ford unas fotos, pero encima de la de Mitchison sólo señales de chinchetas.

– Recogí todas sus cosas -dijo Ford-. ¿Sabe usted si hay alguien…?

– Nadie.

– Beneficiencia tal vez…

– Lo que a usted le parezca, señor Ford. Ahora es como su albacea.

Fue la gota que hizo rebosar el vaso. Ford se dejó caer en la cama, con la cabeza entre las manos.

– Dios, Dios…

John el discreto; siempre portador de malas noticias. Con lágrimas en los ojos, Ford se excusó y salió del cuarto.

Rebus se puso manos a la obra.

Abrió cajones y el pequeño armario empotrado y no encontró nada hasta dar finalmente con lo que buscaba debajo de la cama de Mitchison. Una bolsa de basura con bolsas de papel dentro: los bienes materiales del finado.

No eran gran cosa, pero tal vez estuvieran relacionados con el pasado de Mitchison. Ligero de equipaje puedes salir pitando en cualquier momento a donde sea. Algo de ropa, libros de ciencia ficción y de economía y The Dancing Wu-Li Masters. A Rebus este último le sonaba a concurso de baile. Había un par de sobres con fotos y se puso a mirarlas. La plataforma, compañeros de trabajo, el helicóptero con los tripulantes y más grupos; éstos en tierra con árboles al fondo. Pero aquéllos no parecían compañeros de trabajo: melenas, camisetas de colores teñidas a mano y sombreros reggae. ¿Amigos? ¿Ecologistas? El segundo paquete era menos voluminoso. Contó las fotos: catorce, y comprobó los negativos: veinticinco. Faltaban once. Los miró a trasluz y no vio gran cosa. Las copias que faltaban eran también parecidas: grupos, algunos de ellos de tres o cuatro personas. Se los guardó en el bolsillo justo en el momento en que volvía a entrar Willie Ford.

– Lo lamento.

– Fue culpa mía, señor Ford. Hablé sin pensar. ¿Recuerda que antes le mencioné lo de la pornografía?

– Sí.

– ¿Y en cuanto a drogas?

– Yo no tomo.

– Pero si tomase…

– Es un círculo reducido, inspector. Yo no tomo y nadie me las ha ofrecido. Por lo que a mí respecta, la gente podría pincharse en cualquier rincón y ni me enteraría porque no estoy en el rollo.

– Pero rollo hay.

Ford sonrió.

– Puede, pero sólo en tiempo de ocio. Me habría enterado si hubiera estado trabajando al lado de alguien drogado. Nadie se atrevería. En una plataforma necesitas estar en tu trabajo con los cinco sentidos, y aun así no es suficiente.

– ¿Ha habido accidentes?

– Uno o dos, pero no es una tasa muy alta. Y no tuvieron relación con las drogas.

Rebus se quedó pensativo y Ford parecía ahora recordar algo.

– Debería echar un vistazo a lo que sucede ahí fuera.

– ¿Qué?

– Que van a subir a bordo a los manifestantes.

Ya los subían, y Rebus y Ford salieron a verlo. Ford con el casco puesto, pero Rebus, que no acababa de ajustárselo bien, lo llevaba en la mano. De arriba sólo podía caerle la lluvia, que ya amenazaba. Lumsden y Eric estaban ya con los otros, mirando. Vieron subir los últimos escalones a las desaliñadas figuras. A pesar de los impermeables venían chorreando por culpa de las mangueras. Rebus reconoció a alguien: la de las trencitas, otra vez. Parecía melancólica y al borde de la cólera. Se acercó para que le viera.

– Esta no es manera de encontrarnos -dijo.

Pero ella ni le miraba. De pronto gritó: «;AHORA!», escabullándose hacia la izquierda y sacando la mano del bolsillo, en la que ya llevaba una esposa puesta, cerró la otra anilla en el pasamanos de la plataforma, secundada por dos compañeros. Tras lo cual, reanudaron los tres las protestas a voz en grito. Los otros dos pudieron ser reducidos antes de que hicieran lo mismo, y de paso les esposaron ambas manos.

– ¿Quién tiene las llaves? -gritaba uno de los trabajadores.

– ¡Las hemos dejado en tierra!

– ¡Joder! -exclamó el hombre, volviéndose hacia un compañero-. Tráete el soplete. No te preocupes -añadió mirando a la de las trencitas-, aunque te quemen las chispas, te soltamos en un periquete.

Ella, indiferente, seguía gritando consignas con los demás. Rebus sonrió. Era de admirar. El caballo de Troya trabado.

Llegó el soplete. Rebus no acababa de creerse que fueran por las bravas, y se volvió hacia Lumsden.

– Tú, chitón -le previno el de Aberdeen-. ¿No recuerdas lo que te dije de su propia ley? Nosotros no intervenimos.

Encendieron el soplete mientras un helicóptero sobrevolaba la escena y Rebus se debatía en su interior, casi ya decidido, a tirar el soplete al mar.

– ¡Joder, la tele!

Alzaron todos la cabeza. El helicóptero descendía hacia ellos enfocándoles con una cámara de vídeo.

– Las putas noticias de la tele.

«Ah, sensacional -pensó Rebus-. Esto sí que es en directo. In fraganti, John, y en el noticiario televisivo. Quizá pudiera enviarle una postal a Ancram…»

Capítulo 19

Una vez de vuelta en Aberdeen, aún le parecía notar el suelo moviéndose bajo sus pies. Lumsden se había marchado a casa tras arrancarle la promesa de que se fuera al día siguiente.

Él se abstuvo de decirle que a lo mejor volvía.

Era primera hora de la tarde y hacía frío, pero el cielo estaba despejado. Los últimos compradores del sábado volvían a casa y los primeros juerguistas comenzaban a salir. Echó a andar hacia el Burke's. Otro gorila distinto; un problema menos. Pagó su entrada como un buen chico y se abrió camino a través de la música hasta la barra. Llevaría abierto poco rato y los pocos clientes que había parecían dispuestos a marcharse si aquello no se animaba. Pidió medio whisky cargado de hielo, que le costó un riñón, y echó un vistazo al local por el espejo. Ni rastro de Eve y Stanley. Ni rastro evidente de traficantes. En eso Willie Ford tenía razón: ¿qué aspecto tenían los traficantes? Exceptuando los yonquis, tenían una apariencia corriente. Su negocio consistía en contactar con la mirada y un mutuo entendimiento con la otra persona. Reconocerse y una transacción con cuatro palabras.

Se imaginó a Michelle Strachan bailando en aquel lugar, rumbo a los últimos momentos de su vida. Movió el vaso para deshacer el hielo y pensó en dar un paseo hasta Duthie Park. A lo mejor ella no había seguido ese itinerario y era dudoso que le proporcionara alguna pista, pero quería hacerlo, igual que había querido llegarse a Leith a saludar a Angie Riddell. Tomó por South College Street y vio en el plano que en línea recta había un tramo que discurría a lo largo del Dee. Demasiado tráfico. Concluyó que Michelle habría cortado por Ferryhill y tomó esa dirección. Allí las calles eran ya más tranquilas y las casas grandes, de tipo residencial. Un barrio de clase media acomodada. Había algunas tiendas abiertas en los cruces; vendían leche, helados y diarios. Se oía jugar a los niños en los jardines. Era el lugar por donde habían pasado Michelle y Johnny Biblia, pero a las dos de la mañana estaría desierto. Si hubiesen hecho ruido, alguien de las casas lo habría oído. Pero nadie había declarado nada. Michelle no iría borracha; sus compañeros de estudios decían que cuando bebía armaba jaleo. Tal vez algo animada, lo justo para perder el instinto de supervivencia. Y Johnny Biblia iría… tranquilo, sobrio y con una sonrisa que velaba sus intenciones.

Giró en Polmuir Road. La pensión de Michelle estaba cerca, pero Johnny Biblia la convencería para continuar hasta el parque. ¿Cómo lo lograría? Rebus meneó la cabeza de un lado a otro, tratando de desentrañar algo. A lo mejor la patrona era muy estricta y no podía invitarle a subir. A ella le gustaba aquel alojamiento y no quería que la echasen por contravenir las reglas. O tal vez Johnny había comentado que era una noche espléndida, que no deseaba que tuviera fin y que ella le gustaba mucho. ¿Por qué no prolongar el paseo hasta el parque? ¿O incluso pasear por el parque? ¿No sería delicioso?

¿Conocía Johnny Biblia el Duthie Park?

Creyó oír música y, a continuación, silencio y aplausos. Claro, el concierto protesta. Los Dancing Pigs y sus colegas. Entró en el parque y cruzó un recinto de juegos infantiles. Michelle y su galán habían pasado por allí: su cuerpo había aparecido cerca, junto al invernadero y la cafetería… En el centro del parque había un amplio espacio donde estaba el escenario. Unos centenares de jovenzuelos. Los vendedores ilegales con su mercancía a la vista sobre el césped, junto con echadores de tarot, trenzadores de pelo y herboristas. Sonrió pensando en que parecía el concierto de Ingliston en miniatura. En medio del público circulaban unos tipos haciendo sonar las huchas. Sobre el escenario ondeaba ahora la pancarta que había adornado el tejado del centro de congresos: ¡NO MATÉIS LOS MARES! Y allí estaba también la ballena hinchable. Se le acercó una quinceañera.

– ¿Un recuerdo? ¿Camisetas, programas?

Rebus negó con la cabeza, pero cambió de idea.

– Dame un programa.

– Tres libras.

Consistía en fotocopias grapadas con una portada en color. Papel reciclado; igual que el texto. Lo leyó por encima. En la última hoja, había una lista de agradecimientos. El tercer nombre era Mitch, «con cariño y gratitud». Alian Mitchison había desempeñado un papel en la organización del concierto y lo hacían constar con gratitud: in memóriam.

– A ver si yo puedo mejorarlo -musitó Rebus, enrollando el programa y guardándoselo en el bolsillo.

Se dirigió a la zona de detrás del escenario, bloqueada por un semicírculo de camiones y furgonetas, y dentro de la cual los grupos y sus séquitos se movían como fieras enjauladas. Su identificación le abrió camino a la par que le valía unas cuantas miradas de odio.

– ¿Es usted el encargado? -preguntó a un gordo que le salió al paso.

Tendría sus cincuenta años; una especie de Jerry García pelirrojo con falda escocesa y chaleco blanco sucio y sudado.

– No hay encargado -replicó.

– Pero pertenece a la organización…

– Oiga, tío, ¿qué problema hay? Tenemos permiso y no queremos jaleo.

– No voy a montar ningún jaleo. Sólo quería hacer una pregunta sobre la organización.

– ¿El qué?

– Alian Mitchison… Mitch.

– ¿Y bien?

– ¿Le conocía?

– No.

– Tengo entendido que fue quien se ocupó de que vinieran los Dancing Pigs.

El hombre se quedó pensativo y asintió con la cabeza.

– Ah, sí, Mitch. No le conozco. Bueno, de vista sí.

– ¿Hay alguien aquí que pueda contarme algo de él?

– ¿Por qué? ¿Qué ha hecho?

– Ha muerto.

– Mal rollo. Ojalá yo pudiera hacer algo -agregó encogiéndose de hombros.

Rebus regresó a la parte delantera. El control de sonido era malo, como de costumbre, y el grupo no sonaba ni la mitad de bien que en el disco. Un tanto a favor del productor. De pronto paró la música y se hizo un silencio más dulce que cualquier melodía. El cantante se acercó al micrófono.

– Vamos a presentaros a unos amigos que hace pocas horas luchaban por la causa para intentar salvar nuestros mares. Un aplauso para ellos.

Aplausos y vítores. En el escenario aparecieron dos personas vestidas aún con impermeables color naranja, y reconoció sus caras de Bannock. Aguardó un poco más, pero la de las trencitas no aparecía, y, en cuanto iniciaron su discurso, se dio media vuelta para irse. Había que sortear otra recolecta, pero, pensándoselo mejor, dobló en cuatro un billete de cinco libras y lo echó en una hucha. Tras lo cual, decidió tomar una buena cena en el hotel. Cargada a la cuenta de la habitación, por supuesto.

Ruido insistente.

En un principio Rebus lo incorporó al sueño; pero al poco rato abrió un ojo y vio resquicios de luz en las gruesas cortinas. ¿Qué cono de hora sería? Encendió la lamparita y agarró el reloj, parpadeando. Las seis. ¡Pero bueno! ¿Tanto deseaba Lumsden que se largara?

Saltó de la cama y fue hacia la puerta. Había cenado regiamente con una botella de vino. Y el problema en sí no era el vino, sino que a guisa de digestivo se había bebido cuatro whiskies en flagrante transgresión de las reglas del bebedor de no mezclar.

Porrazos y más porrazos.

Abrió la puerta. Dos policías de uniforme, con aspecto de llevar allí un buen rato.

– ¿Inspector Rebus?

– Eso parece.

– Vístase, por favor.

– ¿No les gusta mi atuendo?

Calzoncillos y camiseta.

– Vístase, señor.

Rebus se los quedó mirando y decidió hacer lo que decían. Se dio media vuelta y ellos le siguieron dentro, observando la estancia con mirada profesional.

– ¿Qué he hecho?

– Pregúntelo en comisaría.

– Júreme que no es una puta broma -replicó Rebus sin dejar de mirarle a los ojos.

– Hable bien, señor.

Rebus se sentó en la cama y cogió unos calcetines limpios.

– Me gustaría saber qué significa todo esto. Vamos, en plan confidencial; de policía a policía.

– Son sólo unas preguntas, señor. Dese prisa.

Al descorrer el otro agente las cortinas de par en par, la luz hirió sus ojos somnolientos. El policía parecía arrobado ante el panorama.

– Hace unas cuantas noches hubo una pelea en el parque, ¿recuerdas, Bill?

Su compañero se acercó también a la ventana.

– Y hace quince días se tiró uno del puente y dio de lleno en Denburn Road.

– Menudo susto se llevó la mujer del coche.

Sonrieron los dos al recordarlo.

Rebus se puso en pie y miró en torno suyo, pensando qué llevarse.

– Será rápido, señor.

Ahora le sonreían. Tenía retortijones de estómago y trató de no pensar en las asaduras de cordero en avena y especias ni en el cranachan… Ni en el vino y el whisky…

– ¿Se siente indispuesto, señor?

El policía se mostraba solícito en extremo.

Capítulo 20

– Soy el inspector jefe Edward Grogan. Tenemos que hacerle unas preguntas, inspector Rebus.

«Eso es lo que me dicen todos», pensó, y permaneció cruzado de brazos con cara de mala leche. Ted Grogan. Ya había oído hablar de él: un cabronazo. Y lo parecía: cuello de toro y calvo, más parecido a Frazier que a Alí. Ojos pequeños y labios gruesos; luchador callejero de frente abombada, simiesca.

– Al sargento Lumsden ya lo conoce.

El mencionado estaba sentado junto a la puerta con la cabeza gacha y las piernas abiertas. Parecía agotado e incómodo. Grogan se sentaba frente a Rebus, detrás de la mesa. Era una «galletera», aunque allí seguramente la llamarían de otro modo.

– Bueno, no hay tiempo para andarse con rodeos -dijo Grogan, tan cómodo en la silla como un semental Aberdeen de concurso-. ¿Cómo se hizo esas contusiones?

– Ya se lo conté a Lumsden.

– Pues ahora cuéntemelo a mí.

– Me atacaron unos recaderos. Y el aviso fue un culatazo.

– ¿Y las otras señales?

– Me tiraron por encima de un muro y en la caída me clavé unas zarzas. Tengo el costado lleno de rasguños.

– ¿Ocurrió tal como dice?

– Claro. Mire, le agradezco su preocupación, pero…

– No es eso lo que nos preocupa, inspector. El sargento Lumsden dice que la otra noche le dejó cerca del puerto.

– Exacto.

– Y tengo entendido que se había ofrecido a llevarle al hotel.

– Es posible.

– Y que usted no quiso.

Rebus miró a Lumsden. «¿Qué coño pasa aquí?» Pero Lumsden continuaba mirando al suelo.

– Me apetecía pasear.

– ¿De vuelta al hotel?

– Sí.

– ¿Y cuando volvía, le pegaron?

– Con una pistola.

– ¿En Aberdeen, inspector?

Lo observó con una mezcla de simpatía e incredulidad.

– Hay más de un Aberdeen. No sé qué tiene esto que ver con nada.

– Tenga paciencia. ¿Así que regresó al hotel?

– Al carísimo hotel que me buscó la policía de Grampian.

– Ah, el hotel… Lo teníamos reservado para un jefe que canceló el viaje a última hora, y de todos modos habríamos tenido que pagarlo. Tengo entendido que el sargento Lumsden tomó la iniciativa de procurarle ese alojamiento. Cortesía de las Highlands, inspector.

Cuento de las Highlands, más bien.

– Si usted lo dice…

– No es lo que yo diga lo que importa aquí. ¿En ese paseo de vuelta al hotel, vio a alguien, habló con alguien?

– No. -Hizo una pausa-. Vi una pareja de sus mejores agentes discutiendo con unos quinceañeros.

– ¿Habló con ellos?

Negó con la cabeza.

– No quise entrometerme. No es mi zona.

– Por lo que me ha dicho el sargento Lumsden, ha estado usted actuando como si lo fuese.

Rebus miró a Lumsden, que le atravesaba con los ojos.

– ¿Le examinó un médico las heridas?

– Me hice una cura con el botiquín de recepción del hotel.

– Le preguntaron si quería un médico.

Rebus asintió con la cabeza.

– Dije que no era necesario. Autoconfianza de las Lowlands [15].

Sonrisa helada de Grogan.

– Estuvo ayer en una plataforma petrolífera, creo.

– Con el sargento Lumsden tras mis pasos.

– ¿Y por la noche?

– Tomé una copa, di un paseo y cené en el hotel. Por cierto, lo cargué a la cuenta.

– ¿Dónde tomó la copa?

– En el club Burke's, un paraíso de traficantes de College Street. Para mí que los que me atacaron procedían de allí. ¿Cuál es aquí la tarifa de matones? ¿Cincuenta por una paliza? ¿Setenta y cinco por romper un hueso?

Grogan lanzó un resoplido y se puso en pie.

– Un poquitín más alta.

– Escuche, con todo respeto, me quedan unas dos horas para irme. Si es una especie de advertencia, ya no viene a cuento.

– No es una advertencia, inspector. -Grogan vocalizó perfectamente la frase.

– ¿Pues qué, entonces?

– ¿Dice que al salir de Burke's dio un paseo?

– Sí.

– ¿Por dónde?

– Por Duthie Park.

– Un buen paseo.

– Soy fan de los Dancing Pigs.

– Un grupo musical, señor -terció Lumsden-. Anoche daban un concierto.

– Un auténtico tostón.

– Modérese, inspector.

Grogan se situó a sus espaldas.

El interrogador invisible. ¿Te vuelves a verle la cara o sigues mirando a la pared? Él también había recurrido al truco más de una vez con el propósito de poner nervioso al detenido.

Detenido… ¡Joder!

– Recordará, señor -intervino Lumsden, con una vocecita neutra-, que es el camino que siguió Michelle Strachan.

– Es cierto, ¿no, inspector? Supongo que lo sabía.

– ¿Qué quiere decir?

– Pues que ha estado usted mostrando mucho interés por el caso de Johnny Biblia, ¿no es cierto?

– Me he visto indirectamente implicado, señor.

– Indirectamente, ¿eh? -Grogan volvió a hacerse visible enseñando unos dientes amarillos que parecían recortados-. En fin, es una manera de decirlo. El sargento Lumsden afirma que usted se mostró muy interesado en el caso y que no cesaba de hacerle preguntas.

– Con todo respeto, señor, ésa es la interpretación del sargento Lumsden.

– ¿Y cuál es la suya?

Apoyó los puños sobre la mesa, inclinado hacia él.

Ahora el propósito era atemorizar al detenido y demostrarle quién mandaba.

– ¿Le importa que fume?

– ¡Conteste a mi pregunta!

– ¡Deje de tratarme como a un puto sospechoso!

Rebus se arrepintió inmediatamente de su arrebato. Era una señal de debilidad, de desconcierto. En los entrenamientos del Ejército había superado muchas sesiones de técnicas de interrogatorio. Sí, pero entonces tenía la cabeza más clara y con menos asuntos por los que sentirse culpable.

– Pero, inspector -replicó Grogan fríamente como agraviado-, eso es precisamente lo que es usted.

Rebus se agarró al extremo de la mesa, sintiendo el cortante borde metálico. Quiso incorporarse, pero le fallaban las piernas. Debía dar la impresión de estar muerto de miedo; hizo un esfuerzo y soltó la mesa.

– Anoche -prosiguió Grogan inflexible- se encontró el cadáver de una mujer en un cajón en el puerto. El forense certifica que fue asesinada anteanoche. Estrangulada, violada. Y falta un zapato.

Rebus meneaba la cabeza de un lado a otro. «Santo Dios -pensaba-, otra no.»

– No hay señales de que se resistiera, pues no hay piel en las uñas. Pero podría haberse defendido a puñetazos. Tenía el aspecto de ser una mujer fuerte, tenaz.

Involuntariamente, Rebus se llevó la mano a la contusión de la sien.

– Usted estaba cerca del puerto, inspector, y de un humor de perros, según el sargento Lumsden.

– ¿Intenta incriminarme? -Se puso en pie de un salto.

El contraataque era la mejor defensa, según decían. No es una verdad absoluta, pero si Lumsden quería jugar sucio, él no iba a quedarse corto.

– Siéntese, inspector.

– ¡Trata de cubrir a sus putos clientes! ¿Cuánto te sacas a la semana, Lumsden? ¿Cuánto te pasan?

– ¡He dicho que se siente!

– ¡Cabrón! -exclamó Rebus sin control-. ¡Intentas acusarme de ser Johnny Biblia! ¡Si casi tengo la edad de John Biblia, joder!

– Estaba usted en el puerto a la hora en que la asesinaron. Y volvió al hotel con contusiones y cortes y la ropa destrozada.

– ¡Esto es una gilipollez! ¡No lo aguanto más!

– Sí lo va a aguantar.

– Entonces, acúseme.

– Unas preguntas más, inspector. Puede usted facilitar las cosas o hacerlas infinitamente más penosas. Elija usted, pero antes ¡siéntese!

Rebus siguió de pie. Boquiabierto y quitándose saliva de la barbilla. Miró a Lumsden, que seguía sentado, aunque tenso y dispuesto a saltar si llegaban a las manos. Pero no iba a darle esa satisfacción y se sentó.

Grogan lanzó un profundo suspiro. El poco aire que quedaba en el cuarto era ya irrespirable. Todavía no eran las siete y media.

– ¿Bovril y naranjas en el descanso? -dijo.

– Aún falta bastante -replicó Grogan.

Abrió la puerta y asomó la cabeza. A continuación, entró alguien.

El inspector jefe Chick Ancram en persona.

– Le he visto en las noticias, John. No es muy fotogénico que digamos. -Ancram se quitó la chaqueta y la puso con cuidado en el respaldo de una silla. Parecía dispuesto a disfrutar-. Si hubiera llevado puesto el casco a lo mejor no le habría reconocido.

Grogan se acercó a Lumsden, que seguía sentado como un luchador de relevo en espera de entrar al ring, mientras Ancram comenzaba a remangarse.

– La cosa está que arde, ¿eh, John?

– Abrasa -musitó Rebus. Ahora sabía por qué en Homicidios les gustaba detener temprano: ya estaba agotado. Y el agotamiento te juega malas pasadas y te hace cometer errores-. ¿Sería posible que me tomara un café?

Ancram miró a Grogan.

– ¿Y por qué no? ¿Tú qué dices, Ted?

– Sí que me tomaría una tacita. Ande, hijo -añadió volviéndose hacia Lumsden.

– Puto recadero -musitó Rebus sin poder contenerse.

Lumsden se puso en pie de un salto, pero Grogan alzó una mano conciliadora.

– Tranquilo, hijo; vaya a por los cafés.

– Sargento Lumsden -terció Ancram-, el del inspector Rebus que sea descafeinado. No queremos que se ponga nervioso.

– Si me pongo más nervioso me convierto en canguro. Lumsden, que sea descafeinado legal; nada de meados ni gargajos, ¿eh?

Lumsden salió sin decir nada.

– Bueno, bueno -canturreó Ancram mientras se sentaba frente a Rebus-. Sí que es difícil de cazar.

– No sé por qué se ha tomado tantas molestias.

– Creo que merece usted la pena, ¿no es así? Dígame algo sobre Johnny Biblia.

– ¿Qué, por ejemplo?

– Lo que sea. Sus métodos, sus antecedentes, su perfil.

– Podría llevarnos todo el día.

– Tenemos todo el día.

– Usted quizá, pero yo tengo que dejar libre la habitación antes de las once o facturan un día más.

– Su habitación ya está libre -dijo Grogan-. Tenemos sus cosas en mi despacho.

– No sirve como prueba, falta la orden de registro.

Ancram se echó a reír secundado por Grogan. Bien sabía por qué; él mismo lo habría hecho en su lugar. Pero no estaba en su lugar. Estaba donde muchos hombres y mujeres, algunos casi unos niños, se habían visto antes que él. La misma silla, el mismo cuarto agobiante, el mismo decorado. Centenares, miles de sospechosos. Inocentes ante la ley hasta que se demuestre su culpabilidad, pero todo lo contrario a los ojos del interrogador. A veces, para estar seguro de que un sospechoso es inocente tienes que machacarlo. En ocasiones es necesario llegar a ese extremo para estar seguro. Ya ni recordaba en cuántas sesiones como aquélla había actuado… Centenares, desde luego; él mismo habría machacado por lo menos a una docena de sospechosos que posteriormente resultaron inocentes. Sabía dónde estaba y por qué se encontraba allí, pero eso no solucionaba nada.

– Le voy a decir una cosa sobre Johnny Biblia -dijo Ancram-. Su perfil puede corresponder a distintas profesiones, y una de ellas es la de policía en activo o retirado, alguien que conoce nuestros métodos y actúa con sumo cuidado para no dejar pruebas.

– Tenemos una descripción física de él. Yo soy demasiado viejo.

Ancram torció el gesto.

– John, todos sabemos que las descripciones fallan.

– Yo no soy Johnny Biblia.

– Lo que no quiere decir que no sea un imitador. Tenga en cuenta que no decimos que lo sea; simplemente, que hay que hacerle unas preguntas.

– Pues hágalas.

– Vino a Partick.

– Correcto.

– Sin duda para hablar conmigo de Tío Joe Toal.

– La astucia en persona.

– Sí, y si no recuerdo mal, acabó haciéndome muchas preguntas sobre Johnny Biblia. Y parecía saber mucho sobre el caso John Biblia. -Ancram aguardó por si Rebus le dirigía una réplica adecuada. Nada-. Mientras estuvo en Partick pasó un buen rato en la sala donde revisábamos los primitivos archivos de John Biblia. -Nueva pausa-. Y ahora, un periodista de la tele me dice que guarda recortes y notas sobre John Biblia y Johnny Biblia en los armarios de la cocina.

«¡Hija de puta!»

– Espere un momento.

– Estoy esperando -dijo Ancram mientras se recostaba en la silla.

– Todo eso que dice es cierto. Me interesan los dos casos. El de John Biblia… sería largo de explicar. Y el de Johnny Biblia… por… el hecho de que conocí a una de las víctimas.

– ¿Cuál?

Ancram se inclinó hacia él.

– Angie Riddell.

– ¿En Edimburgo?

Ancram y Grogan se miraron.

Rebus sabía lo que estaban pensando: una vinculación más.

– Formé parte del equipo que la detuvo en cierta ocasión. Y después volví a verla.

– ¿Cuándo?

– Una vez que fui a Leith como turista.

Grogan resopló.

– Como eufemismo es la primera vez que lo oigo.

– Sólo hablamos. La invité a té y a una empanadilla.

– ¿Y no se lo dijo a nadie? ¿Sabe lo que parece?

– Otra mancha negra. Tengo tantas que yo mismo parezco negro.

Ancram se levantó con la intención de pasear de arriba abajo, pero el cuarto no daba para tanto.

– Eso está mal -dijo.

– ¿Por qué va a estar mal la verdad?

Pero sabía que Ancram tenía razón. No quería estar de acuerdo con él en nada -eso equivalía a caer en la trampa del interrogador: identificarse con él-, pero en ese punto no podía por menos de hacerlo. Estaba mal. Su vida era como la de una canción de los Kinks: Dead End Street [16].

– Está con el agua al cuello, amigo -comentó Ancram.

– Gracias por recordármelo.

Grogan encendió un cigarrillo y ofreció otro a Rebus, que lo rehusó con una sonrisa. Tenía los suyos si quería fumar.

Y quería fumar, pero aún no. De momento se rascó la palma de las manos, clavándose las uñas para estimularse. En el cuarto se hizo el silencio durante un minuto. Ancram se apoyó en la mesa recostado en la silla.

– Joder, ese café, ¿lo están sembrando?

Grogan se encogió de hombros.

– Es el cambio de turno y la cantina estará llena.

– Es que en los tiempos que corren el servicio está fatal -dijo Rebus.

Ancram, con la cabeza gacha, sonrió y le miró de soslayo.

«Ahora empieza el truco de la simpatía», se dijo él. Y quizás Ancram le leyó el pensamiento porque cambió de táctica.

– Hablemos un poco más de John Biblia.

– Por mí que no quede.

– He comenzado a leer las notas del caso Spaven.

– ¿Ah, sí?

¿Habría sorprendido a Brian Holmes?

– Una lectura fascinante.

– Hubo dos editores interesados en su momento.

Esta vez no hubo sonrisa por parte del inquisidor.

– No sabía… que Lawson Geddes había trabajado en el caso John Biblia.

– ¿No?

– Ni que le prohibieran seguir investigando. ¿Tiene usted idea de por qué?

Rebus no contestó. Ancram detectó su indecisión, se levantó y se inclinó sobre él.

– ¿No lo sabía?

– Sabía que había trabajado en el caso.

– Pero no sabía que le prohibieron continuar. No, porque él no se lo dijo. He encontrado esa perla en los archivos sobre John Biblia. Pero no se menciona por qué.

– ¿Acaso eso nos conduce a alguna parte?

– ¿No le habló él del caso John Biblia?

– Puede que en alguna ocasión. Hablaba mucho de casos antiguos.

– Estoy seguro. Ustedes dos eran muy amigos. Y por lo que me han dicho, a Geddes le gustaba charlar más de la cuenta.

– Era un buen policía -espetó Rebus mirándole enfurecido.

– ¿Sí, eh?

– En serio.

– Pero también los buenos policías cometen errores, John. Incluso los buenos policías llegan a p