/ / Language: Español / Genre:thriller

Descansa En Paz

John Lindqvist

Considerado por la Academia Sueca uno de los autores de mayor talento, aclamado por la crítica como el nuevo Stephen King y considerado por los lectores el sucesor de Stieg Larsson, el maestro escandinavo del terror se imagina en su nueva novela qué pasaría si Estocolmo fuese tomado por los zombies. Algo muy extraño está ocurriendo en la capital de Suecia: en medio de una inusual ola de calor, la gente se da cuenta de que no puede apagar la luz ni los aparatos eléctricos. De repente, una noticia sacude a la nación: en la morgue los muertos están resucitando. ¿Qué es lo que quieren? Lógicamente, volver a casa…

John Ajvide Lindqvist

Descansa En Paz

Título original: Hanteringen av odöda

© John Ajvide Lindqvist, 2005

© de la traducción: Gemma Pecharromán Miguel, 2010

Para Fritiof. ¡Mah-fjou!

PRÓLOGO

Cuando la corriente revierte su curso

La muerte es sólo la aguja

que abre el ojo para que por

fin puedas ver la luz donde

vivimos.

Eva-Stina Byggmästar,

Den harhjärtade människan

(El espíritu temeroso).

Calle de Sveavägen, 13de agosto, 22:49

– ¡Salud, comandante[1]!

Henning levantó el envase de Gato Negro e hizo un gesto de brindis en dirección a la placa metálica del empedrado. Sólo había una rosa marchita en el lugar donde 16 años antes habían asesinado a Olof Palme. Henning se acuclilló y pasó el dedo sobre las letras en relieve.

– ¡Joder! -exclamó-. Esto va mal, Olof. Va de mal en peor.

La cabeza estaba a punto de estallarle de dolor, y no era por el vino. Los viandantes de la calle de Sveavägen caminaban con la vista fija en el suelo y algunos se apretaban las sienes con las palmas de las manos.

Por la tarde, sólo se había dejado sentir en el aire la tormenta en ciernes, pero la tensión eléctrica había aumentado poco a poco, de forma imperceptible, y, ahora, rayaba lo insoportable a pesar de no haber ni una nube en el cielo nocturno, ni un trueno en la lejanía, ni esperanza alguna de que descargara el temporal. El impreciso campo eléctrico era inaprensible, pero se sentía y se notaba.

Era como un apagón eléctrico al revés: desde las nueve aproximadamente no podía apagarse una sola bombilla ni desconectar ningún aparato eléctrico. Si uno intentaba tirar del enchufe se producía un chisporroteo terrible y saltaban chispas entre la toma de contacto y el enchufe, impidiendo que se interrumpiera el circuito.

Y el campo eléctrico incluso aumentó su potencia.

Henning se sentía como si le hubieran enrollado alrededor de la frente un cable eléctrico que lanzaba dolorosas descargas, y era una verdadera tortura.

Pasó por allí una ambulancia con las sirenas ululando, bien porque se tratara de una urgencia o, sencillamente, porque no había manera de apagarlas. Un par de coches aparcados tenían el motor en marcha.

– ¡Salud, comandante!

Alzó el envase de vino a la altura del rostro, echó la cabeza hacia atrás y lo abrió. El chorro de vino cayó sobre la barbilla y se le deslizó por el cuello antes de que consiguiera apuntar bien para que le entrara en la boca. Cerró los ojos y bebió dos buenos tragos, mientras que la bebida derramada le corría por el pecho, se mezclaba con el sudor y continuaba hacia abajo.

Y luego estaba el calor; encima, el calor.

A lo largo de las dos últimas semanas todos los mapas del tiempo habían mostrado grandes soles alegres por todo el país. Los adoquines del empedrado y los edificios soltaban el fuego acumulado durante el díay, aunque ya eran casi las once, la temperatura rondaba los 30°.

Henning se despidió del primer ministro con una inclinación de cabeza y siguió el camino del asesino, hacia la calle de Tunnelgatan. El asa del envase de vino se le había roto cuando lo cogió de un coche con la ventanilla abierta, por lo que debía llevarlo bajo el brazo. Sentía la cabeza más grande de lo normal, abotargada, y se pasó los dedos por la frente.

La cabeza parecía tener el volumen de siempre; los dedos, sin embargo, estaban hinchados por el calor y el alcohol.

«Mierda de tiempo. Esto no es normal».

Se apoyó en la barandilla y subió despacio las escaleras. Cada uno de sus inseguros pasos le provocaba una punzada de dolor en el cerebro. Las ventanas de ambos lados estaban abiertas e iluminadas, desde algunas se oía música. Henning quería oscuridad, oscuridad y silencio. Deseaba seguir bebiendo vino hasta quedarse tranquilo y dormido.

Se detuvo unos segundos para descansar en lo alto de la escalera y la cosa empeoró. Resultaba imposible decir si era él el que estaba cada vez peor o si era el campo eléctrico, que aumentaba su potencia. Ya no sentía pulsaciones en la cabeza. Ahora se trataba de un dolor abrasador constante alrededor del cerebro.

No. No era sólo él.

A su lado, atravesado sobre la acera, había un vehículo con el motor en marcha y la puerta del conductor abierta; el estéreo reproducía a todo volumen Living doll. Junto al coche estaba el conductor, agachado en medio de la calle, con la cabeza entre las manos.

Henning apretó los párpados y volvió a abrirlos. ¿Eran imaginaciones suyas o las luces de los apartamentos habían aumentado de potencia?

Algo va a pasar.

Despacio, paso a paso, cruzó la calle de Döbelnsgatan y se cobijó bajo la sombra de los castaños en el cementerio de San Juan, donde se derrumbó. No podía más. Todo zumbaba a su alrededor; sonaba como si hubiera un enjambre en la copa del árbol que tenía encima de él. La tensión del campo eléctrico aumentaba, su cabeza se comprimía como si estuviera bajo el agua a mucha profundidad, y podía oír los gritos de la gente a través de las ventanas abiertas.

«Voy a morir».

Aquella migraña iba más allá de lo razonable. ¿Cómo era posible que cupiese tanto dolor en una superficie tan pequeña? La cabeza podía explotarle en cualquier momento. La luz de las ventanas era cada vez más cegadora, las sombras de las hojas proyectaban sobre su cuerpo un dibujo psicodélico. Henning levantó el rostro hacia el cielo y abrió los ojos de par en par a la espera del estallido, la rotura.

Ping.

Desapareció.

Se esfumó como si hubieran apagado un interruptor.

El dolor de cabeza cesó de golpe, el enjambre enmudeció súbitamente y todo volvió a la normalidad. Henning quiso abrir la boca para emitir algún sonido, una expresión de agradecimiento, quizá, pero tenía las mandíbulas encajadas y le dolían los músculos después de haber permanecido en tensión tanto tiempo.

Silencio. Oscuridad. Y entonces algo bajó del cielo. Henning lo vio justo antes de que cayera, muy cerca de su cabeza. Se trataba de algo pequeño, un insecto. Él respiró repetidamente por la nariz, disfrutando del olor a tierra seca. Tenía la parte posterior de la cabeza apoyada sobre algo duro y fresco. Se giró a un lado para refrescar la mejilla también.

Estaba echado sobre una losa de mármol. Notó algo raro debajo la mejilla. Eran letras. Levantó la cabeza y leyó el texto de la lápida:

Carl

4/12/1918-18/7/1987

Greta

16/9/1925 -16/6/2002

Encima había más nombres, pues se trataba de un panteón familiar. Greta había estado casada con Carl, pero había quedado viuda los últimos quince años. Bueno, bueno. Se la imaginó como una ancianita de cabellos grises que necesitaba un andador para salir de un enorme edificio de techos altos del centro de la ciudad. La disputa por laherencia de Greta habría estallado un par de meses después de su muerte.

Algo se movió sobre la lápida de mármol y Henning entornó los ojos. Era una larva blanca como la leche del tamaño del filtro de un cigarrillo. Parecía angustiada y se retorcía sobre la piedra negra. Se apiadó de ella y le dio un empujoncito con el dedo para echarla a la hierba, pero la larva estaba pegada.

«¿Qué está pasando aquí…?».

Henning acercó la cara a la larva y le dio otro golpecito. Parecía clavada en la piedra. Sacó un mechero del bolsillo y lo encendió para verla mejor. La larva se encogió. La observó tan de cerca que casi la rozaba con la nariz, y el encendedor le quemó algunos pelos. No. No era que la larva encogiera. Si cada vez se veía menos de ella era porque se estaba incrustando en la piedra.

«Pero…».

Henning golpeó la piedra con los nudillos y se aseguró de que realmente fuera tal. Mármol macizo, del caro. Se echó a reír y dijo en voz alta:

– Pero, oye. Oye, tú, larva…

En ese momento la larva ya casi había desaparecido del todo. Sólo quedaba un diminuto extremo blanco agitándose, y mientras él lo observaba se hundió dentro de la piedra sin dejar rastro. Pasó el dedo por donde había desaparecido. No había agujero ni resquicio alguno por donde se había introducido la larva. Había caído, y ahora había desaparecido. Henning dio unas palmaditas sobre la piedra y dijo:

– Bien. Está bien. Buen trabajo.

Después recogió el vino y se fue hacia arriba en dirección a la capilla para sentarse a beber en las escaleras.

Nadie salvo él vio aquello.

13DE AGOSTO

¿Qué he hecho yo para merecer esto?

Los muertos trotan hacia sus antiguas moradas

poco a poco, poco a poco…

Gunnar Ekelöf,

Cuando consiguen escapar.

Calle de Svarvargatan, 16:03

«La Muerte…».

David alzó la mirada del escritorio y contempló la foto enmarcada de la escultura de plástico de Duane Hanson, Supermarket Lady.

Una voluminosa mujer con suéter rosa y falda azul turquesa empujaba un carro de la compra lleno. Llevaba rulos en el pelo y sostenía un cigarrillo en la comisura de los labios. Su calzado apenas cubría sus doloridos pies hinchados. Tenía la mirada vacía. En los antebrazos desnudos podían distinguirse variaciones de color violeta, cardenales. Quizá su marido le pegara.

Pero el carro iba lleno, lleno a rebosar.

Botes, cajas, bolsas. Comida precocinada lista para el microondas. Su cuerpo era una masa de carne, embutida en la piel, y ésta a su vez estaba embutida en la falda estrecha y el suéter ajustado. Tenía la mirada vacía, los labios apretaban firmemente el cigarrillo, dejando entrever los dientes, y sujetaba con fuerza la barra del carrito.

Y el carro iba lleno, lleno a rebosar.

David tomó aire por la nariz: pudo casi sentir el olor a perfume barato mezclado con el olor a sudor del supermercado.

«La Muerte…».

Cuando no se le ocurría ninguna idea, o le asaltaban las dudas, siempre contemplaba esa representación de la Muerte, aquello contra lo que hay que luchar. Todas las tendencias dentro de la sociedad que apuntaban hacia esa imagen eran perniciosas; todo cuanto apuntaba en dirección contraria era… mejor.

Se abrió la puerta del cuarto de Magnus y éste apareció con una carta de Pokémon en la mano. Desde la habitación llegaba la voz chillona de la rana Boll:

– ¡Nooo, oye, eh!

El niño le enseñó la carta.

– Papá, ¿Dark Golduck es dragón o agua?

– Agua. Cariño, tendremos que dejarlo…

– Pero es que ha recibido el ataque de un dragón.

– Sí, pero… Magnus, ahora no. Iré a tu cuarto cuando haya terminado, ¿de acuerdo?

El pequeño se fijó en el periódico que David tenía abierto delante de él.

– ¿Quéhacen?

– Magnus, por favor. Estoy trabajando. Luego voy.

– Se vende vodka… sueco con porno. ¿Qué es vodka?

David cerró el periódico y cogió a su hijo de los hombros. El niño se resistió e intentó abrir de nuevo el periódico.

– ¡Magnus! Va en serio. Si no me dejas trabajar ahora, no tendré tiempo para estar contigo luego. Vete a tu cuarto y cierra la puerta. Enseguida voy.

– Jo, ¿por qué tienes que estartrabajando siempre?

David lanzó un suspiro.

– Si tú supieras lo poco que trabajo en comparación con otros padres… Pero, por favor, ahora déjame trabajar un poco en paz.

– Sí, sí,sí.

Magnus se soltó y volvió a su habitación. La puerta se cerró de nuevo. David dio una vuelta por el cuarto, se secó las axilas con una toalla y volvió a sentarse frente al escritorio. Las ventanas con vistas a la orilla de Kungholmen estaban abiertas de par en par, pero apenas corría el aire y él sudaba aunque iba desnudo de cintura para arriba.

Abrió de nuevo el periódico. Algo divertido debía salir de aquello.

Se vende vodka sueco con porno.

Dos mujeres del Partido Centrista arrojaban vodka sobre un número dePenthouse para manifestar su oposición. «Están indignadas», rezaba el pie de foto. David observó sus caras. Le dio la impresión de que parecían más bien amenazadoras, como si quisieran fulminar al fotógrafo con la mirada. El vodka caía sobre la joven desnuda de la portada.

Aquello era tan grotesco que resultaba difícil hacer algo divertido de ello. David paseó la vista por el periódico abierto, trataba de encontrar un punto de inflexión.

Foto: Putte Merkert.

«Ahí estaba».

Putte. Merkert. David se recostó en la silla, miró al techo y empezó a formularlo. Al cabo de dos minutos tenía el esquema del texto y se puso a escribirlo a mano. Volvió a observar a las mujeres. Ahora sus miradas amenazantes se volvieron contra él.

– ¿Piensas burlarte de nosotras y de nuestra actitud? -le dijeron-. ¿Y qué es lo que haces tú?

– Sí, sí -contestó David en voz alta al periódico-. Yo, a diferencia de vosotras, por lo menos soy consciente de ser un payaso.

Siguió escribiendo con el zumbido de un incipiente dolor de cabeza que él achacó a los remordimientos. Después de veinte minutos tenía un texto aceptable, incluso divertido, si le iba cogiendo las vueltas. Miró de reojo a laSupermarket Lady, pero no obtuvo orientación alguna. Quizá él estaba siguiendo su camino, iba en su carro.

Eran las 16:30. Quedaban cuatro horas y media hasta que tuviera que salir a escena, y los nervios empezaban a atenazarle el estómago.

Tomó una taza de café, fumó un cigarrillo y fue al cuarto de Magnus, dedicó media hora a hablar de los Pokémon, a ayudar a su hijo a clasificar las cartas y a traducir los textos de éstas.

– Papá -le preguntó el pequeño-, ¿en qué consiste realmente tu trabajo?

– Ya lo sabes. Estuviste una vez en Norra Brunn. Cuento cosas y la gente se ríe y… sí, me pagan por eso.

– ¿Por qué se ríen?

David miró a Magnus a los ojos, los ojos serios de un niño de ocho años, y él mismo se echó a reír. Le acarició la cabeza con la mano y respondió:

– La verdad es que no lo sé. Ahora voy a por un poco de café.

– ¡Ah! Siempre estás tomando café.

David se levantó del suelo cubierto de cartas esparcidas. Al llegar a la puerta se volvió y miró a su hijo, que estaba enfrascado en la lectura de una carta y movía los labios conforme deletreaba las palabras.

– Creo -aventuró David- que la gente se ríe porque quiere reírse. Han pagado para entrar y reírse, de modo que se ríen.

– No lo entiendo -contestó el niño, sacudiendo la cabeza.

– No -admitió David-. Yo tampoco.

Eva volvió del trabajo a las 17:30 y su esposo salió a recibirla a la entrada.

– Hola, querido -le saludó ella-. ¿Qué tal?

– La muerte, la muerte, la muerte -respondió David, llevándose la mano al estómago. La besó. Su labio superior sabía a sal por el sudor-. ¿Y tú?

– Bien. Me duele un poco la cabeza, pero por lo demás bien. ¿Has podido escribir algo?

– Bah, eso… -David hizo un gesto en dirección a la mesa del escritorio-. Sí, pero no es muy bueno.

Eva asintió.

– No, ya, ya. ¿Puedo escucharlo luego?

– Si quieres…

Ella fue al cuarto de Magnus y David entró en el aseo, dejó que fluyera de él una parte del nerviosismo. Permaneció un rato sentado en el retrete, observando el dibujo formado por los peces blancos de las cortinas de la ducha. Quería leerle el texto a Eva, sí, debía leérselo. Era divertido, pero se avergonzaba de él y temía que ella fuera a decir algo sobre… su contenido. O sobre la ausencia de él.

Tiró de la cadena y se refrescó la cara con agua fría. «Soy un cómico. Nada más». Sí. Claro.

* * *

Preparó una comida ligera -tortilla con champiñones en salsa-, mientras Magnus y Eva sacaban el Monopoli en la sala de estar. El sudor le caía a chorros por debajo de las axilas mientras permanecía junto al fuego friendo los champiñones.

«Este tiempo no es normal».

Se le cruzó por la cabeza una imagen: el efecto invernadero. Sí. La tierra como un invernadero gigante. Unos seres procedentes del espacio nos plantaron aquí hace millones de años. Pronto vendrían a recoger la cosecha.

Volcó las tortillas en los platos y anunció a voz en grito que la cena estaba lista. La idea era buena, pero ¿era divertida? No. Ahora bien, si se cogía a alguna persona lo bastante conocida, como por ejemplo el periodista Staffan Heimersson, y se decía que él era el jefe disfrazado de esos seres espaciales… Eso era como decir que Staffan Heimersson era el único responsable del efecto invernadero.

– ¿En qué estás pensando?

– No, nada… En que Staffan Heimersson tiene la culpa de que haga tanto calor.

– ¿Y eso…?

Eva se quedó expectante. Él se encogió los hombros.

– No, sólo eso. A grandes rasgos.

– Mamá… -El niño había terminado de retirar los trozos de tomate de su ensalada-. Robin dice que si empieza a hacer más calor los dinosaurios volverán a vivir en la tierra, ¿es eso verdad?

El dolor de cabeza se volvió más intenso mientras jugaban la partida de Monopoli, y todos se irritaban a lo tonto cuando perdían dinero. Después de media hora hicieron una pausa en el juego para ver Bolibompa en la tele, y Eva se fue a la cocina a preparar café. David se quedó sentado en el sofá, bostezando. Siempre que estaba nervioso se sentía cansado y sólo le apetecía dormir.

Magnus se acurrucó junto a él y juntos vieron un documental sobre el mundo del circo. David se levantó cuando estuvo listo el café, pese a las protestas de su hijo. Eva estaba delante de la cocina moviendo uno de los mandos.

– Qué raro. No se puede apagar.

La luz indicadora de que la cocina estaba encendida se resistía a apagarse. Él giró algunos mandos al azar, pero no pasó nada. La placa sobre la que había estado burbujeando la cafetera se había puesto al rojo vivo. No fueron capaces de hacer nada al respecto en aquel momento, así que David se puso a leer su texto mientras tomaban el café con mucho azúcar y fumaban un cigarrillo. A Eva le pareció divertido.

– ¿Puedo hacerlo? -preguntó David.

– Ni lo dudes.

– ¿No te parece que es…?

– ¿Qué?

– Bueno… arrogante. Está claro que tienen razón.

– ¿Y qué tiene eso que ver?

– No, nada. Gracias.

Ya llevaban casados diez años, y apenas pasaba un día sin que David mirara a Eva y pensara: «Joder, qué suerte he tenido». Por supuesto que había días malos, y también semanas sin espacio para la alegría, pero, incluso entonces, por debajo del fango, había una placa en la que estaba grabado: «Joder, qué suerte». Aunque él no pudiera verla justo entonces, acababa subiendo de nuevo a la superficie.

Ella trabajaba como redactora e ilustradora de libros divulgativos infantiles en Hippogriff, una pequeña editorial. Había escrito e ilustrado dos cuentos de Bruno, un castor dado a la filosofía y a la construcción de cosas. No habían sido grandes éxitos, pero como dijo Eva una vez haciendo una mueca: «Parece que agradan a la clase media-alta y a los arquitectos. Que les gusten a sus hijos ya es más discutible». David encontraba bastante más divertidos los libros de Eva que sus monólogos.

– ¡Mamá! ¡Papá! No se apaga.

Magnus estaba delante del televisor moviendo el mando a distancia. Su padre apretó el botón de apagado del aparato, pero la pantalla siguió encendida. Lo mismo que con la cocina, pero aquí al menos había un enchufe a mano, así que David tiró de él mientras la presentadora anunciaba el espacio informativo Rapport. Por un instante fue como intentar separar un trozo de metal de un imán; la clavija tiraba del enchufe. Saltaron chispas y a través de sus dedos se propagó un ligero cosquilleo, tras el cual la presentadora desapareció en la oscuridad.

David levantó el enchufe.

– ¿Lo habéis visto? Ha sido como un… cortocircuito. Ahora habrán saltado todos los fusibles.

Pulsó el interruptor de la lámpara del techo. Se encendió y ya no se pudo apagar.

El niño dio saltos en el sofá.

– ¡Vamos! ¡La partida continúa!

* * *

Dejaron que Magnus ganara al Monopoli, y mientras él contaba su dinero, su padre cogió los zapatos, la camisa de salir a escena y el periódico. Cuando fue a ver a Eva, estaba moviendo la cocina hacia delante.

– No -pidió él-. Deja eso.

Eva se pilló un dedo y soltó un taco.

– ¡Joder…! No podemos dejarla así. Voy a irme a casa de mi padre. Qué mierda… -Ella tiró de la cocina, pero se había quedado encajada entre los armarios.

– Oye -le dijo David-, ¿cuántas veces nos la hemos dejado encendida al ir a acostarnos sin que haya pasado nada?

– Sí, sí, pero salir de casa y dejarla… -Eva le dio una patada a la puerta del horno-. No hemos limpiado ahí atrás en varios años. Qué mierda de cocina. Joder, cómo me duele la cabeza.

– Eva, ¿es eso lo que quieres hacer justo ahora? ¿Limpiar detrás de la cocina?

Ella dejó caer las manos, meneó la cabeza y se echó a reír.

– No, pero se me ha metido entre ceja y ceja… Tendrá que quedarse así por el momento.

A pesar de todo, hizo un último intento, con la desesperación de un animal enjaulado, pero fue en vano. Entonces alzó las manos y se dio por vencida. Magnus entró en la cocina con su dinero.

– 90.400 -anunció, apretando los ojos-. Me duele mucho la cabeza. Está tonta.

A modo de brindis antes de separarse, se tomaron cada uno un analgésico y un vaso de agua, brindaron y tragaron.

* * *

El pequeño iba a dormir en casa de la madre de David, Eva iba a Järfälla a visitar a su padre, pero pensaba volver a casa por la noche. Levantaron a Magnus entre los dos y se besaron los tres.

– No te pases con el Cartoon Network en casa de la abuela -le advirtió su padre.

– ¿Eh? -replicó Magnus-. Ya no lo miro.

– Qué bien -exclamó Eva-. Será embus…

– Veo Disney Channel. Es mucho mejor.

David y Eva se besaron una vez más, haciéndose el uno al otro un guiño en alusión a lo que les esperaba después, por la noche, cuando estuvieran los dos solos. Luego, Eva cogió a su hijo de la mano y se fueron; alzaron la mano una vez más. David seguía en la acera viendo cómo se alejaban.

«Si no pudiera volver a verlos nunca más…».

Le abrumó su temor habitual. Dios había sido muy generoso con él, se había producido un error, había recibido más de lo que se merecía. Ahora le despojarían de todo. Eva y Magnus desaparecieron al doblar la esquina y un impulso le instó a correr tras ellos, detenerlos y decirles: «Venid, vamos a casa. Vamos a verShrek, a jugar al Monopoli, no debemos separarnos».

Era el temor de siempre, pero más intenso de lo normal. No obstante, se contuvo, dio media vuelta y caminó hacia la calle de Sankt Erik mientras iba repitiendo en voz baja el nuevo texto para memorizarlo.

«¿Cómo surge una imagen como ésta? Las dos mujeres están indignadas, ¿y qué hacen? Pues entran en la tienda de bebidas alcohólicas y compran una caja de vodka, y luego un montón de revistas porno. Cuando llevaban allí dos horas tirando vodka, acertó a pasar por allí Putte Merkert, fotógrafo del periódico vespertino Aftonbladet.

»-Oye -les dice Putte Merkert-, ¿qué estáis haciendo?

»-Ya lo ves, estamos aquí echando vodka encima de esta revista porno -contestan ellas.

»"Vaya", piensa el fotógrafo. "Ahí tengo la oportunidad de una exclusiva".

No. El fotógrafo, no. Convenía más hablar todo el tiempo de Putte Merkert.

«Vaya», piensa Putte Merkert. «Ahí tengo la oportunidad de una exclusiva».

David advirtió algo extraño al llegar a la mitad del puente y se detuvo.

Había leído recientemente en la prensa que había millones de ratas en Estocolmo. Él no había visto ninguna, pero ahora había allí tres, en mitad del puente de Sankt Erik. Una grande y dos más pequeñas. Corrían en círculos por la acera, persiguiéndose unas a otras.

Las ratas chillaban enseñando los dientes y una de las pequeñas mordió a la grande en el lomo. David dio un paso atrás y alzó la vista. Había un señor mayor al otro lado, a dos pasos de los roedores, y seguía la pelea con la boca abierta.

Las pequeñas eran como gatillos y la grande, del tamaño de un conejo pigmeo. Golpeaban los rabos desnudos contra el asfaltoy la rata mayor chilló cuando la otra rata pequeña también se aferró con los dientes a su lomo y la piel se le tiñó de sangre.

«¿Serán sus… crías las pequeñas?».

David se tapó la boca con la mano, repentinamente indispuesto. La rata grande se agitaba espasmódicamente de un lado a otro, intentando sacudirse a las pequeñas. David no había oído nunca chillar a las ratas, no sabía que podían chillar. Pero el sonido procedente de la grande era horrible, como el de un ave moribunda.

Al otro lado se habían parado un par de personas más. Todos seguían la lucha de las ratas y a David le asaltó por un instante la imagen de un grupo de personas reunidas para presenciar algún tipo de competición. Una pelea de ratas. Quería largarse de allí, pero no podía. En parte, porque pasaban muchos coches por el puente y, en parte, porque no podía apartar la mirada de los roedores. Debía quedarse y ver el desenlace.

De repente la de mayor tamaño se puso rígida, el rabo salía del cuerpo como una línea. Las pequeñas se revolvieron, le clavaron las uñas en el vientre y tiraron bruscamente con la cabeza de un lado a otro cuando le desgarraron la piel. La grande se fue arrastrando poco a poco hacia delante, hasta alcanzar el borde del puente, se deslizó por debajo de la barandilla con su carga a cuestas y cayó al agua.

David alcanzó a mirar por encima de la barandilla justo a tiempo para ver la caída. El murmullo del tráfico ahogó el ruido del chapoteo cuando las ratas cayeron dentro del agua negra y un penacho de gotas refulgió por un instante a la luz de las farolas, y después aquello se acabó.

La gente siguió su camino, hablando del tema.

«Nunca he visto cosa igual… Es el calor… Mi padre me contó una vez que él… dolor de cabeza…».

El cómico se masajeó las sienes y siguió caminando sobre el puente. Los que venían del otro lado le miraron de frente; todos esbozaban una media sonrisa, ligeramente avergonzados, como si hubieran presenciado juntos algo prohibido. Cuando pasó el señor mayor que había estado allí desde el principio, David le preguntó:

– Perdone, pero… ¿a usted también le duele la cabeza?

– Sí -respondió el interpelado, apretándose el puño cerrado contra la cabeza-. Tengo una jaqueca espantosa.

– Sí, bueno, es sólo por curiosidad.

El hombre señaló el sucio asfalto donde se veía la mancha de sangre de la rata, y dijo:

– Puede que ellas también la tuvieran. Quizá sea eso lo que… -Se calló y miró a David-. Tú has salido en la tele, ¿no?

– Sí. -David miró el reloj. Las nueve menos cinco-. Lo siento, tengo que…

Siguió su camino. Flotaba en el aire una angustia contenida. Ladraban los perros y los viandantes caminaban por las calles más deprisa que de costumbre, como si trataran de escapar de lo que se avecinaba, fuera lo que fuese. Él bajó a toda prisa la calle de Odengatan, sacó el móvil y marcó el número de Eva. A la altura de la estación del metro ella contestó la llamada.

– Hola -dijo David-. ¿Dónde estás?

– Acabo de subirme al coche. ¿Y tú? Pasaba lo mismo en casa de tu madre. Iba a apagar el televisor cuando llegamos, pero no podía.

– Magnus se habrá alegrado. Oye… Yo… no sé, pero… ¿tienes que ir a ver a tu padre?

– ¿Qué quieres decir?

– Sí, bueno… ¿te sigue doliendo la cabeza?

– Sí, pero no tanto como para que no pueda conducir. No te preocupes.

– No. Es sólo que… tengo la sensación de que… está pasando algo horrible. ¿No la tienes tú también?

– No, la verdad es que no.

En la cabina de teléfonos situada en el cruce de las calles Odengatan y Sveavägen había un hombre pulsando el interruptor de señal. Estaba a punto de contarle a Eva lo de las ratas cuando se cortó la línea.

– ¿Sí? ¿Oye, oye?

Se detuvo y volvió a marcar el número, pero no logró restablecer el contacto. Sólo se oía un ruidillo. El tipo de la cabina tiró el auricular, maldiciendo, y salió de ésta. David apagó el teléfono para volver a intentarlo de nuevo, pero no se apagaba la pantalla. Le cayó una gota de sudor de la frente sobre las teclas. El aparato parecía más caliente de lo normal, como si se hubiera recalentado la batería. Presionó el botón de apagado, pero no pasó nada. La pantalla seguía iluminada y el indicador de carga de la batería subió una línea. El reloj marcaba las 21:05, y él salió pitando hacia Norra Brunn.

Supo que el espectáculo ya había empezado antes de llegar al restaurante: la voz de Benny Lundin se escuchaba desde la calle, él estaba con su número sobre las diferencias entre chicos y chicas a la hora de ir al cuarto baño, y David hizo una mueca. Para su satisfacción no se oyó ninguna carcajada al final. La sala se quedó un momento en silencio, y al tiempo que David llegó a la entrada, Benny empezó a tirar del siguiente hilo: el de los expendedores automáticos de condones que se ponían en huelga cuando eran más necesarios. David se detuvo al entrar y parpadeó.

En el local estaban todas las luces encendidas, incluso las de la iluminación general, que solían estar apagadas para fijar la atención en los focos del escenario. Las personas sentadas en las mesas y las que estaban en la barra parecían agobiadas, miraban hacia abajo, hacia el suelo o las mesas.

– ¿Admiten American Express?

Aquélla era la guinda. Los clientes solían reírse a carcajada limpia cuando Benny contaba la historia de cuando intentó comprar condones de contrabando a la mafia yugoslava, pero nadie se rió. Todos estaban aquejados de un gran dolor.

– ¡Cierra el pico, joder! -gritó un borracho desde la barra llevándose las manos a la cabeza. David le comprendió. El volumen del micrófono estaba demasiado alto y retumbaba en las paredes. Con un dolor de cabeza generalizado, aquello era una tortura en masa.

Benny bromeó algo nervioso:

– ¿Qué pasa? ¿Tenéis vacaciones en la escuela para discapacitados?

Como nadie se rió tampoco de aquello, Benny colocó el micrófono en el soporte y dijo:

– Muchas gracias. Habéis sido fantásticos.

Se bajó del escenario y se alejó hacia la cocina. Se produjo un momento de confusión ante una interrupción tan abrupta. Después el micrófono se acopló con los altavoces y un ruido estridente e insoportable rasgó el cargado aire.

Todos los presentes se llevaron las manos a la cabeza y algunos empezaron a gritar, haciéndole la competencia al micrófono. David apretó los dientes, corrió hasta el micro e intentó desenchufarlo. La corriente de baja intensidad le transmitió un hormigueo a través de la piel, pero el cable no se desprendía. Después de un par de segundos el ruido metálico era como una sierra de charcutería que atravesaba el cerebro, y él tuvo que desistir y taparse los oídos con las manos.

David se volvió para dirigirse a la cocina, pero se lo impidió la gente que en ese momento se levantaba de las mesas y se agolpaba en dirección a la salida. Una mujer con menos respeto que él hacia las pertenencias del restaurante le empujó a un lado, se dio una vuelta con el cable del micrófono alrededor de la mano y tiró. Sólo consiguió hacer caer el soporte del micrófono. Continuó acoplado.

David levantó la mirada hacia la mesa de mezclas, donde Leo pulsaba todos los botones a su alcance, sin el menor resultado. David estaba a punto de gritarle que cortara la corriente cuando le dieron un empujón y cayó a la parte baja del escenario. En el suelo, y tapándose aún los oídos con las manos, vio cómo la mujer blandía el micrófono por encima de la cabeza y lo estrellaba contra el suelo de piedra.

El ruido cesó. El público se paró en seco, miró a su alrededor. Un suspiro de alivio colectivo cruzó el local. David se puso de pie como pudo y vio que Leo estaba agitando las manos, se pasó el índice por el cuello. David asintió, se aclaró la voz y dijo en voz alta:

– ¡Atención, por favor!

Los rostros se volvieron hacia él.

– Lo lamentamos mucho, pero por problemas… técnicos nos vemos obligados a interrumpir el espectáculo.

Se escucharon algunas risas de burla.

– Queremos darle las gracias a nuestro patrocinador, la compañía eléctrica Vattenfall, y… esperamos verles de nuevo.

Se oyeron algunos abucheos. David extendió las manos en un gesto que quería decir «joder, mil perdones, que esto no es culpa mía», pero la gente ya había dejado de mirarle. Todos se dirigían hacia la salida. El restaurante se quedó vacío en cuestión de minutos.

Leo parecía cabreado cuando David entró en la cocina.

– ¿Qué has dicho de Vattenfall? -le preguntó.

– Una broma.

– ¿Ah, sí? Estupendo.

David estuvo a punto de decir algo acerca de la responsabilidad del capitán cuando se hunde el barco, puesto que Leo era el dueño del restaurante, y que él ya debería tener listo el guión para la próxima vez que se produjera un cortocircuito inverso, pero se contuvo. En parte, porque no podía permitirse ponerse a malas con Leo, y, en parte, porque tenía otras cosas en las que pensar.

Se fue a la oficina y marcó el número del móvil de Eva en el teléfono fijo. Ahora sí que consiguió contactar, pero sólo con su buzón de voz. Le dejó un mensaje para que ella le llamara al restaurante tan pronto como pudiera.

Trajeron cervezas y los cómicos se las bebieron en la cocina, donde tronaban los extractores. Los cocineros los habían puesto en marcha para mitigar el calor de las placas que no se podían apagar, y ahora sucedía lo mismo con los extractores. Apenas podían hablar con el ruido, pero al menos hacía fresco.

Poco a poco la mayoría de sus compañeros se fue marchando, pero David decidió quedarse por si llamaba Eva. En la radio, en las noticias de las diez, dijeron que el fenómeno de la electricidad parecía afectar sólo a la zona de Estocolmo; la tensión eléctrica, medida en voltios por metro, en algunos lugares podía compararse con la de un rayo a punto de descargar. Él notó que se le erizaba el vello de los brazos. Quizá fue un escalofrío, quizá electricidad estática.

Al principio, cuando empezaron a vibrarle las caderas, creyó que se trataba de otro efecto de la tensión existente en el aire, pero luego comprendió que era el móvil. No reconoció el número visible en la pantalla.

– Sí, diga, soy David.

– ¿Es usted David Zetterberg?

– ¿Sí?

Algo en la voz de aquel hombre hizo que se le empezara a formar un nudo de angustia en el estómago. Se levantó de la mesa y salió al pasillo hacia el camerino para oírle mejor.

– Me llamo Göran Dahlman, soy médico del hospital de Danderyd…

Cuando el doctor terminó de informarle, David se vio envuelto en una niebla fría y no sintió las piernas. Apoyado contra la pared, cayó contra el cemento. Se quedó mirando fijamente el teléfono que sostenía en la mano y lo tiró como si fuera una serpiente venenosa. Salió disparado y le pisó el pie a Leo. Éste alzó la vista.

– ¡David! ¿Qué pasa?

De lo ocurrido durante la media hora siguiente David no iba a conservar ningún recuerdo. El mundo se había paralizado, se había vuelto absurdo. A Leo le resultó difícil abrirse paso en medio de un tráfico que sólo respetaba las normas más elementales, ahora que habían dejado de funcionar todos los dispositivos electrónicos. El cómico iba encogido en el asiento del copiloto y miraba las parpadeantes luces de color ámbar sin verlas.

Sólo cuando llegaron al vestíbulo del hospital fue capaz de sobreponerse lo suficiente y declinar el ofrecimiento de Leo para acompañarle arriba. No recordaba la respuesta de Leo ni cómo había localizado la sección. Sólo se encontró allí de buenas a primeras, y el tiempo retomó su ritmo inapelable.

Sí, se acordaba de una cosa. Cuando recorría el pasillo en dirección a la habitación de Eva, parpadeaban todas las luces situadas sobre las puertas y el estruendo de las alarmas era constante. Le pareció totalmente lógico, puesto que aquella catástrofe lo superaba todo.

* * *

Eva había chocado con un alce y había fallecido mientras David se dirigía al hospital. El médico le había dicho por teléfono que no había ninguna esperanza, pero que su corazón aún latía. Ahora había dejado de latir. Se había parado a las 22:36. Veinticuatro minutos antes de las once el corazón había dejado de bombear la sangre alrededor del cuerpo.

Un único músculo en el cuerpo de una sola persona, una cagada de mosca en el tiempo, y el mundo había dejado de existir. David estaba junto a la cama de ella con los brazos caídos, con el dolor de cabeza ardiéndole en la frente.

Allí yacía todo su futuro, todo lo bueno que él había imaginado que la vida podía darle. Allí reposaban los últimos 12 años de su pasado. Todo había desaparecido, y el tiempo se contrajo en un único e insoportable ahora.

David cayó de rodillas a su lado y le cogió la mano.

– Eva -le susurró-. Esto no vale. No puede ser así. Yo te quiero. ¿No lo entiendes? No puedo vivir sin ti. Tienes que despertarte ahora. No puede ser sin ti, nada puede ser sin ti. Yo te quiero muchísimo y por eso esto no puede ser así.

Él no paraba de hablar, un monólogo de frases repetidas qué cuantas más veces las decía más auténticas y verdaderas le parecían, hasta el punto de que empezó a crecer en su interior el convencimiento de que aquellas frases iban a surtir efecto. Sí. Cuanto más decía que era imposible, más absurdo se volvía todo, y había conseguido albergar la vana esperanza de que fuera a producirse el milagro si seguía repitiendo aquello; entonces, se abrió la puerta.

– ¿Qué tal? -preguntó una voz femenina.

– Bien, bien -respondió David-. Váyase de aquí.

David presionó la mano fría de Eva contra su frente, oyó el roce de la tela cuando la mujer se agachó y le puso la mano en la espalda.

– ¿Puedo ayudarle en algo?

David giró lentamente la cabeza hacia la enfermera y se echó hacia atrás con la mano de Eva aún en la suya. La mujer parecía la propia Muerte. Tenía unos pómulos prominentes y los ojos muy abiertos, atormentados.

– ¿Quién es usted? -susurró él.

– Me llamo Marianne -contestó la sanitaria sin mover apenas los labios.

Se miraron fijamente el uno al otro con los ojos de par en par. Él agarró la mano de su mujer con más fuerza, para protegerla contra quien venía a buscarla, pero la enfermera no hizo ademán de acercarse. En vez de eso se puso a sollozar.

– Perdón… -dijo, apretando los ojos y llevándose las manos a la cabeza.

David comprendió. El dolor de cabeza, el corazón palpitante y espinoso no eran suyos en exclusiva. La enfermera se levantó con lentitud y, tambaleándose, salió de la habitación. Durante un instante a David le asaltó el mundo exterior que estaba fuera del alcance de su retina y oyó una cacofonía de señales, alarmas y sirenas dentro y fuera del hospital. Todo andaba revuelto.

– Vuelve -susurró David-. Magnus. ¿Cómo voy a decírselo a Magnus? Va a cumplir nueve años dentro de una semana, ya lo sabes. Quería una tarta de crepes. ¿Cómo se hace una tarta de crepes, Eva? Además, eras tú quien iba a hacerla, ya has comprado las frambuesas y todo. Están en casa en el frigorífico, cómo voy a volver a casa, abrir la nevera y ver las frambuesas que tú has comprado para hacer la tarta de crepes, y cómo voy a poder cogerlas y…

David lanzó un grito. Un alarido prolongado hasta quedarse sin aire en los pulmones. Apretó sus labios contra los nudillos de ella y susurró:

– Todo ha terminado. Tú ya no existes. Yo ya no existo. Nada existe.

El dolor de cabeza era tan fuerte que no pudo seguir ignorándolo. Le atravesó un rayo de esperanza: él estaba a punto de morir. Sí. Él también iba a expirar ahora. Sintió un chisporroteo, algo se rompió dentro de su cerebro, el dolor seguía creciendo, y alcanzó a pensar, convencido: «Me muero. Ahora me muero. Gracias».

Cuando el dolor desapareció, lo hizo del todo. Las alarmas y las sirenas dejaron de sonar. La luz de la habitación se quedó casi a oscuras. Él podía oír el jadeo de su propia respiración. La mano de Eva, humedecida por el sudor de su marido, le resbaló sobre su frente. La migraña había desaparecido. Él, ausente, se frotaba la mano de ella contra la frente, arañándose con la alianza, quería volver a sentir dolor. Cuando éste desapareció, la opresión en el pecho tomó el relevo.

Tenía los ojos clavados en el suelo. Por eso no vio la larva blanca que cayó a través del techo y aterrizó encima de la manta amarilla que cubría a Eva y siguió hurgando para meterse dentro.

– Cariño -susurró él apretándole la mano-, no íbamos a separarnos nunca, ¿es que no lo recuerdas?

La mano de Eva se estremeció y le devolvió el apretón.

Él no gritó ni hizo ningún movimiento. Se quedó mirando fijamente la palma de su esposa, la estrechó. La mano le devolvió el apretón. Se quedó boquiabierto y se pasó la lengua por los labios. Alegría no era la palabra exacta para describir sus emociones, sino más bien un desconcierto parecido a cuando se despierta de una pesadilla, y las piernas al principio se negaban a obedecerlo cuando se puso de pie para poder mirarla.

La habían limpiado y arreglado lo mejor posible, pero una gran herida le afeaba la mitad de la cara. El alce debió de volver la cabeza, o, tal vez, en un último y desesperado intento por defenderse, había intentado atacar al coche. Su cornamenta había atravesado el cristal y una de sus puntas había golpeado el rostro de la conductora antes de que ésta quedara aplastada por el peso del animal.

– ¡Eva! ¿Me oyes?

No hubo ninguna reacción. David se pasó las manos por la cara; el corazón le latía desbocado.

«Ha sido un… espasmo. No puede estar viva. Basta verla».

Pese a que un vendaje enorme le cubría la mitad del rostro parecía como si fuera… demasiado pequeño. Como si allí debajo faltara hueso, piel, carne. Le habían dicho que había sufrido graves daños, pero hasta ahora él no había sido consciente de la verdadera dimensión de todo aquello.

– Eva, soy yo.

Esta vez no era ningún espasmo. El brazo de su esposa se estremeció, golpeándole la pierna, y ella se sentó en la cama sin previo aviso. David instintivamente dio un paso atrás. A Eva se le deslizó la manta, se oyó un débil tintineo y él no fue consciente de la magnitud de lo que estaba ocurriendo.

Tenía desnuda la parte superior del cuerpo, pues le habían cortado la ropa. El lado derecho de la caja torácica era un agujero abierto, ribeteado por piel desgarrada y sangre coagulada. Allí dentro resonaba un tintineo y un repiqueteo. Por un instante David no pudo ver a una mujer; era sólo un monstruo, y quiso salir corriendo de allí, pero sus piernas no se movieron, y al cabo de unos segundos recuperó la sensatez. Volvió junto la cama.

Luego, determinó el origen de aquel sonido: unas pinzas hemostáticas. Eva tenía puestas dentro del tórax varias pinzas metálicas en los vasos sanguíneos rotos, que se agitaban y chocaban unas contra otras cuando ella se movía. Tragó con la boca seca y dijo:

– ¿Eva?

Ella giró la cabeza hacia él y abrió su único ojo.

Entonces, él lanzó un grito.

Vällingbyplan, 17:32

Mahler caminaba despacio por la plaza, el sudor le recorría el cuerpo por debajo de la camisa. Llevaba en la mano una bolsa de comida para su hija. Las palomas, de color grisáceo como los humos de los tubos de escape, revoloteaban torpemente a un palmo de sus pies.

Él mismo ofrecía el aspecto de un enorme palomo gris con aquella chaqueta raída comprada hacía quince años, cuando empezó a engordar y ya no pudo ponerse la que solía usar. Y otro tanto ocurría con los pantalones. Tenía la roja calva llena de pecas y del cabello sólo le quedaba una corona alrededor de las orejas. De igual manera que las palomas picoteaban los restos de las cajas tiradas alrededor de los puestos de salchichas, cualquiera podría imaginarse fácilmente que Mahler llevaba en la bolsa cascos de botellas vacías, rebuscados en los cubos de la basura.

No era así, pero daba esa impresión. Parecía un perdedor.

A la sombra de una de las tiendas de Åhlens, bajando hacia la calle Ångermannagatan, el hombre hundió los dedos de la mano libre bajo la doble papada y sacó el collar. Era un regalo de Elias. Sesenta y siete perlas de plástico de colores vivos ensartadas en sedal, y atadas alrededor de su cuello para siempre.

Mientras caminaba iba pasando las perlas una a una entre los dedos como si fueran las cuentas de un rosario.

* * *

Después de subir tres pisos de escaleras hasta llegar al apartamento de su hija, tuvo que pararse un rato para recuperar el aliento. Luego, abrió la puerta con la llave que llevaba. La vivienda estaba a oscuras, sofocante y maloliente a causa del calor y la falta de ventilación.

– Hola, hija. Soy sólo yo.

No hubo respuesta y se temió lo peor, como siempre.

Pero Anna estaba allí, y viva. Se acurrucaba en la cama de Elias, sobre la sábana con el dibujo del oso Bamse que Mahler le había comprado, y permanecía con la cara vuelta hacia la pared. Dejó la bolsa, saltó sobre los polvorientos bloques de plástico de Lego hasta llegar a la cama y se sentó con cuidado en el borde, a sus pies.

– ¿Cómo estás, hija?

Ella tomó aire por la nariz. Tenía la voz débil.

– Papá… Puedo sentir su olor. Permanece en las sábanas. Su olor permanece aquí.

A él le habría gustado tumbarse en la cama, a su lado, haberla abrazado, haber sido un padre y haber hecho desaparecer todo lo malo, pero no se atrevió: las láminas del somier se romperían bajo su peso, así que se quedó allí sentado mirando las piezas de Lego con las que nadie había jugado desde hacía dos meses.

Cuando estuvo buscando un apartamento para Anna había otro libre en la misma escalera, en la primera planta. No lo cogió por miedo a que entrara algún ladrón.

– Ven y come un poco.

Mahler puso la mesa y sirvió las dos raciones de rosbif y una ensalada de patatas que traía en los envases de plástico, cortó los tomates en rodajas y los sirvió en los bordes de los platos. Ella no decía nada.

Las persianas de la cocina estaban bajadas, pero el sol se filtraba por las rendijas, dibujando rayas ardientes sobre la mesa e iluminando las partículas de polvo que flotaban en el aire. Debería limpiar, pero no se sentía con fuerzas.

Dos meses antes esa mesa había estado llena de cosas: fruta, correo, algún juguete, una flor recogida en un paseo, algo que Elias había hecho en la guardería. El desorden propio de la vida.

Ahora sólo había dos platos con comida lista para llevar; calor y olor a cerrado; las rodajas rojas de tomate. Un esfuerzo patético.

Fue hasta la habitación de Elias y se detuvo en la puerta.

– Anna… debes comer un poco. Ven. Ya está listo.

Anna se mantuvo vuelta contra la pared y negó con la cabeza.

– Comeré más tarde. Gracias.

– ¿No puedes levantarte un rato?

Como ella no respondió, él volvió a la cocina y se sentó a la mesa. Empezó a ingerir mecánicamente la comida. Tuvo la impresión de que el ruido que hacía al masticar retumbaba entre las silenciosas paredes. Al final se comió las rodajas de tomate. Una a una.

* * *

Una mariquita se había posado en la barandilla del balcón.

Anna estaba ocupada preparando el equipaje. Se marchaban a la casa de veraneo que Mahler tenía en el archipiélago de Roslagen, donde iban a pasar unas semanas.

– Mamá, mira… una mariquita.

La madre llegó al cuarto de estar en el momento en que Elias, subido en la mesa del balcón, se inclinaba tras la mariquita cuando ésta echó a volar. Una de las patas de la mesa cedió antes de que ella pudiera llegar.

Debajo del balcón había un aparcamiento de negro asfalto.

* * *

– Ten, cariño.

Mahler sujetaba el tenedor con un poco de comida y se lo daba a Anna. Ésta se sentó en la cama, cogió el tenedor y se lo llevó a la boca ella sola. El padre le acercó el plato.

Tenía la cara hinchada y enrojecida, y se apreciaban algunas mechas blancas en su cabello castaño. Comió cuatro bocados, luego le devolvió el plato.

– Gracias. Estaba bueno.

Él dejó el plato encima de la mesa de Elias y se llevó las manos a las rodillas.

– ¿Has salido de casa hoy?

– He estado con él.

Mahler asintió. No sabía qué más decir. Al levantarse se dio en la cabeza con Akka, el ganso salvaje que volaba con Nils Holgersson a sus espaldas, que colgaba sobre la cama de Elias. El ganso de madera batió ligeramente las alas, moviendo un poco el aire sobre el rostro de Anna. Luego, se paró.

* * *

Ya en su propio apartamento, situado al otro lado del patio, Mahler se quitó la ropa sudada, se duchó, se puso la bata y se tomó un par de pastillas de paracetamol para la jaqueca. Se sentó frente al ordenador y buscó en las páginas de la agencia Reuters. Pasó una hora buscando y traduciendo tres noticias.

Un artilugio japonés capaz de interpretar lo que decían los perros con sus ladridos. La operación para separar a dos siameses. Un hombre que había construido una casa a base de botes de hojalata en Lübeck. No había ninguna foto de la máquina japonesa, así que buscó una de un perro labrador y la adjuntó. Lo envió todo a la redacción.

Despuésleyó el correo electrónico de uno de sus antiguos confidentes dentro de la policía, que le preguntaba qué tal estaba, pues no sabía nada de él hacía tiempo. Le contestó que estaba destrozado, que su nieto había muerto hacía dos meses y que sopesaba a diario la opción del suicidio. Borró la respuesta antes de enviarla.

Las sombras del suelo se habían ido alargando; eran las siete pasadas. Se levantó de la silla y se masajeó las sienes. Fue a la cocina, sacó una cerveza del frigorífico, se bebió la mitad de un trago y volvió al cuarto de estar, donde se quedó de pie al lado del sofá.

En el suelo, debajo del reposabrazos, estaba el castillo.

Había sido su regalo para Elias cuando cumplió seis años, cuatro meses antes. El castillo más grande de Lego. Lo habían construido juntos y luego habían jugado con él por las tardes, colocando a los caballeros en distintos sitios, inventando historias, reconstruyendo y agrandando la fortaleza. Ahora estaba allí tal y como lo dejaron la última vez.

Mahler sufría cada vez que lo veía, y en cada ocasión pensaba que debería tirarlo o, al menos, desmontarlo, pero no era capaz. Era probable que siguiera allí mientras él viviera, de la misma manera que le enterrarían con el collar de perlas.

«Elias, Elias…».

Un abismo se abría dentro de él. Llegaba el pánico, la presión en el pecho. Se apresuró a sentarse delante del ordenador, entró en un portal de pornografía al que estaba abonado y permaneció una hora haciendo clic sin sentir el más mínimo cosquilleo en la entrepierna. Apatía y repugnancia, nada más.

Poco después de las nueve salió de esas páginas y decidió apagar el ordenador. La pantalla no reaccionó. Se sentía incapaz de prestar atención al asunto. El dolor de cabeza le presionaba ahora desde el interior de los ojos, haciéndole sentirse desasosegado. Dio unas vueltas por el apartamento, se tomó otra cerveza y se detuvo finalmente delante del castillo. Se agachó.

Uno de los caballeros del Lego se inclinaba sobre el borde de la torre, parecía como si le gritara algo al enemigo que trataba de forzar la puerta de la fortaleza.

– ¡Ten cuidado, no sea que te vuelque encima el orinal! -había dicho Mahler con voz gruñona.

Elias se había reído tanto que le había entrado hipo, y había gritado:

– ¡Más! ¡Más!

Y Mahler hizo entonces un repaso a todas las cosas asquerosas imaginables que un caballero pudiera echarle encima a otro, como leche agria podrida.

Cogió al caballero y lo giró entre sus dedos. La miniatura llevaba un casco plateado que tapaba en parte el gesto decidido de su rostro y empuñaba una espadita todavía reluciente. El color de los aceros de los muñecos que Elias tenía en casa se había deslucido ya. Se quedó mirando la brillante espada plateada y dos certezas cayeron sobre él como dos piedras negras.

«Esta espada siempre estará reluciente».

«Jamás volveré a jugar».

Volvió a poner la figurita en su sitio y clavó la vista en la pared.

«Jamás volveré a jugar».

En medio de la desolación posterior a la muerte de su nieto había sublimado lo que ya no se repetiría nunca más: los paseos por el bosque, el parque infantil, el zumo de frutas, el bollo en la pastelería, las visitas a Skansen y muchas otras cosas, pero ahí estaba, con toda su crudeza: él jamás volvería a jugar, y no se trataba solamente del Lego o de jugar a encontrar la llave. Con la muerte de Elias había desaparecido su compañero de juegos y las ganas de jugar.

Por eso no podía escribir, por eso la pornografía no le provocaba el más mínimo efecto y por eso los minutos discurrían tan lentamente. Ya no podía fantasear ni inventarse cosas. Ése debería poder ser un estado dichoso, vivir en el presente y ver lo que había delante de tus ojos, no reconstruir el mundo. Debería ser así, pero no lo era.

Recorrió con los dedos la cicatriz que tenía en el pecho tras la operación.

«La vida es lo que nosotros hacemos de ella».

Él había perdido ya esa posibilidad: se hallaba encadenado a un cuerpo obeso con el que tendría que arrastrarse a través de los días y los años sin alegría. Eso fue lo que vio en un augurio repentino, y le entraron ganas de romper algo. Su puño cerrado tembló sobre el castillo, pero se contuvo, se levantó y salió al balcón, donde se agarró a la barandilla y la zarandeó.

Abajo en el patio había un perro que corría en círculos sin dejar de ladrar. A Mahler le habría gustado hacer lo mismo.

When in trouble, when in doubt
Run in circles, scream and shout [2].

Miró por encima de la baranda, se vio a sí mismo caer y reventar contra el suelo como un melón demasiado maduro. Quizá el perro se acercaría y comería de él. Ese pensamiento hizo que el hecho le resultara tentador. Acabar sus días como comida para perros, pero el chucho probablemente no iba a notar nada: parecía histérico. Pronto llegaría alguien para pegarle un tiro.

Se apretó la cabeza con las manos. Parecía que iba a estallarle de un momento a otro si el dolor seguía aumentando de esa manera.

* * *

Eran poco más de las once cuando Mahler comprendió que, pese a todo, quería vivir.

Había sufrido el primer ataque al corazón ocho años antes, cuando fue a entrevistar a un pescador que había recogido un cadáver en las redes de arrastre. Al bajar del barco la intensidad de la luz disminuyó de repente, se redujo a un punto y no recordaba nada de lo acaecido después hasta que se despertó acostado sobre un montón de redes. Si no hubiera intervenido el marinero, que era un socorrista experto en temas de corazón y pulmón, el problema de Mahler habría terminado allí.

Un cardiólogo constató su miocarditis y la necesidad de llevar un marcapasos para asegurar los latidos de su corazón. Mahler pasó entonces un periodo tan depresivo que sopesó la idea de tentar a la suerte y dejar que la muerte siguiera su curso, sin embargo, se sometió a aquella operación.

Después nació Elias y Mahler tuvo, por primera vez en muchos años, una razón por la que valía la pena tener un corazón. El marcapasos había funcionado fielmente y le había permitido ejercer de abuelo tanto como quiso.

Pero ahora…

En la frente, se le perló de sudor la línea del cabello y se llevó la mano al corazón; latía cuando menos el doble de rápido de lo normal. No sabía cómo era posible, pero el pulso se avivaba por su cuenta e ignoraba el ritmo regular del marcapasos. Mahler sintió bajo su mano que el corazón se le aceleraba cada vez más.

Se puso los dedos en la muñeca, miró el despertador y contó los segundos. Su corazón latía ciento veinte veces por minuto, pero no estaba seguro de que fuera cierto. Hasta el segundero del reloj parecía moverse más deprisa de lo habitual.

«Tranquilo, tranquilo… Ya se pasará…».

Sabía que tales paroxismos cardiacos no eran peligrosos mientras no llegaran a niveles extremos. Eran la inquietud y la angustia las que perjudicaban a los pacientes. Intentó respirar tranquilo mientras el corazón le latía cada vez más deprisa.

Tuvo una ocurrencia y colocó los dedos encima del marcapasos, la caja metálica que llevaba justo debajo de la piel y que protegía su vida. Era imposible determinar si trabajaba más deprisa de lo normal, pero él sospechó que eso era lo que sucedía: lo mismo que con el reloj.

Se acurrucó en el sofá en posición fetal. La jaqueca amenazaba con reventarle la cabeza, el corazón latía desbocado y para su propio asombro comprobó que no quería morirse. No. Al menos no porque una máquina golpeara su corazón hasta machacarlo. Se sentó y entornó los ojos contra la luz procedente de la pantalla del ordenador. También había aumentado y todos los iconos se veían borrosos en medio de aquel resplandor blanco.

«¿Qué hago?».

Nada. No iba a hacer nada que pudiera angustiar su corazón aún más. Se volvió a tumbar en el sofá con la mano en el pecho. El corazón le latía entonces con tal fuerza que era imposible sentir cada palpitación aislada, aquello era un redoble de tambor del reino de los muertos cuyo tempo iba en aumento. Mahler cerró los ojos esperando el crescendo.

Todo acabó cuando ya creía que la piel del tambor iba a estallar y que su campo de visión se iba a reducir como aquella vez.

La fibrilación cardiaca cesó y volvió a su viejo ritmo absorbente. Él permaneció inmóvil con los ojos cerrados, luego respiró profundamente y se palpó el rostro como para comprobar que aún seguía allí. El semblante estaba en su sitio, bañado en sudor. Las ardientes gotas se deslizaban lentamente a través del pliegue del estómago, produciéndole un cosquilleo.

Abrió los ojos. Los iconos del ordenador brillaban como siempre contra el fondo azul oscuro, y después se apagó la pantalla. El perro del patio había dejado de ladrar.

«¿Qué ha pasado?».

El reloj marcaba los segundos a un ritmo normal, y en el mundo se había hecho un gran silencio. Sólo entonces fue consciente de la cacofonía de gritos y sonidos previos a esta gran calma, ahora, cuando ya no se oían. Se pasó la lengua por los labios con sabor a sal, se acurrucó y se quedó con la vista fija en el reloj.

«Segundos, minutos… En un segundo nacemos, en otro morimos».

Llevaba así unos veinte minutos cuando sonó el teléfono. Se deslizó del sofá y se arrastró hasta el escritorio. Tal vez las piernas aguantaran su peso, pero tuvo la impresión de que sería más seguro ir a gatas. Se sentó en la silla del escritorio y levantó el auricular.

– Sí, soy Mahler.

– Hola, soy Ludde. Desde Danderyd.

– Sí… Hola.

– Oye, tengo algo para ti.

Ludde había sido uno de sus innumerables contactos, le pasaba información cuando Mahler trabajaba en el periódico. Como celador del hospital de Danderyd, a veces oía o veía cosas que podían ser «de interés general», en palabras del propio Ludde.

– Yo ya no estoy en activo -le contestó Mahler-, tendrás que llamar a Benke… Bengt Jannsson, el redactor de noche en…

– Escucha esto: los muertos se han despertado.

– ¿Qué estás diciendo?

– Los cadáveres. Los muertos del depósito de cadáveres se han despertado de nuevo.

– No.

– Lo que yo te diga. Los patólogos acaban de llamar aquí totalmente histéricos, querían que bajara más personal para ayudar.

Mahler vio cómo su mano se movía de forma instintiva por el escritorio en busca del bloc de notas, pero la retiró meneando la cabeza.

– Ludde, tranquilízate un poco. ¿Sabes lo que estás…?

– Sí, lo sé. Lo sé. Pero es verdad. La gente corre por aquí dando vueltas… allí abajo el caos es total. Se han despertado. Todos.

La verdad es que Mahler podía oír de fondo voces de personas que hablaban alteradas, pero no podía entender lo que decían. Algo estaba pasando, pero…

– Ludde. Cuéntamelo otra vez desde el principio.

Su interlocutor lanzó un suspiró. Al fondo se oyó gritar a alguien:

– ¡Llama a urgencias!

Cuando Ludde volvió a hablar con la boca cerca y la mano delante del auricular, su voz resultaba casi erótica.

– Al principio esto ha sido un caos total por lo de la corriente. Todo estaba en marcha y nada funcionaba. ¿Lo sabes, no? Lo de la corriente.

– Sí, claro, lo sé.

– Bien. Luego, hace cinco minutos… los médicos forenses han llamado a recepción diciendo que querían un par de chicos de seguridad porque había un grupo de muertos a punto de… escaparse. Bien. Los vigilantes se echan a reír, menuda broma y tal, pero bajan de todos modos. Bien. Dos minutos después llaman los vigilantes diciendo que necesitan refuerzos porque ahora se han despertado todos. Más cachondeo. Bajan algunos más, tal vez haya alguna fiesta en marcha allá abajo. Bien. Luego ha llamado un médico diciendo lo mismo… y ahora han llamado hasta a los cirujanos de urgencias.

– Pero -preguntó Mahler- ¿cuántos muertos tenéis ahí?

– No sé. Cien. Por lo menos. ¿Vas a venir o qué?

El periodista miró el reloj: eran las 23:25.

– Sí, sí, voy para allá.

– Estupendo. ¿Traerás…?

– Sí, sí.

Se vistió, cogió la grabadora, el teléfono y la cámara digital que nunca se había decidido a devolver al periódico, por si acaso, y también un par de billetes de mil para Ludde. Luego, bajó las escaleras todo lo deprisa que se atrevió.

El corazón aún seguía acelerado cuando se apretujó en el interior de su Ford Fiesta, arrancó y se dirigió hacia el este. Al salir de la glorieta de Blackeberg telefoneó a Benke, le contó que sí, que lo había dejado, pero que acababa de recibir un soplo sobre un asunto en Danderyd y que iba a ver lo que había. Benke se alegró de su vuelta.

Las calles estaban vacías y Mahler aceleró hasta 120 después de cruzar la plaza de Islandstorget. El distrito oeste, Västerort, pasó volando delante de sus ojos y en algún punto a la altura del puente de Traneberg tuvo consciencia de sí mismo. Estaba más vivo de lo que había estado en un mes. Se sintió casi feliz.

Täby Kyrkby, 21:05

– Flora, cariño, tienes que apagar ya la tele. -Elvy apretó el dedo delante de la pantalla-. Esos gemidos me dan dolor de cabeza.

La muchacha asintió sin quitar los ojos de la pantalla.

– De acuerdo -dijo-. Espera a que guarde esto.

Elvy dejó el libro de Grimberg -de todos modos con la migraña que ya tenía no habría podido concentrarse en la lectura-, y se quedó mirando mientras Jill Valentine volvía a su cuarto seguro. Flora le había explicado de qué iba el videojuego y Elvy, a grandes rasgos, lo había entendido.

Había dos cosas que no comprendía: cómo podían crearse esos ambientes en los ordenadores, y cómo podía Flora controlar todo aquello. Sus dedos volaban sobre las teclas y textos, mapas y menús centelleantes en la pantalla, y se movían a tal velocidad que su abuela nunca entendía lo que pasaba.

Jill se movía a lo largo de un pasillo oscuro con la pistola en alto y el cuerpo en actitud de alerta. Flora apretaba los labios; llevaba los ojos tan maquillados que parecían dos elipses alargadas. La anciana recorrió con la mirada los brazos delgados y pálidos de su nieta, donde se apreciaban las marcas de viejos cortes, de heridas cicatrizadas. La cabeza, con el pelo rojo y alborotado, parecía demasiado grande para aquel cuerpo tan menudo. Durante un tiempo se lo había teñido de negro, pero desde hacía un año lo llevaba de su color natural.

– ¿Va bien? -le preguntó Elvy.

– Mm. He conseguido una cosa que necesitaba. Es sólo que debo… guardarla.

El mapa apareció y desapareció. Se abrió una puerta sobre un fondo oscuro y en el descansillo de la escalera estaba Jill. Flora se pasó la lengua por los labios y dirigió a Jill hacia las escaleras.

Margareta, la madre de Flora e hija de Elvy, seguro que se habría opuesto si hubiera sabido con qué tipo de juegos se entretenía su hija, y lo habría tachado de perjudicial para las dos, por diferentes motivos.

La consola Nintendo GameCube había llegado a casa de Elvy tres meses antes, tras un pacto. Después de que Flora se pasara pegada a la maquinita tres, cuatro y hasta cinco horas diarias durante medio año, sus padres le dieron un ultimátum: o vendía la consola o la dejaba en casa de la abuela, si ésta accedía a ello.

La abuela accedió. Estaba muy encariñada con su nieta, y viceversa. La chica venía dos o tres tardes a la semana para jugar y normalmente no lo hacía más que un par de horas. Solían tomar té, charlar, echar unas partidas al plump [3], y a veces Flora se quedaba a dormir allí.

– Uuuhh…

– ¡Mierdamierdamierda!

Elvy levantó la vista. Flora estaba encogida, tensa.

A la vuelta de una esquina había aparecido un zombi de paso inseguro, Jill levantó la pistola y tuvo tiempo de hacer un disparo antes de que él se lanzara sobre ella. El mando crujía en la mano de la jugadora mientras ella lo giraba tratando de evitarlo, pero la sangre fluyó en sacudidas rojas. Y poco después Jill yacía a los pies del monstruo.

YOU ARE DEAD.

– ¡Idiota! -Flora se dio un golpe en la frente-. ¡No! Se me olvidó quemarlo. ¡No!

La abuela se inclinó hacia delante en el sillón.

– ¿Has… perdido ahora?

– No. Ahora sé dónde está la cosa esa.

– Mmm.

Flora era una persona autodestructiva, a juicio del asistente social de su escuela. Elvy no sabía si ése era mejor o peor que el diagnóstico que le dieron a ella a la misma edad: histeria. No estaba bien visto ser una histérica en los años cincuenta, en pleno auge de la Casa del Pueblo y tras el triunfo en la lucha final. También Elvy se había cortado en los brazos y las piernas, movida por el sufrimiento interno y la presión exterior. El problema ni siquiera existía en aquel tiempo. Nadie tenía derecho a sentirse desgraciado en aquel entonces.

Desde que Flora era muy pequeña, Elvy había sentido una poderosa afinidad con aquella niña seria y soñadora, ya había adivinado que iba a pasarlo mal. Aquella sensibilidad, que era la maldición de ambas, se había saltado una generación, pues Margareta, quizá como reacción contra su atolondrada madre, había estudiado derecho y se había convertido en una mujer disciplinada, educada y triunfadora. Se había casado con Göran, otro estudiante de derecho con sus mismas cualidades.

– ¿A ti también te duele la cabeza? -preguntó Elvy al ver que Flora se apretaba la frente al tiempo que se echaba hacia adelante y apagaba el juego.

– Sí. Pero… -Flora apretaba el botón-. ¡Pero bueno! No puedo apagarlo.

– Entonces quita la tele.

Tampoco eso fue posible. El juego se puso en marcha solo, mostrando algunas escenas. Jill lanzaba descargas eléctricas a dos zombis, y otro fue alcanzado en el pasillo. Las detonaciones resonaron dentro de su cabeza y Elvy hizo una mueca. Y resultaba imposible bajar el volumen.

Cuando la muchacha intentó tirar del enchufe salieron chispas, y se echó hacia atrás entre gritos. Elvy se levantó del sillón.

– ¿Qué ha pasado, hija?

La joven tenía los ojos fijos en la mano con la que había tirado del enchufe.

– Me ha dado una descarga. No muy fuerte, pero… -Sacudió la mano como para enfriarla y señaló hacia la pantalla, donde Jill seguía electrocutando a los zombis.

– No. Así no -dijo, echándose a reír.

Elvy le tendió la mano, la ayudó a levantarse.

– Vamos a la cocina.

Todas las cuestiones eléctricas y mecánicas habían sido cosa de Tore. Cuando él enfermó de Alzheimer, Elvy se vio obligada a llamar a un electricista cuando se fundió un fusible. Nunca se había propuesto aprender porque, como pensaban que era incapaz, nunca le dejaron instruirse en esas cosas. Sin embargo, el electricista, desconocedor de su incapacidad, le había enseñado cómo se hacía y después pudo arreglárselas ella sola. Un televisor en rebeldía superaba con mucho sus conocimientos. Aquello tendría que esperar hasta el día siguiente.

Jugaron una partida deplump en la cocina, pero ambas tenían problemas para concentrarse en las cartas. Aparte del dolor de cabeza había algo más en el aire, algo que las dos notaban. Elvy recogió los naipes a las 22:15.

– Oye, ¿sientes tú también…? -preguntó.

– Sí.

– ¿Qué es?

– No lo sé.

Las dos se quedaron mirando la superficie de la mesa, intentando… averiguarlo. Elvy había conocido a un reducido número de personas, además de su nieta, con esa capacidad; para Flora, Elvy era la única. Aquello supuso un alivio para ella, cuando se les ocurrió hablar de ello un año antes. Había alguien tan chiflada como ella, alguien más tenía precognición.

En otra sociedad, en otro tiempo, quizá habrían sido chamanes. O, igual, habrían sido quemadas en la hoguera por brujas. Pero en la Suecia del siglo XXI eran histéricas y autodestructivas. Hipersensibles.

La percepción extrasensorial era tan difícil de describir y precisar como la de un olor. Pero del mismo modo que la zorra advertía la presencia de una liebre escondida en la oscuridad y por el olor a miedo de la liebre sabía incluso que ésta sentía la presencia de la zorra, las dos mujeres eran capaces de captar el aura de los sitios y las personas.

Se les ocurrió hablar de ello el verano anterior mientras daban un paseo por la calle de Norr Mälarstrand. Poco antes de llegar al Ayuntamiento de Estocolmo, las dos habían girado como teledirigidas, alejándose del muelle y tomando el carril bici. La anciana se paró y le preguntó:

– ¿No querías ir allí?

– No.

– ¿Por qué?

– Porque… -Flora se encogió de hombros, miró fijamente al suelo como si se avergonzara-. Es que no me transmitía buenas vibraciones, nada más.

– Oye… -repuso la abuela, poniéndole la mano en la barbilla y levantándole la cara-, a mí me ha pasado lo mismo.

La muchacha la miró con ojos escrutadores.

– ¿En serio?

– Sí -respondió Elvy-. Allí ha pasado algo. Algo malo. Yo creo… que se ha ahogado alguien.

– Mm -murmuró la chica-. Alguien iba a saltar del barco…

– … y se ha dado un golpe en la cabeza contra el borde del muelle -siguió Elvy.

– Sí.

No habían hablado con nadie que les confirmara que estaban en lo cierto, pero sabían que así era. Habían pasado el resto de la tarde contándose sus experiencias y realizando comparaciones. La percepción extrasensorial había entrado en la vida de ambas en la preadolescencia, y el sufrimiento de Flora tenía el mismo origen que el de Elvy a su edad: conocía demasiado bien a la gente. Su percepción le decía cuál era la situación real de las personas que tenía a su alrededor, y ella no podía aceptar mentiras.

– Hija mía -le dijo entonces Elvy-, todos mienten de una u otra manera. Ésa es una premisa para que la sociedad pueda funcionar. Que mintamos un poco. Hay que verlo como una forma de consideración. La verdad es, en cierto modo, muy egoísta.

– Lo sé, abuela. Claro que lo sé, pero es tan jodidamente… asqueroso. Es como si… apestaran, ¿sabes?

– Sí -suspiró Elvy-. Claro que lo sé.

– Pero seguramente tú no estás en mitad de todo eso. Tú sólo te relacionas con el abuelo y las mujeres de la iglesia, pero en la escuela habrá mil personas y todas, casi todas, se sienten mal. Algunas ni siquiera lo saben, pero yo lo noto y me duele. Me duele todo el tiempo. Cuando alguno de los profesores me llama aparte para hablar en serio y contarme cuál es mi problema… sólo me dan ganas de vomitarle encima; mientras habla, siento como si de él rebosara solamente un montón de mierda. Angustia y aburrimiento, noto que me tiene miedo, que su vida apesta, y él va a decirme a lo que yo debería hacer.

– Flora -repuso Elvy-, sé que no es un consuelo, pero uno se acostumbra. Cuando se lleva un rato sentado en el retrete, ya no se nota el mal olor. -Flora se rió de la ocurrencia, y la anciana continuó-: Y en cuanto a las mujeres de la iglesia, te diré que a veces a mí también me gustaría tener una pinza de la ropa.

– ¿Una pinza de la ropa?

– Para ponérmela en la nariz. Y en cuanto al abuelo… de eso ya hablaremos en otra ocasión. Pero no hay manera de evitarlo. Eso debes saberlo. Si te pasa lo mismo que a mí, no hay pinza de la ropa que valga. Hay que acostumbrarse. Es un infierno, lo sé. Pero, para sobrevivir, hay que acostumbrarse.

Aquella conversación trajo consigo una cosa buena: Flora dejó de autolesionarse y empezó a visitar a Elvy cada vez más. En ocasiones, entre semana cogía el autobús para ir hasta Täby Kyrkby, y volvía a la escuela al día siguiente por la mañana. Incluso se ofreció a ayudar para cuidar al abuelo, pero no había mucho que hacer. Elvy le permitió que le diera la papilla algunas veces, para que pusiera su granito de arena ahora que quería ayudar.

Elvy intentó varias veces y con mucho tacto hablar de Dios, pero Flora era atea. Flora intentó que Elvy escuchara a Marilyn Manson, pero el resultado fue en vano. Su amistad tenía ciertos límites. Elvy podía tolerar las películas de terror, en pequeñas dosis.

El volumen de la tele había aumentado cuando volvieron al cuarto de estar. La joven intentó de nuevo apagarla, pero no pasaba nada.

La GameCube había sido el regalo de Elvy a Flora cuando cumplió quince años. Aquello había dado lugar a discusiones acaloradas con Margareta, que sostenía que las videoconsolas hacían que los jóvenes se aislaran del mundo circundante, que se desconectaran. Elvy creía que su hija tenía razón, y ése fue precisamente el motivo de que comprase el juego. Ella tenía quince años cuando empezó a beber alcohol para desconectar y apaciguar las antenas. Y desde su experiencia, le parecía que el videojuego era mejor.

– Vamos a salir un poco afuera -propuso Elvy.

En el jardín no se oía la tele, pero no se movía una brisa y el calor era agobiante. Todas las casas del vecindario tenían las luces encendidas, los perros no dejaban de ladrar y sobre ellas se cernió un gran presentimiento.

Se dirigieron hacia el manzano, el árbol protector, tan antiguo como la casa. Cientos de manzanas sin madurar destacaban entre el follaje de color verde oscuro y las ramas nuevas, que no se habían podado durante los años que duró la enfermedad de Tore, sobresalían por arriba.

«Cojo la escopeta, subo arriba y mato a los perros».

– ¿Has dicho algo? -preguntó Elvy.

– No.

La anciana escudriñó el cielo. Las estrellas parecían alfileres contra aquel fondo azul oscuro infinitamente lejano. Las vio desprenderse y convertirse en auténticas agujas que caían y se clavaban en su cerebro, donde pinchaban y dolían.

– Como una doncella de hierro -observó Flora.

Elvy la miró. La muchacha también estaba mirando el cielo.

– Flora -le preguntó-. ¿Pensaste tú hace un momento en una escopeta y… en los perros?

Su nieta alzó las cejas y se echó a reír.

– Sí -respondió-. En cómo lo voy a hacer en el juego. ¿Cómo…?

Se miraron la una a la otra. Esto, no obstante, era algo nuevo. La migraña era cada vez más fuerte, las agujas se clavaban cada vez más adentro y, como una repentina ráfaga de viento, algo las envolvió.

No se movía ni una hoja, no se mecía ni una brizna de hierba, pero las dos se tambalearon cuando una fuerza grande cruzó el jardín y durante un segundo la tuvieron encima, alrededor, pasó a través de ellas.

«Es… tra… me… ser… fr… ts… za… cl… pro».

La mente se les llenó de sonidos como si fuera un buscador de emisoras de radio que alguien hubiera pasado a toda velocidad por cientos de frecuencias a ritmo de staccato, comiéndose la mitad de las sílabas; no obstante, las dos advirtieron que las voces pertenecían a personas aterradas. Pasaron por los cerebros de ambas y desaparecieron. A Elvy se le doblaron las piernas, cayó de rodillas en el césped y balbució:

– Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre, hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo. El pan nuestro de cada día dánosle hoy, y perdónanos nuestras deudas así…

– ¿Abuela?

– … como nosotros perdonamos a nuestros deudores, no nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del mal.

– ¡Abuela!

A Flora le temblaba la voz y Elvy, haciendo un esfuerzo, abandonó los rezos y observó a su alrededor. Flora, sentada en el césped con los ojos muy abiertos, la miraba fijamente. La anciana sintió en la cabeza una descarga de dolor tan fuerte que temió que fuera una hemorragia cerebral.

– ¿Sí…? -respondió en voz baja.

– ¿Qué ha sido eso?

Elvy hizo una mueca. Le dolía todo. Le dolía mover la cabeza, le dolía abrir la boca. Trató de dar forma a las palabras en su mente sin conseguirlo y, de pronto, desapareció el tormento. Cerró los ojos y respiró. El suplicio desapareció, el mundo recuperó su lugar y sus colores. Pudo leer su propio alivio en el semblante de su nieta.

Respiró profundamente. Sí. Había desaparecido. Había desaparecido. Estiró la mano, agarró la de Flora.

– No sabes cómo me alegro -dijo Elvy- de que estés aquí y no haber pasado por esto yo sola.

Flora se frotó los ojos.

– Pero ¿qué ha sido eso?

– ¿No lo sabes?

– Sí. Bueno, no.

Elvy asintió con la cabeza. Era lógico. De alguna manera era una cuestión de fe.

– Eran los espíritus -le explicó-. Las almas de los muertos han sido liberadas.

Hospital de Danderyd, 23:07

Era su mujer, ¿cómo podía tener miedo de ella? David dio un paso hacia la cama. Era el ojo, el aspecto de su único ojo.

Es imposible describir un ojo humano: todas las simulaciones realizadas con la ayuda de los ordenadores resultaban fantasmales, aceptamos las pinturas y las fotos a sabiendas de que se trata de un instante detenido. No es posible describir ni representar un ojo vivo. Sin embargo, sabemos clarísimamente cuándo no lo está.

El ojo de Eva estaba muerto. Lo cubría una finísima película gris, y, para el caso, podría haberse tratado de un muro de piedra. Ella estaba apagada, no estaba allí. David se inclinó hacia delante.

– ¿Eva…? -preguntó en voz baja.

Tuvo que agarrarse a los barrotes de acero de la cama para no retroceder cuando ella lo miró de frente…

«Algunas enfermedades provocan esa reacción en el ojo».

… y abrió la boca, pero no emitió ningún sonido, sólo un chasquido seco. David corrió hasta el lavabo, llenó de agua una taza de plástico y se la acercó. Ella se quedó mirando la taza, pero no hizo ningún movimiento para aceptarla.

– Ten, querida -dijo David-. Bebe un poco de agua.

Ella levantó la mano y le tiró la taza. El agua le cayó a Eva sobre el rostro y la taza aterrizó sobre su vientre. Ella se quedó mirándola, la cogió con una mano y la estrujó haciéndola crujir.

David clavó los ojos en el orificio que ella tenía en el pecho, en las pinzas hemostáticas que oscilaban allí, infernales decoraciones navideñas, y finalmente salió de su parálisis. Apretó el botón que había al borde de la cama y como no apareció nadie en cinco segundos, salió corriendo al pasillo y gritó:

– ¡Ayuda! ¡Ayuda!

Una enfermera acudió deprisa desde una sala en el extremo opuesto del pasillo. Antes de que ella llegara, David exclamó:

– Se ha despertado, vive… No sé qué tengo…

La sanitaria le lanzó una mirada de desconcierto antes de pasar delante de él y entrar en la habitación; se detuvo a un paso de la puerta. Eva estaba sentada en la cama, recogiendo torpemente los trozos de la taza de plástico. La mujer se llevó la mano a la boca meneando la cabeza, se volvió hacia David y dijo:

– Esto…, esto…

Él la agarró por los hombros.

– ¿Qué…? ¿Qué es lo que pasa?

La enfermera se volvió tímidamente hacia la habitación, extendió las manos y dijo:

– Esto… no puede ser…

– ¡Pues haga algo entonces!

La enfermera volvió a mover la cabeza y sin decir nada más salió corriendo hacia la recepción. Cuando llegó a la entrada, se volvió hacia donde estaba David y dijo:

– Voy a llamar a alguien que… -Y desapareció dentro del cuarto.

David se quedó un momento en el pasillo. Se dio cuenta de que estaba respirando muy deprisa y procuró tranquilizarse un poco antes de entrar otra vez en la habitación de Eva. Los pensamientos se aceleraban dentro de su cabeza.

«Un milagro… El ojo… Magnus…».

Cerró los párpados y trató de recordar la mirada de su esposa cuando le contemplaba con aquel amor tan profundo. Aquel destello, la luz viva que desprendían sus ojos. Respiró hondo, recordó aquella imagen y entró.

La rediviva había perdido el interés por la taza, que ahora estaba tirada en el suelo debajo de la cama. David se le acercó sin mirarle el pecho.

– Eva, estoy aquí.

Ella volvió la cabeza hacia él. Éste fijó la mirada justo por debajo del ojo, en la mejilla sin heridas. Alargó la mano y se la acarició con los dedos.

– Todo irá bien… Todo irá bien…

Eva levantó la mano de una forma tan repentina que él retiró la suya de forma instintiva, pero se sobrepuso y se la volvió a tender. Ella se la agarró con fuerza. El apretón frío, mecánico, le hizo daño: las uñas de Eva se le clavaron en el dorso de la mano. David apretó los dientes mientras asentía con la cabeza.

– Soy yo, David.

Le miró al ojo. Allí no había nada. Ella abrió la boca y emitió una especie de silbido:

– … aavi…

A él se le llenaron los ojos de lágrimas. Asintió.

– Sí, claro. David. Estoy aquí.

El apretón se volvió más fuerte. Sintió una punzada de dolor cuando una uña le traspasó la piel.

– … Daavi… esst… aquííí…

– Sí. Sí. Estoy aquí. Contigo.

Consiguió liberar su mano de la de ella, le dio la otra, pero de tal manera que sólo pudiera agarrarle los dedos. Un poco de sangre manaba de la mano que ella le había estrechado. Él se la limpió en la sábana y se sentó al borde de la cama.

– ¿Eva?

– Eeva…

– Sí. ¿Sabes quién soy?

Tardó un poco en contestar. Dejó de apretarle los dedos con tanta fuerza y contestó:

– Yo… ssoy… davi… da.

«Mejorará. Tiene que mejorar. Ella entiende».

David asintió, y señalando su pecho con ese gesto torpe tan propio de Tarzán, dijo:

– Yo David. Tú Eva.

– Túú… Eva.

No llegaron más lejos. Una doctora irrumpió en la habitación, pero se detuvo en seco en cuanto vio a Eva. También ella estuvo en un tris de soltar alguna expresión de incredulidad, pero la salvó un hábito adquirido: se sacó el estetoscopio del bolsillo de la bata y lo desenroscó, sin mirar siquiera a David; luego, se acercó a la cama de la enferma.

Él se echó hacia atrás para dejarle pasar; vio que la enfermera que había estado allí hacía un momento permanecía en la puerta junto a otra compañera. Esta última no tenía evidentemente ninguna tarea que hacer, estaba allí sólo como asombrada espectadora.

La doctora le puso el estetoscopio en el lado del pecho sin heridas y escuchó. Movió el estetoscopio, volvió a escuchar. Eva levantó la mano, agarró las gomas…

– ¡Eva! -gritó David-. ¡No!

… y tiró de ellas. La doctora lanzó un grito, las gomas tiraron de su cabeza hacia delante antes de que los auriculares se le desprendieran de las orejas. David hizo una mueca como si le doliera a él.

– Eva, no puedes… hacer eso.

Sintió un escalofrío. Se estaba comportando como el protector de Eva frente a la autoridad, como si temiera que fueran a castigarla de alguna manera en caso de mal comportamiento.

La médico gimió, se apretó las orejas con las manos un par de segundos, pero haciendo un esfuerzo recuperó la compostura y con calma profesional se volvió hacia las enfermeras.

– Llama a Lasse en neurología -ordenó-, y si no, a Göran.

Una de ellas dio un pasito hacia el interior de la habitación y preguntó:

– ¿Si no?

– Si Lasse no está allí -contestó la médica irritada-, entonces le pides a Göran que venga.

La enfermera asintió, dijo algo en voz baja a la otra, y ambas desaparecieron por el pasillo.

Eva separó la cabeza del estetoscopio de la goma y aquélla cayó al suelo con un tintineo. La doctora se quedó sentada mirando a Eva sin hacer ademán de recogerla. David lo hizo en su lugar. Cuando él se la entregó, pareció como si ella por primera vez fuese consciente de que había otra persona en la estancia.

– ¿Cómo se encuentra Eva? -preguntó David.

La interpelada le miró con la boca entreabierta, como si hubiera hecho una pregunta tan tonta que no tenía respuesta.

– El corazón no late -contestó la doctora-. No hay nada. Ningún latido.

David sintió una puñalada en el pecho.

– ¿Pero no tenéis que…? -balbució él-. ¿No vais a… ponerlo en marcha?

– Parece que… no lo necesita -respondió la mujer sin apartar los ojos de la paciente, que, sentada, estiraba las gomas.

Tuvieron que esperar un buen rato a Lasse. Cuando al fin llegó, el hecho de que Eva se hubiera despertado ya no era ninguna novedad.

Hospital de Danderyd, 23:46

Mahler estacionó el coche en el aparcamiento de tiempo limitado más próximo al hospital y se bajó del vehículo con dificultad. El Fiesta no estaba hecho para su metro noventa de estatura y sus ciento cuarenta kilos de peso. Sacó primero las piernas y luego el cuerpo. Se quedó al lado del automóvil y se dio un poco de aire en el pecho con la camisa, donde ya habían empezado a aparecer círculos oscuros en las axilas.

El edificio del enorme hospital se alzaba ante él expectante. La única señal de actividad era la suave succión del aire acondicionado, la respiración asistida del inmueble, su manera de decir:

– Estoy vivo, aunque no lo parezca.

Se echó la bolsa al hombro y fue hacia la entrada. Miró el reloj. Las 23:45.

El espejo de agua poco profundo, situado cerca de la puerta giratoria, reflejaba el cielo nocturno, convirtiéndolo en un mapa de estrellas, y junto a él, como si fuera su vigilante, estaba Ludde fumando. Cuando vio a Mahler, levantó la mano a modo de saludo y tiró la colilla al agua, donde entró con un silbido.

– Hola, Gustav. ¿Qué tal?

– Bueno… Sudando.

Ludde tenía cuarenta años, pero parecía algo más joven, de una manera enfermiza. Cualquiera le habría tomado por un paciente de no ser por la camisa azul con la tarjeta identificativa, que dejaba claro que se llamaba Ludvig. Tenía los labios finos y pálidos, la piel tirante de una forma poco natural, como si se hubiera sometido a una operación de cirugía plástica o hubiera estado en un túnel de viento, y los ojos inquietos.

Entraron por la puerta normal, ya que la giratoria estaba cerrada por la noche. Ludde miraba todo el tiempo a su alrededor, pero su cautela era innecesaria: el edificio parecía desierto.

Cuando cruzaron la entrada y se adentraron por los pasillos, Ludde se relajó y le preguntó:

– ¿Has traído…?

El recién llegado metió la mano en el bolsillo del pantalón, y la dejó allí.

– Ludde, tendrás que disculparme, pero todo eso parece…

El aludido se paró y le miró ofendido.

– ¿Te he engañado alguna vez? ¿Eh? ¿Te he dicho alguna vez que tenía algo y luego no era nada? ¿Eh?

– Sí.

– Te refieres a lo de Björn Borg. Sí. Sí. Pero tenía un parecido de la hostia, reconócelo. De acuerdo, de acuerdo. Pero esto… bueno, bueno. Quédate con la pasta entonces, cascarrabias de los cojones.

Ludde, cabreado, echó a andar por el pasillo, y a Mahler le costó seguirle el paso. En silencio tomaron un ascensor de bajada y luego recorrieron un pasillo largo y ligeramente empinado con una puerta de hierro al fondo. El confidente ocultó aposta el teclado cuando pasó su tarjeta y marcó la clave. Se oyó el chasquido de la puerta.

Mahler sacó el pañuelo y se secó la frente. Allí abajo hacía más fresco, pero la caminata le había dejado agotado. Se apoyó contra la pared de cemento pintada de verde y agradablemente fresca bajo su mano.

Ludde abrió la puerta de hierro. El periodista pudo oír a lo lejos, a través de las paredes, gritos y ruidos de metales. La primera y única vez que había estado allí antes todo estaba silencioso como… una tumba. Ludde lo miró con una sonrisa burlona que venía a decir «qué te dije». Mahler asintió, le entregó los billetes arrugados y Ludde se ablandó, le hizo un gesto invitándole a que cruzara la puerta abierta.

– Adelante. La primicia te está esperando. -Echó una rápida ojeada a la parte baja del pasillo-. Los otros entran por el otro lado, así que puedes estar tranquilo.

El reportero se guardó el pañuelo en un bolsillo.

– ¿No vienes conmigo?

El confidente sonrió con malicia.

– ¿Tú sabes la cantidad de trabajo que me va a caer encima si bajo? -Le indicó por señas que debía doblar la esquina-. Basta con descender un piso en el ascensor.

* * *

Mahler sintió un profundo malestar cuando la puerta se cerró tras él. Se dirigió al ascensor y dudó antes de pulsar el botón para llamarlo. Se había vuelto miedoso con los años. Aún se oían gritos y ruido de metales allá abajo, y se quedó quieto, intentando que su corazón se tranquilizara.

Le inquietaba menos la perspectiva de ver a los muertos dando vueltas por ahí que el hecho de no tener derecho alguno a estar allí. Cuando era joven pasaba de esas cosas. «Hay que informar de lo que está pasando», habría pensado entonces, y se habría lanzado al combate.

Pero ahora…

«¿Y tú quién eres? ¿Qué haces aquí?».

Estaba oxidado y demasiado inseguro para poder aparentar la autoridad necesaria en tales situaciones. No obstante, apretó el botón.

«Debo ver lo que pasa».

El ascensor se puso en movimiento con un ruido sordo, él se mordió el labio y se apartó de la puerta. Lo cierto era que tenía miedo. Había visto demasiadas películas donde llegaba el ascensor y dentro había alguien. Pero llegó, y a través del estrecho cristal de la puerta pudo comprobar que estaba vacío. Entró y pulsó el botón del último piso del sótano.

Cuando el ascensor empezó a bajar, él intentó no pensar en nada, sólo registrar los hechos como una cámara cuya película se revelara luego con palabras.

El ascensor arranca con una sacudida. Oigo gritos a través de las gruesas paredes de cemento. La planta del depósito de cadáveres aparece a través del cristal que hay en la puerta.

Nada.

Un tramo del pasillo, una pared y nada más. Empujó la puerta del ascensor.

Notó el frío. La temperatura de ese corredor estaba varios grados por debajo de la del resto del edificio. El sudor que le cubría el cuerpo se convirtió en una película helada, sintió un escalofrío. La puerta se cerró a sus espaldas.

Justo a la derecha estaba abierta la puerta de acceso a una de las salas del depósito y fuera, en el suelo, había dos personas sentadas, abrazándose cabizbajas.

«¿Qué hacen?».

El estrépito de una plancha metálica en la sala de autopsias que había a la derecha hizo que una de ellas levantara la cabeza, y Mahler comprobó entonces que se trataba de una enfermera joven. Tenía el rostro desencajado.

Sujetaba entre sus brazos a una mujer muy vieja; tenía cuatro canas como una nube alrededor de la cabeza, el cuerpo como un tonel y las piernas como palillos, que se agitaban en el suelo tratando de encontrar apoyo para levantarse. Estaba desnuda, salvo la sábana anudada alrededor del cuello que le cubría un lado del cuerpo. Debía de ser la madre o la abuela de alguien, quizá la bisabuela.

Su rostro se reducía a dos pómulos prominentes bajo una piel pálida, y los ojos eran dos ventanas abiertas al vacío infinito. Eran de un azul transparente, como cubiertos por una película de mucosidad, blanca y de consistencia gelatinosa, y no expresaban el más mínimo sentimiento.

De sus labios hundidos, privada la boca de su dentadura, salía sólo un tono lastimero:

– Aaaasssaaaa… aassaaa…

Y Mahler supo, con intuición inmediata, cuál era su deseo. Lo mismo que todos.

«Quiere ir a casa».

La enfermera se percató de la presencia de Mahler.

– ¿Puede hacerse cargo de ella? -le pidió con una súplica en la mirada, e hizo un gesto con la cabeza señalando a la mujer. Al ver que Mahler no contestaba, añadió-: Estoy congelada…

Él se agachó y puso la mano en el pie de la anciana. Estaba congelado, entumecido, era como poner la mano en una naranja recién sacada del congelador. El roce hizo que el lamento de la mujer cobrara intensidad…

– ¡Aaaasssaaa!

… y Mahler se levantó dando un bufido mientras la enfermera le gritaba:

– ¡Écheme una mano! ¡Por favor!

No podía. Ahora no. Debía ver qué estaba pasando. Algo avergonzado, se dirigió dando traspiés hacia la sala de autopsias, como el fotógrafo que hacía fotos a las víctimas del hambre, regresaba a la habitación del hotel y se tomaba un trago para acallar la conciencia.

«Las fotos… La cámara…».

Mientras avanzaba hacia la sala grande e iluminada, abrió la bolsa. Había sábanas blancas tiradas por el suelo del pasillo.

* * *

Más tarde le costaría poner orden en la escena que apareció ante sus ojos. Tuvo la impresión de que la lucha entre los vivos y los muertos debería haberse rodado en el interior de alguna cueva a media luz, con una iluminación goyesca.

Pero todo estaba dispuesto e iluminado con clínica asepsia. Los grandes tubos fluorescentes del techo proyectaban su luz sobre el acero inoxidable de las superficies de trabajo y sobre las personas que se movían dentro de la sala.

Se veía piel desnuda por doquier, pues casi todos los muertos habían conseguido liberarse de su mortaja y las sábanas estaban tiradas por todas partes. Parecía una fiesta de togas que había degenerado en orgía.

Habría allí entre vivos y muertos unas treinta personas. Médicos, enfermeras y el personal del depósito de cadáveres con batas blancas, verdes y azules se afanaban en sujetar los cuerpos desnudos. Todos eran viejos o muy viejos, muchos tenían grandes costurones desde el diafragma hasta el cuello: eran las cicatrices de las autopsias.

Los muertos no eran violentos, pero forcejeaban, pues querían salir de allí. Vio caras llenas de arrugas, cuerpos de proporciones morbosas, viejas agitando dedos atrofiados como garras de aves, ancianos que alzaban los puños al aire y cuerpos braceando para soltarse, pero los agarraban, los sujetaban.

Y el ruido, el ruido.

Se oían tales gemidos y alaridos que parecía que hubieran encerrado en una sala a un equipo de fútbol formado por recién nacidos para que pudieran gritar allí su terror y su espanto ante el mundo adonde habían llegado. Al que habían regresado.

Los médicos y las enfermeras trataban todo el tiempo de expresarse con palabras tranquilizadoras…

– Así, tranquilos, todo va a ir bien, todo está bien, tranquilos.

… pero sus miradas eran de pánico. Algunos se habían dado por vencidos. Una enfermera se acurrucaba en un rincón con la cara entre las manos y el cuerpo tembloroso. Había un doctor junto a una pila, lavándose tranquila y meticulosamente las manos, como si estuviera en el cuarto de baño de su casa. Cuando terminó, sacó un peine del bolsillo superior de la bata y empezó a peinarse.

«¿Dónde están todos?».

¿Por qué no hay más… gente viva aquí? ¿Dónde estaban los refuerzos de emergencia, la sociedad, todo eso que, pese a todo, funcionaba tan bien en esta Suecia del año 2002?

El periodista había estado una vez allí antes. Por eso sabía que la mayor parte de los muertos se hallaban en las cámaras del piso de abajo. Los allí presentes sólo eran una mínima parte. Se adentró un paso en una sala y buscó la cámara fotográfica.

En ese momento se soltó un hombre, uno de los pocos a quienes el proceso de la muerte no le había descompuesto la carne. Era fuerte y grande, sus manos parecían haber manejado bloques de piedra, quizá un obrero de la construcción jubilado y muerto de forma prematura. Con las piernas blancas y llenas de manchas, se movía hacia la salida a saltitos, como si caminara con zancos hechos con trozos de abedul.

– ¡Cógelo! -gritó el médico al que se le había escapado, y Mahler no lo pensó, obedeció la orden sin más y se colocó con toda su masa corporal como dique de contención en el vano de la puerta. El hombre se dirigía hacia él y sus miradas se encontraron. Tenía los ojos castaños y acuosos, fue como mirar dentro de una laguna cenagosa donde nada se movía. No había respuesta.

Mahler deslizó la vista hacia el cuello y observó la pequeña cicatriz situada encima de la clavícula, donde le habían inyectado formol, y por primera vez en esta sala del espanto sintió… miedo. Miedo al roce, al contagio, a que le agarraran aquellos dedos. Le habría gustado poder enseñar su carné de prensa y gritar: «¡Soy periodista! ¡No tengo nada que ver con esto!».

Apretó los dientes. No podía salir de allí corriendo sin más.

Pero cuando el hombre se le echó encima, fue incapaz de sujetarlo. En vez de eso le propinó un empujón para quitárselo de encima…

«¡Ni se te ocurra tocarme!».

… y el sujeto perdió el equilibrio, se tambaleó hacia un lado y cayó sobre el médico, que había empezado a lavarse las manos otra vez. Éste alzó la mirada, indignado, como alguien que hubiera sido interrumpido en medio de una tarea importante.

– ¡De uno en uno! -chilló, y apartó al hombre contra la pared.

Una especie de alarma se puso en marcha cerca de allí. Mahler creyó conocer la melodía, pero no le dio tiempo a pensar en ello porque en ese momento llegaron los refuerzos. Tres doctores y cuatro celadores con batas verdes se abrieron paso delante de él. Se detuvieron un momento, exclamando:

– ¡Santo Cielo! ¿Pero qué demonios…?

Dijeron otras cosas por el estilo, pero, sobreponiéndose al pavor, entraron corriendo en la sala para hacer frente a la situación.

Mahler le puso la mano en el hombro a uno de los médicos y éste se volvió hacia él con un gesto agresivo, como si pensara darle un puñetazo.

– ¿Qué hacéis con ellos? -le preguntó Mahler-. ¿Adónde los lleváis?

– ¿Y tú quién cojones eres? -Y el golpe parecía estar cada vez más cerca-. ¿Qué haces aquí?

– Me llamo Gustav Mahler y soy del…

El doctor se echó a reír, con una risa aguda e histérica.

– Si traes también a Beethoven y a Schubert, diles que nos echen una mano -exclamó, y dicho esto, cogió al hombre al que Mahler había empujado, lo sujetó y se dirigió a toda la sala-: ¡Hacia los ascensores en grupos reducidos! ¡Los llevaremos a Infecciosos!

El periodista retrocedió. La señal de alarma seguía sonando incansable.

Al darse la vuelta vio que también había recibido ayuda la enfermera que estaba en el suelo. Se levantó con las rodillas temblorosas, dejó a un vigilante al cargo de la anciana. Al ver a Mahler torció el gesto.

– Qué cabrón -le espetó, y volvió a desplomarse de nuevo a unos metros del cadáver. El periodista dio un paso hacia ella, pero decidió que era mejor dejar las cosas como estaban. No tenía ninguna necesidad de volver a oír lo cobarde que era.

«La alarma, la alarma».

La melodía que se oía era la de Eine Kleine Nachtmusic, y Mahler empezó a tararearla. Una melodía agradable en medio de aquel caos. La misma que la de su móvil. Y la misma que tenía…

Rebuscó el teléfono dentro de la bolsa, se quedó mirando el ridículo y diminuto auricular mientras seguía sonando la alegre melodía. Le dio la risa. Se alejó un poco por el pasillo con el móvil en la mano y se apoyó en la pared al lado de un letrero en el que ponía: «Apaguen sus teléfonos móviles». Aún se estaba riendo cuando contestó:

– Sí, soy Mahler.

– Hola, soy Benke. Oye, ¿qué está pasando ahí?

Gustav miró hacia la sala de autopsias, a los cuerpos que se movían por allí en un revoloteo de colores. Verde, azul, blanco.

– Pues, sí. Es verdad. Se han despertado.

Benke resopló en el auricular. Mahler creyó que iba a decir algo chistoso, y pensó acercar el teléfono hacia la sala de autopsias para que Benke pudiera oírlo, pero éste no hizo ninguna broma. En vez de eso, dijo pausadamente:

– Por lo visto está sucediendo… en varios sitios por toda la zona de Estocolmo.

– ¿Que se despiertan?

– Sí.

Permanecieron un momento en silencio. Mahler vio ante sí cómo se desarrollaba la misma escena en varios lugares. ¿De cuántos muertos estarían hablando? ¿200? ¿500? Se quedó de repente helado, rígido.

– ¿Y en los cementerios? -inquirió.

– ¿Qué?

– Los cementerios. Los enterrados.

– ¡Dios mío…! -musitó Benke con tono casi inaudible, y añadió-: No sé… No sé… No hemos recibido ninguna… -Se interrumpió-. ¿Gustav?

– ¿Sí?

– Esto es una broma, ¿no? Me estás tomando el pelo. Eres tú quien ha…

Mahler orientó el móvil hacia la sala de autopsias, miró con los ojos en blanco durante un par de segundos, después se volvió a poner el teléfono en la oreja. Benke estaba hablando solo.

– … esto es absurdo. ¿Cómo puede suceder…? Aquí, en Suecia…

Mahler lo interrumpió.

– Benke. Tengo que irme.

El redactor de noche se impuso al hombre incrédulo, y Benke preguntó:

– Estarás haciendo fotos, ¿no?

– Sí, sí.

Mahler se guardó el móvil. El corazón le latía desbocado.

«Elias no fue incinerado, Elias fue enterrado, Elias fue enterrado, Elias, Elias yace en el cementerio de Råcksta, Elias…».

Extrajo la cámara de la bolsa y sacó unas fotos a toda prisa. La situación se había estabilizado y parecía bajo control. Aquí. Por el momento. Se fijó en él uno de los celadores que sujetaba a un señor mayor, que no cesaba de mover la cabeza de arriba abajo como si quisiera decir: «¡Sí, sí, estoy vivo, estoy vivo!», y le gritó:

– ¡Oye, tú! ¿Qué haces?

El periodista hizo un gesto evasivo…

«No tengo tiempo».

… y salió retrocediendo de la sala. Se dio la vuelta y echó a correr hacia las escaleras.

Fuera del tanatorio había un hombre viejísimo, delgado como un palillo, hurgando con los dedos en la tirilla de su mortaja. Una de las mangas de quita y pon se le había caído y el tipo estaba boquiabierto; parecía preguntarse cómo se había puesto aquella prenda tan elegante y qué iba a hacer ahora que la había roto.

* * *

Había varios coches de la policía aparcados fuera de la entrada del hospital, y Mahler murmuró:

– ¿Policías? ¿Qué van a hacer? ¿Arrestarlos?

El sudor le chorreaba por todo el cuerpo cuando llegó hasta su vehículo. La cerradura del lado del conductor estaba estropeada y había que empujar con el cuerpo para que se abriera. Cuando lo hizo, la manija se le deslizó entre los dedos y bajo sus pies el asfalto dio un giro de noventa grados, Mahler sintió un golpe en los hombros y en la nuca.

Quedó tendido cuan largo era al lado de su coche, mirando a las estrellas. El estómago subía y bajaba como un fuelle al ritmo de sus profundos resuellos. Oyó el ruido de las sirenas a lo lejos, una buena melodía para un reportero en condiciones normales, pero él ya no podía más.

Las estrellas titilaban encima de él; su respiración se fue sosegando.

Gustav concentró la vista en un punto lejano más allá de las estrellas.

– ¿Dónde estás, mi querido niño? ¿Estás allí… o aquí?

Pasados unos minutos volvió a sentirse con fuerzas. Se levantó, entró en el vehículo, arrancó y se alejó del aparcamiento del hospital, conduciendo en dirección a Råcksta. Le temblaban las manos por el agotamiento. O ante la expectativa.

Täby Kyrkby, 23:20

Elvy preparó la cama a su nieta en la habitación de Tore. El persistente olor a hospital causado por los antisépticos se mezclaba desde hacía tres semanas con el de los productos de limpieza. No quedaba ni rastro del propio Tore. Ya al día siguiente de su muerte, Elvy había tirado a la basura el colchón, las almohadas y toda la ropa de cama, y había comprado un juego nuevo.

Cuando Flora la visitó al día siguiente, a la abuela le había sorprendido que la chica no tuviera ningún reparo en pasar la noche en el dormitorio donde acababa de morir su abuelo, sobre todo pensando en su sensibilidad.

– Yo lo conocía. Él no me da miedo -se limitó a decir Flora, y el tema quedó zanjado.

La chica entró y se sentó en el borde de la cama. Elvy se quedó mirándole la camiseta de Marylin Manson, que le llegaba por las rodillas, y le preguntó:

– ¿Tienes otra ropa para mañana?

Flora sonrió.

– Claro. Yo también tengo mis límites.

– No es que a mí me importe, pero… -dijo Elvy mientras ahuecaba las almohadas.

– Las viejas -la interrumpió Flora.

– Sí. Las viejas. -Elvy frunció el entrecejo-. Bueno, la verdad es que a mí también me parece que…

Flora puso su mano sobre las de la anciana y la interrumpió.

– Abuela, ya te lo he dicho. Yo también pienso que debe asistirse bien vestido a un entierro. -Hizo una mueca-. A las bodas en cambio…

Elvy se echó a reír.

– El día menos pensado estarás tú ante al altar -le dijo, y añadió-: Puede que sí, o puede que no.

– Seguramente, nunca -replicó la chica, y se dejó caer hacia atrás en la cama con los brazos extendidos. Se quedó mirando al techo, abriendo y cerrando las manos como si estuviera cogiendo pelotas invisibles que cayeran del cielo. Cuando había cogido diez, le preguntó:

– ¿Qué pasa cuando uno muere? ¿Qué pasa cuando uno muere?

Elvy no sabía si la pregunta iba dirigida a ella, pero de todos modos la respondió:

– Uno llega a algún otro sitio.

– ¿A algún sitio? ¿Adónde? ¿Al cielo?

La anciana se sentó en la cama al lado de su nieta; alisó la sábana que ya estaba estirada.

– No lo sé -reconoció-. El cielo sólo es un nombre que le hemos dado a eso que nos resulta totalmente desconocido. No es más que… algún otro sitio.

Flora no respondió, siguió recogiendo unas cuantas pelotas más. De repente se sentó, y pegándose casi a Elvy, le preguntó:

– ¿Qué ha sido lo de antes? ¿Lo que pasó en el jardín?

Elvy permaneció un rato en silencio. Cuando empezó a hablar, lo hizo en voz baja e insegura.

– Sé que no compartes mis creencias -dijo ella-, pero intenta verlo de esta manera: vamos a olvidarnos de Dios, de la Biblia y de todo eso, y vamos a concentrarnos en el alma, en que la persona tiene un alma. Estarás de acuerdo conmigo, ¿no?

– No sé -dijo Flora-. Yo creo que nos morimos y nos queman, y que entonces ya no queda nada.

La mujer asintió.

– Sí, claro, pero yo lo he razonado de esta manera. Una persona vive una vida, acumula pensamientos, experiencias, afectos, y cuando llega a los ochenta años y aún tiene agilidad intelectual, el cuerpo empieza poco a poco a desmoronarse. Esa persona interiormente sigue siendo la misma persona, sigue viviendo y pensando plenamente mientras su cuerpo se debilita, se consume,,y la persona permanece allí dentro hasta el último momento, gritando: «No, no, no…», y luego se acaba todo.

– Sí -concedió Flora-. Así es.

La anciana se acaloró, tomó la mano de Flora, se la llevó a los labios y la besó suavemente.

– Pero a mí -prosiguió ella-, a mí eso me parece completamente absurdo. Siempre me lo ha parecido. Para mí… -Elvy se levantó de la cama agitando las manos-… es absolutamente indiscutible que las personas tenemos un alma. Tenemos que tenerla. Que todo lo que somos, que nuestra conciencia, que puede abarcar en un segundo todo el universo, dependa de una cosa así… -Elvy hizo con la mano un movimiento envolvente alrededor de su cuerpo-… de un montón de carne como éste para existir… No, no, no. ¡No puedo estar de acuerdo con eso!

– ¿Abuela? ¿Abuela?

Elvy, que por un momento había tenido la mirada perdida en la lejanía, la volvió hacia su nieta. Se sentó otra vez en la cama y colocó las manos sobre las rodillas.

– Perdón -le dijo-, pero esta noche he tenido la prueba definitiva de que es como yo digo. -Y lanzándole una mirada a Flora, casi avergonzada, añadió-: Creo yo.

* * *

Tras dar las buenas noches a su nieta y cerrar la puerta de la habitación, Elvy anduvo dando vueltas de un lado para otro de la casa. Intentó sentarse en el sillón, cogió la obra de Grimberg, leyó unas cuantas líneas y volvió a dejar el libro.

Ése había sido uno de los proyectos que se había prometido acometer en cuanto Tore hubiera muerto: leer Historia de Suecia, de Carl Grimberg [4], antes de que a ella misma le llegara su hora. Había empezado bien, andaba ya por la mitad de la segunda parte, pero esta noche no iba a avanzar en la lectura. Estaba demasiado inquieta.

Eran más de las doce. Debería acostarse. Era cierto que ya no necesitaba tantas horas de sueño, pero se despertaba casi todas las noches alrededor de las cuatro y se veía obligada a permanecer sentada en el retrete un par de horas mientras el pis salía gota a gota.

«Tore, Tore, Tore…».

Elvy había bajado por la mañana a la funeraria con el traje nuevo de Tore para el entierro, que tendría lugar dos días más tarde. ¿Estaría ahora él en la cámara de la iglesia, vestido y listo para su última gran celebración? Le habían preguntado si quería vestirlo ella misma, pero había declinado el ofrecimiento de buen grado. Ya había cumplido con su obligación.

Habían pasado ya diez años desde que empezó a untarle la mantequilla en los bocadillos. Hacía siete años que empezó a ayudarle a comerlos. Los tres últimos años él no había podido ingerir más que papillas y cremas, necesitaba gotas para seguir… sí, viviendo. Si eso merecía el nombre de vida.

Sujeto a una silla de ruedas, Tore no podía hablar ni probablemente pensar. Sólo en contadas ocasiones, cuando ella le decía algo, aparecía en sus ojos, de repente, un asomo de comprensión, que desaparecía igual de rápido.

Ella se había ocupado de darle de comer, cambiarle los pañales y la bolsa de la orina, y lavarle. Sólo había pedido ayuda para acostarlo por las noches y para levantarlo por las mañanas, para que pasara otro día más sentado en la silla de ruedas con la mirada perdida.

En la salud y en la enfermedad hasta que la muerte nos separe. Ella había cumplido su promesa sin alegría y sin amor, pero también sin quejas ni dudas, pues así estaba escrito.

En el cuarto de baño se quitó la dentadura, la cepilló con cuidado, la puso en un vaso y la dejó allí. No entendía que la gente la pusiera al lado de la cama, como un recuerdo lastimero del paso del tiempo. Las gafas, sí. Por la seguridad que le proporcionaba tenerlas a mano si pasara algo, pero ¿la prótesis dental? Como si de repente pudiera aparecer algo a lo que hincarle el diente.

Entró en su habitación, se desvistió y se puso el camisón. Dobló la ropa con esmero y la colocó encima del escritorio. Se detuvo a mirar las fotografías que había sobre el mueble. Su foto de boda.

«Vaya par de tortolitos».

La imagen era originalmente en blanco y negro y posteriormente coloreada a mano en tonos aún más claros. Tore y ella parecían como una ilustración sacada de algún libro de cuentos. El rey y la reina, o casi, «y vivieron felices hasta el fin de sus días». Tore con el frac y ella vestida de blanco con un ramo de flores de colores junto al pecho. Ambos miraban al futuro con unos ojos azules claros algo fantasmales. (Tore ni siquiera tenía los ojos azules, el pintor se había equivocado, pero no pensaron nunca en cambiarlo).

Suspiró mientras acariciaba la foto con el dedo.

– Así pueden ir las cosas -dijo sin referirse a nada en concreto.

Encendió la luz de la mesilla, estaba pensando si no sería mejor leer un poco a Grimberg antes de dormirse, pero antes de que pudiera decidirse, oyó algo en la puerta. Escuchó con atención. Se oyó de nuevo el ruido. Un… rozamiento.

«¿Qué demonios…?».

El reloj de la mesilla marcaba las 00:20. Se repitieron los roces. Probablemente sería algún animal, quizá un perro, pero ¿por qué venía a su casa? Esperó un momento, pero los roces continuaban. No era normal que los perros anduvieran corriendo sueltos por ahí. En invierno solía andar rondando por la urbanización algún que otro corzo, pero nunca se acercaban a la puerta ni pretendían hacerle una visita.

Se puso la bata y fue hasta la puerta, donde aguzó el oído. No estaba segura, pero no era un gato. En parte porque los restregones eran demasiado fuertes, y en parte porque parecían producirse a la altura del pecho. Elvy se inclinó sobre el marco de la puerta y susurró:

– ¿Quién es?

Los roces cesaron. En su lugar se oyó ahora un gemido sordo.

«Debe de ser alguien que está herido o algo así».

Sin pensárselo dos veces abrió la puerta.

* * *

Él llevaba puesto el traje nuevo, pero no le quedaba bien. Durante la enfermedad había adelgazado más de veinte kilos y el traje de gabardina le caía suelto sobre los hombros enjutos cuando apareció allí, en el rellano de las escaleras, con los brazos inertes pegados al cuerpo. Elvy retrocedió un par de pasos, hasta que sus pies tropezaron con el zapatero y a punto estuvo de perder el equilibrio, pero se agarró al perchero y se enderezó.

Tore estaba inmóvil, mirándose los pies. Elvy también los miró. Llevaba los pies descalzos, blancos, y las uñas sin cortar.

Ella se quedó mirándole fijamente a los pies y pensó: «Me han engañado, qué frescos. No le han cortado las uñas».

Porque no fue terror ni pánico lo que Elvy sintió entonces al ver aparecer a su marido, muerto tres años después de que celebraran sus bodas de rubí. No. Sólo sorpresa y… cansancio. Por eso avanzó hacia él y le preguntó:

– ¿Qué haces aquí?

Él no contestó, pero levantó la cabeza. Sus ojos seguían allí, pero con la mirada vacía. Ella estaba acostumbrada, había vivido con aquella mirada inexpresiva durante tres años. Sólo que ahora parecía aún más apagada, más inerte.

«No es Tore. Es un muñeco».

El espantajo dio unos pasos hacia delante y entró en la casa. Elvy fue incapaz de hacer nada para impedírselo. No estaba asustada, pero no tenía ni idea de qué iba a hacer.

Era Tore, eso era innegable, pero ¿cómo era posible algo así? Ella misma había comprobado que no tenía pulso, ella misma le había colocado su espejo de bolsillo delante de la boca y había comprobado que ya no respiraba. Se lo había oído decir al personal de la ambulancia, tenía papeles que certificaban que su esposo estaba muerto, sin vida, fallecido.

«La resurrección de la carne…».

Tore pasó por delante de ella y continuó hacia el interior de la casa. Un hedor frío a hospital alcanzó la nariz de Elvy; ascaridol, almidón y un olor más dulce, afrutado, de fondo, pero enseguida se acostumbró, le cogió del brazo y le preguntó en voz baja:

– ¿Qué haces?

Él no le prestó atención y siguió avanzando a trompicones como si cada paso le supusiera un esfuerzo, encaminándose hacia la otra habitación. Su habitación.

Entonces fue cuando ella cayó en la cuenta de que era la primera vez que le veía andar desde hacía siete años. Rígido, como si aún no se hubiera acostumbrado a su cuerpo recién recuperado, pero andar, ya lo creo que andaba. Iba derecho hacia la habitación en la que estaba durmiendo Flora.

Elvy se volvió, le agarró de los hombros por detrás y le susurró con un tono más alto:

– ¡Flora está durmiendo! ¡No la molestes!

Tore se detuvo. El frío de su cuerpo se colaba a través del tejido y Elvy lo sintió en las manos. Tras permanecer así unos segundos, asomó a la cabeza de ella un recuerdo: las veces que él había vuelto a casa borracho cuando Margareta era pequeña. La niña durmiendo en su cama, Elvy haciendo guardia en la puerta para impedir que Tore entrara tambaleándose en la habitación de Margareta a balbucir sus muestras de cariño sobre la aterrorizada niña.

«¡Está dormida! ¡No la molestes!».

La mayoría de las veces había conseguido evitarlo, pero no siempre.

El difunto se volvió. Ella intentó atraer su mirada, clavarle los ojos y ponerlo en su sitio como había hecho cuarenta años atrás. Hacer que se detuviera, que se atuviera a razones, pero fue como tratar de poner una chincheta en una bola de bolera; su mirada resbalaba, no podía alcanzarlo y fue entonces cuando se asustó.

Aunque tenía las mejillas hundidas, los labios caídos y había perdido veinte kilos, seguía siendo bastante más fuerte que ella. Y en sus ojos no había ningún sentimiento, ningún atisbo de memoria. La anciana no pudo seguir mirándolos, se dio por vencida y perdió.

Tore se volvió y continuó hacia la habitación. Elvy trató de sujetarlo de nuevo, pero al mismo tiempo que a ella se le escurrían de las manos los hombros de Tore, se abrió la puerta de la habitación y apareció Flora.

– Abuela, ¿qué…?

Entonces vio al muerto. Se le escapó un lamento y se hizo inmediatamente a un lado para no toparse con su imperturbable determinación. Él, sin advertir siquiera su presencia, entró en el dormitorio al tiempo que la muchacha se tropezó con el sofá, se cayó y, a gatas, se dirigió hacia la puerta del balcón, donde se dejó caer en el suelo con los ojos de par en par y empezó a chillar.

Elvy corrió hasta ella, la abrazó y le acarició el pelo y las mejillas.

– Chissst… chissst… No hay peligro… chissst.

Flora dejó de gritar. Elvy pudo sentir bajo sus manos cómo se le tensaba la mandíbula. La chica comenzó a temblar y buscó refugio en el regazo de su abuela sin poder tranquilizarse, con la mirada puesta en el dormitorio, donde Tore se dirigía a su escritorio y tomaba asiento como si acabara de llegar a casa después del trabajo y tuviera aún algo pendiente antes de acostarse.

Ellas le vieron mover los brazos y oyeron el ruido suave del roce de los papeles. Incapaces de hacer algo, siguieron acurrucadas un buen rato, hasta que Flora se soltó de los brazos de Elvy y se irguió, sentada aún en el suelo.

– ¿Qué tal, hija? -susurró Elvy bajito, para que Tore no la oyera.

Flora abría y cerraba la boca, haciendo gestos entrecortados hacia la mesa del sofá y hacia el dormitorio. Elvy observó esos gestos y comprendió a qué se refería. En la mesa auxiliar estaba la funda del videojuego de Flora, Resident Evil. Flora dijo algo entre dientes y Elvy se acercó a ella.

– ¿Qué has dicho?

La voz de la nieta apenas era un susurro, sin embargo Elvy pudo entender lo que dijo.

– Esto… esto es absurdo.

La anciana asintió. Sí. Absurdo. Lo que es imposible es absurdo. Pero ahí estaba. Elvy se levantó. Flora la agarró por el dobladillo de la bata.

– Silencio -susurró la mujer-. Sólo voy a ver qué está haciendo.

Se deslizó hacia el dormitorio. ¿Por qué hablaban en voz baja, por qué se movía ella con tanto sigilo, si aquello era tan absurdo? Porque lo imposible estaba presente en el límite de nuestra existencia. El más mínimo movimiento equivocado, la más mínima perturbación, y se caía uno por el precipicio o se alzaba dando aullidos. Nunca se sabía. Había que andar con cuidado, tenerlo en cuenta.

Elvy se apoyó en el marco de la puerta, pero sólo veía la espalda de Tore, su codo aparecía y desaparecía. Ella entró en la habitación, moviéndose sigilosamente cerca de la pared para verlo desde otro ángulo.

«¿Está buscando algo?».

Los fantasmas volvían para arreglar algo. El olor afrutado se había vuelto más intenso. Elvy apoyó las puntas de los dedos en la pared para mantener el contacto con la realidad.

Las manos blancas y rígidas del difunto se movían encima del escritorio, sobre los papeles con las letras de los salmos fotocopiados para cantarlos en el entierro, el papel para escribir cartas, el periódico Expressen que Flora había traído. Tore levantó un papel a la altura de los ojos, empezó a mover la cabeza hacia un lado y hacia otro como si estuviera leyendo…

«Sólo un día, un instante tras otro».

… después lo dejó en la mesa, cogió otro con el mismo contenido y lo leyó con igual interés.

– ¿Tore?

Elvy se estremeció ante el sonido de su propia voz. No había pensado decir nada, pero el nombre le salió solo. Tore no reaccionó y Elvy respiró con alivio: no deseaba en absoluto que él se volviera, hiciera algo o…

«Dios me libre».

… dijera algo.

Ella salió con sigilo de la estancia apoyándose en la pared, cerró la puerta con cuidado, y se puso a escuchar. Seguía oyéndose el roce de los papeles. Acercó el sillón a la puerta, puso el respaldo bajo el tirador y colocó un par de libros entre éste y el respaldo de la butaca para bloquear la puerta.

Flora seguía sentada en el suelo en la misma posición que la había dejado. La resurrección de su esposo no le cabía en la cabeza a Elvy, realmente era algo impensable, pero estaba preocupada por Flora. Aquello era demasiado para una criatura tan sensible.

Elvy se sentó a su lado, y se sintió aliviada cuando la chica le preguntó:

– ¿Qué hace?

Porque eso significaba que no se había cerrado totalmente, que mostraba interés, y Elvy tenía una respuesta a esa pregunta:

– Creo que hace como que está vivo.

Flora asintió fugazmente, como si aquélla fuera justo la respuesta que ella se había esperado. La anciana no sabía qué hacer. Lo mejor habría sido, evidentemente, que Flora no estuviera allí, pero no había manera de que la chica se marchara de casa a aquellas horas. Los autobuses ya habrían terminado el servicio y Margareta y Göran se hallaban en Londres.

De todos modos no habría podido llamar a su hija, pues aunque Margareta era una persona mejor adaptada socialmente que Flora y Elvy, era una histérica cuando perdía los nervios. Margareta vendría y se encargaría de todo. Margareta hablaría todo el tiempo con aquella voz chillona y empezaría a arañarse la cara si el más mínimo detalle no salía como ella había pensado.

«Maldito Tore».

Sí. Mientras estaba allí sentada dándole vueltas al problema, empezó a crecer en su interior un resentimiento enorme contra el difunto, pues él había creado el problema. ¿Acaso no había hecho ella ya bastante? ¿Acaso no había hecho cuanto estuvo en sus…?

«Espera un poco».

Se le ocurrió una cosa y sonrió a pesar de todo. Evidentemente no era más que una sutileza teológica, pero ¿no se decía «en la salud y en la enfermedad hasta que la muerte nos separe»? Miró hacia la puerta cerrada. La muerte los había separado. Él estaba muerto. Por lo tanto, ya no era responsabilidad suya. Ella no le había prometido al sacerdote que los casó cuarenta y tres años antes asumir ningún compromiso después de la muerte.

Flora emitió un sonido.

– Perdona, ¿qué has dicho? -le preguntó Elvy.

Su nieta la miró directamente a los ojos y dijo:

– Uuuuh.

Un rayo de miedo atravesó a Elvy. Ya estaba. No había protegido a su nieta y ésta se había vuelto loca. Acercó sus manos a la cara de Flora, le acarició las mejillas.

– Perdón, perdón -se disculpó-. Voy a llamar a un taxi. ¿Vale? Llamo a un taxi y… tú y yo nos largamos de aquí. ¿Sí?

La muchacha movió la cabeza lentamente, cogió las manos de Elvy y las retuvo entre las suyas, y volvió a repetir:

– Uuuuhh.

Esta vez fue seguido por el brillo de una sonrisa. Elvy comprendió y soltó una breve e impetuosa carcajada de alivio, casi un estallido. Flora le estaba tomando el pelo. Estaba haciendo el mismo sonido que los no muertos del videojuego.

– ¡Oh!, Flora, me has asustado. Creía…

– Perdona, abuela -contestó, y miró hacia el cuarto con su expresión de siempre. La mirada perdida había desaparecido-. ¿Qué vamos a hacer?

– Flora, no lo sé.

La chica arrugó el entrecejo.

– Vamos a ver -señaló-. Primero: ¿existe alguna posibilidad de que en realidad nunca haya estado muerto? ¿De que, no sé, solamente haya estado fuera y vuelva ahora?

Elvy negó con la cabeza.

– No. A no ser que por algún motivo todos se hayan equivocado. Yo lo estuve viendo anteayer cuando bajé a llevar el traje y… Flora, ¿qué pasa?

– No, nada. Sólo estoy tratando de… entenderlo.

La abuela se sorprendió. La chica hablaba en un tono completamente normal, alzando los dedos y contando con ellos las posibilidades. Parecía como si durante unos minutos se hubieran apoderado de ella la conmoción y la incredulidad, y ya lo hubiera superado. Ahora, en cambio, afloraba un aspecto de ella del que la anciana procuraba distanciarse: el de hija de abogados.

– Segundo. -Flora lo iba señalando con el dedo índice-. Si realmente está muerto, ¿por qué se ha despertado? ¿Tiene algo que ver con lo que ha pasado en el jardín?

– Sí, podría pensarse.

– Tercero…

Elvy pensó que ahora lo comprendía. El cambio de Flora no era tan positivo como había creído en un primer momento. La racionalidad en su forma de hablar nacía de que la chica había empezado a considerar todo aquello como un videojuego; no como un hecho imposible, sino como una serie de problemas que había que solucionar.

«Bueno», pensó Elvy. «Mejor así».

– … tercero: ¿se trata de algo que sólo podemos ver nosotras o está ocurriendo de verdad, por decirlo de alguna manera? Bueno, ya me entiendes.

Elvy pensó en la sensación de frío que sintió bajo las manos al ponérselasa Tore en aquellos hombros enjutos; en el frío que desprendían.

– Está ocurriendo de verdad, y creo que deberíamos… pedir una ambulancia.

Flora se levantó.

– ¿Puedo?

– ¿No crees que es mejor que sea yo…?

– Sí, ¿pero no puedo hacerlo yo?

Flora juntó las manos como para rezar, y la abuela se encogió de hombros; no entendía aquel entusiasmo de su nieta, pero le pareció que era bueno mientras durara. La chica fue a llamar a urgencias, mientras que Elvy se quedó sentada en el suelo pensando.

«Esto significa algo».

«Todo esto significa algo».

PRIMER INFORME

23:10-23:20. Los muertos se despiertan en todos los depósitos de cadáveres de Estocolmo y alrededores.

23:18. Se observa la presencia en la calle de un hombre de avanzada edad, completamente desnudo, junto a la residencia de ancianos Solkatten. No responde cuando se le habla. Se da aviso a la policía para que devuelva al anciano a su casa.

23:20. Una furgoneta arrolla a un joven a unos cien metros del Instituto Anatómico Forense de Solna. Cuando la policía llega al lugar de los hechos, el atropellado ha desaparecido. El conductor de la furgoneta, que se encuentra en estado de shock, asegura que el hombre al que ha arrollado tenía una cicatriz a lo largo de todo el abdomen. Tras la colisión, el hombre salió despedido unos diez metros y se le abrió la cicatriz, a pesar de lo cual el accidentado se levantó y se marchó.

23:24. Llega la primera llamada a la Central de Emergencias. Una señora mayor ha recibido la visita de su hermana, fallecida dos semanas antes, y con la cual había convivido durante los últimos cinco años.

23:25. El personal del hospital de Danderyd es el primero en llamar a las residencias de ancianos y a las iglesias con depósitos de cadáveres propios para informarles de la situación.

23:25-23:45. Se reciben unos veinte avisos de ancianos vagando perdidos por las calles.

23:26. Nils Lundström, fotógrafo jubilado, toma la instantánea que ilustrará al día siguiente la portada del periódico Expressen. Desde el depósito de cadáveres del cementerio, junto a la iglesia de Täby, siete ancianos caminan hacia la salida envueltos en los sudarios. La imagen los capta entre las lápidas funerarias.

23:30-23.50. La comunicación por radio con los coches patrulla de la policía enviados para hacerse cargo de los desorientados ancianos indica que se trata de personas fallecidas en las últimas semanas. La información ha sido transmitida al Ministerio de Salud y Asuntos Sociales.

23:30 en adelante. Se multiplican las llamadas a la Central de Emergencias. Personas conmocionadas, a veces histéricas, avisan de que sus familiares muertos han regresado. Se hace un llamamiento urgente al personal de ambulancias, personal médico y sacerdotes para poder enviar unidades para atender a los afectados.

23:40. La sección de Infecciosos del hospital de Danderyd se habilita provisionalmente como lugar de recepción. Se pide urgentemente personal de refuerzo.

23:50. Desde el hospital de Danderyd se comunica que dos personas no se han despertado. Sus historiales médicos revelan que una de ellas lleva muerta diez semanas, la otra doce. Ambas han sido tratadas con formol varias veces a la espera de que se solucionen las diligencias para proceder a su enterramiento.

Se suceden más informes de difuntos que no han despertado. Todo parece apuntar a que sólo se han levantado los que llevan muertos dos meses o menos.

23:55. Un cruce de bases de datos considerando las variables (fallecido hace dos meses o menos, insepulto, Estocolmo y sus alrededores) indica que se trata de 1.042 personas exactamente.

23:57. Se toma la decisión de investigar lo inconcebible. Se envía un equipo con herramientas de excavación y micrófonos al cementerio de Skogskyrkogården para escuchar dentro de las tumbas, y abrirlas si es necesario.

23:59 en adelante. A los servicios de urgencias de varios centros psiquiátricos empiezan a acudir familiares trastornados por la aparición de sus muertos.

14DE AGOSTO

¿Dónde está mi amada?

«Ésta es la tumba de Ninni.

¿Dónde está mi amada?».

William Shakespeare,

El sueño de una noche de verano.

Råcksta, 00:12

Ängbyplan, Islandstorget, Blackeberg…

El volante se le resbalaba entre las manos a causa del sudor cuando salió de aquella glorieta futurista y giró hacia la derecha siguiendo la señal que indicaba: «Crematorio y cementerio de Råcksta».

Sonó el móvil. Mahler redujo la velocidad, sacó el teléfono de la bolsa y miró el número de la llamada entrante. El de la redacción. Benke querría saber dónde estaban las fotos y qué pasaba con los comentarios. No tenía tiempo. Volvió a guardar el móvil en la bolsa y dejó que siguiera sonando mientras giraba para entrar en el pequeño aparcamiento, luego paró el motor, abrió la puerta, cogió la bolsa como era su costumbre, se dobló para salir del coche y…

Alto.

Se detuvo junto al vehículo, apoyado contra la puerta, y se subió los pantalones.

No se veía a nadie por allí.

El silencio entre las altas paredes de ladrillo era total. La luna de aquella noche estival derramaba una luz suave sobre las formas angulosas del crematorio.

No se movía un alma.

¿Qué esperaba? ¿Que los muertos estuvieran allí, sacudiendo la verja y…?

Sí. Algo por el estilo.

Se acercó a la verja y miró dentro. El amplio espacio abierto alrededor de la capilla, donde él había estado hacía sólo un mes sudando dentro del traje negro, con el corazón destrozado, permanecía abandonado a la oscuridad. La luna extendía su manto áureo sobre las piedras, arrancándoles algún reflejo a las escamas de sílice.

Miró hacia el Jardín del Recuerdo. Un par de luces mortecinas iluminaban desde abajo las copas de los pinos. Eran velas conmemorativas colocadas allí por los allegados. Examinó las verjas. Estaban cerradas. Miró hacia arriba y vio las puntas afiladas. Imposible pasar por encima.

Pero a estas alturas Gustav conocía bien el cementerio; entrar en él era fácil. Más difícil le resultaba comprender por qué cerraban a cal y canto. Caminó a lo largo del muro hasta donde éste daba paso a una zona de césped muy pendiente y donde, gracias al riego artificial, las siemprevivas ofrecían un espectáculo magnífico, aunque a su alrededor todo estaba seco.

«¿Fácil?».

A veces actuaba como si creyera que su cuerpo tenía aún treinta años. Entonces sí que habría sido fácil. Ahora no. Echó una ojeada a su alrededor. El reflejo azul de la luz del televisor era visible en un par de ventanas en las casas de tres pisos de la calle de Silversmedsgränd. No se veía a nadie por allí. Se pasó la lengua por los labios y miró hacia lo alto de la cuesta.

Eran tres metros con unos cuarenta y cinco grados de inclinación.

Se echó hacia delante, se agarró a dos matas de hierba y empezó a subir. Las raíces de los matojos cedieron y tuvo que hincar los dedos de los pies en la tierra para no caerse hacia atrás. Avanzaba con el rostro casi pegado al suelo; se interponía la barriga, que actuaba como un freno mientras él se arrastraba por el repecho centímetro a centímetro, como si fuera un perezoso, y en mitad de la desgracia Mahler se echó a reír, pero paró en seco, ya que las vibraciones de la barriga amenazaban con hacerle perder el equilibrio.

«Vaya pinta debo de tener».

Se quedó un rato tumbado en el suelo cuando llegó a la cima, tratando de recuperar el aliento. Observó el cementerio: lápidas y cruces bien alineadas emergían de sus propias sombras a la luz de la lima.

La mayoría de los allí sepultados habían sido incinerados, pero Anna quiso enterrar el cuerpo de Elias. Mahler sólo había sentido pavor al imaginarse aquel cuerpecillo introducido en la fría tierra, pero su hija había hallado consuelo. Ella se negó rotundamente a abandonarlo y esto era lo más cerca que podía estar de él.

A Gustav le había parecido una motivación conmovedora pero desatinada, algo que en el futuro sólo iba a provocar angustia, pero evidentemente se había equivocado. Anna iba todos los días a visitar la tumba y decía que se sentía más animada al saber que él realmente estaba ahí abajo. No sólo como ceniza, sino las manos, los pies, la cabeza. Él aún no se había acostumbrado, al contrario, en medio de la pena sentía una especie de contrariedad cada vez que visitaba la tumba.

«Los gusanos. La putrefacción».

Sí. Ahora se le vino a la mente con toda su crudeza, y dudó antes de bajar la ladera.

Y si… y si realmente era así… ¿Qué aspecto tendría Elias?

El periodista había estado presente en innumerables lugares donde se había cometido un delito, había visto exhumar cadáveres enteros y descuartizados enterrados en sacos de plástico, había visto el levantamiento de restos humanos que llevaban dos semanas dentro de su apartamento con la compañía del perro, cuerpos de ahogados que habían sido encontrados entre redes de las esclusas. No habían sido espectáculos agradables.

La imagen del pequeño ataúd blanco de su nieto permanecía en su retina. Recordaba el último adiós, una hora antes de la ceremonia. Mahler había ido a comprar una caja de Lego por la mañana, y Anna y él estuvieron juntos al lado del ataúd abierto, mirando a Elias. Llevaba puesto su pijama favorito, el de los pingüinos, y sostenía su osito en la mano; todo resultaba terriblemente absurdo.

Anna se acercó entonces al ataúd y mientras le acariciaba la mejilla le dijo:

– Vamos, despierta ya, Elias. Venga, cariño. No sigas. Despierta, mi niño. Ya es de día, tienes que ir al cole…

Mahler abrazó entonces a su hija sin decir nada, porque no había palabras, pues él sentía lo mismo. Cuando colocó junto al osito la caja de Lego de Harry Potter que Elias tanto había deseado tener, creyó por un instante que eso le haría despertar, haría que dejara de estar allí tumbado de esa manera, y como se le veía tan guapo y tan bien, sólo tendría que levantarse y entonces terminaría aquella pesadilla.

Se arrastró como pudo cuesta abajo y se adentró en la zona de enterramientos con cuidado, como si no quisiera molestar. La tumba de Elias estaba bastante alejada de allí, y de camino hacia ella, Mahler pasó junto a la lápida de una relativamente reciente:

DAGNY BOMAN

14 de septiembre de 1918 – 20 de mayo de 2002

Se detuvo a escuchar y siguió al no oír nada.

La lápida de su nieto apareció ante sus ojos, a la derecha, al fondo de una hilera. Las azucenas blancas que Anna había colocado en un jarrón resplandecían ligeramente a la luz de la luna. Qué extraño que un cementerio pudiera estar tan poblado y resultase, no obstante, el lugar más solitario de la tierra.

A Mahler le temblaban las manos y tenía la boca seca cuando se puso de rodillas junto a la tumba. Los trozos rectangulares de césped colocados encima de la tierra removida aún no habían tenido tiempo de igualarse con el resto. Los bordes se veían como sombras negras.

ELIAS MAHLER

19 de abril de 1996 – 25 de junio de 2002

Siempre te llevaremos

en nuestro corazón

No se oía ni se veía nada. Todo estaba como siempre. La tierra no se abultaba por ningún sitio, ninguna…

«Sí, eso era lo que él se había imaginado».

… mano asomaba hacia arriba pidiendo ayuda.

Gustav se tumbó sobre el terreno, abrazó la tierra bajo la cual estaba el ataúd y pegó el oído contra la hierba. Esto era una locura. Estaba aguzando el oído hacia abajo, tapándose con la mano la oreja no apoyada contra el suelo.

Y oyó algo.

«Arañazos».

Mahler se mordió el labio con tanta fuerza que llegó a hacerse sangre, apretó la cabeza aún más fuerte contra la hierba, sintiendo cómo ésta cedía.

Sí. Se escuchaban arañazos ahí abajo.

Elias se movía, intentaba… salir.

Se estremeció, se levantó, se puso a los pies de la tumba y se abrazó a sí mismo, como tratando de evitar su propio estallido. Tenía la cabeza vacía. Pese a que era precisamente por eso por lo que había ido allí, hasta el último momento había sido incapaz de creer que fuera cierto. No tenía ni idea de cómo actuar, carecía de herramientas, no había ninguna posibilidad de…

– ¡Elias!

Cayó de rodillas, retiró los trozos de césped superpuestos y empezó a apartar la tierra con las manos. Cavó como un poseso: se le partieron las uñas, se le metió tierra en la boca y en los ojos. De vez en cuando pegaba el oído al suelo y oía los arañazos cada vez más claros.

La tierra estaba seca y suelta, sin entramado alguno de raíces, y las primeras gotas de humedad que recibía en varias semanas eran los chorros de sudor que caían de la frente a Mahler. La cosa iba bien, pero la tumba era más profunda de lo que él creía. Después de excavar durante veinte minutos llegó a un punto en el que los brazos ya no llegaban más abajo, y aún no se veía el ataúd.

Había estado mucho tiempo trabajando con la cabeza hundida por debajo del borde, y la sangre le latía contra las paredes del cráneo como un badajo contra el hierro fundido. Se le nublaron los ojos. Tuvo que hacer una pausa para no desmayarse.

Su espalda lanzó un quejido cuando se dejó caer hacia atrás y se tendió suavemente sobre la tierra excavada. Seguían oyéndose los arañazos, amplificados ahora por el agujero abierto. Contuvo la respiración cuando le pareció oír un gemido. El lamento cesó. Empezó a respirar otra vez y de nuevo se oyó el gimoteo. Lanzó un bufido; por la nariz le salieron tierra y mocos. Se oía algo, pero sólo era el resuello de sus bronquios. Los dejó que siguieran silbando.

«Tierra seca».

«Gracias, Señor: tierra seca».

Momificación en lugar de descomposición.

Se quedó tumbado un rato para recobrar el aliento, intentando no pensar en nada. Tenía la boca seca y la lengua pegada al paladar. Esto no podía suceder. Sin embargo, estaba ocurriendo. ¿Qué hacía uno en una situación semejante? O tumbarse y hacer como si nada o bien aceptarlo y continuar.

Gustav hizo ademán de levantarse, pero su espalda no respondió. Parecía un escarabajo, agitando las manos e intentando flexionar articulaciones que se resistían a ello. Imposible. En vez de eso, se dio la vuelta hacia abajo y se arrastró hasta el agujero.

– ¡Elias! -gritó, y una flecha de dolor le recorrió la columna vertebral.

No hubo respuesta, sólo arañazos.

¿Cuánto faltaría hasta el ataúd? No lo sabía, y sin herramientas no podía sacar más tierra. Se llevó los dedos al collar de perlas que llevaba al cuello y agachó la cabeza como un penitente pidiendo perdón. Abajo, dentro del agujero, dijo:

– No puedo. Perdóname, hijo. No puedo. Está demasiado profundo. Tengo que ir a buscar a alguien, tengo…

Los arañazos, los arañazos.

Sacudió la cabeza y empezó a llorar en silencio.

– Tranquilo, pequeño. El abuelo vuelve. Sólo voy a… buscar algo…

Siguieron los arañazos.

Mahler apretó los dientes para contener el llanto y el dolor de espalda, y se puso de rodillas haciendo un gran esfuerzo. Se dio la vuelta sollozando y se deslizó con los pies por delante dentro del hoyo.

– Ya voy, cariño. Ya viene el abuelo.

Apenas cabía en el orificio. Las paredes de éste le rozaban la tripa, le cayó tierra suelta encima cuando él, ignorando los aullidos de la espalda, se agachó y siguió cavando.

En tan sólo dos minutos sus dedos alcanzaron la superficie resbaladiza de la tapa.

«Y si se rompe…».

No se oyó nada en el interior del ataúd mientras Mahler estuvo quitando la tierra de encima, dejando al descubierto la tapa blanca, que brilló bajo sus pies a la amortiguada luz nocturna. Había colocado un pie junto a un extremo del ataúd y el otro en la cabecera. Para intentar llegar mejor puso, sin darse cuenta, el pie en mitad de la tapa, y se oyó el crujido de la madera; retiró el pie hacia fuera, aterrado.

Tenía la camisa empapada de sudor y le tiraba al estar pegada el cuerpo. Al moverse hacia abajo le había ido creciendo una presión dentro del cráneo, y tenía la sensación de que si se agachaba una vez más la cabeza iba a explotarle como una caldera de vapor recalentada.

El suelo le quedaba a la altura de la cintura y se le nubló la vista cuando se apoyó jadeante contra el borde y descansó la cabeza sobre la hierba. Al cerrar los párpados oyó las pulsaciones de la sangre por las venas.

«¿Por qué ha de ser tan duro?».

Cuando empezó a cavar fue consciente de que se enfrentaba realmente a un esfuerzo sobrehumano si quería llegar hasta el ataúd, pero no pensó ni por un momento en cómo sería sacarlo, abrirlo y… reencontrarse.

La tierra sólo estaba suelta en el hoyo excavado en su día para introducir en él el ataúd. Ésa era la tierra que él había conseguido quitar de encima, pero sacar la caja por la misma abertura, eso ya era otro cantar. Las tumbas no se cavaban pensando en eso.

Apoyó la cabeza en las manos y descansó un poco de pie. Una brisa suave cruzó el cementerio, agitó las hojas de los álamos y le refrescó la frente ardiente. En medio del descanso y del silencio se le ocurrió pensar que, quizá, todo aquello no eran más que elucubraciones suyas. Que su deseo había sido tan fuerte que había imaginado el sonido. Tal vez fuera algún animal, quizá una…

«… rata».

Mahler apretó con fuerza los ojos. Otro soplo de brisa le acarició la frente. Estaba completamente agotado, notaba cómo se le contraían los sobrecargados músculos de los brazos y de la espalda, y se le ponían rígidos mientras estaba de pie. No creía siquiera que él pudiera salir de la tumba sin ayuda.

«Las cosas son como son».

Se le alisaron las arrugas de la frente y experimentó una extraña sensación de paz cuando empezaron a revolotear imágenes luminosas ante su retina. Se movía en medio de un carrizal, estaba rodeado de oscilantes cañas verdes, que se doblaban a su paso. Tras las cañas se ocultaban cuerpos desnudos, mujeres que jugaban con él al escondite como en un musical indio.

Él mismo se encontraba desnudo y las cañas le rozaban el cuerpo, provocándole cortes superficiales en la piel. Sentía escozor por todas partes y una película de sangre le cubría el cuerpo mientras él seguía avanzando, aturdido y excitado por el suave dolor y el deseo, hacia aquellos cuerpos esquivos. Un brazo por allí, un pecho por aquí, una melena morena al viento. Él extendía las manos y sólo conseguía atrapar más y más cañas.

Crujían y chirriaban bajo sus pies, las risas de las mujeres superaban al crujido de las cañas y él sólo era un toro, un animal torpe de carne y hueso, tratando de abrirse paso entre la fragilidad para satisfacer su deseo…

Abrió los ojos. Prestó atención.

Los arañazos sonaron de nuevo.

Y él no sólo los oía. Los sentía, percibía bajo los pies las vibraciones de las uñas rasgando la madera. Mahler levantó la cabeza y miró el ataúd.

«Crrrr…».

Había medio centímetro de madera entre aquellos dedos y su pie.

– ¿Elias?

No hubo respuesta.

* * *

Salió de la tumba, despacio, vértebra a vértebra.

Arriba, en el bosque, junto al Jardín del Recuerdo, halló una rama larga y gruesa que se llevó consigo hasta la tumba. Al ver toda la tierra esparcida alrededor del agujero abierto no comprendió cómo era posible. ¿Cómo había sido capaz de hacerlo?

Sin embargo, siguió.

Introdujo la rama entre la cabecera del féretro y la pared de tierra compacta, e hizo palanca. El extremo del ataúd se levantó un poco y Mahler sintió que se le hinchaba la lengua dentro de la boca al oír que algo resbalaba, cambiaba de posición dentro de la caja.

«¿Qué aspecto tendrá? ¿Qué aspecto tendrá?».

Y no era sólo eso. También se oían roces. Como si el ataúd estuviera lleno de guijarros.

Al final había conseguido levantar tanto la cabecera del ataúd que logró tumbarse boca abajo y cogerlo por ese extremo con las dos manos para sacarlo del agujero.

No pesaba mucho. No pesaba casi nada.

Tenía el pequeño ataúd ante sus pies. No le había afectado ningún proceso de descomposición, presentaba el mismo aspecto que tenía en la capilla. Pero Gustav sabía que lo que descompone un cadáver no era lo que venía de fuera, sino lo que había dentro.

Se pasó la mano por la cara. Tenía miedo.

Había, era cierto, historias fantásticas sobre cadáveres, especialmente de niños, que hablaban de que los cuerpos estaban intactos cuando abrían las tumbas años después del entierro. Parecía sólo que estaban dormidos, pero eso eran cuentos, leyendas de santos o de circunstancias muy especiales. Debía estar preparado para lo peor.

El féretro se meneó a causa de una ligera sacudida en su interior, un tintineo, y Mahler sintió, por primera vez desde que llegó allí, un fuerte impulso de salir corriendo. El hospital psiquiátrico de Beckomberga se encontraba a tan sólo un kilómetro. Hacia allí. Tapándose los oídos con las manos, gritando. Pero…

«El castillo de Lego».

El castillo de Lego se hallaba aún en su apartamento. Los muñequillos estaban abandonados en las mismas posiciones que la última vez que jugaron. Mahler recordó las manos de Elias cogiendo los muñecos y las espadas.

– ¿Abuelo, había dragones en los tiempos de los caballeros?

El abuelo se inclinó sobre el ataúd.

La tapa sólo estaba sujeta con dos tornillos, uno en los pies y otro en la cabecera. Sirviéndose de la llave de su apartamento, consiguió desatornillar el de la cabecera, tomó aire y retiró la tapa hacia un lado. Contuvo la respiración.

* * *

«No es Elias».

Retrocedió ante el cuerpo que reposaba sobre el blando revestimiento. Era un enano. Un enano entrado en años enterrado en vez de Elias.

Jadeante, aspiró sin querer el aire por la boca, por la nariz, y el hedor virulento a queso demasiado curado le provocó una náusea que le costó contener para que no se convirtiera en vómito.

«No es Elias».

La luz de la luna era más que suficiente para que pudiera ver lo que había pasado con el cuerpo. Las diminutas manos que ahora se movían buscando a tientas estaban deshidratadas, negras, y la cara… la cara. Mahler cerró los ojos, se los tapó con las manos, sollozando.

Se dio cuenta entonces de lo mucho que, a pesar de todo, había confiado, aunque fuera imposible, en que Elias iba a tener el mismo aspecto que en vida. De todos modos todo aquello era imposible, entonces, ¿por qué no iba a poder ser así?

Pero no lo era.

Gustav se mordió los labios, se los chupó, se quitó las manos de los ojos. En su trabajo había visto muchas cosas terribles, dominaba el arte de quedarse impávido, distante, como si no estuviera allí. Ahora lo puso en práctica al acercarse al ataúd y levantar a Elias entre sus brazos.

La seda del pijama de pingüinos tenía un tacto suave bajo sus dedos. Debajo de aquélla sintió la piel rígida, dura como el cuero. Tenía el tronco hinchado por los gases formados en el vientre, y el olor a proteínas descompuestas era peor de lo que pueda imaginarse.

Pero Mahler no estaba allí. Allí sólo estaba un hombre que llevaba un niño en brazos. Un niño que pesaba muy poco. Miró el ataúd una vez más para comprobar si se había dejado algo. Y sí, se lo había dejado. El Lego.

Eso era lo que había provocado aquel ruido como de roce. Elias había conseguido abrir la caja que le habían dejado en el ataúd, y las piezas de plástico estaban ahora en un montón a los pies de éste, junto a la caja rota.

El hombre se detuvo, se imaginó la escena. Elias allí enterrado y…

Apretó los ojos. Borró aquella imagen. Se quedó allí parado en un instante de locura, dudando, pensando si no debería dejar a su nieto, recoger las piezas y guardárselas en los bolsillos.

«No, no, compraré nuevas, compraré toda la tienda…».

Con el paso corto y una respiración jadeante, que parecía insuficiente para oxigenar la sangre, Gustav se encaminó hacia la salida diciendo en voz baja:

– Elias… Elias… todo se va a arreglar. Ahora vamos a ir a casa… con el castillo de Lego. Esto ya se ha terminado. Ahora vamos… a ir a casa…

Elias se giró lentamente en los brazos de Mahler, como si tuviera sueño, y éste pensó en todas las veces que había llevado aquel cuerpecillo dormido desde el coche o desde el sofá hasta la cama. Con el mismo pijama.

Pero ese cuerpo ahora no era suave, ni cálido; era duro y frío, rígido como el de un reptil. A mitad de camino hacia la salida se atrevió a mirarle a la cara otra vez.

La piel, de color marrón anaranjado, se había tensado tanto que los pómulos se le veían con toda claridad. Los ojos sólo eran un par de hendiduras, dos cortes, y todo el rostro parecía… asiático. Pero tenía la nariz y los labios negros, arrugados. No había mucho que recordara a Elias, excepto el cabello castaño y rizado que le caía sobre la amplia frente.

Con todo, habían tenido suerte.

Elias había empezado a momificarse. Si el terreno hubiera sido más húmedo, probablemente se habría descompuesto.

– Has tenido suerte de que haya sido un verano tan caluroso, pequeño. Bueno, tú no lo sabes, pero ha hecho… muy buen tiempo este verano. Como aquella vez que fuimos a pescar percas… ¿Te acuerdas? Te daban mucha pena las lombrices y pescamos con ratas de gominola en vez de lombrices…

El hombre siguió hablando todo el camino hasta que llegó de nuevo ante la verja. Seguía cerrada. No había pensado en ello.

Agotado, incapaz de dar un paso más, se dejó caer con Elias en brazos junto al muro de la verja. Ya no notaba el hedor. El mundo olía así.

Mahler contempló la luna con Elias apretado contra su pecho. Amarilla y amable, aquélla le envió un guiño, veía con buenos ojos todo cuanto había hecho. Él asintió, cerró los ojos y acarició los cabellos de Elias.

Sus preciosos cabellos.

Hospital de Danderyd, 00:34

– ¿Cómo se siente ahora?

Alguien le puso un micrófono debajo de la barbilla y David, en un acto reflejo, estuvo a punto de cogerlo.

– ¿Que… cómo me siento?

– Sí. ¿Cómo se siente en estos momentos?

No sabía cómo le había localizado el reportero de TV4. Después de que le hicieran abandonar la habitación de Eva, fue a sentarse a la sala de espera y un cuarto de hora después apareció el periodista y le pidió permiso para hacerle algunas preguntas. El reportero, un hombre de su misma edad, tenía un brillo especial en los ojos que podía deberse a la falta de sueño o a algún tipo de maquillaje. O a la excitación.

– Me siento bien -respondió David, alzando las comisuras de los labios en una mueca que en la imagen parecía aterradora-. Pensando ya en la semi…

– ¿Perdón?

– La semifinal. Contra los cariocas…

El reportero miró al cámara y ambos intercambiaron la clave convenida: debían rodar de nuevo. El primero cambió el tono de voz, como si fuera la primera vez que decía lo que estaba diciendo.

– David, es la única persona que ha presenciado una resurrección. ¿Qué fue lo que pasó?

– Sí -respondió David-. Después de sacar la primera falta me di cuenta de que el partido era nuestro…

El reportero arrugó la frente y retiró el micrófono, hizo señas al cámara y se acercó a David.

– Disculpe, comprendo que esto tiene que ser muy duro para usted, pero ha presenciado algo que para el público… en general, ya sabe. Hay mucha gente que quiere escucharlo.

– Fuera de aquí. El periodista extendió las manos.

– De acuerdo, lo comprendo. Aquí vengo yo a aprovecharme de tu dolor para convertirlo en entretenimiento, entiendo que te pueda parecer así, pero…

David miró al reportero directamente a los ojos y empezó parlotear:

– Yo creo que tiene que ver con que hemos conseguido reunir a mucha gente que no suele venir a Suecia para tales ocasiones, no digo que no tengamos una selección fuerte normalmente, lo que puedo decir es que cuando uno tiene a Mjälby detrás defendiendo y cuando Zlatan está en tan buena forma como ha demostrado hoy…

Se llevó las manos a la cabeza, se dejó caer y se acurrucó en el sofá, cerró los ojos mientras continuaba:

– … entonces es casi imposible ganar… No, qué digo, quiero decir no ganar, por supuesto, yo lo tuve claro desde el momento en que salimos al campo…

El periodista se levantó, hizo un gesto al cámara para que grabara a David mientras, hecho un ovillo, seguía salmodiando su letanía en aquella sala vacía.

– … y yo le dije a Kimpa: «Vamos a por ellos», y él sólo asintió tal que así, y yo pensé en ese gesto que había hecho cuando él me tiró ese pase largo y yo se la pasé a Henke…

Se retiraron alejando la cámara. La imagen quedó bien.

* * *

David Zetterberg se calló en cuanto escuchó que se cerraba la puerta, pero siguió en la misma posición. Jamás volvería a ser persona. Así se veían las cosas desde el lado oscuro. Los desastres provocados por el hambre, las víctimas de torturas, las ejecuciones en masa. La otra cara del mundo, aquella que las personas afortunadas lamentaban, por la que tenían mala conciencia y a la que no tenían acceso. Esa oscuridad con la que él había coqueteado a veces en sus textos. En teoría, sin experiencia.

El reportero se encontraba en el lado iluminado del mundo, y por lo tanto era absurdo hablar con él. No había palabras. David se apretó los ojos con las palmas de las manos hasta ver estrellas rojas. Lo terrible era que Magnus aún estaba en el mundo de las luces. Dormía en casa de la abuela y no sabía nada. Dentro de unas horas, David tendría que ir allí y dejar entrar las sombras.

«Eva, ¿qué voy a hacer?».

Ojalá pudiera pedirle consejo a ella, aunque sólo fuera en este asunto: ¿cómo debía decírselo a Magnus?

Pero ahora eran otros quienes le formulaban preguntas a ella. Sobre otras cosas.

Después de que se aplacara el caos inicial en el hospital, los médicos se mostraron tremendamente interesados por el hecho de que Eva pudiera hablar. Evidentemente era uno de los pocos resucitados capaces de hacerlo. Aquello podía tener relación con que ella había fallecido poco antes de que despertaran, o con otra cosa. Nadie lo sabía.

Él no se había sentido especialmente sorprendido al enterarse de lo que pasaba en el depósito de cadáveres. Le pareció tan absurdo, imposible y consecuente como todo lo demás. Aquella noche el mundo había sido arrojado a las tinieblas, entonces ¿por qué no iban a poder despertarse los muertos también?

Después de un espacio de tiempo imposible de calcular se levantó, salió al pasillo y dobló la esquina; se dirigía a la habitación de Eva, pero se detuvo. Había un montón de gente congregada delante de la puerta cerrada; pudo distinguir un par de cámaras de televisión, y micrófonos.

«Querida mía…».

Cada vez que había visto caer una estrella, cada vez que había jugado a algún juego en el que hubiera que formular un deseo en silencio, él había deseado:

«Haz que siempre ame a Eva, no dejes que mi amor por ella se debilite nunca».

Para él era ella quien llenaba el cielo y hacía del mundo un lugar habitable. Para las personas reunidas en el pasillo ella era un objeto, una noticia, una fuente de información. Pero los médicos eran ahora los dueños de Eva. Si se acercaba, se abalanzarían sobre él.

Encontró una sala de espera al fondo del pasillo, donde se sentó y se quedó mirando fijamente una lámina de Miró hasta que las figuras empezaron a deslizarse, a moverse fuera del marco del cuadro. Entonces fue a preguntar a un médico que no sabía nada ni podía dar ninguna información, pero no, no se permitían visitas.

David volvió junto al Miró. Cuanto más observaba las figuras, más hostiles le parecían. Dejó de mirarlas y se puso a contemplar la pared.

Täby Kyrkby, 00:52

Cuando Flora volvió de llamar por teléfono, parecía como si hubiera visto un fantasma por segunda vez aquella noche. Se dirigió a la puerta del dormitorio y estuvo escuchando.

– ¿Qué? -le preguntó su abuela-. ¿Te han creído?

– Sí -contestó la nieta-. Sí, claro.

– ¿Van a mandar una ambulancia?

– Sí, pero… -La chica se sentó al lado de Elvy en el sofá, haciendo sonar la cucharilla contra la taza-… podría tardar un poco. Tenían mucho trabajo… en estos momentos.

Elvy le cogió la mano con delicadeza para que dejara de hacer tintinear la cucharilla.

– ¿Y eso? ¿Qué te han dicho?

Flora sacudió la cabeza e hizo girar la cucharilla entre los dedos.

– Está pasando por todas partes. Se han despertado varios cientos. Tal vez miles.

– No.

– Sí. Me han dicho que ahora están fuera todas las ambulancias… para recogerlos. Que nosotras no debíamos intentar hacer nada, que no debíamos… tocarlo y eso.

– ¿Y eso por qué?

– Porque podría producirse algún tipo de contagio o algo. No lo sabían.

– ¿Qué tipo de contagio?

– Que no tenía ni la menor idea, eso es lo que me ha dicho.

Elvy volvió a hundirse en el sofá, se quedó contemplando el jarrón de cristal que Margareta y Göran les habían regalado a Tore y a ella cuando celebraron sus cuarenta años de casados. Orrefors. Horroroso. Probablemente, carísimo. Unas flores mustias llegadas con algún mensaje de pésame colgaban a media asta de los bordes.

Empezó como un cosquilleo en las comisuras de los labios, un temblor en los labios. Luego, las comisuras, movidas por un impulso irresistible, se contrajeron hacia arriba poco a poco, hasta que una amplia sonrisa invadió el rostro de Elvy.

– ¿Abuela? ¿De qué te ríes?

Elvy quería reírse a carcajadas. No. Más. Quería saltar del sofá, dar un par de pasos de baile y reír. Pero Flora echó la cabeza hacia atrás un par de centímetros, como suele hacerse ante un fenómeno extraño, y Elvy se llevó la mano derecha a la cara para borrarse mecánicamente la sonrisa. Las comisuras de los labios querían volver a alzarse, pero haciendo un esfuerzo consiguió ponerlas en su sitio. Nada de asustar.

– Es la resurrección de la carne -comentó con hilaridad contenida-. ¿No lo entiendes? Es la resurrección. La resurrección de la carne. No puede ser otra cosa.

Flora ladeó la cabeza.

– ¿Ah, sí?

No había palabras. Elvy no podía explicarlo. Su alegría y sus expectativas eran demasiado grandes para poder expresarlas con palabras, por eso dijo:

– Flora, no quiero hablar de eso ahora. No tengo ganas de discutir. Sólo quiero estar un momento a solas.

– ¿Qué? ¿Por qué?

– Quiero estar tranquila. Es un momento. ¿Me dejas?

– Sí, sí. Claro.

Flora se dirigió a la ventana y se puso a mirar alternativamente las copas apenas visibles de los árboles frutales, y la imagen de Elvy reflejada en el cristal. Ésta se entregó en silencio a su religiosidad. Después de un rato, Flora dio un golpecito al espanta-espíritus de tubos metálicos colgado en la ventana, abrió la puerta del balcón y salió a la terraza. El ruido de sus pisadas se confundía con el tintineo del espanta-espíritus, pero aquéllas enmudecieron al cabo unos segundos.

«El reino de los cielos al final de los tiempos».

Euforia. No había palabra mejor para describir lo que se agitaba en el pecho de Elvy.

Como si fuese la víspera de un largo viaje, por la

[noche:

ya tienes el billete en el bolsillo y hechas al fin las

[maletas.

Y puedes sentarte y percibir la cercanía de lo

[lejano… [5]

Sí. Así se sentía. La anciana trató de ver ante sí el país lejano al que pronto iba a viajar, adonde pronto iban a viajar todos, pero aquí no había folletos turísticos en los que apoyarse, todo dependía de ella y ella no era capaz de imaginárselo, era indescriptible y superaba su imaginación.

Pero estaba allí sentada y sentía que pronto… pronto…

Pasaron unos minutos, tras los cuales algunas gotas de mala conciencia se mezclaron en el cáliz de su regocijo. Flora estaba en su casa. Aquí. Ahora. ¿Qué había sido de su nieta? Cuando se levantó del sofá para ir a buscarla, vio el sillón delante de la puerta del dormitorio y llegó a pensar: «¿Por qué está ahí el sillón?», antes de que recordara el motivo. Precisamente porque Tore estaba allí dentro, sentado junto al escritorio, revolviendo los papeles como cuando estaba vivo. Elvy se detuvo de repente porque la asaltó una duda sombría.

«Y si fuera así».

Cuando Flora volvió del teléfono y le comunicó lo que le habían dicho, la anciana se imaginó un ejército silencioso de resucitados, cientos, miles, avanzando solemnemente por las calles como una señal sublime de lo que estaba por llegar. A pesar de lo que ella había visto ya, se volvió y fue hasta la puerta del dormitorio. Allí había papeles revueltos, pies desnudos con las uñas sin cortar, manos frías, hedor, pero ni rastro de un coro de ángeles en las alturas, sólo cuerpos de carne y hueso que se metían en todas partes y causaban problemas.

«Pero los caminos del Señor…».

… son inescrutables, sí. No sabemos nada. Elvy meneó la cabeza y lo dijo en voz alta:

– No sabemos nada. -Ahí lo dejó, y salió a la terraza en busca de su nieta.

La oscuridad de agosto era profunda y no corría brisa entre las hojas. «Es de noche y hay tanta calma que la luz de la vela arde sin flamear». Cuando los ojos se le acostumbraron a la oscuridad, Elvy distinguió la oscura silueta de su nieta reclinada sobre el tronco del manzano. Elvy bajó las escaleras y fue hacia ella.

– ¿Estás aquí sentada? -le preguntó.

La chica no contestó a la pregunta que no era tal, sino que dijo:

– He estado pensando. -Y se levantó, cogió del árbol una manzana medio madura y se puso a jugar con ella entre las manos.

– ¿Y qué has pensado?

La manzana voló por los aires, captó la luz de la sala de estar por un instante y cayó en las manos de la joven con un golpe.

– ¿Qué demonios van a hacer? -dijo Flora, echándose a reír-. Todo va a cambiar ahora. Nada encaja. ¿Comprendes? Todo en lo que han basado toda esa mierda… ¡Paf! ¡Se acabó! La muerte, la vida. Nada encaja.

– No -reconoció Elvy-. Es verdad.

Flora descubrió las piernas y dio unos pasos de baile sobre el césped. De repente, lanzó la manzana alto, lejos. Elvy la vio volar sobre el seto describiendo un arco amplio y la oyó caer con un golpe sordo en el tejado del vecino, para luego rodar sobre las tejas.

– No hagas eso -la reprendió.

– ¿Y? ¿Y qué? -Flora extendió los brazos como si quisiera abrazar la noche, el mundo-. ¿Qué van a hacer? ¿Llamar a los antidisturbios? ¿Arrestar a alguien? ¿Avisar a Bush y pedirle que venga a bombardear? Quiero verlo… de verdad, quiero ver cómo solucionan esto.

La joven cogió otra manzana y la tiró en otra dirección. Esta vez no acertó en ningún tejado.

– Flora…

Elvy intentó poner la mano en el brazo de su nieta, pero ésta se zafó.

– No lo entiendo -admitió Flora-. Tú crees que esto es Armagedón, ¿no? Yo no me sé la historia, pero los muertos despiertan, los sellos se rompen y todo el programa y esto se acaba, ¿no?

La anciana sintió un profundo rechazo a ver reducidas sus creencias a esa descripción, pero contestó:

– Sí.

– De acuerdo. Yo no lo creo. Pero si uno cree eso, ¿qué demonios importa una fruta en el tejado del vecino?

– Hay que mostrar consideración. Flora, por favor, tranquilízate un poco.

La chica soltó una carcajada, pero sin malicia. Abrazó a Elvy, la meció hacia delante y hacia atrás como si fuera una niña pequeña que no entendía nada. Elvy supo encajarlo. Se dejó acunar.

– Abuela, abuela -le dijo Flora en voz baja-. Tú crees que el mundo se va a hundir y me dices a que me tranquilice.

La anciana sonrió. Resultaba algo gracioso, la verdad. Flora la soltó, dio un paso atrás, apretó las palmas de las manos y movió la cabeza como en un gesto de saludo hindú.

– Como dijiste antes: no comparto tus creencias, pero, abuela, yo creo que se va a montar un lío de los gordos. Tendrías que haber oído la voz de la telefonista en la Central de Emergencias. Era como si tuviera a los zombis resollándole en la nuca. Va a ser el caos, esto va a cambiar, y ¡joder!, cómo me alegro.

La ambulancia llegó como un ladrón en mitad de la noche. Nada de sirenas, ni siquiera estaban encendidas las luces de emergencia. Se acercó despacio hasta llegar delante de la casa; se abrieron las puertas delanteras y se apearon dos hombres vestidos con batas de color azul claro. Elvy y Flora fueron a su encuentro.

Era la 1:30 y los hombres parecían agotados. Probablemente les habían sacado de la cama para hacer frente a la situación. El conductor saludó a Elvy con una inclinación de cabeza y señaló hacia la casa.

– ¿Está ahí dentro?

– Sí -contestó Elvy-. Yo… lo encerré en el dormitorio.

– No es la única, créame.

Se pusieron unos guantes de goma y subieron las escaleras. Elvy no sabía qué era lo que debía hacer. ¿Debería entrar con ellos y echarles una mano, o sería sólo un estorbo?

No acababa de decidirse, y entonces se abrió la puerta posterior de la ambulancia y salió otro hombre. No se parecía nada al personal sanitario; era mayor, más gordo y vestía una camisa negra. Permaneció un instante parado junto a la ambulancia, observando el lugar. O, mejor dicho, disfrutando de él. Tal vez llevaba mucho tiempo encerrado ahí dentro.

Cuando él se volvió hacia la casa, Elvy vio el rectángulo blanco que llevaba en el cuello de la camisa y se secó las manos en la bata dispuesta a saludarlo. Flora silbó, pero Elvy no le prestó atención. Se trataba de un asunto serio.

El hombre avanzó enseguida hacia el edificio con pasos sorprendentemente ágiles para aquel cuerpo tan orondo, y le tendió la mano.

– Buenas noches. O buenos días, quizá. Me llamo Bernt Janson.

Elvy le estrechó la mano, cálida y firme, se inclinó levemente y dijo:

– Elvy Lundberg.

Bernt saludó también a Flora, y les explicó:

– Bueno, soy el sacerdote del hospital de Huddinge, donde trabajo habitualmente, pero esta noche he salido con el personal de las ambulancias. -Su rostro se volvió más serio-. ¿Qué tal lo llevan aquí?

– Bueno -repuso Elvy-. Bien, estamos bien.

Bernt asintió y permaneció en silencio un instante para dejar que Elvy continuara, pero como no lo hizo, entonces prosiguió él:

– Bueno, ésta es una historia extraña. Muchas personas la están viviendo como algo espantoso.

La dueña de la casa no tenía nada que añadir. La verdad era que sólo tenía una duda y aprovechó para expresarla en voz alta:

– ¿Cómo puede ocurrir algo así?

– Ya -repuso Bernt-. Eso es lo que se preguntan todos, como es lógico. Y, lamentándolo mucho, lo único que puedo decir es: no lo sabemos.

– ¡Pero ustedes deben saberlo!

Elvy levantó el tono de voz y Bernt se quedó algo desconcertado; sacudió la cabeza.

– ¿Qué quiere decir?

Elvy miró a Flora, olvidándose de que su nieta no era precisamente la persona adecuada en la que buscar apoyo. Eso la irritó aún más. Dio un golpe con el pie en el empedrado y dijo en voz alta:

– ¿Está usted aquí delante de mí, un sacerdote de la Iglesia sueca, diciéndome que no sabe lo que esto significa? ¿Lleva usted la Biblia? ¿Necesita que le busque las citas?

Bernt levantó la mano en un gesto defensivo.

– Ah, bueno, usted se refiere…

Flora los dejó y entró en la casa, pero Elvy no reparó en ello.

– Sí, a eso me refiero. ¿No irá usted a decirme que lo que está ocurriendo sólo es una cosa extraña, como… como si empezara a nevar en junio? ¿Eh? En el último día, los muertos saldrán de sus tumbas…

Bernt juntó las manos haciendo un gesto conciliador.

– Bueno, quizá sea un poco prematuro pronunciarse sobre… esas cosas -repuso; echó una ojeada a la calle, se rascó la oreja y dijo en voz más baja-: Pero es evidente que puede tener un significado más profundo.

Elvy no se conformó.

– ¿No es eso lo que usted cree?

– Sí… -Bernt miró la ambulancia, se acercó un poco a Elvy y le susurró al oído-: Sí, claro que lo creo.

– Pues dígalo entonces.

Bernt volvió a su posición anterior. Ahora parecía algo más tranquilo, pero siguió hablando en voz baja.

– Bueno, es que esa opinión no es exactamentecomme il faut, por decirlo de alguna manera. No estoy aquí para eso. Se enfadarían conmigo si yo fuera en la ambulancia en una situación como ésta y… empezara a predicar.

Elvy lo comprendió. Le pareció probablemente un poco pusilánime, pero, claro, la mayoría de la gente no querría ni ver a un predicador del juicio final una noche como aquélla.

– Entonces, ¿usted cree… en el regreso de Cristo, y todo eso? ¿En qué va a ser así también?

El sacerdote ya no pudo contenerse más. En su semblante se dibujó una sonrisa amplia, emocionada, y le confió en voz baja:

– ¡Sí! Sí, eso creo.

Elvy le devolvió la sonrisa. Al menos ya había dos creyentes.

Los dos hombres de la ambulancia aparecieron en las escaleras llevando a Tore entre ellos. Había una expresión de repugnancia contenida en el rostro de ambos. Elvy comprendió el motivo cuando se acercaron. Tore tenía la pechera de la camisa mojada y manchada con un líquido amarillento, y todo él desprendía una insoportable pestilencia a alimentos podridos. El muerto había empezado a descongelarse.

– Bueno, bien -empezó Bernt-. Aquí tenemos a…

– Tore -dijo Elvy.

– Tore, bien, bien.

Flora iba detrás. Había estado en el dormitorio para recoger su ropa y su mochila. Se acercó a Bernt, y le miró un momento de arriba abajo. El sacerdote hizo lo mismo; sus ojos se posaron un segundo en la camiseta de Marilyn Manson y Elvy cruzó las manos sobre el pecho tratando de comunicarle mentalmente a su nieta que aquél no era el momento oportuno para una discusión teológica, pero la pregunta de Flora fue de carácter más práctico.

– ¿Qué hacen con ellos? -inquirió la joven.

– Nosotros… de momento los llevamos a Danderyd.

– ¿Y qué piensan hacer después?

Tore ya había sido introducido en la ambulancia, y Elvy le dijo:

– Flora, tienen mucho trabajo…

– ¿No te preocupa? -preguntó Flora, dirigiéndose hacia Elvy-. ¿No quieres saber lo que piensan hacer con el abuelo?

– Bueno, ésa es… -Bernt carraspeó-… una pregunta muy natural, y la verdad es que no lo sabemos. Pero puedo asegurarles que no se va a, digamos, hacer nada con ellos, por decirlo de alguna manera.

– ¿Y eso qué significa? -preguntó Flora.

– Verás… -Bernt arrugó el entrecejo-. Yo no sé a qué te referías, pero supuse que…

– En ese caso, ¿cómo puede estar tan seguro?

Bernt lanzó una mirada a Elvy, «sí, ya ves estos jóvenes», y ésta se la devolvió sin entusiasmo. Uno de los hombres de la ambulancia se había quedado con Tore, el otro se acercó hasta ellos y anunció:

– El equipaje está listo.

El sacerdote esbozó una mueca y el hombre de la ambulancia respondió con una sonrisa burlona, y dijo:

– Venga, ¿nos largamos?

– Sí. -Bernt se volvió hacia Elvy-. ¿Quizá desee usted acompañarle? -Como la anciana negó con la cabeza, él dijo-: ¿No? Pues entonces alguien se pondrá en contacto con usted tan pronto… tan pronto como sepamos algo.

Y le tendió la mano a Elvy para despedirse. Cuando se la ofreció a Flora, ella se la estrechó y dijo:

– Yo voy con ustedes.

– No -contestó Bernt mirando a Elvy-. Seguramente no es lo más adecuado.

– Sólo hasta la ciudad -insistió Flora-. Me llevan. Ya se lo he preguntado.

Bernt se volvió hacia el conductor de la ambulancia, y éste se lo confirmó con un asentimiento. El sacerdote lanzó un suspiro, y se dirigió a Elvy.

– ¿Le da usted permiso?

– Ella es libre, puede hacer lo que quiera.

– Ya -dijo Bernt-. Me lo imaginaba.

Flora se acercó y le dio un abrazo a Elvy.

– Tengo que ir a la ciudad y hablar con un amigo.

– ¿Ahora?

– Sí. Si tú te las arreglas sola, claro.

– Yo me arreglo sola.

Elvy se quedó junto a la verja del jardín viendo cómo su nieta se subía en la parte de atrás junto a Bernt. Les dijo adiós con la mano y pensó en el hedor mientras se cerraban las puertas. El motor se puso en marcha, la luz azul se encendió un instante, pero luego se apagó. La ambulancia dio marcha atrás despacio en el aparcamiento de la casa de enfrente, volvió y…

Se le tensaron los dedos de las manos y puso unos ojos como platos cuando una percepción extrasensorial omnipresente le atravesó el cuerpo como una estaca: Tore.

Retrocedió y buscó apoyo en el poste de la verja. Tore estaba allí. Ese mismo rastro distintivo omnipresente en su habitación, que ahora iba desvaneciéndose lentamente, se le había metido en la cabeza con toda su fuerza hasta llenarle el cuerpo y la mente, hasta que Elvy escuchó la voz de su difunto marido.

«¡Madre, ayúdame! Me han apresado… No quiero irme… Quiero quedarme en casa, madre…».

El vehículo salió del aparcamiento.

«Madre… ella viene, ella…».

Y Tore salió otra vez del cuerpo de Elvy como una culebra mudando de piel, pero si la voz del difunto había sonado tan fuerte como si la hubieran amplificado mediante altavoces, ahora pudo discernir en medio de la algarabía otra más débil, la de Flora.

«Abuela… ¿me escuchas? ¿Es a ti a quien él…?».

Elvy sintió físicamente que el campo se debilitaba al tiempo que recuperaba su cuerpo, y sólo alcanzó a contestar…

«Te escucho».

… antes de que desapareciera y ella volviera a ser sólo Elvy, apoyada en el poste de la verja. La ambulancia aceleró conforme avanzaba por la calle y ella la veía sólo como una mancha blanca; luego tuvo que agachar la cabeza, forzada por un zumbido en los oídos, ensordecedor como el de miles de mosquitos, y por el dolor de cabeza, que proyectaba soles rojos sobre los párpados.

Pero ella había visto.

La anciana se agarró al poste para no caer contra el asfalto, incapaz de levantar la cabeza o abrir los ojos para ver mejor. No podía. Eso no estaba permitido.

El dolor le duró sólo unos segundos, después desapareció de repente. Elvy levantó la cabeza, miró hacia el punto donde había estado la ambulancia un momento antes.

La mujer había desaparecido.

Pero Elvy la había visto. Un segundo antes de que la ambulancia desapareciera de su vista, ella había visto por el rabillo del ojo cómo una mujer alta y delgada de cabellos negros salía desde detrás del vehículo y extendía un brazo hacia él. Luego, el dolor la había obligado a apartar la vista.

La anciana miró a lo largo de la calle. La ambulancia desapareció a lo lejos en el cruce con la vía principal. La mujer se había esfumado.

«¿Estará… ahora… dentro de la ambulancia?».

Elvy se apretó la frente con la mano y se concentró todo lo posible.

«¿Flora? ¿Flora?».

No hubo respuesta. No había contacto.

En realidad, ¿qué aspecto tenía esa señora? ¿Cómo iba vestida? Era imposible recordarlo. La imagen se le escurría entre los pliegues de la memoria cuando intentaba recordar el semblante o el cuerpo atisbados durante una fracción de segundo. Era como evocar un recuerdo de la primera infancia; uno podía recordar un detalle concreto, algo que se le había quedado grabado. Todo lo demás permanecía en las sombras.

No se acordaba de su rostro ni de su ropa. Se habían borrado de su memoria. Sólo estaba segura de una cosa: entre los dedos de aquella mujer sobresalía algo que emitía un leve reflejo a la luz de la farola. Algo pesado. Algo de metal.

Elvy entró corriendo en casa para tratar de ponerse en contacto con Flora por el sistema convencional. Marcó su número de móvil.

– El abonado del número al que usted llama no está disponible en este momento…

Råcksta, 02:35

Las voces y los ruidos del metal despertaron a Mahler.

Por un instante se sintió totalmente desorientado. Estaba sentado con algo en los brazos y le dolía todo el cuerpo. ¿Dónde estaba?, y ¿por qué?

Entonces lo recordó.

Elias seguía sobre su regazo, inmóvil. La luna había seguido su camino mientras él estaba sentado, ya sólo se la veía parcialmente detrás de las copas de los abetos del Jardín del Recuerdo.

¿Cuánto tiempo llevaba allí? ¿Una hora? ¿Dos?

Se oyó un chirrido cuando se abrió la verja de hierro y varias sombras se deslizaron hacia el espacio abierto delante de la capilla. Encendieron linternas y las luces danzaron sobre el empedrado. Se oyeron voces.

– … es demasiado pronto para responder en estos momentos…

– ¿Pero qué piensan hacer ustedes en el caso de que sea así?

– Primero vamos a escuchar y ver qué… envergadura tiene, después…

– ¿Piensan abrir las tumbas ahora?

Gustav creyó reconocer la voz del que preguntaba. Karl-Erik Ljunghed, uno de sus colegas del periódico. No pudo escuchar la respuesta. Su nieto permanecía inmóvil entre sus brazos, como muerto.

Estaba sentado en una oscuridad casi total. No podrían descubrirle a menos que dirigieran las linternas hacia el muro. Movió a su nieto con cuidado. No pasó nada. El terror se adueñó de su pecho.

«Todo esto, y ahora…».

Mahler encontró la mano seca y dura de Elias, puso sobre ella sus dedos índice y corazón, presionó. La mano se cerró en torno a sus dedos. Las luces de cinco linternas se movían dentro del cementerio, seguidas por las sombras.

Después del rato que había permanecido sentado, su cuerpo estaba rígido como una piedra, daba la impresión de que mientras dormía le habían sacado la columna vertebral y la habían sustituido por un hierro candente. ¿Por qué no salía? Karl-Erik podía echarle una mano, ¿por qué no les llamaba?

«Porque…».

Porque no debía hacerlo. Porque eran… ellos. Los otros.

– Elias, tengo… tengo que dejarte un momento en el suelo.

El pequeño no respondió. Gustav retiró sus dedos de los de Elias con una sensación de pérdida, y lo depositó con cuidado en el suelo. Consiguió ponerse en pie, apoyando la espalda contra el muro y valiéndose sólo de los músculos de las piernas.

Las luces de las linternas bailaban como fantasmas en la zona de las tumbas, y Mahler prestó atención para oír si se acercaba alguien más. Lo único que escuchó fueron las voces lejanas de los que habían llegado antes, y bajo, muy bajo, Eine Kleine Nachtmusik desde su móvil en el coche. El anuncio de la luz roja del amanecer rayaba el cielo.

– ¿Elias?

No hubo respuesta. Su cuerpecillo yacía tendido sobre el empedrado, como si no fuera más que una sombra.

«¿Me oirá? ¿Me verá? ¿Sabrá que soy yo?».

Se agachó, puso las manos debajo de las rodillas y de la cabeza de Elias, se levantó y fue hacia el coche.

– Ahora nos vamos a casa, chaval.

En el aparcamiento había ahora otros tres coches: una ambulancia, un Audi con el logo del periódico y un Volvo de matrícula rara con los números de color amarillo sobre el fondo negro. Mahler tardó un poco en caer en la cuenta: era un vehículo militar.

«¿El ejército? ¿Será tan grave?».

La presencia del vehículo militar lo reafirmó en la idea de que había hecho bien en no dar a conocer su presencia. Cuando los militares entraban en escena, alguna otra cosa salía por la ventana.

El cuerpo de Elias era ligero, muy ligero, en sus brazos. Inexplicablemente ligero teniendo en cuenta lo… gordo que se había puesto. Su estómago era tan grande que los últimos botones del pijama habían saltado debido a la presión. Pero Mahler sabía que allí dentro sólo había gas formado por la putrefacción de las bacterias de la flora intestinal. Nada que pesara.

Colocó con cuidado a Elias en el asiento trasero, bajó el respaldo de su asiento al máximo para poder sentarse con la espalda apoyada. Conducía casi tumbado cuando salió del aparcamiento. Bajó las ventanillas de los dos lados.

Sólo había un par de kilómetros hasta su apartamento. Mahler fue hablando con Elias durante todo el recorrido, sin obtener ninguna respuesta.

* * *

Gustav colocó a Elias en el sofá sin encender las luces de la sala de estar, se inclinó sobre él y le besó en la frente.

– Ahora vuelvo, pequeño. Sólo voy a…

Sacó tres analgésicos del cajón de las medicinas que tenía en la cocina y se los tragó con un poco de agua.

«Ya está… Ya está».

El roce con la frente de Elias permanecía aún en sus labios. Piel fría, dura, sin respuesta. Era como besar una piedra.

No se atrevía a encender las luces del cuarto de estar. Elias permanecía completamente inmóvil en el sofá. El pijama de seda brillaba suavemente con las primeras luces del alba. Mahler se pasó las manos por el rostro y pensó:

«¿Qué estoy haciendo?».

Sí, ¿qué cojones estaba haciendo, en realidad? Lo primero porque Elias estaba muy enfermo. ¿Qué se hace con un niño gravemente enfermo? ¿Se lo lleva uno a su apartamento? Respuesta incorrecta. Se llama a una ambulancia, se preocupa uno de que llegue al hospital…

«Depósito de cadáveres».

… para que reciba atención médica.

Pero estaba lo del depósito de cadáveres. Lo que él había visto allí. Los muertos se resistían mientras los sujetaban. Y él no quería ver al niño en esa película, pero ¿qué podía hacer? Estaba claro que él no tenía ninguna posibilidad de hacerse cargo de Elias, de hacerle…, lo que le tuvieran que hacer.

«¿Y tú crees que la tienen en el hospital?».

Empezó a sentir algo de alivio en la espalda. Recuperó la sensatez. Iba a llamar a una ambulancia, por supuesto. No era posible hacer otra cosa.

«Mi pequeño. Mi niño precioso».

Si el accidente hubiera ocurrido sólo un mes más tarde… Ayer. Anteayer. Si Elias se hubiera librado de pasar tanto tiempo enterrado, habría evitado los estragos que la muerte había causado en él; no sería ese ser reseco parecido a un saurio en el que todo lo que sobresalía del cuerpo era negro. Mahler, por mucho que le quisiera, se daba cuenta de que Elias ya no parecía humano. Parecía como algo que uno mira a través de un cristal.

– Cariño, voy a llamar a un médico, a alguien que pueda ayudarte.

Sonó el móvil.

En la pantalla aparecía el número del periódico. Esta vez contestó la llamada.

– Sí, soy…

Benke parecía que estaba a punto de echarse a llorar cuando le interrumpió:

– ¿Dónde has estado? Primero pones en marcha toda esta mierda y luego te esfumas, ¿no?

Mahler no pudo evitar una sonrisa.

– Benke, no he sido yo quien ha «puesto en marcha» todo esto. Soy inocente del todo.

Se hizo un silencio al otro lado del teléfono. Mahler pudo oír que había gente hablando por allí, pero no identificó ninguna de las voces.

– ¿Gustav? -le interrogó Benke-. ¿Está Elias…?

Lo que le hizo tomar la decisión no fue que confiara en Benke, que lo hacía, por supuesto, sino el darse cuenta de que necesitaba algún modo de comunicarse con el mundo exterior. Mahler respiró profundamente y le confesó:

– Sí. Está aquí. En mi casa.

El ruido de fondo cambió, y Mahler comprendió que Benke se había ido con el teléfono a hablar a algún sitio donde los demás no pudieran oírle.

– ¿Está… en mal estado?

– Sí.

Ahora el silencio era total alrededor de Benke. Probablemente se había metido en algún despacho vacío.

– Bueno, Gustav. No sé qué decirte.

– No tienes que decirme nada, pero quiero saber qué están haciendo. Si hago bien.

– Están reuniéndolos a todos. Los llevan a Danderyd. Han empezado a abrir las tumbas por todas partes. Han pedido ayuda al ejército, recurriendo a una disposición que hace referencia al riesgo de epidemia. La verdad es que nadie sabe nada. Yo creo… -Benke hizo una pausa-. No sé, pero yo también tengo nietos, como tú sabes. A lo mejor haces bien. Reina un cierto… pánico.

– ¿Sabe alguien por qué pasa esto?

– Nadie. Y ahora, Gustav… voy al otro tema.

– Benke, no puedo. Estoy completamente destrozado.

Benke resopló en el auricular; Mahler se dio cuenta del esfuerzo que le suponía mantener la calma y no empezar a gruñir.

– ¿Tienes las fotos? -le preguntó.

– Sí, pero…

– Entonces -dijo Benke-, ésas son las únicas fotos no intervenidas que se han tomado dentro del hospital y tú el único periodista que ha conseguido entrar antes de que lo cerraran. Gustav, con todo el respeto debido a la situación que estás viviendo, y que yo no puedo imaginarme siquiera, el caso es que yo estoy aquí y hago un periódico. Estoy hablando en estos momentos con mi mejor periodista, que está en posesión del mejor material existente. ¿Acaso puedes tú ponerte en mi situación?

– Benke, tienes que entender que…

– Te entiendo. Pero, por favor, Gustav, por favor, ¿no puedes hacer algo…? Lo que sea. ¿Las fotos y un pequeño texto directo? ¿Por favor? Y si no puede ser, pues las fotos, sólo las fotos.

Si hubiera podido reírse, Mahler se habría echado a reír, pero en esos momentos sólo le salió un gemido. En los quince años que ambos habían trabajado juntos no lograba recordar ni una sola vez en la que Benke hubiera pedido nada. La expresión «por favor» con signos de interrogación no existía en su vocabulario.

– Lo intentaré -le contestó.

Como si no se hubiera esperado otra cosa, Benke le espetó:

– Reservo las páginas centrales. Tienes cuarenta y cinco minutos.

– ¡Por Dios!, Benke…

– Que sí. Y, gracias, Gustav. Gracias. Ya puedes empezar.

Colgaron. Mahler miró a su nieto, que no se había movido. Se acercó y le puso el dedo en la mano. Se lo agarró. A Mahler le habría gustado sentarse a su lado, dormirse así, con el dedo en la mano de Elias.

«Cuarenta y cinco minutos…».

Era una locura. ¿Por qué había dicho que sí?

Porque no había otra alternativa: él había sido periodista toda su vida, y sabía que lo que Benke le había dicho era cierto. Él tenía en sus manos el mejor material existente de la noticia más importante… que había producido nunca. No podía dejarlo pasar. De ninguna manera.

Se sentó frente al ordenador, fue seleccionando las imágenes en su cabeza y los dedos empezaron a moverse sobre el teclado.

El ascensor arranca con una sacudida. Oigo gritos a través de las gruesas paredes de cemento. La planta del depósito de cadáveres aparece a través del cristal que hay en la puerta.

SEGUNDO INFORME

00:22. El ministro de Sanidad y Asuntos Sociales llega al ministerio. Bajo su dirección se ha nombrado con carácter temporal una comisión integrada por representantes de varios ministerios y de la policía, así como médicos especialistas en diversas materias.

Se ha puesto a disposición de dicha comisión una sala de conferencias para que funcione provisionalmente como su sede central. Pronto será conocida como la Sala de los Muertos.

00:25. El primer ministro recibe la noticia en Ciudad del Cabo. La situación se considera tan extraordinaria que se suspende un encuentro con Nelson Mandela programado para el día siguiente, y el avión oficial se prepara para iniciar el viaje de regreso. El vuelo durará once horas.

00:42. A la Sala de los Muertos llegan los primeros datos irrefutables sobre resurrecciones en los cementerios. Ya se han barajado algunas cifras. Hay unas 980 personas más. La policía hace pública su falta de recursos para hacerse cargo de las exhumaciones.

00:45. Aumenta la necesidad de emitir un comunicado desde la Sala de los Muertos. Reina una cierta confusión enla terminología. Tras un breve encuentro, deciden que en adelante se utilizará el término «redivivo» para referirse a los muertos que han despertado.

00:50. El ejército se hará cargo del problema de las exhumaciones. Y puesto que la ley prohíbe la colaboración entre el ejército y la policía, los representantes de los militares no podrán pasar a formar parte de la comisión. A los militares se les otorga la misma autoridad que en los supuestos de intervención para hacer frente a una catástrofe, y podrán actuar en este asunto como juzguen más oportuno.

01:00. El hospital de Danderyd informa de que 430 redivivos se hallan bajo su custodia en la sección de Infecciosos, y han comenzado el desalojo de algunas secciones con el fin de habilitar espacio. En cada hospital sólo se han reservado dos ambulancias para las urgencias, el resto de su parque móvil está recogiendo a los redivivos. Se solicitan refuerzos.

01:03. En la Sala de los Muertos se discute si no deberían pedir ayuda a las empresas de pompas fúnebres para recoger a los redivivos. Esta decisión podría considerarse de mal gusto y, en vez de eso, se hace un llamamiento a todos los taxis libres para que trasladen a los pacientes del hospital de Danderyd hasta otros centros sanitarios.

01:05. Las declaraciones hechas a la prensa por el coronel Johan Stenberg, a quien el ejército ha puesto al frente de la fuerza de emergencia, llegan a la Sala de los Muertos. «En estos momentos consideramos los cadáveres como un problema estrictamente logístico», había declarado el coronel. Un secretario de prensa del Ministerio de Sanidad y Asuntos Sociales se encarga de informarle de los términos correctos que se deben utilizar.

01:08. El personal sanitario y el sacerdote de una ambulancia son amenazados con una escopeta en Tyresöal tratar de recoger a una rediviva. Solicitan presencia policial.

01:10. La CNN es la primera cadena de televisión extranjera que informa de lo sucedido en Estocolmo. Sólo ofrecen imágenes del caos formado en las inmediaciones de Danderyd y en el reportaje se dice erróneamente que los pacientes trasladados a otros hospitales son los «living dead».

01:14. Tras el reportaje de la CNN aumenta la presión de los medios extranjeros hacia la Sala de los Muertos. Se designa a un portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores para que se haga cargo de la información vía teléfono.

01:17. Sale la primera unidad militar encargada de las exhumaciones. La forman un experto en la desactivación de minas y demás personal militar que ha tomado parte en los trabajos de exhumación de tumbas colectivas en Bosnia bajo el mandato de la ONU. A la espera de que puedan formarse más grupos de características similares, se dirigen al cementerio de Skogskyrkogården para empezar allí las tareas.

01:21. El hombre de Tyresöque se negaba a entregar a su esposa rediviva abre fuego contra la policía. Nadie ha resultado herido.

01:23. El ministro de Sanidad, asesorado por juristas expertos en la materia, decide aplicar en la situación actual las leyes previstas para los casos de riesgo de pandemia, lo cual otorga a la policía similares competencias, todo ello a la espera de que lleguen los análisis médicos. Se ha pedido al Instituto de Medicina Forense que agilice al máximo sus trabajos.

01:24. Se autoriza a la policía de Tyresöel uso de gas lacrimógeno, pero se decide no hacerlo, ya que el hombre armado es un anciano y podría resultar gravemente afectado. Un mediador se pone en contacto telefónico con el hombre mientras se acerca al lugar.

01:27. El primer informe médico indica que los redivivos al parecer no utilizan los órganos respiratorios ni los de la circulación sanguínea. Las primeras biopsias hablarían, no obstante, de que pueden darse ciertas reacciones y procesos físico-químicos asimilatorios. «Todo es imposible totalmente, pero hacemos cuanto podemos», asegura el especialista en medicina interna que dirige la investigación.

01:30. En Danderyd hay ingresados 640 redivivos y se solicita la llegada de nuevos refuerzos procedentes de otros hospitales. Por razones que hasta ahora no han trascendido, surgen constantes conflictos entre el personal sanitario, lo cual dificulta la colaboración.

01:32. Tras duras presiones de los medios nacionales e internacionales, el portavoz de la Sala de los Muertos informa de que se ofrecerá una rueda de prensa en el Parlamento, Riksdagshuset, a las 06.00.

01:33. La llegada de familiares con ataques de ansiedad en diverso grado sobrecarga los servicios de urgencias de psiquiatría y de los centros médicos. La unidad de psiquiatría de la policía empieza a recibir a policías psíquicamente exhaustos.

01:35. La búsqueda de los redivivos fugitivos parece que puede darse por terminada. No obstante, se han pedido refuerzos desde el albergue de la ONG Stadsmissionen, donde algunos de los usuarios se han opuesto a que la policía se hiciera cargo de un mendigo fallecido hace dos semanas, que ha regresado ahora.

01:40. En el cementerio de Skogskyrkogården se desentierra al primer redivivo. Se informa de que se encuentra «en el estado más lamentable que pueda imaginarse», ya que ha sido sacado de una fosa en la que la tierra aún estaba húmeda.

01:41. El intermediario llega a Tyresö. Lo último que el hombre de la escopeta dice por teléfono es: «Ahora me voy con ella», tras lo cual se pega un tiro. El personal de la ambulancia se hace cargo de la esposa rediviva mientras la policía acordona la zona. El hombre no da ninguna señal de volver a la vida.

01:41. Desde el cementerio de Skogskyrkogården se ruega la ayuda de personas animosas. El hombre exhumado intenta escaparse de allí.

01:45. Danderyd empieza a perder el control. En estos momentos hay ingresados 715 redivivos, han surgido disputas y en algunos casos incluso peleas entre el personal que está en contacto directo con los redivivos.

01:50. El ejército, sin consultar con la Sala de los Muertos, solicita la presencia de unidades de zapadores para construir en Skogskyrkogården un cercado provisional donde retener a los exhumados mientras esperan el transporte.

01:55. Después de hablar con el personal de Danderyd parece claro que los conflictos surgen, según aseguran, a causa de la capacidad de leerse los pensamientos los unos a los otros.

02:30. Los redivivos de especial interés para la resolución de este misterio son trasladados a la Dirección Nacional de Medicina Forense en el Instituto Karolinska de Solna. Dentro de ese grupo se encuentran Eva Zetterberg, capaz de hablar, y Rudolf Albin, el redivivo que llevaba más tiempo muerto antes de resucitar.

02:56. Tomas Berggren, catedrático de Neurología, realiza la primera entrevista a Eva Zetterberg.

PRIMERA CONVERSACIÓN

Lo que sigue a continuación es una transcripción de la cinta grabada durante la primera conversación que mantuve con la paciente Eva Zetterberg. El interés por esta paciente es especial puesto que transcurrió un espacio de tiempo muy breve entre la pérdida de sus funciones vitales y su despertar sin el apoyo de dichas funciones.

La capacidad de la paciente para comunicarse oralmente ha ido mejorando continuamente desde que revivió.

La conversación se realizó en la Dirección Nacional de Medicina Forense en Solna, el miércoles 14 de agosto de 2002, de 02:56 a 03:07.

TB: Me llamo Tomas. ¿Cómo te llamas?

EZ: Eva.

TB: ¿Puedes decirme tu nombre completo?

EZ: No.

TB: ¿Puedes decirme cómo te apellidas?

EZ: No.

[Pausa]

TB: ¿Puedes decirme tu nombre?

EZ: No.

TB: ¿Cómo te llamas?

EZ: Eva.

TB: Eva es tu nombre.

EZ: Eva es mi nombre.

TB: ¿Puedes decirme tu nombre?

EZ: Eva.

[Pausa]

TB: ¿Sabes dónde te encuentras?

EZ: No.

TB: ¿Qué hay aquí?

EZ: ¿Dónde es aquí?

TB: Aquí es el sitio donde está Eva.

EZ: No.

TB: ¿Dónde está Eva?

EZ: Eva no está aquí.

TB: Tú eres Eva.

EZ: Yo soy Eva.

TB: ¿Dónde estás?

[Pausa]

EZ: Hospital. Un hombre blanco. Se llama Tomas.

TB: Sí. ¿Dónde está Eva?

EZ: Eva no está aquí.

[TB toca la mano de EZ]

TB: ¿De quién es esta mano?

EZ: Mano. La mano de yo.

TB: ¿Quién es Yo?

EZ: Tomas.

[Pausa]

TB: ¿Quién eres tú?

EZ: Soy Eva.

[TB toca la mano de EZ]

TB: ¿De quién es esta mano?

EZ: Mano de… Eva.

TB: ¿Dónde está Eva?

EZ: Eva está aquí. [Pausa] No.

TB: ¿Qué hay donde está Eva?

EZ: No.

[Pausa]

TB: ¿Puedo hablar con Eva?

EZ: No.

TB: ¿Qué ven tus ojos?

EZ: Una pared. Una sala. Un hombre. Se llama Tomas.

TB: ¿Qué ven los ojos de Eva?

EZ: Eva no ojos.

TB: ¿Eva no tiene ojos?

EZ: Eva no ve.

[Pausa]

TB: ¿Qué oye Eva?

EZ: Eva no oye.

TB: ¿Entiende Eva lo que yo digo?

[Pausa]

EZ: Sí.

TB: ¿Puedo hablar con Eva?

EZ: No.

TB: ¿Por qué no puedo hablar con Eva?

EZ: Eva ninguna… boca. Eva miedo.

[Pausa]

TB: ¿Por qué tiene miedo Eva? [Pausa] ¿Puedes decirme porqué Eva tiene miedo?

EZ: Eva quedarse.

TB: ¿Eva quiere quedarse donde está?

EZ: Sí.

TB: ¿De qué tiene miedo Eva?

EZ: No.

[EZ sacude con fuerza la cabeza]

EZ se niega a responder más preguntas después de eso.

Heden, 03:48

Flora miró el móvil en el autobús nocturno hacia Tensta y vio que su abuela la había telefoneado cinco veces. La llamó inmediatamente:

– Hola, soy yo…

Un suspiro de alivio procedente del otro extremo del hilo sopló en el oído de la joven.

– ¡Oh, hija mía! ¿Estás bien?

– Sí. ¿Por qué?

– No, es que creía que… he tratado de llamarte.

– No podía llevar el móvil encendido en la ambulancia.

– No, no… -Flora ya se imaginaba a Elvy dándose una palmada en la frente-. No, claro. Qué tonta soy.

Se quedaron unos segundos en silencio. Las paredes de los edificios de Rissne se deslizaban fuera de la ventana.

– ¿Abuela? Tú también le oíste, ¿verdad?

– Sí.

– El sacerdote no notó nada. Y al abuelo no se le notaba nada. Seguía allí tumbado, sin más.

Silencio de nuevo. Flora sacó su walkman de la mochila. Era un modelo tan antiguo que había que sacar la cinta y volverla para poder oír la otra cara. QuitóHoly Wood y pusoAntichrist Superstar (light). Luego, se mantuvo a la espera.

– A mí… me pareció ver algo -dijo Elvy finalmente.

– ¿El qué?

La anciana dudó un poco y luego dijo:

– Sólo quería saber si te encontrabas bien. ¿Estás en un autobús?

– Sí.

Como Flora no le dio más explicaciones, Elvy tampoco le preguntó nada más. Se despidieron con la promesa de llamarse al día siguiente. Flora se acurrucó en el asiento, se puso los auriculares en las orejas y le dio al botón deplay, apoyó la cabeza en la ventanilla y cerró los ojos.

We hate love… We love hate…We hate love…

Cuando el bus la dejó en el centro de Tensta aún debía caminar un kilómetro. El camino de Akalla la llevaba casi recto, pero en el último trecho, ese que discurría por los terrenos de Järvafältet, no había más senderos que los abiertos por las excavadoras hacía diez años, luego desapareció toda la maquinaria de las constructoras, y la vegetación volvió a invadir aquellas pistas.

Cuando llegó a un alto, Flora contempló Heden al otro lado. Las primeras luces del alba resaltaban el relieve anguloso de los edificios grises. Había venido aquí por la noche otra vez. Fue ese mismo año, en la primavera, y entonces, en medio de la oscuridad de la noche, desde esta misma altura, no había podido ver nada del suburbio; sólo supo que estaba allí por un presentimiento, por el cambio del sonido a su alrededor.

No había ninguna farola, tampoco había luz en ninguna ventana, ya que no habían instalado el tendido eléctrico; no había agua ni desagües. Las obras no llegaron nunca tan lejos.

La luz del amanecer iba impregnando el cielo mientras Flora bajaba la cuesta conTourniquet torturándole los oídos, y se reflejaba en las pocas ventanas que aún quedaban enteras de las fachadas de los edificios. Hasta hacía unos años la zona había estado cercada, como si fuera, desde el punto de vista formal, un terreno en construcción, pero después de que los habitantes de Heden abrieran por enésima vez nuevos accesos, las autoridades ya no se habían molestado en arreglarlo. Una buena parte de la valla había desaparecido para dedicarla a otros usos y el resto estaba tirado por el suelo, esparcido entre la hierba.

Al mismo tiempo se dieron por vencidos los limpiadores de las pintadas, de modo que la parte baja de las fachadas era una amalgama de zarzas y de auténticas obras de arte.

El pleito sobre quién debía hacerse cargo de la demolición de Heden llevaba ya cinco años en los tribunales, y no habría ningún responsable mientras no hubiera una sentencia firme. Heden era la vergüenza de la capital; un proyecto de construcción fracasado y envuelto en turbios avatares, donde ahora se daban cita quienes no tenían otro sitio adonde ir. De vez en cuando pasaba por allí la policía y hacía un poco de limpieza, pero como no había recursos para hacerse cargo de lo que encontraban, preferían hacer la vista gorda.

Flora pasó de la hierba al asfalto. El letrero de la fachada más próxima decía que se encontraba en la calle Ekvatorvägen. Un grafiti rodeaba el letrero de manera que parecía que un demonio, desnudo y sonriente, con rastas y un enorme órgano genital, sostenía el cartel en la mano.

Flora apagó el walkman entre Tourniquet y Angel with Scabbed Wings. Para meter todo el disco había tenido que quitar algunos temas, y la elección había sido sencilla. Se quitó los auriculares de las orejas y orientó hacia el silencio sus tímpanos anestesiados por la música, reprendiéndose a sí misma porque empezaba a encogérsele el estómago de miedo…

«Vaya pija de mierda».

… pero los únicos ruidos que se oían eran los de las personas. No había dado tiempo a plantar árboles ni arbustos, y por eso no había ningún pájaro, ningún susurro de hojas. Sólo personas: sus voces, sus gritos. Dejó la calle Ekvatorvägen con paso rápido, continuó a lo largo de la calle Latitudvägen y entró en el patio de Peter.

Los cristales rotos crujían bajo sus pies y el ruido rebotaba entre las desnudas paredes de cemento. Todas las construcciones a su alrededor eran edificios de tres plantas, y en el patio destacaba uno grande en el centro. Según Peter, estaba pensado instalar allí la lavandería, la sala de reuniones y el cuarto de recogida de basuras de toda la parcela, pero no había agua con la que lavar, ni pasaba nadie a recoger la basura, y la gente no tenía ganas de reuniones.

Flora se movía con cuidado sobre las bolsas de plástico y los cartones esparcidos por el suelo, pero no podía evitar los cristales y alguien advirtió su presencia. Alguien, que estaba sentado contra la puerta de hierro de la lavandería, se levantó y avanzó hacia ella. La muchacha siguió adelante, acelerando el paso.

– Eh, tú… chica…

El tipo se colocó delante de ella en el estrecho camino. Ella miró a su alrededor. No había nadie más por allí cerca. El hombre le sacaba la cabeza, tenía un acento finlandés muy marcado y desprendía un olor que ella no pudo reconocer. Cuando él levantó la mano y Flora vio la botella, entonces reconoció el olor: alcohol de quemar. El hombre le alargó la botella; una botella de refresco con algo dentro, quizá un trozo de pan, metido en el cuello de la botella a modo de filtro.

– Oye, Pippi Calzaslargas, ¿quieres un trago?

Flora meneó la cabeza.

– No. Gracias, ahora no me apetece.

Al oír aquella voz tan clara al hombre le dio por pensar en otra cosa, o esa impresión dio, pues se inclinó y observó la cara de Flora. Ella se quedó paralizada.

– No me jodas… -dijo el hombre-. Pero si eres… una cría. ¿Qué has venido a hacer aquí?

– A ver a un amigo.

– Ah, bueno.

El desconocido se quedó tambaleándose, como pensándoselo. Con mucho cuidado dejó la botella en el suelo justo a su lado. La muchacha registraba hasta el más mínimo movimiento, dispuesta a salir corriendo si era necesario. El hombre extendió los brazos.

– ¿Me das un abrazo?

Ella no se movió. El hombre no parecía malo, la verdad, sólo miserable. Pero sólo en las películas infantiles los malos parecen malos. Llevaba los últimos botones de la camisa desabrochados, quizá perdidos, dejando al descubierto la barriga blanca. Su cara parecía demasiado pequeña, con aquel cuerpo tan hinchado, e incluso bajo aquella luz tenue se le notaban los vasos capilares en las mejillas, en la nariz. El hombre dejó caer los brazos y dijo:

– Tengo una hija… tenía una hija… vive, pero… tendrá la misma edad que tú, creo yo. -Se quedó pensándolo-. Trece años. Llevo ocho años sin verla. Kajsa. Así es como se llama. -Hizo un gesto señalando el bolsillo de su pantalón-. Tenía una foto, pero…

El hombre dejó caer los hombros y Flora pensó que iba a empezar a llorar. Cuando ella siguió andando, él se quedó murmurando algo para sí mismo.

La ventana de Peter se hallaba a ras del suelo y estaba entera. Como su vivienda inicialmente estaba pensada como el cuarto de las bicicletas, y de hecho ahora también funcionaba como tal, la ventana era de vidrio reforzado y hacía falta cierto empeño para romperla. Flora se agachó y llamó.

Oyó pasos que se arrastraban detrás de ella, se volvió y vio al finlandés abalanzándose sobre ella. Llevaba de nuevo los brazos extendidos y a Flora se le pasó por la cabeza una imagen propia del mismo Manson…

«Pollo broiler crucificado».

… después, el finlandés puso morritos y dijo con voz de bebé:

– Entonces, ¿vas a darme un abrazo pequeñito?

Flora se levantó y se escabulló del alcance de sus manos. El tipo siguió con los brazos extendidos y la mirada perruna. Ella entornó los ojos y ladeó la cabeza.

– ¿Acaso no te das cuenta de lo asqueroso que eres?

Al otro lado de la ventana se encendió una linterna y Flora oyó la voz de Peter.

– ¿Quién es?

Sin apartar la mirada del finlandés, Flora respondió:

– Soy yo.

Flora bajó la corta rampa de las bicicletas y se detuvo frente a una puerta de hierro cerrada, decorada con un grafiti que representaba un paisaje estival. Era una de las pocas puertas de la zona con cerradura, porque Peter la había puesto. Se oyó un chirrido y se abrió la puerta. Peter sujetaba con una mano el ligero saco de dormir en el que iba envuelto, en la otra llevaba la linterna.

– Pasa.

Ella echó una última mirada al finlandés, que seguía allí tambaleándose, con las manos aún extendidas hacia la noche y los recuerdos. Cuando Peter cerró la puerta y la luz de la linterna envolvió el cuarto, Flora podría haberse encontrado en cualquier zona habitada. Las bicicletas estaban muy bien colocadas a lo largo de la pared más grande, mientras que uno de los muros menores estaba reservado para el motocarro de Peter.

Peter siguió hasta la otra pared corta, un tabique de separación que él mismo había construido, y abrió la puerta disimulada con la misma pintura del muro. Así había conseguido evitar la expulsión cada vez que la policía aparecía por allí, ya que en sus registros someros no habían descubierto ese escondite.

La habitación situada detrás de la pared sólo tenía seis metros cuadrados y en ella sólo había espacio para la cama, que Peter había encontrado en un contenedor y se había traído a casa en la moto; una silla y una mesa en la que tenía la comida muy bien colocada, una cocina de camping y un bidón de agua. En el suelo, al lado de la cama, había un estéreo enchufado a una batería de coche, y en un derroche de imaginación, Peter poseía un cepillo de dientes que funcionaba a pilas y una maquinilla de afeitar. Tenía también una Gameboy, un despertador y el móvil; además de la linterna. Flora solía llevarle pilas como regalo.

Peter echó el pestillo de la puerta y se tumbó en la cama, bajó la cremallera del saco y éste se convirtió en un edredón. Flora se quitó el jersey y los pantalones, se metió en la cama con él y apoyó la cabeza sobre su hombro.

– Peter…

– ¿Mm?

– ¿Sabes lo que ha pasado esta noche?

– No.

Flora le contó toda la historia. Desde que se despertó en casa de Elvy hasta su llegada a la ciudad con la ambulancia.

– Qué raro -comentó él cuando terminó de contárselo, y le rodeó la cabeza con el brazo. Después de unos segundos, Flora notó que respiraba profundamente: se había dormido.

La luz del amanecer había convertido la única ventana en un rectángulo gris claro y Flora permaneció tanto tiempo con la vista clavada en él que se le quedó grabado en la retina un buen rato después de que ella hubiera cerrado ya los ojos.

* * *

Por la pesadez de cabeza, Flora se dio cuenta de que había dormido pocas horas, cuando la despertaron unos ruidos en la habitación contigua. Se puso de pie en la cama y miró a través de la mirilla. Un individuo de aspecto árabe e inusualmente bien vestido para esa zona estaba sacando una bicicleta. Flora no estaba segura, pero creyó reconocerle: era el hombre que solía sujetar una pancarta publicitaria en la calle Drottningsgatan.

Cogió su bici y se fue, cerrando la puerta al salir. Peter había dado llaves sólo a quienes le alquilaban el sitio a él. Costaba veinte coronas al mes guardar la bici en aquel cuarto cerrado y vigilado. Por supuesto, el alquiler no ofrecía ninguna garantía si la policía efectuaba una redada y se llevaba las bicicletas.

Flora volvió a acostarse, pero no pudo dormirse. Se quedó mirando alternativamente el techo, el rectángulo ahora amarillo resplandeciente y la cara llena de espinillas de Peter, que descansaba sobre la almohada. Después de una hora se levantó y puso a calentar en el infiernillo el agua para el té.

El silbido del aparato despertó a Peter, que se sentó en la cama y miró a la ventana en vez de al despertador para saber qué hora era, y concluyó:

– Pronto. -Y volvió a tumbarse en la cama.

Flora dejó que las bolsas de té reposaran el tiempo suficiente dentro del agua caliente, luego echó la infusión en dos tazas, puso dos cucharaditas de azúcar en cada una y se fue con ellas a la cama.

– Lo que me contaste cuando viniste… -dijo Peter después de beber un par de sorbos.

– ¿Sí?

– ¿Es verdad?

– Sí.

Él asintió, moviendo la taza de té de un lado a otro, luego dijo:

– Bien. -Se levantó, se puso otra cucharadita de azúcar y volvió a la cama. Había temporadas que vivía a base de té y azúcar.

– ¿Te parece que está bien? -le preguntó Flora.

– Por supuesto.

– ¿Por qué?

– No sé. ¿Hay más té?

– No. Se ha terminado el agua.

– Luego iremos a buscar.

Peter se levantó para hacer pis. Se le marcaban las costillas con toda claridad, como si tuviera la piel más fina que el resto de la gente. El chico quitó la bayeta húmeda del cubo de hacer pis, se puso de rodillas e inclinó el cubo para no salpicar. Un leve murmullo del chorro contra el metal. Flora era incapaz de utilizar el cubo. Cuando estaba allí, solía hacer sus necesidades en los retretes públicos que había fuera, pues el ayuntamiento, aunque no quería reconocer la existencia de Heden, había colocado allí varios aseos públicos hacía un par de años, y los vaciaba puntualmente, eso después de que las zonas de bosque de los alrededores hubieran quedado apestadas de papel higiénico, olor a mierda y plantas quemadas por la orina.

– Está bien que la policía tenga otras cosas que hacer -dijo Peter-. Y está bien que ocurra algo así. Debía pasar algo por el estilo.

– Pero es raro, ¿no? -repuso Flora.

– A mí me parece que lo raro es que no haya sucedido antes. ¿Vamos a por agua?

Se vistieron y Peter sacó el motocarro. Medio año le había llevado restaurar y reparar el montón de chatarra que se encontró abandonado y desguazado en mitad del bosque. La verdad era que sólo había podido aprovechar el chasis y las ruedas. A base de buscar y cambiar piezas de otras motos, había conseguido que el motocarro funcionara, además lo había pintado con un spray de color plata metalizado y sobre el depósito de gasolina había escrito «La flecha de plata» con letras negras. Era la única de sus pertenencias de la que realmente se preocupaba. (Si Flora se imaginaba a Peter como Snusmumriken [6], la moto sería su armónica).

Ella cogió el bidón del agua, se sentó en el carro y dieron una vuelta por la zona; recogieron tres bidones que estaban colocados fuera de las puertas. Ése era todo el negocio de Peter: cuidaba las bicicletas y traía y llevaba cosas, entre ellas el agua. Con las mil coronas largas que ganaba con ello al mes, se costeaba la comida en un supermercado de Överskottsbolaget. A veces, los dueños de los puestos de fruta de la plaza de Rinkaby le daban alguna caja con las sobras a la hora de recoger el puesto.

Salieron dando tumbos por el campo, siguieron por Akallavägen y Peter llenó los bidones en la estación de servicio de Shell. Eran casi las nueve y las portadas de los periódicos ya estaban a la vista.

LOS MUERTOS DESPIERTANGRAN REPORTAJEGRÁFICO DELA CONMOCIÓNDE ESTA NOCHE

LOS MUERTOS DESPIERTAN2.000 SUECOS HAN SALIDO ESTA NOCHE DE SUS TUMBAS

El periódico que prometía un reportaje gráfico en el interior llevaba una foto en la portada de lo que parecía una pelea. Algunas personas vestidas de blanco luchaban con ancianos desnudos entre mesas de acero. La otra parecía más el típico cartel de película de terror: unos cuantos viejos con sudarios andaban entre las lápidas.

– Mira -dijo Flora.

– Sí -contestó Peter-. ¿Me ayudas con los bidones?

Entre los dos cargaron los cuatro bidones de veinte litros cada uno. Flora miró a su alrededor y no pudo evitar una punzada de decepción. Todo parecía como siempre. El sol de la mañana lucía lánguido sobre la gente que llenaba los depósitos de gasolina o caminaba por las aceras. Entró en la tienda de la gasolinera y compró los dos periódicos. La dependienta le cobró sin decir nada. Al salir vio a un viejo agachado junto a su coche poniendo aire en las ruedas.

«Como si nada…».

Peter arrancó el motor y ella se subió al carro para sujetar los bidones mientras atravesaban los campos llenos de baches. No se veía ninguna señal en ningún sitio de que el mundo se había ido a pique aquella noche.

Ella había visto la trilogía de los muertos vivientes [7] de George Romero, y aunque no era eso lo que se esperaba, pues, al menos… algo, algo más, cualquier cosa, algo más que convertirse sólo en un nuevo culebrón de los periódicos vespertinos. Peter no preguntaba nada ni se ponía nervioso. Por eso había ido a verle; para escapar, pero ahora, allí sentada, agarrando los bidones en medio del traqueteo del motocarro, casi echaba de menos la ciudad, la escuela, la histeria que suponía debía de reinar allí.

«Imagínate, ¿y si no pasa nada más? Si sólo es tema de conversación durante una semana y luego… nada».

Flora dio un puñetazo a uno de los bidones y parpadeó al sentir el escozor de las lágrimas en los ojos. Volvió a golpear el bidón. Peter no le preguntó el motivo.

Industrigatan, 07:41

– ¿Qué te ocurre, corazón? ¿Estás enfermo?

– No, es sólo… que he dormido mal.

– ¿Y qué tal te fue en Norra Brunn?

– No hubo espectáculo por lo de la luz. Ahora debemos irnos.

David tendió la mano a Magnus por delante de su madre. El niño esbozó una amplia sonrisa y dijo:

– ¡Estuve mirando la tele hasta las diez y media! ¿A que sí, abuela?

– Sí -admitió ella con una sonrisa de mala conciencia-. Como no se podía apagar, y yo tenía un dolor de cabeza tan…

– A mí también me dolía, es verdad -le interrumpió Magnus-. Pero estuve mirando la tele igual. Pusieron Tarzán.

Su padre asintió con un gesto mecánico. Por la cabeza, por detrás de los ojos, le corría lava granulada. Si permanecía allí un minuto más iba a darle un ataque, iba a explotar. No había pegado ojo en toda la noche. Hasta las seis no le habían comunicado que Eva había sido trasladada al Instituto Anatómico Forense. Él había intentado en vano hablar con alguien, luego se fue a casa, allí se había lavado la cara con agua fría y escuchado los mensajes del contestador.

No había ninguna llamada del hospital. Sólo periodistas y el padre de Eva preguntando dónde estaba ella. No se sentía con fuerzas para hablar con él ni con su madre. Por suerte, ella no se había enterado de nada de lo sucedido por la noche.

Cuando Magnus le dio la mano, David tiró de él con demasiada brusquedad. Su madre arrugó en entrecejo y le preguntó:

– Y con Eva, ¿va todo bien?

– Sí, claro. Ahora tenemos que irnos.

Se despidieron y David arrastró a Magnus escaleras abajo. De camino hacia la escuela, el niño le fue contando cosas del capítulo de Tarzán que había visto y su padre iba asintiendo, diciendo que sí sin enterarse de nada. A mitad de camino se llevó a Magnus hacia un banco de un parque.

– ¿Qué pasa? -preguntó Magnus.

David se colocó las manos en las rodillas y clavó la vista en el suelo. Tratando de que se enfriara lo que le ardía dentro de la cabeza, de que se tranquilizara. Magnus jugueteaba con su mochila.

– ¡Papá! ¡No llevo nada de fruta!

El niño enseñaba su mochila vacía para que lo comprobara.

– Compraremos una manzana en el quiosco -le contestó David.

Esas palabras cotidianas y un hecho normal le tranquilizaron. Se abrió una rendija de luz, y a través de ella vio a su hijo de ocho años rebuscando en el fondo de su mochila; tal vez había alguna vieja manzana olvidada allí. El sol de la mañana brillaba sobre sus finos cabellos.

«Nunca te fallaré, pequeño. Pase lo que pase».

La angustia fue sustituida por una enorme tristeza. Como si fuera tan sencillo: hacía un día precioso, lucía el sol, arrojaba sombras borrosas sobre los troncos de los árboles y sobre el hormigón. Y aquí estaba él, sentado en un banco con su hijo que iba a la escuela y necesitaba una manzana para la pausa de la fruta. Y él era un padre que podía entrar en una tienda, sacar unas coronas, comprar una manzana grande y roja y dársela a su hijo, que diría: «Qué bonita», y se la guardaría en la mochila. Si fuera así.

– Magnus… -le dijo.

– ¿Sí? Yo prefiero una pera.

– Vale. Oye…

Se había pasado buena parte de la noche pensando en este momento, en cómo iba a decírselo, en cómo tenía que hacerlo. Quien tenía buena mano para estas cosas era Eva. Ella era la que hablaba con Magnus de cómo debía comportarse él si los chicos mayores se portaban mal, si tenía miedo o estaba preocupado por algo. Él podía apoyarla y seguir su línea, pero no sabía por dónde empezar, ni qué era lo correcto.

– Es que… mamá ha tenido un accidente esta noche. Y está en el hospital.

– ¿Cómo un accidente?

– Chocó con el coche. Con un alce.

Los ojos de Magnus se abrieron como platos.

– ¿Murió el alce?

– Sí, eso creo. Pero… mamá estará unos días en el hospital hasta que… la curen.

– ¿No podré ir a verla?

A David se le formó un nudo en la garganta, pero antes de que se le deshiciera en lágrimas se levantó, agarró a Magnus de la mano y le dijo:

– Ahora no. Más adelante. Pronto. Cuando se ponga buena.

Caminaron un trecho en silencio.

– ¿Y cuándo se pondrá buena? -quiso saber el niño cuando se hallaban cerca del colegio.

– Pronto. ¿Querías una pera?

– Mm.

David entró en el quiosco y compró una pera. Cuando salió, Magnus estaba mirando las portadas de los periódicos.

LOS MUERTOS DESPIERTANGRAN REPORTAJEGRÁFICO DELA CONMOCIÓNDE ESTA NOCHE

LOS MUERTOS DESPIERTAN2.000 SUECOS HAN SALIDO ESTA NOCHE DE SUS TUMBAS

El niño las señaló e inquirió:

– ¿Es verdad eso?

El humorista lanzó una mirada a las estridentes letras negras sobre fondo amarillo.

– No lo sé -contestó, y le puso la pera dentro de la mochila. Magnus siguió preguntando durante el último trecho hasta la escuela, y David siguió mintiendo.

Se dieron un abrazo junto a la verja del colegio y David se quedó en cuclillas un rato, vio a su hijo cruzar la puerta de entrada con la mochila rebotándole en la espalda.

David captó fragmentos de una conversación de dos padres que estaban a su lado: «… como una película de terror… zombis… esperemos que consigan encerrarlos a todos… figúrate lo que los niños van…».

Él los reconoció, eran padres de compañeros de clase de Magnus. Una rabia repentina se apoderó de él. Le entraron ganas de lanzarse sobre ellos, zarandearlos y gritarles que aquello no era ninguna película, que Eva no era ningún zombi, que ella sólo había muerto y se había despertado de nuevo, y que pronto se arreglaría todo.

Como si hubiera adivinado lo que se le venía encima, la mujer se volvió y vio a David. Se llevó los dedos a los labios y una súbita compasión transformó la expresión de sus ojos. La mujer se acercó a David agitando los dedos, y dijo:

– Lo siento… he oído… qué horror.

David la miró con hostilidad.

– ¿De qué está hablando?

Evidentemente, la mujer no se había esperado esa reacción, e instintivamente se puso las manos delante a modo de protección frente a la furia de David.

– Sí -repuso ella-. Lo comprendo… salió en las noticias esta mañana…

Él tardó un par de segundos en reaccionar. Había olvidado totalmente la conversación con el reportero, le pareció tan absurda que no pensó que pudiera significar nada para el mundo exterior. Entonces, se acercó también el hombre.

– ¿Podemos hacer algo? -preguntó.

David negó con la cabeza y se fue de allí. Se detuvo fuera del quiosco frente a las portadas.

«Magnus…».

Si alguno de los padres que había visto la televisión por la mañana se lo había contado a sus hijos, entonces Magnus se enteraría por esa vía. ¿Estaba la gente tan mal de la cabeza? ¿Debería volver en busca de Magnus?

Era incapaz de pensar. En vez de eso, entró en el quiosco, compró los dos periódicos y se sentó en un banco a leerlos. Después tenía pensado ir al Centro de Medicina Forense del Instituto Karolinska para enterarse de qué demonios estaban haciendo con ella.

Le costaba concentrarse en la lectura. Las palabras que había captado en la conversación de los otros padres seguían dándole vueltas en la cabeza.

«Película de terror… zombis…».

Él no veía nunca películas de terror, pero hasta ahí sí llegaba; los zombis eran algo peligroso. Algo frente a lo que las personas debían protegerse. Se frotó con fuerza los ojos y concentró la vista en las imágenes, en el texto.

El ascensor arranca con una sacudida. Oigo gritos a través de las gruesas paredes de cemento. La planta del depósito de cadáveres aparece a través de la ventana del ascensor.

El texto, por lo demás estrictamente informativo, terminaba con un alegato que de repente hizo reaccionar a David. Al final, el periodista -Gustav Mahler, leyó David- de pronto, y totalmente fuera de lugar, había dejado oír su propia voz.

sin embargo, debemos preguntarnos: ¿no son los familiares los que deben decidir qué se debe hacer? ¿Pueden las autoridades tomar decisiones por su cuenta en un asunto que, en el fondo, es una cuestión de cariño? A mí no me lo parece, y creo que somos muchos.

David bajó el periódico.

«Sí», pensó, «en el fondo es una cuestión de cariño».

Se guardó la prensa en la bolsa como si fuera un apoyo silencioso y paró un taxi para ir hasta Solna, el lugar donde Eva estaba retenida.

Vällingby, 08:00

Mahler creía que sólo había dado una cabezada cuando sonó el despertador, pero había dormido tres horas sentado en el sillón. Parecía como si su cuerpo formara parte del mueble y resultara difícil separarlo de él. Elias estaba tumbado en el sofá con la cabeza a su lado. El periodista alargó el brazo y colocó un dedo en la mano de Elias, que reaccionó y se lo apretó.

Recordó vagamente haber escrito un texto para el periódico y se angustió. ¿Había escrito algo sobre su nieto? En cierto modo lo había hecho, pero no podía recordarlo con exactitud. La redacción había sido un puro arrebato de letras y cigarrillos que había durado cuarenta y cinco minutos. Después se había sentado en el sofá y se había adormecido.

Fuera, había otras muchas cosas en las que pensar. Se levantó del sillón y fue hasta el balcón, encendió un cigarrillo y se apoyó contra la barandilla. Hacía una mañana preciosa. El cielo era azul claro, y aún no hacía mucho calor. Una brisa suave animó el ascua del cigarrillo y le acarició el pecho. Tenía todo el cuerpo pegajoso de sudor reseco y la camisa tiesa, grasienta. El humo que aspiraban sus pulmones le sabía a calor pesado.

Miró por el patio hacia las ventanas de Anna.

«Tengo que contárselo».

Ella iría a visitar la tumba a las diez y vería lo ocurrido. Debía ahorrarle aquel sobresalto, pero estaba asustado; no tenía ni idea de cómo iba a reaccionar ella. Después de la muerte de Elias sólo una película muy fina la había librado de caer en la oscuridad total. Quizá se rompiera ahora. Había un detalle que hablaba en contra de ello: Anna no quiso incinerar a Elias. Ella quería tener la piel de Elias, su cara, sus huesos para pensar en ellos, abajo en la tierra. Ella deseaba tenerlo presente. Quizá eso hiciera que ahora también pudiera superar esto. Quizá.

Gustav apagó el cigarro, respiró profundamente, tanto como se lo permitieron sus pulmones, y volvió a entrar.

Ahora, después de respirar el aire de fuera, notó lo mal que olía el cuarto. Olía a tabaco y a polvo, y además se notaba un olor fuerte, penetrante, a…

«¿Cómo se llama?».

… Havarti. Queso curado. Ese aroma que se quedaba en los dedos, en la memoria olfativa, horas después de haber abierto el plástico. El olor se volvió más intenso cuando permaneció quieto, respirando por la nariz. El abdomen del redivivo estaba hinchado como un balón, durante la noche había saltado otro de los botones del pijama, y ya sólo le quedaba el del cuello.

«Ella no puede verlo así».

* * *

Mahler llenó de agua la bañera hasta la mitad, después llevó a Elias hasta el cuarto de baño y le desvistió. Pronto se acostumbraría. Pronto desaparecería la sensación de extrañeza.

La piel del niño era de color verde oscuro, aceitunada, y parecía fina, puesto que Mahler podía ver con claridad las venas por debajo de ella. Tenía el tronco cubierto de pequeñas ampollas llenas de líquido, como si tuviera la varicela. Ojalá pudiera expulsar aquellos gases que le hinchaban tanto la tripa. Eso haría que Elias pareciera menos monstruoso, sería posible mirarlo como si… como si hubiera sufrido quemaduras o cualquier otra cosa.

La cara de Elias permaneció inmóvil mientras le quitaba la ropa. Mahler no sabía si veía algo. Sus ojos asomaban sólo como dos gotas de resina seca bajo los párpados caídos.

Mahler lo colocó con cuidado dentro de la bañera. El pequeño no protestó. Cuando el agua se cerró alrededor de su cuerpo, él expulsó un eructo de aire podrido. Llenó de agua el vaso del cepillo de dientes y se lo acercó a los labios. Como Elias no hizo ningún movimiento para beber, Mahler volcó el vaso de manera que cayera algo de agua dentro de la boca. Volvió a salir.

Entonces el periodista recordó algo. Algo que había leído sobre Haití, acerca de lo que necesitan los muertos que resucitan.

Tuvo que controlar el impulso de ir hasta la estantería y comprobarlo, no podía dejar a Elias solo en la bañera. Con una esponja le lavó minuciosamente todas las partes del cuerpo. Lo peor eran los dedos de las manos y de los pies, y el pene. Tenían el color azul oscuro de la gangrena y carecían absolutamente de vida.

Por último le lavó la cabeza. Mientras le frotaba el champú por el pelo, cerró los ojos y pudo fingir por un momento. No notaba ninguna diferencia en comparación con cuando antes le lavaba la cabeza a Elias. Pero en el momento en que abrió los ojos para aclararle, vio que se le habían quedado mechones entre los dedos.

«No, no…».

Le enjuagó el cabello con una jarra, no se atrevió a secárselo por miedo a que se le cayera más. El agua de la bañera estaba marrón y Mahler quitó el tapón, luego lo aclaró con agua templada de la ducha.

«La tripa…, esa tripa…».

Mahler le puso a Elias la mano sobre el vientre y apretó suavemente. Como no ocurrió nada, apretó un poco más fuerte. El vientre cedió y se oyó el burbujeo. Apretó aún más. El burbujeo continuó, como cuando uno saca despacio el aire de un globo; del recto le salió un líquido marrón claro, que fue buscando el desagüe de la bañera, y subió un olor que obligó a Mahler a darse media vuelta, abrir la tapa del váter y vomitar.

«Esto va bien… Esto va bien…».

Sí. Elias tenía ahora mejor aspecto, según pudo constatar cuando se volvió. Su cuerpo ya no se parecía al de las víctimas del hambre, pero la piel…

Mahler lo aclaró otra vez y lo sacó de la bañera, lo envolvió en una toalla blanca y lo llevó hasta la cama, buscó un tubo de crema hidratante y le frotó con cuidado cada centímetro de su cutis acartonado. Para su satisfacción, la piel, tras un minuto, parecía igual de seca que antes. Eso quería decir que absorbía la pomada. Le volvió a untar el cuerpo con crema una y otra vez, hasta que vació el contenido del tubo.

Cuando pellizcó un trozo de piel de Elias entre el índice y el pulgar, notó que estaba menos dura que antes. Menos como cuero, más como goma. Pero igual de reseca. Tendría que comprar más crema.

El trabajo le proporcionó un poco de alivio. Conseguir que su piel fuera más suave era lo primero que él había podido hacer por Elias, la única mejoría que había conseguido.

«Haití…».

No tuvo necesidad de leerlo; lo recordó.

Fue a la cocina y llenó un vaso con agua hasta la mitad, luego añadió una cucharadita de sal y lo removió hasta que se deshizo la sal. La probó. Saladísima. Llenó el vaso de agua, lo movió y volvió a probarlo. Tiró la mitad y volvió a echar agua. Sí. Ahora sabía más o menos como el agua del mar.

Al entrar en la habitación, le asaltó la duda. A los enfermos graves solían darles glucosa, suero glucosado. Él solo podía apoyarse en la mitología para justificar su decisión.

«De todas formas, esto no puede ser… peligroso, ¿verdad?».

La llama vital de Elias era terriblemente débil. Parecía como si no hiciera falta mucho para que se apagara totalmente. ¿Un trago de agua salada no iría a…?

Se quedó sentado en el borde de la cama con el vaso de agua en la mano.

Haití era el único lugar del mundo donde estaba extendida la creencia en los zombis. Y lo que necesitan los muertos cuando vuelven al mundo de los vivos es agua de mar. En toda mitología hay algo de verdad, si no no habría sobrevivido. Así pues…

Colocó la mano detrás de la cabeza de Elias y se le mojó con el pelo cuando lo levantó, lo sentó y le acercó el vaso a los labios, lo inclinó y dejó caer dentro un poco de agua. La garganta del pequeño se movió hacia arriba con un pequeño espasmo. Y hacia abajo. Tragó.

Mahler tuvo que dejar el vaso en la mesilla para coger a su nieto en brazos. Debió contenerse para no darle un abrazo de oso que pudiera lastimar alguna parte de su frágil cuerpo.

– Tú puedes, pequeño. ¡Tú puedes!

Elias ni se movió, su cuerpo seguía tan rígido como antes, pero había hecho algo. Había bebido.

Quizá la alegría de Mahler no residía tanto en la señal de vida de su nieto como en el hecho de que él podía hacer algo por el niño. No tenía que quedarse de brazos cruzados mirándolo. Podía ponerle crema en la piel, podía darle de beber. Quizá había más cosas que él podía hacer, pero eso el tiempo lo diría. Ahora…

Animado por el éxito, volvió a coger el vaso, se lo acercó a la boca, pero lo vertió demasiado rápido, y se le escurrió. La garganta ni se movió.

– Espera… Espera…

Gustav fue corriendo a la cocina, rebuscó en el cajón de las medicinas una jeringa de plástico que le habían dado en la farmacia junto con el frasco de paracetamol líquido que compró una vez que Elias tuvo fiebre. Llenó la inyección con agua salada del vaso, e introdujo con cuidado un centilitro entre los labios de Elias. Éste bebió. Mahler continuó hasta que la inyección quedó vacía. Entonces la volvió a llenar. Diez minutos después, Elias se había bebido todo el vaso y Mahler volvió a recostar la cabeza mojada de su nieto sobre las almohadas.

No se había producido ningún cambio visible, pero sólo el hecho de que Elias, según parecía ahora, tuviera una voluntad, o al menos un impulso de asimilar algo de fuera…

Mahler le arropó en la cama, luego se tumbó a su lado.

Elias seguía oliendo mal, pero el baño se había llevado lo peor de la pestilencia. Además, el hedor se mezclaba ahora con el olor a jabón y a champú. Mahler giró la cabeza sobre la almohada y entornó los ojos, trató de ver a su nieto, pero fue imposible. Su perfil suave aparecía completamente cambiado por aquellos pómulos prominentes, la nariz hundida, los labios.

«No está muerto. Vive. Se pondrá bien…».

Mahler se quedó dormido.

* * *

En el despertador de la mesilla eran las diez y media cuando le despertó el teléfono. Lo primero que pensó fue: «¡Anna!».

No había hablado con ella; quizá había ido ya al cementerio. Echó una mirada rápida a Elias, que seguía como él lo había dejado, luego cogió el teléfono.

– Sí, soy Mahler.

– Soy yo, Anna.

Mierda. Idiota. ¿Cómo había podido quedarse dormido? La voz de su hija sonaba destrozada, temblorosa. Había estado en Råcksta. Mahler sacó las piernas de la cama, se sentó.

– Sí… Hola. ¿Cómo estás?

– Papá, Elias ha desaparecido. -Mahler tomó aire para contárselo, pero no tuvo tiempo, Anna continuó-: Acaban de estar aquí dos hombres preguntando si yo… si yo había… Papá, es que… esta noche… los muertos se han despertado por todas partes.

– ¿Quiénes eran esos hombres?

– ¡Papá, escucha lo que te digo! ¡Escucha lo que te digo! -Parecía histérica, a punto de gritar-. Los muertos se han despertado y Elias… me dijeron que su tumba…

– Anna, Anna, tranquilízate. Está aquí. -Mahler miró a Elias, su cabeza descansaba sobre la almohada, le acarició la frente con la mano-. Está aquí. En mi casa. -Se hizo un silencio al otro lado del hilo-. ¿Anna?

– ¿Está… vivo? ¿Elias? ¿Me estás diciendo que…?

– Sí. Bueno… -Se oyeron unos golpes en el teléfono-. ¿Anna? ¿Anna? -A través del auricular, a lo lejos, oyó abrirse y cerrarse una puerta.

«Joder…».

Se levantó, aún medio dormido. Anna venía hacia acá. Él debía…

¿Qué debía hacer?

«Aliviar, tranquilizar…».

Las persianas del dormitorio estaban bajadas, pero no bastaba para ocultar el aspecto de Elias. Mahler sacó rápidamente una manta del armario y la colgó encima de la barra de las cortinas. Se colaba algo de luz por las rendijas de los lados, pero la habitación estaba bastante más oscura.

«¿Debería encender una vela? No, entonces va a parecer un velatorio».

– ¿Elias? ¿Elias?

No hubo respuesta. Con manos temblorosas, Mahler absorbió con la jeringuilla lo que quedaba en el vaso y se lo acercó a los labios a Elias. Quizá fuera sólo un espejismo, puesto que la habitación estaba muy oscura, pero Elias no sólo bebió, a Mahler le pareció que incluso llegó a mover un poco los labios para sujetar con ellos la jeringa.

No tuvo tiempo de pensar en ello, porque oyó cómo se abría escaleras abajo la puerta del portal y fue hacia la entrada para encontrarse con su hija. Pasaron diez segundos durante los cuales se le desbocaron las ideas; luego, sonó el timbre, respiró profundamente y abrió la puerta.

Anna vestía sólo una camiseta y las bragas. Iba descalza.

– ¿Dónde está? ¿Dónde está?

Entró corriendo en el apartamento, pero Gustav la agarró y la sujetó.

– Anna… escúchame un momento… Anna…

Ella forcejeó.

– ¡Elias! -gritó, e intentó soltarse.

– ¡ESTÁ MUERTO, ANNA! -rugió Mahler a todo pulmón.

Ella dejó de pelear, le miró desconcertada, parpadeó y dijo con labios temblorosos:

– ¿Muerto? Pero… pero… si has dicho… si has dicho…

– ¿Puedes escucharme un momento?

Anna se quedó de repente sin fuerzas, se habría desplomado allí mismo si Mahler no la hubiera cogido y la hubiera sentado en una silla al lado del teléfono. Su cabeza se agitaba de un lado a otro como movida por una fuerza invisible. Mahler se puso delante de su hija, bloqueándole el camino hacia el dormitorio, se agachó y la tomó de la mano.

– Anna. Escúchame. Elias vive…, pero está muerto.

Ella sacudió la cabeza y se apretó las sienes con las manos.

– No entiendo, no entiendo qué dices, no entiendo…

Él le sujetó la cabeza entre las manos con firmeza y la obligó a mirarle a los ojos.

– Ha permanecido un mes bajo tierra. No parece el de antes. En absoluto. Tiene un aspecto… bastante desagradable.

– Pero ¿cómo puede haber…? Tiene que…

– Anna, no sé nada. Nadie lo sabe. Elias no habla ni se mueve. Es Elias y está vivo. Pero está muy cambiado. Está… como muerto. Tal vez se pueda hacer algo, pero…

– Quiero verlo.

Él asintió.

– Sí, claro que quieres, pero debes estar preparada para… Intentar estar preparada para…

«¿Para qué? ¿Cómo puede alguien estar preparado para una cosa así?».

Mahler se hizo a un lado. Anna continuó sentada en la silla.

– ¿Dónde está?

– En el dormitorio.

Ella apretó los labios y se inclinó ligeramente hacia delante para poder ver la puerta del dormitorio. Se había tranquilizado. Ahora parecía más bien asustada.

– ¿Está… destrozado? -inquirió, indecisa, señalando la puerta con la mano. Miró a su padre con ojos suplicantes. Él negó con la cabeza.

– No. Pero está… deshidratado. Está… negro.

Anna se cruzó con fuerza las manos sobre la rodilla.

– ¿Fuiste tú quién…?

– Sí.

Ella asintió y dijo con la voz apagada:

– Me lo preguntaron.

Y, levantándose, se encaminó hacia la puerta del dormitorio. Mahler la siguió, medio paso detrás. Mentalmente iba repasando el contenido del cajón de las medicinas, a ver si tenía algún tranquilizante en caso de que Anna… No. No tenía ningún tranquilizante. Sólo sus palabras, sus manos. En la medida en que pudieran servir de algo.

* * *

Anna no se derrumbó. No gritó. Se acercó despacio al lecho y miró lo que había en él. Se sentó al borde de la cama. Después de permanecer así un minuto sin decir nada, le rogó:

– ¿Puedes salir un momento, por favor?

Mahler salió y cerró. Se quedó detrás de la puerta escuchando. Al cabo de un rato oyó un sonido como de un animal herido, un gemido prolongado, monótono. Él se mordió los nudillos, pero no abrió la puerta.

Después de cinco minutos reapareció Anna. Tenía los ojos rojos, pero parecía entera. Al salir cerró la puerta con cuidado. Entonces fue Gustav quien se puso nervioso. Aquello no era lo que él había esperado. La mujer fue hasta el sofá y se sentó, Mahler la siguió, se sentó a su lado y le cogió la mano.

– ¿Qué tal?

Anna estaba mirando la pantalla apagada del televisor con ojos inexpresivos.

– No es Elias -afirmó.

Mahler no dijo nada. El dolor del pecho se le extendió por el hombro y el brazo, de modo que se reclinó en el sofá e intentó ordenar al corazón que se tranquilizara, que dejara de fibrilar. Retorció la cara en un gesto de dolor cuando una mano ardiendo le agarró el corazón, se lo apretó… y soltó. Los latidos volvieron a su ritmo habitual. Anna no había notado nada.

– Elias ya no existe -dijo.

– Anna… yo… -jadeó Mahler.

Anna asentía a su propia afirmación, y añadió:

– Elias está muerto.

– Anna, yo estoy… seguro de que…

– No me entiendes. Sé que es el cuerpo de Elias. Pero Elias ya no existe.

Él no supo qué decir. Los calambrazos en el brazo remitieron, dejando su cuerpo relajado, la tranquilidad después de ganar una batalla.

– Entonces, ¿qué quieres hacer? -inquirió con los ojos cerrados.

– Cuidar de él, por supuesto. Pero Elias ha desaparecido. Existe en nuestros recuerdos. Ahí debe permanecer. En ningún otro sitio.

– Sí… -respondió Mahler con un asentimiento. No sabía lo que quería decir con eso.

Solna, 08:45

El taxista se había pasado la noche llevando pacientes desde Danderyd y hablaba de lo estúpida que era la gente. Tenían miedo de los muertos como lo tenían de los fantasmas o de los aparecidos, cuando ése no era para nada el problema. El problema eran las bacterias.

– Tira el cadáver de un perro a un pozo. Después de tres días el agua está tan emponzoñada que se corre el riesgo de morir si se bebe de esa agua. O fíjate en la guerra de Ruanda; decenas de miles de muertos, sí, pero eso no fue lo peor. La gran tragedia fue el agua. Los muertos fueron arrojados a los ríos y murió aún más gente por la falta de agua, o por beber la que había.

Las bacterias que los muertos traían consigo. Ése era el gran peligro.

David Zetterberg advirtió que el conductor llevaba una caja de pañuelos de papel en el salpicadero, debajo del taxímetro. No sabía si era verdad lo que decía aquel hombre, pero el simple hecho de que lo creyera…

Él dejó de escucharle cuando el taxista empezó a hablar de las esporas halladas en el cometa procedente de Marte que había aterrizado hacía cuatro años. Era evidente que aquel tipo estaba obsesionado, y David no le prestó atención mientras seguía hablando de unos resultados secretos.

«¿Tendrán pensado hacerle la autopsia? ¿Se la habrán hecho ya?».

Cuando llegaron a las inmediaciones del Instituto Karolinska, el taxista le preguntó la dirección exacta.

– Medicina Forense -contestó David.

El conductor se quedó mirándolo.

– ¿Trabaja allí?

– No.

– Mejor para usted.

– ¿Y eso?

El taxista meneó la cabeza y, con el tono de quien está revelando un secreto, dijo:

– Digamos que… buena parte de esa gente está bastante pirada.

Cuando David se bajó del vehículo junto a un edificio de ladrillo bastante anodino, el taxista le guiñó el ojo.

– Suerte… -le deseó antes de marcharse.

Se dirigió a recepción y explicó el motivo de su visita. La recepcionista, que, por cierto, parecía no tener ni idea de lo que le estaba hablando, tuvo que hacer varias llamadas hasta que al final dio con la persona indicada, y le pidió a Zetterberg que se sentara y esperase.

En la sala de espera sólo había dos sillas con la tapicería ribeteada. Él se ahogaba en aquel ambiente, y justo cuando estaba a punto de levantarse y salir a esperar al aparcamiento, apareció alguien a través de las puertas de cristal que daban a la parte interior.

David, sin pensar en ello, había esperado que apareciera un tipo de dos metros con la bata manchada de sangre, pero salió a recibirle una mujer menuda de unos cincuenta años, con el cabello corto y cubierto de canas, y los ojos azules protegidos detrás de unas gafas enormes. Ni siquiera había una mancha de sangre en la bata blanca. Ella le tendió la mano.

– Hola. Soy Elisabeth Simonsson.

David le estrechó la mano. El apretón fue fuerte y seco.

– David. Yo… Eva Zetterberg es mi mujer.

– Sí. Lo entiendo. Siento la…

– ¿Está aquí?

– Sí.

Pese a su determinación, a David le puso nervioso la mirada inquisitiva que le echó aquella mujer, como si buscara en sus entrañas las huellas de un crimen. Él se cruzó los brazos sobre el pecho para protegerse.

– Me gustaría verla.

– Lo siento. Entiendo cómo se siente, pero no puede ser.

– ¿Y eso por qué?

– Porque estamos… examinándola.

Él hizo una mueca. Había advertido la brevísima pausa antes de pronunciar la palabra «examinándola». Ella había pensado decir otra cosa. Él cerró el puño y dijo:

– ¡No pueden hacer esto!

Elisabeth ladeó la cabeza.

– ¿El qué? ¿A qué se refiere?

Zetterberg estiró los brazos hacia la puerta por la que ella había salido, hacia las salas.

– ¡Joder, que no podéis hacerle la autopsia a alguien que vive!

Ella parpadeó, y después hizo algo que sorprendió a David. Se echó a reír. Aquella cara pequeña quedó surcada por una red de arrugas causadas por la risa que enseguida desaparecieron. La mujer agitó la mano.

– Perdona -se disculpó; echó las gafas hacia atrás y continuó-: Comprendo que estés… pero no tienes que preocuparte por eso.

– No, ¿qué es lo que hacéis entonces?

– Pues lo que te he dicho. La estamos examinando.

– Pero ¿por qué lo hacéis aquí?

– Porque… yo, por ejemplo, soy toxicóloga forense, es decir, que estoy especializada en la detección de sustancias extrañas en los cuerpos muertos. Nosotros la estudiamos bajo el supuesto de que, digamos que… se haya introducido algo que no debería estar ahí. Exactamente igual que lo hacemos cuando sospechamos que puede tratarse de un asesinato.

– Pero vosotros… vosotros aquí cortáis a la gente, ¿no?

La mujer arrugó la nariz ante esa descripción de su lugar de trabajo, pero asintió y dijo:

– Sí, lo hacemos. Porque tenemos que hacerlo. Pero en este caso… nosotros disponemos de instrumentos que no hay en ningún otro sitio. Que pueden usarse también cuando no… cortamos a la gente.

David se sentó en la silla, apoyó la cara en las manos. Sustancias extrañas… algo que se le ha introducido. No entendía qué era lo que andaban buscando. Sólo sabía una cosa.

– Quiero verla.

– Por si te sirve de consuelo, te diré que todos los redivivos han sido aislados. -Su voz se tornó más cercana-. Hasta que sepamos más. No eres tú solo.

Él elevó las comisuras de los labios en una mueca.

– Es por las bacterias, ¿no?

– Sí, entre otras cosas.

– ¿Y si yo me cago en las bacterias? ¿Si digo que quiero verla igual?

– Pues no sirve de nada. Tendrás que disculparme. Entiendo cómo te…

– No lo creo. -David se levantó de la silla y se dirigió hacia la puerta. Antes de salir se volvió-. Puede que esté equivocado, pero no creo que tengáis derecho a actuar así. Yo voy a… voy a hacer algo.

La mujer no respondió. Sólo se quedó mirando a David con una cara de lechuza compasiva que a él le puso furioso. La puerta retumbó amortiguada contra el tope cuando le dio un empellón y salió al aparcamiento.

ANEXO 1

– ¿No es Fingal Olsson el que está ahí sentado?

– ¿Fingal Olsson? Pero si ha muerto.

– Ya. Pero se está moviendo.

Hasse & Tage

RECORTES DE PRENSA

Aftonbladet, 14 de agosto de 2002.

LOSDESENTERRADOS INTENTARON ESCAPAR

Los militares abrieron anoche las tumbas del cementerio.

El anciano de 87 años murió hace seis semanas y su cuerpo se encuentra en avanzado estado de descomposición, pero vive y esta mañana temprano trató de escapar de los soldados que abrieron su tumba. Se vivieron escenas estremecedoras cuando el ejército acometió la tarea de controlar no menos de 200 tumbas en el cementerio de Skogskyrkogården, en Estocolmo.

«Esto es terrible, lo peor que he visto en mi vida», asegura un soldado.

Esta noche a la 1:30 se puso de manifiesto que los temores eran fundados: los enterrados viven. El periódico Aftonbladet estuvo en el lugar de los hechos cuando los soldados iniciaron sus trabajos en el citado cementerio. El octogenario fue el primero al que desenterraron. Estaba vivo, aunque ya habían pasado seis semanas desde su entierro. Su cuerpo se encontraba en un avanzado estado de descomposición. El hombre intentó escapar de allí, pero se lo impidieron. En el forcejeo se le desprendieron algunos trozos de carne. Con ayuda del sudario, al fin consiguieron obligarlo a tumbarse en el suelo. Fueron necesarias dos personas para sujetarlo.

Intentan escapar

«No nos queda más remedio, pero es sólo provisional», aseguró el coronel Johan Stenberg a propósito de la alambrada que los soldados estaban empezando a levantar en ese momento. La unidad de ingenieros instaló una valla para retener a los muertos. Mientras tanto fueron desenterrando los ataúdes, pero sin abrirlos.

«No es agradable, ¿pero qué demonios vamos a hacer?», dijo el coronel Stenberg, encogiéndose de hombros. A las 2:30 estuvo listo el cercado y el cementerio se llenó de personal militar. No se veían por ninguna parte los transportes sanitarios. Empezaron a abrir los ataúdes y se encontraron con un espectáculo aterrador.

Los muertos, tambaleándose y a tientas, intentaban salir de allí. Unos cuantos trataron de escapar de los militares, pero fueron detenidos rápidamente.

Presión psicológica

«Esto es el infierno en la tierra», declaró, apático, un recluta sentado junto al cercado. Detrás de él había quince muertos zarandeando la valla. «Nos miraban fijamente con las cuencas de los ojos vacías». El soldado se tiró de bruces al suelo y se tapó los oídos con las manos.

«Contábamos con ello» dijo Johan Stenberg. «Por eso hemos traído tanto personal. Es una pena lo de ese chaval. No ha soportado la presión psicológica».

Era evidente que el coronel no decía lo que pensaba.

La llegada de las ambulancias

Tuvieron tiempo de desenterrar a otros tres difuntos antes de que aparecieran las ambulancias. Se produjeron altercados en diversos sitios. El mando se vio obligado a intervenir para poner fin a varias peleas. A la hora de cerrar esta edición, la situación en el cementerio estaba muy cerca del caos. Es posible que se hayan fugado algunos redivivos. Se pide a la gente de las inmediaciones que mantenga las puertas cerradas. Hoy se abrirán el resto de las tumbas y luego el trabajo continuará en los otros dieciocho cementerios de la ciudad.

EDITORIAL,EXPRESSEN

Lo imposible ha sucedido esta noche: han vuelto a la vida 2.000 suecos declarados muertos o enterrados. Cómo es posible y qué va a pasar está por ver, pero desde este momento podemos hacernos una pregunta elemental: después de esto, ¿podemos considerar la muerte como el final?

Probablemente, no.

Una de las definiciones del ser humano es que es un animal consciente de que va a morir. Quizá el único. Los acontecimientos de la pasada noche nos van a obligar a reformular las premisas de nuestra existencia.

La muerte es un sinónimo con el que nos referimos al cese de las reacciones y procesos físico-químicos que se producen dentro del organismo. Prescindiendo de las interpretaciones religiosas o paranormales, sólo nos queda una explicación: el mecanismo biológico que es nuestro cuerpo posee la capacidad de reiniciar el metabolismo. Aún no hay ningún resultado científico que lo pruebe, pero todo apunta en esa dirección.

Todos los síntomas clásicos de muerte han quedado obsoletos. Sencillamente, ya no existe la posibilidad de declarar muerto a nadie. Todos pueden revivir.

Durante la década de los ochenta surgió una moda llamada criogenia. Los ricos estipulaban en sus testamentos que sus cuerpos se conservaran congelados después de la muerte. Hay miles de personas conservadas de esta manera, sobre todo en EE UU.

No sería sorprendente que la tan ridiculizada criogenia experimentara un nuevo auge. Al menos tendremos que establecer algún procedimiento que nos permita conservar nuestros cuerpos muertos.

Cabe suponer que los científicos podrán determinar qué es lo que ha hecho que revivan los muertos. Cabe suponer también que podrán repetir los resultados. Los anticuerpos contra una enfermedad se pueden producir a partir de la sangre de un paciente que ha vencido esa enfermedad. Pues bien, esta noche hemos visto a miles de personas venciendo a la muerte. ¿Qué conclusiones podremos extraer?

Nuestro actual sistema de tratamiento del cadáver de un ser humano se basa principalmente en su destrucción. Bien sea de forma rápida mediante la incineración, bien lentamente mediante su descomposición bajo tierra.

En el futuro cada uno tendrá que poder decidir lo que va a suceder. Dentro de un mes, de un año o de diez quizá dispongamos de algún remedio contra la muerte.

¿Quién querrá entonces estar incinerado?

RADIO

MORGONEKOT [8], 6:00

fuentes del ejército nos informan en este momento de que quedan más de 150 sepulcros por abrir. Todos los cementerios de Estocolmo permanecerán cerrados al público durante el resto del día…

aún faltan 12 personas. En tres de los casos se trata de tumbas que han sido encontradas abiertas, y en las que el muerto ha desaparecido…

en estos momentos tiene lugar la rueda de prensa en el edificio del Parlamento…

MORGONEKOT, 7:00

Los familiares de los redivivos se han concentrado en las inmediaciones del hospital de Danderyd. El jefe de servicioSten Bergwall declara a Ekot que, de momento, no se permiten las visitas.

«Sabemos muy poco aún. Los redivivos se encuentran aislados, pero reciben la mejor atención sanitaria posible. Autorizaremos las visitas tan pronto como se consideren seguras. Puede ocurrir hoy o dentro de una semana».

Comunicación desde la sala donde acaba de finalizar la rueda de prensa.

Ministro de Sanidad: En el consejo de ministros celebrado esta noche hemos decidido paralizar todos los enterramientos e incineraciones por tiempo indefinido. Lo cierto es que las cuatro personas que han fallecido en Estocolmo posteriormente no han mostrado ninguna señal de despertar, pero…

Periodista: ¿Hay sitio para guardar tantos cuerpos?

Ministro de Sanidad: Sí, de momento sí lo hay. Los depósitos de cadáveres no han estado nunca tan vacíos.

Periodista: ¿Pero más adelante?

Ministro de Sanidad: Más adelante… ya se verá. Como usted comprenderá, hay muchas cosas en las que… pensar en una situación como ésta.

la policía ya ha encontrado a dos de los redivivos que faltaban. En ambos casos los familiares los habían escondido en sus casas.

MORGONEKOT, 8:00

el personal de Danderyd con el que ha hablado Ekot afirma que la situación en el hospital ha sido caótica a lo largo de la noche. La colaboración entre el personal sanitario ha sido imposible en algunas secciones.

Por eso, en una reunión de urgencia celebrada esta mañana temprano, se decidió incorporar personal de distintas secciones para contrarrestar los conflictos…

llegan también declaraciones del ejército que aluden a ciertos fenómenos al estar en contacto directo con un grupo grande de redivivos…

Sten Bergwall habla de problemas prácticos sobre todo a la hora de alojar a los redivivos desenterrados:

– Sí, técnicamente están muertos, con todo lo que eso significa para el organismo humano. Para explicarlo claramente, nosotros hemos tenido aquí gente toda la noche con material para poder convertir nuestras salas normales en salas frigoríficas… Por razones éticas preferimos no utilizar el depósito de cadáveres, pero… estamos hablando de cerca de 2.000 personas…

en la empresa de servicios funerarios Fonus dicen que, por supuesto, seguirán las recomendaciones del gobierno, pero exigen una respuesta rápida, por razones técnicas de personal…

TELEVISIÓN

TV4. NOTICIAS DE LA MAÑANA. 8:30

Se hallan presentes en el estudio STEN BERGWALL (SB), jefe de servicio en Danderyd, el coronel JOHAN STENBERG (JS) y RUNO SAHLIN (RS), doctor en Parapsicología.

Entrevistador: Vamos a empezar por la cuestión práctica. ¿Cuántos redivivos hay en estos momentos en Danderyd?

SB: 1962. Puede que haya llegado alguno más mientras estamos aquí.

Entrevistador: Según tengo entendido, ¿algunos de los redivivos han… muerto otra vez en el transcurso de la noche?

SB: Es cierto.

Entrevistador: ¿Se conoce la causa?

SB: No. La verdad es que no, pero se trata sobre todo de redivivos que estaban en… muy malas condiciones desde el principio.

Entrevistador: ¿Y cómo se sabe que han fallecido?

SB: [Sonríe] Podría decirle que «eso se nota simplemente», porque es así, pero más concretamente hay cierta… actividad eléctrica en el córtex mensurable con el EEG, y cuando esa actividad cesa, entonces está uno muerto, según el concepto de muerte vigente. Y los EEG que se han hecho a los redivivos muestran la reanudación de una cierta actividad cerebral rudimentaria.

Entrevistador: Johan Stenberg, se habla de fenómenos telepáticos…

JS: Sí.

Entrevistador: ¿Es cierto que quienes habéis estado en contacto directo con los redivivos habéis podido leer sus pensamientos?

JS: No. Esos fenómenos de los que se ha informado sólo afectan a los vivos.

Entrevistador: ¿Podéis contarnos algo de los conflictos surgidos?

(JB mira a SB, deja que responda él).

SB: Sí, yo no sé lo que ha pasado en los cementerios, pero es cierto que nosotros en el hospital hemos tenido… desencuentros.

Entrevistador: ¿Debido a que podíais leeros los pensamientos unos a otros?

SB: Siempre surgen conflictos en todos los grupos de personal, y tienden a aflorar en una situación de estrés. No tenemos ninguna prueba evidente de que la… lectura de los pensamientos haya sido la causa.

Entrevistador: Runo Sahlin…

RS: A mí me parece extraordinario que haya aquí dos personas adultas negando hechos evidentes sólo porque da la casualidad de que no encajan con su idea del mundo, y los hechos son éstos: cuando se junta un grupo grande de redivivos se crea a su alrededor una especie de campo debido al cual las personas próximas se leen los pensamientos. Yo mismo he estado en Danderyd y lo he experimentado.

Entrevistador: Sten Bergwall, ¿cómo explicas tú eso?

SB: [Suspira] La actividad eléctrica de sus cerebros… la amplitud es a lo sumo de medio microvoltio y la frecuencia de las ondas alfa oscila entre uno y dos hercios. Esa frecuencia es, por lo tanto, similar a la de un recién nacido y la amplitud, es decir la intensidad eléctrica, es tan débil que… ¿Con qué podría compararla? Con la de alguien a punto de morir. Así de débil.

RS: Entonces, ¿intentas explicar dicho campo diciendo que se produce porque su actividad eléctrica es muy débil en vez de porque es muy fuerte?

SB: Lo que digo es que nunca hemos visto semejantes curvas en adultos vivos. No puede descartarse algún tipo de… efecto secundario. Estamos a la espera de los resultados del Instituto de Medicina Forense para entender cómo es siquiera posible que puedan vivir los cuerpos desde un punto de vista biológico. [Irónico, a RS] Pero tú a lo mejor tienes ya una explicación, ¿no?

RS: Sí. Yo creo que han regresado sus almas. [Ríe] Si yo hubiera estado aquí ayer por la mañana y os hubiera dicho: «Esta noche los muertos se van a despertar en sus tumbas», creo que habrías pensado no sólo que era poco serio, sino que estaba completamente pirado. La creencia en el alma es muy antigua y aún hoy es compartida por muchas personas. Existen pruebas de que la telepatía es posible…

SB: Las pruebas…

RS: Son poco consistentes, de acuerdo, pero es una posibilidad. No es totalmente descabellado. Que los muertos fueran a despertarse, eso sí que era imposible. Bien. Pues ahora lo han hecho. Sin embargo, vosotros seguís considerando la telepatía y la existencia del alma como algo absurdo.

Entrevistador: Johan Stenberg, ¿qué dices tú de esto?

JS: A mí me parece que el papel del ejército no es especular en asuntos teológicos. [Mirando a RS] Otros lo hacen mejor.

RS: Sí, vamos a ver: si hay un alma, debería estar compuesta de energía, alguna forma de energía. La fuente de este campo eléctrico que todos nosotros hemos experimentado no puede encontrarse en el cerebro. No. ¿Por qué negarse a aceptar que existe algo fuera del cuerpo que, sin embargo, pertenece al cuerpo, una materia trascendente que…?

JS: Disculpa a este simple coronel, pero yo nunca he oído otra cosa más que el alma estaría dentro del cuerpo.

RS: Cuando estamos vivos, sí; pero si se acepta que el cerebro funciona de una manera hasta ahora desconocida en este… estado de no muerte, ¿por qué no va a poder hacerlo el alma también? Si una cantidad grande de almas flota alrededor de los cuerpos, ¿no podría eso producir…? Cómo explicarlo…

Entrevistador: Nos queda poco tiempo. Para terminan ¿por qué creéis que ha pasado esto? ¿Johan Stenberg?

JS: Me reservo mi opinión sobre este tema.

Entrevistador: ¿Sten Bergwall?

SB: Como ya he dicho: seguimos a la espera de los resultados.

Entrevistador: ¿Runo Sahlin?

RS: Se ha cometido algún error. Algo se ha hecho mal y ha… roto el orden normal.

Entrevistador: Sí, eso es algo que quizá podamos suscribir todos. Ahora, vamos con el tiempo. ¿Camilla?

Camilla: Las altas presiones que han dominado el tiempo en Estocolmo durante las últimas semanas dejarán paso esta tarde a una borrasca procedente del oeste. Las lluvias serán abundantes por la tarde. En la foto del satélite podemos ver…

CNN. WORLD NEWS. 8:30(hora de Suecia)

… are now searching for explanations of the bizarre events in the Swedish capital. So far none have been found, but the simultaneous awakenings in different locations hint at a driving force. A military commander said this morning that a connection to terrorist activity cannot be ruled out…

(Imágenes del cementerio Skogskyrkogården tomadas a distancia. El cercado con muertos detrás, militares entre las tumbas).

TVE. INFORMATIVO. 8:30

aquí, en las ciudades y pueblos, muchas personas esperaban que sucediera lo mismo, pero es un fenómeno aislado que sólo ha afectado a la zona de Estocolmo y sus alrededores, donde la cifra de redivivos durante la noche ha llegado a los 2.000. Ni los médicos ni los sacerdotes pueden dar explicaciones a los familiares congregados esta mañana frente al hospital de Danderyd…

(Imágenes de cientos de personas fuera del Danderyd, un sacerdote extiende los brazos con gesto de resignación).

ARD TAGGESSCHAU.9:00

… die Forscher, die heute nacht damit beschäftigt waren, das Rätsel zu lösen. Auf der Pressekonferenz heute wurde mitgeteilt, dass einige Enzyme, die in toten Körpern normalerweise zerstört sind, es in den Wiederlebenden nicht seien. Im Moment untersucht man ob diese Enzyme tatsächlich dieselben sind, die lebendigen Körpern ihre Nahrung zuführen…

(Imágenes de archivo del laboratorio sueco; unos tubos de ensayo en un soporte).

TF1 JOURNAL. 13:00

qui sont sortis des cimetières et des morgues cette nuit. L'Office du Tourisme Français déconseille à tout le monde d'aller à Stockholm pour le moment. D'autres villes suédoises ne semblent pas être atteintes de ce phénomèneet là il n'y a pas de restrictions. Quand les habitants de Stockholm se sont réveillés ce matin, ils ont vu leur réalité changée. Pourtant la vie à la surface semble être retournée à la normale.

(Mezcla de imágenes del cementerio de Skogskyrkogården, de los muertos detrás de la valla, así como gente paseando por la calle de Drottninggatan).

14DE AGOSTO (II)

La fuerza verde que impulsa la flor

And if I came back from the grave for a while,

Would you, could you make a dead man smile?

ED HARCOURT,

This one's for you.

Vällingby, 11:55

Mahler empezó a ponerse nervioso cuando al cabo de tres cuartos de hora Anna aún no había vuelto. Salió al balcón y echó una ojeada a través del patio hacia el apartamento de ella. Le asaltó una reprobación de padre: «Qué criatura más lenta», y la reprimió de inmediato. Ahora debía mostrar respeto. Respeto y comprensión.

Durante los últimos años él había sido para Elias más un padre separado que un abuelo. Tal vez había tratado de recuperar lo que se había perdido cuando Anna era pequeña y él estaba metido de lleno en su carrera. Que él se quedara al cuidado del niño y fuera a recogerlo a la guardería, le había permitido a Anna vivir con una libertad que él pensaba que su hija aprovechaba mal, pero como ya sabía que a ella sus consejos le entraban por un oído y le salían por el otro -«a buenas horas piensas empezar a educarme», le había dicho-, intentó no juzgarla.

Además, probablemente la culpa de todo era de él. La incapacidad de Anna para comprometerse, mantener un trabajo o terminar unos estudios era un comportamiento aprendido. ¿Y quién se lo había enseñado? Sí, Gustav Mahler, periodista forjándose una carrera.

Se habían mudado cinco veces cuando ella era pequeña, a medida que él iba consiguiendo mejores trabajos en periódicos más grandes. Cuando Anna tenía nueve años y él finalmente se había asentado en la redacción de sucesos del periódico Aftonbladet, Sylvia, la madre de Anna, se había hartado de él y lo había abandonado. Aunque, en realidad, había sido él quien la había abandonado a ella mucho antes.

Así pues, seguro que había sido él quien había enseñado a su hija cómo había que vivir la vida. Ella había seguido medio curso los estudios de Psicología, y antes de dejarlo había aprendido lo suficiente para poder culparlo de todo a él, opinión que él compartía en su fuero interno, aunque nunca se lo dijo a ella, porque consideraba que cada persona era responsable de su propia vida. Al menos, en teoría.

Su relación con Anna estaba marcada por la indecisión. Él pensaba que ella debía dejar de escurrir el bulto, levantar la cabeza y recobrar el ánimo, al mismo tiempo creía que él tenía la culpa de que ella escurriera el bulto, no levantara la cabeza ni se animara. Sí. Ya se había enterado de que la culpa era suya, pero ella no lo sabía.

Mahler encendió un cigarrillo y sólo alcanzó a dar una calada antes de que salieran tres hombres del portal de Anna. Él se agachó y apagó el pitillo contra el suelo de cemento…

«… para que el enemigo no viera el humo…».

… y permaneció atento para escuchar si los hombres se dirigían a su portal. No. Salieron del patio hablando entre ellos. No distinguió lo que decían. Cortó el extremo ennegrecido del cigarrillo, volvió a encenderlo y le dio dos caladas. Le temblaban los dedos. Debían salir de allí cuanto antes.

Había cortado el teléfono y apagado el móvil por miedo a recibir alguna llamada que le dijera algo sobre lo que él debiera pronunciarse. Cuando estaba conectando el teléfono para poder revisar el contestador automático, se abrió la puerta de fuera y se quedó paralizado.

– ¿Papá?

Los dedos recuperaron la movilidad. Mahler desconectó el teléfono cuando Anna entró en el cuarto con una maleta en la mano. Ella dejó la maleta en el suelo, se acercó a la ventana del balcón y miró hacia fuera.

– Se han ido -dijo Mahler-. Les he visto.

Anna tenía el labio inferior en carne viva de tanto mordérselo.

– Han buscado por todo el apartamento. Apartaron el Lego… y miraron debajo de la cama. -Soltó un bufido-. Tíos hechos y derechos. Me dijeron que yo tenía que… que estaba obligada a dejar que ellos se hicieran cargo de él.

– ¿Quiénes eran?

– Policías y un médico. Traían papeles de algo de epidemia… Me dijeron que era ilegal que… y que era peligroso para Elias.

– ¿Tú no les dijiste que estaba aquí?

– No, pero…

Gustav asintió, bajó la tapa del portátil y recogió todos los cables necesarios.

– Tenemos que salir de inmediato.

– ¿Al hospital?

Mahler cerró los ojos con fuerza y se esforzó por mantener un tono de voz tranquilo.

– No. Anna. Al hospital no. A la casa de verano.

– Pero me han dicho…

– Me importa una mierda lo que hayan dicho. Nos vamos ahora mismo.

Cuando Mahler metió el ordenador en la bolsa y se volvió para entrar en el dormitorio, Anna estaba delante de la puerta con los brazos cruzados sobre el pecho.

– No eres tú quien decide esto -le espetó con voz fría y resuelta.

– Anna, ¿puedes quitarte de en medio? Hemos de irnos. Pueden venir aquí en cualquier momento. Coge tu maleta.

– No. No eres tú el que decide. Yo soy su madre.

Él frunció el ceño y mirando a Anna directamente a los ojos le dijo:

– Me parece estupendo que de repente sientas tal necesidad de comportarte como una madre, cosa que no has demostrado estos últimos años, pero pienso llevarme a Elias y luego tú puedes hacer lo que te dé la gana.

– Entonces llamo a la policía -replicó Anna, y el hielo de su voz comenzó a resquebrajarse, a ceder-. ¿No lo comprendes?

Mahler sabía manejar a las personas. Si él hubiera querido, con la voz suave y unas acusaciones más sutiles, habría conseguido convencer a su hija en dos minutos. Por consideración o por falta de tiempo no lo hizo, y en vez de eso dio rienda suelta a su enfado, lo cual a él le pareció que era jugar más limpio. Mahler dejó la bolsa encima de la mesa y señaló hacia el dormitorio.

– ¡Acabas de decir que no es Elias! Entonces, ¿cómo demonios vas a ser su madre?

Fue como abrir un paquete de café. Anna se vino abajo y empezó a llorar. Gustav se reprendió a sí mismo. Aquello no era en absoluto juego limpio.

– Anna, perdona. No quería decir…

– Lo has dicho. -Anna le sorprendió irguiéndose y secándose las lágrimas con el dorso de la mano-. Ya sé que importo un bledo.

– Ahora no estás siendo justa. -Mahler vio que se le iba de las manos y dio marcha atrás-. ¿Acaso no me he ocupado de ti durante todo este tiempo? Todos los días…

– Sí, como si fuera un paquete. Y ahora el paquete se ha atravesado en el camino, y tú tienes que apartarlo. En realidad tú nunca has hecho nada por mí. Es tu propia conciencia la que te preocupa todo el tiempo. Dame un cigarrillo.

Mahler se detuvo a mitad de camino hacia el bolsillo de la camisa.

– Anna, no tenemos tiempo…

– Lo tenemos. Dame un cigarro, te digo.

Ella cogió un cigarrillo y el mechero, lo encendió y se sentó en el sillón, en el borde. Mahler no se movió.

– ¿Qué pensarías si te dijera que me habría gustado estar sola todo este tiempo, y que en realidad se me han hecho muy pesadas tus idas y venidas diarias? -le dijo Anna-. Comía perritos calientes en el quiosco de abajo, en el cruce, no necesitaba tu comida, pero te he dejado que lo hicieras para quete sintieras mejor.

– Eso no es verdad -replicó él-. Tú habrías seguido tumbada allí sola, día tras día…

– No he estado sola. Alguna tarde, cuando me sentía mejor, he llamado a alguno de mis conocidos y…

– ¿Ah, sí? ¿No me digas? -La voz de Mahler sonó más mordaz de lo que él había pretendido.

– Ahórrame tus opiniones. Cada uno tiene las suyas. Yo al menos he llorado a Elias. No sé lo que habrás llorado tú. Algún plan para mantener tu propio equilibrio moral, que ha fracasado. Pero ya no pienso tener más consideración contigo. -Anna apagó el pitillo a medias y entró en el dormitorio.

Mahler se quedó inmóvil, con los brazos a los lados. No se sentía abrumado. Las palabras de Anna no le hicieron mella. Probablemente eran ciertas, pero no le habían afectado. Sin embargo, los nuevos datos, sí: nunca se había imaginado eso de ella.

* * *

Elias yacía en la cama con los brazos extendidos, parecía un extraterrestre indefenso. Anna estaba sentada en el borde de la cama con el dedo dentro del puño cerrado del redivivo.

– Mira -le instó ella.

– Ya -dijo Mahler, y se mordió los labios para no añadir: «Lo sé». En vez de eso, se sentó al otro lado de la cama y dejó que Elias le apretara el dedo con la otra mano. Permanecieron un rato sentados, cada uno con su dedo en las manos de Elias. A Mahler le parecía oír las sirenas a lo lejos.

– ¿Qué vamos a darle? -quiso saber Anna.

Gustav le contó lo de la sal. En la pregunta de Anna había una incipiente aceptación de su plan, pero él no pensaba forzar más las cosas. Ella podía elegir ahora, siempre y cuando no eligiera mal.

– ¿Y glucosa? -preguntó ella-. Suero.

– Tal vez -concedió Mahler-. Podemos probar.

Anna asintió, besó a Elias en el dorso de la mano y sacó el dedo con cuidado, se levantó y dijo:

– Venga, pues entonces nos vamos.

* * *

Mahler acercó el vehículo hasta el portal y Anna llevó a Elias envuelto en la sábana, lo tumbó en los asientos traseros y luego entró ella. El coche era una sauna tras todo el día en el aparcamiento, y Mahler bajó las dos ventanillas delanteras y abrió el techo solar.

Arriba, en la plaza, aparcó a la sombra y se dirigió a toda prisa a la farmacia. Echó en la cesta diez paquetes de glucosa, cuatro tubos de crema para la piel y unas cuantas jeringas de alimentación. Se detuvo frente a las cosas para bebés, de donde eligió también un par de biberones. Comprobó que fueran de los que tienen un solo agujero en la tetina.

No quería dejar mucho tiempo a Anna y a Elias solos en el coche, pero la gran cantidad de productos disponibles en la farmacia le dejaron confuso. Pasó la mirada por las estanterías con apósitos, productos contra los mosquitos, cremas contra los hongos de los pies, vitaminas y pomada para quemaduras. Tenía que haber algo que fuera bueno, pero ¿qué?

Cogió al azar unos cuantos botes y frascos con vitaminas y productos de parafarmacia.

La señora de la caja le echó una mirada a. él y otra a los productos que iba a comprar. Mahler vio cómo se movían las ruedas dentadas de su mente bajo una máscara de profesionalidad, en un intento de establecer una relación entre el azúcar, los biberones, una cantidad tan ingente de crema hidratante y su persona.

Él pagó en metálico y recibió los productos en una bolsa repleta, junto con el deseo de que pasara un buen día.

Fueron en silencio todo el camino hasta Norrtälje. Anna iba sentada atrás con Elias en las rodillas, mirando fijamente a través de la ventanilla con su dedo en la mano de él. Cuando Gustav tomó la salida hacia Kapellskär, ella le preguntó:

– ¿Por qué crees que no van a buscar allí?

– No lo sé -admitió él-. Sólo espero que no se lo tomen tan… en serio, sencillamente. Y además, es más agradable estar allí.

Mahler puso la radio. No se oía música en las emisoras de ámbito nacional; sólo las comerciales seguían zumbando como si no hubiera pasado nada. Tuvo puesta la emisora P1, pero añadió poco a lo que ya sabían. Todavía faltaban ocho redivivos.

– Me pregunto qué estarán haciendo ahora los otros siete -dijo Mahler, apagando la radio.

– Algo parecido -repuso Anna-. ¿Por qué crees realmente que nosotros estamos haciendo lo correcto y que todos los demás se equivocan?

Mahler dejó de mirar al frente un par de segundos para poder volver la cabeza y observar a Anna; se lo estaba preguntando en serio.

– No sé si estamos actuando correctamente -dijo Mahler-, pero sé que ellos tampoco lo saben. En mi trabajo… te sorprenderías si supieras con cuánta frecuencia las autoridades actúan sin saber por qué, sin conocer las consecuencias… sólo para que parezca que hacen algo. -Ahora que ya estaban en camino él también se atrevió a preguntar-. ¿Crees que no estamos actuando correctamente?

Ella permaneció en silencio un momento. Gustav vio por el espejo retrovisor que estaba mirando a Elias y que una mueca atravesaba su rostro.

– ¿No puedes abrir un poco más la ventanilla?

Mahler la bajó cuanto pudo. Anna se echó hacia atrás todo lo posible, se apoyó en el reposacabezas y hablando hacia el techo dijo:

– ¿Por qué no deja de oler?

Su padre volvió a mirar hacia atrás. La cara de Elias, de color verde oscuro y con manchas negras, sobresalía de la sábana, lo que le hacía parecer aún más como una momia amortajada.

– No quiero abandonarle -dijo Anna-. Eso es todo.

* * *

La vegetación alrededor de la casita estaba demasiado alta y agostada. La impresionante madreselva que trepaba alrededor del porche había crecido mucho antes del verano, pero ahora sólo era una barda, como si el porche hubiera sido envuelto en ramas secas.

Mahler detuvo el coche a diez metros de la puerta y apagó el motor.

– Bueno -anunció, mirando la hierba seca-. Pues al fin hemos llegado.

La casa estaba al final del camino a cuyos flancos se alineaban las casas de veraneo de Koholma. Era preciso caminar doscientos metros a través del bosque para llegar al agua, pero nada más bajar del vehículo Mahler ya notó cómo mejoraba la calidad del aire por la proximidad del mar. Respiró profundamente y una promesa de libertad le llenó los pulmones.

Ahora entendía cuál había sido su razonamiento.

Aquella casa le había parecido más segura que el apartamento. Evidentemente era el mar el que había hecho que tuviera esa sensación. El amplio océano azul de ahí afuera. Si ellos venían, siempre quedaba la posibilidad de… escapar hacia las islas.

La razón de que Mahler hubiera podido comprar aquella casa quince años antes se hizo ahora presente: un ruido sordo cruzó el bosque e hizo vibrar ligeramente la chapa del coche. Él suspiró.

El puerto de Kapellskär se hallaba quinientos metros al sur. Con el auge, quince o veinte años antes, de los viajes turísticos con destino a Finlandia y Åland, que se convirtieron en algo al alcance de todos, el tráfico de barcos, cada vez más grandes, fue en aumento y el valor de los inmuebles de la zona próxima a las terminales del puerto cayó a la mitad. No estaba tan mal como vivir en las inmediaciones de un aeropuerto, pero casi. Los barcos salían a todas las horas del día y de la noche y se necesitaban un par de semanas para acostumbrarse al ruido que hacían.

Empezaron a bajar el equipaje.

Mahler sacó a Elias del coche y lo llevó hasta la casita, buscó la llave en el canalón y abrió la puerta. La casa olía a cerrado. Gustav llevó a Elias a su habitación, donde los tesoros de veranos pasados, en forma de plumas, piedras y trozos de madera, yacían sobre la repisa de la ventana y en las estanterías.

Dejó al niño en la cama y abrió la ventana. El aire mezclado con sal se arremolinó dentro de la estancia, invitando a bailar al polvo.

Sí. Habían hecho bien en venir aquí. Aquí había espacio y tiempo. Todo lo que ellos necesitaban.

TäbyKyrkby, 12:30

Tras la llamada de Flora de madrugada, Elvy no pudo volverse a dormir y cogió otro rato la obra de Grimberg. Por si fuera poco, se llegaba precisamente a la muerte de Gustavo Adolfo II. El relato de la extravagante relación de la reina viuda María Leonor con el cadáver de su difunto esposo la mantuvo pegada al libro.

María Leonor se había negado a desprenderse de él. Una y otra vez debía ver el cuerpo sin vida y hacerle compañía durante todo el viaje desde Alemania. Cuando finalmente la fueron apartando de él, consiguió apoderarse del corazón (a Elvy le irritaba que Grimberg no contara en ningún sitio cómo consiguió ella hacerse con el corazón), y chantajeó con él para conseguir que le dejaran ver otra vez el cadáver…

Esto escribió un diplomático sueco durante el viaje de traslado del cuerpo:

Lo que contempla suscita en ella alabanzas y caricias, sin ver que ya es mucho lo que ennegrece y se descompone, que nada queda ya que reconocer.

Elvy había bajado el libro y se había quedado pensando en la diferencia entre las reacciones. Si el rey se hubiera levantado de su ataúd, la reina probablemente habría dado gritos de alegría mientras abrazaba aquel cuerpo podrido. ¿Por qué era tan distinto? ¿Era Elvy la despiadada?

Unas páginas más adelante, Elvy encontró una especie de explicación. María Leonor había encargado un féretro doble, con espacio para el difunto rey y para ella misma. La justificación era que «había gozado muy poco» del rey en vida. Ahora que estaba muerto quería aprovechar.

Elvy no tenía ese problema. Ella había podido «gozar» de Tore en vida más que suficiente. Cuando su esposo expiró, Elvy había vivido mucho tiempo con aquel hombre diez años mayor que se había desposado por misericordia con una histérica con el fin de cuidarla y guiarla en la vida, sin llegar nunca a comprenderla. No le guardaba ningún rencor -él hizo lo que pudo-, pero ella había tenido suficiente.

Confortada con este pensamiento, dejó el libro e intentó dormirse, pero el sueño no quería aparecer. A las 4:30 tuvo que levantarse y permanecer sentada en el retrete media hora, y cuando se acostó de nuevo ya entraba la luz del día en el dormitorio. Bajó las persianas, se tomó un par de valerianas y al final consiguió adormecerse. Estuvo sumida en un duermevela hasta algo más de las once, entonces se despertó del todo, animada y llena de esperanza.

Hasta que miró las noticias.

No dijeron ni media palabra de lo esencial. Era como si no existiera. De vez en cuando salía hablando algún sacerdote u obispo, y ¿de qué hablaban?

De los familiares impacientes, del teléfono de asistencia de la iglesia y de la angustia de muchas personas en una situación como ésta. Bla, bla, bla.

Elvy no sentía ninguna angustia. Estaba enfadada.

Difundieron estadísticas e imágenes de las exhumaciones de la noche anterior. A esas horas ya habían abierto casi todas las tumbas recientes y algunas más (en efecto, las personas que llevaban muertas más de dos meses seguían muertas), y el número de redivivos se acercaba ya a los 2.000.

El primer ministro había aterrizado hacía un momento y ya en el aeropuerto de Arlanda fue acosado por los periodistas. Para destacar la gravedad de la situación, se quitó las gafas y, mirando directamente a las cámaras, dijo:

– Nuestro país se encuentra conmocionado. Espero la ayuda de todos para que la situación no empeore.

»Yo y mi gobierno vamos a hacer cuanto esté en nuestras manos para dar a esas personas la atención médica y los cuidados necesarios.

»Pero permitidme que os recuerde…

El primer ministro levantó el índice y miró a su alrededor con una expresión que parecía de tristeza. Elvy tensó todo el cuerpo y se inclinó más cerca de la tele. Ahí estaba. Por fin. El primer ministro dijo:

– Todos hemos de recorrer ese camino. Nada diferencia a esas personas de nosotros.

El político dio las gracias y le abrieron paso hasta el coche que lo estaba esperando. Elvy se quedó con la boca abierta.

«Él tampoco…».

Ella había reparado en que el primer ministro se sabía su Biblia al dedillo; solía utilizar expresiones y giros sacados de ella. Por eso el golpe fue aún mayor, cuando él, en aquellos momentos decisivos, no hizo referencia ni siquiera con una palabra a las Escrituras. Ahora, cuando realmente era la ocasión.

«Todos hemos de recorrer ese camino…».

Elvy apagó la tele y maldijo en voz alta:

– ¡Qué maldito… payaso!

Se dio una vuelta por la casa, tan indignada que no sabía ni qué hacer. En la habitación de los invitados, cogió las hojas con los salmos fotocopiados, manchados por las secreciones de Tore, las estrujó y las arrojó a la papelera. Después llamó a Hagar.

De sus amigas de la iglesia, Hagar era la más despierta. Durante doce años ellas y Agnes se habían encargado de preparar el café para las reuniones de los sábados, turnándose con los bollos. Después de que Agnes sufriera de ciática en las piernas, ya no podía estar tan activa, así que desde hacía tres años eran sobre todo Elvy y Hagar las que se encargaban de todo.

Hagar contestó a la segunda señal.

– ¡Seiscientosdocediecinueveveintiseis!

Elvy tuvo que retirarse un poco el auricular del oído, porque Hagar, que padecía una ligera disminución auditiva, casi gritaba al teléfono.

– Sí, soy yo.

– ¡Elvy! Has tenido alguna avería en el…

– Sí. Lo sé. ¿Has…?

– ¡Tore! ¿Ha…?

– Sí.

– ¿Ha vuelto a la…?

– Sí, sí.

Se quedaron un momento en silencio.

– ¿Ah, sí? ¿A tu casa? -preguntó Hagar con tono algo más bajo.

– Sí, pero ya han venido a buscarlo. No es eso. ¿Has visto las noticias?

– Sí, claro. Toda la mañana. ¿Fue desagradable?

– ¿Lo de Tore? Sí, un poco al principio, tal vez, pero… fue todo bien. No es eso. ¿Has visto… has visto al primer ministro?

– Sí -contestó Hagar, y habló como si acabara de morder algo amargo-. ¿Qué es lo que pasa, en realidad?

Elvy meneó la cabeza lentamente, sin darse cuenta de que Hagar no podía ver el gesto. Fijó la vista en un pequeño cuadro colgado en la pared de la entrada.

– Hagar, ¿piensas de esto lo mismo que yo? -preguntó arrastrando las palabras.

– ¿De qué?

– De lo que está pasando.

– ¿La resurrección?

Elvy sonrió. Ya sabía que podía confiar en Hagar. Asintió frente al cuadro, Jesús Salvador Rey del Mundo, y dijo:

– Sí. Eso, precisamente. Ni siquiera lo mencionan.

– No. -Hagar volvió a subir el tono de voz-. ¡Esto es una desgracia! ¡Hasta ahí hemos llegado!

Siguieron hablando un poco más con la mayor complicidad y colgaron con la vaga promesa de hacer algo, sin saber muy bien qué.

Elvy se sintió algo más tranquila. No era ella sola la que pensaba de aquella manera. Seguramente eran más. Fue hasta la ventana del balcón y miró hacia fuera, como si buscara a más gente que se diera cuenta de lo que estaba pasando. Además, observó otra cosa, algo que no había visto en varias semanas: nubes.

No eran simples nubes de verano, dispuestas sólo para acentuar el azul del cielo. No, eran auténticos nubarrones de tormenta, formando bancos de nubes negras que se deslizaban tan despacio que parecían inmóviles. Una poderosa masa muscular se disponía a descargar su ira sobre Estocolmo.

Elvy salió a la terraza. Estuvo un buen rato observando y sí, claro; avanzaba despacio, pero ciertamente la montaña flotante de nubes oscuras estaba acercándose. Sintió un cosquilleo en el estómago. ¿Sería eso? ¿Sería así?

Anduvo un rato dando vueltas por la casa, bostezando y tratando de prepararse. No sabía cómo había que prepararse.

El que esté en la azotea de su casa, que no baje a buscar sus cosas; y el que esté en el campo, que no vuelva a buscar su manto.

No había nada que hacer. Elvy se sentó en el sillon y buscó Mateo, 24, ya que había olvidado cómo seguía. Se asustó con lo que leyó:

Porque habrá entonces un gran padecimiento, como no lo hubo desde el comienzo del mundo hasta ahora ni lo habrá jamás.

Elvy pensó en los campos de concentración, y en Flora.

Y si no fuera abreviado ese tiempo, nadie se salvaría; pero será abreviado, a causa de los elegidos.

Nada hablaba en realidad de dolor y sufrimiento en el sentido normal de la expresión. Sólo de que habría un gran padecimiento «como no lo hubo ni lo habrá jamás». Un sufrimiento que nunca antes hemos conocido, pero claro, tal vez era consecuencia de la traducción sueca. El original quizá hablaba expresamente de sufrimiento puramente físico e insoportable. Sintió que le pesaban los párpados.

«Quizá ya en la primera traducción… la Septuaginta… 40 monjes en 40 cuartos… 100 monos junto a 100 máquinas de escribir durante 100 años».

Sus pensamientos se mezclaron en una maraña inextricable de imágenes, y Elvy, allí sentada, asentía con la barbilla contra el pecho.

Se despertó porque se encendió la tele.

Se le coloreó de naranja el interior de los párpados, y la luz de la pantalla era tan intensa cuando abrió los ojos que tuvo que volver a cerrarlos. El aparato lucía como un pequeño sol y Elvy entreabrió los ojos con cautela, entornándolos.

Cuando sus pupilas empezaron a acostumbrarse a aquella luz tan intensa, Elvy vio una figura en el centro de la pantalla, alrededor de la cual la luz resplandecía como un halo de santidad. O, tal vez, la luz salía de la figura. La mujer. Elvy la reconoció inmediatamente y su pecho se llenó de angustia.

La mujer cubría el cabello negro con un velo azul oscuro y en sus ojos se reflejaba el dolor de quien acaba de ver morir a su hijo; de quien ha estado a los pies de la cruz y ha visto cómo le sacaban a su hijo los clavos de las manos con unas tenazas; de quien ha contemplado rígidos y retorcidos aquellos dedos que un día fueron pequeños y buscaron ansiosos su pecho; de quien ha oído el chirrido del metal contra la madera y contemplado aquellas manos ahora destrozadas. Y todo estaba perdido.

– Virgen María… -susurró sin atreverse a mirar, pero de pronto comprendió lo que significaba «un padecimiento como no lo hubo ni lo habrá jamás». No era más que el que podía leerse en los ojos de María. El sufrimiento de una madre frente a su hijo muerto, un hijo que además era la suma de toda la bondad. No era sólo el dolor de ver torturar y matar al hijo que has amamantado y cuidado, sino también el sufrimiento de que exista un mundo en el que semejantes cosas puedan suceder.

Elvy vio con el rabillo del ojo que María extendía las manos en un gesto de saludo. Estaba a punto de levantarse del sillón y caer de rodillas en el suelo, pero María le dijo:

«Quédate sentada, Elvy».

Su voz clara era casi un susurro. Nada que ver con una voz atronadora procedente del cielo, sino más bien como la voz suplicante de una niña pobre pidiendo una moneda, o algo de comer.

«No te levantes, Elvy».

La Virgen conocía su nombre, y en sus palabras se adivinaba que sabía muy bien todo lo que Elvy había soportado y trabajado a lo largo de su vida, y que ahora se merecía descansar un poco. La mujer se atrevió a echar una mirada rápida a la pantalla y vio que a María le brillaban estrellas diminutas en las puntas de los dedos. O, tal vez, gotas de agua, lágrimas enjugadas de sus ojos.

– Elvy -dijo María-. Tienes una misión.

– Sí -susurró ella sin que se oyera ningún sonido.

– Deben venir a mí. Su única salvación es que vengan a mí. Tú tienes que hacérselo comprender.

Aquello ya le había rondado a Elvy, y, pese a la solemnidad del momento, ella se imaginó a sus vecinos y al resto de la gente con ojos incomprensivos y aturdidos, y sus respuestas desdeñosas.

– ¿Cómo? ¿Cómo voy a conseguir que me escuchen? -quiso saber.

Durante un segundo, Elvy miró a María directamente a los ojos y se sintió llena de miedo. Porque vio las tribulaciones que habría de soportar la humanidad si no se arrepentía y volvía a su seno. La Virgen extendió una mano y dijo:

– Ésta será tu señal.

Algo le rozó la frente a Elvy. El televisor se apagó. Elvy se cayó del sillón y la cabeza le explotó.

* * *

El borde de cristal de la mesa le estaba presionando la frente cuando ella abrió los ojos. Le dolía la cabeza. Aturdida, se enderezó en el sillón, mirando la mesa. En el borde había una mancha viscosa de color rojo oscuro. Habían caído algunas gotas de sangre sobre la alfombra.

El televisor estaba sin imagen y en silencio.

Se levantó con las piernas temblorosas, se dirigió a la entrada y se miró en el espejo.

Una brecha completamente recta, de tres centímetros pero superficial, se dibujaba un poco por encima de las cejas como si fuera el signo menos. Aún le salía un poco de sangre de la herida y se quitó una gota del ojo.

En la cocina se limpió la sangre con papel absorbente. No se atrevió a tirarlo, así que lo puso en un bote de cristal y cerró la tapa.

Después llamó a Hagar.

Mientras sonaban los pitidos, ella cerró los ojos y vio a la Virgen delante de ella. No podía asegurarlo, pero cuando María extendió la mano para tocarle la frente, durante una fracción de segundo, Elvy alcanzó a ver lo que le brillaba en las puntas de los dedos. Eran anzuelos. Le salían de la piel unos anzuelos pequeños y finos, no mayores que los de pesca.

Aunque no acertaba a expresarlo, Elvy estaba convencida de que María de alguna manera era una representación, algo destinado a sus ojos humanos. Ella tenía un papel relevante porque era la Madre de Jesús. Pero ¿los anzuelos? ¿Qué significaban los anzuelos en ese caso?

Cuando Hagar respondió, Elvy dejó esas cuestiones a un lado para describir el momento más importante de su vida.

Koholma, 13:30

Anna sacó el resto del equipaje del maletero mientras su padre desaparecía en el interior de la casa. Cruzó el patio, pasó cerca del pino donde estaba el columpio de Elias, enredado alrededor del tronco, junto a la mesa del jardín, reseca después de haber pasado el invierno a la intemperie. Allí se detuvo y dejó las maletas en el suelo. Permaneció pensativa, tratando de comprender.

¿Cómo había ocurrido? ¿Cómo había quedado reducida a una especie de sirviente que se ocupaba de las tareas básicas mientras que su progenitor se hacía cargo del que había sido su hijo?

El calor apretaba de una manera que presagiaba tormenta. Anna miró hacia el cielo. Sí. Lo cubría una tenue gasa, una película blanca y un banco de nubes oscuras se deslizaban desde el interior hacia la costa. Era como si toda la naturaleza se estremeciera ante la expectativa. Las raíces de las plantas estaban conversando en voz baja acerca de la misericordia que pronto iba a caer del cielo.

Anna se sentía mareada, casi indispuesta. Durante más de un mes había vivido en una burbuja, limitando sus movimientos y sus palabras al mínimo para que la vida no se cebara con ella, no empezara a arañarla y destrozarla. Durante más de un mes había vivido como una muerta.

Y, de pronto, sobrevino el regreso de Elias, el registro policial, el ajetreo de la huida y una conversación donde fue incapaz de decidir nada, y su padre decidió por ella. Se había quedado al margen. No participaba.

Anna dejó las maletas donde estaban y se dirigió hacia el bosque.

Las hojas secas del año anterior crujían bajo sus pies, las raíces superficiales de los pinos se arqueaban bajo el manto vegetal y se le clavaban en las suelas de los zapatos. El ruido del puerto de Kapellskär resonaba en el bosque como un temblor. Anna vagó sin rumbo hacia los terrenos pantanosos más próximos al mar.

Cuando llegó a los campos abiertos cubiertos por los musgos, olió la acidez de las acículas de los pinos fermentadas al sol en los légamos profundos. Hasta el musgo, que normalmente era de color verde oscuro sobre el agua de aquellos terrenos pantanosos, se había secado y había adquirido un tono verde claro, con manchas beis. Cuando anduvo sobre él, crujía antes de que el pie se hundiera en su manto, como si caminara sobre una capa dura de nieve.

Anna avanzó con dificultad hacia el centro. Los árboles de hoja caduca próximos a la zona pantanosa arqueaban las copas formando una cúpula por la que se filtraban los rayos del sol aquí y allá. Se tumbó cuando llegó al centro. El musgo la acogió, cerrándose a su alrededor. Se quedó mirando las indolentes formas cambiantes de las hojas en las copas de los árboles, y se durmió.

¿Cuánto tiempo permaneció allí tendida? ¿Media hora, una?

Seguramente se habría quedado más tiempo si su padre no la hubiera llamado para que volviera a casa.

– ¡Anna…! ¡Aaannaa!

Ella se liberó de los brazos del musgo, pero no contestó. Estaba demasiado ocupada con la sensación que tenía en el cuerpo, especialmente en la piel. Miró el sitio donde había estado tumbada. El contorno de su cuerpo se dibujaba nítidamente en el musgo, que, con un gemido casi audible, empezaba a recuperar la forma de antes.

Ella había cambiado de piel. Eso era lo que sentía. Lo que andaba buscando era su vieja piel, que debía de estar arrugada y consumida en el hueco del musgo.

Allí no estaba, pero la sensación era tan real que tuvo que subirse la manga de la camiseta para comprobar si aún tenía el tatuaje.

Pues sí. «Rotten to the Bone» seguía aún escrito con diminutas letras de imprenta en el hombro derecho. Una suerte de orgullo le había obligado a seguir con él en vez de habérselo quitado con láser, pese a que hacía ya doce años que había roto por completo con ese mundo al que pertenecía el tatuaje.

– ¡AANNAA!

Se encaminó hacia la orilla de la zona pantanosa y gritó:

– ¡Estoy aquí!

Mahler se detuvo donde empezaban los musgos, evitándolos como si fueran arenas movedizas. Se llevó las manos a las caderas.

– ¿Dónde has estado?

– Allí -contestó ella, y señaló en dirección al centro.

Gustav arrugó la frente mientras observaba el musgo aplastado.

– Ya lo he metido todo -dijo él.

– Bien -contestó Anna, pasando junto a su padre en dirección a la casa. Él la siguió y le sacudió la espalda con la mano.

– Cómo te has puesto.

Ella no contestó. Sus pies avanzaban ligeros sobre las raíces. Había en ella algo delicado y valioso, algo que podía resquebrajarse si hablaba. Caminaron en silencio hacia la casa y ella le agradeció que no empezara a explicarle su comportamiento, como hacía cuando era más joven; que la dejara en paz.

* * *

En la mesilla junto a la cama de Elias había un paquete de suero glucosado, sal, dos jeringas, una jarra de agua y una medida de medio litro.

Anna no pudo apreciar ningún cambio. Mahler había cubierto a Elias con una sábana blanca limpia y sus pequeñas manos de viejo reposaban a los lados, como dos garras de ave secas. Lo que estaba contemplando era un cadáver, el de su hijo. Quizá pudiera cambiar algo, si él al menos quisiera abrir los ojos, mirarla. Pero bajo aquellos párpados medio cerrados no había más que esa película inerte que parecía plástico, como una lentilla reseca. Nada.

Tal vez hubiera un camino de regreso. Su padre parecía creerlo. Pero en ese caso sería largo, tan largo que ella no podía ni imaginarse su inicio, cuánto menos su fin. Elias había muerto. Lo que había allí eran unos restos en los que no quedaba nada que recordara al niño que ella había amado. Y al que ella quería recordar.

Mahler entró y se colocó al lado de ella.

– Le he dado azúcar con la jeringuilla. Se lo ha bebido.

Anna asintió, se agachó junto a la cama.

– ¿Elias? ¿Elias? Soy mamá, estoy aquí.

El redivivo no se movió un milímetro. Nada hacía pensar que la oyera. El desánimo se apoderó de ella, sintió que su debilidad interior temblaba y una profunda pena le inundó el pecho. Se levantó apresuradamente y salió. Olía a café recién hecho en la cocina, y ella recobró las fuerzas.

Anna iba a hacerse cargo de él. Iba a hacer todo lo posible. Pero no podía pensar siquiera por un momento que podría recuperar a su hijo, no quería imaginarse que en algún sitio dentro del cuerpo de aquella pequeña momia se encontraba encerrado su hijo luchando por salir. Entonces sería ella la que acabaría destrozada de verdad. Aquello le resultaría demasiado doloroso.

* * *

Sirvió dos tazas de café y las llevó a la mesa. Ahora estaba tranquila. Podían hablar. Al otro lado de la ventana el cielo había empezado a cubrirse de gris y una suave brisa agitaba las hojas de los árboles. Anna miró a su padre.

Parecía cansado. Bajo los ojos tenía las bolsas más marcadas que de costumbre y todo su rostro parecía atormentado por la fuerza de gravitación de la tierra, succionado hacia el suelo en los pliegues y arrugas.

– Papá, ¿por qué no descansas un poco?

Mahler negó con la cabeza y le temblaron las bolsas de las mejillas.

– No tengo tiempo. He llamado a la redacción y alguien ha preguntado por mí; el marido de esa mujer que… Sí, querían que escribiera algo más, pero ya veré si… y además hemos de comprar comida y cosas…

Se encogió de hombros y suspiró. Anna tomó un par de sorbos de café; estaba demasiado fuerte para su gusto, como siempre que hacía el café su padre.

– Puedes ir. Yo me quedo aquí -dijo ella.

Mahler la miró. Tenía los ojos pequeños, inyectados en sangre, y casi desaparecían en la hinchazón circundante.

– ¿Puedes quedarte sola, entonces?

– Sí. Sí que puedo.

– ¿Estás segura, de ello?

Anna dejó la taza en la mesa, dando un golpe.

– No confías en mí. Lo sé. Pero yo tampoco confío en ti. Nunca me he fiado. Qué pretendes.

Se levantó y fue a la nevera a buscar leche para el café. El frigorífico estaba vacío, claro. Cuando volvió a la mesa, Gustav se había hundido aún más en su silla.

– Sólo quiero que todo salga bien.

Anna asintió.

– Sí, lo creo. Pero de la forma que lo has pensado. Como lo has planeado. De la manera más sensata. Vete a hacer la compra. Yo puedo apañármelas aquí.

* * *

Hicieron una lista con las cosas necesarias, planeando la compra como si se tratara de resistir un asedio.

Cuando Mahler se marchó, Anna fue a ver a Elias, luego dio una vuelta a la casa y sacudió las alfombras, barrió las moscas muertas que había en las repisas de las ventanas, y pasó la aspiradora. Cuando estaba limpiando la encimera de la cocina vio los dos biberones aún sin estrenar. Guardó el electrodoméstico y fue a la habitación de Elias. Echó un poco de suero glucosado en uno de ellos, lo llenó de agua, puso la tetina y agitó hasta que el azúcar se disolvió. Después se sentó con el biberón en la mano y miró a Elias.

La mera sensación de sostener un biberón en la mano le trajo recuerdos. Hasta los cuatro años Elias se había llevado a la cama un biberón con leche a la hora de acostarse. Nunca había usado chupete, ni se había chupado el dedo, pero necesitaba ese biberón.

Cuántas veces no había estado ella sentada como ahora al borde de la cama cuando él se iba a dormir. Lo había besado, le había dado las buenas noches y luego el biberón. Era increíble aquella sensación de satisfacción cuando él cogía el biberón con sus manitas, empezaba a chupar de la tetina y a continuación se le perdía la mirada.

– Aquí, Elias…

Anna le acercó el biberón a la boca. Mahler había dicho que tendrían que esperar un poco con eso, que Elias no podía chupar solo. Pero ella quería intentarlo. La tetina seca le rozó los labios. Él no se movió. Ella presionó con cuidado la tetina.

Entonces sucedió algo. Anna creyó al principio que era un insecto que le corría por el estómago y miró hacia abajo. Los dedos de Elias se movían un poco. Rígidos, torpes, pero se movían.

Cuando alzó la vista y le miró de nuevo a la cara, Elias había cerrado los labios alrededor de la tetina. Y chupaba. Con movimientos pequeños, muy pequeños de la piel reseca de los labios, un músculo en la garganta que trabajaba lentamente.

A ella le temblaba el biberón en la mano y se apretó la otra mano contra los labios con tanta fuerza que sintió en la lengua un sabor a metal.

Elias estaba mamando de la tetina.

Le causó tanto dolor que no podía respirar, pero cuando se calmó esa primera oleada de congoja fruto de la esperanza, le acarició la mejilla mientras él seguía succionando. Inclinó la cabeza sobre él.

– Mi niño… Qué bien lo haces, pequeño.

Kungsholmen, 13:45

«los niños, los niños, los niños…».

David Zetterberg estaba en el patio viendo salir a los niños de la escuela como un torrente. Tres, cuatro, diez, treinta pequeños seres multicolores con sus mochilas corrían escaleras abajo. Entes humanos, una turba a la que había que controlar y educar. Cuatrocientos de ellos se agolpaban en ese edificio seis horas al día, todos eran soltados de nuevo cuando acababan las seis horas.

Material.

Pero acércate a uno de esos niños y verás a un portador del mundo. Un niño con padre y madre, abuelos, parientes y amigos. Un niño cuya existencia era necesaria para que funcionaran otras muchas vidas. Frágiles son los niños, y cuántas vidas llevan sobre sus tiernos hombros. Frágil es su mundo, impuesto por los mayores. Frágil es todo.

David había pasado todo el día como en una nube. Después de la visita al Instituto de Medicina Forense había entrado en una pizzeria y se había bebido un litro de agua, después se había tumbado debajo de un árbol en un parque y había dormido casi tres horas. Cuando los ladridos de un perro lo despabilaron, despertó a un mundo que le había vuelto la espalda. La gente estaba de merienda en el parque y los niños corrían en la hierba. Él no formaba ya parte de esa vida.

Lo único que parecía que le afectaba eran las nubes negras que se iban acercando lentamente. Aún estaban lejos, pero todo apuntaba que se dirigían hacia Estocolmo. Le zumbaban los oídos y le picaba el interior de los párpados. Los rayos del sol no llegaban debajo de su árbol, así que se acurrucó contra el tronco, sacó el periódico y volvió a leer el artículo. El artículo parecía que también hablaba de él.

Sin saber lo que iba a decir, ni lo que quería realmente, sacó el móvil y marcó el número del periódico. Contó quién era, que buscaba a Gustav Mahler. Le dijeron que éste trabajaba por su cuenta y que sintiéndolo mucho no podían darle su número de teléfono, pero le harían llegar su mensaje, ¿quería algo en particular?

– No, quiero… hablar con él, sólo…

Eso sería lo que le comunicarían a él.

David cogió el metro de vuelta a Kungsholmen. Todos los viajeros que hablaban en su vagón lo hacían sobre los muertos. A todos les parecía que era horrible. Alguien se fijó en él, consiguió recordar de qué le sonaba aquella cara y se calló. Nada de condolencias en esta ocasión.

También de camino hacia la escuela comprobó hasta qué punto le habían cortado los hilos que le mantenían sujeto al mundo. Él era a lo sumo un par de ojos que flotaban alrededor, evitando los obstáculos, parándose cuando estaba en rojo el muñeco del semáforo. Al llegar a la escuela se aferró a una barra negra de metal de la verja, cerró los ojos y se quedó agarrado a ella.

Los niños salieron en tromba cuando sonó la campana. Él abrió los ojos y vio el montón de tejidos biológicos que bajaban por la escalera dando brincos, y él siguió aferrado a la barra para no salir flotando.

Cuando la riada humana se derramó sobre el patio o salió fuera por las verjas, apareció Magnus. Empujó la puerta con todas sus fuerzas y se detuvo en lo alto de la escalera mirando a su alrededor.

David fue consciente entonces de que estaba sujeto a una barra; de que una mano aferraba esa barra y que esa mano formaba parte de un cuerpo que era el suyo. Regresó a su ser y volvió a sentirse… padre. Había retornado al mundo e iba al encuentro de su hijo.

– Hola, pequeño.

Magnus le dio la mochila y miró al suelo.

– Papá…

– ¿Sí?

– ¿Se ha vuelto mamá como los orcos?

Así que habían hablado de ello en la escuela. David le había estado dando vueltas al asunto para decidir cómo iba a empezar, si no debería decírselo poco a poco, pero esa posibilidad ya había desaparecido. Cogió a Magnus de la mano y empezaron a caminar hacia casa.

– ¿Habéis hablado de ello hoy en la escuela?

– Sí. Robin dice que era como los orcos, que comen carne humana y eso.

– ¿Y qué han dicho entonces los profesores?

– Han dicho que no era verdad, que era como… ¿papá?

– Sí.

– ¿Sabes quién es Lázaro?

– Sí. Ven…

Se sentaron en el bordillo de la acera. Magnus sacó sus Pokémon.

– He cambiado cinco. ¿Quieres verlas?

– Magnus, tú…

El padre cogió las cartas de la mano de Magnus y éste no protestó.

David le acarició la nuca y el frágil cráneo que había debajo del fino pelo casi blanco después del verano.

– Lo primero: mamá no se ha convertido en ningún… orco. Sólo ha sufrido un accidente.

Ahí se quedó sin palabras, no sabía cómo seguir. Miró las cartas; Grimer, Koffing, Gastly, Tentacool; todos seres más o menos terribles.

«¿Por qué tiene que ser todo terror en su mundo?».

Magnus señaló a Gastly.

– Horrible, ¿no?

– Mmm. Oye, es que… eso de lo que habéis hablado hoy. Le ha ocurrido a mamá, pero ella está… mucho mejor que todos los demás.

Magnus cogió sus cartas, las estuvo barajando un rato y después preguntó:

– ¿Está muerta?

– Sí, pero… vive.

El niño asintió.

– Entonces, ¿cuándo vuelve a casa?

– Eso no lo sé, pero de un modo u otro va a volver.

Permanecieron en silencio el uno junto al otro. Magnus repasó todas sus cartas. Miró un par de ellas con detenimiento. Después agachó la cabeza y rompió a llorar. Su padre le rodeó con los brazos, le sentó en sus rodillas y el niño se hizo un ovillo, apretando la cara contra el pecho de David.

– Quiero que ella esté en casa ahora. Cuando yo vuelva a casa.

A David también se le cubrieron los ojos de lágrimas. Meció a Magnus hacia delante y hacia atrás, acariciándole los cabellos.

– Lo sé, cariño… Lo sé.

Bondegatan, 15:00

Las escaleras de piedra en forma de caracol que subían hasta el apartamento de Flora en el segundo piso estaban desgastas por el paso de generaciones. Como la mayoría de los edificios antiguos, aquella casa de la calle Bondegatan envejecía con dignidad. La madera se arqueaba y la piedra se desgastaba en vez de abrirse o romperse como el hormigón. Era una casa con carácter y, en contra de su voluntad, Flora estaba enamorada de ella.

Sabía qué aspecto tenía cada uno de sus cuarenta y dos peldaños, conocía cada irregularidad de las paredes de la escalera. Un año y pico antes, ella había dibujado con un rotulador una A abajo, en la puerta del portal, del tamaño de un puño. Ella misma había sufrido al verlo cada vez que pasaba, y se sintió aliviada el día que pintaron la puerta.

Se le iba un poco la cabeza al subir los escalones. No había comido nada en todo el día y no había dormido más que un par de horas en toda la noche. Abrió la puerta de fuera y alcanzó a oír un par de segundos antes de que apagaran la música electrónica procedente del cuarto de estar. Después escuchó unos cuchicheos agitados y movimientos rápidos.

Cuando ella entró en la sala de estar, Viktor, su hermano pequeño de diez años, y Martin, el amigo con el que se había ido a dormir la noche anterior, estaban sentados cada uno en un sillón, completamente entregados a la lectura de los tebeos del Pato Donald.

– ¿Viktor?

Él contestó con un «mm» sin levantar la vista del cómic. Martin alzó el suyo para que Flora no pudiera verle la cara. Ella no se lo quitó, sino que pulsó el botón de salida del vídeo y cogió la cinta; la puso delante de Viktor.

– ¿Qué demonios andas haciendo? -Él no respondió. Flora le arrancó el tebeo de las manos-. ¡Escucha! Te he hecho una pregunta.

– ¿Qué pasa? -dijo Viktor-. Sólo estábamos mirando a ver qué era.

– ¿Una hora?

– Cinco minutos.

– Vete a la mierda. He escuchado la música al entrar, así que ya sé hasta dónde habéis llegado. La habéis visto casi entera.

– ¿Y cuántas veces la has visto tú? ¿Eh?

Flora le dio a Viktor en la cabeza con la película El día de los muertos.

– Ni se te ocurra volver a tocar mis cosas.

– Sólo queríamos ver lo que era.

– ¿Ah, sí? ¿Y era divertida?

Los chicos se miraron y menearon la cabeza.

– Aunque molaba cuando los descuartizaban -repuso Viktor.

– Sí, muy guay. Vamos a ver con qué sueñas esta noche.

Flora pensó que no volverían a coger vídeos de su estantería nunca más. Percibió la infantil desazón, el miedo que rezumaban sus cuerpos. La película les había impresionado profundamente. Seguramente a Viktor y a Martin iban a perseguirles aquellas imágenes de la misma manera que a ella la acosaron con doce años las deCannibal Ferox después de que viera el largometraje en casa de un amigo más mayor. Aquella película no la abandonó nunca.

– Flora ¿es cierto que han salido de las tumbas de verdad? -le preguntó Viktor.

– Sí.

– ¿Es como con ellos? -inquirió Viktor señalando la cinta de vídeo que Flora tenía en la mano-. ¿Se comen a la gente y eso?

– No…

– ¿Cómo es entonces?

Ella se encogió de hombros. Viktor había estado muy triste después de la muerte del abuelo, pero Flora sospechaba que no estaba tan afectado por su pérdida como por la muerte como tal; el hecho de que la muerte significaba en realidad la desaparición de las personas. Que todas las personas iban a desaparecer.

– ¿Tenéis miedo? -les preguntó.

– Yo estaba muy asustado al salir de la escuela -confesó Martin-. Pensaba que todos eran como zombis de ésos.

– Yo, también -dijo Viktor-. Pero yo he visto uno de verdad. Tenía los ojos totalmente locos. Joder, cómo he corrido. ¿Crees que el abuelo se va a poner así?

– No sé -mintió Flora, y se fue a su habitación.

* * *

Flora saludó con la cabeza a Pinhead, que la miraba fijamente desde el póster de la pared, y colocó el vídeo en la estantería. Debería comer algo, pero no tenía ganas de ir al frigorífico y empezar a sacar todos los paquetes y cacharros habituales. Le gustaba sentir hambre, como un asceta. Se echó en la cama y su cuerpo se llenó de tranquilidad.

Después de descansar un rato, cogió la funda vacía de Pretty Woman y sacó la navaja de afeitar que guardaba allí. Sus padres nunca habían dado con ella durante el periodo en que la usaba.

Las marcas de los brazos eran de su época de aficionada, enseguida había pasado a cortarse debajo de los huesos de las clavículas y los omoplatos. Por fuera de la escápula tenía un par de cicatrices tan profundas y tan largas que más bien parecía que le habían cortado las alas. Qué idea más bonita, pero esa vez se asustó; parecía que aquello no quería dejar de sangrar nunca, fue entonces cuando tuvo la conversación con Elvy y la vida se volvió algo más soportable. Las cicatrices de las alas fueron las últimas.

Miró la navaja, la abrió, la giró entre los dedos y… sí. Hacía mucho tiempo que no estaba tan lejos de querer autolesionarse.

Recorrió la estantería con la mirada para ver si le apetecía leer algo. La mayoría eran novelas de terror. Stephen King, Clive Barker, Lovecraft. Lo había leído todo, no tenía ganas de releerlos. Entonces se fijó en un libro con ilustraciones, en el nombre de una escritora, y en algún rincón de su cerebro se le encendió una luz.

El castor Bruno encuentra su casa, de Eva Zetterberg. Flora cogió el libro, se quedó mirando al castor dibujado delante de su casa: un montón de palos en un rápido.

«Eva Zetterberg…».

Sí, claro. Hablaban de ella en el periódico. Era la rediviva capaz de hablar, la que había permanecido menos tiempo muerta.

«Lástima» dijo Flora en su fuero interno, y abrió el libro. Tenía también el otro, El castor Bruno se pierde, publicado cinco años antes. Ahora estaba esperando la aparición del tercero, había leído en el periódico Dn que saldría en breve. De todas las obras que le habían regalado sus padres, los libros de Bruno eran los que más le habían gustado, después de Mumin [9]. Nunca había podido con Astrid Lindgren.

Lo que le había gustado, y aún le gustaba, era la relación directa con el miedo y la muerte. En los libros de Mumin se llamaba Mårran; en los de Bruno, el Señor del Agua se manifestaba como una amenaza constante abajo, en el rápido. Su presencia suponía el ahogamiento, era la fuerza que se llevaba por delante la casa de Bruno, era el destructor.

Flora rompió a llorar después de releer el libro un rato. Porque no iba a salir ningún otro del castor Bruno. Porque había muerto con su creadora. Porque el Señor del Agua finalmente le había dado caza.

Sollozaba sin poder evitarlo. Acarició el pelo blanco de Bruno en la portada y susurró:

– Pobrecito Bruno…

Koholma, 17:00

Mahler conducía a gran velocidad a través de la colonia de casas de veraneo, de vuelta a la suya. Las vacaciones de las empresas ya habían terminado y quedaba poca gente en las casas. Serían más para el fin de semana.

Aronsson, su vecino más cercano, estaba junto al camino regando su parra virgen. Hizo una mueca cuando Aronsson le vio y le hizo un gesto para que se parara. El periodista no podía ignorarle sin más, así que frenó y bajó la ventanilla. Aronsson se acercó hasta el coche. Era un hombre de unos setenta años, delgado y con paso vacilante, llevaba puesto un gorro de pescador de tela vaquera, donde ponía «Black & Decker».

– Hombre, Gustav. Así que al final has venido a dar una vuelta.

– Sí -dijo Mahler, y señalando la regadera que Aronsson llevaba en la mano-: ¿Crees que hace falta regar?

Aronsson miró al cielo donde se concentraban las nubes y se encogió de hombros.

– Es la costumbre.

Aronsson cuidaba su parra virgen con esmero. Ésta trepaba frondosa y exuberante alrededor del arco de metal que era la puerta de entrada a su terreno. En el centro del arco había un letrero de madera con las letras grabadas en el que le informaban a uno de que había llegado al jardín de la calma. Después de la jubilación, el vecino había convertido su casa de veraneo en el paraíso sueco más cuidado que pueda imaginarse. Estaba prohibido regar, pero, a juzgar por el verdor al otro lado del arco de entrada, Aronsson no había hecho mucho caso.

– Oye -le dijo Aronsson-, te cogí unas pocas fresas. Espero que no te haya molestado. Los corzos andaban tras de ellas.

– No. Me alegro de que no se hayan estropeado -respondió el periodista, aunque habría preferido que se comieran sus fresas los corzos antes que Aronsson.

– Tuviste unas fresas muy buenas -comentó el jubilado, haciendo ademán de paladear-. Eso fue antes de que empezara el tiempo seco. Por cierto, he leído tu artículo. ¿De verdad piensas eso, o es sólo por…? Bueno, ya me entiendes.

Mahler meneó la cabeza.

– No. ¿Qué quieres decir?

Aronsson dio marcha atrás inmediatamente.

– No, sólo quería decir… estaba bien escrito. Hacía mucho tiempo que no escribías nada, ¿no?

– Así es.

Mahler había dejado el coche en marcha. Ahora volvió la cara hacia el camino para indicar que debía irse, pero Aronsson no se dio por aludido.

– Bueno, y ahora has venido a pasar aquí unos días y te has traído a la chica.

Mahler asintió. Su vecino tenía una facilidad pasmosa para enterarse de todo, para acordarse de los nombres, los años, de las cosas que habían pasado y para estar al tanto de todo lo que hacía la gente de la colonia. Si se publicara alguna vez una crónica de Koholma, Aronsson tendría que ser el redactor por derecho propio.

Aronsson miró hacia la casa de Mahler, que estaba detrás de la curva, y -gracias a Dios- no se veía desde allí.

– ¿Y el niño? Elias. ¿Está…?

– Está con su padre.

– Ya, ya. Por supuesto. De un lado a otro. Así que estáis sólo la chica y tú, entonces. Está bien. -Aronsson miró de reojo hacia los asientos de atrás, que estaban llenos de bolsas del supermercado Flygfyren de Norrtälje.

– ¿Os vais a quedar muchos días?

– Ya veremos. Oye, tengo…

– Lo comprendo. -Aronsson sacudió la cabeza señalando hacia la parte de arriba del camino, y adoptó un tono quejumbroso-. Los Siwert tienen cáncer, ¿lo sabías? Los dos. Les dieron el diagnóstico con sólo un mes de diferencia. Es lo que puede pasar.

– Sí. Tengo… -Mahler aceleró en punto muerto y Aronsson se alejó un paso del coche.

– Claro -dijo Aronsson-, que volver con la chica. A lo mejor me paso a hacerte una visita un día de éstos.

A Mahler no se le ocurrió en ese momento ningún buen pretexto para decir que no, así que asintió y condujo hasta casa.

Aronsson. No sabía cómo, pero había conseguido olvidar que vivían otras personas en esa zona. Sólo había visto la casa, el bosque, el mar. No había reparado en las narices largas dispuestas a meterse donde nadie les llamaba.

¿Quién era el que llamaba a la policía en cuanto había un coche aparcado demasiado tiempo en la zona? Aronsson. ¿Quién llamó a la Seguridad Social diciendo que Olle Stark, que estaba de baja por enfermedad, trabajaba en el bosque? Nadie lo sabía y todos estaban al corriente. Aronsson.

¿Y qué había querido decir con ese «de verdad piensas eso»?

Ya podían tener cuidado. Qué mala pata. Aronsson era uno de los Justos y, ¿por qué no podía hacer algo alguien y quemarle la casa, preferiblemente cuando él estuviera durmiendo dentro?

Gustav apretó los dientes. Como si no tuvieran ya bastantes problemas.

Estaba cabreado cuando se bajó del coche y empezó a sacar las cosas. Y cuando se le rompió el asa de una de las bolsas de papel y se le cayeron al suelo unos cuantos kilos de fruta y verdura, le entraron ganas de dar una patada y mandarlo todo a la mierda, y de soltar más de un taco. Se contuvo, pensando en Aronsson. Sólo por una cosa así. Eso le cabreó aún más.

Caminó hacia la casa con la bolsa en brazos y, no pudo evitarlo, miró de reojo por encima del hombro, para comprobar si su vecino estaba mirando detrás del recodo. No estaba.

Mahler dejó la bolsa encima de la mesa de la cocina.

– Hola -gritó, y fue hasta el dormitorio al no obtener respuesta.

El pequeño estaba en la cama tal como le había dejado, aunque ahora tenía las manos sobre el pecho. Mahler tragó. ¿Se acostumbraría alguna vez al aspecto de Elias?

En el suelo, al lado de la cama, yacía tumbada Anna. Estaba como muerta, con los ojos abiertos de par en par mirando fijamente al techo.

– ¿Anna?

– Sí -contestó ella con voz apagada, sin levantar la cabeza.

Había un biberón junto a la almohada de Elias. Se había caído un poco de líquido en la sábana. Mahler cogió el biberón y lo puso encima de la mesilla.

– ¿Qué pasa?

Seguía cabreado. Había sido un suplicio andar dando vueltas con las bolsas por Norrtälje bajo aquel calor sofocante, llevar las cosas y hacer bien los encargos. Había contado con volver a casa y poder descansar un poco. Pero ahora había pasado algo más. Anna no contestaba. Tuvo ganas de darle un golpecito con el pie, pero se abstuvo.

– Oye, ¿qué pasa?

Anna tenía los ojos hinchados, rojos de llorar. Su voz, apenas un susurro a través de capas de viejas lágrimas.

– Está vivo.

– Sí. Ya lo sé. -Mahler cogió el biberón, lo agitó. Quedaban los posos del azúcar que no se había disuelto bien-. ¿Le has dado esto?

Anna asintió sin palabras.

– Ha bebido.

– ¿Ah, sí? Qué bien.

– Ha chupado.

– Ya.

Mahler sabía que debería estar más entusiasmado con la noticia de lo que era capaz de mostrar; tenía la cabeza embotada por la falta de sueño, el cansancio y el calor.

– ¿Puedes ayudarme a descargar el coche?

Anna levantó la cabeza y lo miró. Un buen rato. Lo observó como si él fuera un ser de otro planeta y ella estuviera tratando de entender cómo funcionaba. Él se pasó la manga de la camisa por la frente y dijo de mal humor:

– Traigo cosas congeladas que se van a deshacer si no…

– Yo lo descargaré. -Anna se levantó-. Yo descargaré las cosas congeladas.

Era necesario aclarar las cosas. Algo no iba bien. Él ya no era capaz de pensar. Cuando Anna fue al coche, él se encerró en su habitación y se tumbó en la cama. Advirtió, agotado, que la habitación había sido limpiada mientras él estaba fuera. Sólo la cantidad de telarañas que había en los ángulos entre las paredes y el techo indicaban que no había vivido nadie allí desde hacía tiempo. Medio amodorrado, oyó la entrada de Anna y el crujir de las bolsas de papel cuando sacaba las cosas en la cocina.

«La bolsa grande lo dice todo…» [10].

No estaba dormido, pero su cuerpo se fue hundiendo lentamente hasta llegar a un punto en el que algo arrancó dentro de él, un clic, y entonces abrió los ojos, se sentía bastante más despierto de lo que lo había estado en todo el día. Se quedó un rato en la cama, disfrutando de que ya no sentía como si tuviera arena debajo los párpados. Luego se levantó y fue a la cocina.

* * *

Anna estaba sentada a la mesa leyendo uno de los libros que él había traído de la biblioteca.

– Hola -dijo él-. ¿Qué estás leyendo?

Anna le enseñó la cubierta, Autismo y juego, y retomó la lectura.

Él permaneció indeciso unos instantes, luego fue al cuarto de Elias y se llevó una sorpresa. El pequeño estaba tumbado en la cama con un biberón que él mismo sujetaba con la mano. Mahler parpadeó, se acercó.

Probablemente eran imaginaciones suyas, motivadas por el hecho de que Elias hacía algo que cualquier niño puede hacer, pero tuvo la impresión de que la cara de Elias parecía un poco más… sana. No tan absolutamente rígida y áspera, de viejo. Como si se hubiera posado un poco de luz y de alivio sobre aquella piel reseca.

Tenía aún los ojos cerrados y con el biberón en la boca parecía casi como si… disfrutara. Gustav cayó de rodillas al lado de la cama.

– ¿Elias?

No hubo respuesta ni gesto que indicara que Elias oía o veía. Pero sus labios se movían, succionando poco a poco, y la garganta tragaba.

Mahler estiró la mano y le acarició con cuidado el cabello rizado. Era fino y suave bajo su mano.

Anna había dejado el libro y estaba sentada mirando por la ventana, el muro del bosque de abetos y el álamo alto y solitario en el que habían empezado a construir una cabaña; había algunas tablas de madera y contrachapados clavadas entre las ramas. Elias y ella habían empezado a construirla el verano pasado; Mahler no era hombre de andar subiendo escaleras.

Mahler se puso detrás de ella y dijo:

– Fantástico.

– ¿El qué? ¿La cabaña?

– No. Que beba él solo.

– Sí.

Mahler respiró profundamente, soltó de nuevo el aire. Dijo luego:

– Perdón.

– ¿Por qué?

– Porque… no sé. Por todo.

Anna sacudió la cabeza.

– Las cosas son como son.

– Sí. ¿Quieres un whisky?

– Sí.

Mahler echó un chorrito de whisky en dos vasos, los puso en la mesa y levantó el suyo delante de Anna.

– ¿Paz? -propuso-. ¿De momento?

– Paz. De momento.

Después de beber cada uno su trago, suspiraron ambos al mismo tiempo, lo cual hizo sonreír a los dos. Anna le contó que había masajeado la mano y los dedos de Elias un buen rato hasta que se le pusieron más suaves y que después le había puesto el biberón en la mano.

Mahler le contó lo de Aronsson y comentó que debían andarse con cuidado; Anna hizo muecas grotescas imitando la cara de Aronsson, que recordaba a la de un gran inquisidor.

Mahler cogió el libro que Anna había estado leyendo, y preguntó:

– ¿Qué te parece?

– Bien, pero todo este… programa de entrenamiento que describen, pues es para… -Anna se quedó sin voz-, para niños más sanos. -Se tapó la cara con las manos-. Él está tan grave… -El aire salió de sus pulmones con una respiración entrecortada.

Mahler se levantó, se puso a su lado y le apretó el hombro y la cabeza contra su estómago. Ella le dejó hacer. Él le acarició el pelo y le dijo en voz baja…

– Se va a poner bien, se va a poner bien… Sólo tienes que ver lo que ha pasado hoy. -Apretó la cabeza de su hija contra su pecho y añadió-: Debemos tener confianza.

Anna asintió.

– Eso hago. Y eso es lo que me causa tanto dolor.

De repente alzó la cabeza, se secó los ojos y se levantó.

– Ven -le pidió.

Mahler la siguió hasta el dormitorio. Se agacharon el uno junto al otro al lado de la cama de Elias.

– Hola, cariño. Ahora estamos los dos aquí -dijo, y volviéndose hacia Mahler añadió-: Papá. Mira su cara. Dime si estoy loca.

Él observó. Lo que había visto cuando Elias sujetaba el biberón había desaparecido. Tenía la cara inmóvil, sin vida. Se le cayó el alma a los pies. Anna retiró la sábana hacia atrás. Mahler vio que le había puesto a Elias uno de sus pijamas viejos que se había quedado olvidado en la casa y que le quedaba por las rodillas.

Anna colocó los dedos índice y corazón de una mano en el muslo de Elias. Y empezó a mover los dedos como si caminaran hacia su tripa mientras canturreaba:

– Aquí viene un ratón… andando a cuatro patas… -Recorrió su cadera con los dedos-. Andando a cuatro patas… y de pronto va y dice… -Anna le dio un golpecito en el ombligo-. ¡Piii!

Mahler lo vio. No fue más que un esbozo, un pequeño temblor, pero ahí estaba: Elias sonreía.

TäbyKyrkby, 18:00

Hagar se frotó la rodilla derecha.

– Creo que va a llover. Me ha dolido esta vieja rodilla toda la tarde.

Elvy se asomó a la ventana y miró hacia fuera. Pues, sí. No hacía falta una rodilla adivina para ver que se acercaba una tormenta. Las nubes estaban ya tan cerca que ocultaban el sol y parecía que iba a hacerse de noche a media tarde. El aire estaba cargado de electricidad. Elvy sólo podía interpretarlo de una manera. Aclaró las tazas del té que habían tomado y dijo en voz alta:

– Tenemos que salir esta tarde.

Hagar asintió. Estaba preparada. Elvy le había dicho por teléfono que se pusiera algo decente, por si tenían que empezar su tarea sin pérdida de tiempo.

El vestido de seda azul oscuro con estrellitas blancas que Hagar había elegido era quizá un poco llamativo a los ojos de Elvy, pero Hagar se había defendido diciendo que se trataba ciertamente de una «ocasión solemne», y eso no se podía negar.

Hagar no había dudado. Cuando Elvy le contó lo de la aparición, cloqueó encantada y la felicitó. Que María se apareciera en aquella situación tan extrema era para ella algo natural; que se le hubiera aparecido precisamente a Elvy, era una suerte increíble, pero también había gente de la que uno nunca había oído hablar que ganaba diez millones a la primitiva, así que…

A decir verdad, a Elvy no le acababa de gustar la ligereza con la que Hagar admitía todo aquello. Ponerse el vestido de fiesta y hacer esas comparaciones con la lotería.

El encuentro con María había supuesto para Elvy una conmoción profunda, probablemente era lo más grande que le había ocurrido, pero Hagar sólo le miró la herida de la frente, juntó las manos y dijo: «¡Qué estupendo! ¡Qué maravilla!». Elvy sospechaba que si le hubiera contado que la habían secuestrado unos extraterrestres, Hagar habría reaccionado de la misma manera. Era como si su amiga sólo pensara que era divertido que pasara algo, independientemente de lo que fuera.

Hagar había estado casada tres veces. Rune, su último marido, había muerto hacía diez años y desde entonces ella no había hecho otra cosa que asistir a cursos y reuniones. Había mantenido durante tres años una relación con un hombre de su edad, pero sin llegar a vivir juntos. Sólo habían tenido «sus pequeñostête-à-tête», como los llamaba Hagar. Ella le había dejado cuando el hombre empezó a chochear.

Se trataba, por lo tanto, de una mujer frívola y completamente distinta a Elvy. Pese a todo, eran las mejores amigas. ¿Por qué? Bueno, para empezar, tenían el mismo sentido del humor. Y eso daba para mucho. Además era culta y totalmente lúcida, lo cual no podía decirse de todos los antiguos amigos de Elvy. Y aunque tenían opiniones diferentes en muchos asuntos, se entendían la una a la otra.

Sin embargo, Elvy no podía tomarse lo de la Virgen con la misma alegría que Hagar. No quería. Esto era algo serio. Era de suponer que Hagar lo comprendería.

Hagar se frotó la rodilla e hizo un gesto de dolor.

– ¿Cómo vamos a empezar? Nadie es profeta en su propia tierra, ya lo sabes. A lo mejor debemos ir a otro sitio a predicar.

Elvy se sentó al otro lado de la mesa y la miró fijamente a los ojos. Hagar bajó la mirada.

– ¿Qué pasa?

– Te lo voy a explicar, Hagar… -Elvy dio con los nudillos en la mesa para remarcarlo-.No vamos a salir a hacer el payaso. Tal vez a ti esto te parezca divertido, algo así como ganar la lotería y demás, pero si quieres colaborar en esto, entonces tienes que comprender… -Elvy se pasó la mano por el apósito de la frente. Había empezado a picarle la herida; continuó-:… que de lo que se trata es de que María, la madre de Dios, me ha dicho a mí personalmente que debo guiar a la gente hacia ella. ¿Sabes lo que significa eso?

Hagar balbució:

– Que tienen que tener fe.

– Eso es. No vamos a hacer que se cuiden la barba ni que donen sus bienes, ni ninguna otra cosa. Vamos a hacer que crean, a través de la fuerza de nuestra propia fe. Y ahora te pregunto, Hagar… -Elvy se asustó un poco de su propio tono de voz, pero, de todas formas, siguió-: ¿Crees en Nuestro Señor Jesucristo?

Hagar se revolvió en la silla y mirando tímidamente a Elvy, como si fuera una alumna que hubiera recibido una reprimenda del profesor, dijo:

– Lo sabes muy bien.

– ¡No! -dijo Elvy levantando el índice. Siempre hablaba alto cuando conversaba con Hagar, pero ahora subió aún más el tono de voz. Era como si estuviera poseída por alguien-. ¡No, Hagar! Te lo pregunto: ¿crees en Nuestro Señor Jesucristo, hijo único de Dios?

– ¡Sí! -Hagar cerró los puños-. Creo en Jesucristo, hijo único de Dios, que padeció bajo Poncio Pilatos, fue crucificado, subió a los cielos y resucitó al tercer día, ¡sí! ¡Sí, creo en él!

Lo que se había apoderado de Elvy por un momento se retiró. Ella sonrió.

– Bien. Entonces, quedas aceptada.

Hagar meneó la cabeza lentamente.

– Dios mío, Elvy. ¿Qué es lo que te pasa?

Elvy no supo qué contestar a eso.

* * *

Cuando salieron, una capa de nubes había encapotado el cielo y parecía cubrir el mundo. Ambas llevaban paraguas. Hagar se quejó de que no sólo le molestaba la rodilla derecha, sino que le dolía de lo lindo. Iba a ser una tormenta de mil demonios.

Pero de momento no llovía. Los pájaros estaban callados en los árboles y las personas esperaban en sus casas. La presión del aire hacía que a uno se le subiera la sangre a la cabeza, era como una borrachera. Elvy era feliz. Posiblemente iba a suceder esa misma noche. Quizá ella sólo fuera una de los muchos creyentes que habían recibido la llamada. Ella iba a hacer su parte.

Empezaron en casa de sus vecinos, los Soderlund. Elvy sabía que él era un jefecillo en Pharmacia, la mujer era bibliotecaria y cobraba una jubilación anticipada. Llevaban mucho tiempo viviendo allí, pero Elvy no había tenido apenas contacto con ellos.

Abrió la puerta el marido. Lucía un jersey a cuadros, bigote y un poco de barriga, y era medio calvo; en otras palabras, que con su físico habría tenido una oportunidad como presentador de los concursos televisivos tan populares en los años noventa.

Elvy no se había preparado, confiaba en que llegaría la inspiración cuando fuera el momento. El hombre la reconoció y le sonrió amistosamente.

– Bueno, pero si es la señora Lundberg…

– Sí -dijo Elvy-, y ésta es Hagar.

– Ah, bien. Buenas tardes. -El hombre se quedó mirando a Elvy y a Hagar-. ¿En qué puedo ayudarles?

– ¿Podemos pasar? Tenemos algo importante que contar.

El vecino alzó las cejas y echó una mirada por encima del hombro como para comprobar si realmente podía dejarlas pasar. Se volvió de nuevo hacia ellas, parecía que estaba a punto de preguntarles algo, pero sólo dijo:

– No faltaba más, adelante.

Cuando Elvy pasó a la entrada con Hagar detrás, el hombre hizo un gesto apuntando a la frente de Elvy:

– ¿Ha sufrido un accidente?

Elvy negó con la cabeza.

– Al contrario.

La respuesta no satisfizo al hombre, que arrugó el ceño y dio un paso atrás para dejarlas pasar, y se quedó luego con las manos en el estómago. La entrada estaba decorada con mucho gusto, al detalle, lo que no coincidía para nada con el estilo de él y probablemente había sido obra de su mujer.

– ¡Qué bonito lo tienen! -exclamó Hagar.

– Sí, bueno… -El hombre observó a su alrededor; quedó claro que él era de otra opinión-. Tiene un… cierto estilo.

– ¿Perdone?

Elvy miró enojada a Hagar mientras él repetía lo que acababa de decir. Luego se quedó a la espera. Antes de que Elvy hubiera decidido lo que iba a decir, las palabras se le escaparon de la boca.

– Hemos venido para prevenirlos.

El hombre adelantó la cabeza un poco.

– ¿Ah, sí? ¿Y de qué?

– Del regreso de Cristo. -El hombre abrió los ojos de par en par, pero antes de que pudiera decir algo, Elvy continuó-: Los muertos se han despertado, eso sí que lo sabrá.

– Sí, pero…

– No -le interrumpió Elvy-, nada de peros. Mi marido ha regresado esta noche, lo mismo que ha ocurrido en todas partes. Los expertos no saben cómo explicarlo, «imposible, inexplicable», dicen todos, pero está totalmente claro y siempre hemos sabido que iba a suceder. ¿Piensan ustedes quedarse aquí mano sobre mano, fingiendo que es un fenómeno cualquiera?

La señora de la casa salió de la cocina, secándose las manos con un paño. Elvy oyó a sus espaldas cómo se saludaban ella y Hagar.

– Y… ¿qué es lo que quieren? -inquirió él.

– Queremos… -Elvy levantó la mano, y sin pensarlo hizo el signo de la paz, el pulgar contra el interior del dedo anular y los otros dedos extendidos-. Queremos que crean en Cristo.

El hombre miró a su mujer ligeramente azorado. La esposa respondió a su mirada con un gesto que parecía indicar más bien que aquélla era una propuesta ante la que había que definirse. El hombre sacudió la cabeza.

– Mis creencias serán cosa mía.

Elvy asintió.

– Por supuesto, pero mirad a vuestro alrededor. ¿Podéis interpretar sensatamente todo lo que está ocurriendo de otra manera?

La esposa se aclaró la voz.

– Yo creo que uno debe…

– Espera un poco, Matilda. -El hombre hizo un gesto para acallar a su mujer y se volvió hacia Elvy-. ¿Por qué lo hacéis? ¿Qué es lo que queréis?

Antes de que Elvy pudiera contestar, dijo Hagar:

– María se le ha aparecido a Elvy y le ha pedido que lo haga. Tiene que hacerlo. Y yo también, porque yo creo en ella. Y en Jesús.

Elvy asintió. Fue entonces cuando se dio cuenta de cuál era realmente la utilidad de llevar con ella a Hagar. Como Nuestro Señor Jesús, sin ir más lejos, había tenido a Pedro, la piedra.

– No pedimos nada -dijo Elvy-. Vosotros podéis hacer lo que queráis. No obligamos a nadie, no podemos obligar a nadie. Sólo queremos avisarles de que quizá estén a punto de cometer un error terrible si se alejan de Dios ahora cuando… cuando tenemos todas las pruebas.

La mujer miró angustiada a su marido como si Elvy y Hagar estuvieran ofreciéndoles una vacuna contra una enfermedad que estaba causando estragos y supusiera que su marido iba a rechazarla.

Y así fue. El esposo meneó la cabeza, enfadado, pasó por delante de Elvy y Hagar y abrió la puerta de la calle.

– A mí me parece que suena más como una amenaza. -Hizo un gesto con la mano indicándoles que le parecía que debían irse-. Y espero que les vaya bien. Hay muchas almas confundidas.

Elvy y Hagar salieron al porche. Antes de que él tuviera tiempo de cerrar la puerta, Elvy insistió:

– Si cambian de opinión… mi casa está abierta, todo el tiempo.

El hombre cerró de un portazo.

* * *

Cuando estuvieron de nuevo en la calle, Hagar sacó la lengua en dirección a la casa que acababan de visitar.

– Pues esto no ha salido muy bien. -Miró a Elvy, que se había puesto la palma de la mano en la frente-. ¿Qué te pasa?

Elvy cerró los ojos.

– Siento algo más raro en la cabeza.

– Es la tormenta -dijo Hagar señalando al cielo con la punta del paraguas.

– No. -Elvy puso la mano en el hombro de su amiga y se apoyó en él. Ésta la cogió del brazo.

– Pero querida, ¿qué te pasa?

– No puedo… -Elvy se llevó la mano a la frente-. Es como si… como si alguien se adueñara de mí. Otra voz. Para que yo diga esas cosas… «Mi casa está abierta». No había pensado decir eso. No se me habría ocurrido. Sólo… me salió.

Hagar se inclinó hacia delante, examinó la frente de Elvy como si fuera a encontrar allí algún tipo de entrada, pero sólo vio la tirita. Frunció los labios y dijo:

– Piensa en los apóstoles. Ellos podían hablar así de repente cualquier idioma. Que tú tengas un poco de inspiración tampoco es tan raro después de que se te haya aparecido la virgen, ¿no?

Elvy asintió y se irguió.

– No. Supongo que no.

– Entonces, ¿vamos a seguir? -Hagar saludó con la cabeza en dirección a la casa, desde donde ahora el hombre las miraba a través de la ventana-. Ahí dentro no había más que ramas secas.

Elvy sonrió pálidamente.

– El Señor ha hecho milagros más grandes que hacer que crezcan brotes de un árbol muerto.

– Eso es verdad, sí -dijo Hagar-. Ya estás otra vez en forma.

Siguieron caminando.

Bondegatan, 18:30

Flora estaba sentada enfrente del ordenador cuando sus progenitores volvieron a casa. Había entrado en un chat de discusión cristiano y había defendido un punto de vista satánico en el tema de los zombis, también les había contado que en su parroquia en Falköping ahora celebraban misas negras con el propósito de acelerar la llegada de Belcebú. Lo más divertido fue al principio, cuando los otros todavía pensaban que era una devota de la iglesia pentecostal que había visto la luz o la oscuridad, cuando trataban de convencerla para que volviera al buen camino, pero ella había ido demasiado lejos y estaba perdiendo la credibilidad justo cuando se abrió la puerta de casa y Margareta gritó:

– ¡Ju, ju! ¿Hay alguien en casa?

La chica escribió: «Adiós. Nos vemos en el Infierno», y salió del chat. Después se quedó con los dedos sobre el teclado esperando el barullo. Ahí estaba la escandalera que siempre marcaba la vuelta a casa de sus padres después de los viajes. El ruido de las bolsas con las compras.

– ¡Ju, juuu!

Flora cerró los ojos, vio a su padre y a su madre hundidos en un mar de bolas de plástico de todos los colores. Crujía cuando sus cabezas desaparecían de la superficie. Le habría gustado poner a Manson, exorcizar sus voces con una descarga de guitarras, pero había una cosa que le picaba la curiosidad: cómo se tomaría su madre esto de los redivivos. Elvy la había llamado y le había contado que su madre había telefoneado desde Londres, así que estaba informada. ¿Cómo iba a reaccionar?

Efectivamente, el suelo de la cocina estaba cubierto de bolsas de plástico con los logotipos de tiendas inglesas. En medio de ese fangal estaban Margareta y Göran sacando cosas, Viktor se hallaba justo al lado esperando con mal contenida impaciencia su pistola de agua a pilas. Flora cruzó los brazos sobre el pecho y se apoyó contra el marco de la puerta. Margareta la vio.

– ¡Hola, cariño! ¿Qué tal todo?

– Bien. -Le hizo la pregunta como siempre. Alegre y animada. Ninguna alusión a que había pasado algo especial, de manera que Flora añadió-: Algo muerto.

Una sonrisa cruzó como un latigazo la cara de Margareta mientras rebuscaba en una bolsa de plástico. Flora vio por el rabillo del ojo que Göran la miraba con severidad. Margareta sacó un paquete y se lo dio a Viktor.

– … y aquí tienes.

Viktor arrugó la frente y abrió la caja, sacó una escultura de Gandalf realizada con todo lujo de detalles y la giró entre las manos. Su decepción era enorme. Flora vio la etiqueta en la caja: 59,90 libras.

– Sólo tenían de esas que parecen de verdad -adujo Göran extendiendo las manos-. Así que…

– ¿De esas qué que parecen de verdad? -repitió Viktor.

– Pistolas. Y cuando se apretaba el gatillo hacían ruido también como las de verdad. Y nos parece que… no vas a tener eso. Por esa razón te compramos la escultura.

– ¿Para qué quiero yo esto?

– Para tu habitación. ¿No lo quieres?

Viktor miró la escultura. Se le hundieron los hombros.

– Sí, sí, claro.

Margareta había empezado a rebuscar en otra bolsa, y dijo sin levantar la vista:

– ¿Y qué se dice entonces?

– Gracias -dijo Viktor, y le echó una mirada a Gandalf como si tuviera ganas de matarlo.

Margareta se levantó con otro paquete y se lo entregó a Flora.

– Y aquí está el tuyo. Es uno de esos que hay que tener, ¿no?

Lo que había que tener era un iPod. Flora le devolvió el paquete a su madre.

– Gracias, pero ya tengo uno.

Margareta señaló el paquete sin cogerlo.

– Pero se pueden tener… -Se volvió hacia Göran-. ¿Cuántos eran? ¿Doscientos?

– Trescientos -especificó Göran.

– … En ese caben trescientos discos. Todo.

– Ya -dijo Flora-. Lo sé. Pero no lo necesito. Tengo el mío.

Se hizo el silencio. Cayó una bolsa de plástico con un ruido que parecía un suspiro. Flora disfrutó. No podía comprarse todo, no, hay cosas que no se pueden comprar.

Göran dio una palmada.

– Me parece -dijo el padre-, que sois increíblemente desagradecidos.

– ¿Sabéis lo que ha ocurrido? -preguntó Flora. Margareta meneó la cabeza: «No hables de eso ahora», y Flora hizo como si no hubiera captado el gesto. La muchacha continuó-: Pues sí, anoche sobre las once…

– ¿Habéis comido algo? -le interrumpió Margareta, cogiendo finalmente el paquete de las manos de su hija. Sin esperar respuesta, agitó el paquete delante de Flora-. ¿Quieres que lo vendamos o que se lo demos a otro, eso es lo que quieres?

Flora miró a su madre con los labios apretados, que se abrieron un segundo y dejaron escapar un temblor en el labio inferior, antes de volver a cerrarse.

«Podría sentir lástima de ella, pero no quiero».

– Quédate tú con él -respondió Flora.

– ¿Para qué?

– Ah, no sé. Para escuchar a Björn Afzelius [11].

Flora volvió a su habitación y cerró la puerta. Tenía la cabeza espesa, pues en su mente se mezclaban de forma pegajosa mala conciencia, rabia y cansancio, mucho cansancio. Puso Portrait of an American Family en el estéreo para airearse y despejar la cabeza. Se tumbó en la cama y se dejó taladrar por las vibraciones, para que la voz de Manson actuase como bálsamo allí donde le dolía y como alfileres para avivar lo entumecido.

White trash get down on your knees,

Time for cake and sodomy.

Cuando la primera canción se llevó lo peor, pusoWrapped in plastic, se tumbó en la cama y cerró los ojos.

Well, I know the steak is cold

but it's wrapped in plastic.

Sí. Ven a nuestra casa. La carne está fría, a veces sencillamente se pudre, pero la hemos envuelto con el rollo de plástico, te prometemos que no vas a notar el olor. Quédate un rato.

Rollo de plástico.

Flora tuvo una visión de Estocolmo envuelto totalmente en plástico. Plástico sobre las aceras, una fina película sobre las aguas de Strömmen; cuando uno intentaba mojar los dedos en el agua, lo único que sentía era que se abombaba el plástico. Plástico sobre la cara de la gente, plástico líquido para protegernos de las bacterias. Un perro pequeño avanzaba dando vueltas dentro de una burbuja de plástico rígido.

Bajó el volumen y abrió los ojos. Al lado de su cama estaba su madre con los brazos cruzados:

– Flora -le dijo-, mientras vivas con nosotros…

– Ya sé. Ya sé.

– ¿Qué es lo que sabes?

Flora se conocía todo el rollo. Cómo debía comportarse uno, cómo se comportan en general «todos los jóvenes que nosotros conocemos». Lávate las orejas, pon el iPod, escucha a Kent, sí, deja que los lamentos de Jocke Berg te acunen hasta el conformismo. Acepta lo que te dan, sé agradecida. Y da algo a cambio.

No iba a tragar. Esta vez no.

– ¿No piensas hablar de ello? -le preguntó Flora.

– ¿De qué?

– Del abuelo.

La madre agitó los brazos mientras tomaba aire.

– ¿Qué puedo decir de eso?

Flora miró a su madre y vio en sus ojos un miedo que no le correspondía a ella manejar. Giró la cabeza hacia la pared y no quiso insistir.

– Nada. Háblalo con tu psicólogo -le dijo.

– ¿Qué?

– He dicho: háblalo con tu psicólogo. Déjame en paz.

Sintió la presencia de Margareta detrás de ella unos segundos más, y a continuación salió dando un portazo.

«El viejo pequeño…».

Eso era lo que aterraba a su madre.

Hacía medio año, cuando volvieron a casa después de una visita a la unidad de psiquiatría para menores, a la que Margareta había obligado a Flora a acudir, Margareta, de pronto, se había abierto y le había contado lo de su padre.

– No puedo soportarlo -había dicho entonces-. No soporto esa mirada vacía, que no diga nada, que sólo esté allí sentado. -Por entonces llevaba ya varios meses sin ir a visitar a Tore-. Y al mismo tiempo -siguió diciendo ella-, al mismo tiempo es como si yo me imaginara que dentro del abuelo, dentro de su cabeza hay… hay otro viejo más pequeño… un viejo pequeño que piensa con claridad y observa el mundo y me acusa, que piensa: ¿por qué no viene mi hija a verme? Ese viejo está ahí dentro esperando, pero no puedo soportarlo.

Ella suponía que uno de los grandes temas de conversación entre Margareta y el psicólogo, al que visitaba una vez a la semana -dos veces durante el peor periodo de autolesiones de Flora-, era precisamente ése, su padre.

Ya entonces, la muchacha pensó que lo mejor sería que fuera de una vez a Täby. Pero Margareta creía en la psicología. Creía que uno podía salir de allí entero. Sólo con ir trabajando los problemas de uno en uno, ordenadamente, se conseguía finalmente la paz y la armonía. Probablemente, también un diploma. Todos los problemas se pueden solucionar, con una excepción: los insolubles.

¿Y qué hace uno con ellos? ¡Ignorarlos! ¿Viejos pequeños dentro de la cabeza? Pero si eso no existe. No hay nada de lo que hablar, ni pensar en ello siquiera.

Ahora el viejecito había salido de paseo. Ahora andaba por ahí sobre dos piernas y con los ojos vacíos. Ahora había en Danderyd un dedo acusador dispuesto a señalar a Margareta.

Pero era un problema sin solución. Por lo tanto no había ningún problema. No existía.

Flora rebobinó y subió el volumen.

Well, I know the steak is cold

but it's wrapped in plastic.

Plástico.

Media hora después empezaron los truenos de la tormenta, que causó problemas en la conexión a Internet. Flora intentó llamar a Elvy, pero no cogía el teléfono. Cuando llamó a Peter, él respondió a la primera señal.

– Sí, soy Peter. -Hablaba en voz baja, casi en un susurro.

– Hola, soy yo, Flora. ¿Qué pasa?

– La policía está limpiando esto.

Aunque hablaba en tono bajo, Flora pudo apreciar la nota de desprecio que había en él.

– ¿Y eso por qué?

Silbó en el auricular cuando Peter resopló.

– ¿Por qué? No lo sé. Les parecerá divertido.

– ¿Has podido guardar la moto?

– Sí, pero han cogido todas las bicis.

– No.

– Que sí. Nunca había visto tantos. Ocho furgones y un autobús. Ahora se los están llevando a todos. A todos.

– ¿Y a ti?

– No. No puedo hablar más. No debo hacer ruido. Ya hablaremos.

– Sí. Suer…

Se cortó la línea.

– … te.

Kungsholmen, 21:15

David miraba fijamente el paquete de frambuesas guardado en el congelador cuando el primer rayo resquebrajó el cielo sobre el distrito de Norrmalm. El trueno que le siguió un par de segundos después lo sacó de su ensimismamiento y guardó los frutos en el último cajón; sacó una bolsa de pan.

«Roast'n Toast. Consumir antes del 16 de agosto». Todo era normal cuando compró el pan una semana antes y la vida, una sucesión de días, más o menos buenos, unos detrás de otros. Cerró la puerta del congelador y se quedó mirando el pan.

«¿Cuánto tiempo?».

¿Cuántos días?, ¿cuántos años tendrían que pasar antes de que su memoria se pudiera fijar en un buen recuerdo posterior al accidente de Eva? ¿Iba a ocurrir alguna vez?

– Papá, mira.

Magnus estaba sentado a la mesa señalando fuera de la ventana. Finos trazos de tiza resplandecían en el lienzo negro del cielo y el retumbo del trueno se oía algo después, como si ambos fenómenos no estuvieran relacionados. Magnus contó por lo bajinis y dijo que la tormenta se encontraba a tres kilómetros. Una película de agua se deslizó sobre la ventana.

David sacó del paquete un par de tostadas duras como piedras, las puso en el tostador para que Magnus tomara algo antes de irse a la cama. Se le había pegado la salsa de los espaguetis que había hecho y ninguno de los dos había comido mucho. Después habían vistoShrek por cuarta vez. El niño se había comido media bolsa de patatas y su padre se había bebido tres vasos de vino. Ya no tenía hambre.

La casa temblaba con las detonaciones cada vez más cercanas. David consiguió que Magnus se comiera una tostada con queso y mermelada y se tomara un vaso de leche. Había pasado de considerar a Magnus como una máquina de la que debía hacerse cargo a verlo como el único ser vivo de la tierra. Después del vino, la segunda tendencia había empezado a ser la dominante, y debía hacer verdaderos esfuerzos para no echarse a llorar en cuanto miraba a su hijo.

Éste fue a lavarse los dientes, y tan pronto como desapareció de su vista el pánico se apoderó de David. Echó mano de la botella de vino y bebió lo que quedaba; se quedó contemplando los relámpagos inclinado sobre la mesa de la cocina.

Un minuto después Magnus regresó y se puso a su lado.

– Papá, ¿por qué se mueve la luz más deprisa que el sonido?

– Porque… -David se pasó las manos por la cara-. Porque… buena pregunta. No sé. Tendrás que… -Se interrumpió. Había estado a punto de decir: «Tendrás que preguntárselo a mamá». En vez de eso dijo-: Ahora tienes que ir a acostarte.

Arropó bien a Magnus y le dijo que estaba demasiado cansado para contarle un cuento. Entonces, el pequeño le pidió que le leyera uno, y David le leyó el del leopardo que perdía una de sus manchas. Magnus ya lo había oído muchas veces, pero siempre le parecía igual de divertido cuando llegaban al momento en el que el leopardo se contaba las manchas y descubría que le faltaba una.

Aquella noche David no estaba nada inspirado. Intentó imitar la voz de sorpresa del leopardo, pero la sonrisa de compromiso de Magnus fue tan penosa que tuvo que dejarlo, leyó sólo el cuento tal y como estaba. Cuando se terminó, los dos se quedaron en silencio un buen rato. En el momento en que David hizo un intento de ir a levantarse, Magnus le dijo:

– ¿Papá?

– Sí.

– ¿Va a venir mamá aquí?

– ¿Cómo? ¿A qué te refieres?

El pequeño se acurrucó en la cama con las rodillas encogidas contra la tripa.

– ¿Va a venir así como está ahora, muerta?

– No. Vendrá después. Cuando se ponga buena.

– Yo no quiero que venga y esté muerta.

– No va a venir.

– ¿Seguro?

– Sí.

David se inclinó sobre la cama y le dio un beso al niño en la mejilla y en la boca. Normalmente Magnus solía poner dificultades a eso de jugar al juego de las muecas, pero ahora se quedó quieto y se dejó besar. Cuando David se levantó, Magnus estaba con el ceño fruncido. Estaba pensando algo, quería preguntar algo. David esperó. Magnus le miró a los ojos.

– ¿Papá?, ¿puedes arreglártelas sin mamá?

A David se le paralizaron las mandíbulas. Pasaban los segundos. En algún rincón del cerebro una voz sensata le gritaba: «Di algo, di algo ahora, le estás asustando».

– Duérmete ahora, pequeño. Todo se va a arreglar -logró contestar al final.

Dejó la puerta de la habitación abierta, entró en el cuarto de baño y abrió el grifo de la bañera con la esperanza de que el ruido del agua ahogara el llanto.

David se había imaginado muchas veces la muerte de su esposa. Había intentado imaginársela. Mal. Muchas veces le había asaltado la idea de la muerte de Eva. Eso. Porque esas cosas pasan, cada día hay noticias de ésas en los periódicos. Fotografías de carreteras, lagos o un claro del bosque anodino. Aquí chocó fulano, ahí se ahogó mengano, asesinaron a zutano.

Y él había pensado. Una vida en punto muerto; rutinas, obligaciones, quizá con el tiempo un resquicio de luz en algún sitio. Pero ahora, cuando había ocurrido, el peor de los dolores venía, lógicamente, de algo que él no había podido imaginarse.

«¿Papá?, ¿puedes arreglártelas sin mamá?».

¿Cómo podía preguntar eso un niño de ocho años?

Se quedó sentado en el suelo con la cabeza inclinada sobre la bañera mientras el nivel del agua iba subiendo lentamente. Tal vez hiciera mal ocultándole su dolor a Magnus, pero Eva no estaba muerta, él no podía llorarla. Y Eva tampoco estaba viva, no podía esperar nada. No podía hacer nada.

Cerró el agua, quitó el tapón y fue a la cocina, donde descorchó otra botella de vino. Antes de que tuviera tiempo de servírselo, apareció su hijo con el edredón alrededor del cuerpo.

– Papá, no puedo dormir.

David le llevó al dormitorio que compartía con Eva y le arropó. El chico casi desapareció dentro de la cama grande. Aquí acudía con paso inseguro cuando era pequeño y se despertaba por la noche. Ahí estaba la seguridad. David se acostó al lado de Magnus y le puso la mano en el hombro. El pequeño se pegó a él y respiró hondo.

David cerró los ojos, y pensó: «¿Dónde está mi cama grande?».

Había estado preocupado por la mañana por si su madre había visto las noticias matinales, pero no las había visto, por eso cuando ella llamó por la tarde, horrorizada por los acontecimientos de la noche anterior, él la dejó hablar un rato y luego le dijo que no tenía tiempo. Tanto ella como el padre de Eva debían estar al corriente de lo sucedido, pero en aquellos momentos él no se sentía con fuerzas para atenderlos.

La respiración de Magnus se volvió más profunda. Ahora tenía la cabeza metida debajo del brazo de David.

«¿Adónde puedo ir yo?».

Lo único que vio fue la encimera de la cocina donde estaba la botella de vino llena. Allí iría en cuanto su hijo se hubiera dormido del todo. Porque su cama grande era Eva, su único refugio, y no podía acudir a él. Permaneció con la cabeza completamente hundida en la almohada, mirando el resplandor azul que de vez en cuando se reflejaba en el techo. Los truenos retumbaban ahora lejanos, como gigantes refunfuñando al otro lado de las montañas, y el golpeteo de la lluvia sonaba como pasitos de ninfas saltando en el metal de la ventana.

«… y los muertos han despertado…».

Un pensamiento cruzó por su mente y él, agradecido, lo atrapó al vuelo.

«Y si todo… si todo lo imposible empezara a ocurrir ahora».

Sí. Si llegaran los vampiros; si las cosas flotaran y desaparecieran; si los troles salieran de las montañas; si los animales empezaran a hablar o volviera Jesús; si todo se volviera diferente…

David sonrió. Sí, aquel pensamiento reconfortante le hizo sonreír. Era una burla que la sociedad siguiera funcionando con normalidad, como las excursiones al parque o la señorita Reloj [12], pero su hundimiento en la mitología sería un alivio. El empeño de los científicos por comprender el fenómeno desde los conocimientos biológicos no tenía nada que ver con él. Venid ángeles, venid ninfas, empieza a refrescar.

TäbyKyrkby, 20:20

En dos horas les dio tiempo a visitar doce casas, unas veinte personas. Algunos cerraron la puerta nada más oír de qué se trataba, pero otros, más de los que ellas habían calculado, estaban dispuestos a escucharlas. La propia Elvy había recibido varias veces la visita de los testigos de Jehová y se los había sacado de encima, con respeto, eso sí. Una vez sentada al lado de la ventana de la cocina, se había fijado en su ruta, en lo rápido que solían volver a la calle después de llamar en una casa. A Elvy y a Hagar les fue mucho mejor.

Quizá se debiera a las circunstancias especiales, o a la ardiente fe de Elvy. Aunque había tenido su visión y había recibido su mandato, no era tan ingenua como para creerse capaz de poder convertir inmediatamente a todos los demás. Esas cosas no pasaban ni siquiera en la Biblia.

La amenaza de tormenta las envolvió todo el tiempo como una gasa de algodón fina e invisible, pero era como si la tormenta se hubiera cruzado de brazos y sentado a esperar que ellas terminaran su labor antes de desatarse.

La mayoría de las personas a las que habían conseguido atraer o convencer eran mujeres de su misma edad, pero también a un par de hombres. Quien abrazó con mayor entusiasmo su misión fue un hombre de unos treinta años. Era asesor informático, les confesó, y les ofreció sus servicios en caso de que necesitaran ayuda para disponer de una página web a través de la cual propagar su mensaje. Le dijeron que iban a pensar en ello.

Pasadas las ocho la tormenta ya no podía aguantarse más. Ya estaba tan oscuro como si fuera una noche invernal cuando el viento agitó las copas de los árboles y justo después empezó a chispear. En un par de minutos el goteo se convirtió en un diluvio.

Elvy y Hagar abrieron los paraguas; la lluvia que caía sobre la tela formó una cortina de agua a su alrededor y repiqueteaba contra la chapa de los coches aparcados con tal intensidad que ellas apenas podían oírse. Cogidas del brazo, avanzaron camino de casa.

– ¡Pobres apóstoles! -gritó Hagar, y Elvy no supo a qué se refería, pero no valía la pena preguntarle porque era imposible que su acompañante oyera algo con aquel ruido. Siguieron bregando en silencio con el agua arremolinándose alrededor de sus zapatos bajos.

Diluviaba con tanta fuerza que apenas quedaba aire para respirar. Para no acabar totalmente agotadas, avanzaban despacio debajo de los paraguas. Justo cuando alcanzaron la casa de Elvy llegó el primer rayo, y sólo dos segundos después, un estruendo que retumbó en toda la calle como un tambor siniestro.

* * *

Hagar cerró su paraguas y lo sacudió.

– ¡Uf! -dijo, riéndose-. ¿Será el fin del mundo, tú crees?

Elvy sonrió ladeando la cabeza.

– No sé más que tú.

– Huy, huy, huy… -Hagar meneaba la cabeza-. Las puertas del cielo se han abierto de par en par, como suele decirse.

La respuesta de Elvy no se oyó porque la tormenta se había aproximado, y una detonación sacudió la casa e hizo sonar las copas de vino del aparador. Hagar dio un salto y le preguntó:

– ¿Te dan miedo las tormentas?

– No. ¿Y a ti?

– No mucho. Tengo que… -Hagar inclinó la cabeza y bajó el volumen de su audífono. Luego dijo con la voz un poco más alta-: Ahora no oigo tan bien, porque con esta tormenta… suena demasiado fuerte.

Los estruendos de los truenos llegaban cada vez más seguidos y Hagar miraba asustada al techo. Eso de que no tenía miedo de las tormentas parecía que no era cierto del todo. Elvy la cogió de la mano y Hagar se la apretó agradecida dejándose llevar hasta la sala de estar. La propia Elvy sólo se sentía… esperanzada. Todo era como debía ser, y ellas habían hecho cuanto estaba en su mano.

Cuando entraron en la sala de estar, Elvy observó que la luz de la lámpara del techo temblaba un poco. Después se apagó, como todas las lámparas de la casa, y se quedaron a oscuras. Hagar apretó la mano de Elvy con más fuerza y le preguntó:

– ¿Rezamos?

Apoyándose la una en la otra consiguieron ponerse de rodillas. Hagar hizo un gesto de dolor.

– No puede ser… mi rodilla…

Elvy la ayudó a levantarse y, en vez de eso, se sentaron muy juntas en el sofá. Después unieron las manos e inclinaron la cabeza en actitud orante, mientras la lluvia seguía cayendo sobre el tejado y los truenos llenaban el mundo.

* * *

Cuando el apagón se hubo prolongado ya diez minutos y el estroboscopio de la tempestad apuntaba aún hacia la casa, Elvy bajó las persianas, encendió dos velas y las colocó sobre la mesita auxiliar. Hagar, que estaba casi tumbada en el sofá para aliviar el dolor de la rodilla, pasó de parecer un monstruo del cine a la luz de los relámpagos a convertirse en la digna representación de una santa.

Elvy daba vueltas de un lado a otro del salón con creciente irritación.

– No sé -dijo-. No sé.

– ¿Qué? -Hagar se hurgaba con los dedos detrás de la oreja, pero Elvy le hizo un gesto con la mano para que no se molestara. No tenía nada importante que decir.

«¿Por qué no ocurre nada?».

No es que se hubiera esperado la conversión inmediata de las masas, pero algo…, algo que hiciera de la misión algo más grande que dos señoras viejas dando tumbos y vendiendo fe de puerta en puerta. Ella había sido elegida, designada personalmente y marcada. ¿Sería así para todos los predicadores?

Probablemente. Se trataba de aferrarse a su visión, no dejar que se desvaneciera.

«¿Pero cuánto tiempo, Señor, cuánto tiempo?».

Había llegado a la entrada en su deambular cuando sonaron unos golpecitos discretos en la puerta de la calle. Elvy abrió.

En la puerta estaba la vecina hecha una sopa. El cabello le caía en mechones mojados y tenía el vestido empapado.

La iluminaron una tanda de relámpagos y su aspecto era absolutamente miserable.

– Pasa, pasa -dijo Elvy, apremiándola para que entrara en casa.

– Perdona… -repuso la vecina-, pero como dijiste que, bueno, que tu casa estaba abierta. Mi marido se puso fuera de sí cuando os fuisteis. Bebió mucho y luego se marchó de casa y… si fuera así, que ésta es la última noche, pues…

– Te entiendo -dijo Elvy, y era verdad-. Entra.

* * *

Todavía estaba la vecina en el cuarto de baño secándose el pelo cuando llamaron otra vez a la puerta.

«Qué manera de aporrear…».

Pero entonces Elvy recordó que el apagón debía de afectar también al timbre. Temerosa de que fuera el vecino en busca de su mujer desaparecida, abrió la puerta al tiempo que preparaba un discurso acerca de la libertad de las personas.

Pero no era el vecino, sino Greta, una de las señoras mayores que se había mostrado convencida aquella tarde durante su visita. Venía mejor preparada que la vecina. Llevaba la cabeza y los hombros cubiertos con un impermeable en forma de poncho de color verde chillón, y debajo de él traía una cesta.

– Bueno, he traído café y unos bollos. Así podemos velar juntas.

No pasó mucho tiempo antes de que llegara otra de las mujeres. Ella traía un paquete de velas, por si hacían falta. Finalmente llegó Mattias, el hombre joven experto en ordenadores. Dijo que había pensado traerse su ordenador portátil, pero que no parecía muy buena idea mientras siguiera la tormenta.

Cuando estuvieron todos reunidos en la sala de estar y encendieron más velas, con las tazas llenas de café y los bollos servidos, todos empezaron a dar explicaciones. La tormenta había amainado, así que Hagar pudo subir el volumen de su aparato y participar en la conversación.

Había sido la tormenta, declararon todos. Era una advertencia. Si aquella noche iba a significar el fin del mundo o al menos un cambio radical de la vida tal como la conocemos, no querían pasarla solos cuando tenían la posibilidad de vivirla con otros que pensaban como ellos.

Después de hablar de ello un rato, las miradas se volvieron hacia Elvy. Ella comprendió que esperaban que ella dijera algo.

– Sí -dijo Elvy-. Es cierto que solos no podemos conseguir nada. La fe sólo puede mantenerse viva cuando se comparte. Ha sido una bendición que hayáis venido aquí. Juntos somos más grandes que la suma de nuestras partes. Vamos a velar juntos esta noche, y si es la última, al menos le haremos frente juntos. Mano con mano.

Elvy se avergonzó después de terminar su discurso. No había sido nada inspirado. Sólo había tratado de decir lo que ellos esperaban. Se hizo un silencio mientras los otros reflexionaban sus perogrulladas, hasta que Hagar gritó:

– ¿Tienes colchones para todos?

Elvy sonrió:

– Cuando hay sitio en el corazón, donde caben cuatro…

– ¿No podemos cantar algo? -preguntó el hombre joven.

Sí, claro que podían cantar. Pero ¿qué?

Todos se devanaron los sesos buscando algo acorde para la ocasión. Hagar miró a su alrededor.

– ¿Qué pasa? -preguntó.

– Vamos a cantar algo -le dijo Elvy en voz alta-. Estamos pensando qué.

Hagar pensó un segundo, y luego entonó:

«Más cerca de Dios, a ti…».

Todos la siguieron lo mejor que pudieron. La luz de las velas flameaba debido al aire que expulsaban mientras cantaban a voz en grito, ahogando el ruido de los truenos.

Bondegatan, 21:50

En la sala de estar del ático estaban celebrando que alguien cumplía cincuenta años. La tormenta se había alejado, y desde su ventana Flora podía oír las risas de los invitados retumbando en el hueco de las escaleras. Al fondo Peps cantabaHög standard, y a Flora no le cabía en la cabeza que pudieran poner eso sin avergonzarse.

La muchacha permanecía quieta, rumiando su desprecio hacia aquella clase media en cuyo seno había nacido. Era posible destacar un poco, se podía estar un poco loco o ser un poco negro, mientras eso ocurriera dentro de ciertas normas estéticas. Todo lo que se saliera de eso había que tratarlo con el psicólogo. Nunca se sentiría a gusto con ellos. Sólo tenía ganas de gritar, agitar los brazos, explotar cuando la tolerancia se cernía a su alrededor como una camisa de fuerza.

Sus padres habían mandado a Viktor a la cama a las nueve y media, y ella había rehusado acompañarlos a la fiesta después de que la invitaran con aquel tono desenfadado que decía que no había pasado nada, que todo estaba bien, pío, pío.

Rodó sobre sí misma para salir de la cama y fue al cuarto de estar, donde puso la tele para ver las noticias. No había sabido nada más de Peter, y no se atrevía a llamarlo por miedo a hacer ruido.

Las noticias trataban casi exclusivamente de los redivivos. Un catedrático de biología molecular explicó que sí, que lo que en un principio habían pensado que era una bacteria agresiva que favorecía la descomposición, había resultado ser una coenzima ATP, un nucleótido en la obtención de energía celular. Lo incomprensible era que pudiera vivir a una temperatura tan baja.

«Es como si fermentara una masa colocada fuera en la nieve», explicó el catedrático, que solía colaborar en programas de divulgación científica.

La incomprensible vitalidad del ATP explicaba también por qué los recién fallecidos habían podido superar la rigidez característica de la muerte, ya que es precisamente la disgregación del ATP lo que bloquea los músculos.

– Digamos por el momento que se trata de una mutación del ATP, pero… -El catedrático hizo un gesto juntando el dedo índice con el pulgar como para subrayarlo-… lo que no sabemos es si esa enzima es la que los ha hecho despertar, o si la aparición de ésta es sólo una consecuencia de que se hayan despertado.

El catedrático extendió los brazos y sonrió, como si esa fuera una pregunta que quisiera responder con la ayuda de los telespectadores. ¿Causa o consecuencia? ¿Tú qué crees? A Flora no le gustaba su manera de hablar del asunto como si fueran perogrulladas, como si se tratara de debatir sobre los pros y los contras de suspender las capturas de merluza.

La siguiente noticia hizo que se acercara un decímetro más a la pantalla.

Por la tarde habían permitido la entrada en Danderyd a un equipo de televisión. Las imágenes mostraban una sala de hospital enorme donde aparecían unos 20 redivivos sentados en el suelo, en las camas, en las sillas. Al principio sólo se les veía el semblante. Lo sorprendente era que todos tenían la misma expresión en la cara: una extrañeza impasible, los ojos como platos, las bocas abiertas. Parecía un grupo de escolares, todos sentados mirando a un mago y vestidos con las batas azules del hospital.

Luego la cámara se alejaba para que se viera el objeto de su atención: un metrónomo colocado encima de una mesa con ruedas; la varilla se movía sin parar de un lado a otro ante la admiración del público. Una enfermera sentada al lado del metrónomo estaba bastante tensa, consciente de la presencia de la cámara.

«Será la que lo ponga en marcha cuando se pare».

El locutor hablaba de cómo había mejorado la situación en el hospital desde que se les ocurrió la idea de los metrónomos, e informó de que ahora buscaban otros métodos.

El tiempo iba a seguir inestable.

Flora apagó la tele y se quedó sentada mirando su propia imagen reflejada en la pantalla. Con todo en silencio llegaba el sonido del ático, donde habían empezado a cantar una antigua canción protesta, polifónica. Al terminar la melodía se oyeron voces y risas.

Se echó hacia atrás y se tumbó en el suelo.

«Yo sé», pensó ella, «yo sé lo que falta: la muerte. La muerte no existe ni puede existir para ellos. Para mí lo es todo».

Se rio de sí misma.

«Bueno, Flora. Tampoco hace falta que exageres».

Viktor salió de su habitación sin más ropa que los calzoncillos, parecía tan delgado y frágil que a su hermana de pronto le invadió la ternura.

– Flora -le preguntó-. ¿Tú crees que son peligrosos como los de la película?

Ella dio unas palmaditas en el suelo a su lado, para indicarle que se acercara y se sentara. Él se sentó y dobló las rodillas debajo de la barbilla como si tuviera frío.

– La película no es de verdad -le explicó ella-. ¿Crees tú que existe un basilisco como el que sale en Harry Potter? -Viktor negó con la cabeza-. Bien. ¿Crees que existen… crees que existen elfos y hobbits en la realidad, como en El señor de los anillos?

Viktor dudó un instante, pero luego sacudió la cabeza y adujo:

– No, pero hay enanos.

– Sí -admitió su hermana-, pero no van por ahí con hachas, ¿a que no? No. Los zombis de esa película son como el basilisco y Gollum. Son inventados, y nada más. No es así en la realidad.

– ¿Cómo es en la realidad, entonces?

– En la realidad… -Flora miraba la pantalla negra del televisor-. En la realidad son buenos. No quieren hacer ningún daño.

– ¿Seguro?

– Seguro. Ahora, acuéstate.

Svarvargatan, 22:15

El reloj de la mesilla marcaba las 22:15 cuando sonó el teléfono. Magnus llevaba durmiendo un buen rato y David liberó el brazo que tenía medio dormido, salió a la cocina y contestó.

– Sí, soy David Zetterberg.

– Sí, hola. Me llamo Gustav Mahler. Espero no haberte llamado demasiado tarde. Me han dicho que me estabas buscando.

– No, está… bien. -David vio la botella y la copa, se sirvió-. Si te soy sincero… -Dio un buen trago-. El caso es que no sé por qué te he buscado.

– Bueno -dijo Mahler-. Eso también puede pasar. Salud.

Sonó un tintineo en el otro extremo de la línea y David alzó su copa y dijo:

– Salud. -Y bebió otro trago.

Se quedaron unos segundos en silencio.

– ¿Qué tal va? -preguntó Mahler.

David se lo contó todo. Sería por el vino, por la angustia contenida o algo en la voz de Mahler, pero el bloqueo saltó. Sin preocuparse de si el desconocido que escuchaba al otro lado estaba o no interesado, le habló del accidente, de que ella se había despertado, de Magnus, de la visita al Instituto de Medicina Forense, de la sensación que tenía de haberse quedado descolgado de la vida, de su amor por Eva. Al menos estuvo hablando diez minutos, y lo dejó porque tenía la boca seca y necesitaba más vino.

– La muerte tiene la capacidad de aislarnos de los demás -afirmó el periodista mientras Zetterberg se servía más bebida.

– Sí -coincidió David-. Tendrás que disculparme, no sé por qué… no he hablado con nadie de… -El humorista se detuvo con la copa a mitad de camino hacia la boca. Un chorro frío le cayó en el estómago, dejó la copa con tanto ímpetu que el vino salpicó-. ¿No pensarás escribir nada de esto?

– Puedo…

– ¡Oye! No puedes escribir nada de esto, hay muchas personas que…

Fue haciendo la lista mentalmente: su madre, el padre de Eva, sus colegas, los compañeros de clase de Magnus, sus padres… y toda la gente que se iba a enterar de más cosas de las que él quería que supieran.

– David -dijo Mahler-, te prometo que no escribiré ni una palabra sin que tú le des el visto bueno.

– ¿Seguro?

– Sí, seguro. Sólo estamos hablando. Mejor dicho: tú hablas y yo escucho.

El humorista se rió, fue una risa corta que llegó en forma de resoplido y le llenó la nariz de mocos, viejas lágrimas. Pasó el dedo por el vino que había salpicado y dibujó un signo de interrogación.

– ¿Y tú? -le preguntó-. ¿Por qué te interesa este tema? ¿Es un interés puramente… periodístico?

Se hizo un silencio al otro lado. David pensó incluso que se había cortado la comunicación, antes de que el periodista contestara:

– No. Es más… personal.

David bebió más vino mientras esperaba. Estaba empezando a subírsele a la cabeza. Notó con alivio que la existencia empezaba a perder sus contornos, que los pensamientos fluían más despacio. A diferencia de lo que había sentido todo el día, ahora experimentaba una sensación que le permitía relajarse. Había una persona al otro lado de la línea telefónica. Él estaba flotando, pero no estaba solo. Temió que la conversación fuera a terminar.

– ¿Personal?

– Sí. Tú has confiado en mí. Yo voy a confiar en ti. Y… en caso de que seamos de ésos, pues los dos tendremos pillado al otro. Yo tengo en casa a mi nieto, que es… -David oyó que su interlocutor daba un trago a lo que estuviera bebiendo-. Mi nieto estaba muerto hasta ayer por la noche. Enterrado.

– ¿Le tienes escondido?

– Sí. Sólo lo sabes tú y otras dos personas más. Se encuentra en muy mal estado. Si te he llamado ha sido sobre todo porque he pensado que a lo mejor… tú sabías algo.

– ¿De… de qué?

Mahler suspiró.

– Sí, no sé. Como estabas presente cuando ella se despertó, pues… no sé. Si pasó algo que… me pueda servir de ayuda.

David repasó mentalmente lo ocurrido en el hospital. Quería sinceramente ayudar a Mahler.

– Ella hablaba -le dijo.

– ¿De verdad? ¿Qué decía?

– No, no dijo nada que… era como si las palabras fueran nuevas para ella, como si estuviera probándolas. -David la oyó de nuevo; la voz metálica y áspera de Eva-. Fue… fue bastante duro.

– Sí -dijo Mahler-. Pero ¿no era como si ella… recordara algo?

Sin pensar en ello, David había apartado de su consciencia aquel momento en el hospital. No había querido reconocerlo. Ahora sabía por qué.

– No -contestó David, y se le saltaron las lágrimas-. Era como si estuviera completamente… vacía -contestó, aclarándose la voz-. Creo que tengo… bueno…

– Lo comprendo -dijo Mahler-. Apunta mi número de teléfono por si… por si pasa algo.

Colgaron y el humorista permaneció sentado junto a la mesa de la cocina, acabó el vino restante y dedicó veinte minutos a no pensar en la voz de Eva, ni en su ojo en el hospital. Cuando fue a acostarse, Magnus estaba como un crucificado en medio de la cama, con los brazos extendidos. David colocó al niño en un lado, se quitó la ropa y se acostó junto a él.

Estaba tan agotado que se durmió nada más cerrar los ojos.

Koholma, 22:35

– ¿Qué te ha dicho?

Anna entró en la habitación de Mahler dos segundos después de que él colgara el teléfono.

– Nada de particular -respondió él, frotándose los ojos-. Me ha contado su historia. Era terrible, claro, pero nada que nos ayude.

– Su mujer, ¿estaba…?

– No. Lo mismo que Elias, más o menos.

Cuando ella volvió al cuarto de estar y se puso a ver la tele, Gustav fue a la habitación de Elias, se quedó bastante tiempo mirando aquel cuerpecillo. Elias se había tomado un biberón de suero fisiológico, y por la tarde otro de suero glucosado.

«Era como si estuviera completamente… vacía».

Y eso que Eva Zetterberg sólo había estado muerta media hora.

¿Se estaba equivocando?

¿Tenía Anna razón? ¿Y si en ese ser que yacía en la cama no quedaba nada de lo que había sido Elias?

* * *

El aire era nuevo cuando salió a la terraza. Durante la larga ausencia de lluvias había olvidado que el aire podía estar así de saturado; la oscuridad era completa y estaba impregnada de olores de una naturaleza que la tormenta había devuelto a la vida.

«¿Guardará alguna… relación?».

También Elias había estado muerto y reseco. Algo que no era la lluvia le había hecho resucitar, pero ¿qué? ¿Y quéle mantenía vivo si estaba vacío por dentro?

Una semilla, seca o congelada dentro de un glaciar, podía permanecer latente cientos e incluso miles de años. Crecía si se sembraba en tierra húmeda porque había una fuerza verde que impulsaba la flor. ¿Qué fuerza impulsaba a las personas?

Mahler contempló las estrellas. Aquí, en el campo, había muchas más que en la ciudad, lo cual no dejaba de ser una ilusión. Evidentemente las estrellas estaban siempre allí, y eran infinitamente muchas más de las que el ojo más agudo podía percibir.

Le rozó un presentimiento impronunciable. Su cuerpo se estremeció.

En una rápida sucesión de imágenes, vio una brizna de hierba salir de la semilla, buscar la superficie; vio un girasol alzándose hacia el cielo, volverse hacia la luz; vio a un niño pequeño ponerse en pie, levantar los brazos en alto, dar gritos de alegría, y todo vive y tiende hacia la luz, y vio…

«Eso no es evidente».

La fuerza verde que impulsa la flor no es evidente. Todo es un esfuerzo, un trabajo. Un regalo. Nos lo pueden arrebatar. Nos lo pueden devolver.

ANEXO 2

La solidaridad va dirigida siempre hacia «uno

de nosotros», y «nosotros» no puede significar

todas las personas… «Nosotros» presupone que

alguien queda excluido, que pertenece a los

otros, y esos otros no pueden ser animales o

máquinas, sino que deben ser personas.

Sven-Eric Liedman,

Att se sig själv i andra

(Verse a uno mismo en los otros).

15 DE AGOSTO

INFORME URGENTE. TERCER INTENTO (SUSPENDIDO)

Ministerio de Sanidad. Reservado.

Se interrumpe el suministro de nutrientes al paciente 260718-0373, Bengt Andersson, el día 15-08-2002 a las 8:15.

Le fueron retiradas las sondas para el suero fisiológico y glucosalino con objeto de observar su reacción.

A las 9:15 el paciente aún no ha mostrado ningún signo de que su estado general haya empeorado. ECG plano, EEG sin cambios.

9:25. Se producen una serie de convulsiones espasmódicas. Las sacudidas duraron unos tres minutos, tras lo cual el sujeto volvió a su estado anterior.

14:00. No se ha observado ninguna convulsión más, ni ninguna otra reacción.

Nuestra conclusión es que resulta innecesaria la administración de suero fisiológico y glucosalino. Los niveles bajos del redivivo no han mejorado ni empeorado.

FRAGMENTO DEL PROGRAMA STUDIO ETT. 16:00

Entrevistador:resultados que indican que los redivivos no necesitan ser alimentados. Profesor Lennart Hallberg, ¿cómo puede discernirse eso?

Lennart Hallberg: Sí, bueno, como sabe, aún no se han hecho públicos los resultados de la investigación, peroyo supongo que sencillamente se habrá dejado de suministrar azúcar y sal para ver qué pasa.

Entrevistador: ¿Se puede hacer eso? ¿Está permitido?

Lennart Hallberg: Para empezar, los redivivos se encuentran en una especie de laguna jurídica. Seguramente tardaremos en tener unas directrices dentro de la medicina legal para este tipo de situaciones. Y, además, la bandera de la peste digamos que aún no se ha arriado, y eso nos otorga a los médicos ciertas… facultades.

Entrevistador: ¿Cómo es posible vivir sin alimentarse?

Lennart Hallberg: [Se ríe] Sí, ésa es la pregunta. Hace una semana habría contestado que es biológicamente imposible, pero ahora… lo que podemos decir es que a lo mejor existe algún nutriente que no conocemos.

Entrevistador: ¿Y qué podría ser?

Lennart Hallberg: Ni idea.

COLUMNA DE OPINIÓN DEL PERIÓDICODAGENS NYHETER

Extracto del artículo ¿Pueden ayudarnos los muertos?, de Rebecca Liljewall, catedrática de Filosofía de la Universidad de Lund.

posibilidades antes impensables para analizar las condiciones básicas para la vida. ¿Se deben aplicar a los redivivos los mismos criterios éticos que a los pacientes «normales»?

La legislación vigente nos da una respuesta sencilla a esta pregunta: no. Una persona declarada muerta queda fuera del marco jurídico, a excepción del derecho a la inviolabilidad de la tumbas. Sin embargo, resulta problemático saber si esa figura jurídica es aplicable en este caso.

Lo más probable es que la legislación cambie en breve y abarque también a los redivivos. Podrá parecer cínico, pero en ese intervalo existe la posibilidad de llevar a cabo experimentos y pruebas que después van a ser prohibidos. Mi opinión es que hay que animar a los médicos para que aprovechen esta ocasión.

El posible sufrimiento ocasionado a los redivivos ha de evaluarse en comparación con el beneficio que puede tener para la humanidad. Durante los dos últimos días han fallecido en Estocolmo 65 personas y no han despertado. En todo el mundo durante el mismo espacio de tiempo han muerto más de 300.000 personas.

No parece muy aventurado pensar que un análisis más pormenorizado de un reducido número de redivivos nos ayudaría a evitar en el futuro un elevado número de muertes.

¿No merece la pena pagar ese precio?

CARTA AL DIRECTOR, PERIÓDICO DAGENS NYHETER

Soy uno de los miles de familiares que llevan esperando dos días para que se nos diga con claridad qué está pasando con nuestros muertos. ¿A qué viene este secretismo? ¿Qué nos están ocultando?

Como viejo socialdemócrata, estoy muy decepcionado con la actuación del gobierno. Creo que no soy el único en decir que esto se reflejará cuando vaya a votar dentro de un mes. He hablado con muchas personas, y todas dicen lo mismo: si este gobierno es incapaz de organizar las cosas para que podamos ver a nuestros seres queridos, hay que cambiarlo.

EXTRACTO DEL PERIÓDICO EXPRESSEN, «ROSA DEL DÍA»

Quiero dar la rosa del día a todos los médicos, enfermeras y policías cuya rápida actuación retiró a los muertos de las calles.

No soy la única en pensar que habría sido muy desagradable que anduvieran sueltos.

¡Mil gracias!

PROGRAMA DOKUMENT INIFRÅN, SVT 1, 22:10

Entrevistador: Vera Martínez, usted es enfermera y ha trabajado duranteestos días en Danderyd. Al parecer, ha habido grandes cambios en el personal, ¿no es cierto?

Vera Martínez: Sí. La mayor parte del personal que trabaja allí ahora procede de empresas de trabajo temporal. No hay quien pueda aguantarlo. Tan pronto como hay un grupo de muertos en una sala, la situación se vuelve… No se puede aguantar. Son pensamientos y sentimientos, nos esforzamos en pensar con delicadeza todo el tiempo, pero al final es imposible.

Entrevistador:Colocaron metrónomos, ese movimiento parece que les tranquilizó, ¿verdad?

Vera Martínez: Ya no quedan. Los desmontaron todos. Funcionó un día, pero luego… Sí, los desmontaron. Ahora tenemos otras cosas, cosas más resistentes que… se mueven.

Entrevistador:¿Qué le parece a usted que se debería hacer?

Vera Martínez: Hay que separarlos de alguna manera. No pueden estar concentrados en un hospital. Nadie puede soportarlo.

Entrevistador: Karin Pihl, usted es la experta del Ministerio de Sanidad. ¿Hay planes para trasladar a los redivivos?

Karin Pihl: Como ha dicho Vera, la situación actual es insostenible. Desde ayer se trabaja en una solución provisional, pero en estos momentos no puedo ofrecer ningún detalle.

EKOT, 21:00

Los partidos de centroderecha se han puesto de acuerdo para presentar una moción de censura contra el gobierno. Se considera una medida excepcional, dada la proximidad de las elecciones, pero el líder de los conservadores lo ha explicado del siguiente modo:

«Es excepcional, sí. Pero también la actuación del gobierno en este asunto ha sido excepcionalmente torpe. Es incuestionable que hay que facilitar la posibilidad de que los familiares puedan reunirse con sus redivivos».

Los partidos que apoyan al gobierno aún no han ofrecido garantías de que vayan a mantener ese respaldo.

INFORME URGENTE: QUINTO INTENTO (PUTREFACCIÓN)

Ministerio de Sanidad. Reservado

Se interrumpe la regulación de la temperatura a la paciente 320114-6381, Greta Ramberg, el día 15-08-2002 a las 9:00.

La paciente queda aislada en una habitación individual. El climatizador se fue ajustando gradualmente hasta alcanzar los 19 °C, la temperatura normal.

La paciente ha permanecido en constante vigilancia con el fin de observar los signos de la progresiva descomposición de los tejidos. Al no poder observarse nada, se subió la temperatura a 22 °C.

A las 15:00 no pudo observarse ningún empeoramiento. Se realizó un análisis bacteriológico de la flora intestinal, el cual ha permitido constatar que ha cesado toda reproducción bacteriológica en el cuerpo.

Por el momento este fenómeno es inexplicable, pero hemos llegado a la conclusión de que todo parece indicar que los redivivos no necesitan refrigeración, que suele ser la práctica habitual con los cuerpos muertos.

EKOT, 22:00

ha confirmado que el hombre que perdió la vida en la estación del metro próxima al hospital de Danderyd era Sten Bergwall, jefe de sección del hospital. Según la policía, no hay indicios de delito…

E-MAIL DIRIGIDO ALA OFICINA PRINCIPAL DE LA JUGUETERÍA BR

deseamos hacer un pedido de 5.000 (cinco mil) unidades del art. núm. 3429-21.

Rogamos la mayor prontitud posible en la entrega. No importa a cuánto asciendan los gastos de envío. Si fuera posible enviar el pedido por avión…

EKOT, 23:00

Todo el personal sanitario ha abandonado en estos momentos el hospital de Danderyd. Un gran número de vehículos de transporte del ejército se ha concentrado en la entrada. Por el momento, seguimos sin tener información de lo que está ocurriendo, pero el primer ministro ha convocado una rueda de prensa mañana a las 7.00.

16 DE AGOSTO

EXTRACTO DE LAS DECLARACIONES DEL PRIMER MINISTRO. 7:00

Primer ministro: Durante la noche, personal de las FF AA. ha trasladado a los redivivos. Ha sido una medida necesaria con el fin de poder garantizar un buen servicio de atención…

Periodista: ¿Adónde los han llevado?

[Pausa]

Primer ministro: O espera a hacer las preguntas en el turno de preguntas o le invito a abandonar la sala. [Pausa] Con el fin de poder garantizar una buena atención, los redivivos han sido trasladados a instalaciones en donde es posible mantenerlos separados. La presión psicológicamanifestada por el personal sanitario debe ser tomada en serio.

»Al principio la solución más razonable parecía ser el reparto entre un mayor número de hospitales. Sin embargo, eso habría podido significar un deterioro de los servicios sanitarios habituales. Se habría visto afectada incluso la necesaria coordinación.

»La solución a la que hemos llegado es de momento la mejor. Los redivivos han sido trasladados a la zona residencial de Heden, en el noroeste de Estocolmo. También se ha trasladado allí personal competente con el objetivo de que la rehabilitación pueda empezar cuanto antes. A los redivivos hay que hacerles un sitio en la sociedad.

[Pausa]

¿Desean hacer alguna pregunta?

Periodista: ¿Puede atenderse a enfermos graves en una zona residencial a medio construir?

Primer ministro: Disponemos de informes médicos que aseguran que el estado de los redivivos no es en absoluto tan crítico como se creía en un primer momento. Muchos de los tratamientos que se pusieron en funcionamiento al principio se han mostrado innecesarios.

Periodista: ¿Cómo pueden estar seguros?

[Pausa]

Primer ministro: En realidad, esas preguntas debería haberlas contestado Sten Bergwall, que era el coordinador de los traslados. Yo sólo puedo decir que tenemos garantías.

Periodista: ¿Lo de Sten Bergwall ha sido un suicidio?

Primer ministro: Sería indigno hacer especulaciones, y no pienso hacerlas.

Periodista: ¿No es ésta una medida bastante desesperada?

Primer ministro: Vaya. Ahí está usted de nuevo. ¿Qué espera que le responda a esa pregunta?

Periodista: ¿Por qué no se deja entrar allí a nadie?

Primer ministro: En breve, los familiares tendrán la posibilidad de visitar a sus redivivos. Esta medida ha tardado demasiado tiempo. Lamento que haya sido así.

Periodista: ¿Es ésta una resolución para evitar una moción de censura?

Primer ministro: [Suspira] Mi gobierno y yo somos capaces de tomar decisiones sin necesidad de recibir presiones más propias de la mafia. Ha sido imposible autorizar la entrada de visitas antes. Permitimos las visitas ahora que existe esa posibilidad.

CARTA HALLADA EN EL DESPACHO DE STEN BERGWALL

Constato con enorme tristeza que todo se va al garete. Yo no puedo responder por una decisión que, en el fondo, siento que es errónea. Una decisión que va a conducir a una catástrofe.

Estoy cansado como no lo había estado nunca. Me tiembla la mano que sujeta el bolígrafo y me cuesta mucho pensar. Los pensamientos fluyen con dificultad.

¿Podríamos haber actuado de otra manera?

Los redivivos están siendo tratados como si fueran vegetales, sin voluntad ni pensamientos. Eso es un error. Son medusas. Su comportamiento está controlado por su entorno. Tienen voluntad, la de quienes piensan en ellos. Nadie quiere aceptar esto.

Deberíamos aislarlos totalmente. Deberíamos destruirlos. Quemarlos. En vez de eso ahora van a soltarlos. Exponerlos a los pensamientos incontrolados de la gente. Esto va a salir mal. Yo no quiero presenciarlo cuando ocurra.

Si mis piernas son capaces de llevarme hasta el metro, ahora me dirijo allí.

LUNCHEKOT, 12:30

el portavoz de prensa asegura que en estos momentos la situación en Heden se encuentra bajo control, y que los familiares que deseen visitar a sus redivivos podrán hacerlo desde mañana a las 12.00.

FRAGMENTO DE COSAS DEL CASTOR BRUNO (EN PROCESO DE EDICIÓN)

pero la luna se alejaba con cada piso que Bruno construía en la torre. Bruno alargó la pata y la posó en la luna. Él intentó determinar si era rugosa o lisa, pero sólo sintió aire. La luna se hallaba tan lejos como cuando empezó a edificar la torre.

(…)

La torre tenía ya catorce pisos y medía más que el árbol de mayor altura. Cuando Bruno se sentó en lo alto pudo divisar las montañas a lo lejos. Algo se movió en el lago, bajo sus pies. Abajo, al fondo, vio al Señor del Agua deslizándose alrededor de los postes de la torre. Bruno levantó las patas y cerró los ojos.

(…)

Por la noche Bruno vio que había dos lunas. Una arriba en el cielo y otra abajo en la superficie del agua. No podía alcanzar la de arriba y no se atrevía a coger la de abajo, pues era la luna del Señor del Agua.

17DE AGOSTO

Donde hay cadáveres, se congregan los buitres

All that we hope is, when we go

Our skin and our blood and our bones

Don't get in your way, making you ill

The way they did when we lived

MORRISSEY,

There is a place in hell

for me and my friends.

They'll never be good to you

Or bad to you

They'll never be anything

Anything at all

MARILYN MANSON,

Mechanical animals.

Svarvargatan, 07:30

Dosminutos antes de las 7:30 David ya estaba esperando en la entrada, al lado de la puerta. A y media en punto oyó que subía el ascensor, y después unos golpecitos sigilosos. Tanto disimulo era innecesario. Había oído que Magnus estaba despierto, pero un poco de secretismo era lo propio de un cumpleaños. Por lo menos a los nueve años.

Sture, el suegro de David, estaba en el rellano de la escalera con un cesto para gatos en la mano. Era raro ver a Sture vestido con algo que no fueran sus pantalones de carpintero y el jersey de abuelo, pero ahora llevaba una camisa de cuadros rojos y anaranjados, y unos pantalones de corte algo estrechos. Iba vestido.

– Sture, bienvenido.

– Sí. Hola.

Sture alzó el cesto ligeramente e hizo un gesto con la cabeza.

– Bien -dijo David-. Pasa, pasa.

Sture medía uno noventa de alto y era ancho de hombros, por lo que su presencia transformó un apartamento amplio de dos habitaciones en una celda holgada. Sture requería espacios amplios a su alrededor, árboles. Nada más cruzar la puerta hizo algo muy inesperado: dejó la cesta para gatos y abrazó a David.

No fue un abrazo para buscar consuelo ni para darlo, sino más bien la confirmación de un destino compartido. Como un apretón de manos. El recién llegado envolvió a David en un abrazo, lo retuvo así cinco segundos y luego lo soltó. David no tuvo tiempo de decidir si apoyar o no la mejilla en su pecho. Sólo cuando Sture le soltó se dio cuenta de que había sido agradable.

– Sí -afirmó Sture-. Es así.

David asintió sin saber muy bien qué responder. Abrió un poco la tapa del cesto. Había un conejillo gris agazapado en el fondo, mirando a la pared, junto con unas hojas de lechuga en un rincón y un montón de bolitas negras en el otro. El tufillo agrio que sabía que pronto iba a impregnar el apartamento llegó hasta su nariz.

Sture cogió al animal entre las manos; parecía estar en un nido en esas manos tan grandes.

– ¿Tienes la jaula?

– Mi madre la traerá -respondió David.

Sture acarició las orejas del conejo. Tenía la nariz más roja que la última vez que lo había visto, y bajo la piel de las mejillas corría una red de vasos capilares. David percibía un olor a whisky, probablemente de la noche anterior. Sture no se sentaría bebido al volante de ninguna de las maneras.

– ¿Te apetece un café?

– No me vendría mal, gracias.

Se sentaron a la mesa de la cocina. El conejo aún descansaba en las manos de Sture, seguro y confiado. Movía el hociquillo como tratando de comprender su nuevo destino. Sture tomaba su café con el azucarillo a la vieja usanza, y no sin ciertas dificultades al tener una mano ocupada. Estuvieron un rato en silencio. David oía a su hijo removerse en la cama. Seguramente tenía ganas de hacer pis, pero no quería salir de su habitación y romper la magia del momento.

– Eva está mucho mejor -comentó David-. Mucho mejor. Hablé con ellos ayer y dicen que… se han producido progresos enormes.

Su suegro sorbió un poco de café.

– ¿Cuándo podrá volver a casa?

– No lo sabían. Todavía están tratándola y… tienen una especie de programa de rehabilitación.

Sture asintió en silencio y David se sintió vagamente idiotizado por utilizar el idioma de ellos para defender las medidas de ellos, convirtiéndose en una especie de representante de la autoridad.

El neurólogo con el que él había hablado le dijo que la tensión eléctrica en el cerebro de Eva aumentaba de forma paralela al desarrollo de sus funciones conceptuales e idiomáticas. Parecía como si las células muertas del cerebro resucitaran; otro imposible.

El neurólogo, sin embargo, había vacilado cuando Zetterberg le hizo la misma pregunta que Sture:

– ¿Cuándo podrá volver a casa?

– Es muy pronto para poder decirlo -había respondido-. Hay aún ciertos… problemas de los que será mejor que hablemos mañana. Cuando se hayan visto. Es difícil describirlos ahora.

– ¿Qué clase de problemas?

– Sí, bueno, como le digo… es difícil de comprender si no se ha… visto. Estaré mañana en Heden. Entonces hablaremos de ello.

Había quedado en reunirse por la mañana temprano. Heden se abriría a las doce y David quería llegar allí con tiempo.

De nuevo volvieron a llamar a la puerta con cuidado, y David salió a abrir y dejó pasar a su madre con la jaula para el conejo. Ella, para sorpresa de David, se había tomado la noticia del accidente de Eva con relativa calma, sin convertirse en una carga llevando la compasión a la exageración, que era lo que David se había temido.

La jaula tenía buen aspecto, pero no había serrín. Sture dijo que el papel de periódico cumplía las mismas funciones y encima salía más barato. Los dos ancianos prepararon juntos la jaula mientras David permanecía de pie con el conejo en las manos.

Eva y él habían bromeado muchas veces con que deberían azuzar a sus respectivos padres, dos personas que vivían solas, para que se juntaran. No tenía ninguna duda de que resultaría imposible; eran demasiado distintos y estaban anclados cada uno en su vida. No le pareció tan descabellado mientras los veía rasgar las páginas de un periódico con el mayor sigilo posible y poner agua en un cuenco. Durante un instante se invirtieron los papeles: ellos eran una pareja, él estaba solo.

«Pero no estoy solo. Eva se pondrá bien».

Le vino a la mente el gran agujero abierto en el pecho de Eva…

Cerró los ojos con fuerza, los abrió y se concentró en el animalillo, que le mordisqueaba un botón de la camisa. No habría habido ningún conejo de no haber sido por el accidente de su esposa. Tanto Eva como él se negaban a tener animales en la ciudad, en jaulas, pero ahora…

Magnus debía tener alguna alegría. Al menos el día de su cumpleaños.

Cumpleaños feliz,

cumpleaños feliz,

te deseamos todos,

cumpleaños feliz.

David tragó saliva para deshacer el nudo de la garganta cuando entraron en la habitación de Magnus.

El niño no estaba acurrucado durmiendo o fingiendo que dormía. Estaba sentado en la cama con las manos en el estómago; los miró con rostro muy serio, y David pensó que estaban haciendo teatro ante un público que se negaba a participar.

– Feliz cumpleaños, corazón.

La madre de David fue la primera en acercarse y en los ojos de Magnus se suavizó el recelo cuando pusieron los paquetes a los pies de la cama. Pareció olvidarlo todo por un momento. Allí había cartas de Pokémon, Lego y varias películas. Reservaron la jaula para el final.

Si David había temido que Magnus decidiera no seguirles el juego, no quedó ninguna duda de que la alegría de su hijo era grande y auténtica cuando cogió al conejo y lo puso en su cama, le acarició la cabeza y le besó el hocico. Lo primero que dijo después de permanecer así un rato fue:

– ¿Puedo llevármelo para enseñárselo a mamá?

David sonrió y asintió. Después del día siguiente al del accidente, Magnus apenas había nombrado a Eva, y cuando David había intentado sondearle se había dado cuenta de que Magnus estaba resentido con ella porque había desaparecido. Aunque el propio Magnus fuera consciente de que era una postura absurda y se avergonzara de ella, se negaba totalmente a hablar de su madre.

Por lo tanto, si quería llevar el conejo, pues que lo llevara.

Sture acarició a Magnus en la cabeza y le preguntó:

– ¿Cómo crees tú que se llama?

– Baltasar -se apresuró a contestar el pequeño.

– ¿Ah, sí? De acuerdo -dijo Sture-. Menos mal que es macho.

Sacaron la tarta. David había comprado una de mazapán en la pastelería, pero Magnus no dijo nada. Se sirvieron café y leche con cacao. Habría sido insoportable saborear el dulce, soportar el silencio entre los bocados de no haber sido por Baltasar. El conejo saltaba por la cama de Magnus, olisqueó la tarta y se manchó el hocico de nata.

En vez de hablar de Eva, lo cual les resultaba imposible, hablaron de Baltasar. Baltasar era el quinto ser vivo; Baltasar sustituyó a Eva. Se rieron de sus brincos, conversaron acerca de los inconvenientes y las satisfacciones de tener conejos.

Cuando se fue a casa la madre de David, éste y Magnus jugaron un par de partidas de Pokémon para que el chico pudiera estrenar las cartas nuevas. Sture seguía el juego con interés, pero cuando su nieto trató de explicarle las reglas, tan complicadas, Sture sacudió la cabeza:

– No. Creo que no está hecho para mí. Me quedo con el póquer y el tute.

Magnus ganó las dos partidas y se fue a su habitación a jugar con Baltasar. Eran las 9:30. No podían seguir tomando café sin riesgo de que les produjera acidez de estómago, y debían matar dos horas antes de ponerse en camino. David estuvo a punto de proponer una partida de tute, pero iba a parecer algo rebuscado. En vez de eso se sentó a la mesa de la cocina enfrente de Sture, sin saber qué decir.

– He visto que vas a actuar esta noche -comentó Sture.

– ¿Qué? ¿Esta noche?

– Sí, al menos eso ponía en el periódico.

David sacó su agenda y lo comprobó. «17 de agosto. NB 21:00». Sture tenía razón. Además, para su horror, vio que tenía un trabajo para una fiesta de empresa en Uppsala el 19. Trabajo: hacer chistes, gastar bromas, hacer reír a la gente. Se pasó las manos por la cara.

– Tendré que llamar y decir que no voy.

Sture entornó los ojos, como si estuviera mirando al sol.

– ¿Vas a hacer eso, entonces?

– Sí, ya sabes, estar allí… haciendo bromas de mal gusto. No puede ser.

– Tal vez fuera bueno para alejarse un poco.

– Sí, pero los textos… Me van a salir de la boca como piedras. No.

A esto había que añadir que una parte del público probablemente ya sabía lo que le había pasado, tras la emisión del reportaje de TV4. Actuaba el marido de la mujer muerta. Seguramente Leo había suspendido ya su actuación, pero había olvidado retirar el anuncio.

Sture entrelazó los dedos encima de la mesa.

– Yo puedo quedarme con el niño, si quieres.

– Gracias -dijo David-. Ya veremos. Pero no lo creo.

Bondegatan, 09:30

El sábado por la mañana llamaron a la puerta de Flora. Fuera la esperaba Maja, una de las pocas amigas que tenía en la escuela. Maja le sacaba la cabeza a Flora y pesaba unos treinta kilos más. En la solapa de su guerrera militar comprada en ÖB llevaba una chapa con el lema «I BITCH & I MOAN. WHAT'S YOUR RELIGION?».

– Sal un momento -le pidió.

Flora lo hizo encantada. El apartamento olía a desayuno y a pan tostado, como un recordatorio aciago de una felicidad inexistente. Además Flora fumaba casi exclusivamente cuando estaba con Maja, y ahora le apetecía echarse un pitillo.

Deambularon sin rumbo por las calles mientras Maja se fumaba el primer cigarrillo de la mañana y Flora daba un par de caladas.

– Nosotros hemos estado hablando de hacer algo en Heden -dijo su amiga mientras le pasaba el cigarrillo.

– ¿Nosotros?

– Sí, en el partido.

Maja pertenecía a una facción de Ung Vänster, las nuevas generaciones del Partido Comunista; eran sobre todo chicas, y les gustaba dárselas de originales. Cuando el periódico Café celebró su décimo aniversario en el barco Patricia, arrojaron diez cubos de cola de empapelar en el muelle delante de la plataforma de acceso y colocaron un cartel: «¡PRECAUCIÓN! ¡ESPERMA!». Los invitados tuvieron que vadear aquella plasta grisácea hasta que con grandes dificultades consiguieron limpiarla.

– ¿El qué? -preguntó Flora, devolviéndole el cigarrillo sin fumar. Ya había tenido suficiente.

– Pero… lo que están haciendo es una locura -exclamó Maja, apartando ostensiblemente la mirada de una chica que iba en plan súper Buffy con pantalones blancos de lino y que estaba dando su paseo matinal con un perro de adorno-. Primero les utilizan como conejillos de Indias y ahora van a encerrarlos en un gueto de mierda.

– Es verdad -dijo Flora-. Pero ¿cuál es, exactamente, la alternativa?

– ¿La alternativa? No importa nada cuál sea la alternativa. Eso está mal. Hay que criticar a la sociedad…

– … por cómo trata a los más débiles -añadió Flora-. Sí, eso ya lo sé, pero…

Maja agitó la mano del cigarrillo con irritación.

– Nunca ha existido un grupo más débil que los muertos. -Se echó a reír-. ¿Cuándo ha sido la última vez que oíste que los muertos hicieran valer sus derechos, eh? Están indefensos y el poder puede hacer con ellos lo que quiera. Y es lo que van a hacer. ¿Leíste lo que escribió en Dn esa vieja filósofa o lo que fuera?

– Sí -contestó Flora-. A mí también me parece que está mal, llevas razón, tranquilízate, pero me pregunto…

– Las preguntas puede hacérselas uno después. Se identifica el fallo y se hace algo al respecto. Tan pronto como aparece algo nuevo el tema es quién tiene poder para aprovecharse de ello. Imagínate que consiguen un remedio contra la muerte, de acuerdo. ¿Para qué crees que van a usarlo? ¿Para que la población de África viva eternamente? No lo creo. Primero dejarán morir de sida a todos los negros, después ya veremos qué podemos hacer con África. Date cuenta de que la propagación del virus en principio está controlada por industrias farmacéuticas estadounidenses. -Maja meneó la cabeza-. Me apostaría algo a que también vendrán a meter las narices en Heden.

– Yo había pensado ir allí cuando abran -dijo Flora.

– ¿Adónde? ¿A Heden? Te acompaño.

– No creo que te dejen pasar. Sólo son los allegados los que…

– Ahí lo tienes, una cosa como ésa. ¿Cómo puedes demostrar que eres allegado, eh?

– No sé.

Maja apagó el cigarrillo dándole vueltas entre el índice y el pulgar. Se detuvo, ladeó la cabeza y se quedó mirando a Flora con los ojos entornados.

– ¿Y a qué vas tú allí?

– No sé. Es sólo que… que tengo que ir allí. Debo ver qué pasa.

– A ti te interesa mucho todo esto de la muerte.

– ¿Y no nos interesa a todos en realidad?

Maja se quedó mirándola y al cabo de un par de segundos dijo:

– No.

– Te digo yo que sí.

– No.

Flora se encogió de hombros.

– No sabes lo que dices, la verdad.

Maja sonrió burlona y lanzó la colilla describiendo un arco hacia un contenedor de basura. Y acertó, por increíble que pudiera parecer. Flora aplaudió y Maja le puso la mano encima del hombro.

– ¿Sabes lo que eres?

Flora negó con la cabeza.

– No.

– Un poco pretenciosa. Eso es bueno.

Siguieron dando vueltas y charlando otro par de horas. Después se despidieron, y Flora cogió el metro en dirección a Tensta.

TäbyKyrkby,09:30

– Debemos aprovechar la ocasión de predicar cuando se va a juntar tanta gente.

– ¿Crees que va a escucharnos alguien?

– Estoy convencido de ello.

– ¿Cómo van a oírnos?

– Habrá altavoces.

– ¿Crees que nos van a dejar usarlos?

– Vamos a ver: cuando Jesús expulsó a los mercaderes del templo, ¿creéis que les pidió permiso? ¿Les dijo acaso: «Perdonadme, quería volcaros un poco las mesas»?

Las demás se rieron y Mattias cruzó los brazos sobre el pecho, satisfecho. Elvy estaba con la cabeza apoyada en el marco de la puerta de la cocina mirándolos allí sentados mientras discutían la estrategia del día. Ella no participaba. Los últimos días había luchado contra un agotamiento fruto de la falta de sueño, y esa falta de sueño surgía de las dudas.

Permanecía despierta por las noches, luchando por mantener viva su visión, por evitar que palideciera y se convirtiera en una imagen entre tantas. Tratando de comprender.

«Su única salvación es acercarse a mí…».

Después del relativo éxito de la primera tarde, la pesca de almas había ido peor. Pasado el primer impacto, la gente estaba menos dispuesta a entregarse a la causa cuando se vio que, pese a todo, la sociedad era capaz de manejar la situación. Elvy sólo había participado el primer día, el segundo se sintió demasiado cansada.

– ¿Qué crees tú, Elvy?

La cara redonda e infantil de Mattias se volvió hacia ella. A Elvy le llevó un par de segundos entender qué le estaba preguntando. Siete pares de ojos se le quedaron mirando. Mattias era el único hombre del grupo. Aparte de él, estaban Hagar, Greta, la vecina y la otra mujer que llegó la primera tarde -Elvy no recordaba su nombre-, además de dos hermanas, Ingegerd y Esmeralda, que eran amigas de la mujer de la cual no recordaba el nombre. Ésos eran los que se habían dado cita para el desayuno. Otros simpatizantes se unirían más tarde al grupo.

– Yo creo… -dijo Elvy-. Yo creo… No sé lo que creo.

Mattias frunció el entrecejo. Respuesta equivocada. Elvy se frotó distraída la cicatriz de la frente.

– Podéis decidir vosotros lo que creáis que va a ser mejor, y entonces… y entonces, pues hacemos eso. Yo voy a tener que ir a acostarme.

Mattias consiguió darle alcance delante de la puerta del dormitorio. Le puso la mano en el hombro, suavemente.

– Elvy. Ésta estu creencia,tu aparición. Por ella estamos aquí.

– Sí. Lo sé.

– ¿Es que ya no crees en ella?

– Sí. Es sólo que… no me siento realmente con fuerzas.

Mattias se acarició la mejilla con la mano deslizando su mirada sobre el rostro de Elvy. De la herida a los ojos, de los ojos a la herida.

– Yo creo en ti. Creo que tienes una misión y que es importante.

Ella asintió.

– Sí. Es sólo que… no sé muy bien lo que es.

– Tú acuéstate, que nosotros organizaremos esto. Salimos dentro de una hora. ¿Has visto las octavillas?

– Sí. -Mattias se quedó callado, esperando algo más. Elvy añadió-: Han quedado muy bonitas.

Entró en el dormitorio y cerró la puerta. Se metió debajo de la colcha sin desvestirse y se arropó con ella hasta la nariz. Pasó la mirada por la habitación. No había cambiado nada. Se puso las manos delante de los ojos, a unos centímetros.

«Éstas son mis manos».

Encogió los dedos.

«Mis dedos. Se mueven».

Sonó el teléfono en la entrada. No tenía fuerzas para levantarse y contestar. Alguien, quizá Esmeralda, cogió el teléfono y dijo algo.

«No soy nadie especial».

«¿Ha sido siempre así?».

Los santos que habían luchado y perecido en el nombre de Dios; san Francisco bailando de pasión delante del Papa; santa Brígida ardiendo de fervor divino en su celda…

¿Tendrían semejantes dudas? ¿Habría días en los que santa Brígida sospechara que había interpretado algo mal, que ella se lo había inventado todo? ¿Días en los que san Francisco sólo quisiera mandar por ahí a sus discípulos con un «dejadme en paz, no tengo nada sensato que decir»?

¿Sería así?

No había nadie a quien preguntar, todos ellos estaban muertos y la leyenda envolvía sus nombres, borrando su aspecto humano.

Pero ella había visto.

Tal vez hubiera otros que habían visto, serían miles a lo largo de la historia. Quizá lo que caracterizaba a los santos, a las mujeres santas y a los hombres fuera que se aferraban a lo que habían visto, que no dejaban que su visión palideciera y muriera, sino que se agarraban y se negaban a desprenderse de ella, veían el olvido como un instrumento del diablo y se mantenían firmes. Quizá fuera ahí donde radicaba todo el secreto.

La anciana cogió la colcha y la apretó con fuerza.

«Sí, Señor. Me mantendré firme».

Cerró los ojos y trató de descansar. Llegó la hora de irse justo cuando su cuerpo había empezado a relajarse.

Koholma, 11:00

Elias había hecho avances. Grandes avances.

El primer día no había mostrado el más mínimo interés por los ejercicios del libro que Mahler había intentado realizar con él. Éste le había acercado una caja de zapatos y le había dicho:

– Me pregunto qué puede haber dentro. -Elias no se había movido, ni antes ni después de que él abriera la tapa y le mostrara el perrito de peluche.

Gustav había colocado una peonza de colores encima de la mesilla del redivivo y la había hecho girar. La peonza había completado sus vueltas y había caído al suelo. El redivivo ni siquiera la había seguido con la mirada. Pese a todo, Mahler había insistido. El hecho de que Elias agarrara el biberón cuando se lo daban indicaba que era capaz de reaccionar si tenía un motivo para hacerlo.

Anna no se oponía al programa de entrenamiento, pero tampoco parecía entusiasmada con él. Se pasaba las horas muertas junto a su hijo, dormía en un colchón al lado de su cama, pero no hacía nada concreto para mejorar su estado, ésa era la opinión de Mahler.

El coche teledirigido fue lo que rompió el hielo. El segundo día, Mahler le había puesto pilas nuevas y lo había guiado hasta la habitación de Elias con la esperanza de que la visión de aquel juguete que tanto le había gustado despertara algo de vida en él. Y lo hizo. La actitud de Elias cambió nada más aparecer el coche en la habitación haciendo un ruido sordo. Luego siguió al coche con la cabeza en su viaje por la habitación. Cuando Gustav lo detuvo, Elias extendió la mano hacia él.

Mahler no se lo dio, sino que le hizo dar unas vueltas más. Entonces sucedió lo que el abuelo había estado esperando y deseando. Despacio, muy despacio, como si se moviera a través del barro, empezó a levantarse de la cama. Elias se paró un momento cuando se detuvo el coche, y luego siguió incorporándose.

– ¡Anna! ¡Ven y mira!

Ella llegó justo a tiempo de ver a Elias levantando las piernas por encima del borde de la cama. Se llevó la mano a la boca, gritó y corrió hacia él.

– No le estorbes -pidió Mahler-. Ayúdale.

Anna sujetó a Elias por debajo de los brazos y él se puso en pie. Apoyándose en Anna, dio un paso de prueba hacia el juguete. Mahler lo movió un poco hacia delante y hacia atrás. Cuando Elias estaba a punto de llegar hasta él y extendió la mano, Mahler condujo el coche en dirección a la puerta.

– Déjale cogerlo -le imploró Anna.

– No -contestó Mahler-. Entonces se parará.

El niño giró la cabeza hacia el coche, volvió el cuerpo en la misma dirección y caminó hacia la puerta. Anna iba detrás con las mejillas surcadas por las lágrimas. Cuando Elias llegó hasta la puerta, Mahler condujo el coche fuera hacia la entrada.

– Déjale cogerlo -suplicó la madre con la voz rota-. Lo quiere tener.

Mahler siguió alejando el coche en cuanto Elias estaba a punto de alcanzarlo, hasta que Anna se paró sujetando a Elias con los brazos.

– Para -insistió Anna-. Detente. No puedo soportarlo. -Mahler detuvo el coche. Anna sujetó a Elias por el pecho con ambas manos-. Vas a convertirlo en un robot -le reprochó ella-. No cuentes conmigo.

Gustav suspiró y bajó el mando.

– ¿Prefieres que sea un paquete? Esto es absolutamente fantástico.

– Sí -admitió Anna-. Sí, lo es, pero está… mal. -Anna se sentó en el suelo, con Elias encima de sus rodillas, cogió el coche y se lo dio al niño.

– Toma, corazón.

El redivivo deslizó los dedos sobre los detalles de plástico, como si buscara una vía hacia dentro. Anna asentía con la cabeza, le acariciaba los cabellos. El pelo se había vuelto más fuerte y ya no se le caía, pero tenía algunas calvas en la parte superior de la cabeza, allí donde se le había desprendido durante los primeros días.

– Se pregunta cómo puede moverse -dijo Anna sorbiendo el llanto de la nariz-. Se pregunta qué es lo que hace que se mueva.

Mahler dejó el mando.

– ¿Tú cómo lo sabes?

– Lo sé -contestó Anna.

Mahler se rascó la cabeza, entró en la cocina y cogió una cerveza. Desde que llegaron, Anna ya le había informado varias veces de cosas que ella sabía sencillamente, cosas relacionadas con la voluntad de Elias, y a Mahler le irritaba que ella usara ese supuesto conocimiento para poner freno a sus ejercicios.

A Elias no le gusta esa peonza… Elias quiere que le ponga la cremayo…

Cuando Mahler le preguntaba cómo podía ella saberlo, recibía siempre la misma respuesta: ella lo sabía, eso era todo. Él abrió la cerveza, se bebió la mitad de un trago y se puso a mirar por la ventana. La lluvia torrencial no había bastado para salvar los árboles. Muchos dejaban caer sus hojas aunque sólo estaban a mediados de agosto.

Creía que esta vez Anna llevaba razón. Muchos de los viejos juguetes de Elias no habían despertado en él el más mínimo interés, así que probablemente era el propio movimiento del coche el que le había hecho reaccionar. ¿Cómo podían aprovechar eso para seguir avanzando?

Arma dejó a Elias con el coche en el suelo y entró en la cocina.

– A veces -observó Gustav, mirando aún a través de la ventana-, a veces creo que no quieres en absoluto que mejore.

Mahler notó cómo su hija inspiraba antes de contestarle, y sabía más o menos lo que iba a decir, pero antes de que tuviera tiempo de hacerlo la interrumpió un chasquido estridente procedente de la entrada.

Elias estaba sentado en el suelo con el coche entre las manos. De alguna manera había logrado arrancar toda la parte delantera del chasis, de tal modo que las piezas y los cables quedaban expuestos. Antes de que Mahler tuviera tiempo de evitarlo, su nieto agarró el bloque con las pilas, lo arrancó y lo alzó a la altura de los ojos.

Mahler extendió las manos en un gesto de impotencia y miró a su hija.

– Bueno -le dijo-. ¿Estás contenta ahora?

* * *

El redivivo ya había arrancado la batería de otro coche con mando a distancia antes de que a su abuelo se le ocurriera comprar un tren de Brio con los raíles de madera. Incluía una locomotora maciza y tenía tan pocas piezas sueltas que aguantaría bien los intentos de los dedos -aún débiles- de Elias de desmontarla.

Mahler había estado por la mañana en Norrtälje y había comprado una locomotora más. Ahora estaba pegando una tira de cinta adhesiva en la mesa para crear dos zonas, con una línea divisoria, y colocó una locomotora en cada una de las zonas. El primer paso que se describía en el libro para el entrenamiento del autismo era un ejercicio de imitación. Dispuso tres raíles rectos en cada zona, trajo luego a Elias desde el dormitorio y lo sentó en una silla en la cocina.

Elias miraba por la ventana hacia el jardín, donde Anna cortaba la hierba con un cortacésped manual.

– Mira -le dijo su abuelo, mostrándole su locomotora a Elias. No hubo respuesta. La colocó sobre la mesa y la puso en marcha. Se escuchó un zumbido hueco cuando el tren empezó a moverse despacio sobre el tablero de la mesa. Elias giró la cabeza hacia el sonido y alargó la mano. Mahler retiró la locomotora.

– Ahí.

Señaló la locomotora idéntica situada delante de Elias. Éste se echó sobre la mesa e intentó coger la locomotora que aún zumbaba en la mano de Mahler. Él la apagó y volvió a apuntar a la locomotora de Elias.

– Ahí. Ésa es la tuya.

Elias se dejó caer de nuevo sobre el respaldo de la silla, indiferente. Mahler alargó el brazo sobre la mesa y puso en marcha la locomotora de Elias. Ésta avanzó por la superficie hasta que la mano torpe de Elias cayó sobre ella, la agarró y la levantó a la altura de los ojos, y a continuación trató de desmontar las ruedas que estaban dando vueltas.

– No, no.

Gustav dio la vuelta a la mesa y consiguió sacar la locomotora de las agarrotadas manos de Elias para luego depositarla otra vez sobre la mesa.

– Mira.

Colocó su propia locomotora en el otro lado de la mesa y la puso en marcha. Elias se estiró para cogerla.

– Ahí -le animó Mahler, señalando la locomotora parada de Elias-. Ésa. Haz lo mismo.

Elias echó la parte superior de su cuerpo encima de la mesa, se hizo con la locomotora de Mahler e intentó desmontarla. A Mahler no le gustaba estar en aquel ángulo, pues veía en la cabeza de Elias un agujero donde antes había estado la oreja. Se frotó los ojos.

«¿Por qué no entiendes? ¿Por qué eres tan tonto?».

La locomotora crujió cuando contra todo pronóstico el niño consiguió desguazarla y las pilas se desparramaron por el suelo.

– ¡No!, Elias, ¡no!

Mahler sacó los trozos de la locomotora de la mano de Elias y se enfadó, aunque sabía que era una estupidez; empezaba a sentirse terriblemente cansado de todo aquello. Dio un golpe con su propia locomotora y señaló el botón de arranque con un exceso de claridad pedagógica.

– Aquí. Aquí se arranca. Aquí.

Apretó el botón. La locomotora empezó a moverse lentamente hacia Elias; éste la agarró y arrancó una de las ruedas.

«Desisto. No es capaz. No sabe nada».

– ¿Por qué tienes que romperlo todo? -le gritó-. ¿Por qué tienes que destrozar…

De repente Elias echó el puño cerrado hacia atrás y arrojó la locomotora contra la cara de Mahler. Le acertó justo encima de la boca y le reventó el labio. Tras una película roja, Mahler oyó cómo la locomotora golpeaba el suelo con un sonido sordo, mientras que un sabor metálico le alcanzaba la cabeza. Clavó los ojos en Elias, cada vez más furioso, y cuyos labios de color marrón oscuro estaban contraídos en una mueca. Parecía… malo.

– ¿Qué haces? -le dijo Mahler-. ¿Qué haces?

El redivivo movía la cabeza hacia delante y hacia atrás como si una fuerza invisible la impulsara desde la parte posterior. Las patas de la silla se levantaban y golpeaban contra el suelo a consecuencia de esa oscilación. Antes de que su abuelo tuviera tiempo de reaccionar, Elias se desplomó sobre el asiento como si se hubiera quedado sin fuerzas, y se deslizó hasta el suelo como si de pronto el esqueleto se le hubiera convertido en gelatina. Acto seguido, Mahler vio a cámara lenta cómo la silla iba a caer encima del niño, lo cual le dio tiempo para advertir que el respaldo le golpearía en la mejilla; luego, un silbido penetrante como el torno de un dentista le atravesó el cerebro, obligándole a cerrar con fuerza los ojos.

Se llevó las manos a las sienes y las masajeó, pero el silbido desapareció tan deprisa como había llegado. Elias estaba tendido en el suelo, inmóvil, con la silla encima. Mahler corrió hacia él y la levantó.

– ¿Elias? ¿Elias?

Se abrió la puerta de la terraza y entró Anna.

– ¿Qué hacéis…?

Se tiró de rodillas junto a Elias y le pasó la mano por la mejilla. Mahler parpadeó, inspeccionó la cocina con la mirada y un escalofrío le recorrió la columna vertebral.

«Aquí hay alguien».

El sonido sibilante volvió a aparecer, más débil en esta ocasión, y desapareció. Elias levantó la mano hacia Anna; ésta se la cogió y la besó. Ella miró enfadada a Mahler, aún sentado y girando la cabeza de un lado a otro en un intento de ver algo que no era posible ver. Él se pasó la lengua por la incipiente hinchazón del labio, cuyo tacto era resbaladizo como el plástico.

La presencia se había desvanecido.

Anna le tiró de la camisa.

– No puedes hacer esto.