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El ladrón de tiempo

John Boyne

Corre el año 1758 cuando el joven Matthieu Zéla abandona París acompañado por su hermano menor, Tomas, y por Dominique Sauvet, la única mujer a quien amará de verdad. Además de haber sido testigo de un brutal asesinato, aunque aún no lo sabe, Matthieu lleva consigo otro terrible secreto, una característica insólita y perturbadora: su cuerpo dejará de envejecer. Así, su prolongada existencia nos llevará desde la Revolución francesa hasta el Hollywood de los años veinte, de la Gran Exposición Universal de 1851 a la crisis del 29, y cuando el siglo XX llegue a su fin, la mente de Matthieu albergará un cúmulo de experiencias que harán de él un hombre sabio, aunque no necesariamente más feliz.

John Boyne

El ladrón de tiempo

Para mis padres

y en memoria de Michael

AGRADECIMIENTOS

Doy las gracias por sus consejos y aliento a Seán y Helen Boyne, Carol y Rory Lynch, Paul Boyne, Sinéad Boyne, Lily y Tessie Canavan; Anne Griffin, Gareth Quill, Gary O'Neill, Katherine Gallagher, John Gorman, Kevin Manning, Michelle Birch, Linda Millar, Noel Murphy y Paula Comerford; Simon Trewin y Neil Taylor.

1

Un principio

Nunca muero. Sólo me vuelvo más y más viejo.

No obstante, si me vieseis en este momento probablemente me echaríais unos cincuenta años. Mido un metro ochenta y cuatro; convendréis conmigo en que no está mal para un hombre. En cuanto al peso, fluctúa entre los ochenta y seis kilos y los cien, nada fuera de lo común, aunque debo admitir que, a medida que el año avanza, tiendo a alejarme de la primera cifra para aproximarme a la segunda, pues si bien en enero me impongo una dieta de choque y no me permito ningún exceso ni glotonería hasta que concluye agosto, cuando empieza el frío me veo en la necesidad de aumentar mis reservas de grasa. Por fortuna, el cabello -en el pasado una melena abundante, oscura y bendecida con sedosos rizos- ha resistido a la tentación de caer del todo; sólo se ha vuelto un poco más ralo en la coronilla y ha adquirido unos tonos plateados, por lo demás, bastante seductores. Mi tez es morena y, aunque bajo los ojos se me forman unas pocas y minúsculas líneas de expresión, sólo los críticos más severos insinuarían que tengo arrugas. A lo largo del tiempo no han faltado quienes -tanto hombres como mujeres- han señalado mi encanto no exento de cierto atractivo sexual.

He de reconocer que cuando me echan menos de cincuenta me siento profundamente halagado, pues han pasado muchos años desde que podía decir sin faltar a la verdad que sólo había visto cincuenta primaveras. Se trata de una simple cuestión de edad, o al menos de la edad que represento, y en la que llevo estancado la mayor parte de mis doscientos cincuenta y seis años de existencia. Soy viejo. Quizá parezca relativamente joven y me asemeje, por mi aspecto, a la mayoría de los hombres nacidos cuando Truman ocupaba la Casa Blanca, pero estoy muy lejos de la flor de la juventud. Siempre he creído que la belleza es el más engañoso de los rasgos humanos, y tengo la gran satisfacción de presentarme como la prueba concluyente de mi propia teoría.

Nací en París en 1743, durante el reinado de los Borbones; por entonces ocupaba el trono Luis XV y la ciudad aún se mantenía bastante tranquila. Como es natural, he olvidado muchos de los sucesos políticos de la época; sin embargo, conservo algunos recuerdos de mi infancia y de mis padres, Jean y Marie Zéla. A pesar de las continuas crisis financieras que atravesaba el país, éramos una familia relativamente acomodada; Francia estaba sumida en pequeñas y frecuentes guerras que privaban a las ciudades de sus recursos naturales y de los hombres capaces de explotarlos.

Mi padre murió cuando yo tenía cuatro años, aunque no en un campo de batalla. Trabajaba de copista para un célebre dramaturgo de la época cuyo apellido no os sonará de nada pues, al igual que su obra, ha caído en el olvido. He decidido excluir los nombres de personajes desconocidos a fin de ahorrarme la engorrosa tarea de presentar una lista al principio de estas memorias (entendedme, en doscientos cincuenta y seis años uno llega a conocer a mucha gente). A mi padre lo mataron cuando volvía a casa procedente del teatro a altas horas de la noche. Se desplomó al recibir el impacto de un objeto afilado en la nuca y a continuación lo degollaron con una navaja. Nunca se encontró a los culpables; entonces había tantos actos de violencia gratuita como en la actualidad, y la justicia era igual de arbitraria. Sin embargo, el dramaturgo era un buen hombre y asignó una pensión a mi madre, de modo que durante el resto de su vida jamás pasamos hambre.

Mi madre, Marie, moriría en 1758, aunque antes volvió a casarse con uno de los actores de la compañía teatral donde había trabajado mi padre, un tal Philippe DuMarqué, que sufría delirios de grandeza y solía proclamar a los cuatro vientos que una vez había actuado ante el mismísimo papa Benedicto XIV en Roma. En una ocasión en que mi madre se burló de él por esa fanfarronada, su adorable marido le propinó una paliza terrible. Pese a formar un matrimonio infeliz y marcado por la violencia recurrente, tuvieron un hijo, mi medio hermano, Tomas, nombre que desde entonces se ha convertido en característico de la familia. De hecho, su tataratataratataratataratataranieto, Tommy, vive a pocos kilómetros de mi casa, en el centro de Londres, y cenamos juntos a menudo, ocasiones en que le «presto» dinero para que pueda pagar las deudas que acumula debido a su derrochador y ambicioso estilo de vida, por no mencionar sus, hablando en plata, facturas farmacéuticas.

Sólo tiene veintidós años, pero al paso que va dudo que llegue a los veintitrés. Las fosas nasales permanentemente enrojecidas debido a las ingentes cantidades de cocaína que lleva ocho años metiéndose, un tic en la nariz que recuerda al de esa bruja ama de casa y los ojos vidriosos de un zombi son sus rasgos más sobresalientes. Cuando cenamos juntos, siempre a mis expensas, una de dos: o está animado por un nerviosismo eléctrico, o sumido en una profunda depresión. Lo he conocido en el estado histérico y en el catatónico, y no sé cuál prefiero. De pronto se echa a reír sin motivo aparente, y siempre se esfuma poco después de que le preste dinero, reclamado por negocios urgentes. Si no supiera lo problemático que ha sido siempre su linaje -como veréis, todos y cada uno de sus antepasados han tenido un final desdichado-, trataría de buscar ayuda, pero no merece la pena. Hace mucho que dejé de entrometerme en la vida de los sucesivos DuMarqué, quienes, por otra parte, jamás han agradecido mi apoyo. En mi fuero interno me digo que no debería tomarles demasiado apego, porque los Tomas, los Thomas, los Thom, los Tom y los Tommy indefectiblemente mueren jóvenes y siempre hay otro esperando a la vuelta de la esquina para importunarme. Es más, hace sólo una semana Tommy me comunicó que había «preñado», para emplear su delicada expresión, a su novia actual, de modo que no puedo por menos de suponer, pues así me lo dicta la experiencia, que tiene los días contados. Estamos en pleno verano y se espera que el niño nazca en navidades; Tommy ha proporcionado un heredero a la línea de los DuMarqué, y, como el macho de la viuda negra, ya no hay razón para que siga existiendo.

Llegados a este punto podría añadir que hasta finales del siglo XVIII, época en que alcancé la edad de cincuenta años, no dejé de envejecer físicamente. Hasta ese momento había sido un hombre como los demás, aunque siempre cuidé mucho mi aspecto -algo atipico entonces- y me empeñé en mantener el cuerpo y la mente sanos, una preocupación que tardaría nada menos que un siglo y medio en ponerse de moda. En realidad, me parece recordar que en torno a 1793 o 1794 me percaté de que mi aspecto no cambiaba, lo que al principio me complació, entre otras razones porque en las postrimerías del siglo XVIII era poco menos que inaudito llegar a mi edad. Hacia 1810, cuando lo normal habría sido que aparentase setenta años, el asunto empezó a espantarme, y en 1843, al cumplirse el centenario de mi nacimiento, ya sabía que me sucedía algo fuera de lo común. Pero para entonces me había acostumbrado. Nunca he consultado a ningún médico respecto a mi condición, pues durante largo tiempo he seguido el lema «¿Para qué tentar a la suerte?». Y no soy como esos personajes de ficción que rezan para que les llegue la muerte a fin de librarse del cautiverio de la vida eterna; los gimoteos y lamentos de los inmortales no me van. Después de todo, soy muy feliz. Llevo una existencia constructiva. Aporto mi granito de arena al mundo en que vivo. Y quizá al final mi vida no sea eterna. El hecho de haber llegado a los doscientos cincuenta y seis años no significa necesariamente que vaya a cumplir doscientos cincuenta y siete. Aunque sospecho que sí.

Sin embargo, estoy anticipándome a los acontecimientos, de modo que permitidme que por un momento retroceda dos siglos y medio en el tiempo y vuelva a Philippe, mi padrastro, que sobrevivió a mi madre debido a que se excedió con los golpes que le propinaba. Una noche la pobre cayó al suelo y ahí quedó tendida, mientras la sangre le manaba de la boca y el oído izquierdo, para no levantarse más. Por entonces yo era un chico de quince años, y tras asegurarme de que mi madre tenía un entierro digno y Philippe era juzgado y ajusticiado por su crimen, abandoné París con el pequeño Tomas de la mano en busca de fortuna en otro lugar.

Fue entonces cuando, viajando de Calais a Dover con mi medio hermano a cuestas, conocí a Dominique Sauvet, mi primer amor verdadero y posiblemente la chica con la que ninguna de mis diecinueve esposas y cerca de novecientas amantes puede compararse.

2

Conozco a Dominique

He oído decir muchas veces que el primer amor nunca se olvida; sólo la novedad de la emoción bastaría para convertirla en un recuerdo imperecedero incluso para el corazón más duro. Ahora bien, aunque eso no resulta nada extraño cuando se habla del hombre medio, que a lo largo de su vida tiene quizá una docena de amantes, aparte de una o dos esposas, es más difícil para alguien como yo, que he vivido tanto tiempo. Me atrevo a afirmar que he olvidado el nombre y la identidad de cientos de mujeres con las que mantuve relaciones extraordinariamente satisfactorias; de hecho, cuando tengo un buen día sólo soy capaz de recordar a unas catorce o quince esposas… pero Dominique Sauvet permanece en mis pensamientos como un hito que señala el fin de mi niñez y el comienzo de una nueva vida.

El barco que hacía la travesía de Calais a Dover iba abarrotado y sucio, y no había forma de escapar al aire viciado y el hedor a miseria, orines, sudor y pescado podrido. Sin embargo, pocos días antes había presenciado el ajusticiamiento de mi padrastro, y me sentía eufórico. En medio de una pequeña multitud, había rezado para que el reo mirara en mi dirección. Al apoyar la cabeza sobre el tajo, me vio; por un instante nuestros ojos se encontraron, y temí que no me reconociera a causa del terror que lo embargaba. La sangre se me heló en las venas, pero aun así me alegré de su muerte inminente. A pesar de los siglos transcurridos no he conseguido olvidar la visión del hacha cayendo y rebanando de un golpe el cuello de mi padrastro, el gemido de la muchedumbre, la gran ovación que siguió y la aparatosa vomitona de un joven. Un día, cuando tenía unos ciento quince años, fui a escuchar a Charles Dickens leer una de sus novelas, y al llegar a una escena en que aparecía una guillotina, no pude evitar levantarme y abandonar la sala; así de turbador era el recuerdo de ese suceso ocurrido un siglo antes, así de espantosa la visión de mi padrastro sonriéndome antes de morir, a pesar de que la guillotina no fue implantada hasta el estallido de la Revolución, unos treinta y tantos años después. Recuerdo que mientras me iba el novelista me clavó una mirada gélida; quizá pensó que su obra me disgustaba o que la encontraba aburrida; no podía estar más lejos de la verdad.

Decidí que Inglaterra sería nuestro nuevo hogar porque se trataba de una isla completamente desligada de Francia, y me gustaba la idea de vivir en un país soberano y autosuficiente. No fue una travesía larga y pasé la mayor parte del tiempo cuidando de mi hermano de cinco años, que estaba muy mareado y parecía empeñado en arrojar por la borda todo cuanto su estómago apenas podía contener. Lo llevé hasta la barandilla y lo senté junto a ésta para que el viento fresco le diese en la cara, confiando en que eso lo aliviase. Fue en ese momento cuando vi a Dominique Sauvet, de pie a pocos pasos de nosotros. Con su abundante y oscura cabellera al viento, sostenía una luz en lo alto mientras contemplaba la costa francesa, sumida en el recuerdo de sus propios problemas.

Me descubrió observándola y me miró un instante. Poco después volvió a fijarse en mí. Sonrojado y ya enamorado, cogí en brazos a Tomas, que en el acto se echó a llorar otra vez.

– Calla -rogué-. ¡Chist!

No quería dar la impresión de que era incapaz de cuidar del niño, pero me resistía a permitir que chillara, llorara u orinase allí donde le viniera en gana, como hacían otros niños del pasaje.

– Tengo agua fresca. -Dominique se aproximó y me tocó levemente el hombro; sus finos y níveos dedos rozaron la piel que dejaba al descubierto el largo desgarrón de mi camisa barata, y la excitación me hizo arder de pies a cabeza-. Tal vez lo calme un poco.

– Gracias, se repondrá -respondí nervioso.

Dirigirme a esa bella aparición me daba miedo y, al mismo tiempo, en mi fuero interno me maldije por mi torpeza. No era más que un niño y no podía pretender ser otra cosa.

– Tómala, no la necesito, de verdad -insistió-. De todos modos, no falta mucho para llegar. -Se sentó y, mientras me volvía lentamente, vi que deslizaba una mano por debajo del vestido y sacaba un pequeño frasco de agua limpia-. Pensé que sería mejor esconderlo -explicó-. Por si intentaban robármelo.

Sonreí y lo acepté, y mientras desenroscaba el tapón observé a la muchacha. Le di el agua a Tomas, que, agradecido, bebió un poco. Parecía más tranquilo.

– Gracias -dije, aliviado-. Eres muy amable.

– Antes de partir de Calais cogí algunas provisiones por si acaso. Por cierto, ¿dónde están vuestros padres? ¿No deberían hacerse cargo del niño?

– Ambos descansan a dos metros bajo tierra en un cementerio de París. Mi madre murió a manos de su marido; en cuanto a mi padre, lo asesinaron unos ladrones.

– Lo lamento. Así pues, te encuentras en la misma situación que yo: viajas solo.

– Tengo a mi hermano.

– Ya. ¿Cómo os llamáis?

Le tendí la mano y me sentí mayor, como un adulto, como si el simple acto de estrechar la mano de una persona confirmara mi independencia.

– Matthieu -respondí-, Matthieu Zéla. Y este crío vomitón es mi hermano Tomas.

– Dominique Sauvet -se presentó y, sin hacer caso de mi mano tendida, nos dio sendos besos en la mejilla, alterándome aún más-. Encantada de conoceros.

En ese momento empezó nuestra relación, y más tarde, esa misma noche, prosiguió en la diminuta habitación del albergue de Dover donde nos hospedamos los tres. Con diecinueve años cumplidos, Dominique era cuatro mayor que yo y, como es natural, me aventajaba un poco en experiencias amorosas. Compartimos la cama y nos apretujamos para darnos calor, atenazados por el deseo. Al rato deslizó una mano por debajo de la fina y apolillada sábana que a duras penas nos cubría y la deslizó por mi pecho y un poco más abajo, hasta que nos besamos y dimos rienda suelta a nuestra excitación.

Cuando despertamos a la mañana siguiente, el recuerdo de lo ocurrido me asustó. Contemplé su cuerpo a mi lado; la sábana la cubría recatadamente, pero no lo suficiente para impedir que me acometiera el deseo una vez más, y temí que se arrepintiera de nuestro comportamiento de la noche anterior. De hecho, cuando al fin abrió los ojos, se produjo una situación embarazosa, pues se tapó del todo con la única sábana de que disponíamos y, para mi gran turbación, dejó expuestas a su mirada más partes de mi anatomía. Finalmente se ablandó y me atrajo hacia sí con un suspiro.

Pasamos el día deambulando por Dover con Tomas a remolque; la gente debía de tomarnos por un joven matrimonio con un hijo. Me sentía en la gloria, convencido de que era la vida más perfecta que posiblemente tendría jamás. Deseaba que el día no acabara, pero también que pasase rápido para así volver a nuestra habitación cuanto antes.

Por la noche, sin embargo, sufrí un gran desengaño. Dominique me pidió que durmiera en el suelo con Tomas y, cuando protesté, replicó que si no lo hacía me cedería la cama y sería ella quien se acostaría junto a mi hermano, de modo que callé. Me habría gustado preguntarle qué pasaba, por qué de pronto me rechazaba de ese modo, pero no encontré las palabras adecuadas. Temí que si exigía más de lo que estaba dispuesta a darme me tomara por un crío estúpido e infantil, y no estaba dispuesto a que me despreciase. Ya había decidido que la cuidaría y viviría con ella el resto de mi vida, pero de pronto tuve la certeza de que Dominique pensaba que yo sólo era un niño de quince años y que, si tenía que labrarse un futuro, era improbable que fuese a mi lado. Se hacía ilusiones de encontrar algo mejor.

Como se descubriría más adelante, se equivocaba.

3

Enero de 1999

En la actualidad vivo en un piso muy agradable orientado al sur en el barrio londinense de Piccadilly. Ocupa el sótano de una casa de cuatro plantas. La parte superior del inmueble pertenece a un antiguo ministro del gobierno de Margaret Thatcher cuyas pretensiones de asegurarse un escaño en la Cámara de los Lores se vieron desestimadas de plano por el siguiente primer ministro, John Major -a quien despreciaba por un incidente ocurrido años atrás, en la época en que era responsable de la secretaría de Hacienda-, a consecuencia de lo cual acabó en el mundo, menos prestigioso pero económicamente mucho más gratificante, de la televisión vía satélite. Como principal accionista de la sociedad en que trabaja mi vecino de arriba, me intereso por su carrera profesional, y fui en parte responsable de que lo contrataran para dirigir un programa político de entrevistas que se emite tres veces por semana y cuyo índice de audiencia, debido a que el público empieza a considerar al ex ministro una vieja gloria, ha bajado mucho en los últimos tiempos. Aunque encuentro absurdo que alguien de la década anterior pueda parecer una vieja gloria -sin duda mi longevidad constituye un ejemplo de todo lo contrario-, sospecho que la carrera profesional del hombre está entrando en su recta final, y no puedo sino lamentarlo, pues es un tipo bastante agradable y de gustos refinados, cualidad esta última que compartimos. Ha tenido la gentileza de invitarme a su casa en más de una ocasión, y una vez la cena se sirvió en una hermosa vajilla húngara de mediados del siglo XIX cuya fabricación habría jurado que presencié en Tatabanya mientras me encontraba de viaje de novios con, si no me equivoco, Jean Dealey (1830-1866, casada en 1863), una chica encantadora y de facciones muy finas que tuvo un final espantoso.

Podría permitirme vivir con el mismo lujo que mi amigo de la televisión, pero, francamente, no me apetece. Hoy por hoy lo que me gusta es la sencillez. He vivido en la miseria y también en la opulencia. He dormido en la calle y me he emborrachado hasta perder la conciencia en palacios. He sido un vagabundo criminal y un bufón, y es probable que vuelva a ser ambas cosas. Vivo en este apartamento desde 1992 y lo he convertido en un hogar más que aceptable. Tras la puerta principal, un pequeño vestíbulo conduce a un breve pasillo en cuyo extremo, y tras descender un peldaño, se encuentra la sala, que dispone de unas bellas ventanas saledizas. En ella guardo los libros, mis recuerdos, el piano y las pipas. El resto del apartamento incluye un dormitorio, un cuarto de baño y una pequeña habitación de invitados que solamente ocupa mi enésimo sobrino, Tommy, quien aparece siempre que anda corto de dinero.

Desde un punto de vista económico, puedo considerarme un hombre próspero. No sabría decir exactamente cómo y cuándo amasé mi fortuna, pero no hay duda de que es considerable. En su mayor parte ha crecido sin que yo me diese cuenta. Entre el barco de Dover y mi situación actual he pasado por muchos empleos y posiciones, pero, por suerte para mí, el dinero nunca ha sido más que dinero, y jamás he tenido acciones, pólizas de seguros ni pensiones. (En mi situación es evidente que un seguro de vida representa un despilfarro.) Tenía un amigo -Denton Irving- que en 1929 perdió una millonada en el crac de Wall Street. Fue uno de esos tipos que se arrojaron por la ventana de su despacho, incapaz de soportar la sensación de fracaso. Qué estúpido; a quién se le ocurre llevar al terreno de lo personal una situación que sufre todo el país. Difícilmente podía ser culpable de lo que ocurría. En el mismo momento que saltó debió de ver a la mitad de los antiguos ricos de Nueva York asomados a la ventana de su habitación de hotel, contemplando su propio final. En realidad, mi amigo incluso fracasó en esto último. Calculó mal la distancia y acabó con una pierna rota, un brazo destrozado y un par de costillas fracturadas en medio de la avenida de las Américas, y ahí se quedó gritando de dolor durante unos diez segundos, antes de que por la esquina apareciese un tranvía a toda velocidad y lo arrollara. Supongo que consiguió lo que quería.

Además, siempre he creído que no merece la pena poseer dinero si éste no sirve para hacerte la vida más cómoda. No tengo descendencia, de modo que en el caso improbable de que me sobreviniera la muerte no habría nadie para heredar de mí, salvo el Tommy del momento, claro; por otra parte, en mi opinión una persona debe seguir su propio camino sin recibir ayuda de nadie.

Nunca se me ocurre criticar los tiempos que corren. Conozco un par de jovenzuelos, de unos setenta y ochenta años respectivamente, que se pasan el día quejándose del mundo que les ha tocado en suerte y de los cambios constantes que tienen lugar. Hablo con ellos de vez en cuando en el club y encuentro un poco ridícula esa actitud desdeñosa que muestran hacia el presente. Se niegan a introducir en su casa lo que ellos llaman «artilugios modernos», y siempre que suena un teléfono o alguien les pregunta su número de fax ponen cara de no comprender. Es absurdo. ¡El teléfono ya existía cuando ellos nacieron, por el amor de Dios! Hay que tomar lo que te ofrece la época, digo yo. En mi opinión, los últimos años del siglo XX han sido muy buenos. Un poco aburridos a ratos, eso sí, aunque durante la década de 1960 me obsesioné temporalmente con el programa de investigaciones espaciales estadounidense, pero por el momento dejémoslo aquí; he conocido épocas peores. Deberíais haber vivido un siglo antes, a finales del XIX. Apenas guardo un par de recuerdos de un período de veinte años -así de insulso era todo-, y uno de ellos es un espantoso dolor de espalda que me tuvo postrado en cama medio año.

***

A mediados de enero Tommy me telefoneó para invitarme a cenar por cuarta vez en tres semanas. No lo veía desde navidades y hasta entonces me las había apañado para darle largas. Ahora bien, con un nuevo aplazamiento corría el riesgo de que se presentara en casa a altas horas de la noche y acabara quedándose a dormir, lo cual quería evitar a toda costa. Los invitados nocturnos están bien cuando apetece beber en compañía y disfrutar de una buena conversación, pero a la mañana siguiente uno nunca ve el momento de quedarse solo y volver a su rutina. Entre todos los Tomas, éste no es mi favorito ni mucho menos, de hecho no tiene ni punto de comparación con su tataratataratatarabuelo, pero tampoco es el peor. El muchacho posee cierta grata arrogancia, una mezcla de seguridad en sí mismo, ingenuidad y temeridad que me fascina. Con veintidós años, será un chico del siglo XXI a carta cabal. Eso si consigue vivir hasta entonces.

Quedamos en un restaurante del West End que estaba más concurrido de lo que esperaba. El problema de citarse con Tommy en un lugar público es que resulta imposible mantener una conversación en privacidad. Desde que entra en una sala hasta que sale, todo el mundo se fija en él, cuchichea y le dirige miradas furtivas. Su fama intimida e hipnotiza a la gente por partes iguales, y tengo el dudoso honor de sentirme involucrado. La noche del martes pasado no fue una excepción. Tommy llegó tarde y al entrar concitó la atención general. Se acercó con una sonrisa radiante, ataviado con un traje oscuro de Versace, camisa oscura y corbata a juego. Parecía recién salido de un velatorio o una película de mañosos. Llevaba el pelo escalado por encima de los hombros y lucía barba de dos días. Se dejó caer en la silla, me miró sin parar de sonreír y se relamió los labios, sin apercibirse del silencio que se había adueñado del restaurante. Tres apariciones semanales en las salas de estar del país, aparte del programa especial de repeticiones que se emite el fin de semana, han convertido a mi sobrino en toda una celebridad. Y la persistencia de tal celebridad lo ha vuelto inmune a las molestias que la acompañan.

Tommy, como la mayoría de los Thomas antes que él, es un chico apuesto, y a medida que se acerca a la madurez física la gente lo encuentra más atractivo. Su serie de televisión lleva ocho años en antena, desde que él tenía catorce, y ha pasado de ser un fenómeno adolescente a chico de portada de revistas y, a sus veintidós años, figura nacional. Ha estado dos veces en primera posición en las listas de singles más vendidos (aunque su álbum ni siquiera llegó al número diez), y durante los seis meses que duró la representación de Aladino en un teatro del West End, los alaridos histéricos que provocaba su aparición, ataviado con chaleco, bombachos y poca cosa más, no remitieron en ningún momento. Le encanta contar que durante cuatro años seguidos una revista para adolescentes lo eligió «el chico más follable», un título que me horroriza pero que a él le apasiona. Conoce el negocio de la televisión a fondo. En realidad, no es un actor sino una estrella.

El personaje que representa en la pantalla es un ángel de buen corazón y pocas luces al que nunca le ocurre nada bueno. Desde su debut en la serie a principios de los noventa, por lo visto no ha encontrado ninguna razón para alejarse un kilómetro del radio de Londres. Creo que ni siquiera se plantea que exista otro mundo. Ha crecido en esta ciudad, ha ido al colegio en ella, y ahora trabaja aquí. Ha tenido algunas novias, dos esposas, un lío con su hermana y un idilio no consumado con un chico -que resultó bastante controvertido en su momento-, antes de que a éste la leucemia lo dejara postrado; un importante club futbolístico estuvo a punto de ficharlo, sentía una gran pasión por el ballet que no tuvo más remedio que mantener en secreto, coqueteó con el alcohol, las drogas y el atletismo, y ha hecho Dios sabe cuántas cosas más en su ilustre carrera profesional. Cualquier otro chico habría muerto después de tantos esfuerzos. Tommy, o «Sam Cutler», como lo llama todo el país, sigue viviendo y siempre vuelve por más. Puede decirse que tiene agallas. Por lo visto, se granjea la simpatía de abuelas, madres e hijas por igual, y no digamos de un buen número de jóvenes que imitan sus gestos y muletillas.

– Pareces enfermo -dije mientras comíamos tras echar un vistazo a su piel pálida y manchada y a sus marcadas ojeras-. ¿Sería tan amable de dejarnos cenar en paz? -rogué a una camarera que rondaba expectante nuestra mesa con un bloc y un bolígrafo mientras miraba a su ídolo con mal disimulada lascivia.

– Es el maquillaje, tío Matt. No puedes imaginarte cómo me estropea el cutis. Al principio lo utilizaba porque en un rodaje siempre hay que aplicarse un poco, pero cada vez necesitaba más para quedar mínimamente normal. Ahora parezco Zsa Zsa Gabor en la pantalla, y Andy Warhol fuera de ella.

– Tienes la nariz inflamada -observé-. Te estás pasando con la coca. Al final se te hará un agujero. Sólo es una sugerencia, pero ¿por qué no pruebas a inyectarte en lugar de esnifar?

– No me drogo. -Tommy se encogió de hombros sin alterarse, como si creyese que lo correcto socialmente era eso (negar lo innegable, quiero decir), sabiendo que ninguno de los dos lo creía ni por un momento.

– No es que esté en contra, ¿entiendes? -proseguí tras limpiarme los labios con la servilleta. No era quién para sermonearlo. Después de todo, a principios de siglo yo mismo había sido un opiómano y había sobrevivido a mi adicción. ¡Dios mío, cuando pienso en lo que tuve que pasar!-. La cuestión es que las drogas que consumes acabarán matándote. A menos que las consumas debidamente.

– ¿A menos que qué? -Me miró con cara de desconcierto, cogiendo su copa de vino por el pie y haciéndola girar lentamente.

– El problema de los jóvenes de hoy -continué- no consiste en que hacen cosas que los perjudican, como se afirma en muchos medios de comunicación, sino en que no las hacen bien. Estáis tan obsesionados con colocaros que no pensáis en el peligro de la sobredosis y, hablando sin rodeos, en que podéis palmarla. Bebéis hasta que os explota el hígado. Fumáis hasta que se os pudren los pulmones. Creáis enfermedades que amenazan con exterminaros. Divertíos, ¡claro que sí! Sed libertinos, es vuestra obligación. Pero usad la cabeza. Todo en exceso, pero sabiendo controlarlo; es lo único que pido.

– No me drogo, tío Matt -repitió con tono firme aunque poco convincente.

– Entonces, ¿para qué demonios quieres un préstamo?

– ¿Quién ha dicho que quiero un préstamo?

– ¿Por qué estás aquí si no?

– ¿Por el placer de tu compañía, quizá?

Me eché a reír. Al menos era un pensamiento agradable. Me divertía su manera de guardar las formas.

– Te has vuelto toda una celebridad -razoné, desconcertado por la idea-, pero siguen pagándote muy mal. No lo entiendo. ¿A qué se debe exactamente? Explícamelo, ¿quieres?

– Estoy en un callejón sin salida. Mi trabajo tiene una tarifa fija, y no es muy alta. No puedo irme porque estoy encasillado y jamás encontraría otro empleo, a menos que me metiera en producción o algo así, que es exactamente lo que debería hacer, pues conozco el negocio como la palma de mi mano. He visto todo tipo de chanchullos y contratos incumplidos. Cuando me haga viejo quiero dedicarme a eso. Ocho años interpretando al tonto de una serie televisiva no son el trampolín para una película de Martin Scorsese, ¿sabes? Qué coño, tendré suerte si me dejan apretar el botón de la lotería nacional más de una vez al año. ¿Sabías que hace un par de meses se plantearon mi nombre pero al final pasaron de llamarme?

– Sí, recuerdo que me lo comentaste.

– Y me sustituyeron por Madonna. ¡Madonna! Joder, ¿cómo iba a competir con alguien así? Sin embargo, yo trabajo para la puta BBC y ella no. Era de esperar que mostrasen un poco más de fidelidad, ¿no crees? Pero el tren de vida que llevo para mantenerme en la cresta de la ola exige cierta solvencia. Estoy pillado por todos lados. Soy como un hámster en la rueda. Podría salir en algún anuncio, hacer un poco de modelo, quizá, pero mi contrato estipula que mientras siga trabajando en la serie no me está permitido promocionar ningún producto. En caso contrario juro que ahora mismo me convertiría en una puta del capitalismo. Si pudiera anunciaría cualquier cosa, de espuma de afeitar a tampones.

Me encogí de hombros. Seguramente tenía razón.

– Puedo dejarte dos mil. Pero preferiría pagar algunas de tus facturas en lugar de darte directamente el dinero. ¿Te persigue alguien, por casualidad?

– ¿Que si me persigue alguien? Hombres, mujeres; en cuanto salgo a la calle me persigue cualquier cosa con patas -aseguró sonriendo con arrogancia-. Por cierto, la semana pasada fui a que me blanquearan los dientes -añadió de forma incongruente, separando los labios para mostrar una rodaja de melón de dientes níveos-. ¿Qué tal?

– Contesta a mi pregunta. No te hagas el tonto conmigo. Resérvate para la serie.

– Quieres saber si por casualidad me persigue alguien. ¿A qué te refieres?

– Sabes exactamente a qué me refiero, Tommy. Usureros, banqueros, hombres de conducta sospechosa… -Me incliné y lo miré a los ojos-. ¿Debes dinero a alguien? ¿Es eso lo que te preocupa? He visto hombres que se han venido abajo por culpa de esa gente. Tus mismos antepasados, sin ir más lejos.

Se retrepó en la silla y empezó a mover la lengua lentamente de un lado a otro dentro de la boca. Vi que empujaba la mejilla izquierda levemente mientras me miraba.

– Me las arreglaré con un par de los grandes. Si puedes desprenderte de ellos, claro. Saldré del bache, ¿sabes?

– Sí, por supuesto que lo sé.

– Todo se solucionará.

– Eso espero -dije en tono áspero mientras me levantaba y me ajustaba la corbata para marcharme-. Tengo el número de tu cuenta en casa. Te ingresaré el dinero mañana. ¿Cuándo volveré a tener noticias tuyas? ¿Dentro de un par de semanas? ¿Crees que para entonces ya habrás gastado todo el dinero?

Se encogió de hombros y sonrió. Le rocé el brazo en señal de despedida, echando una mirada admirativa a su camisa de seda, que no parecía precisamente barata. El Tommy actual tiene buen gusto para la ropa. Cuando muera, la prensa sensacionalista se dará un verdadero festín.

4

Vivo con Dominique

Dominique, Thomas y yo pasamos en Dover la mayor parte del año. Perfeccioné mi inglés y aprendí a hablar con un ligero acento, que podía exagerar o eliminar a voluntad. Me convertí en carterista profesional, y deambulaba por las calles desde las seis de la mañana hasta altas horas de la noche mangando billeteras y monederos. Se me daba bastante bien. Nadie notaba mi mano deslizarse por el bolsillo del abrigo de un transeúnte, el modo en que identificaba con los dedos algo de valor, un reloj, algunas monedas, que desaparecían como por ensalmo. De vez en cuando, sin embargo, me despistaba y no advertía que estaba siendo observado por algún probo ciudadano, que daba la voz de alarma. Acto seguido se iniciaba una persecución -divertidísima, la mayor parte de las veces- de la que casi siempre salía bien librado, pues tenía dieciséis años y me hallaba en plena forma. Gracias a mis turbias actividades no vivíamos mal del todo en la trastienda alquilada de una taberna, por suerte ni muy sucia ni demasiado infestada de ratas. En la habitación había dos camas; una la ocupaba Dominique y la otra Tomas y yo. Habían pasado seis meses desde nuestro encuentro y no habíamos vuelto a disfrutar de una noche como la primera. Los sentimientos de Dominique hacia mí eran de una naturaleza cada vez más fraternal. Por la noche permanecía despierto en el lecho, atento al sonido de su respiración, y en ocasiones me deslizaba sigilosamente hasta su cama y dejaba que su aliento me acariciara el rostro. La contemplaba dormir, devorado por el deseo de compartir de nuevo el lecho con ella.

Dominique sentía por Tomas un leve afecto maternal; cuando me marchaba a robar, lo cuidaba, pero, en cuanto yo entraba por la puerta, se daba prisa en devolvérmelo, como si fuese una simple niñera contratada para hacerse cargo de la criatura. Tomas era un niño tranquilo que apenas daba guerra, y en las raras ocasiones en que pasábamos la velada juntos en la habitación solía quedarse dormido pronto, lo que nos permitía sentarnos a charlar hasta tarde; Dominique hablaba de sus planes para el futuro, mientras yo seguía empeñado en seducirla. O en permitir que ella me sedujera a mí; me daba igual quién fuera el primero.

– Deberíamos irnos de Dover -dijo una noche cuando estaba a punto de cumplirse un año de nuestra llegada-. Llevamos demasiado tiempo en este lugar.

– Me gusta estar aquí. Todos los días tenemos suficiente para vivir. No comemos mal, ¿verdad?

– El problema no es sólo comer bien o mal -replicó, irritada-. Quiero comer bien y también vivir bien. Aquí nunca lo conseguiremos. No tenemos futuro. Hemos de marcharnos.

– Pero ¿adónde? -Aunque había viajado de Francia a Inglaterra, una vez establecido en ésta no concebía que existiera un mundo fuera de las cuatro paredes de esa pequeña habitación y del calidoscopio de calles de Dover. Allí era feliz.

– No podremos vivir de tus hurtos siempre, Matthieu. Al menos, yo.

Reflexioné sobre esas palabras y bajé la mirada al suelo.

– ¿Te gustaría regresar a Francia?

Negó con la cabeza.

– No volveré allí. Jamás.

Casi nunca hablaba de las razones que la habían inducido a dejar su país de nacimiento, pero no se me escapaba que se trataba de algo que tenía que ver con su padre, un alcohólico. No era la clase de muchacha que abre su corazón. En los pocos y breves años que nos tratamos, nunca volvió a mostrarse tan sincera conmigo como el día que nos conocimos. Al contrario que la mayoría de las personas con las que me he relacionado a lo largo de mi vida, Dominique se distanciaba más con el trato.

– Podríamos vivir en el campo -sugirió-. Allí podría encontrar trabajo.

– ¿Haciendo qué?

– Pues colocándome en una casa, por ejemplo. He hablado con algunas personas sobre el asunto. Las casas solariegas siempre necesitan criados. Podría trabajar en una durante un tiempo. Ahorrar un poco de dinero y, a lo mejor, montar un negocio en alguna parte.

Me eché a reír.

– No seas ridícula. ¿Cómo se te ocurre? Eres una chica. -La sola idea resultaba disparatada.

– Podría montar un negocio -repitió-. No pienso quedarme en este cuchitril hediondo para siempre, Matthieu. No voy a envejecer y morir aquí. Y tampoco me imagino el resto de mi vida de rodillas y fregando suelos. Estoy dispuesta a sacrificar unos años de mi vida si con ello mejoro mi situación. La nuestra, si quieres.

Pensé en ello, pero no me convencía. Dover me gustaba. La vida de delincuente de poca monta me producía una emoción perversa. Incluso había encontrado formas de divertirme a espaldas de Dominique. Me había unido a una banda de rapaces cuya existencia era muy parecida a la mía y cometían diversos delitos para comer. De edades comprendidas entre los seis y los dieciocho o diecinueve años, algunos vivían en la calle; se apropiaban de algún rincón y allí caían rendidos todas las noches, abrigados con cualquier cosa que encontraran para taparse. El joven organismo de esos chicos se había vuelto inmune al frío y las enfermedades, y aún figuran entre las personas más sanas que he conocido en doscientos cincuenta y seis años. A veces se juntaban y compartían habitación, ocho o nueve en un espacio no mayor que una celda. Otros vivían en habitaciones mejores con hombres que se llevaban parte de sus ganancias y, cuando les venía en gana, abusaban sexualmente de ellos: los amenazaban acercándoles una navaja a la garganta mientras su boca lujuriosa les recorría el suave cuello.

Juntos planeábamos delitos más elaborados, que a menudo no nos procuraban beneficios económicos pero constituían una forma emocionante de pasar la tarde, pues éramos jóvenes y nos gustaba el comportamiento temerario. Robábamos cabriolés, empujábamos barriles de cerveza para sacarlos rodando de las bodegas, atormentábamos a viejas damas inofensivas. A todo ello nos dedicábamos los de mi calaña y yo un día cualquiera. Como mis ganancias se incrementaron, empecé a apartar pequeñas sumas sin que se enterara Dominique y dediqué ese dinero a desahogar mi sexualidad. Intentaba no repetir con ninguna prostituta, pero la certeza nunca era absoluta, pues cuando estaba en un tugurio, desnudo y con una chica cuyo hedor a sudor y mugre se percibía bajo el perfume barato, sólo podía ver el rostro de Dominique, sus ojos almendrados, su naricita bronceada, su cuerpo delgado con la fina cicatriz en el hombro izquierdo, por donde deseaba volver a pasar la lengua. Para mí, todas esas chicas eran Dominique, mientras que para ellas no era más que un rato de monotonía que les reportaría unos pocos chelines. La vida era bella. Y yo joven.

También estaban las chicas de la calle, jóvenes que no protegían su virtud con el mismo celo que Dominique en esos días. En muchos casos se trataba de las hermanas y primas de mis compinches, y en su mayoría también delinquían. Alguna me cautivaba durante una semana, en ocasiones dos, pero a la larga nuestra unión dejaba de interesarme y la chica se iba con otro muchacho sin pensárselo dos veces. Al final, o acababa pagando, o prescindía de tener relaciones con una mujer, pues si pasaba por alto la cuestión del dinero podía fingir que compartía el lecho con la pareja que más deseaba.

Era evidente que tarde o temprano me pillarían. Una oscura noche de octubre de 1760 se decidió nuestro destino en Dover. Me encontraba apostado en una esquina frente al Tribunal de Justicia a la espera de que apareciera alguna posible víctima. De pronto lo vi: un caballero alto, de edad avanzada, con un sombrero negro y un fino bastón de roble. Se detuvo en medio de la calle y se palpó el abrigo para comprobar que llevaba la billetera. Al tocarla, prosiguió la marcha con una sonrisa de alivio. Me calé la gorra para ocultar el rostro, lancé una ojeada alrededor por si había alguien mirando y eché a andar lentamente en pos del anciano.

A fin de que no me oyera acercarme por la espalda, acompasé mis pisadas a las suyas. Por fin deslicé la mano en su bolsillo, cogí la gruesa billetera de cuero y la saqué. Acto seguido me volví y empecé a alejarme con paso firme; las pisadas seguían acompasadas a las de él, y cuando iba a echar a correr en dirección a casa, una voz gritó a mi espalda.

Me volví. El anciano, en medio de la calle, miraba desconcertado a un hombre corpulento de mediana edad que corría hacia mí. También yo me pregunté por qué correría, hasta que recordé la billetera y supuse que me había visto y se disponía a cumplir con un ridículo sentido de responsabilidad cívica. Giré sobre los talones y salí disparado maldiciendo mi suerte, aunque sin dudar de que burlaría sin problemas a aquel gigante, pues la barriga seguramente le restaría rapidez. Corrí con todas mis fuerzas, mis largas piernas saltaban sobre los adoquines mientras procuraba divisar una vía de escape. Mi intención era alcanzar la plaza del mercado, donde, según creía recordar, confluían cinco callejuelas, cada una de las cuales daba a otros callejones. Dado que siempre estaban abarrotadas, podría perderme en medio de la multitud sin dificultad, pues iba vestido como cualquier niño de la calle. Pero como era una noche muy oscura perdí el sentido de la orientación; al cabo de unos instantes me di cuenta de que me había equivocado y empecé a inquietarme. El hombre acortaba distancias y gritaba que me parara -lo que no dejaba de ser increíble-, pero cuando eché un vistazo por encima del hombro vi su expresión resuelta y algo peor, el bastón que blandía, y por primera vez el pánico se apoderó de mí. Más allá de lo que tomé por Castle Street vi dos calles, una a la derecha y la otra a la izquierda; torcí por la última, que para mi gran consternación fue estrechándose cada vez más. Con desazón advertí que se trataba de un callejón sin salida y que ante mí se levantaba un muro, demasiado alto para trepar por él y demasiado sólido para atravesarlo. Me volví y permanecí quieto mientras el hombre doblaba la esquina. Al ver que estaba acorralado, se detuvo a su vez, jadeando.

Aún tenía una posibilidad. Yo era un chaval de dieciséis años, fuerte y en plena forma. El gigantón debía de andar por los cuarenta como mínimo. Tenía suerte de estar vivo. Si era capaz de pasar por su lado sin que me cogiera, seguiría corriendo todo el tiempo que hiciera falta. Él se hallaba casi sin aliento, mientras que yo podría haber corrido otros diez minutos sin sudar siquiera; y reduciendo la marcha, más. El truco estaba en conseguir sortearlo.

Nos miramos a los ojos; me maldijo, me llamó sucio ladronzuelo, rata de alcantarilla, y me amenazó con darme una lección en cuanto me atrapara. Esperé a que se aproximara a la izquierda del callejón y me lancé hacia la derecha al tiempo que soltaba un grito, decidido a burlarlo, pero él se abalanzó en el último instante y chocamos; caí al suelo y él encima de mí con un grito ahogado. Intenté ponerme de pie, pero el otro fue más rápido y me sujetó por el pescuezo con una mano mientras con la otra palpaba mis bolsillos en busca de la billetera del anciano. La sacó, se la metió en el bolsillo y, cuando forcejeé debajo de su corpachón, me soltó un bastonazo en la cara, cegándome y rompiéndome la nariz. Sentí el sabor de la sangre y las mucosidades en la garganta, y ante mis ojos estalló una luz blanca. A continuación se levantó y yo me llevé las manos a la cara para mitigar el dolor, pero entonces volvió a la carga con el bastón y no paró de golpearme hasta que me hice un ovillo en el suelo. Tenía la boca hecha un amasijo de flema y sangre, y sentía el cuerpo como una entidad separada de mi mente; me había pateado y atizado en las costillas, notaba la mandíbula hinchada y magullada. Por el cuero cabelludo me corría un hilo de sangre, y no sé cuánto tiempo permanecí allí acurrucado antes de advertir que el hombretón se había marchado y que al fin podía reunir las partes de mi descoyuntado cuerpo y levantarme.

Pasaron horas antes de que encontrara el camino a casa, medio ciego como estaba por la sangre que anegaba mis ojos. En cuanto entré por la puerta, Dominique se puso a chillar. Tomas rompió a llorar y se escondió debajo de la sábana. Dominique llenó un cubo de agua tibia, me quitó la ropa y me curó las heridas; tenía el cuerpo tan castigado y me sentía tan agotado que sus cuidados no despertaron mi excitación. Dormi tres días seguidos y cuando desperté, limpio pero magullado y dolorido en todas partes, Dominique me comunicó que ya podía dejar atrás mis días de carterista.

– Despídete de Dover, Matthieu -dijo en cuanto abrí mi ojo sano-. Nos iremos cuando puedas levantarte.

Me sentía demasiado débil para discutir, y cuando, al cabo de unas semanas, me repuse por completo, la suerte ya estaba echada.

5

Constance y la estrella cinematográfica

El más efímero de mis matrimonios data de 1921, y, pese a su brevedad, es el que recuerdo con más cariño. Constance fue, sin duda, mi segunda mujer favorita de ese siglo. Justo después de la guerra había vuelto a mudarme a Estados Unidos, dispuesto a olvidarme para siempre del hospital, el Ministerio de Asuntos Exteriores y la horrible Beatrice, viuda de mi sobrino Thomas de entonces, que había fallecido recientemente. Me embarqué en un transatlántico rumbo a América y disfruté de las agradables y revitalizantes semanas de sol y aventuras amorosas que me proporcionó la travesía. Al desembarcar en Nueva York encontré que, para mi desgracia, la ciudad seguía obsesionada con los asuntos europeos y hambrienta de noticias acerca de Versalles y el káiser. Si iba a un bar e identificaban mi acento, los parroquianos se me acercaban para entablar conversación. ¿Conocía al rey personalmente?, me preguntaban. ¿Es verdad lo que cuentan de él? ¿Qué noticias hay de Francia? ¿Cómo eran las trincheras en realidad? Uno de los grandes logros de la era de la televisión global es que los perfectos desconocidos ya no han de preocuparse por pedir información mundana. Sólo por esa razón deberíamos estar agradecidos a la tecnología moderna.

Molesto por esa constante intrusión en mi vida, y sintiéndome un poco perdido en una ciudad donde no tenía amigos ni trabajo, una tarde decidí ir a una sala donde pasaban noticiariosy algunos de los primeros cinescopios. El que escogí era poco más que una pequeña habitación de techo alto con capacidad para unas veinticinco personas. Cuando tomé asiento en el centro de la última fila, lo más lejos posible de la plebe local, la sala ya estaba medio llena. Las butacas eran duras, de madera, y el lugar olía a sudor y alcohol, pero estaba a oscuras y ofrecía intimidad, de modo que me quedé donde estaba, seguro de que tarde o temprano me volvería inmune a los desagradables olores de la chusma. Primero pasaron los noticiarios y mostraron las mismas necedades que había visto en la vida real miles de veces -guerra, pacificación, sufragio universal-, pero las películas me entretuvieron. Proyectaron Charlot en la calle de la paz y Charlot en el balneario. Al principio el público protestó -seguramente ya las habían visto muchas veces y querían algo nuevo-, pero en cuanto empezaron las payasadas se desató la hilaridad general. Cuando el operador cambiaba las cintas a mitad de la película, me sentía impaciente; deseaba ver más, intrigado por las parpadeantes imágenes en blanco y negro que, además, tenían la virtud de liberar mi mente, al menos por una tarde, de los acontecimientos vividos los últimos años. Al terminar permanecí sentado en la butaca y vi varias veces la misma sesión. Cuando llegó el momento de abandonar el cine -era de noche, me notaba la garganta seca y tenía que beber algo-, había tomado una decisión.

Iría a Hollywood y haría películas.

Los tres días de viaje en tren a través del país iban a proporcionarme la oportunidad de planear mi asalto a lo que ya entonces me parecía un medio de expresión artística en rápido crecimiento. Había mucho dinero en juego: los periódicos incluían crónicas sobre la inmensa riqueza y la vida de playboy de Keaton, Sennett, Fairbanks y otros actores. Sus rostros bronceados, tan diferentes del pálido y a menudo empobrecido álter ego que veíamos haciendo el tonto en la pantalla, sonreían resplandecientes en las portadas de los periódicos mientras se pavoneaban vestidos con ropa de tenis en el jardín de alguna lujosa mansión o luciendo esmoquin en el último cumpleaños de MaryPickford, Mabel Normand o Edna Purviance. Al ser rico y apuesto, y, por si eso fuera poco, un francés desmovilizado, supuse que no tendría dificultad en abrirme camino en esa sociedad. ¿Cómo iba a fracasar con semejantes antecedentes? Ya había llamado a un agente inmobiliario y alquilado por seis meses una casa en Beverly Hills; si asistía a algunas fiestas selectas, conseguiría buenos contactos y quizá lo pasara en grande un año o dos. La guerra había quedado atrás; necesitaba diversión. ¿Y dónde podía encontrarla sino en el paraíso emergente que era Hollywood, California?

Al mismo tiempo, me interesaba trabajar en la industria, en producción, por supuesto, pues no soy actor. Al principio pensé en dedicarme a la financiación de películas, o tal vez a su distribución, aspecto del negocio que aún se hallaba en proceso de desarrollo y carecía de una red eficaz. Durante los tres calurosos días que pasé encerrado en el vagón de tren, leí una entrevista a Chaplin, que en ese momento trabajaba para la First National, y aunque daba la impresión de ser un hombre obsesionado con su trabajo, un artista que no quería otra cosa que hacer una película tras otra sin descansar más que algún fin de semana tomando el sol, en sus cautelosos comentarios sobre su relación con la FN percibí un sentido oculto. No es que fuera un mal lugar para trabajar, parecía insinuar Chaplin, pero el artista no disponía del control absoluto de su obra. Él quería ser dueño del lugar, o al menos llevar su propio estudio. Se me ocurrió que yo podría serle de alguna utilidad, de modo que le escribí para proponerle una reunión, anunciando mi interés por invertir en la industria del cine y que me había parecido que él era el bien más preciado de ese negocio. A continuación le pedí consejo sobre dónde invertir; tal vez, añadí, pudiera incluso colaborar con él.

Para mi enorme satisfacción, me telefoneó una noche que me encontraba solo en casa, aburrido de mi propia compañía, harto de hacer solitarios, y me invitó a comer al día siguiente en su casa, un ofrecimiento que acepté gustoso. Allí conocí a Constance Delaney.

***

En esa época Chaplin vivía en una casa alquilada a unas cuantas calles de la mía. Su turbio divorcio de Mildred Harris era bastante reciente y hacía muy poco que los periódicos habían dejado de hablar del escándalo. Distaba de ser el hombre que yo esperaba: estaba tan acostumbrado a verlo, en películas y fotos, encarnando un mendigo, que, cuando me acompañaron al jardín y distinguí a un hombre menudo y apuesto sentado junto a la piscina leyendo a Sinclair Lewis, al principio lo tomé por un amigo o pariente de la gran estrella de cine. Había oído que Sydney, su hermano, también trabajaba en Hollywood; quizá se tratara de él. Pero en cuanto se puso en pie y se acercó, con una amplia sonrisa que dejaba al descubierto unos dientes blanquísimos, supe de inmediato quién era. Curiosamente, sin embargo, no tuve esa extraña sensación que a veces nos asalta cuando nos encontramos ante una persona a la que con anterioridad hemos visto en el cine, a un tamaño muy superior al real, como una secuencia de líneas y puntos dando saltos en la pantalla. Mientras hablábamos, busqué en la cara del hombrecillo rasgos del conocido personaje de las películas, pero con su constante sonrisa, la ausencia de bigote y sombrero, y esa forma de toquetearse el pelo con una mano, tenía poco en común con el álter ego al que yo conocía tan bien, y no pude por menos de asombrarme de su habilidad para transformarse tan completamente. Tenía treinta y un años pero parecía de veintitrés. Yo había cumplido ciento setenta y siete y aparentaba ser un hombre rico y respetable de cuarenta largos. Aunque lo distinguían de los demás hombres muchos aspectos de su personalidad, había uno que compartía con los habitantes del país que había escogido para vivir: sólo quería hablar de la guerra.

– ¿Cuántas batallas presenció? -preguntó cuando nos sentamos, retrepándose en la silla, con un brillo de fascinación en los ojos; su mirada saltaba de una cosa a la otra: de mi rostro pasaba a los árboles de detrás, de ahí a la casa más allá y al cielo-. ¿Fue tan horrible como contaban los periódicos?

– Estuve en varias -contesté a regañadientes-. No es que fuera muy agradable, la verdad. Conseguí evitar las trincheras, exceptuando un breve y deprimente período. La mayor parte de la guerra la pasé en un campamento en Burdeos.

– ¿Y qué hacía?

– Descifraba claves -respondí, encogiéndome de hombros-. Trabajo en inteligencia, sobre todo.

Se echó a reír.

– ¿Fue ahí donde amasó su fortuna? -preguntó con la mirada fija en la piscina y moviendo la cabeza como si me hubiera retratado en cuatro palabras-. Supongo que en la guerra se puede ganar dinero a espuertas.

– Recibí una herencia -mentí, ofendido por su insinuación-, Créame, en ningún momento de los últimos años he pensado en sacar provecho de las circunstancias. Fue… muy desagradable -murmuré intentando quitar hierro al asunto.

– Me hubiera gustado alistarme, ¿sabe? -Su acento londinense estaba cuidadosamente sepultado bajo el tono nasal estadounidense. Sólo se le escapaba alguna palabra que delataba sus orígenes. Luego me enteré de que durante una época había ido todas las semanas a un logopeda para mejorar su dicción, una extraña pretensión tratándose de una estrella del cine mudo-. Sin embargo, los jefazos me aconsejaron quedarme.

– Le creo -repuse sin intención de parecer sarcástico, a la vez que abarcaba con un ademán el lujoso entorno y me llevaba a los labios la copa de cóctel, un margarita con excesiva lima para mi gusto, pero en cualquier caso frío y refrescante-. Es un lugar espléndido.

– Me refería a mi trabajo -aclaró con un deje de irritación-. Ya sabe, las películas. Han dado la vuelta al mundo. Se pasaban gratis a los militares, mientras que cualquier distribuidor que quiera comprarlas al estudio tiene que pagar una fortuna. Creo que el ejército quería algo para levantar la moral de los soldados en sus días libres. Podría decirse que gané muchas medallas como oficial animador del ejército británico -añadió con una sonrisa.

Era extraño, pensé. En cuatro años no había visto ninguna película excepto cuando fui a la ciudad de permiso y pagué la entrada. Tampoco recordaba que los militares tuvieran muchos «días libres». Intenté cambiar de tema, pero Chaplin no parecía muy dispuesto a renunciar a una fuente de información tan valiosa como yo.

– Me gustaría hacer una película sobre la guerra, ¿sabe usted? -dijo-, pero me da miedo resultar trivial. ¿Qué le parece?

– Supongo que todavía hay mucho que decir sobre el asunto. Quizá se tarde cien años en llegar al meollo de la cuestión.

– Sí, pero dentro de cien años estaremos todos muertos, ¿no?

– En su caso, lo más probable es que sí.

– Por algún lado habrá que empezar, ¿no cree? -insistió, y se inclinó con una sonrisa tan amplia que tuve miedo de que se le descoyuntara la mandíbula-. En cualquier caso, no es más que una idea -agregó tras una pausa, quitándole importancia con un ademán y reclinándose de nuevo-. Quizá la lleve a cabo, quizá no. Hay tanto tiempo y tengo tantas ideas… todavía soy muy joven. Soy un hombre con suerte, señor Zéla.

– Llámeme Matthieu, por favor.

– Imagino que a usted también le gustaría tener suerte, ¿no es así?

En ese momento percibí cierta actividad detrás de él y vi salir de la casa a dos jóvenes que llevaban lo que supuse el último grito en ropa de baño y gorros. También tenían puestas gafas de natación y en general iban tan tapadas que ofrecían un aspecto ridículo. Se acercaron a grandes zancadas y sin abrir la boca, aunque la primera chica, que iba de negro y era la más baja de las dos, rozó con la mano el hombro de Chaplin al pasar por su lado. Él no dio señales de reparar en su presencia, excepto por el hecho de acariciarse el hombro que la muchacha había tocado y mirarme fijamente a los ojos con la sonrisa más perturbadora que había visto hasta la fecha, tan cargada de intención conspiradora y manipuladora que sentí escalofríos. Oí un chapoteo detrás de mí, y a continuación el silencio de las dos nadadoras bajo la superficie, deslizándose suavemente hacia el extremo opuesto de la piscina, lo invadió todo. Chaplin se llevó la copa a los labios y bebió un trago largo, relamiéndose después en señal de aprobación.

– En los tiempos que corren, tomar parte en esta industria tiene muchas ventajas, señor Zéla… Matthieu. El inversor inteligente puede llevarse muchas… muchas… alegrías. -Se inclinó y, al estrecharme la mano, su sonrisa desapareció-. Pero no se equivoque -añadió-. Todo es cuestión de elegir el momento oportuno. ¡Y ese momento ha llegado!

Durante la velada, los cuatro cenamos en la cocina sándwiches calientes preparados por el mismo Chaplin, después de lo cual pasamos al salón para beber unos cócteles. El servicio libraba esa noche y nuestro anfitrión parecía disfrutar al hacerse cargo de la cocina y de la bien surtida nevera, pues había tardado largo rato en decidir los ingredientes que usaría para preparar unos sándwiches que al final resultaron bastante sencillos.

Constance Delaney tenía cuatro años más que su hermana, y la noche que nos conocimos sólo le faltaban tres semanas para cumplir los veintidós. Aunque no suelo sentirme atraído por mujeres muy jóvenes -mi pareja ideal, al menos desde que cumplí los cuarenta, suele rondar la treintena-, Constance me sedujo desde el momento que salió de la piscina y se quitó las gafas y el gorro dejando al descubierto un cabello cortado al estilo garçon, muy de moda en aquella época, y los ojos más bonitos que había visto en un siglo. Eran enormes, y en su centro nadaban unos óvalos color chocolate que, al mirar de soslayo, parecían desplazarse mostrando un mar de hielo níveo de lo más cautivador. Para cenar se había puesto unos pantalones y una camisa de lino, entonces un atuendo poco común para una mujer, mientras que su hermana Amelia, que permaneció toda la velada -y me atrevo a afirmar que el resto de la noche- al lado de Chaplin y era la más femenina de las dos, llevaba un vestido de muñeca que éste le había regalado; después me enteraría de que ése era sólo uno de los muchos regalos con que se había enriquecido en su breve idilio con la celebridad.

– ¿Qué hacía en Londres, señor Zéla? -quiso saber Constance, llevándose a la boca la aceituna de su Martini mientras yo protestaba y le pedía que me llamara por mi nombre de pila o no podríamos ser amigos-. Antes de la guerra, quiero decir.

– Antes de la guerra he vivido mucho -admití-. Pero últimamente me ocurre algo extraño. Estos últimos cuatro años me han afectado tanto que siento que ciertos períodos de mi pasado se desvanecen como recuerdos de la infancia. Cuando la gente habla de acontecimientos que tuvieron lugar a finales de siglo, descubro que apenas guardo memoria de ellos. Es casi como si hubiesen ocurrido en otra vida. ¿No le parece extraño?

– No, en absoluto. No puedo basarme más que en las noticias de los periódicos, pero parece que fue… -Vaciló buscando la palabra adecuada y me quedé prendado de su rostro pensativo, sabedor de que si no encontraba la expresión exacta no diría nada más. Parecía consciente del trastorno que esa época había ocasionado a quienes la habían vivido-. Que fue más allá de lo que alcanza mi comprensión -concluyó encogiéndose de hombros-. Qué tonta soy por buscar palabras para describir algo tan terrible. Estando aquí, en California, imagínese.

– Es por eso por lo que jamás las utilizo -apuntó Chaplin entre risas mientras servía nuevas copas, incluso para Amelia, que apenas había tocado la suya-. Las películas apelan directamente a la imaginación, ¿sabéis?, no a la vida real. Y el cerebro funciona mejor en silencio. Puede que…

– Entonces, ¿por qué siempre usas esa música infernal? -lo interrumpió Constance. Chaplin se quedó mirándola-. Sinceramente, Charlie -añadió ella tras una carcajada-, adoro tus peliculitas como la que más, pero ¿es necesario que las acompañen esas horrorosas piezas para piano? Siempre que voy a ver una me maldigo por haberme olvidado en casa el algodón para los oídos. Recuérdemelo, señor Zéla -agregó, tocándome suavemente la rodilla-, la próxima vez que vaya al cine.

– Te ha pedido que lo llamaras Matthieu -dijo Chaplin, indignado, con una voz que superaba en unos decibelios a las del resto de los presentes-. Además, la música sirve para describir a los personajes y el argumento. Es rápida cuando hay acción, fúnebre cuando hay desgracias. No deja lugar para la duda; el espectador capta el estado de ánimo. La música evoca las emociones con la misma eficacia que la interpretación o la dirección. Sin música…

– Charlie es un estupendo compositor -comentó Amelia en voz baja; Chaplin no pareció inmutarse.

– Gracias por el cumplido, querida -dijo con una voz mucho más fuerte que la de la joven, que pareció encogerse-, pero mis películas son obras integrales. Me ocupo de la escritura, la dirección, la actuación y la música. Todo es parte de algo que creo en mi mente. Por eso he tenido tantos problemas, por eso siempre me he visto obligado a luchar para obtener el control total de lo que hago. Sin control, Matthieu, no hay nada de nada. No le pedirías a Booth Tarkington que escribiera una novela para que luego viniese otro y le pusiera los títulos a los capítulos, ¿verdad?

– No, pero al menos podrías pedirle a alguien que diseñara las letras de la cubierta -soltó Constance.

No pude reprimir una sonrisa al advertir la poca simpatía que le despertaba el amante de su hermana. Por su parte, Chaplin parecía incapaz de responder a los dardos que le lanzaba, como si no estuviera acostumbrado a tratar con mujeres respondonas. Tal vez Amelia estuviese loca por el gran hombre, pero resultaba claro que quien mandaba de las dos era Constance y que ésta podía llevarse a su hermana en cualquier momento.

– Si fuera mi libro lo diseñaría personalmente -dijo Chaplin, dirigiéndome una mirada de complicidad con la que pretendía apartar a Constance de la conversación; difícil, teniendo en cuenta el carácter de aquella mujer.

– ¡Cielo santo! -exclamó ella, y sus carcajadas retumbaron en la habitación-. ¡No me digas que también sabes dibujar!

Después de esa noche vi a Constance todos los días, y fue ella quien me convenció de no invertir en las películas de Chaplin, cuyo trabajo me había impresionado casi tanto como me había aburrido su egolatría.

– Le he oído hablar de sus proyectos en otras ocasiones me contó-. Ya sabes, cuando se emborracha y se pone a filosofar a lo Alejandro Magno. Conquista el mundo antes de los treinta años, etcétera. A él se le ha pasado la edad, claro. No dudo que llegará el día en que trabajará solo, pero exprimirá sin compasión a cualquier inversor que consiga. A Charlie no le interesa nadie que no sea tan célebre como él, ¿sabes? La fama es lo único que le importa. Seguro que un psicólogo lo vería como un problema, ¿no crees? Te sacará hasta el último centavo y, aunque cabe la posibilidad de que a cambio te enriquezcas, no tendrás ningún control sobre lo que hace con tu dinero. No serás más que un banco con pretensiones, Matthieu. El Banco de Ahorros y Préstamos de Chaplin, y se acabó.

Para mi gran alivio, Charlie no me pidió que invirtiese en sus ideas, aunque no dudo que habría aceptado cualquier oferta por mi parte. A lo largo de ese año mantuvimos una relación de amistad, si bien algo distante, debido a que nuestro vínculo era Amelia, a quien Constance no dejaba ni a sol ni a sombra.

– Es un hombre libidinoso -me contó Constance en otra ocasión-. Va de flor en flor. Me sorprende que todavía siga con ella. Por eso quiero estar cerca cuando la deje. Pronto cumplirá dieciocho años, y supongo que entonces se la quitará de encima.

A esas alturas la atracción que sentía por Constance había aumentado a tal punto que creí haberme enamorado. Ella no tenía otra vida sentimental que la que compartía conmigo, si bien estaba claro que las declaraciones de afecto mutuas no iban con ella. Cuando, llevado por la pasión, exclamaba «¡Te quiero!», Constance respondía con frases como «Qué mono eres» o «Te agradezco que me lo digas». No era una mujer fría -de hecho, podía saludarme cariñosamente cuando la recogía para llevarla a cenar o a un espectáculo-, pero desconfiaba de las declaraciones amorosas o de cualquier muestra de afecto en público. Me acostumbré a pasar la noche en su apartamento y llegué a plantearme dejar mi casa, que de todos modos era demasiado grande para mí, e irme a vivir con ella, pero Constance me lo quitó de la cabeza.

– No quiero sentirme como si ya estuviéramos casados -me dijo-, como si no hubiera vuelta atrás. Saber que tienes tu propia casa me da seguridad.

También yo había pensado en eso; incluso me había planteado pedirle que se casara conmigo, pero había tropezado demasiadas veces con la misma piedra, y con resultados muy desiguales, y era reacio a ver fracasar otra relación y destruirse otra amistad. Hablamos de nuestros respectivos pasados con bastante detalle, aunque me aseguré de que mi vida romántica no pareciera remontarse más allá de principios de siglo. Siempre he pensado que es mejor no aburrir a la gente contándole mi proceso de envejecimiento, pues sospecho que dejaría de importarles como persona y pasaría a interesarles como fenómeno.

– Nunca he estado casado -mentí-. Sólo hubo una mujer con la que realmente quise casarme, pero al final no pudo ser.

– ¿Te dejó por otro?

– Murió. Hubo… problemas. Éramos muy jóvenes. Fue hace mucho tiempo.

– Lo siento. -Constance desvió la mirada; no estaba segura de que yo buscase consuelo, y mucho menos de que ella fuera la persona indicada para dármelo-. ¿Cómo se llamaba?

– Dominique -murmuré-. Da igual. No me gusta hablar de ella. Dejémoslo…

– ¿Y no ha habido nadie más? ¿No te has enamorado desde entonces?

Solté una risita.

– Bueno, ha habido otras, claro. He perdido la cuenta de las mujeres con las que he estado, y por alguna he sentido algo más intenso, algo parecido a lo que sentía por Dominique. Como tú, por ejemplo.

Asintió con la cabeza; encendió otro cigarrillo y, al dejar escapar el humo por la nariz, desvió la vista. La observé, pero eludió mi mirada.

– ¿Y qué me dices de ti? -le pregunté al fin, para romper el silencio-. ¿Cuándo vas a contarme algo de tu maravilloso pasado?

– Pensaba que a los caballeros no les interesaban las mujeres con pasado -dijo esbozando una sonrisa-. ¿No es eso lo que se inculca a las jovencitas? ¿No se les aconseja que se conserven puras y virginales para sus maridos?

– Créeme, no soy quién para hablar de eso -reconocí, sonriendo también-. No puedes imaginarte hasta dónde se remonta mi pasado.

– La verdad es que no he tenido ninguna relación -declaró tras titubear un instante-. Al morir mis padres, dejaron a Amelia a mi cuidado, y durante los últimos años me he ocupado de ella. Aquí conocía a algunas personas, y mis padres nos habían dejado este apartamento, de modo que nos pareció una buena idea quedarnos. Entonces Amelia conoció a Charlie y parece que desde ese día no he representado otro papel que el de carabina. A veces tengo miedo de que, a los veintidós años, lo mejor de mi vida haya pasado. Me siento como una de esas tías solteronas de las novelas que Amelia suele leer. Ya sabes a qué me refiero: una muchacha viaja a Italia, allí conoce a un joven semidiós romano y, cuando éste le afloja el corsé, la correcta y formal carabina, a unos pasos de distancia, chasquea la lengua en señal de desaprobación.

– No eres ninguna tía solterona -declaré-. Eres probablemente la más…

– Por favor, nada de halagos -me interrumpió mientras apagaba el cigarrillo a medio fumar en el cenicero. Se puso de pie y se acercó a la ventana-. No tengo problemas de autoestima, gracias.

– ¿Te gusta vivir en California? -pregunté al cabo de un rato.

Empezaba a elaborar un plan para llevármela lejos de allí, para apartarla de esa gente anodina que ya me tenía harto. Mirara donde mirase, a todo el mundo le obsesionaba lo mismo: la fama, las películas, un puñado de famosos y cómo arrimarse a alguno de ellos en una fiesta.

– ¿Por qué no debería gustarme? -contestó con indiferencia-. Tengo todo lo que necesito: amigos, una casa, a ti…

– ¿Qué te parecería si hacemos un viaje? Por ejemplo, un crucero; quizá por el Caribe.

– Me encantaría. ¿Podría ponerme la ropa que me apeteciera y no llevar maquillaje? ¿Y dedicarme a leer en lugar de a mirar?

– Lo que quisieras. -Sonreí-. ¿Qué te parece? Podríamos partir mañana mismo. O dentro de diez minutos.

Por un instante pensé que la había convencido, pero de pronto se le ensombreció el rostro, hundió los hombros y supe que no iríamos a ninguna parte. Su mirada denotó una profunda decepción.

– ¿Y qué hago con Amelia? No puedo dejarla.

– Es lo bastante mayor para cuidarse -protesté-. Además, tiene a Charlie.

– Sabes perfectamente que no es verdad, ni una cosa ni la otra -replicó fríamente.

– Escucha, Constance -me levanté y la cogí por los hombros-, no puedes pasarte la vida preocupándote por tu hermana. Tú misma has dicho hace un momento que tienes miedo de que tus mejores años hayan pasado ya. No dejes que eso ocurra. ¡Vamos, si cuando te hiciste cargo de Amelia eras más joven de lo que ella es ahora!

– Sí, y fíjate lo mal que lo he hecho. A punto de cumplir los dieciocho años y no es más que el juguete de una estrella de cine multimillonaria que casi le dobla la edad y que, en cuanto se canse, la dejará tirada como una colilla.

– Eso no lo sabes.

– Claro que lo sé.

– Quizá la quiere de verdad.

– Quien la quiere soy yo, Matthieu, ¿no lo entiendes? Y mientras no esté segura de que es capaz de cuidar de sí misma no pienso apartarme de ella. Puede que no falte mucho. Cuando rompa con Chaplin, lo pasará mal pero saldrá fortalecida. Si sobrevive a eso, logrará sobrevivir a lo que sea. Sé de qué hablo, créeme.

A continuación se produjo un silencio durante el cual sus palabras calaron poco a poco en mi mente, donde enseguida desarrollaron vida propia. Me senté lentamente mientras Constance me miraba a los ojos, intentando mantenerse entera y ocultar el miedo que le producía mi posible reacción.

– ¿Tú y Charlie…? -pregunté, negando con la cabeza. No se me había ocurrido que pudiera haber existido algo entre ellos-. ¿Cuándo…? ¿Cuándo fue? ¿Hace poco? ¿Después de conocerme?

– No, Dios mío, fue hace mucho -dijo al tiempo que se servía otra copa-. Bueno, la verdad es que sólo han pasado dos años. Lo conocí en una fiesta. Yo era una de sus admiradoras, me tenía hechizada. No me importaba que estuviera casado. Además, todo el mundo sabía que Charlie detestaba a Mildred. Sería una estupidez decir que él me sedujo, porque no fue así. Nos deseábamos. Y debo reconocer que se portó muy bien conmigo. Se desvivía por mí. Como novio es maravilloso, ¿sabes? Fue sólo… la manera en que nos separamos lo que me dolió.

Enarqué las cejas con aire burlón.

– Continúa -la animé.

– Es una historia ridícula. -Soltó una carcajada mientras se enjugaba una lágrima-. Y no es que salga muy bien parada, la verdad.

– Cuéntamela de todas maneras -insistí.

Se encogió de hombros con expresión de cansancio, como si la historia de su idilio ya no le importara.

– Fue en casa de Doug y Mary. Celebraban una fiesta de cumpleaños. Me quedé en un rincón hablando con un actor de poca monta de los estudios Essanay que según creo había tenido algún papel en Charlot en el banco y Charlot en el teatro. Charlie se había enfadado con él (Dios sabrá por qué, alguna tontería, seguramente) y no se lo llevó a Mutual cuando cambió de estudio. En resumen, el chico lo había pasado mal desde entonces y me estaba pidiendo que intercediera por él ante Charlie, que lo ayudara a congraciarse con él; mientras tanto, yo sólo pensaba cómo quitármelo de encima, pues si había algo que no soportaba era la gente que, por el hecho de que Charlie y yo fuéramos pareja, me creía capaz de conseguirle un papel en sus películas. Resolví que iríamos a buscar a Charlie para que hablaran y se arreglaran entre ellos mientras yo me escabullía y me centraba en alguien más interesante. Encontré a Charlie junto a la piscina hablando con Leopold Godowsky, el concertista de piano a quien tanto admiraba, y volví a presentarle al chico, al que saludó con un caluroso apretón de manos y permitió que se incorporara a la conversación como si tal cosa. Parecía encantado de volver a verlo. Anuncié que volvía adentro y Godowsky dijo que me acompañaba. No le di más vueltas al asunto y al entrar hablamos unos minutos. Le conté que en una ocasión lo había oído tocar, en Boston, cuando era niña; mi padre había sido un admirador incondicional de él. Se sintió halagado de que recordara aquel concierto y me contó una historia que me hizo reír sobre una soprano gorda que bebía zumo de serpiente para mejorar su voz. Y que yo sepa no ocurrió nada más. Más tarde, cuando volvíamos a casa en coche, Charlie no me dirigió la palabra. Advertí que estaba enfadado, pero me sentía agotada y no tenía ganas de darle cuerda preguntándole qué le pasaba, de modo que me hice la dormida y cuando llegamos a casa fui directa a la cama. No quería volver a casa con Amelia esa noche, pues esperaba que a la mañana siguiente la tormenta hubiera pasado.

Constance evitaba mirarme y no podía dejar de temblar; me habría gustado abrazarla, pero decidí permanecer donde estaba para no interrumpir su relato. Intuí que no le había contado esa historia a nadie, ni siquiera a Amelia.

– En fin -continuó-, me metí en la cama e intenté conciliar el sueño, mientras esperaba a Charlie, que por fin, unos quince minutos más tarde, apareció.

»-Levántate -ordenó con voz firme, cerrando de un portazo la puerta de la habitación-. Levántate y vete de aquí.

»-¿Qué? -pregunté, fingiendo que me había despertado-. ¿Qué ocurre, Charlie?

»Se inclinó sobre la cama, me apretó los hombros con las manos hasta dejarme marcas y repitió con voz clara, pronunciando cada palabra con exactitud:

»-Levántate. Vístete. Lárgate.

»Cuando le pregunté por qué, qué había hecho mal, empezó a meter mis cosas en una maleta, maldiciéndome por haberle llevado el chico mientras hablaba con Godowsky junto a la piscina.

»-Ese hombre es quizá el mejor pianista del mundo -gruñó agitando los brazos histriónicamente-, y tú vas y me impones la presencia de un actor en paro para llevártelo y poder flirtear con él en otra habitación. No soy suficiente para ti, ¿eh?

»-Yo nunca… -intenté explicarme, pero no me dejó acabar.

»Estaba rojo de furia, como si yo lo hubiese tramado todo, cuando lo único que había hecho era intentar quitarme a un pelmazo de encima y no interferir en los asuntos de Charlie. Bueno, la bronca fue a peor y a las cuatro de la mañana me encontré en la calle buscando un taxi. No me habló en meses, pero yo lo llamaba continuamente. Estaba enamorada, ¿sabes? Le escribía cartas, me presentaba en el estudio, le enviaba telegramas, pero no me hizo el menor caso. Mi desesperación era absoluta. Luego, una tarde, mientras almorzaba con Amelia en la ciudad, lo vi entrar en el restaurante con un par de amigotes. Al reconocerme palideció un poco e intentó irse antes de que me percatara de su presencia, pues siempre ha odiado las escenas en público y temía que le montara una. Decidí no acercarme. Entonces reparó en mi hermana, que lo miraba boquiabierta, y en pocos minutos el restaurante y el mundo entero se me vinieron encima. Se sentó a comer a nuestra mesa, pasó el día con nosotras y no hizo la menor alusión a lo que había ocurrido entre los dos meses atrás. Se comportó en todo momento como si sólo fuéramos buenos amigos que disfrutábamos de la mutua compañía de vez en cuando mientras nos poníamos al día de los últimos chismorreos de sociedad. Cuando la relación entre él y Amelia fue más en serio, me negué a desaparecer. Era mi manera de estar cerca de Charlie, ¿entiendes? El hecho, Matthieu, es que he sido muy poco sincera contigo desde el principio.

Asentí. La cabeza me daba vueltas. ¿Acaso había estado engañándome todo ese tiempo? Me sentí ultrajado. Hasta ese momento creía que estaba enamorada de mí.

– Hasta el día que te conocí -añadió tras una pausa-, y todo cambió.

– ¿Cómo?

– ¿Recuerdas el día que fuiste a casa de Charlie para hablar con él y los cuatro pasamos la velada juntos, bebiendo Martinis, y whisky con soda?

Asentí con la cabeza.

– Bueno, verás, ya había pasado por eso antes -continuó-. Había visto a hombres ricos en esa casa en más de una ocasión, y todos querían algo de Charlie, esperaban compartir una parte de su gloria. Tú, en cambio, no. Parecías desconfiar de él. No te reías de sus chistes desaforadamente; ni siquiera parecías tenerle demasiada simpatía.

– Te equivocas -repuse con sinceridad-. Me causó muy buena impresión, y me encantó su aplomo. Hacía años que no conocía a nadie tan seguro de sí mismo. La verdad es que me pareció muy alentador.

– Ah, ¿sí? -Pareció sorprenderse-. Bueno, da igual, el caso es que no lo adulabas, y eso me impresionó. Por primera vez me sentí capaz de olvidarlo… por otro hombre. Cuando empecé a salir contigo, me di cuenta de que no estaba enamorada de él, que ni siquiera lo necesitaba. Y que era a ti a quien quería.

Me dio un vuelco el corazón; me acerqué y le cogí la mano.

– Entonces, ¿me quieres?

– Sí -repuso casi en tono de disculpa.

– ¿Y por qué te quedas aquí? Si ya no sientes nada por él, ¿por qué no te vas? ¿Por qué insistes en perder el tiempo a su alrededor?

– Porque lo que me hizo a mí se lo hará a Amelia -respondió con voz fría y firme-. Yo he salido de ésa, pero quizá ella no lo consiga. Y cuando ocurra tengo que estar a su lado. ¿Lo entiendes, Matthieu? ¿Te parece lógico?

Vacilé un instante y la miré fijamente. Una fina línea de sudor se había formado sobre su labio superior. Tenía los ojos cansados, el cabello le caía lacio sobre los hombros y necesitaba un lavado. Que yo recordara, jamás la había visto tan hermosa.

Nos casamos un sábado de octubre por la tarde, en una pequeña capilla en el lado oriental de Hollywood Hills. Asistieron unas ochenta personas, en su mayoría personajes famosos del mundillo cinematográfico, gente de los estudios, un puñado de periodistas y un par de escritores. Nuestra fama se basaba en ser famosos, nos adoraban por ser adorables y todo el mundo quería celebrar con nosotros nuestra celebridad. Éramos Matthieu y Constance, Matt y Connie, pareja popular, dos niños mimados, la comidilla de la ciudad. Doug Fairbanks se había torcido el tobillo jugando al tenis y llegó con muletas, apoyándose en Mary Pickford, como de costumbre, y recibió una atención desproporcionada, vista la levedad de su lesión. También estaba William Allan Thompson, quien, como se rumoreaba que Warren Harding estaba a punto de nombrarlo secretario de Defensa, se convirtió en otro foco de atención. (Más tarde, cuando salió a la luz un escándalo que lo relacionaba con un burdel, el Senado vetó su nombramiento; después de eso perdió grandes sumas en apuestas y por fin, en 1932, el día que Franklin D. Roosevelt, su enemigo acérrimo, fue elegido presidente por primera vez, se suicidó.) Mi joven sobrino Tom vino de Milwaukee, donde vivía con su mujer, Annette, y me alegré de volver a verlo, aunque su comportamiento dejó mucho que desear. Parecía más interesado en reconocer a estrellas de cine que en hablarme de su vida y proyectos profesionales, y me sorprendió que su mujer, a quien yo no conocía, no lo hubiese acompañado. Cuando le pregunté por ella, me contó que acababa de quedarse embarazada y que sólo pensar en viajar -fuera a donde fuese- le provocaba mareos. Si yo no quería que Annette diera un espectáculo en mi boda, añadió, era mejor que se hubiera quedado en casa. Charlie y Amelia llegaron cogidos del brazo; él con su sempiterna sonrisa, que ahora tenía la virtud de sacarme de quicio, ella con una expresión de aturdimiento en los ojos enrojecidos, apenas capaz de devolverme el saludo cuando me incliné para besarla en la mejilla. Parecía agotada, como si vivir con Charlie casi hubiera acabado con ella, y no le auguré un futuro muy prometedor, ni con él ni sola.

Fue una ceremonia sencilla y rápida; Constance y yo intercambiamos los anillos, fuimos declarados marido y mujer, y a continuación todos nos trasladamos a una gran carpa levantada frente a un edificio a pocos metros, donde se serviría la cena, seguida del baile y la fiesta. Constance llevaba un vestido blanco marfil sencillo y ceñido, y el velo de encaje que le cubría el rostro apenas permitía entrever sus perfectas facciones mientras permanecimos ante el altar. Al quitárselo descubrió su hermosa y alegre sonrisa, reflejo de la absoluta felicidad que sentía. No paró de sonreír ni siquiera cuando Charlie la felicitó con un beso, ni se dejó llevar por asociaciones desagradables que pudieran estropear nuestro día. Se comportó como si Charlie fuera un invitado más a quien apenas veía: hasta tal punto Constance y yo estábamos absortos el uno en el otro.

Hubo discursos. Doug dijo que yo era un «hijo de su madre con suerte»; Charlie se preguntó en voz alta por qué no me habría hecho una proposición de matrimonio él mismo, para a continuación provocar la hilaridad de los presentes al confesar que la razón fundamental era haberse dado cuenta de que no se sentía atraído por mí, de modo que la relación no habría prosperado. Hasta nos pareció gracioso a Constance y a mí, y sentí por ese hombre un afecto que no había experimentado al menos en sesenta o setenta años. Bailamos hasta altas horas de la noche; uno de los puntos culminantes de la velada fue el tango impecable con que nos sorprendieron una chica y un joven camarero español. El muchacho -que no tendría más de diecisiete años- acabó con las mejillas encendidas de orgullo por el éxito cosechado en la pista y su tez morena se oscureció aún más cuando, al final, su pareja de baile lo besó en los labios. El día había salido redondo; sin embargo, al volver la vista atrás no puedo por menos de concluir que la desgracia era casi inevitable.

Constance se había ido a cambiar de ropa; nos proponíamos coger el expreso nocturno a Florida, donde iniciaríamos nuestro viaje de novios, un crucero de tres meses. Me encontraba solo en una esquina de la carpa, con un batido de plátano en la mano (había decidido que ese día no bebería demasiado alcohol), cuando un amigo, un banquero llamado Alex Tremsil, se acercó para felicitarme y nos pusimos a hablar de nuestras respectivas esposas, responsabilidades y cosas por el estilo. De repente vislumbré a Charlie paseando con una joven en quien creí reconocer a la hija de uno de los Richmond. Tendría unos dieciséis años y guardaba un asombroso parecido con Amelia, a tal punto que al principio pensé que se trataba de ella. Pero entonces miré alrededor y vi a mi nueva cuñada servirse fruta de un carrito y tambalearse ligeramente mientras se sentaba para comerla; demasiadas copas de champán, pensé. Tuve miedo de lo que podía ocurrir si presenciaba la escena que se estaba desarrollando allí fuera, y recé para que Constance se apresurara y nos marcháramos cuanto antes. No es que Amelia me resultara indiferente -al contrario, era una chica muy agradable, aunque siempre se la veía un poco atribulada-, pero me preocupaba más mi esposa y, por qué no decirlo, nuestra felicidad. No quería que nuestra vida en común se viera perjudicada por la negativa de Constance a permitir que su hermana cometiese sus propios errores y asumiera sus consecuencias.

Al mirar hacia la capilla, donde mi mujer se estaba cambiando, descubrí alarmado que Amelia se dirigía hacia mí y la escena del exterior. Charlie y la chica parecían ocupados en un flirteo superficial y saltaba a la vista que él le estaba acariciando la mejilla mientras ella se reía de sus bromas. Amelia se quedó helada al sorprenderlos y soltó la copa, que cayó blandamente en el césped, a sus pies. Corrió hacia ellos y empujó a la joven con tanta fuerza que la pobre fue a dar al suelo y rodó un poco por la pendiente; su vestido amarillo claro quedó cubierto de barro. Si no hubiera sido tan absurdo me habría echado a reír. Charlie se acercó a la chica y la ayudó a levantarse al tiempo que increpaba a Amelia; sus palabras incitaron a ésta a arrojarse sobre él y abrazarse a sus piernas. Sentí tanta vergüenza ajena que aparté la mirada. Poco después, cuando todo el mundo estaba al corriente del altercado, Charlie entró en la carpa -su ubicua sonrisa se veía ahora un poco forzada- seguido por Amelia, que tan pronto lo maldecía por haberla engañado como le recordaba cuánto lo quería. Cuando al fin calló, Charlie se volvió y la miró, a ella y a todos los invitados de la boda; el público enmudeció como un solo hombre esperando oír su réplica.

– Amelia -su voz firme y áspera retumbó en la habitación-, lárgate, estúpida. Estoy harto de ti.

Detrás de Charlie distinguí a Constance a lo lejos, que contemplaba horrorizada cómo su hermana daba media vuelta y corría en dirección a los coches aparcados en fila en la ladera.

– ¡Amelia! -la llamó.

– ¡Déjala! -grité mientras me precipitaba hacia ella-. Déjala tranquila. Ya se calmará.

– Ya has visto lo que le ha hecho. No puedo dejarla en ese estado. Tengo que ir con ella. Podría hacerse daño.

– Entonces deja que vaya yo -rogué, cogiéndola por el brazo, pero se soltó y corrió en pos de su hermana.

Volví a la fiesta y a mis invitados, encogiéndome de hombros con indiferencia, como si hubiese sido una discusión de poca importancia; lancé una mirada feroz a Charlie, que -debo decirlo en su favor- bajó la vista y se apresuró a ir al bar.

Más tarde me enteré de que Constance había conseguido subirse al coche que Amelia acababa de poner en marcha, y que la joven se había lanzado montaña abajo tomando las curvas a toda velocidad. Vieron a las dos hermanas gritar y forcejear por el control del volante antes de que el coche se saliese del arcén, diese dos vueltas de campana, cayera de morro en el tramo inferior de carretera, cerca de mi sobrino, que estaba hablando con una joven aspirante a estrella, explotara y se incendiara.

Habíamos estado casados casi tres horas.

6

Febrero-marzo de 1999

Una noche, ya pasadas las doce, hora en que suelo estar profundamente dormido, tuve una iluminación.

Todo empezó a la hora de cenar, cuando me encontraba a solas en el piso. Estaba escuchando El anillo del nibelungo -era la tercera noche que lo ponía y en ese momento sonaba Sigfrido- mientras comía tostadas con paté y bebía vino tinto.

Había sido un día duro. Todos los lunes visito las oficinas del canal satélite digital, donde me reúno con los principales accionistas, almuerzo con el director gerente y, por regla general, voy de un lado a otro pensando cómo mejorar nuestro índice de audiencia, incrementar beneficios y aumentar nuestra base de consumidores. No suele ser una experiencia del todo desagradable, aunque no podría soportarla más de una vez por semana. La verdad, no concibo cómo logra sobrevivir la gente que tiene un empleo. Es una soberana lata pasarse la vida trabajando y dejar sólo el fin de semana para relajarse, cuando uno está demasiado ocupado en recuperarse del estrés de los cinco días anteriores como para pasarlo bien. Lo siento, pero esa vida no va conmigo.

Sin embargo, aquel día había problemas concretos que resolver. Al parecer, nuestra presentadora principal de las noticias de las seis, la señorita Tara Morrison, había recibido una tentadora oferta de la BBC y estaba planteándose aceptarla. La señorita Morrison es uno de nuestros mayores atractivos y no podíamos permitirnos perderla. Ha encabezado nuestra campaña de publicidad con entusiasmo; su rostro y (me avergüenza admitirlo) su cuerpo han embellecido carteleras, autobuses y las paredes del metro durante los últimos doce meses, y gracias a su considerable atractivo físico hemos incrementado la cuota de mercado casi un tres por ciento en ese período. Aparece en revistas de moda opinando sobre el orgasmo femenino; en su condición de especialista del período cretáceo participa en programas concurso de la televisión, e incluso publicó un libro las navidades pasadas, en el que explicaba con lujo de detalles cómo combinar las relaciones sentimentales con la maternidad y una carrera profesional exitosa, titulado Tara dice: ¡Puedes tenerlo todo! «Tara dice»: ésa es su muletilla, y al parecer está en boca de todo el mundo.

En ese momento le pagábamos una barbaridad, y James Hocknell, el director gerente de la emisora, insinuó en la reunión de la junta directiva que no creía que el dinero tuviera nada que ver con su intención de abandonarnos.

– No es más que una cuestión de publicidad, caballeros -aclaró James, que personifica cierto tipo de reportero de Fleet Street reconvertido en magnate de la televisión: traje de raya diplomática, camisa de tono pastel con cuello blanco, manos repletas de anillos y cabello largo por un lado y peinado de forma concéntrica a fin de cubrir la calva de la coronilla.

Tiene el rostro permanentemente enrojecido y se limpia la nariz con el dorso de la mano, pero, pese a sus defectos, debo reconocer que sin él estaríamos perdidos. Lo contratamos por sus muchas aptitudes, no por su apostura. No es la clase de persona que un diseñador invitaría para que exhibiera su colección de primavera en la pasarela. Tiene un control absoluto sobre sus empleados, es hábil como nadie en lo que hace y su compromiso con el canal está fuera de toda duda. En el mundillo de la televisión es vox pópuli que se ha tirado a la mitad de las mujeres y ha dejado tirados a la mitad de los hombres. Carece de conciencia y ha escalado muy alto. Además, conoce el negocio mejor que mis dos socios inversores y yo. Nosotros tres no somos más que negociantes; James es un hombre de la televisión: ahí está la diferencia.

– Tarada quiere que la vean en la BBC; no hay más misterio -prosiguió James. La llamaba «Tarada» siempre que se sentía en confianza-. Dice que es un sueño de la infancia o algo así. No tiene nada que ver con la cantidad que le han ofrecido, que, puedo asegurarles, caballeros, no dista mucho de la que le abonamos nosotros. Sólo quiere celebridad, nada más. Es adicta a la fama. Encima, quiere tener la oportunidad de producir documentales de investigación, como si los peces gordos de la BBC fueran a permitírselo. Lo más probable es que dentro de dos semanas esté presentando el Top of the Pops y cinco minutos después de la emisión del programa salga en la prensa sensacionalista por haber echado un polvo con el cursi cantante de un grupo pop que vestía pantalones cortos hasta fecha reciente. No obstante, me he enterado de que pronto habrá una vacante de copresentador de Tomorrow's World. Es un puesto muy bien pagado, caballeros. El mundo universitario está pidiéndolo a gritos.

– De acuerdo, James, pero sabes que no podemos perderla -intervino P. W., el envejecido productor discográfico mundialmente conocido que invirtió los ahorros de toda su vida en este negocio y vive atormentado por el miedo de perderlos, algo harto improbable-. Es nuestra única baza.

– Tenemos a Billy Boy Davis -apuntó Alan, otro rico inversor. Ronda los ochenta años y todos sabemos que padece cáncer de páncreas, aunque no habla de su enfermedad con nadie, ni siquiera con sus amigos más íntimos. Había oído el rumor de que esperaba una oferta de Oprah Winfrey, pero no se ha confirmado-. Aún tenemos a Chico.

– A nadie le interesa Chico -protestó P. W. -. Su momento pasó hace veinte años. Aquí prácticamente lo hemos jubilado, no es más que un comentarista deportivo de quinta fila. Y mientras tanto procuramos olvidar lo que sabe el país entero: que le gusta ponerse pañales y que le azoten el trasero escolares adolescentes. Además, ¿por qué narices insiste en que lo llamemos Chico? ¡Es un puto cincuentón! Por favor, no hay quien lo tome en serio.

– Aún tiene cierto nombre.

– Te diré el nombre que le va al pelo -dijo P. W. -: gilipollas. La animosidad entre P. W. y Alan crece semana tras semana y se remonta a un comentario despectivo que este último incluyó en una biografía no autorizada y publicada diez años atrás. Aunque intentan mantener una relación cordial y estrictamente profesional, está claro que no se aguantan. En las reuniones semanales, los dos esperan que el otro haga un comentario para saltarle a la yugular y ridiculizarlo.

– No es momento de aclarar lo que Billy Boy es o deja de ser, ¿no creen, caballeros? -dije, apoyando las manos en la mesa, para interrumpir su riña trivial-. Imagino que hay cosas prioritarias, como el hecho de que la señorita Morrison está a punto de abandonarnos en busca de nuevos horizontes y nosotros preferiríamos que no lo hiciera. ¿Tengo razón o no?

Hubo una ronda de reticentes asentimientos con la cabeza y un coro de «Sí, Matthieu».

– En ese caso, la pregunta es muy simple: ¿cómo la convencemos de que se quede?

– Tarada afirma que no podemos ofrecerle nada que le interese -informó James.

Me retrepé en mi asiento y negué con la cabeza.

– Tara no para de decir cosas -repliqué-. Prácticamente ha forjado su carrera profesional diciendo cosas. Lo que ahora nos está diciendo en realidad es que todavía no le hemos hecho la oferta adecuada. Créanme, es eso, pero ninguno de ustedes la escucha. Me sorprendes, James.

James, P. W. y Alan se miraron desconcertados, hasta que al primero se le escapó una sonrisa.

– De acuerdo, Mattie -dijo, empleando un diminutivo que siempre me da escalofríos al recordarme a un viejo amigo muerto hace doscientos años-, ¿qué sugieres?

– Hoy mismo llevaré a la señorita Morrison a comer -propuse-, averiguaré sus verdaderas intenciones y trataré de satisfacerlas. Es así de simple.

– Debo decir que por mi parte, caballeros, sabría qué darle para satisfacerlas -apuntó James entre risitas.

***

Fui con la señorita Morrison, «Tara dice», a corner a un pequeño restaurante italiano del Soho. Es un lugar acogedor y familiar al que suelo llevar a personas relacionadas con el trabajo cuando quiero conseguir algo de ellas. Conozco a la dueña y siempre que voy allí se acerca a saludar.

– ¿Cómo estás? ¿Y la familia? -preguntó como de costumbre mientras nos conducía a un reservado lejos de la puerta-. Todos bien, ¿no?

– Todos estupendamente, Gloria, gracias -contesté, a pesar de que no tenía más familia que Tommy-. ¿Y tú?

Los cumplidos se prolongaron unos minutos; Tara aprovechó para ir al lavabo, del que volvió fresca como una rosa, con los labios ligeramente retocados y un suave perfume que se mezcló con el aroma de los crostini. Avanzó entre las mesas como si se encontrara en una pasarela de Milán, los camareros fueran clientes de los modistos y los demás comensales fotógrafos. Uno de sus rasgos más característicos es su cabello cortado a lo paje, rubio, lacio y perfecto como recién salida de la peluquería; en cuanto a su rostro, es perfectamente simétrico: cualquier elemento se reproduce exactamente al otro lado de una invisible línea divisoria. Resulta imposible contemplarla sin maravillarse. Sería la mujer perfecta si se le pudiese encontrar un solo defecto.

– Bueno, Matthieu -dijo tras beber un sorbo de vino con cautela, cuidando de no dejar ninguna marca de carmín en el borde del vaso-, ¿seguimos charlando un rato más o pasamos a hablar directamente de negocios?

Solté una risita.

– Sólo pretendía comer contigo tranquilamente, Tara -repuse en tono ofendido-. Según tengo entendido, en un futuro próximo no te veremos tanto por la oficina y quería disfrutar de tu compañía mientras aún fuera posible. Podrías haberme contado que te habían hecho ofertas de trabajo, ¿no? -añadí con una voz dolida completamente natural.

– Tuve que mantenerlo en secreto. Lo siento, quería decírlelo, pero no sabía qué iba a ocurrir. Bueno, tampoco es que haya ido a buscar trabajo. La BBC ha venido a buscarme, te lo juro. Me han hecho una oferta muy generosa, y tengo que pensar en mi futuro.

– Sé exactamente la cantidad que te ofrecen y hay que admitir, en honor a la verdad, que no es muy superior a la que ya cobras. Creo que tendrías que pedirles un poco más. Seguro que aceptan.

– ¿De verdad lo crees?

– No es que lo crea: estoy convencido. Calculo que podrían ofrecerte… un diez por ciento más sin pensárselo dos veces. Quizá me quedo corto. Eres una verdadera mina, Tara. He oído que tal vez te den Live and Kicking.

– Pero vosotros no podéis pagar ese dinero -dijo, pasando por alto la indirecta-. Conozco los presupuestos, no lo olvides.

– No tengo ninguna intención de subir tanto -repliqué, enrollando unos cuantos espaguetis con el tenedor-. No voy a pujar por ti, querida, ni que fueras ganado. Además, de momento nuestro contrato aún no ha vencido. Por mucho que quieras, eso no lo puedes cambiar, ¿verdad?

– Sólo quedan ocho semanas, Matthieu; lo sabes muy bien, y ellos también.

– Vale, dentro de ocho semanas hablamos. Hasta entonces no quiero oír ni una palabra sobre despidos, dimisiones, traslados o cosas desagradables por el estilo. Ah, y por lo que más quieras, esta vez mantengamos a la prensa al margen, ¿de acuerdo?

Tara me miró y depositó los cubiertos sobre el plato.

– Vas a dejar que me marche así, sin más -comentó con naturalidad-, después de todo lo que hemos pasado juntos.

– No dejo que hagas nada, señorita Morrison -protesté-. Sólo te pido que cumplas tu contrato hasta el final, y si después de esas semanas quieres dejarnos porque tienes una oferta mejor, entonces haz lo que creas conveniente para ti y tu carrera. Hay quien me consideraría un jefe generoso, ¿no crees?

– ¿Siempre tienes que hablar así? -murmuró, bajando la vista con cara de pocos amigos.

– ¿Cómo?

– Como un jodido abogado. Como si temieras que esté grabando cuanto dices para utilizarlo en los tribunales de aquí a seis meses. ¿No puedes hablarme en un tono normal? Pensaba que entre nosotros había algo más.

Suspiré y miré por la ventana, sin saber si me apetecía dejarme arrastrar de nuevo por ese sendero.

– Tara -dije tras una pausa, inclinándome y tomando una de sus pequeñas manos en la mía-, por lo que te conozco, no me parece ningún disparate pensar que estás grabando esta conversación. No es que tengas un historial de honestidad intachable para conmigo, ¿verdad?

Supongo que llegados a este punto debería aclarar algunas cosas sobre mi relación con Tara Morrison. Más o menos un año atrás habíamos asistido juntos a una ceremonia de entrega de premios… bueno, en realidad formábamos parte de la comitiva que representaba a nuestro canal. A Tara la acompañaba su novio de entonces, un modelo de ropa interior de Tommy Hilfiger, mientras que yo había contratado para la velada a una señorita de compañía -nada sexual, sólo una mera acompañante-, ya que acababa de poner fin a una relación y no me apetecía empezar otra. Teniendo en cuenta que alcancé la pubertad hace nada menos que doscientos cuarenta años, puede entenderse que esté más que harto del círculo sin fin que empieza con una cita, prosigue con una separación o una boda y acaba en divorcio o viudedad. Después de vivirlo durante unas décadas, necesito pasar un tiempo solo.

La noche a la que me refiero, Tara riñó con su amigo modelo -al parecer le recriminó su homosexualidad y, como era de esperar, la relación se fue al garete- y aceptó mi ofrecimiento de acompañarla a su casa. Tras dejar a la señorita de compañía en su domicilio, tomamos una copa en mi club y pasamos la noche hablando, sobre todo de sus ambiciones, que nunca se acababan, de su vocación como periodista y de nuestro canal, del que decía que era «el futuro de la televisión en Gran Bretaña» (ni yo mismo me lo creía). Citó varios ejemplos de personas responsables y no pude por menos de admirar sus conocimientos de la historia de la profesión, la conciencia del modo en que en nuestro oficio pueden convivir el profesional y el oportunista, y de lo difícil que resulta a veces distinguir a uno del otro. Recuerdo que mantuvimos un diálogo particularmente interesante sobre las preferencias del público. Más tarde fuimos a mi piso, donde nos dimos las buenas noches y dormimos en la misma cama sin siquiera besarnos, siguiendo un acuerdo tácito que en ese momento me resultó tan extraño como encantador.

A la mañana siguiente preparé el desayuno y la invité a cenar esa misma noche, si bien al final preferimos volver a la cama, donde pasaron muchas más cosas que durante la víspera. Después de eso mantuvimos una discreta relación durante unos meses; no le conté a nadie que salía con Tara y que yo sepa ella tampoco. Le tenía cariño y me inspiraba confianza, pero me equivoqué.

El hecho de que Tommy DuMarqué fuera mi sobrino la fascinaba (no le comenté que mi verdadero sobrino había sido su tataratataratataratataratatarabuelo; me parecía una información a todas luces innecesaria). Tara llevaba años viendo la serie de televisión y estaba loca por Tommy desde su primera aparición como un guapo adolescente. Cuando le dije que éramos parientes, se ruborizó, como si la hubiera pillado en falta, y a punto estuvo de atragantarse con un trozo de melón. Me rogó que se lo presentara, cosa que hice una agradable noche del verano pasado, y pareció que iba a arrancarle los pantalones ante mis propias narices. A él no se lo veía interesado -en ese momento mantenía una inestable relación con una actriz que en la serie interpretaba el papel de su abuela y al parecer era una amante muy celosa-, e incluso creo que la encontró un poco tonta, aunque para ser justo debo aclarar que esa noche se había pasado con la bebida, y el exceso de alcohol saca a la luz la colegiala que hay en ella. Tara lo llamó al día siguiente y le propuso tomar una copa juntos, pero Tommy se las ingenió para excusarse. Así que le mandó un fax y lo invitó a cenar; Tommy no hizo caso. Entonces le envió un e-mail con su dirección y la promesa de que si se presentaba «AHORA» encontraría la puerta abierta y a ella tumbada desnuda sobre una alfombra persa delante de la chimenea, añadiendo que mientras escribía el mensaje tenía una botella de champán enfriándose en el congelador. Esa vezTommy se echó a reír y me llamó para contarme lo que mi novia estaba tramando. Decepcionado, aunque nada sorprendido, decidí suplantar a mi sobrino, y cuando llegué al apartamento encontré a Tara en la posición exacta que había descrito. Al verme se quedó sin habla, pero enseguida se repuso y fingió que, imaginándose que me disponía a visitarla, había querido darme una sorpresa. Le dije que estaba mintiendo, que no me importaba especialmente, pero que todo había acabado entre nosotros y que sería mejor que volviéramos a nuestra relación profesional del pasado.

El domingo siguiente publicó en un importante periódico dominical un artículo titulado «Tara dice: ¡Di que no!», en el que explicaba que acababa de dejar una relación con un actor de telenovela (no daba su nombre, pero por su descripción era evidente a quién se refería). Afirmaba que sus relaciones sexuales habían rozado lo prohibido y que había disfrutado al satisfacer todas las fantasías del joven y obligarlo a representar las suyas. Había decidido poner fin a la aventura, decía, al ver que él intentaba arrastrarla a su mundo de alcohol, heroína y cocaína. «Cuando me fijé en su mirada al ofrecerme la cucharilla de plata y el mechero Bunsen de la ignominia -escribió en tono histérico-, supe que nunca podría ser la mujer que él quería que fuese: una piltrafa humana como él, alguien que, con tal de conseguir la siguiente dosis, haría cualquier cosa, prostituirse, robar a ancianas, vender drogas a niños, una mujer insignificante y despreciable. Lo miré fijamente y negué con la cabeza. "Tara dice: Hasta aquí hemos llegado", le espeté.»

El lunes siguiente por la mañana, Tommy, la parte inocente de esta historia (si bien todo lo que Tara imagina de su vida privada es, sin duda, verdad), fue llamado a presencia del productor ejecutivo, quien le advirtió que si la señorita Morrison hubiese dado su nombre en el artículo habría sido despedido de inmediato. Como no lo había hecho, y era imposible probar que se refería a él, al menos debía darse por amonestado oficialmente. Añadió que tenía una responsabilidad con sus admiradores, las jóvenes que soñaban con casarse algún día con él y los chicos que seguían con pavor la lucha que Sam Cutler libraba contra el cáncer de testículo. Aun reconociendo que era el personaje más popular de la serie, declaró que, si reincidía, él, el productor ejecutivo, no tendría ningún escrúpulo en hacer que sufriera un accidente de tráfico, lo matasen o le contagiaran el sida.

– Supongo que se refiere a mi personaje -tanteó Tommy-. Haría que todo eso le pasara a Sam Cutler, ¿no?

– Sí, claro -murmuró el productor.

Ese incidente fue el preludio de un par de meses desastrosos en la vida de Tommy, durante los cuales los paparazzi no lo dejaron en paz, interesados en averiguar qué se metía, inhalaba, fumaba o se inyectaba, a quién besaba, tocaba, acariciaba, importunaba o se tiraba, exagerando en lo posible los problemas que mi sobrino había adquirido por el tipo de vida que la misma prensa le había impuesto a fin de vender más periódicos. Aunque me esperaba algo así tratándose de uno de los Thomas, me sentía más molesto con la señorita Morrison por haber echado leña al fuego, y así se lo comuniqué en una turbulenta reunión que tuvo lugar unos días más tarde. No suelo perder los estribos, pero ese día no pude contenerme. Desde entonces nos hemos mantenido distantes, y no sólo no me preocupa su inminente marcha en busca de nuevos horizontes, sino que estoy encantado con la idea. Con nosotros Tara ha sido un tuerto en el país de los ciegos. La convertimos en una estrella. Tal vez una de poca categoría y de la pequeña pantalla, pero una estrella al fin y al cabo. La vida le resultaría mucho más difícil en la BBC.

De modo que esa noche, mientras comía paté, bebía vino y escuchaba a Wagner, no deseaba otra cosa que relajarme y olvidarme de los acontecimientos del día. No volvería al canal en una semana, y hasta entonces tenían órdenes estrictas de no llamarme, salvo que se tratara de una verdadera emergencia. Así que cuando sonó el timbre me sobresalté, y mientras me dirigía a abrir la puerta recé en silencio para que no fuera más que un fallo eléctrico y no hubiese nadie en el rellano.

Era mi sobrino, que se pasaba la mano por el oscuro pelo mientras esperaba a que le abriese la puerta.

– Tommy -dije en tono de sorpresa-. Es muy tarde. Estaba…

– Tengo que hablar contigo, tío Matt -anunció antes de empujarme y entrar.

Cerré la puerta con un suspiro mientras él se dirigía instintivamente a la habitación donde tengo las bebidas alcohólicas.

– ¡Me dijiste que me darías el dinero! -gritó; se le quebró la voz y por un instante pensé que iba a llorar-. Me prometiste que…

– Siéntate y cálmate, por favor, Tommy -le rogué, obligándolo a acomodarse en el sofá-. Me olvidé, lo siento. Quedamos en que te lo enviaría, ¿verdad? Se me fue de la cabeza.

– Pero me lo darás, ¿no? -suplicó, levantándose y agarrándome por los hombros, de modo que me vi incapaz de empujarlo de nuevo al sofá-. Si no me lo das, tío Matt, van a…

– Te firmaré un talón ahora mismo -dije al tiempo que me zafaba y me refugiaba detrás de mi escritorio, en un rincón de la estancia-. Te lo aseguro; me despisté, Tommy. No tenías por qué presentarte aquí a estas horas a perturbar mi paz. Bueno, ¿cuánto dinero acordamos? ¿Mil?

– Dos mil -contestó sin apenas respirar; observé su rostro brillante de sudor e iluminado por el resplandor del fuego-. Quedamos en dos mil libras, tío Matt. Me prometiste dos…

– Por Dios bendito, te firmaré un talón por tres mil y no se hable más. ¿Qué te parece? ¿Te bastará con tres mil?

Asintió con la cabeza y escondió la cara entre las manos un instante antes de mirarme con una amplia sonrisa.

– Lo siento… mucho -balbució.

– No te preocupes.

– Detesto la idea de pedirte nada… pero es que tengo muchas facturas que pagar.

– Me lo imagino; la electricidad, el gas, el impuesto municipal.

– Exacto, el impuesto municipal. -Asintió con la cabeza como si ése fuese un pretexto tan bueno como cualquier otro.

Arranqué el talón y se lo di. Lo examinó antes de meterlo en la cartera.

– Tranquilo -dije. Me senté frente a él, le serví una copa de vino, que aceptó entusiasmado, y añadí-: Lo he firmado.

– Gracias -murmuró-. Debería irme. Me esperan.

– Quédate un rato, hombre. -No quería saber quién lo esperaba ni para qué-. Dime cuánto has gastado ya de ese dinero.

– ¿Cuánto he gastado?

– Sí, cuánto dinero debes a esa gente, y no me refiero a la compañía telefónica ni la del gas. ¿Cuánto hay que repartir apenas abran los bancos mañana?

– Todo -admitió tras un titubeo-. Pero entonces ya estará. Habrán acabado mis quebraderos de cabeza.

Me incliné hacia él.

– ¿A qué te dedicas exactamente, Tommy?

– Ya lo sabes, tío Matt. Soy actor.

– No, me refiero a cuando no estás en el plato. ¿En qué lío te has metido?

Soltó una carcajada y negó con la cabeza; ahora que había conseguido el dinero, se lo veía ansioso por marcharse.

– No estoy metido en ningún lío. He hecho unas malas inversiones, eso es todo. Gracias a este dinero saldaré las deudas y saldré adelante. Te lo devolveré.

– No, no lo harás -repuse con indiferencia-. Pero no importa, no voy a perder el sueño por tres mil libras. El que me preocupa eres tú.

– No te creo.

– Pues deberías -protesté-. Recuerda que presencié la muerte de tu padre, y también la de tu abuelo. -Me detuve en esa generación.

– Mira, tío Matt, no pudiste hacer nada por salvarles la vida, y tampoco lo conseguirás conmigo. De modo que déjame tranquilo. Me las apaño muy bien solo.

– No me dedico a salvar vidas, Tommy. No soy sacerdote, sino socio de un canal de televisión vía satélite. Pero no me gusta que la gente muera tan joven. Lo encuentro sumamente ridículo.

Se puso de pie y oí sus pesados pasos dar vueltas por la estancia; de vez en cuando me miraba y abría la boca como si fuera a decir algo, pero luego se arrepentía.

– No… voy… a morirme -articuló al fin, apuntando al techo con los dos índices-. ¿Entiendes? No… pienso… palmarla.

– Claro que vas a morir -repliqué, rechazando su afirmación con un ademán desdeñoso-. Es evidente que te persiguen unos criminales. Sólo es cuestión de tiempo.

– ¡Y una mierda!

– ¡Cállate! -grité-. No soporto las palabras soeces y menos en mi casa. Recuérdalo la próxima vez que vengas a pedir dinero.

Tommy negó con la cabeza y se dirigió hacia la puerta.

– Mira -murmuró atropelladamente, ansioso porque nos separáramos como amigos; no sabía cuándo me necesitaría de nuevo-. Agradezco tu preocupación, de verdad. Quizá pueda devolverte el favor algún día. Nos vemos la semana que viene, ¿vale? Quedemos para comer. En algún restaurante tranquilo donde no haya gilipollas perforándome con la mirada y preguntándose si en realidad tengo cáncer de testículo. ¿De acuerdo? Y perdona. Y gracias.

Me encogí de hombros y esperé a que se marchara antes de dejarme caer en el sillón con un suspiro, esta vez aferrado a una copa de brandy bien colmada como premio de consolación. Y en ese instante tuve una iluminación. Con doscientos cincuenta y seis años cumplidos, me he pasado la vida observando de brazos cruzados cómo morían nueve Thomas. Los he ayudado cuando me lo han pedido pero he aceptado su suerte como si estuviesen destinados a acabar de manera trágica, como si no estuviera en mi mano cambiar nada. Y así he vivido durante todos esos años, viéndolos morir uno tras otro en la flor de la juventud. Y en su mayoría eran buenas personas, un poco problemáticos, es verdad, pero merecedores de ayuda. Merecían que les echara una mano, merecían vivir. Ahora volvía a encontrarme con un Thomas a punto de cumplir su destino, y, como siempre, lo sobreviviría y esperaría el nacimiento del siguiente. Que seguiría el camino de sus antecesores: se metería en líos, conocería a una chica, la dejaría embarazada y luego se mataría. «Esto no puede seguir así», pensé.

La iluminación consistía en lo siguiente: me propuse hacer lo que debería haber hecho mucho tiempo atrás: salvaría a uno de los Thomas. En concreto, a Tommy.

7

Viajo con Dominique

Dominique, Tomas y yo dejamos Dover un día de septiembre al mediar la tarde; de la mañana a la noche los colores de la ciudad permanecían en penumbra y en ocasiones el cielo no se despejaba ni un instante en todo el día. Estaba casi recuperado de la paliza y últimamente, desde que sentía que me habían arrebatado parte de mi dignidad, era aún más audaz en mis aventuras, como si intuyese que la supervivencia iba a ser mi fuerte. Me escabullí de mi lecho de enfermo un lunes por la mañana y hubo de pasar una semana antes de que estuviéramos preparados para marcharnos; teniendo en cuenta que apenas poseíamos nada que pudiera considerarse nuestro, no recuerdo ni entiendo la razón que nos llevó a demorar tanto nuestra partida. En cualquier caso, me vino bien, pues pude despedirme de mis amigos de la calle, muchachos sin futuro como yo, que robaban para comer o pasar el rato, críos sin hogar cuyos hurtos les proporcionaban el único trabajo fijo que podían desempeñar en esa ciudad, golfillos que me atravesaban con la mirada, incapaces de asimilar que alguien se marchara del único mundo que conocían. Visité a tres de mis prostitutas favoritas durante otras tantas noches consecutivas y, a la hora de pagar y despedirme, me invadió una profunda tristeza, pues durante los últimos años habían constituido mi único consuelo ante el deseo sin esperanzas que Dominique despertaba en mí. Mientras ellas nutrían mis anhelos adolescentes durante una hora de reloj y por unos pocos chelines, visualizaba la cabeza de mi amada sobre la almohada, pronunciaba su nombre, cerraba los ojos e imaginaba que estaba conmigo. A veces dudaba que aquella primera noche de amor hubiese existido; hasta llegué a pensar que se trataba de una alucinación producida por mi enfermedad, pero al mirarla desechaba la idea, pues era evidente que la chispa de nuestra pasión persistía, y que en ella pareciera muy apagada no quitaba que se hubiera encendido con ardor en una ocasión.

A Tomas no parecía afectarle mucho nuestra marcha, con tal de que no nos separásemos de él. Tenía casi siete años y era un chico listo y enérgico; le gustaba moverse a sus anchas por la ciudad y explorar las calles, si bien volvía para contarnos sus aventuras a Dominique y a mí, sus padres adoptivos. Al contrario que a ella, que no parecía preocuparse mucho, a mí no me gustaba que Tomas se pasara el día deambulando por Dover. El encuentro con la violencia me había hecho más consciente de los peligros de la calle y temía por mi hermano, pues imaginaba que podía juntarse con los mismos tipos que yo. En cuanto a mi propia seguridad, habría puesto la mano en el fuego por ellos, pero tratándose de Tomas no estaba muy convencido.

– Tiene seis años -dijo Dominique-. Hay niños más pequeños buscándose la vida para alimentar a sus familias. ¿Qué va a pasarle, Matthieu?

– Las calles son muy peligrosas -protesté-. Mira lo que me ocurrió a mí, y eso que tengo diez años más que él y sé cuidarme solo. ¿Quieres que le pase lo mismo…?

– Tú mismo te lo buscaste. Te arriesgabas demasiado; era sólo cuestión de tiempo que te pillaran. Tomas no es así, y no roba. Explora, eso es todo.

– ¿Explora? ¿El qué? -pregunté, confuso ante sus argumentos-. ¿Qué crees que hay para explorar en las calles? Ahí no hay más que polvo. Y debajo, en las cloacas, ratas. No va a descubrir más que gente mala que le hará daño.

Dominique se encogió de hombros y siguió permitiendo que Tomas se ausentase durante horas. Aunque sus escapadas me preocupaban de verdad, siempre acababa acatando las decisiones de Dominique, a pesar de que en ese caso no era a su hermano a quien concernían, sino al mío. Mi obediencia quizá se debiese a que era mayor que yo, parecía conocer más mundo y me tenía completamente esclavizado. El poder que ejercía sobre mí era absoluto, aunque también se mostraba dulce y maternal; y si controlaba todos los aspectos de mi vida era porque yo se lo permitía gustoso. A veces, cuando estábamos a solas, Dominique dejaba que me sentase a su lado junto al fuego y apoyara la cabeza en su hombro; poco a poco mi cara iba deslizándose hacia sus pechos, hasta que se enderezaba de pronto y anunciaba que era hora de acostarse… cada uno en su cama. Por muy improbable que fuese el que volviéramos a vivir otro encuentro apasionado, no pasaba una noche sin que dejara volar mi fantasía imaginándolo.

Decidimos viajar a Londres y probar fortuna allí. Nos esperaba una buena caminata -unos ciento veinte kilómetros-, pero en esa época no era extraño recorrer grandes distancias a pie. Con el paso del tiempo hemos convertido en una proeza insuperable algo que antaño no sólo era posible sino habitual. Aunque estábamos a finales de año, hacía buen tiempo y siempre encontraríamos dónde acampar por la noche. Habíamos ahorrado un poco de dinero -o, mejor dicho, Dominique había ido atesorando la calderilla y lo que ganaba trabajando en una lavandería-, y si surgía una emergencia podríamos pagar una pequeña habitación en una posada o una granja por el camino. Ahora bien, gastaríamos lo mínimo en comida, pues yo pensaba seguir robando durante el viaje, y aun esperaba que quedara algo de dinero para empezar con buen pie en Londres.

Ese lunes, al abandonar nuestra pequeña habitación, sentí una extraña melancolía. Pese a haber vivido en la misma casa en París durante quince años, nunca me había sentido muy apegado a ella, y desde el día que la dejé nunca volví a pensar en ella ni a añorarla. En cambio ahora, después de sólo un año, me entraron ganas de llorar al dirigir una mirada postrera a las dos pequeñas camas, la mesa desvencijada, las sillas con las patas rotas junto a la chimenea, antes de cerrar la puerta de aquel cuchitril, nuestra casa. Me volví hacia Dominique, para sonreírle por última vez en ese lugar, pero ella, tras inclinarse para sacudir el polvo del pantalón de Tomas, ya se estaba alejando y no volvió la vista atrás. Me encogí de hombros y cerré la puerta, dejando la habitación a oscuras y a la espera de sus próximos, miserables inquilinos.

Me preocupaban mis botas. Eran oscuras y estaban provistas de buenos cordones, pero eran de un número grande para mí. Las había robado días atrás a un joven caballero que cometió la insensatez de dejarlas a la puerta de su habitación en el Refugio del Viajante, un albergue cercano al puerto. Tenía la costumbre de entrar en ese albergue por la puerta trasera a altas horas de la noche y explorar los pasillos mientras los huéspedes dormían. En esos pasillos estrechos y de techo bajo no era raro encontrar una camisa o unos pantalones colgando de las puertas; algunos caballeros despistados, pensando que aún estaban en Londres o París, los dejaban allí con la esperanza, quizá, de encontrarlos bien planchados a la mañana siguiente. La mayor parte de esas cosas no se podían vender, pero servían para vestir a mi pequeña familia, no me costaban ni un penique y no me causaban el menor remordimiento.

Las suelas de las botas estaban un poco gastadas y la idea de acabar caminando hasta Londres descalzo no me hacía ninguna gracia. Al cabo de un rato ya notaba la gravilla en la planta del pie izquierdo, y sabía que en pocos kilómetros empezarían a salirme ampollas y cortes. Las botas de Dominique eran similares a las mías, pero llevaba unas buenas medias que yo le había hurtado a un tendero, a unos cinco kilómetros al sur de nuestra casa, la víspera de recibir la paliza, y el día anterior había encontrado un par de botas nuevas para Tomas. Éste parecía tan incómodo como yo mientras se acostumbraba a ellas, y tanto se quejó del daño que le hacían que al final Dominique sacó un pañuelo del bolsillo y le envolvió los dedos de los pies para protegerlos del roce. Yo habría preferido que con aquel pañuelo le tapara la boca, pero al menos consiguió que se callara un rato.

Calculé que si sólo íbamos a pie llegaríamos a Londres al cabo de cinco días, a menos que encontráramos otro medio de transporte por el camino -algo improbable, siendo como éramos una pareja joven con un niño cada vez más sucios y malolientes-. Hasta una semana de viaje nos parecía razonable y, tal como señaló Dominique, no resultaba un sacrificio excesivo a cambio de escapar de Dover y la vida de duro trabajo que nos esperaba si nos quedábamos allí. Estaba convencida de que en una semana la fortuna nos sonreiría.

Ese primer día tuvimos la suerte de atraer la atención de un joven granjero que viajaba en carro de Dover a Canterbury; nos vio junto a la carretera, donde intentaba aliviarme los pies. Apenas habíamos recorrido diez kilómetros, pero ya empezaba a perder la esperanza de que las botas aguantaran y a plantearme seriamente la posibilidad de proseguir descalzo. Sentado en un mojón, examinaba los pobres dedos gordos de mis pies, que se habían puesto rojos y me dolían espantosamente. Dominique estaba detrás de mí, en cuclillas sobre la hierba, y Tomas tumbado en el suelo a mi derecha, tapándose los ojos con una mano y suspirando con histriónico agotamiento. De pronto oí el traqueteo del carro que se acercaba.

– Ya está bien -le espeté a Tomas-. Tenemos que seguir andando hasta Londres, así que no te servirá de nada quejarte y lloriquear todo el rato.

– ¡Es que está muy lejos! -exclamó-. ¿Cuándo llegaremos?

– Quizá dentro de una semana -murmuré, exagerando tontamente pese a saber que sólo empeoraría las cosas, pero tenía calor, me dolían los pies y me inquietaba el miedo a no poder seguir. Lo último que necesitaba era oír los lamentos de ese niño, y sabía que Dominique nos arrastraría a Londres tanto si queríamos como si no. No me costaba mucho ponerme en el lugar de Tomas, pues en realidad a mis diecisiete años no era más que un crío. Había momentos en que me habría gustado tirarme al suelo y patalear a mis anchas, perder los nervios y dejar que otra persona se ocupara de todo para variar, pero no podía, pues sólo uno de nosotros podía representar ese papel con éxito-. Así que ve acostumbrándote a la idea, Tomas, y te sentirás mejor -añadí con tristeza.

– ¿Una semana? -exclamó, y añadió-: ¿Cuánto tiempo es una semana?

– Una semana son… -Empezaba a referirle lo que tardaríamos de verdad cuando volví a oír el traqueteo de un carro.

Ya habían pasado unos cuantos y había intentado pararlos haciendo señas, sin éxito. Con frecuencia el ocupante me fustigaba con el látigo o me maldecía para que me apartase del camino, como si constituyéramos un obstáculo insalvable. Si esos carreros pudiesen ver la calle Piccadilly hoy día a las cinco de la tarde, sabrían lo afortunados que eran y no habrían montado en cólera con tanta facilidad. Eché un vistazo al carro y al reparar en que su único ocupante era el joven que lo conducía, me alegré y, sin demasiadas esperanzas, levanté la mano y grité:

– ¡Hola, señor! ¿No tendrá sitio para nosotros en su carro?

Di un paso atrás, temiendo que sacara el látigo o intentara atropellarme, pero para mi sorpresa tiró de las riendas y detuvo al caballo con un grito.

– Queréis que os lleve, ¿eh? -preguntó, parándose a mi lado, mientras Tomas le dirigía una mirada esperanzada y Dominique salía de la maleza arreglándose la falda y mirando a nuestro benefactor con cierta suspicacia.

– Somos sólo tres, y no le causaremos ninguna molestia -aseguré adoptando mi tono más amable. Él nos repasaba de arriba abajo y yo tenía la esperanza de que la deferencia que le demostraba despertara su compasión-. Apenas llevamos equipaje, sólo esto -añadí levantando del suelo una bolsa de viaje pequeña-. Me temo que no podremos pagarle nada, pero le estaremos muy agradecidos.

– Bueno, será mejor que subáis -repuso sonriendo-. No voy a dejaros aquí plantados con el calor que hace, ¿eh?

Tenía acento de campesino, pero no conseguí detectar de dónde procedía; sus palabras desbordaban sentido del humor y vivacidad.

– Sólo sois tres, ¿eh? -añadió-. Pero éste no es más que un niño. -Señaló con la cabeza a Tomas, que se apresuró a subir al carro antes de que el joven cambiara de idea y nos dejara atrás-. Yo diría más bien dos y medio.

– Es mi hermano -aclaré, sentándome a su lado mientras Dominique se acomodaba en silencio detrás, con Tomas-. Tiene seis años.

Me recosté y por un instante, antes de que el carro se pusiera en marcha, deseé quedarme allí, en ese recodo del camino, para siempre; ante mí el futuro se desplegaba como un drama a punto de comenzar, un pasado que aún no había tenido lugar. En un instante el carretero haría chasquear el látigo, azuzaría al caballo, empezaríamos a avanzar y Dover quedaría atrás definitivamente. Fue un momento de serena gratitud y comprensión que nunca he olvidado. Para mi sorpresa, cuando nos pusimos en movimiento noté un nudo en la garganta.

– Tienes un acento muy extraño -comentó el campesino al cabo de un rato-. ¿De dónde dices que eres?

– Vivíamos en Dover pero nacimos en Francia. En París. ¿Lo conoce?

– De oídas -contestó esbozando una sonrisa que no pude sino devolverle.

Era joven (no parecía mayor de veinticinco años), pero tenía cara de adolescente. Le brillaban las mejillas, tersas y suaves como si nunca se hubiera afeitado, y unos mechones rubios caían sobre su frente. Vestía con sencillez, aunque saltaba a la vista, por el carro y el estado del caballo, que no era pobre.

– No he salido mucho del pueblo -añadió-. Voy a menudo a Dover para llevar provisiones a los buques mercantes, eso sí. Quizá te haya visto por allí y no me acuerde.

– Quizá.

– ¿Es tu novia? -susurró mientras me guiñaba un ojo-. Fres afortunado de tener una mujer como ella, ¿eh? Seguro que te mantiene ocupado toda la noche.

– Soy su hermana -terció de repente Dominique, que se había inclinado para oír la conversación-. Nada más. Dime, ¿hasta dónde vas?

Me volví asombrado. Una cosa era afirmar que éramos hermanos y otra muy distinta mostrarse tan antipática y grosera. Si seguía así sólo conseguiría que el joven nos echara de su carro, y en ese caso nos encontraríamos de nuevo caminando por el margen del camino, algo que por el momento mis pies no podían permitirse bajo ningún concepto.

– Hoy no llegaré más allá de Canterbury -respondió el joven-, donde me detendré a pasar la noche. Puedo llevaros hasta allí; por la mañana tomaré el desvío hacia Bramling. Si queréis seguir hacia Londres os recomiendo que probéis suerte en el camino que va a la ciudad. Hay un viejo pajar donde duermo a menudo. Estará oscuro cuando lleguemos, así que será mejor que paséis la noche conmigo y continuéis por la mañana. Podríais andar en la oscuridad, pero no conozco los caminos y corréis el peligro de perderos.

Dominique dio su aprobación al plan con un asentimiento de la cabeza casi imperceptible y se tumbó en el carro. Furlong -como un momento después me dijo que se llamaba- permaneció en silencio un buen rato y pareció contentarse con frenar un poco la marcha del caballo y mirar al frente. Sacó del bolsillo un paquete de tabaco para mascar y mordió un trozo. Se disponía a guardarlo de nuevo cuando vaciló y me ofreció un poco; acepté con cierto reparo. Nunca lo había probado, pero no quería parecer desagradecido. Mordí un pedazo igual al de él. Sabía a rayos (como una fruta quemada y picante, sólo que más amarga), y me pregunté cómo era posible que aquel joven lo saborease con tanto entusiasmo, por no hablar del ruido que hacía. Mientras la bola de tabaco se movía dentro de mi boca soltaba un líquido repugnante cuyo hedor me anegó los orificios nasales. Se me agarrotó la garganta y por un segundo no pude respirar; jadeé y advertí que me había quedado sin voz.

– No suelo disfrutar de compañía cuando voy por estos caminos -comentó Furlong-. Mi padre me manda una vez a la semana a Dover. Somos proveedores, ¿sabes? Tenemos una granja y enviamos algunos de nuestros productos lácteos al continente. No es que ganemos mucho, la verdad, pero contribuye a crear la fama de mi padre como hombre con negocios en el extranjero. Así es como le gusta que lo conozcan en el pueblo, ¿sabes?

Asentí con la cabeza y tosí suavemente para escupir aquella mucosidad repulsiva en la mano; a continuación la dejé caer con disimulo a un lado del carro. Me volví y encontré la mirada de Dominique, que, divertida, enarcaba una ceja. Me había puesto morado por el esfuerzo y tuve que tragar saliva varias veces para quitarme el mal sabor del tabaco; habría dado lo que fuera por tener a mano una jarra de agua fría para enjuagarme la boca.

– Por este camino siempre encuentras gente, ¿sabes? -prosiguió Furlong-. Pero no recojo a hombres solos. Nunca se sabe. Hay gente muy mala que te cortaría el cuello sin pensárselo dos veces por sacarte unas libras. Jamás me separo de esto. -Alargó la mano a un lado del carro y levantó un gran cuchillo con una hoja dentada de unos treinta centímetros. Pasó los dedos por el filo y me estremecí, esperando ver cómo brotaba la sangre-. Corta lo suyo, ¿eh? Jamás me olvido de afilarlo antes de salir todos los meses. Por si las moscas, ¿entiendes?

– Claro -contesté sin saber qué respuesta esperaba.

– Pero cuando os he visto tan solos en el camino, a ti, a tu novia y a tu pequeño, yo…

– Mis hermanos -lo corregí, insistiendo en el engaño.

– …pues he decidido echaros un cable. Me ha parecido una buena idea; el tiempo pasa más deprisa si tienes compañía.

– Es usted muy amable -dije, y sentí una pizca de simpatía hacia Furlong y sus viajes solitarios de ida y vuelta entre Bramling y Dover-. Empezaban a dolerme los pies y Tomas no paraba de quejarse.

– No puedo hacer nada por tus pies -dijo escudriñando el camino desierto mientras oscurecía-, pero, en cuanto al crío, una buena zurra es lo que le daría al oír la primera queja; así se acabarían las tonterías.

Lo miré de reojo, esperando que sonriera para dar a entender que era broma, pero no podía haberlo dicho más en serio. Por suerte, mi medio hermano se había dormido nada más subir al carro, pues no quería ni pensar cómo se habría portado de estar despierto y qué fatales consecuencias nos habría acarreado su conducta.

– ¿Está usted casado, señor Furlong? -pregunté tras otro largo silencio durante el cual me devané los sesos buscando posibles temas de conversación.

Para ser un hombre que agradecía la compañía, parecía contento de permanecer sentado a mi lado mirando el camino, como si la mera presencia de otros seres humanos en el carro le bastase. Soltó una carcajada y respondió:

– Todavía no; pero espero estarlo pronto.

– ¿Tiene prometida?

Furlong se sonrojó, y me sorprendió su pudor, un rasgo que había visto en muy poca gente.

– Podría decirse que he contraído una especie de compromiso con una joven de mi parroquia -afirmó en tono pausado, como el que emplearía un gentil caballero-, aunque todavía no hemos fijado el día de la boda.

– Vaya. -Esbocé una sonrisa-. Pues les deseo mucha suerte.

– Gracias.

– ¿Cuándo cree que se concretará la fecha?

Titubeó y me pareció que se ponía serio.

– Pronto -contestó-. Ha habido… -vaciló en busca de la palabra adecuada- cierta complicación. Pero espero que se solucione muy pronto.

– Todos los idilios son complicados -comenté alegremente, yo, que con sólo diecisiete años y una única experiencia amorosa a cuestas, pretendía comportarme como un hombre de mundo-. Supongo que cuando al final se resuelven las dificultades todo vale más la pena.

– Sí, supongo que sí -repuso.

Abrió y cerró la boca varias veces, como si quisiera añadir algo pero no supiese cómo empezar o tuviese dudas sobre mencionar el asunto. Me quedé callado y miré al frente, cerrando los ojos un instante para descansar, cuando oí su voz de nuevo, ahora mucho más alta y sin rastro del buen humor de antes.

– Jane y yo (se llama Jane, ¿sabes?) nos conocimos hará ocho años y hemos llegado a una especie de acuerdo mutuo. A veces la llevo a pasear o me paso toda la tarde con ella y le doy un regalo, algo bonito, ¿sabes?, que siempre acepta encantada. Una vez, hará dos veranos, construimos un almiar juntos. De casi dos metros. Más alto que yo.

Asentí y lo miré de soslayo con curiosidad. Asentía con la cabeza y al hablar de su enamorada le brillaban los ojos.

– Parece un noviazgo en toda regla -dije con intención de complacerlo.

– Lo ha sido. -Asintió de nuevo enérgicamente-. Sin duda lo ha sido. Es una chica muy capaz, ¿sabes?

Asentí a mi vez, aunque no tenía ni idea de qué había querido decir con ello.

– Ahora trata de distanciarse de un militar que llegó al pueblo. Se tomó muchas confianzas con ella y sé que no le gusta, pero no sabe cómo decirle que la deje en paz. Teniendo en cuenta que él lo sacrifica todo por la patria, el rey, etcétera. Además, sólo está de paso. No se quedará mucho.

– Qué lata -murmuré.

– Todas las tardes la saca a pasear -prosiguió sin hacerme caso, como si yo no estuviera allí-. Oí decir que una vez fueron hasta el río. Va a su casa de visita y, no te lo creerás, pero al parecer canta acompañándose al piano, el muy maricón. A mí no me pillarás cantando a Jane, ah, no, señor, eso sí que no. En mi opinión, ese tipo debería hacer las maletas y largarse con viento fresco; que la deje en paz, por favor. Lo malo es que Jane es demasiado educada, ¿sabes?, y no se atreve a mandarlo al cuerno. Le sigue la corriente, sale de paseo con él, le prepara té y lo escucha mientras el tipo le cuenta sus aventuras en Escocia… Hay gente cruel que asegurará que Jane está dándole esperanzas a ese pobre hombre, pero yo digo que lo mejor sería que hiciera las maletas y se marchara. Con quien está prometida ella es conmigo, no con él.

Tenía la cara colorada y parecía muy preocupado mientras sostenía las riendas. Asentí en silencio; lo que sucedía en Bramling no podía resultar más obvio. Lo lamenté por el pobre diablo, pero yo ya tenía la mente en otra cosa. Pensé en lo que iba a ocurrir la mañana siguiente, en el largo viaje que nos esperaba, y en Londres. Anocheció y nos quedamos en silencio. Recordé a las prostitutas de Dover y me dejé llevar por agradables pensamientos, deseando hallarme allí en ese momento con unos peniques en el bolsillo, y estaba a punto de cerrar los ojos para dar rienda suelta a mis felices fantasías cuando, a un grito de Furlong, el caballo se detuvo en seco, provocando que los cuatro nos incorporásemos de golpe. Habíamos llegado al lugar donde pasaríamos la noche.

Era un establo pequeño, pero nos acomodamos sin problemas. Olía a ganado, aunque en ese momento no se veía ningún animal.

– Aquí ordeñan vacas durante el día, una por una -informó Furlong-. Hay una granja a un par de kilómetros camino arriba. Llevan las vacas a pastar a los prados y luego las traen aquí para ordeñarlas. Por eso huele a leche.

Llevaba una cesta con comida, pero sólo había suficiente para él y un poco más. Rehusé su invitación a compartirla, pensando que no sería de buena educación privarlo de su cena después de habernos llevado en su carro durante horas, pero Dominique mordisqueó una pata de pollo que Furlong la obligó a aceptar y la compartió con Tomas, que se la habría comido entera si ella no lo hubiese reprendido. Los observé comer, mientras se me hacía la boca agua; aún me notaba el sabor del tabaco de mascar, pero para no parecer un quejica comenté que estaba mareado por el movimiento del carro. Nos pusimos a hablar, y Dominique se animó y empezó a hacerle preguntas a Furlong sobre su pueblo y las actividades -así las llamó- en veinte kilómetros a la redonda. Ahora que disponíamos de un carro y un caballo para llevarnos a otro lugar no me habría extrañado que estuviese planteándose renunciar a nuestro plan de ir a Londres. Bramling no parecía un sitio del todo desagradable, y la verdad es que no me preocupaba nuestro destino, tan seguro estaba de que la suerte nos sonreiría en cualquier parte, siempre y cuando no nos separáramos. A medida que se consumía la vela, el establo se iba sumiendo en la oscuridad, pero a pesar de la poca luz pude ver la sonrisa de Dominique, que estaba contando que en un espectáculo que había visto una vez en París las chicas no llevaban ropa interior y los hombres tenían que ser atados a los asientos para evitar un motín; me entraron ganas de abrazarla y sentir su cuerpo junto al mío. La deseaba como nunca y me pareció que no podría soportar pasar una noche más sin besarla. Me pregunté si nuestra amistad no se basaría únicamente en mi deseo de acariciarla y de que ella me acariciara, y de pronto me di cuenta de que no estaba escuchándola, pues me había quedado embobado contemplando su rostro y su figura, imaginando nuestros cuerpos unidos. Me moría por expresarle lo que sentía, pero no encontraba las palabras. Mi boca se abría y cerraba y, a pesar de la presencia de Tomas y Furlong, estaba a punto de arrojarme sobre ella protegido por las sombras que habían invadido el granero, y por unos segundos hasta llegué a pensar que estábamos los dos solos. Dominique y Matthieu. Nadie más.

– Matthieu. -Ella me dio un suave codazo en el brazo que me sacó de mi aturdimiento-. Vas a caerte al suelo; pareces agotado.

Sonreí y miré alrededor, parpadeando para fijar la vista en los demás. Tomas dormía en un rincón hecho un ovillo y envuelto de cualquier manera en su abrigo. Furlong siguió con la mirada a Dominique mientras ella salía del granero y se alejaba un poco, pero no lo suficiente para impedir que la oyésemos orinar sobre la hierba, un sonido que me incomodó estando sentado junto a Furlong, ambos en silencio. Cuando volvió a entrar, los dos varones salimos a aliviar nuestra vejiga; intenté alejarme un poco, pero él no se apartó mucho.

– Tienes suerte de tener una hermana como ésta -afirmó, y soltó una carcajada-. Es guapa, ¿eh? ¡Y esas historias que cuenta! ¡Qué chica más descarada! Seguro que tiene una fila de pretendientes de aquí a París.

Algo en su tono me ofendió, y lo miré con severidad mientras se sacudía y abrochaba el pantalón.

– Dominique debe protegerse y cuidar de Tomas y de mí -dije con aspereza-. Aún queda mucho camino por recorrer y no tenemos tiempo para pretendientes ni nada por el estilo -concluí, y decidí que por la mañana tomaríamos la carretera que conducía a Londres y no pensaríamos en ningún otro lugar.

– No quería ofender -se disculpó Furlong al entrar en el granero, antes de acomodarnos en los dos rincones que quedaban libres para pasar la noche-. Hay cosas que uno no puede callarse, ¿sabes? -me susurró al oído; el aliento le apestaba a pollo asado-. Como existen actos que parecen pedir a gritos que alguien los consume, ¿tengo o no tengo razón?

Me dormí enseguida, pues no había tenido un momento de soledad en todo el día, y después de un viaje tan largo, acompañado por los gruñidos de mi estómago vacío, no deseaba otra cosa que dar por terminada la jornada de una vez por todas.

Primero soñé que estaba en París con mi madre; aún era un niño y sostenía una enorme alfombra de colores vivos por un extremo mientras mi madre la golpeaba con un sacudidor. El polvo que salía de la alfombra me entraba por la garganta y me hacía toser y lagrimear, casi igual que unas horas antes me había ocurrido con el tabaco. De pronto París se convertía en una ciudad desconocida, donde un hombre me llevaba de la mano por un bazar y me pasaba una vela que encendía con un mechero de oro. «Aquí tienes una luz que sólo tú puedes ver», me decía en mitad de una conversación. Mientras la vela se consumía, el mercado se convertía en una feria de caballos, donde se oían los gritos de hombres que trataban de pujar cada vez más alto. De pronto se desencadenaba una pelea. Un hombre de rostro furioso se acercaba a mí con el puño levantado y cuando iba a golpearme desperté dando patadas en el aire; por un instante no supe dónde me encontraba.

Todavía era de noche -a pesar del largo sueño, sólo había dormido unos quince minutos-, estaba helado y me dolía el estómago. Oí unos fuertes golpes procedentes del extremo opuesto del granero y confié en que no me impidieran conciliar el sueño de nuevo. A continuación me llegaron otros sonidos: una respiración agitada y una queja apagada, como si alguien intentase gritar y unas manos le apretaran la boca para impedírselo. Me incorporé y agucé el oído; al comprender lo que estaba ocurriendo, di un brinco y parpadeé para acostumbrarme a la oscuridad. En un rincón estaba Tomas, que se agitaba un poco en sueños; se había metido un dedo en la boca y suspiraba de satisfacción. El rincón contiguo, el de Furlong, se hallaba vacío. Y frente a mí se desarrollaba un forcejeo entre una figura masculina tendida sobre otra femenina: él estaba vestido, pero una de sus manos se abría paso, al parecer con éxito, entre la ropa de la mujer. Me arrojé sobre Furlong, que jadeó pero se recobró enseguida y de un manotazo me lanzó por tierra. Era un hombre robusto y más fuerte de lo que parecía; por un instante permanecí en el suelo, aturdido e intentando recuperar las fuerzas para volver al ataque. Dominique soltó un grito desgarrador y una vez más el carrero le tapó la boca para amortiguar sus sollozos, mientras le susurraba algo al oído y continuaba hurgando bajo su vestido. Conseguí ponerme en pie y vacilé; no sabía qué hacer. Cualquier intento de quitárselo de encima podía costarme la vida, y posiblemente también a Dominique y Tomas. De modo que cambié de idea y salí a toda prisa a la noche fría; la luna arrojaba un delgado prisma de luz sobre el carro. Corrí hasta éste y cogí el cuchillo; a continuación regresé al granero y me detuve detrás de Furlong, quien, a juzgar por los movimientos relajados de una mano y el hecho de que ya no tapaba la boca de Dominique con la otra, parecía estar más cerca de su objetivo. Se separó un poco de ella y se echó atrás, dispuesto a penetrarla. En ese momento dejé caer las dos manos a la vez. El filo dentado del cuchillo que Furlong me había enseñado unas horas antes se hundió entre sus omóplatos igual que en mantequilla tierna. Soltó un jadeo profundo, como el de una bestia, dio una tremenda sacudida y agitó los hombros mientras manoteaba en el aire intentando en vano arrancarse el cuchillo. Retrocedí hasta la pared del granero, consciente de que la suerte estaba echada, que la única oportunidad para acabar con Furlong había pasado y que si no surtía efecto lo pagaríamos en breve. Dominique se deslizó trabajosamente de debajo de su agresor y también se pegó a la pared del granero. Furlong se levantó despacio y empezó a girar sobre sí mismo, mirándonos con los ojos muy abiertos, y en ese instante cayó de espaldas; el cuchillo emitió un ruido espeluznante al penetrar en la carne unos centímetros más.

Se hizo el silencio. Instantes después nos acercamos temblando al cuerpo sin vida; de sus labios brotaba un hilo de sangre y sus ojos nos miraban con rabia congelada. Me estremecí y vomité; de algún modo, mi estómago vacío encontró algo que arrojar encima de la cara de Furlong, cubriendo aquellos ojos espantosos para siempre. Di un paso atrás, horrorizado, y miré a Dominique.

– Lo siento -dije tontamente.

8

El teatro de la ópera

En 1847, unas semanas antes de cumplir ciento cuatro años, recibí una carta sorprendente que me indujo a abandonar mi casa de entonces en París -adonde había vuelto un par de años antes tras una breve temporada en los países escandinavos- y viajar a Roma, ciudad que no conocía. Estaba pasando por una época especialmente tranquila de mi vida. Carla había muerto por fin de tisis, librándome del tormento que nuestro tortuoso y duradero matrimonio me había infligido. Mi sobrino Thomas (IV) se había reunido conmigo unas semanas después del funeral -dando pie a un alegre reencuentro en el que me emborraché con brandy y me deshice en elogios a La feria de las vanidades, de Thackeray, que ese año aparecía por entregas mensuales- y yo había aceptado que permaneciese un tiempo en casa, ya que su aprendizaje de tramoyista en un teatro local apenas le daba para comer y el cuchitril que alquilaba era indigno de un ser humano. Su compañía no era del todo desagradable; con diecinueve años cumplidos, era el primer Thomas rubio de la saga, un rasgo heredado de la familia de su madre. Algunas noches volvía a casa tarde con amigos y se quedaban hablando sobre las últimas obras de teatro. Se servían alegremente de mis provisiones de alcohol, y, aunque no se me escapaba la atracción que Thomas ejercía sobre un par de actrices del grupo, me parecía que sus jóvenes compañeros se arrimaban a él más por la riqueza de su pariente que por el placer de su compañía.

Durante años yo había trabajado como administrador de fondos municipales, un cargo muy bien retribuido. Había existido un proyecto de construir unos teatros en los alrededores de París, y sobre mí había recaído la responsabilidad de seleccionar las ubicaciones adecuadas y calcular los costes y el tiempo de construcción. De las ocho propuestas detalladas que presenté, sólo se llevaron a cabo dos, pero ambas fueron muy celebradas, y mi nombre llegó a despertar admiración en la sociedad parisina. Por otra parte, llevaba una vida disoluta y, ahora que mi condición de soltero me permitía frecuentar a las damas de la ciudad sin escandalizar a nadie, salía casi todas las noches.

De algún modo las noticias de mis habilidades administrativas habían cruzado la frontera, y en la carta se me ofrecía un puesto de administrador de las artes en Roma. La misiva, que firmaba un funcionario ministerial de alto rango, era imprecisa y sugería grandes planes para el futuro, aunque apenas explicaba la naturaleza de los mismos. En cualquier caso, la proposición despertó mi interés, por no hablar de la cantidad de dinero que mencionaba, en lo referente no sólo al presupuesto sino también a mis honorarios, y dado que hacía tiempo que quería alejarme de París, decidí aceptar. Una noche hablé con Thomas y le dije que, si bien estaba en su derecho de quedarse en París, me alegraría mucho que me acompañase a Roma. Como tras mi marcha se vería obligado a buscar un nuevo alojamiento, eso inclinó la balanza a mi favor, al tiempo que trazó el destino de todo un linaje; el caso es que el joven decidió recoger sus escasas pertenencias y emprender el viaje conmigo.

A diferencia de la primera vez que había dejado París, unos noventa años atrás, ahora era un hombre rico y más o menos exitoso, lo que me permitió alquilar un coche privado que nos conduciría de una capital a otra en no más de cinco días. Era un dinero bien gastado, pues las alternativas no podían ser más espantosas. Aun así, el viaje resultó fatigoso; hizo muy mal tiempo, recorrimos caminos salpicados de baches y tuvimos que soportar a un cochero maleducado y arrogante a quien parecía ponerle de mal humor la mera idea de tener que llevar a alguien a alguna parte. Cuando al fin llegamos a Roma juré que ése sería mi hogar en adelante, aunque llegara a cumplir mil años, a tal punto me horrorizaba pensar en emprender otro viaje tan espantoso.

Nos alojaríamos en un apartamento en el centro de la ciudad, y allí fuimos. Comprobé con satisfacción que había sido amueblado con gusto, y me encantó la vista que se dominaba desde mi habitación sobre la plaza y el pintoresco mercado, que me trajo recuerdos de mi niñez en Dover, donde para mantener a mi familia había tenido que robar a tenderos y viandantes.

– Nunca he pasado tanto calor -se quejó Thomas al tiempo que se dejaba caer sobre una silla de mimbre, en el salón-. Y yo que pensaba que París era muy caluroso en verano… Esto no hay quien lo aguante.

– Bueno, qué remedio nos queda -repuse encogiéndome de hombros; no quería empezar nuestra nueva vida en Roma de una forma tan negativa, menos aún tratándose de un asunto que escapaba a nuestro control como la meteorología-. Nunca llueve a gusto de todos, ya se sabe. Además, pasas demasiado tiempo en casa y estás más pálido que un muerto; un poco de sol te sentará bien.

– La palidez está de moda, tío Matthieu -replicó de forma pueril-. ¿No lo sabías?

– Lo que está de moda en París no tiene por qué estarlo en Roma. Sal, descubre la ciudad, conoce gente. Busca trabajo.

– Vale, vale, lo haré.

– Ya que estamos aquí, debemos aprovechar las oportunidades que se nos presenten. No esperarás que te mantenga toda la vida, ¿verdad?

– Pero ¡si acabamos de llegar! ¡No hace ni un segundo que hemos entrado por la puerta!

– Pues sal por esa misma puerta y busca trabajo -insistí con una sonrisa.

No pretendía fastidiarlo, al fin y al cabo le tenía cariño, pero no quería verlo holgazanear en casa un día tras otro, confiado en que yo le traería la cena y la cerveza, mientras se le escapaba la juventud y la belleza. A veces pienso que mi generosidad ha sido perjudicial para los Thomas. Tal vez si hubiese sido menos caritativo, si me hubiese mostrado menos dispuesto a echarles una mano cuando caían, quizá alguno de ellos habría superado los veinticinco años de edad.

– Descubre el encanto de ser autosuficiente -le rogué siete años después de Emerson.

Al día siguiente me dirigí a las oficinas de la agencia ministerial para hablar con el signor Alfredo Cariati, el caballero que me había escrito a París invitándome a llevar a Italia cualquier conocimiento que yo pudiera atribuirme. Localizar el sitio donde trabajaba Cariati me costó lo mío, y cuando por fin di con el ruinoso edificio, ubicado en uno de los barrios menos prósperos de la ciudad antigua, me quedé de piedra. La puerta principal colgaba abierta de par en par -sin duda, el hecho de que el gozne superior hubiera perdido todos los tornillos que lo sujetaban al quicio tenía algo que ver con el asunto-, y al cruzar el umbral oí nítidamente, procedente de una oficina a mi derecha, una fuerte discusión que mantenían un hombre y una mujer en lo que para mí era una cháchara sin sentido. Como es natural, hablo un francés fluido, pero en ese momento mi conocimiento del italiano dejaba mucho que desear y pasarían unos meses antes de que me sintiera seguro con ese idioma. La inclinación natural de los nativos a hablar a toda velocidad tampoco ayudaba. Me acerqué a la puerta con intención de averiguar lo que me esperaba al otro lado y apliqué el oído a la hoja para saber de qué iba aquel alboroto. Fuera lo que fuese, parecía que la mujer tenía las de ganar; mientras seguía gritando a un ritmo de cien palabras por minuto, el tono del hombre había ido menguando de forma audible y todo lo que lograba emitir era un lánguido «sí» cuando la mujer hacía una pausa para respirar. Por su parte, la voz femenina se oía cada vez más clara, hasta que caí en la cuenta de que se había acercado a la puerta y se encontraba a pocos pasos de mí. De pronto abrió de golpe y enmudeció en mitad de una frase al verme dar un saltito hacia atrás, sonriendo como un besugo.

– Perdón -me apresuré a decir.

– ¿Quién es usted? -preguntó, y se inclinó para rascarse de un modo impropio de una dama mientras yo sostenía el sombrero humildemente ante ella-. ¿Ricardo?

– No, señora, no soy Ricardo -hube de admitir.

– Entonces, ¿Pietro?

Me encogí de hombros y miré a su interlocutor, un hombre bajo y grueso que llevaba el oscuro y engominado cabello peinado con raya en medio, que se acercó a mí en actitud nerviosa.

– Cara, por favor -dijo al tiempo que la apartaba suavemente y cruzaba el umbral; la actitud deferente de la mujer, que lucía un vestido rojo intenso, ahora que había un desconocido presente, me sorprendió. Retrocedió unos pasos y lo dejó hablar-. ¿En qué puedo ayudarle? -preguntó muy sonriente, sin duda encantado de que hubiera aparecido alguien para detener la tremenda invectiva que estaba recibiendo de la mujer.

– Perdón, no quería molestar…

– Molestia ninguna -me interrumpió, dando una palmadita-, Estamos encantados de verlo. Es usted Ricardo, ¿no?

– No soy Ricardo ni Pietro -repuse encogiéndome de hombros-. Estoy buscando a…

– Ah, entonces lo ha mandado alguno de ellos.

Negué con la cabeza.

– Soy nuevo en la ciudad. Estoy buscando al signor Alfredo Cariati. ¿Es usted? -pregunté, con la esperanza de que no lo fuera.

– Aquí no hay ningún Cariati -replicó con desdén mientras la sonrisa desaparecía de su rostro, ya sabedor de que no estaba ante Ricardo ni Pietro, sus esperados socios-. Se ha equivocado de sitio.

– Pero es esta dirección, ¿no?

Echó un vistazo a la carta y acto seguido señaló las escaleras.

– Será el piso de arriba. No conozco a ningún Cariati, pero quizá lo encuentre ahí, es posible.

– Gracias. -Di media vuelta y me alejé.

El hombre cerró la puerta bruscamente y acto seguido la mujer reanudó su griterío. En ese momento pensé que Roma no iba a gustarme.

En la puerta del piso superior había una placa de cobre que rezaba «Oficina ministerial», y al lado una reluciente campanilla de plata. La hice sonar una vez mientras me alisaba el cabello con la mano izquierda. En esta ocasión abrió la puerta un hombre alto y delgado de pelo entrecano y nariz prominente. Me miró con cara de angustia, y el esfuerzo de preguntar «¿Qué desea?» pareció agotarlo por completo. Por un momento pensé que se desmoronaría allí mismo.

– ¿Señor Cariati? -pregunté, procurando sonar franco y educado.

– Yo mismo -respondió tras soltar un suspiro, y se masajeó las sienes.

– Soy Matthieu Zéla. Recibí una carta suya sobre…

– ¡Hombre, señor Zéla! -exclamó, y de repente el rostro se le iluminó; me estrechó entre sus brazos y me plantó tres besos con sus labios resecos y agrietados, primero en la mejilla izquierda, luego en la derecha y de nuevo en la izquierda-. Claro, no podía ser otro. ¡Cuánto me alegra que haya venido!

– Es difícil dar con usted -comenté mientras me hacía pasar a su despacho-. No esperaba encontrarlo en un lugar tan… -iba a decir «mísero» pero lo pensé mejor- tan informal.

– Querrá usted decir que esperaba un ministerio espléndido -sugirió con amargura-, con sirvientes por todas partes, vino y bella música interpretada por una orquesta de cuerda con los músicos encadenados entre sí en un rincón, ¿no es así?

– Bueno, tampoco es eso. Sólo que…

– Al contrario de lo que parece pensar todo el mundo, señor Zéla, Roma no es una ciudad rica. Los fondos que administra el gobierno no están para despilfarrarlos en ridículas ornamentaciones. En la actualidad, la mayor parte de los ministerios se encuentran en pequeños edificios como éste repartidos por toda la ciudad. No son perfectos, pero de este modo estamos más concentrados en nuestro trabajo que en lo que nos rodea.

– Por supuesto. -Ese punto de vista filantrópico me conmovió sinceramente-. No pretendía ofenderlo, de verdad.

– ¿Le apetece una copa de vino? -preguntó para cambiar de tema.

Tomé asiento en una butaca frente a su escritorio, donde una torre de Pisa de papeles se erguía amenazadora, y respondí que tomaría lo mismo que él. Me sirvió una copa de vino con mano temblorosa y derramando unas gotas en la bandeja de la botella. Acepté la bebida con una sonrisa y el señor Cariati se sentó al otro lado de la mesa y se puso y se quitó las gafas sin dejar de observarme; aún no tenía claro si le gustaba o no mi aspecto.

– Qué raro -dijo al cabo de un momento, y negó con la cabeza-. Me esperaba a alguien mayor.

– Soy más viejo de lo que aparento.

– Por lo que oí decir de su trabajo, me imaginaba a un hombre muy distinguido.

Hice amago de protestar, pero Cariati me detuvo con un ademán.

– No quiero parecer ofensivo. Para decirlo lisa y llanamente: dada su reputación cualquiera habría pensado que se había pasado toda la vida consagrado al estudio de las artes. ¿Qué edad tiene? ¿Cuarenta años? ¿Cuarenta y uno?

– Ya me gustaría -respondí sonriendo-. Pero a lo largo de mi vida he acumulado mucha experiencia, se lo aseguro.

– Creo que debería saber -continuó Cariati- que la idea de invitarlo a Roma no surgió de mí.

– Entiendo…

– En mi humilde opinión, la administración de las artes en Italia debería estar en manos de italianos, igual que la administración de los fondos gubernamentales en Roma tendría que ser supervisada por un romano.

– ¿Como usted? -pregunté educadamente.

– La verdad es que soy de Ginebra -repuso, enderezándose para tirarse suavemente de la chaqueta.

– De modo que no es usted italiano…

– Eso no significa que no tenga mis principios. Pensaría lo mismo de un extranjero que tomara decisiones de gobierno en mi país. ¿Ha leído usted a Borsieri?

– No demasiado. Algunas cosas aquí y allá. Nada importante.

– Según Borsieri, los italianos deberían abandonar sus inclinaciones artísticas y fijarse en la literatura y el arte de otras naciones para adaptarlas a su país.

– Lo que dice no me parece muy exacto -murmuré, puesto que estaba simplificando las ideas de Borsieri de forma considerable.

– Quiere convertirnos en un país de traductores, señor Zéla -continuó Cariati, dirigiéndome una mirada de incredulidad-. A Italia, el país que ha dado al mundo un Miguel Ángel, un Leonardo, los grandes escritores y artistas del Renacimiento. Y nos pide que olvidemos nuestra idiosincrasia y nos limitemos a importar ideas del resto del mundo. Lo mismo que Madame de Staël. -Tras pronunciar ese nombre escupió al suelo, acto que me sorprendió tanto que corrí la butaca hacia atrás-. ¡L'Avventure Litterarie di un Giorno! -añadió a gritos-. Usted, signore, no es sino la encarnación de esa obra. Ésa es la razón de su presencia aquí. Ha venido a privarnos de nuestra cultura a fin de introducir la suya. Todo ello forma parte del imparable proceso tendiente a denigrar al italiano y desposeerlo de su autoestima y su talento natural. Así Roma se convertirá en un pequeño París.

Medité unos instantes y me planteé si valía la pena señalar la inconsistencia de su argumento. Después de todo, él mismo constituía un claro ejemplo de aquello que desaprobaba. No había nacido en Italia sino en Suiza. Sus ideas, en teoría discutibles, no merecían una defensa tan apasionada por su parte, pues en caso de ponerse en práctica habría tenido que trasladarse al otro lado de los Alpes y dedicarse a montar relojes o dirigir alguna asociación consagrada al canto tirolés. Tenía todo aquello en la punta de la lengua, pero al final opté por callar. Yo no le gustaba. Acabábamos de conocernos, pero no le había caído en gracia, de eso estaba seguro.

– Me encantaría que me hablara un poco más de mis responsabilidades -dije para cambiar de tema-. El cometido que menciona en la carta, aunque parece fascinante, no deja de ser un poco impreciso. Supongo que ahora podrá profundizar al respecto. Dígame, por ejemplo, quién es mi superior; quién me dará instrucciones; de quién son los proyectos que debo llevar a cabo.

El signor Cariati se reclinó en su asiento y sonrió con amargura mientras juntaba las puntas de los dedos ante la nariz, creando una figura triangular. Se tomó su tiempo antes de contestar y esperó ver mi sorpresa cuando me aclaró quién había propuesto mi nombre al gobierno de Roma y de quién iba a recibir instrucciones en adelante.

– Si está usted en Roma -declaró tajante-, es a instancias y por deseo expreso del mismísimo papa. Se reunirá con él mañana por la tarde en sus aposentos del Vaticano. Por lo que parece, su reputación ha llegado a oídos del pontífice. Es usted un hombre con suerte.

Aquello me sorprendió tanto que no pude evitar soltar una carcajada, una reacción que, a la vista de su cara de indignación, Cariati debió de juzgar típica de un papanatas francés como yo.

Sabella Donato acababa de cumplir treinta y dos años cuando la conocí. Llevaba el cabello, castaño oscuro, peinado hacia atrás y recogido en un moño, y sus grandes ojos verdes constituían su rasgo más cautivador. Tenía la costumbre de mirarte de soslayo, con el rostro medio vuelto mientras observaba todos tus movimientos, y se la consideraba una de las tres mujeres más bellas de Roma. Su tez no era tan oscura como la de sus compatriotas que trabajaban de sol a sol, y toda ella desprendía un aura de refinamiento y misterio muy europea, a pesar de que era hija de un pescador y se había criado en Sicilia.

Me la presentaron en una recepción en casa de los condes de Jorvé, cuya hija, Isobel, amenizaría la velada cantando una selección de Tancredi. Había conocido al conde hacía unas semanas en una de las muchas comidas a las que tenía que asistir debido a mi nuevo cargo y me había caído bien desde el principio. Era un individuo de cara rolliza cuyo orondo aspecto no podía ocultar su pasión por la buena mesa y el vino. En esa ocasión se acercó a mí para hablar del teatro de la ópera que yo proyectaba construir.

– Entonces, ¿es cierto, señor Zéla? Será la ópera más hermosa de toda Italia, ¿verdad? Rivalizará con la Scala de Milán.

– Ignoro de dónde ha sacado esa información, señor conde. -Sonreí mientras giraba la copa de oporto que sostenía-. Como sabrá, todavía no se ha anunciado adónde irán a parar los grandes fondos.

– Venga, hombre. Toda Roma está enterada de que Su Santidad se ha propuesto construirlo. Como sabrá, su obsesión por superar a Lombardia se remonta a antes de alcanzar la tiara. Hasta dicen que compara la relación que mantiene con usted con la que Leonardo tuvo con…

– Por favor, conde -lo interrumpí, tan divertido como halagado por el giro que estaba tomando la conversación-, no diga tonterías. No soy más que un funcionario. Y en caso de que estuviéramos planeando la construcción de un teatro de la ópera, no me ocuparía de su diseño, sino de administrar los fondos de la forma más adecuada. De la creación artística se ocuparán hombres más talentosos que yo.

Se echó a reír y me hincó en las costillas un regordete dedo índice.

– De modo que es imposible sonsacarle un secreto, ¿eh? -dijo, cada vez más picado por la curiosidad.

– Lo siento. -Negué con la cabeza.

La construcción de un teatro lírico no tardó en anunciarse oficialmente, y a partir de ese momento me convertí en el blanco de todos los ciudadanos que tuvieran alguna idea sobre cómo debía edificarse, el tamaño del escenario y la profundidad del foso. ¡Llegaron a opinar hasta del estampado del telón! Las sugerencias del conde eran las que más merecían mi atención. Trabé amistad con él y aprecié su carácter discreto, pues no divulgaría el contenido de nuestras conversaciones. Sólo lamentaba que su hija Isobel no fuese mejor cantante, pues había esperado corresponder a su amistad ayudándola en su carrera. Entonces era una joven de veinticinco años y escaso atractivo, soltera y sin un porvenir muy halagüeño.

– Canta fatal, ¿no le parece? -me susurró Sabella al oído- tras situarse a mi lado. Isobel acababa de ejecutar su tercera pieza de la velada y al fin podíamos ir en busca de un refrigerio bien merecido.

– Si practica mucho, tal vez mejore -murmuré, intentando sonar caritativo. La visión de ese rostro sonriente me atrajo de inmediato, pero no quería ser desleal con mi amigo sólo por congraciarme con una mujer-. En el segundo movimiento se ha desenvuelto bastante bien, ¿no cree?

– Más bien parecía que fuese la cantante quien necesitaba h n movimiento -repuso Sabella con voz queda al tiempo que cogía una galleta salada y la observaba con desconfianza-. Por otro lado, hay que convenir en que es buena chica. He hablado con ella antes y me ha advertido que no me hiciera muchas ilusiones respecto de sus habilidades operísticas.

Sonreí.

– Sabella Donato -se presentó tras una pausa, y me tendió una mano enguantada.

La tomé y al rozarla con los labios percibí el calor que emanaba del raso. Al mismo tiempo, me incliné ligeramente y di un paso atrás.

– Matthieu Zéla.

– El gran administrador de las artes. -Respiró hondo y me miró de arriba abajo como si llevara mucho tiempo esperando conocerme-. Ha creado muchas expectativas, signor. La ciudad habla de sus proyectos noche y día. Ha llegado a mis oídos que en un futuro no muy lejano tendremos un nuevo teatro de la ópera.

– Bueno, no hay nada confirmado todavía.

– Será beneficioso para la ciudad -prosiguió como si no me hubiera oído-, aunque espero que su amigo el conde no pretenda que su hija cante la noche de la inauguración. Será mejor que la joven honre con su presencia uno de los numerosos palcos.

– Confío en que usted también lo haga, señora Donato.

– Llámeme Sabella, por favor.

– ¿Cantará usted para nosotros si acaba por llevarse a cabo ese gran proyecto? Su reputación es anterior a la mía, no lo olvide. He oído que a veces canta en fiestas particulares.

Soltó una carcajada.

– Y no salgo barata, ¿sabe? ¿Está seguro de que podrá pagarme?

– Su Santidad es un hombre con recursos.

– Que mantiene bajo siete llaves, según tengo entendido.

Moví las manos para indicar que no tenía nada que comentar al respecto y se echó a reír.

– Es usted una persona muy discreta, señor Zéla -añadió-, una cualidad muy loable en los tiempos que corren. No me importaría conocerlo más a fondo. Hasta ahora sólo he oído rumores y, aunque tienen la fastidiosa costumbre de atenerse a la verdad, es una tontería fiarse de ellos.

– Lo mismo digo respecto a usted -repuse-, aunque las historias que he oído contar de Sabella Donato destacan sobre todo su belleza y su talento, ambas cualidades innegables. Ignoro lo que le habrán contado sobre mí.

– Los halagos no lo son todo en esta vida. -De pronto parecía irritada-. Vaya a donde vaya, la gente no deja de lisonjearme, mañana, tarde y noche. O al menos lo intentan. Aseguran que mi voz es un instrumento de Dios, que mi belleza es incomparable, que mi sola existencia hace que el mundo sea maravilloso, que si esto, que si aquello. Piensan que oír esas cosas me hace feliz, que así seré más parecida a ellos. ¿Usted cree que sirve de algo?

– Lo dudo. Una persona segura de sí misma reconoce su talento y no necesita que se lo recuerden constantemente. Y me parece que usted ya posee esa clase de confianza.

– Entonces, si usted quisiera halagarme, ¿qué diría? ¿Qué haría para causarme una buena impresión?

Me encogí de hombros.

– La verdad es que no trato de impresionar a nadie, Sabella. No va con mi naturaleza. Cuanto mayor me hago, menos me interesa la popularidad. No es que quiera despertar antipatías, claro, pero cada vez me importa menos lo que la gente piensa de mí. Es mi opinión lo que me importa de verdad. Y mi respeto. Y me merezco respeto, se lo aseguro.

– ¿De modo que nunca intentaría causarme una buena im-, presión como hacen todos? -Sonrió con coquetería.

Me sentía muy atraído por ella y me habría gustado llevarla a algún sitio donde hablar tranquilamente, pero me cansé de mantener ese ritmo de agudezas algo forzadas, el tipo de lenguaje que emplean dos personas que desean causarse mutuamente buena impresión, pues, pese a mis protestas, eso era exactamente lo que estaba haciendo.

– Creo que señalaría sus defectos -dije al tiempo que me apartaba un poco y dejaba mi copa encima de una mesa-. Le diría dónde le falla la voz, le recordaría que su belleza se marchitará algún día y le explicaría por qué nada de eso importa realmente demasiado. Hablaría de todo aquello que la gente no suele mencionar.

– En el caso de que quisiera impresionarme, claro.

– Por supuesto.

– Bueno -dijo sonriendo-, pues esperaré con impaciencia el momento en que reúna el suficiente valor para hablarme de mis defectos. -Y se alejó, no sin dedicarme una última sonrisa.

La seguí con la mirada mientras se mezclaba entre la multitud, y habría ido tras ella si Isobel no hubiera atacado otro movimiento con un sorprendente si bemol que me obligó a quedarme respetuosamente plantado donde estaba durante un cuarto de hora por lo menos. Cuando terminó, la bella y famosa cantante había desaparecido.

Esta historia sobre la construcción del teatro de la ópera me retrotrae a la tarde que siguió a mi turbulenta entrevista con el signor Cariati. Cuando al fin abandoné su desvencijado despacho me había dado instrucciones precisas acerca de cómo debía comportarme en presencia de Giovanni María Mastai-Feretti, el vicario de Roma, conocido también como el papa Pío IX, a todas luces mi nuevo patrón.

La reunión se celebraría en sus aposentos privados del Vaticano a las tres de la tarde. Mientras recorría el antiguo y majestuoso palacio en compañía de un secretario sacerdotal que cada poco me recordaba que debía dirigirme al papa como «Santidad» y que por nada del mundo lo interrumpiese cuando hablaba, pues eso le provocaba migraña y se ponía irascible, admito que estaba nervioso. El secretario añadió que no se me ocurriera llevar la contraria a Su Santidad ni ofrecer otras alternativas a las peticiones que me hiciera. Era como si la Santa Sede desaprobara el cambio de pareceres.

Durante las veinticuatro horas de que dispuse entre las dos entrevistas me dediqué a recabar información sobre aquel papa. Con cincuenta y seis primaveras -todo un niño comparado conmigo, que ya había cumplido ciento cuatro-, sólo llevaba en el cargo dos años. Al leer diversos periódicos la personalidad de Pío IX me confundió, pues a la hora de analizar lo que los autores consideraban su verdadero carácter resultaban cuando menos contradictorios. Algunos lo consideraban un peligroso liberal cuyas opiniones de amnistiar a presos políticos y permitir seglares en el gobierno de la Iglesia podían significar el fin de la autoridad del Pontificado en Italia. Otros lo veían como la fuerza de cambio potencialmente más poderosa del país, capaz de unir las antiguas facciones conservadoras y liberales, dando voz a la prensa y redactando constituciones para los Estados Pontificios. Tratándose de un hombre que prácticamente acababa de empezar su mandato, parecía dominar el arte del auténtico político, puesto que nadie, fuera amigo o adversario, parecía capaz de definir sus verdaderas convicciones ni planes respecto a su persona o su país.

La sala a la que me condujeron era más pequeña de lo que esperaba y tenía las paredes forradas de libros: gruesos tratados teológicos, enormes libros de historia, algunas biografías, obras de poesía e incluso alguna novela contemporánea. Me habían dicho que era el despacho privado del papa, el lugar donde se recluía para descansar y aliviar la carga de sus obligaciones en sus ratos libres. Según me dijo el nervioso sacerdote, podía considerarme afortunado de que el pontífice me recibiera allí; nuestra reunión sería informal, incluso divertida, y tal vez vería el lado menos oficial de Pío IX.

Cuando entró al fin por una puerta lateral me sorprendió ver que llevaba una botella de vino en la mano. Si no hubiera caminado en línea recta, me habría parecido la viva estampa del borracho.

– Santidad -lo saludé con una leve inclinación, inseguro después de todo lo que me habían dicho sobre el protocolo-. Es un placer conoceros.

– Siéntate, por favor, Zéla. -Suspiró como si ya se le hubiese agotado la paciencia y señaló una silla junto a la ventana-. Supongo que beberás conmigo una copa de vino.

Ignorando si se trataba de una orden o una invitación, me limité a sonreír e inclinar la cabeza. En cualquier caso, apenas me miró, sirvió las dos copas despacio y al acabar alzó con brío la botella como un camarero experto. Pensé que tal vez había trabajado de camarero en su juventud, antes de sentir la vocación. Era un poco más bajo que yo -debía de medir un metro ochenta-, y tenía una cabeza grande y redonda; nunca había visto a un hombre con las pestañas y los labios tan finos. Del solideo le salía una punta de cabello oscuro, una irónica manifestación de su carácter diabólico, y no pude dejar de observar que esa mañana se había hecho un corte en el cuello al afeitarse, un fallo humano que uno no esperaría del Supremo pontífice; era obvio que su infalibilidad no entrañaba un pulso firme.

Pasamos un buen rato charlando de cosas sin importancia: se interesó por mi viaje a Roma, quiso saber dónde me hospedaba y le conté unas cuantas mentiras sobre mi pasado, no tanto en relación con los hechos como con su cronología. Lo último que yo deseaba era que el papa convocara un cónclave de cardenales para declararme milagro contemporáneo. Hablamos sobre las artes -citó La ópera del mendigo en el campo de la música, las Reflexiones sobre la Revolución francesa en el del ensayo, el Carro de heno en el de la pintura y El conde de Montecristo en el de la literatura; afirmó que había leído esta novela cinco veces desde su publicación pocos años antes.

– ¿La has leído, Zéla?

– Todavía no. Últimamente no tengo mucho tiempo para leer ficción, aunque me gusta la literatura consagrada a la pura imaginación más que al comentario social. En mi opinión, muchos novelistas contemporáneos prefieren predicar a entretener.

No me interesan demasiado. Lo que quiero es que me cuenten una buena historia.

– El conde de Montecristo es una novela de aventuras -repuso el papa entre risas-. Es la clase de novela que uno habría querido leer de niño pero que entonces aún no se había escrito. Te daré un ejemplar antes de que te marches y ya me dirás qué te parece.

Se lo agradecí, pero en mi fuero interno lamenté mi suerte, pues tragarme quinientas páginas de Dumas no se contaba entre mis proyectos inmediatos; en ese momento me apetecía más pasear y conocer la ciudad. Me preguntó si vivía solo y le hablé un poco de Thomas; añadí que esperaba encontrar un trabajo apropiado durante mi estancia en Roma, durara el tiempo que durase.

– ¿Y cuánto tiempo te gustaría quedarte entre nosotros? -preguntó, esbozando una sonrisa.

– El que sea necesario. Todavía no sé en qué consiste vuestro encargo, Santidad. Quizá si vos…

– Me gustaría hacer tantas cosas… -De pronto se dirigió a mí como si estuviera hablando a un concilio de cardenales-. Sabrás por los periódicos que me acusan de promover ciertas reformas. Tarde o temprano pretenderán involucrarme en la guerra con Austria y, sinceramente, las consecuencias políticas del asunto no me hacen ninguna gracia. Pero también quiero crear algo de lo que estar orgulloso. Aquí, en Roma. Algo que el ciudadano corriente pueda visitar, disfrutar y celebrar. Algo que sacuda a la ciudad. Quiero que Roma vuelva a sentirse viva. La gente es más feliz si su ciudad posee un centro de interés. ¿Has estado en Milán o en Nápoles?

– La verdad es que no.

– Milán tiene el gran teatro de la ópera, la Scala; en Nápoles está el San Carlo. Incluso la pequeña ciudad de Venecia posee La Fenice. Mi intención es construir un teatro aquí, en Roma, capaz de rivalizar con esas maravillas y que traiga de nuevo un poco de cultura a la ciudad. Y ésa es la razón por la que te he mandado llamar. Asentí lentamente con la cabeza y bebí un trago de vino.

– No soy arquitecto -dije tras una pausa.

– Ya lo sé; eres administrador -repuso, y, señalándome con el dedo, añadió-: Me han hablado de la labor que desempeñaste en París; la gente se deshace en elogios al hablar de ti. Tengo amigos en todas las ciudades de Europa, y más lejos, y estoy bien informado. Dispongo de cierta cantidad de fondos y, dado i|iie carezco del tiempo y el talento para buscar a los mejores artistas y arquitectos italianos, he pensado encargarte a ti ese trabajo. A cambio de una generosa recompensa, por supuesto.

– ¿Cómo de generosa? -inquirí con una sonrisa.

Por más que se tratase del papa, pero entonces yo todavía era joven y tenía que trabajar para ganarme la vida. Mencionó una suma más que cuantiosa y señaló que recibiría la mitad al inicio del proyecto y el resto en sucesivos pagos que se efectuarían durante la construcción del teatro, que duraría alrededor de I res años.

– Bueno -dijo al cabo de un rato, sonriendo-, ¿puedo contar con tu aprobación? ¿Aceptas mi encargo de construir el teatro de la ópera de Roma? ¿Qué me dices, signor Zéla? La decisión es tuya.

¿Qué podía decir? Ya me habían advertido que no se me ocurriera llevarle la contraria.

– Acepto.

Ese verano mi idilio con Sabella llegó a su punto culminante, (untos asistíamos a fiestas, al teatro y a conciertos de salón. Nos dedicaron una crónica en un periódico de la corte y todas las miradas estaban puestas en Sabella, una belleza de orígenes inciertos y talento envidiable que había aparecido en la sociedad romana de repente. Nos convertimos en amantes cuando la ciudad se sumió en el calor abrasador del verano y los jóvenes empezaron a abandonarla discretamente rumbo a la guerra con Austria, de la que Pío IX se mantenía al margen. Corrían rumores de que había estallado una insurrección y que el mismo papa había tenido que abandonar la ciudad; los comentaristas estaban divididos entre los que pensaban que el pontífice debía involucrarse en el motín -y en consecuencia involucrar a la Santa Sede- y los que no.

La situación no despertaba el menor interés en mí. Hacía décadas que no vivía una guerra y en ese momento sólo deseaba disfrutar de Roma, de Sabella y de mi encargo. Desde que acepté construir la ópera de Roma me convertí en un hombre acaudalado y, aunque me propuse vivir bien conforme a mis posibilidades, pronto descubrí que en ocasiones éstas tendían al despilfarro.

Sabella estaba encantada con mi compañía y aprovechaba cualquier oportunidad para declarar lo mucho que me amaba. Al poco tiempo de nuestro primer encuentro ya estaba diciéndome que era el hombre de su vida, el único amor verdadero que había tenido desde su juventud, y que se había enamorado de mí aquella primera tarde en casa del conde de Jorvé y de su hija sin oído musical.

– A los diecisiete años tuve una relación con un joven granjero de Nápoles -me contó-. No era más que un niño; habría cumplido dieciocho o tal vez diecinueve. Lo nuestro apenas duró, pues al poco el muchacho se prometió con otra. Me rompió el corazón. Unas semanas después abandoné el pueblo, pero nunca lo he olvidado. Nuestra relación fue breve, tal vez no durara más de un mes, pero la impresión que me dejó pervive. Pensaba que nunca me recuperaría.

– Sé de lo que hablas -afirmé, pero me abstuve de entrar en detalles.

– Más tarde descubrí que se me daba bien cantar y que podía ganar un poco de dinero viajando y actuando en los pueblos de la costa. Una canción me llevó a otra, y a otra, y pronto empezaron a lloverme los contratos. Así fue como llegué a Roma y te conocí.

Sabella me gustaba mucho, pero no estaba enamorado de ella. Sin embargo, nos casamos al cabo de poco tiempo, casi por casualidad. Tras acompañarme a visitar al papa aseguró que se sentía más católica que nunca y que no volvería a acostarse conmigo hasta que contrajéramos matrimonio. Al principio dudé -en los últimos cincuenta años el matrimonio no me había reportado ninguna alegría- y hasta me planteé romper la relación, pero en cuanto le insinuaba mis intenciones, Sabella sufría un desagradable ataque de histeria. Esos repentinos e inexplicables estallidos de rabia se veían recompensados por los gestos de afecto que me prodigaba en la intimidad, de ahí que al final aceptara volver a casarme. A diferencia de algunas de mis otras bodas, decidimos celebrar una ceremonia sencilla en una pequeña capilla; sólo asistieron al evento Thomas y su nueva amante, una joven de cabello oscuro llamada Marita, en calidad de testigos.

En lugar de emprender el viaje de novios, volvimos a nuestros aposentos, donde Sabella se me entregó como si fuera la primera vez. Thomas se mudó a otro piso y se prometió con Marita, si bien aseguró que aún tardaría en casarse, pues no estaba preparado, y así nos quedamos solos al fin, si bien no por mucho tiempo. Una vez más, aunque sin comerlo ni beberlo, era un hombre casado.

Tras una fase inicial de concurso, contraté a un arquitecto llamado Girno para diseñar el teatro, y en el verano de 1848 ya pudo enseñarme algunos planos. Constituían unos bocetos de lo que parecía un gran anfiteatro con un enorme escenario. La platea tenía capacidad para ochenta y dos filas de butacas de cara a la orquesta, y los lados estaban ocupados por cuatro pisos de palcos -un total de setenta y dos-, cada uno de los cuales podía acoger a ocho personas sentadas cómodamente, o doce apretadas. Al correr el telón se vería estampado el sello del papa Pío IX. Eso me pareció un tanto adulador, de manera que le pedí que pensase otra cosa, como representar a los gemelos fundadores de la ciudad, Rómulo y Remo, separados durante la función y unidos antes y después. Girno era un hombre inteligente y estaba encantado de participar en un proyecto tan ambicioso, aunque estuviera en ciernes y acabase en nada.

Poco antes de nuestra llegada a la ciudad, y a lo largo del año, los levantamientos habían ido encarnizándose, y todas las mañanas leía los periódicos para informarme sobre los disturbios. Una de esas mañanas, mientras tomaba café tranquilamente en una terraza cerca de la plaza de San Pedro, leí una noticia que me sorprendió. Cuatro dirigentes italianos -Fernando II, Leopoldo de la Toscana, Carlos Alberto y Pío IX- habían promulgado sendas constituciones a fin de pacificar a la población y prevenir futuras insurrecciones, visto que la revolución de Palermo de enero había causado tantas dificultades. Los disturbios, promovidos por los elementos más radicales de la sociedad, continuaron por todo el país, amenazando a los gobiernos conservadores. Los periodistas italianos se mostraban minuciosos al describir cómo Carlos Alberto había declarado la guerra a Austria desde Lombardia. A continuación, el país fue devastado debido a la decisión papal de no apoyar a sus compatriotas, un paso que podría haber «unificado» Italia contra el enemigo común. En lugar de eso denunció la guerra, gesto que fortaleció la posición austriaca y condujo a la derrota final de Lombardia. Más tarde lo responsabilizarían de ese fracaso.

– No es que discrepe del punto de vista lombardo -declaró el papa en una de las frecuentes reuniones que manteníamos por entonces. Me había convertido en una especie de confidente y no era raro que tocase esos temas en mi presencia-. Al contrario, particularmente me preocupan más las amenazas imperialistas de Austria, aunque creo que suponen un peligro menor para Roma que para cualquier otro lugar. Pero lo más importante es que el papa no apoya la causa de un nacionalista en un asunto que podría conducir a la destrucción de los Estados italianos tal como los conocemos.

– ¿Estáis en contra de la unificación? -pregunté sorprendido.

– Me opongo a la idea de un gobierno central. Cuando todos los Estados unen sus fuerzas, Italia es un país grande. Si hubiera unificación sólo seríamos diversos elementos dentro de un todo mayor, y a saber quién gobernaría o qué sería de Italia.

– Quizá se convirtiese en un país poderoso -sugerí.

El papa soltó una carcajada.

– Qué poco conoces Italia, hijo. Ante ti no tienes sino un país gobernado por hombres que se consideran los descendientes naturales de Rómulo y Remo. Todos y cada uno de estos presuntos dirigentes nacionalistas pretenden unificar el país para erigirse en soberanos. Algunos hasta han sugerido que yo sea el rey -añadió pensativo.

– Un nombramiento que no deseáis -señalé como si tal cosa. Observé su reacción: se encogió de hombros, hizo un ademán de desdén y cambió de tema.

– Mantendré la independencia de Roma -declaró al fin, subrayando cada una de sus palabras con golpecitos del dedo índice sobre el brazo de la butaca-. En mi opinión no hay nada más importante. No permitiré que desaparezca en favor de un inútil y absolutamente inviable ideal de unidad política. Llevamos aquí demasiado tiempo para contemplar impasibles cómo los mismos italianos, por no hablar de los invasores austríacos, conducen la Ciudad de Dios al desastre.

Imaginé que con el plural se refería a la larga lista de pontífices a la que su propio nombre se había sumado recientemente.

– No sigo vuestro razonamiento -dije, irritado por esa muestra de arrogancia y olvidando por un instante todos los consejos recibidos antes de mi primera entrevista con él-. Si vos consideráis…

– ¡Basta! -bramó al tiempo que se ponía de pie, el rostro púrpura de ira. Se acercó a la ventana-. Limítate a construir el teatro de la ópera y déjame gobernar mi ciudad como considere apropiado.

– Perdonadme, no era mi intención molestaros -me disculpé tras un largo silencio.

Me levanté y me dirigí a la puerta. No se volvió para mirarme ni para despedirse, y así, la última imagen que conservo de él es la de un hombre de espaldas, un poco inclinado y apoyado en una ventana estrecha que dominaba la plaza de San Pedro, donde la gente -su gente- se preparaba para la tormenta que se avecinaba.

Los acontecimientos del 11 y el 12 de noviembre de 1848 siguen pareciéndome un tanto increíbles, incluso después de ciento cincuenta y un años. Una tarde Sabella volvió antes de lo habitual acasa; se la veía muy nerviosa y era incapaz de contestar a las preguntas más simples.

– Cariño -dije antes de acercarme para abrazarla. La noté rígida y al apartarme un poco me sorprendió la palidez de su rostro-. Sabella, cualquiera diría que has visto un fantasma. ¿Qué ocurre?

– Nada -respondió; retrocedió y se pellizcó las mejillas para darse un poco de color-. No puedo quedarme. Tengo que salir de nuevo. Volveré más tarde.

– Pero ¿adónde vas? No puedes salir en este estado.

– Estoy bien, Matthieu, de verdad. Es que he de encontrar mi… -Llamaron a la puerta con violencia y Sabella dio un respingo, con el rostro demudado-. Oh, Dios mío. No abras.

– ¿Que no abra? ¿Por qué? Seguramente es Thomas, que viene por sus…

– No, Matthieu. Te lo pido por favor.

Pero ya era demasiado tarde. Cuando acabó de pronunciar esas palabras, yo había abierto la puerta y tenía ante mí a un hombre de mediana edad vestido con uniforme de oficial piamontés. Lucía un gran mostacho que pareció curvarse hacia sus labios. Me miró de arriba abajo.

– ¿Qué desea, caballero? -pregunté amablemente.

– Al parecer usted y yo deseamos lo mismo -replicó, y cruzó el umbral impetuosamente al tiempo que llevaba la mano a la empuñadura de su espada envainada-; salvo que no es suyo.

Miré a Sabella, que, junto a la ventana, se mecía en un balancín y gemía de desesperación.

– ¿Quién es usted? -pregunté desconcertado.

– ¿Que quién soy? -bramó-. Dígame mejor quién es usted, señor.

– Matthieu Zéla. Y ésta es mi casa, de modo que le agradecería que se comporte con…

– Y esa mujer… -me interrumpió señalando con brusquedad a Sabella-. No la llamaré señora, porque no lo es. ¿Quién es ésa, si no le importa que se lo pregunte?

– Mi mujer -respondí, bastante enfadado-. ¡Y exijo que la trate con respeto!

– ¡Ja! Pues le propongo un acertijo. ¿Cómo puede ser su mujer cuando ya está casada conmigo? ¿Eh? ¿Qué me contesta a eso? Usted, don elegantón -añadió de forma incongruente.

– ¿Casada con usted? -pregunté estupefacto-. No sea ridículo. Ella…

Podría seguir describiendo la escena y reproducirla frase por frase, confesión tras confesión, hasta llegar a su lógica conclusión, pero todo sonaría a farsa. Baste decir que mi supuesta esposa, Sabella Donato, había olvidado informarme que en el momento de nuestras nupcias ya tenía un marido, que no era otro que aquel zopenco allí presente, de nombre Marco Lanzoni. Se había casado con él hacía diez años, poco antes de convertirse en una celebridad, e inmediatamente después de la boda Lanzoni se había alistado en el ejército a fin de ganar el dinero suficiente para que el matrimonio tuviese un futuro holgado. Cuando Lanzoni regresó al pueblo, Sabella había desaparecido llevándose consigo gran parte de las pertenencias de su marido, con las que había financiado sus primeras aventuras por Italia. Después de una larga e infructuosa búsqueda, Lanzoni al fin dio con ella en Roma, y ahora venía a reclamarla. Sin embargo, no había contado con la eventualidad de que hubiese otro marido. Como hombre violento que era, enseguida me pidió una satisfacción y me desafió a batirnos en duelo a la mañana siguiente, lo cual me vi obligado a aceptar para que no me tildaran de cobarde. Cuando se hubo marchado, me enzarcé con mi «mujer» en una riña espantosa, perlada de lágrimas y recriminaciones. Nuestra farsa de boda se había celebrado únicamente debido a su autoengaño y su inclinación a enterrar el pasado. Y ahora quien iba a pagar los platos rotos era yo. Lo que no había logrado el paso del tiempo lo conseguiría la espada de Lanzoni.

Mientras tanto, Thomas llegó con la noticia de que el cobarde Pío IX, temiendo que una invasión de Roma terminara con su pontificado o con su vida, o con ambos, había abandonado la ciudad y para refugiarse en Gaeta, al sur de Nápoles (donde permanecería exiliado durante años). Así fue como me vi privado de empleo y sueldo, pues, a falta de patrocinador y de fondos, el proyecto de construcción de la ópera de Roma se hundió en el olvido de la noche a la mañana. Una vez más era un hombre soltero y en el paro. Tras este vuelco de la fortuna pensé si no sería más sensato renunciar a batirme en duelo. Al fin y al cabo, nada me retenía ya en Italia. Podía huir fácilmente de la ciudad y no volver a toparme con Lanzoni nunca más, y debo admitir que en el fondo prefería seguir ese camino. Sin embargo, me parecía un acto deshonroso y, aunque mi carácter quedara incólume, siempre recordaría que había huido de una pelea. Por consiguiente, muy a mi pesar, resolví quedarme y aceptar el desafío de Lanzoni.

El día siguiente amaneció neblinoso. Mientras esperaba en un patio en compañía de Sabella, que permanecía apoyada contra el muro, histérica, y de Thomas, que actuaba de padrino, me sentí muy desdichado; estaba convencido de que mi vida se acercaba a su conclusión.

– ¿No te parece absurdo? -dije a mi sobrino, que me sostenía el abrigo y me miraba con aflicción-. No conozco a este hombre, me casé con su mujer sin saber que estaba perjudicándolo, y ahora se supone que voy a morir por un pecado que no he cometido. ¿Por qué no podrá un hombre batirse en duelo con una mujer? ¿Te importaría explicármelo? No tengo nada que ver en esta historia.

– No vas a morir, tío Matthieu -dijo Thomas, y por un instante pensé que se echaría a llorar-. Puedes derrotarlo. Tal vez seas mayor que él, pero tienes mejor condición física. Además, está rabioso, fuera de sí; en cambio, a ti todo este asunto no puede importarte menos.

Negué con la cabeza, sobrecogido por una extraña inseguridad.

– Puede que al final todo sea para bien -dije, y me quité la chaqueta y el chaleco antes de examinar la espada que empuñaba-. Al fin y al cabo, no puedo vivir eternamente. Pese a que todo parece indicar lo contrario.

– No puedes morir ahora. Tienes demasiadas razones para vivir.

– ¿De verdad lo crees? -repuse. Si estaba a punto de irme al otro mundo, no me venía mal un poco de compasión.

– Por un lado estoy yo -dijo Thomas-. Y Marita. Y el hijo que esperamos.

Lo miré sorprendido. Cien años más tarde le habría gritado por no haber tenido más cuidado, pero en ese momento sólo pude alegrarme.

– ¿Un hijo tuyo? -Me parecía increíble; para mí, Thomas no era más que un niño-. ¿Desde cuándo?

– Hace poco. Hará un par de días que lo sabemos. De modo que ya lo ves: no puedes morir. Te necesitamos.

Asentí con la cabeza y me sentí fortalecido por primera vez.

– Tienes razón, hijo mío. No puede derrotarme. Este asunto no tiene nada que ver conmigo. ¡Adelante, caballero! -grité en dirección al otro extremo del patio-. Acabemos con esto cuanto antes.

Nuestro combate duró apenas cuatro minutos, si bien pareció que pasaban días mientras bailábamos con nuestras espadas de un lado a otro. Sabella gritaba a voz en cuello, pero no le hice caso; entonces ya había decidido que, independientemente de lo que ocurriera, nuestra relación había terminado. Con el rabillo del ojo veía a Thomas, que me animaba y se estremecía cuando la espada de Lanzoni me hería en el brazo o la mejilla. Al final logré desarmar a mi adversario y arrojarlo al suelo de un solo golpe. Y ahí se quedó tendido, con la punta de mi espada cerniéndose sobre su nuez de Adán, mientras me dirigía una mirada suplicante y pedía clemencia. Indignado como me sentía porque las cosas hubieran llegado tan lejos, me habría costado poco atravesarle la garganta y acabar con él de una vez.

– ¡Esto no tiene nada que ver conmigo! -grité-. ¡No es culpa mía que ya estuviese casada!

Sostuve la espada sobre su cuello unos segundos más y al final lo ayudé a levantarse y me alejé en dirección a Thomas, intentando serenarme y contento de haber logrado controlar la sed de sangre que todos llevamos en nuestro interior, sustituyéndola por compasión. Me detuve frente a mi sobrino, que me echó el abrigo sobre los hombros.

– Ya lo ves, Thomas -dije eufórico-, hay momentos en la vida de un hombre en que…

Oí unos pasos apresurados a mi espalda y me volví. Thomas se volvió a su vez, pero no lo bastante rápido para apartarse, y ahí se quedó, inmóvil e indefenso. Lanzoni, con la espada en ristre y decidido a acabar con alguno, o con los dos si era posible, se abalanzó sobre mi desdichado sobrino. Al cabo de pocos segundos ambos estaban muertos: mi espada atravesaba el cuerpo de Lanzoni, y la de éste, el de Thomas.

En el patio se hizo el silencio y, antes de llevarle el cuerpo sin vida de mi sobrino a su amante embarazada, dirigí una mirada de reojo a mi ex mujer, que sollozaba en un rincón. Después del entierro abandoné Italia jurando no volver nunca más, aunque viviera mil años.

9

Abril de 1999

A medianoche sonó el teléfono, y enseguida me temí lo peor. Abrí los ojos en medio de la oscuridad, con la imagen de Tommy grabada en la mente. Imaginé el cuerpo de mi sobrino tirado en una alcantarilla del Soho: sus ojos ciegos miraban al cielo, aterrorizados por su última visión antes de morir, tenía la boca muy abierta, los brazos retorcidos de forma antinatural, y de la oreja izquierda le salía un hilo de sangre mientras la rigidez y la frialdad se adueñaban del cadáver. Una vez más topaba con la muerte de un sobrino, de un chico a quien me había sido imposible salvar. Al coger el teléfono se confirmaron mis peores presagios. En efecto, había muerto una persona -¿por qué razón si no se despertaría a alguien a esas horas?-, pero no se trataba de Tommy.

– ¿Matthieu? -inquirió una voz nerviosa y asustada al otro lado de la línea.

De inmediato pensé que, debido al tono de pánico y urgencia, no podía tratarse de un policía. La voz me resultaba ligeramente familiar, pero no sabía de qué, como si el deje de temor añadido la volviera irreconocible.

– ¿Sí? ¿Quién es?

– Soy P. W., Matthieu. -Era mi amigo, el productor discográfico y socio inversionista de nuestro canal satélite-. Tengo una noticia terrible que darte. No sé cómo empezar. -Hizo una pausa, como si reuniese fuerzas para articular las tres palabras que pronunció a continuación-: James ha muerto.

Me incorporé y negué con la cabeza, aturdido. He presenciado muchas muertes en mi vida, algunas naturales, otras no tanto, pero nunca dejarán de sorprenderme. En el fondo, no acabo de entender por qué los otros cuerpos fallan tanto cuando el mío me es tan fiel.

– ¡Dios mío! -exclamé, sin saber qué se esperaba de mí-. ¿Cómo ha sido?

– No soy capaz de entrar en detalles por teléfono, Matthieu. ¿Puedes venir?

– ¿Adónde? ¿En qué hospital estáis?

– No estoy en ningún hospital, y James tampoco. Estamos en su casa. Y necesitamos que nos eches una… mano.

Entorné los ojos; lo que decía no tenía sentido.

– ¿James ha muerto y tú estás en su casa? Vale. Entonces, habrás llamado a un médico, o a la policía, ¿no? Tal vez no esté muerto, después de todo. Quizá sólo le…

– Está muerto, Matthieu, créeme. Tienes que venir, te lo pido por favor. No suelo pedirte nada, pero ahora…

De pronto se puso a divagar sobre los años que hacía que nos conocíamos, lo mucho que significaba yo para él; las típicas tonterías que un hombre dice cuando va a casarse, cuando ha bebido demasiado o cuando está en la ruina. Aparté el auricular de mi oído y tendí la mano para coger el despertador de la mesilla de noche: las 3.18. Suspiré, volví a sacudir la cabeza con fuerza para librarme del sueño, me pasé una mano por el pelo y me humedecí los labios con la lengua; tenía la boca seca. La cama estaba caliente y era acogedora. P. W. seguía hablando al otro lado de la línea y no había visos de que fuera a callarse, de modo que no tuve otro remedio que interrumpirlo.

– Estaré contigo dentro de treinta minutos. Y, por el amor de Dios, no hagas nada hasta que llegue, ¿de acuerdo?

– ¡Gracias a Dios! Gracias, Matthieu. No sé cómo podré…

Colgué.

Había conocido a James Hocknell años atrás durante una cena celebrada en el Guildhall en homenaje de un respetable hombre de negocios. Consagrado al mundo de la prensa, había hecho una pequeña fortuna con una reciente autobiografía, sobre todo porque en ella aludía a las relaciones -algunas muy jugosas y otras no tanto- entre políticos prominentes en los últimos cuarenta años y personajes de la familia real. Sin embargo, como conocía las leyes inglesas contra la difamación, se cuidaba mucho de relatar un hecho cuando bastaba con una insinuación, y nunca citaba una fuente concreta, sino que recurría a la proverbial expresión «unos amigos de… me contaron que…». Compartí mesa con el ministro de Asuntos Exteriores, su esposa, una joven actriz que acababa de ser nominada para un Oscar, su novio madurito -un famoso personaje del mundillo de la hípica-, un par de jóvenes parlamentarios que hablaron sobre la drogadicción de una conocida modelo, y mi pareja del momento, cuyo nombre he olvidado aunque recuerdo que tenía el cabello corto, labios carnosos y desempeñaba un cargo importante en el banco Lloyd's.

Al acercarme a la barra en busca de unas copas me fijé en James, a quien no conocía personalmente. Hocknell había dejado el puesto de subdirector de un prestigioso periódico tiempo atrás, acababa de cumplir cincuenta años y dirigía un diario sensacionalista. Últimamente la tirada del tabloide había descendido de forma espectacular, sobre todo después de que su director decidiera suprimir las fotos de pechos femeninos en las páginas interiores. Su mirada delataba el temor de un hombre que está convencido de que todo el mundo conspira contra él; lo cierto es que lo dejaban beber en paz y casi nadie lo miraba. Aunque nunca le había dirigido la palabra, me acerqué y comenté que su trabajo en The Times -en especial el relacionado con un escándalo político destapado a finales de los años ochenta- había sido admirable. Mencioné un artículo sobre De Klerk que Hocknell había publicado en la revista Newsweek-, me había impresionado su habilidad a la hora de condenar sin que pareciera tomar partido, un talento poco común en un comentarista. Mi familiaridad con su trabajo lo complació, y se mostró comunicativo.

– ¿Y lo de ahora qué? -preguntó frunciendo el entrecejo al tiempo que aceptaba mi invitación a un brandy-. Piensa que lo que hago ahora no vale nada, ¿verdad?

Me encogí de hombros.

– Estoy seguro de que es excelente -repuse en un tono quizá demasiado condescendiente-. Lástima que me falte tiempo para leer todos los periódicos. Si lo hiciera tendría una opinión más formada sobre la nueva oeuvre.

– Ah, ¿sí? ¿Y a qué se dedica usted?

Medité un instante antes de contestar. Era una pregunta difícil de responder. En ese momento no hacía gran cosa, más bien descansaba y disfrutaba de la vida. Para una década o dos no estaba mal.

– Soy un rentista acaudalado -respondí con una sonrisa-. La clase de persona que probablemente usted desprecie.

– En absoluto. Toda mi vida he querido pertenecer a esa clase.

– ¿Y ha tenido suerte?

– No mucha. -Abrió la boca y abarcó con un ademán al grupo de personas que se agolpaban en el vestíbulo y que en ese instante se lanzaban besos entre sí con entusiasmo y se estrechaban la mano; rezumaban riqueza y privilegios por cada poro y cada arruga de la piel: pechos exuberantes, diamantes pequeños, hombres mayores, mujeres jóvenes; un despliegue de trajes de etiqueta y vestidos negros cortos para todos los gustos.

Entorné los ojos y fue como si la estancia se llenase de puntos negros y blancos que se unían y separaban a una velocidad vertiginosa; de pronto me vinieron a la cabeza algunas escenas de las viejas películas de Chaplin. James parecía a punto de pronunciar alguna frase ocurrente sobre los demás invitados, les mots justes que habrían definido a ese absurdo grupo de personas y su fatuidad generalizada, pero al final se dio por vencido y negó con la cabeza.

– Estoy un poco borracho -admitió en el tono de autosatisfacción de un colegial a quien han pillado in fraganti con una chica del instituto.

Solté una carcajada. Me presenté y nos dimos un firme apretón de manos; acto seguido, James llamó la atención de la camarera chasqueando los dedos con arrogancia.

– ¿Sabes lo que detesto de los ricos?

Negué con la cabeza.

– El hecho de que uno sólo los ve en lugares como éste, luciendo su glamour a la vista de todos; ¡además, siempre parecen tan felices! ¿Has visto otra clase social que sonría tanto como los ricos? Claro, son ricos, de ahí su nombre, eso debe de explicarlo…

Su voz se fue apagando, como si se perdiese en la obviedad de sus comentarios.

– Hasta los ricos tienen problemas -murmuré-. La vida no es un lecho de rosas para nadie.

– ¿Eres rico?

– Mucho.

– ¿Y feliz?

– Bueno, me siento satisfecho.

– Deja que te diga algo sobre el dinero. -Se inclinó y me dio unos golpecitos en el hombro-. Llevo treinta años en este negocio y no tengo un penique. Ni un puto penique, te lo juro. Vivo al día y me cuesta llegar a fin de mes. Poseo una casa bonita, ¡sólo faltaría!, pero he de mantener a tres ex mujeres, y cada una de ellas, las muy jodidas, tiene al menos un hijo a quien también debo soltar la pasta. Así que no puedo contar con mi dinero, Mattie…

– Matthieu.

– Lo ingresan en mi cuenta bancaria el primer día del mes y unas horas más tarde ha desaparecido, chupado por esas sanguijuelas con las que tuve la mala suerte de casarme. Nunca más, te lo aseguro. No hay mujer en este planeta que consiga llevarme al altar. Ni una. ¿Estás casado?

– Lo estuve.

– ¿Viudo? ¿Divorciado? ¿Separado?

– Digamos que he pasado por todos los estados civiles.

– Entonces sabes de lo que estoy hablando. Son unas jodidas sanguijuelas. No se salva ni una. Hay días en que apenas puedo pagarme tres comidas decentes mientras esas tías se dan la gran vida. ¿Te parece justo? Contesta.

Iba a responder cuando me interrumpió.

– Escucha -ordenó como si, ahora que se había enfrascado en lo que más tarde sabría que era su tema favorito, yo dispusiese de otra opción-. Cuando con apenas veinte años empecé en este negocio, no vivía de otro modo, pero no me importaba, porque tenía toda la vida por delante. Nunca llevaba un penique en el bolsillo y a final de mes me alimentaba a base de queso, galletas saladas y té poco cargado; una noche tras otra, y lo llamaba cena. Pero entonces no me afectaba, porque sabía que llegaría lejos en mi profesión y que acabaría ganando un dineral. Estaba seguro, y no me equivoqué. Lo que nunca preví fue que tendría que repartir todo el maldito dinero que ganara cada mes.

En la época en que conocí a James empezaba a cansarme de mi vida ociosa y buscaba nuevas inversiones. No trabajaba desde que había dejado California con Stina, en los años cincuenta, después del asunto de Buddy Rickles, y aunque el saldo de mi cuenta bancaria era más que sustancioso y los ingresos anuales podrían sufragar los gastos de una ciudad como Manchester durante un año, estaba un poco harto de mí mismo y necesitaba insuflar un poco de emoción en mi vida. Había asistido a la cena en el Guildhall a instancias de un amigo banquero que me asesoraba sobre algunas de las vías que podría tomar para volver al mundo de los negocios. Por entonces ya me había presentado a P.W. y a Alan, quienes me habían expresado su intención de fundar un canal de televisión por satélite, una idea que me atrajo desde el primer momento. Mi anterior experiencia en la televisión había sido como productor, y si bien había acabado mal, guardaba muy buenos recuerdos de esa época; ahora me interesaba el papel de directivo desvinculado de la gestión, algo parecido a lo que era Rusty Wilson en la Peacock. El concepto de transmisión vía satélite estaba a la orden del día y representaba un factor determinante a la hora de decidirme por apoyar algún proyecto. No obstante, tanto P. W. como Alan carecían de experiencia en dirigir un gran negocio, y yo rehuía ese tipo de responsabilidad y deseaba mantenerme al margen en la medida de lo posible. Tras consultarlo con mis socios, resolví, después de una pésima cena en San Paolo's, ofrecer el puesto a James.

– Vayamos al grano, James. -Al acabar de cenar, los cuatro nos habíamos desplazado al bar exterior, y en ese momento estábamos sentados en unos sofás de cuero junto a un fuego de leña con sendos puros y copas de brandy-. Tenemos una propuesta que hacerte.

– Ya lo imaginaba, caballeros. -Esbozó una sonrisa y se arrellanó en el sofá al tiempo que daba una chupada al puro, como una estrella de cine a punto de firmar un contrato multimillonario-. No pensaba que me hubieran traído aquí sólo para ver cómo me ponía morado.

Alan se estremeció, y carraspeé para no reírme.

– Los tres -dije señalando a P. W., a Alan y a mí mismo- estamos pensando en emprender un negocio y creemos que tal vez te interesaría participar.

– No tengo dinero -se apresuró a declarar, y una vez más atacó su tema favorito-: No entiendo cómo pueden pensar en mí para invertir cuando esas sanguijuelas me están…

– Espera, James -lo interrumpí-. Escucha primero nuestra oferta, es lo único que te pido. No estamos buscando inversores.

– He puesto los ahorros de toda mi vida en este negocio -declaró P. W., nervioso. Le dirigí una mirada de furia, pues odio perder el hilo de la conversación, sobre todo cuando pretendo obtener un resultado-. De modo que tiene que funcionar como sea -añadió al reparar en mi expresión, y guardó silencio.

– Estamos pensando en emprender un negocio -repetí, alzando la voz para evitar más interrupciones-. El asunto de la financiación ya está resuelto; de hecho, hemos empezado a contratar a gente. Se trata de un canal de televisión vía satélite, especializado en noticias y programas de variedades, con alguna serie estadounidense. De calidad, y para abonados, por supuesto. Y buscamos a un director gerente. Alguien que gestione el día a día, que aporte experiencia al negocio y tome decisiones en la producción, por así decirlo. Los tres queremos mantenernos al margen, aunque no desentendernos por completo, y necesitamos a alguien en quien confiar y que conozca el mundo de la comunicación actual. Alguien capaz de lograr que el canal funcione. Resumiendo, James, nos gustaría que aceptaras ese puesto.

Me recliné en el sofá sonriendo, satisfecho con mi sencilla exposición y feliz al ver la reacción de James. A medida que yo hablaba iba entusiasmándose, sobre todo al oír expresiones como «director gerente», «tome decisiones» y «mantenernos al margen». Se produjo un silencio mientras James se inclinaba con una sonrisa en los labios y se sacaba el puro de la boca.

– Caballeros -dijo al tiempo que se le iluminaban los ojos de pura dicha-, hablemos de números.

Al final, tras un ligero retoque, llegamos a un acuerdo satisfactorio para todos. James hizo una inesperada petición del cinco por ciento de los beneficios brutos en lugar de las primas, cosa que le concedí encantado por un período inicial de tres años. Al cabo de un mes llegaba al trabajo antes que las mujeres de la limpieza y se iba después que los conserjes nocturnos. A lo largo de los dos años siguientes tomó decisiones de enorme trascendencia para el canal. Aprobé varias de esas medidas, otras me produjeron algún quebradero de cabeza; pero en todos los casos se demostró que no me había equivocado al contratar a mi amigo. Incorporó un sólido equipo de presentadores y locutores, entre los que destacaba Tara Morrison -que debe muchísimo a James-, y reorganizó los horarios una y otra vez a fin de promocionar a un presentador u otro poniéndolos y sacándolos de la programación, planeada hasta el último detalle. La cuota de mercado creció considerablemente, y todos ganamos dinero. Juntos, alcanzamos el éxito.

Además, James y yo nos hicimos buenos amigos. Aunque éramos muy diferentes, nos respetábamos y disfrutábamos de nuestra mutua compañía. Sentados en la sala de juntas, nos enzarzábamos en largas discusiones, pero nunca dejamos de apreciar el punto de vista del otro y de priorizar el bien de la empresa. Una vez al mes quedábamos, a solas, para comer y tomar unas copas; en esas ocasiones conversábamos sobre política, historia y arte, pues establecimos la norma de no mencionar ningún asunto relacionado con el canal de televisión. También hablábamos de nuestras respectivas vidas. (Él era más sincero que yo, claro, pero así son la mayoría de las relaciones humanas aceptables; aparte de eso, uno tiende a ser un poco económicocon la verdad, en especial cuando no se gana nada con revelarlo todo.) James se llevaba bastante bien con P. W. y Alan, aunque no eran amigos; y era precisamente ese hecho el que me confundía más cuando me dirigía en taxi a su casa a través de la fría y brumosa madrugada de marzo. ¿Qué diablos hacía P. W. allí? ¿En qué circunstancias había muerto James? Debería haber esperado lo peor, pero no tenía ni idea de en qué podía consistir. Tras pagar al taxista y bajar del coche, me detuve unos instantes en la calle, desierta y silenciosa. La mayor parte de las casas estaban a oscuras, pero las farolas brillaban con intensidad. El piso de James también permanecía envuelto en sombras, a excepción de las ventanas del salón delantero, pues las pesadas cortinas no estaban echadas del todo y dejaban pasar un resquicio de luz. Respiré hondo y subí corriendo las escaleras.

Dos días más tarde, cuando los agotadores acontecimientos de las últimas cuarenta y ocho horas habían quedado atrás, me senté a mi escritorio y marqué el número desconocido con cuidado. Me pareció que tardaban una eternidad en contestar, hasta que por fin alguien lo hizo a viva voz; sonaba como una joven de clase trabajadora que sostuviera alfileres entre los dientes.

– ¡Doce! -chilló al auricular; enarqué una ceja sorprendido. ¿Me habría equivocado de número? ¿Se llamaba «Doce» mi interlocutora? ¿Se trataba de la grabación de un contestador automático?-. ¡Plato doce!

– ¡Plato doce! -repetí, y extrañamente sonó como si diera una orden.

– ¡Plato doce! -confirmó la muchacha-. ¿Quién es?

– Perdón -repuse al darme cuenta de que había una persona al otro lado de la línea-. Me gustaría hablar con Tommy DuMarqué, por favor.

– ¿Quién es? -preguntó de nuevo, esta vez con desconfianza-. ¿Cómo ha conseguido este número?

– Me lo dio él, por supuesto -respondí, asombrado por su agresividad-. ¿Cómo quiere que…?

– No estará acosando a DuMarqué, ¿verdad?

Me quedé sin habla. No sabía qué decir.

– ¿O es un periodista? -escupió la palabra con la aversión de quien sabe que jamás verá aparecer su propio nombre en un periódico-. En este momento Tommy está rodando -añadió con un tono menos suspicaz, como si de pronto temiera que yo fuese alguien con poder para despedirla-. No acabará hasta dentro de… ah, espere, no… aquí está. Aunque no sé si podrá ponerse al teléfono. ¿Quién es usted?

– Dígale que soy su tío Matthieu -contesté, y de pronto me sentí agotado-. Si es usted tan amable.

La joven dejó de golpe el auricular sobre una mesa y oí un murmullo de fondo y la voz de Tommy destacándose sobre las demás cuando dijo: «De verdad, no pasa nada», y luego, antes de coger el auricular: «Cinco minutos, ¿de acuerdo?»

– ¿Tío Matt?

Suspiré aliviado.

– Por fin. Qué chica más desagradable. ¿Quién es?

– Nadie, una auxiliar. Olvídala. Debe de creerse que es la directora. A saber. Además, es el número privado.

– Bien, no pasa nada. Sólo quería darte las gracias por lo que hiciste la otra noche. Estoy en deuda contigo.

Tommy rió como si fuera una nimiedad, como si esa clase de cosas le ocurrieran continuamente, lo que me preocupó.

– No faltaba más, tío Matt; me has ayudado en muchas ocasiones, ¿no? Me alegro de haber podido recompensarte un poco todos tus favores.

– Admito que me remuerde la conciencia. ¿No crees que hicimos algo inmoral?

– Tonterías. -Hizo una pausa y esperé a que fuera él quien rompiera el silencio.

Me habría gustado que me tranquilizara, que me dijese que mi actuación había sido correcta y responsable. He vivido mucho tiempo y, aunque tal vez no siempre haya sido un santo, desearía pensar que, desde Dominique, jamás he hecho daño a nadie de forma intencionada, y menos a un amigo.

– Tal como yo lo veo, el tipo ya estaba muerto, de modo que no hicimos más que solucionar un problema. Nadie podía mejorar o empeorar la situación: ni tú ni yo ni cualquiera de tus siniestros amigos. Te metieron en un lío que no tenía nada que ver contigo. Deberías escoger mejor a tus amigos, tío Matt.

– No son amigos míos exactamente -señalé.

– No dejes que te remuerda la conciencia. Tú no lo mataste.

– No, supongo que tienes razón.

– Así que cálmate; ya ha pasado todo. Hemos solucionado un problema, no le des más vueltas. Olvídalo y sigamos adelante, ¿de acuerdo?

Hablaba como un personaje de su serie de televisión. Asentí, aunque no del todo convencido.

– Gracias, Tommy -concluí, consciente de que no había nada que añadir sobre ese tema. A partir de entonces me guardaría mis escrúpulos para mí-. Hablamos pronto, ¿vale?

– Espero que sí. Supongo que te alegrará saber que el cáncer de testículos está en fase de remisión. Dentro de poco me darán el alta. De modo que por lo que parece no tendré que buscar otro trabajo durante un tiempo, y menos mal, pues sólo me faltaba un problema de falta de liquidez.

– ¿Qué dices? -pregunté incorporándome de un salto-. ¿Cáncer de testículos…? ¡Ah! -Solté una carcajada de alivio y me dejé caer en la silla de nuevo-. Te refieres al tipo de la serie.

– Sam.

– ¡Y dale! No deberías identificarte con tu personaje.

– ¿Por qué? Toda Inglaterra piensa que soy él. Ayer me atacó una loca en el supermercado y me dijo que me lo tenía merecido por ligar con Tina a espaldas de Carl. Añadió que mi problema en los cojones era un castigo de Dios.

– Un castigo de Dios, caray. -Suspiré-. La verdad es que no sé nada de esa gente. Debería ver tu serie.

– No te molestes -dijo como si diera una respuesta preparada a un periodista-. Cierto, hay en ella un retrato crudo de los barrios bajos que refleja el deterioro del tradicional entorno familiar londinense, es decir, de la memoria histórica compartida, a favor de una búsqueda de placeres y gratificaciones personales propia de la época contemporánea; así que los temas universales para explorar no escasean, pero el argumento es una mierda y en general las interpretaciones son apresuradas y repetitivas, porque no hay tiempo para ensayar y la producción exige que se hagan las menores tomas posibles. Todo el mundo lo sabe.

Me quedé en silencio, impresionado.

– ¿Qué has dicho? -pregunté al fin; no podía creer que mi sobrino drogadicto y juerguista hubiera sido capaz de soltar toda esa parrafada-. ¿Qué acabas de decir?

– Olvídalo. No es más que una serie de televisión -adujo entre risas-. Sólo es ficción; pura invención. -Vaciló un instante y esperó por si yo tenía algo que añadir. Pero ¿qué podía decir después de eso?-. Nos vemos, tío Matt -añadió, y acto seguido colgó.

Permanecí unos instantes con el auricular en la mano, escuchando el tono, y después lo coloqué en su base; cerré los ojos e hice memoria. No había duda: ésa era la primera vez que un Thomas me ayudaba. Y había que admitir que no era desagradable del todo.

P. W. abrió la puerta y me agarró por los hombros con dramatismo. El cabello, que normalmente llevaba peinado y pegado al cráneo para tapar la calva, le caía en mechones como una cortina por encima de la oreja izquierda. No estaba muy atractivo que digamos. Llevaba una camisa azul pálido, con sendas manchas de sudor en las axilas, e iba descalzo.

– ¡Gracias a Dios! -exclamó con ansiedad; me arrastró hacia el interior y se apresuró a cerrar la puerta-. No sé cómo ha podido ocurrir una cosa así. Estábamos… sólo estábamos…

– Cálmate. -Me llegó una tufarada de alcohol, y retrocedí-. Dios santo, ¿cuánto has bebido esta noche?

– Mucho. Demasiado. Pero ahora estoy sobrio, te lo juro.

Era verdad. Parecía el hombre más sobrio del país, pero estaba muy pálido y temblaba. Me dirigí hacia la puerta del salón e iba a accionar el pomo cuando me cogió la mano y me detuvo. Lo miré.

– Antes de entrar -dijo atropelladamente- quiero que sepas que no ha sido culpa mía. Te lo juro.

Asentí, sobrecogido. Me aterraba lo que podía haber al otro lado de la puerta. Cuando al fin entré, la escena que encontré, aunque era tan terrible como había imaginado, poseía al mismo tiempo un aspecto familiar. James se hallaba sentado en el suelo, completamente vestido, con la espalda apoyada contra el sillón, las piernas ligeramente separadas y una gran copa de whisky entre ellas. Tenía los brazos extendidos a los costados con las palmas hacia arriba; los ojos, abiertos como platos, miraban a la pared de enfrente. Aunque enseguida supe que estaba muerto, instintivamente eché un vistazo al otro lado de la habitación, para ver a quién estaba mirando. Allí, envuelta en sombras, acurrucada en un sofá y con una copa de whisky como única compañía, había una joven que no tendría más de dieciocho años. Tiritaba con violencia y se abrazaba el cuerpo con los ojos fijos en James; sus miradas se cruzaban como si estuvieran enzarzados en una lucha sin sentido.

– Ve a buscar una manta -dije a P. W., que se había quedado detrás de mí y esperaba mi reacción con los nervios a flor de piel-. Mejor trae dos.

Al cabo de unos segundos apareció con dos gruesas mantas; cubrí el cuerpo de James con una. De pronto la chica volvió en sí y me miró de hito en hito. Al acercarme a ella con la otra manta se hizo un ovillo y se cubrió la cabeza con las manos, aterrorizada.

– Tranquila, no temas -musité mientras hacía un ademán amigable con la mano-. Es para que te abrigues. He venido para ayudar.

– No he sido yo -balbució-. No tengo nada que ver. Me aseguró que aguantaría, que ya lo había hecho.

Hablaba muy bien para ser una prostituta adolescente, como si hubiese estudiado en una escuela de pago y fuese de buena familia. Sin lugar a dudas era el tipo de chica que le gustaba a James. Era bonita y llevaba poco maquillaje, aunque el rímel se le había corrido.

– ¿Cuántos años tienes? -susurré al tiempo que me arrodillaba y la cubría con la manta.

– Quince -repuso con la sinceridad, la presteza y la cortesía que demostraría ante un tutor o un padre.

– ¡Por Dios, lo que nos faltaba! -exclamé volviéndome para dirigir una mirada de asco a P W.-. ¿Qué coño habéis estado haciendo los dos? -No suelo ser tan malhablado, pero la respuesta de la chica me había afectado-. ¿Qué cojones ha pasado aquí esta noche?

– Lo siento, Matthieu. -dijo P. W. mientras se mordía las uñas, los ojos velados por las lágrimas-. No teníamos ni idea. Ella dijo que era mayor. Nos dijo…

Algo destelló en el suelo y, al fijarme, vi una cucharilla de plata con el óvalo un poco marrón y una burbuja brillando en el borde. La recogí y la examiné un instante antes de dejarla caer.

– ¡Me cago en la puta! -bramé. Fui hacia el cadáver de James y levanté la manta. Cuando le subí la manga de la camisa y dejé a la vista la jeringuilla vacía clavada en una vena, la niña soltó un grito estremecedor-. ¿Qué había dentro? ¿Qué se ha metido?

– ¡Ha sido ella! -chilló P.W.-. Lo ha traído la chica. Ha dicho que así disfrutaría más.

– ¡Mentira! -exclamó ella-. Me pedisteis que lo trajera. Me dijisteis que queríais pasar un buen rato y hasta me disteis dinero para que lo comprara, cabrón.

P. W. se abalanzó hacia ella hecho una furia, pero lo detuve a tiempo y lo empujé; cayó en el sofá y a punto estuvo de hacerlo sobre el cadáver de James.

– ¡Siéntate! -ordené en tono enérgico; me sentía como intercediendo en una pelea de patio de colegio y no deteniendo a un hombre de mediana edad que se disponía a golpear a una niña cuarenta años menor que él-. Ahora contadme lo ocurrido, por favor.

Esperé en silencio. Finalmente, P. W. se encogió de hombros y me miró como pidiendo disculpas.

– Sólo queríamos pasar un buen rato. Salimos a tomar unas copas y terminamos ciegos; ya sabes cómo le gustaba empinar el codo a James y la capacidad que tenía para arrastrar a todo el mundo. Íbamos a subir a un taxi cuando vimos a esta putita.

– ¡Que te jodan! -espetó la chica.

– James se acercó a ella, le preguntó si le gustaría… bueno, ya sabes, y ella dijo que vale y…

– ¡Está mintiendo otra vez! -rugió la joven.

Me volví y la fulminé con la mirada, tras lo cual se recostó en el sofá con un sollozo y pareció enmudecer para siempre.

– Sigue -dije a P.W.-. Cuéntame exactamente cómo ha ocurrido. Quiero la verdad.

– En fin, que llegamos aquí, y estábamos preparados para… bueno, ya sabes. Yo sería el primero; luego le tocaría a James. Entonces él dijo que últimamente le costaba un poco, ya me entiendes, le fallaba la minga, que necesitaba tomar algo para que se le levantara. Así que le preguntó a la chica si tenía algo y entonces ella sacó la heroína.

– ¡Claro! Lo mejor que podías darle para que perdiera el conocimiento -protesté, y me volví hacia la chica-. ¿En qué estabas pensando?

– No me grites, ¿eh? -chilló-. No es culpa mía. ¿Acaso crees que me apetecía tener a ese gordo cabrón encima dale que te pego? Le mostré lo que traía, me dijo que quería heroína, le pregunté si había tomado antes y me juró que sí, y se la di. ¡A mí qué me importa lo que le pase a ese tío, mientras me pague! No soy su madre, ¡joder!

– ¡Míralo! -rugí-. Está muerto, por el amor de Dios.

– Se clavó la jeringuilla -prosiguió P. W. – y empezó a temblar de pies a cabeza. Se puso a babear y tuvo una especie de ataque epiléptico. Se cayó al suelo y un minuto después se quedó inmóvil. Entonces lo arrastré y lo apoyé contra el sofá. Nadie tiene la culpa. No pueden acusarnos de su muerte. Se mató él solito.

– Por Dios, P. W. -dije mirándolo fijamente-. Habéis contratado a una prostituta, que para colmo es menor de edad. Añade posesión de drogas, drogas duras, por si fuera poco, y un cadáver. No suena muy legal, ¿no crees?

Ocultó la cara entre las manos y empezó a sollozar otra vez. Eché un vistazo a la chica, que lo miraba con desprecio; había sacado una lima del bolsillo y estaba arreglándose las uñas.

– Me voy -anunció la joven-. Esto no tiene nada que ver conmigo.

– Siéntate -ordené-. Nadie se va a ninguna parte, al menos hasta que haya decidido qué hacer. No abandonaremos la habitación hasta que yo lo diga y no quiero oír ni un murmullo, ¿entendido?

Salí al vestíbulo, como el padre que acaba de reñir a sus hijos por haberlos pillado hablando cuando deberían estar durmiendo, y cerré la puerta con firmeza. Incluso pensé en echar la llave, pero estaba puesta por dentro. Me senté en los escalones a reflexionar sobre la situación. Podía largarme sin más de aquella casa y dejarlos para que se las apañaran solos. Después de todo, era su problema. «Claro que he venido en taxi -pensé-, y mis huellas dactilares están por todas partes, incluida la jeringuilla, pero, en cuanto oigan mi historia, nadie me relacionará con esto. ¡Qué me importa lo que pueda pasarles a esos dos! No es mi problema.»Pero no me fui. Era demasiado arriesgado. En mi caso la cadena perpetua podía significar muchos años a la sombra. Le di vueltas y más vueltas al asunto buscando una solución; no era experto en las drogas actuales, ni sabía dónde se compraban, ni cómo se consumían, ni el efecto que tenían sobre el organismo. Debía hablar con alguien que supiera del asunto. Saqué la agenda del bolsillo y empecé a pasar hojas hasta que di con un nombre; marqué su número con el aparato del vestíbulo. Respiré hondo y crucé los dedos con la esperanza de haber tomado la decisión correcta.

Tommy llegó veinte minutos más tarde, vestido de negro, como siempre; en esta ocasión llevaba, además, una gorra de lana oscura. No conocía a nadie más experto en drogas que mi sobrino. Sin duda había probado todo lo habido y por haber y vivido situaciones parecidas a ésa. Sabría cómo actuar.

– Estás metido hasta el cuello -afirmó tras escuchar la historia-. La cosa ya no tiene remedio. Para empezar, ese cabrón jamás debería haberte llamado, y tú no deberías haber venido. Pero ya que estás aquí tendrás que solucionar el problema.

– Veamos -mientras esperaba a mi sobrino había estado cavilando-: fue el propio James quien se administró la dosis, ¿no? Y cuando la gente se droga a veces la palma, ¿verdad? Sólo tenemos que conseguir que parezca que fue él quien lo hizo. Nada que no sea cierto, pero no podemos permitir la menor sombra de duda al respecto. Tenía un trabajo muy estresante; estas cosas pasan a menudo. No puedes imaginarte la cantidad de gente que he visto matarse delante de mis narices por motivos parecidos. Incluso presencié el suicidio de un amigo -añadí recordando a Denton Irving, de Wall Street.

– Podemos llevarlo a su despacho -propuso Tommy, excitado-. Tienes la llave. Lo llevamos al despacho, lo sentamos a su escritorio y cuando entres a primera hora de la mañana te lo encuentras allí sentado. Llamas a la policía. Nadie pensará nada extraño. Creerán que ha sido culpa suya.

– Buena idea, me gusta. -Asentí-. ¿Y qué hacemos con esos dos?

En ese instante se abrió la puerta y salió la chica. Tommy se volvió de inmediato, pero demasiado tarde; la chica lo reconoció.

– ¿Sam? Eres…

– ¡Vuelve dentro! -rugí. La chica dio un respingo y se puso a chillar-. Vuelve a la habitación y siéntate hasta que te avise. ¡O llamo a la policía ahora mismo!

Obedeció y cerró de un portazo. Tommy me miró furioso.

– ¿Ves lo que te decía? -exclamó desesperado.

Seguimos el plan que él había propuesto. Metimos el cadáver de James en el coche y lo llevamos a su despacho, donde por la mañana lo «descubriría». Cuando regresé, la chica se había marchado y P. W. se comportaba como si no hubiera ocurrido nada. La noticia apareció en los periódicos del día siguiente con grandes titulares:

ENCUENTRAN A UN PRODUCTOR DE TELEVISIÓN

MUERTO EN SU DEPACHO.

EJECUTIVO DE CANAL SATÉLITE FALLECIDO

POR SOBREDOSIS.

La información seguía en las páginas 5 y 6 de los tabloides, donde se mencionaba la defección de Tara Morrison a favor de la BBC como una de las probables razones del prolongado estrés a que había estado sometido James Hocknell en los últimos tiempos. Tara misma escribió una columna -«Tara dice: Simplemente di no»- sobre su antiguo jefe en la que elogiaba su inmenso talento y se confesaba desesperada -«Me desespera, queridos lectores»- por el modo en que estaba cambiando el país. Repetí varias veces ante la policía la historia que había preparado y por suerte se la creyeron palabra por palabra. Al cabo de una semana el caso fue declarado «muerte accidental» y pudimos dar sepultura a nuestro antiguo director gerente. Al funeral asistieron unas veinte personas. La ausencia de P.W., que adujo tener gripe, fue muy sonada.

Después de lo sucedido, me reafirmé en mi propósito de salvar la vida de Tommy; si había albergado alguna duda, tras lo ocurrido se había desvanecido. No dejaría que mi sobrino acabara de ese modo; no permitiría que desapareciese de la faz de la tierra igual que James o muchos de sus propios antepasados. Él me había echado una mano, y yo me proponía ayudarlo.

«Tal como yo lo veo, el tipo ya estaba muerto, de modo que no hicimos más que solucionar un problema.» Pese a que Tommy había intentado quitar hierro al asunto, no conseguí acallar la voz de la conciencia. Si bien no había hecho daño a nadie, había encubierto los hechos y ahora sólo podía rezar para que no tuviera que responder a más preguntas en el futuro.

10

Sigo con Dominique

Dominique y yo discutimos sobre si debíamos continuar hasta Londres con el caballo y el carro de Furlong, pero al final fue Tomas quien inclinó el peso de la balanza. Para mi consternación, Dominique quería ir en el carro. Los sucesos de las últimas veinticuatro horas la habían agotado, y la perspectiva de andar otros tres días para llegar a la capital se le hacía insoportable; ese medio de transporte le parecía como caído del cielo. Por mi parte, sostenía que el carro llamaría la atención; si buscaban al joven granjero y reconocían su vehículo, estaríamos metidos en un buen lío. Aunque lógicamente no pensábamos tomar el mismo camino que él habría seguido, siempre cabía la posibilidad de que nos cruzáramos con algún familiar o un conocido. No valía la pena arriesgarse. Al final, como Tomas no dejó de repetir que no quería caminar un paso más, Dominique se alió conmigo -creo que para fastidiarlo- y enviamos el caballo de vuelta por el camino de Bramling. Sin carrero.

Aunque la noche anterior no habíamos pegado ojo, decidimos alejarnos de ese lugar espantoso lo máximo posible y cuanto antes. Habíamos ocultado el cadáver de Furlong en un bosquecillo cerca del establo. Me habría gustado enterrarlo, pero no teníamos nada con que cavar. Dominique propuso esconderlo entre la maleza y quitarle el dinero para simular que había sufrido un asalto por el camino. Afirmó que de ese modo no nos descubrirían y podríamos continuar con el plan inicial de instalarnos en Londres y emprender una nueva vida como si nada hubiera ocurrido. Aunque yo había tenido razones para matar a Furlong -que habría violado a Dominique de no ser por mi intervención-, no me hacía ilusiones de que las autoridades fueran a comprenderlas. Éramos muy jóvenes y la policía nos aterraba; si nos llevaban a juicio, nos separarían. Ya estaba hecho, no podíamos cambiar lo sucedido, de modo que sería mejor pasar página y simular que jamás habíamos visto a ese hombre.

Le quitamos el vómito de la cara y lo volvimos para tenderlo boca abajo; a continuación extrajimos de su bolsillo un pequeño monedero con dinero suficiente para mantenernos un par de días. Dominique dejó caer dos guineas a unos metros del cadáver, como si los ladrones y asesinos, nerviosos, hubieran extraviado parte de su botín. Le rasgamos un poco la ropa y le desgarramos la chaqueta por detrás. Antes de dejarlo, Dominique sugirió el último toque.

– No lo dirás en serio, ¿verdad? -murmuré, azorado por su propuesta.

– No tenemos otro remedio, Matthieu. Piénsalo. Es inverosímil que el ladrón sólo lo apuñalara por la espalda antes de robarle; debemos simular un forcejeo y mucha violencia. Furlong era un hombre fuerte; ha de parecer que intentó defenderse.

De repente alzó el pie derecho y le propinó una patada en las costillas con todas sus fuerzas; esa muestra de violencia me impresionó. El cadáver crujió, y Dominique volvió a la carga, pateándole el rostro.

– ¿Dónde está el cuchillo? -preguntó mirándome, y por un instante pensé que iba a vomitar de nuevo, aunque tenía el estómago vacío y albergaba pocas esperanzas de llenarlo pronto.

– ¿El cuchillo? ¿Para qué lo quieres? Ya está muerto.

Al reparar en el destello de la hoja bajo mi chaqueta, alargó la mano y me lo quitó. Retrocedí mientras Dominique hundía el cuchillo en el cadáver varias veces; después levantó un poco la cabeza del suelo y le rebanó el cuello de oreja a oreja. Al rasgarse, la carne emitió un sonido siniestro y liberó el aire contenido con un silbido antinatural.

– Ya está. -Dio un paso atrás y se pasó la mano por la barbilla con brusquedad-. Mucho mejor así. Ahora larguémonos de aquí. ¡Eh!, que no es para tanto -añadió al advertir mi palidez-. Tenemos que sobrevivir, ¿no? ¿Acaso quieres acabar en la horca? Él se lo buscó, Matthieu. No es culpa nuestra, sino suya.

Asentí en silencio y me encaminé al establo, donde habíamos dejado a Tommy mientras nos ocupábamos del cadáver. Cuando lo sacábamos, Tommy se había despertado un instante, pero estaba tan agotado que Dominique consiguió que conciliara el sueño de nuevo acariciándole la frente con suavidad. Cuando entré en el establo seguía durmiendo plácidamente. Me acosté a su lado, reconfortado por el calor de su cuerpo contra el mío. Me sentía exhausto y tiritaba, y todo cuanto deseaba era dormir. Oí entrar a Dominique y cerrar la puerta a sus espaldas. Removió un poco las brasas, que apenas desprendían calor; era demasiado tarde para avivar el fuego. Cerré los ojos y fingí dormir; hasta ronqué un poco para resultar más convincente. No quería hablar ni discutir sobre lo ocurrido. A decir verdad, sólo quería llorar; aún creía que había actuado correctamente, pero la idea de haber matado a un hombre me atormentaba.

Dominique pasó por mi lado y cogió a Tomas en brazos con suavidad; a continuación lo acostó en el extremo opuesto del establo y le puso un montón de paja bajo la cabeza a modo de almohada. Tomas murmuró algo ininteligible y siguió durmiendo; Dominique volvió sobre sus pasos y se tumbó junto a mí, ocupando el lugar todavía caliente que acababa de dejar Tomas. Su aliento me rozaba la cara y al rato noté que me acariciaba la mejilla con la mano izquierda; mi excitación iba en aumento, cosa extraña, pues por una vez no se me había pasado por la cabeza hacer el amor con Dominique. Avergonzado, oí crujir la tela de mis pantalones mientras ella seguía acariciándome; intenté mantener los ojos cerrados, temiendo que se detuviera al advertir que no sólo estaba despierto sino que, además, disfrutaba. Luché contra el deseo apremiante de mi cuerpo, pero al final sucumbí; abrí los ojos y dejé que me estrechara entre sus brazos. Ella tomó la iniciativa: me desabrochó el pantalón y me guió hasta su interior. Me quedé paralizado unos instantes y a continuación me abandoné a ese movimiento rítmico que ella me había enseñado durante mi primera noche en Inglaterra y que luego, en el año siguiente, había repetido en innumerables ocasiones con prostitutas y chicas de la calle en Dover. Justo antes del clímax sentí un deseo irrefrenable de besarla, pero apartó la cara; no permitió que nuestros labios se unieran ni una sola vez. De pronto, todo acabó, y me dejé caer de espaldas sobre la paja, cubriéndome el rostro con un brazo mientras me preguntaba cuánto tiempo pasaría antes de que volviéramos a hacer el amor (¿quince minutos?, ¿un año?). Se inclinó sobre mi cuerpo y me besó en la entrepierna, antes de secarme con un poco de paja y de abrocharme los pantalones. Entonces dio media vuelta y se durmió sin pronunciar palabra.

A la mañana siguiente, mientras caminábamos, saqué a colación lo sucedido; Tomas iba unos metros por detrás y murmuraba para sí. Estaba creciendo y ya no se lo veía tan delgado; por un momento me sentí henchido de un orgullo que tenía mucho de paternal y, al mismo tiempo, me preocupó saber que un día dejaría de estar bajo mi tutela. Hacía calor y tenía ganas de quitarme la camisa, pero me daba vergüenza quedarme medio desnudo a la luz del sol; temía no parecer el Adonis que imaginaba que por la noche era para Dominique. De modo que me quedé como estaba y enseguida empecé a notar la camisa empapada de sudor. De vez en cuando la observaba con el rabillo del ojo, pero ella mantenía la vista al frente y en ningún momento me miró.

– Furlong no llegó a hacerte daño, ¿verdad? -pregunté con voz suave y paciente mientras me aproximaba a ella.

– No -musitó tras un silencio-. No tuvo tiempo. Sólo me hizo daño cuando se abalanzó sobre mí y me agarró de las muñecas y el cuello. Tengo algunas magulladuras, nada grave. Era más pesado de lo que parecía.

– Ah, bueno, y ¿qué…? -titubeé, confuso-. ¿Qué haremos al respecto? Quiero decir más tarde, cuando lleguemos a Londres.

– ¿Qué haremos respecto a qué?

– Respecto a nosotros.

– ¿Nosotros? -preguntó con expresión inocente, encogiéndose de hombros.

La miré con ceño; quería que fuera ella quien hablase.

– Nada -dijo al fin-. No descubrirán que fuiste tú quien lo mató, es imposible. Tardarán días en encontrar el cadáver, e incluso entonces, ¿quién va a…?

– ¡No! -grité, frustrado-. Me refiero a ti y a mí.

– Ah, a ti y a mí. Quieres decir… -Su voz se fue apagando mientras reflexionaba, y por un instante pareció que había olvidado lo sucedido la noche anterior.

«No puede ser -pensé-. No me lo hagas otra vez, por favor.»-Creo que cuanto más fieles seamos a nuestra historia, mejor nos irá -añadió-. Me refiero a esa de que somos hermanos. Así nos costará menos encontrar un lugar para los tres. ¿No crees?

– Pero no somos hermanos -señalé-. Los hermanos no…

– Pero es como si lo fuéramos.

– ¡Qué va! -exclamé en el colmo de la desesperación-. Si somos como hermanos, ¿a qué vino lo de anoche? ¿Y lo que ocurrió en Dover?

– Pero ¡si de eso hace más de un año!

– No importa, Dominique. Los hermanos no se comportan de esa manera.

– Ay, Matthieu -dijo, y suspiró negando con la cabeza, como si discutiéramos ese asunto por enésima vez, aunque en realidad era la primera-. Tú y yo no debemos estar juntos. Tienes que entenderlo.

– ¿Por qué? Somos felices, nos necesitamos. Y, además, te quiero.

– No seas ridículo -bufó-. Sólo soy la única chica por la que has sentido algo más que deseo sexual. Lo llamas amor, pero no lo es. Es apego, familiaridad.

– ¿Cómo lo sabes? Para mí lo que hicimos anoche significó mucho más que…

– Matthieu, no quiero hablar de eso, ¿de acuerdo? Pasó lo que pasó, pero te aseguro que no volverá a ocurrir. Debes aceptar que no te vea de ese modo. No es lo que quiero de ti. Tal vez tú sí, y lo lamento, pero no se repetirá. Jamás, te lo aseguro.

Me adelanté unos pasos y permanecí callado, intentando herirla con mi silencio. Estaba harto de vivir pendiente de ella, de pensar que mi felicidad dependía de que siguiéramos juntos. Durante unos instantes la odié con todas mis fuerzas y maldije el día fatídico en que la había conocido; si Tomas y yo no nos hubiéramos cambiado de sitio en el barco de Calais a Dover, si no hubiésemos entablado conversación con ella, no habría vivido esclavizado por mis emociones durante más de un año. Si no podía quererme, prefería que no existiese, y me indignaba que continuara viviendo como si tal cosa. Sin embargo, era incapaz de imaginar un futuro sin su compañía. Apenas tenía recuerdos de mi vida antes de conocerla.

– Hay cosas de mí que ignoras -dijo al cabo de un rato, tras darme alcance y cogerme del brazo; sentí la caricia de su cálido aliento en el hombro-. No olvides que antes de conocernos viví diecinueve años en París; tú llevabas allí casi el mismo tiempo. Seguro que también tuviste muchas experiencias que no me has contado.

– Te lo he contado todo -protesté.

Dominique se echó a reír.

– Mientes -aseguró-. Apenas sé nada de tus padres. Me dijiste cómo murieron, nada más. Pero nunca me has hablado de lo que sentías por ellos, de qué significó para ti ser huérfano, tener que ocuparte de Tomas. Te amoldas a todos mis planes, pero jamás revelas lo que esperas de la vida. Todo te lo guardas dentro; en eso eres igual que yo. Nunca me cuentas nada de ti, y en eso también nos parecemos. Lo que sientes por mí es sólo atracción física, y no puedo corresponderte. El hecho es que yo también tuve una vida antes de conocerte. Dijiste que tenías razones para dejar París; pues yo también, y no puedes pretender que me enamore de ti cuando ni siquiera sabes qué motivos tenía.

– ¡Pues explícamelos! Cuéntame por qué te marchaste, dime de qué huyes y quizá te revele algunos de mis secretos.

– En París no tenía nada, ni familia ni porvenir, por eso me fui. Quería empezar de nuevo. Matthieu, créeme, te quiero a mi manera, como una hermana, y ese sentimiento no cambiará. Al menos en un futuro próximo.

Me aparté de ella y, tras dirigirle una mirada de desdén, retrocedí para comprobar cómo estaba Tomas. En ese momento me parecía que no tenía más familia que él; era mi único amigo.

Al aludir a mi vida en París, Dominique tenía razón en un punto: yo nunca había dado detalles sobre mi pasado. En buena medida se debía a un esfuerzo deliberado por mi parte: en cuanto Tomas y yo subimos al barco de Calais corrí un tupido velo sobre mi existencia anterior; siempre que pensaba en mi relación con Dominique era mirando al futuro, a la vida que algún día compartiríamos. Por eso, pese a nuestra intimidad, ninguno de los dos había revelado gran cosa de su pasado, y ya era hora de que empezásemos a hacerlo.

De mi padre, Jean, sólo conservaba vagos recuerdos, al fin y al cabo le habían cortado la garganta cuando yo tenía cuatro años. Lo imaginaba como un hombre alto y de barba canosa, pero, cuando mencioné ese dato a mi madre, negó con la cabeza y afirmó que, por lo que ella recordaba, mi padre no tenía un pelo en la cara; quizá lo confundiera con otra persona, alguien que hubiese pasado por casa y cuya imagen se me hubiera quedado grabada. Me sentí defraudado y triste: tenía pocos recuerdos, y encima eran falsos. Aun así sé que se trataba de un hombre respetado y querido, pues durante mis primeros quince años en París conocí a mucha gente que lo había tratado y lamentaba su pérdida.

Mi madre, Marie, conoció a su segundo marido en el mismo teatro donde el primero había trabajado durante años. Iba allí todos los meses para visitar al dramaturgo que había empleado a mi padre como copista y que tras su muerte había concedido a mi madre una generosa pensión. Se presentaba en su despacho del teatro con el pretexto de tomar el té con él y juntos pasaban cerca de una hora conversando amigablemente. Al despedirse, el hombre deslizaba en el bolsillo de mi madre un saquito con el dinero que sufragaría nuestra existencia durante los próximos treinta días; no sé cómo habríamos sobrevivido sin esa suma, pues aun así pasábamos muchas estrecheces. Fue en una de esas ocasiones, mientras dejábamos el teatro, cuando mi madre tuvo la desgracia de cruzarse con Philippe DuMarqué. Acababa de salir a la calle y se disponía a regresar a casa cuando un niño pasó corriendo por su lado y le arrebató el bolso. La pobre soltó un grito, perdió el equilibrio y cayó al suelo mientras el ladronzuelo se escabullía por una calleja con todo lo que mi madre tenía, aparte de la pensión mensual. Philippe logró detener al niño -un carterista como en el que me convertiría yo mismo unos años después, en Dover- y más tarde corrió el rumor de que como castigo le había roto el brazo; una pena demasiado severa para un delito tan insignificante, la verdad. Philippe le devolvió el bolso a mi madre, que estaba muy afectada por el incidente, y se ofreció a acompañarla a casa. Ignoro qué sucedió después; sólo sé que desde ese día Philippe se convirtió en un visitante asiduo a nuestra casa y que se presentaba a cualquier hora, tanto durante el día como durante la noche.

Al principio tenía muy buenos modales y se mostraba encantador; jugaba conmigo a la pelota o me enseñaba algún truco de cartas. Era un hábil mimo y parodiaba tan bien a nuestros vecinos que lograba que llorara de risa. En esas ocasiones nuestra relación era muy cordial, pero Philippe podía cambiar de humor en cuestión de segundos. Las mañanas en que lo encontraba sentado a la mesa de la cocina con una resaca de caballo, procuraba mantenerme fuera de su vista. Apuesto, con veinte años cumplidos, su rostro parecía cincelado en granito; tenía los pómulos pronunciados y las cejas más perfectas que he visto en mi vida en un hombre: dos hermosos arcos negro azabache sobre unos maravillosos ojos azul zafiro. La melena le llegaba hasta los hombros y a menudo se la recogía en una coleta, según la moda de la época. Su belleza ha ido pasando de generación en generación, sus genes han reproducido ese aspecto extraordinario en todos los descendientes. A pesar de las variaciones y alteraciones introducidas por el lado femenino, todos, incluido el Tommy actual, han heredado la apostura de Philippe, así como la habilidad de mirarme de un modo que me produce escalofríos y me trae desagradables recuerdos de un par de siglos atrás. De todos los DuMarqué, Philippe, el progenitor, es el que recuerdo con menos simpatía, el único de cuya muerte me alegré.

No asistí a la boda de mi madre con DuMarqué. De hecho, ni siquiera supe que se habían casado hasta que vi que mi nuevo padrastro se instalaba en nuestra casa con sus pertenencias y se quedaba a dormir todas las noches. Mi madre me pidió que lo tratara con respeto, como si fuera mi padre biológico, y que no lo molestase con chiquilladas, pues estaba sometido a mucha presión en su trabajo. No sé si era un gran actor -nunca lo vi participar en ninguna representación importante-, pero dudo que tuviera el menor talento, pues siempre le daban papeles insignificantes y a veces incluso hacía de suplente. Saltaba a la vista que se sentía muy frustrado, y pronto se volvió un ser malhumorado e irascible. El ambiente de tensión que creaba a su alrededor me aterrorizaba. Para mi gran alivio, a menudo se marchaba durante días.

Poco después de la boda nació Tomas; felizmente, Philippe aparecía muy poco por casa, y cuando se presentaba sólo quería comer o dormir. Mi hermano era muy llorón. Estábamos desesperados, porque cuando tenía hambre berreaba sin parar y luego se negaba a comer lo que le preparábamos. Su padre no le hacía ningún caso, tampoco a mí. Cada vez estaba más obsesionado por triunfar en el escenario y cada vez más lejos de lograrlo: al parecer, los papeles que codiciaba siempre iban a parar a actores que despreciaba. Un día anunció su decisión de convertirse en autor.

– ¿En autor? -repitió mi madre, mirándolo fijamente; dudo que lo recordara con un libro entre las manos, por lo que no podía creer que fuese capaz de escribir una sola línea-. ¿Qué clase de autor?

– Podría escribir una obra de teatro -repuso él, entusiasmado-. Piénsalo. ¿En cuántas obras he actuado desde que era niño? Sé todo lo que hay que saber sobre cómo se preparan, lo que funciona y lo que no funciona en el teatro, cómo conseguir que un diálogo suene bien y no quede forzado. ¿Tienes idea del dinero que ganan los dramaturgos? Marie, los teatros se llenan todas las noches.

Aunque no quedó muy convencida, mi madre hizo lo posible por animarlo. A partir de entonces, DuMarqué se sentaba todas las noches a nuestra mesa con una pluma de ganso en la mano y garabateaba cuartillas durante horas; de vez en cuando miraba al techo en busca de inspiración y acto seguido reanudaba su febril labor. Yo lo observaba embobado, en espera del momento en que le venía una idea a la cabeza y se apresuraba a trasladarla al papel. Por fin, un mes más tarde, anunció que había acabado. Escribió pomposamente «Fin» al pie de la página, lo subrayó y estampó su firma con una rúbrica; a continuación se puso de pie sonriendo, cogió a mi madre en volandas y empezó a dar vueltas por la cocina hasta que ella gritó que si no la dejaba en el suelo vomitaría. Philippe nos pidió que tomáramos asiento pues quería leernos su obra, y así lo hizo. Permanecimos unas dos horas sentados en silencio mientras él iba de un lado a otro leyendo con diferentes voces y añadiendo las acotaciones sobre la marcha. No paraba de gesticular y su rostro expresaba sucesivamente orgullo, ira o hilaridad, según la escena. Actuaba como si le fuera la vida en todas y cada una de las palabras escritas en aquellas cuartillas.

Soy incapaz de recordar el título de su obra, aunque no he olvidado la trama. Un rico aristócrata afincado en París a mediados del siglo XVII; su mujer enloquece y se suicida; el noble vuelve a casarse pero descubre que su nueva esposa lo engaña con un terrateniente, de modo que la tortura hasta que también se vuelve loca y se suicida; entonces él se da cuenta de lo perdidamente enamorado que estaba de ella, enloquece y se suicida a su vez. Fin de la historia. Todo el rato era lo mismo: gente que enloquecía y se suicidaba. Al final, con el escenario cubierto de cadáveres, aparecía por la izquierda un personaje que no había salido antes y recitaba un soneto que resumía el desenlace. Aunque el texto era espantoso, aplaudimos por educación, y mi madre enumeró todas las cosas que compraría cuando fuéramos ricos, aunque tanto ella como yo sabíamos que las posibilidades de enriquecernos con la obra maestra de Philippe eran más bien escasas.

Al día siguiente, mi padrastro llevó las cuartillas al teatro y se las enseñó al empresario. Éste leyó con detenimiento y al acabar aconsejó al actor que siguiera con las suplencias y dejase la escritura a los profesionales. Philippe salió del despacho dando un portazo, no sin antes derribar al empresario de un puñetazo que le rompió la nariz. Durante la semana siguiente se paseó con la obra bajo el brazo por varios teatros. Al final hubo de aceptar que nadie estaba dispuesto a representar su obra ni, dada su reacción después de cada rechazo, a proporcionarle trabajo nunca más. En poco menos de una semana, había perdido no sólo toda ambición de convertirse en escritor sino también cualquier posibilidad de pisar un escenario de nuevo. No creo que haya habido otro dramaturgo al que no permitieran volver a actuar por ser tan malo.

Tras esa decepción se dio a la bebida y apenas salía de casa. Mi madre seguía lavando ropa y recibiendo la pensión, pero su marido se bebía casi todo el dinero que entraba en casa. A medida que pasaban los meses se volvió más y más violento, hasta que una tarde le propinó a mi madre tal paliza que ella se desplomó en el suelo y no volvió a levantarse. Cuando se hizo evidente que estaba muerta, Philippe se preparó un poco de pan con queso y se sentó a la mesa de la cocina, como si hubiera olvidado que el cadáver de su mujer yacía a unos pasos de él. Corrí en busca de ayuda. Sollozaba y estaba tan histérico que durante un rato no conseguí que nadie me entendiera. Al final logré arrastrar a un gendarme a casa. En contra de lo que me esperaba, DuMarqué no había huido, sino que seguía sentado exactamente en la misma posición en que lo había dejado, con la mirada fija en la mesa, como muerto de aburrimiento. El gendarme dio la voz de alarma y detuvieron a Philippe. Tras el juicio, en que apenas mostró remordimientos, fue ajusticiado. Acto seguido, Tomas y yo nos marchamos a Inglaterra.

Aparte de ésa había otras historias de la misma época que nunca había referido a mi amiga. Todas eran igual de deprimentes, y recordarlas me entristecía. No quería que Dominique pensara que le ocultaba mi pasado por algún motivo inconfesable; en realidad, jamás hablaba de mi infancia si podía evitarlo. No obstante, ese día, mientras caminábamos, le conté aquella historia, que escuchó en silencio. En cuanto terminé, no hizo ningún comentario ni me explicó nada de su vida. Al final no pude evitar preguntarle si había vivido algo parecido. Fue como si oyera llover. Señaló una posada que se recortaba en el horizonte, a media hora de donde nos encontrábamos, y sugirió que nos detuviéramos allí a pernoctar y cenar algo barato. Anduvimos callados el resto del camino mientras mi mente iba del recuerdo de mis padres a los secretos que Dominique guardaba en su corazón.

El día anterior apenas habíamos probado bocado, de modo que decidimos permitirnos una comida decente que nos animara y nos diera fuerzas para las próximas veinticuatro horas. La posada se erigía discretamente en un recodo del camino y no era del todo desagradable. Enseguida nos llegó el bullicio de la música y las risas de la gente que comía y bebía. Tuvimos suerte de encontrar sitio en una mesa junto al fuego. Me senté frente a Dominique y al lado de Tomas, delante del cual se hallaba un hombre de mediana edad acompañado de su mujer. Ambos iban bien vestidos y en sus platos se amontonaba tanta comida que parecían torres a punto de derrumbarse sobre el mantel. Hacían ruido al masticar, y cuando nos sentamos a la mesa sólo se detuvieron un instante para dirigirnos una mirada suspicaz. Comimos en silencio, contentos de llenar el estómago al fin. Me sentía orgulloso de Tomas, pues, aunque había protestado mucho por la larga caminata, nunca se quejaba de hambre.

– Quizá no deberíamos ir tan lejos -comentó Dominique al fin, rompiendo el largo silencio-. Hay otros lugares aparte de Londres. Podríamos quedarnos en un pueblo pequeño o…

– Depende de lo que andemos buscando -la interrumpí-. Nos convendría encontrar trabajo en una gran casa, como criados o algo parecido.

– Con Tomas será imposible. Nadie nos contratará si nos ven llegar con un niño de seis años.

Tomas la miró con recelo, como si temiera que estuviese pensando en el modo de librarse de él.

– Sólo digo -añadió Dominique- que sería más fácil encontrar trabajo en un pueblo o una ciudad grande.

– Yo de vosotros no pondría los pies en Londres -intervino sin que viniese a cuento el hombre sentado frente a Tomas-. Londres es un lugar muy duro para vivir. Durísimo, os lo aseguro.

Le dirigimos una mirada de incomprensión.

– Podemos continuar por el mismo camino -proseguí al cabo de un momento, pero bajando la voz para mantener la privacidad-, y si llegamos a un lugar que nos guste, nos quedamos. No tenemos por qué decidirlo ahora.

El hombre eructó ruidosamente y acto seguido soltó una sonora ventosidad. El suspiro que dejó escapar a continuación testificó el gran placer que le habían proporcionado ambas acciones.

– Amberton -lo amonestó su mujer, dándole unos golpecitos en la mano como de pasada, un gesto que tenía más de instintivo que de ofendido-, ¿qué modales son ésos?

– Es algo natural, hijo -dijo Amberton volviéndose hacia mí-. Espero que no te moleste un poco de ruido intestinal.

Lo miré, dudando si la pregunta era retórica. Era un hombre de unos cuarenta y cinco años, bastante obeso; llevaba el pelo cortado al rape y una barba de cuatro días que centelleaba entre sus feas facciones como si de mugre se tratara. Al abrir la boca mostraba sus amarillentos dientes sin recato alguno. Mientras me miraba, se limpió la nariz con el dorso de la mano y a continuación se quedó observándolo. Acto seguido me sonrió y me tendió la misma mano para que se la estrechara.

– Joseph Amberton -se presentó en tono jovial, y al sonreír ofreció una amplia visión de sus sucios dientes en una boca repugnante-, para servirte. Dime, hijo, no has contestado a mi pregunta: ¿verdad que no te importa oír un poco de ruido intestinal?

– No, señor, en absoluto -respondí, temeroso de las represalias si no le gustaba mi respuesta; la mera idea de que esa mole de grasa se arrojase sobre mí me hacía temblar. Era una especie de híbrido entre hombre y ballena; desollado daría un buen aceite-. Me parece perfecto.

– En cuanto a ti, señorita -añadió dirigiéndose a Dominique-, no te conviene ir a Londres, hazme caso. En esa ciudad ocurren cosas terribles. ¡Si lo sabré yo!

– Debo darle la razón a mi Joseph. -La mujer nos miró. Era igual de corpulenta que su marido, pero tenía las mejillas sonrosadas y una sonrisa agradable-. Pasamos muchos años en Londres. Allí fuimos novios, allí nos casamos, allí vivimos y trabajamos durante bastante tiempo, y fue allí donde sufrió el accidente, ¿sabéis? Por eso nos marchamos.

– ¡Ya lo creo! -exclamó Amberton antes de hincarle el diente a una costilla de cordero-. Ésa fue la gota que colmó el vaso, vaya si lo fue. Gracias a Dios, mi mujer estuvo a mi lado a pesar de los pesares y no se largó con otro, algo que podría haber hecho perfectamente, pues, como podéis ver, sigue siendo una mujer muy atractiva.

Me dije que, fuera cual fuese la lesión que había sufrido su marido, era improbable que aquella mujer encontrase a un hombre de un volumen parecido capaz de complacerla o satisfacerla. Aun así sonreí en señal de aquiescencia y me encogí de hombros mirando de reojo a Dominique.

– Podríamos…

– ¿Conocéis Cageley? -me interrumpió la señora Amberton, y al ver que yo negaba con la cabeza, añadió-: Nosotros vivimos allí. Es un pueblo con bastante actividad y hay trabajo de sobra. Si queréis podemos llevaros; esta misma tarde partimos para allí. Será un placer, ¿a que sí, Joseph? Nos encanta la compañía.

– ¿A qué distancia está? -preguntó Dominique, que después de nuestra experiencia del día anterior recelaba de cualquier ofrecimiento generoso.

En cuanto a mí, lo último que quería era mancharme las manos de sangre otra vez. La señora Amberton respondió que en su carro tardaríamos una hora y que llegaríamos al atardecer. Finalmente aceptamos acompañarlos, aunque un poco nerviosos.

– Al menos avanzaremos unos kilómetros -me susurró Dominique al oído-. Y si no nos gusta, nos marchamos y ya está.

Asentí con la cabeza. Una vez más, acataba órdenes.

Mientras avanzábamos por el camino lleno de baches, oscureció. En contra de la costumbre de la época, la señora Amberton conducía el carro e insistió en que Dominique se sentara delante con ella, mientras que su marido, Tomas y yo nos acomodamos detrás. Como siempre, mi hermano se valió de las prerrogativas de su corta edad para quedarse dormido de inmediato. Por mi parte, permanecí despierto y dando conversación al flatulento señor Amberton, que cada dos por tres se echaba al coleto un trago de whisky con visible fruición y luego soltaba toses, carraspeos y escupitajos.

– ¿A qué se dedica usted? -pregunté para que la conversación no languideciera.

– Soy maestro de escuela. Doy clase a cuarenta mocosos del pueblo. Mi mujer es cocinera.

– ¿Y tienen hijos?

– Oh, no. -Amberton se echó a reír, como si la sola idea fuera un disparate-. Es por culpa del accidente que sufrí en Londres. El caso es que no se me empina, ¿entiendes? -susurró con una sonrisa. Me quedé pasmado ante su falta de pudor-. Trabajaba en la construcción de unas casas en la ciudad y se me cayó encima una viga enorme. Al parecer me dejó fuera de servicio de forma permanente. Quizá vuelva a ser el que era algún día, pero después de tanto tiempo lo dudo. No me importa mucho, la verdad. A la señora Amberton no parece molestarla. Hay otras maneras de satisfacer a una mujer, ¿sabes? Algún día lo aprenderás, chico.

– Ajá -murmuré, y cerré los ojos; no quería conocer ningún detalle más sobre la vida privada de los Amberton.

– A menos que tú y… -Señaló con la cabeza a Dominique, puso los ojos en blanco con lascivia, sacó la lengua y la agitó de forma repulsiva-. Vosotros dos…

– Es mi hermana -lo interrumpí.

– Ah. Te pido disculpas, hijo. -Soltó otra carcajada-. Siempre digo que no hay que meterse con la madre, la hermana ni el caballo de un hombre.

Asentí en silencio y poco después me quedé dormido. Me desperté cuando entrábamos en Cageley.

11

Los Juegos Olímpicos

En noviembre de 1892, a la tierna edad de ciento cuarenta y nueve años, me encontré de nuevo en mi ciudad de nacimiento, París, en compañía de mi mujer de entonces, Céline de Fredi Zéla. Poco antes habíamos dejado nuestra casa de Bruselas para viajar a Madrid, donde pensábamos pasar un par de semanas, y de pronto se nos ocurrió hacer un alto en la capital francesa y visitar al hermano de Céline, que esa semana daría una conferencia en la Sorbona. Llevábamos casados tres años y nuestro matrimonio no funcionaba. Sospechaba que acabaríamos divorciándonos -un trámite que nunca me ha atraído-, y esas vacaciones suponían el último esfuerzo por salvar nuestra relación.

Nos habíamos conocido en Bruselas en 1888, donde yo vivía con cierto desahogo gracias a los beneficios de una opereta que había escrito y producido para el teatro belga. Se titulaba Un asesinato necesario y, si bien no parece haber resistido el paso del tiempo -hace poco me sorprendió verla citada en un texto académico que trataba sobre óperas europeas del siglo XIX poco conocidas, pero aparte de eso nadie se acuerda de ella en la actualidad-, tuvo bastante éxito en su día. El segundo crítico operístico más importante de la época, Karpuil -que se comportaba como un borracho ignorante la mayor parte del tiempo pero escribía de maravilla-, la celebró como «la reflexión sublime de un talento generoso sobre un asunto inquietante». No obstante, debo admitir que el crítico más influyente no fue tan pródigo en elogios. La obra le pareció intrascendente y poco original. Con la perspectiva que da el tiempo, su prestigio me parece justificado por la agudeza de su observación. Céline fue invitada al estreno y ocupó un palco en compañía de su hermano mayor, Pierre, barón de Coubertin, y algunos amigos. Después de la representación, se acercó para saludarme y me felicitó; en especial le había gustado la segunda parte, que protagonizaban una joven y su amante.

– ¡Es una historia tan escalofriante! -exclamó mientras seguía con sus ojos pardos a los actores, que iban de un lado a otro presas de la excitación que sigue a una representación. A la gente ajena al teatro siempre le interesa la atmósfera que se respira entre bastidores-. La música es muy hermosa; aunque esa pareja de jóvenes comete un crimen espeluznante. Las dos cosas juntas crean un efecto pavoroso y a la vez conmovedor.

– Sin embargo -señalé-, como se anuncia en el mismo título, es un crimen necesario. El chico se ve obligado a matar al hombre para evitar que éste viole a su amada. Si no fuera por él…

– Por supuesto -me interrumpió-. Eso lo entiendo perfectamente. Pero me perturba la facilidad con que se deshacen del cadáver para proseguir su viaje. Eso en concreto me ha hecho imaginar el final que los aguardaba. En ese momento he sabido que todo acabaría en tragedia, que uno de los dos, o ambos, pagarían al final ese crimen. ¡Qué historia más triste!

Estuve de acuerdo con ella y la invité a cenar, en compañía de unos amigos, esa misma noche. Aunque no soy la clase de hombre que se ufana con las alabanzas de los demás, ése fue mi primer (y único) éxito en un escenario, y durante un tiempo me embriagó la idea de ser un artista con talento. Por entonces aún ignoraba que mi verdadera vocación no residía en la creación, sino en el mecenazgo de las artes. A decir verdad, había nacido en la época equivocada; de haber vivido unos siglos antes, sin duda habría rivalizado en magnanimidad con Lorenzo de Médici. Con Céline no tuve un amor a primera vista. En aquel entonces las mujeres belgas llevaban el cabello recogido en la nuca, muy tirante, y dejaban unos mechones sueltos por encima de las orejas. A Céline ese peinado no le sentaba bien, pues resaltaba su frente, demasiado protuberante. Sin embargo, a medida que avanzaba la noche su compañía me resultó cada vez más grata. Era inteligente y se sentía atraída por los mismos temas que yo. Ambos habíamos devorado el primer libro de la serie protagonizada por Sherlock Holmes, Un estudio en escarlata, que Conan Doyle acababa de publicar, y esperábamos impacientes la siguiente entrega. Al despedirnos acordamos vernos pocos días después, y a los ocho meses estábamos casados e instalados en una casa adosada en el centro de la ciudad.

Durante un tiempo fuimos felices, pero confieso que nuestro matrimonio se estropeó por mi culpa, pues me lié con una joven actriz -que, para ser franco, me importaba un bledo- y Céline lo descubrió. No me dirigió la palabra durante semanas, y cuando finalmente rompió su mutismo apenas lograba cruzar unas frases sin llorar. Le había hecho mucho daño, y lo sentía de verdad. Durante esos meses de congoja me arrepentí de mi necedad una y otra vez, pues Céline me quería sinceramente y disfrutaba de nuestra vida en común que, hasta ese momento, había transcurrido dichosamente. Como entonces ya era ducho en esas lides, debería haber reconocido una buena relación cuando la veía, pero admito que suelo tropezar con la misma piedra una y otra vez.

Con el tiempo procuramos resolver nuestras diferencias y recuperar el antiguo estado de felicidad conyugal, y aunque convinimos en no volver a hablar del asunto, mi infidelidad quedó flotando entre ambos como un feo nubarrón. Día tras día, en cualquier conversación que mantuviéramos, por nimia que fuese, éramos conscientes de que aquello que no nos atrevíamos a mencionar ocupaba nuestra mente por completo. Céline siempre estaba ensimismada, mientras que yo me sentía desdichado y culpable. Por mis actos irresponsables nuestras relaciones íntimas perdieron intensidad, y abandonamos cualquier tipo de complicidad. Jamás me había encontrado en una situación así: me había portado muy mal con una persona, ésta me había perdonado y, pese a todo, en mi fuero interno sabía que el daño estaba hecho y nunca volveríamos a ser los de antes. No encontraba el modo de expiar mi crimen.

– Quizá vaya siendo hora de que pensemos en tener hijos -sugerí una tarde mientras jugábamos una partida de cartas tranquilamente.

Se trataba de una idea descabellada cuya intención no era otra que volver a unirnos, cuando en el fondo sabía que acabaríamos separándonos.

Céline me miró sorprendida y tiró el as de espadas sobre mi rey mientras negaba con la cabeza.

– Quizá podríamos irnos de viaje juntos -repuso como un eco .

Y así lo hicimos. Aunque no lo confesamos, ambos sabíamos que ese viaje constituiría el último intento por salvar nuestro matrimonio, superar agravios y olvidar el pasado. Decidimos ir a Madrid, y durante el viaje Céline propuso hacer un alto de unos días en París para visitar a su hermano. Ese cambio de última hora marcaría todo un período de mi vida y me llevaría a presenciar el acontecimiento más extraordinario de las postrimerías del siglo XIX.

Había conocido a mi cuñado la misma noche de 1888 en que me presentaron a Céline, pero, debido a la distancia que nos separaba y a que él mantenía escasa relación con su hermana, en los últimos años apenas nos habíamos visto. Aunque junto con el título de barón de Coubertin había heredado una gran fortuna, Pierre trabajaba para el gobierno francés y estaba a cargo de varios proyectos, en su mayor parte de naturaleza artística, encaminados a promover la vida cultural del país antes que a sanear su economía. Con Céline tenía un trato mínimo pero muy cordial, y la noche que llegamos a París -el 24 de noviembre de 1892- hacía más de año y medio que no se veían. Céline le escribía regularmente y le contaba la vida que llevábamos en Bruselas, el prolongado éxito que había obtenido Una muerte necesaria y el estrepitoso fracaso de su sucesora, La caja de los puros, que puso punto final a mis pretensiones creativas. Las navidades anteriores habíamos recibido una tarjeta del barón en la que nos felicitaba las fiestas y nos comunicaba que seguía feliz y atareado en Francia. Aparte de eso, no sabíamos nada de él ni de su trabajo. Dado que íbamos a permanecer en París varios días, acordamos cenar con él una noche, y fue durante esa cita cuando nos informó de los grandes planes que tenía en mente.

Pierre era un hombre de mediana edad y lucía un bigote negro con unas puntas largas y enroscadas que se le disparaban a un lado y otro de la cara, como el que Salvador Dalí llevaría a mediados del siglo XX. Medía casi un metro noventa, pero estaba delgado y fuerte gracias a que seguía una dieta estricta y hacía ejercicio todos los días, religiosamente.

– Me levanto a las cinco y media de la mañana -me contó ante un lenguado mientras cenábamos en un caro restaurante donde todos los camareros parecían conocerlo y lo trataban con suma deferencia- y me doy un baño de agua fría, que me revitaliza y prepara para las actividades matinales. Después hago cien flexiones, cien abdominales y otros ejercicios para tonificar los músculos, y a continuación doy una vuelta de veinte kilómetros en bicicleta por la ciudad. Al volver a casa me doy otro baño, esta vez de agua caliente, para evitar posibles distensiones musculares, acabo mis abluciones matinales, y a las nueve en punto estoy listo para acometer el trabajo de la jornada. No te imaginas lo bien que empiezas el día siguiendo un programa así. ¿Y qué me dices de ti, Matthieu? -me preguntó de pronto-. ¿Qué actividad física prefieres?

Logré callarme lo primero que me vino a la cabeza y, tras un instante de vacilación, di con una respuesta educada.

– Bien, he jugado un poco al tenis. Al parecer no tengo mal revés, aunque mi saque es de vergüenza. Debo admitir que los juegos de equipo nunca han sido lo mío. Prefiero poner a prueba mis habilidades solo o compitiendo individualmente contra otros, como en el atletismo, la esgrima, la natación y deportes así.

En cuanto Pierre empezó a hablar de su tema favorito ya no hubo manera de pararlo. Más tarde descubrí que podía pasarse horas ponderando las ventajas de una vida dedicada al deporte, desde un punto de vista no sólo individual, sino también social, debido a las cualidades inherentes a las actividades de naturaleza competitiva. Su entusiasmo me pareció interesante y poco común, pues hasta entonces nunca me había preocupado por ese aspecto de la vida. Al haber sido bendecido con una buena constitución y probablemente el cuerpo más fiable de la historia de la humanidad, siempre he estado en forma y nunca he necesitado seguir una tabla de ejercicios. En realidad, el único esfuerzo físico que hago regularmente es andar, pues en toda mi vida sólo he tenido coche una vez, y apenas lo utilizaba, y en general el transporte público me agobia.

Charlamos un poco de Céline y nuestro viaje a Madrid, sin aludir a mis escarceos amorosos, razón de ese último esfuerzo por recuperar la armonía conyugal, hasta que Pierre pareció aburrirse de la conversación y se quedó ensimismado mirando su copa de brandy. Cuando le preguntamos si le pasaba algo, explicó que al día siguiente iba a dar una conferencia importante en la Sorbona y que se sentía inquieto por ese motivo.

– Constituye la culminación de estos últimos años -declaró. Dejó el puro en el cenicero y se puso a gesticular con las manos mientras continuaba-: En la conferencia de mañana voy a proponer una idea que se me ha ocurrido y que, en caso de que se acepte, me llevará a asumir el proyecto más extraordinario de mi vida.

Lo miré intrigado.

– ¿Puedes explicarnos de qué se trata? ¿O debes mantenerlo en secreto hasta mañana por la tarde? A esas horas tu hermana y yo estaremos viajando a Madrid y quizá nunca nos enteremos.

– No te preocupes, Matthieu, oirás hablar de ello, no tengo la menor duda. Siempre y cuando mañana logre convencer a todo el mundo de que es una buena idea, claro. Veréis… -Se inclinó y Céline y yo hicimos lo propio, formando un triunvirato de conspiradores que me pareció muy apropiado para ese momento-. Hace un par de años una institución gubernamental me encargó un estudio sobre diversos métodos de educación física con vistas a reintroducir un currículo deportivo en nuestras escuelas. La tarea, que no era difícil, me entusiasmó, fascinado como estaba por los diferentes métodos de mantenimiento físico que se practican en todo el mundo. En el curso de mi investigación conocí a muchas personas que pensaban igual que yo, y eso me condujo a la conclusión que presentaré mañana en la conferencia. Seguro que habéis oído hablar de los Juegos Olímpicos.

A juzgar por su expresión, Céline nunca había oído hablar de ellos, y en cuanto a mí, distaba de ser un experto en la materia.

– A ver… -empecé con cautela, pues apenas conocía su historia e ideales-. Sé que se celebraban en la Grecia antigua… unos cien o doscientos años después de Cristo. ¿Me equivoco?

– Más o menos. -Pierre esbozó una sonrisa-. Para ser exactos, los Juegos Olímpicos se iniciaron unos ochocientos años antes de Cristo, de manera que sólo te has equivocado en un milenio, y concluyeron definitivamente en el siglo cuatro de la era cristiana, cuando el emperador romano Teodosio I promulgó un decreto prohibiendo su celebración. -Mientras soltaba nombres y fechas que tenía impresos en la memoria fue animándose cada vez más-. Por supuesto, durante estos últimos mil cuatrocientos años no se han olvidado por completo -concluyó en un momento en que con su erudición había eclipsado no sólo nuestra ignorancia sino nuestra misma presencia en la mesa-. Supongo que conoceréis las referencias a los Juegos que hace Pindaro.

No las conocía, pero asentí para que continuara.

– Antes ha habido gente interesada en instaurar una versión contemporánea de los antiguos Juegos. En Inglaterra conocí a un hombre, un tal doctor William Penny Brooks (no me extrañaría que hubierais oído hablar de él), que fundó la Sociedad Olímpica de Much Wenlock. Aunque su proyecto suscitó cierto interés, al parecer no encontró a nadie que lo financiara. Ha habido otros antes y después de él, claro: Muths, Curtius, Zappas en Grecia, etcétera. Pero fracasaron porque no eran proyectos internacionales. De eso voy a hablar mañana por la tarde en la Sorbona. Propondré la creación de los Juegos Olímpicos de la actualidad, con participación y financiación internacionales, no sólo por mor de la excelencia personal y los logros deportivos, sino también para promover la concordia y la colaboración entre todos los países. Matthieu, Céline -al llegar a este punto Pierre parecía eufórico-: mi intención es restablecer los Juegos Olímpicos.

Al final nuestro matrimonio fracasó. No llevábamos mucho tiempo en Madrid cuando fuimos conscientes de que éramos incapaces de superar el asunto de mi infidelidad, de modo que decidimos separarnos de forma amistosa, aunque apenados. Presenciar el fin de la relación me dolió, pues me había propuesto que durara toda la vida, si no la mía al menos la de Céline, y me maldije por mi aparente incapacidad para ser leal a una mujer o mantener una relación sana y exitosa. Le supliqué que me diera otra oportunidad, pero la había decepcionado y se sentía traicionada. Cuando nos separamos abandoné España como alma en pena y viví en Egipto una temporada. Allí invertí capital en la construcción de edificios de bajo coste en las afueras de Alejandría, lo que supuso mi primera incursión en negocios no relacionados con el arte. Entonces la ciudad atravesaba una época de prosperidad y crecía de forma imparable; cuando vendí mi participación, obtuve un beneficio neto de casi dos millones de dracmas, toda una fortuna en aquel tiempo. Si iba con cuidado, podría vivir el resto de mis días de ese dinero.

Aunque no volvería a ver al barón de Coubertin hasta tres años después, durante ese tiempo seguí su historia en los periódicos con interés. Su conferencia en la Sorbona había sido bien acogida por el público, aunque apenas había tenido eco en la prensa, y más tarde supe que Pierre había viajado a Estados Unidos en compañía de Céline para entrevistarse con representantes de las ocho universidades más prestigiosas del país a fin de promocionar su idea de los Juegos Olímpicos de la era moderna. Al parecer, Céline le hacía de secretaria y estaba volcada en el proyecto con un entusiasmo similar al de su hermano. El barón volvió a la Sorbona en 1894, fecha en que se tomó definitivamente la decisión de celebrar los Juegos, con la asistencia de los representantes de doce países. Pierre fue nombrado secretario general del proyecto y un griego llamado Demetrius Vikelas, presidente.

– Me habría gustado aplazar los Juegos hasta mil novecientos -me comentó unos años más tarde-. Pensé que tenía sentido inaugurar el nuevo siglo con unas Olimpiadas, pero perdí la votación por once contra uno. Una vez que esos delegados se ponían en marcha, no había quien los parase. Tenían prisa, y yo llevaba muchos años planeando los Juegos para precipitarme en el último momento. Había dedicado demasiado tiempo y esfuerzo, la verdad.

Pierre también habría preferido celebrar los Juegos en París, pero Vikelas se negó aduciendo que Atenas, su sede en la Antigüedad, era más apropiado. Acordaron celebrarlos cada cuatro años y fijaron la fecha para la primera convocatoria de la edad moderna: abril de 1896. A continuación se pusieron manos a la obra.

Estando en París de visita una vez más, asistí a la recepción de bienvenida del flautista Juré, que regresaba de su exitosa gira por Estados Unidos. Vi a Pierre en el jardín, enfrascado en una conversación con una pareja de conocidos míos. Salí a saludarlos, y tendí la mano a Pierre, que me la estrechó calurosamente como si fuéramos viejos amigos.

– No creo que hayamos tenido el placer de conocernos, señor -dijo no obstante y, como si fuera la primera vez que nos veíamos, añadió-: Me llamo Pierre de Fredi.

Reí, incómodo y sorprendido de que hubiera olvidado nuestra pasada relación familiar.

– Claro que nos conocemos -protesté-. ¿Acaso no se acuerda de que hace unos años cenamos juntos en París, la noche anterior a su conferencia en la Sorbona?

Pierre pareció indeciso y se frotó el bigote con las yemas de los dedos, nervioso.

– Estaba con su hermana -añadí.

– ¿Mi hermana?

– Céline -le recordé-. En ese momento estábamos… casados. O sea, que era su cuñado. De hecho, sigo siéndolo, pues no nos hemos divorciado.

De pronto se dio una palmada en la frente, un gesto de afectación que ya le había visto otras veces, y me agarró de los hombros con fuerza.

– ¡Claro! -exclamó con una sonrisa de oreja a oreja-. Entonces, si no me equivoco, usted debe de ser el señor Zéla.

Estaba claro que Céline nunca le hablaba de mí.

– Matthieu, por favor.

– Sí, claro, Matthieu -repitió, asintiendo con expresión pensativa mientras me apartaba suavemente-. De hecho, recuerdo esa noche muy bien. Si no me equivoco, os conté mis planes para los Juegos Olímpicos.

– En efecto -repuse, recordando su entusiasmo-. Y debo admitir que en su momento la idea, aunque me sedujo, me pareció un poco descabellada e impracticable. Jamás pensé que llevaría las cosas tan lejos. He seguido sus aventuras con avidez en los periódicos y no puedo sino felicitarle por su trabajo.

– ¿De verdad? -Pierre se echó a reír-. Así que me ha seguido, ¿eh? No sabe lo mucho que se lo agradezco…

– ¿Qué tal está Céline? -lo interrumpí-. Imagino que la ve a menudo.

Se encogió ligeramente de hombros.

– Ahora vive conmigo, aquí en París. El proyecto de los Juegos la cautivó de inmediato, y debo reconocer que se ha vuelto indispensable para mí. Valoro enormemente sus consejos y su ánimo, por no hablar de sus habilidades como anfitriona. Nunca habíamos estado tan unidos, ni siquiera cuando éramos niños -afirmó, y de pronto adoptó un tono levemente altivo para añadir-: Sufrió mucho por su culpa, ¿sabe, señor Zéla?

– Matthieu -insistí-. Lo sé, se lo aseguro. Y la echo mucho de menos, Pierre. ¿Puedo preguntarle si Céline está saliendo con alguien en estos momentos?

Respiró hondo y miró alrededor, como si reflexionase sobre la mejor respuesta a mi pregunta.

– Céline está consagrada a su trabajo y a mí. Mejor dicho, a nuestro trabajo -aclaró-. Ocurriera lo que ocurriese en el pasado, creo que ya lo ha olvidado. Ha pasado página. Sin embargo, no sale con ningún hombre, si se refiere a eso. Después de todo, sigue estando casada.

Asentí y me pregunté si sería tan comedido con alguien que hubiera tratado a mi hermana con la desconsideración que yo había tenido con la suya. Estimando inapropiado seguir hablando de Céline a espaldas de ésta, cambié de tema y lo felicité una vez más por sus logros, el único tema aparte de su hermana que nos interesaba a los dos. De nuevo fue como si hubiera encendido las luces de un árbol de Navidad en una habitación a oscuras: se le iluminó el rostro, le chispearon los ojos y se sonrojó ligeramente, y la incomodidad del momento se desvaneció como por ensalmo.

– Debo admitir que muchas veces creí que no lo conseguiríamos. ¡Y pensar que ahora tenemos los Juegos Olímpicos a la vuelta de la esquina! Sólo faltan diecisiete meses.

– ¿Y está preparado?

Abrió la boca para responder, pero cambió de parecer y recorrió el jardín con la mirada, un tanto nervioso.

– ¿Por qué no entramos? -propuso al fin-. Busquemos un lugar tranquilo donde hablar. Me gustaría que me aconsejaras en algunos asuntos -añadió, tuteándome por fin-. Te has convertido en todo un hombre de negocios, ¿verdad?

– He ganado algo de dinero últimamente -reconocí.

– Bien, bien -repuso con presteza-. Entonces quizá puedas ayudarme en cierto asunto. Entremos.

Dicho esto, me cogió del brazo y me condujo a una habitación del primer piso. Tras acomodarnos junto a la chimenea, me contó sus problemas y yo le expliqué el modo en que podía contribuir a resolverlos.

Una semana más tarde estaba en Egipto ultimando mis negocios, y busqué ansiosamente en los periódicos noticias sobre los Juegos. Para mi sorpresa, descubrí que se había decidido celebrarlos en Atenas sin previa consulta al gobierno griego, que no andaba tan sobrado de dinero como para despilfarrarlo en una Olimpiada. En consecuencia, Hungría se ofreció como país anfitrión, con la condición de que se diera a un alto cargo de Budapest un puesto equivalente al de Vikelas. Eso significaba que apartarían de las negociaciones a Pierre, a quien la mera posibilidad lo desmoralizaba.

– Ésa es la razón por la que querría esperar hasta mil novecientos -me había contado en la fiesta de bienvenida a Juré mientras bebíamos una copa tras otra de vino. Estaba serio y tenso, pero procuraba no pensar en que fuera a ocurrir lo peor-. Aún nos queda un largo camino por recorrer. Atenas no está preparada, por no hablar de Budapest. Si se esperase unos años más todo saldría a la perfección. Tal como están las cosas, el sueño de las Olimpiadas de la era moderna se desvanecerá.

De pronto comprendí que se me presentaba la oportunidad de compensar a Céline por la tristeza que le había causado en el pasado. Si se enteraba de que había ayudado a su hermano a ver cumplido aquello que ambicionaba, quizá me perdonase. No esperaba que nos reconciliáramos -ni siquiera estaba seguro de que quisiera volver con ella-, pero entonces, como ahora, acostumbraba pagar mis deudas y odiaba herir a las personas innecesariamente. Había mortificado a mi mujer; ahora tenía la oportunidad de ayudar a su hermano. Era de justicia que lo hiciera.

Pierre quería que los Juegos se celebraran en Atenas, y por eso nos reunimos con el príncipe heredero de Grecia, Constantino, que ya había creado varios comités destinados a recaudar fondos. Después viajé de nuevo a Egipto y me entrevisté con George Averoff, uno de los hombres de negocios más importantes del país. Famoso benefactor de la causa griega, había pagado la construcción de la escuela politécnica de Atenas, la academia militar y la prisión para menores, entre otros lugares de bien común. En los últimos años lo había frecuentado mucho y, aunque sabía que Averoff poseía medios suficientes para financiar un proyecto de esa envergadura, también era consciente de que nuestra relación distaba de ser cordial. Yo había cometido el error de airear, en una entrevista aparecida en un periódico local, mis opiniones sobre los planes urbanísticos de la ciudad y el uso de ciertos terrenos propiedad de Averoff. Aunque trabajábamos en proyectos similares, él era infinitamente más rico que yo (sólo los intereses ya le reportaban unos ingresos anuales que ascendían a la mitad de mi capital). En esa época me sentía en baja forma y sólo me faltaba ver por toda Alejandría letreros con el nombre «Averoff» en lugar de «Zéla». Consideraba una afrenta personal no recibir el respeto y la admiración de que disfrutaba el gran empresario. Por esa razón, en la entrevista hasta me permití una pequeña burla y afirmé que las ventanas altas y los acabados rococó de sus edificios, que constituían su toque personal, afeaban a tal punto la gran ciudad que eran como granos que le hubieran salido a Alejandría en el rostro. Añadí unas cuantas sandeces más, pueriles e impropias de una persona de mi posición. Poco después, un empleado de Averoff me visitó para comunicarme que, aunque en esa ocasión no iban a ponerme una denuncia por difamación, Averoff agradecería que no volviera a mencionar su nombre en los medios de comunicación. Me sentía tan avergonzado de la imagen de mentecato simplón que había ofrecido en la entrevista que le di mi palabra. Por eso, la idea de reunirme con él, sombrero en mano, y pedirle ayuda no me hacía especial ilusión.

Me citó en su despacho un sábado al mediodía del verano de 1895. Estaba sentado a un gran escritorio de caoba, pero se levantó de inmediato y se acercó para estrecharme la mano efusivamente, lo cual me sorprendió. Su cabello gris había emblanquecido completamente desde la última vez que lo había visto, y me recordó al escritor estadounidense Mark Twain.

– Me alegro de volver a verlo, Matthieu -dijo mientras me acompañaba a un mullido sofá situado ante un sillón de orejas, en el que se sentó-. ¿Cuándo fue la última vez?

– Hace un año más o menos -contesté un poco nervioso, indeciso sobre si debía pedir disculpas por mi comportamiento del pasado o hacer como si no hubiese ocurrido nada. Para tranquilizarme me dije que un hombre de su posición y con tantas responsabilidades no podía acordarse de todos y cada uno de los desaires que recibía-. Si no me equivoco, en la fiesta de Krakov.

– Ah, sí. Fue terrible lo que le ocurrió, ¿verdad?

(Sólo unas semanas atrás, Petr Krakov, ministro del gobierno, había sido abatido a tiros ante las puertas de su casa. Nadie había reivindicado el atentado y se sospechaba de cierto movimiento clandestino, lo que no dejaba de resultar sorprendente, pues Alejandría era todo menos una ciudad violenta.)

– Espantoso -convine-. Quién sabe en qué asuntos estaría metido… Un final trágico, ciertamente.

– Bueno, no vale la pena especular -se apresuró a decir, como si se callara algo-. Tarde o temprano sabremos la verdad. Hablar por hablar no nos llevará a ninguna parte.

Observé su expresión. ¿Sería una indirecta? No sabía qué pensar, pero al final decidí que no había querido insinuar nada, al menos por el momento. Tenía la mesa cubierta de fotos enmarcadas y le pregunté si podía mirarlas. Sonrió e hizo un ademán de asentimiento.

– Ésta es mi mujer, Dolores. -Señaló a una dama de aspecto jovial que posaba a su lado en una de las fotos y que parecía estar envejeciendo con dignidad. Sus rasgos eran hermosos y saltaba a la vista que había sido una belleza en su juventud y quizá una mujer deslumbrante en la madurez-. Y éstos son mis hijos. Y algunas de sus respectivas esposas e hijos.

Era una familia muy numerosa y, mientras me enseñaba sus retratos, Averoff rezumaba orgullo; una vez más, sentí envidia de él. En un plano profesional, Georges Averoff y yo teníamos vidas muy semejantes: ambos éramos empresarios y ganábamos mucho dinero gracias a nuestra inteligencia y astucia; sin embargo, mi vida familiar era muy pobre comparada con la suya. ¿Cómo era posible que después de todos mis matrimonios y relaciones (fracasados en su mayoría) no hubiera tenido siquiera un hijo o algo parecido a una familia feliz? Quizá fuese cierto eso de que sólo hay una mujer adecuada para cada hombre, y yo la había perdido. Aunque nunca se me hubiera ocurrido pensar que podría conservarla.

– Dígame, querido Matthieu -prosiguió con una amplia sonrisa mientras volvíamos a tomar asiento frente a frente-, ¿a qué se debe su visita?

Conté los acontecimientos vividos durante los últimos meses y describí con detalle los geniales planes de Pierre, que parecían más y más condenados al fracaso a medida que pasaba el tiempo. Mostré la carta en petición de ayuda que le escribía el príncipe heredero Constantino y enumeré la serie de desastres que habían conducido a que se planteara la posibilidad de celebrar las Olimpiadas en Hungría. Apelé a su patriotismo, subrayando lo importante que sería para Grecia albergar los primeros Juegos de la era moderna; en honor a la verdad, no tuve que explayarme demasiado, pues de inmediato George se comprometió a ayudar.

– Por supuesto que colaboraré -insistió extendiendo los brazos-. Se trata de un hito de la mayor importancia. Haré todo lo que esté en mi mano, se lo prometo; pero dígame, Matthieu, ¿a qué se debe su interés? Que yo sepa usted no es griego.

– Nací en Francia.

– Me lo imaginaba. Entonces, ¿por qué se toma tantas molestias para ayudar a los griegos y a De Coubertin? Es raro, ¿no cree?

Clavé la mirada en el suelo, sin saber si debía hablarle de mis verdaderos motivos.

– Hace unos años -dije finalmente- contraje matrimonio con la hermana de Pierre de Fredi. De hecho, seguimos casados. Con ella me porté de un modo… digamos lamentable. Eché a perder lo que podría haber sido una relación maravillosa y le hice mucho daño. No me gusta herir a las personas, Georges. Ahora intento compensarla.

Asintió lentamente.

– Entiendo. ¿E intenta que vuelva con usted?

– No creo que pueda. Para serle sincero, al principio esa eventualidad no estaba dentro de mis planes. Sólo quería ayudarla de alguna manera. Aunque últimamente nos hemos vuelto a acercar gracias al asunto de los Juegos y los antiguos sentimientos han vuelto a aflorar. Al reencontrarnos, ella me hizo un gran favor. Tengo un sobrino, Thom, cuya vida no ha sido fácil. Su padre murió en circunstancias violentas cuando él era un niño de pecho y su madre se volvió alcohólica. Hace poco el chico vino a verme; acababa de salir de la cárcel, donde había cumplido condena por un delito menor, y parecía necesitar desesperadamente un poco de estabilidad en su vida. Haciendo gala de su generosidad habitual, Céline le ofreció un trabajo de auxiliar administrativo en su despacho, que le ha venido a mi sobrino como anillo al dedo, pues necesita dinero y algo que hacer durante el día. Ignoro la razón, pero el chico no quiere saber nada de su tío, ni acepta nada que provenga de mí. Céline se ha portado con él como un ángel y todo debido a nuestra antigua relación. Creo que tengo que… -Enmudecí, sorprendido conmigo mismo por lo que estaba diciendo-. Perdón. No creo que le interese oír todas estas nimiedades. Debo de parecerle un hombre ridículo.

Se encogió de hombros y rió con cortesía.

– Al contrario, Matthieu. Siempre es interesante conocer a un hombre que tiene conciencia. Hasta diría que pertenece a una especie rara. ¿De dónde la ha sacado usted?

Dudando si me tomaba el pelo o no, sonreí; estaba claro que aludía a nuestra disputa del pasado. De repente sentí un enorme respeto por ese hombre y decidí contarle la verdad.

– Una vez maté a una persona. La única mujer que he querido de verdad. Y después de eso juré no hacer daño a nadie nunca más. La conciencia, como usted la llama, se desarrolló a partir de ese momento.

Averoff donó a la fundación Olympic casi dos millones de dracmas, suma que se invirtió en la reconstrucción del estadio Panathinaiko, donde iban a celebrarse los Juegos. La edificación original del estadio databa del 330 a. C, pero se había ido desmoronando a lo largo de los siglos y llevaba cientos de años bajo tierra. El príncipe heredero mandó erigir una estatua en honor de Averoff -obra del famoso escultor Vroutos- en la entrada del estadio; la víspera de la inauguración de los Juegos Olímpicos, el 5 de abril de 1896, la escultura se descubrió solemnemente.

No cabía en mí de alegría ante lo fácil que me había resultado reclutar a Averoff para nuestra causa. Había previsto perder meses en reuniones y discusiones sin fin, mientras el tiempo se nos echaba encima y la perspectiva de celebrar los Juegos en Budapest iba afianzándose. Cuando regresé a Atenas, apenas una semana después, ceñía el laurel de la victoria. Pierre conservaría el cargo, los Juegos se celebrarían en Atenas, y al fin había podido compensar todo el dolor que había causado a mi mujer.

– Vaya -dijo Céline poco después-. Cuando quieres puedes hacer muy bien las cosas. Pierre está feliz. Se habría hundido si se hubieran perdido los Juegos.

– Era lo menos que podía hacer. Te lo debía, ¿no crees?

– Sí, tienes razón.

– Quizá… -Vacilé, pensando que tal vez debería esperar a que nos encontráramos en un entorno más romántico para hablar de reconciliación; aun así proseguí: siempre he creído que no hay que dejar pasar las oportunidades-. Quizá tú y yo podríamos…

– Antes de que digas nada -me interrumpió; parecía un poco nerviosa-, deberíamos poner al día nuestra situación.

– ¡Es increíble! -exclamé-. Justo estaba pensando en lo mismo.

– Deberíamos divorciarnos.

– ¿Deberíamos qué?

– Divorciarnos, Matthieu. Hace años que no vivimos juntos. Necesitamos un cambio, ¿no crees?

La miré atónito.

– Pero ¿y todo lo que he hecho por tu hermano? He dedicado mucho tiempo y energía para ayudarlo a conseguir que los Juegos se celebren en Atenas. Me he portado como un verdadero amigo. ¿Y qué me dices del dinero que invertirá Averoff gracias a mí?

– Ya que quieres tanto a mi hermano, ¿por qué no te casas con él? -respondió sin vacilar-. Necesito el divorcio, Matthieu. Estoy… estoy enamorada de otro… y vamos a casarnos.

No di crédito a mis oídos. Fue un mazazo a mi orgullo.

– ¿No podrías esperar un poco? -rogué-. Sólo para ver si esa relación funciona antes de decidir…

– Matthieu, voy a casarme con ese hombre. Cuanto antes. Es una necesidad imperiosa.

Fruncí el entrecejo y me olí algo raro. Entonces la repasé de arriba abajo.

– ¿Estás embarazada? -pregunté, y ella se sonrojó, asintiendo-. ¡Dios mío! -exclamé asombrado; era lo último que habría esperado de ella-. ¿Te importaría decirme quién es el padre?

– Será mejor que no lo sepas.

– ¡Pues tengo derecho a saberlo! -grité. La idea de que otro hombre hubiera preñado a mi mujer me resultaba insoportable-. Sea quien sea, ¡juro que lo mataré!

– ¿Por qué? Tú me engañaste, nos separamos, y llevamos así tres años. Tengo ganas de pasar página. Estoy enamorada. ¿Tanto te cuesta entenderlo?

Al mirar por encima de su hombro divisé una fotografía de marco dorado sobre la mesa; un apuesto joven de cabello oscuro abrazaba a Céline, y ambos sonreían felices a la cámara. Me acerqué y cogí la foto; al reconocer al hombre se me paró el corazón.

– No puede ser…

Céline se encogió de hombros.

– Lo siento, Matthieu. Nos hicimos muy amigos y… de repente nos enamoramos.

– Eso salta a la vista. No sé qué decirte, Céline. Claro que te concedo el divorcio.

Coloqué la foto sobre la mesa y abandoné la habitación. Poco tiempo después nos divorciamos, y siete meses más tarde me enteré de que Céline había dado a luz un niño. No había pasado ni medio año cuando descubrí el nombre de mi sobrino en una lista de bajas de la guerra de los Bóers (al ser ciudadano británico lo habían llamado a filas) y me pregunté si Céline conseguiría salir adelante sola. Me habría puesto en contacto con ella si no hubiese sido porque entonces mi vida había dado un vuelco inesperado. De todos modos, a veces no conviene resucitar el pasado.

12

Mayo-junio de 1999

En el trabajo todo cambió más deprisa de lo que hubiera deseado. De pronto me encontré en una posición de responsabilidad, cosa que siempre había rehuido, y mi sencilla y solitaria vida se vio completamente alterada. Dos ex esposas de James se presentaron en el funeral vestidas de luto; ninguna soltó una lágrima ni asistió al posterior velatorio, pero parecían confabuladas, lo que no dejaba de ser raro en dos personas que se habían pasado la vida disputándose el dinero de su ex marido y que habían dejado de cobrar la pensión tan de repente. Asistieron también algunos hijos, si bien brillaron por su ausencia aquellos que se habían distanciado de James en los últimos años. En la iglesia pronuncié unas palabras en recuerdo del fallecido, mencionando su extraordinaria profesionalidad y su perfeccionismo en el trabajo, íbamos a echarlo de menos, agregué, y yo personalmente añoraría su amistad. Fui todo lo breve y conciso que pude, pues me sentía un hipócrita al recordar las circunstancias de la muerte del antiguo director gerente, las cuales, obviamente, debía mantener en secreto. Alan hizo acto de presencia, visiblemente nervioso. En cuanto a P. W., se había marchado a su casa en el sur de Francia no sin antes dar poderes a su hija Caroline.

En el velatorio conocí a uno de los hijos de James, Lee, con el que mantuve una breve conversación durante la cual hubo momentos en que deseé que la tierra me tragara. Era un chico alto y desgarbado, de unos veintidós años. Hacía rato que lo observaba, pues se movía entre la gente como pez en el agua, hablando y bromeando con todo el mundo. Su actitud no podía estar más lejos de la de un hijo doliente. Mientras iba de un lado a otro llenando las copas de los presentes, se lo veía animado y divertido.

– Usted debe de ser el señor Zéla, ¿no? -preguntó cuando me llegó el turno de ser entrevistado-. Le agradezco mucho que haya venido. Ha pronunciado un bonito discurso en la iglesia.

– No podía faltar -murmuré mirando con desagrado la melena rubia y lacia y la barba de tres días; qué poco le habría costado ir al peluquero, o al menos afeitarse-. Respetaba mucho a tu padre, ¿sabes? Era un hombre con un gran talento.

– ¿En serio? -inquirió Lee como si fuera la primera vez que oía algo así sobre su progenitor-. Me alegra saberlo. Para serle sincero, no lo conocía mucho. Apenas nos tratábamos. Él siempre estaba demasiado liado con el trabajo para interesarse por nosotros, por eso sólo hemos venido dos hijos. -Hablaba con una naturalidad sorprendente, como si se encontrara en una situación y un escenario similares todos los días-. ¿Quiere más vino?

– No, gracias -dije, pero no me hizo caso y rellenó mi copa-. Es una lástima que no llegaras a conocerlo mejor. Siempre duele que un ser querido muera de repente sin que podamos decirle lo que sentimos por él.

Se encogió de hombros.

– Supongo que tiene razón -repuso. Verdaderamente era un modelo de amor filial-. No es que me importe mucho, para qué voy a mentirle. Hay que tomarse estas cosas con estoicismo. Usted lo encontró, ¿verdad?

Asentí con la cabeza.

– Cuénteme cómo fue -pidió tras una pausa en la que pareció librarse una batalla de voluntades para decidir quién de los dos se rendiría el primero.

Por fin, sin mirarlo a la cara, dije:

– Llegué a las oficinas alrededor de las siete de la mañana. Me dirigía a mi…

– ¿Su jornada laboral empieza a las siete de la mañana? -preguntó sorprendido.

– Es una hora bastante normal, ¿sabes? -respondí tras vacilar un instante. Un amigo de la clase obrera como él debería haberlo sabido. Lee sonrió con sorna y yo continué-: Me dirigí a mi despacho para leer la correspondencia. Unos minutos más tarde, bajé al despacho de James… de tu padre, y ahí estaba él.

– ¿Por qué?

– ¿Por qué qué?

– ¿Por qué fue al despacho de mi padre? ¿Quería hablar con él?

Cerré los ojos como si recordara.

– Pues en este momento no me acuerdo de la razón exacta. Tu padre siempre llegaba muy temprano, de modo que estaba seguro de que lo encontraría. Quizá me hartara de ver todas esas cartas sin contestar sobre la mesa y me apeteciese una taza de café. James siempre tenía café caliente en el aparador.

– Ah, o sea, que sí se acuerda después de todo -soltó con ironía-. ¿Le apetece algo para comer, señor Zéla? ¿Tiene hambre?

– Llámame Matthieu. No tengo hambre, gracias. ¿A qué te dedicas, Lee? Seguro que James me lo contó en alguna ocasión, pero sois tantos sus hijos que me resulta difícil seguiros la pista a todos.

– Escribo. Y sólo somos cinco; ya ve que mi padre no tenía tantas bocas que alimentar como afirmaba. Oyéndolo cualquiera hubiera pensado que éramos un batallón. Eso sí, somos hijos de tres madres diferentes. La mía es Sara. Soy su único hijo. Y el más joven de los cinco.

– Ya veo. Y los otros cuatro se unen contra ti, ¿no?

– Cabe la posibilidad -repuso, dubitativo.

Nos quedamos callados un instante, y aproveché para echar un vistazo alrededor; de no haber sido porque temía parecer grosero lo habría dejado plantado allí mismo. De pronto me percaté de que me observaba con una sonrisa sardónica. No sabía qué le hacía tanta gracia. Sin saber qué decir, solté lo primero que me pasó por la cabeza.

– ¿Qué escribes? ¿Eres periodista como tu padre?

– No, no -contestó, negando con la cabeza-. Dios me libre. Con el periodismo apenas se gana para vivir. Escribo guiones.

– ¿De películas?

– En el futuro, quizá. Ahora trabajo para la televisión. Estoy empezando, ¿sabe usted?

– ¿Estás en alguna serie?

– No; estoy escribiendo el guión de un telefilme, una comedia negra de una hora de duración. Trata de un crimen. Todavía voy por la mitad, pero será un éxito.

– Suena muy interesante -comenté sin salirme de mi papel. Estoy más que acostumbrado a que en las fiestas se me acerquen escritores para contarme los argumentos de las obras maestras que están escribiendo con la esperanza de que les extienda un cheque en blanco. Casi esperaba que Lee se sacara el manuscrito del bolsillo para enseñármelo, pero de pronto pareció perder interés en el asunto.

– Debe de ser genial trabajar en la televisión todo el día y recibir a cambio un sueldo fijo -comentó, cambiando de tema-. Que te paguen por tener ideas y luego verlas realizadas. Es lo que me gustaría hacer.

– Lo cierto es que soy un simple inversor. Tu padre, en cambio, era un experto en el negocio. El dinero que invertí me permite no tener que trabajar. Vivo bastante bien, no puedo quejarme.

– Ah, ¿sí? -Lee dio un paso hacia mí-, ¿Y fue al despacho a las siete de la mañana? ¿Cómo es que no estaba en la cama tranquilamente, o consultando el estado de sus inversiones en cualquier otro lugar?

Nos miramos a los ojos; Lee se comportaba como un porfiado detective de película americana de serie B. De pronto, pensé que sabía más de la muerte de su padre de lo que decía, pero enseguida lo descarté: tras registrar el lugar a fondo, la policía no había hallado ningún indicio que hiciera sospechar nada y así lo había manifestado.

– Es precisamente lo que estaba haciendo. He invertido mucho dinero en el canal satélite, de modo que una vez por semana voy allí a trabajar todo el día…

– ¿Todo el día? Debe de ser durísimo, ¿no?

– … Y como con tu padre. Comía -me corregí-. Lo echaré de menos.

Hizo caso omiso del tópico de la misma manera que yo respecto a su sarcasmo.

– De modo que no soy la persona más adecuada para hablar del día a día en un canal de televisión -añadí-. Tal vez mi sobrino… -Me mordí el labio inferior, pero ya no había marcha atrás.

– ¿Su sobrino? -preguntó Lee, súbitamente interesado-. ¿Cómo? ¿Tiene un sobrino que también trabaja en la televisión?

– Es actor. Lleva en el medio un montón de años. Imagino que conoce el negocio a la perfección. Al menos es lo que dice siempre.

Enarcó las cejas y se acercó más; su comportamiento era idéntico al de alguien que de pronto descubre que su interlocutor tiene cierta relación con un personaje célebre.

– ¿Así que era actor?

Me extrañó que hablara en pasado, pero se corrigió.

– Quiero decir, ¿es actor? ¿Cómo se llama? ¿Podría conocerlo? Ahora no caigo… Un Zéla que trabaja en televisión.

– No se apellida Zéla sino DuMarqué. Tommy DuMarqué. Actúa en una…

– ¡Tommy DuMarqué! -exclamó; la gente se volvió y lo miró con expresión de sorpresa. Tragué saliva y deseé estar lejos de allí-. Tommy DuMarqué, de… -Mencionó el nombre de la serie en que trabajaba mi sobrino-. Un dramón insoportable y repetitivo, con perdón. -Estuve de acuerdo con él-. ¡No me joda! -exclamó, y no pude sino echarme a reír. Era hijo de su padre, no había duda.

– Pues sí.

– No me lo puedo creer. De modo que usted es su tío… -Su voz se fue apagando mientras asimilaba el descubrimiento.

– Por así decirlo.

– ¡Es una locura! -Se pasó una mano por el cabello, visiblemente excitado; me miraba con ojos como platos-. Todo el mundo lo conoce. Es famosísimo…

– Perdona, Lee, pero tengo que ir al baño -solté de repente viendo una vía de escape-. No te importa que interrumpamos nuestra conversación un momento, ¿verdad?

– De acuerdo -repuso repentinamente apagado. Sin duda podría haberse explayado hablando de la fama de mi sobrino un par de horas más-. Pero no se vaya sin despedirse, ¿eh? Quiero que me diga cómo encontró a mi padre. Aún no me lo ha contado.

Fruncí el entrecejo y fui a toda prisa al piso de arriba para echarme agua fresca en la cara. A continuación recogí el abrigo y el sombrero y abandoné la casa esperando no volver a tropezarme con Lee nunca más.

Mayo y junio fueron meses de mucho estrés en el canal. Al morir James, el cargo de director gerente quedó vacante, y como P. W. seguía sin dar señales de vida, nos vimos sumidos en una situación un poco caótica. Alan se reunía conmigo una y otra vez, pero, incapaz de brindar algún consejo constructivo, no hacía más que repetir que tenía prácticamente todo su dinero invertido en el canal satélite, que era lo mismo que decía P.W. antes de desaparecer. Volví a trabajar a diario; las horas en el despacho se me hacían eternas, y comencé a temer que si no iba con cuidado empezaría a envejecer. No había trabajado tanto desde el final de la guerra de los Bóers, cuando estuve en un hospital para los soldados que volvían del frente y se sentían incapaces de enfrentarse a la vida civil. Como era el propietario del centro, durante un tiempo me ocupé de contratar a los médicos capacitados para ayudar a esos jóvenes, una responsabilidad que me pesaba tanto que a punto estuve de enfermar de preocupación y acabar como paciente igual que ellos. Al final empleé a otra persona para que me aligerara esa carga y conseguí alejarme de las obligaciones cotidianas. Ahora quería encontrar un sustituto para James que fuera eficaz y asumiera buena parte del trabajo, y cuanto antes mejor, pues de seguir así enloquecería.

A mediados de mayo recibí una llamada de Caroline Davison, la hija de P.W. Quería hablar conmigo. Le propuse cenar en mi club, pero ella prefirió que nos encontráramos en mi despacho durante el día. No se trataba de una visita social sino profesional, aclaró, y por teléfono su tono de voz, seco e impersonal, me llamó la atención. Sin embargo, no pensé más en Caroline hasta unas horas antes de la cita, cuando vi su nombre escrito en la agenda.

Llegó puntualmente a las dos de la tarde: una joven bien vestida, pelo negro cortado a lo garçon. Tenía una cara bonita, ojos castaños, nariz pequeña y pómulos pronunciados bajo una fina capa de maquillaje. Le eché unos veintiocho años, aunque, si alguien debería saber que no se puede juzgar la edad de las personas por su apariencia, ése soy yo. Si Caroline hubiera tenido quinientos cincuenta años no me habría extrañado; hasta podría haber sido la séptima mujer de Enrique VIII, ¿por qué no?

– ¿Y bien? -dije en cuanto nos sentamos el uno frente al otro ante una bandeja de té para entablar una conversación educada tratando de medir nuestras respectivas fuerzas-. ¿Tienes noticias de tu padre?

– Al parecer está en el Caribe. Cuando me llamó la semana pasada viajaba de isla en isla y disfrutaba de lo lindo.

– ¡Qué suerte tienen algunos!

– Ya lo creo. No he tenido vacaciones en dos años, ojalá pudiera ir al Caribe. Por lo visto ha conocido a una mujer, aunque tal como la describe debe de ser casi una niña. Un bomboncito de dieciocho años con lei y todo.

– Entonces está en Hawái -dije.

– ¿Qué?

– Las guirnaldas que se cuelgan alrededor del cuello, los leis, no son del Caribe sino de Hawái. Allí no sé qué tradiciones tienen.

Por un instante me clavó la mirada.

– Bueno, sea lo que sea -repuso-, es evidente que mi padre está pasando por la crisis de los cincuenta, lo típico. ¿Ha sufrido alguna vez una crisis de edad?

Solté una carcajada.

– Sí, pero hace ya unos años; casi la he olvidado. Y crisis de edad no es la expresión más adecuada.

– En cualquier caso, dudo que lo veamos regresar a esta miserable ciudad en los próximos meses. ¿Quién echa de menos el metro y la contaminación? ¿Quién necesita vivir con millones de personas y ver al jodido Richard Branson haciendo el memo en la tele noche tras noche cuando puedes disfrutar de playas tropicales, tomar el sol y beber cócteles a todas horas? Él puede pagárselo; por desgracia, yo no.

Tras este pequeño arrebato de inesperada sinceridad se reclinó en su silla. Me acaricié la barbilla mientras intentaba formarme un juicio de la joven.

– ¿A qué te dedicas? -pregunté; no dejaba de sorprenderme que P.W. jamás me hubiera hablado de esa hija que parecía tan segura de sí misma. La mayoría de los padres se sentirían orgullosos de tener una hija como ella.

– Trabajo en tiendas de música. Soy jefa de zona de una cadena que vende al por menor en Londres y en el sudeste de Inglaterra. Cuarenta y dos tiendas en total.

– ¡Vaya! -exclamé, impresionado porque asumiera tanta responsabilidad siendo tan joven-. Eso significa…

– Si quiere que le sea sincera, tras salir del colegio no he hecho otra cosa. La universidad, ni pisarla. Y desde entonces he ido ascendiendo; de dependienta pasé a subdirectora y luego a directora de sucursal. Conseguí el puesto de jefa de zona porque los demás candidatos eran unos inútiles perezosos. Ahora me he convertido en su jefaza -agregó.

Sonreí.

– ¿Y cómo los tratas?

– Dentro de lo que cabe, con mucha mano izquierda, aunque daría lo que fuera por perder de vista a media docena o que el día menos pensado les cayera un ladrillo en la cabeza. Intento convencerlos de que cambien de profesión, pero no hay manera, no sabe cómo se aferran a su puesto de trabajo. Pero a mí me apetece un cambio. Lo único que tengo, más que una vida, es ambición.

– ¿Y no necesitas nada más?

– Ambición y talento. Le seré franca, señor Zéla: estoy buscando trabajo. Siento que en la venta al por menor -añadió con cara de asco- he llegado a mi techo.

– Llámame Matthieu, por favor.

– Y en este momento esto me ha venido como caído del cielo, ¿no cree, Matthieu?

Asentí con la cabeza, me acabé el té y me pregunté en qué instante daría por concluida la conversación, me levantaría y me despediría de la joven, cuando de pronto reparé en el enigmático sentido de sus últimas palabras.

– ¿A qué te refieres? -pregunté enarcando las cejas-. ¿Qué te ha caído del cielo?

– Es mi oportunidad -repuso con una sonrisa radiante.

Hubo un silencio.

– Perdona, no te entiendo -dije al cabo.

– Estoy hablando de trabajar en este canal de televisión -aclaró, inclinándose y mirándome como si se las viera con un auténtico imbécil-. Es la oportunidad perfecta en el momento perfecto. Llevo once años en el mismo sitio; es hora de moverse, de empezar en otro lugar. Resulta estimulante. Me muero de ganas de afrontar este desafío.

– ¿Quieres trabajar aquí? -No dudaba de que se trataba de la clase de mujer ideal para tener en plantilla, pero aún no se me ocurría qué trabajo ofrecerle-. Pero, dime, ¿qué quieres hacer exactamente?

– Mire, señor Zéla -dijo mostrando al fin sus cartas al tiempo que cruzaba las piernas-, mi padre me ha dado poderes y quiere que lo represente en el negocio. Cuento con sus acciones para maniobrar. Podría decirse que ya estoy trabajando en el canal. De modo que desearía que a partir de ahora se me informara de todos los planes y transacciones de la compañía. Entretanto, me pondré al día con los antecedentes y requisitos del negocio. Espero que lo comprenda. También deberé echar una ojeada a los presupuestos y valorar las previsiones, la productividad, los índices de audiencia y las cuotas de mercado; ese tipo de cosas, ya me entiende.

– Bien -repuse con voz pausada y recelosa mientras trataba de escudriñar el futuro y calibrar lo que significaría la presencia de Caroline Davison en la empresa. Debería haberlo esperado, pero nunca me había pasado por la cabeza que alguien pudiera ocupar el puesto de P. W. Imaginaba que se conformaría con ser un socio comanditario, sin trabajar y retirando sus ganancias cada trimestre. En realidad P.W. nunca había hecho mucho más-. Bueno, supongo que se podrá arreglar. Tienes toda la documentación necesaria, ¿no?

– Por supuesto -contestó muy segura de sí-. No hay ningún problema. Esta misma tarde los traeré con la bici para que el departamento legal los repase. Pero lo que importa es que me encantaría trabajar aquí, no que me emplearan o me pagaran un sueldo. Me interesa trabajar en este canal.

– ¿Te refieres a salir en pantalla? -No me pareció una idea descabellada. Era joven, atractiva, inteligente; tal vez se convirtiera en la sustituta de Tara. ¿Dónde la pondría? ¿Como mujer del tiempo? ¿En las noticias? ¿Documentales?

– No, no me apetece salir en pantalla -repuso riendo-. Me gustaría trabajar entre bastidores. Quiero el puesto de James Hocknell.

Parpadeé. Pese a admirar su franqueza, me azoró su arrogancia.

– No lo dirás en serio.

– Sí, muy en serio.

– Pero te falta experiencia.

– ¿Que me falta experiencia, dice? -Me dirigió una mirada de asombro-. Durante nueve años he sido directora de una compañía importante, con una facturación anual de dieciséis millones de libras. Tengo a mi cargo unos seiscientos empleados. Administro…

– Careces de experiencia en los medios de comunicación, Caroline. Nunca has trabajado en un periódico ni en televisión ni en cine, ni siquiera has estado en una agencia de relaciones públicas. Tú misma me has contado que siempre te has dedicado a la venta al por menor. ¿Tengo razón o no?

– Sí, tiene razón, pero…

– Deja que te haga una pregunta -la interrumpí, levantando la mano para que guardara silencio. Se echó hacia atrás en su asiento con actitud enfurruñada y se cruzó de brazos como una niña consentida a quien se le hubiera negado un capricho-.

Imagina que una persona te pide ocupar un alto cargo en tu negocio; viene de una empresa muy exitosa pero de un ámbito completamente diferente, ¿la escucharías y considerarías su propuesta?

– Si la creyese competente para el puesto, sí. Le pediría que preparase…

– Caroline, espera. Contéstame a esta pregunta como si estuvieras en la posición a la que aspiras llegar. -Me incliné y junté las manos mirándola a los ojos-. ¿Qué harías en mi lugar?

Pensó la respuesta y finalmente decidió no contestar de forma directa.

– Soy una mujer inteligente, Matthieu -dijo-. Se me da bien mi trabajo y aprendo muy rápido. Y además tengo una parte importante de las acciones de la empresa -añadió en tono levemente amenazador: parecía convencida de que ese detalle inclinaría la balanza a su favor.

– Yo tengo más -repliqué sin titubear-. Y si Alan se pone de mi parte, y puedo asegurarte que lo hará, soy el accionista principal. Lo siento, pero es imposible. Es probable que James Hocknell fuera un desastre en muchas cosas, y quizá tuviese un final desagradable, pero era un profesional extraordinario y brillante. Gracias a él la compañía ha llegado donde está. No puedo arriesgarme a que se desperdicie el trabajo de tantos años. Lo lamento.

Suspiró y se retrepó en la silla. Pasó a tutearme:

– Dime una cosa, Matthieu: ¿tienes intención de seguir trabajando todos los días?

– No, santo cielo, no -repuse sinceramente-. Me gustaría que las cosas volvieran a ser como antes: venir una vez por semana y estar seguro de que he dejado a alguien competente capaz de solucionar cualquier problema que se presente. Sólo pido un poco de paz y tranquilidad. Soy muy viejo, ¿sabes?

– Qué tontería -respondió, y soltó una carcajada-. No seas ridículo.

– Créeme. No aparento la edad que tengo.

– Sólo te pido una oportunidad, Matthieu. Si no funciono, siempre podrás despedirme. Te propongo incluso que figure en mi contrato; de ese modo, llegado el caso no tendría ninguna posibilidad de demandarte. ¿Qué me dices? No puede ser más justo.

Eché la silla hacia atrás y miré por la ventana. En la acera, un niño pequeño esperaba junto a su madre a que cambiara el semáforo. No iban cogidos de la mano, y de repente el niño hizo amago de cruzar la calle; la madre lo agarró con presteza antes de que lo atropellara un coche y le dio una palmada en el trasero. El niño rompió a llorar. A esa distancia no lo oí, sólo distinguí su rostro congestionado y la boca abierta. Un espectáculo horrendo. Desvié la mirada.

– Se me ocurre una idea -anuncié de repente mientras me volvía hacia Caroline y me decía para mis adentros: «¡Qué diablos! ¿Por qué no intentarlo?»-. Al parecer, voy a ocuparme del trabajo de James durante una buena temporada. ¿Qué te parecería empezar como mi ayudante? Te enseñaré todo lo que sé, y después de unos meses podemos reconsiderar la situación y ver si realmente te gusta este trabajo. Quizá lo hagas tan bien que demuestres mi error. Tal vez vuelva tu padre y nos encontremos en la misma situación que al principio.

– Lo veo difícil, pero me parece una buena idea, al menos por el momento. Tengo una última pregunta.

– Dime.

– ¿Cuándo empiezo?

La noticia apareció en grandes titulares en las primeras páginas de los tabloides, e incluso en un par de periódicos serios. En una foto en color un poco descentrada se veía a Tommy y Barbra fundidos en un abrazo pasional, besándose en los labios con los ojos cerrados, felizmente ignorantes del paparazzo que los enfocaba con su cámara desde lejos. Estaban en un oscuro rincón de una discoteca de famosos; Tommy iba muy elegante con lo que parecía haberse convertido en su atuendo habitual: chaqueta y camisa negras, mientras que Barbra, vestida con una sencilla blusa blanca y falda pantalón, aparentaba unos cuantos años menos. Tommy apoyaba una mano en la larga melena rubia de la mujer mientras la besaba; los cuerpos no podrían haber estado más juntos sin consumar el acto allí mismo, y toda la escena era la viva imagen de la lujuria. Los cronistas apenas podían disimular su entusiasmo.

– No sé cómo ocurrió exactamente -me contó Tommy mientras tomábamos unos capuchinos en una cafetería de Kensington High Street, ocultos detrás de un helecho para evitar las miradas curiosas-. Son cosas que pasan. Quedamos, empezamos a hablar, una cosa llevó a la otra y nos besamos. Ahora suena raro, lo sé, pero en ese momento me pareció normal.

– Qué quieres que te diga -repuse sonriendo; me hacía gracia su expresión de niño contento consigo mismo-, podría ser tu madre.

– Podría, pero no lo es.

– ¿Qué pasa? ¿Los famosos sólo se acuestan con otros famosos o qué? -pregunté, y solté una carcajada; el mundo en que vivía mi sobrino me intrigaba-. Explícamelo, por favor. ¿Por eso los famosos quieren ser famosos?

– No siempre. Andrea, por ejemplo. Ella no es famosa.

– Bueno, todavía no, eso es verdad; pero espera un poco y verás.

Andrea, la novia del momento de Tommy, estaba embarazada de dos meses, como mi sobrino acababa de anunciarme. Se habían conocido en una entrega de premios de la televisión; Andrea trabajaba como ayudante de técnico de sonido para el canal que emitía la ceremonia. Según Tommy -bueno, según me dijo que le había contado Andrea-, cuando se conocieron la joven no tenía idea de quién era DuMarqué, pues no había visto ningún capítulo de su serie. Parecía increíble, sobre todo para alguien que trabajaba en medios audiovisuales, pero la chica no tenía televisor.

– Es verdad -añadió Tommy-. No hay una tele en todo el piso. Eso sí, tiene muchísimos libros. Es diferente de las otras chicas. No le interesa quién soy.

No me convencía. Aun cuando fuera verdad que no tenía televisión, seguía siendo inconcebible que existiera en el país una sola conciencia donde no se hubiera colado el nombre deTommy DuMarqué. Sus constantes apariciones en el mundo del ocio -televisión, eventos musicales y teatrales, la revista Hello!- lo habían convertido en los últimos años en una figura omnipresente; cualquier persona que tuviese ojos y oídos no podía evitar tropezarse una y otra vez con su nombre y su imagen. Pero resultaba que la tal Andrea, esa técnica de sonido de veinticuatro años embarazada, afirmaba exactamente eso.

– Es muy buena tía -añadió Tommy, defendiéndola con su habitual escasez de superlativos-. Es simpática, y confío en ella.

– ¿La quieres?

– Dios mío, no.

– Pero seguís juntos.

– Claro. Vamos a tener un hijo, ¿lo recuerdas?

– Lo recuerdo. -«Y con él has firmado tu sentencia de muerte», podría haber añadido, pero no lo hice; en cambio, cogí el periódico de nuevo y lo agité-. Y esto, ¿qué? ¿Cómo lo explicas? ¿Qué le dices a Andrea?

– No tengo que explicarle nada. -Tommy se encogió de hombros y revolvió el capuchino con la cucharilla distraídamente-. No estamos casados, ¿entiendes? Estas cosas ocurren; somos jóvenes. ¿Qué vas a hacer?

– Yo no voy a hacer nada, Tommy, pero me gustaría saber por qué te enredas cada vez más con una chica a la que no amas, y por qué vas por ahí besándote con estrellas de cine que te doblan la edad. Me parece que si la tal Andrea te quisiese de verdad se habría ofendido por tu comportamiento.

– Deja de llamarla «la tal Andrea», por favor.

– Andrea, a quien tú, un actor de televisión rico y famoso, has dejado embarazada. Me pregunto qué cualidades personales vio en ti cuando te echó el ojo -añadí, sarcástico.

Tommy parecía irritado y titubeó antes de contestar, en un tono ligeramente más alto:

– Famoso puede, pero ¿rico? No tengo un penique, lo sabes perfectamente; tú más que nadie. No está conmigo por mi dinero, ¿entiendes?

– Tommy, tu posición es única. Quizá en este momento no nades en la abundancia, pero si quisieras podrías ganar mucho dinero. Perteneces a la flor y nata del mundo del espectáculo. Eres una estrella. Hay muchas personas a quienes no conoces y jamás conocerás que te admiran, sueñan contigo y tienen fantasías sexuales en las que apareces como protagonista. La gente paga por verte. ¿No te das cuenta? Si mañana dejaras entrar a los fotógrafos en tu elegante salón, te embolsarías cien mil libras.

– No tengo un salón elegante.

– ¡Pues consigue uno, por el amor de Dios! Cómpralo por catálogo, y una vez lo tengas invita a un fotógrafo para que haga unas tomas. Si quieres ganar dinero, aprovéchate de tu fama mientras la tengas, chico.

Pensé que me estaba yendo por las ramas, ya que después de mencionar la foto con Barbra había pasado a tratar el tema de Andrea y ahora estaba dándole consejos financieros gratis. Me recliné en el asiento y miré alrededor. Era media tarde y el local estaba casi vacío. Entre los clientes reconocí a un secretario de Estado que, sentado a una mesa, hablaba animadamente con su amante (hacía poco lo había visto en una fotografía -que circulaba de mano en mano- donde era la parte posterior de un caballo de pantomima. Por desgracia, la parte delantera del caballo había olvidado vestirse; hubo un conato de escándalo, pero al final todo quedó en nada, pues ningún periódico quiso publicarla). Sentada a otra mesa había una pareja de mediana edad; comían pasteles y bebían té en silencio, como si ya se hubieran dicho todo lo que habían de decirse en la vida y sólo les quedara seguir adelante. Una pareja de adolescentes granujientos armaba alboroto en otra mesa. En la camiseta del chico se leía: «Mi nombre es Warren Rimbleton y gané ocho millones de libras en la lotería de marzo. ¡Y tú no!» Llevaba tanto oro y joyas encima que sospeché que esa afirmación era verdad. Aparté la mirada cuando empezaron a besuquearse de un modo extraño y torpe (más bien parecían estar mascando caramelos). Mi sobrino se rascaba el antebrazo y se había subido la manga por encima de la muñeca. Advertí que tenía unas marcas raras.

– ¿Qué tienes ahí?

– ¿Qué? -Tommy se abrochó el puño precipitadamente.

– Esas marcas del brazo… ¿De qué son?

Se encogió de hombros y se sonrojó, moviéndose inquieto en la silla.

– Nada, no son nada… Estoy dejándolo, ¿vale? -añadió de forma incongruente.

No daba crédito a mis ojos. Me aproximé a él y bajé la voz.

– Viste cómo acabó James Hocknell, ¿verdad? De repente…

– James no era más que un viejo chocho que se chutó para impresionar a una putita adolescente que acababa de conocer en la calle. No tenía ni idea de lo que estaba haciendo.

– Sí, y por eso la palmó.

– No voy a morir, tío Matt.

– Seguro que él pensaba lo mismo.

– Mira, de todas formas no lo hago a menudo. La televisión estresa mucho; alguna vez he de relajarme, ¿entiendes? Sólo tengo veintidós años y sé exactamente cuánto puedo chutarme sin pasarme. Confía en mí, ¿vale?

– Me preocupo por ti, Tommy -le confié en un arrebato conciliador-. No me gustaría que te pasara nada malo. Lo entiendes, ¿verdad?

– Sí, y te lo agradezco.

– Ese niño que está en camino… no anuncia nada bueno.

– Es sólo un niño, tío…

– Lo he visto demasiadas veces. Deja de dragarte, por favor. ¿Serás capaz? No sigas el mismo camino que tus antepasados. Y espabila, muchacho, que ya va siendo hora.

Tommy se levantó y arrojó unas monedas sobre la mesa, como si quisiera demostrarme algo.

– Pago yo. Tengo que irme, me esperan en el plato dentro de veinte minutos. No te preocupes por mí. Sé cuidarme.

– Ojalá pudiera creerte.

Permanecí sentado contemplando cómo la gente se volvía al reconocer a Tommy mientras éste salía del local. Se les iluminaba la cara, como si el encuentro hubiera aportado a sus vidas un poco de felicidad, y parecían ansiosos por contárselo a sus amigos. Y él no se daba cuenta de lo importante que era para aquellos perfectos desconocidos, y no digamos para mí.

13

Trabajo con Dominique

A menudo me propuse averiguar, sin éxito, el origen del nombre del pueblo donde fuimos a parar, Cageley, palabra derivada de «jaula». No obstante, sigue siendo uno de los lugares que conozco cuyo nombre se ajusta más a la realidad: puedo asegurar que en mis doscientos cincuenta y seis años rara vez he estado en una población donde me sintiera tan enjaulado, tan atrapado, como en esa pequeña aldea. Al llegar, lo primero con que uno topaba era la verja de hierro levantada en los límites del pueblo, por la que tenía que pasar todo el tráfico rodado. Era una vista inusual y extrañamente innecesaria, pues la verja estaba sólidamente plantada en el suelo a un lado y otro del camino y siempre abierta, aunque tampoco habría cambiado nada si la hubiesen cerrado, pues uno podía rodearla y entrar en el pueblo por ambos lados.

Era una población autosuficiente, de quinientos o seiscientos habitantes, todos los cuales parecían contribuir en algo al bien común. Había varias tiendas de ultramarinos, un herrero y, en el centro, un mercado donde los niños de los granjeros se pasaban el día vendiendo sus productos a otras familias del lugar. También contaban con una iglesia, una escuela pequeña y un ayuntamiento donde se representaban obras de teatro y se celebraban conciertos y diversas actuaciones.

Los señores Amberton nos invitaron a pasar la primera noche en su casa. Estábamos tan agotados que nos fuimos directos a la cama. Se trataba de una vivienda muy grande para dos personas solas, y para mi decepción tenían una habitación lo bastante espaciosa para que Tomas y yo durmiéramos juntos, y otra más pequeña para Dominique. A la mañana siguiente, la señora Amberton se ofreció a enseñarnos el pueblo por si decidíamos quedarnos a vivir allí en lugar de continuar viaje a Londres. En cuanto di una vuelta por la aldea y contemplé ese entorno supuestamente idílico, lleno de familias felices y satisfechas que gozaban de relativa prosperidad, me entraron ganas de quedarme. También Dominique, a juzgar por su expresión, parecía embelesada por el porvenir de insospechada estabilidad que se abría ante sus ojos.

– ¿Qué piensas? -pregunté mientras avanzábamos por una callejuela; la señora Amberton iba unos pasos por delante con mi hermano pequeño de la mano-. No se parece en nada a Dover.

– Es verdad. Aquí no podrías continuar con tu antiguo estilo de vida. Todos parecen conocerse, y si robaras seguro que nos ahorcarían.

– Hay otras formas de ganarse la vida. En este pueblo hay trabajo, ¿no crees?

No contestó, pero yo estaba seguro de que le gustaba lo que veía. Al final convinimos en que nos quedaríamos un tiempo y empezaríamos a buscar trabajo enseguida. Los Amberton se mostraron encantados cuando les comunicamos la noticia -me sentí un poco como un pardillo al que intentaran captar en una secta- y nos ofrecieron vivir en su casa y empezar a pagarles en cuanto encontráramos un empleo. Aunque ambos me parecían tan repulsivos como sus modales y costumbres, y aunque ya entonces intuía que estaba llamado a vivir otras experiencias, no tenía más remedio que aceptar. Al fin y al cabo, su propuesta era muy generosa, pues no podíamos saber cuándo empezaríamos a cobrar un sueldo. Las dos primeras noches los cinco nos sentamos juntos frente a la chimenea de la casa; Tomas dormía mientras Dominique pensaba en sus cosas y yo escuchaba a nuestros anfitriones relatar con lujo de detalles su vida en común. Amberton amenizaba la conversación con continuas toses, escupitajos al fuego y largos tragos de whisky. Me pareció que se estaban encariñando con nosotros y empezaban a tratarnos como a los hijos que nunca habían tenido; lo notaba en el modo en que nos miraban, sobre todo a Tomas, y para mi sorpresa sentí que me gustaba esa sensación. Hasta entonces no había conocido una familia tan unida y feliz como la que formamos la breve temporada que pasamos con los Amberton, y en toda mi larga vida no he vuelto a experimentar nada parecido.

– El padre de mi mujer no quería que me casase con ella -nos contó Amberton una noche-. Tenía muchas pretensiones, ¿sabéis?, y no siempre se cumplieron.

– Pero era un buen hombre -intervino ella.

– Quizá lo fuera, querida, pero tenía unas aspiraciones desmedidas para haberse pasado media vida ordeñando vacas; recuerda que cuando recibió la pequeña herencia que le dejó la anciana tía de Cornualles ya estaba en la cincuentena.

– ¡Mi tía abuela Mildred! -rememoró la señora Amberton-, Vivió sola toda su vida y siempre vistió igual. Llevaba un vestido negro y zapatos rojos, y cuando tenía compañía se ponía guantes. Dicen que estaba un poco trastornada, al parecer por un triste episodio que había vivido en su juventud, pero yo, si queréis saber mi parecer, siempre he pensado que le gustaba ser el centro de atención.

– Como quiera que fuese, el caso es que dejó todo su dinero al padre de mi esposa -continuó Amberton-, y desde entonces cualquiera que lo viese habría jurado que era un miembro de la aristocracia rural. «¿Y cómo piensas mantener el nivel de vida al que está acostumbrada mi hija?», me preguntó la noche en que fui a pedirle la mano de mi mujer. «Pero si acabas de salir del cascarón, chico.» Entonces le conté mis planes y que me proponía entrar en el mundo de la construcción en Londres; pensad que por entonces podía ganarse mucho dinero en ese negocio, y él va y se pone a olisquear el aire como si yo hubiera soltado alguna ventosidad, cosa que no había hecho, y luego me dice que no soy un buen partido y que mejor me busque la vida en otra cosa, y que vuelva cuando tenga un porvenir más halagüeño.

– ¡Igual que si hubiera ido a pedir trabajo! -exclamó la señora Amberton, como si la respuesta de su padre aún la sulfurara al cabo de tantos años.

– Al final nos escapamos, nos casamos y marchamos a Londres. Durante un tiempo su padre apenas nos dirigió la palabra, pero después pareció olvidarlo todo. Bueno, no todo, porque se acordaba del jamón que se había zampado en nuestro banquete de bodas; solía decir que le había ocasionado un terrible dolor de estómago.

– Al final se volvió un poco… -murmuró la señora Amberton, dándose golpecitos en la sien con un dedo para no pronunciar la odiosa palabra-. A veces se creía Jorge II; otras, Miguel Ángel, y no sé cuántos personajes históricos más. Siempre pienso que cualquier día va a pasarme lo mismo.

– No digas eso, querida -dijo su marido-. Es una idea terrible, de verdad. En caso de que ocurriera me vería obligado a abandonarte.

– De modo que cuando mi padre pasó a mejor vida -continuó ella-, heredamos un poco de dinero y vinimos a vivir a Cageley, donde mi marido montó la escuela. Mi hermana vive con su esposo en el pueblo vecino, y yo quería estar cerca de ellos. Mi marido goza de una enorme popularidad entre los niños, ¿verdad, cariño?

– Me gusta pensar que es así -repuso muy orondo el señor Amberton.

– Ahora tiene cuarenta alumnos. Esos niños están recibiendo la mejor educación posible al tenerlo a él como profesor. Qué buen futuro les espera, ¿eh?

En esa alegre cháchara transcurrieron nuestras primeras noches; era como si al contarnos su vida los señores Amberton nos facilitaran nuestra adaptación a una vida familiar que acabábamos de estrenar. Y por mucho que me horrorizaran ese parloteo sin fin y las toses, las ventosidades, los escupitajos y eructos del hombre, no podía negar que cada vez me encontraba más a gusto con aquel matrimonio. Ahora pienso que si no fuera porque al final ocurrió lo que tenía que ocurrir, me habría quedado allí para siempre. Con dieciocho años cumplidos conseguí un empleo y me inicié en el inhóspito mundo del trabajo legal.

A las afueras de Cageley se alzaba una gran mansión propiedad de sir Alfred Pepys. Él y su mujer, lady Margaret, constituían la aristocracia local y eran muy respetados en el pueblo, pues la familia llevaba más de trescientos años allí. Eran banqueros muy acaudalados y, aparte de la propiedad de Cageley, que tenía ciento veinte hectáreas, poseían una mansión en Londres y una casa en las Tierras Altas de Escocia, además de un sinfín de pequeñas propiedades en otras partes de Inglaterra. Pocos años antes de nuestra llegada al pueblo, sir Alfred y su mujer se habían trasladado a la casa solariega después de dejar sus negocios en Londres en manos de sus tres hijos varones, quienes los visitaban de vez en cuando. La pareja disfrutaba de una vida tranquila en la que la caza y la equitación constituían sus únicas actividades extravagantes. En cuanto a su relación con los lugareños, ni los trataban de forma despótica ni establecían vínculos más allá de la mera cortesía.

El señor Amberton consiguió sendos trabajos para Dominique y para mí en la mansión como ayudante de cocina y mozo de cuadra respectivamente. No cobraríamos mucho, pero al menos tendríamos un sueldo, y nos alegramos de poder ganarnos la vida honradamente. Mi supuesta hermana se alojaría en las dependencias del servicio, mientras que yo seguiría viviendo en casa de los Amberton. A diferencia de mí, a quien este arreglo no podía disgustar más, Dominique estaba encantada de conseguir un grado de independencia que ansiaba desde hacía tiempo. Tomas empezó a asistir a la escuela del señor Amberton y demostró tener gran facilidad para la lectura y el teatro, lo que me consoló un poco de todo lo demás. Amenizaba la velada contándonos lo que había ocurrido durante el día y acompañaba sus relatos con perfectas caricaturizaciones no sólo de sus condiscípulos, sino también de su profesor y casero. Al parecer poseía el talento para el teatro que a su padre desgraciadamente le había faltado.

El día empezaba a las cinco de la mañana, cuando me levantaba y recorría los veinte minutos que había entre la casa de los Amberton y los establos de Cageley House. Junto con otro palafrenero de mi edad, Jack Holby, preparábamos el desayuno de los ocho caballos antes de dar cuenta del nuestro, y a continuación pasábamos unas horas almohazando y cepillando a los animales hasta que les dejábamos el pelaje brillante. Sir Alfred salía a cabalgar por la mañana y exigía que sus caballos estuvieran impecables. Nunca sabíamos cuál escogería ni si llegaría acompañado de algún invitado, así que nos esforzábamos porque todos y cada uno de ellos tuviera un aspecto inmejorable. Creo que en la época que Jack y yo trabajamos allí no había un caballo mejor cuidado en toda Inglaterra. Hacia las once teníamos una hora libre para comer algo en las cocinas y después nos sentábamos al sol y fumábamos una pipa durante veinte minutos, un hábito afectado en el que Jack me había iniciado.

– Cualquier día ensillaré un caballo, lo montaré y me largaré de aquí -dijo Jack en una ocasión, apoyado contra una bala de heno con una taza de té humeante en las manos. Dio una calada a su pipa y añadió-: Será la última vez que vean a Jack Holby por aquí.

Tendría unos diecinueve años y exhibía una melena dorada y lacia que le ocultaba buena parte de la cara, por lo que, en un gesto instintivo de acicalamiento, debía quitarse el pelo de los ojos continuamente. No entendía por qué no se cortaba el flequillo y acababa de una vez.

– Pues a mí me gusta estar aquí -repuse-. Todo esto es nuevo para mí. Nunca había trabajado hasta ahora, y la verdad es que no está tan mal.

Era sincero: la rutina diaria, la conciencia de que debía realizar las mismas tareas todos los días y que a cambio me pagarían, me reconfortaba. El viernes por la tarde, el día de la paga, era el ser más feliz de la tierra.

– Lo dices porque todavía es una novedad para ti. Yo no he hecho otra cosa desde los doce años, y ya he ahorrado lo suficiente para largarme de aquí. Te lo advierto, Mattie, en cuanto cumpla veinte me las piro.

Los padres de Jack trabajaban en la mansión, el señor Holby como segundo mayordomo y su madre de cocinera. Ambos eran personas muy agradables, pero apenas los veía. Jack, por su parte, me tenía fascinado. Aunque sólo me llevaba un año o dos y había vivido en un ambiente protegido, parecía mucho más maduro que yo y consciente de adonde quería llegar. Eso era lo que nos diferenciaba fundamentalmente: Jack era muy ambicioso debido a la existencia apacible y sin cambios que había tenido durante tantos años, mientras que yo carecía de objetivos. Holby había vivido en Cageley House lo suficiente para saber que no quería trabajar en una cuadra el resto de sus días; yo, en cambio, llevaba demasiado tiempo dando tumbos para valorar un poco de estabilidad. Nuestras diferencias nos acercaron en lugar de alejarnos, y pronto nos hicimos muy amigos. Jack era el primer chico de mi edad que conocía que no robaba, y sólo por eso merecía toda mi admiración. En lugar de dejarse arrastrar por la pereza y la avaricia como mis antiguos compinches y yo, él soñaba.

– Te diré cómo es este lugar en realidad -prosiguió-. Por un lado hay treinta personas trabajando como burros para mantener la casa y la finca en perfectas condiciones, y por el otro están los dos señores, sir Alfred y su mujer. ¡Treinta personas trabajando para dos! ¿Qué te parece? Ah, y de vez en cuando viene de visita cualquiera de sus estirados hijos, que nos tratan como si fuéramos bosta de caballo… No los soporto.

– Aún no he visto a ninguno.

– Ni falta que te hace, créeme. El mayor, David, es un tipo larguirucho que está siempre en la luna; va de un lado a otro y jamás se rebaja a hablar con el servicio. El mediano, Alfred Junior, es todavía peor, pues es religioso. Nunca he conocido a nadie que te hable de una forma tan condescendiente; es como si pensara que lo suyo es conversar con el Altísimo y no con simples pecadores. Y en cuanto al menor, Nat, es el más impresentable, un auténtico canalla. Lo he comprobado en más de una ocasión. Una vez se encaprichó con mi Elsie y no dejó de molestarla hasta que ella cedió. Después la dejó y ahora ni siquiera le dirige la palabra. Ella lo odia, pero ¿qué quieres que haga? No tiene adonde ir y no puede dejar el trabajo. Más de una vez he pensado en matarlo, pero he decidido que no voy a sacrificar mi vida por la suya, no señor, eso sí que no. Me gusta Elsie, pero no tanto. Uno de estos días el señorito recibirá su merecido, ya lo verás.

Elsie, que trabajaba como chica de la limpieza en la mansión, había sido novia de Jack. Según me contó mi amigo, Nat Pepys se había insinuado a la joven en una de sus visitas a Cageley; y durante varios fines de semana había regresado con regalos para engatusar a la joven, hasta que al fin logró salirse con la suya. Todo ese asunto había hecho mella en Jack, no porque estuviera enamorado de Elsie -en realidad no lo estaba- sino porque le asqueaba ver que Nat podía conseguirlo todo gracias al dinero, mientras que él estaba atascado en un establo paleando mierda de caballo. Pero lo que más rabia le daba era que el hijo de su patrón ni siquiera sabía que existía. El rencor lo consumía, a tal punto que no podía dormir pensando en el día que dejaría Cageley para empezar una nueva vida.

– Y entonces nunca volverán a darme órdenes.

Por mi parte rezaba para que no se fuese, pues empezaba a valorar mucho nuestra amistad. Trabajaba con ahínco y ahorraba un poco cada semana por si algún día me sentía tan mal como Jack y necesitaba marcharme; no quería verme obligado a empezar de cero una vez más.

Echaba de menos a Dominique; era la primera vez que no vivíamos bajo el mismo techo desde nuestro encuentro en el barco rumbo a Dover. El domingo por la noche venía a cenar a casa de los Amberton, y me parecía que a medida que pasaban las semanas nos distanciábamos más y más, pero no sabía cómo evitarlo. Sin embargo, raro era el día que no nos veíamos, pues Jack y yo siempre comíamos en la cocina y muchas veces era la misma Dominique quien nos preparaba el almuerzo, dado que formaba parte de su trabajo. Recuerdo que siempre procuraba servirnos raciones generosas. Trabó amistad con Jack, aunque creo que éste encontraba intimidante su belleza y un poco extraño el hecho de que ella y yo fuésemos «parientes».

– Tu hermana es muy guapa -me confió un día-, aunque un poco delgada para mi gusto. No os parecéis mucho…

– No, la verdad es que no -repuse, dando por terminada la conversación.

Los Amberton estaban fascinados por la vida que llevábamos en la mansión; de hecho, les cautivaba la mera presencia de unos aristócratas en la vecindad. A Dominique y a mí nos asombraba comprobar que dos aldeanos podían albergar semejante temor reverencial hacia un hombre y su mujer. Por muy absurdo que nos pareciera, el domingo por la noche siempre respondíamos al interrogatorio a que nos sometían en relación con nuestros patrones, como si cada dato que les proporcionáramos los acercara un poco más al paraíso.

– Me han contado que en su habitación lady Margaret tiene una alfombra de más de cinco centímetros de grosor y ribeteada en piel -dijo la señora Amberton.

– Nunca he entrado en su habitación -respondió Dominique-, pero, por lo que sé, la señora prefiere el entarimado desnudo.

– No sé quién me dijo que sir Alfred posee una colección de armas tan amplia como la del ejército británico -comentó el señor Amberton-, por no mencionar la de un museo de Londres, y que ha contratado a un hombre sólo para que las limpie y pula todos los días.

– Pues la verdad es que no lo sé -repuse-. Nunca la he visto.

– También he oído decir que cuando sus hijos los visitan, hacen que les preparen un cochinillo a cada uno y que sólo beben vinos añejos de más de un siglo.

– David y Alfred Iunior apenas comen -dijo entre dientes Dominique-. Y los dos afirman que el alcohol es obra del demonio. Al hijo menor todavía no lo conozco.

Después de cenar en casa de los Amberton, acompañaba a Dominique de vuelta a la mansión; ése era el único rato de la semana que pasábamos a solas. Caminábamos despacio y en las noches cálidas nos deteníamos a descansar en la orilla del lago. Para mí era el mejor momento de la semana, pues podíamos ponernos al corriente de nuestras vidas sin preocuparnos de que alguien nos oyera ni tener que mirar el reloj continuamente.

– No recuerdo haber sido tan feliz en toda mi vida -me contó una noche mientras caminábamos con el perro de los Amberton, Brutus, que correteaba alrededor produciendo el mismo ruido que sus dueños-. Es un lugar tan tranquilo… Nunca pasa nada, todo es agradable. Podría quedarme aquí para siempre.

– Al final las cosas cambiarán, ya lo verás. Aunque queramos no podemos quedarnos aquí para siempre. Después de todo -añadí, repitiendo las ideas que Jack había logrado inculcarme-, no queremos ser lacayos el resto de nuestra vida, ¿no? Podríamos hacer fortuna en otra parte.

Suspiró y no respondió. Me di cuenta de que a menudo pensaba en Dominique, Tomas y yo como «nosotros». El sólido núcleo familiar que habíamos formado en el pasado se había deshecho un poco debido a la nueva situación en Cageley. Sabía que había aspectos de la existencia de Dominique que yo ignoraba. A veces me hablaba sobre las nuevas amistades que había entablado en la casa y en el pueblo y de los ratos que pasaban juntos; como es natural, al no ser yo más que un simple palafrenero, quedaba excluido de esa vida. Le conté cosas acerca de Jack y le propuse que organizáramos una merienda campestre con éste y Elsie. Aunque se mostró conforme, advertí que en el fondo la idea no la atraía. Nos estábamos distanciando y eso me angustiaba. Temía llegar una mañana a Cageley House y descubrir que la noche anterior Dominique se había ido para siempre.

Una luminosa tarde de verano, mientras limpiábamos los establos, se presentó el señor Davies, el mayoral de la cuadra, de quien Jack y yo recibíamos órdenes. Era un hombre insípido de mediana edad, pasaba la mayor parte del día -o al menos eso me parecía- sentado a la mesa de la cocina escribiendo pedidos, y rara vez nos dirigía la palabra. Dejaba que Jack se encargara de la cuadra como mejor le parecía y, aunque mantenía el control nominal, toda pregunta o duda pasaba por mi amigo.

Ivi desdén que sentía hacia todos los empleados de la casa saltaba a la vista, aunque él también era un simple asalariado. Siempre que podía evitaba hablar con nosotros, y cuando lo hacía era para señalar nuestros errores. En una ocasión se desató un fuego en la cocina que echó a perder todos los platos que se habían cocinado. El señor Davies no nos quitó el ojo de encima durante lodo el día, hasta que al final se acercó y murmuró «Al menos no lia sido culpa mía», como si a Jack o mí nos importase. Su mayor deseo era que lo consideráramos un superior, un mayoral competente, y no podía estar más lejos de esa aspiración. Por tanto, nos sorprendió que esa tarde se acercara y nos ordenase que dejáramos la horca un instante porque tenía algo importante que comunicarnos.

– La próxima semana vendrá el hijo de sir Alfred a pasar unos días con unos amigos. Van a organizar una cacería y durante su estancia deberéis cuidar unos cuantos caballos más. Ha dejado bien claro su deseo de que tengan un aspecto inmejorable por la mañana, de modo que tendréis que trabajar aún más duro.

– Es imposible que tengan un aspecto mejor que el que tienen ahora -replicó Jack con aspereza-. Así que no pida más, porque no puede mejorarse. Si no le gusta como están, pruebe usted mismo.

– Bueno, pues entonces tendrás que quedarte más rato trabajando para que los otros caballos también reciban el fantástico trato que les das, ¿no crees, Jack? -dijo el señor Davies sarcásticamente, esbozando una sonrisa y enseñando sus dientes rotos-. Porque ya sabes cómo se pone el señorito cuando insiste en algo, sobre todo si viene con sus amigos. Y, además, él es el amo. Quien paga manda, no lo olvides.

«También es tu amo», pensé. Jack gruñó y negó con la cabeza como si la palabra «amo» lo ofendiera.

– ¿Cuál de ellos es? -preguntó-. ¿David o Alfred Junior?

– Ninguno de los dos -respondió Davies-. Es el menor, Nat. Al parecer cumple veintiún años o algo así y por eso ha decidido organizar la cacería.

Jack maldijo entre dientes y dio una patada al suelo de pura frustración.

– Ya sé yo lo que le regalaría a ése para su cumpleaños -masculló, pero Davies fingió no oír nada.

– Más tarde os daré vuestro horario para la semana que viene -dijo-. Y no os preocupéis, que el viernes os pagarán un poco más. De modo que nada de acostarse tarde, ¿eh? Necesitaremos que estéis bien despiertos.

Cuando se marchó me encogí de hombros. No tenía ninguna objeción. Disfrutaba con mi trabajo y estaba encantado con lo que había mejorado mi cuerpo gracias al esfuerzo físico: mi pecho era más ancho y mis brazos más fuertes. Los Amberton habían comentado mi transformación y admiraron lo guapo que me había vuelto. Ya no era el muchacho esquelético que había llegado allí unos meses antes, y hasta algunas chicas del pueblo me dirigían miradas coquetas. Ahorrar unas libras más no me haría ningún daño. Además, era la primera vez en mi vida que me sentía realmente adulto y desde luego la sensación me gustaba. Fue una suerte que me sintiese así, porque comportándome de forma infantil no habría conseguido sobrevivir a mi primer encuentro con Nat Pepys.

14

El Terror

Un año crucial en mi vida fue 1793, pues creo que entonces dejé de envejecer físicamente. No logro precisar la fecha exacta ni asociar ese fenómeno a un acontecimiento concreto -tampoco estoy seguro de que fuera ese año-, pero recuerdo que alrededor de esa fecha la tendencia natural de mi cuerpo a deteriorarse se detuvo. También fue en 1793 cuando tuve una de las experiencias más desagradables de mi vida. El suceso me marcó tanto que sólo de recordar cómo acabó el año me invade una profunda amargura respecto a la condición humana. Aun así, por desagradable que me resultara, sigue siendo una de las épocas más memorables de mi vida.

En 1793 cumplí cincuenta años y, salvo por mi acatamiento a penosas modas de entonces, como llevar el pelo largo y recogido en una coleta o vestir trajes ridículos y amanerados, entre mi aspecto de esos días y el de hoy, doscientos seis años más tarde, apenas hay diferencia. Con el tiempo seguí midiendo el metro ochenta y cuatro que había alcanzado en mi juventud; mi peso normal, que oscilaba entre ochenta y seis y cien kilos, se estancó en unos satisfactorios noventa y tres, y la piel no se ajó ni arrugó como en las personas de mi edad; hacía tiempo que había perdido pelo y encanecido, lo que me daba un aire distinguido que no dejaba de complacerme. En general me instalé en una mediana edad más que satisfactoria que aún no he superado. De modo que en 1793, cuando la Revolución francesa llegó a su punto culminante, inicié el proceso que me convertiría en un ladrón de tiempo.

Hacía veinte años que vivía en Inglaterra, aunque mi trigésimo cumpleaños me había sorprendido en el continente, donde llevaba casi una década trabajando en instituciones bancarias y no me había ido del todo mal. Entonces volví a Londres y tras un par de negocios exitosos invertí con acierto y entablé amistades influyentes en el mundo de la banca que apoyaron mis iniciativas. No tardé en comprar una casa y reunir un capital considerable que me producía cuantiosos réditos. Trabajé de firme y gasté con inteligencia. Mi principal preocupación durante esos años era conseguir una vida cómoda, y jamás dediqué un pensamiento a mi felicidad personal o espiritual. Mis únicas ocupaciones consistían en trabajar y ganar dinero, pero al cabo de un tiempo comprendí que eso no bastaba y que buscaba algo más.

Nunca había pensado quedarme en Londres para siempre, y al cumplir los cincuenta empecé a arrepentirme de no haber viajado más. En ese momento no podía evitar sentir que mi existencia se dirigía plácidamente hacia su fin, pues entonces no era habitual sobrepasar el medio siglo de vida, y a veces me reprochaba no haber aprovechado más mi juventud para conocer mundo. Cuando examinaba mi vida, veía dinero donde debería haber habido una familia feliz, y eso me deprimía. Qué poco imaginaba entonces las muchas relaciones amorosas que me depararía el destino, los numerosos viajes que emprendería y los incontables años que tenía por delante. Entonces lo único que pensaba era que había malgastado mi vida.

En Londres vivía en una casa demasiado grande para mí solo, de manera que hacía unos meses había dejado que mi sobrino se trasladara a vivir conmigo. Tom era mi primer sobrino verdadero, el hijo de mi medio hermano, con quien había viajado a Londres en 1760, y, como la mayoría de sus descendientes, se trataba un chico problemático que no hacía nada por salir adelante. Al contrario, iba de un trabajo a otro hasta que se hizo demasiado mayor para aspirar a algo mejor. Creo que esperaba mi muerte para heredar (cuán lejos estaba de imaginar, pobre infeliz, que podía confiar en eso menos aún que en todo lo demás). Una noche en que me sentía especialmente abatido por los derroteros que había tomado mi existencia, estaba en casa con Tom y nos pusimos a fantasear con la idea de emprender un viaje juntos.

– Podríamos ir a Irlanda -sugirió él-. No está lejos y sería muy agradable pasar una larga temporada allí. Siempre he querido vivir en el campo.

Negué con la cabeza.

– No me parece un buen lugar. Es pobre y deprimente, y no para de llover. El mal tiempo perjudica la salud. Aún me entristecería más de lo que estoy.

– ¿Y Australia?

– Todavía peor.

– Entonces vayamos a África. Hay un continente entero por explorar.

– Hace mucho calor y es demasiado atrasado. Ya me conoces, Tom, me gustan las comodidades. Soy europeo hasta la médula, y al otro lado del Canal es donde me siento más feliz. Aunque admito que he estado en pocos lugares.

– Pues yo nunca he salido de Inglaterra.

– Eres joven y tienes mucho tiempo por delante.

Tom se quedó callado, pensando en mis palabras. Al fin y al cabo era yo quien pagaría el viaje, y tal vez le avergonzaba proponer un destino, o tal vez no.

– Podríamos ir a algún país europeo -murmuró al rato-. Hay mucho que ver. ¿Qué tal Escandinavia? Suena muy bien.

Estuvimos discutiendo un rato más hasta que al fin llegamos a un acuerdo. Pasaríamos seis meses viajando por Europa, visitando los lugares de interés arquitectónico, las galerías de arte y los museos. Tom sería mi acompañante y secretario, ya que durante el viaje tendría que seguir ocupándome de mis negocios, habría que redactar cartas, convocar reuniones y levantar actas. Para tratarse de un Tomas, debo reconocer que era bastante eficiente, y pensé que podía confiarle con toda tranquilidad esas tareas.

Unos meses más tarde, mientras tomábamos el fresco en la terraza de un hotel de Locamo, Suiza, tras una ardua jornada subiendo y bajando montañas en compañía de unas damas que habían demostrado mucha más energía y devoción por la causa que cualquiera de nosotros dos, Tom expresó su deseo de visitar Francia. Sentí un escalofrío. Francia era el último lugar del mundo al que quería ir por todos los malos recuerdos que me despertaba, pero Tom insistió.

– Después de todo, soy medio francés -argumentó-. Me gustaría conocer el lugar donde creció mi padre.

– Tu padre creció en Dover y luego en un pueblo pequeño llamado Cageley -repliqué malhumorado-. Para eso deberíamos habernos quedado en Inglaterra, pues ya sabes que tu padre se marchó de París cuando era niño.

– Pero allí nació y vivió sus primeros años. Además, mis abuelos eran franceses, ¿no?

– Sí -admití a regañadientes-. Lo eran.

– Y tú eres un francés de pura cepa. Desde que te marchaste de allí siendo un niño no has vuelto. Seguro que te mueres de ganas de ir y ver cómo ha cambiado todo.

– En primer lugar, ya entonces no me gustaba -repuse-. No sé por qué tendría que sentir nostalgia.

Estaba tan seguro de no querer volver que intenté quitarle la idea de la cabeza por todos los medios; sin embargo, el deseo de conocer sus orígenes era muy profundo. Tom me recriminó por no llevarlo a conocer las calles donde habíamos crecido, la ciudad donde mis padres habían vivido y muerto, el lugar que habíamos abandonado para empezar una vida nueva.

– ¿Y si te cuento cómo eran? -propuse-. Si quieres puedo relatarte muchas historias sobre nuestros primeros años en Paris, cómo se conocieron tu abuelo y mi madre. Verás… una tarde, cuando mi madre salía del teatro, un niño…

– Conozco la historia, tío Matthieu -me interrumpió con exasperación-. Me has contado todas esas historias en innumerables ocasiones.

– Todas no, seguro.

– Bueno, casi todas. No es necesario que me las expliques otra vez. Quiero ir a París -insistió-. ¿Es eso pedir demasiado? Seguro que en el fondo tienes curiosidad por ver cómo ha cambiado en los últimos treinta años. Cuando te fuiste estabas sin blanca, ¿no te gustaría regresar ahora que has triunfado y ver en lo que se ha convertido en tu ausencia?

Asentí. Tenía razón, por supuesto. A mi pesar, debía reconocer que nunca había dejado de pensar en Francia. Aunque no me inspiraba grandes sentimientos patrióticos, me sentía francés, y pese a no guardar buenos recuerdos de París, ésta seguía siendo la ciudad donde había nacido. A veces aún tenía pesadillas relacionadas con la muerte de mi padre, el asesinato de mi madre y la ejecución de mi padrastro, pero aun así la ciudad seguía ejerciendo en mí una extraña y comprensible fascinación. Tom estaba en lo cierto; claro que quería volver a París. A finales de 1792 proseguimos nuestro viaje por Europa, deteniéndonos durante semanas en lugares de interés, y en la primavera del año siguiente llegamos a nuestro destino, mi ciudad natal.

Tom era un chico un poco sádico, un defecto que al final sería su perdición. Aunque incapaz de matar una mosca, disfrutaba viendo sufrir a otras personas: era un voyeur del padecimiento ajeno. En Londres frecuentaba las peleas de gallos, y al volver a casa tenía la mirada turbia. Le gustaba mucho el boxeo y cualquier tipo de lucha, cuanto más sanguinaria mejor. Para alguien que tuviese una perversión de esa clase, el París de 1793 no era un lugar del todo desagradable.

La gigantesca, siniestra y maloliente prisión de la Bastilla, donde los nuevos republicanos habían encerrado a los aristócratas, había sido tomada en 1789 y desde entonces se habían sucedido continuos tumultos en las calles que obligaron a Luis XVI a abandonar París con su familia a finales de ese mismo año. A principios de la década, mientras la Asamblea Nacional presionaba al rey para que aceptase la Constitución y promovía importantes reformas tendentes a mermar el poder absoluto de la monarquía, se mascaba el advenimiento del reino del Terror. En 1792, un año antes de nuestra llegada a la ciudad, el doctor Joseph-Ignace Guillotin convenció a la Asamblea Nacional de utilizar un artefacto de ejecución (cuya invención no se debía a él sino a su colega el doctor Antoine Louis). Poco después, esa terrible máquina de matar se instalo en la plaza de la Concordia, desde donde gobernó a todos los ciudadanos de Francia durante los años siguientes.

Cuando en la primavera de 1793 llegamos a París, en sus calles se respiraba ese ambiente de desconfianza, traición y miedo. Hacía sólo unos meses que habían apresado y decapitado al rey y, mientras entrábamos en la capital, sentí que me invadía una extraña indiferencia muy distinta de la ilusión que debería haberme embargado. Había esperado que el regreso a la ciudad me conmoviera, sobre todo por la forma en que ponía fin a un largo exilio, no ya como el pobre huérfano y carterista impulsado por la necesidad que había partido medio siglo antes, sino como un exitoso y acaudalado hombre de negocios. Recordé a mis padres y también a Tomas, pero apenas dediqué un pensamiento a Dominique, pues, aunque ambos habíamos nacido en París, no nos habíamos conocido allí.

Nos instalamos en la pensión más alejada del centro que encontramos, con la idea de permanecer allí una semana antes de proseguir viaje hacia el sur, donde nunca había estado.

– Tú también lo notas, ¿no? -Tom irrumpió en mi habitación, excitado y con el oscuro y tupido pelo alborotado-. La ciudad está que arde. En el aire flota un inconfundible olor a sangre.

– ¡Qué bien! -murmuré-. Para una ciudad moderna, es uno de sus mayores atractivos. ¡Las vacaciones resultarán inolvidables!

– ¡Vamos, tío Matthieu! -protestó Tom dando saltos por la habitación como un cachorro al que acabaran de sacar de paseo-. Deberías alegrarte de estar aquí en un momento tan importante. ¿Esta ciudad no despierta ningún sentimiento en ti? Recuerda en qué condiciones vivías en París cuando eras pequeño.

– Éramos pobres, es verdad, pero…

– Erais pobres porque a nadie le interesaba darte nada. Todo era para los ricos.

– En primer lugar, los ricos ya lo tenían todo. Así era el mundo entonces.

Al comprender que no estaba dispuesto a discutir, Tom se encogió de hombros, decepcionado.

– Es lo mismo. Los aristócratas se lo quedaban todo y dejaban a los demás sin nada. No es justo.

Lo miré enarcando una ceja. Jamás había imaginado que l'om tuviese esa vena revolucionaria. De hecho, siempre había pensado que si hubiese podido escoger habría preferido vivir como un aristócrata rico, perezoso y alcohólico que como un campesino pobre, maloliente y sobrio, con independencia de que sus ideales se inclinaran a favor de este último. En fin, supongo que sus opiniones, resumidas en la frase «¿por qué habrían de tener ellos tanto cuando nosotros no tenemos nada?», eran razonables en teoría, aunque Tom, que vivía muy bien a mi costa y sin quejarse, no fuera el más indicado para defenderlas.

Poco después de nuestra llegada conocimos a Thérèse Nantes, la hija de los dueños de la pensión. Era una joven morena de dieciocho años que, a juzgar por su permanente irritación, no debía de tener hermanos, por lo que sobre sus hombros recaía gran parte de la responsabilidad del negocio familiar. Imaginé que en épocas más boyantes la familia Nantes debía de contar con la ayuda de un batallón de camareras y cocineros, pues la pensión tenía capacidad para unos treinta huéspedes. En ese momento, debido a la escasez de visitantes en la ciudad, sólo se alojaban en la pensión un matrimonio de mediana edad que llevaba viviendo allí muchos años y un par de viajantes de comercio. Thérèse deambulaba por las salas con el ceño perpetuamente fruncido y siempre que sus padres le decían algo respondía con un gruñido. A la hora de comer aprendimos a no pedir nada que no tuviéramos en el plato, pues corríamos el riesgo de que la comida acabara misteriosamente en nuestro regazo.

Sin embargo, su humor mejoró muchísimo al trabar amistad con mi sobrino. Al principio apenas se notaba el cambio, pero a medida que fueron pasando los días advertí que cuando entrábamos en el comedor nos dirigía un gesto sospechosamente parecido a una media sonrisa. La mañana que me sirvió el desayuno y me deseó «buen provecho» casi me caigo de espaldas, y la noche que estábamos sentados en el salón y nos sorprendió con el ofrecimiento de otra copa de vino me atreví a entablar conversación con ella.

– ¿Sabe dónde están monsieur Lafayette y su esposa? -pregunté, refiriéndome a la pareja de franceses que se hospedaban en la pensión-. Imagino que no habrán salido a tomar el aire.

– ¿Es que no se ha enterado? -preguntó Thérèse, sacando una botella de vino de un aparador mientras pasaba el dedo para comprobar si había polvo-. Se han ido. Según tengo entendido, se han marchado a vivir al campo.

– ¿Al campo? -Me resultaba extraño que no se hubieran despedido de nosotros, pues en el tiempo que llevábamos viviendo allí habíamos mantenido cierta amistad-. ¿Y cuándo volverán? Pensaba que se quedarían aquí hasta el final de sus días.

– Se han ido para siempre, señor Zéla.

– Llámame Matthieu, por favor.

– Esta mañana, muy temprano, han hecho las maletas y han cogido un coche en dirección al sur. La señora ha armado un escándalo por tener que cargar con ellas. Le he dicho que no creía que por lo que me pagan tenga que hacer ciertas cosas, pero ella…

– Pues no he oído nada -la interrumpí, temiendo que continuara quejándose.

Me dirigió una mirada furibunda al tiempo que Tom tosía con diplomacia y se volvía para mirarla a los ojos.

– Con dos bocas menos que alimentar dispondrás de más tiempo para ti -le dijo a modo de consuelo.

Thérèse siguió observándome unos segundos antes de desviar la vista hacia mi sobrino y esbozar una sonrisa.

– Eso no tiene importancia -afirmó como si él hubiera sugerido que la tenía-. Me gusta trabajar aquí.

Se me escapó una inoportuna carcajada y Thérèse me dirigió otra de sus miradas asesinas. A continuación entornó los ojos como si pensara una respuesta.

– ¿Por qué no te sientas con nosotros? -propuse en tono conciliador. Me levanté y le ofrecí el sillón vacío que había entre el mío y el de mi sobrino-. Tómate una copa de vino. Supongo que por hoy has terminado, ¿no?

Me miró sorprendida y se volvió hacia Tom, quien la animó a sentarse con un gesto de la cabeza. Thérèse se encogió de hombros y con mucha dignidad se acercó al sillón y se sentó. Tom cogió otro vaso y sirvió una buena ración de vino que ella aceptó con una sonrisa. Nos quedamos callados. Me repantigué en el sillón y me devané los sesos buscando un tema de conversación, l'or suerte, el silencio duró muy poco, pues a Thérèse el vino le soltó la lengua enseguida.

– En cualquier caso, la señora nunca me cayó bien -afirmó, refiriéndose a nuestra antigua compañera de pensión-. Se comportaba de un modo que nunca aprobaré. A veces, por la mañana, cuando entraba en su habitación… -Sacudió la cabeza como si no quisiera horrorizarnos con el relato de los destrozos que el matrimonio Lafayette podía causar en su pequeña habitación.

– Conmigo siempre fue muy educada -dije.

– Una vez me invitó a pasar a su habitación -recordó Tom de repente, alzando la voz como si no pudiéramos oírlo bien-. Me pidió que la ayudara a correr las cortinas. De pronto se arrojó sobre mí y… -Se interrumpió, ruborizado, y me di cuenta de que no había tenido intención de contar esa historia-. En fin, su comportamiento no fue el propio de una dama -concluyó con un hilo de voz-. Yo… supongo… -Nos miró confuso y por primera vez oí reír a Thérèse.

– Te encontraba muy atractivo -declaró, y me pareció ver que le guiñaba un ojo a mi sobrino-. Sólo había que ver cómo te miraba cuando entrabas en el salón.

Tom frunció el entrecejo, como si lamentara el giro que había tomado la conversación.

– ¡Dios mío! -exclamó horrorizado-. ¡Si debe de tener cuarenta años!

– Oh, sí, es más vieja que Matusalén -dije, pero ambos hicieron caso omiso del comentario.

– Me trataba con desdén -prosiguió Thérèse-. Seguramente envidiaba mi juventud y mi belleza. Tiene varias entradas en mi libro de sucesos.

– ¿Tu qué? -pregunté, pensando que no había oído bien-. ¿Qué es eso de un libro de sucesos?

Ahora fue Thérèse quien pareció inquietarse un poco, como si se le hubiera escapado algo que no quería decir.

– Es una tontería, una especie de diario -contestó en tono de disculpa, sin mirarme a los ojos-. Me sirve para pasar el rato.

– Pero ¿un diario sobre qué? -preguntó Tom, intrigado también.

– Sobre la gente que me ha ofendido alguna vez -repuso con una risita, aunque hablaba en serio-. Guardo un diario sobre la gente que me ha tratado mal o que me ha causado alguna ofensa. Hace años que lo escribo.

La miré fijamente. Sólo se me ocurrió una pregunta.

– ¿Por qué lo haces?

– Para no olvidarme -repuso con perfecta calma-. A todos los cerdos les llega su San Martín, señor Zéla… Matthieu -se corrigió antes de que yo protestara-. Quizá suene absurdo, pero…

– No lo es, en absoluto -me apresuré a contestar-. Pero me parece un poco raro, eso es todo. Supongo que es una manera de recordar… -No sabía cómo terminar, así que corté por lo sano y añadí una frase convencional-. De recordar cosas que han ocurrido.

– Espero no tener muchas entradas en tu diario, Thérèse -terció Tom con una sonrisa de oreja a oreja.

La joven negó con la cabeza y sonrió a su vez, como si la sola idea fuera impensable.

– No te preocupes, que no he escrito nada sobre ti. -Se inclinó hacia Tom y le rozó la mano.

Recalcó el «ti» para que quedara claro que mi caso era diferente. Por si eso fuera poco, me dirigió una mirada de reproche que hizo que me removiese incómodo en el sillón mientras me preguntaba cuándo y cómo habría ofendido a esa chica. Permanecí callado un rato, bebiendo. Rellené el vaso hasta tres veces, mientras Thérèse y Tom coqueteaban como si yo no estuviera presente, y cuando me disponía a excusarme y abandonar la habitación me vinieron a la cabeza unas palabras que ella había pronunciado.

– A todos los cerdos les llega su San Martín -recordé en voz alta para llamar la atención de ambos, que me miraron extrañados, como si hubieran pensado que ya no estaría allí-. De modo que piensas eso, ¿eh, Thérèse?

Pestañeó desconcertada, pero respondió en tono contundente:

– Pues claro que lo pienso. ¿Usted no?

Me encogí de hombros sin saber qué contestar y ella aprovechó mi titubeo para añadir:

– En esta ciudad… -Hizo una pausa cargada de dramatismo-. En los tiempos que corren, ¿cómo no iba a pensarlo?

– ¿Qué quieres decir…?

– Mire alrededor, Matthieu. Fíjese en las calles, vea en qué se ha transformado París. ¿No cree que aún quedan muchos cerdos, por decirlo de alguna manera, a los que ha de llegarles su San Martín?

Una vez más mi silencio delató lo confuso que me sentía. Thérèse se apartó de Tom, me miró fijamente y añadió:

– Todas esas muertes… Los aristócratas que guillotinaron. ¡Por Dios bendito, si hasta rodó la cabeza del rey! Al fin se hace justicia en Francia, Matthieu. Ya era hora, ¿no le parece?

– Aún no hemos presenciado ninguna decapitación -dijo Tom-. Mi tío considera que es una costumbre bárbara y no quiere presenciarla.

– ¿De verdad lo cree, señor Zéla? -preguntó Thérèse, volviendo a mentarme por mi apellido como si quisiera marcar distancias. No podía estar más sorprendido-. De modo que la guillotina le parece bárbara, ¿eh?

– Reconozco que es un método rápido y limpio, pero no puedo evitar preguntarme si es realmente necesario. ¿Hace falta que muera toda esa gente?

– Claro que es necesario -intervino Tom con absoluto convencimiento, haciendo suya la postura de Thérèse-. Esos repulsivos aristócratas merecen morir.

Lo fulminé con la mirada.

– Han tenido una vida regalada -continuó Thérèse, dirigiéndose a mí como si no hubiera oído a Tom-. A costa de explotarnos a todos. Usted es francés, ¿verdad? Ya debe de saber que se lo han buscado ellos solitos.

Asentí con la cabeza.

– Ha llegado su hora -concluyó.

– ¿Has visto guillotinar a alguien? -Sólo con oír hablar de muerte, a Tom se le despertaba la sed de sangre.

La creciente tensión sexual entre los dos jóvenes resultaba ahora evidente, y pensé que, si todavía no eran amantes, no tardarían en serlo.

– A muchos -respondió con orgullo-. Presencié la decapitación del mismísimo rey, quien, como era de esperar, se comportó como un cobarde hasta el final, igual que todos los demás.

Tom se relamió los labios e instó a la joven a que continuara su relato.

– El Comité Nacional lo había declarado culpable de traición -empezó a referir Thérèse, a modo de justificación de lo que se disponía a contar seguidamente-. Ese día pareció que media ciudad quería estar en la plaza de la Concordia para presenciar el fatídico momento. Llegué allí temprano, pero no me acerqué mucho. Quería verlo morir, señor Zéla, pero detesto mezclarme con la muchedumbre vociferante. Había tanta gente que era difícil encontrar un buen sitio. Al final, el chirrión entró en la plaza.

Tom enarcó una ceja en señal de extrañeza.

– La carreta de los reos -aclaró Thérèse-. La sencillez de ésta debe dejar claro que los traidores van a morir como ciudadanos franceses, y no a la manera de los ricos holgazanes. Los recuerdo perfectamente a todos: había una mujer joven que llevaba el pelo largo y sucio. No se daba cuenta de lo que ocurría, o parecía no importarle; quizá ya estuviera muerta en su interior. Detrás de ella vi a un chico que sollozaba desesperado. No se atrevía a mirar el instrumento que acabaría con él, a pesar de que un hombre a su espalda no paraba de gritar como un poseso y señalaba la guillotina muerto de miedo mientras los verdugos lo agarraban con todas sus fuerzas; temían que, aprovechando un descuido, se mezclara entre la multitud y escapara. Aunque lo más probable es que sólo con que hubieran pensado que podían perder al mayor traidor de todos lo habrían descuartizado allí mismo. En ese momento lo reconocí; llevaba pantalones oscuros y camisa blanca con el cuello desabrochado. Ante mí tenía al rey de Francia, el renegado convicto, Luis XVI.

Miré a Tom, que sólo tenía ojos para Thérèse, y no pude por menos de espantarme al ver su expresión: el morbo, la excitación casi sexual que aquel relato había despertado en él eran más que evidentes. Pese a todo, también yo estaba en vilo y deseaba que continuara, turbado como mi sobrino por el drama de esas horribles muertes. Thérèse no iba a defraudarnos.

– Fijé la vista en su rostro, para que no se me escapara ninguna de sus reacciones. Estaba pálido, más blanco que la camisa que llevaba, y parecía agotado, como si hubiera pasado toda la vida batallando para evitar ese final y ahora que era inminente ya no le quedasen fuerzas para seguir luchando. Cuando la carreta se detuvo ante el patíbulo, los seis hombres que llevaban la cara cubierta y vigilaban la enorme máquina dieron un paso adelante y agarraron bruscamente a la joven por los hombros. Al hacerlo le desgarraron el vestido, dejando al descubierto un seno grande y pálido, lo que provocó el estruendoso regocijo de la muchedumbre. Esos hombres… son grandes exhibicionistas, casi actores. El más corpulento de los seis apoyó la frente en el pecho de la mujer unos instantes antes de volver la cara hacia el público con una sonrisa. Mientras la conducían al cadalso, la joven apenas reaccionó. Una vez allí le raparon el pelo y le colocaron la cabeza en el cepo. Cuando dejaron caer la otra media luna de madera para sujetarla, pareció despertar y apoyó las manos en los lados para levantarse, sin darse cuenta de que estaba atrapada. En un instante todo había acabado. La cuchilla cayó y le cortó la cabeza limpiamente. El cuerpo se agitó por un instante para a continuación desplomarse sobre la plataforma, de donde lo recogieron y se lo llevaron a toda prisa.

– ¡Thérèse! -exclamó Tom con un grito ahogado. Como no dijo nada más, supuse que sólo había pronunciado su nombre llevado por un arrebato.

– Acto seguido, uno de los verdugos se acercó y alzó la cabeza con una mano para exhibirla ante la muchedumbre. Gritamos al unísono, os lo aseguro. Las señoras que estaban en primera fila haciendo punto siguieron tricotando alegremente.

Todos esperábamos la principal atracción de la jornada -añadió con una sonrisa traviesa-. Pero primero le llegó el turno al chico. Lo arrastraron hasta la guillotina. Antes de colocarle el cepo, se quedó de pie ante la multitud sin oponer resistencia, mirándonos, suplicando, con la cara bañada en lágrimas y los ojos rojos de tanto llorar. A diferencia de la mujer que lo había precedido, él sabía perfectamente lo que ocurría y estaba aterrorizado. No debía de tener más de quince años. Observé que se le estaba formando una mancha en los pantalones; el muy cobarde se estaba meando encima, y la fina tela se le pegaba a la pierna y le daba un aspecto indigno. Mientras lo colocaban en el cepo forcejeó desesperado, pero era demasiado débil para enfrentarse a esos hombretones, y al cabo de un minuto su vida se había apagado también.

– ¿De qué se lo acusaba? -pregunté asqueado-. ¿A quién había traicionado ese pobre chico?

Thérèse me miró fijamente, con una sonrisa en los labios, y no creyó necesario responder. Estaba a punto de llegar al clímax de su historia, y por mucho que me pesara quería que continuase.

– Cuando condujeron al rey al pie del cadalso la muchedumbre enmudeció por primera vez -prosiguió-. Luis XVI miró a la gente; en su rostro se mezclaba el estoicismo y el pavor. Abrió la boca como si fuera a pronunciar unas palabras, pero no pudo, de modo que lo arrastraron hasta la guillotina. Admito que el ambiente era irrespirable, pues nadie sabía lo que ocurriría después de que lo decapitaran. ¿Y si llegaba el fin del mundo? Se produjo un breve altercado entre los verdugos, pues ninguno quería colocar al rey en el cepo, pero al final uno dio un paso adelante y una vez más bajaron la media luna de madera. El rey levantó un poco la cabeza en un último esfuerzo por mirarnos, mientras en sus ojos se reflejaba la luz del sol. Entonces pronunció sus últimas palabras. «Muero inocente y perdono a mis enemigos», gritó, sin duda esperando salvarse gracias a esas palabras vacías de significado. «Y deseo que mi sangre…» La cuchilla bajó a gran velocidad, la cabeza cayó en la cesta y el cuerpo se sacudió. La multitud aulló presa del delirio. El rey había muerto.

Nos quedamos callados. Vislumbré el rostro de Tom, brillante de sudor en la penumbra de la habitación iluminada por el fuego. Thérèse se estremeció un poco al recostarse en el sillón y beber un sorbo de vino. Miré a los dos jóvenes sin saber qué decir, a tal punto me había turbado la historia. Al cabo, pregunté:

– Dime, Thérèse, ¿qué pensaste al ver cómo guillotinaban a esas personas? Una mujer inocente, un muchacho, un rey… ¿Cómo te sentiste?

Tenía el vaso apoyado en los labios y el intenso reflejo rojo del vino me pareció apropiado para nuestro tema de conversación. Apartó la mirada y respondió con voz profunda:

– Desagraviada.

Mi estancia en París se prolongó más de lo que preveía. Con el tiempo, la notable influencia de Thérèse sobre Tom se invirtió y las ideas sediciosas de ella se vieron eclipsadas por el fervor revolucionario de mi sobrino. Aunque debía reconocer que ya no era el gandul de unos meses atrás, el camino por el que lo arrastraban sus pasiones me daba muy mala espina. Viajé por el país y en más de una ocasión pensé en romper relaciones con mi sobrino y volver a Inglaterra, pero, como era consciente de que dependía de mi caridad, no me atreví. Viví una temporada en el sur de Francia -donde el ambiente estaba casi tan cargado como en París- y a continuación fui a los Alpes a pasar unas semanas. Allí reinaba la paz, y el blanco manto de nieve supuso un enorme descanso para mis ojos, acostumbrados al rojo omnipresente en la capital. Cuando a finales de 1793 volví a París, descubrí que Tom se había convertido en un revolucionario consumado.

En poco tiempo había conseguido sumarse a las filas del poder jacobino y ahora trabajaba como secretario de Robespierre, el principal garante del Terror. Su relación con Thérèse se había estabilizado y juntos habían dejado la pensión para compartir un apartamento cerca de la rue de Rivoli, y allí me dirigí una oscura tarde de viernes poco antes de Navidad.

Tom había cambiado mucho. En seis meses parecía haber envejecido seis años. Llevaba el cabello muy corto, se le marcaban los pómulos y su rostro presentaba un aspecto más varonil y serio. Hacía ejercicio a diario, por lo que su cuerpo se había fortalecido y ensanchado. Su figura, que antaño poseía un atractivo casi femenino, era la imagen del auténtico revolucionario, y casi daba miedo llevarle la contraria. Thérèse también había cambiado. Tras convertir a su amante a sus creencias, parecía haberse distanciado de ellas y permitía que Tom gobernara la nave de sus destinos. Mientras él hablaba, ella no paraba de tocarlo; le acariciaba la mejilla, le rozaba una pierna, y él no parecía darse cuenta.

– Me llama la atención -dije cuando nos sentamos ante la chimenea, después de cenar- que hasta el año pasado no conocieras este país y que ahora luches de esa forma por su supervivencia. Esa pasión recién descubierta por un país desconocido me resulta un poco rara, la verdad.

– Seguramente siempre la he llevado en la sangre -repuso con una sonrisa; una vez más oía esa palabra de sus labios-. Al fin y al cabo, soy medio francés. Algún día tenía que surgir, ciudadano.

– Es posible. Como bien dices, eres medio francés y medio inglés, una combinación explosiva -bromeé-. Vivirás en continuo conflicto contigo mismo, dividido entre tu lado prosaico y tu lado artístico.

– Ahora sólo vivo para una cosa -afirmó muy serio-. Lucho para que la República francesa se fortalezca cada vez más hasta convertirse en la más poderosa del mundo.

– ¿Y el Terror consigue eso? ¿Crecer a través del miedo?

– Tom cree en la causa, ciudadano -terció Thérèse, y su voz sonó ronca y cálida al pronunciar el nombre de su amante-, como todos nosotros. Los muertos han contribuido tanto como los vivos. Es parte de un ciclo natural, un proceso absolutamente natural.

Puras tonterías, pensé.

– Deja que te cuente una historia -dijo Tom retrepándose mientras Thérèse se acurrucaba en su regazo; una de sus manos colgaba indolente sobre la ingle de mi sobrino-. Si hubieras venido hace unas semanas y me hubieses preguntado quién era mi mejor amigo, te habría contestado Pierre Houblin, que hasta hace poco trabajaba conmigo en la Asamblea Nacional. Llevaba allí mucho más tiempo que yo y, por supuesto, ocupaba un cargo de mayor importancia. Pierre tenía más o menos mi edad, quizá fuera un poco mayor, y el caso es que, no sé cómo, nos hicimos amigos, se convirtió en mi protector y me presentó a personas influyentes que podían ayudarme a ascender. Pierre había formado parte del grupo que promovía reformas cuando aún reinaba Luis XVI, había trabajado codo con codo junto a Robespierre y Danton y no había desperdiciado ocasión para conducir la revolución a sus últimas consecuencias. Lo respetaba muchísimo y a la vez era como un hermano para mí, un consejero sabio y experimentado. Conversábamos largo y tendido, los dos solos, en las mismas sillas en que estamos sentados ahora. Hablábamos acerca de todo; la vida, el amor, la política y la historia, sobre lo que estábamos haciendo en y para París y de lo que nos reservaba el futuro. Para mí no existía hombre más grande en toda Francia; me abrió la mente a infinidad de cosas, de verdad, si ahora no las enumero es porque nunca acabaría.

Asentí, aunque no muy convencido. Por lo general, los amores a primera vista suelen ser pasajeros. Es inevitable que sus víctimas entren en razón al cabo de poco tiempo y no entiendan cómo han podido sucumbir a esos sentimientos.

– ¿Y bien? ¿Dónde está ahora el tal señor Houblin? -pregunté-. ¿Por qué me cuentas todo esto, ciudadano? -añadí con sarcasmo.

– Te lo cuento -respondió con irritación- para que veas hasta qué punto estoy comprometido con la causa. Hace unas semanas Pierre y yo estábamos sentados en este apartamento; Thérèse, tú también estabas, ¿recuerdas? -Miró a la joven, que asintió en silencio-. Hablábamos sobre la revolución, como siempre. La revolución, siempre la revolución. Nos obsesionaba. Pierre recordó que sólo en el mes anterior habían guillotinado a más de cuatrocientas personas en París. Me sorprendió que fueran tantas, pero tuve que admitir que no podían ser menos, y entonces nos quedamos en silencio unos instantes. Pierre estaba inquieto y le pregunté si le pasaba algo, si había dicho alguna cosa que le hubiera molestado. De pronto se levantó y se puso a andar de un lado a otro de la habitación.

»-¿No te parece que las cosas están empezando a desmadrarse? -inquirió exasperado-. ¿No crees que muere demasiada gente, demasiados campesinos y muy pocos aristócratas?

»Sus palabras me sorprendieron, pues todo el mundo sabe que la única manera de conseguir el objetivo final es deshacerse de todos los traidores y que sólo queden los auténticos franceses, iguales y libres. Estuvimos discutiendo un buen rato hasta que me dio la razón y pasamos a otra cosa. Pero su actitud me dio que pensar. ¿Y si a Pierre ya no le quedaban agallas para participar en la historia como antes?, me decía.

– Quizá empezara a remorderle la conciencia -apunté, pero Tom negó enérgicamente con la cabeza.

– ¡Qué va! Esto no tiene nada que ver con la conciencia. Cuando se lucha por cambiar, por transformar un sistema abusivo que ha existido durante siglos, debe hacerse todo lo posible para que triunfe la justicia. No hay lugar para la tibieza en esta lucha.

Cualquiera que lo hubiera oído habría pensado que estaba pronunciando un discurso político; la misma Thérèse se levantó para permitirle gesticular con mayor libertad.

– De acuerdo, pero quizá sea conveniente que haya un equilibrio de fuerzas en la Asamblea -sugerí pausadamente, temiendo que se levantara de un salto y me estrangulara allí mismo por mostrar mi desacuerdo-. Ya verás como el señor Houblin tendrá más que aportar ahora que antes.

Tom rió con amargura.

– No lo creo -repuso con un suspiro-. Unos días más tarde mandé una nota a monsieur Robespierre en la que le contaba la conversación mantenida con Pierre. Añadí que se estaba volviendo demasiado moderado para confiarle secretos de Estado o documentos de importancia. Le transcribí nuestra conversación palabra por palabra y dejé que Robespierre actuara como creyera conveniente.

Parpadeé incrédulo; por desgracia, sabía cómo acabaría esa historia.

– Así que lo… destituyeron -sugerí esperanzado.

– Esa misma tarde lo arrestaron, y al día siguiente lo juzgaron por traición. Un tribunal lo declaró culpable, ¡un tribunal de justicia, tío Matthieu! Y a la mañana siguiente lo guillotinaron. Lo siento mucho, pero en una revolución no hay lugar para los tibios. O estás en cuerpo y alma… -hizo una pausa efectista, segando el aire con la mano como si fuera la guillotina- ¡o no estás!

Suspiré y empecé a notarme un poco mareado. Me volví hacia Thérèse, que escudriñaba mi reacción sonriendo. Se pasaba la lengua por los labios muy despacio, como si disfrutara de la historia. Negué con la cabeza con tristeza; no cabía duda de que estaban hechos el uno para el otro.

– De modo que lo delataste -dije en voz baja-. Vaya. Denunciaste a tu mejor amigo, al hombre que respetabas más que a nadie en el mundo.

– Fue un acto de sumo patriotismo -replicó Tom-. Sufrí la muerte de mi mejor amigo, prácticamente un hermano, por defender la República. ¿Existe un sacrificio mayor? Deberías estar orgulloso de mí, tío Matthieu. Orgulloso.

Esa noche, antes de salir del apartamento, consciente de que había llegado el momento de dejar París, Francia y todo el continente europeo abandonando a su suerte a mi sobrino, le hice una última pregunta.

– Ese amigo tuyo, ese Pierre, era una persona importante en la Asamblea, ¿verdad?

Se encogió de hombros.

– Sí, claro. Tenía un cargo de responsabilidad.

– Y una vez fallecido… después de que lo guillotinaran, ¿quién lo sustituyó?

Tom se puso serio. Había tanto odio en su mirada que por un instante temí por mi vida. Después pensé que no me traicionaría, al fin y al cabo era su tío, pero cambié de opinión de nuevo y me dije: «¡Qué tonto eres! ¡Pues claro que lo haría!» Thérèse parecía aterrada por mi pregunta, pues conocía la respuesta y sólo quería saber si Tom mentiría o no.

– Bueno -dijo tras lo que me pareció una eternidad-, alguien tiene que hacer el trabajo esencial de la República, alguien cuya lealtad sea irreprochable.

Le dirigí una última mirada y antes de salir a la calle me arrebujé con la bufanda, asegurándome de que mi cabeza seguía bien sujeta al cuerpo.

Volví a Londres y siete meses más tarde, en julio de 1794, recibí una carta inesperada. Durante ese tiempo había leído sobre la Revolución francesa en los periódicos: París era una herida abierta en el corazón de Europa por la que derramaba sangre sobre toda la sociedad. Sólo de pensar en cómo debía de ser la vida allí me daban escalofríos. A pesar de lo mucho que me había decepcionado, la suerte de mi sobrino seguía preocupándome. Antes de abandonar París de forma definitiva, había temido que Tom me denunciase por traidor y me condenaran a morir en la guillotina; por otra parte, no quería tener nada que ver con aquel terrible derramamiento de sangre. Sin embargo, mis planes se vieron repentinamente alterados cuando recibí la siguiente misiva:

París, 6 de julio de 1794

Querido señor Zéla:

Le escribo a mi pesar. Aquí las cosas se están poniendo muy feas y es importante que venga cuanto antes. Temo por tres vidas y no consigo persuadir a Tom de que se proteja de la marea de los acontecimientos; no hay duda de que el poder lo ha enloquecido, señor. Se avecinan graves problemas. Tom habla de usted a menudo y dice que le gustaría verlo. Por favor, venga si puede.

Atentamente,

Thérèse Nantes

***

Como es natural, aquella carta me dejó anonadado, pues había perdido la esperanza de tener noticias de mi sobrino, por no hablar de la mujer con quien vivía. Durante un par de días no cesé de darle vueltas al asunto; por un lado quería mantenerme lo más lejos posible de París, pero por otro no podía pasar por alto aquella petición de auxilio, que parecía muy urgente. Unos días más tarde llamaba a su puerta.

– Ahora todo es diferente, y Tom está demasiado unido a Robespierre -me contó Thérèse, que tenía el rostro más hinchado de lo que recordaba, sin duda a causa del embarazo-. Se lia convertido en su mano derecha, pero ahora navegan contracorriente. He intentado convencerlo de que huya de París, pero no hay manera.

– No lo entiendo. Robespierre es todavía un hombre poderoso, y según los periódicos…

– La situación es muy complicada -me interrumpió, mirando con inquietud la ventana, como si en cualquier momento fuera a entrar por ella un contrarrevolucionario para degollarla-. Todos los que mandan, Saint-Just, Carnot, Collot d'Herboid y el mismo Robespierre, están peleados. Su alianza se desmorona por momentos y no vivirán para contarlo, se lo aseguro. Tras la última discusión, Robespierre ha dejado de asistir a las reuniones del Comité de Salvación Pública. Ya verá como acaban arrestándolo también a él. La suerte está echada: si Robespierre cae, nosotros también.

– No le hagas caso, ciudadano. -Tom apareció por la puerta y nos sobresaltó a los dos-. Hola, Matthieu -añadió con frialdad. El que ya no me llamase «tío» no auguraba nada bueno-. ¿Qué te trae de vuelta a París? Creía que no te gustábamos.

Dirigí una mirada de extrañeza a Thérèse.

– ¿No sabías que venía? -pregunté volviéndome de nuevo hacia él-. Pensaba que…

– Ha venido porque estaba preocupado por ti -intervino Thérèse-. Hasta en Inglaterra saben lo que ocurre en París. No están tan lejos como piensas.

– Lo que ocurre en París -dijo en tono de contrariedad- es que vamos a ganar. Robespierre está en un momento inspirado. Crea alianzas por todas partes, incluso entre antiguos adversarios. Gobernará en solitario, ya verás.

– ¿En este ambiente? -gritó Thérèse-. ¡Cómo puedes engañarte de ese modo! Ahora todo el mundo desconfía de los poderosos. Su cabeza acabará en la guillotina en cuanto tenga un poco de poder, ésa será su recompensa. ¡Y si no vas con cuidado, la tuya también!

– No digas sandeces -replicó Tom-. Robespierre es demasiado poderoso para que le ocurra nada. No olvides que tiene el ejército de su lado.

– Al ejército le importan todos un comino -dijo Thérèse, doblándose de dolor mientras se agarraba la barriga-. Debemos irnos de París, tenemos que escapar de aquí como sea, cuanto antes mejor. Matthieu puede llevarnos con él, ¿verdad? Podríamos vivir con él en Londres, ¿no? Mira mi estado -añadió señalando su enorme vientre-. Quiero irme antes de que nazca el niño -añadió con firmeza.

Me encogí de hombros.

– Supongo que tienes razón -dije, consciente de que no iba a ser fácil, pues primero habría que persuadir a Tom, que replicó:

– Yo no voy a ninguna parte. No te hagas ilusiones.

La discusión continuó durante un rato y, como los dos eran muy tozudos, no llegaron a ninguna conclusión. Por fin, me despedí diciendo que volvería al cabo de unos días para ver cómo seguía Thérèse y que no podría prolongar mi estancia en París mucho más tiempo. A ella le aseguré que estaría encantado de que me acompañara en mi viaje de regreso a Inglaterra, pero respondió que ocurriera lo que ocurriese nunca abandonaría a Tom. El amor, al parecer, había acabado con todos sus principios revolucionarios de hacía un año.

Unos días más tarde Robespierre, con el apoyo de Tom, lanzó un feroz ataque a sus antiguos amigos y compañeros de revolución, a todos aquellos que conservaban cierta autoridad en París. Afirmó que esa gente sólo trataba de acabar con los logros de la República y exigió la disolución del Comité de Salvación Pública y de la Convención, de los cuales él mismo había sido miembro. A continuación se constituyeron nuevos comités para organizar el proceso político. Sorprendidos por la arrogancia y temeridad, por no decir la estulticia, de Robespierre, los miembros no reaccionaron de inmediato, pero cuando la tarde siguiente, en el Club de los Jacobinos, repitió las acusaciones y exigencias, yo mismo fui testigo de su locura.

– Estás loco -susurré al oído de Tom, cogiéndolo del brazo mientras pasaba por mi lado al salir-. Ese hombre está firmando su sentencia de muerte. ¿Cómo puedes estar tan ciego?

– Déjame en paz -dijo zafándose-, a menos que no te importe que te haga arrestar aquí mismo. ¿Es eso lo que quieres, Matthieu? Una palabra mía y mañana mismo estás en el cadalso.

Di un paso atrás, horrorizado por la imagen del poder enloquecido que reflejaban los ojos de mi sobrino, ese insignificante soldado de infantería. Y aunque lo lamenté, no me sorprendió enterarme de que al cabo de veinticuatro horas se habían producido los arrestos. Hubo quien intentó quitarse la vida antes que tener que vérselas con la guillotina, pero sólo Lebas lo consiguió. El hermano de Robespierre, Augustin, se arrojó por la ventana de un piso alto, pero sólo consiguió fracturarse una cadera, el muy inepto. El revolucionario paralítico Couthon se lanzó por unas escaleras de piedra, y ahí quedó atrapado, mientras su silla de ruedas se reía de él desde el rellano superior, hasta que llegaron los soldados con la orden de arresto. En cuanto al héroe de Tom, Robespierre, se pegó un tiro, pero con tan mala fortuna que sólo consiguió destrozarse la mandíbula, por lo que sus últimas veinticuatro horas en la tierra fueron terriblemente dolorosas y sufrió en propia carne un derramamiento de sangre muy similar al que él mismo había contribuido a crear.

Thérèse insistió en ir a la plaza de la Concordia la mañana de las ejecuciones. Me devané los sesos intentando hallar una forma de salvar a mi sobrino, pero sabía que era imposible; hacía tiempo que estaba condenado. Mientras la carreta entraba en la plaza, rememoré los primeros días que pasamos en la ciudad. Entonces Tom era tan inocente como su hijo nonato, y recordé a aquellos otros ajusticiados ilustres, sobre todo al hombre que había estado en el origen de toda esa pesadilla, Luis XVI.

Cuando la carreta se abrió paso entre la muchedumbre, la gente enloqueció, clamando venganza y la cabeza de su antiguo héroe. Robespierre iba delante del chirrión, enloquecido por el dolor, con la cara destrozada por el disparo del día anterior. Se agarraba a los lados del carro y saltaba como un animal salvaje, aullando a la muchedumbre con ojos desorbitados. «Quien siembra vientos recoge tempestades», me dije. En el aire se respiraba la sed de sangre de la que el propio Robespierre era responsable. Detrás de él, impasible, mirando con repugnancia a la gente por la cual se había vuelto revolucionario, iba sentado Tom. Thérèse lloraba a lágrima viva y por un instante temí que diera a luz allí mismo. Intenté convencerla de que nos fuéramos, pero se negó. Quería quedarse hasta el final, y así lo hicimos.

Robespierre fue el primero en subir al cadalso. Le quitaron el improvisado torniquete que llevaba en la mandíbula y tuvieron que retenerlo a la fuerza. Los gritos del famoso orador se volvieron cada vez más incoherentes, hasta que al final la cuchilla los silenció de golpe. Tom, en cambio, hizo como si no existieran los verdugos. Sin mirar a ningún lado, colocó en el tajo la cabeza, que acto seguido cayó en la cesta encima de la de Robespierre.

La ovación por la muerte de éste fue tan enorme que la gente apenas reparó en la presencia de Tom, salvo Thérèse y yo, espantados ante la visión de su cuerpo decapitado. París apestaba a sangre. Imaginé que las aguas del Sena enrojecían debido a las entrañas de los llamados ciudadanos que arrastraba la corriente. Antes de que el cadáver de Tom se hubiera enfriado, abandonamos la ciudad de la muerte y pusimos rumbo a Inglaterra, alejándonos de la revolución. Atrás quedó nuestro sanguinario chico caído en desgracia.

15

Julio de 1999

Era la primera vez que visitaba el plato donde se rodaba la serie ile Tommy, y el sinfín de precauciones de seguridad para acceder al recinto me parecieron absurdas. Llegué al estudio caminando. Me presenté ante el guarda jurado para que buscase mi nombre en la lista de acreditaciones. El hombre me miró de arriba abajo sin disimular su desprecio antes de admitir con un resoplido que estaban esperándome. Cuando al fin llegué a recepción me obligaron a pasar por un detector de metales en previsión de que llevase escondido algún equipo de grabación o fotográfico, o una metralleta. Después tuve que firmar una declaración en la que juraba que, una vez que hubiese abandonado el plato, no revelaría ninguna escena o suceso que hubiera presenciado en el mismo. Estaba terminantemente prohibido obtener provecho económico de cualquier aspecto de la televisión del que pudiera enterarme en el estudio; ni siquiera se me permitía hablar de ello con nadie. Estaba preguntándome por qué no tendríamos medidas de seguridad parecidas en nuestro canal de televisión cuando caí en la cuenta de que la razón no era otra que su ridiculez e inutilidad: su única función consistía en alimentar el ego de los actores que trabajaban allí.

– ¡Por el amor de Dios! -exclamé cuando el joven guarda acabó de recitarme todas las normas-. ¿De verdad tengo aspecto de pretender vender los estúpidos secretos de este lugar a la prensa sensacionalista? ¡Ni siquiera sé el nombre de la serie!

– ¿Qué quiere que le diga, señor? -contestó con aspereza y sin mirarme, con los ojos fijos en las hojas que llevaba sujetas a una tablilla-. Ignoro el aspecto que debe de tener esa persona. Yo sólo cumplo con mi trabajo. Dígame, ¿a qué ha venido usted? ¿Tiene una prueba?

– ¡Por supuesto que no! -respondí, ofendido por la mera sugerencia.

– Había oído decir que están buscando un novio para Maggie.

– Pues no soy yo.

– Me planteé presentarme a la prueba, pero mi agente me lo sacó de la cabeza, porque si tengo éxito en un papel de hombre maduro nunca me llamarán para encarnar personajes más jóvenes.

– Claro. -De modo que allí hasta los guardas jurados tenían agentes-. El caso es que yo no he venido para la prueba. Tampoco es que sea exactamente un hombre maduro. Estoy aquí porque mi sobrino me ha invitado al rodaje. Imagina que la experiencia me enriquecerá, pero yo lo dudo, porque experiencias no me faltan, si quiere que le sea sincero.

– ¿Quién es su sobrino?

Me devolvió el reloj y las llaves tras pasarlas por el detector de metales.

– Uno de los actores -repuse-. Tommy DuMarqué. Gracias -añadí mientras volvía a ponerme el reloj en la muñeca.

– ¿Usted es el tío de Tommy? -me preguntó el guarda con una sonrisa de oreja a oreja. A continuación retrocedió un paso y me observó de arriba abajo, sin duda para ver si guardaba algún parecido con mi sobrino. Podría haberse ahorrado el esfuerzo, pues cualquier similitud que hubiera podido tener con los Thomas se había diluido hacía muchas generaciones. Cada Thomas era mucho más apuesto que el anterior y se parecía menos a mí, aunque, por otro lado, ninguno de ellos tenía mi fortaleza-. ¡Qué sorpresa!, señor… -echó un vistazo a la tablilla- señor Zelly.

– Zéla.

– Pensaba que Tom no tenía familia, ¿sabe? Sólo chicas. Muchas chicas, el muy suertudo hijo de…

– Bueno, pues ya ve, también me tiene a mí -lo interrumpí, mirando alrededor mientras me preguntaba cuál sería el siguiente paso, si tendría que sufrir la humillación de desnudarme o someterme a un examen de mis cavidades-. Soy su único pariente .

– Vaya por ese pasillo y, cuando llegue al final, encontrará otra recepción a la derecha -aclaró anticipándose a mi siguiente pregunta, ahora que habíamos aclarado quién era yo-. Verá a una chica sentada a una mesa; pídale que llame a Tommy por el telefonillo. Está esperándolo, ¿verdad?

Le di las gracias y avancé por el pasillo. A los lados colgaban grandes fotos enmarcadas de, supuse, los actores y actrices «le la serie, tanto del pasado como del presente. Al pie de cada una aparecían dos nombres impresos, el real y el ficticio, así i omo la fecha de su actuación. Sólo reconocí a dos o tres que habían sido entrevistados en la televisión o la prensa rosa veinte años atrás. Al final del pasillo vi la foto de mi sobrino y leí: «Tommy DuMarqué-Sam Cutler, 1991 en adelante.» Aparecía serio y circunspecto. Sonreí; no podía evitar sentirme orgulloso ile su éxito. Era una foto muy estilizada y profesional -nadie, m siquiera mi sobrino, podía ser tan guapo en la realidad-, pero aun así alegraba la vista. Abrí la puerta y di mi nombre a la chica sentada a la mesa. Hizo una llamada rápida y me señaló un sofá para que tomara asiento. En todo el rato que estuve allí apenas me quitó el ojo mientras mascaba chicle ruidosamente, un hábito que detesto.

Cuando por fin se abrió otra puerta y apareció mi sobrino, me quedé perplejo. Tommy avanzó hacia mí sin levantar la mirada del suelo. La recepcionista se enderezó, se pegó el chicle detrás de la oreja y empezó a teclear briosamente su ordenador, observando a la estrella con el rabillo del ojo.

– ¡Dios mío, Tommy! -exclamé, preguntándome qué nuevos horrores me esperaban-. ¿Qué te ha pasado?

Vestía téjanos desteñidos y una ceñida camiseta negra que le marcaba los pectorales y los músculos del cuello y dejaba al descubierto sus brazos morenos y fuertes. ¿Cómo podía ser que un chico tan apuesto siempre estuviera metido en líos? Estaba claro que había recibido una paliza recientemente: tenía el ojo izquierdo medio cerrado y tumefacto, la mejilla muy hinchada, un labio partido y un repugnante hilo de sangre seca en la barbilla.

– ¿Qué ha ocurrido…? -pregunté, consternado.

– No te preocupes, tío Matthieu -dijo mientras franqueábamos la puerta por la que había entrado hacía un momento-. Estoy bien. Ha sido esta mañana. Carl se ha enterado de lo de Tina y yo y cuando he llegado a casa me estaba esperando. Me ha sacudido de lo lindo. Pero tranquilo, sobreviviré.

– Carl… -Titubeé. El nombre me sonaba de algo; quizá se tratara de un conocido suyo que me había presentado en alguna ocasión-. ¿Así que ha sido Carl…?

– Tina está embarazada, ¿sabes? -continuó, como si lo que le ocurría fuera lo más normal del mundo-. Pero, claro, no se sabe si el padre de la criatura es Carl, el nuevo camarero o yo. Lo malo es que no puede hacerse ahora el test de paternidad, pues tiene algo raro en los genes y si se hiciera la prueba podría dañar al feto. De modo que tendremos que esperar a que nazca el bebé. En fin, que estamos metidos en un buen lío, y con suspense añadido.

¿De qué me estaba hablando?… Pero de pronto comprendí y suspiré aliviado.

– ¡Claro, Carl…! -dije entre risas-. Es una especie de pariente, ¿verdad?

– Más o menos. Es el hijo adoptado del ex marido de mi madre con su segunda mujer. No existe parentesco sanguíneo, pero tenemos el mismo apellido. Sam Cutler y Carl Cutler. La gente nos toma por hermanos, pero nunca nos hemos llevado muy bien. Me envidia porque…

– Me parece que empezaré a ver la serie de nuevo -dije por enésima vez. Cuando Tommy se lanzaba a hablar de su personaje, parecía que no fuera a parar nunca-. Jamás me acuerdo de nadie.

– Bueno, por eso estás aquí hoy -dijo mientras llegábamos a un decorado que me resultaba familiar: el salón de la pequeña casa adosada de los Cutler en el este de Londres.

Dos minutos, Tommy. -Un hombrecito barbudo con un auricular en la oreja pasó por nuestro lado y le dio una palmadita en el brazo.

– Siéntate allí, tío Matthieu. -Señaló una silla en un rincón-. Y no hagas ruido, ¿eh? En cuanto acabe la escena seré todo tuyo.

Obedecí. Había cuatro cámaras en varios puntos del plato y unos quince técnicos. Junto a la mesa del salón vi un rostro conocido: la madre de Tommy en la serie, una actriz que en los años sesenta había tenido bastante éxito en películas cómicas. Una chica que no aparentaba más de doce años estaba dándole los últimos toques al maquillaje. En la década de los sesenta su estrella había declinado, pero había vuelto a brillar el primer día de emisión de la serie, y ahora se la consideraba una joya de la corona. Su personaje se llamaba Minnie, y la prensa sensacionalista la llamaba afectuosamente Minnie la Mandona. A su lado, sentado a la mesa, había un chico de unos quince años; sospeché que se trataba un nuevo ídolo adolescente contratado para atraer a cierto sector de la audiencia. Mientras Minnie la Mandona flexionaba rápidamente los hombros para meterse en papel, el chico se inclinaba sobre una revista y se mordía las uñas con ferocidad.

El director pidió silencio en el plato; alguien le sacó la revista al chico, que protestó airado; los técnicos se apartaron del objetivo de las cámaras y empezó el playback. Minnie y el chico se enderezaron en su asiento y comenzaron a hablar a la espera de que el director gritara «¡Acción!». De pronto la escena cobró vida.

– Me importa un pimiento lo que me digas de esa Carla lenson -espetó Minnie mientras encendía un cigarrillo-. Es un mal bicho y no quiero que vuelvas a verla, ¿has entendido? -Tenía un acento barriobajero, pero en la vida real hablaba como una dama de sangre azul. En ese momento ya nadie debía de recordar su voz verdadera.

– ¡Oh, tía Minnie! -refunfuñó el chico, desesperado, como si todos los adultos la tuvieran tomada con él y conspirasen para que siguiera eternamente con pantalones cortos y piruletas-. No hacíamos nada malo, te lo juro. Sólo estábamos jugando con mi nueva Nintendo, de verdad.

– De acuerdo, no digo ni que sí ni que no, pero entonces no entiendo por qué llevaba la blusa desabrochada hasta el ombligo, enseñando las… ya me entiendes, para que todo el mundo las viera.

– Es la moda. Así es como van las tías actualmente, ¿vale? -repuso el chico, indignado por la mentalidad carca de la mujer-. No te enteras de nada.

– ¡Pues tú sí que te vas a enterar si vuelves a ver a esa zorrita, Davy Cutler! -vociferó Minnie la Mandona-. ¿Me has oído?

– No es una zorra, tía. ¡Ya me gustaría que lo fuera!

Mientras tenía lugar ese diálogo, dos cámaras se movían un poco sobre el travelling mientras las otras filmaban a los actores por encima del hombro. Cuando esa parte de la escena llegaba a su fin, una de las cámaras giró sobre su eje para preparar el siguiente plano y enfocó la puerta. Detrás de mí -y no de los dos actores sentados a la mesa, por donde se suponía que tenía que aparecer Tommy- se oyó un portazo, y entonces entró mi sobrino en el salón y se dejó caer en el suelo, gimiendo como un poseso.

– ¡Oh, Dios mío! -exclamó Minnie, levantándose para acercarse presurosa a su hijo, a quien en el ínterin le habían aplicado más sangre de pega-. Pero ¿qué te ha pasado, hijo mío?

– Ha sido Carl, seguro -intervino Davy, feliz de cambiar de tema por un rato-. Se habrá enterado de que Sam se ha enrollado con su chica.

– Cierra la boca -masculló Minnie señalando con un dedo al chico-. No es verdad lo que dice, ¿verdad, hijo? -preguntó mientras su expresión de incredulidad se transformaba sutilmente en una mueca de decepción.

– Cállate, cállate -gimió Tom dirigiéndose a Davy, que tanto podía ser su primo como su hermano de leche o cualquier niño de la calle a quien un buen día habían decidido acoger.

– Es la pura verdad -replicó Davy, a la defensiva.

– Te he dicho… -Tommy hizo una larga pausa-. Te he dicho que te calles. -Otra pausa-. ¿No me has oído o qué?

Con la cabeza de Tommy apoyada en el regazo, Minnie los miró sucesivamente y de pronto, con una expresión misteriosa, fijó la vista en mí -léase «en el horizonte»- y su rostro se ensombreció. Las lágrimas asomaron a sus ojos, soltó la cabeza de Tommy, que golpeó audiblemente contra el suelo, y salió llorando a moco tendido por la puerta del salón. Luego se oyó un fuerte portazo procedente del técnico de efectos sonoros situado a mi espalda.

– ¡Corten! -gritó el director-. Muy bien, muchachos. Gracias.

Acepté la invitación que me hizo Tommy para pasar la tarde en el rodaje porque necesitaba distraerme un poco y olvidarme de mis problemas. Mi relación con Caroline era cada vez más tortuosa y empezaba a arrepentirme de haberla contratado. No podía criticar su entusiasmo; por la mañana llegaba al despacho antes que yo y cuando me iba a casa por la tarde ella seguía sentada a su mesa (aunque es posible que estuviese esperando a que me fuera para marcharse). Se enfrascaba en extensos informes sobre la historia relativamente breve de nuestra emisora y el estado de la teledifusión en la Inglaterra contemporánea. En nuestras conversaciones siempre utilizaba expresiones como «cuota de mercado», «estadísticas demográficas» y «audiencia principal», recalcándolas como si fuesen nuevas para mí, por si no seguía el hilo. Me daban ganas de decirle que llevaba doscientos años pensando en esos conceptos, aunque no utilizando esas mismas palabras. En su mesa de trabajo había tres pequeños televisores permanentemente encendidos sin sonido, uno sintonizado en nuestra emisora y los otros dos en la BBC y un canal de la competencia. De vez en cuando alzaba la cabeza, miraba una pantalla tras otra y escogía el programa que le habría resultado más atractivo de haber estado en casa apoltronada en un sofá y decidida a pasar la tarde delante del televisor. Apuntaba en una libreta las veces que ganaban nuestros programas y al término de la semana me presentaba los resultados.

– Fíjese, de nuestro canal sólo me interesa ver un doce por ciento de los programas. En cambio, los otros dos canales suman el ochenta y ocho por ciento restante.

– Bueno, nuestra actual cuota de mercado está muy por debajo de ese doce por ciento, Caroline. Es muy alentador, gracias.

Frunció el entrecejo y me miró intrigada, como si se preguntase si se habría equivocado al criticar ante mí nuestra programación. A continuación volvió a su mesa para seguir con los análisis. Me encantaba tomarle el pelo; su incansable entusiasmo la convertía en un blanco fácil para las bromas. Al parecer no hacía otra cosa que trabajar todo el día, como si fuera uno de los socios mayoritarios de la empresa. Qué queréis que os diga, nunca he creído en el trabajador incansable. Caroline estaba empeñada en convencerme de que era la persona indicada para ocupar el puesto de James, y cuanto más se esforzaba menos apta la encontraba para ese trabajo.

Entretanto, yo seguía doblando el espinazo seis y a veces siete días a la semana. Empezaba a estar harto, y para colmo la rutina del negocio me importaba un rábano. Continuaba celebrando reuniones semanales con Alan y Caroline, que asistía en representación de P. W., y diversos jefes de departamento cuyas opiniones me interesaban. Caroline siempre se sentaba a mi derecha y solía llevar las riendas de la conversación, a lo que no me oponía, pues sus ideas, aunque no siempre acertadas, en general suscitaban interés, pues todo el mundo estaba de acuerdo en que aportaba una perspectiva fresca al canal.

– Claro que al echar a Tara Morrison cometieron una equivocación garrafal -había señalado en una de esas reuniones, cuando hablábamos de un descenso del cinco por ciento de nuestra cuota de mercado entre las seis y las siete de la tarde-. Para atraer al público aficionado a las tetas y los culos no había nadie como Tara.

– No la echamos -repliqué con brusquedad. Me molestaba que siempre utilizara el lenguaje masculino para impresionar a los reunidos, que en su mayoría eran hombres-. Se fue porque quiso.

– Tara Morrison era una de las pocas estrellas de verdad de este canal -afirmó.

– Bueno, también tenemos a Billy Boy -apuntó Alan, como era de esperar-. El Chico.

– Venga, hombre, por favor, ¡si tiene la edad de mi abuelo! Reconozco que es famoso, una auténtica leyenda, pero ¿de qué nos sirve eso? Necesitamos talento nuevo y fresco. Talento en bruto. Ahora bien, si existiera algún modo de convencer a Tara de que volviese…

– No creo que quiera -dije-. Seguro que en la BBC está feliz. ¿Qué opinas, Roger?

Volví la mirada hacia Roger Tabori, el director de los noticiarios. Con su pelo negro engominado y peinado hacia atrás parecía un miembro de la familia Corleone.

– He oído ciertos rumores de que no está muy contenta en la BBC, pero como firmó un contrato…

– Aquí también tenía un contrato -señaló Caroline.

– No, Caroline, te equivocas. -Empezaba a irritarme su manera de hablar sobre algo que no entendía cabalmente-. Tara cumplió su contrato hasta el final y después decidió no renovarlo. Le hicieron una oferta mejor, sencillamente.

– Pues entonces deberíamos haberle ofrecido más dinero, ¿no? -dijo con dulzura.

La fulminé con la mirada; la sonrisa había desaparecido de mi rostro.

– Al parecer Tara quería presentar las noticias de las seis -terció Roger para rebajar la tensión-, pero no accedieron, porque en ese caso Meg se habría marchado. De modo que propuso salir en las noticias de la una. Tampoco quisieron, y no entiendo por qué; en mi opinión habría funcionado. Querían ponerla en la programación matinal, pero ella se negó, como era de esperar. Le han propuesto dirigir ciertos programas documentales; algo así como Preparados, celebridad; listos, cocina, y espacios por el estilo. Hasta ahora nada demasiado interesante.

– Antes de dejarnos debería haber sabido dónde se metía y negociar un poco, ¿no os parece? -inquirí dirigiendo una sonrisa a Caroline-. Quién sabe, tal vez llegue el día en que se vaya de la BBC y vuelva con nosotros con el rabo entre las piernas.

– Lo dudo -dijo Caroline. Yo tampoco lo creía posible. La verdad es que echaba de menos su compañía, igual que la de James. Pero él estaba muerto y Tara trabajaba para la competencia-. En fin… Pasemos a otro tema. Habría que despedir a Martin Ryce-Stanford, y cuanto antes mejor.

Tras estas palabras alguien resopló; me eché hacia atrás en la silla y tamborileé con los dedos sobre la mesa. Martin Ryce-Stanford ocupaba las tres plantas superiores de la casa donde yo tenía mi apartamento. Ministro durante el reino del terror de Margaret Thatcher, había sido destituido a raíz de una discusión que mantuvo con su jefa sobre el futuro de las minas de carbón. Martin pensaba que había que cerrarlas todas y aguantar como fuese el subsiguiente chaparrón. La Dama de Hierro estaba de acuerdo en lo primero, pero temía las consecuencias. De modo que planeó anunciar la clausura de gran parte de las minas, y luego, tras el inevitable escándalo, cedió un poco permitiendo que algunas se mantuvieran abiertas mientras cerraba las que tenía previsto clausurar en primer lugar. Por extraño que pueda parecer considerando su posición en el gobierno, Martin se indignó por esa muestra de cinismo político y en una entrevista en televisión hizo un comentario mordaz sobre los planes de la señora Thatcher. Esa misma noche, una hora después de la emisión, la primera ministra le telefoneó para despedirlo y lo amenazó con castrarlo. A partir de ese momento, y hasta que Margaret Thatcher abandonó el poder, Martin se convirtió en su bestia negra. Estuvo entre quienes en 1990 apoyaron el nombramiento de John Major como primer ministro, a pesar de que no se soportaban, en la esperanza de conseguir un escaño en la Cámara de los Lores. Por desgracia, los favores no siempre se pagan, y un buen día Martin se encontró escribiendo mordaces artículos contra el gobierno. Desarrollando una habilidad hasta entonces desaprovechada para la viñeta de sátira política, empezó a ilustrar sus artículos con caricaturas de los ministros a las que añadía el cuerpo de un animal ad hoc: John Major se contoneaba como un pato, Michael Portillo abría los brazos para mostrar el plumaje de un pavo real, y Gillian Shepard correteaba por la página como un pequeño rottweiler. Con el tiempo se juzgó que los artículos de Martin eran demasiado negativos, ya que lo criticaba absolutamente todo sin que le importara el que una idea fuese buena o no. Lo suyo era la descalificación por sistema. Ya nadie lo consideraba capacitado para la política, y en todos lados le reprochaban su increíble parcialidad y su absurda animadversión hacia cualquiera que ocupase una posición de poder. Incluso llegó a decirse que estaba un poco desequilibrado. Naturalmente, le había llegado la hora de entrar en la televisión.

Llegué a conocerlo bastante bien después de mudarme al apartamento de Piccadilly. De vez en cuando me invitaba a cenar a su casa en compañía de la pareja que hubiera logrado convocar para la noche y de su joven y malhumorada esposa, Polly. La velada solía ser absurdamente divertida. Defendía unas ideas ultraderechistas tan extremistas que no podían ser sino fingidas. Parecía deleitarse escandalizando a la gente con las barbaridades que decía. Polly apenas le prestaba atención. Como lo conocía, yo no caía en sus trampas, al contrario que la mayoría de mis acompañantes femeninas, quienes iban sulfurándose progresivamente a medida que transcurría la noche hasta que no aguantaban más, se levantaban de la mesa y se marchaban. Lo peor era cuando optaban por rebatir las disparatadas afirmaciones de Martin y se lanzaban a discutir. Entonces se veía a mi amigo en su salsa, pues esa reacción era lo que pretendía provocar desde un principio.

Poco después de la inauguración del canal tuve la inspirada idea de trasladar a la televisión la atmósfera desquiciada y provocadora de esas veladas, y le propuse a Martin que dirigiera y presentase un programa de entrevistas. El formato era simple: treinta minutos de duración, veinticuatro sin contar anuncios y créditos, dos invitados por noche, tres noches por semana. Los invitados serían una figura política del momento y un liberal escandalizado. El primero no se apartaría de su guión, pues no querría perjudicar su carrera política, en tanto que el liberal escandalizado -actor, cantante, escritor, intelectual, etcétera- asumiría la postura políticamente correcta. Martin sería el encargado de sembrar cizaña y sacarlos de quicio. A medida que avanzara el programa se haría patente que el político se esforzaba por no salirse ni un milímetro de la linea marcada por su partido sin llegar a condenar los desatinados puntos de vista de Martin, mientras que el liberal escandalizado se indignaría cada vez más y pronunciaría frases como: «Todo esto me repugna» o «Dios, ¿cómo puedes pensar así a estas alturas?», y cabía la posibilidad de que acabara lanzando el vaso de agua light, sin hielo ni limón, al odioso monstruo sentado frente a él. Resultó un programa muy divertido y una de mis mejores ideas.

Aunque al cabo de un tiempo ya no hacía gracia a nadie. Martin Ryce-Stanford había dejado de ser una figura polémica y provocadora para convertirse en un auténtico memo, y sus ideas ultraderechistas, un ejemplo de su anacronismo. Fue desbancado por otros programas de actualidad serios y cada vez le costaba más atraer a personajes solventes. Tocó fondo la noche en que entrevistó a la mujer del secretario de un recientemente elegido portavoz de Salud Pública del Partido Demócrata Liberal como figura política, y, en calidad de liberal escandalizado, a un joven cantante pop que había conseguido el tercer puesto en las listas de ventas de hacía seis años y del que nadie había oído hablar desde entonces (aunque se había reciclado y convertido en autor de libros infantiles sobre un duende dotado de múltiples poderes mágicos). A partir de ese momento la cuota de pantalla no sólo cayó en picado, sino que se evaporó. El programa era ruinoso y todos lo sabíamos. Aun así, Martin seguía siendo mi amigo, me lo pasaba muy bien con él y la idea de despedirlo me desagradaba profundamente.

– Habrá que despedirlo, Matthieu -insistió Caroline-. Su programa es una mierda.

– Tiene razón -convino Roger Tabori, y asintió con gravedad.

– ¡Pensaba que ya no existía! -exclamó Alan, asombrado.

– Necesitamos un cambio -dijo Marcia Goodwill, directora de programas de variedades, mientras daba golpecitos con el bolígrafo sobre su carpeta.

– Algo que atraiga a los jóvenes -propuso Cliff Macklin, director de programas importados, sumándose al oráculo.

– Tienes que despedirlo cuanto antes -concluyó Caroline.

Me encogí de hombros. Tenía razón, pero…

– ¿No podríamos cambiar el formato del programa? -tanteé-. ¿Actualizarlo un poco?

– Claro -replicó Caroline-. Podríamos despedir al presentador.

– Pero ¿no existe otra posibilidad? Aparte de despedirlo, quiero decir.

Caroline fingió reflexionar.

– Bueno -dijo al cabo-, quizá podríamos enviarlo al paredón; seguro que recuperaríamos audiencia. Y al conseguir publicidad, tendríamos dinero para contratar a otro presentador, alguien un poco sexy.

La miré sorprendido. A esas alturas ya no sabía cuándo hablaba en serio y cuándo no.

– ¡Es broma! -exclamó al ver mi aturdimiento-. Caray, parece que estés en un casting de liberales escandalizados.

– Si queréis oír mi opinión -intervino Roger Tabori-, os diré que el problema no radica tanto en el programa como en el presentador. Las entrevistas políticas tienen una larga vida por delante, sólo hemos de encontrar a alguien que las presente, alguien con más… no sé… atractivo para el público. Alguien con un par de cojones, por decirlo claramente.

– Y tetas -apuntó Caroline-. Si conseguimos a alguien con un par de cojones y tetas nos meteremos al público en el bolsillo.

– Perfecto -dije, y solté una carcajada-. Cojones y tetas. Y ahora, ¿qué hacemos? ¿Nos desplazamos a Amsterdam para buscar el fenómeno capaz de cumplir con esos requisitos?

– No creo que tengamos que ir tan lejos, Matthieu -comentó Cliff Macklin.

– Sobre todo cuando ya conocemos a esa persona que nos meterá en el bolsillo a los telespectadores -dijo Marcia Goodwill, uniéndose a la ofensiva.

Para entonces empezaba a sentirme atrapado en una emboscada, como si previamente hubieran ensayado la reunión a mis espaldas, utilizando a un actor para representar mi papel.

– ¿Y en quién estáis pensando, si puede saberse? -pregunté, dándome por vencido mientras clavaba la mirada en Caroline, sin duda la cabecilla del complot. De pronto comprendí que era más capaz de lo que había creído.

– Es bastante obvio -repuso-. Debemos recuperarla como sea. No importa lo que cueste, tiene que volver. Habrá que pagarle lo que pida, concederle las condiciones que imponga. Todo el canal tiene que girar alrededor de ella si así lo quiere. Tara dice: Es hora de volver a casa.

Negué con la cabeza y suspiré con los ojos cerrados. Quería borrarlos de mi vista, aunque sólo fuera un momento, y deseé con todas mis fuerzas que James estuviera vivo.

– Estoy impresionado -dije en el camerino de Tommy al finalizar el rodaje-. Nunca habría imaginado que para una serie como la tuya hiciera falta tanta gente. Antes todo era más sencillo.

Jamás le hablaba de mi época en la NBC, como es lógico, pero las diferencias entre los dos canales de televisión no podían ser más llamativas.

– Cuando estás en tu emisora nunca sales del despacho, ¿eh? -ironizó Tommy con una sonrisa.

– La mayor parte de nuestros programas son importados. Series dramáticas, comedias, ya sabes. En el canal sólo producimos noticiarios y programas de actualidad, un par de personas o más sentadas a una mesa y hablando de diferentes temas. Para eso no hace falta tanta parafernalia.

Contemplé a Tommy mientras se quitaba el maquillaje sentado ante un espejo estilo Broadway, con una hilera de bombillas enmarcando el rostro de la estrella. Al descubrir mi mirada me sonrió y, dirigiéndose a mi reflejo, comentó:

– El año pasado Madonna utilizó este camerino antes de salir en el programa de la Lotería Nacional. -Esbozó una mueca de disgusto-. Cantó Frozen y se dejó una maqueta de su nuevo álbum. Más tarde se la envié y ni siquiera me dio las gracias.

– Vaya. Me dejas de piedra.

– Antes de que viniera me obligaron a sacar todas mis cosas. Ella, en cambio, me dejó su mierda para que la limpiara. De paso me quedé con algunas cosas suyas, pero no se lo digas a nadie.

Me encogí de hombros y miré alrededor. Por todas partes se veían fotos, posters, cintas, carretes y guiones desperdigados por el suelo, impresos en colores diferentes para señalar versiones actualizadas; en conjunto parecía una escuela de Montessori. Imaginé que un hombrecito rodeado de papeles decidía en algún lugar del edificio el color de cada día y rellenaba un enorme gráfico, y que esas actividades daban sentido a su existencia. Escogí un guión al azar y le eché un vistazo, pero el diálogo me pareció tan elemental que enseguida lo dejé caer al suelo.

– ¿Te gusta trabajar aquí, Tommy? -pregunté al cabo de un momento.

– ¿Qué quieres decir?

Solté una carcajada.

– Pues eso, si te gusta tu trabajo. ¿Disfrutas? ¿Te gusta venir aquí todos los días?

– Creo que sí -respondió tras reflexionar un instante-. Por cierto, vuélvete si no quieres ver esto. -Y se puso a cortar un montoncito de cocaína en un espejo roto con gesto de suma concentración.

– De verdad, Tommy, cuántas veces te he dicho que…

– No empieces -me interrumpió-. Lo estoy dejando, te lo prometo. No seas pesado, ¿vale? Un hermanastro furioso que piensa que me estoy tirando a su mujer acaba de darme una paliza. Necesito algo para relajarme.

Suspiré y permanecí en silencio mientras Tommy se inclinaba para esnifar la raya sirviéndose de un cilindro de papel que guardaba en un cajón del tocador. Acto seguido empezó a temblar como si sufriera un ataque epiléptico; tenía los brazos extendidos, los puños apretados y los ojos cerrados con fuerza.

– ¡Mierda! -exclamó sujetándose la nariz violentamente y abriendo y cerrando repetidamente los ojos-. Qué asco de día. -Empezó a guardarlo todo.

Me volví; ya había tenido suficiente. No pude evitar preguntarme qué pasaría si entraba alguien justo en ese momento y si a Tommy le importaría.

– Por cierto, se me olvidaba -dijo cuando hubo recuperado su apariencia de Tommy DuMarqué y se disponía a salir del camerino-, tenemos que hablar.

Lo miré. ¿Hablar? ¿De qué? Tal vez no había conseguido ingresar alguno de mis talones a tiempo para pagar sus deudas.

– Esta semana recibí un guión. Al parecer, de un autor que tú recomiendas.

Di un paso hacia atrás, perplejo.

– ¿Qué? ¿Qué tipo de guión?

Se encogió de hombros y empezó a buscar por el caótico camerino.

– Ni idea. Como comprenderás, no lo he leído; no quiero arriesgarme. Aquí tenemos normas muy estrictas al respecto. Si recibimos un guión, tenemos que devolverlo el mismo día junto con una declaración estándar de la BBC según la cual ni el firmante ni el agente ni nadie que represente a éste, así como ningún agente nombrado por el firmante, ningún representante de la BBC o agente del mismo, han abierto el guión ni leído siquiera la primera página. Un manuscrito no solicitado puede desencadenar una verdadera pesadilla legal, te lo aseguro.

– ¿Y yo qué tengo que ver con todo eso?

– Pues no lo sé. -Dio con sus llaves entre el revoltijo de cosas esparcidas por el suelo y recogió el abrigo-. Bueno, la verdad es que antes de devolver el guión leí la carta que lo acompañaba. Era de un tío que te conoció en una fiesta. Al parecer hablasteis del guión y tú le recomendaste que me lo enviase, por si me interesaba.

– Eso es absurdo. No recuerdo nada de lo que dices. Un tipo que habló conmigo en una fiesta… ¿Cómo se llamaba?

Hizo una pausa para recordar.

– No lo sé… Según él, hace poco estabais en una fiesta y te gustó lo que…

– Ya caigo. -De pronto recordé-. ¿No se llamaría Lee Hocknell por casualidad?

Tommy chasqueó los dedos y me señaló.

– Exacto. Lo recuerdo porque se apellidaba igual que aquel pobre tipo que la palmó de sobredosis hace un par de meses y organizó todo ese lío.

– Es su hijo -dije. Y añadí indignado-: ¡Y no nos conocimos en una fiesta, sino en el funeral de su padre, joder!

– Eso es lo que ponía en la carta.

– No es verdad que le recomendara que te enviase el guión. Qué raro. Recuerdo que estaba escribiendo una historia policíaca o algo así para televisión. Tu nombre salió a colación no sé cómo, pero jamás pensé que te la mandaría.

Tommy se encogió de hombros y apagó las luces del camerino antes de salir.

– No importa -repuso con indiferencia-. Ya te he dicho que lo he devuelto.

– No entiendo cómo ha podido enviarlo. Qué caradura. Te juro que en ningún momento se me ocurrió aconsejarle que lo hiciera.

Soltó una carcajada.

– No te preocupes, de verdad. Cambiemos de tema. ¿Qué me cuentas de nuevo?

Ahora fui yo quien se echó a reír.

– Cuando te diga a quién debo engatusar la semana que viene, no me creerás.

16

Añoro a Dominique

Nat Pepys no era apuesto, pero su porte confiado delataba a un hombre que se sentía a gusto con su aspecto y posición en el mundo. Andaba dando zancadas por el jardín igual que un pavo real; las piernas iban delante del cuerpo de forma antinatural y su cuello se bamboleaba como el de un pavo tísico. Llegó a Cageley House un martes por la tarde sin compañía. Había castigado tanto al caballo que, al enfilar la entrada y frenar en seco ante los establos, el pobre animal tuvo que hacer un enorme esfuerzo para no caerse. El muy imbécil de Nat podría haber salido despedido y romperse el cuello. Me pareció que el caballo se asustaba, y me dio pena. Aunque no conocía a Nat, Jack me había hablado de un modo tan despectivo de él que enseguida me irritó su comportamiento.

Lloviznaba y al desmontar alzó los ojos al cielo como si con una mirada fría pudiese fulminar las nubes que tenía encima de la cabeza. Se acercó a nosotros más fresco que una lechuga, olfateando el aire como si fuera suyo, contento de volver a Cageley para reclamar sus derechos sobre la propiedad. Era más bajo que Jack y yo -de pie y calzado con las botas de montar no debía de superar el metro setenta-, y aunque aún no había cumplido los veintiuno el pelo empezaba a escasearle y en algunas zonas clareaba. El acné de la adolescencia había dejado huellas en su rostro, pero tenía unos ojos azul turquí que llamaban la atención; quizá constituyeran su único rasgo atractivo. Lucía un fino bigote que se toqueteaba continuamente, como si temiera perderlo.

– Hola, Colby -dijo a Jack como si yo no estuviera allí. Mi amigo había dejado de limpiar el establo por un momento y, apoyado en la horca, miraba de reojo al recién llegado con aversión apenas disimulada-. ¿Todo bien?

– Me llamo Holby, señor Pepys -contestó Jack en tono gélido-. Jack Holby. ¿Recuerda?

Nat se encogió de hombros y sonrió al palafrenero dándose aires. En toda la comarca no había dos hombres de la misma edad más diferentes. Jack era guapo, alto y fuerte, su cabello dorado brillaba al sol y no había más que verlo para saber que se pasaba la mayor parte del tiempo al aire libre. Nat era todo lo contrario: tez cetrina y cuerpo enclenque. Saltaba a la vista que uno había trabajado toda su vida y el otro no. Conociendo lo mucho que Jack lo detestaba, yo no entendía cómo se atrevía Nat a envanecerse de ese modo delante de él. Si se peleaban, la cosa acabaría muy mal, no me cabía duda. Pero entonces me acordé de las ambiciones que albergaba Jack; quería llegar a ser alguien, y si para lograrlo tenía que doblegarse ante un cretino como Nat Pepys durante unos años, no le faltaba fortaleza de carácter para hacerlo.

– Bueno, no pretenderás que recuerde los nombres de toda mi servidumbre, ¿verdad, Holby? -preguntó Nat en tono jovial-. Un hombre de mi posición -añadió tras una pausa.

– No importa, menos aún teniendo en cuenta que no formo parte de su servidumbre. -Mi amigo mantenía un tono cortés, aunque sus palabras se volvían cada vez más insolentes-. El que me paga es su padre, y así ha sido siempre. E imagino que también le paga a usted.

– De modo que imaginas eso, ¿eh? ¿Y quién se encarga de que todos los meses haya dinero suficiente en las arcas? -preguntó Nat sonriendo de oreja a oreja, y a continuación se volvió hacia mí, tal vez para evitar enzarzarse en una discusión.

Ignoraba si en el pasado se las habían tenido alguna vez, pero sabía algo que no debía de escapársele a Nat Pepys: Jack no se andaría con contemplaciones en lo que se refería al hijo del patrón.

– ¿Y tú? -preguntó mirándome de arriba abajo. Hizo una mueca mientras decidía si mi aspecto le gustaba y agregó-: ¿Quién diablos eres?

El tono no era tan agresivo corno las palabras, pero al no saber cómo dirigirme a él me quedé callado. Nunca había tratado directamente con su padre ni con su madre, y él era lo más cercano a un patrón que me hablaba desde mi llegada a Cageley. Miré a Jack en busca de apoyo.

– Se llama Matthieu Zéla -dijo Jack acudiendo al fin en mi ayuda-. Es el nuevo palafrenero.

– ¿Matthieu qué? -Nat parecía sorprendido-. ¿Cómo dices que se llama?

– Zéla.

– ¿Zéla? Dios mío, ¿y qué apellido es ése? Pero, chico, ¿de dónde provienes, con semejante nombre?

– Nací en París, señor -respondí en voz baja, sonrojándome-. Soy francés.

– Ya sé dónde está París, gracias -replicó-. Lo creas o no, estudié un poco de geografía en el colegio. ¿Y qué es lo que te ha traído por estos pagos, si no te importa que lo pregunte?

Me encogí de hombros. No sabía por dónde empezar.

– Es una larga historia. Resulta que…

Indiferente a mis explicaciones, se volvió y se puso a hablar con Jack mientras se quitaba los guantes de cuero y los metía en el bolsillo. Yo aún no había aprendido el significado de la expresión «pregunta retórica».

– Imagino que sabrás por Davies que este fin de semana vienen unos amigos míos.

Jack asintió con la cabeza.

– Es mi cumpleaños y Londres no es el lugar idóneo para celebrarlo -prosiguió Nat-. Serán siete en total y no llegarán hasta mañana, así que tenéis tiempo para hacer los preparativos. Lo quiero todo impecable, ¿entendido? -Miró al suelo con cara de asco, aunque era imposible tener el establo más limpio y ordenado de lo que estaba-. Tú, chico -añadió volviéndose hacia mí-, llévate mi caballo al establo y límpialo.

Asentí obediente y al ir a coger las riendas, el caballo se encabritó presa del pánico.

– ¡Por el amor de Dios! -exclamó Nat arrebatándome las riendas con violencia. El animal se quedó petrificado-. Así es como se hace, a ver si aprendes. Debes enseñarle quién manda, y con las personas es lo mismo. -Sonrió y, para mi incomodidad, volvió a examinarme como si fuera un campesino tirado en la cuneta. Bajé la mirada y cogí las riendas-. Supongo que habrá espacio para siete caballos más, ¿no? -preguntó a Jack mientras se alejaba.

– Diría que sí. -Jack se encogió de hombros-. En la tres hay mucho sitio, y podemos meter uno o dos aquí sin problemas.

– Muy bien… -Nat hizo una pausa para pensar-. Con tal de que tengan espacio para respirar… Saldremos de cacería, así que los caballos tienen que estar en buenas condiciones. Si es necesario, deja fuera alguno de mi padre. Esos animales se dan la gran vida; seguro que hasta comen mejor que algunos aldeanos.

Jack no abrió la boca, pero no me cupo duda que por nada del mundo sacrificaría la comodidad de uno de sus queridos caballos en beneficio de las cabalgaduras de los amigos de Nat Pepys.

– Bien, todo arreglado -concluyó finalmente Nat sin dejar de asentir. Desató su maletín de la grupa del caballo y agregó-: Será mejor que vaya a saludar a los viejos. Espero veros luego.

De camino a la mansión, se volvió una vez más y me lanzó una mirada socarrona, negando con la cabeza y murmurando «París» con desprecio. Me pareció que Jack tenía el semblante serio y los dientes apretados mientras seguía con los ojos a Nat. Era la viva imagen del odio.

Los siete amigos de Nat llegaron la tarde siguiente. Jack y yo estábamos allí para recibirlos cuando galoparon por el camino de entrada, mostrando la misma desconsideración a sus caballos reventados que Nat había exhibido la víspera. Desmontaron a toda prisa para saludar a su amigo, que se hallaba de pie unos pasos detrás de nosotros, y echaron a andar confiando en que alguien -concretamente Jack y yo- se ocuparía de sus cabalgaduras. Llevamos los animales a las cuadras para lavarlos y almohazarlos, una tarea larga y agotadora que nos tuvo ocupados el resto de la tarde. Los caballos estaban agotados, sudados y hambrientos, pues habían cubierto la distancia entre Londres y Cageley en un tiempo asombrosamente corto. Mientras yo lanzaba heno en el suelo de los establos, Jack calentó una enorme olla de avena y la echó en el pesebre. Cuando llegó la hora de ir a casa estábamos extenuados.

– ¿Qué te parece si vamos a la cocina y bebemos algo? ¡Nos lo hemos ganado! -propuso Jack mientras cerrábamos las puertas de las cuadras y comprobábamos que hubieran quedado bien atrancadas. Si escapaba algún caballo durante la noche estábamos perdidos.

– No sé… -repuse con aprensión-. ¿Qué pasaría si…?

– Vamos, Mattie, no seas cobarde. Mira, han apagado las luces.

Escudriñé las cocinas y, en efecto, todo estaba oscuro y no se veía un alma por los alrededores. Nadie nos había dicho que no pudiéramos ir a comer algo después del trabajo, de manera que al final acepté acompañarlo.

– La puerta está abierta -advirtió Jack con una sonrisa mientras entrábamos en las cocinas-. ¿Acaso tu hermana no sabe que debe cerrarlas con llave antes de irse a la cama?

Me encogí de hombros y me senté mientras Jack iba a la despensa, de la que volvió con dos botellas de cerveza que me mostró encantado.

– Aquí tienes, Mattie -dijo mientras las depositaba sobre la mesa-. ¿Qué te parece?

Cogí una y eché un buen trago. No estaba acostumbrado a la cerveza, y al principio el sabor amargo me provocó arcadas. Tosí un poco y Jack soltó una carcajada cuando se me escurrió un poco de líquido por la barbilla.

– ¡Ojo! ¡No la desperdicies! -exclamó sonriendo-. Sólo nos faltaría que nos descubrieran bebiendo cerveza. Así que échatela al coleto, no encima de ti.

– Perdona, Jack. Es que nunca había probado la cerveza.

Encendimos la pipa y nos reclinamos en las sillas de lo más relajados. Qué maravilloso debía de ser tener una vida ociosa, pensé. Abandonarse cuando a uno le viniera en gana, comer, beber y fumar cuando le apeteciera. Hasta los trabajadores se relajaban al final de la jornada y disfrutaban de los frutos de su esfuerzo. En cambio, yo ahorraba cuanto ganaba pensando en el día que Dominique y yo dejáramos Cageley para empezar una nueva vida en otro lugar.

– Este fin de semana voy a necesitar muchos momentos como éste -comentó Jack con actitud pensativa-. La que nos espera, con esta pandilla de gandules todo el día gritando y dando órdenes. Te juro, me entran ganas de… -Su voz se fue apagando, y finalmente se mordió el labio inferior, conteniendo su rabia.

– ¿Qué pasó entre Nat y tu Elsie? -pregunté. No es que hubiera notado que Jack y la joven tuvieran algún tipo de relación íntima, pero me pareció adecuado llamarla así porque él siempre se refería a ella como «mi Elsie».

Se encogió de hombros y pareció dudar si le apetecía abordar ese asunto.

– Es que he intentado quitármelo de la cabeza -dijo por fin-. Además, ya han pasado dos años.

Enarqué las cejas para instarle a contármelo, y al final accedió.

– Verás, he vivido en Cageley House desde que tengo cinco años, ya que mis padres llevan mucho tiempo trabajando para sir Alfred. De modo que puede decirse que me he criado en esta casa. Cuando éramos niños, Nat y yo jugábamos aveces. Así que sabe de sobra cómo me llamo. ¡Colby! Si me conoce de toda la vida. Sólo quiere fastidiarme.

– Pero ¿por qué? ¿No erais amigos?

Negó con la cabeza.

– Nunca lo fuimos. Teníamos la misma edad y estábamos aquí. En esa época, sir Alfred vivía en Londres y sólo venían a Cageley algunos fines de semana. Mis padres hacían sobre todo de guardas. El trabajo de verdad empezó cuando sir Alfred se retiró. De manera que entonces veía a Nat muy de tanto en tanto. Y siempre estaba dentro de la casa, mientras que yo siempre estaba fuera. Los problemas no empezaron hasta que mi Elsie llegó a la casa.

– Eso quiere decir que ella no vino cuando era pequeña.

– No, qué va. Sólo lleva aquí unos años, quizá tres. Bueno, el caso es que Elsie y yo congeniamos desde el primer momento. Dábamos paseos y hacíamos cosas, ya me entiendes. Pronto nos convertimos en algo más que simples amigos, pero siempre mantuvimos una relación informal. Estábamos y no estábamos, ya sabes.

Asentí; a fin de cuentas, el asunto no me era del todo desconocido, pues aunque la única relación amorosa de verdad que había conocido estaba lejos de ser informal, mis otras experiencias habían sido con prostitutas o golfillas de Dover.

– El caso es que -prosiguió Jack- un fin de semana viene Nat y se encapricha de mi Elsie en cuanto le echa el ojo. De modo que empieza a cortejarla, y ya sabes el resto de la historia.

– La consiguió.

– Ya lo creo que la consiguió. -Jack asintió-. Y acto seguido la dejó tirada como un trapo. A mi Elsie casi se le rompe el corazón. Ella ya se veía como señora de la casa, la muy tonta. ¿Cómo se dejó engañar por ese cabrón?

Acababa de pronunciar esas palabras cuando la puerta de la cocina se abrió de par en par y el susodicho cabrón entró sosteniendo una larga vela. A punto estuvo de desmayarse del susto. Recé para que no hubiera escuchado nuestra conversación al otro lado de la puerta.

– Hola, muchachos -nos saludó encaminándose hacia la despensa sin apenas mirarnos. Tal vez no hubiera oído nada, o le importara un bledo lo que pensáramos de él-. ¿Qué hacéis aquí tan tarde? Habéis acabado vuestro trabajo, ¿verdad?

Esperé a que contestase Jack, ya que de los dos era él quien llevaba la voz cantante, por decirlo así, pero pasaron unos segundos embarazosos y no abrió la boca. A pesar de la mirada de apremio que le dirigí, se limitó a beber un trago de cerveza y sonreírme en silencio.

– Hemos terminado, señor -dije finalmente-. Los caballos están listos para cabalgar mañana.

Nat salió de la bodega mirando la etiqueta de las dos botellas de vino que había escogido. Se volvió y me inspeccionó de forma parecida. Tardó un poco en reaccionar, como si no entendiera por qué estaba entablando una conversación con alguien que ocupaba un puesto tan inferior en la cadena alimentaria. Entonces dio un paso hacia nosotros. Apestaba a alcohol y tabaco y me pregunté en qué condiciones iría a cazar a la mañana siguiente.

– Saldremos a las once, muchachos. No sé qué instrucciones os habrá dado Davies, pero ésa es la hora de la partida, así que los caballos tienen que estar listos bastante antes.

– Estamos aquí desde las siete, señor -dije.

– De acuerdo, supongo que tendréis tiempo suficiente. -Consultó el reloj de bolsillo-. ¿No deberíais iros a dormir si tenéis que levantaros tan temprano? No quiero que lleguéis tarde.

Nos dirigió una de sus sonrisas de superioridad, que le devolví por cortesía. En cuanto a Jack, ni se inmutó. Observé que Nat lo miraba con una cierta aprensión, como si temiera que de repente volcara la mesa y lo estrangulase. El ambiente estaba tan cargado que podría haberse cortado con un cuchillo.

– Bueno, me voy -concluyó sin saber qué más decir-. Hasta mañana.

Cuando cerró la puerta con suavidad, solté un suspiro de alivio. Había temido que nos riñera por beber la cerveza de su padre, un lujo que teníamos prohibido, pero o no le importaba o no había caído en la cuenta.

– Supongo que no te da miedo, ¿verdad, Mattie? -preguntó Jack al rato, con suspicacia.

Solté una carcajada.

– ¿Miedo? -dije-. Es una broma, ¿no?

– A fin de cuentas, no es más que un hombre. Y ni siquiera eso.

Me retrepé en la silla, reflexionando. Jack se equivocaba: Nat no me daba miedo. En mi vida me había cruzado con individuos mucho más amenazadores que Nat Pepys y siempre había salido bien parado. Pero me intimidaba, no estaba acostumbrado a la autoridad y menos viniendo de alguien que tenía sólo dos o tres años más que yo. Nat me ponía nervioso, no sé por qué. El reloj de pared de la cocina dio las doce de la noche.

– Será mejor que me largue. -Acabé la cerveza de un trago, me puse en pie y me metí la botella en el bolsillo para tirarla por el camino de vuelta a casa de los Amberton-. Nos vemos mañana.

Jack alzó la botella en señal de despedida, pero no dijo nada. Al abrir la puerta, el claro de luna inundó la cocina, y salí al frío de la noche. Cuando rodeé la casa en dirección al camino de entrada vi la fiesta de Nat y sus amigos por la ventana. Armaban mucho alboroto y parecían muy animados. Oí que un hombre gritaba, a continuación se hizo el silencio y una joven empezó a cantar. Oculto entre las sombras contemplé la gran casa donde trabajaba. ¿Viviría así algún día? ¿Cómo era posible que hubiese gente tan rica? ¿Qué había que hacer para ser como ellos?

Estaba seguro de que yo nunca lo lograría, pero me equivoqué.

La mañana de la cacería, Dominique y otra ayudante de cocina bastante agraciada se hallaban apostadas a las puertas de los establos con bandejas de oporto en las manos. Nat las había seleccionado entre el servicio y las había provisto de los uniformes más elegantes que pudo encontrar. Era evidente que mi «hermana» atraía la atención de todos los hombres de la partida. Creo que era consciente de ello, que incluso estaba encantada, pero apenas miró a ninguno mientras iba ofreciendo oporto y sonriendo con amabilidad. Al verla salir de la cocina unos minutos antes, yo había sonreído como haría cualquiera que viese a un amigo vestido de punta en blanco, pero Dominique había pasado de largo sin hacerme caso, como si se considerara muy superior a mí profesionalmente.

Sacamos los caballos de las cuadras y los atamos en varios puntos alrededor del patio. Nat y sus amigos iban de un lado a otro bebiendo oporto y felicitaban a los caballos por su buen aspecto, como si hubieran hecho algo para conseguirlo. Actuaban como si Jack y yo no estuviéramos allí. A mi amigo no le importaba (creo que ni lo advirtió), pero yo me sentí ofendido, pues había trabajado mucho y merecía un mínimo de reconocimiento. Era joven.

Por fin dio comienzo la cacería, y caballos y perros cruzaron en tropel las verjas de Cageley House en dirección a una gran extension que había al otro lado de la propiedad.

Durante unos minutos oí los incesantes ladridos de los perros que correteaban por las colinas, así como las profundas notas de los cuernos que iban detrás. Después de que Dominique y Mary-Ann se marcharan a preparar la comida y lavar las copas de oporto, Jack y yo fuimos a almorzar. Al entrar en la cocina las dos amigas estaban riendo, pero enmudecieron de golpe e intercambiaron una mirada de complicidad que nos excluía tanto a Jack como a mí. Como de costumbre, mi amigo fue directo a la despensa para ver qué encontraba, y yo me senté a la mesa esperando que Dominique me dirigiera unas palabras amables, algo que me demostrase que aún le importaba.

– Qué quieres que te diga -comentó Mary-Ann mientras arrastraba un enorme saco desde la despensa. Se dejó caer en una silla junto a la cual había una palangana llena de agua y empezó a mondar patatas-, A mí también me gustaría salir a cazar. Me encantan los trajes que llevan y el modo en que cabalgan de un lado para otro. Ay, eso es mucho mejor que quedarse aquí pelando patatas.

– Te caerías de la montura a la primera y te romperías la crisma -se burló Jack-. ¿Cuándo montaste por última vez?

– Podría aprender, ¿no? Si Nat Pepys es capaz de hacerlo, no puede ser tan difícil.

– Seguro que lleva toda la vida montando a caballo -dije, y al ver que apoyaba a Jack, Dominique me miró asqueada-. Pero quizá no se te diera mal después de todo -murmuré para ganarme su aprobación.

– Supongo que estaréis enterados del compromiso -dijo Mary-Ann después de un rato, y puso cara de «sé algo que vosotros ignoráis».

Me quedé de una pieza.

– ¿Nat va a casarse? -Estaba claro que Jack tampoco sabía nada.

– Al parecer ya no -continuó Mary-Ann-. Corrían rumores de que se había comprometido con una joven de buena familia de Londres, creo que era la hija de un amigo del padre. Pero ella se enteró de que una noche de juerga Nat visitó una de esas casas que ningún caballero debería pisar, y rompió el compromiso.

Jack soltó un bufido.

– ¡De buena se libró! -exclamó entre risas-. Me pregunto quién en su sano juicio querría casarse con ese adefesio…

– Tampoco está tan mal -dijo Mary-Ann-. Además, un día recibirá un tercio de esta propiedad, lo que no es poco. Un hombre con dinero puede tener la cara más fea del mundo, que nadie se dará cuenta.

– De modo que es eso lo que te gusta de él, ¿eh, Mary-Ann? -preguntó Jack negando con la cabeza, desdeñoso-. En la vida hay cosas más importantes que las propiedades, ¿sabes?

– Vaya, qué raro. -La muchacha se sorbió la nariz y se concentró en las patatas-. Normalmente quienes hablan así son los dueños de propiedades, no los desgraciados que no tienen dónde caerse muertos.

Miré alrededor y pensé en lo maravilloso que sería nacer con dinero, heredar una fortuna y vivir sin trabajar.

– Un hombre como Nat nunca haría feliz a una mujer -apunté, deseoso de contentar a Jack, quien apenas parecía escucharme.

Mary-Ann soltó una carcajada.

– ¿Qué sabrás tú de lo que hace o no hace feliz a una mujer? -dijo casi llorando de risa-. Seguro que ni siquiera has hecho manitas con una chica. Eres sólo un criajo -me espetó.

Me quedé mudo, con la mirada fija en la mesa y el rostro encendido, y con el rabillo del ojo vi que Dominique se volvía hacia la pila y nos daba la espalda.

– ¿Tú qué dices? -añadió Mary-Ann dirigiéndose a su amiga-. ¿Crees que tu hermano se ha acostado alguna vez con una mujer?

– Ni lo sé ni me importa -contestó Dominique, tajante-. Ya está bien por hoy. Algunas tenemos cosas que hacer.

Advertí que empleaba expresiones típicas de la localidad y me pregunté si me ocurriría lo mismo. Mary-Ann siguió carcajeándose un buen rato, y cuando al final alcé la cabeza advertí que Jack, que había visto que Dominique y yo nos ruborizábamos, nos miraba entre risueño y sorprendido. Me levanté y salí de la cocina en dirección a las cuadras.

Cuando Nat y sus amigos volvieron a Cageley House por la tarde, nos informaron que había habido un accidente. Hacía rato que oía los cascos de los caballos y fui a esperarlos en el camino de entrada a la casa. Unos minutos más tarde irrumpió la jauría, seguida por los caballos agotados con sus jinetes. Nat llevaba a una mujer sobre su montura, una joven de cara pálida con los ojos enrojecidos. Los jinetes descabalgaron y no fue Nat sino uno de los chicos más altos quien ayudó a bajar a la chica y la llevó en brazos a la casa. Estaba preguntándome qué habría ocurrido cuando Nat se acercó a mí con cara de preocupación.

– Hemos sufrido un pequeño contratiempo -dijo mientras sus amigos entraban en la casa, donde los recibía el mayordomo-. Janet… quiero decir la señorita Logan se ha caído del caballo cuando éste se ha plantado delante de una valla. Creo que se ha torcido el tobillo. La pobrecilla no ha parado de quejarse durante media hora.

Asentí con la cabeza y conté los caballos. Habían salido ocho, pero sólo habían vuelto siete.

– ¿Dónde está su caballo? -pregunté en voz baja.

– Ah. -Nat apretó los labios y se rascó la cabeza-. El caballo está un poco herido, la verdad. Cuando Janet saltó por los aires se cayó y se dio un fuerte golpe; creo que se ha hecho mucho daño.

Me sentí desazonado. Aunque no fuera uno de los caballos que había cuidado en los últimos meses, el trato diario con los de sir Alfred me había infundido un amor hacia esos animales que hasta entonces desconocía. Admiraba su fuerza bruta, la potencia que controlábamos y utilizábamos para nuestro provecho. Me gustaba todo de ellos: su olor, su tacto, el modo en que me miraban confiados con sus grandes ojos húmedos. Mi ocupación favorita en Cageley House era almohazarlos. Presionaba con el instrumento en el lomo hasta que gemían de placer, y al final el brillo castaño de sus patas daba crédito de nuestra devoción y su belleza. De manera que la sola idea de que hubiese un caballo herido me sublevó.

– ¿Han tenido que sacrificarlo? -pregunté expectante.

Nat se encogió de hombros con indiferencia.

– No llevaba escopeta, Zulu -dijo pronunciando mal mi apellido-. He tenido que dejar a la pobre bestia allí tirada.

– ¿Que lo ha dejado allí? -pregunté sin dar crédito a mis oídos.

– No ha habido manera de que se levantara. Creo que se ha roto una pata. Como nadie llevaba un arma y no íbamos a machacarle la cabeza con una piedra, lo hemos dejado tal cual. He pensado que lo mejor sería regresar a la casa y pedir ayuda. ¿Dónde diablos se ha metido Holby?

Vi por la ventana de la cocina que Jack estaba hablando con Dominique. Al divisarnos, mi amigo salió lentamente de la casa para encargarse de los caballos. Fui hasta él y le conté lo que había ocurrido. Jack miró a Nat con rabia y, repitiendo lo que yo acababa de decir casi palabra por palabra, preguntó:

– ¿Has abandonado el caballo sin más? ¿En qué pensabas, Nat? Deberías llevar un arma de fuego cuando sales a cazar por si surge una emergencia, sea cual sea.

– Para ti, Holby, soy el señor Pepys -dijo Nat con la cara roja de furia ante la insolencia del palafrenero-. Nunca llevo armas de fuego si puedo evitarlo. Por el amor de Dios -añadió-, lo único que tenemos que hacer es volver y matar a ese animal. No tardaremos mucho.

Nos quedamos mirando al pobre imbécil, que parecía empequeñecerse a ojos vistas. Por primera vez me di cuenta de que yo, al igual que Jack, era mucho más hombre que él. En ese momento le perdí el respeto por completo, aunque su posición impidió que me dejase dominar por la cólera.

– Ya voy yo -dijo Jack finalmente, dirigiéndose a la casa en busca de un arma-. ¿Dónde has dejado el caballo?

– ¡No! -gritó Nat, decidido a no dejarse intimidar por dos inferiores-. Irá Zulu. Lo acompañaré para enseñarle dónde está. Tú quédate aquí y ocúpate de los caballos. Dales agua y comida, y cuando vuelva quiero verlos limpios, ¿entendido? Rápido.

Cuando Jack abrió la boca para protestar, Nat ya había dado media vuelta y entraba en la casa. Miré a mi amigo y me encogí de hombros. Fui a la cuadra y ensillé dos de los caballos de sir Alfred, pues no quería cansar a los que acababan de regresar de la cacería. Cuando los conducía fuera, Nat salió de la casa con una pistola en la mano. Antes de montar inspeccionó la recámara, tras lo cual se alejó al galope sin siquiera mirar a Jack. Lo seguí lo más rápido que pude, pero era un jinete mucho menos experimentado que él y temí quedarme rezagado.

Tardamos unos veinte minutos en divisar lo que nos pareció el caballo herido. Nos detuvimos a una distancia prudente y nos acercamos con cuidado. Temí encontrarlo agonizante o incluso muerto, y deseé con todas mis fuerzas que no estuviera allí. Quizá la lesión no fuera tan grave como Nat había pensado y había conseguido ponerse en pie; tal vez en ese momento deambulaba perdido por el campo. Pero no tuvimos esa suerte. Se trataba de una yegua color avellana de unos tres años de edad, con un círculo blanco alrededor de un ojo. Tendida sobre un manto de hojas y ramas, temblaba y sacudía la cabeza de forma convulsiva. Tenía los ojos desorbitados y echaba espumarajos por la boca. La recordé enseguida gracias a la mancha blanca: era un animal muy bello y fuerte; al andar se le marcaban los tendones y los músculos de las patas. Nat y yo nos quedamos observando a la pobre yegua unos segundos antes de intercambiar una mirada, en la que me pareció vislumbrar un destello de remordimiento. Me habría gustado gritarle a la cara una vez más «No puedo creer que la haya dejado aquí tirada», pero me dije que no era el momento adecuado para insolentarme y que corría el riesgo de que el hijo del patrón probara su fusta conmigo.

– ¿Y bien? -dije finalmente mientras miraba la pistola que asomaba del bolsillo de su chaqueta-. ¿Va a disparar o no?

Sacó el arma y palideció. La miró y se mojó los labios con la punta de la lengua.

– ¿Lo has hecho antes? ¿Has tenido que matar un caballo alguna vez?

Negué con la cabeza y tragué saliva.

– No -contesté-. Y no quiero hacerlo ahora, si no le importa.

Resopló y miró al caballo una vez más, contempló la pistola y finalmente me la dio.

– No seas cobarde. Obedecerás las órdenes que te dé. Ya sabes lo que hay que hacer.

Al coger la pistola caí en la cuenta de que él tampoco había matado un caballo en su vida.

– Sólo tienes que apuntarle a la cabeza y apretar el gatillo -dijo, y al oír esas palabras se me encendió la sangre-. Pero, por el amor de Dios, intenta que el disparo sea limpio, Zulu, por favor. Nada de chapuzas, ¿eh?

Se volvió y empezó a limpiarse la punta de la bota como si le fuera la vida en ello, a la espera de que yo descerrajara el tiro mortal. Miré el animal, que seguía temblando. Si quería librarlo de su agonía no había tiempo que perder, de modo que alcé la pistola -mientras me familiarizaba con su extraña forma, ya que nunca había sostenido una- con las dos manos para controlar el temblor y di un paso al frente. Apunté a la cabeza de la yegua y miré hacia otro lado. En cuanto noté las náuseas, disparé. El fuerte culatazo me hizo recular. Durante un buen rato permanecimos en silencio. Me sentía aturdido y me zumbaban los oídos, apenas consciente de lo que acababa de hacer. Cuando al fin miré mi obra, me alegró comprobar que la yegua había dejado de temblar. Por fortuna había disparado limpiamente, y con la excepción del hilo de sangre que brotaba de un humeante círculo rojo, y que descendía hasta el ojo atravesando la mancha blanca, apenas existían diferencias entre la escena de unos minutos antes y la actual.

– ¿Ya está? -preguntó Nat, todavía sin volverse.

Miré su espalda y no contesté. Vi que temblaba y, sin saber por qué, alcé la pistola de nuevo y le apunté a la cabeza.

– ¿Ya está, Zulu? -repitió.

– Mi nombre es Zéla -dije con serena firmeza-. Zéla, ¿entiendes? Y sí, ya está.

Se volvió, pero evitó mirar el cadáver del animal.

– Bueno -dijo finalmente mientras nos dirigíamos a nuestras monturas-. Supongo que eso es lo que te pasa por no hacer caso de lo que te dicen.

Le dirigí una mirada de extrañeza y sonrió.

– Resulta que ella quería que el caballo saltase la valla -recordó-. Me refiero a la señorita Logan. Quería saltar, pero el caballo se encabritó. Míralo ahora. Ha recibido su merecido. Cuando volvamos a casa, dile a Holby que mande a alguien a recogerlo y que lo lleve al matadero, ¿de acuerdo?

Montó sin mirarme ni pronunciar palabra y cabalgó en dirección a Cageley House. De repente sentí un vahído y me apoyé contra un árbol. Se me doblaron las rodillas y vomité. Cuando me incorporé tenía la frente sudorosa y un sabor de boca terrible. Me eché a llorar. Al principio sólo era un gemido, pero acabé sollozando a lágrima viva. Me acurruqué en el suelo y permanecí hecho un ovillo durante lo que me parecieron horas. Ésa era mi vida, me dije. La única que tenía.

Era de noche cuando regresé a casa de los Amberton, no sin antes haberme deshecho del cadáver de la yegua con la ayuda de Jack.

17

Con los capitostes de la «gran sociedad»

En 1921, tras la muerte de mi octava mujer en Hollywood, decidí mudarme lejos de California, pero sin abandonar Estados Unidos. El fallecimiento de Constance me había sumido en el abatimiento. Desde aquel absurdo accidente automovilístico ocurrido justo después de nuestra boda, y en el que también habían perdido la vida su hermana Amelia, mi sobrino Tom y una aspirante a estrella adolescente, mi vida iba a la deriva. A la edad de ciento setenta y ocho años no encontraba sentido a nada. Por primera y quizá única vez dudé de mi facultad física para permanecer con el aspecto y el vigor de un hombre de mediana edad. Me habría gustado dejarlo todo, abandonar esa miserable existencia en la que al parecer había quedado atrapado para siempre, y tuve que hacer un gran esfuerzo para no ir a un médico, explicarle mi situación y pedirle que me ayudara a envejecer o a acabar con mi vida de una vez.

Sin embargo, con el tiempo superé la depresión. Como he afirmado en otras ocasiones, en general no considero que mi condición sea negativa ni mucho menos. De hecho, sin ella habría muerto a principios del siglo xix y jamás habría tenido las vivencias con que he sido bendecido a lo largo de esta larga existencia. Cumplir años puede ser una experiencia cruel, pero, si te conservas bien y tienes dinero, siempre encuentras cosas que hacer.

Permanecí en California hasta finales de año, pues no tenía sentido empezar una nueva vida antes de las navidades. En enero de 1922 me mudé a Washington D. C., compré una pequeña casa en Georgetown e invertí en una cadena de restaurantes. El dueño del negocio, Mitch Lendl, era un inmigrante checo que había llegado a Estados Unidos en la década de 1870 y, como muchos de sus compatriotas, había modificado su nombre, Miklôs, para que sonase americano. Deseaba abrir otros restaurantes en la periferia de la ciudad, pero le faltaba capital. Podría haber recurrido a los bancos, pero temía que éstos le reclamaran la devolución del préstamo en un mal momento y le arrebataran su imperio, de ahí que decidiera buscar un inversor. Llegué a conocerlo bastante por el simple hecho de que me gustaba cenar en sus establecimientos, y desde el primer momento nos entendimos a la perfección. Al final acepté entrar en el negocio, que resultó muy rentable. De la noche a la mañana empezaron a aparecer restaurantes a lo largo y ancho del estado, y como Miklós (nunca lo llamaba Mitch) siempre contrataba a buenos cocineros, enseguida disfrutamos de una excelente reputación. Así pues, nuestro negocio iba viento en popa.

La cocina nunca me ha interesado mucho; me gusta comer bien, claro, pero imagino que como a todo el mundo. No obstante, durante esa época, mi única incursión en el negocio de la restauración, aprendí algunas cosas, sobre todo respecto a la importación de exquisiteces y productos exóticos, un mundo en el que la cadena Lendl estaba especializada. Comencé a interesarme por la materia prima que empleábamos en nuestros establecimientos y enseguida nos impusimos la norma de servir alimentos sanos, premisa que casi se convirtió en un lema de la casa. Gracias al talento y las habilidades de Miklôs servíamos las hortalizas más frescas, la mejor carne y los pasteles más deliciosos del estado. Teníamos lleno todas las noches.

En 1926 fui invitado a participar en un comité del Departamento de Alimentación. Mientras analizábamos los hábitos alimentarios de la población de Washington y diseñábamos una política para mejorarlos, conocí a Herb Hoover, quien años atrás, durante la presidencia de Wilson, había formado parte de ese mismo comité. A pesar de que ahora era secretario de Comercio, el trabajo de aquél seguía importándole, pues siempre le había atraído el tema de la alimentación. Trabamos amistad muy pronto y cenábamos juntos a menudo, aunque nuestra conversación se veía continuamente interrumpida por toda clase de gente, que lo abordaba para comentarle algún asunto personal de vital importancia.

– Todos creen que puedo ayudarlos de una manera u otra -me confió una noche, sentados a una mesa apartada del restaurante, con sendas copas de brandy en la mano tras una cena copiosa y de altos vuelos preparada por el mismo Miklós-. Piensan que si entablan amistad con un secretario de Comercio conseguirán una rebaja fiscal o algo por el estilo.

No podían ir más desencaminados: Herb tenía fama de ser uno de los hombres más estrictos e incorruptibles del gobierno. Se me escapaba cómo había alcanzado un puesto tan importante de esas características, sobre todo teniendo en cuenta su historial humanitario e incluso diría filantrópico. Cuando los alemanes invadieron los Países Bajos tras el estallido de la Primera Guerra Mundial, Herb estaba en Londres. Los aliados le encomendaron la misión de proveer a los belgas de alimentos, tarea que cumplió con gran éxito; sin su labor la población habría muerto de hambre. Unos años más tarde, en 1921, se impuso el reto personal de extender esa ayuda a la Unión Soviética, que sufría una de sus peores hambrunas. Cuando le criticaron que tendiera la mano al enemigo bolchevique, los rugidos de Herb estremecieron los cimientos de la Cámara de Representantes: «Veinte millones de seres humanos están muriéndose de hambre. Con independencia de su ideología política, ¡hay que darles de comer!»-La verdad es que ni siquiera yo sé cómo he llegado hasta aquí -admitió refiriéndose a su alto cargo en la administración-. ¡Aunque no parece que lo esté haciendo mal! -añadió con una amplia sonrisa que le resaltó las patas de gallo.

Tenía toda la razón: el país vivía una etapa de prosperidad y su ascenso en el gobierno parecía asegurado.

Por mi parte disfrutaba gratamente de su compañía, y cuando a finales de 1928 fue elegido presidente me llevé una gran alegría, no sólo porque hacía mucho que no tenía relación con un miembro del poder, sino porque la Casa Blanca jamás había acogido a un inquilino tan bondadoso como Herbert Hoover. Asistí a su investidura en marzo de 1929, un día antes de mudarme a Nueva York. Hoover expresó lo orgulloso que se sentía de sus conciudadanos, que habían logrado levantar el país tras la Gran Guerra y ahora disfrutaban de unos años de paz bien merecida. Aunque largo, farragoso y plagado de detalles que a los americanos les traían sin cuidado, su discurso fue optimista y estuvo lleno de buenos augurios para los siguientes cuatro años. Como es natural, después apenas tuve tiempo de hablar con él, pero le deseé lo mejor, en la creencia de que el respeto que Hoover despertaba en sus compatriotas, su naturaleza filantrópica y la prosperidad y la paz que vivíamos pronosticaban un mandato tan bueno como el de sus predecesores. Qué poco imaginaba yo que a finales de ese mismo año el país estaría sumido en una gran depresión y la presidencia de Hoover se malograría prácticamente en el inicio de su andadura.

Y aún esperaba menos que muchos de mis conocidos fueran a pagar un precio tan alto por esa hecatombe.

A Denton Irving le gustaba correr riesgos. Su padre, Magnus Irving, había dirigido hasta hacía poco CartellCo, una gran sociedad de inversiones neoyorquina heredada de su difunto suegro, Joseph Cartell. A los sesenta y un años de edad, Magnus sufrió un derrame cerebral que lo dejó incapacitado para seguir al frente de la empresa, y Denton, que había pasado la mayor parte de sus treinta y seis años trabajando como especialista inversor, cogió el relevo. Herb nos había presentado unos años antes y desde entonces éramos amigos. En cuanto aterricé en Nueva York fui a verlo para contarle mis proyectos y pedirle consejo.

Miklôs y yo habíamos recibido una generosa oferta por nuestra cadena de restaurantes. Decidimos aceptarla, lo que precipitó mi marcha de la capital. La oferta, que procedía de un consorcio de inversores, no sólo estaba muy por encima de lo que habríamos podido esperar de un único comprador, sino que excedía en mucho el dinero que podríamos ganar entre los dos durante toda una vida (normal). Además, Miklós estaba envejeciendo y ninguno de sus hijos poseía su instinto para la hostelería, de modo que nos pareció un buen momento para vender. Como consecuencia de ello, ahora yo era dueño no sólo de las acciones y las cuentas habituales, sino de una pequeña fortuna. Si quería invertirla con inteligencia, debía consultar a Denton.

Corría marzo de 1929. Al cabo de una semana Denton me había preparado una cartera de inversiones bastante fiables, repartiendo mi dinero entre empresas consolidadas como US Steel y General Motors, compañías recientes como Eastman Kodak y varias empresas innovadoras que quizá despegasen si encontraban inversores dispuestos a apostar por ellas. Denton era un hombre muy listo pero extraordinariamente impaciente, un rasgo de carácter que no compartíamos. En cuanto le informé de mi intención de invertir una suma considerable, empezó a llamar a sus contactos para dar con las mejores opciones y las empresas más solventes, como si él mismo fuera a disfrutar de los beneficios. Yo no podía por menos de encontrar divertido su entusiasmo; confiaba plenamente en sus habilidades y disfrutaba mucho de su compañía.

En esa época una joven desconocida entró en mi vida. Se llamaba Annette Weathers, tenía treinta y tres años y era empleada de correos en Milwaukee. Una tarde lluviosa de abril llamó a la puerta de mi apartamento cerca de Central Park. Llevaba a un niño de unos ocho años de la mano, mientras con la otra asía un par de bolsas grandes. Estaba empapada, a duras penas lograba contener las lágrimas y apretaba la mano del niño con desesperación. Estupefacto, me pregunté quién sería y qué querría de mí; sólo tuve que echar un vistazo al niño para averiguarlo.

– Señor Zéla -dijo al tiempo que dejaba las bolsas en el suelo para tenderme la mano-, siento molestarle, le escribí varias veces a California pero nunca me respondió.

– Hace mucho tiempo que no vivo allí -aclaré, todavía de pie en el umbral-. Me trasladé a…

– Washington, lo sé -me interrumpió-. Perdone que haya venido, pero es que no sabía qué hacer. Es que estamos… estamos… -balbució, pero la tensión acabó por vencerla y se desplomó a mis pies hecha un mar de lágrimas.

El chico me miró con recelo, como si yo fuese la causa del llanto de su madre. No sabía qué hacer. Mi última experiencia con un chico de esa edad había sido un siglo y medio antes, con mi propio hermano Thomas. Y desde entonces me había mantenido alejado de los niños. Abrí la puerta del todo y los hice pasar. Acompañé a la joven hasta el cuarto de baño a fin de que recobrase la compostura con un poco de dignidad y senté al niño en un gran sillón, desde donde siguió mirándome con una mezcla de temor e indignación.

Una hora después, Annette se encontraba sentada tranquilamente ante el fuego. Se había dado un baño y llevaba una gruesa bata de lana. Empezó a explicar el motivo de su visita y a hablarme de su vida como si pidiera perdón por ambas; pero yo ya sabía quién era.

– Se puso en contacto conmigo después de la boda, ¿recuerda? Cuando murió su pobre mujer.

– Lo recuerdo. -De pronto caí en la cuenta del tiempo que llevaba sin dedicarle un pensamiento a Constance, y me desprecié por ello.

– Mi pobre Tom también murió ese día. La vida sin él no me ha resultado fácil, ¿sabe?

– Lo imagino. Lamento no haberle sido de ayuda.

Annette era la viuda de Tom, a quien yo apenas había tratado antes de mi boda con Constance y que no viviría para contarlo. Lo recuerdo muy bien ese día, todavía me parece verlo caminando entre los invitados, abordando a Charlie, Doug y Mary, a quienes había visto en la gran pantalla y las revistas de cine. Luego, mientras intentaba congraciarse con una joven actriz que había aparecido en unos cortos de Sennett, desgraciadamente el coche de Amelia y Constance le aterrizó encima. Al día siguiente el nombre de mi sobrino apareció en los periódicos. Annette no se encontraba en el lugar de los hechos: en ese momento estaba embarazada y, según Tom, no había querido viajar de Milwaukee a California, aunque yo sospechaba que era él quien le había prohibido que lo acompañase. Dado el comportamiento de Tom, deduje que su matrimonio no era feliz.

Era una joven de aspecto dulce, de cabello rubio, rizado y corto y mejillas pálidas, la clase de chica a la que unos viejos malvados atarían a la vía del tren en las películas de aquel tiempo. Tenía los ojos muy grandes, pero el resto de sus facciones eran suaves y poco llamativas, y poseía la piel más impoluta que yo había visto en todo un siglo. En cuanto la vi despertó en mí un deseo instintivo de protegerla, no sólo a causa de su hijo o por los lazos que me habían unido a su difunto marido, sino por ella misma. Durante ocho años Annette no había cedido a la tentación de comunicarse conmigo, aunque sabía que yo tenía dinero, así que imaginé que su visita no obedecía a la codicia sino a la necesidad y la desesperación.

– Lo lamento muchísimo -dije levantando las manos en gesto de consternación-. Debería haber mantenido el contacto contigo, aunque sólo fuera porque el niño es mi sobrino. Por cierto, ¿cómo estás, Thomas?

– Lo llamamos Tommy… Pero ¿cómo ha sabido su nombre? -Annette pareció repasar toda la conversación para descubrir si había mencionado el nombre de su hijo en algún momento.

Me encogí de hombros y sonreí.

– Pura casualidad -repuse, y al advertir que el niño permanecía en silencio, añadí-: Es un chico de pocas palabras, ¿eh?

– Está cansado. Le iría bien descansar un rato. ¿Tiene una cama de sobra?

Me levanté de un brinco.

– Claro. Ven conmigo, Tommy.

El chico se inclinó hacia su madre con cara de espanto. Miré a Annette sin saber qué hacer.

– Si no le importa, yo misma lo acompañaré. -Se puso en pie y levantó a su hijo del suelo con facilidad, aunque era un niño de estatura normal para su edad y no necesitaba que nadie lo cogiera en brazos para llevarlo a la cama-. Los desconocidos le ponen nervioso.

Lo entendía perfectamente. Le mostré la habitación y se quedó con él un cuarto de hora, hasta que el niño se durmió.

Cuando volvió le ofrecí un brandy y la invité a pasar la noche en el apartamento.

– No quisiera molestarle -dijo, y vi que se le llenaban los ojos de lágrimas otra vez-. Pero se lo agradezco mucho. Voy a serle sincera, señor Zéla…

– Matthieu, por favor.

Annette sonrió.

– Voy a serte sincera, Matthieu. He venido a verte porque eres mi último recurso. Llevo mucho tiempo sin conseguir trabajo. Hace un año despidieron a algunos empleados y desde entonces he sobrevivido con mis ahorros. Me atrasé en el pago del piso y nos echaron. Mi madre murió el año pasado. Esperaba heredar algo, pero la casa estaba hipotecada y el banco se la quedó, además de todo el dinero. No tengo más familia. Sé que no debería haber venido, pero Tommy… -Miró hacia la puerta, se llevó una mano a los labios y se sorbió la nariz.

– Es natural que el niño necesite una casa -dije-. Escucha, Annette. No debes preocuparte. Deberías haber venido a verme mucho antes, o yo debería haberme puesto en contacto contigo, da igual. En cualquier caso, Tommy es mi sobrino y tú, en cierto modo, también eres mi sobrina, de modo que estaré encantado de ayudaros. -Titubeé-. Lo que quiero decir -añadí como si fuera necesaria una aclaración- es que haré lo que pueda por vosotros.

Me miró en silencio, como si mi respuesta fuese mucho más generosa de lo que se había atrevido a imaginar, colocó su vaso sobre la mesa y me abrazó.

– Gracias… -musitó e, incapaz de seguir conteniendo las lágrimas, se abandonó al llanto.

El destino logra unir a las personas más insospechadas. Concerté una cita con Denton para plantearle ciertas cuestiones referentes a mis inversiones, pero unas horas antes me llamó para cancelar la reunión porque tenía que asistir a un funeral.

– El de mi secretaria -me contó por teléfono-. Resulta que la han asesinado. ¿Puedes creerlo?

– ¿Qué dices? ¿Asesinada? ¿Qué ha pasado? -Recordé a la mujer de las ocasiones que había ido al despacho de Denton: era una joven poco agraciada que siempre olía a crema hidratante.

– Bueno, todavía no es seguro. Al parecer se había ido a vivir con un tipo, un aspirante a actor, con el que pensaba casarse. Una noche llegó a casa rabioso porque no lo habían elegido en una prueba para actuar en Broadway y se le fue la mano con la pobre mujer. Después de eso, ella ya no despertó.

– ¡Qué horror! -murmuré con un escalofrío.

– Y que lo digas.

– ¿Lo han detenido?

– Sí. Ahora mismo está entre rejas. Tengo que dejarte. El funeral empieza dentro de una hora y voy a llegar tarde.

No me gusta aprovecharme de la desgracia ajena, pero más tarde pensé que Annette era la persona idónea para ocupar el puesto dejado vacante por la secretaria. Había trabajado varios años como empleada de correos, por lo que debía de estar familiarizada con las tareas administrativas. Además, era inteligente, amable y atenta, la típica persona insustituible en cualquier empresa. Llevaba conmigo un par de semanas y había conseguido un trabajo de camarera mientras Tommy estaba en el colegio. Cobraba una miseria, y aun así insistió en darme parte de su sueldo en concepto de mantenimiento. Traté por todos los medios de disuadirla, en vano.

– No lo necesito, Annette, créeme. Más bien tendría que ser yo quien te diera dinero.

– Pero si ya lo haces, Matthieu, permitiendo que vivamos en tu casa sin pagar alquiler. Por favor, acéptalo. Me sentiré mejor.

Aunque no me gustaba que me diese dinero, comprendía lo importante que era para ella sentir que contribuía a los gastos de la casa. Desde el nacimiento de su hijo había sido autosuficiente; había cuidado y educado al niño ella sola, y con buenos resultados. Aunque silencioso, era un chico inteligente y agradable. Cuando nos conocimos un poco más, me tomó confianza, como yo a él. Descubrí que me gustaba volver al apartamento por la noche y encontrármelos allí, Annette preparando la cena para los tres y Tommy leyendo tranquilamente un libro. Nuestra vida doméstica pronto se asentó en una rutina sencilla y relajada; me parecía que los dos habían estado siempre allí. En cuanto a mi relación con Annette, aunque la encontraba muy atractiva no podía verla sino como una sobrina, y nos tratábamos con cordialidad y franqueza.

Cuando Denton aceptó entrevistarla como posible secretaria, ella se puso contentísima, pues para entonces ya había descubierto que el trabajo de camarera no era ninguna maravilla. El encuentro entre los dos debió de ser un éxito, pues obtuvo el puesto. Annette me agradeció efusivamente mi ayuda y cuando cobró su primer sueldo semanal me compró una pipa.

– Quería regalarte algo que te gustara mucho y, aunque creo que deberías dejar de fumar, te he comprado una pipa para engrosar tu colección. ¿Puedo preguntarte cuántos años hace que fumas?

– Demasiados -contesté, recordando la ocasión en que Jack Holby me había iniciado en los placeres de la pipa-. Hace muchos, muchísimos años. Pero mírame: sigo vivo.

En esa época estaba al corriente de las fluctuaciones de la economía. Atento a mis inversiones, me pasaba la mayor parte del tiempo leyendo la prensa financiera y escuchando a los especialistas. Tenía mucho dinero invertido en varias empresas, y aunque Denton me asesoraba muy bien, siempre he pensado que nadie cuida mejor lo que le pertenece que uno mismo. Una tarde asistí a una conferencia organizada por la Asociación Nacional de Crédito en la sala de actos de TriBeCa. El orador lanzó una advertencia respecto al estado de las finanzas públicas, afirmando que el crédito a las inversiones estaba en el nivel más alto de la historia de Estados Unidos. Aconsejaba actuar con pies de plomo, no sólo a los hombres de negocios como yo sino a las instituciones bancarias, pues un alza súbita del crédito podría traer consecuencias devastadoras.

– No te preocupes -dijo Denton-. Es verdad que el nivel de crédito está demasiado alto, pero eso no conducirá a la bancarrota al país, tranquilo. Mira a Herb, por el amor de Dios. Tiene tan agarrado por los cojones el sistema de la Reserva Federal que se necesitarían diez toneladas de dinamita para arrancárselo.

– Me interesaría liquidar algunas acciones -repuse, divertido por su peculiar forma de hablar-. Sólo unas pocas aquí y allá. Últimamente cuentan unas historias que no me gustan. Por ejemplo, el asunto ese de Florida…

Denton se echó a reír y propinó un golpe tan fuerte a la mesa que di un brinco y Annette apareció corriendo desde recepción para ver qué había ocurrido.

– No pasa nada, cielo -se apresuró a decir Denton con una cálida sonrisa-. Ya sabes que a veces me comporto como un energúmeno para resultar más convincente.

Annette rió y lo señaló con un lápiz antes de abandonar la estancia.

– Si no va con cuidado, el día menos pensado sufrirá un ataque de corazón -dijo en tono jocoso, dio media vuelta y cerró la puerta tras de sí. Miré a Denton, intrigado por la intimidad que delataba aquel breve intercambio de palabras, y advertí que se había quedado contemplando la puerta, embobado.

– Denton -dije con cautela, tratando de atraer de nuevo su atención-, estábamos hablando de Florida, ¿recuerdas?

Me miró como si no me reconociera y no supiese qué hacía en su despacho. Por fin, sacudió la cabeza igual que un perro mojado por la lluvia y continuó hablando.

– Florida, Florida, Florida -repitió ensimismado como si intentara recordar el significado de esa palabra, y de repente gritó-: ¡Florida! Ya te he dicho que no te preocupes por Florida. Lo que ha ocurrido allí es la quiebra financiera más grande de la historia del sur del país. ¿Sabes a quién le importa eso aquí, en Nueva York, donde está el dinero de verdad?

– ¿A quién? -inquirí, aunque conocía perfectamente la respuesta.

– Pues a nadie.

– No estoy tan seguro -repuse, frunciendo el entrecejo-. He oído decir que aquí podría suceder lo mismo. -No iba a dejarlo estar así como así cuando se hallaba en juego mi estabilidad financiera.

– Escucha, Matthieu -murmuró con voz pausada, como si hablara con un niño. Una de las cosas que me gustaba de Denton era su absoluta confianza en sí mismo y la arrogancia con que rebatía los argumentos de cualquiera que lo cuestionase-. ¿Quieres saber lo que ocurrió en Florida? Pues te lo diré. Desconozco cuáles son tus fuentes ni de dónde sacas la información, pero te aseguro que no tienen ni puta idea. En los últimos años Florida ha experimentado un incremento espectacular de demanda de parcelas que recuerda la fiebre de tierras que hubo en Oklahoma a finales del siglo pasado. Cualquiera que tuviese diez centavos compró un terreno. -Hizo una pausa-. Te voy a contar algo, pero, ojo, no lo divulgues, pues me lo explicó un conocido mío de Washington, ya sabes a quién me refiero, así que, por favor, que no salga de estas cuatro paredes. El hecho es que en los últimos años los promotores han delimitado más solares para viviendas en Florida que el número de familias que hay en todo Estados Unidos. ¿Qué te parece?

– Bromeas -dije entre risas. Jamás había oído nada parecido, y no me convencía en absoluto.

– Hablo en serio, amigo mío. Florida es uno de los estados más atrasados de la Unión, y sólo hace diez años que la gente ha empezado a percatarse de esa realidad. Aun así vendieron, vendieron, vendieron y vendieron, hasta que no les quedó un palmo de tierra por vender. Entonces, ¿sabes qué hicieron? Volvieron a venderlo todo. Se han vendido millones y millones de solares sin suficiente espacio para construir ni una vivienda. Y no sólo eso, sino que ni siquiera con toda la población de este maldito país se ocuparían todas esas parcelas, en el caso improbable de que toda la gente se trasladara a Florida. -Resopló y dio un bote en su asiento-. ¿Sabes lo que pasaría si todos los hombres, mujeres y niños viajaran de pronto a Florida? Te lo diré: el planeta se desequilibraría e iríamos a la deriva por el espacio.

– Vale, Denton -repuse, poniendo los ojos en blanco-. No lo sabía.

– ¡Y…! ¡Y…! -vociferó, golpeando la mesa otra vez presa de la excitación-. Te diré algo más. Si toda la población de China diera un salto a la vez, ocurriría lo mismo. El eje de la Tierra, o lo que sea, se iría a hacer puñetas, no habría gravedad y saldríamos disparados hacia Marte. ¿Sabes lo que pienso? Que China podría ser el país más poderoso del planeta si cayera en la cuenta de esa posibilidad. Sólo tendrían que amenazar con dar un bote de pocos centímetros para poner al mundo entre la espada y la pared. ¡Piénsalo!

Lo pensé y rogué que hubiera terminado con ese asunto.

– Todo lo que me explicas es muy interesante, Denton -dije con firmeza para dejar claro que daba por zanjado el tema de las estrategias chinas de dominación mundial-; pero me parece que nos estamos alejando del asunto. Desearía liquidar algunas acciones. Lo siento, es lo que me dice el corazón.

– Muy bien, al fin y al cabo se trata de tu dinero -repuso sonriendo-. Tus deseos son órdenes para mí, amigo mío -añadió con elegancia.

– Bien -dije, y no pude evitar soltar una carcajada-. Averigua qué puede hacerse. Un poco aquí, otro poco allá… Tampoco te pases. Ya me dirás qué se te ocurre.

– De acuerdo -repuso.

Me levanté y, tras estrecharnos la mano, me dispuse a marchar, cuando añadió:

– Una última cosa, Matthieu. Luego dejaré que te vayas.

Sonreí y enarqué una ceja inquisitiva.

– Ese asunto de Florida… Supongo que sabes que el problema no fue la especulación desmedida.

– Ah, ¿no? -Me sorprendí, pues siempre había pensado lo contrario-. Entonces, ¿qué fue?

– El huracán. Así de sencillo. El año pasado un terrible huracán arrasó Florida y provocó pérdidas valoradas en varios millones de dólares. Al contabilizar los daños, la realidad de la especulación inmobiliaria salió a la luz. Si no hubiese sido por eso, aún seguirían dale que dale. Fue culpa del huracán. Y yo, la verdad, no veo ningún huracán avanzando por la Quinta Avenida, ¿tú sí?

Me encogí de hombros, sin saber qué responder.

– ¿Sabes cuál es la moraleja de la historia? -preguntó cuando ya tenía un pie fuera del despacho.

– Adelante -respondí, contento de haber pagado una hora de puro entretenimiento, aunque no fuera más que eso-. Dime, Denton, ¿cuál es la moraleja?

– La moraleja de la historia -dijo, inclinándose y apoyando las manos en el escritorio- es que cada cierto tiempo sobreviene un desastre natural o, lo que es lo mismo, un acto divino, y retira el polvo de modo que la gente descubre que lo que había debajo no es demasiado bonito. ¿Entiendes?

Denton pertenecía a una familia adinerada. El padre había heredado la sociedad de su suegro, pero la fortuna familiar de los Irving se remontaba a varias generaciones, casi hasta la época de los primeros colonos. Aunque desde que había sufrido el derrame cerebral Magnus Irving no podía enfrentarse al día a día en la firma, seguía dirigiendo entre bastidores y espiaba todos los movimientos de su hijo, sobre los que luego hacía comentarios despectivos.

Yo no ignoraba que Denton vivía atemorizado por su padre, un gigante que había ido al gimnasio todos los días de su vida (mucho antes de que esa clase de hábitos saludables se pusieran de moda). Supe que Denton había tenido un padre estricto el día que lo vi enderezarse en su asiento y ponerse tenso cuando Magnus lo llamó por teléfono.

En el transcurso de 1929 continué liquidando buena parte de mi cartera de valores, mientras Denton se metía en una espiral interminable de inversiones apostando por opciones que según él no podían fallar, como las solventes empresas Union Pacific o Goodrich. Antes del verano la economía cayó en picado al reducirse la producción industrial y bajar los precios. El presidente Hoover forzó a la Reserva Federal a alzar la tasa de descuento a fin de evitar la especulación en el mercado bursátil, pero, como otras de sus medidas, ésa tampoco pareció funcionar. El capital invertido en el mercado bursátil subió y subió hasta que estuvo a punto de alcanzar su punto de saturación. Para tranquilizar los ánimos, Hoover y el gobernador de Nueva York, Franklin Delano Roosevelt, se mostraron optimistas en relación con la Bolsa. Hoover llegó a decir que la «gran sociedad» nunca sería vencida. No sé si se refería al país o a Wall Street.

Al mismo tiempo descubrí que Denton y Annette estaban viviendo un idilio. A menudo ella llegaba a casa eufórica después de que su jefe la hubiera llevado a cenar o a bailar. Parecía feliz y entusiasmada con esa relación, que alenté, pues Denton me gustaba y, si llegaban a casarse, podría darles a Annette y a su hijo una vida confortable.

– Qué poco pensaba yo que acabaría actuando de casamentero -dije una de las raras noches en que Denton no nos acompañaba. Estaba leyendo la nueva novela de Hemingway, Adiós a las armas, que acababan de publicar, mientras Annette cosía botones a las camisas de Tommy-. ¡Mi intención era conseguirte un trabajo, no un marido!

Annette se echó a reír.

– No sé cuánto durará esta historia -admitió-, pero Denton me encanta. Sé que es un poco fanfarrón y que siempre hace como que controla la situación, pero en el fondo es mucho más tranquilo de lo que parece.

– Ah, ¿sí? -Me costaba creerlo.

– Es verdad. Sin embargo, su padre… -Negó con la cabeza y volvió a su labor-. No debería hablar de ello -añadió con voz suave.

– Como prefieras, pero recuerda que no estás liada con el padre, sino con el hijo.

– Siempre está entrometiéndose -prosiguió; estaba claro que quería hablar sobre ello a pesar de todo-. No lo deja respirar ni un segundo, pobre Denton. Se diría que sigue siendo el jefe.

– Tiene mucho dinero invertido ahí -apunté haciendo de abogado del diablo-. Por no hablar de que ha consagrado toda su vida a esa firma, así que es natural que…

– Sí, pero fue él quien le propuso que se pusiese al frente de la sociedad cuando sufrió el derrame cerebral. Y no puede decirse que Denton desconozca su trabajo. ¡Dios mío! Lleva allí desde que tenía diecisiete años.

Asentí; seguramente tenía razón. Magnus era prácticamente un desconocido para mí. Lo había visto un par de veces a lo sumo, y entonces no era ni la sombra de lo que había sido. Pero poco después, el sábado 5 de octubre, se celebró una gran fiesta en la propiedad de los Irving, y cuando hubieron llegado los invitados -cualquiera que tuviese un mínimo poder en el mundo financiero de Nueva York así como numerosos amigos y parientes-, se anunció el compromiso entre mi amigo y mi sobrina. Me alegraba por los dos, pues se los veía exultantes, y los felicité calurosamente.

– Menos mal que asesinaron a mi secretaria, ¿eh? -comentó él, y de pronto se le ensombreció el rostro-. ¡Dios mío! Pero ¿qué estoy diciendo? Me refería a que si no hubiera…

– Vale, Denton -lo tranquilicé, un poco impresionado-. Te entiendo. Supongo que ha sido el destino, el azar, ese tipo de cosas.

– Exacto. -Miró hacia la pista de baile, donde Annette brillaba entre una cohorte de banqueros-. Fíjate en ella -añadió al tiempo que negaba con la cabeza, impresionado-. No puedo creer que me haya aceptado. ¡Qué suerte la mía!

Magnus Irving, vestido con el esmoquin de rigor, estaba sentado a una de las mesas en su silla de ruedas. Lo señalé con un gesto de la cabeza.

– ¿Qué piensa tu padre de este matrimonio? ¿Ha dado su aprobación?

Denton se mordió el labio inferior y puso cara de enfado, pero enseguida se serenó: nada le echaría a perder la velada.

– Está un poco preocupado por el niño.

– ¿Por Tommy? -pregunté boquiabierto-. ¿Por qué? ¿Qué problema tienes con él?

– Ninguno -se apresuró a responder-. Nos llevamos muy bien. Cuanto más lo conozco más me gusta. No, el problema es que mi padre piensa que, como Annette estuvo casada y tuvo un hijo (no te importa que te lo diga, ¿verdad?, siendo de su familia), pues…

– Tu padre cree que es una cazafortunas -concluí.

– Sí, por decirlo de alguna manera. Le preocupa que…

– Bueno, quiero que sepas que no es el caso -lo interrumpí, resuelto a salvar el honor de mi sobrina-. Por favor, si cuando llegó ni siquiera me permitió…

– Matthieu, cálmate -dijo Denton apoyando una mano en mi hombro-. Sé perfectamente la clase de mujer que es. La quiero y ella me quiere. Lo sé. No hay nada que temer.

Asentí con la cabeza y me serené; por su sonrisa supe que era sincero, y por mis conversaciones con Annette sabía que los sentimientos de ésta hacia Denton eran muy profundos.

– Muy bien -concluí-. En fin, entonces no hay ningún problema.

– ¿Y tú, qué? ¿Cuándo nos presentarás una novia joven y encantadora? ¿Nunca has pensado en volver a casarte? -preguntó, convencido de que Constance era mi primera mujer.

– No, ya lo he probado bastantes veces. Al parecer no estoy hecho para el matrimonio.

– Bueno, todavía hay tiempo. -Rió, con el orgullo satisfecho del que ha encontrado el amor de su vida-. Todavía eres joven.

Al oír eso fui yo quien soltó una carcajada.

A mediados de octubre, cuando apenas me quedaban opciones de compra de acciones en CartellCo, descubrí que lo que me unía a Denton ya no eran los negocios sino la amistad. Aún quedábamos para comer y discutíamos acaloradamente sobre política, economía, el estado de la Bolsa. Criticábamos a Herb porque hacía mucho que no nos llamaba, aunque supongo que tendría la cabeza demasiado ocupada para pararse a pensar en los sentimientos heridos de un par de viejos amigos. Disfrutaba de mi relación con la pareja feliz y Tommy, y me encantaba representar el papel de tío cariñoso y atento. No obstante, el 23 de octubre las cosas empezaron a torcerse.

Aunque unos días antes el mercado había cerrado al alza, ese día hubo una repentina e inesperada avalancha de ventas. Al día siguiente, que pasó a la historia como el Jueves Negro, los precios se desplomaron a su nivel más bajo y no daban ninguna señal de mejora. Esa tarde me encontraba en Wall Street en compañía de Denton. En la Bolsa, los operadores se desgañifaban intentando vender y no se daban cuenta de que con su histeria sólo conseguían que el mercado cayera cada vez más. Denton estaba fuera de sí y no sabía qué hacer, pero la tarde aún nos reservaba una sorpresa.

A nuestros pies se extendía un mar de chaquetas rojas. Hombres de todas las edades sostenían en alto sus acciones como si quisieran librarse de ellas a cualquier precio, pero ninguno lo conseguía. De pronto, un joven -no podía tener más de veinticinco años- se abrió paso desde un lado de la sala hasta el centro del parquet y levantó una mano. Por encima del alboroto, que había ido menguando debido al aplomo que emanaba, gritó que deseaba comprar veinticinco mil acciones de US Steel al precio de 205 dólares cada una. Eché un vistazo al tablero.

– Pero ¿qué hace? -preguntó Denton, angustiado, agarrándose a la barandilla con tanta fuerza que sus nudillos palidecieron-. Las acciones de US Steel han bajado a ciento noventa y tres.

Negué con la cabeza. Yo tampoco lo entendía.

– No estoy seguro -murmuré mientras el joven gritaba otra vez su oferta a uno de los operadores, que de inmediato le vendió lo que había pedido con la mirada avariciosa de quien no da crédito a su buena suerte-. Está normalizando el mercado. -Volví a negar, incrédulo-. Es lo más audaz… -Dejé la frase sin concluir, tan impresionado estaba por la actuación de aquel joven. Al cabo de unos minutos había realizado varias ventas provisionales y logrado una ligera subida de los precios.

Media hora después la situación se había estabilizado y parecía que el pánico había pasado.

– ¡Ha sido increíble! -exclamó Denton al cabo de un rato-. Por un instante he pensado que estábamos acabados.

Yo no habría puesto la mano en el fuego. Me mantenía a la espera, seguro de que aún no habíamos visto lo peor. Durante los días siguientes la Bolsa estuvo en boca de todo el mundo. Denton sufría el asedio de su padre, que lo bombardeaba a preguntas sobre qué medidas estaba tomando para salvar la fortuna de la sociedad. Sin embargo, mientras los inversores iban asimilando las consecuencias del Jueves Negro, mucha gente intentó recuperar sus pérdidas, y de nuevo empezaron las ventas dramáticas. El martes 29 de octubre, el día del crac de Wall Street, se pusieron en venta más de dieciséis millones de acciones en una sola tarde. En unas horas en la Bolsa de Nueva York se perdió la misma suma de dinero que el gobierno estadounidense había gastado durante toda la Primera Guerra Mundial. Fue un verdadero desastre.

Annette me llamó desde CartellCo para decirme que Denton había enloquecido. Su padre había estado llamándolo todo el día pero él no había querido ponerse al teléfono, y al final se había encerrado en su despacho. Como me temía desde hacía tiempo, la firma estaba en bancarrota. Denton se había quedado sin nada, como la mayoría de sus inversores. Mi caso era el de un hombre afortunado en una ciudad sacudida por terribles tragedias. Cuando llegué a las oficinas de la sociedad y subí al piso más alto, donde Denton ocupaba una suite, encontré a Annette presa de la angustia. Denton no abría la puerta, pero lo oíamos romper cosas y arrojar lámparas y otros objetos al suelo, mientras el teléfono no dejaba de sonar.

– Debe de ser Magnus -dijo Annette, y arrancó el cable del teléfono de la pared. Al fin se hizo el silencio-. Cree que Denton tiene la culpa de todo el jodido asunto.

Abrí los ojos como platos, pues nunca la había oído emplear esa clase de palabras, pero el momento sin duda lo requería.

– Habría que echar la puerta abajo, Matthieu -añadió.

Tenía razón, de modo que retrocedí unos pasos para coger carrerilla y embestí contra la puerta de madera de roble una y otra vez. Noté el hombro magullado cuando la puerta empezó a moverse. Finalmente, tras un último topetazo y una patada, la cerradura cedió y Annette y yo entramos para encontrar a Denton junio a la ventana abierta. Se volvió y vimos su expresión perturbada, su rostro demudado, la ropa destrozada y los ojos enloquecidos.

– ¡Denton! -gritó Annette; las lágrimas le resbalaban por las mejillas y parecía a punto de abalanzarse sobre él. La sujeté del brazo para frenarla, pues temí la reacción de mi amigo-. Saldremos adelante, no hagas nada que…

– ¡No os acerquéis! -rugió Denton, subiéndose al alféizar de la ventana.

Me dio un vuelco el corazón, pues al ver su expresión supe que no había nada que hacer. Miró hacia abajo, se pasó la lengua por los labios y al instante había desaparecido de nuestra vista. Annette gritó, fue corriendo hasta la ventana y se asomó. Por un instante pensé que seguiría a su prometido. Cuando miré hacia la calle apenas distinguí su cuerpo destrozado sobre el asfalto.

Con el tiempo, la desdichada Annette empezó a recuperarse de la tragedia. Magnus Irving, en cambio, sufrió otro derrame cerebral cuando se enteró de lo sucedido a su hijo y murió poco después. Tuve mucha suerte: mi fortuna sobrevivió a la crisis, y cuando esas navidades me trasladé a Hawái (donde permanecería los siguientes veinte años) le regalé una bonita suma a Annette y Tommy, que rehusaron acompañarme y regresaron a Milwaukee.

Annette y yo nos mantuvimos en contacto casi hasta su muerte. No volvió a casarse, y después del fallecimiento de su hijo en Pearl Harbor se fue a vivir con su nuera y su nieto hasta que los tres se mudaron a Inglaterra. El hijo de ese chico, su bisnieto, se convertiría años después en un famoso actor de serie de televisión y cantante. Un día recibí una carta de una vecina de Annette en la que me explicaba que ésta había muerto serenamente tras una larga enfermedad. Me remitía una misiva de agradecimiento escrita por Annette, en la que me daba las gracias por cuanto había hecho por ella en Nueva York en 1929 y adjuntaba una foto de los tres, Denton, Annette y yo, en el baile en que, unos meses antes de la caída de Wall Street, habían anunciado su compromiso. Se nos veía muy felices, y confiados en el futuro.

18

Agosto-septiembre de 1999

Londres, 12 de agosto de 1999

Querido señor Zéla:

Desde el funeral de mi padre he deseado llamarlo en varias ocasiones para agradecerle las cariñosas palabras que le dedicó en la iglesia aquel triste día. Debo decirle que saber que nuestro padre era una persona tan querida y respetada en su trabajo ha supuesto para nosotros un gran consuelo.

Me encantó conversar con usted después de la ceremonia; fue una lástima que se marchase de forma tan repentina y no pudiéramos acabar nuestra charla. Quizá recuerde que hablamos sobre mi trabajo, el guión; usted pareció interesado. Mencionó que su sobrino Tommy probablemente conocería mejor los entresijos de la televisión que usted mismo.

Seguí su consejo y, al acabar el guión, lo mandé a la atención de su sobrino, en la BBC. Siento comunicarle que me lo devolvió sin siquiera haberlo leído, adjuntando una escueta nota. ¿Acaso se olvidó usted de avisarle de que iba a recibir un guión?

No he tenido oportunidad de hablar con él ni con usted sobre mi escrito, de modo que he decidido seguir la tradición de los buscavidas hollywoodienses y resumirlo en cuatro líneas. Ahí van:

Una noche, un par de amigos de mediana edad salen de copas; en el camino de regreso recogen a una menor prostituta y se la llevan a casa. Al llegar deciden montárselo con drogas, a las que no están acostumbrados, y uno de los dos hombres se pasa de la raya y muere. El amigo se derrumba y pide ayuda a otro cincuentón; éste no pierde la calma y llama a un joven que le debe unos cuantos favores. Juntos llevan a otro lugar el cadáver. Cuando lo encuentran a la mañana siguiente, todo el mundo piensa que ha sido un accidente y que cuando el tipo murió estaba solo. De ese modo nadie se ve salpicado por el escándalo. Lo que no saben es que durante la noche anterior el jaleo despertó al hijo del muerto, que dormía en la casa, y pudo oír sus planes y ver lo que hacían. Al principio se plantea acudir a la policía y denunciarlos, pero al final descarta esa idea, pues se le ocurre que esos dos tipos pueden echarle un cable en su carrera profesional. Que es lo que acaba ocurriendo, pues son los primeros interesados en que la vida discurra sin problemas. Y así echan tierra felizmente sobre el escabroso asunto.

¿Qué le parece, señor Zéla? ¿Le gusta? Como puede ver, le he mandado una copia del guión entero, y otra a su sobrino con una nota explicativa un poco más clara que la anterior. Estoy seguro de que me ayudarán a sacarlo adelante.

A la espera de sus noticias, aprovecho para saludarlo afectuosamente.

Lee Hocknell

Invité a Martin a tomar una copa en mi apartamento, pues me pareció que para comunicar malas noticias el escenario cálido y familiar de mi casa era mejor que la fría e impersonal atmósfera que se respiraba en las oficinas de la emisora. Tenía que informarle que su programa dejaría de emitirse, y, considerando su situación, no sabía cómo se lo tomaría. Al fin y al cabo, era un hombre acostumbrado a ser el centro de atención, a que la gente escuchara todas y cada una de sus palabras, por muy descabelladas que fuesen, que de pronto, a los sesenta y un años, se encontraría en el paro y abandonado a su suerte. Enloquecería. El dinero no representaba un problema; no le pagábamos mucho, pero vivía con holgura. En su carrera política había ganado lo suficiente para mantenerse el resto de su vida, y era propietario de una casa que había llenado de valiosos cuadros y obras de arte. Llevaba la clase de vida que le encantaba ridiculizar en los demás pero que él no habría abandonado por nada del mundo. Me habría gustado que se tomara bien la noticia, pero no me hacía demasiadas ilusiones.

No había contado con que su mujer lo acompañara; su presencia desbarató el breve discurso que me había preparado. Polly es la segunda esposa de Martin y llevan siete años casados. Huelga decir que es bastante más joven que él, pues sólo tiene treinta y cuatro años. Su primera mujer, Angela, a quien no llegué a conocer, vivió con él la mayor parte de su etapa como parlamentario, pero se separaron en cuanto Martin volvió a convertirse en un ciudadano de a pie. Cuando las presiones de la política cesaron y no hubo necesidad de fingir que el suyo era un matrimonio feliz, Martin se deshizo de su esposa y quedó con las manos libres para ir en pos de la siguiente generación. Enseguida tropezó con Polly, pues es sabido que la celebridad crea una aureola muy atractiva. Aunque apenas sé nada de ella, me he fijado en que posee buen ojo para las obras de arte (trabajaba en Florencia, en una galería cuya construcción ayudé a financiar en la década de 1870) y un oído para la música que no abunda en las damas de su generación. Se casó con Martin por dinero, por supuesto, pero él también ha salido ganando. Le encanta que lo vean en público como un galán entrado en años acompañado de una joven belleza, y, en el supuesto de que Polly le permita acercarse a ella, me atrevería a decir que todavía puede enseñarle algo.

– ¡Martin! -exclamé con jovialidad al abrir la puerta-. Polly -murmuré a continuación, y se me congeló la sonrisa-. Me alegra que hayáis venido los dos.

– También yo me alegro de verte -dijo él.

Al entrar recorrió rápidamente la estancia con la mirada por si había alguien más o descubría alguna nueva adquisición. Tiene la mala costumbre de fijarse en un objeto, cogerlo para echarle un vistazo rápido y a continuación informarme que él tiene uno igual pero mejor, o que podría haberme conseguido lo mismo por la mitad de precio. Es uno de sus rasgos de carácter menos atractivos.

Los conduje al salón y les ofrecí una copa. Martin quiso un whisky, pero Polly anunció que le gustaría tomarse un mintjulep.

– ¿Un qué? -pregunté boquiabierto. No estaba de humor para cócteles, y mucho menos para representar una escena de El gran Gatsby.

– Un mint julep -insistió Polly-. Bourbon, menta fresca, azúcar glas…

– Ya sé lo que lleva, gracias -me apresuré a interrumpirla-. Pero me sorprende que me lo pidas. -De pronto caí en la cuenta de que no tomaba un mint julep desde los años veinte-. La verdad es que no tengo menta.

– ¿Y bourbon?

– Eso sí.

– Pues sírveme uno. Solo.

De un cóctel a un simple whisky, qué raro. Fui a la cocina a preparar las bebidas. Al volver, Martin estaba de pie en un rincón; sostenía del revés un candelabro de hierro forjado y lo examinaba con sumo detenimiento; aguantaba las tres velas con cuidado de que no se soltaran mientras pequeñas virutas de cera endurecida caían blandamente sobre la moqueta. Dejé la bandeja sobre la mesa haciendo todo el ruido posible para que Martin devolviera a su sitio el candelabro.

– ¿De dónde lo has sacado? -preguntó, dándole la vuelta a la vez que rascaba el hierro para ver si saltaba la pintura-. Tengo uno igual, pero cuando lo rascas se va el color.

– Pues entonces no lo rasques -repuse esbozando una leve sonrisa. Polly se volvió en su asiento para observar a su marido-. ¿Conoces ese chiste del hombre que va al médico y se queja de que cuando se pellizca el brazo le duele?

Por fin dejó el candelabro y se acercó a sentarse con nosotros. Había sido un regalo de boda de mi antigua suegra, Margerita Fleming, con cuya psicótica hija Evangeline había cometido la insensatez de casarme, a principios del siglo xix. Era uno de los pocos recuerdos que me quedaban de ese desdichado matrimonio en Suiza, que acabó con Evangeline arrojándose desde el tejado del sanatorio donde estaba encerrada. Fui yo mismo quien la ingresó, como es natural, después de que intentara matarme – ¡ay!, qué joven más insensata era-, convencida de que yo formaba parte, nada menos, de los conjurados partidarios de Napoleón, con quien nunca había tenido nada que ver. Después de su muerte, ansioso por olvidar a esa arpía amargada, me deshice de la mayor parte de nuestras pertenencias. Pero conservé el candelabro, porque se trataba de una pieza de museo que siempre despertaba la admiración de mis invitados.

– Fue un regalo de boda -respondí cuando volvió a preguntarme dónde lo había conseguido-. De mi antigua suegra, que en paz descanse.

Polly y Martin asintieron con expresión de pesar y bajaron la mirada por respeto a las dos difuntas; por supuesto, ignoraban que éstas habían muerto la friolera de doscientos años atrás. Probablemente creían que me refería a mi más reciente esposa. Fue como si guardáramos un minuto de silencio en memoria de ambas mujeres, de modo que me apresuré a romperlo, pues ninguna de las dos se merecía un homenaje.

– Hace un siglo que no cenamos juntos -dije en tono alegre, recordando nuestras antiguas veladas en su casa-. Por no hablar del tiempo que hacía que no veníais aquí.

– ¿Aún sales con Tara Morrison? -preguntó Polly, inclinándose, y no sé por qué me fijé en sus manos, por si llevaba un dictáfono.

– ¡Huy, no! -exclamé, y reí-. Hace mucho que lo dejamos. Me parece que no estábamos hechos el uno para el otro.

– ¡Qué pena! -repuso.

Así que era una fan de la columna «Tara dice»… Imaginé que seguía a rajatabla y de forma obsesiva sus reglas para la vida. La última vez que cenamos los cuatro, Polly apenas le había quitado los ojos de encima y más tarde la arrinconó para pedirle consejo y acosarla a preguntas sobre las relaciones maritales, precisamente a Tara, una mujer que en su vida había tenido una relación sólida.

– Siempre me pareció que formabais una pareja perfecta -añadió.

– No sé… -Me encogí de hombros, y para mi sorpresa descubrí que el recuerdo de Tara despertaba en mí un sentimiento cercano al arrepentimiento. De pronto caí en la cuenta de lo mucho que pensaba en ella a lo largo del día, de las incontables ocasiones en que me había alegrado la vida y de las no pocas veces que me la había amargado, y de lo que habría dado por que volviera a la emisora. Sentí un escalofrío-. Los dos llevamos una vida muy ajetreada, sobre todo ella. Tiene tantas obligaciones que atender que apenas encontraba tiempo para estar conmigo. Escribir su columna le ocupa muchas horas; no debe de ser fácil. Además, no hay que olvidarse de la diferencia de edad…

– ¡Qué tontería! -exclamó Polly. De pronto, al mirar a la inarmónica pareja sentada ante mí, advertí que había metido la pata hasta el fondo-. ¡Qué tendrá que ver la edad! Tampoco eres mucho mayor que Tara, que como mínimo rondará los treinta y cinco. No creo que vivieras la guerra.

Abrí la boca pensando una respuesta.

– Nací en el cuarenta y tres -repuse con precisa sinceridad.

– O sea, que tienes cincuenta y seis, ¿no?

– Exacto, cincuenta y seis -confirmó Martin, como si fuese una calculadora humana.

– Bien -continuó Polly, dispuesta a insistir en su argumento-, ¿Ves como no hay tanta diferencia de edad?

Me encogí de hombros y decidí cambiar de tema, pues advertí que a Martin lo incomodaba especialmente. En una ocasión me había confesado que, desde los diecinueve, cada vez que cumplía años se sumía en la depresión. Aborrece los aniversarios; a sus sesenta y un años, cuando recuerda la época de diez, veinte y treinta años atrás y se da cuenta de lo joven que era, nunca piensa que todo es relativo. Debería plantearse lo que significa estar impaciente por llegar a los cuatrocientos años. Entonces sí se sentiría viejo.

Quizá una de las cosas relacionadas con el tema de la edad que más atormentaban a Martin era la posibilidad de que Polly le fuese infiel. Hacía unos meses, una noche en que salimos a beber unas copas, me confió que temía que su mujer tuviese un lío con uno de los recaderos de su programa de televisión. El chico en cuestión, a quien abordé unas semanas después, no tendría más de diecinueve años. Era alto y guapo, arrogante y engreído, y al parecer había embelesado a todos los que trabajaban con él. Marlin pretendía que despidiera a Daniel, tal era su nombre, y como me negué, nuestra amistad se resintió por un tiempo. No me veía con fuerzas para echarlo, pues trabajaba bien -en opinión de su supervisor lo hacía todo perfecto-, y además las acusaciones de Martin en aquel momento parecían absolutamente infundadas. Más tarde alguien me refirió que lo de Polly y Daniel no había sido más que un «incidente», pero decidí no chivarme a Martin, quien entonces sólo quería echar tierra sobre el asunto. En cualquier caso, lo que lo sacaba de quicio era la juventud en sí misma.

– Quería hablarte de tu programa -dije cuando hubimos agotado la conversación sobre Tara-. ¿Cómo lo ves? ¿Te parece que este formato tiene continuidad? -Me quedé asombrado por mis propias palabras, pues me había preparado una introducción mucho más acertada, en la cual parecía insinuar que su programa tenía futuro.

– Ya era hora de que habláramos -dijo Martin, siempre dispuesto a comentar sus proyectos-. No sé qué pensarás tú, Matthieu, pero creo que tal como está ahora este programa ya no da más de sí. Debo ser sincero contigo.

– ¿Hablas en serio? -pregunté boquiabierto.

– Totalmente. Hace tiempo que deseo hablar contigo de este tema. Polly y yo llevamos discutiéndolo desde hace bastante, y hemos llegado a una conclusión que no está mal, y da un paso adelante. Espero que te guste -añadió con la actitud de quien no duda ni por un instante del acierto de su idea.

«Ha pensado en retirarse -pensé con alborozo-. Ahora me dirá que se retira.»-Debemos trasladarnos a la hora de máxima audiencia -anunció entonces, y sonrió mientras extendía los brazos y mostraba las palmas como si de repente viera su nombre en letras de neón-. Y alargar una hora el programa. Con un debate de invitados diferentes todas las semanas y público en el estudio. -Se inclinó como si se dispusiera a colocar la guinda sobre el pastel-. Podría desplazarme de un lado a otro con un micro -añadió exultante-. Piénsalo, será un éxito.

– Muy bien. Es una idea, desde luego.

– Matthieu -intervino Polly con voz meliflua; no sé por qué me pareció que si accedía a poner en práctica esa idea absurda, ella estaría dispuesta a ocupar el cargo de productora. Puedo percibir que alguien se ofrece para un puesto, por muy encubiertamente que lo haga, en cuanto lo veo-. Hoy por hoy el formato que tenemos está obsoleto… Es más que evidente.

– Es verdad. Tienes razón.

– Pero aún tenemos mucho que ofrecer -prosiguió Polly-. Todavía contamos con audiencia. Sólo hace falta que nos modernicemos. Los políticos que invitamos están cada vez más alejados del poder, y en cuanto al liberal escandalizado… bueno, quiero decir, ¿viste al que sacamos la semana pasada?

Negué con la cabeza. Si podía evitarlo, jamás veía la televisión, y mucho menos mi propia emisora.

– Un presentador de programas infantiles -añadió, negando con la cabeza con tristeza-. Un chico de diecisiete años con hoyuelos y rizos dorados. Parecía salido de Oliver Twist. Cuando le preguntamos qué opinaba sobre el euro se mostró partidario de que lo adoptáramos, si bien propuso cambiar la efigie de la reina por el rostro de una Spice Girl.

«Siempre está hablando de nosotros», pensé.

– Lo digo en serio -agregó-. Martin no debería entrevistar a gente de esa calaña. No es digno de él, Matthieu.

– Lo sé -respondí.

Estaba de acuerdo con ella. En sus buenos tiempos Martin era excelente en su trabajo. Sus programas resultaban divertidísimos y nunca eludía la pregunta mordiente ni evitaba desvelar la actitud hipócrita que se ocultaba bajo el discurso bien estructurado y preparado por la maquinaria estatal del político de turno. Sin embargo, el programa actual no era más que una burdacaricatura del de las épocas gloriosas. Martin estaba envejeciendo y no era tan incisivo como antaño. Últimamente había llegado a preguntarme si no creería en todos esos disparates que soltaba, en vez de decirlos para provocar. Se había convertido en un viejo amargado. Una vez más me vi obligado a desechar mi plan de ataque previo, y decidí probar un camino diferente, potencialmente más espinoso.

– ¿No te sientes viejo en ocasiones? -murmuré mientras añadía agua a mi copa con gesto despreocupado. Una gota me salpicó la mejilla, y me entretuve en secarla evitando ver su reacción inmediata.

– ¿Qué has dicho? -preguntó con los ojos muy abiertos-. ¿Que si me siento qué…?

– En mi caso -lo interrumpí con la mirada perdida-, hay veces que me siento muy viejo y me gustaría dejarlo todo y marcharme, no sé, al sur de Francia, por ejemplo. A la playa, quizá a Monaco. ¿Sabes?, jamás he estado en Monaco -añadí pensativo, preguntándome por qué sería-, Claro que aún estoy a tiempo.

– Monaco -repitió Polly, mirándome como si me hubiera vuelto loco.

– ¿Nunca has pensado en vivir más tranquilo? -insistí, mirando fijamente a Martin-. ¿No te gustaría quedarte en la cama por la mañana, hacer lo que te dé la gana durante el día, sin necesidad de estar comprobando los índices de audiencia cada dos por tres, no tener que llevar corbata?

– N… n… no -titubeó Martin, que empezaba a sospechar algo-. Bueno, no, la verdad es que no. Quiero decir que disfruto haciendo lo que… ¿Por qué lo preguntas?

– El programa no funciona, Martin -respondí lisa y llanamente-. Y el problema no son los invitados, ni la franja horaria, ni los chicos de diecisiete años con hoyuelos, ni el formato; ni siquiera tú. Sencillamente, ya lo hemos exprimido bastante. Fíjate en los últimos grandes programas de televisión de los últimos treinta años, Dallas, Cheers, El Show de Buddy Rickles. Tarde o temprano les llegó el final a todos. Y eso no quita que fueran buenos o entretenidos. Uno ha de saber poner el punto final, despedirse a tiempo.

Se hizo el silencio mientras mi amigo y su mujer asimilaban mis palabras.

– ¿Quieres decir que vas a cancelar el programa? -preguntó al fin Polly.

Me limité a enarcar una ceja.

– Bueno, tampoco nos pasemos -dijo Martin, enrojeciendo ligeramente, deseoso sin duda de retroceder veinte minutos, hasta el momento en que aún podría haber evitado esa conversación-. Es sólo que me habría gustado animar un poco el cotarro. No pretendía que llegaras a semejantes conclusiones…

– Martin -lo interrumpí-, por eso te he convocado aquí esta tarde… A los dos -añadí, magnánimo, aunque no había sido mi intención hablar con Polly de ese asunto. Confiaba en que fuera Martin el encargado de transmitírselo-. Lamento informarte que no habrá más programas. Hemos hablado y creemos que ha llegado el momento de efectuar una salida decorosa. Ya está decidido.

– ¿Y qué voy a hacer? -preguntó Martin mientras se hundía en su asiento, con los hombros encorvados. Había palidecido, lo que resaltaba las manchas del rostro. Me miraba como si yo fuera su padre o su agente, como si de mí dependiese su felicidad futura-. No habrás pensado en darme uno de esos horribles programas concurso, ¿verdad? Y no tengo paciencia para los documentales. Supongo que me pondrás como presentador. Podría salir en las noticias. Dime, Matthieu, ¿qué me daréis? -inquirió, aferrándose a un hilo de esperanza. De pronto temí que fuera a echarse a llorar.

– Nada -intervino Polly, ahorrándome el mal trago de contestar-. No van a darte nada. Acaban de despedirte. ¿Tengo razón o no, Matthieu?

Respiré hondo y clavé la mirada en el suelo. Aborrecía esa clase de situaciones, pero sabía que no era la primera vez, ni sería la última, que me tocaba vivirla.

– Sí -respondí con pragmatismo-. En resumidas cuentas, es eso. Hemos decidido rescindir tu contrato, Martin.

***

Cualquier cerdo con un mínimo de autoestima se negaría a vivir en el apartamento de mi sobrino.

Hace un par de años, cuando encabezaba las listas de éxitos y triunfaba como actor, Tommy tuvo la sensatez de invertir sus ganancias en una pequeña propiedad y compró un ático de dos habitaciones. Es lo único que posee de valor, y me sorprende que en todo este tiempo no lo haya vendido para costearse sus necesidades químicas en lugar de pedirme prestado dinero cada dos por tres, con la consiguiente reprobación por mi parte. Imagino que ese apartamento le proporciona el mínimo de estabilidad que necesita en la vida.

El salón tiene techos altos y enormes ventanales con vistas al Támesis que ocupan casi toda una pared. Como si fuera un niño retrocedí un paso, me incliné y apoyé las manos en el cristal mientras miraba hacia abajo aguardando la excitante sensación del vértigo. La estancia estaba tan sucia que me pregunté si una ameba sería capaz de vivir allí sin correr a ducharse cada cinco minutos. A un lado había un confortable sofá prácticamente tapado por periódicos y revistas de moda; el suelo estaba cubierto de botellas vacías, latas volcadas y vasos, en general llenos de colillas de cigarrillos y porros. En un rincón, detrás de un sillón con excesivo relleno, había un condón usado. Lo miré asqueado. «Ésta -me dije atónito, recorriendo con la mirada toda la porquería que me rodeaba- es la casa de un hombre.»

Abrí la puerta corredera que daba al estrecho balcón con barandilla de hierro. Un barco navegaba por el Támesis y las parejas y las familias paseaban por la orilla. A lo lejos se divisaba la Torre de Londres y el palacio de Westminster, una vista que siempre me ha causado una gran impresión.

– Tío Matt.

Me volví y vi a Tommy, que salía de su dormitorio poniéndose por la cabeza una camiseta que acabó por cubrirle los pantalones cortos del pijama. Se había recogido la larga cabellera en una coleta, dejando sueltas unas greñas que le caían sobre la cara. Parecía un espectro. Tenía ojeras, los párpados hinchados y enrojecidos y la nariz en un estado lamentable. Un tic nervioso delataba su reciente abuso de la cocaína. Negué con la cabeza y sentí lástima. Siempre que creo que estamos estrechando nuestra relación y que quizá Tommy conseguirá sobrevivir pese a todo, ocurre algo, algo grave como en ese momento, y concluyo que no hay que hacerse ilusiones. Parecía la personificación de la Parca.

– ¿Cómo puedes…? -le reproché mientras miraba ceñudo aquel campo de batalla.

– No empecemos, por favor -me interrumpió, irritado-. Estoy hecho polvo y sólo me faltan tus broncas. Ayer tuve una fiestecita y me acosté a las tantas.

– Bueno, me alegro de que esto no sea lo normal, porque si así fuera acabarías pillando la peste negra. He visto sus efectos en las personas y te aseguro que dista de ser agradable.

Hizo un poco de sitio en el sofá y el sillón y me senté en el primero mientras él se colocaba en la posición de loto en el segundo, tirando de los pies para darse calor. Iba a cerrar la ventana pero cambié de opinión; mejor respirar aire fresco. Mientras miraba a Tommy, vi de nuevo el preservativo que yacía tristemente marchito en el suelo, no muy lejos de él. Cuando se dio cuenta, cogió un periódico y lo tiró encima, ocultándolo de la vista. Sonrío bobaliconamente. Me pregunté cuánto tiempo seguiría allí aquel condón, reproduciéndose con el papel de periódico, creando quién sabe qué mundos bacterianos en el seno de la alfombra.

– Tenemos un problema -dije.

Tommy bostezó.

– Lo sé. Yo también he recibido una carta.

– ¿De Hocknell?

– El mismo.

– ¿Con el guión?

– Lo envió, pero aún no he tenido tiempo de leerlo. He estado ocupado con la fiesta, y además la semana pasada trabajé dieciocho horas diarias. Pero leí el resumen. Está bastante claro lo que pretende.

– Yo sí he leído el guión.

– ¿Y?

– Es bazofia. -Me eché a reír a mi pesar-. No vale nada, es impensable producir algo tan malo. La idea es buena, supongo, pero el tratamiento es… -Negué con la cabeza, disgustado-, Hay partes de diálogo infumables.

Se abrió la puerta de uno de los dormitorios y apareció una joven en bragas y camiseta. No parecía embarazada, de modo que no era Andrea. Pero me resultaba familiar. Quizá fuera una actriz o una cantante de esas que salen en los diarios sensacionalistas o la prensa rosa, su verdadero medio. Al vernos, soltó un gemido y volvió a la habitación. Tommy la contempló marcharse y cogió un paquete de cigarrillos. Al encender uno y llenarse los pulmones con la primera nicotina del día, pestañeó ligeramente.

– Es Mercedes -dijo, señalando con la cabeza hacia la puerta cerrada.

– ¿Mercedes qué?

– Simplemente Mercedes. -Se encogió de hombros-. Jamás usa su apellido. Como Cher o Madonna. Seguro que la conoces. Aunque no lo parezca, ha sacado el disco de baile más vendido de este año. Está en la habitación con Carl y Tina, que trabajan en la serie. Los tres se enrollaron anoche. El muy cabrón.

– Bien -dije tras guardar el silencio pertinente, poco dispuesto a verme involucrado en las piruetas sexuales de los jóvenes actuales-. Volvamos a Lee Hocknell…

– ¡Que se joda! -exclamó haciendo un ademán de indiferencia-. Dile que su guión es una mierda y que no pensamos ni tocarlo. ¿Qué hará? ¿Ir a la policía?

– Es una posibilidad.

– ¿Con qué? No puede probar nada. Recuerda; no mataste a su padre, y yo tampoco. Sólo arreglamos el desaguisado, nada más.

– Pero de forma ilegal -señalé-. Mira, Tommy, no me preocupa lo que vaya a hacer, he conocido a tipos mucho más duros en mi vida, créeme, y he pasado por situaciones mucho peores que ésta. Pero no me gusta que me chantajeen, y quiero olvidarme de él de una vez por todas. No me gustan… las complicaciones. Ya me ocuparé de esto, no te preocupes, sólo quería ponerte al corriente.

– Muy bien, gracias -dijo, y guardó silencio.

Me levanté para marcharme.

– ¿Cómo se encuentra Andrea? -inquirí, pues nunca me interesaba por su salud.

– Estupendamente. -Se le iluminó el rostro-. Casi está de seis meses, y se le nota bastante. Se levantará dentro de un rato. Si quieres puedes quedarte, y así la conoces.

– No, no -rehusé, y di un paso hacia la puerta esperando abrirme camino entre la ciénaga de basura que me separaba de ella-. No es necesario. Os invitaré a cenar a casa algún día.

– Estaremos encantados.

– Te llamaré -dije antes de cerrar la puerta y asomarme a la atmósfera relativamente estéril del rellano.

Una vez fuera, respiré hondo, desterré el asunto de Lee Hocknell de ini mente para el resto de la tarde y bajé corriendo las escaleras a fin de salir cuanto antes a la luz del día y el aire libre.

– ¿Cómo fue? ¿Rindió las armas con dignidad o presentó batalla?

Suspiré, aparté las notas que estaba preparando para una reunión y levanté la vista. Aunque por lo general dejaba la puerta abierta, Caroline era la única empleada de la emisora que ni siquiera hacía el gesto de llamar antes de entrar. Sencillamente cruzaba el umbral, no sin antes olvidar los modales y el respeto en el otro lado.

– Martin era un buen amigo -repuse en tono de reproche, y al punto me corregí-: Es un buen amigo. Y no se trata de presentar batalla o rendirse, sino de que hemos dejado a un hombre sin su trabajo. Si algún día te pasa lo mismo, no te hará ninguna gracia, te lo aseguro.

– Vamos, hombre. -Caroline se arrellanó en una butaca frente a mí-. Si no era más que una vieja gloria acabada. Sin él estamos mejor. Ahora podremos buscar a alguien con un poco de talento. ¡Renovarse o morir! ¿Qué te parece ese chico, Denny Jones, ese que Martin entrevistó la semana pasada en su programa? El de los hoyuelos, ¿recuerdas? Arrastraría a la audiencia juvenil. Debemos contratarlo como sea. -Al mirarme debió de ver mi expresión de furia, el deseo de cogerla por las orejas y arrojarla por la ventana, porque añadió-: Bueno, vale, lo lamento, en serio. Perdona mi desconsideración. Es tu amigo y te sientes en deuda con él. Vale, dime, ¿cómo se lo tomó? Mal, ¿no?

– Bueno, no se puso loco de alegría precisamente. En todo caso, apenas habló. La que protestó fue su mujer, Polly; parecía más ofendida que él.

Cuando le comuniqué a Martin que a partir de ese momento prescindiríamos de sus servicios, Polly montó en cólera. Mientras su marido se hundía en el asiento llevándose una mano a la frente y parecía pensar en el futuro -o en su ausencia-, Polly se lanzó al ataque. Llegó a acusarme de deslealtad y absoluta estulticia. Añadió que estábamos en deuda con su marido por todos sus años de servicio en la emisora -en ese punto cargó las tintas indebidamente-, y que éramos unos necios por no darnos cuenta de que Martin era una persona insustituible. No pude dejar de advertir que su máxima preocupación residía en el hecho de que su marido dejaría de cobrar un sueldo y probablemente ya no sería un habitual en las fiestas del mundo del espectáculo, las funciones y las ceremonias de entregas de premios. Temía que su estrella se debilitase cada vez más y llegara el día en que, cuando le presentaran a alguien, tuviese que oír la frase inevitable: «¿No era usted…?» Además, Polly todavía era joven y, por si fuese poco, en adelante tendría que aguantar a Martin noche y día.

– ¡Que se joda Polly! -exclamó Caroline-. No es nuestro problema.

– Tenía pretensiones de meterse a productora… -señalé. Ella soltó una carcajada-. ¿Qué te hace tanta gracia?

– Dime una cosa, Matthieu: ¿trabaja en la televisión?

– No.

– ¿Ha trabajado alguna vez en televisión?

– No que yo sepa.

– ¿Ha trabajado alguna vez en su vida?

– Sí, trabajaba en el mundo del arte. Y siempre ha mostrado mucho interés por el programa de Martin -repuse, sin saber por qué me estaba justificando ante Caroline.

– Por su cuenta bancaria, querrás decir. Y por adonde podía llevarla su marido. Conque productora, ¿eh? -se mofó-. ¡Hasta los gatos quieren zapatos!

Rodeé el escritorio hasta situarme frente a ella y me senté en el borde. Le lancé una mirada airada.

– ¿Has olvidado nuestra primera conversación? ¿No recuerdas cuánto te esforzaste para convencerme de que te diera el cargo más alto de la organización a pesar de que carecías de experiencia en el sector?

– Tenía años de experiencia como gerente…

– ¡Vendiendo discos! -perdí los estribos, algo impropio de mí-. No tiene nada que ver, querida. No sé si cuando te sientas ahí fuera a sintonizar emisoras de todo el mundo has advertido que nosotros no vendemos discos ni libros ni ropa ni equipos de música ni posters de ídolos púberes del pop. Somos una emisora de televisión. Producimos espectáculos televisivos para masas. Cuando empezaste a trabajar aquí no sabías nada de este mundo, ¿verdad?

– No, pero he…

– Me pediste que te diera una oportunidad y accedí. En cambio, te niegas a pagar con la misma moneda a otra persona. ¿Te parece justo? ¿No hay una parábola sobre eso en la Biblia?

Negó con la cabeza y se mordió el labio inferior.

– Espera un momento -dijo por fin-. ¿Qué me estás diciendo? -Me lanzó una mirada de consternación-. Supongo que no habrás… No me estarás diciendo que has despedido a Martin y has contratado a su mujer, ¿verdad? Por favor, Matthieu, no me digas que he acertado.

Sonreí y enarqué una ceja. Dejé que la incertidumbre la torturase un instante.

– Por el amor de Dios -rogó-, ¿cómo diablos vamos a…?

– Claro que no la he contratado -la interrumpí, temiendo que el volcán entrase en erupción y la lava cayese sobre mí-. Créeme, jamás daría trabajo a alguien sin experiencia. A lo sumo a un ayudante, pero nada más. Para desempeñar una tarea de esa responsabilidad debes saber lo que tienes entre manos.

Caroline hizo una mueca de desdén. Me acerqué a la ventana y me quedé contemplando la calle, hasta que la oí marcharse con su enérgico taconeo.

19

Me peleo con Dominique

Jack y yo nos turnábamos para trabajar los fines de semana en Cageley House. La jornada se hacía entonces más larga, pues uno solo debía asumir todas las tareas, pero valía la pena porque cada quince días disfrutaba de dos de descanso. Uno de esos sábados que libraba estaba holgazaneando en casa de los Amberton y jugando a las cartas con mi hermano pequeño -me aburría tanto que casi tenía ganas de volver a la cuadra-, cuando la señora Amberton me pidió que la acompañara de compras a la aldea.

– Quiero llenar la despensa -dijo mientras trajinaba por la cocina mascando tabaco; al pasar por delante de la escupidera arrojó un salivazo amarillento-. Y sola no puedo. El señor Amberton vuelve a estar acatarrado, de modo que será mejor que vengas a echarme una mano.

Acepté. Acabé la partida y me preparé para salir. No me importaba; los Amberton casi nunca me pedían ayuda, y se habían portado maravillosamente con Thomas y conmigo. Trataban a mi hermano como si fuera su propio hijo; Thomas había resultado un buen estudiante en la escuela, y yo parecía caerles en gracia. Durante los meses posteriores a la cacería y la muerte de la yegua, habían cambiado pocas cosas en Cageley, salvo el liecho de que Nat Pepys pasaba cada vez más fines de semana en la casa, a tal punto que no había viernes que no viéramos su figura menuda y encorvada galopando por el camino de entrada al anochecer.

– Algo trama -dijo Jack en una ocasión-. Seguramente cree que el viejo está a punto de palmarla y quiera asegurarse de que le toca una buena tajada del pastel.

Yo no estaba tan seguro; desde el percance del caballo apenas nos habíamos dirigido la palabra. Creo que se dio cuenta de que su cobardía no me había pasado inadvertida y le creaba inseguridad sentirse humillado ante un simple subordinado. Cuando nos encontrábamos ni siquiera nos mirábamos. Yo me ocupaba de sus caballos y él de sus asuntos, y de ese modo coexistíamos tranquilamente.

Ese sábado en particular, cuando al fin había pasado la última ola de frío, el pueblo amaneció iluminado por una luz cálida y dorada que sacó a todos los vecinos de sus escondrijos, parpadeando al sol. Revoloteaban por las pocas tiendas que había en el lugar charlando animadamente. La señora Amberton saludaba a todo el mundo por su apellido. De pronto pensé que todas esas gentes, que se conocían tan bien entre ellas, jamás utilizaban su nombre de pila, sino que preferían tratarse de «señor» o «señora». Nos deteníamos a hablar con algunos vecinos, ya fuera del tiempo o de lo que vestía cada cual. De repente me sentí como si fuera hijo de la señora Amberton, andando a su paso y deteniéndome a su lado cuando se ponía a charlar con alguien, ocasiones en que debía esperar pacientemente y en silencio a que terminara la conversación. Al cabo de un rato empecé a hartarme y deseé que se diera prisa y acabásemos las compras de una vez. La vida de aldea empezaba a perder su atractivo.

Mientras estábamos en una esquina hablando con la señora Henchley, que había perdido a su marido el duro invierno anterior a causa de una pleuresía, vi algo que me encendió la sangre. Mientras la señora Amberton y la señora Henchley cotorreaban dándose golpecitos en los brazos de vez en cuando y recordaban con cariño al difunto señor Henchley, divisé a Dominique bajo el toldo de un salón de té hablando con un joven que llevaba una pierna escayolada. Lucía un vestido muy elegante que hasta entonces no había visto y un sombrero del que escapaban unos tirabuzones en apariencia peinados para la ocasión. Hablaban animadamente, y Dominique se echaba a reírde vez en cuando y se llevaba la mano a la boca con una elegancia afectada que sin duda había aprendido en Cageley House. Me volví para mirar a la señora Amberton, que para entonces se había olvidado de mi presencia, tan ocupada estaban ella y su amiga en desmenuzar al finado. Caminé en dirección a Dominique arrastrando los pies, con los ojos entornados por el sol.

Miró varias veces en mi dirección, o eso me pareció, antes de reconocerme. Entonces dejó de reírse de golpe y se puso tensa. A continuación soltó una tosecita y dirigió unas palabras a su acompañante antes de señalarme con un gesto de la cabeza. El hombre se volvió para mirarme y de pronto me encontré con los ojos de Nat Pepys, a quien creía en Londres, pues el viernes anterior por la tarde no había aparecido por Cageley House.

– Hola, Dominique -la saludé con una cortés inclinación de la cabeza. Era consciente del contraste entre ellos, que iban muy arreglados, y yo, que llevaba la ropa sucia y no me había bañado en un par de días, aparte de que mi pelo estaba pidiendo a gritos corte y lavado-. Anoche te echamos de menos -comenté por decir algo.

Los fines de semana Dominique solía cenar en casa de los Amberton, pero la noche anterior no había aparecido.

– Lo siento, Matthieu -respondió en tono cordial-. Tenía otros planes y no me acordé de avisaros. -Señaló a Nat con la cabeza y añadió-: Os conocéis, ¿verdad?

– Por supuesto -dijo Nat sonriendo de oreja a oreja como si hubiera corrido un tupido velo sobre nuestro pasado-. ¿Cómo estás, Zulu?

– Me llamo Zéla -dije apretando los dientes-. Matthieu Zéla.

– Claro, sí. -Nat asintió, como si hiciera un esfuerzo por aprender mi nombre, cuando estoy seguro de que lo sabía de memoria-. Es culpa del maldito francés. No hay manera de que se me quede. Mi hermano David sí que sabe, y no sólo francés, sino también italiano, latín, griego… Habla de todo.

Sacudí la cabeza con brusquedad y miré la pierna escayolada y el recio bastón de caoba en que se apoyaba.

– ¿Qué le ha pasado? -inquirí, resistiéndome a tutearlo y llamarlo por su nombre, pues no tenía el valor de Jack Holby, aunque compartía su opinión sobre ese niñato mimado-. ¿Ha tenido un accidente?

Soltó una carcajada.

– Me ocurrió una cosa de lo más absurda, Zéla -dijo, poniendo cuidado en pronunciar bien mi apellido-. Me caí de la escalera de mano cuando intentaba colocar unas lámparas en el techo de mi casa de Londres. No estaba a mucha altura, pero caí mal y me rompí un hueso. Por suerte no es nada grave, pero debo llevar la escayola unas semanas.

– Ah. Entonces había alguien para echarle una mano -dije. Al ver que me dirigía una mirada socarrona y ladeaba la cabeza, añadí-: Me refiero a cuando se cayó, ¿hubo alguien que le echó una mano?

«No te abandonaron a tu suerte, ¿eh?», pensé. Nat esbozó una débil sonrisa y me pareció que sus ojos azules se ensombrecían mientras trataba de dilucidar si le estaba faltando al respeto o sólo hablaba por hablar.

– No estaba solo, en efecto, había varios criados en casa. Te seré franco. -Hizo una pausa y, vocalizando con cuidado, agregó-: Si no os tuviera a vosotros para satisfacer todos mis deseos y necesidades, estaría totalmente perdido, ¿entiendes?

Sus ofensivas palabras quedaron suspendidas en el aire. Me sentí humillado, y también lo pareció Dominique, que miró al suelo incómoda, con las mejillas sonrojadas mientras esperábamos que alguno de los tres rompiera el silencio.

– Ahora entiendo por qué ayer no lo vi montar a caballo -dije para recordarle nuestro percance, pero sin aludir a él directamente.

– Viajé en carruaje -repuso en tono titubeante- y llegué a altas horas de la noche.

– Tardará en volver a montar, ¿eh? -comenté al tiempo que le señalaba la pierna-. Es una suerte que no tratemos igual a los seres humanos heridos que a los animales, ¿verdad?

Otro silencio.

– ¿Qué quieres decir? -farfulló al fin con desprecio.

– Bueno -sonreí-, si fuera un caballo y se hubiera lastimado así, tendríamos que pegarle un tiro, ¿no? Al menos eso haría yo.

Dominique me miró y negó lentamente con la cabeza. Por su expresión -que habría esperado de admiración por mi habilidad para insultar a Nat, aunque fuera dando un rodeo-, deduje que estaba enfadada, como si le fastidiara presenciar nuestras disputas de crios. Tragué saliva y sentí que me ruborizaba mientras esperaba que alguno de los dos dijera algo. Finalmente fue Nat quien rompió el silencio.

– Qué listo es este hermano tuyo, Dominique.

Ella alzó la cabeza y me miró, como disculpándose por la parte que le correspondía en ese tenso careo, aunque no tomara partido por mí.

– Nunca olvida nada -añadió Nat. Resopló y cambió el peso del cuerpo de una pierna a otra apoyándose en el bastón-. Aunque a veces conviene olvidar. ¿Puedes imaginar el problema que supondría que recordásemos todas y cada una de las tonterías que nos ocurren?

Una señora Amberton jadeante escogió ese momento para materializarse a mi lado. Miraba embobada y boquiabierta a Nat Pepys, como si de una aparición se tratase. No lo conocía pero sabía quién era, vaya si lo sabía. Si él se lo hubiera ordenado, se habría arrodillado gustosa a sus pies y le habría limpiado los zapatos con la lengua.

– Es la señora Amberton, mi casera -la presenté tras un instante de duda-. Y él es Nat Pepys, el hijo menor del patrón.

– Encantado -dijo Nat al tiempo que me lanzaba una mirada asesina por cómo lo había definido-. Tengo que irme. Adiós, Dominique, nos vemos en casa -agregó en voz baja, aunque no tanto-. Zulu, señora Amberton -concluyó, y se alejó renqueando.

– Qué joven más agradable -comentó la señora Amberton observándolo con ojos brillantes-. ¡Verás cuando le cuente al señor Amberton con quién he estado hablando!

Clavé los ojos en Dominique, que no sólo no evitó mi mirada, sino que enarcó una ceja con expresión arrogante, como si dijera: «¿Y a ti qué te pasa?»

***

Jack estaba sentado en el suelo y apoyado contra un árbol, muy concentrado en tallar con un cuchillo una pesada pieza de madera que sostenía en el regazo. Me acerqué a él silenciosamente, para no asustarlo, y lo observé trabajar sin levantar la vista mientras la hoja hendía la madera aquí y allá, creando una figura que todavía me resultaba imposible identificar. Esperé a que hiciera una pausa y, cuando levantó la pieza para observarla a la luz y soplar el polvo, eché a andar con las manos a la espalda haciendo aspavientos para que me oyera.

– ¡Eh, hola! -exclamó entornando los ojos a causa del sol-. ¿Qué haces por aquí?

Mostré el par de botellas de cerveza que llevaba en las manos, las entrechoqué en el aire, hice una mueca de borracho y sonreí. Jack soltó una carcajada, depositó la pieza de madera y el cuchillo en el suelo y negó con la cabeza.

– Matthieu Zéla -dijo-, conque robando en la despensa de sir Alfred, ¿eh? Te he enseñado muy bien, ¿verdad, granuja? -Agradecido, cogió una botella y, sujetándola con una mano y presionando con el pulgar, la abrió con un movimiento ágil y despreocupado que produjo un chasquido.

– Veo que Nat vuelve a estar aquí -comenté tras beber un trago de cerveza, mientras notaba la refrescante sensación del líquido-. ¿Crees una palabra de la historia esa que cuenta de su accidente con las lámparas?

Jack se encogió de hombros.

– Cuando la contó apenas le presté atención. Tenía tantas ganas de explicármela, y ahora que se que también a ti te la explicó, que no me creo una palabra. A saber lo que le ocurrió en realidad. -Gimió y se observó la mano: mientras hablaba había dejado la botella en el suelo y empezado a tallar la madera otra vez, y sin querer se había hecho un corte en la punta del dedo. Empezó a sangrar, pero apretó el pulgar sobre la herida para detener la hemorragia-. ¿Has visto el mar alguna vez, Matthieu?

– ¿El mar?

– Sí, el mar. ¿Por qué te extraña que lo pregunte? ¿Lo has visto o no?

– Claro que lo he visto. Primero navegamos de Francia a Inglaterra y después vivimos un año en Dover, ¿no te acuerdas de que te lo conté?

Suspiró al recordar las historias que le había explicado sobre mi vida en París y mis primeros meses en Inglaterra.

– Ya. Es que nunca he visto el mar, aunque he oído hablar de él muchas veces. ¡El mar, las playas…! Tampoco sé nadar.

Me encogí de hombros. Yo tampoco sabía mucho.

– Me encantaría ver el mar -concluyó.

Bebí otro largo sorbo y miré a la lejanía. Los terrenos de Cageley House se extendían ante nosotros; no había nada bajo el sol excepto hierba húmeda y brillante. Oí los relinchos de los caballos en sus potreros y alguna que otra carcajada procedente de la parte trasera de la casa, donde los criados sacudían las alfombras en el aire estival. Me inundó una sensación de felicidad y calidez tal que estuve a punto de echarme a llorar. Miré a mi amigo, que apoyaba la cabeza contra el tronco. Con una mano se apartó el dorado cabello de la frente y permaneció con los ojos cerrados y moviendo los labios en silencio.

– Sólo un par de meses más, Mattie -dijo al fin, arrancándome de mi ensueño-. Dentro de un par de meses ya no me veréis el pelo por aquí.

Lo miré sorprendido.

– ¿Qué quieres decir?

Se irguió y miró alrededor para asegurarse de que nadie nos oía.

– ¿Sabes guardar un secreto?

Asentí.

– Bueno, supongo que sabes que tengo un dinero ahorrado.

– Claro -repuse. Jack hablaba mucho sobre ese asunto.

– Pues he conseguido una bonita suma. Si quieres que te diga la verdad, empecé a ahorrar a los quince años. Dentro de un par de meses tendré todo lo que necesito. Me iré a Londres y me instalaré allí para siempre. Jack Holby no volverá a limpiar mierda de caballo en su vida, te lo aseguro.

Me entristeció que fuera a marcharse tan pronto, y no pude evitar pensar que, aunque me gustaba vivir en Cageley, un día no muy lejano tendríamos que marcharnos también.

– ¿Y qué harás?

– Sé leer y escribir. Antes de entrar aquí fui a la escuela unos años. Podría trabajar como escribano en un despacho. Desearía entrar en algún negocio que me permitiera estudiar un poco más. Quizá en la abogacía, o en contabilidad. No me importa, con tal de que sea estable y regular. He ahorrado suficiente para comprar acciones de alguna empresa, y así me mantendré. Alquilaré unas habitaciones y tendré la vida resuelta. -Le brillaban los ojos de entusiasmo.

– Pero ¿no echarás de menos tu vida de aquí? -pregunté.

Soltó una ruidosa carcajada.

– Llevas poco tiempo en esta casa, Mattie -dijo-. Todavía aprecias la estabilidad que te ofrece, pues era algo desconocido para ti. Yo, en cambio, llevo toda la vida aquí. Crecí en esta propiedad, he visto cómo los tipos como Nat Pepys se dan la gran vida despilfarrando dinero a espuertas y robando a la gente, y no dejo de preguntarme por qué no puedo hacer lo mismo. La diferencia entre él y yo es que yo me lo he ganado, he trabajado de firme para conseguirlo. Y no pasará mucho tiempo antes de que ese cabrón me llame «señor».

Nunca me había parecido tan evidente la antipatía que sentían el uno por el otro, aunque hay que decir que en el caso de Jack era mucho más intensa. Y no sólo porque Nat se hubiese portado mal con Elsie ni por el modo en que nos daba órdenes todo el tiempo. Se trataba de algo mucho más profundo. El caso era que Jack no soportaba que alguien se creyese con autoridad sobre él. La idea misma lo horrorizaba. Llevaba sirviendo prácticamente toda la vida, y repudiaba su condición de criado. Era un revolucionario nato, pero no tenía un carácter impulsivo: jamás se habría marchado de Cageley obedeciendo a un arrebato, sino que esperaba al momento en que pudiera valerse por sí mismo.

– Tendrás que pensarlo -me aconsejó al cabo de un rato-. No puedes quedarte aquí toda la vida. Eres joven, deberías comenzar a ahorrar…

– Debo pensar en Tomas… -lo interrumpí- y en Dominique. No puedo largarme sin más a donde me dé la gana; tengo responsabilidades.

– Pero ¿no lo cuidan los Amberton?

– No me iría sin él -repuse con firmeza-. Es mi hermano. No nos separaremos. Y además está Dominique.

Jack soltó un bufido.

– ¿Qué? -pregunté, mirándolo a los ojos-. ¿Qué quieres decir?

Se encogió de hombros y se mostró reacio a contestar.

– Es que… -titubeó, como si estuviera midiendo las palabras-. No sé hasta qué punto te necesita, la verdad. Parece capaz de cuidarse por sí misma.

– No la conoces.

– Sé que no es tu hermana -declaró, pronunciando las palabras con tal claridad que al principio fui incapaz de asimilarlas-. No soy ciego, Mattie.

Noté que palidecía.

– ¿Cómo…? -balbucí-. ¿Cómo te has enterado?

– Es evidente por el modo en que la miras. Me he fijado. Y por el modo en que ella te mira a veces. Si quieres saber mi opinión, te diré que nunca he visto a dos hermanos comportarse así. Quizá haya pasado la mayor parte de mi vida encerrado en esta jaula, pero no soy tan tonto.

Me apoyé contra el árbol y me pregunté por qué nunca le liabía contado a Jack la verdad. Por qué Dominique y yo no le habíamos explicado a nadie lo ocurrido entre nosotros. Quizá porque al principio habíamos temido tanto que nos separasen que inventamos una mentira, y después nos acostumbramos a ella sin que se presentara la oportunidad de aclarar el engaño.

– ¿Lo sabe alguien más? -pregunté.

Jack negó con la cabeza.

– No, que yo sepa. Pero la cuestión es que, independientemente de lo que sientas por ella, debes llevar las riendas de tu propia vida.

Nos iremos algún día, cuando estemos preparados.

– Entonces, ¿la quieres? -me preguntó, y advertí furioso que me sonrojaba.

Aunque en los últimos dos años el deseo me consumía de la mañana a la noche tanto si la veía como si no, nunca se me había ocurrido contárselo a nadie, y tanto me extrañó que de pronto alguien me lo preguntara que me quedé sin palabras.

– Sí -dije finalmente-. La quiero. Así de sencillo.

– ¿Y crees que ella te quiere?

– Por supuesto -respondí sin titubear, aunque estaba menos convencido que antes-. ¡Con lo guapo que soy! -añadí con una sonrisa para aligerar la tensión.

– No sé… -musitó Jack, pensativo, y no supe si dudaba que yo fuese guapo o que Dominique me quisiera.

– Lo que ocurre -proseguí, sin hacer caso de sus posibles dudas, ya que en ese momento sólo me interesaba reafirmar los sentimientos de Dominique hacia mí- es que me ve como su… -Me interrumpí, preguntándome qué imagen tendría de mí-. Como su… como… -Ignoro por qué era incapaz de concluir la frase.

Jack se limitó a asentir con la cabeza y, tras acabarse la cerveza, se puso de pie y se desperezó.

– Ya veo -dijo-. Dominique se la cree… me refiero a la mentira. Ha conseguido convencerse de que es verdad.

Lo miré de reojo.

– Quiero decir eso de que sois hermanos -aclaró-. Ha acabado sintiendo que ésa es la relación natural entre tú y ella.

– ¡Qué va! Lo que pasa es que oculta sus sentimientos. No la conoces como yo.

Jack se echó a reír.

– Ni ganas, Mattie.

Me puse de pie y le dirigí una mirada furibunda.

– ¿Qué quieres decir? -pregunté apretando los puños, aunque en el fondo quería que se retractara.

– Me refiero a que, por mucho que tú la quieras, ella no tiene por qué corresponderte, y tal vez se aproveche de ti. Eres su red de seguridad. Sabe que puede contar contigo sin tener que darte nada a cambio.

– Pero ¿qué podría darme? -pregunté, y vi que Jack vacilaba antes de contestar.

– Bueno… ¿cuándo fue la última vez que pasaste una noche en su habitación, Mattie?

Al oír esas palabras solté el primer puñetazo. Rápidamente retrocedió un paso y eludió el golpe al tiempo que me sujetaba el brazo, riendo.

– Eh, tranquilo -dijo, quizá algo desconcertado por mi reacción.

– ¡Retira lo que has dicho! -grité con la cara roja, sobre todo porque tenía el brazo derecho sujeto con fuerza y él no parecía dispuesto a soltarlo-. No la conoces, así que retíralo.

Me empujó, tropecé con la raíz de un árbol y caí al suelo de espaldas. Gemí de dolor. Jack me miró y dio una patada al suelo, enfadado.

– Mira lo que has conseguido. No quería hacerte daño, Mattie. Sólo te he dicho lo que pienso, no tienes por qué ponerte así.

– Retíralo -repetí, aunque era obvio que no estaba en condiciones de dar órdenes.

– De acuerdo, de acuerdo, no he dicho nada. -Jack suspiró y negó con la cabeza-. Pero piensa en lo que hemos hablado; quizá algún día te sirva de algo. Toma -añadió, lanzándome el trozo de madera, y al alzarlo me di cuenta de lo que era.

Jack lo había vaciado cuidadosamente, dejando sólo el marco de una jaula en forma de cubo. Era como un rompecabezas o algún tipo de juego, y miré a Jack con una mezcla de ira por el modo en que había hablado de Dominique y de frustración por su argumento, que no esperaba. Me habría gustado continuar hablando de ese asunto para convencerlo de lo mucho que me amaba Dominique, para obligarlo a decirlo, pero ya se alejaba hacia la casa y unos instantes después había desaparecido, dejándome con aquella caja de madera como única compañía.

– Dominique me quiere -murmuré después de levantarme y sacudirme la hierba de los pantalones.

***

La arena era de un marron dorado, y hundí en ella los pies desnudos hasta que no pude más. Al tenderme sobre la espalda, la arena reprodujo el molde de mi cuerpo, y dejé que el sol me quemara la piel. Acababa de salir del agua fría y estaba mojado. Sobre mi pecho destellaban pequeñas gotas y tenía el vello de las piernas pegado a la piel, que me parecía más oscura que de costumbre. Me toqué con una mano y noté el calor que irradiaba mi cuerpo. Tenía los ojos cerrados para protegerme de la intensa luz y me pareció sentir que todo mi ser se dilataba. Podría haberme quedado allí tumbado el resto de mi vida; pero de pronto la mano subió y me sacudió el hombro, devolviéndome la conciencia.

– Matthieu.

Al ver una fantasmal figura en camisa de dormir, me espabilé de golpe. Abrí la boca produciendo un desagradable chasquido y la miré aturdido. ¿Qué hacía la señora Amberton allí? Estaba teniendo un sueño tan placentero…

– Matthieu -repitió, levantando la voz, mientras con sus ásperas manos me zarandeaba por el hombro desnudo bajo las sábanas-. Levántate. No sé qué le pasa a Tomas. Está mal.

Abrí los ojos y me incorporé, sacudiendo la cabeza y apartando el pelo de mis ojos.

– ¿Qué le pasa? ¿Qué ocurre?

– Está en la cocina. Ven. Vamos a verlo.

Me dejó solo y me levanté a toda prisa, no sin antes ponerme los pantalones. Tomas, que acababa de cumplir ocho años, estaba sentado en el regazo del señor Amberton, en una mecedora junto al fuego, y se quejaba sin parar.

– Tomas. -Me incliné y le toqué la frente para comprobar si tenía fiebre-. ¿Qué te pasa?

– Déjame -protestó, apartando mi mano. Tenía los ojos cerrados y la boca muy abierta.

Tenía la frente muy caliente. Miré a la señora Amberton y, alarmado, exclamé:

– ¡Está ardiendo! ¿Qué cree que tiene?

– Una gripe de verano. Lo veía venir. Tiene que pasarla y se pondrá bien. Pobrecillo, debería acostarse, pero se niega.

– Tomas -dije, sacudiéndole el hombro como había hecho la señora Amberton al despertarme-. Anda, vete a la cama, estás enfermo.

– Quiero ver a Dominique -soltó de pronto-. Quiero que ella me lleve a la cama.

– Ya sabes que no está aquí -dije, sorprendido de que reclamara su presencia.

– ¡Quiero que venga! -exclamó, sobresaltándonos. No era un niño temperamental, y nunca se comportaba de ese modo-. ¡Que venga Dominique!

– Ve a buscarla -dijo la señora Amberton.

– ¿A estas horas de la noche? Es casi la una de la mañana.

– Pues no se irá a la cama hasta que ella venga -replicó la mujer, enfadada-. Llevo media hora intentando convencerlo, pero no hay manera. Sólo quiere estar con ella. Ve y dile que es una emergencia. ¡Míralo, Matthieu! Tiene fiebre, debe meterse en la cama cuanto antes.

Suspiré y volví a la habitación para acabar de vestirme. Eché un vistazo a la cama, cálida y tentadora, y lamenté no poder meterme de nuevo entre las sábanas. Me puse dos camisas y un jersey para no pasar frío. Mientras me deslizaba en la noche, tiritando y envolviéndome el cuello con una bufanda del señor Amberton, me pregunté cómo reaccionaría Dominique ante esta urgencia.

Tomas apenas recordaba a su madre. Sólo tenía cinco años cuando Philippe la mató, y al llegar a la edad de la razón, en que podía recordar las cosas que le ocurrían, ya habíamos conocido a Dominique. Al principio ésta se había hecho cargo del niño, compartiendo conmigo esa responsabilidad, y mientras vivimos en Dover se convirtió en su única compañía durante el día, mientras yo recorría las calles buscando nuestro sustento. Se hicieron muy amigos y se llevaban bien, pero nunca había pensado -e imagino que tampoco Dominique- que pudiera verla como una figura maternal, como tampoco que a mí me viera como un padre. Al llegar a Cageley esa «madre» había desaparecido casi por completo de su vida. Bueno, la veía una vez a la semana, a la hora de la cena, y a menudo se encontraban en el pueblo, pero por lo general no disfrutaban de la intimidad que habían tenido en el pasado. Ni siquiera creo que Tomas hubiera pisado Cageley House, donde tanto Dominique como yo pasábamos la mayor parte del tiempo, y no pude por menos de pensar lo poco que sabía de la vida diaria de mi hermano y del modo en que ocupaba las horas. El señor Amberton lo había aceptado en su escuela y todo el mundo decía que era muy buen estudiante, pero ignoraba si tenía amigos, cuáles eran sus intereses y pasatiempos. En definitiva, no sabía nada de él. Mientras recorría el camino de entrada en dirección a la parte trasera de la casa, me sentí culpable por haber abandonado a mi hermano a su suerte en los últimos tiempos.

Dominique y Mary-Ann solían dejar un portillo de la cocina abierto por la noche; si alguien quería entrar o salir era más fácil cruzar por él que desatrancar las cerraduras de la puerta principal de la mansión. Había pocas posibilidades de que entraran a robar, ya que Cageley era un lugar tranquilo y los perros disuadían a cualquier paseante que se aventurara por el camino de acceso, a menos que lo conociesen.

Al pasar por delante de las cuadras en dirección a la cocina, imaginé que Jack estaría durmiendo en una de las habitaciones del piso de arriba, soñando con su huida de ese lugar, y envidié su ambición. Me sorprendió ver por la ventana de la cocina una vela encendida, y me pareció que alguien se movía allí dentro. Me acerqué con todo el sigilo de que fui capaz y divisé dos figuras sentadas a la mesa, muy cerca la una de la otra. Enseguida los reconocí; eran Dominique y Nat Pepys, que tenía la cabeza inclinada y sostenía la mano de ella. Temblaba visiblemente.

Perplejo, levanté el pestillo de la puerta y entré. Se separaron de inmediato y Dominique se puso en pie y se alisó la sencilla falda con las manos, mientras me miraba. Nat no pareció reconocerme.

– ¡Matthieu! -exclamó Dominique, sorprendida-. ¿Qué diablos estás haciendo aquí?

– Se trata de Tomas -dije, dirigiéndoles una mirada recelosa-. No se encuentra bien. Quiere que vayas.

– ¿Tomas? -repitió ella con los ojos abiertos como platos. A pesar de todo, advertí que el niño le preocupaba-. ¿Qué le pasa? ¿Qué ha ocurrido?

– Nada -respondí encogiéndome de hombros-. Está enfermo, nada más. Tiene fiebre alta y se niega a acostarse hasta que vayas a verlo. Sé que es muy tarde, pero… -Mi voz se fue apagando.

No sabía qué decir de la escena que acababa de presenciar, incluso dudaba que hubiera visto lo que creía haber visto. En ese momento, Nat ya estaba junto a la encimera y encendía una vela. Miró su reloj y, en tono de irritación, dijo:

– Es muy tarde, Zéla. -Por una vez acertaba con mi nombre-. Podría haber esperado a mañana.

– Está enfermo, Nat -dijo Dominique, y observé que Pepys no se inmutaba ante ese trato tan familiar-. Además, es mi hermano -añadió. Recogió su abrigo del gancho de la puerta y salió de la cocina detrás de mí.

Anduve unos pasos sin pronunciar palabra. En el camino hasta la casa apenas hablamos, y no hice ninguna alusión a la escena que acababa de presenciar, hasta ese punto dudaba de haber visto algo. Poco después de acostar a Tomas, Dominique se marchó. Permanecí desvelado casi toda la noche, dando vueltas en la cama, atormentado por mis pensamientos.

Intenté volver a la playa cálida y tranquila de mi sueño, pero no hubo manera.

Tuve que esperar a la tarde siguiente para encontrarme a solas con Dominique y preguntarle sobre lo ocurrido la noche anterior. Estaba cansado e irritable por la falta de sueño, y al mismo tiempo furioso con ella, pues no dudaba que mantenía una relación indecorosa con Nat Pepys.

– No te entrometas, Matthieu -me dijo, intentando apartarme, pero le cerré el paso-. No es asunto tuyo.

– ¡Claro que es asunto mío! -vociferé-. Quiero saber qué hay entre vosotros.

– No hay nada. ¡Como si pudiera haberlo! -Rió con sarcasmo-, ¡Un hombre de su posición jamás se rebajaría a relacionarse con alguien como yo!

– ¡Eso no es…!

– Sólo estábamos hablando. Es más interesante de lo que piensas. Para ti todo es blanco o negro; te crees cuanto te dice tu amigo Jack.

– ¿Acerca de Nat? Pues de él me creo cualquier cosa, lo peor.

– Escúchame bien, Matthieu. -Acercó su rostro al mío y vi que estaba enfadada de verdad. De pronto tuve miedo de llevar demasiado lejos esa conversación y que no hubiera vuelta atrás-. Entre tú y yo no hay nada, ¿entiendes? ¿Acaso no lo ves? Te aprecio, pero…

– Es este maldito lugar -la interrumpí, volviéndome; me negaba a seguir oyendo aquello-. Nos hemos acostumbrado tanto a este lugar que ya no nos acordamos de dónde empezó todo. ¿Recuerdas el barco de Calais? ¿Y el año en Dover? Qué tiempos felices eran aquéllos. Podríamos volver.

– No pienso volver -replicó con voz firme, y soltó una risa crispada-. Ni en sueños.

– ¿Y qué me dices de Tomas? Somos responsables de él.

– Yo no. Le tengo cariño, claro, pero sólo soy responsable de mí misma y de nadie más. Lo lamento. Y si no dejas de molestarme, conseguirás que me aleje para siempre de ti. ¿Es que no te das cuenta, Matthieu?

Nada tenía que añadir, y Dominique pasó por mi lado dándome un empujón. Sentí náuseas; la odiaba y la amaba al mismo tiempo. Quizá Jack tuviera razón y fuese hora de abandonar Cageley.

20

La cuentista

Cuando llegué a Londres en 1850 era un hombre acaudalado y ambicioso. Para mi sorpresa, el gobierno de Roma había acabado por pagarme la mayor parte de lo estipulado por la construcción del teatro de la ópera, que al final quedaría sin terminar. Pero la temporada romana me había dejado recuerdos muy tristes; el innecesario asesinato de Thomas a manos de Lanzoni no me dejaba dormir por las noches, y cada vez que pensaba que las maquinaciones de una mujer -Sabella, mi esposa bígama- habían provocado dos muertes, la de su otro marido y la de mi sobrino, me enfurecía. Antes de dejar Roma había entregado a Marita, la prometida de Thomas, una generosa suma y después había escapado lo más rápido que pude.

Al recordar mi estancia en Roma me abrumaban la frustración y el desánimo. Me había consagrado a mi trabajo a fin de dotar a la ciudad de un teatro lírico, pero todos mis esfuerzos habían sido en vano. Ahora los conflictos internos imposibilitaban mi regreso y la conclusión de las tareas que se me habían encomendado. Quería emprender alguna obra de la que me sintiera orgulloso, crear algo de lo que un siglo después, al volver la vista atrás, pudiera decir «hice esto». Tenía dinero y no me faltaba talento, de modo que decidí mantener los ojos bien abiertos por si surgía alguna oportunidad interesante.

En 1850, en Inglaterra estaba en pleno apogeo lo que más tarde se conocería como Revolución Industrial. Desde el fin de las Guerras Napoleónicas, treinta y seis años atrás, la población habia crecido de forma espectacular; la innovadora maquinaria de reciente creación trajo consigo métodos agrícolas más efectivos, lo que condujo a una mejora en la calidad de los alimentos y a un nivel de vida más alto. La esperanza media de vida se elevó a cuarenta años, aunque no para mí, por supuesto, que estaba a punto de cumplir ciento nueve, por lo que demostraría ser una inesperada excepción a esa regla. Al mismo tiempo, se dio un gradual abandono del campo en favor de la ciudad, donde todos los meses se abrían nuevas fábricas. Cuando llegué a Londres, había más gente viviendo en la ciudad que en el campo por primera vez en la historia. De modo que llegué con las masas.

Alquilé unas habitaciones cerca de los tribunales. El piso de abajo lo ocupaban los Jennings, una familia con la que trabé amistad en el curso de los meses posteriores. Richard Jennings era ayudante de Joseph Paxton, el artífice del Palacio de Cristal, y en ese momento estaba consagrado a la inminente Gran Exposición de 1851. Una vez hubimos vencido la timidez inicial, nos hicimos amigos y pasamos muchas veladas divertidas charlando y bebiendo whisky en su cocina o en la mía. Me encantaba escuchar sus historias sobre los objetos exóticos que traían a Hyde Park para lo que parecía que iba a ser el más absurdo y ostentoso alarde de consumo de la historia de la humanidad.

– ¿Qué intención esconde todo este despliegue de medios? -pregunté a Richard la primera vez que hablamos de la Exposición, que para entonces estaba en boca de todo el mundo, aun cuando todavía faltaban varios meses para la inauguración. El edificio, su misma construcción, era objeto de burlas, y la gente se preguntaba por qué se gastaba el dinero de los contribuyentes en algo que no era mucho más que un escaparate donde se exhibirían los logros nacionales. Se cuestionaba qué utilidad tendría cuando la Exposición finalizase.

– La idea es que conmemore todas las cosas buenas que hay en el mundo -explicó-. Será una enorme construcción repleta de obras de arte, maquinaria, fauna, todo lo que puedas imaginar, tanto que será imposible verlo en un solo día. Habrá algo de todos y cada uno de los rincones del Imperio. Será el museo vivo más grande que el mundo haya contemplado jamás, un símbolo de nuestra unidad y maestría, de lo que somos, en definitiva.

El museo vivo más grande del mundo: en cierto sentido ya lo era el sitio donde vivía. Jamás había visto una casa tan abarrotada de objetos decorativos ni había conocido a un hombre tan dispuesto a exhibirlos. A lo largo de las paredes había estantes repletos de libros, adornos, tazas extrañas, teteras. Cualquier objeto coleccionable estaba allí. Una repentina ráfaga de viento en la habitación habría causado el caos. Por increíble que parezca, no había una mota de polvo en toda la casa. Advertí que Betty Jennings, la mujer de Richard, se pasaba la vida limpiándola. Su existencia giraba en torno a un plumero y una escoba, y su razón de ser consistía en mantener aquel lugar impoluto. Cuando entraba en su casa, Betty me recibía con el acostumbrado delantal, secándose el sudor de la frente mientras se levantaba del suelo de la cocina, que estaba fregando, o dejaba de barrer la escalera. Aunque siempre me trataba con cordialidad, mantenía una distancia cortés, como si lo que teníamos entre manos su marido y yo -por lo general nos limitábamos a beber unas copas y a charlar- fuera cosa de hombres y conviniese que ella se mantuviera al margen. Por mi parte, me habría gustado disfrutar de su compañía en ocasiones, pues sospechaba que tras esa máquina de limpiar se escondía una gran mujer.

Richard y Betty eran los orgullosos padres de lo que llamaban sus «dos familias». En ese momento formaban un matrimonio de mediana edad, pero habían tenido tres niños a los diecinueve años, una hija y dos mellizos, y once años después un par de gemelas más. Por la diferencia de edad se habría dicho que las dos pequeñas constituían una segunda familia, y que los tres primeros representaban con las gemelas más el papel de tíos que el de hermanos.

Aunque los niños nunca me han interesado mucho, mientras viví en esa casa llegué a conocer bastante bien a Alexandra, la hija mayor. Los Jennings albergaban grandes ambiciones para sus hijos, como podía deducirse de los nombres que les habían puesto; los gemelos se llamaban George y Alfred, y las niñasVictoria y Elizabeth. Tenían nombres de la monarquía, pero como tantos descendientes de las casas reales de ese tiempo eran niños enfermizos que se pasaban el día tosiendo y con fiebre y se hacían magulladuras y cortes continuamente. Rara era la ocasión en que los visitaba y no encontraba a algún hijo en la cama, afligido por alguna enfermedad o dolencia. Las vendas y los bálsamos estaban a la orden del día, a tal punto que más que una casa aquello parecía una clínica.

A diferencia de sus hermanos, Alexandra nunca cayó enferma en la época que la traté, al menos en un sentido físico. Era una chica obstinada de diecisiete años, delgada y más alta que sus padres, con una figura que hacía volverse a la gente en la calle a su paso. Su larga y oscura melena presentaba tonos castaño rojizo cuando estaba al aire libre. Imagino que debía de cepillársela unas mil veces todas las noches a fin de conseguir aquel brillo perfecto que semejaba una aureola. Tenía la cara pálida pero no enfermiza, y la habilidad de controlar el sonrojo, y siempre parecía esperar la oportunidad de impresionar y cautivar a propios y extraños con sus encantos naturales.

Al advertir que me interesaba por su trabajo, Richard me invitó a Hyde Park para ver el Palacio de Cristal, donde continuaban los preparativos para la inauguración. Acordamos que recorrería la pequeña distancia que me separaba del parque en compañía de Alexandra, que también estaba interesada en visitar la construcción. Había oído tantas veces hablar a su padre de los objetos exóticos que se exhibirían allí, que me sorprendió que no hubiera ido antes. Así pues, una hermosa mañana de febrero, las calles cubiertas de una fina capa de escarcha y el aire cortante como un cuchillo, pasé a recogerla por su casa.

– Dicen que es tan inmenso que caben dentro los grandes robles de Hyde Park -dijo Alexandra mientras caminábamos cogidos del brazo como si fuéramos padre e hija-. Al principio pensaron en talar algunos árboles, pero luego decidieron elevar el techo del palacio.

El hecho en sí me pareció impresionante. Algunos árboles llevaban allí cientos de años, la mayoría eran mucho más viejos que yo.

– Veo que te has informado bien -comenté-. Tu padre debe de estar orgulloso de ti.

– Deja los planos por todas partes -repuso con aire altivo-. Sabe que se ha entrevistado varias veces con el príncipe Alberto, ¿no?

– Algo me dijo, sí.

– El príncipe consulta con él todo lo relacionado con la Gran Exposición.

Richard me había comentado que, aparte del príncipe consorte, a las reuniones también asistía el arquitecto jefe, Joseph Paxton. Aunque era evidente que le gustaba hablar de sus contactos con la realeza, nunca presumía de ellos, e insistía en que su papel en el proyecto, aunque importante y de responsabilidad, consistía sobre todo en supervisar los planos que Paxton había diseñado. Hubo algún desacuerdo sobre el lugar en que deberían emplazarse los objetos ingleses según la luz, el espacio y la visibilidad. Alberto había consultado con diferentes personalidades, y al final se escogió el sector occidental del edificio.

– El día de la inauguración serás su invitada, claro. -Como es natural, no estaba al corriente de la serie de acontecimientos que se sucederían durante los próximos meses-. Ese día tu padre se sentirá orgulloso de tener a la familia a su lado. También yo espero asistir al gran evento.

– Entre usted y yo, señor Zéla -me confió Alexandra, inclinándose con aire cómplice mientras cruzábamos las grandes verjas de Hyde Park-, le diré que aún no estoy segura de que vaya a asistir. Estoy prometida con el príncipe de Gales, ¿sabe usted?, y probablemente debamos fugarnos antes de que acabe el verano, pues sabemos que su madre siempre se opondrá a nuestra boda.

Doscientos cincuenta y seis años son demasiados años. En una vida tan larga uno tiene ocasión de tratar a muchos tipos de gente. He conocido a hombres honestos y a maleantes; a personas virtuosas que sufren severos ataques de locura que las conducen a la perdición, y a truhanes embusteros que realizan excepcionales actos de generosidad o integridad gracias a los cuales logran salvarse; he tratado a asesinos y a verdugos, a jueces y a criminales, a vagos y a trabajadores; me he relacionado con personas cuyas palabras han hecho mella en mí y me han empujado a actuar, cuya convicción en sus propios principios han prendido la chispa en otros espíritus para luchar por el cambio o en favor de los derechos humanos elementales, y he escuchado a charlatanes recitar sus discursos preparados, proclamando a los cuatro vientos proyectos grandiosos que eran incapaces de llevar a cabo; he conocido a hombres que mentían a sus esposas, a mujeres que engañaban a sus maridos, a padres que maldecían a sus hijos, a niños que renegaban de sus mayores; he ayudado a dar a luz a parturientas y consolado a moribundos, he socorrido a personas necesitadas y he matado; he conocido a toda clase de hombres, mujeres y niños, todos y cada uno de los aspectos de la naturaleza humana, y los he observado y escuchado; he oído sus palabras y visto sus acciones; me he alejado de ellos llevándome nada más que mis recuerdos a fin de transcribirlos en estas páginas. Pero el caso de Alexandra Jennings no encajaba en ninguna de estas descripciones, pues se trataba de un ser original y excepcional para su época, la clase de muchacha que uno sólo conoce una vez en su vida, incluso si ésta dura doscientos cincuenta y seis años. Era una auténtica cuentista, en toda la extensión del término: cualquier palabra o frase que salía de sus labios era pura invención. No mentía, pues Alexandra no era embustera ni deshonesta; más bien sentía la necesidad de crearse una vida paralela diametralmente opuesta a la que tenía en realidad y la compulsión de presentarla a los demás como si se tratase de la pura verdad. Y es por ello, a despecho de la brevedad de nuestra relación, por lo que su recuerdo aún se mantiene vivo en mí, un siglo y medio después.

«Estoy prometida con el príncipe de Gales», me había dicho Alexandra, literalmente. Corría el año 1851 y por entonces el príncipe, que al subir al trono recibiría el nombre de Eduardo VII, tenía diez años, una edad muy temprana para contraermatrimonio, si bien es probable que su madre ya hubiera tomado alguna disposición con vistas al futuro. (Por esas ironías de la vida, el príncipe se casó con otra Alexandra, la hija del rey de Dinamarca.)

– Vaya -repuse, atónito ante su declaración-. No sabía que hubierais llegado a ese compromiso. Quizá no he prestado suficiente atención a la Circular de la Corte.

– Bueno, es imprescindible que lo mantengamos en secreto -dijo como de pasada. Mientras paseábamos por el parque empezamos a ver el gran edificio de cristal y hielo a lo lejos-. Su madre tiene muy mal carácter, ¿entiende usted? Si nos descubriera se enfadaría muchísimo. Es la reina, ya sabe.

– Sí, lo sé -repuse, mirándola con suspicacia a fin de dilucidar si estaba convencida de lo que me decía o se divertía a mi costa con un curioso juego adolescente-. Pero ¿y la diferencia de edad?

– ¿Entre la reina y yo? -preguntó frunciendo ligeramente el entrecejo-. Sí, hay diferencia, pero…

– No; me refiero al príncipe y tú -le aclaré-. ¿No es un niño? ¿Qué edad tiene? ¿Nueve, diez años?

– Ah, sí -se apresuró a responder-. Pero ha decidido hacerse mucho mayor. Este verano espera cumplir quince, y quizá para Navidad ya cuente veinte. Por mi parte, no tengo más que diecisiete, y debo admitir que me atrae mucho la idea de un hombre mayor que yo. Los chicos de mi edad son estúpidos, ¿no le parece?

– La verdad es que no conozco a muchos -admití-, pero te creo.

– Si quiere -añadió tras una pausa, con la actitud de quien no está seguro de lo que va a decir pero que de todos modos se ve obligado a soltarlo-, podría asistir a la boda. Mucho me temo que no será un evento muy solemne, a ninguno de los dos nos gustan, sino una ceremonia sencilla seguida de un banquete en la intimidad. Sólo la familia y unos pocos amigos. Pero nos encantaría contar con su presencia.

¿Dónde habría aprendido esa manera de hablar que emulaba a las damas de sociedad casi a la perfección? Sus padres, personas relativamente acomodadas que de pronto se habían visto introducidas en círculos elevados, procedían de familias humildes de Londres, como podía apreciarse por su acento. Era gente corriente que había tenido suerte; gracias al talento del señor Jennings y su habilidad para los negocios poseían una casa hermosa y un nivel de vida más alto que muchos de sus coetáneos. Y ahí estaba Alexandra, su hija, esperando ascender unos peldaños más en la escala social.

– Eso significa que algún día seré reina consorte, y no me hace mucha gracia, la verdad -dijo cuando al fin llegamos a la cúpula de cristal-. Pero cuando el deber te llama…

– ¡Alexandra! ¡Matthieu! -la estentórea voz de su padre alcanzó las grandes puertas del Palacio de Cristal unos segundos antes que él mismo y, presa de la excitación, nos invitó a entrar.

Yo estaba encantado de verlo de nuevo, pues a esas alturas empezaba a preguntarme cuántos desvarios más podría soportar antes de estallar en carcajadas o alejarme con cautela de Alexandra.

– Cuánto me alegra que hayáis venido -añadió al tiempo que extendía los brazos para señalar la majestuosidad del espectáculo que se desplegaba ante nuestros ojos-. Decidme, ¿qué os parece?

Yo no sabía qué iba a encontrarme, y aquella enorme estructura de paredes de hierro y cristal era sin duda una de las maravillas más impresionantes que había visto en mi vida. Al mirar dentro advertí que aún quedaba mucho trabajo por hacer; parecía más una obra en construcción que el gran museo universal que sin duda acabaría siendo.

– De momento es difícil formarse una idea -afirmó Richard mientras nos guiaba por un pasillo flanqueado por enormes vitrinas de cristal, aún vacías, cubiertas de fundas para preservarlas del polvo-. Éstas se quedarán aquí -agregó señalando las vitrinas-. Me parece que irán a la sección india para exhibir la cerámica local, aunque no estoy seguro, debería consultar los planos. Aquí estará la sección dedicada a la astronomía. Desde que descubrieron ese nuevo planeta hace unos años, ¿cómo se llama?…

– Neptuno -dije.

– Eso. Ese descubrimiento ha despertado un gran interés en el público. De ahí que la sección de astronomía ocupe este lugar. Aunque primero tiene que llegar… Aún hay mucho por hacer -añadió, negando con la cabeza con preocupación-. Y sólo nos quedan tres meses.

– No esperaba que fuera tan grande -comenté al divisar a lo lejos los grandes árboles de los que me había hablado Alexandra por el camino, y que daban al Palacio de Cristal el aspecto de un invernadero-. ¿Qué aforo tiene?

– Unas treinta mil personas. Que es sólo una pequeña fracción del número de visitantes que se prevé.

– ¡Treinta mil! -exclamé, asombrado por una cifra que en ese tiempo podía representar gran parte de la población de cualquiera de las ciudades más importantes de Inglaterra-. ¡Es increíble! Y toda esa gente… -Miré la cuadrilla de obreros que iban de un lado para otro con herramientas y materiales de construcción, maderas, cristales y hierros. Hacían tanto ruido que teníamos que gritar para hacernos oír.

– Al menos debe de haber mil personas trabajando aquí, ¿verdad, papi? -preguntó Alexandra, la futura reina de Inglaterra.

– Unos cuantos cientos, por lo menos -respondió Richard-. No lo sé exactamente. Yo…

En ese momento un obrero moreno y jorobado, con gorra de paño, se acercó a él y le susurró algo al oído; malas noticias, sin duda, pues Richard se dio una palmada en la frente con expresión de disgusto y puso los ojos en blanco histriónicamente.

– Tengo un asunto que atender -anunció, y haciendo bocina con las manos vociferó-: Seguid paseando por aquí, pero id con cuidado. Os veo dentro de media hora, y, por favor, ¡no se os ocurra tocar nada!

Al cabo de poco tiempo me ofrecieron un trabajo en el departamento de protocolo y, aunque el sueldo era insignificante, lo acepté, pues todo el asunto de la Gran Exposición me parecía fascinante. El día de la inauguración, una nutrida delegación de representantes extranjeros desfilaría ante la reina y el príncipe consorte, y uno de mis cometidos consistía en asegurarme de que todos los invitados asistieran a la ceremonia y tuvieran un alojamiento apropiado durante su estancia en Londres. Gracias a ese trabajo estreché mi amistad con Richard, pues era el responsable de que el espacio entre las diversas filas de objetos expuestos fuera lo bastante amplio para que pudieran pasar las delegaciones.

Tras mi primera visita al Palacio de Cristal procuré evitar a Alexandra en la medida de lo posible, pues temía que, si manifestaba mi desconcierto, se diese cuenta de su desvarío. Me pregunté cómo se comportaría en casa, si también allí daría rienda suelta a sus fantasías como había hecho conmigo ese día, y decidí hablar con su padre. Lo más sorprendente no era lo que había dicho, sino la total convicción que mostraba en cuanto afirmaba, como si se lo creyera de verdad, y la seriedad con que me había implorado que mantuviese en secreto sus planes de matrimonio.

– ¿Cómo está Alexandra? -le pregunté en el tono más despreocupado de que fui capaz-. Parecía tan interesada en tu trabajo que creí que la vería más por aquí.

– Bueno, es típico de esa hija mía -repuso él, y rió ligeramente-. Se encapricha con algo y al instante siguiente ya se ha olvidado. Siempre ha sido así, desde pequeña.

– Pero ¿a qué se dedica? Ya ha dejado la escuela, ¿verdad?

– Estudia para maestra -contestó mientras estudiaba un detallado plano de la planta baja de la Exposición-. Está bajo la tutela de los mismos profesores que le enseñaron cuando era niña. ¿Para qué quieres saberlo? -preguntó receloso, como si temiera que fuese a hacerle alguna proposición deshonesta a su hija.

– Para nada -repuse-. Para nada en absoluto. Es sólo que no entendía por qué hacía tanto que no la veía.

No tuve que esperar mucho tiempo. Era de noche cuando llamaron a mi puerta. Abrí un poco para ver quién era (entonces había muchos robos y asesinatos en Londres y había que andarse con cuidado) y allí estaba Alexandra, de pie en el descansillo, mirando alrededor con ansiedad.

– Déjeme entrar, señor Zéla, por favor -pidió con voz angustiada-. Tengo que hablar con usted.

– ¡Alexandra! -exclamé, abriendo la puerta, y ella irrumpió en el recibidor-. ¿Qué pasa? Pareces muy…

– ¡Cierre la puerta! -imploró-. Me está siguiendo.

Eché la llave y luego la miré atónito. Aunque normalmente pálida, estaba sonrojada, y mientras se arrellanaba en el sillón se llevó una mano al cuello y respiró hondo para recuperar el aliento.

– Siento molestarlo, pero no sabía a quién acudir.

Teniendo en cuenta que su familia vivía en el piso de abajo, sus palabras me extrañaron, pero no dije nada y le serví una copa de oporto para que se calmara. Después tomé asiento delante de ella guardando una prudente distancia.

– Será mejor que me cuentes qué ha pasado -dije.

Negó lentamente con la cabeza, bebió un sorbo de oporto con cuidado y cerró los ojos mientras notaba sus efectos. Llevaba un vestido azul y un chai gris perla en torno al cuello, y no pude evitar, una vez más, admirar su belleza.

– Es Arthur -señaló al fin-. Creo que se ha vuelto loco. ¡Quiere matarme!

– Arthur… -repetí pensativo, repasando mentalmente a todos los miembros de su familia. Pero sus hermanos se llamaban John y Alfred, y ni su padre ni yo teníamos por nombre Arthur-. Perdona, ¿quién es Arthur?

Al oír esas palabras se echó a llorar, cubriéndose la cara con las manos hasta que me levanté para buscar un pañuelo, que aceptó agradecida. Se sonó ruidosamente antes de enjugarse las lágrimas que le corrían por las mejillas y a continuación, al tiempo que se servía más oporto, dijo:

– Es una historia espantosa. Me temo que no tengo a nadie a quien contar mis secretos.

– Bueno, me tienes a mí -titubeé-. A menos que prefieras que vaya a buscar a tu madre, claro.

– ¡No, ella no! -exclamó, y me hizo dar un respingo-. Ella no debe saber nada de esto. Si se enterara me echaría de casa a patadas.

De pronto temí que hubiera fijado otro matrimonio o, aún peor, que ya se hubiera casado y tuviese un hijo. Fuera lo que fuese, habría preferido permanecer al margen.

– Dime qué quieres que haga -dije, conmovido no obstante por su evidente desdicha.

Antes de hablar, asintió con la cabeza y respiró hondo.

– Arthur dirige la escuela a la que asisto -dijo al fin-. Se apellida Dimmesdale.

– Dimmesdale, Dimmesdale… -El nombre me sonaba, pero no sabía de qué.

– Hemos tenido un idilio ilícito -prosiguió-. Al principio era algo inocente nacido de un afecto mutuo, de un sentimiento completamente natural. Disfrutábamos de la compañía del otro, a veces cenábamos juntos… Los primeros meses de nuestro noviazgo me llevó a una merienda campestre.

– ¿Los primeros meses? -inquirí sorprendido-. Entonces, ¿desde cuándo existe la relación?

– Desde hace unos seis meses.