/ Language: Español / Genre:prose_contemporary

La apuesta

John Boyne

Danny Delaney acaba de empezar las vacaciones escolares y ya está saboreando las semanas de libertad que tiene ante sí. Pero al anochecer, cuando su madre regresa a casa acompañada por dos policías, Danny comprende de inmediato que algo muy malo ha sucedido. Abrumada por la culpa, la señora Delaney se encierra en sí misma, y a Danny y su padre les tocará recomponer la unidad de la familia. Escrita para formar parte de la serie Quick Reads (Lecturas Rápidas) -una iniciativa lanzada con el fin de fomentar el hábito de lectura entre los adultos-, La apuesta se transformó en un inesperado y masivo éxito de ventas.

John Boyne

La apuesta

Capítulo 1

Todo empezó la tarde de un miércoles de julio, cuando llevaba varios días de vacaciones del colegio.

Había estado jugando al fútbol con Luke Kennedy, que vivía con su madre y el novio de ella en la casa contigua a la nuestra. Su padre ya no vivía allí. Se había mudado a otro sitio dos años antes, el día después de que Luke cumpliera los diez. Aquel fin de semana, para compensarlo, lo había llevado a ver al Norwich, que jugaba contra el Arsenal. El Norwich había perdido.

No había nadie en casa cuando volví, lo que me pareció raro. Sólo eran las cuatro y media, así que sabía que papá aún tardaría un poco en llegar, pero mamá no solía salir a esas horas. Fui a la cocina, abrí la nevera y bebí un poco de leche directamente del cartón. Me gustaba estar solo en casa, aunque era mejor cuando faltaba poco para Navidad, porque entonces podía buscar regalos escondidos. Durante el verano no había mucho que hacer.

Fui al piso de arriba y me detuve ante la habitación de Pete. Estaba en la universidad desde octubre y se suponía que tenía que volver para pasar el verano trabajando en la tienda de papá, pero había telefoneado días antes para anunciar que iba a recorrer Europa en tren con unos amigos.

– ¡Típico de Pete, joder! -había exclamado papá después de la llamada-. Hace una promesa y luego la rompe.

– Es joven -respondió mamá-. No puedes culparlo por eso.

Mi madre siempre defendía a mi hermano, que era su favorito. Todo el mundo comentaba que parecía una estrella de cine y que resultaba tan encantador que cualquiera caería rendido a sus pies.

– No hagas ni caso -me había dicho la abuela una vez-. Tú eres el cerebro de la familia, y la belleza no lo es todo.

Aquellas palabras me hicieron sentir muy bien.

Pete se llevó la mayor parte de sus cosas a la universidad, o al menos todas las buenas. Cuando se marchó, confié en que hubiese dejado su equipo de música, porque era mejor que el mío, pero no fue así. Se llevó también casi todos los cedés y sólo dejó los más cutres en un montón junto a la puerta. Su armario estaba prácticamente vacío. Las perchas del interior me recordaban esqueletos.

Encima del armario tenía una caja llena de cosas que deseaba conservar, pero que había decidido dejar en casa. Aunque estaba sellada con precinto, una vez, cuando no había nadie cerca, la abrí para echar un vistazo a las revistas que guardaba. Al día siguiente compré un rollo de precinto para poder abrirla y mirarlas siempre que quisiera. Así podía volver a cerrarla sin que nadie se enterara.

Me senté en la cama y deseé que Pete estuviera ahí para poder hablar con él. No se parecía a otros hermanos mayores que conocía, esos que aún iban al colegio y jamás hacían caso a sus hermanos pequeños cuando los veían; Pete no era así.

Volví a mi habitación y miré por la ventana. Luke Kennedy hablaba solo arrodillado junto a su bici, comprobando la rueda de atrás en busca de pinchazos. No quería que me viera, así que me arrodillé bajo el alféizar y seguí observándolo hasta que volvió a entrar en su casa.

No empecé a pensar que algo iba mal hasta un rato después.

– Ah, hola -saludó papá al llegar. Yo me había tumbado en el sofá y estaba viendo la televisión-. ¿Qué tal te ha ido el día?

– Bien. He salido en bici con Luke y luego hemos jugado al fútbol.

– Deberían prohibir todas las bicicletas en las calles -soltó papá negando con la cabeza-. Son un peligro público.

– A lo mejor lo que deberían hacer es quitar todos los coches, para que así la gente fuera en bicicleta. Hay demasiada polución, por si no lo sabías -contesté justo cuando las noticias mencionaban la contaminación. Por eso lo dije.

– Muy agudo, Danny -repuso él dándome palmaditas en la cabeza como si fuera un perro-. Claro, ésa es la solución.

No respondí. Papá siempre pensaba que era gracioso cuando se mostraba sarcàstico.

– ¿Dónde está tu madre? -preguntó por fin, mirando alrededor. Parecía sorprendido de no verla allí, en zapatillas y con una taza de té.

– Cuando he llegado ya no estaba.

– ¿A qué hora has vuelto?

– A las cuatro y media.

– Qué raro -comentó echando un vistazo al reloj-. ¿Y no ha llamado para avisar de que iba a salir?

– No.

– ¿Tampoco ha dejado una nota?

– No he visto ninguna -respondí al cabo de unos segundos-. Pero la verdad es que tampoco he mirado.

Normalmente, si no iba a llegar a casa a tiempo, mi madre escribía un mensaje en el bloc de notas que había junto al teléfono. Se me había olvidado echar una ojeada al llegar a casa. Papá fue al vestíbulo y volvió instantes después, negando con la cabeza.

– No hay ninguna. Debe de haberse retrasado en algún sitio. ¿Tienes hambre?

Lo pensé un momento.

– Estoy muerto de hambre.

***

A las ocho, mamá todavía no había llegado y papá empezaba a preocuparse. Llamó por teléfono a varias amigas de mi madre, pero tampoco sabían nada de ella. Supuse que deseaba telefonear a más gente, pero en una ocasión anterior lo había hecho y hubo problemas. Aquella vez resultó que mamá se había encontrado con alguien que conocía en la biblioteca, fueron a tomar una copa y se quedaron más rato del que pretendían.

– ¿Acaso no puedo tener vida propia? -preguntó al enterarse de las pesquisas telefónicas de papá-. ¿O he de pedirte primero que autorices mis planes?

– No -contestó papá a la primera pregunta, sonriendo-. Y sí.

Como de costumbre, creyó que estaba siendo gracioso. Mamá pasó varios días sin dirigirle apenas la palabra, y Pete y yo teníamos que preparar la cena porque papá aseguraba que era incapaz de hervir agua sin quemar el cazo.

– Será mejor que te vayas a la cama -me dijo a las nueve y media, visto que mamá aún no había vuelto.

– Pero si estoy de vacaciones… -me quejé-. Mañana no tengo colegio.

– Aun así, necesitas dormir. De modo que obedece, jovencito, por favor.

Normalmente habría intentado quedarme un poco más, pero papá estaba preocupado. También yo empezaba a estarlo, así que supuse que sería mejor preocuparme solo en mi habitación que allí abajo con él. De manera que subí y puse un cedé, pero al cabo de unos segundos lo quité porque quería oír el ruido de las llaves en la cerradura cuando mamá llegara.

Me acerqué a la ventana y miré afuera. El ventanal de la señora Kennedy estaba enfrente del mío y a veces la veía en su dormitorio, cuando corría las cortinas antes de acostarme. Una vez la había visto en sujetador y me había ruborizado, aunque estuviera solo en mi habitación. Ella no se dio cuenta de que me encontraba allí espiándola, pero cuando cerré las cortinas me pareció que volvía la cabeza. Después, durante meses fui incapaz de mirarla a los ojos.

Me puse el pijama y me concentré en tratar de flexionar los dedos de los pies uno por uno sin mover los demás, aunque no lo conseguí.

Había empezado a leer David Copperfield, de Charles Dickens, pero cuando traté de retomar la lectura no pude concentrarme y me quedé atascado en la misma línea.

Entonces oí un coche en el sendero de entrada, pero no sonaba como el de mamá. El suyo era un vehículo pequeño y lo llamaba Bertha, lo que siempre me hacía reír. Aunque una vez que estaba de mal humor le había dicho que era una estupidez ponerle nombre a un coche, y ella había respondido que no debía tomarme las cosas tan en serio, que sólo se trataba de una broma insignificante. Al principio pensé que el coche pasaría de largo por delante de nuestra casa, pero entonces lo oí detenerse. El motor se apagó y las portezuelas se abrieron y se cerraron.

Empujé la puerta de mi habitación y fui hasta el rellano, desde donde podía otear el vestíbulo sin que nadie me viera. Sonó el timbre; papá se dirigió rápidamente a la entrada y abrió. Era mamá, pero no miró a mi padre a los ojos y tampoco al suelo. Era como si tuviera la vista fija en un punto de la pared, detrás de él, y fuera a quedarse mirándolo para siempre.

La acompañaban dos policías. Uno de ellos se quitó el casco y un montón de cabello rubio se le desparramó sobre los hombros; entonces comprendí que era una mujer policía. Todo el mundo parecía muy serio.

No hacía falta ser un genio para darse cuenta de que algo malo había sucedido.

Capítulo 2

– Rachel -dijo papá mirándolos de uno en uno.

– Señor Delaney, ¿podríamos entrar, por favor? -pidió el policía.

Papá asintió con la cabeza y se hizo a un lado para dejarlos pasar al vestíbulo.

– ¿Qué ha ocurrido? -preguntó, al tiempo que cerraba la puerta. Yo estaba de rodillas con la cara contra la balaustrada, tratando de permanecer muy quieto para que nadie me descubriera-. ¿Ha habido un accidente? ¿Tu coche ha sufrido una avería?

Los agentes se miraron entre ellos y luego a mamá, que no parecía mamá en absoluto.

– ¿Va a hacer alguien el favor de decirme qué está sucediendo? -insistió papá al cabo de unos instantes-. ¿Agente?

– ¿Confirma usted que esta señora es su esposa, señor Delaney? -preguntó el policía, quitándose también el casco. Llevaba la cabeza afeitada y no parecía mucho mayor que Pete, lo que de alguna manera me calmó. La agente me recordaba a la protagonista de una teleserie.

– Sí, por supuesto que es mi esposa. Rachel, ¿a qué viene todo esto? ¿No puede alguien explicarme simplemente…?

– Si hace el favor de tranquilizarse, señor -interrumpió el policía-, se lo contaremos todo.

– ¿Que me tranquilice? Mi esposa desaparece durante horas y luego llega a casa en un coche de policía… ¿y quieren que me tranquilice? ¿Dónde has estado? ¿Qué ha pasado?

– Quizá podríamos sentarnos -sugirió la mujer policía-. Su esposa ha sufrido una gran impresión, y una taza de té le vendría muy bien.

– De acuerdo. Vayamos a la cocina y pondré agua a hervir. Pero quiero saber qué ha ocurrido, ¿me oyen?

– Por supuesto, señor -respondió la mujer.

Primero dejé de oírlos y luego desaparecieron de la vista, excepto el joven policía, que se quedó en el vestíbulo y dejó el casco en la mesilla antes de mirarse en el espejo. Movió la cabeza hacia la izquierda, después hacia la derecha y a continuación tiró del dobladillo de la chaqueta para alisar las arrugas. Al volverse, alzó la mirada y me vio. Quise echar a correr, pero se limitó a dirigirme una sonrisa triste y negó con la cabeza antes de entrar en la cocina para reunirse con los demás.

Fue entonces cuando empecé a preocuparme por Pete. Llevaba un par de días sin llamar, desde la vez en que anunció que se iba de viaje y que no pensaba quedarse encerrado tres meses en la tienda de papá mientras sus amigos andaban por ahí pasándolo bien. Mamá había dicho en el desayuno que, si no había telefoneado para cuando hubiese acabado Coronation Street, lo llamaría ella.

– No sé para qué te molestas -había respondido papá-. Menudo niñato desagradecido.

Quizá le había ocurrido algo a mi hermano, la policía había venido a contárselo a mamá y ella había ido a la comisaría para encontrarse con Pete metido en algún lío. O peor aún: tal vez le hubiera sucedido algo malo, y yo ni siquiera había podido hablar por teléfono con él la otra noche, porque todos se habían peleado tanto que no me habían dejado.

Bajé sin hacer ruido por la escalera, pero las voces no se oían demasiado bien. El casco del policía seguía en la mesita del teléfono. Lo cogí y me puse a estudiarlo.

Era uno de esos cascos tradicionales, alto y duro, con una insignia de la policía de Norfolk en la parte delantera. Pesaba bastante y al ponérmelo me sentí como si me coronasen rey. Me iba enorme, tanto que me tapaba los ojos, de modo que me pregunté cómo podría el agente llevarlo todo el santo día.

Entonces se abrió la puerta de la cocina y al volverme vi que papá, incluso más rojo que antes, salía al vestíbulo seguido por los dos policías. Los tres se detuvierony me miraron fijamente. Sentí vergüenza porque sólo llevaba el pijama y aquel casco.

– Disculpe, agente -dijo papá, quitándomelo-. Danny, sube a tu habitación ahora mismo.

Salí disparado escaleras arriba y cerré la puerta de mi cuarto, pero no entré, sino que volví a ocupar mi puesto ante la balaustrada.

Mi padre abrió la puerta de entrada y los policías salieron.

– Si tienen más noticias… -dijo papá.

– Nos pondremos de inmediato en contacto con usted, por supuesto -lo cortó la mujer policía con tono muy serio-. Pero necesitaremos volver a hablar con ella mañana. Supongo que se hace cargo, ¿no?

– Desde luego. Es un asunto terrible.

– Son los trámites habituales, señor Delaney. No tardaremos en comunicarnos con usted.

Los oí marcharse y a papá cerrar la puerta, pero durante unos instantes no se movió. Permaneció allí de pie, mirando la pared, y luego se frotó los ojos mientras soltaba un hondo suspiro. Entonces volvió a la cocina, cerró tras de sí y todo quedó en silencio.

Cuando mamá se acostó, papá subió a hablar conmigo. Aunque estaba tumbado, me senté en cuanto entró en mi habitación.

– Aún estás despierto -dijo.

– No podía dormir. ¿Qué ha pasado? ¿Pete está bien?

– ¿Pete? Sí, está bien. Oh, supongo que será mejor que lo llame también. Bueno, mañana. Puede esperar hasta entonces.

– ¿Qué ha pasado?

– Ha habido un accidente -contestó con calma-. Pero no quiero que te preocupes. Un niño pequeño ha pasado corriendo por delante de tu madre. Por delante del coche de tu madre, quiero decir. Verás, parece que ha salido de la nada. No es culpa de nadie.

Lo miré fijamente sin saber qué decir. Parpadeé varias veces y esperé a que continuara.

– Ahora se encuentra bien -explicó-. Bueno, en realidad está bastante mal, pero lo han llevado al hospital, que por ahora es el mejor sitio donde puede estar, desde luego. Allí recibirá el tratamiento más adecuado y se recuperará, estoy seguro.

– ¿Cómo puedes estar seguro?

– Porque tiene que curarse -replicó con firmeza-. No te preocupes, ¿me oyes? Todo saldrá bien. Ahora duerme un poco y por la mañana trata de no armar mucho jaleo y de no molestar a tu madre. Está muy afectada.

Asentí con la cabeza. Él salió de la habitación y se alejó por el pasillo, pero no me tendí hasta que oí cerrarse la puerta de su dormitorio. Entonces apreté los párpados y pensé en aquel niño, confiando que se pusiera bien, pero algo me dijo que no sería así y que en casa nada volvería a ser como antes.

Capítulo 3

Al día siguiente desperté temprano. Cuando bajé, mi padre ya estaba en la cocina, pero no había ni rastro de mamá.

– Se quedará en la cama esta mañana -me explicó-. Anoche apenas consiguió dormir. Si puedes, mantente en un discreto segundo plano.

Claro que podía, sobre todo porque me daba miedo verla. No habría sabido qué decirle. Sin embargo, un poco más tarde, cuando subí a la habitación a buscar mi David Copperfield, ella salió del baño y al verme se echó a llorar.

– ¡Por el amor de Dios, Danny! -exclamó papá subiendo a toda prisa por la escalera-. Te he pedido que no causaras problemas.

– Y no lo he hecho. Sólo subía por esto -contesté blandiendo el libro.

– Vete fuera y punto -repuso él negando con la cabeza-. ¡Por favor! Nunca haces caso de lo que te dicen, ¿verdad?

Salí al jardín y me senté en el columpio a leer, pero no conseguí avanzar ni una línea. Estaba demasiado enfadado para concentrarme, así que decidí dar una vuelta en bicicleta.

Cuando regresé ya era por la tarde, y la casa volvía a estar desierta. Eran casi las seis y advertí que tenía hambre. Abrí la nevera y pensé en hacerme un sándwich, pero antes de que me pusiera a ello, llamaron a la puerta de entrada.

– ¿Danny? -preguntó una voz de mujer-. Danny, soy Alice Kennedy. ¿Estás ahí?

Crucé el vestíbulo y abrí, pero no del todo; sólo asomé la cabeza, como hacen las viejas en los anuncios de televisión cuando viene el hombre del gas a leer el contador. Aunque a menudo no es el hombre del gas, sino alguien que va a robarles la pensión y darles una paliza.

– Hola -saludé.

– Qué tal, Danny -contestó sonriendo.

– Mamá no está -declaré, porque cuando venían mujeres a casa siempre era por ella.

– Ya lo sé. Me ha llamado tu padre. Cree que debes de tener hambre.

– Bueno, hoy no he comido -admití.

– Y ya son casi las seis. Hemos pensado que podrías venir a casa a cenar. -Tendió una mano a través del hueco de la puerta.

– Bueno, supongo que mamá preparará la cena más tarde -repuse en voz baja, mirándome los zapatos.

– Tu padre ha dicho que tomarán algo de camino a casa. Me ha preguntado si podías cenar con nosotros y le he dicho que por supuesto. Nos encantará que nos hagas compañía. Luke está poniendo ahora mismo otro cubierto en la mesa. Pero será mejor que te apresures, porque no quiero que se quemen los filetes.

Me sacó prácticamente a rastras y cerré la puerta detrás de mí. Me gustó que me llevara de la mano. Tenía la piel caliente y la mano casi tan pequeña como la mía. Pero como no quería que Luke me viese entrar de aquella manera con su madre, me solté antes de llegar.

– Y a esto lo llaman verano… -comentó mientras caminábamos, sonriéndome como si no tuviésemos ninguna preocupación en el mundo, como si en mi casa no hubiese pasado nada malo y el señor Kennedy aún viviese en la suya-. No es como los veranos de mi infancia, te lo aseguro. Por entonces el sol calentaba un poco más.

Una vez dentro, me llegó el aroma de la carne a la parrilla.

– ¡Ya estamos aquí! -exclamó alegremente cuando entramos en la cocina.

Luke, sentado a la mesa, me miró como si no entendiera muy bien qué hacía yo ahí. Benjamin Benson, el novio de la señora Kennedy, que estaba de pie ante los fogones revolviendo algo en una cacerola, se volvió y me sonrió. Era el hombre más grande que había visto en mi vida. Prácticamente un gigante, con espeso pelo cano y una poblada barba también blanca. Siempre había pensado que parecía un oso polar.

– Buenas tardes, joven Danny -me saludó. Hablaba como alguien del siglo pasado-. Por suerte, compré otro filete por si teníamos compañía. Siempre hay que estar preparado, ése es mi lema. ¿Has sido alguna vez boy scout?

– No.

– Los boy scouts son maricas -intervino Luke, y el señor Benson se volvió para mirarlo y asentir con la cabeza.

– Me atrevo a afirmar que algunos lo son -admitió-. Y los hay tristones, y nerviosos, y locos de alegría. Todos somos propensos a tener naturalezas distintas. Espero que te guste la salsa de champiñones, Danny.

– Me encanta -aseguré.

– ¡Excelente! -exclamó, volviéndose hacia la cacerola para seguir removiendo el contenido. Sacó la cuchara de madera y me la tendió-. Pruébala y dime si requiere más sal. Recuerda que siempre puedes añadirla, pero nunca quitarla. Al contrario que con un corte de pelo: en ese caso siempre puedes quitar más, pero no volver a poner.

Acerqué con cuidado los labios a la punta de la cuchara, por si quemaba; estaba caliente aunque no demasiado. Y la salsa era deliciosa.

– Muy buena -dije.

– Excelente -repitió-. Entonces te sugiero que te sientes mientras acabo de preparar la cena. Alice, confío que no pretendas colar las patatas; no es tarea para una mujer. Toma asiento, sírvete una copa de vino y deja que te atienda, por el amor de Dios.

Me acerqué a la mesa y Luke me saludó con una inclinación de cabeza.

– Qué tal -dijo.

– Qué tal -contesté, y añadí en susurros-: No he pedido que me dejaran cenar en tu casa; tu madre ha venido a buscarme.

– Me da igual. ¿Crees que me importa a quién invite a cenar? Sigue siendo la casa de mi padre, pase lo que pase.

– Danny -llamó la señora Kennedy, y me volví para mirarla. Me dio la sensación de que había repetido mi nombre un par de veces y no la había oído-. ¿Qué quieres beber?

– Me da igual. Un vaso de agua.

– Creo que podemos ofrecerte algo mejor, ¿no? ¿Qué tal una Coca-Cola? ¿O un zumo de naranja?

– Coca-Cola -contesté de inmediato.

– Muy bien, una Coca-Cola. ¿Y tú, Luke?

– No me importa -gruñó mi amigo.

– De acuerdo -contestó su madre dejando un vaso de Coca-Cola ante mí-. Bueno, pues cuando te importe, ya sabes dónde está la nevera.

– La Coca-Cola estropea los dientes -intervino el señor Benson. Me volví hacia él, preocupado por haberlo decepcionado de algún modo, aunque no parecía enfadado-. Pero reconozco que soy incapaz de empezar el día sin beberme un vaso. Es una adicción. Como el café para otros. -Miró muy serio a su novia, pero ella se limitó a reír-. Para algunos, lo es el tabaco. -Volvió a mirarla furibundo y ella rió de nuevo, negando con la cabeza. No supe si él bromeaba, pero supuse que sí porque ella pareció encontrarlo divertido-. En mi caso, soy adicto a la Coca-Cola. ¿Qué me dices de ti, Luke? ¿Qué adicciones tienes?

– ¿Vamos a cenar de una vez? -repuso mi amigo, mirándolo ceñudo-. ¿O sólo vamos a hablar de comer?

– Qué hombre más hambriento… -comentó el señor Benson mientras servía los filetes, acompañados de patatas y verdura. Luego vertió la salsa de champiñones sobre la carne y nos colocó los platos delante. Se sentó frente a mí, mientras Luke y su madre ocupaban ambas cabeceras-. Por el chef -brindó levantando la copa. Y, como si hubiese olvidado algo, añadió-: Oh, un momento. Ése soy yo. Qué grosero.

La señora Kennedy soltó una carcajada y yo una risita, pero Luke pareció a punto de matar a alguien, así que por pura precaución traté de borrar la sonrisa de mi cara.

– ¿Y qué has hecho hoy, Danny? -quiso saber la señora Kennedy-. ¿Algo divertido?

– Fui en bici.

– Yo ya no puedo montar en bici -comentó el señor Benson-. Soy demasiado grande para una bicicleta. La aplastaría.

– De pequeña me encantaba ir en bici -contó la madre de Luke, y añadió-: Así fue como conocí a David, en realidad. En unas vacaciones en bicicleta, en Francia.

– David es mi padre -me dijo Luke, aunque yo ya lo sabia-. Ésta es su casa.

– Bueno, de hecho es mi casa -corrigió ella con la vista clavada en su hijo-. Es mía y tuya.

El señor Benson y yo intercambiamos una mirada, pero no dijimos nada. Traté de pensar cómo sería si papá no viviese en casa, si nunca nos viera, como le ocurría a Luke con su padre, pero no pude. No conseguí imaginar nuestra casa sin él. O sin mamá.

Miré fijamente mi comida y, aunque estaba muerto de hambre, descubrí que no tenía mucho apetito.

– ¿Qué ocurre, Danny? -preguntó la madre de Luke-. ¿No tienes hambre?

Sacudí la cabeza con los ojos fijos en el plato. Empecé a contar mentalmente de uno a diez todo lo rápido que pude, porque sentía las lágrimas a punto de brotar y me daba cuenta de que podía echarme a llorar en cualquier momento.

– Si no comes te pondrás enfermo -añadió.

– ¡Ah, miradlo! -exclamó Luke con tono triunfal-. ¡Está llorando!

– ¡No es verdad! -grité, justo cuando una lágrima caía en el plato. Me volví para mirarlo, furioso, y sentí que me temblaba la barbilla y que se me saltaban más lágrimas. Me las enjugué con una mano.

– ¡Cállate, Luke! -le espetó su madre.

– Lo siento -me disculpé.

– No hay nada que sentir -repuso ella levantándose-. Nada en absoluto. Ven un momento conmigo a la sala de estar. Vamos a concedernos un ratito de tranquilidad. Y Luke, no quiero oírte decir ni pío en nuestra ausencia, ¿entendido?

Mi amigo asintió con la cabeza y pareció un poco avergonzado cuando su madre me tomó de la mano para conducirme fuera de la cocina. Miré atrás al cerrarse la puerta y vi a Luke y el señor Benson observarse fijamente.

– ¿Más salsa de champiñones, Luke? -preguntó el hombre.

Capítulo 4

Más tarde, cuando estábamos viendo la televisión, sonó el teléfono y la señora Kennedy fue a contestar. Habló unos minutos en el vestíbulo antes de asomarse por la puerta.

– Danny. Es tu padre. Quiere hablar contigo.

– Hola -dije con nerviosismo al ponerme al auricular.

– Hola. Perdona que no estuviéramos cuando llegaste a casa.

– No pasa nada -mentí, pues sí pasaba.

– ¿Has cenado ya?

– Sí.

– Bien. Entonces necesito que me hagas un favor.

– ¿Qué?

– No te importará quedarte a dormir en casa de la señora Kennedy, ¿verdad?

Se me cayó el alma a los pies. Quería estar en mi casa. Quería que los tres estuviésemos juntos.

– ¿Por qué? ¿Dónde estáis?

Mi padre guardó silencio.

– ¿No te lo he dicho? -preguntó al fin.

– No.

– Estamos en el hospital, Danny -explicó en voz baja-. Tu madre no se encuentra del todo bien, ya te lo comenté.

Abrí la boca para añadir algo, pero no me dio tiempo, pues la señora Kennedy, que había aparecido a mi lado con mucho sigilo, me quitó el auricular de las manos.

– ¿Russell? -preguntó en tono decidido-. Soy Alice otra vez. Escucha, no tenéis de qué preocuparos. Estamos todos viendo la televisión y Danny se encuentra perfectamente. Tú y Rachel ocupaos de vosotros y punto, ¿de acuerdo?

Hubo una pausa y oí una voz al otro lado de la línea, pero no conseguí distinguir las palabras. La madre de Luke negó con la cabeza antes de proseguir.

– Siempre puedo pedirme el día libre. -Otra pausa-. Bueno, puedo si lo necesitáis. -Una pausa más-. Muy bien, entonces nos veremos por la mañana. -Me miró y pareció tomar una decisión, porque me volvió la espalda-. Danny os desea buenas noches -añadió, aunque yo no había dicho nada-. Buenas noches, Russell. -Colgó y se volvió de nuevo hacia mí-. Oye, tómatelo como una aventura -dijo, leyéndome el pensamiento.

– Pero ¿dónde voy a dormir?

– En la habitación de Luke. Tiene una litera.

Eso me gustó más. Asentí.

– ¿En cuál duerme él? -pregunté.

– ¿En cuál quieres dormir tú?

– En la de arriba -contesté tras pensarlo un momento.

– Entonces él duerme en la de abajo -repuso guiñándome el ojo-. Venga, vamos a la sala. Va a empezar mi programa favorito.

Esa noche, la señora Kennedy sacó sábanas, almohadas y un edredón de un armario y para preparar la litera de arriba. Después cogió un pijama de Luke de un cajón y me lo tendió, y los tres nos miramos unos a otros con cierta incomodidad, antes de que la madre de Luke captara la indirecta.

– Volveré a subir dentro de unos minutos para asegurarme de que ya os habéis acostado -anunció-. Te he dejado un cepillo de dientes nuevo en el baño, Danny. Lo verás junto al lavabo, todavía en su envoltorio, así que no tienes de qué preocuparte.

Fui al cuarto de baño y me lavé los dientes lentamente. Al salir me fijé en una puerta entreabierta que había a mi izquierda y me asomé. Se trataba del dormitorio de la señora Kennedy. La luz estaba apagada y el resplandor de la luna se colaba entre las cortinas abiertas, una claridad que se mezclaba con la oscuridad y las sombras. Aunque sabía que no debía entrar, no pude evitarlo, así que avancé. La cama era muy grande, mayor incluso que la de mis padres. A la derecha había un tocador con tantos frascos y cremas que me pregunté cómo los distinguiría. Me acerqué a la ventana, miré por ella y vi mi propia habitación al otro lado de la valla, porque la cortina estaba descorrida. Divisé el sitio desde el que había observado a la señora Kennedy. Recordaba dónde estaba yo la noche en que la viera en sujetador. Alcancé a distinguir los carteles en las paredes de mi dormitorio y la camiseta sucia que había dejado en un brazo de la silla.

«Si mamá estuviese en casa -me dije-, ya la habría puesto en el cesto de la ropa sucia.»-¿Has acabado? -preguntó Luke cuando volví a su dormitorio. Asentí.

Él ya se había cambiado y pasó ante mí en dirección al baño; cuando cerró la puerta, me desvestí tan rápido como pude y me apresuré a ponerme el pijama que la señora Kennedy me había dado. Cuando Luke volvió al cuarto, yo estaba doblando los pantalones y la camisa para dejarlos sobre el respaldo de la silla. Subí por la escalerilla a la litera de arriba y me metí bajo el edredón.

– Benjamin es un idiota, ¿verdad? -comentó mi amigo.

– ¿El señor Benson? No está mal. Parece un oso polar.

– No debería estar aquí -continuó-. Además, ¿qué derecho tiene a prepararnos la cena? Ésta no es su casa. Es la de mi padre. Cuando vaya a pasar unos días con él este verano, pienso contárselo.

Me puse boca arriba, mirando el techo, y descubrí que estaba cubierto por centenares de minúsculas estrellas pegadas que brillaban en la oscuridad. Así sería dormir en la cima de una montaña. Estiré el brazo para tocarlas, pero no llegué del todo.

– ¿Qué está pasando en tu casa? -preguntó Luke al cabo de unos instantes.

– Nada.

– Pues claro que pasa algo. Cuéntamelo.

– Te he dicho que nada -insistí, deseando que no me preguntara sobre el tema.

Luke soltó un bufido.

– No es eso lo que he oído.

– ¿Y qué has oído?

– Pues que tu madre estaba borracha, que atropello a alguien y lo mató.

– Eso no es verdad -declaré, incorporándome en la cama.

– Mi madre lo dijo.

– ¿De veras? -pregunté, sorprendido.

– Bueno, no. No dijo que lo hubiese matado. Pero sí que es probable que se muera. Que está en coma y no hay muchas esperanzas. La oí comentarlo antes de que llegaras.

Volví a tenderme y me quedé observando las estrellas, aunque sentía ganas de vomitar. Alguien llamó suavemente a la puerta y abrió, sólo un poquito al principio, y luego de par en par. Entró un rayo de luz seguido por la señora Kennedy.

– ¿Qué tal estáis, chicos? ¿Tienes cuanto necesitas, Danny?

– ¿Va a quedarse también mañana por la noche? -preguntó Luke.

– No lo sé -contestó su madre-. Ya veremos.

– ¿Me quedaré? -intervine, preguntándome cuánto iba a durar aquella situación.

– No te preocupes. Trata de dormir. Por la mañana sabremos algo más. Y no os paséis hablando toda la noche, ¿me oís? Es tarde. -Se inclinó sobre la litera de abajo y la oí dar un beso a Luke-. Buenas noches, Danny -dijo entonces, sonriéndome-. Si me necesitas ya sabes dónde estoy.

– Es la segunda puerta a la derecha -puntualizó Luke.

– Oh, Danny ya lo sabe.

La vi sonreír a la luz de la luna al salir, y aunque estaba oscuro noté que me sonrojaba.

Luke y yo estuvimos callados mucho rato. En cierto momento advertí que el sonido de su respiración cambiaba y que se daba la vuelta, así que me dije que quizá se había dormido.

– No estaba borracha -susurré.

Capítulo 5

– ¡Por supuesto que no estaba borracha! -aseguró papá cuando se lo conté al día siguiente-. Por el amor de Dios, Danny, dime cuándo has visto, en toda tu vida, a tu madre borracha. ¿Sabes siquiera qué significa estar borracho?

– Es como están siempre los amigos de Pete cuando se quedan a dormir.

– Hum… -repuso papá, gruñendo al quitarse las gafas tras leer las instrucciones en un paquete de espaguetis-. Bueno, en eso tienes razón. Pero deberías conocer mejor a tu madre. Fue un accidente. Eso es todo. La policía lo sabe. Los padres del niño también. Hasta tu madre lo sabe.

– Entonces ¿por qué está tan afectada?

– Porque, aunque no fuera culpa suya, sigue sintiéndose responsable. Lo entiendes, ¿verdad? Mira, volvía a casa después de ir de compras; conducía por Parker Grove. Una testigo lo vio todo. Dijo que tu madre ni siquiera iba rápido, pero que el niñito, Andy, salió a toda pastilla de una casa y se dispuso a cruzar la calzada sin mirar ni a derecha ni a izquierda. A mamá le habría sido imposible detenerse a tiempo. Ni siquiera sabemos muy bien qué hacía allí ese niño. Tampoco era su casa. Él vive cuatro puertas más allá y al otro lado de la calle.

– Quizá se había perdido -sugerí.

– Bueno, lo averiguaremos a su debido tiempo, no te preocupes.

– ¿Va a morirse?

Papá negó con la cabeza.

– ¿Por qué no sales fuera? La cena no estará hasta dentro de una hora.

Suspiré hondo y me fui al jardín. Mi bici estaba donde la había dejado, apoyada contra la valla que separaba nuestra casa de la de Luke Kennedy. Monté de un salto en el sillín, y fue entonces cuando la vi por primera vez. Estaba mirándome desde la acera de enfrente, de pie junto a un árbol. El cabello rojizo le llegaba a los hombros y llevaba unos vaqueros con un gran estampado de margaritas blancas en una rodilla. Era más o menos de mi edad, pero no la conocía, de manera que no iba a mi colegio.

Aunque no reduje la velocidad, la miré fijamente al pasar, preguntándome por qué me estaría observando, antes de llegar a la esquina y desaparecer de la vista.

***

Se me pinchó una rueda cuando estaba por ahí y como no llevaba nada para arreglarla, tuve que ir a pie empujando la bici durante el camino de vuelta a casa. Siempre regresaba por el atajo a través de la urbanización, pero ese día seguí una ruta distinta. Recorrí Parker Grove, la vía por la que conducía mi madre cuando el niño se le había echado encima.

Era una calle como la nuestra, con muchos árboles delante de las casas. No sabía cuál era la de Andy, pero mientras avanzaba empujando la bici, un coche se detuvo en una entrada y una mujer cruzó la calle corriendo hasta él.

– ¡Michael, Samantha! -gritó, llamando a la pareja que estaba bajando del coche-. ¿Cómo se encuentra Andy? ¿Se sabe algo más?

– Está… bueno, al menos no ha empeorado -contestó en voz baja la mujer que se llamaba Samantha-. Los médicos aseguran que eso es una buena señal. Siempre dicen que las primeras cuarenta y ocho horas son críticas, ¿no?

– Entonces, que no esté peor ya es algo -repuso la otra-. Seguro que no tardará en despertar.

– Si al menos nos respondiera de algún modo… -añadió entonces Samantha, sacudiendo la cabeza con frustración-. Le hablamos sin parar. Le ponemos las canciones que le gustan. Esta mañana hemos instalado un vídeo para pasarle unos dibujos animados que suele ver, y se los hemos puesto una y otra vez, pero nada. Es como si…

Se interrumpió y se echó a llorar. Hice girar unas cuantas veces la rueda de mi bici y descubrí un fragmento de cristal clavado en el neumático. En realidad no estaba buscando el pinchazo, pero de todas formas lo había encontrado. Lo arranqué con cuidado y la rueda empezó a sisear, lo que me hizo pensar que debería haberlo dejado donde estaba hasta llegar a casa.

– ¿Y cómo lo está llevando Sarah? -quiso saber la mujer.

Oí a la madre de Andy sorberse la nariz como si tuviera un tremendo resfriado. Siempre que yo hacía esa clase de ruido, mamá me decía que usara un pañuelo y que no fuera tan asqueroso.

– No lo sé -contestó Samantha-. Está muy callada. No quiere hablar de lo sucedido con ninguno de los dos. La verdad, jamás la había visto distanciarse tanto. -Entonces guardó silencio. Cuando levanté la vista advertí que las dos mujeres, de pie al fondo del sendero, me miraban fijamente-. ¿Estás bien? -preguntó la madre de Andy.

– Sí, muy bien.

– ¿Qué haces ahí?

Carraspeé, tratando de parecer lo más inocente posible.

– Se me ha pinchado una rueda de la bici -contesté incorporándome-. Quería encontrar el pinchazo. -Siguieron mirándome cuando apoyé las manos en el manillar y empecé a empujar la bicicleta-. Tendré que llevarla a casa para arreglarlo.

Ninguna de las dos respondió, pero me observaron alejarme; tardé un par de minutos en llegar al final de la calle, y durante ese tiempo sentí sus miradas fijas en mi espalda. Normalmente me habría ido pedaleando lo más rápido posible, pero con la rueda pinchada no podía.

Por fin volví la esquina, aunque aún me costó unos veinte minutos llegar a mi casa. Ella estaba esperándome. La niña pelirroja. Sentada al final de la calle con la espalda contra un árbol, supe que me aguardaba a mí. No se me ocurrió por qué. Aunque no recordaba haberla visto antes de ese día, de algún modo comprendí que quería hablar conmigo.

Fui más despacio al acercarme, entonces ella se volvió y me miró; luego se levantó sacudiéndose la parte de atrás de los vaqueros. Miré hacia otro lado y me pregunté si aún estaría observándome cuando me girara otra vez, y así fue. No solía hablar con chicas porque siempre me miraban como si acabara de salir arrastrándome de debajo de una roca. Sin embargo, supe que tenía que pararme a hablar con aquélla en concreto. No había forma de evitarlo.

– Hola -saludé cuando estaba más o menos a un metro de ella, deteniéndome con la bici entre los dos.

– ¿Eres Danny?

– Sí.

– Lo sabía. Te he visto antes.

– Estabas esperando delante de mi casa. ¿Querías vigilarme?

Ella abrió la boca corno para contradecirme, pero entonces se encogió de hombros como si en realidad no le importara.

– Sí, eso hacía.

Y en ese instante, de pronto supe quién era exactamente.

– Eres Sarah, ¿verdad? La hermana de Andy.

Asintió con la cabeza. No pude evitar pensar que me había quedado un buen rato espiando a su familia mientras ella se pasaba casi el día entero espiando a la mía. Y sólo en ese momento, cuando la tarde estaba acabando, habíamos llegado a hablarnos. Como si fuéramos agentes secretos que, hartos ya de todo, deciden confesar.

Capítulo 6

Ese día, Sarah y yo quedamos en encontrarnos en el parque el sábado siguiente. Me senté en un banco cerca de la fuente y me puse a leer David Copperfield. Quería que se fijara en que me gustaba esa clase de libros. Al cabo de unos minutos, la vi entrar por las puertas que había frente a mí. Sonreí y la saludé con la mano. Me sorprendió lo contento que me puse al verla.

– No estaba muy segura de si vendrías -comentó cuando se hubo sentado-. Pensé que igual cambiabas de opinión y no acudías.

– No -respondí, negando con la cabeza-. Lo prometí, ¿no?

– Creí que llegaría tarde. Mi madre iba al hospital a ver a Andy y quería que la acompañara; cuando le dije que no podía, se enfadó conmigo.

– ¿Vas a menudo?

– Todos los días. Y algunos, dos veces. ¿Tienes hermanos?

– Sí, uno mayor. Pete. Ya ha cumplido los dieciocho y va a la universidad en Edimburgo. Se suponía que volvería a casa a pasar las vacaciones de verano. Me lo prometió, pero luego cambió de idea y se fue de viaje por Europa.

Sarah asintió con la cabeza.

– Andy también es mi único hermano -dijo.

Quise preguntarle cómo era Andy, pero no supe expresarlo. Aunque yo no tenía ninguna culpa de que estuviese en el hospital, de algún modo me sentía responsable.

– ¿Se pondrá mejor?

– No lo sabemos -contestó-. Sólo podemos confiar en que despierte pronto.

– Seguro que sí.

– ¿Cómo lo sabes?

– Pues porque lo sé.

No pareció gustarle mucho mi respuesta, e incluso me dio la impresión de que se enfurruñaba un poco, así que me mordí el labio y decidí que haría mejor en pensar más las cosas antes de decirlas. No parecía la clase de chica que hablara por hablar.

– ¿Cómo supiste quién era? -me preguntó al cabo de unos minutos-. Me refiero a cuando aparecí ante tu casa. Enseguida lo adivinaste.

– No lo sé. Tan sólo pensé que encajaba. ¿Por qué viniste?

– Por curiosidad, sólo por eso. En realidad era a tu madre a quien buscaba. Quería saber qué aspecto tenía. Y entonces te vi. Estos últimos días han sido horribles.

Se inclinó y se llevó las manos a la cara. Me preocupó que fuera a echarse a llorar, porque entonces yo no habría sabido cómo reaccionar. No iba a rodearla con el brazo, eso por nada del mundo. Y mucho menos allí, donde toda la gente podía vernos. Pero cuando volvió a levantar el rostro, se limitó a mirarme y negar con la cabeza.

– De todas formas, no es culpa de tu madre. Eso es lo que vuelve tan terrible el asunto. Es culpa mía. Pero no puedo contárselo a nadie. Y no sé qué hacer para solucionarlo.

La miré extrañado, sin acabar de entender qué quería decirme. Estaba a punto de preguntárselo, cuando vi que tres personas recorrían el sendero hacia nosotros. Se me encogió un poco el estómago, pero era demasiado tarde para alejarse: se trataba de Luke, su madre y Benjamin Benson.

– Danny -dijo la señora Kennedy, y miró a Sarah un instante, como si se sorprendiera de verme allí sentado con una chica, como si fuera lo último que habría esperado.

Aunque había crecido varios centímetros en los últimos tres meses, nadie excepto yo mismo lo había notado.

– Hola -saludé tratando de no mirar a Luke, que tenía los ojos clavados en Sarah-. Sólo he salido a dar un paseo.

– Pues no vas a pasear mucho quedándote sentado -bromeó alegremente el señor Benson-. Un montón de ejercicio, eso es lo que necesita un chico de tu edad. Bueno, y un buen desayuno todas las mañanas. Y también un baño de agua helada una vez al año, tanto si te hace falta como si no.

Fruncí el ceño. ¿Por qué tenía que mostrarse siempre tan gracioso? Seguramente lo hacía para impresionar a la señora Kennedy.

– ¿No vas a presentarnos a tu amiga? -preguntó la madre de Luke, y me quedé mirándola sin saber qué responder.

No quería contarle la verdad por si hablaba con mis padres y me metía en líos. Aunque no estaba muy seguro de qué estaba haciendo mal, tenía la sensación de que había algo en aquel asunto que no les haría ni pizca de gracia.

– No somos amigos -se apresuró a contestar Sarah-. Estaba sentada aquí, eso es todo.

– Oh, perdonad -repuso la señora Kennedy-. Se os veía tan cómodos que casi no me atrevía a interrumpiros.

– Yo más bien diría que tratabas de ligar con ella -comentó el señor Benson-. Eh, no pongas esa cara avergonzada, Danny. Todos hemos de empezar algún día.

– Me dijiste que tenías cosas que hacer -intervino Luke, señalándome con el dedo-. Y que por eso no podías venir hoy a mi casa.

– Bueno, he de irme -dijo Sarah de pronto, levantándose.

La miré; no quería que se marchara. Lo único que deseaba era que Luke, su madre y el señor Benson prosiguieran su camino, que dejaran de tratar de parecer divertidos y hacerme pasar vergüenza. Quería hablar a solas con Sarah y que me contara por qué el accidente no había sido culpa de mamá y por qué se creía ella responsable.

– Espera… -empecé.

– Vamos por las bicis -me interrumpió Luke-. Iremos a algún sitio. -Y añadió-: Los dos solos.

– Adiós -se despidió Sarah, echando a andar.

– Espera -repetí, pero ella negó con la cabeza.

– No tienes que irte por nosotros -intervino la señora Kennedy, que ahora parecía arrepentida de haberse parado a hablarnos.

– ¡Adiós! -exclamó Luke dirigiéndose a Sarah-. Nos vemos en otra ocasión, o no.

Sarah se detuvo y lo miró un momento antes de alejarse. Luke frunció el ceño, no muy seguro de cómo tomarse una mirada como aquélla.

– Lo siento, amigo -se excusó el señor Benson-. Me parece que la hemos espantado.

Esa noche estuve fuera hasta más tarde de lo habitual, y cuando llegué a casa me encontré a mi padre sentado en la sala de estar viendo la televisión. Cuando entréconsultò el reloj y pareció un poco sorprendido de que llegara con tanto retraso.

– Danny, son casi las diez.

– Ya lo sé.

– ¿Qué hacías dando vueltas por ahí a estas horas?

Me encogí de hombros y me senté.

– Lo siento -dije-. He perdido la noción del tiempo.

– En realidad, yo también -repuso bajando el tono-. Ni siquiera me había dado cuenta, o habría empezado a preocuparme por ti.

– ¿Dónde está mamá?

– No habéis coincidido por muy poco. Se fue a dormir temprano.

– ¿Se ha pasado en la cama el día entero? -pregunté, enfadado-. ¡Cuando salí esta tarde ya estaba acostada!

– Danny, se levantó poco después de que te fueras. Cenamos juntos y luego estuvimos viendo la tele. Si hubieses llegado pronto a casa, como se suponía que era tu obligación, la habrías visto y podrías haber charlado con ella. Y por cierto, ya puestos, me gustaría que hablaras un poco más con tu madre.

Asentí mientras pensaba en irme a la cama, pero antes de que pudiese subir mi padre de pronto soltó una risita y me dijo:

– Ah, por cierto. Hoy hablé con tu abuela. Ella y el abuelo vendrán a visitarnos la semana que viene. Por tu cumpleaños. Celebraremos una pequeña fiesta.

– ¿Una fiesta? ¿Estás seguro?

– Bueno, sólo con la familia, nadie más -se apresuró a precisar-. Tu madre y yo, y los abuelos. Si quieres también podemos decirles a los Kennedy que vengan.

– No sé si me apetece una fiesta.

– «Fiesta» no es la palabra adecuada -explicó negando con la cabeza-. Será una cena, simplemente. En familia, el jueves que viene. Al fin y al cabo, cenar hay que cenar. ¡No pongas esa cara de circunstancias! Lo pasaremos bien.

Me encogí de hombros. En realidad no estaba pensando en eso, sino preguntándome cuándo volvería a ver a Sarah, si es que volvía a verla, y si averiguaría por qué creía que todo había sido culpa suya y no de mi madre. Decidí que, si me enteraba, quizá podría contárselo a mamá y así ella no estaría ya tan afectada, y las cosas podrían volver a ser como antes.

De algún modo, supe que tenía que descubrir el secreto de Sarah.

Capítulo 7

Había ocho cubiertos en la mesa, y yo ocupaba la cabecera puesto que era mi cumpleaños. Papá estaba al otro extremo, para poder ir y venir de la cocina siempre que advirtiera que se había olvidado de algo. Los abuelos se sentaban a un lado, con un sitio vacío en medio, donde se suponía que debía estar mamá. Y frente a ellos se hallaban Luke Kennedy, su madre y Benjamin Benson, que mantenía viva la conversación.

– Mi padre pasó la mayor parte de la guerra en la cárcel -nos contó-. Fue objetor de conciencia, ¿saben? No pudo soportar tantos combates. Fue un pacifista toda su vida.

– Vaya, no me diga -repuso el abuelo, arqueando una ceja.

Algo me dijo que no tenía muy buena opinión de la gente que había objetado; en el colegio habíamos leído cosas sobre el tema, pero yo no lo entendía demasiado.

– Se pasó media vida manifestándose por la paz -continuò el señor Benson-. Consiguió que volvieran a meterlo en chirona en los setenta, cuando Nixon, ese viejo belicista, vino de visita. Verán, fue entonces cuando empecé a interesarme en las leyes. Por la forma como trataron a un hombre sencillo que no quería hacer daño a nadie.

– Tiene usted mucha razón -repuso en tono jovial mi abuelo-. Probablemente habría sido mucho mejor que todos hubiésemos acabado hablando alemán y marchando a paso de ganso por Trafalgar Square.

Ya eran las siete y cuarto; mamá se retrasaba quince minutos, pero nadie lo comentaba.

– ¿Te han hecho regalos bonitos, Danny? -quiso saber la señora Kennedy.

– No me han regalado nada -contesté, negando con la cabeza como si no pudiera dar crédito.

– ¿Que no te han regalado nada? -repitió Luke, asombrado-. ¿En tu cumpleaños?

– Eso no es verdad, Danny -se apresuró a intervenir mi padre-. La abuela te compró un bonito jersey, ¿no?

– Ah, sí -repuse, acordándome del suéter de punto verde que había metido en el armario y que no pensaba ponerme ni aunque ine mataran-. Es verdad, ya se me había olvidado. Y mi abuelo me ha dado dinero.

– ¿Dinero? -repitió la abuela, mirando al abuelo y esbozando una mueca-. ¿Qué te había dicho?

– Oh, sólo han sido unas libras para el chaval -repuso él-. Cierra el pico, mujer.

– Yo también tengo algo para ti, Danny -intervino la señora Kennedy-. No es gran cosa, solamente un libro. Te lo daré después de cenar.

– Y yo había olvidado darte esto -dijo papá tendiendo una mano hacia el aparador para entregarme un sobre-. Llegó en el correo de la tarde.

Sonreí al reconocer la caligrafía. Dentro había una tarjeta de «Feliz Jubilación» en lugar de una de cumpleaños; típico de Pete, pues lo encontraba gracioso: nunca compraba la tarjeta adecuada para la ocasión. Y había también un billete de diez libras. Leí rápidamente la felicitación y me sentí aliviado, ya que creía que se había olvidado de mí. Me pregunté si aparecería para la fiesta, pero había llamado un par de noches antes desde Ámsterdam y sólo había dicho tonterías por teléfono. Papá me había quitado el auricular de las manos y le había advertido que no se molestara en volver a telefonear hasta que tuviera la cabeza más despejada.

– Entonces ¿por qué has dicho que no te habían regalado nada? -quiso saber Luke.

– Se refería a que ni su madre ni yo le hemos hecho un regalo -explicó papá-. Pero este fin de semana saldremos los tres para comprarle algo especial.

– Pero no es lo mismo -opinó Luke-. Tienes que recibirlo el día de tu cumpleaños, o no cuenta.

– Calla y come, Luke -le espetó su madre.

– Pero si todavía no nos han servido la cena -repuso él sorprendido, y tuve que morderme el labio para no reír.

– Luke tiene razón -dijo papá consultando el reloj-. Ya se retrasa veinticinco minutos.

– Ahora vendrá, Russell, ya verás -lo tranquilizó la abuela.

– Me alegra que estés tan segura.

– Uno de nosotros debería haberla acompañado -añadió la abuela-. Para asegurarse de que estuviera bien.

– Quizá debería ir a echar un vistazo -sugirió la señora Kennedy-. A lo mejor fue a dar un paseo.

– No es muy recomendable pasear por la zona de noche -comentó Benjamin Benson rascándose la barba-. Lo más probable es que te atraquen, te maten o algo peor.

– Tu padre tiene una forma bastante graciosa de ver las cosas -le dijo el abuelo a Luke.

– No es mi padre -contestó él.

– Podría darme una vuelta rápida por el barrio para ver si…

– ¡No! -exclamó papá dando un puñetazo en la mesa que nos sobresaltó a todos. Por un momento, nadie habló. Nos limitamos a mirarlo fijamente-. Lleva media hora de retraso y todos tenemos hambre; además, es el cumpleaños de Danny. Es hora de cenar. -Miró a la abuela-. Belinda, tal vez podrías ayudarme a servir.

Y a continuación se fue a la cocina; entonces supe que en mi cena de cumpleaños el octavo asiento seguiría vacío el resto de la velada.

Estábamos tomando el pastel cuando a las nueve menos cuarto se abrió la puerta y mi madre entró en el comedor, silenciosa como un fantasma.

– ¿Qué pasa aquí? -preguntó-. Oh, vaya, me había olvidado. Esta noche cocinabas tú, ¿no?

– Para cenar a las siete -respondió papá-. Dijiste que estarías de vuelta a esa hora.

– Me he retrasado. Lo siento si he…

– Eso no es suficiente -la interrumpió papá con voz firme-. No es suficiente en absoluto. Es el cumpleaños de Danny y dijiste que…

– Russell, ya he dicho que lo siento -espetó mi madre-. Me he retrasado.

– No tenías intención de venir.

– ¡Oh, calla ya, Russell, por el amor de Dios! -exclamó mamá, y todos nos sobresaltamos excepto mi padre, que permaneció inmóvil, antes de levantarse y acercarse a ella.

– A mí no me grites -dijo muy despacio, espaciando mucho las palabras.

– Rachel, querida, qué tal si te sientas y te caliento un poco de…

– Se queda sin cenar -declaró papá volviéndose hacia la abuela, que calló de inmediato y asintió con la cabeza, comprendiendo quién estaba al mando-. Si no es capaz de llegar a casa a tiempo, pues no cena.

Oí jadear a mamá, pero no quise mirarla. Entonces soltó un bufido que pareció casi una carcajada.

– ¿Que si no llego a tiempo no ceno? -preguntó con tono de sorpresa-. ¿Cuántos años tengo, ocho? Sí, mamá, si pudieses calentarme algo te lo agradecería.

– Quédate donde estás, Belinda -ordenó papá, y se acercó más a mi madre sin hablar, sólo mirándola como si ya no la reconociera.

Todos observamos la escena conteniendo el aliento. En esa ocasión, cuando mi madre habló, la voz se le quebró un poco, como si supiera que iba a desencadenarse una pelea largo tiempo postergada y en realidad quisiera aplazarla aún más. Sólo un par de días. Hasta que se sintiera un poco más fuerte.

– Lo siento -musitó con lágrimas en los ojos.

– Ya no aguanto más esta situación, Rachel -dijo papá-. Ninguno de nosotros puede más.

– ¿Que no aguantas más? -exclamó ella, recuperando de pronto su tono habitual. Comprendí que ésa era ahora mi madre: una persona de la que no sabías qué esperar-. ¿Que no aguantas más? Tú no tienes este peso terrible en la conciencia, Russell. Tú no estuviste a punto de matar a un niño. Tú no has de cargar con ello, ¿verdad?

– Y tú tampoco -respondió él mostrándose firme-. Fue un accidente. El niño aún está vivo. Pero Danny también lo está, por si no te habías dado cuenta.

Y lo mismo Pete. ¿Qué me dices de los chicos, Rachel? ¿No puedes pensar en ellos por una vez?

Me volví en la silla para mirarla, sintiéndome también a punto de llorar. Me observó un instante y negó con la cabeza.

– Sólo hay uno que importa -declaró, y supe que no estaba pensando en mí.

Normalmente habría supuesto que se refería a Pete, porque era su favorito, pero en ese instante me di cuenta de el único niño que importaba era Andy.

Esa misma noche mucho más tarde, pasadas las once, estaba sacando a la calle los cubos de basura para la recogida de la mañana cuando oí una voz que susurraba mi nombre:

– ¡Danny! ¡Danny! ¡Estoy aquí!

Miré alrededor con rapidez, buscando de dónde procedía, y en ese momento ella salió de detrás de un árbol.

– Sarah -dije, yendo a su encuentro-. Has vuelto.

– Lo siento. No estaba segura de si debía hacerlo.

– Me alegro de que hayas venido.

– No puedo quedarme mucho rato -explicó-. Si se percatan de que no estoy en casa voy a meterme en un buen lío.

Asentí en silencio. Quise contarle que era mi cumpleaños, pero no me salían las palabras. Me pregunté qué haría Sarah si lo supiera. Si me daría un beso.

– Quiero pedirte una cosa -dijo.

– ¿Qué?

– ¿Qué haces el lunes?

– Nada.

– Por la tarde iré al hospital sola. Mis padres no acudirán hasta la noche. ¿Querrás acompañarme?

Titubeé, no muy seguro de si en realidad deseaba ver qué le había hecho mi madre a su hermano. Miré el suelo, consciente de que tal vez no fuera buena idea.

– Por favor, Danny -insistió-. Me gustaría que lo vieras.

– ¿Por qué dijiste que había sido culpa tuya?

– ¿Qué?

– El otro día, en el parque. Dijiste que fue culpa tuya, no de mi madre. ¿A qué te referías?

Ahora la que titubeó fue ella. Apartó la vista un instante, luego volvió a mirarme y asintió con la cabeza.

– Porque… -empezó, pero entonces se abrió la puerta lateral y oí salir a papá.

– ¿Danny? -llamó-. Danny, ¿estás ahí fuera? ¿Por qué tardas tanto?

– El lunes a las cuatro en punto -susurró Sarah cogiéndome del brazo-. En la puerta del hospital. Te lo explicaré todo, te lo prometo. -Y salió disparada calle abajo.

– Danny -repitió mi padre, acercándose-. ¿Qué haces aquí fuera solo? Vamos, vuelve adentro.

Asentí con un gesto.

– Sí, ahora iba.

Capítulo 8

Llegué al hospital antes de hora, pero Sarah ya estaba esperándome.

– Está en una habitación privada -me explicó cuando nos disponíamos a entrar en el ascensor para subir a la sexta planta-. Así que no hace falta que te preocupes por si alguien te contagia. -Y acto seguido añadió-: Me alegro mucho de que hayas venido. Detesto visitarlo sola.

Entramos en la habitación y me quedé mirando al niñito de la cama. Parecía profundamente dormido. De no haber sido por los aparatos que lo rodeaban, habría jurado que podría despertarlo sacudiéndolo por los hombros. Tenía un gotero de suero conectado a un brazo. A su derecha había una máquina con un monitor. Las cifras y las líneas no paraban de cambiar y emitía un pitido intermitente.

– Éste es Andy -dijo Sarah. Se volvió para mirarme y preguntó-: ¿Qué pasa?

– ¿No deberíamos hablar en voz baja? Para no molestarlo.

Sarah rió, y me di cuenta de que había dicho una estupidez.

– Danny, si nos oye y despierta será bueno, ¿recuerdas?

– Claro -repuse-. Lo siento.

– ¿No quieres decirle hola?

– ¿A Andy?

– Sí.

Lo miré y tragué saliva, nervioso. Tenía una carita redonda y el mismo color de pelo que su hermana. Y también la nariz pecosa. Estaba con la boca medio abierta y llevaba un pijama del oso Rupert, como los que yo usaba de pequeño.

– Hola, Andy -dije, sintiéndome torpe y cohibido.

– Andy, éste es mi amigo Danny. Ha venido a visitarte.

– ¿Crees que puede oírnos? -pregunté, y ella se encogió de hombros.

– Los médicos dicen que sí. Y aunque no sea así, no le hace ningún daño que le hablemos, ¿no crees? Es mejor que quedarse aquí sentado sin decir nada.

– Supongo que sí. No da la impresión de sentir dolor, ¿verdad?

– No -respondió Sarah negando con la cabeza. De pronto pareció muy triste y añadió-: Al menos, eso espero.

– Mi hermano Pete estuvo en el hospital una vez, cuando lo operaron de apendicitis. Se saltó las tres últimas semanas de colegio.

Pete llevaba varios días quejándose de que le dolía la barriga, pero nadie lo había creído. Entonces, una noche, le había reventado el apéndice y podría haberse muerto; aunque no murió, sí tuvo que ir en ambulancia. No sé qué habría hecho mi madre si no se hubiese recuperado, porque es su favorito.

Me volví al advertir que Sarah ya no estaba a mi lado. Se había sentado en la butaca en una esquina de la habitación, la cara entre las manos.

– Sarah -la llamé en voz baja, acercándome-. ¿Estás bien?

– Se suponía que sólo era un juego -respondió levantando la vista hacia mí. Estaba pálida, pero no lloraba-. No tenía que acabar así.

– ¿Qué? ¿Qué era un juego?

– La tarde que lo atropellaron. Muchas veces jugábamos a eso, a apostar que haríamos una cosa u otra. Andy siempre hacía lo que yo le pedía.

Quise sentarme, pero el único sitio posible era el borde de la cama, y no me pareció prudente.

– Esa tarde -continuó Sarah-, le propuse jugar al «ring ring, corre corre». ¿Has jugado alguna vez?

– Claro, sobre todo antes, hace un tiempo. Es guay ir llamando a timbres y salir corriendo.

– Ya. En una casa enfrente de la nuestra, en el número cuarenta y dos, tienen dentro un perro grande que se pone a ladrar corno loco si te acercas a la puerta. Aposté con Andy a que no conseguiría recorrer el sendero de entrada sin que el perro lo oyera; luego tenía que llamar al timbre y salir corriendo. Le expliqué que lo vigilaría desde la ventana de mi habitación en el piso de arriba. Y él apostó a que sí lo haría. Recorrió el sendero y al llegar ante la puerta se dio la vuelta, me miró muy sonriente y levantó el pulgar para indicar que el perro no ladraba. Entonces se volvió para pulsar el timbre. En cuanto lo hizo, supe que el perro había enloquecido, porque Andy dio un brinco. Se asustó tanto que salió pitando y corrió derecho a la calle sin mirar, y cuando lo hizo… cuando cruzó a la carrera… fue entonces cuando…

Volvió a ocultar la cara entre las manos, y ahora sí la oí sollozar.

– Sarah… -Me acerqué, sin saber muy bien cómo consolarla.

– ¿Lo ves, Danny? -añadió mirándome-. Fue culpa mía. Si no le hubiese propuesto ese estúpido juego, si no hubiera apostado a que no lograría llamar al timbre del número cuarenta y dos…

– Entonces mi madre nunca lo habría atropellado -repuse, completando su frase. Al pensarlo, empecé a sentirme furioso-. Mamá cree que fue culpa suya. Pero no es así, ¿verdad?

Quise añadir algo, contarle cómo andaban las cosas en mi casa por culpa de aquel estúpido juego, pero de pronto oí voces al otro lado de la puerta, y los dos la miramos, y a continuación nos miramos uno al otro, asustados.

– ¡Son mis padres! -exclamó en un susurro, palideciendo aún más-. Tienes que esconderte. Se enfadarán mucho si te encuentran aquí. ¡Corre, debajo de la cama!

– ¿Qué?

– Métete debajo. Las sábanas llegan casi al suelo. No te verán.

Me volví y miré la cama de Andy. El último sitio en que deseaba estar era ahí abajo.

– No puedo -dije negando con la cabeza-. No puedo hacerlo.

– Danny, por favor -insistió.

La puerta se entreabrió y oímos a una mujer que hablaba con un médico en el pasillo.

– ¡Rápido! -exclamó Sarah, y me empujó.

Antes de advertir muy bien qué ocurría me encontré deslizándome por el suelo bajo la cama. En cuanto me hube escondido, oí que la puerta se abría del todo y capté ruido de pasos: alguien estaba entrando en la habitación.

– Sarah, estás aquí -dijo una voz de mujer.

Se acercó mucho a donde estaba yo, y supe que estaba inclinándose para besar a Andy, porque olí su perfume y la oí susurrar:

– Hola, cariño.

– ¿Has estado llorando? -preguntó el padre.

– Un poquito -contestó Sarah.

– No soporto verte tan alterada -dijo la madre y suspiró hondo-. Cuando pienso en lo que esa mujer ha hecho a nuestra familia…

Esbocé una mueca de rabia. Confié en que no empezara a hablar mal de mi madre, porque entonces no sabría cómo actuar.

– Hemos hablado con el doctor Harris -intervino el padre-. Dice que Andy sigue estable por el momento, lo que es buena señal. Al menos no ha empeorado.

– Más vale contárselo, Michael.

– ¿Contarme qué? -quiso saber Sarah.

Hubo una breve pausa.

– Esta tarde estuvimos en la comisaría -prosiguió al fin el padre-. Nos confirmaron que no van a presentar cargos contra Rachel Delaney.

– ¡Es increíble! -espetó la madre, furiosa-. Esa maníaca pasa a toda velocidad por nuestra calle, casi mata a mi hijito, y ni siquiera van a formular cargos contra ella. Qué clase de sistema judicial tenemos cuando alguien que…

– Samantha, ya nos lo han explicado. No fue del todo culpa suya.

– Pero ¿qué estás diciendo? ¿Que fue culpa de Andy? ¿Estás culpándolo de lo ocurrido?

– Por supuesto que no. Sólo digo que…

– ¡Es absolutamente ridículo! -exclamó la madre-. Esa mujer, esa maldita mujer sin noción alguna del bien y el mal actúa de ese modo y sale impune. Bueno, pues no pienso tolerarlo. Si tengo que ir en persona a…

No pude resistirlo más. Salí a rastras de debajo de la cama y estuve a punto de golpearme la cabeza contra el somier de metal. El padre de Sarah gritó por la sorpresa y la madre retrocedió de un brinco como si hubiese visto un ratón.

– ¡No fue ella! -les espeté al tiempo que enrojecía de rabia-. Fue Sarah. ¿Por qué no le preguntan a ella qué ocurrió en realidad? Entonces sabrán… -Me contuve.

Nos miramos unos a otros, sin saber qué decir. Sólo podía hacer una cosa.

Eché a correr.

Capítulo 9

– Danny -dijo papá esa misma tarde, al entrar en mi habitación sin llamar siquiera-. Dime que no lo hiciste.

– ¿Que no hice qué? -pregunté, mirándolo como si no lo entendiera.

– Lo sabes muy bien. Y por tu expresión sé que lo hiciste. Pero ¿cómo demonios se te ocurrió?

– No sé de qué me hablas. Yo…

– Por favor, no te hagas el tonto. Acabo de tener una conversación con unos policías que han venido y me ha costado mucho convencerlos para que me dejaran hablar contigo, en vez de hacerlo ellos. Por lo visto, los señores Maclean te han denunciado por entrar sin autorización en la habitación de su hijo en el hospital. Dime que no es verdad, por el amor de Dios. Dime que se han confundido.

Agaché la cabeza, avergonzado. Por un instante consideré la posibilidad de decir que sí, que estaban muy equivocados, que ni siquiera me había acercado al hospital. Después de todo, ¿por qué iba a ir allí? Además, probablemente conseguiría que Luke me proporcionara una coartada si de verdad la necesitaba. Sin embargo, no me quedaba alternativa. Tenía que confesar.

– No es lo que parece… -empecé.

– ¡No puedo creerlo! -exclamó, alzando los brazos en un gesto de frustración-. ¿No te parece que ya he recibido bastantes malas noticias de la policía para toda una vida? ¿Cómo demonios se te ocurrió? Y ¿qué hacías allí?

– Quería verlo. Sarah dijo que le gustaría que lo viera y…

– ¿Sarah? -preguntó sorprendido-. ¿Quién diantre es esa chica? Nunca te he oído mencionarla.

– Sarah Maclean. La hermana de Andy.

– La hermana de… -Reflexionó un instante, se sentó en la cama y negando con la cabeza soltó una risita-. ¿Eres amigo de la hermana de ese niño? ¿Y no me lo habías dicho?

– No somos amigos. Antes de todo esto no la conocía de nada. Vino aquí hace un par de semanas.

– ¿A nuestra casa?

– Esperó ahí fuera, en la calle. La vi observándome. Hablamos un poco y después nos encontramos en el parque y volvimos a hablar. Y entonces pasó por aquí después de mi fiesta de cumpleaños. -Lo mencioné con la esperanza de despertar su comprensión, teniendo en cuenta cómo había acabado aquella noche. Y sin saber muy bien por qué, añadí-: Es muy simpática.

– No me importa que sea simpática o no. No tiene que aparecer por aquí, como tú tampoco tienes que visitar a su hermano en el hospital. ¿Cómo crees que se sentiría tu madre si se la encontrara y descubriera quién es?

– Ese comentario no me parece muy adecuado -respondí.

– No te las des de listo conmigo -me espetó poniéndose en pie y señalándome con el dedo. Parecía muy enfadado, así que me arrepentí de haberlo dicho-. ¿Cómo crees que se sintieron los padres de ese pobre niño al verte salir de debajo de la cama?

– ¡Oh, ya estoy harto de él! -grité-. ¿No está todo el mundo harto de él? Ojalá se muriera de una vez, si es que ha de morirse, y dejara de…

No acabé la frase, porque papá me dio una bofetada. Parpadeé, incrédulo. Mi padre jamás me había pegado. Me quedé mirándolo y tratando de no llorar.

– Danny -dijo en voz baja, y retrocedió; me pareció que estaba tan impresionado como yo-. Danny, lo siento…

No quise seguir escuchándolo. Cerré los ojos, no dije nada y esperé hasta que se marchó. Ya no deseaba seguir viviendo en aquella casa.

***

Una hora después llamaron a la puerta, y me pareció que era mi imaginación la que me hacía oír la voz de Sarah en el piso de abajo. Bajé corriendo y me encontré a papá hablando con ella.

– Danny, vuelve a tu cuarto, por favor -dijo con tono de agotamiento.

– ¿Qué está pasando?

– He venido a disculparme -respondió Sarah, de pie en el vestíbulo-. Mis padres también se han puesto como energúmenos. Creen que estoy en mi habitación, pero escapé por la ventana.

– Oh, esto pinta cada vez mejor -ironizó papá, soltando una risita de frustración-. Sarah, no sé qué decirte. De verdad que no deberías estar aquí. Si tus padres lo descubren…

– No les importará -contestó ella-. Total, sólo piensan en Andy.

– Porque está en el hospital -replicó mi padre pasándose la mano por la cara-. Por supuesto que van a estar pensando constantemente en él mientras siga tan enfermo.

– ¿Puede subir Sarah a mi habitación para hablar conmigo? -pregunté.

– ¡No! ¡Por supuesto que no!

– Pero ¿por qué?

– Porque se supone que tiene que estar en su casa. Sus padres se preocuparán. Y no hay motivos para que haya venido aquí. -Entonces nos miró, primero a uno y después al otro-. Y vosotros no tenéis por qué ser amigos. Sarah, no es nada personal contra ti, pero dada la actual situación de nuestra familia, no ayuda mucho que estés aquí. ¿Lo comprendes? Y tampoco es de ninguna ayuda que Danny vaya a visitar a tu hermano o se esconda debajo de su cama. ¿Por qué os resulta tan difícil entenderlo?

– Sólo quería hablar con él -murmuró ella-. Quería explicárselo.

– Vete a casa, Sarah -ordenó papá.

Ella miró hacia la escalera como si quisiera subir, pero mi padre se interpuso en su camino y negó con la cabeza.

– Vete a casa -repitió-. Por favor, haz lo que te pido. Si Rachel vuelve y…

– No te vayas, Sarah -rogué.

Ella me miró y negó con la cabeza.

– Lo siento. Será mejor que me vaya.

– Gracias -repuso papá en voz baja.

Ella se dirigió hacia la entrada.

– ¡Te llamaré! -exclamé-. Seguiremos en contacto.

– No, no lo haréis -sentenció papá, y cerró la puerta detrás de Sarah.

Entonces me di la vuelta y subí a la carrera a mi habitación. Mi padre me llamó, pero no contesté y me encerré en mi cuarto. Me acerqué corriendo a la ventana para llamar a Sarah. Sin embargo, en ese instante vi algo que hizo que el estómago se me revolviera de celos.

Sarah ya había llegado al final del sendero, pero no estaba sola, sino hablando con Luke, que le estaba diciendo algo muy deprisa. Ella negó con la cabeza y sonrió, y a continuación se echó a reír. Mi bici estaba tirada en el sendero; Luke la señaló y siguió hablando, y Sarah volvió a hacer un gesto negativo. Entonces él añadió algo y ella asintió. Mi amigo se dirigió corriendo a su casa y desapareció de mi vista.

Fruncí el ceño. No sabía qué ocurría, pero no tenía buena pinta. No me gustaba nada que Luke hablara con Sarah. Fui a abrir la ventana, pero en ese momento reapareció Luke con su propia bicicleta. Pasó una pierna por encima y con los pies en el suelo se quedó con la barra entre las piernas. Sarah se acercó y se apoyó en su brazo para subir detrás. Él cimbreó un poco al principio, pero consiguió controlar la bici y entonces se alejó pedaleando calle abajo. Se detuvo un momento en la esquina, antes de doblar a la derecha y desaparecer.

Me daba igual. No quería volver a verlos nunca más, a ninguno de los dos. Ni a papá. Tampoco a mamá. Eché un vistazo al reloj. Eran las siete. Vi a mi madre acercándose a casa con un cartón de leche en la mano. Tomé una decisión. Esperaría a que todo el mundo se hubiese ido a la cama.

Y entonces me escaparía.

Aguardé hasta que estuvo muy oscuro, casi hasta las once y media. Mis padres ya se habían acostado. Entonces preparé una mochila con una muda de ropa y bajé a la cocina para llevarme unas galletas y una botella de agua. No estaba seguro de adonde iría, sólo sabía que ya no quería vivir allí. Además, tenía trece años y ya iba siendo hora de que empezara a abrirme camino en la vida. David Copperfield lo había hecho mucho más joven.

Salí por la puerta trasera y miré alrededor para asegurarme de que no había nadie. Con la mochila a la espalda, monté en la bici y pedaleé calle abajo.

Por lo que a mí respectaba, no pensaba volver a casa jamás.

Capítulo 1 0

Esa primera noche no dormí nada.

Fui pedaleando hasta el colegio, donde había un sitio tranquilo detrás del pabellón de deportes; allí podría esconderme. Habría debido llevarme un saco de dormir, pero no se me ocurrió, de manera que me las arreglé como buenamente pude. Cada vez que cerraba los ojos, temía que alguien apareciera por la esquina, quizá un perro enorme o un vagabundo, y me matara.

Al cabo de un par de horas consideré la posibilidad de volver a casa, pero decidí que no. No podía rendirme tan fácilmente. Al final, permanecí despierto toda la noche y sólo empecé a cabecear cuando ya estaba amaneciendo. Para entonces eran más de las siete, así que pensé que mejor sería ponerme en marcha si no quería que me descubrieran.

Llevaba encima algo de dinero, las diez libras que Pete me había mandado de Amsterdam por mi cumpleaños. Dejé la bici en la calle y entré en un local de comida rápida para comprar una hamburguesa y patatas. Se me hizo extraño desayunar hamburguesa con patatas, pero el local estaba abierto, así que pensé que no me tomarían por loco. Cuando salí, había pasado algo malo: me habían robado la bicicleta. La había dejado allí, sin atar, porque al salir de casa olvidé coger el candado.

A la hora de comer sentí hambre otra vez. Compré otra una hamburguesa con patatas y esta vez añadí un helado, y como estaba buenísimo, volví en busca de otro. Para entonces sólo me quedaban tres libras, pero me dije que si me empeñaba podría hacerlas durar mucho. Mientras recorría las calles empecé a sentirme intranquilo, en especial cuando veía a un policía venir en mi dirección. Era probable que papá hubiese llamado para comunicarles mi desaparición, y que anduvieran buscándome. Aunque me parecía que me correspondía a mí decidir si quería vivir en casa o no, sabía que ellos no estarían de acuerdo conmigo.

Alrededor de las cuatro, entré en el centro comercial y fui al cine de la última planta. A esa hora había una sesión especial para niños que costaba exactamente tres libras. Era lo que me quedaba, así que compré la entrada, pues me apetecía sentarme en un lugar cálido y tranquilo. Estaba harto de deambular por las tiendas y evitar a los policías.

Cuando anocheció no volví al colegio porque decidí que, si eres un fugitivo, tienes que cambiar de sitio cada noche para que nadie consiga encontrarte. Así que estuve dando vueltas por la ciudad hasta que quedó casi desierta y entonces me dirigí al aparcamiento que hay detrás del centro comercial y me senté con la espalda contra la pared. Estaba demasiado cerca de los grandes contenedores de la basura y pensé en moverme porque olía fatal, pero al cabo de un rato ya no noté el olor, de modo que me quedé allí. Empecé a pensar en mi cama y en lo cómoda que era, y en que mamá solía hacérmela los días de colegio. Acabé poniéndome triste, pero no lloré, porque uno no puede echarse a llorar cuando se ha escapado de casa y está viviendo por sus propios medios.

No paraba de pensar en comida, pues tenía tanta hambre que el estómago me hacía ruiditos raros. Sin embargo, ya no podía remediarlo, porque no me quedaba dinero y además las tiendas ya habían cerrado.

Esa noche tampoco dormí, aunque de vez en cuando me vencía el sueño y de pronto cabeceaba, pero enseguida despertaba sobresaltado y sentía un frío intenso. No me gustaba nada que me pasara eso, así que traté de permanecer despierto, pero me costaba, y volví a cabecear una y otra vez. Aquella noche pareció durar más que la anterior. Traté de no mirar muy a menudo el reloj. Cada vez que creía que habrían pasado dos o tres horas, resultaba que sólo habían transcurrido diez o quince minutos.

Al amanecer me levanté; me dolía todo el cuerpo. Tenía los brazos y las piernas entumecidos y llevaba cuarenta y ocho horas sin cambiarme de ropa. Me pregunté qué haría ese día, y decidí que ya era hora de ir a Londres y conseguir un trabajo, porque no podía quedarme en aquel lugar para siempre.

Y entonces me llevé una sorpresa. Al pasar por delante de una tienda de televisores, me paré un momento a mirar las pantallas en el escaparate. Todas tenían sintonizado el mismo canal y supuse que eran las noticias, pero no oía nada, sólo veía las imágenes. Apareció la fotografía de un niño y pensé que se parecía a mí. Me llevó unos segundos comprender que de hecho era yo. Se me tensó el estómago, pero mi imagen desapareció de la pantalla, sustituida por un reportero de pie ante mi casa. Más me valía marcharme a toda prisa, antes de que algún peatón advirtiera que había un famoso entre ellos. Pero me pareció que todo el mundo iba de camino al trabajo, de modo que nadie me miró cuando salí a la calle.

Fue entonces cuando me percaté de que estaba totalmente solo.

Unas horas después, empezó a preocuparme tener tanta hambre y sentir los brazos y las piernas como si fueran de mantequilla. Además, como no había dormido en dos días y medio, estaba mareado. Pensé en volver a casa, pero si regresaba no me dejarían salir hasta que cumpliera los treinta, de modo que no me pareció buena idea. No estaba seguro de qué me harían mis padres cuando me echaran el guante, pero lo que más me apetecía en el mundo era irme a casa, comer, darme un baño y sentarme a mirar la tele con ellos dos.

Como me había visto en las noticias, estaba seguro de que todo el mundo andaría buscándome. Se me ocurrió que lo mejor sería conseguir un disfraz, así que entré en una tienda de ropa y me llevé un gorro de lana. Jamás en mi vida había robado nada, pero fue más fácil de lo que imaginaba. Simplemente me metí en la tienda más grande que encontré, cogí un gorro de un estante, arranqué la etiqueta, me lo puse y me marché. Pasé un poco de miedo al salir del establecimiento y, aunque nadie me persiguió, eché a correr por si acaso. Estaba demasiado cansado y hambriento para seguir corriendo mucho rato, e incluso me sentí más mareado que antes, así que me detuve. Entonces vi mi imagen reflejada en un espejo: qué pinta más rara tenía con aquel gorro. Hacía mucho calor, pero pensé que de ese modo nadie me reconocería y seguí mi camino.

Cuando miré el reloj, pasaban unos minutos de la una y las calles estaban llenas de gente que compraba bocadillos o iba a almorzar. Cada vez que veía a alguien comer se me hacía la boca agua y una punzada me sacudía el estómago, que ya no hacía ruidos raros; ahora sólo me dolía.

Quería ir a Londres, pero no sabía muy bien cómo llegar. No me quedaba dinero para un billete de tren ni de autobús, y me daba miedo que hubiese policías apostados en las estaciones. Ojalá hubiese tenido la bici, porque entonces podría haber llegado pedaleando, aunque habría tardado semanas. Pero eso habría formado parte de la aventura y no me habría importado. Empecé a hacerme a la idea de que tendría que ir andando. Y aunque parecía una ocurrencia estúpida, recordé que David Copperfield había recorrido solo y a pie todo el camino de Londres a Dover, así que si él había podido, yo también.

Esa noche me quedé dormido entre los árboles al fondo del campo de rugby del colegio. No sé por qué no se me había ocurrido antes ese sitio, pues el terreno era mucho más blando que en el pabellón de deportes o el aparcamiento y no me dolería tanto la espalda. Me puse la mochila bajo la cabeza a modo de almohada y utilicé la chaqueta como manta; de esa manera me las apañé para dormir unas horas. Al despertar, sin embargo, me sentí peor que nunca. Durante unos minutos ni siquiera supe quién era ni qué hacía allí al aire libre, y cuando lo recordé, me pregunté si aquella situación cambiaría alguna vez. Aunque sólo habían pasado tres días, me parecían tres años, tres vidas enteras. Me pregunté si papá y mamá ya se habrían acostumbrado a no tenerme en casa.

Cuando me puse en pie, pasó algo malo: me caí. Volví a levantarme, y entonces tuve que extender los brazos a ambos lados como si caminara por la cuerda floja. Tardé unos minutos en recuperar el equilibrio. Cuando lo conseguí, el estómago volvió a jugármela y acabé doblado en dos, con un dolor terrible. Miré alrededor, buscando algo con que alimentarme. Pero en ese momento me di cuenta de que ya no me apetecía ni comer, aunque no hubiese probado bocado desde la segunda hamburguesa de la primera tarde. En realidad no sentía apetito, sólo dolor.

De ese día conservo un recuerdo borroso, en el que camino sin cesar por las calles con un hambre atroz. A veces sentía deseos de ir a casa, pero sabía que no podía regresar.

Apenas me quedaban sitios donde refugiarme, pero aún no había estado en el parque, así que decidí pernoctar allí. Además, no estaba muy lejos, lo cual era una buena idea, ya que no sería capaz de caminar mucho más. Las piernas me temblaban demasiado.

Llegué al parque alrededor de medianoche; estaba desierto. Pasé por delante del banco en que me había sentado con Sarah y el recuerdo me entristeció. No me imaginaba entonces lo afortunado que era por tener una casa a la que volver, y comida en la nevera, y una madre y un padre, aunque mamá ya no hablase con nadie y papá me hubiese pegado. Incluso así, era mejor que vivir de aquella manera. Anhelé regresar, pero era demasiado tarde; tenía la sensación de que después de lo que había hecho no iban a permitírmelo.

Encontré un sitio tranquilo cerca de unos matorrales, donde puse la mochila para que me sirviera de almohada como la noche anterior. Pero cuando iba a lumbarme, me caí y me golpeé el brazo contra un árbol. Al mirarme la herida vi que empezaba a sangrar; aunque no me dolía, cuanto más la observaba, más me mareaba. Miré alrededor, los árboles, los matorrales y el parque, y los colores parecieron emborronarse a tal punto que ya no sabía ni dónde estaba. Tuve la impresión de que el parque se volvía más y más pequeño y se cerraba en torno a mí, y de que cuando lo hiciera por completo, me ahogaría y ahí acabaría todo. Me moriría, o quizá me quedaría en coma como aquel niño cuyo nombre ya no conseguía recordar. Intenté frotarme los ojos para que las cosas dejaran de estar borrosas, pero sólo conseguí que el estómago me doliese aún más.

Grité y me encogí tratando de mitigar el dolor. Pensé que quizá me sentiría mejor si lograba ponerme en pie, pero cada vez que me esforzaba por levantarme, las piernas me fallaban y volvía a caer. En mi último intento, aterricé estrepitosamente boca arriba y me quedé ahí tendido, mirando al cielo, mientras decidía que nunca más volvería a levantarme. Simplemente permanecería ahí tumbado y no me movería hasta que me encontraran. Me pregunté si iba a morirme.

Empecé a cerrar los ojos y todo comenzó a volverse oscuro, pero justo en ese instante, cuando estaba bajando los párpados, percibí algo raro. Tuve la sensación de que había alguien de pie a mi lado que me llamaba por mi nombre, pero no supe quién era y pensé que quizá estaba soñando.

Entonces la figura se inclinó y sentí sus brazos debajo de mi cuerpo. Cuando me levantó del suelo no me dolió nada, porque ya era incapaz de sentir. Pensé que tal vez uno experimentaba esa sensación al morir, que aquél era el momento de mi muerte, aunque en realidad no tenía la certeza de que se tratara de eso. Intenté abrir los ojos una última vez para ver quién era, para saber quién me había encontrado, quién me llevaba por el parque, quién me había salvado la vida. Cuando lo conseguí, cuando los abrí, descubrí quién había sido. Quise hablarle, pero ni siquiera me salía la voz. Sólo fui capaz de decir una palabra, que sonó como un graznido que no reconocí como mío.

– Pete -dije.

Acto seguido cerré los ojos y todo se oscureció.

Capítulo 1 1

Y entonces, una mañana de finales del verano, de pronto Andy despertó.

Una enfermera entró en su habitación del hospital a echarle un vistazo y se lo encontró con los ojos abiertos, totalmente conciente, preguntándose dónde estaba y qué hacía allí y llamando a sus padres. Estábamos desayunando en la cocina cuando sonó el teléfono. Papá fue a contestar; cuando volvió estaba muy pálido y nos preguntamos qué habría pasado. Fue derecho a mamá, que se temía lo peor, pero la abrazó y le dijo que las cosas iban a salir bien. Que Andy había despertado. Que ya no estaba en coma. Que ya no iba a morirse. Entonces mi madre se echó a llorar, pero no fue como las lágrimas que había derramado hasta ese momento. Ahora lloraba porque aquello había terminado y por fin Andy iba a recuperarse.

Ocurrió la primera mañana tras mi vuelta del hospital, donde me habían llevado cuando Pete me encontro en el parque. Había tenido que quedarme seis noches, pues el médico aseguró que había corrido el riesgo de pillar una neumonía y además estaba deshidratado. No recuerdo gran cosa de esos días, excepto que cuando desperté en la cama de la clínica estaba famélico. Pero no me dieron mucho de comer, porque dijeron que temían que mi organismo no tolerara los alimentos de golpe. Y estaban todos allí cuidándome: Pete, papá e incluso mamá. La familia al completo volvía a estar reunida.

Una vez en casa, se suponía que tenía que quedarme en la cama el día entero hasta que recobrase las fuerzas. Al menos eso fue lo que aconsejaron los médicos. Así pues, estaba de vuelta en mi habitación un par de horas después de la llamada telefónica cuando alguien llamó a la puerta. Pete entró y cerró tras de sí.

– Vaya noticia, ¿eh? -comentó con una amplia sonrisa.

– Sí -contesté.

Mi hermano se había vuelto a la cama y acababa de levantarse, pasada la hora de comer. Tenía el pelo revuelto y necesitaba un afeitado.

– Bueno, ¿y cómo te encuentras? -preguntó.

– Estoy bien. Un poco cansado. Me quedo dormido todo el rato. Y todavía tengo hambre, aunque no paro de comer.

– No tardarás en recuperarte. Nos diste un buen susto a todos, ¿sabes? Mamá y papá estaban volviéndose locos.

Asentí en silencio y aparté la mirada. Me sentía un poco avergonzado, sobre todo porque nadie parecía enfadado conmigo por haberme escapado de casa. La verdad es que se mostraban más simpáticos que nunca.

– ¿Cuándo llegaste? -quise saber entonces-. Pensaba que te encontrabas de viaje por Europa.

– Y así era. Cuando papá me llamó y me contó que habías desaparecido estaba en Praga.

– ¿Y volviste?

Pete se echó hacia atrás en la silla y pareció sorprendido.

– Pues claro que sí. ¿Qué creías? Regresé enseguida. Estaba aquí unas seis horas después de que me telefoneara. Todo el mundo se lanzó a buscarte. Estuviste desaparecido tres días, Danny -añadió poniéndose serio-. ¿Qué anduviste haciendo, por cierto?

– Sólo caminar por ahí. Comí hamburguesas el primer día y me paseé por las tiendas. Intenté pasar las noches en sitios distintos, pero no fue fácil porque eran al aire libre. Cuando llegué al parque aquella noche, llevaba siglos sin comer y no me sentía bien; pensé que iba a morirme. Pero me encontraste.

Sonrió débilmente, aunque parecía triste.

– No tendrías que haberlo hecho, Danny. Lo sabes, ¿verdad? No debiste haber escapado de casa.

– No me quedó más remedio. No sabes cómo se habían puesto las cosas aquí. Tú no estabas. Mamá se negaba a hablar con nadie y no paraba de dar vueltas por ahí, aturdida. Y papá tenía que encargarse de todo en la casa, y no daba pie con bola. Entonces se enfadó conmigo porque me hice amigo de la hermana de Andy…

– Sí, de eso también me he enterado -me interrumpió Pete negando con la cabeza-. No fue muy sensato por tu parte.

– ¿Por qué no? ¿Qué tuvo de malo?

– Que te pasaste todo el tiempo detrás de esa chica, asegurándote de que estuviera bien, cuando de quien deberías haberte ocupado era de nuestra madre. Para eso estamos nosotros aquí.

– Pero si mamá ni siquiera me hablaba -protesté-. Tú no estabas en casa, Pete. No sabes nada.

– Ya sé que estaba fuera, pero…

– Y seguro que ni siquiera tienes previsto quedarte ahora.

Suspiró.

– Bueno, el verano casi ha acabado. Tengo que volver a la universidad dentro de unas semanas.

Empecé a enfadarme con él, como si nada de todo aquello hubiese sucedido de haber estado mi hermano en casa.

– Pero dijiste que no irías a una universidad lejos. Me lo prometiste el año pasado. Y luego hiciste otros planes y te marchaste a Escocia, cuando habías dicho que te quedarías aquí conmigo.

– Danny, necesitaba un cambio…

– Pero ¡me lo prometiste!

– No te prometí nada -respondió con calma, aunque yo estaba cada vez más furioso-. Pero te doy mi palabra de que podrás ir a visitarme, si me prometes una cosa.

– Vale. ¿Qué?

– Que nunca volverás a hacer nada tan estúpido. Que si alguna vez sientes deseos de escapar de casa, me llamarás y hablarás conmigo, ¿de acuerdo?

– De acuerdo -asentí-. Te lo prometo.

– Muy bien -concluyó poniéndose en pie; me revolvió el pelo-. Entonces yo también te lo prometo. Ahora será mejor que me dé una ducha. Me siento hecho un asco.

– Gracias por salvarme.

– ¿Para qué están si no los hermanos mayores? -repuso, volviéndose con una sonrisa.

Antes de que empezaran las clases fuimos a pasar unos días con los abuelos. Pete no nos acompañó porque dijo que aún estaba a tiempo de ir a Viena y Berlín si se apresuraba, de modo que mamá le preguntó a Luke si quería venir en su lugar. Ese mismo día, Luke y Sarah fueron en bici a decirles a los padres de ella que yo no era tan malo como pensaban. Aquella relación tampoco acabó muy bien, me parece. Pero no mucho tiempo después los tres nos hicimos amigos. Lo cual llevó a otros problemas más adelante, pero ésa es otra historia.

– Tienes mucho mejor aspecto, jovencito -me dijo Benjamin Benson cuando me dirigía hacia el coche-. Pero nos diste un buen susto a todos.

– Bueno, eso ya es cosa del pasado -intervino la señora Kennedy-. Ha sido un verano difícil, ¿verdad, Danny?

– Supongo -respondí metiendo mi bolsa en el maletero-. Gracias por dejar que Luke venga con nosotros.

– ¿Por dejarlo? -se asombró ella, riendo-. Dios santo, Danny, no habría parado de darme la tabarra si le hubiese dicho que no. Entre nosotros, tampoco para él ha sido un buen verano. Se suponía que había de pasar bastante tiempo con su padre, pero… -Se encogió de hombros y dio un paso atrás negando con la cabeza. El señor Benson le rodeó la cintura con un brazo-. Oh, ahí viene -añadió al ver salir a Luke de mi casa con mamá, llevándole una maleta.

– ¿No es el perfecto caballero? -dijo mi madre, sonriendo por primera vez en siglos. El día anterior había ido a la peluquería y empezaba a parecer la de siempre. Llevaba unos vaqueros nuevos y una camisa blanca, y tenía pinta de estar deseando pasar unos días fuera-. Se ha ofrecido a ayudarme con el equipaje. Lo tienes bien educado, Alice.

– En casa no hace esas cosas -repuso la señora Kennedy sonriendo.

– Sí que las hago -gruñó Luke mientras metía la maleta en el coche.

Los días siguientes pasamos casi todo el tiempo paseando por los campos aledaños a la casa de los abuelos. Fue entonces cuando Luke me contó que no veía a su padre desde antes de Navidad, y que siempre que lo llamaba por teléfono al principio parecía contento de oír a su hijo, pero al cabo de unos minutos se excusaba porque tenía que colgar. Y que cada vez que su padre decía que podían pasar unos días juntos, luego encontraba un motivo para cancelar el encuentro en el último momento. De modo que Luke había decidido no volver a pedírselo; se ponía demasiado triste cuando ocurrían esas cosas.

– Y Benjamin -me dijo una tarde en que andábamos por la granja buscando conejos- no está tan mal en realidad, ¿verdad?

– A mí me cae muy bien. Es divertido.

– A veces parece un poco estúpido.

– Bueno, sí -admití-. Más o menos. Pero también divertido.

Luke asintió con la cabeza.

– Me dio veinte libras cuando me iba. Y me pidió que no se lo contara a mamá y que me las gastara en golosinas y en cosas que no me convinieran. Y aseguró que, cuando volviera al colegio y empezase la nueva temporada, me llevaría a algunos partidos.

– ¿Y qué le contestaste?

Luke se encogió de hombros.

– Dije que no me importaría -repuso, y supe que eso significaba que sí iría.

***

La última noche de las vacaciones, cuando acababa de acostarme, mamá llamó a la puerta de mi habitación.

– ¿Puedo pasar? -preguntó, y asentí con un gesto.

Me moví en la cama para que pudiera sentarse en el borde. Cuando lo hizo, se quedó mirándome como si tratara de comprender algo. Entonces sonrió y negó con la cabeza.

– ¿Todo listo para mañana? -quiso saber.

– Creo que sí.

– Estupendo. Siento que no hayas tenido unas vacaciones de verano como deben ser.

– No importa.

– Sí que importa, Danny. Lo que sucedió fue espantoso. Sé que nadie comprenderá jamás por lo que pasé, cómo me sentía al ser responsable de algo así. La mera idea de hacer daño a aquel niño… Si no se hubiera recuperado, no sé si lo habría soportado. Para serte franca, ni siquiera me veo de nuevo al volante de un coche.

– Pero no fue culpa tuya.

– No, ya lo sé -repuso sonriendo-. Pero eso no importa ahora. Creo que no me sentiría tranquila. Mira a cuánta gente afectó. Y mira lo que te hice a ti.

– Pero si no me hiciste nada -aseguré, pues no me gustaba la idea de que mamá tuviese que pedirme perdón, cuando era yo quien solía disculparme por las cosas.

– Sí -insistió-. Te abandoné. Durante esas semanas no me comporté como tu madre, y mira adonde te llevó mi actitud. Podría haberte pasado cualquier cosa cuando deambulaste solo por ahí. Nunca más vuelvas a hacerme algo así, ¿me oyes? -añadió con dureza.

Asentí.

– No volveré a hacerlo.

– Vale. Ahora todo eso está olvidado. Mañana empiezas otra vez el colegio. Andy Maclean está de nuevo en casa con su familia. Las cosas serán como de costumbre. A partir de mañana por la mañana, todos volveremos a la normalidad, ¿de acuerdo?

Sonreí y asentí. Era justo lo que yo necesitaba oír. Se inclinó y me besó. Luego se levantó y se dirigió a la puerta.

– No te quedes despierto hasta muy tarde -me advirtió antes de irse-. Mañana tienes colegio.

– De acuerdo.

Cuando salió del cuarto, me quedé sentado un momento. Tuve la sensación de que todos los problemas de las últimas semanas se habían desvanecido por fin y de que mi antigua vida, la que pensé que había acabado para siempre, volvería a empezar cuando despertara al día siguiente. Tendí una mano por encima de la mesita de noche y cogí David Copperfield del estante. Hacía siglos que no leía, pero ya era hora de volver a ello; había desperdiciado el tiempo del que había dispuesto en verano, cuando podría haber acabado ese libro y empezado otro.

Mi punto de lectura seguía ahí, a medio camino, y empecé a leer. Me había quedado en la parte en que David va a ver a Agnes después de haberse emborrachado en el teatro la noche anterior, y ella contesta que no importa, que lo perdona, y él la llama su ángel de la guarda.

John Boyne

***