/ / Language: Español / Genre:thriller

Una muerte extasiada

J. Robb

Tres hombres aparecen muertos con una sonrisa en los labios. Los presuntos suicidas no tienen nada en común, ni aparentes motivos para querer quitarse la vida, La teniente Eve Dallas pone en tela de juicio la tesis del suicidio y las autopsias le dan la razón. En los cerebros de las tres víctimas se detectan pequeñas quemaduras. En su investigación, Eve se adentra en el inquietante mundo de la realidad virtual donde los mismos mecanismos concebidos para despertar el deseo pueden inducir a la mente a su propia destrucción.

J. D. Robb

Una muerte extasiada

Título Original: Rapture in death

Eve Dallas (IV)

1

El callejón estaba oscuro y apestaba a orina y vómito, infestado de ratas escurridizas y de huesudos felinos que les daban caza. En la oscuridad brillaban ojos rojos, algunos humanos, todos feroces.

Eve sintió que se le aceleraba el pulso al adentrarse en la hedionda y húmeda oscuridad. Lo había visto meterse en el callejón, estaba segura. Su deber era detenerlo y llevarlo a comisaría. Sostenía el arma con firmeza.

– Eh, encanto, ¿quieres hacértelo conmigo?

De la oscuridad llegaban voces, ásperas a causa de las drogas y los brebajes baratos. Gemidos de malvivientes, risotadas de los locos. Las ratas y los gatos no vivían solos en el callejón. La compañía de la basura humana alineada junto a las húmedas paredes de ladrillo no resultaba grata.

La joven empuñó el arma y se agachó al rodear una destartalada unidad de reciclaje que, a juzgar por el olor, llevaba décadas sin funcionar. El hedor de la comida putrefacta impregnó el húmedo aire. Se oyó un gemido, y la joven vio a un niño de unos trece años totalmente desnudo. Tenía el rostro cubierto de llagas, y los ojos entrecerrados de miedo e impotencia mientras se apretujaba contra la mugrienta pared.

La joven se compadeció de él. De niña, ella también se había escondido herida y aterrorizada en un callejón.

– No voy a hacerte daño -dijo en un susurro, mirándolo a los ojos, mientras bajaba el arma.

Fue entonces cuando él la atacó.

Lo hizo por detrás, moviéndose ágilmente. Le descargó un trozo de tubería que hendió el aire con un silbido amenazador. Ella se volvió y la esquivó. Apenas tuvo tiempo de lamentar haberse distraído y olvidado su objetivo principal, cuando ciento doce kilos de músculos y maldad la arrojaron contra la pared de ladrillo.

El arma se le cayó y repiqueteó en la oscuridad. Entonces vio los ojos del hombre, el brillo de la violencia intensificado por la química de Zeus. Entonces, con un rápido movimiento, la joven arremetió contra el estómago del hombre, que se tambaleó con un gruñido y trató de agarrarla por el cuello. Pero ella le propinó un puñetazo en la barbilla, y la fuerza del golpe le dejó el brazo dolorido.

La gente gritaba, peleándose entre sí por sobrevivir en un mundo donde nada ni nadie estaba a salvo. La joven giró sobre los talones y aprovechó el impulso para propinar a su adversario una patada en la nariz. La sangre le brotó a borbotones, sumándose a la nauseabunda miasma de olores.

El hombre la miró con ojos desorbitados, pero apenas reaccionó ante el golpe. El dolor no podía competir con el dios de la química. Sonriendo mientras la sangre le corría por el rostro, se dio golpecitos en la mano libre con la tubería.

– Voy a matarte, jodida polizonte. -Avanzó agitando la tubería en el aire como si se tratara de un látigo. Sin dejar de sonreír, añadió-: Voy a abrirte la cabeza y comerte los sesos.

Aquello le subió la adrenalina. Era cuestión de vida o muerte. La joven jadeaba y el sudor le corría como si se tratara de aceite. Esquivó el siguiente golpe y cayó de rodillas. Se llevó la mano a la bota y se levantó con una sonrisa.

– Cómete esto, bastardo. -Sostenía en una mano su arma de repuesto.

No se molestó en intentar dejarlo inconsciente, convencida de que sólo conseguiría hacer cosquillas a un hombre de ciento doce kilos bajo el efecto alucinatorio de Zeus. Tenía que darle muerte.

Cuando el hombre se abalanzó sobre ella, le disparó. Los ojos del hombre fueron lo primero en apagarse. Lo había visto otras veces. Los ojos se volvieron vidriosos como los de una muñeca, aun mientras su cuerpo arremetía. La joven lo esquivó, resuelta a volver a disparar, pero el hombre inició una temblorosa danza a medida que se le sobrecargaba el sistema nervioso.

Cayó a los pies de la joven, una mole de humanidad destruida que había jugado a ser dios.

– Ya no te cargarás a más vírgenes, cabrón -murmuró ella.

Y al sentir que las fuerzas la abandonaban, se frotó el rostro con una mano y dejó caer el brazo con que sostenía el arma.

Un débil ruido la sobresaltó. Empezó a volverse y a levantar el arma, cuando unos brazos la sujetaron y la pusieron de puntillas.

– Guárdate siempre las espaldas, teniente -susurró una voz justo antes de que unos dientes le mordisquearan el lóbulo de la oreja.

– ¡Maldita sea, Roarke! Por poco te liquido.

– Ya te gustaría. -Con una carcajada, él la volvió y la besó con avidez-. Me encanta verte en acción -murmuró mientras le recorría con una diestra mano el cuerpo hasta cubrirle los senos-. Es… estimulante.

– Basta. -Pero a Eve se le aceleró el pulso-. Éste no es lugar para seducciones.

– Al contrario. La luna de miel es el típico lugar para ello. -La apartó de sí, pero sujetándola por los hombros-. Me preguntaba dónde te habías metido. Debí imaginarlo. -Echó un vistazo al cadáver que yacía a sus pies-. ¿Qué había hecho éste?

– Tenía predilección por abrir la cabeza a las jovencitas y comerles los sesos.

– Oh. -Roarke hizo una mueca de asco y meneó la cabeza-. La verdad, Eve, ¿no podrías haberte conseguido algo menos truculento?

– Hace un par de años había un tipo en Terra Colony que encajaba con el perfil y me pregunté… -Se interrumpió con el ceño fruncido. Estaban en medio de un hediondo callejón, con un cadáver a los pies. Y Roarke, el maravilloso y bronceado ángel, lucía un esmoquin y un alfiler de corbata con un diamante-. ¿Qué haces tan elegante?

– Habíamos quedado para cenar, ¿recuerdas?

– Lo había olvidado. No pensé que esto me llevaría tanto tiempo. -Guardó el arma con un suspiro-. Supongo que tendría que arreglarme.

– Me gustas tal como estás. -Roarke la tomó entre sus brazos-. Olvídate de la cena… por el momento. -Le dedicó una sonrisa cautivadora-. Pero insisto en buscar un entorno un poco más estético. Fin de programa -ordenó.

El callejón, los olores y el montón de cuerpos apiñados se desvanecieron. De pronto se hallaban de pie en una enorme sala llena de máquinas y luces parpadeantes empotradas en las paredes. Tanto el suelo como el techo eran de espejo negro a fin de proteger las escenas holográficas disponibles en el programa. Se trataba de uno de los juguetes más sofisticados y novedosos de Roarke.

– Escenario tropical 4-B. Posición de doble mando.

En respuesta llegó el rugido de las olas y el reflejo

de las estrellas en el agua. La arena bajo sus pies era tan blanca como el azúcar y las palmeras ondeaban al viento como bailarines exóticos.

– Así está mejor -decidió Roarke, y empezó a desabrocharle la camisa-. O lo estará cuando te tenga desnuda.

– Has estado desnudándome a cada momento durante casi tres semanas.

Él arqueó una ceja.

– Privilegio del marido. ¿Alguna queja?

Marido. A Eve todavía le sorprendía esa palabra. Ese hombre con la melena negra de un guerrero, el rostro de un poeta, los ojos azules y rebeldes de un irlandés, era su marido. Nunca lograría acostumbrarse a ello.

– No, sólo… -Le falló la respiración cuando las esbeltas manos de Roarke le cubrieron los senos.

– Polizontes. -Él sonrió y le desabrochó los tejanos-. No estás de servicio, teniente Dallas.

– Sólo quería comprobar mis reflejos. Después de tres semanas sin trabajar te desentrenas.

Él le deslizó una mano entre los muslos desnudos y la oyó gemir.

– Tus reflejos funcionan perfectamente -murmuró mientras la tendía en la suave arena blanca.

Su esposa. A Roarke le gustaba repetírselo mientras ella lo montaba, se movía debajo de él o yacía exhausta a su lado. Esa mujer fascinante, esa policía consagrada, esa alma atormentada le pertenecía.

La había observado, a través del programa, en acción en aquel callejón, haciendo frente al asesino enloquecido por las drogas. Y sabía que en la vida real se enfrentaba a su trabajo con la misma determinación y coraje que había exhibido en la ilusión.

La admiraba por ello, por muchos quebraderos de cabeza que le causara. Pronto estarían de nuevo en Nueva York y él tendría que compartir con ella sus obligaciones. Pero de momento no quería compartirla con nada ni nadie.

A él tampoco le eran desconocidos los callejones que apestaban a basura y a miseria humana. Había crecido en ellos y finalmente había escapado, hasta convertirse en quien era, y entonces Eve había irrumpido en su vida, penetrante y letal como una flecha, y había vuelto a cambiarla.

Los policías habían sido en otro tiempo el enemigo, luego un divertimento, y ahora estaba unido a uno.

Apenas hacía dos semanas la había visto acercarse a él con un vestido largo y suelto de color bronce, y un ramo de flores. Los cardenales que unas horas atrás le había dejado en el rostro un asesino habían quedado disimulados bajo el maquillaje. Y en sus grandes ojos castaños que revelaban tantas cosas, había visto coraje y risa.

Allá vamos, Roarke. Casi se lo había oído decir mientras colocaba una mano sobre la de él. En la fortuna como en la adversidad, te acepto. Dios nos ampare.

Ahora ella llevaba su anillo y él el de ella. Roarke había insistido en ese punto, aunque esas tradiciones no estaban precisamente de moda a mediados del siglo XXI. Había querido tener un recordatorio tangible de lo que significaban el uno para el otro, un símbolo.

Ahora él le cogió la mano y le besó el dedo por encima de la alianza de oro grabada que había encargado para ella. Ella mantuvo los ojos cerrados mientras él estudiaba los marcados ángulos de su rostro, la boca grande, el cabello corto y castaño despeinado.

– Te quiero.

A Eve se le subieron los colores. Se conmovía tan fácilmente, pensó él. Se preguntó si tenía alguna idea de lo grande que era su corazón.

– Lo sé. -Abrió los ojos-. Empiezo a acostumbrarme.

– Estupendo.

Mientras oía el ruido de las olas lamiendo la orilla y la balsámica brisa susurrando entre las palmeras, la joven se apartó el cabello del rostro. Un hombre como él, poderoso, rico e impulsivo, podía hacer realidad tales escenas con un chasquido de los dedos. Y lo había hecho por ella.

– Me haces tan feliz.

Él le sonrió, haciendo que el estómago se le encogiera de placer.

– Lo sé.

Sin esfuerzo, la levantó del suelo y la colocó a horcajadas sobre él. Entonces le recorrió despacio el largo, delgado y musculoso cuerpo.

– ¿Estás dispuesta a admitir que te alegras de que te haya sacado a la fuerza del planeta para la última parte de nuestra luna de miel?

Ella hizo una mueca al recordar su pánico y obstinada negativa a embarcar en el transporte que los esperaba, y cómo se había reído él y, cargándola a los hombros, la había subido a bordo mientras ella lo maldecía.

– Me gustó París -respondió ella con un resoplido-. Y me encantó la semana en aquella isla. No veía razón para venir a este refugio a medio terminar y suspendido en el espacio cuando íbamos a pasar la mayor parte del tiempo en la cama.

– Estabas asustada. -Le había encantado verla atemorizada ante la perspectiva de su primer viaje fuera del planeta, y había sido un placer para él distraerla durante la mayor parte del trayecto.

– No es cierto. -Aterrorizada, pensó ella-. Estaba con toda razón indignada de que hubieras hecho planes sin consultarme.

– Me parece recordar a alguien absorto en un caso y diciéndome que hiciera los planes que quisiera. Estabas muy guapa de novia.

Esas palabras la hicieron sonreír.

– Era el vestido.

– No; eras tú. -Le acarició el rostro-. Eve Dallas, me perteneces.

Eve desbordaba amor, que parecía llegarle en inesperadas oleadas que la dejaban temblorosa.

– Te quiero. -Bajó el rostro hacia él y lo besó-. Parece como que eres mío.

Era medianoche cuando cenaron. En la terraza bañada por la luz de la luna del alto y casi terminado edificio del Gran Hotel Olympus, Eve escarbaba en la langosta rellena y contemplaba la vista.

Con Roarke ocupándose de ello, el Olympus estaría en pleno funcionamiento dentro de un año. De momento lo tenían para ellos solos, si ignoraban a los obreros de la construcción, arquitectos, ingenieros y otros colaboradores que ocupaban la enorme estación espacial.

Desde la pequeña mesa de cristal donde se hallaban sentados se alcanzaba a ver el centro del refugio. Las luces encendidas para los trabajadores nocturnos y el débil zumbido de las máquinas hablaban de jornadas de veinticuatro horas. Las fuentes y las antorchas y arco iris simulados que brotaban de los surtidores de agua eran para ella, Eve lo sabía.

Él había querido que ella viera lo que estaba construyendo para que empezara a hacerse una idea del mundo al que pertenecía ahora que era su esposa.

Esposa. Eve exhaló un suspiro, y bebió un sorbo del champán que él le había servido. Iba a tardar en comprender cómo había pasado de ser Eve Dallas, teniente de homicidios, a esposa de un hombre que, según afirmaban algunos, tenía más dinero y poder que Dios.

– ¿Algún problema?

Ella parpadeó y esbozó una sonrisa.

– No. -Con concentración, hundió un trozo de langosta en la mantequilla derretida (mantequilla auténtica, no artificial, para la mesa de Roarke), y lo saboreó-. ¿Cómo me enfrentaré al cartón que hacen pasar por comida en la cantina cuando vuelva al trabajo?

– De todos modos comes golosinas. -Le llenó hasta arriba la copa de champán y arqueó una ceja al verla entornar los ojos.

– ¿Tratas de emborracharme, amigo?

– Desde luego.

Ella se echó a reír, algo que él la veía hacer cada vez con mayor facilidad y más a menudo, y encogiéndose de hombros alzó la copa.

– ¡Qué demonios! No voy a hacerte un desaire. -Bebió de un trago el caro champán como si se tratara de agua y añadió-: Y cuando esté borracha te echaré un polvo que tardarás en olvidar.

El deseo que él había creído saciado por el momento volvió a despertar.

– En ese caso nos emborracharemos los dos -repuso él, llenándose la copa hasta el borde.

– Me gusta este lugar.

Se levantó de la mesa y llevó la copa hasta el grueso muro de mármol. Debía de haber costado una fortuna extraerlo de una cantera y llevarlo allí, pero era Roarke, después de todo.

Inclinándose, contempló el espectáculo de la luna reflejada en el agua y observó los edificios de cúpulas y torres, todos relucientes y elegantes para albergar a la gente deslumbrante y los juegos deslumbrantes que habían ido a jugar.

El casino ya estaba terminado y relucía como una esfera dorada en la oscuridad. Una de las doce piscinas estaba iluminada y el agua brillaba de color azul cobalto. Entre los edificios serpenteaban pasillos aéreos que parecían hilos plateados. Ahora estaban vacíos, pero imaginó cómo estarían dentro de seis meses, un año: atestados de gente envuelta en seda y reluciente de joyas. Acudirían allí para ser mimados entre las paredes de mármol del balneario, con sus baños de barro e instalaciones para embellecer al cuerpo, sus especialistas de voz melosa y sus solícitos androides. Acudirían a perder fortunas en el casino, beber licor selecto en los clubes y acostarse con los cuerpos firmes y suaves de prostitutas con licencia.

Roarke les ofrecería un mundo de maravillas. Pero ése no sería el mundo de Eve. Ella se sentía más cómoda en la calle, en la otra acera del mundo de la ley y el crimen. Roarke lo comprendía, ya que procedía de los mismos orígenes. De modo que él se lo había ofrecido cuando sólo era de los dos.

– Estás haciendo algo importante aquí -comentó ella, volviéndose y apoyando la espalda contra el muro.

– Ésa es la idea.

– No. -La joven meneó la cabeza, y sonrió al sentir que todo empezaba a girarle a causa del champán-. Estás haciendo algo de lo que la gente hablará durante siglos, y con lo que soñarán. Has recorrido un largo camino desde que eras el joven ladrón que correteaba por los callejones de Dublín, Roarke.

Él sonrió con malicia.

– No tan largo, teniente. Sigo robando carteras, sólo que de la forma más legal posible. Casarte con una polizonte pone límites a ciertas actividades.

Esta vez ella frunció el entrecejo.

– Prefiero no oír hablar de ellas.

– Mi querida Eve. -Roarke se levantó con la botella-. Siempre tan rigurosa. Y tan impulsiva que te has enamorado perdidamente de un tipo sospechoso. -Volvió a llenarle la copa y dejó a un lado la botella-. Un tipo que meses atrás estaba en tu breve lista de sospechosos de asesinato.

– ¿Te divierte ser sospechoso?

– Pues sí. -Roarke le acarició con el pulgar el pómulo donde había desaparecido un cardenal, salvo en su memoria-. Y me preocupas un poco. -Mucho, reconoció para sus adentros.

– Soy una buena policía.

– Lo sé. La única que ha despertado toda mi admiración. ¡Qué extraña broma del destino que me haya enamorado de una mujer consagrada a la justicia!

– Me parece aún más extraño que yo me haya unido a alguien capaz de comprar y vender planetas a su antojo.

– Casado. -Él se echó a reír. Le dio la vuelta y le mordisqueó la nuca-. Vamos, dilo. Estamos casados. No te atragantarás.

– Ya sé que lo estamos. -Se ordenó relajarse y se apoyó contra él-. Dame tiempo para hacerme a la idea. Me gusta estar aquí contigo, lejos de todo.

– Entonces, ¿te alegras de que te haya presionado para que te tomaras estas tres semanas?

– No me presionaste.

– Tuve que insistirte. -Le mordisqueó la oreja-. E intimidarte. -Le deslizó las manos por los senos-. Y suplicarte.

– Nunca me has suplicado nada. Pero es posible que insistieras. No me había tomado tres semanas de vacaciones desde… nunca.

Él se abstuvo de recordarle que ahora tampoco lo había hecho exactamente. No habían transcurrido veinticuatro horas sin que probara un programa que la enfrentaba a un crimen.

– ¿Por qué no hacer que sean cuatro?

– Roarke…

Él se echó a reír.

– Sólo bromeaba. Apura la copa. No estás lo bastante borracha para lo que tengo en mente.

– ¿Ah, sí? -A ella se le aceleró el pulso, lo que la hizo sentir como una tonta-. ¿Y de qué se trata?

– Perderá la gracia si te lo digo. Digamos que me propongo tenerte ocupada las últimas cuarenta y ocho horas que nos quedan aquí.

– ¿Cuarenta y ocho? -Eve soltó una carcajada y apuró la copa-. ¿Cuándo empezamos?

– No hay como… -Él se interrumpió al oír el timbre de la puerta-. Pedí a los camareros que recogieran mañana. Espera aquí. -Le cerró el albornoz que acababa de desabrocharle-. Los mandaré a paseo.

– Trae otra botella de paso -pidió ella sonriendo mientras se servía las últimas gotas en la copa-. Alguien se ha pulido ésta entera.

Divertido, Roarke cruzó el espacioso salón de techo de cristal y mullidas alfombras. De entrada quería verla allí tendida, en ese suelo tan blando y con las estrellas brillando por encima de sus cabezas. Arrancó un largo lirio blanco de una fuente de porcelana y se imaginó enseñándole lo que un hombre habilidoso era capaz de hacer a una mujer con los pétalos de una flor.

Sonriendo, entró en el vestíbulo de paredes doradas y una amplia escalera de mármol. Tras echar un vistazo a la pantalla de seguridad, se preparó para maldecir al camarero del servicio de habitaciones por la interrupción.

Pero se encontró con uno de sus ingenieros.

– ¡Carter! ¿Algún problema?

Carter se frotó un rostro mortalmente pálido y cubierto de sudor.

– Señor, me temo que sí. Necesito hablar con usted. Por favor.

– Está bien. Un momento.

Roarke suspiró mientras apagaba la pantalla y desconectaba las cerraduras. A sus veinticinco años, Carter era joven para el puesto que ocupaba, pero era un genio del diseño y su ejecución. Si había algún problema en la construcción, lo mejor era resolverlo al momento.

– ¿Se trata del planeador de la sala? -preguntó Roarke mientras descodificaba la puerta-. Creía que ya lo habías resuelto.

– No, quiero decir, sí señor, ya lo he resuelto. Ahora funciona perfectamente.

Roarke advirtió que el joven temblaba y se olvidó de su enfado.

– ¿Ha habido un accidente? -Cogió a Carter del brazo para conducirlo al salón y lo hizo sentar-. ¿Algún herido?

– No lo sé… quiero decir, no sé si ha sido un accidente. -Parpadeó y clavó la mirada al frente con ojos vidriosos-. Señorita… señora. Teniente -saludó a Eve al verla entrar y se dispuso a levantarse, pero volvió a caer sin fuerzas cuando ésta le hizo sentar de un empujón.

– Está en estado de shock -señaló Eve-. Dale un poco de ese caro coñac que tienes por aquí. -Se inclinó hacia él-. Te llamas Carter, ¿verdad? Tranquilízate.

– Yo… -El rostro del joven adquirió un tono macilento-. Creo que voy…

Antes de que pudiera terminar la frase, Eve le colocó la cabeza entre las rodillas.

– Respira. Sólo respira. Dame ese coñac, Roarke. -Alargó la mano y allí tenía la copa.

– Cálmate, Carter -lo tranquilizó Roarke-. Bebe un trago de esto.

– Sí, señor.

– Por el amor de Dios, deja de llamarme señor.

El color volvió a las mejillas de Carter, a causa del coñac así como de la incomodidad. Asintió, bebió y suspiró.

– Lo siento. Creía que estaba bien. He venido de inmediato. No sabía si debía… no sabía qué hacer. -Se cubrió el rostro con una mano como un muchacho viendo una película de terror. Suspiró de nuevo y se apresuró a añadir-: Es Drew. Drew Mathias, mi compañero de cuarto. Está muerto.

Exhaló de golpe para a continuación volver a aspirar. Luego tomó otro sorbo de coñac y se atragantó.

La mirada de Roarke se ensombreció. Evocó la imagen de Mathias: joven, emprendedor, pelirrojo y con pecas, experto en electrónica y especializado en autotrónica.

– ¿Dónde, Carter? ¿Qué ha ocurrido?

– Pensé que debía comunicárselo de inmediato -repitió Carter, muy sofocado-. He venido inmediatamente a decírselo, a usted y a su mujer. Pensé que como ella es… policía, podría hacer algo.

– ¿Necesitas un policía, Carter? -Eve le cogió el coñac de su temblorosa mano-. ¿Por qué?

– Creo… que se ha matado, teniente. Estaba allí colgado de la lámpara del techo de la salita de estar. Y la cara… ¡Oh, Dios mío!

Eve dejó que Carter se cubriera el rostro y se volvió hacia Roarke.

– ¿Quién dispone de autoridad para ocuparse de un caso así?

– Contamos con los dispositivos de seguridad habituales, la mayoría automatizados. -Inclinó la cabeza y admitió-: Diría que tú, teniente.

– Pues intenta proporcionarme un equipo. Necesito una grabadora de sonido y vídeo, film transparente, bolsas para guardar pruebas, unas pinzas y un par de cepillos pequeños.

Dejó escapar un suspiro al tiempo que se mesaba el cabello. Difícilmente iba a encontrar allí el equipo necesario para calcular la temperatura del cuerpo y la hora de la muerte. No iba a disponer de un escáner, ni de cepillos mecánicos, ni de ninguna de las sustancias químicas habituales para el informe forense.

Tendrían que improvisar.

– Hay un médico, ¿verdad? Tendrá que hacer las veces de forense. Voy a vestirme.

La mayoría de técnicos utilizaban como alojamiento las alas concluidas del hotel. Carter y Mathias al parecer habían congeniado lo bastante para compartir una espaciosa habitación doble durante su estancia en la estación. Mientras bajaban a la planta décima Eve entregó a Roarke una grabadora de bolsillo.

– ¿Sabes utilizarla?

Él arqueó una ceja. La había fabricado una de sus compañías.

– Creo que podré arreglármelas.

– Estupendo -respondió ella con una sonrisa-. Entonces te nombro segundo de a bordo. ¿Te ves con fuerzas para seguir, Carter?

– Sí -respondió el joven.

Pero al llegar a la décima planta salió del ascensor haciendo eses como un borracho tratando de pasar un test. Tuvo que secarse dos veces la mano en los pantalones antes de apoyar la mano en el lector de palmas. Cuando la puerta se abrió dio un paso atrás.

– Sólo que de momento prefiero no volver a entrar.

– Quédate aquí -respondió ella-. Puede que te necesite.

Y entró. Las luces estaban encendidas al máximo y la música sonaba a todo volumen: rock duro y discordante cantado por una vocalista estridente que le recordó a su amiga Mavis. El suelo era de baldosas de un azul caribeño y creaba la ilusión de andar sobre el agua.

A lo largo de las paredes norte y sur había ordenadores. Terminales de trabajo provistas de toda clase de tableros electrónicos, microchips y herramientas.

Vio la ropa amontonada en el sofá, las gafas de realidad virtual en la mesa baja junto a tres tubos de cerveza asiática -dos de ellos aplastados, listos para reciclary un bol de galletitas saladas.

Y vio el cuerpo desnudo de Drew Mathias balanceándose débilmente de una soga trenzada con unas sábanas y colgada de uno de los destellantes brazos de la araña de cristal azul.

– Mierda -suspiró-. ¿Qué edad tenía, Roarke? ¿Veinte años?

– No muchos más. -Roarke apretó los labios mientras examinaba el rostro infantil de Mathias. Había adquirido un color purpúreo, con los ojos desorbitados, el gesto torcido en una desagradable sonrisa. Un perverso capricho de la muerte lo había dejado sonriendo.

– Está bien, haremos lo que podamos. Teniente Dallas, Eve, del *DPSNY responsable hasta que nos pongamos en contacto y sean trasladadas aquí las autoridades pertinentes. Muerte sospechosa y por investigar. Mathias, Drew, Gran Hotel Olympus, habitación 1036. Día 1 de agosto de 2058, a la una de la madrugada.

– Quiero que lo descuelguen -dijo Roarke, quien no debería haberse sorprendido de lo deprisa que ella había cambiado de mujer a policía.

– Aún no. A él le trae sin cuidado y necesito filmar la escena antes de mover nada. -Se volvió hacia el umbral-. ¿Tocaste algo, Carter?

– No. -El joven se frotó la boca con el dorso de la mano-. Abrí la puerta, como ahora, y entré. Lo vi enseguida… Como ustedes. Supongo que me quedé aquí unos momentos. Aquí mismo. Supe que estaba muerto. Lo vi en la cara.

– ¿Por qué no vas al dormitorio por la otra puerta y tratas de dormir un poco? -sugirió ella señalándole la puerta de la izquierda-. Hablaremos luego.

– De acuerdo.

– No llames a nadie -ordenó ella.

– No lo haré.

Eve cerró la puerta. Miró a Roarke y éste le devolvió la mirada. Sabía que él estaba pensando lo mismo que ella, que algunas personas -como ella- no tenían posibilidad de escapar de los contratiempos.

– Manos a la obra -dijo.

2

El médico se llamaba Wang y era un anciano, como la mayoría de los médicos que colaboraban en proyectos fuera del planeta. Podría haberse retirado a los noventa, pero como otros tantos como él, había optado por dar tumbos de emplazamiento en emplazamiento, atendiendo arañazos y magulladuras, recetando medicamentos para el mareo espacial o la pérdida del equilibrio a causa de la gravedad, trayendo a un niño al mundo de vez en cuando y proveyendo los diagnósticos pertinentes.

Pero éste reconocía un cadáver en cuanto lo veía.

– Está muerto. -Hablaba de forma cortante, ligeramente exótica. Tenía la piel amarillo pergamino y tan arrugada como un mapa antiguo, y los ojos negros y almendrados. Su cabello brillante y lacio le daba el aspecto de una vieja y algo abollada bola de billar.

– Sí, hasta ahí he llegado. -Eve se frotó los ojos. Nunca había tratado con un médico espacial, pero había oído hablar de ellos. Les traía sin cuidado que les interrumpieran su cómoda rutina-. Dígame la causa y la hora.

– Estrangulamiento. -Wang dio unos golpecitos con un dedo en las desagradables marcas del cuello de Mathias-. Autoprovocado. En cuanto a la hora de la muerte, diría que entre las diez y las once de la noche del día de hoy, del mes corriente y del año corriente.

Ella le dedicó una débil sonrisa.

– Gracias, doctor. No hay otras señales de violencia en el cuerpo, así que me inclino hacia su diagnóstico de suicidio. Pero quiero los resultados del análisis de drogas. Veamos si lo hizo bajo el efecto de sustancias. ¿Trató al fallecido en alguna ocasión?

– No me suena. Tendré su historial, desde luego. Debió de venir a verme a su llegada para el diagnóstico de rigor.

– Quiero verlo también.

– Haré lo posible por complacerla, señora Roarke. -Ella entornó los ojos.

– Dallas. Teniente Dallas. Dése prisa, Wang.

Volvió a bajar la vista hacia el cadáver y pensó: Hombre menudo, delgado y pálido, muerto. Apretó los labios y le examinó el rostro. Había visto las malas pasadas que podía hacer en los rostros la muerte, y más concretamente la muerte violenta. Pero nunca había visto nada parecido a esa amplia sonrisa de ojos desorbitados.

El despilfarro, el patético despilfarro de una vida tan joven truncada le provocó una aguda tristeza.

– Lléveselo, Wang. Y entrégueme su informe y la información de la que dispone. Puede enviármelo a mi habitación por telenexo. Necesito el nombre del pariente más próximo.

– Desde luego. -El médico le sonrió al añadir-: Teniente Roarke.

Ella le devolvió la sonrisa enseñándole los dientes y decidió no entrar en ese juego de nombres. Permaneció de pie con los brazos en jarra mientras Wang daba instrucciones a sus dos ayudantes para que retiraran el cadáver.

– ¿Te parece divertido? -murmuró a Roarke.

Él parpadeó, inocente.

– ¿Que?

– Teniente Roarke.

Roarke le acarició el rostro porque necesitaba hacerlo.

– ¿Por qué no? A ninguno de los dos nos sentarían mal unas risas.

– Sí, tu doctor Wang es para partirse de la risa. -Observó al médico pasar por delante del joven tendido en una camilla de ruedas-. Me cabrea. Y no sabes cómo.

– No está tan mal el nombre.

Eve casi rió mientras se frotaba la cara.

– No me refiero a eso, sino al muchacho. Un crío como él tirando sus próximos cien años de vida. Me cabrea.

– Lo sé. -Él la sujetó por los hombros-. ¿Estás segura de que fue un suicidio?

– No hay señales de lucha, ni rastro de otras sevicias en el cuerpo. -Se encogió de hombros-. Interrogaré a Carter y hablaré con los demás, pero por lo que veo, Drew Mathias llegó a casa, encendió las luces y puso la música a tope. Se bebió un par de cervezas, tal vez hizo un viaje de realidad virtual, y se comió unas galletas saladas. Luego entró en el dormitorio, arrancó las sábanas de la cama e hizo con ellas una soga de profesional.

Le volvió la espalda y examinó la habitación grabando la escena en su cabeza.

– Luego se quitó la ropa y la arrojó al suelo, y se subió a la mesa. Puedes ver las marcas de los pies. Ató la cuerda a la lámpara y probablemente le dio un buen tirón para asegurarse de que estaba bien sujeta. Luego se deslizó la soga por la cabeza, utilizó el mando a distancia, para encender la luz al máximo y se ahorcó.

Levantó el mando a distancia que ya había guardado en una de las bolsas de pruebas.

– No tuvo por qué ser rápido. Fue un ascenso lento, lo bastante para no partirle limpiamente el cuello, pero no opuso resistencia, no cambió de parecer. De haberlo hecho le habrías visto en el cuello marcas de uñas por haber tratado de soltarse.

Roarke frunció el entrecejo.

– Pero ¿no habría sido instintivo e involuntario hacer algo así?

– No lo sé. Diría que depende de lo firme que era su voluntad, de las ganas que tenía de morir. Y de por qué. Tal vez estuviera bajo el efecto de alguna droga. Pronto lo sabremos. Con la debida mezcla de sustancias químicas la mente no registra el dolor. Podría incluso haber disfrutado.

– No niego que corra alguna que otra sustancia prohibida por aquí. Es imposible regular y supervisar las costumbres y gustos de toda la gente contratada. -Roarke se encogió de hombros y levantó la vista hacia la magnífica araña de cristal azul-. Mathias no me parece el prototipo de consumidor habitual, ni siquiera ocasional.

– La gente nunca deja de sorprendernos, y es increíble lo que algunos son capaces de meterse en las venas. -Eve se encogió también de hombros-. Tendré que hacer el habitual registro en busca de sustancias prohibidas para ver si puedo averiguar algo de Carter. -Se apartó el cabello con una mano-. ¿Por qué no vuelves y tratas de dormir un poco?

– No; prefiero quedarme. -Y antes de que ella pudiera replicar, añadió-: Me has nombrado segundo, ¿recuerdas?

Esas palabras la hicieron sonreír.

– Un buen ayudante sabría que necesito un café para continuar.

– Entonces te traeré uno. -Roarke le sujetó el rostro entre las manos-. Pretendía que te mantuvieras un tiempo alejada de esto. -La soltó y se dirigió a la cocina.

Eve entró en el dormitorio. Las luces estaban bajas y Carter se hallaba sentado en un lado de la cama, con la cabeza oculta entre las manos. Se enderezó de golpe al oírla entrar.

– Tranquilo, Carter, todavía no estás detenido. -Al verlo palidecer, se sentó a su lado y añadió-: Lo siento, es el pésimo humor de los polis. Estoy grabando, ¿de acuerdo?

– Sí. -El joven tragó saliva.

– Teniente Dallas, Eve, interrogando a Carter. ¿Cuál es tu nombre completo, Carter?

– Esto… Jack. Jack Carter.

– Carter, Jack, en relación con la muerte no investigada de Mathias, Drew. Carter, compartías la habitación 1036 con el fallecido.

– Sí, durante los pasados cinco meses. Éramos amigos.

– Háblame de esta noche. ¿A qué hora llegaste a casa?

– No lo sé. Cerca de las doce y media, supongo. Tenía una cita. Estoy saliendo con Lisa Cardeaux, una de las diseñadoras de jardines. Queríamos ver qué tal era el complejo de recreo. Pasaban un nuevo vídeo. Después fuimos al club Athena. Está abierto para los empleados del complejo. Tomamos un par de copas y escuchamos un poco de música. Ella tenía que madrugar al día siguiente, así que no nos quedamos hasta muy tarde. La acompañé a casa. -Esbozó una sonrisa-. Traté de persuadirla para que me dejara subir, pero me dijo que ni hablar.

– Muy bien, no te comiste nada con Lisa. ¿Volviste directo a casa?

– Sí. Ella está instalada en el bungalow del personal. Le gusta vivir allí. No quiere encerrarse en una habitación de hotel, o eso es lo que dice. Hay un par de minutos en aerodeslizador hasta aquí. Subí. -Suspiró y se masajeó el corazón como si tratara de calmar los latidos-. Drew había cerrado la puerta. Era quisquilloso con eso. Algunos compañeros dejan la puerta abierta, pero Drew tenía todo ese equipo y estaba paranoico con que alguien lo tocara.

– ¿La placa de la entrada está codificada únicamente para vosotros dos?

– No.

– ¿Y qué ocurrió entonces?

– Lo vi, corrí a buscarles.

– Está bien. ¿Cuándo fue la última vez que lo viste vivo?

– Esta mañana, desayunando. -Carter se frotó los ojos, tratando de recordar la normalidad de aquella escena.

– ¿Cómo estaba él? ¿Preocupado, deprimido?

– No. -Carter concentró la mirada y por primera vez pareció animado-. Eso es lo que no concibo. Estaba bien. Hizo bromas, por lo de Lisa, porque aún no me la había… ya sabe. Nos pinchábamos mutuamente, en plan amistoso. Yo le dije que él hacía tanto que no follaba que no se enteraría si lo hacía., Y que por qué no se buscaba una amiga y salía con nosotros esta noche para ver cómo había quedado todo.

– ¿Salía con alguien?

– No. Siempre hablaba de una tía de la que estaba colgado. No trabajaba en la estación. Nena, la llamaba. Iba a aprovechar su siguiente ciclo libre para hacerle una visita. Decía que lo tenía todo, cerebro, belleza, cuerpo y un apetito sexual insaciable. ¿Por qué iba a jugar con modelos peores cuando tenía lo último?

– ¿No sabes cómo se llamaba?

– No; era sencillamente Nena. Para ser sincero, creo que era una invención. Drew no era de los que tienen una nena, ya sabe. Era tímido con las mujeres y andaba muy metido en sus juegos de fantasía y en su autotrónica. Siempre trabajaba en algo.

– ¿Qué hay de otros amigos?

– No tenía muchos. Era reservado cuando estaba con mucha gente, ya sabe, introvertido.

– ¿Tomaba drogas?

– Los clásicos estimulantes si tenía que trasnochar.

– Me refiero a ilegales.

– ¿Drew? -Carter abrió mucho sus ojos cansados-. De ninguna manera. Era recto como una vara. No estaba mezclado con drogas, teniente. Tenía una mente clara y quería conservarla. Y quería conservar su empleo y ascender. Te echan por esa clase de cosas. Basta con que te cojan una vez.

– ¿Estás seguro de que no había decidido experimentar?

– Llegas a conocer a una persona con quien has convivido cinco meses. -La mirada de Carter volvió a ensombrecerse-. Te acostumbras a ella, a sus costumbres y demás. Como digo, no se relacionaba con mucha gente. Era más feliz solo, jugueteando con su equipo, sumergiéndose en los programas de juegos de rol.

– Entonces era un tipo solitario, introvertido.

– Sí. Pero no estaba preocupado ni deprimido. No paraba de decir que estaba trabajando en algo grande, un nuevo juguete. Siempre estaba trabajando en un nuevo juguete -murmuró Carter-. La semana pasada dijo que esta vez iba a hacer una gran fortuna y le haría sudar tinta china a Roarke.

– ¿A Roarke?

– No hablaba en serio -se apresuró a decir Carter en defensa del fallecido-. Tiene que comprenderlo. Para muchos de nosotros Roarke es, no sé, como un diamante, ¿entiende? Le llueven los créditos, viste ropa elegante, tiene apartamentos de lujo, además de poder, y ahora una nueva esposa sexy… -Se interrumpió, ruborizándose-. Perdone.

– No te preocupes -respondió Eve. Más tarde decidiría si era divertido o asombroso que un chico de apenas veinte años la considerara sexy.

– Sólo que muchos de los técnicos, bueno, un montón de gente en general tiene aspiraciones. Y Roarke es el ejemplo a seguir. Drew sentía una gran admiración por él. Tenía ambiciones, señora… perdón, teniente. Tenía objetivos y planes. ¿Por qué iba a hacer algo así? -De pronto se le llenaron los ojos de lágrimas-. ¿Por qué iba a querer hacer algo así?

– No lo sé, Carter. A veces nunca se sabe el porqué.

Ella le hizo hacer memoria y lo guió hasta que tuvo una imagen lo bastante clara de Drew Mathias. Una hora más tarde no tenía otra cosa que hacer que escribir un informe para quien acudiera a cerrar el caso.

Se apoyó contra el tabique de espejo del ascensor mientras regresaba al ático con Roarke.

– Ha sido un acierto instalarlo en otra habitación y otro piso. Puede que duerma mejor esta noche.

– Dormirá mejor si toma los tranquilizantes. ¿Qué me dices de ti? ¿Crees que dormirás?

– Sí. Le daría menos vueltas si tuviera alguna idea de lo que le preocupaba, de lo que lo empujó a hacer algo así. -Eve salió al pasillo y esperó a que Roarke desconectara el dispositivo de seguridad de su habitación-. La imagen que tengo de tu técnico es de un joven con grandes aspiraciones. Tímido con las mujeres y lleno de fantasías. Y estaba satisfecho con su trabajo. -Alzó los hombros-. No hizo ni recibió llamadas por telenexo, ni recibió o envió nada por correo elecrónico, ni tenía mensajes grabados, y el dispositivo de seguridad de la puerta fue conectado por Mathias a las dieciséis horas, y desconectado a las doce y treinta y tres por Carter. No recibió ninguna visita ni salió. Simplemente se acomodó para pasar la noche y se ahorcó.

– No fue un homicidio.

– No, no lo fue. -¿Mejoraba eso las cosas o las empeoraba?, se preguntó Eve-. No tenemos a nadie a quien culpar. Sólo un muchacho muerto. Una vida desperdiciada. -Eve se volvió hacia él y lo rodeó con sus brazos-. Has cambiado mi vida, Roarke.

Sorprendido, él le alzó el rostro. No tenía los ojos húmedos, sino secos, con una expresión fiera e indignada.

– ¿A qué viene eso?

– Has cambiado mi vida -repitió ella-. Al menos parte de ella. Y empiezo a darme cuenta de que es la mejor parte. Quiero que lo sepas. Quiero que lo recuerdes cuando volvamos y las cosas caigan de nuevo en la rutina, si me olvido de hacerte saber lo que siento o lo que pienso, o lo mucho que significas para mí.

Conmovido, él le besó la frente.

– No dejaré que lo olvides. Vamos a la cama. Estás cansada.

– Sí, lo estoy. -Eve se apartó el cabello y se acercó a la cama.

Les quedaban menos de cuarenta y ocho horas, se recordó. No iba a permitir que una muerte inútil estropeara las últimas horas de su luna de miel.

Ladeó la cabeza y pestañeó.

– ¿Sabes que Carter me encuentra sexy?

Roarke se detuvo y entornó los ojos.

– ¿Cómo dices?

Oh, le encantaba cuando esa melodiosa voz irlandesa se volvía arrogante.

– Y tú eres un diamante -dijo ella, moviendo la cabeza en círculo sobre sus agarrotados hombros mientras se desabrochaba la camisa.

– ¿Lo soy? ¿De verdad?

– Un diamante en bruto que, como diría Mavis, es súper. Y por si te interesa, parte del motivo de que lo seas es porque tienes una nueva esposa sexy.

Desnuda de cintura para arriba, se sentó en la cama y se quitó los zapatos. Él tenía las manos en los bolsillos y sonreía. Ella también sonrió. Sonreír era agradable.

– Así pues, diamante en bruto -continuó, ladeando la cabeza y arqueando un hombro-, ¿qué te propones hacer con tu mujer sexy?

Roarke se pasó la lengua por los labios y dio un paso adelante.

– ¿A qué espero para demostrarlo?

Eve pensaba, respecto al viaje de regreso, que mejor sería ser arrojada al espacio sin más. Se equivocaba.

Discutió, ya que en su opinión eran razones muy lógicas de por qué no debía embarcar en el transporte privado de Roarke.

– No quiero morir.

Él se mofó de ella, lo que la puso furiosa, y se limitó a cogerla en brazos y subirla a bordo.

– ¡No lo consentiré! -gritó ella. El corazón le palpitaba cuando él entró en la cabina de felpa-. Hablo en serio. Tendrás que dejarme inconsciente si quieres que me quede en esta trampa mortal.

– Hummm. -Él escogió una amplia butaca forrada de cuero negro para sentarse, y, sosteniéndola en su regazo, se apresuró a atarla a fin de inmovilizarle los brazos y evitar así posibles represalias.

– Eh, basta.

Presa de pánico, ella forcejeó maldiciéndolo.

– Déjame salir. ¡Suéltame!

El trasero de Eve sacudiéndose en su regazo le dio una idea de en qué emplear las primeras horas del viaje.

– Despega en cuanto te den autorización -ordenó al piloto, luego sonrió a la azafata y añadió-: No la necesitaremos por el momento.

Y en cuanto ella salió discretamente, selló las puertas de la cabina.

– No voy a hacerte daño -prometió a Eve.

Al oír el rumor de los motores preparándose y sentir la débil vibración bajo sus pies anunciando el despegue, consideró seriamente el arrancarse de un mordisco el cinturón de seguridad.

– No pienso pasar por esto -dijo ella-. Dile al piloto que se detenga.

– Demasiado tarde. -Él la rodeó con los brazos y apoyó el rostro en su nuca-. Relájate, cariño. Confía en mí. Estás más segura aquí que conduciendo por el centro de la ciudad.

– Mierda. -Cerró los ojos con fuerza cuando los motores emitieron un fuerte rugido.

Cuando la lanzadera espacial salió disparada hacia el cielo, el estómago de Eve se aplastó, y la fuerza de la gravedad la arrojó a los brazos de Roarke.

Jadeaba cuando cesaron las sacudidas y descubrió que la causa de la opresión que sentía en el pecho era que estaba conteniendo la respiración. Vació los pulmones de golpe, luego aspiró aire como un buceador que sale a la superficie.

Seguía con vida. Y eso ya era algo. Entonces cayó en la cuenta de que no sólo ya no estaba atada, sino que tenía la blusa desabrochada y las manos de Roarke en los pechos.

– Si crees que vamos a hacerlo después de…

Él se limitó a volverla. Eve captó el destello de humor y lujuria en sus ojos antes de que posara la boca en uno de sus senos.

– Canalla. -Pero se echó a reír al sentirse inundada de placer y lo sujetó por la nuca para animarlo a seguir.

Nunca dejaba de sorprenderla lo que él era capaz de hacerle. Esas salvajes oleadas de placer, el lento y excitante ascenso… Se restregó contra él, se olvidó de todo excepto del modo en que sus dientes la mordisqueaban y su lengua la recorría.

Y esta vez fue ella quien lo tendió en la gruesa y blanda alfombra, quien acercó la boca a la suya.

Le quitó la camisa, deseando sentir el tacto de su carne firme y musculosa.

– Te quiero dentro de mí…

– Tenemos horas por delante -repuso él. Y volvió a hundirse entre sus senos, tan pequeños y firmes, encendidos por sus caricias-. Quiero saborearte.

Y así lo hizo, con avidez, de la boca al cuello, del cuello al hombro, del hombro a los senos. La saboreó con ternura y con delicadeza, concentrado en el placer mutuo.

Sintió que ella empezaba a estremecerse bajo sus manos y su boca, que tenía la piel cada vez más húmeda a medida que le recorría el vientre, le bajaba los pantalones y se abría paso entre sus muslos. Una vez allí la lamió, haciéndola gemir. Ella arqueó las caderas al tiempo que él se las sujetaba y la abría de piernas. Cuando él introdujo la lengua Eve sintió el primer orgasmo.

– Más…

Esta vez la devoró. Ella iba a dejarse llevar por él como no lo había hecho jamás, y Roarke lo sabía. Iba a abandonarse completamente.

Cuando Eve se estremeció y dejó caer las manos al suelo, él se colocó a horcajadas sobre ella y la penetró. Eve abrió los ojos y los clavó en los suyos, y vio en ellos concentración, control absoluto. Ella quería, necesitaba destruir ese control, saber que era capaz de hacerlo, como él hacía con ella.

– Más… -repitió, sujetándole la cintura con las piernas para sentirlo más dentro.

Vio el brillo de sus ojos, su profundo y oscuro deseo, y atrayendo su boca hacia la suya se movió debajo de él.

Roarke la sujetó por el cabello y empezó a jadear a medida que la embestía más fuerte, más deprisa, hasta que creyó que el corazón iba a estallarle. Ella se movió a la par, hundiéndole sus cortas uñas en la espalda, los hombros, las caderas, causándole deliciosas punzadas de dolor.

Él sintió que ella volvía a correrse, la violenta y deliciosa contracción de sus músculos. Y una y otra vez la embistió con fuerza, oyendo los jadeos y gemidos de Eve, excitándose por el roce de sus cuerpos húmedos.

Ella se tensó al llegar al éxtasis mientras un gemido gutural le brotaba de los labios. Entonces él hundió el rostro en su cabello y con una última embestida se descargó.

Cayó sobre ella con la mente confusa, el corazón palpitándole. Ella permaneció inmóvil salvo por los furiosos latidos de su corazón.

– No podemos seguir así… -logró articular ella-. Nos mataremos.

Él rió entre jadeos.

– Sería una muerte agradable, en todo caso. Me había propuesto algo un poco más romántico, una copa de vino y música para rematar la luna de miel. -Le sonrió-. Pero esto también ha funcionado.

– Eso no quiere decir que no siga enfadada contigo.

– Desde luego. Nuestras mejores sesiones de sexo han sido cuando estás enfadada conmigo. -Le sujetó la barbilla y le pasó la lengua-. Te adoro, Eve.

Mientras ella se alegraba, como siempre hacía, él rodó en la cama, se levantó ágilmente y se acercó desnudo a la consola con espejo situada entre dos sillas. Apoyó las manos en ella y se abrió una puerta.

– Tengo algo para ti.

Ella vio una caja de terciopelo.

– No tienes por qué comprarme regalos. Ya sabes que no me gusta.

– Sí, te hace sentir incómoda. -Sonrió-. Tal vez por eso lo hago. -Se sentó a su lado en el suelo y le entregó la caja-. Ábrela.

Ella imaginó que serían joyas. Parecía disfrutar adornándole el cuerpo con diamantes, esmeraldas y cadenas de oro que la aturdían y le hacían sentir incómoda. Pero al abrir la caja encontró un sencillo capullo blanco.

– ¿Una flor?

– De tu ramo de novia. La he hecho tratar.

– Una petunia. -Eve lagrimeó al sacarla de la caja. Sencilla y vulgar, una flor que podía crecer en cualquier jardín. Tenía los pétalos suaves y húmedos de rocío.

– Es un nuevo proceso en el que ha estado trabajando una de mis compañías. Las preserva sin cambiar la textura elemental. Quería que la conservaras. -Cerró una mano en torno a las suyas-. Quería que los dos la conserváramos, para que nos recordara que hay cosas que perduran.

Ella levantó la mirada hacia él. Los dos habían salido de la pobreza, pensó, y habían sobrevivido. Se habían sentido mutuamente atraídos en medio de la violencia y la tragedia, y lo habían superado. Seguían caminos diferentes y de pronto habían encontrado una senda común.

Hay cosas que perduran, pensó ella. Cosas corrientes. Como el amor.

3

En aquellas tres semanas no había cambiado nada en la comisaría. El café seguía siendo veneno, el ruido insoportable y la vista que se veía por su roñosa ventana deprimente.

Eve estaba encantada de estar de vuelta.

Los miembros del departamento se habían encargado de que la esperara un mensaje. Al verlo parpadear tímidamente en su monitor al entrar, imaginó que Feeney, el experto en electrónica, había pasado por alto su código. BIENVENIDA, TENIENTE AMOR. ¡TÍA BUENA!

¿Tía buena? Soltó una carcajada. Tal vez fuera un humor de colegiales, pero la hizo sentir en casa.

Echó un vistazo a su caótico escritorio. Entre el inesperado cierre de un caso en el transcurso de su despedida de soltera y el día de su boda no había tenido tiempo de archivar nada. Pero sobre el montón de papeles vio un disco pulcramente precintado y etiquetado.

Debía de ser obra de Peabody, pensó. Introdujo el disco en su terminal y, con una maldición, le dio una palmada para poner fin a los hipos que emitió, y vio que la siempre responsable Peabody ya había redactado, archivado y grabado el informe sobre la detención. No debía de haberle sido fácil, pensó. No después de haberse acostado con el acusado.

Echó otro vistazo al trabajo atrasado e hizo una mueca. Se le habían acumulado las citaciones de los tribunales. Los malabarismos que había tenido que hacer para acomodarse a las exigencias de Roarke de ausentarse tres semanas tenían un precio, y había llegado el momento de pagarlo.

Bueno, él también había tenido que hacer un montón de malabarismos, se recordó. Y ahora tocaba volver al trabajo y a la realidad. Antes de revisar los casos para los que pronto tendría que declarar, conectó el telenexo y ordenó la búsqueda de la oficial Peabody.

El rostro familiar y serio con su cabello oscuro apareció con un zumbido en el monitor.

– Gracias, Peabody. Preséntate en mi oficina, por favor.

lSin esperar respuesta, Eve cortó la comunicación y sonrió. Se había ocupado de trasladar a Peabody al departamento de homicidios. Ahora se proponía ir más ejos. Volvió a encender el telenexo.

– Teniente Dallas al habla. ¿Está disponible el comandante?

El rostro de la secretaria del comandante le sonrió resplandeciente.

– ¡Teniente! ¿Qué tal la luna de miel?

– Muy bien, gracias.

Se ruborizó al ver el brillo de los ojos de la mujer.

Lo de tía buena le había hecho gracia, pero esa mirada soñadora le puso los pelos de punta.

– Estaba encantadora de novia, teniente. Vi las fotos y hubo varios programas sobre la boda, y no pararon de salir en los canales de crónicas de sociedad. Vimos imágenes suyas también en París. Parecía tan romántico…

– Sí… -El precio de la fama, pensó Eve, y de casarse con Roarke-. Fue muy bonito. ¿Y el comandante?

– Oh, por supuesto. Un momento, por favor. -Mientras la unidad zumbaba Eve puso los ojos en blanco. Podía aceptar ser objeto de la atención pública, pero nunca lograría disfrutar con ello.

– Dallas. -El comandante Whitney exhibía una amplia sonrisa y una extraña mirada en su oscuro y severo rostro-. Tiene… buen aspecto.

– Gracias, señor.

– ¿Ha disfrutado de su luna de miel?

Cielos, ¿cuándo iba a preguntarle alguien si le había gustado que la follaran en el espacio exterior?

– Sí, señor. Gracias. Supongo que ya ha leído el informe de la oficial Peabody sobre el cierre del caso Pandora.

– Sí, muy completo. El fiscal tratará de conseguir la máxima pena para Casto. Se salvó usted por los pelos, teniente.

Sabía que había estado a punto no sólo de perderse el día de su boda, sino el resto de su vida.

– Duele cuando se trata de otro poli -repuso ella-. Tenía prisa y sólo tuve tiempo para recomendar el traslado de Peabody a mi departamento. Su ayuda en este caso y en otros ha sido inestimable.

– Es una buena policía -coincidió Whitney.

Cinco minutos más tarde, cuando Peabody se presentó en su atestado despacho, Eve se hallaba reclinada en su sillón estudiando los datos de su monitor.

– Tengo un juicio dentro de una hora -dijo sin preliminares-. Sobre el caso Salvatori. ¿Qué sabes al respecto, Peabody?

– Vito Salvatori está siendo procesado por triple asesinato, con el agravante de tortura. Es un presunto distribuidor de sustancias prohibidas y se le acusa del asesinato de otros tres traficantes de Zeus y TRL. Las víctimas murieron carbonizadas en una pequeña pensión de Lowe East Side el pasado invierno, después de que les arrancaran la lengua y los ojos.

Peabody recitó los datos con naturalidad mientras permanecía con su pulcro uniforme en posición de firmes.

– Muy bien, oficial. ¿Has leído mi informe sobre el caso?

– Sí, teniente.

Eve asintió. Un aerobús pasó con estruendo por delante de la ventana, removiendo el aire.

– Entonces sabrás que antes de que detuviera a Salvatori, le fracturé el brazo y el codo izquierdos, le disloqué la mandíbula y le arranqué varios dientes. Sus abogados van a tratar de freírme por exceso de fuerza.

– Les va a costar, teniente, ya que el tipo se proponía prender fuego a los edificios de alrededor cuando tú lo acorralaste. Si no lo hubieras detenido, habría sido él quien se hubiera freído, por así decirlo.

– Está bien, Peabody. Tengo que revisar este y otros casos antes de que termine la semana. Necesito todos los casos en que debo declarar resumidos y trasvasados. Te reunirás conmigo con los datos requeridos en treinta minutos en la puerte este.

– Teniente, tengo una misión. El detective Crouch me ha puesto en matriculación de vehículos. -Una nota burlona en la voz de Peabody traslució sus sentimientos hacia Crouch.

– Me encargaré de Crouch. El comandante me ha dado su autorización. Estás a mis órdenes, así que olvídate de todo el trabajo tedioso que te ha caído encima y mueve tu bonito culo.

Peabody parpadeó.

– ¿A tus órdenes?

– ¿Has tenido problemas de oído en mi ausencia?

– No, teniente, pero…

– ¿Tienes algo con Crouch? -Eve disfrutó al ver a Peabody abrir la boca.

– ¿Bromeas? Es un… -Se interrumpió y se puso rígida-. No es mi tipo, teniente. Creo que he aprendido una lección acerca de tener líos amorosos en el trabajo.

– No te mortifiques, Peabody. A mí también me gustaba Casto. Hiciste un buen trabajo.

Era alentador escuchar esas palabras, pero la herida seguía abierta.

– Gracias, teniente.

– Por ese motivo has sido nombrada ayudante mía. ¿Quieres la placa de detective?

Peabody sabía qué le estaba ofreciendo: una oportunidad, un regalo llovido del cielo. Cerró los ojos unos instantes hasta controlar el tono de voz.

– Sí, teniente.

– Pues tendrás que sudar tinta para ello. Ve a buscar los datos que te he pedido y larguémonos.

– Enseguida. -Una vez en la puerta, Peabody se detuvo y se volvió-. Te agradezco la oportunidad que me das.

– No tienes por qué. Te la has ganado. Y si metes la pata, te volveré a meter en tráfico. -Eve esbozó una débil sonrisa y añadió-: Aéreo.

Prestar declaración ante los tribunales era parte del trabajo, como lo eran, se recordó Eve, las ratas de clase alta como S. T. Fitzhugh, abogado defensor. Era un tipo con mucha labia, un hombre que defendía a lo más bajo de los bajos fondos siempre que tuviera pasta. Su éxito en ayudar a escapar de las garras de la ley a traficantes, asesinos y violadores era tal que podía costearse sin problemas los trajes de color crema y los zapatos hechos a mano que le gustaba llevar.

Se le veía muy elegante en la sala de un tribunal, con la tez achocolatada en vivo contraste con los delicados tonos y telas que solía vestir. Su rostro atractivo y alargado era tan suave como la seda de su americana, gracias al tratamiento de tres días a la semana en Adonis, el mejor salón de belleza para hombres. Estrecho de caderas y ancho de hombros, tenía buena figura, y la profunda e intensa voz de barítono de un cantante de ópera.

Cortejaba a la prensa, alternaba con la elite criminal y tenía su Jet Star particular.

Uno de los pequeños placeres de Eve era despreciarlo.

– Permítame hacerme una idea clara, teniente. -Fitzhugh levantó las manos y juntó los pulgares-. Un cuadro preciso de las circunstancias que le llevaron a atacar a mi cliente en su lugar de trabajo.

El fiscal protestó y Fitzhugh lo expresó con otras palabras.

– Pero usted causó un gran perjuicio físico a mi cliente la noche en cuestión, teniente Dallas.

Lanzó una mirada a Salvatori, que se había vestido para la ocasión con un sencillo traje negro y, siguiendo los consejos de su abogado, se había saltado los tres últimos meses de tratamientos de cosmética y rejuvenecimiento. Tenía el cabello gris, y el rostro y el cuerpo como hundidos, y se le veía viejo e indefenso.

El jurado no podría evitar comparar la joven y atlética policía con aquel frágil anciano, imaginó Eve.

– El señor Salvatori opuso resistencia e intentó poner en marcha un acelerador. Me vi obligada a reducirlo.

– ¿Reducirlo? -Despacio, Fitzhugh retrocedió, pasó por delante del juez androide, caminó por la tribuna del urado y atrajo una de las seis cámaras automatizadas al apoyar una mano alentadora en el delgado hombro de Salvatori-. Tuvo que reducirlo, y tal decisión aparejó una mandíbula dislocada y un brazo fracturado.

Eve miró de reojo al jurado. Algunos miembros parecían conmovidos.

– Es cierto. El señor Salvatori se negó a satisfacer mi petición de abandonar el edificio… y entregarme la cuchilla de carnicero y el soplete oxiacetilénico que tenía en su poder.

– ¿Iba usted armada, teniente?

– Sí.

– ¿Y lleva usted el arma habitual que se entrega a los miembros del Departamento de Policía y Seguridad de Nueva York?

– Sí.

– Bien. Si, como afirma, el señor Salvatori iba armado y opuso resistencia, ¿por qué no lo dejó inconsciente con dicha arma como está estipulado?

– Erré el tiro. El señor Salvatori estaba pletórico de energía aquella noche.

– Entiendo. En los diez años que lleva en las fuerzas del orden público, teniente, ¿cuántas veces ha creído necesario emplear la máxima fuerza?

– Tres veces.

– ¿Tres? -Fitzhugh dejó que el jurado estudiara a la mujer sentada en el banquillo de los testigos. Una mujer que había matado-. ¿No es una cifra bastante alta? ¿No diría usted que ese porcentaje indica una inclinación hacia la violencia?

El fiscal se puso de pie y protestó con el típico argumento de que no se estaba procesando a la testigo. Pero por supuesto que así era, pensó Eve. Los policías siempre eran puestos en tela de juicio.

– El señor Salvatori iba armado -repuso Eve con frialdad-. Yo tenía órdenes de detenerlo por los asesinatos de tres personas. Las tres personas cuyos ojos y lenguas fueron arrancados antes de ser quemados y por cuyo crimen el señor Salvatori se halla ahora en esta sala. Él se negó a colaborar y me amenazó con una cuchilla, lo que me impidió apuntar bien. Luego se abalanzó sobre mí y me derribó. Creo que sus palabras fueron: «Voy a arrancarte tu corazón de polizonte», tras lo cual nos enzarzamos en una lucha cuerpo a cuerpo. En ese momento le disloqué la mandíbula y le arranqué varios dientes, y cuando él arrojó el soplete en mi dirección, le fracturé su maldito brazo.

– ¿Y disfrutó con ello, teniente?

Ella le sostuvo la mirada.

– No, señor, pero me alegré de seguir con vida.

– Canalla -murmuró Eve al subir a su vehículo.

– No logrará sacar a Salvatori. -Peabody se acomodó en el interior que parecía un horno y manipuló el control de temperatura-. Las pruebas son irrebatibles. Y tú no has permitido que te hiciera flaquear.

– Sí que lo ha hecho.

Eve se internó entre los coches que circulaban por el centro a media tarde. Las calles estaban suficientemente congestionadas para hacerle apretar los dientes, pero por encima de sus cabezas el cielo era surcado por aerobuses, furgonetas de turistas y gente que regresaba a sus casas al mediodía.

– Nos matamos para quitar de en medio a cabrones como Salvatori, y hombres como Fitzhugh hacen fortunas soltándolos de nuevo. -Se encogió de hombros-. A veces me cabrea.

– Los suelte o no, seguiremos dejándonos la piel y volveremos a encerrarlos.

Con una risotada, Eve miró de reojo a su compañera.

– Eres optimista, Peabody. Me pregunto por cuánto tiempo. Voy a dar un rodeo -anunció cambiando impulsivamente de rumbo-. Quiero vaciar el aire de esa sala de mis pulmones.

– No me necesitabas hoy en la sala. ¿Por qué me has hecho acompañarte?

– Si quieres la placa de detective es preciso que sepas a qué has de enfrentarte. No sólo a asesinos, ladrones y drogadictos, sino también a los abogados.

No le sorprendió encontrar las calles congestionadas y ningún sitio para aparcar. Eve aparcó en una zona prohibida y encendió las luces de servicio.

Al bajar del vehículo, miró con benevolencia a un embaucador en un monopatín aerodeslizante. Éste le sonrió y le guiñó un ojo antes de largarse hacia un lugar más propicio.

– Esta zona está llena de embaucadores, traficantes y prostitutos ilegales -comentó Eve-. Por eso me gusta.

Abrió la puerta del Down and Dirty Club y se internó en el cargado ambiente que apestaba a alcohol barato y mala comida.

Los cuartos privados alineados a lo largo de una pared estaban abiertos y aireaban el almizclado olor a sexo rancio.

Era un tugurio de esos que se regodean en su aspecto sórdido y que cumplen por los pelos las leyes de higiene y decencia. Una banda holográfica tocaba con desgana para la escasa y poco interesada clientela.

Mavis Freestone estaba en un reservado de la parte trasera, con el cabello púrpura cayéndole en cascada, y dos tiras de tela plateadas estratégicamente colocadas en su menudo y llamativo cuerpo. A juzgar por la forma en que movía la boca y meneaba las caderas, ensayaba una de sus más interesantes piezas vocales.

Eve se acercó a la cristalera y esperó a que sus ojos en blanco completaran el círculo y se posaran en ella. Entonces sonrió con una exclamación de júbilo. Dio un brinco y abrió la puerta de un empujón. Del reservado salió un ensordecedor estruendo de guitarras rechinando.

Mavis se arrojó a los brazos de Eve y a pesar de alzar la voz por encima de la música atronadora, ésta sólo le entendió unas palabras.

– ¿Qué? -Riendo, cerró la puerta de golpe y meneó la cabeza-. Cielos, Mavis, ¿qué es esto?

– Mi nuevo número. Voy a dejarlos fuera de combate.

– Te creo.

– Has vuelto. -Mavis le dio dos ruidosos besos-. Sentémonos y tomemos algo. Cuéntamelo todo. No te dejes nada. Eh, Peabody. Tío, ¿no te estás ahogando con ese uniforme?

Arrastró a Eve a una mesa pegajosa y apretó el botón del menú.

– ¿Qué os apetece? Corre de mi cuenta. Crack me paga bien por el par de números a la semana que hago aquí. Se va a quedar hecho polvo cuando se entere de que has venido. Oh, me alegro tanto de verte. Estás genial. Se te ve feliz. ¿No tiene un aspecto genial, Peabody? El sexo es tan terapéutico, ¿no te parece?

Eve volvió a reír, sabiendo que había ido justo para eso.

– Sólo un par de aguas minerales con gas, Mavis. Estamos de servicio.

– Oh, como si alguno de los presentes fuera a denunciarte. Desabróchate un poco, Peabody. Me asfixio sólo de mirarte. ¿Qué tal París? ¿Qué tal la isla? ¿Qué tal el refugio? ¿Te folló sin parar en todas partes?

– Precioso, maravilloso, interesante, y sí, lo hizo. ¿Qué tal Leonardo?

Mavis adoptó una mirada soñadora. Sonrió y pulsó el menú con una uña plateada.

– Es estupendo. Cohabitar es mejor de lo que suponía. Me ha diseñado este traje.

Eve examinó las finas tiras plateadas que apenas cubrían los senos de Mavis.

– ¿Así es como lo llamas?

– Verás, tengo un nuevo número. Oh, tengo tantas cosas que contarte. -Sacó el agua mineral con gas cuando apareció por la ranura-. No sé por dónde empezar. Está ese tipo, el ingeniero de sonido. Estoy trabajando con él. Vamos a grabar un disco, Eve. Dedicación completa. Está seguro de que podrá venderlo. Es un tipo grande, Jess Barrow se llama. Tuvo mucho éxito hace un par de años con temas propios. Tal vez hayas oído hablar de él.

– No. -Eve sabía que para una mujer que había vivido en la calle buena parte de su vida, Mavis seguía siendo increíblemente ingenua en ciertas cuestiones-. ¿Cuánto le pagas?

Mavis hizo un mohín.

– No es lo que imaginas. Tengo que correr con los gastos de la grabación, desde luego. Así es como funciona esto. Y si triunfamos, él se lleva el sesenta por ciento los tres primeros años. Después renegociamos.

– He oído hablar de él -comentó Peabody. Se había desabrochado el botón del cuello, un tributo a la simpatía que sentía hacia Mavis-. Tuvo un par de éxitos hace un par de años, y se lió con Cassandra. -Al ver que Eve arqueaba una ceja, encogió los hombros-. La cantante, ya sabes.

– ¿Tú una amante de la música, Peabody? No dejas de asombrarme.

– Me gusta escuchar música -murmuró Peabody mirando su vaso de agua con burbujas-. Como a cualquiera.

– En fin, su sociedad con Cassandra se deshizo -continuó Mavis alegremente-. Estaba buscando una nueva vocalista. Y aquí la tenéis.

Eve se preguntó qué más podía andar buscando ese tipo.

– ¿Qué piensa Leonardo de todo esto?

– Le parece súper. Eve, tienes que venir al estudio y vernos en acción. Jess es un genio declarado.

Ella tenía la intención de verlos en acción. La lista de personas que Eve quería era muy corta y Mavis figuraba en ella.

Esperó a estar de nuevo en el coche con Peabody camino de la central de policía, para ordenar:

– Comprueba la identidad de Jess Barrow, Peabody.

Sin sorprenderse, Peabody sacó la agenda y tomó nota.

– No creo que a Mavis le guste.

– No tiene por qué enterarse, ¿no?

Eve rodeó un carro aerodeslizante que vendía fruta congelada en palillos, luego viró en la Décima, donde unos martillos neumáticos automatizados se dedicaban a levantar de nuevo la calle. Por encima de sus cabezas, un zepelín de publicidad pregonaba una oferta especial para la clientela de Bloomingdale: el veinte por ciento de descuento en la compra anticipada de abrigos de invierno en el departamento de caballeros, señoras y unisex. Una ganga.

Divisó al hombre del impermeable que se acercaba a tres niñas y suspiró.

– Mierda. Allí está Clevis.

– ¿Clevis?

– Este es su territorio -se limitó a decir Eve deteniendo el coche en la zona de carga y descarga-. Yo solía patrullar esta calle cuando iba de uniforme. Lleva años por aquí. Vamos, Peabody, rescatemos a esas niñas.

Se apeó y rodeó a un par de hombres que discutían de béisbol. A juzgar por el olor que despedían, llevaban demasiado tiempo discutiendo en medio del calor. Gritó, pero los martillos neumáticos ahogaron su voz. Resignada, aceleró el paso y cerró el camino a Clevis antes de que éste alcanzara a las desprevenidas niñas de mejillas rosadas.

– ¡Eh, Clevis!

Parpadeó tras las pálidas lentes de sus filtros solares. Tenía el cabello rubio rojizo y rizado enmarcando un rostro tan inocente como el de un querubín. Ya había cumplido los ochenta.

– Eh, Dallas. Hacía un montón de tiempo que no te veía. -Le mostró su blanca dentadura mientras evaluaba a Peabody-. ¿Quién es ésta?

– Peabody, te presento a Clevis. Clevis, no vas a molestar a esas niñas, ¿entendido?

– Mierda, no pensaba molestarlas. -Frunció el entrecejo-. Sólo iba a enseñársela, eso es todo.

– Pues no lo harás, Clevis. Vas a volver a casa para escapar de este calor.

– Me gusta el calor. -El hombre soltó una risita-. Allá van. -Suspiró al ver a las tres niñas cruzar riendo la calle-. Como supongo que ya no podré enseñarla hoy, os la enseñaré a vosotras.

– Clevis, no… -Eve resopló. Clevis ya se había abierto la gabardina. Debajo iba desnudo, salvo por una pajarita azul brillante que llevaba atada en torno a su arrugado miembro-. Muy bien, Clevis. Te sienta muy bien ese color. A juego con tus ojos. -Le puso una mano en el hombro amistosamente-. Vamos a dar un paseo, ¿de acuerdo?

– Está bien. ¿Te gusta el azul, Peabody?

Peabody asintió con solemnidad mientras abría la puerta trasera del coche y lo ayudaba a subir.

– El azul es mi color favorito. -Cerró la puerta del coche y se encontró con la mirada risueña de Eve-. Bienvenida al trabajo, teniente.

– Es agradable estar de vuelta, Peabody.

También era agradable estar en casa. Eve cruzó las altas verjas de hierro que guardaban la imponente fortaleza. Ya le causaba menos impacto recorrer el curvo sendero de entrada a través de jardines bien cuidados y árboles en flor en dirección a la elegante mansión de piedra y cristal donde ahora vivía.

El contraste entre el lugar donde trabajaba y aquel donde vivía ya no le chocaba tanto. Allí había silencio, la clase de silencio que sólo pueden permitirse los muy ricos en una gran ciudad. Se oía el trino de los pájaros, se veía el cielo, se respiraba el dulce aroma del césped recién cortado. Y a sólo unos minutos de las numerosas, ruidosas y sudorosas masas de Nueva York.

Era un refugio, supuso. Tanto para Roarke como para ella.

Dos almas perdidas, como él había comentado en una ocasión. Y ella se preguntaba si habían dejado de estar perdidas al encontrarse.

Dejó el coche delante de la entrada principal, sabiendo que su aspecto destartalado y vulgar ofendería a Summerset, el estirado mayordomo de Roarke. Era muy sencillo poner el vehículo en automático y hacerle rodear la casa e introducirse en el espacio reservado para él en el garaje, pero, en lo referente a Summerset, a Eve le encantaba provocar.

Abrió la puerta y lo encontró de pie en el suntuoso vestíbulo con una expresión desdeñosa y una sonrisa burlona en los labios.

– Su vehículo es repugnante, teniente.

– Eh, que es propiedad municipal. -Eve se agachó para recoger el gordo gato de mirada misteriosa que acudió a su encuentro-. Si no lo quiere allí, muévalo usted mismo.

Oyó una melodiosa carcajada procedente del salón y arqueó una ceja.

– ¿Tenemos visita?

– En efecto. -Con una mirada desaprobadora, Summerset le examinó la camisa y los pantalones arrugados, y la pistolera que todavía llevaba a un costado-. Le sugiero que tome un baño y se cambie antes de reunirse con sus invitados.

– Le sugiero que me bese el trasero -respondió ella alegremente, pasando por su lado.

En el salón principal, lleno de los tesoros que Roarke había coleccionado procedentes de todas partes del universo conocido, se estaba desarrollando una elegante fiesta íntima. Distinguidos canapés descansaban en bandejas de plata, y un vino dorado llenaba la destellante cristalería. Roarke parecía un ángel oscuro vestido con lo que él habría definido como atuendo informal. La camisa de seda negra con el cuello desabrochado y los pantalones perfectamente ajustados sujetos con un cinturón de reluciente hebilla, le sentaban a la perfección y lo hacían parecer exactamente lo que era: un hombre rico, atractivo y peligroso.

Sólo había una pareja en la espaciosa estancia. El hombre era tan claro como Roarke oscuro. El cabello largo y dorado le pendía sobre los hombros de su ajustada americana azul. Y tenía un rostro cuadrado y atractivo, con los labios un poco excesivamente delgados, pero el contraste de sus ojos castaños impedía advertirlo a quien lo observaba.

La mujer era deslumbrante. Llevaba su cabello pelirrojo recogido en tirabuzones que le rozaban la nuca. Sus ojos eran de un verde tan intenso como los del gato, y las cejas eran perfectas y negras como el carbón. Tenía un cutis de porcelana, de pómulos altos y una boca de labios gruesos y sensuales.

Su figura hacía juego, y en aquella ocasión la había comprimido en una columna de esmeraldas que dejaba sus firmes hombros al descubierto y se hundía entre sus asombrosos senos hasta la cintura.

– Oh, Roarke. -Dejó escapar de nuevo una sonora carcajada y, deslizando una mano esbelta y pálida en la melena de Roarke, lo besó con dulzura-. Te he echado tanto de menos.

Eve pensó en el arma que llevaba y en cómo, aun desde aquella posición, sería capaz de hacer bailar a esa sensacional pelirroja. Pero sólo fue un pensamiento fugaz. Dejó a Galahad en el suelo por miedo a estrujarlo.

– No has podido echarlo tanto de menos -replicó Eve con indiferencia al entrar.

Roarke se volvió hacia ella y le sonrió. Tendremos que borrar esa expresión de satisfacción de tu cara, amigo, se dijo Eve. Y pronto.

– Oh, no te oímos entrar.

– Eso es evidente. -Eve cogió un canapé de la bandeja y se lo llevó a la boca.

– Creo que no conoces a nuestros invitados. Reeanna Ott, William Shaffer, mi esposa Eve Dallas.

– Cuidado, Ree, va armada -bromeó William al tiempo que cruzaba la habitación para estrecharle la mano. Se movía a grandes zancadas, como un esbelto caballo que sale a pacer-. Me alegro de conocerte, Eve. Es un auténtico placer. Ree y yo sentimos no poder asistir a vuestra boda.

– Nos quedamos deshechos. -Reeanna sonrió a Eve con sus centelleantes ojos verdes-. William y yo nos moríamos por conocer personalmente a la mujer que ha logrado doblegar a Roarke.

– Sigue de pie. -Eve miró de reojo a Roarke cuando éste le ofreció una copa de vino-. De momento.

– Ree y William han estado en el laboratorio de Tarus Three, trabajando en un proyecto para mí. Acaban de volver al planeta para disfrutar de un bien merecido descanso.

– ¿De veras? -preguntó Eve como si le importara algo.

– El proyecto a bordo ha sido particularmente satisfactorio -explicó William-. Dentro de un año, o dos como mucho, las industrias de Roarke lanzarán una nueva tecnología que revolucionará el mundo del ocio y las diversiones.

– Ocio y diversiones. -Eve esbozó una débil sonrisa-. Sin duda se trata de un descubrimiento trascendental.

– A decir verdad tiene muchas posibilidades de serlo. -Reeane bebió un sorbo de vino y evaluó a Eve: atractiva, impaciente, competente. Y dura-. También hay posibilidades de hacer grandes descubrimientos en el campo de la medicina.

– Ese es el objetivo de Ree. -William alzó la copa hacia ella con una mirada cariñosa-. Ella es la experta en medicina. Yo sólo entiendo de diversiones.

– Estoy segura de que tras una larga jornada a Eve no le apetece oír hablar de nuestros asuntos. Los científicos son tan tediosos -comentó Reeanna con una sonrisa de disculpa-. Acabas de volver del Olympo. -El vestido de seda de Reeanna susurró cuando ésta cambió de postura-. William y yo formamos parte del equipo que diseñó los centros médicos y de recreo. ¿Tuviste que visitarlos?

– Por encima. -Se estaba mostrando grosera, se recordó Eve. Tendría que acostumbrarse a volver a casa y encontrar elegantes visitas, y ver a mujeres asombrosas babeando ante su marido-. Es impresionante aun a medio construir. Las instalaciones médicas lo serán aún más cuando estén funcionando. ¿Era tuyo el diseño de la habitación holograma del hotel principal?

– Yo soy el culpable -respondió él sonriendo-. Me encanta jugar. ¿A ti no?

– Eve lo considera trabajo. A propósito, tuvimos un incidente durante nuestra estancia allí -apuntó Roarke-. Un suicidio. Uno de los técnicos autotrónicos. Mathias.

William arrugó la frente.

– Mathias… ¿Joven, pelirrojo y con pecas?

– Sí.

– ¡Cielo santo! -William se estremeció y bebió un largo trago-. ¿Suicidio? ¿Estás seguro de que no fue un accidente? Lo recuerdo como un joven entusiasta con grandes ideas. No era de los que se quitan la vida.

– Pues eso hizo -replicó Eve-. Se ahorcó.

– Qué horrible. -Pálida, Reeanna se sentó en el brazo del sofá-. ¿Yo lo conocía, William?

– No lo creo. Tal vez lo viste en uno de los clubes durante nuestra estancia allí, pero no lo recuerdo como un tipo sociable.

– De todos modos lo siento mucho -repuso Reeanna-. Y qué horrible para vosotros tener que presenciar tal tragedia en vuestra luna de miel. En fin, no hablemos más de ello. -Galahad se subió de un salto al sofá y colocó la cabeza debajo de una de sus esbeltas manos-. Preferiría hablar de la boda que nos perdimos.

– Quedaos a cenar y os aburriremos con los detalles. -Roarke le apretó el brazo a Eve disculpándose.

– Ojalá pudiera -respondió William acariciando el hombro de Reeanna con la misma delicadeza con que ella acariciaba la cabeza del gato-. Pero nos esperan en el teatro. Ya llegamos tarde.

– Tienes razón, como siempre. -Con visible contrariedad, Reeanna se levantó-. Espero que la invitación se repita. Estaremos en el planeta un par de meses, y me encantaría tener la oportunidad de conocerte mejor, Eve. Mi amistad con Roarke viene de antiguo.

– Aquí siempre sois bien recibidos. Os veré a los dos mañana en la oficina para un informe completo.

– Allí estaremos -respondió Reeanna dejando la copa a un lado-. Tal vez podamos almorzar juntas algún día, Eve. Sólo mujeres. -Los ojos le brillaban con tan buen humor que Eve se sintió estúpida-. Para cambiar impresiones sobre Roarke.

La invitación era demasiado amistosa para encajarla mal y Eve se sorprendió sonriendo.

– Sería interesante. -Los acompañó con Roarke hasta la puerta y se despidió con la mano-. ¿Cuántas impresiones tendremos que cambiar? -preguntó al volver a entrar.

– Hace mucho de eso. -La sujetó por la cintura para darle el aplazado beso de bienvenida a casa-. Años, millones de años.

– Seguramente se ha comprado ese cuerpazo.

– Debo admitir que ha sido una excelente inversión. -Eve alzó la barbilla y lo miró con dureza.

– ¿Hay alguna mujer guapa que no se haya metido en tu cama?

Roarke ladeó la cabeza y entornó los ojos reflexionando.

– No. -Se echó a reír cuando ella lo amenazó con el puño. Pero gruñó cuando ella le dio un leve puñetazo en el estómago-. Debí rendirme cuando te llevaba ventaja.

– Que te sirva de lección, encanto. -Pero dejó que él la levantara del suelo y la cargara sobre los hombros.

– ¿Tienes hambre? -preguntó él.

– Un hambre canina.

– Yo también. -Roarke empezó a subir las escaleras-. Cenaremos en la cama.

4

Eve despertó con el gato espatarrado sobre sus pechos y el telenexo de la mesilla de noche sonando. Estaba amaneciendo y la luz que entraba por la claraboya era débil y gris a causa de la tormenta que se aproximaba con el día. Con los ojos medio entornados alargó una mano para responder.

– Desconectar vídeo -ordenó con voz soñolienta-. Dallas.

– Mensaje para la teniente Dallas, Eve. Muerte sospechosa. Avenida Madison, 5002, apartamento 3800. Ver al inquilino Foxx, Arthur. Código cuatro.

– Mensaje recibido. Contactar con oficial Peabody, Delia. Bajo mi autorización.

– Confirmado. Fin de transmisión.

– ¿Código cuatro? -Roarke se había incorporado en la cama y acariciaba a Galahad, que se hallaba en éxtasis.

– Significa que tengo tiempo para una ducha y un café. -Eve no vio el albornoz, así que fue al baño desnuda-. Ya hay un agente uniformado en el lugar de los hechos -explicó. Se metió en la ducha y se frotó los ojos soñolientos-. Todos los chorros a la máxima potencia, setenta grados.

– Te vas a escaldar.

– Me encanta escaldarme.

Eve soltó un profundo suspiro de placer cuando los chorros de agua ardiente la golpearon desde todos los ángulos. Apretó una pieza de cristal y se llenó la palma de la mano de un jabón líquido verde oscuro. Cuando salió de la ducha ya estaba despierta.

Arqueó las cejas al ver a Roarke de pie en el umbral, sosteniendo una taza de café.

– ¿Para mí?

– Parte del servicio.

– Gracias. -Se llevó la taza a la cámara de secado y la bebió mientras el aire caliente la envolvía-. ¿Qué hacías observándome en la ducha?

– Me gusta observarte.

Roarke se metió en la ducha y ordenó treinta grados, lo que hizo temblar a Eve. No alcanzaba a comprender cómo un hombre con todos los lujos del mundo al alcance de la mano podía ducharse con agua fría. Encendió la cámara de secado y se peinó con los dedos el cabello de corte poco sofisticado. Luego se puso un poco del viscoso maquillaje que Mavis siempre le instaba a llevar y se cepilló los dientes.

– No tienes que levantarte pronto porque yo lo hago.

– Ya estoy levantado -se limitó a responder Roarke y optó por una toalla caliente en lugar de la cámara de secado-. ¿Tienes tiempo para desayunar?

Eve lo miró reflejado en el espejo, con el cabello y la piel brillante.

– Tomaré algo más tarde.

Él se anudó la toalla alrededor de la cintura, se sacudió la melena y ladeó la cabeza.

– ¿Y bien?

– Supongo que también me gusta mirarte -murmuró ella, y entró en el dormitorio para vestirse.

Había poca circulación en la calle. Los aerobuses pasaban con estruendo por encima de su cabeza a través de la cortina de lluvia, llevando a los empleados del turno de la noche a sus casas y a los del turno del día al trabajo. Las vallas publicitarias se hallaban silenciosas y ya habían montado para el día los omnipresentes carros y parrillas aerodeslizantes con sus ofertas de comida y bebidas. El humo salía por los conductos de ventilación de las calzadas y aceras procedente del mundo subterráneo del transporte y la venta al por menor. El aire era húmedo y caliente.

Eve cruzó la ciudad en el tiempo previsto.

La parte de la avenida Madison en la que le esperaba un cadáver estaba llena de boutiques elegantes y altos edificios plateados concebidos para albergar a quienes se podían permitir hacer compras en ellas. Los pasillos aéreos tenían las paredes de cristal para proteger a la clientela de los elementos y del ruido que en una o dos horas empezaría a oírse.

Eve pasó junto a un taxi con una sola pasajera, una elegante rubia que llevaba una americana despampanante, un deslumbrante arco iris en aquella lúgubre luz. Una prostituta legalizada que volvía a casa tras una noche en vela, pensó Eve. Los ricos podían permitirse comprar sexo elegante junto con sus prendas elegantes.

Al llegar al lugar de los hechos Eve se introdujo en un garaje subterráneo y mostró su placa ante el poste de seguridad. Éste la escaneó y la escaneó a ella, luego la luz cambió de roja a verde y mostró el número de la plaza vacía que le había sido asignada. Se hallaba al otro extremo del ascensor, para variar. A los polis jamás les daban las mejores plazas, pensó con resignación mientras echaba a andar.

Eve recitó en el altavoz el número del piso y se elevó al momento.

En otro tiempo no muy lejano habría quedado impresionada ante el suntuoso vestíbulo de la planta 38, con su estanque de hibiscos escarlata y las estatuas de bronce. Eso era antes de entrar en el mundo de Roarke. Examinó las pequeñas fuentes que flanqueaban la entrada y cayó en la cuenta de que había muchas posibilidades de que su marido fuera el dueño del edificio.

Vio a la agente uniformada ante la puerta 3800 y le mostró su placa.

– Teniente. -La agente se puso en posición de firmes y metió el estómago-. Mi compañero está dentro con el compañero de piso del fallecido. El señor Foxx, al descubrir el cadáver, llamó una ambulancia. Nosotros también acudimos, como es la norma. La ambulancia está esperando su autorización, teniente.

– ¿Este lugar está protegido?

– Lo está ahora. -La agente miró la puerta-. No hemos logrado sonsacar gran cosa a Foxx. Está un poco histérico. No estoy segura de qué puede haberlo trastornado de ese modo, aparte del cadáver.

– ¿Lo movió?

– No, teniente. Mejor dicho, el cuerpo sigue en la bañera, pero él trató de… reanimar al difunto. Debía de estar en estado de shock cuando lo hizo, porque hay suficiente sangre para nadar en ella. Se abrió las venas -explicó la agente-. Calculo que murió al menos una hora antes de que su compañero lo encontrara.

– ¿Han avisado al forense?

– Está en camino, teniente.

– Bien. Deje entrar a Peabody en cuanto llegue, y siga en su puesto. Abra -añadió, y esperó a que la agente introdujera la llave maestra en la ranura de la cerradura. La puerta se abrió y Eve oyó entrecortados sollozos de terrible dolor.

– Lleva así desde que llegamos -murmuró la agente-. Espero que pueda tranquilizarlo.

Sin decir palabra, Eve entró y dejó que la puerta se cerrara a sus espaldas. El vestíbulo era una intrincada obra de mármol blanco y negro, con columnas salomónicas cubiertas de una especie de parra en flor y, por encima de sus cabezas, una araña de cristal negra de cinco brazos ornamentados.

Al otro lado del pórtico había un zona habitada con los mismos motivos decorativos. Sofás de cuero negro, suelos blancos, mesas de madera de ébano, lámparas blancas. Las cortinas a rayas blancas y negras estaban corridas, pero las luces del techo estaban encendidas y se reflejaban en el suelo.

Había una gran pantalla de recreo apagada. Unas escaleras de un blanco resplandeciente ascendían hasta un segundo piso, el cual estaba rodeado por una balaustrada blanca a la manera de un atrio. Y del alto techo colgaban exuberantes helechos en macetas de loza.

Pero ya podías nadar en la abundancia, la muerte no respetaba a nadie. Era un club que no hacía distinciones de clase.

Los sollozos la condujeron a un pequeño estudio con las paredes forradas de libros antiguos y lleno de butacas del color de un buen burdeos.

Arrellanado en una de ellas se hallaba un hombre atractivo, con el rostro bronceado y desencajado por las lágrimas. Tenía el cabello dorado, brillante como una moneda nueva, y se lo mesaba. Llevaba una bata de seda blanca manchada de sangre seca. Iba descalzo y tenía las manos llenas de anillos que lanzaban destellos al temblar. En la rodilla izquierda exhibía un tatuaje de un cisne negro.

Eve le enseñó su placa al agente uniformado que se hallaba sentado junto a él. A continuación le señaló el techo y ladeó la cabeza interrogante.

El agente asintió.

Eve volvió a salir. Quería ver el cadáver y registrar el lugar de los hechos antes de vérselas con el testigo.

Había varias habitaciones en el segundo piso. Sin embargo, le resultó muy fácil abrirse camino. Se limitó a seguir el reguero de sangre. Entró en el dormitorio, donde los verdes y azules pálidos predominaban de tal modo que era como flotar en el agua. La cama era un rectángulo de sábanas de raso azul con montones de almohadas. También había allí las típicas estatuas clásicas de desnudos. En las paredes había cajones empotrados, lo que daba a la habitación un aspecto despejado y, en opinión de Eve, poco habitado. La alfombra azul océano era tan blanda que se te hundían los pies en ella, y estaba manchada de sangre.

Siguió el reguero hasta el cuarto de baño principal. La muerte ya no le impactaba, pero seguía consternándola, y sabía que siempre sería así. Pero había vivido demasiado cerca de ella para dejarse impresionar, ni siquiera por ésta.

La sangre había brotado a borbotones, salpicando y corriendo por los brillantes azulejos de color marfil y verdemar. Había caído contra el cristal y encharcado el suelo de espejo al manar de la herida abierta en la muñeca de la lánguida mano que colgaba del borde de la enorme bañera con un lado de cristal.

El agua de la bañera tenía un color rojo oscuro y desagradable, y el acre olor de la sangre flotaba en el aire. Se oía música de fondo, algún instrumento de cuerda, tal vez un arpa. A ambos lados de la larga bañera ovalada ardían unas gruesas velas blancas.

El cuerpo que yacía en la turbia agua rojiza tenía la cabeza recostada contra un almohadón de ribete dorado, y los ojos clavados en la cola de un cisne que colgaba del techo también de espejo. Sonreía, como si le hubiera parecido divertido observarse morir.

La joven no se dejó impresionar, pero suspiró mientras se cubría los pies y las manos con plástico, ponía en marcha la grabadora y se llevaba el equipo al cuarto de baño para examinar el cadáver.

Lo había reconocido. Desnudo, casi desangrado y sonriendo a su propio reflejo estaba el renombrado abogado defensor S. T. Fitzhugh.

– Salvatori se llevará un gran chasco contigo, abogado -murmuró mientras ponía manos a la obra.

Ya había recogido una muestra del agua mezclada con sangre, hecho un primer cálculo de la hora de la muerte, cubierto las manos del difunto y filmado la escena cuando Peabody apareció sin aliento en el umbral.

– Lo siento, teniente. He tenido problemas para llegar.

– No te preocupes. -Le entregó el cuchillo de empuñadura de marfil que había envuelto en plástico transparente-. Al parecer lo hizo con esto. Creo que es antiguo, una pieza de coleccionista. Lo analizaremos en busca de huellas.

Peabody lo guardó en la bolsa de pruebas y entornó los ojos.

– ¿No es…?

– Fitzhugh, sí.

– ¿Por qué se mataría?

– Aún no hemos establecido que lo hiciera. Nunca asumas nada, oficial -la aleccionó Eve-. Es la primera norma. Llama al equipo de recogida de pruebas. Podemos dejar el cadáver en manos del forense, de momento he terminado con él. -Retrocedió con las manos enguantadas goteando sangre-. Quiero que tomes declaración a los dos agentes que respondieron a la llamada mientras yo hablo con Foxx.

Echó un vistazo al cadáver y meneó la cabeza.

– Así es como te miraba en el tribunal cuando creía tenerte atrapado. Hijo de perra. -Sin apartar los ojos del cadáver, sacó una toallita para limpiarse la sangre, luego la guardó también en una bolsa-. Dile al forense que quiero el examen toxicológico ya.

Dejó a Peabody y siguió el reguero de sangre hasta el piso de abajo. Foxx había pasado a gimotear, casi atragantándose. El agente uniformado pareció ridículamente aliviado cuando Eve reapareció.

– Espera al forense y a mi ayudante fuera. Y da tu informe a la oficial Peabody. Hablaré ahora con el señor Foxx.

– Sí, teniente. -Y con un alivio casi impropio, el agente abandonó la habitación.

– Señor Foxx, soy la teniente Dallas. Mi más sentido pésame. -Eve pulsó el botón que corría las cortinas dejando entrar en la habitación una luz tenue-. Convendría que me explicara qué ha ocurrido aquí.

– Está muerto. -La voz de Foxx era ligeramente melodiosa y con acento. Encantadora-. Fitz está muerto. No sé cómo ha podido ocurrir. No sé cómo podré seguir viviendo.

Todos seguimos adelante, pensó Eve. No tenemos más remedio. Se sentó y puso la grabadora en la mesa.

– Señor Foxx, nos ayudaría a ambos que hablara conmigo ahora. Voy a informarle de sus derechos. Es sólo una formalidad.

Recitó el Miranda revisado mientras él dejaba de sollozar y clavaba en ella sus ojos hinchados e inyectados en sangre.

– ¿Cree que lo maté yo?

– Señor Foxx…

– Lo quería. Llevábamos doce años juntos. Era toda mi vida.

Pero conservas tu vida, pensó ella. Sólo que no lo has pensado.

– Entonces querrá ayudarme a hacer mi trabajo. Dígame qué ha ocurrido.

– Últimamente tenía problemas de insomnio. No le gusta tomar tranquilizantes. Suele leer, escuchar música, relajarse con un programa de realidad virtual o uno de sus juegos, lo que sea. El caso en que estaba trabajando lo tenía preocupado.

– El de Salvatori.

– Sí, creo que sí. -Foxx se secó los ojos con una húmeda y ensangrentada manga-. No hablamos de sus casos en profundidad. Está lo que se llama el secreto profesional, y yo no soy abogado, sino nutriólogo. Así es cómo nos conocimos. Fitz acudió a mí hace doce años para que le ayudara con su dieta. Nos hicimos amigos, luego amantes, y después simplemente seguimos juntos.

Ella precisaba toda esa información, pero de momento sólo le interesaban los hechos que conducían a ese último baño.

– ¿Dice que tenía problemas de insomnio?

– Así es. A menudo sufre de insomnio. Se entrega demasiado a sus clientes. Y éstos se aprovechan de su inteligencia. Estoy acostumbrado a que despierte en mitad de la noche y vaya a otra habitación a programar un juego o a dormitar delante de la pantalla de la televisión. A veces toma un baño caliente. -Foxx palideció-. Oh, Dios.

Se echó de nuevo a llorar, y las lágrimas le corrieron por las mejillas. Eve echó un vistazo alrededor y vio un pequeño androide en una esquina de la habitación.

– Un vaso de agua para el señor Foxx -ordenó, y el pequeño robot obedeció a toda prisa-. ¿Eso ocurrió? -continuó-. ¿Se levantó en mitad de la noche?

– Ni siquiera lo recuerdo. -Foxx levantó las manos y las dejó caer-. Yo duermo profundamente, nunca tengo insomnio. Nos habíamos acostado justo antes de medianoche, vimos las últimas noticias, tomamos un coñac. Yo suelo despertarme temprano.

– ¿A qué llama temprano?

– A las cinco, cinco y cuarto. A los dos nos gusta amanecer temprano, y tengo la costumbre de programar personalmente el desayuno. Vi que Fitz no estaba en la cama y supuse que había pasado mala noche y que lo encontraría en el piso de abajo o en una de las habitaciones libres. Entonces fui al baño y lo vi. Oh, Dios. Toda esa sangre. Fue como una pesadilla.

Se apretó la boca con sus temblorosas manos llenas de anillos.

– Corrí hacia él y le golpeé el pecho para reanimarlo. Supongo que perdí un poco la cabeza. Estaba muerto. Comprendí que estaba muerto, y sin embargo traté de sacarlo del agua, pero es un hombre muy corpulento y yo estaba temblando. Y mareado. -Se apretó el estómago-. Luego llamé una ambulancia…

– Sé que es difícil para usted, señor Foxx. Lamento hacerle pasar por esto ahora, pero es lo más sencillo.

– Estoy bien. -Foxx alargó la mano hacia el vaso de agua que le ofrecía el androide-. Prefiero quitármelo de encima cuanto antes.

– ¿Puede decirme en qué estado de ánimo estaba anoche? Ha dicho que andaba preocupado por un caso.

– Preocupado sí, pero no deprimido. Había un policía al que no lograba hacer temblar en el estrado y eso le indignaba. -Foxx tomó un sorbo de agua.

Eve decidió que era mejor no mencionar que ella era el policía que lo había indignado.

– Y tenía un par de casos pendientes cuya defensa estaba preparando. Como ve, tenía la mente demasiado llena de cosas para dormir.

– ¿Recibió o hizo alguna llamada?

– Ambas cosas. A menudo se traía trabajo a casa. Anoche pasó un par de horas en su despacho de arriba. Llegó a casa a eso de las cinco y media, y trabajó hasta cerca de las ocho. Entonces cenamos.

– ¿Mencionó algo que lo preocupara aparte del caso Salvatori?

– Su peso. -Foxx sonrió ligeramente-. Fitz odiaba engordar un kilo de más. Hablamos de intensificar el programa de gimnasia, y tal vez hacerle algún retoque quirúrgico cuando tuviera tiempo. Vimos una comedia en la pantalla del salón y nos fuimos a la cama, como ya le he dicho.

– ¿Discutieron?

– ¿Discutir?

– Tiene cardenales en el brazo, señor Foxx. ¿Se peleó con el señor Fitzhugh anoche?

– No. -Palideció aún más y le brillaron los ojos al borde de un nuevo estallido de llanto-. Nunca nos peleábamos físicamente. Por supuesto que discutíamos de vez en cuando, todo el mundo lo hace. Supongo que me hice los cardenales en la bañera, cuando traté de…

– ¿Tenía el señor Fitzhugh relaciones con alguien más aparte de usted?

Los ojos hinchados de Foxx se enfriaron.

– Si se refiere a si tenía otros amantes, no. Estábamos comprometidos.

– ¿De quién es este piso?

Foxx se puso rígido.

– Lo puso a nombre de ambos hace diez años. Era de Fitz.

Y ahora es tuyo, pensó Eve.

– Supongo que el señor Fitzhugh era un hombre adinerado. ¿Sabe quién va a heredarle?

– Aparte de alguna obra benéfica, yo. ¿Cree que lo maté por dinero? -preguntó con una nota de desprecio, antes que de horror-. ¿Con qué derecho viene a mi casa y me hace estas horribles preguntas?

– Necesito saber las respuestas, señor Foxx. Si no se las pregunto aquí, tendré que hacerlo en comisaría. Y creo que aquí es más fácil para usted. ¿El señor Fitzhugh coleccionaba cuchillos?

– No. -Foxx parpadeó, luego palideció-. Yo sí. Tengo una amplia colección de cuchillos antiguos. Registrados -se apresuró a añadir-. Todos debidamente registrados.

– ¿Posee un cuchillo de empuñadura de marfil, de hoja recta y unos quince centímetros de largo?

– Sí, es del siglo XIX, de Inglaterra. -A Foxx se le aceleró el pulso-. ¿Es lo que utilizó? ¿Utilizó uno de mis cuchillos…? No lo vi. Sólo le vi a él. ¿Utilizó uno de mis cuchillos?

– Me he llevado un cuchillo como prueba, señor Foxx. Lo analizaremos y le daré un recibo por él.

– No lo quiero. No quiero verlo. -Foxx ocultó el rostro entre las manos-. ¿Cómo pudo utilizar uno de mis cuchillos?

Rompió a llorar de nuevo. Eve oyó voces en la otra habitación; el equipo de recogida de pruebas había llegado.

– Me ocuparé de que un agente le traiga algo de ropa, señor Foxx -dijo poniéndose de pie-. Le ruego se quede aquí un poco más. ¿Hay alguien a quien desee que llame?

– No quiero a nadie. Ni nada.

– No me gusta, Peabody -murmuró Eve mientras bajaban a buscar el coche-. Fitzhugh se levanta en mitad de una noche corriente, coge un cuchillo de coleccionista y se prepara él mismo la bañera. Enciende unas velas, pone música y se abre las venas. Y sin ninguna razón en particular. Un hombre en la cumbre de su carrera, con un montón de dinero, residencias lujosas y clientes a destajo, y sencillamente se dice: Qué demonios, creo que voy a morir.

– No comprendo el suicidio. Supongo que porque no soy una persona de grandes altibajos.

Eve sí lo comprendía. Ella incluso había barajado brevemente la posibilidad durante los años que pasó en los orfanatos estatales, y antes, en los oscuros tiempos anteriores, cuando la muerte le había parecido una liberación del infierno en que vivía.

Por esa misma razón no podía creerlo de Fitzhugh.

– En este caso no hay una motivación, o al menos nada lo demuestra por el momento. Pero tenemos un amante que colecciona cuchillos y que va a heredar una considerable fortuna.

– ¿Estás pensando que tal vez Foxx lo mató? -Peabody reflexionó sobre ello al llegar al nivel del garaje-. Fitzhugh era mucho más corpulento que él. No habría podido hacerlo sin luchar, y no había señales de lucha.

– Las señales pueden borrarse. Tenía cardenales. Y si Fitzhugh estaba drogado, no podría haberse defendido demasiado. Veremos qué dice el informe toxicológico.

– ¿Por qué quieres que sea un homicidio?

– Sólo quiero que tenga sentido, y el suicidio no encaja. Es posible que Fitzhugh no pudiera dormir y se levantara. Alguien estuvo utilizando la sala de relajamiento. O así lo han hecho parecer.

– Nunca he visto nada semejante -musitó Peabody tratando de hacer memoria-. Todos esos aparatos en una sola sala. Y esa gran silla con todos esos mandos, la pantalla de pared, el servicio de bar, la estación de realidad virtual, la bañera alteradora del ánimo. ¿Has probado alguna vez esa bañera?

– Roarke tiene una, pero a mí no me gusta. Prefiero que mis estados de ánimo cambien de forma natural antes que programarlos. -Eve vio la figura sentada en el capó de su coche y silbó-. Como ahora, por ejemplo. Siento que mi humor está cambiando. Creo que estoy a punto de cabrearme.

– Bien, Dallas y Peabody, juntas otra vez. -Nadine Furst, la mejor reportera del canal 75, se bajó ágilmente del coche-. ¿Qué tal la luna de miel?

– Privada -replicó Eve.

– Eh, creía que éramos colegas. -Nadine le guiñó un ojo a Peabody.

– Te faltó tiempo para divulgar nuestra pequeña reunión, colega.

Nadine extendió sus bonitas manos.

– Que atrapes a un asesino y cierres un caso candente en tu propia despedida de soltera, a la que soy invitada, es noticia. La gente no sólo tiene derecho a saber, también disfruta con ello. El índice de audiencia se disparó vertiginosamente. Y fíjate ahora, acabas de volver y ya estás envuelta en otro asunto importante. ¿Qué me dices de Fitzhugh?

– Está muerto. Tengo trabajo, Nadine.

– Vamos, Eve. -Nadine le tiró de la manga-. Después de todo lo que hemos pasado juntas, dame algo con que entretenerme.

– Los clientes de Fitzhugh harán bien en empezar a buscar otro abogado. Es todo lo que voy a decirte.

– Vamos. ¿Accidente, homicidio o qué?

– Estamos investigando -replicó Eve cortante, descodificando la cerradura.

– ¿Peabody? -La oficial se limitó a sonreír y encogerse de hombros-. Vamos, Dallas, todo el mundo sabe que el fallecido y tú no os profesabais mucha devoción. El estribillo que se oía ayer tras la vista eran las palabras de él describiéndote como una policía con inclinación a la violencia.

– Es una lástima que no pueda seguir dándote a ti y a tus colegas frases pegadizas.

Eve cerraba la portezuela de un golpe, cuando Nadie introdujo la cabeza por la ventana.

– Dámela tú entonces.

– S. T. Fitzhugh está muerto. La policía está investigando. Apártate.

Eve puso en marcha el motor y salió bruscamente de la plaza, de modo que Nadie tuvo que echarse atrás.

Al oír a Peabody soltar una risita, le lanzó una mirada glacial.

– ¿Qué es tan divertido?

– Me gusta. -Peabody miró atrás y vio que Nadine le sonreía-. Y a ti también.

Eve contuvo la risa.

– Sobre gustos no hay nada escrito -respondió mientras salía a la lluvia de la mañana.

Todo había marchado sobre ruedas. Absolutamente sobre ruedas. Saber que eras tú quien movía las palancas te daba una excitante sensación de poder. Todos los informes de las distintas agencias eran debidamente cargados y archivados. Tales cuestiones requerían una minuciosa organización y aumentaban la pequeña pero cada vez más alta pila de discos de datos.

Era tan divertido que se sorprendió. La diversión no había sido el principal incentivo de la operación. Pero era una deliciosa consecuencia indirecta.

¿Quién sucumbiría a continuación?

Con sólo pulsar un botón, el rostro de Eve parpadeó en un monitor, y todos los datos relativos a ella aparecieron en la otra mitad de la pantalla. Una mujer fascinante. De lugar de nacimiento y padres desconocidos. La niña maltratada que había sido descubierta agazapada en un callejón de Dallas, Texas, con el cuerpo magullado y la mente en blanco. Una mujer que no recordaba los primeros años de su vida. Los años que le habían formado el alma. Los años en que había sido golpeada, violada y atormentada.

¿Cómo afectaba esta clase de vida a la mente? ¿Al corazón? ¿A la persona en sí?

Había hecho de ella primero una asistenta social, hasta convertirla en Eve Dallas, la mujer policía. La policía con fama de investigar a fondo, que el invierno anterior se había ganado cierta mala reputación en la investigación de un caso delicado y espinoso.

Entonces fue cuando conoció a Roarke.

El ordenador zumbó, y el rostro de Roarke apareció en otra parte de la pantalla. Una pareja intrigante. Los orígenes de él no eran mejores que los de ella. Pero él había escogido, al menos al principio, el otro lado de la ley para dejar su impronta y hacer su fortuna.

Ahora formaban un equipo. Un equipo que podía destruir a su antojo.

Pero todavía no. Aún no había llegado el momento. Después de todo, el juego acababa de empezar.

5

– No me lo trago -murmuró Eve mientras pedía los datos sobre Fitzhugh. Estudió su atractivo rostro cuando apareció en el monitor y meneó la cabeza-. Sencillamente no me lo trago -repitió.

Echó un vistazo a la fecha y lugar de nacimiento: nacido en Filadelfia en la última década del siglo anterior, casado con una tal Milicent Barrows de 2033 a 2036, divorciado, sin hijos.

Se trasladó a Nueva York el mismo año de su divorcio, empezó a ejercer de abogado criminalista, y por lo que Eve veía, nunca había mirado atrás.

– Ingresos anuales -pidió.

SUJETO FITZHUGH, INGRESOS ANUALES DEL PASADO EJERCICIO FISCAL: 2.700.000 DóLARES.

– Sanguijuela -murmuró-. Enumerar y detallar posibles detenciones.

BUSCANDO. NO TIENE ANTECEDENTES PENALES.

– De acuerdo, está limpio. ¿Qué me dices de esto? Enumerar todas las demandas civiles presentadas contra el individuo.

Esta vez dio en el blanco. Obtuvo una breve lista de nombres y ordenó una impresión. A continuación pidió una lista de los casos que Fitzhugh había perdido en los últimos diez años y anotó los nombres que coincidían con las demandas presentadas contra él, lo que le hizo suspirar. Era el típico pleito de los tiempos en que vivían: si tu abogado no te libraba de la cárcel, lo demandabas. Eso hacía tambalear su optimista teoría de que se trataba de un chantaje.

– De acuerdo, tal vez estamos yendo en una dirección equivocada. Siguiente sujeto, Foxx, Arthur, residencia 5002 de la avenida Madison, Nueva York.

BUSCANDO.

El ordenador tuvo problemas y emitió un pitido, y Eve le dio una palmada para hacerlo reaccionar. No se molestó en maldecir los recortes presupuestarios.

Foxx apareció en la pantalla temblando ligeramente hasta que Eve dio otra palmada a la unidad. Resultaba más atractivo cuando sonreía. Era quince años más joven que Fitzhugh, había nacido en East Washington, hijo de dos militares profesionales, y vivido en distintas partes del planeta hasta establecerse en Nueva York en el 2042 e incorporarse a la organización Nutrición de por Vida en calidad de nutriólogo.

Sus ingresos anuales alcanzaban justo las seis cifras. En el expediente no aparecía ningún matrimonio, sino la misma relación legalizada que mantenía con Fitzhugh y con otros miembros de su mismo sexo.

– Enumerar y detallar posibles detenciones.

La máquina gruñó como si estuviera cansada de responder preguntas, pero la lista apareció. Una alteración del orden público, dos agresiones sexuales y un altercado.

– Bueno, por fin llegamos a alguna parte. De ambos sujetos, enumerar y detallar las consultas psiquiátricas.

No había ninguna en lo que respectaba a Fitzhugh, pero volvió a dar en el clavo con Foxx. Con un gruñido ordenó una impresión, y levantó la vista al oír entrar a Peabody.

– ¿El informe del forense o el toxicológico?

– El del forense todavía no está, pero tengo el toxicológico. -Peabody le entregó un disco-. Alcohol de baja graduación identificado como coñac parisino de 2045. Ni siquiera suficiente para debilitar. No hay rastro de otras drogas.

– Mierda. -Eve se había hecho ilusiones-. Es posible que aquí haya algo. Nuestro Foxx pasó gran parte de su infancia en el diván de un terapeuta. Ingresó por su propio pie en la clínica Delry por un mes hace unos dos años. Y ha estado en la cárcel. No mucho tiempo, pero algo. Tres meses encerrado por violencia. Y tuvo que llevar durante medio año el brazalete de libertad condicional. Nuestro muchacho tiene cierta tendencia a la violencia.

Peabody frunció el ceño mientras estudiaba los datos.

– De familia militar. A menudo siguen oponiéndose a la homosexualidad. Apuesto a que trataron de lavarle el coco para volverlo heterosexual.

– Es posible, pero ha tenido problemas de salud mental y tiene antecedentes penales. Todavía está por ver qué descubren los agentes cuando interroguen a los vecinos. Y hemos de hablar con los socios del bufete de Fitzhugh.

– No te tragas lo del suicidio.

– Lo conocía. Era arrogante, pedante, petulante y presumido. -Eve meneó la cabeza-. Los hombres presumidos y arrogantes no deciden que los encuentren desnudos en la bañera, nadando en su propia sangre.

– Era un hombre brillante.

Leanore Bastwick se hallaba sentada en su butaca de cuero hecha de encargo en una de las oficinas de paredes de cristal de Fitzhugh, Bastwick y Stern. Su escritorio era como una piscina de cristal, inmaculada y brillante. En armonía con su belleza glacial y asombrosamente rubia, pensó Eve.

– Era un amigo generoso -añadió Leanore doblando sus manos perfectamente arregladas sobre el borde del escritorio-. Todos estamos conmocionados, teniente.

Costaba imaginar alguna conmoción en la pulida superficie de aquel bufete. Los numerosos rascacielos de Nueva York se alzaban destellantes a espaldas de Leanore, dando la sensación de que dominaba la ciudad. Un rosa pálido y un gris suave se sumaban al colorido elegante y apagado de una oficina tan meticulosamente decorada como la mujer que la ocupaba.

– ¿Se le ocurre alguna razón por la que Fitzhugh quisiera quitarse la vida?

– Absolutamente ninguna. -Leanore mantuvo las manos firmes a la altura de los ojos-. Amaba la vida. Su vida, su trabajo. Disfrutaba de cada minuto del día como no he conocido a nadie. No tengo ni idea de por qué decidió ponerle fin.

– ¿Cuándo lo vio o habló con él por última vez?

Vaciló. Eve casi vio los engranajes en funcionamiento tras esos ojos de pobladas pestañas.

– Si le soy sincera, lo vi un rato anoche. Pasé por su casa para dejarle un expediente y discutir un caso. La discusión es, por supuesto, confidencial. -Curvó sus brillantes labios-. Pero puedo decir que se mostró tan entusiasta como siempre, y aguardaba impaciente batirse en duelo con usted en la sala de tribunales.

– ¿En duelo?

– Así es como llamaba Fitz a la contrainterrogación de los expertos y testigos policías. -La abogada esbozó una sonrisa-. Para él era una competición de ingenio y coraje. Un juego de profesionales para un jugador innato como él. No creo que nada le proporcionara tanta satisfacción como acudir a los tribunales.

– ¿A qué hora pasó anoche a dejar el expediente?

– A eso de las diez. Sí, creo que eran las diez. Había trabajado hasta tarde y me detuve al regresar a casa.

– ¿Era corriente que pasara a verlo de vuelta a casa, señorita Bastwick?

– No era raro. Después de todo éramos socios profesionales y nuestros casos a veces estaban relacionados.

– ¿Eso era todo? ¿Sólo socios?

– ¿Cree, teniente, que porque un hombre y una mujer son físicamente atractivos y tienen una relación amistosa no pueden trabajar juntos sin que haya conflicto sexual?

– Yo no creo nada. ¿Cuánto tiempo se quedó… discutiendo su caso?

– Veinte minutos, media hora. No lo controlé. Estaba bien cuando lo dejé, eso sí se lo digo.

– ¿Había algo que le preocupara particularmente?

– Le tenía un poco preocupado el asunto Salvatori… y otros. Nada fuera de lo corriente. Era un hombre seguro de sí mismo.

– ¿Y fuera del trabajo, en su vida privada?

– Era reservado.

– Pero usted conoce a Arthur Foxx.

– Por supuesto. En el bufete nos preocupamos por conocer y tratar al menos superficialmente a las parejas de los socios y colaboradores. Arthur y Fitz estaban muy unidos.

– ¿No… discutían?

Leanore arqueó una ceja.

– ¿Cómo voy a saberlo?

Seguro que sí, pensó Eve.

– Usted y el señor Fitzhugh eran socios, tenían una estrecha relación profesional y al parecer personal. De vez en cuando debía de hablar de su vida en pareja con usted.

– Él y Arthur eran muy felices. -Leanore reveló la primera señal de irritación al golpear con suavidad una uña de color coral contra el borde del cristal-. Incluso las parejas felices discuten de vez en cuando. Imagino que usted discute de vez en cuando con su marido.

– Pero mi marido no me ha encontrado recientemente muerta en la bañera -replicó Eve sin alterarse-. ¿Sobre qué discutían Foxx y Fitzhugh?

Leanore resopló. Se levantó, pulsó un código en el AutoChef y obtuvo una humeante taza de café. No ofreció nada a Eve.

– Arthur sufría depresiones periódicas. No es el hombre más seguro de sí mismo. Solía tener celos, lo que exasperaba a Fitz. -Frunció el ceño-. Probablemente sabrá que Fitz estuvo casado antes. Su bisexualidad era algo así como un problema para Arthur, y cuando estaba deprimido solía preocuparse por los hombres y mujeres con que Fitz tenía contacto a través de su trabajo. Raras veces discutían, pero cuando lo hacían, solía ser por los celos de Arthur.

– ¿Y tenía motivos para estar celoso?

– Que yo sepa, Fitz le era totalmente fiel. No siempre es una elección fácil, teniente, siendo objeto de la atención pública como era, y dado su estilo de vida. Incluso hoy, hay quienes se sienten… incómodos, por así decirlo, ante las preferencias sexuales menos tradicionales. Pero Fitz no daba a Arthur motivos para estar insatisfecho.

– Y sin embargo lo estaba. Gracias -concluyó Eve levantándose-. Ha sido de gran ayuda.

– Teniente -dijo Leanore cuando Eve y la silenciosa Peabody se encaminaron a la puerta-, si creyera por un instante que Arthur Foxx tuvo algo que ver… -Se interrumpió y respiró hondo-. No; es sencillamente impensable.

– ¿Menos impensable que creer que Fitzhugh se abrió las venas y se dejó morir desangrado? -Eve la miró antes de abandonar la oficina.

Peabody esperó hasta que salieron al pasillo aéreo que rodeaba el edificio para comentar:

– Aún no he decidido si plantabas semillas o escarbabas en busca de gusanos.

– Ambas cosas. -Eve miró por la pared de cristal del pasillo. Vio el edificio de oficinas de Roarke, alzándose alto y de ébano pulido entre los demás. Al menos no tenía nada que ver con ese caso. No tenía por qué preocuparse de desenterrar algo que había hecho él o alguien que él conocía demasiado bien-. Esa mujer conocía tanto a la víctima como al sospechoso. Y Foxx no mencionó que ella hubiera pasado para discutir un asunto entrada la noche.

– Así que Foxx ha pasado de testigo a sospechoso.

Eve observó a un hombre con una túnica entallada pasar por su lado en aerodeslizador hablando malhumorado por telenexo.

– Hasta que no tengamos pruebas concluyentes de que fue un suicidio, Foxx es el principal… cielos, el único sospechoso. Tenía medios: el cuchillo era suyo. Y tuvo oportunidad: estaban solos en el apartamento. Además tenía un móvil: el dinero. Ahora sabemos que sufre depresiones, tiene antecedentes violentos y es celoso.

– ¿Puedo preguntarte algo? -Peabody esperó a que Eve asintiera-. No te gustaba Fitzhugh, ni en el plano profesional ni como persona, ¿verdad?

– No lo soportaba. ¿Y qué más da? -Eve abandonó el pasillo aéreo y salió a la calle donde había tenido la suerte de encontrar aparcamiento. Divisó un carrito aerodeslizante que vendía salchichas de soja y patatas humeantes, y se encaminó a él abriéndose paso a través de la multitud-. ¿Por qué crees que tiene que gustarme el cadáver? Déme un par de salchichas y una ración de patatas. Y dos tubos de Pepsi.

– Para mí todo de régimen -pidió Peabody poniendo los ojos en blanco frente a la larga y esbelta figura de Eve-. Las hay que tenemos que preocuparnos por el peso.

– Aquí tiene, salchicha y Pepsi de régimen. -La dueña del carrito llevaba en el centro del labio superior un deslucido pendiente de la zona del canal de Panamá y un tatuaje del mapa del metro en la pechera. La línea A giraba y desaparecía bajo la gasa suelta que le cubría los senos-. Y aquí salchicha normal, Pepsi y patatas calientes. ¿Pagará en efectivo?

Eve pasó a Peabody la caja de cartón que contenía la comida y se palpó los bolsillos.

– ¿Qué le debo?

La mujer pulsó con una mugrienta uña violeta una tecla de la consola y ésta emitió un pitido.

– Veinticinco.

– Mierda. Ni has respirado que ya han subido de precio. -Entregó unos créditos a la mujer y cogió un par de servilletas de papel.

Retrocedió y se dejó caer en el banco que rodeaba la fuente de delante del edificio de los tribunales. El pordiosero sentado a su lado la miró esperanzado. Eve le mostró la placa, y él sonrió y le mostró la licencia de mendigo que le colgaba del cuello.

Resignada, Eve le dio cinco créditos.

– Vete a dar la lata a otra parte o comprobaré si esa licencia está al día.

Él respondió algo poco halagador, pero se guardó los créditos en el bolsillo y se marchó, dejando sitio a Peabody.

– A Leanore no le gusta Arthur Foxx.

Peabody masticó un bocado animosamente. Las salchichas de régimen siempre tenían grumos.

– ¿Tú crees?

– Una abogada de clase alta no tiene por qué dar tantas respuestas a menos que le interese. Nos ha llenado la cabeza con que Foxx era celoso, que discutían. -Eve le tendió la papelina de patatas grasientas. Tras una breve lucha interior, Peabody introdujo la mano-. Quería que tuviéramos esos datos.

– Sigue sin ser gran cosa. No hay nada en los datos que tenemos sobre Fitzhugh que implique a Foxx. Ni en su agenda, ni en el listín de su telenexo. Ninguno de los datos que he revisado señala a nadie. Claro que tampoco hay nada que indique una tendencia suicida.

Pensativa, Eve bebió su Pepsi contemplando la ciudad de Nueva York con todo su ruido y sudor.

– Tendremos que hablar de nuevo con Foxx. Esta tarde vuelvo a tener una vista. Quiero que regreses a la central, recojas los informes del vecindario y no pares hasta que el forense te entregue la autopsia final. No sé qué problema hay, pero quiero los resultados antes de que termine el turno. Saldré del tribunal a eso de las tres. Echaremos otro vistazo al apartamento de Fitzhugh y veremos por qué Foxx omitió la breve visita de Bastwick.

Peabody hizo malabarismos con la comida mientras anotaba en su agenda sus obligaciones.

– Lo que te he preguntado antes acerca de que no te gustaba Fitzhugh. Sólo me preguntaba lo duro que debía ser tener que seguir todas las formalidades cuando guardas rencor al tipo en cuestión.

– Los polis no tienen sentimientos -repuso Eve. Luego suspiró y añadió-: Mierda. Te olvidas de los sentimientos y cumples con tu deber. En eso consiste este trabajo. Y si crees que un hombre como Fitzhugh merece acabar sus días nadando en su propia sangre, eso no significa que no vayas a hacer todo lo posible para averiguar cómo llegó allí.

Peabody asintió.

– Otros policías se limitarían a cerrar el caso como suicidio.

– Yo no soy una policía cualquiera, y tú tampoco, Peabody.

Eve miró por encima del hombro, ligeramente interesada en la explosión producida por dos taxis al chocar. Los peatones y los coches de la calle apenas si prestaron atención mientras el humo se elevaba y los dos conductores bajaban furiosos de sus vehículos destrozados.

Terminó su almuerzo mientras los dos hombres se daban empujones e intercambiaban imaginativas obscenidades. Ella supuso que de eso se trataba, ya que hablaban otro idioma. Levantó la vista, pero no vio ningún helicóptero de tráfico. Con una sonrisa, arrugó la caja de cartón, aplastó el tubo vacío y se los pasó a Peabody.

– Tíralos al reciclador, ¿quieres? Luego vuelve y ayúdame a separar a esos dos idiotas.

– Uno de ellos acaba de sacar un bate. ¿Pido refuerzos?

– No. -Eve se frotó las manos mientras se levantaba-. Puedo arreglármelas.

Le seguía doliendo el hombro cuando salió del tribunal un par de horas más tarde. A esas alturas ya debían de haber soltado a los taxistas, cosa que no iba a ocurrir a la asesina contra la que acababa de testificar, pensó Eve con satisfacción. La tendrían encerrada los próximos cincuenta años como mínimo.

Eve movió el hombro magullado. El taxista no había querido golpearla a ella, sino partir la cabeza de su contrincante, pero ella se había puesto en medio. Sin embargo, no le importaría que les retiraran a los dos los permisos de conducir durante tres meses.

Se subió al coche y, a fin de no forzar el hombro, lo puso en automático en dirección a la comisaría. Por encima de su cabeza, un tranvía turístico soltaba la clásica perorata sobre las balanzas de la justicia.

Bueno, a veces se equilibran, pensó Eve. Aunque sea por poco tiempo. Sonó el telenexo.

– Dallas.

– Soy el doctor Morris. -El forense tenía unos ojos de lince de párpados pesados y un color verde intenso, la barbilla cuadrada y con barba de varios días, y una melena lacia y brillante azabache peinada hacia atrás. A Eve le gustaba, y aunque a menudo le exasperaba su lentitud, valoraba su meticulosidad.

– ¿Ha terminado el informe sobre Fitzhugh?

– Tengo un problema.

– No quiero problemas, sino el informe. ¿Puede enviármelo al telenexo de mi oficina? Voy para allí.

– No, teniente, va a venir para aquí. Tengo algo que enseñarle.

– No tengo tiempo para pasar por el depósito de cadáveres.

– Pues encuéntrelo -sugirió él, y cortó la transmisión.

Eve apretó los dientes. Los científicos eran tan desesperantes, pensó mientras redirigía su unidad.

Desde fuera, el depósito de cadáveres municipal de Lower Manhattan se parecía a una de las colmenas de oficinas que lo rodeaban. Formaba un conjunto armonioso con su entorno, y ése debió de ser el motivo de que volvieran a diseñarlo. A nadie le gustaba pensar en la muerte, o que ésta te quitara el apetito al salir del trabajo a la hora del almuerzo para tomar algo en el bar de la esquina. Las imágenes de cuerpos etiquetados y enfundados en bolsas sobre las mesas de autopsia refrigeradas solían quitar las ganas de probar la ensalada de pasta.

Eve recordaba la primera vez que había cruzado las puertas de acero negras de la parte trasera del edificio. Era una principiante uniformada que se codeaba con otras dos docenas de principiantes uniformados. A diferencia de varios de sus compañeros, ella ya había visto la muerte de cerca, pero nunca expuesta, diseccionada y analizada.

Sobre uno de los laboratorios de autopsias había una galería y desde allí los estudiantes, principiantes, periodistas o novelistas, con los permisos pertinentes, podían presenciar en directo las intrincadas artes de la medicina forense.

En cada asiento un monitor ofrecía primeros planos a quienes tenían estómago para verlos.

La mayoría no volvía a hacer una segunda visita. Y muchos no se podían tener en pie al salir.

Eve había salido por sus propios medios y desde entonces había vuelto incontables veces, pero no aguardaba con impaciencia esas visitas.

El blanco esta vez no era la sala de operaciones conocida como el Teatro, sino el laboratorio C, donde Morris realizaba la mayor parte de su trabajo. Eve recorrió el corredor de azulejos blancos y suelo verde manzana. Desde allí se podía oler la muerte. No importaba qué utilizaran para erradicarlo, el olor se colaba a través de los resquicios y puertas, e impregnaba el aire como un inquietante recordatorio de nuestra condición de mortales.

La medicina había erradicado plagas y un montón de enfermedades y dolencias, y ampliado las esperanzas de vida hasta una media de ciento cincuenta años. Y la tecnología de la cirugía estética había asegurado que el ser humano se mantuviera atractivo durante ese siglo y medio.

Podías vivir sin arrugas, sin las manchas causadas por la edad, sin achaques, dolores y huesos que se desintegraban. Pero aun así, tarde o temprano morirías.

Para muchos de los que acudían allí, ese día estaba próximo.

Se detuvo delante de la puerta del laboratorio C, acercó su placa a la cámara de seguridad, y pronunció su nombre y número de identidad en dirección al altavoz. Tras apoyar la mano en el lector de palmas la puerta se abrió.

Era una pequeña y deprimente sala sin ventantas, atestada de instrumentos y llena del zumbido de los ordenadores. Algunos de los instrumentos colocados ordenadamente en los mostradores como en una bandeja de cirujano eran lo bastantes primitivos para hacer estremecer al menos débil: sierras, láseres, relucientes escalpelos, mangueras.

En el centro de la habitación había una mesa con canalones para recoger los fluidos y guardarlos en contenedores herméticos y esterilizados que serían analizados más adelante. Tendido en la mesa estaba Fitzhugh, desnudo y exhibiendo las cicatrices de los recientes cortes en forma de Y.

Morris se hallaba sentado en un taburete giratorio delante de un monitor, con la cara muy próxima a la pantalla. Llevaba una bata blanca que le llegaba hasta el suelo. Era una de sus pocas extravagancias, esa bata que ondeaba y se arremolinaba como la capa de un salteador de caminos al recorrer los pasillos. Llevaba su cabello lacio y brillante pulcramente recogido en una larga coleta.

Eve sabía, dado que la había llamado personalmente en lugar de pasarla con uno de sus técnicos, que se trataba de algo inusual.

– ¿Doctor Morris?

– Hummm, teniente -respondió él sin volverse-. Nunca he visto nada parecido en los treinta años que llevo explorando a los muertos. -Se volvió con una revuelo de su bata blanca. Debajo llevaba unos pantalones estrechos y una camiseta de colores llamativos-. Tiene buen aspecto, teniente.

Le dedicó una de sus breves y encantadoras sonrisas, y ella curvó los labios en respuesta.

– Usted también tiene buen aspecto. Se ha quitado la barba.

Él se llevó la mano a lá barbilla y se la frotó. Hasta entonces había llevado una pulcra perilla.

– No me sentaba bien. Pero detesto afeitarme. ¿Qué tal la luna de miel?

Ella se metió las manos en los bolsillos.

– Bien. Tengo mil cosas que hacer, Morris. ¿Qué tiene que enseñarme que no puede hacerlo en pantalla?

– Ciertas cosas requieren atención personal. -Morris acercó el taburete a la mesa de autopsias hasta detenerse con un ligero chirrido de ruedas junto a la cabeza de Fitzhugh-. ¿Qué ve?

Ella bajó la vista.

– Un fiambre.

Morris asintió, aparentemente satisfecho.

– Lo que definiríamos como un cadáver normal y corriente a causa de una pérdida excesiva de sangre, posiblemente autoinfligida.

– ¿Posiblemente?

– A simple vista el suicidio es la conclusión lógica. En su organismo no había drogas, muy poco alcohol, no presenta heridas ni contusiones ofensivas o defensivas, la cantidad de sangre conservada en sus venas coincide con su posición en la bañera, de modo que no se ahogó, y el ángulo de las heridas de las muñecas… -Se acercó, cogió una de las manos pulcramente manicuradas de Fitzhugh por la muñeca, donde los cortes recordaban un lenguage antiguo e intrincado-. También concuerdan con la hipótesis de suicidio: un hombre diestro, ligeramente reclinado. -Hizo una demostración, sosteniendo un cuchillo imaginario-. Se hizo unos cortes muy rápidos y precisos en la muñeca, rajándose la arteria.

Aunque ella ya había examinado las heridas en fotografías, se acercó aún más y volvió a hacerlo.

– ¿Por qué no pudo venir alguien por detrás, inclinarse y abrirle las venas desde el mismo ángulo?

– No es totalmente descartable, pero si ése fuera el caso, esperaría encontrar más heridas defensivas. Si alguien te golpea en la bañera y te corta las venas, tiendes a enfadarte y a oponer resistencia. -Sonrió radiante-. No creo que te recuestes en la bañera para morir desangrado.

– De modo que se inclina por el suicidio.

– No tan deprisa. Estuve a punto… -Se mordió el labio inferior-. Pero he realizado el escáner cerebral exigido cuando se trata o sospecha de un suicidio. Y eso me tiene intrigado.

Acercó el taburete a la terminal de trabajo y le hizo un gesto por encima del hombro para que lo imitara.

– Este es el cerebro -explicó, dando unos golpecitos al órgano que flotaba en un líquido claro y estaba conectado a unos finos cables metálicos que salían de la unidad central del ordenador-. No es normal.

– ¿Hay lesiones en el cerebro?

– Lesiones… En fin, me parece una palabra excesiva para lo que he descubierto. Fíjese aquí, en la pantalla. -Se volvió en el taburete y pulsó varias teclas, y apareció un primer plano del cerebro de Fitzhugh-. De nuevo, a primera vista, es tal como esperamos. Pero si mostramos un corte transversal… -De nuevo pulsó unas teclas y el cerebro se dividió en dos-. Ocurren tantas cosas en esta pequeña masa -murmuró Morris-. Pensamientos, ideas, música, deseos, poesía, ira, odio. La gente habla del corazón, teniente, pero es el cerebro el que contiene toda la magia y el misterio de la especie humana. Nos eleva, nos diferencia y define como individuos. Y los secretos que encierra, bueno, no sabemos si algún día los descubriremos. Fíjese aquí.

Eve se acercó más, tratando de ver lo que él le señalaba con el dedo.

– Sólo veo un cerebro. Poco atractivo pero necesario.

– No se preocupe, a mí también casi me pasó inadvertido. En esta imagen… -continuó mientras en el monitor se sucedían colores y formas- el tejido aparece en tonos azules, de pálidos a oscuros, y el hueso en blanco. Los vasos sanguíneos en rojos. Como puede ver, no hay cóagulos o tumores que indiquen desórdenes neurológicos en ciernes. Ampliar cuadrante B, secciones de la treinta y cinco a la cuarenta, treinta por ciento.

La pantalla vibró y se amplió una sección de la imagen. Eve se inclinó.

– ¿Qué es eso? Parece… ¿qué? ¿Una mancha?

– ¿Verdad? -El médico volvía a sonreír sin apartar los ojos de la pantalla, donde una débil sombra no mayor que un excremento de mosca manchaba el cerebro-. Es casi como una huella dactilar de un niño. Pero cuando vuelves a ampliarlo… -y así lo hizo con unas breves órdenes- parece más bien una quemadura diminuta.

– ¿Cómo es posible hacerse una quemadura dentro del cerebro?

– Exacto. -Visiblemente fascinado, Morris se volvió hacia el cerebro en cuestión-. Nunca he visto nada que se parezca a este diminuto agujerito. No fue causado por un derrame cerebral, ni por un leve ataque de apoplejía, ni por un aneurisma cardíaco. He ejecutado todos los programas de imágenes del cerebro y no he logrado encontrar ninguna causa neurológica que lo explique.

– Pero está allí.

– Así es. Podría no ser nada, o no ser más que un minúsculo defecto que le causaba las vagas jaquecas o mareos de vez en cuando. Sin duda no era letal, pero es curioso. He pedido todos los historiales médicos de Fitzhugh para ver si hay algún análisis o datos sobre esta quemadura.

– ¿Podría haberle causado depresión o ansiedad?

– No lo sé. Afecta el lóbulo frontal del hemisferio derecho del cerebro. Según la opinión médica actual, ciertos aspectos de la personalidad están localizados en esta zona específica del cerebro. Y esto está en la sección del cerebro que actualmente se cree que recibe y pone en práctica sugerencias e ideas. -Alzó los hombros-. Sin embargo, no podemos demostrar que este defecto haya contribuido a causar la muerte. El hecho es que estoy tan confundido como fascinado. No voy a abandonar el caso hasta encontrar algunas respuestas.

Una quemadura en el cerebro, se dijo Eve al descodificar las cerraduras del apartamento de Fitzhugh. Había ido sola en busca de silencio y soledad para pensar con claridad. Hasta que no resolviera el caso Foxx viviría en otra parte.

Volvió a subir por las escaleras y examinó de nuevo el espeluznante cuarto de baño.

Una quemadura en el cerebro. Las drogas parecían la respuesta más lógica. El hecho de que no hubieran aparecido en el análisis toxicológico podía deberse a que se trataba de un nuevo tipo de droga aún no registrada.

Entró en la sala de recreo. No había nada allí aparte de los caros juguetes de un hombre rico que disfrutaba de su tiempo libre.

Tenía insomnio, recordó Eve. Entraba para relajarse y se tomaba un coñac. Se echaba en la tumbona y veía algo en la pantalla. Apretó los labios al coger las gafas de realidad virtual que se hallaban junto a la silla. Hacía un rápido viaje, pensó. Pero no le gustaba utilizar la sala para eso y aquí simplemente se espatarraba.

Intrigada, se puso las gafas y pidió la última escena visualizada. Se encontró en un bote blanco que navegaba por un río verde. Los pájaros volaban alto, un pez de color plateado salió a la superficie y volvió a sumergirse. En las orillas había flores silvestres y árboles altos y tupidos. Se sentía flotar, y dejó que una mano se sumergiera en el agua y dejara una silenciosa estela. Casi era el atardecer, y el cielo estaba adquiriendo un tono rosado y púrpura hacia el oeste. Oía el débil zumbido de las abejas, el alegre chirrido de los grillos. El bote se mecía como una cuna.

Conteniendo un bostezo, se quitó las gafas. Una escena inofensiva y sedante, concluyó. Nada que pudiera despertarte un deseo repentino de abrirte las venas. Pero el agua podría haberle suscitado el deseo de tomar un baño caliente, así que había tomado uno. Y si Foxx había entrado a hurtadillas, si había sido lo bastante sigiloso y rápido, podría haberlo hecho él.

Era todo lo que tenía, decidió Eve. Y sacó su comunicador para ordenar un segundo interrogatorio a Arthur Foxx.

6

Eve examinó los informes de las visitas que los agentes habían realizado en el vecindario. La mayoría era lo que esperaba. Fitzhugh y Foxx eran muy reservados; pero afables con los vecinos del edificio. Sin embargo se aferró a la declaración del androide con funciones de portero de que Foxx había abandonado el edificio a las diez y media de la noche para regresar a las once.

– No dijo nada, ¿verdad, Peabody? No dijo una palabra de que había hecho una pequeña excursión por su cuenta aquella noche.

– No, no lo mencionó.

– ¿Tenemos ya los discos de las cámaras de seguridad del vestíbulo y el ascensor?

– Las he cargado yo misma. Las tienes en tu terminal bajo Fitzhugh 1051.

– Veamos qué encontramos. -Eve encendió el ordenador y se recostó en la silla.

Peabody estudió la pantalla por encima de su hombro y resistió el impulso de comentar que ninguna de las dos estaba de servicio. Después de todo, era emocionante trabajar codo con codo con la mejor detective de homicidios de la central. Dallas se habría mofado de ella, pensó Peabody, pero era cierto. Llevaba años siguiendo la carrera de Eve Dallas, y no había nadie a quien admirara o deseara emular más.

Lo más asombroso para Peabody había sido que, sin saber cómo, en el curso de unos meses también habían trabado amistad.

– Detener imagen. -Eve se irguió al tiempo que la transmisión se congelaba. Examinó a la rubia con clase que entraba en el edificio a las diez y cuarto-. Bien, bien, aquí tenemos a nuestra Leanore, dejándose caer por allí.

– Sabía la hora con exactitud. Las diez y cuarto.

– En punto. -Eve se pasó la lengua por los dientes-. ¿Qué te parece, Peabody? ¿Negocios o placer?

– Bueno, va vestida para hablar de negocios. -Peabody ladeó la cabeza y se dejó corroer por la envidia al observar el maravilloso traje de tres piezas de Leanore-. Lleva un maletín.

– Un maletín… y una botella de vino. Aumentar cuadrante D. Una botella de vino muy cara -murmuró Eve cuando la imagen vibró y se distinguió la etiqueta-. Roarke tiene varias de ésas en la bodega. Creo que están por los doscientos.

– ¿Una botella? Uau.

– Una copa -corrigió Eve, divertida al ver a Peabody abrir ojos como platos-. Algo no encaja. Volver al tamaño y velocidad normales, y pasar a la cámara del ascensor. Hmmm. Sí, se está acicalando -murmuró al ver a Leanore sacar una polvera dorada del maletín repujado, empolvarse la nariz y retocarse el carmín de los labios mientras subía en el ascensor-. Y fíjate, acaba de desabrocharse los primeros botones de la blusa.

– Preparándose para un hombre -apuntó Peabody. Cuando Eve la miró de reojo, se encogió de hombros y añadió-: Supongo.

– Yo también lo supongo. -Y juntas observaron a Leanore recorrer a grandes zancadas el vestíbulo de la planta 38 y entrar en el apartamento de Fitzhugh. Eve hizo avanzar el tiempo hasta que Foxx salió diez minutos más tarde-. No parece contento, ¿verdad?

– No. -Peabody entornó los ojos-. Más bien diría que está harto. -Arqueó las cejas cuando Foxx dio una patada malhumorado a la puerta del ascensor-. Muy harto.

Esperaron el desenlace del drama. Leanore salió veintidós minutos más tarde, con las mejillas coloradas y los ojos brillantes. Llamó al ascensor y se echó el bolso al hombro. Un poco más tarde Foxx regresó con un pequeño paquete.

– Ella no estuvo veinte o treinta minutos, sino más bien cuarenta y cinco. ¿Qué sucedió en ese apartamento aquella noche? -se preguntó Eve-. ¿Y qué trajo consigo Foxx? Ponte en contacto con el bufete. Quiero a Leanore aquí para interrogarla. Yo tendré a Foxx a las nueve y media. Tráela a la misma hora. Trabajaremos en equipo.

– ¿Quieres que la interrogue yo?

Eve apagó el ordenador y alzó los hombros.

– Es un buen comienzo. Nos reuniremos aquí a las ocho y media. No, mejor pasa por mi casa a las ocho. Eso nos dará más margen. -Echó un vistazo a su telenexo, que sonaba.

– Dallas -dijo.

– ¡Eh! -El brillante rostro de Mavis llenó la pantalla-. Esperaba pillarte antes de que salieras. ¿Qué tal va todo?

– Bastante bien. Estaba a punto de salir. ¿Qué ocurre?

– Entonces he sido muy oportuna. Súper. Escucha, estoy en el estudio de Jess y vamos a hacer una sesión. Leonardo también está aquí. Vamos a montar una fiesta, así que pásate.

– Mira, Mavis, he tenido un día agotador y sólo quiero…

– Vamos. -La voz de Mavis traslucía nervios, pero también entusiasmo-. Traeremos algo para comer, y Jess tiene aquí una cerveza increíble que se te sube a la cabeza en segundos. Dice que si conseguimos grabar algo decente esta noche, podremos empezar el lanzamiento. Me encantaría verte por aquí. Ya sabes, apoyo moral y demás. ¿No puedes pasarte un rato?

– Supongo que sí. -Maldita sea, no tengo carácter, pensó Eve, pero añadió-: Avisaré a Roarke de que llegaré tarde. Pero no podré quedarme mucho rato.

– Eh, ya le he dado un toque a Roarke.

– ¿Que has hecho qué?

– He hablado con él hace un momento. ¿Sabes, Dallas? Nunca había visto su oficina súper elegante. Parecía como que tenía a las Naciones Unidas o algo así allí reunidas, con todos esos tíos de otros países. Sensacional. En fin, me dejaron hablar con él por ser amiga tuya. -Mavis siguió gorjeando, sin hacer caso de los profundos suspiros de Eve-. Así que le dije qué se cocía y dijo que se pasaría por aquí después de esa reunión, cumbre o lo que fuera.

– Parece que todo está solucionado. -Eve vio cómo se desvanecía su fantasía de un jacuzzi, una copa de vino y un buen filete de carne.

– Esto es demasiado. Eh, ¿estoy viendo a Peabody? Eh, Peabody, vente tú también. Montaremos una fiesta. ¡Hasta ahora!

– Mavis, ¿dónde demonios estás? -preguntó Eve, antes de que ésta cortara la transmisión.

– Oh, ¿no te lo he dicho? El estudio está en la Oc tava B, a nivel de la calle. Llama a la puerta y alguien te dejará pasar. Tengo que irme -gritó en el instante en que sonaba algo que debía de ser música-. Ya están afinando los instrumentos. ¡Os veo!

Eve soltó un suspiró y, apartándose el cabello, miró a Peabody por encima del hombro.

– Bueno, ¿te apetece ir a una grabación para freírte los oídos, comer mala comida y emborracharte con pésima cerveza.

Peabody no lo pensó dos veces.

– La verdad, teniente, me encantaría.

Tuvieron que aporrear una puerta de acero gris que parecía haber sufrido el asalto de un ariete. La lluvia matinal había dado paso a un vapor que apestaba a gasolina y a las unidades de reciclaje que nunca parecían funcionar del todo bien en aquella parte de la ciudad.

Con más resignación que energía, Eve observó a dos drogadictos pasarse algo a la luz de una mugrienta farola. Ninguno de ellos hizo mucho más que parpadear al ver el uniforme de Peabody. Eve se volvió cuando uno de ellos esnifó una raya a menos de dos metros de distancia.

– Maldita sea, éste se ha pasado de listo. Arréstalo.

Resignada, Peabody se acercó a él. El drogadicto la miró, soltó una maldición y, tragándose el papel que había contenido los polvos, se dio media vuelta y echó a correr, pero resbaló en el suelo mojado y se estrelló contra la farola. Antes de que Peabody lo alcanzara, estaba tendido de espaldas en el suelo y sangraba profusamente por la nariz.

– Está fuera de combate -informó a Eve.

– Menudo imbécil. Llama a central. Que venga un coche patrulla y lo encierre. ¿Quieres el collar?

Peabody negó con la cabeza.

– No es necesario. El coche patrulla se encargará de él. -Sacó del bolsillo el comunicador e informó de la ubicación mientras regresaba junto a Eve-. El camello sigue al otro lado de la calle -comentó-. Lleva aerohélices, pero podría intentar atraparlo.

Eve entornó los ojos y observó al traficante cruzar como un rayo la calle con las hélices.

– ¡Eh, cabrón! ¿Has visto este uniforme? -gritó, señalando a Peabody con el pulgar-. Vete con tu negocio a otra parte o le ordenaré que ponga el arma en posición tres y te veremos meándote en los pantalones.

– ¡Hija de puta! -replicó él, pero se largó con sus hélices.

– Sabes cómo relacionarte con la comunidad, Dallas.

– Es un don. -Se volvió decidida a aporrear de nuevo la puerta, pero esta vez se encontró ante una mujer de enormes dimensiones. Medía casi dos metros y tenía unos hombros muy anchos que asomaban, llenos de músculos y tatuajes, bajo un chaleco de cuero. Debajo llevaba un ceñido mono rosa. Tenía en la nariz una anilla de cobre y el cabello cortado casi al rape en pequeños y brillantes rizos negros.

– Jodidos camellos -dijo con voz de cañón-. Están jodiendo al vecindario. ¿Eres tú la poli de Mavis?

– La misma, y he traído a mi poli.

La mujer examinó a Peabody de arriba abajo con sus ojos azules lechosos.

– Maciza. En fin, Mavis dice que eres una tía legal. Yo me llamo Big Mary.

Eve ladeó la cabeza.

– Y lo eres, desde luego.

Big Mary esperó unos segundos, luego su rostro del tamaño de la luna se dividió en una gran sonrisa.

– Venga, pasad. Jess está calentando motores. -A modo de bienvenida, cogió a Eve del brazo y la condujo por un corto pasillo-. Vamos, poli de Dallas.

– Peabody -corrigió la oficial con cautela, manteniéndose fuera del alcance de Big Mary.

– Es cierto, no eres mucho más grande que un guisante *

Riéndose de su propia broma, Big Mary las llevó a un ascensor acolchado y esperó a que la puerta se cerrara. Permanecieron apretujadas como sardinas en lata mientras Mary programaba la unidad para que las llevara al nivel uno.

– Jess dice que os lleve a control. ¿Tenéis dinero?

Era difícil mantener la dignidad con la nariz pegada a la axila de Mary.

– ¿Para qué?

– Para traer algo de comer. Tienes que poner algo si quieres comer.

– Me parece justo. ¿Ya ha llegado Roarke?

– No he visto a ningún Roarke. Mavis dice que no puedo dejar de verlo porque está como un tren.

La puerta acolchada se abrió y Eve suspiró. La voz potente y frenética de Mavis aullaba acompañada de un ruido ensordecedor.

– Está en plena forma.

Sólo el profundo afecto que sentía por Mavis le impidió regresar de un salto a la zona insonorizada.

– Eso parece.

– Os traeré algo para beber. Jess ha traído la cerveza.

Mary se alejó a grandes zancadas dejando a Eve y Peabody en una cabina de cristal semicircular situada a medio nivel por encima del estudio donde Mavis cantaba a pleno pulmón. Sonriendo, Eve se acercó al cristal para verla mejor.

Mavis se había recogido con una cinta de colores el cabello y éste le caía como una cascada púrpura. Vestía un peto, cuyos tirantes de cuero negro le cubrían el centro de sus senos desnudos, y el resto de la indumentaria era un deslumbrante calidoscopio que le empezaba en el estómago y terminaba justo en la entrepierna. Bailaba sobre un par de zuecos con tacones de diez centímetros.

Eve no dudó de que el diseñador del vestuario había sido el novio de Mavis. Lo divisó en una esquina del estudio, contemplando a ésta con una sonrisa radiante como un rayo de sol, vestido con un mono ceñido al cuerpo que le daba todo el aspecto de un elegante oso pardo.

– Menuda pareja -murmuró, y metió los pulgares en los bolsillos traseros de sus gastados vaqueros.

Volvió la cabeza para hablar con Peabody, pero advirtió que ésta dirigía su atención a la izquierda, y que su expresión era una combinación de asombro, admiración y lujuria.

Siguiendo la mirada fascinada de Peabody, Eve vio por primera vez a Jess Barrow. Era un hombre atractivo. Un cuadro en movimiento, con una melena larga y brillante de color roble, ojos casi plateados con gruesas pestañas, concentrado en los mandos de una sofisticada consola. Tenía la tez bronceada y sin ninguna imperfección, acentuada por unos pómulos redondeados y una robusta barbilla. Tenía la boca llena y firme, y las manos, que sobrevolaban los mandos, parecían hermosamente esculpidas en mármol.

– Sécate la baba, Peabody.

– Cielo santo. Está aún mejor en carne y hueso. ¿No te entran ganas de morderlo?

– No particularmente, pero no te reprimas. -Peabody se ruborizó. Era su superior, se recordó conteniéndose.

– Admiro su talento.

– Lo que admiras es su pecho, Peabody. No está nada mal, así que no te lo tomo en cuenta.

Big Mary regresó con dos botellas de un turbio líquido marrón.

– Jess consigue esta cerveza de su familia del sur. Es buena.

Dado que no tenía etiqueta ni marca, Eve se preparó para sacrificar unas capas de las paredes de su estómago, pero se quedó gratamente sorprendida cuando el líquido se deslizó suavemente por la garganta.

– Es muy buena, gracias.

– Si pones más podrás beber más. Se supone que tengo que bajar a esperar a Roarke. He oído decir que tiene pasta. ¿Cómo es que no llevas anillo tú que estás unida a un hombre rico?

Eve decidió no mencionar el diamante que llevaba debajo de la camisa.

– Mi ropa interior es de oro macizo. Me irrita un poco la piel, pero me hace sentir segura.

Tras un leve desconcierto, Mary soltó una carcajada y le dio unas palmaditas en la espalda lo bastante fuertes como para hacerle meter la cabeza en el vaso. Luego se alejó a grandes zancadas.

– Tendríamos que reclutarla -murmuró Eve-. Ella no necesitaría arma ni escudo.

La música llegó a un doloroso crescendo y se interrumpió de golpe. Mavis dejó escapar un chillido y se arrojó a los brazos abiertos de Leonardo.

– Has estado muy bien, encanto. -La voz de Jess brotó como la crema acumulada en el cuello de la botella y se quedó flotando con su acento sureño-. Tómate diez minutos y descansa esa preciosa garganta.

Mavis soltó otro chillido y saludó a Eve efusivamente con la mano.

– ¡Estás aquí, Dallas! ¿No es súper? Ahora mismo subo, no te muevas. -Echó a correr hacia la puerta con sus zuecos a la moda.

– Así que ésa es Dallas.

Jess se levantó de la consola. Tenía buena figura y la realzaba dentro de unos vaqueros tan gastados como los de Eve y una sencilla camisa de algodón que costaba la paga mensual de un policía. Llevaba en la oreja un pendiente de diamante que destelló al entrar en la cabina, y una cadena de oro alrededor de la muñeca que se movió con fluidez al extender una de sus hermosas manos.

– Mavis no para de contar historias de su poli.

– No para nunca. Es parte de su encanto.

– Así es. Me llamo Jess y me alegro de conocerte por fin. -Sin soltar la mano de Eve, se volvió hacia Peabody con una sonrisa cautivadora-. Y al parecer hoy tenemos dos polis por el precio de uno.

– Yo… soy un gran admiradora tuya. -Peabody logró vencer el balbuceo nervioso y añadió-: Tengo todos tus discos, en audio y vídeo. Y te he visto en concierto.

– Los aficionados a la música siempre son bienvenidos -repuso Jess, soltando la mano de Eve para estrecharle la suya-. ¿Qué tal si os enseño mi juguete predilecto? -sugirió, conduciéndola a la consola.

Antes de que Eve pudiera seguirlos, Mavis irrumpió en la cabina.

– ¿Qué te parece? ¿Te ha gustado? Lo escribí yo. Jess lo orquestó, pero lo escribí yo. Cree que podría ser un gran éxito.

– Estoy muy orgullosa de ti. Sonaba genial. -Eve le devolvió el entusiasmado abrazo y sonrió a Leonardo por encima de su hombro-. ¿Qué se siente estando unido a una leyenda musical en ciernes?

– Es maravillosa -respondió él, inclinándose para dar a Eve un apretón en el brazo-. Estás estupenda. Vi unas imágenes tuyas en las noticias exhibiendo muchos de mis diseños. Gracias.

– Yo soy la que te da las gracias -respondió Eve muy seria. Leonardo era un joven genio del diseño de moda-. Gracias a ti no parecía la prima andrajosa de Roarke.

– Tú nunca dejas de ser tú misma -le corrigió Leonardo, pero entornó los ojos y le pasó la mano por el cabello despeinado-. Necesitas hacer algo con tu pelo. Si no te lo cortas cada tantas semanas, pierde forma.

– Iba a cortármelo un poco, pero…

– No, no. -Sacudió la cabeza con solemnidad, pero le brillaban los ojos-. Ya han terminado los tiempos de hacerte tajos. Llama a Trina y pídele que te lo haga.

– Tendremos que volverla a arrastrar -intervino Mavis, sonriendo a todo-. No para de poner excusas y se recorta el flequillo con las tijeras de la cocina.- Soltó una risita al ver que Leonardo se estremecía-. Nos encargaremos de que Roarke la presione.

– Me encantaría. -Roarke salió del ascensor y fue derecho a Eve, le alzó el rostro y la besó-. ¿Para qué debo presionarte?

– Nada. Toma un trago. -Eve le pasó su botella.

En lugar de beber, Roarke besó a Mavis.

– Gracias por la invitación. Esto es todo un montaje.

– ¿No es genial? El sistema de sonido es de primera, y Jess hace toda clase de magia con la consola. Tiene seis millones de instrumentos programados dentro. También sabe tocarlos todos. Es capaz de todo. La noche que apareció en el club cambió mi vida. Fue como un milagro.

– Tú eres el milagro, Mavis. -Con delicadeza Jess condujo a Peabody de nuevo al grupo. Ésta estaba sonrojada y con los ojos vidriosos.

– Baja de las nubes -le murmuró al oído.

Pero Peabody puso los ojos en blanco.

– Ya has conocido a Dallas y Peabody. Y éste es Roarke. -Mavis dio un brinco sobre sus zancos-. Mis mejores amigos.

– Es un verdadero placer. -Jess le tendió una de sus delicadas manos-. Admiro tu éxito en el mundo de los negocios y tu gusto en cuestión de mujeres.

– Gracias. Suelo cuidar ambos aspectos. -Roarke recorrió con la mirada el estudio e inclinó la cabeza-. Es impresionante.

– Me encanta exhibirlo. Ha estado un tiempo en fase de remodelación. Mavis ha sido la primera en utilizarlo, aparte de mí mismo. Mary va a traer algo para picar. ¿Qué tal si os enseño mi creación antes de que ponga a Mavis de nuevo a trabajar?

Los condujo a la consola y se sentó ante ella como un capitán al timón.

– Los instrumentos están programados, por supuesto. Puedo hacer cualquier número de combinaciones y variar el tono y la velocidad. Se puede acceder a ellos mediante una instrucción vocal, pero raras veces lo hago así. Me distrae de la música.

Movió unos mandos e hizo sonar un sencillo ritmo de fondo.

– Tengo voces grabadas. -Manipuló unas teclas y salió la voz de Mavis, sorprendentemente intensa. En un monitor aparecieron los sonidos convertidos en colores y formas-. Lo utilizo para analizarlos por ordenador. -Esbozó una encantadora sonrisa autocrítica y añadió-: Los musicólogos no podemos controlarnos, pero eso es otra historia.

– Suena bien -comentó Eve.

– Y sonará aún mejor cuando la mezcle con ella misma. -Entonces la voz de Mavis se dividió en dos y ambas se superpusieron en total armonía. Las manos de Jess danzaban sobre los mandos haciendo sonar guitarras, instrumentos de metales, percusión y saxos-. Mezzo -ordenó, y la música se volvió más lenta y suave-. Allegro. -Y de pronto se aceleró y sonó a todo volumen-. Todo es muy sencillo, como lo es hacer un dúo con grabaciones de artistas del pasado. Tendríais que oír su versión de A Hard Day's Night con los Beatles. También puedo codificar cualquier sonido.

Con una sonrisa hizo girar un dial y tocó varias teclas, y se oyó la voz de Eve susurrar: «Baja de las nubes.» Las palabras se fundieron con la voz de Mavis, repitiéndose como un eco hasta dejar de oírse.

– ¿Cómo lo has hecho? -preguntó Eve.

– Tengo un micrófono conectado a la consola -explicó-. Ahora que tengo tu voz programada, puedo hacer que sustituya la de Mavis. -Volvió a tocar los mandos y Eve se estremeció al oírse cantar.

– Basta -ordenó, y Jess la desconectó riendo.

– Lo siento, no puedo evitar jugar. ¿Quieres oír tu melodiosa voz, Peabody?

– No. -Pero se mordió el labio y añadió-: Bueno, tal vez.

– Veamos, algo tranquilo, sobrio, clásico.

Trabajó unos momentos y se recostó. Peabody se quedó atónita al oírse cantar melodiosamente I've Got you Under my Skin.

– ¿Es una de tus canciones? -preguntó-. No la reconozco.

Jess rió.

– No; es más vieja que yo. Tienes una voz firme, oficial Peabody. Y un buen control de la respiración. ¿Quieres dejar tu empleo diurno para unirte al grupo?

Ella se ruborizó y negó con la cabeza. Jess sintonizó la consola con instrumentos tipo blues.

– Trabajé con un ingeniero que diseñaba aparatos autotrónicos para Disney Universo. Le llevó cerca de tres años terminar éste. -Acarició la consola como a un ser querido-. Ahora que tengo un modelo, espero fabricar más. También funciona por control remoto. Puedo hacer funcionar el teclado desde cualquier parte. Tengo los ojos puestos en una unidad portátil más pequeña y he estado trabajando en un alterador del ánimo.

Hizo un gesto de contenerse y meneó la cabeza.

– Me entusiasmo demasiado. Mi agente está empezando a quejarse de que paso más tiempo trabajando en electrónica que en grabaciones.

– ¡Comida! -bramó Big Mary.

Jess sonrió, examinando a su público.

– En fin. Al ataque. Tienes que reponer energía, Mavis.

– Me muero de hambre -respondió ella, cogiendo a Leonardo de la mano y dirigiéndose a la puerta.

Abajo, Mary entraba paquetes y bolsas al estudio.

– Servíos vosotros mismos -dijo Jess-. Yo tengo que hacer unos ajustes. Enseguida vuelvo.

– ¿Qué te parece? -murmuró Eve a Roarke al bajar seguidos por Peabody.

– Creo que está buscando un inversor. -Ella suspiró y asintió.

– Sí, eso me ha parecido. Lo siento.

– No te preocupes. Tiene un producto interesante. -Pedí a Peabody que indagara sobre él. No encontramos nada. Pero no me gustaría que te utilizara, ni a ti ni a Mavis.

– Eso todavía está por verse. -Roarke la volvió entre sus brazos al entrar en el estudio y le deslizó las manos por las caderas-. Te echo de menos. Echo de menos pasar mucho tiempo contigo.

Ella sintió entre los muslos un súbito calor acompañado de un estremecimiento.

– Yo también te he echado de menos. ¿Por qué no discurrimos el modo de escabullirnos de aquí, volvemos a casa y follamos sin parar?

Él la tenía tiesa como una roca. Al inclinarse hacia ella para mordisquearle la oreja, tuvo que contenerse para no arrancarle la ropa.

– Buena idea. Cielos, cómo te deseo.

Al demonio dónde estaban, pensó Roarke, y sujetándola por el cabello la besó ávidamente.

En la consola, Jess los vio y sonrió. Unos minutos más y podrían muy bien estar en el suelo, copulando salvajemente. Más valía que no. Con dedos hábiles cambió el programa. Más que satisfecho, se levantó y bajó las escaleras.

Dos horas más tarde, volviendo en coche a casa por las oscuras calles salpicadas de los colores de las vallas publicitarias que se encendían y apagaban, Eve lanzó el coche patrulla más allá de los límites de velocidad permitidos. Sentía calor entre los muslos, un ardor que le urgía aliviar.

– Estás quebrantando la ley, teniente -susurró Roarke. Volvía a estar excitado, como un adolescente que toma hormonas.

Eve, que se enorgullecía de no haber abusado nunca de su placa, replicó:

– Querrás decir flexionándola.

Roarke se inclinó y le acarició un pecho.

– Pues sigue haciéndolo.

– Oh, cielos. -Eve ya podía imaginarlo dentro de ella, de modo que pisó el acelerador y bajó por Park como un rayo.

El conductor de un carro aerodeslizante le hizo un gesto obsceno cuando ella dobló la esquina haciendo chirriar los neumáticos y se encaminó al este. Con una maldición, Eve colocó en el techo del vehículo la luz azul de servicio.

– No puedo creer que esté haciendo esto. Jamás lo hago.

Roarke le deslizó una mano entre los muslos.

– ¿Sabes qué voy a hacerte?

Ella soltó una carcajada y tragó saliva.

– No me lo digas, por Dios. O acabaremos estrellándonos.

Tenía las manos pegadas al volante y temblorosas, y el cuerpo le vibraba como una cuerda tensa. Respiraba entrecortadamente. Las nubes que ocultaban la luna se desvanecieron, liberando su luz.

– Utiliza el mando a distancia -jadeó ella-. No voy a reducir.

Él se apresuró a codificarlo. Las puertas de hierro se abrieron majestuosamente y ella se coló entre ambas.

– Buen trabajo -la felicitó él-. Para el coche.

– Un momento. -Eve condujo como una bala por el camino de entrada, dejando atrás los maravillosos árboles y las fuentes musicales.

– Para el coche -repitió él, apretándole una mano en la entrepierna.

Ella esquivó un roble por los pelos. Jadeando, paró el coche, que coleó en diagonal.

Entonces se abalanzó sobre él.

Se arrancaron la ropa, tratando de encontrarse en los estrechos confines del coche. Ella le mordió el hombro y le desabrochó los pantalones de un tirón. Él maldecía y ella reía cuando ambos salieron del coche y cayeron en la hierba en una confusión de extremidades y prendas retorcidas.

– Deprisa, deprisa… -le urgió ella.

Él le mordisqueó un pezón y ella le bajó los pantalones y le hundió los dedos en las caderas.

Él respiraba entrecortadamente, invadido de la misma urgencia. La sangre le corría por las venas como un maremoto, y la magulló al colocarle las piernas hacia atrás y penetrarla hasta el fondo de una sola embestida.

Eve lanzó un frenético grito de placer sin dejar de clavarle las uñas en la espalda e hincándole los dientes en el hombro. Lo sentía palpitar en su interior y llenarla con cada desesperada embestida. El ascenso del orgasmo era doloroso y no contribuía a aplacar la tremenda urgencia.

Estaba empapada, excitada, y lo asía con los muslos con cada movimiento de caderas. Él no podía detenerse, no podía pensar, y la penetraba una y otra vez como un semental cubriendo una yegua en celo. No la veía a causa de la neblina roja que le nublaba la vista, sólo podía sentirla, acoplándose a su ritmo, sujetándole las caderas. Su voz le resonaba en los oídos, todo susurros, gemidos y jadeos.

Cada sonido reverberaba en el interior de Roarke como un canto primitivo.

Estalló sin previo aviso, más allá de todo control. El cuerpo de Roarke simplemente alcanzó el punto máximo como un motor a todo gas, y se descargó. Una cálida oleada de alivio lo inundó. Era la primera vez que no sabía si ella lo había seguido hasta el final.

Se desplomó y rodó exhausto por la hierba en busca de aire. Permanecieron tendidos a la luz de la luna, empapados en sudor, medio desnudos, temblorosos, como supervivientes de una peculiar guerra.

Con un gemido ella se tendió boca abajo y dejó que la hierba le refrescara las mejillas.

– Cielos, ¿qué ha sido esto?

– En otras circunstancias lo llamaría sexo, pero… -Roarke consiguió abrir los ojos-. No encuentro una palabra que lo defina.

– ¿Te he mordido?

Él empezó a sentir dolores a medida que su cuerpo se recuperaba. Torció la cabeza para echarse un vistazo al hombro y vio una marca de dientes.

– Alguien lo ha hecho. Creo que tú. ¿Estás bien?

– No lo sé. Tendré que pensarlo -respondió ella con la cabeza todavía dándole vueltas-. Estamos en el jardín -añadió despacio-. Tenemos la ropa rasgada y estoy segura de que tengo la huella de tus dedos en mi trasero.

– He hecho lo que he podido -murmuró él.

Eve sonrió burlona, luego soltó una risita y finalmente estalló en carcajadas.

– ¡Cielos, Roarke, míranos!

– Espera. Creo que sigo parcialmente ciego -respondió él con una sonrisa.

Ella seguía riendo. Tenía el cabello alborotado, los ojos vidriosos, y el trasero lleno de cardenales y manchado por la hierba.

– No tienes aspecto de policía, teniente.

Ella rodó para incorporarse y ladeó la cabeza.

– Tú tampoco tienes aspecto de hombre rico -respondió tirándole de la manga, lo único que le quedaba de la camisa-. Pero es un aspecto interesante. ¿Cómo vas a explicárselo a Summerset?

– Le diré que mi esposa es un animal.

– Ya ha llegado por sí solo a esa conclusión. -Eve suspiró y miró hacia la casa. Las luces del piso inferior brillaban en señal de bienvenida-. ¿Cómo vamos a entrar?

– Bueno… -Él encontró los jirones de la camisa de Eve y le cubrió los pechos, luego se echó a reír. Lograron sujetarse los pantalones y permanecieron sentados mirándose-. No puedo llevarte en brazos al coche -añadió-. Esperaba que tú me llevaras a mí.

– Primero tenemos que ponernos de pie.

– Está bien.

Pero ninguno de los dos se movió. Se echaron de nuevo a reír, y siguieron haciéndolo mientras se sostenían mutuamente como borrachos y se ponían de pie tambaleantes.

– Olvida el coche -decidió él.

Echaron a andar con paso vacilante.

– Oh, oh. ¿Y la ropa? ¿Los zapatos?

– Olvídalos también.

– Buena idea.

Riendo como colegiales violando el toque de queda, subieron por las escaleras dando traspiés y se acallaron mutuamente al entrar.

– ¡Señor Roarke!

Siguieron murmullos de sorpresa y ruido de pies correteando.

– Lo sabía -murmuró ella de mal humor.

Summerset salió de la oscuridad, con su semblante normalmente compuesto lleno de horror y preocupación al ver las ropas rasgadas, los cardenales, las miradas extraviadas.

– ¿Ha habido un accidente?

Roarke se irguió y siguió rodeando a Eve con el brazo tanto para mantener el equilibrio como en busca de apoyo.

– No; ha sido a propósito. Puede retirarse, Summerset.

Eve lo miró por encima del hombro mientras subían por las escaleras sosteniéndose mutuamente. El mayordomo permaneció al pie boquiabierto. La imagen divirtió tanto a Eve que rió todo el trayecto hasta el dormitorio.

Cayeron en la cama tal como estaban, y al instante se quedaron dormidos.

7

Poco antes de las seis de la mañana siguiente, un poco dolorida y atontada, Eve se sentó ante el escritorio del despacho que tenía en casa. En realidad consideraba más un santuario que un despacho el apartamento que Roarke había mandado construir para ella en su casa. Su diseño era similar al apartamento donde ella había vivido antes de conocerlo, y que tan reacia había sido a abandonar.

Él se había ocupado de que ella tuviera su espacio, sus cosas. Aun después de todo el tiempo que llevaba viviendo allí, Eve raras veces dormía en el dormitorio que compartía con Roarke cuando éste se ausentaba. En lugar de ello, se acurrucaba en la tumbona de relajación de su despacho y dormitaba.

Cada vez tenía menos pesadillas, pero éstas volvían a aparecer en momentos extraños.

Podía trabajar allí, y cerrar las puertas si deseaba intimidad. Y como tenía una cocina en pleno funcionamiento, a menudo recurría a su Autochef antes que a Summerset cuando se quedaba sola en casa.

Con el sol entrando a raudales por el ventanal a sus espaldas, revisó el número de casos abiertos y reorganizó el trabajo de campo. Sabía que no podía permitirse el lujo de centrarse exclusivamente en el caso Fitzhugh, sobre todo porque estaba catalogado como un probable suicidio. Si en un par de días no encontraba pruebas convincentes, no tendría otra elección que restarle prioridad.

A las ocho en punto llamaron a la puerta.

– Pasa, Peabody.

– Nunca me acostumbraré a este lugar -comentó la oficial al entrar-. Parece sacado de un viejo vídeo.

– Deberías pedir a Summerset que te lo enseñe -respondió Eve distraída-. Estoy segura de que hay habitaciones que nunca he visto. Allí tienes café. -Señaló con un ademán el rincón de la cocina y siguió revisando su agenda con el entrecejo fruncido.

Peabody se alejó, examinando las unidades de recreo alineadas en la pared y preguntándose qué debía sentirse al poder permitirse toda la diversión que existía en el mercado: música, arte, vídeo, hologramas, realidad virtual, cámaras de meditación y juegos. Jugar un partido de tenis con el último campeón de Wimbledon, bailar con un holograma de Fred Astaire o hacer un viaje virtual a los palacios de recreo de Regis III.

Soñando despierta entró en la cocina. El Autochef ya estaba programado para café, de modo que ordenó dos y regresó al despacho con dos tazas humeantes. Esperó paciente mientras Eve seguía murmurando y bebió un sorbo de café.

– Oh, Dios. Es auténtico. -Parpadeando asombrada, ahuecó ambas manos alrededor del tazón con reverencia-. Es café auténtico.

– Sí, aquí te malacostumbras. A duras penas puedo seguir soportando la bazofia de la central. -Eve reparó en la expresión atónita de Peabody y sonrió. No hacía mucho ella había tenido una reacción similar ante el café de Roarke. Y ante Roarke-. Increíble, ¿no?

– Nunca había probado café auténtico. -Como si se tratara de oro líquido, y dada la escasez de selvas tropicales y de plantaciones era igual de valioso, Peabody lo bebió despacio-. Es asombroso.

– Tienes media hora para hartarte mientras decidimos la estrategia del día.

– ¿Podré repetir? -Peabody cerró los ojos y disfrutó del aroma-. Eres una diosa, Dallas.

Con un resoplido Eve alargó la mano hacia el telenexo cuando éste sonó.

– Dallas -contestó, y su rostro se iluminó con una sonrisa-. Hola, Feeney.

– ¿Qué tal la vida de casada, encanto?

– Pasable. Es muy temprano para el departamento de electrónica, ¿no te parece?

– Esto está que arde. La oficina del jefe es un caos. Algún bromista ha entrado en el ordenador central y casi fríe todo el sistema.

– ¿Lo han atrapado? -preguntó Eve con los ojos muy abiertos. No estaba segura de que ni siquiera Feeney, con su toque mágico, fuera capaz de sortear los dispositivos de seguridad del sistema del jefe de policía.

– Eso parece. Todo está embrollado y estoy tratando de desembrollarlo -explicó él alegremente-. Se me ha ocurrido llamarte y ver qué pasa, ya que no he tenido noticias tuyas.

– No he parado desde que volví.

– No sabes ir a otro ritmo. ¿Estás con el caso Fitzhugh?

– Sí. ¿Algo que debería saber?

– No. Los entendidos dicen que se mató, y por aquí nadie lo ha sentido mucho. A ese tipo empalagoso le encantaba pellizcar a los policías en el estrado. Pero es extraño. El segundo suicidio importante en un mes.

– ¿El segundo?

– Sí. Oh, claro, estabas de luna de miel haciéndole ojitos a tu marido. -Frunció sus pobladas cejas pelirrojas-. El senador de East Washington se tiró hace un par de semanas de una ventana del Capitol Building. Políticos y abogados, lo mismo da, todos están locos.

– ¿Podrías conseguirme los datos? Envíamelos a la terminal de mi oficina.

– ¿Qué, coleccionas recortes?

– Simple curiosidad. -Volvía a tener un presentimiento-. La próxima vez que coincidamos en el restaurante pago yo.

– No te preocupes. Te los enviaré tan pronto como desembrolle el sistema. Ah, y no seas tan cara de ver. -Y cortó la transmisión.

Peabody seguía tomando mezquinos sorbos de café.

– ¿Crees que hay alguna relación entre Fitzhugh y el senador que se tiró?

– Abogados y policías -murmuró Eve-. E ingenieros autotrónicos.

– ¿Cómo dices?

Eve meneó la cabeza.

– No lo sé. Desconectar -ordenó a su terminal, luego se colgó el bolso del hombro y añadió-: Vamos.

Peabody se contuvo de hacer pucheros por no poder tomar otra taza de café.

– Dos suicidios en dos ciudades diferentes en un mes no es tan insólito -comentó, alargando el paso para alcanzar a Eve.

– Tres. Un muchacho se ahorcó durante mi estancia en el Olympus. Mathias Dew. Quiero averiguar si existe una conexión, algo que los relacione. Gente, lugares, costumbres, educación, aficiones. -Bajó corriendo las escaleras para calentarse.

– No sé el nombre del político. No presté atención a los informes del suicidio de East Washington. -Peabody sacó su ordenador personal de bolsillo y empezó a buscar datos.

– Mathias tenía veintitantos años, y era ingeniero autotrónico. Trabajaba para Roarke. Mierda. -Eve tenía el presentimiento de que iba a verse obligada a involucrar a Roarke de nuevo en su trabajo-. Si tienes problemas pregunta a Feeny. Es capaz de obtener datos esposado y borracho.

Eve abrió la puerta de un tirón y puso cara larga al no ver el coche en el camino de entrada.

– Maldito Summerset. Le tengo dicho que deje el coche donde lo aparco.

– Creo que eso hizo. -Peabody se puso las gafas de sol y señaló-. Está en mitad del camino, ¿lo ves?

– Oh, sí. -Eve se aclaró la voz. El coche estaba donde lo había dejado, y agitándose en la suave brisa había varias prendas rasgadas-. No hagas preguntas -murmuró mientras echaba a andar a grandes zancadas.

– No pensaba hacerlo -repuso Peabody con un tono suave como la seda-. Es más interesante hacer conjeturas.

– Cierra el pico, Peabody.

– A la orden, teniente. -Con una sonrisa de complicidad, Peabody se subió al coche y contuvo la risa cuando Eve hizo un viraje brusco y recorrió a toda velocidad el camino de entrada.

Arthur Foxx estaba sudando. Sólo era un sutil brillo en el labio superior, pero a Eve le satisfizo. No le había sorprendido enterarse de que el representante que había elegido era un socio de Fitzhugh, un joven entusiasta del trabajo, que exhibía un traje caro con medallones a la moda en las delgadas solapas.

– Mi cliente está comprensiblemente disgustado. -El joven abogado frunció el rostro-. El funeral del señor Fitzhugh está previsto para la una de esta tarde. Ha escogido usted un momento de lo más inoportuno para interrogarlo.

– La muerte es la que escoge el momento, señor Ridgeway, y suele ser inoportuna. Interrogatorio de Arthur Foxx, en relación con Fitzhugh, caso número 30091, conducido por la teniente Dallas, Eve. Fecha: 24 de agosto de 2058, hora 9.36. ¿Puede decir su nombre para que conste en acta?

– Arthur Foxx.

– Señor Foxx, ¿es usted consciente de que este interrogatorio está siendo grabado?

– Lo soy.

– ¿Ha ejercido su derecho a ser representado por un abogado y comprende sus derechos y responsabilidades adicionales?

– Sí.

– Señor Foxx, ya ha hecho usted anteriormente una declaración sobre sus movimientos la noche de la muerte del señor Fitzhugh. ¿Desea revisarla?

– No es necesario. Ya le expliqué qué ocurrió. No sé qué más espera que diga.

– Para empezar, dígame dónde estuvo usted entre las diez y media y las once de la noche del incidente.

– Ya se lo he dicho. Cenamos, vimos una comedia, nos acostamos y alcanzamos a ver parte de las últimas noticias.

– ¿Se quedó en casa toda la noche?

– Eso he dicho.

– Sí, señor Foxx, eso ha dicho, y consta en el acta. Pero no es lo que hizo.

– Teniente, mi cliente está aquí voluntariamente. No veo…

– Ahórreselo -sugirió ella-. Salió del edificio a eso de las diez y media y regresó treinta minutos más tarde. ¿Adónde fue?

– Yo… -Foxx se aflojó el nudo de la corbata-. Salí un rato. Lo había olvidado.

– Lo había olvidado.

– Estaba aturdido, en estado de shock. -La corbata hizo frufrú mientras los dedos de Foxx jugueteaban con ella-. Me olvidé de algo tan irrelevante como que di una rápida vuelta.

– Pero lo recuerda ahora, ¿verdad? ¿Adónde fue?

– Di unas vueltas a la manzana.

– Volvió con un paquete. ¿Qué contenía?

Eve lo vio caer por fin en la cuenta de que las cámaras de seguridad lo habían filmado. Miró más allá de ella y siguió sobándose el nudo de la corbata.

– Me paré en una tienda que no cierra y compré cigarrillos de hierba. De vez en cuando necesito fumarme uno.

– Es sólo cuestión de preguntar en el establecimiento y determinar qué compró exactamente.

– Tranquilizantes -explicó él-. Quería dormir bien y decidí fumar hierba. No hay ninguna ley que lo prohíba.

– No, pero sí hay una ley contra dar falsos testimonios en una investigación policial.

– Teniente Dallas -intervino el abogado con tono todavía sereno, pero con una nota de irritación, lo que dio a entender a Eve que Foxx no había sido más comunicativo con su representante que con la policía-. El hecho de que el señor Foxx saliera del edificio difícilmente tiene relación con su investigación. Y descubrir el cadáver de un ser querido es una excusa más que razonable para no recordar un detalle nimio.

– Nimio, tal vez. Pero el señor Foxx tampoco mencionó que él y el señor Fitzhugh tuvieron visita la noche de la muerte.

– Leanore no es una visita -replicó Foxx con rigidez-. Ella es… era socia de Fitz. Tengo entendido que tenían cierto asunto que discutir, lo que es otra razón por la que salí a dar un paseo. Quería dejarlos a solas para que discutieran el caso. -Tragó saliva.

– Entiendo. De modo que ahora afirma que abandonó el apartamento para dejar a solas a su amigo con su socia. ¿Por qué no mencionó la visita de la señorita Bastwick en su anterior declaración?

– No pensé en ello.

– No pensó en ello. Declaró que cenaron, vieron una comedia y se acostaron, pero se olvidó de añadir estos otros sucesos. ¿Qué otros sucesos ha olvidado decirme, señor Foxx?

– No tengo nada más que agregar.

– ¿Por qué estaba enfadado cuando salió del edificio, señor Foxx? ¿Le irritaba que una hermosa mujer, una mujer con quien el señor Fitzhugh colaboraba estrechamente, viniera a su casa a esas horas?

– Teniente, no tiene ningún derecho a insinuar…

– No estoy insinuando -replicó ella sin apenas mirar al abogado-, sino preguntando, de manera muy directa, si el señor Foxx estaba enfadado y celoso cuando salió como un huracán de su edificio.

– No salí como un huracán. -Foxx cerró un puño sobre la mesa-. Y no tenía ningún motivo para estar enfadado o celoso de Leanore. Por muy a menudo que ella lo asediara, él no estaba interesado en ella en ese sentido.

– ¿La señorita Bastwick asediaba al señor Fitzhugh? -Eve arqueó las cejas-. Eso debía de molestarle, Arthur. Sabiendo que su amigo prefería sexualmente tanto hombres como a mujeres, sabiendo que pasaban horas juntos cada día de la semana, que ella viniera y se exhibiera delante de él en su propia casa… No me extraña que estuviera enfadado. Yo habría tenido ganas de tumbarla de un golpe.

– A él le divertía -dejó escapar Foxx-. Le parecía muy halagador que alguien mucho más joven y tan atractivo como ella le echara los tejos. Se reía cuando yo me quejaba de ello.

– ¿Se reía de usted? -Eve sabía cómo jugar. Una nota de compasión se traslució en su voz-. Eso debía de enfurecerle, ¿no? Lo consumía por dentro, ¿no es así, Arthur? Imaginarlo con ella, acariciándola y riéndose de usted.

– ¡La habría matado! -estalló Foxx, apartando al abogado que lo sujetaba mientras enrojecía de ira-. Ella pensaba que lograría apartarlo de mí, que lograría seducirlo. Le importaba un comino que estuviéramos comprometidos el uno con el otro. Todo lo que quería era triunfar y tirarse al abogado.

– No le gustan mucho los abogados, ¿verdad?

Foxx jadeaba y contuvo la respiración para acompasarla.

– Por lo general, no. No veía a Fitz como un abogado, sino como mi compañero. Y si hubiera estado predispuesto a cometer un asesinato aquella noche u otra, teniente, habría asesinado a Leanore. -Abrió los puños y volvió a cerrarlos-. En fin, no tengo nada más que decir.

Decidiendo que era bastante por el momento, Eve dio por terminado el interrogatorio y se levantó.

– Volveremos a hablar, señor Foxx.

– Quisiera saber cuándo va a entregar el cadáver de Fitz -dijo él, levantándose con rigidez-. He decidido no posponer los funerales hoy, aunque no es muy propio continuar con su cuerpo todavía retenido.

– Es la decisión del forense. Aún no ha terminado de examinarlo.

– ¿No basta con que esté muerto? -A Foxx le tembló la voz-. ¿No es bastante que se haya quitado la vida, que tienen ustedes que sacar a la luz los pequeños y sórdidos detalles personales de su vida?

– No. -Ella se encaminó a la puerta y tecleó el código-. No es bastante. -Vaciló y decidió probar suerte-. Supongo que el señor Fitzhugh se quedó muy impresionado y afectado con el reciente suicidio del senador Pearly.

Foxx asintió con un gesto formal.

– Seguramente le impresionó, aunque apenas se conocían. -De pronto se le marcó un músculo en el rostro-. Si está insinuando que Fitz se quitó la vida influenciado por Pearly, es ridículo. Apenas se conocían y raras veces hablaban.

– Entiendo. Gracias por su tiempo. -Eve los acompañó a la puerta y echó un vistazo a la sala contigua. Leanore debía de estar esperando.

Eve se lo tomó con calma, recorrió el pasillo hasta la máquina expendedora y estudió las opciones mientras hacía sonar los créditos sueltos en su bolsillo. Se decidió por una golosina y medio tubo de Pepsi. La máquina le sirvió los productos, le pidió con voz monótona que reciclara los envases y la previno contra el consumo de azúcar.

– Métete en tus asuntos -le espetó Eve. Se apoyó contra la pared y se tomó despacio su tentempié, luego arrojó la basura por la ranura de reciclaje y desanduvo tranquilamente el pasillo.

Había calculado que una espera de veinte minutos haría subirse a Leanore por las paredes. Había acertado.

La mujer se paseaba como un gato enjaulado. Se volvió en cuanto Eve abrió la puerta.

– Teniente Dallas, mi tiempo es muy valioso, aun cuando el suyo no lo sea.

– Depende de cómo se mire. Yo no cobro dos mil dólares la hora, desde luego.

Peabody carraspeó.

– Que conste en acta que la teniente Eve Dallas ha entrado en la sala de interrogatorio C para continuar con el resto del procedimiento. La interrogada ha sido informada de sus derechos y ha optado por representarse a sí misma. Todos los datos constan en acta.

– Bien. -Eve se sentó y señaló la silla delante de ella-. Cuando deje de pasearse, señorita Bastwick, podremos empezar.

– Estaba preparada para comenzar a la hora que se me convocó. -Leanore se sentó y cruzó sus satinadas piernas-. Con usted, teniente, no con su subordinada.

– Ya lo has oído, Peabody. Eres mi subordinada.

– Constará en acta, teniente -repuso Peabody secamente.

– Aunque lo considero insultante e innecesario. -Leanore se tiró de los puños de su traje negro-. Debo asistir al funeral de Fitz dentro de unas horas.

– No estaría aquí siendo insultada innecesariamente si no hubiera mentido en su primera declaración.

Leanore le lanzó una mirada glacial.

– Supongo que puede probar esa acusación, teniente.

– Declaró que había acudido a casa del difunto la pasada noche por un asunto profesional. Que permaneció allí discutiendo un caso de veinte a treinta minutos.

– Más o menos -repuso Leanore con frialdad.

– Dígame, señorita Bastwick, ¿siempre lleva consigo una botella de vino gran reserva a una reunión de negocios y se acicala para dicha reunión en el ascensor como la reina del baile del colegio?

– No hay ninguna ley que prohíba acicalarse, teniente Dallas. -Miró a Eve de arriba abajo con expresión desdeñosa, desde el cabello despeinado a sus gastadas botas-. Podría intentarlo.

– Ahora es usted quien está hiriendo mis sentimientos. Se acicala, se abre los tres primeros botones de la blusa y lleva una botella de vino. Parece la hora de la seducción, Leanore. -Eve hizo una mueca-. Vamos, está entre mujeres. Sabemos de qué se trata.

Leanore se lo tomó con calma, estudiando un ligero defecto en su manicura. A diferencia de Foxx, no rompió a sudar.

– Pasé aquella noche por su casa para consultarle un asunto profesional. Tuvimos una breve reunión y me marché.

– Estuvo a solas con él durante ese tiempo.

– Así es. Arthur tuvo uno de sus arranques de mal genio y se marchó.

– ¿Arranques?

– Era típico de él -dijo Leanore con sorna-. Me tenía muchísimos celos. Estaba convencido de que trataba de alejar a Fitz de él.

– ¿Y era cierto?

Una sonrisa felina curvó los labios de Leanore.

– La verdad, teniente, si me hubiera empleado a fondo en ello, ¿no cree que lo habría conseguido?

– Yo diría que se empleó a fondo. Y no conseguirlo la habría enfurecido.

Leanore se encogió de hombros.

– Reconozco que lo estaba considerando. Fitz se estaba desperdiciando con Arthur. Fitz y yo teníamos muchas cosas en común, y me parecía muy atractivo. Le tenía mucho afecto.

– ¿Obró aquella noche de acuerdo con la atracción y el afecto que sentía hacia él?

– Digamos que le dejé claro que estaba abierta a una relación más íntima. Él no se mostró receptivo de entrada, pero sólo era cuestión de tiempo. -Leanore movió los hombros en un gesto rápido y confiado-. Arthur debía de saberlo. -Su mirada se volvió de nuevo glacial-. Por eso creo que lo mató.

– Menuda pieza, ¿eh? -murmuró Eve al terminar el interrogatorio-. No ve nada malo en conducir a un hombre al adulterio y romper una relación de años. Además, está convencida de que no hay hombre en el mundo que se le resista. -Suspiró-. Menuda zorra.

– ¿Vas a acusarla? -preguntó Peabody.

– ¿Por ser una zorra? -Con una risita, Eve negó con la cabeza-. Podría intentar procesarla por falso testimonio, pero ella y sus amigos abogados resolverían el asunto en un abrir y cerrar de ojos. No vale la pena. No podemos situarla en el lugar de los hechos a la hora de la muerte, ni imputarle ningún móvil. Y no imagino a esa monada abalanzándose sobre un hombre de ciento diez kilos y cortándole las venas. No habría querido manchar de sangre su bonito traje.

– Entonces volvemos a Foxx.

– Estaba celoso y cabreado, y va a heredar todos los juguetes. -Eve se levantó y se paseó por la habitación-. Sin embargo seguimos sin nada. -Se apretó los ojos-. No puedo evitar coincidir con lo que ha dicho al perder los estribos durante el interrogatorio: habría matado a Leanore, no a Fitzhugh. Voy a revisar los datos sobre los dos suicidios previos.

– Todavía no tengo gran cosa -se disculpó Peabody saliendo de la sala de interrogatorio detrás de Eve-. No ha habido tiempo.

– Ahora hay tiempo. Y Feeney probablemente ya me ha enviado los suyos. Pásame lo que tienes y sigue buscando -pidió Eve entrando en su despacho-. Conectar -ordenó al ordenador mientras se desplomaba en la silla delante de él-. Mostrar los nuevos mensajes.

El rostro de Roarke apareció en la pantalla.

«Supongo que has salido a erradicar el crimen. Estoy camino de Londres por un problema técnico que necesita atención personal. No creo que me lleve mucho. Estaré de vuelta a eso de las ocho, lo que nos deja tiempo de sobra para volar a New Los Ángeles para el estreno.»

– Mierda, lo olvidé.

En la pantalla Roarke sonrió.

«Seguro que has olvidado oportunamente la cita, así que considéralo como un recordatorio. Cuídate, teniente.»

Volar a California para pasar la velada codeándose con engreídas estrellas de vídeo, comiendo las elegantes y minúsculas verduras que la gente consideraba comida, dejando que los periodistas te pegaran las grabadoras a la cara y te hicieran preguntas estúpidas no era su idea de una noche divertida.

El segundo mensaje era del comandante Whitney ordenándole que preparara una declaración para los medios de comunicación sobre varios casos en marcha. Maldita sea, más titulares, se dijo con amargura.

A continuación los datos de Feeney aparecieron en la pantalla. Eve se encogió de hombros, se hundió en la butaca y se dedicó a estudiarlos.

A las dos de la tarde entró en el Village Bistro. Tenía la camisa pegada a la espalda porque el control de temperatura de su vehículo había vuelto a morir de muerte no natural. En el elegante restaurante el ambiente era tan fresco como la brisa del océano. Suaves y encantadores céfiros acariciaban las ligeras palmeras que crecían en enormes macetas de loza blanca. Las mesas de cristal estaban dispuestas en dos niveles, estratégicamente situadas cerca de una pequeña laguna de agua negra, o delante de una amplia pantalla de una playa de arena blanca. Las camareras llevaban uniformes cortos de tonos tropicales y se abrían paso entre las mesas con bebidas de colores y platos artísticamente presentados.

El maitre era un androide vestido con un mono blanco y programado con un altivo acento francés. Al ver los vaqueros gastados y la camisa arrugada de Eve, arrugó su prominente nariz.

– Me temo que no hay mesas libres, madame. Tal vez prefiera el establecimiento de la siguiente manzana al norte.

– Desde luego. -Irritada ante la actitud del androide, Eve le plantó la placa en la cara-. Pero voy a comer aquí. Y me importa un comino si eso pone tus chips en un lío, amigo. ¿Cuál es la mesa de la doctora Mira?

– Guarde eso -susurró él, mirando hacia todas partes a la vez y agitando las manos-. ¿Quiere que mis clientes pierdan el apetito?

– Lo perderán de verdad si saco mi arma, que es lo que voy a hacer si no me enseñas la mesa de la doctora Mira y te encargas de que me sirvan un vaso de agua mineral en los próximos veinte segundos. ¿Lo has programado?

El androide apretó los labios y asintió. Con la espalda rígida, la condujo por un tramo de escaleras de imitación de piedra hasta el segundo piso, y a continuación a un rincón decorado como una terraza mirando el océano.

– Eve. -Mira se levantó de su bonita mesa y le cogió ambas manos-. Tienes muy buen aspecto. -Para sorpresa de Eve, Mira la besó en la mejilla-. Se te ve descansada y feliz.

– Supongo que lo estoy. -Tras una breve vacilación, Eve se inclinó y le rozó la mejilla con los labios.

– La acompañante de la doctora Mira desea un agua mineral -ordenó el androide a la camarera.

– Fría -añadió Eve, sonriendo al maitre.

– Gracias, Armand. -Mira tenía brillantes sus serenos ojos azules-. Enseguida pediremos.

Eve echó otro vistazo al elegante restaurante. Cambió de postura en su silla.

– Podríamos haber quedado en tu oficina.

– Me apetecía invitarte a almorzar. Éste es uno de mis lugares favoritos.

– Ese androide es gilipollas.

– Bueno, tal vez han programado a Armand excesivamente altivo, pero la comida es exquisita. Tienes que probar las almejas Maurice. No te arrepentirás. -Se recostó mientras servían agua a Eve-. Dime, ¿qué tal la luna de miel?

Eve se bebió el vaso de un trago y volvió a sentirse un ser humano.

– Dime, ¿hasta cuándo debo esperar que la gente me haga esta pregunta?

Mira se echó a reír. Era una mujer atractiva, con el cabello negro azabache recogido hacia atrás en un rostro de serena belleza. Vestía uno de sus elegantes trajes amarillo pálido. Tenía un aspecto arreglado y pulcro. Era una de las principales psiquiatras conductivistas del país, y la policía a menudo le pedía su opinión acerca de los más perversos crímenes. Aunque Eve no era consciente de ello, Mira sentía hacia ella mucho afecto y un fuerte sentimiento maternal.

– Te incomoda.

– Bueno, ya sabes. Luna de miel, sexo… Es personal. -Eve puso los ojos en blanco-. Suena estúpido, pero supongo que no estoy acostumbrada a estar casada. Y a Roarke. A todo el asunto.

– Os queréis y os hacéis felices mutuamente. No es preciso acostumbrarse a ello, sólo disfrutarlo. ¿Duermes bien?

– Por lo general. -Y recordando que Mira conocía sus más profundos y oscuros secretos, Eve bajó sus defensas-. Sigo teniendo pesadillas, pero no tan a menudo. Los recuerdos van y vienen. Ninguno es tan doloroso ahora que lo he superado.

– ¿Lo has superado?

– Mi padre me violaba y me maltrataba -dijo Eve categóricamente-. Lo maté. Tenía ocho años. Sobreviví. Quienquiera que fuese antes de que me encontraran en aquel callejón, ya no importa. Me llamo Eve Dallas. Soy una buena policía. Me he hecho a mí misma.

– Bien. -Pero habría más, pensó Mira. Los traumas como el de Eve tenían resonancias que nunca terminaban de desaparecer-. Sigues poniendo por delante de todo lo de policía.

– Soy policía ante todo.

– Sí, y supongo que siempre lo serás. -Mira esbozó una sonrisa-. ¿Por qué no pedimos y me explicas la razón de tu llamada?

8

Eve siguió la recomendación de Mira y pidió almejas, luego se permitió el lujo de comer un poco del auténtico pan de levadura de la cesta de plata que había sobre la mesa. Mientras comía, ofreció a Mira un perfil de Fitzhugh y los detalles de su muerte.

– Y quieres que te diga si pudo quitarse la vida. Si estaba predispuesto emocional y psicológicamente.

Eve arqueó una ceja.

– Ésa es la idea.

– Por desgracia no puedo hacerlo. Digamos que todos somos capaces de ello, dadas las circunstancias y el estado emocional adecuados.

– No lo creo -replicó Eve con tal firmeza que Mira sonrió.

– Tú eres una mujer fuerte, Eve. Te has vuelto fuerte, racional, tenaz e inflexible. Eres una superviviente. Pero recuerdas el desespero, la impotencia y la inutilidad.

En efecto, Eve lo recordaba demasiado bien, con demasiada nitidez. Cambió de postura en la silla.

– Fitzhugh no era un hombre inútil.

– Las apariencias pueden ocultar una gran confusión-. -La doctora levantó una mano antes de que Eve pudiera interrumpirla-. Pero estoy de acuerdo contigo. Dado su perfil, sus antecedentes, su estilo de vida, no lo definiría como un posible candidato al suicidio, y menos con un carácter tan violento e impulsivo.

– Era violento -asintió Eve-. Me enfrenté a él en los tribunales poco antes de que esto ocurriera. Era un tipo arrogante y pagado de sí mismo que se daba muchos aires.

– Estoy segura de ello. Sólo puedo decir que algunos… muchos de nosotros, en momentos de crisis, al hacer frente a un problema personal, ya sea del corazón o la mente, optamos por poner fin a nuestra vida antes de pasar por ello o cambiarlo. Ni tú ni yo sabemos qué crisis podía estar sufriendo Fitzhugh la noche de su muerte.

– Eso no es una gran ayuda que digamos -murmuró Eve-. Está bien, déjame explicarte dos casos más. -Brevemente, con la falta de pasión característica de un policía, describió los otros suicidios-. ¿Pautas?

– ¿Qué tenían esas personas en común? -preguntó Mira-. Un abogado, un político y un tecnólogo.

– Tal vez una lesión en el cerebro. -Tamborileando con los dedos en el mantel, Eve frunció el entrecejo-. Aún me quedan muchas teclas por tocar para obtener todos los datos, pero podría ser el motivo. Detrás de todo esto podría haber un motivo fisiológico antes que psicológico. Si existe una conexión, tengo que encontrarla.

– Te estás alejando de mi terreno, pero si encuentras datos que relacionen esos tres casos, estaré encantada de colaborar.

Eve sonrió.

– Contaba con ello. No tengo mucho tiempo. El caso Fitzhugh no puede tener prioridad indefinidamente. Si no consigo algo pronto y lo utilizo para convencer al comandante de que mantenga abierto el caso, tendré que pasar a otro. Pero por ahora…

– ¿Eve? -Reeanna se detuvo junto a la mesa, deslumbrante en un vestido largo con los colores del arco iris-. Oh, qué agradable sorpresa. Estaba comiendo con un socio y me ha parecido reconocerte.

– Reeanna. -Eve sonrió forzada. No le importaba parecer una vendedora ambulante junto a esa atractiva pelirroja, pero le molestó que interrumpiera el almuerzo-consulta-. La doctora Mira, Reeanna Ott.

– Doctora Ott. -Mira le tendió una mano con elegancia-. He oído hablar de su trabajo y lo admiro.

– Gracias, y lo mismo digo. Es un honor conocer a una de las mejores psiquiatras del país. He leído varios artículos suyos y me han parecido fascinantes.

– Qué halagador. ¿Por qué no se sienta con nosotras para los postres?

– Me encantaría. -Reeanna miró interrogante a Eve-. No estaré interrumpiendo algún asunto oficial, ¿verdad?

– Parece que hemos terminado con esa parte del programa. -Eve miró al camarero que acudió ante una discreta llamada de Mira-. Un café solo, de la marca de la casa.

– Lo mismo -dijo Mira-. Y un trozo de bizcocho de arándanos. Soy débil.

– Yo también. -Reeanna sonrió radiante al camarero como si éste fuera a preparar personalmente el plato escogido-. Un café con leche y una ración de tarta de chocolate. Estoy tan harta de la comida procesada que cuando estoy en Nueva York procuro atracarme -confesó a Mira.

– ¿Y cuánto tiempo piensa estar en la ciudad?

– Depende en gran medida de Roarke -sonrió a Evey cuánto tiempo crea útil tenerme aquí. Presiento que dentro de unas pocas semanas nos enviará a Olympus.

– Tengo entendido que es una gran empresa -comentó Mira-. Todas las imágenes que he visto en las noticias y en los canales de entretenimiento me han parecido fascinantes.

– A él le gustaría tenerlo terminado y en pleno funcionamiento para primavera. -Reeanna recorrió con una mano las tres cadenillas que llevaba alrededor del cuello-. Ya veremos. Roarke suele conseguir lo que se propone. ¿No estás de acuerdo, Eve?

– No estaría donde está si se conformara con un no.

– En efecto. Acabas de estar allí. ¿Te diste una vuelta por la galería Autotrónica?

– Muy breve. -A Eve le temblaron ligeramente los labios-. Teníamos… mucho que ver en muy poco tiempo. -Reeanna sonrió con malicia.

– Lo imagino. Pero supongo que probaste algunos de los programas instalados allí. William está muy orgulloso de esos juegos. Y mencionaste que habías visto la habitación holograma en la suite presidencial del hotel.

– Así es. La utilicé varias veces. Es impresionante.

– La mayor parte fue obra de William, me refiero al diseño, pero yo también tuve parte de mérito. Pensamos utilizar el nuevo sistema para mejorar el tratamiento de la adicción y de ciertas psicosis. -Cambió de postura mientras le servían el café y el postre-. Puede que esto le interese, doctora Mira.

– Sin duda. Suena fascinante.

– Lo es. Terriblemente caro en estos momentos, pero esperamos mejorarlo y abaratarlo. Claro que para el Olympus Roarke quería lo mejor… y lo está teniendo. Como la androide Lisa.

– Sí. -Eve recordó la asombrosa androide de voz sensual-. La he visto.

– Estará en relaciones públicas y en servicio al cliente. Es un modelo muy superior que llevó meses perfeccionar. Sus chips de inteligencia no son comparables a ninguno en el mercado. Tendrá capacidad para tomar decisiones y unas aptitudes muy superiores a los modelos que puedes adquirir en la actualidad. William y yo… -Se interrumpió con una risita-. Qué horror, no puedo olvidar el trabajo.

– Es fascinante. -Mira tomó con delicadeza un trozo de bizcocho-. Su estudio sobre los patrones de las ondas cerebrales y la influencia genética en la personalidad, y su aplicación en la electrónica son convincentes, incluso para una psiquiatra convencida como yo. -Vaciló y miró a Eve-. Pensándolo bien, su experiencia tal vez pueda dar otro enfoque al caso concreto que Eve y yo estábamos discutiendo.

– ¿Sí? -Reeanna pescó con el tenedor un trozo de chocolate y se lo quedó mirando.

– Hipotético. -Mira extendió las manos, muy consciente de la prohibición de hacer consultas extraoficiales.

– Por supuesto.

Eve tamborileó de nuevo en la mesa. Prefería el enfoque de Mira, pero tras considerar las alternativas decidió mostrarse más expansiva.

– Aparentemente se trata de autodestrucción. Motivo desconocido, predisposición desconocida, sin estímulo de drogas, ni historial familiar. Patrón de conducta normal hasta el momento de la defunción. No hay indicios de depresión o fluctuaciones de personalidad. El sujeto es un varón de sesenta y dos años de edad, profesional de éxito, muy culto, financieramente solvente, bisexual, con una relación estable con un miembro del mismo sexo.

– ¿Impedimentos físicos?

– Ninguno. Historial médico limpio.

Reeanna entornó los ojos concentrada tanto en el perfil del fallecido como en el postre que iba comiendo despacio.

– ¿Algún problema psicológico o tratamiento?

– Ninguno.

– Es interesante. Me encantaría ver el patrón de las ondas cerebrales. ¿Está disponible?

– Es material confidencial en estos momentos.

– Hummm. -Reeanna bebió un sorbo de su café con leche pensativa-. Sin ninguna anomalía física o psiquiátrica conocida, ni adicción o consumo de sustancias, me inclinaría hacia un problema cerebral. Tal vez un tumor. Pero supongo que no ha aparecido nada en la autopsia.

Eve pensó en el pequeño orificio, pero negó con la cabeza.

– Un tumor no.

– Hay clases de predisposición que escapan al escáner y la evaluación genética. El cerebro es un órgano complicado y sigue despistando a la más elaborada tecnología. Si pudiera ver su historial familiar… Bueno, lo primero que me viene a la cabeza es que el individuo en cuestión tenía una bomba de relojería genética que no se detectó en los análisis normales. Había llegado a un momento de su vida en que se agotan los fusibles.

Eve arqueó una ceja.

– ¿Y estalló?

– Por así decirlo. -Reeanna se inclinó hacia ella-. Todos somos programados en el seno materno, Eve. Cómo y quiénes somos. No sólo el color de los ojos, la estatura y la pigmentación de la piel, sino también la personalidad, gustos, intelecto o escala emocional. El código genético en el momento de la concepción. Puede modificarse hasta cierto punto, pero lo esencial permanece inalterable. Nada puede cambiarlo.

– ¿Somos tal como éramos al nacer? -Eve pensó en una mugrienta habitación, una luz roja parpadeante y una niña acurrucada en una esquina con un cuchillo sangriento.

– Exacto. -Reeanna sonrió radiante.

– Se olvida del entorno, del libre albedrío, del instinto básico del hombre de mejorar -objetó Mira-. Al considerarnos criaturas meramente físicas sin corazón ni alma ni una serie de decisiones que tomar a lo largo de nuestra vida, nos rebaja a la condición de animales.

– Eso somos -repuso Reeanna agitando el tenedor en el aire-. Comprendo su enfoque como terapeuta, doctora, pero el mío como fisióloga va por otros derroteros, como quien dice. Las decisiones que tomamos a lo largo de nuestra vida, lo que hacemos, cómo vivimos y en qué nos convertimos fue grabado en nuestros cerebros mientras nadábamos en el útero. El sujeto en cuestión, Eve, estaba destinado a quitarse la vida en ese momento, en ese lugar y de esa forma. Las circunstancias podrían haberlo cambiado, pero el resultado habría sido a la larga el mismo. Era su destino.

¿Destino?, pensó Eve. ¿Había sido su destino ser violada y maltratada por su padre? ¿Convertirse en menos que un ser humano, y luchar para escapar de ese abismo?

Mira meneó la cabeza.

– No estoy de acuerdo. Un niño que nace en la miseria en Budapest, que es separado de su madre al nacer y criado en un ambiente privilegiado en París, rodeado de amor y atenciones, reflejaría esos cuidados, esa educación. El entorno afectivo y el instinto humano básico de mejorar no pueden dejarse de lado.

– De acuerdo hasta cierto punto -repuso Reeanna-. Pero la impronta del código genético, lo que nos predispone al éxito o al fracaso, al bien o al mal, anula todo lo demás. Aun en los hogares donde hay más amor y mejores atenciones crecen monstruos; y en los rincones más sórdidos del universo, la bondad, incluso la grandeza, sobrevive. Somos lo que somos, y lo demás son apariencias.

– Si suscribo tu teoría -dijo Eve despacio-, el sujeto en cuestión estaba destinado a quitarse la vida. Ninguna circunstancia ni cambio en el entorno podría haberlo impedido.

– Exacto. La predisposición estaba allí, oculta. Seguramente lo desencadenó un hecho en concreto, pero podría tratarse de una nimiedad, algo que pasaría fácilmente por alto en otro patrón de ondas cerebrales. La investigación que está llevando a cabo el Instituto Bowers ha aportado pruebas consistentes del patrón genético del cerebro y su indiscutible influencia en la conducta. Puedo conseguirle discos sobre el tema, si lo desea.

– Os dejo con vuestros estudios sobre el cerebro -dijo Eve-. Tengo que volver a comisaría. Te agradezco tu tiempo, Mira. -Se puso en pie-. Y tus teorías, Reeanna.

– Me encantaría discutirlas con más tiempo. En otra ocasión. -Reeanna le estrechó la mano-. Dale recuerdos a Roarke.

– Lo haré. -Eve se volvió ligeramente cuando Mira se levantó para besarla en la mejilla-. Ya te llamaré.

– Eso espero, y no sólo cuando tengas un caso que discutir. Saluda a Mavis de mi parte.

– Claro.

Se echó el bolso al hombro y se encaminó a la salida, deteniéndose brevemente para sonreír con desdén al maitre.

– Una mujer fascinante -comentó Reeanna lamiendo despacio la parte posterior de la cuchara-. Con un gran autodominio, algo irritable, y poco acostumbrada y algo reacia a las demostraciones espontáneas de afecto. -Rió al ver a Mira arquear una ceja-. Lo siento, son gajes del oficio. Saca de quicio a William. No era mi intención ser desagradable.

– Estoy segura. -Mira sonrió y la miró con afecto y comprensión-. A menudo me sorprendo haciendo lo mismo. Y tiene razón, Eve es una mujer fascinante. Se ha hecho a sí misma, lo que me temo que puede hacer tambalear su teoría de la impronta genética.

– ¿De veras? -Intrigada, Reeana se inclinó hacia ella-. ¿La conoce bien?

– Tanto como es posible. Eve es muy reservada.

– Veo que le tiene mucho afecto -observó Reeanna asintiendo con la cabeza-. Espero que no me interprete mal si le digo que no era lo que me esperaba cuando me enteré que Roarke se iba a casar. Que se casara me pilló por sorpresa, pero imaginé que su esposa sería el colmo del refinamiento y la sofisticación. Una policía que lleva un arma como cualquier otra mujer lleva un collar de familia no era la idea que tenía del gusto de Roarke. Sin embargo armonizan. -Y añadió con una sonrisa-: Podría decirse que estaban hechos el uno para el otro.

– En eso estoy de acuerdo.

– Y dígame, doctora Mira, ¿qué opina de los cultivos de ADN?

– Oh, verá… -Mira se acomodó para entregarse a una animada discusión.

Sentada ante el ordenador de su escritorio, Eve reorganizaba los datos reunidos sobre Fitzhugh, Mathias y Pearly. No lograba encontrar un nexo, un terreno común. La única correlación real entre los tres era el hecho de que ninguno había presentado tendencias suicidas con anterioridad.

– Probabilidades de que los casos estén relacionados -pidió Eve.

TRABAJANDO. PROBABILIDAD DEL 5,2 POR CIENTO.

– En otras palabras, nada. -Eve resopló y frunció el entrecejo cuando un aerobús pasó con gran estruendo, haciendo vibrar la pequeña ventana-. Probabilidades de homicidio en el caso de Fitzhugh partiendo de los datos conocidos hasta el momento. SEGÚN LOS DATOS CONOCIDOS HASTA EL MOMENTO, LA PROBABILIDAD DE HOMICIDIO ES DE 8,3 POR CIENTO.

– Ríndete, Dallas -se dijo en un murmullo-. Déjalo estar.

Se volvió con parsimonia en su silla y observó el denso tráfico aéreo al otro lado de la ventana. Predestinación. Destino. Impronta genética. Si creyera en algo de todo eso, ¿qué sentido tendría su trabajo… o su vida? Si no había alternativa ni posibilidad de cambiar las cosas, ¿para qué luchar por salvar vidas o hacer justicia a los muertos cuando la lucha fracasaba?

Si todo estaba fisiológicamente codificado, ¿se había limitado a seguir siempre unas pautas al venir a Nueva York, al luchar por salir de la oscuridad y convertirse en alguien? Y si en ese código había habido realmente una mancha que había borrado esos primeros años de su vida, ¿seguía incluso ahora borrando pequeños trozos?

¿Y podía ese código reaparecer en cualquier momento y convertirla en un reflejo del monstruo que había sido su padre?

No sabía nada de su familia. Su madre era un espacio en blanco. Si tenía parientes, tíos o abuelos, todos estaban perdidos en el oscuro vacío de su memoria. No tenía a nadie en quien basar su código genético, salvo el hombre que la había maltratado y violado siendo niña hasta que, deshecha de terror y dolor, le había plantado cara.

Y lo había matado.

Las manos manchadas de sangre a los ocho años. ¿Por eso se había convertido en policía? ¿Intentaba lavar esa sangre con leyes y lo que algunos seguían llamando justicia?

– ¿Teniente? -Peabody apoyó una mano en el hombro de Eve, sobresaltándola-. Lo siento. ¿Estás bien?

– No. -Eve se apretó los ojos. La discusión durante el postre le había perturbado más de lo que había supuesto-. Me duele la cabeza.

– Tengo los calmantes del departamento.

– No, gracias. -A Eve le asustaban los fármacos, incluso en las dosis oficialmente admitidos-. Ya me pasará. Se me están agotando las ideas sobre el caso Fitzhugh. Feeney me ha transmitido todos los datos conocidos sobre el joven del Olympus. No logro encontrar ninguna conexión entre él, Fitzhugh y el senador. No tengo nada más que estupideces que echar en cara a Leanore y Arthur. Podría pedir un detector de mentiras, pero es inútil. No conseguiré mantener el caso abierto veinticuatro horas más.

– ¿Sigues creyendo que están relacionados?

– Quiero que lo estén, y eso es otra historia. No estoy siendo muy eficiente en tu primera misión como mi ayudante.

– Ser tu ayudante es lo mejor que me ha podido ocurrir. -Peabody se sonrojó un poco-. Aunque nos quedáramos atascadas en los mismos casos los próximos seis meses, todavía estarías enseñándome.

Eve se recostó en la silla.

– Te contentas fácilmente.

Peabody desplazó la mirada hasta encontrarse con los ojos de Eve.

– De eso nada. Cuando no consigo lo mejor me vuelvo insoportable.

Eve se echó a reír y agitó una mano en el aire.

– ¿Lamiéndome el trasero, oficial?

– No, teniente. Si así fuera, haría una observación personal, como que salta a la vista que el matrimonio te sienta bien. O que nunca has tenido mejor aspecto. -Peabody sonrió cuando Eve resopló-. Así sabrías que te estoy lamiendo el trasero.

– No suelen salir policías de la Free Age. Artistas, granjeros, de vez en cuando un científico, y montones de artesanos, pero no policías.

– No me gustaba tejer esteras.

– ¿Sabes hacerlo?

– Sólo si me amenazas con un láser.

– ¿Qué pasó entonces? ¿Tu familia te cabreaba y decidiste romper el molde y meterte en un terreno alejado del pacifismo?

– No, teniente. -Confundida ante esa clase de interrogatorio, Peabody se encogió de hombros-. Mi familia es estupenda. Todavía estamos muy unidos. No comprenden qué hago o qué quiero hacer, pero nunca han intentado ponerme trabas. Simplemente decidí ser policía, del mismo modo que mi hermano quiso ser carpintero y mi hermana granjera. Uno de los principios más firmes del movimiento es la expresión personal.

– Pero tu no encajas con el código genético -murmuró Eve y tamborileó en el escritorio-. No encajas. La herencia, el entorno, las pautas genéticas… todo eso debió influenciarte de distinto modo.

– Ya les gustaría eso a los criminales -repuso Peabody con seriedad-. Pero aquí me tiene, manteniendo la ciudad sin peligros.

– Si de pronto sientes una necesidad imperiosa de tejer esteras…

– Descuida, tú serás la primera en saberlo…

El ordenador de Eve emitió dos pitidos anunciando la entrada de datos.

– El informe adicional sobre la autopsia del joven. -Eve le hizo señas de que se acercara y ordenó-: Enumerar cualquier anomalía en el cerebro.

ANOMALÍA MICROSCCSPICA, HEMISFERIO DERECHO DE LA CORTEZA CEREBRAL, LÓBULO FRONTAL, CUADRANTE IZQUIERDO. INEXPLICABLE. CONTINÚA INVESTIGÁNDOSE Y ANALIZÁNDOSE.

– Bien, creo que acabamos de hacer un descubrimiento. Visualizar el lóbulo frontal y la anomalía. -En la pantalla apareció el corte transversal del cerebro-. Aquí está. -Se le hizo un nudo en el estómago mientras señalaba la pantalla-. Esta sombra, ¿la ves?

– Muy mal. -Peabody se inclinó hasta quedar mejilla con mejilla con Eve-. Parece un defecto de la pantalla.

– No; es un defecto del cerebro. Incrementar cuadrante seis al veinte por ciento.

La imagen cambió, y la sección con la anomalía llenó la pantalla.

– Parece más bien una quemadura que un agujero, ¿no crees? Apenas se ve, pero ¿qué clase de influencia podría tener en el comportamiento, la personalidad y la toma de decisiones?

– Solían suspenderme en fisiología anormal en la academia. -Peabody encogió sus fornidos hombros-. Salí mejor parada en psico, y mejor aún en tácticas. Pero esto me supera.

– A mí también -admitió Eve-. Pero hay una conexión, la primera que tenemos. Visualizar la sección transversal de la anomalía cerebral de Fitzhugh, archivo 12871. Dividir pantalla con la imagen.

La pantalla se volvió borrosa. Eve soltó una maldición y le dio una palmada con el dorso de la mano haciendo aparecer en el centro una imagen temblorosa.

– Hijo de perra. El trasto que tenemos que utilizar aquí… Me pregunto cómo logramos cerrar un caso. Trasvasa todos los datos al disco, cabrón.

– Tal vez si lo enviases a mantenimiento -sugirió Peabody y recibió un gruñido por toda respuesta.

– Se suponía que iban a revisarlo en mi ausencia. Esos cabrones no rascan bola en todo el día. Voy a utilizar uno de los ordenadores de Roarke. -Sorprendió a Peabody arqueando una ceja y golpeó el suelo con el pie mientras esperaba que la máquina trasvasara los datos-. ¿Algún problema, oficial?

– No, teniente. -Peabody se mordió la lengua y decidió no mencionar la serie de códigos que Eve se disponía a infringir-. Ninguno.

– Bien. Haz los trámites necesarios para acceder al escáner del cerebro del senador y compararlo.

Peabody dejó de sonreír.

– ¿Pretendes que me dé cabezazos con East Washington?

– Tienes la cabeza lo bastante dura para soportarlo. -Eve sacó el disco y se lo guardó en el bolsillo-. Lláma me en cuanto lo tengas.

– Sí, teniente. Si encontramos una conexión, necesitaremos a un experto.

– Sí, y puede que tenga uno. -Eve pensó en Reeanna, luego se volvió y añadió-: Muévete.

9

Eve no era amiga de infringir las normas, pero se encontró de pie frente a la puerta cerrada con llave de la sala privada de Roarke. Era desconcertante darse cuenta de que, tras una década de ceñirse estrictamente a las normas, podía parecerle tan fácil saltárselas.

¿Realmente el fin justificaba los medios?, se preguntó. ¿Y eran estos medios tan incorrectos? Tal vez el equipo que la aguardaba al otro lado de la puerta no había sido registrado y detectado por Compuguardia, y por tanto era ilegal, pero se trataba de un modelo de primerísima calidad. Los lamentables equipos electrónicos asignados al Departamento de Policía y Seguridad ya estaban desfasados casi antes de que los instalaran, y la parte del presupuesto correspondiente a Homicidios era particularmente miserable.

Se metió la mano en el bolsillo donde guardaba el disco y movió los pies. Podía ser una policía respetuosa de la ley y largarse de allí, o simplemente ser una policía inteligente. ¡Al demonio con eso!, decidió.

Apoyó una mano en el lector de palmas.

– Teniente Dallas, Eve.

Las cerraduras se desconectaron con un silencioso chasquido y se abrió la puerta que conducía a la enorme base de datos de Roarke. El largo y curvo ventanal cubierto de protectores solares y del tráfico aéreo mantenían la sala en penumbra. Ordenó que se encendieran las luces, cerró la puerta y se acercó a la amplia consola en forma de U.

Roarke había registrado meses antes en el sistema la palma de la mano y la voz de Eve, pero ésta nunca había utilizado el equipo. Incluso ahora que estaban casados se sentía como una intrusa.

Acercó la silla a la consola y ordenó:

– Unidad uno. -Oyó el zumbido del equipo de alto nivel al encenderse y casi suspiró. El disco se deslizó con suavidad en la ranura, y al cabo de unos segundos había sido descodificado y leído por el ordenador.

– Y después hablan del sofisticado sistema de seguridad del DPSNY -murmuró-. Pantalla completa. Visualizar datos. Fitzhugh, expediente H-12871. Compartir pantalla con Mathias, expediente S-30912.

Los datos fluyeron como el agua hacia la enorme pantalla de pared situada frente a la consola. En su asombro, Eve olvidó sentirse culpable. Se inclinó y revisó las fechas de nacimiento, calificaciones crediticias, hábitos de compra, afiliaciones políticas…

– Erais completos desconocidos -dijo para sí-. No podríais haber tenido menos en común. -Y apretó los labios al advertir una correlación en el apartado de los hábitos de compra-. En fin, a los dos os gustaban los juegos. Un montón de programas de recreo e interactivos. -Luego suspiró-. Junto con el setenta por ciento de la población. Dividir la pantalla y visualizar el escáner cerebral de los dos expedientes cargados.

Empezó a estudiar las imágenes.

– Aumentar y señalar anomalías inexplicables.

Iguales, se dijo entornando los ojos. En eso los dos hombres eran tan iguales como hermanos gemelos en el seno materno. Las sombras de las quemaduras eran exactamente del mismo tamaño y forma, y estaban situadas en el mismo lugar.

– Analizar anomalía e identificarla.

TRABAJANDO… DATOS INCOMPLETOS… BUSCANDO HISTORIALES MÉDICOS. POR FAVOR, ESPERE EL ANÁLISIS.

– Eso dicen todos. -Se apartó de la consola y empezó a pasearse mientras el ordenador reorganizaba la información. Cuando la puerta se abrió, Eve giró sobre los talones y casi se ruborizó al ver entrar a Roarke.

– Hola, teniente.

– Hola -respondió ella metiéndose las manos en los bolsillos-. Esto… tenía problemas con mi ordenador de la central y me urgía este análisis, así que… Puedo interrumpirlo si necesitas el equipo.

– Descuida. -La evidente incomodidad de Eve le divirtió. Se acercó a ella, se inclinó y la besó con delicadeza-. Y no es necesario que te justifiques por utilizar el equipo. ¿Tratando de desvelar secretos?

– No en el sentido que lo dices. -El hecho de que él le sonriera aumentó su incomodidad-. Necesitaba algo más potente que el trasto que tenemos en la central, y no te esperaba hasta dentro de un par de horas.

– Encontré transporte antes de lo previsto. ¿Quieres que te ayude?

– No lo sé. Tal vez. Deja de sonreírme.

– ¿Yo? -La sonrisa de Roarke se ensanchó cuando la rodeó con los brazos y metió las manos en los bolsillos traseros de sus vaqueros-. ¿Qué tal el almuerzo con la doctora Mira?

Ella lo miró con ceño.

– ¿Te enteras de todo?

– Lo intento. La verdad es que me he cruzado con William y me ha comentado que Reeanna se encontró contigo y con la doctora. ¿Negocios o placer?

– Las dos cosas, supongo. -Ella arqueó las cejas al ver a Roarke muy ocupado con su trasero-. Estoy de servicio, Roarke. Tus manos están en estos momentos sobre el trasero de una policía en servicio.

– Eso lo hace más emocionante -respondió él, mordisqueándole el cuello-. ¿Te apetece transgredir unas cuantas leyes?

– Ya lo estoy haciendo. -Torció la cabeza para permitirle mejor acceso.

– ¿Y qué son unas pocas más? -murmuró él al tiempo que sacaba las manos de sus bolsillos y las posaba en sus senos-. Me encanta tocarte. -Empezaba a recorrerle la mandíbula con la boca cuando el ordenador emitió un pitido.

ANÁLISIS COMPLETO. ¿VISUALIZAR IMAGEN CON O SIN SONIDO?

– Sin -ordenó Eve forcejeando para soltarse. -Maldita sea. -Roarke suspiró.

– ¿Qué demonios es eso? -Con los brazos en jarras, Eve estudió la muestra en la pantalla-. No hay quien lo entienda.

Con resignación, Roarke se sentó en el borde de la consola y también estudió la pantalla.

– Es lenguaje técnico; términos médicos, sobre todo. Se aleja un poco de mi terreno. Se trata de una quemadura de origen electrónico. ¿Tiene sentido?

– No lo sé. -Pensativa, Eve se rascó la oreja-. ¿Tiene sentido que un par de tipos muertos tengan una quemadura de origen electrónico en el lóbulo frontal de sus cerebros?

– El roce de un instrumento durante la autopsia -sugirió Roarke.

– No. -Negó con la cabeza-. No tratándose de dos, examinados por distintos forenses en distintos depósitos de cadáveres. Y no se trata de lesiones superficiales. Están dentro del cerebro. Son agujeritos microscópicos.

– ¿Qué relación existía entre los dos hombres?

– Absolutamente ninguna. -Ella se encogió de hombros. Roarke ya estaba involucrado de forma tangencial; ¿por qué no meterlo de lleno?-. Uno de ellos trabajaba para ti -añadió-. El ingeniero de autotrónica del refugio Olympus.

– ¿Mathias? -Roarke se apartó de la consola, y su expresión entre divertida e intrigada se ensombreció-. ¿Por qué estás investigando el suicidio del Olympus?

– Oficialmente, no. Es un presentimiento, eso es todo. El otro cerebro que tu flamante equipo está analizando es el de Fitzhugh. Y si Peabody consigue los permisos, me propongo analizar el del senador Pearly.

– Y esperas encontrar esa microscópica quemadura en el cerebro del senador.

– Eres un lince. Siempre te he admirado por ello.

– ¿Por qué?

– Porque es un fastidio tener que explicar todo paso por paso.

Él entornó los ojos.

– Eve.

Ella levantó las manos y las dejó caer.

– Está bien. Fitzhugh no daba la impresión de ser de esos tipos que se quitan la vida. No puedo cerrar el caso hasta haber estudiado todas las opciones, y se me están agotando. Tendría que haberlo dejado correr, pero no consigo quitarme de la cabeza a ese muchacho que se ahorcó.

Eve empezó a pasearse de un lado a otro.

– No hay una predisposición allí tampoco. Ni un móvil obvio, ni se le conocen enemigos. Simplemente coge algo y fabrica una soga casera. Luego me enteré de la muerte del senador. Con él son tres suicidios sin una explicación lógica. Personas con los medios económicos de Fitzhugh y el senador pueden recurrir a terapias con sólo chasquear los dedos. O en casos de enfermedad terminal física o emocional, pueden ingresar en centros para quitarse la vida de forma voluntaria. Sin embargo optaron por hacerlo de modo sangriento y doloroso. No me cuadra.

Roarke asintió.

– Sigue.

– Y el forense de Fitzhugh se encontró con esta inexplicable tara. Quería ver si el muchacho tenía por casualidad algo semejante. -Eve señaló la pantalla con un ademán-. Y así es. Ahora necesito saber qué la causó.

Él volvió a clavar la mirada en la pantalla.

– ¿Una tara genética?

– Es posible, pero el ordenador dice que es poco probable. Al menos nunca se ha encontrado con algo parecido a causa de herencia, mutación o motivos externos. -Eve se movió detrás de la consola e hizo avanzar la pantalla-. ¿Ves aquí, en la proyección de posibles repercusiones mentales? Alteraciones en la conducta. Patrón desconocido. ¡Valiente ayuda! -Se frotó los ojos mientras reflexionaba en todo ello-. Pero eso significa que el sujeto pudo comportarse, y problablemente así lo hizo, sin seguir las pautas de ese patrón. El suicidio no debía entrar en el patrón de conducta de ninguno de los dos hombres.

– Cierto -coincidió Roarke. Apoyándose contra la consola, cruzó los pies-. Como tampoco lo era bailar desnudo en la iglesia o tirar de un empujón a matronas de un pasadizo aéreo. ¿Por qué ambos optaron por el suicidio?

– Ésa es la cuestión, ¿no te parece? Pero me basta, una vez que discurra cómo vendérselo a Whitney para que me permita dejar ambos casos abiertos. Trasvasar datos al disco e imprimirlos -ordenó. Se volvió hacia Roarke y añadió-: Dispongo de unos minutos.

Él arqueó una ceja, un gesto característico que ella adoraba en secreto.

– ¿De veras?

– ¿Qué leyes pensabas infringir?

– La verdad, unas cuantas. -Roarke echó un vistazo a su reloj mientras ella daba un paso adelante para desabrocharle su elegante camisa de lino-. Tenemos un estreno en California esta noche.

Ella se detuvo y puso cara larga.

– ¿Esta noche?

– Pero creo que tenemos tiempo para unos cuantos delitos menores. -Con una carcajada, la levantó del suelo y la tendió de espaldas sobre la consola.

Eve se debatía con un vestido tubo, largo hasta los pies, de color rojo intenso, quejándose amargamente de la imposibilidad de llevar la mínima expresión de ropa interior bajo la ceñida tela, cuando sonó el comunicador. Desnuda de cintura para arriba, con el ligero corpiño colgándole de las rodillas, pegó un brinco.

– ¿Peabody?

– Teniente. -El rostro de Peabody registró varias expresiones hasta decidirse por la de perplejidad-. Un vestido precioso. ¿Te propones introducir una nueva moda?

Confundida, Eve bajó la mirada y puso los ojos en blanco.

– Mierda. Ya me has visto las tetas otras veces. -Pero dejó a un lado el comunicador y trató de colocar el corpiño en su sitio.

– ¿Y puedo decir que las tienes muy bien puestas, teniente?

– ¿Lamiéndome el culo, Peabody?

– Ya lo creo.

Eve contuvo la risa y se sentó en el borde de la butaca del vestidor.

– ¿Un informe?

– Sí, teniente. Yo… esto…

Al ver a Peabody levantar la mirada, Eve miró por encima del hombro. Roarke acababa de entrar en la habitación recién salido de la ducha, con el pecho mojado y una toalla blanca anudada en las caderas.

– Quítate de allí antes de que mi ayudante acabe muerta clínicamente.

Roarke miró la pantalla del comunicador y sonrió.

– Hola, Peabody.

– Hola. -Se oyó a Peabody tragar saliva aun a través del aparato-. Me alegro de verte… Quiero decir, ¿cómo estás?

– Muy bien. ¿Y tú?

– ¿Qué?

– Roarke, dale un respiro, ¿quieres? O tendré que apagar el vídeo.

– No es necesario, teniente. -Peabody se desinfló cuando Roarke desapareció de la vista-. Cielos -exclamó sonriendo tontamente a Eve.

– Asienta tus hormonas e informa.

– A la orden, teniente. -La ayudante carraspeó-. He sorteado la mayor parte de los trámites burocráticos, teniente. Sólo quedan un par de problemas. Dada la coyuntura, tendremos los datos requeridos a las nueve. Pero hay que ir a East Washington para consultarlos.

– Me lo temía. Está bien, Peabody. Cogeremos la lanzadera de las ocho.

– No seas tonta. Puedes usar la mía -repuso Roarke detrás de ella mientras examinaba con mirada crítica las arrugas del esmoquin que sostenía en las manos.

– Es un asunto policial.

– No es motivo para que os apretujéis como sardinas en lata. Viajar con comodidad no lo hace menos oficial. De todos modos tengo un asunto que atender en East Washington. Os llevaré. -Se inclinó por encima de Eve y sonrió a Peabody-. Enviaré un coche a buscarte. ¿Ocho menos cuarto te va bien?

– Estupendo. -Peabody no pareció decepcionarse al verlo con camisa.

– Escucha, Roarke… -empezó Eve. Pero él la interrumpió con delicadeza:

– Lo siento, Peabody, se nos está haciendo tarde. Hasta mañana. -Y alargó una mano para desconectar el comunicador.

– Sabes que me molesta que hagas esta clase de cosas.

– Lo sé -se apresuró a responder él-. Por eso no puedo evitarlo.

– Me paso la vida en un tipo de transporte u otro desde que te conozco -gruñó Eve mientras tomaba asiento en el Jet Star privado de Roarke.

– Todavía de mal humor -observó él, e hizo señas a la azafata de vuelo para que se acercara-. Mi esposa necesita otra dosis de café, y yo la acompañaré.

– Enseguida, señor. -La azafata se internó en la cocina con silenciosa eficiencia.

– Disfrutas llamándome esposa, ¿verdad?

– Sí. -Roarke le acarició la cara y le besó la hendidura en la barbilla-. No has dormido bastante -murmuró, pasándole el pulgar por debajo de los ojos-. Te cuesta tanto desconectar ese cerebro tuyo. -Levantó la vista hacia la azafata cuando ésta dejó dos tazas humeantes de café delante de ellos-. Gracias, Karen. Despegaremos en cuanto llegue la oficial Peabody.

– Informaré al piloto, señor. Buen viaje.

– No tienes que ir a East Washington, ¿verdad?

– Podría haberlo resuelto desde Nueva York. -Se encogió de hombros y cogió una taza-. Pero siempre es más eficaz atender los asuntos personalmente. Y tengo una oportunidad más de verte trabajar.

– No quiero involucrarte en esto.

– Nunca lo haces. -Cogió la otra taza y se la ofreció con una sonrisa-. Pero estoy unido a ti y no puedes dejarme fuera, teniente.

– Quieres decir que no vas a permitir que lo haga.

– Exacto. Ah, aquí tenemos a la temible Peabody.

La ayudante subió a bordo recién planchada y arre glada, pero lo estropeó todo al dejar que la mandíbula le colgara mientras meneaba la cabeza en un intento de asimilarlo todo a la vez.

La cabina era tan suntuosa como una habitación de un hotel de cinco estrellas, con asientos cómodos, mesas brillantes y jarrones de cristales conteniendo flores tan frescas que seguían cubiertas de rocío.

– Cierra la boca, Peabody. Pareces una trucha.

– Ya casi he terminado, teniente.

– No te preocupes, Peabody, se ha despertado de mal humor. -Roarke se levantó, desconcertando a Peabody hasta que ésta se dio cuenta de que le estaba ofreciendo un asiento-. ¿Te apetece un café?

– Esto… sí, gracias.

– Iré a buscarlo y os dejaré a solas para que habléis de trabajo.

– Dallas, esto es… súper.

– Es cosa de Roarke.

– Lo que te digo. Súper.

Eve levantó la vista cuando él entró con más café. Moreno, atractivo y un poco perverso. Sí, súper debía de ser la palabra, pensó.

– Vamos, abróchate el cinturón y disfruta del viaje, Peabody.

El despegue fue suave y el trayecto breve, dando a Peabody el tiempo justo para ofrecer a Eve los detalles. Debían presentarse en la oficina del jefe de seguridad de los miembros del gobierno. Todos los datos serían consultados dentro del edificio, y no podían transferir ni llevarse nada.

– Malditos políticos -se quejó Eve subiéndose a un taxi-. ¿De quién se protegen, por el amor de Dios? Ese hombre está muerto.

– Es el procedimiento clásico de cubrirse el trasero. Y en East Washington siempre hay un montón de traseros que cubrir.

Eve miró a Peabody pensativa.

– ¿Has estado alguna vez en East Washington?

– Una vez cuando era niña -respondió encogiéndose de hombros-. Con mi familia. Los de la Free Age propusieron un minuto de silencio para protestar contra la inseminación artificial del ganado.

Eve resopló.

– Eres una caja de sorpresas, Peabody. Como hace tiempo que no has estado por aquí, tal vez quieras disfrutar del paisaje. Contempla los monumentos. -Señaló el Lincoln Memorial y la multitud de turistas y vendedores ambulantes.

– He visto un montón de vídeos -dijo Peabody.

Pero Eve arqueó las cejas.

– Disfruta del paisaje, Peabody. Considéralo una orden.

– Sí, teniente. -Con lo que en otro rostro se habría considerado un mohín, Peabody volvió la cabeza.

Eve sacó de su bolso una grabadora-tarjeta y se la metió debajo de la camisa. Dudaba que el sistema de seguridad implicara rayos X o un registro exhaustivo en el que tuviera que desnudarse. Si así era, se limitaría a alegar que siempre llevaba una de refuerzo. Eve miró de reojo al conductor, pero el androide tenía la mirada clavada en la carretera.

– Hay mucho que ver en la ciudad -comentó Eve cuando giraron para tomar la carretera de circunvalación que conducía a la Casa Blanca, y desde donde podía verse la vieja mansión a través de rejas reforzadas y búnqueres de acero.

Peabody volvió la cabeza y miró a Eve.

– Puedes confiar en mí, teniente. Pensaba que eso hacías.

– No es cuestión de confianza. -Al oír el tono dolido de Peabody, Eve añadió con delicadeza-: Es cuestión de que no quiero poner en peligro otro trasero aparte del mío.

– Si somos compañeras…

– No lo somos. -Eve inclinó la cabeza y esta vez puso autoridad en la voz-. Todavía no. Eres mi ayudante y estás entrenándote. Como tu superior, yo decido hasta dónde debes exponer tu trasero.

– Sí, teniente -respondió con rigidez.

Eve suspiró.

– No te lo tomes a mal, Peabody. Llegará el día en que dejaré que te lleves tú los palos del comandante. Y créeme, tiene un buen puño.

El taxista se detuvo ante las puertas del edificio gubernamental. Eve deslizó los créditos a través de la ranura de seguridad, se apeó y se acercó a la pantalla. Apoyó la mano en el lector de palmas, deslizó la placa en la ranura de identificación y esperó a que Peabody la imitara.

– Teniente Dallas, Eve, y ayudante. Cita con Dudley.

«Un momento para la verificación. Autorización confirmada. Por favor, dejen las armas en el contenedor. Les advertimos que es un delito federal introducir armas en el edificio. Todo individuo que entre con un arma en su poder será detenido.»

Eve desenfundó su arma. Luego, con cierto pesar, se agachó para sacarse de la bota unas tenazas especiales. Al ver la mirada inexpresiva de Peabody, se encogió de hombros.

– Empecé a llevarla tras mi experiencia con Casto. Podría haberme ahorrado algún disgusto.

– Sí. -Peabody dejó caer en el contenedor el arma habitual de la policía, el llamado paralizador-. Ojalá te hubieras cargado a ese cabrón.

Eve abrió la boca y volvió a cerrarla. Peabody había tenido cuidado de no mencionar al detective de Ilegales que la había seducido, se había acostado con ella y la había utilizado mientras mataba por lucro.

– Siento que las cosas fueran así -dijo Eve al cabo de un momento-. Si quieres desahogarte alguna vez…

– No me gusta desahogarme. -Se aclaró la voz-. Gracias de todos modos.

– Bueno, estará entre rejas hasta el próximo siglo.

Peabody esbozó una sombría sonrisa.

– Ya está.

«Tienen autorización para entrar. Por favor, crucen la verja y suban al autotranvía de la línea verde que las conducirá al centro de información del segundo nivel.»

– Cielos, cualquiera diría que vamos a ver al presidente en lugar de a un poli encorbatado.

Eve cruzó la verja que se cerró eficientemente a sus espaldas. Luego se acomodó junto con Peabody en los rígidos asientos del tranvía. Con un zumbido, éste las llevó a toda velocidad a través de los búnqueres y a lo largo de un túnel de paredes de acero que descendía en ángulo, hasta que les ordenaron bajar en una antesala iluminada por luz artificial y con las paredes cubiertas de pantallas.

– Teniente Dallas, oficial.

El hombre que acudió a su encuentro llevaba el uniforme gris de Seguridad del Gobierno con el rango de cabo. Tenía el cabello rubio y tan corto que dejaba entrever el blanco cuero cabelludo. Su rostro delgado estaba igual de pálido, el color de piel de un hombre que se pasaba la vida en interiores y subterráneos.

La camisa del uniforme se hinchó bajo sus abultados bíceps.

– Dejen aquí sus bolsos, por favor. A partir de este punto están prohibidos los dispositivos electrónicos y de grabación. Están bajo vigilancia y así permanecerán hasta que abandonen el edificio. ¿Entendido?

– Entendido, cabo. -Eve le entregó su bolso y el de Peabody, y se guardó el comprobante que él le entregó-. Es asombroso este lugar.

– Estamos orgullosos de él. Por aquí, teniente.

Después de meter los bolsos en un armario a prueba de bombas, las condujo a un ascensor y lo programó para la sección tres, nivel A. Las puertas se cerraron sin hacer ruido y la cabina se movió sin apenas un indicio de movimiento. Eve sintió ganas de preguntar cuánto habían tenido que pagar los contribuyentes por aquel lujo, pero decidió que el cabo no apreciaría la ironía.

Estaba convencida de ello cuando salieron a un espacioso vestíbulo decorado con tumbonas y árboles en macetas. La alfombra era gruesa y tenía un sistema de cables para detectar el movimiento. La consola frente a la cual trabajaban ajetreadas tres recepcionistas estaba equipada con todo clase de ordenadores, monitores y sistemas de comunicación. La música de fondo, más que tranquilizar, embotaba el cerebro.

Las recepcionistas no eran androides, pero eran tan rígidas y pulcras, y tan radicalmente conservadoras en su forma de vestir, que ella pensó que les habría ido mejor como autómatas. Mavis se habría quedado horrorizada de su falta de estilo, pensó Eve con profundo afecto.

– Reconfirmación de las palmas de las manos, por favor -anunció el cabo y, obedientes, Eve y Peabody colocaron la mano derecha plana sobre el lector-. La sargento Hobbs las acompañará a partir de ahora.

La sargento, en su pulcro uniforme, salió de detrás de la consola. Abrió otra puerta reforzada y las condujo por un silencioso corredor.

En el último control había una última pantalla detectora de armas, y finalmente las codificaron para que pudieran acceder a la oficina del jefe de policía. En ésta había una vista panorámica de la ciudad. A Eve le bastó con echar un vistazo a Dudley para saber que se consideraba su dueño. Su escritorio era tan grande como un lago, y en una pared había pantallas que mostraban varias partes del edificio y los jardines. En otra había fotos y hologramas de Dudley con jefes de Estado, miembros de la familia real y embajadores. Su centro de comunicaciones rivalizaba con la sala de control de NASA Dos.

Pero el hombre en sí dejaba todo lo demás en la sombra.

Era enorme, de dos metros de estatura y ciento veinte kilos de peso. Su rostro amplio y huesudo estaba curtido y bronceado, con el cabello plateado cortado a rape. En sus manazas llevaba dos anillos. Uno era el símbolo de rango militar; el otro, una gruesa alianza de oro.

Permaneció erguido con cara de póker estudiando a Eve con sus ojos del color y textura de ónice. En cuanto a Peabody, no se molestó en mirarla siquiera.

– Teniente, está usted investigando la muerte del senador Pearly.

Para que luego hablen de fórmulas de cortesía, pensó Eve, y le respondió con la misma moneda.

– Así es, señor. Estoy investigando la posible relación de la muerte del senador con otra muerte. Valoramos y le agradecemos su colaboración en este asunto.

– Creo que esa posibilidad es muy remota. Sin embargo, después de revisar su hoja de servicios en el departamento de homicidios de Nueva York, no tengo motivos para impedirle que consulte el expediente del senador.

– Hasta la más remota posibilidad merece ser investigada, señor.

– Estoy de acuerdo y admiro la meticulosidad.

– ¿Entonces puedo preguntarle si conocía al senador personalmente?

– Así es, y aunque no teníamos las mismas ideas políticas, lo consideraba un funcionario público consagrado y un hombre de firmes principios morales.

– ¿De los que obligan a quitarse la vida?

Dudley parpadeó unos segundos.

– No, teniente, diría que no. Y ésta es la razón por la que está usted aquí. El senador ha dejado una familia. En el ámbito familiar el senador y yo coincidíamos. Por lo tanto, su aparente suicidio no encaja con él.

Dudley pulsó un botón del escritorio y volvió la cabeza hacia la pared cubierta de pantallas.

– En la pantalla uno, su ficha personal. En la dos, sus datos financieros. En la tres, su carrera política. Tiene una hora para revisar los datos. Esta oficina permanecerá bajo estricta vigilancia electrónica. Limítese a llamar a la sargento Hobb cuando haya finalizado la hora.

Eve expresó la opinión que le merecía Dudley en cuanto éste abandonó la oficina.

– Nos ha puesto las cosas fáciles. Si no le gustaba particularmente Pearly, diría que al menos lo respetaba. En fin, Peabody, manos a la obra.

Estudió las pantallas del mismo modo que había recorrido la habitación con su mirada de policía. Estaba casi segura de haber localizado todas las cámaras y micrófonos de seguridad, y cambió de postura para que su cuerpo quedara parcialmente tapado por el de Peabody.

A continuación se sacó de la camisa el anillo de diamante que Roarke le había regalado y jugueteó distraída con él mientras con otra mano sacaba la pequeña grabadora y la mantenía pegada al cuello enfocando las pantallas.

– Una ficha limpia -comentó-. Sin antecedentes penales. Padres casados, todavía vivos, residentes en Carmel. Su padre prestó el servicio militar con el rango de coronel y sirvió en las Rebeliones Urbanas. Su madre era técnico médico con tiempo libre para ejercer de madre profesional. Se crió en un hogar muy unido.

Peabody clavó la mirada en la pantalla, ajena a la grabadora.

– Y tuvo una buena educación. Licenciado en Princeton, realizó trabajos de posgraduado en el centro de estudios universales de la estación espacial Libertad. Eso fue justo cuando la fundaron, y sólo los mejores estudiantes lograban matricularse. Casado a los treinta años, poco antes de que se presentara por primera vez para el cargo. Defensor del control demográfico. Y con el típico hijo único, varón. -Desplazó la mirada hacia otra pantalla-. Sus ideas políticas están justo en el centro del partido liberal. Se dio cabezazos con tu viejo amigo DeBlass a raíz de la prohibición de armas y el programa de moralidad presentados por éste.

– Tengo el presentimiento de que el senador me habría caído bien. -Eve se volvió ligeramente-. Pasar al historial médico.

Los términos técnicos que fueron desfilando por la pantalla la hicieron bizquear. Se encargaría de que se los tradujeran más tarde, pensó. Si es que lograba salir del edificio con la grabadora.

– Parece un espécimen sano. Los datos físicos y mentales no muestran nada anormal. Amígdalas tratadas de niño, y una tibia fracturada a los veintitantos, haciendo deporte. Corrección de la vista, habitual, a los cuarenta y cinco años. Esterilización permanente en ese mismo período.

– Esto es interesante. -Peabody había pasado a examinar la pantalla sobre la carrera política-. Se proponía presentar un proyecto de ley según la cual todos los representantes legales y técnicos debían someterse cada cinco años a una investigación de antecedentes, corriendo cada uno con los gastos. Eso no debió de sentar muy bien a sus colegas.

– O al mismo Fitzhugh -murmuró Eve-. Parece como que él también andaba tras el imperio electrónico. Pidiendo requisitos más estrictos para los nuevos dispositivos y nuevas leyes para conceder licencias. Esto tampoco debió de convertirle en Mr. Popularidad. Informe de la autopsia -solicitó.

Entornó los ojos cuando éste apareció en la pantalla. Leyó por encima de la jerga y meneó la cabeza.

– Caramba, debía de estar destrozado cuando lo rasparon. No ha quedado mucho que analizar. Escáner y disección del cerebro. Nada -añadió-. No hay constancia de ninguna lesión o tara. Visualizar sección transversal. Vista lateral ampliada -ordenó, y se acercó más a la pantalla para estudiar la imagen-. ¿Qué ves, PeabodY?

– Una poco atractiva materia gris, demasiado destrozada para ser trasplantada.

– Ampliar hemisferio derecho, lóbulo frontal… Cielos, qué desastre le hicieron. No se ve nada. Es imposible estar segura.

Miró la pantalla hasta que le escocieron los ojos. ¿Era una sombra o simplemente parte del trauma resultante de estrellar un cráneo humano contra el cemento?

– No lo sé, Peabody. -Ya tenía lo que necesitaba, así que volvió a guardar la grabadora bajo la camisa-. Sólo sé que en estos datos no se refleja un móvil o una predisposición al suicidio. Y con éste ya son tres. Salgamos de este maldito lugar. Me pone los pelos de punta.

– Coincido plenamente contigo.

Compraron tubos de Pepsi y lo que pasaba por ser un bocadillo de carne y verduras picadas en un carrito aerodeslizante de la esquina de Pennsylvania con Security Row. Eve se disponía a parar a gritos un taxi para regresar al aeropuerto cuando una brillante limusina negra se detuvo en la cuneta. La ventanilla trasera se bajó y Roarke les sonrió.

– ¿Desean las señoras que las lleve?

– ¡Caray! -fue todo lo que Peabody pudo decir al examinar el coche de punta a punta.

Se trataba de una reluciente pieza de anticuario, de un lujo de otra era, y tan romántico y tentador como pecar.

– No lo animes, Peabody. -Eve empezaba a subirse al vehículo, cuando Roarke le cogió la mano y la sentó en su regazo.

– ¡Eh! -exclamó Eve avergonzada, tratando de clavarle el codo.

– Me encanta hacerla ruborizar cuando está de servicio -comentó él forcejeando con ella para volver a sentarla en su regazo-. ¿Qué tal la jornada, Peabody?

La oficial sonrió, encantada al ver a la teniente ruborizada y soltando maldiciones.

– Empieza a mejorar. Si hay algún tipo de mampara, puedo dejaros a solas.

– Te he dicho que no lo animes, ¿vale? -Esta vez Eve logró clavarle el codo y consiguió sentarse en el asiento-. Estúpido -murmuró.

– Es demasiado cariñosa. -Roarke suspiró y se recostó en el asiento-. Si habéis terminado con vuestro asunto policial puedo proponeros un paseo por la ciudad.

Antes de que Peabody pudiera abrir la boca, Eve respondió:

– No. Tenemos que volver a Nueva York. Sin rodeos.

– También es una auténtica juerguista -comentó Peabody con seriedad. Entrelazó las manos y se dedicó a observar la ciudad a través de la ventanilla.

10

Antes de salir de casa Eve preparó un detallado informe sobre las similitudes entre los presuntos suicidios y en qué basaba sus sospechas de que la muerte del senador se debía a las mismas causas desconocidas. Transfirió sus conclusiones a la terminal del comandante, con una banderita metálica en el telenexo de su casa indicando que tenía un mensaje.

A menos que su esposa estuviera dando una de sus ostentosas cenas, sabía que Whitney revisaría el informe antes del día siguiente. Con esa esperanza tomó el aerodeslizador para desplazarse de Homicidios al departamento electrónico.

Se encontró a Feeney sentado ante su escritorio, con unas delicadas herramientas en sus dedos gordezuelos y unas microgafas que convertían sus ojos en platos, desmontando un miniteclado.

– ¿Te dedicas ahora a reparaciones y mantenimiento? -Eve apoyó una cadera en el borde del escritorio procurando no interrumpirlo. No esperaba otra respuesta que el gruñido que él le ofreció. Esperó a que introdujera una lámina en un plato vacío.

– Alguien se ha estado divirtiendo -murmuró él-. Y ha conseguido meter un virus en el ordenador del jefe. La memoria se ha multiplicado y la unidad general corre peligro.

Ella echó un vistazo a la lámina plateada. La informática no era su fuerte.

– ¿Alguna idea?

– Aún no. -Con unas pinzas minúsculas, levantó la lámina y la examinó a través de las gafas-. Pero la tendré. Ya he encontrado el virus y lo he tratado, que era lo prioritario. Pero el pobre diablo estaba muerto. Veremos cuando le haga la autopsia.

Ella no pudo evitar sonreír. Era muy propio de Feeney pensar en sus componentes y chips en términos humanos. Volvió a colocar la lámina y precintó el plato, luego se quitó las gafas.

Se le empequeñecieron los ojos y parpadeó hasta volverlos a enfocar. Allí lo tenía, arrugado y desgarbado, como a ella más le gustaba. Él había hecho de ella una policía, le había dado la clase de entrenamiento de campo que jamás habría aprendido por medio de discos o realidad virtual. Y aunque lo habían trasladado de Homicidios para nombrarlo capitán del departamento electrónico, ella seguía dependiendo de él.

– ¿Me has echado de menos? -preguntó.

– ¿Te has ido? -Él le sonrió y metió la mano en un bol lleno de almendras garrapiñadas-. ¿Disfrutaste de tu elegante luna de miel?

– Sí. -Eve cogió una almendra. Hacía mucho que había almorzado-. A pesar del cadáver al final de la misma. Gracias por los datos que me has conseguido.

– No hay de qué. Siempre se arma mucho alboroto con los suicidios.

– Ya.

El despacho era más grande que el de ella debido al rango y la obsesión por el espacio de Feeney. Este se vanagloriaba de tener una gran pantalla sintonizada con un canal de películas clásicas. En ese preciso momento Indiana Jones era introducido en un pozo de áspides.

– Pero éste ofrece unos cuantos aspectos interesantes.

– ¿Quieres compartirlos?

– Para eso estoy aquí. -Eve había copiado los datos obtenidos del archivo del senador en un disco que sacó del bolsillo-. Tengo aquí una disección cerebral, pero la imagen es poco clara. ¿Podrías limpiarla y mejorarla un poco?

– ¿Pueden cagar los osos en los parques reforestados? -El cogió el disco, lo introdujo en su terminal y lo cargó. Unos segundos más tarde fruncía el entrecejo al ver la imagen-. Lamentable. ¿Qué hiciste, utilizaste un portátil para filmarlo de una pantalla?

– Preferiría no hablar de ello.

Él volvió la cabeza y la observó sin dejar de fruncir el entrecejo.

– ¿Bailando en la cuerda floja, Dallas?

– Tengo buen equilibrio.

– Esperemos que así sea. -Feeney prefirió trabajar manualmente y sacó el teclado. Sus dedos danzaron sobre las teclas como los de un experto arpista sobre las cuerdas. Alzó un hombro cuando ella se inclinó sobre él-. No me atosigues, cariño.

– Quiero ver.

Con la experiencia del técnico la imagen se fue aclarando y los contrastes se intensificaron. Eve contuvo su impaciencia mientras él trabajaba tarareando. A sus espaldas se desataba un auténtico infierno entre Harrison Ford y las serpientes.

– Esto es todo lo que podemos hacer con este ordenador. Si quieres más, tendré que llevarlo a la unidad principal. -La miró-. Para ello hay que entrar en el sistema. Técnicamente.

Eve sabía que él había transgredido las normas por ella.

– De momento pasaremos con lo que tenemos. ¿Ves esto, Feene? -Señaló la pantalla debajo de la diminuta sombra.

– Veo un enorme trauma. Este cerebro debió de ser aplastado.

– Me refiero a esto… -Eve apenas podía distinguirlo-. Lo he visto antes, en otros dos escáneres.

– No soy neurólogo, pero imagino que no debería estar allí.

– No. -Eve se irguió-. No debería estar allí.

Llegó a casa tarde y Summerset acudió a abrirle la puerta.

– Hay dos caballeros que desean verla, teniente. Con un ligero sobresalto Eve pensó en los datos que había robado.

– ¿Llevan uniformes?

Summerset apretó sus finos labios.

– No. Los he hecho pasar al salón delantero. Han insistido en esperar, aunque usted no había dejado dicho a qué hora regresaría, y el señor se ha retrasado en la oficina.

– Está bien, me ocuparé de ello.

Eve se moría por engullir un enorme plato de cualquier cosa comestible, tomar un baño caliente y tener tiempo para pensar. En lugar de ello se encaminó al salón y se encontró con Leonardo y Jess Barrow. Se sintió primero aliviada y luego contrariada. Summerset conocía a Leonardo y podría haberle dicho que era él quien quería verla.

– Dallas. -En el rostro de Leonardo apareció una sonrisa en cuanto ella entró.

Cruzó la habitación como un gigante vestido con un ceñido mono morado cubierto con un blusón de gasa verde esmeralda. No le extrañaba que Mavis lo adorara. Casi le estrujó los huesos al abrazarla, luego entornó los ojos.

– Todavía no has hecho nada con tu pelo. Llamaré yo mismo a Trina.

– Oh, en fin… -Intimidada, Eve se mesó su corto y desordenado cabello-. La verdad es que ahora no tengo tiempo para…

– Tienes que buscar tiempo para cuidar tu aspecto. No sólo eres una importante figura pública por derecho propio, también eres la mujer de Roarke.

Ella era policía, maldita sea. A los sospechosos y las víctimas les importaba un comino su peinado.

– Bien. Tan pronto…

– Estás descuidando tus tratamientos -le recriminó él, haciendo caso omiso de sus excusas-. Tienes los ojos cansados y las cejas sin depilar.

– Sí, pero…

– Trina se pondrá en contacto contigo para fijar el día. -Él la condujo al otro lado de la habitación y la sentó en una silla-. Ahora relájate -ordenó-. Pon los pies en alto. Ha sido un día muy largo. ¿Quieres que te traiga algo?

– No, la verdad. Estoy…

– Una copa de vino. -Le dedicó una sonrisa radiante mientras le hacía un breve masaje en los hombros-. Me ocuparé de ello. Y no te preocupes. Jess y yo no te entretendremos mucho rato.

– Es inútil discutir con un cuidador nato -comentó Jess cuando Leonardo salió en busca del vino-. Me alegro de verte, teniente.

– ¿No irás a decirme que he adelgazado, o engordado, o que necesito una limpieza de cutis? -Pero Eve soltó un suspiro y se recostó. Era muy agradable sentarse en una silla que no estaba diseñada para torturar las posaderas-. En fin, debe de tratarse de algo gordo para que permitáis que Summerset os insulte hasta mi regreso.

– La verdad, se limitó a mirarnos horrorizado y a encerrarnos aquí. Creo que cuando nos vayamos registrará la habitación para asegurarse de que no nos hemos llevado nada. -Jess se sentó con las piernas cruzadas en un almohadón a los pies de Eve. Sus ojos plateados sonreían y su voz era suave como una crema bávara-. Es una sala preciosa, por cierto.

– Nos gustan. Si querías hacer el tour, tendrías que haberlo dicho antes de que Leonardo me sentara aquí. Voy a quedarme en esta posición un rato.

– Me basta con mirarte. Espero que no te importe que te diga que eres la mujer policía más atractiva con la que jamás… me he codeado.

– ¿Nos hemos codeado, Jess? -Ella arqueó las cejas, que desaparecieron bajo el flequillo-. No me había enterado.

Él soltó una risita y le dio una palmadita en la rodilla con una de sus esbeltas manos.

– Me encantaría hacer el tour en otra ocasión. Pero ahora tenemos que pedirte un favor.

– ¿Algún problema de tráfico que necesitas solucionar?

El rostro de Jess resplandeció.

– Bueno, ahora que lo dices…

Leonardo trajo una copa de cristal llena de vino dorado.

– No la molestes, Jess.

Eve aceptó la copa y levantó la vista hacia Leonardo.

– No me molesta, sólo está flirteando conmigo. Le gusta el peligro.

Jess dejó escapar una melodiosa carcajada.

– Me has pillado. Las mujeres felizmente casadas son las más seguras para flirtear. -Jess extendió los brazos mientras ella bebía un sorbo, observándolo-. No hay daños ni prejuicios. -Le cogió una mano y le recorrió con un dedo el intrincado diseño del anillo de boda.

– El último hombre que tuvo líos conmigo está entre rejas -comentó Eve-. Eso fue después de molerlo a golpes.

– ¡Huy! -Riendo, Jess le soltó la mano-. Tal vez sea mejor que deje que Leonardo te pida el favor.

– Es para Mavis -explicó Leonardo, y su mirada se enterneció al pronunciar su nombre-. Jess cree que la maqueta ya está lista. El mundo de la música y los espectáculos es duro, ya sabes. Está atestado y es muy competitivo, y la mayor ilusión de Mavis es triunfar. Después de lo que ocurrió con Pandora… -Se estremeció ligeramente-. Bueno, después de lo que ocurrió, y de que Mavis fuera arrestada y despedida de Blue Squirrel, pasar por todo eso… Ha sido duro para ella.

– Lo sé. -Eve se sintió de nuevo culpable por la parte que había tomado en el asunto-. Es agua pasada.

– Gracias a ti. -Eve negó con la cabeza, pero Leonardo insistió-: Tú la creíste, luchaste por ella y la salvaste. Ahora voy a pedirte que hagas algo más porque sé que la quieres tanto como yo.

Ella entornó los ojos.

– Es evidente que me estás acorralando -dijo.

Él no se molestó en disimular una sonrisa.

– Eso espero.

– Fue idea mía -interrumpió Jess-. Tuve que empujar un poco a Leonardo para que acudiera a ti. El no quería aprovecharse de tu amistad o posición.

– ¿Mi posición de policía?

– No. -Jess sonrió, comprendiendo la reacción de ella-. De esposa de Roarke. -Oh, a ella le traía sin cuidado eso, pensó divertido. Era una mujer que quería que la valoraran por sí misma-. Tu marido tiene una gran influencia, Dallas.

– Sé muy bien qué tiene Roarke. -No era exactamente cierto. Eve no tenía ni idea de hasta dónde llegaban sus propiedades y operaciones. No quería saberlo-. ¿Qué quieres de él?

– Sólo una fiesta -se apresuró a responder Leonardo.

– ¿Una qué?

– Una fiesta para Mavis.

– Por todo lo alto -terció Jess con una sonrisa-. De las que rompen.

– Un acontecimiento. -Leonardo miró a Jess con afecto-. Un escenario, por así decirlo, donde Mavis pueda conocer gente y actuar. No le he comentado la idea por si te oponías. Pero pensamos que si Roarke pudiera invitar… -Se hizo evidente su embarazo cuando ella lo miró a los ojos-. Bueno, conoce a mucha gente.

– Gente que compra discos, va a clubes, busca espectáculos. -Jess le dedicó una sonrisa cautivadora-. ¿Más vino?

En lugar de ello, Eve dejó a un lado la copa que apenas había tocado.

– Quieres que organice una fiesta. -Temiendo una trampa, escudriñó el rostro de ambos-. ¿Eso es todo?

– Más o menos. -Leonardo la miró esperanzado-. Nos gustaría presentar el disco durante la fiesta y que Mavis actuara también en directo. Sé que es mucho gasto, y estoy más que dispuesto a pagar…

– No será el dinero lo que le preocupe. -Eve reflexionó, tamborileando en el brazo de la silla-. Hablaré con él y me pondré en contacto con vosotros. Supongo que querréis que sea pronto.

– Lo antes posible.

– Me pondré en contacto -repitió Eve, poniéndose de pie.

– Gracias, Dallas. -Leonardo se inclinó para besarle en la mejilla-. Ya no te molestamos más.

– Será un gran éxito -predijo Jess-. Sólo necesita un empujoncito. -Sacó un disco del bolsillo-. Es una copia de la maqueta. -Una copia especialmente amañada para la teniente, pensó él-. Echale un vistazo.

Eve sonrió, pensando en Mavis.

– Lo haré.

Una vez a solas en el piso de arriba, Eve programó el Autochef y se encontró con un humeante plato de pasta y lo que sin duda era una salsa recién hecha a base de tomates y hierbas de la huerta. Nunca dejaba de asombrarle todo lo que Roarke tenía a su disposición. Lo devoró mientras se llenaba la bañera, luego decidió echar en el agua sales aromáticas que él le había comprado en París.

Pensó que olían como su luna de miel, ostentosa y romántica. Se sumergió en una bañera del tamaño de una pequeña piscina y suspiró. Vacía la mente antes de ponerte a pensar, se ordenó al tiempo que abría el panel de mandos empotrado en la pared. Ya había cargado el disco maqueta en la unidad del cuarto de baño y la encendió para verlo en la pantalla de la pared.

Se sumergió en el agua caliente y espumosa, se recostó con una segunda copa de vino en la mano, y meneó la cabeza. ¿Qué demonios estaba haciendo ella allí? Eve Dallas, una policía que se había hecho a sí misma; una niña sin nombre que había sido encontrada en un callejón, abandonada y violada, con un asesinato a cuestas que había borrado de su memoria.

Hasta hacía un año ese recuerdo había permanecido fragmentario y su vida había sido trabajo, supervivencia y más trabajo. Su cometido era hacer justicia a las víctimas, y era buena en ello. Eso le había bastado. Ella se había encargado de que le bastara.

Hasta que apareció Roarke. Seguían desconcertándola los destellos que lanzaba el anillo en su dedo.

Él la quería. La deseaba. Él, el competente, exitoso y enigmático Roarke, incluso la necesitaba. Eso era aún más desconcertante. Y dado que ella al parecer no lograba dar con una respuesta, tal vez con el tiempo aprendería a aceptarlo.

Bebió un sorbo de vino, se sumergió un poco más en el agua y pulsó el botón del mando a distancia.

Al instante el color y el sonido irrumpieron en la habitación. Eve bajó el volumen antes de que le estallaran los tímpanos. Entonces Mavis cruzó la pantalla como un torbellino, tan exótica como un duende, tan potente como un whisky con hielo. Su voz era un alarido, pero resultaba atractiva, y le iba tanto como la música que Jess había compuesto a propósito para ella.

Era un tema ardiente, despiadado, salvaje. Muy propio de Mavis. Pero mientras Eve lo asimilaba, cayó en la cuenta de que el sonido y el espectáculo habían sido pulidos. Siempre había algo centelleante cuando se trataba de un trabajo de Mavis, pero ahora había un brillo que antes no estaba.

Los valores de producción, supuso ella. La orquestación. Y alguien que había tenido la vista de reconocer un diamante bruto, y el talento y voluntad de pulirlo.

La opinión que le merecía Jess mejoró. Tal vez le había parecido un muchacho engreído exhibiendo su complicada consola, pero era evidente que sabía cómo hacerla funcionar. Más aún, comprendía a Mavis. Valoraba lo que era y lo que quería hacer, y había descubierto el modo de que lo hiciera bien.

Eve rió para sí y levantó la copa para brindar por su amiga. Al parecer iban a ofrecer una fiesta por ella.

En su estudio del centro Jess revisaba el disco maqueta. Esperaba de todo corazón que Eve lo viera. Si lo hacía, su mente se abriría a los sueños. Le habría gustado saber cuáles iban a ser, adónde la llevarían. De este modo podría ver lo mismo que ella. Podría documentarlo, revivirlo. Pero su investigación aún no le había permitido descubrir el camino que conducía a los sueños. Algún día, pensó. Algún día.

Los sueños volvieron a sumir a Eve en la oscuridad y el miedo. Al principio eran confusos, luego asombrosamente claros hasta desparramarse de nuevo como hojas al viento. Soñaba con Roarke, y eso era sedante. Contemplando una explosiva puesta de sol con él en México, haciendo el amor en el agua oscura y burbujeante de una laguna. Lo oyó susurrarle al oído mientras la penetraba, instándola a dejarse llevar. Simplemente dejarse llevar.

De pronto se convertía en su padre, que la sujetaba, y ella era una niña indefensa, herida, asustada.

Por favor, no…

Allí estaba el olor a dulce y alcohol que él desprendía. Demasiado dulce, demasiado fuerte. Lo olía y se echaba a llorar, y él le cubría la boca con la mano para acallar sus gritos mientras la violaba.

«Nuestras personalidades son programadas en el momento de la concepción.» La voz de Reeanna acudió flotando, fría y segura. «Somos lo que somos. Nuestras decisiones son tomadas al venir al mundo.»

Y ella era una niña, encerrada en una horrible habitación fría que olía a basura, orina y muerte. Y tenía las manos manchadas de sangre.

Alguien la sostenía, sujetándola por los brazos, y ella luchaba como un animal salvaje, como lucharía una niña desesperada y aterrorizada.

– No, no, no…

– Shhh, Eve, es un sueño. -Roarke la abrazó y la meció en sus brazos mientras el sudor de Eve le manchaba la camisa y le partía el corazón-. Estás a salvo.

– Te maté. Estás muerto. Quédate muerto.

– Despierta.

Él le besó la sien, tratando de hallar el modo de tranquilizarla. Si hubiera podido, habría retrocedido en el tiempo y asesinado alegremente lo que la atormentaba.

– Despierta, cariño. Soy Roarke. Nadie va a hacerte daño. Ha muerto -murmuró cuando ella dejó de forcejear y empezó a temblar-. Y nunca volverá.

– Ya estoy bien. -Siempre le humillaba ser sorprendida en medio de una pesadilla.

– Pues yo no. -Él siguió sosteniéndola, acariciándola, hasta que ella dejó de temblar-. Ha sido una pesadilla.

Ella mantuvo los ojos cerrados y trató de concentrarse en el olor que él desprendía, limpio y varonil.

– Recuérdame que no me meta en cama después de unos maravillosos espaguetis con especias. -Eve se dio cuenta de que él estaba vestido y que las luces del dormitorio estaban bajas-. Aún no te has acostado.

– Acabo de entrar. -Él le secó una lágrima de la mejilla-. Sigues pálida. -Le destrozaba verla así y su voz se volvió tensa-. ¿Por qué demonios no tomas al menos un tranquilizante?

– No me gustan. -Como de costumbre, la pesadilla le había dejado un ligero dolor de cabeza. Sabiendo que él se daría cuenta si la miraba con mucho detenimiento, se apartó-. Hacía tiempo que no tenía ninguna. Semanas enteras. -Más serena, se frotó los ojos cansados-. Esta era muy confusa y extraña. Tal vez fuera el vino.

– O el estrés. El trabajo acabará contigo.

Ella ladeó la cabeza y consultó el reloj que él llevaba en la muñeca.

– ¿Y quién acaba de llegar de la oficina a las dos de la madrugada? -Eve sonrió, deseando borrar la preocupación reflejada en los ojos de Roarke-. ¿Has comprado algún pequeño planeta últimamente?

– No, sólo unos satélites insignificantes. -Roarke se levantó, se quitó la camisa y arqueó una ceja al ver la expresión con que ella le miraba el pecho desnudo-. Estás demasiado cansada.

– Tú puedes hacer todo el trabajo.

Riendo, él se sentó para quitarse los zapatos.

– Muchas gracias, pero ¿qué tal si esperamos a que tengas fuerzas para participar?

– ¡Cielos, eso es tan de casados! -Pero se deslizó debajo de las sábanas, agotada. El dolor de cabeza la rondaba.

Cuando él se acostó a su lado, ella descansó la cabeza en su hombro.

– Me alegro de que estés en casa.

– Yo también. -Roarke le acarició el cabello con los labios-. Ahora duerme.

– Sí. -A Eve le tranquilizaba sentir los latidos de su corazón bajo la palma de la mano. Sólo que se sentía ligeramente avergonzada de necesitarlo, de necesitar que él estuviera allí-. ¿Crees que somos programados al nacer?

– ¿Cómo dices?

– Simple curiosidad. -Eve se sumía ya en el sueño crepuscular, y habló despacio y con voz pastosa-. ¿Es el azar, la dotación genética, lo que se cuela con los huevos y el esperma? ¿En qué nos convierte eso a ti y a mí, Roarke?

– En supervivientes -respondió él, pero sabía que ella dormía-. Hemos sobrevivido.

Permaneció despierto largo rato escuchándola respirar y contemplando las estrellas. Cuando creyó que ella dormía sin interrupción, la imitó.

A las siete la despertó un comunicado de la oficina del comandante Whitney. Esperaba la llamada. Tenía dos horas para preparar el informe que debía exponerle.

No le soprendió encontrar a Roarke ya en pie, vestido y tomando café mientras revisaba los informes de la bolsa en su monitor. Ella le dedicó un gruñido, su acostumbrado saludo de buenos días, y se llevó el café a la ducha.

Él hablaba por telenexo cuando ella volvió. Con su corredor de bolsa, según dedujo ella de los fragmentos de conversación que captó. Eve cogió un bollo de pan con la intención de comérselo mientras se vestía, pero Roarke le cogió la mano y la sentó en el sofá.

– Te llamaré a la una -dijo a su corredor antes de cortar la transmisión-. ¿A qué vienen tantas prisas? -preguntó a Eve.

– Tengo que reunirme con Whitney dentro de hora y media y convencerle de que hay una conexión entre tres víctimas no relacionadas entre sí, y persuadirle de que me deje mantener el caso abierto y acepte los datos que he conseguido de forma ilegal. Luego me esperan otra vez en el tribunal para testificar, para que un chulo de los bajos fondos, que tenía un prostíbulo ilegal de menores y que golpeó a una de ellas hasta matarla, vaya a la cárcel y no salga de allí.

Él la besó con delicadeza.

– Un día más. Tómate unas fresas.

Ella sentía debilidad por las fresas y cogió una de la fuente.

– No tenemos ningún compromiso esta noche, ¿verdad?

– No. ¿Qué tienes en mente?

– Estaba pensando que podríamos no hacer nada. -Se encogió de hombros-. A menos que acabe en Interrogatorios por haber violado la seguridad del gobierno.

– Deberías haberlo dejado en mis manos. -Él le sonrió-. Con un poco de tiempo habría podido acceder a esos datos desde aquí.

Ella cerró los ojos.

– No digas nada. La verdad, prefiero no saberlo. -¿Qué me dices de ver un par de viejos vídeos comiendo palomitas y dándonos el lote en el sofá?

– Digo gracias, Dios.

– Entonces quedamos así. -Roarke destapó la taza del café-. Tal vez incluso logremos cenar juntos. Ese caso… o casos te tienen preocupada.

– No consigo ver nada claro. No veo el porqué ni el cómo. Aparte del cónyuge de Fitzhugh y de su socia, nadie se ha apartado siquiera de las normas. Y los dos son imbéciles. -Eve alzó los hombros-. No es homicidio cuando se trata de autodestrucción, pero tiene todo el aspecto de serlo. -Resopló-. Y si eso es todo lo que tengo para convencer a Whitney, tendré que sacar mi trasero de su oficina antes de que me lo pisotee.

– Confía en tu instinto. Me da la impresión de que ese hombre es lo bastante listo para confiar también en él.

– Pronto Lo sabremos.

– Si te arrestan, cariño, te esperaré.

– ja, ja.

– Summerset dijo que tuviste visita ayer -añadió Roarke mientras ella se levantaba y se acercaba al armario.

– Oh, mierda, lo había olvidado. -Arrojando el albornoz al suelo, buscó desnuda entre su ropa. Era un ritual que a Roarke le encantaba. Encontró una camisa de algodón azul claro y se la puso-. Hice venir a un par de tíos para una rápida orgía después del trabajo.

– ¿Hicisteis fotos?

Ella soltó una risita. Encontró unos vaqueros, pero recordó su cita en los tribunales y los cambió por unos pantalones entallados.

– Eran Leonardo y Jess. Querían pedirte un favor.

Roarke observó cómo empezaba a ponerse los pantalones, recordaba la ropa interior y abría un cajón.

– ¿Ah, sí? ¿Me dolerá?

– No lo creo. Y la verdad, estoy de su parte. Se les ocurrió que podrías organizar una fiesta aquí en honor de Mavis. Y dejarla actuar. El disco maqueta ya está listo. Lo vi anoche y es realmente bueno. Serviría para, digamos, promocionarlo antes de que empiecen a venderlo.

– De acuerdo. Podríamos organizarla para dentro de una o dos semanas. Revisaré mi agenda. Medio vestida, ella se volvió hacia él.

– ¿Ya está?

– ¿Por qué no? No hay ningún problema. -Ella hizo un mohín.

– Imaginé que tendría que persuadirte.

Los ojos de Roarke se iluminaron de anticipación.

– ¿Te gustaría?

Ella se abrochó los pantalones y lo miró inexpresiva.

– Bueno, lo agradecería. Y ya que estás tan complaciente, supongo que es buen momento para soltar la segunda parte.

Él se sirvió más café y lanzó una mirada al monitor cuando empezaron a desfilar en la pantalla los informes de agricultura de fuera del planeta. Recientemente había comprado una minigranja en la estación espacial Delta.

– ¿Qué segunda parte?

– Bueno, Jess ha preparado un número. Me lo mostró anoche. -Miró a Roarke-. Forman un dúo realmente impresionante. Y nos preguntamos si en la fiesta, en la parte de la actuación en directo, podrías salir con Mavis.

Él parpadeó, perdiendo interés en los cultivos.

– ¿Para qué?

– Para actuar. La verdad es que fue idea mía -siguió ella, casi delatándose al verlo palidecer-. Tienes una bonita voz. Al menos en la ducha. Te sale el acento irlandés. Lo comenté y a Jess le pareció fabuloso.

Roarke logró cerrar la boca, no sin dificultades. Alargó un brazo para apagar el monitor.

– Eve…

– Sería fantástico. Leonardo te ha diseñado un conjunto.

– ¿Para mí…? -Alterado, Roarke se levantó-. ¿Quieres que me disfrace y cante un dúo con Mavis… en público?

– Significaría mucho para ella. Piensa sólo en la publicidad que conseguiríamos.

– Publicidad. -Roarke palideció-. Cielo santo, Eve.

– Es un número muy sexy. -Poniendo a ambos a prueba, ella se acercó a él y empezó a juguetear con los bolsillos de su camisa mientras lo miraba esperanzada-. Podría conducirla a la cima.

– Eve, le tengo mucho aprecio, de veras. Sólo que no creo…

– Eres tan importante… -lo interrumpió ella deslizándole un dedo por el pecho-. Tan influyente y… maravilloso.

Eso era demasiado. Roarke entornó los ojos.

– Me estás camelando.

Eve prorrumpió en carcajadas.

– Te lo has tragado. ¡Oh, tendrías que haber visto la cara que has puesto! -Se llevó una mano al estómago y gritó cuando él le tiró de una oreja-. Por poco te convenzo.

– Lo dudo. -Roarke le volvió la espalda y volvió a servirse café.

– Lo habría conseguido. Habrías actuado si hubiera seguido un poco más. -Sin parar de reír, ella le rodeó el cuello y se abrazó a su espalda-. Te quiero.

El permaneció inmóvil mientras la emoción le inundaba el pecho. Conmovido, se volvió y la sujetó por los brazos.

– ¿Qué te pasa? -preguntó Eve dejando de reír. Parecía aturdido, y su mirada era oscura y feroz.

– Nunca lo dices. -La atrajo hacia sí y hundió el rostro en su cabello-. Nunca lo dices -repitió.

Ella no podía hacer más que esperar, estremecida ante las emociones que había suscitado en él. ¿De dónde habían salido?, se preguntó. ¿Dónde habían permanecido escondidas?

– Claro que lo digo.

– No así. -Él había sabido cuánto necesitaba oírselo decir de ese modo-. Sólo lo haces de forma impulsiva, sin pensar.

Ella abrió la boca para negarlo, pero volvió a cerrarla. Era cierto, y estúpido y cobarde.

– Lo siento. Me cuesta mucho. Claro que te quiero -dijo ella en voz queda-. A veces me asusta porque tú eres el primero. Y el único.

Él la abrazó.

– Has cambiado mi vida. Eres mi vida. -La besó despacio y delicadamente-. Te necesito.

Ella le echó los brazos al cuello y lo atrajo hacia sí.

– Demuéstramelo. Ya.

11

Eve se puso a trabajar tarareando. Sentía el cuerpo ágil y vigoroso, y la mente descansada. Le pareció un buen augurio el hecho de que su vehículo se pusiera en marcha al primer intento y que el control de la temperatura permaneciera estable a unos agradables veintidós grados.

Se sentía preparada para enfrentarse al comandante y convencerlo de que tenía un caso por resolver.

Entonces llegó a la Quinta Avenida con la Cuaren ta y siete, y se encontró con el atasco. El tráfico estaba parado y nadie prestaba atención a las leyes contra la contaminación acústica. En cuanto se detuvo, la temperatura del interior del vehículo ascendió alegremente a los 34 grados.

Eve bajó del coche y se unió al tumulto.

Los vendedores de los carros deslizantes se estaban aprovechando de la ocasión, colándose entre la gente y haciendo el agosto con sus palillos de fruta helada y tazas de café. Eve no se molestó en mostrar su placa y recordarles que no tenían permiso para vender en la cuneta. En lugar de ello llamó a un vendedor, le compró un tubo de Pepsi y le preguntó qué demonios pasaba.

– Los de la Free Age. -Buscando con la mirada nuevos compradores, el hombre dejó caer en la ranura de su caja fuerte los créditos que ella le dio-. Una manifestación contra el consumo ostentoso. Hay cientos de ellos desparramados por la Quinta. ¿Quiere un bollo de trigo para acompañar? Está recién hecho.

– No.

– Le queda para rato -le advirtió él, y se subió a su carro para deslizarse entre los vehículos parados.

Eve contempló la escena. Le bloqueaban el paso por todas partes los furiosos trabajadores que acudían a su empleo. El calor era insoportable.

Volvió a subirse al coche, golpeó con un puño el tablero de mandos y logró hacer bajar bruscamente la temperatura a unos quince grados. Por encima de su cabeza un zepelín pasó lleno de turistas boquiabiertos.

Sin ninguna fe en su vehículo, Eve lo hizo ascender al tiempo que ponía en marcha la sirena, pero ésta no podía competir con semejante cacofonía. Eve logró un tembloroso ascenso y las ruedas pasaron rozando el techo del coche que tenía delante mientras su vehículo se elevaba tosiendo y atragantándose.

– Siguiente parada, el cementerio de coches para reciclar. Lo juro -murmuró mientras cogía el comunicador-. Peabody, ¿qué cojones está pasando aquí?

Peabody apareció en la pantalla con una expresión serena.

– Teniente, creo que te has topado con el atasco provocado por la manifestación de la Quinta.

– No estaba prevista. Sé muy bien que no estaba anunciada para esta mañana. No pueden tener permiso.

– Los de la Free Age no creen en los permisos, teniente. -Peabody se aclaró la garganta cuando Eve gruñó-. Creo que si te diriges al oeste tendrás más suerte en la Setenta. También hay mucho tráfico, pero se mueve. Si compruebas el monitor del salpicadero…

– ¡Como si fuera a funcionar en este trozo de chatarra! Llama a mantenimiento y diles que son hombres muertos. Luego ponte en contacto con el comandante y explícale que puede que llegue unos minutos tarde. -Mientras hablaba, luchaba con la tendencia del vehículo a perder altura y a hacer que tanto los peatones como los demás conductores levantaran la vista horrorizados-. Si no caigo antes sobre alguien, estaré allí en veinte minutos.

Esquivó por los pelos el borde del holograma de una valla publicitaria que pregonaba las delicias de volar en un vehículo privado. Ella y el jet Star habían tomado direcciones contrarias con distintos grados de éxito. Rozó el bordillo de la acera al adentrarse en la Setenta y no pudo culpar al tipo trajeado que circulaba con aeropatines por levantarle el dedo medio.

Pero lo había esquivado, ¿no?

Se permitió un suspiro de alivio cuando sonó su comunicador.

– Todas las unidades, todas las unidades. Doce diecisiete. Tejado del Tattler Building. Setenta con Cuarenta y dos. Acudir de inmediato. Mujer no identificada, al parecer armada.

Doce diecisiete, pensó Eve. Amenaza de suicidio. ¿Qué demonios era eso?

– Mensaje recibido, teniente Dallas, Eve. Hora de llegada prevista en cinco minutos.

Volvió a poner en marcha la sirena.

El Tattler Building, sede del periódico sensacionalista más popular del país, resplandecía de puro nuevo. Los edificios de su antigua sede habían sido arrasados en los años treinta a causa del programa de embellecimiento de la ciudad, lo que era un eufemismo de la decadencia de infraestructura y construcción que había infestado Nueva York en ese período.

Se alzaba en forma de bala de acero plateado, y estaba rodeado de pasillos aéreos y aerodeslizantes con restaurante al aire libre que sobresalían de la base.

Eve aparcó en doble fila, recogió su equipo y se abrió paso a empujones entre la gente apiñada en la acera. Mostró la placa al guardia jurado y vio alivio en su rostro.

– Gracias a Dios. Está allá arriba, manteniendo a todo el mundo alejado con un espray antiatracos. Bill se quedó ciego al intentar llegar a ella.

– ¿Quién es ella? -preguntó Eve mientras se encaminaban al ascensor del interior.

– Cerise Devane. Es la dueña de este maldito lugar.

– ¿Devane?

Eve la conocía de vista. Cerise Devane, la presidenta de Tattler Enterprises, era una de las personas privilegiadas e influyentes que frecuentaban los círculos de Roarke.

– ¿Cerise Devane está en el tejado amenazando con saltar? ¿Qué es esto, un ardid publicitario para aumentar las tiradas?

– A mí me parece que va en serio. -El guardia infló las mejillas-. También está en cueros. Eso es todo lo que sé -afirmó cuando el ascensor salió disparado hacia arriba-. Llamó su ayudante, Frank Rabbit. Puede obtener más información de él si ya ha vuelto en sí. Cayó redondo al verla salir por la ventana. Eso es lo que he oído decir.

– ¿Ha llamado a un psicólogo?

– Alguien lo ha hecho y ya tenemos aquí al de la compañía, y está en camino un experto en suicidios. Así como los bomberos y la brigada de rescate aéreo. Todo está controlado. Hay un terrible atasco en la Quinta.

– ¡A quién se lo dice!

Las puertas se abrieron al tejado, y al salir de la cabina Eve sintió una ráfaga de aire frío que no se abría paso a través de los altos edificios en dirección al valle que formaban las calles. Echó un vistazo.

La oficina de Cerise estaba construida sobre el tejado, o más exactamente, dentro de él. Las paredes inclinadas de cristal terminaban en punta y ofrecían a la presidenta una vista de trescientos sesenta grados de la ciudad.

A través del cristal, Eve vio el material gráfico, la decoración y el equipo diseñados para una oficina de primera clase. Y en el sofá en forma de U había un hombre tendido con una compresa en la frente.

– Si ése es Rabbit, dígale que se recupere y venga aquí a prestar declaración. Luego eche de aquí a toda la gente que no sea imprescindible y evacue la calle. Si salta, no queremos que aplaste a los mirones.

– No tengo hombres suficientes -repuso el guardia.

– Traiga aquí a Rabbit -repitió ella, y llamó a la central-. Peabody, estoy en un apuro.

– ¿Qué necesitas?

– Ven aquí con hombres para dispersar la multitud de la calle. Tráeme todos los datos disponibles sobre Cerise Devane, y pide a Feeney que compruebe las llamadas de sus telenexos de casa, personal y portátil, de las últimas veinticuatro horas. ¡Date prisa!

– Hecho -respondió Peabody cortando la transmisión.

Eve se volvió cuando el guardia se acercó a ella con un hombre joven. Rabbit tenía la corbata de la compañía mal anudada y el cabello de corte elegante enmarañado, y le temblaban las manos pulcramente manicuradas.

– Explíqueme exactamente qué ha ocurrido -pidió ella-. Y hágalo deprisa y claro. Luego podrá derrumbarse.

– Simplemente salió al tejado. -La voz le falló mientras se apoyaba débilmente contra el brazo del guardia que lo sostenía-. Parecía tan contenta. Casi bailaba de contento. Se… había quitado toda la ropa. Toda.

Eve se encogió de hombros. Rabbit parecía más asombrado del repentino gusto de su jefa por el exhibicionismo que de la posibilidad de su muerte.

– ¿Qué la movió a hacerlo?

– No lo sé. Se lo juro, no tengo ni idea. Me había pedido que llegara temprano, a eso de las ocho. Estaba preocupada por uno de los pleitos. Siempre nos están demandando. La encontré fumando, tomando café y paseándose por la habitación. Me dijo que iba a tomarse unos minutos para recuperarse. -El hombre se cubrió el rostro con las manos-. Quince minutos más tarde salió sonriendo y… desnuda. Me quedé tan perplejo que seguí aquí sentado, sin hacer nada. -Empezaron a castañetearle los dientes-. Nunca la había visto descalza siquiera.

– Que esté desnuda no es el problema más grave -señaló Eve-. ¿Habló con usted, le dijo algo?

– Bueno, yo estaba perplejo… ya sabe. Le dije algo, algo como «Señorita Devane, ¿qué está haciendo? ¿Le ocurre algo?». Y ella se limitó a reír. Dijo que era perfecto. Que ya lo tenía todo previsto y que todo era maravilloso. Que iba a sentarse un rato en el borde del tejado antes de saltar. Pensé que bromeaba, y me puse tan nervioso que también reí. -Se le ensombreció la mirada-. Y de pronto la vi en el borde del tejado. Se asomó y creí que iba a saltar, así que me acerqué corriendo. Allí estaba, sentada en el borde, balanceando las piernas y tarareando una canción. Le pedí por favor que entrara. Ella se rió rociándome de espray, y dijo que me marchara como un buen chico.

– ¿Recibió o hizo alguna llamada?

– No. Cualquier transmisión hubiera pasado por mi terminal. Va a saltar, se lo digo. Se inclinó mientras yo la observaba y estuvo a punto de hacerlo. Y dijo que iba a ser un viaje agradable. Va a saltar.

– Eso ya lo veremos. No se vaya muy lejos.

Eve se volvió. El psicólogo de la compañía era fácil de reconocer. Iba vestido con una bata blanca a la altura de la rodilla y unos estrechos pantalones negros. Llevaba su melena gris recogida en una pulcra cola, y estaba inclinado sobre el alféizar de la ventana en una postura que revelaba ansiedad.

Al acercarse a él Eve musitó una maldición. Oyó el zumbido del desfile aéreo y volvió a maldecir a los medios de comunicación al ver la primera aerofurgoneta. El canal 75, por supuesto, se dijo. Nadine Furst siempre era la primera en llegar.

El psicólogo se irguió y se alisó la bata para las cámaras. Eve pensó que iba a aborrecerlo.

– ¿Doctor? -Le mostró la placa y advirtió un fugaz brillo en sus ojos. Lo único que le vino a la cabeza era que una compañía de la categoría y poderío de Tattler podía haberse permitido algo mejor.

– Teniente, estoy haciendo ciertos progresos con la paciente.

– Sigue en el borde, ¿no? -Eve señaló hacia el tejado y lo apartó para asomarse ella-. ¿Cerise?

– ¿Más compañía?

Atractiva, con la piel como los pétalos de una rosa y balanceando alegremente sus piernas bien bronceadas, Cerise levantó la vista. Su cabello negro azabache ondeaba al viento, en sus ojos verdes de mirada profunda había una expresión vivaz y astuta.

– Caramba, ¿estoy viendo a Eve? Eve Dallas, la recién casada. Una boda encantadora, por cierto. El gran acontecimiento del año. Movilizamos miles de unidades para cubrirlo.

– Me alegro por ti.

– Hice perder el culo a los de documentación y búsqueda de datos para intentar averiguar el itinerario de la luna de miel. Creo que sólo Roarke es capaz de esconderse de todos los medios de comunicación. -Agitó una mano juguetona y sus generosos senos temblaron-. Podrías haber compartido el secreto, sólo un poco. El público se muere por saber. Nos morimos por saber. -Soltó una risita y cambió de postura, y casi perdió el equilibrio-. Cielos. Aún no. Esto es muy divertido y no quiero precipitarme. -Se irguió y saludó a los aerofurgones-. Normalmente detesto los medios de comunicación visuales. Pero ahora no consigo recordar el motivo. ¡Quiero a todo el mundo! -gritó al último, abriendo los brazos.

– Eso está muy bien, Cerise. ¿Por qué no vuelves aquí un momento? Te daré los detalles de la luna de miel. Una exclusiva.

Cerise sonrió con astucia.

– No, no. -La negativa volvía a ser juguetona, casi una risita-. ¿Por qué no vienes tú aquí? Podemos saltar juntas. Es sensacional, te lo aseguro.

– Vamos, señorita Devane -empezó el psicólogo-, todos tenemos momentos de desesperación. La comprendo y estoy con usted. Siento su dolor.

– Oh, cállate. -Cerise lo rechazó con un ademán-. Estoy hablando con Eve. Ven aquí, encanto. Pero no demasiado cerca. -Agitó el espray y rió-. Ven aquí y únete a la fiesta.

– Teniente, no le recomiendo que…

– Calle y espere a mi ayudante -ordenó Eve al psicólogo mientras pasaba una pierna por encima del parapeto de acero y se descolgaba hasta el borde.

El viento no resultaba tan agradable cuando te hallabas a setenta pisos de altura, sentada en un saliente de acero de apenas medio metro de ancho. Sacudía la ropa y azotaba la piel. Eve trató de contener los latidos de su corazón y apretó la espalda contra la pared del edificio.

– ¿No es precioso? -suspiró Cerise-. Me encantaría tomarme una copa de vino aquí. ¿A ti no? No, mejor una larga copa de champán. La reserva del cuarenta y siete de Roarke sabría a gloria en estos momentos.

– Creo que tenemos una en casa. Vamos a abrirla.

Cerise se echó a reír y le dedicó una amplia sonrisa. Fue la sonrisa, Eve lo comprendió con el corazón palpitándole de nuevo con fuerza. La había visto en el rostro del joven que colgaba de una soga improvisada.

– Ya estoy borracha de felicidad.

– Si eres tan feliz, ¿por qué estás aquí desnuda, pensando en dar el último salto?

– Eso es lo que me hace feliz. ¿Cómo es posible que no lo entiendas? -levantó el rostro hacia el cielo y cerró los ojos. Eve se arriesgó a acercarse unos centímetros-. No sé por qué no lo entienden. Es tan bonito… y emocionante. ¡Es todo!

– Si saltas de este saliente, ya no habrá nada. Todo habrá acabado.

– No, no y no. -Cerise volvió a abrir los ojos, y esta vez los tenía vidriosos-. Es sólo el comienzo, ¿no lo entiendes? ¡Oh, somos todos tan ciegos!

– No hay nada que no tenga solución. Lo que sea que esté torcido puede enderezarse, ya lo sabes. -Con cuidado, Eve apoyó una mano sobre la de Cerise. Pero no se la cogió, no quiso arriesgarse a hacerlo-. Lo importante es sobrevivir. Es posible cambiar las cosas, incluso mejorarlas, pero para ello tienes que sobrevivir.

– ¿Sabes cuánto cuesta hacer eso? ¿Y qué sentido tiene cuando resulta tan placentero esperar? Me siento muy bien, no lo estropees. -Riéndose, Cerise apuntó el espray a los ojos de Eve-. Estoy tratando de disfrutar estos momentos.

– Hay gente preocupada por ti. Tienes una familia que te quiere, Cerise. -Eve trató de hacer memoria. ¿Tenía hijos, un cónyuge, padres?-. Si te tiras les causarás un gran dolor.

– Sólo hasta que comprendan. Se acerca el momento en que todo el mundo comprenderá. Entonces todo será mejor. Más hermoso. -Miró a los ojos de Eve con expresión soñadora y una radiante y aterrorizante sonrisa-. Ven conmigo. -Le cogió la mano con fuerza-. Va a ser maravilloso. Sólo tienes que dejarte caer.

Eve sintió un hilo de sudor por la espalda. La mano de la mujer la aferraba como una tenaza, y forcejear para liberarse las condenaría a las dos. Se obligó a no oponer resistencia, a hacer caso omiso del azote del viento y del zumbido de las aerofurgonetas que filmaban todos los movimientos.

– No quiero morir, Cerise -respondió con calma-. Y tú tampoco. El suicidio es para cobardes.

– Te equivocas, es para exploradores. Pero como tú quieras. -Cerise le dio una palmadita en la mano y se la soltó, luego emitió una larga y ruidosa carcajada al viento-. ¡Oh, Dios, soy tan feliz! -Y abriendo los brazos de par en par, se arrojó al vacío.

Eve trató de aferrarla y casi perdió el equilibrio al rozar con los dedos las delgadas caderas de Cerise. Cayó de costado y Eve contempló su risueño rostro hasta que se volvió borroso.

– ¡Oh, Dios mío!

Mareada, se irguió y cerró los ojos. Le llegaban gritos, y sintió en las mejillas el azote del aire desplazado por la aerofurgoneta al acercarse a ella para tomar un primer plano.

– Teniente Dallas.

La voz era como una abeja zumbándole al oído y Eve se limitó a negar con la cabeza.

De pie en el tejado, Peabody bajó la vista y trató de contener las náuseas. Todo lo que veía en esos momentos era que Eve estaba recostada contra el saliente, blanca como el papel, y que el menor movimiento la enviaría detrás de la mujer que había tratado de salvar. Respiró hondo y adoptó un tono áspero y profesional.

– Teniente Dallas, te necesitamos aquí. Necesito tu grabadora para hacer un informe completo.

– Te oigo -respondió Eve con tono cansado. Con la mirada al frente, alargó la mano hacia atrás. Al sentir que alguien se la cogía, se puso de pie. Se dio la vuelta y al mirar a Peabody vio miedo en sus ojos-. La última vez que pensé en saltar tenía ocho años. -Aunque le temblaban ligeramente las piernas, consiguió pasarlas por encima del parapeto-. No pienso seguirla.

– ¡Cielos, Dallas! -Peabody la abrazó fuertemente-. Me has dado un susto de muerte. Pensé que iba a arrastrarte con ella.

– Yo también, pero no lo hizo. Pon un poco de orden, Peabody. La prensa se está poniendo las botas.

– Lo siento.

– No te preocupes. -Eve miró al psicólogo, que posaba para las cámaras con una mano en el corazón y murmuró-: Gilipollas. -Luego se metió las manos en los bolsillos. Necesitaba un minuto, sólo un minuto, para recuperarse-. No he podido detenerla, Peabody. No he conseguido pronunciar las palabras adecuadas.

– A veces no existen.

– Alguien la incitó a hacerlo -repuso Eve en un susurro-. Debía de haber un modo de hacerle cambiar de idea.

– Lo siento, Dallas. La conocías, ¿verdad?

– Muy poco. Era una de esas personas que pasan incidentalmente por tu vida. -La apartó de su mente. Tenía que hacerlo. La muerte, llegara cuando llegara, siempre dejaba asuntos que resolver-. Veamos qué podemos hacer aquí. ¿Has hablado con Feeney?

– Afirmativo. Ha bloqueado los telenexos desde su oficina y dice que vendrá personalmente. He introducido los datos del individuo, pero no he tenido tiempo de estudiarlos.

Se encaminaron al despacho de Cerise. Por el cristal vieron a Rabbit sentado, cabizbajo.

– Hazme un favor, Peabody. Ocúpate de que un agente le tome una declaración formal. No quiero vermelas aún con él. Y que prohíban la entrada a este despacho. Veamos si podemos averiguar qué demonios estaba haciendo para que decidiera matarse.

Peabody entró y en cuestión de segundos se ocupó de que Rabbit saliera con un agente. Con igual eficacia, hizo desalojar el despacho y cerró las puertas.

– Ya es todo nuestro, teniente.

– ¿No te he dicho que no me llames así?

– Sí, teniente -respondió Peabody con una sonrisa que esperaba le levantara el ánimo.

– Hay una listilla debajo de ese uniforme -resopló Eve-. Enciende la grabadora, Peabody.

– Ya está.

– Muy bien, aquí la tenemos. Llega temprano, cabreada. Rabbit ha dicho que estaba preocupada por un pleito. Busca información sobre eso.

Mientras hablaba, Eve se paseaba por la habitación, reparando en todos los detalles: las esculturas, en su mayoría figuras mitológicas de bronce, muy estilizadas; la alfombra azul a juego con el cielo; el escritorio en tonos rosados y superficie brillante como un espejo; el equipo de oficina, reluciente y moderno, y del mismo tono; un enorme recipiente de cobre lleno de exóticas flores; y un par de arbolillos en macetas.

Se acercó al ordenador, sacó de su maletín la tarjeta maestra y pidió el último informe utilizado.

ÚLTIMO uso, 8.10. LLAMADA AL ARCHIVO NÚMERO 3732-L LEGAL, CLUSTLER CONTRA TATTLER ENTERPRISES.

– Éste debe de ser el pleito que la tenía cabreada -concluyó Eve-. Cuadra con la declaración anterior de Rabbit. -Echó un vistazo al cenicero de mármol con media docena de colillas. Recogió una con las pinzas y la examinó-. Tabaco caribeño con filtro de fibra. Son caros. Guárdalas como prueba.

– ¿Crees que podrían estar rociadas de algo?

– Ella había tomado algo. Tenía una mirada muy extraña. -Eve no olvidaría esos ojos durante mucho tiempo, lo sabía-. Esperemos que baste para un informe de toxicología. Llévate también una muestra de ese poso de café.

Pero Eve no creía que fueran a encontrar nada en el tabaco o el café, pues no había indicio de sustancias químicas en ninguno de los demás suicidios.

– Tenía una mirada muy extraña -repitió-. Y esa sonrisa. He visto antes esa sonrisa, Peabody.

Peabody guardó las bolsas de pruebas y levantó la mirada.

– ¿Crees que está relacionado con los demás casos?

– Creo que Cerise Devane era una mujer con éxito y ambiciosa. Y vamos a seguir todos los trámites, pero apuesto a que no descubriremos el motivo del suicidio. Hizo salir a Rabbit -continuó Eve, paseándose por la habitación. Enojada por el zumbido de las aerofurgonetas que seguían en el aire, levantó la vista y gruñó-. Mira a ver si encuentras el mando de las persianas. Estoy harta de esos gilipollas.

– Será un placer. -Peabody se acercó al panel de mandos-. Me ha parecido ver a Nadine Furst en una de ellas. Por el modo en que se asomaba, ha hecho bien en sujetarse con correas. Podría haber acabado como la protagonista de su informativo.

– Al menos lo cubrirá bien -dijo Eve y asintió cuando las persianas bajaron sobre el cristal-. Luces -ordenó, y la sala volvió a iluminarse.

Echó un vistazo al interior de una caja refrigerada y encontró refrescos, fruta y vino. Una botella había sido abierta y cerrada con film transparente, pero no había ningún vaso que indicara que Cerise había empezado a beber a esa hora tan temprana. Y no habían sido un par de tragos lo que había provocado esa mirada, se dijo Eve.

En el cuarto de baño contiguo, que constaba de bañera de hidromasaje, sauna personal y bañera alteradora del ánimo, descubrió un armario lleno de calmantes, tranquilizantes y estimulantes legalizados.

– Nuestra Cerise era devota de los fármacos -comentó Eve-. Llévatelos para analizar.

– Cielos, tenía una farmacia. La bañera alteradora del ánimo está en posición de concentración, y la última vez que se utilizó fue ayer por la mañana. Esta mañana no.

– Entonces ¿qué hizo para relajarse? -Eve entró en la habitación de al lado, que era una pequeña sala de estar equipada con toda clase de aparatos de recreo, una tumbona y un androide sirviente.

En una pequeña mesa había un encantador traje verde salvia pulcramente doblado. Los zapatos a juego estaban debajo en el suelo, y las joyas -una gruesa cadena de oro, unos sofisticados pendientes y un elegante reloj-grabadora de muñeca habían sido guardados en un bol de cristal.

– Se desvistió aquí. ¿Por qué? ¿Con qué objeto?

– Algunas personas se relajan mejor sin la constricción de la ropa -explicó Peabody, y se ruborizó cuando Eve la miró pensativa por encima del hombro-. Eso dicen.

– Sí. Es posible, pero en ella no me cuadra. Era una mujer muy serena. Su ayudante dijo que nunca la había visto descalza siquiera, y de pronto resulta que es nudista de tapadillo. No lo creo.

Reparó en las gafas de realidad virtual colocadas en el brazo de la tumbona.

– Tal vez hizo un viaje -murmuró-. Está hecha polvo y quiere tranquilizarse, así que entra aquí, se tiende, programa algo y se da un garbeo.

Eve se sentó y cogió las gafas. Fitzhugh y Mathias también habían hecho viajes antes de morir, recordó.

– Voy a ver adónde fue y cuándo. Si después me descubres una tendencia suicida, o decido que me relajo mejor sin la constricción de la ropa, túmbame de un puñetazo.

– Lo haré, teniente.

Eve arqueó una ceja.

– Pero no espero que disfrutes con ello.

– Odiaré cada instante -prometió Peabody.

Eve se puso las gafas con una carcajada.

– Visualizar horas de los últimos viajes realizados -ordenó-. ¡Diana! Hizo uno a las 8.17 de esta mañana.

– En ese caso tal vez no deberías hacerlo, Dallas. Podemos probarlo en circunstancias más controladas.

– Tú eres mi control, Peabody. Si te parezco demasiado contenta con la idea de vivir poco, túmbame. Volver a ejecutar el último programa -ordenó recostándose-. ¡Cielos! -Silbó al ver acercarse a ella a dos jóvenes sementales. Vestidos sólo con unas tiras de brillante cuero negro incrustadas de plata, tenían los músculos cubiertos de aceite y el miembro totalmente erecto.

Se encontraba en una habitación blanca ocupada en su mayor parte por una cama, debajo de su cuerpo desnudo había sábanas de raso, y unos velos colgaban por encima de la cama para filtrar la luz de las velas que ardían en un candelabro de cristal.

Sonaba una música, algo suave y pagano. Ella estaba tendida sobre una pila de almohadas de plumas, y se disponía a volverse cuando el primer joven dios se sentó a horcajadas sobre ella.

– Oye, tío…

– Sólo es para que goce, señora -canturreó él untándole los senos con aceite aromático.

No ha sido buena idea, se dijo Eve en el instante en que experimentaba un ligero e involuntario estremecimiento de placer en la entrepierna. Le untaban aceite en el estómago, los muslos, las piernas, los pies…

Comprendía que esa situación te hiciera sonreír, pero no que te llevara al suicidio.

Manténte al margen, se ordenó, y se concentró en otra cosa. Pensó en el informe que tenía que dar al comandante. En aquellas sombras inexplicables en el cerebro.

Unos dientes le mordisquearon con delicadeza uno de los pezones, una lengua se deslizó húmeda en su punto álgido. Arqueó las caderas en respuesta, y la mano que alargó en protesta resbaló por el tenso hombro untado de aceite.

Entonces el segundo semental se arrodilló y hundió la cabeza entre sus piernas.

Se corrió sin poder evitarlo. Jadeando, se quitó las gafas y encontró a Peabody mirándola boquiabierta.

– No era un paseo en una tranquila playa -balbució.

– Eso ya lo he visto. ¿Qué era exactamente?

– Un par de tipos casi desnudos y una gran cama de sábanas de raso. -Respiró hondo y dejó a un lado las gafas-. ¿Quién habría dicho que se relajaba con fantasías sexuales?

– Teniente, en calidad de tu ayudante creo que es mi deber probar ese programa. Control de pruebas, ya sabes.

– No puedo permitir que corras esa clase de riesgo, Peabody.

– Soy policía, teniente. El riesgo es una constante en mi vida.

Eve se levantó y entregó las gafas a Peabody, y al ver que a ésta se le iluminaba la cara, se apresuró a ordenar:

– Guárdalas, oficial.

Decepcionada, Peabody las metió en una bolsa.

– Mierda. ¿Estaban buenos?

– Eran dioses. -Eve retrocedió hasta la oficina propiamente dicha y echó un último vistazo-. Voy a llamar al equipo de recogida de pruebas, pero no creo que encuentren nada. Me llevaré el disco que cargaste en la central y me pondré en contacto con los parientes más próximos… aunque los medios de comunicación ya deben de tenerlo todo en sus malditas ondas hertzianas. -Recogió su equipo y añadió-: No siento ningún deseo de suicidarme.

– Me alegro, teniente.

Eve miró las gafas con el entrecejo fruncido.

– ¿Cuánto tiempo he estado viajando? ¿Cinco minutos?

– Cerca de veinte. -Peabody sonrió con amargura-. El tiempo vuela cuando se trata de sexo.

– No era exactamente eso -replicó Eve, dando vueltas al anillo de boda con remordimientos-. Si hubiera habido algo en ese programa lo habría notado, así que no es más que otro callejón sin salida. De todos modos hazlo analizar.

– Descuida.

– Y espera a Feeney. Tal vez encuentre algo interesante en los telenexos. Yo iré a implorar al comandante. Cuando termines aquí, lleva las bolsas al laboratorio y el informe a mi oficina. -Se encaminó a la puerta y le lanzó una mirada por encima del hombro-. Y no vale jugar con las pruebas, Peabody.

– Aguafiestas -murmuró la oficial cuando Eve ya no podía oírla.

12

El comandante Whitney se hallaba sentado ante su amplio y bien ordenado escritorio, escuchando. Apreció el hecho de que la teniente informara de un modo claro y conciso, y se admiró al verla omitir ciertos detalles sin parpadear.

Un buen policía debía tener sangre fría. Y Eve Dallas la tenía de hielo, se dijo con satisfacción.

– Así que hizo analizar los datos de la autopsia de Fitzhugh fuera del departamento.

– Así es, señor. -Eve no parpadeó-. El análisis requería un equipo más sofisticado del que disponemos en el departamento de homicidios.

– Y usted tuvo acceso a ese equipo más sofisticado.

– Me las arreglé para tenerlo.

– ¿Y usted misma analizó los datos? -preguntó él, arqueando una ceja-. La informática no es su fuerte, Dallas.

Ella lo miró a los ojos.

– Últimamente me he dedicado a ampliar mis conocimientos en este campo, comandante.

Él lo dudaba.

– Posteriormente consiguió acceder a los archivos del Centro de Seguridad Gubernamental, y una vez allí, cayeron en sus manos unos informes confidenciales.

– Así es. Preferiría no revelar mi fuente.

– ¿Su fuente? ¿Está diciendo que tiene un topo en ese centro?

– Los hay en todas partes -replicó ella con frialdad.

– Pues que éste desaparezca, o podría acabar usted ante un subcomité allá en East Washington -murmuró él. A Eve se le revolvió el estómago, pero mantuvo la voz firme.

– Estoy preparada.

– Más le vale. -Whitney se recostó, juntó las manos y apoyó la barbilla en la punta de los dedos-. Respecto al caso del Olympus, también tuvo usted acceso a los datos. Eso queda un poco fuera de su jurisdicción, ¿no le parece, teniente?

– Me encontraba allí durante el incidente e informé de mis averiguaciones a las autoridades interespaciales.

– Las cuales se hicieron cargo del asunto.

– Tengo autorización para solicitar datos cuando un caso externo está relacionado con uno interno, comandante.

– Eso está por demostrarse.

– Necesitaba los datos para demostrar tal relación.

– Eso se sostendría si se tratara de un homicidio, Dallas.

– Creo que se trata de cuatro homicidios, incluyendo el de Cerise Devane.

– Dallas, acabo de ver la grabación de ese incidente. Vi a una policía y a una suicida en un tejado. La policía trató de persuadir a la suicida, pero ésta decidió saltar. No recibió ningún empujón o coacción de ningún tipo, ni estaba amenazaba en ningún sentido.

– Mi opinión profesional es que actuó bajo coacción.

– ¿Cómo?

– No lo sé. -Y por primera vez Eve dejó entrever su frustración-. Pero estoy segura de que si pudieran recoger de la calle la cantidad suficiente de cerebro para analizarlo, encontrarían la misma quemadura en el lóbulo frontal. Lo sé, comandante. Sólo que no sé cómo llegó allí. -Hizo una pausa y añadió-: O la pusieron.

Él parpadeó.

– ¿Está insinuando que alguien induce a quitarse la vida a ciertos individuos mediante una especie de implante cerebral?

– No he hallado ninguna conexión genética entre los individuos. Ni grupo social, ámbito educativo o afiliación religiosa. No crecieron en la misma ciudad, ni bebían la misma agua, ni acudían a los mismos clubes o gimnasios. Pero todos tenían la misma tara en el cerebro. Eso es más que una coincidencia, comandante. Fue causada, y si al causarla se indujo a esa gente a poner fin a sus vidas, entonces se trata de asesinato. Y allí entro yo.

– Está caminando en la cuerda floja, Dallas -dijo Whitney-. Los muertos tienen familias, y las familias prefieren correr un tupido velo. Su investigación no hace sino prolongar su dolor.

– Lo lamento.

– También está haciendo plantearse interrogantes a la Torre -añadió, refiriéndose al jefe del Departamento de Policía y Seguridad.

– Estoy dispuesta a presentar mi informe a Tibble si así se me lo ordena. -Pero Eve confiaba en no tener que hacerlo-. Estaré a la altura de mi hoja de servicios. No soy un principiante que quiere desenterrar un caso ya cerrado.

– Hasta los policías más experimentados exageran y cometen errores.

– Entonces déjeme cometerlos. -Ella negó con la cabeza antes de que él pudiera replicar-. Fui yo la que estuvo en ese tejado, comandante. Vi la cara, los ojos de esa mujer cuando saltó. Y sé de qué estoy hablando.

El apretó las manos contra el borde del escritorio. Su cargo siempre le exigía llegar a compromisos. Tenía otros casos y necesitaba que ella se ocupara de ellos. El presupuesto era escaso, y nunca había tiempo u hombres suficientes.

– Le doy una semana, eso es todo. Si no tiene las respuestas para entonces, cerraremos los expedientes. Ella contuvo el aliento.

– ¿Y el jefe?

– Hablaré con él personalmente. Consígame algo, Dallas, o prepárese para seguir adelante.

– Gracias, señor.

– Puede retirarse -dijo él, y añadió cuando ella alcanzó la puerta-: Oh, si piensa volverse a salir de la esfera oficial para… investigar, ándese con cuidado. Y déle recuerdos a su marido.

Ella se ruborizó ligeramente. Whitney había adivinado la fuente, y ambos lo sabían. Eve murmuró algo y salió. Había esquivado el golpe, se dijo mesándose el cabello. Luego, murmurando una maldición, corrió hasta la parada de aerodeslizador más próxima. Iba a llegar tarde a la vista.

Casi era el final de su turno cuando regresó a su oficina y encontró a Peabody recostada ante su escritorio con una taza de café en la mano.

Eve se apoyó contra la jamba de la puerta.

– ¿Cómoda, oficial?

Peabody dio un brinco, derramó un poco de café y carraspeó.

– No sabía a qué hora volverías.

– Eso parece. ¿Algún problema con tu ordenador?

– Oh, no. Pensé que era más rápido introducir los nuevos datos directamente en el tuyo.

– Eso es un buen argumento, Peabody. No lo sueltes. -Eve se acercó a su Autochef y pidió un café. Era la mezcla de Roarke en lugar del veneno que servían en toda la planta, lo que explicaba que Peabody estuviera cómodamente instalada ante el escritorio de su superior.

– ¿Alguna novedad?

– El capitán Feeney ha comprobado todas las comunicaciones de los internexos de Devane. No parece haber ninguna conexión, pero está todo aquí. Tenemos su agenda personal con todas las citas y la mayoría de datos de la última revisión médica que se hizo.

– ¿Algún problema en ella?

– Ninguno. Era adicta al tabaco y se ponía inyecciones anticáncer con regularidad. No tenía ningún síntoma de enfermedad; ni física, ni emocional, ni mental. Tenía tendencia al estrés y al exceso de trabajo, lo que contrapesaba con calmantes y tranquilizantes. Según todos los informes cohabitaba felizmente con su pareja, aunque ésta solía estar fuera del planeta. Tienes también el nombre del pariente más próximo, el hijo de su anterior relación.

– Sí, ya he hablado con él. Trabaja en las oficinas de Tattler de New Los Ángeles. Viene para aquí. -Eve ladeó la cabeza-. ¿Cómoda, Peabody?

– Sí, teniente. Oh, lo siento. -Se apresuró a ponerse de pie y se acomodó en una silla a su lado-. ¿Qué tal la reunión con el comandante?

– Tenemos una semana -respondió Eve con brusquedad mientras se sentaba-. Aprovechémosla al máximo. ¿El informe del forense de Devane?

– Aún no está listo.

Eve se volvió hacia su telenexo.

– Veamos si podemos darle un pequeño empujón.

Eve llegó a casa tambaleándose. No había comido nada, cosa de lo que se alegró ya que había terminado la jornada en el depósito de cadáveres contemplando los restos de Cerise Devane.

Hasta el estómago de una policía veterana podía revolverse.

Y no iba a sacar nada de allí, nada en absoluto. Dudaba que ni siquiera el equipo de Roarke lograra reconstruir lo suficiente de Devane para ser de alguna ayuda.

Al entrar casi tropezó con el gato, que estaba espatarrado en el umbral, y reunió energías para agacharse y cogerlo en brazos. Él la miró echando fuego por sus ojos de dos colores.

– No te pisarían si pusieras tu culo gordo en otra parte, amigo.

– Teniente.

Eve cogió el gato con el otro brazo y vio a Summerset, quien, para variar, había aparecido de la nada.

– Sí, llego tarde -replicó-. Castígueme.

Él no respondió con su habitual comentario mordaz. Había visto las imágenes en el canal de noticias y la había observado en el tejado. Le había visto la cara.

– ¿Querrá cenar?

– No, gracias. -Quería acostarse y se encaminó a las escaleras.

– Teniente. -Summerset esperó a que ella soltara un juramento y volviera la cabeza con un gruñido-. Una mujer que camina por un tejado es o muy valiente o muy estúpida.

El gruñido se convirtió en una sonrisa burlona.

– No es preciso que me diga en qué categoría me ha puesto.

– No, no es preciso. -Él la observó subir y pensó que esa mujer tenía muchísimo coraje.

No había nadie en el dormitorio. Pensó en hacer un registro de la casa por ordenador para localizar a Roarke, pero cayó de bruces en la cama. Galahad se escabulló de sus brazos y se subió a su trasero para enroscarse e instalarse cómodamente en él.

Roarke la encontró allí espatarrada unos minutos más tarde, muerta de agotamiento y con un gato en forma de salchicha guardándole las espaldas.

Se limitó a observarla. Él también había visto las imágenes del informativo. Le habían dejado paralizado, con la boca seca y el estómago revuelto. Sabía con qué frecuencia ella se enfrentaba a la muerte, a la de ella y a la de los demás, pero se repetía que lo aceptaba. Sin embargo esa mañana había observado impotente cómo ella se paseaba al borde del abismo. La había mirado a los ojos y había visto agallas, y miedo. Y había sufrido.

Ahora estaba en casa, una mujer con más huesos y músculos que curvas, con un cabello que pedía a gritos unas tijeras y unas botas de tacones gastados.

Se acercó, se sentó en el borde de la cama y le cogió la mano que descansaba en la colcha.

– Sólo estoy cargando las pilas -murmuró ella.

– Eso ya lo veo. Iremos a bailar en unos momentos.

Ella consiguió soltar una risita.

– ¿Puedes sacar de mi trasero esa cosa?

Solícito, Roarke cogió a Galahad y le acarició el pelaje erizado.

– Has tenido una jornada dura, teniente. Has salido en todos los medios de comunicación.

Ella se dio la vuelta, pero permaneció con los ojos cerrados.

– Me alegro de no haberlo visto. Entonces ya sabes lo de Cerise.

– Sí, tenía puesto el canal 75 mientras preparaba mi primera reunión de esta mañana. Lo vi en directo.

Eve percibió la tensión de su voz y abrió los ojos.

– Lo siento.

– Me dirás que estabas haciendo tu trabajo. -Roarke dejó el gato a un lado y le apartó el cabello de la mejilla-. Pero fuiste más lejos, Eve. Podría haberte arrastrado consigo.

– Yo no estaba dispuesta a acompañarla. -Eve le cogió la mano que él había apoyado en su mejilla-. Mientras estaba allí recordé algo. Me vi de niña en un mugriento albergue de vagabundos, delante de una ventana que él acababa de hacer añicos. Entonces sí pensé en saltar y terminar de una vez con todo. Pero decidí no hacerlo y no he cambiado de idea.

Galahad bajó del regazo de Roarke y se extendió cuan largo era sobre el estómago de Eve. Roarke sonrió.

– Parece que los dos queremos tenerte aquí por más tiempo. ¿Qué has comido hoy?

Ella se mordió el labio.

– ¿Qué es esto, un interrogatorio? La comida no está en un puesto muy alto en mi lista. Acabo de regresar del depósito. El impacto contra el cemento después de una caída de setenta pisos tiene resultados poco atractivos en la carne y los huesos.

– Imagino que no habrá suficientes restos que analizar para compararlo con los demás.

A pesar de la desagradable imagen, Eve sonrió, se incorporó y le dio un sonoro y rápido beso.

– Eres un lince, Roarke. Es una de las cosas que más me gustan de ti.

– Creía que era mi cuerpo.

– También está alto en la lista -respondió ella mientras él se levantaba y se acercaba al Autochef empotrado-. No, no habrá suficientes restos, pero tiene que haber una conexión. Tú también lo ves, ¿no?

Roarke esperó a recibir la bebida de proteínas que había pedido.

– Cerise era una mujer inteligente y sensata que sabía lo que quería. Era a menudo egoísta y siempre vanidosa, y podía ser realmente pesada. -Se acercó de nuevo a la cama y le ofreció el vaso a Eve-. Pero no era de las que saltan del tejado de su propio edificio y deja que los medios visuales se adelanten a su propio periódico con la primicia.

– Lo incluiré en mis datos. -Eve miró con ceño la cremosa bebida de color verde que sostenía en la mano-. ¿Qué es esto?

– Nutrición. Bébelo. -Se lo puso en los labios-. Todo.

Ella bebió el primer sorbo con recelo, decidió que no era tan repugnante y lo terminó de un trago.

– ¿Te sientes mejor ahora?

– Sí. ¿Te ha dado luz verde Whitney para seguir?

– Tengo una semana. Y sabe que he estado utilizando tus… equipos. Aunque finge que no lo sabe. -Dejó el vaso y volvió a tenderse-. Se suponía que íbamos a ver vídeos, comer palomitas y besuquearnos.

– Eso me ha tenido en pie -respondió él-. Tendré que divorciarme de ti.

– Cielos, qué estricto. -Nerviosa de pronto, se frotó las manos-. Supongo que será mejor que desembuche ahora que estás de buen talante.

– ¿Has estado besuqueándote con otro?

– No exactamente.

– No te entiendo.

– ¿Quieres una copa? Tenemos vino aquí arriba, ¿verdad? -Eve empezó a levantarse de la cama, pero no se sorprendió cuando él la sujetó del brazo.

– Habla claro.

– Eso voy a hacer. Sólo he pensado que tal vez lo encajarías mejor con un poco de vino, ¿de acuerdo?

Trató de esbozar una sonrisa, pero comprendió que ésta se había quedado corta al ver la glacial mirada de Roarke. Él la ayudó a levantar y la condujo apresuradamente a la caja refrigerada. Ella sirvió las copas y se mantuvo a distancia.

– Peabody y yo hicimos el primer registro de la oficina y dependencias de Devane. Tenía una sala de relajación.

– Me lo imagino.

– Por supuesto. -Eve bebió un sorbo para aunar fuerzas antes de volver a su lado-. En fin. Vi que tenía unas gafas de realidad virtual en el brazo de la tumbona. Mathias había hecho un viaje antes de ahorcarse, y Fitzhugh también solía hacerlos. Era un nexo muy débil, pero supongo que era mejor que nada.

– Cerca del noventa por ciento de la población de este país posee una unidad de realidad virtual -señaló Roarke sin dejar de entornar los ojos.

– Sí, pero tienes que empezar por alguna parte. Se trata de una tara en el cerebro, y la realidad virtual conecta con el cerebro al igual que con todos los sentidos. Se me ocurrió que si las gafas tenían un defecto, intencionado o accidental, podría haber suscitado los deseos de suicidarse.

Él asintió despacio.

– Está bien. Hasta aquí te sigo.

– Así que las probé.

– Espera. -Alzó una mano-. ¿Sospechabas que las gafas la habían inducido a quitarse la vida y te las pusiste alegremente? ¿Has perdido el juicio?

– Peabody estaba allí para controlar, con órdenes de tumbarme si era necesario.

– Entiendo. -Disgustado, Roarke agitó la mano-. Eso está muy bien. Es perfectamente razonable. Te dejaría inconsciente antes de que saltaras del tejado.

– Eso es. -Ella se sentó a su lado y le pasó la copa-. Comprobé la última fecha en que se utilizaron las gafas. Había hecho un viaje minutos antes de salir al tejado. Estaba convencida de que iba a encontrar algo en aquel programa. -Se detuvo para rascarse la nuca-. Ya sabes, imaginé que sería algún programa de relajación. O tal vez de meditación, el clásico crucero por el mar o un paseo por el campo.

– Y no lo era.

– No. Era, esto… una fantasía. Ya sabes, una fantasía sexual.

Intrigado, Roarke ladeó la cabeza. Permaneció serio, con mirada inexpresiva.

– ¿De veras? -Bebió un sorbo de vino con aire de indiferencia-. ¿Que consistía en…?

– Bueno, salían los típicos tíos.

– ¿En plural?

– Sólo dos. -Eve sintió cómo le subían los colores y se indignó-. Era una investigación oficial.

– ¿Estabas desnuda?

– Por Dios, Roarke.

– Creo que es una pregunta razonable.

– Sólo durante un minuto, ¿de acuerdo? Estaba en el programa, y tenía que probarlo, y no fue culpa mía si esos tipos se abalanzaron sobre mí… y lo interrumpí antes, bueno, casi antes…

Se detuvo vacilante y vio con sorpresa que él le sonreía.

– ¿Te parece divertido? -Cerró el puño y le golpeó en el hombro-. Llevo todo el día sintiéndome como una canalla, ¿y te parece divertido?

– ¿Antes de qué? -preguntó él cogiéndole la copa de la mano antes de que ella se la volcara en la cabeza. La dejó junto a la suya y añadió-: ¿Interrumpiste el programa casi antes de qué, exactamente?

Ella entornó los ojos.

– Eran increíbles. Voy a conseguir una copia de ese programa para mi uso personal. Ya no volveré a necesitarte, porque voy a tener un par de esclavos amantes.

– ¿Quieres apostar? -La tendió en la cama y forcejeó con ella hasta lograr quitarle la camisa por la cabeza.

– Para. No te deseo. Me basta con mis esclavos. -Ella le tumbó y casi había logrado inmovilizarlo cuando él acercó la boca a uno de sus senos y le deslizó una mano hasta el fino ovillo de la entrepierna.

Una oleada de calor la recorrió como un rayo.

– Maldita sea -jadeó-. Sólo estoy fingiendo.

– Muy bien.

Entonces él le quitó los pantalones y la acarició con los dedos. Ella ya estaba húmeda, invitándolo a penetrarla. Él le mordisqueó un pezón hasta llevarla al éxtasis.

Esta vez no fue un orgasmo suave, sino que llegó como una rápida y potente ola que la arrolló, para a continuación arrojarla hacia la siguiente cresta.

Impotente, ella lo llamaba. Una y otra vez. Pero cuando alargó la mano hacia Roarke, éste la cogió por las muñecas y le sujetó los brazos por encima de la cabeza.

– No. -La miró jadeante-. Tómame.

Y se deslizó dentro de ella despacio, poco a poco, observando cómo la mirada se le nublaba y oscurecía. Conteniendo sus deseos de seguir el repentino y frenético movimiento de sus caderas, dejó que se abandonara y llegara ella sola al siguiente orgasmo.

Y al verla por fin jadeante y sin fuerzas, comenzó las largas y continuas embestidas.

– Toma más y más -murmuró, manteniéndola cautiva.

Eve sintió que todo el organismo se le sobrecargaba y se le aceleraba. Su cuerpo estaba siendo asediado, y tenía el sexo tan sensibilizado que el intenso placer estaba a un paso del dolor. Y él seguía moviéndose despacio, poco a poco.

– No puedo -logró decir ella, rindiéndose mentalmente aun cuando sus caderas seguían arqueándose pidiendo más-. Es demasiado.

– Déjate llevar, Eve -dijo él manteniendo a duras penas el control-. Una vez más.

Y no se permitió caer hasta que ella lo hizo.

A Eve le seguía dando vueltas la cabeza cuando logró incorporarse sobre los codos. Los dos seguían medio desnudos y tendidos sobre la colcha. En una esquina de la cama, Galahad permanecía sentado observándola con reprobación felina. O tal vez era envidia.

Roarke se había dado la vuelta y tenía una sonrisa satisfecha en los labios.

– Supongo que eso habrá aplacado tus testoteronas.

Su sonrisa se hizo aún más amplia. Ella le hundió un dedo en las costillas.

– Si querías castigarme, no lo has logrado.

Él abrió los ojos y la miró afectuoso y divertido.

– Querida Eve, ¿realmente creías que iba a considerar tu pequeña aventura como una especie de adulterio virtual?

Ella hizo un mohín. Por ridículo que pareciera, le había molestado que él no se hubiera sentido celoso.

– Puede.

Con un profundo suspiro él se incorporó y la sujetó por los hombros.

– Puedes abandonarte a las fantasías que quieras, por motivos de trabajo o no. No soy tu carcelero.

– ¿No te molesta?

– En absoluto. -Él le dio un beso amistoso y le sujetó la barbilla-. Pero pruébalo en carne y hueso, aunque sólo sea una vez, y tendré que matarte.

Ella abrió mucho los ojos y se sintió tontamente complacida.

– Oh, bueno, eso es justo.

– Es un hecho -se limitó a decir él-. Una vez aclarado este punto, deberías dormir un poco.

– Ya no estoy cansada. -Eve volvió a subirse los pantalones, haciéndole suspirar de nuevo.

– Supongo que eso significa que quieres trabajar.

– Si pudiera utilizar tu equipo sólo un par de horas, adelantaría un montón el trabajo de mañana.

Resignado, él se puso también los pantalones.

– Vamos entonces.

– Gracias. -Ella le cogió la mano mientras se dirigían al ascensor privado-. Roarke, ¿de verdad me matarías?

– Desde luego que sí. -Sonriendo, él la metió de un empujón en la cabina-. Pero, dada nuestra relación, me encargaría de hacerlo deprisa y de la forma menos dolorosa posible.

Ella lo fulminó con la mirada.

– Entonces tendré que decir que eso también va por ti.

– Desde luego. Ala este, planta tercera -ordenó él, y con un apretón de manos añadió-: No permitiría que fuera de otro modo.

13

Los días que siguieron Eve se dio cabezazos contra el muro de cada callejón sin salida. Cuando necesitaba un cambio de ritmo para despejar la mente, utilizaba la cabeza de Peabody. Y acosó a Feeney para que dedicara todo el tiempo posible a averiguar algo, lo que fuera.

Cada vez que aterrizaban en su escritorio otros casos, apretaba los dientes y hacía horas extras.

Cuando los muchachos del laboratorio le daban largas, ella los perseguía y acosaba sin piedad. Hasta el punto de que empezaron a eludir sus llamadas. Para evitarlo hizo que Peabody la acompañara al laboratorio para tratar de persuadirlos personalmente.

– No intentes hacerme tragar la MMS de la copia de seguridad, Dickie.

Dickie Berenski, conocido en privado como Dickhead *, parecía dolido. En calidad de técnico principal del laboratorio, debería haber sido capaz de ordenar a media docena de subalternos que lo protegieran de una confrontación personal con una detective iracunda, pero todos habían desertado.

Iban a rodar cabezas, pensó con un suspiro.

– ¿Qué quieres decir con MMS?

– La misma mierda de siempre, Dickie. Siempre es la MMS en lo que a ti respecta.

Él la miró con ceño, pero decidió apropiarse de las siglas.

– Escucha, Dallas, te he conseguido toda la información disponible, ¿no? Te la he enviado personalmente como favor.

– Un cuerno de favor. Te soborné con unos asientos de palco para el desempate de Arena Ball. Dickie adoptó una expresión remilgada.

– Pensé que era un regalo.

– Y no pienso sobornarte de nuevo. -Eve le hundió un dedo en su enclenque pecho-. ¿Qué pasa con las gafas de realidad virtual. ¿Por qué no he recibido tu informe?

– Porque no había nada que informar. Es un programa algo picante… -Hizo un sugerente movimiento con las cejas-. Pero está limpio y sin defectos. Al igual que todas las demás opciones de esa unidad… está limpio y cumple los requisitos. O mejor que eso -añadió lloriqueando ligeramente-. Ojalá los tuviéramos tan buenos. Hice que Sheila desmontara la unidad y volviera a montarla. Es un equipo increíble, de primerísima calidad, o mejor aún. La tecnología supera cualquier escala. Pero no cabía esperar otra cosa tratándose de un producto de Roarke.

– Es un… -Eve se interrumpió, esforzándose por no dejar entrever su sorpresa o consternación ante esa nueva información-. ¿Qué planta lo fabrica?

– Mierda, Sheila tiene ese dato. Fuera del planeta, estoy seguro. La mano de obra es más barata allí. Y esta criatura acaba de salir. No lleva ni un mes en el mercado.

A Eve se le encogió el estómago.

– ¿Y no es defectuosa?

– No; es una maravilla. Yo ya me he encargado una. -Dickie arrugó las cejas, esperanzado-. Claro que seguramente tú podrías conseguirme una a precio coste.

– Consígueme un informe con todos los detalles y devuélveme esta unidad, y me lo pensaré.

– Sheila se ha tomado el día libre -gimoteó él haciendo un mohín para inspirarle compasión-. Pero tendrás el informe en tu escritorio antes de mañana al mediodía.

– ¿Mañana? Vamos, Dickie. -Un buen policía conocía el punto débil de su presa-. Intentaré regalarte uno.

– Bueno, en ese caso… espérame aquí.

Esta vez con alegría, Dickie se acercó a un ordenador empotrado en uno de los cubículos del laboratorio tipo colmena.

– Dallas, una de esas unidades debe de estar por los dos mil dólares como mínimo. -Peabody miró a Dickie disgustada-. Es excesivo.

– Quiero el informe. -Eve imaginó que Roarke tenía en alguna parte una cajón lleno de unidades para hacer obsequios de promoción. Obsequios para políticos, empleados y ciudadanos destacados, pensó con un desagradable nudo en el estómago-. Me quedan tres días y no tengo nada. Y no voy a lograr que Whitney los prolongue.

Dickie salió del cubículo.

– Sheila lo tenía casi localizado. -Le entregó un disco precintado y una impresión-. Echa un vistazo a esto. Es un compusegmento del diseño del último programa. Sheila ha marcado un par de defectos.

– ¿Qué quieres decir con defectos? -Eve le arrebató la hoja y estudió lo que parecían una serie de rayos y remolinos.

– No puedo decirlo con seguridad. Probablemente se trata de relajación subliminal, o en este caso, de una opción de subestimulación. Algunos de los modelos más novedosos están ofreciendo varios paquetes subliminales ampliados. Puedes ver cómo se adaptan al programa, apareciendo cada pocos segundos.

– ¿Sugestión? -Eve sintió que recobraba la energía-. ¿Quieres decir que introdujeron en el programa mensajes subliminales para el usuario?

– Es una práctica bastante común. Se ha utilizado para abandonar malas costumbres, mejorar las relaciones sexuales o ampliar miras, y así se ha hecho durante décadas. Mi viejo dejó de fumar con subliminales hace cincuenta años.

– ¿Qué me dices de implantar deseos… suicidas?

– Mira, los subliminales pueden abrirte el apetito 0 empujarte suavemente a comprar ciertos artículos de consumo, o bien pueden ayudarte a quitarte una costumbre. Pero esta clase de sugestión directa… -Se tiró del labio y meneó la cabeza-. Tendrías que ahondar más, y en mi opinión requerirías largas sesiones para conseguir que la sugestión surtiera efecto en un cerebro normal. El instinto de supervivencia es demasiado fuerte. -Volvió a menear la cabeza-. Hemos analizado estos programas una y otra vez.

Sobre todo las secuencias de fantasía sexual, pensó Eve.

– Los hemos probado en sujetos y en un androide, y ninguno ha saltado del tejado. De hecho, no hemos observado ninguna reacción anormal ni en los sujetos ni en el androide. Es de primera categoría, eso es todo.

– Quiero un análisis completo de las sombras subliminales.

Él ya contaba con ello.

– Entonces debo quedarme con la unidad. Sheila ya ha empezado a analizarlas, como puedes ver, pero lleva tiempo. Tienes que ejecutar el programa, extraer el RV evidente y suprimir los subliminales. Entonces el ordenador se toma su tiempo para probar, analizar e informar. Un buen subliminal, y te garantizo que éste lo es, es algo sutil. Establecer sus coordenadas no es lo mismo que interpretar el resultado de un detector de mentiras.

– ¿De cuánto tiempo estás hablando?

– Dos días, uno y medio si hay suerte.

– Pues que la haya -sugirió ella, y le entregó la impresión a Peabody.

Eve trató de no preocuparse del hecho de que la unidad de realidad virtual fuera uno de los juguetes de Roarke, ni de las consecuencias que podía tener si se descubría realmente que formaba parte de la coacción. Sombras subliminales. Esa podía ser la conexión que había estado buscando. El siguiente paso era codificar las unidades de RV que habían estado en poder de Fitzhugh, Mathias y Pearly a la hora de su muerte.

Se apresuró a bajar por el pasillo aéreo con Peabody caminando a su lado. Su vehículo seguía en mantenimiento y no le merecía la pena el increíble quebradero de cabeza de solicitar un sustituto para recorrer la distancia de tres manzanas.

– Se acerca el otoño.

– ¿Eh?

Intrigada al ver que Eve parecía ajena al aire más fresco y al aroma balsámico de la brisa del este, Peabody se detuvo para respirar hondo.

– Se nota en el ambiente.

– ¿Qué haces? -preguntó Eve-. ¿Estás loca? Inhala mucho aire de Nueva York y tendrás que pasarte un día en el centro de desintoxicación.

– Te olvidas de los gases de los transportes y los olores corporales y es maravilloso. Puede que en estas elecciones aprueben el nuevo proyecto de limpiar el medio ambiente.

– ¿Te ha vuelto el ramalazo Free Age, Peabody?

– No hay nada malo en tener preocupaciones ecologistas. Si no fuera por los verdes, todos llevaríamos máscaras y gafas de sol todo el año. -Peabody miró nostálgica un aerodeslizador repleto de gente, pero aceleró el paso para seguir las largas zancadas de Eve-. No quiero desanimarte, teniente, pero tendrás que hacer malabarismos aún más sofisticados para acceder a esas unidades de RV. Según el procedimiento operativo estándar, a estas alturas ya las habrán devuelto a los familiares de los difuntos.

– Accederé a ellos, y quiero que esto no corra y que sólo se entere la gente estrictamente necesaria hasta que lo resuelva.

– Entendido -respondió Peabody y aguardó unos momentos antes de añadir-: Habría dicho que Roarke tiene tantos tentáculos ahí fuera que es imposible no enterarse de quién hace algo en un momento dado.

– Es un conflicto de intereses, y ambas lo sabemos. Estoy poniendo en peligro tu trasero.

– Lamento no estar de acuerdo, teniente. Yo soy la única responsable de mi trasero y éste sólo está en peligro si yo lo pongo.

– Tomo nota y te lo agradezco.

– Entonces anote que yo también soy una gran admiradora de los Arena Ball, teniente.

Eve se detuvo y la miró fijamente, luego se echó a reír.

– ¿Una o dos entradas?

– Dos. Puede que haya suerte.

Se sonrieron mientras una estridente sirena hendía el aire.

– Oh, mierda, cinco minutos más en cualquier dirección y la habríamos pasado de largo.

Eve desenfundó el arma y giró sobre sus talones. La alarma que sonaba procedía de la oficina de cambio de créditos que tenía justo delante.

– Hay que ser imbécil para dar un golpe en una oficina de cambio a dos manzanas de la comisaría. Evacua la zona, Peabody, y luego cubre la puerta trasera.

La primera orden fue casi innecesaria ya que los peatones ya se habían dispersado, peleándose por subir a los aerodeslizadores y pasillos aéreos para ponerse a salvo. Eve sacó su comunicador y pidió refuerzos antes de cruzar las puertas automáticas.

El vestíbulo era el caos. La única ventaja era que la masa de gente salía cuando ella entró, ofreciéndole cierta protección. Como la mayoría de las oficinas de cambio, era pequeña y sin ventanas, llena de altos mostradores que permitían la privacidad. Sólo uno de los mostradores de servicio personalizado era atendido por un ser humano, los otros tres lo eran por androides que se habían quedado automáticamente paralizados.

El único ser humano era una mujer de unos veinticinco años, con el cabello negro cortado casi al rape, un pulcro y conservador mono blanco y una expresión de terror en su rostro mientras le sujetaban por la garganta desde el otro lado de la puerta de seguridad.

El hombre que la sujetaba estaba atareado asfixiándola y agitando con la mano libre lo que parecía un explosivo de fabricación casera.

– La mataré. Le meteré esto por la garganta.

A Eve no le preocupó tanto la amenaza como la forma tranquila con que la pronunció el tipo. Descartó que se hallara bajo el efecto de sustancias o que se tratara de un profesional. A juzgar por el aspecto de sus raídos vaqueros y camisa, y el rostro cansado y sin afeitar, Eve tenía ante sí uno de los pobres desesperados de la ciudad.

– Ella no te ha hecho nada -dijo acercándose despacio-. No tiene la culpa de nada. ¿Por qué no la sueltas?

– Todos tienen culpa. ¡Todos forman parte del sistema! -gritó él, arrastrando a la desafortunada empleada un poco más allá de la puerta de seguridad. Ella había adquirido un color azulado-. No te muevas. No tengo nada que perder ni un sitio adonde ir.

– La estás ahogando. Si estira la pata ya no tendrás protección. Cálmate un poco. ¿Cómo te llamas?

– Los nombres valen una mierda. -Pero el hombre aflojó un poco el brazo, lo suficiente para que la joven empleada hiciera un ruido sibilante al boquear-. El dinero es lo único que cuenta. Si salgo con una bolsa de créditos, nadie resultará herido. Mierda, se limitarán a hacer más.

– No es así como son las cosas. -Cautelosa, Eve dio otros tres pasos sin quitarle los ojos de encima-. Sabes que no vas a salir de aquí. A estas alturas la calle estará acordonada y ya se han desplegado las unidades de seguridad. Vamos, tío, esta zona está plagada de polis a cualquier hora del día y la noche. Podrías haber apuntado mejor.

Con el rabillo del ojo, Eve vio a Peabody entrar con sigilo por la entrada posterior y tomar posiciones. Ninguna de los dos podía correr el riesgo de abrir fuego mientras el tipo tuviera en sus manos a la empleada y el explosivo.

– Si dejas caer eso, o si lo sudas demasiado, podría estallar. Entonces todos los que estamos aquí moriríamos.

– Pues moriremos todos. Ya no importa.

– Suelta a la empleada. Es una civil. Sólo trata de salir adelante.

– Yo también.

Lo vio en su mirada un instante demasiado tarde: la profunda desesperación. El hombre arrojó bien alto y hacia la derecha el explosivo. Eve revivió toda su vida mientras daba un salto y se arrojaba al suelo. Lo esquivó por los pelos.

Mientras aguardaba el estruendo de la explosión, la esfera de fabricación casera rodó hasta una esquina, se balanceó y quedó inmóvil.

– Es de las que no estallan. -El aspirante a ladrón dejó escapar una risotada-. ¿No da el pego? -Entonces, al ver que Eve se ponía de pie, se abalanzó sobre ella.

Ella no tuvo tiempo de apuntar y mucho menos disparar su arma. Él la golpeó, arrojándola de espaldas contra un mostrador. Esta vez llegó la explosión, pero dentro de su cabeza, al tiempo que se golpeaba dolorosamente la cadera con el canto del mostrador. Pero no soltó el arma. Confió en que el chasquido que había oído procediera del barato contrachapado y no de sus huesos.

El hombre la tenía cautiva en un patético abrazo que resultaba sorprendentemente efectivo, ya que le impedía usar el arma y la mantenía inmovilizada contra el mostrador, de modo que se vio obligada a cambiar el peso del cuerpo en lugar de volverse.

Cayeron al suelo, y esta vez ella tuvo la mala suerte de aterrizar primero, de modo que el enjuto y aterrorizado cuerpo del hombre le cayó encima. Se golpeó el codo contra las baldosas y se torció dolorosamente la rodilla. Entonces, con más entusiasmo que sutileza, le dio en la sien con su arma.

El golpe resultó efectivo y el hombre puso los ojos en blanco antes de que ella lo apartara de un empujón y se pusiera de rodillas.

Jadeando, conteniendo las náuseas que le habían causado los huesos del hombre al clavársele en el estómago, Eve se apartó el cabello de los ojos soplando. Peabody también estaba de rodillas con el explosivo en una mano, el arma en la otra.

– No podía apuntar, así que fui por el explosivo. Pensé que podrías ocuparte de él.

– Estupendo. -A Eve le dolía todo el cuerpo, y el corazón empezó a latirle con fuerza al ver a su ayudante con la bomba en una mano-. No te muevas.

– No lo hago. Sólo respiro.

– Llamaré a la maldita brigada de desactivación de explosivos. Y buscaré un contenedor blindado.

– Iba a hacerlo yo… -Peabody se interrumpió y palideció-. Oh, mierda, Dallas, se está calentando.

– ¡Tírala! ¡Tírala y cúbrete! -Eve arrastró consigo al hombre inconsciente hasta detrás del mostrador, se colocó encima de él y le sujetó los brazos detrás de la nuca.

Llegó la explosión seguida de una oleada de calor, y haciendo llover Dios sabe qué encima de ella. El extintor de incendios automático se puso en marcha rociando la estancia de agua helada y conectando una alarma para advertir a los empleados y clientes que debían desalojar con calma y de forma ordenada el edificio.

Eve dio las gracias a quien fuera que la había escuchado por no sentir demasiado dolor, y porque al parecer todavía conservaba unidas todas las partes del cuerpo.

Tosiendo a causa de la espesa nube de humo, salió arrastrándose de detrás del mostrador en ruinas.

– Por Dios, Peabody. -Volvió a toser, se frotó los ojos irritados y siguió arrastrándose por el húmedo y ahora mugriento suelo. Algo caliente le quemó la mano y le hizo soltar una maldición-. Vamos, Peabody, ¿dónde demonios estás?

– Aquí… -llegó la débil respuesta, seguida de un acceso de tos-. Estoy bien, creo.

Se cogieron las manos a través de la cortina de humo y agua, y se miraron los ennegrecidos rostros. Entonces Eve alargó la mano y le dio unos golpecitos en la cabeza.

– Tenías el pelo en llamas -explicó con suavidad.

– Oh, gracias. ¿Cómo está ese cabrón?

– Sigue inconsciente. -Eve se sentó sobre los talones y se hizo a sí misma un examen. No sangraba, y conservaba la mayor parte de la ropa, aunque destrozada-. ¿Sabes, Peabody? Creo que este edificio es de Roarke.

– Entonces probablemente se cabreará. El humo y el agua causan grandes estropicios.

– A quién se lo dices. Digamos que ha sido un día aciago. Los agentes pueden hacerse cargo de la situación. Esta noche hay fiesta en casa.

– Sí. -Peabody torció el gesto al arrancarse la destrozada manga del uniforme-. Tengo muchas ganas de ir. -Luego se volvió y entornó los ojos-. Dallas, ¿cuántos pares de ojos tenías al entrar aquí?

– Sólo uno.

– Mierda, pues ahora tienes dos. Creo que una de las dos tiene un problema.

No hubo tiempo para limpiar. Después de sacar a Peabody de los escombros y dejarla en manos de los asistentes sanitarios, Eve tuvo que dar un informe al oficial al mando del equipo de seguridad, y repitió los mismos datos a la brigada de desactivación de explosivos. Entre ambos informes acosó a los asistentes sanitarios con preguntas sobre el estado de Peabody y frenó sus intentos de examinarle las heridas.

Roarke ya estaba vestido para la fiesta cuando ella cruzó corriendo la puerta. Interrumpió su conversación con Tokio e hizo salir al equipo de floristas que colocaban hibiscos rosas y blancos en el vestíbulo.

– ¿Qué demonios te ha ocurrido?

– No hagas preguntas. -Pasó por delante de él y subió las escaleras a todo correr.

Se había quitado la camisa hecha trizas cuando él entró en el dormitorio y cerró la puerta.

– Pienso hacerlas.

– La bomba no estaba desactivada después de todo. -Para no sentarse y manchar los muebles con lo que fuera que tenía en los pantalones, hizo equilibrios sobre un pie tratando de quitarse la bota.

Roarke respiró hondo.

– ¿Qué bomba?

– Bueno, era un explosivo de fabricación casera. Muy poco fiable. -Logró quitarse la segunda bota, luego continuó con los raídos y ennegrecidos pantalones-. Un tipo atracó una oficina de cambio a dos manzanas de la comisaría. Menudo idiota. -Arrojó los harapos al suelo y ya se encaminaba hacia la bañera cuando Roarke la cogió de un brazo.

– Por el amor de Dios. -La volvió hacia él para examinar el cardenal que se le extendía por las caderas. Era mayor que su mano abierta. Tenía la rodilla derecha pelada y unos cuantos cardenales más en brazos y hombros-. Estás hecha un asco, Eve.

– Tendrías que haber visto al tipo. Bueno, al menos disfrutará de medio metro cuadrado y un techo durante unos años, gentileza del Estado. Tengo que arreglarme.

Él no la soltó y la miró a los ojos.

– Supongo que no te molestaste en pedir al equipo médico que te echara un vistazo.

– ¿Esos carniceros? -Sonrió-. Estoy bien, sólo un poco dolorida. Puedo hacerme un tratamiento mañana.

– Tendrás suerte si mañana puedes andar. Vamos.

– Roarke… -Pero Eve se interrumpió con una mueca de dolor y cojeó, y él la sentó en la bañera.

– Siéntate. Estáte quieta.

– No hay tiempo para esto. -Se sentó y puso los ojos en blanco-. Voy a tardar un par de horas en quitarme de encima la peste y el hollín. Cielos, cómo huelen esos explosivos. -Se olió los hombros e hizo una mueca de disgusto-. Azufre. -Luego miró a Roarke-. ¿Qué es eso?

Él se acercaba con una gruesa compresa impregnada de algo rosa.

– Lo mejor que podemos hacer en estos momentos. Deja de moverte. -Le colocó la compresa en la rodilla herida sin hacer caso de sus maldiciones.

– Escuece. Por Dios, ¿te has vuelto loco?

– Empiezo a creerlo. -Con la mano libre, Roarke le sujetó la barbilla y examinó su rostro ennegrecido-. A riesgo de repetirme te diré que estás hecha un asco. Sosténte esta compresa en la rodilla. -Le apretó ligeramente la barbilla y añadió-: Hablo en serio.

– Está bien, está bien. -Eve resopló y lo hizo mientras él regresaba al armario botiquín. El escozor cada vez era menos fuerte y no quería admitir que el intenso dolor de la rodilla estaba cediendo-. ¿Qué es esta bazofia?

– Una mezcla de esto y aquello. Aliviará la hinchazón y anestesiará la herida por unas horas. -Regresó con un pequeño tubo de líquido-. Bébete esto.

– Eh, drogas no.

Él le puso una mano en el hombro.

– Eve, si no estás dolorida en estos momentos es por la adrenalina. Va a dolerte, y mucho, en muy poco tiempo. Sé lo que es estar magullado por todas partes. Ahora bebe esto.

– Estaré bien. No quiero… -Se interrumpió cuando él le tapó la nariz, le echó la cabeza hacia atrás y le vertió el líquido por la garganta-. Cabrón… -logró decir, ahogándose y golpeándolo.

– Buena chica. Ahora a la ducha. -Roarke se acercó a la bañera de cristal y ordenó un chorro de media intensidad y a unos treinta grados de temperatura.

– Me vengaré de esto. No sé cómo ni cuándo, pero lo haré. -Eve se metió cojeando en la ducha-. El muy hijo de perra me ha obligado a tomar drogas. Me trata como una maldita imbécil. -Pero gimió de alivio cuando el agua cubrió su magullado cuerpo.

Él sonrió al verla apoyar ambas manos contra la pared y poner la cabeza debajo del chorro.

– Querrás ponerte algo suelto y largo hasta el suelo. Prueba el vestido azul que Leonardo diseñó para ti.

– Oh, vete al infierno. Puedo vestirme sola. ¿Por qué no dejas de mirarme y te vas a dar órdenes a tus subalternos?

– Ahora son nuestros subalternos, querida.

Ella contuvo una risita y dio una palmada en el panel de la ducha para tener acceso al telenexo empotrado.

– Centro médico Brightmore -ordenó-. Ingresos de la quinta planta. -Esperó la conexión mientras conseguía enjabonarse con una sola mano el cabello-. Habla la teniente Eve Dallas. Tienen allí a mi ayudante, la oficial Delia Peabody, y quiero saber su estado. -Escuchó a la enfermera de turno pronunciar las típicas frases cinco segundos antes de interrumpirla-. Pues averígüelo ya. Quiero saber su estado, y créame, más vale que me informe.

Le llevó sólo una hora de relativo dolor, tenía que admitirlo. Lo que fuera que Roarke le había hecho beber no la dejó con esa sensación de indefensión y de estar flotando que detestaba. Al contrario, se sentía muy despierta y sólo ligeramente mareada.

Tal vez fuera la droga lo que le hizo admitir, al menos para sus adentros, que él había acertado con el vestido. Este le caía ligero sobre el cuerpo, ocultando elegantemente los cardenales con su cuello alto, las mangas largas y ceñidas y la falda hasta los tobillos. Lo completó con el diamante que él le había regalado como una disculpa simbólica por haberlo maldecido, aun cuando se lo había merecido.

Menos enfurruñada que de costumbre, se maquilló y se peleó con su cabello. El resultado no estaba nada mal, decidió examinándose en el triple espejo del armario. Y supuso que estaba casi tan elegante como era capaz de estar.

Cuando entró en la terraza abierta en el tejado donde iba a tener lugar la actuación, la sonrisa de Roarke le dio la razón.

– Aquí la tenemos -murmuró y se acercó a ella para cogerle ambas manos y llevárselas a los labios.

– No pienso dirigirte la palabra.

– Muy bien. -Él se inclinó y, sin hacer caso de los cardenales, la besó con delicadeza-. ¿Mejor así?

– Tal vez. -Eve suspiró-. Supongo que tendré que soportarte ya que estás haciendo todo esto por Mavis.

– Lo estamos haciendo por Mavis.

– Yo no he hecho nada.

– Casarte conmigo -respondió él-. ¿Cómo está Peabody? Te oí llamar al centro médico desde la ducha.

– Una ligera conmoción cerebral, contusiones y cardenales. Sufrió un ligero shock, pero ya ha vuelto en sí. Fue por el explosivo. -Al recordar ese instante, Eve resopló-. Empezó a calentársele en la mano. No vi el modo de acercarme a ella. -Cerró los ojos y negó con la cabeza-. Me dio un susto de muerte. Pensé que encontraría trozos de ella por todas partes.

– Es una mujer dura e inteligente, y está aprendiendo de la mejor.

Eve entornó los ojos.

– Con tus halagos no vas a conseguir que te perdone por haberme drogado.

– Ya se me ocurrirá algo.

Ella lo sorprendió sujetándole el rostro con las manos y diciendo:

– Hablaremos de esto, listo.

– Cuando quieras, teniente.

Pero ella se limitó a mirarlo con seriedad.

– Hay algo más que tenemos que discutir. Algo grave.

– Eso ya lo veo. -Preocupado, Roarke echó un vistazo a los ajetreados encargados del servicio de comida y bebida, y a los camareros ya en hilera a la espera de las últimas instrucciones-. Summerset puede ocuparse de todo esto. Podemos utilizar la biblioteca.

– Es un mal momento, lo sé, pero no puede esperar. -Eve le cogió la mano en un instintivo gesto de apoyo mientras salían de la habitación y recorrían el amplio pasillo en dirección a la biblioteca.

Una vez dentro, Roarke cerró la puerta, ordenó encenderse las luces y sirvió un agua mineral para Eve.

– Tendrás que pasar unas horas sin alcohol -dijo-. El analgésico no se lleva muy bien con él.

– Creo que podré contenerme.

– Soy todo oídos.

Eve dejó el vaso sin apenas tocarlo y se mesó el cabello con ambas manos.

– En fin, tienes un nuevo modelo de realidad virtual en el mercado.

– Así es. -Él se sentó en el brazo del sofá de cuero, sacó un cigarrillo y lo encendió-. Salió hace un mes. Hemos mejorado muchas de las opciones y programas.

– Con subliminales.

Él exhaló el humo, pensativo. No era difícil leer los pensamientos de Eve cuando la comprendías. Estaba preocupada y estresada, y el efecto sedante del fármaco no podía hacer nada en ese sentido.

– Por supuesto. Varios de los paquetes de opciones incluyen una gama de subliminales. Son muy populares. -Sin dejar de observarla, asintió con la cabeza-. Supongo que Cerise tenía uno de mis nuevos modelos y lo estuvo utilizando antes de saltar.

– Sí. El laboratorio aún no ha podido identificar los subliminales, y puede que no sea nada, pero…

– Tú no lo crees -concluyó él.

– Algo la movió a actuar así. A ella y a todos los demás. Estoy tratando de confiscar los aparatos de realidad virtual de los demás individuos. Si resulta que todos tenían ese nuevo modelo… la investigación involucrará a tu compañía. Y a ti.

– ¿Por qué iba a tener yo un deseo repentino de fomentar el suicidio?

– Sé que no tienes nada que ver con esto -se apresuró a decir ella-. Y voy a hacer todo lo posible por mantenerte al margen. Sólo quiero…

– Eve… -interrumpió él en voz baja, cambiando de postura para apagar el cigarrillo-, no tienes por qué justificar tu conducta ante mí. -Sacó del bolsillo su tarjeta-agenda y tecleó un código-. La investigación y desarrollo de ese modelo se realizó en dos localidades: Chicago y Travis II. La fabricación fue realizada por una de mis filiales, de nuevo en Travis II. De la distribución y transporte, dentro y fuera del planeta, se encargó Fleet. El empaquetado se hizo a través de Trilliym, y el marketing a través de Top Drawer aquí en Nueva York. Puedo enviarte todos esos datos a la terminal de tu oficina, si lo crees oportuno.

– Lo siento.

– Descuida. -Él se guardó la agenda y se levantó-. En esas compañías hay cientos, tal vez miles de empleados. Desde luego que puedo conseguirte una lista, por si sirve de algo. -Hizo una pausa y acarició el diamante que ella llevaba-. Debes saber que he trabajado y aprobado personalmente el diseño, y fui yo quien puso en marcha el proyecto. Llevamos perfeccionando ese modelo más de un año, y durante ese tiempo he revisado cada fase en un momento u otro. Encontrarás mis manos por todas partes.

Eve lo había imaginado. Lo había temido.

– Puede que no sea nada. Dickhead dice que mi teoría de incitación subliminal al suicidio raya en lo imposible.

Roarke esbozó una sonrisa.

– ¿Cómo vas a hacer caso de un hombre con ese nombre? Eve, tú misma probaste la nueva unidad.

– Sí, lo que hace tambalear mi débil hipótesis. Todo lo que saqué en claro fue un orgasmo. -Eve trató de sonreír-. Ojalá esté equivocada, Roarke. Quisiera estar equivocada y cerrar todos esos casos como suicidios. Pero si no…

– Nos ocuparemos de ello. Será lo primero que hagamos mañana por la mañana. Yo mismo investigaré. -Ella se disponía a negar con la cabeza, pero él le cogió la mano-. Eve, conozco el tema y tú no. Conozco a mi gente o al menos al jefe de departamento de cada etapa. Ya hemos trabajado juntos antes.

– No me gusta.

Roarke volvió a juguetear con el diamante que le colgaba entre los senos.

– Es una lástima, porque creo que a mí sí.

14

– Roarke sabe cómo montar una fiesta. -Mavis se zampó un huevo de codorniz con salsa picante y habló con la boca llena-. Todo el mundo está aquí, y me refiero a todo el mundo. ¿Has visto a Roger Keene? Va a la cabeza en Be There Records. ¿Y a Lilah Monroe? Está triunfando en Broadway con su espectáculo con participación del público. Tal vez Leonardo logre convencerla de que le diseñe el nuevo vestuario. Y allí está…

– Para el carro, Mavis -aconsejó Eve mientras su amiga parloteaba sin dejar de llevarse canapés a la boca-. No te aceleres.

– Estoy tan nerviosa… -Con las manos momentáneamente libres, Mavis se apretó el estómago, que llevaba al descubierto salvo por una artística versión de una orquídea roja-. ¿Sabes? No puedo controlarme. Cuando estoy tan excitada sólo puedo comer y hablar.

– Y vomitar si no te calmas un poco -advirtió Eve. Recorrió con la mirada la habitación y tuvo que admitir que Mavis tenía razón. Roarke sabía montar una fiesta.

La sala relucía, lo mismo que la gente. Incluso la comida se veía distinguida, casi demasiado decorativa para comer. Claro que no era el caso de Mavis. Como el tiempo no había fallado, habían abierto el techo dejando entrar la suave brisa y el brillo de las estrellas. Una de las paredes estaba cubierta por una enorme pantalla, y Mavis daba vueltas y brincaba en ella, mientras se oía crepitar la música. Roarke había sido lo bastante astuto para poner el volumen al mínimo.

– Nunca podré pagártelo.

– Vamos, Mavis.

– No; hablo en serio. -Después de dedicar a Leonardo una radiante sonrisa y enviarle un exagerado beso, se volvió hacia Eve-. Nos conocemos desde hace mucho, Dallas. Demonios, si no me hubieras detenido seguramente seguiría robando carteras y estafando a la gente.

Eve escogió un canapé de aspecto interesante.

– Eso ha quedado muy lejos, Mavis.

– Es posible, pero no cambia los hechos. Hice mucho por corregirme y cambiar de rumbo, y me siento orgullosa.

Cambiarnos a nosotros mismos, pensó Eve. Podía ocurrir. Había ocurrido, de hecho. Miró hacia donde Reeanna y William hablaban con Mira y su marido.

– Y tienes que estarlo. Yo estoy orgullosa de ti.

– Pero lo que quiero decir es que deseo salir de ésta, ¿comprendes? Antes de que me levante e intente arrancar todos los diamantes de las orejas de esta gente. -Mavis se aclaró la garganta y de pronto olvidó el pequeño discurso que había preparado-. Al demonio con esto. Te conozco, y te quiero. Te quiero de verdad, Dallas.

– Cielos, Mavis, no me pongas sensiblera. Roarke ya me ha drogado.

Mavis hizo un puchero, emocionada.

– Habrías hecho todo esto por mí… si hubieras sabido cómo. -Al ver que Eve parpadeaba y fruncía el entrecejo, Mavis logró convertir su sensiblería en una broma-. Vamos, tú no habrías tenido ni la más remota idea de encargar algo más complicado que salchichas de soja y platos de verduras picadas. Veo la mano de Roarke por todas partes.

«Encontrarás mi mano por todas partes.» Las palabras de Roarke resonaron en la mente de Eve y la hicieron estremecer.

– Desde luego.

Decidida a no permitir que nada le estropeara la velada, Eve negó con la cabeza.

– Lo hizo por ti, Mavis.

Mavis sonrió y volvieron a empañársele los ojos.

– Sí, supongo que sí. Tienes un maldito príncipe, Dallas. Un jodido príncipe. Ahora tengo que ir a vomitar. Enseguida vuelvo.

– Claro. -Medio riendo, Eve cogió un agua con gas de una bandeja que pasó por su lado y se acercó a Roarke-. Perdón, sólo es un momento -se disculpó apartándolo de un grupo-. Eres un maldito príncipe.

– Oh, muchas gracias. Supongo. -El le deslizó un brazo por la cintura con delicadeza, puso la otra mano sobre la de ella que sostenía una copa, y la sorprendió con unos pasos de baile-. Tienes que utilizar tu imaginación al… estilo de Mavis. Pero este tema casi puede considerarse romántico.

Eve arqueó una ceja y se concentró en la voz de Mavis que se alzaba por encima de los instrumentos de metal.

– Sí, es una melodía anticuada y sentimental. Soy una pésima bailarina.

– No lo serías si no intentaras llevarme. He decidido que ya que no vas a estar sentada y descansar tu exhausto cuerpo, podrías apoyarte un rato en mí. -Le sonrió-. Estás empezando a cojear ligeramente. Pero tienes un aspecto de lo más relajado.

– Siento la rodilla un poco rígida. Pero estoy muy relajada. Supongo que ha sido de tanto oír farfullar a Mavis. Ahora está vomitando.

– Encantador.

– Sólo son los nervios. Gracias. -Se dejó llevar por un impulso y le dio uno de sus raros besos en público.

– De nada. ¿Por qué?

– Por asegurarte de que no haya salchichas de soja y platos de verdura picada.

– El placer es mío. -La atrajo con delicadeza-. Créeme, el placer es mío. Bueno, a Peabody le sienta bien el negro y parece llevar bien la conmoción.

– ¿Cómo? -Separándose, Eve vio a su ayudante, que acababa de cruzar las amplias puertas dobles, coger una copa de una bandeja-. Debería estar en cama -murmuró y se apartó de Roarke-. Discúlpame, voy a hacerlo yo misma.

Cruzó la sala entornando los ojos mientras Peabody trataba de sonreír.

– Una gran fiesta, teniente. Gracias por la invitación.

– ¿Qué demonios estás haciendo levantada?

– Sólo fue un golpe en la cabeza, y todo lo que me hacían era toquetearme. No iba a permitir que una tontería como una explosión me impidiera asistir a una fiesta de Roarke.

– ¿Has tomado alguna medicación?

– Sólo un par de calmantes y… -Puso cara larga cuando Eve le arrebató el champán de la mano-. Sólo sostenía la copa. ¡De verdad!

– Sostén esto en su lugar -sugirió Eve y le entregó su vaso de agua-. Debería enviar tu trasero de vuelta al centro médico.

– Tú tampoco fuiste -murmuró Peabody, y alzó la barbilla y añadió-: Además, no estoy de servicio. Ahora soy dueña de mi tiempo y no puedes darme órdenes.

Por mucho que simpatizara y admirara la determinación, Eve se mantuvo en sus trece.

– Nada de alcohol -replicó-. Ni de baile.

– Pero…

– Te saqué de un edificio hoy y puedo volver a hacerlo de éste. A propósito, Peabody -añadió-, podrías perder unos kilos.

– Eso me decía siempre mi madre. -Resopló-. Nada de alcohol ni de baile. Ahora, si has terminado con las prohibiciones, quisiera hablar con alguien que no me conozca.

– Muy bien. Por cierto, Peabody…

La oficial se volvió con el entrecejo fruncido.

– ¿Sí, teniente?

– Has hecho un buen trabajo hoy. Confiaría en ti sin pensármelo dos veces.

Eve se alejó mientras ella la miraba boquiabierta. Lo había dicho con aire de indiferencia, pero era el mayor cumplido que jamás había recibido en el plano profesional.

Alternar no era el pasatiempo favorito de Eve, pero hizo lo que pudo. Incluso se resignó a bailar cuando no pudo escabullirse. Se encontró siendo conducida -esto era lo que pensaba de bailar- por el suelo en los brazos de Jess.

– ¿Conoces a William? -preguntó Jess.

– Es amigo de Roarke. No lo conozco muy bien.

– Pues tenía ciertas ideas interesantes sobre el diseño de un interactivo para acompañar este disco. Y hacer vibrar al público con la música… con Mavis.

Ella arqueó una ceja y volvió la vista hacia la pantalla. Mavis balanceaba sus caderas medio desnudas y gritaba algo sobre arder en el fuego del amor mientras unas llamas rojas y doradas danzaban a su alrededor.

– ¿Crees realmente que a la gente le gustaría vibrar con ella?

Él rió y adoptó un acento sureño.

– Se pisotearían por hacerlo, encanto. Y soltarían mucha pasta por tener la oportunidad.

– Y si lo hacen tú te ganas un generoso porcentaje -respondió ella, volviéndose hacia él.

– Es lo habitual en esta clase de tratos. Pregúntale a tu marido. Él te lo explicará.

– Mavis tomó una decisión. -Eve se ablandó al ver a varios invitados observar absortos el espectáculo de la pantalla-. Y yo diría que fue acertada.

– Ambos la tomamos. Y creo que será un gran éxito. Y cuando les hagamos una demostración en directo, bueno, la casa se vendrá abajo con los aplausos.

– ¿No estás nervioso? -Eve observó su mirada confiada, su expresión de gallito-. No, no estás nervioso.

– Llevo muchos años tocando para comer. Es un trabajo. -Le sonrió y le recorrió la espalda con los dedos-. Tú tampoco te pones nerviosa persiguiendo a tus asesinos. Te embalas y te sientes intranquila, pero no nerviosa.

– Depende. -Eve pensó en qué perseguía en esta ocasión y se le revolvió el estómago.

– No; tienes los nervios de acero. Lo vi la primera vez que te miré a los ojos. Nunca cedes ni das marcha atrás. Ni siquiera parpadeas. Eso hace que tu cerebro, bueno, tu forma de ser, por así decirlo, resulte fascinante. ¿Qué mueve a Eve Dallas? ¿La justicia, la venganza, el deber, la moralidad? Yo diría que es una combinación única de todo eso, exacerbado por un conflicto de inseguridad en ti misma. Tienes una idea muy clara de lo que está bien, y no paras de preguntarte quién eres.

Ella no estaba muy segura de que le gustara el giro que había tomado la conversación.

– ¿Qué eres, músico o psiquiatra?

– La gente creativa estudia al resto de la gente, y la música tiene tanto de ciencia como de arte, de emoción como de ciencia. -Sus ojos plateados permanecieron clavados en los de ella mientras la conducía alrededor de las demás parejas-. Cuando compongo una serie de notas quiero llegar a la gente. Debo comprender, e incluso estudiar la naturaleza humana, si quiero obtener de ellos la reacción correcta. Saber cómo les hará comportarse, pensar, sentir.

Eve sonrió ausente cuando William y Reeanna pasaron bailando por su lado, absortos el uno en el otro.

– Pensaba que era para entretenerlos.

– Ésa es la cara externa. Sólo la externa. -Los ojos de Jess brillaban de excitación mientras hablaba-. Cualquier músico mediocre puede ejecutar un tema por ordenador y salir con una melodía aceptable. El oficio del músico cada vez es más corriente y predecible gracias a la tecnología.

Con las cejas arqueadas, Eve echó un vistazo a la pantalla y a Mavis.

– Tengo que decir que no oigo nada corriente ni predecible aquí.

– Exacto. Me he dedicado a estudiar cómo los distintos tonos, notas y ritmos afectan a la gente, y sé qué teclas hay que tocar. Mavis es una joya. Es tan abierta, tan maleable. -Sonrió al ver que la mirada de ella se endurecía-. Lo digo como un cumplido, no como una debilidad. Pero es una mujer a la que le gustan los riesgos, y está dispuesta a vaciarse y a convertirse en un simple conducto transmisor del mensaje.

– ¿Y el mensaje es?

– Depende de la cabeza del público. De sus esperanzas y sueños. Me pregunto cuáles son tus sueños, Dallas.

Y yo los tuyos, pensó ella, pero lo miró con benevolencia.

– Prefiero atenerme a la realidad. Los sueños son engañosos.

– No; son reveladores. La mente, y el inconsciente en particular, son como un lienzo en el que pintamos continuamente. El arte y la música pueden poner muchos colores, muchos estilos. La medicina lo ha comprendido desde hace décadas y los utiliza para tratar y estudiar ciertas enfermedades, tanto psicológicas como fisiológicas.

Ella ladeó la cabeza. ¿Había otro mensaje bajo esas palabras?

– Ahora hablas más como científico que como músico.

– Tengo algo de ambos. Algún día podrás elegir una canción diseñada personalmente para tus ondas cerebrales. Las posibilidades del alterador del ánimo serán infinitas e íntimas. Ésa es la clave, la intimidad.

Ella se dio cuenta de que le estaba soltando un discurso y dejó de bailar.

– No creo que el coste fuera rentable. Además, investigar en tecnología concebida para analizar y coordinar las ondas cerebrales individuales es ilegal. Y por una buena razón: es peligroso.

– En absoluto. Es liberador. Los nuevos procesos, cualquier vertiente del verdadero progreso suele comenzar siendo ilegal. En cuanto al coste, sería alto inicialmente, pero bajaría en cuanto el diseño se adaptara a la fabricación en serie. ¿Qué es un cerebro sino un ordenador, después de todo? Un ordenador analizando un ordenador. ¿Qué hay más sencillo? -Echó un vistazo a la pantalla-. Esas son las primeras notas del último número. Tengo que comprobar el equipo antes de mi entrada. -Se inclinó y la besó en la mejilla-. Deséanos suerte.

– Sí, suerte -murmuró ella, pero tenía un nudo en el estómago.

¿Qué era el cerebro sino un ordenador?, pensó. Ordenadores analizando ordenadores. Programas individualizados diseñados para patrones de ondas cerebrales personales. Si eso era posible, ¿sería también posible incorporar programas de sugestión directamente vinculados al cerebro del usuario? Eve negó con la cabeza.

Roarke jamás habría dado su aprobación. No habría corrido un riesgo tan absurdo. Pero se abrió paso entre la multitud en dirección a él y le cogió del brazo.

– Necesito hacerte una pregunta -dijo en voz baja-. ¿Alguna de tus compañías se ha dedicado a investigar clandestinamente el diseño de unidades de realidad virtual para ondas cerebrales personales?

– Eso es ilegal, teniente.

– Vamos, Roarke.

– No. Hubo un tiempo en que me habría aventurado en un buen número de negocios dudosos. Pero ése no habría sido uno de ellos. Y no -repitió, adelantándose a ella-, mi modelo de realidad virtual tiene un diseño universal, no individual. Sólo los programas pueden ser personalizados para un determinado usuario. Estás hablando de algo de un coste elevadísimo, logísticamente complicado y que supondría demasiados quebraderos de cabeza.

– Eso me figuraba. -Relajó los músculos-. Pero ¿podría hacerse?

Él hizo una pausa, luego se encogió de hombros.

– No tengo ni idea. Tendrías que contar con la colaboración del individuo o tener acceso al escáner de su cerebro. Eso también supone la aprobación personal y el consentimiento de éste. Y entonces… no tengo ni idea -repitió.

– Si pudiera hablar con Feeney a solas. -Eve trató de avisar entre la multitud que daba vueltas al detective experto en electrónica.

– Tómate la noche libre, teniente. -Roarke le deslizó un brazo por la cintura-. Mavis está a punto de actuar.

– Está bien. -Ella se obligó a dejar a un lado la preocupación mientras Jess se acomodaba ante su consola y tocaba unas notas introductorias. Mañana, se prometió, y se puso a aplaudir cuando Mavis apareció bailando en el escenario.

De pronto sus inquietudes se desvanecieron, fundiéndose en el estallido de energía y profunda satisfacción que emanaba de Mavis, mientras las luces, la música y el talento se combinaban en un vertiginoso calidoscopio.

– Es buena, ¿verdad? -Eve le había cogido sin darse cuenta del brazo, como una madre a su niño en el patio de la escuela-. Es algo diferente y extraño, pero bueno.

– Ella es todo eso. -La disonante mezcla de notas, efectos sonoros y voces no serían nunca la música preferida de Roarke, pero se sorprendió sonriendo-. Ha cautivado al público. Puedes relajarte.

– Ya lo estoy.

Él rió y la abrazó aún más.

– Si llevaras botones, te saltarían -le susurró, sin importarle tener que hablarle al oído para hacerse oír. Y ya que estaba allí añadió una sugestiva proposición para después de la fiesta.

– ¿Cómo? -Ella se excitó al oírla-. Creo que ese acto en particular es ilegal en este estado. Consultaré mi código y me pondré en contacto contigo. Corto. -Y alzó un hombro en reacción cuando Roake empezó a mordisquearle y lamerle el lóbulo de la oreja.

– Te deseo -susurró él. Y la lujuria le erizó la piel como un sarpullido apremiante-. Y quiero poseerte ahora mismo.

– No hablas en serio -empezó ella, pero comprobó que sí lo hacía cuando la besó en la boca de un modo frenético y urgente. Se le aceleró el pulso y sintió que le fallaban las piernas. Logró apartarse ligeramente, sin aliento y atónita, y a punto de ruborizarse. No todo el mundo estaba absorto en Mavis-. Contrólate. Estamos en un acto público.

– Pues vayámonos de aquí. -Él estaba excitado, dolorosamente empalmado. Dentro de él había un lobo listo para abalanzarse sobre ella-. Hay un montón de habitaciones privadas en esta casa.

Ella se habría echado a reír si no hubiera percibido la urgencia que vibraba dentro de él.

– Domínate, Roarke. Es el gran momento de Mavis. No vamos a encerrarnos en un cuarto de baño como un par de adolescentes cachondos.

– Ya lo creo que sí. -Medio ciego, la condujo entre la multitud mientras ella balbuceaba una protesta.

– Es una locura. ¿Qué eres, un robot de placer? Puedes contenerte perfectamente un par de horas.

– Al demonio. -Roarke abrió de golpe una puerta y la empujó dentro de lo que era realmente un cuarto de baño-. Tiene que ser ahora, maldita sea.

Ella se golpeó la espalda contra la pared, y antes de que pudiera emitir siquiera un grito de asombro, él le subió las faldas y la penetró.

Estaba seca, desprevenida, atónita. Él la estaba saqueando, y eso era lo único que podía pensar en esos momentos mientras se mordía el labio inferior para contener el llanto. Él fue brusco y poco delicado, y le reavivó el dolor de las contusiones al empujarla contra la pared con cada embestida. Aun cuando ella trataba de apartarlo, él siguió penetrándola, sujetándola por las caderas, arrancándole un grito de dolor.

Ella podría haberlo detenido ya que había recibido un entrenamiento concienzudo. Pero éste se había desanecido dando paso a una profunda angustia. No veía el rostro de Roarke, pero no estaba segura de reconorlo si lo veía.

– Roarke, me estás haciendo daño… -El miedo le hizo temblar la voz.

Él murmuró algo en un idioma que Eve no entendió y que nunca había oído, de modo que dejó de forcear, le aferró los hombros y cerró los ojos a lo que taba ocurriendo entre ambos.

Él siguió penetrándola, sujetándole las caderas para mantenerla abierta, jadeándole al oído. La folló brutalmente y sin rastro de la delicadeza o el dominio tan propios de él.

No podía parar. Aun cuando una parte de su mente retrocedía horrorizada ante lo que estaba haciendo, él sencillamente no podía parar. La urgencia era como un cáncer que lo devoraba y tenía que satisfacerla para sobrevivir. En un recóndito rincón de su mente oía una voz ansiosa y jadeante: más fuerte, más deprisa. Más. Lo animaba y lo apremiaba, hasta que, con una última y cruel embestida, se descargó.

Ella esperó. Era hacerlo o caer al suelo. Él temblaba como un hombre febril, y ella no sabía si tranquilizarlo o darle una paliza.

– Maldita sea, Roarke. -Pero al verlo apoyar una mano contra la pared para mantener el equilibrio, empezó a preocuparse-: Vamos, ¿qué te pasa? ¿Cuántas copas has bebido? Vamos, apóyate en mí.

– No. -Una vez satisfecha la urgencia, a Roarke se le despejó la mente. Y los remordimientos le causaron un nudo en el estómago. Sacudió la cabeza para combatir el mareo y se apartó de ella-. Por Dios, Eve. Lo siento. Lo siento muchísimo.

– No te preocupes.

Roarke estaba blanco como el papel. Ella nunca lo había visto enfermo o asustado.

– Debería llamar a Summerset o a alguien. Tienes que acostarte.

Él le apartó con delicadeza las manos que le acariciaban y retrocedió hasta que dejaron de tocarse. ¿Cómo podía soportar que lo hiciera?

– Por el amor de Dios, te he violado. Acabo de violarte.

– No, no lo has hecho -replicó ella, esperando su tono de voz fuera tan efectivo como una bofetada-. Sé muy bien qué es una violación. No me has violado, aunque te has mostrado demasiado entusiasta.

– Te he hecho daño. -Cuando ella alargó una mano, él levantó las suyas para detenerla-. Maldita sea, Eve, estás magullada de la cabeza a los pies, y yo te arrincono contra la pared de un jodido cuarto de baño y te utilizo. Te he usado como un…

– Ya basta. -Ella dio un paso adelante y al ver que él negaba con la cabeza, añadió-: No te apartes de mí, Roarke. Eso sí me dolería. No lo hagas.

– Necesito un minuto -respondió él frotándose la cara. Seguía aturdido y mareado, y peor aún, algo fuera de sí-. Cielos, necesito una copa.

– Lo que me lleva a preguntarte de nuevo cuánto has bebido.

– No lo suficiente. No estoy borracho, Eve. -Dejó caer las manos y miró alrededor. Un cuarto de baño. ¡Por el amor de Dios, un cuarto de baño!-. No sé qué me ha ocurrido, qué se ha apoderado de mí… Lo siento.

– Eso ya lo veo. -Pero ella seguía sin tener una visión de conjunto-. No paras de repetirlo. Es extraño. Como liomsa.

La mirada de Roarke se ensombreció.

– Es gaélico. Significa mío. No he vuelto a hablar en gaélico desde que era niño. Mi padre lo utilizaba a menudo cuando estaba… borracho. -Vaciló antes de acariciarle la mejilla-. He sido tan brusco contigo. Tan poco delicado.

– No soy uno de tus jarrones de cristal, Roarke. Puedo soportarlo.

– No de este modo. -Él pensó en los quejidos y protestas de las prostitutas del callejón que le llegaban a través de las delgadas paredes y lo perseguían cuando su padre se las llevaba a la cama-. Nunca así. No he pensado en ti. No he tenido ninguna consideración, y eso no tiene excusa.

Ella no quería que se humillara. Le hacía sentirse incómoda.

– Bueno, estás demasiado ocupado mortificándote para que me preocupe, así que volvamos.

Él la cogió del brazo antes de que ella pudiera abrir la puerta.

– Eve, no sé qué ha ocurrido, de verdad. Hace un minuto estábamos allí fuera, escuchando a Mavis, y al siguiente… ha sido superior a mis fuerzas. Como si mi vida dependiera de tomarte en ese mismo instante. No era sólo sexo, sino cuestión de supervivencia. No podía controlarlo. Eso no es excusa para…

– Espera. -Ella se apoyó contra la puerta unos instantes, luchando por diferenciar la esposa de la policía que había en ella-. ¿No crees que exageras?

– No; era como unas tenazas en el cuello. -Roarke logró esbozar una débil sonrisa-. Bueno, tal vez ésa no sea la parte correcta de la anatomía. No hay nada que pueda decir o hacer para…

– Olvídate de tu sentido de culpabilidad, ¿quieres? Y piensa. -Esta vez la mirada de Eve era fría y dura como un ágata-. Una urgencia repentina e irresistible, semejante a una compulsión, que tú, un hombre con un gran autodominio, no has podido controlar. Y me penetras con la delicadeza de un célibe sudoroso rompiendo el ayuno con una androide de alquiler.

Él hizo una mueca y sintió que los remordimientos lo desgarraban.

– Soy muy consciente de ello.

– Y ése no es tu estilo, Roarke. Tienes tus movimientos característicos, no puedo seguirlos todos, pero son rítmicos y estudiados. Tal vez seas brusco, pero nunca mezquino. Y alguien que ha hecho el amor contigo en casi todas las posturas anatómicamente posibles puede afirmar que nunca eres egoísta.

– Vamos, esto es una lección de humildad -repuso él sin saber muy bien cómo reaccionar.

– No eras tú -murmuró ella.

– Lamento disentir.

– No lo era la persona en que te habías convertido -corrigió ella-. Y eso es lo que cuenta. Algo dentro de ti se rompió. O se encendió. Ese hijo de perra. -Contuvo la respiración al mirar a Roarke a los ojos y ver que empezaba a comprender lo ocurrido-. Ese hijo de perra tiene algo. Me lo comentó mientras bailábamos. Estuvo fanfarroneando y yo no lo entendí, de modo que tuvo que hacer una pequeña demostración. Y eso va a ser su perdición.

Roarke le cogió del brazo con fuerza.

– ¿Estás hablando de Jess Barrow? ¿De escáneres cerebrales y de sugestión? ¿Del control de la mente?

– La música debería afectar el comportamiento de la gente, el modo de pensar y de sentir. Eso me decía unos minutos antes de que empezara la actuación. Cabrón presuntuoso.

Roarke recordó la sorpresa reflejada en la mirada de Eve cuando la arrojó contra la pared y la penetró a la fuerza.

– Si tienes razón, quiero tener unos momentos a solas con él -dijo con un tono tal vez demasiado glacial.

– Es asunto de la policía -empezó a decir ella, pero él se acercó con una expresión de fría determinación.

– O me dejas unos momentos a solas con él o ya encontraré el modo de conseguirlos. De un modo u otro los tendré.

– Está bien. -Ella posó una mano sobre la de él, no para aflojar su sujeción sino en un gesto de solidaridad-. Está bien, pero tendrás que esperar tu turno. Tengo que estar segura.

– Esperaré -accedió él.

Pero ese hombre pagaría, se prometió Roarke, por haber introducido un instante de miedo o desconfianza en su relación.

– Dejaré que termine la actuación -decidió ella-. Entonces lo interrogaré de forma extraoficial en mi despacho bajo la supervisión de Peabody. No hagas nada por tu cuenta, Roarke. Hablo en serio. -Él abrió la puerta.

– He dicho que esperaría.

La música seguía sonado fuerte y los golpeó con una nota aguda varios metros antes de que llegaran al umbral. Pero bastó que Eve entrara y se abriera paso entre la multitud para que Jess levantara la mirada de la consola y la clavara en ella. Entonces esbozó una fugaz sonrisa entre orgullosa y divertida.

Y ella estuvo segura.

– Busca a Peabody y pídele que baje a mi despacho y se prepare para un interrogatorio preliminar. -Dio un paso hacia Roarke y lo miró a los ojos-. Por favor, no estamos hablando de un ultraje personal, sino de asesinato. Déjame hacer mi trabajo.

Roarke se volvió sin decir palabra. En cuanto se perdió en la multitud, ella se abrió paso hasta Summerset.

– Quiero que vigile a Roarke.

– ¿Cómo dice?

Ella le clavó un dedo en la pulcra americana hasta alcanzarle las costillas.

– Escuche, es importante. Podría estar en apuros. No quiero que lo pierda de vista hasta al menos una hora después de la actuación. Si le ocurre algo, le freiré el culo. ¿Comprendido?

En absoluto, pero sí comprendió el apremio.

– Está bien -respondió con dignidad, y cruzó la habitación con garbo, aunque con los nervios en punta.

Segura de que Summerset vigilaría a Roarke como una halcón madre a sus crías, Eve volvió a abrirse paso entre el público hasta situarse en primera fila. Aplaudió con el resto y se esforzó por dedicar una sonrisa de apoyo a Mavis cuando ésta subió a cantar un bis. Y al llegar la siguiente ovación, se acercó con disimulo a Jess y rodeó la consola.

– Todo un triunfo -murmuró.

– Ya te lo dije, es un tesoro -respondió él. Tenía un brillo malicioso en los ojos cuando la miró sonriente y añadió-: Tú y Roarke os habéis perdido un par de números.

– Un asunto personal -repuso ella-. Necesito hablar contigo, Jess. De tu música.

– Me alegro. No hay nada que me guste más.

– Ahora, si no te importa. Vayamos a algún sitio un poco más privado.

– Claro. -Cerró su consola y tecleó el código de seguridad-. Es tu fiesta.

– Desde luego que lo es -murmuró ella, precediéndolo.

15

Optó por el ascensor, deseando actuar deprisa y discretamente. Lo programó para un breve ascenso, y a continuación para un desplazamiento horizontal de ala en ala.

– Tengo que decir que tú y Roarke tenéis una casa fantástica. Sencillamente súper.

– Oh, servirá hasta que encontremos algo más grande -replicó Eve secamente, y se negó a permitir que la carcajada de Jess le crispara los nervios-. Dime, ¿decidiste trabajar con Mavis en serio antes o después de enterarte de su relación con Roarke?

– Ya te lo he dicho, Mavis es una entre un millón. Me bastó con verla un par de veces dando un breve concierto en el Down and Dirty para saber que congeniaríamos. -Le dedicó una sonrisa irresistible, como un niño del coro sosteniendo una rana debajo de la túnica-. Claro que no la perjudicó tener un contacto como Roarke. Pero tenía que valer.

– Sin embargo te enteraste del contacto antes.

Jess se encogió de hombros.

– Había oído comentarlo. Por eso bajé a verla. Ese club no es la clase de local que frecuento. Pero ella me deslumbró. Si consigo que dé grandes conciertos picantes, y si Roarke, o alguien de su posición, por así decirlo, está interesado en invertir en una próxima actuación, todo estará resuelto.

– Tienes mucha labia, Jess. -Eve salió de la cabina al abrirse las puertas-. Mucha labia.

– Como te decía, llevo haciendo conciertos desde que era niño. Creo que sé cómo hacerlo.

Jess miró alrededor mientras ella lo conducía por el pasillo. Arte, madera cara, alfombras artesanales. Eso era el dinero, pensó. Lo suficiente para levantar imperios.

Eve se volvió ante la puerta de su despacho.

– No sé cuánto tiene -dijo, leyéndole el pensamiento a la perfección-, y tampoco me importa.

Sin dejar de sonreír, él arqueó una ceja y clavó la mirada en el grueso diamante en forma de lágrima que descansaba sobre el corpiño de su delicado traje de seda.

– Pero no vistes con harapos ni llevas bisutería, encanto.

– Lo he hecho, y puede que vuelva a hacerlo. -Tecleó el código de la cerradura-. Y no me llames encanto.

Entró y saludó con un movimiento de la cabeza a una atónita pero atenta Peabody.

– Siéntate -dijo a Jess, yendo a su escritorio.

– Un rincón agradable. Hola, cielo. -No consiguió recordar el nombre de Peabody, pero le dedicó una radiante sonrisa como si fueran viejos amigos-. ¿Has visto la actuación?

– Casi toda.

Él se dejó caer en una silla.

– ¿Y qué te ha parecido?

– Increíble. Tú y Mavis hicisteis realmente un buen papel. -Se aventuró a devolverle la sonrisa, no muy segura de si eso esperaba Eve de ella-. Estoy lista para comprar el primer disco.

– Eso es lo que esperaba oír. ¿Es posible tomar una copa aquí? -preguntó a Eve-. Prefiero abstenerme antes de la actuación y ahora estoy más que preparado para empezar a beber.

– Claro. ¿Qué te apetece?

– El champán tenía buen aspecto.

– Debe de haber una botella en la cocina, Peabody. Sirve una copa a nuestro invitado, ¿quieres? ¿Y por qué no sirves café para nosotras?

Eve se recostó y reflexionó. Técnicamente debería empezar a grabar a partir de ese momento, pero antes de hacerlo quería una introducción.

– Alguien como tú, que diseña música y la atmósfera que la rodea, tiene que ser técnico además de artista, ¿no es así? Eso es lo que me estabas explicando antes de la actuación.

– Ésa es la forma en que funciona el negocio hoy en día, y así ha sido durante muchos años. -Agitó una de sus esbeltas manos con un brazalete de oro-. Tengo suerte de tener aptitud e interés por ambas cosas. Los tiempos de sacar una melodía en el piano o un tema de jazz con la guitarra han quedado atrás, del mismo modo que el combustible fósil se ha extinguido prácticamente.

– ¿De dónde sacas tu preparación técnica? Habría dicho que no está al alcance de cualquiera.

Él sonrió cuando Peabody regresó con las copas. Se tentía cómodo, relajado, y supuso que estaba en una especie de entrevista de trabajo.

– De trabajar hasta altas horas de la noche. Pero también hice un curso a distancia con el Instituto de Tecología de Massachusetts.

Ella ya conocía algunos datos por Peabody, pero quería camelarlo.

– Digno de elogio. Te has hecho tú solo un nombre en el mundo del espectáculo y el diseño. ¿No es así, Peabody?

– Sí. Tengo todos tus discos y espero ansiosa el próximo. Ya hace tiempo del último.

– Eso he oído decir. -Eve recogió la pelota que Peabody le lanzó sin saberlo-. ¿Has pasado una época de poca inspiración, Jess?

– En absoluto. Quería dedicar tiempo a perfeccionar el nuevo equipo, a reunir los componentes adecuados. Cuando saque el nuevo material será algo que nadie ha visto u oído antes.

– Y Mavis es el trampolín.

– Es un decir. Ha sido un golpe de suerte. Ella exhibirá parte del material que no va conmigo, y he personalizado ciertos temas para que encajen con ella. Confío en dar conciertos por mi cuenta en los próximos meses.

– Cuando todo esté en su sitio.

Él bebió un sorbo de champán.

– Exacto.

– ¿Has diseñado alguna vez bandas sonoras para realidad virtual?

– De vez en cuando. No es un mal oficio si el programa es interesante.

– Y apuesto a que sabes poner subliminales.

Él hizo una pausa y volvió a beber.

– ¿Subliminales? Eso es algo puramente técnico.

– Pero tú eres un buen técnico, ¿no, Jess? Lo bastante bueno para conocer los ordenadores por dentro y por fuera. Al igual que los cerebros. Un cerebro es un ordenador, ¿recuerdas?

– Claro.

– Y te has metido en alteradores de ánimo, que provocan cambios de humor. Patrones de conducta y emocionales. Ondas cerebrales. -Sacó del cajón del escritorio una grabadora y la colocó a simple vista-. Háblanos de ello.

– ¿Qué demonios es esto? -Jess dejó la copa y se irguió en el borde de la silla-. ¿Qué ocurre?

– Ocurre que voy a recitarte tus derechos y vamos a tener una charla. Oficial Peabody, pon en marcha la grabadora de refuerzo y toma nota, por favor.

– No os he dado mi consentimiento para ser interrogado -replicó él poniéndose de pie.

Eve lo imitó.

– Está bien. Podemos hacer que sea obligatorio y llevarte a comisaría. Allí tendrás que esperar, ya que no he reservado la sala de interrogatorios. Pero no te importará pasarte unas horas encerrado, ¿verdad?

Él volvió a sentarse despacio.

– Te vuelves rápidamente poli, Dallas.

– Digamos que nunca dejo de serlo. Teniente Dallas, Eve -empezó a decir a la grabadora, y pasó a precisar la hora y el lugar antes de recitar el Miranda revisado-. ¿Has comprendido tus derechos y alternativas, Jess?

– Sí, los he comprendido. Pero no sé a qué viene todo esto.

– Voy a decírtelo claramente. Se te está interrogando en relación a las muertes sin resolver de Drew Mathias, S. T. Fitzhugh, el senador George Pearly y Cerise Devane.

– ¿Quién? -exclamó él, convincentemente confundido-. ¿Devane? ¿No es ésa la mujer que saltó del Tattler Building? ¿Qué se supone que tengo que ver con ese suicidio? Ni siquiera la conocía.

– ¿Acaso no sabías que Cerise Devane era la presienta y principal accionista de la Tattler Enterprises?

– Bueno, supongo que lo sabía, pero…

– Supongo que tu nombre ha aparecido en The Tattler alguna vez a lo largo de tu carrera.

– Claro, siempre andan tratando de sacar trapos sucios de la gente. Y han sacado algunos míos. Es parte del oficio. -El miedo lo había abandonado dejando paso a indignación-. Escucha, la señora saltó. Yo estaba en mi estudio del centro ensayando cuando lo hizo. Tengo testigos. Mavis es uno de ellos.

– Sé que no estabas en el lugar de los hechos porque yo sí estaba. Al menos no estabas allí en carne y hueso. -Jess esbozó una sonrisa burlona.

– ¿Qué soy entonces, un maldito fantasma?

– ¿Conoces o has tenido alguna vez contacto con un técnico autotrónico llamado Drew Mathias?

– No me suena.

– Mathias se examinó en el mismo instituto.

– Como otros miles. Yo opté por un curso a distancia. Nunca he puesto el pie en el campus.

– ¿Y nunca has tenido ningún contacto con otros estudiantes?

– Claro que sí. Mediante telenexo, correo electrónico, fax láser o lo que fuera. -Se encogió de hombros, tamborileando con los dedos en la parte superior de una de sus botas labradas a mano-. No recuerdo ningún técnico electrónico con ese nombre.

Ella decidió cambiar de táctica.

– ¿Cuántas veces has trabajado en subliminales individualizados?

– No sé de qué me estás hablando.

– ¿No comprendes el término?

– Sé qué significa. -Esta vez a Jess le temblaron los hombros al encogerlos-. Y que yo sepa, nunca se ha hecho, de modo que no sé qué me estás preguntando.

Eve probó suerte y miró a su ayudante.

– ¿Sabes qué estoy preguntándole, Peabody?

– Creo que está bastante claro, teniente. -La oficial estaba sumida en la confusión, pero añadió-: Te gustaría saber cuántas veces el interrogado ha trabajado en subliminales individualizados. Tal vez debería recordar al interrogado que hoy en día no es ilegal investigar o interesarse en este campo. Sólo el desarrollo y fabricación van contra la actual legislación estatal, federal e internacional.

– Muy bien, Peabody. ¿Te aclara eso las cosas, Jess?

Aquella intervención había dado tiempo a Jess para tranquilizarse.

– Claro. Me interesa ese campo. Como a otra mucha gente.

– Se aparta un poco de tu especialidad, ¿no crees? Eres un músico, no un científico licenciado.

Ése era el botón. Jess se incorporó con los ojos brillantes.

– Estoy licenciado en musicología. La música no es sólo un montón de notas que se tocan juntas, encanto. Es la vida misma. Los recuerdos. Las canciones desencadenan reacciones emocionales específicas y a menudo predecibles.

– Y yo que pensaba que sólo era una forma agradable de pasar el rato.

– El entretenimiento es sólo una faceta. Los celtas iban a la guerra con gaitas. Para ellos era un arma tan válida como el hacha. Los nativos guerreros de África se preparaban para la lucha con tambores. Los esclavos se alimentaban de sus cantos espirituales, y los hombres llevan siglos seduciendo a las mujeres con música. La música actúa sobre la mente.

– Lo que nos lleva de nuevo a preguntarte: ¿cuándo decidiste dar un paso más allá y vincularla a las ondas cerebrales individuales? ¿Lo descubriste por casualidad, por puro azar, mientras componías una melodía?

Él soltó una breve carcajada.

– Crees que lo que hago se hace solo, ¿verdad? Me limito a sentarme, tocar unas notas y listo. Es duro. Es un trabajo arduo y agotador.

– Y estás muy orgulloso de tu trabajo, ¿verdad? Vamos, Jess, estabas a punto de contármelo antes. -Eve se levantó y rodeó el escritorio para sentarse en el borde-. Te morías por contármelo. Por contárselo a alguien. Lo increíble que es, la satisfacción que te produce crear algo tan asombroso, para después tener que guardártelo.

Él volvió a coger la copa y recorrió con los dedos el largo y delgado pie.

– Esto no era exactamente lo que me había imaginado. -Bebió un sorbo y consideró las consecuencias… y las ventajas-. Mavis dice que puedes ser flexible. Que no sigues al pie de la letra los códigos y procedimientos.

– Oh, puedo ser flexible, Jess. -Cuando hay motivos que lo justifiquen, pensó-. Explícate.

– Bueno, digamos que si hubiera inventado una técnica para introducir subliminales individualizados, alteradores del ánimo que actuaran sobre las ondas cerebrales personales, sería increíble. La gente como Roarke o como tú, con vuestros contactos y base financiera, y vuestra influencia, por así decirlo, podríais pasar por alto unas cuantas leyes anticuadas y hacer un gran fortunón. Revolucionar la industria del entretenimiento personal.

– ¿Es una propuesta?

– Hipotéticamente -dijo él e hizo un ademán con la copa-. Las industrias de Roarke disponen de las instalaciones apropiadas para llevar a cabo la investigación y desarrollo, y de la mano de obra y los créditos necesarios para emprender algo así y sacarlo adelante. Y me parece que una policía inteligente podría hallar el modo de saltarse alguna ley para que todo marchara sobre ruedas.

– Por Dios, teniente, parece que tú y Roarke sois la pareja perfecta -exclamó Peabody con una sonrisa que no le alcanzó los ojos-. Hipotéticamente.

– Y Mavis el conducto -murmuró Eve.

– Eh, olvídate de Mavis. Ya tiene lo que quería. Después de esta noche va a despegar.

– ¿Y crees que eso la compensa de haber sido utilizada para llegar a Roarke?

Él volvió a encogerse de hombros.

– Los favores se pagan, cielo. Y me he dedicado de pleno a ella. -En los ojos de Jess volvía a haber un brillo entre malicioso y divertido-. ¿Disfrutaste con la demostración informal de mi sistema hipotético?

No muy segura de ser capaz de disimular su rabia, Eve volvió a sentarse tras su escritorio.

– ¿Demostración?

– La noche que tú y Roarke vinisteis al estudio para ver la grabación. Me pareció que los dos estabais muy ansiosos por marcharos y estar a solas. -Su sonrisa se hizo más amplia-. ¿Queríais revivir la luna de miel?

Ella mantuvo las manos detrás del escritorio hasta lograr abrir los puños. Echó un vistazo a la puerta del despacho de Roarke que comunicaba con el suyo, y se sobresaltó al ver parpadear la luz verde del monitor.

Los estaba observando. Eso no sólo era ilegal, sino peligroso en esas circunstancias, pensó ella. Se volvió hacia Jess. No podía permitirse romper el ritmo.

– Pareces tener un interés exagerado en mi vida sexual.

– Ya te lo he dicho, Dallas. Me fascinas. Eres una mujer inteligente y llena de determinación, con una cabeza llena de espacios oscuros. Me pregunto qué ocurriría si abrieras esos espacios. Y el sexo es la llave maestra. -Se inclinó hacia adelante y la miró a los ojos-. ¿Con qué sueñas, Dallas?

Ella recordó las horribles pesadillas de la noche que había visto el disco de Mavis. El disco que él le había dado. Le temblaron las manos.

– Hijo de perra. -Se levantó despacio y apoyó las manos en el escritorio-. Te gusta hacer demostraciones, ¿eh, cabrón? ¿Es eso lo que Mathias fue para ti? ¿Una demostración?

– Ya te lo he dicho. No sé quién es.

– Es posible que necesitaras un técnico autotrónico para perfeccionar tu sistema. Luego lo probaste con él. Prepara el patrón de sus ondas cerebrales, de modo que las programaste dentro. ¿Le diste instrucciones para que se fabricara una soga y se la colocara alrededor del cuello, o dejaste que él escogiera el método?

– Te has salido de órbita.

– ¿Y Pearly? ¿Qué relación tiene con todo esto? ¿Se trataba acaso de una declaración política? ¿Mirabas hacia el futuro? Eres un auténtico visionario. El se habría opuesto a la legalización de tu nuevo juguete, así que ¿por qué no utilizarlo con él?

– Para el carro -dijo él levantándose-. Estás hablando de asesinato. Por Dios, ¿intentas involucrarme en un asesinato?

– Y luego Fitzhugh. ¿Necesitabas un par de demostraciones más o simplemente le cogiste el gusto? Te sentías poderoso matando sin mancharte las manos de sangre, ¿eh, Jess?

– Nunca he matado a nadie.

– Y Devane era un chollo, con todos los medios de comunicación allí. Tenías que verlo. Apuesto a que disfrutaste haciéndolo. Que te excitaste viéndolo. Como te excitaste al pensar qué ibas a empujar a Roarke esta noche con tu maldito juguete.

– Eso es lo que te sulfura, ¿no? -Furioso, Jess se inclinó sobre el escritorio. Esta vez su sonrisa no era cautivadora sino feroz-. Quieres herirme porque influí sobre tu marido. Deberías darme las gracias. Apuesto a que follasteis como salvajes.

Eve le golpeó en la mandíbula impulsivamente. Jess cayó de bruces con los brazos abiertos, y el telenexo voló por los aires.

– Maldita sea -jadeó ella.

Peabody habló con voz fría y serena por encima del zumbido de la grabadora.

– Que conste en acta que el individuo ha amenazado físicamente a la teniente durante el interrogatorio. A continuación el interrogado perdió el equilibrio y se dio con la cabeza contra el escritorio. En estos momentos parece aturdido.

Eve no pudo hacer otra cosa que mirar a Peabody mientras ésta se ponía de pie, se acercaba a Jess y lo levantaba cogiéndolo por el cuello de la camisa. Lo sostuvo de pie unos instantes como si considerara su estado. Le fallaban las rodillas y tenía los ojos en blanco.

– Afirmativo -declaró, y lo dejó caer en una silla-. Teniente Dallas, creo que su grabadora se ha estropeado. -A continuación Peabody derramó su café en el aparato de Eve para estropear de verdad los chips-. La mía sigue funcionando y bastará para continuar informando sobre este interrogatorio. ¿Estás herida?

– No. -Eve cerró los ojos y recuperó el control-. No, estoy bien, gracias. El interrogatorio se interrumpe a la una y media. El individuo Jess Barrow será llevado al centro médico Brightmore para ser examinado y tratado, y allí permanecerá hasta las nueve de la manana, hora en que este interrogatorio se reanudará en comisaría. Oficial Peabody, ocúpese del traslado. El interrogado será retenido para ser interrogado por cargos pendientes.

– Sí, teniente. -Peabody se volvió hacia la puerta del despacho de Roarke cuando ésta se abrió. Le bastó con.mirarlo a la cara para darse cuenta de que podía haber problemas-. Teniente -empezó a decir con cuidado de mantener la grabadora boca abajo-. Hay interferencias en mi comunicador y su telenexo podría haberse estroeado cuando el interrogado cayó al suelo. Pido permiso para utilizar la otra habitación para llamar a los asistentes sanitarios.

– Adelante -respondió Eve, y suspiró al ver a Roarke entrar y Peabody salir a grandes zancadas-. No tenías ningún derecho a espiar el interrogatorio -empezó.

– Lamento discrepar. Tengo todo el derecho. -Él bajó la vista hacia la silla donde Jess gemía y cambiaba de postura-. Está volviendo en sí. Quisiera estar unos minutos a solas con él.

– Escucha, Roarke…

Él la interrumpió con una mirada glacial.

– Ahora mismo, Eve. Déjanos solos.

Ése era el problema, decidió ella. Ambos estaban tan acostumbrados a dar órdenes que ninguno de los dos las encajaba bien. Pero recordó la mirada afligida de Eve cuando él se había apartado de ella. Ambos habían sido utilizados, pero Roarke había sido la víctima.

– Tienes cinco minutos. Eso es todo. Y te lo advierto. En la grabación aparece levemente herido. Si tiene, señales de golpes me las achacarán a mí, lo que podría poner en peligro el caso.

Roarke esbozó una sonrisa mientras la cogía del brazo y la acompañaba hasta la puerta.

– Confía en mí, teniente. Soy un hombre civilizado.

Cerró la puerta en sus narices y echó la llave. Sabía cómo causar grandes tormentos a un cuerpo humano sin dejar rastro, se dijo.

Se acercó a Jess, lo levantó de la silla y lo zarandeó hasta que abrió los ojos.

– ¿Estás despierto y consciente? -masculló.

Jess tenía la espalda empapada en sudor. Su vida estaba en peligro, y lo sabía.

– Quiero un abogado.

– No estás tratando con polis, sino conmigo. Al menos durante los próximos cinco minutos. Y ahora no tienes derechos ni privilegios.

Jess tragó saliva y trató de conservar la calma.

– No puedes ponerme la mano encima. Si lo haces, la responsabilidad caerá sobre tu mujer.

Roarke curvó los labios y le dio un puñetazo en el estómago.

– Voy a demostrarte lo equivocado que estás.

Sin apartar los ojos de Jess, se agachó, le agarró el miembro y se lo retorció. Le dio cierta satisfacción ver cómo le caían gotas de sangre por la cara y torcía la boca como un pez boqueando. Con el pulgar le apretó la tráquea hasta que se le desorbitaron los ojos.

– ¿No es repugnante verte conducido por tu polla? -Le retorció el miembro por última vez antes de dejar que se desplomara en la silla y se acurrucara como un renacuajo-. Ahora hablemos -añadió con tono agradable-. De asuntos personales.

Fuera en el pasillo, Eve se paseaba arriba y abajo, mirando cada pocos segundos hacia la gruesa puerta. Sabía que si Roarke había conectado la insonorización, Jess podía estar aullando a pleno pulmón, que ella no lo oiría.

Si lo mataba… Por Dios, si lo mataba, ¿cómo iba a resolver el caso? Se detuvo horrorizada. Tenía la obligación de proteger a ese cabrón. Había unas leyes. No importaban los sentimientos personales, había unas leyes.

Se dirigió a la puerta, tecleó el código de la cerradura y resopló cuando éste fue rechazado.

– Maldita sea, Roarke.

Él la conocía demasiado bien. Con pocas esperanzas se dirigió al otro extremo del pasillo e intentó abrir la puerta que comunicaba al despacho. Pero también le fue negada la entrada.

Se acercó al monitor y conectó la cámara de seguridad de su despacho, pero descubrió que él también le había impedido el acceso.

– Por Dios, lo está matando.

Corrió de nuevo hasta la puerta y la aporreó impotente. Unos momentos más tarde, como por arte de magia, la puerta se abrió silenciosamente. Vio a Roarke sentado ante el escritorio, fumando tranquilamente.

El corazón le dio un brinco al ver a Jess. Estaba pálido como un muerto, pero respiraba. De hecho, resoplaba como un termostato defectuoso.

– No tiene ni un rasguño -dijo Roarke cogiendo el coñac que acababa de servirse-. Y creo que ha empezado a comprender el error que ha cometido.

Eve examinó los ojos de Jess, que se encogió de miedo en la silla como un perro apaleado.

– ¿Qué demonios le has hecho?

Roarke dudaba que Eve o el DPSNY aprobara los trucos que había aprendido en su pasado.

– Mucho menos de lo que merecía.

Ella se irguió y miró a Roarke. Éste tenía el aspecto de alguien que se dispone a entretener a sus invitados o a presidir una importante reunión de negocios. Tenía el traje sin una arruga, el cabello perfectamente peinado y el pulso firme. Pero la mirada ligeramente extraviada.

– Por Dios, das miedo.

Roarke dejó a un lado el coñac.

– Nunca volveré a hacerte daño.

Ella contuvo sus deseos de acercarse a él y estrecharlo en sus brazos. Pero no era lo que pedían las circunstancias. O lo que él necesitaba.

– Roarke, no es un asunto personal.

– Lo es -repuso él, exhalando despacio el humo. Peabody entró con rostro inexpresivo.

– Los asistentes sanitarios ya están aquí, teniente. Con tu permiso, acompañaré al sospechoso al centro médico.

– Iré yo.

Peabody lanzó una mirada a Roarke, que aún no había apartado los ojos de Eve, y vio que tenía una expresión más que peligrosa.

– Si me disculpas, teniente, creo que tienes aquí asuntos más apremiantes. Puedo ocuparme yo. Todavía tenéis en casa muchos invitados, incluyendo la prensa. Estoy segura de que preferirás que el asunto no se difunda hasta nueva orden.

– Está bien. Llamaré desde aquí a la central y tomaré las medidas necesarias. Dispón la segunda parte del interrogatorio para mañana a las nueve.

– Estoy impaciente. -Peabody echó un vistazo a Jess y arqueó una ceja-. Debe de haberse golpeado la cabeza con mucha fuerza, porque sigue aturdido, y tiene la piel fría y húmeda. -Dedicó a Roarke una sonrisa y añadió-: Sé muy bien lo que es estar así.

Roarke rió, y sintió que la tensión lo abandonaba.

– No, Peabody. En este caso no creo que lo sepas.

Se acercó a ella y, sosteniéndole el rostro entre sus esbeltas manos, la besó.

– Eres un encanto -murmuró. Luego se volvió hacia Eve y añadió-: Me ocuparé del resto de nuestros invitados. Tómate tu tiempo.

Peabody se llevó los dedos a los labios mientras se dirigía a la puerta. Una oleada de placer la había recorrido de la cabeza a los pies.

– Caramba. Soy un encanto, Dallas.

– Estoy en deuda contigo, Peabody.

– Creo que acaban de saldarla. -Retrocedió hasta la puerta-. Aquí están los asistentes. Nos llevaremos a nuestro amigo. Dile a Mavis que estuvo absolutamente ultra.

– ¿Mavis? -Eve se frotó los ojos. ¿Cómo iba a explicárselo a Mavis?

– Yo de ti la dejaría brillar esta noche. Puedes contárselo más tarde. Lo entenderá.

16

Obtener una orden de registro y detención a las dos de la madrugada era un asunto peliagudo. Le faltaban los datos más sencillos para obtener una autorización automática. Y necesitaba un juez. Los jueces solían ponerse de malhumor con las llamadas a medianoche. Y tratar de explicar por qué le urgía autorización para examinar una consola de música en su propia casa era una tarea incierta.

Así las cosas, Eve soportó el sermón del furioso y cortante juez de su elección.

– Lo comprendo, su señoría. Pero no puede esperar hasta mañana. Tengo serias sospechas de que la consola en cuestión está relacionada con las muertes de cuatro personas. Su diseñador y operador está en estos momentos detenido, y no puedo contar con su colaboración inmediata.

– ¿Trata de decirme que la música mata, teniente? -replicó el juez-. Yo mismo podría habérselo dicho. La porquería que se oye hoy en día podría matar un elefante. En mis tiempos sí teníamos música. Springsteen, Live, los Cult Killers. Eso era música.

– Sí, señor. -Ella puso los ojos en blanco. Había tenido que escoger precisamente un amante de la música clásica-. Necesito la orden, su señoría. El capitán Feeney está disponible para comenzar este examen inicial. Según consta en el acta, el operador ha confesado haber utilizado la consola de forma ilegal. Necesito más pruebas para relacionarlo con los otros casos en cuestión.

– Si quiere mi opinión, deberían prohibir y prender fuego a esas consolas musicales. Esto es basura, teniente.

– No si las pruebas confirman mi convicción de que esta consola y quien la opera están relacionados con la muerte del senador Pearly y de los demás.

El juez hizo una pausa seguida de un resoplido.

– Eso es un gran salto al vacío. Literalmente.

– Sí, señor. Y quiero la orden para tender un puente.

– Se la enviaré, pero más vale que consiga algo, teniente. Y que sea consistente.

– Gracias. Lamento haberle interrumpido… -el telenexo hizo clic en su oído- su sueño -concluyó ella.

Luego cogió el comunicador y llamó a Feeney.

– Eh, Dallas. -El rostro del técnico se iluminó con una amplia y divertida sonrisa-. ¿Dónde te habías metido? La fiesta acaba de empezar. Te has perdido a Mavis haciendo un número con un holograma de los Rolling Stones. Ya sabes qué pienso de Jagger.

– Sí, es como un padre para ti. No despegues, Feeney. Tengo una misión para ti.

– ¿Misión? Son las dos de la madrugada y mi mujer parece, ya sabes… -parpadeó con expresión sentimentaloide- interesada.

– Lo siento. Tendrás que controlar tus glándulas. Roarke se encargará de que la lleven a casa. Estaré allí en diez minutos. Tómate algo para despejarte si lo crees necesario. Puede que nos espere una larga noche.

– ¿Despejarme? -Feeney adquirió la expresión taciturna de costumbre-. Llevo toda la noche tratando de animarme. ¿De qué se trata?

– En diez minutos -repitió ella antes de cortar la comunicación.

Se entretuvo en cambiarse de ropa y se descubrió cardenales que no se había visto antes. Dedicó unos minutos a untarse de crema por donde pudo e hizo una mueca de dolor al ponerse una camisa y unos pantalones.

No obstante, cumplió su palabra y diez minutos más tarde salía a la terraza del tejado.

Roarke se había dedicado a despedir a los invitados más remolones.

Sentado junto al bufet diezmado, Feeney comía paté con tristeza.

– Sabes cómo cortar el rollo, Dallas. Mi mujer se ha quedado tan deslumbrada de que una limusina la llevara a casa que se ha olvidado de mí. Y Mavis ha estado todo el rato buscándote. Creo que estaba un poco dolida de que no te hubieras quedado para felicitarla.

– La compensaré. -Su telenexo portátil emitió un pitido. Leyó la pantalla y ordenó una impresión-. Aquí tenemos la orden judicial.

– ¿Orden? -Feeney cogió una trufa y se la metió en la boca-. ¿Para qué?

Eve se volvió y señaló la consola.

– Para ella. ¿Listo para utilizar tu magia?

Feeney tragó la trufa y miró la consola. Los ojos se le llenaron de una luz que muchos habrían llamado amor.

– ¿Quieres que toque algo? Caray.

Se puso de pie de un salto y casi corrió hasta el equipo. Lo recorrió reverente con las manos y Eve lo oyó murmurar algo así como TX-42, con ondas sonoras de alta velocidad.

– ¿Me autoriza la orden a anular el código de la cerradura?

– Sí, Feeney. Esto es algo serio.

– ¡A quién se lo vas a decir! -Levantó las manos y se rotó los dedos como un experto en abrir cajas fuertes a punto de dar el gran golpe-. Esta criatura sí es algo serio. El diseño es todo un acierto, y tiene una potencia que está fuera de escala. Es…

– Probablemente la causa de cuatro muertes -dijo Eve. Se acercó y añadió-: Déjame ponerte al día.

Al cabo de veinte minutos, utilizando el equipo portátil que llevaba en el coche, Feeney trabajaba absorto. Eve no podía entender qué murmuraba, y él se impacientaba cuando ella se inclinaba por encima de su hombro.

Esto permitió a Eve pasearse por la habitación y hacer una llamada para informarse del estado de Jess. Acababa de ordenar a Peabody que la relevara un agente y volviera a casa para dormir un poco cuando Roarke entró.

– Me he disculpado por ti a nuestros invitados -dijo y se sirvió otro brandy-. Les he explicado que te surgió un imprevisto. Me han compadecido por vivir con una policía.

– Traté de advertirte que hacías un mal negocio. -Él sonrió.

– Eso ha aplacado a Mavis. Espera tu llamada mañana.

– La llamaré. Tendré que explicarle algunas cosas. ¿Ha preguntado por Barrow?

– Le dije que se había sentido… indispuesto de repente. -Roarke no la rozó siquiera. Deseaba hacerlo, pero aún no estaba preparado-. Te duele todo, Eve. Salta a la vista.

– Vuelve a taparme la nariz y te tumbo. Feeney y yo tenemos mucho que hacer aquí, y debo estar despierta. No soy frágil, Roarke. -Le suplicó con los ojos que lo olvidara-. Métetelo en la cabeza.

– No lo consigo. -Dejó a un lado el coñac y se metió las manos en los bolsillos-. Podría echar una mano allí -añadió, inclinando la cabeza hacia Feeney.

– Es un asunto policial. No estás autorizado a tocar el aparato.

Cuando él volvió a mirarla con algo del viejo humor, ella soltó un suspiro.

– Es cosa de Feeney -replicó-. Está jerárquicamente por encima de mí, y si quiere meterte en esto, es asunto suyo. Yo no quiero saber nada. Tengo informes que preparar.

Se encaminó a la puerta con aire irritado.

– Eve. -Cuando ella se detuvo y lo miró con ceño, él negó con la cabeza-. Nada. -Y se encogió de hombros, impotente.

– Déjalo estar, maldita sea. Me estás hartando -replicó ella saliendo a grandes zancadas y casi haciéndole sonreír.

– Yo también te quiero -murmuró él. Luego se acercó a Feeney y preguntó-: ¿Qué tenemos aquí?

– Es tan hermoso que hace que me salten las lágrimas, te lo juro. Te digo que ese tipo es un auténtico genio. Ven aquí y mira este panel de mandos. Sólo míralo.

Roarke se quitó la americana, se agachó y se puso manos a la obra.

Ella no se acostó. Por una vez olvidó sus prejuicios y se tomó su autorizada dosis de anfetas, que le disiparon el cansancio y le sacudieron la mayoría de las telarañas de la cabeza. Utilizó la ducha, se puso un vendaje de hielo en la rodilla dolorida y se dijo que se ocuparía de las contusiones más tarde.

Eran las seis de la mañana cuando volvió a la terraza del tejado. Habían desmotando la consola metódicamente, y los cables, tableros, chips, discos y paneles estaban distribuidos por el reluciente suelo en lo que supuso eran pilas ordenadas.

Con su elegante camisa de seda y los pantalones hechos a medida, Roarke se hallaba sentado con las piernas cruzadas en medio de ellas, introduciendo datos en una tarjeta-diario. Se había recogido el cabello para impedir que le cayera sobre la cara y tenía una expresión concentrada, sus ojos azules increíblemente abiertos para la hora que era.

– Ya lo tengo -murmuró Feeney-. He visto algo parecido antes. Muy parecido. Los componentes se están comprobando ellos mismos. -Le pasó la tarjeta-diario por debajo del panel inferior de la consola-. Echa un vistazo.

Roarke se la arrebató.

– Sí, podría servir. Podría jodidamente servir. ¡Chúpamela!

– Los irlandeses tienen un bonito lenguaje.

Ante el tono seco de Eve, Feeney levantó la cabeza de golpe. Tenía el cabello en punta, como si hubiera sufrido una descarga al toquetear el equipo. Los ojos le brillaban desorbitados.

– Eh, Dallas. Creo que lo tenemos.

– ¿Por qué habéis tardado tanto?

– Muy graciosa. -La cabeza de Feeney volvió a desaparecer.

Eve cruzó una larga y seria mirada con Roarke.

– Buenos días, teniente.

– No estás aquí -respondió ella pasando por su lado-. No te veo. ¿Qué tienes, Feeney?

– Hay un montón de opciones en esta criatura -empezó él, y volvió a salir para acomodarse en la silla de la consola-. Un montón de chismes, todos impresionantes. Pero el que más nos ha costado encontrar, porque estaba escondido bajo varios dispositivos de seguridad, es una auténtica maravilla. Volvió a pasar las manos por la consola, acariciando la lisa superficie que ahora sólo cubría entrañas vacías. -El diseñador habría hecho una gran carrera en el departamento electrónico. La mayoría de los tipos por debajo de mí no saben hacer lo que él ha hecho. La creatividad -la señaló con un dedo- no está en las fórmulas y los teclados. La creatividad convierte un triste rincón en un campo abierto. Y este tipo ha recorrido ese campo. Es su jodido dueño. Y esto es lo qúe él llamaría su mayor logro.

Le tendió la tarjeta-diario sabiendo que ella iba a fruncir el entrecejo al ver los códigos y componentes.

– ¿Y bien?

– Requiere cierta pericia llegar a esto. Lo tenía oculto tras su pase privado, con su propia voz y la palma de su mano. Y bajo varios dispositivos de seguridad. Casi saltamos por los aires hace una hora, ¿verdad, Roarke?

Roarke se levantó y metió las manos en los bolsillos.

– No he dudado de ti ni por un momento, capitán.

– ¡Y un cuerno! -Feeney sonrió con complicidad-. Si tú no estabas rezando tus oraciones, muchacho, yo sí. Y sin embargo no puedo pensar en muchas otras personas con quienes me gustaría saltar por los aires.

– El sentimiento es casi mutuo.

– Si habéis terminado vuestras varoniles muestras de afecto, ¿os importaría explicarme qué demonios debería estar viendo aquí?

– Es un escáner. El más intrincado que jamás he visto aparte de en Reconocimiento.

– ¿Reconocimiento?

Se trataba de un examen que todos los policías temían, y al que debían enfrentarse cuando se habían visto obligados a utilizar sus armas para matar.

– Aun cuando tenemos archivados los patrones de las ondas cerebrales de cada miembro del DPSNY, durante los reconocimientos se hace un escáner. Se buscan las posibles lesiones, defectos y anomalías que pueden haberle llevado a utilizar la máxima fuerza. Este escáner se compara con el último realizado, y el individuo debe realizar un par de viajes de realidad virtual en los que se utilizan los datos obtenidos a partir del escáner. Un asunto desagradable.

Feeney sólo había pasado por ello en una ocasión y esperaba no tener que volver a hacerlo.

– ¿Y él ha conseguido copiar o promocionar ese método? -preguntó Eve.

– Diría que lo ha mejorado en un par de aspectos. -Feeney hizo un gesto hacia el montón de discos-. Allí tenemos un montón de patrones de ondas cerebrales. No debe de ser muy difícil compararlos con los de las víctimas e identificarlas.

Uno de ellos debía ser su patrón, pensó ella. Su mente comprimida en un disco.

– Genial -murmuró.

– Realmente brillante. Y potencialmente letal. Nuestro amigo cuenta con una asombrosa variación de estados de ánimo. Y todos están vinculados a pautas musicales, ya sabes, notas y acordes. Él escoge la melodía, luego aumenta lo que llamarías el tono de ésta para estimular la reacción de la víctima, digamos el estado de ánimo de éste, sus impulsos inconscientes.

– De modo que lo utiliza para sumergirse en lo más profundo de nuestras mentes. En el subconsciente.

– Hay un montón de tecnología médica con la que no estoy muy familiarizado, pero diría que es algo así. Sobre todo en lo que toca a apetitos sexuales -añadió Feeney-. Ésa es la especialidad de nuestro amigo. Aún no he terminado, pero diría que puede programar las ondas cerebrales, fijar el estado de ánimo y dar a la mente de la víctima un fuerte empujón.

– ¿De un tejado? -preguntó ella.

– Eso es trampa, Dallas. Estoy hablando de sugestión. Claro que si alguien está en el borde de un tejado planteándose saltar, con esto puedes darle el último empujón. Pero que sea posible influir en una mente para que actúe de un modo completamente contrario y ajeno a su naturaleza no puedo afirmarlo de momento.

– Saltaron, se asfixiaron y se desangraron hasta morir -le recordó ella impaciente-. Tal vez todos tenían inclinaciones suicidas en el subconsciente y esto sólo las hizo emerger.

– Para esto necesitas a Mira, no a mí. Yo seguiré con lo mío. -Sonrió esperanzado-. ¿Después de desayunar?

Ella tragó saliva.

– Después de desayunar. Te agradezco toda la noche en vela, Feeney, y tu trabajo rápido. Pero necesitaba lo mejor.

– Y lo has tenido. El tipo con el que decidiste unirte tampoco está nada mal como técnico. Haría de él un ayudante decente si se decidiera a renunciar a su monótono estilo de vida.

– Mi primera oferta del día. -Roarke sonrió-. Ya sabes dónde está la cocina, Feeney. Puedes utilizar el Autochef o pedir a Summerset que te prepare la comida que quieras.

– Estando donde estoy, eso significa huevos de verdad. -Feeney estiró el cuello y todas las articulaciones-. ¿Queréis que pida desayuno para los tres?

– Empieza tú -sugirió Roarke-. Nosotros bajaremos seguida. -Esperó a que Feeney saliera silbando ante la perspectiva de unos huevos benedictinos y crepes de arándano, y se volvió hacia Eve-: No tienes mucho tiempo, lo sé.

– El suficiente si tienes algo que decirme.

– Así es. -Era raro que él se sintiera incómodo. Casi había olvidado esa sensación-. Lo que Feeney acaba de decirte acerca de la capacidad que cree que tiene esta consola. Del hecho de que sea poco probable que un individuo sea influenciado para actuar de una forma poco habitual en él, de hacer algo abominable.

Ella vio adónde quería ir a parar y quiso soltar una maldición.

– Roarke…

– Déjame terminar. Yo he sido el hombre que te violó anoche. He vivido bajo esta piel y no ha pasado aún tanto tiempo como para haberme olvidado de él. Lo convertí en algo más porque quise. Y pude. El dinero ayudó, y cierto deseo de… distinción. Pero sigue allí. Sigue siendo parte de mí. Anoche lo recordé de golpe.

– ¿Quieres que te odie por ello, que te culpe de ello?

– No; quiero que lo comprendas, y me comprendas. Vengo de esa clase de hombre que anoche te hizo daño.

– Yo también.

Eso lo detuvo en seco, y le hizo aflorar lágrimas en los ojos.

– Por Dios, Eve.

– Y me asusta. Me despierta a mitad de la noche con la pregunta de qué hay dentro de mí. Vivo con ello cada santo día. Sabía de dónde venías cuando te acepté, y no me importa. Sé que has hecho cosas, quebrantado leyes y vivido al margen de ellas. Pero estoy aquí. -Eve resopló y cambió de postura-. Te quiero, ¿me oyes? Eso es todo. Ahora tengo hambre, y me espera un día muy ajetreado, así que voy a bajar antes de que Feeney nos deje sin huevos.

Él le cerró el paso.

– Un minuto más. -Le sujetó el rostro con las manos, la besó tiernamente y convirtió su ceño en un suspiro.

– Bueno -logró decir ella cuando él la soltó-. Así está mejor, supongo.

– Mucho mejor. -Él entrelazó los dedos con los suyos. Y porque lo había utilizado cuando le había hecho daño, ahora lo compensó haciéndolo de nuevo-: A ghra.

– ¿Eh? ¿Otra vez gaélico?

– Sí. -Se llevó los dedos entrelazados de ambos a los labios-. Amor mío.

– Suena bien.

– Ya lo creo -respondió él con un suspiro. Había transcurrido mucho tiempo desde la última vez que se había permitido oír su musicalidad.

– No debería entristecerte -murmuró ella.

– No lo hace. Sólo me pone melancólico -respondió Roarke-. Me encantaría invitarte a desayunar, teniente.

– Convénceme. ¿Tenemos crepes?

El problema con los fármacos, pensó Eve mientras se preparaba para interrogar a Jess Barrow, era que no importaba los seguros y leves que afirmaran ser, siempre te hacían sentir falsa. Sabía que no estaba despierta de forma natural, que debajo de ese estallido de energía provocado, su cuerpo era un cúmulo de desesperado cansancio.

No paraba de imaginarse llevando una enorme máscara de entusiasmo sobre su rostro triste y exhausto.

– ¿De vuelta al trabajo, Peabody? -preguntó Eve a su ayudante al entrar en la despejada sala de paredes blancas.

– Sí, teniente. He leído tus informes, y he pasado por tu oficina al venir aquí. Tienes un mensaje del comandante, y dos de Nadine Furst. Creo que se huele una noticia.

– Nadine tendrá que esperar. Y hablaré con el comandante en nuestro primer descanso. ¿Sabes algo de béisbol, Peabody?

– Jugué un par de años en la academia. Guante de oro.

– Bueno, pues caliéntate. Cuando te lance la pelota, debes interceptarla y devolvérmela. Feeney hará su aparición antes del final de la entrada.

A Peabody se le iluminaron los ojos.

– Eh, no sabía que fueras una experta.

– Tengo muchas facetas ocultas. Limítate a interceptar la pelota, Peabody. Quiero darle un buen pelotazo a ese hijo de perra. Ya has leído el informe y conoces el procedimiento. -Hizo un gesto para que hicieran pasar al sospechoso-. Es todo nuestro. Si se pone en manos de un abogado tendremos que reorganizarnos, pero creo que es demasiado arrogante para tomar ese camino de entrada.

– Por lo general me gustan los hombres gallitos. Tendré que hacer una excepción aquí.

– Y es tan atractivo de cara -añadió Eve y se hizo a un lado cuando un agente hizo pasar a su hombre-. ¿Qué tal, Jess? ¿Te sientes mejor hoy?

El había tenido tiempo para recomponerse.

– Te mataría sin mucho esfuerzo. Pero voy a dejarlo correr porque sé que antes de terminar serás el hazmerreír de tu estúpido departamento.

– Sí, se encuentra mejor. Siéntate. -Se acercó a la pequeña mesa y puso en marcha la grabadora-. Teniente Dallas, Eve, y la oficial Peabody, Delia, su ayudante. Son las 9.08 del 8 de setiembre de 2058. Individuo interrogado Barrow, Jess, archivo S-19305. Por favor, diga su nombre para el acta.

– Jess Barrow.

– En nuestro anterior interrogatorio se te informó de tus derechos y alternativas como está estipulado, ¿no es cierto?

– Me soltaste un discurso, eso seguro. -Para lo que le había servido, pensó, y cambió de postura en la silla. Le dolía el miembro como un diente cariado.

– ¿Y comprendes esos derechos y alternativas tal como están estipulados?

– Los entendí entonces y los entiendo ahora.

– ¿Deseas esta vez hacer uso de tu derecho a solicitar un abogado o representante?

– No necesito a nadie aparte de mí mismo.

– Muy bien. -Eve se sentó, entrelazó las manos y sonrió-. Empecemos. En tu declaración anterior admitiste haber diseñado y utilizado un equipo concebido para alterar los patrones de conducta y las ondas cerebrales personales.

– No admití ni un carajo.

– Eso es cuestión de interpretaciones -replicó ella sin dejar de sonreír-. No negarás que en el curso de un acto social que tuvo lugar anoche en mi casa, utilizaste un programa que has diseñado para influenciar subliminalmente sobre Roarke, ¿verdad?

– Eh, si tu marido te sacó de allí para levantarte las faldas, es tu problema.

Eve siguió sonriendo.

– Desde luego. -Necesitaba pillarlo por allí para acusarlo de todo lo demás-. Peabody, es posible que Jess no esté enterado de la pena por falso testimonio en un interrogatorio.

– La pena consiste en un máximo de cinco años en un calabozo. ¿Pongo la grabación del primer interrogatorio, teniente? Puede que le falle la memoria a causa de la herida que sufrió durante el asalto a un oficial.

– ¿Asalto? Y una mierda -replicó Jess-. ¿Crees que puedes manipularme de ese modo? Ella me golpeó sin que yo la provocara, y luego dejó que ese cabrón de su marido entrara y…

Se interrumpió al recordar la advertencia que Roarke le había susurrado con voz sedosa mientras el dolor, si placentero de puro intenso, se extendía por todo su organismo.

– ¿Deseas formalizar una denuncia? -preguntó Eve.

– No -respondió él. Le cayó una gota de sudor del lab¡o superior y Eve volvió a preguntarse qué le había heho Roarke-. Anoche estaba alterado. Las cosas se me fueron de las manos. -Respiró hondo-. Escucha, soy musico y estoy muy orgulloso de mi trabajo, del arte que conlleva. Me gusta pensar que lo que hago influye en la gente, le llega a lo más hondo. Puede que este orgullo haya creado la impresión equivocada acerca del alcance de mi trabajo. La verdad, no sé a qué viene tanto revuelo.

Volvió a sonreír con una gran dosis de su encanto habitual al tiempo que alargaba sus esbeltas manos.

– Toda esa gente de la que hablabas anoche, no la conozco. He oído hablar de ellos, desde luego, pero no los conozco personalmente ni he tenido nada que ver con su decisión de quitarse la vida. Yo mismo me opongo a ella. En mi opinión la vida es demasiado corta tal y como es. Todo esto es un malentendido, y estoy deseando olvidarlo.

Eve se recostó en su asiento y lanzó una mirada a su ayudante.

– Peabody, está deseando olvidarlo.

– Es generoso de su parte, teniente, y no es sorprendente en estas circunstancias. La pena por violar el estatuto de la intimidad personal mediante la electrónica es muy severa. Y, por supuesto, está el cargo añadido de diseñar y utilizar un equipo con subliminales individuales. En estos momentos estamos hablando de diez años como mínimo de cárcel.

– No puedes demostrar nada. Nada. No tienes argumentos.

– Te estoy dando la oportunidad de confesar, Jess. Te ponen las cosas más fáciles cuando confiesas. Y en lo que se refiere a la demanda que mi marido y yo tenemos derecho a poner contra ti, que conste en acta que renunciaré a ese derecho siempre que admitas tu culpa en los cargos mencionados, y que esa admisión llegue en treinta segundos. Piénsalo.

– No tengo nada que pensar porque no he hecho nada. -Jess se echó hacia adelante-. No eres la única que tiene gente detrás. ¿Qué crees que ocurrirá con tu gran carrera si voy a la prensa con esta historia?

Ella le sostuvo la mirada y luego echó un vistazo al reloj de la grabadora.

– La oferta ha sido denegada. -Eve asintió hacia la cámara-. Peabody, por favor, descodifica la puerta para que entre el capitán Feeney.

Feeney entró con una radiante sonrisa. Dejó en la mesa un disco y un dosier, y tendió la mano a Jess.

– Tengo que decirte que tu trabajo es lo mejor que he visto nunca. Es un auténtico placer conocerte.

– Gracias. -Jess adoptó la actitud que adoptaba al tratar con el público y estrechaba manos calurosamente-. Me gusta mi trabajo.

– Y se nota. -Feeney se sentó-. Hacía años que no disfrutaba tanto como lo he hecho desmontando esa consola.

En otro momento, en otro lugar, habría resultado cómica la transformación que sufrió el rostro de Jess: de una expresión amable a una palidez mortal y a rojo de ira.

– ¿Me has jodido el equipo? ¿Lo has desmontado? ¡No tenías ningún derecho a tocarlo! Eres hombre muerto. ¡Estás acabado!

– Que conste en acta que el interrogado está exaltado -recitó Peabody con serenidad-. Sus amenazas contra la persona del capitán Feeney son aceptadas como emocionales antes que literales.

– Bueno, al menos por esta vez -repuso Feeney alegremente-. Pero ándate con cuidado, amigo. Si constan en acta muchas cosas así, solemos cabrearnos. -Se apoyó en los codos-. En fin, hablemos del trabajo. Tenías un sistema de seguridad admirable. Tardé un rato en anularlo. Pero llevo en el oficio tanto como años tienes tú. Diseñar ese escáner cerebral ha sido todo un logro. Es tan consistente y tan sensible al tacto. Calculé que tenía un alcance de dos metros. Vamos, eso es muchísimo para un aparato tan pequeño y portátil.

– No entraste en mi equipo -replicó Jess con voz temblorosa-. Estás fingiendo. No pudiste llegar al centro.

– Bueno, los tres dispositivos de seguridad eran peliagudos -reconoció Feeney-. Me pasé cerca de una hora con el segundo, pero el último sólo estaba acolchado. Supongo que nunca creíste que necesitarías nada a ese nivel.

– ¿Has revisado los discos, Feeney? -preguntó Eve.

– He empezado. Estás en ellos, Dallas. Roarke no está en el archivo. Es un civil, ya sabes. Pero encontré el tuyo y el de Peabody.

La oficial parpadeó.

– ¿El mío?

– Y estoy comprobando si aparecen los nombres que me has pedido, Dallas. -Volvió a dedicar una sonrisa radiante a Jess-. Has estado ocupado coleccionando especímenes. Has diseñado una bonita opción de almacenamiento, con una increíble capacidad de compresión de datos. Me va a partir el corazón tener que destruir ese equipo.

– ¡No puedes hacerlo! -exclamó Jess. Los ojos se le llenaron de lágrimas-. He puesto en él todo lo que tengo. No sólo dinero, sino tiempo, ideas, energía. Tres años de mi vida, sin un descanso. Dejé mi carrera para diseñarlo. ¿Tienes idea de lo que puedo llegar a hacer con él?

Eve recogió la pelota.

– ¿Por qué no nos lo dices, Jess? Con tus propias palabras. Nos encantaría saberlo.

17

Jess Barrow empezó a hablar despacio y a trompicones de sus experimentos e investigación, de su fascinación por la influencia de los estímulos externos sobre el cerebro humano, de los sentidos y la agudización de los mismos por medio de la tecnología.

– Aún no hemos rascado siquiera la superficie de lo que somos capaces de hacer para obtener placer o dolor -explicó-. Eso quería hacer yo. Rascar la superficie y colarme por debajo. Los sueños, Dallas. Los deseos, los temores, las fantasías. En toda mi vida la música ha sido el motor de… todo: el hambre, la pasión, la tristeza, la alegría. ¿Cuánto más intenso sería todo si pudiéramos entrar y utilizar realmente la mente para explotar y explorar?

– Así que te volcaste en el tema -lo instó ella-. Te consagraste a ello.

– Tres años. Más en realidad, pero tres dedicados exclusivamente al diseño, experimentación y perfeccionamiento. Cada penique que tenía lo dedicaba a ello. Ya no me queda prácticamente nada. Por eso necesitaba apoyo, os necesitaba a vosotros.

– Y Mavis era tu vínculo conmigo y con Roarke.

Jess levantó las manos y se frotó el rostro, luego las dejó caer sobre la mesa.

– Escucha, me gusta Mavis. Tiene chispa. Es cierto que también la habría utilizado aunque fuera insípida como una androide, pero no lo es. Y no la he perjudicado en nada. Antes bien le he dado un empujón. Tenía el ego por los suelos cuando nos asociamos. Oh, sí, le iba muy bien, pero había perdido la confianza en sí misma por lo ocurrido antes. Yo le inyecté una gran dosis de confianza.

– ¿Cómo?

Él vaciló y decidió que había sido peor el remedio que la enfermedad.

– Está bien. La empujé suavemente en la dirección apropiada con ayuda de subliminales. Debería estarme agradecida. Y trabajé con ella, le mejoré su material, la pulí sin quitarle su toque natural. Ya la has oído. Está mejor de lo que nunca ha estado.

– Experimentaste con ella sin su conocimiento ni consentimiento -replicó Eve.

– No fue como si se tratara de una rata androide. Por Dios, había perfeccionado el sistema. -Señaló a Feeney con un dedo-. Tú sabes que es inmejorable.

– Es hermoso, sí, pero eso no lo hace legal -repuso Feeney.

– Mierda, también eran ilegales la ingeniería genética, la fecundación en vitro o la prostitución. ¿Adónde nos llevó todo eso? Hemos recorrido un largo camino, pero seguimos en la edad de las tinieblas, tío. Esto es un avance, una forma de acercar la mente a los sueños y hacer realidad lo que soñamos.

– No todos queremos que nuestros sueños se hagan realidad. ¿Qué te da derecho a decidir por otra persona? -Jess levantó una mano.

– Está bien. Tal vez me entusiasmé demasiado en algunas ocasiones. Te dejas llevar. Pero todo lo que hice contigo fue ampliar lo que ya estaba allí. De modo que aumenté tu potencial sexual aquella noche en el estudio. ¿Qué daño hice? En otra ocasión abrí unas cuantas cerraduras y di rienda suelta a tus recuerdos. Quería ser capaz de demostrar lo que podía hacerse, para cuando llegara el momento acudir a ti y a Roarke con una propuesta. Y anoche…

Se interrumpió, sabiendo que había calculado muy mal.

– Está bien, anoche fui demasiado lejos. Me dejé llevar por la música. Actuar ante un verdadero público es como una droga. Te excita. Tal vez me excedí. Fue un error bienintencionado. -Trató de sonreír de nuevo-. Mira, lo he utilizado en mí mismo docenas de veces. No tiene secuelas, nada permanente. Sólo es una alteración temporal del estado de ánimo.

– ¿Y tú escoges el estado de ánimo?

– Con un equipo corriente no tienes tanto control, ni la misma profundidad de campo. Con lo que he desarrollado puedes encenderlo y apagarlo como si se tratara de una luz. Deseo o satisfacción sexuales, euforia, melancolía, energía, relajación. Lo nombras y listos.

– ¿Como un deseo de morir?

Jess negó con la cabeza.

– Yo no juego con esas cosas.

– Pero para ti todo es un juego, ¿verdad? Aprietas botones y la gente se pone a bailar. Eres el dios de la electrónica.

– Se te escapa la visión de conjunto -insistió él-. ¿Sabes cuánto estaría dispuesta a pagar la gente por la capacidad de sentir lo que quiera?

Eve abrió el dossier que Feeney había traído y sacó unas fotografías.

– ¿Qué sentían ellos, Jess? -Le lanzó las fotos de los cuatro cadáveres en el depósito-. ¿Qué es lo último que les hiciste sentir para que se mataran con una sonrisa?

Él palideció, y se le vidriaron los ojos antes de que lograra cerrarlos.

– Ni hablar. De ninguna manera. -Doblándose en dos, vomitó el desayuno que había tomado en el centro médico.

– Que conste en acta que el sospechoso se ha indispuesto momentáneamente -dijo Peabody secamente-. ¿Llamo a mantenimiento y a un asistente sanitario, teniente?

– Por Dios, sí -murmuró Eve mientras Jess seguía vomitando-. Se interrumpe el interrogatorio a las diez y cuarto. Teniente Dallas, Eve.

– Mucho cerebro, pero el estómago débil. -Feeney se acercó a la máquina expendedora y seleccionó un vaso de agua-. Aquí tienes, muchacho, intenta tragar un poco de esto.

A Jess se le saltaron las lágrimas. Tenía el estómago dolorido y el pulso le temblaba tanto que el agua se agitó en el vaso y Feeney tuvo que ayudarle a llevárselo a la boca.

– No podéis cargarme con eso -balbuceó.

– Eso ya lo veremos. -Eve se apartó para que el asistente que acababa de entrar lo llevara a la enfermería-. Necesito un poco de aire -murmuró y salió.

– Espera, Dallas. -Feeney corrió tras ella, dejando a Peabody dirigir la operación y recoger el dossier-. Tenemos que hablar.

– Lo más cercano es mi despacho. -Eve maldijo en silencio al sentir que le palpitaba la rodilla. El vendaje de hielo se estaba derritiendo y le urgía cambiarlo, y el dolor de las caderas era insufrible.

– Te dieron bien ayer en la oficina de cambio, ¿eh? -Feeney sonrió compasivamente al verla cojear-. ¿Ya te lo han examinado?

– Más tarde. No he tenido tiempo. Le daremos una hora a ese pelotillero de mierda para que se recupere, luego volveremos a golpear. Todavía no ha llamado a un abogado, pero todo vendrá. Para entonces ya no nos importará que las ondas cerebrales coincidan con las víctimas.

– Ése es el problema. Siéntate y descansa esa pierna -le aconsejó él mientras entraban en el despacho.

– Es la rodilla. Se me está poniendo rígida de tanto estar sentada. ¿Cuál es el problema? -preguntó Eve yendo por café.

– Que no coinciden. -Feeney la miró abrumado cuando ella se volvió hacia él-. No coincide una sola en todo el lote. Muchas siguen sin identificar, pero tengo las huellas de todas las víctimas, y no dispongo de la de Devane, pero sí la de su última revisión médica. No coinciden, Dallas.

Esta vez Eve se sentó pesadamente. No era preciso preguntarle si estaba seguro. Feeney era tan concienzudo como un androide doméstico sacando el polvo por las esquinas.

– Está bien, las tiene en otra parte. ¿Tenemos una orden judicial para registrar su estudio y vivienda?

– En estos momentos está en ello un equipo. Aún no he recibido el informe.

– Podría tener una caja fuerte o algo parecido. -Eve cerró los ojos-. Mierda, Feeney, ¿por qué iba a guardarlas después de terminar con ellos? Probablemente las destruyó. Es arrogante pero no estúpido. Podían comprometerlo y él lo sabía.

– Hay muchas probabilidades de que así fuera. Pero también podría haberlas guardado como recuerdo. Nunca deja de sorprenderme lo que la gente es capaz de guardar. ¿Recuerdas ese tipo que despedazó a su mujer el año pasado? Conservó los ojos en una maldita caja de música.

– Sí, lo recuerdo. -¿A qué venía ese dolor de cabeza?, se preguntó Eve, frotándose en vano las sienes para aliviarlo-. Así que tal vez tengamos suerte. Si no, tenemos otras muchas pruebas. Y una buena baza para desalentarlo.

– Ése es el problema, Dallas. -Feeney se sentó en el borde del escritorio y se metió la mano en el bolsillo en busca de su paquete de almendras garrapiñadas-. No pinta bien.

– ¿Cómo que no? Lo tenemos pillado.

– Es cierto, pero no por asesinato. -Pensativo, Feeney masticó una almendra-. No consigo comprenderlo. El tipo que diseñó ese equipo es brillante, algo retorcido y egocéntrico. Y el tipo al que acabamos de zarandear es todo eso, y puedes añadir infantil. Para él es un juego con el que pretende hacer una gran fortuna. Pero tanto como asesinar…

– Lo que pasa es que te has enamorado de esa consola.

– Desde luego -reconoció él sin avergonzarse-. Es un hombre débil, Dallas, y no sólo de estómago. ¿Cómo va a hacerse rico matando gente?

Ella arqueó una ceja.

– ¿Has oído hablar de asesinos a sueldo?

– Ese muchacho no tiene agallas ni para eso. -Comió otra almendra-. ¿Y dónde está el móvil? ¿Sacó a esa gente de un sombrero? Además, su descubrimiento requiere estar cerca para intervenir en el subconsciente. No puedes colocarle en todos los lugares de los hechos.

– Dijo algo de la posibilidad de control remoto.

– Sí, tenía uno muy bueno, pero, que yo sepa, no se seleccionó esa opción.

Eve se recostó en su asiento.

– No me estás animando mucho que digamos.

– Sólo te invito a reflexionar. Si está metido en esto, tiene un ayudante. U otra unidad personal portátil.

– ¿Podría adaptarse a unas gafas de realidad virtual? -La idea lo intrigó e hizo que sus ojos abatidos brillaran.

– No puedo decirlo con seguridad. Buscaré tiempo para averiguarlo.

– Espero que lo encuentres. Es lo único que tenemos, Feeney. Si no logro demostrar nada, saldrá impune de los asesinatos. No me conformo con encerrarlo de diez a veinte años por lo que tenemos. -Resopló-. Pedirá un examen psicológico y hará lo que sea para salir del atolladero. Tal vez Mira sepa encasillarlo.

– Envíaselo después del descanso -sugirió Feeney-. Deja que ella se ocupe unas horas de él, y hazte un favor y ve a casa y duerme un poco. Si sigues así, caerás.

– Puede que lo haga. Mientras tanto hablaré con Whitney. Un par de horas libres tal vez me despejen. Debe de escapárseme algo.

Por una vez Summerset no estaba al acecho. Eve entró en la casa furtivamente como un ladrón y subió las escaleras cojeando. Dejó tras de sí una estela de ropas al encaminarse al dormitorio, y suspiró de placer al caer en la cama.

Diez minutos más tarde yacía de espaldas, mirando el techo. El dolor era intenso, pensó de mal humor. Pero el efecto del estimulante que había tomado horas atrás no había terminado. Estaba pasando, dejándola mareada de cansancio, mientras su organismo seguía rebosante de energía.

Era incapaz de conciliar el sueño.

Se encontró separando las piezas del rompecabezas para a continuación volverlas a juntar. Cada vez formaba una figura diferente hasta convertirse en una confusa mezcolanza de hechos y teorías.

A ese paso no hablaría con mucha coherencia cuando se reuniera con Mira.

Se planteó tomar un largo baño caliente en vez de dormir. Inspirada, se levantó y se envolvió en el albornoz. Tomó el ascensor con el propósito de evitar a Summerset, y bajó en la planta inferior donde se hallaba el sendero ajardinado que conducía al solárium. Una sesión en la piscina sería la solución, decidió.

Tiró al suelo el albornoz y se acercó desnuda a la oscura agua contenida por un muro de auténtica piedra y rodeada de flores fragantes. Al sumergir un pie el agua le pareció agradablemente caliente. Se sentó en el primer escalón y pulsó los mandos de chorros y burbujas. En cuanto el agua empezó a agitarse se ocupó de programar la música. Con una mueca, decidió que no estaba de humor para melodías.

Al principio se limitó a flotar, agradeciendo que no hubiera nadie alrededor para oír sus gemidos cuando los chorros de agua actuaban en sus partes doloridas. Inhaló el aroma de las flores y flotó a la deriva, abandonándose a los más simples placeres.

El conflicto entre el cansancio y el estimulante se compensó dando paso a la relajación. Las drogas eran excesivamente sobrevaloradas, decidió Eva. El agua obraba maravillas. Se dio lentamente la vuelta y se puso a nadar, despacio al principio, mientras se le calentaban los músculos. Luego puso más energía, confiando en librarse del exceso del estimulante y reanimarse con el ejercicio.

Cuando sonó el reloj automático y el agua se calmó, ella siguió dando largas brazadas, sumergiéndose hasta casi rozar el brillante fondo negro, hasta que se sintió como un embrión en un útero y salió a la superficie con un gemido de satisfacción.

– Nadas como un pez.

Eve buscó instintivamente el arma que llevaba en el costado y se encontró con sus propias costillas. Se apresuró a secarse los ojos y vio a Reeanna.

– Es un decir, pero en tu caso es cierto. -Se acercó al bordillo de la piscina. Luego se quitó los zapatos, se sentó y sumergió las piernas en el agua-. ¿Te importa?

– Adelante. -Eve no se consideraba muy pudorosa, pero se sumergió un poco más. Odiaba que la sorprendieran desnuda-. ¿Buscabas a Roarke?

– La verdad es que no. Acabo de dejarle. Él y William siguen arriba en su oficina. Yo tengo hora en la peluquería. -Se tiró de sus encantadores rizos pelirrojos-. Tengo que hacer algo con esta mata de pelo. Summerset ha comentado que estabas aquí abajo, y pensé en saludarte.

Summerset. Eve sonrió forzada. La había visto, después de todo.

– Tenía un par de horas libres y se me ocurrió aprovecharlas.

– ¿Y qué lugar más maravilloso para hacerlo? Roarke tiene muchísima clase, ¿no te parece?

– Ya lo creo.

– Sólo quería decirte lo bien que lo pasé anoche. Apenas tuve ocasión de hablar contigo… con tanta gente. Y luego te llamaron.

– Los policías son negados para el trato social -repuso Eve, preguntándose cómo salir y recuperar su albornoz sin sentirse como una idiota.

Reeanna alargó la mano hasta tocar el agua.

– Espero que no fuera nada… desagradable.

– No murió nadie, si a eso te refieres. -Ella sí era pésima para el trato social, se dijo Eve sonriendo para sí. Y se obligó a hacer un mayor esfuerzo-. A decir verdad tuve un golpe de suerte en el caso en que estoy trabajando. Detuvimos a un sospechoso.

– Eso es bueno. -Reeanna ladeó la cabeza con expresión intrigada-. ¿Te refieres al suicidio que discutimos en otra ocasión?

– No estoy autorizada a responderte.

Reeanna sonrió.

– Así habla un poli. En fin, de un modo u otro, he estado pensando mucho en ello. Tu caso, o como lo hayas llamado, sería un artículo fascinante. He estado tan absorta en temas tecnológicos que llevo mucho sin escribir nada. Espero discutir contigo el asunto una vez lo resuelvas y se divulgue.

– Seguramente podremos, si es que lo resuelvo -respondió Eve cediendo un poco. Después de todo, esa mujer era una experta y podía serle de ayuda-. Pues para que sepas, el sospechoso está siendo analizado por la doctora Mira. ¿Alguna vez has hecho evaluaciones de comportamiento y personalidad?

– Desde luego. Desde distinto ángulo que Mira. Podría decirse que somos las dos caras de una misma moneda. Nuestra diagnosis final a menudo sería la misma, pero utilizaríamos un método distinto y un punto de vista diferente.

– Es posible que necesite dos puntos de vista antes de que termine este asunto -murmuró Eve, midiéndola con la mirada-. ¿No tendrás por casualidad autorización para acceder a información confidencial?

– Da la casualidad de que sí. -Reeanna siguió balanceando las piernas despacio, pero tenía una expresión alerta, interesada-. Nivel cuatro, clase B.

– Casi. Si se diera el caso, ¿qué te parecería trabajar para tu ciudad en calidad de asesora temporal? Puedo garantizarte muchas horas, malas condiciones y pésimo sueldo.

– ¿Quién podría declinar una oferta así? -Reeanna rió echándose el cabello hacia, atrás-. La verdad, me encantaría tener la oportunidad de volver a tratar con pacientes. Llevo demasiado tiempo encerrada en laboratorios, trabajando con máquinas. A William le encanta, ya sabes, pero yo necesito a la gente.

– Pues es posible que te llame -concluyó Eve. Y decidiendo que era más estúpido permanecer en el agua que salir con naturalidad, se levantó.

– Ya sabes dónde encontrarme… Por Dios, ¿qué te ha pasado? -Reeanna se puso de pie-. Estás negra y azul.

– Gajes del oficio.

Cogió una de las toallas amontonadas cerca del bordillo y se disponía a envolverse cuando Reeanna se la arrebató.

– Déjame echarte un vistazo. No te han tratado -dijo tocándole la cadera.

– ¿Te importa?

– Por supuesto. -Impaciente, Reeanna levantó la mirada-. Oh, estáte quieta. No sólo soy mujer y conozco personalmente el cuerpo femenino, sino que también tengo una licenciatura en medicina. ¿Qué te has puesto en la rodilla? Tiene muy mal aspecto.

– Un vendaje de hielo. Está mejor.

– Pues me habría muerto si lo hubiera visto peor. ¿Por qué no has ido al centro médico o a un puesto de asistencia?

– Porque los odio. Y no tenía tiempo.

– Pues ahora lo tienes. Quiero que te tumbes en la mesa de masajes. Iré al coche por mi maletín de emergencia y me ocuparé de esto.

– Escucha, te lo agradezco, pero sólo son cardenales. -Eve tuvo que alzar la voz porque Reeana ya se estaba lejando presurosa.

– Tendrás suerte si no te has astillado un hueso de esa cadera. -Con ese triste vaticinio, Reeanna entró en el ascensor.

– Oh, gracias. Me siento mucho mejor ahora.

Resignada, Eve se quitó la toalla, se puso el albornoz y se acercó de mala gana a la mesa situada debajo de una pérgola llena de glicinias en flor. Apenas se había instalado cuando Reeanna volvió con un pulcro maletín de cuero.

Esa mujer sabía actuar, pensó Eve.

– Creía que tenías hora en la peluquería.

– He llamado para que me la cambien. Échate, nos ocuparemos primero de la rodilla.

– ¿Cobras extra por las visitas a domicilio?

Reeanna sonrió mientras abría el maletín. Eve echó un vistazo al interior y volvió la cabeza. Por Dios, odiaba la medicina.

– Esta es gratis. Considérala una práctica. Llevo casi dos años sin trabajar en seres humanos.

– Muy alentador. -Eve cerró los ojos cuando Reeanna sacó un miniescáner y le examinó la rodilla-. ¿Por qué lo dejaste?

– Hummm. No está rota, eso ya es algo. Sólo está dislocada e hinchada. ¿Por qué? -Volvió a revolver en su maletín-. Roarke es parte del motivo. Nos hizo a William y a mí una oferta imposible de declinar. El sueldo era generoso, y Roarke sabe qué teclas tocar.

Eve silbó al sentir en la rodilla algo frío y que escocía.

– ¡Me lo vas a decir a mí!

– El sabía que yo llevaba tiempo interesándome en los patrones de conducta y en los efectos de la estimulación. La oportunidad de crear nueva tecnología con fondos literalmente ilimitados era demasiado tentadora para dejarla escapar. La vanidad no me permitió rechazar la oportunidad de participar en algo nuevo, y con el respaldo de Roarke sin duda iba a ser un éxito.

Eve se dio cuenta de que había sido un error cerrar los ojos, porque empezaba a flotar. Las palpitaciones en las caderas se atenuaron a medida que los delicados dedos de Reeanna esparcían algo frío. Recibió el mismo tratamiento en el hombro. La ausencia de dolor era como un tranquilizante y la llevó a ir aún más lejos y añadir:

– Al parecer nunca fracasa.

– No, al menos desde que lo conozco.

– Tengo una reunión dentro de un par de horas -se apresuró a decir Eve.

– Descansa primero. -Reeanna le retiró el vendaje de la rodilla y comprobó que la hinchazón había disminuido-. Voy a ponerte otro vendaje ultracicatrizante, y luego uno de hielo para terminar de bajarla. Es probable que sigas sintiéndola un poco rígida. Te aconsejo que la mimes los próximos dos días.

– Claro. La mimaré.

– ¿Te hiciste todo esto anoche, cercando a tu sospechoso?

– No, antes. Él no me dio problemas. El muy cabrón. -Eve arrugó las cejas-. No consigo hallar pruebas contra él.

– Estoy segura de que lo harás -repuso Reeanna mientras continuaba con el tratamiento-. Eres rigurosa y te implicas en los casos. Te vi en uno de los canales de noticias. En el tejado con Cerise Devane, arriesgando la vida.

– Fracasé.

– Lo sé. -Reeanna untó las contusiones con una crema anestesiante-. Fue horrible. Y más aún para ti, imagino. Tendrías que haber visto su cara y sus ojos de cerca cuando saltó.

– Sonreía.

– Ya lo vi.

– Quería morir.

– ¿Tú crees?

– Dijo que morir era agradable. La experiencia máxima.

Satisfecha de haber hecho todo lo que estaba en su mano, Reeanna cogió otra toalla y la extendió sobre Eve.

– Hay quienes consideran la muerte como la experiencia humana suprema. No importa lo avanzadas que estén la medicina y la tecnología, nadie puede escapar a ella. Y dado que estamos llamados a morir, ¿por qué no ver la muerte como un objetivo en lugar de un obstáculo?

– Estamos llamados a luchar. Cada trecho del camino.

– No todo el mundo tiene la energía o la necesidad de luchar. Algunos la aceptan tranquilamente. -Reeanna le cogió una mano y le tomó el pulso-. Otros se resisten. Pero todos mueren.

– Alguien la incitó y eso lo convierte en un asesinato. Y allí entro yo.

– Sí, supongo que sí. Duerme un poco. Le diré a Summerset que te despierte para la reunión.

– Gracias.

– No es nada. -Reeanna le tocó el hombro-. Entre amigas.

Estudió a Eve unos momentos más, luego echó un vistazo a su reloj con incrustaciones de diamantes. Tendría que darse prisa si quería llegar a tiempo a la peluquería, pero todavía debía ocuparse de un detalle.

Volvió a guardar el equipo y tras dejar en la mesa un tubo de crema anestesiante para Eve, se apresuró a salir.

18

Eve se paseaba por la oficina elegantemente enmoquetada de la doctora Mira con las manos en los bolsillos y la cabeza gacha como un toro listo para embestir.

– No lo entiendo. ¿Cómo es posible que no coincida su perfil? Puedo encerrarlo por cargos menos graves. Ese cabrón ha estado jugando con los cerebros de otras personas, disfrutando con ello.

– No se trata de coincidencias, Eve, sino de probabilidades.

Paciente y con expresión serena, Mira se hallaba sentada en su confortable butaca adaptable al cuerpo, bebiéndose un té al jazmín. El ambiente estaba cargadísimo de la frustración y energía que emanaban de Eve.

– Tienes su confesión y pruebas de que ha experimentado en torno a la influencia del patrón de las ondas cerebrales individualizadas. Y estoy de acuerdo en que tiene muchas preguntas que responder. Pero en lo que se refiere al cargo de coacción al suicidio, no puedo corroborar dé un modo decisivo tu sospecha.

– Bueno, eso es estupendo. -Eve se volvió. El tratamiento de Reeanna y un sueñecito de una hora la habían reanimado. Tenía las mejillas sonrosadas y los ojos brillantes-. Sin tu corroboración Whitney no se tragará el asunto, lo que significa que el fiscal tampoco lo hará.

– No puedo amañar mi informe a tu gusto, Eve.

– ¿Quién te ha pedido que lo hagas? -Levantó las manos, luego volvió a meterlas en los bolsillos-. ¿Qué no encaja, por el amor de Dios? Ese hombre se cree Dios y eso lo ve hasta el más ciego.

– Estoy de acuerdo en que los rasgos de su personalidad se inclinan hacia un exceso de amor propio y que su temperamento recuerda el del artista atormentado. -Mira suspiró-. Me gustaría que te sentaras. Me canso sólo de verte.

Eve se dejó caer en una silla y frunció el entrecejo.

– Ya estoy sentada. Te escucho.

Mira no pudo evitar sonreír. La increíble energía e infinita capacidad de concentración de Eve eran admirables.

– ¿Sabes, Dallas? Nunca he conseguido explicarme por qué la impaciencia resulta tan atractiva en ti. Y cómo, con tan elevada dosis de ella, sigues siendo meticulosa con tu trabajo.

– No estoy aquí para que me analices, doctora.

– Lo sé. Sólo me gustaría convencerte de que asistieras a sesiones regulares. Pero ésa es una cuestión que dejaremos para otro momento. Ya tienes mi informe, pero para resumir mis conclusiones, el sujeto es un hombre egocéntrico, que se congratula a sí mismo y suele explicar su conducta poco sociable como un arte. También es brillante. -La doctora suspiró levemente, luego meneó la cabeza-. Tiene una mente realmente despierta. Casi se salía de la escala según los clásicos tests de Trislow y Secour.

– Me alegro por él. Pongamos su cerebro en un disco y sometámosle a varias sesiones de sugestión.

– Tu reacción es comprensible -repuso Mira con suavidad-. La naturaleza humana se resiste a cualquier clase de control de la mente. Los adictos lo racionalizan engañándose al afirmar que lo controlan. -Se encogió de hombros-. En cualquier caso, el sujeto tiene una admirable e incluso asombrosa aptitud para la visualización y la lógica. También es muy consciente y se jacta, por así decirlo, de dicha aptitud. Bajo su apariencia encantadora es, utilizando un término no científico, un gilipollas. Pero no puedo en conciencia catalogarlo de asesino.

– No me preocupa tu conciencia -replicó Eve apretando los dientes-. Es capaz de diseñar y hacer funcionar un equipo que puede influenciar en la conducta de otras personas. Creo, perdón, sé, que las mentes de esos cuatro muertos fueron coaccionadas para que se suicidaran.

– Y, lógicamente, debería haber una conexión. -Mira se recostó y programó un té para Eve-. Pero no has detenido a un hombre hostil a la sociedad. -Le tendió una fragante y humeante taza que ambas sabían que ella no quería-. Hasta la fecha no existe una explicación clara de esas muertes, y si fueron realmente coaccionadas, en mi opinión el responsable es un sujeto antisocial.

– ¿Y qué lo diferencia?

– Que le gusta la gente y quiere casi desesperadamente gustar y ser admirado -explicó Mira-. Es manipulador, es cierto, pero cree que ha hecho un gran descubrimiento para la humanidad. Del que piensa beneficiarse, desde luego.

– Así que a lo mejor sólo se dejó llevar. -¿No era así como lo había explicado él al referirse a la noche anterior?, se preguntó. Se había dejado llevar-. Y tal vez no controla tanto su equipo como se piensa.

– Es posible. Por otra parte, Jess disfruta con su trabajo y necesita ser partícipe de los resultados. Su amor propio le exige ver y experimentar al menos parte de lo que ha creado.

Él no estaba en el maldito cuarto de baño con nosotros, pensó Eve, pero temió haber comprendido lo que Mira quería decir: el modo en que Jess la había buscado con la mirada y la había sonreído al volver a la fiesta. -Eso no es lo que quiero oír.

– Lo sé. -Mira dejó la taza a un lado-. Escúchame, ese hombre es como un niño, un sabio emocionalmente atrofiado. Para él su visión y su música son más reales y más importantes que la gente, pero no descarta a la gente. En una palabra, no encuentro pruebas de que pusiera en peligro su libertad para matar.

Eve bebió un sorbo de té.

– ¿Y si tuviera un socio? -especuló, recordando la teoría de Feeney.

– Es posible. No es un hombre que comparta alegremente sus logros, pero siente una gran necesidad de adulación y de éxito financiero. Podría ser que en un punto determinado del diseño necesitara ayuda y se buscara un socio.

– Entonces ¿por qué no lo confesó? -Meneó la cabeza-. Es un cobarde; lo habría delatado. No habría cargado él solo con la culpa. -Volvió a beber un sorbo, dando rienda suelta a sus pensamientos-. ¿Y si estaba genéticamente marcado hacia una conducta sociopatológica? Es inteligente, y lo bastante astuto para enmascararla, pero es sólo parte de su maquillaje.

– ¿Marcado al nacer? -Mira casi resopló-. No suscribo tal hipótesis. La familia, el entorno, la educación, las elecciones tanto morales como inmorales que tomamos nos convierten en lo que somos. No nacemos monstruos o santos.

– Pero hay expertos que creen que sí. -Y tenía una a su disposición, se dijo Eve.

Mira le leyó tan fácilmente el pensamiento que no pudo evitar sentirse herida en su orgullo.

– Si deseas consultar este asunto con la doctora Ott, eres muy libre de hacerlo. Estoy segura de que estará encantada.

Eve no supo si hacer una mueca o sonreír. Mira raras veces hablaba con irritación.

– No era mi intención cuestionar tus aptitudes, doctora. Pero necesito algo con que golpear, y tú no puedes proporcionármelo.

– Déjame decirte lo que pienso acerca de si somos marcados al nacer, teniente. Creo que es un puro y simple escurrir el bulto al problema. Una muleta. No pude evitar prender fuego a ese edificio y quemar a cientos de personas vivas. Conclusión: nací pirómano. No pude evitar matar a palos a esa anciana por un puñado de créditos. Conclusión: mi madre era ladrona.

Le enfurecía pensar que se utilizaba ese ardid para esquivar responsabilidades, además de para dejar marcados a quienes no podían defenderse de los monstruos que los parieron.

– Esa teoría nos exime de humanidad, de moralidad -continuó-, de distinguir el bien del mal. Nos permite decir que fuimos marcados en el útero materno y nunca tuvimos una oportunidad. -Ladeó la cabeza-. Y tú deberías saberlo mejor que nadie.

Eve dejó la taza con brusquedad.

– No estamos hablando de mí. No hablamos de dónde vengo o en qué me he convertido, sino de cuatro personas que no tuvieron una oportunidad, que yo sepa. Y alguien tiene que responder de ello.

– Una cosa -añadió Mira cuando Eve se puso de pie-. ¿Te has concentrado en ese tipo por los ultrajes que te ha hecho a ti y al hombre que amas, o por los muertos a los que representas?

– Tal vez por ambos -admitió Eve al cabo de un momento.

No habló con Reeanna enseguida. Quería un poco de tiempo para dejarlo reposar en la mente. Y se vio obligada a posponerlo al encontrar a Nadine Furst en su oficina.

– ¿Cómo has pasado los dispositivos de seguridad?

– Oh, tengo mis métodos. -Nadine balanceó la pierna y le dedicó una sonrisa amistosa-. Y la mayoría de los polis de aquí saben que tú y yo nos conocemos desde hace tiempo.

– ¿Qué quieres?

– No diría que no a un café.

De mala gana, Eve se volvió hacia el Autochef y ordenó dos tazas.

– Sé breve, Nadine. El crimen está muy extendido en esta ciudad.

– Y eso nos mantiene a las dos ocupadas. ¿Qué te hizo salir anoche, Dallas?

_¿Qué?

– Vamos, me hallaba en la fiesta. Mavis estuvo increíble, por cierto. Primero tú y Roarke desaparecéis. -Nadine bebió un sorbo con delicadeza-. No es preciso ser una reportera astuta como yo para imaginar de qué se trata. -Juntó las cejas y soltó una risita al ver que Eve la miraba fijamente-. Pero tu vida sexual no es ninguna novedad, al menos para mí.

– Nos estábamos quedando sin croquetas de gambas, de modo que bajamos a la cocina e hicimos más.