/ Language: Español / Genre:thriller

Poderes Extraordinarios

Joseph Finder

En el mundo del espionaje, poderes extraordinarios es un término que se utiliza para referirse al permiso que se le otorga a un agente secreto de mucha confianza para que en circunstancias extremadamente especiales viole las órdenes de su empleador si es absolutamente necesario para cumplir el objetivo de una misión de suma importancia. Poderes extraordinarios es una novela de suspenso escrita por un novelista catalogado como uno de los mejores escritores de thrillers del mundo, Joseph Finder, graduado en la universidad de Yale y Harvard. La novela narra la historia de Ben Ellison, quien se encarga de investigar el accidente que terminó con la vida de su suegro, director de la CIA en el momento más exitoso de su carrera. Pero, aparentemente, no se trata de un accidente. Ben utilizará sus poderes de percepción extrasensorial para buscar al ex jefe de la KGB, el único que puede revelar la verdad. Pero mientras Ben lleva a cabo su investigación, un asesino le asecha. Joseph Finder describe una conspiración concebida en el corazón de la inteligencia norteamericana. Una fortuna perdida, de origen soviético y habilidades parapsicológicas condimentan una trama muy atrapante. El libro tiene un valor tremendo, es muy bueno. Además, su autor afirma que si bien ciertas cosas de la novela son parte de la ficción, la historia está basada en hechos históricos muy misteriosos y poco conocidos, pero existen registros muy interesantes que demuestran su veracidad. A medida que se avanza en la lectura, Joseph Finder presenta artículos periodísticos que respaldan su afirmación. Se trata de una verdadera obra de arte, te la recomiendo. Te dejo el link de la página oficial del autor para que encuentres más información si es de tu interés.

Joseph Finder

Poderes Extraordinarios

Titulo original Extraordinary Powers

Traducción Margara Averbach

A Michele y a nuestra hija que vendrá.

RECONOCIMIENTOS

Agradezco la amable ayuda de Richard Davies y Samuel Etris del Gold Institute; Gerald H. Kiel y Bill Sapone de McAulay Fisher Nissen Goldberg amp; Kiel; Ed Gates de Wolf Greenfield amp; Sacks; el doctor Leonard Atkins y el doctor Jonathan Finder, y, en París, de Jean Rosenthal y mis amigos del sistema de Metro de París.

Además, quisiera agradecer a Peter Dowd y Jay Gemma de Peter G. Dowd Firearms (armas de fuego), a Elisabeth Sinnott, Paul Joyal, Jack Stein y mi gran amigo Joe Teig. Jack McGeorge del Public Safety Group (Grupo de Seguridad Pública), brillante como siempre, fue tanto una fuente inapreciable de ayuda como un amigo muy generoso con su tiempo.

Vaya también mi agradecimiento a Peter Gethers, Clare Ferraro y Linda Grey de Ballantine, y al maravilloso Danny Baror de Henry Morrison, Inc. Gracias, también, a mis amigos y fuentes de la comunidad de inteligencia, que han aprendido el sentido de esa maldición china: "Que tu vida transcurra en una época interesante".

Como siempre, Henry Morrison fue no sólo un agente maravilloso y gran lector sino un editor valioso y también una fuente inagotable de ideas y ocurrencias. Sigo sintiendo asombro y una enorme gratitud hacia mi hermano Henry Finder, editor brillante y consejero indispensable. Y para mi esposa, Michele Souda -editora, consejera y crítica literaria, que estuvo allí desde el principio- mi agradecimiento y amor eternos.

Las armas de lo secreto no tienen espacio en un mundo ideal. Pero vivimos en un mundo de hostilidades no declaradas en el que tales armas se usan siempre contra nosotros y, a menos que las combatamos, podrían dejarnos otra vez inermes, esta vez frente a una masacre de magnitudes que la mente humana no puede siquiera imaginar. Y aunque tal vez parezca innecesario volver a decir algo tan obvio, las armas de lo secreto dejan de ser efectivas si eliminamos el secreto.

– Sir William Stephenson, en

Un hombre llamado intrépido.

Ex agente de la kcb busca empleo en campo similar. Teléfono: París, 1-42.50.66.76.

– Aviso clasificado en el

International Herald Tribune, enero, 1992.

Poderes extraordinarios:

Término de la jerga del espionaje utilizado en algunos servicios de inteligencia del antiguo Pacto de Varsovia. Se refiere al permiso que se le da a un oficial clandestino de mucha confianza para que en circunstancias extremadamente raras viole las órdenes de su empleador si es absolutamente necesario para terminar una misión de importancia vital.

NOTA AL LECTOR

Los hechos de septiembre y octubre pasados que tanto conmovieron al mundo nunca se olvidarán. Eso es evidente. Pero el público ha conocido pocos o ninguno de los detalles de lo que pasó en esas semanas extraordinarias.

Hasta hoy.

Hace varios meses, el 8 de noviembre, recibí en mi casa de Manhattan un paquete que me habían enviado por Federal Express. Pesaba cuatro kilos setecientos gramos y contenía un manuscrito, parte a máquina, parte a mano. Mi investigación posterior no logró determinar quién lo había enviado. La compañía Federal Express afirmó que sólo podía asegurar que el nombre de quien lo había enviado era falso (el punto de origen era Boulder, Colorado), y que lo habían pagado en efectivo.

Tres grafólogos independientes me confirmaron algo que yo ya sabía: la letra era de Benjamín Ellison, ex funcionario de la CIA, Agencia Central de Inteligencia, y luego abogado de una importante firma de Boston, Massachusetts. Aparentemente, Ellison había hecho arreglos para que el manuscrito llegara a mis manos en caso de su muerte.

Aunque no fui lo que se dice muy amigo de Ben Ellison, fuimos compañeros de habitación durante un semestre cuando los dos estudiábamos en Harvard. Era un tipo buen mozo, de altura media y cuerpo bien formado, cabello oscuro y espeso, y ojos castaños. Me acuerdo de que era fácil llevarse bien con él, era un hombre agradable y tenía una risa contagiosa. Había visto a su esposa, Molly, algunas veces y me había caído muy bien. Cuando el padre de Molly, el difunto Harrison Sinclair, era director de la CIA, lo entrevisté varias veces, pero hasta allí llegó mi relación con él.

Como documentó recientemente una excelente serie de artículos de investigación de The New York Times, hay poca duda de que la desaparición de Ben y Molly en las aguas de Cape Cod, Massachusetts, una semana después de los hechos del otoño de 1994, fuera por lo menos sospechosa. Un número de fuentes confiables de inteligencia me confirmaron en entrevistas no oficiales lo que imaginan los artículos del Times: que Ben y Molly muy probablemente murieron asesinados, seguramente por agentes relacionados con la CIA, y que la causa fue el conocimiento que tenían de los hechos. Hasta que se localicen sus cuerpos, sin embargo, no podremos saber la verdad.

Pero, ¿por qué yo? ¿Por qué me habrá elegido Ben Ellison para enviarme su manuscrito? Tal vez por mi reputación como periodista y escritor razonablemente justo (eso quiero creer) sobre temas de inteligencia y relaciones exteriores. Tal vez por el éxito de mi último libro, La defunción de la CIA, cuyo origen fue una investigación que hice para The New Yorker.

Pero, sobre todo, creo yo, fue porque Ben me conocía y confiaba en mí: sabía que nunca entregaría el manuscrito a la CIA ni a ninguna otra agencia del gobierno. (Dudo de que hubiera anticipado las numerosas amenazas de muerte que recibí por teléfono y por correo en los últimos meses, la campaña sutil y no tan sutil de intimidación que me hicieron mis contactos de la comunidad de inteligencia, y el contundente esfuerzo legal de la CIA para impedir la publicación de este libro.)

Para decirlo en palabras suaves, el relato de Ben me pareció impresionante al principio, extraño, hasta increíble. Pero cuando los editores de este libro me pidieron que verificara la autenticidad del relato, entrevisté profunda y cuidadosamente a los que habían conocido a Ellison en los medios legales y de inteligencia e investigué intensamente los hechos en varias de las capitales de Europa.

Y ahora puedo decir con absoluta seguridad que la versión de Ben sobre estos alarmantes sucesos, aunque pueda parecer asombrosa, es exacta. El manuscrito que recibí fue redactado con mucho apuro, eso es evidente, y me he tomado la libertad de corregirlo para su publicación, sobre todo en cuanto a algunos errores de coherencia. Donde me pareció necesario, inserté recortes periodísticos y documentos para sustentar la narración.

Aunque el documento es controvertido, es la primera historia completa que tenemos sobre lo que pasó realmente en esa época terrible, y me alegro de haber sido uno de los responsables del hecho de que saliera a la luz.

James Jay Morris.

Muere el director de la CIA en accidente automovilístico

Harrison Sinclair, 67 años, ayudó a la CIA

a sobrevivir en un mundo posguerra Fría.

Sucesor: aún sin nombrar.

SHELDON ROSS

ESPECIAL PARA THE NEW YORK TIMES

Washington, 2 de mayo. -El director de la CIA, Harrison H. Sinclair, murió ayer cuando su automóvil cayó en una quebrada del estado de Virginia, a cuarenta kilómetros de los cuarteles de la CIA en Langley, Virginia. Murió instantáneamente, según dijeron voceros de la agencia gubernamental. No hubo otras víctimas.

El señor Sinclair, jefe de la CIA desde hace menos de un año, fue uno de sus fundadores en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Deja una hija, Martha Hale Sinclair…

PRÓLOGO

La historia empieza en un funeral. Me parece apropiado.

El ataúd de un hombre mayor baja hacia la tierra. Los deudos que rodean la tumba están tan sombríos como en cualquier funeral, pero en este caso, todos están notoriamente bien vestidos, irradian poder y dinero. Es una escena extraña: en esta mañana gris, fría y lluviosa de marzo, en un pequeño cementerio rural del condado de Columbia, Nueva York, hay senadores de los Estados Unidos, jueces de la Corte Suprema, herederos de los establecimientos del poder en Nueva York y Washington, y todos levantan puñados húmedos de tierra y los arrojan sobre el ataúd. Están rodeados de limusinas negras, bmws, Mercedes, Jaguars y los otros autos de los ricos, los poderosos, los selectos. La mayoría ha recorrido un largo camino para venir a presentar sus respetos: el cementerio queda a kilómetros de cualquier otro lugar.

Yo estaba ahí, por supuesto, pero no porque fuera famoso, poderoso ni selecto. En esa época era sólo un abogado de Boston, de Putnam amp; Stearns, una muy buena firma, y ganaba un salario respetable. Me sentía totalmente fuera de lugar en medio de tantas luminarias.

Y sin embargo, era el yerno del muerto.

Mi esposa, Molly -más formalmente: Martha Hale Sinclair- era la única hija de Harrison Sinclair, una leyenda de la CIA, un enigma, un maestro espía. Hal Sinclair había sido uno de los fundadores de la CIA, luego un guerrero renombrado en la Guerra Fría (trabajo sucio si los hay, pero alguien tenía que hacerlo) y finalmente, director de la Central de Inteligencia, colocado allí para rescatar a la temblequeante Agencia durante su crisis de identidad posterior a la Guerra Fría.

Como su amigo William Casey antes que él, Sinclair había muerto cuando todavía estaba en su puesto. Todos nos sentimos fascinados por el espectro de un director de la CIA muerto en funciones: ¿qué secretos, se pregunta uno, se llevó el viejo maestro espía a la tumba? Y en realidad, Hal Sinclair se había llevado un secreto extraordinario. Pero en la mañana fría y lluviosa de su funeral, ni yo ni Molly ni ninguno de los destacados personajes que se habían reunido allí lo sabían

No hay duda de que la muerte de mi suegro parecía sospechosa Había encontrado su fin hacia una semana en un accidente automovilístico en la zona rural de Virginia. Era tarde, de noche ya. Él iba camino a una reunión de emergencia en los cuarteles de la CIA en Langley y el auto se había salido de la ruta, tratando de evitar a otro auto que se le cruzó. Abajo, en el fondo, había estallado en una bola de fuego

Un día antes del "accidente", su asistente ejecutiva, Sheila McAdams, había sido encontrada asesinada en un callejón de Georgetown La policía de Washington llegó a la conclusión de que había sido víctima de un robo en la calle no se encontraron ni su cartera ni sus joyas Molly y yo, para ser honestos, sospechábamos que no había habido robo ni "accidente", y no éramos los únicos The Washington Post, The New York Times y todos los noticieros de televisión lo insinuaban constantemente en su cobertura de los hechos Pero, ¿quién podría haber hecho semejante cosa? En los viejos días, las malas épocas, por supuesto, habríamos acusado rápidamente a la kgb o a algún otro brazo oscuro y misterioso del Imperio del Mal, pero la Unión Soviética ya no existía La inteligencia estadounidense tenía sus enemigos, sin duda, pero ¿quién querría asesinar, si es que ésa era la palabra correcta, al director de la CIA? Molly también creía que su padre y Sheila eran amantes, y eso no era tan escandaloso como se puede creer, ya que Sheila era soltera y la madre de Molly había muerto policía unos seis años

Aunque Hal Sinclair era una figura remota, hasta críptica, yo siempre me había sentido cerca de él, desde la primera vez en que Molly me lo había presentado Molly y yo habíamos sido amigos en la universidad -ella había entrado después-, y había una chispa de atracción entre nosotros, pero cada uno estaba involucrado con otra persona en ese momento Yo salía con Laura, con quien me case apenas termine la carrera Molly tenía como pareja a un tonto del que se cansó después de un año o dos Pero Hal Sinclair me miraba con aprecio y me reclutó para la Agencia después de mi graduación en Harvard, y me llevó hacia el servicio clandestino Aparentemente pensaba que yo sería mejor espía de lo que terminé siendo. Tal como pasaron las cosas, esta linea de trabajo tocó un lado oscuro y violento en mí, un rasgo interno que me transformó en un espía terriblemente arriesgado y soberbio, muy temido por todos, incluyéndome a mi mismo

Así que durante dos años muy tensos antes de entrar en la carrera de posgrado de leyes, trabajé en la clandestinidad para la CIA. Lo hice bastante bien, si, hasta la tragedia de París

Después de eso, me fui de la Agencia y me dediqué a la ley, y no lamenté mi decisión ni un segundo

La relación entre Molly y yo no empezó hasta que volví de París, viudo, después del incidente que todavía se me traba en la garganta cuando trato de hablar de él. Molly, la hija del hombre que pronto sería director de la CIA, aplaudió mi decisión Era mejor que me alejara del espionaje para siempre Ella había visto de primera mano lo que podía hacerle a una familia una relación con ese negocio, había visto las tensiones que había producido en su propia familia, y no quería tener nada que ver con eso

Incluso cuando se transformó en mi suegro, Hal Sinclair siguió siendo un enigma y lo vi muy pocas veces Nos encontrábamos de vez en cuando en alguna reunión de familia (era el adicto al trabajo más ferviente que yo haya conocido, un hombre de la Compañía en todo momento), y en esas reuniones parecía mirarme con cierto cariño.

Pero como dije, la historia empieza en el funeral de Hal Sinclair Fue allí, cuando la reunión ya empezaba a dispersarse y todos se daban la mano bajo los paraguas negros y caminaban en silencio hacia los autos, que un hombre alto, delgaducho, de unos sesenta años y cabello blanco y enrulado se deslizó hacia mí y se presentó

Tenia el traje arrugado, la corbata mal puesta, pero debajo de toda esa desprohjidad, la ropa era cara un traje de lana color carbón, cruzado, de factura impecable, y una camisa rayada que parecía especialmente hecha para él en Savile Row. Aunque nunca me lo habían presentado, lo reconocí inmediatamente: era Alexander Truslow, un antiguo hombre de la CIA, de renombre considerable Como Hal Sinclair, era un pilar del establecimiento con una gran reputación de rectitud moral Durante algunas semanas, en los tiempos del escándalo de Watergate en 1973 y 1974, había sido director. A Nixon no le gustaba mucho -sobre todo porque, según se decía, Truslow se negaba a cooperar con la Casa Blanca de Nixon y a involucrar a la CIA en el encubrimiento-, y se movió con rapidez para reemplazarlo por un hombre político más cercano al poder.

De voz suave y modales elegantes aunque algo desprolijos, Alex Truslow era uno de esos tipos yanquis, blancos, anglosajones y protestantes como Cyrus Vanee o Eliot Richardson, que irradian una decencia fundamental. Se había retirado de la Agencia cuando Nixon lo dejó de lado. Naturalmente nunca le guardó rencor al Presidente, eso hubiera sido poco caballeroso ¡Mierda! Yo hubiera llamado a una conferencia de prensa, hubiera hecho ruido, pero ése no era el estilo de Alex.

Después de dar vueltas por ahí un poco, dando conferencias, había formado su propia consultora, con base en Boston, a la que se conocía informalmente como la "Corporación". La Corporación asesoraba a compañías y firmas legales del mundo entero sobre cómo manejar un mercado global siempre cambiante, siempre impredecible. No era sorprendente, dada la reputación de Truslow en la comunidad de inteligencia, que la Corporación también trabajara con la CIA.

Alexander Truslow era uno de los hombres más respetados y eminentes de la comunidad de agentes secretos. Después de la muerte de Hal Sinclair, era uno de los que estaban en lista de espera para reemplazarlo. Por razones relacionadas con la moral de la tropa de la Agencia, era el hombre más indicado: su popularidad entre los jóvenes y los viejos era igualmente alta. Era cierto que había algunas quejas por su trabajo en el "sector privado". Y también algunos que tenían buenas razones para temer a un "nuevo heredero". Pero cuando se presentó, yo pensé que estaba estrechándole la mano al próximo director de la CIA.

– Lo lamento muchísimo -le dijo a Molly. Tenía los ojos húmedos. -Tu padre fue un hombre maravilloso. Lo vamos a extrañar muchísimo.

Molly asintió. ¿Lo conocía? Yo no estaba seguro.

– Ben Ellison, ¿cierto? -dijo, estrechándome la mano.

– Me alegro de verlo, señor Truslow -dije.

– Alex. Me llama la atención que no nos hayamos visto antes en Boston -me contestó él-. Tal vez sepa usted que soy amigo de Bill Stearns. -William Caslin Stearns III era el socio mayor de Putnam amp; Stearns y también antiguo hombre de la CIA. Y además, mi jefe. Así eran los círculos en los que me movía en ese entonces.

– Alguna vez lo mencionó a usted, sí -dije.

Después de eso, hubo unos minutos de silencio incómodo mientras caminábamos hacia los autos y después, Truslow llegó finalmente al tema principal.

– Ya le dije a Bill que me interesaría muchísimo tenerlo a usted conmigo para ciertos trabajos legales. Para mi firma.

Yo sonreí, sin preocuparme.

– Lo lamento, pero no tengo nada que ver con la CIA ni con inteligencia desde que dejé la Agencia. No creo ser el hombre que usted necesita.

– Ah, su pasado no tiene nada que ver con esto -insistió él-. Son negocios, pura y simplemente y me dicen que usted es el mejor abogado para asuntos de propiedad intelectual en Boston.

– Le informaron mal -dije con una risita amable-. Hay muchos mejores que yo.

– Es usted muy modesto -contestó él, con amabilidad-. Almorcemos juntos, ¿sí? -Sonrió, casi una mueca. -¿De acuerdo, Ben?

– Lo lamento, Alex. Me siento muy halagado…, pero me temo que no me interesa. Realmente lo lamento.

Truslow me miró directamente, fijo, con ojos tristes y castaños. Me recordaban los de un perro basset. Se encogió de hombros y volvió a darme la mano.

– Entonces, el que lo lamenta soy yo, Ben -dijo, sonrió como desesperado, y desapareció en la parte posterior de una limusina Lincoln.

Supongo que no debería haberme sorprendido de que la cosa no terminara allí. Pero no pude dejar de pensar que era extraño que me quisiera a mí, especialmente, y para cuando entendí por qué, era demasiado tarde.

Parte I. LA CORPORACIÓN

THE INDEPENDENT

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¿Alemania al borde del colapso?

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POR NIGEL CLEMONS DESDE BONN

En los meses negros desde la caída del mercado de valores que hundió a Alemania en su peor crisis económica y política desde la década del 20, muchos creen que este país, que una vez fue el más poderoso de Europa, está al borde del colapso. En una manifestación violenta, ayer, en Leipzig, unas mil personas protestaron contra las privaciones económicas, el aumento brutal del costo de vida y la pérdida de miles de puestos de trabajo en la nación. Hasta se proclamó la necesidad de llamar a un dictador para que restaurara la antigua grandeza alemana.

En los últimos días hubo sublevaciones en Berlín, ataques terroristas de los neonazis de ultraderecha y un aumento enorme en la tasa de delitos callejeros dentro del territorio de lo que antes fue Alemania Occidental. La nación está llegando al final de un proceso eleccionario muy discutido y duro para elegir el próximo canciller y hace diez días asesinaron al jefe del Partido Demócrata Cristiano.

Fuentes del gobierno siguen culpando de la caída de la bolsa a la recesión global en el país y también a la fragilidad de la Deutsche Börse, el mercado de valores creado después de la integración.

Algunos observadores recuerdan cada tanto que la última crisis económica de magnitud semejante, durante la era de Weimar, provocó la llegada de Adolf Hitler al poder.

1

Las oficinas legales de Putnam amp; Stearns están ubicadas en las estrechas calles del distrito financiero de Boston, entre enormes edificios bancarios con frente de granito: la versión bostoniana de Wall Street, con menos Bancos que en Nueva York. Nuestras oficinas ocupan dos pisos de un viejo edificio elegante sobre la calle Federal, en cuya planta baja hay un respetable Banco Brahmin, famoso por sus lavados de dinero para la Mafia.

Putnam amp; Stearns, debería explicar en este punto, es una de las firmas legales "externas" de la CIA. Es totalmente legítima, no viola la carta de fundación de la Agencia (que prohibe jugarretas legales domésticas; aparentemente esos asuntos en el extranjero están aceptados). Muchas veces, la CIA necesita consejo legal en asuntos que involucran, digamos, inmigraciones y naturalizaciones (si están tratando de meter a un espía desertor en el país) o propiedades (si necesitan adquirir algo para refugio, u oficinas o alguna otra cosa que no quieran que se rastree hasta Langley). O, y ése es el campo preferido de Bill Stearns, el movimiento de fondos de cuentas numeradas hacia Luxemburgo o Zúrich o Gran Caimán, o desde allí hacia algún otro lugar.

Por otra parte, Putnam amp; Stearns hace mucho más que el trabajo sucio de la CIA. Es una firma de abogados de práctica general, una firma de abogados legales con unos treinta profesionales, doce socios, que abarca un espectro legal amplio, desde litigios entre corporaciones hasta propiedades y divorcios, pasando por impuestos y derechos de propiedad intelectual.

Ese último ítem, los derechos de propiedad intelectual, es mi especialidad: patentes y copyrights, quién inventó qué, quién robó la invención de quién. Seguramente usted recuerda que hace unos años un famoso fabricante de zapatillas salió al mercado con un aparato que permitía que el comprador inflara su zapatilla con aire, a menos de ciento cincuenta dólares el par. Yo me ocupé. Quiero decir, del trabajo legal. Diseñé una patente de hierro; o por lo menos, lo más segura que puede llegar a ser una patente.

En esos meses, yo tenía unas veinticuatro muñecas grandes en mi oficina, lo que sin duda desconcertaba a mis clientes. Estaba ayudando a un fabricante de Western Massachusetts a defender su línea de productos Muñecas Big Baby. Seguramente usted no sabe nada de Muñecas Big Baby. Evidentemente, no saben nada porque el juicio terminó con una sentencia contra mi cliente. No estoy muy orgulloso de eso. Me fue mucho mejor en el intento de impedir que una compañía de galletitas usara una criatura animada que se parecía sospechosamente al nene de las rosquillas Pillsbury, en sus avisos para televisión.

Yo era uno de los dos abogados especializados en propiedad intelectual en Putnam amp; Stearns, lo cual nos convierte oficialmente en un "departamento", si contamos las secretarias legales y paralegales y todo lo demás. Eso quiere decir que la firma anuncia que somos una corporación legal completa, lista para manejar todas sus necesidades, incluso los derechos de propiedad intelectual y las patentes. Todos los servicios legales bajo un mismo techo. Un sólo gran shopping center.

Se me consideraba un buen abogado pero no porque amara lo que hacia o me interesara mucho en ello. Después de todo, como dice el dicho, los abogados son las únicas personas en quienes no se castiga la ignorancia de la ley.

En cambio, tengo la bendición de un raro regalo neurólogico, presente en menos del uno por ciento de la población: una memoria eidética (o fotográfica, como se la llama generalmente). Eso no significa que yo sea más inteligente que los que me rodean, pero no hay duda de que ese talento me facilitó la vida en la universidad cuando había que memorizar un pasaje o un caso. Soy capaz de ver la página de nuevo en la mente, completa, como si fuera un cuadro. Esta capacidad no es algo que suela publicitar. La gente no lo sabe porque no es la clase de cosas que puede hacernos populares entre los conocidos. Y sin embargo, es una parte esencial de lo que soy y siempre lo ha sido; a tal punto que tengo que recordarme cada tanto que no debo permitir que me separe de los demás.

Hay que reconocer el mérito de los socios fundadores de la firma, Bill Stearns y James Putnam, ya fallecido: gastaron todas sus ganancias de los primeros años en decoración. La oficina, toda alfombras persas y antigüedades frágiles del período de la Regencia, exuda una elegancia callada, casi asfixiante. Hasta el sonido del teléfono es suave. La recepcionista que, naturalmente, es inglesa está instalada frente a una mesa antigua cuya superficie parece de cristal por el brillo. He visto clientes, propietarios de muchas mansiones, gente que en su propia casa se lo pasa girando sobre sus talones y aullando órdenes a los sirvientes, entrar aquí tan desconfiados e inseguros como chicos de escuela.

Más o menos un mes después del funeral de Hal Sinclair, camino a una reunión en mi oficina, me crucé con Ken McElvoy, un socio joven enredado desde hacía ya seis meses en un litigio inconmensurablemente aburrido entre corporaciones. Llevaba una gran pila de carpetas y parecía muy desdichado, uno de los muertos vivos o algo así. Le sonreí porque me parecía casi un personaje de Dickens en ese momento y me fui para mi oficina.

Mi secretaria, Darlene, me hizo un gesto rápido con la mano y dijo:

– Todo el mundo está adentro.

Darlene es la persona más rara de la firma, algo que no es difícil de lograr. Suele vestirse toda de negro. El cabello teñido del color de un ala de cuervo; las sombras de los ojos, azul oscuro. Pero es inmensamente eficiente así que no me importa lo demás.

Yo había llamado a una reunión para resolver una disputa que llevaba por correo desde hacía ya seis meses. El asunto tenía que ver con una máquina para hacer ejercicios llamada Alpine Ski, un aparato magníficamente diseñado que simula la bajada por una ladera alta en esquís, y le da al usuario no sólo los beneficios de un buen ejercicio aeróbico, semejante al que se lograría bajando por una montaña, sino también un buen trabajo muscular.

El inventor del Alpine Ski, Herb Schell, era mi cliente. Ex entrenador en Hollywood, había dedicado todo a su invento.

Y luego, hacía ya un año, habían empezado a aparecer en la televisión nocturna avisos baratos de algo llamado Scandinavian Skier, evidentemente una copia de la invención de Herb.

Y costaba mucho menos: el verdadero Alpine Ski valía más de seiscientos dólares (el Alpine Ski Gold, más de mil), y el Scandinavian Skier sólo 129,99 dólares.

Herb Schell ya estaba sentado en mi oficina junto con Arthur Sommer, el ejecutivo en jefe de E-Z Fit, la compañía que fabricaba el Scandinavian Skier, y su abogado, un hombre muy poderoso llamado Stephen Lyons, de quién yo había oído hablar pero no conocía personalmente.

En algún punto, me parecía irónico que tanto Herb Schell como Arthur Sommer fueran gorditos y estuvieran en muy mal estado físico. Arthur me había confesado en un almuerzo, poco después de que nos conociéramos, que desde que no era entrenador profesional, se había cansado de hacer ejercicio todo el tiempo y prefería la lipoaspiración.

– Caballeros -dije. Nos dimos la mano. -Tratemos de resolver esto.

– Amén -dijo Steve Lyons. Sus enemigos (que son legión) lo llaman "León Litigón" porque hace cualquier cosa por un litigio, y su firma, pequeña y muy agresiva, recibe el mote popular de "la guarida del león".

– De acuerdo -dije-. Su cliente infringió sin lugar a dudas el secreto de diseño del mío, hasta el último detalle. Ya revisamos esto docenas de veces. Es una copia como las de los japoneses, por Dios, y a menos que resolvamos el asunto hoy mismo, estamos decididos a ir a las cortes federales y buscar reparación allí. También vamos a demandar por daños y perjuicios y, como ya saben, los daños se multiplican por tres en casos de infracciones obvias como esta.

La ley de patentes tiende a ser muy poco severa, y es un modo muy aburrido de ganarse la vida. Lo blando tiende a lo blando, digo yo, así que me gustaban mucho las pocas oportunidades que tenía de confrontarme francamente con alguien. Arthur Sommer enrojeció, tal vez de furia, pero no dijo nada. Los labios estrechos se le curvaron en una sonrisa tensa, pequeña. Su abogado se reclinó otra vez en la silla: un lenguaje corporal decididamente amenazador.

– Mire, Ben -dijo Lyons-. Ya que no hay causa real de acción aquí, mi cliente está dispuesto a ofrecer un arreglo muy pero muy generoso, una cortesía de quinientos mil. Yo no se lo aconsejo, pero esta charada le está costando a él y a nosotros…

– ¿Quinientos mil? Pruebe multiplicarlo por diez.

– Lo lamento, Ben -dijo Lyons-. Esta patente no vale ni el papel en que está escrita. -Unió la manos. -Aquí tenemos un asunto de venta previa.

– ¿De qué diablos está hablando usted?

– Tengo pruebas de que Alpine Ski salió a la venta como un año antes de la patente -replicó Lyons con suavidad-. Dieciséis meses antes, para ser exactos. Así que la patente no es válida. Es venta previa.

Ese enfoque del problema era nuevo y, por el momento, me hizo perder el equilibrio y la seguridad. Hasta ese día, habíamos estado discutiendo letra por letra si el Scandinavian Skier era materialmente parecido al Alpine Ski, para decirlo legalmente, si infringía la patente. Ahora Lyons citaba algo llamado la "doctrina de la venta previa", bajo la cual un invento no puede patentarse cuando ha estado "a disposición del público o en venta" durante más de un año antes de la fecha en que se pidió la patente.

Pero no dejé que se notara mi sorpresa. Un buen abogado tiene que ser buen actor.

– Buen intento -le dije-. Pero no tiene validez, Steve, y usted lo sabe. -Sonaba bien, significara lo que significase.

– Ben… -interrumpió Herb.

Lyons me dio una carpeta, un archivo legal.

– Mire -dijo-. Aquí hay una copia de una carta al Big Apple Health Club, ese club de salud de Manhattan, que muestra la última adquisición de su departamento de máquinas, el Alpine Ski, casi un año y medio antes de que el señor Schell lo patentara. Y una factura.

Tomé la carpeta, le eché una mirada desinteresada y la devolví.

– Ben -dijo Herb de nuevo-, ¿podemos hablar un minuto?

Dejé a Lyons y a Sommer en mi oficina mientras Herb y yo hablábamos en una sala vacía.

– ¿Qué quiere decir esto, carajo? -le pregunté.

– Es verdad. Tienen razón.

– ¿Vendió esa cosa más de año antes de patentarla?

– Dos años antes. A doce entrenadores personales de clubes de salud en todo el país.

Lo miré con los ojos muy abiertos, en calma.

– ¿Por qué?

– Por Dios, Ben, yo no sé nada de leyes. ¿Cómo mierda voy a probarlas sin sacarlas de la fábrica? No tiene idea de la cantidad de máquinas malas que entran en clubes y gimnasios.

– ¿Así que le hizo mejoras?

– Claro.

– Ah. ¿Y cuánto tiempo puede tardar en conseguirme un documento de sus oficinas centrales en Chicago?

Steve Lyons sonreía de oreja a oreja cuando volvimos. Estaba disfrutando de un pleno triunfo.

– Supongo que el señor Schell ya le informó -dijo con lo que le debe de haber parecido un tono comprensivo.

– Claro que sí -contesté.

– Preparación, Ben -dijo-. Debería intentarlo alguna vez.

El momento era perfecto. En ese mismo instante, la máquina de fax chilló y empezó a imprimir un documento. Yo fui hasta ella, miré cómo se imprimía y mientras lo hacía, dije:

– Ah, Steve, cómo quisiera que usted nos hubiera ahorrado tiempo y dinero leyendo algunos casos legales antes de esta entrevista…

Él me miró, sorprendido, la sonrisa un poco menos brillante.

– Veamos -dije-, sería la 917, ley Federal Segunda 544, circuito 1990.

– ¿De qué habla? -susurró Sommer. Lyons, que no quería encogerse de hombros en mi presencia, me miraba, incómodo, sin entender -6Es cierto lo que dice? -insistió Sommer

La expresión de la cara de Lyons no cambió

– Tendría que revisarlo -respondió el abogado

La máquina de fax cortó el papel, una línea de puntos entrecortada Se lo entregué a Lyons

– Esta es una carta del Big Apple Health Club a Herb Schell, con todas sus opiniones sobre el Alpine Ski, notas sobre el funcionamiento y lo que podía agregársele Y sugerencias para supuestas modificaciones

En ese punto, entró Darlene, me entregó un libro en silencio -Federal Reporter 917, segunda serie-, y luego se fue. Se lo tendí a Lyons sin siquiera mirarlo

– ¿Qué significa esto¿Algún jueguito suyo? -consiguió tartamudear Lyons

– No, no, claro que no -contesté- Mi cliente vendió prototipos durante un período de prueba y reunió datos de funcionamiento a partir de la versión que había vendido. Por lo tanto, la doctrina de venta previa no se aplica, Steve

– Ni siquiera sé de dónde está sacando eso

– Manville Sales Corp versus Paramount Systems Inc, Segunda Federal 544

– Vamos -replicó Lyons-, vamos, nunca oí hablar

– Página 1314 -dije mientras volvía a mi silla, me reclinaba y cruzaba las piernas- Veamos -Y en una voz monótona, recité -"Las políticas que definen la venta y uso público no implican invalidación de la patente aunque más de un año antes de llenar el formulario de patentes el patentador ínstale un dispositivo en una estación de servicio de una autopista en construcción Se considera necesario un período de prueba externa del invento para determinar si "

Lyons se había quedado sentado con el libro sobre el regazo, siguiendo las palabras y formándolas en la boca Terminó la frase por mí.

– " tendría utilidad para su propósito "

Levantó la vista hacia mí, la boca un poco abierta

– Nos vemos en la corte -dije

Esa mañana, Herb Schell se fue de mi oficina mucho más contento y casi diez millones de dólares más rico. Y yo tuve el placer de despedirme de Steve Lyons a mi manera.

– Se sabía ese maldito caso palabra por palabra -me dijo- Palabra por palabra ¿Cómo lo hizo?

– Preparación -dije y le di la mano- Debería intentarlo alguna vez.

2

Muy temprano a la mañana siguiente, tomé el desayuno con mi jefe, Bill Stearns, en el Harvard Club de Boston

Y ahí fue cuando supe que estaba en problemas, en serios problemas

Stearns tomaba el desayuno allí todas las mañanas la señora Stearns, una pálida ama de casa de Wellesley, no parecía tener otra tarea en la vida que trabajar de voluntaria para el Museo de Bellas Artes Yo me la imaginaba durmiendo hasta muy tarde con una venda en los ojos Y en cuanto a su esposo, no había tomado ni un solo desayuno en su casa desde el momento en que los dos hijos del matrimonio abandonaron el nido para empezar el plan preordenado de sus vidas en la preparatoria de Boston Brahmins (Deerfield, Harvard, inversiones bancarias, alcoholismo)

Su mesa en el Harvard Club era siempre la misma, contra la ventana de vidrios color esfumado que daba sobre la ciudad Y pedía invariablemente los huevos revueltos especiales del club (pensaba que la aversión al colesterol era una moda evanescente de fines de siglo, como los hippies en la década del sesenta) A veces comía solo con The Wall Street Journal y The Boston Globe, a veces con uno o dos de los socios importantes, mientras hablaban sobre negocios y golf

Muy de vez cuando, me invitaba. En caso de que usted nos imagine sumergidos en conversaciones conspiratorias de viejos compañeros de la cía, creo que debería dejar bien en claro que Bill Stearns y yo hablábamos generalmente de deportes (tema del que yo sabía apenas como para mantener la charla) o propiedades De vez en cuando -esa mañana era uno de esos casos-, había algo grave que él quería discutir conmigo

Stearns es el tipo de persona que suele parecer intrascendente a los que no lo conocen De casi sesenta años, cabello gris, piel rojiza, cuerpo regordete, usa siempre corbatín Sus trajes de dos mil dólares, comprados en Louis, le caen como si los hubiera comprado en el negocio más barato de la ciudad y como si además le hubieran dado el talle equivocado Lo cierto es que después de esos dos años violentos, de pesadilla, al servicio de la CIA, la segundad de mi carrera legal en Putnam amp; Stearns me parecía maravillosa. Pero la verdad era que había conseguido trabajo allí sólo por mi pasado en la cía. Bill Stearns había sido inspector general de la cía bajo el mandato del legendario Allen Dulles, director entre 1953 y 1961

Cuando entré en Putnam amp; Stearns hace nueve años, dejé bien en claro que a pesar de mi pasado, me negaría a tener nada que ver con los asuntos de la cía Mi breve carrera en la Agencia había quedado definitivamente atrás, le dije a Bill Stearns Stearns, hay que reconocerlo, se encogió de hombros dramáticamente y me dijo

– ¿Quién dijo algo de la CIA?

Estoy convencido de que hubo un brillo en sus ojos Creo que pensaba que con el tiempo me vería ceder, aceptar los casos relacionados, sabiendo que serían fáciles de manejar para mí El sabe que la Agencia prefiere tratar con los suyos, y en ese momento sabía que me presionarían de todas formas para que hiciera el trabajo legal para la cía. Y pensaba que yo terminaría por aceptarlo ¿Por qué otra razón buscaría un ex oficial de campo, como yo. un trabajo en una firma de viejos compañeros de armas como Putnam amp; Stearns? Pero mi respuesta a esa pregunta era otra esencialmente el dinero, mucho más que el que me hubiera ofrecido cualquier otra firma

Yo no sabía el motivo por el que Bill Stearns me había invitado a desayunar con él esa mañana, pero sospechaba que algo estaba pasando. Me ocupé cuidadosamente de mi panecillo de frambuesas Había tomado demasiado cafe y supuse que algo sólido en el estómago me daría una buena mano Siempre odié los desayunos de trabajo Creo que Oscar Wilde tenía mucha razón cuando dijo que sólo los aburridos pueden ser brillantes en el desayuno

Cuando llegó la comida, Stearns sacó un ejemplar de The Boston Globe de su maletín

– Ya leíste lo de First Commonwealth, supongo -dijo

Su tono me alarmó inmediatamente

– No vi el Globe esta mañana -dije

Me pasó el diario por sobre la mesa

Yo busque en la primera pagina Ahí mismo, bajo el título central, estaban las letras que me aflojaron las piernas inmediatamente

INVERSORA CERRADA POR EL GOBIERNO FEDERAL, decía. Y en letras pequeñas: cuentas de first cOMMONWEALTH CONGELADAS POR LA CSI

First Commonwealth era una pequeña firma de inversionescon base en Boston Yo había puesto en ella todo mi dinero A pesar de la grandilocuencia de su nombre, es un lugar chiquito, casi una boutique, manejada por un conocido mío con menos de doce clientes Era la firma que pagaba mi hipoteca todos los meses, el lugar donde yo guardaba virtualmente todo lo que tenía,

Hasta esa mañana

A diferencia de Stearns, no soy rico El padre de Molly dejó una cantidad insignificante de dinero en efectivo, algunos certificados de acciones y bonos, y el título de su casa en Alexandría, hipotecada hasta el techo También dejó un documento firmado y autorizado por un escribano, otorgándole a Molly todos los derechos de beneficiaria a las cuentas a nombre de Harrison Sinclair que hubiera en el país y en el exterior bajo las leyes de… Los detalles pueden confundir a cualquiera, como casi todos los detalles que tienen que ver con la ley de propiedades y cuentas Me parecía curioso que hubiera firmado ese papel como única heredera de Harnson Sinclair, ella tenia ese derecho automáticamente No hacía falta el papel De acuerdo, de acuerdo, tal vez Sinclair fuera del tipo de los que sienten que las precauciones nunca son suficientes

En cuanto a mí, me dejó una sola cosa una copia autografiada de El Oficio de la Inteligencia, las memorias del director de la CIA, Allen Dulles. Era la primera edición y estaba firmada y dedicada "A Hal, con la mayor de las admiraciones, Allen". Un lindo regalo, si, pero sin duda, no una fortuna.

Cuando murió mi padre hace ya unos años, heredé un poco más de un millón de dólares que después de pagar los impuestos a la propiedad, se convirtieron en menos de medio millón Lo transferí todo a First Commonwealth porque la entidad tenía una reputación excelente Conocía al jefe de la firma, Frederick "Doc" Osborne, y me había parecido muy inteligente ¿No fue Nelson Algren el que dijo "Nunca comas en un restaurante llamado Mamá y nunca juegues a las cartas con un tipo llamado Doc? Y eso, antes de los tiempos de los administradores de dinero.

Seguramente, usted está preguntándose por qué tenía todo mi dinero en un sólo lugar, si de veras soy tan astuto Para ser franco, yo también me lo pregunto con frecuencia. La respuesta, supongo, tiene dos caras.Una, Doc Osborne era un amigo y tenía una excelente reputación, y por lo tanto me pareció que diversificar era una tontería Y dos, siempre había tratado a mi herencia como una canasta de huevos, una porción de dinero que no quería tocar porque mi salario era decente y no la necesitaba por el momento Y supongo que también se aplica ese viejo dicho sobre los cuchillos de palo en casa de herrero: los que trabajan con dinero generalmente no son muy cuidadosos con el propio.

Dejé caer el tenedor. Tenía el estómago revuelto. Calculé con rapidez y llegué a la conclusión de que a menos que pudiera conseguir que me devolvieran mi dinero, terminaría en la bancarrota: mi salario era generoso pero no podría cubrir la hipoteca con él. En el estado en que se encontraba el mercado de propiedades de Boston, ni siquiera podría vender la casa sin sufrir enormes pérdidas.

Me latían las sienes. Levanté la vista hacia Stearns.

– Ayúdame -dije.

– Ben, lo lamento… -dijo Stearns con la boca llena de huevo.

– ¿Qué significa esto? No entiendo mucho de dinero.

Él tomó un trago de café y apoyó la taza con ruido, sobre el plato.

– Lo que quiere decir es esto: tu dinero está congelado, junto con el de todos los clientes de First Commonwealth -dijo con un suspiro.

– ¿Pero quién lo congeló? ¿Quién tiene autoridad para hacerlo? ¿Y para qué? -Pasé los ojos por el artículo del Globe, tratando de encontrarle algo de sentido. No estaba controlándome muy bien.

– Es la Comisión de Seguridad e Intercambio. La CSI y la oficina del Fiscal de los Estados Unidos en Boston.

– Congelado -repetí, la voz monótona. No podía creerlo.

– La oficina del Fiscal no dice mucho por ahora, sólo que está a disposición mientras investigan.

– ¿Investigan qué?

– Lo único que dijeron fue algo sobre violaciones a la ley de seguridad y a los estatutos rico. Dicen que tal vez lleve más o menos un año liberar el dinero, según la investigación.

– Congelado -dije de nuevo-. ¡Dios! -exclamé y me pasé la mano por la cara-. De acuerdo. ¿Y qué se puede hacer al respecto?

– Nada -dijo Stearns-. Nada. Esperar. Puedo hacer que Todd Richlin hable con un amigo que trabaja en la CSI. -Richlin era uno de los genios financieros de Putnam amp; Stearns. -Pero yo que tú esperaría sentado…

Miré por la ventana las calles diminutas de Boston unos treinta y tantos pisos abajo, el verde de los jardines públicos que parecía una tela extendida para simular una pradera junto a un tren de juguete; la magnífica avenida Commonwealth, flanqueada por árboles, y junto a ella, la calle Malborough, donde yo vivía. Si hubiera sido del tipo suicida, lo habría considerado un buen lugar para saltar al vacío.

– Sigue -dije.

– Tanto la CSI como el Departamento de Justicia, a través del Fiscal de los Estados Unidos en Boston, cerraron First Commonwealth porque hay acusaciones de conexiones con la droga.

– ¿Droga?

– Bueno, se dice que Doc Osborne está involucrado en algún tipo de lavado de dinero.

– Pero el asunto es que yo no tengo nada que ver con lo que haga Doc, carajo…

– No es así como funcionan las cosas -contestó él-. ¿Te acuerdas de esa vez cuando cerraron esa casa de cambio enorme en Nueva York, Drexel Burnham? Entraron y le pusieron esposas a la gente y una banda de papel en la puerta. Literalmente. Quiero decir, uno podía ir a darse una vuelta un año después y ahí estaban los cigarrillos en los ceniceros, las tazas de café por la mitad, todo tal cual.

– Pero los clientes de Drexel no perdieron su dinero…

– Bueno, mira lo que pasa con Marcos, el de las Filipinas, y el Sha de Persia, a veces se limitan a guardar el dinero y dejarlo para que gane intereses… para el tío Sam, claro.

– Guardar el dinero -repetí como un eco.

– First Commonwealth tiene un candado en la puerta. Esto es literal, Ben -siguió diciendo Stearns-. Los federales se llevaron el equipo de computación, los archivos y la documentación, secuestraron…

– ¿Y cuándo van a devolverme mi dinero?

– En un año y medio, con suerte. Tal vez mucho más.

– ¿Y qué mierda se supone que haga?

Stearns dejó escapar un suspiro.

– Ayer tomé un trago con Alex Truslow -dijo. Después, mientras se secaba la boca con una servilleta de lino, agregó, casi como por casualidad: -Ben, quiero que trabajes para Truslow y Asociados.

– Mi tiempo está un poco escaso, Bill -dije-. Lo lamento.

– Alex podría significar más de doscientos mil dólares en horas, Ben.

– Tenemos docenas de abogados tan calificados como yo. Mejor calificados.

Stearns se aclaró la garganta.

– No en todos los sentidos.

Lo que quería decirme era muy claro.

– Y si eso es una calificación… -dije.

– Yo diría que él está convencido de eso.

– ¿Qué quiere?La camarera, una mujer de pechos grandes y de más de cincuenta años, volvió a servirnos café y le guiñó un ojo a Stearns

– Rutina, estoy seguro -dijo él, mientras se sacudía las migas de las solapas

– ¿Entonces por qué yo? ¿Y Donovan y Leisure? -Esa era otra firma legal de abogados, con base en Nueva York, fundada por "el salvaje Bill" Donovan, jefe de la ose Oficina de Servicios Estratégicos y figura central de la historia de la inteligencia estadounidense Donovan y Leisure también tenia conexiones con la CIA, según decían las malas lenguas. Para ser los asuntos de inteligencia algo tan secreto, es sorprendente lo mucho que se "dice" y se "rumorea" al respecto

– No hay duda de que Truslow hace negocios con Donovan y Leisure. Pero quiere un consejero local, y de todas las firmas de Boston, no hay muchas con las que se sienta tan cómodo

Yo no pude reprimir una sonrisa

– Cómodo -repetí, saboreando la delicadeza de Stearns- Es decir que necesita algo de trabajo de espionaje y quiere que quede en familia

– Escucha, Ben Es una gran oportunidad para ti Creo que puede ser tu salvación No sé lo que quiere Truslow, pero sea lo que sea estoy seguro de que no va a pedirte que vuelvas al trabajo clandestino

– ¿Y qué saco yo de esto?

– Creo que se puede arreglar algo Un préstamo de emergencia, digamos Un adelanto, lo sacamos de tu participación de las ganancias de fin de año

– Un soborno

Stearns se encogió de hombros, respiró hondo

– ¿Crees que tu suegro murió en un accidente?

Me puso nervioso oírlo decir en voz alta mis sospechas privadas

– No tengo razones para no creer en la versión que me dieron ¿Qué tiene que ver esto con…

– Tu lenguaje te vende, Ben -dijo el, furioso- Suenas como un burócrata de mierda Como un vocero de la Agencia Alex Truslow cree que Hal Sinclair murió asesinado No tengo idea de tus sentimientos con respecto a la CIA, pero se lo debes a Hal, a Molly, y a ti mismo Tienes que ayudar a Alex

Después de un silencio incomodo, dije

– ¿Qué tiene que ver mi habilidad como abogado con las teorías de Truslow en cuanto a la muerte de Hal Sinclair?

– Acéptale un almuerzo, es todo lo que te pido Te va a gustar

– Ya lo conozco -dije- No tengo duda de que es todo un caballero, un principe Le prometí a Molly…

– Los ingresos no nos vendrían mal -dijo Stearns, examinando el mantel, señal de que estaba por alcanzar el limite de su paciencia Si hubiera sido un perro, habría gruñido -Y a ti no te vendría mal el dinero.

– Lo lamento, Bill -dije- Prefiero no hacerlo Tú entiendes

– Entiendo -dijo Stearns con suavidad y empezó a hacergestos para que le trajeran la cuenta No sonreía

– No, Ben, no -dijo Molly cuando volví esa noche

En general es efervescente, hasta juguetona, pero desde la muerte de su padre era una persona distinta cosa que entiendo, claro esta No solo triste, furiosa, agresiva, dolida -el espectro de emociones que experimentamos todos cuando muere uno de nuestros padres-, sino inquieta, dudosa, introspectiva Molly estaba muy diferente en esas semanas y a mi me dolía mucho verla de ese modo

– ¿Como es posible?

No sabia como contestarle asi que sacudí la cabeza

– Pero si tu eres inocente -dijo casi al borde de la histeria- Y eres abogado ¿No hay nada que puedas hacer?

– Si hubiera sido inteligente, no tendría todo el dinero en un solo lugar y esto no habría pasado Una miopía terrible

Ella estaba preparando la comida, algo que hace solo cuando necesita los beneficios terapéuticos de la cocina Tenia puesta una de sus camisetas de universitaria y pantalones vaqueros demasiado grandes, y estaba revolviendo algo que olía a tomates y aceitunas y mucho ajo

No creo que se pueda decir que Molly Sinclair es hermosa, no la primera vez que uno la ve Pero su aspecto va metiéndose en uno de modo que después de un tiempo de conocerla, uno se sorprende si la gente no dice que es directamente una belleza

Es un poco mas alta que yo, un metro setenta por lo menos con una cabellera indomable de rulos negros, ojos entre azules y grises y pestañas negras Tiene ademas una piel rozagante saludable, que para mi es una de sus mejores cualidades Siempre me pareció misteriosa, algo distante, no menos ahora que cuando nos conocimos en la preparatoria Tiene la gracia de un temperamento sereno

Molly era residente de primer año en pediatría en el Hospital General de Massachusetts, y a los treinta y seis era la mayor de su clase porque había empezado tarde Eso es muy de Molly siempre postergando las cosas, especialmente cuando tiene mejores planes En su caso, eso significó dedicarse a caminar por el Nepal durante más de un año después de la preparatoria Y en Harvard, aunque sabia que terminaría en medicina tarde o temprano, empezó por hacer una maestría en literatura italiana, y escribió una tesis sobre Dante, lo cual significa que su italiano es muy fluido a costa de la fluidez de su química orgánica

Molly siempre citaba esa frase de Chejov, en el sentido de que los médicos son iguales a los abogados con una sola diferencia los abogados te roban, los médicos te roban y te matan Sin embargo, amaba la medicina, mucho más que las posesiones materiales Ella y yo habíamos hablado muchas veces sobre dejar nuestros puestos de trabajo, vender esa enorme casa inútil y mudarnos a algún lugar rural, donde abriríamos una clínica para niños con pocos recursos Las conversaciones eran serias sólo a medias La llamaríamos Clínica Ellison-Sinclair, decíamos El nombre sonaba a hospital siquiátnco

Molly disminuyó el fuego de la hornalla y nos fuimos juntos al comedor que, como todas las demás habitaciones de la casa, era un desorden de yeso, cemento, baldes de material, caños de cobre, todo cubierto por una buena capa de polvo blanco Nos sentamos sobre los sillones, protegidos temporariamente por telas de plástico

Hacía ya cinco años, habíamos comprado una hermosa casa vieja en la bahía de Boston, sobre la calle Malborough La casa era hermosa en el exterior El interior era hermoso en potencia La compramos en el momento del pico del mercado, antes de que cayera otra vez Se hubiera podido esperar que yo fuera más astuto en estas cuestiones, pero como todos los demás pensé que los precios de las propiedades seguirían subiendo hasta el infinito, y la casa era lo que algunos avisos de propiedades llaman el "sueño del hombre industrioso" "Arremangúese", proclaman los avisos, "y eche a volar su imaginación" El que nos la vendió no dijo nada acerca del sueño de hombre industrioso, pero tampoco nos dijo que tenia los caños artríticos, termitas en las vigas y humedad de cimientos En la década del 80, la gente decía que la cocaína era la forma que tenía Dios de decirnos "Tienes demasiado dinero" En los noventa, son las hipotecas

Y yo conseguí lo que me merecía: la renovación era un proyecto siempre en marcha, algo bastante semejante a la construcción de las pirámides de Giza Una cosa lleva a la otra Si uno quiere que alguien arregle la escalera, hay que poner una pared nueva, lo cual a su vez requiere Bueno,… ya me entiende.

Por lo menos, no había ratas. Siempre tuve una fobia especial a las ratas, un terror inexplicable, irracional, frente a esas bestezuelas castañas algo mucho mayor que el asco que les profesa todo el mundo Había descartado varias casas anteriores, casas que a Molly le encantaban, porque estaba convencido de que había visto la silueta de una rata en la oscuridad Y ni siquiera quiero hablar de los exterminadores: yo creo que las ratas, como las cucarachas, son imposibles de exterminar, y que ésa es su característica fundamental Nos van a sobrevivir a todos De vez en cuando, mientras elegíamos películas en el video club, Molly se divertía a mis expensas sacando un vídeo de esa película de horror con ratas que se llamaba Willard y sugiriendo que lo alquiláramos para esa noche No me hacía gracia

Y como si nos hicieran falta más motivos de inquietud, hacía meses que discutíamos la idea de tener un bebé A diferencia de lo que suele suceder -la mujer quiere y el hombre no- yo quería un hijo, o varios hijos, y Molly no, y era un "no" vehemente A mí me parecía extraño que una pediatra como ella insistiera en que el secreto de la buena crianza es no criar al hijo del cual uno es padre Así era como lo veía ella: su carrera estaba empezando por fin, y éste era un muy mal momento Eso siempre desembocaba en alguna de nuestras peores peleas Yo le decía que estaba dispuesto a dividir por igual las responsabilidades y ella me contestaba que ningún hombre de la historia de la civilización había compartido verdaderamente las obligaciones de crianza con su mujer La verdad era que yo estaba preparado para tener una familia completa -cuando mi primera esposa, Laura, murió, estaba embarazada- y Molly no Así que las discusiones seguían y seguían

– Podríamos vender la casa de papá en Alexandría -empezó a decir ella

– Con este mercado, no nos darían casi nada Y tu padre no te dejó nada Nunca le importó el dinero

– ¿Y un préstamo?

– ¿Con qué respaldo?

– Puedo salir a trabajar…ya sabes…guardias…

– No sirve, no basta Y te cansarías demasiado

– ¿Pero qué quiere Alex Truslow?

¿Qué quería, sí, cuando el mundo estaba lleno de abogados mucho mejores que yo? Yo no quería repetir frente a Molly la sospecha de Stearns sobre la muerte de su padre De todos modos, eso no hubiera explicado la razón por la que Truslow me quería a mí especialmente Y no tenía sentido ponerla peor de lo que ya estaba-No me gusta pensar en eso -contesté, con voz de cansancio Los dos sabíamos que fuera lo que fuera, tenía que ver con mi pasado en la CIA, probablemente con mi temible reputación, pero eso seguía sin explicar por qué, al menos, no con precisión

– ¿Cómo te fue en la UCIN -le pregunté, refiriéndome a la Unidad de Cuidados Intensivos Neonatales del hospital, donde había estado haciendo su rotación desde la muerte de su padre

Ella sacudió la cabeza Se negaba a que yo cambiara de tema con tanta facilidad

– Quiero hablar de esto, de Truslow -dijo Toqueteó uno de sus rulos, nerviosa -Mi padre y Truslow eran amigos Colegas que se tenían confianza, quiero decir, no necesariamente amigos íntimos Pero a papá siempre le gustó Alex

– De acuerdo -dije- Será una buena persona Pero si fuiste espía una vez, siempre lo serás

– Se podría decir lo mismo de ti

– Te hice una promesa, Molly

– ¿Crees que Truslow quiere que hagas un trabajo clandestino para él?

– Lo dudo No al precio que cobro por hora

– Pero sí tiene que ver con la CIA.

– Eso, sin duda La CIA es el cliente más importante de la Corporación

– No quiero que lo hagas -dijo Molly- Ya hablamos de eso es tu pasado No tu presente Cortaste con eso para siempre No vuelvas

Sabía lo importante que era para mí separarme del trabajo clandestino que me había llevado a la brutalidad helada de un autómata

– Eso me dice mi instinto -dije- Pero Stearns va a tratar por todos los medios de que no me rehuse Me va a presionar todo lo que pueda

Molly se levantó, se arrodilló en el suelo mirándome, me apoyó las manos sobre las rodillas

– No quiero que vuelvas a trabajar para ellos Me lo prometiste -Me pasaba las manos por los muslos mientras hablaba, seduciéndome y llamándome con una mirada intrigante, más misteriosa que siempre -¿Hay alguien con quien puedas hablar de todo esto? -preguntó

Lo pensé durante un momento

– Ed Moore -le contesté

Edmund Moore, jubilado de la Agencia después de más de treinta años de trabajo, sabía más sobre el funcionamiento interno de la CIA que casi cualquier otra persona en el mundo Había sido mi mentor durante mi breve carrera en inteligencia,mi "rabino", en la jerga interna, y seguía teniendo mucho instinto Vivía en Georgetown, en una hermosísima casona antigua y parecía más ocupado ahora que antes de jubilarse leía aparentemente todas las biografías que podía encontrar, iba a reuniones de jubilados de la CIA, a almuerzos con viejos compañeros, testificaba en comités de investigación del Senado, y hacía otros millones de cosas que yo no podía siquiera imaginar

– Llámalo -dijo ella

– Me parece que voy a hacer algo mejor Si puedo hacerme un rato mañana o pasado mañana, vuelo a Washington a verlo

– Si es que él tiene un rato para tí -dijo Molly Yo había empezado a excitarme eso era lo que ella había querido desde el principio, y cuando me incliné para besarle el cuello, exclamó de pronto -Mierda Esa maldita salsa está quemándose

La seguí a la cocina y apenas apagó el fuego -la salsa era una causa perdida-, la rodeé con mis brazos desde atrás Las cosas estaban tan tensas entre los dos que con apenas una palabra de más, a veces nos enredábamos en una discusión interminable o al contrario

Le besé la oreja derecha, y luego bajé lentamente, y empezamos a hacer el amor sobre el piso del comedor, con o sin polvo, no tenía importancia, sin detenernos excepto para que Molly se pusiera el diafragma

Esa noche llamé a Edmund Moore, que me invitó a cenar con él y su esposa en su casa la noche siguiente Parecía encantado

Al día siguiente, después de posponer tres reuniones pasibles de retraso, tomé el taxi aéreo al Aeropuerto Nacional de Washington y cuando el atardecer caía sobre Georgetown, mi taxi cruzó el puente Key, crujió y se sacudió sobre los adoquines de la calle M y se detuvo frente a una enorme puerta de hierro forjado, en la casa de Edmund Moore.

3

La biblioteca de Edmund Moore, donde nos sentamos después de comer, era un sitio maravilloso de dos pisos con las paredes cubiertas de estantes de roble con aplicaciones en madera de cerezo El segundo piso estaba rodeado por un balcón de madera por el que se podía caminar Varias escaleras móviles descansaban contra los estantes Con la luz tenue, la habitación parecía tener un brillo color ámbar Moore tenía una de las mejores bibliotecas personales que yo haya visto, incluyendo una impresionante colección de libros sobre espionaje e inteligencia Algunos eran testimonios de desertores soviéticos y del bloque oriental, que Ed había llevado a editores de los Estados Unidos y de Gran Bretaña en los años en que la CIA hacía ese tipo de cosas (por lo menos, abiertamente) Había estantes enteros dedicados a las obras de Trollope, Carlyle, Dickens, Ruskin Parecían esos libros que uno compra por metro para tener una decoración interior que simule una antigua biblioteca de la nobleza, pero yo sabía que Ed los había escogido personalmente, con dedicación y cuidado, en remates y librerías de París y Londres, y en puestos de antigüedades y en hasta graneros de los Estados Unidos Además no tenía duda de que los había leído a todos por lo menos una vez

Un fuego crujía en el hogar, iluminando la habitación con una luz tibia y acogedora Estábamos sentados en sillones frente a las llamas Ed tomaba un oporto de 1963 del cual estaba especialmente orgulloso, yo, una cerveza de malta

Me daba perfecta cuenta del valor de la atmósfera que había creado Moore a su alrededor En esa casa ya no estábamos en Georgetown ni en la década del 90, atestados de video clubes, Benettons y McDonalds, sino en la Inglaterra de principios de siglo Edmund Moore era del Medio Oeste, en realidad de Oklahoma, pero a lo largo de sus años en la CIA se había transformado en un hombre de tweed de la liga de grandes universidades, y parecía tan señorial como alguien de Yale o Princeton No era una pose era lo que pasaba después de tanto tiempo de estar en una organización como la CIA En realidad,la Agencia había cambiado a su alrededor En la década del sesenta, cuando los campus universitarios de Yale y Princeton se desgarraban entre huelgas y drogas, la Agencia empezó a reclutar a su gente en casas de estudios más seguras del Medio Oeste, donde seguían en pie los valores fundamentales Por ese entonces, como decía un amigo de la Compañía, había llegado la "plastificación" de la CIA Y aquí estaba ese hombre de Oklahoma, que habría podido entrar en una conferencia del Linsley-Chittenden Hall en Yale en los cuarenta sin que nadie se escandalizara "Los modales", me había dicho una vez, "son lo que queda de los antepasados ricos cuando el dinero ya no está" Pero en realidad, Moore se había casado con una mujer de dinero, de mucho dinero el abuelo de Elena había inventado algo esencial que tenía que ver con el teléfono

– No lo extrañas, ¿verdad9 -me preguntó con una sonrisa traviesa Era un hombrecito bajo, casi enano, de cerca de ochenta años, con una cabeza pelada, casi una cúpula de iglesia, y grandes anteojos de marco negro que le agrandaban mucho los ojos El traje de tweed marrón le colgaba del cuerpo y lo hacía todavía más diminuto -El glamour, los viajes, los hoteles de primera

– las mujeres hermosas -agregué- y los restaurantes de tres estrellas que aparecen en la guía Michehn

– Ah, sí

Moore, que había sido jefe de la División de Operaciones de Europa mientras yo estaba en París -es decir, mi jefe- sabía perfectamente bien que la vida de un hombre de la clandestinidad tenía otro tono redacción constante de tediosos informes, cables, restaurantes de pésima calidad, y estacionamientos fríos, inundados y lluviosos Después de la muerte de Laura, Moore me había empujado a la fuerza para sacarme por la puerta de los cuarteles de Langley y había arreglado una entrevista con Bill Stearns en Boston Sentía que si me quedaba dentro de la Agencia después de lo que había pasado, cometería un gran error Durante un tiempo, me resentí por eso, pero pronto me di cuenta de que realmente lo había hecho por mi bien

Moore era un hombre tímido, dedicado a los libros, no muy fácil de relacionar con los de operaciones, generalmente agresivos, astutos, expansivos Sin conocerlo, yo también lo hubiera tomado por un analista de la Agencia No por un maestro de espías Enseñaba Historia en la Universidad de Oklahoma en Norman antes de que lo reclutaran para inteligencia del ejército en la Segunda Guerra Mundial, y en el fondo de su corazón todavía era un académico

Afuera aullaba el viento y torrentes de lluvia se aplastaban contra las ventanas amplias de un costado de la biblioteca, haciendo sonar el vidrio. Las puertas daban a un jardín muy bien cuidado en cuyo centro había un estanque donde a veces nadaban los patos.

La tormenta había empezado durante la cena, compuesta por un guiso de carne un poco pasado servido por Elena, la diminuta esposa de Ed. Hablamos sobre política, el Medio Oriente, las elecciones en Alemania; nos pasamos chismes sobre la gente que conocíamos, y comentamos la noticia dolorosa, la muerte de Hal Sinclair. Tanto Elena como Ed expresaron sus sinceras condolencias. Después de comer, Elena se disculpó y se retiró, dejándonos solos.

Toda su vida de casada, suponía yo, había sido una eterna disculpa y una retirada al piso superior o a dar un paseo, para dejar que su esposo hablara de negocios con quien fuera que hubiera llegado a la casa. Pero no era una mujer sin color: tenía opiniones fuertes y las sostenía contra todos, se reía mucho y me recordaba a Ruth Gordon porque era al mismo tiempo juguetona y activa.

– Así que supongo que la vida sedentaria te sienta bien…

– Me gusta lo que hay de tranquilo en mi vida con Molly. Quiero tener una familia. Pero la verdad es que ser abogado en Boston no es la forma más excitante de ganarse la vida.

Ed sonrió, tomó un trago de oporto y dijo:

– La excitación que tuviste basta para tres o cuatro vidas. -Moore conocía mi pasado, conocía lo que el comité de disciplina de la Agencia llamaba mi "temeridad" en el campo.

– Esa es una forma de plantearlo, sí.

– De acuerdo. La verdad es que a veces fuiste algo así como un loco. Pero eras joven. Y buen agente, que es lo principal. Dios, no tenías miedo de nada. Temíamos tener que ponerte bozal. ¿Es verdad que hiciste sacar de funciones a un instructor del Campo?

Yo me encogí de hombros. Era verdad: en los tiempos del entrenamiento en el Campo Peary de la CIA, un instructor de artes marciales me aplicó una toma de tijera frente a todos mis compañeros y empezó a burlarse de mí, a provocarme. Y de pronto, sentí que me dominaba una ola de rabia fría, lenta. Era como si un líquido corrosivo se hubiera metido en mi abdomen, inundado luego el resto de mi cuerpo, dándome una compostura, una calma glacial. Una parte antigua de mi cerebro estaba en los controles: yo era un animal feroz, un animal primitivo. Me solté la mano y le golpeé la cara con la muñeca. Le quebré la mandíbula. El incidente pasó a formar parte del folclore del Campo y se repitió una y otra vez, adornado y arreglado, en boca de cientos de agentes que tomaban un trago al atardecer. Desde entonces, todos me miraban de reojo, con cuidado, como se mira una granada sin espoleta. La reputación que me dio me sirvió mucho en el trabajo, hizo que me seleccionaran para misiones que suponían demasiado arriesgadas para los demás. Pero al mismo tiempo era un rasgo que me asqueaba; estaba en guerra con la parte tranquila, analítica, que había en mí. Simplemente, yo no podía ser así, no era así.

Moore cruzó las piernas y se reclinó.

– Bueno… dime por qué estás aquí. Supongo que no es algo que se pueda discutir por teléfono.

"No en un teléfono cualquiera, por cierto", pensé. La Agencia quita el privilegio de un teléfono seguro a los jubilados, incluso a los que se jubilan con honores, como Edmund Moore.

– Cuéntame lo que sepas de Alexander Truslow.

– Ah -dijo Ed, y levantó las cejas-. Estás trabajando para él, supongo.

– Lo estoy pensando. La verdad, Ed, es que estoy con graves problemas financieros.

– Ah.

– Tal vez sabes algo de lo que pasó con una firma de Boston, First Commonwealth.

– Eso creo. ¿Dinero de las drogas o algo así?

– La cerraron. Con todo mi efectivo adentro.

– Lo lamento mucho, Ben.

– Así que ahora, de pronto, Truslow y Asociados me parece un poco más apetecible. A Molly y a mí no nos vendría mal el dinero.

– Pero, ¿tu especialidad no eran las patentes y la propiedad intelectual, o algo así?

– Seguro.

– Yo hubiera pensado que Alex preferiría los servicios de…

Se detuvo un momento para tomar un trago de oporto, y yo aproveché para interrumpirlo.

– ¿Alguien más experto en esconder dinero en bóvedas internacionales?

Moore sonrió, una sonrisa leve, y asintió.

– Sin embargo, tal vez tú eres lo que necesita. Tenías reputación de ser uno de los operativos con mayor capacidad y habilidades en el campo…

– Una bala perdida, Ed, y tú lo sabes.

Una "bala perdida" era, supongo, una de las tantas etiquetas que me habían puesto mis colegas y superiores de la Agencia. Me miraban con miedo, con asombro, con mucha curiosidad. Lo que hacía surgir mi lado oscuro era el trabajo de campo, laexposición al peligro y la amenaza de violencia Algunos pensaban que yo no tenía miedo de nada, lo cual no era verdad Otros, que era un temerario, lo cual se acercaba un poco más

La verdad era que en ciertos momentos, un Ben sin escrúpulos, un Ben aterrorizante, tomaba el control dentro de mi mente Apenas lo descubrí, se convirtió en motivo de inquietud para mí, y finalmente me llevó a dejar la Agencia

Antes de París, me mandaron a Leipzig para que me fogueara un poco Se suponía que era un funcionario de comercio Una de mis primeras misiones era proteger a un informante un tanto nervioso, un soldado del Ejército Rojo Me habían elegido porque sabía ruso Lo había estudiado en Harvard y lo hablaba casi con fluidez Llevé a cabo la misión sin una sola falla y por lo tanto me recompensaron -me ascendieron-, es decir, me dieron una misión mucho más peligrosa

Me ordenaron que escoltara a un agente desertor de Alemania del Este, un físico, desde Leipzig a un cruce fronterizo en Herleshausen, bastante lejos por cierto El Mercedes que yo manejaba tenía un compartimiento secreto detrás del asiento donde estaba escondido el físico En el control, pasamos las inspecciones de rutina y metieron el gran espejo de cuatro ruedas bajo el auto para controlar si no había alemanes tratando de escaparse de ese miserable país, todo eso. Habían enviado a un hombre de apoyo desde los cuarteles de Pullach para que nos esperara del otro lado Mientras yo pasaba por la aduana y por Inmigraciones con el pasaporte, felicitándome por un trabajo bien hecho, el hombre cometió un error y se mostró Alguien de la frontera lo reconoció e inmediatamente se levantaron sospechas sobre mí

De pronto, salieron tres y luego siete Volkspolizei del edificio y rodearon el auto Uno se paró frente a mí y me indicó que me detuviera

Según los procedimientos de la Agencia, yo debería haberme hecho el inocente y el sorprendido. Debería haberme detenido como para ver de qué se trataba Bajo ninguna circunstancia se debía arriesgar una vida humana Así no era como funcionaba el juego

Y mientras yo me quedaba sentado ahí, pensé en el físico, un hombrecito sudoroso enroscado en el compartimiento sin aire entre el asiento trasero y el baúl. Mi preciosa carga. El hombre era valiente. Estaba arriesgando su vida, cuando le hubiera sido tanto más fácil no hacer nada

Sonreí, miré a izquierda y a derecha y luego adelante El Vopo que me bloqueaba el camino -un Kommandant Stasi, supe después- me sonrió otra vez, con ironía.

Me tenían atrapado Era una clásica técnica de encajonamiento y la habíamos aprendido en Campo Peary Lo único que se podía hacer era rendirse No se arriesgan vidas humanas. Las consecuencias son demasiado graves

Y entonces, algo me invadió, la misma furia glacial que me había dominado cuando rompí la mandíbula del instructor de artes marciales Era como si estuviera en otro mundo Mi corazón no se aceleró, mi cara no cambió de color Estaba en calma, pero me recorría un súbito deseo de matar

Rompe el cerco, me dije a mí mismo Rompe el cerco

Pisé el acelerador a fondo.

Nunca podré sacar de mi memoria la cara del Kommandant cuando se elevó hasta quedar a la altura del parabrisas Un rictus de terror, incredulidad en los ojos

Tranquilo, flotando en una calma reptil, miré directo hacia adelante. Todo me parecía en cámara lenta Los ojos del Kommandant se hundieron en los míos, lagunas de miedo abyecto Vio en los míos una indiferencia suprema Ni furia ni desesperación Una calma gélida

Con un golpe horrible, el cuerpo del hombre fue lanzado hacia el aire Hubo un ruido de metralla y en un segundo, yo estaba del otro lado, con mi carga a salvo

Más tarde, por supuesto, me retaron en Langley por "medidas innecesarias y temerarias". Pero extraoficialmente, mis superiores me dijeron sutilmente que estaban conformes. Después de todo, el físico había cruzado, ¿no?

Lo que me quedó, sin embargo, no fue la satisfacción de una misión bien cumplida, ni orgullo por el acto de bravura y heroísmo, sino inquietud, malestar Durante un minuto o dos, en la frontera, me había convertido en algo semejante a un autómata Habría manejado el auto a cien por hora directo hacia un muro de ladrillos Nada me asustaba

Y eso me asustaba

– No, Ben -siguió diciendo Moore- No eras una bala perdida Tenías una rara combinación de intelecto prodigioso y pelotas de acero, digamos. Lo que le pasó a Laura no fue culpa tuya. Fuiste uno de los mejores. Eso, más tu memoria fotográfica, o como quiera que se llame, te hace todo un baluarte.

– Mi memoria… eidética, como la llaman los neurólogos, tal vez fue de gran ayuda en la universidad, pero ahora, con las bases de datos electrónicas en todo el mundo, ya no vale mucho.

– ¿Conoces a Truslow?

– Se presentó en el funeral de Hal Hablamos unos cinco minutos Eso fue todo Ni siquiera sé para qué me quiere.

Moore se puso de pie y cruzó la habitación hacia las ventanas Una de ellas crujía y se sacudía más que las otras La ajustó y la trabó, para parar el ruido Cuando volvió, dijo.

– ¿Te acuerdas de ese famoso caso de derechos civiles contra la cIa a principios de los 70? Un negro se presentó para un puesto de analista y lo rechazaron sin razón

– Claro

– Bueno, el que resolvió el caso fue Alex Truslow. Y se aseguró de que el personal de la Agencia no volviera a sufrir discriminación sexual o racial. Fue extraordinario El tenía una visión de la cIa en la que la institución era realmente una mentocracia, un lugar que no permitiría a la vieja guardia pisotear los derechos de las minorías Muchos de los antiguos todavía lo odian por eso Él fue el que dejó entrar a todas esas minorías en el club de blancos puros Y probablemente será el que reemplace a tu suegro, eso ya lo sabes

Asentí

– ¿Cuánto sabes de lo que está haciendo? -preguntó Moore después de un momento

– Nada, diría yo "Trabajo de seguridad" para la Agencia, me dicen. Procedimientos que Langley no puede o no quiere hacer

– Voy a mostrarte algo -dijo Moore, levantándose otra vez, e indicándome con un gesto que lo siguiera. Subió la escalera de madera hasta el otro piso con un gruñido -Uno de estos días ya no podré subir estos escalones, eso lo sé -Se había quedado sin aliento -Y ese día, voy a mudar todo Ruskin aquí arriba, donde nunca volveré a verlo Mierda con eso, nunca me gustó ese viejo hijo de perra Ese es el resultado de un matrimonio entre dos primos Bueno, aquí vamos. Mi botín.

Habíamos caminado unos tres metros por el balcón, frente a varios volúmenes en cubierta de cuero, cuando Moore se detuvo frente a un pedazo de pared desnuda entre los estantes Tocó ligeramente uno de los paneles hasta que se abrió y dejó ver un cajón de archivo de color gris institucional

– Lindo -dije- ¿Te lo hiciste hacer con los chicos de Servicio Técnico?-En realidad, no era un buen escondite estaba en el primer lugar que hubiera mirado cualquiera que supiera algo de robo y cajas fuertes Pero yo no pensaba decírselo

Él abrió el cajón Hizo un ruido sordo, mohoso

– No, en realidad estaba ahí cuando compré la casa en 1952 Una simpleza tipo novela de Edith Wharton, diría yo, compartimientos secretos y todo eso Hay un panel secreto sobre la chimenea y yo no lo uso Claro que la persona que construyó esta casa no podía imaginar que un día iría a parar a manos de un espía de pura raza

El cajón parecía contener archivos de inteligencia, por lo menos por lo que yo veía en los índices

– No sabía que te dejaban llevarte archivos cuando te retirabas -dije

Él se volvió hacia mí y se ajustó los anteojos sobre la nariz.

– Es que no te dejan -Sonrió -Confío en tu discreción

– Siempre

– De acuerdo Y en realidad, no estoy violando ninguna ley de segundad nacional

– ¿Te los dio alguien?

– ¿Te acuerdas de Kent Atkins, de París?

– Era un amigo

– Bueno, ahora está en Munich Jefe de estación Y se arriesgó mucho para conseguírmelos Lo menos que podía hacer era tomar la precaución de esconderlos de ladronzuelos y de otros que pudieran estar interesados

– Entonces, tengo que suponer que la Compañía no lo sabe

– Dudo de que lo hayan notado -dijo él y sacó una carpeta color marrón- Esto es de lo que está ocupándose Alex Truslow ¿Sabes algo de lo que estaba haciendo tu suegro antes de morir?

La lluvia estaba empezando a disminuir Moore había desplegado un grupo de archivos sobre una vieja mesa de roble cerca de las ventanas Tenían que ver con la desaparición de la kgb y de los servicios de inteligencia del bloque oriental el flujo permanente de secretos y de personal desde Moscú y Berlín y desde todas las ciudades de lo que una vez se llamó la Cortina de Hierro Había extractos de informes de oficiales de la kgb que intentaban vender secretos a cambio de protección en Occidente u ofrecían archivos a la venta, ya fuera a la cIa o a otras corporaciones del oeste Había cables decodificados que informaban sobre fragmentos de noticias en las oficinas de la kgb en todo el mundo y todo eso (me di cuenta con sólo darle una mirada) tenía un gran potencial explosivo

– Ya ves -dijo Moore con amabilidad-, hay bastante información Y te diré que no sé si parte de ella no debería haberse quedado enterrada en Lubyanka

– ¿Qué quieres decir con eso?

Él suspiró

– ¿Sabes qué es el Club de los Miércoles, verdad?

Yo asentí El Club de los Miércoles era un encuentro socialregular de hombres y mujeres que habían pasado por las filas de la cIa directores y directores de estación y demás que disfrutaban la compañía de otros como ellos y almorzaban juntos en un restaurante francés de Washington todos los miércoles Los más jóvenes en la Agencia lo llamaban el Club de los Fósiles

– Bueno, se habla mucho sobre lo que está saliendo de lo que era la Unión Soviética

– ¿Algo útil?

– ¿Útil? -Me miró con firmeza, como un buho, por sobre el marco de los anteojos. -¿Te parecería útil recibir pruebas documentales irrefutables de que la Unión Soviética arregló el asesinato de John F Kennedy?

Yo me quedé mirándolo por un momento y después sacudí la cabeza

– No creo que Oliver Stone se sintiera feliz con eso

Él dejó escapar una carcajada

– Pero por un segundo te lo creíste, ¿,eh?

– Conozco tu sentido del humor

Él rió unos momentos más y luego levantó los anteojos sobre la nariz

– Ya tuvimos generales de la Stasi y la kgb que trataron de vendernos información sobre agentes rusos en todo el mundo Nombres de personas que trabajaban para ellos

– Eso me parece importante

– Tal vez, en sentido histórico -dijo Moore, y se sacó los anteojos Se masajeó la nariz con un dedo -Pero, ¿a quién puede importarle saber quién era un viejo Rojo que cooperó» hace treinta años con un gobierno que ya no existe?

– Estoy seguro de que hay gente a la que le importa

– Sin duda A mí no me interesa Hace unos meses en uno de nuestros almuerzos de los miércoles oí una historia sobra, Vladimir Orlov. -El ex jefe de la kgb

– Más precisamente el último jefe de la kgb, antes de qua, la gente de Yeltsin la destruyera ¿Adónde te imaginas que puede ir un tipo así cuando le mueven el suelo que pisa?

– ¿A Paraguay, a Brasil?

Moore se rió

– El señor Orlov era inteligente No hizo nada semejante a quedarse cerca de su dacha en Moscú hasta que el gobierno ruso lo enviara a juicio por hacer su trabajo lo mejor posible Se fue al exilio

– ¿Pero dónde?

– Ese es el problema -Ed sacó un grupo de papeles abrochados, de la mesa y me lo entregó Era una fotocopia de un cable de un funcionario de la cIa en la estación de Zurich informando de la aparición de un tal Vladimir I Orlov, antiguo jefe de la kgb soviética, en un cafe de Sihlstrasse

El hombre estaba acompañado por Sheila McAdams, asístente ejecutiva del director de la cIa, Harrison Sinclair El cable tenía menos de un mes

– No estoy seguro de entender -dije

– Tres días antes de la muerte de Hal Sinclair, su asistente ejecutiva y bueno, espero no estar revelándote nada nuevo amante, Sheila McAdams, se encontró en Zúrich con el ex jefe de la kgb

– La cita parece haber sido cosa de Sinclair

– Seguramente estaban negociando algo

– Por supuesto -dijo Moore, impaciente- Al día siguiente, el nombre de Vladimir Orlov desapareció de todos los bancos de datos de la cIa, por lo menos de los accesibles a todos, excepto los que seguían a disposición de los cinco o seis funcionarios superiores Y luego, Orlov desapareció de Zurich No sabemos adonde fue Fue como si Orlov hubiera ayudado en algo a Hal a cambio de que él lo sacara de nuestros sonares, de nuestra vista Pero nunca sabremos lo que pasó Dos días después, Sheila murió asesinada en ese callejón de Georgetown Y al día siguiente, Hal murió en ese horrendo "accidente"

– ¿Y quién pudo haberlos matado?

– Eso, querido Ben, es exactamente lo que le gustaría saber a Alex Truslow -El fuego se estaba apagando, y Moore lo sacudió, distraído -Hay confusión en la Agencia Una confusión terrible Una terrible lucha por el poder

– ¿ Entre…

– Escúchame Europa está hecha un lío Inglaterra y Francia están muy mal, y Alemania está en medio de una depresión o algo así El fantasma de los elementos nacionalistas y sus guerras es…

– Sí, pero ¿qué tiene que ver eso con…

– Se dice -no es más que charla, eso es cierto, pero es charla entre jubilados de la Agencia de conexiones impecables- que ciertos elementos de la Agencia encontraron una forma de insinuarse en el caos de Europa

– Eso es demasiado vago, Ed

– Sí -dijo él, con una voz tan severa que me asustó- Ciertos elementos… insinuarse… y esas frasesitas que usamos cuando sabemos que todo es parte de un rumor Pero el punto es que los viejos, que deberían estar jugando al golf y disfrutando de sus martims secos, están muy asustados. Amigos míos que alguna vez dirigieron la organización hablan deenormes sumas de dinero que cambiaron de mano en Zúrich…

– ¿En pago a lo de Vladimir Orlov, quieres decir? -interrumpí-. ¿O es que él nos pagó a nosotros por la protección?

– ¡El dinero no es el punto! -Los dientes demasiado parejos de Ed eran de un color amarillo, demasiado amarillo.

– ¿Y cuál es el punto entonces? -le pregunté con amabilidad.

– Digamos que no empezamos a desenterrar lo que causa el olor a podrido, no todavía. Cuando lo hagamos, tal vez la cIa se una a la kgb en las cenizas de la historia.

Nos quedamos sentados un rato en silencio. Yo estaba a punto de preguntar: ¿Sería tan malo eso? cuando vi la expresión en la cara de Moore. Su rostro estaba pálido como la tiza.

– ¿Qué piensa Kent Atkins?

Se quedó callado medio minuto por lo menos.

– No lo sé, Ben. Kent está aterrorizado. Me preguntó a mí qué estaba sucediendo.

– ¿Y qué le dijiste?

– Que no importa lo que estén tratando de hacer los renegados de la Agencia en Europa, no va a ser sólo contra los europeos. Nosotros también estamos involucrados. El mundo entero está involucrado. Y tiemblo al pensar en el tipo de conflagración que puede producirse.

– ¿Qué quieres decir, específicamente?

Él no me prestó atención, sonrió una vez, una sonrisa pequeña y triste, y sacudió la cabeza.

– Mi padre murió a los noventa y uno, y mi madre a los ochenta y nueve. La longevidad es un rasgo típico en mi familia. Pero ninguno luchó en la Guerra Fría.

– No entiendo. ¿De qué tipo de conflagración estás hablando?

– En los últimos meses de su mandato, Ben, tu suegro estaba obsesionado con la idea de salvar a Rusia. Estaba convencido de que a menos que la cIa se lo tomara en serio y actuara pronto, las fuerzas de la reacción volverían a tomar Moscú. Y entonces, la Guerra Fría sería un dulce recuerdo. Tal vez estaba muy metido en algo cuando murió. -Apretó el puño pequeño y manchado, y lo apoyó un momento contra sus labios tensos. -Corremos riesgos los que trabajamos para la cIa. La tasa de suicidios es muy alta, como bien sabes.

Asentí.

– Y aunque es raro que alguien muera en la línea de fuego, a veces pasa. -Su voz se suavizó un tanto. -Eso también lo sabes.-¿Tienes miedo de que te maten?

Otra sonrisa, un movimiento de cabeza.

– Ya estoy cerca de los ochenta. No pienso vivir el resto de mis años con un guardia armado junto a la cama. Eso, suponiendo que me dieran uno. No veo ninguna razón para vivir enjaulado.

– ¿Te amenazaron?

– No, para nada. Son los esquemas que veo los que me preocupan.

– ¿Esquemas…?

– Dime, ¿quién sabía que venías a verme?

– Molly.

– ¿Nadie más?

– Nadie.

– Pero, claro, está el teléfono.

Lo miré con cuidado, preguntándome si la paranoia lo estaría dominando como a James Angleton en sus últimos años. Moore me miró y al parecer leyó mis pensamientos.

– No te preocupes por mí, Ben. Tengo todos los tornillos puestos. Y tal vez me equivoque en mis sospechas. Si algo me pasa, es porque tenía que pasarme. Pero creo que tengo derecho a estar asustado.

Yo nunca lo había visto verdaderamente asustado y ese miedo tranquilo me ponía muy nervioso.

– Creo que estás exagerando -fue lo único que conseguí decir.

Él sonrió despacio, con tristeza.

– Tal vez. Tal vez no. -Buscó un gran sobre de papel marrón y me lo pasó por encima de la mesa. -Un amigo… o, mejor dicho, el amigo de un amigo… me mandó esto.

Abrí el sobre y saqué una fotografía en colores sobre papel brillante.

Me llevó unos segundos reconocer la cara, pero apenas lo hice, me dieron ganas de vomitar.

– Dios mío -dije. Estaba horrorizado.

– Lo lamento, Ben. Pero tenías que saberlo. Esta fotografía aclara todas las dudas sobre cómo murió Hal Sinclair.

Yo lo miré confundido, mareado.

– Tal vez Alex Truslow -me dijo- sea la última oportunidad que tiene nuestra Compañía. Es valiente y está tratando de limpiar a la cIa de todo esto, de este… cáncer, digamos, que la aflige.

– ¿Te parece que las cosas son así realmente?

Moore miró el reflejo de la habitación en los paneles oscuros de las ventanas. Tenía los ojos fijos en alguna parte, muy lejos.

– Hace muchos años, Alex y yo éramos analistas jóvenes en Langley y teníamos un supervisor que sabíamos que estaba manipulando una misión, exagerando mucho el peligro que representaba un grupo de extrema izquierda italiano, para poder conseguir el doble de presupuesto para sus operaciones. Alex lo llamó, y se lo dijo. El tipo tenía pelotas. Alex tenía una clase de integridad que parecía fuera de lugar, casi extraña, en un lugar tan cínico como la Agencia. Me acuerdo de que su abuelo era un ministro presbiteriano de Connecticut de quien él debe de haber heredado ese tipo de empecinamiento ético. Y… ¿sabes algo? La gente lo respeta por eso.

Moore se sacó los anteojos, cerró los ojos, y se los masajeó.

– El problema es que no sé si queda alguien más como él hoy en día. Y si lo matan como a Hal Sinclair… bueno, ¿quién sabe lo que puede pasar?

4

No me fui a la cama hasta después de medianoche. Era demasiado tarde para tomar el último avión de vuelta a Logan, y Moore no quería saber nada de que me quedara en un hotel, sobre todo con las muchas habitaciones vacías que había en su casa ahora que sus hijos se habían ido. Así que pasé la noche en su habitación de huéspedes en el segundo piso, y puse el reloj despertador para las seis de la mañana para llegar a la oficina lo suficientemente temprano.

Una hora después, me senté de pronto en la cama, con el corazón en la boca y encendí la lámpara de la mesa de noche. La fotografía todavía estaba allí. Me dije que Molly no debería verla nunca. Me levanté de la cama y bajo la luz amarilla y brillante de la lámpara, la coloqué dentro del sobre y la metí en un compartimiento lateral del maletín.

Apagué la luz, di vueltas y vueltas en la cama hasta que finalmente me rendí y volví a encender la luz. No podía dormir. En general, evito los sedantes, en parte por mi entrenamiento en la Agencia (uno siempre tiene que estar dispuesto a saltar de la cama en un instante) y en parte porque, como abogado especialista en propiedad intelectual, lo peor que puede pasarme durante el día es tener el dolor de cabeza y el sopor que vienen después del sueño inducido por drogas.

Así que encendí el televisor y busqué algo lo suficientemente soporífero, c-span generalmente sirve para dormirme. En la cnn había un programa de noticias con el nombre de Alemania en crisis. Tres periodistas discutían la situación alemana, la caída del mercado de valores alemán, y las manifestaciones neonazis. Todos parecían estar de acuerdo en que Alemania estaba en peligro inminente de sucumbir ante otra dictadura, lo cual sería muy peligroso para el mundo. Y, como eran periodistas, parecían seguros de lo que decían.

A uno de ellos lo reconocí inmediatamente.

Era Miles Preston, corresponsal británico. De mejillas enrojecidas, inteligencia brillante y (a diferencia de muchos ingleses que conozco) fanático de la buena salud y el cuerpo bien mantenido Lo había conocido en mis primeros días en la Agencia Era excelente en lo suyo, estaba maravillosamente bien informado y sus conexiones eran impresionantes Yo siempre escuchaba con mucho cuidado todo lo que tenía que decir

– Creo que hay que llamar a las cosas por su nombre -estaba diciendo desde el estudio de la cnn en Washington- Los así llamados neonazis, los que están detrás de toda esta violencia, son viejos nazis y sólo eso Creo que hace mucho que esperan este momento histórico Finalmente, después de todos estos años, hay un mercado de valores unido, la Deutsche Borse, y miren lo que pasa se desploma completamente, ¿no es cierto''

Lo había conocido durante mi misión en Leipzig, cuando acababa de graduarme en la Granja Estaba solo Laura había vuelto a casa en Reston, Virginia, a tratar de vender nuestra casa para unírseme en Europa Estaba sentado a solas en el Thüringer Hof de la Burgstrasse, una cervecería pequeña y agradable en Altstadt, y seguramente tenia aspecto de desdichado con mi gran balón de cerveza entre las manos

Noté a alguien de pie junto a mi mesa, obviamente un occidental

– Parece aburrido -dijo el hombre con acento británico

– No, para nada -dije- Con suficiente cerveza en el cuerpo, todo el mundo resulta interesante

– En ese caso -dijo Miles Preston-, ¿le molesta si me siento con usted?

Yo me encogí de hombros Él se sentó a mi mesa y dijo

– ¿Estadounidense? ¿Diplomático o algo así?

– Del Departamento de Estado -contesté Me hacía pasar por agregado comercial

– Yo soy del Economist ¿Hace mucho que está aquí?

– Un mes, más o menos -dije

– Y no ve la hora de irse, supongo

– Estoy empezando a cansarme de los alemanes

– Por más cerveza que tome -agregó Preston- ¿Cuánto tiempo le falta para volver a casa?

– Un par de semanas Después, París Y tengo ganas de ir allí Siempre me gustaron los franceses

– Ah -dijo él- Pero en realidad, los franceses son alemanes con mejor comida

Nos entendimos, nos seguimos viendo para tomar un trago o cenar hasta que me transfirieron a París El parecía creer en mi disfraz de Departamento de Estado, por lo menos no lo cuestionaba Tal vez sospechaba que estaba con la Agencia, pero no lo sé En una o dos oportunidades cuando estaba cenando con los amigos de la cIa en el Auerbachs Keller, uno de los pocos restaurantes decentes de la ciudad, muy popular entre los extranjeros, entró por la puerta y me vio, pero no se me acercó Tal vez intuyó que yo no quena presentarlo Eso era algo que me gustaba de él periodista o no, nunca trataba de forzar a la gente a decirle cosas ni hacia preguntas impertinentes acerca de lo que yo estaba realmente haciendo en Leipzig Era sincero hasta la brutalidad -lo cual era fuente de mucho humor entre los dos-, pero al mismo tiempo era capaz de demostrar un tacto extraordinario Los dos estábamos en el mismo tipo de trabajo, razón por la cual me sentía bien con el los dos buscábamos y recogíamos información La única diferencia era que yo lo hacia del lado más sombrío y peligroso de la calle

Ahora, que lo miraba en la televisión de la casa de Ed, levante el teléfono Eran más de la una y media de la mañana pero alguien contestó en la oficina de la CNN en Washington, sin duda un residente joven que me dio la información que yo estaba necesitando

Nos encontramos a la mañana siguiente, muy temprano, y desayunamos juntos en el Mayflower. Miles Preston estaba alegre y encantador como siempre

– ¿Te volviste a casar? -me preguntó después de la segunda taza de café- Lo que le pasó a Laura en París No sé como sobreviviste a eso

– Sí -lo interrumpí- Mi mujer se llama Martha Sinclair. Pediatra

– ¿Doctora, en? Eso es problemático, Ben Una esposa debería tener apenas la inteligencia suficiente como para entender la inteligencia de su esposo, y la estupidez suficiente como para admirarla

– Tal vez Molly sea demasiado inteligente para mi ¿Y tú, Miles? Creo recordar que siempre tenias toda una fila de mujeres detrás de ti

– Nunca me animé a dar el mal paso En fin, ojala se pudiera caer en los brazos de una mujer sin caer en sus garras, ¿no? -Rio bajito e hizo un gesto al camarero para que trajera la tercera taza -Sinclair -murmuró-, Sinclair ¿te casaste con la hija del propietario del Negocio de la Compañía? ¿Es la hija de Harrison Sinclair? Espero que no

– Es ella

– Entonces, tienes mis condolencias ¿Lo lo mataron, Ben?

– Sutil como siempre. Miles ¿Por qué preguntas?

– Lo lamento Perdóname Pero en mi profesión, no puedo pasar por alto ciertos rumores

– Bueno, yo esperaba que pudieras ayudarme tu a mi -le dije- No sé si lo asesinaron o no Pero tú no eres el primero en sugerirlo Y para mí no tiene sentido mi suegro no tenía enemigos personales Por lo menos, que yo sepa

– Pero no tienes que pensar en términos personales Piensa en términos políticos

– ¿En qué sentido?

– Harrison Sinclair era un conocido fanático de la idea de ayudar a Rusia

– Mucha gente no quiere eso

– De acuerdo -dije- Muchos estadounidenses no quieren tirarle dinero a los rusos, buen dinero y todo lo demás Especialmente en un momento de dificultades financieras globales

– No hablaba de eso Hay gente no, digamos fuerzas, Ben, que quieren el colapso total de Rusia

– ¿Qué tipo de fuerzas?

– Piensa en esto Europa del Este es un desastre Está llena de valiosos recursos naturales y de disidentes Muchos europeos del Este olvidaron ya el estalinismo y quieren la dictadura otra vez. Así que la cosa está lista para la cosecha ¿No fue Voltaire el que dijo "El mundo es un vasto templo dedicado a la Discordia'"?

– No entiendo del todo

– Alemania, hombre, Alemania La ola del futuro Estamos a punto de ver el nacimiento de una nueva dictadura alemana Y no va a ser accidental, Ben Hace mucho tiempo que la planifican Y para esos planes, la idea de una Rusia fuerte es la peor de las posibilidades Tienes que acordarte de la forma en que la rivalidad Alemania-Rusia moldeó gran parte de la historia de Europa en este siglo, sobre todo las dos guerras mundiales Una Rusia débil asegura una Alemania fuerte Tal vez, no digo más que tal vez, tu suegro, que siempre apoyo la idea de una Rusia fuerte y democrática, se les metió en el camino A proposito, ¿quién está designado para reemplazarlo?

– Truslow

– Mmmm ¿Un duro, no es cierto, el tal Alex? No exactamente un favorito de la vieja guardia No me sorprendería que se resbalara él también Bueno, tengo que ir a jugar al squash Soy soltero ya me entiendes, tengo que estar en forma Las damas de tu país están cada vez más exigentes

Una hora después en el Aeropuerto Nacional, mientras esperaba el taxi aéreo a Boston, dejé un mensaje en la oficina de Alexander Truslow, en el que aceptaba una reunión.

5

El taxi, un viejo taxi con una manija menos en la puerta derecha, manejado por un hombre que casi parecía psicótico, se detuvo en el edificio de mis oficinas a las nueve menos cuarto Yo había tomado un taxi a casa desde el aeropuerto, me había cambiado de ropa -Molly no había vuelto del trabajo-, y luego había ido directo a Putnam amp; Stearns Apenas quince minutos tarde

Darlene me miró con furia y dijo

– Tenía una llamada en conferencia telefónica a las nueve, ¿se acuerda?

– Me atrasé en Washington -le dije- Negocios ¿Podrías llamar y pedir disculpas y conseguir otro horario?

– ¿Y Sachs? Lo esperó casi media hora

– Mierda ¿Me consigues su número? Yo mismo lo llamo

– Además -agregó mientras me alcanzaba un papelito rosado-, llamó Molly Dijo que es urgente

Me pregunte qué podía ser tan urgente Molly nunca me llamaba a esa hora, a esa hora siempre estaba en el hospital

– Gracias -dije y entré en la oficina, pasé junto a las enormes Muñecas Big Baby y me dejé caer en mi sillón de cuero Me quedé ahí un rato pensando si debía pedirle a Darlene que arreglara lo de la conferencia telefónica inmediatamente, pero en lugar de eso marqué el número de Molly Nada Le dejé un mensaje

Tenía bastante trabajo que hacer, y mi retraso había empeorado las cosas, pero no estaba en condiciones de concentrarme en leyes de patentes Levanté el tubo para comunicarme con la oficina de Bill Stearns, pero luego cambié de opinión, y colgué. Mi encuentro con Truslow había sido arreglado para la mañana siguiente De todos modos, Stearns seguramente ya lo sabría

Tengo una de esas esculturas fabricadas con alfileres que son imposibles de describir a menos que uno las haya visto antes Se las llama "juguete de ejecutivos" Hice una impresión de mi puño con miles de alfileres, luego admiré la escultura tridimensional durante un rato Mi otro juguete de ejecutivo es un aro de basquet electrónico, montado en un elegante tablero de acrílico, colgado en la pared del otro lado del escritorio. Arrojé una pelota de cuero blanca y negra contra el aro y emboqué El aro chilló con una voz febril y electrónica:

– ¡Buen tiro! -Luego dejó escapar los hurras de una multitud enfervorizada Muy fuera de lugar en una firma de lujo como Putnam amp; Stearns

– De nada -le respondí

Diez minutos más, y nada de Molly

Hubo un sonido suave en la puerta y entro Bill Stearns, con sus anteojos de lectura a lo Benjamín Frankhn

– Voy a ver a Truslow -le dije

Me detuve, lo miré fijo y sentí que se me cortaba el aliento

– Alex se alegrará mucho, te lo aseguro

Yo dejé escapar el aire

– Eso está muy bien. Pero todavía no me decidí Lo único que hice fue aceptar la reunión.

El arqueó las cejas, levemente y con gesto de intriga

– ¿Cuánto dinero sería esto para la firma? -pregunté

Él me lo dijo

– Y yo no vería mi parte hasta fin de año, cuando se calculen los beneficios, ¿verdad?

Ahora el ceño se le frunció todavía más

– ¿Qué quieres decir con eso, Ben?

– Truslow quiere que lo represente y tú también Y da la casualidad de que yo necesito un poco de dinero en efectivo.

– ¿Entonces?

– Quiero que me pague a mí, directamente Desde el principio

Stearns se sacó los anteojos, los doblo con un movimiento de muñeca y los puso en el bolsillo superior del chaleco

– Ben, eso es muy…

– Pero puede hacerse Yo voy a ver a Truslow, firmo con él, y él transfiere el monto de seis cifras que me corresponde directamente a mi cuenta. Si es así, hacemos trato

Stearns dudó un momento y después, me dio la mano

– Hijo de puta. A veces me olvido de lo duro que eres para estas cosas De acuerdo, Ben. Trato hecho -Se dio vuelta como para irse, después volvió -¿Qué te hizo cambiar de idea? -Él volvió a mi oficina, se sentó con comodidad en uno de los sillones "de los clientes" y cruzó las piernas

– Podría ganar unos puntos contigo y decirte que fueron tus poderes de persuasión.

Él sonrió.

– ¿O que?

– Creo que quiero los puntos así que eso es lo que voy a decirte -contesté, sonriendo también Apreté la palma sobre la escultura de alfileres y creé una réplica tridimensional de mi mano -Escucha -dije después de un momento, cuando Stearns ya se iba-, hablé con alguien de la Agencia anoche.

Stearns asintió, mirando al espacio sin decir nada.

– Estuvo investigando la muerte de Harrison Sinclair.

Él parpadeó unas cuantas veces y preguntó

– Cree que tuvo algo que ver con la kgb

Se frotó los ojos con las dos manos y gimió

– Los viejos guerreros de la Guerra Fría no se olvidan con facilidad de sus ilusiones, ¿no te parece? La kgb, el Imperio del Mal, fueron grandes villanos, no hay duda De primera. Pero ya hace años que la kgb no existe Y cuando existía, no mandaban asesinos a matar a directores de la cIa.

Yo pensé en mostrarle la foto que me había dado Ed Moore, pero justo en ese momento sonó el teléfono

– Es Molly -dijo la voz de Darlene, metálica y chata

Yo apreté el botón y atendí inmediatamente

– Molly -empecé a decir…

Estaba llorando, las palabras confusas, casi indescifrables.

– Ben…algo terrible…

Corrí al corredor, mientras me ponía la chaqueta Pasé junto a Bill Stearns, inmerso en una conversación con Jacobson, un nuevo socio brillante. Stearns levantó la vista para mirarme y era una mirada rápida, penetrante, una mirada informada.

Casi como si…, como si supiera.

6

Hace mil años, me parece, pasé seis meses de entrenamiento básico para la cIa en la "Granja" -Campo Peary, Virginia- donde aprendí de todo, desde cómo hacer un documento falso a cómo pilotear una avioneta pasando por cómo apuntar desde un auto en movimiento Uno de mis instructores dijo una vez, al pasar, que aprenderíamos tan bien las artes negras del espía que con el tiempo se volverían automáticas, casi instintivas para nosotros. No importa lo que pudiera pasarnos ni la sorpresa de tal o cual momento, años más tarde nuestros cuerpos sabrían cómo reaccionar una fracción de segundo antes que nuestras mentes. Yo no le creí después de mis años de abogado, mis instintos tenían que haber desaparecido, estaba seguro.

Estacioné el Acura, no en nuestro lugar detrás del edificio sino a una cuadra y media, en la avenida Commonwealth.

¿Por qué? Instinto, supongo, las costumbres profundas de mis tiempos de trabajo de campo

Molly había descubierto algo que la había perturbado mucho, algo que no podía decirme por teléfono Eso era todo, pero…

Corrí por el callejón que pasaba por detrás de nuestra cuadra de casas unidas, me acerqué a la entrada postenor de nuestra casa y me detuve en la puerta para buscar la llave Después, más tranquilo, entré y me deslicé sin ruido por las escaleras de servicio

Los ruidos normales de la casa, nada más El tictac de la calefacción en los caños, la heladera encendiéndose y apagándose, el zumbido de miles de objetos mecánicos

Ansioso, el cuerpo en tensión, entré en la habitación estrecha y larga que alguna vez sería nuestra biblioteca pero que por ahora estaba vacía Los estantes que cubrían las paredes estaban vacíos, la pintura, no del todo seca un día después del trabajo de Frank, el pintor encargado.

Estaba a punto de cruzar hacia la escalera para subir al dormitorio cuando noté algo por el rabillo del ojo.

Molly y yo habíamos apilado los libros por temas en esa habitación, los queríamos así, listos para subir a los estantesapenas los hubieran terminado Estaban en pilas ordenadas contra una pared, cubiertos por una tela plástica Junto a ellos, cubiertos también por la tela, estaban los cajones de roble que yo había terminado hacía unos años, con nuestros archivos personales.

Alguien había estado revisándolos

Habían buscado algo allí Eran expertos, pero el movimiento se notaba Quien quiera que fuese había levantado las telas de plástico y las había vuelto a poner en su lugar, pero mal Ahora tenían la parte manchada de pintura hacia adentro y no hacia fuera.

Me acerqué.

Los libros, que seguían en pilas, no estaban en el mismo orden Pero no parecía que se hubieran llevado nada la copia firmada de El Oficio de la Inteligencia de Allen Dulles todavía estaba allí Cuando miré un poco más de cerca, me di cuenta de que los archivos estaban en un orden completamente distinto, con algunos índices al revés Los archivos de medicina de Molly estaban donde habían estado los míos, los legales Todo había sufrido algún cambio, aunque fuera leve.

Pero no faltaba nada, por lo menos a primera vista Sólo cambios.

Habían querido que lo notara.

Alguien había estado en mi casa, había revisado mis cosas Las había puesto en un lugar distinto, deliberadamente Para que yo me diera cuenta. Como… ¿Como qué? ¿Una advertencia?

Con el corazón en la boca, me apresuré a subir las escaleras y encontré a Molly en el dormitorio, enroscada en posición fetal, en el centro de nuestra cama de dos plazas y media Todavía tenía puesta la ropa de trabajo del hospital -una falda gris tableada, un suéter de cachemira color salmón-, pero el cabello, que siempre llevaba recogido hacia atrás, estaba todo desarreglado Noté que tenia puesto el camafeo que le había dado su padre Antes había sido de su madre y había pasado de generación en generación entre los Sinclair y los Evans. Creo que ella pensaba que le daba suerte

– ¿Amor?

Me le acerque Tenía las mejillas manchadas de nmmel. Había estado llorando mucho tiempo.

Le toqué la nuca, húmeda y caliente

– ¿Qué pasó? -le pregunté- ¿Qué?

Tenia el sobre de papel marrón apretado contra el pecho

– ¿ De dónde sacaste eso"?

Le temblaba la voz, le temblaba el cuerpo, apenas si podía hablar-Tu maletín -contestó- Donde tienes las boletas de impuestos y todo eso Yo buscaba la del teléfono

Con una horrible sensación de culpa, recordé que había cambiado de maletín a la mañana. Ella abrió los ojos, enrojecidos

– Me fui temprano del trabajo, gracias a Burton, y decidí hacer algo -dijo, la voz confusa- No podía dormir Demasiada excitación Quise adelantar el pago de las cuentas y no encontraba la del teléfono Miré en tu maletín

Yo tenía en la mano la fotografía del padre de Molly, después de su muerte

Había tratado de protegerla todo lo posible de los detalles horribles de la muerte de su padre El cuerpo de Harry Sinclair estaba tan horrendamente quemado que ni siquiera se pensó en un ataúd abierto Además de la terrible mutilación causada por la explosión del tanque de nafta, tenia el cuello casi partido (por el accidente, me había explicado el forense) No vi razón para que Molly viera asi a su padre, tanto ella como yo preferíamos que lo recordara tal como lo había visto por última vez lleno de vigor y fuerza y vida Me acuerdo de haber llorado en la morgue, en Washington, cuando vi lo que quedaba de mi suegro Molly no tenía por qué pasar por eso

Pero ella insistió Era médica, dijo Había visto mutilaciones Claro que es diterente cuando se trata del padre de uno, y cuando lo vio, la escena fue traumática para ella, de eso no había duda alguna A pesar de los daños, logró identificar el cuerpo señalando el viejo tatuaje azul de un corazón sobre el hombro izquierdo (que había adquirido en una noche de borrachera en Honolulú durante su servicio en la Segunda Guerra Mundial), su anillo de la universidad, el lunar en el mentón Y después, se dejo caer en el abismo, se hizo pedazos.

La fotografía que me había dado Ed Moore estaba tomada después de la muerte de Hal, pero antes del accidente de auto Era una prueba del asesinato

Era una imagen del cuello y los hombros para arriba Ahí estaba Hal Sinclair, los ojos abiertos de par en par, como indignados Los labios, extremadamente pálidos, apenas entreabiertos, como si estuviera a punto de decir algo

Pero no había duda alguna de que estaba muerto.

Justo debajo de la mandíbula, de oreja a oreja, había una sonrisa enorme, abierta, espantosa, de la cual sobresalía un poco de tejido rojo y amarillo

El cuello de Sinclair estaba partido de lado a lado, las dos carótidas Yo conocía bien el procedimiento nos habían enseñado a reconocerlo con una sola mirada La herida se lograba con un solo corte rápido que hacía perder súbitamente la presión arterial y dejaba sin sangre al cerebro en menos de un segundo

Para la víctima, era como si alguien hubiera cerrado una canilla Sucumbía instantáneamente

Le habían hecho eso, habían asesinado a Hal Sinclair Por alguna razón incomprensible, le habían sacado una foto, y después lo habían metido en un auto y

¿Quiénes?

Yo sabía quiénes eran, por supuesto

En el negocio, esa herida era lo que se llama una "firma", o "huella dactilar", un tipo de asesinato preferido por un grupo o una organización en particular

El corte de carótida a carótida era la especialidad del antiguo servicio de inteligencia de Alemania del Este, el Ministerium für Staatssicherheit, también conocido como el Staatssicherheitsdiens.

Stasi.

Esa forma de ejecutar era su firma, y esa fotografía, su carta de presentación.

Pero era la carta de presentación de un servicio de inteligencia que ya no existía.

7

Molly lloraba en silencio, los hombros temblorosos, y yo la sostenía. Le besé la nuca, le hablé en voz baja.

– Molly, lamento que la vieras.

Ella tomó una almohada con los puños, se la hundió en la cara, ahogando sus palabras.

– Es una pesadilla. Lo que le hicieron.

– Los van a atrapar, Molly, sí, no importa quiénes sean. Casi siempre los atrapan. Sé que eso no te consuela… -Yo no creía en lo que estaba diciendo, pero Molly necesitaba seguridad. No le conté mis sospechas, no le dije que pensaba que alguien había estado en la casa.

Ella se volvió, los ojos escudriñando mi rostro. El corazón se me apretó en el pecho.

– ¿Quién podría hacer eso, Ben? ¿Quién?

– Todos los que tienen puestos públicos son vulnerables. Hay locos. Especialmente si estás en un puesto tan especial como el de director de la CIA.

– Pero… ¿entonces lo mataron antes, verdad?

– Molly, tú hablaste con él la mañana del día en que lo mataron.

Ella buscó un pañuelo, se sonó la nariz.

– Esa mañana, sí.

– Dijiste que la conversación fue de lo más normal.

Ella sacudió la cabeza.

– Me acuerdo -contestó-. Se quejó de un problema de lucha de poder en la Agencia, algo interno, dijo que no podía explicarme mucho. Pero eso es normal. Siempre le pareció que la CIA era muy difícil de dominar. Creo que quería desahogarse, relajarse, pero como siempre, no dijo nada específico. No podía.

– Sigue.

– Bueno, es que no hay mucho más… Suspiró, dijo… no, más bien cantó: "Los tontos irrumpen donde los nombres sabios nunca pisan", con toda la voz, esa voz desafinada.

– Una canción de Sinatra, ¿no?Asintió una vez, apretó los labios.

– Su favorita. Odiaba a Sinatra, pero le encantaba su música. No hablo de emoción profunda pero… De todos modos, me la cantaba siempre cuando me llevaba a la cama.

Me levanté, fui hasta el espejo, me arreglé la corbata.

– ¿Te vas a la oficina, Ben?

– Sí. Lo lamento.

– Tengo miedo.

– Sí, claro. Yo también, un poco. Llámame. Todas las veces que quieras.

– Vas a trabajar para Alex Truslow, ¿verdad?

Yo me tiré de las solapas para acomodarlas, me pasé un peine por el cabello, no le contesté.

– Después hablamos.

Ella me miró, una mirada extraña, como si estuviera tratando de tomar una decisión y finalmente dijo:

– ¿Cómo es que nunca hablas de Laura?

– No qui… -empecé a decir.

– No. Escúchame. Sé lo doloroso que es, sé que es intolerable. Lo sé. No quiero sacar a la luz nada de eso. En serio. Pero ahora que le pasó esto a papá… Bueno, Ben, quisiera saber si la decisión de trabajar con Truslow tiene algo que ver con la muerte de Laura, con algún tipo de intento de rectificar las cosas o algo parecido…

– Molly -dije, con la voz muy tranquila, y con tono de advertencia-. No.

– De acuerdo. Lo lamento.

Ella tenía algo en mente, claro, pero en ese entonces, yo no lo percibí.

Ese día no pude dejar de pensar en Harrison Sinclair. Uno de mis primeros recuerdos de él era un momento en que me había contado un chiste verde.

Era un hombre elegante, alto, flaco, con una cabeza poderosa, cubierta de cabellos blancos, obviamente un atleta en su juventud (había sido remero en Amherst). Hal Sinclair era un hombre fácil de tratar, encantador, al mismo tiempo digno y juguetón.

En ese momento, yo estaba en la preparatoria, uno de sólo tres estudiantes de Harvard presentes (y el único no recibido) en un seminario del mit sobre armas nucleares. Un lunes de mañana, entré en el aula del seminario y vi que había un visitante, un hombre mayor, alto, bien vestido. Estaba sentado allí en la mesa de conferencias, grande y oval, escuchando sin decir nada. Supuse (lo cual era cierto) que era un amigo del profesor Solo mucho mas tarde supe que Hal, que ocupaba en ese momento el tercer lugar en la cía estaba en Boston coordinando una operación de espionaje para lo que se llamaba la Cortina de Hierro para la cual necesitaba miembros del Mir

Esa tarde yo tenia que presentar un trabajo de investigación que había hecho sobre una política de armas nucleares en los Estados Unidos que me parecía una falacia: el dema, Destrucción Mutua Asegurada. Me acuerdo de que era un intento de estudiante, no mucho mas. Al final de todo, decía algo tonto como que el dema era "DEMencia". En realidad, para ser justo conmigo mismo, estaba bastante bien como trabajo de investigación sobre la estrategia nuclear soviética y estadounidense tal como aparece en las fuentes públicas

Más tarde, el visitante distinguido se presentó, me dio la mano y me dijo que estaba muy impresionado Nos quedamos un rato hablando y el hombre hizo una broma muy graciosa y muy subida de tono sobre las armas nucleares, nada menos Entonces, noté que mi amiga Molly Sinclair estaba parada en la puerta del aula. Nos dijimos hola, sorprendidos de vernos fuera de Harvard

Hal nos llevo a almorzar a la Maison Robert en la calle School, en la ciudad vieja (Molly y yo cenamos allí juntos solo una vez desde entonces el día que le propuse matrimonio. Su respuesta fue que lo pensaría) Hubo mucha bebida, muchas risas Hal hizo otra broma subida de tono y Molly se sonrojo.

– Ustedes dos deberían estar juntos -le dijo él a Molly en voz baja, pero no tan baja como para que yo no lo escuchara- Es un buen tipo.

Ella se puso todavía mas colorada, casi escarlata.

Los dos nos sentíamos atraídos, pero no pasaría nada de lo que había insinuado Hal sino hasta muchos años después.

– Me alegro de verlo -dijo Alexander Truslow. El, Bill Stearns y yo estábamos sentados a una mesa en el Ritz-Carlton al día siguiente -Pero tengo que confesar que estoy un poco sorprendido. Cuando nos conocimos en el funeral de Hal, creí sentir una gran falta de ínteres de su parte.

Truslow usaba otro de sus trajes elegantes, un poco arrugado como siempre. Lo único totalmente a tono era el corbatín, chico, prolijo, azul marino y bien atado Yo tenia puesto mi mejor traje, uno de color gris oliva de Andover, el negocio de Harvard Square. Supongo que quería impresionar al viejo.

El me miró con los ojos tristes, mientras untaba un poco de manteca en el pan-Supongo que usted conoce mi breve carrera en inteligencia -dije.

Él asintió.

– Bill me la contó Entiendo que hubo una tragedia. Y que usted fue exonerado

– Eso me dicen, sí -murmuré.

– Pero fue un momento terrible, un momento que lo asustó mucho,supongo.

– No hablo mucho de esos tiempos -dije.

– Lo lamento. Esa es la razón por la que dejó la Compañía, ¿verdad?

– Esa es la razón -lo corregí- por la que dejé totalmente esa línea de trabajo Para siempre Y le hice una solemne promesa a mi esposa.

El apoyo el pan sobre la mesa sin morderlo.

– Y a usted mismo.

– Correcto.

– Entonces, tenemos que hablar con franqueza. ¿Está usted familiarizado con lo que hace mi compañía?

– Vagamente -contesté.

– Bueno, somos una firma de consultoría internacional Supongo que esa es la mejor manera de definirla Uno de nuestros clientes, estoy seguro de que usted lo sabe, es el lugar donde usted trabajo antes.

– Que necesita mucha asesoría, estoy seguro -dije.

Truslow se encogió de hombros, sonrió.

– Sin duda. Espero que entienda que ahora estamos hablando dentro de los limites del privilegio abogado-cliente.

Yo asentí y entonces, él siguió hablando.

– Por varias razones, a veces quieren la ayuda de una firma localizada fuera del Beltway. No se por que razón, tal vez porque estuve tanto tiempo en la Agencia que podría decirse que ya casi era parte de los muebles, los poderes de Langley me confian un trabajo de tanto en tanto.

Yo tome un pancito, frío ya, y lo mordí. Noté que el evitaba cuidadosamente la palabra CIA

– Ah, vamos -dijo Stearns, poniéndole una mano en el hombro- Esa modestia es ridicula -Ahora, dirigiéndose a mi, agregó -Sabes que Alex esta en la lista para llegar a director.

– Lo sé -dije.

– Tiene que haber una falta muy grande de candidatos con capacidad. -dijo Truslow- Ya veremos. Como le decía, Truslow y Asociados está comprometida en una serie de proyectos que por alguna razón Langley prefiere no ocuparse directamente

– Ya saben lo molesta que es la vigilancia del Congreso, y todas esas cosas, para las tareas de inteligencia -interrumpió Stearns- Especialmente hoy en día, con lo de los rusos fuera de escena.

Yo sonreí por compromiso Esa era una conversación muy común entre miembros de la Agencia, sobre todo entre los que querían que la CIA quedara libre para hacer lo que quisiera, fuera lo que fuera usar cigarros explosivos para matar a Fidel o asesinar a dictadores del tercer mundo.

– De acuerdo -dijo Truslow, bajando la voz- Lo "de los rusos", como le dice Bill, la caída de la Unión Soviética, creó un numero de problemas únicos para nosotros.

– Claro -dije- Sin enemigos, ¿para qué sirve la CIA? Y además, ¿quien necesita a la Corporación''

– No es así -aclaró él- Hay muchos enemigos, y por desgracia siempre necesitaremos una CIA. Una CIA reformada, mejor. Tal vez en este momento el Congreso no se dé cuenta, pero con el tiempo, creo que lo harán. Y como ya saben, la CIA está equipándose de nuevo, concentrándose mucho más en el espionaje industrial y económico Defender a las compañías estadounidenses de los países extranjeros que tratan de robarles sus secretos industriales Ahí es donde van a pelearse las batallas del futuro ¿Sabe que poco antes de su muerte, Harrison Sinclair estableció contacto con el ultimo jefe de la kgb?

– A través de Sheila McAdams -dije

Él hizo una pausa, el mentón levantado, sorprendido.

– Correcto. Pero aparentemente Hal también estaba en Suiza Él y ella se encontraron con Orlov. Piense en los últimos estertores del imperio soviético el golpe de Estado fracasado de agosto de 1991 En ese punto, la vieja guardia supo que el juego había terminado La burocracia del Partido Comunista estaba destrozada, el Ejército Rojo se había dado vuelta y apoyaba a Yeltsin, que parecía la única esperanza posible de preservar a Rusia Y la kgb…

– Que -interrumpí- estaba detrás del golpe.

– Sí Lo dirigió, lo preparó, aunque no pueden estar orgullosos de la forma en que salió. La kgb sabía que en semanas, tal vez meses, iban a cerrarla Y fue en ese punto que la Agencia empezó a vigilar Lubyanka con cuidado Para ver si aceptaría su sentencia de muerte…

– …o trataría de defenderse -completé

– Bien dicho -dijo Truslow- De todos modos, fue en ese punto que la Agencia empezó a detectar un gran uso de valijas "diplomáticas", bolsas de correo y cajas de cartón para ser exactos, que se movían de Moscú hacia la embajada soviética en Ginebra El receptor, el que las requería, era el jefe de la estación suiza de la kgb.

– Si me perdonan -dijo Stearns y se puso de pie- Tengo que volver a la oficina -Apretó la mano de Truslow y se fue. Ahora estábamos llegando al punto, supuse.

– ¿Sabemos qué había en esos cargamentos?

– En realidad, no -dijo Truslow- Algo bastante valioso, supongo.

– Y por eso quiere mi ayuda.

Truslow asintió Finalmente comió algo del pan.

– ¿Cómo, exactamente?

– Investigación.

Me quedé callado un momento Pensando.

– ¿Por que yo?

– Porque… -Bajó la voz y continuó diciendo -Porque no puedo no puedo confiar en los chicos de Langley. Necesito alguien de afuera, alguien que conozca la forma de actuar de la Agencia y no este relacionado con ella -Se detuvo durante un rato, como si estuviera preguntándose hasta dónde podía llegar con su franqueza. Finalmente se encogió de hombros y dijo -Estoy en un brete dentro de la Agencia, ya no sé en quién confiar

– ¿En qué sentido?

El dudó

– La corrupción está en todas partes en Langley, Ben. Usted conoce los rumores, estoy seguro…

– Algunos sí.

– Bueno, es mucho peor de lo que usted imagina. Mucho peor Estamos a punto de llegar a la delincuencia, a la acción directa incluso.

Recordé la advertencia de Ed Moore "Hay confusión en la Agencia… Una terrible lucha por el poder Enormes sumas de dinero que cambiaron de manos… " En ese momento me había parecido exagerado, una profecía de horror irracional en boca de un viejo que había pasado demasiado tiempo en el negocio.

– Necesito algo más específico -dije.

– No se preocupe, voy a dárselo -dijo Truslow- Muchos más detalles de los que se puede imaginar, le aseguro Hay una organización, un grupo, un consejo de ancianos. Pero no debemos hablar de eso aquí.

La cara de Truslow había enrojecido Sacudió la cabeza.

– ¿Y qué tenía que ver Hal Sinclair con esos cargamentos? -pregunté.

– Bueno, ése es el misterio Nadie sabe por qué se encontró con Orlov, por qué fue tan secreta la operación. O lo que negociaron. Y después hubo rumores…, rumores de que Hal malversó mucho dinero.

– ¿Malversó? ¿Hal? ¿Usted cree esos rumores?

– No digo que los crea, Ben. Lo que puedo decirle con seguridad es que no quiero creerlos. Conocí a Hal y estoy seguro de que cualquiera fuera la razón por la que se encontró en secreto con Orlov en Suiza, no fue con intención delictiva. Pero no importa en lo que estuviera metido, hay buenas razones para creer que murió por eso.

¿Había visto la fotografía que me había dado Moore?, me pregunté Pero antes de que pudiera preguntarle, me dijo

– Este es el punto en unos días, el Senado de los Estados Unidos va a empezar una sene de audiencias para tratar de investigar la corrupción dentro de la CIA.

– ¿Públicas?

– Sí Algunas sesiones van a estar cerradas a la prensa, pero el Subcomité Seleccionado del Senado sobre Inteligencia ya escuchó bastantes rumores y tiene que hacer algo

– ¿Y Hal está implicado, eso es lo que me está diciendo?

– No públicamente Todavía no. Ni siquiera creo que el Senado haya oído eso Lo único que saben es que hay gran cantidad de dinero en juego, dinero que se perdió. Y por lo tanto, la división de asuntos internos de Langley me encargó que investigara Que averiguara en qué andaba Hal Sinclair en los últimos días de su vida. Que descubriera por qué lo mataron. Que encontrara el dinero que falta, el lugar adonde fue, quién estaba involucrado. La investigación debe hacerse desde afuera adentro, la corrupción es demasiado grande. Es decir: Truslow y Asociados.

– ¿De cuánto dinero estamos hablando?

Él se encogió de hombros.

– Una fortuna Por ahora dejémoslo ahí.

– Y usted me necesita para…

– Necesito que me averigüe lo que estaba haciendo Hal, la razón por la que se encontró con Orlov -Levantó la vista y me miró Sus ojos castaños, enrojecidos y húmedos -Ben, tiene usted todo el derecho a decir que no Yo entendería. Especialmente pensando en lo que le sucedió. Por lo que me dicen, usted era de los mejores en el campo.

Yo me encogí de hombros, halagado y contento, pero no demasiado seguro de lo que debía decir. Obviamente él tenía que haber oído hablar de mi "temeridad".

– Usted y yo tenemos mucho en común -siguió diciendo él- Me di cuenta de eso desde el principio. Usted es un hombre directo, un hombre de acción. Le dio todo a la Agencia pero siempre sintió que podía haberle dado más. Le diré algo en los años que estuve en la Agencia, vi cómo malgastaban y pervertían el proposito fundamental de la Agencia con ideologías y fanatismos de izquierda y de derecha. Angleton me dijo algo una vez "Alex, eres uno de los mejores que tenemos, y lo paradójico es que lo que te hace tan bueno en tu trabajo es el hecho de que en cierto nivel lo desapruebas" -Truslow rió apesadumbrado -En ese entonces, yo lo negué hasta ponerme ronco. Pero al final, me di cuenta de que el tenia razón. Y mi instinto me dice que usted es parecido, Ben. Hacemos lo que creemos que se debe hacer, pero hay una parte de nosotros que esta lejos, que esta en desacuerdo. -Tomó un largo trago de agua de su vaso y sonrió, aparentemente avergonzado de haber dicho tanto. Deslizó la lista de vinos sobre el mantel, como invitándome a hacer una selección -¿Podría echarle una mirada a esto, Ben? Elija algo bueno.

Abrí el cuadernillo forrado en cuero y lo revisé con rapidez

– Me gusta bastante el Grand-Puy-Ducasse Pauillac -dije.

Trusiow sonrió y tomó la lista de nuevo.

– ¿Qué había en la parte superior de la lista en la página tres''

Pensé por un segundo, traje la lista a mi memoria y dije

– Un Stag's Leap Merlot, 82.

Trusiow asintió.

– Pero no me gusta mucho que me pidan demostraciones como a un animal de circo -le dije.

– Lo se. Le pido disculpas. Es un don muy raro el suyo. Cómo se lo envidio.

– Me permitió pasar todos los cursos de Harvard en los que la memoria era crucial. Literatura, Historia, Historia del Arte.

– Bueno. Ben, su… su memoria eidética es una gran ventaja para un trabajo como este, un trabajo que puede exigir secuencias de códigos y cosas asi. Si es que todavía piensa aceptar, claro está. Ah, y quería aclararle que estoy totalmente de acuerdo con los términos que usted arreglo con Bill

Los términos que yo había conseguido casi por extorsión, quería decir, pero era demasiado amable para decirlo.

– Ah, Alex, cuando Bill y yo discutimos esos términos, no tenia idea de la tarea para la que usted me necesitaba.

– Cierto, cierto.

– No, déjeme terminar Si lo comprendo totalmente… si entiendo que se trata de limpiar el nombre de Hal Sinclair…entonces no tengo intención de ser mercenario, se lo aseguro.

Truslow trunció el ceño, la expresión firme.

– ¿ Mercenario ? Por Dios, Ben, conozco su situación financiera Eso me da la oportunidad de ayudarlo en algo por lo menos. Si quiere, puedo ponerlo ademas en la lista de pago demis empleados ¿Le parece?

– Gracias, pero no.

– Bueno, entonces, me alegro de que esté a bordo con nosotros -Nos dimos la mano como para consumar el trato -Escuche, Ben, mi esposa Margaret y yo vamos a nuestra casa de New Hampshire esta noche La abrimos para la primavera Nos encantaría que usted y Molly vinieran a cenar nada importante, un asado o algo así Les presentaríamos a los nietos.

– Me parece bien -dije

– ¿Mañana le parece bien?

Mañana era un desastre, pero podría hacerme algo de tiempo.

– Sí, claro -dije- Mañana.

El resto de la tarde no pude concentrarme en nada ¿Era posible que el padre de Molly estuviera involucrado en algún tipo de conspiración con el antiguo jefe de la kgb? ¿Era posible que hubiera malversado fondos, "una fortuna", como decía Truslow? Para mi, no tenía sentido.

Sin embargo, como explicación de su muerte lo tenía en parte, ¿o no?

Se me había formado un nudo de tensión en el estómago y evidentemente no iba a aflojarse con el tiempo.

Sonó el teléfono Darlene me anunció que Molly estaba en la línea.

– ¿A qué hora nos vemos con Ike y Linda? -Llamaba desde algún corredor ruidoso del hospital.

– A las ocho, pero puedo cancelarlo si quieres Bajo las circunstancias.

– No… Quiero ir.

– Ellos tienen que entender, Molly.

– No lo canceles Me va a hacer bien salir un poco.

Gracias a Dios no hubo tiempo para pensar en nada esa tarde. Mi cliente de las cuatro llegó puntualmente: el señor Mel Kornstein era un hombre robusto de cincuenta años que usaba ropas italianas demasiado lujosas, carísimas y lentes estilo aviador siempre un poco torcidos. Tenia la mirada de los genios, distraída, fuera de foco, y yo realmente creo que era un genio. Había hecho una fortuna con la invención de un juego de computadora llamado SpaceTron, del que seguramente usted ha oído hablar. Por si acaso no lo conoce, se trata de un juego de caza en el cual, el jugador, piloto de una pequeña nave espacial, tiene que eludir las naves malvadas que quieren destruirlo y salvar así al planeta Tierra. Tal vez parezca una tontería pero el juego es una maravilla de tecnología. Es tridimensional y es tan realista que uno se convence de que está ahí, siente cómo lo rozan al pasar los cometas y meteoros y se le hace un nudo en la garganta cuando lo atacan los enemigos espaciales. La base es un programa de software muy ingenioso, patentado por Kornstein, un verdadero avance en el campo. Eso, más un simulador de voz, también patentado, que ladra órdenes como "!Muy a la izquierda! " o "!Está demasiado cerca! ", y lo que se consigue es una explosión de color y sonido en la computadora. La compañía de Kornstein tiene ganancias por algo más de cien millones de dólares por año.

Pero ahora había surgido otra compañía de software con un producto similar y las ganancias del SpaceTron habían caído en picada. Obviamente, quería hacer algo al respecto.

Se hundió en la silla junto a mi escritorio, irradiando una desesperación oscura. Charlamos unos momentos pero él no estaba de buen humor. Me entregó una caja con el juego rival, que se llamaba SpaceTime. Yo la dejé caer sobre mi escritorio de computación, la abrí y me quedé de una pieza al ver los innumerables detalles copiados.

– Estos tipos ni siquiera trataron de ser originales, ¿no es cierto? -dije.

Kornstein se saco los anteojos y los limpió con la camisa.

– Quiero acabar con esos hijos de puta -murmuró.

– Ey, más despacio por favor -lo interrumpí- Voy a tener que mandar hacer un examen imparcial sobre el tema para ver si realmente hay infracción de patente.

– Lo que yo quiero es aplastarlos -repitió.

– Todo a su tiempo. Vamos a tener que tomar los puntos de la patente, uno por uno y analizarlos.

– Es idéntico -dijo Kornstein, mientras volvía a ponerse los anteojos, todavía torcidos- ¿Le parece que tengo un caso, o no?

– Bueno, los juegos de computadora se patentan sobre los mismos principios que los juegos de tablero, digamos Lo que usted hace es patentar la relación entre los elementos físicos y los conceptos que los sustentan, la forma en que interactúan.

– Lo único que quiero es aplastarlos.

Asentí.

– Haremos todo lo posible -dije.

Focaccia era uno de esos restaurantes del norte de Italia, siempre sofisticados, vagamente ofensivos y bien caros, que frecuentan los yuppies en el Back Bay y donde sirven mucha arugula y radicchio, y las camareras son jóvenes y hermosas y trabajan de modelos en otro horario. Con el ruido de las voces y la música rap, el sitio era realmente para aturdirse, ésa también parece ser otra característica necesaria de los restaurantes italianos pretenciosos en Estados Unidos.

Molly llegó tarde, pero mi mejor amigo, Ike, y su esposa, Linda, ya estaban sentados frente a frente a una mesa. Se gritaban en lo que parecía una terrible discusión familiar y era sólo un intento de comunicación. Isaac Cowan y yo habíamos ido juntos a la universidad, donde el se especializó en derrotarme en partidos de tenis Ahora tiene un trabajo corporativo tan pero tan aburrido que ni siquiera él consigue describirlo, aunque yo sé que tiene algo que ver con los seguros. Linda, que en ese momento estaba embarazada de siete meses, es sicóloga de niños. Los dos son altos, pecosos y pelirrojos, terriblemente similares físicamente Para mí es especialmente agradable estar con ellos.

Estaban diciendo algo acerca de que la madre de Isaac iba a venir a visitarlos. Después, Ike se volvió hacia mí y me mencionó un juego al que había ido la semana anterior. Hablamos un poco de trabajo, del embarazo de Linda (ella quería preguntarle algo a Molly sobre un análisis que le había pedido el obstetra), sobre mi revés (prácticamente inexistente) y finalmente, sobre el padre de Molly.

Ike y Linda siempre se habían sentido un poco incómodos cuando hablábamos del famoso padre de Molly, nunca estaban seguros de si estaban demostrando demasiada curiosidad y no querían hacerlo. Ike sabía algo de mi trabajo para la CIA, aunque yo le había dicho claramente que no quería hablar de eso con él. También sabía que yo había estado casado antes, que mi primera esposa había muerto en un accidente, y no mucho más. Naturalmente, eso limitaba los temas de conversación. Ambos expresaron sus condolencias por Hal Sinclair y me preguntaron cómo andaba Molly Yo sabía que no podía decirles nada sobre lo que me estaba preocupando, ciertamente nada sobre el asesinato.

Molly llegó, toda disculpas, cuando terminábamos las entradas (por principio, nadie pedía focaccia)

– ¿Cómo te fue? -me preguntó cuando me besó. Me miró tal vez uno o dos segundos de más, y supe que estaba preguntándome sobre Truslow.

– Muy bien -dije

Besó a Ike y a Linda, se sentó y dijo:

– No creo que pueda seguir aguantando todo esto.

– ¿La medicina? -preguntó Linda

– Los premas -contestó ella, una palabra de la jerga médica para los bebés prematuros- Hoy recibí mellizos y otro bebé, y los tres juntos pesaban menos de cinco kilos. Me la pasé cuidándolos y el estado era crítico, pobres cositas, todo el día tratando de colocarle catéteres en la arteria umbilical, y manejando a familias muy estresadas y enloquecidas.

Ike y Linda sacudieron la cabeza.

– Chicos con sida -siguió diciendo Molly- O infecciones bacterianas en el cerebro y como estoy de guardia cada tres noches.

Yo la interrumpí.

– Dejemos esto por un rato, ¿eh?

Ella se volvió hacia mí, los ojos abiertos.

¿Dejarlo?

– De acuerdo, Mol -le dije con tranquilidad. Ike y Linda se concentraron en sus ensaladas, incómodos.

– Lo lamento -dijo ella Le tomé la mano por debajo de la mesa.A veces el trabajo la afectaba de esa forma, pero yo sabía que en realidad todavía no se había recuperado de la imagen de la fotografía.

En toda la cena estuvo distante, asintió y sonrió, pero sus pensamientos estaban en otra parte, de eso no había duda Ike y Linda atribuyeron todo eso a la muerte de su padre, lo cual era básicamente cierto.

En el taxi de vuelta a casa discutimos en susurros feroces sobre Truslow y la Corporación y la CIA, todo lo que ella me había hecho prometer que dejaría para siempre.

– Mierda -susurró-, vas a empezar a trabajar con Truslow y ya no vas a querer salir de ese maldito juego.

– Molly -empecé a decir, pero ella no iba a dejar que yo la interrumpiera

– El que se acuesta con niños, amanece meado. Mierda, me prometiste que no ibas a volver a eso.

– No voy a volver, Mol -dije.

Ella se quedó callada un momento.

– Le hablaste de la muerte de papá, ¿no es cierto?

– No, claro que no -Una mentira piadosa, pero no quería contarle nada sobre la supuesta malversación de fondos ni sobre las audiencias del Senado.

– No sé lo que quiere de ti pero, sea lo que sea, tiene que ver con eso, ¿verdad?

– En cierto sentido, sí

El taxi hizo una curva para evitar un pozo, tocó la bocina y tomó el carril de la izquierda.

Los dos nos quedamos callados un momento, y después de un minuto o dos, como si hubiera estado tratando de producir un efecto dramático, habló, casi casualmente, la voz casi alegre, liviana, superficial.

– ¿Sabes que llamé a la oficina del forense del condado de Fairfax?

Me quedé un momento confundido, esperando.

– ¿Fairfax?

– Donde murió papá. Quería una copia de la autopsia. Las leyes del estado dicen que los miembros de la familia tienen derecho a pedirla si quieren.

– ¿Y?

– Sellada.

– ¿Qué?

– Ya no es parte del registro público. Los únicos que pueden verla son el fiscal de distrito y el general del Commonwealth de Virginia.

– ¿Por qué? ¿Porque era de la CIA?

– No, porque alguien involucrado en el caso decidió algo que nosotros ya sabemos. Fue homicidio.

Anduvimos el resto del camino en silencio y por alguna razón, algo tonto, tuvimos otra pelea apenas llegamos y terminamos en la cama, furiosos uno con el otro.

Es gracioso, pero ahora pienso en esa noche con cariño porque fue una de las últimas noches normales que pasamos juntos. Me quedaban apenas dos de esas noches, aunque yo no lo sabía.

8

Esa noche, la última noche normal de mi vida, tuve el sueño. Soñé con París, un sueño tan real como cualquier pesadilla de sonámbulo, un sueño que he tenido que sufrir por lo menos mil veces.

El sueño es así:

Estoy en un negocio de ropa en la calle Faubourg-St. Honoré, un negocio de hombres que es una conejera de habitaciones chiquitas y brillantes, y me perdí, moviéndome despacio, con dificultad, de habitación en habitación, buscando el punto de la cita que he arreglado con mucho trabajo con el agente de campo. Por fin encuentro un vestidor. Es el lugar fijado y ahí, colgando de una percha, está el suéter, un chaleco azul marino que me llevo, como habíamos arreglado, y en el bolsillo encuentro un pedazo de papel con el mensaje en código.

Me paso demasiado tiempo tratando de entender el mensaje y ahora es tarde para la llamada telefónica que tengo que hacer, así que voy de habitación en habitación, frenético, por ese negocio horrendo, buscando un teléfono, pidiéndolo sin encontrarlo, hasta que al final, en la planta baja, encuentro uno. Es un viejísimo y enorme teléfono francés, dos tonos, marrón y tostado, y por alguna razón no funciona, por más que lo intento y lo intento muchas veces y después, gracias a Dios, suena.

Alguien contesta el teléfono: es Laura, mi esposa.

Está llorando, me pide que vuelva a casa, a nuestro departamento en la calle Jacob, algo horrible está pasando allí. Yo me siento sacudido por el miedo y empiezo a correr y en unos segundos (esto es un sueño, después de todo) llego a la calle Jacob, a la entrada del departamento, sabiendo lo que estoy por ver. Esta es la peor parte del sueño: pensar que si no voy a casa, no pasará, y sentir que una horrenda fascinación me arrastra hacia el umbral, hacia la puerta, inexorablemente. Nado en el aire, tengo náuseas.

Hay un hombre que sale del departamento; tiene puesta una camisa cazadora de lanilla gruesa y zapatillas Nike. Un estadounidense, estoy convencido de eso, de unos treinta años. Aunque le veo sólo la espalda, me doy cuenta de que tiene cabello negro indócil y, siempre el mismo detalle, una larga cicatriz roja bajo la quijada, de la oreja al mentón. Es una cicatriz terrible y la veo con toda claridad. Renguea como si algo le doliera mucho.

No detengo al hombre (¿por qué habría de hacerlo?) y en lugar de eso lo dejo marchar, rengueando, y entro en el edificio. Huelo la sangre, cada vez más fuerte a medida que subo las escaleras hacia nuestra casa, y ahora el hedor es insoportable y me parece que voy a vomitar y después estoy en el vestíbulo y veo los tres cuerpos tendidos allí, grotescos, rodeados de sangre, y uno de ellos (no, no puede ser, no es, no) es el de Laura.

Y en ese punto, suelo despertarme.

Pero así no fue como pasó, claro que no. Mi sueño -y es siempre el mismo- ha creado una semiparábola grotesca de la realidad.

Como oficial en París, me encargaron manejar a varios agentes muy protegidos con identidades falsas y muy valiosos, y a una multitud de agentes menores. Ya había tenido un éxito importante en esa ciudad: había logrado descubrir a una red de espías de la inteligencia militar soviética que operaba en una planta de turbinas fuera de la ciudad. Mi cobertura era la de un arquitecto de una compañía estadounidense. El departamento que me habían dado en la calle Jacob era chico pero lleno de sol, en el sexto distrito, para mí, el mejor barrio de París. Era afortunado: la mayoría de los que trabajaban conmigo estaban en covachas en el octavo. Laura y yo acabábamos de casarnos y a ella no le había molestado mudarse a París. Ella era pintora y había pocos lugares más que París donde le gustaba pintar. Era muy chiquita, hermosa, con el cabello», largo y rubio como una onda de oro sobre la cabeza. Estábamos intoxicados de amor.

Habíamos hablado de tener hijos y los dos los queríamos. Lo que yo no sabía era que ella ya estaba embarazada, cosa que me habría encantado. Nunca tuvo oportunidad de decírmelo. Siempre pensé que quería hacerlo a su manera, a su ritmo, cuando hubiera tenido tiempo para digerirlo. Lo único que yo sabía era que estaba sintiéndose mal desde hacía varios días. Algún tipo de virus, había pensado entonces.

Más o menos en ese tiempo, se puso en contacto conmigo un oficial de menor nivel de la kgb, un empleado de oficina de la estación de París, que quería hacer un trato. Tenía información que vender, dijo, información de los archivos de Moscú. A cambio de ella, quería desertar, seguridad financiera, protección, lo de siempre.

Seguí los procedimientos de rutina, hice el primer contacto para que él viera al jefe de la estación de la CIA, James Tobías Thompson. Los oficiales siempre se preocupan cuando se trata de una "cita ciega", es decir un encuentro con un agente desconocido en un lugar que designa ese mismo agente. Puede' ser una trampa.

Pero este agente, que se hacía llamar Víctor, aceptó encontrarse con nosotros en nuestros términos, lo cual era alentador. Yo arreglé una cita, riesgosa pero vital. Tres llamadas rápidas de un teléfono de un departamento en el sexto distrito nos darían el lugar y el momento. Después, habría un encuentro "casual" en un negocio de ropa, un negocio caro en la calle Faubourg St. Honoré, pero a diferencia de lo que pasaba en mi sueño, en la realidad todo eso salió muy bien. Se dejó colgando un suéter azul marino en una percha en el vestidor, como si lo hubiera abandonado un cliente olvidadizo, y en el bolsillo dejé el pedazo de un sobre con el mensaje cifrado donde se indicaba hora y lugar.

Al día siguiente fuimos a uno de los refugios de la Agencia, un departamentito en el catorce. Yo sabía que los desertores que buscan ellos mismos los contactos muchas veces no aportan nada de importancia, pero debía prestárseles atención: muchos de los grandes desertores de la historia de la inteligencia fueron de ese tipo.

"Víctor" usaba una peluca rubia: la piel color oliva era la de un hombre con cabellos negros, y el truco era obvio. Más abajo de la mandíbula estaba la cicatriz rojiza, impresionante.

Parecía un artículo genuino, por lo menos a primera vista. Me prometió que si se arreglaban las cosas, me haría una revelación importante, algo que podía hacer temblar la tierra. Dijo que era un documento que había encontrado en los archivos de la kgb. Mencionó un criptónimo: urraca.

Cuando más tarde le informé a mi amigo y jefe, Toby Thompson, los detalles lo intrigaron. Aparentemente el caso tenía algo de cierto:

Así que yo arreglé un segundo encuentro.

Desde entonces, lo revisé mil veces en la mente: Victor se había puesto en contacto conmigo, es decir que ya conocía mi disfraz, sabía quién era yo. Y todos los refugios estratégicamente ubicados estaban usándose para información y todo eso. Así que, con la aprobación de Toby y su aliento, arreglé el encuentro entre Victor, Toby y yo en mi casa de la calle Jacob.

Laura, a pesar de sus esporádicos ataques de náuseas, estaba fuera de la ciudad, por lo menos eso era lo que yo creía La noche anterior había ido a visitar amigos en Giverny, a explorar los jardines de Monet. No volvería en los dos días siguientes así que el departamento estaba disponible.

No debería haberme arriesgado, pero ahora es fácil decirlo No parecía peligroso.

El encuentro sería a mediodía, pero me detuvieron en el trabajo con una llamada transatlántica a Langley en una linea segura. Hablé con el director de operaciones, Emory St Clair. Por eso, llegué veinte minutos tarde. Esperaba que Toby y Víctor ya estuvieran en el departamento.

Me acuerdo de haber visto a un hombre de cabello oscuro que salía con toda decisión del edificio. Tenía puesta una camisa cazadora, y yo lo descarté como vecino o visitante Subí las escaleras y me pareció que había un olor muy sospechoso en las paredes. Se hacía más y más fuerte a medida que me acercaba al tercer piso: sangre. Se me empezó a acelerar el corazón.

Cuando llegué al rellano del tercer piso, me encontré frente a una escena de horror imborrable. Enredados y esparcidos en el suelo, en lagunas de sangre fresca, dos cuerpos el de Toby y el de Laura.

Debo de haber gritado, pero no estoy seguro. Todo me pareció detenido, estroboscópico. De pronto, estaba arrodillado junto a Laura, acunando su cabeza querida. No podía creerlo. Ella no tenía que haber estado en casa, no era ella, era un error.

Laura tenía un disparo en el pecho, en el corazón, y la mancha de sangre se extendía, tomando casi todo su camisón blanco. Estaba muerta. Me volví y vi que Toby tenía un disparo en el estómago, lo vi cambiar de lugar en el lago de sangre, lo oí dejar escapar un gruñido.

No me acuerdo de nada mas. Apareció alguien, creo. Probablemente llamó a otra persona. No tiene sentido para mí, nada lo tiene. Yo había perdido completamente la cabeza. Tuvieron que separarme a la fuerza de mi pobre Laura: estaba convencido de poder revivirla si lo intentaba lo suficiente.

Toby Thompson sobrevivió, aunque no sé cómo. Su columna vertebral estaba partida en dos y quedaría paralizado de por vida.

Laura había muerto.

Más tarde, se explicaron algunas cosas.

Laura había vuelto esa mañana porque se sentía mal. Me había llamado al trabajo para avisarme, pero por alguna razón incomprensible yo no recibí el mensaje. Más tarde, la autopsia reveló que ella estaba embarazada. Toby había aparecido en mi departamento unos minutos antes del mediodía, armado por si acaso. Encontró la puerta entreabierta, al hombre de la kgb adentro, con Laura como rehén a punta de revólver."Víctor" le había apuntado y disparado, luego se había dado vuelta y matado a Laura. Toby había contestado los disparos pero el dolor lo venció antes de que pudiera terminar con el enemigo.

Lo sucedido, al parecer, era una venganza soviética dirigida en mi contra ¿Pero por qué? ¿Por acabar con una red de espías en la fábrica de turbinas? ¿O por cualquiera de los incidentes de Alemania Oriental en los que herí, muchas veces maté, a agentes de Alemania y de Rusia? "Víctor" me había preparado una trampa para matarme. Pero en lugar de eso, la que había recibido el disparo era Laura. Laura, que ni siquiera tenía que estar allí, y yo, detenido por un destino absurdo, estaba vivo. Lo había arruinado todo y estaba vivo, mientras Toby Thompson quedaba condenado a una silla de ruedas para el resto de su vida y Laura moría, joven y embarazada.

En cuanto al moreno de camisa a cuadros al que vi salir del edificio, ¿quién podía ser sino "Víctor", sin la peluca rubia?

Más tarde se decidió que aunque yo no había tenido la culpa, me había desempeñado mal -torpeza en el procedimiento, sobre todo, y yo no podía decir nada al respecto aunque Toby me dijo que siguiera adelante-, y en cierto sentido, se dijo que yo era el culpable del asesinato de Laura y de la parálisis de mi jefe.

Mi carrera no tenía por qué terminar para siempre, podría haber apelado a otro juicio administrativo. Con el tiempo, hubiera dejado todo eso atrás.

Pero no podía tolerarlo. Me di cuenta de que era como si yo mismo hubiera apretado el gatillo.

La investigación siguió durante un tiempo. Interrogaron durante horas, con pruebas poligráficas, a todos los involucrados, incluso a los que apenas estaban involucrados en los hechos, desde secretarios hasta empleados de la división de códigos hasta Ed Moore, jefe de la División Europea de la Dirección de Operaciones La investigación dominó mi vida en un período en el que yo me había quedado sin recursos y sin fuerzas.

Mi esposa y mi futuro hijo habían muerto, asesinados La vida no tenía sentido.

Pasaron semanas de purgatorio. Me pusieron en un hotel a unos kilómetros de Langley. Tenía que ir al "trabajo" todas las mañanas una habitación blanca sin ventanas en el segundo piso, donde el interrogador (cada pocos días cambiaban) me sonreía cordialmente, me daba un apretón de manos ritual, me ofrecía una taza de café, una jarra de crema sintética paraacompañarlo y un palito de plástico para revolverlo.

Después, sacaba la transcripción del interrogatorio del día anterior. Aparentemente se trataba de dos tipos tratando de entender a fondo qué había salido mal en París.

En realidad, el interrogador estaba tratando con todas sus fuerzas de hacerme caer en la más mínima de las contradicciones, de encontrar aunque fuera la grieta más estrecha en mi compostura, la inconsistencia más leve, de cansarme, de quebrarme.

Después de siete semanas -los costos de la operación en horas de servicio deben de haber sido extraordinarios-, se cerró la investigación. Sin conclusiones.

Me llamaron a la oficina de Harrison Sinclair. Todavía era el número tres de la Agencia, director de operaciones. Aunque sólo habíamos hablado unas cuantas veces, actuaba como si fuéramos viejos amigos. No digo que no fuera sincero; seguramente estaba haciendo todo lo que podía para que me sintiera cómodo. Hal era afectuoso, y en eso siempre fue genuino. Me rodeó con un brazo, me llevó así hasta una silla de cuero y se sentó en un puf a mi lado. Se inclinó hacia mí confidencialmente, como si estuviera por informarse sobre una operación top secret y me contó un chiste sobre un viejo y una vieja en un ascensor de una comunidad de jubilados en Miami. Lo único que me acuerdo es el final: "¿En fin, es soltera?".

Aunque yo sentía que en los últimos dos meses había bajado al infierno y llenado mis entrañas y mi mente de profundas cicatrices, descubrí que me estaba riendo, que sentía cierto alivio en la tensión, aunque fuera por un momento. Hablamos un poco de Molly. Estaba viviendo en Boston después de dos años con el Cuerpo de Paz en Nigeria. Había terminado su relación con el colega de la universidad, el zoquete, como ella lo llamaba.

Sinclair me dijo que quería que la llamara cuando sintiera que tenía ganas de ver gente. Le respondí que lo haría.

Me dijo que Ed Moore, el jefe de la División Europea, había decidido que yo tenía que dejar la CIA, que mi carrera siempre estaría cuestionada. Que aunque no había duda de que era inocente, siempre habría sospechas. Lo mejor para mí era marcharme. Dijo que Moore había sido claro al respecto.

Yo no pensaba discutir. Lo único que quería era encogerme en un rincón, hacerme una pelota, cerrarme y dormir durante días y días, y después despertarme y descubrir que todo había sido un mal sueño.

– Ed cree que usted debería estudiar abogacía -dijo Hal.

Yo escuché, pasivo. ¿Qué interés podía tener yo en la ley? La respuesta a esa importante pregunta, como descubrí después, era que no mucho, pero ¿qué importancia tenía esa respuesta? Se puede ser bueno en algo que no produce placer.

Yo quería hablarle a Hal de lo que había pasado, pero él no estaba interesado. Tenía el cartón lleno, pensaba que era mejor mantener la neutralidad, no quería volver sobre el pasado.

– Será usted un gran abogado -dijo.

Me contó un chiste muy sucio, muy bueno, sobre abogados.

Los dos nos reímos. Ese día salí del cuartel general de la CIA convencido de que lo hacía por última vez.

Pero me pasaría el resto de mi vida perseguido por el fantasma de la pesadilla de París.

9

La casa de fin de semana de Alex Truslow en New Hampshire estaba a menos de una hora de auto de Boston. Molly consiguió hacerse tiempo para venir, lo cual era un milagro. Creo que quería asegurarse de que Truslow era un buen tipo, de que yo no estaba cometiendo un error colosal al aceptar el trabajo para la Corporación.

La casa, una belleza antigua, colgada sobre un acantilado bajo que dominaba su propio lago, era mucho más grande de lo que yo esperaba. Era blanca, con persianas negras, elegante y familiar al mismo tiempo. Tal vez había nacido como granja humilde hacía ya cien años y, al parecer, se había expandido lentamente, hasta convertirse en una larga serpentina no demasiado agradable que flotaba sobre la cresta ondulante de la colina. Tenía algunos rincones en los que se le había descascarado la pintura.

Truslow estaba afuera, ocupándose del fuego, cuando llegamos. Estaba vestido de entrecasa una camisa de lana a cuadros, pantalones de corderoy color verde musgo, medias blancas, y mocasines Besó a Molly en la mejilla, me dio una palmada en la espalda y nos sirvió martinis con vodka. Por primera vez entendí conscientemente lo que siempre me había intrigado de Alexander Truslow. En algunas formas -la curva lúgubre de las cejas, la honestidad empecinada- me recordaba a mi propio padre, que había muerto de un ataque cuando yo tenia diecisiete años, el verano anterior a mi partida a la preparatoria.

Su esposa, Margaret, una mujer flaca y morena de unos sesenta años, salió de la casa mientras la puerta mosquitero sonaba detrás de ella.

– Lamento lo de su padre -le dijo a Molly- Lo extrañamos mucho Tanta gente lo extraña.

Molly sonrió y le agradeció.

– Este lugar es hermoso -dijo.

– ¿Si? -preguntó Margaret Truslow, acercándose a su esposo y tocándolo cariñosamente en la mejilla con el dorso de la mano- Yo lo odio. Desde que Alex se retiró de la CIA me hace pasar aquí casi todos los fines de semana y todos los veranos Lo aguanto porque no tengo mas remedio -La expresión, levemente divertida e irritada, era la que se usa con un chico amado pero travieso.

– Margaret prefiere Louisbourg Square -dijo Truslow Hablaba de un lugar muy exclusivo y pequeño sobre Beacon Hill, donde tenía una casa.

– Ustedes viven en la ciudad, ¿,verdad?

– Back Bay -dijo Molly- Si vio alguna vez unos carteles de Hombres Trabajando y pilas de materiales de construcción por ahí, seguramente eran nuestros.

Truslow rió.

– Reformas, ¿eh?

Apenas si Molly pudo empezar a decir algo, cuando dos chicos salieron de la casa, una nenita de tres años, perseguida por un chico un poco mayor.

– ¡ Elias! -llamó la señora Truslow.

– Basta -interrumpió Alex, tomando a la nena entre sus brazos -Elias, no atormentes a tu hermana Zoé, ven a conocer a Ben y a Molly.

La nenita nos miró, preocupada, la cara manchada de lágrimas Después, hundió la cabeza en el pecho de Truslow.

– Es tímida -explicó Truslow- Elias, dale la mano a Ben Ellison y a Molly Sinclair -El chico, rubio y gordinflón, extendió una manito gorda a cada uno y después salió corriendo.

– Mi hija… -empezó a decir Margaret Truslow.

– Mi hija, que parece estar siempre en la ruina, -interrumpió Truslow- y su marido, todo un adicto al trabajo, están en un concierto sinfónico Es decir que los pobres chicos tienen que cenar con sus abuelitos, que son la mar de aburridos ¿No es cierto, Zoé? -Le hizo cosquillas con una mano mientras la sostenía con la otra Ella rió, como si no quisiera hacerlo, y después siguió llorando.

– Nuestra Zoé tiene dolor de oído -dijo Margaret- Hace siglos que llora No para desde que llegó.

– Veamos -dijo Molly- Seguramente no tienen amoxicilina, ¿no?

– ¿Amoxi qué? -dijo Margaret.

– Sí, sí, creo que tengo un frasco de 150 centímetros cúbicos en el auto.

– ¡Parece una visita a domicilio! -exclamó Margaret Truslow.

– Y sin cargo. -dijo Molly.

La cena fue una típica cena norteamericana… pollo asado, papas al horno y una ensalada. El pollo estaba delicioso Truslow nos dio la receta con todo orgullo.

– Ya sabe lo que dicen -comentó mientras llenaba nuestros platos de helado- Para cuando los más jóvenes aprenden a dejar la casa en orden, aparecen los primeros nietos dispuestos a deshacerlo todo ¿No es cierto, Elias?

– No -dijo Elias.

– ¿Ustedes tienen hijos? -preguntó Margaret Truslow.

– Todavía no -respondí.

– Yo creo que a los chicos no debería oírselos ni vérselos -dijo Molly- Nunca

Margaret la miró, escandalizada, hasta que se dio cuenta de que era una broma

– cUsted es pediatra? -dijo para burlarse a su vez.

– Tener hijos es lo mejor que hice en mi vida -dijo Truslow.

– ¿No hay un libro que se llama “Los nietos son tan divertidos…debería haberlos tenido primero ? -preguntó Margaret.

Los dos se rieron.

– Hay algo de verdad en eso -dijo Alex.

– Va a tener que dejar todo esto si va a Washington-dijo Molly

– Lo sé No crea que no lo estoy pensando.

– Ni siquiera te lo pidieron -le recordó su esposa.

– Cierto -dijo Truslow- Y para ser honesto, reemplazar a su padre me parece bastante riesgoso.

Molly asintió.

– Pocas cosas más difíciles de tolerar que seguir el buen ejemplo -interrumpí.

– Y ahora -anuncio el dueño de casa-, espero que las hermosas mujeres no se molesten si Ben y yo nos vamos a dar una vuelta y a charlar de trabajo.

– De acuerdo -dijo su esposa, el tono un poco áspero- Molly puede ayudarme con los chicos. Si es que está dispuesta a aguantarlos, quiero decir.

– Hace unas semanas -empezó a decir Truslow-, la Agencia apresó a un potencial asesino. Un rumano. Seguridad

– Nos sentamos en una habitación con piso de piedra, que parecía ser su estudio, frente a una mesa de madera. El mobiliario era viejo y estaba gastado, la única nota discordante era la unidad moderna de teléfono digital sobre el escritorio -Lo interrogaron. El tipo era duro.

Yo no sabía a qué apuntaba, así que me quedé callado.

– Después de varias sesiones, se quebró. Pero no sabía mucho Un trabajo muy profesional de compartimentación de la información Dijo que tenía algo que ofrecernos Algo sobre la muerte de Harrison Sinclair -Dejó que su voz se apagara.

– Y antes de que pudiera decírnoslo, murió -Uno de esos casos de interrogatorio un poco duro, supongo -No infiltraron el sistema para matarlo, para sacarlo de en

Medio. Es impresionante hasta dónde pueden llegar.

– ¿Y quiénes son ellos?

– Una persona o vanas personas -dijo él lentamente, el tono ominoso- dentro de la CIA.

– ¿Tiene nombres?

– Esa es la cuestión Están muy aislados No tienen cara. Este grupo dentro de Langley, Ben, es un grupo del cual oímos rumores desde hace mucho tiempo ¿Ya oyó hablar de los Sabios?

– Ayer me mencionó usted una especie de consejo de ancianos Pero, ¿quienes son? ¿Que buscan?

– No sabemos Demasiado bien camuflados, detrás de una serie de fachadas

– ¿Y lo que usted me está diciendo es que estos, estos "Sabios" estuvieron detrás de la muerte de Hal?

– Especulaciones -contestó él- Es posible que Hal fuera uno de ellos.

Sentí vértigo Hal, aparentemente, había sido víctima de alguien entrenado por el servicio secreto de Alemania del Este, el Stasi Ahora Truslow hablaba de un rumano ¿Cómo encajaban esas piezas? ¿Que estaba insinuando?

– Pero algo tienen que saber sobre sus identidades -dije como provocándolo.

– Lo único que sabemos es que se las arreglaron para extraer decenas de millones de dólares de varias cuentas de la Agencia. Todo muy sofisticado, se lo aseguro, Ben Y parece que Harrison Sinclair se embolsó algo así como doce millones y medio.

– Pero usted no puede creer eso Conoce cuan modestamente vivía Hal.

– Escuche, Ben Yo no quiero creer que Hal Sinclair se robó ni un centavo.

– ¿No quiere creerlo? ¿Qué mierda me esta diciendo?

En lugar de contestarme, Truslow me entrego una carpeta forrada en papel marrón La etiqueta llevaba una designación de los archivos de la Agencia Gamma Uno, un nivel de clasificación más alto que cualquier papel al que yo hubiera tenido acceso anteriormente.

Adentro había una serie de fotocopias de cheques, impresiones de computadora, fotografías borrosas. En una había un hombre que llevaba un sombrero panamá, de pie en una especie de hall de un hotel.

No había duda de que era Hal Sinclair.

– ¿Qué significa todo esto? -pregunté aunque ya lo sabía.

– Hal en la Gran Caimán, esperando para una cita con el gerente del Banco. Es obvio. Las otras son de Hal en una serie de bancos en Liechtenstein, Belice y Anguilla.

– Lo cual no prueba nada…

– Ben, escuche. Yo era uno de los mejores amigos de Hal. Esto me duele tanto como a usted. Había días en que Hal no estaba visible… enfermo, decía, o de vacaciones. No se lo podía ubicar, o arreglaba las cosas para llamar él mismo a la oficina. Evidentemente era cuando hacía los depósitos. Tienen un archivo con los viajes que hizo usando pasaportes falsos.

– ¡Eso es mierda, Alex, no vale nada! -espeté.

Suspiró. Evidentemente la situación lo molestaba.

– Eso que ve es el registro de Anstalt, una corporación no bursátil, de "cajas de letras contables", de responsabilidad limitada. Es la firma de Sinclair. Es una corporación con base en Liechtenstein. La identidad del verdadero dueño, como verá, es Harrison Sinclair. Y tenemos copias de transferencias, e interceptamos cables en los que se envían fondos a cuentas en las Bermudas. Con otros nombres, claro está. Informes de televisión, télex, autorizaciones de transferencias. Un laberinto, Ben, un verdadero laberinto. Capa sobre capa, pasillo tras pasillo… Son pruebas, Ben, puras y simples, y me rompen el corazón, pero ahí están…

Yo no sabía qué pensar de lo que veía. Parecía que tenían lo que querían. Pero lo que tenían no cerraba. ¿Mi suegro, un actor? ¿Un estafador consumado? Había que conocerlo como yo lo conocía para entender lo difícil que era aceptar semejante cosa. Sin embargo, la duda, la semilla de la duda siempre está ahí. Nunca conocemos realmente al otro.

– La clave está en el encuentro de Sinclair con Orlov en Zúrich -siguió diciendo Truslow-. Piense, ¿qué le evoca el nombre Zúrich?

– Gnomos.

– ¿Eh?

– Los gnomos de Zúrich. -La frase, creo yo, era obra de un periodista británico de principios de la década del sesenta y se refería a los banqueros suizos, tan amables y discretos con los mafiosos y los "reyes de la droga".-Ah, sí, precisamente… Es tonto no pensar que cuando él y Orlov se encontraron en Zúrich estaban en medio de una transacción. No era una visita social. -Y agregó, pensativo: -El jefe de la CIA y el último jefe conocido de la kgb…

– Circunstancial -dije.

– Tal vez. Espero que haya una explicación para todo esto. Creo que puede haberla. Así que ya entiende, creo yo, la razón por la que quiero que usted limpie el nombre de su suegro. La Agencia me pidió que localizara una enorme suma de dinero, una fortuna que hará que los doce millones y medio que supuestamente robó Hal sean una bicoca. Necesito su ayuda. Podemos matar dos pájaros de un tiro: encontrar el dinero, por un lado, y establecer la inocencia de Hal, por otro. ¿Puedo contar con usted?

– Sí -dije-. Sí.

– Es un asunto de máxima prioridad y máximo secreto, Ben, usted lo entiende. Tendrá que pasar por la rutina de siempre: el detector de mentiras, los interrogatorios y todo lo demás. Antes de irse esta noche, voy a darle un detector de conexiones ilegales para el teléfono de su oficina, compatible con mi teléfono en el trabajo. Pero tengo que ser sincero con usted: hay gente que va a tratar de que usted no haga su trabajo.

– Entiendo -dije. La verdad era que no entendía, o no entendía del todo y ciertamente no tuve la menor idea de lo que realmente le pasaba por la mente. No hasta la mañana siguiente.

10

Me acuerdo de los hechos de la mañana siguiente con una claridad fantasmagórica, extraña, deslumbrante.

Las oficinas de Truslow y Asociados Inc, ocupaban los cuatro pisos de un viejo edificio angosto de ladrillos en la calle Beacon (apenas unas cuadras, me di cuenta, de la casa de Truslow en Louisbourg Square) Había una placa de bronce en la puerta adornada truslow y asociados inc, decía, sin ninguna explicación Si tienes que preguntar, entonces no queremos que lo sepas.

La oficina era lujosa pero agradable. Había que tocar el timbre para entrar en una pequeña antecámara, donde una recepcionista muy bien peinada controlaba a los clientes, y luego con otro timbre, los dejaba pasar a una sala de espera cómoda y tranquila, elegante, con muebles muy discretos y muy caros. Esperé unos diez minutos, hundido en una silla negra de cuero, con Vanity Fair entre las manos La selección de revistas era de ese tipo Vanity Fair o Art and Antiques o Country Life. De todo menos revistas de negocios, por Dios. Nada de títulos con la palabra Mercado.

Unos diez minutos después de la hora señalada, la secretaria de Truslow salió del supuesto asunto importante que la estaba atrasando (café y galletitas, supuse) y me escoltó por una serie de escaleras crujientes, alfombradas, hasta la oficina de Truslow Era una asistente ejecutiva clásica, treinta y cinco, linda, eficiente, bien vestida en su traje Chanel y un cinturón y un collar de la misma marca. Se presentó como Donna y me preguntó si quería algo de agua Evian, café o jugo de naranja natural. Le pedí una taza de café.

Alexander Truslow se levantó de su escritorio cuando entré. La luz de su oficina era tan brillante que deseé haberme traído los anteojos para sol. Entraba a raudales por las altas ventanas y rebotaba contra las paredes blancas.

Sentado en una silla de cuero junto al escritorio había un hombre de hombros redondos, cabella negro y cuerpo robusto. Tendría unos cincuenta años-Ben -dijo Truslow-, me gustaría presentarle a Charles Rossi.

Rossi se levantó y me dio un fuerte apretón de manos.

– Me alegro mucho de conocerlo, señor Ellison

– Lo mismo digo -dije aunque dudaba de que fuera verdad Los dos nos sentamos y finalmente, yo agregué -Llámeme Ben.

Rossi asintió y sonrió.

La secretaria trajo una taza de café recién hecho en vajilla de cerámica italiana Estaba muy bueno. Yo saqué un bloc de hojas amarillas de mi maletín y empuñé mi lapicera Mont Blanc.

Cuando ella se fue, Truslow escribió algo en el teclado Amtel que tenía enfrente, un aparato que le servía para comunicarse con ella sin palabras, durante las reuniones y en medio de una llamada telefónica.

– Lo que estamos por discutir tiene que ser absolutamente secreto.

Yo asentí, tomé un trago de café Una mezcla de tostado francés con alguna otra cosa. Excelente.

– Charles, si nos permites -dijo Truslow. Rossi se puso de pie y abandonó la oficina, cerrando la puerta tras él.

– Rossi es nuestra conexión con la CIA -explicó Truslow-. Viene directamente de Langley para trabajar con usted.

– No estoy seguro de entender -dije.

– Rossi me llamó anoche. Dada la delicadeza, la complejidad del asunto que tenemos que resolver, la Agencia está preocupada por la seguridad Es comprensible Insistieron quieren implementar sus propios procedimientos de admisión.

Asentí.

– A mí también me parece un poco excesivo -dijo Truslow- Usted ya está examinado y limpio y todas esas estupideces. Pero para que lo esté totalmente, Rossi quiere pasarlo por algunas pruebas preliminares. Nos piden en el contrato que revisemos a todos los empleados externos.

– Ya veo -dije.

Se refería al polígrafo, al detector de mentiras, al cual debían someterse todos los empleados de la Agencia vanas veces en sus carreras al principio del ejercicio y periódicamente, y a veces también después de operaciones vitales o casos extraordinarios.

– Ben -siguió diciendo Truslow-, verá, como centro de nuestra investigación quisiera que usted localizara a Vladimir Orlov y que averiguara todo lo que pudiera sobre lo que pasó en la reunión con su suegro. Tal vez Orlov jugaba a dos puntas con Hal Sinclair y quiero saber si es así o no-¿Quiere que localice a Orlov? -pregunté.

– Eso es lo único que pienso decirle hasta que esté limpio. Cuando lo hayan aprobado, podremos hablar un poco más. -Apretó un botón en el escritorio para que volviera Rossi.

Truslow dio la vuelta al escritorio y le palmeó la espalda al hombre de la CIA.

– Lo dejo en manos de Charlie -me dijo y me dio la mano-. Bienvenido, amigo.

Vi que se volvía una vez más hacia el Amtel y tocaba un botón del teléfono. Cuando me iba, tuve una última imagen de él, una figura alta, oscura, pensativa, intensamente enérgica, destacada en silueta contra la brillante luz de la mañana.

Charles Rossi me llevó en un sedán azul oscuro del gobierno. Cruzamos el río hacia un edificio ultramoderno en la sección de Kendall Square de Cambridge, cerca del mit (Instituto de Tecnología de Massachusetts) y de Raytheon y Genzyme y las otras grandes corporaciones tecnológicas.

Cuando salimos del ascensor en el quinto piso, entramos en una recepción muy funcional, toda de acero y vidrio, alfombras en gris industrial y maderas claras. En la pared que quedaba frente a nosotros había una placa que decía: laboratorios DE DESARROLLO E INVESTIGACIÓN SOLO VISITAS AUTORIZADAS.

Me di cuenta inmediatamente de que se trataba de una operación manejada por la CIA. Todo lo que me rodeaba -el nombre sin revelar, lo anónimo de los procedimientos, la quietud amenazadora- hablaba de la Agencia a gritos. Yo sabía que la CIA tenía laboratorios y edificios de prueba en los suburbios de las afueras de Washington y en un edificio de la calle Water en Nueva York; no sabía que tuviera algo así en Cambridge, en la tierra del mit, pero era lógico.

Rossi no dijo mucho. Me llevó a través de una serie de enormes puertas de metal que se abrían insertando una tarjeta magnética en una ranura vertical. Las puertas nos dejaron en una enorme habitación con fila tras fila de terminales de computadora. Había gente trabajando en ellas.

– No demasiado impresionante, ¿eh? -hizo notar Rossi cuando nos detuvimos en la puerta-. Muy aburrido…

– Debería ver el lugar donde trabajo yo -le contesté.

Rió con amabilidad.

– Hay una serie de proyectos en este lugar -explicó-. Artefactos microscópicos, criptografía automática, visión artificial, cosas así. ¿Está usted familiarizado…?

– No mucho -dije.

– Bueno, por ejemplo, la criptografía automática. Los fondos son de la Administración de Proyectos en InvestigaciónAvanzada de Defensa, la apiad, parte del Departamento de Defensa.

Asentí mientras él me escoltaba hacia una terminal, una estación SPARC-2, en la que parecía estar trabajando con toda la furia un joven de barba muy larga.

– Esta terminal, por ejemplo, es de Sun Microsystems, y le está "hablando" a una supercomputadora de la Corporación de Máquinas Pensantes cm-3.

– Ya veo.

– Como sea, Keith está desarrollando algoritmos de codificación en textos llanos. Es decir, códigos que son, por lo menos teóricamente, imposibles de quebrar. En otras palabras, esos códigos nos permitirán traducir o codificar información de máximo secreto en una forma que va a parecer un inglés común, un documento con aspecto poco importante, no una tontería sin sentido, sino prosa real. Luego, por medio de reconocimiento de voz lo pueden decodificar nuestras computadoras. Es algo como un código tipo puerta trampa.

Yo no lo entendía, pero asentí. Rossi, al parecer, era muy observador porque se disculpó.

– Estoy divagando. A ver, pongámoslo de otra forma. Un agente de campo podrá codificar un documento secreto y pasarlo como un guión de un programa de noticias común en la Voz de América. Para cualquiera que lo escuche será una noticia más, pero la computadora correcta será capaz de entenderlo.

– Hermoso.

– Bueno, hay una serie de cosas en las que estamos trabajando actualmente. Micro artefactos, por ejemplo, que se diseñan aquí… antes los hacíamos en otra parte, en un laboratorio de nanofabricación, por ejemplo.

– ¿Y para qué sirven?

Él sacudió la cabeza, de un lado a otro, como indeciso y finalmente dijo:

– Estos son artefactos muy pequeños, de siliconas y xenón, apenas unos angstroms de ancho. Pueden colocarse, digamos, en una computadora y son imposibles de detectar. Están pensados para transmitir pero hay otros usos no menos interesantes. Claro que no puedo decirlos… Así que si está…

Volvimos al corredor blanco y luego entramos en otra área de seguridad donde Rossi insertó una tarjeta magnética distinta en la ranura vertical. Se volvió y dijo simplemente:

– Seguridad.

Ahora estábamos en un corredor enteramente blanco, sin ventanas. Había una placa insertada directamente frente a nosotros que decía sólo personal autorizado.Rossi me llevó por ese corredor a través de otra serie de puertas y luego a una cámara extraña, toda de cemento. En el centro de la cámara había una pequeña habitación, de paredes de vidrio, que contenía una gran máquina blanca de tal vez cuatro metros y medio por tres. Parecía una gran rosquilla cuadrada. Fuera de las paredes había un gran banco de monitores de computadora.

– Un generador de imágenes por resonancia magnética – dije-. Los vi en los hospitales. Pero éste parece más grande.

– Muy bien. Los generadores de los hospitales tienen entre 0,5 tesla y 1,5 tesla. "Tesla" es una unidad de medida que da una dimensión a la energía del magneto que tiene adentro. Una vez cada tanto, puede haber alguno de dos teslas, muy especializado. Este tiene cuatro.

– Muy poderoso.

– Pero seguro, muy seguro. Y algo modificado. Yo dirigí las modificaciones. -Los ojos de Rossi pasaron sobre el cemento de la habitación, como perdidos en otra cosa.

– ¿Seguro para qué?

– Está mirando el reemplazo del viejo polígrafo. Muy pronto, habrá un generador así, en cada una de las oficinas de la Agencia para investigar a los funcionarios de inteligencia, a los desertores, a los agentes y demás, y tener una verdadera "huella dactilar" de la cabeza de cada uno de ellos.

– ¿Podría explicármelo, por favor?

– Estoy seguro de que conoce las muchas desventajas del viejo sistema de polígrafos.

Claro que las conocía pero escuché cuando me las explicó.

– La técnica antigua confía en las bajas y subas de la tensión arterial, en electrodos que miden respuestas galvánicas a nivel de la piel, sudor, cambios en la temperatura de la piel y demás. Es muy primitivo y sólo… sólo sesenta por ciento efectivo. Si es que llega a tanto.

– De acuerdo -dije, un poco impaciente.

Rossi siguió, tranquilo, sin apuro.

– Los soviéticos ni lo usaban. Se limitaban a dictar seminarios sobre cómo hacer para engañarlo. Por Dios, ¿se acuerda de la vez en que veintisiete agentes dobles de Cuba que trabajaban contra nosotros pasaron las pruebas de la CIA a la perfección?

– Claro -dije. La anécdota era parte del folclore de la Agencia.

– La maldita cosa sólo registra respuestas emocionales, como usted sabe. Y eso varía muchísimo según el temperamento. Y sin embargo, se puede decir que el detector es parte fundacional de nuestras operaciones de inteligencia, nos basamos en él. No solo en la CIA, también en la adi (Agencia de Defensa de Inteligencia) y la asn (Agencia de Seguridad Nacional) y muchas agencias de inteligencia más. La seguridad operacional de lo que hacen tiene que ver con establecer la confiabilidad del producto, incluso entre los reclutas y recién venidos.

– Y es fácil engañar a esas máquinas -agregué.

– Vergonzosamente fácil -aceptó Rossi-. No sólo los sociópatas y los que no registran la variación normal de sentimientos humanos, la culpa y la ansiedad, la conciencia y lo que sea. También los profesionales bien entrenados pueden hacerlo con cierto número de drogas. O por ejemplo, causarse dolor físico durante el interrogatorio, algo así de simple, puede arruinarlo todo. Hasta pincharse con un alfiler.

– De acuerdo -le dije para apurarlo.

– Así que, con su permiso, me gustaría empezar para poder enviarlo de vuelta con el señor Truslow.

11

– Bastará con media hora -me aseguró Rossi-. En media hora, estará usted camino a la oficina de Truslow.

Estábamos en la cámara exterior del generador, inspeccionando una reconstrucción tridimensional del cerebro humano desplegada en un monitor color de computadora. En la pantalla, una imagen de un cerebro muy semejante a la realidad giraba y luego se dividía, sección por sección, como un pomelo rosado.

Una de las asistentes de Rossi, una ex estudiante del mit llamada Ann, pequeña, de cabello negro, estaba sentada frente al monitor manejando las imágenes. La corteza cerebral, me explicó en una voz suave de jovencita, estaba compuesta de seis capas.

– Descubrimos que hay una diferencia visible entre el aspecto de la corteza en alguien que está diciendo la verdad y en la de alguien que miente -dijo. Agregó confidencialmente: -Claro que todavía no tengo idea de si eso se origina en las neuronas o en otras células, pero estamos trabajando al respecto.

Produjo una imagen de computadora del cerebro de un mentiroso, que tenía un aspecto vagamente distinto que la anterior.

– Si quiere sacarse la chaqueta -dijo Rossi-, creo que va a estar más cómodo.

Yo le hice caso, me saqué la corbata también y puse todo en el respaldo de una silla. Mientras tanto, Ann fue a la cámara interna y empezó a hacer ajustes en la máquina.

– Por favor, no lleve nada metálico ahí dentro -siguió diciendo Rossi-. Llaves, hebillas de cinturones, suspensores, monedas. El reloj tampoco. Como se trata de un gran imán y sólo de eso, todo lo que sea de acero o hierro va a salirle volando de los bolsillos. Y el imán puede hacer que se le pare el reloj o algo peor. -Agregó de buen humor: -Y su billetera, por favor.

– ¿Mi billetera?-Esa cosa puede desmagnetizar tarjetas de crédito, tarjetas de cajeros automáticos, cosas así. Todo lo que tenga que ver con el magnetismo. No tiene una placa de acero en la cabeza ni nada por el estilo, ¿verdad?

– No. -Terminé de vaciar mis bolsillos y de poner los elementos en la mesa.

– De acuerdo -dijo llevándome al interior de la cámara-. Tal vez esto le parezca un poco amenazador si es claustrofóbico. ¿Lo es?

– No especialmente.

– Maravilloso. Hay un espejo para que pueda verse a sí mismo pero mucha gente se asusta si se ve acostada en la máquina. Supongo que les sugiere el aspecto que tendrán en el ataúd. -Volvió a reír.

Yo me acosté en la plataforma blanca y Ann me aseguró en ella. Las correas alrededor de mi cabeza encajaban con exactitud y estaban acolchonadas con esponjas. Todo me resultaba vagamente incómodo.

Lentamente, la asistente movió la plataforma hacia el centro de la máquina. Adentro del agujero de la rosquilla había un espejo: veía mi cabeza y mi torso.

Desde algún lugar de la habitación, oí la voz de Ann.

– Encendido del imán.

Luego, por un parlante dentro de la máquina, oí la voz de Rossi.

– ¿Todo bien ahí?

– Sí -dije-. ¿Cuánto lleva esto?

– Seis horas -dijo la voz-. No, es una broma. Diez, quince minutos.

– Muy gracioso.

– ¿Listo?

– Empecemos de una vez -dije.

– Va a oír un ruido como de golpes -volvió a explicar Rossi-. Pero mi voz será más fuerte, ¿de acuerdo?

– De acuerdo -contesté, impaciente.

La correa no me dejaba mover la cabeza; esa sensación era particularmente desagradable.

– Comencemos.

En ese momento, empezó a sonar un ruido como de martillo, rítmico, rápido; menos de un segundo entre un golpe y otro.

– Ben, voy a hacerle una serie de preguntas -dijo la voz de Rossi, metálica, clara-. Conteste sí o no.

– Esta no es mi primera experiencia con un detector -contesté un poco enojado.

– Entiendo -respondió la voz metálica-. ¿Su nombre es Benjamín Ellison?

– Sí.

– ¿Se llama usted John Doe?

– No.

– ¿Es usted médico?

– No.

– ¿Alguna vez tuvo una amante?

– ¿Qué significa esto?

– Por favor, por favor, Ben. Sí o no.

Dudé. Como Jimmy Cárter, he sentido lujuria bien adentro del corazón.

– No.

– ¿Estuvo usted empleado por la Agencia, la CIA?

– Sí.

– ¿Vive en Boston?

– Sí.

Oí una voz femenina en la habitación, la voz de Ann, y luego una voz de hombre que hablaba desde muy cerca. Después, la pregunta de Rossi por el parlante.

– ¿Fue usted agente de la inteligencia soviética?

Yo chasqueé la lengua. No podía creerlo.

– Sí o no, Ben. Entienda que estas preguntas están diseñadas para controlar los parámetros de sus niveles de ansiedad. ¿Fue usted agente de la inteligencia soviética?

– No -dije.

– ¿Está casado con Martha Sinclair?

– Sí.

– ¿Está usted bien por ahora, Ben?

– Perfectamente -dije-. Siga.

– ¿Nació usted en la ciudad de Nueva York?

– No.

– ¿Nació en Filadelfia?

– Sí.

– ¿Tiene treinta y ocho años de edad?

– No.

– ¿Treinta y nueve?

– Sí.

– ¿Su nombre es Benjamín Ellison?

– Sí.

– Ahora, voy a pedirle que mienta en las próximas dos preguntas. ¿Su especialidad legal está relacionada con la propiedad de inmuebles?

– Sí -dije.

– ¿Alguna vez se masturbó?

– No.

– Ahora la verdad. Cuando trabajó para la inteligencia de los Estados Unidos, ¿trabajó también para el servicio de inteligencia de algún otro país?

– No.

– Desde que acabó su servicio en la CIA, ¿estuvo en contacto con cualquier funcionario de inteligencia asociado con lo que fue el bloque de naciones socialistas?

– No.

Hubo una larga pausa, y luego llegó otra vez la voz de Rossi.

– Bueno, creo que con eso terminamos, Ben.

– Entonces, quiero salir de aquí.

– Ann lo sacará en un minuto. -El ruido se detuvo tan bruscamente como había empezado y el silencio fue un alivio enorme. Sentía que me latían los oídos. Oí voces de nuevo, voces distantes, los técnicos del laboratorio, seguramente.

– Todo listo, señor Ellison -dijo la voz de Ann mientras hacía correr la plataforma. Espero por Dios que esté bien.

– ¿Disculpe? -dije.

– Dije que ya estamos listos. -Se estiró para soltar la correa de la cabeza y luego desprendió el Velero que me aseguraba los tobillos y las muñecas.

– Estoy bien -dije-. Excepto la audición. Supongo que la recuperaré en un par de días…

Ann me miró con suma atención, el ceño fruncido, y luego dijo:

– Va a estar bien, no se preocupe. -Me ayudó a bajar de la plataforma. -No estuvo tan mal, ¿no es cierto? -dijo mientras me daba la mano para ponerme de pie. No funcionó, no funcionó.

– ¿Qué es lo que no funcionó?

Ella me miró otra vez, intrigada. Dudó un momento y después dijo:

– Todo está bien.

La seguí afuera hacia donde estaba Rossi, de pie, las manos en los bolsillos del traje, relajado, esperando.

– Gracias, Ben -dijo-. Bueno, está usted limpio. No hay sorpresas. Las imágenes de computadora, las fotos de la actividad eléctrica de su cerebro, indican que fue usted sincero en todo menos cuando le pedí que mintiera.

Luego se volvió para buscar en una pila de archivos. Yo me acerqué a la silla para buscar mis cosas y lo oí murmurar algo sobre Truslow.

– ¿Y Truslow? -dije.

Él se volvió, sonriendo, contento.

– ¿Qué quiere decir con eso?

– ¿Estaba usted hablándome? -pregunté.

Me miró unos segundos, los ojos muy abiertos. Sacudió la cabeza. Los ojos seguían mirándome, fríos, atentos.-Olvídelo -dije, pero yo lo había oído. Estábamos a no más de dos metros, no me estaba engañando. Algo sobre Truslow. Tal vez no se había dado cuenta de que hablaba en voz alta.

Me dediqué a recoger mis cosas de la mesa: las monedas, el cinturón y todo eso. Rossi dijo otra vez, tan claro como la primera vez:

¿Es posible?

Lo miré y no dije nada.

¿Funcionó?, llegó la voz de Rossi otra vez, algo indistinta, algo distante pero…

…esta vez estaba bien seguro…

…su boca no se había movido…

No había dicho ni una palabra. La idea fue abriéndose camino en mí, lenta, segura, y sentí que se me congelaba el estómago.

PARTE II. EL TALENTO

El Pentágono ha gastado millones de dólares, según estos nuevos informes, en proyectos secretos de investigación de los fenómenos extrasensoriales que tratan de establecer si es posible aumentar el poder de la mente humana para realizar diversos actos de espionaje…

The New York Times, 10 de enero de 1984.

FINANCIAL TIMES

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Europa teme un régimen nazi

en la destrozada Alemania

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POR ELIZABETH WILSON

EN BONN

En la carrera de tres hombres hacia el poder en Alemania, el señor Jurgen Krauss, líder del renacido Partido Nacional Socialista Alemán parece estar superando tanto al candidato moderado, el líder del Partido Demócrata Cristiano, Wilhelm Vogel, como al respaldado…

En la estela de la caída del mercado de valores alemán y la depresión siguiente hay miedos cada vez más extendidos en toda Europa de que vuelva a resurgir una nueva forma de nazismo…

12

Nos miramos uno al otro por un momento.

En los largos meses que han pasado desde ese instante, nunca pude explicar este aspecto a nadie, no satisfactoriamente. Ni siquiera a mí mismo.

Oí la voz de Charles Rossi casi con tanta claridad, con tanta exactitud, como si me hubiera hablado.

Aunque no era exactamente como si me hubiera hablado en voz alta. El timbre era diferente, en la misma forma en que una comunicación telefónica suena diferente de una voz en directo. Un poco menos clara, un poco distante, un poco borrosa, como una voz que se escucha a través de la pared de un motel barato.

Había una diferencia inconfundible entre la voz hablada de Rossi y su… ¿cómo llamarla?… su voz "mental", su voz pensada. La voz hablada era más rígida; la mental, más suave, más dulce, más redonda.

Podía oír los pensamientos de Rossi.

Mi cabeza empezó a latir, un dolor horrendo, terrible, en la sien derecha. Todo lo que había en la habitación -Rossi, su asistente que me miraba con la boca abierta, las máquinas, las chaquetas de goma del laboratorio colgadas de ganchos junto a la puerta- estaba rodeado de un aura multicolor. Me empezó a picar la piel, una sensación desagradable que cambiaba de caliente a frío, y sentí que me subía una ola de náuseas desde el estómago.

Hay volúmenes y volúmenes escritos sobre el tema de la percepción extrasensorial y los fenómenos psíquicos, y la vasta mayoría de esos trabajos es directamente una estupidez -lo sé, los he leído prácticamente todos-, y sin embargo, no hay ni un teórico que haya especulado lo que yo sentí en ese instante.

Yo oía sus pensamientos.

No todos sus pensamientos, claro, o me hubiera vuelto loco hace ya mucho. Sólo algunos, cosas que entraban en su mente con la suficiente urgencia, con la suficiente intensidad.

O por lo menos, eso fue lo que entendí mucho después.

Pero en ese momento, en ese momento de revelación súbita, no comprendí todo como lo entiendo ahora. Lo único que supe, y de eso estaba seguro, era que había oído algo que Rossi no había dicho en voz alta. Eso me llenó de un miedo sin límites.

Estaba al borde de un precipicio y tenía que luchar para no perder la razón completamente.

Me convencí de que algo se había roto en mí con un chasquido, de que se había quebrado un hilo de mi cordura, de que las fuerzas magnéticas de la máquina generadora de imágenes me habían hecho algo terrible, de que habían precipitado en mí una crisis nerviosa, de que estaba perdiendo mi contacto con la realidad.

Así que respondí de la única forma en que podía: la negación total. Ojalá pudiera decir que fui inteligente, o astuto, decir que ahí mismo, en ese primer momento, comprendí que debía mantener en secreto absoluto mi nueva percepción, pero no sería cierto. Mi instinto era el de preservar, por lo menos, una apariencia de cordura, el de no dejar que Rossi supiera que estaba oyendo "cosas".

Él fue el que habló primero, la voz muy tranquila.

– No dije nada de Truslow.

Me estaba interrogando, curioso, me miraba a los ojos desde una distancia incómoda, demasiado estrecha.

– Me pareció, Charlie -dije lentamente-. Me equivoqué.

Me volví hacia la mesa, reuní mi billetera, mis llaves, mis monedas, mis lapiceras, y empecé a ponérmelas en el bolsillo. Mientras lo hacía, retrocedí casualmente, alejándome de él. El dolor de cabeza se intensificó, el sudor frío también. Tenía una jaqueca en pleno.

– No dije nada de nada -repitió Rossi, la voz monótona.

Yo sonreí, asentí, sin decir nada. Quería sentarme en alguna parte, atarme un trapo en la cabeza y apretarlo con fuerza hasta que desapareciera el dolor.

Él me miró otra vez, los ojos penetrantes, profundos y…

… y un murmullo: ¿Lo tiene?

– Bueno, si esto es todo por hoy… -dije con jovialidad forzada.

Rossi me miraba, lleno de sospechas. Parpadeó una vez, dos, y dijo:

– Bueno, todavía no. Tenemos que sentarnos y hablar por unos minutos.

– Mire. Tengo un dolor de cabeza terrible. Una migraña, estoy seguro.

Estaba por lo menos a tres o cuatro metros, poniéndome la chaqueta. Rossi seguía mirándome como si yo fuera una boa constrictor enrollándome y desenrollándome en el medio de sudormitorio. En el silencio, traté de oír otro de esos murmullos, esas voces leves.

Nada.

¿Me lo habría imaginado? ¿Eran alucinaciones, como el aura brillante que rodeaba todos los objetos de la habitación? ¿Volvería en mí ahora, después de ese desvío momentáneo de la razón?

– ¿Suele tener migrañas? -me preguntó Rossi.

– Jamás. Seguramente fue la prueba.

– Eso es imposible. Nunca pasó antes, ni aquí ni en los generadores de imágenes de los hospitales.

– Bueno -dije-, sea como sea, tengo que volver a la oficina.

– No terminamos todavía -me explicó, volviéndose hacia mí.

– Temo que…

– No será mucho tiempo… Ya vuelvo.

Salió en dirección a la otra habitación, la de las computadoras. Yo lo miré acercarse a uno de los técnicos y decir algo, rápido, furtivo. El técnico le dio una cantidad de papeles con cuadros.

Después, volvió con las imágenes de computadora del detector de mentiras. Se sentó en una larga mesa negra de laboratorio y me hizo un gesto para que me sentara enfrente. Yo me detuve un momento, lo pensé, y después obedecí.

El extendió las imágenes sobre la mesa. Las miró, la cabeza gacha, como si las consultara. Estábamos a menos de un metro.

Oí su voz, sorda pero sorprendentemente clara: Creo que usted tiene la habilidad.

Dijo en voz alta:

– Como habrá notado, éste es su cerebro al comienzo de la prueba.

Señaló la primera imagen, y me la acercó para que la inspeccionara.

– Sin cambios durante casi toda la prueba porque usted decía la verdad.

Oí: Confíe en mí. Tiene que confiar en mí.

Luego me indicó otro grupo de imágenes y hasta yo me di cuenta con facilidad de que tenían una coloración diferente, amarilla y magenta, junto a la corteza en lugar de los rojos ocres y marrones claros más normales. Tocó con un dedo las áreas que manifestaban el cambio.

– Aquí, está usted mintiendo. -Sonrió con rapidez y agregó con amabilidad innecesaria: -Como yo le pedí que hiciera.

– Ya veo.

– Su dolor de cabeza me preocupa mucho.-Se me va a pasar pronto, no se preocupe.

– Me asusta que sea a causa de la máquina.

– El ruido -dije-. Seguramente el ruido. Pero ya se me va a pasar.

Rossi, la cabeza inclinada, asintió de nuevo.

Oí: Sería tanto más fácil si confiáramos uno en el otro. La voz parecía desvanecerse por momentos. Después volvió: decirme…

No había contestado a mi sugerencia así que dije:

– Si no hay nada más…

Detrás de usted, llegó la voz, urgente y fuerte. Se acerca. El arma está cargada. Usted es una amenaza. La está apuntando a la cabeza. Dios.

No estaba hablando. Pensaba.

Yo no dejé que se diera cuenta de que había oído. Seguí mirándolo, como si no entendiera lo que pasaba, con la mayor indiferencia posible.

Ahora, ahora. Espero que no oiga los pasos que se acercan.

Me estaba probando. Sí, me estaba probando y yo no debía responder, no debía demostrar miedo, eso es lo que quiere, quiere ver una señal, aunque sea pequeña, un brillito en los ojos, quiere que me dé vuelta bruscamente, que le demuestre que estoy oyéndolo.

– Entonces… tengo que irme a la oficina -dije con calma.

Lo oí: ¿Lo tiene?

– Bueno -dijo-. Ya hablaremos otra vez.

Oí: O está mintiendo o…

Lo miré a la cara, vi que su boca no se había movido. Sentí una vez más ese miedo desatado, ese cosquilleo en la piel, y el corazón empezó a latirme con fuerza.

Rossi levantó la vista hacia mí y me pareció que sus ojos estaban llenos de resignación. Por el momento lo había engañado, sí. Pero había algo en Charles Rossi que me hacía pensar que esa situación no duraría mucho.

13

Yo estaba sentado, exhausto, en el asiento trasero de un taxi que me llevaba por las calles anchas, repletas de gente, que rodean el Centro Gubernamental, hacia la oficina. Me latía la cabeza y el dolor era todavía peor que antes. Me sentía siempre al borde de la náusea.

Decir que estaba en las primeras etapas de una especie de pánico profundo es decir muy poco. Mi mundo estaba dado vuelta. Nada tenía sentido. Tenía muchísimo miedo de estar a punto de perder todo contacto con la cordura, con la razón humana.

Oía voces, voces no pronunciadas. Oía los pensamientos de otros casi con tanta claridad como si los hubieran expresado en voz alta.

Estaba convencido de que estaba perdiendo la cabeza.

Ahora que lo cuento, me resulta imposible separar lo que sabía entonces de lo que terminé por entender mucho más adelante. ¿Realmente había "oído" lo que creía? ¿Cómo era posible? Y, sobre todo, ¿qué querían decir exactamente Rossi y su asistente con esa pregunta interior "¿Funcionó?"? Me parecía que sólo había una explicación posible: ellos lo sabían. Por alguna razón, Rossi y su asistente no estaban sorprendidos. El generador de imágenes por resonancia magnética me había hecho algo que ellos esperaban. Porque yo no tenía dudas de que la que había alterado los cables en mi sistema nervioso era la máquina.

¿Pero lo sabía Truslow?

Y un segundo después de estos pensamientos, de haber razonado todo eso con lucidez, me encontré preguntándome, con el regusto del pánico en la boca, si no había entrado en el camino de la locura.

Mientras el taxi esquivaba el tránsito, sentí más y más sospechas. El asunto del "detector de mentiras", ¿no sería un pretexto, una forma de obligarme a pasar por la máquina?

Es decir, ¿lo habían hecho a sabiendas para que me pasara exactamente lo que me había pasado?Y otra vez, ¿Truslow estaba al tanto de la operación?

¿Habría engañado a Rossi realmente? ¿Sabría él que yo tenía esa nueva habilidad terrible y extraña?

Yo suponía, con miedo, que Rossi lo sabía. Normalmente, cuando alguien dice algo que tiene que ver con lo que estamos pensando -todos hemos vivido momentos como ese- nuestra respuesta es la sorpresa, o la excitación, o hasta la alegría. Hasta cierto punto es agradable descubrir que tenemos conexiones de ese tipo y a ese nivel con otro ser humano.

Pero Rossi no me había parecido sorprendido. Parecía… no sabría cómo decirlo… alerta, alarmado, lleno de interés y de sospechas. Como si hubiera estado esperando que me pasara. Sorprendido no.

Me pregunté, mientras revisaba mentalmente la escena con Rossi, si realmente lo habría convencido de que no había nada extraño en mi respuesta, de que solamente había habido una apariencia de conexión, de que era una coincidencia.

Cuando el taxi llegó al distrito financiero de la ciudad, me incliné hacia adelante para darle indicaciones al conductor. Era un negro maduro con una barba rala. Estaba sentado muy en lo suyo mientras manejaba, como envuelto en una ensoñación. Nos separaba una placa de acrílico transparente. Hablé por el micrófono y me di cuenta de algo sorprendente: no estaba "oyendo" al conductor. Me sentí totalmente confundido. ¿Se me habría terminado el "talento"?, y ¿la desaparición era permanente o temporaria? ¿Era el acrílico, la distancia, o alguna otra cosa, que me impedía sentir lo que pensaba? ¿O era que lo había imaginado todo?

– A la derecha en la próxima -le dije-, y ahí estamos. Un edificio gris sobre la izquierda.

Nada. El sonido de la radio, una estación sin música donde charlaban todo el tiempo a bajo volumen y un ocasional estallido de estática en la radio de comunicación, pero nada… nada más.

¿El efecto del generador de imágenes en el cerebro, si es que existía, sería algo de corta duración?

Totalmente confundido, le pagué y entré en el hall del edificio. Lo encontré lleno de gente que volvía del almuerzo, lleno de charla constante. Empujé para entrar en el ascensor junto con la multitud de empleados, apreté el botón de mi piso y… sí, pienso admitirlo… traté de "escuchar" o "leer" o como quiera usted llamarlo, pero las conversaciones en voz alta me lo impedían.

Me latía horriblemente la cabeza. Me sentía claustrofóbico, tenía náuseas. La transpiración me corría por la nuca.

Cuando se cerraron las puertas del ascensor, la multitud sequedó en silencio, como suele suceder en los ascensores, y entonces volvió a pasarme.

Oí, como en un caleidoscopio, pedazos de palabras y de frases, o mejor dicho, rastros, hilachas de palabras y de frases, el sonido de una cinta de audio de las antiguas cuando uno la pasa al revés (eso, en los días en que la tecnología nos permitía esos trucos, los días anteriores al sonido digitalizado). La mujer que estaba junto a mí, pelirroja y regordeta, de unos cuarenta años -bien apretada contra mi hombro por los demás-, tenía un aspecto sereno. La expresión de su cara era agradable, placentera, una sonrisa leve. Pero yo oí una voz -tenía que venir de ella- que llegaba en ondas, distante y luego clara, desvaneciéndose y volviendo a aparecer, como en una mala conexión de teléfono. No lo aguanto, no lo aguanto, decía la voz. Hacerme eso, me lo hizo, no tiene derecho a hacerlo, no puede… El contraste entre el aspecto tranquilo y los pensamientos casi histéricos de la mujer me puso muy nervioso. Volví la cabeza hacia el hombre de mi izquierda, que parecía un abogado en un traje a rayas de abogado y anteojos de carey, cincuenta años, una expresión de aburrimiento vago. Y entonces vino, un grito distante en voz masculina: minutos tarde empiezan sin mí sin mí los hijos de pu…

Estaba "sintonizando" sin saber lo que hacía, como cuando uno trata de escuchar una voz familiar en una multitud, seleccionando un cierto timbre, un cierto sonido. En el silencio del ascensor, era muy fácil.

Sonó el timbre y se abrieron las puertas en el área de recepción de Putnam amp; Stearns. Pasé rozando a varios de mis colegas, sin casi saludarlos, y fui directo hacia mi oficina.

Darlene levantó la vista cuando me le acerqué. Como siempre, estaba vestida de negro, pero ese día había una especie de cosa de cuello alto fruncida en la parte superior de su cuerpo, algo que ella debía de considerar femenino, supongo. A mí me parecía un regalo del Ejército de Salvación.

Cuando me le acercaba, oí: algo serio le pasa, algo anda mal con Ben.

Empezó a decir algo pero le hice un gesto para que se callara. Entré en mi oficina, saludé en silencio a las grandes muñecas que seguían con su vigilia silenciosa junto a la pared, y me senté al escritorio.

– No quiero llamadas -dije, cerré la puerta de mi oficina y me hundí en la silla, seguro y solo al fin. Durante largo rato me quedé allí, en silencio absoluto, mirando con los ojos muy abiertos la distancia infinita, apretándome las sienes doloridas, hamacando la cabeza entre las manos, y escuchando los latidos acelerados de mi corazón.Un rato después emergí de las tinieblas para pedirle mis mensajes a Darlene. Ella levantó la vista hacia mí, curiosa, como si estuviera preguntándose si yo estaba bien. Me tendió una pila de papelitos rosados.

– Llamó el señor Truslow.

– Gracias.

– ¿Se siente mejor?

– ¿Qué quiere decir con eso?

– Le duele la cabeza, ¿no?

– Sí. Una migraña terrible. Un dolor tan fuerte que me parece que se ve por fuera.

– Siempre tengo algo de aspirina aquí -dijo ella, abriendo un cajón del escritorio que mostraba una pila de medicamentos-. Tómese un par. Yo siempre tengo jaquecas, dos por mes por lo menos. Y son lo peor.

– Lo peor -coincidí enseguida, aceptando algunas pastillas.

– Ah, y el señor Alien Hyde de Textronics quiere hablarle apenas pueda. -El señor Hyde era el inventor de las Muñecas Big Baby, a punto de hacer una oferta para negociar el asunto.

– Gracias -dije y miré los mensajes. Darlene se había puesto a trabajar en su ibm Selectric (sí, aunque no lo crean, usamos máquinas de escribir en Putnam amp; Stearns; algunos asuntos legales requieren de una máquina de escribir, no de impresoras láser) con su ritmo frenético de siempre.

No pude impedir acercármele, inclinarme hacia ella y tratar…

Y llegó, con la misma claridad maldita. Parece estar perdiendo la razón. La voz de Darlene y después, silencio.

– Estoy bien -dije, despacio.

Darlene giró en redondo, los ojos muy abiertos.

– ¿Eh?

– No se preocupe por mí. Tuve una entrevista dura esta mañana.

Ella me miró un rato, una mirada frenética. Después, se dominó.

– ¿Quién está preocupado? -dijo, volviéndose hacia la máquina de escribir. Yo oí, en el mismo tono de conversación: ¿Dije algo en voz alta? -¿Quiere que lo comunique con Truslow?

– Todavía no -respondí-. Tengo cuarenta y cinco minutos hasta que llegue Kornstein, y después directo a Levin, y necesito algo de aire fresco o va a estallarme la cabeza.

Lo que realmente quería era sentarme en una habitación oscura con las mantas sobre la cabeza, pero me parecía que una caminata, aunque fuera dolorosa, haría mucho para aliviar mi dolor de cabeza.

Mientras volvía hacia la oficina a buscar el sobretodo, sonó el teléfono de Darlene.

– Oficina del señor Ellison -dijo ella. Después, agregó: -Un momento, por favor, señor Truslow. -Apretó el botón de pausa. -¿Está usted aquí?

– La tomo.

– Ben -dijo Truslow cuando levanté el teléfono de mi oficina-. Pensé que volvería para charlar un rato.

– Lo lamento -dije-. La prueba duró más de lo que yo creía. Tengo un día muy difícil aquí. Si no le importa, hagamos otra cita.

Una larga pausa.

– De acuerdo -dijo finalmente-. ¿Qué le pareció ese tipo, Rossi? Para mi gusto es un poco extraño, y tiene aspecto de rufián, pero tal vez me preocupo demasiado.

– No tuve mucho tiempo de conocerlo.

– Como sea, Ben, me dijeron que pasó el detector perfectamente.

– Supongo que no está sorprendido.

– Claro que no. Pero tenemos que hablar. Tengo que informarlo con más precisión. Hay un pequeño problema.

Había una sonrisa en su voz, y yo supe de qué se trataba antes de que lo dijera.

– El Presidente me pidió que fuera a verlo a Camp David -dijo.

– Felicitaciones.

– Las felicitaciones son prematuras. Quiere charlar algunas cosas conmigo, dice el jefe del estado mayor.

– Suena a buena noticia. Se diría que ya lo tiene.

– Bueno… -dijo Truslow. Pareció dudar un momento, pero después agregó: -Estaremos en contacto. -Luego colgó el teléfono.

Caminé por la calle Milk hasta la calle Washington, el Downtown Crossing, un gran conglomerado comercial. Allí, en la calle Summer, ese pasaje entre las dos grandes tiendas del centro de la ciudad, Filene's y Jordan Marsh, caminé sin rumbo entre vendedores ambulantes con bolsas de pochoclo y tortitas, pañuelos de Beduino, camisetas de turismo de Boston, y suéteres de Sudamérica en lana gruesa. El dolor de cabeza parecía haber aflojado un poco. La calle, como siempre, estaba llena de compradores, músicos callejeros, empleados de ofici-na. Sin embargo, el aire estaba lleno de sonidos, un laberinto de gritos y murmullos, suspiros y exclamaciones, susurros y aullidos. Pensamientos.

En la calle Devonshire, entré en un negocio de electrónica, examiné sin demasiada atención una vidriera de televisores color de veinte pulgadas, sin prestarle atención al vendedor. Muchos de los televisores estaban encendidos en telenovelas, uno en la cnn, con noticias, otro en otro canal, con algo que parecía una reposición de un espectáculo en blanco y negro de la década del cincuenta que tal vez fuera El Show de Donna Reed. En la CNN la mujer de las noticias, rubia como siempre, decía algo sobre un senador de los Estados Unidos que acababa de morir. Reconocí la cara en la pantalla: Mark Sutton de Colorado, que había aparecido muerto de un tiro en su casa de Washington. La policía de Washington creía que la muerte no tenía motivaciones políticas y que era sólo resultado de un intento de robo.

El vendedor se acercó de nuevo, diciendo:

– Todos los Mitsubishis están en oferta esta semana.

Yo sonreí, le agradecí, y salí a la calle. Me latía la cabeza. Descubrí que me había quedado de pie cerca de un pase peatonal y un semáforo, escuchando. Una joven atractiva con el cabello rubio muy corto, ropa de gimnasia rosada y zapatillas, esperaba que cambiara la luz del semáforo para cruzar la calle Tremont. Estábamos muy cerca. En circunstancias normales, todos mantenemos una cierta distancia social entre nosotros y los desconocidos que encontramos en la calle. Ella estaba a unos dos metros, inmersa en sus pensamientos. Yo incliné la cabeza hacia ella en un intento por captar algo, pero ella me miró con furia como si yo fuera un pervertido, y se movió hasta quedar a cierta distancia.

La gente pasaba empujándose, todos iban demasiado rápido para mis esfuerzos débiles de novicio. Trataba de captar lo que podía pero no conseguía nada.

¿Habría desaparecido el talento? ¿O era que me había imaginado todo?

Nada.

¿Se habrían desvanecido mis poderes?

Cuando volví a la calle Washington, vi un quiosco de diarios donde mucha gente compraba The Globe y The Wall Street Journal y The New York Times, y cuando cambió el semáforo, crucé hasta allí. Un joven miraba la primera página del Boston Herald: una multitud golpea a un mafioso, decía, y mostraba la foto de una figura menor de la Mafia en Providence. Me le acerqué como si estuviera contemplando la pila de Herald. Nada. Una mujer, de unos treinta años con aspecto de abogada, miraba la pila de diarios, buscando algo. Me le acerqué todo lo que pude sin alarmarla. Nada tampoco.

¿Ya no lo tenía?

¿O era que ninguna de esas personas estaba lo suficientemente alterada, enojada, asustada como para emitir ondas cerebrales en una frecuencia detectable, si así era como trabajaba esta habilidad?

Finalmente, vi a un hombre de unos cuarenta años, en la ropa inconfundible de un inversor financiero, de pie junto a pilas de una revista de modas femeninas, Women's Wear Daily, mirando sin ver las filas de cubiertas refulgentes. Algo en sus ojos me dijo que estaba muy alterado por algo.

Me le acerqué, fingiendo mirar la cubierta del último número de The Atlantic, y probé.

…sí la echo va a salir toda esa mierda de la relación amorosa Dios sabe cómo va a reaccionar es una bala perdida por Dios qué porquería llama a Gloria y le dice ay, qué voy a hacer no tengo elección tan estúpido cogerse a la secretaria…

Eché una mirada al inversor y la cara amargada no se había movido.

Para ese entonces, yo ya había formulado un número de teorías o tal vez habría que llamarlos "conceptos" sobre lo que había pasado y lo que debía hacer en adelante.

Uno: El poderoso generador de imágenes por resonancia magnética me había afectado el cerebro de una forma especial por la cual ahora podía "oír" los pensamientos de los demás. No de todos; tal vez no de la mayoría, pero por lo menos de algunos.

Dos: Podía "oír" no todos los pensamientos sino sólo los que estaban "expresados" con cierto grado de énfasis. En otras palabras, sólo "oía" cosas que se pensaban con gran vehemencia, miedo, furia, etcétera. Además, "oía" sólo cuando estaba físicamente cerca de la persona que las pensaba, a un metro a lo sumo.

Tres: Charles Rossi y su asistente de laboratorio no se habían sorprendido por lo ocurrido. Me atrevía a arriesgar más: lo esperaban. Eso significaba que habían estado usando el aparato para ese propósito, antes de que yo apareciera en escena.

Cuatro: La incertidumbre que sentían indicaba que antes no habían tenido éxito o por lo menos que los buenos resultados habían sido escasos.

Cinco: Rossi no estaba seguro de que su experimento hubiera tenido éxito en mí. Por lo tanto, yo estaba a salvo mientras no dejara que se supiera lo que me había pasado.

Seis: Que me atraparan era sólo cuestión de tiempo. Y yo no conocía sus propósitos ulteriores para mí.

Siete: Seguramente, mi vida cambiaría por completo. Estaba en peligro.

Miré el reloj y me di cuenta de que había caminado demasiado tiempo. Volví hacia la oficina.

Diez minutos después estaba otra vez en Putnam amp; Stearns, con unos pocos minutos de descanso antes de la cita. Por alguna razón, recordaba una y otra vez la cara del senador que había visto en el noticiero de la CNN. Senador Mark Sutton (Distrito de Columbia), asesinado a balazos. Ahora me acordaba: el Senador era presidente del Subcomité Seleccionado del Senado sobre Inteligencia. Y… acaso fue hace quince años… Había sido subdirector de la CIA, antes de que lo llamaran a cubrir una vacante en el Senado, y luego lo eligieron por sus propios méritos dos años después.

Y…

Y era uno de los más viejos amigos de Hal Sinclair. Su compañero de habitación en la Universidad de Princeton. Habían entrado en la CIA juntos.

Eran ya tres los muertos de la CIA: Hal Sinclair y dos de sus más íntimos confidentes.

Las coincidencias, creo yo, se dan en todas partes menos en inteligencia.

Llamé a Darlene y le pedí que hiciera pasar a mi cliente de las cuatro en punto.

14

Mel Kornstein entró en la habitación. Se había puesto un traje de Armani que parecía comprado al por mayor. No hacía casi ningún esfuerzo por ocultar su alegría. Su corbata plateada estaba manchada con una media luna amarilla de algo que tal vez era huevo.

– ¿Dónde está ese imbécil? -preguntó, dándome una mano húmeda y mirando mi oficina.

– Frank O'Leary llegará en unos quince minutos. Lo cité antes porque quería que tuviéramos tiempo de revisar algunas cosas entre los dos.

Frank O'Leary era el "inventor" de SpaceTime, el juego de computadora que era copia exacta del sorprendente SpaceTron de Mel Kornstein. Él y su abogado, Bruce Kantor, habían aceptado una reunión para iniciar el análisis de algún tipo de acuerdo. Normalmente, eso quería decir que se daban cuenta de que les convenía llegar a un acuerdo, que sabían que perderían si iban a juicio. Un juicio, dicen los abogados, es una máquina en la que uno entra siendo chancho y sale convertido en jamón ahumado. Pero yo sabía que siendo como eran, también era posible que vinieran sólo como muestra de cortesía. O para mostrar su confianza de gladiadores y tratar de sacudirnos un poco.

No me sentía en mi mejor momento. En realidad -aunque ya casi no me dolía la cabeza- me costaba mucho pensar y Mel Kornstein se dio cuenta de eso.

– ¿Está usted conmigo, abogado? -preguntó, como quejándose, en un momento en que se dio cuenta de que yo había perdido el hilo de su argumentación.

– Sí, estoy con usted -dije, tratando de concentrarme. Había descubierto que si no quería leer los pensamientos de una persona, no lo hacía. Ahí, sentado con Kornstein, me había dado cuenta de que no me sentía bombardeado por pensamientos que cubrieran el sonido de la conversación, lo cual hubiera sido intolerable. Lo podía escuchar con tranquilidad, normalmente, y si quería "leerlo", podía enfocar la mente, decidir que lo haría.Obviamente, no es fácil de describir, pero es lo mismo que le pasa a una madre que distingue la voz de su hijo que juega en la playa entre las de docenas de chicos que juegan con él. Es un poco como escuchar la multitud de voces de una fiesta, algunas más audibles que otras. O tal vez es más exacto decir que es lo que nos pasa cuando hablamos en un teléfono inalámbrico y oímos el fantasma de las conversaciones de otros. Si uno hace el esfuerzo, oye la conversación ajena con toda claridad, pero si quiere, puede concentrarse en la suya.

Así que me descubrí escuchando la voz de Kornstein, que se alzaba cuando estaba furioso, y caía cuando se desesperaba. Por suerte, retomé un poco el hilo para cuando llegaron O'Leary y Kantor. O'Leary era alto, pelirrojo, de treinta años, con anteojos; Kantor era chiquito, compacto, de cerca de cincuenta, y medio pelado. Se acomodaron en mi oficina hundiéndose en las sillas, como si fuéramos todos viejos amigos.

– Ben -dijo Kantor, como saludo.

– Me alegro de verlo, Bruce. -El viejo discurso de amigotes entre abogados.

En ese tipo de reunión, sólo los letrados hablan. Los clientes, si es que aparecen, están únicamente para servir de referencia. Se supone que deben guardar silencio. Pero Mel Kornstein estaba sentado allí, furioso, y se negaba a darle la mano a nadie y no podía dominarse.

– Dentro de seis meses va a estar lavando platos en McDonald's, O'Leary -no pudo dejar de decir-. Espero que le guste el olor a fritanga.

O'Leary sonrió con calma y miró a Kantor con ojos que decían: ¿Piensa manejar a este lunático o no? Kantor me miró a mí y yo dije:

– Por favor, Mel, deje que Bruce y yo nos encarguemos de esto.

Mel cruzó los brazos y se hundió en la silla, rabioso.

El punto real de la reunión era determinar algo muy simple: ¿había visto Frank O'Leary un prototipo del SpaceTron mientras "desarrollaba" el juego SpaceTime? La similaridad de los juegos no estaba en duda. Pero si podíamos probar sin lugar a dudas que O'Leary había visto un SpaceTron en algún momento antes de que su inventor lo sacara al mercado, ganábamos. Era simple.

O'Leary sostenía que la primera vez que había visto un SpaceTron estaba en un negocio de venta de software. Kornstein estaba convencido de que O'Leary había conseguido un prototipo primitivo del juego, de manos de uno de los ingenieros electrónicos de su planta, alguien que se lo había vendido, aunque no podía probarlo. Y ahí estaba yo, tratando de luchar con Bruce Kantor, ese pendenciero.

Después de media hora, Kantor seguía con las quejas sobre prácticas injustas y restricciones a la ley del mercado libre. A mí me estaba costando mucho concentrarme en esa línea de argumentación. Desde la mañana, estaba medio perdido. Por otra parte, sabía que Kantor estaba tratando de perder el tiempo. Ni él ni su cliente iban a ceder ni un ápice.

Pregunté, por tercera vez:

– ¿Puede decir con toda certeza que ni su cliente ni sus empleados tuvieron acceso a ninguno de los trabajos de desarrollo que se realizaban en la firma del señor Kornstein?

Frank O'Leary siguió sentado, impasible, con los brazos cruzados, la mirada aburrida, y dejó que su abogado hiciera el trabajo pesado. Kantor se inclinó hacia adelante, sonrió con su sonrisita engañosa y dijo:

– Creo que con eso está usted tocando el fondo de la olla, Ben. Si no tiene nada más…

Y entonces oí, en ese tono suave que había empezado a reconocer, la voz de Frank O'Leary. Casi no podía distinguirla, pero llevé la cabeza hacia adelante y fingí consultar mi libreta. Lo que realmente hice fue concentrarme para oír eso y separarlo de la charla de Kantor.

Ira Hovanian, decía O'Leary.

Por Dios, si Hovanian dice algo…

– Ah, Bruce -dije-, tal vez su cliente quiera decirnos algo de un tal Ira Hovanian…

Kantor frunció el ceño, pareció enojarse y dijo:

– No sé de qué está…

Pero O'Leary lo tomó inmediatamente del brazo y le susurró algo al oído. Kantor me miró, intrigado por un momento, después giró en redondo y susurró algo más.

Consulté la libretita amarilla y volví a inclinar la cabeza y a escuchar, pero en ese momento, Kornstein me tocó en el hombro.

– ¿Qué tiene que ver Ira Hovanian con todo esto? -susurró-. ¿Y cómo se enteró usted de que existe Ira Hovanian?

– ¿Quién es? -pregunté.

– No tien…

– Dígamelo.

– Es un tipo que dejó la compañía unos meses antes de que saliera SpaceTron. Un shlemazzel.

– ¿Un qué?

– Me dio pena. Perdió mucho en una operación bursátil. Supongo que encontró un trabajo mejor en otra parte. Si se hubiera quedado, ahora sería rico.

– ¿Vendía secretos industriales?-¿Ira? Ira no era nadie.

– Escúcheme -dije-. Por alguna razón, O'Leary conoce ese nombre. Significa algo para él.

– Usted no me mencionó…

– Es una investigación que hice hace poco -contesté-. De acuerdo, déjeme pensar por un minuto.

Me volví para no mirar a Kornstein y fingí concentrarme en mi anotador amarillo. A unos pasos, O'Leary y Kantor susurraban.

…robó un prototipo de trabajo de la caja de seguridad. Tenía la combinación. Me lo vendió. Veinticinco mil y promesa de otros cien cuando sacáramos provecho…

Yo tomé notas lo más rápido que pude y seguí escuchando, pero la voz desapareció. O'Leary sonreía, relajado ahora, y sus pensamientos eran plácidos, y por lo tanto ilegibles.

Estaba por volverme hacia Kornstein para preguntarle si era posible, cuando de pronto, leí otro parlamento.

…quemado. ¿Qué mierda podía hacer…? Es el tipo que cometió lo ilegal… ¿Así que a quién puede apelar, carajo?

Kantor se volvió hacia mí y dijo:

– Veámonos en un día o dos, ¿sí? Creo que ya fue suficiente por hoy.

Yo pensé unos segundos y contesté:

– Si eso es lo que quieren usted y su cliente… A mí me conviene… me va a dar tiempo para buscar una declaración del señor Hovanian, que ya nos ha dado información interesante sobre un prototipo del SpaceTron y una caja de seguridad de la compañía.

Kantor parecía demasiado cómodo. Desplegó las piernas, luego las volvió a plegar y se tiró del mentón con dos dedos.

– Mire -dijo, la voz dos tonos más alta que antes-, haga lo que quiera. Esto es pura palabrería. Pero no perdamos el tiempo, ¿quiere? Si lo que usted pretende es un arreglo mínimo, creo que mi cliente consideraría apropiado terminar con todo esto y estaría dispuesto a hacer una oferta de…

– Cuatro millones y medio -dije.

– ¿Qué? -espetó él.

Yo me puse de pie y le tendí la mano.

– Bueno, caballeros, tengo que ir a buscar una declaración. Con su cooperación en el encubrimiento de una felonía, creo que vamos a tener un juicio muy interesante. Gracias por venir.

– Un segundo, un segundo -exclamó Kantor-. Podemos arreglarlo. Digamos…

– Cuatro y medio -repetí.

– Está totalmente loco…

– Caballeros -dije.

Los dos clientes, O'Leary y Kornstein, me miraban, los ojos muy abiertos, como si yo me hubiera sacado los pantalones y me hubiera puesto a bailar desnudo sobre el escritorio.

– Por Dios -dijo Kornstein.

– Hablemos… hablemos -dijo Kantor.

– De acuerdo -dije, y me senté-. Hablemos.

La reunión terminó cuarenta y cinco minutos más tarde. Frank O'Leary había aceptado pagar un arreglo de 4.25 millones de una sola vez, a noventa días, con la estipulación de que SpaceTime sacaría el juego del mercado al mismo tiempo.

Poco antes del almuerzo, O'Leaiy y Kantor se retiraron de la oficina, mucho más mansos. Mel Kornstein me dio un abrazo húmedo, de oso, me agradeció varias veces y se fue, sonriendo por primera vez en meses.

Cuando me quedé sentado, solo, en la oficina, no atendí los llamados telefónicos y emboqué un tiro perfecto en el aro de basquet. El juego emitió un rugido de público, como el que se escucha en los partidos en el Boston Garden, y gritó con timidez: "¡Doble!". Yo sonreí como un idiota, mientras me preguntaba cuánto podía durarme esa racha de suerte tan especial. Ahora puedo decirlo: duró precisamente un día.

15

Mi error, ahora lo sé, fue el error clásico de la inteligencia operativa novicia: negligencia, incapacidad de imaginarse que hay alguien que está vigilándonos

El problema era que había perdido el sentido de la proporción de las cosas Mi mundo estaba dado vuelta La lógica normal de mi vida tranquila, ordenada, de abogado ya no servía.

Pasamos por la vida como por rutina, creo yo, haciendo nuestro trabajo y cumpliendo con nuestras obligaciones como si tuviéramos vendas en los ojos En ese momento, de pronto, yo ya no las tenía ¿Cómo podía ser cauto, circunspecto, parecerme en algo al agente que había sido en otros tiempos?

Dejé la oficina temprano quería hacer algo antes de ir a casa Cuando llegó el ascensor, estaba vacío -demasiado tarde para la hora pico de la noche- y entré solo.

Necesitaba desesperadamente hablar con alguien, pero, cen quién podía confiar? ¿En Molly? Ella pensaría inmediatamente que había pasado del otro lado de la raya de la cordura Era médica su mundo era muy racional Claro que tendría que decírselo alguna vez pero, ¿cuándo? ¿Y mi amigo Ike? Posible, supongo, pero en ese punto no me parecía que pudiera arriesgarme a contárselo ni a él ni a nadie

Dos pisos más abajo, el ascensor se detuvo y entró una joven Era alta, castaña, los ojos un poco demasiado pintados, pero tenía una linda figura y una blusa de seda que le acentuaba los senos. Nos quedamos ahí en el silencio normal que comparten los pasajeros de ascensor que no se conocen, pero están de pie uno a pocos centímetros del otro en una caja de metal en la que no tienen nada que hacer, excepto esperar. Ella parecía distraída, perturbada Los dos mirábamos hacia arriba, muy concentrados en el cambio de los números El dolor de cabeza, ese martilleo febril, se me había pasado por fin, gracias a Dios.

Yo estaba pensando en Molly cuando lo "oí"…

cómo será en la cama?

La miré instintivamente para asegurarme de que no había dicho nada en voz alta Los ojos de ella rozaron los míos una milésima de segundo, pero luego volvieron a posarse sobre los numerales rojos en el panel sobre la puerta.

Esta vez me concentré para oír mejor

lindo culo Un tipo fuerte, supongo. Parece abogado, así que seguramente es un conservador aburrido pero para una noche qué importa.

Me volví otra vez y nos miramos de nuevo Esa vez, la mirada duró un segundo de más.

Tal vez nunca había tenido a una mujer tan a mi disposición Sentí un terrible espasmo de culpa Estaba escuchando sus fantasías más íntimas, sus especulaciones privadas, sus sueños diurnos Era una violación. Violaba todas las reglas que los seres humanos han desarrollado durante siglos para flirtear, la danza de insinuaciones, indirectas, y sugerencias, que trabaja tan bien porque como en realidad no se dice nada con claridad, nada es seguro.

Yo sabía que esa mujer estaba dispuesta a irse a la cama conmigo. En general, uno no está seguro a pesar de lo que llaman lenguaje del cuerpo. Algunas mujeres disfrutan de las insinuaciones, les gusta llevar las cosas hasta el umbral de la puerta para ver si son deseables y, después, en el último momento, retroceden, juegan con las convenciones sociales, fingen cansancio o enfermedad, afirman que necesitan más tiempo Todo el juego, que ha sorprendido y desequilibrado a hombres y mujeres desde que empezamos a caminar en dos patas (y seguramente antes también) se basa en nuestra incapacidad para saber lo que hay en la mente del otro Se apoya sobre la incertidumbre.

Pero yo sabía. Sabía con absoluta certeza lo que estaba pensando esa mujer Y por alguna razón, me parecía inquietante, como si estuviera al margen de las reglas del comportamiento humano.

También me doy cuenta de que otro hombre hubiera aprovechado inmediatamente la situación ¿Por qué no? Yo sabía que ella estaba dispuesta y la encontraba atractiva Aunque fingiera falta de interés, veía -"oía", digamos- más allá de esa máscara, y hubiera sabido qué decir y en qué momento El poder era enorme.

Bueno, no digo que soy más virtuoso que otros porque no es verdad. Pero estaba enamorado de Molly.

Y fue en ese punto que me di cuenta de que mi relación con Molly no volvería a ser la misma.

La Biblioteca Pública de Boston no estaba demasiado llena a esa hora de la noche y conseguí los libros que había pedido en sólo veinte minutos

La literatura sobre fenómenos extrasensonales es bastante extensa Hay ciertos libros que tienen títulos que parecen sobrios como Descubrimientos síquicos detrás de la Cortina de Hierro y Las bases científicas de la Telepatía Otros, en cambio, tienen nombres tan poco prometedores como ¡Desarrolle todo el poder de su mente en veinte lecciones! o Todos tenemos mentes poderosas. A esos los descarté con apenas una hojeada. Algunos de los serios no lo eran tanto después de unos minutos de lectura escondían mucha especulación y mínimas pruebas bajo capas y capas de hojas de estadísticas y citas históricas Finalmente, me quedé con tres que parecían ofrecerme algo de esperanza Psi (al parecer la abreviatura de "psíquico" en la jerga), Descubrimientos recientes en los fenómenos parasicológicos y Las fronteras de la mente.

Me sentía raro mirando esos libros, a pesar de lo muy especulativos que eran. Era como si alguien que sufre migrañas se hubiera asomado a párrafos y párrafos de volúmenes que afirman que tal vez, sólo tal vez, la migraña exista Yo quería gritar "¡No es teoría, carajo! A mí me está pasando", en el interior cavernoso, callado de la biblioteca.

En lugar de gritar, me limité a leer Aparentemente, entre los locos y los lunáticos hay un cierto número de estudiosos creíbles, con diplomas, que piensan que algunos seres humanos poseen la habilidad de leer la mente Entre ellos, algunos premios Nóbeles e investigadores importantes de Duke, ucla, Princeton, Stanford, Oxford y la Universidad de Freiburg, en Alemania. Estudiaban subespecialidades como "sicometría" o "sicoquinesis" Sus trabajos habían conseguido reconocimiento en otros campos de la investigación, pero ninguno dentro de la parasicología misma, a pesar de algún artículo publicado en diarios científicos respetados como Nature, en Gran Bretaña.

El asunto podía resumirse así tal vez un cuarto de la humanidad experimentaba algún tipo de telepatía, en algún momento de su vida La mayoría de los que la experimentan, decía el libro, se niega a creer o aceptar que tal cosa les ha pasado Leí una serie de casos que me parecieron plausibles Una mujer cena con amigos en Nueva York y de pronto se siente segura de que su padre ha muerto Corre al teléfono, y averigua que el padre murió de un ataque al corazón en el momento exacto en que ella tuvo esa impresión. Un estudiante universitario siente un deseo brusco, inexplicable, de hablar a su casa por teléfono y cuando llama, le dicen que su hermano menor acaba de sufrir un accidente de auto. Frecuentemente, la gente recibe"señales" o "presentimientos" cuando está dormida o en algún estado que la predisponga menos hacia el escepticismo.

Muy interesante, pero nada de eso tenía que ver con lo que me había pasado a mí Yo no estaba experimentando "presentimientos" ni "señales" ni "urgencias" Estaba "oyendo" -no hay otra palabra- los pensamientos de otros. No desde muy lejos. En realidad, tenía que estar a una distancia muy corta o no "oía" nada. Lo cual quería decir que estaba recibiendo algún tipo de señal transmitida por el cerebro humano Ninguno de los libros hablaba de tal cosa.

Hasta que llegue a un capítulo extraño en Las fronteras de la mente. El autor discutía el uso de lo síquico en las fuerzas policiales de los Estados Unidos y en el Pentágono durante la búsqueda de enemigos y soldados perdidos en Vietnam Había una referencia al uso de personas con poderes síquicos en el Pentágono en enero de 1982, cuando se buscaba al general Dozier, secuestrado por las Brigadas Rojas en Italia.

Y luego, descubrí una referencia a un artículo de 1980 en el periódico del ejército de los Estados Unidos, Military Review, sobre "el nuevo campo de batalla mental" El articulo hablaba sobre el "gran potencial" del "uso de la hipnosis telepática" en la guerra, la guerra síquica, la llamaba el artículo. Había una mención de las armas "sicotrónicas" de los soviéticos, el uso de la parasicología para hundir submarinos nucleares estadounidenses y lo que había hecho con las personas con poderes síquicos la Agencia Nacional de Seguridad, sobre todo en cuanto al problema del desciframiento de códigos secretos.

El libro seguía planteando un supuesto "grupo de tareas síquico" que funcionaba en el subsuelo del Pentágono, bajo un sistema de seguridad casi inviolable, dirigido por un jefe de inteligencia.

Y en la página siguiente, encontré una referencia a un proyecto super secreto de la CIA que involucraba una investigación sobre las posibilidades de la inteligencia en cuanto a percepción extrasensorial

El proyecto, según el libro, se eliminó por completo en 1977 cuando el almirante Stansfield Turner llegó a director de la CIA Por lo menos había sido eliminado oficialmente, decía el autor No había muchos datos sobre el proyecto en sí porque según el autor se sabía muy poco y sólo había un nombre asociado, que él había obtenido de un funcionario renegado de la CIA

Era el nombre del director:

Charles Rossi

Muy ansioso y desorientado, sentí que necesitaba ejercicio. Tenía que aclarar la mente y pensar racionalmente.

Hace un par de años que pertenezco a un club atlético de la calle Boylston. Me conviene porque me queda cerca del trabajo y también de mi casa. Tiene una clientela mezclada, desde abogados y ejecutivos, vendedores y demás hasta verdaderos atletas y desocupados ricos. El establecimiento es realmente bueno. Nunca logré que Molly viniera conmigo. Ella cree que todos tenemos un número de latidos determinado en el corazón y no quiere malgastar los suyos en una máquina Nautilus. Y después dice que es médica…

Me saqué la ropa de trabajo, me puse un par de pantalones cortos, una remera y trabajé con los remos automáticos unos veinte minutos mientras pensaba en lo que había leído en la biblioteca.

Mi conclusión fue que en el sentido más estricto de los términos, no estaba leyendo los pensamientos de otras personas. Lo que hacía era percibir ondas cerebrales de baja frecuencia generadas por una sola parte del cerebro, el centro del habla. Dicho de otro modo, oía palabras y frases cuando ya habían dejado de ser pensamientos abstractos o ideas y se convertían en palabras, tenían una forma en el habla, y estaban listas para ser expresadas en voz alta. Aparentemente, si mi teoría era correcta, cuando se nos ocurren ciertos pensamientos con fuerza o pasión, los prearticulamos, los preparamos para el habla aunque no pensemos pronunciar las palabras. Y en esos momentos, el cerebro envía señales perceptibles… por lo menos para mí.

Ojalá hubiera sabido más sobre el funcionamiento del cerebro. Pero no quería arriesgarme a consultar con un neurólogo: si quería seguir manteniendo mi habilidad en secreto, no podía confiar en nadie.

Todo eso me pasaba por la mente mientras seguía remando, con la remera gris cubierta de sudor. Finalmente cambié de máquina. La que elegí es una especie de instrumento de tortura que requiere que se baje y se suba haciendo fuerza sobre un grupo de pedales, como una escalera, mientras uno queda tomado de una barra, en posición totalmente vertical, y una computadora registra la fuerza del dolor.

En la máquina vecina, otra del mismo tipo, había un caballero de unos cincuenta años con una remera azul y pantalones cortos color blanco. Las gotas de su sudor caían sobre la base de metal del aparato, y le corrían como arroyos detrás de las orejas, la nariz y la frente. Tenía puestos unos anteojos con armazón metálica, todos empañados por el esfuerzo. Yo le había hablado una vez en el club -no recordaba el tema- y me parecía que su nombre era Alan o Alvin o algo así y que era vicepresidente de un Banco de Boston, el Beacon Guaranty Trust, un Banco con bastantes problemas, por cierto. Después de una historia de mal manejo sumada a los problemas económicos del país entero, Beacon se estaba deslizando lentamente hacia los caños. Alan o Alvin, según recordaba, era un hombre que estaba siempre deprimido… ¿y quién podía culparlo?

Ahora trabajaba todo el tiempo en la máquina y ni siquiera notaba mi presencia. Tenía los ojos fijos en un punto vacío, a media distancia, la boca medio abierta, la respiración trabajosa.

No era mi intención (quería estar solo con mis pensamientos), pero no pude evitar oír lo que oí.

¿El tío de Catherine, tal vez?

No. Los de la CSI se le van a tirar encima. Esos malditos se las saben todas.

Es tan ilegal como vender mis propias acciones.

Tiene que haber una forma.

Yo no captaba todo lo que decía. Sus pensamientos venían y después desaparecían, claros primero, indistintos después, como una radio tratando de captar una estación muy distante.

Lo de la CSI y la ilegalidad me llamó la atención. Incliné la cabeza hacia ese cuerpo húmedo, jadeante.

Esas acciones van a llegar al cielo. ¿Por qué mierda no puedo comprar acciones de mi propia compañía? No es justo. Me pregunto si hay alguien más en el directorio que esté pensando en esto. Claro que sí. Seguro que todos tratan de buscarle la vuelta…

El monólogo se hacía más y más interesante y me esforcé por acercármele sin llamar la atención. Perdido en sus pensamientos de avaro y codicioso, Al no parecía consciente de mi existencia.

Veamos… El anuncio se hace mañana, a las dos de la tarde. Todos los analistas financieros y cientos de tenedores de acciones ven que el pobre Beacon Trust va aparar a las manos de la sólida Saxon Bancorp y todos y hasta la abuela van a querer comprar las acciones subvaluadas de Beacon. Vamos a ir de once y medio a cincuenta o sesenta en dos días. ¿ Y yo tengo que quedarme con los brazos cruzados? Tiene que haber una forma. Dios. Tal vez una amiguita rica de Catherine. Tal vez al tío se le ocurra alguien que no tenga nada que ver conmigo… comprar algo de Beacon mañana de mañana a nombre de otro y…

A mí me latía con fuerza el corazón. Había captado lo que sólo puede describirse como información confidencial y la última información disponible. Beacon Trust terminaría en manos de Saxon. El trato se anunciaría al día siguiente. Alan o Alvin era uno de los pocos ejecutivos y abogados de la compañía que lo sabían. Era obvio que las acciones subirían y cualquiera que lo supiera de antemano se volvería rico. Al estaba pensando en una forma de hacerlo para sí mismo sin atraer a los sabuesos de la CSI en su contra.

Yo podía hacerlo. No había forma de rastrear la conexión.

En cuestión de horas compraría acciones de Beacon Trust y esas acciones harían que mi medio millón de dólares perdido pareciera una estupidez.

Nadie podía relacionarme con Beacon Trust. Mi firma no tenía negocios con Beacon (no nos hubiéramos dignado a tenerlos). Y yo trataría de no decirle ni hola a Al: sería mejor si no intercambiábamos ni una sola palabra.

¿Qué podían hacer los de la Comisión de Seguridad e Intercambio? ¿Llevarme a una corte, ponerme frente al jurado y acusarme de tratar de obtener provecho ilegalmente? El presidente de la CSI terminaría encerrado en una habitación de paredes blandas y blancas, con un chaleco de fuerza si presentaba la denuncia.

Me separé de la máquina, todo transpirado. Había hecho más de cuarenta minutos en esa máquina terrible y ni siquiera me había dado cuenta.

16

Veinte minutos después, oí que giraban dos llaves en los cerrojos de la puerta y la voz de Molly que me llamaba:

– ¿Ben?

– Llegas tarde -dije, fingiendo irritación-. Dime qué es más importante: la vida de un chico o mi cena…

Levanté la vista, nos sonreímos y la vi muy cansada.

– Ey -dije, acercándome para abrazarla-. ¿Qué pasa?

Ella sacudió la cabeza despacio, agotada.

– Mal día.

– Ah -dije-, pero ahora estás en casa. -La rodeé con mis brazos y la besé, un beso largo, pensado. Le puse las manos sobre las nalgas y me apreté contra ella.

Ella me deslizó las manos, secas y frías, por la espalda y más abajo, dentro de los pantalones cortos.

– Mmmm -dijo. Tenía el aliento cálido contra mi nuca.

Le pasé las manos dentro de la blusa, dentro del algodón blanco del corpiño, sentí los pezones tibios, erectos.

– Mmmm -repitió.

– ¿Arriba? -le pregunté.

Ella gimió un poco, después tembló.

…cocina… oí.

Me incliné hacia ella, le pasé el dedo índice sobre el seno derecho, toqué el pezón erguido.

…en la cocina, de pie, aquí mismo…

Me levanté, la tomé de los hombros y la llevé desde el comedor hacia la cocina, después la empujé contra la mesa de roble usada.

Sus pensamientos. Estaba mal, era una maldad, era vergonzoso, pero, arrastrado por el deseo, no podía detenerme…

Sí, sí…

Gimió con suavidad cuando le saqué la blusa.

…el otro seno, sí, sí. No pares. Los dos…

Obediente, le acaricié los dos senos con las palmas, después le chupé uno, y el otro.

No te muevas…Seguí haciéndolo mientras la empujaba hasta que quedó recostada contra la mesa, lejos de los boles. Nunca había visto El cartero llama dos veces pero me acordaba del afiche. ¿No habían hecho lo mismo Lana Turner y John Garfield?

Le toqué los muslos, despacio, con el pene erecto y cuando le bajaba la bombacha, oí:

No, todavía no.

Obedeciendo a sus deseos mudos, volví a concentrarme en los senos, y me quedé allí más tiempo de lo que lo hubiera hecho naturalmente.

Hicimos el amor sobre la mesa de la cocina, y perdimos un bol chino en el proceso. Ninguno de los dos notó el momento del estallido de la porcelana. Fue el sexo más intenso, más erótico, que yo hubiera tenido en mi vida, eso tengo que decirlo. Molly se entregó tanto que se olvidó de ponerse el diafragma. Tuvo orgasmos una y otra y otra vez, mientras le rodaban las lágrimas por las mejillas. Después, nos quedamos juntos, enredados uno en brazos del otro, húmedos de sudor y de los líquidos y los olores del amor, sobre el sillón del comedor.

Pero cuando terminamos, me sentí terriblemente culpable.

Dicen que todos los seres humanos sienten tristeza después del sexo. Yo creo que sólo los hombres la experimentan. Molly parecía feliz y desorientada, mientras me acariciaba el pene flaccido, enrojecido, seco.

– No te cuidaste -dije-. ¿Significa que cambiaste de idea sobre lo del bebé?

– No -dijo ella, la voz llena de sueño-. No estoy en la parte fértil del ciclo. No es muy peligroso. Y valió la pena.

Me sentí todavía más culpable, un depredador, un malvado. La había violado en un sentido fundamental. Al responder a cada uno de sus deseos, la había manipulado de una manera terrible, había cometido algo incorrecto, algo deshonesto.

Me sentía como la mierda.

– Sí -dije-. A mí también me gustó.

Molly y yo nos casamos en una hermosa casa antigua de las afueras de Boston. El día todavía aparece borroso para mí. Me acuerdo de haber recorrido el pueblo, buscando un traje y un par de medias negras para usar en la ocasión.

Antes de la ceremonia, Hal Sinclair se me acercó y me tomó por el codo. En su esmoquin, parecía más distinguido todavía: el cabello blanco le brillaba contra la cara tostada, larga,estrecha y hermosa. Tenía un mentón alto, labios finos, líneas de risa alrededor de los ojos y de la boca.

Parecía enojado, pero después me di cuenta de que lo que estaba expresando era severidad y nunca lo había visto así antes.

– Cuida a mi hija -dijo.

Yo lo miré. Esperaba una broma, pero él tenía un aspecto sombrío.

– ¿Me oyes?

Dije que lo oía. Claro que sí.

– Cuídala.

Y de pronto me golpeó, un puñetazo en el plexo solar. ¡Claro! A mi primera esposa la habían matado. Hal nunca me lo diría, pero de no ser por mi error en los procedimientos, Laura aún estaría viva. De no ser por mi apuro, mi impaciencia.

Mataste a tu primera esposa, parecía decirme. No mates a la segunda, Ben.

Sentí que estaba sonrojándome. Tenía ganas de decirle que se fuera a la mierda. Pero no podía, no a mi futuro suegro, no en el día de la boda.

Le contesté con toda la calidez que pude reunir:

– No se preocupe, Hal. Pienso cuidarla.

– Tengo un cliente, Mol -le dije después mientras tomábamos vodka y tónica en la mesa de la cocina-. Un hombre normal, cuerdo…

– Si es cuerdo, ¿qué hace en Putnam amp; Stearns? -Tomó un trago del vaso congelado. -Excelente. Mucha lima, como me gusta.

Yo me reí.

– Este cliente, que parece totalmente normal, me preguntó si creo en la posibilidad de fenómenos extrasensoriales.

– fes.

– Dice que puede ver los pensamientos de otros, como leerlos.

– ¿Adonde quieres llegar?

– Lo intentó conmigo… y estoy convencido de que puede. Lo que quiero saber es si tú aceptas la posibilidad…

– No. Sí. ¿Qué sé yo, carajo? ¿Adonde quieres ir a parar con todo esto?

– ¿Oíste hablar de eso alguna vez?

– Claro. Seguramente hubo un episodio al respecto en La cuarta dimensión. Un chico en un libro de Stephen King. Pero escucha, Ben… Tenemos que hablar…-De acuerdo -dije, un poco preocupado.

– Hoy se me acercó un tipo en el hospital.

– ¿Qué tipo?

– "¿Qué tipo?" -Molly se burlaba de mí, imitándome con amargura. -Vamos, Ben, tú lo sabes, lo sabes perfectamente.

– ¿De qué estás hablando, Molly?

– Esta tarde. En el hospital. Dijo que le dijiste dónde encontrarme.

Yo apoyé el trago sobre la mesa.

– ¿Qué?

– ¿No hablaste con él?

– No tengo idea de qué se trata todo esto, te lo juro. ¿Alguien "se te acercó"?

– No digo que fuera agresivo. No. Había un tipo, un tipo sentado en la sala de espera de mi sección y supongo que le dijo a alguien que quería verme. Yo no lo conocía. Tenía un aspecto… no sé… oficial… traje gris, corbata azul, y todo eso.

– ¿Quién era?

– Bueno, ahí está el problema. No sé.

– No…

– Escucha -dijo ella, la voz aguda-. Tú escúchame a mí. Me preguntó si era Martha Sinclair, hija de Harrison Sinclair. Dije sí, ¿quién era él?, pero él me preguntó si podía hablarme unos minutos y acepté.

Me miró, los ojos rojos, cansados, y siguió contándome.

– Dijo que había hablado contigo, que era amigo de papá. Supuse que era un empleado de la Agencia, tenía el aspecto, y que quería hablarme y no me rehusé.

– ¿Y qué quería?

– Me preguntó si sabía algo de una cuenta de mi padre, una qué abrió antes de morir. Algo sobre un código de acceso o algo así. Yo no sabía de qué mierda me estaba hablando.

– ¿Qué?

– Entonces no habló contigo, ¿eh? -dijo ella, casi ahogando un sollozo-. Ben, es mentira, sí, tiene que ser mentira.

– ¿No te dijo cómo se llamaba?

– No le pregunté, estaba asustada, casi no podía caminar… Ni hablar.

– ¿Y cómo era?

– Alto. Piel blanca, casi albino. Cabello rubio, muy finito. Fuerte pero… no sé… como femenino. Dijo que hacía trabajos de inteligencia para la CIA -me contó Molly, con la voz aguda, débil-. Dijo que estaban investigando lo que llamó la "supuesta estafa" de papá y que quería saber si papá me había dejado papeles o me había dado información. Quería los códigos de acceso.

– ¿No le dijiste que se metiera las preguntas en el culo?

– Le contesté que había un error, ya sabes, le pregunté qué prueba tenían, todo eso. Y el tipo dijo que se mantendría en contacto, pero que mientras tanto tratara de acordarme de todo lo que había dicho mi padre. Y después dijo…

Tenía la voz quebrada y se cubrió los ojos con una mano.

– Sigue, Molly.

– Dijo que la estafa, seguramente, estaba conectada con el asesinato de papá. Sabía lo de la foto de… -Cerró los ojos.

– Sigue.

– Dijo que había mucha presión en la Agencia para hacerlo público, entregarlo a los diarios, y yo dije, no puede ser, no es justo, es mentira, van a arruinar su reputación. Y él dijo, a nosotros tampoco nos gusta, señora Sinclair. Lo único que queremos es su colaboración.

– Dios -dije con un gemido.

– ¿Tiene algo que ver con la Corporación, Ben? ¿Con lo que estás haciendo para Alex Truslow?

– Sí. Creo que sí.

17

A la mañana siguiente muy temprano -tiene que haber sido temprano porque Molly no se había levantado para ir a trabajar-, abrí los ojos, miré a mi alrededor como hago siempre y vi que no eran ni las seis.

Molly estaba dormida a mi lado, encogida en posición fetal, las manos unidas contra el pecho. Me gusta mirarla dormir. Me gusta la vulnerabilidad de nena que tiene, me gusta verle el cabello enredado y la cara desarreglada. Tiene la habilidad de dormir más profundamente que yo. A veces me parece que disfruta más del sueño que del sexo. Y generalmente se levanta de un humor hermoso, feliz y fresca, como si acabara de volver de unas breves y maravillosas vacaciones.

Yo, en cambio, me despierto dispéptico, confundido, gruñón. Esa vez me levanté, crucé el frío piso de madera para ir al baño, tratando de no hacer ruido. Ella estaba muy lejos, soñando, y no era fácil sacarla de ese sitio. Después, me acerqué a su lado de la cama, me senté en el borde e incliné la cabeza.

Me sorprendió "oír" algo.

No era nada coherente, nada de pensamientos ordenados y breves como los que había oído el día anterior.

Oí pedacitos casi musicales de sonido, algo tonal, algo que no sonaba a ningún idioma que yo hubiera oído. Era como si hubiera captado en la radio un programa en idioma extranjero. Y luego, un grupo de palabras con sentido. Computadora, oí, y después algo que sonaba a zorro y después, claramente un sueño de hospital, monitor, y Ben, y más de esos sonidos musicales.

Y después, de pronto, Molly estaba despierta. ¿Había sentido mi aliento en su cara? Abrió los ojos despacio, los puso en mí. Y se sentó, asustada.

– ¿Qué pasa, Ben? -preguntó ansiosa.

– Nada -dije.

– ¿Qué hora es? ¿Las siete?

– Las seis. -Dudé y después agregué: -Quiero hablarte.-Yo quiero dormir -dijo en un gruñido, y cerró los ojos-. Hablemos después. -Rodó de costado y se aferró a la almohada.

Yo le toqué el hombro.

– Mol, amor, tenemos que hablar.

Con los ojos cerrados, murmuró:

– De acuerdo.

Le toqué otra vez el hombro y volvió a abrir los ojos.

– ¿Qué pasa? -Se sentó otra vez, despacio.

Yo me metí en la cama. Me dejó lugar.

– Molly -empecé a decir y después me detuve. ¿Cómo se dice algo así? ¿Cómo se explica algo que no tiene sentido ni siquiera para uno mismo?

– ¿Mmmm?

– Mol, esto va a ser muy difícil de explicar. Creo que vas a tener que escucharme. No vas a creerme, supongo. Yo no lo creería, te aseguro, pero por ahora escucha, por favor.

Ella me miró un momento, con sospechas.

– ¿Tiene algo que ver con el tipo del hospital?

– Por favor, escucha. Sabes que vino ese hombre de la CIA y me pidió que me sometiera a un examen poligráfico en un generador de imágenes por resonancia magnética.

– ¿Y?

– Creo que la máquina le hizo algo… a mi cerebro…

Se le agrandaron los ojos, después levantó las cejas, preocupada.

– ¿Qué fue lo que pasó, Ben?

– No, escucha. Esto es difícil, te dije. ¿Crees al menos en la posibilidad de que algunos seres humanos posean percepción extrasensorial?

– Ese cliente del que me hablaste anoche. No hay cliente, ¿eh? -Gruñó. -Ay, Ben.

– Escucha, Molly…

– Tengo amigos, Ben, amigos que podrías consultar. En el hospital…

– Molly…

– Muy buena gente, gente muy pero muy inteligente. El jefe de siquiatría de adultos…

– Por Dios, Molly, no perdí un tornillo…

– Entonces…

– Mira, sabes que hubo una serie de estudios en los últimos años que demuestran, no con seguridad, pero por lo menos en forma convincente para los que tienen la mente abierta, que hay una posibilidad de que algunos seamos capaces de percibir los pensamientos de los demás.

"En febrero de 1993, un sicólogo de Cornell leyó un trabajo en la reunión anual de la Asociación Estadounidense para el Avance de la Ciencia Está en los anales, es publico. Presentó una buena prueba estadística de la existencia de la fes, de que se pueden leer los pensamientos de los demás. Aceptaron el trabajo y lo publicaron en una de las revistas más prestigiosas en el campo de la sicología. Y la jefa del departamento de sicología de Harvard dijo que estaba "bastante persuadida".

Ella parecía casi distraída ni me miraba, yo seguí de todos modos.

– Hasta hace poco nunca presté atención a todo eso. El mundo está lleno de charlatanes y bromistas, y siempre me pareció que los que hablan de eso son de una de esas categorías, o tontos o inocentes o algo peor.

Estaba desesperándome. Trataba de sonar racional y duro y convencido, como un buen abogado.

– Bueno, creo que podemos ir al punto. La CIA y la vieja kgb y vanas agencias de inteligencia en el mundo, creo que el Mosad de Israel también, tienen un historial de interés en las posibilidades que tiene eso para el espionaje. Les interesa la gente que posee aunque fuera una módica cantidad de llamémoslas habilidades "síquicas" Hay programas muy bien pagos, con muchos fondos que buscan a tales personas y tratan de emplearlas en inteligencia. Cuando yo estaba en la Agencia, me acuerdo de haber oído rumores sobre un programa especial Y leí un poco sobre todo eso ahora.

Molly sacudía la cabeza lentamente, aunque yo no sabia si era un gesto de pena o un gesto de incredulidad Me tocó la rodilla con una mano y dijo.

– Ben, ¿crees que Alex Truslow está involucrado en esto''?

– Escúchame -dije-, cuando -Se me fue la voz mientras pensaba en algo

– ¿Mmmm?

Levanté una mano para que guardara silencio Traté de limpiar mi mente, después me concentré. Seguramente, si estaba tan perturbada como parecía…

Rosemberg, oí claramente Me mordí el labio y me concentré más.

dejé que hiciera ese trabajo de Truslow, mierda, tiene que ser tan duro para él volver a ver a esos tipos después de dejarlo, después de lo que le paso, tiene que ser difícil, y esta pagando el precio. Stan Rosemberg hará tiempo para él hoy mismo, hoy si le pido un favor…

– Molly, ¿vas a llamar a Stan Rosemberg, eh? Ese es el nombre, ¿verdad?

Ella me miró con tristeza

– Es el nuevo jefe de siquiatría Ya te lo mencioné, ¿verdad?

– No, Molly, nunca me lo dijiste Estabas pensando en eso.

Ella asintió y desvio la vista.

– Molly. Hazme caso un segundo, no te pido más. Piensa en algo. Algo que yo no pueda saber

– Ben -dijo ella con una sonrisa muy dolida en la boca.

– Piensa piensa en el nombre de tu maestra de primer grado. Hazlo, Molly, por favor, por favor.

– De acuerdo -dijo ella con paciencia Cerró los ojos, como si estuviera pensando fuerte y yo me aclaré la mente y lo oí:

Señorita Nocito

– Señorita Nocito, ¿verdad?

Ella asintió Luego levanto la vista y me miró, exasperada.

– ¿Que sentido tiene todo esto, Ben? ¿Te divierte ponerme asi?

– Escúchame, por Dios. Algo me pasó en el generador de imágenes de Rossi Esa cosa me altero el cerebro, o algo asi. Salí con una habilidad para… ¿cómo te lo explico? para oír, o leer, o escuchar los pensamientos de otras personas. No todo el tiempo, no todo lo que piensan. Solo cosas que piensan con rabia o miedo o ansiedad Pero puedo hacerlo. Obviamente alguien descubrió que un aparato muy poderoso de resonancia magnética puede alterar el cerebro, o algunos cerebros.

Cinco cinco cinco cero siete dos cero. Cuando vaya al baño o abajo. Voy a llamar a Maureen. Ella tiene que tener alguna idea sobre que hacer…

– Molly, escucha. Vas a llamar a alguien llamada Maureen. El numero de teléfono es 555 0720.

Ella me miro, dura.

– No puedo haberlo sabido de otra forma, Molly, en serio. Créeme.

Siguió mirándome, los ojos brillantes de lágrimas, la boca un poco abierta.

– ¿Como hiciste eso? -susurró.

Ah, gracias a Dios. Gracias a Dios.

– Molly, quiero que pienses algo, algo que no puedo ni imaginar que estes pensando en este momento Por favor.

Ella levanto las rodillas hasta el pecho, las apretó contra su cuerpo y frunció los labios

Trollope. Nunca leí Barchester Towers. Quiero leerlo en las próximas vacaciones.

– Estas pensando que nunca leíste Barchester Towers de Trollope -dije con toda deliberación.

Molly jadeo una vez, despacio, un ruido audible

– No, no no…

Yo asentí

– No -dijo ella y me asustó ver esa cara querida dominada por una expresión no de excitación, sino de miedo-. Oh, Ben, por favor, no.

Levantó la cabeza en un gesto de profunda reflexión. Salió de la cama y empezó a caminar por la habitación.

– ¿Aceptarías ver a alguien del hospital? -preguntó-. ¿Un neurólogo, alguien con quién podamos hablar de esto?

Lo pensé un segundo.

– No, no creo.

– ¿Por qué no?

– No van a creerme.

– Si haces lo que me hiciste a mí… si lo demuestras… ¿cómo no van a creerte?

– Cierto. Pero, ¿qué sentido tiene? ¿Qué me dirían?

Ella levantó las manos, después las colocó a sus costados.

– Cómo pasó esto -dijo, la voz casi aguda de tensión-. Cómo pudo haber pasado.

– Molly -dije, volviéndome a mirarla. Ella jugaba con una concha marina que había sacado de la cómoda. -Pasó. Nadie va a decirme nada que yo no sepa.

Ella me miró.

– ¿Cuánto sabe Truslow?

– ¿Sobre mí? Probablemente nada. Y no dejé que Rossi lo supiera… por lo menos no creo…

– ¿Le hablaste de esto a Alex?

– Todavía no.

– ¿Por qué?

– No sé…

– Llámalo.

– Está en Camp David.

Ella me miró, intrigada.

– Con el Presidente -expliqué.

– Ah, por el puesto en la CIA. ¿Se lo dijiste a Bill Stearns?

– No, claro que no.

Ella hizo una pausa.

– ¿Por qué no?

– ¿Qué quieres decir con por qué no…?

– ¿De qué tienes miedo?

– Molly, vamos…

– No, Ben, piénsalo un segundo. -Volvió al lado de la cama y se sentó a mi lado, sin dejar de jugar con la concha. -Truslow y Asociados tiene que recuperar una fortuna. Es trabajo secreto así que un tipo de la CIA, con el pretexto de limpiarte, te hace pasar por este protocolo. Un detector dementiras. Eso te dijeron. Tal vez trabaja también en eso. De acuerdo. ¿Y por qué crees que saben que ese poderoso generador de imágenes tiene otro… digamos un efecto colateral, algo como reacomodar el cerebro humano o una parte de ese cerebro…? ¿Como para que la gente expuesta desarrolle una capacidad para oír las ondas cerebrales de otros? Quiero decir, ¿cómo sabes que saben lo que te hizo, lo que puede hacerle a una persona?

– Después de lo del tipo del hospital ayer… ¿cómo puedes dudarlo?

– Ben -dijo ella, después de un momento de silencio… la voz muy débil.

– ¿Mmmm?

Se volvió hacia mí, como para besarme, la cara llena de ansiedad.

– Cuando… cuando hicimos el amor anoche, en la cocina.

Me puse derecho sin querer, con culpa.

– ¿Sí?

– Estabas haciéndolo, ¿verdad?

– ¿Haciendo…?

– Me leías la mente, ¿verdad? -Ahora la voz era la suya, severa otra vez.

Sonreí, tenso.

– ¿Qué te hace pensar…?

– Ben.

– Tú y yo no necesitamos percepción extrasensorial -empecé a decir con jovialidad falsa.

Ella se arrancó de mis brazos.

– Lo hiciste, ¿verdad? -Ahora estaba furiosa. -Me escuchabas, lo que pensaba, mis fantasías, ¿verdad?

Antes de que pudiera contestarle, espetó:

– ¡Hijo de puta!

Se puso de pie, las manos en la caderas, mirándome.

– Hijo de puta -dijo, la voz tranquila y peligrosa-. No vuelvas a hacerme eso nunca más.

18

La reacción de Molly era comprensible, supongo. Hay algo horrendo y subversivo al saber que los pensamientos más privados de uno -esos que uno supone que son propios e inaccesibles a cualquier otra persona- pueden terminar en los "oídos" de otro.

Habíamos disfrutado del mejor sexo de nuestras vidas, Molly y yo, y ahora a ella le parecía barato, fraudulento, falso. Pero, ¿por qué? Lógicamente, el poder me permitía saber cosas que en general no sabemos, lo que otro quiere en secreto, y dárselo.

¿Correcto?

Y sin embargo, una de las cosas que nos hacen inteligentes, que nos convierten en seres pensantes, es la habilidad para no compartir nuestros pensamientos con otros, para decidir qué decir y qué mantener en secreto. Y ahí estaba yo, poniendo el pie del otro lado de esa frontera. Molly parecía distante cuando nos despedimos una hora después. Después de lo que se había enterado sobre mí, ¿quién podría culparla?

Supongo que en algún nivel yo había esperado despertarme esa mañana y darme cuenta de que lo había soñado todo, de que ahora volvería a mi trabajo seguro y razonable como abogado de patentes, de que seguiría con mis entrevistas y reuniones como siempre.

Eso puede parecerle extraño a usted. Después de todo, la habilidad para leer los pensamientos de otros es una de las viejas fantasías que tenemos muchos de nosotros. Hay lunáticos que compran libros y cintas que prometen enseñarles poderes extrasensoriales. En algún momento de nuestras vidas, todos deseamos algo así.

Pero si en realidad nos lo dieran, no lo querríamos. Le doy mi palabra.

Apenas llegué a mi oficina y charlé un poco con Darlene, cerré la puerta y llamé a mi corredor de acciones, John Matera,en Shearson. Había sacado unos cuantos miles de dólares de mi caja de ahorro y los había puesto en mi cuenta de acciones de Shearson. Eso, más una pequeña cantidad que tenía en valores, sobre todo Nynex y algunos otros, me daría suficiente dinero para la operación. Estaba jugando con el dinero que me había dado Bill Stearns como adelanto para salvarme de la bancarrota, la pobreza y la ruina.

Pero al fin y al cabo lo que iba a hacer era seguro.

– John -dije después de algunas palabras de saludo-, ¿a cuánto cotiza Beacon Trust?

John, que es un tipo directo, rudo incluso, me contestó sin un segundo de pausa:

– Nada. Es gratis. Se las regalan a cualquiera que sea lo suficientemente tonto como para expresar interés. ¿Para qué mierda quieres esa caca de elefante, Ben?

– ¿El precio?

Suspiró una vez, un suspiro largo, desde el fondo del alma. Hubo un ruidito de teclado de computadora y después dijo:

– Piden once y medio, puedes comprarlas por once.

– Veamos -dije-. Con treinta mil dólares puedo conseguir…

– Una úlcera, por Dios. No seas estúpido.

– John, hazlo. Por favor.

– No me está permitido darte consejos -dijo él-. Pero, ¿por qué no lo piensas un poco y me llamas cuando recuperes la razón?

A pesar de sus vehementes protestas, le pedí 2800 acciones de Beacon Trust a once y cuarto. Diez minutos después me llamó para decirme que ya era el "orgulloso poseedor" de 2800 acciones de Beacon Trust a once, y no pudo aguantar el deseo de agregar:

– Imbécil.

Yo sonreí unos segundos, después junté coraje para llamar a Truslow. De pronto, me acordé que había dicho que iba a Camp David y entonces, me dio pánico. Era importantísimo, imperativo que le hablara, que descubriera si lo que me había pasado era intencional, si él sabía…

¿Pero cómo?

Primero llamé a Truslow y Asociados. Su secretaria me informó que estaba fuera de la ciudad y que era imposible comunicarse con él. Sí, dijo, sabía quién era yo, sabía que yo era un amigo del señor Truslow, pero ni siquiera ella sabía cómo comunicarse.

Entonces, llamé a su casa de Louisbourg Square. Una mujer contestó el teléfono (un ama de llaves, supongo). Dijo que el señor Truslow estaba fuera de la ciudad, "en Washington,creo", y que la señora Truslow estaba en New Hampshire. Me dio el número de teléfono de New Hampshire y por fin, conseguí hablar con Margaret Truslow. La felicité por el puesto que iban a darle a Alex y le dije que necesitaba ponerme en contacto con él inmediatamente.

Ella dudó.

– ¿No puede esperar, Ben?

– Es urgente -dije.

– ¿Y su secretaria? ¿No puede arreglarlo con ella?

– Tengo que hablar con Alex. Inmediatamente.

– Ben, usted sabe que está en Maryland, en Camp David -dijo con delicadeza-No sé cómo llegar a él y tengo la sensación de que no es buen momento para molestarlo.

– Tiene que haber una forma -insistí-. Y creo que él estará de acuerdo en que lo molesten. Si está con el Presidente o algo así, bueno. Pero si no…

Un poco molesta, me dijo que llamaría a la persona de la Casa Blanca que había hecho el primer contacto con Alex para ver si podíamos hablar con él. También aceptó pasarle un mensaje: yo le pedía que si me llamaba, lo hiciera desde un teléfono portátil.

Las reuniones de socios en Putnam amp; Stearns son tan aburridas como todas las reuniones de socios en los estudios de abogados, excepto tal vez, en televisión, en Será Justicia. Nos reuníamos una vez por semana los viernes de mañana a discutir lo que Bill Stearns quería que discutiéramos y a decidir lo que debe decidirse.

En el curso de esa reunión en particular, con café y muy buenas rosquillas dulces de los proveedores de la firma, revisamos una serie de cuestiones que iban desde lo aburrido (¿cuántos nuevos asociados tomaríamos para el año siguiente?) a lo casi sensacional (¿aceptaría la firma la representación de un muy famoso señor del crimen, o digamos un supuesto señor del crimen, hermano de uno de los políticos más poderosos del país, al que estaban por acusar de fraude por una denuncia de la Comisión de la Lotería?).

Respuestas: No para el señor del crimen y seis en cuanto a los socios. Si no hubiera sido por el único ítem que me competía -¿podía yo formar un buen caso con un gigantesco conglomerado de comidas para que accedieran a pagarme para una demanda contra otro conglomerado de comida para dirimir quién había robado la fórmula de las fibras para adelgazar de quién?-, no habría podido concentrarme en el trabajo.

Me sentía inquieto, como si fuera a estallar en cualquier momento. Bill Stearns, a la cabeza de la mesa de reuniones con su forma de sarcófago, parecía estar mirándome demasiado. ¿O era que yo estaba paranoico? ¿Lo sabría él también?

No, la verdadera pregunta era: ¿cuánto sabía?

Tuve ganas de ponerme a oír los pensamientos de mis colegas mientras hablaban o callaban pero a decir verdad, era difícil. Tantos estaban nerviosos, irritados, furiosos, que el murmullo incesante subía como una gran pared de sonido, o una pila de charlas confusas, de la cual apenas si podía separar los pensamientos de uno de las palabras de otro. Sí, ya describí la diferencia cualitativa -en timbre- entre los pensamientos que recibía y las voces habladas. Pero la diferencia es sutil y cuando había demasiado ruido en el aire al mismo tiempo, me confundía y me irritaba y no conseguía nada.

Pero no podía dejar de recibir algún pensamiento que otro, al azar. Y así, en un momento, oí a Todd Richlin, el genio financiero de la firma, que mientras discutía letras y activos y disponibles, pensaba en un frenesí de angustia: Stearns levantó las cejas, ¿qué mierda quiere decir eso? y Kinney está tratando de decir algo que me deje en ridículo, ese hijo de puta… Y por encima de eso, las interjecciones de Thorne y Quigley, algo sobre pagarle a un asesor externo para entrenar a nuestros asociados casi iletrados en el arte de hablar y escribir, y después las voces de esos asociados con sus pensamientos por encima. Así que terminé rodeado por un laberinto de voces, que gradualmente me llevó a la distracción total.

Y cada vez que miraba a la cabecera de la mesa, Bill Stearns parecía estar mirándome.

Pronto, la reunión empezó a desarrollar ese ritmo alocado que indica que queda menos de media hora. Richlin y Kinney estaban trabados en una especie de lucha de gladiadores en cuanto al curso del litigio de corporaciones relacionado con Viacorp, una gran firma en Boston, y yo trataba de aclarar mi cabeza cuando oí que Stearns daba por terminada la sesión, se levantaba del asiento y salía de la habitación.

Corrí para alcanzarlo, pero él siguió andando rápido hacia el vestíbulo.

– Bill -lo llamé.

El se volvió para mirarme, los ojos duros como el acero, y no se detuvo. Deliberadamente (o así me pareció) trataba de mantener una buena distancia física entre los dos. El jovial Bill ya no estaba allí, se había convertido en un hombre de cara severa, casi aterrorizante.

¿Él también sabía?

– Ahora no, Ben -dijo en una voz extraña, perentoria, que nunca había usado conmigo.Unos minutos después, en mi oficina, me pasaron una llamada de Alexander Truslow

– Por Dios, Ben, ¿es importante? -Su voz tenía el tono chato, extraño, de los telefonos portátiles

– Sí, Alex, muy importante -respondí- ¿La línea es estéril?

– Si Por suerte pensé en traer esto conmigo

– Espero no haberlo llamado en medio de una reunión con el Presidente, o algo así

– No, no Se esta viendo con un par de miembros de su gabinete sobre algo que tiene que ver con la crisis en Alemania, asi que estoy aquí, esperando ¿Qué pasa?

Le resumí lo que había pasado en "Laboratorios de Investigación y Desarrollo" y le dije lo que ahora era capaz de hacer, con el tono mas tranquilo que pude.

Hubo una larga, larga pausa El silencio parecía infinito ¿Pensaba que yo había perdido la razón? ¿Iba a colgarme?

Cuando habló, su voz era casi un susurro

– El Proyecto Oráculo -dijo

– Mi Dios. Me contaron algo si… pero pensar…

– ¿Sabe algo de esto?

– Por Dios, Ben, conozco a ese tipo, Rossi, y estaba metido en eso. Pense… Dios, me dijeron que habían tenido algo de éxito, que funcionó con una persona, pero por lo que supe Stan Turner terminó con todo eso, hace tiempo. Asi que de eso se trata. Debería haberme dado cuenta de que Rossi andaba en algo.

– ¿No le informaron?

– ¿Informarme? Me dijeron que era un detector de mentiras ¿Ve? Eso quería decir cuando le dije a usted que algo anda mal. La Compañía esta fuera de control Mierda, no se en quien puedo confiar.

– Alex -dije- Voy a cortar todas mis conexiones con usted Por completo

– Ben, ¿esta seguro? -pregunto con tono de protesta

– Lo lamento. Por mi seguridad y la de Molly, y la suya, voy a quedarme a la sombra. Que no me vean. Cortar todo contacto con usted o con cualquiera que tenga que ver con la CIA

– Ben escúcheme, me siento responsable. Yo soy el que lo metió en todo esto Respeto su decisión, sea cual sea. En parte, quiero presionarlo para que me ayude a ver que quieren esos vaqueros. En parte, creo que debería decirle que se vaya a sucasa de fin de semana y se quede ahí por un tiempo. No sé qué decirle.

– No sé lo que me pasó. No lo entiendo todavía. No sé si alguna vez voy a entenderlo. Pero…

– No tengo derecho a decirle qué hacer. Está en sus manos. Tal vez quiera usted hablar con Rossi, sacarle qué quiere de nosotros. Tal vez eso es peligroso. Tal vez él está haciendo lo que debe. Siga su propio juicio en esto, Ben. Es lo único que puedo decirle.

– De acuerdo -dije- Lo pensaré.

– Mientras tanto, si hay algo que pueda hacer…

– No, Alex. Nada. Nadie puede hacer nada ahora.

Cuando colgué, entró otra llamada.

– Un hombre Se llama Charles Rossi -anunció Darlene por el intercomunicador

Levanté el teléfono.

– Rossi -dije.

– Señor Ellison Voy a tener que pedirle que venga lo más pronto posible y…

– No -dije- No tengo ningún arreglo con la CIA. Mi arreglo era con Alexander Truslow. Y desde hace dos minutos, ya no existe.

– Ey, ey, espere un minuto.

Pero yo ya le había colgado.

19

John Matera, mi corredor, estaba tan entusiasmado que apenas si podía pronunciar las palabras.

– Dios -dijo-. ¿Ya lo sabes?

Hablábamos en la línea de Shearson, intervenida por supuesto, así que dije, con inocencia:

– ¿Que si sé qué?

– Beacon… lo que pasó con Beacon… Que Saxon la compró…

– Maravilloso -dije, fingiendo entusiasmo-. ¿Qué significa eso para las acciones?

– ¿Que qué significa?Ya tiene treinta puntos más, carajo. Tienes… tienes el triple de lo que pusiste, y todavía no se terminó el día… Ya hiciste más de sesenta mil dólares; no está mal para un par de horas…

– Vende, John.

– ¿Qué mierda…?

– Vende, John. Ahora.

Por alguna razón, no me sentía feliz. Tenía un miedo lento, ácido, que se me revolcaba en el estómago. Podía descartar todo lo demás, todo lo que me había pasado, como imaginario, una terrible ilusión… Pero había leído la mente de un ser humano, había conseguido información que no hubiera podido alcanzar de otra forma y allí estaba la prueba.

No sólo para mí, para cualquiera que pudiera estar mirándome. Sabía que había un riesgo serio de que la CSI sospechara de una operación como esa, pero necesitaba el dinero y había dejado que eso pesara más en mi conciencia.

Di instrucciones a John sobre dónde poner el dinero, en qué cuenta, y después colgué. Llamé a Edmund Moore en Washington.

El teléfono sonó y sonó y sonó. No había contestador automático. Ed siempre había pensado que esos aparatos eran la torpeza personificada. Estaba a punto de colgar cuando me contestó una voz masculina.-¿Sí?

La voz de un hombre joven, no la de Ed. La voz de alguien con autoridad.

– Ed Moore, por favor -dije.

Una pausa.

– ¿Quién es?

– Un amigo.

– Nombre, por favor.

– No es asunto suyo. Quiero hablar con Elena.

En el fondo, oí una voz de mujer, alta, casi quebrada, gritos que subían y bajaban rítmicamente.

– ¿Quién es? -gritó esa voz.

– Ella no puede venir al teléfono, señor.

En el fondo, los gritos se hicieron más fuertes y los oí.

– Mi Dios, mi Dios. ¡Mi amor, mi amor! -Y un jadeo muy fuerte, angustiado.

– ¿Qué mierda pasa? -exigí saber.

El hombre cubrió el teléfono, consultó con alguien y después volvió a la línea.

– El señor Moore falleció. Su esposa lo descubrió hace apenas unos minutos. Suicidio. Lo lamento. Es todo lo que puedo decir.

Me quedé atónito, casi mudo.

Ed Moore… ¿suicida? Mi querido amigo y mentor, ese viejo diminuto, fuerte y de corazón enorme… Estaba demasiado impresionado, demasiado confundido para llorar por él como sabía que hubiera hecho.

No era cierto.

¿Suicidio? El había hablado de vagas amenazas contra su persona, había temido por su vida. No, no podía ser suicidio. Pero cuando hablamos, me había parecido desorientado, hasta un poquito desequilibrado.

Edmund Moore estaba muerto.

No era un suicidio.

Llamé al hospital y pedí hablar con Molly. Confiaba en su sentido común, en sus consejos, y ahora los necesitaba más que nunca.

Estaba muy asustado. Hay una tendencia machista entre los nuevos funcionarios de inteligencia, los clandestinos, a despreciar el miedo, como si eso disminuyera la competencia, la virilidad. Pero los hombres de campo con experiencia saben que el miedo puede ser el mejor de los aliados. Siempre se debe escuchar al instinto, confiar en él.

Y mi instinto me decía que mi nuevo talento nos había puesto a mí y a Molly en gran peligro.

Después de esperar un largo rato, el operador volvió a la línea y dijo con una voz inundada de humo de cigarrillo:

– Lo lamento, señor, no contestan. ¿Quiere que lo conecte con la unidad de cuidados intensivos neonatales?

– Sí, por favor.

La mujer que contestó en el ucin tenía un acento levemente hispánico.

– No, señor Ellison, lo lamento, ya se fue.

– ¿Se fue?

– Se fue a casa. Hace diez minutos.

– ¿Qué?

– Tuvo que salir. Dijo que era una emergencia, algo acerca de usted. Yo supuse que usted sabía.

Colgué y me alejé corriendo hacia el ascensor con el corazón en la boca.

La lluvia bajaba a la calle en olas, llevada por vientos que parecían casi huracanados. El cielo era de un gris metálico, con rayas amarillas. La gente caminaba con galochas amarillas e impermeables color caqui, los paraguas negros dados vuelta en medio del aullido del viento.

Para cuando subí las escaleras hacia mi casa, mojado hasta los huesos debido a la corta caminata desde el taxi a la puerta del frente, estaba anocheciendo y al parecer nadie había encendido la luz en la casa. Raro.

Me apresuré por el vestíbulo. ¿Por qué volver a casa así? Tenía que pasar la noche en el hospital, era su noche de guardia.

Lo primero que noté fue que no estaba encendida la alarma. ¿Eso quería decir que había llegado a casa? Molly se había ido después que yo esa mañana y siempre era escrupulosa, incluso un poco obsesiva, en cuanto a las alarmas, aunque no había casi nada que se pudiera robar.

Cuando abrí la puerta del frente, noté la segunda peculiaridad. El maletín de Molly estaba allí, en el vestíbulo, el maletín que siempre se llevaba con ella.

Tenía que estar en casa.

Encendí unas luces y subí las escaleras hacia el dormitorio. Estaba oscuro y no vi a Molly. Subí otro piso más hacia la habitación que ella usa como estudio aunque en ese momento la habitación sufría una remodelación que la convertía en un lugar casi inhabitable.Nada.

– ¿Molly? -llamé en voz alta.

Nada.

La adrenalina me empezó a correr por el cuerpo. Hice rápidos cálculos mentales.

Si no estaba allí, ¿estaría en camino? Y si era así, ¿qué o quién la había hecho volver? ¿Por qué no había tratado de llamarme antes?

– ¿Mol? -llamé con un poco más de fuerza.

Silencio.

Bajé la escalera rápidamente, el corazón en la boca, encendiendo luces mientras lo hacía.

No. Ni en el comedor. Ni en la cocina.

– ¿Molly? -Esta vez, casi un grito.

Silencio completo, total. En toda la casa.

Y después, el teléfono. Salté en el aire.

Me tiré a atenderlo y dije:

– ¿Molly?

No era Molly. La voz era masculina, poco familiar.

– ¡ Señor Ellison? -La voz tenía un acento, pero, ¿de dónde?

– ¿Sí?

– Tenemos que hablar. Es urgente.

– ¿Qué mierda hicieron con ella? -espeté-. ¿Qué…?

– Por favor, señor Ellison, en el teléfono no. No en su casa.

Respiré despacio, tratando de tranquilizarme un poco.

– ¿Quién es?

– Afuera. Tenemos que encontrarnos. Ahora. Por la seguridad de los dos. De todos.

– ¿Dónde mierda…? -empecé a decir.

– Todo le será explicado -volvió a decir la voz-. Vamos a hablar…

– No -dije-. Quiero saber ahora mismo, quiero…

– Escuche -siseó la voz con acento, por el teléfono-, hay un taxi al final de la cuadra. Su esposa está ahí dentro, esperándolo. Doble a la izquierda, baje por esa cuadra…

Pero yo no esperé a que terminara. Tiré el receptor al aire, giré en redondo y corrí hacia la puerta del frente.

20

La calle estaba oscura, silenciosa, resbalosa de lluvia. Caía una leve llovizna, casi una niebla.

Ahí estaba, al final de la cuadra, un taxi amarillo, del centro, a menos de cien metros. ¿Por qué ahí, al final de la cuadra? ¿Por qué?

Y cuando me le acerqué, corriendo, distinguí en el asiento trasero la silueta de la cabeza de una mujer, el largo cabello oscuro, inmóvil.

¿Era Molly realmente?

Desde tan lejos, no estaba seguro. Tal vez era ella, tenía que ser ella… ¿Por qué estaba allí?, me pregunté con las piernas en movimiento, jadeando ya por el esfuerzo. ¿Qué había pasado?

Pero algo andaba mal. Instintivamente bajé la velocidad, ahora caminaba rápido, sin correr, la cabeza vuelta a ambos lados.

¿Qué?

Algo. Demasiados transeúntes en esa calle a esa hora de la noche, en medio de la lluvia. Y caminaban demasiado tranquilos. La gente corre en la lluvia, para llegar antes…

¿O me estaba poniendo paranoico?

Eran transeúntes normales, sí, tenían que serlo.

Por un instante, una milésima de segundo, vi a uno de los transeúntes de frente. Alto, flaco, con un impermeable negro o azul marino, una gorra oscura.

Me pareció que me miraba. Nuestros ojos se encontraron.

Tenía una cara extraordinariamente pálida, como si le hubieran quitado todo el color con lavandina. Los labios leves y tan pálidos como el resto. Bajo los ojos, círculos profundos y amarillentos que se extendían hasta los pómulos. El cabello, lo poco que se veía bajo la gorra, rubio pajizo, casi blanco, echado hacia atrás.

En el mismo instante, dejó de mirarme, como si hubiera sido una casualidad.

Casi un albino, había dicho Molly. El hombre que se le había acercado en el hospital, el que quería saber algo sobre las cuentas, los números de acceso y el dinero de Harrison Sinclair, algo que ella podía haber heredado.

Todo parecía mal. La llamada, Molly sentada en el taxi: olía mal y mis años de entrenamiento en la Agencia me habían enseñado a oler las cosas de cierta forma, a ver esquemas, y…

…y algo me había pasado por el rabillo del ojo, un fulgor leve, un brillo… ¿metal? en la luz de la lámpara de la calle angosta.

Entonces lo oí, el leve ruidito de una tela que roza otra tela, o una tela en contacto con cuero, un sonido familiar, claro y distinto de todos los otros ruidos de la calle: una pistolera.

Me arrojé contra el suelo, mientras una voz profunda, masculina, gritaba:

– ¡Abajo!

De pronto el silencio se quebró en una cacofonía terrible.

Un instante después, era el terror, una confusión terrible de explosiones y gritos, el golpeteo de las pistolas automáticas con silenciadores, los alaridos metálicos de las balas entrando en las chapas de los autos. Desde algún lugar llegó un ruido de frenos y después una explosión de vidrios. Una ventana quebrada en alguna parte… ¿un tiro perdido?

Me levanté, agachado, tratando de determinar de dónde venían los disparos. Me moví a toda velocidad, el cerebro girando en millones de cálculos.

¿De dónde venían?

No veía. ¿Del otro lado de la calle? ¿De la izquierda? Sí, de la izquierda, desde… ¿desde el taxi?

Una figura oscura corría hacia mí, otro grito que no entendí, y después, cuando me aplasté otra vez contra el pavimento, otra explosión de ametralladora. Esta vez estaban cerca, peligrosamente cerca. Sentí un pedazo de algo en la mejilla, la frente, después, el dolor de la vereda contra la mandíbula. Algo me golpeó el muslo. Y entonces, el parabrisas del auto detrás del cual estaba parapetado explotó en una telaraña blanquecina.

Estaba atrapado. Mis asaltantes desconocidos se acercaban y yo no tenía armas. Me metí debajo del auto, en una actividad frenética, y escuché otra serie de disparos, un aullido agónico y el ruido de neumáticos que aceleran demasiado…

Después, silencio.

Silencio absoluto.

El tiroteo había acabado por el momento. Desde debajo del chasis del auto veía un círculo de luz que estaba directamente del otro lado de la calle. En ese circulo estaba tendido el cuerpo de un hombre, oscuro, la cara hacia el otro lado, la nuca convertida en un horrendo desastre de sangre y tejidos.¿Era el albino que había visto antes?

No, eso lo noté enseguida. El cuerpo del muerto era más robusto, más petiso.

En el silencio, todavía me ardían las orejas. Por un momento, me quedé ahí con miedo de moverme, aterrorizado por la idea de que un solo movimiento podía indicar mi posición a los enemigos.

Y entonces, oí mi nombre.

– ¡Ben! -Una voz algo familiar.

Se me acercaba. Venía de la ventana de un vehículo en movimiento.

– Ben, ¿está bien?

Momentáneamente, no pude contestar.

– Oh, Dios -oí decir a la voz-. Dios, espero que no lo hayan herido.

– Aquí -logré contestar-. Estoy aquí.

21

Unos minutos después, estaba sentado, confundido, en la parte posterior de una camioneta blanca a prueba de balas.

En el compartimiento del frente, detrás del conductor uniformado, separado de mí por un panel de vidrio grueso, estaba Charles Rossi. El interior de la camioneta era elegante: un televisor, una cafetera y hasta un fax.

– Me alegro de que esté bien -llegó la voz amplificada de Rossi, metálica y grave por el intercomunicador. El vidrio que nos dividía parecía ser a prueba de sonidos. -Tenemos que hablar.

– ¿Que fue eso, carajo?

– Señor Ellison -dijo él, con cansancio-, su vida está en peligro. Esto no es un juego, se lo aseguro.

Era raro, pero no me sentía furioso. ¿Por qué estaba atontado por lo que me había pasado? ¿Por el horror de la desaparición de Molly? Lo que sentía, en cambio, era una sensación de indignación remota, distante, una conciencia de que las cosas no estaban bien… Y nada de furia.

– ¿Dónde está Molly? -pregunté sin ansiedad.

Rossi suspiró por el intercomunicador.

– Está a salvo. Queríamos decírselo.

– Usted la tiene.

– Sí -contestó Rossi como desde muy lejos-. La tenemos.

– ¿Qué le hicieron?

– La verá usted muy pronto -dijo Rossi-. Se lo prometo. Y se va a dar cuenta de que lo hicimos por la seguridad de ella.

Su voz era suave, razonable, plausible. Trataba de tranquilizarme.

– Ella está a salvo -siguió diciendo-. Y usted va a verla. La estamos protegiendo. Le juro que va a hablar con ella en unas horas.-¿Quién trató de matarme?

– No lo sabemos.

– Me parece que hay demasiadas cosas que no saben.

– No estamos seguros. Uno de los nuestros u otros…

Uno de los nuestros, ¿la CIA?, ¿u otros en el gobierno? ¿Y cuánto sabían sobre mí?

Me incliné hacia la puerta y traté de abrirla pero estaba cerrada.

– Ni lo intente -dijo Rossi-. Usted es demasiado valioso para nosotros, no quiero que se lastime.

La camioneta se movía. Yo no sabía adonde íbamos, no entendía. Pero había algo que sí sabía.

– Me hirieron -dije.

– A mí me parece que está usted bien, Ben.

– No, me hirieron.

Me incliné, toqué lo que me dolía en el muslo. Abrí el cinturón, me bajé los pantalones. Encontré la marca de la aguja, un punto negro rodeado de una inflamación roja. No había visto el dardo, no era una aguja hipodérmica.

– ¿Cómo lo hacen? -pregunté.

– ¿Qué?

Nos movíamos por Storrow Drive hacia un carril que llevaba a la autopista.

"Quetamina", pensé.

La voz de Rossi llegó otra vez, metálica:

– ¿Mmmm?

Seguramente yo había dicho algo en voz alta. Hice un esfuerzo por no transmitir mis pensamientos.

¿Me habían dado un compuesto de benzodiacepina? No. Parecía hidroclorito de quetamina. "La Q especial", la llamaban. Un tranquilizante para animales.

La Agencia solía dársela a sujetos que no cooperaban. Produce algo llamado "anestesia disociativa" que básicamente significa que uno se siente disociado de su medio, puede experimentar dolor, por ejemplo, pero no lo siente. El significado del hecho se separa de la sensación del hecho.

O, en una dosis exacta, uno sigue alerta pero se pone sumamente agradable, acepta todo, aunque su sentido de preservación le pida que no lo haga.

Si uno quiere que otro haga algo que no haría en su sano juicio, es la droga perfecta.

Miré la ruta, miré cómo nos acercábamos al aeropuerto. Me pregunté sin ansiedad, sin apuro, qué estarían por hacerme.

Pensaba que no podía ser tan malo, después de todo.

Nada muy malo. Parte de mí, una parte pequeña, débil, quería abrir la puerta, saltar.

Pero todo está bien, básicamente, decía con seguridad la parte más fuerte, más cercana, la voz más poderosa.

Me están probando. Charles Rossi. Eso es todo.

No hay nada que puedan saber sobre mí, nada de valor. Si fueran a matarme, ya lo habrían hecho.

Pero esa idea de peligro es una tontería. Paranoia. Innecesaria.

Todo está bien, básicamente.

Oí que Rossi me hablaba con calma desde muy lejos, a millones de kilómetros de distancia.

– Si yo estuviera en su posición, Ben, no dudo de que reaccionaría igual. Hay que pensar en lo que le pasó. Usted cree que nadie lo sabe, usted mismo no termina de creerlo. A veces se siente feliz cuando piensa en lo que es capaz de hacer y a veces le parece que el miedo lo va a matar.

– No tengo ni la menor idea de lo que quiere decir con eso. ¿De qué habla? -dije, pero mis palabras eran chatas, poco convincentes, como de rutina.

– Sería mucho más simple, mucho mejor para todos, si cooperáramos en lugar de seguir siendo enemigos.

No dije nada.

Un momento de silencio. Después, él volvió a hablar.

– Nosotros podemos protegerlo, Ben. Hay otros que saben sobre su participación en el experimento, no entendemos cómo, pero así es.

– ¿Experimento? ¿Se refiere al generador de imágenes por resonancia magnética?

– Sabíamos que había una posibilidad en mil, tal vez en cien, de que tuviera el efecto deseado en usted. Ciertamente, dada la evaluación médica en su archivo de la Agencia, teníamos buenas razones para creer que usted tenía todos los atributos necesarios, el coeficiente de inteligencia, el perfil sicológico, y sobre todo, la memoria eidética. Precisamente el perfil ideal. Obviamente no podíamos estar seguros, pero había buenas razones para ser optimistas.

Yo tracé un dibujo sobre el tapizado rojo de cuero del asiento.

– No se cuidó usted lo suficiente, ¿sabe? -dijo Rossi-, incluso alguien con su entrenamiento, sus habilidades, se descuida en momentos así.

Mis alarmas estaban sonando. Sentía que se me erizaba la piel de la espalda, los pelos de la nuca. Pero mi mente serena parecía totalmente disociada de mis instintos corporales y asentí.Él siguió diciendo:

– …no le sorprenderá saber que el teléfono de su oficina y de su casa estaban intervenidos… todo legalmente, dados sus problemas con First Commonwealth y demás. Se pusieron artefactos electrónicos para escuchar, en varias habitaciones de su casa… no dejamos nada librado al azar.

Meneé la cabeza. Sólo eso.

– Y por supuesto, monitoreamos todo lo que usted decía en voz alta. Y lo cierto es que usted fue algo indiscreto, tanto en su encuentro con el señor Mel Kornstein como en sus conversaciones con su esposa. No quiero ser crítico, no lo tome así. Usted no tenía razones para sospechar que había algo extraño en el ambiente. Después de todo, no había ningún motivo por el que tuviera que seguir las reglas de su entrenamiento en la Agencia.

Bajé la cabeza para aumentar el flujo de sangre al cerebro, pero lo único que conseguí fue marearme. La cabeza me flotaba en el aire y las luces de los autos que pasaban me parecían demasiado brillantes. Tenía los miembros muy pesados.

Rossi dijo, la voz llena de preocupación:

– Y eso está bien. Si no lo hubiéramos tenido bajo vigilancia, tal vez no lo habríamos rescatado a tiempo.

Yo ahogué un bostezo y tensé los tendones del cuello.

– Alex -empecé a decir…

– Lamento que hayamos tenido que hacer esto. Usted lo entenderá. Había que protegerlo de usted mismo. Ya entenderá cuando no tenga droga en el cuerpo. Tuvimos que hacerlo. Estamos de su lado. Ciertamente no queremos que le pase nada malo. Lo necesitamos, necesitamos que coopere con nosotros. Cuando nos haya escuchado, lo hará, estoy seguro. No podemos hacerle hacer nada que usted no quiera.

– Supongo que eso… la ayuda legal que tienen… escasa -murmuré.

– Usted es una gran esperanza para mucha gente buena.

– Rossi… -dije. Tenía dificultad en pronunciar las palabras. Sentía la boca y la lengua duras y no conseguía manejarlas bien. -Usted… director proyecto… proyecto síquico de la CIA… Oráculo… su nombre…

– Usted es muy pero muy valioso para nosotros -dijo Rossi-. No quiero que le pase nada malo.

– ¿Por qué… allá, sentado… qué tiene que esconder?

– Compartimentación del trabajo -dijo él-. Ya sabe: la regla de oro en inteligencia. Con su habilidad sería peligroso que supiera demasiado. Sería una amenaza para nosotros, para todos. Mejor que quede en la mayor ignorancia posible.Nos habíamos detenido frente a una terminal del aeropuerto Logan.

– En unos minutos, saldrá en un avión militar para la base de la fuerza aérea en Andrews. Tendrá ganas de dormir. Hágalo.

– ¿Por qué…? -empecé a decir pero no pude terminar la frase.

Rossi contestó, un rato después:

– Ya le vamos a explicar todo. Todo.

22

Lo último que recuerdo es la conversación con Charles Rossi en la camioneta. Después, descubrí que estaba despierto y mareado en un avión desierto que parecía militar. Me di cuenta de que me habían atado en posición horizontal sobre un asiento o una camilla o algo así.

Si Rossi estaba en el vuelo, no lo vi en ninguna parte, no desde mi ángulo. Había algunos hombres cerca, en uniformes militares. ¿Me cuidaban? ¿Creían que pensaba escapar a mil seiscientos metros de altura? ¿No se daban cuenta de que estaba atado y sin armas?

La droga que me habían inyectado en la calle debía de ser muy poderosa porque incluso tanto tiempo después me costaba pensar con claridad. Lo intenté de todos modos.

El destino era la base de la fuerza aérea en Andrews. Seguramente, iba a los cuarteles de la CIA. No. No tenía sentido. Rossi sabía que yo leía mentes, así que los cuarteles de Langley serían el último lugar en el mundo en el que querría ponerme. Parecía saber lo que yo no podía hacer: percibir ondas cerebrales a más de cierta distancia o a través de un vidrio. Eso significaba que él ya había pasado por eso, que había habido otros.

Pero, ¿seguiría estando allí mi extraña habilidad? No tenía idea. ¿Cuánto tiempo duraba? Tal vez se había desvanecido con tanta rapidez como había llegado.

Me moví en mi asiento, peleé contra las bandas que me sujetaban, y noté que los guardias volvían la cabeza, tensos, alerta.

¿Habría sido Molly la del taxi? Rossi había dicho que ellos la tenían, que estaba segura, que estaba bien. ¿Pero un taxi?¿Y en la calle? Tenía que ser un doble, alguien que se le pareciera mucho, un cebo para hacerme llegar hasta allí. ¿Lo había hecho la gente de Rossi? ¿O esos "otros" sin nombre, no especificados?

¿Y quiénes eran esos otros?

– iEy! -logré decir con un gruñido.Uno de los guardias se levantó, se me acercó (pero no demasiado).

– ¿Qué puedo hacer por usted? -preguntó con amabilidad. Tendría unos veinte años, alto, duro, macizo.

Volví la cabeza hacia él, lo miré directamente a la cara.

– Tengo ganas de vomitar -dije.

Él frunció el ceño.

– Mis instrucciones…

– Voy a vomitar -le advertí-. Las drogas. Quiero que usted lo sepa. Haga lo que le dijeron que hiciera.

Él miró a su alrededor. Uno de los otros guardias frunció el ceño y sacudió la cabeza.

– Lo lamento -dijo-. ¿Un vaso de agua o algo así?

Yo gemí.

– ¿Agua? Dios. ¿Para qué sirve el agua? Tiene que haber un baño aquí.

El guardia se volvió hacia el otro, murmuró algo. El que estaba más lejos gesticulaba como expresando indecisión. Después, el primero se volvió hacia mí y me dijo:

– Lo lamento, amigo. Lo único que puedo hacer es ofrecerle un balde.

Me encogí de hombros a pesar de las correas.

– Como quiera -dije.

Él fue hasta el fondo y volvió con lo que parecía una palangana de aluminio, que me puso cerca de la cabeza.

Hice lo que pude para simular las náuseas, tosí y me retorcí mientras él mantenía la palangana cerca de mí, la cabeza a no más de medio metro, una mirada de asco en los ojos.

– Espero que le paguen bien por eso -dije.

Él no contestó.

Hice lo que pude para enfocar mi cerebro nublado por la droga.

…no golpearlo… oí.

Sonreí, sabiendo de qué se trataba.

Tosí otra vez.

Después: para qué…

Y unos segundos después: …lo que hizo es cosa de la Compañía no nos dicen seguramente algo de espionaje no parece espía mierda parece un abogado.

– Creo que no tiene tantas ganas de vomitar después de todo -dijo el guardia, alejándose un poco.

– Qué suerte. Pero no se lleve eso muy lejos.

Sabía, uno, que la cosa funcionaba todavía; y dos, que no podía averiguar nada de ese tipo, al que habían dejado en ignorancia completa de mi identidad y mi destino.

Poco después, me dormí; un largo descanso sin sueños. Cuando volví a despertarme, estaba sentado en otro vehículo, esta vez un Chrysler del gobierno. Me dolía todo el cuerpo.

El conductor era un tipo alto de casi cuarenta años con aspecto de marino y un traje azul oscuro.

Estábamos entrando en una parte rural de Virginia, algún lugar en las afueras de Reston. Atrás quedaban los restaurantes especializados en panqueques y las tiendas Oseo y los cientos de centros comerciales. Ahora estábamos en rutas de sólo dos manos, rutas rodeadas de bosques y llenas de curvas. Al principio me pregunté si no estaríamos llegando a Langley por rutas secundarias, después vi que la dirección era otra.

Era un refugio en el campo, la parte de Virginia donde la CIA mantiene una serie de casas particulares para sus asuntos: encuentros con agentes, interrogatorios a desertores y demás. A veces son departamentos en edificios anónimos de los suburbios, pero en general son cascos de estancia con muebles de segunda, alquilados por mes, vodka en la heladera, espejos dobles y vermut para la mesa.

Diez minutos después nos detuvimos frente a unas puertas de hierro ornamental que se abrían sobre una gran reja de hierro de más de cuatro metros de altura. Los portones y la cerca terminaban en puntas agudas y parecían de alta seguridad. Probablemente electrificados. Las puertas se abrieron electrónicamente. Pasamos por un largo camino lleno de bosques, circular, que terminaba frente a una gran casa del período georgiano que parecía temible a la luz del atardecer. Sólo había luz en una habitación del segundo piso, en algunas del primero y en una grande de la planta baja con las cortinas corridas. La entrada también estaba iluminada. Me pregunté cuánto le costaría a la Agencia alquilar esa impresionante residencia y durante cuánto tiempo lo harían.

– Bueno, señor -dijo el conductor-. Ya llegamos. -Hablaba con el tonito suave de tantos empleados del gobierno que emigraron hacia Washington desde la Virginia rural.

– Bueno. Gracias por el viaje.

Él asintió, un gesto grave.

– La mejor de las suertes para usted, señor.

Salí del auto y caminé lentamente a través del camino de grava y la entrada. Cuando me acerqué a la puerta, ésta se abrió de par en par.

PARTE III. EL REFUGIO

THE WALL STREET JOURNAL

La CIA en crisis

____________________

El Presidente estaría por nombrar

al nuevo director de la CIA

____________________

¿Podrá limpiarla

el nuevo dirigente?

¿Está fuera de control la agencia de espionaje?

____________________

POR MICHAEL HALPERIN,

PERIODISTA DE PLANTA DE THE WALL STREET JOURNAL

En medio de un clima de rumores muy desagradables con

respecto a vastas actividades ilegales dentro de la CIA, el

Presidente estaría por nombrar al nuevo director.

Las últimas especulaciones se centran en un funcionario

de carrera de la Agencia, el señor Alexander Truslow, de

buena reputación en el Congreso y en la comunidad de hombres

relacionados con la inteligencia.

Sin embargo, muchos observadores manifiestan preocupación

al respecto. El señor Truslow enfrenta el desafío muy

complejo, tal vez imposible, de tratar de reinar sobre una CIA

que según se cree, está totalmente fuera de control.

23

No debería haberme sorprendido al ver al hombre de la silla de ruedas mirándome con toda calma cuando entré en el living, una habitación vasta y muy adornada. James Tobias Thompson III había envejecido mucho desde la última vez que nos habíamos visto durante el incidente que terminó con mi carrera en la Agencia, y sobre todo con la vida de una maravillosa mujer y la movilidad de un hombre.

– Buenas noches, Ben -dijo Toby.

La voz, ronca y baja, casi inaudible. Era un hombre compacto de más de sesenta y cinco años, en un traje conservador color azul. Los zapatos, que casi nunca tocaban el piso, eran botines negros, con brillo de espejo. La cabeza estaba totalmente cubierta de cabellos blancos, un poco largo para un hombre de su edad, especialmente un veterano de la Agencia. En París, ese pelo había sido de un negro profundo con algunos trazos de gris en las sienes. Tenía los ojos castaños y parecía digno y desalentado.

La silla de ruedas descansaba cerca de un hogar inmenso, en el cual ardía un gran fuego artificial, que parecía extraño. Extraño, digo, porque la habitación en la que estábamos, de unos quince metros de ancho por treinta de largo, con un cielo raso de más de seis metros de alto, estaba fría por el aire acondicionado. Por alguna razón, recordé que Richard Nixon quería tener fuegos ardiendo en la Oficina Oval de la Casa Blanca, aún en pleno verano, con el aire acondicionado encendido.

– Toby -dije, acercándome despacio para darle la mano. Pero él hizo un gesto para que me sentara en una silla a unos buenos diez metros de la suya.

En una gran silla de cuero a un costado estaba Charles Rossi y no mucho más lejos, en un sofá tapizado, dos jóvenes en trajes baratos tipo marinero que siempre asocio con los de seguridad dentro de la Agencia. No había duda de que llevaban armas.

– Gracias por venir -dijo Toby.-Ah, no me des las gracias a mí -dije, tratando de disimular en algo mi amargura-. Mejor a la gente del señor Rossi. O a los químicos de la Agencia.

– Lo lamento -dijo Toby-. Conozco tu temperamento y no creí que pudiéramos traerte de ninguna otra forma.

– Usted fue muy claro cuando dijo que no pensaba cooperar -aclaró Rossi.

– Bien hecho -dije-. Esa droga sí que se come la voluntad. ¿Piensan tenerme así todo el tiempo para asegurarse mi aceptación?

– Creo que cuando nos haya escuchado hasta el final, será usted más cooperativo. Si no quiere cooperar, bueno, no podemos hacer nada, supongo. Un animal enjaulado no sirve como agente de campo.

– Adelante, entonces -dije.

La silla de respaldo recto en la que estaba sentado parecía puesta de tal forma que, aunque veía y oía bien a Rossi y a Thompson, estaba a gran distancia de los dos.

– La Agencia les dio un lindo refugio -dije.

– En realidad, es de un retirado -dijo Toby, sonriendo-. ¿Cómo estás?

– Bien, Toby. Y tu estás muy bien.

– Sí, dentro de lo posible.

– Lamento que no tuviéramos oportunidad de hablar -dije.

El se encogió de hombros y sonrió otra vez como si yo hubiera hecho una sugerencia superficial y tonta.

– Reglas de la Agencia -dijo-. No mías. Ojalá lo hubiéramos hecho, sí.

Rossi me miraba en silencio.

– No creo que pueda expresarte lo mucho que… -empecé a decir.

– Ben -me interrumpió Toby-, por favor, no. Nunca te eché la culpa. Esas cosas pasan. Y lo que me pasó fue horrendo pero lo que te pasó a ti, a Laura…

Nos quedamos callados un momento. Escuché el siseo de las llamas anaranjadas que lamían los troncos de cerámica.

– Molly -dejé escapar.

Toby levantó una mano para silenciarme.

– Está bien -dijo-. Por suerte… gracias a Charles… tú también.

– Creo que me deben una explicación -afirmé, con tranquilidad.

– Sí, Ben -coincidió Toby-. Estoy seguro de que tú entiendes que esta conversación no existe en realidad. No hay ningún registro de tu vuelo desde Washington, y la policía de Boston archivó para siempre el informe sobre la balacera de la calle Malborough.

Asentí.

– Lamento haberte puesto tan lejos de nosotros -siguió diciendo él-. Ya entiendes el por qué de la precaución.

– No si no tienen nada que esconder -dije.

Del otro lado de la habitación, Rossi sonrió y dijo:

– Esta es una situación poco común, no la planeamos así, no del todo. Como ya expliqué, mantenerlo a usted a cierta distancia es la única forma que conozco de asegurar la compartimentación de seguridad que requiere la operación.

– ¿De qué operación estamos hablando? -pregunté, sin levantar la voz.

Oí un crujido mecánico cuando Toby ajustó la silla para mirarme de frente. Después habló, lentamente, como si le costara mucho hacerlo.

– Alex Truslow te encargó un trabajo. Ojalá Charles no hubiera usado ese truco. Él es el primero en admitirlo, estoy seguro.

Rossi sonrió.

– Es un juego de fines y medios, Ben -dijo Toby-. Buscamos lo mismo que Alex, pero con medios diferentes. No perdamos de vista el hecho de que éste es uno de los proyectos más interesantes y fundamentales en la historia del mundo. Creo que cuando nos hayas escuchado, querrás seguir con nosotros. Si no quieres hacerlo, bueno, lo aceptaremos.

– Adelante -dije.

– Hace tiempo que te seleccionamos como sujeto probable. Tu perfil concuerda, la memoria fotográfica, la inteligencia, todo.

– Así que sabían lo que iba a pasarme…

– No -dijo Rossi-. Ya fracasamos. Varias veces.

– Un segundo. Un segundo -interrumpí-. ¿Cuánto saben exactamente?

– Bastante -contestó Toby, con calma-. Ahora tienes la habilidad de recibir lo que se llama elf, ondas de radio de frecuencia extremadamente baja, generadas por el cerebro humano. ¿Te importa si fumo? -Tomó un paquete de Rothmans (yo me acordé de que era la única marca que fumaba cuando nos conocimos en París) y lo golpeó contra el brazo de la silla de ruedas hasta que salió uno.

– Si me importara -dije-, no creo que pudiera molestarme el humo a esta distancia.

Él se encogió de hombros y encendió el cigarrillo. Exhaló con gusto por la nariz y siguió diciendo:

– Sabemos que ese… talento, para darle un nombre, no disminuyó desde que lo tienes. Sabemos que sólo eres sensible a pensamientos ocasionados en momentos de emociones fuertes. No en ti sino en la persona que estás tratando de "oír". Eso tiene mucho que ver con la teoría del doctor Rossi sobre el asunto, según la cual la intensidad de las ondas de pensamiento sería proporcional a la intensidad de la reacción emocional. La emoción varía la fuerza de los impulsos eléctricos que se descargan. -Hizo una pausa para inhalar otra vez y agregó con voz ronca, a través del humo: -¿Me sigues?

Yo sólo sonreí.

– Claro está, Ben, que nos interesa mucho más oír tus experiencias que decirte lo que nosotros sabemos.

– ¿Qué les hizo pensar en el generador de imágenes por resonancia magnética como solución?

– Ah -dijo Toby-. Para eso, te dejo en manos de mi colega, Charles. Como tal vez sepas, Ben, hace unos años que estoy en el ddo en casa. -Se refería al Directorio de Delegados de Operaciones, los chicos que hacen la cobertura en los cuarteles de Langley. -Mi área de responsabilidad es lo que llaman "proyectos especiales".

– Entonces -dije, sintiendo una vieja sensación de vértigo-, tal vez puedan explicarme, caballeros, de qué se trata este… este proyecto, como ustedes lo llaman.

Toby Thompson exhaló el humo con firmeza y luego aplastó el cigarrillo en un cenicero de cristal sobre la mesa de roble tallado que tenía cerca. Miró la pluma de humo azul que se elevaba y se curvaba en el aire y luego se volvió hacia mí.

– Estamos hablando de un asunto clasificado como ultra secreto -dijo. Luego se detuvo. -Y como puedes imaginarte, es una historia larga y bastante compleja.

24

– La Central de Inteligencia -dijo Toby, los ojos fijos en un punto cualquiera de la habitación- está interesada hace tiempo en… ¿cómo llamarlo?… en las técnicas más exóticas de espionaje y contraespionaje. Y con eso, no estamos hablando sólo de esa invención maravillosa, el paraguas búlgaro con la punta lista para inyectar drogas mortales… No sé cuánto sabes de esto de tus días en la Agencia…

– No mucho -dije.

Toby me miró con fuerza como sorprendido por la interrupción.

– Y nuestro equipo, claro está, te observó en la Biblioteca Pública, investigando… así que algo debes de saber, por lo menos lo que está en informes oficiales y públicos. Pero la historia real es mucho más interesante.

"Hay que recordar un dato esencial: la razón por la que la mayoría de los gobiernos mantiene estas investigaciones en el mayor de los secretos es el miedo al ridículo. Sí, así de simple. Y en una sociedad como la nuestra, un país como los Estados Unidos, que se precia de un alto grado de pragmatismo… bueno, creo que los fundadores de la CIA reconocen que el mayor riesgo para ellos no es la furia sino el desprecio de la gente.

Sonreí porque estaba de acuerdo. Toby y yo habíamos sido buenos amigos antes del incidente y yo siempre había disfrutado de su seco sentido del humor.

– Así que -siguió diciendo- sólo un par de los funcionarios más importantes estuvieron enterados de lo que hacía la Agencia en esta área. Quiero asegurarme de que eso quede bien claro. -Me miró directamente a los ojos, después volvió a inclinar la cabeza. -Los experimentos en parasicología provienen por lo menos de la década del veinte en Harvard y Duke, experimentos serios en manos de estudiosos serios, pero la verdad es que la comunidad científica en general nunca los reconoció. -Sonrió otra vez, una sonrisa amarga, y agregó:

Así es la estructura de las revoluciones científicas. El mundo es chato, no redondo, ¿quién podría dudarlo?

"El primer trabajo importante, con algo nuevo, lo hizo un hombre llamado Joseph Banks Rhine en Duke a fines de la década del veinte y principios de la del treinta. Estoy seguro de que viste las tarjetas Zener.

– ¿Eh? -murmuré, desorientado.

– Ya sabes, esas cinco tarjetas para fes. Con símbolos: un cuadrado, un triángulo, un círculo, ondas y rectas. Rhine y sus sucesores las usaron con algunas personas y llegaron a la conclusión de que hay gente con ese talento, muy poca gente, claro. La mayoría, por supuesto, no. O, como decían algunos estudiosos, hay más gente de la que creemos que tiene el potencial para desarrollar el talento pero en general, la conciencia lo bloquea todo.

"Como decía, una serie de laboratorios se dedicó a investigar la parasicología en varias formas, en las décadas siguientes, y no sólo en cuanto a lo extrasensorial. Apareció la Fundación Doctor Rhine para la Investigación de la Naturaleza del Hombre, y también el Laboratorio de Sueños de William C. Menninger, en el Centro Médico Maimonides en Brooklyn, que hizo algunos adelantos en cuanto a telepatía del sueño. Algunos de estos laboratorios tuvieron que ver con el Instituto Nacional para la Salud Mental, es decir con la cía.

– Pero la CIA no se fundó hasta… 1949 -dije.

– Bueno, sí, enseguida vamos a eso. Ya en 1952, según los archivos de la Agencia, había un interés genuino en localizar individuos con habilidades síquicas. Pero los primeros funcionarios se concentraban mucho menos en su misión que en esconder el trabajo del conocimiento del público…

– Por miedo al ridículo -interrumpí-. Pero, ¿cómo mierda hacía la CIA para manejar a esas personas con habilidades síquicas? Quiero decir, o eran reales o no lo eran. Y si eran reales, sabrían que la gente que los abordaba estaba en una agencia de inteligencia.

Toby sonrió, una sonrisa lenta y torcida.

– Cierto. Ese era un problema serio, por lo que sé. Usaban una línea de doble seguridad, un sistema de doble ceguera con dos mediadores. Y como dije, llegamos pronto pero tarde. Apurados por los soviéticos.

Rossi se aclaró la garganta y dijo:

– La Guerra Fría tuvo sus lados buenos.

– Cierto -siguió diciendo Toby-. Para volver a la historia, a principios de los 60, la Agencia empezó a oír informes creíbles de esfuerzos soviéticos en parasicología. Creo que fue entonces que una pequeña célula de gente de la Agencia decidió fundar un estudio interno de las posibilidades de los fes para el espionaje. Pero era un trabajo traicionero… Por cada persona que tiene aunque sea un rastro de habilidad, hay cientos de fraudes y de bromistas y de viejas locas con bolas de cristal entre las manos. De todos modos, tal vez te acuerdes de haber oído decir que el vuelo de la Apolo 14 a la Luna en 1971 permitió que Edgar Mitchell, el astronauta, hiciera el primer experimento de fes en el espacio. No funcionó. En esos años, al principio, nosotros y los Laboratorios de las Fuerzas Armadas y la nasa gastábamos un millón de dólares al año en investigación sobre parasicología. Porotos, claro, pero también estábamos tanteando en la oscuridad.

"Después, a principios de los 70, vinieron una serie de informes secretos en los que la Agencia de Defensa de Inteligencia predecía que pronto estaríamos en peligro a causa de las investigaciones rusas en parasicología, que permitirían a la kgb, al gru y al ejército soviético trucos muy perfectos de cobertura, y conocimiento exacto de localizaciones de tropas, barcos, hasta instalaciones militares. Alguien en los rangos superiores se lo tomó en serio. No creo que esté diciendo nada demasiado secreto si te cuento que Richard Nixon se interesó mucho en el tema.

"Nuestra inteligencia confirmó que los soviéticos tenían varios laboratorios parasicológicos para propósitos militares, de los cuales el más importante quedaba en Novosibirsk. Esto era a mitad de la década del setenta. Después, en 1977, un periodista del Los Angeles Times terminó arrestado por la kgb en Moscú mientras trataba de obtener documentos secretos de un instituto de parasicología. Eso apuró a la CIA porque ahora los dos lados sabían que los enemigos también sabían…

"Dentro de la Agencia, el programa era tan secreto que el término fes no apareció jamás en ninguna parte, en ningún documento. Se lo llamaba "nuevos sistemas biológicos de transferencia de información". Unos pocos años después, yo ya había tenido mi… accidente… me pusieron a la cabeza del proyecto, para acelerarlo o… eliminarlo, cerrarlo por completo. "O meamos dentro del tarro o tiramos el tarro", me dijeron…

Yo asentí.

– Y tú decidiste mear -dije.

– En cierto modo. Yo era de los más escépticos. Y bastante hostil a todo eso. Pensé que me estaban dando una especie de basura para que perdiera el tiempo, una rehabilitación, lo que le dan a un experto en operaciones que ya no tiene piernas para caminar.

"Y entonces… -Hizo un gesto en dirección a Rossi. -Entonces, un día conocí al doctor Charles Rossi y él me enseñó algo que iba a cambiar el mundo.-¿Quieres algo para tomar? -preguntó Toby justo en el momento en que sus palabras habían picado mi curiosidad-, te gusta el whisky, ¿no?

– ¿Por qué no? -contesté-. Fue un día muy largo.

– Muy largo, sí. Y la quetamina ya no está, me parece, así que no te va a hacer mal la bebida. Wally, whiskies para todos… no, a Charlie le gusta el vodka, ¿verdad?

– En las rocas -dijo Rossi-. Un toque de pimienta si es posible.

Uno de los de seguridad se puso de pie -sí, usaba una pistolera, se la vi claramente-, y salió de la habitación. Unos minutos después, mientras estábamos todos sentados en silencio, volvió con una bandeja. Obviamente no estaba entrenado en el arte de servir tragos, pero se las arregló para servir los vasos sin volcar una gota.

– Dime -dije por fin-, ¿por qué no puedo leerlos?

– A esa distancia… -dijo Rossi.

– No. Ni siquiera pude hacerlo con el de seguridad cuando me dio el trago. No pasa nada. ¿Cuál será el problema?

Toby me miró un momento, pensando. La luz fuerte convertía sus ojos en agujeros.

– Interferencia -dijo.

– No entiendo.

– elf. Ondas de radio de frecuencia extremadamente baja. -Movió una mano por el aire, abarcando toda la habitación. -El equivalente en radio del ruido blanco. Interferencia. Lo emitimos con parlantes, en la misma frecuencia que las ondas cerebrales. Por eso no puedes captar nada.

– Así que no te importará si me acerco un poco.

Toby sonrió.

– No nos gusta correr riesgos innecesarios.

Asentí. No pensaba insistir.

– Todo esto de la CIA trabajando con fes… pensé que Stan Turner lo había eliminado en 1977.

– Oficialmente, sí -dijo Rossi-. En realidad, lo enterramos bajo una cubierta cualquiera desde el punto de vista burocrático, tanto que casi nadie sabía de su existencia en la Agencia.

Cuando el doctor terminó de hablar, Toby siguió con lo suyo.

– Hasta entonces, nuestros esfuerzos se habían concentrado en localizar a los pocos individuos con talento. Pocos y muy lejos unos de otros en el país y el mundo. Pronto el problema fue otro: ¿se puede instaurar el poder? ¿Es posible? Parecía una locura, absolutamente imposible. Charles… bueno, Charles puede contártelo mejor que yo.

Rossi se movió en la silla, respiró hondo y exhaló despacio.

– A principios de la década del 80 -dijo-, yo estaba trabajando con una firma en California, una compañía pequeña. Desarrollábamos algo que el Pentágono consideraba muy interesante. En términos simples era un inductor electrónico de paranoia, "disruptor síquico de las neuronas" lo llamaban,' que servía para interferir las conexiones sinápticas entre las células del cerebro. En realidad, hubiera hecho electrónicamente lo que hace la droga lsd en muchos casos. Algo muy feo, en realidad, pero claro, los del Pentágono son los que nos trajeron el napalm, por cortesía de Química Dow. De todos modos, el proyecto quedó en la nada, por suerte, pero un día recibí una llamada de Toby que me ofreció el doble de salario y me trajo de los hermosos climas de California hasta esta metrópolis. En cierto modo, seguí con mi trabajo: estudiaba los estímulos electromagnéticos en el cerebro humano. Al principio, el interés tenía que ver con la idea de controlar las mentes. Yo me concentré en las elf, las ondas de radio de frecuencia extremadamente baja, de las que habló Toby. El cerebro genera señales eléctricas. Y lo que tratábamos de ver era si podíamos transmitir señales fuertes en la misma frecuencia en las que transmite el cerebro y usarlas para inducir confusión, incluso la muerte.

– Encantador -dije.

Pero Rossi siguió hablando, sin prestarme atención.

– Tampoco había nada ahí. Pero habíamos descubierto las posibilidades de las elf. Y encontré investigaciones del doctor Milán Ryzl de la Universidad de Praga, algo relacionado con la hipnosis. El doctor Ryzl había descubierto que cierta gente puede relajarse bajo hipnosis, aflojar tanto sus inhibiciones que hasta se vuelve capaz de recibir imágenes por telepatía. Éso me puso a pensar.

"Y así, casi por coincidencia, en 1983, en un hospital de Holanda, un holandés de mediana edad pasó por un examen de rutina con un generador de imágenes por resonancia magnética y salió con una percepción extrasensorial documentada y catalogable. Los médicos se quedaron de una pieza. Inmediatamente recibieron la visita de agentes de la inteligencia holandesa, francesa y estadounidense, y todos confirmaron el informe. El hombre oía los pensamientos de otras personas que estuvieran a distancias muy cortas. Los neurólogos lo atribuyeron al efecto intenso de magnetización del generador de imágenes en la corteza cerebral.

– ¿Y la habilidad fue duradera? -pregunté.-No exactamente. A decir verdad, el hombre se volvió loco. Empezó a quejarse de horribles dolores de cabeza, de ruidos espantosos en los oídos y un día metió la cabeza en una pared de ladrillos, literalmente quiero decir. Se mató. -Rossi tomó un buen trago de vodka.

– ¿Por qué el generador no provoca lo mismo en todo el mundo? -pregunté.

– Esa fue mi pregunta al principio -dijo Rossi-. Los generadores de imágenes se usan mundialmente desde 1982, y ése era el primer informe de semejante resultado. Cuando los equipos de inteligencia francés, holandés y estadounidense, trabajando en conjunto, investigaron a ese caballero holandés, llegaron a la conclusión de que el hombre poseía ciertas características que seguramente eran prerrequisitos. En primer lugar, era brillante, un coeficiente intelectual de más de 170 según la prueba Stanford-Binet. Y además, tenía memoria eidética.

Asentí una vez.

– Hubo otras marcas. El hombre tenía una habilidad verbal muy grande, pero también una gran capacidad cuantitativa, era muy bueno en matemáticas. Volé a Amsterdam, y me las arreglé para ver al holandés antes de que cruzara al otro lado. Cuando volví a Langley, traté de reproducir el efecto del generador.

"Reclutamos hombres y mujeres que parecían tener los requisitos: la memoria, las habilidades verbales y matemáticas y demás. Y, sin revelar la naturaleza verdadera del experimento, los sometimos al generador más poderoso que pudimos localizar. El modelo era de Siemens A.G., de Alemania. Lo modificamos. Pero no tuvimos éxito… hasta usted.

– ¿Por qué? -pregunté, terminando el whisky y dejando el vaso vacío sobre la mesa.

– No sabemos -dijo Rossi como si hablara del clima-. Si supiéramos algo al respecto, podríamos… Pero no. Ciertamente usted tenía los requisitos previos. La inteligencia, obviamente, y las habilidades verbales, la memoria eidética, que se encuentra en menos del 0,1 por ciento de la población. Usted juega ajedrez, ¿verdad, Ben?

– No demasiado mal.

– Bastante bien que yo sepa. Y es excelente en palabras cruzadas, por ejemplo. Creo que hasta tuvo contacto con la meditación Zen en algún momento de su vida.

– Sí, como usted dice, tuve "contacto" con ella…

– Estudiamos los archivos de tu entrenamiento en Campo Peary -interrumpió Toby-, y los estudiamos con mucho cuidado. Eras muy conveniente… pero no sabíamos si tendríamos éxito, de eso no estábamos seguros.

– Parecen muy poco interesados en una demostración de mis habilidades -dije, dirigiéndome a los dos-. Qué raro.

– Al contrario -dijo Rossi-. Estamos interesados. Sumamente interesados. Con su permiso, me gustaría hacerle unas pruebas mañana. Nada muy difícil.

– Eso no me parece necesario -dije-. Si quieren les puedo hacer la demostración ahora mismo.

Hubo un momento de silencio incómodo y después Toby rió entre dientes.

– Podemos esperar.

– Parece saber mucho sobre esta condición mía. Tal vez pueda decirme cuánto va a durar.

Rossi se detuvo de nuevo.

– Eso no lo sabemos. Lo suficiente, espero.

– ¿Lo suficiente! -repetí-. ¿Lo suficiente para qué?

– Ben -dijo Toby con suavidad-, te trajimos aquí por una razón, como ya supondrás. Necesitamos que hagas una serie de pruebas. Y después, te necesitamos a ti.

– A mí. -Esta vez no me molesté en disimular mi hostilidad. -Quieren que les ayude. ¿De qué clase de ayuda se trata?

Un largo silencio en la habitación cavernosa y por fin Toby dijo:

– Supongo que la palabra es espionaje.

Me quedé sentado sin moverme durante casi cinco minutos mientras ellos me miraban.

– Lo lamento, caballeros -dije, poniéndome de pie. Me volví hacia la puerta y empecé a caminar.

Los dos de seguridad se pusieron de pie y uno de ellos dio varias zancadas para alcanzarme y bloquearme la salida mientras el otro se me ponía detrás.

– ¡Ben! -me llamó Toby.

– Vamos, Ben -dijo Rossi simultáneamente.

– Por favor, siéntate -oí decir a Toby con tranquilidad-. Lamento decir que no tienes muchas alternativas.

25

Una de las cosas que aprendí en mis días en la Agencia es cuándo insistir y cuándo darme por vencido. Eran más que yo, no sólo los dos de la sala sino todos los demás que hubiera en la casa, y tenía que haber más. Calculé las posibilidades que tenía y supuse que estaban en mi contra en una proporción de diez mil a uno, de cien mil a uno.

– Estás poniéndonos en una posición difícil -dijo Toby a mis espaldas.

Me volví lentamente.

– No sé por qué me pareció haber oído algo sobre animales enjaulados… -dije, irónico.

Él me estaba mirando con una leve huella de ansiedad en el rostro.

– No quiero… no queremos recurrir a la compulsión. Preferiríamos apelar a tu razón, al deber, a la decencia básica que sabemos que tienes.

– Y a mi deseo de volver a ver a mi esposa -agregué.

– Sí, está eso también, sí -admitió. Nervioso, cerró los dedos en un puño y los abrió de nuevo, varias veces.

– Y, además, por supuesto, me dijeron mucho. Ahora "sé demasiado", ¿no es cierto? ¿No es así como se dice? Así que tengo derecho a salir de la habitación pero si decidiera hacerlo, probablemente no llegaría al portón.

Exasperado, Toby dijo:

– Eso es ridículo. Después de lo que te dije, ¿por qué mierda vamos a querer hacerte daño? Aunque más no fuera por razones científicas…

– ¿La Agencia también arregló que congelaran mis fondos? -pregunté con amargura. Sentía los músculos de las piernas muy tensos, casi acalambrados, el estómago revuelto, me corría la transpiración por la frente. -¿Esa mierda de First Commonwealth?

– Ben -dijo Toby después de un momento de silencio-, preferiríamos mantener las cosas en positivo, apelar a la razón. Creo que cuando escuches todo, querrás llegar a un acuerdo.-Muy bien -dije por fin-. Estoy dispuesto a escuchar. Veamos, ¿qué tienen que decirme?

– Es tarde, Ben -dijo Toby-. Estás cansado. Y sobre todo, yo estoy cansado, aunque claro, ahora me canso muy fácilmente. Mañana, antes de que te llevemos a Langley para las pruebas, hablamos de nuevo, ¿de acuerdo, Charles?

Rossi murmuró su asentimiento, me miró con ojos penetrantes y salió de la habitación.

– Bueno, Ben -dijo Toby cuando nos quedamos solos-. Creo que el personal ya organizó todo lo que necesitas por esta noche: un cambio de ropa, el baño y todo eso. -Sonrió con amabilidad. -Un cepillo de dientes.

– No, Toby. Falta un detalle. Quiero ver a Molly.

– No puedo permitirlo, Ben, todavía no. No es físicamente posible…

– Entonces, no creo que lleguemos a ningún acuerdo.

– No está en esta área.

– Entonces, quiero hablar con ella por teléfono y quiero hablar ahora.

Toby me miró, estudiándome, por un momento, y después hizo una señal a los de seguridad. Uno de ellos salió de la habitación y volvió con un teléfono negro, que conectó a una toma cercana. Luego, puso el aparato sobre la mesa, a mi lado.

Levantó el receptor y apretó varios números. Conté: once dígitos, tal vez larga distancia; después, otros tres. Un código de acceso, probablemente. Dos más. Escuchó sin cambiar de expresión durante un rato y después dijo:

– Noventa y tres. -Escuchó de nuevo y me entregó el teléfono.

Antes de que pudiera decir nada, oí la voz de Molly, aguda, angustiada.

– ¿Ben? ¿Dios, eres tú?

– Estoy aquí, Molly -dije con toda la tranquilidad que pude.

– ¿Estás bien? ¡Dios mío!

– Estoy… estoy bien, Molly. ¿Y tú cómo…?

– Bien, bien. ¿Adonde te llevaron?

– A un refugio en Virginia -dije, mirando a Toby. El asintió, como para confirmarlo. -¿Dónde estás tú?

– No sé, Ben. Algo… un hotel o algo así, un departamento. Creo. En las afueras de Boston. No muy lejos.

Sentí que me enfurecía de nuevo.

Mirando a Toby dije:

– ¿Dónde está?

Toby no dijo nada.-Custodia de protección. Suburbios de Boston -respondió finalmente.

– ¡Ben! -La voz de Molly salía por el auricular, desesperada. -Dime quiénes son, por favor…

– No hay problema, Molly. Por lo que sé. Mañana voy a saber más…

– Tiene que ver con… -susurró-, con…

– Lo saben -dije.

– Por favor, Ben. ¿Qué diablos pasa, en qué estoy metida? ¡No pueden hacernos esto! ¿Es legal? ¿Pueden…?

– Ben -dijo Toby-. Voy a tener que desconectar la llamada, lo lamento…

– Te amo, Mol -dije-. No te preocupes.

– ¿Que no me preocupe! -La voz parecía incrédula.

– Todo estará bien pronto -dije sin creerlo.

– Te amo, Ben.

– Lo sé -dije y de pronto, estaba oyendo el tono.

Puse el receptor en su lugar.

– No creo que tengan derecho a asustar a Molly de ese modo -dije a Toby.

– Es para protegerla, Ben.

– Ya veo. Como me protegen a mí.

– Correcto -dijo, pasando por alto el sarcasmo.

– Máxima seguridad -insistí-. Estamos tan seguros como dos prisioneros.

– Vamos, Ben. Mañana, después de que hablemos, cuando nos escuches, si quieres irte, te prometo que no voy a impedírtelo.

Con un ruidito eléctrico guió la silla a través de la larga alfombra persa hacia la puerta.

– Buenas noches. Ya van a mostrarte tu habitación.

En ese momento, se me ocurrió la idea, y mientras la pensaba, seguí a los dos guardias hacia la escalera principal.

26

La habitación que me habían dado era cómoda y tranquila, amueblada al estilo de una hostería campestre de Vermont: pocas cosas pero mucha elegancia. Había una cama mullida de dos plazas y media por lo menos, envuelta en una colcha blanca y colocada contra una pared. Parecía muy acogedora después de ese día largo, agotador, interminable, pero yo no podía irme a dormir todavía. Noté que los muebles estaban fijos, como ajustados al suelo. El baño era elegante y espacioso, con piso de mármol verde, paredes revestidas con cerámicas blancas y negras más o menos de los años 30.

El piso, que crujía como para dar confianza a los que caminaban sobre él, estaba cubierto de una alfombra de pared a pared. Había algunas pocas pinturas, de buen gusto: óleos de temas náuticos en un estilo indefinido. Estaban clavadas directamente a la pared como para que nadie pudiera moverlas. Era como si hubieran esperado la presencia de un animal salvaje que podía ponerse a tirar cosas por el aire en cualquier momento.

Había unas cortinas pesadas que llegaban hasta el piso, color castaño y oro, detrás de las cuales se escondían unas ventanas adornadas. Estaban reforzadas por una malla de metal casi invisible por lo fina: probablemente imposibles de romper y con alarma electrónica.

Me tenían prisionero.

Me di cuenta de que esta habitación particular en este "refugio" se usaba probablemente para mantener a otros agentes o desertores con quienes toda precaución era poca. Evidentemente yo estaba incluido en la categoría.

A pesar de lo que decían, era un rehén, sí, a pesar de la retórica suave de Toby. Me habían atrapado y encerrado allí, como a un espécimen exótico de laboratorio para hacerme pasar por una serie de pruebas completas y luego presionarme para que entrara en su servicio.

Pero todo tenía la marca de la improvisación. Generalmente, cuando se planea una operación por anticipado, se cubren todos los ángulos, uno por uno, todos los detalles, a veceshasta la ridiculez más absoluta. Muchas veces, las cosas salen mal de todos modos -esas cosas pasan dicen las calcomanías de los autos-, pero nunca es por falta de planificación. Sin embargo, yo me daba cuenta de que aquí los arreglos habían sido súbitos, apresurados, ad hoc, y eso me daba esperanzas.

Tenían a Molly con ellos. Yo sabía que podría negociar su liberación con mucha más facilidad desde la libertad. Tenía que ponerme en marcha inmediatamente.

Mientras me sacaba el traje desgarrado, sucio (una baja del tiroteo en la calle Marlborough), sentía que Molly estaría bien. Era bastante posible que la estuvieran protegiendo, además de lo cual, claro está, la mantenían lejos de mí para persuadirme. Algo así como atar a la muchacha a las vías del tren para que uno cambie de idea, ¿no? Bueno, no habría trenes expresos y lo peor que podía pasar era que Molly sometiera a sus captores a la tortura de su lengua hasta volverlos locos. Yo conocía las presiones de la Agencia.

En cuanto a mí, en cambio… bueno, ésa era otra historia. Desde que había adquirido ese extraordinario talento, mi vida estaba en peligro. Y ahora tenía una opción, o cooperaba o…

¿O qué?

¿No había dicho la verdad Toby en cuanto a por qué razón acabar con el único sujeto vivo y exitoso del experimento, la única prueba de que el proyecto funcionaba? ¿No sería algo así como matar a la gallina de los huevos de oro?

¿O el secreto era más importante que la gallina misma?

Tal vez… tal vez yo podía adquirir el control sobre las cosas que estaban sucediendo, tal vez eso todavía era posible.

Porque tenía una ventaja considerable e innegable sobre otros seres humanos, y no parecía estar disminuyendo. Y… éste era el síntoma que me decía que mi encarcelamiento era algo apresurado, casi torpe: había podido adquirir algo de información útil de uno de mis guardias.

Toby, o quien quiera que estuviera al frente de la operación, había tomado la precaución de buscar gente que no tuviera ni la menor idea de lo que yo representaba ni del proyecto mismo. Pero naturalmente, había tenido que informarles algo sobre las características de las operaciones de seguridad.

Cuando uno de los guardias… Chet, se llamaba… me llevó arriba al dormitorio en el tercer piso, caminé lo más cerca posible de su cuerpo. Evidentemente le habían ordenado que no hablara conmigo y que se mantuviera a distancia.

Pero no le habían dicho que no pensara y además, pensar es una de las pocas actividades humanas sobre las que no tenemos control.-Estoy preocupado -dije mientras subíamos la larga escalera-. ¿Cuántos son ustedes?

– Lo lamento, señor -dijo Chet con la cabeza baja-. No se me permite hablar con usted.

Levanté la voz como sorprendido y burlón.

– Pero ¿cómo mierda sé si estoy seguro? ¿Cuántos de ustedes me protegen?, ¿no puedo saber ni siquiera eso?

– Lo lamento, señor, aléjese por favor.

Pero para cuando llegamos a mi habitación, ya sabía que habría dos frente a mi puerta en la noche, que Chet estaba en la primera guardia y que se alegraba de eso y que tenía una curiosidad insaciable en cuanto a mí y lo que yo había hecho.

Me pasé la primera hora inspeccionando cuidadosamente la habitación, buscando los transmisores (tenía que haberlos pero no los localicé). Junto a la cama había un radio reloj despertador, que seguramente tenía un transmisor.

Comprobé que estaba equivocado.

A eso de la una de la mañana golpeé en la puerta para llamar al guardia. La puerta se abrió en unos minutos y vi la cara de Chet.

– ¿Sí?

– Lo lamento -dije-. Tengo la garganta reseca y me pregunto si me puede traer un vaso de agua mineral.

– Tiene que haber una heladera ahí -dijo, inseguro, pero estaba tenso, el cuerpo preparado como el de una víbora lista para saltar, las manos a los costados, como le habían dicho que estuviera.

Sonreí, un gesto de somnolencia.

– Se terminó.

Me miró, irritado.

– Espere unos minutos -dijo y cerró la puerta. Supuse que llamaría abajo con el transmisor y pediría instrucciones porque seguramente le habían dicho que no debía abandonar su puesto en ninguna circunstancia.

Unos cinco minutos después, hubo un golpe en la puerta.

Ya entonces tenía la radio a todo volumen, en una estación de rap en am, rítmica y permanente, y la ducha encendida, el baño lleno de vapor. La puerta del baño estaba abierta y el vapor entraba en la habitación.

– Estoy en la ducha -aullé-. Déjelo donde quiera, por favor.

Entró otro guardia, uniformado, con una bandeja, una botella de agua mineral francesa -me pareció que era un lindo toque de elegancia- y miró alrededor en la habitación unos segundos, tratando de decidir dónde iba a ponerla y entonces,!e salté encima.,Era un profesional bien entrenado pero yo también lo era y los dos o tres segundos de ventaja que me había dado la sorpresa me sirvieron mucho. Lo apreté contra el suelo y la bandeja y el agua cayeron sin ruido sobre la alfombra. Se recobró con una velocidad impresionante y se levantó, me corrió un poco a un costado y con el brazo izquierdo me aplicó un golpe doloroso, terrible, en la mandíbula.

La vieja calma glacial, la de siempre, me dominó.

La radio seguía cantando a todo vapor: "abajo tengo que ir abajo ella también abajo…" y el ruido de la ducha golpeteaba y no se oía mucho por encima de tanto alboroto y…

La bandeja era un arma excelente y con la mano derecha la tomé del suelo y la arrojé contra la garganta del guardia, directo a ese punto cartilaginoso que protege la yugular. Le metí el borde filoso contra la nuez de Adán, sacándole el aire y él gruñó mientras apretaba las piernas alrededor de mi cuerpo y oí, de pronto… no… dispararle no… no me dejan… al hijo de puta…

Entonces, supe que lo tenía, que lo tenía porque ahora sabía lo que él no iba a hacerme. Ese era su punto vulnerable, la razón por la que no buscaba el revólver, y en el momento en que lo vi poner los puños duros, me las arreglé para convertir los míos en una cuña y golpearlo en el estómago, derrumbándolo contra el brazo de roble macizo del sillón. El aire se le escapó de los pulmones con un siseo audible y de pronto, se dejó caer, la boca abierta, en el suelo…

Inconsciente. Lastimado, pero no muy lastimado. Estaría fuera de combate unos diez, veinte minutos.

Y por encima de todo, la radio seguía aullando.

Sabía que tenía pocos segundos: pronto entraría el otro guardia a ver qué le había pasado a su compañero.

El guardia inconsciente tenía un arma en la pistolera, una excelente Ruger P90.9 mm, semiautomática. Yo me había entrenado con ella aunque nunca había tenido oportunidad de usarla en acción. La saqué, inserté el cartucho extra, solté el seguro y…

Un poco más allá vi los pies del segundo guardia, no Chet, otro, el de la mañana. Tenía el arma levantada, apuntándome.

– Suéltela -dijo.

Nos miramos, los dos congelados donde estábamos.

– Tranquilo -dijo-. Va a poner eso en el suelo y nadie va a salir lastimado. Bájela. Suéltela…

No tenía alternativa.

Lo miré con firmeza y disparé.

Apunté bajo, para no lastimarlo mucho.

Una explosión brusca, un relámpago de luz, el olor acre. Lohabía herido en el muslo, lo vi enseguida. Hizo lo que le dijo su instinto: se agachó. No era un asesino entrenado; eso yo ya lo sabía y para mí era una información muy valiosa.

Me le acerqué, la Ruger apuntándole a la cara.

La mirada en sus ojos era una combinación de dolor y mucho miedo. Oí una corriente angustiada de voces:

no Dios mío no Dios es capaz no por favor

Dije, con toda tranquilidad:

– Si se mueve, voy a tener que dispararle. Lo lamento.

Los ojos se abrieron todavía más, mirándome. Le tembló el labio inferior. Lo desarmé y me guardé el arma.

Después, agregué:

– Usted se queda donde está. Cuente hasta cien. Si se mueve antes, si hace un ruido, uno solo, carajo, lo mato.

Cerré la puerta cuando salí, oí correrse el cerrojo automáticamente y me lancé hacia el corredor oscuro.

27

Agachado, me deslicé a lo largo de las paredes del vestíbulo recubiertas de roble y consideré la situación.

En un extremo, brillaba una luz que parecía venir de una puerta abierta. Tal vez había otra persona allí. O no. Supuse que la habitación era para que la usaran los guardias mientras esperaban el cambio de turno, y tomaban café.

"¿Habrá algo que pueda servirme ahí dentro?", pensé.

No. Seguramente no. No valía la pena arriesgarse.

De pronto oí un ruido de estática, metálico y fuerte. Venía del transmisor que el segundo guardia había dejado en la puerta cuando entró con la bandeja en el dormitorio. Una señal, un pedido de informes. Yo no conocía los códigos, no podía engañarlos.

Eso significaba que tenía menos de un minuto antes de que alguien viniera a investigar por qué nadie contestaba la llamada.

Oscuridad en todas partes. Una larga serie de puertas cerradas. No sabía mucho de la disposición de la casa, sólo lo que había podido ver y suponer mientras me traían.

Me estaba alejando de la escalera principal. Tenía que ser un territorio peligroso, demasiado central. Estaba convencido de que tenía que haber una escalera de servicio.

Claro que había una.

Sin luz, estrecha, los escalones de madera muy usados, la encontré al final del ala de la casa donde me habían colocado para pasar la noche. Bajé haciendo el menor ruido posible, pero sentía el eco de los crujidos a mi alrededor.

Para cuando llegué al primer piso, había pasos más arriba. Carreras, gritos. Habían descubierto mi huida antes de lo que yo esperaba.

Sabían que todavía estaba en la casa, en alguna parte, y ye no tenía duda alguna de que todas las entradas estarían cuida das. Ahora todos estaban alerta. Me sentí atrapado.

Levanté la vista. Examiné lo que me rodeaba. Sabía que no llegaría a la planta baja.¿Y al primer piso?

No tenía elección, tenía que arriesgarme. Salté de la escalera oscura hacia el corredor. Este no estaba alfombrado y mis pasos hacían un ruido alarmante. Las voces se me acercaban, eran cada vez más fuertes.

La única luz venía de la luna, afuera, un brillo débil que entraba por una ventana al final del corredor. Giré y me acerqué a ella, traté de abrirla y saltar, pero de pronto, me di cuenta de que abajo no había césped sino pavimento.

Un área de estacionamiento abierta, de asfalto o canto rodado, unos buenos ocho metros más abajo. Un salto suicida. Y nada de qué agarrarme. No, no podía hacerlo.

Y entonces oí la alarma, el chillido de miles de timbres en toda la casa, todos ensordecedores, enloquecidos y terribles. Las luces se encendieron, un fulgor cegador iluminó el vestíbulo, lo iluminó todo mientras el ruido seguía.

"¡Por Dios, camina!", me grité interiormente.

Caminar, sí, pero, ¿adonde?

Corriendo desesperadamente por el vestíbulo, hacia la escalera principal, probé puerta tras puerta y luego, cinco, seis más adelante, una se abrió.

Un baño, chiquito y oscuro, con una ventana abierta y pequeña por la que pasaba una corriente de aire frío. La cortina de plástico se movía en la brisa y ahí estaba la solución, sí.

Arranqué la cortina y la dejé caer al suelo.

La alarma parecía todavía más urgente, más fuerte que antes. Hubo un ruido de puertas abiertas, gritos.

¿Y ahora qué?

¡Afuera!

Sólo una cortina de baño, carajo. Si hubiera pensado en traerme una sábana.

"Tienes que atarla a algo, atarla. Engánchala en alguna parte. Algo estable", pensé.

¡No, no había dónde fijarla!

Ningún lugar de dónde sostener el vinilo, anclarme mientras bajaba por la ventana, y no había duda de que no había tiempo de seguir explorando porque los pasos se acercaban, como truenos, cada vez más. Tenían que haberme seguido al primer piso y mientras yo miraba a mi alrededor, desesperado, el corazón golpeando con fuerza, oí a mi derecha, a menos de seis metros, en el vestíbulo:

– ¡Aquí! ¡Vamos!

Levanté la ventana hasta el límite, encontré una malla metálica, me tiré contra ella, tratando de destrabar los malditos tornillos de la base, pero estaba fija, no se movía, y entonces retrocedí, me agaché…Y me tiré contra la ventana, a través de la malla, y hacia el aire de la noche. Mi cuerpo se contorsionó, tratando de frenar ia caída.

Y golpeé el suelo… polvo, no húmedo sino frío, seco, duro, un polvo que pareció subir a encontrarse conmigo y golpearme los hombros y la nuca y entonces, salté inmediatamente sobre mis pies, me torcí un poco el tobillo y aullé de dolor.

Arboles delante de mí, sí, un bosquecillo, apenas visible en la oscuridad pero iluminado por las luces de la alarma que subían por las hojas hasta el nivel del segundo piso, oscuras un segundo, luego claras otra vez.

Una explosión de armas de fuego.

Detrás de mí, a mi izquierda, un zumbido de algo demasiado cercano, el dolor de algo contra mi oído. Me agaché. Los disparos continuaron, erráticos, cercanos, y yo me arrastré por el pasto hacia los árboles, sí, ya estaba, gracias a Dios. Una cobertura natural, una protección. A unos metros de mí un tronco se astilló y luego otro y yo corrí otra vez a pesar del dolor cegador del tobillo y los hombros y ahí estaba, la cerca.

¿Electrificada?

Una cerca de cuatro metros, hierro forjado sólido, a prueba de ladrones, seguridad de alto nivel… ¿alta tensión?

Ahora no podía ni retroceder ni volverme ni detenerme. Tenía apenas segundos, eso era todo, pero los oí en el patio, venían hacia mí, muchos al parecer, y los tiros volvieron a empezar. Me habían localizado pero los árboles les bloqueaban la línea de tiro.

Inhalé una vez y calculé la situación con la mente. La casa estaba rodeada por naturaleza, en medio de los hermosos bosques de Virginia, es decir, árboles y animales, ardillas que suben a las cercas aquí y allá…

Me arrojé contra la cerca, tomé una sección horizontal y trepé hacia las cabezas agudas de la parte superior, luego dudé un segundo y me tomé de las espadas ominosas y negras de arriba.

Y sentí el hierro fresco, duro.

No. Electrificada no. Una ardilla se volvería loca con una cerca electrificada, ¿verdad? No se electrifican las cercas en lugares así. Pasé las piernas con cuidado, mirando las puntas y me dejé caer en el pasto blando del otro lado.

Detrás, la mansión relampagueaba, las luces latían, el clamor quebraba la quietud de la noche.

Corrí, oyendo los gritos y los pasos detrás de mí, pero estaban del otro lado de la cerca. Sabía que estaba a salvo.

Corrí y corrí, haciendo muecas de dolor, seguramente gimiendo en voz alta pero sin bajar la velocidad, hasta que elcamino dobló y quedé en un cruce que había visto al llegar, y mientras subía por el camino oscuro, estrecho, vi un par de faros que venían hacia mí.

El auto se movía no demasiado rápido pero tampoco con lentitud, un Honda. Lo vi cuando se acercó y pensé en llamarlo pero era un riesgo.

Había venido de la ruta principal, pero yo sabía que en mi situación tenía que ser cuidadoso. Cuando bajé la velocidad, los faros aumentaron la luz, me cegaron y luego apareció otro par detrás, luces altas también, y de pronto, estaba atrapado entre dos vehículos, el Honda y otro, uno estadounidense que me había bloqueado por detrás.

Giré en redondo pero me tenían atrapado y luego aparecieron otros dos en la oscuridad, los frenos al rojo, aullando, junto a los demás.

Estaba ciego frente a cuatro pares de faros y volví a girar, pensando en una forma de huir, pero sabiendo que era imposible. Después oí una voz que venía desde uno de los autos.

Un eco en la noche.

– Buen intento, Ben -oí que llegaban las palabras de Toby-. Siempre tan bueno en lo tuyo. Por favor, entra.

Estaba rodeado de hombres que me apuntaban y de autos, y bajé la Ruger lentamente.

Toby estaba sentado en la parte trasera de una camioneta cubierta, una de las últimas en llegar. Hablaba a través de la ventanilla cerrada.

– Lo lamento mucho -dijo-. Buen intento, de todos modos.

28

Me llevaron en un auto del gobierno, un sedán azul Chrysler hasta Crystal City, en Virginia. Entramos en un edificio de oficinas sin identificación con un garaje subterráneo. Yo sabía que la CIA tenía varios edificios así en Crystal City y sus alrededores: obviamente éste era uno de ellos.

El conductor me escoltó por el ascensor hasta el sexto piso y me acompañó por un pasillo de aspecto gubernamental, pintado de un castaño típico. HABITACIÓN 706 decían las curvas negras sobre el vidrio translúcido. Una recepcionista me mostró una oficina interior, donde me presentaron a un neurólogo barbudo, hindú, de unos cuarenta años, el doctor Sanjay Mehta.

Sin duda se preguntará por qué no traté de leer los pensamientos del conductor en el ascensor, o de la gente que pasamos en el corredor, del neurólogo y demás. La respuesta es que sí traté. El conductor era empleado de la Agencia, y no tenía ninguna información, como el anterior. No averigüé nada con él. Todo lo que supe caminando por el pasillo fue que estaba en un edificio de la cía donde se hacían trabajos científicos y técnicos.

Con el doctor Mehta, las cosas fueron diferentes. Cuando le di la mano, oí: ¿Oye mis pensamientos?

Dudé un momento, pero había decidido no disimular y contesté en voz alta:

– Sí, sí.

Hizo un gesto indicándome una silla y pensó: ¿Oye los pensamientos de todos?

– No -le dije-. Sólo los que…

Sólo los que tienen una intensidad particular… como los que vienen acompañados de emociones violentas, ¿correcto?, oí.

Sonreí y asentí.

Oí una frase de algo en un lenguaje que no entendí, y que supuse era de su país.

Por primera vez, me habló en voz alta:

– No habla usted hindi, ¿verdad, señor Ellison? -Su inglés tenía acento británico.

– No.

– Soy totalmente bilingüe, es decir que puedo pensar en hindú o en inglés. Lo que está diciéndome es que no entiende lo que pienso cuando pienso en hindú. Lo oye pero no lo entiende, ¿verdad?

– Cierto.

– Pero no oye todo lo que pienso, por supuesto -siguió diciendo-. Hace unos minutos pensé unas cuantas cosas, en hindú y en inglés. Tal vez cientos de "pensamientos" si es que se puede categorizar así el flujo de procesamiento de ideas. Pero usted oyó sólo lo que yo pensé con fuerza.

– Supongo que eso es cierto.

– ¿Puede sentarse un momento, por favor?

Asentí otra vez.

Se levantó del escritorio y abandonó la habitación, cerrando la puerta detrás.

Me quedé sentado unos minutos, inspeccionando la colección de pisapapeles, recuerditos de plástico que había en el escritorio, de esos que producen nieve cuando uno los da vuelta. Y entonces, recibí otro pensamiento. Esta vez el timbre era el de una voz de mujer, agudo y angustiado.

Mataron a mi esposo. A Jack, Dios mío, Dios, mataron a Jack, oí.

Un minuto después, volvió el doctor Mehta.

– ¿Y bien? -dijo.

– Lo oí bien.

– ¿Oír qué?

– Una voz de mujer, que pensaba que habían matado a su marido -contesté-. El nombre del marido es Jack.

El doctor Mehta suspiró, un suspiro audible. Asintió en silencio. Después de un silencio largo, me preguntó:

– ¿Y?

– ¿Y qué?

– No "oyó" nada ahora, ¿no es cierto? -Dio a la palabra "oyó" el mismo giro que le daba yo mentalmente.

– Silencio -dije.

– Ah, pero la de antes fue una mujer, sí. Eso es interesante. Yo habría pensado que usted sólo escuchaba los sentimientos de alguien angustiado. Pero usted no percibe sentimientos, sólo oye palabras.

– Correcto.

– ¿Puede decirme exactamente lo que oyó?

Se lo repetí.

– Exactamente -dijo-. Excelente. ¿Distingue usted entre lo que oye y lo que "oye"?-El… supongo que el timbre es diferente. La sensación de la voz -traté de explicarle-. Es como la diferencia entre un susurro y una voz alzada. O… como cuando uno se acuerda de una conversación a veces, inflexiones y entonaciones, y todo eso. Percibo una voz hablada. Pero es diferente de la voz audible.

– Interesante -dijo. Se levantó, tomó uno de sus recuerdos de las cataratas del Niágara de su escritorio, y jugó con él mientras caminaba de un lado al otro, más allá del escritorio. -Pero no oyó la primera voz.

– No sabía que hubiera habido otra voz.

– Hubo otra, de un hombre, del otro lado de la pared, pero le pedimos que pensara con placidez. La segunda era una mujer, en la misma habitación y las instrucciones fueron que conjurara un pensamiento horripilante y lo pensara con cierta intensidad. La habitación es a prueba de ruidos. El tercer intento, que usted dice que no oyó, vino de la mujer pero esta vez a cien metros en el pasillo, en otra habitación.

– Usted dice que la mujer "conjuraba" los sentimientos -dije-. ¿Es decir que no mataron a su marido?

– Correcto.

– ¿Lo cual significa que no distingo entre pensamientos genuinos y fingidos?

– Se podría decir eso, sí -respondió Mehta-. Interesante, ¿verdad?

– "Interesante" me parece una palabra demasiado tonta para lo que siento.

Pasamos más o menos una hora haciendo pruebas diseñadas para determinar la sensibilidad de mi "don", la fuerza de las emociones que era capaz de escuchar, la distancia a la que tenía que estar la persona, y demás.

Finalmente, el doctor se arriesgó a darme una explicación.

– Como usted ya se habrá imaginado -dijo el doctor Mehta-, lo que produjo este resultado en su cerebro fue el efecto magnético del generador de imágenes. -Encendió un Camel. El cenicero era un souvenir de un lugar llamado Wall Drug en Dakota del Sur.

Exhaló una nube de humo que al parecer le permitía pensar con más concentración.

– No sé mucho de usted, sólo que es abogado o algo así y que antes trabajaba en la Agencia. No quiero saber más. En cuanto a mí, soy el jefe de siquiatría de la CIA.

– ¿Detectores de mentiras, pruebas sicológicas y demás?

– Básicamente. Estoy seguro de que mi personal le hizo pruebas antes de mandarlo a la Granja, antes de enviarlo a la misión que le asignaron, y al final, cuando usted se retiró del servicio. Han retirado su archivo así que no podría saber más sobre usted aunque quisiera. Y no quiero. -Otra nube de humo, después siguió hablando. -Pero si espera que yo le diga mucho sobre su capacidad para leer la mente, lamento desilusionarlo. Cuando Toby Thompson vino a verme hace unos años, pensé que estaba loco.

Yo sonreí.

– Francamente, no soy de los que creen en la percepción extrasensorial. No porque haya algo demasiado extraño en esa percepción en sí misma, eso no. Hay bastantes pruebas que sugieren que ciertas especies animales poseen la habilidad de comunicarse de esa forma, ya sean perros o delfines. Pero nunca vi nada que sugiriera que los seres humanos también pueden hacerlo, por lo menos fuera de ciertas anécdotas no demasiado creíbles.

– Supongo que ahora habrá cambiado de idea -dije.

Él rió.

– Los pensamientos recorren el cerebro humano en el hipocampo y la corteza del lóbulo frontal. Un colega, Robert Galambos, tiene la teoría de que el pensamiento "proviene" de las células gliales, no de las neuronas, ¿oyó hablar del cerebro de Broca?

Le dije que había escuchado el término pero no sabía lo que significaba.

– El cirujano francés Pierre-Paul Broca descubrió un área del cerebro humano donde se produce el lenguaje, un área en el lóbulo frontal izquierdo. El área de Broca es el lugar donde se asienta el mecanismo del habla. Otro lugar, conocido como el área Wernicke, es donde reconocemos y procesamos el habla. Esa área también está en los lóbulos temporal y parietal izquierdos. Estoy postulando la idea de que cuando una de esas dos áreas, posiblemente la de Wernicke, se altera de cierta forma, aunque fuera sutilmente, a través del magnetismo poderoso de un generador de imágenes por resonancia magnética, las neuronas se realinean. Y eso le permite a usted "oír" las ondas de radio de baja frecuencia emitidas por otras áreas de Broca. Hace tiempo que sabemos que el cerebro produce esas señales eléctricas. Lo que usted está haciendo, supongo, es recibirlas. Eso es todo. ¿Sabe que a veces nos podemos "oír" pensar, como en la voz hablada?

– Sí, a veces.

– Bueno, yo diría que en algún punto de la formación de esos pensamientos hay actividad también en los centros del habla. Y es en ese punto que se generan las señales eléctricas. De acuerdo. Y hay también dos recientes descubrimientos científicos que pueden hacernos pensar un poco."Uno se publicó hace más o menos dos años en la revista Science. Era de un equipo de la universidad de John Hopkins que descubrió que podía producir la imagen del proceso de pensamiento del cerebro en una computadora Le pusieron electrodos a un cerebro de mono y usaron los gráficos para rastrear la actividad eléctrica en la corteza motora, el área del cerebro que controla la actividad motora. Cuando el mono hacía algo, veían la actividad eléctrica en el cerebro del mono en la pantalla, una milésima de segundo antes de la acción misma. Sorprendente ¡Estábamos viendo pensar al cerebro!

"Y después, un grupo de geobiologos del Instituto de Tecnología Californiano descubrió que el cerebro humano contiene algo así como siete millones de millones de cristales magnéticos microscópicos Es decir, imanes en barra fabricados con cristales magnéticos, un mineral de hierro Se preguntaban si habría un puente de unión entre el cáncer y los campos electromagnéticos, aunque no hay pruebas de que los cristales magnéticos tengan algo que ver con esa enfermedad Pero mis colegas y yo pensamos ¿ y si usáramos el generador de imágenes por resonancia magnética para alterar esos imanes en el cerebro humano… para alinearlos? Sé que usted es abogado de patentes Supongo que está al día en cuanto a desarrollos tecnológicos

– En general, sí

– A principios de 1993, se anunció un gran avance casi simultáneamente en dos sitios al mismo tiempo El anuncio provino del gigante de las computadoras en Japón, Fujitsu, la Corporación Japonesa de Telégrafos y Teléfonos, y la Universidad Graz en Austria, una universidad tecnológica Usando varias técnicas de biocibernética, la colección de impulsos eléctricos que descarga el cerebro por medio del electroencefalograma, los seres humanos podían dar ordenes a la computadora con sólo pensarlas Sólo con la mente, movían un cursor en una pantalla de computadora o escribían letras determinadas Bueno, en ese punto supimos que era posible

– ¿Y por qué no pueden inducirlo en todos9

– Esa es la pregunta del millón de dolares -dijo- Tal vez tiene que ver con la forma en que esta construida su área de Wernicke Tal vez con el número, la densidad de las neuronas. Con lo que le da a usted su memoria eidética. Para ser sincero, no tengo ni idea. Son sólo especulaciones. Nada más. Pero aunque no sepamos la razón, o la confluencia de razones por las que se da, lo cierto es que a usted le pasó. Lo cual lo convierte en un sujeto valioso.

– Valioso -repetí-, ¿,para quién7 -Pero él ya se había vuelto para salir de la habitación

29

– En realidad, estoy muy satisfecho -dijo Toby Thompson. Realmente parecía muy feliz consigo mismo

Yo estaba sentado en una sala de interrogatorio, blanca, antiséptica, bien iluminada, mirando a Toby que me miraba a su vez desde la habitación conjunta, a través de un panel de vidrio grueso El vidrio estaba lleno de huellas dactilares y la habitación era tan brillante que era fácil olvidarse de que eran las ocho de la mañana y yo no había dormido en toda la noche Yo sabía que estábamos en el subsuelo del mismo edificio de oficinas, desagradable y anónimo construido en la década del 60

– Dime algo -le dije- ¿Por qué la barrera de vidrio9 ¿Por qué no produces la interferencia con los elf como hiciste en el refugio?

Toby sonrió, una sonrisa casi nostálgica

– Ah, también está la interferencia Mejor no correr riesgos No creo mucho en la tecnología, ¿y tú?

Pero yo no estaba de humor para chistes, después de haber estado más de una hora sometido a las pruebas del doctor Mehta.

– Si me las hubiera arreglado para escapar -empecé a decir.

– No hubiéramos ahorrado esfuerzos para encontrarte, Ben Eres demasiado valioso. En realidad, tu perfil sicológico indicaba que intentarías escapar una vez, lo daba como algo bastante seguro. Así que no me sorprende del todo. No te olvides de que cuando te fuiste de la Agencia, perdiste el olor de la colonia, Ben.

– ¿El olor de la colonia?

– Entomología, hormigas. Te acuerdas de mi interés en las hormigas…

Toby había estudiado entomología antes de la Segunda Guerra Mundial, momento en que las circunstancias lo llevaron muy lejos hacia el campo de la inteligencia militar, la ose, y más tarde hacia la CIA Pero no había perdido interés y seguía en contacto con un viejo amigo de Harvard, E.O. Wilson, que ahora era uno de los estudiosos más importantes en el tema. El único uso que se las había arreglado para encontrar Toby a su pasión por las hormigas tenía que ver con las metáforas.

– Claro que me acuerdo, Toby. ¿El olor de la colonia?

– Cuando una hormiga saluda a otra, le pasa las antenas sobre el cuerpo. Si la otra es una intrusa de otra especie, la atacarán. Pero si es de la misma y de una colonia distinta, la aceptan. Sin embargo, le dan menos comida hasta que adquiere el mismo olor, la misma ferohormona, que las otras. Entonces, es como si ya fuera una de ellas.

– ¿Así que soy de otra colonia? -pregunté, impaciente.

– ¿Alguna vez viste cómo ofrece comida una hormiga? Es muy íntimo, muy conmovedor. El ataque, en cambio, es muy desagradable. Una, o las dos, mueren.

Pasé los dedos sobre la mesa de conferencias de fórmica, imitación madera.

– De acuerdo -dije-. Ahora, dime, ¿quién me atacó anoche?

– ¿En Boston?

– Correcto. Y "no sabemos" me parece insuficiente.

– Insuficiente pero exacto. Realmente no sabemos. Lo que sí sabemos es que hay un espía…

– Mierda, Toby -dije en un estallido-. Tenemos que decirnos las cosas de frente.

Levantó la voz casi hasta el grito, lo cual me sorprendió.

– ¡Estoy diciéndote las cosas de frente, Ben! Desde el accidente de París, estoy a cargo de este proyecto. Lo llaman el Proyecto Oráculo: ya sabes la tendencia que tienen los muchachos de cobertura a lo melodramático. Del latín oraculum, de orare, hablar. La mente habla, ¿no es cierto?

Me encogí de hombros.

– El Proyecto Oráculo es el Proyecto Manhattan de telepatía, caro, intensivo, ultrasecreto y considerado un fracaso seguro por casi todos los que saben que existe. Desde esos meses del caballero holandés con fes, para ser preciso ciento treinta y tres días, hasta que se suicidó, ya pasamos por más de ocho mil sujetos de experimentación.

– ¡¿Ocho mil?! -exclamé.

– La vasta mayoría, por supuesto, no sabía que estaba formando parte de un experimento, y se les daba bastante dinero. De todos ellos, dos terminaron con pequeñas manifestaciones de fes, pero la habilidad se desvaneció después de uno o dos días. Contigo…

– Ya van dos días y nada ha cambiado.

– Excelente. Excelente.

– ¿Pero para qué es esto, carajo? Ya terminó la Guerra Fría, y…

– Ah -dijo él-, es que eso es un error. Sí, el mundo cambió pero sigue siendo un lugar muy peligroso. La amenaza rusa sigue ahí, esperando otro golpe de Estado o la quiebra total del sistema, como la Alemania de Weimar esperaba que Hitler restaurara su imperio arruinado. El Medio Oriente es un caldero. El terrorismo cunde, estamos entrando en una era de terrorismo de una violencia que nunca vimos antes. Tenemos que cultivar esa habilidad que ahora tú tienes, la necesitamos desesperadamente. Necesitamos agentes que puedan adivinar intenciones. Siempre habrá Saddams Husseins o Khaddafis o quién sabe quién.

– Así que dime, ¿para qué el tiroteo de Boston? Hace… hace ¿cinco años? que el Proyecto Oráculo está en marcha…

– Más o menos cinco, sí.

– Y de pronto, la gente me dispara. Hay una urgencia, eso es obvio. Alguien quiere algo, y lo quiere ahora mismo. No tiene sentido.

Toby suspiró, tocó con los dedos el vidrio que nos separaba.

– Ya no hay amenaza soviética -dijo lentamente-. Gracias a Dios. Pero hay otra mucho más difícil y difusa: cientos de miles de desempleados en el Este, espías también, trabajadores, muchísimos.

– Esa no es explicación posible -contesté-. Esa gente es positiva para nosotros. ¿Para quién mierda trabajan? ¿Y por qué?

– Mierda -gritó Toby-. ¿Quién crees que mató a Edmund Moore?

Lo miré con los ojos muy atentos. Los de él estaban abiertos, asustados, llenos de lágrimas.

– Tú dime, ¿quién fue?

– Ah, vamos, la versión oficial es que se tragó el cañón de su revólver, modelo 39 Smith amp; Wesson, de la Agencia, de 1957.

– ¿y?

– El modelo 39 tiene cámaras para el Parabellum 9 mm, ¿verdad? Es el primer 9 mm de fabricante estadounidense.

– ¿A qué mierda quieres llegar?

– La bala que entró en el cerebro de Ed Moore vino en un cartucho de 9 mm x 18. Es el que se usa para la pistola Makarov. ¿Me sigues?

– Soviética -dije-. Antigua, fines de la década del cincuenta. O…

– O de Alemania del Este. El cartucho es para la Pistóle M. de Alemania del Este. No creo que Ed Moore hubiera usado munición de la policía secreta de Alemania del Este en su vieja pistola de la Agencia. ¿A ti qué te parece?

– Pero los malditos Stasi ya no existen, Toby.

– Alemania del Este no existe. Los Stasi no existen. Pero los agentes de la Stasi sí. Y alguien está utilizándolos para hacer un trabajo. Te necesitamos, Ben.

– Sí -dije, levantando la voz-. Obviamente. Pero, ¿para qué, mierda?

Siguió con su ritual de sacar un paquete de Rothmans, golpearlo contra el costado de su silla de ruedas hasta que salió uno, encenderlo… Después de soltar el humo, habló a través de la nube.

– Queremos que localices al último jefe de la kgb.

– Vladimir Orlov.

Él asintió.

– Pero tú sabes dónde está ahora… ¿Con todos los recursos de la Agencia?

– Lo único que sabemos es que está en alguna parte de Italia del Norte, en Toscania. Eso es todo.

– ¿Y cómo mierda saben eso?

– Nunca divulgo métodos ni fuentes -dijo con una sonrisa torcida-. En realidad, Orlov está enfermo. Va a Roma a ver a un cardiólogo. Eso lo sabemos. Hace años que ve a ese tipo: visitó Roma por primera vez en la década del 70. Este doctor trata a cierto número de líderes mundiales con gran discreción. Orlov confía en él.

"También sabemos que después de las consultas, vuelve a algún lugar de Toscania. Los que lo llevan son hábiles. Se sacaron de encima a todos los que les pusimos para seguirlos.

– Organicen un trabajo de introducirse en un lugar vigilado.

– ¿Con el cardiólogo? No tiene sentido. Ya probamos ert Roma. Nada. Seguramente tiene los archivos bien guardados.

– ¿Y si encuentro a Orlov?

– Tú eres el yerno de Harrison Sinclair. Casado con su hija. No es totalmente absurdo pensar que quieras tener relaciones con él, negocios. Va a sospechar, pero tú puedes hacerlo. Y cuando estés con él, queremos que averigües todo lo que puedas sobre lo que discutió con Sinclair. Todo. ¿Realmente se robó una fortuna? ¿O fue Hal? ¿Qué tuvo que ver Orlov? Tú hablas ruso, y con tu "talento"…

– Ni siquiera tiene que decir nada…

– Tal vez en un solo movimiento puedas localizar la fortuna que nos falta y limpiar el nombre de Hal Sinclair. Pero también es posible que lo que averigües sobre tu suegro no te guste.

– No es probable.

– No, Ben. Tú no quieres creer que Harrison Sinclair fueraun ladrón. Alex Truslow tampoco y yo tampoco. Pero prepárate para la posibilidad de que eso sea exactamente lo que pasó, aunque te parezca repugnante. Y la misión tiene riesgos.

– ¿Quiénes son los riesgos?

Él se reclinó en la silla de ruedas.

– La gente más traicionera en el negocio de la inteligencia es siempre la tuya propia. Hubo un gran entomólogo del siglo XIX, Auguste Forel, que observó que los peores enemigos de las hormigas son… otras hormigas. Los peores enemigos de los espías son otros espías. -Puso las manos como formando el techo de un templo. -No sé qué trato hizo Vladimir Orlov con Sinclair, pero no creo que el ruso quiera que ese trato salga a la luz.

– No me jodas, Toby -dije-. Tú no crees que Hal fuera inocente.

El dejó escapar el aire, un ruido audible.

– No -admitió-. No. Ojalá pudiera creerlo. Pero al menos averiguaremos en qué andaba cuando murió. Y por qué.

– ¿En qué andaba Hal -grité-. Hal está muerto.

Toby levantó la vista, sorprendido. Parecía asustado, aunque yo no sabía si era por mi estallido o por alguna otra cosa.

– ¿Quién lo mató? -exigí que me dijera-. ¿Quién mató a Hal?

– Empleados de la Stasi, supongo.

– No hablo del trabajo sucio, ¿quién ordenó esa muerte?

– No sabemos.

– Esos renegados de la CIA, los Sabios, Alex me habló de ellos…

– Posible. Aunque tal vez, sé que no va a gustarte, pero hay que pensarlo… tal vez Sinclair era uno de ellos. Uno de los así llamados Sabios. Y tal vez hubo un desertor o algo así.

– Esa es una teoría -dije con frialdad-. Debe de haber otras.

– Sí. Tal vez Sinclair hizo un trato con Orlov, algo que tenía que ver con muchísimo dinero. Y Orlov, por avaricia o miedo, lo hizo matar. Después de todo, ¿no sería lógico que esos rufianes de Alemania del Este y Rusia hicieran algo así por su viejo jefe?

– Necesito hablar con Alex Truslow.

– No podemos comunicarnos con él. No está disponible.

– Está en Camp David. Y sé que se puede llegar a él.

– Está en tránsito, Ben. Si tienes que hablarle, prueba mañana. Pero no hay tiempo que perder. Este es un asunto urgente.

– Te piensas quedar con Molly, ¿eh? ¿Hasta que yo te entregue los bienes que me pides?

– Ben, estamos desesperados. Las cosas son demasiado vitales. -Respiró hondo. -No fue idea mía. Discutí con Charles Rossi por esto, gritamos incluso.

– Pero ahora estás de acuerdo.

– La tratan muy bien. Eso te lo juro. Ella puede confirmarlo. El hospital sabe que la llamaron por un asunto familiar de urgencia. Lo único que va a pasarle es que van a obligarla a tomar un lindo descanso de unos días. Lo necesita.

Sentí que me corría la adrenalina por el cuerpo y tuve que luchar conmigo mismo para conservar la compostura.

– Toby, creo que fuiste tú el que me dijo una vez que cuando un hormiguero está bajo ataque, las hormigas no envían a los jóvenes machos como soldados. Envían a las mujeres viejas, me dijiste. Porque si ellas mueren, no tiene importancia. Eso se llama altruismo: es mejor para la colonia, ¿cierto?

– Haremos todo lo que podamos para protegerte.

– Dos condiciones -dije.

– ¿Sí?

– Primero, es lo único que voy a hacer. Para ustedes o para cualquier otro. No pienso transformarme en conejito de Indias ni en el chico de los mandados ni en ninguna otra cosa. ¿Comprendido?

– Comprendido -dijo él, la voz firme-. Aunque espero que podamos convencerte más adelante.

No le presté atención.

– Y segundo, van a recibir la información cuando suelten a Molly. No antes. Yo voy a fijar términos y métodos. Este es mi juego y yo pongo las reglas.

– Eso no es razonable -dijo Toby, la voz más fuerte.

– Tal vez, pero ese punto no es negociable.

– No voy a permitirlo. Está contra todas las reglas de procedimiento,

– Acéptalo, Toby.

Otra larga pausa.

– Mierda, Ben. De acuerdo.

– Entonces, tenemos un trato.

Él puso las manos sobre la mesa, frente a mí.

– Te llevaremos a Roma en un par de horas -dijo-. No hay ni un minuto que perder.

PARTE IV. TOSCANA

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Asesinan al líder del

Partido Nacional Socialista alemán

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POR ISAAC WOOD

DEL NEW YORK TIMES SERVICE

Bonn- Jurgen Krauss, el feroz presidente del renacido Partido Nazi de este país, principal contendiente en la carrera por la cancillería, fue asesinado a tiros esta mañana. Nadie se ha adjudicado la autoría del hecho. Eso sólo deja a dos hombres en carrera, los dos considerados de centro. A pesar de que todos expresaron sus condolencias por la muerte violenta del señor Krauss, los diplomáticos también manifestaron cierto alivio…

30

Yo había estado en Roma vanas veces, y nunca me había gustado. Italia es sin duda alguna uno de mis países favoritos, tal vez elfavorito, pero Roma siempre me pareció sucia, congestionada y desalentadora Hermosa, sí -el Campidoglio de Michelangelo, San Pedro, la Villa Borghese, la Via Veneto, todos son impresionantes cada uno a su manera, antiguos, lujosos, opulentos, maravillosos-, pero también amenazadora, terrible a su modo. Y vaya uno donde vaya por la ciudad, siempre termina frente al monumento a Víctor Emanuel II, esa estructura espantosa en forma de máquina de escribir, de mármol blanco de Brescia, rodeada de tránsito maligno en la plaza Venecia Mussolini hablaba desde esos balcones y yo prefiero evitarlos si puedo

El día que llegué la lluvia caía con fuerza y hacía un frío desagradable Los taxis detenidos frente al aeropuerto internacional en Fiumicino parecían demasiado solitarios para aventurarse directamente hacia ellos

Así que busqué un bar y pedí un caffé lungo, lo saboreé por un rato, sintiendo cómo la cafeína luchaba contra el cansancio del vuelo Había entrado en el país con un pasaporte falso, provisto por esos magos de la documentación que conforman la sección de Servicios Técnicos de la cía (en cooperación con el Servicio de Inmigración y Naturalización de los Estados Unidos, debo decir)

Según ese pasaporte, yo era Bernard Masón, hombre de negocios estadounidense que venía por un extraño arreglo con la subsidiaria italiana de la corporación en la que trabajaba El pasaporte que me habían dado estaba muy usado y el efecto era admirable Si no hubiera sabido de dónde venía, habría pensado que lo habían usado en muchos viajes internacionales y que su dueño había sido un hombre desprolijo Pero estaba preparado así y en realidad, era nuevo

Pedí un segundo caffé lungo y un cornetto y caminé hacia el baño Era un lugar simple, negro y blanco, y muy limpio. Contra una pared, debajo de un espejo, había una fila de piletas; del otro lado, cuatro retretes con las puertas pintadas de negro brillante, altas, del piso al cielo raso. El de la izquierda estaba ocupado, y aunque el del centro estaba libre, me quedé un rato en la pileta, me lavé las manos, la cara y me peiné hasta que se abrió la puerta del retrete izquierdo. Salió un árabe diminuto, que se ajustó el cinturón contra la panza. Se fue sin lavarse las manos y yo entré en el compartimiento que había dejado y lo cerré con llave.

Bajé el asiento, me trepé sobre él y estiré la mano hasta el compartimiento de plástico cerca del techo. Se abrió con facilidad y tal como me habían prometido, ahí estaba: un bulto gordo, un sobre de manila que contenía una caja de cincuenta cartuchos automáticos para pistola Colt.45 y una hermosa pistola.45 color mate, Sig-Sauer 220, totalmente nueva y brillante del aceitado de fábrica, todo envuelto en trapos de algodón. Yo creo que la Sig es la mejor pistola que existe. Tiene miras nocturnas, cañón de cuatro pulgadas, seis ranuras, y pesa unos setecientos cuarenta gramos. Esperaba no tener que usarla.

Mi humor era un desastre. Había jurado no volver nunca a ese juego horrible, y ahí estaba. Una vez más, tendría que buscar el lado violento, oscuro de mi personalidad, que creía haber enterrado de una vez para siempre.

Envolví la pistola de nuevo, la deslicé dentro de mi bolso y dejé el sobre en el compartimiento.

Pero apenas me fui caminando hacia los taxis, sentí que algo andaba mal. Una presencia, una persona, un movimiento. Los aeropuertos son lugares caóticos, inquietos, hervideros de personas, y por lo tanto, perfectos para vigilar. Me estaban observando. Lo sentí. No puedo decir que lo ni que leí a alguien, demasiada gente, demasiados pensamientos, una Babel de lenguas extranjeras y mi italiano no es muy bueno. Pero lo sentí. Mis instintos, tan bien afinados en un tiempo, tan desusados luego, volvían lentamente a tomar el control.

Había alguien siguiéndome.

Un hombre compacto, robusto, de unos treinta o cuarenta años, en una chaqueta deportiva verde grisácea. Cerca de la farmacia, la cara escondida tras una copia del Corriere della sera.

Apresuré el paso hasta que salí del edificio. Me siguió con muy poca sutileza. Eso me preocupó. No parecía importarle que me diera cuenta, lo cual quería decir que había otros. O, probablemente, que querían que me diera cuenta.

Me metí en el primer auto disponible, un Mercedes blanco, y dije:

– Grand Hotel, per favore.El que me vigilaba había tomado el taxi que seguía, lo vi inmediatamente. Probablemente ya había otro vehículo involucrado, tal vez dos, tal vez hasta tres. Después de cuarenta minutos de deslizarse a paso de hombre en medio de la hora pico de la mañana, el taxi se detuvo en la estrecha Via Vittorio Emanuele Orlando frente al Grand Hotel. Inmediatamente bajaron del vestíbulo cuatro hombres de librea para sacar mi equipaje, ponerlo en un carrito, ayudarme a bajar y escoltarme ' al vestíbulo elegante, sobrio y silencioso.

Le di una propina más que generosa a cada uno y mi nombre falso al de la recepción.

El empleado sonrió, y dijo:

– Buon giorno, Signore. -Inspeccionó las hojas de reservaciones. Una expresión de duda apareció en su rostro. -Signore… ¿señor Mason? -agregó, levantando la vista, los ojos llenos de disculpas.

– ¿Hay algún problema?

– Al parecer, señor… No tenemos registro…

– Tal vez bajo el nombre de mi compañía -le sugerí-. TransAtlantic.

Después de un momento sacudió la cabeza otra vez.

– ¿Sabe desde dónde la hicieron?

Golpeé con la palma abierta sobre la superficie de mármol.

– ¡Me importa un carajo quién la hizo y desde dónde! -dije-. Este maldito hotel ya…

– Si necesita una habitación, señor, estoy seguro…

Señalé al jefe de los de librea.

– No, aquí no. Estoy seguro de que el Excelsior no comete este tipo de errores. -El hombre que había llamado se detuvo a mi lado y entonces le dije: -Lleve mi equipaje a la entrada de servicio. A la del frente no. Y quiero un taxi al Excelsior, en la Via Véneto. Inmediatamente.

El hombre se inclinó un poco e hizo un gesto a sus compañeros que dieron vuelta con mi equipaje y empezaron a llevarlo por el vestíbulo.

– Señor, si hay algún error, estoy seguro de que podemos arreglarlo -dijo el recepcionista-. Tenemos una habitación disponible. En realidad, tenemos varias suites…

– No quiero causarles ningún problema -dije con furia mientras seguía el carrito hacia el final del vestíbulo.

En unos minutos, vi que se detenía un taxi frente a la entrada de servicio del hotel. El chico cargó la valija y el bolso en el baúl del Opel y le di una buena propina.

– ¿Al Excelsior, verdad, señor? -dijo el conductor.

– No, no -dije-. Al Hassler. Piazza Trinitá dei Monti.El Hassler está frente a la Plaza España, uno de los lugares más bonitos de Roma. Yo ya había estado allí antes y la Agencia había reservado una habitación a mi pedido. El episodio del Grand Hotel, claro está, era una estratagema y al parecer había dado resultado. Ya no me seguían. No sabía cuánto podría quedarme allí sin que me vieran, pero por el momento, las cosas estaban bien.

Agotado, me duché y me dejé caer en la cama de dos plazas y media, me metí entre las sábanas de lino, lujosas y suaves, momentáneamente en paz, y me dejé caer en un sueño muy necesario, muy profundo, sacudido de a ratos por visiones de Molly que me llenaban de aprensión.

Unas horas después, me despertó el sonido distante de una bocina cerca de la Plaza España. Media tarde y la suite estaba llena de luz. Rodé sobre la cama, levanté el teléfono, pedí un cappuccino y algo de comer. Me estaba haciendo ruido el estómago.

Miré el reloj y calculé que el día de negocios estaría empezando en Boston. Llamé a un Banco en Washington donde tengo una vieja cuenta desde hace ya años. John Matera había enviado mis "ganancias" del Beacon Trust a esa cuenta (aunque la verdad es que "ganancias" es lo único que no eran). No tenía sentido, pensé, hacerle fácil a la cía meter las manos en mi dinero. Yo conocía los trucos de la Agencia y estaba decidido a no confiar en ellos, en lo posible.

El café llegó quince minutos después, en una taza profunda, grande, con borde dorado y junto con deliciosos sandwiches: rodajas gruesas de pan blanco con tajadas delgadas de jamón, arugula, un poco de pecorino fresco, y pedazos de tomate de un color rojo incitante, brillantes por el aceite fragante de oliva.

Me sentía más solo que nunca. Molly, eso lo sabía, estaba bien… en realidad, estaba prisionera pero también la estaban protegiendo. Y sin embargo, me preocupaba por ella, por lo que le dirían acerca de mí, por el miedo que seguramente estaría sintiendo, por la forma en que lo soportaría. Estaba convencido de que no haría ninguna locura. Convertiría en un infierno las vidas de sus captores, de eso sí estaba seguro.

Sonreí y justo en ese momento sonó el teléfono.

– ¿Señor Ellison? -La voz tenía acento estadounidense.

– Sí.

– Bienvenido a Roma. Es un lindo momento para venir.

– Gracias -dije-. Es mucho más cómodo aquí que en losEstados Unidos en esta época del año.

– Y hay mucho más para ver -dijo mi contacto, completando el código de reconocimiento.

Colgué.

Quince minutos después, bajo la luz suave de la tarde romana, salí del Hassler. La gran escalinata de Plaza España estaba llena de gente sentada, fumando, tomando fotografías, gritándose, riendo de las bromas de sus compañeros. Miré la escena llena de vida, me sentí terriblemente fuera de lugar entre tanta vida, y, con el estómago hecho un nudo de tensión, tomé un taxi.

31

Fui hasta la Piazza della Repubblica, no muy lejos de la estación de trenes de Roma y alquilé un auto en la agencia Maggiore con mi nombre falso, Bernard Mason, y con la licencia de conductor, más una tarjeta Visa dorada del Citibank. (En realidad, la tarjeta era real, pero las cuentas que pagaba el ficticio señor Mason se hacían efectivas a través de Fairfax, Virginia, es decir, la cía misma.) Me dieron un brillante Lancia negro, grande como un transatlántico: el tipo de auto que Bernard Mason, nuevo rico de los Estados Unidos, apreciaría más.

El consultorio del cardiólogo estaba cerca, sobre el Corso del Rinascimento, una calle ruidosa y llena de tránsito que nace en Piazza Navona. Estacioné en un estacionamiento subterráneo a una cuadra y media y localicé el edificio cuya entrada tenía una placa de bronce con la inscripción dott. ALDO PASQUALUCCI.

Había llegado temprano para la cita, unos cuarenta y cinco minutos más o menos, y decidí caminar hasta la plaza. Por muchas razones, sabía que era mejor respetar la hora señalada. Tenía que ver al cardiólogo a las ocho de la noche, un horario extraño, pero lo había hecho a propósito. El inconveniente, supongo, estaba diseñado para agrandar mi leyenda: ésa era la única hora del día en que el millonario estadounidense, Bernard Mason, podría encontrar un minuto para una entrevista con el médico. Con ese inconveniente, el doctor Pasqualucci seguramente estaría más decidido a cooperar y a ayudarnos. Pasqualucci era uno de los cardiólogos más renombrados de Europa, y el antiguo jefe de la kgb lo había consultado seguramente por esa razón. Así que era lógico que el señor Mason, que residía varios meses por año en Roma, buscara sus servicios. Lo único que sabía Pasqualucci era que ese estadounidense le había sido derivado por otro médico, un interno al que conocía sólo casualmente. Se le pedía cierto grado de discreción ya que el imperio de negocios del señor Mason podría sufrir incalculables pérdidas si alguien se enteraba de que había recibido tratamiento por un problema cardíaco. Pasqua-lucci no sabía que el médico que me había derivado también era empleado de la cia.

A esa hora de la tarde, los edificios barrocos color ocre de la Piazza Navona estaban iluminados con luces poderosas, una visión impresionante, dramática. La plaza estaba repleta de gente que se sentaba en los cafés, excitada, eléctrica, chillona. Había parejas que caminaban absortas en el amor, o mirando a otros. La plaza está construida sobre las ruinas de un antiguo Circo, el del emperador Domiciano. (Siempre me acuerdo de que fue Domiciano el que dijo: "Los emperadores son necesariamente los hombres más desdichados ya que sólo su muerte por asesinato convencerá al público de que las conspiraciones contra sus vidas son reales".)

Las luces de la tarde brillaban sobre el agua de las dos fuentes de Bernini a las que la gente parece acercarse siempre: la de los Cuatro Ríos en el centro de la plaza y la del Moro en el extremo sur. Era una plaza extraña, la Piazza Navona. Hace siglos se usó para carreras de carros y más tarde los papas ordenaron que la inundaran para poder presenciar dramatizaciones de batallas navales.

Caminé a través de la multitud, sintiéndome algo aislado de los demás: el espíritu feliz y efervescente de todos contrastaba mucho con mi ansiedad. Había pasado unas cuantas noches como esa, solo en ciudades extranjeras, y siempre me había parecido que el parloteo de las voces en idiomas extraños me producía somnolencia. Esa noche, claro, transformado (¿o sería mejor decir "afligido"?) por mi nueva habilidad, me sentía cada vez más confuso, mientras los pensamientos se fundían con las voces y los gritos en una sola corriente imposible de comprender.

Oí, en voz bien alta:

– Non ho mai avuto una settimana peggiore.

Después en la voz-pensamiento: Avessimo potuto salvarlo.

Y en voz alta:

– Luí é uscito con la sua ragazza.

En la voz interior, más suave: Poverino!

Y después otra voz confusa, de las del pensamiento, esta vez con evidente tono estadounidense: ¡Dejarme así sola, carajo!

Me volví. Era obviamente una estadounidense de menos de veinticinco años, en una remera con el escudo de Stanford y una chaqueta de lona prelavada, caminando sola a unos pocos pasos. La cara redonda, simple, estaba fija en una mueca de disgusto. Me vio mirándola y me miró con furia. Yo desvié la vista y entonces oí otra frase en un inglés estadounidense, y mi corazón empezó a latir con fuerza.

Benjamín Ellison.¿Pero de dónde venía? Tenía que estar cerca, tenía que estar dentro de un círculo de dos metros a mi alrededor. Una de las personas que me rodeaban, una docena más o menos, pero, ¿cuál? Me costó mucho trabajo no darme vuelta en redondo y tratar de detectar a alguien que pareciera algo fuera de lugar, un tipo de la Agencia. Me volví como casualmente y oí…

no tiene que darse cuenta

… y empecé a acelerar el paso hacia la iglesia de St. Agnes, incapaz de distinguir a la persona en la multitud. Me apresuré hacia la izquierda, golpeé una mesa blanca en un café y también a una mujer mayor que perdió el equilibrio, mientras yo me hundía en la oscuridad de una callecita estrecha, inundada de olor a orina. Desde lejos oí gritos, la voz de una mujer, la de un hombre, los sonidos de la conmoción. Corrí por la calle y me escondí en un portal que parecía una especie de entrada de servicio. Me aplasté contra dos puertas altas de madera, mientras sentía la costra de la pintura desprendida contra el cuello y la cabeza. Incliné las rodillas y me dejé caer sobre el suelo de baldosas del vestíbulo. Veía hacia afuera por un vidrio de la puerta exterior, roto en el medio. Pensé que la oscuridad y las sombras me ocultarían.

Sí, un perseguidor.

Una figura grande, muy musculosa, se apresuró por el callejón, las manos extendidas como para mantener el equilibrio. Yo lo había visto en la plaza, a mi derecha, pero me había parecido italiano; se había fundido con los demás y la fusión había sido demasiado buena para el ojo de un extranjero. Cuando pasó frente a mí, moviéndose lentamente, vi los ojos grandes. Miraban directamente hacia el vestíbulo diminuto.

¿Me veía?

Oí: correr…

Sus ojos miraban fijo hacia adelante, no hacia abajo.

Sentí el acero frío de la pistola en el bolsillo del pantalón y la saqué. Solté el seguro y puse un dedo en el gatillo.

El siguió adelante, por el callejón, mirando en las puertas a ambos lados. Yo me deslicé hacia adelante, miré cómo llegaba al final del callejón, se detenía un momento y doblaba a la derecha.

Me senté y dejé escapar un largo suspiro. Cerré los ojos un minuto. Luego me incliné hacia adelante y volví a mirar. No estaba. Lo había perdido por el momento.

Varios minutos después salí por el callejón hacia donde se había ido él, alejándome de la plaza, y atravesé una conejera confusa de calles poco iluminadas hacia el Corso.A las ocho en punto, el doctor Aldo Pasqualucci abrió la puerta de su consultorio, con una pequeña inclinación de cabeza y me dio la mano. Era sorprendentemente bajo, redondo pero no gordo, y usaba un traje de tweed marrón con un suéter color pelo de camello. Tenía una cara amable. Los ojos parecían preocupados. Tenía el cabello negro, manchado de gris, y aparentemente recién peinado. Sostenía una pipa en la mano. izquierda. El aire a su alrededor estaba fragante a vainilla por el humo.

– Adelante, por favor, señor Mason -dijo. El acento no era italiano sino inglés, como de la clase alta, un inglés claro. Hizo un gesto con la pipa hacia la camilla.

– Gracias por recibirme en una hora tan inconveniente – dije.

Él bajó la cabeza, sin aceptar ni rechazar la frase y dijo sonriendo:

– Encantado de conocerlo. He oído hablar mucho de usted.

– Y yo de usted. Pero primero tengo que preguntarle…

Me detuve, concentrado… pero no oí nada.

– ¿Sí? Si quiere sentarse y quitarse la camisa…

Mientras me sentaba en la camilla y me sacaba la chaqueta y la camisa, dije:

– Tengo que asegurarme de que cuento con toda su discreción.

Tomó un tensiómetro de la mesa, lo envolvió alrededor de mi brazo, apretó el Velero para unirlo, y dijo:

– Todos mis pacientes cuentan con la mayor discreción. Siempre.

Entonces dije en voz bien alta, deliberadamente provocativa:

– ¿Pero cómo me lo garantiza?

Un instante antes de que contestara, mientras seguía apretando el tensiómetro, oí: …pomposo… arrogante.

Estaba tan cerca de mí que me parecía que olía el aliento lleno de tabaco contra la mejilla. Sentía una tensión en él, y entonces supe que estaba leyendo sus pensamientos.

En italiano.

Era bilingüe, me habían dicho: nacido en Italia pero criado en Northumbria, Gran Bretaña, y educado en Harrow y Oxford.

¿Y qué significaba eso? ¿Qué significa ser bilingüe? ¿Hablaría en inglés mientras pensaba en italiano? ¿Era así cómo funcionaba eso?

Entonces, dijo con mucha menos calidez:

– Señor Mason, como usted seguramente sabe, yo trato a individuos muy importantes y muy exclusivos. No pienso revelar sus nombres. Si se siente incómodo al respecto, por favor, es usted libre de marcharse ahora mismo.

Había dejado el tensiómetro tan ajustado que me dolía el brazo. Era algo medio deliberado, me parecía. Pero ahora, como para enfatizar su declaración, soltó la válvula, que se aflojó con un siseo audible.

– No, si nos entendemos -dije.

– De acuerdo. Bueno, para ir a lo nuestro: el doctor Corsini dijo que usted tiene desmayos cada tanto, que de vez en cuando le parece que se le acelera el corazón sin motivo.

– Correcto.

– Quiero hacerle un examen completo. Y tal vez un Holter, una prueba de esfuerzo, veremos. Pero primero quiero que me diga en sus propias palabras qué fue lo que lo trajo aquí.

Me di vuelta para mirarlo y le dije:

– Doctor Pasqualucci, mis fuentes me dicen que usted trata a cierto Vladimir Orlov, alguien de la Unión Soviética, y eso me concierne.

Esta vez me espetó las palabras.

– Como ya le dije… siéntase libre de ir a ver a otro cardiólogo. Hasta puedo recomendarle uno.

– Pero, doctor, lo único que digo es que me preocupa que el archivo del señor Orlov, o sus fichas, o algo parecido estén aquí en su consultorio. Supongo… Si hay un robo por… digamos, interés de parte de alguna agencia de inteligencia, ¿mis archivos y mis fichas también son vulnerables? Quiero saber qué precauciones personales toma usted.

El doctor Pasqualucci me miró como un halcón furioso, la cara toda roja, y yo empecé a recibir sus pensamientos con claridad sorprendente.

Una hora más tarde, ya estaba maniobrando el Lancia a través del tránsito ruidoso, enloquecido, ensordecedor, hacia las afueras de Roma, por la calle del Trullo, y después por la calle S. Guiliano, una sección desolada y moderna de la ciudad. Unos pocos metros más allá localicé el bar y me detuve.

Era uno de esos bares para todo uso, un bar con todo lo demás incluido, un edificio pintado de blanco con una puerta a rayas amarillas, muebles de jardín de plástico blanco apilados al frente, y un cartel de la marca de café Lavazza con la inscripción: ROSTICCERIA-PIZZERIA-PANINOTECA-SPAGHETTERIA.

Faltaban veinte minutos para las diez y el lugar estaba lleno de obreros y adolescentes en camperas de cuero, que tomaban algo en el bar. Un tocadiscos aullaba una vieja canción estadounidense que reconocí: Quiero bailar con alguien. Descubríque era Whitney Houston.

Mi contacto de la cia, Charles Van Aver -el hombre que me había llamado al hotel antes- no estaba allí. Era demasiado temprano y seguramente estaba en el auto, en el estacionamiento. Me senté en un banquito de plástico en la barra y pedí un Averna. Miré la multitud. Uno de los adolescentes jugaba a las cartas en un juego que parecía involucrar la necesidad de tirar las cartas contra la mesa. Una gran familia se había reunido alrededor de una mesa demasiado chica, a hacer un brindis. Nada de Van Aver y -excepto yo- todos parecían pertenecer a ese medio.

En el consultorio del cardiólogo había confirmado definitivamente lo dicho por el doctor Mehta: que una persona bilingüe piensa en los dos lenguajes, una especie de mezcla extraña. Los pensamientos del doctor Pasqualucci eran una mezcla retorcida, una fusión de italiano e inglés.

Mi italiano no era fluido pero bastaba para permitirme entender lo que pensaba.

Escondida en el suelo de su depósito, una pequeña habitación que evidentemente contenía elementos de limpieza, escobas y cepillos, papel de fotocopias, discos de computadora, cintas de máquinas de escribir y cosas semejantes, había una caja de seguridad reforzada con cemento. Tenía muestras de sustancias secretas, archivos de un desagradable caso de mala práctica en el que había estado involucrado hacía diez años y varios ficheros de pacientes. Esos pacientes eran políticos italianos de primer nivel, y de partidos rivales, el jefe ejecutivo de uno de los grandes imperios automotrices de Europa, y Vladimir Orlov.

Mientras el doctor Pasqualucci me ponía el estetoscopio en el pecho y escuchaba, yo agonizaba dilucidando cómo podía hacerle pensar el número de combinación de la caja, y cómo podría llegar a ella, cuando de pronto, oí algo, un zumbido no del todo claro, una onda corta de radio que venía hacia mí y a veces se desvanecía, y las palabras:

Volte-Basse

y Castelbianco

Y otra vez: Volte-Basse… Castelbianco y Orlov…

Y supe que eso era lo único que necesitaba.

Pero Van Aver no había aparecido. Yo tenía su fotografía en mi memoria: un hombre grande, de cara roja, un sureño bebedor de sesenta y ocho años. Usaba el cabello blanco tan largo que se le curvaba sobre el cuello, por lo menos en las últimas fotos de la Agencia. Tenía la nariz grande y marcada por venas, propio de los alcohólicos. Un alcohólico, decía Hal Sinclair, es una persona que bebe más o menos lo mismo que tú y que no te cae bien.

A las diez y cuarto, pagué la cuenta y me deslicé hacia afuera por la puerta del frente del bar restaurante. El estacionamiento estaba oscuro pero vi la variedad típica de Fiat Pandas, Fiat Ritmos, Ford Fiestas, Peugeots y un Porsche negro. Después de los ruidos del bar, me gustaba la quietud del estacionamiento oscuro. Respiré una vez el aire frío que parecía más limpio y más tonificante en esa parte de Roma.

En la última fila de autos había un Mercedes brillante color oliva, licencia de Roma 17017. Y ahí estaba, dormido en el asiento del conductor, tirado hacia adelante, como un viejo. Yo hubiera esperado que tuviera el motor encendido, que estuviera impaciente por llevarme a Toscana en el viaje de tres horas de autopista, pero no, el auto estaba a oscuras. Y la luz del interior tampoco estaba encendida. Van Aver, supuse, dormía en las vastas cantidades de alcohol que según su ficha personal era su costumbre consumir. Un alcohólico, sí, pero un hombre que conocía a todos, que se movía bien en muchos medios. Por esas cualidades, se le toleraban sus pecadillos.

El parabrisas estaba empañado. Cuando me acerqué pensé en si sería prudente insistirle en manejar yo mismo o si lo ofendería en su ego. Me deslicé dentro del auto y traté de oír sus pensamientos, algo que se había convertido en un acto casi automático. Quería oír esos fragmentos interesantes de la gente que duerme.

Pero no había nada. Un silencio completo. Me pareció extraño, ilógico…

… y un segundo después, me sacudió una ola vertiginosa y desesperada de adrenalina.

Vi cómo se curvaba el largo cabello blanco de Van Aver contra su cuello, contra el suéter de cuello alto color azul marino, la boca abierta en lo que parecía un ronquido y debajo, el cuello abierto de un extremo al otro, grotesco. Una mancha terrible de color rojo oscuro se le deslizaba por las solapas de la chaqueta; el cuello pálido, arrugado, seguía soltando el lago rojo de sangre que mis ojos al principio se negaban a aceptar. Vi que estaba muerto y salté para salir del auto cuanto antes.

32

Corrí hacia la calle del Trullo, con el corazón en la boca, y encontré allí el auto alquilado. Estuve manoseando la llave un rato hasta que finalmente conseguí abrirlo y hundirme en el asiento delantero. Respiré despacio, una y otra vez, hasta que conseguí tranquilizarme.

El problema era que de pronto me habían arrojado otra vez a la época de la pesadilla, estaba otra vez en París. Descubrí que recordaba cosas todo el tiempo, casi como en un caleidoscopio. Me volvía a la mente la calle Jacob, los dos cuerpos, uno de ellos el de mi amada Laura… una y otra y otra vez.

Sea cual sea la mística del trabajo clandestino de inteligencia, generalmente no incluye asesinatos ni acciones violentas. Esos momentos son las excepciones, nunca la regla, y aunque en el escenario de la Guerra Fría, todos estábamos entrenados para enfrentarnos con eventuales derramamientos de sangre, la sangre en sí casi nunca entraba en nuestras vidas.

La mayor parte de los que trabajan en la clandestinidad ven muy poca violencia durante sus carreras; mucho estrés y mucha ansiedad, sí, pero muy poca violencia directa. Y cuando la encuentran, si la encuentran, reaccionan como cualquier otra persona: todo eso les da asco, los llena de repulsión, se dejan dominar por el instinto del tipo de pelea-o-huida. La mayoría de los agentes que tiene la mala suerte de encontrarse con mucha sangre al comienzo de la carrera se quema pronto y se retira en pocos años.

Pero a mí me pasaba algo distinto. La exposición a la sangre y a la violencia tocaba un resorte muy adentro en mi interior. Apagaba algo: el horror esencial de todo ser humano frente a la violencia. En lugar de horrorizarme, me convertía en una persona furiosa, decidida, lógica, tranquila. Era como si me dieran un sedante por vía intravenosa.

Mientras trataba de encontrarle sentido a lo que acababa de suceder, repasé mentalmente una lista metódica, lenta, deposibilidades. ¿Quién más sabía que iba a encontrarme con Van Aver? ¿A quién le habría contado él mismo? Es decir, ¿a quién le habría contado que tuviera interés en mandarlo matar? ¿Y por qué razón?

Me hubiera gustado creer que lo habían matado las mismas personas que me habían seguido desde mi llegada a Roma. Lo cual inmediatamente hacía surgir la pregunta de por qué no me habían eliminado a mí. Obviamente, quienquiera que le hubiera cortado el cuello a Van Aver, me había precedido en el tiempo así que no tenía sentido creer que había sido alguien que me había seguido a mi cita (y además, yo había tomado elaboradas precauciones al dejar el consultorio de Pasqualucci).

Eso indicaba que había alguien, una persona o un grupo, dentro de la cia, que había hecho matar a Van Aver. Alguien que sabía que iba a encontrarse conmigo, alguien que había interceptado la comunicación entre Toby Thompson en Washington y Van Aver en Roma.

Y sin embargo, cuanto más pensaba en el asunto, más tenía que aceptar la posibilidad de que los culpables no tenían por qué ser de la cia necesariamente, que tal vez habían sido ex Stasi.

Así que esa línea de deducción no me servía para nada.

¿Y el motivo? No lo habían hecho pensando que era yo: Van Aver y yo no nos parecíamos para nada, nadie hubiera podido cometer ese error. Y seguramente había habido otras oportunidades, si el objetivo hubiera sido matarme.

No era que Van Aver poseyera información que alguien no quería que yo conociera. Su misión, me había informado Toby, era escoltarme a Toscana en cuanto supiera la dirección de Orlov y…

Y llevarme a ver a Orlov. Yo no conocía el protocolo; no sabía qué podía ayudarme a entrar en la casa del jefe retirado de la kgb. Ciertamente no era cuestión de tocar el timbre de la puerta.

¿No sería eso? ¿No sería ése el motivo para matar a Van Aver? ¿Impedirme llegar a Orlov? ¿Descorazonarme, frustrarme, hacérmelo lo más difícil posible? ¿Para que no averiguara ningún otro dato sobre los Sabios?

De pronto pegué un salto en el asiento.

No, no estaba razonando correctamente. Yo había llegado tarde a la cita con el hombre de la CIA. Deliberadamente, por táctica, pero había llegado tarde…

Como la mayoría de los agentes de campo, seguramente Van Aver había sido impecable en cuanto al horario. Quien quiera que lo hubiera sorprendido allí, con el cuchillo en la mano…Había esperado que estuviera con alguien.

Yo.

No sabía si ellos sabían que yo iba a encontrarme con Van Aver… pero sí sabían que Van Aver iba a ver a alguien…

Si hubiera llegado a tiempo, ¿estaría ahora recostado en el asiento del acompañante con la carótida partida en dos?

Me incliné sobre el asiento y respiré, despacio.

¿Posible? Sí, claro.

Todo era posible.

Para cuando salí de Roma con mis cosas en el baúl del Lancia, era más de medianoche. La autopista A-1 estaba bastante vacía, a excepción de los grandes camiones de transporte de mercaderías.

Había comprado un buen mapa de Toscana, uno del Touring Club Italiano que parecía abarcador y exacto. Fue muy fácil para mí guardarlo en mi memoria. Después localicé una ciudad pequeña llamada Volte-Basse, no muy lejos de Siena, a unas tres horas de viaje hacia el norte.

Me llevó un tiempo acostumbrarme a los conductores italianos, que no son realmente imprudentes -comparados con los de Boston, todos los conductores del mundo son virtuosos-, sino elegantemente agresivos. Me concentré un tiempo en la autopista iluminada con lámparas color ámbar y eso me tranquilizó poco a poco. Pronto pude pensar con más tranquilidad.

Entonces, además de mirar la ruta, empecé a pensar. Manejé por el carril izquierdo a unos 120 kilómetros por hora. Dos veces me salí de la ruta bruscamente y esperé con las luces y el motor apagados para asegurarme de que nadie me seguía. Es un acto elemental pero funciona. Nadie parecía seguirme aunque no podía estar totalmente seguro.

Un auto se me acercó desde atrás e hizo luces con los faros. Se me puso tenso el estómago. Ya estaba casi encima y entonces, apreté el acelerador a fondo y di un giro muy brusco a la derecha.

No, no, lo único que trataba de hacer es pasarme

Era evidente que yo tenía los nervios destrozados. "Así es como pasan en Italia", me dije. "Estás perdiendo la calma. Contrólate."

Y después, en voz alta:

– No te descontroles, Ben. Tú puedes. No te pongas nervioso.

Lo cierto es que con ese nuevo… talento… me había convertido en un monstruo. No tenía idea de cuánto duraría, pero ya había cambiado mi vida para siempre y me había llevado alas puertas de la muerte varias veces. Y sobre todo, el talento y todo lo que traía con él me habían transformado de nuevo en esa cosa que yo no quería ser, en ese autómata desalmado creado por el trabajo en la cia.

El tipo de fes que tenía era algo terrible. Ahora lo sabía. No era algo fantástico ni maravilloso, sino horrendo. Uno no debería poder penetrar en las paredes protectoras que rodean a los demás.

Así que estaba en medio de algo que se había llevado a mi esposa para convertirme otra vez en el hombre de hielo, algo que amenazaba con matarme.

¿Quiénes eran los malos? ¿Una facción de la cia?

Sin duda, lo sabría pronto. En la ciudad de Volte-Basse, en Toscana.

Era una aldea diminuta, apenas un puntito en el mapa. Un grupito de edificios de piedra color arena se agolpaban a los dos lados de una ruta estrecha, la número 71, que llevaba directamente a Siena. Había un bar, un negocio de carnicería y verdulería, y no mucho más.

A las tres y media de la mañana, la ciudad estaba totalmente callada, envuelta en silencio y oscuridad. El mapa que había memorizado, a pesar de lo completo que era, no indicaba nada llamado "Castelbianco", y a esa hora de la mañana, no había nadie a quien preguntar.

Yo estaba exhausto y necesitaba descansar, pero la ruta era un lugar demasiado expuesto. Mis instintos me decían que estacionara en un sitio más protegido. Me alejé hacia Siena por la 71 a través de la moderna ciudad de Rosia y entré en los bosques de las colinas. Después de un patio rodeado de piedras vi un camino que entraba en una propiedad privada, un inmenso bosque toscano con un castillo en el medio. El camino era pequeño y estaba oscuro; la superficie, traicionera y sembrada de grandes piedras y grava. El Lancia se sacudió y tembló sendero arriba. Pronto localicé un bosquecillo más espeso y metí el auto allí para que nadie pudiera verlo, por lo menos mientras fuera de noche.

Apagué el motor, saqué del baúl una de las mantas que había robado del Hassler con mucha culpa y la tiré sobre mi cuerpo. Recliné el asiento lo más que pude y escuché cómo se enfriaba el motor. Me sentí muy solo, hasta que finalmente me quedé dormido.

33

Me desperté con la salida del Sol, confuso y dolorido. Al principio no supe dónde estaba. No en casa, no en mi cama cómoda, apretado contra Molly. Lo recordé con una sensación de naufragio y desgracia. Ah, sí, estaba en el asiento delantero de un auto alquilado en un bosque de algún lugar de Toscana.

Volví a enderezar el asiento, encendí el motor y retrocedí por el bosquecillo y el camino hasta la ciudad de Rosia. El aire estaba frío y el sol, que acababa de salir en el horizonte, echaba rayos dorados sobre los edificios color terracota. Todo estaba en calma, totalmente en silencio hasta que un camión entró tronando por la ruta, a través del centro de la ciudad. Luego gruñó con fuerza, gimiendo, cuando el conductor cambió la marcha para tomar el camino de la colina que yo había usado el día anterior y que subía hacia la cantera de piedras.

Al parecer, Rosia era una ciudad de dos calles principales y de filas de edificios de techos rojos, construidos evidentemente a mediados de siglo. La mayoría contenía negocitos, una panadería, un bazar, algunos negocios de frutas y verduras, un quiosco de diarios. A esa hora de la mañana estaban todos cerrados menos un Jolly Caffé Bar-Alimentari, que además de bar era panadería, en la calle más tranquila. Desde allí provenían voces masculinas. Me acerqué. Había obreros tomando café, discutiendo, leyendo las páginas deportivas de los diarios. Levantaron la vista cuando entré, se callaron y me miraron de arriba abajo. Recogí algunos pensamientos en italiano, pero nada importante.

Vestido como estaba, en un par de pantalones bastante arrugados y un suéter de lana, probablemente yo los confundía. Si era uno de los extranjeros (sobre todo ingleses) que alquilaban las villas toscanas a precios exorbitantes, ¿por qué nunca me habían visto antes? Y si no lo era, ¿qué hacía ese extranjero loco despierto a semejante hora de la mañana?

Pedí un espresso y me senté a una de las mesitas redondas de plástico. La conversación volvió a aparecer lentamente y cuando llegó mi café, una tacita llena de espresso oscuro y humeante coronado con una capa tostada de crema, tomé un buen trago y sentí que la cafeína empezaba a trabajar

Fortificado por fin, me puse de pie y me acerqué al que parecía el mayor de los obreros, un hombre de panza grande, cara redonda y cabeza medio calva, con la cara cubierta por una barba gris Usaba un delantal sucio sobre un uniforme de trabajo azul marino.

– Buon giorno -dije

– Buon giorno -contestó, mirándome con ojos llenos de sospechas. Hablaba con el acento suave, amable de Toscana, en el que la C dura se transforma en una J, y una ch fuerte en una sh.

Me las arreglé para decir en mi italiano rudimentario

– Sto cercando Castelbianco in Volte-Basse -Busco Castelbianco

Él se encogió de hombros, se volvió a los demás

– Che pensi, che questo sta cercando di venderé l'assicurazione al Tedesco, o cosa? -¿Les parece que este tipo está tratando de venderle seguros al alemán, o qué?

El alemán ¿entonces creían que Orlov era alemán? ¿Era ésa su cobertura un emigrado alemán?

Risas. El mas joven, un hombre de unos veinte años, de piel oscura que parecía árabe, dijo.

– Digli che vogliamo una parte della sua percentuale - Dile que queremos parte de la comisión Más risas.

Otro dijo:

– Pensi che questo sta cercando di entrare nella professione del muratore? -¿Les parece que este tipo quiere entrar en el negocio de las construcciones de piedra?

Yo me reí con ellos, acompañándolos.

– Voi lavorate in una cava? -¿Ustedes trabajan en las canteras?

– No, è il sindaco di Rosia -dijo el más joven, golpeando en el hombro al mayor, con cariño- Io sonO il vice-sindaco -No, él es el intendente de Rosia Y yo el vice

– Allora, Sua Eccellenza -dije al calvo. Luego pregunté si estaban haciéndole trabajos de piedra al "alemán" -Che state lavorando le pietre per il…Tedesco… a Castelbianco?

Él me hizo un gesto con la mano como para sacarme de encima y todos volvieron a reírse El joven dijo:

– Se fosse vero, pensi che staremmo qua perdendo il nostro tempo? Il Tedesco sta pagando i muratori tredici mille lire all'ora! -Si fuera así, ¿le parece que estaríamos perdiendo el tiempo aquí? El alemán paga trece mil liras la hora a los constructores.

– Si quiere carne, tiene que ver a ése -dijo otro acerca del hombre viejo, que se puso de pie y se limpió las manos en el delantal, manchado con sangre animal aunque yo no me había dado cuenta antes. Cuando terminó de limpiarse, se marchó y el hombre que había hablado se fue con él.

Cuando el carnicero y su ayudante se fueron, le dije al joven:

– ¿Pero dónde está Castelbianco?

– Volte-Basse -dijo él- Unos kilómetros por la ruta a Siena

– ¿Es un pueblo?

– ¿Un pueblo? -preguntó él con una risa de incredulidad- Es grande podría ser un pueblo, pero no Es una tenuta… una propiedad. Nosotros jugábamos ahí cuando éramos chicos, antes de que la vendieran.

– ¿Venderla?

– A un rico alemán que se mudó. Dicen que es alemán. No sé, tal vez sea suizo o algo así. Muy privado, siempre está muy escondido.

Me describió el lugar donde estaba Castelbianco y yo le di las gracias y me retiré.

Una hora después encontré la propiedad donde se escondía Vladimir Orlov.

Si es que era cierta la información que había "conseguido" en el consultorio del médico En ese momento, no lo sabía Pero la charla sobre un "alemán" muy escondido, que había oído en el bar parecía confirmarlo ¿Acaso la gente del pueblo creía que Orlov era un grande de Alemania del Este que había venido a esconderse después de la caída del Muro? Las mejores coberturas son las que mas se acercan a la realidad.

Bien arriba, en una colina con vista hacia Siena, Castelbianco era una antigua villa en estilo románico, un lugar magnífico Era grande y estaba algo arruinada. Era evidente que había restauraciones en curso en una de las alas. La villa estaba rodeada por jardines que seguramente alguna vez habían sido hermosos, pero ahora estaban descuidados y demasiado crecidos. La encontré al final de un camino de curvas sobre Volte-Basse.

No había duda de que había sido la casa ancestral de una familia toscana y seguramente, siglos antes que eso, un bastión fortificado de una de las tantas ciudades estados de los etruscos. La selva que rodeaba los jardines estaba llena de olivos, campos de girasoles gigantescos, vides y cipreses. Me di cuenta rápidamente de la razón por la que Orlov había elegido esa villa en particular. Su localización, tan arriba en una colina, la convertía en un lugar fácil de asegurar. Una gran cerca de piedra rodeaba la propiedad, y por encima había una instalación de cable electrificado. No era impenetrable -virtualmente nada es impenetrable para alguien con habilidades en la tarea de entrar en lugares vigilados-, pero era una linda manera de mantener bien lejos a los indeseables. Desde un mirador de piedra recientemente construido, en la única entrada, un guardia armado controlaba a los visitantes. Los únicos visitantes de ese momento parecían ser obreros de Rosia y el resto del área, albañiles, carpinteros que llegaban en viejos camiones polvorientos, y a quienes se revisaba cuidadosamente antes de dejarlos entrar para el trabajo del día.

Probablemente Orlov había traído a su guardia con él desde Moscú. Y si uno conseguía engañar a los primeros guardias, seguramente habría más adentro: atravesar los portones por la fuerza no parecía una buena idea.

Después de unos minutos de vigilancia, a pie y desde el auto, empecé a elaborar un plan.

Muy cerca, apenas a unos minutos de viaje en auto, estaba la pujante ciudad de Sovicille, capital del área, una comune al oeste de Siena, que era capital aunque no lo parecía. Estacioné en el centro, en la Piazza G. Marconi, frente a una iglesia, cerca de un camión de agua San Pellegrino. La plaza estaba desierta, apenas perturbada por el silbido lujurioso de un pájaro en una jaula, frente a un Café Jolly y la charla de unas pocas mujeres maduras. Allí distinguí el símbolo de un teléfono público y mientras caminaba hacia él, la paz desapareció con las campanas de la iglesia.

Entré en el café y pedí un sandwich y un café. Por alguna razón, ningún lugar del mundo tiene un café como el italiano. Italia no cultiva café, pero sabe prepararlo. En cualquier tugurio de camioneros o cantina barata de Italia se toma un cappuccino mejor hecho que el del restaurante italiano más fino del Upper East de Manhattan.

Tomé mi café y mientras tomaba pensé con cuidado, cosa que había hecho muy a menudo desde mi salida de Washington. Y sin embargo, a pesar de tanta reflexión, todavía no tenía ni idea de dónde estaba parado.

Poseía el más extraordinario de los talentos pero, ¿qué había logrado hacer con él? Había rastreado a un ex jefe de la inteligencia soviética, un trabajo de espionaje prolijo que sin duda la cia hubiera terminado con facilidad sin mi ayuda. Apenas habrían necesitado algo más de tiempo y un poco de ingenuidad.

¿Y ahora qué?Ahora, si todo salía como estaba planeado, me encontraría con el jefe de espías de la kgb. Tal vez averiguaría por qué razón se había encontrado con mi suegro. Tal vez no.

Esto era lo que sabía o creía que sabía: los miedos de Edmund Moore estaban justificados. Toby los había confirmado. Algo estaba en marcha, algo que involucraba a la cia, algo sustancial y terrible. Algo de consecuencias mundiales, según creía yo. Y fuera lo que fuera, se estaba acelerando. Primero Sheila McAdams, después el padre de Molly. Después el senador Mark Sutton. Y ahora Van Aver, en Roma.

¿ Y cuál era el esquema general, el punto de unión!

Toby me había mandado a averiguar lo que pudiera sobre Vladimir Orlov. Casi me habían matado tratando de hacerlo.

¿Por qué?

¿Por averiguar algo que sabía Harrison Sinclair? ¿Algo que había significado su muerte?

La estafa, la avaricia y el deseo de dinero no eran explicaciones adecuadas. Mi instinto me decía que había algo más, algo mucho más grande, algo de importancia enorme y urgente para los conspiradores, fueran quienes fueran.

Si tenía suerte, lo sabría de boca de Orlov.

Si tenía suerte. Un secreto que gente de inmenso poder quería mantener así como estaba: bien secreto.

También era posible que yo no averiguara nada. Soltarían a Molly, yo estaba casi seguro de eso, pero yo volvería a casa con las manos vacías. ¿Y después qué?

Nunca estaría a salvo, y Molly tampoco. No mientras poseyera esa condición terrible, ese talento, no mientras Rossi y sus secuaces supieran dónde encontrarme.

Deprimido, dejé el café y busqué en la Via Roma un negocito llamado Boero, cuya vidriera mostraba municiones y armas para la caza en una región obsesionada con ese deporte. Las cajas y estuches de esa vidriera nada elegante tenían nombres como Rottweil, Browning, Caccia Extra. Lo que no encontré allí apareció después, cuando me decidí a llegarme hasta Siena, que tenía un negocio mucho más importante en la Via Rinaldi, una armería llamada Maffei que anunciaba liquidaciones de accesorios y ropa de caza (para los toscanos ricos que querían estar a la moda en un día de deporte o que querían tener el aspecto de cazadores profesionales aunque no lo fueran). Después, arreglé una transferencia de dinero, mucho dinero, desde mi vieja cuenta en Washington a una oficina de American Express en Londres, y de ahí a Siena, donde me la entregaron en dólares estadounidenses.

Finalmente, hubo tiempo suficiente -y yo había reflexionado bastante- como para hacer un llamado telefónico. En laVia dei Termini en Siena localicé una oficina de la sip (la compañía telefónica italiana) y disqué un número internacional desde una de las cabinas.

Después de los acostumbrados ruidos de interferencia, atendieron el teléfono después del tercer llamado, tal como se suponía que lo harían.

Una voz femenina dijo:

– Treinta y dos mil.

– Interno nueve ochenta y siete, por favor -dije.

Otro ruidito. El timbre de la conexión cambió casi imperceptiblemente, como si estuvieran llevando la llamada a través de un cable de fibra óptica aislado, especial. Probablemente así era: de un puesto de comunicaciones en Bethesda a una estación en el Canadá (Toronto, creo) y luego de vuelta a Langley.

Una voz familiar en la línea. Toby Thompson.

– La hormiga Cataglyphis -dijo- sale al sol del mediodía.

Era un intercambio en código que él mismo había inventado, una referencia a la hormiga plateada del Sahara que puede tolerar temperaturas superiores que cualquier otro animal en la tierra, hasta sesenta grados centígrados.

Yo le contesté:

– Y acelera más rápido que cualquier otro animal.

– ¡Ben! -dijo-. ¿Qué mierda estás…? ¿Dónde mierda…?

¿Podía confiar en Toby? Tal vez sí, tal vez no, pero era mejor correr el menor riesgo posible. Después de todo, ¿y si Alex Truslow tenía razón y la Agencia estaba infiltrada? Yo sabía que las precauciones en la conexión telefónica, los múltiples enganches y demás me darían más de ochenta segundos antes de que pudieran localizar mi llamada. Tenía que hablar rápido.

– ¿Qué está pasando, Ben?

– Tal vez tú quieras contarme algo de eso a mí, Toby. Charles Van Aver está muerto. Supongo que lo sabes…

– ¡Van Aver…!

Por lo que podía adivinar a través de las telecomunicaciones modernas, Toby sonaba realmente asustado, impresionado. Miré mi reloj y dije:

– Pregunta. Averigua.

– ¿Pero dónde estás? No te comunicaste. Dijimos…

– Lo único que quiero que sepas es que no pienso comunicarme de acuerdo con el plan. No es seguro. Pero voy a mantener el contacto. Te llamo esta noche entre las diez y las once de aquí, y cuando llame, quiero hablar con Molly inmediatamente. Tú puedes hacerlo, tienes magos de la comunicación ahí contigo. Si no me comunican en veinte segundos, cuelgo…-Escucha, Ben…

– Algo más, voy a suponer que tu… tu aparato tiene defectos, que pierde información. Sugiero que arregles las goteras o vas a perder el contacto conmigo. Y sé que eso no te conviene.

Colgué. Setenta y dos segundos. No habían podido rastrearla.

Caminé en medio de la multitud a lo largo de Via dei Termini, preocupado, pensativo, y encontré un quiosco con gran selección de diarios extranjeros: el Financial Times, The Independen!, Le Monde, el International Herald Tribune, Frankfurter Allgemeine Zeitung, Neue Zürcher Zeitung. Tomé una copia del Tribune y miré la primera página mientras seguía caminando. El título principal, por supuesto, era sobre las elecciones en Alemania.

Y a la izquierda de la página, abajo, un título pequeño:

COMITÉ DEL SENADO DE LOS ESTADOS UNIDOS INVESTIGARA CORRUPCIÓN EN LA cia.

Totalmente absorto, choqué con una hermosa pareja italiana, los dos de verde oliva. El hombre, que usaba anteojos de sol tipo aviador marca Ray Ban, me gritó algo en italiano que no entendí del todo.

– Scusi -dije con tanto tono de amenaza como pude lograr.

Después noté el otro título, arriba, a la izquierda:

alexanDER TRUSLOW, JEFE DE LA cia.

Fuentes de la Casa Blanca afirman que Alexander Truslow, antiguo funcionario de la cia, suplente del director en 1973, será nombrado nuevo director de la Agencia. El señor Truslow, que encabeza una compañía consultora con base en Boston, juró llevar a cabo una limpieza general en la cia, sacudida por acusaciones de corrupción.

Las cosas empezaban a tener sentido. Con razón Toby había hablado de "urgencia". Truslow representaba una amenaza para alguien muy poderoso. Y ahora que lo habían nombrado reemplazante de Harrison Sinclair, estaba en el puesto exacto para hacer algo en cuanto al "cáncer", como él mismo lo llamaba, que estaba empezando a dominar el cuerpo de la Agencia.

Hal Sinclair había muerto, lo mismo que Ed Moore y Sheila McAdams, y Mark Sutton y tal vez… tal vez otros.

El nombre del próximo blanco era evidente.

Alex Truslow.

Toby tenía razón. No había tiempo que perder.

34

Unos minutos después de las tres de la tarde, llegué a la cantera de piedras cerca de la cual había pasado la noche anterior.

Una hora y quince minutos después estaba sentado en el asiento del acompañante de un camión Fiat muy maltratado, detenido a la entrada del portón de Castelbianco. Usaba ropa de trabajo, pantalones de lona azul oscuro y una camisa de trabajo azul, gastada y cubierta de polvo. El que manejaba el camión era el joven obrero de piel oscura que había conocido en el bar de Rosia esa misma mañana.

Se llamaba Ruggiero y era hijo de un italiano y de una emigrada de Marruecos. Yo había detectado que era un hombre dispuesto a cooperar, muy susceptible a una buena propina, y lo había buscado en la cantera para pedirle información.

O, más bien, para comprársela. Le expliqué que era un hombre de negocios del Canadá, un especulador en bienes inmuebles, y que le pagaría muy bien por lo que me dijera. Le pasé cinco billetes de diez mil liras (unos cuarenta dólares) y le dije que necesitaba entrar en la casa del "alemán" para hablar de negocios con él, específicamente para hacerle una oferta generosa (y algo ilegal) por la propiedad de Castelbianco. Tenía un comprador potencial y el "alemán" sacaría buen dinero si estaba de acuerdo.

– Ey, momento, momento -dijo Ruggiero-, no pienso perder mi trabajo.

– No tiene usted que preocuparse -le contesté-. No, si lo hacemos bien. Tengo un plan.

Ruggiero me dio toda la información que necesitaba sobre la renovación que se llevaba a cabo en Castelbianco. Me dijo que un miembro de la servidumbre trataba directamente con el personal de la cantera y pedía mármol y tejas de granito. Aparentemente, el "alemán" estaba haciendo una renovación importante. El ala derrumbada estaba surgiendo de sus cenizas con grandes cuadrados de mármol verde oscuro florentino en el piso y granito en la galería. Había tomado a expertos albañiles, viejos artesanos del oficio, contratados en Siena. Ruggiero me costó caro. Más de quinientos dólares, unas setecientas mil liras por unas pocas horas de su tiempo. Llamó a su contacto en Castelbianco y le informó que no se había entregado el último pedido de mármol florentino en su totalidad. Un empleado ahora despedido, había cometido un grave error. Lo que faltaba se despacharía inmediatamente.

Era muy poco probable que la gente de Castelbianco objetara el hecho de que la cantera complementara el pedido anterior y nadie lo hizo. En el peor de los casos -si la gente de Orlov tenía sospechas y contaba el mármol y veía que no había habido errores-Ruggiero diría que ésas habían sido las órdenes. Había sido un error de la cantera y a él no le pasaría nada.

Unos minutos después estábamos en el portón. El guardia salió de su casilla de piedra, con una larga hoja de papel sobre una madera y se acercó al camión, parpadeando bajo el sol.

– Si?

La entonación y el acento eran tan claros que si hubiéramos estado varios miles de kilómetros más al norte, hubiera podido imaginarlo diciendo "Da?" con la misma brusquedad. Con el cabello rubio bien cortado, la cara roja, saludable, era sin duda alguna, de antepasados campesinos rusos, el tipo de rufián tranquilo, poderoso, que emplean con tanta frecuencia en Lubyanka.

– Ciao -dijo Ruggiero.

El guardia asintió, hizo una marca en la hoja de visitantes, miró la carga de mármol y después me vio.

Y volvió a asentir.

Le hice el más leve gesto de reconocimiento y saludo, y me hundí en mis pensamientos como un obrero que haría cualquier cosa para que el tiempo pase más rápido y llegue por fin el final del turno.

Ruggiero encendió el motor de nuevo y guió el camión entre los macizos pilares de piedra. El camino de tierra pasaba frente a varias casas de piedra con techos a dos aguas que, según supuse, pertenecían a los sirvientes. Pollos y patos caminaban entre los patios diminutos frente a las casas, discutiendo y chillándose unos a otros. Una pareja de obreros extendía polvo blanco sobre un fragmento de pasto. Fertilizante.

– Su gente vive aquí.

Yo gruñí, sin preguntarle quién era "su gente". No sé si él lo sabía.

Un pequeño rebaño de ovejas pastaba sobre la ladera de la colina a la izquierda. Tenían caras flacas y rosadas, diferentes de cualquier cara de oveja que yo hubiera visto en los Estados Unidos, y balaron a coro, asustadas, cuando pasamos a su lado.Arriba, al fondo, acechaba la casa.

– ¿Cómo es por dentro? -pregunté.

– Nunca entré. Me dijeron que es linda, pero que está un poco abandonada. Necesita reparaciones. El alemán la compró barata, dicen.

– Suerte para él.

Giramos en una curva sobre una quebrada estrecha, pasamos otro edificio bajo de piedra. Este no tenía ventanas.

– Casa de las ratas -dijo Ruggiero.

– ¿Eh?

– Broma. O medio broma. Ahí dejaban la comida para el ganado. Está llena de ratas, así que nunca me acerqué, ni ahora ni de chico. La usan para guardar cosas.

Temblé de sólo pensar en las ratas.

– ¿Cómo sabe tanto?

– ¿De Castelbianco? Mis amigos y yo jugábamos aquí cuando éramos chicos. -Puso punto muerto y estacionó el camión cerca de una galería donde varios hombres grandes, bronceados, maduros, cortaban y colocaban pedazos de granito de distintos colores en un dibujo ornamental en círculos concéntricos. -En esos días, cuando Castelbianco era de los Peruzzi-Moncini, dejaban que los chicos de Rosia jugáramos aquí. No les importaba. A veces, ayudábamos con alguna cosa. -Buscó debajo del asiento, sacó dos pares de guantes y me dio uno. Mientras bajaba la palanca que colocaría la carga de mármol en el suelo, dijo: -Si hace que alguien se la compre al alemán, trate de encontrar a alguien que saque el alambre tejido. Este lugar era de toda la comune.

Saltó fuera de la cabina, y lo seguí hasta la parte de atrás donde empezó a levantar el mármol y a colocarlo en una pila cerca de la galería.

– Che diavolo stai facendo, Ruggiero? -gritó uno de los albañiles, volviéndose hacia nosotros y haciendo un gesto con la mano alzada.

– Calmati -dijo Ruggiero y siguió trabajando-. Sto facendo il mio lavoro. E per l’interno, credo. Che ne so io? -Hago mi trabajo, decía. Me le uní para bajar el mármol. Las planchas de material, rugosas de un lado, suaves del otro, no eran pesadas pero sí frágiles y teníamos que apoyarlas en el suelo con mucho cuidado.

– Nadie me comentó nada de una entrega de mármol -dijo el mismo hombre, probablemente un capataz, en italiano. Hablaba con muchos gestos. -El mármol vino la semana pasada. ¿Metieron la pata o qué?

– Yo hago lo que me dicen -dijo Ruggiero e hizo un gesto hacia la casa-. Parece que la última entrega fue escasa y Aldo ofreció mandar más. Y además, no es asunto tuyo, carajo.

El albañil levantó una cuchara, alisó una franja de cemento y dijo, resignado:

– A la mierda contigo.

Trabajamos en silencio, un rato, levantando, llevando, poniendo, encontrando el ritmo. Después le dije, despacio:

– Los tipos esos te conocen, ¿verdad?

– Ese sí. Mi hermano trabajaba para él hace un par de años. Un tarado. ¿Ya terminamos con esto?

– Casi -dije.

– ¿Casi?

Mientras trabajábamos, miré la casa y los alrededores. Arriba, Castelbianco no era un palazzo: era grande y, a su manera, magnífico, pero al mismo tiempo desprolijo y abandonado. Sin duda necesitaba reparaciones. Tal vez un millón de dólares en trabajos de renovación le devolverían una grandeza que no había visto desde hacía siglos, pero Orlov no estaba gastando ni una fracción de eso. Me pregunté de dónde habría sacado el dinero, pero había sido jefe de una gran central de inteligencia: ¿por qué no iba a tener formas de llevarse al bolsillo algo del presupuesto ilimitado que había controlado alguna vez? ¿Y cuánto les estaba pagando a los guardias de seguridad, que tal vez eran más de seis? No mucho, sospechaba yo, pero claro, también les estaba dando asilo, protección contra el arresto y la prisión que los hubieran esperado en Rusia por haber servido fielmente a la tan desacreditada kgb. ¡Qué rápido habían cambiado las cosas! Los funcionarios de la seguridad del Estado, tan temidos, tan poderosos, espada y escudo del Partido, cazados como perros rabiosos en su propio país.

Me molestaba que hubiera sido tan fácil entrar en Castelbianco. ¿Qué tipo de seguridad era ésa para un hombre que temía por su vida, un hombre arrastrado a un trato con el jefe de la cia a cambio de protección, algo así como un comerciante de Chicago que tiene que pagar protección a los hombres de Al Capone?

La seguridad era modesta: no parecía haber cámaras de circuito cerrado ni computadoras. Aunque pensándolo bien, eso tenía sentido en cierto modo. El verdadero sistema de seguridad de Orlov era su disfraz de hombre anónimo, aparentemente tan exitoso que hasta sus hombres ignoraban quién era. Demasiada seguridad hubiera sido… bueno… algo así como una "bandera roja". Un sistema demasiado sofisticado hubiera atraído demasiado la atención. Un alemán excéntrico y rico podía tener unos cuantos guardias, pero una sofisticación demasiado grande en cuanto a la seguridad hubiera sido arriesgada. Así que ahora yo estaba adentro, y según la información que había recibido, Orlov también El problema era ¿cómo iba a entrar en la casa? Y sobre todo, una vez adentro, ¿cómo iba a salir?

Por enésima vez, supongo, volví a ensayar mi plan mentalmente y luego hice señas a mi cómplice italiano para que dejara el mármol y me siguiera.

– Aiutatemi! -¡Ayúdenme! -Per il amor di Dio, ce qualcuno chi auitare? -Golpeando con fuerza la puerta de madera que se abría directamente hacia la cocina, Ruggiero aullaba pidiendo que, por el amor de Dios, lo ayudaran. Tenía el antebrazo izquierdo hecho un desastre, una gran herida que sangraba mucho.

Arrodillado en los arbustos cercanos, detrás de un grupo de barriles de metal que contenían restos de comida, yo vigilaba la escena. Un ruido adentro fue la señal de que alguien había escuchado sus golpes desesperados. Lentamente, la puerta se abrió con un crujido. Detrás había una mujer redonda, anciana, con un delantal de tela verde sobre un vestido floreado sin mucha forma. Los ojos castaños, pequeños círculos en la gran masa de arrugas bajo una melena revuelta y salvaje de cabello gris, se abrieron bruscamente al ver la herida de Ruggiero.

– Shto eto takoye? -dijo en una voz aguda, asustada- Bozhe moi! Pridi, malodoi chelovek! Bystro! -¿Qué pasa aquí? Mi Dios, entre, entre, joven, estaba diciendo en ruso

Ruggiero le contestó en italiano

– il marmo il marmo é affilato… -El mármol está muy filoso.

Seguramente era el ama de llaves rusa, tal vez una sirvienta que había trabajado para Orlov en sus días de poder Y como yo había anticipado, se comportó con toda la preocupación maternal de una rusa de su generación. Nunca hubiera creído que la herida de Ruggiero no era fruto de un accidente con los pedazos de mármol, sino algo preparado por mí con elementos de maquillaje de teatro de un negocio en Siena.

Tampoco sospechaba la pobre que apenas se diera vuelta para llevar al joven italiano a la cocina, alguien saltaría desde los arbustos para reducirla. Le puse un trapo con cloroformo sobre la boca y la nariz, ahogué su grito y la sostuve cuando su cuerpo se derrumbó, inerte.

Ruggiero cerró la puerta de la cocina Me miró, alarmado, como pensando qué clase de "inversor canadiense" era yo. Pero su ayuda estaba comprada y pagada y no iba a traicionarme.

Desde sus días de juego infantil en Castelbianco, había sabido dónde estaba la entrada a la cocina Me hizo una descripción de la parte del interior que conocía. Se había ganado su dinero. Cuando saqué el hilo de nailon de debajo de la ropa de trabajo, me ayudó a atar al ama de llaves, con cuidado para que la soga no la lastimara, y a ponerle una mordaza en la boca para cuando se despertara. Después, en silencio, la llevamos desde la cocina que olía a cebollas, hasta la gran despensa.

Me dio la mano, le pagué lo que faltaba en dólares estadounidenses, y con una sonnsita nerviosa me dijo "Ciao" y se fue.

Una escalera estrecha de piedra llevaba hacia arriba desde la cocina al resto de la casa Desembocaba en un corredor al que daban una sene de dormitorios desocupados Me deslicé por él sin hacer ruido, tanteando el camino En algún lugar de la casa oía un leve zumbido pero parecía lejano, como si me llegara desde miles de kilómetros de distancia No había ninguno de los ruidos normales de una casa o de un castillo viejo como ese

Llegué a una intersección de dos corredores, un vestíbulo desnudo que sólo contenía dos sillitas de madera muy maltratadas El zumbido estaba más cerca ahora, y venia de algún lugar más abajo Lo seguí por las escaleras, doblé a la izquierda y caminé unos metros, luego doblé a la izquierda otra vez.

Metí la mano en el bolsillo delantero de mi mono, toqué la empuñadura de la pistola Sig-Sauer. Acaricié con los dedos el frío tranquilizador del acero del cañón.

Estaba de pie frente a dos altas puertas de roble El zumbido venía a intervalos regulares, desde adentro.

Tomé la pistola y, agachándome lo más posible, abrí una de las puertas, sin saber quién o qué estaría adentro.

El lugar era un enorme comedor vacío con paredes y pisos desnudos y una inmensa mesa de roble preparada para el almuerzo de una sola persona. Esa persona ya había almorzado, eso era evidente.

El único comensal, sentado en un extremo de la mesa, tocaba el timbre para llamar a un ama de llaves que no podía contestarle Era un hombrecito calvo, viejo, aparentemente inofensivo, con anteojos gruesos, de marco negro Lo había visto en fotos miles de veces pero no tenía idea de que fuera tan chiquito.

Vladimir Orlov usaba un traje y una corbata, cosa rara ¿a quién podía estar esperando allí, escondido en Toscana? El traje no tenia la elegancia inglesa, como los que les gustaba usar a los rusos en posiciones de poder. Al contrario era antiguo, estaba mal hecho, era de manufactura soviética o de Europa del Este, probablemente muy viejo.

Vladimir Orlov, el último jefe de la kgb, cuya cara, dura ysin sonrisa, había visto muchísimas veces en los archivos de la Agencia, en diarios y en revistas. Mikhail Gorbachov lo había puesto en la Agencia para reemplazar al traidor anterior que había tratado de sacarlo del gobierno durante las últimas convulsiones del poder ruso. Sabíamos muy poco sobre él, excepto que lo consideraban "confiable" y "pro Gorbachov" y otros rasgos tan vagos y tan poco fáciles de probar como esos.

Ahora estaba sentado frente a mí, chiquito y retorcido. Todo el poder parecía habérsele escurrido del cuerpo.

Levantó la vista, hizo un gesto de desprecio y dijo en un ruso con acento de Siberia:

– ¿Quién es usted?

Tardé unos segundos en contestar, pero cuando lo hice, fue con una facilidad de palabra en ruso que me sorprendió:

– Soy el yerno de Harrison Sinclair -dije-. Estoy casado con su hija, Martha.

El viejo parecía haber visto un fantasma. Se le frunció el ceño y luego levantó bruscamente la vista; los ojos se afinaron, después se abrieron del todo. Parecía pálido, de pronto.

– Bozhe moi -susurró-. Bozhe moi. -Ay, mi Dios.

Yo lo miré, el corazón en la boca, sin entender lo que significaban esas palabras, sin saber quién pensaba él que era yo.

Se levantó lentamente, y me señaló, como acusándome.

– ¿Cómo diablos entró aquí?

No le contesté.

– Qué estupidez, qué estupidez ha hecho al venir aquí. -Las palabras eran un susurro apenas audible. -Harrison Sinclair me traicionó. Y ahora van a matarnos a los dos.

35

Caminé despacio hacia el interior cavernoso del comedor. Mis pasos hacían eco contra las paredes desnudas, los altos techos en forma de bóveda.

Detrás de su calma glacial, de sus gestos imperiales, los ojos de Vladimir Orlov iban de un lado a otro, angustiados.

Pasaron varios minutos de silencio.

Mis pensamientos corrían al galope.

Harrison Sinclair me traicionó. Y ahora nos van a matar a los dos.

¿Traicionarlo? ¿Qué significaba eso?

Orlov volvió a hablar, la voz clara y resonante, reverberando en el silencio.

– ¿Cómo se atreve a venir a verme?

El viejo puso una mano sobre la parte inferior de la mesa y tocó un botón. Desde algún lugar en el vestíbulo llegó el sonido del timbre. Luego, pasos en el interior de la casa. El ama de llaves, probablemente despierta ya pero atada y amordazada, no contestaba los llamados. Pero tal vez uno de los guardias había oído el ruido y venía a ver si todo estaba bien.

Saqué la pistola del bolsillo y apunté al jefe de la kgb. Me pregunté si Orlov se habría visto en esa situación alguna vez. En los círculos de inteligencia en los que había trabajado, por lo menos según los informes y las suposiciones que yo había leído, no había revólveres ni dardos envenenados. En esos círculos, las armas eran los informes y los memorandos.

– Quiero que sepa -dije, con la pistola bajo la mesa- que no tengo intenciones de hacerle daño. Tenemos que charlar un poco, usted y yo. Después voy a irme de esta casa. Cuando aparezca el guardia, quiero que le asegure que todo está bien. Si no lo hace, creo que voy a verme obligado a matarlo.

Antes de que pudiera seguir hablando, se abrió de par en par la puerta de la habitación y un guardia que no había visto antes me apuntó con una automática mientras me ordenaba:

– ¡No se mueva!

Sonreí como si no me importara, miré al viejo una sola vez,y después de un momento de duda, él le dijo al guardia: -Vete. Todo está bien, Volodya. Yo estoy bien. Fue un error.

El guardia bajó la pistola, me miró de arriba abajo -el verme vestido como trabajador le pareció sospechoso-, y dijo:

– Perdone. -Retrocedió y cerró la puerta despacio detrás de él.

Me acerqué a la mesa y me senté cerca de Orlov. Había sudor en su frente; la cara, de cerca, parecía cenicienta. Glacial e imperiosa, sí, pero muy asustada aunque el hombre trataba de no demostrarlo.

Estaba sentado a unos pocos metros, demasiado cerca para su gusto y volvió la cabeza cuando habló. Una expresión de asco le cruzó la cara.

– ¿Para qué vino? -gruñó.

– Por un acuerdo que usted tenía con mi suegro -dije. Hubo una larga pausa durante la cual me concentré, tratando de oír la voz del pensamiento, pero no conseguí nada.

– Sin duda lo siguieron. Está poniéndonos en peligro a los dos.

Apreté los labios, sin contestarle, concentrándome más, y de pronto oí un ruido, una frase sin sentido, algo que no entendí. Una onda de pensamiento pero nada que pudiera servirme en absoluto.

– Usted no es ruso, ¿verdad?

– ¿Para qué vino? -dijo Orlov, retorciéndose en la silla. Su codo tomó un plato y lo empujó contra otro con un ruido agudo. Su voz empezaba a elevarse, a ganar en fuerza y gritó: -¡Estúpido!

Oí otra frase mientras él hablaba, algo que no entendí, algo en una lengua desconocida. ¿Qué era eso? Ruso, no, no podía ser ruso, no me era familiar. Hice un gesto, cerré los ojos, escuché, oí un alarido de vocales, palabras que no podía decodificar.

– ¿De qué se trata todo esto? -preguntó-. ¿Para qué vino? ¿Qué está haciendo? -Movió la silla de roble tallado para levantarse. La silla chilló contra el suelo de terracota.

– Usted nació en Kiev. ¿Verdad?

– ¡Fuera!

– No es ruso. Es ucraniano.

Él se levantó y empezó a retroceder por la habitación.

Yo me puse de pie otra vez y volví a empuñar la Sig aunque no quería amenazarlo de nuevo.

– Quédese ahí, por favor.

Él se quedó quieto.-Su ruso tiene un leve acento ucraniano. Las "ges", diría yo.

– ¿Para qué vino?

– Su lengua nativa es el ucraniano. Usted piensa en ucraniano, ¿verdad?

– Si lo sabe -dijo él como ladrando-, no necesitaba venir y ponerme en peligro para decirme eso. Harrison Sinclair lo sabía. -Dio un paso hacia mí, como para amenazarme, un intento torpe de recuperar su ventaja sicológica. Su viejo traje estalinista le colgaba como un traje de espantapájaros. -Si tiene algo que decirme o algo que darme, será mejor que sea algo increíble. Si no, no vale la pena. -Otro paso. Luego agregó: -Voy a suponer que es así y le daré cinco minutos para explicarse. Después, será mejor que se vaya.

– Siéntese, por favor -dije, haciendo un gesto con la pistola hacia la silla-. No va a llevarme mucho, se lo aseguro. Mi nombre es Benjamin Ellison. Como ya le dije, estoy casado con Martha Sinclair, la hija de Harrison Sinclair. Martha heredó todas las propiedades y fondos de su padre. Sus contactos, y estoy seguro de que los tiene y muchos, pueden confirmarle mi identidad.

Pareció relajarse, y luego, de pronto, se lanzó contra mí, como si perdiera el equilibrio, las manos extendidas hacia adelante. Con un sonido inhumano, casi gutural, un alarido retorcido y ahogado, se me tiró encima, tomándome de las rodillas, tratando de hacerme perder el equilibrio. Yo me di vuelta en el aire, lo tomé del hombro y lo aplasté contra el piso.

Él se dejó caer bajo la mesa de roble, jadeando, la cara roja.

– No -gruñó. Se le salieron los anteojos. Los miré rebotar en el piso, a medio metro de su mano.

Yo mantenía la pistola sobre él mientras me agachaba a buscarlos. Con el brazo libre, traté de ayudarlo a levantarse. Me costó un poco.

– Por favor, no vuelva a intentar algo así.

Orlov se dejó caer en la silla más cercana como una marioneta, exhausto pero alerta. Siempre me ha fascinado el hecho de que los líderes mundiales, cuando ya no tienen poder, se sienten tan palpablemente disminuidos, incluso a nivel físico. Me acordé de mi encuentro con Gorbachov en la Escuela Kennedy de Boston, me acordé de cómo le había dado la mano después de una conferencia unos años después de que lo echaran sin ceremonias del Kremlim, después de la ascensión al poder de Boris Yeltsin. Me pareció chiquito entonces, muy mortal, muy común. Sentí lástima por él.

Una frase en ruso.

La oí, oí sus pensamientos: una frase reconocible en ruso enmedio de la corriente de ucraniano, como un pedacito de uranio en el grafito.

Sí, había nacido en Kiev. A los cinco años, la familia se mudó a Moscú. Como el médico de Roma, él también era bilingüe, aunque pensaba sobre todo en ucraniano, con algo de ruso en el medio.

La frase que había pensado se traducía como los sabios,

– Usted sabe muy poco -dije, fingiendo gran seguridad- de los Sabios.

Orlov rió. Tenía los dientes mal cuidados, desparejos y manchados.

– Yo sé todo, señor… Ellison.

Miré su cara con cuidado, concentrándome, para ver qué podía recoger. Otra vez, la mayor parte estaba en ucraniano. Aquí y allí encontraba palabras parecidas a las rusas, inglesas o alemanas. Oí algo como Tsyurikh, algo que tenía que significar "Zúrich". Oí Sinclair y algo que parecía banco, aunque no estaba seguro.

– Tenemos que hablar -dije-. De Harrison Sinclair. Del trato que hizo con usted.

Otra vez me incliné hacia él, como pensando. Una corriente de palabras extrañas salía de su cabeza, baja e indistinta, confusa, pero una palabra me gritó algo. De nuevo, Zúrich, o algo parecido.

– ¡El trato! -dijo en tono de burla. Rió: una risa seca, fuerte. -¡Me robó miles de millones de dólares a mí y a mi país… miles de millones! ¿Se atreve a llamarlo trato?

36

Así que era verdad. Alex Truslow tenía razón.

Pero… ¿miles de millones de dólares?

¿Entonces todo tenía que ver con el dinero? ¿Esa era la respuesta? El dinero siempre ha motivado los grandes actos del mal. ¿Era el dinero la razón por la que Sinclair y los otros habían muerto, por la que estaban destrozando la Agencia, como decía Edmund Moore?

Miles de millones de dólares.

El ex jefe de la kgb me miraba con arrogancia, casi con superioridad, y trataba de arreglarse los anteojos.

– Y ahora -dijo con un suspiro, pasando al inglés-, es sólo cuestión de tiempo antes de que me encuentren los míos. De eso no tengo duda alguna. No estoy totalmente sorprendido de que usted me haya rastreado. No hay lugar en la Tierra, por lo menos no un lugar tolerable, en el que no puedan encontrar a quien quieran, cualquiera de ellos. Pero lo que no sé es por qué, por qué decidió poner en peligro mi vida y venir aquí. Es algo muy, pero muy estúpido. -Tenía un inglés excelente, aparentemente fluido y de acento británico.

Yo respiré hondo y dije:

– Tuve muchísimo cuidado al venir. Tiene muy poco de qué preocuparse. -La expresión del ruso no cambió. Respiraba despacio por la nariz. Los ojos, quietos, no tenían ninguna expresión, no lo traicionaban. -Estoy aquí para arreglar las cosas. Para rectificar el mal que haya hecho mi suegro. Estoy dispuesto a ofrecerle mucho dinero si me ayuda a localizar ese dinero.

Él levantó los labios en una mueca de desprecio.

– A riesgo de que me crea grosero, señor Ellison, me interesaría muchísimo que me diera su definición de "mucho".

Yo asentí y me levanté. Volví a poner la pistola en el bolsillo y retrocedí hasta quedar fuera de su alcance físico. Me agaché y me levanté el mono para que viera los fajos de dólares que había pegado a mis tobillos con bandas. Solté los seguros de Velcro que había comprado en un negocio de deportes de Siena, y el dinero salió en dos partes.

Las puse a ambas sobre la mesa.

Era mucho dinero, probablemente más del que había visto Orlov en toda su vida, y ciertamente más de lo que yo podía imaginarme. Tuvo un efecto persuasivo.

El miró los paquetes uno por uno, los hojeó, y aparentemente se convenció de que eran verdaderos. Levantó la vista y dijo:

– Serán… ¿cuánto? ¿Tal vez unos tres cuartos de millón?

– Tal vez un millón entero -dije.

– Ah -dijo él, los ojos muy abiertos. Y después rió, una risa despectiva, aguda. Empujó los montones hacia mí con un gesto teatral. -Señor Ellison, estoy en una situación financiera muy difícil. Pero a pesar de lo mucho que me ofrece… no creo que sea gran cosa comparado con lo que me hubiera tocado en el trato con Sinclair.

– Sí -dije-, con su ayuda, yo puedo localizar el dinero. Pero tenemos que hablar.

Él sonrió.

– Aceptaré su dinero como prueba de buena fe. No soy tan orgulloso. Y sí, hablemos. Hasta que lleguemos a un acuerdo.

– En ese caso, lo primero que quiero saber es: ¿quién mató a Harrison Sinclair?

– Yo esperaba que usted pudiera decirme algo sobre eso, señor Ellison.

– Los que cumplieron la orden fueron agentes de la Stasi -dije.

– Es probable, sí. Pero fueran Stasi o Securitate, no tenían nada que ver conmigo. Ciertamente no me interesaba eliminar a Harrison Sinclair.

Levanté una ceja, como haciéndole una pregunta.

– Cuando mataron a Sinclair -dijo Orlov-, yo y mi país perdimos más de diez mil millones de dólares, robados.

Sentí que enrojecía, que me ardía la piel. Al parecer, el ex jefe de la kgb decía la verdad. Me latía el corazón con fuerza.

No había nada modesto en la villa toscana de Orlov, pero tampoco vivía en medio del lujo como algunos de los nazis en Brasil y Argentina, después de la Segunda Guerra Mundial. Una gran suma de dinero no sólo podía darle a ese hombre una vida de lujos sino, sobre todo, protección por el resto de su vida.

¿Pero diez mil millones?

Orlov siguió hablando.

– ¿Cómo era ese libro de memorias escrito por ese director de la CIA de tiempos de Nixon, William Colby? Hombres de honor, ¿no se llamaba así?

Asentí, preocupado. No me gustaba mucho Orlov, aunquelas razones no tenían tanto que ver con la ideología o la rivalidad aguda que la gente creía ver entre los hombres de la kgb y la CIA. Hal Sinclair me había dicho una vez que cuando era jefe de estación en varias capitales del mundo, algunos de sus mejores compañeros y hasta amigos eran hombres de la estación de la kgb. Somos… ¿o debería decir fuimos?… más semejantes que distintos.

No, a mí me repelía la forma relamida en que se comportaba. Hacía unos momentos me había estado atacando como una mujer y ahora se sentaba como un pachá y pensaba en ucraniano, por Dios.

– Bueno -dijo-, Bill Colby era, es, un hombre de honor. Tal vez demasiado para su profesión; y hasta que me traicionó, yo creía que Harrison Sinclair también lo era.

– No entiendo.

– ¿Cuánto le dijo de esto?

– Muy poco -admití.

– Justo antes de la caída de la Unión Soviética -agregó él-, hice un contacto secreto con Harrison Sinclair, usando canales que no se habían usado en muchos años. Hay… bueno… formas… Y le pedí ayuda.

– ¿Para qué?

– Para sacar la mayor parte de las reservas de oro de mi país -dijo.

Yo estaba atónito… pero lo que decía tenía cierto sentido. Concordaba con lo que yo sabía, con lo que había leído en la prensa y lo que me habían dicho mis amigos.

La CIA siempre había calculado que la Unión Soviética tenía unas decenas de miles de millones de dólares en oro, guardadas en las bóvedas centrales en Moscú y sus alrededores. Pero luego, de pronto, inmediatamente después del golpe de estado de la línea dura del comunismo, el que fracasó en agosto de 1991, el gobierno soviético anunció que apenas tenía tres mil millones.

Esa novedad desató olas de inquietud en la comunidad financiera. ¿Dónde diablos podía estar el resto del oro? Hubo todo tipo de informes. Uno, que según los rumores, era confiable, afirmaba que el Partido Comunista Soviético había ordenado que se escondieran fuera del país 150 toneladas de plata, 8 toneladas de platino, y por lo menos 60 toneladas de oro. Se dijo que los funcionarios del Partido Comunista podían haber escondido hasta cincuenta mil millones de dólares en Bancos occidentales, en Suiza, en Monaco, en Luxemburgo, en Panamá, en Licchtenstein y en un grupo de Bancos de islas financieras, incluyendo las Caimán.

El Partido Comunista Soviético, se dijo, había lavado dinero con furia en los últimos años de su existencia. Se crearon empresas falsas con capitales soviéticos para sacar dinero del país.

En realidad, el gobierno de Yeltsin llegó a pagarle a una firma de investigadores estadounidenses, Kroll y asociados -una de las mayores competidoras de Alex Truslow- para que rastreara el dinero, pero la verdad es que nunca consiguieron nada. Hasta se dijo que hubo un enorme traslado de dinero a Bancos de Suiza ordenado por el jefe del Partido, que terminó suicidándose -o fue asesinado- un día o dos después del fracaso del golpe.

¿Serían los antiguos camaradas de Orlov, que trataban de impedir que yo rastreara el oro, los que habían matado a Charles Van Aver, hombre de la CIA, en Roma?

Yo escuchaba, aturdido.

– Rusia -dijo él-, Rusia se derrumbaba.

– Quiere decir que la Unión Soviética se derrumbaba…

– Las dos. Hablo de las dos. Para mí y para todos los que tuvieran cerebro era más que evidente que la Unión Soviética estaba a punto de pasar a las cenizas de las historia, para usar la cansada frase de Marx. Pero Rusia, mi amada Rusia, también estaba en esa situación. Gorbachov me había pedido que manejara la kgb después de que Kryuchkov intentó el golpe. Pero el poder se le estaba escapando de las manos. Los duros estaban saqueando las riquezas del país. Sabían que Yeltsin iba a tomar el poder y estaban esperando la oportunidad de destruirlo.

Yo había leído mucho acerca de misteriosas desapariciones de bienes rusos: metales preciosos, dinero fuerte, hasta arte. Lo que él me decía no era nuevo para mí.

– Por eso -siguió diciendo él- se me ocurrió un plan para sacar del país la mayor cantidad posible de oro ruso. Los duros tratarían de volver pero si yo podía mantener sus manos sucias lejos de las riquezas del país, no tendrían nada. Yo quería salvar a Rusia del desastre.

– Hal Sinclair también -dije, tanto para él como para mí mismo.

– Sí, yo sabía que él estaría de acuerdo. Pero lo que yo le propuse lo asustó. Era una operación extraoficial, una operación en la que la CIA ayudaría a la kgb a robar el oro de Rusia. Sacarlo del país. Y un día, cuando todo estuviera en calma, lo recuperaríamos.

– ¿Pero por qué quería la ayuda de la CIA?

– El oro es muy difícil de mover. Extraordinariamente difícil de mover. Y dada la vigilancia a que me sometían, yo no podría haberlo sacado en persona. Mi gente y yo estábamos bajo constante escrutinio. Y ciertamente no podía venderlo porque lo rastrearían hasta mí en un segundo.

– Y para eso se encontraron en Zúrich.

– Sí. Fue algo muy complicado. Nos encontramos con un banquero que conocíamos y en quien confiábamos. Él estableció un sistema de cuentas para recibir el oro. Sinclair aceptó mis condiciones, aceptó que se me permitiera "desaparecer". Sacó todos los datos relevantes de los bancos de datos de la CIA.

– Pero, ¿cómo se las arregló la CIA o Sinclair para sacar el dinero?

– Ah -dijo él, con cansancio-, hay formas, ya sabe… Los mismos canales que se usaban para sacar a los desertores de Rusia en los viejos días.

Esos canales (yo lo sabía) incluían el sistema de correos militares, protegido por la Convención de Viena. Ese método en particular se usó para sacar a varios desertores de detrás de la Cortina de Hierro. Yo me acuerdo de haber oído hablar de uno de ellos, Oleg Gordievsky, legendario en los chismes de la Agencia, que había salido del país en un camión de muebles. No era verdad, pero por lo menos era plausible.

Él siguió hablando.

– Se puede tratar a un avión militar como a una valija diplomática y si es así, ese avión puede salir del país sin revisación aduanera. Y hay camiones sellados, por supuesto. Unos pocos métodos eran de la CIA; nosotros no teníamos acceso a ellos porque nos vigilaban demasiado. Había informantes en todas partes, incluso entre mis secretarias y secretarios personales.

Algo no encajaba.

– Pero, ¿cómo supo Sinclair que podía confiar en usted? ¿Cómo podía saber que usted no era uno de los malos?

– Por lo que yo le ofrecí -dijo Orlov.

– Expliqúese.

– Bueno, él quería limpiar la CIA, creía que estaba podrida de arriba abajo. Y yo le di las pruebas.

37

Orlov miró la puerta como si esperara que apareciera uno de sus guardias. Suspiró.

– A principios de la década del 80, empezamos a desarrollar la tecnología necesaria para interceptar las comunicaciones más sofisticadas entre los cuarteles de la CIA y otras agencias del gobierno. -Suspiró otra vez, después sonrió con suficiencia. Era como si hubiera contado esa historia antes. -El equipo de satélite y microondas del techo de la Embajada Soviética en Washington empezó a recibir gran cantidad de señales. Confirmaron información que ya habíamos recibido de infiltrados en Langley.

– ¿Qué información?

Otra sonrisa de suficiencia. Empecé a preguntarme si ésa no sería simplemente su forma de sonreír, un torcimiento de la boca, los ojos inalterados, preocupados, serios.

– ¿Cuál era la función principal de la CIA desde su fundación hasta… digamos… hasta 1991?

Yo sonreí, un cínico sonriéndole a otro.

– Derrotar al comunismo en el mundo, hacerles la vida imposible a ustedes.

– Correcto. ¿Hubo alguna vez en que la Unión Soviética fuera realmente un peligro para ustedes?

– ¿Por dónde empiezo? ¿Lituania, Letonia, Estonia? ¿Hungría? ¿Berlín? ¿Praga?

– Pero para los Estados Unidos, específicamente.

– Ustedes tenían la bomba, no lo olvidemos.

– Y estábamos tan asustados de usarla, como ustedes. Solamente ustedes la usaron, nosotros nunca. ¿Había alguien en Langley que realmente creyera que Moscú tenía los medios o la voluntad necesarios para conquistar el mundo? ¿Y qué se suponía que hiciéramos con él cuando lo tuviéramos…? ¿Hacerlo caer como hicieron una vez nuestros grandes y estimados líderes soviéticos con el Gran Imperio Ruso?

– Hubo engaños de los dos lados -dije, coincidiendo con él.-Ah… pero ese… ese engaño mantuvo a la CIA trabajando durante años, y horas extra, ¿verdad?

– ¿Adonde quiere llegar?

– A esto -dijo Orlov-, es simple: su gran misión actualmente es derrotar el espionaje entre corporaciones, ¿no es cierto?

– Así me dicen. Es otro mundo ahora.

– Sí. Espionaje corporativo internacional. Los japoneses y los franceses y los alemanes, todos quieren robar valiosos secretos de negocios de las pobres y asediadas corporaciones estadounidenses. Y sólo la CIA puede hacer que el capitalismo de los Estados Unidos esté a salvo. Bueno, a mediados de la década del 80, la kgb era el único servicio de inteligencia del mundo con equipos capaces de monitorear las comunicaciones constantes que venían de los cuarteles de la CIA. Y lo que averiguamos confirmaba las sospechas más oscuras de algunos de los comunistas más acérrimos. A partir de comunicaciones interceptadas entre Langley y los puestos en capitales extranjeras, Langley y la Reserva Federal, etcétera, supimos que hacía años que la CIA había estado poniendo sus formidables habilidades de espionaje en contra de las estructuras económicas de países que parecían aliados, como los japoneses y los franceses y los alemanes. Contra las corporaciones privadas de dichos países. Todo para proteger la seguridad estadounidense.

Hizo una pausa, se volvió para mirarme y yo dije:

– ¿Y? Eso es parte del negocio.

– Y -siguió diciendo Orlov, mientras se acomodaba en su silla y levantaba las dos palmas al mismo tiempo, como si ya se hubiera explicado-, pensamos que habíamos descubierto los contornos de una operación normal de lavado de dinero: usted ya sabe, el dinero fluye desde las cuentas de Langley en la Reserva Federal de Nueva York hacia varias estaciones de la CIA en el mundo. Espera allí a que se lo necesite para pagar operaciones cubiertas a favor de la democracia, ¿sí? De Nueva York a Bruselas, de Nueva York a Zúrich, a Panamá, a San Salvador. Pero no. No era sí. Para nada.

Me miró y volvió a sonreír como siempre, los labios torcidos.

– Cuanto más investigaban nuestros genios financieros… -Notó mi escepticismo y agregó: -Sí, teníamos unos cuantos genios entre tantos tontos. Cuanto más investigaban, tanto más confirmaban la sospecha de que no era una operación de lavado de dinero estándar. El dinero no estaba en canales, no lo estaban canalizando. Lo estaban haciendo. Lo estaban acumulando. Lo sacaban del espionaje de las corporaciones. Y loprobamos con una comunicación tras otra.

"¿La CIA como institución? No. Nuestro hombre dentro de Langley confirmó que eran sólo algunas personas. Privadas. Estas operaciones estaban controladas por una pequeña célula de individuos de la CIA.

– Los "Sabios".

– Un nombre irónico, supongo. Un grupito de funcionarios públicos que se estaba haciendo enormemente rico. Usando la inteligencia obtenían de las operaciones de espionaje los medios para enriquecerse. Y bastante bien.

El hecho es que es bastante común que los hombres de operaciones de la CIA saquen algo de sus presupuestos, sus fondos, siempre mal documentados y fluidos (por razones de secreto: ningún director de la CIA que haya ordenado una operación cubierta en un país del tercer mundo quiere dejar ningún tipo de rastro que pueda investigar luego un comité del senado). Muchos hombres que conocí tenían la costumbre de sustraer -mamar, le decían algunos- diez por ciento de los fondos a los que tenían acceso, para ponerlos en una cuenta numerada en Suiza. Yo nunca lo hice, pero los que lo hacían, lo hacían para darse una seguridad social en el futuro, una protección en caso de que algo saliera mal. Los tipos de contabilidad de Langley suelen borrar estas cuentas como rutina. Saben perfectamente bien adonde fueron.

Se lo dije a Orlov, que sacudió la cabeza lentamente.

– Estamos hablando de vastas sumas de dinero. No de mamar.

– ¿Quiénes eran… son ellos?

– No conseguimos nombres. Estaban demasiado protegidos.

– ¿Y cómo dice usted que amasaron sus fortunas?

– No hace falta comprender profundamente el negocio de la microeconomía, señor Ellison. Los Sabios conocían las conversaciones más privadas y las sesiones de estrategia en los directorios y oficinas de las corporaciones y en los automóviles de Bonn y Frankfurt y París y Londres y Tokio. Y con esa información… Bueno, era fácil hacer inversiones estratégicas en los mercados de valores de todo el mundo, sobre todo Nueva York, Tokio y Londres. Después de todo, si uno sabe en qué anda la Siemens o la Philips o la Mitsubishi, uno sabe qué acción comprar o vender, ¿verdad?

– ¿Entonces no era estafa? -pregunté.

– No. No era estafa. Pero sí manipulación de acciones, violaciones de cientos de leyes estadounidenses y extranjeras. Y los Sabios lo hicieron bien, realmente bien. Las cuentas de Luxemburgo, las de la Gran Caimán, las de Zúrich, florecíany crecían todo el tiempo. Hicieron una fortuna. Cientos de millones de dólares, si no más.