/ / Language: Español / Genre:thriller

Muerte En Hong Kong

John Gardner

James Bond

John Gardner

Muerte En Hong Kong

NO DEALS, MR. BOND

1987

Traducido por Antonia Menini.

A mi querido amigo, Tony Adamus.

1. Halcón Marino

Como muchos de sus compañeros de la Royal Navy, el oficial de navegación, era conocido con el cariñoso apodo de Vasco. Bajo la rojiza luz de la sala de control del submarino, se inclinó ahora hacia el capitán y le rozó el brazo.

– Ya llegamos a la cita, señor.

El capitán de corbeta Alec Stewart asintió.

– Paren las máquinas. Aletas en el centro.

– Máquinas paradas -anunció el oficial de guardia.

– Aletas en el centro -contestó el piloto de mayor antigüedad de los dos que permanecían sentados frente a las palancas de mando de las aletas que controlaban la profundidad del submarino.

– ¿Sonar? -preguntó el capitán en voz baja.

– Actividad distante alrededor de la isla de Bornholm, tráfico habitual que entra y sale de Rostock, dos objetivos que parecen pequeñas patrulleras lejanas, costa arriba a unas cincuenta millas, marcación cero-dos-cero. Ninguna señal de submarino.

El capitán de corbeta Alec Stewart arqueó una ceja. No era un hombre feliz. Por una parte, no le gustaba comandar su submarino nuclear Trafalgar Class en aguas prohibidas. Por otra, no le gustaban los «tipejos».

Sabía que les llamaban «tipejos» sólo porque había leído esa expresión en una novela. Él los hubiera llamado «fantasmas» o tal vez simplemente espías. Sea como fuere, no le hacía la menor gracia tenerlos a bordo, aunque el jefe ostentara un grado de la Armada. Durante las maniobras navales, Stewart había llevado a cabo simulacros de operaciones encubiertas, pero hacerlas de verdad en tiempo de paz le pegaba tres patadas en el vientre.

Cuando los «tipejos» subieron a bordo, le pareció que el grado naval era una simple tapadera, pero, pasadas unas horas, descubrió que Halcón Marino -que así llamaban al jefe- estaba muy familiarizado con los asuntos del mar, al igual que sus dos compañeros.

Pese a ello, el asunto contenía demasiados ingredientes de capa y espada para su gusto. Además, no le iba a ser nada fácil. Las órdenes, bajo el encabezamiento de Operación Halcón Marino, eran escuetas, pero muy explícitas:

Prestará usted a Halcón Marino y a sus compañeros todo el apoyo de que precisen. Navegará en silencio y sumergido a la máxima velocidad posible hasta la siguiente cita.

Se facilitaban a continuación unas coordenadas que, tras un rápido vistazo a las cartas, confirmaron los peores temores de Stewart. Era un punto situado a unas cincuenta millas a lo largo de la pequeña franja costera de la Alemania Oriental, emparedado entre la República Federal de Alemania y Polonia, a unas cinco millas de la costa.

En el punto de cita permanecerá usted preparado y sumergido bajo las órdenes directas de Halcón Marino. Bajo ningún pretexto dará usted a conocer su presencia a ningún otro buque1 sobre todo de las unidades navales de la República Democrática Alemana o la Unión Soviética que operen en los puertos cercanos. Al llegar a la cita, es probable que Halcón Marino desee abandonar el barco junto con los dos oficiales que le acompañan. En este caso, utilizarán la lancha inflable que han traído consigo y, tras su partida, se sumergirá usted a profundidad de periscopio y aguardará su regreso. Si la misión de Halcón Marino alcanza el éxito, éste regresará probablemente acompañado de otras dos personas. Les ofrecerá usted las máximas comodidades y regresará a la base según las instrucciones arriba apuntadas. Nota: esta operación está protegida por la Ley de Secretos Oficiales. Ordenará usted a todos los miembros de su tripulación que no comenten la operación ni entre sí ni a otras personas. Un equipo del Almirantazgo le interrogará personalmente a su regreso.

«¡Maldito Halcón Marino!», pensó Stewart. ¡Y maldita operación! No era fácil llegar, sin ser detectado, al destino del buque: bajo el mar del Norte, subiendo por el Skagerrak, bajando por el Kattegat, bordeando las costas danesa y sueca, surcando canales angostos -ejercicio naval muy peliagudo de por sí- hasta salir al Báltico. Las cincuenta y tantas millas finales les llevarían directamente a aguas jurisdiccionales de la Alemania del Este, llenas a rebosar de buques del Bloque Oriental, por no hablar de los submarinos rusos de las bases de Rostock y Stratsund.

– Profundidad de periscopio -musitó Stewart, consciente de la silenciosa atmósfera que reinaba a su alrededor.

Los pilotos elevaron lentamente el submarino desde su profundidad de 80 metros por debajo de la superficie.

– Profundidad de periscopio, señor.

– Elevación de periscopio.

El sólido tubo de metal se deslizó hacia arriba y Stewart empujó las manijas hacia abajo. Pulsó el mando de la visión nocturna y efectuó un circuito completo. Sólo pudo ver la costa, desierta y llana. Nada más. Ni luces ni barcos. Ni siquiera una embarcación de pesca.

– Descenso de periscopio.

Empujó las manijas hacia arriba, se dirigió al tablero de la radio y tomó el micrófono de transmisión interna. Lo conectó con el pulgar y dijo en voz baja:

– Halcón Marino a la sala de control, por favor.

Arriba, en la proa, rodeado por un equipo de alta seguridad situado precisamente detrás de unos tubos de torpedo, en el único espacio disponible, Halcón Marino y sus dos compañeros permanecían tendidos en unas literas improvisadas, un metro y medio por encima de la cubierta. Ya llevaban puestos los trajes de inmersión con fundas de pistolas impermeables sujetas a los cinturones. La voluminosa lancha inflable ya estaba lista.

Al oír la orden del capitán, Halcón Marino apoyó los pies en la cubierta metálica y se dirigió pausadamente a la sala de control, situada a popa del buque.

Sólo los pertenecientes al cerrado círculo de la comunidad del espionaje internacional hubieran reconocido en Halcón Marino al comandante James Bond. Sus compañeros eran miembros de la Flotilla Especial de Lanchas -abreviada como FEL-, conocidos por su discreción y utilizados a menudo por el Servicio de Bond. Stewart levantó los ojos cuando Bond agachó la cabeza para entrar en la sala de control.

– Le hemos llevado hasta aquí a la hora prevista. Sus modales no mostraban ninguna deferencia especial, sino sólo mera cortesía.

– Bien -asintió Bond-. En realidad, llevamos aproximadamente una hora de adelanto, lo cual nos da un poco más de margen -estudió el Rolex de acero inoxidable que llevaba en la muñeca izquierda-. ¿Podremos salir dentro de veinte minutos?

– No faltaba más. ¿Cuánto tardarán?

– Supongo que emergerá usted sólo parcialmente, por lo que nos bastará el tiempo suficiente para inflar la lancha y alejarnos de la succión de sumersión. ¿Diez, quince minutos le parece?

– ¿Y utilizaremos las señales de radio sólo en los casos previstos?

– Tres «bravos» por parte suya para indicar peligro. Dos «deltas» por la nuestra cuando queramos que emerja de nuevo a la superficie y nos reciba a bordo. Utilizaremos la escotilla de salida de proa según lo acordado. No habrá ningún problema, ¿verdad?

– Estará un poco resbaladiza, sobre todo, a la vuelta. Tendré a punto a un par de marineros para que les ayuden.

– Y una cuerda. A ser posible, también una escala. Que yo sepa, nuestros huéspedes no poseen ninguna experiencia en subir a bordo de submarinos, de noche.

– Cuando usted quiera.

Los «huéspedes» que le iban a endilgar molestaban a Stewart más que ninguna otra cosa.

– Muy bien, pues, vamos allá.

Bond regresó junto a los oficiales de la Flotilla Especial de Lanchas, el capitán Dave Andrews y el alférez de navío Joe Preedy, ambos pertenecientes al cuerpo de la Armada. Juntos repasaron rápidamente las instrucciones, repitiendo cada uno de ellos su papel en el plan de contingencia en el caso de que algo fallara. Arrastraron la lancha inflable, las hélices y el pequeño y ligero motor hasta la escala metálica que conducía a la escotilla de proa y, desde allí, a la cubierta y al frío del Báltico. Dos marineros vestidos con trajes impermeables los aguardaban al pie de la escala, uno de ellos preparado para subir en cuanto recibiera la orden.

En la sala de control, el capitán de corbeta Stewart, volvió a echar un rápido vistazo a través del periscopio y, mientras éste bajaba, ordenó emerger hasta la cubierta, y «luz negra». En cuanto se cumplió la segunda orden, el interior del barco quedó completamente a oscuras, exceptuando el resplandor de los instrumentos de la sala de control y el ocasional destello de alguna linterna roja protegida por una pantalla. Una de ellas la llevaba el marinero que aguardaba al pie de la escala. Éste subió a toda prisa en cuanto oyó anunciar en voz baja a través de los altavoces:

– ¡Cubierta en superficie!

El marinero abrió la escotilla de proa. Un aire glacial penetró a través del pequeño círculo de arriba. Joe Preedy subió el primero por la escala, ayudado por el débil resplandor rojizo de la linterna del marinero. A medio subir, Dave Andrews tomó un extremo de la lancha inflable, se lo pasó Bond, la izó hasta Preedy y, junto con éste, levantó la pesada lancha hasta la cubierta. Bond les siguió y el marinero le pasó las hélices y el ligero motor, el cual formaba parte del equipo secreto de la Flotilla Especial de Lanchas. Fácil de manejar y provisto de unas pequeñas palas de hélice, el motor IPI puede funcionar con gran eficacia y en un silencio casi absoluto, utilizando el combustible de un depósito de cierre automático acoplado a la parte trasera de la lancha.

Por último, Bond le pasó el tubo del aire a Preedy y, cuando alcanzó la resbaladiza cubierta metálica, la lancha inflable ya se había convertido en una alargada embarcación, provista de asientos bajos como los de los vehículos deportivos y unos asideros para las manos.

Bond comprobó que el transceptor estuviera firmemente sujeto a su traje impermeable y permaneció de pie en cubierta, mientras los dos hombres de la FEL lanzaban la embarcación al agua. El marinero Sostuvo un cabo desde la redondeada proa hasta que las hélices y el IPI fueron trasladados a la lancha. Después, Bond se deslizó desde la cubierta del submarino a la popa de la lancha. El marinero soltó el cabo y la lancha se alejó del submarino.

Bond efectuó una rápida lectura de la brújula luminosa que llevaba colgada del cuello, les indicó los datos a los hombres de la FEL, dejó la brújula en una cavidad de plástico de la lancha y, utilizando su paleta a modo de timón, dio la orden de avanzar. Remaron con anchas paladas regulares y consiguieron alcanzar una considerable velocidad en medio de las negras aguas. Al cabo de dos minutos, Bond comprobó el rumbo y, en aquel momento, oyó el silbido del agua provocado por la inmersión del submarino. A su alrededor, la noche se mezclaba con el mar y tardaron casi media hora en distinguir la costa de la Alemania del Este, tras remar sin descanso y controlar constantemente el rumbo. Tardarían un buen rato en llegar a la orilla. En caso de que todo fuera bien, podrían utilizar el motor para regresar a toda prisa al submarino.

Pasada más de una hora, alcanzaron la costa y se dirigieron a la pequeña ensenada, cuya blanca arena destacaba en medio de la oscuridad circundante. Penetraron en ella ojo avizor porque su situación era sumamente vulnerable. En la popa, Andrews levantó la linterna sin la pantalla y efectuó dos rápidas señales de Morse hacia la estrecha franja de arena. Inmediatamente recibieron una respuesta consistente en cuatro largas señales luminosas.

– Aquí están -murmuró Bond.

– Así lo espero -masculló Preedy.

Cuando la embarcación ya estaba a punto de alcanzar la orilla, Andrews saltó al agua y tomó el cabo de proa para guiar la lancha. Dos figuras se acercaron corriendo a la orilla.

– Meine Ruh' ist hin -Bond se sintió un poco ridículo, citando a Goethe, un poeta del que apenas sabía nada, en mitad de la noche y en una desierta playa de la Alemania del Este-. He perdido la paz.

– Mein Herz ist schwer -contestó una de las figuras de la orilla, completando la rima-. Mi corazón está triste.

Los tres hombres ayudaron a la pareja a subir a bordo y la acomodaron rápidamente en el centro de la lancha. Andrews haló el cabo de proa para invertir la lancha, mientras Bond marcaba el rumbo en el compás. Al cabo de unos segundos, se alejaron remando. Treinta minutos más tarde, pondrían en marcha el motor y emitirían la primera señal para el submarino que aguardaba.

En la sala de control, el operador del sonar había seguido su avance por medio de un dispositivo de señales de corta distancia instalado en la lancha. Al mismo tiempo, controlaba la zona circundante mientras su compañero hacía lo propio a una escala más vasta.

– Parece que ya vuelven, señor -dijo el operador de sonar de mayor antigüedad.

– Cuando pongan el motor en marcha, hágamelo saber.

Stewart parecía nervioso. No tenía ni idea de lo que se llevaban entre manos los tipejos y la verdad es que tampoco deseaba saberlo. Sólo esperaba la vuelta de sus pasajeros sanos y salvos en compañía de quienquiera que llevaran consigo, y un regreso a la base sin el menor contratiempo.

– Sí, señor. Creo que… Oh, Dios mío… -el operador del Sonar se detuvo en seco en cuanto oyó la señal a través de los auriculares y vio la señal visual en la pantalla-. Tienen compañía. Marcación cero siete cuatro. Viene desde detrás del promontorio situado a estribor. Una embarcación rápida y ligera. Me parece que es un Pchela.

Stewart soltó una maldición, cosa que hacía muy de tarde en tarde en presencia de la tripulación. Un Pchela era un aerodeslizador de fabricación rusa. Aunque ya eran muy anticuadas y llevaban dos ametralladoras de 13 milímetros y un viejo radar de reconocimiento tipo Pot Drum, aquellas embarcaciones eran extraordinariamente rápidas tanto en los bajíos como en mar picada.

– Es un Pchela, señor, y se está acercando a ellos rápidamente -dijo el operador del sonar.

En la lancha inflable, oyeron el rugido de los motores de la patrullera en cuanto abandonaron la orilla y se alejaron remando.

– ¿Utilizamos el motor y vamos por él? -le preguntó Dave Andrews a Bond.

– No lo conseguiremos.

Bond sabía lo que hubieran tenido que hacer y no le gustaban las consecuencias que de ello hubieran podido derivarse.

– Deja que se sitúe al lado y prepárate para el choque -dijo Andrews, ahorrándole la molestia de tomar una decisión-. No me esperes. ¡Regresaré por mi cuenta a tierra siempre y cuando no me alcance la mina magnética!

Andrews saltó rápidamente y desapareció en el agua.

Bond sabía que Andrews llevaba dos pequeñas cargas magnéticas que, convenientemente colocadas, abrirían unos boquetes en los depósitos de combustible del aerodeslizador. También sabía que, probablemente, harían saltar en pedazos al hombre de la FEL.

En aquel instante, la luz de un reflector les alcanzó de lleno mientras la patrullera aminoraba la velocidad, hundiéndose en el agua desde las hojas acopladas a la parte inferior del casco para posar la proa sobre la superficie. Se escuchó una orden en alemán a través del megáfono.

– ¡Alto! ¡Alto! Vamos a subir a bordo para que nos indiquen el asunto que les trae. Es una orden militar. Si no se detienen, abriremos fuego. ¡Arriba las manos!

– Levanta las manos -le dijo Bond a Preedy-. Muéstrales que no vas armado y haz lo que te digan. Habrá una explosión. Cuando eso ocurra, agacha la cabeza, colócala entre las rodillas…

– Y despídete de tu trasero -murmuró Preedy.

– …y cúbrela con los brazos.

La patrullera ya tenía el casco sumergido en el agua y, con los motores parados, se iba acercando a la lancha con el reflector encendido. La distancia entre ambas embarcaciones era de unos cincuenta metros cuando la proa de la patrullera desapareció en medio de una cegadora llamarada blanca que inmediatamente se tomó carmesí. Un segundo después, se oyó una explosión seguida de un rugido más sordo.

Bond levantó la cabeza y vio que Andrews había colocado las minas a la perfección. Era de esperar que así fuera, pensó. Un buen oficial de la FEL conoce con toda exactitud la mejor posición para obtener el máximo efecto en todas las embarcaciones del bloque del Este, y Andrews había realizado su tarea impecablemente. La embarcación ardía por los cuatro costados y se podían ver con claridad la proa y las hojas sobresaliendo en el agua. En menos de un minuto, la patrullera se hundió.

La onda explosiva inclinó la lancha de costado y le hizo perder el control sobre el agua. Bond extendió una mano hacia el motor. Lo levantó por encima de la popa, lo colocó en posición en el agua y pulsó el botón de encendido. El pequeño IPI se puso en marcha y las palas de las hélices empezaron a girar. Por medio de una manija, Bond podía gobernar la embarcación y controlar al mismo tiempo su velocidad.

Bond estaba preocupado por la vulnerabilidad de su situación, puesto que toda la zona aparecía iluminada por las llamas de la patrullera. Las preguntas se agolpaban en su mente: ¿habría alertado la patrullera a otras embarcaciones de aquella franja costera tan severamente vigilada? ¿Habrían detectado la lancha a través de un sistema de radar de tierra o de embarcación rápida? ¿Habría conseguido Dave Andrews escapar tras colocar las minas magnéticas? Dudaba mucho de ello. ¿Se habría sumergido el submarino para evitar ser detectado? Cabía esta posibilidad, ya que un submarino nuclear era más valioso para su capitán que una Operación Halcón Marino. Bond pensó en todas estas cosas, mientras Preedy se encargaba de la navegación, utilizando su propio compás.

– Dos puntos a estribor. Un punto a babor. No. Babor. Sigue virando a babor. En el centro del barco. Ya vale…

Bond pugnaba por controlar el avance de la lancha, sosteniendo el motor con la mano en el agua dado que éste parecía estar a punto de desprenderse. Necesitó toda su fuerza para conseguir que la pequeña embarcación no torciera el rumbo, pidiéndole constantemente a Preedy que virara a babor y luego a estribor en medio de unas intensas sacudidas. El agua y el viento le azotaban el rostro; a la mortecina luz de la patrullera, contempló a sus dos pasajeros protegidos con anoraks y gorros de lana. La posición de sus hombros denotaba bien a las claras el terror que sentían. Después, con la misma rapidez con que antes se iluminaron las aguas, la oscuridad volvió a caer sobre ellas.

– Media milla. ¡Apaga el motor! -gritó Preedy desde la popa.

Ahora lo sabrían. De un momento a otro, descubrirían si su buque nodriza les había abandonado o no.

Tras haber visto la destrucción del aerodeslizador a través del radar, Stewart se preguntó si Halcón Marino y sus compañeros habrían perecido en la explosión. Les concedería cuatro minutos. En caso de que el sonar no les detectara entonces, tendría que sumergirse y disponerse a abandonar en silencio las aguas prohibidas. Al cabo de tres minutos y veinte segundos, el operador del sonar indicó que los había detectado.

– Están regresando, señor. Van muy rápido y utilizan su propio motor.

– Preparados para emerger al mínimo. Recuperación de un grupo por la escotilla de proa.

Se acusó recibo de la orden.

– Media milla, señor -anunció el operador del sonar.

Stewart se sorprendió de haber sido tan estúpido. Todos sus instintos le dijeron que se largara antes de que les detectaran. Maldito Halcón Marino, pensó. ¿Halcón Marino? Qué idiotez. ¿No era ese el titulo de una antigua película de Errol Flynn [1]?

El operador de radio recibió a través de los auriculares dos D en código Morse, transmitidos por Bond desde la lancha casi parada.

– Dos Deltas, señor.

– Dos Deltas -replicó Stewart con escaso entusiasmo-. Cubierta en superficie. Luz negra. Recuperación de grupo en la escotilla de proa.

El grupo de Halcón Marino fue izado a bordo y sus componentes bajaron por la escalera. Preedy lo hizo en último lugar, porque, primero, desgarró los costados de la lancha y le aplicó una carga explosiva que la destruiría bajo el agua sin dejar el menor rastro. Stewart dio la orden de inmersión y cambio de rumbo. Sólo entonces se dirigió a proa para hablar con el grupo de Halcón Marino.

Arqueó las cejas al ver que faltaba uno. No tuvo que preguntar nada.

– No volverá -dijo Bond.

Después, el capitán de corbeta Stewart vio a los dos nuevos miembros del equipo de Halcón Marino. ¡Mujeres! Traía mala suerte tener mujeres a bordo. Los capitanes de submarinos son muy supersticiosos.

2. Halcón Marino Más Cinco

Era primavera, la mejor época del año, y Londres estaba muy seductor con sus doradas alfombras de azafrán en los parques, las mujeres libres de sus pesadas ropas de invierno y la promesa del verano a la vuelta de la esquina. James Bond se sentía en paz con el mundo cuando, enfundado en su bata de rizo, terminó su desayuno ingiriendo una segunda taza de café, saboreando el singular aroma de los granos recién molidos de De Bry. El sol iluminaba el pequeño comedor de su apartamento y May tarareaba una melodía para sus adentros sobre el inevitable trasfondo del ruido de la cocina.

Bond trabajaba en el último turno del Cuartel General del Servicio y, por consiguiente, tenía todo el día libre. Pese a ello, cuando se le encomendaba alguna misión especial, estaba obligado a repasar toda la prensa nacional y los más importantes diarios provinciales. Ya había marcado tres pequeñas noticias que publicaban aquella mañana el Mail, el Rxpress y el Times: una de ellas, relativa a la detención de un hombre de negocios británico en Madrid; otra de tres líneas en el Times, sobre un incidente que había tenido lugar en el Mediterráneo; y una tercera, en un artículo del Express en el que se decía que el Servicio Secreto de Espionaje se hallaba enzarzado en una disputa territorial con su organización hermana el MI-5.

– ¿Aún no ha terminado, míster James? -preguntó May en tono acusador, irrumpiendo repentinamente en la estancia.

Bond la miró sonriendo. Le encantaba acosarle de habitación en habitación siempre que tenía una mañana libre.

– Ya puedes quitar la mesa, May. Me queda sólo media taza de café por terminarme. Lo demás, te lo puedes llevar.

– Usted y sus periódicos -exclamó despectivamente el ama de llaves, señalando con una mano los periódicos diseminados sobre la mesa-. No llevan ni una sola noticia buena últimamente.

– Pues, no sé…

– Es terrible, ¿no cree? -dijo May, golpeando con el puño un periódico sensacionalista.

– ¿A qué te refieres en concreto?

– Pues, a lo de esta pobre chica. Lo llevan todos en primera plana y ya lo ha comentado esta mañana el jefe de la policía en la televisión. Debe de ser otro Jack el Destripador.

– ¡Ah, ya!

Bond apenas había leído las primeras planas donde se daba cuenta de un espeluznante asesinato que, según los periódicos, guardaba relación con otro que había tenido lugar a principios de semana. Ahora echó distraídamente un vistazo a los titulares.

CUERPO CON LA LENGUA ARRANCADA EN UNA LEÑERA.

SEGUNDA MUCHACHA MUTILADA.

HAY QUE APRESAR A ESTE SÁDICO ANTES DE QUE VUELVA A ATACAR.

Tomó el Telegraph donde la noticia ocupaba el segundo lugar detrás de otra más importante.

El cuerpo de la Programadora de ordenadores Bridget Hammond, de veintisiete años, fue descubierto por un jardinero ayer a última hora de la tarde en una leñera abandonada próxima a su domicilio en Norwich. Miss Hammond llevaba veinticuatro horas sin aparecer. Una compañera de trabajo de la Rightline Computers la llamó a su apartamento de Thorpe Road, extrañada de que no acudiera al trabajo aquella mañana.

La policía señaló que se trataba de un claro caso de asesinato. La garganta aparecía cortada y había «ciertas similitudes» con el asesinato de la semana pasada de Millicent Zampek, en Cambridge. El cuerpo de la señorita Zampek fue descubierto mutilado en el Backs, en la parte de atrás del King's College. El examen reveló que le habían cortado la lengua.

Un portavoz de la policía declaró: «Es casi con toda seguridad la obra de una sola persona. Es posible que un maníaco ande suelto por las calles.»

Algo más que eso, pensó Bond, apartando el periódico a un lado. Ultimamente, los asesinatos de pervertidos sexuales estaban a la orden del día y la velocidad de los modernos medios de comunicación los acercaban cada vez más al público.

Cuando sonó repentinamente el teléfono, Bond experimentó una extraña premonición, una especie de hormigueo en la nuca y un vacío en la boca del estómago, como si supiera que le iban a encomendar algo sumamente desagradable, pero todavía inexistente, tal como decían en el Servicio.

Era la siempre fiel miss Moneypenny, utilizando la sencilla clave que ambos dominaban desde hacía tantos años.

– ¿Puedes almorzar? -fue lo único que ella le preguntó cuando Bond le recitó su número.

– ¿Trabajo?

– Más bien sí. En su club. 12.45. Importante.

– Allí estaré.

Bond colgó el teléfono. «M» no solía invitarle a almorzar al Blades, lo cual no presagiaba nada bueno.

Conociendo la obsesión de su jefe por la puntualidad, a las 12.40 en punto, Bond pagó la carrera del taxi en Park Lane, tomando la habitual precaución de bajar a pie por Park Street donde se halla ubicado este lujoso club masculino con su fachada estilo Adam algo apartada de la calle.

El Blades es un singular retoño del célebre Savoir Vivre, el cual había cerrado las puertas poco después de su fundación en 1774. Su sucesor, el Blades, se inauguró en el mismo local en 1776 y es uno de los pocos clubes masculinos que han conservado su categoría y su prestigio hasta nuestros días. Sus ingresos proceden casi exclusivamente de las altas apuestas que se cruzan en las mesas de juego y la comida sigue siendo excepcional. Entre sus socios figuran algunos de los más poderosos personajes del país, los cuales han tenido la astucia de convencer a sus acaudalados socios comerciales de visita en el país -árabes, japoneses y norteamericanos- de que utilicen sus instalaciones como invitados. Miles de libras cambian de manos cada noche en las partidas de cartas o de backgammon.

Bond entró por la puerta giratoria y se dirigió a la garita del Conserje. Brevett sabía que Bond era un invitado muy ocasional del club, y como tal le saludó. Bond no pudo evitar pensar en el padre de aquel hombre, que era el conserje del club cuando la memorable partida de cartas en cuyo transcurso 007 desenmascaró a sir Hugo Drax como fullero, a instancias de «M» [2]. Los hombres de la familia Brevett eran Conserjes del Blades desde hacía más de cien años.

– El almirante ya le espera en el comedor, señor. Brevett le hizo discretamente una seña a un joven botones, el cual acompañó a Bond por la amplia escalinata hasta el soberbio comedor blanco y oro, estilo Regencia. «M» estaba sentado solo en el rincón de la izquierda, lejos de las ventanas y de las puertas y de espaldas a la pared para poder ver con toda claridad a quienquiera que entrara o saliera del salón. Cuando Bond llegó a la mesa, le saludó con una leve inclinación de cabeza y consultó su reloj.

– Justo a tiempo, James. Buen chico. Ya conoce las normas. ¿Qué le apetece… teniendo en cuenta que no disponemos de todo el día?

Bond pidió lenguado a la parrilla con una buena ensalada, y solicitó que le llevaran los ingredientes del aliño aparte para poderla preparar él mismo. «M» asintió con un gesto de aprobación. Conocía las preferencias y las aversiones, de sus agentes tanto como las suyas propias y sabia muy bien conseguir que le hicieran a uno un aliño a su entera satisfacción.

Les sirvieron la comida y «M» esperó en silencio mientras Bond molía cuidadosamente una cucharadita de pimienta en un cuenco destinado a este propósito, añadiendo después una cantidad similar de azúcar y sal y dos cucharaditas y media de mostaza en polvo, para mezclarlo todo con un tenedor antes de completarlo con tres cucharadas soperas de aceite y una de vinagre de vino blanco vertida con mucha mesura. Bond añadió finalmente unas gotas de agua, removió la mezcla y la vertió sobre la ensalada.

– Seria usted un marido estupendo, cero cero siete -los claros ojos grises no pidieron disculpas por mencionar el tema del matrimonio, cosa que todos los que conocían a Bond evitaban hacer desde la prematura muerte de su prometida a manos de SPECTRE [3].

Bond no prestó atención a la falta de tacto de su jefe y empezó a cortar el pescado con la habilidad de un cirujano.

– ¿Y bien, señor? -preguntó en voz baja.

– Hay tiempo, pero no el suficiente -contestó «M» con frialdad-. Palabras de nuestro difunto y laureado poeta, aunque apuesto a que usted no sabría distinguir entre Betjeman y Larkin, ¿eh?

– Sin embargo, conozco algunas poesías muy atrevidas, señor: El alegre calderero, El viejo monje famoso; incluso podría recitarle un sinfín de refranes picarescos.

«M» mascó su lenguado con patatas tempranas. Mientras tragaba el bocado, miró a Bond con sus gélidos ojos grises.

– Pues, entonces, recíteme algo sobre Halcón Marino, James. ¿Recuerda a Halcón Marino?

Bond asintió. Lo recordaba claramente, a pesar de los cinco años transcurridos. Dave Andrews había muerto en el transcurso de la misión Halcón Marino, y Bond jamás podría olvidar los días y las noches pasados en el submarino, tratando de calmar y consolar a las dos muchachas.

– ¿Y si le dijera la verdad sobre Halcón Marino? -preguntó «M».

– Hágalo, siempre y cuando ello sea necesario, señor.

El Servicio siempre actuaba sobre la base de los conocimientos estrictamente necesarios, por cuyo motivo lo único que supo Bond sobre Halcón Marino era que tenía que rescatar a dos agentes. Recordó que Bill Tanner, el jefe de Estado Mayor de «M», le comentó que las dos personas que debería rescatar tenían que largarse a toda prisa para salvar el pellejo.

– Eran tan jóvenes -musitó casi para sus adentros.

– ¿Cómo? -dijo inmediatamente «M».

– Decía que las chicas que rescatamos eran muy jóvenes.

– No fueron las únicas -dijo «M», apartando el rostro-. Los salvamos a todos en cuestión de siete días. Cuatro chicas, un chico y sus padres; vaya silo hicimos. Ahora dos de las chicas han muerto, James. Lo habrá leído probablemente esta mañana en la prensa. Les habíamos facilitado otros nombres y otros antecedentes. Eran inidentificables. Y, sin embargo, alguien ha conseguido descubrir a dos de ellas, por lo menos. Y han sido brutalmente asesinadas, y les han arrancado las lenguas. ¿Ha leído usted lo del sádico que anda suelto por las calles?

Bond asintió.

– ¿Quiere usted decir que…?

– Quiero decir que estas jóvenes habían recibido una nueva identidad tras prestarnos un inmejorable servicio, y hay todavía otras tres, esperando al verdugo que corta lenguas.

– ¿Será un escuadrón del KGB que quiere transmitirnos algún mensaje?

– En efecto, con cada una de estas muertes. Están cortando el Pastel de Crema, James, y quiero acabar con esto… inmediatamente.

– ¿Pastel de Crema?

– Termínese el almuerzo y daremos un paseo por el parque. Lo que tengo que decirle es demasiado delicado, incluso para estas paredes. Pastel de Crema era una de nuestras operaciones más eficaces en muchos años. Supongo que eso había que pagarlo. Dicen que la venganza es un plato que se saborea mejor frío. Y me imagino que, con cinco años, ya se habrá enfriado lo bastante.

«M» no miró a Bond mientras ambos paseaban por Regent's Park como dos hombres de negocios que regresaran a regañadientes a sus despachos.

– Pastel de Crema era una operación para recuperar a los nuestros. ¿Sabe lo que es una Emilia?

– Por supuesto. El término es un poco anticuado, pero sé lo que significa.

Bond llevaba años sin oírlo. Era el nombre que utilizaba el Servicio Secreto norteamericano para designar a los objetivos especiales del KGB. Las Emilias solían encontrarse sobre todo en la Alemania Federal. Eran, por regla general, muchachas que llevaban vidas anodinas y que probablemente no se casarían jamás. La falta de idilios en sus vidas era a menudo el resultado de tener que cuidar a un anciano progenitor y no disponer de tiempo para otras cosas.

Se pasaban todo el día trabajando y, después, tenían que atender en casa a una madre o un padre achacoso. Pero todas las Emilias tenían una cosa en común. Solían trabajar en algún departamento gubernamental, generalmente en Bonn, como secretarias dentro del BfV. El Bundesamt für Verfassungersschutz era el equivalente germano-occidental del MI-5, pero dependía del Ministerio del Interior o BND (Budesnachrichtendienst). Este organismo, que recogía información de espionaje, trabaja en estrecha colaboración con el S1S británico, la CIA norteamericana y el Mossad israelí.

El KGB había utilizado a numerosas mujeres tipo Emilia a lo largo de los años. Un hombre aparecía súbitamente en la vida de una Emilia y toda la monotonía de su existencia se esfumaba como por ensalmo. La muchacha recibía regalos y era invitada a lujosos restaurantes, al teatro y a la ópera. Y, por encima de todo, se sentía atractiva y deseada. Luego, ocurría algo increíble: se acostaba con el hombre. Puesto que estaba enamorada, el resto le daba igual, incluso los pequeños favores que le pedía su amante, como, por ejemplo, sacar a escondidas algunos documentos del despacho o copiar algunos detalles de un expediente. Sin saber cómo, la Emilia se metía tan de lleno en el asunto que, cuando algo fallaba, tenía que huir al Este con su amante. Una vez iniciada su nueva vida en la República Democrática Alemana o incluso en Rusia, el amante desaparecía.

Bond reflexionó un instante. Las Emilias no estaban pasadas de moda porque se habían producido recientemente varias deserciones que entraban dentro de aquella categoría. Y, por otra parte, las Emilias no pertenecían exclusivamente al sexo femenino.

– Decidimos utilizar la táctica de las Emilias a la inversa -dijo «M», adivinando los pensamientos de Bond-. Pero nuestros objetivos eran peces muy gordos, altos funcionarios de la HVA. Fueron ellos los que pusieron en marcha el sistema de las Emilias e incluso adiestraron a los agentes seductores.

Bond asintió en silencio. «M» se refería a la Hauptverwaltunng Aufklärung , o Jefatura Superior de Inteligencia, el organismo más eficaz del bloque del Este, junto con el KGB.

– Los objetivos eran altos funcionarios de la HVA y funcionarios agregados del KGB, incluida una mujer. Teníamos varios agentes en reserva, pero llevábamos tanto tiempo sin utilizarlos que ya estaban inservibles. Eran matrimonios que, en nuestra opinión, hubieran podido ser muy eficaces. Al final, utilizamos a sus hijos. Elegimos a cinco familias a causa de sus hijos. Eran todos muy bien parecidos, rondaban los veinte anos y eran plenamente conscientes de sus actos, usted ya me entiende -«M» parecía turbado, tal como solía ocurrirle siempre que hablaba de «operaciones almibaradas», como las llamaban en el sector-. Les tanteamos y nos dimos por satisfechos. Les sometimos a un adiestramiento básico. Incluso nos llevamos a dos de ellos a Occidente durante cierto tiempo -«M» hizo una pausa cuando se cruzaron con un grupo de niñeras que chismorreaban sobre sus amos mientras empujaban los cochecitos infantiles-. Tardamos un año en organizar el Pastel de Crema. Tuvimos mucho éxito, con un poco de ayuda de terceros. Le echamos el anzuelo a una mujer de la vieja escuela del KGB y nos hicimos con dos altos funcionarios de la HVA. Pero, quedaba un pez muy gordo que aún podía ser peligroso. Luego, todo se vino abajo sin previa advertencia. Ya conoce usted el resto. Les llevamos a casa, les dimos una calurosa palmada en la espalda y les proporcionamos vivienda, adiestramiento y profesión. Obtuvimos grandes beneficios, cero cero siete. Hasta la semana pasada en que una de las muchachas fue asesinada…

– No será una que yo…

– No. Pero eso nos puso sobre aviso. No podíamos estar seguros, claro, Y tampoco podíamos informar a la policía. Todavía no podemos hacerlo. Ahora se han cargado a la segunda, esta Hammond de Norwich -«M» exhaló un hondo suspiro-. Eso de arrancarles la lengua es una clara señal. Podría ser el KGB, pero también la HVA o incluso el GRU, el espionaje militar soviético. Pero aún tenemos allí a dos chicas y a un muchacho muy simpáticos. Hay que sacarles, cero cero siete. Llevarles a un lugar seguro y mantenerles bajo protección hasta que hayamos liquidado al escuadrón de castigo.

– ¿Y soy yo quien les va a sacar?

– Pues, en cierto modo, sí.

Bond conocía muy bien aquel áspero tono de voz.

– El caso es que la operación no va a ser nada fácil -añadió «M», apartando el rostro.

– Nada es fácil -dijo Bond, tratando de darse ánimos con sus propias palabras.

– Será muy duro, cero cero siete. Sabemos dónde están las dos chicas…, precisamente las que usted rescató. El caso del joven es un poco más peliagudo. La última vez que supimos de él, estaba en las islas Canarias -«M» lanzó un suspiro de desaliento-. Por cierto, una de las chicas está en Dublín.

– Entonces, ¿podré sacar a las chicas con rapidez?

– De usted depende, James -«M» no llamaba casi nunca a Bond por su nombre de pila. Aquel día ya lo había hecho tres veces-. No puedo sancionar ninguna operación de salvamento. No puedo darle ninguna orden.

– Ya.

– En caso de que algo falle, tendremos que negarle…, incluso ante nuestra propia policía. Tras el fracaso de Pastel de Crema, los cancerberos del Foreign Office dieron instrucciones muy precisas. Los participantes deberían ser sacados con toda limpieza, ser sometidos a una operación de cirugía plástica Y abandonados a su suerte. No tendríamos que establecer ningún contacto ulterior con ellos. En caso de que yo solicitara la protección de los poderes de la nación para estas personas y utilizara después a una de ellas como cebo para liquidar al escuadrón de castigo, la respuesta sería tan dura como…

– Déjeles que se coman el Pastel de Crema -dijo Bond en tono lúgubre.

– Exactamente. Que se mueran y en paz. Ningún compromiso. Ninguna comunicación.

– En tal caso, ¿qué desea usted que haga, señor?

– Lo que ya le he dicho. Le facilitaré nombres y direcciones. Le podré indicar la dirección, le permitiré revisar los archivos, incluso los informes de asesinatos, que, como es lógico, he…, hum…, adquirido. Eso le llevará el resto de la tarde. Le podré dar un permiso de dos semanas. En caso contrario, seguirá usted con sus deberes normales. ¿Entendido?

– Facilíteme una indicación -dijo Bond con voz agria-. Facilíteme una indicación y déme un permiso. Los sacaré a todos…

– Esa información no puede ser oficial. Ni siquiera podrá utilizar una casa de seguridad…

– De eso ya me encargaré yo, señor. Facilíteme una indicación y les localizaré tanto a ellos como al escuadrón de castigo. Me las arreglaré para que sólo los jefes del escuadrón de castigo sepan lo que está sucediendo.

El silencio pareció prolongarse indefinidamente. Al final, «M» exhaló un profundo suspiro.

– Le facilitaré los nombres y los números de archivo del Registro durante el camino de vuelta a la tienda. Después, disfrutará usted de un permiso de dos semanas. Buena suerte, cero cero siete.

Bond sabía que necesitaría algo más que buena suerte.

3. Atrévete A Ser Guapa

El Registro del Cuartel General se encontraba en el segundo piso, vigilado por unas chicas que solían vestir blusas y pantalones vaqueros. Hasta hacía no muchos años, el uniforme eran conjuntos de jersey y rebeca, collares de perlas y faldas de excelente corte de Harrod's o Harvey Nichols. «M» raras veces se dejaba caer por el Registro desde que se habían suavizado las normas, pero cumplió su palabra y le facilitó a Bond toda la información que necesitaba.

En el parque, le enumeró nombres y prefijos de archivos, se los hizo repetir y le aconsejó que se diera una vuelta por el Círculo Interno antes de regresar al alto y anónimo edificio del Cuartel General del Servicio.

Una esbelta e inescrutable diosa anotó los números del archivo que Bond le indicó y le entregó el papel a la Oficial de Guardia. No hubo la menor mirada inquisitiva ni la menor pregunta por parte de la Oficial de Guardia, cuyo nombre era Rowena MacShine-Jones, familiarmente conocida como el Esplendor del Registro. A una indicación de la señorita MacShine-Jones, los ordenadores se pusieron en marcha. Al cabo de cinco minutos, la diosa regresó con una voluminosa carpeta de plástico marcada en rojo, lo cual significaba que era material Clasificado A+. En la parte anterior figuraba la fecha y las palabras Estos documentos no deben abandonar el edificio. Devolución antes de las 16.30 horas. Bond sabía que, en caso de que no obedeciera las instrucciones, uno de los guardianes del Registro iría en su busca y devolvería los documentos al Registro, donde serían rotos y quemados. De igual modo, en caso de que intentara sacarlos de la carpeta, una «tarjeta de aviso» contenida en el lomo dispararía toda una serie de alarmas.

En el escritorio de su despacho, Bond encontró una carpeta similar, marcada también en rojo, pero que debería devolver al octavo piso, es decir, directamente en manos de «M».

Una hora más tarde, Bond ya había examinado las dos carpetas, grabándose en la memoria toda la información. Dedicó otra hora a cotejar los datos aprendidos con los documentos. Después, devolvió la carpeta del Registro y subió con la segunda al despacho de «M».

– Creo que me recibirá -dijo, mirando con una sonrisa a miss Moneypenny al entrar en el despacho exterior.

– ¿Otro permiso, James? Me ha comentado que, a lo mejor, te vas a tomar unas vacaciones.

– Se trata de un inesperado asunto familiar.

Bond miró a su compañera directamente a los ojos, tal como hubiera hecho el más redomado de los hipócritas.

Moneypenny exhaló un suspiro.

– Ya me gustaría a mí formar parte de esta familia. Sé muy bien la clase de asuntos que te inventas para conseguir estos permisos.

– Penny, si lo dices en serio, nada me podría ser más grato.

Sonó el intercomunicador y se oyó con toda claridad la voz de «M» a través del micrófono:

– Si es cero cero siete, Moneypenny, enviémelo inmediatamente y deje de chismorrear. Cuando se juntan ustedes dos, parecen un par de lavanderas.

Moneypenny miró con sentimiento a Bond y elevó los ojos al cielo. Bond se limitó a sonreír ante el mal genio de su jefe y, cuando vio que se encendía la luz verde sobre la puerta de «M», saludó cortésmente a Moneypenny haciendo una reverencia y entró en el sanctasanctórum.

– He venido para devolver estos horribles documentos, señor.

Bond dejó la carpeta sobre el escritorio de «M». Contenía los informes policiales de los dos asesinatos, incluyendo unas espeluznantes fotografías. La muerte violenta es más fácil de contemplar en la realidad que en las imágenes de una cámara. A las dos muchachas les habían aplastado el cráneo por detrás. Después de morir, les habían extirpado la lengua con precisión casi quirúrgica; el funcionario de policía encargado de los casos había comentado los aparentes conocimientos médicos del asesino. No cabía la menor duda, según los informes, de que los asesinatos eran obra de la misma persona o personas.

«M» se acercó la carpeta sin hacer ningún comentario.

– Moneypenny dijo que había usted solicitado dos semanas de permiso, cero cero siete. ¿Es cierto o falso?

– Es cierto, señor.

– Muy bien. En tal caso, puede marcharse inmediatamente. Confío en que todo vaya bien.

– Gracias, señor. Creo que visitaré la Rama Q antes de irme, pero tengo que estar en Mayfair antes de las seis.

«M» asintió con un parpadeo de satisfacción en sus gélidos ojos grises. Los dos hombres se intercambiaron una tácita mirada de entendimiento. De las tres posibles víctimas que quedaban, la más cercana -Heather Dare- era propietaria de un salón de belleza situado a la vuelta de la esquina del Hotel Mayfair. Era una agradable coincidencia, puesto que Bond cenaba algunas veces en el magnífico restaurante Le Château del citado hotel no sólo por la excelente comida, sino también por la seguridad que le ofrecían su media docena de reservados y mesas privadas, lejos de los ojos y de los oídos de los demás clientes.

«M» despidió a Bond con un imperceptible movimiento de la mano derecha y éste se dirigió a las entrañas del edificio donde el Armero, el comandante Boothroyd, controlaba la Rama Q. Resultó que el comandante no estaba, por lo que la Rama se hallaba bajo la dirección de su experta ayudante, la deliciosa Ann Reilly, de largas piernas y agraciado rostro a pesar de las gafas, a quien todos en el Servicio llamaban Q'ute. Cuando ella empezó a trabajar en la Rama Q, ambos solían verse muy a menudo; pero, con el paso de los años y el imposible horario de Bond, las relaciones acabaron siendo simplemente amistosas.

– James, cuánto me alegro de verte -dijo Ann-. ¿A qué debo éste honor? No se estará cociendo ninguna novedad, ¿verdad?

– Voy a tomarme un par de semanas de permiso. Quería llevarme algunas cosas.

Bond trató deliberadamente de quitarle importancia al asunto. De haberse tratado de un permiso normal, hubiera tenido que llevarse un desmodulador telefónico CC-500. En realidad, hubiera deseado llevarse el cerebro de la chica y alguna novedad tecnológica.

– Tenemos algunas piezas a prueba. Puede que te interese llevarte una muestra. Ven a mi salón -añadió Q'ute, esbozando una seductora sonrisa.

Bond se preguntó si «M» no le habría dado alguna velada instrucción. Ambos cruzaron rápidamente una alargada sala donde unos jóvenes en mangas de camisa se hallaban sentados ante unas pantallas y otros trabajaban en unos tableros electrónicos, utilizando unas enormes lupas luminosas.

– Hoy en día -dijo Q'ute-, todo el mundo lo quiere más pequeño, con un mayor radio de acción y con más memoria.

– No pluralices.

Bond esbozó una sonrisa, pero sus ojos estaban tristes. Tenía la mente llena de espantosas fotografías de dos muchachas apaleadas hasta morir, aunque sabía que Q'ute se refería a dispositivos de captación de sonidos y movimientos, de ocultación y de muerte.

Se marchó media hora más tarde con algunos artilugios, aparte el obligatorio CC-500. Este último, según las instrucciones, no le sería de la menor utilidad, puesto que tanto «M» como el Foreign Office le negarían hasta que no hubiera completado su misión. En la puerta de su despacho, Q'ute se despidió de él, apoyando una mano en uno de sus brazos.

– Si necesitas algo de aquí, llama y yo misma te lo llevaré.

Bond la miró a los ojos y comprendió que no se había equivocado: «M» le había dado instrucciones.

«Los participantes deberían ser sacados con toda limpieza, ser sometidos a una operación de cirugía plástica y abandonados a su suerte», le había dicho «M». Bond sabía lo que eso significaba. Era como ser excluido del testamento de un pariente rico. En caso de que algo fallara, sufriría las mismas consecuencias que los agentes del Pastel de Crema.

En su Bentley Mulsanne Turbo, bien oculto en el aparcamiento subterráneo, Bond examinó la pistola ASP automática de 9 mm, los cargadores de repuesto y la varilla telescópica de acero de Operaciones Ocultas. Con su maleta de huida en la que llevaba ropa para una semana, ya estaba preparado para lo que los instructores llamaban trabajo de calle. Puso en marcha el motor, y el vehículo salió de su plaza y empezó a subir por la rampa hasta llegar a la soleada primavera de las calles de Londres, donde la muerte le aguardaba a un tiro de piedra.

Unos veinte minutos más tarde, pasó por delante de la Langan's Brasserie de Stratton Street, con su llamativo rótulo de neón rojo encendido en plena tarde.

Al llegar al Hotel Mayfair, Bond confió su automóvil al conserje de librea azul con su discreta insignia del Regimiento de Paracaidistas en la solapa, sabiendo que se lo colocaría en un parquímetro y lo vigilaría en su ausencia. Tardó apenas tres minutos en desplazarse desde allí al salón de belleza «Atrévete A Ser Guapa», situado al final de Stratton Street. Comprendía que a la chica le hubieran puesto el apellido de Dare [atreverse], por ser una traducción literal de su apellido de origen alemán Wagen. Sin embargo, sólo el cielo y los funcionarios de recolocación del Servicio sabían por qué le habían puesto el nombre de Heather [brezo].

Las ventanas del salón eran de color negro y las atrevidas letras doradas que desafiaban a las mujeres a ser guapas iban acompañadas de un diseño modernista en el que figuraba una dama de corta melena, sosteniendo en la mano una boquilla. Dentro había un pequeño vestíbulo con una mullida alfombra y un grabado en madera de Kurosaki que a Bond se le antojó la caja de un mago abierta frente a una hilera de pirámides. La puerta del ascensor era dorada y en el pulsador figuraba también el diseño de Dare. Bond pulsó el botón, entró en el camarín revestido de espejos y subió en silencio. Al igual que el vestíbulo, el ascensor tenía una mullida alfombra de color carmesí. Cuando el ascensor se detuvo, Bond se encontró en otro vestíbulo. Una puerta de doble hoja conducía a las estancias donde las clientas se sometían al calor, los tratamientos faciales y los hábiles manejos de peluqueros y masajistas. La alfombra también era roja, en la pared colgaba otra grabado de Kurosaki y, a la derecha, se podía ver una puerta con una placa que decía «Privado». Frente a él, una rubia vestida con un severo traje chaqueta negro y una deslumbradora blusa blanca de seda permanecía sentada junto a un mostrador que tenía forma de riñón. En su rostro no se advertía la menor partícula de polvo o grasa y todos los mechones de su cabello estaban en el sitio correspondiente. Sus labios se abrieron en una alentadora sonrisa mientras sus ojos preguntaban en silencio qué demonios hacía un hombre en aquel coto vedado exclusivamente femenino. Bond se sintió tan incómodo como cuando visitaba el Servicio hermano MI-5.

– ¿Puedo ayudarle en algo, señor?

La rubia hablaba con el acento propio de las dependientas que quieren imitar el deje característico de los aristócratas.

– Seguramente, sí. Quisiera ver a miss Dare -contestó Bond, dedicándole la más hipócrita de sus sonrisas.

La recepcionista le dijo muy seria que lo lamentaba mucho, pero que miss Dare no estaba allí aquella tarde. La respuesta carecía de autenticidad y los ojos parpadearon un instante hacia la puerta cerrada. Bond lanzó un suspiro, sacó una tarjeta en blanco, anotó en ella una frase y se la pasó a la chica.

– Tenga la bondad de entregársela. Yo vigilaré la tienda. Es sumamente importante, y estoy seguro de que no querrá usted que entre a verla sin ser invitado.

Al ver que la muchacha vacilaba, Bond añadió que miss Dare podía examinarle a través del monitor -levantó los ojos hacia la cámara de seguridad instalada arriba, junto al marco de la puerta-; en caso de que no le gustara lo que viera, él se iría. La rubia no sabía qué hacer. Fue entonces cuando Bond le dijo que se trataba de un asunto oficial y le mostró un impresionante carné de identidad laminado con letras en color, a diferencia de los normales, que sólo eran de plástico y tenían una pequeña funda de cuero.

– Si espera un momento, voy a ver si ha vuelto. Miss Dare se ha ido muy temprano, esta tarde.

La muchacha desapareció al otro lado de la puerta y Bond se volvió de cara a la cámara. En la tarjeta había escrito: «Vengo en son de paz, con regalos. Recuerde a los valientes del submarino». Tuvo que esperar cinco minutos, pero el ardid dio resultado. La rubia le franqueó el paso a través de la puerta y le acompañó por un estrecho pasillo y unos peldaños que conducían a otra puerta de aspecto muy sólido.

– Dice que ya puede usted entrar.

Bond entró e inmediatamente se vio encañonado por un objeto de metal azulado que, por su tamaño y forma, identificó como una Colt Woodsraan, modelo Match Target. En los Estados Unidos la hubieran llamado una pistolita, pero una pistolita puede matar y Bond se mostraba siempre respetuoso en presencia de un arma como aquella; sobre todo, cuando alguien la empuñaba con firmeza y le apuntaba directamente con ella.

– Irma -dijo en tono levemente admonitorio-. Irma, guarde la pistola, por favor. He venido para ayudarla.

Mientras hablaba, observó que no había ninguna otra puerta y que Heather Dare, nacida Irma Wagen, de la Operación Pastel de Crema, mantenía la posición más correcta en semejantes casos; las piernas ligeramente separadas, la espalda apoyada contra el lado izquierdo de la pared y los ojos clavados fijamente en él.

– Es usted -dijo ella sin bajar la pistola.

– En carne y hueso -contestó Bond, dirigiéndole su más sincera sonrisa-, aunque, a decir verdad, no hubiera podido reconocerla. La última vez que estuvimos juntos, era usted un manojo de jerseis, pantalones vaqueros y miedo cerval.

– Ahora sólo me queda el miedo cerval -dijo la chica sin sonreír.

Su acento no conservaba la menor traza de alemán. Se había identificado por entero con su nueva identidad. Era una hermosa y elegante dama de cabello oscuro, esbelta figura y largas piernas bien torneadas. Sus refinados modales encajaban a la perfección con el negocio que había conseguido levantar en el transcurso de los últimos cinco años, pero, por detrás de aquella fachada, Bond intuía una dureza y, probablemente, una innata obstinación.

– Ya. Lo del miedo lo comprendo muy bien -dijo Bond-. Por eso precisamente estoy aquí.

– No creía que enviaran a nadie.

– Y no lo han hecho. Sólo me han soplado la información. Vengo por mi cuenta y riesgo, pero poseo toda la capacidad y experiencia necesarias. Ahora, guarde el arma para que yo la pueda llevar a un sitio seguro. Voy a salvar a las tres que todavía quedan con vida.

La chica sacudió lentamente la cabeza.

– Oh, no, señor…

– Bond. James Bond.

– Oh, no, míster Bond. Los muy cerdos han liquidado a Franzi y Elli. Quiero estar segura de que no atraparán a mis restantes amigas.

La joven apellidada Hammond se llamaba en realidad Franziska Trauben; mientras que el verdadero nombre de Millicent Zampek era Eleonore Zuckermann.

– Eso es 1o que yo le he dicho -Bond dio un paso al frente-. Irán ustedes a un lugar seguro donde nadie las podrá encontrar. Después, yo mismo me encargaré de eliminar a estos hijos de puta.

– Pues, entonces, dondequiera que usted vaya, iré yo; hasta que todo termine, de una u otra forma.

Bond tenía la suficiente experiencia con las mujeres como para comprender que aquella clase de obstinación no admitía razonamientos ni discusiones. La miró por un instante y apreció su esbelta figura y la feminidad que se ocultaba bajo el impecable traje de chaqueta gris, realzado por una blusa rosa y una fina cadena de oro con un colgante. El vestido parecía francés. De París, pensó; probablemente de Givenchy.

– ¿Tiene usted alguna idea de cómo debemos manejar el asunto, Heather? La llamaré Heather y no Irma, ¿verdad?

– Heather -musitó la joven. Tras una pausa, añadió-: Lamento haber mencionado los verdaderos nombres de las demás. Sí, me considero Heather desde que su gente me dejó en el mundo real con un nuevo nombre. Pero me resulta difícil identificar a mis antiguas compañeras en sus nuevos disfraces.

– ¿Se conocían ustedes mutuamente en Pastel de Crema? ¿Sabían cuáles eran los objetivos de cada una?

– Conocíamos los verdaderos nombres y los nombres de las calles -contestó ella, asintiendo-. Nos conocíamos unas a otras, conocíamos nuestros respectivos objetivos y nuestro control. No habla ningún interruptor. Por eso Emilie y yo estábamos juntas cuando usted nos recogió en aquella pequeña ensenada -Heather vaciló, frunció el ceño y sacudió la cabeza-. Perdón, quería decir Ebbie, Emilie Nikolas se llama ahora Ebbie.

– Sí, Ebbie Heritage, ¿no es cierto?

– Así es. Resulta que somos amigas desde hace tiempo. Hablé con ella esta mañana.

– ¿En Dublín?

– Está usted muy bien informado -dijo Heather-. Sí, en Dublín.

– ¿A través de una línea abierta? ¿Habló con ella a través de una línea abierta?

– No se preocupe, míster Bond…

– James.

– De acuerdo. No te preocupes, James, sólo dije tres palabras. Mira, estuve algún tiempo con Ebbie antes, de inaugurar éste salón. Elaboramos un sencillo código para hablar a través de una línea abierta. Decía «Elizabeth está enferma», y la respuesta era «Te veré esta tarde».

– Y eso, ¿qué significaba?

– Lo mismo que «Cómo está tu madre», el aviso de Pastel de Crema, intercalado en una conversación. «Madre» era la clave: «Te han descubierto. Emprende la acción necesaria.»

– Lo mismo que hace cinco años.

– Sí, y ahora estamos a punto de reemprender la acción necesaria. Como puedes ver, James, estuve en París. Regresé esta mañana. En el avión, me enteré de los asesinatos. No sabía nada al respecto. Uno solo nos hubiera puesto en guardia, pero dos, y con ese detalle de… la lengua -Heather tragó saliva, visiblemente asustada-. Las lenguas eran una clara advertencia. Un aviso encantador, ¿verdad?

– No es muy ingenioso que digamos.

– Los avisos y los asesinatos por venganza raras veces son ingeniosos. ¿Sabes lo que hace la Mafia con los que comenten adulterio dentro de una familia?

Bond asintió enérgicamente con la cabeza.

– No es muy agradable, pero trasmite muy bien la idea.

Recordó la última vez que había oído hablar de un asesinato de aquel tipo, los órganos genitales del hombre habían sido cortados.

– La lengua también transmite la idea.

– Exacto. Bueno, pues, ¿qué significa «Elizabeth está enferma»?

– «Nos han descubierto. Reúnete conmigo donde tú sabes.»

– ¿Y dónde es?

– Donde ahora voy, en el vuelo de la Aer Lingus que sale del aeropuerto de Heathrow a las ocho y media de esta tarde.

– ¿A Dublín?

– Sí, a Dublín. Allí alquilaré un automóvil y me dirigiré al lugar de la cita. Ebbie me estará aguardando desde primera hora de la tarde.

– ¿E hiciste lo mismo con Frank Baisley, o Franz Belzinger? ¿El que se hace llamar Jungla?

Aunque todavía estaba un poco nerviosa, Heather esbozó una leve sonrisa.

– Siempre fue un bromista. Le gustaba correr riesgos. Su apellido era Wald, que significa «bosque» en alemán. Ahora se hace llamar Jungla. No, me fue imposible transmitirle el mensaje porque no sé dónde está.

– Yo sí lo sé.

– ¿Dónde?

– Muy lejos de aquí. Ahora, dime en qué lugar te reunirás con Ebbie.

Heather vaciló un instante.

– Vamos -le apremió Bond-. Estoy aquí para ayudarte. De todos modos, pienso acompañarte a Dublín. Tengo que hacerlo. ¿Dónde te reunirás con ella?

– Hace tiempo decidimos que la mejor manera de ocultarnos consistía en no escondernos. Acordamos reunirnos en el castillo de Ashford, en el condado de Mayo. Es el hotel donde se alojó el presidente Reagan.

Bond sonrió. Era un razonamiento muy sensato y muy profesional. El castillo de Ashford es un establecimiento caro y lujoso, un lugar en el que a ningún escuadrón de castigo se le ocurriría buscar a nadie.

– ¿Podríamos simular que se trata de una reunión de negocios? -preguntó-. ¿Te importa que utilice tu teléfono?

Heather se sentó junto a su alargado escritorio y guardó la Woodsman en un cajón. Luego, la cubrió con unos papeles y empujó el teléfono hacia Bond. Éste llamó a la oficina de reservas de la Aer Lingus, en el aeropuerto de Heathrow, y reservó una plaza en el vuelo EI-177, Clase Club, a nombre de Boldman.

– Tengo el automóvil a la vuelta de la esquina -dijo Bond, colgando el auricular-. Saldremos de aquí hacia las siete. Ya habrá oscurecido y me imagino que todos tus empleados se habrán marchado.

– Ya están a punto de terminar -dijo Heather, arqueando las cejas mientras consultaba su precioso reloj Cartier.

Como si alguien hubiera adivinado sus pensamientos, precisamente en aquel momento sonó el teléfono. Bond dedujo que debía ser la rubia, porque Heather contestó que sí, que ya se podían ir. Ella se quedaría a trabajar hasta muy tarde con aquel caballero y se encargaría de cerrar la puerta. Les vería a todos a la mañana siguiente.

El día estaba muriendo y el rumor del tráfico en Picadilly no era ya tan intenso cuando Bond se sentó a hablar con la chica, tratando de averiguar más detalles sobre Pastel de Crema. Lo que Heather le dijo superaba con creces todo lo que él había descubierto en las carpetas, aquella tarde. Heather Dare se declaró responsable de la llamada de advertencia a los cinco participantes: «Lo siento, Gustav ha anulado la cena.» Ella fue la que estuvo trabajando al principal objetivo, el coronel Maxim Smolin, el cual era por aquel entonces el segundo de a bordo en la HVA. Le reveló sin querer muchas cosas sobre sí misma y sobre el funcionamiento interno de Pastel de Crema, y le puso sobre aviso con respecto a ciertos engaños omitidos o eliminados de los archivos.

A las siete menos cinco, Bond le preguntó si tenía un sobretodo. Heather asintió y se dirigió a un armarito empotrado del que sacó una trinchera blanca fácilmente identificable y de puro estilo francés porque sólo los franceses son capaces de crear trincheras elegantes. Después, le ordenó que guardara la Woodsman bajo llave, y juntos abandonaron el despacho y tomaron el ascensor hasta la planta baja. En cuanto llegaron al vestíbulo, se apagaron las luces y Heather lanzó un grito mientras el atacante se abalanzaba sobre ella como un tifón humano.

4. Esquiva Y Regatea

El hombre que se arrojó contra el camarín del ascensor debía suponer que Heather estaba sola. Más tarde Bond comprendió que, en la oscuridad del vestíbulo, sólo debió resultar visible la trinchera blanca de Heather, ya que ésta fue la primera en salir cuando se abrieron las puertas. A Bond le empujaron contra la pared de cristal del ascensor y, en un primer momento, no supo si sacar la pistola o bien la varilla. Sin embargo, no podía permitirse el lujo de vacilar. El asaltante ya tenía una mano sobre el hombro de Heather y la estaba obligando a volverse mientras con la otra mano, levantada en alto, sostenía un objeto que parecía un martillo de grandes dimensiones. Tratando de recuperar el equilibrio, Bond resbaló contra el cristal y levantó la pierna derecha para golpear con ella la parte inferior de las piernas del atacante. Notó que uno de sus pies establecía contacto y oyó un gruñido amortiguado, mientras el hombre fallaba el golpe y el martillo se estrellaba en el espejo posterior del ascensor en lugar de alcanzar a Heather.

Bond aprovechó el momento de confusión para sacar la varilla plegable de la funda que llevaba sujeta al cinto. La impresionante arma telescópica de acero alcanzó en el cuello al hombre y éste se desplomó al suelo sin emitir ni un solo grito. Se oyó tan sólo el sordo rumor de la varilla, seguido de un chirriante ruido en el instante en que la cabeza del asesino cayó sobre los cristales rotos.

De repente, se hizo el silencio, puntuado tan sólo por los entrecortados sollozos de Heather. Bond se inclinó para ver si había alguna luz de emergencia en el camarín del ascensor. Con una mano tocó el panel de control y las puertas empezaron a cerrarse. Se abrieron de nuevo cuando el mecanismo de seguridad se puso en marcha al rozar las piernas del asaltante tendido en el suelo. Tres veces ocurrió lo mismo hasta que Bond descubrió un botón que previamente le había pasado por alto, y el ascensor quedó inundado de luz.

Heather estaba acurrucada en un rincón, lejos del cuerpo inerte enfundado en unos pantalones vaqueros negros, un jersey negro de cuello de cisne y unos guantes negros. El hombre tenía el cabello oscuro, pero los rojos regueros de sangre le conferían una macabra apariencia punk. El espejo destrozado reflejaba las manchas de sangre y las grandes resquebrajaduras en forma de estrella mostraban una caleidoscópica imagen en negro y rojo.

Con el pie derecho, Bond dio la vuelta al cuerpo. El individuo no estaba muerto. Tenía la boca abierta y la cara completamente cubierta de cortes producidos por los cristales rotos, desde la raíz del pelo hasta la boca. Algunas de las heridas parecían bastante profundas, pero la respiración acelerada era perfectamente audible y la sangre parecía circular con normalidad. Cuando recuperara el conocimiento, el golpe que le había propinado Bond le dolería más que los cortes.

– Un par de aspirinas y quedará como nuevo -musitó Bond.

– Mischa -dijo Heather con vehemencia.

– ¿Le conoces?

– Es uno de los agentes más destacados que tenían en Berlín; ha sido adiestrado en Moscú.

Heather trató de levantarse, procurando interponer el mayor espacio posible entre su persona y el cuerpo del hombre al que acababa de identificar como Mischa. Las puertas se abrían y se cerraban sin cesar al contacto con las piernas de Mischa, y su rítmico rumor resonaba en medio del silencio que los rodeaba.

– Qué persistentes son las puertas de los ascensores -dijo Bond, inclinándose sobre el desdichado Mischa.

Buscó a su alrededor y, al fin, sacó de debajo del cuerpo el arma destinada a partirle la cabeza a Heather. Era un mazo de carpintero por estrenar. Sopesó en la mano el enorme martillo de madera con su impresionante cabeza. Limpió el mango con un pañuelo y volvió a dejarlo en el suelo. Después, se inclinó de nuevo cacheó el cuerpo por si hubiera alguna otra arma oculta.

– No lleva calderilla, y ni siquiera una cajetilla de cigarrillos -anunció Bond, incorporándose-. ¿Hay, por casualidad, algún otro medio de salir de éste maldito edificio, Heather? ¿Una escalera de incendios o algo por el estilo?

– Sí. Hay una escalera metálica en zigzag en la parte de atrás del salón. La mandé instalar cuando reformé la casa. ¿Por qué lo preguntas?

– Porque nuestro amigo Mischa no ha venido solo y has tenido mucha suerte, mi querida Heather. Teniendo en cuenta lo que el camarada coronel Maxim Smolin les hizo a las otras dos chicas y pretendía hacerte a ti.

– No creo que Maxim… -dijo Heather. Tras una pausa preguntó-: ¿Por qué?

– Mischa no lleva nada más encima, sólo éste instrumento para matarte. No hay ningún cuchillo y ningún instrumento médico para la rápida extirpación de una lengua…, y ésa es la marca de fábrica, ¿no?

Heather asintió, asustada. Bond empujó el mazo con un pie hacia el fondo del ascensor, tomó al inconsciente Mischa por el cuello del jersey y, levantándole sin hacer el menor esfuerzo, lo empujó hacia el vestíbulo. Después, pulsó con el dorso de la mano el botón de subida. Al llegar a la entrada del salón de belleza, Heather puso en marcha la alarma de seguridad instalada en un armarito metálico adosado a la pared. Tras lo cual, abrió la puerta de doble hoja.

– No enciendas las luces -le ordenó Bond-. Muéstrame el camino.

Bond sintió que una fría mano de Heather tomaba la suya mientras ambos avanzaban por entre las pilas y los secadores de la peluquería, y salían a un pasillo en el que se abrían numerosas puertas tan blancas como las de una clínica. La última, que tenía una placa bien visible en la parte superior, en la que podía leerse en letras rojas Salida de Emergencia, daba al exterior y se abría mediante una barra de contacto. El frescor de la noche les azotó el rostro en cuanto salieron a la plataforma metálica. Desde allí, casi se podían tocar con la mano los edificios colindantes. A la derecha, una estrecha escalera zigzagueaba hasta abajo.

– ¿Cómo salimos? -preguntó Bond-. Cuando lleguemos abajo, quiero decir.

Abajo sólo se podía ver un patinillo cuadrado, rodeado de altos edificios.

– Sólo los que tienen las llaves pueden utilizar la salida. Nosotros tenemos cuatro juegos, uno para cada uno de mis encargados (peluquería, belleza, masajes) y uno para mí. Una puerta da a un pasadizo que discurre a lo largo del local del concesionario de automóviles y que termina en otra puerta. La misma llave abre las dos puertas. Y la otra puerta da a la Berkeley Street.

– ¡Vamos, pues!

Heather se volvió hacia la escalera de incendios y, en el momento en que apoyaba una mano en la barandilla, Bond oyó unas pisadas que corrían hacia ellos desde el otro lado de la puerta.

– ¡Rápido! -dijo sin levantar la voz-. Baja y déjame las puertas abiertas. Hay un Bentley verde oscuro aparcado frente al Mayfair. Entra en el vestíbulo y espérame allí. Si aparezco corriendo y con las dos manos visibles, corre hacia el automóvil. Si llevo la mano derecha en el bolsillo y camino despacio, desaparece durante media hora y después vuelve y espérame. Las mismas señales en los intervalos de media hora. ¡Ahora, vete!

Heather pareció vacilar un instante, pero luego empezó a bajar por la escalera mecánica, cuyos peldaños temblaban peligrosamente bajo sus pies mientras Bond daba media vuelta y se dirigía a la salida de emergencia. El agente sacó la ASP de 9 mm y la apoyó contra su cadera. El rumor de las pisadas era cada vez más próximo. En cuanto creyó que la distancia era adecuada, Bond retrocedió rápidamente y abrió la puerta. Lo hizo respetando las habituales normas, es decir, aguardando el tiempo suficiente para comprobar que sus objetivos no eran policías, los cuales no se hubieran mostrado, por otra parte, demasiado amables con él si hubieran creído que era un delincuente.

Aquellos hombres no eran policías ni por pienso, a no ser que a las fuerzas del orden de Londres les hubiera dado por utilizar revólveres Colt 45 automáticos sin previo aviso. Los hombres que avanzaban corriendo por el pasillo se detuvieron en seco en cuanto vieron a Bond. Hecho curioso, habían encendido las luces del pasillo y ahora se les podía ver con toda claridad. Bond sabía que él también era un blanco fácil, pese a permanecer de lado, tal como tantas veces le habían enseñado a hacer en el cursillo de armas cortas. Eran dos hombres muy musculosos y avanzaban el uno detrás del otro.

El que iba delante, a la derecha de Bond, abrió fuego y el disparo del enorme 45 resonó en el pasillo como una bomba. Un trozo de la jamba de la puerta se desintegró, abriendo un enorme agujero mientras las astillas saltaban por el aire. El segundo disparo pasó entre Bond y la jamba. Bond oyó el silbido de la bala cortando el aire al pasar junto a su cabeza, pero, para entonces, él también había disparado, con el fin de herir tan sólo las piernas o los pies de los asaltantes con los pequeños proyectiles Glaser de su ASP. Le hubiera sido fácil liquidar a los hombres con semejantes municiones. El proyectil del número 12 suspendido en Teflon líquido en el interior de la bala estallaba al penetrar en el cuerpo. Pero Bond no quería matar a nadie. El mensaje de «M» estaba muy claro: «En caso de que algo falle, le tendremos que negar incluso ante nuestras propias fuerzas de policía.» No quería que el servicio le negara y le enviaran a la cárcel de Old Bailey, acusado de asesinato. Apretó el gatillo dos veces, un disparo a cada pared, y oyó un gemido de dolor y un grito. Después, dio media vuelta y bajó rápidamente por la escalera de incendios. Miró hacia abajo y no vio ni rastro de Heather.

Le pareció oír otro grito desde arriba, cuando llegó a la primera puerta, que Heather había dejado abierta. La cruzó a toda prisa, la cerró de golpe a su espalda y corrió el pestillo. Luego, avanzó por el pasillo hacia la puerta que daba a la calle. Al cabo de unos segundos, ya estaba fuera. Giró a la izquierda y más adelante volvió a hacer lo mismo, manteniendo ambas manos bien visibles. Inmediatamente, apareció el conserje del hotel con las llaves del automóvil y abrió la portezuela del Bentley. Bond le entregó una generosa propina y le dirigió una sonrisa a Heather cuando la vio salir del hotel y cruzar la calle.

El vehículo estaba aparcado frente a Berkeley Street. Bond se desplazó a la izquierda en la calzada y rodeó Berkeley Square. Al llegar al otro lado, volvió a girar a la izquierda y después a la derecha, pasando por delante del lujoso Hotel Connaught; giró a la izquierda para entrar en Grosvenor Square y subió por Upper Grosvenor Street, mezclándose con el denso tráfico de Park Lane.

– Mantén los ojos bien abiertos -le dijo a Heather, sentada en silencio a su lado-. Confío en que sabrás descubrir si alguien nos sigue. Voy a cruzar el parque, bajaré por Exhibition Road y después giraré a la izquierda hacia la M 4. Supongo que no será necesario que te explique las normas, pero, por si las hubieras olvidado…

– No las he olvidado -contestó Heather-. Estamos esquivando y regateando, ¿verdad?

– Sí, según el libro de normas. Nunca vueles recto más de medio minuto. Nunca camines delante sin vigilar la espalda. Despista siempre.

– Incluso cuando ellos saben que estás ahí -añadió Heather.

– Exacto -Bond sonrió, pero su boca mostraba una leve mueca de crueldad-. Por cierto, ¿qué equipaje pensabas llevar, Heather?

– Tenía una maleta en casa. Ahora ya no puedo ir por ella.

– Tendremos que comprarnos un cepillo de dientes en el aeropuerto. Todo lo demás tendrá que esperar hasta que lleguemos a Irlanda. ¿Reservaste plaza con tu propio nombre?

– Sí.

– Pues tendrás que anularla. Esperemos que la lista de espera no sea muy larga. La anularemos desde una gasolinera. Aquellos dos debían ser también hombres de Smolin. Esperaban encontrar tu cuerpo apaleado y extirparle la lengua. A juzgar por lo que he visto, hubieran sido muy capaces de hacerlo.

– ¿Le has…?

– ¿Matado? No, pero uno de ellos por lo menos está herido; quizá lo estén los dos. No me entretuve en comprobarlo. Ahora, piensa en un apellido falso.

– Smith.

– No. Según las normas de la casa, no hay que utilizar Smith, Jones, Green o Brown. Tendrás que inventarte algo más convincente.

– Arlington -dijo Heather-. Como Arlington Street. Suena distinguido.

– Es también el nombre del célebre cementerio norteamericano. Puede ser un mal presagio, pero servirá. ¿Seguimos aún sin tener compañía?

– Teníamos detrás un Jaguar XL que no me gustaba ni un pelo, pero ha girado hacia Marlowe's Road. Creo que nadie nos sigue.

– Muy bien. Ahora, escúchame, Heather. Anula tu pasaje en la Aer Lingus y procura conseguir una plaza a nombre de Arlington tan pronto como lleguemos. Yo me encargaré del resto. ¿De acuerdo?

– Lo que tú digas.

Heather estaba razonablemente tranquila y en su voz apenas se advertía la menor tensión. A Bond le era imposible deducir hasta qué extremo llegaba su profesionalismo.

Se detuvieron en la primera gasolinera de la M 4, a unos dos kilómetros del aeropuerto de Heathrow. Bond le indicó una cabina telefónica que estaba libre mientras él aguardaba junto a otra en la que una mujer parecía estar marcando todos los números telefónicos que contenía su pequeña agenda negra. Al final, Bond tuvo que utilizar la cabina de Heather. Esta hizo una seña afirmativa con la cabeza para darle a entender que había anulado el pasaje. Bond echó mano de su memoria telefónica y marcó el número del mostrador de la British Airways, en Heathrow. Preguntó si había plazas en el vuelo de las 20.15 a Newcastle. Tras recibir una respuesta afirmativa, pidió que reservaran dos plazas a nombre de miss Dare y míster Bond.

De vuelta en la zona de estacionamiento, introdujo la ASP y la varilla en el doble fondo de su maleta de huida, ocultándose tras el portaequipajes abierto del automóvil. Allí, las armas estarían a salvo de los sistemas de detección del aeropuerto y no podrían ser descubiertas en caso de registro. Como último recurso, tendría que utilizar el permiso del Servicio, aunque, en realidad, todos los oficiales de la Rama Especial de la Garda irlandesa estarían al corriente de su presencia en la República.

En quince minutos, llegaron al aeropuerto y Bond se dirigió hacia el aparcamiento en el que pensaba dejar el Bentley hasta su regreso. Durante el trayecto en autobús desde el aparcamiento al edificio de la terminal, le explicó a Heather el pian que había elaborado para subir al aparato que les conduciría a Dublín. Ya lo había puesto en práctica otras veces.

– Las listas de pasajeros de los puentes aéreos no suelen ser muy exactas. Los pasajeros del puente aéreo utilizan la misma puerta que los del vuelo a Dublín.

Bond le explicó, después, a su acompañante lo que debería hacer en caso de que no consiguiera acomodarse en un asiento del vuelo 177 de la Aer Lingus.

En las primeras fases, deberían ir por separado; se reunirían más tarde cuando él, bajo el nombre de míster Boldman, se presentara en el mostrador de Dublín. Bond le sugirió a Heather que se comprara una maleta de mano con los artículos más imprescindibles.

– Claro que en Heathrow no te será posible comprar nada que sea imprescindible de verdad -añadió, recordando los tiempos felices en que los aeropuertos y las estaciones de ferrocarril ofrecían prácticamente de todo durante las veinticuatro horas del día.

Se apearon del autobús en la Terminal Uno. Faltaban veinte minutos para las ocho, y ambos actuaron con rapidez. Heather se dirigió al mostrador de la Aer Lingus y Bond a la zona del puente aéreo donde recogió los billetes reservados a sus verdaderos nombres y los pagó con su tarjeta de crédito. Llevando su maletín, regresó a toda prisa al mostrador de la Aer Lingus, recogió el billete a nombre de Boldman y esperó hasta que Heather apareció con un maletín de fin de semana recién comprado en la tienda del aeropuerto.

– He conseguido un dentífrico, un cepillo, ropa interior y perfume -dijo Heather.

– Muy bien. Ahora, vámonos al puente aéreo de Newcastle.

Mientras bajaban por la rampa y cruzaban las puertas de salida, mostrando sus billetes a los guardias de seguridad, Bond observó a través del monitor de partidas que los pasajeros ya estaban subiendo al vuelo EI- 177 a través de la puerta 14. Tras recoger las correspondientes tarjetas de embarque, no les fue difícil situarse al final de la cola y escabullirse por la puerta hacia el pasillo. Bond le dijo a Heather que se adelantara hacia la puerta 14. En caso de que alguien les buscara, los empleados de la compañía le confirmarían que ambos iban a salir en el vuelo de Newcastle.

Si «M» hubiera roto las reglas y tuviera a gente vigilándoles, nadie podría descubrir sus reservas para el vuelo de Dublín hasta que fuera demasiado tarde. Pero Bond pensaba en la gente de Smolin que, a lo mejor, ya estaba haciendo investigaciones en el aeropuerto. El instinto adquirido durante sus largos años de experiencia con SMERSH y SPECTRE estaba muy afinado, pero Bond no captó el menor indicio. No presintió ni vio a nadie que le vigilara por cuenta de Smolin.

Subieron por separado a bordo del vuelo EI-177 y se sentaron dejando tres filas de separación; no volvieron a reunirse hasta que cruzaron el canal verde de la aduana en el aeropuerto de Dublín, una hora más tarde. Fuera llovía y el cielo estaba muy encapotado, pero Bond se sentía con ánimos para dirigirse por carretera al condado de Mayo. Mientras Heather comprobaba si estaba abierta la tienda del aeropuerto para comprarse un poco de ropa, él se fue a la oficina de alquiler de automóviles. Tenían un Saab disponible -no pudieron facilitarle su vehículo preferido Bentley Turbo tal como hubiera deseado-; Bond rellenó los impresos, utilizando su tarjeta de crédito y un permiso de conducir a nombre de Boldman. Cuando una típica irlandesa uniformada de rojo se disponía a acompañarle muy sonriente al automóvil, Bond se volvió y vio a Heather apoyada contra una columna a pocos metros de distancia. Estaba más pálida que la cera y sostenía en la mano un ejemplar del Evening Press de Dublín.

– ¿Qué ocurre, Heather? -le preguntó dulcemente.

– Ebbie -contestó la muchacha en un susurro-. Mira -añadió, mostrándole los titulares-. Debe de ser Ebbie. Los muy cerdos.

Bond sintió que se le erizaban los cabellos de la nuca. Los titulares proclamaban en llamativas letras mayúsculas: MUCHACHA APALEADA Y MUTILADA EN UN HOTEL. Echó un vistazo al reportaje. Sí, era el hotel del castillo de Ashford, en el condado de Mayo, y la muchacha, todavía no identificada, había sido apaleada hasta morir. Parte del cuerpo había sido mutilado. Sí, pensó Bond, tenía que ser la número tres: Ebbie Heritage o Emilie Nikolas. Smolin, en el caso de que el coronel Maxim Smolin estuviera efectivamente detrás de los asesinatos, debía de tener dos equipos en acción. Mientras contemplaba a la temblorosa Heather, Bond comprendió que no estaría a salvo en ningún lugar.

– Tendremos que actuar con rapidez -le dijo en voz baja-. Ahora sigue a esta encantadora chica vestida con uniforme rojo.

5. Jacko B

No era simplemente lo que en Irlanda se suele llamar «tiempo moderado». La lluvia azotaba el parabrisas, impidiendo prácticamente la visión de los faros traseros de otros vehículos. Bond conducía con excesiva precaución mientras Heather lloraba a su lado.

– Yo tengo la culpa… Ya han desaparecido tres…, y ahora Ebbie. Oh, Dios mío, James…

– No la tienes. Quítate esta idea de la cabeza.

Sin embargo, Bond comprendía muy bien los sentimientos de la joven, tras haberle oído contar toda la historia en su despacho, hacía apenas unas horas.

La noticia del asesinato en primera plana del Evening Press le hizo comprender a Bond la imprudencia de dirigirse al castillo de Ashford. Tomó la carretera de salida del aeropuerto, estuvo a punto de chocar con un viejo Cortina amarillo con una antena formada por un colgador de metal, y después se desvió antes de llegar a la carretera principal de acceso a Dublín, por el norte. Vio un letrero indicador del hotel International Airport que ya conocía de otras veces. Aparcó el automóvil cerca de la entrada del hotel y miró a Heather.

– Deja de llorar -era una orden ni cruel ni despiadada, pero orden al fin y al cabo-. Deja de llorar y te diré lo que vamos a hacer.

En aquel momento, si alguien se lo hubiera preguntado, Bond no hubiera podido decirle lo que pensaba hacer, pero necesitaba la confianza y la colaboración de Heather. La muchacha le miró con los ojos enrojecidos.

– ¿Que podemos hacer, James?

– Ante todo, nos registraremos en éste hotel, sólo por una noche. No quiero aprovecharme de la situación, Heather, pero tendremos que pedir una sola habitación. Yo me acostaré en un sofá arrimado a la puerta. Somos el señor y la señora Boldman. Tomo una habitación de matrimonio sólo para protegerte. ¿De acuerdo?

– Lo que tú digas.

– Pues, entonces, arréglate un poco la cara y pareceremos un matrimonio inglés de lo más normal… O tal vez un matrimonio irlandés, según me salga la voz.

Una vez dentro, Bond consiguió imitar perfectamente el suave acento irlandés, pidió una habitación y le habló del mal tiempo a la remilgada recepcionista.

La habitación era cómoda, pero sin ninguna floritura; un típico lugar de paso. Heather se tendió en la cama. Ya no lloraba, pero se la veía cansada y asustada.

Entre tanto, Bond había adoptado unas rápidas decisiones. «M» le había empujado hacia aquel trabajo, dejando bien claro que no podría disfrutar de ningún apoyo oficial, pero él tenía sus propios contactos, incluso allí, en la República de Irlanda. Con tal de que sus caminos no se cruzaran con los de la embajada, no veía ninguna razón para no aprovecharlos.

– Comeremos en seguida -dijo-. Tú podrías refrescarte un poco en el cuarto de baño mientras yo hago unas llamadas.

Aunque Smolin los siguiera, con la ayuda conjunta de la HVA, el GRU y el KGB, no era probable que los teléfonos del International Airport hubieran sido intervenidos. Echando mano de sus facultades mnemónicas, Bond marcó un número y, al sonar el tercer timbrazo, contestó una mujer.

– ¿Está el inspector Murray? -preguntó Bond con su mejor acento dublinés.

– ¿De parte de quién?

– Dígale que de uno de sus chicos. Lo sabrá cuando hable conmigo.

La mujer no hizo ningún comentario. A los pocos segundos, Bond oyó la voz del inspector Norman Murray, de la Rama Especial de la Garda.

– Norman, aquí Jacko B.

– Ah, ¿eres Jacko? ¿Y dónde estás?

– En un lugar no muy seguro, Norman.

– ¡Bendito sea Dios! ¿Qué demonios estás haciendo ahí? Esperemos que no te hayas metido en ningún lío… ¿Y por qué no estoy yo enterado de tu presencia en el país?

– Porque no lo anuncié. No se trata de ningún lío, Norman. ¿Cómo está la encantadora señora Murray?

– Estupendamente.

Corre de un lado para otro todo el día y se dedica a jugar al squash basta bien entrada la noche. Te enviaría sus mejores saludos si supiera que hemos hablado.

– Prefiero que no lo sepa.

– Entonces, es que estás metido en un lío. ¿En un lío oficial?

– Pero más bien no se nota, tú ya me entiendes.

– Perfectamente.

– Estás en deuda conmigo, Norman.

– Lo sé muy bien, Jacko. Vaya si lo sé. ¿En qué puedo ayudarte? -hubo una leve pausa-. Oficiosamente, claro.

– Para empezar, está el asunto del castillo de Ashford.

– Jesús, espero que no se trate de nada de todo eso.

– Puede que sí. Pero, aun así, tendría que ser extraoficial. ¿Ya han identificado a la chica?

– Puedo averiguarlo. ¿Te llamo?

– Yo te llamaré, Norman. ¿Estarás aquí dentro de una hora?

– Sí. Pasada la medianoche, me encontrarás en casa. Esta semana tengo el turno de noche, pero mi mujer se irá por ahí a jugar al squash.

– Eso te crees tú.

– Vete al cuerno, Jacko. Llámame dentro de diez minutos o un cuarto de hora. ¿De acuerdo?

– Gracias.

Bond colgó inmediatamente el aparato, rezando para que Murray no estuviera controlado por la embajada. Nunca se sabía cómo podían reaccionar los de la Rama. Marcó otro número. Esta vez, contestó una voz despreocupada y cautelosa a un tiempo.

– ¿Mick? -preguntó Bond.

– ¿Por qué Mick pregunta usted?

– Por Big Mick. Dígale que soy Jacko B.

– Jacko, granuja -rugió la voz desde el otro extremo de la línea-, pero, ¿dónde estás? Supongo que en un hotel de lujo con la chica más guapa con que pueda soñar un hombre, sentada sobre tus rodillas.

– No la tengo sentada sobre las rodillas, Mick, pero hay efectivamente una chica muy guapa -Heather salía en aquel instante del cuarto de baño con la cara lavada-. Una chica guapísima -añadió Bond para que ella lo oyera.

Heather tomó su bolso de mano y, sin esbozar la menor sonrisa, volvió a encerrarse en el cuarto de baño.

– ¿Ves como te lo decía yo? -Big Mick soltó una risotada-. Y, si hay una mujer, habrá problemas, te conozco muy bien.

– Podría ser, Mick. Podría ser.

– ¿En qué puedo ayudarte, Jacko?

– ¿Tienes trabajo, Mick?

– Más o menos -contestó Mick, riéndose-. Un poco por aquí y un poco por allá, ya sabes.

Bond lo sabía. Conocía a Big Mick Shean desde hacía casi quince años y, aunque el irlandés tuviera a veces ciertos asuntos pendientes con la ley, a él le sobraban razones para no desconfiar. Le había adiestrado en ciertas actividades tales como vigilancia, inspección sobre el terreno y despiste.

– ¿No tendrías por casualidad unas ruedas disponibles, Mick?

Bond sabía que, si Big Mick no tenía automóvil, se lo podría proporcionar.

– Tal vez.

– Podría necesitar tres, con un par de tipos dentro de cada uno de ellos.

Hubo una pausa un tanto larga.

– Seis tipos y tres juegos de ruedas. Y eso, ¿cuánto costará?

– Un par de días de trabajo. Tarifas habituales.

– ¿En efectivo?

– En efectivo.

– ¿Dinero peligroso?

– Siempre y cuando haya peligro.

– Con los sujetos como tú, siempre hay peligro, Jacko. ¿Cómo es el trato?

– Tan fuerte y seguro como la pata de un perro. A lo mejor, necesitaré que nos vigiles a mí y a la chica…, desde lejos.

– ¿Cuándo?

– Probablemente mañana por la mañana. Ya te digo, serán dos o tres días.

– Llámanos hacia medianoche, Jacko. Tratándose de ti, los cacharros tendrán que ser respetables…

– Y seguros.

– Eso iba a decir.

– Queremos darnos una vueltecita por el campo, eso es todo.

Big Mick pareció dudar un instante.

Cuando habló de nuevo, lo hizo en voz baja y en tono muy serio.

– No será hacia el Norte, ¿verdad, Jacko?

– Justo en dirección contraria, Mick. Por eso no te preocupes.

– Dios te bendiga, Jacko. A nosotros no nos gusta la política, tú ya me comprendes.

– Te volveré a llamar hacia medianoche.

– Muy bien.

Bond colgó el teléfono en el momento en que Heather salía por segunda vez del cuarto de baño. Se había arreglado la cara e iba perfectamente peinada.

– Qué lástima, con lo guapa que estás -dijo Bond, esbozando una sonrisa.

– ¿Qué quieres decir?

– Me gustaría llevarte a cenar. Dublín presume de tener excelentes restaurantes. Por desgracia…

– No podemos exhibirnos por ahí.

– No. Me temo que tendremos que conformarnos con que nos sirvan unos bocadillos y un café aquí, en la habitación. ¿Qué te apetece?

– ¿Podríamos pedir una botella de vino en lugar de café?

– Lo que tú prefieras.

Bond llamó al servicio de habitaciones y descubrió que tenían bocadillos de salmón ahumado. Los pidió junto con una botella del mejor Chablis que había en la lista. Después, sacó la varilla y la pistola que guardaba en la maleta. No iba a permitir que le pillaran con el truco más viejo de los manuales y que se presentara otra persona en sustitución del camarero; era uno de los pocos detalles que solían cuidar bien en las malas películas. Antes de que llegara el camarero, tomó el teléfono y volvió a marcar el número del inspector Murray, según lo acordado. La llamada fue muy breve. Sabía exactamente cuánto tiempo tardaría Murray en localizar su número y, por consiguiente, también su paradero en el hotel International Airport. En su trabajo no podía uno fiarse nunca de nadie.

– ¿Norman? Aquí, Jacko. ¿Hay algo?

– Saldrá en la prensa de la mañana, Jacko. Pero quiero hablarte de otra cosa.

– Dime tan sólo lo que publicará la prensa.

– Una chica de aquí, Jacko. Sin estudios. Trabajaba como camarera a horas y se llamaba Betty-Anne Mulligan.

– Ya. ¿Tienen alguna idea por allí?

– Ninguna en absoluto. Es una buena chica. Veintidós años. No tenía novio. La familia está destrozada.

– ¿Y la mutilación?

– Creo que ya lo sabes, Jacko. Vosotros habéis tenido un par por vuestros barrios. A Betty-Anne Mulligan le machacaron la cabeza y después le extirparon la lengua. Cuando ya estaba muerta. Un trabajo muy profesional, según me han comunicado.

– ¿Nada más?

– Sólo la ropa que llevaba. El impermeable y el pañuelo de la cabeza.

– ¿Y eso?

– No eran suyos, Jacko, no eran suyos. Pertenecían a una cliente del hotel. Hacía un día precioso cuando Betty-Anne se fue al trabajo. La lluvia empezó a media tarde y la chica tenía que recorrer un largo camino para regresar a casa. Más de tres kilómetros, y no llevaba abrigo ni nada con que cubrirse la cabeza. Una cliente se compadeció de ella…

– ¿Su nombre?

– La señorita Elizabeth Larke, Jacko. ¿Te suena de algo ese nombre?

– No -contestó Bond con toda sinceridad-, pero puede que me suene mañana. En caso afirmativo, te llamaré.

– Buen chico. Ahora si…

Bond no había cesado de mirar el reloj. Le quedaban treinta segundos antes de que pudieran localizarle.

– No, Norman. No hay tiempo. Tus preguntas tendrán que esperar. ¿Aparecerá el nombre de la cliente en los periódicos?

– No. Y tampoco el detalle sobre la lengua.

– Bien. Ah, Norman, eso es absolutamente extraoficial. Estaré en contacto.

– Jacko… -oyó que decía Murray mientras él colgaba el teléfono.

Bond se pasó un minuto contemplando el teléfono en silencio hasta que la llamada del camarero le interrumpió los pensamientos.

– Heather, ¿te reunías muy a menudo con Ebbie? Creo que ya te lo pregunté, pero necesito saber más detalles.

Se tomaron los bocadillos y bebieron un Chablis del 78. Una buena cosecha, pero con un precio exagerado. Heather levantó la copa para que se la volviera a llenar.

– Nos reuníamos dos o tres veces al año.

– ¿Y cumplíais las normas de rigor?

– Sí. Tomábamos muchas precauciones. Reservábamos habitación en los hoteles bajo nombres falsos…

– ¿Cómo por ejemplo?

– Ella era siempre Elizabeth. Yo, Hetty. Nuestros apellidos eran nombres de pájaros y peces.

– Ya. ¿Teníais una lista?

– No. Cada vez que nos reuníamos, nos inventábamos los nombres que llevaríamos en nuestro próximo encuentro -Heather soltó una cantarina carcajada, casi de colegiala-. Ebbie y yo estábamos muy unidas. Era la mejor amiga que jamás he tenido. En mis tiempos, he sido miss Sole [lenguado], miss Salmon [salmón], miss Crabbe [cangrejo]. A veces, cambiábamos ligeramente la ortografía como en miss Pyke [lucio], con y griega en lugar de i latina.

– ¿Y qué eres esta vez?

– Tú me has puesto miss Arlington, pero yo hubiera sido Hetty Sharke [tiburón].

– ¿Y el pájaro?

Los ojos de Heather se llenaron de lágrimas. Bond temió por un instante que fuera a venirse abajo otra vez y trató de calmarla. Heather asintió en silencio, tragó saliva y habló con un hilillo de voz.

– Nos reíamos mucho juntas. Ella había sido Elizabeth Sparrow [gorrión], When [reyezuelo], Jay [grajo], Hawke [halcón] con una e añadida.

– ¿Y esta vez?

– Larke [alondra].

– Con e final, claro.

– Sí.

O sea que la señorita Larke, cómodamente alojada en el hotel del castillo de Ashford, era Ebbie Heritage. ¿Fue simplemente amable y le prestó a la pobre camarera su impermeable y su pañuelo o vio tal vez a alguien que le infundió sospechas, en cuyo caso trataría de largarse cuanto antes del hotel?

– ¿Teníais algún sistema de retirada por si algo fallara?

– Siempre -contestó Heather, asintiendo-. Pero eso fue una emergencia. Hicimos planes de éste tipo la primera vez que nos reunimos después de nuestra rehabilitación. Si algo fallara o yo no apareciera, ella hubiera tenido que ir a Rosslare, al Great Southern, el gran hotel que da al puerto. Eso por si tuviéramos que salir a escape en el transbordador. Pero ahora…

Su voz se perdió, ahogada por las lágrimas.

Bond consultó el reloj. Ya eran las once pasadas. Por un instante, estuvo tentado de consolar a Heather y decirle que Ebbie estaba sana y salva. Pero la experiencia le decía que era mejor guardarse la información.

– Mira, Heather, mañana va a ser un día muy duro. Tengo que bajar unos minutos. No debes abrir la puerta a nadie más que a mí. Haré una llamada Morse V (tap-tap-bag), dos veces consecutivas. Si viene alguien, no contestes. Y no te pongas al teléfono. Prepárate para acostarte. Apartaré los ojos cuando me abras la puerta…

– Vamos, James, ya soy una mujer hecha y derecha. He trabajado en el frente, no lo olvides.

Heather soltó una risita que a Bond le infundió una leve sospecha. Aquella agente de primera a quien se había encomendado el objetivo posiblemente más importante de la Operación Pastel de Crema parecía haberse emborrachado con menos de media botella de Chablis. A Bond la cosa le olía a chamusquina. La chica parecía una entusiasta aficionada que pretendiera ganarse el reconocimiento profesional. Bond se puso la chaqueta.

– Muy bien, pues, miss Heather Dare. Nada de abrir la puerta como no sea a mí, y nada de contestar al teléfono. No tardaré.

Una vez abajo, Bond se fue al bar pidió un vodka con tónica y pagó con un billete de diez libras inglesas. El cambio se lo devolvieron en moneda irlandesa como si no hubiera la menor diferencia entre el valor de ambas monedas. Bond convenció por tanto al camarero de que le entregara tres libras en monedas de diez peniques para poder utilizar una de las cabinas telefónicas del vestíbulo.

Después, examinó pausadamente el bar, la cafetería y el vestíbulo, e incluso entró en un curioso espacio cerrado, provisto de sillones tapizados con cuero negro de imitación, que ocupaba buena parte del vestíbulo como una especie de búnker.

Allí no había nadie que le inspirara el menor recelo. Ningún olor, nada impropio, tal como hubiera dicho su viejo amigo, el inspector Murray. Tras cerciorarse de que todo iba bien, se dirigió a las cabinas telefónicas situadas junto a la puerta, buscó el número del castillo de Ashford en la guía, y marcó.

– Quisiera hablar con una de sus clientes, miss Larke -le dijo a la lejana telefonista-. Elizabeth Larke.

– Un momento -hubo un clic en la línea y, después, se volvió a escuchar la voz-: Lo siento, señor, miss Larke ya se ha ido.

– ¿Cuándo? Llamo en nombre de una amiga suya que tenía que reunirse con ella en éste hotel, miss Sharke, S-h-a-r-k-e. ¿No le ha dejado ningún recado?

– Le pondré con Recepción.

Hubo una breve pausa. Después, otra voz anunció:

– Recepción.

Bond repitió la pregunta. Sí, miss Larke había dejado un recado, diciendo que se adelantaba.

– ¿No sabe usted adónde ha ido?

– Ha dejado una dirección en Dublín -la muchacha hizo una pausa, sin saber si facilitársela o no.

Al fin, cedió y le indicó a Bond la dirección de Ebbie en Dublín, cerca de Fitzwilliam Square.

Bond le dio las gracias, cortó la comunicación y marcó el número de la Rama Especial de la Garda en el castillo de Dublín.

– Soy Jacko otra vez, Norman -dijo cuando Murray se puso al aparato.

– Me pillas de milagro. Iba a salir. Espera un minuto.

El minuto se prolongó más de la cuenta. Murray quería localizar la llamada.

– Muy bien, hombre. De todos modos, necesitaba hablar contigo.

– Eso lo dejaremos para mañana, Norman. Una pregunta: ¿crees que los chicos de Mayo habrán terminado con miss Larke, la clienta que tuvo la amabilidad de prestarle su impermeable a la chica?

Otra pausa: uno, dos, tres. Murray se estaba entreteniendo para dar tiempo a los ingenieros.

– ¿Y bien? -le apremió Bond.

– Supongo que sí, siempre y cuando tuvieran una dirección en la que poder ponerse en contacto con ella. He hablado con el comisario encargado del caso. No despierta sospechas; es tan dulce como un corderito, me dijo. Un corderito y una alondra (lark), ¿qué te parece? -añadió Murray, soltando una carcajada.

– Gracias, Norman.

Bond colgó el teléfono en el acto. Murray le conocía oficialmente como Jacko B. El nombre era su seudónimo telefónico en la República de Irlanda desde hacía mucho tiempo. En realidad, pensó Bond ahora, ya debía estar un poco gastado, pero a nadie se le había ocurrido cambiárselo. Aunque habían trabajado juntos un par de veces, Murray no se llamaba a engaño con respecto al Servicio cuando Jacko B se ponía en contacto con él. Las relaciones entre ambos estaban presididas por el recelo, pero eran claras e inequívocas. Tras haber mantenido tres conversaciones con él sin tener idea de su paradero, Murray acudiría sin duda a ver al residente de la embajada en Merrion Road.

Aún no era medianoche, pero Big Mick nunca andaba muy lejos de un teléfono. Apilando las monedas sobre el teléfono público, Bond marcó el número. Mick contestó de inmediato.

Una vez ambos se hubieron identificado, éste dijo:

– Tengo los vehículos y los hombres. Dame los detalles, Jacko.

Bond le facilitó el número de matrícula de su automóvil de alquiler y luego añadió:

– Hacia las diez o diez y media de mañana por la mañana, tendrás que recogernos cerca del Green. Nosotros habremos aparcado el vehículo y subiremos por Grafton Street. ¿De qué coches dispones, Mick?

– De un Volvo rojo oscuro, de un Audi azul oscuro y de un viejo Cortina beige en muy buen estado. ¿Adónde vamos y cómo nos quieres?

– Tomaremos el camino directo a Rosslare. Quiero que uno de los vehículos se adelante, por ejemplo, el Cortina, y que el Volvo y el Audi circulen muy pegados a mí. Sígueme si puedes, Mick. Pero no exageres, que no se note demasiado. Hazme una señal luminosa con los faros si tenemos compañía persistente. Hazme dos, si ves a un hombre de tez morena con el cabello muy corto y la cara cuadrada que se pavonea en lugar de caminar…

– No creo que se pueda pavonear mucho dentro de un vehículo -dijo Big Mick en tono sarcástico.

– Es un militar alemán. Es la única descripción que te puedo dar -dijo Bond, comprendiendo que no era fácil describir a Maxim Smolin por teléfono. Le había visto sólo una vez en París hacía tres años y había estudiado en los archivos unas siete fotografías suyas, pero no servían de mucho. Volviendo a Big Mick Shean, añadió-: Hasta mañana y gracias, Mick. ¿Te parece bien el dinero en el sitio de siempre?

– Eres todo un caballero, Jacko. Hasta mañana entonces.

Bond colgó el teléfono y se disponía a subir a la habitación cuando se le ocurrió otra cosa. Tal vez fuera un mal pensado, pero no podía evitar sentir cierta inquietud. Antes de subir al ascensor, se detuvo junto al teléfono interno de los clientes y marcó el número de la habitación. Frunció el ceño al oír que comunicaba. Heather le había desobedecido. Al llegar al dormitorio, Bond llamó dos veces a la puerta en Morse V. Se abrió la puerta y una figura en blanco y rosa regresó corriendo a la cama. Bond cerró la puerta, puso la cadena y se volvió a mirar a Heather, tendida en la cama con una leve sonrisa en los labios. Al ver que el teléfono de la mesilla de noche estaba descolgado, Bond lo señaló con la cabeza.

– Ah -dijo Heather, ensanchando la sonrisa mientras apartaba las sábanas para dejar al descubierto un brazo desnudo, un hombro y parte del escote-. Soy terrible con los teléfonos, James. No puedo soportar que suenen sin ponerme, y he preferido descolgarlo -colgó el aparato y, mirando a Bond desde la cama, apartó un poco más la ropa-. Si quieres dormir aquí, James, no me quejaré.

Se la veía tan vulnerable que Bond tuvo que hacer un enorme esfuerzo de voluntad para rechazar el ofrecimiento.

– Eres un encanto, Heather, y me siento muy halagado. Exhausto, pero halagado, y mañana será otro día. Por si fuera poco, será un día muy duro.

– Es que me siento tan… sola y desdichada.

Dicho esto, Heather se volvió de lado, hundió la cabeza en la almohada y se la cubrió con la sábana.

Bond tomó con mucho cuidado una de las almohadas sobrantes de la cama y se quitó la chaqueta y los pantalones. Después se envolvió en una corta bata de seda que llevaba en la maleta de huida y en una manta que sacó del armario. Tras lo cual, se tendió en el suelo pegado a la puerta, con una mano ligeramente apoyada en la culata de su pistola automática.

Al fin, se quedó dormido.

De repente, se despertó sobresaltado. Eran las cinco de la madrugada y alguien manipulaba con extremo cuidado el tirador de la puerta.

6. Basilisco

James Bond apartó en silencio la manta que lo cubría, sacando al mismo tiempo la pistola. El tirador de la puerta giró muy despacio y se detuvo, pero, para entonces. Bond ya se encontraba junto a la cama donde dormía Heather, y le sacudió el hombro desnudo con la mano en la que sostenía el arma mientras le tapaba suavemente la boca con la otra. Ella emitió unos pequeños gemidos entrecortados y Bond se inclinó, diciéndole en voz baja que tenían visita y que convendría que se levantara y se escondiera. Heather asintió en silencio y él retiró la mano y regresó a la puerta, manteniéndose a un lado. Más de una vez había visto lo que eran capaces de hacer las balas a través de las puertas. Colocó cuidadosamente la cadena y después se apartó todo lo que pudo y abrió bruscamente la puerta.

– ¿Jacko? Hola, hombre.

A la escasa luz del pasillo, Bond reconoció la alta figura y el astuto rostro sonriente del inspector Murray, mirando hacia el interior de la habitación.

– Pero, ¿qué es eso?

Bond se situó de un salto a su espalda. De un rápido movimiento, cerró la puerta y encendió la luz, empujando al hombre de la Rama Especial de la Garda lo justo para hacerle perder el equilibrio. Murray cayó hacia adelante, tratando de agarrarse a la cama, pero Bond le aplicó una llave en el cuello, apoyando el cañón de la ASP justo detrás de su oreja derecha.

– ¿A qué estás jugando, Norman? Conseguirás que te maten como andes reptando por ahí de esta manera. ¿O acaso tienes una cuadrilla armada, rodeando el hotel?

– ¡Ya basta, Jacko! ¡Ya basta! Vengo en son de paz… Solo y con carácter extraoficial.

Heather salió lentamente de debajo de la cama y contempló, asustada, el sonriente rostro del inspector.

– Ah -dijo Murray, esbozando una amistosa sonrisa mientras Bond aflojaba ligeramente la presa-, ésta debe ser miss Arlington, ¿verdad, mister Boldman? ¿O prefiere que le llame Jacko B?

Sin apartar la pistola de la cabeza de Murray, Bond soltó la presa. Con la mano libre, localizó el revólver Walther PPK creado especialmente para la Garda, lo sacó de la funda y lo hizo resbalar por el suelo, lejos del alcance del inspector.

– Pues, para ser un hombre de paz, vienes muy bien preparado, Norman.

– Vamos, Jacko, tú sabes que siempre tengo que llevar el cañón. Lo sabes tan bien como yo… y, además, ¿qué es una pistolita de nada entre amigos?

– Podría ser la muerte -contestó cínicamente Bond-. Entonces, ¿sabías desde un principio que yo estaba aquí? ¿Y miss Arlington?

– Pues, claro, hombre. Pero me guardo el secreto. Resulta que tenemos casualmente una alerta roja en estos momentos y tu cara apareció en el aeropuerto. Por suerte, yo estaba de guardia en el castillo cuando salió en la pantalla. Telefoneé al jefe de los fantasmas británicos, el viejo Grimshawe, en Merrion Road y le pregunté si tenía algún equipo extraordinario por aquí o si esperaba la llegada de alguno. Grimshawe me dice siempre la verdad. Trabajamos mejor de esta manera y nos ahorramos mucho tiempo. Me contestó que no tenía a nadie y que no se desarrollaba ninguna actividad extraoficial, y yo le creí. Entonces, tú me llamaste y la cosa empezó a interesarme -Murray parpadeó maliciosamente, mirando a Heather-. ¿No será usted por un casual la amiga de miss Larke, ¿verdad, miss Sharke?

– ¿Cómo? -exclamó Heather, boquiabierta de asombro.

– Porque, si lo fuera, sería mal asunto para su seguridad. No nos gustan demasiado estas cosas. Los apellidos como Larke y Sharke llaman la atención porque son estúpidos, cosa que nosotros no somos.

– Fíjese bien, querida, porque no tiene un pelo de estúpido -dijo Bond, imitando el acento de Murray, más propio de las tierras bajas de Escocia que de Dublín.

Tal como el inspector solía decir: «Nací en el norte, me eduqué en el sur, paso mis vacaciones en Escocia o España y trabajo en la República de Irlanda. No me siento en casa en ningún sitio.»

– Has cometido una tontería, tratando de abrir mi puerta a estas horas de la noche.

– ¿Y a qué hora querías que lo hiciera? En pleno día no puedo porque tengo que dar cuenta de todos mis movimientos.

– Hubieras podido llamar.

– Me disponía a hacerlo, Jacko. Treinta segundos más, y lo hubiera hecho. Tap, tap, tap.

Los dos hombres se miraron con recelo.

– No he venido aquí por gusto -dijo el inspector Murray, esbozando una sonrisa-, sino porque estoy en deuda contigo y siempre pago mis deudas.

Era cierto. Hacía cuatro años, Bond le había salvado la vida en el lado irlandés de la frontera, cerca de Crossmaglen, aunque el incidente permanecería siempre oculto en los archivos secretos del Servicio.

Heather tomó la colcha de la cama y se cubrió con ella, tratando al mismo tiempo de alisarse el cabello. La interesante y reveladora serie de movimientos hizo que ambos hombres se la quedaran mirando en silencio. Tras lo cual, Murray se sentó en la cama, girando el cuerpo en un infructuoso intento de vigilar simultáneamente a Bond y Heather.

– Mire, joven -añadió Murray-, Jacko le dirá que puede confiar en mí.

– No confíe en nadie, miss Arlington -dijo Bond con rostro impasible.

– Muy bien -Murray lanzó un suspiro-. Te expondré simplemente los hechos. Después, me iré a casa y me tomaré una taza de chocolate antes de acostarme.

Bond y el inspector se miraron mutuamente en silencio, como si trataran de adivinarse las intenciones.

– Resulta que ahora la tal miss Larke… -prosiguió diciendo Murray-…la que le prestó el impermeable y el pañuelo a la pobre chica…

– ¿Cómo…? -exclamó Heather mientras Bond sacudía imperceptiblemente la cabeza para indicarle que no debía reaccionar.

– Bueno, pues, parece ser que miss Larke se ha escondido en la tierra, tal como suele decirse de los zorros.

– ¿Quiere decir que no está…? -empezó a preguntar Heather.

– ¡A callar! -gritó Bond.

– Por Dios bendito, Jacko, ¿es que no puedes dominarte? -Murray sonrió, respiró hondo y añadió-: Había una dirección en Dublín -miró a su alrededor, primero a Heather y luego a Bond, con una expresión de la más pura inocencia-. Una bonita dirección en Fitzwilliam Square -esperó por si alguien hacía algún comentario y, a1 ver que no ocurría así, se encogió de hombros y dijo-: Bueno, pues, alguien fue y le dio la vuelta al tambor, tal como dirían en Londres.

– ¿Te refieres a la dirección de Dublín facilitada por la persona que se apellida Larke? -preguntó Bond.

– Cuyo apellido sospecho no es Larke, sino Heritage. Ebbie Heritage

– Esta mujer, Larke o Heritage… -dijo Bond.

– Vamos, Jacko, no te hagas el tonto conmigo. Y una mierda no lo sabes, disculpe miss… hum…, ¿Sharke?

– Arlington -contestó Heather sin vacilar.

Al final, había conseguido serenarse.

– Sí -dijo Murray sin creerse ni una sola sílaba del apellido-. Tal cono ya he dicho, la dirección facilitada por miss Larke pertenece en realidad a miss Heritage. Ambas han desaparecido. El apartamento de Fitzwilliam Square está todo revuelto.

– ¿Robo? ¿O se trata de un acto de vandalismo? -preguntó lacónicamente Bond.

– Pues un poco de ambas cosas. Hay un desorden total. Para mí, es un trabajo profesional disfrazado de tal forma que parezca obra de unos entusiastas aficionados. Y lo más curioso es que no queda en la casa el menor rastro de correspondencia. Levantaron incluso el entarimado.

– ¿Y has venido aquí al amanecer sólo para decirme eso?

– Bueno, tú parecías interesado por el asunto del castillo de Ashford y pensé que deberías saberlo. Además, conociendo la clase de trabajo que haces, consideré oportuno informarte de otra cosa.

Bond asintió, animándole en silencio a proseguir.

– ¿Has oído hablar alguna vez de un tipo llamado Smolin? -preguntó Murray con la mayor indiferencia-. Maxim Smolin. Nuestra rama en Londres, y supongo que la gente para la que tú trabajas también, le conoce bajo el estúpido nombre en clave de Basilisco.

– Hum -refunfuñó Bond.

– ¿Quieres conocer la historia de éste tipo o ya la conoces, Jacko?

– De acuerdo, Norm… -dijo Bond sonriendo.

– Y no me sigas llamando Norm si no quieres que te envíe a la cárcel bajo una falsa acusación que te impida regresar a la República de Irlanda de por vida.

– De acuerdo, Norman. Maxim Anton Smolin; nacido en mil novecientos cuarenta y seis en Berlín, hijo de una dama alemana llamada Christina von Geshmann y de un general soviético apellidado Smoun de quien ella era amante por aquel entonces. Alexei Alexeiovich Smolin. El joven Smolin recibió el apellido de su padre y la nacionalidad de su madre. Se educó en Berlín y en Moscú. Su madre murió cuando él contaba apenas dos años. ¿Es éste tu hombre, Norman?

– Sigue.

– Entró en la carrera militar a través de una de esas escuelas rusas tan bonitas; no recuerdo bien cuál de ellas. Pudo ser el Ejército Trece. Sea lo que fuera, le asignaron desde muy joven un destino y después lo enviaron al Centro de Adiestramiento Spetsnaz… especializado en la formación de la elite, si es que te gustan esta clase de asesinos de elite. El joven Maxim se abrió camino y fue invitado a formar parte del brazo más secreto del espionaje militar, el GRU. Esa es la única forma de poder entrar en el GRU, a diferencia de lo que ocurre en el KGB que te recoge de la calle si tú te ofreces. Desde allí, y a través de una serie de puestos, Smolin regresó a Berlín Este como oficial de alta graduación del HVA, el servicio de espionaje de la Alemania del Este.

»Nuestro Maxim hace de todo: es un topo dentro de una madriguera de topos, trabaja con la HVA que, a su vez, tiene que colaborar con el KGB y hace, de paso, algún que otro trabajito por su cuenta, porque, en realidad, es un miembro de GRU.

– Te conoces a éste hombre al dedillo -dijo Murray muy sonriente-. ¿Sabes lo que dicen del GRU? Dicen que cuesta un rublo entrar y dos salir. Parece casi un dicho irlandés. Es muy difícil llegar a convertirse en oficial del GRU, y más difícil todavía saltar la tapia una vez dentro, porque, de hecho, sólo hay una forma de salir de allí… Con los pies por delante. Les encanta adiestrar a los extranjeros, y no olvidemos que Smolin es ruso sólo a medias. Me dicen que ostenta un gran poder en la Alemania del Este. Hasta los hombres del KGB le tienen respeto.

– ¿Y bien, Norman? ¿Tienes algo más que decirnos sobre él? -preguntó Bond.

– Mira, Jacko, todo el mundo cree que en esta isla dividida sólo tenemos un problema, el norte y el sur. Pero se equivocan de medio a medio y estoy seguro de que tú lo sabes. El llamado Basilisco llegó a la República de Irlanda hace dos días. Cuando me enteré de eso tan horrible que ocurrió en el castillo de Ashford, Jacko, recordé que había habido dos asesinatos parecidos al otro lado del estrecho y me vino a la mente una cita.

– ¿Ah, sí?

– Se ha escrito algo que viene que ni pintado a propósito de la Dirección General de Inteligencia Soviética, es decir, el GRU. El tipo era un desertor del GRU, apellidado Suverov. Y escribía acerca de la gente que no sabe estarse quieta y revela secretos. «¡El GRU sabe cómo arrancar estas lenguas!», escribió. Es curioso, ¿verdad, Jacko?

Bond asintió con aire solemne. Los historiadores de los Servicios Secretos tendían a restar importancia al GRU, el espionaje militar soviético, considerando que había sido engullido por el KGB.

– Según un autor, el GRU está completamente dominado por el KGB. Otro señalaba que el hecho de considerar al GRU como un organismo aparte era un puro ejercicio académico. Ambos conceptos eran erróneos. El GRU trata por todos los medios de conservar su propia identidad.

– ¿En qué piensas, Jacko? -preguntó Murray, Poniéndose más cómodo en la cama.

– Estaba pensando, sencillamente, que los integrantes de la flor y nata del GRU son más mortíferos que los miembros correspondientes del KGB. Hombres como Smolin están mejor adiestrados y carecen del menor escrúpulo.

– Smolin está aquí, Jacko y… -Murray hizo una pausa y su sonrisa se transformó en una mueca-. Y hemos perdido la pista de éste hijo de puta, discúlpeme estas palabras, miss Dare.

– Arlington -musitó Heather sin convicción.

Bond la vio nerviosa y un poco triste.

– Dare, Wagen, Sharke, ¿qué más da? -dijo Norman Murray, levantando una mano. Después bostezó y se desperezó-. Ha sido una noche muy larga. Tengo que irme a dormir.

– ¿Que le habéis perdido la pista? -preguntó Bond, mirándole con dureza.

– Ha desaparecido, Jacko. Porque eso a Smolin siempre se le ha dado muy bien… Es un verdadero Houdini. Hablando de Houdini, Smolin no debe de ser el único que anda suelto por ahí.

– ¿No me digas que también has perdido la pista del Presidente del Comité Central?

– No es momento para bromas, Jacko. Nos han facilitado una pequeña información. No es gran cosa, pero menos da una piedra.

– ¿Podríamos agarrarnos a ella?

– Yo que tú, si fuera verdad, preferiría no hacerlo, Jacko B.

– ¿Y bien?

– Dicen que alguien situado mucho más arriba que Smolin se encuentra en Irlanda. No es seguro, pero corren insistentes rumores. Aquí hay un pez de los más gordos. Es lo único que puedo decirte. Y ahora, buenas noches a los dos. Que soñéis con los angelitos.

Murray se levantó y, dirigiéndose a un rincón, recogió su Walther.

– Gracias, Norman. Mil gracias por todo -Bond le acompañó a la puerta-. ¿Puedo preguntarte una cosa?

– Habla por esta boca. Las respuestas son gratis.

– Le has perdido la pista al camarada Smolin…

– Sí. Y ni siquiera hemos tratado de olfatear la presencia del otro, si es que efectivamente está aquí.

– ¿Le seguís buscando?

– Hasta cierto punto, sí. La mano de obra es problema tuyo, Jacko B.

– ¿Qué haríais si acorralarais a uno de ellos?

– Meterte en un avión y enviarle a Berlín. Pero los tipos se quejarían y tratarían de ocultarse en aquel pozo de iniquidad de Orwell Road, ya sabes, el que tiene algo así como seiscientas antenas y placas electrónicas en el tejado. Qué ironía, ¿verdad?, que los soviéticos tengan su embajada en Orwell Road [4] y hayan construido un bosque de quincallería electrónica en el tejado. Allí se ocultaría tu hombre.

– ¿Y no está allí en éste momento?

– ¿Y yo qué sé? ¿Acaso soy el guardián de mi hermano?

Salieron a la extensión de césped del Green de St. Stephen, subiendo por Grafton Street. Heather llevaba unas abultadas bolsas de los establecimientos Switzers y Brown Thomas. Bond la seguía a dos pasos con un paquetito en una mano y la otra delante de la chaqueta desabrochada, lista para sacar la pistola. Desde que Norman Murray abandonara el hotel, cada vez le gustaba menos el cariz que iban tomando los acontecimientos. Heather se puso furiosa al enterarse de que Ebbie estaba viva y de que él no se lo había dicho.

– Pero, ¿por qué no me lo dijiste? Con el disgusto que me llevé. Sabías que estaba viva…

– Sabía que probablemente estaba viva.

– ¿Y por qué no tuviste la honradez de decírmelo?

– Porque no estaba seguro de ello y porque tu precioso Pastel de Crema se me antojó una operación improvisada desde un principio. Y me lo sigue pareciendo.

Bond se abstuvo de añadir otras cosas, porque su sentido del humor estaba un poco maltrecho. En teoría, Pastel de Crema era una buena operación, pero, en caso de que Heather fuera una típica muestra de las cinco jóvenes elegidas para llevarla a cabo, los planificadores de la misión habían cometido un fallo garrafal. No tuvieron tiempo de adiestrarles debidamente y consideraron suficiente que sus progenitores hubieran colaborado con ellos algunas veces.

Los nombres resonaban sin cesar en su mente como un disco rayado: Franzi Trauben y Elli Zuckermann, ambas muertas, con las cabezas machacadas y las lenguas hábilmente extirpadas; Franz Belzinger, que gustaba de llamarse Wald; la propia Irma Wagen y Emilie Nikolas, que debía estar en Rosslare.

Se preguntó por qué razón a Franz le gustaba llamarse Wald. Pero no, se dijo, tenía que empezar a llamarles por sus nombres ingleses, aunque de bien poco les hubieran servido. Tenía que pensar en las difuntas Bridget y Millicent, en Heather y Ebbie que aún estaban vivas; y en Jungla Baisley, que problablemente no había muerto.

Sin olvidar a esos cinco personajes, Bond recordó a otras figuras siniestras, especialmente a Maxim Smolin, a quien tantas veces había visto en borrosas fotografías de vigilancia y filmaciones llenas de sacudidas, deformadas a través de las lentes de fibra óptica, e incluso -sólo una vez- en carne y hueso, cuando salía del restaurante Fouquet, de los Campos Elíseos de París. Bond se hallaba sentado en la terraza de un café justo en la acera de enfrente en compañía de otro agente y, a pesar de la anchura de la calle y el intenso tráfico que circulaba por ella, la ruda apariencia militar de Smolin ejerció en él un profundo impacto. Tal vez porque caminaba exagerando el porte de un soldado profesional o por sus ojos en constante movimiento o sus manos, una apretada en puño y la otra extendida como si estuviera a punto de utilizar su canto a modo de afilado cuchillo. Smolin parecía irradiar energía y maléfico poder.

El séptimo protagonista, el «alguien situado mucho más arriba que Smolin», cuyo nombre Norman Murray no le había revelado, arrojaba una sombra más funesta sobre todo el asunto.

Volviendo al presente, Bond observó que había cesado de llover, aunque el aire era muy frío y unas negras nubes se perseguían unas a otras por encima de los tejados de los edificios. Cuando se detuvieron junto al semáforo en rojo, Bond distinguió a Big Mick

Shean, con su negra barba y su alborotado cabello, al volante de un Volvo de color granate. El irlandés no dio la menor muestra de reconocimiento, pero Bond estaba seguro de que ya habría identificado el vehículo aparcado y le habría visto por el rabillo del ojo en la otra acera y en compañía de Heather. Cruzaron la calle cuando el semáforo se puso verde, caminando despacio. Bond le había dicho a Heather que no corriera.

– Es más o menos lo que se hace cuando se enciende la mecha de un artefacto explosivo. Te alejas despacio y nunca corres, aunque tropieces.

Heather asintió. Estaba claro que tenía cierta idea sobre explosivos, lo cual significaba que había sido convenientemente adiestrada. En el transcurso del viaje a Rosslare, tendría ocasión de repasar sus conocimientos punto por punto.

No atravesaron el césped central de la plaza, sino que lo rodearon por el lado norte, dirigiéndose hacia el lado este donde tenían aparcado el automóvil. Al llegar a la altura del Hotel Shelbourne, Bond se detuvo casi en seco. Mirando hacia el famoso hotel, vio por segunda vez en carne y hueso la compacta y pulcra figura del coronel Maxim Smolin acompañado de dos corpulentos individuos de baja estatura. Los tres empezaron a descender por los peldaños, mirando a derecha e izquierda como si esperaran algún medio de transporte.

– No mires hacia el Hotel Shelbourne -musitó Bond por lo bajo-. No, Heather, no mires -repitió, apurando el paso mientras ella reaccionaba-. Sigue andando como si tal cosa. Tu ex amante acaba de salir de su escondrijo.

7. El Accidente

Hubiera sido absurdo echar a correr. Smolin conocía a Heather vestida y desnuda, y Bond suponía que a él también le debía conocer de vista. Al fin y al cabo, su fotografía probablemente figuraba en los archivos de todas las agencias de espionaje del mundo. Sólo podía abrigar la esperanza de que, en medio del intenso tráfico, y preocupado por la tardanza de su vehículo, Smolin no hubiera reparado en ellos. Pero sabía que las posibilidades eran muy escasas. Smolin estaba acostumbrado a distinguir los rostros más improbables entre una multitud de miles de personas.

Tomando suavemente a Heather del brazo, Bond dobló con ella la esquina y aceleró imperceptiblemente el paso mientras ambos se dirigían al automóvil.

Sintió un desagradable cosquilleo en la nuca, como si una docena de minúsculas arañas mortales le estuvieran recorriendo la piel. No era un símil muy afortunado, pero Bond era lo bastante realista como para saber que había muchas probabilidades de que los ojos del coronel Maxim Smolin estuvieran clavados en sus espaldas. Seguramente estaría sonriendo ante la coincidencia de ver a su antigua amante en Dublín. Pero, ¿seria una simple coincidencia?, se preguntó Bond. En aquel trabajo, la coincidencia era por regla general una palabrota. «M» solía decir que semejante cosa no era posible, del mismo modo que Freud dijo una vez que, en condiciones de estrés y confusión, no se podían dar los accidentes. Sentado en el interior del vehículo, Bond miró a través del espejo retrovisor mientras giraba la llave de encendido y se ajustaba el cinturón de seguridad. El tráfico era muy denso, pero, aun así, pudo distinguir un Cortina de color beige a su espalda, seguido de cerca por un Audi azul oscuro. Ya había visto a Big Mick al volante del Volvo granate; por consiguiente, todos los vehículos rodeaban el Green. Lo difícil sería salir con éxito, llegar a las afueras de Dun Laoghaire y bordear posteriormente la costa. La carretera atravesaría Bray y Arklow, Gorey y Wexford, y bajaría después a Rosslare. Difícil sí sería, porque, a lo mejor, tendrían que rodear el Green más de una vez para colocarse en posición, lo cual les obligaría a pasar de nuevo por delante del Shelbourne.

Bond empezó a salir de su zona de estacionamiento, impacientándose un poco al ver que no se producía ningún hueco en el tráfico. En cuanto vio la oportunidad, hizo rápidamente marcha atrás, puso primera y se adentró en la circulación. Segundos más tarde, ya había conseguido situarse detrás del Audi.

Rodearon una vez más el Green sin ver el menor rastro de Smolin y sus dos fornidos acompañantes a la entrada del Shelbourne. El Cortina se alejó al llegar al cruce y se fue directamente hacia Merrion Row y Baggot Street. Cuando llegaron por segunda vez al mismo punto, Big Mick se situó a su espalda, protegiéndole por detrás mientras el Cortina se adelantaba para efectuar un reconocimiento previo. A través del espejo retrovisor, Bond vio en el curtido rostro de Big Mick una sonrisa de satisfacción. En el asiento de atrás del automóvil, las bolsas de Heather resbalaron y es deslizaron de uno a otro lado mientras Bond cambiaba de carril. Quería abandonar Dublín a la mayor rapidez posible.

– ¿Por qué quería que le llamaran Wald? -preguntó súbitamente Bond.

Ya habían recorrido un buen trecho a pesar de la densidad del tráfico, y podían ver la majestuosa iglesia de estilo casi francés, que dominaba la pequeña localidad de Bray.

Heather llevaba un buen rato en silencio para que Bond pudiera concentrarse mientras circulaban por las simpáticas pero populosas calles que conducían a la salida de la ciudad, pasando por delante del Hotel Jury's y de la anacrónica Royal Dublin Society de Ballsbridge. Al oír la pregunta, la mujer experimentó un sobresalto.

– ¿Wald? ¿Te refieres a Franz? ¿A Jungla?

– No estoy hablando de la Selva Negra, encanto.

Los ojos de Bond estaban fijos en la carretera, los espejos y los instrumentos, en los que efectuaba comprobaciones cada treinta segundos. Pero la atención de su mente estaba repartida entre la conducción del vehículo y el interrogatorio que deseaba llevar a cabo. Heather tardó un poco en contestar, como si estuviera preparando la respuesta.

– Era curioso. ¿Has visto su fotografía? Bueno, pues, era tan guapo, con su cabello rubio y su tez clara, y se le veía tan sano y tan fuerte, que parecía una de aquellas fotografías que se ven a veces del ideal germánico de Hitler, del ario puro.

– Pero, ¿por qué se empeñaba en que le llamaran Wald? -repitió Bond con una punta de impaciencia.

– Era presumido.

– ¿Y eso qué tiene que ver?

Se detuvieron al llegar a un semáforo en rojo. El automóvil de Bond se hallaba pegado al Audi que circulaba a su espalda, mientras que el Volvo de Big Mick estaba separado de ellos por dos camiones.

– En el trabajo, era muy presumido. Decía que era capaz de ocultarse de cualquiera y que nadie podría encontrarle en caso de que él no quisiera. Sería algo así como buscarle en la espesura de un bosque. Creo que fue Elli quien dijo que deberíamos llamarle Wald [bosque], cosa que a él le encantó. Tiene muchos humos. ¿Se dice así?

– Por eso se llama ahora Jungla Baisley -dijo Bond, asintiendo-. ¿Buscarle a él sería como buscar un árbol determinado?

– Más o menos. O como buscar una aguja en un pajar.

Bond se inquietó.

– Dices que Elli le dio éste apodo. ¿Acaso vosotros cinco os reuníais con regularidad?

Hubiera sido un suicidio desde el punto de vista de la seguridad, pensó. Pero había muchas cosas en Pastel de Crema que no favorecían demasiado la seguridad.

– No muy a menudo. Pero si celebrábamos encuentros.

– ¿Los convocaba vuestro jefe?

– No. Swift nos veía de uno en uno. Manteníamos reuniones habituales en casas francas; nos citábamos en tiendas o parques. Pero debes comprender que todos nos conocíamos desde pequeños.

Bond pensó que eran casi unos niños cuando se concibió aquel monstruoso plan. Dos ya habían muerto con toda certeza, los demás tenían precios sobre sus cabezas y sus lenguas. Smolin no descansaría hasta meterlos a todos en sus ataúdes correspondientes. ¿Y qué ocurriría con Swift, su jefe? Había muchos datos sobre Swift en las carpetas que «M» puso a su disposición. Swift era el nombre de una calle; su verdadero nombre estaba cuidadosamente oculto, incluso en los documentos oficiales. Sin embargo, Bond conocía al personaje que se ocultaba detrás de aquel nombre. Era una leyenda viva entre los agentes, uno de los más expertos y hábiles de todo el sector. Le habían puesto el apellido de Swift [rápido] por la rapidez con la cual trabajaba, siempre veloz e infalible. No era muy dado a cometer errores. Y, sin embargo, caso de que Heather no le hubiera mentido con respecto al final de Pastel de Crema, no cabía la menor duda de que Swift había fallado estrepitosamente.

Estaban atravesando una verde y lujuriante campiña. Algunas casitas aisladas arrojaban al aire a través de sus chimeneas el humo de sus fuegos de turba. Era una tierra tranquila, pero un poco desordenada…, tan desordenada como Pastel de Crema. Bond volvió a repasarlo todo mentalmente.

Los progenitores de los cinco protagonistas eran agentes fuera de servicio que sólo de vez en cuando facilitaban alguna que otra información de espionaje.

Pese a lo cual, estaban muy bien colocados. El padre de Bridget era abogado y, entre sus clientes, figuraban muchos altos funcionarios. Los padres de Millicent ejercían como médicos y tenían entre sus pacientes a varios miembros de la comunidad de espionaje. Los otros tres pertenecían a familias militares o paramilitares: el padre de Ebbie era oficial de los Vopos, los de Jungla y Heather eran militares alemanes que trabajaban fuera de los cuarteles de Karlshorst, sede no sólo del Servicio de Espionaje, sino también del Cuartel General soviético en la Alemania del Este. Era lógico que, unos años atrás, aquellos cinco jóvenes hubieran llamado la atención de los planificadores de la operación contra objetivos clave de la Alemania del Este.

Bridget tendría que centrar sus esfuerzos en un miembro del Politburó de la Alemania del Este, y Millicent debería ofrecer sus «servicios» a uno de los siete oficiales del KGB que actuaban bajo una endeble tapadera de «asesores» en Karlshorst. Ebbie estaba destinada a un comandante del ejército de la Alemania del Este. Jungla y Heather tenían a su cargo los mayores trofeos: Fräulein capitán Dietrich, la oficial responsable de los altos funcionarios civiles de la HVA, bien conocida por su afición a los jovencitos, y el coronel Maxim Smolin.

Smolin se enamoró perdidamente de Heather, o eso por lo menos decían los archivos. Bond recordaba todos los detalles del expediente: «Basilisco instaló a la chica en un pequeño apartamento situado a cinco minutos en automóvil del Cuartel General de Karlshorst, donde pasaba casi todas sus horas libres con ella. Después de cualquier viaje "de negocios" extranjero, le llevaba costosos regalos.» A continuación, seguía una lista en la que figuraban desde sofisticados equipos de alta fidelidad a lo que los franceses califican de obsequios «de fantasía» de París. La lista, presuntamente elaborada por Swift, era extremadamente detallada. Las fechas y los objetos se enumeraban en una columna, mientras que en otra se daba cuenta de las ausencias de Basilisco y de todos sus movimientos. Era la lista más exhaustiva de los cinco.

Fräulein capitán Dietrich también le hacía regalos a Jungla, pero Swift no parecía disponer de mucha información al respecto. La información sobre las relaciones entre los otros tres agentes y sus objetivos era todavía más escasa. Bond se preguntó, desde un principio, si la operación debió ser completa o si, en realidad, sólo interesaban dos personas -Dietrich y Smolin- y los demás fueron simples contrapesos o incluso distracciones. Habida cuenta de los errores de bulto cometidos por Swift, Bond tendría que examinar minuciosamente todos los detalles. Mientras cruzaban una aldea de unos quinientos habitantes que, al parecer, disponía de una catedral, doce garajes y veinte bares, dijo:

– Cuéntamelo otra vez, Heather.

– Ya te lo he dicho todo.

La muchacha hablaba con un cansado hilillo de voz, como si no quisiera volver a comentar el asunto de Pastel de Crema.

– Sólo una vez más. ¿Qué sentiste cuando te lo dijeron?

– Tenía apenas diecinueve años, aunque supongo que era muy precoz. Lo vi como un juego. No comprendí hasta mucho más tarde cuán peligroso era todo aquello.

– Pero, aun así, ¿te emocionaba?

– Era como una aventura. Si tuvieras diecinueve años y te ordenaran seducir a una mujer mayor, pero no del todo fea, ¿tú no te emocionarías?

– Depende de cuáles fueran mis inclinaciones políticas.

– ¿Y eso qué quiere decir?

Heather tenía los nervios a flor de piel.

– ¿Eras una joven políticamente concienciada cuando te propusieron esta emocionante aventura?

– Si quieres que te diga la verdad -contestó Heather, exhalando un profundo suspiro-, yo estaba harta de la situación. Para mí, todo lo que me decían eran idioteces: el este, el oeste, el norte, el sur…, el partido comunista, los norteamericanos, los británicos. Maxim solía decir: «La política y la religión son como una feria.»

– ¿Ah, sí? -Bond se sorprendió ante aquella repentina revelación sobre los puntos de vista de Smolin en materia política-. ¿Y qué quería decir con eso?

– Quería decir que pagabas y elegías lo que más te apetecía. Pero añadía que, una vez hecha la opción, ésta te ataba de pies y manos. Según él, el comunismo era en política lo más próximo que pudiera haber a la Iglesia católica. Ambos tienen unas reglas de las que uno no se puede desviar.

– Sin embargo, tú intentabas desviarle. Te esforzabas al máximo por convertirle.

– En cierto modo, sí.

Bond soltó un gruñido.

– ¿Le conocías de antes?

– Ya te lo he dicho -Heather volvió a suspirar-. Era un asiduo visitante de nuestra casa.

– ¿Y mostraba interés por ti?

– No especialmente.

La joven pareció dudar un instante y luego se lanzó a una larga perorata. El coronel Maxim Smolin no era lo que pudiera decirse un hombre guapo, pero poseía cierto atractivo. A primera vista, no ejercía una atracción física, pero tenía algo especial. Después, cuando le explicaron todo el asunto, Smolin le resultó todavía más simpático. Primero, su padre le dijo que el coronel luchaba contra las potencias que habían dividido su patria en dos mitades. Posteriormente, el hombre a quien conocía bajo el apellido de Swift, su jefe, fue un poco más explícito.

– Es un cerdo -le dijo Swift durante su primer encuentro de instrucción-. Un cerdo de tomo y lomo que no vacilaría en ahorcar a su propia madre con una cuerda de piano. Es un cazador de espías profesional, un asesino de espías que no tiene ningún reparo en equivocarse de vez en cuando. Te pedimos que te metas en su cama y te ganes su confianza para que comparta contigo sus pensamientos, sus temores y, en último extremo, sus secretos.

– Maxim no era, en realidad, tan malo como Swift lo describió.

Bond ya había intuido que Heather recordaba todavía con cierta nostalgia sus amores con Smolin.

– Me imagino que las amantes de los verdugos de Auschwitz y Belsen debían decir lo mismo mientras saboreaban su Kirschtorte.

Con hombres como Smolin, Bond no podía andarse con sentimentalismos.

– ¡No! -gritó Heather-. Lee mi informe. Allí está todo. Maxim era una mezcla de hombre muy curiosa, pero muchas de las historias que se cuentan de él no son ciertas.

– ¿Por eso ha enviado un equipo para que os persiga a ti y a tus amigos? ¿Por eso anda por ahí arrancando lenguas?

Heather guardó silencio; tenía la mirada perdida en la lejanía. Bond la miró de soslayo. Casi hubiera podido jurar que había lágrimas en sus ojos.

– ¿Y tú fuiste y le apresaste en tus redes, te acostaste con él y le contaste a Swift vuestras conversaciones de alcoba?

– ¡Ya te lo he dicho! ¿Cuántas veces quieres que te lo repita, James? Sí, sí, sí. Le apresé. Incluso me encariñé con él. Me gustaba su compañía: era amable, considerado y muy cariñoso. Demasiado.

– ¿Por qué juzgaste erróneamente el momento de la verdad?

– ¡Sí! ¿Quieres que te lo repita otra vez? Le dije a Swift que, en mi opinión, estaba preparado. Dios mío… -Heather parecía a punto de echarse a llorar-. Swift me dijo que le abriera los ojos y le revelara la verdad.

Bond concentró su atención en la carretera.

– ¿Y qué sucedió cuando le revelaste la verdad a Maxim Smolin?

Heather respiró hondo y abrió la boca. En instante, estaban tomando una curva que conducía un largo tramo de carretera flanqueado por de arbustos. Big Mick, a unos doscientos metros su espalda, encendió los faros y, a través del espejo retrovisor, Bond vio que dos vehículos se situaban a ambos lados del Volvo, quedando el carril ocupado por tres automóviles. Aunque llevaba muchos sin circular por aquella carretera, Bond experimentó una extraña sensación de déjà vu. Vio la imagen de un accidente, unas luces azules intermitentes y unos agentes de policía haciendo señales de que se detuvieran. Antes incluso de ver lo que le aguardaba más adelante, sintió que el temor le encogía el estómago. Detrás de él, los dos automóviles parecían empeñados en aplastar el Volvo.

Al salir de la curva, ocurrió lo que Bond ya esperaba. El tramo recto de carretera estaba lleno de cascotes, señales de advertencia y luces intermitentes. Bond le gritó a Heather que se preparara. Delante, vieron un vehículo de la Garda, una ambulancia, los restos de un automóvil de color beige que hubiera podido ser un Cortina y un Audi volcado sobre el seto. Había, asimismo, un pesado camión cruzado en la carretera. Bond no estaba para camiones. Pisó el freno con el pie izquierdo y trató de girar, pese a estar seguro de que la carretera que serpenteaba a su espalda ya estaría bloqueada por un Volvo triturado…, a no ser que Big Mick tuviera poderes sobrenaturales.

Heather gritó mientras el vehículo se inclinaba lateralmente y aumentaba la velocidad pese a los esfuerzos de Bond por controlarlo. Este descubrió demasiado tarde que la superficie de la carretera estaba cubierta por una densa capa de aceite.

La escena de la colisión se acercaba con sorprendente rapidez. Bond luchó con el volante, sabiendo que no habría medio de evitar el choque. Cuando éste se produjo, experimentó una sensación de alivio. Se detuvieron produciendo un fuerte chirrido metálico.

Bond trató de sacar la pistola, pero ya era demasiado tarde. Se abrieron las portezuelas y dos hombres con el uniforme de la Garda los sacaron del interior del vehículo, inmovilizándoles con una dolorosa llave en el brazo. Bond se preguntó, aturdido, dónde estaría su pistola. Intentó infructuosamente oponer resistencia y se percató de que les estaban arrastrando hacia la ambulancia donde les aguardaban otros cuatro hombres.

Para ser miembros de un equipo de ambulancia, aquellos individuos no parecían mostrar especial interés por sus lesiones. Los gritos de Heather hubieran sido capaces de despertar a los muertos. Un hombre la hizo callar de golpe, dándole en el costado del cuello con el canto de la mano. Heather se desvaneció en el momento en que se cerraban las portezuelas y la ambulancia se ponía en marcha. El hombre que la había golpeado la tomó en brazos y la tendió en una de las camillas.

Delante viajaba un quinto hombre, pese a lo cual aún quedaba mucho espacio libre. Más tarde, Bond se dio cuenta de que la ambulancia era muy grande, probablemente un vehículo militar reconvertido. La ambulancia aceleró e hizo sonar la sirena.

– ¿Míster Bond, supongo? -inquirió el quinto hombre-. Me temo que ha habido un pequeño accidente y tendremos que sacarles de aquí a la mayor rapidez posible. Lamento las molestias, pero es esencial para la seguridad de todos. Estoy seguro de que lo comprenderá. Si se queda aquí sentado y quietecito, nos llevaremos muy bien, ya lo verá.

De eso no cabía la menor duda. El coronel Maxim Smolin poseía un considerable encanto, aunque lo aderezara con amenazas.

8. Gallito O Comadreja

La ambulancia derrapó y brincó, aminoró la marcha, volvió a patinar y aceleró. Bond dedujo que habrían abandonado rápidamente la carretera principal y ahora estarían regresando a través de las colinas o de la escarpada garganta de Wicklow. Miró a Heather, tendida inmóvil en la camilla, y confió en que la fuerza del golpe no le hubiera causado un daño irreparable.

– No le ocurrirá nada, míster Bond. Mis hombres no tenían órdenes de matar, sino tan sólo de dejarla inconsciente.

De cerca, la figura de Smolin resultaba todavía más impresionante que de lejos. Su rápida respuesta a la solícita mirada de Bond denotaba inteligencia y grandes dotes de observación.

– Estoy seguro de que sus hombres están perfectamente adiestrados para matar y no matar del todo.

Bond estuvo a punto de añadir el nombre de Smolin, pero se detuvo a tiempo.

– En efecto, mi estimado señor.

Smolin hablaba un inglés impecable, en el que un oído avezado hubiera descubierto, sin embargo, una excesiva perfección. Sus corteses modales pillaron a Bond desprevenido, aunque detrás de ellos se ocultara una innegable sensación de poder y confianza absolutos. Smolin era un hombre que esperaba ser obedecido y que sabia ejercer un férreo control. Era algo más alto de lo que Bond había calculado las dos veces que le vio en persona, y tenía un cuerpo musculoso y en plena forma bajo el costoso anorak, los pantalones de sarga y el jersey de cuello de cisne.

Smolin miró con dureza a Bond y éste descubrió un vestigio de humor en sus oscuros ojos ligeramente ovalados. La sonrisa de su boca parecía más divertida que burlona.

– ¿Puedo preguntarle a qué viene todo eso?

Bond tenía que levantar la voz sobre el trasfondo del rugido del motor y el traqueteo de la ambulancia.

O el conductor no estaba acostumbrado a llevar aquel vehículo o circulaban por una difícil carretera de montaña. La sonrisa se transformó en una breve risita casi agradable.

– Vamos, mister Bond, usted sabe muy bien a qué viene.

– Yo sólo sé que estaba acompañando a una amiga mía y que de, de repente, nos secuestran -Bond hizo una pausa y después añadió con fingido desconcierto-: ¡Y, además, conoce usted mi nombre! ¿Cómo es posible?

Esta vez, Smolin se rió de buena gana.

– Bond, mi querido amigo, no me tome por tonto. ¿Sabe usted lo que hizo su amiga? -preguntó, señalando con la cabeza a Heather-. Sospecho que sabe exactamente lo que hizo y exactamente quién soy yo. A fin de cuentas, mis datos figuran en muchas agencias extranjeras. Estoy seguro de que el Servicio de Espionaje Secreto británico debe tener un expediente sobre mi persona, de la misma manera que en mi Servicio tenemos uno sobre usted. Usted está perfectamente informado de los detalles de la llamada Operación Pastel de Crema, y me sorprendería muchísimo que no estuviera al corriente del castigo que actualmente se inflige a sus protagonistas.

– ¿Pastel de Crema? -preguntó Bond, enorgulleciéndose de aquella convincente mezcla de duda, perplejidad y sorpresa.

– La Operación Pastel de Crema.

– ¡Yo no sé nada de pasteles de crema…, ni de dulces de chocolate! -Bond quería ganar tiempo para poder interpretar debidamente el papel de personaje ofendido- Sólo sé que Heather me pidió que la acompañara…

Smolin esbozó una triste sonrisa.

– ¿Se lo pidió tal vez después del problemita que tuvo anoche en su salón de belleza?

– ¿Qué problema?

– ¿Pretende decirme que no es usted el hombre que estaba con ella cuando unos imprudentes insensatos trataron de liquidarla en Londres? ¿Que no es usted el hombre que la acompañó al aeropuerto…?

La sombra de una duda se insinuó en la sonrisa de Smolin.

– Yo me tropecé con ella en la zona de salidas de Heathrow -contestó Bond, mirándole sin pestañear-. Sólo la había visto una vez con anterioridad. Quiero que me explique qué es todo esto. ¿Y por qué bloquearon la carretera? ¿No serán ustedes unos terroristas relacionados con el norte o algo por el estilo?

Bond trataba por todos los medios de ganar tiempo. Heather aún no había recuperado el conocimiento, Smolin permanecía sentado a su lado y los cuatro hombres restantes se hallaban distribuidos dos delante y dos junto a las portezuelas. Todos se sujetaban con fuerza para evitar las sacudidas de la montaña rusa. No podría prolongar demasiado el engaño y, puesto que le habían desarmado, tampoco podría escapar.

– Si no supiera quién es y no le hubiera observado adoptando todas estas medidas de seguridad, podría pensar que me he equivocado de hombre -dijo Smolin, sonriendo-. Pero toda esta organización junto con las armas que usted llevaba. En fin…

Smolin dejó la conclusión en el aire.

– ¿Y qué me dice de su organización? -preguntó ingenuamente Bond.

– Sospecho que hicimos exactamente lo que usted hubiera hecho en similares circunstancias. Teníamos un contacto radiofónico en la retaguardia, vigilándole a usted mientras nosotros nos adelantábamos. Nos limitamos a cerrar el otro extremo de la carretera dos kilómetros más allá. Luego, cuando le tuvimos en nuestra zona, cerramos la carretera por detrás. Es el viejo principio del embudo.

Bond ya no podía disimular por más tiempo.

– ¿Conque eso les enseñan a ustedes en aquel centro suyo del viejo aeropuerto de Khodinka, coronel Smolin? ¿El lugar al que casi todos ustedes van a parar, bien metidos en un ataúd en el horno incinerador… o vivitos y gritando de terror porque han traicionado a su Servicio, el organismo que ustedes suelen llamar en broma «El acuario»? ¿O lo aprenden tal vez en sus despachos de la calle Knamensky?

– O sea que conoce usted mi Servicio, Bond. Conoce el GRU y me conoce también a mí. Me siento muy halagado…, y me alegro de no haberme equivocado con respecto a usted.

– Pues claro que lo conozco, como cualquier persona que se tome la molestia de leer los libros adecuados. En mi Servicio solemos decir que los trucos de nuestro oficio distan mucho de ser secretos. Basta con buscar en ciertas librerías de Charing Cross Road para aprenderlo todo: destrezas del oficio, direcciones, organización. Sólo hace falta leer un poco.

– Algo más que eso, supongo.

– Tal vez, porque al GRU le gusta que todo el mérito se lo lleve el KGB, simulando ser unos lacayos que doblan el espinazo ante los mandamases de la plaza Dzerzhinsky. Sí, sabemos que son ustedes más fanáticos y reservados y, por consiguiente, mucho más peligrosos.

– Mucho más peligrosos -repitió Smolin, sonriendo de oreja a oreja-. Muy bien, me alegro de que sepamos cuáles son nuestras situaciones respectivas. Llevaba mucho tiempo ansiando conocerle personalmente, míster Bond. ¿Acaso fue usted quien concibió el malhadado plan Pastel de Crema?

– Eso sí que no, coronel Smolin. Yo no sé nada de semejante operación.

Uno de los conductores gritó algo desde la parte delantera de la ambulancia y Smolin contestó, casi en tono de disculpa, que pronto tendrían que tomar medidas para evitar que Bond y Heather siguieran hablando. La ambulancia aminoró la marcha, experimentó una fuerte sacudida y se inclinó bruscamente hacia la izquierda, obligando a todos sus ocupantes a agarrarse con fuerza mientras brincaba sobre el áspero terreno. Poco a poco, se detuvieron y se oyó el rumor de la portezuela de la cabina delantera cerrándose de golpe. Después se abrieron las portezuelas de atrás, y un rubicundo hombrecito enfundado en el uniforme oscuro de los conductores de ambulancias asomó la cabeza.

– Aún no han llegado, Herr coronel -le dijo a Smolin en alemán.

El coronel se limitó a asentir con indiferencia y le dijo que vigilaran y esperaran. Bond estiró el cuello en un intento de ver lo que había a su espalda. Unos árboles sobre un trasfondo de rocas confirmaron su sospecha de que estaban atravesando las desoladas colinas de Wicklow.

– Preparen a la chica.

Smolin volvió ligeramente la cabeza, y le dio la orden a uno de los hombres que iban delante.

El sujeto rebuscó en una cartera de mano y sacó una jeringuilla hipodérmica. Bond se inclinó instintivamente hacia adelante mientras el otro individuo sacaba una pistola automática y le encañonaba sin la menor vacilación. Smolin levantó una mano como si quisiera proteger e inmovilizar simultáneamente a Bond.

– No se preocupe. La chica no sufrirá ningún daño, pero considero conveniente administrarle un ligero sedante. Tenemos que recorrer un largo camino y no quiero que esté consciente. Usted, amigo Bond, deberá tenderse en el suelo de la parte trasera del vehículo que llegará de un momento a otro. Le tendremos que tapar la cara, pero, si se comporta como es debido, no sufrirá el menor daño -Smolin esbozó una leve sonrisa, hizo una pausa y añadió-: ¡Todavía!

Heather se movió levemente y emitió un gemido, como si estuviera a punto de recuperar el conocimiento. El hombre que sostenía la jeringa la preparó en silencio para la inyección que le administró con gran habilidad, clavando la aguja en la piel de su antebrazo desnudo en un ángulo calculado con toda precisión.

– ¿Dice usted, James Bond, que no sabe nada de una operación llamada Pastel de Crema?

Bond denegó con la cabeza.

– ¿Y supongo -añadió Smolin- que jamás ha oído hablar de una tal Irma Wagen?

– No conozco éste nombre.

– ¿Pero sí conoce a Heather Dare?

– La vi una vez antes de coincidir con ella en el aeropuerto.

– ¿Y dónde la vio usted antes de coincidir con ella en el aeropuerto?

– En una fiesta. Me la presentaron unos amigos.

– ¿Amigos en el sentido profesional? Creo que, según la terminología de su Servicio, los «amigos» son los demás agentes del citado Servicio. O, por lo menos, así les llama el Foreign Office británico, «los amigos».

– Amigos normales y corrientes. Un matrimonio apellidado Hazlett… Tom y María Hazlett.

Bond facilitó una dirección de Hampstead, sabiendo que sería comprobada sin ningún peligro para él dado que Tom y María eran un matrimonio que utilizaba como coartada. En caso de que les preguntaran, incluso de manera indirecta, si conocían a Bond o a Heather, contestarían: «Sí, Heather es un encanto» o bien «Pues, claro, James es un buen amigo nuestro», e inmediatamente darían aviso para que un equipo de vigilancia controlara a los preguntones. Era lo que el Servicio les había enseñado a hacer.

– O sea que usted no sabía que Irma Wagen y Heather Dare, propietaria del salón de belleza «Atrévete a Ser Guapa» son la misma persona, ¿verdad?

– Jamás he oído hablar de la tal Irma Wagen.

– No. No, claro que no, James. Por cierto, llámeme Maxim. No atiendo al diminutivo de Max. No, jamás oyó hablar de Irma y tampoco de la desdichada Operación Pastel de Crema -aunque la sonrisa de Smolin no experimentó ningún cambio, sus palabras denotaban incredulidad-. Sencillamente no le creo, mister Bond. No puedo creerle.

– Allá usted -contestó Bond con aire de absoluta despreocupación.

– ¿Adónde llevaba usted a Fräulein Wagen, a quien conoce bajo nombre de Heather Dare?

– A Enniscorthy.

– ¿Y qué se le había perdido a ella en Enniscorthy? -Smolin sacudió la cabeza como si quisiera subrayar con ello su incredulidad-. ¿Y adónde iba usted que le pillara de paso?

– Nos reconocimos en el aeropuerto y nos sentamos juntos en el avión. Le dije que iba a Waterford y ella me preguntó si podía llevarla.

– ¿Qué iba usted a hacer en Waterford?

– Comprar objetos de cristal, ¿qué otra cosa si no? Me encanta el cristal de Waterford.

– Sí, claro. Y es tan difícil comprarlo en Londres, ¿verdad?

El hiriente sarcasmo traicionaba la herencia rusa de Smolin.

– Estoy de permiso, Herr coronel Smolin. Le repito que no conozco a Irma Wagen y que jamás he oído hablar de una operación Pastel de Crema.

– Ya veremos -dijo Smolin sin inmutarse-. Pero, para despejar un poco la atmósfera, le diré lo que sabemos nosotros acerca de esta operación de nombre tan ridículo. Era lo que antes se llamaba una «trampa azucarada». Su gente la preparó con cuatro jóvenes extremadamente atractivas -Smolin levantó cuatro dedos, tomando uno de ellos por cada nombre como si los contara-. Eran Franzi Trauben, Elli Zuckermann, Irma Wagen y Emilie Nikolas -aquí volvió a soltar una alegre carcajada-. Emilie es un buen nombre, habida cuenta de que nosotros nos referíamos siempre a los objetivos de nuestras trampas azucaradas como Emilias. Pero eso usted ya lo sabe -se atusó con la mano el cabello oscuro-. Cada una de estas chicas tenía un objetivo muy bien colocado y puede que hubieran alcanzado el éxito de no haberme incluido a mí en la operación -súbitamente, su semblante se alteró-. Me utilizaron a como objeto de sus juegos. A mí, Maxim Smolin, como si yo pudiera dejarme atrapar por una chica con tan escasa habilidad para poner una trampa como la que pueda tener un recluta novato -Smolin levantó la voz-. Eso es lo que yo jamás le podré perdonar a su Servicio. El que me asignara a una espía aficionada; tan aficionada que me reveló el juego a los pocos minutos de haberme hecho la primera insinuación y que, más tarde, provocó la caída de toda la maldita red de espionaje. ¡Su Servicio, Bond, me tomó por tonto! Una profesional hubiera sido otra cosa, pero una aficionada como ella… -añadió, señalando con el dedo el cuerpo inerte de Heather-. Eso jamás podré perdonarlo.

Conque así era el verdadero Smolin: orgulloso, arrogante e implacable.

– ¿Pero el Glavnoye Razvedyvatelnoye Upravieniye no utiliza también a veces mano de obra no especializada, Maxim? -preguntó Bond con una leve sonrisa en los labios.

– ¿Mano de obra no especializada? -Smolin escupió las palabras junto con una fina rociada de saliva-. Pues claro que adiestramos a veces a mano de obra no especializada, pero jamás la utilizamos contra objetivos importantes.

En eso estribaba el quid del asunto. La importancia. El coronel Maxim Smolin se consideraba una pieza inviolable y esencial para el correcto funcionamiento de uno de los más destacados organismos secretos dentro de la Unión Soviética. El otro era el viejo enemigo de Bond, el antiguo SMERSH, ahora completamente reorganizado como Departamento 8 de la Dirección 5, a raíz de la pérdida de credibilidad que había sufrido bajo la denominación de Departamento V de Víctor. Smolin respiraba afanosamente y Bond sintió, como en otras ocasiones, que una mano tan fría como el hielo le recorría con un dedo invisible la columna vertebral. Reconoció el pétreo rostro del asesino nato, el musculoso cuerpo y el siniestro brillo de sus ojos oscuros.

Desde lejos se oyó el sonido del claxon de un automóvil, dando dos breves bocinazos, seguidos de uno más largo.

– Aquí están -dijo Smolin en alemán.

Se abrieron las portezuelas de la ambulancia y aparecieron unas verdes laderas, rocas grises y un semicírculo de árboles. Se encontraban estacionados a una considerable distancia de la carretera. Dos automóviles, un BMW y un Mercedes, se acercaban lentamente a ellos. Bond miró a Smolin y ladeó la cabeza en dirección a Heather.

– Le aseguro que no tengo el menor conocimiento acerca de éste asunto del Pastel de Crema -habló en voz baja, confiando en que, en su ciega cólera, Maxim Smolin pudiera creerle-. Más parece un trabajo del BND que de los nuestros…

– Fue obra de su Servicio, Bond -dijo Smolin, volviéndose a mirarle-. Tengo pruebas, puede creerme; y puede creerme también si le digo que le haremos sudar hasta que se le derritan los huesos. Hay todavía un par de misterios que debo resolver, y estoy aquí precisamente para eso.

– ¿Misterios?

– Ya hemos liquidado a dos integrantes de éste nido de arañas… Trauben y Zuckermann. Puede que las reconozca mejor como Bridget Hammond y Millicent Zampek. Eran personajes sin importancia, pero teníamos que acabar con ellas. Puede que esta chica, mi chica, guarde en su pequeño cerebro algunas de las respuestas; y aún queda otra. Nikolas… o Ebbie Heritage, si usted lo prefiere. Estas dos, junto con usted, llenarán sin duda las lagunas antes de que les mandemos al infierno y la condenación.

Si quería atrapar vivas a Heather y Ebbie, ¿por qué había enviado al asesino con el mazo y a los dos tipos que les persiguieron por la escalera de incendios? Smolin se había referido a unos «imprudentes insensatos que trataron de liquidarla». Mientras observaba el traslado de Heather al Mercedes, un sinfín de tortuosas ideas se arremolinaron en la mente de Bond. Se sorprendió de que el conductor del vehículo introdujera en el portamaletas los paquetes de las compras que habían efectuado en Dublín. Actuaron con gran celeridad, sacando en un abrir y cerrar de ojos todo cuanto había en el automóvil de alquiler. No le extrañó lo más mínimo que así fuera dado que el GRU se regía por principios militares, razón por la cual era lógico que el secuestro se llevara a cabo con precisión militar. Era la primera vez que se enfrentaba con el GRU y no tenía más remedio que reconocer su alto nivel de preparación.

En Moscú, trabajaban en aquella preciosa mansión del número 19 de la calle Knamensky -otrora propiedad de un millonario zarista- y estaban en constante desacuerdo con el KGB que siempre quería llevar la voz cantante, pese a que el GRU, en virtud de sus raíces militares, no formaba parte de la organización de espionaje y seguridad del célebre KGB.

Notó el brazo de Smolin sobre su hombro.

– Ahora le toca a usted, míster Bond.

Le agarraron por los brazos y las piernas para trasladarle al BMW donde le metieron la cabeza en un grueso saco, le esposaron las muñecas a la espalda y le obligaron a tenderse en el suelo. El saco olía a trigo y le dejó la garganta seca en cuestión de segundos. Oyó el rumor de la ambulancia al ponerse en marcha y notó que los pies de Smolin le pisaban la espalda cuando éste tomó asiento en el interior del vehículo. Momentos más tarde, el automóvil se puso en marcha.

Smolin había dicho: «La trampa azucarada se preparó con cuatro jóvenes extremadamente atractivas».

Se había referido tan sólo a cuatro chicas, sin mencionar para nada a Jungla Baisley y a Fräulein capitán Dietrich, a quien Heather había descrito como uno de los dos objetivos principales. ¿Por qué? Mientras trataba de adivinar la velocidad y la dirección del coche, un plan mucho más siniestro empezó a configurarse poco a poco en su mente. ¿Y si Jungla aún no hubiera sido descubierto como integrante de la red? ¿Y si «M» le hubiera inducido deliberadamente a error al facilitarle la información? ¿Y si se estuviera fraguando algo todavía más peligroso? ¿Habría alguna conexión con los rumores que Norman Murray le había revelado a propósito de la posible presencia de alguien situado mucho más arriba que Smolin? ¿Y si Smolin estuviera sometido a alguna presión?

Recordó el sonriente rostro de Murray al decirle:

«Maxim Smolin…, el estúpido nombre en clave…, Basilisco.» Bond trató de desempolvar sus escasos conocimientos de mitología. EL basilisco era un repugnante monstruo nacido de un huevo de gallina incubado por una serpiente. Hasta los más puros e inocentes seres humanos perecían al contemplar los ojos del basilisco, que era capaz de destruir el mundo entero, a excepción de sus dos enemigos, el gallito y la comadreja. Este era inmune a sus letales efectos y el basilisco moría cuando escuchaba el canto del gallo.

Bond se preguntó si sería un gallo, una comadreja o ninguna de ambas cosas.

9. El Castillo De Los Horrores

Según los cálculos de Bond, debían llevar aproximadamente tres horas en la carretera. Hacia la mitad del camino, perdió el sentido de la dirección, aunque su instinto le decía que estaban dando incesantes vueltas por el mismo sitio. Con la cabeza metida en el oscuro y sofocante saco y el cuerpo incómodamente encogido en el suelo del vehículo, Bond trató de establecer adónde se dirigían exactamente. Cuando se dio por vencido, empezó a examinar las distintas teorías que se le habían ocurrido en la ambulancia.

Estaba seguro de que Smolin cumpliría su amenaza de sacarles una exhaustiva información sobre Pastel de Crema. La reputación de aquel hombre bastaba para convencerle de que así sería. En caso de que fueran ciertos los datos que Norman Murray le había facilitado, cabía la posibilidad de que Smolin no las tuviera todas consigo. Si la arrogancia de que había hecho gala al principio hubiera sufrido algún menoscabo, tal vez actuara de forma absurda, lo cual constituiría una ventaja para Bond. Este sabía que, a partir de aquel momento, el sesgo que tomaran los acontecimientos dependería en parte de él.

Se detuvieron una vez. Sin descender del vehículo, Smolin le dijo a Bond:

– Parece que su amiga se ha despertado y van a sacarla a dar un paseito. Está perfectamente bien, pero todavía un poco aturdida.

Bond se movió, tratando de cambiar de posición, pero el tacón de Smolin se hundió en uno de sus hombros, casi obligándole a lanzar un grito de dolor. Comprendió que el interrogatorio no se llevaría a cabo según métodos sofisticados, sino en una atmósfera de brutalidad.

Al final, pareció que abandonaban la carretera y subían por un camino más escarpado. Debían de circular a unos cincuenta kilómetros por hora y los baches eran constantes. Llegaron a un tramo liso, se desviaron ligeramente y se detuvieron. Bond oyó que se apagaban los motores y se abrían las portezuelas. Sintió el aire fresco en su cuerpo. Smolin se apartó y unas manos le quitaron el saco y le soltaron las esposas a Bond.

– Ya puede salir del automóvil, míster Bond.

Este parpadeó para que sus ojos se acostumbraran a la luz, mientras se frotaba los entumecidos brazos. Luego se incorporó rígidamente y descendió del vehículo. Parecía que las piernas no fueran suyas, y le dolían tanto los brazos y la espalda que apenas podía moverse. Tuvo que apoyarse en el automóvil para no perder el equilibrio.

Pasaron varios minutos antes de que pudiera sostenerse debidamente en pie. Aprovechó el tiempo para echar un vistazo a su alrededor. Se encontraban en una calzada circular frente a un sólido edificio gris con almenas y una torre cuadrada en cada extremo. La puerta principal era de roble macizo y cerraba un arco normando, al igual que las ventanas. Era, pensó Bond, un típico castillo neogótico de principios de la era victoriana. Disponía, además, de varios refinamientos propios del siglo veinte, tales como numerosas antenas en lo alto de una torre y una enorme antena parabólica en la otra. El edificio se levantaba en medio de una vasta extensión de césped de, por lo menos, cinco kilómetros de anchura. No había ni rastro de árboles o arbustos.

– Bienvenido.

Smolin estaba tranquilo y parecía de muy buen humor. En aquel instante, Bond vio que Heather era ayudada a descender del Mercedes aparcado frente a ellos y oyó los ladridos de unos perros al otro lado de la puerta, mezclados con el rumor de unos pestillos que alguien estaba descorriendo. Segundos más tarde, se abrió la puerta y tres pastores alemanes corrieron hacia la calzada de grava.

– Aquí, Wotan, Siegi, Fafie. ¡Aquí! -gritó Smolin.

Los enormes perros de sedoso pelaje corrieron brincando hacia Smolin con visible placer. Después, al percibir la presencia de Bond, uno de ellos le mostró los dientes y empezó a rugir.

– ¡Ya basta, Fafie, ya basta! ¡Quieto! ¡Vigila! -dijo Smolin en alemán. Luego, dirigiéndose a Bond, añadió-: Yo que usted no haría ningún movimiento brusco. Fafie puede ser especialmente peligroso cuando le digo que vigile a alguien. Estos animales están muy adiestrados y tienen un instinto asesino tremendo. Por consiguiente, ándese con cuidado -dejó de acariciar a los otros dos perros y, señalándoles a Bond, les dijo-: Siegi, Wotan. ¡Vigilad! Sí, a él. ¡Vigilad!

Dos hombres acababan de salir del castillo en compañía de una muchacha rubia vestida con una ajustada blusa de seda de color rosa subido y una falda plisada que revoloteó alrededor de sus piernas cuando echó a correr en dirección a Heather, llamándola en alemán, con los ojos brillantes de emoción y una sonrisa de felicidad reflejada en el rostro. Se movía con gracia inocente como si ignorara las bellas proporciones de su cuerpo. Bond se quedó de una pieza al oír sus palabras.

– Heather… Irma… Tú también estas a salvo. Pensé que nos iban a dejar abandonadas. Pero no ha sido así -añadió, abrazando a su amiga.

– Me temo que se trata de un pequeño engaño -dijo Smolin, mirando a Bond mientras Heather exclamaba:

– ¡Ebbie! Pero, ¿qué…?

– ¡Adentro! -gritó Smolin, cortando las conversaciones que acababan de iniciarse entre sus hombres y las desconcertadas muchachas-. ¡Todo el mundo dentro ahora mismo!

Todos se encaminaron hacia la puerta, rodeados por los perros que parecían vigilar especialmente a Bond y a las chicas, mientras les dirigían hacia un amplio vestíbulo embaldosado con una ancha escalinata y una galería de madera de pino que discurría por tres de sus lados.

Heather parecía tranquila; todavía se hallaba bajo los efectos del sedante, pensó Bond. En cambio, Ebbie temblaba visiblemente. Sus claros ojos azules miraron horrorizados a Bond. Poco a poco, le reconoció y recordó aquella noche, hacia cinco años, en que Bond y los hombres de la Flotilla Especial de Lanchas la recogieron junto con Heather en la costa alemana.

– ¿Es él? -preguntó Ebbie, mirando a Heather mientras apuntaba acusadoramente a Bond con una mano.

Heather sacudió la cabeza y le dijo algo en voz baja, mirando primero a Smolin y después a Bond, el cual estaba estudiando en aquel momento todos los detalles del vestíbulo: el terciopelo azul oscuro de las cortinas, las tres puertas y el pasadizo que conducía a otras zonas del castillo y los grandes retratos del siglo dieciocho, que contrastaban fuertemente con el grupo allí reunido.

Smolin dio unas secas órdenes a los hombres que habían aparecido en compañía de Ebbie. Los cuatro de la ambulancia y los dos que habían conducido los vehículos se encontraban de pie junto a la puerta. Por su actitud y por los visibles bultos que se observaban bajo su ropa, se veía a las claras que iban armados; armados hasta los dientes, pensó Bond que, justo en aquel momento, vio asomar una pistola ametralladora por detrás de la espalda de uno de los conductores. Debía haber más… y, probablemente, otros hombres montando guardia alrededor de la extensión de césped. Hombres, armas y perros; cerrojos, barrotes y pestillos; y un largo recorrido por campo abierto en caso de que consiguieran llegar tan lejos.

– Irma, querida, ven aquí con Emilie, aunque me parece que ella ya conoce a míster Bond.

Éste se alegró de ver que Ebbie se había repuesto lo bastante como para simular una expresión de perplejidad.

– No creo que… -dijo Ebbie.

– Qué descuido -dijo Smolin en tono glacial-. Míster Bond, usted no conoce a Fräulein Nikolas… o Ebbie Heritage tal como ahora prefiere llamarse, ¿verdad?

– No, no tengo éste gusto -Bond se acercó a ella con una mano tendida y le dio un tranquilizador apretón-. Es un placer.

Esta última afirmación era completamente sincera, porque, ahora que tenía a Ebbie al lado, Bond experimentó un deseo que raras veces sentía la primera vez que veía a una mujer. A través de la expresión de su rostro, trató de darle a entender que todo iría bien, tarea harto difícil dado que los pastores alemanes no le perdían de vista y, aunque no se mostraban agresivos, le hacían sentir constantemente su presencia.

– Qué curioso -comentó Smolin-. Hubiera jurado que le había reconocido, Bond.

– Bueno, es que… -Ebbie hizo una pausa para recuperar el aplomo-. Me ha recordado a alguien a quien conocí. Sólo por un instante. Ahora veo que es inglés y no le conozco. Pero, de todos modos, también es un placer.

Buena chica, pensó Bond, mirando a Heather en un intento de tranquilizarla. Aunque sus ojos aún no lograban concentrarse en las cosas, Heather consiguió esbozar una confiada sonrisa. Por un momento, Bond hubiera podido jurar que la chica intentaba transmitirle un mensaje de significado más profundo. Era como si ya hubieran llegado a un mutuo entendimiento.

– Bueno, pues -dijo Smolin, acercándose-. Sugiero que nos sirvan una apetitosa comida. Se trabaja mejor con el estómago lleno, ¿no lo creen así?

– ¿A qué trabajo se refiere, coronel Smolin?

– Oh, por favor, llámeme Maxim.

– ¿Qué clase de trabajo? -repitió Bond.

– Tenemos muchas cosas de que hablar. Pero, primero, quiero mostrarle sus aposentos. Las habitaciones de los invitados son excelentes aquí en… -Smolin hizo una pausa, como si no quisiera revelar el nombre del lugar. Después añadió con una sonrisa-: Aquí, en el Schloss de Varvick. ¿Recuerda el Schloss de Varvick, James?

– Me suena -dijo Bond, asintiendo.

– De chico, lo habrá leído probablemente en Dornford Yates. No recuerdo en qué libro.

– ¿A falta de otro nombre mejor, Maxim?

– A falta de otro nombre mejor -repitió Smolin.

– O sea que ésta es su base en la República de Irlanda, ¿eh? El Schloss del GRU. ¿O tal vez sería más apropiado decir el Castillo de los Horrores?

Smolin soltó una sonora carcajada.

– Bueno, muy bueno. Pero, ¿dónde está nuestra ama de llaves? ¡Ingrid! ¡Ingrid! ¿Dónde se ha metido esta chica? Que alguien vaya por ella.

Uno de los hombres desapareció por una puerta de servicio y regresó al cabo de unos segundos acompañado de una mujer morena y de facciones angulosas.

Smolin le ordenó que mostrara las habitaciones a sus «invitados», añadiendo que miss Heritage ya estaba instalada.

– No estarán apretujados -dijo, poniendo los brazos en jarras y echando la cabeza hacia atrás-. Hay un salón común, pero cada cual dispone de su propio dormitorio.

Se acercaron dos hombres y Smolin le ordenó a Fafie que les siguiera. La esbelta figura de Ingrid empezó a subir por la escalinata como si caminara sobre un cojín de aire. Pese a lo cual, sus movimientos resultaban siniestros en lugar de graciosos.

– Aquí se está muy bien -dijo Ebbie-. Anoche me gustó mucho, pero después me pareció una especie de santuario.

Su inglés no era tan perfecto como el de Heather, pero su personalidad parecía más abierta, a primera vista por lo menos. Heather, en cambio, daba la impresión de haberse encerrado en el caparazón de sus largas piernas, su delgado cuerpo y la bella máscara de su rostro. Ebbie era muy agraciada, pero no parecía percatarse de su atractivo. Se mantenía erguida como para mejor exhibir la hermosura de su cuerpo.

El pequeño grupo, seguido por Fafie, subió a la galería, giró a la derecha y avanzó por un lustroso entarimado de madera de pino. Al final de un corto pasillo, había una sólida puerta, también de madera de pino, que se abría a un espacioso sajón decorado al estilo centroeuropeo con papel de terciopelo en las paredes, un mullido sofá, sillones a juego y sólidas mesas de roble adosadas a las paredes. Una mesa de juego con patas de bola y garra, una librería gótica que llegaba casi hasta el techo y en cuyos estantes sólo había revistas, y un pesado escritorio ocupaban el resto del espacio. En las paredes colgaban tres oscuros grabados alemanes con escenas de montaña y nubes que cubrían los valles. El suelo era de la misma lustrosa madera de pino y en él podían verse mullidas alfombras colocadas al azar alrededor de una alfombra central ovalada. Bond recelaba mucho de las alfombras. Le preocupaba asimismo que la estancia no tuviera ventanas. Había, aparte la de la entrada, tres puertas, una en cada pared, que debían ser las de los dormitorios.

– Yo tengo la habitación de allí -dijo Ebbie, dirigiéndose a la puerta situada justo enfrente de la de entrada-. Espero que a nadie le importe.

La chica miró directamente a Bond a los ojos y después bajó los párpados como haciendo un gesto de invitación. Mantenía una pierna adelantada, mostrando la curva de su muslo bajo la fina tela de la falda.

– A quien llega primero, se le sirve primero, solía decir mi vieja niñera -contestó Bond, asintiendo.

A continuación, volviéndose hacia Heather, Bond le dijo que eligiera. La muchacha se encogió de hombros y se encaminó hacia la puerta de la izquierda. La siniestra, pensó Bond, recordando la antigua tradición teatral del demonio que hace su entrada en el escenario por la izquierda: la siniestra, el lado de los malos presagios.

Acudió de nuevo a su mente todo el enredo de preguntas y teorías. ¿Qué papel jugaba en todo aquello Jungla Baisley? ¿Le habría «M» despistado deliberadamente? ¿Habría cometido Swift un descomunal error de juicio al decirle a Heather que activara a Smolin? ¿Cómo era posible que éste se hallara tan bien informado sobre sus movimientos, y por qué consideraba necesario distanciarse del incidente de Londres en el que Heather estuvo a punto de morir? ¿Y si la deliciosa Ebbie hubiera prestado a propósito su impermeable y su pañuelo a la camarera del castillo de Ashford?

Al entrar en su dormitorio, descubrió que el mobiliario era opresivo. Había una cama enorme con un cabezal de roble intrincadamente labrado, un armario muy grande y un anticuado lavamanos de mármol a modo de tocador. El cuarto de baño era moderno, con azulejos verde aguacate, un pequeño botiquín, una diminuta bañera y un bidé a juego apretujado entre la bañera y el excusado. Bond regresó al dormitorio y descubrió en la puerta a uno de los hombres de Smolin con su maleta de huida.

– Me temo que la cerradura está rota -dijo el hombre en inglés-. Herr coronel ordenó que se inspeccionara su contenido.

Que Herr coronel se vaya al infierno, pensó Bond mientras daba las gracias al hombre. No era probable que hubieran descubierto nada de interés. Le habían quitado la ASP y la varilla, pero le habían dejado el encendedor, la cartera y una pluma…, tres piezas fabricadas por la Rama Q con la bendición de Q'ute. Le pareció raro que Smolin no hubiera mandado cachearle para detectar la presencia de objetos secretos. Semejante descuido era impropio de su fama.

Cuando estaba a punto de abrir la maleta, oyó que las dos muchachas, conversaban en voz alta en el salón. Salió rápidamente y les hizo señas de que callaran, indicándoles el teléfono y la lámpara para recordarles que las habitaciones estarían provistas, casi con toda seguridad, de dispositivos de escucha.

Necesitaba encontrar algún medio de hablar con las chicas sin que le oyeran, para descubrir las tres preguntas clave que Heather tenía orden de hacerle a Smolin y averiguar más detalles sobre Swift. En otros tiempos, hubieran podido encerrarse en uno de los cuartos de baño, abrir los grifos y hablar. Pero aquel viejo truco ya no podía utilizarse porque los modernos sistemas de filtro eliminaban los sonidos extraños. Ni siquiera se podía hablar en susurros sobre el trasfondo de una radio a todo volumen.

Se acercó al escritorio y trató de abrir la tapa. No estaba cerrado y, en sus casilleros, había papel de escribir y sobres. Tomando unas hojas de papel, les indicó a las chicas por señas que se sentaran junto a una de las mesas laterales y siguieran hablando mientras él se acercaba a la puerta para echar un vistazo. Debían estar muy seguros de sí mismos porque la puerta no estaba cerrada con llave y no parecía que ningún guardián vigilara en el pasillo.

Bond regresó a la mesa, se sentó entre las dos chicas, se inclinó sobre el papel y sacó la pluma. Escribiendo rápidamente, hizo las preguntas en orden de importancia. Al ver que la conversación de las muchachas empezaba a languidecer, le preguntó a Ebbie cómo la habían contactado.

– Lo hicieron por teléfono. Después del asesinato de la chica.

Ebbie se acercó un poco más a él y le rozó un brazo con una mano. Bond empezó a escribir las preguntas, dos en cada hoja de papel y por partida doble, una para Ebbie y otra para Heather.

– ¿La telefonearon?

– Ja. Me dijeron que me fuera en cuanto la policía finalizara el interrogatorio. Tendría que dirigirme por carretera a Galway donde se pondrían en contacto conmigo en el Corrib Great Southern Hotel.

El hombro de Ebbie oprimió fuertemente su brazo, dejándole una agradable sensación de hormigueo.

Bond le pasó dos hojas de preguntas a Heather y otras dos a Ebbie, y les indicó por señas que escribieran las respuestas. Heather tenia una pluma, pero no así Ebbie a quien Bond tuvo que prestar la suya.

Entre tanto, seguía conversando como si las respuestas tuvieran una importancia vital para él.

– ¿Y dijeron que eran de Gran Bretaña?

Hubo una leve vacilación mientras Ebbie intentaba escribir.

– Sí -contestó al fin la muchacha-, dijeron que les enviaba la gente para la que antes solíamos trabajar.

Ebbie sonrió, dejando al descubierto la blancura de sus dientes y la rosada punta de su lengua.

– ¿Y no experimentó usted ningún recelo?

– Ninguno en absoluto. Parecían unos perfectos caballeros ingleses. Me prometieron una noche en un lugar seguro y me dijeron que, luego, vendría un avión y me llevaría a otro sitio.

Ebbie frunció el ceño y siguió escribiendo, sin apartar el hombro del brazo de Bond.

– ¿Le dijeron algo sobre Heather?

Tras una angustiosa pausa, la joven contestó:

– Me dijeron que estaba a salvo y que pronto vendría. Yo nunca…

Al volverse a mirar a Heather, Bond vio que estaba escribiendo sin ninguna dificultad.

– Tú estabas inconsciente en la ambulancia -le dijo, haciéndole un guiño para que no la sorprendiera su pregunta-. Smolin me habló de algo que se llamaba Pastel de Crema. ¿Qué sabes al respecto?

Heather le miró con asombro y sus labios estuvieron a punto de formar la palabra «pero»; por suerte, recordó a su auditorio y contestó que no pensaba hablar de ello. Todo el asunto había sido un despreciable enredo del que ni ella ni Ebbie eran responsables.

– Fue un error -repitió-. Un terrible error.

Bond se inclinó hacia adelante y empezó a leer las respuestas de las chicas, recorriendo rápidamente con los ojos la primera página y después la segunda. Mientras leía, volvió a experimentar el recelo que previamente había sentido. En aquel instante, se abrió inesperadamente la puerta y apareció Smolin, flanqueado por dos de sus hombres. Hubiera sido absurdo tratar de ocultar los papeles, pero, aun así, Bond los retiró de la mesa, y se levantó esperando desviar con ello la mirada de Smolin.

– Me deja usted de piedra, James -dijo Smolin, hablando en un pausado tono amenazador-. ¿Cree que sólo tenemos dispositivos de escucha en nuestra llamada suite de invitados? Tenemos son et lumiere, amigo mío…, sonido e imágenes -Smolin soltó una de sus habituales carcajadas-. No sabe usted la de veces que hemos metido a la gente en un compromiso en estas habitaciones. Ahora sea buen chico y déme estos papeles.

Uno de los hombres se adelantó hacia ellos, pero Heather le arrebató las hojas a Bond y corrió rápidamente a su dormitorio. El hombre trató de atajarla, pero falló y cayó contra la pared mientras ella cerraba la puerta y corría el pestillo.

Smolin y el otro hombre desenfundaron sus pistolas automáticas. Entre tanto, el que había caído ya estaba nuevamente en pie y aporreaba la puerta, gritándole a Heather en alemán que saliera. No se escuchaba el menor ruido. Al fin, Heather salió con la cabeza echada altivamente hacia atrás. A su espalda, el humo se escapaba en espiral de una papelera metálica.

– Han desaparecido -dijo como si tal cosa-, quemados. Y no es que te hubieran servido de mucho, Maxim.

Smolin dio un paso al frente y la abofeteó el rostro, primero con el dorso de la mano y después con la palma. Heather se tambaleó, pero recuperó rápidamente el equilibrio; tenía el rostro intensamente escarlata.

– Bueno, pues, ¡se acabó! -Smolin respiró hondo, apretando los dientes-. No esperaremos la comida. Creo que ha llegado el momento de hablar…, y vaya si hablaréis. Los tres.

Se dirigió hacia la puerta y solicitó a gritos la presencia de más hombres, los cuales subieron ruidosamente por la escalera, empuñando sus armas.

– Creo que usted será el primero, James -dijo Smolin, apuntándole con un dedo que parecía un puñal.

De nada hubiera servido luchar puesto que dos de los hombres le agarraron por los brazos y le empujaron hacia el pasillo; bajó con ellos la escalinata principal.

Ingrid contemplaba la escena como un fino insecto negro, rodeada por los rugientes perros. Los hombres empujaron a Bond hacia otra puerta, le obligaron a bajar otra escalera de madera de pino y le condujeron por un largo pasadizo hasta una estancia en la que sólo había una silla de metal, clavada en el suelo. Le hicieron sentar, le pusieron grilletes en las muñecas y los tobillos y le aherrojaron a los brazos y las patas de la silla Bond tenía dos hombres a su espalda; Smolin, mirándole con fría rabia, se encontraba situado directamente frente a él.

Bond se preparó para el dolor físico o, peor todavía, para lo que los soviéticos solían calificar de interrogatorio químico. Hizo todo lo que le habían enseñado, vació su mente, la llenó de estupideces y empujó la verdad hacia lo más hondo de su subconsciente. Cuando ésta surgió, su terror no tuvo límites. Smolin, el principal objetivo de Pastel de Crema, habló muy despacio.

– James -empezó a decir-, cuando «M» le invitó a almorzar y después le llevó a dar un paseo por el parque, explicándole en qué consistía Pastel de Crema y diciéndole que le negarían en caso de que algo fallara…, ¿cuál fue su primer pensamiento?

Smolin había empezado precisamente por la verdad que Bond acababa de sepultar en lo más hondo de su ser y que sólo bajo la más dura de las presiones hubiera revelado a su interrogador.

10. El Interrogatorio

Durante un tiempo que a él se le antojó una eternidad, Bond sintió que en su mente se desataba un torbellino: ¿habrían colocado dispositivos de escucha en el Blades? ¿Micrófonos direccionales? ¿Dispositivos de captación de sonidos en el parque? ¿Una infiltración en el despacho de «M»? ¿En el propio «M»? Imposible. Y, sin embargo, Smolin lo sabia. La primera información secreta que le facilitó «M» tuvo lugar en el parque, y por nada del mundo Bond la hubiera revelado. Pese a ello, Smolin la conocía, y, si tenía aquella información, ¿qué otras cosas sabia, y cómo?

La simulación no se podría prolongar por mucho tiempo, pero él tenía por lo menos que intentar ponerla en práctica.

– ¿A qué información se refiere? ¿De qué parque me habla?

– Vamos, James, sabe usted muy bien que eso no le va a servir de nada. Soy un curtido oficial del GRU. Ambos sabemos de qué forma se pueden infiltrar nuestras organizaciones. Digamos que Pastel de Crema se detectó mucho antes de que las cuatro chicas supieran que habían sido descubiertas.

– Puesto que no sé nada de Pastel de Crema, no le voy a ser muy útil.

Smolin seguía hablando de cuatro chicas, pensó Bond, sin mencionar para nada al único hombre de la operación.

– ¿Quiere que lo haga a las malas, James? -preguntó Smolin, encogiéndose de hombros-. Todos cometemos errores de vez en cuando. Su gente cometió un error con Pastel de Crema. Nosotros nos equivocamos al permitir que las componentes de la red se largaran con los calcetines puestos, tal como se dice en su tierra -añadió, soltando la más desagradable de sus carcajadas-. Aunque, en el caso de Pastel de Crema, mejor sería decir que se largaron con las medias puestas, ¿no le parece? -miró con dureza a Bond y éste creyó intuir en él un deseo de transmitirle algún mensaje secreto-. Todas mujeres, ¿eh?

– No sé de qué me habla -contestó Bond en voz baja-. No tengo ni la menor idea sobre éste asunto del Pastel de Crema. Yo acompañaba a una chica a la que había conocido en una fiesta y terminé en las manos del GRU. No he negado lo que usted evidentemente sabe, es decir, que soy miembro de uno de los departamentos secretos británicos. Pero no todos estamos al corriente de los distintos planes que se elaboran. Trabajamos sobre la base de los conocimientos necesarios…

– Y «M», el jefe de su Servicio, llegó a la conclusión de que usted necesitaba saber, James. Ayer, en Regent's Park, tras almorzar con usted en su club, le contó la historia con toda clase de pelos y señales; aunque no todos. A continuación, le dijo que le agradecería mucho que resolviera el asunto y rescatara a las componentes de Pastel de Crema. Le ofreció información, pero le advirtió que no podría sancionar sus acciones. En caso de que se metiera en algún lío, ni él ni el Foreign Office le salvarían. No tendrían más remedio que negarle. De usted dependía aceptar el trabajo o no, y usted, que es un cabezota, lo aceptó. Y ahora yo le pregunto, ¿qué sintió cuando le reveló éste detalle?

– No sentí nada porque nada ocurrió.

Hubo una larga pausa mientras Smolin aspiraba el aire a través de los dientes.

– Como usted quiera, pues. No voy a perder el tiempo con tonterías. Nada de métodos violentos. No tengo tiempo que perder. Le administraremos una pequeña inyección. Mi informe tiene que estar listo esta noche, cuando recibamos la visita de un importante personaje.

Smolin habló con los guardianes, utilizando para ello una mezcla de alemán y ruso. Por lo que Bond pudo entender, les estaba diciendo que le llevaran el instrumental médico y que después le dejaran solo. El más alto de los hombres le preguntó si necesitaría ayuda.

– Puedo grabarlo yo mismo. El prisionero está seguro. Tráigame lo que le he dicho.

Los modales de Smolin eran tan autoritarios que, en cuestión de segundos, el hombre regresó empujando un carrito de instrumental médico.

Smolin le despidió con un gesto de la mano y se acercó a una pared donde Bond vio por primera vez toda una serie de pequeños interruptores que Smolin cerró con sumo cuidado. Después, regresó al carrito y empezó a preparar una jeringa hipodérmica mientras hablaba en voz baja sin mirar ni una sola vez a Bond.

– He desconectado el sonido para que no puedan oírnos. Uno de estos sujetos del KGB… es la peste personificada. Y tengo a otros infiltrados en mi equipo. Sólo puedo fiarme de dos de ellos, pero es posible que también se vean en la situación de no poder obedecer mis órdenes. Debe usted saber que esta inyección será simplemente de agua destilada. Ha sido la única estratagema que se me ha ocurrido para que podamos quedarnos solos.

– ¿De qué demonios me está usted hablando? -preguntó Bond con un involuntario susurro.

Tenía que andarse con mucho tiento. No podía fiarse ni un pelo de un hombre como Smolin.

– Le estoy hablando de la verdad, señor Bond -Smolin sostuvo en alto la jeringa y tomó una ampollita. Introdujo la aguja a través del tapón en ella, llenó la jeringa y expulsó un poco de líquido para eliminar las burbujas de aire-. Le estoy hablando de cómo escapar con Irma. Perdón, quiero decir Heather. He conseguido ocultar el hecho de que Wald Belzinger (el que ustedes llaman Jungla Baisley) también formaba parte de Pastel de Crema. Lo hice así para proteger no sólo mi persona sino también la de Susanne.

– ¿Susanne? -preguntó Bond mientras Smolin le tomaba un brazo para administrarle la inyección.

– Mi compañera Susanne Dietrich. Oculté su aventurilla y la conspiración. Advertí asimismo a las cuatro chicas para que pudieran largarse antes de que el KGB las atrapara. Heather no tiene nada que ver con eso, aunque ella cree, como es lógico, que tuvo la culpa y que se precipitó en su juego conmigo -clavó la aguja sin que Bond lo sintiera-. En caso de que entre alguien, simule que está drogado. Es más, convendría que echara la cabeza hacia atrás y cerrara los ojos.

– O sea que, si no entiendo mal -dijo Bond en un susurro apenas audible-, fue usted, el topo del GRU dentro de la HVA, el que dio el chivatazo a las chicas.

Santo cielo -pensó-, he caído en la trampa. Lo he reconocido.

Smolin se inclinó hacia su oído, simulando querer ponerle más cómodo.

– Sí, tuve que dar el chivatazo, tal como usted dice. Créame, James, lo hice en cuestión de segundos, poco antes de que el KGB diera la alarma por su parte. Y ahora, ¿qué? Pues que no podré retrasar demasiado los acontecimientos. En primer lugar, hay un equipo -mejor dicho, dos equipos para ser más exactos-, que liquida a los agentes de Pastel de Crema. En segundo, tengo la sospecha de que el ilustre invitado de esta noche nos comunicará la noticia de que Wald Belzinger se ha largado con viento fresco, tal como vulgarmente se dice, con mi buena compañera y amiga Susanne Dietrich.

– ¿De veras?

Bond sólo quería escuchar, sin hacer ningún comentario. Ya había ido demasiado lejos.

– Se fue de permiso hace un par de semanas y todavía no ha vuelto. El agente del KGB encargado del caso ya habrá atado los correspondientes cabos y ya se habrá dictado una orden de busca y captura de Belzinger, o Baisley. Eso me pone en evidencia, lo cual significa que yo también tengo que saltar, tal como prometí hacerlo en caso de que las cosas se pusieran feas.

– ¿A quién se lo prometió?

– En primer lugar, a mi queridísima Heather; y, en segundo, a su jefe Swift. Y a su jefe de usted, «M», por si no bastara.

– ¿Intenta decirme, Maxim, que lleva usted cinco años siendo un desertor en su puesto?

– Más bien sí.

– ¿Y espera que yo le crea? ¿Usted, el azote medio ruso y medio alemán del servicio de espionaje de la República Democrática Alemana, aborrecido por más personas de las que usted y yo podamos imaginar? ¿El fiel funcionario al servicio de Moscú? No puedo creerlo. Carece de sentido.

– Pues eso es, ni más ni menos, lo que tendrá que creer, James. No puede hacer otra cosa, ya que, de lo contrario, es hombre muerto. Y yo también. Usted, Heather, Ebbie, yo y, finalmente, Susanne y Baisley. Todos estamos condenados a morir, si usted no lo cree y actúa en consecuencia.

– Demuéstremelo, Maxim.

– ¿Acaso no lo he hecho? ¿No le he preguntado cuál fue su reacción a la propuesta de «M»? No hubiera podido saberlo más que a través de la propia fuente.

Bond recelaba. Analizó su propio estado físico y mental y comprendió que no estaba drogado. Todo era muy real, y la historia de Smolin le parecía cada vez más verosímil a medida que la escuchaba.

– James, nuestro trabajo es como vivir dentro de un juego de cajas chinas sin saber nunca exactamente qué o quién hay en cada una de ellas. Yo estoy al corriente de la llamada telefónica que recibió usted ayer por la mañana y de su almuerzo en el Blades y el paseo por el parque. Sé que pasó la tarde revisando los archivos y lo que ocurrió en el salón de belleza de Heather -Smolin hizo una pausa y se puso muy serio-. Traté, por todos los medios, de cortar el paso a éste maldito equipo del KGB, pero ya era demasiado tarde. Sé de la huida, del cambio de vuelos en Heathrow y de sus conversaciones telefónicas aquí…, incluidas las que mantuvo con el inspector Murray -se inclinó hacia la silla, acercando su rostro al de Bond-. Mire, yo he cometido el mayor pecado que se puede cometer dentro de una organización de espionaje. Sabia lo que era Heather cuando se me insinuó por primera vez e hice averiguaciones con respecto a los demás. Les hubiera podido pillar a todos en cualquier momento, pero no lo hice.

– ¿Por qué?

– Porque, cuando me abordaron, yo quería que me abordaran. Quería largarme. Lo sabía, pero no podía hacerlo. Heather me ofreció una posibilidad de huida y yo fui un insensato y piqué en el anzuelo. Y entonces, ¿qué ocurrió? Me pidieron que me quedara en mi puesto y me convirtiera en un monstruo todavía más terrible de lo que antes había sido. ¿Qué mejor tapadera, James?

– ¿Quién se lo pidió?

– Heather, a quien amo con todo mi corazón, después Swift y, por fin, «M».

– ¿Dónde?

– En una casa franca de Berlín Occidental. Fue una excursión de un solo día. «M» accedió a mantener a Heather en secreto. Yo accedí a colaborar con él. Elaboramos claves, contactos y cortacircuitos hasta que el KGB empezó a olisquear lo que había ocurrido hacía cinco años. El descubrimiento de mi relación con Pastel de Crema es sólo cuestión de tiempo. Entonces, a menos que pueda saltar la tapia, me mandarán a Moscú y, si tengo suerte, un rápido balazo acabará conmigo; si no la tengo, me espera una sala de cancerosos o el Gulag. Lo mismo le ocurrirá a usted, James. A todos nosotros.

Bond aún no estaba del todo convencido de la verdad de esta historia.

– Si eso es cierto, ¿por qué no me lo dijeron?

Durante una angustiosa décima de segundo, Bond volvió a darse cuenta de que, al comentar los acontecimientos, estaba contestando indirectamente a preguntas y proporcionando con ello a un hábil interrogador todo lo que necesitaba saber.

– Los conocimientos necesarios. El viejo «M» es un pájaro muy astuto. Usted era el hombre adecuado para éste trabajo, pero no tenía por qué saber nada de mí. Había una posibilidad entre un millón de que ambos nos encontráramos. Las instrucciones que yo recibí de «M» eran vigilar desde lejos, permitir que usted rescatara a las chicas y luego poner a salvo a Jungla -Smolin entornó los ojos y unas arrugas aparecieron en su frente-. Creo que no se percató de que yo estaba completamente rodeado por el KGB y no podía impedir la actuación del escuadrón de castigo. Además, hasta última hora de ayer no se enteró de los últimos acontecimientos. Hemos hablado esta madrugada, primero, a través de Murray, que había establecido contacto con él y, más tarde, a través de una línea segura. «M» aún pensaba que tenía posibilidades de quedarme en mi puesto. Pero se equivocaba. Tengo casi la absoluta certeza de que me han descubierto, James, y debo escapar. Necesito su ayuda porque estamos completamente infiltrados por el KGB. Hay, por lo menos, uno en mi equipo y, probablemente, más de uno. La mayor amenaza es la bruja del ama de llaves, Ingrid. Es sin duda la Negra Ingrid del KGB, tal como la llaman en ciertos círculos, delegada y probablemente amante del hombre que persigue a Pastel de Crema. Guárdese mucho de ella, amigo mío. Puede parecer que estos malditos perros me consideran su amo, pero yo le aseguro que los perros son también agentes dobles. Ingrid es quien de verdad los controla. Puede revocar mis órdenes en cualquier momento y ellos la obedecerían -esbozando una triste sonrisa, Smolin añadió-: Antes de que me lo pregunte, le diré que fueron efectivamente adiestrados en aquel edificio sin ventanas de la parte trasera del viejo aeropuerto de Khodinka.

¿Qué tenía Smolin que perder, contándole todo aquello…? ¿O qué ganar?

– Si acepto sus explicaciones, Maxim, ¿qué espera de mí? ¿Tendrá un plan, supongo? Por ejemplo, que les lleve a usted y a las chicas hasta el escondrijo de Jungla Baisley, para, de éste modo, poder meternos a todos en el saco, ¿verdad?

– No sea estúpido, James. ¿Cree que el KGB todavía no sabe a estas alturas dónde se oculta? ¿Piensa que no han seguido los movimientos de Susanne? A estas horas, esos dos corren tanto peligro de que les metan en el saco como nosotros.

– ¿Y quién es el ilustre invitado de quien me ha estado usted hablando? ¿El que tiene que llegar esta noche?

– Por fin lo pregunta.

La expresión de Smolin era tan serena como la calma que precede a la tempestad.

– ¿Y bien?

– Usted me conoce bajo el nombre de Basilisco, ¿verdad?

– Sí.

– ¿Conoce, por casualidad, el nombre en clave de Dominico?

A Bond se le revolvió el estómago y le dio un vuelco el corazón.

– ¡Dios bendito!

– Exactamente. Nuestro invitado es Dominico.

Bond tardó unos segundos en asimilar la información.

– Konstantin Nikolaevich Chernov. El general Chernov.

– ¡Dios bendito! -repitió Bond-. ¿Kolya Chernov?

– Ni más ni menos, James, Kolya Chernov… para sus pocos amigos. El jefe de investigación del Departamento 8, Dirección 5, en otros tiempos llamado Departamento V y anteriormente…

– SMERSH.

– Con quien usted tuvo tratos en más de una ocasión -Smolin hablaba muy despacio, como si cada palabra tuviera un significado oculto-. La fama de Konstantin Nikolaevich hace palidecer la mía.

Bond frunció el ceño. No sólo conocía la fama del general Chernov, sino que, además, estaba íntimamente familiarizado con su expediente. Kolya Chernov era el responsable de decenas de operaciones encubiertas que habían causado estragos en las comunidades de espionaje tanto norteamericana como británica. Era, asimismo, un hombre sumamente astuto, cruel y despiadado. Seguramente tenía enemigos dentro de los propios servicios de espionaje rusos. Dominico era una pesadilla viviente para el Servicio de Bond.

Éste recordó ahora la imagen de las fotografías que figuraban en los archivos: un hombre alto y delgado, con el cuerpo tonificado por el ejercicio. Dominico era un fanático de la salud que no fumaba ni bebía alcohol. Poseía un cociente intelectual extraordinario y una enorme habilidad para planificar jugadas sucias, y era un tenaz e implacable investigador. Según su expediente, había enviado a por lo menos treinta miembros del KGB o el GRU a la muerte o bien al Gulag, por falta de disciplina. Se citaban las palabras de un desertor: «Siendo lo que es, Dominico tiene la habilidad de husmear la más leve desviación a cien metros de distancia y entonces la sigue como un sabueso.» Bond cerró los ojos y humilló la cabeza. De repente, se sentía cansado y preocupado, no tanto por él como por las dos chicas.

– Debe de ser muy importante para que venga personalmente -musitó.

– Que yo recuerde, es la primera vez que eso ocurre -O Smolin era muy buen actor o el simple hecho de mencionar al general le ponía nervioso-. Permítame decirle, James, que, cuando yo descubrí por primera vez Pastel de Crema, el asunto concernía a los alemanes, a la HVA y, como es lógico, al GRU. El KGB ha tardado mucho tiempo en husmear la existencia de Jungla y el viraje de Susanne Dietrich y Maxim Smolin.

Este se dió un puñetazo en el pecho.

– Ha tardado cinco años -dijo Bond con la mente en otra parte.

– Cuatro, para ser más exactos. El año pasado, el KGB reabrió los archivos y decidió investigar el caso, pasando por encima de nuestras cabezas. No quieren que el GRU se considere un cuerpo de elite. No les gustan nuestros métodos, nuestro sigilo y nuestra manera de reclutar a la gente dentro del Ejército. Le he oído decir al propio Chernov que olemos a las odiadas SS de la Gran Guerra Patriótica.

«Al principio, las nuevas investigaciones no fueron exhaustivas. Hicieron algunas comprobaciones aquí y allí. Después, Chernov se plantó en Berlín. Yo envié algunas señales de advertencia a su Servicio, pero no me atreví a moverme. Al cabo de una semana, se introdujeron varios cambios y no tuve que devanarme demasiado los sesos para comprender que el KGB me estaba vigilando. Me controlan y vigilan desde hace seis meses. El equipo de Chernov es el que anda suelto por ahí con orden de localizar a las chicas, matarlas y cortarles las lenguas… pour encourager les autres, tal como dicen los franceses.

– Y por eso hace usted todo cuanto puede para ayudar a Dominico, ¿verdad, Basilisco? Atrapa a Ebbie y se toma la molestia de secuestrarnos a Heather y a mí en la carretera.

– Obedeciendo las órdenes de Chernov. Ya le he dicho que el KGB nos tiene rodeados por todas partes. Se me ocurrió la idea de cometer un fallo, pero, ¿de qué me hubiera servido? Necesito su ayuda, James. Necesito salir de aquí con usted y las chicas. Como es lógico, delante de los demás tengo que simular que obedezco las órdenes de Chernov. Pero no por mucho tiempo.

– Si quiere demostrarme sus buenas intenciones, Maxim, dígame dónde estamos. ¿En qué lugar se encuentra éste castillo?

– No muy lejos de donde le secuestramos. El camino que conduce a la carretera tiene una longitud de unos cuatro kilómetros. A la entrada, giramos a la izquierda y bajamos todo recto por la colina hasta llegar a la carretera Dublín-Wicklow. En cuestión de una o dos horas todo lo más, podemos estar en el aeropuerto y largarnos.

Bond seguía con la cabeza echada hacia adelante y los ojos cerrados.

– Si acepto su versión, yo también necesito ayuda.

– Cuente con ella. No se mueva bruscamente, le estoy quitando las esposas. Tengo aquí su pistola… Una pieza magnífica esta ASP de 9 mm. Tome…

Bond sintió el peso del metal sobre las rodillas.

– ¿Qué hacemos? ¿Nos abrimos paso a tiros?

– Me temo que ellos nos superan en número. Podríamos engañar quizás a mis propios hombres, pero no a Ingrid y tampoco a los infiltrados de Chernov.

– Suponiendo que acepte su palabra, ¿cuánto tiempo nos queda? -preguntó Bond, notando que le caían las esposas.

Ahora tenía las manos libres.

– Una hora. Una hora y media con un poco de suerte. Chernov tiene que aterrizar aquí antes de que oscurezca.

– Y las chicas, ¿dónde están?

– Encerradas en la suite de invitados, supongo. Eso fue lo que ordené. Lo difícil será llegar hasta ellas. Después de un interrogatorio como el que yo debería haberle hecho, usted tendría que estar semi-inconsciente. Los hombres estarán aguardando con una camilla de ruedas para transportarle por el pasillo. Después le subirán arriba. Ya está.

– ¿Se le ocurre alguna sugerencia? -preguntó Bond mientras Smolin le quitaba los grilletes de los tobillos.

Sopesó la ASP en la mano para cerciorarse de que estaba cargada. Era algo que había practicado muchas veces, incluso en la oscuridad, con cargadores vacíos, cartuchos de fogueo y cargadores llenos.

– Hay un medio… -Smolin giró en redondo en cuanto se abrió la puerta de golpe y apareció Ingrid con los tres perros sujetos con correas-. ¡Ingrid! -exclamó en su tono más autoritario.

– Todo ha sido muy interesante -dijo Ingrid, utilizando un tono de voz tan afilado como un cuchillo. He introducido ciertos cambios en la sala de interrogatorios desde la última vez que estuvo usted aquí, coronel…, obedeciendo las órdenes del general Chernov, naturalmente. Ante todo, los interruptores de grabación se han invertido. Al general le encantarán las cintas. Pero ya hemos escuchado suficiente. Él estará aquí en seguida, y yo quiero tenerles a todos a buen recaudo cuando llegue.

Como si se leyeran el pensamiento, Smolin pegó un salto a la izquierda mientras Bond se levantaba de la silla y se desplazaba rápidamente a la derecha.

– Wotan, Rechts! Anfassen! Fafie, Links! Anfassen! ¡A la derecha! ¡A la izquierda! ¡Agarrarles!

Los perros se abalanzaron rugiendo sobre ellos y, mientras los dientes de Fafie se le clavaban en el brazo que sostenía el arma, Bond vio fugazmente a unos hombres situados detrás de Ingrid y a Siegi, el tercer perro, ansiando participar en la matanza.

11. Perro Devora A Perro

Bond experimentó un intenso dolor cuando las mandíbulas le apresaron la parte inferior del brazo, obligándole a abrir involuntariamente los dedos de la mano derecha y soltar la pistola, la cual cayó produciendo un sordo ruido al suelo. Oía los gritos de Ingrid sobre el trasfondo de los rugidos de los perros y las maldiciones de Smolin medio en ruso y medio en alemán, y sentía el cálido aliento de Fafie en el rostro. El perro rugía sin soltar la presa, y movía la cabeza de uno a otro lado como si quisiera arrancarle el brazo.

Bond golpeó fuertemente con la mano libre los órganos genitales del perro, tal como le habían enseñado a hacer. El rugido se transformó en un gañido de dolor y, por espacio de un segundo, las mandíbulas se abrieron. Bond aprovechó el momento para rodar por el suelo y levantar la mano derecha hacia el cuello del animal. Los dedos localizaron la tráquea y apretaron con fuerza como si quisieran arrancarle la laringe. Bond levantó el brazo izquierdo para agarrar a la bestia por la cerviz, pero, para entonces, la sensación de dolor y el instinto de peligro ya habían provocado la reacción de Fafie, el cual empezó de nuevo a rugir. Bond tuvo que hacer acopio de sus escasas fuerzas sólo para resistir. El dolor de la herida del brazo se iba agudizando y su debilidad era cada vez mayor. Pero, como el perro, sabía que estaba luchando por su propia vida y siguió apretando la tráquea del animal.

Le pareció oír la cuarteada vocecita del instructor de la escuela de adiestramiento con tanta claridad como la primera vez que asistió a uno de los muchos cursillos de autodefensa en los que había participado. «Nunca se asfixia nada o a nadie utilizando ambas manos, tal como hacen en las películas. Utilicen siempre la presión de una sola mano para obtener los mejores resultados.

»Aprieten con la mano sobre la tráquea y utilicen toda su fuerza en la nuca con el otro brazo.» Puso en práctica el consejo mientras Fafie se agitaba en un intento de librarse de su presa. Por un breve instante, Bond se dejó llevar por su innato amor a los animales. Pero no fue más que un segundo. Aquello era cuestión de vida o muerte. Fafie iba a por todas.

– Fafie! Anfassen! Anfassen! -gritaba Ingrid-. Fafie! ¡Agárrale! ¡Agárrale!

Pero Bond estaba echando mano de sus últimos recursos. Sus dedos se hundieron en el tupido pelaje de Fafie y apretaron con fuerza. Sintió que el animal perdía el conocimiento. De repente, las mandíbulas de Fafie se aflojaron y su cuerpo se convirtió en un peso muerto.

Bond simuló que seguía luchando con el perro mientras miraba de soslayo para ver adónde había ido a parar su pistola ASP. Rodó por el suelo, soltó un gemido y se movió para dar la impresión de que Fafie le estaba atacando. Se sentía extrañamente frío y calculador y, a pesar del intenso dolor que le producía la herida, estaba firmemente decidido a recuperar la pistola, situada a la izquierda, justo al alcance de su mano.

Miró hacia Smolin y vio con horror que se encontraba tendido debajo de Wotan, el cual estaba a punto de hundirle los dientes en la garganta al menor movimiento. Bond comprendió que el coronel no podía correr el riesgo de parpadear tan siquiera, puesto que Siegi aguardaba al acecho dispuesto a intervenir, al igual que los hombres situados detrás de Ingrid.

Bond atravesó la barrera del dolor de su brazo y, utilizando a Fafie como escudo, giró a la derecha, recuperó la ASP, se volvió de nuevo a la izquierda y efectuó dos disparos contra Siegi. Abrió fuego una sola vez contra Wotan y la bala Glazer alcanzó de lleno al animal, arrojándole contra la pared. Un cuarto disparo, bajo y dirigido hacia la puerta, se estrelló en la jamba y abrió un gran boquete a través de la madera y el yeso. Los hombres se apartaron a toda prisa, pero no así Ingrid, la cual se quedó donde estaba.

– ¡Ya basta! -gritó Smolin, levantándose para abalanzarse sobre Ingrid. Agarrándola por la muñeca, tiró con fuerza hacia abajo y después hacia adelante y hacia atrás, y la arrojó al otro extremo de la estancia donde el ama de llaves se estrelló contra la pared en medio de un desagradable crujido mientras gritaba de rabia, dolor y decepción. Luego, Ingrid resbaló silenciosamente por la pared y cayó al suelo, convertida en un negro guiñapo.

Smolin sostenía una pistola automática en una mano y gritaba en dirección a la destrozada puerta.

– ¡Alex! ¡Yuri! Soy vuestro superior. El KGB ha urdido una despreciable conspiración contra nosotros. Ahora estáis con los hombres del KGB. Volveos contra ellos. Son unos traidores y sólo podrán atraer la deshonra y la muerte sobre vuestras cabezas. ¡Atacadlos ahora!

Durante un par de segundos, sólo hubo silencio en el pasillo; después se oyó un grito, seguido de un disparo y el rumor de unos golpes. Smolin le hizo una seña a Bond, indicándole que se situara a la derecha de la puerta, mientras él se pegaba a la pared del lado contrario. Se oyó otro disparo, otro grito y el rumor de una pelea.

A continuación, una voz gritó en ruso:

– Camarada coronel, ya los tenemos. ¡Rápido, ya los tenemos!

Smolin le hizo una indicación a Bond y ambos salieron al pasillo. Una vez allí, Smolin gritó en inglés:

– ¡Liquídelos a todos, James! ¡A todos!

A Bond no le hizo falta que se lo repitieran dos veces. A su derecha, dos hombres trataban de inmovilizar a un tercero mientras otro yacía inconsciente en el suelo. Tuvo que efectuar tres rápidos disparos con la ASP para despachar al grupo. Las mortíferas balas Glazer cumplieron perfectamente su misión: la primera estalló en el lado izquierdo de uno de los hombres que luchaban, descargando la mitad de su contenido en el estómago del que forcejeaba con él. La segunda alcanzó al hombre que yacía tendido en el suelo. El tercer disparo eliminó al cuarto hombre sin que tuviera tiempo de enterarse de lo que pasaba.

El ruido de los disparos en el angosto pasadizo era ensordecedor, tanto más cuanto que Smolin había vaciado dos veces el cargador de su pistola automática. Bond se volvió y comprobó que el coronel también había dado en el blanco. Dos cadáveres, uno espatarrado y otro encogido como un ovillo, demostraban bien a las claras la puntería de Smolin.

– Lástima -musitó Smolin-. Mex y Yuri eran unos hombres estupendos.

– A veces, no le queda a uno otra alternativa. Ahora ya me ha demostrado la veracidad de sus afirmaciones, Maxim. ¿Cuántos quedan arriba?

– Dos. Supongo que deben de estar con las chicas.

– Entonces, bajarán de un momento a otro.

– Lo dudo. Allá arriba apenas se oye lo que ocurre en el sótano -Smolin respiraba afanosamente-. Lo hemos utilizado muchas veces. Hombres fuertes gritaban aquí a pleno pulmón mientras la gente hacía el amor en las habitaciones de arriba sin enterarse de nada.

Bond oía las palabras de Smolin, pero el mundo había empezado a dar vueltas a su alrededor y sus ojos no podían concentrarse en nada. Sintió una cálida pegajosidad en el brazo y un ciego dolor que empezaba en la herida y se extendía a todo el cuerpo. Oyó que Smolin le llamaba como desde muy lejos, experimentó un mareo y perdió el conocimiento.

Soñó con serpientes y arañas. Reptaban y se arrastraban a su alrededor mientras él trataba de salir de un oscuro y tortuoso laberinto, hundido hasta los tobillos en aquel amasijo de repugnantes criaturas. Tenía que conseguirlo. Veía una débil luz al final del túnel. Después, ésta desaparecía y él volvió a encontrarse como al principio, rodeado por un rojizo resplandor. Allí. Allí estaba otra vez la luz, pero una enorme serpiente se enredaba en sus pies y le impedía avanzar. No tenía miedo, sabía tan sólo que necesitaba salir de allí. Otra serpiente se había unido a la primera y varios reptiles más pequeños se enroscaban alrededor de sus piernas, tirando de él hacia abajo. Ahora, una de las serpientes se había enroscado en su brazo, clavando los dientes en él. Experimentó un dolor insoportable. Bajó la mirada y vio que un nido de arañas se alojaba en la herida causada por la mordedura de la serpiente. Otras arañas enormes y peludas le recorrían el rostro, se introducían en las ventanas de su nariz y en su boca, y le obligaban a toser para escupirías. Las arañas le producían náuseas, pero ya debía de estar más cerca del final del túnel porque la luz le escocía en los ojos ¡y una voz le llamaba por su nombre!

– ¡James! ¡James Bond! ¡James!

Las serpientes y las arañas habían desaparecido, dejándole tan sólo un insoportable dolor en el brazo. El rostro de una muchacha apareció ante sus ojos. Los labios se movían.

– Vamos, James. Todo ha terminado.

La visión del rostro se borró y Bond oyó que alguien decía:

– Ya está recuperando el conocimiento, Heather.

– Gracias a Dios.

Bond parpadeó, abrió y cerró los ojos y, por fin, los abrió del todo y vio a Ebbie Heritage.

– ¿Cómo…? -dijo.

– Está usted bien, James. Todo pasó.

Bond se movió y sintió un hiriente dolor en el brazo derecho y una extraña rigidez.

– No disponemos de mucho tiempo -Maxim Smolin apartó a Ebbie a un lado-. Se va usted a poner bien, James, pero… -miró el reloj de pulsera.

Empezó a recordarlo todo con meridiana claridad. Smolin se irguió y miró a Bond mientras rodeaba con un brazo los hombros de Heather Dare.

– Lo siento -Bond respiró hondo-. ¿Me he desmayado?

– No tiene nada de extraño -dijo Smolin-. Los dientes del maldito perro le han hecho una herida muy profunda. ¿Cómo se nota el brazo?

– Entumecido. Es molesto, pero puedo utilizarlo.

– Ebbie te ha hecho de enfermera -dijo Heather-. Te estamos muy agradecidos, James. Maxim nos contó lo que pasó allí abajo.

– Yo sólo limpié la herida -dijo Ebbie-. Los perros estaban sanos. No creo que haya el menor peligro de infección. Hemos utilizado el antiséptico más poderoso que existe.

– Y el más caro -Smolin esbozó una irónica sonrisa-. El último Hine Cosecha 1914 que nos quedaba. Suave. Muy suave.

– Suave, soberbio y totalmente desperdiciado -dijo Bond, lanzando un involuntario gemido-. Lo lamento.

– Ha sido por una buena causa. ¿Puede incorporarse o levantarse? -preguntó Smolin.

Bond trató de hacerlo. Se encontraba tendido en el sofá de la suite de invitados. Intentó levantarse, pero le fallaron las piernas. Tuvo que agarrarse a los brazos de un sillón para no perder el equilibrio. Ebbie corrió a sostenerle con sus fuertes y hábiles manos.

– Gracias, Ebbie. Gracias por todo -empezó a moverse con cuidado para comprobar silos músculos le respondían. Poco a poco, recuperó las fuerzas-. Gracias, Ebbie -repitió.

– Estamos en deuda con usted. Eso no es nada.

– ¿Qué les sucedió a los demás? -le preguntó Bond a Smolin-. ¿A los hombres que estaban aquí arriba?

– Ya están liquidados.

El agente del GRU se puso muy serio y Bond recordó su propia reacción siempre que terminaba una tarea desagradable. Era mejor borrar aquellos hechos de la imaginación. La gente que los recordaba demasiado, o bien empezaba a gozar con ellos o bien sucumbía bajo el peso del remordimiento.

– ¿Y qué ha sido de Ingrid? -preguntó.

– Vive y descansa. Está consciente, pero no llegará muy lejos. Tiene varios huesos rotos -Smolin empezó a hablar en tono apremiante-. Tenemos que irnos, James. ¿Recuerda a Dominico? Puede llegar de un momento a otro. Tenemos que estar lejos antes de que aterrice.

– ¿Quién es Dominico? -preguntó Ebbie, sorprendida.

– El general Chernov, del KGB -contestó Smolin, haciendo una mueca.

– Dominico es perverso, inteligente y muy hábil en su trabajo -terció Bond, asintiendo-, cosa que, al parecer, le encanta. Ya me las arreglaré, Maxim.

Respiró hondo varias veces y miró sonriendo a las chicas. Heather ya no se daba tantos humos y ahora miraba a Smolin con adoración.

– Sí, estoy seguro de que se las arreglará, James -dijo Smolin con cierta aspereza-. Usted ha resultado herido, pero sobrevivirá. Estoy pensando en nosotros.

– ¿Los automóviles están…?

– Aquí, efectivamente -el coronel sacudió la cabeza con impaciencia-. Disponemos de automóviles, James. Pero creo que no se da usted cuenta de que estamos rodeados por todas partes. Que yo sepa, hay por lo menos diez hombres ahí afuera, armados hasta los dientes. Pertenecen también al KGB. Sólo en la entrada principal hay cuatro. Si ponemos en marcha los vehículos, querrán averiguar por qué, aunque no creo que se tomen la molestia de preguntarlo. Los tipos que hay en las colinas y en las entradas no son de los que hacen preguntas. Son tiradores de precisión.

– Perro devora a perro, ¿eh?

– Primero, dispara. Después, pregunta.

– ¿Dispararían contra un objetivo importante?

– Sí. Contra usted, contra mí o contra las chicas. No le quepa la menor duda de ello. Dominico ha estado constantemente en contacto con éste lugar…, que, por cierto, se llama el Castillo de las Tres Hermanas y es utilizado por el KGB y el GRU desde hace diez años. Ha estado en contacto radiofónico. He echado un vistazo a los cuadernos de la sala de comunicaciones. Le han transmitido su nombre y el mío. La última orden que ha dado Dominico es que nadie salga hasta que él llegue. Cualquiera que intente salir, deberá ser detenido.

Yo he dicho un objetivo importante -repitió Bond. Se iba recuperando poco a poco y sus procesos mentales ya se habían normalizado-. Como, por ejemplo, el general Konstantin Nikolaevich Chernov. ¿Dispararían contra él?

– ¿Sugiere que lo llevemos con nosotros? ¿Que lo apresemos?

– ¿Por qué no?

– Porque no estará solo.

– Bueno, pues, ¿por qué no lo utilizamos como protección? ¿En qué vendrá?

– En helicóptero. Dispone de muchos medios de transporte extraoficiales aquí… Todo legal, claro. La República de Irlanda no es un lugar muy idóneo para jugar con los transportes ilegales. Pero no correrá el riesgo de aterrizar cuando oscurezca. Aquí no hay instalaciones para aterrizar cuando se va el sol.

– ¿Tomará tierra cerca del castillo?

– Habitualmente, volamos en dirección a la entrada principal y aterrizamos delante, cerca de donde ahora se encuentran estacionados los automóviles.

– ¿Quién estará con él?

– Por lo menos, dos guardaespaldas, su ayudante y un hábil interrogador. Todos armados y muy eficientes.

Bond experimentó una súbita punzada de dolor en el brazo e hizo involuntariamente una mueca.

– James, ¿qué le ocurre? -preguntó Ebbie, apoyando una mano en el brazo herido de Bond.

Tenía unos ojos azules irresistibles y unos labios que pedían ser besados.

– Nada serio -contestó Bond, apartando a regañadientes los ojos de ella para mirar a Smolin-. Tenemos que irnos, por grave que sea el peligro. Se me ocurre que lo será mucho menos si nos vamos tan pronto como llegue el general. ¿Qué vehículo es el mejor, Maxim?

– El BMW. Ante todo, es un buen modelo, y, además, está trucado.

Bond empezó a palparse la ropa, le pidió a Smolin su pistola y comprobó con disimulo que aún llevaba encima sus restantes armas secretas. Smolin tomó la ASP que había encima de la mesa, junto con los cargadores de repuesto y la varilla. Bond desmontó y volvió a montar el arma. Después preguntó:

– ¿De acuerdo, pues? Echamos a correr hacia el vehículo en cuanto aparezca el helicóptero?

Las chicas asintieron, pero Smolin no parecía muy convencido.

– ¿Maxim?

– Sí. La única alternativa seria marcharnos ahora y enfrentarnos con los disparos de esta gente. Pero yo preferiría eliminarlos primero.

– ¿Armará a las chicas?

– Ya vamos armadas.

Heather se había vuelto mucho más confiada y profesional. Bond tomó mentalmente nota de que debía preguntarle por qué se le había insinuado con tanto descaro en el Hotel del Aeropuerto…, pero no era una pregunta que pudiera hacerle en presencia de Smolin.

– ¿Tiene las llaves del BMW? -le preguntó a Smolin. Este asintió en silencio-. Pues, entonces, ¿a qué esperamos? Tendríamos que bajar a la puerta principal. Maxim, ¿por qué no se acerca al automóvil? Eso no tendría nada de extraño. Juegue a su alrededor como si tal cosa y háganos una señal en cuanto aparezca el helicóptero.

Mientras bajaban, el castillo se les antojó frío y misterioso. Fuera aún había mucha luz aunque el cielo ya empezaba a rojear por el oeste. En el vestíbulo embaldosado se respiraba una gélida atmósfera casi espectral.

– Será una puesta de sol preciosa -dijo Bond, sonriendo alegremente para animar a las chicas.

Sabía, por la cara que ponía Smolin, que la huida de allí no iba a ser nada fácil. Una vez en la puerta, le preguntó a Maxim cómo deberían colocarse cuando llegaran al BMW.

– ¿Le parece bien que Heather se siente delante conmigo? Usted, James, se sentará detrás con Ebbie. Procuraremos agachamos al máximo.

– Por mi, de acuerdo -dijo Ebbie, mirando muy contenta a Bond.

– Abriremos todas las ventanillas por si tenemos que responder a los disparos -señaló Bond.

– Muy bien -Smolin, asintió-, seria una medida muy prudente.

– ¿Puedo hablar un momento en privado con usted, Maxim? -preguntó Bond, tomándole por un brazo y apartándose con él-. Si conseguimos salir, ¿adónde iremos?

– Para empezar, lejos de éste país. Aunque, a la larga…, no podremos ocultarnos de Chernov.

– ¿Tiene idea de dónde pueden estar Jungla y su compañera Susanne?

– ¿Sabe usted dónde fueron vistos por última vez?

– Sí. ¿Y usted?

– En las islas Canarias.

– Eso me dijeron, pero me parece que ya es una noticia antigua.

– Tenía una semana de antigüedad cuando «M» se la comunicó. Creo que ya deben estar en otro sitio, pero, una vez me vaya, yo habré quemado todos mis barcos. Eso significa que no recibiremos la menor ayuda de mi gente.

– Y muy poca de la mía, si nos atenemos a las normas de «M».

– Chernov esperará que nos dirijamos a Dublín, Shannon o uno de los puertos… Rosslare o Dun Laoghaire.

– No tendremos más remedio que hacerlo -dijo Bond.

– No necesariamente -Smolin le miró de soslayo-. Yo aún puedo utilizar ciertos contactos. Y usted también, en realidad. Sin embargo, creo que los míos nos facilitarían una huida muy discreta.

– Yo no puedo ir al norte, ¿lo sabe? -Bond se inquietó-. Es zona vedada para mi departamento; el territorio corresponde por entero al MI-5. Sería una auténtica persona non grata si apareciera por allí. «Cinco» es muy quisquilloso a éste respecto.

– No pensaba en el norte -dijo Smolin-. Si salimos, tendremos que utilizar algún engaño. Les haremos creer que vamos a Dublín y después daremos media vuelta. Quiero ir al oeste, hacia Cork. Desde allí, sé que podrán ayudarnos a salir con el mayor sigilo. ¿De acuerdo?

– Puesto que usted irá al volante, haga lo que crea más conveniente -contestó Bond, asintiendo.

– Por lo menos, sé dónde podremos cambiar de automóvil -dijo Smolin, esbozando su primera sonrisa en mucho rato-. Conozco asimismo un hotelito donde no es probable que nos busquen.

Bond se disponía a decir algo, pero después cambió de idea.

– ¿Cuántos teléfonos quedan todavía en éste sitio? -preguntó, como si acabara de ocurrírsele otra idea.

– Hay uno aquí, en el vestíbulo -contestó Smolin, indicando una mesita situada bajo la escalera-. Hay otro en la Sala de Comunicaciones -la puerta de la izquierda, al final de la escalera-, y uno en el dormitorio principal, la puerta contigua.

– ¿Todos son extensiones del mismo número?

– Sí -contestó Smolin, facilitándole un número que Bond se aprendió rápidamente de memoria-. La línea está en la Sala de Comunicaciones donde se encuentra el equipo de transmisiones. Los del vestíbulo y el dormitorio principal son extensiones. ¿Por qué?

– Se me ha ocurrido una pequeña idea. Procure distraer a las chicas. Salga con ellas al jardín.

– Si sólo tenemos diez minutos. ¿Es necesario? -preguntó Smolin, arqueando las cejas.

– Creo que sí.

Bond esbozó una sonrisa, dio media vuelta y subió rápidamente la escalera. El brazo ya no le dolía tanto, pero se lo notaba muy débil.

La Sala de Comunicaciones era pequeña y casi todo el espacio estaba ocupado por los equipos de radio, las grabadoras y el ordenador, adosados a la pared más larga. Había unos modernos escritorios de oficina llenos de cuadernos de notas, borradores y calculadoras. El teléfono se encontraba en el escritorio del centro, delante del equipo de transmisión más importante. Bond se desabrochó el cinturón para sacar la caja de herramientas en miniatura que Q'ute le había preparado hacía cierto tiempo. Contenía una serie de herramientas (detonadores, ganzúas, alambres y fusibles) doblados en una cartera de cuero casi plana.

Bond retiró la parte superior de un pequeño cilindro de plástico, eligió una cabeza de destornillador que encajara en la muesca de los tornillos de la parte inferior del teléfono y la ajustó al pequeño cilindro que, de éste modo, se convirtió en el mango. Después, retiró los cuatro tornillos que había en la base del aparato. Una vez el teléfono abierto, se sacó del billetero un paquetito que Q'ute le había entregado momentos antes de que abandonara el edificio del Cuartel General. Contenía seis granitos negros, de cada uno de los cuales se escapaban dos hilos. Cambió la cabeza del destornillador y esta vez utilizó una como las que suelen emplear los joyeros.

Los granitos eran el último grito del llamado «dispositivo de escucha tipo armónica». Bond tardó menos de cuatro minutos en aplicar uno de los granos a las terminales correspondientes y volver a cerrar el teléfono. Agradeció en silencio aquellas habilidades que le había enseñado hacía mucho tiempo el instructor especial de telecomunicaciones de la Rama Q. Era un simpático londinense llamado Philip, conocido en el Cuartel General de Regent's Park como Phil el Ful.

Bond se dirigió luego al dormitorio principal, e insertó otro pequeño artilugio en el teléfono de allí. Abajo, hizo lo mismo con el tercer aparato.

Smolin y las chicas se hallaban en el jardín. El sol ya estaba a punto de ponerse. Bond apenas había terminado su trabajo en el tercer aparato cuando Smolin abrió la puerta y le dijo:

– Me voy al automóvil, James. Ya está al llegar. ¿De acuerdo?

El coronel echó los hombros hacia atrás, abrió la pesada puerta principal y se dirigió lentamente hacia el BMW. Jugueteó un rato con el portamaletas antes de sentarse al volante y accionar el mando central para abrir las ventanillas. En aquel instante, oyeron por primera vez el rugido del motor del helicóptero. Smolin puso en marcha el vehículo, se inclinó para abrir la portezuela del otro lado y les gritó a sus cómplices que subieran.

Cuando éstos apenas habían alcanzado el automóvil, el helicóptero se recortó contra el rojizo resplandor del cielo y se iniciaron los primeros disparos desde las colinas circundantes. Eran disparos de advertencia contra la calzada, lejos del automóvil. Dentro, Maxim Smolin se hallaba inclinado sobre el volante mientras los demás permanecían agachados en el suelo. Ebbie se estremeció de miedo cuando una segunda ráfaga de disparos se estrelló a escasa distancia.

Smolin salió como un piloto de carreras y avanzó zigzagueando para sortear las irregularidades del abrupto camino que conducía a la entrada principal, unos tres kilómetros más allá.

El helicóptero se había apartado tras dar la primera vuelta, como si los disparos le hubieran puesto sobre aviso. Después, sobrevoló la zona en circulo y empezó a descender, tal como Bond esperaba, entre el lugar donde ellos se encontraban y algunos de los tiradores de precisión. Vio que era una versión del enorme KA-25 con dos planos de deriva y doble rotor… la Hormona, como lo llamaban en la OTAN.

– Si conseguimos salir -gritó Heather-, ¿adónde iremos?

– ¡Primero tenemos que salir! -contestó Smolin mientras el helicóptero se situaba directamente encima de él y las balas de las armas automáticas hacían saltar el polvo y las piedras a su izquierda. Bond levantó la cabeza y vio que el aparato giraba sobre su propio eje y se dirigía hacia ellos con sus dos enormes rotores dando vueltas a popa y a proa. Sintió que la corriente de la Hormona azotaba el vehículo como un huracán. El aparato volaba muy bajo y en posición paralela con respecto a ellos. Un hombre medio asomado a la puerta corredera de la parte de atrás sostenía en una de sus manos una pistola ametralladora.

Por su parte, Bond sostenía la ASP con la mano derecha. Efectuó dos disparos y el tirador cayó de la puerta, arrastrando consigo parte del fuselaje. Bond tomó el arma con ambas manos, la levantó ligeramente y efectuó otras dos descargas contra las hojas del rotor inferior. La Hormona vaciló antes de alejarse. El rotor anterior emitió un gemido cuando un disparo le arrancó parte de una hoja.

Smolin soltó una carcajada.

– ¡Ha alcanzado a estos hijos de puta! -gritó-. ¡A estos bastardos asquerosos! Allá van…

Bond miró a través de la ventanilla trasera y vio que el helicóptero se posaba con una sacudida que por poco le aplasta una de las ruedas del tren de aterrizaje, pegándola al fuselaje.

– Eso no se lo van a poder arreglar en el garaje del pueblo -musitó.

Después, los disparos arreciaron de nuevo y tuvo que volver a agacharse al lado del fragante cuerpo de Ebbie.

– ¡Larguémonos cuanto antes de aquí! -gritó Smolin-. ¡Agárrense fuerte! Voy a tomar un atajo.

12. Extraño encuentro

En medio de la oscuridad que sigue al crepúsculo, los faros delanteros del helicóptero derribado iluminaban el camino principal e impedían la huida por allí, a menos que uno hubiera querido suicidarse. Smolin apartó el BMW, cruzando un prado lleno de baches para ascender por una cuesta. El vehículo se inclinaba a derecha e izquierda. En determinado momento, un fuerte impacto estuvo a punto de hacerle volcar. Heather y Ebbie lanzaron un grito, y, por un instante, Bond también estuvo seguro de que iban a volcar. El impacto correspondía a una bala de grueso calibre, cuyos mortíferos efectos le eran bien conocidos. Milagrosamente, el BMW se enderezó. El castillo se encontraba ahora a su izquierda y el helicóptero quedaba muy lejos.

Los alcanzaron otros tres disparos, uno de los cuales dio en la portezuela delantera del pasajero sin causar ningún daño. Los tiradores de precisión debían de estar utilizando miras telescópicas nocturnas.

– ¿Y si probáramos a huir a pie? -le gritó Bond a Smolin sobre el trasfondo de los disparos.

– A pie nos atraparían en seguida. Por éste lado había una brecha… con mucha maleza, pero no convenientemente cerrada. -Smolin no perdió la calma cuando otra bala disparada desde arriba pasó rebotando por su lado-. Es nuestra única posibilidad.

Avanzó con los faros apagados, inclinándose hacia adelante para ver en la oscuridad mientras el motor gemía a causa del esfuerzo.

– ¡Aquí está! -gritó con aire triunfal-. Ahora, rezad.

El automóvil aminoró la marcha mientras él frenaba para bajar. Cuando viró a la derecha, las ruedas protestaron y la parte de atrás experimentó una fuerte sacudida.

– ¿Acaso ha participado usted alguna vez en un rally?- preguntó Bond en tono burlón para distraer a las chicas de aquella alarmante experiencia.

– ¡Pues, no! -contestó Smolin, soltando una carcajada-. Pero he seguido el curso del GRU… ¡Esto es…!

Parecía que estuvieran chocando contra una impenetrable barrera de árboles.

– ¡Siga adelante! -gritó Bond.

Se produjo un violento choque y un rumor chirriante cuando la parte inferior del automóvil rozó las raíces de los arbustos y la maleza, y se oyó el susurro de las ramas y el follaje, que se separaban al paso del vehículo, el cual no se detuvo aunque se vio obligado a aminorar la velocidad. De repente, tropezaron con una alambrada de púas de unos dos metros de altura.

Smolin aceleró y se lanzó contra ella. Esta vez, la sacudida fue mucho más dramática. Smolin y Heather se golpearon contra el parabrisas mientras que Bond se vio lanzado contra la parte posterior del asiento de Smolin. Ebbie salió mejor librada porque se quedó tendida en el suelo. Bond profirió un ahogado grito de dolor al recibir un golpe en el brazo herido.

– ¿James? -dijo Ebbie-. ¿Se ha hecho…? ¡Ay! -gritó, cuando la sacudida la arrojó hacia atrás.

Al poco rato, el vehículo se detuvo a causa de los alambres que se habían enredado en sus ruedas. Smolin abrió como pudo la portezuela y gritó:

– ¡Salid si podéis!

Bond trató de abrir su portezuela, pero los alambres se lo impidieron y tuvo que salir por la de Smolin. Una vez fuera, ambos hombres intentaron retirar los alambres con las manos. Las púas les produjeron unos profundos cortes de los que empezó a manar sangre mientras ambos soltaban maldiciones en sus respectivos idiomas. Poco a poco, consiguieron librar el vehículo de los tentáculos que lo atenazaban.

– ¿Y ahora, qué? -preguntó Bond, respirando afanosamente.

– Tenemos que dejar éste cacharro y buscar otro -contestó Smolin, agachándose para esquivar una espiral de alambre que se había soltado de golpe, pasando a escasos centímetros de su rostro.

– ¿Dónde?

– Tengo un magnífico Land Rover Vitesse oculto en lugar secreto.

– Muy bien -dijo Bond, tirando de un alambre que se había enredado en el guardabarros posterior-. Desde luego, tiene usted el país en sus manos, Maxim, con automóviles ocultos y rutas secretas de entrada y salida.

– No sólo yo -contestó Smolin mientras ambos subían de nuevo al automóvil-. Estoy seguro de que Chernov tiene otros medios de transporte aquí cerca. Pronto tendremos que pasar otra vez por baquetas.

Smolin giró la llave de encendido y el motor carraspeó y se apagó varias veces. Al fin, se puso en marcha. Como si nada hubiera ocurrido, el coronel se dirigió hacia la carretera con los faros apagados y giró a la izquierda en dirección a la carretera Dublín-Wicklow.

– Primero, saldrán en nuestra persecución con el Mercedes, y después entrarán en acción otros dos equipos -dijo Smolin-, pero el cambio de automóviles los despistará. Éste era un as que me guardaba en la manga. Nadie sabe que lo tengo. Lo hice yo solo.

– ¿Está muy lejos? -preguntó Bond.

Necesitaba un teléfono.

– Quince minutos en línea recta, tal como suelen volar los cuervos. Pero, ¿se ha dado usted cuenta de que en éste país los cuervos no vuelan? Siempre se los ve por el suelo.

Recorrían a gran velocidad unos carriles llenos de curvas dobles, flanqueados por setos de arbustos. En la semioscuridad del interior del vehículo, Ebbie deslizó la mano en la de Bond e inmediatamente la retiró al ver la sangre que manaba de los numerosos cortes y heridas.

Sin una palabra, se levantó la falda, y dejó al descubierto una generosa porción de blanco muslo. Tras lo cual, trató de desgarrarse la braga. Cuando consiguió un buen trozo de seda, se lo puso en la boca y lo mordió para romperlo en dos mitades que luego utilizó para vendar las dos manos de Bond.

– Pobrecillo -dijo, inclinándose para besarle primero los dedos de una mano y después de la otra.

– No creo que nadie me haya besado jamás las manos de esta manera -musitó Bond-. Gracias, Ebbie.

– Espero que la vacuna antitetánica aún no haya agotado su efecto -contestó Ebbie, rompiendo el hechizo.

Tras recorrer unos cuatro kilómetros, giraron bruscamente para adentrarse en un angosto camino que conducía a la espesura de un bosque. Ya había anochecido por completo y los árboles iluminados por los faros delanteros del vehículo parecían de color gris. A cada cien metros, se podían ver montones de troncos sobre plataformas de madera. Un kilómetro más allá, penetraron en un camino que conducía directamente al interior del bosque. Un letrero proclamaba con toda claridad: PROHIBIDO EL PASO A LOS VEHÍCULOS DE MOTOR. SÓLO PEATONES.

– ¿Ha visto eso, Maxim? -preguntó Bond.

– Estamos en Irlanda, James. Estos letreros no quieren decir lo que dicen. En cualquier caso, pensé que una zona libre de vehículos sería el mejor lugar para esconder un automóvil.

– ¿Eso también se lo enseñó el GRU?

– Supongo que sí. Pero estoy seguro de que, a pesar de toda su astucia, los chicos de Chernov buscaran el BMW y no éste cacharro que tengo aquí.

Smolin avanzó casi rozando los troncos de los abetos hasta que los faros delanteros del vehículo iluminaron un montículo de ramas en el centro de un pequeño claro.

– Bueno, todo el mundo fuera. Vamos a destapar el nuevo automóvil y a cubrir el viejo con las ramas. Yo tengo que echar un vistazo a los mapas.

En unos diez minutos, sacaron a la luz un polvoriento Rover Vitesse completamente nuevo y cubrieron el BMW con las ramas. Smolin se apartó unos pasos del Rover, excavó en el suelo cubierto de musgo y sacó un paquetito que contenía dos juegos de llaves. De pie a su lado, Bond le dijo en voz baja:

– Mande a las chicas que suban al automóvil, Maxim. Tenemos que hablar.

Smolin asintió e hizo sentar a Heather delante y a Ebbie detrás. Después, regresó junto a Bond, a cierta distancia del Rover donde las chicas no podían oírles.

– Ante todo -dijo Bond-, cuando estaba usted en Berlín, ¿tenía un socio llamado Mischa? Porque, en caso negativo, Maxim, será mejor que vele por su dama.

– Sí -contestó Smolin, asintiendo-, Mischa andaba por allí, pero era un infiltrado del KGB. Debe usted saber, James, que las relaciones entre el KGB y el GRU nunca pueden ser sinceras. Siempre recelamos los unos de los otros. Usted pregunta por él porque es uno de los componentes del equipo asesino de Chernov. Estaba en Londres, ¿no es cierto?

– Exacto. Consideremos los planes futuros. Yo confío bastante en usted, Maxim, pero necesito saber lo que nos llevamos entre manos. Usted ha dicho que les arrojaremos un cebo para que nos sigan la pista y que después nos iremos al oeste, hacia Cork.

– Usted tiene contactos especiales, James -dijo Smolin, sonriendo en la oscuridad-. Yo también. Tengo a dos personas en Skibbereen. Disponen de una avioneta. De noche, podemos volar muy bajo. De éste modo, no nos detectarán y podremos aterrizar sin que nadie se entere en un campo del bellísimo condado de Devon. Lo he hecho ya varias veces.

Bond sabía que la operación era factible. ¿Acaso la Rama Especial y «Cinco» no llevaban varios años sospechando la entrada ilegal de avionetas en el país? No habían conseguido establecer en qué lugar, pero sabían que los chicos del norte utilizaban dicho medio y que otros intrusos hacían lo mismo.

– De acuerdo. Chernov quiere atraparnos a todos, a nosotros, a las chicas y, probablemente, también a Jungla y Dietrich. Si ahora nos dirigimos a Skibbereen por carretera, no llegaremos hasta la madrugada. Eso significa que tendremos que permanecer ocultos cerca de nuestro punto de partida, lo cual no es muy aconsejable que digamos. Todos necesitamos descansar un poco. Además, tengo que hacer otras cosas…, los teléfonos del castillo. ¿Me sigue? -Smolin asintió-. ¿Por qué no recorremos parte del camino esta noche? -Bond consultó su reloj-. Ahora son las ocho y media. Podríamos estar en Kilkenny sobre las diez, quedarnos a pasar la noche allí y reanudar el viaje a última hora de la tarda. Supongo que podrá usted ponerse en contacto telefónico con su gente. ¿Los tiene protegidos?

– ¿Protegidos en qué sentido?

– De los manejos del KGB.

– El KGB no puede conocerlos. Son míos. Es la primera vez que utilizo gente para mí solo. ¿De acuerdo?

– De acuerdo. No buscarán un Rover negro, pero andarán tras la pista de cuatro personas. Cuando estemos en la carretera, podríamos telefonear por adelantado y reservar habitaciones en dos hoteles distintos. Podría dejarnos a Ebbie y a mí cerca de uno de ellos e irse con el automóvil al otro. Tendríamos una cita para la mañana siguiente.

– Me parece muy bien. Tengo dos maletas en el portaequipajes. Nada de lo que hay dentro le irá bien, pero servirá para producir una buena impresión. Las chicas podrán comprarse algo en Kilkenny mañana por la mañana, siempre y cuando tengan cuidado. Ebbie lleva alguna ropa en su bolso de bandolera y puede que no necesite nada.

– ¿Qué clase de documentación lleva usted, Maxim?

– Un pasaporte británico, un permiso de conducir internacional y varias tarjetas de crédito.

– ¿Son de confianza?

– Las mejores falsificaciones que jamás hayan salido de la calle Knamensky. Me llamo Palmerston. Henry J. Temple Palmerston. ¿Le gusta?

– Me encanta -contestó Bond en tono sarcástico-. Pero tendrá que rezar para que ningún oficial del control de pasaportes sea un experto en política del siglo diecinueve.

– Muy cierto -dijo Smolin, sonriendo en la oscuridad-. Generalmente, son personas que tienen otros intereses: aeromodelismo, trenes eléctricos, novelas de Dick Francis y Wilbur Smith. Pocos se especializan en la obra literaria de prestigiosos autores como Margaret Drabble o Kingsley Amis. Efectuamos una pequeña encuesta por correspondencia. Preguntas sencillas, pero significativas. El ochenta y cinco por cierto rellenó nuestros formularios. Dijimos que eran para un estudio de mercado y ofrecimos un premio de cinco mil libras esterlinas. Lo ganó un funcionario del aeropuerto de Heathrow y los demás recibieron premios de consolación: radiotransmisores, plumas, diarios, ya sabe.

Bond exhaló un suspiro. A veces, los soviéticos se esmeraban mucho en su trabajo.

– Bueno, pues, míster Palmerston, ¿no cree que ya deberíamos ponernos en camino?

– Como usted diga, míster Boldman.

Acordaron que Smolin y Heather se alojarían, no en Kilkenny, sino en el Clonmel Arms Hotel, a unos treinta minutos por carretera. Bond y Ebbie reservaron habitación en el Hotel Newpark, de Kilkenny, cerca del famoso castillo. En opinión de Smolin, era mejor que se alojaran por separado. Por suerte, encontraron una cabina telefónica blanca y verde todavía no destrozada por los gamberros, a los quince minutos de haber salido del bosque, e hicieron las reservas desde allí.

– Usted se acuesta en la cama -le dijo Bond a Ebbie, sentados ambos en la parte trasera del vehículo-, y yo permaneceré despierto, montando guardia.

– Ya veremos -contestó Ebbie, deslizando una mano en la de James-. Ya sé que es usted un caballero. Pero, a lo mejor, yo no quiero un caballero.

– Un caballero que tiene ciertos deberes profesionales que cumplir -replicó Bond sin perder la compostura.

– Es muy posible que estos deberes sean de mi agrado. Estoy segura de que es usted muy profesional en todo lo que hace.

Smolin y Bond se inventaron una clave muy sencilla para efectuar sus contactos telefónicos. Poco antes de las diez, llegaron a Kilkenny. Smolin pasó por delante del Hotel Newpark y se detuvo unos cien metros más allá. Descendió, abrió el portaequipajes y sacó una bolsa de viaje negra que le entregó a Bond.

– Aquí dentro hay unas prendas de vestir mías, una maquinilla de afeitar y un cepillo de dientes -dijo sonriendo.

Ebbie tenía un bolso de bandolera que llevó consigo cuando abandonó el castillo de Ashford para dirigirse a su pretendido refugio. En su calidad de míster Boldman y esposa, ella y Bond fueron amablemente recibidos en el hotel. El recepcionista les dijo que el restaurante estaba cerrado, pero que el chef «podría prepararles lo que quisieran».

Bond descubrió de repente que estaba muerto de hambre.

Ebbie dijo muy remilgada:

– Bueno, pues, un pequeño refrigerio tal vez. Un bistec con unas patatitas y una ensalada; después, un poco de crema o un postre de chocolate… Y un café, pan y un poco de vino, ¿eh?

– Lo que usted quiera, señora -contestó el recepcionista sonriendo-. Lo que usted quiera siempre que sea escalopa a la Holstein, patatas fritas, ensalada y macedonia de frutas.

– Me parece muy bien -se apresuró a decir Ebbie.

Bond comprendió que la chica también estaba hambrienta. Asintió con la cabeza y eligió un borgoña blanco de incierta cosecha y denominación. Ebbie pidió unas vendas y un desinfectante.

– Tuvimos un pequeño percance con el automóvil, y mi marido se ha quemado las manos.

En conjunto, pensó Bond, miss Ebbie Heritage era un tesoro. Pero, por muy tesoro que fuera, lo primero que hizo al llegar a la habitación, cómoda aunque poco original, fue buscar el teléfono. La falta de originalidad no le sorprendía, porque el vestíbulo del hotel estaba decorado estilo de adobe con clara influencia española.

– Tengo que curarle estas manos -dijo Ebbie en tono suplicante-, y además, nos van a subir la comida de un momento a otro, James.

Bond le hizo señas de que se callara, acercó una mano al botón superior de su chaqueta Oscar Jacobson y, con el dedo pulgar, arrancó una tira de plástico gris de unos dos centímetros y medio de longitud y un centímetro de anchura. Pidió línea y marcó el número del Castillo de las Tres Hermanas que se había aprendido de memoria. Oyó el clic del cambio automático y, un segundo antes de que el teléfono empezara a sonar, aplicó la tira de plástico a la bocina del aparato y apretó con fuerza. Por espacio de dos segundos, escuchó un penetrante sonido semejante al de una armónica que tocara en sordina. Oyó luego un pequeño sonido de respuesta, señal de que los granos negros de trigo de plástico que había introducido en los teléfonos del castillo reaccionaban al tono. A través de los «dispositivos tipo armónica», podría escuchar no sólo las conversaciones telefónicas, sino asimismo cualquier otra conversación que tuviera lugar dentro de un radio de nueve metros alrededor de cada teléfono. Hubiera recibido la misma transmisión aunque estuviera en Australia o en Sudáfrica. Estos poderosos y pequeños instrumentos se pueden activar desde miles de kilómetros de distancia, y convierten los teléfonos en micrófonos directos. En aquellos instantes, Bond sólo podía oír unos extraños rumores lejanos, procedentes, sin duda, de una de las numerosas habitaciones que no tenían teléfono. Colgó cuidadosamente el aparato y consultó su reloj. Tendría que seguir activando los dispositivos hasta que obtuviera un resultado. Ebbie le miraba perpleja, con las vendas y el desinfectante en las manos.

– James, ¿me permite que le cure las manos, por favor?

Bond asintió preocupado, sin saber si telefonear o no a Smolin. Tenía que haber alguien en el castillo, aunque sólo fuera para atender a Ingrid. El hecho de que no pudiera captar nada significaba que Chernov tenía a todos los hombres disponibles, incluido él mismo, buscándoles por la campiña circundante.

– De acuerdo, Ebbie. Haga lo peor que sepa -contestó Bond, resignado.

Pero ella hizo lo mejor. Era delicada, amable y desconcertante. Mientras curaba a Bond, llegó la comida y, tan pronto como Ebbie terminó la cura, empezaron a comer.

– Cuando acabe, me tomaré un baño -dijo la chica, hablando con la boca llena-. Perdone, pero es que me moría de hambre.

– No se preocupe, Ebbie. Ha sido usted muy amable.

La joven miró a Bond desde el otro lado de la mesita. Con la cabeza inclinada, levantó los ojos entornados y finalmente los abrió del todo.

– Quiero expresarle toda mi gratitud, James. Estuvo usted maravilloso en aquel horrible castillo.

– No necesito que me pague nada a cambio, querida.

– Me gustó mucho su actuación de hace años en el submarino. Instaló dispositivos de escucha en los teléfonos del castillo, ¿verdad?

– Es usted muy astuta, Ebbie.

– ¿Astuta? Y eso, ¿qué significa? ¿Quiere decir sexy? Le encuentro muy…

– Significa que es muy perspicaz…, muy hábil en averiguar cosas.

– Pero si está muy claro lo que ahora estaba haciendo. Nos lo enseñaron cuando nos preparamos para Pastel de Crema… Por cierto, qué nombre tan tonto. Ha colocado dispositivos de escucha en el castillo, ¿a que sí?

– Pues claro.

– Eso quiere decir que es usted muy maricón, James, de otro modo, no hubiera podido escuchar lo que ocurre en el castillo desde éste teléfono. ¿O no se dice así?

– Me temo que no es la palabra más indicada, Ebbie, pero no se preocupe -dijo Bond sonriendo.

– James, espero que no se pase la noche escuchándoles.

– Depende. De momento, no hay nadie.

– Espero que no.

– Ya veremos. Tengo que seguir intentándolo. Es crucial para todos nosotros.

Al terminar de comer, Ebbie se fue al cuarto de baño y Bond sacó la mesita de ruedas al pasillo. Estaba a punto de marcar de nuevo el número del castillo cuando Ebbie salió del cuarto de baño, vestida tan sólo con lo que ella hubiera llamado su Unterkleider, para recoger el bolso.

Bond marcó el número del castillo y esta vez captó una breve conversación. Un hombre estaba hablando en ruso con Ingrid, cuya voz sonaba muy débil. Esperó un cuarto de hora más, pero no hubo nada. Colgó el teléfono y se tendió en la cama, cansado y agobiado por el dolor del brazo y las manos.

Cerró los ojos y se preguntó qué debería hacer. Tanto si le gustaba como si no, tendría que reactivar los dispositivos de escucha a intervalos regulares. La experiencia le decía que, si no lograba escuchar nada más desde el castillo, deberían marcharse de allí en cuestión de pocas horas. En el caso de que regresaran a Inglaterra enteros, podría llevar a las chicas a una de sus casas francas, de cuya existencia su Servicio no tenía la menor idea. Después, se presentaría ante «M» en compañía de Smolin. De éste modo, se habrían cumplido, por lo menos, dos tercios de la misión. Mientras preparaba su apología ante «M», Ebbie regresó al dormitorio con el cabello brillante y el cuerpo sólo parcialmente cubierto por una bata de raso gris perla.

– El cuarto de baño ya está libre, James -dijo, permitiendo que la bata le resbalara de los hombros-. A menos que tenga otra cosa mejor que hacer.

Bond contempló el hermoso cuerpo de la joven y sintió la misma atracción que previamente había experimentado. Se levantó muy despacio de la cama y la estrechó en sus brazos. El primer beso pareció durar una eternidad. Sus manos se deslizaron hacia las pequeñas y sedosas nalgas mientras Ebbie le devolvía apasionadamente el beso. Bond se apartó y contempló los grandes ojos azules de la joven.

– Con estas vendas que llevo, me será un poco difícil tomar un baño -se sentía la garganta seca-. No sé si tú podrías…

– ¿Por qué no nos bañamos juntos?

Ebbie le asió por la muñeca y le acompañó al cuarto de baño sin que él opusiera la menor resistencia. Una vez allí, abrió los grifos y Bond dejó que le desnudara. Ya en la bañera, Ebbie empezó a enjabonarlo concienzudamente el cuerpo. Después se tendió a su lado y él le hizo el amor bajo el agua.

Cuando todo hubo terminado, Ebbie le secó con una áspera toalla y volvió a vendarle las manos. Esta vez, fue él quien la acompañó al dormitorio. A pesar de su aire inocente, estaba claro que Ebbie distaba mucho de ser una inexperta; su inagotable energía, corría parejas con una considerable dosis de imaginación e ingenio. Aquella noche hicieron tres veces el amor, una con salvaje violencia, otra con pasión, mientras Ebbie recitaba un sensual poema siguiendo el ritmo de su propio cuerpo; y una tercera con tal ternura que Bond no pudo por menos que recordar casi con tristeza a su difunta esposa Tracy.

Bond llamó al castillo varias veces a lo largo de la noche, sin obtener el menor resultado. Al final, se dio por vencido y se durmió en brazos de Ebbie.

Se despertó sobresaltado y vio que estaba a punto de rayar el alba. Se apartó del suave cuerpo de Ebbie y miró el reloj. Eran las cinco y media. Se levantó de la cama y se dirigió en silencio al cuarto de baño. Las manos ya no le dolían tanto, pero el brazo machacado por Fafie aún estaba muy dolorido. Lavarse fue más fácil de lo que imaginaba y, a las seis cuando fuera empezaba a clarear, Bond ya estaba vestido y equipado con la ASP, la varilla y las armas secretas.

Ebbie dormía profundamente, con el cabello rubio desparramado por la almohada. Seguramente necesitaba descansar, pensó Bond, guardándose la llave de la habitación en el bolsillo y saliendo en silencio al corredor. Ya habían retirado la mesita del servicio de habitaciones y todo estaba tranquilo. Mientras bajaba al vestíbulo principal, la calma fue rota por los ocasionales ruidos del personal de la cocina, que preparaba los desayunos en el sótano. No había nadie en el mostrador de recepción y, por consiguiente, Bond se dirigió al teléfono público y se sacó un montón de monedas irlandesas del bolsillo.

Una voz decididamente soñolienta y malhumorada contestó desde el Hotel Clonmel Arms. Bond tuvo que repetir dos veces que le pusieran con el señor y la señora Palmerston y soportó una larga espera antes de que la telefonista volviera a ponerse al aparato.

– Lo siento, señor, pero se han marchado.

– ¿Cuándo?

Un timbre de alarma se disparó en su cabeza.

– Yo acabo de empezar mi servicio, señor, pero me han dicho que llegaron inesperadamente unos amigos suyos. El señor Palmerston y su esposa se fueron hace una media hora.

Bond dio rápidamente las gracias y colgó el teléfono, hecho un manojo de nervios. ¿Qué «amigos»? Pero ya conocía la respuesta. Dominico -el general Chernov- había dado alcance a Smolin y no tardaría mucho en dar con él y Ebbie. Tanto si disponía de media hora como si tan sólo le quedaban diez minutos, lo importante era controlar la situación. Marcó en el acto un número de Dublín. Sonó diez minutos antes de que una voz contestara bruscamente.

– Murray.

– Jacko B. Han surgido problemas. Tengo que convertir la misión en oficial.

– ¿Dónde estás? -preguntó Murray-, levemente irritado.

– En Kilkenny. En el Hotel Newpark. Creo que tu amigo y el mío, Basilisco, ha sido atrapado con la chica que tú viste en el aeropuerto. Los rumores sobre Dominico son ciertos. Hay un lugar llamado el Castillo de las Tres Hermanas…

– Sabemos todo lo que hay que saber sobre dicho castillo. Pero carecemos de jurisdicción. Es propiedad de la embajada. Hubo un poco de jaleo allí, Jacko. ¿Tuviste tú algo que ver?

– En parte, sí; pero ahora estoy aquí con la chica del castillo de Ashford, ¿comprendes?

– Sí.

– A nosotros también nos quieren atrapar. Si tú pudieras…

Pero Murray se le adelantó.

– Lo sé todo sobre Basilisco, y ha sido un fallo. Haré lo que pueda, Jacko. Cuídate. ¿Dices que ahora es oficial?

– Muy oficial y muy peligroso.

– Lo dudo, pero lárgate de aquí y dirígete a Dublín. No tenemos órdenes de sacarte.

– ¿Qué quieres decir?

– Teníamos que sacar a Basilisco, pero la cosa ha fallado. Ahora, ¿quieres largarte de una vez?

– No tengo ningún medio de transporte.

– Pues, tendrás que robar algo, Jacko. Tengo entendido que eso es te da muy bien.

Murray soltó una risita y colgó, dejando a Bond con el teléfono en la mano.

«Ebbie -pensó Bond-. Necesito sacarla de aquí, aunque tengamos que escondernos en los setos.» Mientras se volvía para salir de la cabina, se le ocurrió otra idea. Convendría llamar, una vez más, a las «armónicas» del castillo. Marcó el número, y pegó la tira de plástico al auricular. De repente, oyó una tremenda confusión de sonidos. Varias personas hablaban a la vez en distintas partes del castillo. Lo que oyó le hizo agarrar con fuerza el teléfono.

– Han perdido al traidor de Smolin y a la chica ¡Mierda! -dijo alguien en ruso.

Se oyó una siniestra carcajada, seguida de la voz de Ingrid.

– El general se va a poner muy contento.

Se oía también una conversación más clara en alemán, probablemente desde la Sala de Comunicaciones.

– Sí, mensaje recibido y entendido. Hans -gritó la voz mientras se escuchaba una respuesta desde muy lejos-, Hans, el equipo de Roma les ha localizado al final. Dietrich y el tal Belzinger tomaron un vuelo anoche. ¿Puedes establecer contacto con el jefe?

– Está intentando localizar a la otra pareja…, silencio radiofónico.

– Rómpelo. Dietrich y Belzinger se dirigen a Hong Kong.

– No lo creo.

– El general tampoco se lo va a creer, pero ponte en contacto con él. En seguida.

Hong Kong, pensó Bond. Jungla y Dietrich se alejaban mucho de Europa. Cuando antes consiguiera sacar a Ebbie, tanto mejor para todos. Se volvió y subió rápidamente la escalera. Al llegar a la habitación, abrió la puerta y se acercó a la cama.

– ¡Ebbie! ¡Ebbie! Despierta…

Enmudeció de golpe al ver la ropa de la cama echada hacia abajo; Ebbie había desaparecido.

Antes de que pudiera reaccionar ante la señal de peligro, una voz le susurró al oído:

– No intente sacar la pistola, míster Bond. Usted no me sirve de nada y le saltaría la tapa de los sesos aquí mismo, en esta habitación, si no tuviera más remedio. Manos arriba y dé la vuelta despacio.

Había escuchado aquella voz en cinta y sabía por tanto que, cuando se volviera, podría contemplar un rostro raras veces visto en Occidente: las nítidas facciones casi francesas del general Konstantin Nikolaevich Chernov, jefe de investigaciones del Departamento 8 de la Dirección 5 del KGB, es decir, el mismísimo Dominico en persona.

– Extraño encuentro, ¿no le parece, míster Bond? Después de andarnos persiguiendo el uno al otro tanto tiempo en los papeles.

Chernov esbozaba una siniestra sonrisa y sostenía en la mano una enorme pistola automática mientras, a su espalda, tres corpulentos sujetos permanecían agazapados como perros dispuestos a despedazarle.

13. Dominico

– Bien -dijo Bond, mirando directamente a los ojos moteados de verde de Chernov-. Está usted muy lejos de su territorio habitual, camarada general. No se debe encontrar muy a gusto fuera de su cómodo despacho de la plaza. ¿O acaso han trasladado el Departamento 8 a aquella monstruosidad moderna de la carretera de circunvalación…, eso que llaman el Centro de Investigaciones Científicas?

Los labios de Chernov se curvaron en una leve sonrisa. Cualquier persona, pensó Bond, le hubiera podido tomar por un influyente y acaudalado hombre de negocios. Su poderoso y delgado cuerpo, enfundado en un traje gris de corte impecable; sus bronceadas facciones innegablemente bellas; su magnetismo personal y su elevada estatura -medía más de un metro ochenta y cinco- le convertían en una personalidad subyugante. Era lógico que se hubiera convertido en el jefe de investigaciones del antiguo SMERSH.

– Permítame que le diga que lee usted los libros adecuados, camarada Bond; y las adecuadas novelas -Chernov bajó la pistola, una pesada Stetchkin, y movió imperceptiblemente la cabeza para dar una rápida orden a uno de los hombres que tenía a su espalda-. Lo siento -el general sonrió de nuevo como si apreciara sinceramente a Bond-. Lo siento, pero su fama le precede. Les he pedido a mis hombres que le despojen de todos los juguetes que pueda llevar encima.

Con la mano libre, Chernov se acarició el cabello entrecano tan perfectamente descrito en los archivos del Cuartel General: «El cabello es abundante, entrecano en las sienes e insólitamente largo para ser un miembro del Servicio ruso, aunque lo lleva siempre muy bien cuidado y se distingue por las patillas que casi le cubren las orejas. Se lo peina hacia atrás sin crencha.»

Bond se conocía de memoria casi todos los perfiles de los agentes de mayor antigüedad del KGB y del GRU.

Uno de los hombres de Chernov, obedeciendo su orden, tomó a Bond por los hombros y le hizo dar la vuelta. A continuación le dijo, en un inglés chapurreado, que apoyara las manos en la pared del dormitorio.

Chernov dio inmediatamente otra orden y después añadió:

– Perdone, míster Bond. Le he dicho que le traten con más miramientos.

El acento lo hubiera podido adquirir en una de las más antiguas universidades británicas y sus modales eran casi deferentes. El tono, habitualmente sereno y comedido, hacía que sus palabras resultaran todavía más siniestras.

El hombre cacheó a Bond con gran minuciosidad y en seguida encontró la ASP, la varilla y las armas secretas: la pluma, el billetero y el valioso cinturón que tantos secretos encerraba. Palpó los forros de la ropa de Bond, le quitó los zapatos y los examinó a fondo antes de devolvérselos. En cuestión de unos minutos, Bond se quedó tan sólo con el minúsculo dispositivo «armónica» prendido al botón superior de su chaqueta.

– Interesante, ¿verdad? -dijo Chernov en tono casi lánguido-. La de cosas que se inventan nuestros amos para que siempre dispongamos de las más recientes innovaciones tecnológicas, ¿no le parece?

– Con todos los respetos, usted es uno de los amos -contestó Bond, tratando de mostrarse tan sereno y tranquilo como su interlocutor.

Chernov era un animal capaz de husmear el miedo a cincuenta metros de distancia.

– En efecto -dijo Chernov, soltando una carcajada en sordina.

– Uno de los más admirados, según nos dicen.

– ¿De veras?

El general soviético no pareció alegrarse al oír el comentario.

– ¿Acaso no es cierto que es usted prácticamente el único oficial de mayor antigiiedad que sobrevivió a la purga de mil novecientos setenta y uno tras la deserción de Lyalin?

– Vaya a saber lo que ocurrió con Lyalin -dijo Chernov, encogiéndose de hombros-. Algunos dicen que fue una estratagema para liquidarnos a todos.

– Pero usted sobrevivió y contribuyó a la resurrección del fénix de las cenizas de su departamento. Y eso es admirable.

No era un simple cumplido. Bond sabía que un hombre con el historial de Chemov jamás se hubiera dejado engañar por aquel truco.

– Gracias, míster Bond. La admiración es mutua. Usted también ha resurgido de entre las cenizas de las críticas, si no me equivoco -Chernov lanzó un suspiro-. Qué tarea tan difícil es la nuestra. ¿Se da usted cuenta de lo que hay que hacer?

– ¿El precio por mi cabeza?

– No hay precio…, esta vez. No obstante, figura usted en la lista. No cumpliría con mi deber si no consiguiera su ejecución, a ser posible, en la prisión de Lubianka, tras un interrogatorio -Chernov se encogió nuevamente de hombros-. Por desgracia, eso podría ser muy difícil. Eliminarle a usted no plantearía ningún problema, pero mi carrera me exige que se haga justicia. Su muerte tiene que ser pública, no en la intimidad de las celdas de la Lubianka.

Bond asintió en silencio. Sabía que, cuanto más consiguiera entretener a aquel hombre en el hotel, tantas más posibilidades tendría Murray de acudir en su ayuda. Bond tenía que telefonearle. Tanto si la misión era oficial como si no lo era, Murray haría, sin duda, todo cuanto pudiera… ¿Acaso no le debía a Bond su propia vida?

– Me alegro de que se lo tome con filosofía, mister Bond. Dice usted que me admira y yo faltaría a la verdad si no reconociera que respeto sus dotes de ingenio, rapidez y habilidad. Quiero que sepa que en su muerte no habrá nada de tipo personal. Será, sencillamente, parte de mi trabajo.

– Claro -Bond vaciló un instante-. ¿Puedo preguntar qué ha ocurrido con la dama?

– No se preocupe por ella -Chernov sonrió, ladeando la cabeza en gesto condescendiente-. Al fin, ella también pagará, junto con el renegado de Smolin y la otra traidora en todo este desdichado asunto; lo mismo que Dietrich y su gigoló Belzinger, o Baisley, tal como gusta de llamarse ahora. Mi deber es asegurarme de que se haga justicia. Usted es una prima adicional de lo más apetecible -el general soviético miró a sus lugartenientes-. Tenemos que irnos. Nos queda mucho por hacer.

– Yo ya estoy preparado. Cuando ustedes lo estén…

Bond comprendió que sus palabras debieron sonar excesivamente optimistas y se percató de su error al ver la expresión de recelo que asomó a los ojos de Kolya Chernov. El general le miró, por un instante, luego giró sobre sus talones y ordenó con un gesto de la mano a sus hombres que le siguieran con Bond. Le condujeron por el pasillo a la parte de atrás del edificio y bajaron dos tramos de la escalera de emergencia.

Detrás del hotel había un espacioso Renault y un Jaguar de color negro con las cortinas de las ventanillas corridas. Chernov se dirigió sin vacilación al Jaguar y Bond fue empujado en la misma dirección. Estaba claro que el Renault debía ser el vehículo de protección o bien de reconocimiento. Bond viajaría en el relativo lujo del Jaguar de Chernov. Un hombre sentado al volante del automóvil se levantó para abrir la portezuela posterior. Vestía un jersey negro de cuello de cisne y llevaba la cabeza vendada. Bond reconoció en él, desde lejos, a Mischa, el asesino que había tratado infructuosamente de liquidar a Heather en Londres. Las vendas acentuaban su pinta de pirata, pensó Bond mientras el hombre le miraba con odio reconcentrado.

El general Chernov inclinó la cabeza y se acomodó en el asiento trasero del Jaguar mientras los hombres empujaban a Bond hacia el otro lado. No se veía a Ebbie por ninguna parte. Otro hombre descendió por la otra portezuela y se apartó mientras Bond se sentaba al lado de Chernov.

– El viaje no va a ser muy cómodo -dijo Chernov, exhalando un suspiro-. Me temo que los tres vamos a estar un poco apretujados en este asiento.

El guardián volvió a subir al automóvil y Bond se quedó emparedado entre sus dos acompañantes. Mischa se sentó de nuevo al volante y uno de los hombres se acomodó a su lado. Bond era muy realista y no tuvo que devanarse demasiado los sesos para comprender lo que ocurriría en caso de que Murray no acudiera en su auxilio. Mischa puso el motor en marcha y el Renault salió disparado delante de ellos. Seguramente haría un reconocimiento previo. Era exactamente lo que hubiera hecho él en semejante situación.

En seguida se percató de que se dirigían a Dublín. En cuestión de horas, estarían de vuelta en el Castillo de las Tres Hermanas. Mischa conducía con una precaución casi excesiva, manteniéndose constantemente a unos treinta metros de distancia del Renault. No se volvió a mirar a Bond ni una sola vez, pero su animadversión se respiraba en el aire. El hombre sentado al lado de Bond mantenía un brazo oculto en el interior de la chaqueta, de la que, a veces, asomaba la culata de una pistola que sostenía en una mano. El general se quedó dormido, pero el hombre que iba sentado delante montaba guardia, volviendo de vez en cuando la cabeza o bien mirando a Bond a través del retrovisor.

El tiempo se hacía muy largo y Bond ya estaba cansado del monótono paisaje de lujuriante verdor y descuidados pueblos y aldeas. Aunque en su mente se agitaban toda clase de ideas, sabía que no tenía ninguna posibilidad de escapar vivo de aquel vehículo. Correría a una muerte segura, incluso en las principales carreteras de la República de Irlanda. Si Murray apareciera, pensó, quizá tendría alguna posibilidad. De momento, había perdido el control de la situación.

Recorrieron kilómetros sin experimentar el menor contratiempo hasta que, por fin, cruzaron por las estrechas calles de Arklow. Unos cinco kilómetros más allá, el Renault giró a la izquierda y empezó a subir por una angosta carretera bordeada de altos árboles y setos sin apenas espacio para que pudieran transitar por ella dos automóviles. Estaba claro que el camino conducía a la entrada principal del castillo.

Chernov despertó y se desperezó; después, felicitó a Mischa por su habilidad y bromeó con él en ruso. Delante de ellos, el Renault dobló una cerrada curva e, inmediatamente después, Mischa soltó una palabrota. Al doblar la curva, el Renault se había detenido en seco. Dos vehículos de la Garda estaban cruzados en el camino. Mientras Mischa frenaba, Bond volvió la cabeza y vio que detrás les seguía un automóvil sin ninguna señal de identificación.

– Tranquilos. ¡No hay que utilizar las armas! -ordenó Chernov con una voz restallante como un látigo-. Ni un solo disparo, ¿entendido?

Media docena de agentes uniformados de la Garda rodeaban el Renault. Otros cuatro se estaban acercando al Jaguar. Mischa bajó con cierta insolencia el cristal de su ventanilla cuando un oficial uniformado se inclinó para hablar con él.

– Caballeros, me temo que esta carretera sólo está abierta al tráfico diplomático. Tendrán que dar media vuelta.

– ¿Qué ocurre, oficial? -preguntó Chernov, inclinándose hacia adelante, mientras, junto con el otro hombre, trataba infructuosamente de ocultar el rostro de Bond.

– Un problema diplomático, señor. Nada grave. Hubo ciertas quejas anoche y tenemos que mantener la carretera provisionalmente cerrada.

– ¿Qué clase de problema diplomático? Yo tengo pasaporte diplomático, al igual que mis acompañantes. Nos dirigimos al castillo que es propiedad de la embajada soviética.

– Ah, bueno, eso ya es distinto.

El hombre se apartó. Bond observó que los vehículos estacionados delante se habían retirado un poco para permitir el paso del Renault. Vio también unos hombres vestidos de paisano cerca del Jaguar. Uno de ellos se inclinó ahora hacia la ventanilla de atrás que Mischa se había visto obligado a abrir. Aunque Bond no le reconoció, el hombre poseía los perspicaces y serenos ojos de un miembro de la Rama Especial.

– Se han recibido informes sobre un tiroteo que hubo aquí anoche. Corno comprenderá, la gente está un poco nerviosa. Si no le importa, permítame ver su documentación, señor…

– No faltaba más.

Chernov rebuscó en los bolsillos de su chaqueta y sacó varios documentos, entre ellos, su pasaporte. El hombre de la RS irlandesa los tomó y empezó a examinar minuciosamente el pasaporte.

– ¡Ah! -exclamó, mirando a Chernov-. Sabíamos que había llegado, míster Talanov. Pertenece usted al Ministerio de Asuntos Exteriores de su país, ¿no es cierto?

– Soy inspector de embajadas, en efecto. Estoy girando mi acostumbrada visita anual.

– La última vez no fue usted quien vino, ¿verdad? Si no recuerdo mal, era un hombre de baja estatura. Me parece que llevaba barba. Sí, barba y gafas. Se llamaba… Qué barbaridad, acabaré olvidándome de mi propio nombre.

– Zuyenko -dijo Chernov-. Yuri Fedeovich Zuyenko.

– Eso es, Zuyenko. ¿No vendrá este año, míster Talanov?

– Ya no irá a ninguna parte -Bond detectó cierta irritación en la voz. Chernov, con su enorme experiencia, ya se habría dado cuenta de que el parlanchín representante de la Rama Especial pretendía ganar tiempo-. Yuri Fedeovich murió -añadió, visiblemente molesto-. El verano pasado. De repente.

– Dios le tenga en la gloria, pobre hombre. Conque murió de repente el verano pasado, ¿eh? No sé si vio usted aquella película protagonizada por la encantadora Katherine Hepburn y miss Taylor… Tiene una casa en esta zona, ¿lo sabía usted?

– Perdone, pero tenemos que seguir, sobre todo si ha habido problemas en la carretera de las Tres Hermanas.

– Fueron graves y no lo fueron, míster Talanov. Pero, antes de que se vaya…

– ¿Sí?

Los ojos de Chernov se encendieron de rabia contenida.

– Verá, señor, tenemos que comprobar toda la documentación diplomática.

– Tonterías. Yo respondo de todos los ocupantes de este automóvil. Se encuentran bajo mi custodia.

Mientras Chernov hablaba, Bond sintió el duro metal de la pistola del guardián contra su costado. No podía correr el riesgo de armar un alboroto, pese a constarle que Chernov no quería provocar ningún incidente.

Otro rostro sustituyó al primero.

– Lo siento mucho, míster Talanov, que es tal como usted dice llamarse, pero tenemos que llevarnos a este caballero de aquí -Norman Murray señaló a Bond con el dedo-. Va usted en muy mala compañía, señor. Buscamos a este hombre para someterle a interrogatorio y creo que convendrá usted conmigo en que no es un ciudadano ruso y tanto menos un diplomático. ¿Me equivoco?

– Bueno, es que…

Chernov se detuvo sin saber qué decir.

– Creo que será mejor que le deje bajar. Tú, sal del coche -Murray introdujo una mano a través de la ventanilla y agarró a Bond por la chaqueta-. Saldrás sin armar jaleo, ¿verdad, muchacho? Los demás caballeros pueden seguir su camino.

– ¿Ya estamos empatados, Norman?

Bond miró muy serio al hombre de la Rama Especial. Sabía que algo había fallado. Lo comprendió en cuanto Norman Murray se dirigió a su automóvil particular y le hizo senas de que le acompañara, mientras los agentes de la Garda y los oficiales de la RE autorizaban el paso del vehículo que conducía a Chernov.

– Más que empatados, Jacko. Mañana tendré que saltar la tapia, no te quepa duda. Poco podré hacer por ti. Han ocurrido cosas muy raras, te lo aseguro.

– ¿Y eso?

Bond conocía lo bastante a Murray como para comprender que el hombre se sentía dominado por una mezcla de cólera, frustración e inquietud.

– Es más bien lo que no ha ocurrido. En primer lugar, me despertaron antes del amanecer y me dieron un mensaje sobre Basilisco. Tus amigos del otro lado del canal querían que lo detuviéramos y se lo entregáramos en secreto, ¿verdad? Puesto que siempre nos hacemos amablemente favores los unos a los otros, enviamos un par de automóviles al Hotel Clonmel Arms donde, según nos informaron, Basilisco se alojaba con la chica… La que me presentaste en el aeropuerto.

– No me dijiste nada de todo eso cuando te telefoneé.

– Porque tú me dijiste que los habían secuestrado. Pensé que te llevarías una agradable sorpresa cuando supieras que lo habíamos hecho nosotros.

– ¿Os llevasteis también a la chica?

– No nos llevamos a ninguno de los dos porque ya no estaban allí. Recibí una llamada a los cinco minutos de haber hablado contigo. Los del hotel dijeron que se habían ido con unos «amigos». Pero, más tarde, afirmaron otra cosa. Parece ser que Basilisco hizo muchas llamadas telefónicas durante la noche. Después, sobre las tres y media de la madrugada bajaron, pagaron la cuenta y se fueron.

– ¿Y la chica que estaba conmigo?

– No se sabe nada de ella. Es cierto que recibimos quejas sobre los disparos y explosiones que hubo en el castillo, y uno de nuestros hombres vio cómo te sacaban del hotel. He corrido un gran riesgo, metiéndome con el tipo que iba contigo.

– Mal asunto -dijo Bond, avergonzándose en secreto de su reticencia.

– Pues aún no sabes lo peor, Jacko -Murray soltó una carcajada-. Tu Servicio te ha negado el reconocimiento oficial.

– ¡Maldita sea!

– Estás de permiso. Tu presencia operativa en la República de Irlanda no está sancionada por ellos. Eso es lo que hay. Bajo ningún pretexto se deberá prestar ayuda a este oficial. Bajo ningún pretexto, Jacko. Ya ves cómo están las cosas.

«En caso de que algo falle, tendremos que negarle incluso ante nuestras propias fuerzas policiales.» Bond recordó las palabras de «M» mientras ambos paseaban por el parque. «Nuestras propias fuerzas policiales» incluían asimismo a otras fuerzas. Pero, ¿por qué? «M» le había mantenido a oscuras con respecto a Basilisco, aunque eso ahora ya estaba parcialmente explicado. Hubo contactos entre «M» y Smolin, probablemente a través de Murray, el hombre más flexible con que contaba el Servicio dentro de la Rama Especial irlandesa. Bond ya había localizado a Smolin y a dos de las chicas. ¿Por qué demonios se empeñaba el viejo en seguir negándole?

– Norman, ¿tú sabes quién viajaba en aquel automóvil?

– Lo sé muy bien, Jacko.

– Entonces, ¿por qué no…?

– No podía ponerle las manos encima. Esas fueron las instrucciones de mis superiores, los cuales deben estar en contacto con tu Servicio. Atrapen a Basilisco y entréguennoslo, pero no toquen a Dominico. Eso se nos pidió. Ahora, Basilisco ha desaparecido y…

– Y las chicas también. Las chicas eran mi principal responsabilidad, Norman.

– No quiero saberlo.

– No lo sabrás. Pero yo tengo que encontrar a estas chicas y a alguien más.

– Pues aquí, en Irlanda, no encontrarás a nadie. Tengo que conducirte a un lugar seguro que tenemos en el aeropuerto y largarte con una patada en el trasero.

– ¿Cómo?

– Ya lo has oído, Jacko. No te queremos aquí. Tienes que irte con viento fresco. Ni siquiera tu embajada admite tu presencia aquí.

En la mente de Bond se agitaron miles de preguntas.

– Si pasamos por delante de un teléfono, ¿querrás detenerte un minuto, Norman?

– ¿Por qué tendría que hacerlo?

– En recuerdo de los viejos tiempos.

– Estamos empatados.

– Por favor -dijo Bond con la cara muy seria.

Smolin y Heather habían desaparecido como por arte de magia, y Ebbie había sido sustituida por Chernov en cuestión de minutos; Unas inquietantes sospechas empezaban a tomar cuerpo en la mente de Bond.

Murray asintió muy despacio. Unos doscientos metros más allá, se detuvo ante una cabina telefónica.

– Rápido, Jacko, y no se te ocurra cometer ninguna estupidez. Bastantes problemas tenernos corno para que, encima, te dé por escapar.

Bond ya había desprendido el dispositivo de escucha «armónica» del botón de su chaqueta cuando llegó a la cabina. Para entonces, Dominico ya estaría en el castillo y seguramente habría mandado examinar los teléfonos. Se sorprendió de que no lo hubiera hecho todavía, tratándose de un hombre tan meticuloso. Los dispositivos seguían en su sitio y, a través de ellos, Bond pudo escuchar la habitual mezcla de voces. Casi no podía entender nada y estaba a punto de colgar el aparato cuando, de repente, oyó con toda claridad la voz de Chernov. Debía de estar al lado de uno de los teléfonos activados.

– Quiero a todos nuestros hombres en las calles de Dublín -dijo en tono autoritario-. Hay que encontrar a Bond y al coronel Smolin cuanto antes. Los quiero a los dos. ¿Entendido? Se me llevaron a Bond delante mismo de mis narices. Por si fuera poco, tenemos el problema adicional de las dos alemanas relacionadas con el maldito Pastel de Crema. ¿Qué habré hecho yo para merecerme a estos imbéciles?

– Camarada general, no tenía usted otra alternativa. No tuvo más remedio que actuar como lo hizo -hablaban en ruso-. Sus órdenes se han cumplido al pie de la letra. En cuanto les tengamos a todos, será muy sencillo. Sin embargo, el tiroteo de anoche ha estado a punto de provocar un incidente diplomático.

– ¡Idioteces diplomáticas! -gritó Chernov

Se escuchó otra voz, cerca de Chernov:

– Acabamos de recibir un mensaje de Hong Kong, camarada general.

– ¿Sí?

– Han localizado a Belzinger y Dietrich. Ella ha abierto para su uso la casa que el GRU posee en la isla de Cheung Chau.

– Dietrich se está pasando. Tendremos que actuar con rapidez. Envíen un mensaje a Hong Kong. Díganles que les vigilen desde lejos. No quiero que nadie se acerque hasta que yo llegue.

La línea empezó a sufrir interrupciones y Bond comprendió que, ahora más que nunca, tenía que tomar la iniciativa. Se metió una mano en un bolsillo y sacó las pocas monedas irlandesas que el hombre de Chernov le había dejado. Colgó el teléfono y volvió a marcar el número del castillo. En cuanto contestaron, se expresó rápidamente en ruso, pidiendo hablar con el general Chernov.

– ¡Es extremadamente urgente! Cuestión de vida o muerte.

Chernov se puso al aparato a los pocos segundos, maldiciendo por lo bajo las líneas de seguridad.

– No necesitamos ninguna línea de seguridad, camarada general -dijo Bond en inglés-. ¿Reconoce mi voz?

Hubo una breve pausa, tras la cual Chernov contestó con frialdad de hielo:

– La reconozco.

– Sólo quería decirle que deseo volver a verle, Dominico. Atrápeme, si puede. En el norte, en el sur, en Oriente o en Occidente.

Puso un especial acento en Oriente para aguijonear a Chernov. Después, colgó el teléfono, abandonó la cabina y regresó rápidamente al automóvil. Chernov comprendería que Bond le había desenmascarado y que le llevaba una pequeña ventaja por el hecho de estar al corriente dé sus probables movimientos. «M» le hubiera dicho, sin duda, que la llamada telefónica era una locura, pero «M» seguía también por su parte un camino muy tortuoso.

– Por un momento, he creído que estabas jugando conmigo, Jacko. Me han llamado desde Dublín. ¿Qué país quieres?

– ¿Qué siguifica eso?

– Que te vamos a deportar, Jacko. Tu gente de Londres ha dicho que te podemos enviar a la Luna si queremos. A ellos les importa un bledo. Incluso tu jefe dice que tienes que tomarte el resto de tus vacaciones en otro sitio.

– ¿Ésas son las palabras que ha utilizado?

– Ni más ni menos. «Díganle a este renegado que se tome el resto del permiso en otra parte. Díganle que se largue con viento fresco.» Eso ha dicho el viejo diablo. Por consiguiente, ¿qué prefieres, Jacko? ¿España? ¿Portugal? ¿Un par de semanas en las islas Canarias?

Bond contempló el inexpresivo rostro de Murray, el cual parecía ignorar la reciente estancia de Jungla en aquella zona.

– Déjame que lo piense un minuto, Norman. Dondequiera que yo elija, ¿me podrás sacar en secreto?

– Con tanto secreto como si fueras un fantasma. Saldrás con tanto sigilo que ni siquiera se enterarán los controladores del aeropuerto de Dublín.

– Pues, concédeme un minuto.

Bond ya sabía exactamente adónde quería ir, pero primero tenía que pensar en la actitud de «M». Puesto que los controles siempre funcionaban sobre la base de los conocimientos necesarios, ¿por qué había decidido «M» comunicarle de entrada que tendría que actuar por su cuenta y riesgo? ¿Y por qué, sabiendo -como debía saber- que dos de las chicas habían sido localizadas y después habían desaparecido, se empeñaba en seguirle negando la cobertura oficial? Bond nunca hubiera tenido que encontrarse con Smolin y, por consiguiente, no tenía por qué saber nada de él. ¿Había acaso alguna otra cosa que Bond tampoco tenía por qué saber?

Trató de seguir con lógica toda la sucesión de acontecimientos, utilizando las más elementales reglas del oficio. ¿En qué casos un control le ocultaba a su agente aquella información vital, aunque le pusiera con ello en una grave situación de desventaja? Sólo había una serie de circunstancias que justificaban aquel riesgo y él ya lo había intuido en parte a través de la conversación escuchada a través de las «armónicas». Sólo se oculta determinada clase de información, a saber, que un agente de confianza puede ser un doble espía. Se oculta la información cuando se ignora quién es el culpable. Tráelos a todos, le dijo «M». Lo cual significaba que Ebbie, Heather o Jungla podían ser agentes dobles. Ésa tenía que ser la respuesta. Un miembro de Pastel de Crema había sido descubierto, y, conociendo la forma de pensar de «M», Bond tenía que incluir a Smolin y Dietrích entre los sospechosos.

Llegaron a las afueras de Dublín y avanzaron por entre el denso tráfico. ¿Por qué le negaban? Muy sencillo. Se niega a un agente para evitar poner en un apuro al Foreign Office y a los políticos; o cuando sus objetivos saben que no cuenta con ningún apoyo. Maldito «M», pensó Bond, se está pasando de la raya. Cualquier otro agente hubiera desistido de su intento y se hubiera presentado en Londres con el botín para depositario a los pies de «M». Sin embargo, Bond no pensaba hacer tal cosa. «M» había apostado todo su dinero a que Bond saldría adelante, y ahora arriesgaba a su hombre como un buen jugador, sabiendo que las apuestas se habían disparado tras la aparición de Dominico.

– ¿Tenéis algún teléfono seguro en el aeropuerto, Norm?

– Te dije que no me llamaras Norm -dijo Murray en tono hastiado.

– De acuerdo, pues, ¿lo tenéis?

– Todo lo seguro que puede ser -Murray miró a Bond sonriendo-. Puede que incluso te permitamos utilizarlo en caso de que ya hayas decidido adónde quieres ir.

– ¿Podríais llevarme a Francia, lo más cerca posible de París?

Murray soltó una carcajada.

– Eso es pedir un milagro, hombre. Ya sabes cómo es el DST. Nunca colabora.

– Tú vives en un país de milagros, Norman. Si por mí fuera, cruzaría el canal y regresaría a la buena vida. Ya sabes, el susurro de las ramas de los sauces sobre la cabeza del aldeano, la juerga, el aroma de la hierba recién cortada entre la que discurren las serpientes.

– ¡Qué barbaridad! ¡Pero qué poético te has vuelto, Jacko! Gracias a Dios, el bienaventurado san Patricio nos libró de las serpientes.

– ¿De veras? -dijo Bond, devolviéndole la sonrisa.

Sabía que estaba a punto de ver atendidas todas sus peticiones.

Las instalaciones de seguridad se hallaban en el mismo interior del aeropuerto, en un pequeño recinto vallado que impedía la visión del automóvil y de sus pasajeros. El aeropuerto de Dublín tiene fama de ser uno de los más abiertos de Europa. Presurne de disponer de unos dispositivos de seguridad discretos y eficaces, generalmente ocultos a la vista del público. Cuando llegaron a la calzada de acceso, Bond se percató de que había más patrullas de la Garda que de costumbre.

Dentro, había una cómoda sala de espera con sillones y revistas, y un par de agentes de paisano que saludaron a Norman Murray dando muestras de especial deferencia.

– En aquella cabina a prueba de sonidos hay uno de los teléfonos más seguros de Irlanda -dijo Murray, indicándoselo-. Puedes utilizarlo mientras yo preparo tu vuelo.

– No hasta que tenga la absoluta certeza de que me dejaréis esta noche en París -dijo Bond fríamente.

– Dalo por hecho, Jacko. Tú haz la llamada. Estarás de camino antes de una hora sin que nadie se entere.

Bond asintió en silencio. Norman Murray era un oficial muy convincente.

Ya en el interior de la cabina, Bond marcó un número de Londres. Contestó una mujer, la cual preguntó en el acto si estaban interceptados. Bond le respondió que probablemente sí, pero que, en cualquier caso, la línea era segura. Q'ute le había ofrecido ayuda la última vez que le vio, y Bond sabía que no era un mero cumplido.

«Si necesitas algo de aquí, llámame y yo misma te lo llevaré.»

Ahora, la llamaba con una larga lista y un tiempo y lugar de entrega casi imposible, pese a lo cual, Q'ute supo estar a la altura de las circunstancias.

– Allí estaré -se limitó a decir antes de colgar-. Buena suerte.

Murray le aguardaba con un mono de trabajo blanco en la mano.

– Póntelo -le dijo-, y escúchame con atención.

Bond así lo hizo y Murray prosiguió diciendo:

– Esta puerta conduce al aeroclub. Efectuarás un vuelo con un instructor. El plan de vuelo ya está a punto. Os han concedido autorización para sobrevolar el norte de Francia; se suele hacer muy a menudo. Esta vez, sufriréis una pequeña avería de motor cerca de Rennes, que será el punto crucial. No conseguiréis llegar a un aerodromo y, entonces, el instructor pedirá auxilio y tomaréis tierra en un campo, pero no en un campo cualquiera sino en uno determinado.

»Habrá un vehículo aguardando y alguien que ocupará tu lugar en el aparato para cuando lleguen los gendarmes y los funcionarios de aduanas. Todo funcionará como la seda. Haz lo que te digo y todo irá bien. No obstante, si te preguntan algo, yo no tengo nada que ver con el asunto. ¿Entendido?

– Gracias, Norman -dijo Bond, asintiendo con la cabeza.

– El aparato se encuentra delante mismo del edificio, con el motor en marcha y listo para el despegue. Es una preciosa Cessna 182. Puede transportar cuatro personas en caso de apuro. Buena suerte, Jacko.

Bond estrechó cordialmente la mano de Murray, sabiendo que, en cierto modo, «M» le seguía apoyando por razones que sólo él conocía.

El aparato permanecía estacionado a escasa distancia del edificio, y Bond inclinó la cabeza mientras se dirigía rápidamente a él. Se agachó al pasar bajo el ala, subió y se sentó al lado del instructor, un joven y simpático irlandés que, al verle, le gritó, sonriendo, que ya era hora de despegar.

Apenas se había abrochado el cinturón, tras sentarse a la izquierda del instructor, cuando la avioneta empezó a deslizarse por la pista hasta llegar al extremo más alejado del aerodromo. Tuvieron que esperar unos minutos hasta que tomara tierra un 737 de la Aer Lingus procedente de Londres, tras lo cual, el instructor puso el motor a su máxima potencia y el ligero aparato se elevó en el aire casi espontáneamente. Se dirigieron hacia el mar y empezaron a ascender. A unos seiscientos metros de altura, el instructor niveló el aparato.

– Allá vamos -gritó-, listos para la juerga. Me pondré en ruta dentro de cinco minutos. ¿Está bien atrás?

– Muy bien -contestó Bond.

Al volver la cabeza, Bond vio el rostro de Ebbie asomando por detrás de su asiento donde estaba escondida.

– Hola, James. ¿Te alegras de verme? -preguntó, dándole un beso en una mejilla.

14. Cena en París

Todos los agentes dignos de semejante nombre tienen sus bases de reserva especiales lejos de casa: una cuenta bancaria en Berlín; un depósito de armas en Roma; unos pasaportes falsos en una caja fuerte de Madrid. La de James Bond era una casa franca en París; o, mejor dicho, un pequeño apartamento propiedad de unos buenos amigos suyos siempre dispuestos a abandonar su hogar en cualquier instante y sin hacer preguntas. El apartamento se encontraba en el cuarto piso de uno de aquellos edificios situados en las inmediaciones del Boulevard Saint-Michel, en la Orilla Izquierda del Sena.

Llegaron poco después de las seis de la tarde, tras un viaje que discurrió casi sin ningún contratiempo. El instructor pilotó la Cessna hasta llegar a Francia y, una vez allí, Bond observó que su altitud empezaba a fluctuar, obligando al control aéreo de París a recordarle constantemente la posición autorizada. El lugar de la cita se había elegido con sumo cuidado, y era un solitario paraje al Oeste de Rennes. Lo sobrevolaron en círculo durante quince segundos y fueron perdiendo gradualmente altura hasta que el piloto tuvo la certeza de que el contacto se hallaba en su sitio.

Lo habrá hecho otras veces, pensó Bond, preguntándose cuándo y en qué circunstancias. A lo mejor, Murray lo utilizaba para asuntos de contrabando o alguna que otra cuestión peliaguda relacionada con los «chicos», tal como llamaban siempre a los Provos en la República de Irlanda. Cualquiera que fuera su experiencia, todo se desarrolló como una seda. El Control del Tráfico Aéreo llamó una vez más, preocupado por la pérdida de altura. El piloto esperó unos cuatro minutos, preparándose para el aterrizaje. Luego emitió una petición de auxilio, indicando una posición deliberadamente equivocada unos quince kilómetros de distancia para que las autoridades tardaran más en llegar.

– Cuando tomemos tierra, dispondrán de unos cinco minutos para largarse -le gritó a Bond-. Un poco de realismo para los clientes -añadió, esbozando una sonrisa.

Descendieron hacia unos campos de labranza en los que no había la menor señal de vida a lo largo de unos ocho o diez kilómetros, tomaron tierra y se deslizaron hacia un bosquecillo y una carretera recta, bordeada de álamos. Un viejo Volkswagen se hallaba estacionado junto a los árboles. En cuanto se detuvo el motor de la Cessna, una figura vestida con un mono de trabajo blanco idéntico al de Bond emergió de entre los árboles y se acercó a ellos.

– ¡Váyanse! Dios les guarde -dijo el piloto, descendiendo del aparato.

Bond ayudó a Ebbie a bajar, se quitó el mono y miró al desconocido, el cual se limitó a asentir, señalando con la cabeza el Volkswagen. Después, le entregó las llaves a Bond y le dijo que dentro había unos mapas. Tomando a Ebbie de la mano, Bond se alejó al trote. Desde el automóvil, vieron por última vez a los dos intrépidos aviadores. Habían retirado la cubierta y estaban manipulando el motor. Para entonces, el Volkswagen ya se encontraba en la carretera, camino de París. Antes de hablar, Bond intentó primero acostumbrarse al vehículo.

– Bueno, pues, señorita, ¿cómo y por qué has vuelto a aparecer?

En la avioneta no pudo mantener una detallada conversación y ahora recelaba de la dramática reaparición de Ebbie, aunque ésta contara con la bendición de Murray.

– Aquel policía tan simpático pensó que sería una agradable sorpresa para ti, James, amor mío.

– Ya. Pero, ¿qué te ocurrió en Kilkenny?

– ¿No te lo dijo?

– ¿Quién?

– El inspector Murray.

– Ni una palabra. ¿Qué pasó?

– ¿En el hotel?

– No creerás que me refiero a tu audaz huida de Alemania, Ebbie -contestó Bond con cierta aspereza.

– Me desperté -dijo ella, como si eso lo explicara todo.

– ¿Y qué?

– Era temprano, muy temprano, y tú no estabas allí, James.

– Sigue.

– Me asusté. Me levanté de la cama y salí al pasillo. No había nadie y me acerqué a la escalera. Te vi utilizando el teléfono del vestíbulo. Oí tu voz y entonces empezó a venir gente desde el otro lado del pasillo. Me dio vergütenza.

– ¿Que te dio vergüenza?

– Sólo llevaba… Sólo un pequeño… -indicó lo que llevaba puesto-. Y nada aquí arriba. Entonces vi un armario donde guardan las cosas de la limpieza -Bond asintió en silencio-. Me escondí en él. Estaba oscuro y me daba miedo. Me pasé un buen rato allí dentro. Oí voces de gente. Cuando todo quedó en silencio, volví a salir. Te habías ido.

Bond asintió sin decir nada. Podía ser verdad. Por lo menos, la chica era muy convincente.

– Me vestí -añadió Ebbie, mirándole a hurtadillas-. Entonces vinieron los policías y les conté lo ocurrido. Utilizaron la radio de su automóvil y me dijeron que tenían orden de llevarme al aeropuerto. James, no tengo más que lo puesto y el bolso de bandolera.

– ¿Te dijo el inspector Murray lo que iba a ocurrir?

– Me dijo que corría peligro si me quedaba en Irlanda y que me llevaría junto a ti, pero que quería darte una sorpresa. Tiene mucho sentido del humor. Qué divertido es el inspector.

– Ya lo creo. Como para morirse de risa.

Bond aún no sabía si creerla o no. En tales circunstancias, sólo podía hacer una cosa. Seguir con ella, pero no facilitarle la menor información, procurando, al mismo tiempo, no despertar sus sospechas.

Llegaron al apartamento al que previamente había telefoneado Bond desde un área de servicio de la Autoroute A-11. Había comida en abundancia en la nevera, dos botellas de champán Krug de excelente cosecha y ropa limpia en la cama de matrimonio; ni notas ni mensajes. Exactamente igual que siempre. Una rápida llamada telefónica, indicando la hora de llegada y la probable duración de la estancia, y los amigos desaparecían como por ensalmo. Bond jamás les preguntaba adónde iban, y ellos tampoco le hacían ninguna pregunta a él. El marido era un antiguo colaborador del Servicio, pero ninguno de ellos hablaba jamás del trabajo. El sistema era siempre el mismo desde hacía ocho años. Todo estaba invariablemente a punto, y esta vez no fue una excepción a pesar del poco tiempo de aviso.

– ¡Pero, James, qué apartamento tan bonito! -exclamó Ebbie-. ¿Es tuyo?

– Lo es cuando vengo a París y mi amigo está fuera.

Bond se dirigió al escritorio de la habitación principal, abrió el primer cajón y retiró el falso interior. Debajo siempre guardaba una provisión de unos mil francos.

– Mira, hay carne -dijo Ebbie, explorando la cocina-. ¿Quieres que prepare la cena?

– Luego -Bond consultó su Rolex de acero inoxidable. Con viento favorable, tardaría casi media hora en acudir a la cita que había concertado con Ann Reilly-. Afortunadamente, en París hay tiendas que cierran muy tarde. Ebbie, quiero que me hagas una lista de la ropa esencial que necesitas y que me indiques tu talla.

– ¿Vamos a salir de compras? -preguntó Ebbie, pegando un pequeño brinco de chiquilla emocionada.

– Yo saldré de compras -contestó Bond con firmeza.

– Pero, James, hay cosas que tú no puedes comprar. Cosas personales…

– Tú haz la lista, Ebbie. Una dama se encargará de las cosas personales.

– ¿Qué dama? -preguntó Ebbie, erizándose.

O Ebbie Heritage era una actriz consumada o estaba celosa de verdad. Bond hubiera jurado más bien esto último porque se le encendieron las mejillas y los ojos se le llenaron de lágrimas.

– ¿Vas a ver a otra mujer? -preguntó Ebbie, golpeando impacientemente el suelo con un pie.

– Nos conocemos desde hace muy poco tiempo, Ebbie.

– Eso no tiene nada que ver. Has estado conmigo. Somos amantes. Y, sin embargo, en cuanto llegamos a Francia…

– Alto ahí. Sí, voy a ver a otra mujer. Pero por estrictos motivos profesionales.

– Ja… Lo sé. Siempre los motivos profesionales.

– No es lo que te imaginas. Cálmate, Ebbie. Quiero que me escuches -Bond advirtió que la estaba tratando como si fuera una niña-. Eso es muy importante. Tengo que salir y me llevaré tu lista. Bajo ningún pretexto abrirás la puerta o contestarás al teléfono. Mantén la puerta cerrada hasta que yo vuelva. Haré una llamada especial, así -le hizo una demostración: tres rápidos golpecitos, una pausa, otros tres, pausa, y dos golpes más fuertes-. ¿Entendido?

– Sí -contestó Ebbie, mirándole con expresión enfurruñada.

– Pues demuéstramelo.

Ebbie se encogió de hombros y repitió la serie de golpecitos.

– Muy bien. Ahora, el teléfono. No lo toques a menos que suene tres veces, se pare y vuelva a sonar.

Las claves eran tan sencillas y fáciles de recordar como las señales de los enamorados. Bond las repasó otra vez y, luego, sentó a Ebbie junto a la mesa con pluma y papel mientras él recorría el apartamento, cerrando persianas y corriendo cortinas. Cuando terminó, Ebbie ya tenía hecha la lista.

– ¿Cuánto rato estarás fuera? -preguntó la joven con un hilillo de voz.

– Con un poco de suerte, unas dos horas. No mucho más.

– Dos horas; yo oleré el perfume de la otra mujer como hagas el amor con ella -dijo Ebbie poniendo una cara muy seria-. Procura no retrasarte, James. La cena estará sobre esta mesa, dentro de dos horas exactas. ¿Entendido?

– Sí, señora -contestó Bond, esbozando una cautivadora sonrisa-. Y no olvides lo que te he dicho sobre la puerta y el teléfono. ¿De acuerdo?

Ebbie se levantó de puntillas, con las manos en la espalda, y le ofreció una mejilla.

– ¿No me merezco un beso de verdad?

– Cuando vuelvas puntual para la cena, ya veremos.

Bond asintió, le dio un beso, salió y bajó a pie los cuatro tramos de la escalera de piedra. Siempre evitaba los ascensores de París. Los ascensores de aquellas casas antiguas estaban estropeados nueve de cada diez veces.

Tomó un taxi hasta Los Inválidos y a continuación se dirigió a pie al Quai d'Orsay, cruzando el Sena en dirección a los jardines de las Tullerías. Sólo cuando estuvo seguro de que no le seguían, tomó otro taxi para regresar al Boulevard Saint-Michel.

Vio a Ann Reilly sentada en un rincón del cafetín que él le había indicado, a sólo diez minutos a pie del apartamento en el que Ebbie estaba preparando la cena. Bond se encaminó directamente a la barra, pidió un fine y se dirigió a la mesa de Q'ute. No parecía que nadie les vigilara, pero, aun así, habló en voz baja.

– ¿Todo bien?

– Todo lo que pediste. En la cartera. La tienes junto al pie derecho y es segura. No se verá nada a través de los rayos X, pero yo que tú lo sacaría todo y lo guardaría en la maleta.

Bond asintió.

– ¿Cómo van las cosas en el edificio?

– Hay un jaleo espantoso. Por lo visto, ha habido una especie de entrecruce. «M» lleva tres días encerrado en su despacho. Parece un general asediado. Corren rumores de que incluso duerme allí y le están llevando paletadas de microfilms. Nadie más puede utilizar el ordenador principal, y le acompaña constantemente el jefe de Estado Mayor. Moneypenny tampoco sale. Creo que se acuesta con una escopeta junto a su puerta.

– No me extraña -murmuró Bond-. Mira, cariño, tengo que pedirte un favor -le pasó a Ann la lista de Ebbie-. Hay unos almacenes en la esquina, una manzana más abajo. Compra lo mejor, ¿eh?

– ¿Utilizo mi propio dinero?

– Inclúyelo en los gastos. Ya lo arreglaremos cuando yo vuelva.

Q'ute examinó la lista sonriendo.

– ¿Cuáles son sus gustos en…?

– Sofisticados -la cortó rápidamente Bond.

– Haré lo mejor que pueda, teniendo en cuenta lo sencilla que soy yo.

– Qué te crees tú eso. Te pediré una copa. Ah, y compra también una maleta barata. ¿De acuerdo?

– ¿Sofisticada y barata?

Ann Reilly abandonó el café, contoneando de un modo muy sugestivo las caderas. Bond tomó mentalmente nota de invitarla a cenar cuando todo hubiera terminado y él se encontrara de vuelta en Londres. Ann regresó antes de que hubiera transcurrido media hora.

– Tengo un taxi esperando fuera. Podré tomar el último vuelo de la Air France al aeropuerto de Heathrow, si me doy prisa. ¿Te puedo acompañar?

Bond se levantó y la siguió hasta la puerta, diciéndole que le dejara dos manzanas más lejos. Ann le dio un cariñoso beso y le deseó buena suerte mientras él se marchaba con la maleta y la cartera.

Bond se pasó cuarenta minutos, volviendo sobre sus pasos, viajando en metro, recorriendo calles a pie y tomando otro taxi antes de regresar al apartamento cuando sólo faltaban diez minutos para la expiración del plazo fijado por Ebbie. La joven le husmeó concienzudamente, pero sólo percibió el aroma del brandy. Se tranquilizó ulteriormente cuando Bond le entregó la maleta y le dijo que la abriera. Ebbie lanzó gritos y jadeos de admiración al ver las compras de Q'ute. Bond se dedicó, entretanto, a echar un vistazo a la ropa que siempre guardaba en una parte del armario del dormitorio. En el apartamento había también una maleta de repuesto en la que más tarde podría colocar su ropa y los objetos de la cartera.

– La cena estará lista dentro de cinco minutos -anunció Ebbie desde la cocina.

– Tengo que hacer una llamada telefónica y en seguida estoy contigo.

Bond utilizó la extensión del dormitorio para marcar el número de la compañía Cathay Pacific en el aeropuerto de Orly. Sí, tenían dos plazas en primera clase en su vuelo a Hong Kong del día siguiente. Los reservarían a nombre de Boldman. Bond les indicó su número del American Express.

– Gracias, míster Boldman. Puede recoger los billetes en el mostrador a las diez y cuarto. Que tengan un buen viaje.

Bond examinó el interior de la maleta para comprobar que Q'ute no hubiera olvidado el pequeño sello de goma que servía para falsificar los pasaportes. De repente, se llevó un susto.

– ¡Ebbie! -llamó-. Ebbie, llevas tu pasaporte, ¿verdad?

– Pues claro. Nunca viajo sin él.

Bond se dirigió al comedor. En la mesa le aguardaba una refinada cena para dos.

– Has estado muy ocupada, Ebbie.

– Sí. ¿Vamos a alguna parte?

– Eso será mañana. Esta noche disfrutaremos de una romántica cena en París.

– De acuerdo, pero mañana, ¿adónde vamos?

– Mañana -contestó Bond en un susurro- nos vamos al místico Oriente.

15. El místico Oriente

El vuelo CX-290 del 747 de la Cathay Pacific procedente de París, inició su descenso sobre la isla de Lantau para dirigirse al continente de los Nuevos Territorios. Allí, el gran reactor efectuó una vuelta de casi cien grados, cruzando Kowloon para aterrizar en Kai Tak, el aeropuerto internacional de Hong Kong con su pista extendiéndose como un dedo hacia el mar.

Mientras los motores del aparato rugían sobre los tejados de las casas, James Bond miró a través de la ventanilla, ansioso de ver la isla de Hong Kong allí abajo, con su Pico envuelto en nubes.

Ahora debían de estar sobrevolando Kowloon Tong. Recordó que estas dos palabras significaban el Estanque de los Nueve Dragones, y que el difunto Bruce Lee había consultado con una adivina antes de comprar un apartamento en aquel lujoso barrio de la ciudad. Al joven astro cinematográfico del Kung Fu le habían vaticinado que el hecho de comprar aquel apartamento le traería mala suerte porque su nombre significaba «Pequeño Dragón», y nada bueno le podría ocurrir a un pequeño dragón que se fuera a vivir a un estanque en el que hubieran nueve dragones. Pese a ello, Bruce Lee compró el apartamento y murió antes de un año. Mala suerte.

El Boeing tomó tierra en medio de un poderoso rugido y con los alerones completamente extendidos mientras aminoraba la velocidad. Poco a poco, se detuvo al final de la pista junto a unos elevados edificios que había a la izquierda. El Perfumado Puerto rebosante de embarcaciones se extendía a la derecha, entre el continente y la isla de Hong Kong.

Al cabo de veinte minutos, Bond y Ebbie ya se encontraban en las desangeladas dependencias del control de pasaportes. Unos escrupulosos funcionarios chinos les examinaron los documentos. En cuanto descendieron del aparato, Bond trató de descubrir si alguien les vigilaba, pero, en medio de aquel mar de rostros europeos, chinos y euroasiáticos, cualquier persona podía ser un vigilante.

Un voluminoso chino vestido con pantalones y camisa blanca sostenía un letrero en el que se podía leer Sr. BOLDMAN. Bond y Ebbie se adelantaron.

– Yo soy míster Boldman.

– Ah, muy bien. Le llevaré al Mandarin Hotel -el chino esbozó una sonrisa que dejó al descubierto varios dientes de funcionamiento autónomo, casi todos con fundas de oro-. Coche aquí. Dentro, por favor, si no le importa. Me llamo David -añadió, acompañándoles a un automóvil, cuya portezuela se apresuró a abrir.

– Gracias, David -dijo Ebbie amablemente.

En cuanto el vehículo se puso en marcha, Bond se volvió a mirar a través de la ventanilla trasera para comprobar que no les siguiera nadie. Le fue imposible hacerlo porque los automóviles abandonaban constantemente las calzadas de la zona de llegadas y casi todos daban la impresión de acabar de recoger a los pasajeros. Lo que él buscaba era un vehículo de aspecto anodino con dos personas sentadas delante. Se detuvo a tiempo… Eso era lo que hubiera tenido que buscar en Europa. En Asia, las cosas eran distintas. Recordó lo que, una vez, le dijo un colaborador chino: «Los que te vigilan son quienes menos te figuras. Al este de Suez, todos te miran con el mayor descaro y no hay forma de identificarlos».

No hubo ninguna señal positiva cuando entraron en el túnel que atravesaba el puerto y por el que circulaba una lenta, pero ordenada procesión de automóviles, camiones tanto antiguos como modernos y aquellos vehículos de carga tan amados por los habitantes de Hong Kong, algunos de ellos con sus sucios toldos adornados con caracteres chinos.

Hoy en día, basta con regresar a Hong Kong tras una ausencia de pocas semanas para ver los cambios. Bond llevaba dos años sin visitar el Territorio y vio unas diferencias enormes cuando llegaron a Connaught Road. A su derecha se elevaba el impresionante Connaught Centre con sus cientos de ventanas tipo portilla que le conferían el aspecto de haber sido diseñado por un óptico; y, detrás de él, las triples torres de cristal ya casi terminadas de Exchange Square. El tráfico aún era tan intenso como el calor del ambiente, mientras que las aceras y los futuristas puentes tendidos sobre las calles principales se hallaban abarrotados de personas que corrían presurosas a sus quehaceres. A la izquierda, Bond pudo ver, a través de Chater Square, el nuevo e impresionante edificio del Banco de Hong Kong y Shangai, semejante a una construcción de mecano sobre cuatro altos cilindros.

Al fin, se detuvieron frente a la entrada principal del Hotel Mandarín, cuyo aspecto resultaba casi insignificante en comparación con la opulencia de los rascacielos que lo rodeaban. La impresión se desvanecía en cuanto uno cruzaba la entrada y penetraba en el vestíbulo adornado con arañas de cristal, mármol y ónix italianos y exquisitos grabados de madera dorada.

– Eso es fantástico, James -exclamó Ebbie, boquiabierta de asombro.

Mientras la acompañaba hacia el chino vestido de negro de la recepción, Bond la vio mirar de soslayo el mostrador del conserje.

– ¿Qué ocurre? -le preguntó en voz baja.

– Swift -contestó la joven en un susurro-. Está aquí. Acabo de verle.

– ¿Dónde?

Ya casi habían llegado al mostrador principal de recepción.

– Allí -contestó Ebbie, señalando con la cabeza el otro extremo del vestíbulo-. Estaba allí. Eso es muy típico de él. Siempre ha sido un… ¿Cómo lo llamáis vosotros? ¿Un fuego fatuo?

Bond asintió. Era un buen nombre para Swift, pensó, mientras rellenaba los impresos del registro Swift siempre había sido un fuego fatuo; un alma atormentada entre el cielo y el infierno que siempre arrastraba a la gente a su destrucción. Su experiencia en el manejo de los agentes había provocado la caída de muchos representantes de los servicios de espionaje enemigos.

Bond analizó de nuevo las contradicciones y ocultos secretos de Pastel de Crema. «M» le encomendó un trabajo que, por su delicadeza, no podía ser una operación oficial. Y, sin embargo, tenía ciertos aspectos oficiales. Volvió a tomar cuerpo en su mente la convicción de que él estaba metido en aquel asunto porque alguien de Pastel de Crema era un agente doble. Podía ser cualquiera de ellos. ¿Heather? ¿Maxim Smolin que ya era doble? ¿Jungla Baisley? ¿Susanne Dietrich? ¿La propia Ebbie? Maldita sea, pensó mientras firmaba la tarjeta del registro, ¿por qué había cometido la imprudencia de llevarse a Ebbie a Hong Kong? De acuerdo con todas las normas, la hubiera tenido que dejar en lugar seguro y, sin embargo, no lo pensó dos veces y la llevó consigo. ¿Lo habría hecho por intuición o por el creciente afecto que la chica le inspiraba? ¿Hasta qué punto podía ser insensato un hombre que se dejaba arrastrar por sus emociones? Aunque, bien mirado, él no se había dejado arrastrar por nada. La chica se la habían endilgado, por así decirlo, otras personas. Y ahora, para complicar la cosa, Swift había aparecido. ¿Y si Swift fuera la clave? Lo dudaba.

– Si el señor y la señora Boldman quieren acompañarme.

Bond se dio cuenta de que el subdirector del hotel estaba repitiendo su cortes invitación.

– Perdón. No faltaba más.

Despertó de sus meditaciones y, tomando a Ebbie del brazo, siguió al hombre que llevaba sus documentos y la llave de la habitación. Se dirigieron al otro extremo del vestíbulo, pasando por delante del mostrador del conserje, y giraron a la izquierda donde estaban los ascensores.

– Si vuelves a verlo, dímelo -musitó Bond.

Ebbie asintió en silencio.

A su alrededor, el hotel funcionaba con disciplinada soltura y eficiencia. Los botones, enfundados en chaquetillas doradas, se movían velozmente de un lado para otro sonriendo de un modo estereotipado; uno de ellos, tocado con una especie de casquete que le distinguía de los demás, atravesó el vestíbulo sosteniendo un letrero bordeado de cascabeles en el que se indicaba que estaba buscando a una tal señora de David Davies. Un matrimonio norteamericano discutía en voz baja junto a los ascensores:

– Pero, bueno, ¿tú qué quieres? Estamos en un hotel. ¿Quieres que nos vayamos a otro?

El ascensor les llevó casi sin sentir a una espaciosa y ventilada habitación del piso veintiuno, con un balcón que daba a los miles de ojos deL Connaught Centre y a una considerable parte del puerto. Los transbordadores, juncos motorizados y sampanes navegaban sin temor entre los buques de mayor calado.

El subdirector inspeccionó la habitación para asegurarse de que todo estuviera a punto, hasta que llegó el botones llevando el equipaje y preguntó si querían que lo deshiciera, invitación que ellos declinaron amablemente.

Una vez solos, Bond le preguntó a Ebbie:

– ¿Estás segura de que era Swift?

– Completamente. Estoy extraordinariamente cansada. Pero era Swift.

Ebbie abrió el balcón e inmediatamente penetró en la estancia el ensordecedor ruido del tráfico de Hong Kong, pese a encontrarse en el piso veintiuno. Bond salió con ella al balcón y se vio azotado por una ráfaga de calor. El aire era húmedo y olía a sal, a especias, a polvo, a pescado y a carne de cerdo. Abajo, el tráfico discurría sin cesar. El agua del puerto brillaba bajo la bruma matinal, mientras a las blancas estelas que dejaban las hélices se unía ahora el largo reguero color crema de un aerodeslizador que navegaba hacia el oeste. Tres barcazas cargadas de contenedores creaban cenagosas olas en la proa al ser remolcadas a uno de los puertos de contenedores más grandes del mundo.

A la izquierda, el Connaught Centre y el gigantesco edificio de Exchange Square dominaban todo el paisaje urbano. El complejo estaba unido a la acera del Hotel Mandarín por medio de un elegante paso tubular. En primer plano, a la derecha, se extendía ante ellos la mundialmente famosa vista de Kow-loon, Hong Kong, el Puerto Perfumado. Un par de helicópteros empezaron a descender y, mientras uno de ellos permanecía en suspenso en el aire, el otro tomó tierra en el embarcadero de Fenwick, situado a la derecha. El conjunto de edificios, embarcaciones, vehículos y helicópteros poseía un aire marcadamente futurista. Y, sin embargo, mientras lo contemplaba, Bond, comprendió de repente que la escurridiza familiaridad que siempre había experimentado en Hong Kong procedía del pasado, de la película Metrópolis de Fritz Lang, un clásico filmado nada menos que en los años veinte [5].

– Vamos -dijo, rozando un brazo de Ebbie-, tenemos cosas que hacer.

– ¿Tenemos que salir? -preguntó Ebbie, ensimismada ante aquella perspectiva.

– Ponte algo sencillo -dijo Bond mientras ella corría a la maleta sin darse cuenta de que era una broma-. Unos pantalones vaqueros y una camiseta irán de primera -añadió.

Después se dirigió al teléfono de la mesilla de noche y echó mano de su memoria de datos telefónicos que siempre llevaba en la cabeza. En Asia, también tenía contactos fuera de los normales cauces del Servicio. Tomó el microteléfono y marcó los números. Contestaron al cuarto timbrazo.

– ¿Weyyy?

– ¿El señor Chang? -preguntó Bond.

– ¿De parte de quién?

La voz era ronca y casi áspera.

– Un viejo amigo. Un amigo llamado Depredador.

– ¡Bienvenido, viejo amigo! ¿Dígame en qué puedo ayudarle?

– Necesito verle.

– Pues venga. Estoy donde siempre. ¿Va a venir ahora?

– Dentro de unos quince minutos, si no le importa -contestó Bond, sonriendo-. Vendré acompañado de una preciosa dama.

– Los tiempos nunca cambian. Mi gente tiene un proverbio que dice: «Cuando un hombre visita a un amigo con una mujer, raras veces vuelve solo.»

– Muy profundo. ¿Es un proverbio antiguo?

– Tiene unos treinta segundos. Me lo acabo de inventar. Venga pronto.

En otro lugar del Distrito Central de Hong Kong, Dedo Gordo Chang colgó el teléfono y miró al hombre que se encontraba de pie a su lado.

– Va a venir ahora, tal como usted vaticinó; le acompaña una hermosa mujer aunque, si es europea, no acierto a comprender que pueda ser hermosa. ¿Quiere que haga algo especial con él?

– Haga lo que le pida -contestó el otro, hablando en frío tono calculador-. Yo estaré cerca. Es esencial que pueda hablar con él en privado.

Dedo Gordo Chang sonrió e inclinó la cabeza como si fuera un muñeco con un resorte en el cuello.

16. Swift

Dedo Gordo Chang era conocido por este nombre a causa de una deformidad que tenía en la mano derecha: el pulgar era casi tan largo y el doble de grueso que el dedo índice. Los enemigos decían que le había crecido así de tanto contar las crecidas sumas de dinero que pasaban por sus manos, procedentes de sus múltiples y variados negocios. Cuando se trataba de asuntos de dinero, se le podía encontrar generalmente en una casucha de dos habitaciones situada en una de las empinadas callejuelas que arrancaban de Queen's Road.

Bajaron en ascensor hasta el entresuelo y atravesaron la suntuosa galería de tiendas del hotel. Bond acompañó a Ebbie por las pintorescas calles. A través de un paso elevado desde el que se podían ver los tranvías de vistosos colores que llenaban Des Voeux Road, entraron en el lujoso Prince's Building. A través de otro paso, llegaron a Gloucester House y al Landrnark, una de las más espléndidas galerías comerciales del Distrito Central. Abajo, junto a la gran fuente circular, un conjunto de jazz interpretaba la composición Do you know what it means to miss New Orleans? Bond sonrió al escuchar la dulce melodía. Bajaron a la planta baja, tan sólo se detuvieron un momento para que Bond hiciera una rápida compra (una bolsa de bandolera con una correa muy larga) antes de salir a Queen's Road por la puerta de Pedder Street.

Tardaron un cuarto de hora en llegar a la guarida de Dedo Gordo Chang. La puerta estaba abierta y Chang se hallaba sentado detrás de una mesa en una pequeña habitación oscura que olía a sudor y a comida rancia, mezclados con el aroma de unos pebetes perfumados que ardían ante un pequeño relicario.

– Ah, mi viejo amigo -el obeso chinito dejó al descubierto unos dientes ennegrecidos-. Muchos años desde que su sombra cruzó mi miserable puerta. Por favor, entre en mi choza.

Bond observó que Ebbie arrugaba la nariz.

– Olvida, honorable Chang, que conozco su verdadero hogar, el cual es tan lujoso como el palacio del emperador. Por consiguiente, soy yo quien se avergüenza de acudir a su despacho.

Con una mano, Chang, señaló dos sillas muy incómodas y no demasiado limpias.

– Bienvenida, hermosa dama -dijo, mirando a Ebbie y sonriendo-. Bienvenidos los dos. Siéntense. ¿Puedo ofrecerles una taza de té?

– Es usted muy amable. No nos merecemos este trato tan señorial.

Chang batió palmas, y en el acto apareció una niña vestida con un pijama negro. Chang le dio unas rápidas instrucciones y la chiquilla hizo una reverencia y se retiró.

– Mi segunda hija de mi tercera esposa -explicó Chang-. Es una holgazana y una inútil, pero, por sentido del deber y por bondad, le permito hacer pequeños recados. La vida es muy difícil, vaya si lo es.

– Venimos para hablar de negocios -expuso Bond.

– Todo el mundo quiere hacer negocios -dijo Chang, mirándole de soslayo-. Pero, a mí, raras veces me resultan rentables, teniendo que mantener a tanta gente y con estas mujeres chismosas y estos hijos que siempre me piden más de lo que les puedo dar.

– Su vida debe de ser muy dura, honorable Chang -dijo Bond, mirándole gravemente.

Dedo Gordo Chang exhaló un prolongado suspiro. La niña reapareció con una bandeja en la que había unos cuencos y una tetera. La colocó delante de Chang y, obedeciendo sus órdenes, llenó los cuencos con una expresión de profundo cansancio en el rostro.

– Su amabilidad sobrepasa nuestras miserables necesidades -dijo Bond, sonriendo mientras golpeaba dos veces la superficie de la mesa con los dedos para expresarle a la niña su gratitud antes de tomar un sorbo del amargo brebaje.

Confiaba en que Ebbie se lo bebiera sin pestañear.

– Me alegro mucho de verle, míster Bond. ¿En qué puedo servirle a usted y a esta deliciosa dama?

Bond se sorprendió de que Chang fuera al grano con tanta rapidez. Por regla general, el chino dedicaba una hora, o más, a intercambiar cumplidos con él antes de entrar en materia. Su rápida respuesta le puso en guardia.

– Probablemente será imposible -dijo Bond, despacio-. Pero me ha hecho usted tantos favores en el pasado…

– ¿De qué se trata?

– Necesito dos revólveres y municiones.

– Pero, ¿es que pretende que me metan en la cárcel y me envíen encadenado a los burócratas de Beijing que vendrán de todos modos en 1997?

En Hong Kong ya se utilizaba la denominación china de Pekín -Beijing- a medida que se acercaba el año de la cesión del poder a China. Era curioso que los vendedores callejeros ya ofrecieran gorros verdes con la estrella roja entre las habituales baratijas turísticas que vendían.

Bond bajó la voz sin dejar de interpretar el papel que se esperaba de él.

– Con todos mis respetos, eso jamás había constituido un obstáculo para usted en el pasado. El nombre de Dedo Gordo Chang es bien conocido en mi profesión y se pronuncia con gran reverencia por ser un santo y seña infalible para la obtención de ciertos artículos prohibidos en el Territorio.

– Ciertamente está prohibido importar armas y, en los últimos años, las condenas que se han impuesto por estas cosas han sido muy grandes.

– Pero usted aún tiene acceso a ellas, ¿verdad?

– Sí, pero con enormes dificultades. Quizá podría encontrar un revólver y unas cuantas municiones, aunque todo resultaría muy caro. Pero dos sería un milagro y el precio estaría por las nubes.

– Supongamos que puede usted obtener dos revólveres; por ejemplo, un par de viejos Enfield de 38 mm con sus correspondientes municiones, claro.

– Eso sería imposible.

– Sí, pero si pudiera conseguirlos… -Bond hizo una pausa mientras el chino sacudía la cabeza con un gesto de aparente incredulidad-. Si pudiera conseguirlos, ¿cuánto costarían?

– Una auténtica fortuna. Un rescate digno de un emperador.

– ¿Cuánto? -le apremió Bond-. ¿Cuánto en efectivo?

– Mil hongkongs por cada uno, el tamaño no cuenta. Otros dos mil hongkongs por cincuenta municiones, lo que hace en total cuatro mil dólares de Hong Kong.

– Dos mil por todo el lote -dijo Bond sonriendo.

– Pero, bueno, ¿quiere que mis mujeres y mis hijos vayan desnudos por la calle? ¿Quiere que no pueda disponer de dinero ni para llenar el cuenco de arroz?

– Dos mil -repitió Bond-. Dos mil, devolución de las armas antes de irme y mil hongkongs adicionales.

– ¿Cuánto tiempo piensa quedarse?

– Sólo unos días. Como máximo, dos o tres.

– Tendré que pedir limosna por las calles. Tendré que convertir a mis mejores hijas en vulgares prostitutas callejeras.

– Dos de ellas ya se ganaban el dinero a espuertas por la calle la última vez que estuve aquí.

– Dos mil dólares y dos mil más cuando devuelva las armas.

– Dos mil y otros mil al efectuar la devolución -dijo Bond sin dar su brazo a torcer.

Tenía buenas razones para pedir revólveres. No podía fiarse de una pistola automática pedida en préstamo, alquilada o robada en Hong Kong. Sabía que, por muchos que fueran los recursos de Dedo Gordo Chang, éste sólo podría proporcionarle armas básicas.

– Dos mil, y otros dos con la devolución.

– Dos y uno. Es mi última oferta.

Dedo Gordo Chang elevó las manos al cielo.

– Me verá pidiendo limosna en Wan Chai, como Desnarigado Wu o Pata Coja Lee -Chang hizo una pausa, implorando con los ojos una suma más alta. Bond no dijo nada-. Bueno, pues, dos mil. Y mil más cuando me devuelva las armas, pero tendrá que dejarme quinientos hongkongs en depósito por si no volviera.

– Siempre he vuelto.

– Hay una primera vez. El hombre siempre vuelve hasta que llega la primera vez. ¿Qué otra cosa me va usted a sacar, míster Bond? ¿Quiere acostarse con la más bella de mis hijas?

– Cuidado -dijo Bond, dirigiéndole una mirada de advertencia-. Me acompaña una dama.

Chang comprendió que había ido demasiado lejos.

– Mil perdones. ¿Cuándo desea recoger los artículos?

– ¿Le parece bien ahora? Antes tenía usted un arsenal bajo el suelo de la habitación de atrás.

– Y mis buenos dólares me costaba mantener alejada a la policía.

– No lo creo, Chang. Olvida que yo conozco exactamente cómo trabaja usted.

– Un momento -Dedo Gordo Chang lanzó un suspiro-. Disculpe, por favor.

El chino se levantó y pasó a través de la cortina de cuentas ensartadas que separaba las habitaciones.

Ebbie se disponía a hablar, pero Bond sacudió la cabeza, formando con los labios la palabra «luego». Bastante se había arriesgado llevándola consigo, ahora que todos los componentes de Pastel de Crema eran sospechosos.

Oyeron rebuscar a Chang en la habitación contigua. Después, se abrió inesperadamente la cortina de cuentas y, en lugar de Chang, apareció un europeo vestido con pantalones y camisa blancos; era un hombre alto y delgado, de unos sesenta años, con el cabello color gris acero y ojos a juego. Sus ojos parpadearon alegremente cuando Ebbie exclamó:

– ¡Swift!

– Buenos días a los dos -dijo el hombre, hablando en un inglés desprovisto de acento.

Bond se movió rápidamente y se situó entre Ebbie y el recién llegado. Swift levantó una mano para tranquilizarle.

– Nuestro común jefe me dijo que probablemente establecería contacto con usted aquí -dijo Swift en voz baja-. En caso de que ello ocurriera, yo debería decir: «Nueve personas resultaron muertas en Cambridge y en la isla de Canvey se produjo un incendio de petróleo.» ¿Significa eso algo para usted?

El hombre hizo una pausa, clavando sus ojos grises en Bond.

A menos que tuvieran a «M» maniatado en alguna casa franca y lleno de pentatol de sodio hasta las cejas, no cabía duda de que aquél era efectivamente Swift -uno de los más destacados miembros del Servicio- y de que había recibido órdenes directas de «M». Bond conservaba siempre en la mente una clave de identificación de su jefe como medida extrema de seguridad. Cualquier persona que se la repitiera tenía que ser auténtica. La clave de aquellos momentos, invariada desde hacía varios meses, la había recibido Bond en el despacho de «M» sin que ambos se intercambiaran ni una sola palabra.

– Yo tengo que contestar que la frase procede del cuarto volumen de la excelente biografía de Winston Churchill escrita por Gilbert -Bond le tendió la mano al desconocido-. Página quinientas setenta y tres. ¿No es así?

Swift asintió y le dio un firme apretón de manos.

– Tenemos que hablar a solas.

Chasqueó los dedos y apareció a su espalda la segunda hija de la tercera esposa de Chang.

– Ebbie -dijo Bond sonriendo-. Ebbie, no te importa irte unos minutos con esta niña mientras nosotros hablamos de hombre a hombre, ¿verdad?

– ¿Y por qué debería hacerlo? -replicó Ebbie, indignada.

– ¿Y por qué no? -terció Swift, mirándola con expresión autoritaria.

Ebbie se resistió aún unos segundos, pero, al final, siguió humildemente a la niña. Swift miró hacia la cortina.

– Bueno, ya se han ido todos. Disponemos de unos diez minutos. Estoy aquí en calidad de mandadero personal de «M».

– ¿Destituido? -preguntó Bond con ironía.

– No, pero sólo porque conozco a todos los participantes. Ante todo, «M» se disculpa por haberle colocado en esta intolerable situación.

– Menos mal. Ya me empezaba a cansar de jugar al escondite. Ni siquiera sé nada sobre Smolin.

– Sí, eso me dijo. «M» me pidió que averiguara, con la máxima urgencia, cuánto sabe usted y cuántos cabos ha atado.

– En primer lugar, no me fío de nadie, ni siquiera de usted, Swift. Pero hablaré porque no es probable que usted pudiera conseguir esta clave de alguien que no fuera «M». Lo que yo sé, o por lo menos, sospecho, es que se produjo un terrible error en Pastel de Crema; tan terrible que dos agentes resultaron muertas y Londres comprendió que había que hacer algo al respecto. Es probable que uno o más de uno de los supervivientes sea un agente doble.

– Casi es exacto -dijo Swift-. Hay, por lo menos, uno que siempre ha sido un agente doble. Se vio muy claro cuando Smolin se quedó en su sitio; y, en efecto, no tenemos idea de quién pueda ser. Pero hay mucho más.

– Siga.

– Son tantas las responsabilidades de «M» que ciertas personas del Foreigh Office piden su dimisión. Le han fallado muchas cosas y, cuando emergió de nuevo a la superficie la cuestión de Pastel de Crema, comprendió que estaba a punto de ocurrir una catástrofe. «M» presentó un plan a los mandarines del servicio diplomático y éstos lo rechazaron categóricamente por considerarlo demasiado peligroso y estéril. Por consiguiente, tuvo que actuar por su cuenta. Le eligió a usted porque es su agente más experto. No le facilitó toda la información de que disponía e incluso le ocultó una buena porción de datos, porque pensó que usted terminaría por atar los cabos.

Así, pues, «M» estaba acorralado. No era de extrañar que el viejo insistiera tanto en que la operación no contaba con su bendición. Recordó la descripción que le hizo Q'ute en París: "«M» lleva tres días encerrado en su despacho. Parece un general asediado".

Como si leyera sus pensamientos, Swift añadió:

– «M» aún está asediado. De hecho, me sorprende incluso que haya querido hablar conmigo. Nos reunimos en medio de unas extraordinarias medidas de seguridad. Pero no durará mucho como se descubra otro agente doble en su casa, o cerca de ella. ¿Me sigue?

– ¿Sabe Chernov -Dominico- algo de todo eso?

– Posiblemente. Tengo orden de revelarle lo que usted todavía no haya descubierto. «M» está muy satisfecho de su actuación hasta ahora. Pero necesita usted saber un par de cosas -Swift hizo una pausa para crear una atmósfera más tensa-. En primer lugar, el agente doble que se oculta en Pastel de Crema tiene que ser eliminado sin posibilidad alguna de rehabilitación. ¿Está claro?

Bond asintió. «M» jamás hubiera podido darle directamente aquella orden. Bajo la reciente normativa del Foreign Office, el asesinato no estaba permitido. Ello significó el final de la vieja Sección Doble-O, aunque «M» siempre decía que Bond era para él 007. Ahora, le pedían que matara en nombre del Servicio y para salvarle el pellejo a «M». Pese a todo, estaba muy tranquilo. La revelación de Swift le había dado nuevos bríos. «M» era un viejo diablo extremadamente astuto y marrullero. Era, además, muy despiadado. Tenía la cabeza en el tajo y había elegido a Bond para que le salvara. «M» sabía que, de entre todos sus agentes, James Bond sería el único que lucharía codo con codo al lado de él hasta el final.

– Por consiguiente, tengo que identificar al agente doble.

– Exacto -dijo Swift, asintiendo rápidamente-. Y en eso no puedo ayudarle porque tampoco tengo la menor idea.

Podía ser cualquier de ellos: Smolin, Heather, Ebbie, Baisley o Dietrich. Precisamente en aquel momento, a Bond le vino a la memoria otra posibilidad.

– ¡Santo cielo! -exclamó.

– ¿Qué? -preguntó Swift, acercándose.

– Nada.

Bond se cerró por completo, porque, de repente, se había dado cuenta de que había otro contendiente. No quiso pensar en las ramificaciones en caso de que hubiera dado en el clavo.

– ¿Está seguro de que no hay nada? -le acució Swift.

– Lo estoy.

– Muy bien, pues, porque hay otra…, otra persona. Para reforzar su posición como jefe del Servicio, «M» necesita una jugada maestra. La investigación de Pastel de Crema proporcionó el hombre y el medio. Quiere a Dominico, y le quiere vivo.

– Lo hubiéramos podido apresar en Irlanda.

– ¿Y correr el riesgo de provocar un grave incidente en territorio extranjero? Cierto que la Rama Especial irlandesa colabora mucho con nosotros, pero no creo que llegaran a tanto. No, tenemos que apresarle aquí, en este territorio que todavía es británico. Aquí tenemos unos derechos. Esa es otra de las razones por las cuales «M» le encomendó la misión, James. En cuanto descubrió que Dominico había estado a punto de abandonar el territorio soviético para proseguir la acción contra Pastel de Crema, le puso a usted como anzuelo.

– ¿Porque figuro en la lista de las fuerzas de choche de su departamento?

– Ni más ni menos.

El hecho tenía su lógica. «M» nunca tenía reparos en colocar a los hombres del calibre de Bond en situaciones delicadas.

– Y, para facilitar las cosas, me ordenaron encauzar a Jungla hacia Oriente. Chernov es un individuo muy obstinado, y cayó en la trampa.

– Querrá usted decir que yo caí en la trampa -dijo Bond, mirándole con frialdad.

– Más bien sí. Si usted no hubiera venido, James, probablemente yo hubiera tenido que resolver solito este asunto, porque Chernov ya está aquí.

– ¿En la isla de Cheung Chau?

– Está usted muy bien informado -dijo Swift, mirándole sorprendido-. Yo pensaba que iba a darle una pequeña sorpresa.

– ¿Cuándo llegó?

– Anoche. Han llegado varias personas durante las últimas veinticuatro horas. Algunas, vía China. En conjunto, Dominico tiene aquí un ejército considerable. Ha hecho unos cuantos prisioneros e incluso se ha traído algunos aquí: Smolin y Heather. Supongo que, en estos instantes ya debe tener encerrados bajo llave a Jungla y a su chica alemana en la isla. De nosotros depende deshacer este embrollo, James. Le sugiero que volvamos a reunirnos esta noche a eso de las diez y media en el vestíbulo del Hotel Mandarin. ¿Le parece bien?

– Si usted lo dice…

– Buscaré un medio para que podamos llegar a Cheung Chau. La llaman la isla Alargada o la isla de las Pesas porque tiene, más o menos, la forma de unas pesas de gimnasia. La casa está en el lado oriental de la isla, en un promontorio que hay en el extremo norte de la bahía de Tung Wan. Está muy bien situada y se construyó a la medida, por encargo del GRU. Chernov se estará desternillando de risa ahora que está allí… Por lo menos, me imagino que está allí.

– A las diez y media, pues -dijo Bond, consultando el reloj-. Le reservo un par de sorpresas a Dominico.

– Usted también está dispuesto a dar la vida por «M», ¿verdad? -preguntó Swift con la cara muy seria.

– Pues, sí, maldita sea; y él lo sabe.

– Me lo figuraba.

Swift esbozó una ligera sonrisa, volvió la cabeza y dio una voz a través de la cortina de cuentas. En la parte trasera de la casa, se abrió una puerta. Ebbie fue la primera en entrar.

– ¿Cómo te va la vida, Emilie? Perdón, hubiera debido llamarte Ebbie -dijo Swift.

– Corriendo peligros, como siempre. Me parece que los soviéticos quieren tomar una revancha conmigo. ¿Se dice así, revancha?

– Se dice venganza -dijo Bond.

En aquel momento, Dedo Gordo Chang entró en la estancia, llevando varios artículos envueltos en hule que Bond empezó a guardar inmediatamente en su bolsa de bandolera.

– ¿No quiere examinar las armas? -preguntó Chang, momentáneamente desconcertado.

Bond arrojó varios fajos de billetes sobre la mesa. El dinero en efectivo fue sólo una pequeña parte de la lista de compras que le había dado a Q'ute.

– Entre amigos de confianza, es innecesario contar el dinero -dijo, haciendo una mueca-. Un antiguo proverbio chino, tal como usted sabe, Dedo Gordo Chang. Y ahora, por favor, déjenos solos.

El chino soltó una carcajada, recogió los billetes y retrocedió hacia la habitación del fondo.

– Cuando salgamos, sugiero que usted y Ebbie lo hagan en primer lugar -dijo Swift.

En el transcurso de su conversación con Bond, Swift habló constantemente en voz baja. Ahora, lo hizo en un tono casi soporífero. Bond recordó la descripción que figuraba en los archivos («Siempre tranquilo, suele hablar en voz baja»). Se acercó a la cortina y echó un vistazo a la otra habitación para cerciorarse de que Chang se había marchado por la puerta de atrás, dejándoles solos. Tras haberlo comprobado, habló rápidamente.

– A las diez y media, ¿eh?

– Cuente con ello.

Con un movimiento de cabeza casi autoritario, Swift les mandó alejarse. Bajaron los empinados peldaños llenos de tenderetes de mercachifles y vendedores de dim sum.

– Swift -dijo Ebbie, pronunciando «Svift».

Casi tenía que correr para seguirle el paso a Bond.

– ¿Qué ocurre?

– Fue entonces cuando a Heather y a mí se nos ocurrió la idea de utilizar nombres de pájaros y peces como apellidos.

– ¿Por Swift?

Bond apartó el rostro de un tenderete de dim sum. La comida debía de ser deliciosa, pero, para su sensible olfato, resultaba excesivamente picante.

– Ja. En inglés, Swift significa no sólo «rápido» sino, asimismo, «vencejo». Entonces, Heather dijo que teníamos que emplear nombres de animales y pájaros, al fin, nos decidimos por los peces y los pájaros.

Bond soltó un gruñido y apretó el paso. Ebbie le tomó de un brazo para poder seguir mejor sus largas y poderosas zancadas. No dieron ningún rodeo sino que regresaron directamente al Hotel Mandarin por Pedder Street, esquivando el tráfico hasta llegar a Ice House Street. Bond se pasó todo el rato estudiando los rostros chinos de los transeúntes chinos, como si un millón de ojos les observaran y se transmitieran mutuamente miles de señas imperceptibles. De vuelta en el hotel, se encaminó directamente a los ascensores, llevando a Ebbie casi a rastras.

– Espera junto a la puerta -le dijo nada más llegar a la habitación.

Tardó menos de cuatro minutos en trasladar los artículos que le había proporcionado Q'ute desde la maleta a la bolsa de lona. Después, ambos regresaron al vestíbulo del hotel y Bond se acercó al mostrador principal de recepción, seguido de Ebbie. Una graciosa chinita que no tendría más de quince años levantó los ojos del teclado de un ordenador y le preguntó en qué podía servirle.

– ¿Tendría la amabilidad de comunicarme si hay servicio de transbordador a la isla de Cheung Chau? -preguntó Bond.

– Cada hora, señor -respondió la chinita-. Compañía de Transbordadores Yaumati. Desde el muelle de los Servicios de Distritos Lejanos -contestó la niña, señalando en dirección al muelle.

Bond asintió y le dio las gracias.

– Tenemos que irnos -le dijo a Ebbie.

– ¿Por qué? Estamos citados con Swift. Tú acordaste.

– Es cierto. Lo acordé. Ven conmigo. Debes saber que ya no confío en nadie, Ebbie: ni en Swift y ni siquiera en ti.

Se oyó el silbido de unas sirenas de la policía y, al llegar a la entrada principal del hotel, vieron que la gente empezaba a congregarse al otro lado de la calle, en los jardines que rodeaban el Connaught Centre. Sorteando el tráfico, ambos se abrieron paso por entre la gente en el preciso momento en que llegaban dos vehículos de la policía y una ambulancia.

Bond consiguió ver la causa del tumulto a través del gentío. Un hombre yacía en el suelo en medio de un charco de sangre. A su alrededor reinaba un terrible silencio y sus inmóviles ojos grises miraban al cielo sin ver. La causa de la muerte de Swift no resultaba inmediatamente visible, pero los asesinos no podían andar muy lejos. Mientras se alejaba del grupo, Bond tomó a Ebbie de un brazo y la empujó hacia la izquierda, hacia el Muelle de los Distritos Lejanos.

17. Carta De Ultratumba

El sampán olía fuertemente a pescado seco y a sudor humano. Tendidos en la proa, mientras contemplaban a una vieja desdentada que estaba junto a la caña del timón y las parpadeantes luces de Hong Kong a sus espaldas, Bond y Ebbie sintieron que el cansancio y la tensión se iban apoderando poco a poco de ellos. La tarde, con sus repentinos cambios de humor y sus acontecimientos, quedaba ya muy lejos, al igual que la visión del cuerpo de Swift tendido frente a las portillas del Connaught Centre. Tras el sobresalto inicial, Bond experimentó una insólita confusión mental. Sólo de una cosa estaba seguro: de que Swift no le había engañado. A menos que Chernov hubiera sido diabólicamente astuto. Hubo momentos en el transcurso de la conversación en casa de Dedo Gordo Chang en que lo dudó. Ahora estaba solo y, para poder identificar al agente doble de Pastel de Crema y atrapar vivo a Chernov, no tendría más remedio que ofrecerse él mismo como cebo.

El instinto le dijo que era mejor iniciar cuanto antes la persecución y trasladarse a la isla a la mayor rapidez posible. Se encontraba a medio camino de la terminal del transbordador cuando comprendió que tal vez fuera precisamente eso lo que Chernov pretendía. Aminoró el paso, sujetando con fuerza la bolsa a su izquierda mientras con la mano derecha tomaba del brazo a Ebbie. Esta no había visto el cadáver y no cesaba de preguntar qué ocurría y adónde iban. Bond tiraba de ella casi con rabia, hasta que, en determinado momento, sus fragmentarios pensamientos empezaron a reordenarse y pudo volver a razonar con lógica.

– Swift -dijo, sorprendiéndose de la calma de su voz-. Era Swift. Parecía muerto.

Ebbie emitió un pequeño jadeo y preguntó, con un hilillo de voz, si estaba seguro de ello. Bond le describió lo que había visto, sin omitir el menor detalle. En cierto modo, quería asustarla. Hecho curioso, Ebbie reaccionó con mucha serenidad. Tras un prolongado silencio, mientras paseaban por el pintoresco muelle, Ebbie se limitó a musitar:

– Pobre Swift. Era tan bueno con nosotros…, con todos nosotros -después, como si se percatara súbitamente de las repercusiones que tendría aquel suceso, añadió-: Y pobre James. Necesitabas su ayuda, ¿verdad?

– Todos la necesitábamos.

– ¿Vendrán también por nosotros?

– Vendrán por mí, Ebbie, ignoro si por ti. Depende del lado en el que trabajes.

– Tú sabes en qué lado estoy. ¿Acaso no intentaron matarme en el castillo de Ashford cuando yo le presté el abrigo y el pañuelo a aquella pobre chica?

Ebbie acababa de apuntarse un tanto. Chernov no hubiera cometido la torpeza de matar a una inocente en la República de Irlanda. Bond necesitaba confiar, por lo menos, en otro ser humano. Ebbie parecía sincera, se lo había parecido desde un principio. Decidió aceptarla, aunque con ciertas reservas.

– De acuerdo, Ebbie, te creo -dijo, tragando saliva. Luego le comunicó que Chernov se encontraba en la isla con sus hombres; que tenía en su poder a Heather y a Maxim Smolin; y, casi con toda seguridad, también a Jungla y a Susanne Dietrich-. Es muy probable que ahora estemos sometidos a cierta forma de vigilancia. Incluso es posible que estén aguardando nuestro ataque en Cheung Chau. Reconozco que, últimamente, el KGB ha refinado mucho sus métodos de presión psicológica. Nos colocan en una situación muy tensa en el momento de nuestra mayor debilidad. Ambos estamos cansados, desorientados y bajo los efectos del cambio de horario. Esperarán que hagamos automáticamente los movimientos previstos. Necesitamos tiempo para descansar y elaborar un plan viable.

Pero, ¿qué hacer? En aquel lugar, aunque las multitudes eran constantes, no había modo de esconderse porque miles de ojos vigilaban. Bond no disponía de ninguna casa franca; sólo contaba con su experiencia y con las armas que guardaba en la bolsa; y con Ebbie Heritage, cuyas habilidades como agente ignoraba. Su única posibilidad consistiría en llevar a cabo la compleja tarea de localizar a sus vigilantes, aunque no sabía cómo. Después, todo sería cuestión de suerte; podrían intentar cambiarse de hotel. Apoyado en un muro mientras contemplaba el puerto, atrajo a Ebbie hacia sí. Tres barcazas estaban siendo remolcadas hacia el centro de la bahía. Los juncos y sampanes se apartaban a su paso. Uno de los altos transbordadores de automóviles de doble cubierta se alejaba por la izquierda y dos transbordadores de la compañía Star, que cubrían cada diez minutos la distancia entre Hong Kong, y Kowloon, se saludaron con un silbido de sirena al cruzarse en el centro del puerto. Bond estudió los distintos medios de identificar a los agentes dobles en Hong Kong. El Hotel Mandarin estaba excluido como lugar de descanso, porque sin duda tendrían a gente vigilando. Kowloon le parecía una idea mejor.

Con mucho cuidado, Bond le explicó a Ebbie lo que tendría que hacer. Después, lo repasó por segunda vez y, mirándola sonriente, le preguntó si estaría dispuesta a colaborar.

– Pues, claro que sí, les vamos a dar su merecido. Yo tengo cuentas pendientes con ellos, James. Por lo menos, dos…, tres, contando a la pobre chica a la que presté el abrigo y el pañuelo. Saldremos triunfantes, ¿verdad? -preguntó, Ebbie, esbozando una leve sonrisa.

– Sólo faltaría -contestó Bond con fingida convicción, pese a constarle que para salir triunfantes allí, en Asia, contra la clase de gente que Kolya Chernov tenía a su disposición y con la ayuda adicional de por lo menos un componente de Pastel de Crema como aliado, necesitarían una suerte loca.

Se alejaron del puerto, subieron por la escalera al aire libre situada junto a la Oficina Central de Correos y se dirigieron al paso elevado cubierto que les condujo a la acera de Connaught Road en la que se hallaba ubicado el Hotel Mandarin. Las oficinas ya estaban cerrando y había mucha gente por las calles, pero, aun así, todo estaba presidido por un curioso orden.

– Mantén los ojos bien abiertos -le aconsejó Bond a Ebbie.

Sin embargo, en cuanto empezó a mirar, se percató de la cantidad de personas que calzaban zapatillas de gimnasia. Un equipo de vigilancia las hubiera utilizado sin la menor duda.

Al llegar al hotel, giraron a la derecha para entrar en la Ice House Street. Esta vez, se dirigían a la entrada de ladrillos rojos cubierta de hiedra de la estación de ferrocarril Mass Transit situada a menos de cien metros de la fachada posterior del hotel. Era la parte de Hong Kong de la llamada Estación Central.

La Mass Transit es, con toda justicia, el orgullo de Hong Kong y la envidia de muchas ciudades. Por su eficiencia y pulcritud, pocos ferrocarriles subterráneos del mundo se le pueden comparar. El metro de Moscú tiene, es cierto, sus barrocas estaciones; París tiene su célebre estación del Louvre con objets d'art a la vista; Londres tiene un encanto algo desvaído y Nueva York, su aire de peligro inminente. Pero Hong Kong posee unos relucientes vagones provistos de aire acondicionado, unos andenes impecablemente limpios y un ordenado sentido de la obediencia, visible tanto en los aparatos electrónicos como en los pasajeros. Bajaron desde la calle hasta el moderno complejo subterráneo donde Bond se encaminó directamente a la taquilla y pidió dos billetes turísticos que permitían efectuar recorridos ilimitados. Entregó treinta dólares de Hong Kong y recibió dos tarjetas plastificadas a cambio.

Todos los billetes de la Mass Transit tienen el tamaño de una tarjeta, pero los normales llevan unas franjas electrónicas que los aparatos electrónicos reconocen. Los billetes son tragados por el aparato electrónico cuando finaliza cada viaje y, de este modo, se pueden volver a utilizar y se consigue un ahorro de miles de dólares anuales. Los billetes turísticos, en cambio -cada uno de ellos con una vista del puerto-, permiten efectuar viajes ilimitados y ahorrar mucho tiempo. El deterioro de las tarjetas plastificadas está fuertemente sancionado, al igual que el hecho de fumar o llevar comida y bebidas en la fría e impoluta atmósfera del sistema de la Mass Transit.

Tomando de un brazo a Ebbie y sujetando con fuerza la bolsa de bandolera, Bond bajó otros peldaños para dirigirse al andén. Un tren entró silbando en dirección a Kowloon.

Lo tomaron por los pelos, se acomodaron en los espartanos asientos y estudiaron el sencillo plano que Bond recogió al comprar los billetes. Bond señaló con un dedo la estación en la que deberían bajar y empezó a mirar con disimulo a su alrededor. Nadie pareció fijarse en ellos cuando el tren entró en la estación de Admiralty y volvió a ponerse en marcha para iniciar el recorrido bajo el puerto hasta Tsim Sha Tsui, a escasa distancia de la ancha y célebre Nathan Road. Allí pensaban bajar por primera vez. Los trenes que se dirigían a Kowloon seguían el mismo camino hasta Mong Kok o Prince Edward, lugar en el que las líneas se ramificaban en la de Tsuen Wan y la de Kwun Tong, la cual describía una gran curva hacia el nordeste. El tren en el que ellos viajaban pertenecía a la segunda línea que les alejaría demasiado del centro. Bond consideraba conveniente limitar la acción a una zona relativamente pequeña, para, de este modo, tener más facilidad de movimiento.

Al bajar vio, entre los pasajeros, a dos jóvenes chinos muy bien vestidos que evitaban cuidadosamente mirarle. Giró a la izquierda como si quisiera salir y observó que los dos chinos se acercaban.

– Sube otra vez al tren en el último segundo -le dijo a Ebbie, situándose a la altura de las puertas de un vagón. Era un truco muy viejo, pero podía dar resultado. Cuando las puertas empezaron a cerrarse, Bond empujó a Ebbie al interior del vagón y la siguió inmediatamente después. Para su decepción, vio que los chinos hacían lo mismo en un vagón de atrás. Entonces, Bond le dijo a Ebbie que bajara en la siguiente estación, la de Jordan, pero que no lo hiciera hasta el último momento.

Tardó un instante en percibir que los dos hombres aún estaban allí, pisándoles los talones. Ambos vestían trajes de color gris claro e impecables camisas y corbatas, pese al calor de la tarde. Se les hubiera podido tomar fácilmente por dos hombres de negocios que regresaban a sus despachos. Pero la experta mirada de Bond descubrió en ellos una excesiva precisión. Estaba seguro de que había entrado en acción otro equipo, el cual se encontraría seguramente por aquella zona. Salieron de la estación de Jordan y giraron a la derecha para adentrarse en la ruidosa Nathan Road, en dirección al puerto. Con rostro sonriente, Bond le comunicó a Ebbie que les seguían.

– Actúa con naturalidad -le dijo-. Párate a mirar los escaparates de las tiendas. Camina despacio. Al final de esta calle, llegaremos al Hotel Península. Cuando lleguemos allí intentaremos despistarles.

Las aceras estaban abarrotadas de peatones, más chinos e indios que europeos. Nathan Road parecía el punto de reunión de las culturas orientales. Unas banderas de llamativos colores colgaban sobre la calle. Las modernas vitrinas de los escaparates se apretujaban unas contra otras, pero, por encima de ellas, aún se podían ver los viejos edificios de los años veinte y treinta. Los rótulos de neón y de papel trataban de llamar la atención de la gente en las esquinas, mientras la omnipresente comida producía una amalgama de olores indescifrables. Había muchos establecimientos dedicados a la fotografía y a la electrónica, lo cual les ofreció a Bond y Ebbie la oportunidad de detenerse a cada paso como si compararan los precios mientras observaban a sus vigilantes.

Bond los había bautizado mentalmente con los nombres de Ying y Yang. Su habilidad demostraba bien a las claras que estaban perfectamente entrenados. Pese a lo cual, antes de cinco minutos, Bond creyó identificar a un equipo frente a ellos. Un chico y una chica de unos dieciocho o diecinueve años parecían profundamente enfrascados en una conversación, pero, cada vez que Bond y Ebbie se detenían, ellos, lo hacían también. El joven llevaba la camisa fuera de los vaqueros, lo suficiente para ocultar un arma. Ying y Yang, con sus trajes grises confeccionados a la medida, tenían múltiples lugares donde ocultar las armas. De pronto, a Bond se le ocurrió pensar que a lo mejor eran un escuadrón de ejecución. ¿Acaso no habían liquidado a Swift? No, se dijo. Chernov hubiera deseado estar presente al final. Tenía que haber un testigo del Centro de Moscú. Llegaron al Hotel Península y entraron por una de las puertas laterales que daba acceso a una galería comercial; Bond recordó que alguien le había dicho que aquella zona del hotel había sido un club de oficiales en el período subsiguiente a la segunda guerra mundial. Se preguntó cuántos espectros de comandantes borrachos albergarían aquellas opulentas galerías.

Mientras se volvían para subir la escalinata que conducía al vestíbulo principal, vieron entrar a Ying y a Yang. Los jóvenes habrían entrado, sin duda, por la puerta principal para, de este modo, completar el cerco.

– Adelántate -le ordenó Bond a Ebbie, entregándole la bolsa de bandolera-. Vete con el arsenal al lavabo. Estaré en el vestíbulo en cuanto haya resuelto este asunto.

Por fin se le ofrecía la ocasión de poner a prueba la lealtad de Ebbie. Bond la miró sonriendo, sacó la cajetilla de cigarrillos, se colocó uno entre los labios y empezó a darse palmadas en los bolsillos, buscando el encendedor. Ying y Yang se desconcertaron al ver que se detenía, pero de ninguna manera podían huir de su presa, por lo cual siguieron adelante sin mirar a Bond hasta que éste les cerró el paso y les preguntó en inglés si tenían fuego.

De cerca, parecían gemelos; tenían el cabello negro como el ébano, las caras redondas y los crueles ojos oscuros. Por un instante, los chinos se detuvieron y Ying musitó algo mientras levantaba una mano para introducirla en el interior de su chaqueta desabrochada. Cuando tenía la mano a la altura de la solapa, Bond le agarró la muñeca, la retorció con fuerza y tiró de ella hacia abajo mientras levantaba rápidamente la rodilla derecha. Casi pudo sentir el dolor del hombre cuando su rodilla le golpeó la ingle; pero el jadeo sí pudo oírlo con toda claridad. Casi antes de que éste se produjera, Bond ya había obligado al hombre a girar sobre sí mismo, empujándole hacia Yang en cuyo rostro se estrelló su cráneo. El golpe fue tan fuerte que se oyó un crujido y Bond notó que el cuerpo de Ying se aflojaba entre sus manos.

Antes de que nadie saliera de las tiendas de la galería, Ying y Yang quedaron amontonados en el suelo, semiinconscientes. Ying mantenía el cuerpo doblado a causa del dolor en la cabeza y en la ingle, mientras que a Yang parecia que le hubieran aplastado la cara con un pedazo de hormigón: le salía sangre de la nariz rota y, probablemente, se había partido el pómulo. Bond pidió a gritos que alguien avisara a la policía.

– ¡Esos hombres han intentado robarme! -gritó mientras se acercaba la gente, en medio de un guirigay de chino e inglés.

Se inclinó e introdujo una mano en el interior de la chaqueta de cada hombre. Como ya lo esperaba, iban armados con pesados revólveres de 38 mm.

– ¡Miren! -gritó-. Que alguien llame a la policía. Estos hombres son unos delincuentes.

Los gritos de indignación que escuchaba a su alrededor le indicaron a Bond que la gente estaba de su parte. Con mucho disimulo, empezó a retirarse, arrojó al suelo una de las armas, se metió la otra en el cinto, ocultándola bajo la chaqueta Oscar Jacobson, y empezó a subir la escalera.

– Allá abajo -les dijo a los guardias de seguridad que bajaban en aquel momento y con quienes casi estuvo a punto de chocar-. Un par de ladrones han intentado robar a mi amigo.

Ebbie le esperaba junto a la entrada, en un rincón del espacioso salón dorado donde los camareros corrían por entre las mesas sirviendo el último té de la tarde, supervisados por un jefe de cabello plateado. En lo alto de un lujoso estrado, una orquesta de cuatro miembros interpretaba selecciones de comedias musicales nuevas y antiguas. Sobre todo, antiguas.

Bond tomó la bolsa de bandolera y le comunicó a Ebbie que tenían que actuar con rapidez. Se dirigió a la entrada principal y miró a su alrededor en busca de la pareja identificada como el equipo de apoyo. Pero no vio rastro de ellos ni en el vestíbulo ni fuera, en el patio de entrada. Atravesaron la calle cuando el denso tráfico se lo permitió y se dirigieron a la zona portuaria, llena de edificios en construcción. Bond seguía buscando incesantemente al otro equipo.

– A lo mejor, los hemos despistado -dijo, apretándole un brazo a Ebbie-. Ven, sigamos por la izquierda. Lo menos que podemos hacer es buscarnos un hotel decente por unas horas. El Regent está por aquí. Es un enorme bloque de ladrillo, pero me han dicho que rivaliza seriamente con el Mandarin.

La vista del Regent quedaba bloqueada por los andamiajes de las obras, pero, una vez los hubieron dejado atrás, apareció el hotel con su calzada elevada y su patio de entrada lleno de Rolls-Royces y Cadillacs. Sin embargo, no fue sólo eso lo que vieron. En cuanto doblaron la esquina, se toparon directamente con el chico y la chica.

Bond asió la culata del revólver, y estaba a punto de extraer el arma cuando el joven le dirigió la palabra. No llevaba nada en las manos, pero la chica le protegía sin ninguna duda.

– ¿Míster Bond? -inquirió el joven.

– Sí -contestó Bond, retrocediendo en previsión de un posible ataque.

– No se alarme, señor. Míster Swift dijo que, si algo le ocurriera, yo debería entregarle eso a usted

– la mano se acercó pausadamente a un bolsillo del que el joven sacó un sobre-. Seguramente se habrá enterado del grave accidente que ha sufrido míster Swift esta tarde. Me llamo Han. Richard Han. Trabajaba para míster Swift. Ya está todo arreglado. Supongo que ya se habrá librado de los dos rufianes que le seguían. Oímos mucho jaleo…

– Sí -dijo Bond, cauteloso.

– Bueno, pues. Habrá un Walla Walla en la Ocean Terminal a las diez cuarenta y cinco. Yo estaré allí para despedirles. A las diez cuarenta y cinco en la Ocean Terminal. ¿De acuerdo?

Bond asintió mientras los jóvenes se tomaban de la mano y daban media vuelta.

– ¿Qué es un Walla Walla? -preguntó Ebbie más tarde mientras descansaban en la cama de una habitación situada en un piso alto del Regent.

– Es un sampán motorizado -contestó Bond-. Algunos dicen que se llama Walla Walla por el ruido que hacen los motores. Otros, que se llama así porque el primer propietario de una embarcación de esta clase era un tipo de Washington.

– Eres muy inteligente -dijo Ebbie, acurrucándose al lado de Bond-. ¿Cómo lo haces para aprender todas estas cosas, James?

– A través de la guía oficial de Hong Kong. Me la leí de cabo a rabo mientras tú te pasabas el rato en el cuarto de baño.

No tuvieron dificultades en encontrar habitación en el Regent. Bond exhibió su tarjeta Platimun del American Express a nombre de Boldman, y dijo que el precio no sería problema. Nadie se extrañó de que no llevara equipaje, aunque Bond explicó que, más tarde, se lo enviarían desde el aeropuerto. Mostró la bolsa de bandolera que llevaba colgada al hombro, pero no permitió que nadie se la subiera a la habitación.

Tras pedir al servicio de habitaciones una sencilla cena europea de tres platos para dos, Bond abrió el sobre. En su interior había una hoja de papel con un breve mensaje y un mapa de la isla de Cheung Chau.

En caso de que algo ocurra, le he entregado eso a un joven colega. Richard Han le prestará todo el apoyo que pueda. He organizado el transporte a Cheung Chau. La mujer le dejará en el puerto situado al oeste de la isla. Le interesa una villa de color blanco que se encuentra casi enfrente del Hotel Warwick, en el lado oriental, a diez minutos a pie del estrecho istmo. Tome la calle que discurre en medio de las casas a la derecha del embarcadero del transbordador. La villa está muy bien situada en lo alto del lado norte de la bahía de Tung Wan, y da a una hermosa franja de agua y arena. Huelga decir que el Warwick se encuentra en el lado sur. Que yo sepa, no hay dispositivos de alarma, pero el lugar está siempre muy bien vigilado cuando alguien se aloja allí. Tiene por lo menos un teléfono y el número local es el 720302. Recuerde los nueve que resultaron muertos en Cambridge y el incendio de la isla de Canvey. Si lo consigue, yo no estaré allí para desearle suerte, pero la tendrá de todos modos.

SWIFT

Bond no tuvo más remedio que aceptar la nota, el mapa y la persona de Richard Han como auténticas. Por lo menos, había encontrado un medio de trasladarse a Cheung Chau y de localizar la casa. Antes de que les subieran la cena, Bond se fue al cuarto de baño para examinar las armas y el equipo que contenía la bolsa de lona. Decidió armar a Ebbie con unos de los revólveres de 38 mm. Él se quedaría el del mismo tipo que les había arrebatado a Ying y Yang. El resto podría llevarlo en la bolsa. Una vez localizada la villa, sabía lo que tenía que hacer. Con un hombre como Chernov no podía uno correr ulteriores riesgos. Regresó al dormitorio, comió con buen apetito, esperó a que Ebbie utilizara primero el cuarto de baño y luego se quitó la ropa y se tomó una ducha. No tenían ninguna muda de ropa, pero, por lo menos, se habían refrescado y estaban limpios. Bond se secó vigorosamente con la toalla, y se tendió en la cama. A pesar de su cansancio, Ebbie hizo gala de una innegable inventiva que encantó a Bond. Tras echar un sueñecito, el agente volvió a repasar los puntos esenciales de aquella noche.

– ¿Lo has comprendido? -le preguntó a Ebbie al término de la instrucción-. Te quedarás donde te diga hasta que yo vuelva. Después, improvisaremos -añadió, dándole un beso suave en cada oreja.

Se vistieron y se armaron. Bond observó complacido que Ebbie manejaba el revólver y las municiones de repuesto con visible maestría.

Salieron del hotel poco después de las diez. A las diez cuarenta y cinco en punto, Richard Han se reunió con ellos junto a la gran galería comercial llamada Ocean Terminal, cerca del muelle de los transbordadores Star. Se alejó con ellos de los muelles principales y bajó por un camino al puerto donde les esperaba la vieja desdentada con su sampán.

– ¿Sabe adónde tiene que llevarnos? -preguntó Bond.

Han asintió.

– Y no debe darle dinero -dijo-. Ya ha cobrado lo suficiente. La travesía durará casi tres horas. Lo siento, con el transbordador se tarda sólo una, pero así es mejor.

En realidad, tardaron casi cuatro; en el transcurso del viaje la mujer no les dirigió ni una sola vez la palabra, y se mantuvo tranquilamente sentada junto a la caña del timón.

Eran casi las tres de la madrugada cuando Bond y Ebbie desembarcaron en la isla de Cheung Chau, situada a doce kilómetros al oeste de Hong Kong. El sampán se balanceó y cabeceó mucho en alta mar, pero, cuando se acercaban al puerto, la anciana apagó el motor y utilizó un remo para alcanzar en silencio la orilla situada entre los juncos y los sampanes, algunos de ellos amarrados juntos y otros fondeados en el embarcadero. Por fin llegaron al muro del puerto y la mujer les susurró algo que no entendieron, pero que interpretaron como una invitación a desembarcar. Juntos se encaramaron a la ancha franja de hormigón que bordeaba el agua, y Bond levantó un brazo para despedirse de la mujer.

18. La Bahía De Tung Wan

La isla, tal como Bond ya había observado en el mapa, tenía efectivamente la forma de unas pesas de gimnasia, siendo el extremo sur mucho más ancho que el norte, del cual estaba separado por una corta extensión de tierra de menos de ochocientos metros de anchura.

Los ojos de ambos ya se habían acostumbrado a la oscuridad mucho antes de desembarcar, y Bond pudo distinguir los edificios que tenía delante Tomando a Ebbie de una mano, se cercioró de que tuviera el revólver a punto y la guió hacia un oscuro hueco que descendía hacia una estrecha calleja. Al acercarse, pudieron ver la silueta de una cabina telefónica de cristal que Bond decidió utilizar una vez hubieran efectuado un reconocimiento de la villa.

– Tú te quedas aquí -le dijo Bond a la joven-. No te muevas y procura que nadie te vea -añadió en voz baja-. Volveré antes de una hora.

En la oscuridad, Ebbie asintió en silencio. Demostraba tener mucho más temple de lo que Bond suponía. Tras estrechar su mano, Bond empezó a subir por la empinada callejuela. Se sentía como acorralado por las casas que formaban los costados de aquella quebrada. Unos doscientos metros más allá, la calleja se estrechaba todavía más. Había un árbol a la derecha y Bond intuyó la presencia de alguien. Se detuvo y sólo reanudó la marcha cuando vio que era un viejo chino tendido boca arriba, roncando como un bendito bajo el árbol.

Al cabo de unos doce minutos de camino, los edificios se abrieron a una ancha franja de pálida arena, más allá de la cual el mar brillaba suavemente bajo la luna. Era la bahía de Tung Wan. Bond avanzó al amparo de las casas. A su derecha, una mancha de luz revelaba la situación del Hotel Warwick. Esperó, mirando hacia el promontorio que tenía a su izquierda. Arriba pudo ver un grisáceo edificio con dos luces: sin duda la villa que Swift le había marcado en el mapa. Avanzando sin apartarse de la sombra de los edificios de la izquierda y rezando para que nadie desde la villa utilizara gafas nocturnas de infrarrojos, Bond avanzó lentamente hasta el borde de la blanca arena, que se extendía hacia el promontorio en cuya cima se levantaba la villa.

Bond calculó que la distancia que le separaba de la base de la roca debía de ser de aproximadamente setenta metros, cincuenta de los cuales resultarían visibles desde la villa. Respiró hondo, echó una carrerilla y se detuvo en cuanto estuvo en terreno seguro. La arena se transformó en una empinada ladera cubierta de corta hierba. Después de colocarse más cómodamente la correa de la bolsa sobre el hombro, Bond inició la subida. La hierba no era perfumada y su aspereza le arañaba las manos. De vez en cuando, los pies se le hundían en el suelo como si todo el promontorio no fuera más que un banco de arena descomunal. Necesitó diez minutos de duro esfuerzo antes de que la cuesta se transformara en terreno llano. Se encontraba ahora en una especie de terraza todavía no visible desde la villa. En cuanto la silueta del edificio empezó a recortarse contra el cielo ya un poco más claro unos treinta metros más allá, Bond se tendió boca abajo y avanzó unos diez metros reptando.

En aquel instante se encontraba a pocos pasos del edificio. Dedicó unos cinco minutos a examinar el objetivo. Era una especie de bungalow blanco con tejado de terracota y una serie de arcos laterales que le conferían una apariencia más hispánica que china. Se levantaba en el centro de un jardín circular, rodeado por un murete de unos cinco ladrillos de altura. Comprobó ahora que los arcos eran una especie de claustro que rodeaba la villa por sus cuatro costados. Las luces que había visto desde abajo procedían de dos puertas correderas de cristal que daban a la bahía. Había gente que se movía detrás de los cristales y Bond reconoció a Chernov, que paseaba arriba y abajo mientras hablaba con alguien.

Se pasó un rato calculando las distancias y grabándose en la mente todas las características del lugar. A la izquierda, el terreno se elevaba formando una cuesta. Recordando el mapa, supo que, en caso de elegir aquella dirección, se encontraría al final con un camino que conducía al puerto por la parte de atrás y pasaba por delante del famoso templo de la isla. Si alguien le persiguiera desde la villa, tendría que dar quince grandes zancadas desde la posición en la que en aquellos momentos se encontraba antes de desaparecer bajo la línea del horizonte. Después, tendría que aminorar el paso y detenerse dado que un descenso precipitado por la escarpada ladera le haría caer rodando hasta la playa de abajo.

Para vencer a Chernov, tenía que tomar precauciones ya desde un principio. Gateó muy despacio hasta un lugar en el que no pudieran verle desde la villa y buscó a tientas, en la oscuridad, una zona de terreno blando. Por fin, la palma de su mano tocó una roca, que resultó ser una áspera piedra circular de unos sesenta centímetros de longitud por unos treinta de anchura con una superficie irregular. Se desplazó hasta situarse directamente detrás de ella. Luego tomó la bolsa de lona, la abrió en silencio y sacó un paquetito envuelto en hule y cintas adhesivas, cuidadosamente preparado por Q'ute, quien se lo había entregado directamente en París. Contenía, sobre todo, instrumentos de apoyo y era una réplica del material que llevaba oculto en el cinturón o que utilizaba como objetos corrientes distribuidos por su ropa. Con Chernov no se podía uno andar con bromas. Después de excavar la tierra detrás de la roca, Bond depositó el paquete en el hueco. Lo cubrió todo con tierra y acto seguido trató de establecer su situación y se lo aprendió todo de memoria para que pudiera localizar rápidamente el paquete en caso de necesidad. Sólo cuando estuvo seguro de los ángulos y las distancias, inició el lento camino de regreso a la playa.

Al cabo de unos veinte minutos, volvió a reunirse con Ebbie, oculta en las sombras de los edificios que daban al puerto.

– Todo listo -le dijo, sin dar más explicaciones. Cuantas menos cosas supiera, mejor.

– ¿Están allí? -preguntó Ebbie en un susurro apenas audible.

– Está Chernov, y sospecho que, donde él esté, encontraremos a los demás.

Bond llevaba uno de los revólveres al cinto, con el cañón inclinado hacia un lado. Indicándole a Ebbie por señas que se quedara donde estaba, se acercó al muro del puerto y arrojó la bolsa de lona al mar. Ahora, ambos estaban armados y tenían municiones de repuesto.

– Nos dejaremos ver -le dijo Bond a Ebbie-, pero evitaremos el contacto directo… Estilo Swift, como fuegos fatuos. Nuestra misión es conseguir que salga Chernov. La casa es pequeña, pero difícil de asaltar. Si tiene buenos tiradores dentro, sería una locura que intentáramos cualquier clase de ataque. El terreno circundante está demasiado al descubierto y sería un suicidio.

– ¿Y si llamáramos a la policía? Estamos en territorio británico. ¿No podrías conseguir la detención de este hombre?

– Todavía no.

Bond no quería decirle que, antes de atrapar a Chernov, alguien tenía que morir; que el traidor que se ocultaba dentro de Pastel de Crema tendría que ser eliminado. La orden estaba implícita en las instrucciones de Swift. Para que «M» pudiera navegar de nuevo en aguas seguras, el agente doble no se podía descubrir públicamente. ¿Qué había dicho Swift? "«M» se encuentra todavía bajo asedio… No durará mucho si se descubre otro agente doble en su casa o cerca de ella." El único medio que ahora tenía Bond de descubrir la identidad del traidor de Pastel de Crema consistía en ofrecer en bandeja su propia persona y la de Ebbie.

– Iremos en seguida -dijo Bond, acercándose un dedo a los labios mientras se dirigía a la cabina telefónica.

Se sacó del bolsillo unas monedas y marcó cuidadosamente el número indicado en la nota de Swift, el 720302. Oyó el timbre y alguien tomó el aparato. Nadie habló. Contó lentamente hasta seis y después preguntó en ruso por el general Chernov. Contestó el propio Dominico en persona.

– Estoy cerca -dijo Bond en voz baja-. Atrápeme si puede -añadió colgando inmediatamente el teléfono.

A continuación regresó junto a Ebbie y la acompañó por la calleja hacia la playa de la bahía de Tung Wan. Esta vez, no se molestó en adoptar precauciones. En lugar de buscar la protección de la sombra, dirigió a Ebbie hacia la playa y ambos avanzaron lentamente hasta el promontorio, iniciando la subida, mucho más a la derecha que antes. Quería mantener a los hombres de Chernov bien alejados de la zona que ya había cubierto.

Al fin, llegaron a la zona llana y se aproximaron gateando a la casa. Se detuvieron a escasos metros del murete, apenas ocultos por éste. Todas las luces estaban ahora encendidas y el cielo ya empezaba a clarear por el este. En cuestión de minutos, la luz del día les iluminaría por completo. Volviéndose de lado, Bond dijo que les convendría situarse en la parte trasera de la casa.

– Hagámoslo en seguida -contestó Ebbie, preocupada-. Aquí estamos en terreno descubierto y creo que podrían vernos fácilmente desde la casa si miraran.

– Aquí, en la bahía de Tung Wan, apenas dormimos -dijo una voz a su espalda-. Qué amables han sido al venir. Ahora ya tengo toda la colección.

Bond se volvió, sosteniendo el revólver en alto, listo para abrir fuego.

Eran tres: Mischa y uno de los hombres que estaban con Dominico cuando sorprendieron a Bond en el Hotel Newpark; el tercer hombre, vestido con unos elegantes pantalones de sarga, camisa y chaqueta oscura, era, naturalmente, el general Kolya Chernov, que esbozaba una sonrisa triunfal mientras apuntaba directamente a la cabeza de Bond con su pistola automática.

– Usted me invitó a atraparle, míster Bond, y yo he aceptado amablemente su invitación.

19. Le Presento A Los «Robinsones»

Como muchas casas francas de Europa, aquella villa situada en lo alto del promontorio con su vista de belleza sin igual, era, por dentro, de una rigidez espartana. Se observaban los habituales indicios de instalaciones a prueba de sonidos. Un papel de pared insólitamente grueso decoraba el salón principal de la casa en el que entraron a través de las grandes puertas correderas. El mobiliario era funcional, había sillas de bambú y una mesa de madera maciza. No había cuadros en las paredes ni adorno alguno sobre la repisa de la chimenea.

Bond bajó el revólver en cuanto vio que no tenía ninguna posibilidad y miró a Ebbie, indicándole con los ojos que guardara silencio. Al fin, habló, dirigiéndose a Ebbie.

– Miss Heritage, este caballero que nos apunta con la pistola es lo que pudiera decirse una estrella de primera magnitud. Permítame que le presente al general Konstantin Nikolaevich Chernov, Héroe de la Unión Soviética, condecorado con la medalla de la Orden de Lenin. La lista de sus condecoraciones es muy larga, pero le diré que, en la actualidad, es jefe de Investigaciones del Departamento 8, Dirección 5 del KGB. Este Departamento era conocido en otros tiempos con la denominación de SMERSH. Sospecho que el general preferiría seguir llamándolo con este emotivo nombre.

Chernov sonrió complacido, inclinó la cabeza en dirección a Ebbie y luego ordenó a sus hombres que los llevaran a los dos al interior de la villa.

– No sabe usted cuánto me alegro de volver a verle -le dijo el general a Bond, una vez dentro-. Ardía asimismo en deseos de conocer a su acompañante. Por un estúpido descuido, la perdimos en Irlanda, miss Heritage… ¿O sería tal vez más correcto llamarla Fräulein Nikolas?

– Heritage -contestó Ebbie muy tranquila.

– Como quiera -dijo Chernov, encogiéndose de hombros-. En cualquier caso, también me alegro mucho de verla. Eso completa el ridículo asunto de Pastel de Crema. Todos los pollos irán a parar a la cazuela y recibirán su merecido, ¿no es verdad?

Bond ya había decidido qué estrategia debía seguir. Carraspeó, tosió y dijo:

– Mi general, tengo poder para negociar.

– ¿De veras? -los astutos ojos de Chernov se clavaron en los de Bond; había en ellos un brillo burlón-. ¿Tiene poder para pactar?

– Dentro de ciertos límites, sí -mintió Bond-. Se pueden hacer ciertos canjes con las personas que usted retiene aquí: miss Dare, miss Heritage, Maxim Smolin, míster Baisley y Fráulein Dietrich. Estoy seguro de que usted deseará recuperar a ciertas personas. Tenemos a varias en reserva.

Mischa se rió por lo bajo mientras Chernov soltaba una gutural carcajada.

– Todos los relacionados con Pastel de Crema, ¿verdad? Los que están sentenciados a muerte.

– Sí.

Mischa volvió a reírse.

– Bueno, pues, ¿qué hacemos primero, camarada general? ¿Liquidar a los traidores y espías o poner a prueba a sus marionetas amaestradas?

– Disponemos de tiempo, Mischa. Tranquilícese. Estamos en un lugar muy agradable. Hoy hará mucho calor. Al anochecer, pondremos las marionetas a trabajar. Y después, podremos llevar a cabo el ritual que a usted tanto le gusta. Teniéndoles a todos encerrados aquí, podemos permitirnos el lujo de ir despacio. Merecen morir lentamente. Querían que trasladáramos a Smolin y Dietrich a Moscú, pero eso hubiera sido bastante difícil -Chernov exhaló un suspiro y miró a Ebbie con intención-. Ahora, esta joven apellidada Nikolas me podría proporcionar un poco de placer antes de que le arranquemos la lengua y la despachemos al otro barrio. ¿No está de acuerdo? -preguntó, mirando a Bond.

– No puedo estar de acuerdo porque no sé a qué se refiere.

– No me diga. Vamos a tomarnos un café y unos bollos y se lo explicaré. Mischa, ¿ya ha venido el amah con las provisiones para hoy?

– Sí, pero le he dicho que se fuera. Me ha parecido mejor que hoy no hubiera ningún extraño aquí.

– Tiene usted mucha razón, Mischa. Entonces ¿tomaremos un poco de café y comeremos unos panecillos con confitura?

– Hubiera tenido que traerse a su criado, mi general.

– Tal vez. Uno de estos hombres le ayudará -dijo Chernov, señalando con la cabeza a un sujeto que permanecía de pie junto a la puerta y a otro que acababa de situarse cerca de la ventana. Ambos iban armados con pistolas ametralladoras listas para disparar. Mischa le tocó un brazo al que estaba junto a la puerta y le habló en ruso. El individuo se echó la correa de la pistola al hombro y estaba a punto de seguir a Mischa cuando intervino Chernov.

– Puede ayudarle, pero creo que, primero, alguien debería escoltar a la joven al lugar donde se encuentran sus compañeros. Probablemente, tendrán muchas cosas de que hablar. Procure sacar el máximo provecho -añadió, mirando con una sonrisa a Ebbie.

Mischa la llamó y el guardián la apuntó con el cañón de la pistola. Ebbie asintió en silencio y se levantó de la silla, mirando primero a Bond y después a Chernov. Acto seguido, se acercó a Chernov y le escupió en pleno rostro. Éste retrocedió desconcertado, pero su reacción fue tan rápida que Bond ni siquiera pudo ver cómo su mano abofeteaba la mejilla izquierda de Ebbie con la palma y la derecha con el dorso. Ebbie no profirió el menor grito y recibió los golpes sin acercarse siquiera la mano al rostro. Ambos guardianes se adelantaron de un salto, pero ella se limitó a dar media vuelta para seguir al preocupado Mischa. Un guardián se situó a su espalda mientras el otro regresaba a su puesto, junto a la ventana. Chernov se secó el escupitajo del rostro.

– Estúpida muchacha -musitó-. Hubiera podido aliviarle un poco lo inevitable.

– A pesar de su barniz de sofisticación, es usted un hijo de puta extraordinariamente despiadado, Chernov -dijo Bond.

Los archivos del Cuartel General de Regent's Park describían con todo detalle su retorcida crueldad, pero no podían reflejar su degenerada naturaleza. Chernov se hubiera podido equiparar, con toda justicia, al más cruel y perverso jefe que jamás haya tenido el KGB, el infame Lavrenti Pavlovich Beria, de triste memoria.

– ¿Yo? -dijo Chernov, arqueando las cejas-. ¿Despiadado yo? No sea estúpido, Bond. Estas chicas fueron utilizadas por los no menos despiadados planificadores de operaciones de su Servicio. Probablemente les explicaron el riesgo que corrían -lanzando un bufido, Chernov añadió-: Usted y yo sabemos que Pastel de Crema pretendía conseguir la deserción de dos altos y expertos funcionarios, Smolin y Dietrich. Por si eso no bastara, sus jefes añadieron otros dos objetivos. Todo salió a pedir de boca. Pero el KGB y el GRU no podían permanecer impasibles. Dos de las chicas han sido eliminadas. Sería injusto amonestar tan sólo a los demás. Las comunidades de espionaje mundiales tienen que ver que tomamos represalias. En cualquier caso -volvió a encogerse de hombros-, las órdenes de mi presidente son que se lleven a cabo ejecuciones sumarias. Los cuerpos serán abandonados con marcas de advertencia. Algo así como un sacrificio ritual, ¿comprende?

Chernov hablaba con la mayor frialdad e indiferencia, como si las ejecuciones de Heather, Ebbie, Jungla, Dietrich y Smolin fueran tan intrascendentes como la imposición de una multa por exceso de velocidad.

– Entonces, ¿no podemos negociar?

– No se puede negociar con los muertos.

– ¿Y yo, mi general?

– ¡Ah! -exclamó Chernov, señalando con el índice de la mano derecha a Bond. Antes de que pudiera decir nada, llamaron a la puerta y entró el guardián, llevando una gran bandeja con una jarra de café, tazas, un cesto de bollos y tarros de confitura. Le seguía Mischa, que sostenía en una mano la pistola ametralladora del hombre. Era evidente que no quería ser mayordomo de nadie, ni siquiera de Chernov-. ¡Ah! -repitió el general, bajando el dedo-. Aquí tenemos el desayuno.

Mischa y el otro guardián se retiraron. Bond observó que el hombretón situado de pie junto a la ventana miraba la comida con cierta envidia.

– ¿Decía usted, mi general?

– Ya hablaremos cuando hayamos desayunado, mi estimado Bond. Disfrute de mi hospitalidad mientras pueda.

Dicho lo cual, se negó a seguir hablando del asunto. De hecho, se pasó varias horas sin referirse para nada al futuro de Bond. Al terminar el desayuno, Chernov dictó una serie de órdenes. El otro guardián regresó a la estancia y, sin que nadie les dijera nada, ambos hombres tomaron a Bond por los brazos, lo llevaron fuera, y bajaron con él dos tramos de una escalera de piedra. Abrieron una pesada puerta y lo arrojaron al interior de una pequeña celda completamente vacía, a excepción de una pequeña bombilla cubierta por una reja metálica en el techo. No había ventanas ni muebles, sólo el espacio suficiente para que un hombre pudiera permanecer de pie con los brazos extendidos. Mischa apareció en la puerta.

– Míster Bond -dijo, utilizando por primera vez un afeminado ceceo. Llevaba unas prendas de ropa que arrojó al suelo de la celda. Había un mono de trabajo azul oscuro, unos calcetines de nilón, ropa interior y un par de mocasines baratos-. Son de su talla, míster Bond. Nos la han comunicado desde Moscú. El general desea que se desnude y se ponga esta ropa -Mischa sonrió, exhibiendo toda la dentadura-. Usted tiene fama de mago… De llevar artilugios escondidos en las mangas y otras cosas por el estilo. El general cree que así estaremos más tranquilos. Cámbiese ahora, por favor.

Bond no tuvo más remedio que obedecer. Con la mayor lentitud posible, se fue quitando la ropa junto con el valioso equipo que llevaba oculto. Se puso el mono y se sintió ridículo. Mischa tomó sus ropas y salió, dando un portazo. Bond oyó que cerraba con un grueso candado.

Se pasó un rato evaluando la situación. Había un agujerito de diámetro no superior al de un lápiz por encima de la puerta. Le debían de estar observando a través de un sistema de control integrado por minúsculas lentes de fibra óptica. La celda se encontraba debajo de la villa. No había forma de escapar. La única posibilidad que tenía era recuperar el equipo auxiliar oculto en la tierra, cerca de la villa. Temiendo que éste no le sirviera de nada, cruzó las piernas, se sentó impasiblemente en el suelo, y vació la mente de pensamientos e inquietudes para concentrarse en una especie de nada.

No supo cuánto tiempo transcurrió antes de que aparecieran los dos guardianes llevando más comida, que él rechazó. Los guardianes parecieron tomarlo a mal, pero se retiraron.

A medida que pasaban las horas, Bond controlaba cada vez mejor su cuerpo y su mente en la certeza de que, cualquiera que fuera la prueba que le reservara el general, necesitaría hacer acopio de toda su experiencia y de todo su valor físico y mental para combatirla, e incluso utilizarla en provecho propio con el fin de salvar al equipo de Pastel de Crema y a sí mismo de la muerte.

Sintió instintivamente que el día estaba languideciendo. Al fin, abrieron la puerta y los mismos hombres le arrastraron fuera de la celda, le hicieron subir la escalera y le acompañaron a la estancia principal de la casa donde antes había desayunado en compañía de Chernov. Esta vez, la habitación le pareció más pequeña porque estaba llena de gente. A través de la ventana, vio que la blanca arena se teñía de rojo sangre en el ocaso.

Miró a su alrededor y vio a Chernov sentado en un sillón de bambú en el centro de la estancia. Los demás estaban encadenados juntos y, entre ellos, vio dos rostros nuevos. Reconoció en el hombre a Franz Wald Belzinger…, Jungla Baisley por otro nombre. Era el rostro que había estudiado a través de varias fotografías aquella primera tarde, tras almorzar con «M» en el Blades. Lo que más le sorprendió fue la corpulencia de Baisley, el cual debía superar el metro ochenta y cinco de estatura y tenía unos hombros muy anchos. Contaba veintisiete añós, pero aparentaba menos debido tal vez a su despeinado cabello pelirrojo. Al ver a Bond, le dirigió una sonrisa como de bienvenida.

– Creo que los conoce usted a todos a excepción de Fräulein Dietrich y míster Baisley, tal como gusta de ser llamado -dijo Chernov.

Susanne Dietrich era delgada y tenía el cabello rubio. Miró a Bond con rostro asustado mientras Jungla intentaba levantarse, esbozando una sonrisa de universitario norteamericano.

– Hola, míster Bond. He oído hablar mucho de usted.

La voz tenía ciertos matices germánicos, más en la sintaxis que en el acento. El joven no quería demostrar que tenía miedo.

Bond asintió, tratando de esbozar una sonrisa tranquilizadora. Vio a Maxim Smolin, a Heather y a Ebbie. Heather le devolvió la sonrisa, Smolin le guiñó un ojo y Ebbie le lanzó un beso. Menos mal que se enfrentaban a su destino con dignidad. Bond les preguntó si estaban bien y todos asintieron con la cabeza.

– Bueno, pues, yo a eso lo llamaría una reunión de familia -dijo Chernov, soltando una carcajada como si acabara de inventarse el chiste más gracioso del mundo-. ¿O acaso debería llamarlo consejo en lugar de reunión? -preguntó. Al ver que nadie contestaba, añadió-: Estos cinco prisioneros ya saben lo que les va a ocurrir. Han sido informados de su delito y de la razón por la cual van a morir. Conocen, también, el método de sus muertes, que tendrán lugar mañana al amanecer -hizo una pausa, como si saboreara el hecho de antemano-. En cuanto al comandante James Bond, de la Royal Navy, Servicio Secreto de Espionaje… En cuanto a él… Bueno, pues, el Departamento al que represento tiene dictada una orden de ejecución desde hace muchos años. ¿Lo sabe usted, míster Bond?

Éste asintió, recordando las muchas veces que había burlado y causadQ irreparables daños al negro corazón del KGB, antiguamente llamado SMERSH.

– No subestimemos al comandante Bond -dijo Chernov, póniéndose muy serio-. Ha demostrado ser un enemigo valeroso, hábil, extraordinariamente eficiente y audaz. Sería impropio de mi departamento liquidarle simplemente con una bala, un cuchillo o un inyección de racina, el fármaco que tanto les gusta a nuestros primos búlgaros. Como a un torero, al comandante Bond hay que ofrecerle una «oportunidad de luchar» -el general ruso dirigió una siniestra sonrisa a Bond-. Comandante Bond, ¿sabe usted lo que es una «marioneta»? En sentido operativo, quiero decir.

– ¿Alguien a quien es fácil controlar? -preguntó Bond.

– No soy justo con usted, James Bond -dijo Chernov, riéndose-. Son las Fuerzas Especiales del Ejército Rojo, las Spetsnaz, equivalentes, si no me equivoco, a sus SAS, que utilizan la palabra «marioneta». Las «marionetas» son muy útiles durante su adiestramiento. En la Unión Soviética llevamos más de cincuenta años utilizándolas. Nuestra noble antecesora, la Cheka, los llamaba «gladiadores»; más tarde, el NKVD los calificó de «voluntarios», aunque, en realidad, distan mucho de serlo. El SMERSH, en sus distintos disfraces, siempre ha utilizado para designarlos un nombre inglés, lo cual no deja de ser curioso, ¿verdad? Nosotros los llamamos «Robinsones», comandante Bond. Puede que usted les conozca bajo esta denominación. Por consiguiente, vuelvo a preguntarle, ¿sabe usted lo que son los «Robinsones»?

– He oído rumores -contestó Bond, sintiendo que se le encogía el estómago.

– ¿Y creyó en ellos?

– Probablemente.

– Y con razón. Permítame que se lo explique. Cuando alguien es condenado a muerte en la Unión Soviética, el hecho de que muera con rapidez o de que su muerte se utilice en beneficio del Estado depende del lugar que ocupe en la comunidad -otra vez una gélida sonrisa iluminó los ojos de Chernov-. A diferencia de los decadentes británicos, que tan limpiamente se entregan a nosotros por culpa de su autocomplacencia, su laxitud y su incapacidad de ver que pronto acabaremos gobernando por entero su política… -la voz de Chernov se elevó un tono-. A diferencia de los británicos, que son tan remilgados a la hora de utilizar la pena de muerte, nosotros la utilizamos con provecho. Cierto que los ancianos y las mujeres son ejecutados casi inmediatamente. Otros son enviados a centros médicos; algunos colaboran en la construcción y funcionamiento de los reactores nucleares…, encargándose de las tareas más peligrosas. Los hombres más fuertes, aptos y jóvenes se convierten en «marionetas» o «Robinsones». Es un buen adiestramiento para nuestros hombres. Hasta que un soldado no demuestra que puede matar a otro ser humano, no podemos estar seguros de él.

– Eso es lo que he oído decir -Bond se notaba la cara paralizada, como si un dentista le hubiera administrado una inyección-. Dicen que les proporcionan blancos vivos para las prácticas…

– No son simples blancos, comandante Bond. Ellos pueden repeler el ataque, aunque dentro de ciertos límites, claro. Saben que, si intentaran escapar o utilizar las armas contra quienes no deben, serían segados como el trigo. En los ejercicios, son auténticos contrincantes. Matan y son matados. Si son muy buenos, pueden sobrevivir bastante tiempo.

– ¿Tres ejercicios y son indultados?

– Me temo que eso es un cuento de viejas -Chernov sonrió-. Los «Robinsones» jamás sobreviven al final. Saben que están sentenciados y luchan con más denuedo si piensan que, al cabo de tres ejercicios, recibirán el indulto.

Chernov se examinó las uñas. La estancia estaba cargada de tensión. Después, el general soviético se volvió e hizo una seña a los dos guardianes, los cuales se retiraron, cerrando cuidadosamente la puerta que había a su espalda.

– Cuando supimos que usted, un hombre que figura en nuestra lista de muertes, había recibido el encargo de resolver la cuestión de Pastel de Crema, dirigí una petición al Centro de Moscú. Pedí unos cuantos «Robinsones» que ya hubieran superado dos ejercicios y creyeran que sólo les faltaba uno para conseguir el indulto. Solicité que fueran jóvenes. Debería sentirse usted muy honrado, míster Bond. Es la primera vez que nuestros superiores permiten que los «Robinsones» actúen fuera de la Unión Soviética. Esta noche, desde la medianoche hasta el amanecer, usted luchará en esta islita con nuestros cuatro mejores «Robinsones», los cuales intentarán matarle. Irán armados y permitiremos que usted también lleve un arma. Pero, durante seis horas, en la oscuridad y en un terreno que usted no conoce, pero ellos sí, será usted perseguido sin piedad. Jame Bond, quiero presentarle a sus «Robinsones».

Acto seguido, Chernov gritó una orden y uno de los hombres abrió la puerta por fuera.

20. La Hora Cero

A primera vista, los cuatro «Robinsones» parecían muy dóciles. No llevaban ninguna clase de sujeción y sólo les vigilaban los dos guardianes que empuñaban sus pistolas ametralladoras.

– Adelante -dijo Chernov en ruso, haciéndoles señas de que se acercaran.

De haber esperado unos prisioneros encogidos y acobardados, Bond se hubiera llevado una decepción. El cuarteto entró en la estancia con porte marcial y la mirada dirigida hacia adelante. Vestían pantalón y camisa de color negro. Calzaban zapatillas negras y Bond pensó que sus caras también se oscurecerían antes de que empezara la prueba. No había habido luna la víspera, y tampoco la habría aquella noche. Fuera, en la oscuridad, los «Robinsones» resultarían invisibles.

– Como ve, comandante Bond, forman un buen equipo. Ya han trabajado juntos antes y con mucho provecho… Una vez, contra un grupo de seis Spetsnaz. Cinco murieron y el sexto no podrá volver a andar. Su segunda misión fue contra unos aspirantes al KGB -Chernov volvió a encogerse de hombros-. El KGB se quedó con cuatro aspirantes menos. ¿Hace falta que le diga más?

Bond estudió a los hombres. Todos poseían muy buena figura y se mantenían alerta y con los ojos abiertos, pero uno se diferenciaba de los demás, sobre todo, por su estatura. Mediría un metro noventa y dominaba a sus compañeros, cuyas estaturas oscilaban entre el metro ochenta y el metro ochenta y cinco.

– ¿Qué delitos cometieron? -preguntó con indiferencia, como si fuera un experto en caballos de carreras examinando un pedigrí.

Chernov sonrió con rostro de esfinge. El enigma de aquella sonrisa despertó en Bond un odio desconocido.

– Tengo que pensarlo -contestó Chernov, recorriendo con la mirada a los cuatro hombres que tenía delante-. El más alto, Yakov, fue condenado por violar a seis jóvenes, prácticamente unas niñas. Tras aprovecharse de sus víctimas, las estranguló. Después, tenemos a Bogdan, también asesino, aunque no violador. Su especialidad eran los muchachos. Bogdan les rompía el cuello y después se libraba de ellos, descuartizando sus cuerpos y diseminando los trozos por un bosque cercano a su casa. Es un campesino muy fuerte, que no posee ningún sentido de la moral.

Bond reprimió el deseo de decir lo evidente: «Como usted, Kolya. Igualito que usted.»

– Pavl y Semen -prosiguió diciendo Chernov- son menos complicados. Pavl, el de la narizota, era un oficial del ejército y utilizó fondos militares para su propio uso. Cinco de sus compañeros descubrieron la verdad a lo largo de un período de dos años. Cuatro jamás fueron encontrados. El quinto consiguió transmitir la información. En cuanto a Semen, se trata de un asesino por partida triple: Mató a su novia, a su amante y a su madre. A Semen se le da muy bien el cuchillo de carnicero.

– Cosas de la vida -dijo Bond, sabiendo que la única manera de salir triunfante de las intimidaciones de Chernov estribaba en tomarse a broma a los cuatro monstruos que, dentro de unas horas, intentarían matarle-. ¿Dice usted que irán armados?

– Claro. Dos de ellos llevarán pistolas Luger. Uno irá equipado con un cuchillo de matar parecido al del Comando Sykes-Fairbairn, bien conocido por usted. Y otro utilizará un arma que le gusta mucho, una especie de maza corta semejante a los viejos hierros de combate de los chinos. Consta de una bola de acero claveteada que cuelga de una afilada hoja sujeta al extremo de un mango de sesenta centímetros. Algo muy desagradable.

– Y yo, ¿qué arma llevaré?

– ¿Usted, mi querido comandante? Bueno, queremos ser justos. Dispondrá de una pistola Luger Parabellum en buenas condiciones, se lo aseguro.

«Tendré ocho cartuchos», pensó Bond. Ocho posibilidades de matar, siempre que pudiera colocarse en la posición adecuada.

– Le hemos proporcionado un cargador medio vacío -añadió Chernov-. O sea que tendrá cuatro balas de 9 mm, una por cada uno de los «Robinsones», en caso de que tengan la suerte de que se le pongan a tiro antes de que uno de ellos se abalance sobre usted. Como ya debe de suponer, el equipo ha dado un paseo por el terreno, cosa que usted no ha hecho, que yo sepa.

– ¿Y si deciden escapar? ¿Tomar un sampán y largarse?

– Se ve que todavía no lo ha entendido, comandante Bond -Chernov volvió a mirarle y le dirigió su inquietante sonrisa-. Estos hombres no tienen nada que perder más que sus vidas…, las cuales conservarán cuando usted haya muerto.

– Eso creen ellos.

– Vamos, comandante Bond, no intente fomentar la disensión. De nada le servirá, amigo mío. No se pueden entregar; no buirán y tampoco se creerán cualquier historia que usted les cuente…, aun en el caso de que le dieran tiempo para ello.

«Y usted sabe que yo tampoco huiré -pensó Bond-. Usted cree conocerme por dentro y por fuera, camarada general. Sabe que no huiré, porque, si consigo vencer a su cuarteto mortal, regresaré aquí y trataré de salvar a los demás.» En efecto, Chernov le conocía porque eso era exactamente lo que pensaba hacer. Se preguntó si Chernov sabía también que intentaría regresar para desenmascarar al traidor que se ocultaba entre los demás prisioneros.

Chernov hizo una seña y los «Robinsones» fueron acompañados fuera de la estancia no sin que antes cada uno de ellos clavara sus ojos en los de Bond. «¿Serán figuraciones mías o de veras he detectado un odio glacial en aquellos cuatro pares de ojos?», pensó Bond.

– Tiene cuatro horas para descansar antes de que comience la prueba -dijo Chernov, levantándose-. Le sugiero que se ponga en paz con su conciencia.

Uno de los guardianes volvió a entrar en la estancia para llevarse a Bond, pero Chernov dio un paso al frente.

– Permítame decirle otra cosa, para asegurarme de que está usted al corriente de las normas, Bond. No intente pasarse de listo. Es posible que haya pensado usted en el plan más obvio, que sería agacharse junto al murete que rodea la casa y eliminar a los «Robinsones» a medida que vayan saliendo. Sabemos que es usted un excelente tirador, pero, por favor, ni se le ocurra intentarlo. Cuando reciba la orden de correr, corra. Como intente poner en práctica alguna jugarreta, mis dos guardianes lo cortarán a pedacitos. Si, por suerte o por habilidad, logra evitar o matar a mis «Robinsones», le aconsejo que siga corriendo, James Bond. Corra todo lo que pueda. Esta noche le mataremos, de eso estoy seguro, pero, en el improbable caso de que me equivoque, dispondremos de otra oportunidad y yo mismo le mataré. Mi Departamento no descansará hasta que usted haya muerto, ¿comprende?

Bond asintió en silencio y se retiró con toda la dignidad que le permitió su revuelto estómago. Una vez en la celda, empezó a estudiar sus posibilidades. En presencia de los cuatro «Robinsones», estuvo tentado por un momento de caer en la desesperación. Ahora, a solas otra vez, empezó a trazar planes. Le iban a dar una Luger Parabellum y cuatro cartuchos como municiones. Bueno, algo era algo. Pero podría tener más si consiguiera llegar al paquete oculto.

El paquete, preparado por Q'ute y otros miembros del Servicio, estaba destinado a ser utilizado en caso de máxima necesidad puesto que contenía, sobre todo, armas letales.

Construido bajo el principio de la anticuada «Housewife» (ama de casa) -pronunciada siempre «Hussif»- de la Royal Navy, el Paquete Auxiliar de Operaciones Secretas, PAOS, era un envoltorio alargado recubierto de hule, de cuarenta por veinte centímetros; dos largas cintas sobresalían por la izquierda y servían para atar el paquete con un nudo muy fácil de deshacer. Cuando se abría, quedaba plano y contenía cinco bolsillos, cada uno de ellos diseñado para un determinado objeto. En el extremo izquierdo había dos objetos que parecían unas achaparradas baterías HP-11. Uno de ellos era una potente bengala activada por el botón que simulaba ser el polo positivo de la batería. Manteniéndolo con el brazo extendido, disparaba una bengala que iluminaba con una blanca luz a una distancia de unos seis metros, en un área de hasta cuatrocientos metros. Si se disparaba con la trayectoria adecuada, la bengala podía ejercer también un efecto deslumbrador.

La segunda batería funcionaba como la primera, pero no podía sostenerse en la mano, porque, a los siete segundos, estallaba con una potencia casi dos veces superior a la de la antigua granada de mano Mills. Ambas baterías contenían el tipo de sustancias plásticas que no dejan rastro, tan conocidas por las organizaciones antiterroristas.

El tercer bolsillo contenía una navaja de quince centímetros templada con policarbono y, por consiguiente, no detectable por los equipos de seguridad de los aeropuertos. La hoja estaba protegida por una funda que le servía de mango.

El cuarto bolsillo era casi plano y contenía un alambre de agarrotar, provisto de dientes de sierra; mientras que el último contenía, probablemente, la más mortífera de todas las armas: una pluma, pero no una pluma corriente, sino una que se construía en Italia y tenía muy preocupados a los responsables de la seguridad de muchos países. Por medio de una rápida torsión, se convertía en una pequeña arma que podía disparar proyectiles. Un chorro de aire comprimido disparaba unas agujas de acero templado capaces de producir la muerte si penetraban en el cerebro, los pulmones, la garganta o el corazón, desde una distancia aproximada de diez pasos. La pluma sólo se podía utilizar tres veces.

Bond repasó mentalmente la situación de los objetos en el PAOS abierto y recordó las muchas veces que se había entrenado en la oscuridad, localizando los objetos exclusivamente por el tacto. Se consoló al pensar que podría tenerlo todo oculto sobre su persona o listo para el uso en menos de un minuto. Nada mejor que la amenaza de una muerte inminente, pensó (tal como otros babían pensado multitud de veces antes que él) para aguzar el ingenio.

Tras haber repasado una y otra vez la situación de los objetos en el PAOS, lo único que podía hacer era prepararse mentalmente para la prueba. Se sentó en el suelo, cruzó las piernas y cerró los ojos. Esta vez repasó el mapa que Richard Han le había entregado en nombre de Swift. Sabía dónde estaba la casa en relación con el resto del promontorio y, en menos de una hora, ya supo lo que tendría que hacer. Con un poco de suerte y con la ayuda de su experiencia, dispondría de una mínima posibilidad de ganar.

Le dijeron que eran las once y media cuando fueron por él. Los guardianes no hablaban inglés, pero, mientras uno de ellos le cubría con su pistola ametralladora, el otro levantó un brazo y contempló con orgullo su nuevo reloj digital que desempeñaba ocho funciones.

Chernov le esperaba solo en la estancia principal. Las ventanas estaban abiertas de par en par y, a través de ellas, se podían ver las parpadeantes luces de los pocos edificios que rodeaban la había de Tung Wan. Al otro lado de la bahía, en el promontorio sur, brillaban las luces del Hotel Warwick.

– Venga a escuchar -dijo Chernov, haciéndole señas de que se acercara a la puerta corredera. Ambos hombres salieron al tibio aire nocturno. ¿Por qué no matarle ahora con mis propias manos y acabar de una vez?, pensó Bond. Pero de nada le hubiera servido porque rápidamente hubiera seguido a Chernov a la tumba, abatido a tiros por el hombre que montaba guardia en la estancia.

– Escuche -repitió Chernov-. Apenas se oye un sonido. Y eso que en esta islita viven todavía unas cuarenta mil personas, la mayoría de ellas en juncos y sampanes, en el puerto; y, sin embargo, pasada la medianoche, la gente ya no sale. En Cheung Chau no hay vida nocturna.

Mientras Chernov hablaba, Bond aprovechó el tiempo para orientarse. Directamente frente a ellos, el terreno descendía en pendiente hacia el lugar donde él había escondido el PAOS en el transcurso de su primer reconocimiento. Por suerte, sabía en qué punto exacto tendría que saltar el murete. Abajo, la playa rodeaba la bahía mientras que, a la derecha, el terreno ascendía bruscamente hacia arriba. Bond sabía que, en lo alto de aquella elevación, sólo había que recorrer unos cientos de metros para llegar a una sinuosa carretera que serpeaba hacia abajo en dirección al istmo central y a la aldea principal de la isla. La carretera pasaba por delante del famoso templo de Pak Tai y seguía hasta la llamada Praya, o zona portuaria, que tenía su fábrica de conservas de pescado y sus centenares de juncos de pesca.

Chernov le dio una palmada en el hombro a Bond.

– Pero, esta noche, les vamos a ofrecer un poco de vida nocturna, ¿verdad, Bond? -el general consultó su reloj-. Ya es casi la hora -añadió, acompañando nuevamente a Bond al interior de la estancia.

– ¿Se me permite hacer una última petición? -preguntó Bond.

– Depende de lo que sea -contestó Chernov con una sombra de recelo en los ojos.

– Me gustaría despedirme de mis amigos.

– No me parece conveniente hacerlo. Sería demasiado doloroso para ellos. Están bien controlados… Sobre todo, las mujeres. No me gustaría que es rompiera el equilibrio. Comprenderá usted que la tarea que mañana tengo que cumplir en este lugar no es muy agradable. Es mejor que los condenados afronten la necesidad de la muerte con fortaleza. De este modo, todo será más fácil para mí, ¿comprende?

«Sí -pensó Bond-. Lo que menos le interesa es que yo les vea ahora porque, con toda probabilidad, hay uno de menos. El traidor ya no estará con ellos.»

– Es usted un carnicero, Chernov -dijo en voz alta-. Vamos allá.

– Tiene usted mi palabra de que pasarán más de cinco minutos antes de que soltemos a los «Robinsones» -dijo Chernov, asintiendo con aire solemne-. Venga, las armas están aquí.

Como por arte de magia, la mesa se hallaba ahora cubierta de armas letales. Había tres grandes pistolas Luger y una larga daga de bronce de cañón, unos tres centímetros más larga que el viejo cuchillo del Comando Sykes-Fairbairn, y el hierro de combate con un mango de madera de unos sesenta centímetros de longitud, provisto de un puño reforzado en un extremo y una afilada hoja móvil de acero en el otro. En el extremo del mango había una corta cadena de la que colgaba una maza de tamaño dos veces superior al puño de un hombre, completamente cubierta de afilados clavos.

Chernov acarició la maza y se echó a reír.

– ¿Sabe cómo las llamaban?

– «Luceros del alba», si no recuerdo mal.

– Sí, «Luceros del alba» y… -Chernov se rió sin entusiasmo-, y también «aspersorios de agua bendita». Yo prefiero «aspersorios de agua bendita» -una de sus manos se cernió sobre las armas y se posó por fin en una de las pistolas Luger-. Creo que ésta es la suya -sacó el cargador, antes de entregársela a Bond-. Por favor, compruebe su funcionamiento y cerciórese de que no se ha retirado el percusor.

Bond examinó el arma; estaba bien engrasada y en perfecto estado. Chernov le entregó el cargador.

– Cuente los cuatro cartuchos. Insisto en jugar limpio.

Mientras seguía las instrucciones de Chernov, Bond observó que el guardián armado con la pistola ametralladora se preparaba para intervenir, mientras los «Robinsones» eran introducidos en la estancia. Sabía que todo aquel espectáculo estaba encaminado a ponerle nervioso. Chernov era un buen director de escena y sabía cómo hacer las cosas.

– Puede cargar el arma y poner el seguro.

Bond así lo hizo sosteniendo la pistola automática en la mano derecha mientras Chernov seguía hablando.

– Cuando esté preparado, le acompañaré a la puerta corredera e iniciaré una cuenta atrás de diez a cero. Al llegar al cero, se apagarán todas las luces y usted empezará la carrera. No olvide lo que ya le he dicho sobre las jugarretas, Bond. No le servirán de nada. No obstante, le prometo y le doy mi palabra de oficial de que no soltaremos a los «Robinsones» hasta que hayan pasado cinco minutos. Aproveche al máximo su tiempo. ¿Está ya preparado?

Bond asintió y, para asombro suyo, Chernov le tendió una mano. Él se la quedó mirando un instante y~ después, apartó el rostro. Ofendido por su desprecio, Chernov hizo una breve pausa antes de iniciar la cuenta: «Diez…, nueve…, ocho…», hasta llegar a cero.

Las luces se apagaron y Bond salió corriendo hacia la oscuridad de la noche.

21. El Emperador Del Paraiso Negro

Bond saltó perfectamente el murete con una combinación de habilidad y fuerza. Cuando salió en compañía de Chernov, hizo sus cálculos y en aquel instante pudo contar los pasos mientras corría en la dirección adecuada. Tras saltar el muro, corrió por el terreno llano hasta el lugar en el que se iniciaba la pendiente y bajó rodando para que no le vieran desde la casa. Estaba seguro de que se había detenido a escasa distancia de su objetivo; con las palmas de las manos, empezó a tantear a su alrededor. Tras un par de segundos, en el transcurso de los cuales estuvo a punto de sucumbir al temor, su mano derecha rozó la piedra. Rodó hacia ella, escarbó en la tierra y sacó el paquete envuelto con hule.

Se levantó, giró a la izquierda y corrió por la pendiente, tratando de situarse por encima y lo más lejos que pudiera de la villa a la mayor rapidez posible. Mientras corría, contó los segundos. Se había concedido dos minutos y medio de tiempo. Una vez ésos hubieran transcurrido, se detendría.

Calculó que el punto al que había llegado al expirar el plazo, se encontraba a unos treinta metros por encima de la villa. Allí se agachó, se colocó la pistola en un lugar accesible, dejó el PAOS en el suelo, desató las cintas y desenrolló el hule. Por simple contacto, localizó cada objeto en la oscuridad y los sacó de su funda, distribuyendo las armas entre los distintos bolsillos del mono de trabajo, menos la bengala que conservó en una mano.

Respirando afanosamente, Bond extendió un brazo, inclinó en ángulo el pequeño objeto hacia la casa y apretó el botón de disparo, tomando al mismo tiempo la Luger. Calculó que la bengala estallaría al cabo de cinco minutos y veinte segundos de su salida de la villa. En la pernera derecha del mono, a la altura del muslo, había un bolsillo abierto en el que introdujo la Luger. Después, tomando la segunda batería (la pequeña granada de mano), esperó.

La bengala le produjo una sacudida en la mano y luego se elevó en medio de un haz luminoso de deslumbrante blancura. Bond cerró los ojos en cuanto el proyectil abandonó su mano, pero los volvió a abrir en el acto tan pronto como terminó el cegador destello inicial. Fue como si alguien hubiera iluminado la villa y el área circundante con un potente reflector. Así pudo ver con toda claridad a los «Robinsones»: dos de ellos subían por la ladera hacia donde él se encontraba y otros dos bajaban hacia la playa. Uno de los que subían levantó los brazos para protegerse los ojos de la luz, pero ambos siguieron adelante como autómatas. Bond vio que la otra pareja seguía corriendo hacia la playa. Permaneció inmóvil y en silencio, sosteniendo en una mano la pequeña granada. Ya podía oír la afanosa respiración de los hombres, cuyas siluetas resultaban visibles a la moribunda luz de la bengala.

Bond tenía que calcular sus acciones con absoluta precisión. En caso de que la granada no estallara en el momento preciso, alcanzando a ambos hombres, no tendría más remedio que utilizar la Luger, desperdiciando, por lo menos, una bala. Los jadeos y las fuertes pisadas se oían cada vez más cerca, pero en aquel instante Bond sólo podía guiarse por su intuición, puesto que la luz de la bengala ya se había extinguido. Rezó para poder alcanzarlos. Apretó el botón y arrojó la granada, apuntando hacia la dirección en la que los hombres se estaban acercando.

Los vio fugazmente avanzando muy juntos en el momento en que el pequeño cilindro cargado de plástico estalló en el aire directamente delante de ellos. Bond agachó la cabeza, sintiendo el calor en su propio cráneo y el terrible fragor en sus oídos. En medio de la explosión, le pareció oír un grito, pero no podía estar seguro de ello. Se levantó tambaleándose y avanzó a trompicones hasta que su pie rozó algo. Se agachó y con una mano tocó una pegajosa humedad de cuerpos y sangre.

Avanzando a gatas, buscó a tientas en medio de la hierba y trató de percibir algún ruido, mientras procuraba controlar aquella sensación de peligro tan necesaria en los hombres de su profesión. Tardó por lo menos dos minutos en localizar el cuchillo, y por lo menos otros dos o tres en encontrar la pistola. La carga había estallado, según sus previsiones, directamente entre los dos hombres y muy cerca de ellos.

Antes de localizar la Luger, una de sus manos tropezó con los desagradables restos de la pequeña bomba. Bond no lograba acostumbrarse a los efectos de las explosiones, sobre todo desde que comprobó que una minúscula cantidad de plástico era capaz de causar tan graves daños.

Se le había despejado la cabeza y, con la pistola inicial todavía metida en el bolsillo del mono y la otra arma en su mano derecha, empezó a correr hacia el Oeste, en dirección a la carretera que le conduciría a la Praya.

Chernov había hecho especial hincapié en el carácter sanguinario de aquellos cuatro hombres. Ahora, sólo quedaban dos y era lógico suponer que, de acuerdo con el adiestramiento recibido, seguirían su camino y se separarían probablemente al llegar a la aldea, esperando atrapar a su presa en campo abierto o bien entre los edificios que bordeaban la Praya.

Bond había elaborado su plan de campaña. En caso de que pudiera llegar al templo de Pak Tai, donde disfrutaría de una posición muy ventajosa, los esperaría allí.

La explosión aún le resonaba en los oídos y sabía que tenía la ropa manchada de sangre, pero consiguió llegar a la accidentada carretera sin experimentar ningún contratiempo; una vez allí, prefirió abandonar la rocosa superficie y avanzar por el borde cubierto de hierba. Dejó de correr y caminó a marcha rápida, aspirando grandes bocanadas de aire en un intento de regular la respiración.

Al cabo de unos diez minutos, le pareció distinguir las siluetas de unos edificios. Cinco minutos más tarde, llegó a las afueras de la aldea y se abrió paso por entre los arbustos en dirección a un muro de piedra que debía pertenecer al templo. Se dirigió hacia la fachada del edificio y pensó que, por lo menos, podría dirigir sus oraciones a algún dios, ya que Pak Tai es el Supremo Emperador del Paraíso Negro y el templo erigido en su honor acoge asimismo a sus dioses marciales, Cien Mil Ojos y Oído de Viento Favorable. La ayuda de aquellos tres personajes no le vendría mal aquella noche para localizar a los dos «Robinsones» restantes.

El templo daba a una extensión de terreno abierto y, por primera vez desde la explosión de la bengala y la granada, Bond notó que sus ojos empezaban a acostumbrarse a la oscuridad. En unos minutos, distinguió la plaza cuadrada y el perfil de los peldaños del templo, guardados por los tradicionales dragones. Empezó a subir muy despacio y, al llegar arriba, se ocultó en la oscuridad del portal situado a su derecha. Luego, esperó, detrás de una de las grandes columnas de piedra. Pasaron los minutos y Bond comprendió que los «Robinsones» también debían de tomarse las cosas con calma, moviéndose despacio y en silencio por las oscuras calles.

Transcurrió por lo menos una hora. Y buena parte de otra. La autodisciplina le impidió a Bond echar un vistazo a la esfera luminosa de su reloj mientras efectuaba una minuciosa inspección de derecha a izquierda y de izquierda a derecha, moviendo la cabeza y los ojos muy despacio; tenía el cuerpo entumecido a causa de la forzada inmovilidad.

Por fin, consultó su Rolex: eran las cinco menos diez de la madrugada. Faltaba algo más de una hora para que finalizara el juego y Chernov empezara la matanza. Se le revolvió el estómago de sólo pensarlo. Mientras imaginaba la horrible escena, captó un movimiento por el rabillo del ojo. Procedía del extremo derecho de la plaza, cerca de la casa. Por un instante, una sombra fugaz se recortó contra la franja más clara del mar.

Bond se movió despacio y levantó la Luger, con los ojos clavados en la zona donde había visto la sombra. Por un momento, pensó que se lo había imaginado. Pero la volvió a ver en el acto: avanzaba contra la pared a paso de tortuga al amparo de la oscuridad. Modificó imperceptiblemente su posición y levantó la Luger en el mismo instante en que la sombra se despegaba de la pared y empezaba a acercarse a los peldaños del templo. Fue entonces cuando, a pesar de su experiencia, Bond cometió el primer error de la noche. Despáchale ahora, decía una parte de su mente. No, espera, ¿dónde está el otro hijo de puta? Este segundo de indecisión fue el origen de los minutos más aterradores que jamás hubiera conocido.

Su habilidad de tirador se impuso a todo lo demás: despáchale ahora. Bond centró la mira de la Luger en la sombra que avanzaba. Su dedo empezó a ejercer presión, pero entonces un sexto sentido le advirtió de la inminencia de un peligro más cercano.

Se encontraba de pie, en la clásica posición de perfil, con los brazos levantados y sujetando el arma con ambas manos, cuando sintió un agudo dolor en el brazo izquierdo, como si alguien se lo hubiera quemado con un hierro candente. Oyó su propio grito desgarrador y sintió que se le caía el arma de la mano derecha al extenderla hacia el brazo herido. Se volvió y vio al «Robinsón» a punto de descargarle encima la maza de combate.

Reaccionó de un modo automático, pero todo se desarrollaba como en cámara lenta a través del indefinido dolor que, desde el brazo machacado, se iba extendiendo poco a poco por todo el cuerpo. No podía recordar el nombre de aquel sujeto, pero, por alguna extraña razón, su mente se empeñaba en querer recordarlo. Le pareció que era Bogdan, el que había roto el cuello de los muchachos y después había intentado librarse de los cadáveres descuartizándolos y distribuyendo los restos por el bosque. Oyó con toda claridad la voz de Chernov: «Es un campesino muy fuerte, sin ningún sentido de la moral.» Mientras Bond le miraba a los ojos, el hombre levantó muy despacio la maza por encima de su cabeza. Luego, la bola claveteada empezó a bajar hacia el cráneo de Bond. El brazo derecho de éste pareció moverse muy lentamente mientras echaba la pierna derecha hacia atrás y con una mano asía la culata de la Luger que guardaba en el bolsillo del mono. Buscó con el dedo la lengüeta del seguro. Los clavos cortaron el aire, acercándose sin piedad. La Luger se quedó atascada y después se soltó mientras la mano de Bond se torcía y su dedo se curvaba. Acto seguido, dos detonaciones -dos disparos, tal como les enseñaban a hacer en los cursillos de adiestramiento- y el olor de la cordita. El tintineo de los casquilíos de las balas golpearon los peldaños.

De repente, cesó la cámara lenta y el ritmo se aceleró.

Las dos balas levantaron a Bogdan del suelo y le obligaron a extender los brazos como si fuera un grotesco muñeco de resorte. El hierro de combate voló hacia atrás y el cuerpo de Bogdan cayó contra la puerta del templo, ensuciando a Bond con su sangre.

El dolor del brazo era casi insoportable. Bond oyó un doble chasquido y un sordo rumor. El disparo del otro «Robinsón» desde la plaza arrancó fragmentos de piedra de la columna.

Bond se dobló de dolor; sentía deseos de vomitar y se le empañó la visión. Estaba casi a punto de desmayarse cuando vio la sombra de la segunda Luger en los peldaños. Se volvió haciendo un gran esfuerzo y sostuvo en la mano izquierda el arma en la que todavía le quedaban dos cartuchos. Mientras se volvía, notó que perdía el equilibrio y se tambaleaba como un borracho en medio de la angustia y el dolor. Una voz pareció susurrarle al oído: «Atrápalo. Liquídalo ahora mismo.» Apretó automáticamente el gatillo, a sabiendas de que sostenía el arma en alto y mantenía el brazo derecho extendido. «Dos disparos contra un fantasma -pensó-. Suelta el arma y toma la otra.» Lo hizo todo como un acto reflejo, de forma mecánica. Precisamente mientras se agachaba, la otra bala le pasó silbando por encima de la cabeza. Con una mano tomó la culata de la Luger, pero no pudo incorporarse.

Cayó sobre una rodilla y, levantando la cabeza, vio que su adversario le apuntaba con su arma. Estaba diciendo algo en ruso y a Bond le pareció que la Luger era muy grande.

Luego se produjo la explosión y en toda la columnata de la entrada del templo del Supremo Emperador del Paraíso Negro resonó algo que Bond identificó como su último grito en esta tierra.

22. La Muerte De Un Agente Doble

«Si estuvieras muerto -pensó Bond-, no experimentarías dolor.» Su último recuerdo era la imagen del «Robinsón», de pie a unos sesenta centímetros de distancia, apuntándole a la cabeza para darle el coup de gráce, y después, una sorda explosión. Vi y oí, debo de estar muerto. Sin embargo, tenía accesos de náuseas y experimentaba un intenso dolor en el brazo izquierdo. Sabía que podía moverse y que sus párpados lo estaban haciendo. Oyó una voz que le llamaba.

– ¿Míster Bond? ¿Míster Bond? ¿Cómo se encuentra, míster Bond?

Por fin, consiguió abrir los ojos. La negrura total cedía ya el lugar a las primeras luces del día. Se hallaba tendido de lado y podía ver las suelas de unas zapatillas negras y, a su espalda, un bulto negro y grisáceo que debía de ser un cuerpo. A su lado, vio las punteras de otras zapatillas. Volvió la cabeza y levantó la mirada.

– ¿Cómo se encuentra, míster Bond?

Desde su ángulo de visión, Bond no le podía ver muy bien la cara a su interlocutor. La figura se agachó sobre una rodilla.

– Creo que será mejor que nos larguemos de aquí en seguida -dijo el sonriente chino de cabello negro-. ¿Me recuerda, míster Bond? Richard Han. El hombre de Swift. Menos mal que le seguí. Míster Swift dijo que, si algo ocurría, necesitaría usted mucha ayuda. Dijo que estaría aquí, en la isla de Cheung Chau y que yo debería cubrirle la espalda.

– ¿Tú mataste al «Robinsón»?

Aparte el insoportable dolor que sentía en el brazo izquierdo, Bond ya empezaba a encontrarse mejor.

– ¿Ése era su nombre? ¿Robinsón? Pues, sí, yo le matar. Usted mató al hombre del hierro. Yo le pegué un disparo al otro -Han sostenía en la mano derecha un enorme Colt 45-. ¿Fue correcto que yo le matara?

– ¡Vaya si lo fue!

Bond movió la cabeza para poder verse la muñeca izquierda. El Rolex marcaba las cinco y cuarto. Faltaban unos cuarenta y cinco minutos para que Chernov empezara con los otros. Se levantó con mucho cuidado y le pareció que todo estaba bien, menos el brazo.

– Dame esta pistola…, la del suelo.

Han se agachó para recoger la Luger.

– Tiene que haber otra -dijo Bond, entornando los ojos a la grisácea luz del amanecer. El arma de su adversario se encontraba junto al cadáver. Han la recogió-. Rápido -le apremió Bond-. Saca los cargadores y coloca todos los cartuchos en una sola pistola. ¿De acuerdo?

– De acuerdo. Míster Swift me enseñó muchas cosas sobre armas. Dijo que yo ser un buen tirador.

– Estoy de acuerdo con él. Mira, Han, ¿tú conoces la casa que hay al norte de la bahía de Tung Wan? ¿La casa donde me retenían prisionero?

– No -contestó el muchacho-. Swift decir que usted estará aquí. Yo le cubro la espalda. Entonces vengo aquí y nadie le ha visto. Me quedo por aquí y, más tarde, veo a unos hombres que parecen buscar mariposas en la oscuridad. Muy raro. Pienso, Richard sigue a estos dos que no harán nada bueno.

El muchacho hubiera proseguido su historia, pero Bond le interrumpió.

– Mira, Han, hay una casa… -le explicó exactamente dónde-. Avisa a la policía. Diles que es un asunto de seguridad.

– Swift darme un número de la policía de Hong Kong. Dijo que era Policía Especial.

– ¿ La Rama Especial?

– Si. Soy tonto. Pienso primero ser una especie de raíz mágica. Entonces, él explicar.

– De acuerdo. ¿Puedes encontrar un teléfono en esta isla?

– La cuarta hermana de mi padre vive aquí. Tiene tiendecita con teléfono. La despertaré.

– Marca el número, pero diles que envíen en seguida a la policía local a esta casa. Rápido, ¿comprendido?

– Irán en seguida. ¿Usted va?

Bond exhaló un profundo suspiro.

– Sí, mientras me queden fuerzas, iré. Tú encárgate de que venga la policía. Diles que los detengan a todos -Han ya se había puesto en camino, por lo que Bond tuvo que levantar la voz-: Diles que los que están en la casa van armados. Y que son muy peligrosos.

– De acuerdo, se lo diré.

Han se alejó con el brazo en alto. Bajo las primeras luces del alba, la escena se convirtió de repente en una carnicería. Se escucharon dos sordas explosiones y la cabeza de Richard Han estalló de golpe, dejando escapar un chorro de sangre hacia arriba. El cuerpo descabezado corrió tres o cuatro pasos antes de desplomarse al suelo.

De repente, se oyó el matraqueo de una pistola ametralladora. Las balas se estrellaban contra el muro del templo alrededor de Bond, que reaccionó inmediatamente, echando mano de sus reflejos y su experiencia. Vio el resplandor del cañón muy cerca, a su derecha. Mientras esperaba oír de un momento a otro una nueva tanda de disparos, Bond se volvió y abrió fuego dos veces en la dirección del resplandor. Se oyó un impresionante grito, seguido de un sonido metálico sobre la piedra y el rumor de un cuerpo al caer.

Bond hincó una rodilla y esperó en silencio, tratando de distinguir otros rumores, pero sólo podía oír unos gemidos. Levantó lentamente la mano derecha, consciente del agudo dolor que sentía en el brazo izquierdo. Apretó los dientes y prestó atención. Cuando cesaron los gemidos, Bond se levantó una vez más y dio un paso al frente. Pero tuvo que detenerse en seco al oír una conocida voz.

– Como muevas un solo músculo, te salto la tapa de los sesos, Bond. Ahora, suelta el arma.

Estaba muy cerca, justo a la derecha de James.

– ¡He dicho que sueltes el arma! -ordenó la voz en tono autoritario.

Bond abrió los dedos y oyó el ruido de la Luger contra los peldaños en el momento en que Heather Dare -o Irma Wagen- emergía de entre las sombras.

– ¿Conque era eso? -dijo Bond, abrumado por el dolor de la traición de Heather.

– Sí, era eso. Lo siento, James, pero no pensarías en serio que el general iba a correr más riesgos, ¿verdad? Lo hiciste muy bien. No pensé que pudieras liquidar a aquellos hombres. Pero Chernov estaba preocupado. Parecía temer esta posibilidad.

– Bien por Kolya Chernov.

Bond se maldijo a sí mismo por no haberlo adivinado antes. En Londres, el impermeable blanco, le preocupó inicialmente porque nadie con los más elementales conocimientos hubiera vestido semejante prenda para huir. Después, el ofrecimiento para compartir su cama. Aquello también le olió a chamusquina, sobre todo cuando la vio tan acaramelada con Smolin.

– No me extraña que el general estuviera tan bien informado de nuestros movimientos -dijo en voz alta, confiando en que ella se acercara.

– Le conduje como en una danza… También te conduje a ti, James. Logré, además, que Smolin confesara su traición. Será mejor que acabemos de una vez. Tengo órdenes de matarte aquí mismo. Esperaba que los valiosos «Robinsones» me ahorraran el trabajo.

– ¿Cuánto tiempo…? -preguntó Bond.

– ¿Cuánto tiempo llevo en el KGB? Muchísimo, James. Desde mi adolescencia. Pastel de Crema se descubrió ya desde un principio. Cuando todos tuvimos que marcharnos, recibimos las órdenes de dejar a Maxim y a Dietrich en sus puestos. Les hubieran podido atrapar en cualquier instante. El Centro pensó, en cambio, que Londres me podría utilizar cuando estuviera en Inglaterra. No lo hicieron, tal como tú sabes, y entonces se decidió liquidar a los demás. Tú fuiste un regalo inesperado. Chernov abandonó su refugio sólo por ti, James. ¿No te halaga saberlo?

– Mucho.

– De rodillas, pues. Lo haremos como en la prisión Lubyanka de Moscú. Una bala en la parte posterior de la cabeza.

Bond se adelantó como si quisiera prepararse.

– ¿Y el fallido atentado contra tu vida en Londres fue…?

– Una pequeña estratagema para que confiaras en mí. Pero Mischa te subestimó. Se disgustó mucho. Ahora se alegrará.

Heather se acercó un poco más mientras Bond se encogía de hombros, sintiendo un agudo dolor en el brazo izquierdo.

– Perderé el equilibrio si intento arrodillarme. El muy hijo de puta me machacó el brazo de mala manera.

– Pues entonces, da la vuelta despacio.

Estaba más tranquila de lo que Bond esperaba, pero se iba acercando cada vez más como atraída por su voz. En el momento en que se adelantaba, sosteniendo en alto la pistola en su mano derecha, Bond se movió.

Vuélvete. Vuélvete siempre hacia el cuerpo, pero lejos del arma. Era lo que enseñaban los expertos, y cualquiera que fuera lo bastante necio para acercarse con una pistola, se tenía bien merecido lo que le ocurriera. Bond giró a la derecha, sabiendo que su posición era buena, mientras ella se volvía como una bailarina que ejecuta un complicado paso de danza. Aunque sus reacciones estaban ligeramente alteradas a causa del brazo herido, Bond consiguió hacerlo muy bien. El brazo en el que Heather sostenía el arma permaneció rígido justo el tiempo que hacía falta. Cuando Bond se acercó a ella, el brazo y el arma de Heather se encontraban a la derecha de su cuello. Fue entonces cuando Bond levantó bruscamente la rodilla. En las mujeres ese truco nunca resultaba tan eficaz, pero el golpe producía siempre un agudo dolor. Heather emitió un apagado gemido y Bond sintió la cercanía de su cuerpo.

En el instante en que ella empezaba a doblarse ligeramente, Bond la asió por la muñeca con la mano derecha. Aunque sólo podía utilizar un brazo, logró tirar hacia abajo con considerable fuerza. Heather emitió un grito cuando él le rompió el brazo contra su rodilla. La pistola cayó al suelo y brincó por los peldaños.

Bond volvió a levantar la rodilla y Heather perdió el equilibrio y quedó situada de espaldas. La rodilla de Bond la alcanzó tan de lleno que se pudo oír incluso el ruido de la columna vertebral al romperse. Después, Heather cayó con leves sacudidas. Aunque debía de estar inconsciente, de su garganta aún se escapaban unos gemidos.

Debió de adivinar que era Heather. Ella fue quién cobró la pieza más codiciada: Maxim Smolin. Hubiera tenido que comprenderlo todo desde un principio. Bond tomó la Luger y no vaciló: un solo disparo directamente a la encantadora cabeza. No sintió el menor remordimiento. La muerte fue súbita y las náuseas que tuvo se debieron tan sólo al punzante dolor que experimentaba en el brazo izquierdo.

Bond se acercó lentamente al otro cuerpo: pertenecía a uno de los dos guardianes. Estaba muerto, tenía el pecho atravesado por dos balas. Bond hubiera deseado que fuera Mischa.

Volvió a consultar el reloj y contempló el cielo progresivamente más claro. El tiempo se le echaba encima. Respiró hondo y apretó los dientes. Tendría que correr como un condenado y sólo Dios sabía lo que podría hacer cuando llegara a la villa. Y, sin embargo1 parte de su misión ya estaba cumplida: la traidora había sido descubierta y eliminada. Las probabilidades de salvar a los demás eran muy escasas, pero, aun así, tenía que intentarlo.

23. El Arrebato Chino

Pensó que le iban a estallar los pulmones a causa del esfuerzo; corría con mayor rapidez que cuando abandonó la casa, seguido de cerca por los «Robinsones». El dolor que sentía en los pulmones, combinado con el que sentía en los muslos y en las piernas, le hizo olvidar en parte el tormento de su brazo herido y fracturado. Se había colocado el brazo roto en el interior del mono y sostenía la Luger en la mano derecha.

Corrió sin descanso, tropezando con las piedras y levantando el polvo de la carretera que casi le conduciría hasta el promontorio y la villa. No intentó siquiera calcular el tiempo que había transcurrido, pero estaba seguro de que era bastante. Al cabo de una eternidad, llegó a la elevación situada por encima de la villa y se arrodilló para que no le vieran. Apoyándose en el hombro derecho, se incorporó para echar un vistazo.

A pocos metros más abajo, vio una mancha amarronada y unos restos humanos esparcidos a su alrededor, como si un niño caprichoso se hubiera entretenido en descuartizar dos muñecos: era lo que quedaba de los dos «Robinsones» que había quemado la víspera.

Bond captó un movimiento en la fachada de la villa. El guardián que no había acompañado a Heather, se hallaba agazapado junto a la entrada principal con la pistola ametralladora lista para disparar, vigilante y alerta. Chernov debía de estar nervioso, pensó Bond. Ya se habría enterado de la muerte de los dos «Robinsones» en las inmediaciones de la villa y estaría preocupado por la tardanza de los otros dos. Habría allí dentro muchos dedos dispuestos a apretar un gatillo, aunque suponía que Chernov aguardaría el regreso de Heather. Nadie hubiera apostado un céntimo por la supervivencia de Bond teniendo tantas probabilidades en contra.

Chernov estaría dentro en compañía de Mischa, preparando la matanza ritual. El momento de las ejecuciones ya debía de estar muy próximo. Lenta y dolorosamente, Bond trató de situarse detrás de la casa, consciente de que la bomba de relojería estaba a punto de estallar. Bajó poco a poco y se levantó una vez más. La parte trasera de la casa se encontraba a unos cincuenta metros de distancia, que cubrió rápidamente inclinando el cuerpo hacia un lado, tal como había hecho durante el camino de vuelta desde el templo de Pak Tai. Es curioso, pensó, cómo se modificaba el sentido del equilibrio cuando uno tenía un brazo fuera de combate. Llegó al murete sin que nadie le viera y avanzó en silencio hacia la casa.

De repente, se oyó un sonido procedente del otro lado de la villa, el sonido que Bond más temía escuchar desde que iniciara el camino de vuelta a la casa: un penetrante grito de mujer, que más parecía el de un animal sometido a un doloroso suplicio. En su mente apareció la vívida imagen de Ebbie con la boca abierta a la fuerza mientras Chernov sostenía un bisturí en la mano, dispuesto a inflingirle el terrible castigo.

En aquel momento, el guardián dobló la esquina para echar un vistazo a la parte de atrás. Se detuvo en seco con la boca abierta. Levantó la pistola ametralladora, pero, antes de que pudiera disparar, la Luger de Bond vibró un par de veces y dos balas le penetraron en el pecho, derribándole al suelo como si fuera un bolo. Mientras se acercaba, Bond creyó percibir un movimiento a su derecha por el rabillo del ojo, pero, al volverse con la Luger a punto, no había nadie. Era una broma que le había gastado la luz matutina.

De pronto, se oyó un grito procedente de la parte anterior del jardín y el rumor de unos pies que corrían, pero, antes de que apareciera nadie por la esquina, Bond se abalanzó sobre el guardián y le arrancó la pistola ametralladora que, sólo por el tacto, identificó como una Uzi. Era una versión reducida, y tenía la caja plegada; se preguntó por que razón el KGB utilizaba armas israelíes.

Mischa dobló la esquina en el instante en que Bond levantaba la Uzi con una sola mano, y disparaba contra el hombre de confianza de Chernov una descarga que casi le partió por la mitad. Disparó mientras corría y se encontró en la parte anterior de la villa casi sin percatarse de ello.

– Suelte el cuchillo y no se mueva -le gritó a Chernov, que es encontraba de pie junto a la puerta sin más arma que el bisturí y con el rostro más pálido que la cera.

Chernov se encogió de hombros, soltó el bisturí y levantó las manos.

Maxim Smolin, Susanne Dietrich y Jungla Baisley aún se encontraban encadenados en un rincón, mientras que Ebbie yacía amarrada a una plancha colocada sobre tres caballetes de aserrar.

– ¡Dios mío, la cosa iba en serio! -exclamó Bond-. Usted debe de estar loco, Chernov.

– La venganza no es sólo el placer de los dioses -dijo Chernov, retrocediendo asustado; en sus ojos seguía brillando una mezcla de furia y decepción-. Un día, James Bond, todos los fantasmas de SMERSH se levantarán para aplastarle. Eso será una venganza.

Bond raras veces experimentaba el deseo de causar daño a otra persona, pero, en aquel momento, se imaginó a Chernov alcanzado por los tres dardos de acero de la pluma letal: uno en cada ojo y uno en la garganta. Sin embargo, tenía que apresar vivo a Chernov.

– ¡Ya lo veremos! -contestó-. Las llaves, mi general. Quiero soltar estas cadenas.

Chernov vaciló un instante; luego sus manos se extendieron hacia la mesa donde se encontraban las llaves.

– Tómelas con cuidado -Bond dominaba ahora por completo la situación-. Suélteles.

Chernov volvió a dudar mientras sus ojos parpadeaban, mirando hacia un punto situado a la espalda de Bond. No, pensó éste, no caeré en esta vieja trampa.

– Haga lo que le digo, Kolya…

Bond sintió que se le erizaban los cabellos de la nuca y se volvió, dejando la frase inconclusa.

– Yo que tú, Jacko, depositaría el arma con mucho cuidado sobre la mesa.

Norman Murray había penetrado en silencio por la puerta principal, empuñando en la mano derecha una PPK Walther, modelo especial de la policía.

– ¿Cómo…? -preguntó Bond sin dar crédito a lo que veían sus ojos.

– Kolya -dijo Murray muy tranquilo-, yo dejaría las llaves donde están. La venganza que desea tendrá que retrasarse un poco porque tengo la sensación de que pronto subirán unos visitantes. Siento llegar tan tarde, pero fue bastante complicado evitar a mi gente y a los británicos.

Chernov emitió un sonido ininteligible.

– Bueno, para poder salir con seguridad, tendremos que utilizar a este Bond como garantía, ¿no es cierto? -preguntó.

– ¡Norman! -exclamó Bond, retrocediendo-. Pero, ¿qué demonios…?

– Ah, Jacko, los males de este perverso mundo. ¿Recuerdas el encantador libro de Robert Louis Stevenson, La isla del tesoro? Es un gran libro. ¿Recuerdas la escena en que el joven Jim Hawkins conoce al proscrito Ben Gunn? Bueno, el viejo Ben Gunn intenta explicarle a Jim cómo se entregó a la piratería, y le dice: «Todo empezó jugando a los dados sobre las benditas lápidas sepulcrales.» Bueno, pues supongo que a mí debió de ocurrirme algo parecido. Ahora, deja este cañón sobre la mesa, Jacko Bond.

Éste se volvió de espaldas y depositó cuidadosamente la Luger al lado de las llaves.

– Ahora, manos arriba, Jacko.

– Tengo un brazo roto.

– Bueno, pues, mano arriba. Qué pedante eres, Jacko.

Cuando se volvió de cara, levantando muy despacio la mano derecha, Bond ya había conseguido sacar la pluma del bolsillo superior del mono y ahora la mantenía oculta en la palma de la mano derecha. Dos traidores, pensó; y el segundo, nada menos que un oficial de la Rama Especial de la República de Irlanda. Un hombre que mantenía relaciones secretas muy especiales con el Servicio británico de espionaje y que incluso colaboraba con el propio «M» en persona.

– Muy bien -añadió Murray-. Tal como te estaba diciendo, Jacko, todo empezó, en cierto modo, jugando a los dados sobre las lápidas de las tumbas; sólo que lo mío eran los caballos. El viejo chiste de siempre, caballos lentos y mujeres rápidas. Las deudas y una dama que me comprometió una noche en Dublín y me embroquetó como un pavo en Navidad. Quiero que sepas que lo mío no fue una cuestión de política, sino más bien de dinero.

– ¿Dinero? -repitió Bond en tono despectivo-. ¿Dinero? Entonces, ¿por qué te molestas en rescatarme de Chernov?

– Verás, es más bien una tapadera. A nadie se le ocurriría descubrir su propia tapadera, ¿no crees, Jacko? Yo jugaba, en realidad, a tres bandas: con mi gente, con vosotros los británicos y con estos tipos. Soy un agente triple, Jacko, y no supe que el secreto había sido descubierto hasta que te vi en el aeropuerto de Dublín. Pero eso ya es agua pasada.

– No te preocupes, Norm. Y no vuelvas a decirme que no te llame Norm porque ahora eres el camarada Norm.

– Quizá tengas razón. No sé cómo lo voy a pasar en aquel país. Hará un frío de mil diablos. Pero es que ahora todos me persiguen, Jacko. Tu jefe «M» va tras de mi con toda seguridad; por eso pienso largarme con Kolya -Murray miró a Chernov-. ¿No cree que deberíamos irnos, Kolya? Los sabuesos ya están al llegar. Me pisaban los talones cuando me fui de Dublín.

– Nos iremos en cuanto finalice este asunto -dijo Chernov, asintiendo muy serio.

Aprovechando aquella momentánea distracción, Bond pudo girar las dos piezas de la pluma en sentido contrario al de las manecillas del reloj con el índice y el pulgar de la mano derecha, colocando después el arma con la cara hacia afuera, y el pulgar en el gatillo.

– ¡Norman! -gritó, modificando la posición de su cuerpo de tal forma que quedara alineado con la cabeza de Murray. A continuación, apretó rápidamente el gatillo dos veces-. Lo siento, Norman -añadió mientras los dos dardos de acero dejaban unos pequeños orificios rojos en la cabeza del hombre de la Rama Especial, precisamente por encima de sus ojos.

– ¡Jacko!

La voz debió de ser un reflejo porque seguramente Murray ya estaba muerto cuando habló, inclinándose hacia adelante y soltando el arma mientras Bond aprovechaba el momento para recuperar la Luger que había sobre la mesa.

La misión ya estaba cumplida. Los que hubieran podido causar un escándalo habían muerto. Chernov sería una jugada maestra. Bastaría con efectuar una somera limpieza y facilitar una explicación plausible a la prensa.

– Bueno, pues, Kolya Chernov… -la voz de Bond no era tan firme como él hubiera deseado porque apreciaba de veras a Murray-. Tome las llaves y suelte a esta buena gente -y mirando a Ebbie, Bond añadió-: Cuando estés libre, ve al teléfono y marca el número que yo te diré, cariño. Es el del residente de mi Departamento en Hong Kong. Tendrás que cubrir al general mientras yo hablo con él. Ahora todo tiene que ser oficial.

Cuando Chernov le retiró las esposas, Ebbie se fue al teléfono. La conversación duró apenas tres minutos. Entretanto, los demás fueron liberados también. Jungla y Smolin, por propia iniciativa, encadenaron a Chernov, el cual parecía haber perdido toda su capacidad de luchar.

Bond colgó el teléfono y apoyó la mano sana sobre la mesa. Sintió una leve presión en el hombro y una mano que se deslizaba por su brazo hasta posarse sobre la suya.

– Gracias -dijo Ebbie con la voz entrecortada por la emoción-. Te estoy muy agradecida, James.

– No es nada -dijo él.

Experimentó de nuevo un intenso dolor, la cabeza le empezó a dar vueltas y se le doblaron las piernas. En un remoto rincón de su mente, se alegró de poder olvidar.

James Bond recuperó el conocimiento en una habitación privada de hospital. El residente del Servicio se encontraba junto a su lecho. Bond le conocía muy bien porque hablan trabajado juntos, una vez en Suiza y otra en Berlín. Bond no tardó en advertir que tenía el brazo izquierdo escayolado.

– Tienes dos fracturas y algunos desgarros musculares.

– Pero, dejando esto aparte -dijo Bond sonriendo-, ¿le ha gustado la comedia, señora Lincoln?

Era una antigua broma que ambos solían compartir en otros tiempos.

– «M» te felicita y quiere que te comunique su severa reprimenda por el hecho de haber permitido que esta chica te acompañara hasta aquí.

Bond cerró los ojos; se sentía profundamente cansado.

– No es fácil detener a una chica como Ebbie. No te preocupes, no es el único error que he cometido.

– Quiere que regreses a Londres. Los médicos dicen que mañana podrás dejar el hospital, pero que deberás quedarte aquí un par de semanas. Nuestro jefe ha accedido a ello a regañadientes. Los matasanos te quieren vigilar el brazo, ¿comprendes?

– ¿Y los demás? -preguntó Bond.

– Todo arreglado. Sin jaleos ni preguntas. A Chernov le han enviado a Londres, esta tarde. Por cierto, tú estuviste fuera todo el día.

– Abridle en canal -dijo Bond, haciendo una mueca reveladora de una insólita crueldad innata en él.

– De momento, negamos cualquier conocimiento sobre el asunto. Los nuestros le someterán a severas pruebas antes de que el hecho trascienda al público…, si es que alguna vez lo hace. Miss Dietrich, el joven Baisley y Maxim también se han ido. Smolin ha quedado inservible para las operaciones de campaña, pero ya le encomendarán algún trabajo en la sección del Bloque del Este del Cuartel General. Tú procura descansar, James. Ya has recogido hasta las últimas migajas de Pastel de Crema y ya no tienes que preocuparte por nada.

– ¿Dónde está Ebbie?

– Tengo una sorpresa para ti.

El residente hizo un guiño y abandonó la habitación. Un minuto más tarde, entró Ebbie Heritage. Se lo quedó mirando, y después se acercó a la cama.

– No quise dar mi brazo a torcer -dijo sonriendo-. No quise dar mi brazo a torcer y les dije que yo te cuidaría. Cuando me dijeron que sí, me llevé una sorpresa. Nos tratan a cuerpo de rey, James. Incluso tenemos guardaespaldas hasta que tú estés en condiciones de viajar.

– Buena falta me hacen -dijo Bond mientras Ebbie apoyaba la palma de una mano sobre la frente de James.

– Qué gusto me da -Bond tenía el brazo lesionado, pero otras partes de su cuerpo funcionaban a la perfección-. Tienes la mano muy fría.

– Hay un viejo dicho chino que dice: «La mujer con la palma fría tiene fuego bajo la falda» -contestó Ebbie, mirándole con dulzura.

– Jamás lo había oído -dijo Bond, parpadeando.

– Ah, ¿no?

– Jamás.

– Pues, es auténtico. Lo sé porque me lo dijo una vez un anciano caballero japonés.

Decidieron alojarse en el Hotel Mandarín, donde, a pesar de la escayola, ambos disfrutaron de dos semanas muy agradables.

Al fin, tomaron un vuelo de la Cathay Pacific. Mientras la alfombra de luces de Hong Kong se perdía de vista, la simpática sobrecargo se acercó a ellos para presentarse.

– ¿Míster Bond? ¿Miss Heritage? Bienvenidos a bordo -esbozaba una ancha sonrisa y tenía una risa contagiosa-. ¿Lo pasaron bien en Hong Kong?

– De maravilla -contestó Ebbie.

– Ha sido una estancia llena de sorpresas -añadió Bond.

– ¿Estuvieron de vacaciones? -preguntó la sobrecargo.

– Fueron, más o menos, unas vacaciones de trabajo.

– Y ahora regresan a Londres -la sobrecargo soltó casi una risotada-. Esta ruta tiene un nombre especial en la Cathay Pacific, ¿saben ustedes?

– ¿De veras? -dijo Ebbie, tomando un sorbo de champán.

– Pues, sí. A esta ruta de Hong Kong la llamamos «Arrebato Chino», ¡ja, ja!

Ebbie se rió de buena gana mientras Bond esbozaba una sonrisa burlona.

– Seguro que volveremos -dijo-. Algún día volveremos.

John Gardner

***