/ Language: Español / Genre:love_contemporary

Noches en el desierto

Jessica Hart

Claudia intentaba no deprimirse pensando en las cosas buenas que pudieran aportarle los treinta, mientras se acomodaba en el avión, dispuesta a emprender un largo viaje para celebrar su cumpleaños. Y su compañero de asiento, David Stirling, desde luego no era la mejor compañía. Pero tenían que hacer el viaje juntos, les gustara o no. Peor todavía, en las dos semanas siguientes tendrían que fingir ser marido y mujer. La situación no era la ideal, pero tenían algo en común: él iba a cumplir años también, cuarenta, y tampoco estaba tan mal físicamente.

Jessica Hart

Noches en el desierto

Título Original: Birthday bride (1998)

CAPÍTULO 1

¡OTRA VEZ esa mujer! La boca de David esbozó una mueca de disgusto, al tiempo que la observaba avanzar, mirando el número de su asiento en la tarjeta de embarque. Era alta y delgada, con el cabello rubio ceniza y un aire de seguridad que la impedía darse cuenta de que estaba bloqueando el pasillo con el equipaje. Al conocerla, le pareció tonta y superficial y, en ese momento, le estaba poniendo nervioso. Su arrogancia le recordaba demasiado amargamente a Alix.

Desde luego era guapa, admitió David para sí, si te gustaba ese aire inteligente y superior. Él prefería las mujeres de rostro dulce y vestir femenino. Ella iba vestida con indudable elegancia y colores neutros: unos pantalones, una blusa de seda y una chaqueta ancha sobre los hombros. Tendría un aspecto mucho más delicado con un vestido bonito, pensó David, aunque si se parecía un poco a Alix, delicado sería una palabra no muy indicada para describirla.

La mujer seguía revisando los números iluminados y David miró al lugar vacío que había a su lado con una repentino presentimiento. Miró hacia arriba justo cuando los ojos de ella miraban hacia abajo, y ambas miradas se encontraron como reconociéndose. Entonces, él notó, esbozando una mueca casi divertida, que a ella tampoco le alegraba a sentarse a su lado.

No “alegrarse” era demasiado suave, Claudia estaba consternada. Después de una mañana de trabajo frenético y un caótico viaje al aeropuerto para tomar el vuelo de las siete desde Londres, no sólo tenía que tomar un avión que parecía pegado con pegamento y atado con cuerdas, también tenía que sentarse con aquel hombre sarcástico que la había hecho sentirse como una estúpida en Heathrow.

Por un momento, Claudia consideró la idea de pedir a la azafata que le cambiara el asiento, pero parecía que el avión iba bastante lleno y estaba segura de que el hombre sabía el número que había impreso en su tarjeta. Si se daba cuenta de que ella quería cambiarse, pensaría que le daba vergüenza sentarse a su lado y Claudia no tenía intención de darle aquella satisfacción.

De todas maneras, ¿por qué iba a dejarse intimidar por él? Aquel hombre parecía un ejecutivo sin ningún encanto y sin sentido del humor. Lo que tenía que hacer era simplemente ignorarlo.

La muchacha se sujetó más firmemente la bolsa sobre el hombro y miró el número. No se había equivocado, el asiento de al lado del hombre era el 12B. Justo cuando iba a pasar, en completo silencio, el hombre sacó unos documentos y enterró la cabeza en ellos. ¡Desde luego, no podía haber dejado más claro que pensaba ignorarla!

Los labios de Claudia formaron una línea apretada. Había algo en aquel hombre que la inquietaba. ¡Además, era ella quien quería ignorarlo! Pero no, pensó enseguida, sería mucho más divertido molestarlo. Después de dos horas y media de conversación frívola y superficial, el hombre iba a lamentar haber abierto la boca en Heathrow.

La idea hizo que los labios de Claudia se curvaran en una sonrisa de satisfacción. Después de todo, quizá disfrutara de aquel vuelo.

– ¡Hola otra vez! -dijo alegremente, sentándose al lado del hombre.

David, desconfiando de aquella sonrisa, hizo un gesto brusco con la cabeza y dijo algo entre dientes, antes de concentrarse de nuevo en la lectura. ¿Cómo podía ser tan descarada?

– ¡Vaya coincidencia que nos toque juntos! -continuó la muchacha, con voz animada-. No me di cuenta que también iba a Telama'an.

Claudia se inclinó hacia delante para colocar el bolso bajo el asiento y David fue consciente del perfume que emanaba su pelo rubio.

– ¿Por qué iba a saberlo? -respondió el hombre irritado, con la vista fija en el informe.

Pero Claudia, encantada al ver que la barbilla del hombre se tensaba más por la irritación, se negó a darse por aludida.

– Creí que se quedaría en Dubai -replicó-. Ya sabe, es divertido imaginar los destinos de los compañeros de viaje.

– No -dijo él.

Ella fingió ignorarlo.

– Sencillamente no le imaginaba en un lugar como Shofrar -declaró, recostándose en el asiento y mirándolo provocativamente.

– ¿Y por qué no? -replicó, a pesar de que seguía sin querer hablar con ella.

– Bueno, Shofrar parece un lugar tan excitante… – dijo la muchacha, felicitándose a sí misma por su estrategia, más divertida que un silencio incómodo y frío.

– ¿Por qué no dice abiertamente que piensa que soy una persona demasiado aburrida para ir allí?

– ¡Oh! No quería decir eso -exclamó, abriendo mucho los ojos.

David cometió el error de mirar dentro de aquellos ojos y descubrió que eran enormes y de un color extraño entre el azul y el gris.

– Es sólo que Shofrar parece muy primitivo y subdesarrollado, un lugar romántico -replicó. El hombre consiguió apartar la vista-. Cuando lo vi en Heathrow, pensé que parecía demasiado convencional para el país -Claudia en ese momento se tapó la boca con la mano, como si hubiera dicho algo sin pensar-. ¡Oh, cielos! Creo que he sido un poco grosera, ¿no? No era mi intención -mintió-. Diré mejor que parecía una persona estabilizada y de confianza. Usted parece el tipo de hombre que nunca daría a su esposa un motivo de preocupación y que siempre que fuera a llegar tarde la llamaría.

David se sintió irrazonablemente molesto por aquellas virtudes. Estabilidad y confianza siempre fueron cualidades para él valiosas, pero en boca de aquella mujer sonaban a aburridas y estúpidas.

– No tengo esposa. Y puede que le interese saber que he viajado muchas veces a Shofrar, seguramente mucho más que usted. Le diré más: no es un lugar romántico, es duro. Hace mucho calor y es poco fértil, con pocas comunicaciones y sin facilidades para los turistas. Usted es quien va a sentirse fuera de lugar en Telama'an, no yo. Puede que parezca convencional, pero conozco el desierto y estoy acostumbrado a sus condiciones. Usted es demasiado caprichosa. ¡Oh, cielos! Eso ha sido un poco grosero, ¿verdad? -dijo, imitándola-. Me refiero a caprichosa por su lujoso estilo de vida, eso es todo. Creo que va a Telama'an porque cree que va a encontrar algo fantástico.

– ¿De verdad? -fue entonces cuando le tocó el turno de enfadarse a ella y lo miró con el ceño fruncido- ¿Y qué le hace pensar que no he estado en Telama'an nunca?

– He visto su bolsa de viaje -explicó David, haciendo un gesto hacia debajo del asiento-. Nadie que haya estado en el desierto llevaría la mitad de lo que usted lleva.

Claudia se mordió el labio. Estaba empezando a lamentar haber provocado a aquel hombre. ¿Por qué no era un hombre educado y sensible? ¿Por qué no olvidaba el desagradable incidente de Heathrow?

Había habido retraso en el vuelo y los otros pasajeros estaban dando vueltas y quejándose. Los bebés lloraban, los niños se pegaban y los empleados del aeropuerto no paraban de gritarse órdenes con sus aparatos de transmisión, pero el hombre que estaba sentado frente a ella estaba leyendo con una tranquilidad y concentración increíbles.

Era castaño de pelo y tenía uno de esos rostros austeros que no decían nada, pero Claudia, fascinada por su aspecto frío y contenido, había descubierto en él cierto atractivo. Claudia estaba secretamente avergonzada por el hecho de que los viajes la pusieran tan nerviosa. Pensaba que con su edad, veintinueve años, tenía que estar curada de despegues y aterrizajes de aviones. Y, aunque intentaba mantener la compostura por sí misma, descubrió que le daba seguridad mirar a aquel hombre que parecía trabajar tan tranquilo y completamente ajeno al caos que los envolvía.

Claudia estaba acostumbrada a la frenética actividad de una compañía de producción para televisión y vivía bajo una presión continua y un pánico atroz. Ese hombre no parecía saber el significado de la palabra pánico. Posiblemente fuera horrible trabajar con él, decidió. Sería muy eficiente, sí, pero tremendamente aburrido.

Por alguna razón, los ojos de Claudia fueron hacia la boca del hombre. Bueno, quizá no exactamente aburrido, corrigió. Nadie que tuviera una boca así podría ser realmente aburrido. Parecía firme y frío, pero su boca hablaba también de algo intrigante y Claudia se preguntó cómo sería su sonrisa.

Fue entonces cuando él miró hacia arriba y Claudia se encontró con un par de ojos grises cuya expresión la hizo ruborizarse. El hombre se inclinó hacia adelante.

– ¿Pasa algo? -preguntó.

– No.

– ¿No se ha vuelto mi pelo azul? ¿No me sale humo de las orejas?

– No.

– Entonces, tendrá que explicarme por qué lleva veinte minutos mirándome así.

Las últimas palabras hicieron que el rubor de las mejillas de Claudia se intensificara.

– ¡Nada! ¡No tengo el menor interés por usted! Estaba… simplemente pensando.

– En ese caso, ¿no podría pensar mirando a otra persona? Estoy intentando trabajar y no es fácil concentrarse con un par de ojos mirándome con ese descaro.

– ¡La verdad es que no sabía que pensar en mis propios asuntos pudiera ser tan molesto para alguien! -dijo la muchacha, levantándose-. Iré a aquel rincón y me quedaré en pie con los ojos cerrados, ¿de acuerdo? ¿O también mi respiración le molesta?

El hombre parecía profundamente irritado.

– No me importa lo que hace o dónde está, mientras deje de mirarme como si estuviera pensando si comerme o no.

– ¿Comerle? ¡Me temo que mis gustos son mucho más agradables! Sólo me serviría para acompañar una taza de café.

Si con eso pensaba enfadarle, había fallado estrepitosamente. El hombre la miró con expresión de incredulidad un momento, luego hizo un gesto con la cabeza, como si pensara que era demasiado estúpida como para seguir hablando con ella, y volvió a sus papeles.

Claudia se levantó furiosa con tan mala fortuna que la cinta de la bolsa de viaje que intentaba colocarse en el hombro, se rompió debido al peso y se cayó a los pies del hombre.

No le habría importado que él hubiera dado un salto. No le habría importado que él hubiera dicho algo desagradable o hubiera mirado, o cualquier otro tipo de reacción, pero ni siquiera miró hacia arriba. En lugar de eso, miró unos segundos a la bolsa sin decir nada y luego continuó su lectura. Desde luego, no podía dejar más claro que ella le parecía una persona tan agotadora y tonta que no merecía la pena prestarle ninguna atención.

¿Y qué si pensaba que ella estaba intentando atraer deliberadamente su atención? La idea puso en acción a Claudia, que se agachó y agarró la bolsa por la tira rota. Ésta había aterrizado boca arriba, pero ahí terminaba la suerte de Claudia. No se dio cuenta de que la cremallera estaba abierta y al levantarla, la bolsa se dio la vuelta y el contenido se cayó a los pies del hombre.

A Claudia le pareció que todo sucedía a cámara lenta. Barras de labios, maquillaje, perfume, cepillos de dientes… toda una exhibición de cosméticos aparte de su monedero, la cámara, una almohada de viaje, gafas de sol, carretes de repuesto, una novela, toallitas de papel, bolígrafos, caramelos de menta, un osito de peluche que llevaba siempre de viaje desde niña, llaves, tarjetas de crédito, un pendiente que llevaba años buscando, la fotografía de su querido perro, un broche barato que Michael le había regalado una vez como broma, incluso una muda para el vuelo… Todo cayó alrededor de los pies del hombre y bajo su asiento con total libertad.

Claudia cerró los ojos. “Por favor”, rezó, “que cuando abra los ojos de nuevo, no haya ocurrido nada”. Pero cuando hizo acopio de fuerzas y abrió los ojos, el hombre seguía sentado allí, rodeado por todas sus pertenencias mientras la bolsa vacía colgaba de uno de sus hombros.

Con un suspiro, el hombre dejó sus papeles en el asiento de al lado y se inclinó para alcanzar el sujetador que había quedado sobre uno de sus pies. Lo agarró con la punta de los dedos y miró a Claudia.

– Sin duda lo necesitará -dijo.

La muchacha lo agarró rápidamente.

– Lo siento -murmuró.

Luego, arrodillándose, comenzó a meter desesperadamente todo en el bolso, pero la humillación la hacía comportarse torpemente y, al terminar, la mitad del contenido volvió a caérsele. Para empeorar las cosas, en lugar de cambiarse de sitio, el hombre se inclinó para ayudarla, alcanzándola sus cosméticos y sus objetos de valor sentimental sin hacer ningún comentario, cosa que era mucho más humillante que cualquier sarcasmo.

– Pasajeros del vuelo GP920 hacia Dubai y Menesset listos para embarcar -dijo un altavoz, para alivio de Claudia.

– Por favor, no se moleste -aconsejó, con los dientes apretados cuando el hombre miró hacia la pantalla-. Vaya usted, yo recogeré todo.

El hombre se levantó, metió los papeles en su maletín con una tranquilidad insultante, comparada con la prisa de ella por llenar la bolsa y sacó su tarjeta de embarque del bolsillo de la chaqueta. Viajaba en primera clase, notó Claudia con amargura. El hombre hizo un gesto de despedida y se dirigió hacia la puerta de embarque, aunque antes se detuvo para recoger una barra de labios que había rodado por el suelo.

– Noches de pasión -leyó, mientras se lo daba a Claudia-. No querrá perderlo, ¿verdad? Uno nunca sabe cuándo puede necesitarlo.

Y con aquel final sarcástico se marchó, dejando a Claudia arrodillada en el suelo.

Por lo menos iba en primera clase, se dijo para darse confianza a sí misma, así que no había peligro de sentarse a su lado. Además, seguro que se quedaría en Dubai. Con eso Claudia respiró hondo, pensando en que nunca más pondría los ojos sobre aquel hombre que había visto su torpeza.

Y la verdad es que ella pensaba fingir que nunca había sucedido… hasta que se metió a aquel avión enano y se dio cuenta de que iba a pasarse dos horas y media al lado de él. Era lo normal con el año de mala suerte que llevaba. Parecía que el último año de la década de los veinte iba a ser hasta el último día desgraciado, pensó con resignación. ¿Se levantaría al día siguiente y descubriría que los treinta iban a ser totalmente diferentes?

Dio un suspiro y miró al hombre con un inevitable resentimiento. En vez de conocer a alguien joven y atractivo en el viaje, se tropezaba con un estúpido de edad mediana. Por lo menos debía de tener cuarenta años, decidió Claudia. Para ella los cuarenta habían sido siempre una edad incierta de la mitad de la vida, aunque al día siguiente la diferencia de ambos se reduciría a diez años.

No parecía estar a punto de comenzar a cobrar su pensión, pensó Claudia, estudiándolo más detenidamente. Había en él solidez, además de un aire seguro y equilibrado, como si hubiera aprendido a conocerse y estuviera en paz consigo mismo. Era una pena que su expresión fuera tan arrogante. Sería verdaderamente atractivo si sonriera.

Lo observó cuidadosamente, preguntándose cómo respondería a un intento de seducción, pero cuando sus ojos llegaron a la boca de él, decidió no intentarlo. Había algo en su aparente decisión, o en la manera en que estaba sentado leyendo aquel informe lleno de gráficos y cifras, que hacía casi imposible la seducción.

Pero a ella siempre le habían gustado los retos, ¿no era cierto?

Claudia sacó las instrucciones de vuelo que tenía frente a su asiento, y simuló leerlas mientras pensaba cuidadosamente su estrategia. No tenía muchas esperanzas de conseguir que se riera, pero sería divertido conseguir la mayor información posible sobre su persona. ¡Si pensaba que iba a ser capaz de ignorarla durante dos horas y media, estaba muy confundido!

– Este avión parece tremendamente viejo -declaró la muchacha, tratando de recomenzar la conversación después del incidente del aeropuerto-. ¿Cree que es seguro?

– Por supuesto que es seguro -dijo David, sin levantar la vista de sus documentos. ¡Debería de haberse imaginado que ella no iba a permanecer callada durante mucho rato!-. ¿Cómo demonios no iba a serlo?

– Bueno, de momento no parece muy nuevo -respondió, tocando la tela raída que cubría los asientos-. ¡Mírelo! Este tipo de decoración es de los sesenta. ¿Dónde ha estado desde entonces este avión?

– Volando entre Menesset y Telama'an, me imagino -aventuró, dejando claro que no era tan fácil que alguien lo distrajera de su lectura-. ¿Qué hay de malo en el avión? Aparte de que a usted no le guste la decoración, por supuesto.

Claudia miró a su alrededor a la vez que el avión se encaminaba hacia la pista de despegue. Había sólo cuarenta pasajeros más.

– No me había dado cuenta de que fuera tan pequeño -confesó Claudia.

David pasó una página, intentando con el gesto insultarla.

– Telama'an no es un lugar grande -dijo, con aburrida indiferencia.

– Espero que sea lo suficientemente grande como para tener un aeropuerto -exclamó Claudia, irritada por la impasibilidad del hombre-. ¿O van a lanzarnos con paracaídas cuando estemos en el lugar justo?

En ese momento la miró con tal desprecio, que ella deseó no haber conseguido nunca que él apartara la vista de sus documentos.

– No sea ridícula. Hay un aeropuerto hace varios años, aunque el tamaño de este avión sea el mayor que pueda aterrizar por el momento. Será diferente cuando el nuevo aeropuerto esté terminado, claro. Telama'an es una de las regiones más lejanas de Shofrar, pero estratégicamente es muy importante y el gobierno quiere desarrollar la zona. Ahora no hay más que un pequeño oasis en mitad del desierto, y los jeques quieren una infraestructura completa: un aeropuerto, carreteras, agua, energía eléctrica… es un gran proyecto.

¡Oh, cielos, era uno de esos hombres que leen en vez de contestar!

– Parece que sabe mucho del tema -dijo, abanicándose con el papel de instrucciones para no pensar mucho en el despegue.

– Es mi deber. Estamos contratando ingenieros para el proyecto.

La muchacha se giró y lo miró fijamente.

– Pero es la empresa de ingenieros GKS quien contrata, ¿verdad?

Por su parte, David la miró con un profundo desprecio. ¿Qué tenía esa estúpida mujer que ver con GKS?, pensó.

– ¿Cómo lo sabe?

– Mi prima está casada con el ingeniero que va a llevar el proyecto… Patrick Ward. ¿Lo conoce?

El corazón de David dio un vuelco. Era el colmo que ella fuera a visitar a la gente con la que él pasaba la mayor parte del tiempo en Telama'an. ¡Ni allí iba a poder quitársela de encima!

– Sí, claro que conozco a Patrick y a Lucy.

– Muy bien, les diré que lo he conocido -dijo Claudia, alegre por conseguir uno de sus objetivos-. ¿Cómo se llama?

– David Stirling -admitió, tras una pequeña pausa.

– Yo soy Claudia Cook -replicó, a pesar de no ser preguntada.

Lo miró de reojo y pensó si decidirse a darle la mano o no. Finalmente decidió que no. Ya había sido un enorme triunfo conseguir saber el nombre y, mirando su mandíbula, pensaba que David Stirling no era el tipo de hombre al que pudiera presionársele. Era mejor mantenerse en una conversación normal, mucho más efectivo.

– ¿Entonces es usted ingeniero?

– Más o menos -contestó él, maldiciendo su suerte.

No sólo iba a pasarse dos horas y media con aquella pesada, si no que no iba a poder ponerla en su sitio, como era su deseo. Era muy amigo de Lucy y Patrick, así que no podía decirle que se callara y se metiera en sus propios asuntos. Sin embargo, era difícil creer que hubiera relación entre ellos. Los Ward eran una de las parejas más simpáticas que él conocía, mientras que aquella mujer era una entrometida desagradable.

A pesar de sí mismo, de repente se puso a observarla. Tenía una piel bonita, eso o iba muy bien maquillada. Probablemente sería lo último, decidió David. Aquellas pestañas eran demasiado largas, oscuras y espesas para ser naturales, sobre todo si se las comparaba con el color dorado del cabello. Y veía perfectamente la marca de lápiz de ojos.

De repente le vino a la mente una imagen de Alix en el espejo de su cuarto de baño, la boca apretada para concentrarse, sujetándose el párpado con una mano para que no se moviera, mientras que con la otra dibujaba una línea por encima de las pestañas. David no estaba preparado para ese tipo de imágenes, todavía dolorosas. Alix le había enseñado una lección importante y todavía era cauteloso con las mujeres que se le parecían.

Mujeres con el aspecto de Claudia.

Seguro que trabajaba en marketing, o quizá en prensa o televisión. Algo que le diera la oportunidad de besar a gente rica, o ir por ahí con una tarjeta en la solapa que la hiciera sentirse importante. Iría a fiestas y tendría un trabajo agotador, aunque se pasara la mayor parte del tiempo hablando por teléfono para conseguir una cita.

David sonrió para sí mismo. Claro que había conocido a chicas como Claudia y, desde luego, no había peligro de sentirse impresionado lo más mínimo.

El avión había girado, se había detenido un momento al final de la pista y se había lanzado a toda velocidad, para despegar en el último momento. Claudia contuvo aire y se concentró en la respiración. David Stirling iba a quedarse con las ganas de enterarse de que tenía miedo. ¡Ella no iba a darle la satisfacción de comportarse como una histérica!

Pero aún así, fue un alivio escuchar la señal de que los letreros de “No fumar” se apagaban y que el avión tomaba altura. Se giró hacia David y lo encontró leyendo su informe. No iba a dejar que se concentrara en su trabajo, ¿verdad?

– ¿Vive usted ahora en Telama'an como Patrick? -preguntó, al parecer con una curiosidad tremenda.

– No -dijo entre dientes, con el gráfico bailándole hacia arriba y hacia abajo. David pensó que aquellos ojos enormes y esa voz efusiva no le engañaban ni un minuto. Sabía perfectamente que ella, por alguna extraña razón, había decidido provocarlo. Bien, no iba a darle la satisfacción. Pronto se aburriría de su cortesía fría.

– Paso la mayor parte del tiempo en Londres, en la compañía.

– ¿Y por qué va ahora a Telama'an?

– Tengo una serie de reuniones importantes -dijo, tratando de mantener la calma-. Estamos llegando a la última fase del proyecto y queremos conseguir que el gobierno firme con nosotros la siguiente etapa. Pero hay otras compañías que intentan lo mismo y tenemos bastante competencia.

El hombre dio un suspiro resignado.

– La decisión final recae en el jeque local, que es primo del sultán y no es un hombre fácil de convencer. Después de varios meses pidiendo hablar con él, finalmente hemos conseguido una entrevista especial pasado mañana y es muy importante que pueda ver antes al resto del equipo. Con eso no le estoy diciendo que tengo que revisar ahora esos informes, por supuesto, pero si usted es tan…

– ¡Vaya casualidad! -exclamó Claudia, antes de que pudiera terminar de disculparse-. Yo también tengo que llegar pasado mañana.

– ¿De verdad? ¿Y por qué?

La muchacha se acercó a él.

– ¡Mañana cumplo treinta años y voy a una fiesta a encontrar mi destino!

– ¿A encontrar qué?

– Mi destino. Hace años una echadora de cartas me dijo que no me casaría hasta que cumpliera treinta años y que conocería a mi marido en un lugar pequeño donde hay mucho espacio y arena.

– Así que ha tomado un avión para el desierto a la primera oportunidad y ha topado con un pobre desgraciado.

– Oh, no. Sé exactamente quién será él. La echadora de cartas me dijo que las letras J y D serían muy importantes, así que estoy segura de que lo reconoceré enseguida. Lucy va a hacer una fiesta para que lo conozca en mi cumpleaños, de manera que tengo que estar allí pasado mañana.

– No va a decirme que Lucy cree esas estupideces. Siempre creí que era una mujer inteligente.

– Estaba allí cuando la echadora de cartas me lo dijo -respondió solemnemente-. Teníamos sólo catorce años y la impresionó bastante -añadió, omitiendo el hecho de que ambas habían estallado en carcajadas y que Lucy se había estado riendo de ella porque tenía que esperar a cumplir los treinta.

A los catorce, los treinta resultan muy lejanos. Ella nunca había imaginado llegar a envejecer tanto, o que pudiera casarse alguien a esa edad. Cuando había conocido a Michael, incluso había bromeado con Lucy acerca de la falsa echadora de cartas.

Pero Michael no había querido comprometerse al final, o por lo menos no con ella, y allí estaba con casi treinta años y tan solitaria como la adivinadora había predicho.

– ¡No puedes pasarte el día de tu treinta cumpleaños sola! -le había dicho Lucy, cuando Claudia la había llamado para decirle que su relación con Michael había terminado.

– Estoy tan triste que no me importa nada -había respondido Claudia-. No quiero hacer una fiesta donde todo el mundo se compadezca de mí.

– Ven entonces a Shofrar -le ofreció Lucy-. Aquí nadie sabrá nada de Michael y podrás mostrarte como quieras. Será estupendo, haremos una fiesta el día de tu cumpleaños y conocerás a Justin Darke.

– ¿Justin qué?

– Justin Darke. Es un arquitecto americano que trabaja con Patrick y que es increíblemente guapo. ¡Te hablo de alguien impresionante, Claudia! Nada más conocerlo pensé que era perfecto para ti… mucho mejor que ese crápula de Michael. Este arquitecto es guapísimo, cariñoso, sincero, soltero… ¿qué más quieres?

– Debe de haber algún fallo -contestó Claudia, cuya experiencia con el sexo masculino la habían convertido en una persona bastante escéptica. Los hombres guapos, cariñosos y sinceros no iban por ahí solteros sin ningún motivo.

– ¡Pero es que no hay fallos! Es un tipo estupendo -insistió Lucy-. Y sé que le gustarás tú. Le enseñé una foto el otro día y dijo que parecías muy atractiva.

– No me siento muy atractiva en este momento.

– Sólo necesitas a alguien que te suba un poco la moral… y Justin es tan encantador que será imposible que no te sientas mucho mejor.

A Claudia comenzó a gustarle la idea.

– Me imagino que me vendrá bien cambiar de aires.

– Claro que sí. Un cambio de escenario, un hombre atractivo… no volverás a acordarte de Michael -rió Lucy-. ¿Te acuerdas de la adivinadora, Claudia? ¿Te acuerdas lo que dijo de la arena y las iniciales y lo de cumplir treinta años? Desde luego aquí hay mucha arena y las iniciales de Justin son J y D…

– ¿Y voy a tener treinta años? ¡No me lo recuerdes!

– Piensa un poco, ésta es la oportunidad de conocer tu destino -terminó Lucy dramáticamente. Ambas rieron.

– No pensaré en nada. Después de este último año con Michael, lo que menos me importa es mi destino. Simplemente iré a pasármelo bien.

No fue fácil conseguir dos semanas libres en aquella época del año, pero cuando Claudia tomaba una decisión, conseguía su propósito. Al día siguiente sacó el billete. Desde entonces todo parecía irle mal, pero Claudia apretaba los dientes y se decía a sí misma que merecía la pena el viaje sólo por dar un abrazo a Lucy. Iba a pasárselo bien en Telama'an aunque le costara la vida… ¡Y mientras tanto iba a disfrutar molestando a David Stirling!

– ¿Ha hecho todo el viaje para conocer a un hombre que espera tenga las iniciales correctas?

– ¿Por qué no? -preguntó, con los ojos brillantes.

– Bueno, al verla viajar sola supuse que era inteligente, aunque lo disimulara -dijo cáusticamente David-. ¡Nadie tan desesperado como usted viajaría a Telama'an sin una buena razón!

Claudia pensaba que estar un tiempo al sol y divertirse eran razones suficientes para ir a cualquier lugar, sobre todo después de aquel año horroroso, pero eso no era asunto de David Stirling.

– No lo entiende -añadió dramáticamente-. ¡Estoy en un punto crucial de mi vida! Voy a cumplir treinta años mañana y no puedo seguir con la vida que he llevado hasta ahora. ¡Tengo que darme una oportunidad!

– ¿Qué oportunidad?

– Encontrar a mi media naranja, por supuesto. J.D. está esperándome en el desierto… lo sé. Lo único que tengo que hacer es llegar hasta él.

David hizo una mueca.

– ¿J.D.? Seguramente Lucy ha buscado a alguien con esas iniciales.

– Puede.

– ¿Quién? ¿Jack Davis? Está casado. ¿Jim Denby? No creo. ¡Ah! ¡Justin Darke! -exclamó súbitamente. ¿Cómo no había pensado en él?

– Mis labios están sellados -dijo Claudia, dándose cuenta de repente que en su decisión por molestar a David Stirling corría el riesgo de avergonzar al amigo americano de Lucy.

David notó la vacilación en los ojos de Claudia y sacó sus propias conclusiones. Justin Darke era suficientemente guapo, pero no era el adecuado para una mujer como Claudia Cook, de eso estaba seguro. ¿Sabría lo que Lucy y Claudia había planeado para él? La primera cosa que haría al llegar a Telama'an sería advertir a Justin, aunque había una firmeza en la actitud de Claudia que haría falta más que un consejo de amigo para detenerla.

David hizo un gesto con la cabeza.

– ¡Pobre Justin!

– No sé de qué está hablando -mintió Claudia-. Y, en cualquier caso, si supiera a quién voy a conocer se estropearía todo. Lo único que sé es que voy a una fiesta mañana por la noche, el resto lo dejo en manos del destino.

CAPÍTULO 2

– PARECE que mañana le espera un día muy duro. No sólo tendrá que cumplir treinta años, sino que se habrá de encontrar con su destino -dijo David, con tono sarcástico.

Claudia lo miró con un brillo peligroso en los ojos.

– ¿Pero es que no se da cuenta de que ambas cosas están ligadas? Los treinta años suponen una encrucijada en la vida de cualquier persona. ¿O no es así?

– ¿Lo es?

– ¡Claro que sí! Es el momento de decidir lo que uno quiere eliminar de su vida, es el momento de cambiar de dirección, el momento de dejar de ser joven y afrontar la madurez.

– ¿Sabe usted una cosa? Que lo más difícil de creer es que vaya a cumplir treinta años mañana.

Claudia se quedó sorprendida. Sabía que se conservaba muy bien, pero no se esperaba un cumplido de ese hombre. Quizá debería de haber intentado flirtear con él, después de todo.

– Gracias…

– Porque -la interrumpió David- nunca pensé que nadie que pasara de los cinco años pudiera hablar con tal falta de conocimiento.

¡Se acabaron los cumplidos! Claudia lo miró fijamente, tratando de controlarse.

– Supongo que usted no tuvo ninguna crisis a los treinta… ¿O quizá es que ese día está tan lejano que no puede acordarse? -añadió con rencor.

– Estaba demasiado ocupado para tener ninguna crisis.

– Bueno, espere a tener cincuenta. Entonces se dará cuenta de que siempre ha estado tan ocupado trabajando que nunca se ha parado a pensar por qué lo hace. Y quizá ese día también descubra que ya es demasiado tarde para hacer nada al respecto. ¡Entonces estará en crisis!

– Es posible -dijo David, disgustado con lo que ella le acababa de decir-, pero no tengo intención de preocuparme ahora por eso. Además, todavía no he cumplido ni los cuarenta. Me queda un mes para vérmelas con esa crisis.

– ¿De verdad? -preguntó Claudia con un tono insultante-. ¿Cuándo es su cumpleaños?

– El diecisiete de septiembre -dijo, a sabiendas de lo que ella iba a replicar.

– Entonces, es Virgo -asintió Claudia, aunque no estaba segura de qué día los Virgo se convertían en Capricornio. ¿O era en Libra?

David pensó que ésa era la mujer más idiota y exasperante que había conocido jamás. Decidió que no iba a aguantarla más, a pesar de que fuera la prima Lucy.

– Eso es. Ahora, si me perdona, tengo trabajo.

– ¡Por supuesto! -dijo Claudia con un tono de arrepentimiento exagerado-. Siento mucho haberlo molestado. Me limitaré a leer esta revista en silencio y no se enterará de que estoy aquí.

David pensó que eso sería casi imposible. Ella era la típica chica que podía estar en una habitación a oscuras y en completo silencio y aún así molestarlo a uno.

Bajó la vista de nuevo hacia el informe que estaba leyendo, tratando de volver a concentrarse. Claudia comenzó a echarle miradas de soslayo, maravillada de su capacidad de trabajo. También se fijó en la configuración enérgica de su mandíbula.

No era un hombre guapo. Tenía la boca fina y su cara delataba inteligencia, pero había una aire de reserva en él, como si se presentara a sí mismo, de un modo deliberado, bajo llave. No cabía duda de que bajo esa imagen, latía una fuerte personalidad.

Se había quitado la chaqueta y llevaba arremangadas las mangas de su camisa blanca. Claudia notó el vello negro que cubría sus antebrazos y para evitar el contacto con ellos colocó los brazos sobre el regazo. Luego trató de no mirar tan descaradamente, pero pudo ver por el rabillo del ojo cómo le latía el pulso del cuello.

Al mismo tiempo pudo notar que su propio pulso en la garganta, estaba algo acelerado. Debía de estar algo tensa.

¿Estaría David Stirling alguna vez algo tenso? ¿Qué podría hacer que ese hombre perdiera el autocontrol y que su pulso latiese desenfrenadamente?

Al mismo tiempo que pensaba en eso, pasó una página de la revista y vio que había un artículo sobre sexo. No podía leerlo con ese hombre sentado a su lado. El artículo hablaba sobre los placeres sexuales según las diferente edades. Ya no tenía sentido leer lo que decía acerca de los veinte años. Mejor centrarse en lo que decía de las mujeres de treinta años:

Las mujeres de treinta han dejado atrás todas las inseguridades de las veinteañeras. Tienen más aplomo y se sienten más a gusto consigo mismas.

Han aprendido lo que les gusta y lo que les disgusta, y tienen la madurez, suficiente para dirigir sus vidas.

– Me encantan las mujeres de treinta -dice un hombre de la calle-. Son más interesante que las jovencitas porque tienen algo que decir por sí mismas. Saben lo que quieren y van a por ello. Creo que es con mucho la edad más sensual. Son muchas las mujeres que mejoran de aspecto a los treinta. Conocen mejor sus cuerpo y eso les ofrece un mayor atractivo y seguridad que cuando tenían veinte.

Claudia no se podía creer ese cúmulo de tonterías. Realmente ella sabía exactamente lo que quería aunque aún no tuviese los treinta. Quería llegar a Telama'an y beberse un gin-tonic helado. Objetivos poco ambiciosos para comenzar una nueva década de su vida.

Claudia cerró la revista con un suspiro. David seguía leyendo el informe. Realmente algo no debía de marchar muy bien en un hombre que podía concentrarse de esa forma, pero no se atrevió a interrumpirlo. Seguramente debía de ser porque todavía no tenía la confianza que otorgaba pasar de los treinta. El día siguiente sería diferente.

Miró alrededor en busca de nuevas diversiones. Al otro lado del pasillo iba sentado un musulmán que la miró fijamente con sus ojos oscuros. Claudia le sonrió.

– Disculpe si la he mirado con demasiada fijeza, pero es que no es habitual encontrarse un mujer tan guapa en el viaje hacia Telama'an.

A Claudia le encantó el cumplido. El hombre se presentó a sí mismo como Amil y pronto estuvieron enfrascados en un discreto flirteo.

– ¿Estará usted mucho tiempo en Telama'an?

– Sólo un par de semanas. Después tendré que regresar al trabajo.

– ¿Y el trabajo no puede esperar algo más?

– Me temo que no. Trabajo para una productora de televisión y estamos muy ocupados en estos momentos.

David no pudo evitar escuchar la conversación. ¡Tendría que haberse imaginado que esa mujer trabajaba para la televisión! Intentó concentrarse de nuevo en el informe, pero no pudo.

Claudia se dio cuenta del enfado del hombre y redobló sus esfuerzos de coquetear con Amil. Le iba a enseñar a David que algunos hombres la encontraban atractiva. Se volvió hacia Amil y le sonrió.

– Pero ya hemos hablado bastante de mi trabajo. Estoy segura de que su vida es mucho más interesante que la mía.

¡Dios, qué mujer más irritante! David corrigió una palabra del informe con más vigor del necesario. Finalmente, la conversación entre los otros dos cesó, aunque su alivio le duró poco.

Claudia no paraba de moverse. Se retocó el maquillaje, se dio crema de manos, se limó las uñas y se perfumó. El caro y sutil perfume que ya había asociado con ella, lo invadió por completo, aunque se concentró en ignorarlo, mientras hacía que consultaba el índice.

Por supuesto, ya sólo le quedaba retocarse el peinado. David trató de no mirar cómo le brillaba el cabello con la luz del sol que pasaba a través de la ventanilla, mientras ella sacaba el peine del bolso y se lo comenzaba a cepillar.

Claudia se comenzó a aburrir. David la estaba ignorando y eso hizo que perdiera la gracia el intentar provocarlo. Miró el reloj. Todavía faltaba hora y media para llegar. Amil iba charlando con su vecino y la revista parecía expresamente diseñada para hacerla parecer una vieja. Dio un suspiro y se puso a tamborilear con los dedos sobre el brazo de su asiento.

Eso terminó de exasperar a David, que arrojó el bolígrafo enfadado.

– ¿Es que no puede estarse quieta ni dos segundos? -preguntó con los dientes apretados.

– ¡Si estoy quieta! -se defendió ella, ofendida.

– No lo está. Está moviéndose todo el tiempo y encima se pone a hacer ese irritante ruido con los dedos…

– ¿Y qué quiere que haga?

– No quiero que haga nada. Sólo que se esté quieta.

– No puedo estarme quieta. Tengo que estar haciendo algo.

– ¿Por qué no prueba usted a pensar? Esa podría ser una nueva experiencia para usted. El esfuerzo de utilizar el cerebro debería de entretenerla durante cinco minutos al menos.

– Ya he estado pensando -se defendió Claudia, herida en su orgullo.

– Me sorprende. ¿Y en qué ha estado pensando?

– Pues he estado pensando en por qué Patrick le habrá ofrecido trabajo a alguien tan arrogante y maleducado como usted.

David se quedó mirándola durante un momento.

– ¿Qué le hace pensar que Patrick me dio trabajo?

– Sé que es el ingeniero que se encarga del proyecto, así que usted debe depender de él. Y sé que no le gustaría que le hablase de su comportamiento conmigo.

– ¿Cree usted que me despediría?

A Claudia no le gustó la mirada de David, así que apartó la cabeza.

– Eso depende de lo amable que sea usted durante el resto del trayecto.

– ¿Y cree usted que me dejará seguir con el proyecto si me porto como es debido?

Antes de que Claudia pudiera responder, un ruido extraño proveniente del ala del avión que se podía ver a través de la ventanilla llamó su atención.

– Estoy segura de que algo no marcha bien -dijo preocupada-. Ese motor está haciendo ruidos extraños.

– No sea ridícula. ¿Qué podría no marchar bien?

– No lo sé. No entiendo nada de motores.

– Entonces, ¿por qué cree que tiene capacidad para pensar que hace ruidos extraños? -David se puso una mano en la oreja con gesto de burla-. Yo creo que suena bien.

– Eso es lo que siempre se dice en las películas de catástrofes. Al comienzo, siempre aparecen personas con reacciones normales, como las nuestras.

– No hay nada de normal en la manera en la que usted se ha estado comportando durante el viaje.

– Todos están tomando café y charlando y ninguno de ellos se ha dado cuenta de que algo terrible va a ocurrir… pero están a salvo porque cerca suele estar Bruce Willis o Tom Cruise que se encargará de salvarlos. Yo lo único que tengo es a un ingeniero cuya única preocupación es que me esté quieta.

– Esto es increíble. ¡Le digo que no hay nada malo en el ruido del motor!

Al decir esas palabras se oyó una fuerte sacudida en el motor y éste se paró, con lo que el avión se inclinó sobre uno de los lados. Comenzaron a oírse grito de pánico, ya que al resto de pasajeros les había sorprendido la repentina deceleración.

Claudia agarró la mano de David de manera instintiva. Él sintió cómo los dedos de ella se le clavaban en la carne y vio que sus ojos se oscurecían de terror.

– No tema -dijo con firmeza-. Seguro que el piloto puede devolverlo a la posición normal. Todo está bajo control.

El avión se enderezó, debido a que el piloto aumentó la potencia del motor que quedaba. Luego se oyó un mensaje en árabe por el interfono. Claudia, que no podía entender nada, lo interpretó como un mensaje catastrófico. Pero David, para su sorpresa, entendía el árabe.

– No se preocupe, dice que la situación está bajo control. Hemos perdido un motor, pero no existe ningún problema en proseguir el vuelo. En cualquier caso, nos dirigimos al aeropuerto más cercano para solucionar el problema -la voz de David era de lo más tranquila-. Así que puede relajarse.

– No me podré relajar hasta poner los pies en tierra firme.

David le dijo que sólo quedaban veinte minutos para aterrizar, lo que sonó a Claudia como una eternidad. El hombre siguió hablando con el mismo tono de voz para tratar de tranquilizarla, pero ella no oyó nada de lo que le dijo.

Cuando se oyó que bajaba el tren de aterrizaje, Claudia se preparó para un aterrizaje de emergencia. Finalmente tomaron tierra suavemente.

El avión se detuvo y pudieron observar que fuera había un par de edificios prefabricados y una torre de control, junto a unos edificios polvorientos a lo largo de un camino del que se levantaba una neblina provocada por el calor.

– ¿Dónde estamos? -quiso saber Claudia.

– En un lugar llamado Al Mishrab -dijo David, mirando a través de la ventanilla-. Esto era antes una terminal de gas, por eso hicieron este aeropuerto. Ahora ya no se usa, pero ocasionalmente aterrizan aviones.

– Entonces no es una escala habitual.

– Se podría decir así.

– ¿Qué va a pasar ahora?

– Según mi experiencia en Shofrar, podría decir que no mucho.

Y tenía razón. Algunos de los pasajeros estaban en pie, gritando y gesticulando, pero pasaron varios minutos antes de que una escalera apareciera al otro lado de la puerta. Hacía un calor terrible y, cuando abrieron, el olor del fuel oil entró de lleno en la cabina. Claudia arrugó la nariz disgustada.

Inmediatamente después, los pasajeros se agolparon intentando salir, pero era inútil apresurarse y David esperó a que bajaran todos para mirar a Claudia.

– ¿Está bien?

– Sí.

– En ese caso, ¿cree que puede devolverme la mano?

– ¡Oh! -exclamó Claudia, soltando la mano de él como si le hubiera picado, mientras sus mejillas se encendían intensamente-. No me di cuenta; es que… olvidé…

– No se preocupe -dijo la voz fría de David, al tiempo que metía su informe en el maletín y se levantaba.

Claudia permaneció unos segundos más sentada, completamente avergonzada por haber estado tanto tiempo agarrada de la mano de él como una niña pequeña. Él debía pensar que era patética.

– Ha sido muy amable -declaró secamente-. Gracias.

David siguió a Claudia a lo largo del pasillo hasta la salida.

Dentro del edificio prefabricado que había servido de sala de espera hacía mucho más fresco que fuera. Un ventilador desde el techo movía el aire sin entusiasmo y las voces de los pasajeros hacían eco en las paredes de la sala. David y Claudia se sentaron en unas sillas de plástico naranja llenas de polvo y esperaron.

Al principio, Claudia estaba demasiado contenta por estar viva y en suelo firme de nuevo, como para preocuparse por la situación. También se alegraba de estar sentada al lado de David intimidada, más de lo que estaba dispuesta a admitir, por el calor, la luz deslumbrante de fuera y ese edificio ruinoso donde nada parecía funcionar.

A Claudia no le gustaba la sensación de no controlar la situación y era consciente, desgraciadamente, de que la presencia arrogante y desagradable de David la convertía en una persona terriblemente insegura.

Los minutos pasaban lentamente. Claudia miraba a un cartel que anunciaba lo que imaginó sería una bebida suave. Las moscas revoloteaban en el opresivo calor y zumbaban cerca de sus oídos hasta que ella las espantaban con un gesto brusco. El plástico del asiento resultaba muy desagradable.

Con impaciencia, miró el reloj por undécima vez y se estiró en la silla. Llevaban allí casi una hora.

– ¿Qué pasa? -exclamó finalmente.

David suspiró. Debía de haber imaginado que ella no iba a ser capaz de estar sentada en silencio durante mucho tiempo.

– El piloto y dos hombres de la tripulación están revisando el motor. Estamos esperando a que vengan y nos digan qué va a pasar… -se detuvo y se puso rígido al ver que en la entrada aparecía el piloto-. Aquí están.

Claudia se levantó de un salto.

– ¡Vamos a ver qué pasa!

– Yo iré a hablar con él. Usted espere aquí.

Ella abrió la boca para protestar, pero algo en el rostro de David la obligó a cerrarla y volver a su asiento.

Observó a David acercarse al piloto. Era alto y delgado y se movía con una agilidad que la hizo recordar a un gato o a un atleta que se concentra en la carrera que va a comenzar. Los otros hombres parecían reconocer la autoridad de su presencia, porque se apartaban instintivamente para dejarle pasar.

Claudia sólo podía ver su espalda mientras hablaba con el piloto, pero a juzgar por los gestos de frustración y las reacciones de los otros hombres que escuchaban, las noticias no eran buenas. De hecho, la expresión del rostro de David al darse la vuelta reflejaba seriedad.

– El avión se ha estropeado -explicó al llegar-. Van a desviar el próximo vuelo para que vengan a recogernos.

– Muy bien, por lo menos es algo -dijo Claudia, que había esperado algo mucho peor-. ¿Cuándo llegará?

– Dentro de dos días.

– ¿Dos días? ¡Dos días! -repitió alarmada.

David se metió las manos en los bolsillos y suspiró.

– Has oído bien -dijo, tuteándola por vez primera.

– ¡Pero no pueden tenernos en este estercolero dos días!

– Al parecer, hay algo semejante a un hotel en la ciudad. Probablemente, se construyó cuando esto funcionaba, así que también estará un poco ruinoso.

– Me daría igual que me consiguieran el Ritz -gritó Claudia-. Mañana es mi cumpleaños y no voy a quedarme aquí. ¿Por qué no envían otro avión ahora mismo?

– Shofrar no es un país turístico. Tienen pocos vuelos y ahora mismo están todos los aviones ocupados.

– ¡Estupendo! -Claudia se levantó y comenzó a pasear de un lado a otro con los brazos cruzados-. ¡Tendrá que haber algo que podamos hacer! ¿Y un autobús?

– Creo que es bastante improbable que haya un servicio entre este lugar y Telama'an. Recuerda que el avión se ha desviado para aterrizar aquí.

– ¿Un taxi entonces?

– Esto no es Piccadilly, Claudia. No puedes llamar a un taxi para que te saque del desierto. Por aquí no hay ni siquiera carreteras.

– Lo que no comprendo es cómo puedes quedarte ahí sin hacer nada.

David miró hacia abajo. Le gustaba esa mujer cuando se enfadaba.

– No creo que poniéndome histérico, como es habitual en ti ante el más pequeño percance, consiga hacer aparecer un avión -replicó él.

– ¿Quieres decir que no vas a hacer nada? -preguntó disgustada-. ¿Y qué pasa con tu reunión? Creí que tenías la misma necesidad de ir a Telama'an que yo.

– Tengo la intención de ir tan pronto como sea posible -respondió, con mirada fría-. Si fueras capaz de callarte y escuchar, me habrías oído decir que voy a intentar conseguir un vehículo. Dudo que se pueda alquilar uno por aquí, pero puede que sea posible comprarlo.

– ¿Comprar un coche? Pero…

– ¿Pero qué?

– Bueno… No se puede cruzar el desierto en un coche, ¿no?

– Se puede si sabes lo que estás haciendo y, afortunadamente, yo lo sé. He pasado temporadas en Shofrar y puedo llegar a Telama'an solo.

¿Había dicho la última palabra con deliberado énfasis? Claudia comenzó a jugar con su anillo, mientras comenzaba a arrepentirse de la rapidez con la que había juzgado la actitud de él.

– No llevo mucho dinero encima -dijo la mujer-. Pero si me llevas contigo, estoy segura de que Patrick te dará la mitad del coste. Yo le pagaría cuando volviera a Londres. Si aceptases que te acompañe, te estaría muy agradecida -añadió incómoda.

Desde luego tenía unos ojos maravillosos, pensó David. Eran de un color entre el azul y el gris; un color como de humo suave y profundo, como una luz sobre las montañas. Un tipo de ojos donde era fácil que los hombres se perdieran. Unos ojos que podían hacer que se olvidara de respirar.

David apartó la mirada. Claudia era el tipo de mujer que le desagradaba por completo. Era estúpida y superficial, le había molestado y exasperado deliberadamente para provocarlo y sabía perfectamente que era capaz de asesinarla antes de llegar a Telama'an. Que tuviera unos ojos que quitaban el aliento no era razón suficiente para que la llevara con él. Si fuera sensato diría que no.

– De acuerdo -aceptó enfadado-. ¡Pero no quiero quejas! Será un viaje duro, y si empiezas a gemir y a quejarte, te sacaré del coche y te irás andando.

– ¡Gracias! -el rostro de Claudia se iluminó con una sonrisa que provocó un nudo en la garganta de David. No la había visto sonreír y le sorprendió descubrir cómo iluminaba su rostro y hacía más profundo el azul de sus ojos-. No lo lamentarás -prometió-. No te molestaré. Haré todo lo que tú digas.

– ¡Eso sólo podré creerlo cuando lo vea! -dijo David, metiéndose las manos en los bolsillos y frunciendo el ceño, enfadado por su propia reacción.

Maldita sea, lo último que necesitaba en ese momento era darse cuenta de lo joven, encantadora y guapa que era esa mujer cuando sonreía. La reunión de Telama'an era fundamental para el futuro de la firma y era eso en lo que tenía que concentrarse, no en ojos bonitos y sonrisas inesperadas.

– Iré a ver qué encuentro -añadió bruscamente-. Quédate aquí.

– De acuerdo -Claudia estaba tan contenta por la decisión de él, que no se dio cuenta del tono brusco.

Por un momento había creído que iba a negarse a llevarla, y en realidad, no habría podido culparlo. El comienzo de su relación no había sido maravilloso precisamente. Pero, desde ese momento, la relación iba a mejorar sensiblemente.

Esperó obedientemente hasta que David volvió, pero nada más ver su cara supo que no había tenido éxito.

– He hablado con varias personas -dijo-. Puede que sea posible encontrar algo, pero no se puede hacer nada aquí, hay que ir a la ciudad. Parece ser que están intentando conseguir un autobús, mientras tanto tendremos que esperar.

– Tengo la sensación de que llevo todo el viaje esperando -suspiró Claudia.

– Creí que no ibas a quejarte.

– No ha sido una queja, ha sido un comentario -murmuró ella, interrumpiéndose enseguida para evitar comenzar una discusión. Había prometido ser encantadora y no podía arriesgarse a que la dejara allí.

Suspirando, se cruzó de piernas, en un intento por ponerse cómoda, luego las descruzó, al ver que no daba resultado. Momentos después las cruzó en el otro sentido.

– ¡Por Dios santo, tranquilízate!

Claudia abrió la boca para decirle que estaba aburrida e incómoda, pero se lo pensó mejor.

– Me ha dado un calambre en la pierna. Voy a caminar un poco.

Se encaminó hacia la ventana y se quedó mirando cómo descargaban el equipaje en una especie de bandeja enorme destrozada. Allí estaba Amil, el musulmán con el que había hablado en el avión, que, con aire decidido, agarraba su maleta. Claudia le hizo una seña con la mano cuando el hombre entró en la estación.

– ¿Va a esperar el autobús?

– Afortunadamente da la casualidad de que conozco aquí a varias personas. Una de ellas me ha conseguido un coche -explicó-. Tengo que estar mañana en Telama'an y, si salgo ahora mismo, creo que podré llegar a tiempo.

– ¡Qué suerte tiene! -gritó Claudia-. Los demás nos quedaremos aquí hasta no sé cuando.

– ¿Tiene prisa por llegar a Telama'an?

– Tengo que estar mañana allí.

– Entonces, ¿por qué no viene conmigo? -sugirió Amil-. Será un viaje largo e incómodo y habrá que pasar la noche en un oasis, pero sería la única manera de llegar mañana a Telama'an. Para mí será un placer llevarla.

– ¿Ir con usted? -preguntó, pensando a toda velocidad. Amil parecía encantador, pero era un desconocido y ella no conocía las costumbres de Shofrar. Sería una imprudencia confiar en él.

Por otro lado, no podía soportar malgastar dos preciosos días de sus vacaciones esperando a que David consiguiera o no encontrar un coche. No podía pasar su cumpleaños allí y Amil le ofrecía la oportunidad perfecta.

No podía arriesgarse, sin embargo.

– Es usted muy amable… -empezaba a decir, cuando vio a David por encima del hombro de Amil.

Estaba sentado en las sillas de plástico y miraba hacia ellos con expresión seria y la mandíbula apretada.

– Nos encantaría ir con usted. Espere y se lo contaré a mi marido.

CAPÍTULO 3

LA SONRISA de Amil quedó congelada un segundo en su rostro.

– ¿Su marido?

– David. ¿No sabía que estoy casada?

– No -dijo Amil, tratando de recuperarse de la sorpresa-. Debe perdonarme, pero creí que viajaba sola cuando conversamos hace un rato.

– Lo siento, debí presentarlos -dijo Claudia, con expresión inocente-. Estaba sentado a mi lado en el avión. Soy terriblemente cobarde en los aviones y tuvo que darme su mano durante todo el trayecto.

Era evidente que Amil se había dado cuenta del gesto.

– ¿Ése era su marido?

– Por supuesto -respondió, abriendo mucho los ojos-. No iba a tomar la mano a un desconocido, ¿no cree?

– Claro que no -admitió Amil con una sonrisa. Claudia pudo ver cómo el hombre pensaba un segundo, tratando de ordenar la mente-. Por supuesto, estaré encantado de llevarles a su marido y a usted.

– Es usted muy amable -replicó agradecida, pensando que quizá no habría hecho falta mentirle. ¿Cuándo va a salir?

– Lo antes posible.

– Iré a decírselo enseguida a David. No tardaré nada.

Desde el otro lado de la sala, David la vio acercarse apresuradamente, todo sonrisas. Esta vez se preparó a sí mismo, controlando la respiración.

– ¿Por qué estás tan contenta?

– He conseguido que nos lleven a los dos a Telama'an. Salimos ahora mismo.

– ¿Que has conseguido qué?

– Amil va a llevarnos allí.

– ¿Quién demonios es Amil?

– Estaba sentado al otro lado del pasillo, a mi altura, en el avión -explicó, pensando que David tendría que alegrarse más de la noticia.

– Ah, sí. El hombre con el que estabas flirteando descaradamente. ¿Por qué no me lo dijiste así?

– Pues si estaba flirteando, estaba haciéndolo con el hombre perfecto y ha valido la pena. Tiene un coche esperándolo ahora mismo.

– ¿Cómo lo ha conseguido? -preguntó David, todavía sospechando. Ella hizo un gesto de impaciencia.

– Tenía amigos aquí y los ha llamado por teléfono. ¿Y qué importa, de todas maneras? Lo importante es que tiene que estar mañana también en Telama'an y que tiene sitio para nosotros.

David la miró acusadoramente.

– ¿Y yo también entro en su generosa invitación? No he hablado una palabra con ese hombre y, después de cómo lo mirabas, juraría que lo último que desea es que vaya yo de carabina.

– Bueno, eso te lo iba a explicar ahora… Le he dicho que eres mi marido -añadió en voz baja.

– ¿Que le has dicho qué? -gritó David. Claudia le hizo un gesto de silencio.

– Le he dicho a Amil que estamos casados -susurró.

– ¿Y por qué demonios le has dicho eso?

– He tenido que hacerlo -Claudia miró hacia atrás nerviosa, temiendo que Amil se acercara antes de que a ella le diera tiempo a explicarle todo a David-. No podía ir yo sola con él. No lo conozco nada, sólo sé que tiene un coche.

– Tampoco sabes nada de mí, pero eso no te ha impedido proclamar que estamos casados.

– Tú eres amigo de Lucy y Patrick, así que es como si te conociera un poco. De todas maneras, creí que ibas a estar agradecido -añadió.

– ¿Agradecido? ¿Agradecido por tener que fingir que estoy casado con alguien como tú? -protestó furioso. ¿Cómo se atrevía a meterle en ese juego estúpido? ¡El descaro de esa mujer era increíble!

Incluso Alix se habría pensado dos veces antes de acercarse a un perfecto desconocido y proponerle algo así.

– ¡Debes estar bromeando!

– Escucha, dijiste que querías llegar a Telama'an mañana y ésta es la oportunidad que esperabas. Incluso aunque consiguieras un coche, tendríamos que esperar todavía a que viniera el autobús para llevarnos a la ciudad y eso puede suponer varias horas. Y luego, tendrías que encontrar el coche y hacer el trato… Hasta las doce de la noche por lo menos no íbamos a ponernos en camino. ¡Si vamos con Amil a esa hora estaremos cerca de Telama'an!

David se quedó pensativo y Claudia entonces decidió convencerle con un chantaje emocional.

– Por favor, ven. Mañana cumpliré treinta años y no quiero pasar mi cumpleaños aquí.

– ¿O es que tienes miedo a desperdiciar la posibilidad de conocer a Justin Darke?

– Los dos queremos estar cuanto antes en Telama'an, ¿no es así? Eso es lo que importa, ¿no?

– Lo único evidente para mí es cómo algunas mujeres están dispuestas a todo por conseguir su hombre -dijo David, dividido entre el deseo de ponerse en camino lo antes posible y el rechazo al método que Claudia estaba empleando para conseguir lo que quería.

Claudia volvió a mirar hacia atrás. En la entrada Amil la miraba, le hizo un gesto y el hombre comenzó a caminar hacia ellos.

La muchacha se volvió corriendo hacia David. Si quería que le suplicara, lo haría.

– Por favor, ven -rogó-. Tienes que comprender que no puedo ir yo sola y tú no tienes otra alternativa.

– ¡Sí, sólo puedo comportarme como si fuera el estúpido que se ha casado contigo!

– Por favor, di que sí -suplicó temerosa-. Viene hacia aquí. ¡Por favor!

– ¡Aquí están! Creí que se habían perdido -declaró educadamente Amil, disimulando su impaciencia.

Claudia se dio la vuelta y lo miró con una sonrisa amplia.

– Siento haber tardado tanto. Estaba hablando a mi marido de su generosa oferta -explicó, mirando a David que tenía una expresión impasible. Claudia dio un suspiro profundo y rezó por que no la dejara sola-. Amil, éste es mi marido, David Stirling.

Hubo una pausa que a Claudia se le hizo eterna. No se atrevía a mirar a David y éste a su vez estaba incómodo por la extraña situación en la que se veía metido. Esa mujer no tenía derecho a meterlo en sus ridículas mentiras y luego quedarse mirándolo de ese modo, con aquellos ojos grises y ese cuerpo delgado y duro, esperando, casi expectante a ver si él la denunciaba o no.

¿Qué haría ella si le decía a Amil que la había conocido esa misma mañana y que no se casaría con ella aunque le pagaran? Seguro que se ponía a llorar y eso David no lo soportaría. ¿No sería una escena mucho más embarazosa? Y de todas maneras, él quería llegar a Telama'an…

– ¿Qué tal? -dijo, extendiendo la mano, sintiendo que había pasado un punto del que no había vuelta atrás-. Es muy generoso por su parte ofrecerse a llevarnos. Espero no darle demasiadas molestias.

– No se preocupe -contestó Amil, estrechando su mano-. Me alegrará tener compañía.

Claudia dio un suspiro de alivio y juntó las manos. Amil se volvió hacia ella, preocupado.

– Tenemos un largo camino por delante. Estoy impaciente por llegar a Telama'an lo antes posible, así que había pensado salir inmediatamente, pero si están cansados…

– No estamos nada cansados -dijo Claudia con firmeza-. Lo único que queremos es salir enseguida -añadió mirando a David-. ¿No, cariño?

David le devolvió la mirada con cara seria.

– Sí, quiero llegar lo antes posible -admitió.

– Bien -si a Amil le pareció extraña la relación entre ambos, fue demasiado educado para mostrarlo-. Entonces, bien, el coche está fuera. Los esperaré hasta que consigan sus maletas.

David esperó a que Amil se alejara para acercarse a Claudia.

– ¿Qué es eso de cariño?

– La gente casada siempre se dice cosas así -respondió alegremente, mientras se encaminaban hacia donde estaban las maletas-. Creí que sonaría convincente.

– Convincente o no, si crees que voy a llamarte yo así, estás equivocada.

Claudia se detuvo, con una mueca de disgusto.

– ¿Ya no me amas? -dijo, mordiéndose el labio inferior.

David no estaba para bromas.

– No estoy de humor para juegos estúpidos -advirtió-. Si no fuera porque el hombre quiere salir en este momento, le habría dicho lo mentirosa que eres y te habría dejado sola para que se lo explicaras.

– Oh, no seas tan cruel -protestó, indiferente-. Por lo menos no tenemos que quedarnos aquí horas esperando a un autobús fantasma.

– Estoy empezando a pensar que cualquier cosa es preferible a soportar que me llames cariño.

– Ven a recoger tu maleta, cariño.

Poco después, abriéndose paso entre el grupo de personas, encontraron a Amil esperando cerca de la estación, al lado de una vieja furgoneta. Hablaba con dos hombres, pero levantó una mano en señal de despedida al verlos aparecer.

– Me temo que las maletas tendrán que ir atrás, en la cabina sólo hay sitio para los tres.

Recordando el comportamiento de Alix cada vez que tenía que enfrentarse a la más ligera incomodidad, David esperó a que Claudia protestara al tener que dejar su elegante maleta en la parte de atrás. Pero para su sorpresa, la mujer dejó el equipaje con decisión y subió a la cabina. Tampoco se quejó del asiento raído ni del ruido del motor al arrancar.

Pero lo cierto es que Claudia estaba tan eufórica con la idea de dejar Al Mishrab, que habría viajado en un camión de chatarra con alegría. Después del pasado año, en que todo le había salido mal, pasar su treinta cumpleaños allí sola habría sido el colmo. Pero en ese momento se dirigía hacia casa de Lucy y a la fiesta que la esperaba en Telama'an, como si la vida le hubiera permitido, finalmente, un descanso y ese viaje fuera un símbolo de que las cosas podían, después de todo, salir bien desde ese momento. Quizá ni le importara cumplir los treinta, pensó.

– ¿Cuánto tiempo cree que tardaremos en llegar a Telama'an? -preguntó a Amil.

– Depende de las carreteras -contestó-. Aquí hace mucho calor como para asfaltar, así que las carreteras son pistas que cruzan el desierto. Algunas veces la arena cubre la pista y es preciso intentar otro camino, arriesgándote a quedarte atascado en la arena. Pero si todo va bien, llegaremos a un diminuto oasis llamado Sifa esta noche. Son unas cuatro horas desde aquí. Luego otras doce o trece mañana para llegar a Telama'an.

De nuevo, David esperó las protestas de Claudia, y de nuevo se quedó sorprendido.

– Esperemos que no tengamos un pinchazo -fue todo lo que dijo.

David se la imaginaba calculando la hora en que llegarían a Telama'an. Sin duda, para imaginarse cuántas horas faltaban para estar cerca de Justin Darke, pensó con amargura, y sin saber por qué, se estiró incómodamente en el asiento.

La cabina estaba diseñada para que dos personas fueran cómodas. Amil y el conductor tenían un sitio cada uno, pero David y Claudia estaban en asiento y medio, y era imposible evitar tocarse el uno al otro. De hecho, David se echaba hacia la puerta para dejar a Claudia un poco más de sitio y había puesto el brazo por detrás del asiento. Eso significaba que su mano yacía cerca de la cortina del pelo rubio de ella. Cuando respiraba, podía oler el perfume de ella y cada vez que la furgoneta daba un quiebro, notaba el calor de su cuerpo contra el suyo.

– La furgoneta tiene aire acondicionado, pero es lo único bueno que se puede decir. No es muy cómoda para este tipo de carreteras.

– No importa -respondió alegremente Claudia-. Estamos tan contentos que ni siquiera nos importa dónde dormiremos esta noche.

– Me alegra que diga eso. Hay una pequeña pensión en Sifa, pero no es un lugar de turistas y las habitaciones son muy sencillas.

– No nos importa -aseguró de nuevo, mirando a David-. No nos importa dónde durmamos, con tal de que estemos juntos.

– Si tuviera una esposa tan guapa, tampoco a mí me importaría -dijo Amil educadamente.

Claudia entonces se apretó contra David, sabiendo lo que le molestaba.

– ¿Te lo puedes creer, cariño? Amil no sabía que estábamos casados hasta que se lo dije.

– Es extraordinario -fue su contestación.

– La verdad es que habíamos discutido -continuó Claudia, volviéndose hacia Amil-, la primera pelea que tenemos, y estábamos ignorándonos el uno al otro.

David la miró.

– Estoy seguro de que Amil no está interesado en nuestras discusiones, cariño -declaró él, antes de que ella siguiera contando más estupideces.

– ¿Llevan mucho tiempo casados?

– Sí -dijo David, a la vez que Claudia contestaba negativamente.

Hubo un silencio.

– Dice eso porque es como si lleváramos juntos toda la vida -dijo Claudia, con una risita que estaba segura de que molestaría a David-. La verdad es que nos casamos la semana pasada.

– ¡La semana pasada! ¿Entonces esto es su luna de miel?

– No -contestó rápidamente David-. Estoy aquí por motivos de trabajo y Claudia quería ver a una prima que vive en Telama'an.

– ¡Qué mentiroso, cariño! Sabes que no soportarías dejarme en casa.

En ese momento, Amil se concentró en la carretera, llena de arena en ese trayecto y David aprovechó para mirar furiosamente a Claudia, que hizo como si no se enterara de nada.

– ¡Cuidado con mi pie! -exclamó inocentemente.

– ¿Usted también trabaja en televisión, David? – preguntó Amil.

– ¡No! Yo soy ingeniero.

– Entonces, ¿trabaja en la base aérea que están construyendo en Telama'an?

Era evidente que Amil conocía el proyecto y ambos hombres comenzaron a hablar de algunos temas técnicos que pasaron indiferentemente por los oídos de Claudia. Esta los dejó hablar, alegre por estar tan cerca de Lucy, al tiempo que luchaba por no notar el cuerpo duro y esbelto de David, cada vez que la furgoneta pasaba un bache. Intentó concentrarse, en lugar de ello, en lo maravilloso que iba a ser cuando llegara al día siguiente a casa de Lucy. El viaje merecía la pena sólo por ver a su prima de nuevo.

Dejó su mente vagar y se entretuvo en pensar cómo sería Justin Darke. Esperaba que fuera tan encantador como Lucy le había dicho. Hasta ese día incluso había tenido una imagen clara del rostro de Justin, pero en ese momento los rasgos de David se entrometían de manera irritante.

Lo había conocido sólo hacía unas horas y ya podía recordar su rostro con cada mínimo detalle: la línea dura de sus pómulos, los ojos grises observadores, la boca firme… Era curioso recordar que había pensado al principio que era una persona de lo más vulgar. No se le podía llamar guapo, pero desde luego no era vulgar.

Siguieron el viaje. La pista parecía acabar en el horizonte, donde el sol se estaba poniendo con un despliegue de rojos y naranjas. Hechizada por el paisaje sin cambios, la cabeza de Claudia comenzó a seguir el movimiento de la furgoneta.

David se volvió hacia ella, notando que estaba casi dormida. ¿O quizá estaría pensando en Justin Darke? Lo cierto era que no había nada malo en Justin, sólo que no sabía si sería bastante hombre para manejar a Claudia. Ella lo desbordaría, pensó David.

Le resultaba difícil creer que la conocía sólo desde hacía unas pocas horas. Le parecía una persona intensa y exasperantemente familiar a esas alturas. Era como si su olor, el color de su cabello y la forma de su barbilla fueran parte de su vida. Tenía tanta sensualidad y atractivo como Alix, sólo que Alix no tenía ese brillo de malicia en los ojos. Y ella tampoco habría consentido nunca en montar en un vehículo como ése. Y menos aún, habría recorrido medio mundo pensando que podría encontrar un marido. Alix era capaz de encontrar un marido sin salir de casa, recordó con cierta amargura.

Se fijó en que Claudia estaba dando cabezadas. ¿Y si quería dormir, por qué no echaría la cabeza hacia atrás?, se preguntó David, sin darse cuenta de que entonces ella descansaría la cabeza sobre el brazo de él. La furgoneta dio una serie de saltos bruscos, por lo que Claudia se despertó por un momento, para inmediatamente volver a cerrar los ojos.

– ¡Por amor de Dios! -murmuró David y rodeó a la muchacha con su brazo, haciendo que apoyara la cabeza sobre su hombro. Claudia pareció resistirse, pero estaba tan dormida que pronto se adaptó a la comodidad que le ofrecía el fuerte brazo de él.

David se echó un poco más hacia la puerta, para dejarle más sitio. Ella se acomodó contra él y giró el rostro hacia su cuello, con un pequeño murmullo. En la oscuridad, David sentía la respiración de Claudia lenta y suave contra su piel. Sin darse muy bien cuenta de lo que hacía, David apoyó la mejilla contra el cabello de ella.

Amil les echó una mirada, fijándose en que Claudia estaba dormida. Así que bajó la voz para no despertarla.

– Es usted muy afortunado por tener una mujer como ésa. Ésta es una de las peores carreteras del país y, aunque se haya cansado, no se ha quejado ni una sola vez.

– Así es -admitió David, mientras sentía el calor que desprendía Claudia.

– Además, es muy bonita.

A David se le tensó el brazo que la rodeaba de un modo inconsciente, como si estuviera celoso.

– Sí, supongo que lo es.

Amil se sintió defraudado por esa respuesta tan escueta.

– No queda mucho para llegar al oasis. Sólo espero que haya alguna habitación libre en la casa de huéspedes. Desgraciadamente, esta zona del país no tiene hoteles, ya que no es una zona turística.

– No -sonrió David-. Nosotros vamos a hacer un hotel en Telama'an, pero me temo que no estará listo para esta noche.

– ¿Dónde va usted a dormir? Sé que se han construido unas casa para los ingenieros. ¿Va a usted a quedarse con sus colegas?

– Hasta ahora, siempre me he quedado con ellos, pero esta vez el jeque Saïd ha tenido la amabilidad de invitarme a su palacio.

Amil pareció sorprendido.

– ¿Va a quedarse con mi tío?

– ¿Su tío?

– ¿No se lo he dicho? Sí, por lo que parece nos dirigimos al mismo sitio. Si mi tío los ha invitado, entonces son huéspedes de honor -añadió Amil con gran solemnidad.

David hizo una mueca en la oscuridad. Si Amil iba al mismo sitio que ellos, Claudia no podría separarse de él. En caso contrario, le iba a ser difícil explicar qué había hecho con su esposa.

El cerebro de David se puso a trabajar.

– Lo que sucede es que el jeque no sabe que viajo con mi esposa, ya que nos hemos casado hace muy poco. Por lo que me parece descortés aparecer con otro invitado sin haber avisado antes. Creo que lo mejor será que nos quedemos con una prima de Claudia.

– Eso no será necesario -dijo Amil cariñosamente-. Estoy seguro de que mi tío estará encantado de hospedar también a su nueva mujer.

– No me gustaría abusar de… -comenzó a excusarse David, pero el otro hombre hizo un gesto con la mano para quitarle importancia.

– Eso no es un abuso. En mi país la hospitalidad es una tradición. Además, mi tío se enfadará si se entera de que su mujer no quiere ir a su palacio.

David hizo un último intento.

– No era mi intención ofenderlo. Pero me imagino que el jeque podrá entender que Claudia no podrá verse con su prima tanto como querría si duerme en el palacio. Ya sabe usted que los ingenieros viven algo alejados de la ciudad y sin coche…

– Ese problema es fácil de resolver -insistió Amil-. Mi tío tiene muchos coches. Estoy seguro de que pondrá uno a su disposición para que usted y su esposa puedan entrar o salir de palacio cuando gusten.

David no pudo hacer otra cosa que poner la mejor cara que pudo.

– Es usted muy amable -dijo, esperando que su voz no sonase tan desanimada como él se sentía.

Siguieron el camino en silencio. David se puso a pensar en todo lo que le diría a Claudia cuando se despertase. Al fin y al cabo, ella había sido la que le había dicho a Amil que eran marido y mujer.

Claudia no se despertó hasta que la furgoneta se detuvo frente a una casa baja. Se estiró y bostezó, mientras Amil bajaba a preguntar si había habitaciones libres. Luego, intentó recordar dónde se encontraba y qué estaba haciendo allí.

– Despierta, Claudia -la voz de David hizo que se terminara de centrar y se levantó de un salto como si le hubieran echado un cubo de agua fría por la cabeza.

¿Qué estaba haciendo ella apoyada en David Stirling?

– Lo siento. No me di cuenta… parece que me he quedado dormida sobre ti.

– Al menos no tuve que aguantarte todo el rato llamándome cariño -dijo David, intentando ocultar la pérdida que sentía al ver que ella se había levantado.

Amil, mientras tanto, había estado manteniendo una conversación en árabe con alguien a través de la puerta, y en ese momento se giró y volvió a la furgoneta.

– Tienen dos habitaciones, pero me temo que son demasiado sencillas.

Sencillas era la palabra correcta. A Claudia y David les enseñaron un cuarto pintado de blanco con mobiliario rústico. La mirada de Claudia recorrió las paredes desnudas hasta llegar a la cama. Nunca se le hubiera ocurrido que tendrían que compartirla.

David se dio cuenta de lo que estaba pensando. Luego se volvió hacia el propietario de la casa para asegurarle que la habitación estaba bien. Finalmente, cerró la puerta tras de él.

– Espero que estés satisfecha.

– ¿Qué vamos a hacer? -Claudia se sentó en una silla y miró hacia la cama con desmayo.

– No se tú, pero yo voy a lavarme y luego me iré a dormir -dijo David, que estaba cansado e irritado y no tenía ninguna gana de discutir con ella.

– Me refería a la cama- dijo ella.

– Fue idea tuya lo de hacernos pasar por un matrimonio. ¿Que esperabas, una habitación para ti sola?

– Lo que no me esperaba es que acabásemos compartiendo la cama -dijo Claudia-. Además, la cama es tan pequeña que no cabrían ni dos insectos. Así que imagínate dos personas…

– ¿Y qué quieres que haga?

– ¿No podríamos preguntar si tienen otra cama?

– Si la hubiese, Amil la tendrá para él. Si quieres llamar a su puerta y pedirle que te deje dormir en su cama porque no te apetece dormir con tu marido, adelante, pero no me pidas que vaya contigo. Yo creo que ya ha hecho suficiente por nosotros hoy.

Claudia se levantó y comenzó a caminar nerviosa, con las manos entrelazadas.

– Habrá algo que podamos hacer. ¿No habrá un colchón de sobra en algún sitio? Se podría poner en el suelo.

– En este lugar no creo que tengan muchas cosas de sobra- dijo David con gesto de impaciencia-. Y no creo que aguantaras ni cinco minutos en el suelo, notando cómo te pasan las cucarachas por encima.

En ese momento una cucaracha salió de detrás del lavabo.

– ¡Ahí! -exclamó Claudia horrorizada, mirando a David-. Sin embargo, tú no pareces temer a ningún bicho de esos. ¿Por qué no duermes tú en el suelo?

– ¿Y por qué iba yo a dormir en el suelo? -preguntó, frunciendo el ceño-. ¡Yo no he estado las dos últimas horas durmiendo como un bebé! No siento el brazo que ha servido de almohada tuya, así que, si te molesta compartir la cama, puedes pasar la noche en una silla. Yo necesito dormir.

David, al hablar, se iba quitando la camisa sin ninguna vergüenza, la metió en la maleta y probó el grifo. Sonó un ruido y a los pocos segundos salió un chorro de agua sucia. Para sorpresa de David, incluso había un tapón. Lo puso y observó cómo se llenaba el lavabo.

Claudia se fijó inmediatamente en su torso desnudo. Deseó en ese momento ser tan despreocupada como él, pero no estaba acostumbrada a compartir habitación con un hombre al que había conocido ese mismo día. Y desde luego no estaba acostumbrada a hombres como David Stirling, que desde el principio la había hecho sentirse incómoda y torpe como una colegiala en su primera cita. ¡Cómo desearía ser una de esas mujeres de treinta años, seguras de sí mismas, sabiendo en cada momento cómo comportarse! Le faltaba poco para cumplir los treinta, pero por su comportamiento, Claudia parecía ir a cumplir veinte, o menos.

¿Qué era lo que tenía ese hombre que la hacía ponerse tan nerviosa? Se cruzó de brazos y trató de concentrarse en las paredes desconchadas, pero sus ojos traidores volvían a donde David estaba de pie refrescándose la cara y el cuello, totalmente ajeno a su presencia.

Tenía un cuerpo bonito, lo admitía: hombros impresionantes, caderas estrechas, espalda lisa. Entonces recordó la fuerza y seguridad que ese cuerpo le había dado poco antes de que se quedara dormida sobre él en la furgoneta. No lo entendía muy bien, porque aunque sí era cierto que David la había ayudado a tranquilizarse cuando el motor del avión había fallado, el resto del tiempo había sido grosero y desagradable.

¿Entonces, por qué le preocupaba tanto dormir cerca de él?

– Podría dormir en el coche -se ofreció, con poca firmeza-. Puedo decirle a Amil que nos hemos peleado.

– Creo que ya has inventado demasiadas historias – contestó David suspirando, dándose agua en el pecho y en la cara-. Ya has creado suficientes problemas.

– ¿Qué quieres decir?

– Tuve una conversación bastante interesante con Amil mientras dormías. Parece que es el sobrino del jeque Saïd.

– ¿Sí? -preguntó, sin prestar demasiada atención. Estaba más preocupada por su futuro inmediato que por los lazos familiares de Amil-. ¡Qué coincidencia!

– ¿Verdad? -David se lavaba cuidadosamente con jabón-. Nos llevará hasta la puerta de palacio.

Claudia intuía que tenía que responder algo a eso.

– ¿Y?

– Que no voy a poder dejarte en manos de Lucy cuando terminemos el viaje -respondió David, mirando irónicamente a Claudia mientras se secaba.

– ¿Por qué no?

– Porque tú y yo vamos a fingir que somos una pareja mientras estemos en Telama'an.

– ¿Qué?

– Lo que has oído. Le dijiste a Amil que eras mi esposa y ahora vas a tener que continuar la farsa.

CAPÍTULO 4

– PERO… ¡Eso es ridículo! ¿Por qué íbamos a tener que hacerlo?

– Piensa un poco. Yo estoy invitado al palacio del jeque y Amil nos va a presentar como matrimonio. ¿Qué va a pensar si desapareces nada más llegar?

– Seguro que podemos inventarnos algo -gritó Claudia, al borde de la desesperación-. Podemos decir que Lucy está enferma o que…

– Créeme, lo intenté todo -interrumpió David, tirando la toalla sobre la cama-. ¡A mí no me gusta más que a ti esta locura! Intenté convencer a Amil de que sería mejor que tú te quedaras con tu prima, pero no quiso escucharme. Dice que los dos seremos los invitados de honor de su tío.

– ¡Pero no puedo pasarme estas dos semanas haciendo que soy tu esposa!

– Tendrás que hacerlo.

– Pero… pero… ¡Pero Lucy está esperándome! – consiguió decir finalmente-. Mis planes se vendrán abajo si tengo que pasarme las dos semanas de vacaciones contigo.

– Francamente, Claudia, tus vacaciones no me importan -dijo con impaciencia-. Yo estoy aquí para asegurar el futuro de la empresa de ingenieros GKS y el proyecto de Telama'an. El jeque Saïd es una persona muy difícil. Puede ser encantador, pero tiene un sentido de la familia muy fuerte y puede ofenderse. Si se entera de que hemos mentido sobre nuestro matrimonio para conseguir que su sobrino nos lleve, entenderá que no confiábamos en Amil.

El rostro de Claudia estaba en silencio y era evidente que no iba a cooperar. Los labios de David se apretaron. Lo menos que Claudia podía hacer era intentar comprender su situación.

– Escucha: llevo dos años intentando crear una buena relación con el jeque. El hecho de que me haya invitado en su palacio puede significar que está dispuesto a darnos el contrato para la fase siguiente, pero no hay nada firmado aún y tenemos todavía varias reuniones pendientes. Si no hay problemas entre nosotros, todo irá bien, pero si algo no le gusta o se enfada, puede firmar el contrato con otra empresa. ¡No he llegado hasta aquí para tirar todo por la borda sólo porque tú quieras pasarte las vacaciones persiguiendo a ese Justin Darke!

¿Por qué demonios había mencionado aquella estúpida predicción? Claudia miró fijamente a David con sentimiento de frustración.

– No tengo intención de perseguir a nadie -intentó, pero David sólo hizo un gesto.

– Sí, claro, tú vas a dejarlo todo al destino, ¿no era eso? Pues bien, o el destino tiene sentido del humor, o un sentido pésimo del tiempo. Me imagino que ese Justin está esperándote, pero yo voy a ser el desgraciado que estará pegado a ti durante las próximas dos semanas.

– David, lo único que quiero es pasar las vacaciones con mi prima -suplicó Claudia-. De verdad que no me importa nada más por el momento.

– Puedes pasar tus vacaciones, pero fingiendo ser mi esposa. Las habitaciones del palacio son bastante independientes y tú serás libre de ir y venir como te plazca. Yo estaré ocupado en reuniones, así que nadie se sorprenderá de que estés la mayor parte del día con Lucy.

– No son los días lo que me preocupan.

– No he planeado noches locas de amor apasionado, si eso es lo que te preocupa.

– La idea nunca pasó por mi mente -respondió con frialdad.

– Entonces, ¿cuál es el problema?

– El problema es que éste ha sido el peor año de mi vida y lo único que quería era escapar. Y ahora que consigo escapar voy a tener que desperdiciar mis dos semanas de vacaciones pretendiendo ser la mujer del hombre más arrogante y desagradable que he tenido la mala suerte de conocer. Además, tengo que hacerme a la idea de entrar en la edad media de la vida en tu compañía, en vez de con mis amigos. ¿Crees que no es suficiente problema?

– ¿Por qué no te olvidas de los treinta? No son diferentes de cualquier otra edad.

– Para mí lo serán. Voy a tener una crisis y no quiero pasarla contigo.

– En ese caso, tendrás que arreglártelas sola, ¿no crees? -dijo impasible-. Me imagino que no hace falta recordarte que todo esto es culpa tuya. A mí no me encanta la idea de pasarme dos semanas enteras con la mujer más tonta y más exasperante que he conocido en mi vida -añadió, con brutalidad-. Desgraciadamente, es demasiado tarde para dar marcha atrás, de manera que en Telama'an seremos una pareja a ojos de todo el mundo hasta que te deje en el avión que te saque del país. Y créeme que espero ese momento con impaciencia.

– ¿Y qué ocurrirá si me niego a comportarme como tu esposa? -dijo Claudia desafiante, levantando la barbilla-. Podría decirle la verdad a Amil mañana por la mañana. Estoy segura de que no nos dejará aquí.

– Podrías hacerlo. Y yo también le diré a Justin Darke lo que estás haciendo aquí.

Los ojos de ambos se encontraron. Claudia estuvo a punto de decirle que hiciera lo que quisiera, pero podría ser bastante embarazoso para Lucy y el tal Justin Darke; y no digamos para ella, si David se dedicaba a proclamarlo a todo el mundo. Ella sabía bien cómo los rumores se extendían y nadie creería luego que ella sólo había estado bromeando.

También sabía que no podía en realidad echar la culpa a David de la situación.

Un sentimiento de derrota la invadió, y se dejó caer en una silla con los ojos bajos.

– No puedo creer lo que me está pasando -dijo, al borde del llanto-. ¡Ojalá no hubiera oído hablar nunca de este país! Primero el avión se retrasó, luego casi estalla, luego hubo que elegir entre pasarse dos días en un barracón inmundo o atravesar el desierto en la furgoneta más incómoda que se pueda uno imaginar, y ahora esto. ¡Cumplir años en medio de ninguna parte y fingir que estoy casada cuando lo único que quiero es divertirme!

David la observó sentada en la silla, con su pelo rubio detrás de las orejas de cualquier modo y el rostro compungido, intentando no llorar. No estaba seguro de si le apetecía ponerla sobre las rodillas y darle un par de azotes, o tomarla en sus brazos y decirle que todo iba a salir bien.

– Dejémoslo ahora. Ambos estamos cansados y puede que no nos parezca todo tan malo mañana por la mañana. ¿Por qué no te refrescas un poco e intentamos dormir?

– Es una buena idea -admitió Claudia, haciendo un gesto afirmativo.

Se sentía tan cansada que no sabía si se podría levantar de la cama, y mucho menos prepararse para dormir.

Finalmente, David llenó el lavabo para ella, le encontró una toalla y le dio su neceser. Claudia, como un autómata, se quitó el maquillaje, se lavó la cara, se limpió los dientes y se aventuró hacia el baño por un pasillo oscuro. Cuando volvió, se había recuperado lo suficiente como para recordar el mayor de sus problemas: compartir la cama con David.

El estaba tumbado cuando ella entró, las piernas cruzadas y los brazos bajo la cabeza. Observó a Claudia con ironía cuando ésta se dio la vuelta y se puso una camiseta ancha, antes de quitarse el sujetador a través de las mangas y ponerse unas braguitas limpias. Hacía calor en la habitación y no sabía si resistiría llevar nada encima, pero por lo menos guardaría las normas mínimas de decencia.

David pensaba, evidentemente, que guardaba las normas dejándose los pantalones puestos, pero su torso desnudo era un problema. Claudia se preguntó si decirle que se pusiera una camisa encima, pero tampoco quería que él supiera que la molestaba.

Y no la molestaba, se dijo a sí misma. Después de todo, ¿no iba a cumplir treinta al día siguiente? Se suponía que estaba en el comienzo de la madurez y la inteligencia. ¡Así que no iba a alarmarse por un hombre desnudo de cintura para arriba!

Dio un suspiro profundo y se dio la vuelta. David se preguntó si ella sabría lo atractiva que estaba con la cara lavada y el pelo detrás de las orejas. Sus piernas parecían no tener fin bajo la camiseta. De repente, la muchacha estiró el dobladillo hacia abajo, como si se diera cuenta de que estaba enseñando demasiado muslo.

– ¿Apago la luz? -preguntó la muchacha.

David también pensó que sería más fácil en la oscuridad.

De manera que Claudia apagó el interruptor, al lado de la puerta, y volvió a la cama, intentando no pensar en cucarachas. Estiró las manos, y tocó sin querer el cuerpo de David.

Apartó la mano y se disculpó. Luego vaciló. ¿Qué hacer? ¿Tenía que meterse simplemente a la cama? Bien, todo era muy maduro e inteligente, pero ¿cómo una mujer madura e inteligente se metía en una cama con un perfecto extraño? ¿Se levantaría al día siguiente con treinta años y la respuesta en su cabeza?

La cama crujió y oyó a David cambiándose de postura.

– Hay mucho sitio -aseguró él.

Claudia tocó esa vez el colchón. Sería mejor sentarse primero dignamente en el borde de la cama, y luego levantar las piernas.

Desgraciadamente, la dignidad se evaporó cuando algo rozó sus pies. Con un grito, Claudia saltó a la cama, aterrizando sobre David.

– ¡Ay! -exclamó él, extendiendo instintivamente los brazos para apartarla-. ¡Es la primera vez que una chica salta literalmente a mi cama!

– Era una elección entre tú y una cucaracha -dijo, ruborizándose al sentir el contacto de su piel y tratando desesperadamente apartarse.

– ¡Me halaga! -exclamó David, sentándose para tratar de liberarse de los brazos de ella, más nervioso de lo que estaba dispuesto a admitir-. Y ahora, deja de molestar ya. Me levantaré y mataré a la cucaracha. Túmbate.

Claudia obedeció enseguida, colocándose bien la camiseta que se le había subido, y poniéndose a un lado de la cama. Lo cierto era que David no parecía el tipo de hombre que pensara en la seducción, pero eso no evitaba que ella se pusiera nerviosa y se agarrara al borde de la cama al notar que se acostaba.

– Tranquila -aconsejó David, mientras se tumbaba a su lado.

La cama era tan estrecha que era imposible no tocarse el uno al otro. David se dio la vuelta para colocarse espalda con espalda, pero entonces las piernas se le salían de la cama.

– Esto es ridículo -murmuró. Entonces se dio la vuelta para ponerse frente a la espalda de ella y dejó un brazo sobre el cuerpo de la mujer-. Así es mejor. Por lo menos no tengo que dormir suspendido en mitad de la nada. ¿Cómoda? -preguntó a Claudia.

– Oh, sí, claro – el sarcasmo era la mejor protección contra el inquietante contacto de aquel cuerpo tan cerca del suyo-. Estoy tumbada en un colchón estrecho lleno de rotos, con un hombre al que he conocido esta mañana. ¿Cómo no iba a estar cómoda?

– Podía haber sido peor.

– ¿Cómo?

– Podías seguir sentada en aquellas sillas de plástico en Al Mishrah, por ejemplo.

– Sería peor, me imagino -admitió de mala gana.

Pero eso no la ayudaba a ignorar la fuerza del cuerpo de David contra el de ella. Su espalda notaba cada una de las respiraciones del pecho de él, incluso notaba el vello de su antebrazo, que descansaba bajo su brazo desnudo. Si movía un poco la mano, podría acariciar ese vello. Ante la idea no pudo evitar estremecerse inexplicablemente.

– No puedes dejar de ponerte nerviosa cada vez que me muevo -dijo David, en tono resignado-. No voy a atacarte. A parte de otros motivos, estoy completamente agotado. Si muevo un brazo, es porque estoy intentando ponerme más cómodo, no porque vaya a hacerte nada, ¿de acuerdo?

– De acuerdo -musitó, sintiéndose una estúpida.

– Intentemos entonces dormir un poco. Mañana va a ser un día muy largo.

¿Dormir? ¿Cómo era posible que ella pudiera dormir cuando tenía el corazón a punto de estallar y el cuerpo ardiendo? Claudia estaba tumbada rígidamente, escuchando la respiración tranquila y segura del hombre, envidiando su habilidad para relajarse tan completamente. Por otro lado, le molestaba la falta de interés en ella; aunque hubiera sido más peligroso, desearía que él se hubiera puesto más nervioso ante la situación. Cualquiera diría que dormía con desconocidas todos los días.

Quizá lo hacía, pensó Claudia y un suspiro diminuto escapó de su boca. No supo por qué, pero la idea era bastante inquietante.

La alarma del despertador despertó a David de un profundo sueño. Intentó abrir un ojo y vio la hora: las cinco de la mañana. Todavía era de noche. Dio un suspiro profundo e intentó recordar dónde estaba y para qué había puesto el despertador.

Rindiéndose al cansancio, David enterró el rostro en el cabello sedoso y aspiró la fragancia de una piel dormida de mujer. Casi inconscientemente, acarició el cuerpo suave que estaba relajado contra su propio cuerpo, y sin pensar en lo que estaba haciendo, la apretó un poco más y le dio un beso en el cuello.

Claudia se estiró adormilada, rindiéndose a un sentimiento de consuelo y seguridad. Un brazo fuerte la rodeaba y la apretaba contra un cuerpo duro y maravilloso. Instintivamente, se dio la vuelta y se apretó contra él. Luego empezó a besarlo en la barbilla.

Perdido entre el sueño y la conciencia, David pensó que era lo más natural y no se preguntó lo que estaba sucediendo. Lo único importante eran aquellos labios que encendían su cuello, todo el calor del cuerpo invitador que se apretaba contra él.

La apretó más fuertemente y besó su pelo, sus sienes, sus ojos, y entonces encontró la boca de ella buscando la suya. Como si de un sueño se tratara, se besaron tiernamente, despertándose poco a poco. Claudia pasó delicadamente sus brazos alrededor de su cuello, abandonándose al placer de esos labios que la exploraban con tanta sabiduría.

El movimiento del cuerpo femenino despertó al de David súbitamente; mientras los besos se hacían más profundos, él se colocó sobre ella, colocando la mano sobre el muslo femenino, levantando la camiseta para acariciar la curva de sus caderas y sus pechos, hinchados de placer. Claudia gimió y sus dedos buscaron la espalda masculina, mientras ella se arqueaba en un gesto silencioso de invitación.

David susurró palabras tiernas contra aquella piel de satén que besó una y otra vez. Estaba intoxicado por su dulzura, por la súplica de su cuerpo delgado, hasta que la ternura dejó paso al deseo y la apretó contra el colchón. Su boca entonces se hizo más insistente, sus manos…

– ¿David? ¿Claudia? ¿Están despiertos?

La voz que sonó a través de la puerta rompió por completo la sensación de irrealidad y ambos se quedaron helados. Los labios de David contra el cuello de Claudia, y los dedos de ella enredados en el pelo de él.

– ¿Claudia? -repitió David, completamente desorientado.

– ¿David?

La realidad, el recuerdo y la certeza golpearon a la vez a ambos, que se apartaron bruscamente horrorizados, demasiado impresionados para hacer otra cosa que mirarse el uno al otro a pesar de la oscuridad.

– ¡Son más de las cinco! -insistió Amil, en voz más alta.

– Estamos despiertos. Salimos en un minuto -dijo la voz de David. Sonó un poco extraña, pero Amil pareció darse por satisfecho.

– El desayuno estará listo en seguida -dijo, mientras se alejaba.

Se quedaron quietos durante lo que pareció una eternidad. Luego, David soltó un juramento y sacó las piernas de la cama. Se sentó en el borde y enterró la cabeza entre sus manos, luchando contra la excitación que sentía entre sus piernas.

– ¡Vaya una manera de despertarse! -consiguió decir finalmente.

– ¿Qué pasa? -preguntó Claudia, que parecía aún más desorientada.

– Debo de haberme quedado dormido -murmuró David, como para sí mismo-. Me desperté y había alguien y de repente… -se detuvo, levantó la cabeza y miró a Claudia, que estaba inmóvil, abrazada a la almohada-. Lo siento, no me di cuenta de que eras tú.

– Yo pensé… pensé…

Pero el problema era que no había pensado nada.

– Lo sé -dijo él-. No creo que ninguno de los dos supiéramos lo que estaba pasando.

Claudia humedeció sus labios.

– No -respondió, sin volver todavía a la realidad.

Su mente sabía que eran las cinco de la mañana y que Amil los había interrumpido, pero su cuerpo quería volver al sueño. ¡Sólo Dios sabía que hubiera pasado si Amil no les hubiera interrumpido!

Bueno, ella también lo sabía. Era evidente. Claudia sintió que su cuerpo se estremecía y se cubrió la boca, donde todavía podía sentir la mandíbula dura de él.

David se levantó con brusquedad y encendió la luz antes de echarse agua fría en la cabeza. Se secó con vigor y sacó una camisa limpia de la maleta. Sólo entonces se volvió y miró a Claudia, que seguía en la cama con la mirada perdida.

– ¿Estás bien? -preguntó él, mientras se abotonaba la camisa.

– Sí. Estoy bien.

– Voy a hablar con Amil -le dijo, con el propósito de dejarla sola-. No tardaré.

Las piernas de Claudia temblaban tan violentamente que cuando intentó levantarse se volvió a caer sobre la cama. Consiguió lavarse la cara, pero las manos le seguían temblando y no fue capaz de pintarse los ojos. Así que se limitó a peinarse. Seguidamente, se sentó en el borde de la cama y se miró en el espejo con una mueca, recordando que ese día cumplía treinta años. Se suponía que se despertaría siendo una mujer diferente, madura, segura, controlada… y no alguien que gemía en los brazos de un hombre que no sabía con quién estaba.

Claudia recordó el rostro de consternación de David. ¿A quién creería que estaba besando? Se levantó y pensó que lo único que le apetecía era esconderse y no tener que enfrentarse de nuevo a David.

Después de todo, los dos se habían comportado de manera estúpida. No había por qué hacer un escándalo. Si David creía que ella iba a montar un escándalo, se iba a quedar sorprendido. No, ella se comportaría de manera fría y tranquila, dejándole impresionado con su madurez. Además, así no sospecharía el efecto que habían causado sus manos en ella.

Era cierto, se dijo Claudia a sí misma, mientras se ponía unos vaqueros y una camisa azul. Era lo más sencillo y menos provocador que tenía. ¡No fuera a pensar David que estaba interesada en él! Su mente trató de olvidar los besos tiernos que habían compartido, la pasión silenciosa y lenta, y el placer que le habían provocado las manos de David sobre su piel. Ella había pensado que era Michael, simplemente eso.

Aunque en su interior, una voz le dijo que Michael nunca la habría besado de aquel modo.

Frunció el ceño y decidió olvidarlo. Era su cumpleaños y podía mentirse si le daba la gana.

Cuando llegaron a Telama'an doce horas más tarde, la mezquita llamaba a sus fieles a la oración. Habían dejado Sifa cuando comenzaba a amanecer y, en ese momento, el sol se ponía de nuevo, lavando los tejados de las casas y las callejuelas estrechas que se agolpaban en torno al oasis.

El palacio en cuestión estaba rodeado por un grupo de palmeras a las afueras de la ciudad. Para alivio de Claudia, fueron inmediatamente conducidos a las habitaciones de invitados, un edificio separado del palacio mismo, con un patio y una fuente rodeada por un estanque sobre el que caía el agua. Había un cuarto de baño, una sala y un dormitorio con una sola cama de matrimonio.

– Bien -dijo Claudia nerviosa, intentando no mirar la cama.

– Bien -admitió David, sarcástico-. Parece que has sobrevivido a tu treinta cumpleaños.

– Ni me he dado cuenta de que era mi cumpleaños.

– Siento que Sifa no fuera el lugar adecuado para comprarte una tarjeta y me disculpo por no haberte felicitado esta mañana. Tenía otras cosas en la mente cuando me desperté.

Las mejillas de Claudia enrojecieron inmediatamente. Había conseguido durante todo el día evitar los ojos de David, pero no había podido evitar sentir su presencia. Por mucho que se había agarrado a la guantera, cada bache, cada salto de la furgoneta habían provocado que chocaran. Los nervios de ella habían estado a punto de estallar.

Había deseado que ese terrible viaje se acabara cuanto antes, pero en ese momento se sentía mucho más nerviosa que durante las doce horas de viaje en la furgoneta. Amil los había llevado hasta la habitación y los había dejado solos.

– Mi tío vendrá a verlos mañana -se había despedido de ellos-. Espero que para entonces se encuentren ya descansados -e1 nombre señaló un jeep que se veía por la ventana-. El vehículo está a su disposición. Pueden usarlo cuando quieran. Si hay algo más que puedan necesitar, sólo tienen que llamar al timbre.

Claudia se preguntó si podría llamar al timbre y pedir que se pudiera olvidar de todo lo que había sucedido, o mejor todavía, que el reloj volviera a marcar las cinco de la madrugada y recomenzar el día de diferente manera. En vez de abrazarse a David, lo habría empujado bruscamente y habría salido de la cama. La tensión entre ellos no existiría en ese caso.

Observó a David un segundo. ¿No se daba cuenta de que el recuerdo de aquellos besos rasgaba el aire? ¿Cómo podía él bromear sobre ello? Así que tenía otras cosas en la mente, ¿no? Pues era evidente que en ese momento no pensaba en ellas, cuando lo vio sentarse en una silla y frotarse el rostro con gesto cansado.

– Necesito afeitarme -dijo, cerrando los ojos con un suspiro-. ¡Qué viaje!

Claudia sintió en ese momento unas tremendas ganas de acercarse a él y darle un masaje en los hombros y en el cuello. Afortunadamente, deseó con las mismas ganas demostrarle que los besos de aquella mañana tenían tan poca importancia para ella como para él. Puede que no fuera capaz de hacer un comentario sarcástico, pero podía hacerle pensar que tenía en ese momento otros pensamientos muchos más importantes que su afeitado.

Se dio la vuelta, tomó su maleta y la abrió.

– Me daré una ducha y luego saldré -declaró.

David abrió los ojos de par en par.

– ¿Dónde vas a ir?

– A casa de Lucy, naturalmente.

– ¿Ahora?

– ¿Por qué no?

– Claudia, ¿no puedes esperar a mañana?

– ¿Cómo lo has podido olvidar? -dijo, mirándolo con actitud sarcástica-. Tengo que conocer a JD esta noche o arruinaré mi destino.

David se cubrió los ojos con una mano.

– ¡Otra vez no! ¿Crees que un destino que te pone las cosas tan difíciles va a permitirte que conozcas hoy al hombre de tu vida?

– Claro que sí. Tengo que conocer a JD esta noche, pero aquí va a ser imposible, ¿no crees?

– Desde luego yo no voy a aguantar una fiesta donde tú tengas que conocer a todos los hombres cuyas iniciales sean JD. Además, ¿qué te hace estar tan segura de que Justin estará en casa de Lucy esta noche?

– No he dicho que vaya en busca de Justin Darke. Sólo he dicho que si JD está en casa de Lucy, tengo que ir allí para encontrarlo.

David dio un suspiro y se abrazó a las piernas.

– No tengo ganas de discutir. Si estás tan decidida a ir, iremos. Sólo tienes tres horas y media para encontrarte con tu destino -añadió, mirando el reloj.

– ¡No hace falta que vengas tú!

– ¿Y cómo piensas llegar hasta casa de Lucy?

– ¿No puedo ir en taxi?

– Lucy vive a cinco kilómetros y no conseguirás que te lleve ningún taxi a estas horas de la noche.

– Pues entonces puedo llevarme el jeep -insistió, decidida a no rendirse. No quería que David se inmiscuyera en el encuentro con Lucy y Patrick.

Ni quería tenerlo a su alrededor hasta que pudiera olvidarse del beso y tratarlo con el mismo desinterés con el que él la estaba tratando.

– Amil dijo que yo podía usarlo. Las mujeres no conducen en Shofrar.

– ¡Eso es ridículo!

– Estoy de acuerdo, pero es la costumbre aquí y tienes que aceptarla.

– En ese caso, llamaré a Lucy para que vengan a recogerme.

David se frotó la mandíbula.

– No hace falta que hagas eso. Ya te he dicho que te llevaré.

– Pero tú no quieres venir -protestó.

– No quiero quedarme aquí como un estúpido mientras la que se dice mi esposa se marcha por ahí la primera noche. Además, necesito ver a Patrick para explicarle la farsa en la que estoy metido y, si tú insistes en ir esta noche, no tendré otra elección que ir contigo. No me quedaré mucho tiempo, de todas maneras -advirtió-. Así que, si quieres darte una ducha antes, date prisa.

Minutos después, Claudia estaba bajo la alcachofa de la ducha y se decía a sí misma que no iba a dejar que el beso de David la molestara. Fue sólo un beso, después de todo. Además, ella tenía ya treinta años y debería de dejar de dar importancia a un beso que le habían dado sin ni siquiera saber que era ella a quien se lo daban. David parecía haber olvidado el incidente y ella iba a hacer lo mismo.

O por lo menos, lo iba a intentar. Las gotas de agua corrían por su espina dorsal. Todavía podía sentir el tacto de las manos de David sobre su piel, el gusto de su boca sobre sus labios, pero ella moriría antes de que él adivinara que lo recordaba con tanta claridad. Si David se daba cuenta, pensaría que estaba interesada en él. Algo que ella no iba a permitir.

No, que pensara que su corazón estaba en manos de Justin Darke. Que se diera cuenta de lo poco que le importaba él. ¡No iba a permitirle arruinar su viaje a Shofrar! Eran sus vacaciones y se iba a divertir.

CAPÍTULO 5

– ¡CLAUDIA!

– ¡Lucy!

– ¡Lo conseguiste! -exclamó Lucy, abrazándola-. ¡Sabía que lo harías¡ ¡Feliz cumpleaños! -de repente, vio a David detrás de ella-. ¡David! ¿Qué demonios haces aquí?

– Es una larga historia -dijo con amargura-. ¿No es así, Claudia?

– Veníamos en el mismo avión -comenzó a explicar Claudia, pensando que lo mejor era empezar por lo más fácil-. Me imagino que oíste hablar de los incidentes del vuelo.

– Decían que no llegaríais hasta dentro de dos días -admitió Lucy-. Pero yo sabía que no ibas a dejar que el motor de un avión te estropeara el viaje. ¿Y cómo has venido?

– Bueno… es un poco complicado -respondió, consciente de la mirada de David.

– Venid primero y abramos una botella de champán. ¡Patrick! Mira quién ha venido -gritó, hacia dentro de la casa.

Un hombre corpulento y de rostro afable apareció en la puerta. Su cara se iluminó al ver a Claudia.

– ¡Vaya! ¿No es la chica del cumpleaños? -la abrazó cariñosamente y, en ese momento, vio a David.

Al igual que su mujer, su rostro cambió de expresión.

– Claudia va a explicar lo que estoy haciendo aquí -se adelantó David a la pregunta de Patrick, después de que ambos hombres hubieran estrechado las manos-. Va a explicarlo todo.

– Eso suena amenazador. ¡Será mejor que confieses, Claudia!

Mientras se dirigían hacia el salón, Claudia tomó a Lucy por el brazo y la habló al oído.

– ¿Puedes invitar a Justin Darke?

– ¿Ahora?

– Quiero conocerlo esta noche -susurró Claudia, al tiempo que se aseguraba de que Patrick y David no podían oírlas-. ¿No podrías invitarlo a tomar una copa con la excusa de que acabo de llegar?

– Podría, claro, pero… ¿no te importaría esperar hasta mañana? Debes de estar muy cansada.

– No, tiene que ser esta noche.

– ¿Se puede saber por qué? -preguntó Lucy, con expresión interrogante.

– No lo puedo explicar ahora, pero es importante. No quiero que David sepa que te he pedido que lo invites, ¿me lo prometes?

– De acuerdo.

Desconcertada, aunque queriendo complacer a su prima, Lucy se encaminó al teléfono que había en uno de los cuartos mientras que Claudia se unía a los hombres con una sonrisa amplia en los labios. En el momento que Patrick descorchaba una botella de champán, Lucy regresó.

Claudia se relajó, al ver la señal afirmativa que su prima le hacía con el pulgar. No estaba segura de por qué era tan importante que David pensara que no tenía el más mínimo interés en él, cuando era la verdad. Pero si demostraba estar obsesionada por otro hombre, seguramente se convencería.

Dirigió una mirada de resentimiento a David mientras Patrick le ofrecía una copa. Si no hubiera insistido David en ir con ella, no tendría que haber pedido a Lucy que llamara a Justin Darke, ni tendría que pasarse toda la noche fingiendo interés por él, en vez de relajarse y divertirse con Lucy y Patrick. No era justo, y toda la culpa era de David.

Estaba tan disgustada que cuando Patrick le pidió que explicara lo sucedido, respondió casi gritando.

– Es sencillo. El avión tuvo una avería y teníamos dos opciones: quedarnos en Al Mishrab o aceptar que nos trajeran hasta aquí.

– ¿Y? -urgió David.

Claudia vio los ojos irónicos de David y se echó el pelo hacia atrás con gesto brusco.

– Y no me pareció sensato cruzar el desierto yo sola con un hombre que acababa de conocer -continuó, dirigiéndose a Lucy y Patrick-. Resulta que sabía que David tenía que venir aquí lo antes posible y pensé que sería una buena idea venir juntos.

– ¿Sí? -dijo Lucy, intentando animar a Claudia a que continuara. Ella y su marido miraban a la muchacha perplejos, tratando de imaginar qué había pasado.

Claudia, dándose cuenta de que no le era tan fácil explicarlo, miró a David, pero éste no hizo ademán de ayudarla. Permaneció sentado mirándola impasible, con una mueca irónica en los labios. Ella dio un suspiro profundo y miró de nuevo a su prima.

– Así que le dije a Amil que David y yo estamos casados -terminó apresuradamente, parpadeando al ver el gesto de sorpresa de Lucy-. Me pareció lo más normal en ese momento. Y pienso que David debería estar más agradecido. Si no fuera por mí, estaría todavía en Al Mishrab esperando el avión.

– Claudia sabe que mi gratitud ante el hecho de tener que pasarme por marido suyo ha sido amortiguado por el descubrimiento de que el hombre que tan generosamente nos trajo era el sobrino del jeque Saïd. Ahora, Amil ha dicho a su tío que su invitado inglés ha llegado con su esposa, por lo que ésta ha sido generosamente incluida en la invitación a su palacio. Esto significa que, de repente, no puedo decir que soy soltero por más que me quisiera.

Miró a Claudia, que se ruborizó.

– Siento no estar demasiado agradecido, pero francamente, tengo cosas más importantes en la cabeza. Me gusta estar solo, y sobre todo, cuando estoy intentando concentrarme en mi trabajo.

– Entonces, ¿por qué no puedo quedarme con Lucy y Patrick como yo tenía pensado? -preguntó Claudia, desafiante-. Yo creo que al jeque no le va a importar que yo esté o deje de estar. Ni siquiera creo que llegue a enterarse.

– Se enterará -contestó Patrick muy serio-. Saïd sabe todo lo que pasa dentro y fuera del palacio. Creo que es mejor que no te quedes con nosotros, Claudia. La opinión del jeque en este momento es vital y podía ofenderse mucho si tú rechazaras su hospitalidad. Lo siento, David. Es una situación difícil para ti.

Claudia miró a Patrick disgustada.

– ¿Por qué te disculpas con él? ¿Y qué me dices de mi situación?

– Pero parece que fue idea tuya -se excusó Patrick.

– ¡No fue idea mía pasarme las vacaciones casada con Don Gruñón! -gritó Claudia-. ¿Por qué no lo envías de vuelta a Londres, Patrick? Di al jeque que ha ocurrido algo allí y que David tiene que marcharse. Y añade que yo, después de haber hecho todo el viaje hasta aquí, me quedaré con mi prima -sugirió, mirando satisfecha a su alrededor-. Eso resolvería nuestros problemas. David puede darte todos los documentos para que tú continúes con esa estúpida negociación… ¡Estoy segura de que tú lo harás mucho mejor que él! -añadió, mirando de reojo a David, que se mostraba ostensiblemente irritado.

– Ésa es una buena idea, Claudia. Pero hay un pequeño problema. Me temo que no estoy en posición de enviar a David a ningún sitio.

– ¿Por qué no? Tú eres el director de la empresa, ¿no?

– Sí, pero yo trabajo para GKS Engineering Associates. ¿Sabes lo que significan esas siglas?

– ¿GKS? No.

– Significan Greville, Keen y Stirling -dijo Patrick-. Stirling, por David Stirling. Greville y Keen se jubilaron hace un tiempo, y ahora, David es la cabeza de GKS Engineering… y es él quien da las órdenes, no yo.

Hubo un momento de silencio antes de que Claudia mirara acusadoramente a David.

– ¿Tú eres el jefe de Patrick?

– Yo no suelo describirme de esa forma, pero así es.

– ¿Por qué no me lo dijiste?

– No me pareció apropiado.

– ¿De verdad? ¿No crees que era apropiado cuando te amenazaba con decir a Patrick que te echara? -Patrick se cubrió los ojos con una mano y Lucy soltó una risita nerviosa, pero Claudia continuó, sin hacerles caso-. ¡He hecho el ridículo!

– Para eso no hace falta que yo te anime.

Claudia abrió la boca para protestar, pero Lucy se adelantó.

– ¿Claudia? Patrick y yo estamos de tu lado, por supuesto, pero Patrick tiene un buen trabajo y nos gusta vivir en Telama'an, así que nos gustaría que fueras amable con David.

– No sé por qué debería serlo. Él no es agradable conmigo. Y si este hombre echara a Patrick sólo porque le haya molestado algo que yo dijera, Patrick debería alegrarse de dejar de trabajar para él.

– Pero es que yo no voy a echar a Patrick -dijo David, enfadado.

Observó a la muchacha que, con las mejillas encendidas y los ojos brillantes, lo miraba desafiante. ¿Cómo podía ser posible que la conociera únicamente de un día y medio? Le parecía que esa chica llevaba mucho tiempo metiéndose en su vida y distrayéndolo.

– Escucha, pactemos una tregua -sugirió David, después de unos segundos-. Lo hecho, hecho está. Ambos queríamos llegar aquí y lo hemos conseguido. Y ahora, yo no voy a estropear el futuro de mi firma cancelando las reuniones con el jeque y marchándome a Londres para que tú puedas disfrutar de tus vacaciones.

David hizo una pausa.

– Ninguno de los dos quiere simular que estamos casados durante más tiempo del necesario, pero me temo que no tenemos otra alternativa que seguir haciéndolo durante unos días. Así que, sería más fácil si lo aceptásemos e intentáramos ser más amables el uno con el otro. Tengo entre manos importantes negociaciones y no quiero distraerme con disputas estúpidas, igual que tú tampoco quieres arruinar tus vacaciones.

– Es cierto.

– Así que lo que tenemos que hacer ahora es inventamos una historia sobre cuándo nos casamos. No creo que nadie vaya a preguntarnos, pero será algo que llame la atención.

– ¿Quieres que todos los empleados de GKS piensen que estáis casados? -quiso saber Lucy.

– Claro que sí -Patrick respondió por David-. Sabes que a todo el mundo le gusta hablar de los demás. Porque no veas al jeque muy a menudo, no debes pensar que no sabe lo que pasa. Entre los empleados hay gente de aquí de Shofrar, y apuesto a que los rumores llegan hasta el jeque. Si Claudia y David dejan de repente de comportarse como una pareja mientras están aquí, llegará a sus oídos en seguida.

– Pero todo el mundo sabe que invité a Claudia para su cumpleaños -objetó Lucy- Iban a venir todos y se canceló la fiesta al saber lo del retraso del avión.

– Sí, eso fue una pena -dijo David, frunciendo el ceño-. Diremos entonces que Claudia y yo nos conocimos y nos casamos de improviso la semana pasada. Luego, se dio la coincidencia de que era tu prima.

– No es muy convincente, ¿no crees? -dijo Claudia-. Quiero decir, ¿cómo íbamos a casarnos si nos conocíamos tan poco?

– ¿Tú no has oído nunca hablar del amor a primera vista?

La ironía en la voz de David hizo enrojecer aún más las mejillas de Claudia.

– He oído hablar de ello, pero no he conocido a nadie a quien le haya pasado.

– Bueno, pues a partir de ahora tendremos que decir a todo el mundo que nada más vernos, nos enamoramos perdidamente. Sé que la historia es un poco irreal, pero es lo único que se me ocurre.

– ¿Y cómo es que no llamé por teléfono a Patrick y Lucy para hablarles de la coincidencia?

– Queríamos darles una sorpresa.

– Y lo ha sido -contestó Patrick.

– Y ahora que hemos solucionado todo, quizá podríamos seguir con la celebración del cumpleaños de Claudia, ¿no creéis? ¿Qué te parecen los treinta?

Claudia abrió la boca para contestar, pero antes de que pudiera hacerlo, se oyó un golpe en la puerta y miró con gesto triunfante a David.

– Es estupendo. Tengo la sensación de que mi vida va a dar un giro completo.

– ¿De verdad? -preguntó Lucy, extrañada.

– Absolutamente. Me siento como si mi destino estuviera entrando en este momento por la puerta.

Justo en ese momento, Justin Darke apareció con Patrick. Era, como Lucy había prometido, deliciosamente atractivo. De cabello negro rizado, ojos marrones cálidos y ese tipo de sonrisa que desmayaba. Claudia no se desmayó, ya que andaba más preocupada observando la reacción de David que admirando al americano.

Detrás de Justin, Patrick hizo un gesto a su esposa, que se levantó para saludar.

– ¡Justin, qué maravilla que hayas venido! Hemos tenido que cancelar la fiesta porque el avión se retrasó, pero Claudia ha llegado inesperadamente. Así que creo que podríamos hacer una pequeña fiesta nosotros. Me pareció que cuatro no era un número apropiado y por eso te he llamado.

Era evidente que a Justin le parecía un poco extraño ser el único invitado para celebrar la llegada de la prima de Lucy. La mirada de extrañeza aumentó al ver a David Stirling. No había coincidido muchas veces con el director ejecutivo de GKS, pero todos sus colegas hablaban de él con un respeto que bordeaba el miedo.

Cuando Patrick explicó que David y Claudia acababan de anunciar que se habían casado, Justin, todavía más sorprendido, les felicitó amablemente.

– ¡Es una noticia estupenda! -dijo, estrechando la mano de David-. Pero no quisiera interrumpir un acontecimiento tan familiar…

– ¡Oh, no te vayas! -suplicó Claudia, con una sonrisa encantadora-. Lucy tiene razón, una fiesta de cuatro no saldría bien. Además, tenía tantas ganas de conocerte… -añadió, haciendo un gesto para que se sentara a su lado.

De manera que David, Lucy y Patrick tuvieron que dejarlos e ir al otro lado de la habitación.

– No te hemos dado las gracias por cuidar de Claudia -dijo Lucy-. Sé que todo se ha complicado un poco, pero tuvo suerte de que estuvieras allí para cuidarla.

– Creo que Claudia es perfectamente capaz de cuidar de sí misma -dijo David, después de una pausa. Estaba intentando no fijarse en cómo la muchacha hablaba provocativamente con Justin en el sofá. Desde luego, no era asunto suyo si Claudia se ponía en evidencia persiguiendo a un pobre hombre. Era sólo que se preguntaba si tenía que nacerlo de aquella manera.

– Ya sé que parece fuerte -estaba diciendo Lucy-, pero en realidad no lo es. Intenta no demostrarlo, pero ha tenido siempre muy mala suerte con los hombres -dijo, mirando a su marido, que estaba tan asombrado como ella al ver el comportamiento de Claudia.

Lucy deseó saber lo que estaba pasando. Y es que allí estaba Claudia, hablando efusivamente con Justin, mientras David la miraba sorprendentemente serio. ¿Cómo podían ella y Patrick distraerlo?

– ¿Te ha hablado Claudia de Michael?

– No.

– Estaba locamente enamorada de él. Iban a casarse en primavera, pero la dejó a mitad de enero, la semana después de que Claudia se hubiera quedado sin trabajo. Este año le ha salido todo mal a la pobre Claudia -relató Lucy, con un suspiro-. Primero el trabajo, luego Michael, luego forzaron su casa y alguien dio un golpe a su coche… Muchas personas se habrían dejado arrastrar, pero Claudia es una luchadora. Consiguió un trabajo mejor y creo que ha superado completamente lo de Michael, aunque necesita estas vacaciones desesperadamente.

Lucy hizo una pausa.

– Te cuento todo esto para que entiendas lo importante que es para Claudia estar aquí. Normalmente no es tan dura como lo está siendo contigo.

Algo pasó en el pecho de David. No era el descubrimiento de saber que Claudia había estado enamorada de alguien llamado Michael. Era la pregunta de con quién pensaría ella que estaba aquella mañana para devolverle sus besos con aquel calor y aquel abandono.

Miró al sofá, a la mujer que miraba con esos ojos enormes a Justin Darke. Llevaba una blusa de seda azul sencilla y unos pantalones de tela brillante. El color de la seda hacía más profundos sus ojos y resaltaba el color claro de su cabello.

David observó cómo se reía con Justin. Parecía vibrante, viva… y al inclinarse hacia la mesa para agarrar su copa, la seda modeló sus senos. En ese momento le asaltó el recuerdo de su piel y no pudo evitar un suspiro. Rápidamente se volvió hacia Lucy y Patrick. No iba a permitir a Claudia que supiera que echaba de menos su cuerpo, o que pensara que le importaba con quién se lucía.

– No hace falta que me expliques nada sobre Claudia. No me interesa. Con tal de que no estropee las negociaciones, puede disfrutar sus vacaciones con quien desee.

Lucy se sorprendió ligeramente por la frialdad de la voz de David. Siempre se había llevado bien con él, pero nunca le había visto tan serio y no sabía cómo actuar.

David notó que Lucy miraba a Patrick y éste se encogía de hombros. Entonces, lamentó haber sido tan seco. No era justo pagar su mal humor con ellos. Lucy y Patrick no habían irrumpido en su vida, ni destrozado sus planes o alterado sus sentimientos. Tampoco estaban en aquel sofá montando un espectáculo.

– Lo siento, ha sido un día muy largo -se disculpó, con una sonrisa-. Tú siempre sabes lo que pasa por aquí, Lucy. Cuéntame si ha pasado algo importante.

Desde el sofá, Claudia lo vio sonreír y se puso nerviosa. A ella nunca le había sonreído de aquella manera. Aunque decidió que no tenía que darle tanta importancia a ese gesto. Era simplemente una sonrisa, a pesar de que le hiciera tan sumamente atractivo. ¡Además, se suponía que al estar recién casados, David tenía que estar pendiente de ella, y no sonriendo a Lucy como si ella no estuviera allí!

Pero Claudia decidió no preocuparse por eso. Le brillaron los ojos y se echó el cabello hacia atrás con un gesto desafiante. Era su cumpleaños e iba a divertirse.

Volvió a concentrarse en Justin, que la había estado preguntando educadamente sobre su viaje.

– Ya he hablado suficiente de ese maldito viaje – dijo en voz alta, para que David la oyera-. Hablame de ti.

Justin le habló de su trabajo, su familia, de que echaba de menos los Estados Unidos, qué tipo de libros leía, qué música le gustaba… Justin estaba claramente sorprendido, no sabía exactamente cómo responder a la aparente fascinación de la señora Stirling por la vida de los empleados de su marido. Cada vez que intentaba hablar de algún tema menos personal, Claudia lo evitaba.

No era que Justin no fuera encantador… lo era. Pero Claudia no conseguía concentrarse en lo que estaba diciéndole, estando David en la misma habitación. Hablaba tranquilamente con Lucy y Patrick y se reían juntos, según notó Claudia con envidia… Y si recordaba que ella estaba allí también, lo disimulaba muy bien.

Llegó un momento en que Claudia se sintió agotada. No sólo por el efecto del viaje, sino también debido a las tensiones acumuladas y al hecho de darse cuenta de lo irracional de su comportamiento en ese momento.

– ¿Qué le parece el palacio del jeque, señora Stirling? -preguntó Justin, aprovechando la momentánea distracción-. No he estado nunca allí, pero he oído decir que es un sitio fabuloso.

– Por favor, llámame Claudia. Señora Stirling me hace sentirme tan…

– ¿Casada? -preguntó David, apareciendo de repente a su lado-. No hace mucho tiempo que estamos casados y ya empieza a olvidarse, ¿verdad, cariño?

– ¿Cómo me iba a olvidar?

– Es hora de que nos vayamos, ¿no te parece? Estás agotada.

– Estoy bien -protestó automáticamente, pero fue casi un alivio cuando David tiró de ella y la levantó del sofá.

– ¿De verdad tenemos que marcharnos ya?

– Yo también debo irme -dijo rápidamente Justin.

Lucy y Patrick acompañaron a David y Claudia al coche.

– ¿Qué te ha parecido Justin? -preguntó Lucy al oído de Claudia.

Ésta notó que David lo había oído y se ponía tenso.

– ¡Oh, creo que es guapísimo! Tenías razón, es todo lo que siempre he querido en un hombre. Es cariñoso, encantador e inteligente -David estaba abriendo la puerta del coche y la miraba irritado. Claudia dio un suspiro-. Y tan atento… Estoy impaciente por verlo de nuevo. Le invitarás otra vez, ¿verdad?

– Sí, claro -dijo Lucy, sorprendida de la reacción exagerada de Claudia.

– ¿Por qué no hacemos la fiesta de Claudia mañana por la noche? Podemos invitar a todos, incluido Justin.

– Si viene él… -dijo Claudia, mirando de reojo a David.

Éste se había sentado en el asiento del conductor y estaba esperando con gesto irritado, con la mano lista para arrancar.

– Justin es un cielo y me alegra que te guste, claro -comenzó Lucy, que también miraba a David-. Pero es todo un poco difícil, ¿no crees?

– ¿A qué te refieres?

– Lo que Lucy quiere decir es que Justin cree que estás casada conmigo -interrumpió David, con sequedad-. Y Justin no es el tipo de nombre que sea capaz de implicarse en una relación con la esposa de otro hombre. No creo que llegues muy lejos con él.

– Ya veremos, ¿no? -contestó Claudia, metiéndose en el coche y abriendo la ventanilla para despedir a Lucy-. Tú asegúrate de que Justin viene a la fiesta mañana. Tengo la certeza de que es el hombre ideal para mí. Y si acierto, no importarán en absoluto ni David, ni este estúpido matrimonio. El destino encontrará la manera de unirnos.

– ¡El destino encontrará el camino! -exclamó David, imitándola-. ¡Justin es guapísimo!

– Sí que lo es. Y después de haber pasado dos días contigo, no tengo palabras para expresar el placer que ha sido conocer a un hombre tan guapo y encantador.

– Se te ha olvidado decir humanitario. Lucy y Patrick podrían habernos dado bolsas. Verte esta noche encima de él era vomitivo. Sé que estás desesperada, pero así no conseguirás nada. El pobre hombre parecía aterrorizado.

– Gracias por el consejo, pero hasta ahora no me pareces ningún experto en seducción.

– No hace falta ser un experto. Sólo hace falta ser un hombre para ver que, todas esas atenciones, esas miraditas, ese hablame de ti, son la garantía para que cualquiera se dé la vuelta y salga corriendo. A nadie le gusta sentirse perseguido, y Justin parecía hoy acorralado.

– ¿Y a ti que te importa?

– No me importa, pero se supone que tienes que comportarte como mi esposa y no lo hacías demasiado bien. Lo único que has conseguido es dejarme en evidencia.

– ¿Y qué se supone que tenía que haber estado haciendo? ¿Tirándote besos?

– ¡No seas ridícula! Lo único que tienes que hacer es comportarte como cualquiera que habla con alguien por primera vez. ¡En vez de acorralar a mis empleados en un rincón del sofá y ofrecerte en bandeja!

– No he hecho nada de eso. Simplemente he estado conversando educadamente con Justin. Además, tú tampoco eres exactamente el modelo de marido cariñoso, ¿no crees? No te has acercado a mí en toda la noche.

– Dejaste claro que querías a Justin para ti sola. ¿Crees que podía haberme sentado en el sofá con vosotros?

– Podías haber hecho algo, pero no quisiste. Te estabas divirtiendo con Lucy y Patrick.

– Nos habríamos divertido si no hubiéramos estado escuchando la conversación necia que tenías con Justin. No escuché a ninguno de los dos decir nada interesante o inteligente en toda la noche, así que quizá forméis la pareja perfecta.

– Pues sí -respondió, levantando la barbilla. Si David pensaba que estaba interesada en Justin, tanto mejor-. Vamos a estar muy bien juntos.

CAPÍTULO 6

DAVID condujo fuera de sí. No sabía por qué se sentía tan enfadado, pero cuando una voz interna le sugirió que estaba celoso de Justin Darke, apartó la idea inmediatamente. ¡No podía ser! Era más probable que sintiera pena por el americano.

Al llegar al edificio del palacio donde iba a dormir, vieron que alguien había encendido las lámparas. Ya en la habitación, la tensión se apoderó de ellos.

La cama era mucho más ancha que la de aquella mañana. Tanto, que no hacía falta que se tocasen si no querían.

Claudia se lavó los dientes en silencio, mientras intentaba tranquilizarse pensando que todo era muy diferente a lo que había en la habitación donde se habían despertado.

David había dejado claro que no se sentía atraído por ella. ¿Por qué estaba tan nerviosa entonces? Claudia sabía que se debía a que no podía olvidar el modo en que él la había besado. Claudia podía sentir todavía la dulzura de los labios de David y la sensación maravillosa de abrazarse a él. Sus manos eran tan fuertes y seguras, tan excitantes al moldear cada una de sus curvas…

Horrorizada por el rumbo que tomaban sus pensamientos, Claudia comenzó a darse crema nutritiva en el rostro y cuello. Era mejor que pensase en la cara de disgusto de David cuando Amil había llamado a la puerta, devolviéndolos a la realidad. Estaba segura de que David no iba a cometer la misma tontería de nuevo.

– Bien -dijo en alto la muchacha-. Estupendo.

David estaba en el patio cuando ella salió del baño. Tenía las manos metidas en los bolsillos y el rostro sombrío.

– El baño es todo tuyo -dijo Claudia con frialdad.

Cuando David desapareció, ella se puso la misma camiseta de la noche anterior y se metió en la cama, tapándose con la sábana hasta la barbilla.

David salió del baño y comenzó a desabrocharse los pantalones.

Ella se puso tensa. ¿Es que iba a meterse en la cama desnudo?

– Me dejaré el calzón, así que no tienes que ponerte histérica -dijo, como si le hubiera leído la mente-. No voy a acostarme con pantalones sólo para tranquilizar tus escrúpulos. La noche anterior ya fue suficientemente incómoda.

– No me importa cómo te acuestes.

– Bien, entonces, puedes dejar de comportarte como una víctima que espera ser sacrificada. Esta cama es lo suficientemente ancha como para dormir cómodamente sin rozarnos el uno al otro.

– No estaba preocupada por eso -mintió.

– Entonces, ¿por qué estás preocupada?

– Por nada -dijo, mientras David apagaba la luz y se metía bajo la sábana.

– Vamos, Claudia, estás temblando. ¿Qué pasa? ¿Tienes miedo de que me aproveche de ti?

– No, pero después de lo que pasó esta mañana, tengo derecho a estar un poco nerviosa, ¿no crees?

– También yo puedo temer que te aproveches de mí.

– ¿Yo aprovecharme de ti? Eso no es muy probable, ¿no crees?

– ¿Por qué no? Si mal no recuerdo, fuiste tú quién empezó esta mañana.

– Sólo porque tú… -Claudia se detuvo, no quería demostrar que recordaba todo perfectamente-. Creo que convinimos que ninguno de los dos sabía lo que hacía. Si hubiera sabido que eras tú, evidentemente no te habría tocado.

– ¿Por qué evidentemente? Después de ver cómo te comportas con un hombre al que acabas de conocer, creo que no puedes decir que nada sea evidente respecto a tu actitud con los hombres, excepto quizá, que estás preparada para hacer cualquier cosa por conseguir lo que quieres.

– No hay nada malo en saber lo que quieres. Por lo menos sé que a ti no te quiero.

– ¿Por qué? ¿Porque no tengo las iniciales adecuadas según una estúpida mujer que te habló hace veinte años?

– Quizá porque sólo me interesan los hombres sensibles y cariñosos.

– ¿Como Justin Darke?

– Sí.

David podía ver los ojos de Claudia brillando desafiantes en la oscuridad.

– Creo que estás cometiendo un gran error. Justin no es lo suficientemente hombre para ti.

– ¡Él es más hombre que tú! -gritó-. Por lo menos no tiene miedo de demostrar que es un hombre sensible, mientras que tú pareces tener las emociones de… de una babosa.

Eso fue demasiado para David. Había sido un día muy duro, un día frustrante y, durante todo el tiempo, Claudia había sido una espina imposible de ignorar. Además, ella se había abrazado a él buscado sus besos, lo había metido en aquella situación espantosa y lo había insultado delante de Patrick, uno de sus mejores empleados. Le había obligado a conducir doce kilómetros cuando lo único que quería hacer era dormir y ahora… ¡ahora!… se atrevía a mentir y acusarlo de no tener sentimientos.

La agarró por la cintura y la atrajo hacia sí.

– Así que crees que no tengo emociones, ¿no, Claudia? ¿Te parecí insensible esta mañana?

– Esta mañana era diferente -dijo ella temerosa, dándose cuenta, demasiado tarde,de que se había sobrepasado con él.

– ¿Cómo?

– Bueno… Tú… no sabías que era yo.

– Ahora sé que eres tú, sin embargo, y no creo que sea insensible -dijo, colocándose sobre ella y agachando la cabeza.

Claudia intentó prepararse para lo peor. Él, en vez de capturar la boca de Claudia, como ella había esperado, tocó con sus labios el lóbulo de su oreja y comenzó luego a dar pequeños besos a lo largo de su barbilla y por el cuello, donde se podía notar claramente la respuesta traicionera de su cuerpo.

No debía reaccionar, se decía Claudia desesperadamente, pero sus labios eran tan cálidos, tan excitantes… que ella no pudo evitar excitarse.

– ¿Te parezco insensible? -insistió David, antes de dejar que su boca viajara por su muñeca y la parte interior del brazo hasta el hombro.

– Creo que ya te has explicado -consiguió decir. Luego trató de apartar el brazo.

David soltó la mano de ella, pero sus labios estaban en el hombro, para después explorar el hueco de su clavícula y la piel delicada que había debajo de la oreja. Ella dio un suspiro profundo y luchó por no estremecerse, pero David se dio cuenta.

– ¿Lo crees?

– No.

En ese momento, Claudia tenía las dos manos libres, podía empujarlo si quería. Pero, sin darse cuenta de lo que hacía, dejó que las manos descansaran provocativamente en los anchos hombros masculinos y acarició los músculos que tanto recordaba. David gimió y la apretó salvajemente contra él. Entonces, el beso fue una llama que se convirtió en un deseo inesperado.

Las tensiones, los gritos, las discusiones, la provocación… todo se disolvió en una misma necesidad, en una misma urgencia donde sólo importaban los besos y el calor de los cuerpos. Las manos de David apretaban el cuerpo de Claudia y ésta se abrazó a él, gimiendo al notar que él tiraba de la camiseta para acariciar sus pechos con la boca, para tocar sus muslos suaves para meterse dentro de su cuerpo y descubrir sus humedades internas.

– ¡David! -gritó, sin pensar.

– Claudia -murmuró en respuesta contra sus senos-. ¿Claudia? -añadió, como si acabara de escucharse.

Haciendo un inmenso esfuerzo, levantó la cabeza. Claudia estaba bajo él con los ojos medio cerrados de deseo y su cuerpo caliente y abandonado. La muchacha se dio cuenta poco a poco de la duda de él y levantó los párpados lánguidamente.

– ¿David?

– No creo que esta vez no sepamos los dos lo que está ocurriendo.

Las palabras golpearon a Claudia como una bofetada. Hubo un momento terrible y en seguida se apartó de él, temblando.

– ¿Por qué has hecho esto? -preguntó ella, con voz irreconocible.

David tiró de la sábana y la puso entre los dos.

– Es un regalo de cumpleaños -dijo.

Se dio la vuelta y se dispuso a dormir.

– Me gustaría oír una disculpa.

El desayuno había sido servido como en cualquier hotel. Se habían tomado el café en silencio. Claudia distante, David despreocupado.

Típico, pensó Claudia enfadada. Fingir que no había pasado nada era lo más cómodo. David era un hombre y ella sabía por experiencia que lo que menos les gustaba a los hombres era una discusión, sobre todo si trataba de sentimientos y más si era durante el desayuno. Ella tampoco deseaba discutir sobre ello, pero ¿por qué iba a sentarse en silencio y aceptar el modo en que la había besado sin protestar? Se suponía que con treinta años ya debía ser lo suficientemente madura como para hablar del sexo sin tartamudear o avergonzarse.

Así que Claudia dejó su taza de café sobre la mesa y pidió una disculpa.

– De acuerdo, lo siento -dijo David, sin levantar la vista del periódico que estaba leyendo.

– ¿Ya está?

– Tú has dicho que querías una disculpa, te he dicho que lo siento. ¿Qué más quieres?

– Alguna prueba de que de verdad sepas por qué te disculpas.

– Me imagino que quieres una disculpa por haberte besado -suspiró resignado-. Personalmente, no sé por qué he de disculparme por algo que ambos hemos disfrutado, pero si a ti te tranquiliza, no me importa decir que lo siento.

– ¿Y ya está? Me atacaste prácticamente y ahora crees que diciéndome un “lo siento” mientras lees el periódico, voy a conformarme.

David dejó el periódico y miró a Claudia fijamente, con ojos enfadados.

– ¡Espera un minuto! ¿Vas a intentar convencerme de que no te gustó?

– No quería que me besaras -insistió Claudia, a pesar de que sabía que no era eso lo que la estaba preguntando.

– Entonces, no deberías de haberme provocado. Tú no eres ninguna adolescente estúpida. Tú eres una mujer de treinta años con experiencia, y deberías saber que no puedes meterte en la cama con una simple camiseta y empezar a decirme que no tengo sensibilidad.

– Como hombre de experiencia que eres, me sorprende que no sepas resolver las situaciones sin servirte de tu fuerza.

Se miraron a través de la mesa, antes de que David se rindiera con un movimiento de hombros.

– De acuerdo -admitió-. Perdí la paciencia y quizás no debería de haberte besado, pero tú me provocaste.

Los ojos de Claudia estaban llenos de ira, sus mejillas encendidas.

– Puede que no haya sido muy galante, pero si no hubiera sido por mí, quizá habría sido más que un simple beso, ¿no crees?

Hubo un silencio terrible.

– Quizá.

– ¿Quizá?

– De acuerdo, posiblemente.

– Entonces, ¿tengo que disculparme por no seguir?

– ¡No! -gritó Claudia, furiosa.

Era increíble la manera en que él tergiversaba las cosas, haciéndola sentirse confusa.

– Creí que estábamos de acuerdo en mantener una tregua -murmuró ella, tras un silencio.

– No parece que haya sido muy efectiva, ¿no crees? Podemos intentarlo de nuevo. Prometo no besarte otra vez, y tú tienes que prometerme que no vas a provocarme.

– ¿Te refieres a cuando estemos en público o en privado?

– Me atrevería a decir que en público será diferente. Pero hay besos y besos, si me entiendes.

– Te entiendo.

– Así que prometo no tocarte cuando estemos a solas. ¿Te parece bien?

Claudia se quedó mirando dentro de aquellos ojos grises, luego apartó la vista. David tenía la habilidad de dejarla siempre sin nada que decir.

– Sí.

Como David había prometido, dejó a Claudia en casa de Lucy antes de ir al despacho a reunirse con Patrick y otros empleados.

– Adiós, esposa -dijo irónicamente, al detener el coche-. Compórtate. Y no olvides nuestro trato… a menos que quieras que te bese de nuevo.

Claudia no respondió, simplemente cerró la puerta y se dirigió hacia el pequeño porche.

– ¿Qué pasó ayer noche? -le preguntó Lucy, nada más verla-. ¿Qué piensas de verdad de él?

– Es una persona imposible. Es arrogante, dominante, ¡odioso!

– Pero creí que me habías dicho que te gustaba.

– No me gusta. ¡Lo odio!

Lucy estaba completamente confundida.

– Entonces, ¿por qué dijiste que te parecía guapísimo? Ayer noche parecía que Justin era la respuesta a tus plegarias.

– ¡Ah, Justin! Creía que te referías a David -dijo, siguiendo a Lucy hasta una pequeña y funcional cocina donde se puso a preparar un café.

– ¿Por qué, qué ha hecho?

¿Cómo le iba a explicar a Lucy lo del beso? La experiencia de Claudia con los hombres la había convertido en una mujer precavida, así que era una fuerte impresión descubrir que las emociones que ella pensaba totalmente controladas, estallaban de repente por un hombre que ni siquiera le gustaba.

– No es exactamente por lo que haga, es por cómo se siente, cómo mira a todos. Me hace sentirme… no sé, estúpida, creo.

– ¿Tú? -Lucy le dio una taza de café caliente y la miró con asombro. Claudia había sido siempre segura de sí, incluso orgullosa. Lucy no podía entender que algo pudiera provocar que se sintiera estúpida.

Claudia dio un trago a su café y miró hacia abajo.

– ¿Es desagradable con todo el mundo, o sólo conmigo?

– Creo que estás imaginando cosas que no son ciertas. Siempre he visto a David comportándose de manera agradable y lo conozco bien. Creo que a veces puede ser un poco reservado, pero él es así -Lucy se dirigió hacia el salón-. La verdad es que siempre me ha parecido atractivo. No es exactamente un hombre guapo, pero tiene un atractivo muy masculino. Su rostro no es muy expresivo, pero tiene una sonrisa preciosa y puedes imaginar que, tras esa fachada completamente inglesa y controlada, es increíblemente apasionado.

Claudia recordó la boca de David sobre sus senos y sintió un estremecimiento por todo el cuerpo.

– No puedo decir que lo haya notado -consiguió decir, mientras una voz interna la llamaba mentirosa.

– ¿No? -Lucy pareció sorprendida-. Pues siento que no te guste, Claudia, porque es encantador cuando lo conoces mejor -continuó, sentándose en el sofá y poniendo los pies sobre la mesilla de café-. Tiene, además, mucho éxito en los negocios. La compañía era un desastre cuando él se unió a ella, pero ha cambiado todo y ahora tenemos muchos proyectos importantes. Por eso conseguir este contrato para la segunda fase es tan importante. Un proyecto de esta envergadura dará un prestigio enorme a la empresa, pero si el jeque se lo da a otra, nos hará perder confianza. Me imagino que David está muy preocupado por ello y no está mostrando su mejor cara.

– No parecía preocupado cuando hablaba con vosotros ayer noche -dijo Claudia, incapaz de ignorar el asunto.

Si Lucy notó los celos en la voz de su prima, no comentó nada.

– Siempre ha sido muy simpático conmigo -admitió-. Muchos hombres con éxito profesional son demasiado vanidosos y no pierden el tiempo con las esposas de sus empleados. Pero David siempre nos ha tratado como si fuéramos tan importantes como los ingenieros.

Claudia se detuvo a revisar la colección de compactos que había en una estantería.

– ¿Por qué no se ha casado si es tan simpático y tiene tanto éxito? -preguntó, intentando demostrar que no le importaba lo más mínimo.

– No lo sé. Seguro que Patrick lo sabe, pero es aburrido estar siempre hablando de los demás. Sé que David tuvo una novia, pero no sé lo que pasó.

– Su novia probablemente no pudo aguantar ser dominada todo el tiempo -dijo Claudia con acritud.

– Desde luego, no te cae nada bien.

Claudia se mordió el labio. Si Lucy llegara a sospechar que estaba más interesada en David de lo que estaba dispuesta a admitir, no podría soportarlo. Así que se apartó de los compactos y se sentó en el sofá, al lado de su prima.

– ¿Por qué perdemos el tiempo hablando de David Stirling? Hablame de Justin… es a quien he venido a conocer.

Lucy conocía a Claudia desde hacía bastante tiempo. Su prima se estaba comportando de manera extraña, pero si no quería decir qué pasaba, ella no iba a preguntar. Y si quería que creyera que estaba locamente enamorada, Lucy jugaría con ello, pero no creía en absoluto que fuera cierto.

A la hora de comer llevó a Claudia al club, un edificio con un bar de menú sencillo y una piscina. Allí pasaron toda la tarde cotilleando felizmente en la sombra. Claudia parecía sentirse aliviada de que Lucy aceptara tan fácilmente su atracción por Justin. Después de lo que había pasado la noche anterior, era más importante que nunca que David pensara que ella estaba enamorada de otro hombre.

Una cosa era segura: no iba a dejar que David supiera que le asustaba acostarse de nuevo con él. “No eres una adolescente estúpida”, había dicho él, y llevaba razón. Así que tenía que dejar de comportarse como si lo fuera. Claudia no estaba segura de si le gustaba lo que implicaba ser una mujer experimentada, pero si las mujeres maduras eran frías, seguras y capaces de comportarse en cualquier situación embarazosa, entonces era seguro que necesitaba ser una mujer madura.

David envió aquella tarde un coche para recogerla. Cuando llegó, él estaba revisando documentos en la pequeña sala. La vio entrar, pero siguió trabajando y Claudia se vio invadida por una inesperada timidez.

– ¿Qué tal ha ido tu reunión?

– Muy bien. Aunque todavía quedan muchas cosas por resolver -dijo, levantándose de la mesa y mirando a Claudia como por vez primera.

Ella llevaba unos pantalones de lino, una blusa blanca y se moría de calor. Llevaba el pelo por detrás de las orejas y le pareció una persona frágil, allí de pie en la entrada, sin atreverse a entrar.

– ¿Cómo ha ido el día?

– Bien.

Un silencio incómodo se interpuso. La verdad era que el trato resultaba más sencillo cuando estaban discutiendo, pensó Claudia, casi desesperada. No había que pensar en qué decir.

– Creo que tenemos que ir a casa de Lucy para la fiesta. ¿A qué hora nos esperan?

– Hacia las diez y media.

David se estiró, como si tuviera tensión en los hombros. Parecía cansado, pensó Claudia. Quizá no había dormido la noche anterior.

– No hace falta que vengas si no quieres -dijo impulsivamente-. Estoy segura de que a Lucy no le importará.

– Estoy seguro de que no -admitió irónicamente-, pero si crees que vas a pasarte toda la noche charlando con Justin sin mí, me temo que estás muy equivocada.

Claudia estuvo a punto de negar tal intención, pero no dijo nada. ¿Para qué?

– Además -continuó David-, la noticia de nuestra boda se ha extendido a una velocidad increíble. Lucy dice que la fiesta es por tu cumpleaños, pero todo el mundo va a pensar que es una especie de celebración de la boda, así que no puedo quedarme en casa, ¿no crees?

Internamente dolida por la sospecha de David, le costó un esfuerzo sobrehumano prepararse para la fiesta. Cuando acabó, sabía que estaba imponente. Se puso un vestido de color crema que le llegaba a la rodilla y unos zapatos dorados que le hacían las piernas mucho más largas y delgadas. Había completado el atuendo con un grueso collar dorado y unos pendientes a juego que eran una tortura para sus orejas, pero le quedaban estupendamente.

¿Pensaría David que estaba guapa? Puede que pensara que las joyas eran excesivas, pero no se quejaría del vestido.

El hombre se sorprendió cuando la vio salir del cuarto de baño.

– ¿Todo ese esfuerzo por Justin? -preguntó, cuando consiguió articular palabra-. ¿Estás segura de que merece la pena?

Claudia luchó por no disgustarse demasiado. ¿Qué era lo que esperaba? ¿Que la tomara en sus brazos y le dijera lo guapa que estaba? Era una idiota, se dijo a sí misma. ¿Y de todas maneras, qué le importaba su opinión?

– No lo sé -dijo, después de una pausa-. Pero voy a divertirme descubriéndolo.

La cara de David se tornó sombría.

– ¿Puedo recordarte que van a estar en la fiesta todos mis empleados? Espero que no te pases la noche admirando a Justin. Intenta comportarte como la mujer con la que yo podría casarme, si no te es demasiado difícil.

– ¿Y qué tipo de mujer sería ésa? -preguntó dulcemente Claudia-. Dímelo y fingiré serlo, por supuesto.

– Me casaría con una mujer sincera, sencilla y sensible. Y no son las cualidades que tú pareces tener, así que espero que seas buena actriz.

CAPÍTULO 7

LA CASA de Lucy estaba tan llena de gente, las risas sonaban tan divertidas en medio de aquel oasis, que David y Claudia se quedaron un rato en el coche, en completa oscuridad.

– ¿Crees de verdad que alguien puede creer que estamos casados? -preguntó de repente Claudia.

– ¿Por qué no iban a hacerlo? Lo importante es que nadie imagina que podamos mentir, así que si te comportas con Justin, no tienen por qué sospechar. Sólo tenemos que parecer enamorados -añadió, con un tono irónico.

– No estoy segura de cómo fingir que estoy enamorada de ti.

– Sólo tienes que mirarme como ayer cuando te besaba.

Claudia respondió con un insulto y agarró el tirador de la puerta para salir del coche. David la agarró del brazo.

– Si entras así, todos creerán que estamos a punto de divorciarnos ya. Vamos a entrar sonriendo y fingiendo que estamos enamorados, y vamos a recordar el trato, ¿vale?

– Sí.

Cuando llegaron al salón, Lucy abrazó a ambos.

– ¡Claudia, pareces tan cambiada! -gritó.

– Es porque tengo treinta años y a ti te faltan cinco meses. Cuando seas como yo, también parecerás muy adulta. Nada más llegar a los treinta, en teoría, adquieres personalidad y estás en paz con tu cuerpo.

– Parece que en ti es cierto -dijo Lucy con admiración. Se dio la vuelta hacia David para saludarlo-. ¿No está guapísima?

– Sí -dijo, con voz extraña.

– Todo el mundo sabe lo de vuestro matrimonio secreto -continuó Lucy en voz baja-. Así que me temo que tendrás que hacer un brindis y decir unas palabras.

– ¿No les dijiste que no queríamos nada complicado?

– Por supuesto, pero no puedes evitar que la gente se alegre por ti. Todos te quieren, David. ¡Piensa que es un ensayo para cuando te cases de verdad!

Claudia conversaba animadamente con Patrick. Nunca parecía tan relajada y contenta estando con él, pensó David, y por alguna razón le irritó la idea.

– Lo haré cuando haya un poco de silencio -contestó a Lucy.

Dicho lo cual fue hacia Claudia para tomarla de la mano. Después de todo, se suponía que le pertenecía aquella noche.

La mano de David provocó en Claudia un temblor, e involuntariamente, se agarró a ella. La energía de él parecía fluir hacia ella, dándole fuerzas, pero cuando alzó la vista, el rostro de David era completamente inexpresivo.

– Vamos, saludemos a todos -sugirió.

Como Lucy había pronosticado, todos tenían ganas de conocer a Claudia y felicitarla por su matrimonio. A nadie le resultó extraño que se hubieran casado tan precipitadamente.

– ¿Por qué esperar? -decía una mujer de unos cincuenta años-. Ambos son suficientemente mayores para saber lo que quieren.

– Nunca deseé una gran boda -respondió Claudia, queriendo contribuir a la conversación-. Siempre pensé que lo que importa es el compromiso entre las dos personas, no el tamaño de la tarta o el color de los manteles.

– Tienes razón, hija. Lo único que importa es que David y tú os amáis… y es fácil verlo. ¿Cómo os conocisteis?

Claudia se quedó un momento sin saber qué decir. David no pareció intimidado.

– Ibamos en un avión en asientos contiguos.

– ¡Oh, qué romántico! ¿Fue un flechazo?

– No del todo, pero casi, ¿verdad, Claudia? -respondió David, agarrando un mechón de pelo de Claudia y colocándoselo detrás de la oreja.

Claudia tenía la sensación de que el suelo se había abierto a sus pies, dejándola sobre un abismo de oscuridad y deseo. El roce de la mano de él había sido muy suave, pero su piel había temblado. Pensó en la primera vez que lo había visto, serio y contenido en la sala de espera del avión. Pensó en la fuerza de su cuerpo y la seguridad que sentía ella cuando estaba a su lado. Pensó en su boca y en sus manos, y no quiso seguir mirando al abismo y descubrir lo que había.

Todos estaban esperando a que Claudia dijera algo. Se tomó el champán de un trago.

– Sí, casi.

Claudia se sintió aliviada de que los separasen en diferentes grupos, de modo que él no estuviera demasiado cerca. Aunque por otra parte, eso era peor, ya que la gente seguía preguntándole detalles de la boda o de la luna de miel.

Mientras respondía como podía las preguntas, incluso se inventó que habían ido de luna de miel a las Seychelles y que le había regalado un anillo con un zafiro y diamantes para su cumpleaños, no paraba de fijarse en David, al otro lado de la habitación. Parecía tan frío y contenido cuando hablaba con otras personas. Aunque no paraba de sonreír. A todo el mundo, salvo a ella.

Era imposible no darse cuenta del modo en que él dominaba la habitación. No es que fuera más alto ni guapo que los demás, si acaso más bien era al revés, pero había algo que emanaba de él, una especie de energía, que lo hacía el foco de todas las miradas.

A pesar de que él no hubiese cumplido todavía los cuarenta años, parecía tener la experiencia y compostura de un hombre mayor. Especialmente si se le comparaba con el resto de hombres de la reunión. Excepto algunos ingenieros veteranos, el resto eran veinteañeros que estaban comenzando sus respectivas carreras. Claudia se quedó sorprendida al darse cuenta de que ya no se sentía identificada con los jóvenes. Ella era una treinteañera a partir de ese día. Y lo más curioso era que no sentía deseos de volver a tener veinte años. Con una sonrisa irónica en el rostro, pensó que, después de todo, posiblemente fuera cierto que había madurado esa noche.

– He pasado toda la noche intentando conocerla – dijo un joven ingeniero, que se presentó a sí mismos como Pete y la miraba con verdadero interés-. Lo cierto es que no es usted la mujer que me imaginé al oír que David se había casado.

– ¿Y qué esperaba?

– Pensé que sería como sus otras novias. Pero después de verla, no me extraña que haya decidido casarse con alguien tan diferente. Usted parece mucho más divertida.

– ¿Y cómo eran esas otras novias?

Pete se dio cuenta de que había entrado en un terreno pantanoso.

– ¡Oh, bueno, en realidad no llegué a conocer a ninguna de ellas en profundidad! Sólo las pude ver en reuniones de este estilo cuando estábamos en Londres. Ellas eran muy agradables y bonitas… pero David no las miraba como la mira a usted.

Claudia estaba segura de eso. David nunca habría mirado a esas jovencitas tan bonitas con el desagrado con el que la había mirado a ella. Al darse cuenta de que estaba apretando tanto los puños que se estaba clavando las uñas en las palmas de las manos, trató de relajarse un poco. No quería que Pete pensase que estaba celosa. En realidad, a ella no debía de importarle en absoluto si a David le estaba esperando en Londres todo un harén de jovencitas.

– ¿Quién es esa chica con la que está hablando ahora? -preguntó, al darse cuenta de que David estaba hablando con Justin Darke y con una joven de unos veinte años.

Pete se alegró de manera ostensible del cambio de tema.

– Es Fiona, la hija de John Phillips. Es una estudiante, y creo que está visitando a sus padres durante sus vacaciones. Es una chica bonita -añadió.

Claudia pensó que David también debía de pensar que era guapa por el modo en que le estaba sonriendo. Además, ella era muy joven. Al ver la frescura de la piel de la muchacha, Claudia se olvidó de que había llegado a convencerse de que estaba contenta de haber cumplido los treinta. ¿Quién querría la madurez de los treinta si pudiera tener la frescura de los veinte?, pensó con amargura.

¿Y quién querría ser una persona con glamur si se podía ser una persona honesta y sensible como era el ideal de mujer de David? Fiona parecía tener esas cualidades, pero no era ella la que se suponía que era su esposa esa noche. Quizá debería recordárselo a David.

Se dirigió hacia el grupo después de excusarse con Pete. David parecía haberse olvidado de su existencia desde hacía ya bastante tiempo.

– Hola -dijo ella, mientras se acercaba a él sonriendo. Con la barbilla alta y una brillo de orgullo en los ojos, colocó una mano de modo deliberado sobre el brazo de David-. Te echaba de menos.

David la miró con cautela. Se preguntó a qué vendría ese cambio de actitud. Se imaginaba que se lo había estado pasando muy bien, ya que siempre que la había mirado la había encontrado animada. Él había estado hablando de su luna de miel. Y con eso había conseguido mantener una conversación con Justin, lejos de Claudia. Le había extrañado que no se acercara a él en toda la noche. Nadie habría podido sospechar que él fuese la única razón de que ella estuviera allí.

– Claudia, ésta es Fiona Phillips -dijo David. No le gustó el hecho de que la presencia de ella le pusiera tan nervioso. Podía sentir los dedos de ella sobre su brazo desnudo y oler su perfume-. Y ya conoces a Justin, por supuesto.

– Por supuesto. Es un placer volver a verlo tan pronto.

David no se extraño de la cálida mirada que Claudia dirigió a Justin. Pero cuando estaba comenzando a retirarse, ella entrelazó sus manos con las de él mientras saludaba a Fiona. ¿A qué estaría jugando?

– Justin me ha contado que trabajas en televisión -Fiona tenía unos ojos marrones enormes, pelo rizado y una expresión dulce. Su piel era fresca y no necesitaba maquillaje.

– Es cierto. Trabajo para una productora.

– Me hubiera encantado trabajar en algo así, en vez de estudiar. ¡Me parece algo tan excitante!

– Bueno, es un trabajo que exige mucha dedicación -Claudia estaba desbordada por la mirada de evidente admiración de la chica.

Notó que el brazo de David estaba tenso. A pesar de su mirada inexpresiva, sabía que estaba enfadado. Era evidente que despreciaba el glamur del mundo de la televisión. El prefería que las muchachas fueran inteligentes y sencillas.

¡Pues le iba a enseñar con qué tipo de mujer estaba tratando! Comenzó a contar historias de la productora que hicieron reír a Fiona y a Justin. David no pasó de una sonrisa tensa.

– No vas a dejar tu trabajo, ¿verdad? -preguntó Fiona.

– ¿Dejar mi trabajo? Por supuesto que no. Me ha llevado mucho tiempo llegar tan lejos.

– Me refería a si influiría el hecho de estar casada.

– ¡Oh! -Claudia se había implicado tanto en las historias que había estado contando que casi se había olvidado de lo que estaba haciendo allí-. La verdad es que no he pensado todavía en retirarme. Me volvería loca estando todo el día sin hacer nada, limitándome a esperar que David volviera a casa. Por supuesto, eso cambiará si tenemos hijos.

– ¿Habéis planeado tener hijos?

– Claro que sí -y, entonces, dirigió a David una mirada provocativa.

– ¿Cuántos? -preguntó Fiona.

– A mí me gustaría tener seis, pero David piensa que cuatro son suficientes -respondió Claudia, apoyando la mejilla sobre el hombro de él-. ¿Verdad, cariño?

– Más que suficientes -dijo David, mirando a Claudia con una expresión significativa, que ella acogió con inocencia. ¡Seis niños! Seguramente, eso incluiría los que pensaba tener con Justin también.

– ¡Por favor, atiendan un momento! -Patrick comenzó a golpear su vaso con un cuchillo, mientras todo el mundo se volvía hacia él-. Me han pedido que diga unas palabras de bienvenida para Claudia y David. No soy hombre de grandes discursos, así que para no prolongar vuestra agonía, sólo quiero que sepáis que todos nos alegramos mucho de que estéis aquí esta noche y os deseamos que seáis muy felices juntos.

– Y os perdonamos que no nos invitaseis a la boda -gritó alguien entre risas.

De pronto, ambos se dieron cuenta de que se había formado un hueco a su alrededor y que todo el mundo los miraba con expectación.

– ¡Que hablen! -gritó otra persona.

Claudia respiró aliviada debido a que no se esperaba que la novia tuviera que hablar en ese tipo de ocasiones. David no fue tan afortunado.

– Muchas gracia a todos -comenzó a decir él, mientras la agarraba de la cintura con gesto aparentemente tranquilo-. Nos hubiera gustado invitaros a la boda, pero lo cierto es que todo fue tan rápido que nosotros estamos tan sorprendidos de vernos casados como vosotros.

Todos rieron, pensando que hablaba en broma.

– Quiero que sepáis que os estamos muy agradecidos por esta bienvenida. También me gustaría que os unierais a mí en un brindis por Claudia, que en una sola semana se ha encontrado con que está casada y tiene treinta años.

Levantó su vaso en dirección a Claudia y le sonrió con lo que casi pareció arrepentimiento.

– ¡Por Claudia! -se oyó en toda la habitación, pero ella apenas se dio cuenta, debido a que no podía apartar los ojos de él.

David la acercó más todavía y ella levantó instintivamente la cabeza, de modo que él la besó sin que su cuerpo obedeciese las órdenes de su cerebro.

Incluso cuando ya no tenía remedio, él se intentó convencer de que iba a ser un beso impersonal y breve para satisfacer la expectación que habían levantado, pero el modo en que se juntaron sus labios le hizo darse cuenta de que estaba equivocado. Los labios de ella eran cálidos y lo besaban de una manera natural. El beso fue cobrando vida propia y los envolvió en un mundo dulce repleto de promesas.

Claudia se dio cuenta de que estaba girando lentamente, con una mano sobre la espalda de él y la otra sobre el pecho. Lucy, Patrick y el resto habían desaparecido, dejándolos solos. Claudia ya no quería pensar en lo que David le había dicho o hecho anteriormente, prefería concentrarse en la fuerza con la que la apretaba contra él, en sentir su brazo alrededor de ella, en el sabor de su boca y en que, por unos momentos al menos, él le pertenecía.

Se oyeron varios suspiros sentimentales que hicieron que David tratara de recuperar el control, aunque sin conseguirlo. Tomó aire por un momento, pero en seguida se encontró besándola de nuevo.

Finalmente, se obligó a dejarla marchar y, por unos momentos, se quedó aturdido, mientras la gente silbaba y aplaudía.

Claudia apenas pudo oír el aplauso. Sentía las piernas débiles, como si necesitara que la sujetase David de nuevo para poder mantenerse en pie.

Lucy se acercó a ellos sonriendo de oreja a oreja.

– Habéis estado fantásticos. Después de esa actuación, creo que deberíais dedicaros al teatro.

Esas palabras fueron como un cubo de agua fría que terminó de devolverlos a la realidad. Se separaron el uno del otro y se miraron de un modo ridículamente incómodo. David tenía todavía el vaso en la mano y miró al suelo preguntándose cómo había podido pasar aquello.

Los labios de Claudia temblaban, su sangre hervía y no sabía qué hacer con las manos. Las sentía vacías después de haberlas tenido alrededor de David. Cuando alguien le dio una copa de champán, la tomó de un trago en un intento de calmar sus nervios agitados.

– Lo siento, David -murmuró Patrick, acercándose a ellos-. Intenté convencerlos de que vosotros no queríais que os dijeran nada de la boda, pero no se lo creyeron.

– No te preocupes -contestó David, aclarándose la garganta.

– ¿No lo han hecho estupendamente, en cualquier caso? -dijo Lucy.

– Estupendamente, sí -respondió Patrick, mirando a ambos.

Claudia no podía mirar a David, que parecía perfectamente capaz de seguir una conversación normal con Patrick, mientras ella sólo quería esconderse en sus brazos. Horrorizada, se apartó e intentó conversar con otro grupo.

Todo el mundo quería felicitarla. Claudia intentaba en todo momento decir lo adecuado, pero le era muy difícil concentrarse. Todavía sentía el beso de David en sus labios.

Llegó un momento en que pensó que no podía controlar por más tiempo lo que estaba pasando a su alrededor, así que tuvo que salir a la terraza. Justin, que estaba solo, sonrió al verla y se acercó a ella.

– Parece que necesita un descanso. ¿Le cansan las reuniones con mucha gente?

– Algo así -admitió-. ¿Qué está haciendo aquí solo? -preguntó, tras una pausa.

– También a mí me cansan las reuniones -dijo, con una sonrisa-. Quería pensar un poco.

– Lo siento. No tenía que haberle interrumpido.

– No, me alegra que haya venido. Para decirle la verdad, estaba pensando en usted y David. Es maravilloso verlos juntos -el hombre miró a la lejanía unos segundos-. Mis padres se separaron cuando yo era un niño, y siempre he jurado no cometer el mismo error. Lo que ocurre es que, cuando conoces a alguien que te parece especial, piensas si no merece la pena arriesgarte. Usted y David decidieron arriesgarse.

– No llevamos mucho tiempo casados -contestó incómoda.

Justin movió la cabeza.

– Hay un lazo fuerte entre ambos, todos nos damos cuenta. No están juntos todo el tiempo, como hacen otras parejas, pero se nota que continuamente están atentos uno del otro. Es una especie de electricidad, creo. Lo noté nada más conocerlos.

– ¿De verdad?

– Seguro. ¿Cree que el matrimonio es más estable cuanto se establece en la madurez? -el hombre hizo una mueca, arrepintiéndose de lo dicho-. Lo siento, no he querido ser grosero.

– No pasa nada -dijo Claudia, riéndose-. Tener treinta años no es ser un anciano, pero entiendo lo que ha querido decir. Cuanto mayor eres, más posibilidades tienes de saber elegir.

– Exactamente. Eso lo hace menos arriesgado, ¿no es así? Mucho menos que si uno se casa mucho más joven… por ejemplo, a los veinte.

Su tono intentaba ser ligero, pero a Claudia no la engañaba. Parecía como si Justin pensara en algo determinado.

– De todas maneras, no creo que haya una edad ideal para casarse. Siempre existirá un riesgo. Nunca se sabe cómo van a funcionar las cosas. Lo importante es que sientas que te estás casando con la persona con la que quieres pasar el resto de tu vida. Y no creo que importe si tienes veinte, cuarenta o sesenta.

– Hay diez años de diferencia entre David y usted, ¿no? ¿Cree usted que habría sido lo mismo si se hubieran conocido hace diez años, cuando usted tenía veinte y él treinta?

Claudia pensó en sí misma cuando tenía veinte años. No tenía arrugas alrededor de los ojos y su piel era más suave, pero era insegura y trataba de disimularlo bajo una fachada un poco arrogante que podría engañar a más de uno. De todos modos, no pensaba que entre ellos pudiera haber mejor relación que la que tenían en ese momento.

– Es difícil decirlo, pero creo que sería lo mismo -contestó, un poco triste.

Justin dio un suspiro, como si se hubiera quitado un peso de encima.

– Me alegra mucho haber hablado con usted, Claudia. Es usted maravillosa… -se interrumpió al ver aparecer a alguien-. ¡Oh, David!

Claudia se dio la vuelta y vio en la entrada a David. Su cuerpo alto y sólido destacaba a contraluz. Era imposible ver la expresión de su cara.

Justin se levantó.

– ¿Estaba buscando a su esposa? -preguntó, de buen humor, Justin.

– Así es -dijo David-. Pero parece muy contenta aquí.

– Es una gran señora. Me ha estado dando algunos consejos sobre el matrimonio.

– ¿De veras? -preguntó David, con una sonrisa de la que no participaban ni sus ojos ni sus puños cerrados.

– Se está haciendo tarde. ¿Te apetecería que nos retiráramos?

– Sí -respondió Claudia, con un ataque repentino de timidez. Herida por la lejanía de su voz, que sugería que no le había importado nada que ella estuviera sentada allí con Justin.

Se levantó y se dirigió con David a despedirse de Lucy y Patrick. Seguidamente se despidieron de otros invitados.

Finalmente, salieron por la puerta. Cuando estuvieron a solas, David soltó a Claudia y caminaron en silencio hacia el coche.

Cuando David encendió las luces, Claudia vio su perfil iluminado. Observó la poderosa línea de su nariz y su barbilla y, por primera vez, tuvo conciencia de la atracción que sentía hacia él. No hacia el ingeniero y director de empresa, no hacia el irritable y molesto compañero de los últimos tres días, sino hacia su carne y su sangre, hacia el David con un corazón y una piel que la excitaban maravillosamente.

La mujer sintió escapar todo el aire de sus pulmones y un deseo profundo y excitante la invadió.

¿Cómo sería estar de verdad casada con él?

Claudia dio un suspiro profundo. ¿Qué le estaba pasando esa noche? No estaban casados y no querían estar a solas y, a juzgar por la indiferencia del rostro de David al encontrarla a solas con Justin, no tenía intención de hacerle el amor al llegar al palacio.

Tampoco es que ella lo quisiera, se dijo a sí misma inmediatamente. Sólo estaba pensando… eso era todo.

CAPÍTULO 8

CUANDO ENTRARON al dormitorio, Claudia se quedó inmóvil, como desorientada. David la miró y ella contuvo el aliento. El hombre dejó las llaves sobre una estantería y también pareció dubitativo.

– Creo que todo ha salido bien, ¿no te parece? – dijo Claudia, incapaz de soportar el silencio.

– Sí.

– Nadie pareció sospechar que no estábamos casados -continuó, quitándose los pendientes con manos temblorosas.

– No.

– Todo el mundo fue muy simpático, ¿verdad?

– Sí.

Hubo otra pausa horrible y David se acercó a abrir la puerta de cristal que conducía al patio interior, como si necesitara aire. Se quedó en la entrada y se metió las manos en los bolsillos de los pantalones.

– Siento lo del beso -murmuró.

– No… no te preocupes -dijo Claudia, tras unos segundos de vacilación.

– Hablaba en serio cuando te prometí que no te besaría más. No era necesario, pero…

Habría bastado un beso en la mejilla o un simple abrazo, pero ¿cómo explicarle que su perfume lo había hechizado? La tenía a su lado, el rostro de ella se levantó hacia el suyo y besarla fue lo más natural.

– No importa -insistió Claudia con dificultad-. Todo el mundo estaba esperando que me besaras.

– Sí. Simplemente no quería que pensaras que he olvidado el trato -continuó, sin saber muy bien por qué había empezado a hablarle de ello.

Las mejillas de Claudia estaban encendidas. ¿Intentaba decirle que ella tenía la culpa de que el beso hubiera sido mucho más?

– De verdad no importa -le interrumpió desesperada.

David la miró.

– No volverá a ocurrir, ni en público ni en privado.

– Bien -contestó, sin saber por qué sentía unas tremendas ganas de llorar.

David miró a Claudia incómodo. Ella parecía enfadada y sus mejillas tenían un color sospechosamente brillante. Deseó no haber empezado a hablar de ello, pero ella merecía cierto agradecimiento por la velada. Nadie dudó de que fuera su esposa debido a que ella interpretó su papel con firmeza. Al final de la noche, estaba harto de que todos le hablaran de que hacían una pareja estupenda.

Claudia seguía inmóvil, con los pendientes en la mano. El aire parecía lleno de tensión.

– Tú y Justin os estáis haciendo muy amigos.

– Sí -contestó ella, sin pensar.

– Estuvisteis fuera mucho tiempo -dijo, tratando de parecer desinteresado, superficial.

– No sabía que él estaba allí cuando salí -explicó rápidamente-. Salí a tomar un poco de aire… estaba cansada de mentir. Justin estaba sentado en la terraza y estuve a punto de volver a entrar al verlo.

David se encogió de hombros.

– Parece muy impresionado por ti.

– Eso no es lo que dijiste ayer noche.

– Eso fue distinto. Yo estaba diferente -admitió David.

– ¿Sí?

– Estábamos los dos cansados y enfadados por la situación -David se dio la vuelta y metió más profundamente las manos en los bolsillos-. Creo que estoy intentando decirte que te agradezco lo que has estado haciendo. Me imagino que no es fácil fingir que estás casada con un perfecto desconocido, pero lo has hecho muy bien. Tú has mantenido tu parte del trato, así que es justo que yo haga lo mismo. Viniste a conocer a Justin Darke y deberías de aprovechar la oportunidad. No es asunto mío cómo manejes el asunto, siempre que nadie haga preguntas sobre nuestro supuesto matrimonio.

David se quedó pensativo unos segundos.

– Siento si he sido un poco brusco. Estoy preocupado por ese contrato y me temo que lo estoy pagando contigo, pero creo que los dos somos adultos y capaces de conseguir cada uno nuestro objetivo. Así que, desde ahora, prometo no interferir entre tú y Justin.

– Gracias. Creo que no volveremos a tener problemas.

David había sido sincero. ¿Qué más podía pedir ella? Los dos sabían en ese momento dónde estaban. La conversación debería de haber eliminado tensiones, pero como se acercaba la hora de irse a dormir, todo parecía mucho más difícil.

Claudia se acostó mirando hacia la pared y permaneció inmóvil, sabiendo que David estaba tumbado a pocos centímetros. La noche anterior ella había permanecido largo tiempo despierta, enfadada por el modo en que la había besado, pero esa noche era diferente. La había besado… de manera distinta. De una manera dulce, disfrutando ambos, y ella había deseado que ese beso no terminara.

Y en ese momento, estaban tumbados en medio de la oscuridad, Si ella se giraba y él se giraba a su vez, estarían uno en brazos del otro.

Pero David había dejado claro que no lo deseaba. “No volverá a ocurrir”, había dicho. Así que ella podría disfrutar de las vacaciones como tenía planeado, podría hacer lo que quisiera con quien quisiera… Eso era lo que quería, ¿no?

La primera cosa que David vio al despertar, fue la cara de Claudia prácticamente pegada a la suya. En algún momento de la noche se había dado la vuelta y tenía una mano extendida hacia él. Tenía la respiración tranquila de alguien que duerme y David pudo observarla como nunca antes lo había hecho.

Su piel era suave y delicada, ligeramente sonrosada por el sueño. El cabello rubio dorado le caía por la cara. Los labios sonreían ligeramente, como si estuviera soñando algo agradable y las oscuras pestañas provocaron una intensa sensación en el corazón de David. Trató de recordar lo irritable que podía llegar a ser. Que era egoísta y caprichosa. Sí, claro que era guapa, muy guapa, pero ya había tenido novias muy guapas y no iba a cometer el mismo error.

Claudia suspiró y se estiró en sueños. Luego se volvió, quedándose boca arriba y levantó un brazo por encima de la cabeza con un gesto inconscientemente sensual. El movimiento hizo que la camiseta se ciñera a sus pechos y David dio un suspiro y se obligó a levantarse de la cama. Fue a la ducha y dio al grifo del agua fría. No iba a hacer el ridículo otra vez con Claudia. Desde luego que no.

Cuando Claudia se despertó, David se había ido. El teléfono sonó mientras estaba desayunando.

– Llamaré a la compañía y les diré que manden un chófer que vaya a recogerte -dijo Lucy, sin sorprenderse al saber que David se había ido a trabajar-. Patrick también se levantó al amanecer. Me dijo que iban a estar muy ocupados toda la mañana, pero que intentarían hacer un hueco para comer con nosotras en el club.

Cuando Claudia llegó a casa de Lucy, ésta estaba en la piscina tomando el sol.

– ¡Si es la señora Stirling! -exclamó con una mueca-. No sé cuántas veces me dijeron que erais una pareja encantadora.

– Es sorprendente lo fácil que es hacer que la gente crea lo que les dices, ¿verdad? -dijo Claudia, con una sonrisa forzada.

– Tengo que decirte que, si no hubiera sabido la verdad, yo misma hubiera creído que estabais locamente enamorados. Actuasteis de una manera muy convincente -aseguró Lucy, mirando con suspicacia a su prima-. Pensé que no te gustaba David.

– ¡Oh, bueno…! -Claudia se encogió de hombros.

No podía seguir insistiendo en que lo odiaba porque su prima iba a sospechar. Por otro lado, tampoco quería que supiera que le gustaba. No quería que nadie lo pensara, ni siquiera lo tenía que pensar ella.

– Eso lo dije porque estaba de mal humor. No me disgusta. Sólo que no me gustaría tener que pasar tanto tiempo con él. Lo que me apetecería es conocer más a Justin.

– Sabía que te iba a gustar. Es un cielo, ¿verdad? Él piensa que tú también eres maravillosa. Creo que estuvisteis hablando largo rato ayer por la noche y, cuando os fuisteis, me dijo que eras estupenda. Es una pena que piense que estás casada con su jefe. Si no, sería perfecto.

– Lo sé. Es lo de siempre, ¿no crees? Finalmente encuentro al hombre perfecto y no puedo hacer nada. ¡Si no fuera por David Stirling, podría estar disfrutando de mis treinta años!

– Habrá algo que puedas hacer -afirmó Lucy, que odiaba ver cómo su prima desperdiciaba una oportunidad única-. No puedes seducir a Justin mientras que piense que estás casada con David… eso no sería justo, pero quizá pudieras pedir a David que le dijera a Justin la verdad.

Claudia pensó que moriría antes de pedir a David algo así. Afortunadamente, en ese momento llegaron Fiona y su madre.

Fiona parecía descansada y mucho más guapa que la noche anterior y saludó a Claudia con cariño. La admiración que sentía hacia ella era tan evidente, que Claudia se sintió un poco culpable cuando recordó lo celosa que se había sentido con ella. Fiona era una adolescente muy atractiva, pero admiraba la experiencia de Claudia.

Comenzaron a hablar sobre la televisión. Fiona estaba impresionada por todo lo que Claudia contaba. Si ella trabajara como secretaria, seguro que no pensaría que era tan excitante, pensaba Claudia, aunque no se sintió capaz de desilusionarla.

Seguían hablando cuando Lucy miró hacia arriba e hizo una señal.

– Ya están aquí -murmuró alegremente-. Han venido todos: David, Patrick, John… y Justin -dijo, guiñando un ojo a Claudia-. ¡No solemos verlo nunca a estas horas de la mañana!

Ruborizándose intensamente, Fiona se giró. Claudia se esforzó por no hacer lo mismo y permanecer sentada tranquilamente hasta que David se acercara.

Este, a su vez, al ver su porte orgulloso, se acercó inseguro. Patrick dio un beso a Lucy, y él pensó que tendría que hacer lo mismo. Había prometido no besarla, si no era necesario, pero no podía tampoco mostrarse frío con ella.

En vez de besarla, acarició su cabello y puso una mano sobre su cuello.

– ¿Estás bien?

Claudia sintió el roce y notó que toda su piel se encendía, que su corazón comenzaba a palpitar a toda velocidad dentro de su pecho.

– Y tu reunión, ¿qué tal ha ido?

– Bastante bien… lo suficiente como para disfrutar de una buena comida -dijo, dejando la mano sobre el lóbulo femenino.

– Ahora entendemos por qué David está tan deseoso de conseguir el contrato -dijo Phillips, acercándose con una bandeja de bebidas-. ¡Necesita el dinero para tener a su mujer entre zafiros y diamantes!

– Sin mencionar a los seis hijos -terció Patrick.

– ¡Y dos lunas de miel! -exclamó Justin.

Claudia miró a David sin saber qué decir, y éste esbozó una sonrisa enigmática.

– Parece que todo el mundo estaba un poco confundido al saber que según tú íbamos a ir a las islas Seychelles, y según yo a Venecia. He tenido que confesarles que no nos habíamos puesto de acuerdo.

– Tiene su explicación: creo que el viaje a Venecia no sería una luna de miel propiamente dicha, ¿verdad? Habíamos hablado de ir allí para un fin de semana largo.

– Veo que su esposa tiene gustos caros -dijo Phillips, sonriendo con indulgencia-. Pero espero que no obligue a su marido a que le compre todos los días un anillo de diamantes.

– Me conformo con uno al año. Era mi cumpleaños.

– ¿Cómo es? -preguntó Fiona con curiosidad.

– Es bastante sencillo -contestó Claudia, pensando a toda velocidad una mentira-. Tiene un zafiro y un diamante, pero es muy bonito, ¿verdad, David?

– Me sorprende oír que le ha regalado un anillo – dijo la madre de Fiona inesperadamente-. Al ver que no llevaba anillo de casada, pensé que no le gustaban.

Hubo una pausa incómoda. Las manos de David se tensaron sobre el cuello de Claudia y la mente de ésta se quedó en blanco unos segundos.

– ¡Oh, no! -exclamó, después de unos segundos-. Me encantan los anillos. No llevo el de casada porque me dio una reacción alérgica en la piel justo después de la boda y quiero descansar unos días.

Lucy la miró con admiración y David hizo un gesto cariñoso con la mano. Luego, dándose cuenta de que estaba acariciándole el cuello como un estúpido, apartó la mano y fue a sentarse entre Fiona y Phillips.

Herida por el abandono de David, Claudia se dio la vuelta y se encontró con Justin, al que dirigió una amplia sonrisa. Creyó ver un gesto irritado en su cara, pero al momento desapareció y Claudia pensó que eran imaginaciones suyas.

David y Fiona hablaban en voz baja y Claudia los miraba por el rabillo del ojo, mientras intentaba hablar animadamente con Justin. Era imposible que David estuviera interesado en Fiona, se dijo. Puede que fuera muy guapa, pero era veinte años más joven que él. Seguro que a Fiona le gustaba David, pero no ella a él.

Claudia intentó reprimir un suspiro y redobló sus esfuerzos por entretener a Justin. Si tenía suerte, David se daría cuenta de que había alguien que la encontraba divertida, aunque no fuese él.

David, en ese momento, estaba un poco tenso. Le había costado mucho dejar de acariciarla y ahora la veía hablando provocativamente con Justin, mientras Fiona le decía lo maravillosa que debía de ser como esposa.

– Tiene tanta personalidad… -decía con entusiasmo la muchacha-, y es tan divertida. ¡Nos hemos estado riendo muchísimo con las cosas que nos ha estado contando hace un rato! Además, ha sido encantadora hablándome de su trabajo, incluso se ha ofrecido a que vaya a visitarla la próxima vez que vaya a Londres. Es maravilloso ver a una pareja que tienen trabajos tan interesantes. Si usted tuviera que quedarse aquí como… mi padre, por ejemplo, ella tendría que dejar su trabajo, ¿no?

– Hay bastante trabajo en televisión aquí en Telama'an -respondió David, tratando de no fruncir el ceño al ver cómo se reían Justin y Claudia.

– Me gustaría ser como Claudia. Tiene tanta seguridad, es tan encantadora… es como una luz.

– Tiene claro lo que quiere -dijo David con ironía.

– Lo sé, y eso es muy importante si quieres tener éxito en la vida. Claudia dice que la ambición no es algo negativo. Es tan guapa y a la vez tan realista, ¿verdad?

– No deberías intentar ser como otra persona -respondió David, que comenzaba a hartarse de oír hablar de Claudia-. Todos te queremos tal como eres.

Las palabras cayeron en un momento en que todos habían dejado de hablar. Nadie dio muestras de darle una doble interpretación, pero la mirada de Claudia fue un tanto peligrosa. ¡Se suponía que tenía que fingir amarla a ella!

Durante la comida, se fue enfadado más al ver que David se sentaba lo más lejos posible de ella. A David, por su parte, se le hizo interminable. Era consciente de que Claudia era el alma de la reunión. Gesticulaba con las manos y reía alegremente, echándose de vez en cuando hacia atrás el dorado cabello. David pensaba que estaba luciéndose y miraba hacia su plato con rostro sombrío. No podía entender por qué los demás disfrutaban tanto de lo que decía. Por qué se reían y la animaban, como si pensaran que era muy divertida.

¿Divertida? ¡Ja! Pensó David, cortando su filete con furia. El se divertía mucho más mirando las predicciones del tiempo en cualquier tarde lluviosa de noviembre.

Finalmente se acabó la comida. David miró a su reloj y se levantó.

– Es hora de que volvamos -dijo, ignorando las miradas sorprendidas de Patrick, Justin y John. Él era el jefe, ¿no? y él decidía cuándo comenzar la jornada de tarde.

Fue lo que pensaron los tres hombres. Echaron hacia atrás las sillas y se levantaron. John dio un golpecito en el hombro de su esposa, Patrick acarició el cabello de Lucy y Justin esbozó una triste sonrisa a Fiona y Claudia, aunque ésta última no se dio cuenta. Ella estaba concentrada en David, que hacía ademán de marcharse con un adiós general.

– ¿No te vas a despedir de mí, cariño? -preguntó provocativamente, levantándose y acercando su cara para ser besada.

David se quedó inmóvil.

– Por supuesto. Te veré después -se despidió con un breve beso en los labios.

Claudia se prometió a sí misma no responder. Había querido provocarlo simplemente para demostrarle que para ella era un juego divertido, pero el roce de los labios de él produjo en ella una excitación inesperada. No pudo evitar un suspiro al tiempo que él se separaba.

Los ojos de ambos se encontraron y Claudia no supo interpretar la expresión de él, pero deseó desesperadamente que no se diera cuenta del temblor de ella. No podía quejarse, ella lo había provocado. Si no le gustaba el resultado, era culpa suya.

¿O le gustaba?

Claudia fue la primera que bajó los ojos.

– Adiós -murmuró con voz ronca.

Tendría cuidado de no provocarlo de nuevo.

Cuando se vieron por la tarde, después de que David terminara de trabajar, ninguno de los dos habló de aquel beso. Ella no sabía si disculparse o fingir que no había ocurrido nada y sintió alivio cuando él no mencionó nada.

Mientras pasaban los días, ambos hacían el máximo esfuerzo por tocarse lo menos posible, por verse lo mínimo. Casi toda las noches, el grupo de ingleses residentes organizaba una barbacoa o una simple cena. El estar rodeados de gente los ayudaba a aliviar las tensiones entre ellos. Cuando estaba solos, sin embargo, se trataban con una educación meticulosa que sólo servía para enfatizar aún más el silencio incómodo entre ellos. Cada noche yacían separados en la gran cama, tratando de no pensar en lo cerca que estaban del otro y lo fácil que sería eliminar la distancia.

Sin embargo, los días pasaban rápidamente. David ocupado con sus reuniones, mientras que Claudia era feliz holgazaneando en la piscina con Lucy. Un día fueron a visitar el mercado de la población, con sus tiendas oscuras a un lado y otro de estrechos pasadizos llenos de olores. Estuvieron bastante tiempo admirando la joyería árabe, pero Claudia al final se decidió por una cafetera de bronce típica de la región.

– Frótala a ver si aparece tu genio -dijo Lucy, cuando salieron a la calle-. ¿Qué deseo pedirías?

Lo primero que le llegó a la mente fue el rostro de David. Así que, aturdida, se quedó mirando a la cafetera que llevaba en las manos.

– Pediría a Justin -dijo con desafío.

– ¿De verdad?

Claudia comenzó a caminar, pero al notar la incredulidad en la voz de su prima se detuvo.

– Sí, de verdad. ¿Qué pasa? Creí que te gustaba Justin.

– Me gusta. Pero no estoy segura de que a ti te guste tanto como pretendes.

– ¿Qué quieres decir?

– Simplemente que me parece más creíble que te enamores de David que de Justin -explicó finalmente Lucy.

El suelo pareció abrirse a los pies de Claudia.

– ¿Enamorarme de David? -estalló-. ¡Debes de estar loca! No hay peligro de que me enamore de él. ¡Ni siquiera me gusta como hombre!

– ¡De acuerdo! -aceptó Lucy, levantando las manos con gesto de rendición-. Era sólo una idea por algo que me dijo Patrick la otra noche.

– ¿Qué sabe Patrick?

– Simplemente me dijo que hay una especie de conexión entre tú y David, y entiendo lo que dice.

– ¿Conexión? ¡No seas ridícula!

– Puede que conexión no sea la mejor palabra para describirlo -dijo Lucy, tratando de tranquilizarla-. Lo que ocurre es que, aunque David y tú estéis cada uno en un extremo de una habitación, de alguna manera estáis juntos, o por lo menos parecéis estar pendientes uno del otro. Como si hubiera entre vosotros una corriente eléctrica.

– ¡Eso es una idiotez! No me había dado cuenta de que Patrick y tú tuvierais tanta imaginación, Lucy. No hay nada entre David y yo y nunca lo va a haber -aseguró, en voz demasiado alta-. Tengo que fingir que soy su esposa porque no quiero que Patrick pueda tener problemas con su jefe, pero si no fuera por eso, no tendría ningún interés en conocerlo.

Claudia se dio cuenta de que su reacción estaba siendo exagerada y Lucy, en vez de convencerse, parecía cada vez más intrigada.

– Lo siento. No tenía que haberme puesto así, pero el amor me parece un asunto un poco delicado en este momento. No quería decir nada porque sé que empezó todo como una broma, y de todas maneras creo que es inútil, pero… bueno, estoy locamente enamorada de Justin. Me enfado porque es evidente que no voy a tener la oportunidad de estar a solas con él, porque volveré a casa sin saber lo que hubiera pasado si las cosas hubieran sido diferentes.

– Lo siento muchísimo -dijo Lucy con humildad, abrazando a su prima-. No sabía que te gustara tanto Justin, pero siempre puedes volver cuando David no esté. Estoy segura de que Justin y tú podíais llevaros bien si él supiera que no estás casada.

– Puede que sí -admitió Claudia, que no estaba en ese momento pensando en Justin, sino en la horrible posibilidad de que David no estuviera.

¿Cómo habría sucedido todo si ella hubiera tomado un avión diferente y hubiera conocido a Justin como Lucy había planeado? Desde luego era amable, atento y un buen compañero, pero no creía que pudiera enamorarse de él. No hacía palpitar a su corazón cada vez que entraba en una habitación donde estaba ella, ni encendía todo su cuerpo con una simple sonrisa.

Como hacía David.

¡Oh, no! No era posible que fuera tan estúpida como para haberse enamorado de David Stirling, pensó, deteniéndose de repente. No podía enamorarse de alguien a quien disgustaba tanto.

¿O sí?

Reflexionó sobre ello con amargura. Desde luego no había sido así como se había enamorado de Michael. Con él había sido una fantasía romántica que la había dejado ciega para ver los defectos, las mentiras.

Con David no había romanticismo. Él era frío e irritable y lo único que le importaba era aquel maldito contrato. Ella no le importaba lo más mínimo, es más, la despreciaba, le disgustaba tocarla, incluso cuando ocurría por accidente.

Con la cafetera en las manos, Claudia siguió caminando. No había ninguna razón para que se enamorara de David, excepto que se encontraba a salvo cuando estaba a su lado. Excepto que no podría soportar vivir sin él.

Además, ya estaba enamorada.

CAPÍTULO 9

OTRA NOCHE, otra fiesta. Una barbacoa en casa de Phillips. David dio un suspiro cuando Claudia se lo recordó. Estaba harto de fiestas donde se pasaba las horas observando a Claudia rodeada de gente.

– Me gustaría estar una noche sin ver a nadie -aventuró. Ella parecía tranquila aquella noche. Con suerte no querría ir tampoco-. ¿No podríamos decir que te duele la cabeza o algo parecido?

Claudia vaciló, dividida entre el deseo de estar cerca de él y el terror a traicionarse a sí misma. Nunca habían pasado una noche a solas y él notaría algo extraño. ¿Y qué podía decirle ella? ¿Que se había enamorado perdidamente de él? Se imaginaba perfectamente la cara de horror de él.

– Quédate tú -sugirió-. No me importa ir sola.

David pensó que era una oportunidad única para que hablara a solas con Justin.

– Si te apetece tanto, iremos los dos.

Fue una velada horrible para ambos. David se sentía a disgusto y, aunque hizo un esfuerzo hercúleo en la fiesta, sabía que no era una buena compañía. No como Claudia, cuya tranquilidad anterior se había convertido una, vez más en una desbordante alegría.

David no tenía ni idea de lo mucho que le estaba costando a Claudia mantener el buen humor. Lo único que quería era abrazarse a David y suplicarle que no la abandonara nunca. Como siempre, él permaneció lo más alejado posible de ella, pero ella era completamente consciente de su presencia.

Lo observó detenidamente. Estaba sombrío y más guapo que de costumbre, a pesar de ciertas marcas de tensión alrededor de los ojos. Estaba cansado, pensó, recordando con culpabilidad cómo ella había insistido en salir. Podían estar en ese momento solos, escuchando el agua de la fuente del patio, disfrutando de la tranquilidad. David podría estar tumbado en el sofá con la cabeza sobre su regazo y ella podría ayudar a calmar la tensión de su rostro.

David se dio cuenta de que estaba siendo observado y frunció el ceño. Claudia se comportaba de manera extraña esa noche, pensó.

– ¿Qué tal con David, Claudia?

– ¿Qué tal qué?

David estaba dejando su copa y parecía acercarse a ellos. El corazón de ella comenzó a palpitar.

– ¡Está a miles de kilómetros de aquí! -exclamó Justin, riéndose.

En ese momento, Joan Phillips distrajo a David. Claudia se mordió el labio y se volvió hacia Justin.

– Lo siento, ¿qué me decía?

– Estaba diciendo que ahora me toca a mí devolver la hospitalidad y he pensado organizar una fiesta en el desierto. No ha estado en el desierto, ¿verdad, Claudia?

– No, nunca.

En ese momento, David terminó de hablar con Joan. Claudia se estremeció.

– ¿Qué no has hecho nunca? -preguntó la voz de David, acercándose por detrás.

– Claudia no ha estado en el desierto. Estaba sugiriendo una cena para mañana. Podemos ir al atardecer y ver la puesta de sol -continuó con entusiasmo-. Les gustaría, ¿no, Claudia?

Claudia notó la mirada de David sobre ella. En ese momento quiso que se fuera. No podía concentrarse con él allí a su lado. Esbozó una sonrisa y miró a Justin.

– Me encantaría. Estoy deseando ver algo del desierto verdadero. Hasta ahora sólo he visto la carretera de aquí a Telama'an y me imagino que el desierto es más que una carretera llena de polvo.

– Délo por seguro. Entonces, ¿vendrán mañana por la noche?

– Sería maravilloso -dijo Claudia.

– Me temo que Claudia y yo no podremos ir mañana. Tenemos una invitación especial para cenar con el jeque y es, evidentemente, más importante.

– Entonces, lo haremos otro día -dijo Justin.

– No, id mañana -dijo David, con amabilidad y a la vez con firmeza para que el joven no siguiera insistiendo-. Claudia tendrá otras oportunidades de ver el desierto.

– ¿Es verdad que mañana vamos a cenar con el jeque? -preguntó Claudia, cuando volvían al palacio.

– Por supuesto. ¿Creías que era una excusa para estar contigo a solas?

– No -dijo con tristeza, deseando que fuera cierto.

Claudia se acercó al espejo de la cómoda y sacó una barra de labios. Detrás de ella, David acababa de salir del cuarto de baño medio desnudo y buscaba una camisa limpia en el armario. Ella se quedó inmóvil, viendo el reflejo en el espejo. El cuerpo de David era delgado y fuerte y encendió una llama de deseo en su piel.

Satisfecho, encontró una camisa a su gusto y se la puso. Luego se sentó en la cama, con ella todavía desabrochada, y comenzó a ponerse los zapatos, pensativo. El jeque había sido bastante evasivo hasta ese momento y David esperaba que la cena fuera una buena oportunidad para que firmara finalmente el contrato.

Claudia observó cómo se abrochaba la camisa, ignorando aquellos ojos que lo observaban. Claudia se daba cuenta con desesperación del paso de los días. En cinco días regresaría a Londres y no volvería a verlo nunca más. En ese momento lo observaba casi con rabia, como para tratar de grabar sus rasgos en la memoria.

David estaba maldiciendo y refunfuñando porque no podía abrocharse un gemelo. Esperaba que Claudia no tardara demasiado en prepararse. No debían llegar tarde. Alzó la vista para preguntarle cuánto tiempo le quedaba y se dio cuenta que lo estaba mirando con sus ojos de color humo. Entonces enmudeció y el aire pareció evaporarse entre ellos.

Se olvidó del tiempo, del jeque, de la importancia de la cena para su empresa. Nada importaba, sólo la sensación que sentía en el pecho y los ojos de Claudia en los suyos. Aquellos ojos que podían brillar, expresar alegría o la suavidad de los sueños o, como en ese momento, llegar a lo más profundo de su ser y hacer palpitar a su corazón hasta hechizarlo de deseo.

Sin saber cómo, David consiguió apartar la vista.

– ¿Estás ya preparada? -dijo. Su voz sonó como si acabara de correr una maratón.

– Casi -contestó Claudia, guardando la barra de labios. Su mano temblaba y el resultado final fue desastroso, pero se limpió con un pañuelo de papel y confió en que David no lo notara.

¿Y por qué iba a hacerlo? Él se estaba colocando la corbata y su rostro era impasible. Su mente estaría pensando en la cena y, si la miraba a ella, era probablemente por la desesperación que sentía de tener que llevarla a una cena tan importante.

Se volvió hacia él y levantó las manos.

– Éste es mi vestido de niña buena. ¿Crees que parezco suficientemente decente para el jeque?

Llevaba un vestido negro sencillo que caía en suaves pliegues hasta debajo de las rodillas. Las mangas eran de tres cuartos y el escote ancho, aunque discreto. A pesar de su severidad, o quizá a causa de ella, era sutilmente provocador. David deseó acercarse y abrazarla. Deseó quitarle el vestido y dejarlo en el suelo para llevarla a la cama y hacerle el amor.

– Estás… muy… propia -consiguió decir, después de aclararse la garganta.

¿Propia? ¿Eso era todo lo que podía decir? Claudia intentó no enfadarse.

– Bien. ¿Vamos entonces?

David la había avisado de que el jeque era un hombre difícil de trato, pero a Claudia le pareció encantador. Por supuesto, la química fue mutua y David observó sorprendido cómo el jeque, normalmente una persona irascible y formal, hasta llegar casi a la rigidez, se comportaba agradablemente y contestaba encantado a las preguntas de Claudia sobre su país.

Ésta, por su parte, se comportó cariñosa pero discreta, encantadora sin ser empalagosa, inteligente sin llegar a ser intimidante.

De modo que David, al ver que Claudia podía tratar con el jeque sin su ayuda, se permitió relajarse. El jeque Saïd estaba claramente impresionado con ella y David se alegró de poder marginarse de la conversación. Se sentó en el lado opuesto a Claudia y la observó detenidamente. Vio sus ojos de largas pestañas vibrar cuando sonreía. Observó las diferentes expresiones que adquiría su rostro al escuchar y vio cómo su cuerpo adquiría vida cuando se animaba con la conversación.

Parecía haber muchas Claudia diferentes. Claudia cortante y sarcástica, Claudia frívola y seductora, Claudia soñadora y deseable, Claudia con fuerte personalidad, Claudia divertida, Claudia amable, y ahora, Claudia la perfecta invitada, comportándose como un modelo de buena conducta.

¿Cuántas Claudia más habría? Desde que había terminado la relación con Alix, David había evitado a las mujeres inteligentes y maduras como ella… Era extraño, pero, por primera vez en años, pensaba en ella sin amargura. Desde la ruptura, había salido con mujeres de naturaleza más dulce. Chicas agradables con las que había mantenido siempre buenas relaciones, pero no hasta el punto de llegar a tentarle el matrimonio. ¿Sería porque eran muy guapas, pero un poco aburridas?

Los ojos de David se concentraron en el rostro vivo de Claudia. Ella podía ser exasperante, molesta, impredecible, inquieta… pero nunca aburrida.

No, nunca aburrida.

De repente, notó una patada en el tobillo.

– El jeque está preguntando si tendrás tiempo de enseñarme algo de Shofrar -dijo Claudia.

– Creo que él está pensando en algo totalmente diferente -contestó el jeque, sin ofenderse por la ausencia de David.

– Me disculpo…

– ¡No, no se disculpe! Tenemos que hacer concesiones a un hombre que está tan enamorado de su esposa.

Por un momento, los ojos de David se encontraron con los de Claudia.

– Le felicito por su encantadora esposa. Había oído hablar mucho de ella a mi sobrino y, por supuesto, a gente que vive aquí -el jeque se volvió hacia Claudia-. He oído que ha comprado una cafetera en el mercado hace pocos días.

Claudia abrió la boca sorprendida. El árabe rió.

– Tengo muchas fuentes de información, señora Stirling y sé todo lo que pasa en mi ciudad.

– Estoy impresionada -dijo, pensando en que él no sabía que ella no era en realidad la señora Stirling.

El jeque hizo un ruido con los dedos y un sirviente apareció con una caja.

– Me gustaría hacerle a su esposa un regalo de boda -dijo el jeque a David-. Espero que esto sea mejor recuerdo de Telama'an que una cafetera -hizo un gesto al sirviente que puso la caja frente a Claudia.

Ella la abrió con cuidado. Dentro había un collar tradicional de la región, elaborado con plata árabe y rubíes que brillaban a la luz de los candelabros.

– ¡Es maravilloso! Estuve buscando collares en el mercado, pero ninguno era tan bonito como éste.

El jeque quedó claramente complacido ante la reacción de Claudia. Señaló un pequeño cilindro, decorado con filigrana, que colgaba entre los abalorios.

– Esto es un hirz. Un amuleto. Ábralo.

Claudia lo abrió y sacó un trozo de papel que había dentro.

– Está en árabe. ¿Qué dice?

– Les desea felicidad y descendencia en su matrimonio.

Claudia estuvo a punto de estallar en lágrimas. El jeque no sabía que no había matrimonio, ni felicidad ni proyecto de hijos.

– Gracias -dijo, incapaz de decir nada más.

– Es muy amable -dijo David, mientras Claudia se ponía el collar en el cuello-. Es un collar precioso.

– Un collar precioso para una mujer preciosa.

– Sí -contestó David, tan bajito que ella no lo oyó.

– Tendrás que devolverlo cuando me haya ido – estalló Claudia nada más llegar al dormitorio-. Sabía que no podía rechazarlo, pero me parece horrible aceptar un regalo así cuando lo único que nosotros hemos hecho ha sido engañarle.

– No es muy apropiado, lo admito -dijo David, aflojándose la corbata-. Pero se ofendería más si se lo devolvemos.

– Me lo imagino -respondió ella, acercándose al espejo para quitarse el collar-. ¿Te lo quedarás tú entonces?

– Creo que es mejor que te lo quedes tú. Te lo dio a ti.

– Sólo porque pensaba que era tu mujer.

– Porque pensó que eras encantadora -corrigió David, acercándose y poniendo las manos sobre sus hombros-. Has estado maravillosa esta noche, Claudia. Un collar es lo menos que mereces.

– No hice nada -musitó ella tímidamente.

– Creo que sí. Al jeque le gustaste y eso puede hacer que consigamos el contrato -dijo, comenzando a acariciar, sin darse cuenta, la clavícula de Claudia. Al darse cuenta, se metió las manos en los bolsillos. Luego se apartó de ella y se aclaró la garganta-. Puede que no parezca muy apropiado, pero… gracias.

– No tienes que agradecerme nada -dijo Claudia, sintiendo todavía en su piel las manos de él. Jugando nerviosa con las cuentas del collar-. Era el trato, ¿no?

– Sí -dijo David despacio, maravillándose de que en tan pocos días se hubiera acostumbrado tanto a ella, de que ella se hubiera hecho casi parte de su vida.

Claudia, consciente de los ojos que la miraban, pero incapaz de mirar a su vez, seguía concentrada en el collar, imposible de abrir con el temblor de sus manos.

– ¿Te ayudo?

– No puedo desabrochar el cierre -dijo, aterrorizada de que pudiera pensar que era un intento de que se acercara a ella.

– Déjame a mí.

Claudia se quedó inmóvil, mientras él apartaba a un lado el cabello dorado y agarraba el cierre.

Un estremecimiento recorrió la espalda de Claudia.

– Me lo he pasado muy bien esta noche, de todas maneras -dijo, en un intento de aligerar la tensión.

– ¿Crees que sabía lo de los seis niños que quieres tener? -preguntó David bromeando, a pesar de que sus manos gemían por agarrar a Claudia de los hombros y besarla por toda la espalda.

– No estoy segura de si seis niños significan una bendición.

– Quizá puedes conformarte sólo con la felicidad -sugirió David, mirándola en el espejo.

¿Qué felicidad podía ella esperar sin estar a su lado? El corazón de Claudia dio un vuelco y sus ojos se oscurecieron angustiados.

– Quizá -susurró. Y cuando David consiguió finalmente desabrochar el cierre, salió corriendo hacia el baño antes de que él pudiera ver las lágrimas que amenazaban con salir de sus ojos.

– Más reuniones -dijo Lucy con un suspiro al día siguiente, cuando a la hora del almuerzo no hubo señales de David ni Patrick-. Desearía que el jeque se decidiera de una vez.

Los hombres no aparecieron hasta las seis y media. Para entonces, Lucy había empezado a inquietarse.

– ¿Qué ha pasado? -preguntó, levantándose, al ver las caras serias.

Entonces, David y Patrick esbozaron una sonrisa triunfal.

– ¡Lo hemos conseguido! -gritó Patrick, abrazando a su esposa-. ¡El jeque ha firmado por fin el contrato esta tarde!

– ¡Eso es maravilloso! -exclamó Claudia alegremente, al mismo tiempo que David, en un impulso, la tomaba en sus brazos y la alzaba en vilo. Ella, riendo, le devolvió el abrazo.

Se sentía tan bien en los brazos de él, que no notó cuando él la apretaba más y, en un impulso, la besaba en el cuello. El roce de los labios de él hizo estremecerse de placer a Claudia. David sintió su estremecimiento y, de repente, temeroso de herirla, se apartó.

– Lo siento, no quería hacerlo. Ha sido la alegría… estoy un poco desbordado -explicó, sintiéndose tan torpe como un colegial.

Claudia estuvo a punto de llorar al verse bruscamente devuelta a la realidad.

– No te preocupes -dijo, con una amplia sonrisa-. Tenías que compartir tu alegría con alguien y yo estaba cerca.

Fue una noche alegre. La noticia del contrato se extendió como el fuego y hubo una fiesta improvisada en el club que duró hasta la madrugada. Claudia, a pesar del ambiente festivo que la rodeaba, no se olvidó de que el futuro de GKS Engineering no significaba nada para ella, excepto que afectaba a Lucy y Patrick. Cuando ella volviera a Londres, saldría de la vida de David para siempre.

La idea era tan desoladora, que Claudia intentó olvidarse. Sería realista al día siguiente, se dijo. De momento era suficiente con ver el rostro de David relajado y entender la importancia que tenía aquel contrato para todos. Además, ella tenía la sensación de haber aportado algo.

– Debes de estar muy contento -le dijo a David, cuando finalmente volvieron al palacio aquella noche.

– Lo estoy -admitió David, sentándose en una silla y dando un suspiro-. El contrato lo era todo para la empresa. Habíamos intentado tantas veces conseguir hablar con el jeque sin conseguirlo, que había perdido todas las esperanzas. Estoy seguro de que se decidió después de conocerte. Patrick ha sugerido que deberíamos darte un puesto permanente en el equipo negociador.

Claudia sonrió para demostrar que sabía que estaba bromeando, a pesar de que deseaba la idea de tener un lugar permanente cerca de él.

– ¿Volverás a Londres ahora que has firmado el contrato? -preguntó, quitándose los pendientes y mirando a cualquier lugar menos al rostro de David.

– No -David también estaba en las mismas dificultades que ella-. La firma del contrato es sólo el comienzo. Me quedaré otros diez días. Probablemente más.

– ¿No te vas a tomar un descanso? Pareces agotado.

La nota maternal pareció pasar inadvertida a David, que apoyó la cabeza en el respaldo de la silla y miró al techo con el ceño fruncido. Por primera vez en su vida era consciente de un sentimiento que se asemejaba a la soledad.

– Podría seguir con estas fiestas continuas, pero la verdad es que había pensado salir mañana para el desierto y pasar allí una noche tranquila. ¿Quieres venir conmigo?

Había intentado decirlo de manera tranquila, sin darle la menor importancia, pero le salió atropelladamente.

Claudia tragó saliva.

– ¿No preferirías estar solo? -tuvo que decir ella, a pesar de que quería aceptar con todas sus fuerzas antes de que él cambiara de opinión.

– No quiero ninguna fiesta más, es todo. Habías dicho que querías ver el desierto y puede ser tu última oportunidad antes de que te vayas.

“Antes de que te vayas”, repitió la mente de Claudia. Era absurdo enamorarse de él. ¿No sería más inteligente irse a casa de Lucy y aceptar el hecho de que tendría que pasar el resto de sus días sin él? Tendría que acostumbrarse antes o después.

David vio la duda en la muchacha y notó que la rabia le invadía. Trató de no enfadarse demasiado con ella. Después de todo, Claudia no le debía nada. Además, si él se iba al desierto, ella podría tener la oportunidad de conocer mejor a Justin Darke sin que él estuviera entrometiéndose.

– Por supuesto, entiendo perfectamente que prefieras quedarte con Justin Darke -dijo, con una voz indiferente.

– ¡No! -exclamó, aterrorizada de que, finalmente, quisiera dejarla en Telama'an-. Quiero decir que sería un poco extraño para todos que te fueras tú solo.

– Me imagino que sí. Bueno, si no te importa…

– No, no me importa. Me gustaría ir.

Claudia no estaba preparada para un viaje al desierto. No sabía qué esperar y era demasiado excitante para pensar ni siquiera en ello.

Cuando David fue a recogerla estaba tan nerviosa y excitada como una colegiala que va a su primera cita. David había preparado todo lo necesario: dos colchonetas, dos sacos de dormir y algo de comida que le prepararon los cocineros del jeque para hacer una cena ligera por la noche.

Viajaron todo el día hasta llegar al límite del wadi, a la hora del crepúsculo. Un riachuelo aparecía y desaparecía en un suelo de cantos rodados y piedras erosionadas por la arena, el viento y los años, en formas maravillosamente extrañas.

Claudia tenía la sensación de estar en el borde del universo. Era todo increíblemente silencioso. La nada se extendía alrededor de ellos hasta el horizonte. No había coches, no había gente, ni animales… nada. Sólo estaban ella y David. La luz del sol los rodeaba con una atmósfera etérea y todo lo que había parecido confuso y desesperado se hizo en ese momento claro y sencillo.

– Creo que ha merecido la pena venir a Shofrar a ver esto -dijo Claudia.

– ¿Aunque Justin no esté aquí para hacerte compañía? -preguntó David, sentado al otro lado de la colchoneta, a una distancia prudente de Claudia.

– No me interesa Justin. Nunca me interesó, David.

– ¿Y qué me dices de la famosa predicción? -preguntó, suspicazmente-. Creía que habías venido a ello.

– Vine porque mi vida estaba en un punto muerto y necesitaba hacer un viaje -dijo, mirando hacia la puesta de sol-. Nunca creí en aquella estúpida predicción. Incluso a los catorce años tenía mejores cosas que hacer que creer a alguien vestido de manera estrafalaria buscando mi destino en una bola de cristal.

– ¿Y por qué dijiste que sí?

Ella se encogió de hombros, un poco avergonzada.

– Para molestarte realmente. Fue una chiquillada, lo sé, pero parecías tan aburrido de mí que no quería explicarte la verdadera razón por la que estaba tan desesperada por ver a Lucy.

– Me dijo que estabas comprometida.

– Sí, con Michael -contestó Claudia, tomando un poco de arena en las manos y dejándola caer entre los dedos-. Era todo perfecto. Creía que de verdad era mi destino, pero él no pensaba lo mismo. Un día vino y me dijo que se había enamorado de otra mujer. Dijo que yo era fuerte y que no necesitaba que nadie me cuidara.

Claudia esbozó una sonrisa amarga.

– Puede que no -continuó-, pero en ese momento no pensé lo mismo. Me vi con casi treinta años y las manos vacías. Tenía un miedo horrible. Entonces, Lucy me llamó y me convenció para que viniera a celebrar mi cumpleaños aquí con ella. Para mí, los treinta años significaban el comienzo del final de la vida, el símbolo de que has gastado ya la mitad.

Claudia recogió más arena.

– En vez de ello me desperté contigo.

– Me temo que no era la persona más adecuada para hacerte compañía ese día -contestó David, tras un silencio.

– Tú eras lo que yo necesitaba. Me hiciste enfadar, pero no me tenías lástima y era lo que yo necesitaba.

David esbozó una sonrisa.

– He sentido muchas cosas por ti en estas dos últimas semanas. Claudia, pero te puedo asegurar que nunca ha sido lástima.

– Yo sentí lástima por mí cuando el motor del avión falló -confesó Claudia, devolviéndole tímidamente la sonrisa-. Pensé que la vida estaba tratando de decirme algo y deseé haberme quedado en casa, triste pero segura. Sin embargo ahora…

Claudia se echó hacia atrás mirando al horizonte, sintiendo que entraban en ella el silencio y la luz rojiza del sol.

– ¿Ahora?

– Ahora me alegro de haber venido.

– Yo también -dijo él, tomando una de sus manos despacio.

Claudia notó cómo el aire de los pulmones la abandonaba.

– ¿De verdad?

– De verdad.

David dio la vuelta a la mano y la besó en la palma. Una deliciosa sensación recorrió el brazo de Claudia.

– ¿De verdad? -dijo él, provocadoramente, acariciando con los labios la muñeca de ella.

– Sí -murmuró Claudia, dando un suspiro.

Claudia cerró los dedos para tocar la mejilla de él, sin atreverse a pensar que por fin podía acariciarlo.

– Sí -repitió, disfrutando de la piel dura de la barbilla, acariciando el cuello ancho y fuerte.

Sin prisa, los ojos de Claudia se alzaron para encontrar los de David. Se miraron durante un minuto eterno, hablándose en silencio hasta que ambos sonrieron. No hacían falta palabras, no era necesario explicar nada.

Claudia se sintió ligera, como si no tuviera cuerpo y el deseo la arrastrara a una maravillosa certeza de que todo se arreglaría. Se sentía como en otro mundo donde nada más que ellos existían, ellos y su felicidad. Donde todo ocurría con la lentitud de un sueño. Nunca supo si fue David quien la agarró o fue ella quien se acercó a él, pero de repente estaba en sus brazos.

Cuando sus labios se encontraron, no fue con la pasión conocida, sino con una maravillosa sensación de llegar a casa. Claudia tuvo la sensación de que la introducían en la puesta de sol y puso los brazos alrededor del cuello de David para sumergirse en su beso y besarlo en respuesta, como si llevara mucho tiempo deseándolo.

David la tumbó sobre la colchoneta y ella se apretó contra su cuerpo caliente. David la quería tener cerca de sí, lo más cerca posible. Para besarla con pasión, para acariciar su delgadez. Claudia comenzó a tirar de la camisa de él para sacarla de los pantalones y poder tocar los músculos duros de la espalda.

La pasión que se desató entre ellos fue como una explosión que, por largamente contenida, era incapaz de ser controlada por ninguno de los dos. Ninguno quería reprimir aquellos besos profundos, aquellas manos suplicantes…

– Claudia… -David tomó su rostro con ternura y la miró fijamente a los ojos.

Claudia nunca había soñado que aquellos ojos pudieran ser tan cariñosos.

– He querido besarte cada noche -añadió, con voz emocionada.

– No te creo -consiguió decir ella, recordando las largas noches en que habían estado separados apenas por unos centímetros.

– Es cierto -aseguró, besando su cuello, oliendo la fragancia de su piel que lo había seducido tantas noches-. Creo que quise besarte desde que te sentaste a mi lado en aquel maldito avión y olí tu perfume. Tu pelo me pareció como oro a la luz del sol y quise tocar tu piel para ver si era tan suave como parecía.

– Yo creí que para ti era la mujer más desesperante -dijo ella, estirándose provocativamente bajo él.

– Lo fuiste, lo eres. No dejas de provocarme.

– Desearía haberlo sabido. No tendríamos que haber desperdiciado aquella formidable cama.

– Esta colchoneta puede servir -murmuró él, desabrochando los botones de la camisa de ella, siguiendo el camino abierto con sus labios.

Cuando retiró la tela y encontró sus senos con la boca, Claudia gimió de placer y se arqueó contra él, suplicando, mientras notaba que la mano de él se deslizaba hacia abajo.

– David -gritó, tomando su mano con desesperación.

– Despacio, no hay prisa. No va a sonar ningún teléfono. Nadie va a llamar a la puerta. Tenemos toda la noche por delante.

David la desnudó con una desesperante lentitud, saboreando la textura de su piel. Claudia nunca antes había sentido aquel placer y no pudo evitar estremecerse, no pudo evitar exclamar el nombre de él con una mezcla de impaciencia y terror, mientras notaba que sus fuerzas por controlarse estaban al límite.

David sentía complacido que el deseo de ella era tan grande como el suyo propio. El tambien se había quitado su ropa, y comenzó a dibujar con las manos cada curva del cuerpo femenino. Sus muslos largos, su estómago de satén, sus lugares secretos… su calor y su fuego.

Claudia, excitada, notaba todo su cuerpo vibrar, deseosa de todo lo que él pudiera darle.

– Es mi turno ahora -dijo, sin aliento, protegida por la fuerza de él.

David era delgado y duro y su cuerpo brillaba con los últimos rayos del sol. Tenía los músculos duros como acero templado, pero su piel era caliente y flexible y los labios de ella murmuraron palabras de amor sobre él, mientras lo besaba, lo chupaba, lo tocaba y lo excitaba. Cuando él no pudo más, volvió a colocarla debajo.

– Creí que habías dicho que no tenías prisa.

– Ahora sí -contestó él.

Entonces no hubo más palabras, sólo el calor febril entre ellos golpeándolos con una fuerza insoportable y primitiva que barrió todo lo demás.

Claudia se levantó hacia él, dejando escapar un suspiro de alivio al ser penetrada. Por un segundo se detuvieron, se miraron a los ojos y luego continuaron moviéndose rítmicamente. Un ritmo que fue aumentando hasta sacarlos del mundo a la vez, hasta provocar el más indescriptible placer con un grito de alivio.

CAPÍTULO 10

– MI VUELO sale pasado mañana -informó Claudia. Iban por una pista de arena que terminaba en Telama'an, en ese momento una mancha brillante en el horizonte. Claudia deseó que pudieran ir mucho más despacio. No quería volver. Quería quedarse en el wadi donde el silencio la envolvió como una bendición, donde no había exigencias, ni prisas, ni apariencias que guardar. Donde sólo existía David como una espada entre ella y el resto del mundo.

En sus brazos, la noche anterior había descubierto cuánto lo amaba. Habían cenado cuando la luna salía y se habían tumbado de espaldas a ver las estrellas. Más tarde, habían hecho de nuevo el amor, despacio, dulce y tan maravillosamente que Claudia había llorado. Asombrados por el descubrimiento de su unión, habían permanecido abrazados, hablando sobre cualquier cosa, simplemente para oír la voz del otro y saber que no era un sueño. No tenían a nadie cerca, pero habían hablado en susurros para no romper la magia de la noche oscura, de su inmovilidad.

Claudia se había quedado dormida en los brazos de David, despertándose cuando los primeros rayos del sol tocaron su frente con su luz dorada. No habían hablado mucho entonces, no lo necesitaban, después de todo lo que habían compartido. David había hecho el té y lo habían bebido sentados en la colchoneta mientras veían cómo el cielo se iba tiñendo de azul. Luego, él la había levantado con un breve beso.

– Es hora de que nos vayamos.

Ahora que los minutos pasaban, Claudia no quería mencionar su viaje, pero no pudo evitarlo.

– ¿Cómo te atreves a tomar de nuevo un avión? – quiso saber David, para disimular la tristeza de pensar en su marcha. Ella lo había dicho de manera tan ligera, que parecía no importarle.

Pero él no estaba preparado para oír aquellas palabras. Sólo quería sentir el placer de tenerla a su lado y recordar la noche pasada.

– Tengo que hacerlo -dijo Claudia, disgustada y confundida por la aparente falta de preocupación de él.

Hubo un silencio. David agarró el volante con fuerza y miró hacia adelante.

– ¿Por qué no te quedas?

– No puedo -dijo orgullosa, creyendo que él lo decía sin desearlo en realidad-. Me ha sido muy difícil conseguir estos días en el trabajo. Tú tienes tu propia compañía, pero el resto de los mortales tenemos que conservar nuestros trabajos. Me encantaría quedarme más tiempo, de verdad, pero si no aparezco el lunes, habrá alguien dispuesto a sustituirme y no puedo arriesgarlo todo cuando llevo trabajando allí sólo unos días. Me temo que tenemos que volver al mundo real -añadió, mirando con amargura la ciudad que se acercaba cada vez más.

David tuvo deseos de gritarle, de preguntar si la noche anterior no había sido real. Pero no lo hizo. Recordó, en ese momento, cuando Alix recogió sus cosas y lo abandonó.

– Éste es el mundo real, cariño -había dicho su antigua novia-. Nos lo hemos pasado muy bien, pero ahora no puedo seguir contigo. Necesito a alguien con contactos que entienda cómo funcionan las cosas en el mundo de la moda, alguien que pueda ayudarme y Tony tiene mucho dinero, que también ayuda -finalizó, cenando su maleta con una sonrisa de satisfacción.

Él entonces era muy joven y se había recuperado de la ruptura con Alix, pero no le era fácil quedarse allí sentado escuchando a Claudia hablar también sobre el mundo real, como si el amor fuera algo separado, una concesión, un escape de la realidad del trabajo, pero algo que no podía tomarse en serio.

Quizá él no estaba siendo justo con ella. Ella tendría una vida propia en Londres: un trabajo, un apartamento, una familia y amigos. Por supuesto, eso tenía que ser para ella más real que una noche en el desierto.

– Supongo que tienes razón. El mundo real no es así, ¿verdad?

Ésas palabras hirieron profundamente a Claudia. David podía haber sugerido que tenían que verse en Londres, ¿no? Ella ya no se atrevía a mencionarlo, por si él se lo tomaba como una persecución. ¿Y si él pensaba que ella iba a tomarse la noche anterior como algo demasiado importante?

Terminaron el viaje en un silencio incómodo. Cuando llegaron, David se cambió y se fue al despacho sin despedirse ni darle un beso. No iba a tomarla en brazos y pedirle que se quedara. Claudia, por su parte, creyó que él estaba ansioso por volver a su trabajo habitual.

Tenían dos noches todavía, se recordó a sí misma. Se sentó en el borde de la cama y, al recordar la noche anterior, no pudo evitar estremecerse. Esa noche estarían de nuevo solos y, cuando él la tomara en sus brazos, todo volvería a ser perfecto.

– ¡Tengo un plan estupendo!

– ¿El que? -preguntó Claudia, con mirada ausente. Lucy estaba hablando como si llevaran meses sin verse, en vez de una sola noche, pero ella no la estaba prestando demasiada atención.

– ¡Justin va a llevarte a Menesset! -anunció Lucy excitada.

– ¿Qué? -preguntó Claudia, volviendo a la realidad.

– He cancelado tu billete -explicó Lucy.

– ¿Qué? -preguntó asombrada Claudia, que estaba en ese momento soñando que David había cancelado su billete para que no se marchara.

– He estado pensando mucho en lo que me dijiste y me pareció la oportunidad perfecta de arreglar las cosas.

– ¿Qué dije?

– Ya lo sabes, lo de que no habías podido estar a solas con Justin ni tener la oportunidad de saber cómo habrían sido las cosas en otras circunstancias. Me sentí fatal por no darme cuenta de que estabas enamorada de él y no pude evitar pensar que volverías a Inglaterra más triste de lo que habías venido. Así que, Justin me prometió que te llevaría a Menesset mañana y yo pensé que de ese modo tendrías dos días y una noche para conoceros el uno al otro mejor.

– Lucy… -comenzó Claudia, desesperada.

– Dije a Justin que te daba miedo viajar después de lo que había pasado y que si te podía llevar él. Te diré, Claudia, que le encantó la idea -continuó excitada Lucy-. Es más, se puso tan contento que yo creo que siente lo mismo que tú por él. Lo único que tienes que hacer es decirle que no estás realmente casada. A David no creo que le importe que te vayas antes. ¡Ha salido todo tan bien al final, que después de todo, casi me creo la predicción!

– Pero… -dijo Claudia, mirando aturdida a su prima.

No quería hablarle de la noche anterior, de su amor por David. No después de la frialdad de éste aquella misma mañana. Pero hablaría con Justin y le explicaría que no podía irse con él. Y esa noche… esa noche arreglaría todo con David.

Más tarde se arrepintió de no haberle contado a Lucy la verdad, pero en ese momento fue más fácil sonreír y dejar que su prima siguiera hablando sin parar. Después, por supuesto, fue demasiado tarde.

Estaban en el club cuando David y Patrick aparecieron. No había señales de Justin todavía y Claudia estaba sentada al lado de la piscina, mirando el agua y preguntándose cuánto tiempo faltaba para tener a David sólo para ella. Fue Lucy quien lo vio aparecer y, para evitar a Claudia la difícil situación con Justin, decidió contárselo ella misma.

– ¡David! ¡Justo a quien quería ver! Escucha, te da igual que Claudia se vaya mañana o el domingo, ¿no?

– ¿Mañana? ¿Por qué?

– Justin va a llevarla a Menesset mañana -dijo Lucy, bajando la voz-. A Claudia le resultaba difícil contártelo, pero está enamorada de Justin y ésta es la única oportunidad que tiene de estar a solas con él.

– ¿Estás segura de que Claudia quiere? -preguntó aturdido, como bajo el efecto de una pesadilla.

– Absolutamente segura. Claudia nunca habla de sí misma, pero está muy triste porque piensa que nunca va a saber lo que Justin podría sentir por ella. Ha sido muy duro desear estar con él y tener que fingir ser tu esposa.

Lucy vaciló unos segundos al ver el rostro de David, pero continuó suplicante.

– Ha hecho todo lo que le has pedido, David, y sé que ha sido porque no quiere poner las cosas más difíciles para Patrick, pero ya tienes el contrato y Claudia merece luchar por su felicidad. Deja que le diga a Justin que no está realmente casada. Ya no hace falta que disimule por más tiempo que está casada contigo, ¿no es así?

– Sí -dijo David, sorprendido de ver que podía aparentar tranquilidad cuando lo único que le apetecía era ponerse a romper todos los muebles de su alrededor. ¿Por qué Claudia no habría dicho nada la noche anterior? ¿Estaría tan preocupada por Patrick?

Claudia notó que algo había pasado al ver aparecer a David en la entrada. Su corazón dio un vuelco al verlo, y sonrió cuando vio que él y Lucy se acercaban. Pero los ojos de él eran fríos y expresaban dureza.

– Le he dicho a David que te vas mañana con Justin -anunció Lucy.

– ¡Oh! Pero…

– Por lo menos no tendrás que aguantar el vuelo hasta Menesset de nuevo -dijo él, con voz controlada, casi complacida-. Me parece una buena idea.

– ¿No te importa? -preguntó incrédula.

– ¿Por qué iba a importarme? Como Lucy ha dicho, no hace falta que sigas aquí más tiempo. Todo el mundo sabía que ibas a estar durante dos semanas, así que no les sorprenderá que te vayas un día antes. Y mereces estar algún tiempo sola -se volvió hacia Lucy-¿Por qué no pasa la última noche contigo? Para Justin será más fácil recogerla en tu casa y no importa ya lo que piense el jeque. Sabe que ibas a volver pronto a Inglaterra.

– Es una idea estupenda -gritó alborozada Lucy, mientras que Claudia mantenía la mirada fija en David.

¿Por qué se comportaba así? ¡No le iba a dar ni siquiera oportunidad de explicarse!

– ¿Y mi maleta? -dijo, con voz llorosa.

– Quizá Patrick pueda llevarte al palacio a recogerla -dijo David, mirando al hombre que asentía y se guardaba para sí su opinión-. Tengo que volver al despacho. Estoy esperando un fax desde Londres.

Claudia no podía creer lo que estaba ocurriendo. ¿De verdad prefería ir a esperar un fax que quedarse con ella? ¿Iba de verdad a dejarla sin más que una fría despedida después de la noche anterior?

¡Así parecía!

– Así que nos diremos adiós ahora -continuó David, con voz indiferente-. Gracias por tu ayuda con el jeque. Sin duda, te alegrarás de volver a ser una mujer soltera de nuevo.

Claudia no pudo evitar que la rabia la invadiera. ¿Cómo era posible que hiciera el amor con ella y luego la tratara como a una desconocida? ¿Cómo se atrevía a salir de su vida sin escuchar lo que pensaba ella?

Pero si David creía que era el tipo de mujer que podía acostarse con un hombre una noche y marcharse con otro al día siguiente, no podía enamorarse de él de ninguna manera. Lo abandonaría porque sólo era un hombre estúpido y arrogante. ¡No le importaba!

– Adiós -dijo ella, con una risa artificial-. ¡Ha sido muy interesante conocerte!

Por unos segundos sus ojos se encontraron, reflejando amargura y enfado, luego David se dio la vuelta, hizo un breve saludo a Patrick y Lucy y salió.

– ¿Llegó Claudia a tiempo? -preguntó David a Lucy, después de varios días intentando evitarla. Sabía que tendría que preguntarle en algún momento por ella.

– Me imagino que sí. Llegaron bien al aeropuerto, pero el viaje no fue tan maravilloso como había pensado. Cuando Justin apareció a recogerla, iba con él Fiona Phillips y la pobre Claudia se sintió un estorbo todo el tiempo. Pobre Claudia, nada le sale bien.

David estaba furioso consigo mismo por el vuelco involuntario de su corazón. Había pasado los últimos días intentando olvidarse de Claudia, pero no lo conseguía. Su perfume seguía prendido en las sábanas y su presencia suspendida en el aire, como si en cualquier momento pudiera aparecer.

– ¿Claudia se… enfadó mucho?

– No me contó los detalles, pero creo que estaba a punto de echarse a llorar. De hecho, no creo haber visto a Claudia nunca tan triste -continuó con pena-. Fue horrible. Sonreía y decía lo que tenía que decir, pero sus ojos estaba desolados. Lo único que quería era estar a solas con Justin y ni eso consiguió.

Claudia no había pasado la noche a solas con Justin. Eso fue lo único que le importaba a David en aquel momento, y por un instante, las garras que se habían clavado en su corazón se soltaron, antes de volver con nuevas fuerzas pidiendo venganza. Lucy era la persona que conocía mejor a Claudia y, si pensaba que ella estaba enamorada de Justin, sería cierto.

Y Claudia no había sabido que Fiona iba a ir con ellos cuando decidió ir a Menesset con Justin. Debió de pensar que iba a pasar a solas con él aquella noche. ¿Si no, por qué no se había negado a hacer el viaje? ¿Por qué no le había dicho a Lucy que prefería quedarse una noche más?

Porque no lo había deseado. David pensó que era hora de enfrentarse a la verdad. ¿Por qué había esperado otra cosa diferente? ¿Pensaba que ella iba a dejar todo y quedarse alegremente con él? La vida real no era así, había dicho Claudia, y tenía razón. Habían pasado una noche estupenda juntos, una maravillosa noche, pero no había nada más profundo entre ellos.

Era él quien se había enamorado de ella, a pesar de que su experiencia con Alix le tendría que haber advertido. Claudia no era su tipo de mujer, igual que él no era el tipo de hombre para ella. Debía de olvidarse de aquellas dos semanas de una vez por todas.

Fue inútil. Claudia había hecho todo lo posible para olvidarse de David. Se había concentrado en el trabajo con todas sus fuerzas, con la esperanza de llegar a casa demasiado cansada para pensar. Cuando podía, quedaba con amigos después del trabajo para ir a conciertos, al cine, al teatro… a cualquier sitio donde no tuviera posibilidad de hablar.

No podía explicar lo de David. Ni siquiera ella entendía por qué lo amaba. Todo lo que sabía era que él permanecía en una parte profunda de ella. Sin él, no era una mujer completa.

No había sido así cuando Michael se había marchado. Se había sentido dolida y triste, pero por orgullo. No había sentido esa sensación de angustia o pérdida, ni ese terrible vacío, esa sensación de que respirar era un esfuerzo. La imagen de David estaba siempre con ella. Su recuerdo la hacía estremecerse.

No podía seguir así, decidió tres semanas después de que hubiera vuelto a Londres, al borde de la desesperación. Quizá David la había herido cuando se había despedido tan fríamente aquel último día, pero puede que tuviera sus razones. Y puede también que cambiara de opinión si ella dejaba a un lado su estúpido orgullo y le decía claramente lo que sentía por él. El se asombraría, se avergonzaría, pero si había alguna posibilidad de arreglar las cosas, tendría que intentarlo. ¿No merecía la pena luchar por lo que ella y David habían descubierto bajo las estrellas?

David estaría ya en Londres. Lo único que tenía que hacer era llamarlo y decirle que quería hablar con él. Claudia alcanzó la guía de teléfonos y buscó GKS Engineering Associates.

David estaba cansado. Se pasó una mano por el rostro y trató de esforzarse por concentrarse en la propuesta que tenía que hacer aquella tarde, pero le resultaba imposible. Era el diecisiete de septiembre, su cuarenta cumpleaños y nunca en su vida se había sentido más solo y vacío. Claudia habría dicho que estaba en crisis.

Claudia… Sólo pensar en ella destrozaba su corazón. Había esperado que las cosas le resultaran más fáciles una vez en Londres, donde no había recuerdos de ella, pero la memoria se negaba a dejar a un lado Shofrar. Los recuerdos le acompañaron, se escondieron en los rincones de su mente listos para acorralarlo en cualquier instante. Recordaba su barbilla, el humo de sus ojos, la expresión intensa cuando se ponía los pendientes…

Claudia nunca había estado en su casa, pero David seguía estando hasta tarde en el despacho para no tener que estar a solas con su recuerdo. Parecía además estar volviéndose más huraño e irritable cada día. Incluso sus empleados comenzaban a evitarlo.

Dio un suspiro, dejó a un lado el proyecto y abrió el cajón de la mesa. El collar que el jeque le había dado a Claudia aquella noche estaba allí guardado. Jugó con las cuentas de plata y recordó cómo él se lo había puesto alrededor del cuello. Era lo único que Claudia no se había llevado.

David acarició la caja de terciopelo y finalmente se decidió. No podía seguir así. Tenía que ver a Claudia. No sabía qué iba a decirle o qué iba a hacer, pero tenía que verla una vez más. Alcanzó el teléfono y marcó un número, antes de tener la posibilidad de cambiar de opinión.

– ¿Patrick? -soy David, dijo, aclarándose la garganta-. Escucha, siento llamarte a casa, pero Claudia se dejó un collar en Telama'an y quiero devolvérselo. No tengo su dirección…

Claudia estaba en pie enfrente del edificio principal de GKS y miró hacia la fachada de cristal con respeto. Hasta aquel momento no se había dado cuenta del poder que tenía David y sus nervios estuvieron a punto de abandonarla. ¿Por qué alguien con tanto dinero iba a perder el tiempo con ella?

Entonces, le vino a la mente la imagen de David bajo las estrellas, donde ninguno de los dos tenía nada. Pensó entonces que tenía que confiar en que, el hombre que estaba en aquel prestigioso edificio y el que le había hecho té en el desierto, eran la misma persona.

Claudia había agarrado el teléfono varias veces, sólo una de ellas llegó a marcar el número, aunque colgó de inmediato. ¿Y si decía algo equivocado? ¿O si estaba ocupado o se negaba a escucharla? ¿Y si la escuchaba, pero se negaba a verla?

¿Por qué no ir directamente a hablar con él? Por lo menos, de esa manera, lo vería cara a cara. Cualquier cosa sería mejor que estar sentada allí, deseando que las cosas hubieran sido diferentes.

Claudia entró por las enormes puertas y llegó a un vestíbulo amplio e iluminado. La decoración moderna y de líneas simples estaba suavizada por algunas plantas y varios estanques escalonados, conectados entre sí. Claudia se detuvo al oír el agua, sobrecogida por el recuerdo repentino del patio del palacio de Telama'an. Si cerraba los ojos, le parecía que todavía podía estar allí con David…

– He venido a ver a David Stirling, por favor – dijo a la señorita de recepción.

– ¿Tiene cita?

– No.

– Un momento, por favor -el recepcionista se giró y habló por un interfono, mientras Claudia miraba los nombres de los despachos en un panel al lado de los ascensores. A los pocos segundos fijó la vista en el de arriba del todo: D.J. Stirling, Director ejecutivo.

– ¿D.J.? Repitió emocionada, recordando a la adivinadora: “Veo que las iniciales J y D serán muy importantes para ti”. No había dicho nada del orden en que tenían que aparecer.

“No significa nada, claro,” se dijo Claudia. Era una coincidencia, nada más.

La recepcionista estaba intentando llamar su atención.

– Lo siento, el señor Stirling no puede ver a nadie en este momento. Va a salir.

– ¿Podría hablar con su secretaria?

En el duodécimo piso, David estaba en ese momento poniéndose la chaqueta y diciendo a su secretaria Jan que podía marcharse pronto a casa. El teléfono sonó en ese instante.

– Hay una tal Claudia Cook en recepción -le informó, cubriendo el auricular con la mano-. Dice que es importante. ¿Quiere que le dé una cita?

– No, diga que suba.

Como en un sueño, David se dirigió hacia los ascensores. Observó los números que iban iluminándose uno detrás de otro, acercando a Claudia cada vez más, pero en el momento en que se abrieron las puertas, no se atrevió a mirar por si acaso no estaba allí.

El corazón de Claudia parecía dispuesto a estallarle dentro del pecho. Había ido respirando cuidadosamente: fuera, dentro, fuera, dentro… pero, cuando las puertas se abrieron y se encontró cara a cara con David, todo pareció detenerse.

David la miraba a su vez como si temiera que pudiera desaparecer. Había soñado con ver esos enormes ojos azules de nuevo, había soñado cada curva de sus pómulos, la línea del cuello y su piel luminosa… y de repente, allí estaba y no se le ocurría nada que decir.

Claudia nunca supo el tiempo que permanecieron de pie mirándose.

– Tu secretaria dijo que ibas a salir. Siento si estás ocupado… no quiero molestarte.

– No importa. ¿Quieres entrar a mi despacho?

“Allí estarían bien”, se dijo David a sí mismo. En un lugar más impersonal, más tranquilo, donde no podría abrazarla y apretarla con todas sus fuerzas para que no se fuera nunca más.

Caminaron en silencio a lo largo del corredor. Jan estaba poniéndose el abrigo y miró con curiosidad a David y a la guapa muchacha que lo acompañaba.

– ¿Hay alguna novedad? ¿Puedo irme?

– Sí, no pasa nada -contestó David, apartándose para dejar entrar a Claudia.

El despacho de David era grande y con enormes ventanales en dos de las paredes. Claudia se acercó a una de ellas y se quedó mirando la silueta gris de la ciudad de Londres. Había practicado una y otra vez qué iba a decirle, pero tenía la mente completamente en blanco y lo único que se le ocurría era abrazarse a David y suplicarle que la estrechara entre sus brazos.

– No esperaba verte -dijo David, un poco incómodo.

– He pensado mucho desde que salí de Shofrar.

– ¿Sobre qué?

– Sobre el destino -dijo Claudia, con una media sonrisa. David la miró, a su vez, aterrorizado por si le hablaba de Justin.

– ¿Sobre el destino? Creí que no creías en ello.

– No creía -admitió-. Sigo sin creer que nadie pueda predecir tu futuro. El futuro es algo que tú vas modelando y no cosa del destino. No encontré mi futuro cuando cumplí los treinta años, pero te conocí a ti – añadió dulcemente, y por vez primera lo miró directamente a los ojos-. No creo que el destino haya decretado que tú y yo estemos juntos, David -continuó, cada vez con más fuerzas-. No sé lo que la vida tiene preparado, pero sé que mi única posibilidad de ser feliz está a tu lado. No puedo dejarlo al destino, tengo que venir a decírtelo yo misma.

Hubo un silencio largo y emocionado. David estaba junto a la mesa con una expresión tan enigmática que Claudia pensó que él estaba buscando la manera de decirle que estaba perdiendo el tiempo.

– No hace falta que digas nada -añadió-. Probablemente he sido una estúpida por venir. Yo… no quería avergonzarte. Sólo quería que supieras que te amo.

David siguió inmóvil.

– No ha sido una buena idea -continuó Claudia, dirigiéndose hacia la puerta-. Me doy cuenta ahora. Ibas a salir, así que no quiero entretenerte más. Adiós.

Estaba agarrando el pomo de la puerta cuando David habló despacio.

– ¿No quieres saber dónde iba a ir?

David sacó un trozo de papel del bolsillo de la chaqueta y se acercó a Claudia, que estaba al lado de la puerta, rígida, con un aspecto de lo más triste.

Le enseñó el papel y ella lo miró, sin poder verlo apenas, ya que tenía los ojos húmedos. Hasta que vio una dirección.

– Ésas son mis señas -dijo, sin entender.

– Llamé a Patrick para que me dijera dónde vivías -explicó-. Iba a verte.

– ¿Por qué? -preguntó, sin atreverse a tener demasiadas esperanzas.

– Quería decirte que no podría soportar vivir sin ti.

– Yo…

Claudia levantó la vista y él se acercó un poco más.

– David -exclamó ella-. ¡Oh, David!

Y entonces, las manos de él la abrazaron con desesperación.

– Te amo -afirmó, besándola apasionadamente. En el pelo, en las sienes, en los ojos-. Te amo. Te amo. Te amo.

Finalmente, encontró los labios de la muchacha y los besó. Claudia sintió un estallido de felicidad por todas sus venas. Puso sus manos alrededor del cuello de David y se colgó a él, besándolo entre risas y lágrimas. Notando que los besos no eran suficiente y las palabras de amor tampoco.

– Te he echado tanto de menos… -murmuró David finalmente-. No vuelvas a dejarme así.

Estaba sentado detrás del escritorio y Claudia, acurrucada en su regazo, le daba pequeños besos en el cuello.

– No dejes que me marche -dijo, abrazándolo más.

– No lo volveré a permitir.

– ¿Por qué no lo dijiste antes de que me fuera? – quiso saber Claudia.

– Lucy me dijo que querías ir con Justin. No la creí al principio, pero ella lo decía con tanta seguridad que… no sé, de repente, me pareció que aquella noche no había significado nada para ti. Recordé que me habías hablado de volver a la realidad y pensé que estabas buscando un modo delicado de decirme que aquella noche era suficiente para ti.

– Pero, David, tú sabes lo que sucedió aquella noche. Debías de haber sabido que te amaba.

– Eso creía, pero no estaba seguro. Me temo que es culpa de Alix.

– ¿Alix? -preguntó, con un gesto de alarma tal que David no pudo evitar una sonrisa.

– Alix era mi novia cuando tenía veinticuatro años. Ella era muy guapa y ambiciosa, pero yo era muy joven y no me daba cuenta de hasta dónde era capaz de llegar ella con tal de conseguir lo que quería. Lo supe cuando descubrí que se acostaba con mi jefe. Cuando me enfrenté a ella, Alix se sorprendió de que me enfadara tanto. Me acusó de no vivir en el mundo real, donde tenías que hacer cualquier cosa para conseguir tus fines. Me dijo que no significaba nada.

– ¡Oh, David! -exclamó conmovida.

– No te preocupes. Me recuperé, pero esa relación me dejó una desconfianza hacia las mujeres guapas y hacia el mundo real.

– ¿Por eso te disgusté tanto cuando nos conocimos?

– No me disgustaste -dijo él, acariciando su cabello dorado-. ¡Lo intentaba! Pero sí, me recordaste al principio a Alix.

– Ahora no creo que pienses que me parezco a ella, ¿no?

– Tú no eres como Alix, Claudia. Nunca lo fuiste. Simplemente que, como comenzaste a hablarme del mundo real y luego aprovechabas la primera oportunidad para escaparte con Justin, yo estaba tan celoso y triste que no podía pensar con claridad. No he vuelto a pensar con claridad hasta que decidí que tenía que verte, hace un rato.

Tomó el rostro de ella entre las manos y la besó con ansia.

– No puedo creer que pensaras que tenía interés por Justin -comentó Claudia, cuando pudo escapar de aquellos labios.

– Lucy parecía no tener ninguna duda. Y me dijo que parecías desesperada cuando Justin apareció con Fiona.

– Estaba desesperada porque había estado toda la noche pensando en ti. Cuando Lucy sugirió la idea del viaje a Justin, él aceptó inmediatamente porque sabía que los padres de Fiona dejarían ir también a ésta. Yo fui sólo de acompañante y tampoco hice bien mi papel, porque cuando llegamos a Menesset ya estaban comprometidos.

David soltó una carcajada y la abrazó.

– ¿Sabes qué día es hoy, Claudia?

– ¿Diecisiete? Sí, diecisiete de septiembre. ¡Es tu cumpleaños!

– Cumplo cuarenta -admitió él.

– Feliz cumpleaños -dijo ella, con un dulce beso.

– Ahora sí lo será.

– ¿Y qué se siente?

– ¡Que es maravilloso! Tienes que probarlo algún día.

Claudia apoyó la mejilla contra la de él.

– Quizá dentro de diez años. Hasta entonces, soy feliz de tener treinta. Creo que es el mejor momento de mi vida.

– Habrá momentos mejores -musitó David, con otro beso.

– No tengo ningún regalo para ti -murmuró Claudia alegremente.

– Di que te casarás conmigo. Es lo único que quiero -acarició las mejillas y tomó a Claudia por la barbilla-. Te casarás conmigo, ¿verdad?

– Creo que es lo que debería hacer -afirmó, haciendo una pausa como para pensar-. Puede que necesites otro contrato con el jeque, ¿y qué ibas a hacer sin mí?

– Hablando del jeque -David sacó una cajita del bolsillo-. Éste fue tu primer regalo de boda. Ahora podrás llevarlo con la conciencia tranquila.

– Parece que la cajita con el amuleto ha funcionado. ¡Ahora tendremos que tener seis hijos!

David esbozó una sonrisa y enredó sus dedos en el cabello sedoso de la mujer.

– Podemos empezar a practicar ahora mismo.

Jessica Hart

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