/ Language: Español / Genre:love_contemporary

Romance eterno

Jessica Hart

La alegre Flora Mason había planeado trabajar durante un tiempo y, en cuanto hubiera reunido el dinero necesario, se marcharía a recorrer el mundo. Sus planes no incluían un romance con su atractivo jefe, Matt Davenport. Pero Flora necesitaba quedar bien con un antiguo novio y Matt necesitaba pareja para un par de días. Estaban hechos el uno para el otro. El problema era que las dos noches acordadas se convirtieron en tres, luego cuatro… y Flora comprendió que no quería un contrato temporal, sino un trabajo para toda la vida.

Jessica Hart

Romance eterno

Título Original: Temporary engagement

Capítulo 1

– Aquí llega -el piloto señaló el coche negro que acababa de aparecer en dirección a la terminal. Había estado charlando con Flora apoyado en la escalerilla del aparato, pero al ver el auto se puso recto-. Será mejor que me prepare. A Matt Davenport no le gusta que le hagan esperar -le guiñó un ojo-. ¡Buena suerte!

– Gracias -dijo Flora con voz débil mientras el piloto subía por la escalerilla del avión. Observó el coche elegante con desmayo. Si otra persona volvía a desearle suerte en su trato con Matt Davenport, empezaría a ponerse realmente nerviosa.

Un viento, inesperadamente frío para estar a finales de mayo, revolvió su cabello y Flora se lo apartó, mientras bailaba sobre sus pies para entrar en calor, deseando haberse puesto una chaqueta de invierno. Llevaba mucho tiempo sin levantarse tan temprano y esperaba que no fuera un hábito del señor Davenport empezar a trabajar a las siete de la mañana.

El coche se detuvo exactamente delante de la escalerilla y el chofer descendió ágilmente para abrir la portezuela del pasajero. Flora dejó de moverse y procuró parecer alerta y eficaz mientras un hombre con un maletín bajaba del coche. Lo miró con cierta sorpresa. Era joven y tenía una expresión ansiosa, casi nerviosa. Sin duda, no se trataba del tiránico Davenport del que todo el mundo parecía recelar.

No era él. Un segundo después otro hombre bajó del coche y, aunque Flora nunca lo había visto, supo sin lugar a dudas que aquel era Matt Davenport. Era un hombre alto y moreno, y hablaba por un teléfono móvil de manera que su rostro permanecía medio oculto. A pesar de ello, emanaba de él poder, estaba presente en la forma arrogante de sus hombros, en su paso lleno de energía, en el gesto impaciente con el que indicó al joven del maletín que se apresurara.

«No te preocupes, podré con él». Flora recordó su promesa a Paige, formulada unas horas antes. Ya no estaba tan segura de sus fuerzas. Si alguien parecía capaz de domar al mismo demonio, ese era Davenport.

Se detuvo un momento para dar órdenes al hombre joven y después, siempre hablando por teléfono, se dirigió hacia Flora, que se puso recta y preparó su mejor sonrisa.

Pero el hombre de negocios pasó a su lado, camino de la escalerilla sin apenas mirarla. La sonrisa de Flora se convirtió en una mueca de asombro.

– ¡Señor Davenport! -exclamó, corriendo tras él.

– ¿Usted quién es? -dijo éste apartando el teléfono de su oído, pero sin detenerse.

– Soy Flora Mason, su nueva secretaria -dijo ésta sin aliento. No era fácil caminar a su paso mientras sostenía su bolsa y se apartaba el cabello de la cara para poder hablar-. Quedé en verlo aquí.

Matt Davenport se detuvo al pie del avión y bajó el teléfono. No podía ver gran cosa de la joven que corría tras él salvo que tenía un montón de pelo. La miró durante unos segundos antes de subir las escaleras.

– ¿Es usted lo mejor que han podido enviarme?

– Sí… esto… Me pidieron que hiciera la prueba hoy -dijo Flora, subiendo de dos en dos los escalones tras él-. Paige me recomendó -añadió con una punzada de desesperación-. Me dijeron que necesitaba a alguien para reemplazarla un tiempo.

Matt se detuvo tan bruscamente en lo alto de la escalerilla que Flora casi choca con él.

– ¿Es la amiga de Paige? -no podía creerse que aquella joven desastrada tuviera algo en común con su elegante, discreta e impecable secretaria personal.

– Sí -Flora estaba sonrojada y se había quedado sin aliento por la subida. Hizo un último intento por controlar su melena-. Ella sugirió mi nombre a su departamento de personal y me llamaron ayer.

Matt le dedicó otra mirada hiriente y luego masculló:

– ¡Debían estar desesperados! ¿Sabe taquigrafía?

– Sí, pero…

– ¿Habla francés?

– Sí.

– Está bien -dijo de golpe-. Veremos cómo se las arregla hoy. Es demasiado tarde para buscar otra persona.

Con esto, se giró y entró en el avión, siempre hablando por el teléfono e ignorando por completo la sonrisa de bienvenida de la azafata.

¡Simpático tipo! Flora empezaba a comprender por qué todos hacían una mueca al oír el nombre de Davenport. A pesar de todo, había pasado la primera prueba. Se detuvo en la cabina del avión donde se encontró con la mirada comprensiva de la azafata que le dijo con una sonrisa:

– ¡Buena suerte!

Y cerró la puerta a sus espaldas.

Flora nunca había estado en un jet privado y contempló el interior con curiosidad. No se parecía a los aviones normales. Todo era color crema y estaba muy limpio, los asientos eran enormes y mullidos, invitando al descanso. Lo único que estropeaba el ambiente de lujo y riqueza era el dueño.

Matt Davenport había elegido un asiento frente a ella. Puesto que ya no tenía el pelo en los ojos, pudo mirarlo con calma. Había algo amenazante y oscuro en su aspecto, e incluso en el interior de un traje gris inmaculado resultaba demasiado fuerte y agresivo para el entorno del avión. Tenía un rostro duro, con rasgos fuertes y oscuros, y un gesto de voluntad incansable que era lo opuesto al humor vago y más bien frívolo de Flora. Era una pena, se dijo ésta, admirando su boca y se preguntó cómo sería al sonreír. Si es que alguna vez sonreía.

– Dile que ocho millones es la última oferta -decía al teléfono. Escuchó un instante con expresión de impaciencia-. ¡Hazlo! -gritó y colgó el teléfono sin una palabra de despedida.

Alzó la vista y se encontró con Flora mirándolo desde el otro extremo de la cabina.

– ¡Usted! ¿Cómo ha dicho que se llama?

– Flora Mason.

– ¿Y qué hace ahí parada? -señaló con el móvil el asiento frente al suyo-. Vamos, siéntese.

– ¡Sí, señor! -dijo Flora en voz tan baja que no lo oyó.

Matt la contempló con ecuanimidad mientras se acercaba por el pasillo. No era una belleza, pero no estaría mal si se hubiera arreglado un poco. En aquel momento, estaba desastrosa, con el cabello revuelto y la ridiculamente inapropiada indumentaria que se había puesto. Una camiseta sin mangas, una chaqueta arrugada encima y una falda rosa, nada menos, que le llegaba unos centímetros más arriba de lo que hubiera sido discreto. Sin duda tenía bonitas piernas, pero hubiera preferido que llevara uno de los trajes de chaqueta clásicos que se ponía Paige.

Le molestó igualmente la forma desenvuelta con la que tomó asiento frente él. En lugar de materializar un bloc de notas y esperar quietecita y calladita a que él hablara, se puso a revolver su enorme bolso hasta sacar un cepillo. Bajo los ojos asombrados de Matt, echó la cabeza hacia abajo y comenzó a cepillarse el pelo con vigor.

– Ya está mejor -dijo cuando echó la cabeza hacia atrás, sonriendo con frescura.

Matt se encontró mirando unos ojos azules y directos y tuvo que contener una exclamación de sorpresa. De pronto ya no le parecía una joven tan ordinaria.

Pero no le devolvió la sonrisa. Le había desconcertado y a Matt no le gustaba esa sensación.

– Paige me dijo que tenías mucha experiencia -afirmó con el ceño fruncido.

Curioso. Flora siempre había pensado que los americanos tenían voces cálidas y hermosas. La de Matt era fría y tan dura como sus ojos verde grisáceos. Era una pena, porque con una boca como la suya, le correspondía tener una voz llena de calor. Pero tampoco se iba a casar con él, sólo tenía que aguantarlo un par de meses.

– Y así es -dijo Flora y se puso recta, intentando parecer una secretaria experimentada, aunque no tenía la menor idea de cuál era el modelo. En realidad tenía experiencia, sólo que más amplia que profunda, por así decirlo.

Era obvio que Matt no la creía.

– No me pareces una secretaria de primera -dijo brutalmente.

– Ya sabe lo que dicen sobre las apariencias -replicó Flora con frialdad.

– Pues no -dijo él y abrió su maletín para buscar el informe que Paige le había hecho sobre su amiga inglesa-. ¿Qué dicen?

– Ya sabe, lo engañosas que pueden ser -insistió Flora.

Aquello le obligó a mirarla. Flora siempre se había preguntado qué era una mirada penetrante, pero allí la tenía. Sintió que la mirada fría la estaba horadando el cerebro.

– Sin duda engañan, si lo que quieres decirme es que alguna otra compañía de reputación te ha contratado como secretaria del presidente -dijo con voz cortante-. Basta mirarte. Tienes el pelo revuelto, llevas una chaqueta arrugada, tu falda es demasiado corta y nunca, nunca, he visto a una secretaria venir al trabajo con una camiseta sin mangas.

Flora se inclinó hacia adelante.

– Bueno, usted sabrá más que nadie sobre apariencias engañosas -replicó-. Paige me dijo que era un hombre muy simpático y que era agradable trabajar con usted.

Durante unos segundos, Matt no pudo creerse lo que había oído. Las secretarias solían quedarse boquiabiertas ante él, algunas incluso temblaban, pero ninguna se había atrevido nunca a responderle en ese tono.

– No me dijo que fueras una impertinente -dijo en tono amenazante.

– Tampoco me dijo a mi que carecía de sentido del humor -replicó Flora sin poder evitarlo, mirándolo con desafío.

– ¿Quieres o no este trabajo? -preguntó Matt.

Flora se acordó entonces de su amiga, un poco tarde. Paige la había llamado para decirle que no podía desplazarse a Inglaterra y le había suplicado:

– Por favor, Flora. Mamá entra en el hospital la semana que viene y suponiendo que todo vaya bien, no podrá valerse en dos o tres meses. No puedo dejarla sola, y el señor Davenport quiere estar en Europa para cerrar un negocio y necesita una secretaria.

– Pero, Paige -había protestado Flora-. Elexx es una organización muy importante. Incluso yo he oído hablar de ella. No me puedo creer que su presidente tenga dificultades para encontrar secretaria. ¿Por qué no utiliza otra persona de su personal de Nueva York?

– Podría hacerlo -suspiró Paige-. El caso es que Matt Davenport no es el hombre más fácil del mundo. ¡No me malinterpretes! -prosiguió antes de que Flora hablara-. Es encantador, pero puede ser muy… exigente, supongo. Desde que está en Londres ha probado con cinco secretarias y ha sido un desastre. Al final me pidió mi opinión y le hablé de ti.

– Paige, sabes que no tengo ni idea de todo ese rollo de alto nivel que haces tú -insistió Flora.

– Tienes talento de sobra -señaló Paige-. Y eres muy lista cuando te da la gana. Entiendes las cosas a la primera y hablas francés perfectamente, lo que es fundamental. Y algo más: no te asustará el señor Davenport. En realidad, creo que os gustaréis bastante.

Flora lo creía improbable. No podía imaginar qué podía tener ella en común con un hombre como el empresario duro y ambicioso que tenía en frente.

– Tiene que haber unas cuantas secretarias de dirección muy cualificadas en Londres -dijo-. ¿Por qué no las han buscado?

– Lo harán si no encuentro a nadie que me reemplace. El problema es que una de esas geniales secretarias podría ser demasiado buena y dejarme sin trabajo. ¿Comprendes?

Flora sonrió al auricular.

– ¿Así que me quieres porque sabes que lo haré mal? -bromeó.

– ¡Claro que no! -se indignó Paige-. Es que… me encanta mi trabajo, Flora, y no quiero perderlo. Sé que puedo fiarme de ti y que además no es tu destino ser secretaria. Tienes demasiadas cosas que hacer. Pensé en ti sobre todo cuando supe que tenías unas cuantas deudas. Paga muy bien, Flora -la tentó con voz melosa-. En tres meses ganarás lo suficiente para recorrer el mundo y me guardarás mi puesto calentito. ¿Qué me dices?

Flora no hubiera necesitado tanta seducción. Su trabajo de secretaria por horas apenas le daba para vivir, mucho menos para pagar su deuda con el banco. La idea de librarse de su crédito y ser libre de nuevo la había atraído como un imán.

Sólo al conocer a Matt Davenport en persona había empezado a pensar que el sueldo era ajustado. La estaba mirando con sus ojos implacables mientras ella reflexionaba.

¿Quería el trabajo? Flora pensó en Paige y en su gratitud y luego pensó en lo agradable que sería tenderle un cheque al cretino de su banco y saltar en el siguiente avión para buscar una playa. No había tiempo para gestos orgullosos y además el avión estaba despegando.

– Sí -dijo con firmeza.

– Entonces, sugiero que te guardes esa clase de comentarios ingeniosos para ti.

– Lo siento -dijo Flora, esperando haber parecido sincera-. Es que me pasé horas con mis compañeras de piso intentando decidir qué ponerme hoy. Quería resultar parisina y ha sido un poco duro que me llamaran desastre sólo porque hay un poco de viento.

Matt la miró con incredulidad:

– ¿Esta es tu idea de la elegancia?

Flora se miró defensivamente la ropa arrugada, chaqueta y falda, ambas prestadas. Jo adoraba su falda rosa y se la había prestado porque era sólo por un día y porque le encantaba la idea de que viajara en un jet privado.

– No pudimos hacer más -replicó Flora, retirándose el pelo del rostro-. No todos tenemos dinero para ropa de moda, ¿sabe?

– Eso es evidente -a pesar suyo, se sentía interesado en la conversación y miró a Flora con mayor detenimiento. Estaba mejor desde que se había cepillado, desde luego, y el color del cabello era hermoso, un rubio oscuro tirando a oro viejo, veteado y suave a la vista, pero demasiado despeinado y suelto para una secretaria. Las piernas largas desnudas, la falta de maquillaje… ¿No se suponía que los ingleses eran estirados y formales?

Por fin admitió que era atractiva, con unos ojos extraordinarios aunque demasiado chispeantes y retadores para su gusto. No valía para el trabajo. Quería alguien en quien confiar, tranquila y discreta, como Paige. Esta Flora no era nada tranquila, en realidad no paraba un instante, y había algo alerta en ella que le atraía y le ponía muy nervioso.

Por otra parte, no parecía la clase de mujer que se pondría a llorar a la primera de cambio y tampoco estaba asustada. La última chica tenía tanto miedo que le había sentado mal la comida. Puesto que Flora ya estaba allí, más valía aprovechar el tiempo para juzgarla.

– No tienes ninguna experiencia como secretaria de dirección, ¿verdad? -preguntó a quemarropa.

Flora vaciló.

– No -admitió al fin, pensando que puesto que no le gustaba, no perdía nada siendo sincera-. Pero eso puede ser una ventaja -añadió en una inspiración.

– ¿Cómo es eso posible? -Matt tenía una mirada sarcástica.

– Bueno, si hubiera trabajado antes para un millonario, podría compararlo con usted.

Las cejas formidables se alzaron con altivez.

– ¿Compararme?

– Sí, ya sabe… -Flora se echó hacia adelante-. Me pasaría el tiempo diciendo: Oh, pero el señor X sólo compra islas privadas en el Caribe -habló con un aire afectado que desmentía el brillo irónico de su mirada-. O bien, el señor Y siempre lleva una botella de champán helado en la limusina… Eso le irritaría, ¿verdad? -terminó, volviendo a su voz normal.

– Desde luego -confirmó Matt, divertido a su pesar. No llegó a sonreír, pero Flora hubiera jurado que la comisura izquierda de su hermosa boca ascendía levemente-. Creo que tienes una idea muy rara de cómo trabajamos los millonarios, como dices. No duraríamos ni dos días en el negocio si nos dedicáramos a beber champán y comprar islas. Paige podría decirte que me paso el tiempo en la oficina, y que nuestra labor es más bien rutinaria.

– Entonces, ¿para qué necesita alguien con tanto nivel a su lado? -aprovechó Flora, provocando un suspiro de impaciencia.

– Porque -dijo el hombre con una tensión inconfundible -si hubieras trabajado para alguien con similar posición, sabrías la importancia de la eficacia y la discreción y la necesidad de ambas para protegerme y representarme ante el mundo. No mejoraría mi reputación tener a alguien como tú en la puerta de mi oficina. No proyectas la imagen adecuada, no sé si me explico.

– ¿Por qué? -se ofendió Flora.

– Es demasiado -Matt hizo un gesto vago-… relajada -dijo al azar.

– Estoy segura de que puedo tener una apariencia tensa y frustrada si me empeño -dijo Flora y al instante puso sus manos ante ella como pidiendo perdón-. Es una broma.

– No necesito una secretaria bromista -dijo Matt sin sonreír-. Tengo que confiar en alguien que va a escribir documentos confidenciales. Nada de lo que has dicho o hecho me muestra que tengas las cualidades requeridas.

– No lo sabrá a menos que pruebe -dijo Flora, intentando compensar su última metedura de pata-. En serio, puedo hacer el trabajo. Sé tomar notas y conozco casi todos los programas al uso. Aprendo rápido y no me importa trabajar duro, mientras no sea durante demasiados meses -añadió con escrupulosa sinceridad-. Pero eso da lo mismo, pues sólo me necesita tres.

– ¿Y qué cualidades, aparte de esa capacidad extraordinaria para trabajar tres meses seguidos, puedes ofrecerme? -preguntó Matt sin molestarse en disimular la ironía.

– Hablo francés muy bien -dijo-. Y también alemán, aunque peor.

Matt estuvo a punto de manifestar su sorpresa.

– ¿Qué más?

Flora se quedó pensativa, buscando las habilidades que podrían impresionarlo. La capacidad de disfrutar de la vida no debía ser gran cosa para él. Sabía hablar con la gente, preparar gin tonics y se podía confiar en ella para que la fiesta arrancara y siguiera toda la noche, pero ninguna de aquellas cualidades era apropiada.

– Paige me ha recomendado -dijo por fin, entre la espada y la pared.

Incluso a sus oídos, sonó bastante pobre como argumento, pero por primera vez, el señor Davenport pareció reflexionar. Paige había sido su secretaria personal durante cuatro años y tenía en gran consideración su juicio. No era propio de ella recomendar a una persona tan absurda como parecía Flora. Tenía que haber algo más en ella, y además nadie podía ser tan frívolo.

Miró por la ventana.

– Ojalá tuviera a Paige ahora -murmuró.

– Pero es que su madre está enferma -señaló Flora-. Así que puede tenerme a mí en su lugar.

Matt la miró y entrecerró los ojos:

– ¿Por qué tienes tanto interés en trabajar para mí?

Los ojos azules lo miraron sin vergüenza.

– Necesito un trabajo temporal que me proporcione mucho dinero -dijo de un tirón-. Paige me dijo que el salario es generoso.

– Es pronto para hablar de salarios -la cortó Matt-. Lo primero es probar tu capacidad. En el día de hoy.

– No le defraudaré -dijo Flora, pero Matt Davenport se limitó a gruñir algo y volver a sus papeles.

Flora guardó silencio, pensando que era mejor no presionarlo. Tendría que demostrar lo buena que era. No tanto como Paige, pero lo suficiente para reemplazarla unos meses.

– ¿Desea café, señor Davenport? -la azafata se inclinaba obsequiosamente junto a él.

– Negro -fue la tajante respuesta.

– ¿Y usted, señora…?

– Flora -replicó Flora con firmeza-. Y sí, por favor, me gustaría tomar un café -exageró la educación para poner de manifiesto la grosería de Davenport-. Con leche, muchas gracias.

Él no ignoró la elaborada réplica y le lanzó una aguda mirada de soslayo a la que Flora respondió con inocencia.

– Genial avión -dijo mientras inclinaba su asiento-. Puede uno dormirse en un sillón tan cómodo.

Matt Davenport la miró con desdén.

– No está aquí de vacaciones. Está aquí para trabajar.

– Oh, desde luego -Flora puso el asiento recto y tomó su bloc de notas.

Matt apenas le dio tiempo a abrirlo antes de empezar a hablar. Dictó notas, ideas, cartas e informes a velocidad de vértigo, sin hacer una pausa para dar las gracias cuando la azafata sirvió los cafés. Flora no pudo ni dar un sorbo al suyo. Su bolígrafo volaba sobre el cuaderno mientras el café se enfriaba a su lado.

Por suerte, Davenport tuvo que contestar al teléfono antes de que Flora estuviera completamente perdida y la pausa le permitió beber café y respirar un momento. Cuando el hombre colgó, preguntó:

– ¿No podría explicarme lo que vamos a hacer hoy? Sería mucho más fácil para mí.

Matt frunció el ceño.

– ¿No te explicaron nada cuando te llamaron para la prueba?

– No mucho. Paige me dijo que era un negocio europeo y los de la empresa sólo me dijeron que estuviera en el aeropuerto para volar a París.

– ¿Cómo vas a traducir lo que digo si no sabes de qué vamos a hablar? -preguntó Matt con exasperación-. Tendrías que haberlo dicho antes.

– No tuve oportunidad -replicó Flora-. Por eso lo digo ahora.

– Oh, muy bien -parecía irritado-. Supongo que conoces la empresa.

– Es electrónica -dijo Flora que no sabía nada más de Elexx.

Pero Matt siguió explicando, sin detenerse a comprobar lo poco que entendía Flora de electrónica.

– Elexx es una de las compañías americanas líderes en el sector, y buscamos una expansión mundial. Hay un mercado importante en Europa y pretendo que Elexx entre con buen pie. Es un proyecto tan importante que lo llevo yo personalmente. Por eso me he instalado en Londres para seguir las negociaciones. Aquí intervienes tú.

– ¿Oh?

– De momento estamos buscando una fusión en Francia -le explicó con severidad-. Entiendo francés, pero no lo hablo y necesito que alguien tome notas y me sirva de intérprete. ¿Puedes hacerlo?

– Claro que sí -dijo Flora que no creía poder hablar de electrónica en su idioma, y mucho menos en francés. Pero mejor no explicárselo a Matt.

Al final, no fue tan terrible como había supuesto, pues las negociaciones se referían sobre todo a aspectos financieros y su francés era suficiente para eso. Incluso llegó a disfrutar, salvo por el hecho de que para lo que vio de París, podía haberse quedado en Londres. Matt le estuvo dictando durante todo el viaje y siguió mientras corrían hacia otro coche. Flora iba sin aliento detrás del hombre de negocios.

Le hubiera gustado sentarse tranquila y mirar el paisaje parisino, pero Matt no era hombre de tiempos muertos. Como mero desafío, Flora logró captar varias vistas de los edificios gris azulados de la ciudad, pero a costa de obligar a su jefe a repetir la frase.

Cuando llegaron a la primera reunión, Flora estaba roja por el esfuerzo de perseguir a Matt y tomó asiento con alivio. Mientras el señor Davenport saludaba a sus asociados futuros, se le ocurrió quitarse la chaqueta, aunque deseó no haberlo hecho. Percibió físicamente la mirada de desprecio de las otras dos secretarias, ferozmente elegantes y sobrias, y tuvo una intensa conciencia de su desnudez.

Matt le dedicó una mirada igualmente despectiva, pues le irritaba que aquellos brazos desnudos le hicieran perder concentración. La piel era cálida y dorada, y se preguntó qué pensarían sus socios de una secretaria que parecía de camino hacia la playa.

Pero el director financiero francés miraba a Flora con placer y aprobación, y le sonrió, a lo que ella contestó con una sonrisa radiante.

– Estaría bien si dejaras de coquetear y te concentraras -tuvo que intervenir Matt con irritación y añadió-. Y por Dios, cúbrete un poco.

Así que Flora se puso la chaqueta y se fue asando poco a poco. Estuvieron horas reunidos, sin ni siquiera parar para comer decentemente. Era típico de su suerte que, para una vez que visitaba París con un millonario, tuvieran que conformarse con café y bocadillos.

Cuando volvieron por la tarde al avión, Flora estaba exhausta. Se dejó caer en el cómodo asiento y se quitó los zapatos con un suspiro de alivio.

– ¡Por fin! -exclamó y cerró los ojos.

Matt que estaba a punto de empezar a dictar sus impresiones de la última reunión, la miró con una mezcla de impaciencia y cierta piedad desacostumbrada en él. Sí que parecía cansada, se dijo, mirando su rostro. Era más fácil mirarla con detenimiento cuando sus ojos curiosos estaban cerrados, más fácil descansar la vista en la curva de su garganta o la sombra de sus pestañas.

Tuvo que admitir que había sido mucho más eficaz de lo que nunca hubiera supuesto. A pesar de su aspecto, parecía tener inteligencia y había sabido enfrentarse a cada novedad del día. Su francés era excelente, sin duda, y se había dado cuenta de que los negociadores franceses respondían a su habilidad para descargar el ambiente y limar tensiones cuando traducía.

Era una pena que fuera tan… buscó la palabra… Que le distrajera tanto. Necesitaba una secretaria que estuviera siempre lista, con la información necesaria, y que el resto del tiempo desapareciera en un segundo plano. Pero no parecía que Flora fuera capaz de desaparecer. Le hacía pensar en el mar, el sol y el calor cuando sólo debía pensar en márgenes comerciales.

Matt siempre había celebrado su capacidad de concentrarse en un tema y le molestaba verse perturbado por una chica como Flora. No es que fuera hermosa.

Tenía una nariz grande y una mandíbula demasiado voluminosa. Con los ojos cerrados, podía definirla sin engañarse como del montón.

El problema era que no podía explicar la urgencia con la que deseaba inclinarse sobre ella y apartarle los rizos de la cara y acariciar la piel cálida de sus pómulos.

Como si le hubiera leído el pensamiento, Flora abrió los ojos, y se encontró sumido en aquella mirada intensa y azul. Un sentimiento inesperado, como un puño apretándole el corazón, le dejó inmóvil y mudo hasta que fue capaz de apartar la vista.

La mirada de los ojos verdes había sido tan peculiar que Flora no pudo evitar llevarse los dedos a los labios. ¿Se habría quedado dormida con la boca abierta? ¿Por qué la miraba Matt de esa manera?

– Creo que he debido quedarme dormida -dijo al fin-. Ha sido un día muy largo.

– Tienes que acostumbrarte a estos horarios si quieres trabajar para mí -dijo Matt con tono brusco.

El rostro de Flora se iluminó al oírlo:

– ¿Quiere decir que tengo el trabajo?

Matt estaba enfadado consigo mismo por sus dudas sobre la joven. Le distraía sin duda, pero había trabajado duro y no se había quejado ni una sola vez. Tampoco tenía mucha elección…

– Si lo deseas, creo que puede funcionar. Y puedes tutearme -dijo al fin.

La sonrisa de Flora era mareante.

– No te arrepentirás -prometió.

Pero Matt ya empezaba a arrepentirse.

Capítulo 2

Matt se esforzó en dejar de mirar el rostro de Flora y contemplar el paisaje, pero era como si su sonrisa siguiera grabada en su mente.

– ¿Cómo conociste a Paige? -preguntó de pronto. Paige llevaba años con él y era una secretaria perfecta, pero era tan discreta que apenas sabía nada de ella. Cuando intentaba conjurar su imagen surgía ante sus ojos el rostro de Flora, con su sonrisa luminosa-. No os parecéis.

– No -asintió Flora. Se desabrochó el cinturón y dobló sus piernas como una niña pequeña-. Paige es increíblemente paciente y tranquila, pero eso ya lo sabes -hacía falta paciencia para estar cuatro años con Davenport, pensó para sí.

Sin embargo, Matt captó su insinuación.

– Ya lo sé -repitió con ironía.

– Y tiene una organización impresionante -siguió Flora-. Todas deseábamos poder odiarla por ser tan perfecta, pero es imposible, es demasiado encantadora.

– ¿Todas?

– Éramos una pandilla en la universidad. Paige estuvo un año, estudiando francés, como yo. Compartíamos la misma residencia y nunca perdimos el contacto.

Matt la miró con seriedad. Su historia era razonable, pero costaba imaginar a la elegante Paige conviviendo con Flora. Sin embargo, la había recomendado con insistencia.

– Paige estaba empeñada en que probara contigo, ¿por qué?

– Sabe que no me interesa un trabajo fijo -dijo Flora con cautela, pues no quería revelar las preocupaciones de su amiga-. Pero me había oído decir que necesitaba dinero, y pensó que yo sería la persona ideal para este puesto.

– Ideal no es la palabra que yo hubiera usado -dijo Matt con una mirada humorística.

– Ya sabes -Flora movió las manos en el aire-. Tú dispones de un puesto bien pagado de tres meses y yo necesito un puesto bien pagado por tres meses; necesitas a alguien que hable francés y yo hablo francés -extendió las manos, riendo-. Estamos hechos el uno para el otro, querido.

Hubo un silencio incómodo y Flora se mordió el labio, pensando que había vuelto a meter la pata. Con temor, sus ojos se encontraron con los de Matt y, aunque la mirada gris era inescrutable, sintió que le subía el color a las mejillas.

– Es una forma de hablar -añadió a su pesar.

– Lo he entendido -dijo Matt con una frialdad que aumentó su vergüenza-. ¿Por qué no buscas un trabajo permanente si tienes tantas habilidades?

– No he encontrado todavía un trabajo con el que quiera comprometerme más de unos meses -dijo Flora-. La incertidumbre es molesta a veces, pero me gusta no saber a dónde voy, incluso cuando termino en un puesto horrible. Siempre puedo dejarlo al final del mes. Además -añadió con animación-, lo que quiero es viajar. Me gusta Londres, pero quiero conocer el resto del mundo. Por desgracia, mi banco no está de acuerdo. Dice que no puedo moverme hasta que pague mi préstamo y la deuda de mi tarjeta de crédito.

Flora se quedó seria recordando la entrevista en el banco. Matt no debía tener la menor idea de lo brutales que podían ser los gerentes bancarios. Él podía pedir prestados millones y hasta perderlos sin que nadie le humillara y le obligara a dar explicaciones. La vida no era justa.

– ¿Así que piensas ahorrar ese enorme salario que crees que voy a pagarte?

Aquello no era muy prometedor para Flora, pero sin duda ambos no tenían un concepto similar de lo que era un buen salario.

– Eso pretendo -explicó-. Aunque ahorrar no es lo mío. Pero esta vez tengo un plan, así que igual lo consigo.

– ¿Y en qué consiste ese plan?

– Ya te he dicho que quiero viajar.

– Ya, pero, ¿dónde? -Matt siempre se ponía nervioso con las ideas vagas de los demás.

– ¡A todas partes! -exclamó Flora y Matt suspiró.

– Muy específico -dijo.

Flora ignoró la acidez de su tono.

– Es que es así -explicó y de nuevo sus manos abandonaron la calma de su regazo para moverse en el aire, acompañando su entusiasmo-. Quiero conocerlo todo. Hay un mundo esperándome. Sólo he viajado por Europa. Pero quiero subir montañas y atravesar selvas y desiertos. Quiero tumbarme en playas desiertas a escuchar el oleaje. Quiero ver cómo corren las jirafas por la sabana. Necesito nuevos olores, nuevos sabores…

Se detuvo ante la expresión poco convencida de su audiencia.

– Supongo que pensarás que es mejor buscar un buen trabajo, adecuado como dice mi banquero -dijo a la defensiva.

Matt se encogió de hombros, incapaz de reconocer que envidiaba el celo y la alegría de su rostro soñador.

– Pienso que eres una romántica -dijo y sonó como un insulto.

Flora pareció abatida:

– Eso dice Seb.

– ¿Quién es Seb?

– Mi novio. O debería decir mi ex-novio -se corrigió con un gesto duro-. Hemos estado juntos desde la universidad, pero nos peleábamos tanto sobre el futuro que decidimos ser sólo amigos. Seb no entiende que quiera irme un par de años a viajar -continuó ante el silencio de Matt-. Es muy ambicioso, y cree que es una locura largarse cuando uno debe empezar su carrera.

– Parece un hombre inteligente -dijo Matt, aunque se preguntó cómo un hombre inteligente se conformaba con ser amigo de una chica como Flora.

– Ya sabía que dirías eso -Flora había olvidado con quién hablaba-. Te entenderías muy bien con Seb, pero yo quiero vivir un poco. Me decepcionó cuando decidió quedarse en Londres, pero ahora me parece que estoy mejor sola.

Matt miró un instante por la ventana.

– ¿Así que no tienes ningún compromiso?

– Hasta que encuentre a alguien dispuesto a dejarlo todo para seguirme, lo que es improbable.

– Me alegra oírlo -dijo Matt.

El corazón de Flora se sobresaltó y preguntó tontamente:

– ¿Por qué?

– Necesito una secretaria que esté en la oficina el tiempo que sea necesario y que esté dispuesta a dejarlo todo para acompañarme a un viaje sorpresa, sin un novio que se pase el día quejándose de que llega tarde -dijo en tono despectivo-. No quiero distracciones sentimentales. Si trabajas para mí, Flora, espero ser tu prioridad número uno.

¿Qué había esperado? ¿Que la quisiera por su cara bonita? Una decepción ridícula se apoderó de Flora y tuvo que alzar la barbilla para no mostrar su frustración.

– Pagar mis deudas para poder marcharme es mi prioridad -dijo con firmeza-. Puedes ser la segunda prioridad, en todo caso.

Sorprendido, Matt la miró y Flora se estremeció un poco, segura de que había ido demasiado lejos, pero después de unos instantes él se echó a reír.

– Tienes valor, desde luego.

Esta vez le tocó a Flora mostrarse desconcertada. Atónita sería más apropiado. Pues la risa le transformó por completo, disolviendo la mirada dura de sus ojos verdosos y creando arrugas nuevas en su rostro. Tenía unos dientes muy blancos y fuertes, y su sonrisa era tan devastadora e inesperadamente encantadora que tuvo que tomar aire para recuperar el equilibrio.

– Sólo era sincera -dijo con un hilo de voz.

Matt seguía sonriendo cuando la miró y dijo:

– Muy bien. Si trabajas como hoy hasta que vuelva Paige, no me importa ser el número dos.

Flora tomó aire de nuevo. Sólo era una sonrisa. No había razón alguna para que su corazón se desbocara.

– Es -se interrumpió para carraspear-. Es un trato.

Las ocho y veinticinco. Flora no podía creerse que hubiera llegado a la hora.

– Ven a las ocho y media -había dicho Matt a modo de despedida la noche anterior-. Y haz algo con tu pelo.

Flora, cuyos zapatos la estaban matando, le observó partir hacia su coche con rencor. Pero el rencor duró poco. Tenía el trabajo, eso era lo importante. Podría pagar sus deudas y el mundo sería suyo.

Mientras subía en el ascensor hasta el despacho del presidente, Flora examinó su imagen con recelo. Se había pasado horas para hacerse un moño, pero por algún motivo no resultaba tan elegante en ella como en otras chicas. Pero así tendría que ser y esperaba no escuchar más protestas.

Tras las críticas del día anterior a su atuendo, se había puesto una falda larga, color marrón y una blusa beis de manga corta. Tenía un aspecto endomingado y aburrido, pero parecía discreta y esperaba que apropiada.

Para su sorpresa, no vio a Matt cuando atravesó la puerta de su despacho. Todo estaba oscuro y silencioso. El lugar le pareció tan presidencial que no dudó que era el despacho de Matt, hasta que otra puerta al fondo le hizo comprender que aquel era su despacho. Era confortable, espacioso, ordenado y limpio, un lujo para Flora.

Dejó su bolso en una silla y se sentó frente a su mesa, pasando la mano por la madera noble y pulida y abriendo los cajones. Estos se deslizaron sin ruido para mostrar su contenido impecable. El equipo informático era tan moderno que apenas reconoció la mitad de los aparatos. Ya se preocuparía por eso más adelante, se dijo con su característico optimismo y giró varias veces en su silla, aprobando su elegante confort.

¡Esto es vida! Se habían acabado los trabajos en oficinas cutres, los cafés de máquina, los archivos desordenados, los programas anticuados. Durante tres meses, trabajaría rodeada de lujo. Con una exclamación de alegría, Flora se impulsó para dar una vuelta completa en su silla.

Matt eligió ese instante para abrir la puerta. Estaba de mal humor porque no había conseguido deshacerse de la imagen de Flora en toda la noche. Su humor no mejoró al verla girando como una loca en su silla, mucho más viva que sus recuerdos. Evidentemente, no era una chica fácil de ignorar.

Flora captó la imagen de Matt y puso los pies en tierra para detener su giro abruptamente. Su corazón dio un brinco ante la mirada de incredulidad que le estaba lanzando su jefe desde la puerta.

– Hola -dijo débilmente y se sonrojó. Para ocultar su confusión, se puso en pie.

– Oh, eres tú -dijo Matt, de nuevo desconcertado. Acababa de darse cuenta de que Flora se había retirado el cabello rebelde de la cara y que llevaba una ropa que cubría sus bonitas rodillas y hombros. No estaba elegante, pero sí más apropiada.

Los ojos azules y el gesto orgulloso de la mandíbula eran los mismos y no era su culpa si la blusa primorosa le hacía sentir nostalgia de su escote del día anterior.

Tampoco era culpa suya que recordara sus piernas, pero no por ello dejaba de sentirse irritado.

– ¿Qué haces con la silla? -preguntó malhumorado.

– No hacía nada -se disculpó Flora-. Sólo estaba… viendo cómo funciona.

– Si quieres ver cómo funcionan las cosas, enciende el ordenador -replicó Matt, avanzando hacia su despacho-. O mejor, sígueme con el cuaderno. Quiero dictar unas cartas antes de que empiecen a sonar los teléfonos.

Flora lo miró como si no hubiera entendido.

– ¿Ahora mismo?

– ¡Ahora! ¿Cuándo si no?

– ¿No quieres una taza de café primero? -insistió Flora sin perder la esperanza, pero Matt la miró con ira.

– No. Esto es una oficina y si quiero un café, lo pediré. Quiero dictarte una carta, por si no me has oído.

Flora bajó la mirada y buscó en el primer cajón un cuaderno y un bolígrafo.

Cuando entró en el despacho de Matt, éste estaba sentado tras su mesa y dispuesto a empezar. Apenas tuvo tiempo de tomar asiento antes de que empezara a dictar.

– Para un minuto, por favor -pidió Flora un rato después. Le dolía la mano y Matt dictaba tan rápido que empezaba a perderse.

Matt esperó de mala gana, mirando a Flora con gesto impaciente mientras ésta completaba sus garabatos para ser capaz de reconocerlos después.

Ojalá pudiera recordar el aspecto de su melena suelta.

– Ya -Flora alzó la mirada y se encontró con los ojos pensativos de Matt. No parecía haberla oído, de forma que repitió-. Estoy lista.

Matt la miró y de pronto recordó en qué había estado pensando mientras la miraba. Lo peor era que había perdido por completo el hilo de lo que estaba dictando. Ni siquiera recordaba de qué trataba la carta.

– Tienes que leerme las últimas frases -dijo, furioso consigo mismo-. E intenta seguir el ritmo en el futuro.

Alivió parte de su ira dictando un montón de cartas a gran velocidad, y Flora estaba agotada cuando al fin la dejó marchar.

– Las cartas para París son urgentes -dijo al despedirla-. Quiero firmarlas en cuanto estén listas y enviarlas por fax al momento.

Flora se preguntó, si las cartas de Francia eran tan urgentes, por qué había perdido tanto tiempo dictándole otras, pero guardó silencio. «Piensa en el dinero», se dijo. «Piensa en las playas bajo los cocoteros».

Matt observó cómo Flora se ponía en pie con innecesaria languidez, desde su punto de vista.

– Es urgente -repitió.

– ¿Qué quieres que haga? -dijo ella al instante, olvidando sus buenas intenciones-. ¿Correr a la puerta?

– Basta con que muestres que conoces el uso de la palabra «urgente».

– Urgente significa que las voy a pasar a máquina antes de tomar café -replicó Flora-. Puedo morirme de sed, pero ¿qué importa eso si las cartas pueden llegar treinta segundos antes?

– Morirás de otra cosa si no te marchas -dijo Matt, exasperado, mirando la puerta cerrarse tras Flora.

Nunca había tenido una secretaria como ella y le molestaba la forma en que le atraía. Nadie solía hablarle en ese tono y jamás ninguna secretaria le había replicado. Nunca ninguna de sus secretarias le había dejado mirando una puerta como un imbécil, preguntándose si quería reírse o asesinarla.

De pronto comprendió que llevaba cinco minutos mirando la puerta y perdiendo el tiempo. Tomó un informe financiero de la mesa y lo abrió con violencia, dispuesto a expulsar a Flora de sus pensamientos.

Mientras tanto, ésta recordaba con amargura las palabras de Paige. ¿Qué había dicho? ¿Que no era el hombre más fácil para trabajar con él?

– Ja -dijo en voz alta mientras encendía el ordenador. Tenía que haber recordado el talento de Paige para el eufemismo antes de aceptar el puesto. Con o sin sonrisa, Matt era el hombre más egoísta, arbitrario y difícil que había visto en su vida.

Tardó en familiarizarse con el programa de edición, pero ya estaba escribiendo cuando Matt abrió la puerta.

– ¿No has terminado todavía? -preguntó.

Flora era consciente de su agresiva presencia en la puerta, pero se negó a apartar los ojos de la pantalla.

– No del todo -dijo sin apenas separar los labios.

– ¿Qué significa no del todo?

– Significa que he terminado la primera carta, acabo de empezar la segunda y aún me quedan otras cinco -dijo Flora con sequedad-. Maldita sea -dijo al equivocarse en una letra.

– ¿Qué has estado haciendo? -se quejó Matt-. Pensé que ya estarían. Si Paige estuviera aquí, las cartas habrían llegado a los despachos de París.

– Ni siquiera Paige puede escribir a la velocidad de la luz -protestó Flora-. Estoy haciéndolo lo mejor que puedo.

Matt llegó hasta su mesa y tomó la carta que había terminado, absurdamente ofendido por el hecho de no encontrar un sólo error. Con un gesto brusco, sacó su pluma y garabateó su firma en la hoja.

– Supongo que al menos puedo mandar ésta -dijo con ironía.

– Estaría bien -replicó Flora sin levantar la vista.

Matt se quedó mirándola, atónito, y luego fue hasta el fax, colocó papel y marcó el número pensando que Paige jamás le hubiera permitido que lo enviara él mismo. El resentimiento hacia su nueva secretaria se acentuó.

Mientras la máquina enviaba el fax, observó a Flora, que seguía escribiendo e ignorándolo. El sol que entraba por la ventana iluminaba su cabello castaño, casi dorado y de nuevo recordó lo bien que le quedaba suelto. Había sentido la tentación de tomar un rizo y tocarlo, para comprobar si era tan sedoso como parecía.

El pitido de la máquina le sacó de la ensoñación y volvió a sentirse furioso consigo mismo. ¿Por qué se habría puesto enferma la madre de Paige cuando más la necesitaba? Echaba de menos su tranquila eficiencia, su elegancia discreta. Paige le daba calma mientras que Flora le ponía nervioso con su mera presencia.

– ¿Y bien? -dijo mientras miraba por la ventana-. ¿Ya has hecho alguna más?

Flora dedicó una mirada homicida a su espalda y envío una carta a la impresora.

– Casi -dijo con tono controlado.

Matt no podía estarse quieto. Se puso a andar por el despacho, parándose de vez en cuando para mirar por encima del hombro de Flora.

– ¿Por qué tardas tanto?

– Podría ir un poco más rápido si dejaras de molestarme -estalló al fin, exasperada.

De no haber estado tan enfadada, Flora se hubiera reído de la expresión de Matt. Parecía perplejo, como si nadie, nunca, le hubiera hablado en aquel tono.

– A Paige no le molesta.

– Pues a mí sí -dijo Flora sin apenas separar los dientes-. Te daré las cartas cuando estén terminadas y será mucho antes si me quedo sola -de nuevo miró la pantalla-. Si no tienes otra cosa que hacer, puedes traerme un café -añadió sin mirarlo.

No lo había dicho en serio, pero Matt se dio la vuelta y salió del despacho, mascullando maldiciones. Probablemente a pedir una carta de despido.

Pero ya no tenía remedio y de todas formas no podía trabajar así. Prefería no ganar dinero y ser tratada como un ser humano.

Cuando Matt regresó, Flora no dejó de mirar la pantalla, deliberadamente concentrada, hasta que una taza humeante entró en su campo de visión y sus dedos se paralizaron en el aire.

– Su café, señora -dijo Matt con ironía.

Flora alzó los ojos hacia él lentamente. Matt la miraba, aparentemente perplejo ante su propio gesto y toda la ira de Flora se evaporó como por arte de magia. La idea de aquel hombre poderoso buscando la cafetera por la oficina despertó su agudo sentido del humor.

– Gracias -dijo, procurando no reírse, pero Matt vio el brillo de humor en sus ojos.

– ¿Qué te hace gracia? -preguntó a la defensiva. Ni siquiera sabía qué le había empujado a llevarle café.

– Nada… Me preguntaba si has hecho el café alguna vez.

– Tuve que preguntarle a una chica de otro departamento dónde estaban los artilugios -admitió Matt-. Me miró como si hubiera caído de Marte. Me sentí como un imbécil.

Flora se echó a reír sin poder evitarlo.

– Pues muchas gracias -repitió.

– No se me ocurrió otra forma de que dejaras de quejarte -refunfuñó Matt mientras cometía el error de mirarla a los ojos. Estaban tan llenos de alegría que tuvo que sonreír a su pesar.

Y durante unos instantes el aire vibró entre ellos, obligándolos a apartar la mirada. Consciente de lo sucedido, Flora carraspeó:

– He terminado las cartas. Se está imprimiendo la última.

– Bien -la brusquedad de Matt ocultaba su frustración ante el final de su repentina y cálida complicidad. Apoyó las manos sobre la mesa de Flora y se inclinó para leer las cartas terminadas.

Flora miró la mano próxima a la suya como si no hubiera visto una mano en su vida. Las mangas de la camisa estaban dobladas hasta medio brazo y podía contemplar la textura de la piel, la fuerza de los nudillos, el vello que se iniciaba suavemente en las muñecas. De pronto, Matt no le parecía un jefe insoportable, sino un hombre normal cuya corpulencia le estaba quitando el aliento.

Si estiraba la mano unos centímetros, rozaría su meñique. Flora casi podía vislumbrar la electricidad que recorría el breve espacio que los separaba. La tentación era tan fuerte que tuvo que apartar la mano con un pequeño suspiro que hizo que Matt preguntara:

– ¿Qué pasa?

– Nada -horrorizada por la misteriosa necesidad de tocarlo, se puso en pie-. Voy a mandar las cartas -dijo-, pues creo que son urgentes.

– Sí -Matt no respondió sino que firmó obedientemente las cartas, como ausente de la realidad-. Me voy a mi despacho.

Había tres teléfonos sobre la mesa de Flora y, a partir de un momento, empezaron a sonar todos a la vez y no pararon. Matt le había dicho que no quería ser molestado, así que pasó el tiempo tomando recados, enviando faxes, comparando agendas y realizando una serie de tareas que Matt le había encargado a primera hora. Paige le había dejado abundantes notas para ayudarla, pero así todo no era fácil moverse por la intrincada vida de la empresa.

A la hora de la comida, Flora no había respirado un instante y empezaba a asustarse. Ni siquiera se dio cuenta del tiempo transcurrido hasta que se abrió la puerta y entró una joven en el despacho. Era alta y muy delgada, con unos ojos inmensos. Su cabello rubio caía en un preparado desorden y emanaba de ella un estilo tan impecable y sensual que Flora se sintió torpe y vulgar, horriblemente consciente de su falda larga y su blusa sin gracia.

Le recordaba algo, pero Flora no tuvo tiempo de concentrarse en el parecido pues estaba hablando por una línea, contestando a otra y mirando papeles a la vez. Observó con sorpresa cómo la chica se dejaba caer en una silla frente a ella, aparentemente agotada.

– Dile a Matt que he llegado, anda -pidió inmediatamente.

– Por favor -murmuró Flora para sí misma y terminó de tomar un recado-. Matt ha dicho que no le molestaran -dijo con amabilidad-. ¿La esperaba?

– Claro.

La mirada de la chica indicó tal desprecio que Flora se puso en tensión y apretó los dientes.

– ¿A quién debo anunciar?

Hubo una pausa.

– Dile que soy yo -dijo la mujer con una voz fría.

Estupendo, pensó Flora y apretó el interfono.

– «Yo» ha venido a verte -dijo.

– ¿De qué hablas? -preguntó Matt, irritado.

– Tienes una visita y responde al nombre de yo -explicó Flora con paciencia de santa.

Matt suspiró, exasperado.

– Supongo que te refieres a Venezia. ¿No podías decirlo?

Flora abrió la boca para decir que no leía la mente, pero Matt había interrumpido la conversación. Al menos ya sabía por qué la mujer le resultaba familiar. Venezia Hobbs era una cara familiar en el mundo de la moda y de la vida social. Por eso le había molestado tanto que le preguntara su nombre. Mejor. Así comprendería que no era tan famosa.

Matt abrió la puerta mientras Flora volvía a sus teléfonos intentando recordar quién estaba en cada línea, pero no dejó de observar que Venezia se levantaba sobre sus largas piernas para besar a Matt en los labios.

Flora hizo una mueca. Tampoco hacía falta que Venezia se aferrara a Matt de aquella forma, ¿verdad? Parecía dispuesta a estrangularlo, aunque a Matt se le veía más bien satisfecho con el cariñoso recibimiento.

De hecho, la había apartado levemente al ver la mirada de Flora sobre ellos.

– ¿Has reservado la mesa? -preguntó, obligando a Flora a interrumpir su conversación telefónica.

– ¿Qué mesa? -dijo Flora.

– En Le Sanglier a la una -explicó Matt con impaciencia.

Flora recorrió con la mirada su bloc de notas, pero estaba segura de que no había oído nada de ninguna comida.

– No mencionaste eso.

– Sí lo hice -la contradijo Matt.

– No es verdad.

Matt empezaba a enfadarse.

– Claro que sí. Esta comida está prevista desde hace días.

– Lo siento mucho -se disculpó Flora burlonamente-. ¿No te dije que no aprobé el examen de telepatía?

– No te pases de lista, Flora -replicó Matt-. Ya te advertí sobre tu ingenio. Si no lo has hecho, es mejor que llames al restaurante y les digas que vamos de camino.

Flora miró con horror las tres líneas ocupadas y comentó:

– ¿Seguro que no prefieres un bocadillo en el parque? El día es hermoso.

Matt la miró con sorna, pero antes de que tuviera tiempo de replicar, Venezia intervino en la conversación con tono horrorizado:

– Matt, cielo, no puedo comer bocadillos -dijo-. Sabes que soy alérgica a esas cosas.

Flora alzó los ojos al cielo, entre exasperada y divertida por la seria respuesta de Venezia a su chiste. No dejó de observar una mirada similar, enfadada, pero irónica, en los ojos verdes de Matt.

– En ese caso, será mejor que encargue una mesa -dijo Flora y miró de nuevo a Matt. No le parecía posible encontrar mesa tan tarde en un sitio tan exclusivo-. Si no hay mesa, ¿busco otro lugar?

– No -en la mirada de Matt había desaparecido toda complicidad-. Les dices que pongan otra. No quiero pasearme por Londres.

Salió con Venezia colgada del brazo y Flora se quedó a mascullar su rabia. ¡Qué tipo tan arrogante! La gente reservaba en Le Sanglier con meses de antelación. Marcó el número esperando que le mandaran a comer al parque, pero las mesas se vaciaron por encanto en cuanto mencionó su nombre. Aparentemente, su reputación le había precedido a Londres.

Mejor para él, se dijo, aunque no veía el interés de llevar a comer a alguien como Venezia. Si tenía un buen día, se limitaría a jugar con un trozo de lechuga o zanahoria cruda. Tan divertido como dar de comer a un ratón, pensó con amargura. Y mucho menos simpática, aunque era evidente que a Matt le agradaban los ángulos.

Flora pensó en sus generosas curvas, suspiró y volvió a sus llamadas.

Capitulo 3

Flora no recordaba haber trabajado tanto en su vida como en las siguientes semanas. No disponer de tiempo para el almuerzo era bueno para su figura y entre eso, y correr por las escaleras del metro para llegar a tiempo por la mañana, se le estaba poniendo un tipo estupendo.

Matt entró un día en la oficina y se la encontró comiendo un yogur mientras revisaba un fichero. Frunció el ceño. Flora tenía un comportamiento extravagante en la oficina. Siempre se descalzaba, charlaba con todo el que entraba con cualquier motivo y no disimulaba cuando la sorprendía hablando por teléfono con sus amigos. Y jamás había vuelto a llamarlo de usted, ni delante de otras personas. Cuando le había recordado que Paige le llamaba «señor», Flora se había echado a reír y había replicado que estaban en Inglaterra.

– Aquí nos tuteamos -dijo-. Yo te llamaré señor si tú te diriges a mí como señora.

Era completamente inadecuada para el puesto y si tuviera el menor juicio, Matt ya la hubiera echado. Pero a pesar de su impertinencia y espontaneidad, tenía que reconocer que era sorprendentemente eficiente.

Matt reflexionaba mientras contemplaba con reprobación a Flora comiendo yogur.

– ¿Qué comes? -dijo al fin.

– Mi almuerzo -Flora dejó el recipiente de plástico y chupó la cucharilla con apetito-. Yogur bajo en calorías. Indignante.

– ¿Por qué no tomas una comida normal?

Flora lanzó el yogur vacío a la papelera y lo miró.

– Tengo suerte si me da tiempo a tomarme un yogur. Y además, mejor, tengo un baile dentro de unas semanas y nunca conseguiré meterme en el vestido si no adelgazo.

– Yo te encuentro bien -dijo Matt con objetividad, mientras recordaba que llevaba dos semanas intentando ignorar el contraste entre el cuerpo acogedor y sano de Flora y la dolorosa delgadez de Venezia-. Al menos ya sé por qué estás de tan mal humor por las tardes. Si eso es todo lo que comes…

– ¡No estoy de mal humor por las tardes!

– Claro que sí -la contradijo Matt-. A veces ni me atrevo a salir del despacho. Oye, pensaba ir a comer ahora -prosiguió-. ¿Por qué no vienes conmigo? Nos queda mucho por hacer esta tarde y prefiero que estés de buenas.

– No puedo salir a comer -se quejó Flora-. Tengo mucho que hacer.

– No hay nada que no pueda esperar -dijo Matt, sorprendido al descubrir que deseaba tanto comer con ella-. Seguro que sigues hambrienta.

– Me muero de hambre -admitió Flora y poco después se encontraba en un restaurante cercano, mirando un menú delicioso con unos precios de infarto.

Era demasiada la tentación y Flora olvidó toda prudencia y untó con mantequilla un bollo caliente para abrir boca. No comía todos los días en un lugar así, de manera que más valía aprovecharlo.

Matt la observaba divertido. Era agradable estar con una chica que disfrutaba de la comida, para variar. Contempló su expresión de satisfacción mientras la emprendía con el segundo panecillo. La noche anterior había cenado con Venezia y se sentía ligeramente frustrado. La joven tenía un encanto innegable, pero varias veces en los últimos meses le había asaltado un profundo aburrimiento en su compañía. Flora no podía competir en belleza o estilo, pero no se imaginaba aburriéndose en su compañía.

La joven comía con placer y observaba el salón. Cuando volvió el rostro hacia Matt, le sorprendió mirándola con expresión extraña. De pronto el silencio dejó de parecerle natural y miró con desesperación a su alrededor pensando en qué decir.

– ¿Cómo van las visitas turísticas? -dijo de pronto a falta de algo mejor.

– ¿Las visitas? -Matt la miraba con las cejas alzadas.

– Lo leí ayer en una revista de cotilleos. Había media página dedicada de informar de que te habías venido a vivir a Londres y que Venezia te enseñaba la ciudad -le miró-. Supongo que se referían a la vida nocturna, pero a lo mejor te lleva a la torre de Londres y a esos sitios.

– Ya los conozco -dijo Matt con sorna-. ¿Qué más decía la revista?

– Hablaba bastante de lo rico que eras y hacía ciertas insinuaciones poco sutiles sobre tu relación con Venezia -los ojos de Flora brillaron con maldad-. Decían que ella es la razón de tu presencia en Londres.

Matt replicó:

– ¿Por qué pierdes el tiempo leyendo basura?

– Sólo era una investigación privada. Es bueno saber algo sobre el hombre para el que trabajo.

– No lograrás saber nada por la prensa -la corrigió Matt-. Si deseas alguna información, te sugiero que me preguntes, en lugar de cotillear.

– Vale -dijo Flora-. ¿Es verdad que vas a vivir con Venezia?

– ¡No, en ningún caso! -la miró con recelo, pero Flora sonreía con inocencia-. Vivo en un hotel y allí seguiré hasta que termine el trabajo.

– ¿Por qué no alquilas una casa o algo? Vas a pasar meses en un hotel.

Matt se encogió de hombros.

– Me gusta el hotel. No me compensa meterme en una casa para volver a Nueva York al final del año.

Flora miró al camarero servir el vino.

– ¿Es Nueva York tu hogar?

Por algún motivo, Matt pareció desconcertado por la pregunta.

– Sí, eso creo. Allí están las oficinas centrales.

– Ya, pero me refiero al lugar donde vives.

– Tengo un apartamento en Manhattan, cerca de la oficina. Mi madre vive en Long Island y suelo ir los fines de semana.

– ¡Qué suerte! -suspiró Flora-. Seguro que tiene una casa preciosa, ¿verdad?

Matt pensó en la casa junto al mar, con piscina, pista de tenis, un inmenso jardín y una legión de sirvientes.

– Es demasiado grande -dijo-. Mucha casa para dos personas. Mi padre murió cuando yo tenía ocho años y soy hijo único.

Flora creyó captar una nota de tristeza en la frase.

– ¿Te sientes solo?

– Nadie puede sentirse solo con mi madre cerca -sonrió Matt-. Le encantan las fiestas, así que la casa siempre ha estado llena.

– No es lo mismo sentirse solo que estar a solas -dijo Flora con amabilidad y se ganó una mirada grave de Matt.

– Tienes razón -dijo-. Para mí estar a solas es un lujo -miró el vaso de vino con aire abstraído-. Compré un rancho en Montana hace unos años. Hay sitio para respirar allí y puedo montar a caballo durante horas, sin ver a nadie. Es el único lugar donde me siento libre -alzó la vista del vaso, mirando a Flora como si acabara de descubrir algo insólito.

– Pues es extraño para un hombre que lo tiene todo. Si yo me sintiera así, no saldría de ese rancho -replicó ella.

– Tengo una empresa -de pronto, Matt estaba irritado por haber hablado tanto-. No puedo abandonarlo todo sin más.

– ¿Por qué? Ya tienes dinero, no necesitas más.

– Es evidente que no comprendes cómo funciona el dinero -había hablado con sequedad, pero de pronto el rostro de Flora se iluminó con una sonrisa que le llegó al alma.

– Qué gracia -dijo-. Es exactamente la expresión que utilizó el gerente de mi banco. Pero sigue, por favor.

– ¿Seguir qué?

– Sigue contándome cosas de ti.

– ¿Por qué te interesa?

– Me interesa. Y me gusta que me hablen de los Estados Unidos. Me gustaría ir allí.

Matt esperó mientras el camarero servía los platos.

– ¿Qué quieres saber?

– Oh, ya sabes -hizo un gesto expresivo-. ¿Dónde sueles ir aparte de Montana? ¿Dónde ibas de vacaciones de pequeño? Esa clase de cosas.

– Cuando era niño solía pasar el verano en Martha's Vineyrand -era una sensación extraña hablar de aquello. Matt se dio cuenta de que de pronto recordaba el olor del océano y casi podía oír su rugido-. Uno de mis primeros recuerdos es que camino por la playa entre mis padres, los dos balanceándome y riendo -de pronto se detuvo, sorprendido por la claridad de la visión-. Mi padre solía llevarme a pescar -eso también lo había olvidado.

En ese momento, miró los ojos azules de Flora y volvió al presente.

– De eso hace mucho -dijo defendiéndose de la emoción-. No he vuelto por allí.

– ¿Y ahora adonde vas de vacaciones?

– A Aspen a esquiar, a pescar a alguna isla, al rancho cuando quiero estar tranquilo.

– Suena tan maravilloso -dijo Flora con envidia-. Nosotros íbamos al mismo pueblo de Escocia todos los años, pegándonos en el asiento trasero del coche.

– ¿Tienes hermanos?

– Dos chicos. Nos pasábamos el tiempo riñendo, pero ahora nos llevamos bien.

– Antes solía desear tener un hermano o una hermana -dijo Matt-. Luego se me olvidó, pero en el colegio soñaba con una familia. Cuando mi padre murió, yo heredé la empresa. Obviamente no tenía que hacer nada, pero siempre supe que me esperaba una gran responsabilidad. Debía estar a la altura de mi padre, lo que no es fácil con ocho años -intentó deshacerse de la repentina melancolía-. Cuando murió me sentí responsable de mi madre y de la compañía. Ojalá hubiera podido compartirlo con alguien.

Pobre niño, pensó Flora.

– ¿Así que te sentiste solo?

– Supongo que sí -Matt se dio cuenta de que estaba hablando con Flora como no había hablado con nadie en los últimos años y frunció el ceño-. Perdona -dijo abruptamente sacando su móvil-. Tengo que llamar a Tokio.

Flora lo observó con disimulo mientras hacía su llamada. Sentía que de pronto se había cerrado como una almeja y no le extrañaba. Parecía un hombre que creía peligrosa cualquier emoción.

Mantuvo la actitud impersonal durante el resto de la comida, haciendo que Flora se arrepintiera de haberle interrogado sobre su vida.

Era como si tras haber abierto ligeramente su corazón, Matt se hubiera sentido obligado a erigir una barrera más alta entre ellos. Como si ella pudiera abusar de su mínima debilidad humana.

Días después, mientras iba en metro, Flora pensó que se había comportado como si ella quisiera robarle el alma. Tras la charla, se había mostrado más receloso y exigente, presionándola sin descanso y haciendo lo imposible para que no hubiera ni un instante de complicidad entre ellos. Cuando decidió hacer un viaje a Nueva York, Flora pensó que al fin iba a descansar.

Lo creía sinceramente, pero lo cierto es que cuando se encontró sola, Flora tuvo que reconocer que lo echaba de menos. La oficina le parecía solitaria y aburrida sin su presencia. Cada vez que sonaba el teléfono esperaba escuchar su voz al otro lado, aunque fuera para gritarle unas cuantas órdenes de imposible cumplimiento y plazo absurdo.

Cuando volvió tres días después, reconoció que le encantaba volver a verlo.

Matt se había alegrado de partir. Flora le distraía cada vez más y pensaba que el viaje le recordaría sus prioridades vitales. La secretaria de Nueva York había sido un modelo de discreción y eficacia y Matt se había sorprendido preguntándose a menudo qué estaría haciendo Flora. Era perfectamente capaz de imaginarla aunque sólo llevara unas semanas trabajando para él. Recordaba la mirada concentrada de Flora cuando escribía en el ordenador, sus gestos animados al hablar por teléfono, la forma en que bailoteaba y hasta canturreaba mientras hacía fotocopias o enviaba un fax.

Pensar en ella le irritaba y mientras volaba hacia Londres, decidió mantenerla a distancia. Sin embargo, cuando entró en el despacho y la vio, sonriendo con sus ojos llenos de luz, no pudo evitar ponerse a sonreír como un imbécil.

– No te esperaba hasta mañana -exclamó Flora y Matt tuvo que reprimir un deseo intenso de ir hasta ella y besarla.

– Las cosas empiezan a moverse en el acuerdo francés -dijo Matt en tono serio-. Tenemos que darnos prisa en actuar.

Así que la semana fue de locura. Flora llegaba a las ocho de la mañana a la oficina y no salía hasta las diez de la noche, pero había algo emocionante en esa presión. Tras la primera sonrisa que le hizo pensar que se alegraba de verla, Matt regresó a su desagradable carácter, convirtiéndose en el jefe insoportable que solía ser. Y a pesar de ello, con su presencia, la oficina parecía brillar y el aire estaba cargado de energía.

Terminaron el contrato a tiempo y Flora se sintió decepcionada al descubrir que después de tanto trabajo, Matt viajaría solo a París.

– No tienes nada que hacer allí -fue toda su explicación-. Es mejor que sigas ocupándote de la oficina.

No era justo, pensó Flora el día de la firma. Había sido su esfuerzo tanto como el de él. Era típico de Matt cargarla con la responsabilidad y la presión, y luego asumir el éxito sin dar las gracias. La oficina estaba vacía sin él y por primera vez en semanas, Flora regresó a su casa sintiéndose deprimida. Es el cansancio, se dijo. No tenía otra explicación para su tristeza.

Al día siguiente entró en el despacho y descubrió un enorme ramo de flores sobre su mesa.

– Son para ti -dijo Matt desde la puerta.

– ¿Para mí? -Flora abrazó el ramo y respiró con placer el intenso aroma.

– Quería agradecerte todo lo que has trabajado -dijo-. Y siento no haberte llevado a París -vaciló-. Te eché de menos -añadió como si le hubieran arrancado las palabras y Flora alzó la cabeza lentamente.

– ¿En serio?

Matt tuvo que tragar saliva ante la imagen de Flora entre flores, bañada en la luz de la mañana.

– Todos te echamos de menos -repitió y se dio la vuelta para encerrarse en su despacho.

Flora se quedó mirando la puerta, desconcertada. De nuevo un gesto típico de Matt. Primero la dejaba pensar que era insoportable y de pronto la corregía con un detalle encantador. Y cuando estaba dispuesta a apreciarlo de nuevo, la dejaba plantada con la palabra en la boca.

Pero había dicho que la había echado de menos. Flora miró el ramo y sonrió.

Encontró un jarrón y puso las flores en agua antes de llamar a la puerta de Matt.

– Quería darte las gracias por las flores. Son preciosas.

Matt dejó de mirar la pantalla de su portátil y dijo:

– Me alegra que te gusten. No hubiéramos preparado el acuerdo a tiempo sin tu ayuda -se puso en pie y fue hacia ella-. Quería que supieras que aprecio cómo has trabajado. Sé que a veces soy una persona difícil.

Flora sonrió.

– No eres difícil -dijo-. Eres imposible.

Matt la miró seriamente.

– Ya lo sé.

Y ambos rieron.

Una vez que empezaron a sonreír no podían parar, aunque los dos sentían que la complicidad amistosa había sido suplantada por una sensación más peligrosa y perturbadora que les mantenía inmóviles, mirándose el uno al otro.

Cuando sonó el teléfono, ambos se sobresaltaron.

– Voy a contestar -dijo Flora apresurándose, casi aliviada por la interrupción.

Su alivio se evaporó al descubrir al otro lado de la línea a Venezia Hobbs. ¿Qué había esperado? ¿Que Matt no iba a hablar con otras mujeres por haberle regalado flores? No era más que un buen jefe capaz de reconocer el esfuerzo de un subordinado.

Incluso consiguió convencerse de que no le molestaba que Matt le hubiera pedido que reservara una mesa para dos. ¿Así que salía con Venezia? Dentro de pocos meses, ella estaría recorriendo el mundo, y no se le ocurriría preguntarse qué hacía Matt con la modelo de moda o con cualquier otra mujer despampanante. Flora sacó de un cajón los folletos turísticos y se pasó la hora de la comida contemplándolos y haciendo planes. Era mucho mejor decidir si volaría directamente a Australia o empezaría por Malasia su viaje, que comer en un restaurante chic con Matt. ¿O no?

Mientras tanto, Matt se estaba aburriendo. Había invitado a Venezia a comer en un impulso, por huir del inquietante deseo de besar a Flora que había sentido mientras los dos hablaban. En realidad, Venezia le había salvado la vida y era la clase de chica que le gustaba, cómoda con su fortuna, y lo bastante lista para saber que cualquier exigencia emocional le haría huir.

Entonces, ¿por qué no podía olvidar la imagen de Flora con el ramo entre los brazos y los ojos azules como el cielo de verano?

No iba a permitir que su secretaria le distrajera de sus obligaciones.

Para probarse que era un hombre libre, Matt salió las semanas siguientes con una serie de chicas encantadoras y dispuestas a pasarlo bien sin pedirle ningún compromiso.

Flora estaba harta de hacer reservas en todos los restaurantes románticos y caros de la ciudad. Las amigas de Matt pasaban a veces a buscarlo a la oficina y como Venezia, eran rubias, altas, angulosas, frías y con nombres ridículamente fantasiosos.

De manera que su madre se equivocaba al decir que los hombres se interesaban más por la personalidad que por la belleza, pensó Flora con amargura. Pero ella tenía su propia vida que empezaría en Australia. Si a Matt le gustaban las descerebradas, peor para él.

De todas formas, no pudo evitar mostrarse huraña un día en que Matt se fue a comer y no regresó hasta las cinco. Cuando la llamó al despacho para dictarle una carta, estalló:

– ¡Pero si son las cinco y media!

– ¿Y qué? -dijo Matt sin dejar de mirar una carta.

Flora lo miró con ira:

– Igual te parece raro, pero tengo una vida fuera de la oficina. Por si te interesa he quedado esta noche.

La frase le obligó a mirarla:

– ¿Una cita? -dijo con sequedad.

Flora jugó con la idea de hacerle pensar que era una cita amorosa, pero decidió decir la verdad:

– No -admitió con poca gracia-. He quedado con unos amigos y dije que llegaría a las seis.

– ¿No importará que llegues tarde? -preguntó Matt con impaciencia y los ojos de Flora lanzaron chispas.

– No tendría por qué llegar tarde si me hubieras dado el trabajo antes -replicó-. Contigo todo es urgente.

– Los negocios a este nivel son así -explicó Matt con ecuanimidad-. Se le llama presión.

– ¿Y quién te ha presionado para pasar cuatro horas comiendo con tu último bombón? -la rabia la había obligado a hablar-. ¡No parece que tuvieras mucha prisa!

– Puede que te interese saber que la comida duró sólo una hora -dijo Matt secamente-. Después tuve una reunión para un negocio de millones de dólares cuyos detalles debo enviar a Nueva York. Siempre que mi secretaria no se niegue.

Flora se sintió ligeramente avergonzada, pero no quiso ceder del todo.

– No es que me niegue, es que he quedado. Pero si de veras es urgente, lo haré.

– ¡Ni hablar! -Matt alzó las manos en un gesto de horror burlón-. Por nada del mundo. ¿Cómo van a ser importantes treinta millones de dólares comparados con tu cita?

– No es una cita -repitió Flora exasperada-. He quedado, eso es todo -se sentó y abrió el cuaderno-. Si quieres dictarme lo más urgente…

– Insisto en que no -ahora Matt se estaba haciendo el mártir-. Sólo soy tu jefe. Siento ser tan esclavista y hacerte trabajar cuando podrías estar de juerga.

– Ya te he dicho… -dijo, pero no pudo seguir pues Matt la hizo levantarse y la empujó haciendo teatro hacia la puerta.

– Por favor, márchate -hizo una cómica reverencia-. Y no te preocupes por mi futuro o el de la empresa. ¿Qué son treinta millones de dólares?

Flora estaba tan enfadada que no se dignó contestar. No iba a rogarle a Matt que le permitiera escribir su maldita carta, así que se encogió de hombros, se dio la vuelta y se marchó de la oficina.

Matt cerró la puerta detrás de ella con ira, lo que provocó que unos papeles apilados sobre su mesa se cayeran al suelo. Mientras los recogía se preguntó qué le había puesto tan nervioso. Las cartas no eran tan urgentes, en realidad podían perfectamente esperar hasta el lunes.

No, era un problema de principios. Colocó los papeles con tanta furia sobre la mesa que a punto estuvieron de caerse de nuevo. Flora era su secretaria y eso significaba que se quedaría en la oficina hasta que él le diera permiso para marcharse. Recordó con nostalgia que Paige jamás se hubiera marchado con un trabajo pendiente y mucho menos hubiera antepuesto su vida privada, que para él no existía.

Matt hizo una mueca de disgusto mientras se sentaba en su mesa y miraba la pantalla de su ordenador. Él también tenía planes para la noche. ¿Por qué entonces le sacaba de quicio que Flora pensara en pasarlo bien? Ya estaría en algún bar, riendo y contándoles a sus amigos sus historias del trabajo. Era ridículo que pensara en ello.

En ese momento, Flora estaba atrapada en un vagón de metro atestado, entre un ejecutivo de traje gris y un grupo de estudiantes extranjeros. Prevé el riesgo rezaba el cartel que estaba leyendo de una compañía de seguros. Quizás debería contratar una póliza contra Matt Davenport, sobre todo cuando se mostraba simpático dos minutos seguidos.

Llegó media hora tarde al bar donde la esperaban sus amigos.

– ¿Matt Davenport te ha estado torturando? -preguntó Seb cuando se deslizó junto a él.

– Algo así -dijo Flora todavía sin aliento. Seb y ella se llevaban mucho mejor desde que habían roto, pero no podía olvidar que, como ambicioso reportero que era, Seb estaba mucho más interesado en el millonario Davenport que en ella.

Seb le sirvió un vaso de vino de la botella.

– ¿Le has preguntado a Davenport si me va a conceder una entrevista?

– No -respondió Flora. Tenían la misma conversación cada vez que se veían-. Matt no concede entrevistas. Ya te lo he dicho. Tienes que hablar con su responsable de prensa.

– No me sirve -masculló Seb-. Lo que me interesa es el tipo. Estoy seguro de que podrías convencerlo.

Para alivio de Flora, su compañera de piso, Jo, se inclinó sobre la mesa y les interrumpió:

– Flora, estábamos hablando del baile.

Jo trabajaba en una organización sin ánimo de lucro que organizaba un baile para recaudar fondos.

– Necesito saber cuántos vamos a ser para las invitaciones. Seb va con Loma, así que somos once, a menos que tú vayas con alguien.

Flora se giró hacia Seb.

– ¿Loma?

Seb sonrió con malicia y mostró las manos en gesto de falsa inocencia.

– Quedamos en que iríamos cada uno por nuestra cuenta.

Era cierto. Pero Flora no había esperado que Seb la sustituyera tan fácilmente. Y con Loma. Loma llevaba años persiguiéndolo.

Flora dio un trago de vino. No podía evitar sentirse ofendida. Era más una cuestión de orgullo que de sentimientos, pero la traición de Seb se añadía a la corte de chicas espectaculares que veía a diario pasar por la oficina.

– No importa si no vienes con pareja -dijo Seb con condescendencia-. De todos modos, vamos en grupo.

Flora alzó la barbilla al oírlo.

– ¿Quién dice que no tengo pareja?

– ¿No irás a traer a Jonathan? -preguntó Jo con irónico temor. Llevaba años aguantando a Jonathan, un chico perfecto, cursi, educado, increíblemente aburrido, y que estaba loco por Flora a pesar de todos los intentos de ésta por disuadirlo.

– No -dijo Flora que estaba pensando en invitarle para salvar la cara.

– ¿Quién es?

Más tarde, Flora se preguntaría qué locura la había llevado a decir lo que dijo, pero entonces sólo pensó en borrar la burla del rostro de Seb.

– Matt Davenport -dijo en tono neutral.

– ¿Matt Davenport va a ir al baile contigo?

El tono de Seb indicaba que creía que era un farol, de manera que insistió con coquetería:

– Quería que fuera un secreto, pero a Matt le pone celoso que vaya a cualquier sitio sin él.

Hubo un silencio atónito. Estaba claro que ninguno sabía si hablaba en serio o bromeaba.

– Pero creí que estaba saliendo con esa modelo -dijo Sarah después de un rato.

Flora hizo un gesto irónico.

– Es una pantalla -dijo-. Si la prensa cree que sale con ella, nos dejará en paz.

– ¿Tienes una aventura con Matt Davenport? -repitió Jo con incredulidad-. ¿Desde cuándo?

– ¿Recuerdas esas noches en que volví tarde y te dije que era por el negocio de Francia? -Flora dejó en suspenso la pregunta, y sonrió evocadoramente. Empezaba a divertirse-. Pues no trabajábamos -confesó-. Nunca me había pasado algo así. Estábamos trabajando juntos y de pronto me besó y no pude resistirme.

Las expresiones de la mesa iban de la incredulidad y la sorpresa a la curiosidad y la envidia.

– ¿Por qué no nos lo has contado antes? -exclamó Sarah.

– No queríamos que nadie se enterara -dijo Flora, cada vez más en su papel-. El secreto era parte del juego. Pero claro, ahora Matt dice que está loco por mí, que quiere conocer mi vida y a mis amigos. El baile será una buena ocasión.

Jo la miró de pronto, llena de dudas:

– Flora, ¿no vendrás al baile con Matt, verdad? Dime la verdad.

– Claro que no -rió Seb-. Nos está engañando.

Hubiera sido un buen momento para echarse a reír y reconocer que bromeaba, pero Seb estaba tan seguro de sí mismo que Flora deseó ponerlo en su sitio. Y no podía permitir que los demás pensaran que estaba celosa de Loma.

De forma que en vez de retroceder, Flora miró a su ex-novio con gesto desafiante y dijo:

– ¿No? Espera al baile, Seb, y verás si viene o no conmigo.

Capítulo 4

Flora tardó una semana en reunir el valor suficiente para pedirle a Matt que la acompañara al baile. ¿Por qué no iba a hacerlo? Valía la pena intentarlo, en todo caso. Al fin y al cabo, Matt tenía tantas novias que simular salir con ella no le molestaría. Si decía que no, lo que era probable, se buscaría otra pareja.

Mientras hacía el recorrido en metro, Flora iba practicando mentalmente cómo plantearía su petición a Matt. Pero en el mundo real, no resultaba nada sencillo y no terminaba de encontrar el momento adecuado. De manera que el jueves, a menos de diez días para el baile, se decidió a dar el paso.

Tomó aire, preparó unas cartas que Matt tenía que firmar y llamó a su puerta.

– ¡Adelante! -dijo él con brusquedad.

No era precisamente alentador. Ni siquiera la miró cuando Flora dejó las cartas sobre su mesa.

– Tienes que firmarme esto -dijo con nerviosismo.

– Bien.

Ni siquiera un «gracias», pensó con amargura Flora, pero no lo comentó. Se había comportado a la perfección en los últimos días y no iba a echarlo a perder con un ataque de dignidad.

Carraspeó.

– Esto… ¿tienes un minuto?

– Tengo treinta segundos -dijo Matt sin apartar la vista de la pantalla-. ¿Bastará?

– No creo -dijo Flora-. Si te pido un minuto, lo que significa realmente es si puedes dejar de hacer lo que estás haciendo y atenderme el tiempo necesario.

Esta vez, Matt la miró.

– Soy americano, pero hablamos el mismo idioma -dijo con ironía-. Sé lo que digo y sólo tienes treinta segundos, que además estás desperdiciando.

– El caso es que quería pedirte un favor -confesó Flora-. Esperaba que estuvieras de buen humor.

– En ese caso, será mejor que vuelvas más tarde.

– Ya he esperado varios días -se quejó ella-. ¡Nunca estás de buen humor!

Matt suspiró y giró en su silla para mirar a Flora frente a frente.

– Está claro que no piensas marcharte hasta ponerme de verdad de mal humor.

Tras haber ido tan lejos, Flora se sintió de pronto insegura.

– Bueno, es un poco difícil -dijo con timidez.

– ¡Vamos, suéltalo, Flora!

Ella tomó asiento frente a Matt y comenzó:

– Hum… ¿te acuerdas lo que te conté de Seb?

– No -dijo Matt, poco dispuesto a colaborar.

– Claro que te acuerdas -le corrigió Flora, irritada-. Era mi novio, pero lo dejamos porque yo quería viajar y él no.

– La conversación no está grabada en mi alma -bromeó Matt, resignado-. Pero algo recuerdo vagamente.

– Seguimos siendo buenos amigos. En realidad nos llevamos mucho mejor ahora que estamos separados.

Por algún motivo, Matt no tenía ganas de escuchar lo bien que se llevaba Flora con su ex-novio.

– ¿Y eso qué tiene qué ver conmigo? -replicó.

– Ya llegaré -ahora que había empezado iba a contar toda su historia-. Habíamos quedado en ir a un baile dentro de una semana con unos amigos. Resulta que Seb ya ha encontrado otra chica para ir con ella.

Hizo una pausa para comprobar si Matt captaba la gravedad de la situación, pero éste la miraba con gesto exasperado.

– ¿Y?

– Bueno, no es que yo esté celosa -se apresuró a asegurar Flora aunque Matt no parecía en lo más mínimo interesado-. Es que me molesta un poco que Seb haya encontrado otra novia tan rápido.

– ¿Qué sentido tiene todo esto? -preguntó Matt cada vez más irritado con oiría hablar de otro hombre.

– Estoy intentando llegar a ello -Flora se estiró la falda, nerviosa-. Estábamos hablando del baile y todo el mundo me miraba como si yo estuviera celosa de Loma. Loma es la nueva novia de Seb, y tuve que simular que yo también tenía un acompañante -hizo una pausa-. Les dije que tú me llevarías al baile -admitió sin tomar aire.

Había supuesto que Matt iba a gritarle, pero se limitó a alzar una ceja, un gesto que le heló la sangre.

– ¿Y por qué haría yo tal cosa? -inquirió con una humillante mezcla de incredulidad e ironía.

– Porque estás locamente enamorado de mí -terminó Flora con pesar. Era obvio que la idea de llevarla a un baile era para él ciencia ficción-. Porque tenemos una tórrida aventura -alzó la barbilla con su característico gesto de desafío.

Al menos había logrado captar la atención de Matt.

– ¿Que les contaste qué?

– Que teníamos un romance -Flora miró con temor los enfadados ojos verdes-. Sé que fue una tontería, pero Seb estaba tan engreído e insoportable que no me pude resistir. Me preguntaba si… bueno… si no tienes nada que hacer el próximo sábado, si podrías venir al baile y así convencer a Seb de que… ya sabes -de pronto la enormidad de su tontería la asaltó y la obligó a bajar la vista.

– A ver si lo entiendo -dijo Matt con creciente asombro-. ¿Quieres que vaya a un baile y me pase la noche seduciéndote para dar celos a tu novio? -estaba rabioso ante la idea de que Flora pretendiera usarlo para ganar puntos con otro tipo.

– Ya no somos novios -dijo Flora deseando no haber iniciado la conversación.

– ¿Y por qué tienes tantas ganas de ponerle celoso?

– No es eso -dijo ella con cierta desesperación-. Mira, Seb es un amigo y le aprecio, pero siempre cree saberlo todo -como casi todos los hombres, estuvo a punto de añadir, pero no lo hizo-. Me dolió que asumiera inmediatamente que yo me sentiría celosa, y además le está diciendo a todo el mundo que lo que conté fue un farol.

Flora hizo una pausa, pero el rostro de piedra de Matt no prometía mucho.

– Sólo quería ver la cara de Seb cuando entrara contigo -terminó-. Pero no tiene importancia. Perdona que te lo haya dicho.

Se puso en pie y pensó que se hubiera sentido aún peor si Matt hubiera accedido. ¿Qué iba a hacer con su jefe y sus amigos en un baile?

– No pensé que aceptaras -dijo antes de salir-. Pero pensé que valía la pena intentarlo. Se lo preguntaré a Tom.

– ¿Quién es Tom?

– Ya sabes, Tom Gorski, el del gabinete de prensa.

– No sabía que tú lo conocieras -dijo Matt, de nuevo furioso por la inconsistencia de Flora y su falta de vergüenza.

– Solemos charlar -dijo Flora que siempre encontraba tiempo para bromear y compartir algún chisme con sus compañeros de trabajo-. El otro día me comentó que tenía ganas de conocer a más ingleses.

– ¿Y supongo que les dirás a tus amigos que tienes un asunto tórrido con él también? -Matt se sentía irracionalmente enfadado por la idea.

Flora se echó a reír.

– No, no creo que se lo traguen esta vez. No te preocupes, les diré que era una broma, y que no hay la menor oportunidad de que tú y yo tengamos una aventura amorosa, tórrida o gélida.

– Más te vale -gruñó Matt, pero por algún motivo no se sentía nada satisfecho.

Sólo a Flora se le ocurría sugerir algo tan absurdo, pensó, dividido entre la rabia, la incredulidad y cierta admiración por su atrevimiento. ¿De verdad había esperado que él se prestara a una velada haciendo manitas con ella para poner celoso al novio?

Recorrió con el ceño fruncido la lista de mensajes del correo electrónico que esperaban su respuesta. Si por lo menos Flora hubiera mostrado cierto pesar ante su negativa. ¡Cualquiera hubiera dicho que prefería asistir al estúpido baile con Tom Gorsky! Tampoco tenía derecho a expresar con tanta alegría que ellos jamás tendrían una aventura.

Por supuesto que era imposible, pero eso debía decirlo él, no ella.

Matt estuvo molesto todo el día y su humor no mejoró cuando Flora le anunció que su madre lo llamaba desde Estados Unidos. Su madre y Flora eran las dos mujeres más exasperantes que conocía y se habían aliado para echar a perder su tarde.

– Pásamela -dijo a regañadientes, sabiendo que era inútil intentar escapar.

Flora estaba fotocopiando un documento, cuando Matt colgó al fin. No le oyó acercarse ni abrir su puerta y siguió canturreando y bailando ligeramente mientras esperaba que salieran los folios.

«Incluso fotocopiando se divierte», pensó Matt con algo parecido a la desesperación.

– ¿Cómo es esa frase para decirle a alguien que te atienda durante un rato? -dijo y Flora se dio la vuelta, sobresaltada.

– ¿Tienes un minuto? -sugirió y Matt asintió.

– Eso es -dijo, y fue andando hasta la ventana.

Más abajo, en la calle, había un atasco importante y detuvo la mirada en el parque que rodeaba el edificio, un oasis de paz en el que dos ancianas paseaban.

Flora estaba ordenando el documento y grapándolo con energía.

– ¿Quieres un minuto? -dijo al ver que Matt seguía en silencio.

– Sí -miró por última vez el parque y se dio la vuelta, frunciendo el ceño ante la incansable actividad de Flora-. ¿Puedes parar y escucharme?

– Ya he terminado -dejó la pila de documentos y lo miró-. ¿Qué pasa?

– ¿Cuándo es ese baile del que me has hablado?

– Ya está arreglado -dijo Flora-. Le pedí a Tom que me acompañara y está de acuerdo.

– Dile que no -dijo Matt-. Vienes conmigo.

– Ya lo he invitado. No puedo hacer eso -Flora hablaba con asombro y desconfianza.

– Dile que vienes conmigo.

– Pero si le acabo de decir que no querías.

Matt suspiró con exageración.

– Pues tendrás que decirle que he cambiado de opinión. ¡Creí que querías que fuera yo!

– Puede que yo también haya cambiado de opinión -replicó Flora fríamente-. No es fácil para una mujer pedirle a un hombre que salga con ella, ¿sabes? Pero Tom ha estado tan amable que casi prefiero ir con él.

– ¿Y qué pasa con tu novio? ¿No querías ver su cara cuando apareciera contigo?

La expresión de Seb al verla asomar del brazo de Matt sería un motivo de alegría durante meses, se dijo Flora, pero no se fiaba.

– ¿A qué viene este cambio? -preguntó y fue a su mesa a dejar los documentos-. Tuve la impresión de que preferías morir antes que simular un amor conmigo.

La boca de Matt dibujó una mueca de hastío.

– No voy a decir que me encante la idea, pero necesito que me hagas un favor y, en estas circunstancias, estoy dispuesto a hacer un trato.

– ¿Un trato? -Flora lo miró de nuevo con recelo-. ¿Qué clase de trato?

Matt dejó de pasear por el despacho y se dio la vuelta para mirarla.

– Yo te cubro en el baile y a cambio tú me ayudas con mi madre.

– ¿Con tu madre? -repitió Flora.

– Se trata de lograr que se calle una temporada -dijo Matt como para sí mismo.

– ¿Por qué? Me pareció una mujer encantadora por teléfono.

– Oh, es encantadora -dijo Matt con horror-. A todo el mundo le encanta mi madre. Pero sólo tiene dos objetivos en la vida. Uno es pasárselo bien. Y el otro es que me case y la haga abuela -suspiró-. Al oírla uno diría que lo único que la separa de una muerte segura es la posibilidad de tener un nieto. Y eso que tiene más energía que mucha gente con la mitad de su edad.

Flora no terminaba de ver el problema.

– Todas las madres quieren ser abuelas -dijo con calma.

– No con tanto empeño -Matt habló con amargura-. Se pasa la vida presentándome a la clase de chicas que cree que me gustan e ignorando mi opinión. Cada vez que me llama es para hablarme de otra «deliciosa» amiga que debo conocer. La última es la hija de una amiga, una tal Jo Beth. Al parecer es el ideal femenino, incluso hace colchas, ¡por todos los santos!

Al mirarla, Matt captó la expresión divertida de Flora.

– ¡No tiene gracia! Y ahora ésta Jo Beth viene a Londres, sin duda alentada por mi querida madre. Mi madre quería que me ocupara de ella en su estancia… Como si no tuviera otra cosa que hacer.

– ¿A lo mejor puedes pedirle a Venezia que la pasee en tu lugar? -sugirió Flora con inocencia-. Parece que se le da bien enseñar Londres, ¿no es cierto?

Matt le lanzó una mirada asesina desde el otro lado del cuarto.

– No será necesario. Le he dicho a mi madre que puede relajarse porque al fin me he enamorado y pienso casarme.

Una mano helada apretó el corazón de Flora que tuvo que tragar saliva para preguntar:

– Enhorabuena. ¿Quién es la afortunada?

Sería una de aquellas rubias despampanantes con nombres idiotas.

– Eres tú -dijo Matt.

Hubo un silencio tenso, mientras Flora recuperaba el habla.

– ¿Quién?

– Tú -repitió con impaciencia Matt-. ¿Por qué crees que te estoy contando todo esto?

– Pero -masculló Flora-… No quieres casarte conmigo…

– Claro que no -Matt la miraba como si fuera estúpida-. No quiero casarme con nadie. Esa es la cuestión. Si le digo que he encontrado a alguien, mi madre me dejará en paz un tiempo. Y deja de mirarme así -añadió en un estallido-. Sé que puedo tratar con empresarios y presidentes de todo el mundo, y una mujer de sesenta años no debería ser un problema. Sé que debería pedirle que dejara de meterse en mi vida, pero no sabes cómo es mi madre. Es inmune a todo argumento lógico.

Paseó y pensó unos segundos, antes de añadir:

– Cuando lo dije, pensé que era una idea genial para que me dejara en paz, pero resulta que se le ha ocurrido venir a Londres a conocerte.

Flora abrió la boca, no pudo pensar en nada apropiado, y volvió a cerrarla.

– ¿Por qué yo? -preguntó al fin.

– Fue idea tuya.

– ¿Qué quieres decir?

– Tú le dijiste a tus amigos que teníamos una aventura -explicó Matt como si fuera obvio.

– ¡No le dije a tu madre que nos íbamos a casar!

– Pero me diste la idea -la acusó Matt-. Y cuando mi madre insistió en que le dijera el nombre de mi novia, sólo me vino el tuyo a la mente.

Flora sintió que el calor ascendía suavemente por sus mejillas y le costaba cada vez más mirarlo a los ojos.

– Nunca se va a creer que te hayas enamorado de tu secretaria -dijo al fin, sorprendida ante su repentina ronquera.

– Tus amigos te han creído -replicó Matt con desparpajo.

– Eso es porque no te conocen -dijo Flora resentida por su frialdad-. Y además, no sé si se lo han creído de verdad.

– Lo creerán cuando nos vean juntos en el baile.

– No lo sé -incapaz de seguir sentada, Flora se puso en pie-. Es fácil engañar a los chicos que nunca preguntan, pero otra cosa son mis amigas. Jo y Sarah me conocen desde hace años. Nunca lograremos engañarlas.

Matt cruzó el cuarto hasta encontrarse frente a Flora que, sin saber adonde ir, se apoyó en su mesa. Se limitó a mirarlo con los ojos muy abiertos cuando Matt le acarició la mejilla y descendió suavemente hasta su cuello.

– Creo que podemos convencerlos si lo intentamos, ¿verdad? -preguntó con dulzura.

No había sido más que un roce leve de su mano, pero Flora sintió que le ardía la piel. Su corazón latía con fuerza y le costó un gran esfuerzo apartar la cara y separarse unos pasos.

– ¿Por qué no le pides a una de tus novias que te saque de apuros? -dijo-. Es más fácil que tu madre lo crea y no tendrás que venir a mi baile.

– Puede ser -reconoció Matt-. Pero le he dado tu nombre. Además -añadió con brusquedad-, no podría hacer esta clase de trato con otra chica.

– No sé por qué -dijo Flora aliviada por la distancia que había logrado poner entre ellos.

Matt cruzó los brazos.

– Podrían tomarme en serio. O enfadarse si se consideran manipuladas.

– Mientras que mis sentimientos no importan -concluyó Flora con indignación-. Soy la secretaria al fin y al cabo. ¿Es eso?

– Claro que no -replicó Matt-. Pero sé que no te afectará emocionalmente. Has dejado muy claro que tienes tan pocas ganas de casarte como yo. Ocurre que nuestros intereses coinciden. Tú me necesitas para callar a tus amigos y yo para apoyarme ante mi madre -hizo una pausa-. ¿No dijiste una vez que estábamos hechos el uno para el otro?

Flora recordó sus impertinentes palabras del avión y cruzó los brazos, defensivamente.

– Era una broma.

Matt suspiró.

– Escucha, sólo te pido que hagas lo mismo que tú me pedías a mí -la miró con seriedad-. Te propongo algo más: te pagaré el precio de un billete para dar la vuelta al mundo a cambio de que me dediques unas horas cuando mi madre llegue.

Flora estaba boquiabierta.

– ¿Lo dices en serio?

– Es justo -repitió Matt con altivez.

Al darse cuenta de que Matt pensaba que iba a pedir más dinero, Flora se explicó:

– No, si es más que justo. Lo que me extraña es que te importe tanto.

– Ya lo sé -y para su consternación, Matt le dedicó una de sus sonrisas irresistibles-. Tendrás que conocer a mi madre para entenderlo, pero créeme, valdrá la pena cada dólar que te dé si la convences de que me deje en paz durante una temporada.

– Tendrás que decirle la verdad algún día -Flora estaba intentando recuperarse del efecto de su sonrisa.

Matt se encogió de hombros.

– Cuando Paige regrese y tú te marches a dar la vuelta al mundo, le diré que no salió bien. Incluso puedo pararle los pies un tiempo diciéndole que sigo enamorado de ti.

– No suena muy verosímil.

Matt se puso a andar de nuevo y miró el rostro sonrojado de Flora.

– Cosas más raras se han visto.

Hubo una pausa llena de electricidad. Flora quería mirar a otro lado, pero no podía, mientras algo en su interior crecía como una planta malsana.

– ¿Qué dices? -preguntó Matt suavemente.

– No… lo sé -Flora rompió el encantamiento moviendo los brazos y poniéndose a andar a su vez.

– ¿Qué problema ves? Es un trato claro. Yo simulo estar enamorado de ti durante una velada y tú haces lo mismo por mí.

– No es lo mismo -dijo Flora-. Tú serás uno más en una multitud. Yo tengo que conocer a tu madre y mentirle cara a cara. Eso no me gusta.

– Pero no te importó engañar a tus amigos.

– Es diferente -repitió Flora con cabezonería-. Para mis amigos será una broma cuando les explique la verdad. Pero no creo que a tu madre la haga mucha gracia. Ojalá nunca hubiera dicho esa tontería -confesó mirándolo-. Fue una idiotez.

– ¿Por qué? -siguió Matt-. No hacemos daño a nadie. Mi madre se sentirá mejor sabiendo que existe al menos la posibilidad de que me enamore. El resultado de todo esto es que yo obtengo paz y tú le das una lección a tu novio. Eso querías, ¿no?

Flora vaciló.

– ¿Puedo pensarlo unos días?

– Claro -y Matt añadió tras unos segundos-. ¿Me lo puedes decir el viernes como muy tarde?

Su interés la desconcertó. Durante los dos días que siguieron no hizo mención de su charla y no la presionó lo más mínimo. Ojalá lo hubiera hecho. En realidad, era una broma estupenda para Seb.

El problema era su madre. En el baile bastaría con que bailaran un par de veces, pero la madre de Matt la sometería a un interrogatorio. Por otra parte, no esperaría escenas de amor en público, así que bastaría con poner cara de tonta y mirar a Matt con adoración durante un par de cenas.

Era una estupidez no aceptarlo. Matt tenía razón, era un trato justo. Un billete para dar la vuelta al mundo era lo que más deseaba y sería realmente gracioso ver la cara de Seb cuando entrara en el baile del brazo de su jefe.

El viernes por la tarde, Matt esperó al final de la jornada para preguntarle si había tomado una decisión.

– Lo haré -dijo Flora.

– Bien -Matt no parecía entusiasmado-. ¿Cuándo es el baile?

– El próximo sábado -dijo Flora, deseando que Matt no pareciera tan aburrido con la idea.

Éste lo estaba apuntando en su agenda.

– Y mi madre llega el miércoles siguiente -añadió.

– Y ahora -preguntó Flora con torpeza-, ¿qué hacemos?

– Será mejor que preparemos lo que vamos a contar -Matt miró el reloj-. ¿Tienes planes esta tarde?

– Iba a reunirme con el grupo en el pub.

– Puesto que tenemos esta aventura apasionada, no les extrañará que no aparezcas, ¿verdad? -Matt esperó un segundo-. Vamos, te invito a cenar y hablamos del plan.

Matt avanzó hacia la puerta, pero Flora se quedó atrás.

– No hace falta hacer eso.

– Si queremos engañar a alguien tenemos que prepararlo -insistió Matt-. Sé que te encanta la improvisación -añadió con maldad-, pero a mí me gusta pensar lo que voy a decir. Vamos, toma tus cosas y salgamos.

Puesto que Matt ya había salido de la oficina sin volverse, Flora no tuvo más remedio que agarrar su bolso al vuelo y seguirlo. Le molestaba que Matt se mostrara tan frío ante la idea de simular su pasión, como si se tratara de una tarea profesional de lo más aburrida.

La llevó a un restaurante lujoso, pequeño y muy íntimo, y Flora se sintió nerviosa mientras Matt revisaba la carta de vinos. No era un lugar apropiado para una cita de negocios, más bien para un encuentro de amantes, un lugar para besarse y tocarse las manos sin que nadie mirara.

No creía que Matt tuviera la intención de besarla, pensó Flora con humor. Probablemente la había llevado allí para que sus conocidos no lo vieran con alguien tan poco adecuado.

Cuando el camarero se retiró. Flora decidió que tenía que mostrarle a Matt que no estaba malinterpretando la atmósfera romántica del restaurante.

– Venezia Hobbs ha hecho un buen trabajo al enseñarte Londres -dijo en tono mundano-. Había pasado cientos de veces por aquí sin ver este local.

– Londres está lleno de sitios inesperados -dijo Matt-. Por eso me gusta.

– ¿No echas de menos Nueva York?

Matt observó el rostro vivido de Flora, sus labios llenos que parecían siempre al borde de la sonrisa y dijo lentamente:

– Ahora mismo, no.

Hubo un silencio. Flora pensó que le tocaba a él hablar, pero Matt no parecía molesto por la ausencia de conversación.

– ¿Qué le digo a Tom Gorsky? -preguntó por decir algo-. Me parece una grosería decirle que no le llevo al baile.

– Ya he hablado con Tom -dijo Matt-. Lo entiende.

– ¿Qué quiere decir eso de que has hablado con él? -Flora lo miró con indignación-. ¿Y si yo me hubiera negado a aceptar el trato?

– Pero lo has aceptado.

– No lo sabías -le acusó con rabia y Matt sonrió.

– No diriges una compañía multimillonaria sin aprender a lograr cosas de la gente -dijo con sencillez-. Sabía que no podrías resistirte a un billete de avión.

Flora tenía cientos de réplicas ingeniosas, pero las reprimió. Le molestaba reconocer que el billete de avión había entrado en sus cálculos, pero así era.

– Es mucho dinero por una cena.

– Valdrá la pena si convencemos a mi madre -dijo Matt con humor-. Pagaría más.

– ¿Por qué no le dices que no crees en el matrimonio? -insistió Flora.

– Porque no es verdad -el brillo intrigante en sus ojos dejó paso a una mirada seria-. No me caso porque creo en el matrimonio y no lo haré hasta que encuentre a una mujer con la que quiera pasar el resto de mi vida. No quiero probar y divorciarme a los dos años.

– Pero tu madre estará de acuerdo con tu punto de vista, ¿no?

– Claro, pero sigue disponiendo chicas monas en mi camino, por si acaso. Y no es agradable que todas se pongan a hablar de compromiso en la segunda cita -la sonrisa de Matt tenía cierta amargura-. Mira, tengo treinta y ocho años, y si no he encontrado a esa chica especial, quizás no la encuentre nunca -y añadió con burla-. Prefiero salir con mujeres que no esperan ningún tipo de relación a largo plazo -miró a Flora-. Parece que te sorprendo.

Flora hubiera deseado que aquellos ojos verdes no fueran tan penetrantes y lúcidos.

– No me parecías un hombre de todo o nada -dijo, comiendo un panecillo al mismo tiempo.

– Pues ya lo sabes -la expresión de Matt era inescrutable-. ¿Y tú? ¿Eres tú una chica de todo o nada?

Flora se lo pensó.

– De otra manera -dijo lentamente-. Me gustaría tener hijos algún día, pero cuando haya hecho un montón de cosas. Quiero ver el mundo… vivir un poco antes de sentar la cabeza.

– Por eso eres la persona ideal para ayudarme con mi madre -dijo Matt tras unos instantes-. Sé que no te comprometerás emocionalmente.

Flora miró el trozo de pan que había entre sus dedos y volvió a dejarlo en el platillo. Ya no tenía ganas de comerlo.

– No -alzó los ojos hacia Matt-. Claro que no.

Capítulo 5

No se comprometería emocionalmente, se dijo Flora. Pero ojalá pudiera hablar con la misma frialdad con la que Matt abordaba el guión de su fingido amorío. Tenía la sensación de que su deseo de parecer distante y frívola no lograba ocultar cierto cansancio y malestar profundos, pero era difícil hablar con distancia de su pasión imaginaria teniendo a Matt sentado enfrente.

No podía apartar los ojos de su boca, de sus manos, de la línea de su mandíbula y de la forma atrayente de sus hombros. Podría tocarlo con alargar la mano. Su mano estaba próxima a las suyas y tenía que esforzarse en contener las piernas para que no rozaran sugestivamente las de Matt. Quiso concentrarse en la conversación, pero hablar de cómo la había besado Matt en su imaginario encuentro sólo la hacía desear que lo hiciera realmente. ¿Sería aquella boca severa tan sexy como parecía? ¿Y sus manos, serían tan cálidas al tocar las suyas como estaba imaginando? ¿La habría abrazado mientras la besaba?

Flora tragó saliva y se ordenó una pausa. Desesperadamente intentó llevar la conversación al terreno laboral, pero Matt trataba el asunto como si se tratara efectivamente de una tarea más, de modo que no había observado su turbación.

Sin embargo, él también agradeció cambiar de tema. Era una buena idea montar una historia que les permitiera enfrentarse al público curioso, pero le costaba mantener un tono impersonal. Flora le distraía, el brillo de su piel y la mirada de sus ojos azules a la luz de la vela, la curva deliciosa de sus labios, el recuerdo de sus largas piernas y cabello revuelto.

Al final, resultó un alivio cuando terminaron de comer y pudieron dejar de mirarse.

– Te llevo a casa -dijo Matt, sabiendo que era un error proponerlo. Pero no iba a llevarla a cenar y permitir que se fuera en autobús a casa y por otra parte tenía que reconocer que le costaba extrañamente despedirse.

Las indicaciones de Flora rompieron el silencio en el coche, y Matt se limitó a seguir sus órdenes mientras se preguntaba por qué no la había invitado a un taxi. Así no se hubiera sentido tan imbécil y enmudecido como un adolescente en su primera cita.

Cuando llegó ante el apartamento que compartía con dos amigas, Flora se había convencido de que sufría alucinaciones. Estaba con Matt, su jefe. Se estaba inventando la tensión sensual entre ellos. ¿Acaso no había manifestado claramente que le proponía el trato porque era la única chica que no le molestaría con exigencias sentimentales? Tenía que recuperarse y huir, pues lo último que deseaba era que Matt adivinara que lo encontraba atractivo. El trabajo con él se volvería insufrible.

– Bueno -dijo con ánimo, cuando Matt paró el motor-. Gracias por la cena.

– ¿Sabes lo que hay que decir si alguien nos pregunta sobre nuestra relación?

– Mientras no pidan detalles íntimos.

Matt la miró con sorpresa.

– ¿Son capaces de preguntar eso?

¿De qué pensaba que hablaban las mujeres con sus amigas? ¿Del mercado bursátil?

– No sé qué hará tu madre, pero Jo y Sarah seguro que me interrogan -dijo con franqueza.

– ¿Qué clase de cosas querrán saber?

– Oh, ya sabes -Flora se aferró a su bolso, incapaz de mirar a Matt a los ojos, respirando con dificultad en el pequeño espacio cerrado-… Dónde nos besamos por primera vez, cómo fue, esa clase de cosas.

– Ya veo -hubo una pausa-. ¿Qué vas a decir? -en la voz de Matt había una nota extraña.

Flora se humedeció los labios.

– No lo sé. Ya inventaré algo.

– Tengo una idea mejor -Matt le apartó un pelo de la cara-. Puedo besarte y así los dos sabremos qué decir. ¿Te parece buena idea?

¿Ideas? ¿Quién podía tener ideas mientras sus dedos calientes le estaban acariciando la barbilla, haciendo que volviera la cara hacia él? En su mente sólo había una sensación, la de proximidad de aquellos dedos, mezclada con terror y deseo.

Matt miró sus ojos oscuros en el coche. En aquella mirada había demasiadas cosas, pero no parecía una negativa, así que se inclinó hacia los labios de Flora, como había deseado hacer toda la noche.

Al primer contacto de sus bocas, los labios de Flora se separaron con un pequeño sonido de sorpresa ante la sensación eléctrica que los recorrió. Lo había deseado toda la velada y ahora resultaba extraordinariamente excitante y adorable devolverle el beso. Su boca no era grave ni fría a esa distancia.

Incapaz de disimular su placer, Flora murmuró algo y pasó los brazos alrededor del cuello de Matt, derritiéndose sobre él. Olvidó que Matt era su jefe, que todo aquello era un trato, que eran actores ensayando un papel. Sólo le importaba el peligroso, inesperado, agudo placer de aquel beso y el profundo deseo que despertó en su interior.

Matt tenía una vaga conciencia de estar perdiendo el control que le obligó a separarse de Flora. Se miraron el uno al otro, Flora con gesto ausente y él con una sonrisa que pareció falsa. La dulzura de la respuesta de Flora le había desconcertado por completo, como su propia incapacidad de dejar de besarla.

– Creo que esta parte de la historia nos saldrá bien -dijo con objetividad, intentando no abrazarla de nuevo.

Flora estaba agitada y le costaba respirar. Buscó su orgullo, recordando que todo aquello era un negocio, y se obligó a mirarlo.

– Será mejor que me marche -dijo con voz ronca, dispuesta a simular que aquello había sido un beso profesional, concebido para añadir realismo a su historia, y no un terremoto de los sentidos. Lo conseguiría, a condición de salir del coche lo antes posible.

Matt asintió.

– Será mejor que te marches -dijo con ironía.

La observó cruzar la acera y entrar en la casa antes de encender el motor, y girar en la calle, maldiciéndose a sí mismo por su comportamiento.

Flora quitó el vapor del espejo y contempló con temor su reflejo. Se había pasado el día con dolor de estómago, y tenía la cabeza en la luna. ¿Por qué se habría embarcado en aquella estúpida aventura? Hubiera sido muy agradable ir al baile a disfrutar, en lugar de temer durante toda la semana una velada con Matt.

El lunes llegó a la oficina con la determinación de demostrarle a Matt lo poco que la había afectado su beso. Si pensaba que aquello era importante para ella, estaba equivocado, se dijo Flora con obstinación, borrando de su mente un fin de semana dedicado a rememorar cada segundo del suceso. Por desgracia, su fría dignidad había pasado desapercibida, pues Matt se había comportado como si no hubiera pasado nada, tan brusco y exigente como era habitual. Flora se había sentido dividida entre el alivio y un cierto pique por su frialdad.

Incluso había llegado a preguntarse si no habría olvidado completamente el baile y sólo se atrevió a recordárselo el viernes por la tarde, mientras repasaban la agenda de la semana siguiente.

– Entonces, la reunión de estrategia comercial es el viernes a las tres, ¿verdad? -preguntó Matt para finalizar.

– Sí -dijo Flora levantándose-. Por cierto… ¿no habrás olvidado el baile de mañana?

Matt consultó su agenda.

– ¿Baile? Ah, aquí está. ¿A quién tengo que llevar?

¡Lo había olvidado! Flora lo estaba mirando con furia cuando se dio cuenta de que Matt sonreía y su corazón dio un vuelco.

– Muy gracioso -dijo con un mohín.

– ¿De verdad creíste que lo había olvidado? -preguntó Matt.

Su sonrisa tenía un extraño efecto en ella. Flora se sentía vacía, como si sus entrañas se hubieran disuelto, y deseó haber permanecido sentada.

– Paul puede llevarnos al baile y dejar tu bolsa de viaje en el hotel -comentó entonces Matt como si tal cosa.

Flora se puso rígida.

– ¿Qué bolsa?

– Pensé que querías salvar la cara con tus amigos -dijo Matt con la misma sorpresa.

– Así es.

– Pues no van a confiar mucho en nuestra loca pasión si nos vamos por separado al final de la noche, ¿no crees? -señaló Matt-. Sugiero que les digas que duermes conmigo.

– ¿Qué? -la voz de Flora tembló al preguntar.

– No te asustes -dijo Matt alzando la ceja con ironía-. Mi hotel tiene una segunda habitación en la suite donde recibo a mi madre, por ejemplo. No debes preocuparte por mis intenciones. Y tus amigos se imaginaran que nos hemos pasado la noche haciendo el amor apasionadamente.

El color que subió por las mejillas de Flora ante la mención de hacer el amor con Matt no podía ocultarse y la hizo sentir aún más desgraciada y torpe.

Debía estar a punto de llegar. Cada vez que escuchaba un coche, o sonaba el timbre, su corazón se detenía, pero eran los amigos de Sarah y Jo que venían a buscarlas. El siguiente sería Matt y tenía que darse prisa para estar lista.

Flora se inclinó hacia el espejo para pintarse los labios en el momento en que sonó el timbre. Su corazón dio tal salto esa vez que se corrió la pintura por la mejilla. Frenética, buscó una servilleta para limpiarse mientras escuchaba a Sarah ir hacia la puerta. Aunque lo esperaba, el sonido de la voz profunda y el acento americano de Matt la dejó paralizada. Su mano temblaba tanto que se pintó los labios como pudo, incapaz de hacer un trazo recto y salió del baño, respirando profundamente para hacerse fuerte.

Entró en su salón y vio a una sola persona. Matt, y su corazón se paró de nuevo.

Estaba guapísimo vestido de etiqueta, con el rostro moreno y severo enmarcado por la sobria elegancia del traje y, cuando se levantó para saludarla, la impresión que le produjo verlo en su casa casi le impidió respirar.

Sintió que Jo estaba hablando, pero apenas podía ver a nadie más. Era consciente únicamente de la presencia de Matt, su cuerpo sólido, su sonrisa adorable que parecía estrechar su corazón.

– Flora… -Matt escuchó su propia voz como si fuera de otro. Aunque llevaba semanas intentando no dejarse distraer por ella, no se sentía preparado para su nuevo aspecto. Flora solía llevar ropa cómoda y poco sexy y no había dejado de recogerse el cabello en un moño desde su primer encuentro.

Nunca la había visto así con anterioridad, con los ojos enormes de un azul muy oscuro, el pelo cayendo sobre sus hombros en una cascada dorada y un vestido que revelaba sus piernas, la redondez de sus senos, la hermosa línea de su cuello blanco.

– Hola -dijo Flora con voz poco audible.

Jo y Sarah no se perdían detalle de la escena, pero Flora no podía verlas. Matt había alargado la mano hacia ella y con la inevitabilidad de los sueños, Flora fue hacia él y se dejó acoger en la seguridad de su abrazo. Le pareció lo más natural alzar el rostro hacia él, pero Matt sabía que si empezaba a besarla no podría parar, y tomó su mano para apretarla contra sus labios, en un gesto galante menos peligroso.

– Estás muy guapa -dijo sin apartar los ojos de ella.

Los huesos de Flora se derritieron al oírlo y prácticamente se dejó caer en el sofá junto a él. Con un esfuerzo se concentró en Sarah que la estaba mirando con un exagerado gesto de aprobación y, por primera vez, salió del trance y habló para el mundo real.

– Siento haber tardado -dijo con timidez.

Matt se había sentado a su lado, con las piernas pegadas a las suyas.

– No importa -dijo-. Tus amigas me lo han contado todo sobre ti.

– A mí no me mires -rió Jo-. No le he contado a Matt la vez que no pudiste entrar en casa.

Y con eso bastó. Las dos empezaron a competir por contarle las historias más absurdas y humillantes de Flora, mientras ésta deseaba hundirse en el sofá. ¡Qué estaría pensando de ella! Cuando se atrevió a mirarlo, Matt estaba riendo de buena gana. No había tardado ni cinco minutos en hacerse amigo de sus amigas, con un encanto que jamás había empleado con ella. Flora sintió una oleada de resentimiento. Incluso Jo había dejado de lado su rencor por sus comentarios sobre la falda rosa y le hablaba como si fuera un amigo de toda la vida.

Con una sonrisa idiota en la cara, Flora soportó el aluvión de anécdotas, pero no dejaba de pensar en la pierna de Matt contra la suya. En cuanto a él, parecía que se había pasado la vida en apartamentos desordenados como aquel. Cuando Flora pensaba en la clase de espacios a los que estaba acostumbrado y la clase de gente que frecuentaba, lo miraba con asombro, pero Matt se comportaba realmente como si no hubiera mejor compañía en este mundo.

La que se sentía incómoda era ella. Estaba sentada en el borde del sofá y se aferraba al vaso como si le fuera la vida en ello. Matt había puesto la mano sobre su hombro desnudo y la acariciaba ligeramente, con familiaridad. Para Flora era como si sus dedos quemaran su piel, dibujando tatuajes imborrables.

Matt había llevado un par de botellas de champán y propuso trasladar a todo el grupo al baile en su limusina, oferta que fue acogida con entusiasmo.

– ¿Sabes que todos nos creímos que Flora nos tomaba el pelo cuando dijo que vendrías al baile? -confesó Jo.

– ¿En serio? -Matt la miró con sorpresa perfectamente fingida.

– Es que no nos había hablado mucho de ti hasta el momento.

Matt no resistió la tentación de acariciar un mechón dorado de Flora.

– Decidimos mantener la historia entre nosotros un tiempo, ¿verdad, Flora?

La mejilla de la joven se estremeció bajo su caricia e intentó hablar, pero sólo emitió un sonido inarticulado.

Jo y Sarah la miraban con cariñoso humor.

– Nunca habíamos visto a Flora tan enamorada -dijo Sarah-. Ha puesto orden en el salón por ti y ahora no habla… ¡Debe ser muy serio!

Flora se retorció en el sofá, con la cara roja de vergüenza. Cuando todo pasara, mataría a sus amigas.

– Eso espero -dijo Matt con dulzura.

Y como impelida por una fuerza invisible, Flora giró el rostro para mirarlo. Estaba sonriendo y sus ojos verdes expresaban una ternura que nunca había visto en él. Sostuvo su mirada durante un tiempo que le pareció eterno, durante el cual las risas y conversaciones se alejaron y todo dejó de existir, salvo la sensación de aquella mirada y de su corazón palpitando.

Y luego, Matt apartó la vista y volvió a la conversación general, mientras Flora intentaba reunir sus pedazos dispersos. Se daba cuenta de que Jo y Sarah la miraban pensando por qué estaría tan tensa cuando tenía a un hombre como Matt loco por ella, pero Flora no podía reaccionar. Sólo deseaba quedarse a solas con él y acariciarle el muslo, tan cercano, y besarlo hasta perder la noción de todo.

Tuvo que tragarse el champán para escapar a la tentación, tan fuerte era su deseo. Matt estaba haciendo su parte del trato. Era su jefe, no su amante, y haría bien en recordarlo.

La expresión de Seb cuando vio entrar a Flora de la mano de Matt fue un regalo que siempre recordaría. Una mezcla de estupefacción, incredulidad y pesar que justificó todo el sufrimiento que estaba padeciendo. Habían quedado con los amigos en una mesa reservada y Seb estaba hablando con su nueva chica cuando alguien señaló la asombrosa aparición.

Flora se sintió mucho mejor y al sentarse se inclinó para decirle a Matt:

– Has estado genial. ¿Viste la cara de Seb?

Después se relajó y habló animadamente toda la velada.

Matt la contempló mientras reía y gesticulaba, y se preguntó con una sensación malsana en el estómago si todo su numerito era sólo por orgullo, o pretendía dar celos a su antiguo novio. ¿Por qué otro motivo iba a importarle tanto simular una aventura con él? La miró con repentino rencor, mientras la orquesta empezaba a tocar. Tenía el rostro lleno de animación mientras discutía con un amigo sobre una película recién estrenada.

¿Seguía enamorada de Seb? ¿Era aquello el motivo de tanta comedia?

Bruscamente, Matt se puso en pie y le ofreció su mano.

– ¿Quieres bailar? -dijo secamente.

Pero se sintió mejor cuando la tuvo contra él en la pista de baile. Estaba llena de parejas lo que le dio una excusa perfecta para apretarla entre sus brazos, lo que había deseado durante toda la cena interminable.

Flora estaba tensa al principio y mantenía el cuerpo rígido y apartado de él. Había sido más fácil estar en su presencia durante la cena, con la suficiente distancia entre ellos. Sin la distracción de su roce, se había recuperado y había logrado recordar qué estaba haciendo Matt con ella: un trato, un acuerdo absurdo que terminaría tras la visita de su madre. Y ella volvería a ser su secretaria hasta que Paige regresara. Y luego nada. O más bien, todo, el mundo esperándola.

Flora no iba a comprometerse emocionalmente. ¿No era esa la frase de Matt? Lo último que él quería era una mujer enamorada, y en eso coincidía plenamente con ella. Sería un completo desastre. Oh, no, se dijo Flora, no pensaba hacer algo tan idiota. Si fuera lista, saldría corriendo para evitar al tentación de echarle los brazos al cuello y apretarse contra él.

Pero su pecho era tan sólido y acogedor. Y las luces eran suaves y la música lenta. Y sus manos tan calientes sobre su espalda desnuda, y si se relajaba, sólo un poco, quizás la abrazaría un poco más. Seb podía seguir sospechando un fraude y debía observarlos con atención. Y además, tenía las piernas débiles y necesitaba cierto apoyo…

Con un suspiro de pesar, Flora cerró los ojos y se dejó ir contra él.

Matt sintió su cuerpo relajarse, tanto que el aliento de Flora le rozaba el cuello y sin pensarlo, la abrazó con más fuerza. Sus manos recorrían la espalda de la chica, como dotadas de voluntad propia. Apoyó la mejilla en el cabello dorado y sintió su dulzura, respiró su perfume y la abrazó más, sintiendo que Flora se pegaba a él hasta que sus labios rozaron su cuello.

Tragó saliva. Aquello no era una buena idea. Era pésima. No quería comprometerse con una mujer. Las emociones complejas le ponían nervioso y no quería que todo acabara en lágrimas. Cuando no estaba insoportable, Flora era una chica encantadora y lo que era más importante, una buena secretaria.

Y de momento, prosiguió su voz racional, necesitaba una secretaria eficaz mucho más que una amante. El acuerdo en Europa era vital para la expansión futura de Elexx y no podía permitirse perder a Flora en esa etapa del negocio. ¿No era más importante su compañía que el deseo que sentía por una mujer, sin duda pasajero?

Claro que lo era. Bastaba que dejara de abrazarla como si no quisiera dejarla marchar. Tenía que soltarla. Pero su piel era tan suave y la sentía tan cálida entre sus brazos, y el aroma de su piel le embriagaba y no era más que un hombre, al fin y al cabo.

– Vámonos -susurró en el oído de Flora.

Más tarde, Flora no podría recordar cómo salieron del salón. Sin duda se despidieron de los amigos, pero sólo era consciente de la mano de Matt apretando la suya mientras salían a la calle. Había mandado a su chofer que se retirara, de manera que tomaron un taxi al hotel. Recordaba la luz amarillenta del taxi, el sonido del motor, el olor de los asientos de cuero. Recordaba el rostro de Matt iluminado a ráfagas por las luces de la calle, severo y distante tras haber soltado su mano.

Mientras esperaban el taxi, el aire fresco había despertado el sentido común de Matt. ¿Acaso no había decidido conservar una relación estrictamente profesional con Flora? De momento, eso significaba soltar su mano. Y sobre todo no tocarla en el taxi, llegar al hotel, enseñarle su habitación y darle las buenas noches.

Fácil.

Caminaron por el vestíbulo del hotel a más distancia de la necesaria y esperaron el ascensor envueltos en un silencio agónico. Cuando llegó, entraron, siempre con cuidado de no rozarse y miraron los números de los pisos, rodeados de una tensión casi audible.

Flora había estado tan segura de que Matt la deseaba cuando la hizo salir del baile con tanta urgencia que se sentía atónita y ofendida por su actitud. Apenas la miraba. Quizás se estaba aburriendo en el baile, idea aterradora cuando ella estaba a punto de derretirse de placer. Suplicó mentalmente no haberse equivocado tanto, mientras una parte más lógica de su cerebro le recordaba que la distancia era lo mejor que podía suceder entre ellos.

Por fin llegaron a la puerta de la suite. Matt miró a Flora que parecía aturdida y temblorosa y se dijo que no debía tocarla. Abrió la puerta y entraron a la habitación principal, mientras Flora agradecía la penumbra para disimular su deseo.

Matt cerró la puerta con precaución innecesaria y se volvió hacia el rostro pálido y luminoso de la joven. Había llegado el momento de enseñarle su habitación.

– Flora -dijo en lugar de lo previsto y alargó las manos hacia ella-. Flora -repitió, abrazando su cintura, con la voz temblando de deseo.

Flora sintió que su corazón saltaba y su cuerpo ardía de anticipación y resistió el deseo contradictorio de besarlo y salir corriendo para siempre. Al día siguiente se arrepentiría, pero aquella noche tomaría cualquier cosa que Matt le diera, con tal de volver a besarlo. La tensión iba a volverla loca si no lo hacía pronto.

Matt tomó su rostro con las manos e inclinó la cabeza mientras Flora cerraba los ojos, aliviada.

Y en aquel instante, justo cuando los deseados labios iban a rozar los suyos, una voz risueña y juvenil exclamó:

– Matt, ¿eres tú, cariño?

Y un instante más tarde, las luces se encendían y una mujer asomaba por la puerta opuesta de la suite.

Las manos de Matt se habían congelado en el aire y miró a los ojos de Flora, enormes y muy oscuros, antes de reprimir un gemido y darse la vuelta.

– Madre -dijo con un esfuerzo audible-. ¿Cómo has entrado?

– Me dejaron entrar, por supuesto, cariño. Ya sabes que siempre me hospedo aquí cuando estoy en Londres y no estaban nada sorprendidos de verme.

Nell Davenport avanzó hacia ellos, radiante. Por lo que Matt le había contado, Flora había imaginado una altiva y dura mujer de sociedad, aterradoramente perfecta y egoísta. Nell no era así en absoluto. Sin duda llevaba un traje caro, pero era pequeña y frágil, con un hermoso pelo plateado y una sonrisa amable.

– Y no me digas que no me esperabas -dijo a su hijo que no se había movido-. Ya sabías que no podría esperar para conocer a Flora.

Alzó el rostro hacia él y Matt, que la hubiera estrangulado sin arrepentimiento, la besó en la mejilla.

– Y tú debes ser Flora -afirmó, moviéndose con gracia hacia la joven que se había quedado petrificada ante la aparición y que seguía mareada por la anticipación del beso.

Logró sonreír sin embargo y se dejó abrazar por la madre de Matt.

– No te pareces nada a lo que imaginaba -dijo ésta sin pudor mientras la observaba-, pero no puedes imaginarte lo contenta que estoy.

– ¡Madre! -la interrumpió Matt-. No te esperaba hasta el miércoles -no pudo evitar hablar con tono acusatorio.

– Ya lo sé, cielo, pero estaba comiendo con Leonie Greenberg ayer, ¿o ha sido hoy? Tengo un lío tremendo con el tiempo. En fin, le estaba contando lo feliz que era por tu boda y todo eso, y ella dijo que no sabía cómo podía esperar a conocer a Flora y entonces me di cuenta de que por supuesto no podía esperar, así que me fui a casa, recogí tres cosas para venirme y salté al primer avión. ¡Y aquí estoy! -terminó triunfalmente.

– Pero, ¿no tenías un viaje a Italia?

– Me iré de aquí a Roma, como estaba previsto. Eso significa que tenemos cuatro días para estar juntos, nada de una noche -sonrió a ambos y ante sus expresiones asustadas, preguntó-: ¿Hay algún problema?

Matt tenía un tic muscular en la mejilla. Aquello era típico de su madre, se dijo con rabia, no respetar ningún acuerdo ni horario. En aquel momento podría estar besando a Flora y tendría toda una noche para romper con ella todas sus severas resoluciones.

– No es muy conveniente -dijo con sequedad.

– Oh, qué tontería -dijo su madre-. ¿Cómo va a ser inconveniente si vives en un hotel con un cuarto libre? ¿O vas a decirme que Flora iba a dormir en el dormitorio de invitados?

Y al oír su nombre, Flora logró al fin recuperar el habla.

– Será mejor que yo me vaya a casa -dijo tímidamente-. Querrás estar a solas con Matt.

– No, ni hablar -dijo Nell con franqueza, con los ojos llenos de chispas-. Matt se pondrá insoportable, sobre todo si cree que te he obligado a marcharte. No hace falta que te vayas del cuarto de Matt por que yo haya llegado -le aseguró con una palmadita-. No soy tan anticuada. Además, así estaremos los tres juntos y tú y yo tendremos más oportunidades de llegar a conocernos, ¿no crees?

Flora, incapaz de pensar con rectitud, se limitó a sonreír débilmente y mirar a Matt de reojo. Éste miraba a su madre como si pensara que tortura aplicarle.

– ¿Por qué estamos aquí de pie? -dijo Nell con alegría-. ¡Tenemos tanto qué celebrar! Matt, corazón, pide que traigan una botella de champán.

– Es la una de la mañana, madre -dijo Matt sin despegar los dientes. Flora parecía desencajada por el encuentro y no se lo reprochaba-. A lo mejor tú no estás cansada, pero Flora sí lo está.

– Oh, querida, y yo que me moría por charlar un buen rato.

Su idea de charla era sin duda un interrogatorio sobre la vida de Flora, su encuentro y sus planes de boda, pensó Matt con rencor.

– Podéis hablar por la mañana -dijo Matt y tomó del brazo a Flora-. Ahora, Flora se va a la cama.

Flora sintió una inmensa gratitud hacia Matt. Nell la besó a su pesar y prometió que por la mañana hablarían largo y tendido, aunque su promesa sonó como una amenaza a oídos de la joven.

Su alivio por haber escapado al empeño de Nell de celebrar su falso compromiso duró hasta que Matt la llevó al lado opuesto de la suite, dónde él dormía. Hubieran terminado allí de todos modos, se dijo Flora, pero de forma muy distinta, si todo hubiera seguido su curso.

Pero la magia del momento se había roto y volvían a la realidad de su simulacro. Matt le señaló su bolsa, con un aire tan frío y distante que Flora de nuevo tuvo que preguntarse si no había interpretado mal la escena anterior.

Hubo un silencio incómodo.

– Siento todo esto -dijo Matt por fin-. No quería que saliera así.

– No es culpa tuya -comentó Flora con la misma rigidez.

Estaba junto a la puerta y parecía muy vulnerable. Matt deseó tomarla en brazos, pero de pronto temió que Flora pensara que se estaba aprovechando de ella. En realidad había deseado aprovecharse de ella, reconoció con cierta culpa. Al fin y al cabo, él era el jefe. Quizás Flora se había sentido forzada a seguirle el juego.

– Dormiré en el sofá -dijo bruscamente.

Herida por su actitud casi hostil, Flora decidió mostrar que le daba lo mismo dónde durmiera.

– No hace falta -dijo fríamente, señalando la cama inmensa que dominaba el cuarto-. Es lo bastante grande para los dos, y sé que eres un caballero -logró sonreír aunque le dolió hacerlo-. No me molesta compartir la cama.

Matt estaba seguro de que iba a volverse loco, pero no podía decirlo cuando Flora estaba mostrando tan a las claras que había decidido olvidar el curso que estaban tomando los acontecimientos antes de la aparición de su querida madre.

– Muy bien -dijo-. Pues te dejo que te cambies -antes de salir, añadió-: El baño es esa puerta. Voy a visitar a mi madre, a ver si consigo convencerla de que se acueste.

Salió, cerrando la puerta y Flora se encontró sola en la suite. Mientras se lavaba la cara y los dientes se intentó convencer de que no era peligroso compartir la cama y que no iban a lanzarse el uno en brazos del otro. Cada uno se quedaría quietecito en su lado. Eso era todo.

No iba a suceder nada.

Capítulo 6

Por supuesto, estaba sucediendo de todo. De hecho, prometía ser una de las peores noches de su vida.

Matt tardó una eternidad en regresar, sin duda haciendo tiempo para asegurarse de que ella durmiera y no pudiera lanzarse sobre él. Cuanto más tiempo pasaba, tumbada en la oscuridad, más se convencía Flora de que había malinterpretado las acciones de Matt. Este se había limitado a cumplir con su parte del trato, simulando estar enamorado de ella, y Flora había respondido colgándose de su cuello, pegándose a él sin ningún pudor y prácticamente rogándole que la besara.

Menos mal que les había interrumpido Nell, se dijo Flora, cada vez más humillada y más insomne. Al menos la madre de su jefe le había recordado que estaban simulando ser amantes.

Flora deseaba dormir, pero su corazón saltaba ante cada sonido y cuando la puerta se abrió por fin, se paralizó de horror. Rígida bajo el edredón, escuchó cómo Matt entraba en el baño sin hacer ruido, y luego se acercaba a la cama. El sonido del edredón al abrirse le pareció como un disparo en la quietud enervante de la noche.

Sintió que el colchón se hundía ligeramente, y supo que Matt estaba en la cama junto a ella. Si se movía un poco, podría tocarlo. Flora cerró los ojos con fuerza, pero comprendió que jamás se dormiría con la tensión que la atenazaba al mínimo movimiento del edredón o del cuerpo cercano. Le oyó respirar con ritmo tranquilo. Era obvio que a Matt no le afectaba lo más mínimo su presencia a su lado. Se había tumbado y se había quedado dormido. El resentimiento ante su frialdad despertó a Flora del todo.

Pero lo cierto era que Matt no se había sentido menos relajado en toda su vida. Estaba mirando el techo, concentrado de forma dolorosa en contar hasta cien, y vuelta a empezar, y en olvidar la presencia cálida de Flora. En parte le alegraba que se hubiera dormido, pero por otro lado le hubiera gustado saber que no era el único en temblar de frustración bajo el edredón.

Cuando se levantó por la mañana. Flora seguía durmiendo profundamente. Estaba estirada sobre la cama, con el rostro medio hundido en un almohadón y el pelo en desorden sobre sus hombros. Matt la miró con rabia contenida. ¿Qué había en aquella chica que le afectaba tanto? Era una mujer normal, no particularmente hermosa ni inteligente. Lo más extraordinario en ella era que él parecía perder el control cada vez que la veía.

Salió de la cama y fue a la pequeña cocina de la suite para servirse una taza de café que se bebió antes de prepararle uno a Flora. Cuando regresó al cuarto, ésta se había girado y ahora ocupaba la mitad de la cama. No había tardado mucho en relajarse, pensó Matt con amargura.

Dejó el café en la mesilla y abrió las cortinas, dejando que el sol entrara en la habitación y diera en el rostro de Flora. Ésta se estiró y murmuró una queja antes de darse la vuelta y abrir los ojos. Lo primero que vio fue a Matt mirándola con expresión enigmática.

– Te he traído café -dijo.

La frialdad de su voz la despertó del todo. Se incorporó sobre la almohada y se apartó el pelo de la cara.

– Gracias -dijo tímidamente y pensó que solía tomar té, pero no se atrevió a reclamarlo.

– Tenemos que hablar -Matt se sentó en el borde de la cama.

Flora se sonrojó profundamente, pensando que había hablado en sueños, o se había lanzado sobre él en la noche y que iba a decirle que no volviera a tocarlo.

– ¿De qué? -preguntó asustada.

– Pasé un rato anoche intentando convencer a mi madre de que acortara su visita -comentó pasándose la mano por la nuca-. Le dije que estabas muy ocupada para entretenerla, que nos gustaba estar solos, lo que se me ocurrió. Pero no hubo manera. Mamá se queda hasta el jueves y punto.

Matt hizo una pausa y le tendió la taza de café.

– Lo que significa que estamos metidos en un lío, y además tenemos que compartir el cuarto -habló con precaución-. No te había pedido más que una cena de familia, pero todo ha cambiado. Me parece que no fue muy buena idea, al fin y al cabo.

– Pero ha funcionado, ¿verdad? -dijo Flora, recordando su determinación de cumplir su parte del trato con Matt-. No me quejo. Gracias a ti, conseguí el efecto que buscaba con Seb. Logré quedar bien con mis amigos.

Matt sintió la insatisfacción de toda la noche. Así que sólo le interesaba su ex-novio, al fin y al cabo. Debía sentirse aliviado de que Flora no hubiera percibido su deseo, pero le molestaba su espíritu práctico.

– Y por supuesto voy a pagarte -dijo-. ¿Te parece quinientas libras por cada noche extra?

Flora lo miró con asombro.

– ¡Se ve que quieres que tu madre te deje en paz!

– Desde luego -admitió Matt-. ¿Lo harás o quieres más dinero?

– No, está bien -Flora intentó animarse ante la perspectiva de ganar tanto dinero en tan poco tiempo. Con eso, el billete y su sueldo, su sueño viajero estaba al alcance de la mano. ¿Por qué entonces no se sentía feliz?

Debía tener resaca.

– Espero que te muestres convincente -ordenó Matt en su tono de jefe.

Flora se limitó a mirarlo con ironía. Ella podía ser tan fría como él. Lo recordó mientras se vestía con vaqueros y un comodísimo y deformado jersey. No había hecho la maleta pensando en presentaciones sociales. A saber qué pensaría de ella la madre de Matt, que sin duda esperaba a alguien un poco más sofisticado.

Pero lo importante era que hiciera su papel con convencimiento y eso haría. Al fin y al cabo. Matt le estaba facilitando un pasaporte a la libertad. Tras convencerse de que podía hacerlo, se reunió con Matt y su madre. Nell estaba mirando el parque y charlando al mismo tiempo, pero se volvió al observar el rostro de su hijo.

– ¡Flora, querida! Estás guapísima, ¿no es así, Matt? -exclamó al verla.

Matt no respondió al instante. Le había desconcertado la aparición de Flora, con el pelo húmedo de la ducha, el rostro resplandeciente y los ojos muy azules. Ya le había sorprendido la noche anterior, pero ahora le parecía que veía a la verdadera Flora por vez primera. Estaba vibrante, alerta, llena de salud y espíritu, y era cierto que estaba hermosa aunque Matt hubiera querido que fuera a recogerse el pelo y a ponerse la ropa seria que llevaba en la oficina.

– Estás muy bien -dijo con voz seca.

– ¿Muy bien? -Nell lo miró con reproche-. Eres tan corto, hijo -los observó a los dos de nuevo y Flora se dio cuenta de que para ser una mujer tan frívolamente amable, tenía una mirada implacablemente lúcida-. Es un encanto, ¿verdad?

Flora miró a Matt y tomó aire. Tenía que ganarse el sueldo.

– Lo es cuando hace falta -dijo y sonrió mientras deslizaba un brazo por su cintura y se apoyaba en él-. ¿No es verdad, cariño?

Matt la estrechó y supo que debía besarla, brevemente, sólo para convencer a su madre.

– Mientras tú lo pienses -dijo y se dejó arrastrar por la tentación.

De nuevo la boca de Flora lo recibió con placer y, aunque la joven intentó armarse contra las sensaciones, fue en vano. En cuanto la tocó, sus huesos se disolvieron, y el calor llenó su cuerpo como una ola capaz de barrer todo sentido común.

Desesperada, Flora se dijo que debía mantener la calma, que debía recordar en todo momento que estaban haciendo teatro.

Matt se ordenó parar. Un beso ligero, se dijo. Ya está bien.

Alzó la cabeza y evitó los ojos de Flora. Por el contrario se encontró con la mirada curiosa de su madre.

– Matt, hijo, qué cara tienes -dijo ésta con humor-. Cualquiera diría que no la has besado antes.

Un sonrojo profundo empezó a cubrir las mejillas de Matt, que soltó a Flora y dio un paso para disimular.

– No seas tonta, madre. Ya te dije que me había enamorado. ¿O crees que me lo inventé? -dijo con demasiada celeridad.

– Bueno, me pareció un poco extraño -reconoció Nell-. No me habías hablado de Flora y de pronto me cuentas que te casas con ella. Por supuesto, me sorprendí.

Flora sonrió.

– Todo ha sucedido muy rápido. A veces a mí misma me cuesta creerlo -Flora seguía buscando su equilibrio, pero estaba dispuesta a salvar la situación-. Y anoche estaba tan dormida que no me extraña que te pareciera raro.

– Fue culpa mía por llegar sin avisar -dijo Nell animadamente.

Flora se alegró de que les hubiera sorprendido la noche anterior. Era evidente que no podía sospechar un fraude cuando ambos estaban juntos en el hotel en actitud amorosa.

– Tu llegada merece una celebración. ¿Qué tal un champán de desayuno?

– ¡Oh, tesoro! -Nell juntó las manos, encantada-. Al fin una chica con inteligencia.

Ambas se sentaron en el sofá mientras Matt pedía el champán.

– Y ahora, quiero que me lo cuentes todo -dijo Nell-. ¿Fue amor a primera vista?

Flora miró a Matt que estaba colgando el teléfono. Parecía irritado por la pregunta de su madre.

– No, en absoluto -respondió Flora y se inclinó con aire de confidente-. Para ser sincera, pensé que Matt era insoportable.

Nell rió con placer.

– Eso es buena señal -dijo y miró a su hijo-. ¿Y tú, Matt? ¿Te enamoraste de Flora al conocerla?

Hubo un pequeño silencio, mientras la pregunta parecía reverberar en el aire. Matt se sentía al borde de un precipicio. Por fin, alzó la mano y acarició el cabello de Flora.

– No lo sé -dijo con expresión neutral-. Un día la miré y me di cuenta de que era la única mujer que quería a mi lado.

Las mejillas de Flora se colorearon al instante. Lo había dicho con tanta sinceridad que parecía cierto. La conversación se interrumpió por fortuna con la llegada del desayuno. Pasaron a la mesa, y se entretuvieron descorchando la botella y pasándose los croissants.

– ¿Cuándo es la boda? -preguntó Nell extendiendo la servilleta sobre su regazo.

– No lo sabemos aún -dijo Flora mientras Matt decía, casi a la vez:

– No vamos a anunciarlo hasta que termine el negocio en Europa.

Ambos se miraron consternados.

– ¿Por qué? Sois jóvenes y estáis enamorados -Nell lo dijo con una nota de sarcasmo-. ¿Qué razón puede haber para ocultar al mundo vuestra relación?

Hubo otro silencio, hasta que Flora habló:

– No se lo hemos dicho a mis padres -dijo y se ganó una mirada agradecida de Matt-. Están fuera… en un crucero -improvisó y pidió mentalmente perdón a su madre por embarcarla, cuando sufría terriblemente en el mar y jamás ponía el pie en un ferry-. Volverán dentro de dos meses.

– Ya veo -dijo Nell con la sombra de una sonrisa y Flora tuvo la clara sensación de que no se había creído una palabra de lo dicho. Tenía que hacer un esfuerzo para dejar las vaguedades o nunca lograrían convencer a una mujer tan lista.

– Sin embargo, he pensado en la boda -dijo-. Vamos a casarnos en el pueblo de mis padres, en Yorkshire. Sólo familia y amigos. Hay una iglesia medieval muy bella y podemos ir desde la casa andando, sin preocuparnos por el transporte. Me gustaría que todo fuera muy sencillo y familiar -prosiguió, creyéndose más su historia-. En el jardín, si no hace frío, bajo una marquesina decorada con flores.

– Suena muy bien -dijo Nell con una sonrisa.

Flora pensó que en realidad tenía un montón de ideas. Era una pena que no fueran a realizarse nunca, al menos con Matt como novio. La idea de aquel hombre saludando a sus numerosas tías y bebiendo té en su pueblo le pareció inverosímil y de pronto se sintió deprimida.

– Espero que consigas que Matt se tome unas vacaciones después -prosiguió Nell-. ¡Necesita olvidarse completamente de la dichosa compañía!

Puesto que la compañía permitía que su madre desayunara con champán, Matt pensó que no eran palabras muy justas. ¿Por qué les interesaban tanto a las mujeres las bodas? Era evidente que Flora ya había pensado en la suya. Se preguntó a quién imaginaba en el escenario medieval descrito con tanta expresividad.

Y ahora, Flora hablaba de la luna de miel. Tenía que reconocerle que lo estaba haciendo muy bien. Le parecía evidente que su madre ya la adoraba. Tendría que haberse sentido contento. Su madre no le pondría a más jovencitas en el camino ahora que había conocido a Flora y no le costaría convencerla de que estaba destrozado cuando rompieran su relación y ella se marchara.

Cuando rompieran… Un sentimiento que no quiso identificar se hizo sitio en su interior, pero luchó contra él con voluntad implacable.

– Nos iremos al menos tres meses seguidos -dijo Flora mientras daba un bocado a un croissant-. Y si Matt hace una sola llamada a la oficina, pido el divorcio.

– ¡No me hablaste de esa condición! -dijo Matt, pensando que ya era hora de parar la imaginación de Flora antes de que su madre sospechara algo.

Pero Flora, animada por el champán, estaba ya a leguas.

– Ahora te lo digo. Vamos a ir a lugares donde los teléfonos no funcionan y nadie ha oído hablar de correo electrónico -informó a ambos con un gesto de extravagante libertad-. Vamos a sentarnos sobre una duna a mirar las puestas de sol. Vamos a nadar en lagos calidos y tumbarnos bajo las palmeras y de noche dormiremos bajo las estrellas escuchando la música de los trópicos.

Puso la mano sobre la de Matt con ternura.

– ¿No es así? -dijo con una mirada provocativa, que pretendía desconcertarlo.

Nada de eso. Este giró la mano hasta enlazar los dedos con ella y dijo mirándola directamente a los ojos:

– Si es lo que quieres.

– ¡Bueno! -rió Nell-. ¡Debe ser amor!

Matt no apartó los ojos de la cara de Flora, dispuesto a mostrar que él también sabía actuar.

– Lo es -dijo con dulzura.

La expresión de los ojos verdes había dejado a Flora sin habla. Todo su cuerpo parecía despierto y una sensación intensa de expectación la mantenía en vilo.

Ninguno de los dos observó la profunda mirada de Nell. Esta siguió contemplándolos en silencio mientras bebía con gesto reflexivo un trago de champán.

– Si es amor, ¿por qué no le has comprado un anillo a Flora? -preguntó tras unos instantes.

Matt logró apartar los ojos y soltó la mano de Flora.

– Ya te he dicho que hemos estado trabajando en un negocio fundamental, madre. No hemos tenido tiempo para nada.

– ¡No se tarda más de una hora en comprar un anillo!

– A Flora no le importa esperar a que pase este momento, ¿verdad? -sintiéndose atrapado, Matt recurrió a Flora que logró emitir un pequeño suspiro de resignación.

– Si tú crees que no hay tiempo para eso -dijo Flora con astucia-. Matt trabaja demasiado -confió a Nell-. Pero no me importa porque sé que cambiará una vez que nos casemos. No podrá pasarse toda la vida en la oficina cuando tenga una familia.

Nell dio un sorbo a su café.

– ¿Pensáis tener hijos?

– Por lo menos cuatro -dijo Flora alegremente y Matt se atragantó por la sorpresa. Bien le estaba, se dijo Flora, y le dio en la espalda con exagerada preocupación-. ¿Verdad, cielo? -insistió con maldad.

– No puedo esperar -logró decir Matt entre toses.

Nell los miraba divertida mientras tomaba café.

– Pensar en Matt como padre, por fin -suspiró-… Recuerdo cuando era niño…

– Un momento -Matt vio el cielo abierto-. Si vas a empezar con las historias de la infancia, aprovecharé para hacer unas llamadas.

– ¡Matt! No irás a la oficina un domingo -Flora y Nell tenían la misma mirada de enfado.

– ¿Por qué no? Está a cinco minutos. Y os entenderéis muy bien sin mí -dijo con ironía y se inclinó para besar la mejilla de su madre-. Termináis el champán y el café y vengo a buscaros para el almuerzo.

Se dirigió a Flora y hundió los dedos en su pelo para hacerla girar suavemente la cabeza.

– No te creas todo lo que te dice mi madre, ¿vale? -y después, para completar la escena amorosa, se inclinó para besarla ligeramente en los labios.

Flora estaba más preparada esta vez, pero incluso así, el beso lanzó un estremecimiento por su espalda. ¿Se habría dado cuenta Matt del efecto que causaba cada vez que la tocaba? Rezó porque no fuera así.

– Me marcho -dijo Matt y apartó la mano con pesar de la nuca de Flora, vaciló un instante y salió de la habitación con pasos rápidos.

Paralizada por el contacto, Flora se quedó mirándolo hasta que cerró la puerta, y tuvo la espantosa sensación de que iba a llorar. Tragó saliva y se volvió hacia Nell que la miraba con una expresión extraña.

Carraspeó para poder hablar.

– ¿Pasa algo?

– No, claro que no -dijo Nell-. ¿Te miraba demasiado, verdad? Estaba pensando en lo diferente que eres de la mujer que me había imaginado para Matt, y al mismo tiempo me doy cuenta de que eres perfecta para él.

Flora disimuló sirviendo café. Lo único perfecto que había en ella, según Matt, era que no le molestaría con exigencias emocionales.

– Cuéntame cómo era Matt de niño -dijo para cambiar de tema.

– Matt era un cabezota -dijo Nell riendo-. Cuando algo se le metía en la cabeza, nada en el mundo podía detenerlo. Como su padre, claro.

Suspiró, recordando, y luego prosiguió.

– Era un niño serio. Siempre me he preguntado si hubiera sido más espontáneo y extrovertido de no haber muerto su padre. Creo que se sentía responsable de mí -movió la cabeza con pesar y luego dirigió su mirada directa a Flora-. Sé que saco de quicio a Matt, pero siempre hace lo que le pido. Nunca lo admitirá, pero no deja de hacer cosas por mí. Aunque le cueste mostrar sus sentimientos, sé que me quiere por encima de todo.

Esperó antes de seguir, con una mirada triste:

– Se parece tanto a su padre que a veces me duele mirarlo. Scott era un hombre reservado -esta vez una sonrisa acompañó el relato-. Le costó mucho decidirse a casarse, pero una vez que me eligió, no volvió a mirar a otra mujer. Yo no tenía ni cuarenta años cuando murió, ¿sabes? Desde entonces he tenido peticiones de matrimonio, pero nunca he logrado querer a un hombre como quise a Scott.

Flora se sentía cada vez peor por mentir a la madre de Matt, la pobre Nell que había perdido tan pronto al hombre que amaba. No era de extrañar que deseara tanto una familia para su hijo.

Apretó la mano de Nell por encima de la mesa.

– Debiste sentirte tan sola -dijo.

La sonrisa de Nell temblaba, pero suspiró y valientemente palmeó la mano de Flora.

– Ha pasado mucho tiempo. Sólo quería que supieras cómo es realmente Matt. Parece un hombre duro, un implacable hombre de negocios y no es así en absoluto. Sólo es duro consigo mismo. Es un hombre para una sola mujer y necesita a alguien que lo quiera del mismo modo.

Flora la miró a los ojos.

– Ya lo sé -dijo con un temblor, y lo más extraño era que lo sabía.

Cuando Matt regresó, Flora y Nell eran buenas amigas. Seguían sentadas en la mesa donde las había dejado, tomando una segunda jarra de café. Flora apoyaba los codos sobre la mesa, y tenía el pelo suelto, seco ya. Reía de algo que le estaba contando Nell y al verlas juntas, Matt sintió que algo apretaba su corazón.

– ¿Ya estás aquí, cielo? -preguntó Nell encantada, y Flora se volvió con una sonrisa, sorprendida siempre al ver a Matt, tan alto, elegante y serio.

– Es casi la una -señaló Matt-. Veo que me habéis echado de menos.

Su sarcasmo no fue recogido por su madre.

– Estábamos hablando de cómo conseguir que pases menos tiempo en la oficina.

Matt fue hasta la mesa. No quería besar a Flora, harto de no poder despegarse después. Se limitó a ponerle la mano en la nuca en una caricia que le permitía disfrutar de su piel cálida.

– ¿Y qué vais a hacer?

Flora, sintiendo la quemadura de la caricia, se adelantó.

– Nell cree que querrás pasar mucho tiempo con tus hijos -dijo, bastante orgullosa de su inesperada naturalidad-. Pero esperaba que también tuvieras ganas de pasar tiempo conmigo.

– Claro que sí -la mano de Matt la apretó un poco más-. ¿Por qué crees que no quiero que nos casemos hasta terminar este negocio europeo? Si no estuvieras en la oficina, no podría hacer absolutamente nada.

– Pues no parece que te haya detenido esta mañana -Flora fue incapaz de limitar el tono cortante de su réplica, pues ella, aunque feliz en compañía de Nell, no había dejado de echarlo de menos. Por otra parte, le reprochaba haberla dejado sola ante el peligro. Nell había sido adorable, pero Flora no podía evitar la sensación de que no estaba del todo convencida.

Matt dejó caer la mano.

– No me concentro sin ti -dijo. Y así era. Sin Flora, el despacho estaba vacío, y mientras intentaba escribir un informe, había descubierto que sólo podía pensar en su piel fragante, en sus ojos azules, en las sensaciones que aquella mujer producía en sus sentidos.

De nuevo se encontró con la mirada de su madre, una mirada cuya ternura no ocultaba la penetrante lucidez, y se sintió incómodo. Para bien o para mal, se habían embarcado juntos en aquel engaño y ahora no tenían más remedio que llevarlo a buen puerto.

Capítulo 7

– ¿Estaís listas para salir? -preguntó Matt-. Quedamos en ir a comer los tres.

Flora contempló sus vaqueros y el jersey dado de sí. Conociendo a Matt, era probable que no fueran al pub de la esquina.

– ¡No puedo ir así! -comentó.

– Claro que sí -dijo Matt con su característica arrogancia-. Si estás conmigo puedes ir como quieras.

Las llevó a un restaurante de moda cerca del río, donde era posible comer en la terraza, contemplando los cargueros y las gaviotas gritando sobre las aguas grises. A juzgar por el número de rostros famosos que Flora reconoció mientras el camarero les acompañaba a su mesa, era un lugar realmente exclusivo, pero el ambiente era informal y no se sintió mal por ir vestida como iba.

Era un hermoso día de verano, un día soleado, pero con un aire fresco proveniente del río. Flora puso los codos en la mesa y observó la actividad de los diques, pero sin dejar de sentir la presencia de Matt, mirando por el rabillo del ojo su piel morena, el vello suave de sus brazos, la fuerza ágil de sus músculos.

Matt hablaba con su madre que claramente estaba disfrutando. Cuando los miraba, había algo particular en sus ojos, una duda difícil de interpretar, pero no hizo más preguntas difíciles y mostró a las claras que Flora le encantaba.

De pronto Flora se dio cuenta de que nunca había visto a Matt tan relajado y se sintió intensamente feliz por el hecho de estar a su lado. La situación podía ser temporal, falsa y abocada a terminar en llanto, pero mientras tanto valía la pena estar sentada al sol, junto a él.

Y puesto que tenían un trato, podía tocarlo cuanto quisiera. Sucumbiendo a un impulso, puso la mano sobre su antebrazo y acarició su muñeca con una sonrisa de placer.

Matt no apartó la mano, sino que se volvió hacia ella:

– ¿Qué pasa? -dijo sonriendo.

– Nada, que soy feliz -reconoció Flora.

Matt sintió un pequeño dolor en el pecho al mirarla y le devolvió el apretón de manos.

– ¿En serio? -preguntó y en su voz dura había una nota extrañamente frágil.

Flora buscó sus ojos y se preguntó cómo había podido pensar que Matt tenía una mirada fría. Eran unos hermosos ojos verdes llenos de calor y que le hacían sentir emociones poco controlables.

– Sí -dijo con sencillez.

Su humor exultante duró toda la comida. Se sentía llena de vida y no dejó de bromear, de reírse de Matt con la aprobación de su madre, dejar que su imaginación volara haciendo planes para el futuro. Matt la escuchaba, asombrado del esfuerzo y talento de la representación de Flora. No sabía si preocuparse ante la forma en que estaba ganándose a Nell, engañándola con sus historias, o reírse por su desatada fantasía.

Cuando empezó a describir las fiestas que darían a sus amigos, Matt decidió pararla. Le puso la mano en el hombro y preguntó, interrumpiendo su caudal inagotable:

– ¿Dónde vas a estar en Italia, madre?

Nell comenzó a describir su viaje. Estaba hablando de sus amigos cuando, para horror de Flora, una figura inolvidable entró en su campo de visión, acercándose en línea recta hacia ellos. Venezia, claro.

Matt no la había visto todavía. Flora le apretó la mano y Matt la miró y siguió luego la dirección de su mirada. Su ánimo se hundió al reconocer el agresivo avance de la modelo.

Había conocido a Venezia nada más llegar a Londres y había admirado su belleza y su estilo impresionantes. También había reconocido su astucia para los negocios, rasgo que solía apreciar. Pero aunque había tenido cuidado en no provocar falsas expectativas, era evidente que durante sus últimos encuentros, Venezia había insinuado que esperaba cierto compromiso por su parte. Matt se había cerrado ante la mera idea. No tenía la menor intención de enamorarse de ninguna mujer, por muy bella e inteligente que fuera.

Recordando su reacción, Matt observó a Flora que miraba acercarse a Venezia con una expresión combativa. ¿Ninguna mujer?

Ninguna, confirmó una voz dura dentro de su cerebro. Flora sólo estaba allí para convencer a su madre de que lo dejara en paz una temporada.

– No menciones nuestro compromiso -murmuró a Flora mientras se ponía en pie para recibir a Venezia, que había alcanzado la mesa con sus zancadas elegantes de pantera.

– ¡Matt! -exclamó ésta con una voz tan sensual y tan afectada que Flora la miró con odio, mientras la chica ofrecía con confianza sublime la mejilla a Matt. Flora tuvo la esperanza de que la ignorara, pero por supuesto la besó-. ¿Por qué no me dijiste que ibas a estar aquí? No nos hemos visto en años. Me hubiera venido contigo de haberlo sabido.

– Lo decidimos en el último minuto -dijo Matt evitando la mirada de su madre. Venezia estaba mirando la cuarta silla vacía y no tuvo más remedio que apartarla para ella-. Siéntate.

– Gracias -la sonrisa seductora de Venezia era sólo para él y Flora tuvo que morderse el labio.

Hasta la aparición de la modelo, se había sentido perfectamente feliz con sus vaqueros, pero ahora se sentía mal vestida y vulgar. Venezia también llevaba vaqueros, pero sus increíbles, larguísimas piernas, les daban un estilo especial. Y nada de una camiseta normal. Llevaba una especie de top que dejaba casi toda la piel al descubierto y que sólo una modelo se hubiera atrevido a ponerse. Flora la miró con resentimiento. Nadie tenía derecho a que le sentara tan bien la ropa. Era completamente injusto hacia las demás mujeres.

– No conoces a mi madre, ¿verdad? -dijo Matt con algo parecido a una desesperación resignada. Sentía a Flora hervir a su lado y Nell tampoco parecía muy acogedora.

– ¿Tu madre? -Venezia volvió al instante sus ojos hacia Nell con repentino interés-. ¡No! ¿Cómo está?

– Estoy bien -dijo Nell que estaba molesta por la familiaridad posesiva que Venezia desplegaba con su hijo. Flora estuvo a punto de sonreír ante la frialdad de su voz.

– Y conoces a Flora -prosiguió Matt.

Venezia dejó caer una mirada olvidadiza desde el lado contrario de la mesa. Era de la clase de chicas que no pierde el tiempo hablando con otras mujeres.

– Me parece que no…

– En la oficina -la ayudó Flora con una espléndida sonrisa que puso a Matt los pelos de punta-. Soy la secretaria temporal de Matt.

– Oh, sí -era obvio que Venezia no entendía que Matt se molestara en presentarla. Se volvió hacia él y puso una mano suave sobre su antebrazo-. Esperaba verte cuando regresé de rodar en Marruecos -murmuró.

Flora no se detuvo a pensar. Tomó la mano de Matt y dijo con entusiasmo:

– Cariño, cuéntale la noticia a Verónica -exclamó y tuvo la satisfacción de observar una mirada furibunda en los ojos hermosos de la joven, aunque no supo decir si era por la interrupción o por la deliberada equivocación con su nombre.

– Es Venezia -dijo inmediatamente-. ¿Qué noticia es esa? ¿Ya has firmado el contrato que te ha ocupado tanto?

– Oh, es algo mucho más emocionante -explicó Flora, reclinándose hacia Matt-. No voy a ser su secretaria temporal mucho más tiempo, ¿verdad, Matt? Nos casamos el año que viene, así que no pisaré más la oficina.

– ¿Te vas a casar? -Venezia no se creía una palabra. Lo miró como esperando que se riera de la broma-. ¿Matt?

Matt tenía un tic en la mejilla y lanzó una mirada a Flora que prometía venganza. Pero, con su madre como divertido espectador, no podía negarlo:

– No queremos anunciarlo públicamente -dijo entre dientes.

– Oh, pero no importa que se lo contemos a una vieja amiga como Verónica… perdón, Venezia, ¿no es cierto, cielo? -Flora ignoró la mirada de Matt y se inclinó hacia la modelo-. Espero que vengas a la boda -añadió con dulzura y le encantó ver el absoluto desconcierto de la mujer-. Fue tan amable por tu parte enseñarle Londres a Matt cuando llegó a la ciudad.

El rostro de Venezia se endureció y retiró la mano del brazo de Matt mientras le decía, bajando la voz como si estuvieran a solas:

– ¿Es eso verdad? Pensé que no querías comprometerte en una relación seria.

Matt estaba furioso con Flora.

– He cambiado de opinión -dijo brevemente. ¿Qué otra cosa podía decir?

– Ya veo -dijo Venezia con una sonrisa triste-. Pues enhorabuena. No te levantes -añadió poniéndose en pie con menos languidez de lo habitual-. Sólo quería saludar, regreso con mis amigos.

Flora la vio marcharse con su caminar soberbio y apenas pudo contener un grito de triunfo. Matt estaba lívido de ira, pero le daba igual. ¿Esperaba que ella se estuviera callada mientras Venezia se pegaba a él de aquel modo?

Hubo una pausa llena de tensión. Matt estaba deseando decirle a Flora lo que pensaba de su intervención, pero su madre se lo impedía.

– ¿Queréis tomar algo más? -preguntó haciendo un esfuerzo.

Nell sugirió que se marcharan, pero Flora no pensaba huir y dejar el campo abierto a Venezia, que en aquel momento le estaba contando a todo el mundo el terrible error que iba a cometer el pobre Matt. Algunas cabezas del grupo del fondo ya se habían vuelto hacia ellos y los miraban con reprobación.

– Yo quiero postre -dijo con alegría.

Matt tardó más de una hora en lograr sacarla del restaurante y para entonces estaba a punto de estallar de ira.

– Madre, debes estar cansada -dijo cuando iban hacia el coche-. ¿Te parece que te deje a dormir la siesta, mientras Flora y yo vamos a su apartamento a por sus cosas?

– Nunca duermo siesta -dijo Nell y su hijo la añadió a su lista de estrangulamientos-. Y no estoy cansada.

– ¿Por qué no vienes con nosotros? -preguntó Flora con gratitud-. Sólo necesito una maleta pequeña, pero podrás ver el apartamento y conocer a mis amigas.

– Me encantará -dijo Nell, ganándose una sonrisa de Flora y una mirada desesperada de su hijo.

De modo que Matt tuvo que ir al piso de Flora y ser amable con Jo y Sarah mientras ésta hacia la maleta. Su madre, para variar, estaba encantadora y antes de que pudiera hacer nada, había aceptado tomar el té. Así pasaron otra hora de animada charla hasta el momento en que Flora estuvo a punto de estropearlo todo cuando Jo le preguntó si debían empezar a buscar otra compañera de piso.

– ¡No vais a alquilar mi habitación! -murmuró Flora con repentino pánico.

Jo miró la maleta preparada.

– ¿No te vas a vivir con Matt?

– No… no es permanente -Flora miró a Nell, pero por fortuna la madre de Matt estaba concentrada en la conversación con Sarah. Le hubiera gustado contarles a sus amigas la verdad, pero no podía arriesgarse con Matt y su madre tan cerca-. Quiero decir… igual no sale bien.

Jo la miró y miró a su presunto novio y dijo con convencimiento:

– Claro que saldrá bien.

Y ella qué sabía, pensó Matt con rabia. La tarde prosiguió y Matt no se encontró a solas con Flora hasta la noche. Su madre y Flora no se habían separado en todo el día y si al fin lo hicieron fue porque su madre no pudo inventar ninguna excusa para dormir con ellos. De manera que al fin pudo tomar a su futura esposa por el brazo y meterla en el cuarto con brusquedad, cerrando la puerta tras ellos.

– No puedes seguir escondiéndote detrás de mi madre -le dijo con furia-. ¿Así que quizás podrás explicarme qué mosca te ha picado hoy? Te dije que no se lo contaras a Venezia, pero ni caso. ¡Antes de que abriera la boca ya estabas diciendo «cariño, dile a Venezia la noticia»!

– No pude evitarlo -se defendió Flora acariciándose la muñeca con gesto resentido-. No hay derecho a que una mujer se comporte así con un hombre delante de su novia. Parecía que te iba a comer.

– ¿Comerme? ¡Si sólo me estaba tocando el brazo!

– No es verdad. Se sentó acariciándote y mirándote con esos ojos enormes y el mensaje era que te iba a llevar a la cama en la primera ocasión -Flora empezaba a estar tan enfadada como Matt-. ¡Tu madre jamás se hubiera creído que estábamos comprometidos si me hubiera quedado callada! Por supuesto, tú no hiciste el menor gesto para detenerla.

Matt se había sentado sobre la cama y se estaba quitando los zapatos con algo similar a una rabia fría.

– ¿Y no podías limitarte a parecer herida o algo así? Ahora el mundo entero sabe que estamos comprometidos. No va a ser lo mejor para mi reputación, ¿sabes?

– Haberlo pensado antes de engañar a tu madre -replicó Flora. Demasiado agitada por la discusión como para sentirse intimidada, entró en el baño y buscó su cepillo de dientes.

– Teníamos un trato -dijo Matt desde la puerta mientras se desabrochaba la camisa-. Quedamos en que el numerito era para mi madre y nadie más.

Flora puso demasiada pasta en su cepillo.

– ¿Y qué debo hacer? ¿Decirles a tus novias que por favor se peguen a ti todo cuanto quieran? A tu madre le encantaría.

– ¿Por qué tienes que exagerarlo todo? -se apenó Matt-. Hay un punto intermedio entre las cosas, pero ese nunca lo encuentras -añadió con tono amargo-. No creo que conozcas el concepto de equilibrio.

– No entiendo qué te molesta tanto -dijo Flora escupiendo el agua en el lavabo-. Querías convencer a tu madre y mi escena la convenció más que nada, aunque está desolada porque le parece evidente que aún sientes algo por Venezia.

– ¡No siento nada por Venezia!

– ¡Pues hoy parecía evidente!

– Quizás deba recordarte que te estoy pagando por hacer este teatro -dijo Matt con rigidez.

– No creas que se me olvida -Flora se retiró el pelo de la cara con furia-. ¡No estaría compartiendo esta habitación contigo si no fuera porque me pagas!

– ¡Pues recuérdalo la próxima vez que decidas ponerme en ridículo! -replicó Matt y salió del cuarto del baño.

Esperó de mal humor a que Flora terminara. Debía estar contento porque la joven le hubiera recordado todos los motivos por los que no podía aguantarla. De otro modo, hubiera empezado a encontrarla demasiado atractiva. Odiaba sentirse como si hubiera perdido el control de su vida. Y odiaba que Flora le replicara a todo. La vida sería mucho más fácil si le obedeciera, como hacían los demás.

Ni siquiera parecía molesta cuando al fin salió del baño. Se había lavado la cara y sus ojos estaban muy azules y la mandíbula tenía el habitual gesto de orgullo. Llevaba un camisón azul de seda. Tenía mangas cortas y llegaba hasta la rodilla, pero aún así, ponía en evidencia los grandes senos y las caderas de la joven.

– Todo tuyo -dijo.

– ¿Qué?

– El baño -aclaró Flora fríamente y se metió en la cama, dispuesta a demostrarle a Matt que no tenía problemas en dormirse a pocos centímetros de él. Sería mucho más fácil ahora que había recordado lo egoísta y estúpido que podía ser.

En todo caso, eso esperaba.

Matt estaba de un humor de perros al día siguiente. En cuanto a Flora, la había despertado a las siete para decirle que la quería en la oficina a las ocho para recuperar el tiempo que estaban perdiendo con «la farsa», y no estaba de mejor humor. No había ni rastro de Nell y desayunaron en silencio. Nada de champán, pensó Flora bebiendo pensativamente su café.

Durante toda la mañana apenas hablaron, pero la tensión en la oficina se cortaba. Cuando una voz lánguida de mujer pidió que la pasara con Matt, declarando ser una tal Jinx, Flora decidió que estaba harta. Al menos podía dejar de salir con sus amantes mientras simulaban estar juntos.

Si quería mostrar que su vida continuaba como siempre, Flora haría lo mismo. Así que tomó el teléfono, llamó a su agencia de viajes, y pidió información sobre el visado para Australia y los precios de un viaje alrededor del mundo.

Matt entró en el despacho cuando estaba comparando precios de varias líneas aéreas. Con una tranquilidad provocativa, Flora dejó el auricular y lo miró:

– ¿Necesitas algo?

– Necesito la carpeta de ese nuevo esponsor -Matt habló con irritación-. Pero no te molestes, ya lo busco yo.

– Si esperas un minuto, te lo llevo -Matt ya había empezado a revolver en los papeles, pero Flora no perdió la calma, buscó la carpeta y se la tendió-: ¿Necesitas algo más? -dijo con su sonrisa más dulce.

Matt le arrancó la carpeta de la mano.

– Sí, si has terminado de perder el tiempo de la compañía haciendo tus planes de viaje, reserva una mesa para la una en ese nuevo restaurante japonés.

– ¿Mesa para dos? -preguntó Flora intentando parecer indiferente. No pensaba interesarse por su maldita comida y su estúpida compañía.

– Sí -exclamó Matt que no pensaba explicarle que tenía una cita con el director financiero de un banco-. Y será mejor que lleves a mi madre al teatro o algo así esta noche -añadió-. Consigue entradas para cualquier cosa que esté de moda.

¿Y qué sería eso? se preguntó Flora mientras reservaba mesa a regañadientes. ¿A quién podía preguntarle qué se llevaba en Londres?

¡Seb! La inspiración la hizo sonreír mientras marcaba. Podía ser un hombre insoportable, pero como reportero era un genio para saber qué pasaba en la ciudad.

Pareció encantado al oírla.

– Estaba pensando en ti -dijo después de ofrecerle a Flora una descripción detallada de los espectáculos adecuados para una dama americana-. Tengo que contarte algo. ¿Hay alguna posibilidad de que nos veamos a la hora de comer?

Flora pensó en Matt comiendo con una espléndida rubia llamada Jinx y dijo:

– Claro que sí, ningún problema.

– ¿Ya has conocido a su madre? -preguntó Seb mientras dejaba el vaso de Flora en la mesa y se sentaba junto a ella. El jardín del pub estaba lleno de bebedores que querían disfrutar del sol y Flora había cedido la mitad de su mesa a otra pareja-. ¡Así que va en serio!

– Ya te dije que era serio -declaró Flora. No pensaba decirle la verdad a Seb, de momento.

– Ya me di cuenta el sábado por la noche -admitió su amigo-. Al principio no podía creérmelo, pero la forma en que os mirabais en el baile era muy convincente -sonrió y lanzó a Flora una mirada de soslayo-. A mí nunca me miraste así. Me extraña que no le haya molestado a tu novio que comas conmigo.

– Matt confía en mí -dijo Flora y decidió cambiar de tema-. ¿Qué querías decirme?

Seb había pedido un puesto en Singapur, como corresponsal de su periódico, y al parecer tenía posibilidades de que se lo concedieran.

– Estoy cansado de cubrir sucesos. Quiero algo más serio.

– ¡Creí que querías quedarte en Londres! -Flora acusó la noticia, recordando sus interminables discusiones al respecto.

– Porque pensé que sería mejor para mi carrera. Pero ahora creo que es bueno que me marche.

– Pues buena suerte -dijo Flora y tendió su vaso para brindar con Seb que la miró con aire pensativo.

– Tiene gracia que rompiéramos porque querías marcharte a conocer mundo y que al final sea yo el que se marcha -comentó-. ¿Supongo que te quedarás aquí con Matt?

Flora evitó su mirada.

– Ya veremos cómo sale todo -dijo con cautela, mirando un grupo de clientes y recordando a Matt.

Hasta el momento nunca había dudado de sus deseos de conocer el mundo, pero la pregunta de Seb había despertado en ella una profunda melancolía. Pronto estaría separada de Matt y le costaba imaginar cómo sería la vida sin él. Lo único que sabía era que la idea de no verlo más la hacía sentirse casi enferma.

– Estabas muy guapa el sábado -siguió Seb-. Me sorprendí pensando que ojalá no hubiéramos cortado nunca. Loma no es tan divertida como tú, Flora.

– ¿Significa eso que te marchas solo a Singapur?

– Sí -Seb la miró a los ojos-. Si alguna vez pasas por allí, con o sin Davenport, ¿me buscarás, verdad?

Flora le devolvió la mirada.

– Claro que sí.

Tras la comida, Seb la acompañó a la oficina y se despidieron en la acera frente al edificio.

– Nos veremos antes de que te marches, ¿verdad? -preguntó Flora ante la puerta.

– Sí -Seb la rodeó con los brazos y la abrazó tiernamente-. ¿Lo hemos pasado bien juntos, no es cierto?

Flora lo miró con afecto. Era verdad. En más de un sentido, habían madurado juntos.

– Sí, muy bien.

– Y si algo sale mal, sabes dónde estoy.

– Sí -con un último abrazo, Flora cruzó la calle dirigiéndose al imponente edificio de la compañía, a tiempo de ver a Matt que se acercaba en su dirección.

Flora descubrió con pesar que su corazón saltaba ante la mera presencia de Matt y que sonreía a su pesar, olvidando que acababa de dejar en algún lado a una rubia de nombre imposible. La rabia la ayudó a dejar de sonreír cuando Matt llegó a su lado.

– ¿Buena comida? -inquirió fríamente.

– Muy buena -era difícil tener un tono más cortante. Matt se había pasado la comida ajeno a una importante conversación de negocios y preguntándose con quién comería Flora. Y cuando regresaba, antes de tiempo, caminando para despejarse, se había encontrado con Flora en los brazos de Seb, lo que le había puesto en un estado tal de furia que apenas podía hablar.

– ¿Y dónde has estado tú? -logró preguntar.

– He comido por ahí.

El rostro de Matt parecía de piedra.

– ¿Reconciliándote con tu novio?

– Algo así -Flora se encogió de hombros, sin preocuparse lo más mínimo por lo que Matt había visto-. Invitarte al baile fue más eficaz de lo que hubiera pensado -declaró con una sonrisa-. Ha roto con Loma y ha aceptado un trabajo en Singapur.

Matt tuvo la desagradable sensación de que algo duro y frío le había golpeado en el pecho.

– Irás a visitarlo, supongo -dijo sin poder evitarlo.

– Será mi primera parada en el viaje por el mundo que vas a pagarme -dijo ella con la misma desenvoltura.

Capítulo 8

Sólo Nell disfrutó de la velada teatral. Flora había logrado hacerse con unas entradas para el musical de moda, pero su concentración era la misma que si hubiera estado mirando la pantalla apagada de un ordenador. Sólo tenía conciencia de la presencia de Matt, sentado junto a ella en la oscuridad.

Había estado de pésimo humor toda la tarde y Flora estaba cada vez más deprimida. Era una buena cosa que hubiera dejado claro que sólo le interesaba viajar y que por nada del mundo iba a cometer la estupidez de enamorarse de él, pero durante aquella tarde tuvo que contenerse en varias ocasiones para no correr y contarle que no era cierto que estuviera reconciliándose con su ex-novio, que no tenía la intención de reunirse con él en Singapur.

Matt tampoco estaba muy interesado por el espectáculo. Los actores cantaban y bailaban incesantemente mientras él se decía que en tres días su madre se marcharía a Italia y todo habría terminado. Flora regresaría a su caótico piso compartido y él tendría el hotel para sí. Paige volvería pronto y Flora se marcharía de viaje con su novio y todo estaría olvidado… O no.

De alguna forma lograron superar la velada. Nell se ocupó de la conversación durante la cena y para alivio de Matt simuló ignorar el ambiente tenso, aunque en varios momentos se dio cuenta de que lo miraba con aquella mirada divertida y lúcida que siempre le ponía nervioso.

Por fin regresaron al hotel. Como no tenían el enfado para defenderlos de la intimidad del cuarto, se refugiaron en una cortesía de extraños en el compartimento de un tren. Matt permaneció con los ojos abiertos mucho tiempo, intentando recordar por qué motivo había decidido seguir soltero, mientras Flora daba vueltas en la cama y se imaginaba bajando del avión en Singapur y viendo a Seb. Hizo los mayores esfuerzos para que la idea le resultara atractiva, pero había perdido todo brillo.

– Será mejor que te regale un anillo -dijo Matt rompiendo el silencio mientras iban juntos a la oficina-. Tengo la sensación de que mamá no está tan convencida de nuestro numerito. Puede que unos diamantes hagan el resto.

Habían quedado a comer con Nell, así que llevó a Flora a una joyería de camino al restaurante. Caminaron unas calles por el centro antes de llegar a una tienda pequeña, discreta y seguramente carísima, aunque nada tan vulgar como un precio perturbaba la hermosura brillante de las gemas.

Flora se sentó mientras Matt miraba con ojos de conocedor los anillos.

– ¿Probamos éste? -propuso, eligiendo un anillo espectacular de zafiros y diamantes.

Nada podía ser menos propio de un amante como la forma en que tomó su mano y le puso el anillo. Le quedaba perfecto y Matt gruñó su aprobación.

– ¿Te gusta?

¿Importaba algo que le gustara o no? Flora miró el anillo y se preguntó cómo se sentiría si la comedia fuera verdad y Matt le estuviera comprando el anillo como prueba de amor, y no para engañar a su madre.

– Es bonito -dijo y miró a Matt que tenía una expresión tan ilegible como intensa. Flora se quedó sin aliento ante su mirada y sus ojos azules quedaron prendados de los de Matt, y durante un tiempo eterno se miraron, sin sonreír, casi con odio, hasta que algo empezó a temblar dentro de Flora. Pero de pronto el joyero tosió discretamente. Matt se dio la vuelta y todo había terminado.

– Te lo devolveré en cuanto tu madre se vaya, claro -dijo Flora cuando se encontraron en la calle.

Matt iba caminando rápido, con la mandíbula apretada para ocultar el hecho de que se encontraba inquieto, desasosegado como no lo había estado nunca. Sólo había pretendido completar la comedia ante su madre con un toque realista, pero algo había sucedido en la tienda. Algo relacionado con la imagen de Flora con el anillo, con la mirada de sus ojos azules. Como si de pronto todo le hubiera parecido diferente. Como si el menor detalle pudiera hacerle perder el control. Una sensación que Matt odiaba.

– Puedes quedártelo -dijo pensando en otra cosa.

– No puedo hacer eso -Flora lo miró con horror, mientras corría a su lado para no quedarse atrás-. ¡Es demasiado caro!

Matt sabía que no tenía ni idea de hasta qué punto era caro, y no pensaba decírselo.

– Considéralo una bonificación por horas extras -dijo de mal humor-. Si mi madre se marcha convencida de nuestro compromiso, te lo habrás ganado.

Nell les esperaba ya en el restaurante y se fijó en el anillo antes de verlos a ellos.

– Oh, es una belleza -exclamó, tomando la mano de Flora para admirarlo de cerca-. ¡Debe encantarte, Flora!

– Sí -dijo ella con la voz ronca-. Me encanta.

– Espero que estés satisfecha -dijo Matt tomando asiento.

– Oh, desde luego -Nell ignoró la ironía de su voz-. Es perfecto. ¿No te alegra que te empujara un poco en la buena dirección?

– Si es que puede llamarse «empujar un poco» a mostrarme cada cartel de joyas de la ciudad, arrastrarme a cada joyería de Londres y dejar caer la palabra «anillo» en la conversación una vez cada minuto.

Pero Nell no le escuchaba. Estaba mirando a Flora con curiosidad.

– Es absolutamente maravilloso -insistió-. Tienes suerte, Flora.

Esta se obligó a sonreír.

– Lo sé -dijo y era verdad. Nunca había tenido algo de tanto valor. Tendría que haberse sentido feliz.

– ¿Te habrá dado las gracias como mereces? -preguntó Nell burlándose de Matt. Este sucumbió a la tentación y acarició la barbilla de Flora.

– Ahora que lo dices, creo que no -dijo suavemente y se permitió mirar los profundos ojos azules-. ¿De verdad te gusta? -lo preguntó con tanta sinceridad que Flora hubiera jurado que su respuesta le importaba de verdad.

– Me encanta -dijo-. Gracias.

Y porque las palabras sonaban a poco, porque era lo que hubiera hecho una novia y porque tenía ganas de hacerlo, Flora tomó la mano de Matt y la besó, antes de reclinar la cabeza sobre su hombro.

Cuando éste giró la cabeza hacia ella y sus bocas se encontraron, sólo pretendía ser un beso ligero, pero la sorpresa de los sentidos les asaltó con familiar intensidad.

La boca de Matt era tan cálida, tan conocida y segura, tan perfectamente adecuada que Flora se deshizo en el beso y cuando al fin se separaron para respirar, los dos se miraron con temor de leer en los ojos del otro la extraordinaria dulzura del beso compartido.

Nell parecía encantada.

– Esto merece champán -declaró y llamó al camarero-. Oh, por cierto, ¿os molesta si no me marcho el jueves? He pensado que podría quedarme unos pocos días más.

– ¿Cómo? -Matt había olvidado la presencia de su madre y su última declaración le hizo saltar.

– Me lo estoy pasando tan bien -dijo Nell-. Y como estáis todo el día en la oficina, apenas he podido veros. No te molesta, ¿verdad, Flora?

Se giró hacia la joven, cambiando la línea de ataque.

Flora miró con impotencia a Matt.

– ¿Qué pasa con tus amigos de Italia? -dijo éste, buscando argumentos, pero su madre hizo un gesto displicente con la mano.

– Van a estar todo el verano y puedo unirme a ellos cuando quiera. Sólo tengo que llamarlos. Pero si os parece demasiada molestia -prosiguió con un leve suspiro de martirio-, por supuesto debéis decirlo.

– No eres ninguna molestia -dijo Flora, y qué otra cosa podía hacer-. Nos encanta tenerte aquí.

– ¿No te importa seguir con la farsa? -le preguntó Matt más tarde nada más volver a la oficina-. Si quieres que lo dejemos, lo comprenderé.

– No, no me importa -respondió Flora y alzó su anillo-. Y además, aún tengo que ganarme la bonificación.

– ¿Segura? -Flora asintió-. Te pagaré lo mismo que acordamos.

Pero Flora tenía un gesto firme.

– No quiero más dinero. Ahora lo haré por tu madre -intentó sonreír y parecer risueña-. Además, ya he ganado lo suficiente como para dar la vuelta al mundo, empezando por Australia. ¿Qué más puedo pedir?

La pregunta retórica creó un silencio tenso entre ellos. Matt miró por la ventana.

– ¿Significa eso que ya no vas directamente a Singapur?

Flora miró a su vez en dirección a la calle.

– No tengo ninguna razón particular para ir allí.

Hubo una larga pausa. Flora miró de soslayo en el preciso instante en el que Matt la miraba e intercambiaron unos segundos de indecisión. Matt, sin razón alguna, se sintió de pronto mucho mejor.

Flora dedicó la tarde a recuperar el tiempo perdido durante la comida, de manera que no salieron de la oficina hasta las ocho.

– Y ahora nos espera un sermón de mamá sobre lo malo que es trabajar tanto -dijo Matt mientras le abría la puerta de la suite.

Pero Nell estaba esperándolos, lista para salir a la calle.

– ¡No sabes a quién me he encontrado esta tarde, Matt! -exclamó la mujer besando a su hijo-. ¡Los Lander!

– Qué bien -dijo Matt que no tenía ni idea de quiénes eran.

– ¿No es fantástico? -asintió Nell, complacida-. Me han invitado a cenar para charlar un poco. Sé que no os importa, así podréis estar un rato a solas. Oh, es tardísimo -añadió besando rápidamente a Flora-. ¡Tengo que correr!

– Si tenía tantas ganas de que estuviéramos a solas, ¿por qué se ha empeñado en quedarse una semana más? -masculló Matt nada más cerrar la puerta-. A veces, la mataría -suspiró y fue hacia el salón donde Flora esperaba, sin saber muy bien qué hacer-. Claro, que de nada serviría. Podría poner mis manos alrededor de su garganta y ella diría «¡No sé por qué te lo tomas todo tan a pecho, querido!».

Imitó a su madre con tan malvada perfección que Flora se echó a reír y una vez que empezó, siguió riendo. Matt la miró un instante con sorpresa, pero las carcajadas eran contagiosas y se puso a reír también.

– ¡Para ti es gracioso! -dijo-. Como no es tu madre.

Flora logró hablar:

– Es una maravilla.

– No es una maravilla -dijo Matt-. Se impone una semana para estar con nosotros y ¿qué es lo primero que hace? Se las arregla para encontrarse a no sé quién y dejarnos solos.

– A lo mejor lo hace por discreción -la defendió Flora que seguía sonriendo y cometió el error de mirar a Matt a los ojos. Al instante, la idea de lo que estarían haciendo si fueran realmente amantes abandonados a solas por discreción materna vibró en el aire como una imagen virtual.

Matt debió sentir lo mismo, pues su sonrisa se borró lentamente. Habían logrado superar la increíble tensión erótica nacida durante el beso del restaurante, la percepción aguda, casi dolorosa, de cada gesto del otro, pero allí estaba de nuevo, temblando en el aire y deslizándose por sus venas.

– Bueno -Matt fue el primero en romper el contacto-. Parece que tenemos la noche libre. ¿Quieres salir a cenar fuera?

– No tengo hambre -dijo Flora.

– Yo tampoco.

Hubo otra pausa llena de sobreentendidos, y después ambos hablaron a un tiempo.

– Podría…

– Yo…

Ambos se pararon.

– Habla tú -dijo Matt.

– Sólo iba a decir que me gustaría ducharme -vaciló-. ¿Te parece bien?

– Claro -Matt miró a su alrededor como buscando inspiración-. Yo iba a ofrecerte algo de beber y pensaba ponerme a trabajar después.

Flora declaró que ella leería y fue a ducharse, esperando que la tensión nerviosa partiera con el agua. Pero seguía viendo a Matt como si estuviera en el baño con ella, tan cercano que el deseo le atenazó la garganta y corrió por sus venas, persiguiendo las pulsaciones de su cuerpo.

En el salón, Matt miraba por la ventana la oscuridad de Central Park e intentaba desterrar la imagen de Flora desnuda de su mente. Escuchaba el agua caer, y la veía bajar por sus senos, entre sus muslos, y tuvo que ponerse un segundo whisky para romper el hilo de sus pensamientos.

Más tarde, se instalaron en sofás separados, lo más lejos posible el uno del otro, y pretendieron estar enfrascados en sendas lecturas. Flora había leído la misma frase siete veces sin que nada entrara en su cerebro, pendiente de cada pequeño movimiento de Matt. Cada vez que tomaba su vaso, o volvía las páginas, el deseo la asaltaba hasta dejarla exhausta.

No quería mirarlo, pero sus ojos se deslizaban hacia él, como atraídos por una fuerza oscura, hasta que Matt la miraba a su vez y ambos retiraban velozmente las miradas, temerosos de cualquier revelación.

Matt leía un informe sobre la expansión comercial en Asia, pero lo único que veía era la imagen de Flora haciéndole burla desde las páginas. No iba a ver a Seb a Singapur. La noticia había sido como un tambor sonando en su interior toda la tarde y a duras penas si conseguía despegar los ojos de ella.

Se había puesto una falda corta y una camiseta con uno de sus jerseys amplios que revelaban un hombro dorado como una duna bajo el sol. Tenía el cabello suelto y revuelto. Y mientras leía, Matt iba recorriendo su mandíbula, sus mejillas, la línea de sus cejas y de sus labios, y lo único en lo que podía pensar era en llevarla a la cama y hacer el amor con ella durante toda la noche.

El aire estaba tan cargado de electricidad que Flora sentía que cada gesto creaba centellas y el silencio entre ellos era intenso, antinatural, como si el otro pudiera oír la sangre circular por sus venas y el discurrir errático de sus pensamientos. ¡Iba a volverse loca si aquello continuaba!

Incapaz de soportar la tensión, Flora se puso en pie.

– Me voy a la cama -dijo, asustada al escuchar la nota aguda en su voz.

Matt se levantó al instante.

– ¿No es bueno tu libro?

– No… no me concentro mucho -reconoció Flora sin aliento.

– Yo tampoco puedo concentrarme -dijo Matt.

– ¿Oh? -la pregunta no formulada de Flora sonó desesperada a sus propios oídos.

– ¿Quieres saber por qué?

– ¿Por qué? -murmuró Flora y la sangre empezó a palpitar de nuevo ante la expresión de los ojos de Matt.

– Porque no dejo de pensar en lo que sentí al besarte esta tarde -dijo-. Porque no dejo de pensar en besarte de nuevo.

Flora no podía hablar. Sentía que le habían retirado el aire para respirar y que el suelo bajo sus pies estaba a punto de ceder y precipitarla a un abismo tan peligroso como irresistible.

Lo único que pudo hacer fue mirar a Matt y éste leyó la respuesta en su cara y fue hacia ella, lentamente, y con la misma lentitud, tiró de su jersey hacia abajo, hasta desnudar sus hombros.

– Pero creo que no sería buena idea -prosiguió con dulzura, aunque sus manos acariciaban los brazos desnudos de Flora. Sentía el estremecimiento de la mujer bajo su caricia-. ¿Qué opinas? -preguntó con perversidad.

Flora tuvo que tragar saliva.

– Probablemente no sería buena idea -susurró mientras Matt le acariciaba la clavícula con aire ausente.

– ¿Crees que luego nos impedirá trabajar en la oficina? -sugirió apartando el cabello de Flora antes de inclinarse a besar la suave curva del cuello.

Flora jadeó al sentir el contacto de sus labios.

– Puede ser -dijo con dificultad mientras la boca de Matt se entretenía en su garganta antes de subir hacia su oreja. Incapaz de controlarse, cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás con un gemido de placer.

– Los dos estamos de acuerdo en que no queremos compromisos -murmuró Matt sin dejar de besarla.

– Sí -dijo Flora con un suspiro cuando los labios de Matt rozaron su lóbulo.

– Tú quieres viajar y yo quiero dedicarme a mi trabajo -prosiguió él, sin atender a la forma en que su voz y sus besos estaban disolviendo los huesos de Flora-. Mi madre no está aquí, así que no hace falta que disimulemos.

– No -gimió Flora y se dejó ir contra él, sintiendo que Matt sonreía contra su piel.

– ¿Así que sería mejor que dejara de pensar en besarte y regresara a mi informe?

– Sería… más sensato -declaró Flora sin voz, sintiéndose vacía por el deseo, sin otra idea en mente que la proximidad de la boca de Matt.

La tensión erótica subía en ella con cada nuevo roce y caricia y sólo deseaba que siguiera siempre.

– Entonces deberíamos olvidar esto -dijo Matt contra su oído.

– Ya sé -Flora tembló, y le pasó las manos por el cuello, y puso los labios contra su mejilla y luego fue acercándose a su boca.

– Debemos parar -dijo de nuevo y sintió el hoyuelo en la mejilla de Matt cuando éste sonrió de nuevo.

– Lo malo es -Matt rozó su boca una sola vez, resistiéndose-… Lo malo es, Flora, que no creo que pueda parar ahora.

Sus labios empezaron a rozarla, jugando, atormentándola con su dulzura, obligándola a dejarse ir contra él.

– Pero lo dejaré si me lo pides -susurró Matt, que ya no sonreía-. ¿Quieres que pare?

Debía decir que sí, antes de perderse.

– No -dijo y se dejó ir del todo, abrazándolo-. No quiero que pares.

Matt tomó su rostro entre sus manos y la miró con una expresión de triunfo y alivio, y algo más que Flora no supo identificar antes de que la besara y dejara de pensar.

Era el beso con el que había soñado desde que se conocieron: un beso profundo, hambriento, excitante, que les arrastró hasta el borde del frenesí. Flora acarició a Matt, buscó los botones de su camisa y empezó a desabrocharlos con gestos impacientes.

– Vamos a la cama -dijo él con la voz trastornada, pensando en que su madre podía entrar en cualquier momento.

La tomó de la mano y la llevó hasta el cuarto, cerrando la puerta tras ellos. Se apoyó en la puerta y abrazó a Flora, con urgencia, antes de besarla de nuevo y besándola siempre, sin permitir que se separara, llevándola hasta la cama, donde cayeron juntos.

Matt se quitó la camisa, tirándola al suelo. Flora, temblando de excitación, comenzó a acariciarlo, sintiendo la delicia de su piel caliente y suave, estremeciéndose bajo sus manos. Era una maravilla poder tocarlo al fin, hartarse de morderlo y acariciarlo, explorarlo sin pudor.

– Flora -Matt se separó unos centímetros para ser capaz de hablar-. ¿Estás segura de que quieres esto?

Flora se inclinó sobre él para besarlo.

– Estoy segura -dijo y sonrió.

Entonces, Matt dejó de controlarse y acarició sus costados y sus caderas, y las piernas largas hasta las rodillas y de nuevo los muslos calientes bajo la falda corta. Flora siguió besándole el cuello y preguntó:

– ¿Y tú, estás seguro?

La caricia de Matt sobre su muslo se detuvo y la miró.

– Nunca he estado más seguro de algo.

– Bien -Flora no tuvo que decir nada más. Se quitó la camiseta con un gesto rápido y Matt buscó el broche de su sostén y se lo quitó con habilidad. Durante unos instantes la miró y luego la acercó a él, tomándola por las caderas.

Flora contuvo la respiración al sentir los labios de Matt sobre sus senos y echó la cabeza atrás, sintiendo que el calor la invadía. Sus labios y lengua pasaban de un seno a otro, mordisqueándola y haciendo que pequeñas llamas de placer recorrieran su cuerpo hasta hacerla gemir y pedir inarticuladamente que siguiera.

Al contemplar su enardecimiento, Matt buscó la cremallera de la falda, haciendo que ésta cayera con facilidad. Y por fin, tras quitarle la ropa interior, la tuvo desnuda, bajo él, y paseó sus manos posesivas por el cuerpo de Flora hasta que sintió que no podía aguantar más. Se levantó un segundo para quitarse sus propios pantalones y en ese instante se miraron, pero Matt volvió inmediatamente a abrazarla, cerrando toda distancia entre ellos.

La sensación de las pieles unidas era tan fuerte que Flora lanzó una exclamación de sorpresa y Matt sonrió mientras se ponía sobre ella.

– Esto es lo que he deseado toda la noche -dijo-. Y la noche anterior. Y la otra -la acarició los senos y las caderas, besándola en la garganta-. No he podido dormir. No dejaba de pensar en besarte y tú ahí durmiendo tan tranquila.

– Yo era la que no podía dormir -protestó Flora casi sin aliento-. ¡Tú roncabas!

– Ni una vez -rió Matt y Flora sintió que su alegría era tan grande que se inclinó para besarlo en los labios-. Y tú, ¿por qué no dormías?

– Pensaba en ti -dijo Flora-. Me preguntaba qué pasaría si daba una vuelta y te ponía la mano en la espalda.

– ¿De verdad?

Flora asintió bajo sus besos.

– Me preguntaba durante horas qué harías si me acercaba y te tocaba así -le acarició la espalda y la cintura-. Y así -deslizó la mano para acariciar su enardecimiento y sonrió al sentir el gemido de Matt-, y así… y así…

– ¿Por qué no lo hiciste? -preguntó Matt con la voz ronca.

– No estaba segura de que te gustara -confesó Flora, y Matt le sonrió con una expresión que disolvió cualquier duda e hizo que los sentidos de Flora saltaran en gloriosa anticipación.

– Pues ya sabes que te equivocabas -dijo-. ¿O aún tengo que probártelo?

– No tienes que hacerlo -dijo Flora simulando seriedad-. Pero sería amable por tu parte -y entonces Matt la abrazó y la besó, y sólo pudo añadir antes de hundirse en las sensaciones-: Sería muy amable…

Capítulo 9

Mucho tiempo después, cuando Flora abrió los ojos, comprendió maravillada que la habitación de hotel seguía allí, exactamente igual que antes. ¿Era posible que el mundo siguiera intacto después de lo sucedido?

Nunca había conocido un sentimiento de plenitud tan bienhechor. Se sentía casi mareada por la felicidad. Matt la había llevado con él a un mundo diferente, con un tiempo diferente y una realidad en la que sólo contaba la sensación de sus cuerpos moviéndose juntos, el fuego de la piel contra la piel, la dolorosa ternura del tacto, el sabor, los murmullos apasionados, seguidos de una corriente de excitación tan poderosa y de un hambre tan pura que los había arrastrado a los límites del éxtasis para abandonarlos después en sus orillas, abrazados y temblorosos por la emoción del descubrimiento.

Ahora Matt estaba tumbado sobre ella, con la cara enterrada en su cuello y el brazo rodeando su cintura. Flora acariciaba aún la espalda y los hombros, saboreando la delgada firmeza de la piel. Le gustaba sentir su peso sobre ella, el calor de su aliento, el movimiento rítmico de su pecho.

Le gustaba todo en él.

Sus caricias se detuvieron paralizadas por la certeza de la revelación que cruzó su mente y allí quedó, quieta, pesada, inamovible. Ni siquiera se sintió sorprendida. En realidad siempre había sabido que lo amaba. ¿Cómo había podido no reconocerlo antes? Lentamente, sus dedos volvieron a acariciar su cuerpo.

No tenía ningún futuro con Matt. Había sido claro y Flora no se arrepentía de lo sucedido. Hubiera sido más sensato permanecer alejada de él y partir con el orgullo intacto, pero, ¿de qué le serviría el orgullo cuando Paige regresara y ella tuviera que marcharse? Al menos tendría los recuerdos de su relación, un tesoro indestructible al que recurrir. No podía sentirse triste por la noción del final. En realidad, a la satisfacción física se añadía la calma de saber que lo amaba y que no tenía que engañarse más a sí misma.

Flora sabía por instinto que de nada valdría luchar contra el sentimiento. Iba a terminar con el corazón roto, pero lo único en lo que podía pensar era en aprovechar el momento y relegar el futuro como si tuviera todo el tiempo del mundo. Besó el pelo de Matt y éste se estiró y murmuró su nombre, antes de erguirse sobre un codo para mirarla.

– Ha sido increíble -dijo suavemente, apartándole un mechón de pelo de la mejilla. Sus ojos brillaban con una ternura que atenazó el corazón de Flora-. Eres increíble.

– ¿No te arrepientes de no haber leído el informe comercial? -bromeó ella.

La mano de Matt acarició su seno desnudo y sonrió de una manera que hacía correr champán por las venas de Flora.

– ¿Qué crees?

– Siempre puedes recuperarlo ahora.

– Podría, pero siento que mi mente no está del todo en la lectura -respondió Matt junto a su boca.

– ¿Es demasiado tarde para empezar a ser sensatos? -preguntó Flora con una sonrisa feliz.

– Desde luego -Matt asintió mientras Flora se estremecía bajo su boca y sus manos-. Demasiado tarde.

Cuando despertó horas después, Flora dormía dulcemente contra él, con una sonrisa soñadora en los labios. Ojalá estuviera soñando con él, pensó Matt mientras la contemplaba sintiéndose feliz. Normalmente su mente saltaba a las acciones del día en cuanto abría los ojos, pero esa mañana sólo deseaba permanecer junto a ella, viéndola dormir.

Tomó entre sus dedos un mechón y lo acarició para sentir la seda dorada hasta que se dio cuenta de lo que estaba haciendo y dejó de sonreír. Cualquiera que lo viera pensaría que era un hombre enamorado.

Se separó de Flora y se sentó en el borde de la cama, frunciendo el ceño en dirección a la alfombra. Lo último que quería era complicarse la vida enamorándose de alguien. El amor era demasiado confuso, demasiado exigente, algo que escapaba a su control. El amor era un lujo para gente con tiempo. Él tenía que ocuparse de un negocio y el amor estaba completamente fuera de lugar.

¿Era así?

Por primera vez en su vida, Matt no estaba seguro de la respuesta. Desconcertado por su propia vacilación, se puso los pantalones y se inclinó para reunir la ropa que había distribuido por el suelo la noche anterior. Después, aún sin camisa, se sentó de nuevo para mirar a Flora.

No era hermosa, se dijo. La boca era demasiado grande, la nariz tenía demasiada personalidad, la barbilla era demasiado fuerte y orgullosa y la figura demasiado curvilínea. Había conocido a muchas mujeres guapas, pero ninguna le había hecho sentir como Flora. Había algo en ella que hacía que su pecho se contrajera cada vez que la miraba.

Matt miró su reloj. Eran las ocho y media. Tenía que marcharse a la oficina, pero dejaría a Flora durmiendo. Le costaba irse sin decirle adiós. Comprendió con ansiedad que no quería marcharse de su lado.

Se inclinó sobre ella para besarla.

Flora salió de un sueño de sensaciones sensuales para descubrir que Matt la estaba besando realmente. Se estiró con voluptuosa alegría y le sonrió, y Matt tuvo que contener el aliento al ver de nuevo sus brillantes ojos azules.

– Hay que despertar -dijo y se sentó junto a ella para evitar tomarla entre sus brazos.

De pronto, Flora recordó todo lo sucedido y se sintió levemente avergonzada por su desnudez.

– ¿He dormido demasiado?

– Sí -dijo Matt, pero al mirarlo Flora se dio cuenta de que sonreía y su timidez se evaporó. Volvió a estirarse con placer.

– Me levanto en seguida.

– ¿Por qué? -Matt sucumbió a la tentación y le tomó la mano para besar la muñeca caliente.

Flora sintió un escalofrío por su brazo.

– Tengo un jefe tiránico -dijo-. Me monta un número si no llego al alba a trabajar.

– Parece horrible -dijo Matt y besó su brazo hasta el codo-. ¿Por qué sigues con él?

– Oh, no es tan malo cuando lo conoces -bromeó Flora mientras Matt llegaba a su hombro.

– ¿En serio? -preguntó él, alzando la cabeza.

– En serio.

Flora sonrió, le echó los brazos al cuello y lo besó.

Al verla así, sonriente y despeinada, tan deseable, algo atenazó el corazón de Matt y sintió una urgente necesidad de decirle cómo se sentía.

– Flora… -dijo secamente y se detuvo. ¿Qué iba a decirle si él mismo no lo comprendía?

Flora vio la mirada incierta en sus ojos y sonrió con calma:

– Ya sé lo que vas a decir.

– ¿En serio? -una extraña expresión recorrió los ojos verdes de Matt.

– Eso creo -Flora tomó aire-. Creo que intentas decirme que no malinterprete lo sucedido anoche. Creo que pretendes recordarme que nuestro noviazgo es una farsa y que temes que me ponga exigente. Pues no lo haré -siguió al ver que Matt no hablaba-. Soy mayorcita y no espero nada más. Aún después de una noche fabulosa.

– Ya entiendo -dijo Matt con la voz vacía de expresión.

Flora se sintió confundida por su tono.

– Ya sabes -prosiguió-, los dos queremos diferentes cosas en la vida -no sabía por dónde seguir-. Tu prioridad es la empresa y la mía…

– Ver el mundo -terminó Matt.

Flora miró las sábanas revueltas. No podía decirle que lo único que quería hacer ahora era estar a su lado.

– Sí -dijo con cierta tristeza.

Hubo un silencio.

– Sólo quiero decir que lo ocurrido no cambia nada -terminó Flora, sintiendo que no se estaba explicando muy bien.

– ¿De verdad crees eso? -Matt tenía una expresión irónica.

– Sí -repitió Flora deseando convencerse-. Puedo seguir siendo tu secretaria hasta que vuelva Paige y seguiremos trabajando como si no hubiera pasado nada.

– ¿Y cuando no estemos en la oficina?

– Bueno -Flora seguía mirando el edredón color crema-… Tendremos que seguir con el teatro hasta que se marche tu madre. Son pocos días, pero puesto que tenemos que compartir la cama… -miró de reojo a Matt esperando que la ayudara en lugar de dejarla hablar.

Pero Matt se limitaba a mirarla con su expresión enigmática.

– ¿Y bien? -la presionó para que siguiera.

Flora luchó por parecer frívola y natural.

– Pues… ya que ninguno de los dos espera nada del otro… Bueno, ya que hemos empezado… podríamos pasarlo lo mejor posible. Si es que quieres, claro -terminó Flora.

¿Querer?, se dijo Matt con ironía. Estaba claro que Flora sólo deseaba una aventura pasajera. Tanto mejor. Él no estaba preparado para otra cosa.

– Me parece estupendo -y por si no se había explicado, se inclinó a besarla-. Ya tenemos otro trato.

A pesar de su declaración de que trabajarían como si nada hubiera sucedido, Flora pensaba que sería duro estar juntos en la oficina sin tocarse. Pero lo cierto era que había tanto trabajo que sus noches no interferían con sus días.

Matt no la tocaba en la oficina y ninguno hacía referencia a las largas y doradas horas que pasaban juntos, pero a veces sus ojos se encontraban a su pesar. Entonces ninguno sonreía, pero los dos sabían que estaban pensando en la noche de felicidad que les esperaba.

Con cierta perversidad, Flora reconocía que encontraba excitante discutir fríamente de documentos de trabajo con Matt cuando todo su cuerpo temblaba al verlo y cuando le bastaba contemplarlo escribiendo o sujetando un lápiz para revivir la sensación de aquellas manos sobre su piel.

Los días pasaban velozmente entre compromisos y tareas, y de noche el tiempo se detenía y sólo contaba la delicia de estar juntos, explorando con pasión el cuerpo del otro.

Flora sabía que cada vez estaba más enamorada y que nada podía hacer por evitarlo. Nunca hablaban del futuro, temerosos de romper el tiempo mágico de su aventura. Flora no pensaba en qué sucedería cuando Nell se marchara y ya no hubiera necesidad de simular. Sólo pensaba en el final del día, cuando Matt cerraba la puerta del dormitorio y se volvía hacia ella, sonriendo, con los brazos extendidos.

No salían mucho, salvo que Matt tuviera que aparecer en algún acto oficial, y pasaban largas horas en el hotel, riendo, hablando y haciendo el amor.

Para ser alguien con tanto empeño en pasar tiempo con ellos, Nell estuvo particularmente ausente durante aquellos días. Debía ser la persona más sociable del mundo, pues cada noche tenía un compromiso o una invitación y apenas pisaba el hotel, salvo para tomarse una copa con ellos cuando regresaban de la oficina.

Matt y Flora eran demasiado felices como para preguntarse dónde iba cada noche, y casi habían olvidado la naturaleza temporal de su pasión, cuando Nell les recordó la realidad.

– Me marcho mañana, ¿podrás llevarme al aeropuerto, Matt? -preguntó-. El avión sale a las tres.

– Podemos comer juntos -dijo Matt-, y luego te llevaré -vaciló-. Perdona, madre, tendría que haberme acordado. Siento que no me he portado muy bien contigo.

Nell le dedicó una sonrisa amante. Nunca había visto tan feliz a su hijo.

– Te has portado muy bien -dijo-. Hacía tiempo que no me divertía tanto.

Los besó a los dos y salió hacia su reunión, dejándolos silenciosos ante la perspectiva de su partida.

Flora miró el anillo de zafiros de su dedo. Las piedras preciosas parecían hacerle burla.

– Va a ser raro no tener que seguir con la farsa -dijo con torpeza.

– Sí -Matt sentía un repentino dolor en la nuca y fue hasta la ventana para mirar fuera. ¿Por qué tenía que marcharse su madre en aquel momento? Por primera vez desde que era un niño, Matt no tenía ni idea de qué iba a suceder con su vida.

– Deberíamos acordar cómo vamos a romper -insistió Flora con un nudo en la garganta-. Por si alguien lo pregunta.

– Supongo que sí -reconoció Matt sin entusiasmo. ¿Por qué se empeñaba Flora en recordar continuamente su acuerdo? Tenían tiempo hasta el día siguiente.

Flora miró la espalda rígida de Matt con resentimiento creciente. No la estaba ayudando en absoluto.

– Podemos decir que conociste a otra mujer -sugirió-. A nadie le sorprenderá.

– ¡No! -la reacción de Matt fue puramente instintiva y tuvo que darse la vuelta-. ¿Por qué no podemos decir simplemente que cambiamos de opinión?

– Eso no bastará -opinó Flora con lo que Matt consideró un espíritu práctico descorazonador-. Lo primero que preguntará tu madre y el resto del mundo es por qué -hizo una pausa-. Quizás debamos decir que ambos estábamos asustados por la idea del compromiso -era más o menos la verdad, pensó Flora con tristeza.

Matt no contestó. Sólo podía pensar en que Flora volvería a su piso y él se quedaría solo en aquel hotel.

– Hay una alternativa -dijo de pronto.

– ¿Qué quieres decir? -el corazón de Flora dio un brinco.

– Ya sé que acordamos que esto sólo duraría mientras estuviera mi madre, pero tampoco tenemos que anunciar la ruptura. Sería muy raro que siguieras trabajando para mí si nos peleamos -la voz de Matt se resentía del esfuerzo por no parecer demasiado ansioso-. ¿Por qué no esperamos hasta que vuelva Paige y tú te marches a Australia? Sería un momento mucho más lógico.

– ¿Y mientras tanto? -preguntó Flora.

Matt fue hasta ella y le puso las manos en los hombros.

– Mientras tanto, estarás aquí y no tendremos que dar explicaciones. Podemos seguir como hasta ahora -acarició posesivamente la piel desnuda de sus hombros-. Han sido dos semanas buenas, ¿verdad?

– Claro que sí -dijo Flora sin poder negarlo.

– ¿Qué dices entonces? -las manos de Matt acariciaron su cuello-. No quiero atarte, Flora -dijo al verla vacilar-. Tú eres un espíritu libre, ya lo sé. Es una de las cosas que…

Se contuvo a tiempo. ¿Iba a decir realmente «amo en ti»? Seguro que no. Él nunca utilizaba esa clase de palabras vagas y sentimentales.

– Es una de las cosas que más me gusta de ti -siguió-. No nos interesa el compromiso a largo plazo, pero estamos bien juntos y no quiero que termine tan pronto. Pero si tú quieres que lo dejemos ahora -propuso-, haré lo que quieras. Te daré tu dinero y podrás marcharte cuando quieras.

– ¿Y si no quiero marcharme? -había una temblorosa sonrisa en los labios de Flora y al verla Matt sintió que el alivio lo inundaba.

– Quédate conmigo cuando se marche mi madre -pidió.

El tono de urgencia de su voz, apenas encubierto, emocionó a Flora.

– ¿Sin bonificación especial? -dijo, ladeando la cabeza.

– Ni un duro -sonrió Matt-. Quiero que te quedes porque quieres quedarte, no por el viaje.

Flora sabía que cuanto más se quedara, más difícil sería marcharse luego. Pero sabía que iba a ser muy desgraciada cuando se separaran, ¿cómo negarse a unas semanas más de felicidad?

– ¿Hasta que vuelva Paige? -preguntó para estar segura de no alimentar falsas esperanzas.

– Hasta que vuelva Paige.

Flora lo miró y supo que se quedaría tanto tiempo como él le pidiera.

– ¿Qué dices? -la voz de Matt era tranquila, pero Flora sentía su tensión y la seguridad de que la quería con él, aunque fuera sólo un tiempo, le bastaba.

Sonriendo, Flora abrazó la cintura de Matt y dejó que la fortaleza de su cuerpo ahuyentara el temor al futuro.

– Quiero quedarme -dijo.

Al día siguiente fueron a comer con Nell para despedirla. La mujer estaba tan brillante y feliz como siempre y Flora, resplandeciente de alegría, no pudo evitar tomar su mano impulsivamente para estrecharla.

– Vamos a echarte de menos -dijo con afecto.

– Pronto volveré -dijo Nell, emocionada-. Y la próxima vez, quiero escuchar planes de boda reales -miró a su hijo con severidad-. Nada de tonterías sobre el final de un negocio.

– No, mamá.

Nell alzó los ojos al cielo ante su tono obediente.

– A veces me pregunto si te das cuenta de la suerte que has tenido al conocer a Flora.

Matt miró a Flora, luego a su madre y la mirada burlona se evaporó de sus ojos.

– Lo sé -dijo, y Nell asintió, satisfecha por su respuesta.

Entonces se inclinó y sacó una caja de piel de su bolso.

– Quiero que guardes esto -dijo tendiéndosela a Flora.

– ¿Qué es?

– Ábrelo.

Dentro del estuche reposaba un hermoso colgante de diamantes con una cadena de oro bruñida por años de uso.

– Scott me lo regaló cuando nació Matt -dijo Nell con una sonrisa temblorosa-, Pero mi cuello es demasiado viejo para eso y me parece que tú deberías tenerlo, Flora. Quiero que Matt y tú seáis tan felices juntos como lo fuimos Scott y yo.

– Oh, Nell -los ojos de Flora se llenaron de lágrimas. Odiaba aceptar algo tan importante para la madre de Matt, pero cómo podía negarse sin confesar la verdad y herirla profundamente.

– Gracias -fue todo lo que dijo, pero Nell supo que Flora entendía lo que significaba el colgante para ella.

– No te pongas a llorar o me emocionaré -dijo Nell-. Y este es un día feliz. Por fin os deshacéis de mí. Me extraña que no pidas champán, Matt -añadió con una sonrisa irónica.

Matt alzó la mano para atraer la atención del camarero.

– Vamos a tomar champán -esperó a que lo sirvieran y sólo entonces prosiguió, alzando la copa-. Por ti, madre. Gracias -añadió mirándola a los ojos.

– Es gracioso, pero la echo de menos realmente -dijo Flora horas más tarde cuando descansaban en la cama, enlazados-. Apenas nos hemos visto, pero me dolió despedirme.

Matt hizo un sonido poco convencido y Flora lo miró.

– Oh, vamos, no disimules. Tú la adoras. ¿Por qué no puedes decirlo?

¿Por qué? Matt cruzó las manos detrás de su cabeza.

– Supongo que crecí pensando que los hombres no muestran sus emociones -dijo lentamente-. Mi madre siempre se extrañó de que no llorara más cuando murió mi padre, pero tenía miedo de que ella se asustara si le decía cuánto lo echaba de menos.

Flora se acomodó contra su costado y puso la cabeza en su hombro. Matt le pasó el brazo por la espalda para acercarla a él.

– ¿Cómo era? -preguntó Flora.

Matt frunció el ceño.

– Era un hombre ocupado, algo distante. Salvo con mi madre. Incluso de muy pequeño yo era consciente del amor que sentían el uno por el otro. Y pensándolo ahora, creo que me sentía excluido de su intenso vínculo. No digo que mi padre me ignorara, pero no recuerdo gestos afectuosos por su parte. Sólo recuerdo la sensación de que debía hacerlo todo tan bien como él.

Hizo una pausa, recordando el pasado, sintiéndose extrañamente reconfortado por la presencia de Flora a su lado.

– Mi madre conoció a un hombre muy diferente, pero para mí, él siempre fue inaccesible. Lo malo era que yo interpretaba su reserva como indiferencia.

– Estoy segura de que te quería -dijo Flora cariñosamente.

– Desde luego, pero pasé treinta años de mi vida creyendo que no -explicó Matt con una sombra de amargura-. El año pasado un gran amigo de mi padre murió y me dejó sus cartas y al leerlas me di cuenta de lo importante que yo era para él. Le decía a su amigo que me quería, que estaba orgulloso de mí, pero a mí no podía decírmelo.

Flora escuchó el dolor antiguo en su voz y deseó poder consolarlo.

– Tu padre era de otra generación -dijo con la mayor suavidad-. No sabía expresar sus emociones. Mi padre es igual. Le entra sudor frío si alguien empieza a hablar de sentimientos. Si tu padre hubiera vivido te hubiera mostrado de mil maneras lo que eras para él.

Matt guardó silencio, pero Flora sabía que la escuchaba atentamente.

– Es muy triste que tu padre no supiera expresar su amor por ti, pero lo importante era que te quería. No tienes por qué cometer el mismo error que él.

– ¿Qué quieres decir? -preguntó Matt con repentina tensión.

– Tú siempre lo guardas todo dentro de ti, como hacía tu padre. Él al menos hablaba con tu madre y tú no confías en nadie.

Matt pensó que a ella le había contado lo que no había contado a nadie, pero la idea le hizo sentirse incómodo y vulnerable. El problema era que no sabía cómo se sentía y no quería decírselo a alguien que en pocas semanas se habría marchado. En lugar de decir que odiaba la idea de que ella se marchara, habló para poner distancia.

– No he encontrado a nadie en quien confiar -dijo fríamente.

«En mí puedes confiar», quiso decirle Flora. Pero sabía que Matt había ido demasiado lejos al hablar del niño herido por la frialdad paterna y prefirió añadir:

– Ojalá lo encuentres.

Sucedió un par de días después. Matt regresaba de una reunión en el barrio financiero y tenía la cabeza llena de cifras cuando Flora le recibió en el despacho con una serie de recados urgentes.

– Ah, y también Tom Gorsky. Si no quieres llamarlo, puedo hablar con él -dijo Flora mirando sus anotaciones.

Matt no contestó. Se quedó mirándola, asombrado por la repentina conciencia de lo enamorado que estaba de ella. Recordó las palabras que le había dicho a su madre: la miré un día y supe que era la mujer que quería a mi lado.

Se sintió como si alguien le hubiera golpeado en el estómago, dejándolo sin aire. ¿Por qué acababa de darse cuenta? Recordaba tantos momentos en que tendría que haberse dado cuenta de que la quería. Cuando volvían al hotel y Flora se soltaba el pelo y luego lo miraba sonriendo y se lanzaba a sus brazos. Pero no, había tardado semanas en verlo y tenía que ser en el momento en que Flora estaba pensando en citas y compromisos.

– ¿Estás bien? -Flora lo miraba con curiosidad y Matt tuvo que volver al mundo.

– Estoy bien -dijo-. Luego hablaré con Tom.

Estaba a punto de decirle a Flora que la quería, pero le había silenciado su aparente frialdad. Olvidó que habían acordado ser impersonales mientras estuvieran trabajando. En aquel momento, sólo sabía que deseaba abrazarla y no dejarla marchar nunca.

– Tengo que ir a Recursos Humanos -dijo Flora-. No tardaré, pero dime si quieres que haga algo antes.

«Quiero que dejes de ser eficaz», quería gritar Matt. «Quiero que vengas aquí y me beses. Quiero pedirte que te quedes conmigo y te olvides de Australia.»

Flora se puso en pie.

– Pondré el contestador para el teléfono -dijo, interpretando el silencio de Matt como reprobación.

– Puedo contestar yo -replicó éste.

Flora lo miró con desconcierto, pero decidió que era mejor no comentar nada.

– Volveré en diez minutos -dijo y salió del despacho.

Matt seguía absorto mirando la puerta cuando una joven secretaria del departamento de viajes llamó a la puerta. Pareció aterrada cuando lo descubrió a él en lugar de Flora.

– ¿Qué quiere? -gruñó Matt.

– Sólo quería darle a Flora su pasaporte -dijo con nerviosismo-. Ya tiene su visado para Australia. Ella lo quería lo antes posible.

– ¿En serio? -replicó Matt. Por primera vez en su vida, se había enamorado y había elegido perversamente a la única mujer que sólo pensaba en salir huyendo a las antípodas.

Tomó el pasaporte y lo tiró sobre la mesa de Flora mientras la aterrada secretaria se deslizaba fuera. Matt ni se dio cuenta de su partida. Miró con odio el pasaporte un rato y luego se encerró en su despacho.

Cuando Flora regresó, la puerta estaba agresivamente cerrada. Se preguntó qué le pasaría, por qué la había mirado de un modo tan extraño. Al final llamó a la puerta y metió la cabeza, diciendo:

– Ya he vuelto -dijo-. ¿Ha habido llamadas?

– Dos -dijo Matt que estaba mirando por la ventana y se volvió al verla entrar-. Llamó tu amigo Seb. Quiere que lo llames.

– Oh -dijo Flora con timidez. ¿Sería por eso que estaba tan agresivo? ¿Acaso sentía celos de Seb?-. ¿Quién más?

– Paige -Matt se acercó a su mesa, pero no tomó asiento-. Su madre está mucho mejor. Paige piensa que podrá reincorporarse al trabajo en un par de semanas.

Era la noticia que más temía Flora. Miró a Matt con la boca seca:

– ¿Dos semanas?

Sin pensarlo, Matt fue hasta ella y la tomó entre sus brazos.

– Serán dos semanas fantásticas -prometió y Flora intentó sonreír-. Vámonos -añadió Matt con repentina urgencia.

– ¿Adonde?

– Al hotel.

Flora se apartó para mirarlo a la cara.

– Matt, son sólo las tres.

– ¿Y qué? -replicó Matt yendo hacia la puerta-. Es mi compañía y puedo hacer lo que quiero.

Regresaron al hotel y Matt le hizo el amor con una intensidad que los dejó temblando. Más tarde, con Flora entre sus brazos, acariciándole el pelo, Matt deseó decirle que la amaba. Pero tenía miedo de estropear el instante. A lo mejor se sentía presionada, o desconcertada por su cambio de planes.

Matt supo que estaba buscando excusas. La llamada de Seb le había afectado más de lo que quería admitir. Le había recordado cosas que quería olvidar. Que Flora tenía una vida propia, que Seb y ella habían sido amigos y amantes, que otros hombres podían llamarla y entrar en su vida. La verdad era que Matt no quería decirle nada a Flora porque no quería escuchar que ella no lo amaba del mismo modo. Mientras no dijera nada aún podía conservar la esperanza.

De modo que la abrazó en silencio. Esperaría hasta tener la oportunidad de hablar seriamente, largamente.

Pero la oportunidad nunca aparecía y, cuando el teléfono sonó en el despacho de Flora unos días más tarde, aún no le había dicho nada.

Flora contestó, pensando en Matt, en las ganas que tenía de confesarle que lo quería, en el temor de estropear sus últimos días juntos cuando él no estaba dispuesto a hablar del futuro.

Al otro lado de la línea estaba Paige, una Paige que parecía preocupada. Había encontrado a Matt tan frío que quería comentarlo con Flora.

– Sé que parezco tonta, pero me pareció clarísimo que no quiere que vuelva. Estuvo muy cortés, pero era obvio que quiere que tú te quedes, así que pensé en preguntártelo. Si tú también estás a gusto, bueno, yo…

Vaciló y Flora sintió su turbación. Paige era tan leal que estaría dispuesta a retirarse de la competición si sentía que Matt prefería a Flora. Por otra parte, Flora hubiera sentido la tentación de quedarse con el trabajo, de no haber sido Paige su amiga.

– Escucha, Paige -dijo, contenta de que Matt no pudiera oírla-. No pienso quedarme como secretaria de Matt. Si te pareció distante, debe ser porque está preocupado. Aquí nada funciona bien desde que no estás. Pero incluso si me ofreciera el puesto, lo rechazaría.

– ¿Hablas en serio?

– En serio -Flora intentó parecer animosa y positiva, la vieja Flora y no la nueva cuyo corazón sangraba ante la idea de marcharse-. Quiero viajar, ¿recuerdas? Ya he pagado mis deudas y tengo mis planes. Me marcho a Australia, y ¿sabes qué? -añadió para borrar cualquier duda de la mente de su amiga-. ¡Seb se marcha a Singapur! Hablé con él ayer y parece que finalmente vamos a viajar juntos. Me marcho en cuando tú llegues aquí, Paige, te lo prometo. No tengo ganas de perder más tiempo.

Al menos había logrado quitar el peso del ánimo de Paige, se dijo Flora, colgando con una sonrisa triste. Suspiró y se dio la vuelta hacia el ordenador, pero al girarse se encontró con Matt que la miraba desde la puerta con una expresión que le heló el corazón.

Había escuchado toda la conversación.

Capítulo 10

Paralizada por la visión repentina de Matt, Flora sólo acertó a mirarlo a su vez, sin saber qué decir.

– Quería comprobar unas fechas -dijo Matt sin expresión en la voz. Fue hasta su mesa y tomó la agenda que Flora le tendía sin mirarla.

– Matt… -comenzó ella, deseando explicarle que sólo había hablado así para tranquilizar a Paige, pero él se volvió sin escucharla.

– Tengo una conferencia -dijo secamente Matt y se metió en su despacho.

Flora se cubrió el rostro con las manos. ¿Por qué había tenido que entrar Matt en ese instante? Su mirada había sido tan amarga que por primera vez, Flora se había preguntado si no sentiría algo más por ella de lo que expresaba. Tenía que explicarle la razón de su frívola charla con su amiga.

Angustiada, Flora observó las luces del teléfono a la espera de que Matt dejara de hablar. En cuanto colgara, ella entraría y le obligaría a escucharla.

Estaba de pie en el instante mismo en que la luz parpadeó, pero Matt salió antes de que ella diera un paso y era evidente que su actitud no era receptiva. Tenía el rostro endurecido por la ira y no la miraba. Si sentía algo por ella, lo estaba ocultando muy bien.

– Aquí estás -dijo con una voz tan fría que Flora se estremeció-. Un fax debe estar a punto de llegar. Estoy seguro de que te interesa verlo.

– Matt, quiero explicarte que… -suplicó Flora, pero Matt fue a la máquina, dándole la espalda.

– Aquí está -dijo, y retiró el papel tendiéndoselo al instante.

– Esto ha aparecido hoy -sus palabras eran hirientes-. La oficina de Nueva York quiere saber si voy a responder.

Asombrada, Flora tomó la hoja. Era una copia de una página de una revista de cotilleo muy popular y el titular rezaba: «¿Falso noviazgo?». Con desaliento contempló una fotografía en la que estaba con Matt y su madre. Nell sonreía, pero Matt y ella parecían francamente incómodos. Debía ser el día de la partida de Nell, pensó Flora y comenzó a leer:

Matt Davenport, presidente del gigante de la electrónica Elexx, saliendo de un famoso restaurante londinense acompañado por su madre y su prometida, la inglesa Flora Mason.

Aunque no existe anunció oficial, se rumorea con insistencia que Davenport se casará a finales de año con su secretaria, y la joven ha sido vista en su compañía llevando un fabuloso anillo de compromiso. Sin embargo, según una fuente cercana a la pareja, su noviazgo no es más que una farsa. Davenport, de treinta y ocho años, se ha cansado de que su madre, la popular dama de la sociedad, Nell Davenport, le presione para que se case. Su madre ha dominado su vida desde la muerte de su padre, Scott Davenport, cuyo carácter reservado, creó en el joven Davenport una desconfianza permanente hacia la dependencia emocional y un temor a los compromisos a largo plazo. Con el falso compromiso, la intención era contentar a la madre y tener paz durante unos meses.

Últimamente se había asociado al millonario con la modelo británica Venezia Hobbs. Pero al parecer éste llegó a un acuerdo con su secretaria, que lleva unos meses trabajando para él. Los amigos de la joven Mason se extrañaron al saber de su compromiso y sus padres niegan estar informados. «No sabíamos nada», declaró su madre al ser preguntada al respecto.

– ¡Oh, Dios mío! -Flora se llevó la mano a la boca y se dejó caer en la silla, abrumada-. ¡Han hablado con mi madre! ¡Va a matarme! -alzó los ojos horrorizados hacia Matt cuyo rostro parecía esculpido en granito-. ¿De dónde han sacado todo esto?

– Esa es mi pregunta -dijo Matt con voz glacial y Flora abrió la boca al darse cuenta de lo que insinuaba.

– ¿No pensarás…? ¡No puedes creer que yo tengo algo que ver con esto!

– Bueno, yo desde luego no he hecho confidencias a Sebastian Nichols -dijo Matt, escupiendo cada palabra como si le asqueara pronunciarlas.

– ¿Seb? ¿Qué tiene que ver él? -la mirada asustada de Flora fue hasta el pie de la noticia. Allí, blanco sobre negro, estaba el nombre de su amigo-. Oh, ¿cómo ha podido? ¿Cómo ha podido?

La boca de Matt mostró todo su desprecio.

– ¿Qué te extraña? ¿Creíste que no lo contaría? Nadie puede ser tan idiota como para pensar que un reportero no va a contar una noticia tan buena.

– Pero yo no le dije nada. Nunca le conté a Seb que lo nuestro no era real.

– ¿Lee la mente, entonces? -Matt estaba pálido y su única intención era soltar toda su amargura y su decepción-, ¿Por eso quería hablar contigo? ¿Para comentar los detalles? ¿Quería saber el nombre de mi padre o preguntarte si ponía que estoy traumatizado o sólo deprimido?

Flora se llevó las manos a los oídos para no seguir escuchándolo.

– Matt, escucha -dijo con desesperación-. Lo siento mucho, pero Seb no lo obtuvo de mí.

– No te creo -dijo Matt sin pestañear-. Sólo tú y yo sabemos los detalles de esta historia -las arrugas de su rostro se habían acentuado-. Es irónico que la primera vez en que hablo de mi padre, lo haga con alguien que salta de la cama para contárselo todo a un periodista.

Se dio la vuelta, incapaz de soportar el dolor del rostro de Flora. Le estaba mintiendo, como le había mentido desde el principio.

– Toda tu simpatía para que abriera mi corazón funcionó, ¿verdad?

Flora sintió que estaba atrapada en una pesadilla.

– Escucha, todo esto es un error terrible…-comenzó, pero Matt no la dejó continuar.

– Sí, desde luego -su voz era tan hiriente que Flora cerró los ojos-. He cometido un gran error al confiar en ti.

– Matt, por favor…

– ¡No! -la palabra escapó de sus labios, como un estallido y se volvió hacia ella-. ¿Cómo crees que va a sentirse mi madre cuando lea esto? ¡Todos sus amigos deben estar llamándola a Italia para decírselo! Pero a ti, ¿qué te importa? -añadió furiosamente-. Te marchas a viajar con Seb que sin duda ha pagado el billete con toda esta basura.

– No me voy -dijo Flora, que empezaba a marearse de desesperación. No podía creer que aquel hombre extraño e implacable, aquel enemigo, era Matt, el mismo que la había abrazado toda la noche y que le había hecho el amor con una ternura que casi la hace llorar.

– ¡Pues eso le estabas diciendo a Paige hace un momento! -Matt la miró con creciente desprecio-. ¿O es que vas a negar lo que he escuchado?

– No… esto, sí, oíste eso, pero no era…

– No sé qué me extraña tanto -la interrumpió Matt con amarga burla-. Nunca has ocultado lo que querías, ¿verdad, Flora? Incluso te vi con Seb en la calle. Pero todo el tiempo pensé como un imbécil que las semanas que pasamos juntos contaban más que el dinero fácil para marcharte. Supongo que yo tengo la culpa.

Sin esperar una respuesta, fue hasta su despacho, seguido por Flora que temblaba y seguía sin creer lo que estaba sucediendo.

– Matt -dijo con impotencia, pero él ya estaba garabateando algo en un cheque, antes de arrancarlo con furia.

– Toma -dijo, casi tirándoselo-. Creo que te parecerá justo. Incluso he incluido todas esas noches de trabajo extra. Espero que estés fuera de Londres al menos hasta que yo me marche a Nueva York.

El color se retiró del rostro de Flora.

– ¿Eso es todo? -preguntó sin mirar el cheque que sostenía.

– ¿Quieres más?

– Sólo he pedido la oportunidad de explicarme -y de pronto, la rabia tomó el lugar de la desesperación y Flora gritó a su vez-: Tienes razón, ¿para qué voy a explicar nada? No te importa otro punto de vista que el tuyo. En ningún momento has supuesto que puedas estar equivocado, ¿verdad, Matt?

Matt quiso hablar, pero la furia de Flora se había desatado.

– Si de verdad crees que soy capaz de llamar a un reportero y contarle todos nuestros secretos, ¡perfecto! Prefiero no verte más. Pero te diré algo -añadió con el mismo enfado-: Jamás hubiera contado la historia de tu padre porque no tiene el menor interés. Es patético que un hombre adulto sea incapaz de expresar la menor emoción. Echas la culpa a tu padre, pero eso es la salida fácil. ¡Mucha gente crece con problemas más graves sin volverse un monstruo arrogante y egoísta!

– Ya has dicho lo que querías -dijo Matt-. Será mejor que te marches.

– No te preocupes, me marcho -Flora estaba tan indignada que no veía, pero buscó su pasaporte entre sus papeles y lo guardó.

Después estudió el cheque con deliberada atención.

– No es exactamente dinero fácil -dijo con maldad-. Pero me vendrá bien.

En la puerta, Flora lo miró por última vez. Matt estaba apoyado en la puerta de su despacho, con un aspecto de tristeza como no había visto nunca. Sintió el impulso ridículo de correr a consolarlo, pero supo que la rechazaría con odio. Quería perderla de vista, nada más.

– Adiós, Matt -dijo, asombrada de la calma fría que había en su propia voz-. Sabes, me alegro de que esto haya sucedido. Tenía miedo de haberme enamorado de ti, pero ahora sé que eran imaginaciones. No eres capaz de expresar emociones, porque no las sientes. Por eso, es imposible quererte -dijo y se dio la vuelta, saliendo del despacho.

– ¡Flora! -Matt corrió tras ella, sin saber qué quería decirle, consciente sólo del temor a perderla-. ¡Flora! -gritó de nuevo, pero ella estaba ya en los ascensores y ni siquiera se había vuelto.

Matt soltó un taco y volvió a su despacho, cerrando con un portazo que hizo temblar el edificio. No iba a correr detrás de ella. Él no tenía nada que reprocharse y era Flora la que le había traicionado. Y luego se había ido sin una disculpa.

El artículo seguía sobre la mesa de Flora. Matt lo arrugó con un gesto de rabia y luego, repentinamente hundido por la desesperación, cayó sobre un asiento y se escondió la cara entre las manos.

Tenía que hablar con su madre y contarle los hechos antes de que leyera el artículo. No sabía qué iba a decirle. Sólo sabía que una hora antes Flora canturreaba alegremente en la oficina y que ahora se había marchado para siempre.

Flora esperaba sus maletas en el aeropuerto de Sydney. «Estoy en Australia» se repetía una y otra vez, pero no podía aceptarlo. Tantos meses, años incluso, soñando con sus viajes y lo único en lo que pensaba era en lo lejos que estaba de Matt.

Tocó el anillo que llevaba colgado del cuello como si fuera un talismán. Su primer impulso había sido enviárselo a Matt, pero él había insistido en que se lo quedara. Tampoco podía llevarlo en el dedo, de manera que decidió colgárselo del cuello, y allí estaba mientras el recuerdo de Matt se retorcía en su interior como un cuchillo.

Desde que Flora salió aquella terrible tarde, ocho días atrás, de las oficinas de Elexx, había estado sumida en tal desesperación que apenas si había sido consciente de sus movimientos y decisiones. Se sentía anestesiada mientras guardaba su ropa en el hotel, tomaba un taxi a la estación y el primer tren a Yorkshire. Su tristeza era tan honda que ni siquiera lloró cuando su madre fue a recogerla en su pueblo.

Y la misma tristeza la había mantenido sin lágrimas durante el viaje agotador hasta Sydney. Nada le parecía real. Lo único real era Matt, el calor de su sonrisa, sus manos y sus ojos. Flora se sentía completamente separada del mundo si estaba lejos de él y ya no sabía ni sentir algo que no fuera dolor.

Le dolía su ausencia con un dolor tan agudo y persistente que a veces le impedía respirar. El dolor era lo único que vivía en ella, y temía que un día desapareciera, dejando sólo el vacío y la inexistencia.

Había dejado a Matt atrás, eso lo sabía. Él no había intentado buscarla cuando se marchó. Y si de verdad creía que ella tenía algo que ver con el artículo, Flora prefería que no la encontrara.

Eso se dijo cuando llegó al aeropuerto de Londres y vio que Matt no estaba. Era una locura, pero hasta el último momento había esperado que él la buscara y le impidiera marcharse. Y allí estaba, en Australia, intentando recordar cómo era antes de conocer a Matt, cuando podía vivir sola y disfrutar de la vida.

Por fin apareció su maleta y Flora tiró de ella para ponerla en el carrito. No tenía ni idea de cuál era el paso siguiente y de pronto le entró un pánico tan profundo que sólo pudo aferrarse al carro, mirando al vacío. ¡No quería estar allí! Quería estar en Londres, con Matt, abrazada a él en la cama.

Se dio cuenta de que varios viajeros la miraban con curiosidad. Flora hizo un esfuerzo sobrehumano para moverse. No podía seguir allí. Así que suspiró y se dirigió hacia la salida. No tenía nada que declarar, salvo un corazón roto, y no creía que el policía de aduanas estuviera interesado en eso.

Y después salió, indiferente a los gritos y empujones de la gente que había ido a esperar a familiares y amigos. Ella bajó la vista y empujó el carro, segura de que nadie la esperaba.

El dolor atenazó su corazón como una garra cruel, pero se esforzó en no llorar. Había pasado días con un frío glacial que le impedía llorar y no iba a empezar en Australia. Tenía que resistir.

– ¿Flora?

Junto con su nombre reconoció la voz americana, tan parecida a la de Matt que su corazón dio un vuelco. Se estaba volviendo loca, hasta el punto de tener visiones. Apretó el paso, intentando escapar de los fantasmas de su mente.

– ¡Flora! -esta vez había alguien a su lado, y una mano tocaba su hombro.

Flora se quedó helada. No podía ser Matt. Se giró muy despacio, temiendo la terrible decepción. Pero allí estaba, tan alto y guapo como lo recordaba. Los mismos ojos verdes, el mismo gesto severo que tanto le gustaba. Nadie tenía una boca como aquella.

Lo miró, incrédula, renuente a reconocer que estaba allí, con la expresión incierta, como si él tampoco creyera que la había encontrado.

– ¿Matt? -la voz de Flora era un hilo y tenía los nudillos blancos de tanto apretar el carrito.

Matt asintió. No podía hablar. Sólo podía mirarla, mirar su rostro más delgado, sus ojos oscurecidos por la tristeza. Pero era Flora, al fin.

– Tenía miedo de que te escaparas -dijo de pronto. Carraspeó, pero había empezado y ya no quería callarse-. Llevo horas esperando que atravieses esa puerta. Empezaba a creer que no te había visto, que habías salido entre la multitud y que te había perdido para siempre.

Flora se sentía desconectada del mundo. Oía sus palabras, pero no las entendía. Nada tenía sentido. Se humedeció los labios.

– ¿Qué haces aquí?

– Tenía que verte -dijo Matt, olvidando que estaban en medio del vestíbulo, molestando a la gente-. Tenía que explicarme, disculparme -de pronto, cerró los ojos, agotado-. Dios mío, cómo me alegro de verte. Te he echado tanto de menos. Tenía que verte para decirte cuánto te quiero.

Y de pronto, tras haber dicho lo que había ido a decir, se quedó callado, mirando a Flora con los ojos oscurecidos por la ansiedad.

– Oh, Matt… -Flora susurró mientras sus palabras iban entrando poco a poco en su cerebro y en su corazón y empezaba a creer que era verdad. Las lágrimas que había contenido tanto tiempo se deslizaron por sus mejillas. ¡La quería! ¡Había dicho que la quería!-. Oh, Matt… -no podía decir otra cosa. Dejó el carrito y dio un paso hacia él, tan insegura como si fueran sus primeros pasos, asustada de estar soñando, o engañándose-. Oh, Matt… -repitió y lo buscó ciegamente y sintió su abrazo, tan fuerte que no podía respirar, pero no quería respirar, sino colgarse de él como si pudiera desvanecerse.

Tenía el rostro hundido en su hombro y Matt besaba su cabello con desesperación.

– Te amo, te amo, te amo -repitió con voz llena de emoción-. No puedo creerme que te abrace de nuevo. Por fin. He recorrido medio mundo para encontrarte, Flora -dijo-. Dime que tú también me quieres.

– Te quiero -exclamó Flora, pero no dejaba de llorar, besando su cuello, su mejilla, cuanto alcanzaba de él-. Oh, Matt, he sido tan desgraciada. Sólo he pensado en ti y ahora estás aquí y no puedo ni creerlo. Sé que es el momento más feliz de mi vida y no puedo dejar de llorar.

Matt se separó para mirarle el rostro lleno de lágrimas. Muy dulcemente, le limpió las mejillas con los pulgares.

– Dilo otra vez -pidió-. Dime que me quieres.

– Te quiero -repitió con más firmeza Flora y por fin Matt comprendió que todo podía salir bien. Sus ojos se iluminaron y sonrió, exultante, antes de besarla con fuerza, un beso tan frenético y profundo que hablaba de toda su soledad y su temor, y el sufrimiento de la separación.

– Flora, siento tanto lo que te dije -reconoció Matt cuando pudo hablar, sujetándola por las manos.

– No importa -comenzó Flora, pero él la detuvo.

– Sí importa. Debí haber confiado en ti. Sé cómo eres y que nunca harías algo así. Pero cuando me dijeron lo de Seb y el artículo, la ira me impidió pensar.

Apretó las manos de Flora, deseando que comprendiera.

– Nunca le había hablado a nadie de mi padre. Me pareció que cuando empezaba a confiar en alguien, me traicionaba. Pero sobre todo estaba enfermo de celos -sonrió con ironía-. Llevaba días reuniendo el valor para decirte que te quería, y de pronto te oigo contarle a Paige que te marchas con Seb. Y un minuto después me hablan de un artículo en el que Seb habla de nosotros, todo parecía tan coherente.

– Matt -dijo Flora suavemente-, ¿cómo podías creer que quería estar con otro después de las semanas que habíamos pasado juntos? ¿No te bastaba con besarme para saber cuánto te quería?

– No estaba seguro -admitió Matt abrazándola de nuevo y apoyando la mejilla en su pelo-. No me atrevía a hablarte de mis sentimientos. ¿Te acuerdas de lo que dijiste al marcharte? ¿Que no era posible amarme? -acalló la protesta de Flora-. Sé que no querías decir eso, pero es lo que he creído siempre desde que murió mi padre. Crecí pensando que él no me había querido y que nadie lo haría.

– Matt, lo siento tanto -murmuró Flora-. Yo sólo buscaba algo que te hiciera daño, porque me habías herido.

– Ya lo sé -repitió Matt besando su cabello-. Pero no tardé mucho en comprender que te equivocabas. Sí que tengo sentimientos y todos te pertenecen.

Flora echó la cabeza hacia atrás para mirarlo.

– Cuando me oíste hablar con Paige no decía la verdad. Sólo quería asegurarle que no pensaba quedarme con su trabajo.

– Ya me lo dijo -dijo Matt y Flora lo miró con sorpresa.

– ¿Te lo dijo? ¿Has hablado con Paige de esto?

– He aprendido a expresar mis emociones y ya no paro -rió Matt-. Estaba desesperado por encontrarte y pensé que ella me ayudaría.

Al darse cuenta de que estaban entorpeciendo el tráfico, Matt empujó el carrito sin soltar por ello a Flora.

– Salgamos de aquí -dijo-. Te contaré el resto camino del hotel.

– Tardé una noche en comprender cuánto te necesitaba -prosiguió Matt cuando se encontraron en el interior de un taxi-. Me daba igual el artículo, tu relación con Seb, todo. Sólo quería verte.

Tomó la mano de Flora y le besó los dedos antes de seguir con su narración:

– Lo primero que hice fue ir a tu casa a la mañana siguiente, pero no había nadie. Tenía la sensación de que te habrías marchado de Londres y pensaba que igual estabas con tus padres. Sabía que eras de Yorkshire y nada más. Recordé que Paige es tu amiga y la llamé sin fijarme mucho en la diferencia de horario. Creo que la desperté en mitad de la noche, contándole mi historia y suplicando que me ayudara a encontrarte.

Flora rió por primera vez, imaginando la reacción de Paige al descubrir los sentimientos ocultos de su severo y eficaz jefe.

– ¿Se asombró mucho?

– Bueno, no se lo esperaba -sonrió Matt-. Pero hace falta más que eso para desconcertar a Paige. Recordaba que vivías cerca de York, pero no tenía las señas de tus padres. Me disponía a buscar todas las iglesias medievales del condado cuando mamá llamó.

– ¡Nell! -Flora se llevó la mano a la boca. No había dejado de pensar en el disgusto de Nell-. ¡Pobrecita! ¿Estaba muy disgustada por el artículo de Seb?

– Mucho más lo estuvo al saber que te había perdido -dijo Matt con un gesto divertido-. No me hablaba así desde que era pequeño. No voy a contarte el colorido de la conversación, pero me describió como un completo imbécil que había echado a perder lo mejor que le había sucedido en la vida. Y después de ponerme a la altura de su zapato, admitió que era todo culpa suya.

– ¿Culpa suya?

– Al parecer se encontró con Seb en una recepción en Londres. Él se presentó, dijo que era amigo tuyo y olvidó mencionar que era periodista. Mi madre siempre ha tenido debilidad por los jóvenes encantadores y parece que Seb estuvo encantador. Es tan indiscreta que no tardó nada en contarle toda nuestra vida, incluida su versión de mi trauma con mi padre.

Flora miró a Matt con expresión primero absorta y luego alerta:

– Pero Nell no pudo contarle a Seb que estábamos fingiendo. No lo sabía.

– ¿Eso crees? -la sonrisa de Matt era sarcástica-. Siempre olvido lo fácil que es infravalorar a mi madre -dijo con cierto pesar-. Lo supo todo desde el principio. Pero también supo que estaba enamorado de ti antes de que lo supiera yo.

Flora recordó la mirada lúcida, a veces desconcertada de Nell.

– A veces, me pregunté… Pero no tiene sentido. ¿Por qué no dijo nada si pensaba que mentíamos?

– Porque mi madre es mi madre y decidió que sólo nos faltaba un pequeño empujón en la dirección correcta. Le gustaste desde el primer momento, así que simuló estar convencida, y se quedó una semana más para estar segura de que nos conocíamos a fondo. Por eso se pasaba las noches fuera. Quería que estuviéramos más tiempo fingiendo. Y funcionó, ¿verdad?

Se miraron sonriendo, recordando las largas noches de verano que habían pasado haciendo el amor, enamorándose.

– Sí -dijo Flora en voz baja-. Funcionó.

Más tarde, se apoyó en el balcón de la habitación del hotel que daba sobre el puerto de Sydney, contemplando la Ópera, con sus tejados extraordinarios y el famoso puente. Pequeños barcos cruzaban la bahía y al fondo un grupo de veleros iniciaba una regata con las velas al viento, cortando las aguas azules.

Flora sintió el júbilo de la mañana en sus huesos. Se había duchado y con el agua se habían borrado las huellas de la tristeza y el cansancio del viaje. Se sentía llena de energía, fresca y con los sentidos despiertos. El cielo tenía un azul brillante y transparente, y el mismo aire parecía vibrar de vitalidad… o quizás fuera la alegría que bailaba en todo su ser. Matt la abrazó por detrás y Flora se apoyó en su pecho sonriendo al sentir un beso en el cuello.

– No me has dicho cómo me encontraste.

Matt apoyó la barbilla en su cabeza.

– ¿Por dónde iba? Ah, sí, la llamada de mi madre. Eso me aclaró muchas cosas, pero seguía sin saber cómo encontrarte. Así que llamé a la única persona que nos podía ayudar: Seb.

– ¿Llamaste a Seb? -Flora se dio la vuelta para mirarlo con incredulidad.

– Pensé que tendría el número de tus padres.

– Pero, ¿cómo podías hablar con él después de lo que había escrito?

Matt se encogió de hombros. Le costaba creer en su propia furia ahora que abrazaba a Flora.

– Me daba igual con tal de encontrarte -dijo-. Seb confirmó más o menos lo que me había dicho mi madre. Cómo completó con la imaginación lo que le contó Nell.

– Qué canalla -dijo Flora, intentando indignarse, pero completamente indiferente ante la idea de Seb.

– No pudo resistirse a la tentación de publicar lo que había descubierto, y por si sirve de algo, se disculpó -y viendo que Flora seguía sin convencerse-. El caso es que le prometí las entrevistas en profundidad que quisiera si me decía dónde vivían tus padres. Luego tuve que decidir qué iba a decirte. No podía llamarte, porqué te había tratado demasiado mal, así que decidí ir a verte. Llegué a York, a tu casa, cuando no había nadie. Esperé horas y al fin regresaron tus padres: venían de llevarte a la estación. ¡Puedes imaginar cómo me sentí entonces!

– Si hubiera sabido que ibas a venir -suspiró Flora abrazando su cintura-. Era tan infeliz que no sabía qué hacer. Mi padre me convenció de ir a Australia, como había pensado, y él mismo me consiguió un vuelo.

– Ya lo sé. Les expliqué lo ocurrido a tus padres y me dijeron en qué vuelo estabas. Mi idea era buscarte en Londres antes de que te fueras, pero pensé en las ganas que tenías de ver el mundo y que quizás, si nos encontrábamos aquí, podíamos empezar de nuevo, lejos de todo. Por eso tomé el vuelo de Sydney esa misma noche.

Matt sonrió al recordar.

– Siempre llevo el pasaporte, en eso no tuve problema. Pero tuve que comprar ropa al llegar. Desde ayer no he hecho más que esperarte y han sido las horas más largas de mi vida, Flora -le acarició el pelo-. No puedo explicarte cómo me he sentido al verte aparecer después de tanto tiempo.

– Y aquí estamos -dijo Flora y lo miró con tanto amor que Matt tuvo que besarla.

– Aquí estamos -repitió lentamente y se preguntó si ella llegaría a saber algún día cuánto la amaba.

– Los dos solos -rió Flora besándole en la barbilla-. Sin nada que hacer…

Matt rió a su vez.

– Bueno, se me ocurre una cosa que hacer.

– Muy bien -susurró Flora en su oído-. Puedes llamar a tu madre y decirle que al fin tiene posibilidades de ser abuela.

– Podría -asintió Matt y la tomó de la mano, llevándola a la cama-. Pero lo haremos después.

Mucho más tarde, Flora se estiró con alegría bajo las posesivas manos de Matt.

– ¿Y todas esas historias que inventamos para Nell fueron una pérdida de tiempo?

– Oh, no lo sé -dijo Matt, simulando reflexionar-. No tenemos que planear la boda porque ya sabemos que será en la iglesia medieval y luego en tu casa, decorada con…

– Muchísimas flores -rió Flora-.Y ya no necesito anillo -señaló la cadena en su cuello.

– Es verdad -sonriendo, Matt abrió la cadena y dejó caer el anillo en su mano. Con gestos dulces, se lo colocó en el dedo-. Te quiero -dijo, mirándola a los ojos.

– Yo también te quiero -respondió Flora y le ofreció sus labios para un beso dulce y largo.

– Y tampoco tenemos que perder el tiempo hablando de la luna de miel -recordó Matt-. ¿Qué le dijiste a mi madre?

– Ya sabes, dunas y atardeceres, y estar horas tumbados escuchando caer los cocos…

– Eso es -Matt acarició el vientre desnudo de Flora-. Y todas esas noches tropicales…

– Creo recordar que dije algo de divorciarme si se te ocurría llamar al trabajo -le advirtió Flora, estremeciéndose bajo su caricia.

Al sentir su respuesta, Matt sonrió.

– ¿No podemos negociar eso? Tendré que hacer un par de llamadas, pero supongo que pueden vivir sin mí una temporada. Yo no puedo vivir sin ti -añadió y le besó un hombro.

– Podremos llegar a un acuerdo -se contentó Flora-. Somos muy buenos llegando a acuerdos.

Sintió la risa que sacudía el cuerpo de Matt.

– Es verdad -dijo-. Y tú tenías razón desde el primer momento.

– ¿Tenía?

– ¡Dijiste que estábamos hechos el uno para el otro el primer día que nos conocimos! -le recordó Matt-. Y así es, amor mío, así es.

Jessica Hart

***