/ Language: Español / Genre:antique

Harry Potter y la Orden del Fénix

J Rowling


www.lectulandia.com - Página 1

Las  tediosas  vacaciones  de  verano  en  casa  de  sus  tíos  todavía  no  han

acabado  y  Harry  se  encuentra  más  inquieto  que  nunca.  Apenas  ha  tenido

noticias de Ron y Hermione, y presiente que algo extraño está sucediendo en

Hogwarts.  En  efecto,  cuando  por  fin  comienza  otro  curso  en  el  famoso

colegio de magia y hechicería, sus temores se vuelven realidad. El Ministerio

de Magia niega que Voldemort haya regresado y ha iniciado una campaña de

desprestigio  contra  Harry  y  Dumbledore,  para  lo  cual  ha  asignado  a  la

horrible  profesora  Dolores  Umbridge  la  tarea  de  vigilar  todos  sus

movimientos.  Así  pues,  además  de  sentirse  solo  e  incomprendido,  Harry

sospecha  que  Voldemort  puede  adivinar  sus  pensamientos,  e  intuye  que  el

temible  mago  trata  de  apoderarse  de  un  objeto  secreto  que  le  permitiría

recuperar su poder destructivo.

www.lectulandia.com - Página 2

J.K. Rowling

Harry Potter

y la Orden del Fénix

ePUB v2.0

Elvys 01.03.11

www.lectulandia.com - Página 3

Título original: Harry Potter and the Order of the Phoenix

Traducción: Gemma Rovira Ortega

Portada: Dolores Avendaño

J.K. Rowling, 2003. Salamandra, 2004

ISBN: 84-7888-746-6

www.lectulandia.com - Página 4

para Neil, Jessica y David,

que hacen mágico mi mundo

www.lectulandia.com - Página 5

www.lectulandia.com - Página 6

1

Dudley, dementado

El  día  más  caluroso  en  lo  que  iba  de  verano  llegaba  a  su  fin,  y  un  silencio amodorrante  se  extendía  sobre  las  grandes  y  cuadradas  casas  de  Privet  Drive.  Los coches,  normalmente  relucientes,  que  había  aparcados  en  las  entradas  de  las  casas estaban  cubiertos  de  polvo,  y  las  extensiones  de  césped,  que  solían  ser  de  un  verde esmeralda,  estaban  resecas  y  amarillentas  porque  se  había  prohibido  el  uso  de

mangueras  debido  a  la  sequía.  Privados  de  los  habituales  pasatiempos  de  lavar  el coche y de cortar el césped, los habitantes de Privet Drive se habían refugiado en el

fresco interior de las casas, con las ventanas abiertas de par en par, en el vano intento de atraer una inexistente brisa. El único que se había quedado fuera era un muchacho

que estaba tumbado boca arriba en un parterre de flores, frente al número 4.

Era  un  chico  delgado,  con  el  pelo  negro  y  con  gafas,  que  tenía  el  aspecto

enclenque  y  ligeramente  enfermizo  de  quien  ha  crecido  mucho  en  poco  tiempo.

Llevaba unos vaqueros rotos y sucios, una camiseta ancha y desteñida, y las suelas de

sus zapatillas de deporte estaban desprendiéndose por la parte superior. El aspecto de

Harry  Potter  no  le  granjeaba  el  cariño  de  sus  vecinos,  quienes  eran  de  esa  clase  de gente que cree que el desaliño debería estar castigado por la ley; pero como el chico

www.lectulandia.com - Página 7

se  había  escondido  detrás  de  una  enorme  mata  de  hortensias,  esa  noche  los transeúntes no podían verlo. De hecho, sólo habrían podido descubrirlo su tío Vernon

o su tía Petunia, si hubieran asomado la cabeza por la ventana del salón y hubieran

mirado hacia el parterre que había debajo.

En  general,  Harry  creía  que  debía  felicitarse  por  haber  tenido  la  idea  de

esconderse allí. Quizá no estuviera muy cómodo tumbado sobre la dura y recalentada

tierra,  pero  al  menos  en  aquel  lugar  nadie  le  lanzaba  miradas  desafiantes  ni  hacía rechinar  los  dientes  hasta  tal  punto  que  no  podía  oír  las  noticias,  ni  lo  acribillaba  a desagradables preguntas, como había ocurrido cada vez que había intentado sentarse

en el salón para ver la televisión con sus tíos.

De  pronto,  como  si  aquel  pensamiento  hubiera  entrado  revoloteando  por  la

ventana abierta, se oyó la voz de Vernon Dursley, el tío de Harry.

—Me alegro de comprobar que el chico ha dejado de intentar meterse donde no lo

llaman. Pero ¿dónde andará?

—No lo sé —contestó tía Petunia con indiferencia—. En casa no está.

Tío Vernon soltó un gruñido.

—«Ver las noticias»… —dijo en tono mordaz—. Me gustaría saber qué es lo que

se trae entre manos. Como si a los chicos normales les importara lo que dicen en el

telediario.  Dudley  no  tiene  ni  idea  de  lo  que  pasa  en  el  mundo,  ¡dudo  que  sepa siquiera cómo se llama el Primer Ministro! Además, ni que fueran a decir algo sobre

su gente en nuestras noticias…

—¡Vernon! ¡Chissst! —le advirtió tía Petunia—. ¡La ventana está abierta!

—¡Ah, sí!… Lo siento, querida.

Los  Dursley  se  quedaron  callados.  Harry  oyó  la  cancioncilla  publicitaria  que

anunciaba los cereales Fruit'n'Bran mientras observaba a la señora Figg, una anciana

chiflada  amante  de  los  gatos  que  vivía  en  el  cercano  paseo  Glicinia  y  que  en  ese momento  caminaba  sin  ninguna  prisa  por  la  acera.  Iba  con  el  entrecejo  fruncido  y refunfuñaba,  y  Harry  se  alegró  de  estar  escondido  detrás  de  las  hortensias,  pues últimamente a la señora Figg le había dado por invitarlo a tomar el té cada vez que se

lo  encontraba  en  la  calle.  Ya  había  doblado  la  esquina  y  se  había  perdido  de  vista cuando la voz de tío Vernon volvió a salir flotando por la ventana.

—¿Y Dudders? ¿Ha ido a tomar el té?

—Sí,  a  casa  de  los  Polkiss  —respondió  tía  Petunia  con  ingenuidad—.  Tiene

tantos amiguitos, es tan popular…

Harry  hizo  un  esfuerzo  y  contuvo  un  bufido.  Los  Dursley  estaban  en  la  inopia respecto  a  su  hijo  Dudley.  Se  habían  tragado  todas  esas  absurdas  mentiras  de  que durante las vacaciones de verano cada tarde iba a tomar el té con diferentes miembros

de su pandilla. Harry sabía muy bien que Dudley no había ido a tomar el té a ninguna

parte: todas las noches él y sus amigos se dedicaban a destrozar el parque, fumaban

www.lectulandia.com - Página 8

en las esquinas y lanzaban piedras a los coches en marcha y a los niños que pasaban por la calle. Harry los había visto en acción durante sus paseos nocturnos por Little

Whinging, pues había pasado la mayor parte de las vacaciones deambulando por las

calles y hurgando en los cubos de basura en busca de periódicos.

Las primeras notas de la sintonía que anunciaba el telediario de las siete llegaron

a los oídos de Harry, y se le contrajo el estómago. Quizá esa noche, por fin, tras un

mes de espera…

—Un número récord de turistas en apuros llena los aeropuertos, ya que la huelga

de los empleados españoles del servicio de equipajes alcanza su segunda semana…

—Ponerlos a dormir la siesta el resto de su vida, eso es lo que haría yo con ellos

—gruñó tío Vernon cuando el locutor todavía no había terminado la frase, pero daba

igual lo que dijera: fuera, en el parterre, Harry se relajó. Si hubiera pasado algo, era

evidente que lo habrían contado al inicio del telediario; la muerte y la destrucción son

más importantes que los turistas en apuros.

Harry  suspiró  lenta  y  profundamente  y  miró  hacia  el  cielo,  de  un  azul  intenso.

Aquel  verano  había  experimentado  lo  mismo  todos  los  días:  la  tensión,  las

expectativas,  el  alivio  pasajero,  y  luego  otra  vez  la  tensión…  Y  siempre,  cada  vez más insistente, la pregunta de por qué no había pasado nada todavía.

Siguió  escuchando  por  si  descubría  alguna  pequeña  pista  que  pudiera  haber

pasado  desapercibida  a  los   muggles:  una  desaparición  sin  resolver,  quizá,  o  algún extraño accidente… Pero después de la noticia de la huelga de empleados del servicio

de equipajes, dieron otra sobre la sequía que asolaba el sudeste del país («¡Espero que

el  vecino  de  al  lado  esté  escuchando!  —bramó  tío  Vernon—.  ¡Ya  sé  que  pone  los aspersores en marcha a las tres de la madrugada!»); luego, otra de un helicóptero que

había estado a punto de estrellarse en un campo de Surrey; y, a continuación, la del

divorcio  de  una  actriz  famosa  de  su  famoso  marido  («Como  si  nos  interesaran  sus sórdidos  asuntos  privados»,  comentó  con  desdén  tía  Petunia,  que  había  seguido  el caso  obsesivamente  en  todas  las  revistas  del  corazón  a  las  que  había  podido  echar mano).

Harry cerró los ojos al intenso y resplandeciente azul del anochecer y oyó que el

locutor decía:

—Y  por  último,  el  periquito  Bungy  ha  descubierto  una  novedosa  manera  de

refrescarse  este  verano.  Bungy,  que  vive  en  el  Cinco  Plumas  de  Barnsley,  ha

aprendido  a  hacer  esquí  acuático!  Mary  Dorkins  se  ha  desplazado  hasta  allí  para darnos más detalles…

Harry  abrió  los  ojos.  Si  habían  llegado  a  la  noticia  de  los  periquitos  que

practicaban  esquí  acuático,  no  podía  haber  nada  más  que  valiera  la  pena  escuchar.

Rodó con cuidado hasta quedar boca abajo y se puso a cuatro patas, preparado para

salir gateando de su refugio bajo la ventana.

www.lectulandia.com - Página 9

Se había movido unos cuantos centímetros cuando varias cosas sucedieron en un abrir y cerrar de ojos.

Una  fuerte  detonación,  parecida  al  ruido  de  un  disparo,  rompió  el  perezoso

silencio; un gato salió disparado de debajo de un coche aparcado y desapareció; del

salón de los Dursley llegaron un chillido, un juramento y el ruido de porcelana rota, y

como si ésa fuera la señal que Harry hubiera estado esperando, se puso en pie de un

brinco al mismo tiempo que sacaba de la cintura de sus vaqueros una delgada varita

mágica  de  madera,  como  si  desenvainara  una  espada;  pero  antes  de  que  pudiera

enderezarse del todo, su coronilla chocó contra la ventana abierta de los Dursley. El

ruido de la colisión hizo que tía Petunia gritara aún más fuerte.

Harry  tuvo  la  impresión  de  que  su  cabeza  se  había  partido  por  la  mitad.  Se

tambaleó, con los ojos bañados en lágrimas, e intentó enfocar la calle para localizar el

origen de la detonación, pero cuando apenas había conseguido recobrar el equilibrio,

dos grandes manos moradas salieron por la ventana abierta y se cerraron con fuerza

alrededor de su cuello.

—¡Guarda eso! —le gruñó tío Vernon al oído—. ¡Inmediatamente! ¡Antes de que

alguien lo vea!

—¡Suél-ta-me! —exclamó Harry con voz entrecortada.

Forcejearon durante unos segundos; Harry tiraba de los dedos como salchichas de

su tío con la mano izquierda, mientras con la derecha mantenía con firmeza su varita

mágica  en  alto;  entonces,  al  mismo  tiempo  que  el  dolor  que  Harry  notaba  en  la coronilla  le  producía  una  punzada  muy  desagradable,  tío  Vernon  dio  un  grito  y  lo soltó, como si hubiera recibido una descarga eléctrica. Al parecer una fuerza invisible

había invadido a su sobrino y le había impedido sujetarlo.

Jadeando,  Harry  cayó  hacia  delante  sobre  la  mata  de  hortensias,  se  enderezó  y miró  alrededor.  No  había  ni  rastro  de  lo  que  había  causado  la  detonación,  pero  en cambio unas cuantas caras miraban desde varias ventanas cercanas. Harry se guardó

apresuradamente la varita en los vaqueros e intentó adoptar una expresión inocente.

—¡Qué  noche  tan  agradable!  —gritó  tío  Vernon,  saludando  con  la  mano  a  la

señora del número siete, la vecina de enfrente, que lo fulminaba con la mirada desde

detrás de sus visillos—. ¿Ha oído cómo ha petardeado ese coche? ¡Petunia y yo nos

hemos dado un susto de muerte!

Siguió  manteniendo  su  espantosa  sonrisa  de  maníaco  hasta  que  los  vecinos

curiosos hubieron desaparecido de sus respectivas ventanas; entonces la sonrisa de tío

Vernon se convirtió en una mueca de ira y le hizo señas a Harry para que se acercara.

Harry  dio  unos  pasos  hacia  donde  estaba  su  tío,  procurando  detenerse  fuera  del alcance de sus manos para que no pudiera seguir estrangulándolo.

—Pero  ¿qué  demonios  te  propones  con  eso,  chico?  —preguntó  tío  Vernon  con

una voz ronca que temblaba de rabia.

www.lectulandia.com - Página 10

—¿Qué me propongo con qué? —replicó fríamente Harry, que no paraba de mirar a  uno  y  otro  lado  de  la  calle  con  la  esperanza  de  descubrir  a  la  persona  que  había producido aquel estruendo.

—Haciendo  ese  ruido;  parecía  el  pistoletazo  de  salida  de  una  carrera  debajo  de nuestra…

—No he sido yo —dijo Harry con firmeza.

El  delgado  y  caballuno  rostro  de  tía  Petunia  apareció  junto  a  la  cara,  redonda  y morada, de tío Vernon. Tía Petunia estaba pálida.

—¿Qué hacías acechando debajo de nuestra ventana?

—Sí,  eso  es…  ¡Bien  dicho,  Petunia!  ¿Qué  hacías  debajo  de  nuestra  ventana,

chico?

—Escuchar las noticias —contestó Harry con tono resignado.

Su tío y su tía se miraron indignados.

—¡Escuchar las noticias! ¿Otra vez?

—Bueno, es que cada día son diferentes, ¿sabes? —dijo Harry.

—¡No  te  hagas  el  listo  conmigo,  chico!  ¡Quiero  saber  qué  es  lo  que  tramas  en realidad,  y  no  vuelvas  a  venirme  con  el  cuento  ése  de  que  estabas  «escuchando  las noticias»! Sabes perfectamente que tu gente…

—¡Cuidado,  Vernon!  —susurró  tía  Petunia,  y  el  hombre  bajó  la  voz  hasta  que

Harry apenas pudo oírlo.

—¡… que tu gente no sale en nuestras noticias!

—Eso es lo que tú te crees —repuso Harry.

Los  Dursley  lo  miraron  con  los  ojos  desorbitados  unos  segundos;  entonces  tía

Petunia dijo:

—Eres  un  pequeño  embustero.  ¿Qué  hacen  todas  esas…  —ella  también  bajó  la

voz, de modo que Harry tuvo que leerle los labios para entender la siguiente palabra

— lechuzas, sino traerte noticias?

—¡Aja!  —exclamó  tío  Vernon  con  un  susurro  triunfante—.  ¿Nos  tomas  por

tontos, chico? ¡Como si no supiéramos que son esos pestilentes pajarracos los que te

traen las noticias!

Harry  vaciló  un  instante.  Esa  vez  le  costaba  trabajo  decir  la  verdad,  aunque  era imposible que sus tíos supieran lo mucho que le dolía admitirlo.

—Las lechuzas… no me traen noticias —dijo con voz monótona.

—No te creo —le espetó tía Petunia al instante.

—Yo tampoco —agregó tío Vernon con ímpetu.

—Sabemos que estás tramando algo raro —continuó tía Petunia.

—No somos idiotas —dijo tío Vernon.

—Bueno,  eso  sí  que  es  una  noticia  para  mí  —afirmó  Harry,  cada  vez  más

enojado,  y  antes  de  que  los  Dursley  pudieran  ordenarle  que  regresara,  había  girado www.lectulandia.com - Página 11

sobre sus talones, cruzado el jardín delantero, saltado la valla y empezado a alejarse por la calle dando grandes zancadas.

Había  metido  la  pata,  y  lo  sabía.  Más  tarde  tendría  que  enfrentarse  a  sus  tíos  y pagar  por  su  grosería,  pero  en  ese  momento  eso  no  le  importaba  demasiado:  tenía asuntos mucho más urgentes en la cabeza.

Harry  estaba  convencido  de  que  aquella  detonación  la  había  causado  alguien  al

aparecerse o desaparecerse. Era el mismo ruido que Dobby, el elfo doméstico, hacía

cuando  se  esfumaba.  ¿Y  si  Dobby  estuviera  allí,  en  Privet  Drive?  ¿Y  si  Dobby  lo estuviera siguiendo en ese mismo instante? En cuanto se le ocurrió esa idea, Harry se

dio la vuelta y se quedó mirando la calle, pero ésta parecía completamente desierta, y

Harry estaba seguro de que Dobby no sabía cómo hacerse invisible.

Siguió  andando,  sin  fijarse  apenas  por  dónde  iba,  porque  paseaba  tan  a  menudo por aquellas calles que sus pies lo llevaban automáticamente a sus sitios preferidos.

Miraba  hacia  atrás  con  frecuencia.  Algún  ser  mágico  había  estado  cerca  de  él

mientras  se  encontraba  tumbado  entre  las  marchitas  begonias  del  parterre  de  tía Petunia, de eso no tenía ninguna duda, pero ¿por qué no le había hablado, por qué no

se había manifestado, por qué se escondía?

Y  entonces,  cuando  su  sentimiento  de  frustración  alcanzó  el  punto  máximo,  su

certeza se difuminó.

Al  fin  y  al  cabo,  quizá  no  hubiera  sido  un  ruido  mágico.  Quizá  estuviera  tan ansioso  por  detectar  la  más  mínima  señal  de  contacto  con  el  mundo  al  que  él pertenecía que reaccionaba de forma exagerada ante ruidos normales. ¿Estaba seguro

de que no se trataba del ruido de algo que se había roto en la casa de algún vecino?

Harry notó un vacío en el estómago, y casi sin darse cuenta volvió a invadirlo la

sensación de desesperanza que lo había atormentado todo el verano.

Al  día  siguiente  por  la  mañana  el  despertador  sonaría  a  las  cinco  en  punto  para que Harry pudiera pagar a la lechuza que le entregaba El Profeta; pero ¿tenía sentido que  siguiera  recibiéndolo?  Últimamente  Harry  se  limitaba  a  echarle  un  vistazo  a  la primera  plana  antes  de  dejarlo  tirado  en  cualquier  sitio;  cuando  los  idiotas  que dirigían el periódico se dieran cuenta por fin de que Voldemort había regresado, ésa

sería  la  noticia  de  la  portada  en  grandes  titulares,  y  ésa  era  la  única  que  a  Harry  le importaba.

Si tenía suerte, a la mañana siguiente también llegarían lechuzas con cartas de sus

mejores  amigos,  Ron  y  Hermione,  aunque  ya  se  habían  agotado  sus  esperanzas  de que sus cartas le llevaran noticias.

«Como  comprenderás,  no  podemos  hablar  mucho  de  ya-sabes-qué…  Nos  han

pedido que no digamos nada importante por si nuestras cartas se pierden… Estamos

muy ocupados, pero ahora no puedo darte detalles… Están pasando muchas cosas, ya

te lo contaremos todo cuando te veamos…»

www.lectulandia.com - Página 12

Pero ¿cuándo irían a verlo? A nadie parecía importarle que no hubiera una fecha exacta. Hermione había escrito en su tarjeta de felicitación de cumpleaños: «Creo que

te veremos pronto», pero ¿qué quería decir «pronto»? Por lo que Harry había podido

deducir de las vagas pistas que contenían sus cartas, Hermione y Ron estaban en el

mismo  sitio,  seguramente  en  casa  de  los  padres  de  Ron.  Harry  no  soportaba

imaginárselos  divirtiéndose  en  La  Madriguera  cuando  él  estaba  atrapado  en  Privet Drive. De hecho, estaba tan enfadado con ellos que había tirado, sin abrirlas, las dos

cajas  de  chocolatinas  de  Honeydukes  que  le  habían  enviado  por  su  cumpleaños.

Después, cuando vio la mustia ensalada que tía Petunia puso en la mesa a la hora de

cenar, se arrepintió de haberlo hecho.

¿Y qué era eso que tenía tan ocupados a Ron y a Hermione? ¿Por qué no estaba él

ocupado? ¿Acaso no había demostrado que era capaz de llevar a cabo cosas mucho

más importantes que las que hacían ellos? ¿Había olvidado todo el mundo su proeza?

¿Acaso no había sido él quien había entrado en aquel cementerio y había visto cómo

asesinaban a Cedric, y al que habían atado a aquella lápida y casi habían matado?

«No pienses en eso», se dijo Harry, severo, por enésima vez a lo largo del verano.

Ya  era  bastante  desagradable  que  el  cementerio  apareciera  continuamente  en  sus

pesadillas para que también pensara en él durante el día.

Dobló una esquina y continuó andando por la calle Magnolia; un poco más allá,

pasó  por  delante  del  estrecho  callejón  que  discurría  junto  a  la  pared  de  un  garaje donde  había  visto  por  primera  vez  a  su  padrino.  Al  menos  Sirius  parecía  entender cómo  se  sentía  Harry.  Había  que  reconocer  que  sus  cartas  contenían  tan  pocas

noticias de verdad como las de Ron y Hermione, pero por lo menos incluían palabras

de  precaución  y  de  consuelo  en  lugar  de  tentadoras  insinuaciones:  «Ya  sé  que  esto debe de ser frustrante para ti… No te metas en líos y todo saldrá bien… Ten cuidado

y no hagas nada precipitadamente…»

Bueno,  pensó  Harry  mientras  cruzaba  la  calle  Magnolia,  torcía  por  la  avenida

Magnolia  y  se  dirigía  hacia  el  parque,  él  había  seguido,  en  general,  los  consejos  de Sirius. Al menos había dominado el impulso de atar su baúl al palo de su escoba e ir

por su cuenta a La Madriguera. De hecho, Harry creía que su comportamiento había

sido muy bueno, teniendo en cuenta lo decepcionado y enfadado que estaba por llevar

tanto tiempo confinado en Privet Drive, sin poder hacer otra cosa que esconderse en

los  parterres  con  la  esperanza  de  oír  algo  que  indicara  qué  estaba  haciendo  lord Voldemort. Con todo, era muy mortificante que el que te aconsejaba que no hicieras

nada precipitadamente fuera un hombre que había cumplido doce años de condena en

Azkaban, la prisión de magos, que se había fugado de ella, había intentado cometer el

asesinato  por  el  que  lo  habían  condenado  y  luego  había  desaparecido  con  un

hipogrifo robado.

Harry saltó la verja del parque, que estaba cerrado, y echó a andar por la reseca

www.lectulandia.com - Página 13

hierba. El parque estaba tan vacío como las calles de los alrededores. Cuando llegó a los  columpios  se  sentó  en  el  único  que  Dudley  y  sus  amigos  todavía  no  habían conseguido romper, pasó un brazo alrededor de la cadena y se quedó mirando el suelo

con  aire  taciturno.  Ya  no  podría  volver  a  esconderse  en  el  parterre  de  los  Dursley.

Tendría que pensar otra manera de escuchar las noticias del día siguiente. Entre tanto

no  tenía  más  perspectiva  que  la  de  pasar  otra  noche  de  impaciencia  y  agitación, porque  incluso  cuando  se  salvaba  de  las  pesadillas  sobre  Cedric,  tenía  sueños

inquietantes en los que aparecían largos y oscuros pasillos que terminaban en muros y

puertas cerradas con llave, y que él suponía que tenían algo que ver con la sensación

de  estar  prisionero  que  lo  acosaba  cuando  estaba  despierto.  Notaba  a  menudo  unos desagradables pinchazos en la vieja cicatriz de la frente, pero sabía que eso ya no les

interesaría mucho ni a Ron, ni a Hermione, ni a Sirius. En el pasado, el dolor en su

cicatriz  era  una  señal  de  que  Voldemort  estaba  volviendo  a  cobrar  fuerza,  aunque, ahora  que  Voldemort  había  regresado,  seguramente  sus  amigos  le  recordarían  que

aquella  sensación  crónica  era  de  esperar…,  pero  no  significaba  nada  por  lo  que tuviera que preocuparse… Nada nuevo.

La injusticia de aquella situación iba minándolo poco a poco y le daban ganas de

gritar  de  rabia.  ¡De  no  haber  sido  por  él,  nadie  sabría  siquiera  que  Voldemort  había regresado!  ¡Y  su  recompensa  era  quedarse  atrapado  en  Little  Whinging  durante

cuatro  semanas  enteras,  incomunicado  con  el  mundo  mágico,  sin  poder  hacer  otra cosa que agazaparse en medio de las marchitas begonias para poder oír la noticia de

que  un  periquito  practicaba  esquí  acuático!  ¿Cómo  podía  ser  que  Dumbledore  se

hubiera olvidado de él con tanta facilidad? ¿Y por qué Ron y Hermione no lo habían

invitado a reunirse con ellos? ¿Durante cuánto tiempo tendría que seguir soportando

que Sirius le dijera que se portara bien y fuera un buen chico; o resistir la tentación de escribir a esos ineptos de El Profeta y explicarles que Voldemort había vuelto? Aquel torbellino de ideas daba vueltas en la cabeza de Harry, y las tripas se le retorcían de

rabia,  mientras  una  noche  aterciopelada  y  sofocante  iba  cerrándose  sobre  él;  el  aire olía  a  hierba  seca  y  recalentada,  y  lo  único  que  se  oía  era  el  débil  murmullo  del tráfico de la calle, más allá de la valla del parque.

No  sabía  cuánto  tiempo  llevaba  sentado  en  el  columpio  cuando  unas  voces  lo

sacaron de su ensimismamiento y levantó la cabeza. Las farolas de las calles de los

alrededores proyectaban un resplandor neblinoso lo bastante intenso para distinguir la

silueta de un grupo de personas que avanzaban por el parque. Una de ellas cantaba a

voz en grito una canción muy ordinaria. Las otras reían. Al poco rato empezó a oírse

también el débil ruidito de varias bicicletas de carreras caras, que aquellas personas

llevaban cogidas por el manillar.

Harry sabía de quiénes se trataba. La figura que iba delante era, sin lugar a dudas,

su primo Dudley Dursley, que regresaba a casa acompañado de su leal pandilla.

www.lectulandia.com - Página 14

Dudley  estaba  más  enorme  que  nunca,  pero  un  año  de  riguroso  régimen  y  el descubrimiento  de  un  nuevo  talento  del  muchacho  habían  operado  un  cambio

considerable  en  su  físico.  Como  tío  Vernon  explicaba  encantado  a  todo  el  que

estuviera  dispuesto  a  escucharlo,  desde  hacía  poco  Dudley  ostentaba  el  título  de Campeón de los Pesos Pesados de la Liga de Boxeo Interescolar Juvenil del Sudeste.

El  «noble  deporte»,  como  lo  llamaba  tío  Vernon,  había  conseguido  que  Dudley

pareciera  todavía  más  imponente  de  lo  que  a  Harry  le  parecía  en  los  tiempos  de  la escuela primaria, cuando Dudley lo utilizaba a él de punching ball. Harry ya no temía a  su  primo,  pero  aun  así  no  creía  que  el  hecho  de  que  Dudley  hubiera  aprendido  a golpear más fuerte y con mayor puntería fuera motivo de celebración. Los niños del

vecindario  le  tenían  pánico,  más  pánico  incluso  que  el  que  le  tenían  a  «ese  Potter»

que,  según  les  habían  contado,  era  un  gamberro  empedernido  e  iba  al  Centro  de Seguridad San Bruto para Delincuentes Juveniles Incurables.

Harry  vio  cómo  las  oscuras  figuras  cruzaban  el  césped  y  se  preguntó  a  quién

habrían  estado  pegando  aquella  noche.  «Mirad  alrededor  —pensó  Harry  sin

proponérselo  mientras  los  observaba—.  Vamos…  Mirad  alrededor…  Estoy  aquí

sentado, solo… Venid y atreveos…»

Si los amigos de Dudley lo veían allí sentado, seguro que se iban derechitos hacia

él, ¿y qué haría entonces Dudley? No querría quedar mal delante de la pandilla, pero

le  daba  pánico  provocar  a  Harry…  Sería  muy  divertido  plantearle  ese  dilema  a

Dudley, hostigarlo, mirarlo con atención, sin que él pudiera reaccionar… Y si alguno

de  los  demás  tenía  la  intención  de  pegar  a  Harry,  él  estaba  preparado:  llevaba  su varita.  Que  lo  intentaran…  Harry  estaría  encantado  de  descargar  parte  de  su

frustración sobre los chicos que en otros tiempos habían hecho de su vida un infierno.

Pero no se dieron la vuelta, así que no vieron a Harry, y ya estaban llegando a la

valla.  Harry  dominó  el  impulso  de  llamarlos…,  pero  provocar  una  pelea  no  habría estado bien… No debía emplear la magia…, volvería a exponerse a la expulsión.

Las  voces  de  la  pandilla  de  Dudley  fueron  apagándose;  iban  hacia  la  avenida

Magnolia, y Harry ya no los distinguía.

«Ya  lo  ves,  Sirius  —pensó  Harry  con  desánimo—.  No  hago  nada  con

precipitación. No me meto en líos. Exactamente lo contrario de lo que hiciste tú.»

Se puso en pie y se desperezó. Por lo visto, tía Petunia y tío Vernon consideraban

que  la  hora  a  la  que  Dudley  aparecía  en  casa  era  la  hora  correcta  de  llegar,  pero  el tiempo  que  sobrepasara  a  esa  hora  ya  era  demasiado  tarde.  Tío  Vernon  había

amenazado  con  encerrar  a  Harry  en  el  cobertizo  si  volvía  a  llegar  después  que Dudley,  así  que,  conteniendo  un  bostezo  y  todavía  con  el  entrecejo  fruncido,  Harry echó a andar hacia la verja del parque.

La  avenida  Magnolia,  al  igual  que  Privet  Drive,  estaba  llena  de  grandes  y

cuadradas  casas  con  jardines  perfectamente  cuidados,  cuyos  propietarios  también

www.lectulandia.com - Página 15

eran  grandes  y  cuadrados  y  conducían  coches  muy  limpios  parecidos  al  de  tío Vernon.  Harry  prefería  Little  Whinging  por  la  noche,  cuando  las  ventanas,  con  las cortinas  echadas,  dibujaban  formas  de  relucientes  colores  en  la  oscuridad,  y  él  no corría el peligro de oír murmullos desaprobadores sobre su aspecto de «delincuente»

cuando se cruzaba con los dueños de las casas. Caminaba deprisa, pero cuando estaba

hacia la mitad de la avenida Magnolia, la pandilla de Dudley volvió a aparecer ante

él:  estaban  despidiéndose  en  la  esquina  de  la  calle  Magnolia.  Harry  se  detuvo  a  la sombra de un gran lilo y esperó.

—…  chillaba  como  un  cerdo,  ¿verdad?  —decía  Malcolm  entre  las  risotadas  de

los demás.

—Buen gancho de derecha, Big D —dijo Piers.

—¿Mañana a la misma hora? —preguntó Dudley.

—En mi casa. Mis padres no estarán —respondió Gordon.

—Hasta mañana entonces —se despidió Dudley.

—¡Adiós, Dud!

—¡Hasta luego, Big D!

Harry  esperó  a  que  el  resto  de  la  pandilla  se  pusiera  en  marcha  antes  de  seguir andando.  Cuando  sus  voces  se  hubieron  apagado  de  nuevo,  dobló  la  esquina  de  la calle  Magnolia  y,  acelerando  el  paso,  no  tardó  en  situarse  a  escasa  distancia  de Dudley, que caminaba tan campante, tarareando de forma poco melodiosa.

—¡Eh, Big D!

Dudley se dio la vuelta.

—¡Ah! —gruñó—. Eres tú.

—¿Desde cuándo te llaman «Big D»? —preguntó Harry.

—Cállate —le espetó Dudley, y giró la cabeza.

—Qué nombre tan fardón —dijo Harry, sonriendo y situándose junto a su primo

—. Aunque para mí siempre serás «Cachorrito».

—¡He  dicho  que  te  calles!  —gritó  Dudley,  que  había  cerrado  aquellas  manos

suyas que parecían jamones.

—¿No saben tus amigos que así es como te llama tu madre?

—Cierra el pico.

—A  ella  nunca  le  dices  que  cierre  el  pico.  ¿Qué  me  dices  de  «Peoncita»  y

«Muñequito precioso»? ¿Puedo usarlos?

Dudley  no  replicó.  El  esfuerzo  que  tenía  que  hacer  para  no  golpear  a  Harry

parecía exigir todo su autocontrol.

—¿A quién habéis estado pegando esta noche? —preguntó Harry, y la sonrisa se

borró de sus labios—. ¿A otro niño de diez años? Ya sé que hace un par de noches le

diste una paliza a Mark Evans.

—Se la había buscado —gruñó Dudley.

www.lectulandia.com - Página 16

—¿Ah, sí?

—Me contestó mal.

—¿En serio? ¿Qué te dijo? ¿Que pareces un cerdo al que han enseñado a caminar

sobre las patas traseras? Porque eso no es contestar mal, Dud, eso es decir la verdad.

Un  músculo  palpitaba  en  la  mandíbula  de  Dudley.  A  Harry  le  produjo  gran

satisfacción comprobar lo furioso que estaba poniendo a su primo; sentía que estaba

desviando toda su frustración hacia Dudley; era la única válvula de escape que tenía.

Torcieron  a  la  derecha  por  el  estrecho  callejón  donde  Harry  había  visto  por

primera  vez  a  Sirius  y  que  formaba  un  atajo  entre  la  calle  Magnolia  y  el  paseo Glicinia.  Estaba  vacío  y  mucho  más  oscuro  que  las  calles  que  unía  porque  allí  no había farolas. El ruido de sus pasos quedaba amortiguado entre las paredes del garaje

que había a un lado y una alta valla que había al otro.

—Te  crees  muy  mayor  porque  llevas  esa  cosa,  ¿verdad?  —dijo  Dudley  pasados

unos segundos.

—¿Qué cosa?

—Eso… Esa cosa que llevas escondida.

Harry volvió a sonreír.

—No eres tan tonto como pareces, ¿verdad, Dud? Claro, supongo que si lo fueras

no serías capaz de andar y hablar al mismo tiempo.

Harry sacó su varita mágica. Vio que Dudley la miraba de reojo.

—Lo  tienes  prohibido  —se  apresuró  a  decir  Dudley—.  Sé  que  lo  tienes

prohibido. Te expulsarían de esa escuela para bichos raros a la que vas.

—¿Cómo sabes que no han cambiado las normas, Big D?

—No  las  han  cambiado  —aseguró  Dudley,  aunque  no  parecía  del  todo

convencido. Harry soltó una risita—. No tienes agallas para enfrentarte a mí sin esa

cosa, ¿verdad que no? —gruñó Dudley.

—Y tú necesitas tener a cuatro amigos detrás para pegar a un niño de diez años.

¿Te  acuerdas  de  ese  título  de  boxeo  del  que  tanto  alardeas?  ¿Cuántos  años  tenía  tu oponente? ¿Siete? ¿Ocho?

—Tenía dieciséis, para que lo sepas —protestó Dudley—, y cuando terminé con

él estuvo veinte minutos sin conocimiento, y pesaba el doble que tú. Ya verás cuando

le cuente a papá que has sacado esa cosa…

—¿Vas a ir a papi? ¿Le da miedo a su campeoncito de boxeo la horrible varita de

Harry?

—Por la noche no eres tan valiente, ¿verdad? —dijo Dudley con sorna.

—Ahora es de noche, Cachorrito. Se llama así cuando el cielo se pone oscuro.

—¡Me  refiero  a  cuando  estás  en  la  cama!  —le  espetó  Dudley,  que  se  había

parado.

Harry se paró también y miró fijamente a su primo. Pese a que no veía muy bien

www.lectulandia.com - Página 17

la enorme cara de Dudley, distinguió en ella una extraña mirada de triunfo.

—¿Qué quieres decir con eso de que cuando estoy en la cama no soy tan valiente?

—preguntó  Harry  desconcertado—.  ¿De  qué  quieres  que  tenga  miedo?  ¿De  las

almohadas?

—Anoche  te  oí  —replicó  Dudley  entrecortadamente—.  Hablabas  en  sueños.

¡Gemías!

—¿Qué  quieres  decir?  —insistió  Harry,  pero  notaba  algo  frío  y  pesado  en  el

estómago. La noche pasada había vuelto a ver en sueños el cementerio.

Dudley  soltó  una  fuerte  carcajada  y  luego  puso  una  vocecilla  aguda  y

quejumbrosa:

—«¡No mates a Cedric! ¡No mates a Cedric!» ¿Quién es Cedric? ¿Tu novio?

—Mientes  —dijo  Harry  como  un  autómata,  pero  se  le  había  quedado  la  boca

seca. Sabía que Dudley no mentía; si no, ¿cómo podía saber algo de Cedric?

—«¡Papá! ¡Ayúdame, papá! ¡Me va a matar, papá! ¡Buuaaah!»

—Cállate —le dijo Harry en voz baja—. ¡Cállate, Dudley! ¡Te aviso!

—«¡Ven  a  ayudarme,  papá!  ¡Mamá,  ven  a  ayudarme!  ¡Ha  matado  a  Cedric!

¡Ayúdame, papá! Va a…» ¡No me apuntes con esa cosa!

Dudley retrocedió hacia la pared del callejón. Harry apuntaba directamente con la

varita hacia el corazón de su primo. Sentía latir en sus venas los catorce años de odio

hacia él. Habría dado cualquier cosa por atacarlo en aquel momento, por lanzarle un

conjuro  tan  fuerte  que  tuviera  que  volver  a  su  casa  arrastrándose  como  un  insecto, mudo, con antenas…

—No vuelvas a hablar de eso —lo amenazó Harry—. ¿Me has entendido?

—¡Apunta hacia otro lado!

—Te he preguntado si me has entendido.

—¡Apunta hacia otro lado!

—¿ME HAS ENTENDIDO?

—¡APARTA ESA COSA DE…!

Dudley  soltó  un  extraño  y  estremecedor  grito  ahogado,  como  si  le  hubieran

echado encima un cubo de agua helada.

Algo le había pasado a la noche. El cielo, de color añil salpicado de estrellas, se

quedó  de  pronto  completamente  negro,  sin  una  sola  luz:  las  estrellas,  la  luna  y  el resplandor  de  las  farolas  que  había  en  ambos  extremos  del  callejón  habían

desaparecido. El murmullo de los coches y el susurro de los árboles también habían

cesado.  Un  frío  glacial  se  había  apoderado  de  la  noche,  hasta  entonces  templada  y agradable. Estaban rodeados de una oscuridad total, impenetrable y silenciosa, como

si  una  mano  gigante  hubiera  cubierto  el  callejón  con  un  grueso  y  frío  manto, dejándolos ciegos.

Al principio Harry creyó que había hecho magia sin darse cuenta, pese a que se

www.lectulandia.com - Página 18

había estado conteniendo con todas sus fuerzas; pero entonces cayó en que él no tenía el poder de apagar las estrellas. Giró la cabeza hacia uno y otro lado, intentando ver

algo, pero la oscuridad se le pegaba a los ojos como un ingrávido velo.

La aterrorizada voz de Dudley sonó en los oídos de Harry.

—¿Q-qué ha-haces? ¡Para!

—¡No hago nada! ¡Cállate y no te muevas!

—¡N-no veo nada! ¡M-me he quedado ciego!

—¡He dicho que te calles!

Harry permaneció allí plantado, inmóvil, dirigiendo los ojos a derecha e izquierda

sin ver nada. El frío era tan intenso que temblaba de pies a cabeza; se le puso la carne

de gallina en los brazos y se le erizó el vello de la nuca. Abrió los ojos al máximo,

mirando alrededor, pero no pudo ver nada.

Era imposible… No podía ser que estuvieran allí…, en Little Whinging… Aguzó

el oído… Los oiría antes de verlos…

—¡S-se lo diré a papá! —gimoteó Dudley—. ¿D-dónde estás? ¿Q-qué haces?

—¿Quieres callarte de una vez? —susurró Harry—. Estoy intentando escu…

Pero se quedó callado. Acababa de oír justo lo que temía.

Había algo en el callejón además de ellos dos, algo que respiraba, produciendo un

ruido  ronco  y  vibrante.  Harry  seguía  de  pie,  temblando  de  frío,  y  notó  una  fuerte sacudida de terror.

—¡B-basta!  ¡Para  ya!  ¡Te  voy  a  pe-pegar  un  puñetazo!  ¡Te  juro  que  te  voy  a

pegar!

—Cállate, Dudley…

¡ZAS!

Un puño chocó contra un lado de la cabeza de Harry y lo levantó del suelo. Ante

sus  ojos  aparecieron  unas  lucecitas  blancas.  Por  segunda  vez  en  una  hora,  tuvo  la impresión de que la cabeza se le había partido por la mitad, y un momento después

aterrizó en el duro suelo y su varita salió volando.

—¡Eres un imbécil, Dudley! —gritó Harry, y el dolor hizo que se le llenaran los

ojos de lágrimas.

Se puso a cuatro patas y empezó a tantear con desesperación a su alrededor, en la

oscuridad. Oyó a Dudley, que se alejaba dando tumbos, chocando contra la valla del

callejón, tambaleándose.

—¡VUELVE, DUDLEY! ¡VAS DIRECTO HACIA ÉL!

Se oyó un chillido espantoso y entonces cesó el ruido de los pasos de Dudley. Al

mismo tiempo, Harry sintió un frío espeluznante detrás de él que sólo podía significar

una cosa: había más de uno.

—¡DUDLEY,  MANTEN  LA  BOCA  CERRADA!  ¡HAGAS  LO  QUE  HAGAS,  MANTEN  LA  BOCA

CERRADA! ¡Varita! —farfulló Harry desesperado, agitando las manos por la superficie

www.lectulandia.com - Página 19

del suelo como si fueran arañas—. ¿Dónde está? Varita…, vamos.. . ¡Lumos!

Pronunció  el  conjuro  automáticamente,  pues  necesitaba  con  urgencia  luz  para

encontrar  la  varita;  con  gran  alivio,  y  casi  sin  poder  creerlo,  vio  aparecer  un resplandor  a  pocos  centímetros  de  su  mano  derecha.  La  punta  de  la  varita  se  había encendido. Harry la agarró, se puso en pie y se dio la vuelta.

Se le revolvió el estómago.

Una figura altísima y encapuchada se deslizaba con suavidad hacia él, suspendida

encima del suelo; no se le veían los pies ni la cara, tapados por la túnica, y a medida

que se acercaba se iba tragando la noche.

Harry retrocedió, tambaleándose, y levantó la varita.

¡Expecto patronum!

Una voluta de vapor plateada salió de la punta de la varita mágica y el dementor

aminoró  el  paso,  pero  el  conjuro  no  había  funcionado  bien;  Harry,  tropezando  de nuevo,  retrocedió  un  poco  más  al  mismo  tiempo  que  el   dementor  se  le  echaba encima. El pánico le nublaba la mente…

«Concéntrate…»

Un par de manos grises, viscosas y cubiertas de costras salieron de debajo de la

túnica  del   dementor  y  se  dirigieron  hacia  Harry,  mientras  un  ruido  de  avidez  le penetró en los oídos.

¡Expecto patronum!

Su  voz  sonó  débil  y  distante.  Otra  voluta  de  humo  plateado,  más  débil  que  la anterior,  salió  de  la  varita:  ya  no  podía  hacerlo,  ya  no  podía  lograr  que  el  conjuro funcionara.

Oyó una risa dentro de su cabeza, una risa aguda y estridente… Percibió el olor

del aliento putrefacto, de un frío mortal, del dementor, que le llenaba los pulmones y lo ahogaba…

«Piensa… algo alegre…»

Pero no había alegría dentro de él… Los helados dedos del dementor se acercaban

a su cuello, la aguda risa cada vez era más fuerte, y sonó una voz dentro de su cabeza:

«Inclínate ante la muerte, Harry… Quizá ni siquiera sea dolorosa… Yo no puedo

saberlo… Yo no he muerto nunca…»

Jamás volvería a ver ni a Ron ni a Hermione…

Y  sus  caras  aparecieron  dibujadas  con  claridad  en  su  mente  mientras  intentaba

respirar.

¡EXPECTO PATRONUM!

Un  ciervo,  enorme  y  plateado,  salió  de  la  punta  de  la  varita  de  Harry  y  con  la cornamenta golpeó al dementor donde éste habría tenido el corazón. El dementor se echó hacia atrás, ingrávido como la oscuridad, y cuando el ciervo lo embistió, se alejó

revoloteando como un murciélago, derrotado.

www.lectulandia.com - Página 20

—¡Por  aquí!  —le  gritó  Harry  al  ciervo.  Luego  giró  sobre  los  talones  y  echó  a correr  a  toda  velocidad  por  el  callejón,  manteniendo  en  alto  la  varita  encendida—.

¡Dudley! ¡Dudley!

Apenas  había  dado  una  docena  de  pasos  cuando  los  alcanzó:  Dudley  estaba

acurrucado en el suelo, tapándose la cara con los brazos. El segundo dementor estaba inclinado sobre él, sujetándole las muñecas con sus pegajosas manos, tirando de ellas

poco a poco, separándolas casi con ternura, y bajaba la encapuchada cabeza hacia la

cara de Dudley como si fuera a besarlo.

—¡A por él! —bramó Harry, y con un fuerte estrépito el ciervo que había hecho

aparecer pasó al galope por su lado.

El  rostro  sin  ojos  del   dementor  estaba  apenas  a  dos  centímetros  del  de  Dudley cuando los cuernos plateados lo golpearon; el dementor salió despedido por los aires y,  al  igual  que  su  compañero,  se  alejó  volando  y  quedó  absorbido  por  la  oscuridad; después el ciervo fue a medio galope hasta el final del callejón y se disolvió en una

neblina plateada.

La luna, las estrellas y las farolas volvieron a cobrar vida. Una tibia brisa recorrió

el  callejón.  En  los  jardines  del  vecindario,  los  árboles  susurraban,  y  volvió  a escucharse el prosaico murmullo de los coches que circulaban por la calle Magnolia.

Harry se quedó de pie, quieto, con todos los sentidos en tensión, intentando asimilar

el brusco regreso a la normalidad. Pasados unos instantes se dio cuenta de que tenía

la camiseta pegada al cuerpo: estaba empapado en sudor.

No podía creer lo que acababa de pasar: dementores allí, en Little Whinging.

Dudley seguía acurrucado en el suelo, gimoteando y tembloroso. Harry se agachó

para  comprobar  si  estaba  en  condiciones  de  levantarse,  pero  entonces  oyó  unos

fuertes  pasos  que  corrían  detrás  de  él.  Volvió  a  levantar  la  varita  mágica

instintivamente y giró sobre los talones para enfrentarse al recién llegado.

La señora Figg, la vecina vieja y chiflada, apareció jadeando. El canoso cabello se

le había salido de la redecilla, y llevaba una cesta de la compra, que hacía un ruido

metálico, colgada de la muñeca y los pies medio fuera de las zapatillas de gruesa tela

de cuadros escoceses. Harry se apresuró a esconder su varita mágica, pero…

—¡No  guardes  eso,  necio!  —le  gritó  la  señora  Figg—.  ¿Y  si  hay  alguno  más

suelto por aquí? ¡Oh, voy a matar a Mundungus Fletcher!

www.lectulandia.com - Página 21

2

Una bandada de lechuzas

—¿Qué? —preguntó Harry sin comprender.

—¡Se ha marchado! —dijo la señora Figg, retorciéndose las manos—. ¡Ha ido a

ver a no sé quién por un asunto de un lote de calderos robados! ¡Ya le dije que iba a

desollarlo vivo si se marchaba, y mira! ¡ dementores! ¡Suerte que informé del caso al señor Tibbles! Pero ¡no hay tiempo que perder! ¡Corre, tienes que volver a tu casa!

¡Oh, los problemas que va a causar esto! ¡Voy a matarlo!

—Pero… —La revelación de que su chiflada vecina, obsesionada con los gatos,

sabía  qué  eran  los   dementores  supuso  para  Harry  una  conmoción  casi  tan  grande como encontrarse a dos de ellos en el callejón—. ¿Usted es…? ¿Usted es bruja?

—Soy una squib, como Mundungus sabe muy bien, así que ¿cómo demonios iba

a ayudarte para que te defendieras de unos dementores? Te ha dejado completamente desprotegido, cuando yo le advertí…

—¿Ese  tal  Mundungus  ha  estado  siguiéndome?  Un  momento…,  ¡era  él!  ¡El  se

desapareció delante de mi casa!

—Sí,  sí,  sí,  pero  por  fortuna  yo  había  apostado  al  señor  Tibbles  debajo  de  un coche, por si acaso, y el señor Tibbles vino a avisarme, pero cuando llegué a tu casa

www.lectulandia.com - Página 22

ya no estabas, y ahora… ¡Oh! ¿Qué dirá Dumbledore? ¡Eh, tú! —le gritó a Dudley, que estaba tumbado en el suelo del callejón en posición supina—. ¡Levanta tu gordo

trasero del suelo, rápido!

—¿Usted  conoce  a  Dumbledore?  —preguntó  Harry,  mirando  fijamente  a  la

señora Figg.

—Pues claro que conozco a Dumbledore. ¿Quién no conoce a Dumbledore? Pero

vámonos  ya  porque  no  voy  a  poder  ayudarte  si  vuelven;  nunca  he  transformado  ni siquiera una bolsita de té.

La señora Figg se inclinó, agarró uno de los inmensos brazos de Dudley con sus

apergaminadas manos y tiró de él.

—¡Levántate, zoquete! ¡Levántate!

Pero  Dudley  o  no  podía  o  no  quería  moverse,  así  que  permaneció  en  el  suelo, tembloroso y pálido como la cera, con los labios muy apretados.

—Ya me encargo yo —dijo Harry, que cogió a Dudley por el brazo y dio un tirón.

Haciendo un gran esfuerzo consiguió ponerlo de pie. Parecía que su primo estaba

a  punto  de  desmayarse.  Sus  diminutos  ojos  giraban  en  sus  órbitas  y  tenía  la  cara cubierta de sudor; en cuanto Harry lo soltó, Dudley se tambaleó peligrosamente.

—¡Deprisa! —insistió la señora Figg histérica.

Harry  se  colocó  uno  de  los  enormes  brazos  de  Dudley  sobre  los  hombros  y  lo

arrastró hacia la calle, encorvándose un poco bajo su peso. La señora Figg iba dando

tumbos  delante  de  ellos,  y  al  llegar  a  la  esquina  asomó  la  cabeza,  nerviosa,  y  miró hacia la calle.

—Ten la varita preparada —le dijo a Harry cuando entraron en el paseo Glicinia

—. Ahora no importa el Estatuto del Secreto; de todos modos lo vamos a pagar caro,

tanto da que nos cuelguen por un dragón o por un huevo de dragón. ¡Ay, el Decreto

para la moderada limitación de la brujería en menores de edad!… Esto es ni más ni

menos lo que temía Dumbledore. ¿Qué es eso que hay al final de la calle? Ah, es el

señor  Prentice…  No  escondas  la  varita,  muchacho,  ¿no  te  he  dicho  que  yo  no  te serviría de nada?

Pero no resultaba fácil sujetar con firmeza una varita mágica y al mismo tiempo

arrastrar  a  Dudley.  Harry,  impaciente,  le  dio  un  codazo  en  las  costillas  a  su  primo, pero éste parecía haber perdido todo interés por moverse por sí mismo. Dejaba caer

todo su peso sobre los hombros de Harry y arrastraba sus grandes pies por el suelo.

—¿Por  qué  no  me  dijo  que  era  una   squib,  señora  Figg?  —preguntó  Harry, jadeando por el esfuerzo que tenía que hacer para seguir andando—. Con la de veces

que he ido a su casa… ¿Por qué no me dijo nada?

—Órdenes  de  Dumbledore.  Tenía  que  vigilarte,  pero  sin  revelar  mi  identidad

porque eres demasiado joven. Perdona que te haya hecho pasarlo tan mal, Harry, pero

los  Dursley  no  te  habrían  dejado  ir  a  mi  casa  si  hubieran  creído  que  conmigo  te  lo www.lectulandia.com - Página 23

pasabas bien. No fue fácil, te lo aseguro… Pero ¡oh, cielos! —exclamó trágicamente, y empezó a retorcerse las manos otra vez—. Cuando Dumbledore se entere de esto…

¿Cómo  ha  podido  marcharse  Mundungus?  Se  suponía  que  estaba  de  guardia  hasta

medianoche. ¿Dónde se habrá metido? ¿Cómo voy a explicarle a Dumbledore lo que

ha sucedido? Yo no puedo aparecerme.

—Tengo una lechuza; si quiere, puedo prestársela —se ofreció Harry, quien luego

emitió un gruñido y se preguntó si su columna vertebral acabaría partiéndose bajo el

peso de Dudley.

—¡No lo entiendes, Harry! Dumbledore tendrá que actuar cuanto antes porque los

del Ministerio tienen sus formas de detectar la magia hecha por menores de edad; ya

deben de saberlo, te lo digo yo.

—Pero si estaba defendiéndome de unos dementores…, tenía que usar la magia.

Seguro  que  les  preocupará  más  saber  qué  hacían  unos   dementores  flotando  por  el paseo Glicinia, ¿no cree?

—¡Ay de mí, ojalá fuera así! Pero me temo que… ¡MUNDUNGUS FLETCHER, VOY A

MATARTE!

Se  oyó  un  fuerte  estampido,  y  un  fuerte  olor  a  licor  mezclado  con  el  de  tabaco rancio llenó el aire al mismo tiempo que un individuo achaparrado y sin afeitar, con

un abrigo harapiento, se materializaba justo delante de ellos. Tenía las piernas cortas

y arqueadas, el cabello, de color rojo anaranjado, largo y desgreñado, y unos ojos con

bolsas que le daban el aire compungido de un basset. En las manos llevaba un bulto

plateado que Harry reconoció al instante: era una capa invisible.

—¡Cállate,  Figgy!  —exclamó  el  individuo  mirando  a  la  señora  Figg  y  luego  a

Harry y a Dudley—. ¿No teníamos que operar en secreto?

—¡Ya  te  daré  yo  secreto!  —gritó  la  señora  Figg—.  ¡ dementores!  ¡Inútil,  ladrón, holgazán!

—¿ dementores? —repitió Mundungus horrorizado—. ¿ dementores, aquí?

—¡Sí,  aquí  mismo,  saco  de  cagarrutas  de  murciélago,  aquí!  —chilló  la  señora

Figg—. ¡Los dementores han atacado al muchacho durante tu guardia!

—¡Caramba! —dijo Mundungus atemorizado; observó a Harry y luego volvió a

mirar a la señora Figg—. Caramba, yo…

—¡Y tú por ahí, comprando calderos robados! ¿No te dije que no te marcharas?

¿No te avisé?

—Yo…, bueno…, yo… —Mundungus estaba muy abochornado—. Es que…, es

que era una buenísima ocasión…

La  señora  Figg  levantó  el  brazo  del  que  colgaba  la  cesta  de  la  compra  y  dio  un porrazo con él en la cara y en el cuello de Mundungus; a juzgar por el ruido metálico

que hizo la cesta, debía de estar llena de latas de comida para gatos.

—¡Ay! ¡Uy! ¡Vieja destornillada! ¡Alguien va a tener que contarle lo ocurrido a

www.lectulandia.com - Página 24

Dumbledore!

—¡Sí!… ¡Ya lo creo!… —gritó la señora Figg sin parar de golpear con la cesta a

Mundungus—.  ¡Y…  será…  mejor…  que  lo  hagas…  tú…  y  le  cuentes…  por  qué…

no estabas… aquí… para ayudar!

—¡Se te va a caer la redecilla! —dijo Mundungus, encogiéndose y protegiéndose

la cabeza con los brazos—. ¡Ya me voy! ¡Ya me voy!

Sonó otro fuerte estampido y Mundungus desapareció.

—¡Ojalá  Dumbledore  lo  mate!  —exclamó  la  señora  Figg  furiosa—.  Y  ahora,

¡vamos, Harry! ¿A qué esperas?

Harry  decidió  no  gastar  el  poco  aliento  que  le  quedaba  indicando  que  apenas

podía caminar bajo el peso de Dudley, así que le dio un tirón a su primo, que seguía

medio inconsciente, y echó a andar.

—Te  acompañaré  hasta  la  puerta  —dijo  la  señora  Figg  cuando  llegaron  a  Privet

Drive—. Por si hay alguno más por aquí… ¡Oh, cielos, qué catástrofe! Y has tenido

que defenderte de ellos tú solo… Y Dumbledore nos advirtió que teníamos que evitar

a toda costa que hicieras magia… Bueno, supongo que no sirve de nada llorar cuando

la poción ya se ha derramado… Pero ahora el mal está hecho.

—Entonces…  —comentó  Harry  entrecortadamente—,  ¿Dumbledore…  me  ha

puesto… vigilancia?

—Por supuesto —respondió la señora Figg con impaciencia—. ¿Qué esperabas?

¿Que  te  dejara  pasear  por  ahí  solo  después  de  lo  que  pasó  en  junio?  ¡Vamos, muchacho, me habían dicho que eras inteligente! Bueno, entra y no salgas —le dijo

cuando  llegaron  al  número  cuatro—.  Supongo  que  alguien  se  pondrá  en  contacto

contigo pronto.

—¿Qué va a hacer usted? —se apresuró a preguntar Harry.

—Me voy derechita a casa —contestó la señora Figg; echó un vistazo a la oscura

calle  y  se  estremeció—.  Tendré  que  esperar  a  que  me  envíen  más  instrucciones.  Tú quédate en casa. Buenas noches.

—¡Espere un momento! ¡No se marche todavía! Quiero saber…

Pero  la  señora  Figg  ya  había  echado  a  andar  a  buen  paso,  con  las  zapatillas  de cuadros  escoceses  como  chancletas,  mientras  la  cesta  de  la  compra  continuaba

produciendo aquel curioso ruido metálico.

—¡Espere! —le gritó Harry.

Tenía un millón de preguntas que hacerle a cualquiera que estuviera en contacto

con Dumbledore; pero, pasados unos segundos, la oscuridad se tragó a la señora Figg.

Con  el  entrecejo  fruncido,  Harry  se  colocó  bien  a  Dudley  sobre  los  hombros  y  se dirigió lenta y dolorosamente hacia el sendero del jardín del número cuatro.

La luz del vestíbulo estaba encendida. Harry se guardó la varita en la cintura de

los vaqueros, tocó el timbre y vio cómo la silueta de tía Petunia se hacía más y más

www.lectulandia.com - Página 25

grande, distorsionada por el cristal esmerilado de la puerta de la calle.

—¡Diddy! Ya era hora, estaba poniéndome un poco…, un poco… ¡Diddy! ¿Qué

te pasa?

Harry miró de reojo a Dudley y se escabulló de debajo de su brazo justo a tiempo.

Su primo se quedó de pie un momento, oscilando, con la cara de un verde pálido…

De pronto, abrió la boca y vomitó en el felpudo.

—¡Diddy! ¿Qué te pasa, Diddy? ¡Vernon! ¡Vernon!

El  tío  de  Harry  salió  del  salón,  moviéndose  con  la  gracia  de  un  elefante  y

meneando  el  bigote  de  morsa  de  aquí  para  allá,  como  hacía  siempre  que  se  ponía nervioso. Corrió a ayudar a tía Petunia para conseguir que Dudley, que no se tenía en

pie, cruzara el umbral, mientras él evitaba pisar el charco de vómito.

—¡Está enfermo, Vernon!

—¿Qué tienes, hijo? ¿Qué ha pasado? ¿Te ha dado la señora Polkiss algo raro con

el té?

—¿Cómo es que vas manchado de tierra, cariño? ¿Te has tumbado en el suelo?

—Un momento… No te habrán atracado, ¿verdad, hijo?

Tía Petunia soltó un grito desgarrador.

—¡Llama  a  la  policía,  Vernon!  ¡Llama  a  la  policía!  ¡Diddy,  tesoro,  dile  algo  a mami! ¿Qué te han hecho?

Con todo el follón, nadie se había fijado todavía en Harry, lo cual fue una suerte

para  él.  Consiguió  colarse  dentro  justo  antes  de  que  tío  Vernon  cerrara  la  puerta,  y mientras  los  Dursley  seguían  avanzando  ruidosamente  por  el  vestíbulo  hacia  la

cocina, Harry se dirigió con cautela y sin hacer ruido hacia la escalera.

—¿Quién ha sido, hijo? Danos nombres. Los atraparemos, no te preocupes.

—¡Chissst! ¡Está intentando decirnos algo, Vernon! ¿Qué es, Diddy? ¡Cuéntaselo

a mami!

Harry tenía un pie en el primer escalón cuando Dudley recuperó la voz.

—Él.

Harry se quedó inmóvil, con una mueca en la cara, preparado para el estallido.

—¡Chico! ¡Ven aquí!

Con una mezcla de miedo y rabia, Harry levantó con lentitud el pie del escalón y

se dio la vuelta para seguir a los Dursley.

La cocina, impecable, tenía un brillo casi irreal en contraste con la oscuridad del

exterior.  Tía  Petunia  hizo  sentar  a  Dudley  en  una  silla;  el  chico  todavía  estaba  muy verde  y  sudoroso.  Tío  Vernon  estaba  de  pie  delante  del  escurreplatos,  fulminando  a Harry con sus diminutos y entrecerrados ojos.

—¿Qué le has hecho a mi hijo? —preguntó con un rugido amenazador.

—Nada —contestó Harry pese a saber que tío Vernon no iba a creérselo.

—¿Qué te ha hecho, Diddy? —dijo tía Petunia con voz insegura mientras con una

www.lectulandia.com - Página 26

esponja le limpiaba el vómito a su hijo de la chaqueta de cuero—. ¿Ha sido… con lo que tú ya sabes, tesoro? ¿Ha utilizado… esa cosa?

Dudley, tembloroso, asintió muy despacio.

—¡No es verdad! —saltó Harry; tía Petunia soltó un gemido y tío Vernon levantó

los puños—. No le he hecho nada, no he sido yo, ha sido…

En ese preciso instante una lechuza entró como una flecha por la ventana, cruzó

volando la cocina y rozó la coronilla de tío Vernon; a continuación, dejó a los pies de

Harry el gran sobre de pergamino que llevaba en el pico, se dio la vuelta con agilidad,

tocando ligeramente con las puntas de las alas la parte superior de la nevera, salió por

donde había entrado y cruzó el jardín.

—¡Lechuzas!  —bramó  tío  Vernon,  y  mientras  cerraba  de  golpe  la  ventana  de  la

cocina, la maltrecha vena de su sien empezó a latir con furia—. ¡Otra vez lechuzas!

¡No quiero ver más lechuzas en mi casa!

Pero Harry ya había empezado a abrir el sobre y sacó la carta que había dentro.

Notaba los latidos del corazón en la garganta, a la altura de la nuez.

Querido señor Potter:

Nos han informado de que ha realizado usted el encantamiento patronus a

las  21.23  horas  de  esta  noche  en  una  zona  habitada  por  muggles  y  en

presencia de un muggle.

La gravedad de esta infracción del Decreto para la moderada limitación

de  la  brujería  en  menores  de  edad  ha  ocasionado  su  expulsión  del  Colegio

Hogwarts de Magia y Hechicería. En breve, representantes del Ministerio se

desplazarán hasta su lugar de residencia para destruir su varita.

Dado  que  usted  ya  recibió  una  advertencia  oficial  por  una  infracción

anterior de la Sección Decimotercera de la Confederación Internacional del

Estatuto del Secreto de los Brujos, lamentamos comunicarle que se requiere

su presencia en una vista disciplinar en el Ministerio de Magia el día 12 de

agosto a las 09.00 horas.

Con mis mejores deseos.

Atentamente,

Mafalda Hopkirk

Oficina Contra el Uso

Indebido de la Magia

Ministerio de Magia

Harry leyó la carta dos veces de arriba abajo. Aunque oía hablar a tío Vernon y a

tía Petunia, no los escuchaba. Se le había quedado la mente en blanco, pero un hecho

había penetrado en su conciencia como un dardo paralizador: lo habían expulsado de

www.lectulandia.com - Página 27

Hogwarts. Todo había terminado. Ya no podría volver allí.

Levantó la cabeza y miró a los Dursley. Tío Vernon estaba lívido de ira y gritaba

con los puños en alto; tía Petunia tenía los brazos alrededor de Dudley, que volvía a

vomitar.

El  cerebro  de  Harry,  aturdido  durante  unos  instantes,  se  puso  de  nuevo  en

funcionamiento.  «En  breve,  representantes  del  Ministerio  se  desplazarán  hasta  su lugar  de  residencia  para  destruir  su  varita.»  Sólo  podía  hacer  una  cosa:  tenía  que echar a correr, en ese mismo momento. Harry no sabía adónde iría, pero de una cosa

estaba  seguro:  tanto  dentro  como  fuera  de  Hogwarts,  necesitaba  su  varita  mágica.

Como  si  estuviera  soñando,  sacó  su  varita  y  se  dio  la  vuelta  dispuesto  a  salir  de  la cocina.

—¿Adónde  te  has  creído  que  vas?  —le  gritó  tío  Vernon.  Al  ver  que  Harry  no

contestaba,  cruzó  la  cocina  a  grandes  zancadas  para  cerrarle  el  paso—.  ¡Todavía  no he acabado contigo, chico!

—Apártate —dijo Harry con voz queda.

—Vas a quedarte aquí y explicarme por qué mi hijo…

—Si  no  te  apartas  de  la  puerta,  voy  a  echarte  un  maleficio  —afirmó  Harry,

levantando su varita.

—¡A mí no vas a amenazarme con eso! —gruñó tío Vernon—. ¡Sé que no estás

autorizado a utilizarla fuera de esa casa de locos que llamas colegio!

—La casa de locos me ha expulsado —respondió Harry—. Ahora puedo hacer lo

que me dé la gana. Te doy tres segundos. Uno, dos…

Un fuerte estruendo resonó en la cocina. Tía Petunia se puso a chillar, tío Vernon

pegó un grito y se agachó, pero por tercera vez aquella noche Harry buscó el origen

de un alboroto que no había provocado él. Esa vez lo descubrió de inmediato: había

una lechuza, aturdida y con las plumas alborotadas, posada en el alféizar. Acababa de

chocar  contra  la  ventana  cerrada.  Ignorando  el  angustiado  grito  de  «¡Lechuzas!»  de tío  Vernon,  Harry  cruzó  la  habitación  corriendo  y  abrió  la  ventana  de  golpe.  La lechuza  estiró  una  pata  en  la  que  llevaba  atado  un  pequeño  rollo  de  pergamino, sacudió las plumas y emprendió el vuelo en cuanto Harry hubo cogido la carta. Con

manos  temblorosas,  el  chico  desenrolló  el  segundo  mensaje,  que  estaba

apresuradamente escrito con tinta negra y emborronado.

Harry:

Dumbledore  acaba  de  llegar  al  Ministerio  y  está  intentando  arreglarlo

todo. NO  SALGAS  DE  LA  CASA  DE  TUS  TÍOS.  NO  HAGAS  MÁS  MAGIA.  NO  ENTREGUES  TU

VARITA.

Arthur Weasley

www.lectulandia.com - Página 28

Dumbledore  estaba  intentando  arreglarlo  todo…  ¿Qué  significaba  eso?  ¿Acaso Dumbledore  tenía  suficiente  poder  para  invalidar  las  decisiones  del  Ministerio  de Magia? ¿Había entonces alguna posibilidad de que le permitieran volver a Hogwarts?

Un  pequeño  brote  de  esperanza  floreció  en  el  pecho  de  Harry,  pero  enseguida  el miedo volvió a atenazarlo: ¿cómo iba a negarse a entregar su varita sin hacer magia?

Tendría que batirse en duelo con los representantes del Ministerio, y si lo hacía podría

considerarse afortunado si no acababa en Azkaban, por no hablar de la expulsión.

Su  cerebro  trabajaba  a  toda  velocidad…  Podía  huir  y  arriesgarse  a  que  el

Ministerio  lo  capturara,  o  quedarse  donde  estaba  y  esperar  a  que  fueran  a  buscarlo allí. La primera opción lo tentaba mucho más, pero sabía que el señor Weasley quería

lo  mejor  para  él…  Y  después  de  todo,  Dumbledore  había  arreglado  situaciones

mucho peores otras veces.

—Vale —dijo Harry—. He cambiado de idea. Me quedo. Se dejó caer en una de

las  sillas  de  la  cocina,  frente  a  Dudley  y  a  tía  Petunia.  Los  Dursley  parecían sorprendidos  por  el  brusco  cambio  de  opinión  de  Harry.  Tía  Petunia  miró  con

desesperación  a  tío  Vernon.  La  vena  de  la  morada  sien  de  tío  Vernon  palpitaba  con más violencia que nunca.

—¿Quién te envía esas malditas lechuzas? —le preguntó, rabioso, su tío.

—La  primera  me  la  ha  enviado  el  Ministerio  de  Magia  para  comunicarme  mi

expulsión  —respondió  Harry  con  calma.  Mientras  hablaba,  aguzaba  el  oído  para

captar cualquier ruido procedente del exterior, por si llegaban los representantes del

Ministerio; además, era más fácil y menos enervante contestar a las preguntas de tío

Vernon que enfrentarse a sus bramidos—. La segunda era del padre de mi amigo Ron,

que trabaja en el Ministerio.

—¿El  Ministerio  de  Magia?  —gritó  tío  Vernon—.  ¿Estás  diciéndome  que  hay

gente como tú en el gobierno? Claro, eso lo explica todo, todo; no me extraña que el

país se esté viniendo abajo. —Como Harry no dijo nada, tío Vernon lo fulminó con la

mirada y le espetó—: ¿Y por qué te han expulsado?

—Porque he hecho magia.

—¡Aja! —rugió tío Vernon, y dio un puñetazo en la parte superior de la nevera,

cuya puerta se abrió; unos cuantos tentempiés de bajo contenido graso, que consumía

Dudley, salieron despedidos y cayeron al suelo—. ¡Así que lo reconoces! ¿Qué le has

hecho a tu primo?

—Nada —contestó Harry, ya no tan calmado—. Eso no lo he hecho yo…

—Sí lo ha hecho —masculló inesperadamente Dudley.

De inmediato, tío Vernon y tía Petunia se pusieron a agitar las manos para hacer

callar a Harry mientras se inclinaban sobre Dudley.

—Sigue, hijo —dijo tío Vernon—, ¿qué te ha hecho?

—Cuéntanoslo, ricura —susurró tía Petunia.

www.lectulandia.com - Página 29

—Me ha apuntado con la varita —farfulló Dudley.

—Sí, es verdad, pero no he utilizado… —se defendió Harry, enojado, aunque…

—¡Cállate! —gritaron tío Vernon y tía Petunia al unísono.

—Sigue, hijo —repitió tío Vernon con los pelos del bigote agitadísimos.

—Se ha quedado todo oscuro —dijo Dudley con voz ronca, estremeciéndose—.

Muy oscuro. Y entonces he o-oído… cosas. Dentro de mi cabeza.

Tío  Vernon  y  tía  Petunia  se  miraron  horrorizados.  Una  de  las  cosas  que  más

aborrecían del mundo era la magia (seguida muy de cerca por los vecinos que hacían

más trampas que ellos respecto a la prohibición del uso de mangueras); pero la gente

que  oía  voces  estaba  también  en  esa  lista.  Era  evidente  que  creían  que  Dudley  se había vuelto loco.

—¿Qué cosas has oído, Peoncita? —preguntó tía Petunia con un hilo de voz. Se

había quedado muy pálida y tenía lágrimas en los ojos.

Pero  Dudley  parecía  incapaz  de  explicarse.  Volvió  a  estremecerse  y  sacudió  su

enorme y rubia cabeza; pese a la sensación de pavor que se había apoderado de Harry

desde  la  llegada  de  la  primera  lechuza,  sintió  cierta  curiosidad.  Los   dementores hacían que la gente reviviera los peores momentos de su vida. ¿Qué se habría visto

obligado a oír su malcriado, mimado y bravucón primo?

—¿Cómo  te  has  caído,  hijo?  —preguntó  tío  Vernon  con  una  voz  artificialmente

tranquila,  el  tipo  de  voz  que  habría  adoptado  junto  a  la  cama  de  una  persona gravemente enferma.

—He tro-tropezado —contestó Dudley con voz temblorosa—. Y entonces…

Se señaló el enorme pecho. Harry lo comprendió. Dudley estaba recordando aquel

frío  húmedo  que  te  llenaba  los  pulmones,  cuando  los   dementores  te  sorbían  la esperanza y la alegría.

—Horrible —graznó Dudley—. Frío. Mucho frío.

—Ya  —dijo  tío  Vernon  con  serenidad  forzada  mientras  tía  Petunia,  nerviosa,  le

ponía  una  mano  en  la  frente  a  su  hijo  para  comprobar  si  tenía  fiebre—.  ¿Qué  ha pasado luego, Dudders?

—He sentido… sentido… como… como si… como si…

—Como si nunca más fueras a ser feliz —aportó Harry con un tono muy débil.

—Sí —susurró Dudley, que no paraba de temblar.

—¡Ya  veo!  —exclamó  tío  Vernon,  cuya  voz  había  recuperado  su  volumen

habitual, y se enderezó—. Le has hecho un maleficio a mi hijo para que oiga voces y

crea que está condenado… a la desgracia o algo así, ¿no?

—¿Cuántas  veces  tengo  que  decírtelo?  —respondió  Harry  subiendo  el  tono  de

voz,  pues  se  le  estaba  agotando  la  paciencia—.  ¡No  he  sido  yo!  ¡Han  sido  dos dementores!

—¿Dos qué? ¿Qué son esas paparruchas?

www.lectulandia.com - Página 30

—De-men-to-res —repitió Harry, pronunciando con lentitud y claridad—. Dos.

—¿Y qué demonios son los dementores, si puede saberse?

—Vigilan la prisión de los magos, Azkaban —terció tía Petunia.

Tras aquellas palabras, hubo dos segundos de silencio absoluto; luego tía Petunia

se  tapó  la  boca  con  una  mano,  como  si  acabara  de  pronunciar  una  espantosa

palabrota.  Tío  Vernon  la  miraba  con  los  ojos  abiertos  como  platos.  El  cerebro  de Harry era un mar de confusión. La señora Figg era una cosa, pero… ¿tía Petunia?

—¿Cómo sabes eso? —le preguntó, perplejo, su marido.

Tía  Petunia  estaba  horrorizada  de  sí  misma.  Miró  a  tío  Vernon,  cohibida,  como pidiéndole  disculpas;  después  bajó  un  poco  la  mano,  dejando  al  descubierto  sus dientes de caballo.

—Hace muchos años… oí a aquel… infeliz… que se lo contaba a ella… —dijo

con voz entrecortada.

—Si te refieres a mi padre y a mi madre, ¿por qué no los llamas por sus nombres?

—dijo  Harry  en  voz  alta,  pero  tía  Petunia  no  le  hizo  caso.  Parecía  terriblemente aturullada.

Harry estaba atónito. Con excepción de un arrebato ocurrido años atrás, durante el

cual  tía  Petunia  había  gritado  que  la  madre  de  Harry  era  un  monstruo,  él  nunca  la había  oído  mencionar  a  su  hermana.  Le  sorprendió  que  su  tía  hubiera  recordado aquella información sobre el mundo mágico durante tanto tiempo, cuando lo normal

era que empleara toda su energía en fingir que ese mundo no existía.

Tío  Vernon  abrió  la  boca,  la  cerró,  la  abrió  una  vez  más,  la  cerró  de  nuevo  y luego, como si le costara trabajo recordar lo que había que hacer para hablar, la abrió

por tercera vez y dijo con voz ronca:

—Entonces…

Entonces…

¿existen

de

verdad,

existen

esos…

demencomosellamen?

Tía Petunia asintió.

Tío  Vernon  miró  primero  a  tía  Petunia,  luego  a  Dudley  y  por  último  a  Harry, esperando  que  en  cualquier  momento  alguien  gritara:  «¡Inocente!»  Como  nadie  lo

hizo,  abrió  la  boca  una  vez  más,  pero  no  tuvo  que  esforzarse  en  encontrar  más palabras porque, en ese preciso instante, llegó la tercera lechuza de la noche. Entró a

toda pastilla por la ventana, que seguía abierta, como una bala de cañón con plumas,

y  aterrizó  con  estrépito  sobre  la  mesa  de  la  cocina,  haciendo  que  los  tres  Dursley pegaran  un  bote,  asustados.  Harry  cogió  el  segundo  sobre,  que  parecía  oficial,  del pico de la lechuza y lo abrió, mientras el animal se marchaba por donde había llegado

y se perdía en la noche.

—¡Estoy  harto  de  esas  condenadas  lechuzas!  —masculló  tío  Vernon,  como  un

loco; fue hacia la ventana y volvió a cerrarla de golpe.

www.lectulandia.com - Página 31

Querido señor Potter:

Con  relación  a  nuestra  carta  de  hace  unos  veinte  minutos,  el  Ministerio

de Magia ha revisado su decisión de destruir de inmediato su varita mágica.

Puede  conservar  usted  su  varita  hasta  la  vista  disciplinar  del  12  de  agosto, momento en el que se tomará una decisión oficial.

Tras  entrevistarse  con  el  director  del  Colegio  Hogwarts  de  Magia  y

Hechicería, el Ministerio ha acordado que el asunto de su expulsión también

se decidirá en esa vista. Por lo tanto, considérese excusado del colegio hasta

posteriores investigaciones.

Con mis mejores deseos.

Atentamente,

Mafalda Hopkirk

Oficina Contra el Uso

Indebido de la Magia

Ministerio de Magia

Harry leyó la carta con rapidez tres veces seguidas. Aquel angustioso nudo que se

le había formado en el pecho se aflojó un tanto con el alivio de saber que todavía no

lo habían expulsado definitivamente, aunque sus temores no habían desaparecido, ni

mucho menos. Todo parecía depender de la vista del 12 de agosto.

—¿Y  bien?  —preguntó  tío  Vernon,  devolviendo  a  Harry  a  la  realidad—.  ¿Qué

pasa ahora? ¿Te han condenado a algo? ¿Existe la pena de muerte entre tu gente? —

añadió, esperanzado, como si se le acabara de ocurrir esa idea.

—Tengo que ir a una vista —explicó Harry.

—¿Y allí te condenarán?

—Supongo que sí.

—Entonces no perderé la esperanza —aseguró tío Vernon con crueldad.

—Bueno,  si  eso  es  todo…  —dijo  Harry  poniéndose  en  pie.  Estaba  deseando

quedarse a solas para pensar y quizá para enviarle una carta a Ron, a Hermione o a

Sirius.

—¡No, claro que no es todo! —bramó tío Vernon—. ¡Siéntate inmediatamente!

—¿Y ahora qué pasa? —preguntó Harry con impaciencia.

—¡Dudley! —gritó tío Vernon—. ¡Quiero saber exactamente qué le ha ocurrido a

mi hijo!

—¡Muy  bien!  —chilló  Harry,  y  la  rabia  que  sentía  hizo  que  de  la  punta  de  su varita,  que  todavía  tenía  en  la  mano,  saltaran  chispas  rojas  y  doradas.  Los  tres Dursley,  acobardados,  se  encogieron—.  Dudley  y  yo  estábamos  en  el  callejón  que conecta  la  calle  Magnolia  y  el  paseo  Glicinia  —explico  Harry;  hablaba  deprisa, intentando no perder los estribos—. Dudley estaba vacilándome y yo saqué mi varita,

www.lectulandia.com - Página 32

pero no la utilicé. Entonces aparecieron dos dementores

—Pero ¿qué son los dementoides? —preguntó tío Vernon furioso—. ¿Qué hacen?

—Ya os lo he dicho: te quitan toda la alegría que tienes dentro —respondió Harry

—, y si tienen ocasión te besan y…

—¿Que te besan? —lo interrumpió tío Vernon con los ojos fuera de las órbitas—.

¿Que te besan?

—Así llaman al hecho de que te saquen el alma por la boca.

Tía Petunia soltó un débil grito.

—¿El alma? No le habrán quitado… Él todavía tiene su…

Agarró a Dudley por los hombros y lo sacudió, como si pretendiera oír el alma de

su hijo repiqueteando en el interior del cuerpo del chico.

—Claro que no le han quitado el alma. Si lo hubieran hecho ya os habríais dado

cuenta —respondió Harry exasperado.

—Tú  los  ahuyentaste,  ¿verdad,  hijo?  —-inquirió  tío  Vernon  con  ímpetu,  como

quien se esfuerza por devolver la conversación a un plano que domina—. Les diste su

merecido, ¿verdad?

—A  los   dementores  no  puedes  darles  su  merecido  —sentenció  Harry  entre

dientes.

—Entonces,  ¿cómo  es  que  está  bien?  —rugió  tío  Vernon—.  ¿Por  qué  no  está

vacío?

—Porque utilicé el encantamiento patronus

¡ZUUUM!  Con  un  fragor,  un  aleteo  y  una  pequeña  nube  de  polvo,  una  cuarta

lechuza salió a toda velocidad de la chimenea de la cocina.

—¡Por todos los demonios! —gritó tío Vernon, arrancándose los pelos del bigote,

algo que no se había visto obligado a hacer durante mucho tiempo—. ¡No quiero ver

más lechuzas en mi casa, no pienso tolerarlo, te lo advierto!

Pero Harry ya había cogido el pergamino que la lechuza llevaba atado a una pata.

Estaba tan seguro de que aquella carta tenía que ser de Dumbledore y de que en ella

lo  explicaba  todo  (los   dementores,  la  señora  Figg,  lo  que  tramaba  el  Ministerio,  y cómo  él,  Dumbledore,  pensaba  solucionar  la  situación)  que,  por  primera  vez  en  su vida,  se  llevó  una  desilusión  al  ver  la  caligrafía  de  Sirius.  Sin  prestar  atención  a  la perorata que tío Vernon estaba soltando sobre las lechuzas, y entrecerrando los ojos

para protegerse de otra nube de polvo que la última había provocado al colarse por la

chimenea, Harry leyó el mensaje de Sirius:

Arthur acaba de contarnos lo que ha sucedido. No vuelvas a salir de la casa,

pase lo que pase.

El  contenido  de  la  carta  le  pareció  a  Harry  una  reacción  tan  inapropiada  ante  lo www.lectulandia.com - Página 33

ocurrido aquella noche que le dio la vuelta al pergamino buscando el resto del texto, pero no encontró ni una sola palabra más.

Y notaba que estaba volviendo a perder la calma. ¿Acaso nadie pensaba felicitarlo

por  haber  derrotado  él  solo  a  dos   dementores?  Tanto  el  señor  Weasley  como  Sirius estaban  actuando  como  si  Harry  se  hubiera  portado  mal  y  como  si  estuvieran

reservándose  la  reprimenda  hasta  que  pudieran  determinar  el  alcance  de  los  daños ocasionados.

—… una bananada, quiero decir, una bandada de lechuzas entrando y saliendo de

mi casa. No pienso tolerarlo, chico, no voy a…

—No puedo impedir que vengan lechuzas —le espetó Harry al mismo tiempo que

arrugaba la carta de Sirius con la mano.

—¡Quiero saber la verdad de lo que ha pasado esta noche! —bramó tío Vernon—.

Si han sido los Demendadores los que le han hecho daño a Dudley, ¿por qué te han

expulsado? ¡Has hecho eso que tú ya sabes, lo has admitido!

Harry  respiró  hondo  para  tranquilizarse.  Empezaba  a  dolerle  otra  vez  la  cabeza.

Lo que más deseaba era salir de la cocina y perder de vista a los Dursley.

—Hice  el  encantamiento   patronus  para  librarme  de  los   dementores  —explicó, obligándose a conservar la calma—. Es lo único que funciona con ellos.

—Pero ¿qué hacían esos dementoides en Little Whinging? —preguntó tío Vernon

con indignación.

—Eso no puedo decírtelo —respondió Harry cansinamente—. No tengo ni idea.

Las punzadas que notaba en la cabeza eran cada vez más fuertes, y le molestaba

mucho la intensa luz de los fluorescentes de la cocina. Su enfado iba disminuyendo

poco a poco. Estaba agotado, exhausto. Los Dursley lo miraban fijamente.

—Es por tu culpa —afirmó tío Vernon con energía—. Tiene algo que ver contigo,

chico, estoy seguro. Si no, ¿por qué iban a venir aquí? ¿Qué iban a estar haciendo en

ese  callejón?  Es  evidente  que  eres  el  único…,  el  único…  —Al  parecer  no  lograba pronunciar  la  palabra  «mago»—.  El  único  ya  sabes  qué  en  varios  kilómetros  a  la redonda.

—No sé a qué han venido.

Pero tras las palabras de tío Vernon, el agotado cerebro de Harry se había puesto

de nuevo en funcionamiento. ¿Por qué habían ido los dementores a Little Whinging?

¿Cómo iba a ser una casualidad que hubieran aparecido en el callejón donde estaba

Harry? ¿Los había enviado alguien? ¿Había perdido el Ministerio de Magia el control

de  los   dementores?  ¿Habían  abandonado  Azkaban  y  se  habían  unido  a  Voldemort, como Dumbledore había vaticinado?

—¿Esos  Desmembradores  vigilan  una  prisión  de  bichos  raros?  —preguntó  tío

Vernon siguiendo trabajosamente el hilo de las ideas del muchacho.

—Sí —confirmó Harry.

www.lectulandia.com - Página 34

Si al menos dejara de dolerle la cabeza, si al menos pudiera salir de la cocina y subir a su oscuro dormitorio y pensar…

—¡Aja! ¡Venían a detenerte! —exclamó tío Vernon con el aire triunfante de quien

ha llegado a una conclusión irrefutable—. Seguro que es eso, ¿verdad, chico? ¡Estás

huyendo de la justicia!

—Claro que no —dijo Harry moviendo la cabeza como si ahuyentara una mosca;

su mente iba a toda velocidad.

—Entonces, ¿por qué…?

—Debe  de  haberlos  enviado  él  —sugirió  Harry  con  un  hilo  de  voz,  más  para  sí que para tío Vernon.

—¿Cómo dices? ¿Que debe de haberlos enviado quién?

—Lord Voldemort —dijo Harry.

Reparó  en  lo  extraño  que  resultaba  que  los  Dursley,  que  se  encogían,  hacían

muecas  y  chillaban  cada  vez  que  escuchaban  palabras  como  «mago»,  «magia»  o

«varita»,  pudieran  oír  el  nombre  del  mago  más  malvado  de  todos  los  tiempos  sin alterarse lo más mínimo.

—Lord… Espera un momento —dijo tío Vernon, con la cara contraída, al mismo

tiempo  que  en  sus  ojos  de  cerdito  brillaba  una  chispa  de  comprensión—.  No  es  la primera vez que oigo ese nombre… Ése fue el que…

—Asesinó a mis padres, sí —confirmó Harry.

—Pero desapareció —objetó tío Vernon con impaciencia, sin pararse a pensar que

el  asesinato  de  los  padres  de  Harry  pudiera  ser  un  tema  delicado—.  Aquel  tipo gigantesco lo dijo. Desapareció.

—Ha vuelto —sentenció Harry con rotundidad.

Era rarísimo estar allí de pie, en la aséptica cocina de tía Petunia, entre la nevera

último  modelo  y  el  televisor  de  pantalla  plana,  hablando  como  si  tal  cosa  de  lord Voldemort con tío Vernon. Parecía que la llegada de los dementores a Little Whinging había abierto una brecha en el enorme aunque invisible muro que separaba el mundo

implacablemente  no  mágico  de  Privet  Drive  y  el  que  había  al  otro  lado.  En  cierto modo, las dos vidas de Harry se habían fusionado y todo había quedado patas arriba;

los  Dursley  estaban  pidiéndole  detalles  sobre  el  mundo  mágico,  y  la  señora  Figg conocía  a  Albus  Dumbledore;  los   dementores  se  cernían  sobre  Little  Whinging,  y quizá  Harry  no  regresara  a  Hogwarts.  El  dolor  de  cabeza  del  muchacho  iba  en

aumento.

—¿Que ha vuelto? —susurró tía Petunia.

Miraba a Harry como nunca lo había hecho. Y de pronto, por primera vez en su

vida,  Harry  se  dio  plena  cuenta  de  que  tía  Petunia  era  la  hermana  de  su  madre.  No habría sabido explicar por qué esa idea lo sacudió tan fuerte en aquel preciso instante.

Lo único que sabía era que él no era la única persona de las que había en la cocina

www.lectulandia.com - Página 35

que intuía lo que podía significar que lord Voldemort hubiera regresado. Tía Petunia jamás lo había mirado de aquella manera y en ese momento no tenía entrecerrados los

grandes  ojos  claros  (completamente  distintos  de  los  de  su  hermana),  con  una

expresión  de  asco  o  de  enojo,  sino  muy  abiertos  y  asustados.  La  ficción  que  tía Petunia había mantenido durante toda la vida de Harry (que la magia no existía y que

no  había  otro  mundo  más  que  el  que  ella  habitaba  con  tío  Vernon)  parecía  haberse derrumbado.

—Sí —confirmó Harry, dirigiéndose a tía Petunia—. Volvió hace un mes. Yo lo

vi.

Las  manos  de  tía  Petunia  se  posaron  sobre  los  anchos  hombros  de  Dudley,

cubiertos con su ropa de cuero, y los apretaron.

—Espera un momento —intervino tío Vernon, mirando a su esposa, luego a Harry

y  luego  otra  vez  a  tía  Petunia,  aparentemente  atónito  y  desconcertado  por  el

entendimiento que parecía haber surgido entre tía y sobrino—. Un momento. ¿Dices

que ese lord Voldcomosellame ha vuelto?

—Sí.

—El que mató a tus padres.

—Sí.

—¿Y ahora ha empezado a enviarte Desmembradores?

—Eso parece —respondió Harry.

—Entiendo  —dijo  tío  Vernon.  Miró  a  su  esposa,  que  estaba  tremendamente

pálida,  y  luego  a  Harry,  al  mismo  tiempo  que  se  subía  la  cintura  de  los  pantalones.

Harry tuvo la impresión de que su tío se inflaba y de que su enorme rostro morado se

dilataba ante sus ojos—. Bueno, ya no me cabe duda —aseguró, y siguió inflándose,

mientras la camisa se le tensaba más y más—. ¡Ya puedes largarte de esta casa, chico!

—¿Qué? —dijo Harry.

—Ya me has oído. ¡FUERA! —gritó tío Vernon, tan fuerte que hasta tía Petunia y

Dudley  dieron  un  brinco—.  ¡FUERA!  ¡FUERA!  ¡Debí  hacer  esto  hace  muchos  años!

¡Lechuzas  que  se  pasean  por  aquí  como  si  tal  cosa,  pudines  que  explotan,  medio salón destrozado, la cola de Dudley, Marge flotando por el techo y ese Ford Anglia

volador! ¡FUERA! ¡LARGO! ¡Se acabó! ¡Has pasado a la historia! No vas a quedarte aquí

si hay un loco que te persigue, ni vas a poner en peligro la vida de mi esposa y de mi

hijo, ni vas a causarnos más problemas. ¡Si piensas seguir los pasos de tus padres, es

asunto tuyo! ¡LARGO DE AQUÍ!

Harry  se  quedó  clavado  donde  estaba.  Tenía  las  cartas  del  Ministerio,  del  señor Weasley y de Sirius arrugadas en la mano izquierda. «No vuelvas a salir de la casa,

pase lo que pase. NO SALGAS DE LA CASA DE TUS TÍOS.»

—¡Ya me has oído! —insistió tío Vernon, y se inclinó hacia delante hasta que su

enorme y morada cara quedó tan cerca de la de Harry que éste notó las salpicaduras

www.lectulandia.com - Página 36

de  saliva  en  el  rostro—.  ¡Andando!  ¡Hace  media  hora  estabas  deseando  marcharte!

¡Pues adelante! ¡Lárgate de aquí y no vuelvas a pisar nuestra casa jamás! No sé por

qué te acogimos en su día; Marge tenía razón, debimos enviarte al orfanato. Fuimos

demasiado  blandos  contigo,  creímos  que  podríamos  rehabilitarte,  creímos  que

podríamos  convertirte  en  una  persona  normal,  pero  estabas  podrido  desde  el

principio, y ya estoy harto. ¡Lechuzas!

La quinta lechuza salió disparada de la chimenea, tan deprisa que chocó contra el

suelo  antes  de  volver  a  emprender  el  vuelo  con  un  fuerte  aullido.  Harry  levantó  las manos para coger la carta, que iba en un sobre de color escarlata, pero el pájaro pasó

volando por encima de su cabeza y se dirigió hacia tía Petunia, que soltó un chillido y

se agazapó, tapándose la cara con los brazos. La lechuza dejó caer el sobre rojo sobre

la cabeza de tía Petunia, dio media vuelta y volvió a colarse por la chimenea.

Harry  se  abalanzó  sobre  su  tía  para  arrebatarle  la  carta,  pero  tía  Petunia  se  le adelantó.

—Puedes  abrirla  si  quieres  —dijo  Harry—,  pero  de  todos  modos  oiré  lo  que

pone. Es un vociferador.

—¡Suelta eso, Petunia! —rugió tío Vernon—. ¡No lo toques, podría ser peligroso!

—Va dirigida a mí —se excusó tía Petunia con voz trémula—. ¡Va dirigida a mí,

Vernon, mira! Señora Petunia Dursley, La Cocina, Privet Drive Número Cuatro…

Contuvo la respiración, horrorizada. El sobre rojo había empezado a echar humo.

—¡Ábrelo! —le pidió Harry—. ¡Ábrelo ya! De todos modos ocurrirá.

—No.

A  tía  Petunia  le  temblaba  la  mano.  Miró  frenéticamente  alrededor,  como  si

buscara  una  ruta  de  huida,  pero  era  demasiado  tarde:  el  sobre  empezó  a  arder.  Tía Petunia gritó y lo soltó con rapidez.

Se oyó una voz imponente que resonaba en el reducido espacio de la cocina; salía

de la carta en llamas, que había quedado sobre la mesa.

—«Recuerda mi última… Petunia.»

Tía Petunia estaba a punto de desmayarse. Se sentó en la silla, junto a Dudley, y

se  tapó  la  cara  con  las  manos.  Los  restos  del  sobre  fueron  quedando  reducidos  a cenizas en medio de un profundo silencio.

—¿Qué es eso? —preguntó tío Vernon con voz ronca—. ¿Qué…? No… ¡Petunia!

Tía  Petunia  no  dijo  nada.  Dudley  miraba  a  su  madre,  estupefacto  y  con  la  boca abierta,  mientras  el  silencio  lo  envolvía  todo  en  una  espiral  horrenda.  Harry

observaba a su tía completamente perplejo y sentía que la cabeza le palpitaba como si

estuviera a punto de estallar.

—Petunia, querida —empezó tío Vernon con timidez—. Pe-Petunia…

Ella levantó la cabeza. Todavía temblaba. Tragó saliva y dijo con un hilo de voz:

—El chico… El chico tendrá que quedarse aquí, Vernon.

www.lectulandia.com - Página 37

—¿Cómo dices?

—Que se queda —repitió ella sin mirar a Harry, y se puso de nuevo en pie.

—Pero si… Petunia…

—Si lo echamos, los vecinos hablarán —añadió tía Petunia. Estaba recuperando

su  tono  enérgico  e  irascible,  aunque  seguía  muy  pálida—.  Nos  harán  preguntas

incómodas, querrán saber adónde ha ido. Tendremos que quedárnoslo.

Tío Vernon estaba desinflándose como un neumático pinchado.

—Pero Petunia, querida…

Tía Petunia no le hizo caso. Se volvió hacia Harry y le ordenó:

—Vas a quedarte en tu habitación. No salgas de casa. Y ahora vete a la cama.

Harry no se movió de donde estaba.

—¿Quién te ha enviado ese vociferador?

—No hagas preguntas —le espetó tía Petunia.

—-¿Estás en contacto con algún mago?

—¡Te he dicho que te vayas a la cama!

—¿Qué significaba? ¿Recuerda mi última qué?

—¡A la cama!

—¿Cómo es que…?

—¡Ya has oído a tu tía! ¡Sube a acostarte!

www.lectulandia.com - Página 38

3

La avanzadilla

«Me han atacado unos dementores y es posible que me expulsen de Hogwarts. Quiero

saber qué está pasando y cuándo voy a poder salir de aquí.»

Harry copió esas palabras en tres hojas de pergamino diferentes en cuanto llegó al

escritorio de su oscura habitación. Dirigió la primera a Sirius, la segunda a Ron y la

tercera  a  Hermione.   Hedwig,  su  lechuza,  había  salido  a  cazar;  su  jaula  estaba  vacía sobre  el  escritorio.  Harry  se  puso  a  dar  vueltas  por  su  dormitorio,  esperando  que regresara; notaba la cabeza a punto de estallar y tenía tantas cosas en que pensar que

no  creía  que  pudiera  dormir,  aunque  le  escocían  los  ojos  de  cansancio.  También  le dolía  la  espalda  de  llevar  a  rastras  a  Dudley  hasta  la  casa,  y  los  dos  chichones  que tenía en la cabeza (el que se había hecho al chocar contra la ventana y el del puñetazo

que le había pegado su primo) le producían un punzante dolor.

No paraba de dar vueltas por el cuarto, consumido de ira y frustración, rechinando

los  dientes  y  con  los  puños  apretados;  y  cada  vez  que  pasaba  por  delante  de  la ventana,  lanzaba  enfurecidas  miradas  al  cielo  salpicado  de  estrellas.  Alguien  había enviado  a  los   dementores  para  que  lo  capturaran,  la  señora  Figg  y  Mundungus Fletcher  lo  seguían  en  secreto,  había  sido  expulsado  de  Hogwarts,  estaba  pendiente www.lectulandia.com - Página 39

una  vista  en  el  Ministerio  de  Magia…  Y  pese  a  todo  nadie  le  decía  qué  estaba ocurriendo.

¿Y  qué  demonios  significaba  aquel  vociferador?  ¿De  quién  era  aquella  voz  tan

horrible y amenazadora que había resonado en la cocina?

¿Por  qué  continuaba  atrapado  allí  sin  información?  ¿Por  qué  todos  lo  trataban

como si fuera un niño travieso? «No hagas más magia, quédate en casa…»

Al  pasar  por  delante  del  baúl  del  colegio  le  pegó  una  patada,  pero  en  lugar  de aliviar con ello la rabia que sentía, se encontró aún peor porque ahora tenía que sumar

el fuerte dolor del dedo gordo del pie al del resto del cuerpo.

Justo  cuando  pasaba  cojeando  por  delante  de  la  ventana,   Hedwig  entró  volando con un débil batir de alas, como un pequeño fantasma.

—¡Ya era hora! —gruñó Harry cuando el pájaro se posó con suavidad encima de

su jaula—. ¡Ya puedes soltar eso, tengo trabajo para ti!

Los grandes, redondos y ambarinos ojos de Hedwig lo miraron llenos de reproche

por encima de la rana muerta que sujetaba con el pico.

—Ven aquí —le ordenó Harry. Cogió los tres pequeños rollos de pergamino y se

los ató a la escamosa pata con una correa de cuero—. Lleva esto a Sirius, a Ron y a

Hermione  y  no  vuelvas  aquí  sin  unas  buenas  respuestas.  Si  es  necesario,  picotéalos hasta que hayan escrito unos mensajes decentemente largos. ¿Entendido?

Hedwig emitió un amortiguado ululato sin soltar la rana.

—En marcha, pues —dijo Harry.

Hedwig  echó  a  volar  de  inmediato.  En  cuanto  la  lechuza  hubo  salido  por  la ventana,  Harry  se  tumbó  en  la  cama  sin  desvestirse  y  se  quedó  mirando  el  oscuro techo. Por si fuera poco con los deprimentes sentimientos que experimentaba, encima

se  sentía  culpable  por  haber  sido  antipático  con   Hedwig;  la  lechuza  era  la  única amiga que tenía en el número cuatro de Privet Drive. Pero ya haría las paces con ella,

cuando llegara con las respuestas de Sirius, Ron y Hermione.

Seguro que le contestaban enseguida; no podrían hacer caso omiso de un ataque

de dementores. Probablemente al día siguiente, al despertar, encontraría tres gruesas cartas llenas de muestras de solidaridad y de planes para su inmediato traslado a La

Madriguera.  Y  con  esa  reconfortante  idea,  el  sueño  se  apoderó  de  él  sofocando cualquier otro pensamiento.

Pero   Hedwig  no  regresó  a  la  mañana  siguiente.  Harry  pasó  el  día  entero  en  su habitación  y  sólo  salió  para  ir  al  cuarto  de  baño.  En  tres  ocasiones,  tía  Petunia  le introdujo comida en el dormitorio a través de la gatera que tío Vernon había instalado

tres veranos atrás. Cada vez que Harry la oía acercarse, intentaba interrogarla sobre el

vociferador,  pero  si  hubiera  interrogado  al  pomo  de  la  puerta  habría  obtenido  las mismas respuestas. Por lo demás, los Dursley ni se acercaron a su habitación. Harry

www.lectulandia.com - Página 40

comprendió que no valía la pena forzarlos a soportar su compañía; con otra pelea no conseguiría  nada,  salvo  quizá  enfadarse  tanto  que  acabaría  haciendo  más  magia

ilegal.

Así pasaron tres días. Harry tenía altibajos: algunas veces se sentía lleno de una

impaciente  energía  que  le  impedía  concentrarse  en  nada,  y  entonces  recorría  el dormitorio, furioso con todos por permitir que sufriera en medio de tanta confusión;

otras  veces  lo  dominaba  un  letargo  tan  absoluto  que  podía  estar  una  hora  seguida tumbado en la cama con la mirada perdida y muerto de miedo ante la perspectiva de

una vista en el Ministerio.

¿Y si fallaban en su contra? ¿Y si lo expulsaban del colegio y le partían la varita

por la mitad? ¿Qué haría entonces, adónde iría? No podía volver a vivir siempre con

los  Dursley,  y  menos  ahora  que  conocía  aquel  otro  mundo,  el  mundo  al  que

pertenecía en realidad. ¿Podría irse a vivir con Sirius, como su padrino había sugerido

un año atrás, antes de que se viera obligado a huir de las autoridades? ¿Permitirían a

Harry vivir allí solo, dado que todavía era menor de edad? ¿Había sido su infracción

del Estatuto Internacional del Secreto lo bastante grave para que lo encerraran en una

celda  en  Azkaban?  Cada  vez  que  ese  pensamiento  volvía  a  aparecer  en  su  mente, Harry se levantaba de la cama y se ponía a pasear otra vez por la habitación.

La  cuarta  noche  después  de  la  partida  de   Hedwig,  Harry  estaba  tendido  en  la cama, en una de sus fases de apatía, contemplando el techo. Tenía la exhausta mente

casi en blanco cuando su tío entró en la habitación. Harry giró despacio la cabeza y lo

miró.  Tío  Vernon  llevaba  puesto  su  mejor  traje  y  la  expresión  de  su  rostro  era  de inmensa suficiencia.

—Salimos —anunció.

—¿Cómo dices?

—Que nosotros, es decir, tu tía, Dudley y yo, salimos.

—Muy bien —respondió Harry sin ánimo, y volvió a mirar el techo.

—Prohibido salir de la habitación hasta que volvamos.

—Vale.

—Prohibido tocar el televisor, el equipo de música o cualquier otra cosa.

—De acuerdo.

—Prohibido robar comida de la nevera.

—Entendido.

—Voy a cerrar tu puerta con llave.

—Como quieras.

Tío  Vernon  lanzó  a  Harry  una  mirada  de  odio,  desconfiando  de  la  actitud

resignada de su sobrino; salió de la habitación pisando fuerte y cerró la puerta tras él.

Harry oyó que la llave giraba en la cerradura y los pesados pasos de tío Vernon, que

bajaba la escalera. Transcurridos unos minutos, oyó cómo se cerraban las puertas de

www.lectulandia.com - Página 41

un  coche,  el  rugido  de  un  motor  y  el  inconfundible  sonido  del  coche  saliendo  de  la entrada de la casa.

A  Harry  no  le  importaba  que  los  Dursley  se  hubieran  marchado.  Para  él  tanto

daba  que  estuvieran  en  la  casa  como  que  no.  Ni  siquiera  pudo  reunir  la  energía suficiente  para  levantarse  y  encender  la  luz  de  su  dormitorio.  La  habitación  fue quedándose a oscuras mientras él seguía tumbado escuchando los sonidos nocturnos

que  entraban  por  la  ventana,  que  Harry  tenía  todo  el  rato  abierta  a  la  espera  del dichoso momento en que regresara Hedwig.

La  casa,  en  ese  instante  vacía,  crujía  a  su  alrededor.  Las  cañerías  gorgoteaban.

Harry seguía tumbado, sumido en la indiferencia, sin pensar en nada, suspendido en

la tristeza.

De pronto oyó claramente un estrépito en la cocina. Se incorporó con brusquedad

y  aguzó  el  oído.  Los  Dursley  no  podían  haber  regresado  todavía,  era  demasiado pronto, y además Harry no había oído su coche.

Hubo silencio durante unos segundos, y entonces se oyeron voces.

«Ladrones»,  pensó  Harry,  y  se  levantó  de  la  cama;  pero  enseguida  se  le  ocurrió que los ladrones habrían hablado en voz baja, y quienquiera que fuese el que estaba

en la cocina no se molestaba en bajar la voz.

Se apresuró a coger la varita mágica de la mesilla de noche y se plantó delante de

la puerta de su dormitorio escuchando con atención. De repente dio un respingo, pues

la cerradura pegó un fuerte chasquido y la puerta se abrió de par en par.

Harry se quedó inmóvil, mirando a través del umbral hacia el oscuro rellano del

piso  de  arriba;  aguzó  el  oído  por  si  se  producían  más  ruidos,  pero  no  captó  nada.

Vaciló un momento y luego salió de su habitación, deprisa y en silencio, y se colocó

al final de la escalera.

El corazón se le subió a la garganta. Abajo, en el oscuro vestíbulo, había gente;

sus siluetas se destacaban contra el resplandor de las farolas que entraba por la puerta

de  cristal  de  la  calle.  Eran  ocho  o  nueve,  y  todos,  si  no  se  equivocaba,  estaban mirándolo.

—Baja la varita, muchacho; a ver si le vas a sacar un ojo a alguien —dijo una voz

queda y gruñona.

El  corazón  de  Harry  latía  con  violencia.  Conocía  aquella  voz,  pero  no  bajó  la varita.

—¿Profesor Moody? —preguntó con tono inseguro.

—No sé si debes llamarme «profesor» —gruñó la voz—; nunca llegué a enseñar

gran cosa, ¿no? Baja, queremos verte bien.

Harry bajó un poco la varita, pero sin dejar de asirla con fuerza, y no se movió.

Tenía  motivos  de  sobra  para  desconfiar.  Hacía  poco  que  había  convivido  durante nueve meses con quien él creía que era Ojoloco Moody, para luego enterarse de que www.lectulandia.com - Página 42

no  era  Moody,  sino  un  impostor;  un  impostor  que,  además,  previamente  a  que  lo desenmascararan,  había  intentado  matar  a  Harry.  Pero  antes  de  que  el  muchacho

pudiera  tomar  una  decisión  sobre  qué  debía  hacer,  otra  voz,  un  poco  ronca,  subió flotando por la escalera.

—No pasa nada, Harry. Hemos venido a buscarte.

A Harry le dio un vuelco el corazón. También conocía esa voz, aunque hacía un

año entero que no la oía.

—¿P-profesor Lupin? —dijo con incredulidad—. ¿Es usted?

—¿Por  qué  estamos  aquí  a  oscuras?  —preguntó  una  tercera  voz,  esta  vez

desconocida, de mujer—. ¡Lumos!

La  punta  de  una  varita  se  encendió  e  iluminó  el  vestíbulo  con  una  luz  mágica.

Harry parpadeó. Las personas que había abajo estaban apiñadas alrededor del pie de

la escalera, con la mirada fija en él; algunas estiraban el cuello para verlo mejor.

Remus  Lupin  era  quien  estaba  más  cerca  de  Harry.  Aunque  todavía  era  muy

joven, Lupin parecía cansado y muy enfermo; tenía más canas que la última vez que

lo  había  visto,  y  llevaba  la  túnica  más  remendada  y  raída  que  nunca.  Con  todo, sonreía  abiertamente  a  Harry,  quien  intentó  devolverle  la  sonrisa  pese  a  la

conmoción.

—¡Oh!  Es  como  me  lo  imaginaba  —dijo  la  bruja  que  mantenía  la  varita

iluminada en alto. Parecía la más joven del grupo; tenía el pálido rostro en forma de

corazón, ojos oscuros y centelleantes, y el cabello corto, de punta y de color violeta

intenso—. ¿Qué hay, Harry?

—Sí, entiendo lo que quieres decir, Remus —terció un mago negro y calvo que

estaba al fondo; tenía una voz grave y pausada y llevaba un arete de oro en la oreja—.

Es clavado a James.

—Salvo por los ojos —aportó otro mago de cabello plateado que hablaba con voz

jadeante—. Los ojos son de Lily.

Ojoloco Moody, que tenía el cabello largo y entrecano y al que le faltaba un trozo de  nariz,  miraba  con  recelo  a  Harry,  entrecerrando  sus  desiguales  ojos.  Un  ojo  era pequeño, oscuro y brillante como un abalorio; el otro era grande, redondo y de color

azul eléctrico: el ojo mágico que podía ver a través de las paredes, de las puertas y lo

que hubiera detrás del mismo Moody.

—¿Estás seguro de que es él, Lupin? —masculló—. Menudo problema vamos a

tener si llevamos a un mortífago que se hace pasar por él. Tendríamos que preguntarle algo  que  sólo  pueda  saber  el  verdadero  Potter.  A  menos  que  alguien  haya  traído Veritaserum.

—Harry, ¿qué forma adopta tu patronus? —preguntó Lupin.

—La de un ciervo —contestó Harry nervioso.

—Es él, Ojoloco —dijo Lupin.

www.lectulandia.com - Página 43

Consciente de que todos seguían mirándolo, Harry bajó la escalera guardando la varita en un bolsillo trasero de los vaqueros.

—¡No te pongas la varita ahí, muchacho! —bramó Moody—. ¿Y si se enciende?

¿No sabías que magos mucho mejores que tú han perdido una nalga?

—¿A quién conoces tú que haya perdido una nalga? —le preguntó con interés la

mujer de cabello de color violeta.

—¡Eso  ahora  no  importa,  pero  sácate  la  varita  del  bolsillo  de  atrás!  —gruñó

Ojoloco—. Es una norma elemental de seguridad de las que ya a nadie le importan.

—Fue pisando fuerte hacia la cocina—. Y lo he visto con mis propios ojos —añadió

de mal talante mientras la mujer de cabello violeta miraba al techo.

Lupin extendió un brazo y le estrechó la mano a Harry.

—¿Cómo estás? —le preguntó, mirándolo a los ojos.

—Bi-bien…

Harry no podía creer que aquello fuera real. Cuatro semanas sin ninguna noticia,

ni la más pequeña insinuación de un plan para rescatarlo de Privet Drive, y de pronto

había  un  montón  de  magos  plantados  con  total  naturalidad  en  el  vestíbulo,  como  si hubieran concertado aquella visita hacía mucho tiempo. Miró a la gente que rodeaba

a  Lupin,  que  seguía  contemplándolo  con  avidez.  De  pronto  recordó  que  llevaba

cuatro días sin peinarse.

—Yo… Tenéis mucha suerte de que los Dursley hayan salido… —farfulló.

—¿Suerte?  ¡Ja!  —dijo  la  mujer  de  cabello  de  color  violeta—.  He  sido  yo  quien los ha quitado de en medio. Les he enviado una carta por correo muggle diciéndoles que  habían  sido  preseleccionados  para  el  Concurso  de  Jardines  Suburbanos  Mejor

Cuidados de Inglaterra. Ahora van hacia la ceremonia de entrega de premios… O eso

creen ellos.

Harry se imaginó por un momento la cara de tío Vernon cuando se diera cuenta de

que no había ningún Concurso de Jardines Suburbanos Mejor Cuidados de Inglaterra.

—Bueno, nos vamos, ¿no? —preguntó Harry—. ¿Ya?

—Sí, enseguida —dijo Lupin—. Sólo estamos esperando a que nos den luz verde.

—¿Adónde vamos? ¿A La Madriguera? —inquirió Harry esperanzado.

—No, no vamos a La Madriguera —contestó Lupin, y le hizo señas al muchacho

para que entrara en la cocina. El grupito de magos los siguieron; todavía miraban a

Harry con curiosidad—. Eso sería demasiado arriesgado. Hemos montado el cuartel

general en un lugar indetectable. Nos ha costado bastante tiempo…

En ese instante Ojoloco Moody estaba sentado a la mesa de la cocina, bebiendo

de una petaca; su ojo mágico giraba en todas direcciones, deteniéndose en cada uno

de los electrodomésticos de los Dursley.

—Éste es Alastor Moody, Harry —prosiguió Lupin, señalando a Moody.

—Sí, ya lo sé —dijo Harry incómodo, pues le resultó extraño que le presentaran a

www.lectulandia.com - Página 44

alguien a quien durante un año había creído conocer.

—Y ésta es Nymphadora…

—No me llames Nymphadora, Remus —protestó la joven bruja, estremeciéndose

—. Me llamo Tonks.

—Nymphadora  Tonks,  que  prefiere  que  la  llamen  por  su  apellido  —terminó

Lupin.

—Tú  también  lo  preferirías  si  la  necia  de  tu  madre  te  hubiera  puesto

«Nymphadora» —farfulló Tonks.

—Y éste es Kingsley Shacklebolt. —Señaló al mago alto y negro, que inclinó la

cabeza—. Elphias Doge. —El mago de la voz jadeante asintió—. Dedalus Diggle…

—Ya nos conocemos —gritó el excitable Diggle, quitándose el sombrero de copa

de color violeta.

—Emmeline Vance. —Una bruja de porte majestuoso, que llevaba un chal verde

esmeralda,  inclinó  la  cabeza—.  Sturgis  Podmore.  —Un  mago  con  la  mandíbula

cuadrada  y  cabello  grueso  de  color  paja  le  guiñó  un  ojo—.  Y  Hestia  Jones.  —Una bruja de mejillas sonrosadas y cabello negro lo saludó con una mano desde el rincón

de la tostadora.

Harry  inclinó  la  cabeza  torpemente  ante  cada  uno  de  ellos  a  medida  que  se  los presentaban. Le habría gustado que no lo miraran; le parecía que, de pronto, lo habían

subido a un escenario. También se preguntaba por qué había tantos magos.

—Una  sorprendente  cantidad  de  personas  se  ofrecieron  voluntarias  para  venir  a

buscarte —explicó Lupin como si le hubiera leído el pensamiento; las comisuras de

su boca temblaron ligeramente.

—Sí…  Bueno,  cuantos  más,  mejor  —agregó  Moody  en  tono  misterioso—.

Somos tu guardia, Potter.

—Sólo estamos esperando que nos den la señal de que podemos marcharnos sin

peligro —dijo Lupin, y miró por la ventana de la cocina—. Nos quedan unos quince

minutos.

—Estos muggles son muy limpios, ¿verdad? —comentó la bruja que se llamaba

Tonks,  que  observaba  a  su  alrededor  examinando  la  cocina  con  gran  interés—.  Mi padre  es   muggle  y  es  un  dejado.  Supongo  que  habrá  de  todo,  como  ocurre  con  los magos.

—Pues…  sí  —contestó  Harry—.  Oiga  —añadió,  volviéndose  hacia  Lupin—,

¿qué está pasando? No he tenido noticias de nadie. ¿Qué hace Vo…?

Varios magos y brujas hicieron extraños ruidos silbantes; Dedalus Diggle volvió a

quitarse el sombrero y Moody gruñó:

—¡Silencio!

—¿Qué pasa? —preguntó Harry.

—Aquí  no  podemos  hablar  de  eso,  es  demasiado  arriesgado  —dijo  Moody,

www.lectulandia.com - Página 45

dirigiendo  su  ojo  normal  hacia  Harry.  El  mágico  seguía  clavado  en  el  techo—.

Maldita  sea  —añadió  con  enojo,  y  se  llevó  una  mano  al  ojo  mágico—.  Se  atasca continuamente desde que lo usó aquel canalla.

Y  dicho  eso  se  quitó  el  ojo,  lo  cual  produjo  un  desagradable  ruido  de  succión, como el de un desatascador en un fregadero.

Ojoloco,  ya  sabes  que  eso  que  estás  haciendo  es  asqueroso,  ¿verdad?  —

comentó Tonks con desparpajo.

—¿Me das un vaso de agua, Harry? —pidió Moody.

Harry  fue  hacia  el  lavaplatos,  sacó  un  vaso  limpio  y  lo  llenó  de  agua  en  el fregadero,  sin  dejar  de  sentirse  atentamente  observado  por  el  grupo  de  magos.  Sus insistentes miradas empezaban a fastidiarlo.

—Salud —dijo Moody cuando Harry le entregó el vaso. Metió el ojo mágico en

el agua y lo empujó varias veces con un dedo; el ojo cabeceó mirando a los presentes

uno por uno—. Necesito una visibilidad de trescientos sesenta grados para el viaje de

regreso.

—¿Cómo vamos a ir… a donde sea que vayamos? —preguntó Harry.

—En  las  escobas  —contestó  Lupin—.  Es  la  única  forma.  Eres  demasiado  joven

para  aparecerte,  deben  de  estar  vigilando  la  Red  Flu  y  no  vamos  a  jugárnosla montando un traslador no autorizado.

—Remus dice que vuelas muy bien —comentó Kingsley Shacklebolt con su voz

grave.

—Vuela de maravilla —afirmó Lupin, que estaba mirando su reloj—. Bueno, será

mejor  que  subas  a  hacer  el  equipaje,  Harry.  Tenemos  que  estar  preparados  cuando llegue la señal.

—Voy a ayudarte —dijo Tonks alegremente.

Siguió a Harry hasta el vestíbulo y subió con él la escalera, mirando alrededor con

gran curiosidad e interés.

—Qué sitio tan raro —comentó—. Está demasiado limpio, no sé si me entiendes.

Es  poco  natural.  Ah,  esto  está  mejor  —añadió  cuando  entraron  en  la  habitación  de Harry y él encendió la luz.

Su habitación, en efecto, estaba mucho más desordenada que el resto de la casa.

Confinado allí durante cuatro días y de muy mal humor, Harry no se había molestado

en  recoger  nada.  Casi  todos  los  libros  que  tenía  estaban  esparcidos  por  el  suelo, donde  había  intentado  distraerse  con  cada  uno  de  ellos,  pero  luego  los  había  ido dejando  tirados;  tampoco  había  limpiado  la  jaula  de   Hedwig,  que  empezaba  a  oler mal; y su baúl estaba abierto, dejando ver un revoltijo de prendas muggles y túnicas de mago desparramadas a su alrededor por el suelo.

Harry  empezó  a  recoger  libros  y  los  metió  muy  deprisa  en  su  baúl.  Tonks  se

detuvo frente al armario abierto de Harry para mirar con ojo crítico la imagen que le

www.lectulandia.com - Página 46

devolvía el espejo de la cara interna de la puerta.

—Creo  que  el  color  violeta  no  es  el  que  más  me  favorece  —comentó  con  aire

pensativo,  tirando  de  un  puntiagudo  mechón  de  cabello—.  ¿No  crees  que  me  da  un aire un poco paliducho?

—Pues…  —dijo  Harry  mirándola  por  encima  de  la  cubierta  de   Equipos  de

quidditch de Gran Bretaña e Irlanda.

—Sí,  no  cabe  duda  —afirmó  Tonks  con  rotundidad.  A  continuación  cerró  con

fuerza los ojos dibujando una expresión crispada, como si intentara recordar algo. Un

segundo más tarde, su cabello se había vuelto de un tono rosa chicle.

—¿Cómo  lo  has  hecho?  —preguntó  Harry,  mirándola  de  hito  en  hito,  cuando

Tonks abrió los ojos.

—Soy  una  metamorfomaga  —contestó  ella,  y  volvió  a  mirarse  en  el  espejo,

girando  la  cabeza  para  verla  desde  todos  los  ángulos—.  Quiere  decir  que  puedo cambiar  mi  aspecto  a  mi  antojo  —añadió  al  ver  en  el  espejo  la  expresión  de

perplejidad  de  Harry,  que  se  hallaba  detrás  de  ella—.  Nací  así.  Obtuve  un

sobresaliente en Ocultación y Disfraces en el curso de auror sin estudiar ni gota. Fue genial.

—¿Eres  una   auror?  —preguntó  Harry  impresionado.  La  carrera  de  cazador  de magos tenebrosos era la única que él se había planteado hacer cuando terminara los

estudios en Hogwarts.

—Sí  —respondió  Tonks  con  orgullo—.  Kingsley  también  lo  es,  aunque  él  tiene

un  rango  superior.  Yo  sólo  hace  un  año  que  terminé  la  carrera.  Estuve  a  punto  de suspender Sigilo y Rastreo. Soy tremendamente patosa; ¿no me has oído romper un

plato cuando hemos llegado?

—¿Se puede aprender a ser metamorfomago? —preguntó Harry, incorporándose,

sin acordarse en absoluto de que tenía que hacer el equipaje.

Tonks chasqueó la lengua.

—Seguro que a veces te gustaría ocultar esa cicatriz, ¿verdad?

Sus ojos buscaron la cicatriz con forma de rayo que Harry tenía en la frente.

—Sí,  claro  —murmuró  Harry,  y  se  dio  la  vuelta.  No  le  gustaba  que  la  gente  le mirara la cicatriz.

—Bueno, me temo que tendrás que aprender de la forma más dura —dijo Tonks

—. Hay muy pocos metamorfomagos, y no se hacen, sino que nacen. Casi todos los

magos  han  de  usar  una  varita  mágica,  o  pociones,  para  alterar  su  aspecto.  Pero debemos movernos, Harry; se supone que estamos haciendo el equipaje —añadió con

aire culpable, mirando el desorden que había alrededor.

—Sí, sí —coincidió él, y recogió unos cuantos libros más.

—No  seas  tonto,  iremos  mucho  más  rápido  si  me  encargo  yo.   ¡Bauleo!  —gritó Tonks,  agitando  su  varita  con  un  amplio  movimiento  sobre  el  suelo.  Libros,  ropa, www.lectulandia.com - Página 47

telescopio y balanza se levantaron y volaron en tropel hacia el baúl—. No ha quedado muy ordenado —observó Tonks al acercarse al baúl y echar un vistazo al enmarañado

interior—.  Mi  madre  tiene  una  habilidad  especial  para  hacer  que  las  cosas  se

coloquen  en  orden  ellas  solas,  y  hasta  consigue  que  los  calcetines  se  doblen

correctamente;  pero  yo  nunca  he  sabido  cómo  lo  hace.  Hay  que  dar  una  especie  de coletazo… —Agitó la varita, esperanzada.

Uno  de  los  calcetines  de  Harry  dio  una  débil  sacudida  y  volvió  a  caer  sobre  el desorden del baúl.

—Bueno  —dijo  Tonks  cerrando  de  golpe  la  tapa—,  por  lo  menos  está  todo

dentro.  A  esa  jaula  tampoco  le  vendría  mal  un  repaso.  —Apuntó  con  la  varita  a  la jaula  de   Hedwig—.   ¡Fregotego!  —Desaparecieron  unas  cuantas  plumas  y  los excrementos—. Eso está un poco mejor. Nunca he acabado de cogerle el tranquillo a

estos  conjuros  de  las  tareas  domésticas.  Bueno,  ¿lo  tienes  todo?  ¿El  caldero?  ¿La escoba? ¡Caramba! ¿Tienes una Saeta de Fuego?

Tonks  abrió  mucho  los  ojos  al  ver  la  escoba  que  Harry  sujetaba  con  la  mano

derecha. Aquella escoba era su orgullo y su alegría, un regalo de Sirius, una escoba

de profesional.

—Y  yo  todavía  llevo  una  Cometa  260  —murmuró  Tonks  con  envidia—.  Vaya,

vaya… ¿Todavía guardas la varita en los vaqueros? ¿Conservas las nalgas? Vale, nos

vamos. ¡Baúl locomotor!

El baúl de Harry se elevó unos centímetros sobre el suelo. Sosteniendo la varita

como  si  fuera  una  batuta  de  director  de  orquesta,  Tonks  hizo  que  el  baúl  cruzara volando la habitación y saliera por la puerta por delante de ellos; la bruja sostenía la

jaula de Hedwig con la mano izquierda. Harry, que llevaba su escoba, la siguió por la escalera.

Entraron en la cocina y vieron que Moody ya había vuelto a ponerse el ojo, que

después  de  la  limpieza  giraba  tan  rápido  que  Harry  se  mareó  con  sólo  mirarlo.

Kingsley Shacklebolt y Sturgis Podmore estaban examinando el microondas, y Hestia

Jones se reía del pelapatatas que había descubierto mientras hurgaba en los cajones.

Lupin estaba sellando una carta dirigida a los Dursley.

—Excelente  —dijo  Lupin,  levantando  la  cabeza  al  ver  entrar  a  Tonks  y  a  Harry

—.  Creo  que  nos  queda  un  minuto.  Tendríamos  que  salir  al  jardín  para  estar

preparados. Harry, he dejado una carta a tus tíos diciéndoles que no se preocupen…

—No se preocuparán —aseguró Harry.

—… que estás a salvo…

—Eso sólo los deprimirá.

—… y que los verás el verano que viene.

—¿Es inevitable?

Lupin sonrió, pero no contestó a su pregunta.

www.lectulandia.com - Página 48

—Ven aquí, muchacho —dijo Moody con brusquedad, haciéndole señas a Harry

con la varita para que se acercara—. Tengo que desilusionarte.

—¿Que tiene que hacerme qué? —preguntó Harry nervioso.

—Un  encantamiento  desilusionador  —explicó  Moody  mientras  levantaba  su

varita—.  Lupin  dice  que  tienes  una  capa  invisible,  pero  no  te  serviría  mientras volamos; esto te disfrazará mejor. Allá vamos…

Le  dio  unos  fuertes  golpes  en  la  coronilla,  y  Harry  tuvo  una  extraña  sensación, como si Moody le hubiera aplastado un huevo en la cabeza; a continuación, notó que

unos fríos hilos recorrían su cuerpo desde el punto donde le había golpeado la varita.

—Muy bien, Ojoloco  —celebró  Tonks  con  admiración,  contemplando  la  cintura

de Harry.

Harry  bajó  la  cabeza  y  se  miró  el  cuerpo,  o,  mejor  dicho,  lo  que  había  sido  su cuerpo, pues ya no se parecía en nada a lo que era antes. No se había vuelto invisible,

sino que había adoptado el color y la textura exactos de la cocina que tenía detrás. Por

lo visto, se había convertido en un camaleón humano.

—Vámonos —urgió Moody, y abrió la puerta trasera con la varita para que todos

salieran  al  jardín  perfectamente  cuidado  de  tío  Vernon—.  Una  noche  despejada  —

gruñó Moody, recorriendo el cielo con su ojo mágico—.

Habría preferido que estuviera un poco nublado. Bueno, tú —le gritó a Harry—

vamos a volar en formación cerrada. Tonks irá delante de ti, así que no te separes de

su cola. Lupin te cubrirá desde abajo. Yo iré detrás de ti. Los demás nos rodearán. No

hemos  de  romper  filas  bajo  ningún  concepto,  ¿entendido?  Si  alguno  de  nosotros

muere…

—¿Puede pasar? —preguntó Harry con aprensión, pero Moody no le hizo caso.

—… los otros que sigan volando, sin parar y sin romper filas. Si nos liquidan a

todos  nosotros  y  tú  sobrevives,  Harry,  la  retaguardia  está  en  estado  de  alerta  para entrar en acción; sigue volando hacia el este y ellos se reunirán contigo.

—No seas tan jovial, Ojoloco, o el muchacho creerá que no estamos tomándonos

esto en serio —intervino Tonks mientras ataba el baúl de Harry y la jaula de Hedwig

a un arnés que colgaba de su escoba.

—Sólo  le  explico  el  plan  al  muchacho  —gruñó  Moody—.  Nuestra  misión

consiste en entregarlo sano y salvo en el cuartel general, y si morimos en el intento…

—No  va  a  morir  nadie  —terció  Kingsley  Shacklebolt  con  su  voz  grave  y

tranquilizadora.

—¡Montad  en  las  escobas,  ésa  es  la  primera  señal!  —dijo  Lupin,  de  repente,

señalando el cielo.

Por  encima  de  ellos,  a  lo  lejos,  una  lluvia  de  brillantes  chispas  rojas  había estallado  entre  las  estrellas.  Harry  las  reconoció  al  instante:  eran  chispas  de  varita.

Pasó la pierna derecha por encima de su Saeta de Fuego, sujetó el mango con fuerza y

www.lectulandia.com - Página 49

notó  que  la  escoba  vibraba  un  poco,  como  si  estuviera  deseando  tanto  como  él emprender el vuelo una vez más.

—¡Segunda  señal,  vámonos!  —gritó  Lupin  cuando  de  nuevo  estallaron  chispas,

esta vez verdes, por encima de sus cabezas.

Harry despegó con fuerza del suelo. El fresco aire nocturno le echó el pelo hacia

atrás  y  los  pulcros  y  cuidados  jardines  de  Privet  Drive  empezaron  a  alejarse, encogiéndose rápidamente hasta formar un mosaico de cuadraditos verdes y negros, y

la posible vista en el Ministerio desapareció de su mente, como si aquella ráfaga de

aire  la  hubiera  hecho  salir  de  su  cabeza.  Tenía  la  sensación  de  que  el  corazón  iba  a explotarle de placer; volvía a volar, se alejaba volando de Privet Drive, como había

soñado  todo  el  verano,  regresaba  a  casa…  Durante  unos  maravillosos  momentos,

todos  sus  problemas  quedaron  reducidos  a  nada,  se  volvieron  insignificantes  en  el inmenso y estrellado cielo.

—¡Todo a la izquierda, todo a la izquierda, hay un muggle mirando hacia arriba!

—gritó de pronto Moody desde atrás. Tonks viró con brusquedad y Harry la siguió;

vio  cómo  su  baúl  oscilaba  peligrosamente  detrás  de  la  escoba  de  la  bruja—.

¡Necesitamos más altitud! ¡Ascended cuatrocientos metros más!

El  frío  hizo  que  a  Harry  empezaran  a  llorarle  los  ojos  a  medida  que  seguían subiendo; en ese momento, debajo ya no veía nada más que las motitas de luz de las

farolas  y  los  faros  de  los  coches.  Quizá  dos  de  aquellos  minúsculos  puntos  de  luz fueran los faros del coche de tío Vernon… Los Dursley debían de estar regresando a

su casa, vacía ahora, rabiosos por el inexistente Concurso de Jardines… Aquella idea

hizo  reír  a  Harry,  aunque  su  risa  quedó  apagada  por  el  aleteo  de  las  túnicas  de  los otros, los chasquidos del arnés que sujetaba su baúl y la jaula, y el rugido del viento

en sus oídos, mientras volaban a toda velocidad. Hacía un mes que no se sentía tan

vivo, tan feliz.

—¡Virando a la izquierda! —gritó Ojoloco—. ¡Pueblo al frente! —Giraron hacia

la izquierda para evitar pasar por encima de la telaraña de luces que tenían a sus pies

—.  ¡Virad  al  sudeste  y  seguid  subiendo;  más  allá  hay  unas  nubes  bajas  en  las  que podemos perdernos! —gritó Moody.

—¡No nos hagas pasar entre nubes! —repuso Tonks enojada—. ¡Vamos a quedar

empapados, Ojoloco!

Harry sintió alivio al oír decir eso, pues tenía las manos agarrotadas alrededor del

mango  de  la  Saeta  de  Fuego.  Lamentó  no  haberse  puesto  una  chaqueta;  estaba

empezando a temblar.

De  vez  en  cuando  rectificaban  la  trayectoria  según  las  indicaciones  de   Ojoloco.

Harry  entornaba  al  máximo  los  ojos  frente  a  aquella  corriente  de  viento  helado  que empezaba a producirle dolor de oídos; sólo recordaba haber pasado tanto frío encima

de una escoba en una ocasión, durante un partido de quidditch contra Hufflepuff, en www.lectulandia.com - Página 50

su tercer año de colegio, que habían jugado en medio de una tormenta. La guardia de magos lo rodeaba continuamente como aves de presa gigantes. Harry perdió la noción

del  tiempo:  ya  no  sabía  cuánto  rato  llevaban  volando,  pero  calculaba  que  por  lo menos hacía una hora.

—¡Virad al sudoeste! —gritó Moody—. ¡Tenemos que evitar la autopista!

Harry  estaba  tan  helado  que  pensó  con  nostalgia  en  los  secos  y  calentitos

interiores de los coches que circulaban por debajo; y luego, con más nostalgia aún, en

cómo  habría  sido  un  viaje  con  polvos  flu.  Quizá  resultara  incómodo  girar  en  las chimeneas,  pero  al  menos  con  las  llamas  no  pasabas  frío…  Kingsley  Shacklebolt

describió un círculo alrededor de Harry, mientras la calva y el pendiente destellaban

un poco bajo la luz de la luna… En ese momento Emmeline Vance iba a su derecha,

con  la  varita  en  la  mano,  girando  la  cabeza  a  derecha  e  izquierda…  Entonces  ella también pasó volando por encima de Harry y la sustituyó Sturgis Podmore…

—¡Deberíamos volver un instante sobre nuestros pasos, sólo para asegurarnos de

que no nos siguen! —gritó Moody.

—¿Te has vuelto loco, Ojoloco? —gritó Tonks desde delante—. ¡Estamos todos

helados hasta el palo de la escoba! ¡Si seguimos desviándonos de nuestro camino no

llegaremos ni la semana que viene! ¡Además, ya falta poco!

—¡Ha llegado el momento de iniciar el descenso! —anunció la voz de Lupin—.

¡Tonks, Harry, seguidme!

Harry siguió a Tonks en una caída en picado. Se dirigían hacia el grupo de luces

más grande que había visto hasta entonces, un enorme y extenso entramado de líneas

relucientes  con  trozos  negros  intercalados.  Siguieron  bajando  hasta  que  Harry

empezó  a  distinguir  faros  y  farolas,  chimeneas  y  antenas  de  televisión.  Estaba deseando  llegar  al  suelo,  aunque  tenía  la  impresión  de  que  deberían  descongelarlo para separarlo de su escoba.

—¡Allá vamos! —gritó Tonks, y unos segundos más tarde había aterrizado.

Harry  tomó  tierra  justo  detrás  de  ella  y  desmontó  en  una  parcela  de  hierba  sin cortar,  en  medio  de  una  pequeña  plaza.  Tonks  ya  había  empezado  a  desabrochar  el arnés  que  sujetaba  el  baúl  de  Harry.  El  chico,  tembloroso,  miró  a  su  alrededor.  Las sucias  fachadas  de  los  edificios  no  parecían  muy  acogedoras;  algunas  tenían  los cristales  de  las  ventanas  rotos,  y  éstos  brillaban  débilmente  reflejando  la  luz  de  las farolas; la pintura de muchas puertas estaba desconchada, y junto a varios portales se

acumulaba la basura.

—¿Dónde estamos? —preguntó Harry, pero Lupin, en voz baja, dijo:

—Espera un minuto.

Moody hurgaba en su capa con las nudosas manos entumecidas por el frío.

—Ya  lo  tengo  —masculló;  a  continuación,  levantó  algo  que  parecía  un

encendedor de plata y lo accionó.

www.lectulandia.com - Página 51

La farola más cercana hizo «pum» y se apagó. Volvió a accionar el artilugio, y se apagó  la  siguiente;  siguió  accionándolo  hasta  que  todas  las  farolas  de  la  plaza  se hubieron apagado y la única luz que quedó fue la que procedía de unas ventanas con

las cortinas echadas y la de la luna en cuarto creciente.

—Me  lo  prestó  Dumbledore  —dijo  Moody,  guardándose  el  apagador  en  el

bolsillo—. Por si algún muggle asoma la cabeza por la ventana, ¿sabes? Y ahora en marcha, deprisa.

Cogió a Harry por un brazo y lo guió por la parcela cubierta de hierba; cruzaron

la calle y subieron a la acera. Lupin y Tonks los siguieron; transportaban el baúl de

Harry  entre  los  dos  e  iban  flanqueados  por  el  resto  de  la  guardia,  que  llevaba  las varitas en la mano.

De  una  de  las  ventanas  del  piso  de  arriba  de  la  casa  más  cercana,  salía  música amortiguada. Un intenso olor a basura podrida se expandía desde el montón de bolsas

de desperdicios que había al otro lado de una verja destrozada.

—Es  aquí  —murmuró  Moody;  le  puso  a  Harry  un  trozo  de  pergamino  en  la

desilusionada mano y acercó el extremo iluminado de su varita para que pudiera ver

el texto—. Léelo rápido y memorízalo.

Harry  miró  el  trozo  de  pergamino.  La  letra,  de  trazos  estrechos,  le  resultaba vagamente familiar. El texto rezaba:

El  cuartel  general  de  la  Orden  del  Fénix  está  ubicado  en  el  número  12  de Grimmauld Place, en Londres.

www.lectulandia.com - Página 52

4

El número 12 de Grimmauld Place

—¿Qué es la Orden del…? —preguntó Harry.

—¡Aquí no, muchacho! —gruñó Moody—. ¡Espera a que estemos dentro!

Moody le arrebató a Harry el trozo de pergamino y le prendió fuego con la punta

de  la  varita.  Mientras  las  llamas  devoraban  el  mensaje,  que  cayó  flotando  al  suelo, Harry volvió a mirar las casas que había a su alrededor. Estaban delante del número

11;  miró  a  la  izquierda  y  vio  el  número  10;  a  la  derecha,  sin  embargo,  estaba  el número 13.

—Pero ¿dónde está…?

—Piensa en lo que acabas de memorizar —le recordó Lupin con serenidad.

Harry  lo  pensó,  y  en  cuanto  llegó  a  las  palabras  «número  12  de  Grimmauld

Place»,  una  maltrecha  puerta  salió  de  la  nada  entre  los  números  11  y  13,  y  de inmediato aparecieron unas sucias paredes y unas mugrientas ventanas. Era como si,

de pronto, se hubiera inflado una casa más, empujando a las que tenía a ambos lados

y apartándolas de su camino. Harry se quedó mirándola, boquiabierto. El equipo de

música del número once seguía sonando. Por lo visto, los muggles que había dentro no habían notado nada.

www.lectulandia.com - Página 53

—Vamos, deprisa —gruñó Moody, empujando a Harry por la espalda.

El chico subió los desgastados escalones de piedra sin apartar los ojos de la puerta

que  acababa  de  materializarse.  La  pintura  negra  estaba  estropeada  y  arañada,  y  la aldaba de plata tenía forma de serpiente retorcida. No había cerradura ni buzón.

Lupin sacó su varita y dio un golpe con ella en la puerta. Harry oyó unos fuertes

ruidos  metálicos  y  algo  que  sonaba  como  una  cadena.  La  puerta  se  abrió  con  un chirrido.

—Entra,  Harry,  rápido  —le  susurró  Lupin—,  pero  no  te  alejes  demasiado  y  no

toques nada.

Harry cruzó el umbral y se sumergió en la casi total oscuridad del vestíbulo. Olía

a humedad, a polvo y a algo podrido y dulzón; la casa tenía toda la pinta de ser un

edificio abandonado. Miró hacia atrás y vio a los otros, que iban en fila detrás de él;

Lupin  y  Tonks  llevaban  su  baúl  y  la  jaula  de   Hedwig.  Moody  estaba  de  pie  en  el último escalón soltando las bolas de luz que el apagador había robado de las farolas:

volvieron volando a sus bombillas y la plaza se iluminó, momentáneamente, con una

luz  naranja;  entonces  Moody  entró  renqueando  en  la  casa  y  cerró  la  puerta,  y  la oscuridad del vestíbulo volvió a ser total.

—Por aquí…

Le dio unos golpecitos en la cabeza a Harry con la varita; esta vez el muchacho

sintió que algo caliente le goteaba por la espalda y comprendió que el encantamiento

desilusionador había terminado.

—Ahora  quédense  todos  quietos  mientras  pongo  un  poco  de  luz  aquí  dentro  —

susurró Moody.

Los  murmullos  de  los  demás  le  producían  a  Harry  una  extraña  aprensión;  era

como si acabaran de entrar en la casa de alguien que estaba a punto de morir. Oyó un

débil  silbido,  y  entonces  unas  anticuadas  lámparas  de  gas  se  encendieron  en  las paredes y proyectaron una luz, débil y parpadeante, sobre el despegado papel pintado

y sobre la raída alfombra de un largo y lúgubre vestíbulo, de cuyo techo colgaba una

lámpara  de  cristal  cubierta  de  telarañas  y  en  cuyas  paredes  lucían  retratos

ennegrecidos  por  el  tiempo  que  estaban  torcidos.  Harry  oyó  algo  que  correteaba detrás  del  zócalo.  Tanto  la  lámpara  como  el  candelabro,  que  había  encima  de  una desvencijada mesa, tenían forma de serpiente.

Oyeron unos rápidos pasos y la madre de Ron, la señora Weasley, entró por una

puerta que había al fondo del vestíbulo. Corrió a recibirlos con una sonrisa radiante,

aunque Harry se fijó en que estaba mucho más pálida y delgada que la última vez que

la había visto.

—¡Oh,  Harry,  cuánto  me  alegro  de  verte!  —susurró,  y  lo  estrujó  con  un  fuerte abrazo;  luego  se  separó  un  poco  de  él  y  lo  examinó  con  ojo  crítico—.  Estás

paliducho; necesitas engordar un poco, pero me temo que tendrás que esperar hasta la

www.lectulandia.com - Página 54

hora de la cena. —Luego, dirigiéndose al grupo de magos que Harry tenía detrás, la señora Weasley volvió a susurrar con tono apremiante—: Acaba de llegar. La reunión

ya ha comenzado.

Los magos emitieron ruiditos de interés y de expectación y empezaron a desfilar

hacia  la  puerta  por  la  que  la  señora  Weasley  acababa  de  aparecer.  Harry  se  puso también en marcha, siguiendo a Lupin, pero la señora Weasley lo retuvo.

—No,  Harry,  la  reunión  es  sólo  para  miembros  de  la  Orden.  Ron  y  Hermione

están arriba; puedes esperar con ellos hasta que se acabe. Luego cenaremos. Y habla

en voz baja en el vestíbulo —añadió con un susurro apremiante.

—¿Por qué?

—No quiero que se despierte nada.

—¿Qué es lo que…?

—Ya  te  lo  explicaré  más  tarde,  ahora  debo  darme  prisa.  Tengo  que  asistir  a  la reunión, pero antes te enseñaré dónde vas a dormir.

Se llevó un dedo a los labios y lo precedió de puntillas; pasaron por delante de un

par  de  largas  y  apolilladas  cortinas,  detrás  de  las  cuales  Harry  supuso  que  debía  de haber otra puerta, y tras esquivar un gran paragüero que parecía hecho con la pierna

cortada de un trol, empezaron a subir la oscura escalera y pasaron junto a una hilera

de  cabezas  reducidas  montadas  en  placas,  colgadas  en  la  pared.  Harry  las  miró  de cerca y vio que las cabezas eran de elfos domésticos. Todos tenían la misma nariz en

forma de hocico.

La  perplejidad  de  Harry  iba  en  aumento  a  cada  paso  que  daba.  ¿Qué  demonios

hacían en una casa que parecía la del más tenebroso de los magos?

—Señora Weasley, ¿por qué…?

—Ron  y  Hermione  te  lo  explicarán  todo,  querido.  Lo  siento,  pero  tengo  mucha

prisa  —le  susurró  la  señora  Weasley  sin  prestarle  atención—.  Mira  —dijo  cuando llegaron  al  segundo  rellano—,  tu  puerta  es  la  de  la  derecha.  Ya  te  avisaré  cuando termine la reunión.

Y dicho eso, bajó apresuradamente la escalera.

Harry  cruzó  el  lúgubre  rellano,  giró  el  pomo  de  la  puerta,  que  tenía  forma  de cabeza de serpiente, y abrió la puerta.

Vislumbró  una  habitación  sombría  con  el  techo  alto  y  dos  camas  gemelas;

entonces  oyó  un  fuerte  parloteo,  seguido  de  un  chillido  aún  más  fuerte,  y  su  visión quedó  por  completo  oscurecida  por  una  melena  muy  tupida.  Hermione  se  había

abalanzado sobre él para darle un abrazo que casi lo derribó, mientras que la pequeña

lechuza de Ron, Pigwidgeon, volaba describiendo círculos, muy agitada, por encima de sus cabezas.

—¡Harry! ¡Ron, ha venido Harry! ¡No te hemos oído llegar! ¿Cómo estás? ¿Estás

bien? ¿Estás enfadado con nosotros? Seguro que sí, ya sé que en nuestras cartas no te

www.lectulandia.com - Página 55

contábamos  nada,  pero  es  que  no  podíamos,  Dumbledore  nos  hizo  jurar  que  no  te diríamos nada, oh, tengo tantas cosas que contarte, y tú también… ¡Los dementores!

Cuando  nos  enteramos,  y  lo  de  la  vista  del  Ministerio…  es  indignante.  He  estado buscando  información  y  no  pueden  expulsarte,  no  pueden  hacerlo,  lo  estipula  el Decreto para la moderada limitación de la brujería en menores de edad en situaciones

de amenaza para la vida…

—Déjalo respirar, Hermione —dijo Ron, sonriendo, al mismo tiempo que cerraba

la puerta detrás de Harry. Había crecido varios centímetros durante el mes que habían

pasado separados, y ahora parecía más larguirucho y desgarbado que nunca, aunque

la larga nariz, el reluciente cabello pelirrojo y las pecas no habían cambiado.

Hermione, todavía radiante, soltó a Harry, y antes de que pudiera decir nada más

se  oyó  un  suave  zumbido  y  una  cosa  blanca  salió  volando  de  lo  alto  de  un  oscuro armario y se posó con suavidad en el hombro de Harry.

—¡ Hedwig!

La lechuza, blanca como la nieve, hizo un ruidito seco con el pico y le dio unos

cariñosos golpecitos con él en la oreja, mientras Harry le acariciaba las plumas.

—Estaba muy enfadada —explicó Ron—. Nos mató a picotazos cuando nos trajo

tus últimas cartas, mira esto…

Le enseñó a Harry el dedo índice de la mano derecha, donde tenía un corte ya casi

curado pero profundo.

—¡Oh, vaya! —exclamó Harry—. Lo siento, pero quería respuestas…

—Y  nosotros  queríamos  dártelas,  Harry  —dijo  Ron—.  Hermione  estaba

volviéndose  loca,  no  paraba  de  decir  que  harías  alguna  tontería  si  seguías  aislado  y solo sin noticias, pero Dumbledore nos hizo…

—…jurar que no me contarían nada —acabó Harry—. Sí, Hermione ya me lo ha

dicho.

Una cosa fría que salía del fondo de su estómago apagó el cálido sentimiento que

había prendido en su interior al ver a sus dos mejores amigos. De pronto, pese a que

llevaba un mes deseando verlos, sintió que habría preferido que Ron y Hermione lo

dejaran en paz.

Se  produjo  un  tenso  silencio  durante  el  cual  Harry  siguió  acariciando  a   Hedwig mecánicamente, sin mirar a los otros.

—Por  lo  visto,  Dumbledore  creía  que  eso  era  lo  mejor  —aclaró  Hermione  con

ansiedad.

—Ya  —dijo  Harry.  Se  fijó  en  que  las  manos  de  Hermione  también  tenían  las

marcas del pico de Hedwig, pero no lo lamentó.

—Creo  que  pensaba  que  donde  estabas  más  seguro  era  con  los   muggles…  —

empezó a decir Ron.

—¿Ah,  sí?  —se  extrañó  Harry,  arqueando  las  cejas—.  ¿Os  han  atacado  unos

www.lectulandia.com - Página 56

dementores a alguno de vosotros este verano?

—Pues no, pero por eso ordenó que fueras vigilado todo el tiempo por miembros

de la Orden del Fénix…

Harry  notó  un  gran  vacío  en  el  estómago,  como  si  bajara  por  una  escalera  y  se hubiera  saltado  un  escalón.  De  modo  que  todo  el  mundo  sabía  que  estaban

vigilándolo, menos él.

—Pues  no  ha  funcionado  muy  bien,  ¿no  crees?  —dijo  Harry,  haciendo  todo  lo

posible  para  no  alterar  la  voz—.  Al  fin  y  al  cabo  he  tenido  que  cuidarme  yo  solito,

¿no?

—Dumbledore estaba furioso —comentó Hermione con una voz casi atemorizada

—.  Nosotros  lo  vimos.  Cuando  se  enteró  de  que  Mundungus  había  abandonado  su

puesto antes de que terminara su turno… Daba miedo verlo.

—Pues mira, me alegro de que se marchara —replicó Harry con frialdad—. Si se

hubiera  quedado,  yo  no  habría  hecho  magia  y  seguramente  Dumbledore  me  habría

dejado en Privet Drive todo el verano.

—¿No  estás…,  no  estás  preocupado  por  la  vista  del  Ministerio  de  Magia?  —

preguntó Hermione con voz queda.

—No —mintió Harry desafiante.

Se apartó de ellos, mirando alrededor, con Hedwig acurrucada en su hombro, pero

aquella  habitación  no  era  lo  más  apropiado  para  subirle  la  moral.  Era  húmeda  y oscura.  Un  lienzo  en  blanco  con  un  marco  decorado  era  lo  único  que  alegraba  la desnudez  de  las  desconchadas  paredes,  y  cuando  Harry  pasó  por  delante  de  él  le pareció oír a alguien que, escondido, reía por lo bajo.

—¿Y  se  puede  saber  por  qué  Dumbledore  tenía  tanto  interés  en  mantenerme

escondido?  —preguntó  Harry,  que  seguía  intentando  controlar  su  voz  y  adoptar  un tono despreocupado—. ¿Se molestaron en preguntárselo, por casualidad?

Levantó la cabeza justo a tiempo para ver cómo sus amigos intercambiaban una

mirada que significaba que estaba comportándose como ellos habían imaginado. Eso

no ayudó a mejorar su estado de ánimo.

—Le  dijimos  a  Dumbledore  que  queríamos  contarte  lo  que  estaba  pasando  —

contestó  Ron—.  Se  lo  dijimos,  Harry.  Pero  ahora  Dumbledore  está  muy  ocupado,

sólo lo hemos visto dos veces desde que vinimos aquí, y no tenía mucho tiempo para

nosotros;  nos  hizo  jurar  que  no  te  contaríamos  nada  importante  cuando  te

escribiéramos. Dijo que las lechuzas podían ser interceptadas.

—De  todos  modos  habría  podido  mantenerme  informado  si  se  lo  hubiera

propuesto  —replicó  Harry  de  manera  cortante—.  No  irás  a  decirme  que  no  conoce formas de enviar mensajes sin lechuzas, ¿no?

Hermione miró a Ron y dijo:

—Yo también lo pensé. Pero él no quería que supieras nada.

www.lectulandia.com - Página 57

—Quizá  piense  que  no  se  puede  confiar  en  mí  —dijo  Harry,  observando  con atención sus expresiones.

—No seas idiota —contestó Ron, que parecía muy desconcertado.

—O que no sé cuidar de mí mismo.

—¡Claro que no piensa nada de eso! —exclamó Hermione agitada.

—¿Entonces  por  qué  tenía  que  quedarme  en  casa  de  los  Dursley  mientras

vosotros dos participabais en todo lo que estaba pasando aquí? —preguntó Harry; las

palabras  salieron  atropelladamente  de  su  boca,  y  a  medida  que  las  pronunciaba,  el volumen de su voz iba aumentando—. ¿Por qué vosotros dos estáis al corriente de lo

que está ocurriendo?

—¡Eso no es cierto! —lo interrumpió Ron—. Mamá no nos deja acercarnos a las

reuniones; dice que somos demasiado pequeños…

Pero sin poder contenerse más, Harry se puso a gritar.

—¡AH,  YA!,  NO  HABÉIS  ESTADO  EN  LAS  REUNIONES,  ¡QUÉ  BIEN!  PERO  HABÉIS  ESTADO

AQUÍ,  ¿VERDAD?  ¡HABÉIS  ESTADO  JUNTOS!  ¡YO,  EN  CAMBIO,  LLEVO  UN  MES  ATRAPADO  EN

CASA  DE  LOS  DURSLEY!  ¡Y  YO  HE  HECHO  COSAS  MUCHO  MÁS  IMPORTANTES  QUE  VOSOTROS

DOS, Y DUMBLEDORE LO SABE! ¿QUIÉN SALVÓ LA PIEDRA FILOSOFAL? ¿QUIÉN SE DESHIZO DE

RIDDLE? ¿QUIÉN OS SALVÓ LA VIDA CUANDO OS ATACARON LOS DEMENTORES?

Harry soltó todos y cada uno de los amargos y resentidos pensamientos que había

tenido durante el último mes: su frustración ante la ausencia de noticias, la ofensa que

le  producía  saber  que  todos  habían  estado  juntos  sin  él,  la  rabia  que  experimentaba porque habían estado vigilándolo y nadie se lo había dicho… Todos los sentimientos

de los que se avergonzaba a medias se desbordaron por fin. Hedwig se asustó con el ruido  y  voló  hasta  lo  alto  del  armario;   Pigwidgeon,  alarmada,  gorjeó  y  empezó  a volar aún más deprisa por encima de sus cabezas.

—¿QUIÉN TUVO QUE PASAR POR DELANTE DE DRAGONES Y ESFINGES Y DE TODO TIPO DE

BICHOS  REPUGNANTES  EL  AÑO  PASADO?  ¿QUIÉN  VIO  QUE  ÉL  HABÍA  REGRESADO?  ¿QUIÉN

TUVO QUE HUIR DE ÉL? ¡YO!

Ron  estaba  allí  plantado  con  la  boca  abierta,  atónito  y  sin  saber  qué  decir, mientras que Hermione parecía a punto de llorar.

—PERO  ¿POR  QUÉ  TENÍA  QUE  SABER  YO  LO  QUE  ESTABA  PASANDO?  ¿POR  QUÉ  IBA  A

MOLESTARSE ALGUIEN EN CONTARME LO QUE SUCEDÍA?

—Harry, nosotros queríamos contártelo, de verdad… —empezó Hermione.

—NO CREO QUE ESO OS PREOCUPARA MUCHO, PORQUE SI NO ME HABRÍAIS ENVIADO UNA

LECHUZA, PERO CLARO, DUMBLEDORE OS HIZO JURAR…

—Es verdad, Harry, nos…

—HE  PASADO  CUATRO  SEMANAS  CONFINADO  EN  PRIVET  DRIVE,  ROBANDO  PERIÓDICOS

DE LOS CUBOS DE BASURA PARA VER SI ME ENTERABA DE LO QUE ESTABA PASANDO…

—Nosotros queríamos…

www.lectulandia.com - Página 58

—SUPONGO  QUE  OS  HABRÉIS  REÍDO  DE  LO  LINDO,  ¿VERDAD?,  AQUÍ  ESCONDIDOS, JUNTITOS…

—No, Harry, en serio…

—¡Lo  sentimos  mucho,  Harry!  —dijo  Hermione  desesperada;  tenía  los  ojos

bañados  en  lágrimas—.  Tienes  toda  la  razón.  ¡Yo  también  estaría  furiosa  si  me hubiera pasado a mí!

Harry  la  fulminó  con  la  mirada,  respirando  entrecortadamente;  luego  volvió  a

apartarse de ellos y se puso a dar vueltas por la habitación. Hedwig ululó con tristeza desde  lo  alto  del  armario.  Hubo  una  larga  pausa,  sólo  interrumpida  por  el  lastimero crujido de las tablas de madera bajo los pies de Harry.

—A ver, ¿qué es esta casa? —preguntó.

—El cuartel general de la Orden del Fénix —contestó Ron de inmediato.

—-¿Y piensa alguien decirme qué demonios es la Orden del Fénix?

—Es  una  sociedad  secreta  —se  apresuró  a  responder  Hermione—.  La  dirige

Dumbledore; él fue quien la fundó. La forman los que lucharon contra Quien-tú-sabes

la última vez.

—¿Quiénes?  —inquirió  Harry,  y  se  detuvo  con  las  manos  metidas  en  los

bolsillos.

—Bastante gente…

—Nosotros  hemos  conocido  a  unos  veinte  —le  contó  Ron—,  pero  creemos  que

son más.

—¿Y bien? —preguntó Harry, mirándolos con atención.

—Esto… —dijo Ron—. ¿Qué?

—¡Voldemort!  —exclamó  Harry  enfurecido,  y  Ron  y  Hermione  hicieron  una

mueca  de  dolor—.  ¿Qué  pasa?  ¿Qué  está  tramando?  ¿Dónde  está?  ¿Qué  vamos  a

hacer para detenerlo?

—Ya  te  lo  hemos  dicho,  la  Orden  no  nos  deja  participar  en  sus  reuniones  —

comentó  Hermione,  nerviosa—.  Así  que  no  tenemos  muchos  detalles;  pero  sí  una

idea general —se apresuró a añadir al fijarse en la expresión de los ojos de Harry.

—Verás, Fred y George han inventado unas orejas extensibles —explicó Ron—.

Son muy útiles.

—¿Orejas…?

—Extensibles,  sí.  Pero  últimamente  hemos  tenido  que  dejar  de  usarlas  porque

mamá  nos  descubrió  y  se  puso  hecha  una  fiera.  Fred  y  George  tuvieron  que

esconderlas todas para que mamá no las tirara a la basura. Pero las usamos bastante

antes de que mamá se diera cuenta de lo que estábamos haciendo. Ahora sabemos que

algunos  miembros  de  la  Orden  están  siguiendo  a  unos  conocidos   mortífagos,  están vigilándolos…

—Otros se dedican a reclutar a más gente para la Orden… —intervino Hermione.

www.lectulandia.com - Página 59

—Y  otros  montan  guardia  no  sé  dónde  —concluyó  Ron—.  Siempre  están hablando de las guardias.

—No será que me vigilan a mí, ¿verdad? —dijo Harry con sarcasmo.

—¡Ah, claro! —aseguró Ron como si acabara de comprenderlo.

Harry  soltó  un  bufido.  Se  puso  a  pasear  de  nuevo  por  la  habitación,  mirando  a cualquier sitio menos a Ron y a Hermione.

—Entonces, ¿qué habéis estado haciendo vosotros dos, si no os dejaban entrar en

las reuniones? —preguntó—. Decíais que estabais muy ocupados.

—Y  lo  estábamos  —contestó  Hermione—.  Hemos  descontaminado  esta  casa;

llevaba  muchos  años  vacía  y  se  había  criado  de  todo.  Hemos  conseguido  limpiar  a fondo  la  cocina,  casi  todos  los  dormitorios  y  creo  que  mañana  nos  toca  el  sa…

¡Aaaaah!

Con  dos  fuertes  estampidos,  Fred  y  George,  los  hermanos  gemelos  de  Ron,  se

habían materializado de la nada en medio de la habitación. Pigwidgeon gorjeó, más alterada que las otras veces, y echó a volar para reunirse con Hedwig  en  lo  alto  del armario.

—¡Parad  de  hacer  eso!  —ordenó  Hermione  a  los  gemelos,  que  tenían  el  mismo

cabello pelirrojo que Ron, aunque más tupido y ligeramente más corto.

—¡Hola, Harry! —lo saludó George con una radiante sonrisa—. Nos pareció oír

tu dulce voz.

—No  reprimas  tu  rabia,  Harry,  suéltalo  todo  —le  aconsejó  Fred,  también

sonriente—. Quizá haya una o dos personas a ochenta kilómetros de aquí que no te

han oído.

—Veo  que  habéis  aprobado  los  exámenes  de  Aparición  —comentó  Harry

malhumorado.

—Con  muy  buena  nota  —confirmó  Fred,  que  tenía  en  la  mano  una  cosa  que

parecía un trozo de cuerda muy largo de color carne.

—Habríais tardado unos treinta segundos más si hubierais bajado por la escalera

—dijo Ron.

—El  tiempo  es  galeones,  hermanito  —repuso  Fred—.  Bueno,  Harry,  estás

dificultando la recepción. Éstas son las orejas extensibles —añadió ante la expresión

de desconcierto de Harry, y le mostró la cuerda que tenía en la mano y que, según vio

Harry,  empezó  a  arrastrarse  hasta  el  rellano—.  Estamos  intentando  oír  lo  que  pasa abajo.

—Tened  mucho  cuidado  —les  recomendó  Ron  mirando  la  oreja—;  si  mamá

vuelve a encontrar una de ésas…

—Vale la pena correr el riesgo; la reunión de hoy es importante —dijo Fred.

Entonces se abrió la puerta y por ella entró una larga cabellera pelirroja.

—¡Hola, Harry! —saludó alegremente la hermana pequeña de Ron, Ginny—. Me

www.lectulandia.com - Página 60

pareció oír tu voz. —Miró a Fred y a George, y añadió—: No vais a conseguir nada con las orejas extensibles. Mamá le ha hecho un encantamiento de impasibilidad a la

puerta de la cocina.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó George alicaído.

—Tonks me ha explicado cómo descubrirlo —le contó Ginny—. Sólo tienes que

lanzar  algo  contra  la  puerta,  y  si  no  logra  hacer  contacto  quiere  decir  que  la  han impasibilizado.  He  estado  lanzándole  bombas  fétidas  desde  lo  alto  de  la  escalera, pero salían despedidas antes de tocarla, de modo que no hay forma de que las orejas

extensibles puedan pasar por debajo.

Fred exhaló un hondo suspiro.

—¡Qué lástima! Estaba deseando averiguar qué ha estado haciendo Snape.

—¡Snape! —saltó Harry—. ¿Está aquí?

—Sí —contestó George, que cerró la puerta con cuidado y se sentó en una de las

camas; Fred y Ginny lo siguieron—. Ha venido a dar parte. Es confidencial.

—¡Imbécil! —exclamó Fred sin darse cuenta.

—Ahora está en nuestro bando —le recordó Hermione en tono reprobatorio.

—Eso no significa que no sea un imbécil. Basta con ver cómo nos mira —opinó

Ron, soltando un bufido.

—A Bill tampoco le cae bien —intervino Ginny, como si eso zanjara el asunto.

Harry todavía no estaba seguro de que se le hubiera pasado el enfado, pero su sed

de información estaba venciendo el impulso de seguir gritando. Se dejó caer en una

cama, enfrente de los demás.

—¿Bill también está aquí? —preguntó—. ¿No estaba trabajando en Egipto?

—Solicitó  un  puesto  de  oficinista  para  poder  volver  a  casa  y  colaborar  con  la Orden  —aclaró  Fred—.  Dice  que  echa  de  menos  las  tumbas,  pero  —compuso  una

sonrisita de suficiencia— esto tiene sus compensaciones.

—¿Qué quieres decir?

—¿Te acuerdas de Fleur Delacour? —dijo George—. Ha aceptado un empleo en

Gringotts para «pegfeccionag» su inglés…

—Y  Bill  le  ha  dado  un  montón  de  clases  particulares  —añadió  Fred  con  tono

burlón.

—Charlie  también  ha  entrado  en  la  Orden  —prosiguió  George—,  pero  todavía

está  en  Rumania.  Dumbledore  quiere  que  entren  en  la  Orden  todos  los  magos

extranjeros que sea posible, y Charlie intenta captarlos en sus días libres.

—¿Eso no podía hacerlo Percy? —preguntó Harry. La ultima noticia que tenía del

tercero  de  los  hermanos  Weasley  era  que  trabajaba  en  el  Departamento  de

Cooperación Mágica Internacional del Ministerio de Magia.

Al  oír  las  palabras  de  Harry,  los  Weasley  y  Hermione  intercambiaron  miradas

cómplices y llenas de misterio.

www.lectulandia.com - Página 61

—Pase lo que pase, no menciones a Percy delante de mis padres —advirtió Ron a Harry con voz tensa.

—¿Por qué no?

—Porque cada vez que alguien nombra a Percy, papá rompe lo que tenga en las

manos y mamá se pone a llorar —contestó Fred.

—Ha sido espantoso —añadió Ginny con tristeza.

—Me parece que nos hemos librado de él —dijo George con una expresión muy

desagradable en la cara.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Harry.

—Percy y papá discutieron —comenzó Fred—. Nunca había visto a papá discutir

así con nadie. Normalmente es mamá la que grita.

—Fue  la  primera  semana  después  de  terminar  el  curso  —continuó  Ron—.

Estábamos a punto de venir a reunirnos con los de la Orden. Percy llegó a casa y nos

dijo que lo habían ascendido.

—¿Bromeas? —dijo Harry.

Aunque  sabía  que  Percy  era  una  persona  muy  ambiciosa,  tenía  la  impresión  de

que  el  hermano  de  Ron  no  había  logrado  mucho  éxito  con  su  primer  empleo  en  el Ministerio de Magia. Percy había cometido el grave descuido de no darse cuenta de

que su jefe estaba en manos de lord Voldemort (pese a que en el Ministerio nadie lo

habría creído, pues todos pensaban que el señor Crouch se había vuelto loco).

—Sí,  a  todos  nos  sorprendió  —afirmó  George—,  porque  Percy  se  metió  en  un

buen  lío  por  lo  de  Crouch,  y  hubo  una  investigación  y  todo.  Dijeron  que  Percy debería haberse dado cuenta de que Crouch estaba chiflado y que habría tenido que

informar a algún superior. Pero ya conoces a Percy: Crouch lo había dejado al mando,

y él no iba a protestar.

—Entonces, ¿cómo es que lo han ascendido?

—Eso  fue  exactamente  lo  que  nos  preguntamos  nosotros  —respondió  Ron,  que

parecía  encantado  de  poder  mantener  una  conversación  normal  ya  que  Harry  había parado de gritar—. Llegó a casa muy satisfecho de sí mismo, más satisfecho incluso

de lo habitual, no sé si podrás imaginártelo; y le dijo a papá que le habían ofrecido un

cargo  en  la  oficina  del  propio  Fudge.  Un  cargo  muy  importante  para  tratarse  de alguien  que  sólo  hacía  un  año  que  había  salido  de  Hogwarts:  asistente  junior  del ministro. Creo que esperaba que papá se quedara muy impresionado.

—Pero papá no se quedó nada impresionado —comentó Fred con gravedad.

—¿Por qué no? —preguntó Harry.

—Verás, por lo visto Fudge se pasea hecho una furia por el Ministerio vigilando

que nadie tenga ningún contacto con Dumbledore —explicó George.

—Es  que  últimamente  Dumbledore  no  está  muy  bien  visto  en  el  Ministerio  —

agregó Fred—. Todos creen que sólo causa problemas al decir que Quien-tú-sabes ha

www.lectulandia.com - Página 62

regresado.

—Papá dice que Fudge ha dejado muy claro que todo el que tenga algo que ver

con Dumbledore ya puede ir vaciando su mesa —dijo George.

—El problema es que Fudge sospecha de papá, pues sabe que se lleva bien con

Dumbledore, y siempre ha creído que papá es un poco raro por su obsesión con los

muggles.

—Pero ¿eso qué tiene que ver con Percy? —preguntó Harry confundido.

—A eso quería llegar. Papá cree que Fudge sólo quiere tener a Percy en su oficina

porque pretende utilizarlo para espiar a nuestra familia y a Dumbledore.

Harry emitió un débil silbido.

—Me imagino que eso a Percy le encantó.

Ron soltó una risa un tanto sarcástica.

—Se puso hecho una fiera. Dijo… Bueno, dijo un montón de cosas terribles. Dijo

que  había  tenido  que  luchar  contra  la  mala  reputación  de  papá  desde  que  entró  a trabajar en el Ministerio, y que papá no tiene ambición y que por eso siempre hemos

sido… Bueno, ya sabes, que por eso nunca hemos tenido mucho dinero…

—¿Qué?  —se  extrañó  Harry,  incrédulo,  mientras  Ginny  hacía  un  ruido  de  gato

enfadado.

—Ya, ya —musitó Ron con un hilo de voz—. Y eso no es todo. Dijo que papá era

un  idiota  por  relacionarse  con  Dumbledore,  que  Dumbledore  iba  a  tener  graves

problemas  y  papá  se  iba  a  hundir  con  él,  y  que  él,  Percy,  sabía  dónde  estaba  su lealtad:  con  el  Ministerio.  Y  que  si  papá  y  mamá  iban  a  convertirse  en  traidores  al Ministerio, él pensaba asegurarse de que todo el mundo supiera que ya no pertenecía

a  nuestra  familia.  Hizo  el  equipaje  aquella  misma  noche  y  se  marchó.  Ahora  vive aquí, en Londres.

Harry maldijo por lo bajo. Percy siempre había sido el que menos le gustaba de

todos  los  hermanos  de  Ron,  pero  jamás  habría  imaginado  que  pudiera  decirle

semejantes cosas al señor Weasley.

—Mamá  lo  ha  pasado  muy  mal  —prosiguió  Ron—.  Ya  te  imaginas,  llorando  y

eso. Vino a Londres para intentar hablar con Percy, pero él le cerró la puerta en las

narices. No sé qué hace Percy cuando se encuentra a papá en el trabajo, supongo que

ignorarlo.

—Pero Percy tiene que saber que Voldemort ha regresado —opinó Harry—. No

es idiota, tiene que saber que vuestros padres no se expondrían a perderlo todo si no

tuvieran pruebas.

—Sí, bueno, tu nombre también salió en la discusión —siguió explicando Ron, y

le lanzó a Harry una mirada furtiva—. Percy dijo que la única prueba que tenían era

tu palabra, y…, no sé…, no creía que eso fuera suficiente.

—Percy se toma muy en serio todo lo que dice El Profeta —añadió Hermione con

www.lectulandia.com - Página 63

aspereza, y los demás asintieron.

—¿De  qué  estás  hablando?  —quiso  saber  Harry,  mirando  alrededor.  Todos  lo

observaban con recelo.

—¿No…, no recibías El Profeta? —preguntó Hermione, nerviosa.

—¡Sí, claro! —respondió Harry.

—¿Lo has… leído bien? —insistió ella, aún más nerviosa.

—No de cabo a rabo —confesó Harry, poniéndose a la defensiva—. Si tenían que

informar de algo relacionado con Voldemort, lo harían en la primera plana, ¿no?

Los otros hicieron una mueca de dolor al oír aquel nombre. Hermione prosiguió:

—Bueno, tendrías que haberlo leído de cabo a rabo para pillarlo, pero… Bueno,

el caso es que te mencionan un par de veces por semana.

—Pero yo lo habría visto…

—Si sólo leías la primera plana no —dijo Hermione, moviendo negativamente la

cabeza—. No estoy hablando de grandes artículos. Sólo te incluían de pasada, como

si fueras un personaje de chiste.

—¿Qué demonios…?

—Es  muy  desagradable,  la  verdad  —prosiguió  Hermione  con  una  voz  que

denotaba una calma forzada—. Están siguiendo los pasos de Rita.

—Pero ella ya no escribe para el periódico, ¿verdad?

—Oh,  no,  Rita  ha  cumplido  su  promesa.  Porque  no  tiene  alternativa,  claro  —

añadió Hermione con satisfacción—. Pero ella sentó las bases de lo que ellos intentan

hacer ahora.

—¿Y se puede saber qué intentan hacer? —preguntó Harry, impaciente.

—Bueno,  ya  sabes  que  en  sus  artículos  decía  que  te  habías  derrumbado  por

completo y que ibas por ahí diciendo que te dolía la cicatriz y todo eso, ¿no?

—Sí  —dijo  Harry,  que  recordaba  a  la  perfección  las  historias  que  Rita  Skeeter había contado de él.

—Pues ahora te describen como un pobre iluso que sólo quiere llamar la atención

y  que  se  cree  un  gran  héroe  trágico  o  algo  así  —explicó  Hermione,  muy  deprisa, como si de esa forma sus palabras fueran a dolerle menos a su amigo—. No paran de

incluir  comentarios  insidiosos  sobre  ti.  Si  aparece  alguna  historia  rocambolesca, dicen  algo  como:  «Una  historia  digna  de  Harry  Potter»,  y  si  alguien  sufre  un accidente divertido, escriben: «Esperemos que no le quede una cicatriz en la frente, o

luego tendremos que idolatrarlo como a…»

—Yo no quiero que me idolatren… —saltó Harry acalorado.

—Ya lo sé —lo interrumpió Hermione, asustada—. Ya lo sé, Harry. Pero ¿no ves

lo que están haciendo? Quieren minar tu credibilidad. Me apuesto algo a que Fudge

está detrás de todo esto. Quieren hacer creer a los magos de a pie que no eres más que

un niño estúpido, un poco ridículo, que va por ahí contando cuentos chinos porque le

www.lectulandia.com - Página 64

gusta ser famoso y quiere que se hable de él.

—Yo  nunca  he  buscado…  Yo  no  quería…  ¡Voldemort  mató  a  mis  padres!  —

farfulló Harry—. ¡Me hice famoso porque él mató a mi familia y porque no consiguió

matarme a mí! ¿Quién va a querer ser famoso por algo así? ¿No se dan cuenta de que

preferiría no haber…?

—Ya lo sabemos, Harry —dijo Ginny de todo corazón.

—Y  como  es  lógico  no  han  mencionado  ni  una  sola  palabra  del  ataque  de  los

dementores  —añadió  Hermione—.  Alguien  se  lo  ha  prohibido.  Y  eso  sí  habría  sido una historia sonada: dementores sueltos… Ni siquiera han informado de que violaste el  Estatuto  Internacional  del  Secreto.  Creíamos  que  lo  harían,  porque  eso  encaja perfectamente  con  esa  imagen  de  ti,  de  fanfarrón  estúpido.  Creemos  que  están

aguardando  el  momento  de  tu  expulsión;  entonces  se  van  a  poner  las  botas…  Si  te expulsan, claro —especificó—. Pero no deberían echarte; si se atienen a sus propias

normas no pueden hacerlo, no tienen argumentos.

Había vuelto a salir el tema de la vista, y Harry no quería pensar en eso. Intentó

hablar  de  otra  cosa,  pero  no  hizo  falta  que  buscara  nuevos  temas  de  conversación porque en ese instante se oyeron pasos que subían por la escalera.

—¡Oh!

Fred  le  dio  un  fuerte  tirón  a  la  oreja  extensible;  se  oyó  otro  estampido,  y  él  y George  se  desaparecieron.  Pasados  unos  segundos,  la  señora  Weasley  entró  por  la puerta del dormitorio.

—La reunión ha terminado, ya podéis bajar a cenar. Todos se mueren de ganas de

verte, Harry. Por cierto, ¿quién ha dejado esas bombas fétidas frente a la puerta de la

cocina?

Crookshanks —dijo Ginny descaradamente—. Le encanta jugar con ellas.

—¡Ah!  —dijo  la  señora  Weasley—.  Creía  que  quizá  hubiera  sido  Kreacher;

siempre está haciendo cosas raras. Bueno, no olvidéis bajar la voz cuando paséis por

el vestíbulo. Ginny, llevas las manos sucias, ¿qué has estado haciendo? Ve y lávatelas

antes de cenar, por favor.

Ginny  sonrió  a  los  otros  y  salió  con  su  madre  de  la  habitación,  dejando  solos  a Harry,  Ron  y  Hermione.  Ron  y  Hermione  se  quedaron  mirando  a  Harry  con

aprensión, como si temieran que empezara a gritar de nuevo ahora que se habían ido

los demás. Al verlos tan nerviosos, Harry se sintió un poco avergonzado.

—Mirad…  —masculló,  pero  Ron  negó  con  la  cabeza,  y  Hermione  dijo  en  voz

baja:

—Ya sabíamos que te enfadarías, Harry, no te culpamos de nada, de verdad, pero

tienes que entenderlo, nosotros intentamos persuadir a Dumbledore…

—Sí, ya lo sé —dijo Harry de manera cortante. Buscó un tema de conversación

que no estuviera relacionado con el director del colegio, porque cada vez que pensaba

www.lectulandia.com - Página 65

en Dumbledore le hervía la sangre.

—¿Quién es Kreacher? —preguntó.

—El elfo doméstico que vive aquí —contestó Ron—. Un auténtico chiflado.

Hermione miró a Ron frunciendo el entrecejo.

—No es ningún chiflado, Ron.

—Su única ambición es que le corten la cabeza y la coloquen en una placa, como

hicieron con su madre —repuso Ron con enojo—. ¿Te parece eso normal, Hermione?

—Bueno, mira, si es un poco raro, él no tiene la culpa.

Ron miró al techo y luego a Harry.

—Hermione todavía anda liada con el PEDDO.

—¡No lo llames así! —protestó Hermione con indignación—. Es la pe, e, de, de,

o,  Plataforma  Élfica  de  Defensa  de  los  Derechos  Obreros.  Y  no  soy  sólo  yo,

Dumbledore también dice que hemos de ser amables con Kreacher.

—Vale, vale —admitió Ron—. Vamos, estoy muerto de hambre.

Salió  seguido  de  sus  amigos  y  fueron  hasta  el  rellano,  pero  antes  de  que

empezaran a bajar la escalera…

—¡Un  momento!  —dijo  Ron  por  lo  bajo,  y  extendió  un  brazo  para  impedir  que

Harry  y  Hermione  siguieran  caminando—.  Todavía  están  en  el  vestíbulo,  quizá

oigamos algo.

Se  asomaron  con  cautela  por  encima  del  pasamanos.  El  lúgubre  vestíbulo  que

había debajo estaba abarrotado de magos y de brujas, entre ellos la guardia de Harry.

Susurraban  con  emoción.  En  el  centro  del  grupo,  Harry  vio  la  oscura  y  grasienta cabeza  y  la  prominente  nariz  del  profesor  de  Hogwarts  que  menos  le  gustaba:  el profesor  Snape.  Harry  se  inclinó  un  poco  más  sobre  el  pasamanos.  Le  interesaba mucho saber qué hacía Snape en la Orden del Fénix…

En ese instante un delgado trozo de cuerda de color carne descendió ante los ojos

de Harry. Miró hacia arriba y vio a Fred y a George en el rellano superior, bajando

con cuidado la oreja extensible hacia el oscuro grupo de gente que había abajo. Pero,

al  cabo  de  un  momento,  todos  empezaron  a  desfilar  hacia  la  puerta  de  la  calle  y  se perdieron de vista.

—¡Maldita sea! —oyó Harry susurrar a Fred mientras recogía de nuevo la oreja

extensible.

Oyeron también cómo se abría la puerta de la calle, y luego cómo se cerraba.

—Snape  nunca  come  aquí  —le  dijo  Ron  a  Harry  en  voz  baja—.  Por  suerte.

¡Vamos!

—Y no olvides hablar en voz baja en el vestíbulo, Harry —le susurró Hermione.

Cuando pasaban por delante de la hilera de cabezas de elfos domésticos colgadas

en  la  pared,  vieron  a  Lupin,  a  la  señora  Weasley  y  a  Tonks  junto  a  la  puerta  de  la calle,  cerrando  mediante  magia  los  numerosos  cerrojos  y  cerraduras  en  cuanto  los www.lectulandia.com - Página 66

restantes magos hubieron salido.

—Comeremos  en  la  cocina  —susurró  la  señora  Weasley  al  reunirse  con  ellos  al

pie de la escalera—. Harry, querido, si quieres cruzar el vestíbulo de puntillas, es esa

puerta de ahí…

¡PATAPUM!

—¡Tonks! —gritó la señora Weasley, exasperada, y se dio la vuelta para mirar a la

bruja.

—¡Lo  siento!  —gimoteó  Tonks,  que  estaba  tumbada  en  el  suelo—.  Es  ese

ridículo paragüero, es la segunda vez que tropiezo con…

Pero  sus  últimas  palabras  quedaron  sofocadas  por  un  espantoso,  ensordecedor  y

espeluznante alarido.

Las  apolilladas  cortinas  de  terciopelo  en  que  Harry  se  había  fijado  al  llegar  a  la casa  se  habían  separado,  pero  no  había  ninguna  puerta  detrás  de  ellas.  Durante  una fracción de segundo, Harry creyó que estaba mirando por una ventana, una ventana

detrás de la cual una anciana con una gorra negra gritaba sin parar, como si estuvieran

torturándola;  pero  entonces  cayó  en  la  cuenta  de  que  no  era  más  que  un  retrato  de tamaño natural, aunque el más realista y desagradable que había visto en su vida.

La anciana echaba espuma por la boca, sus ojos giraban descontrolados y tenía la

amarillenta piel de la cara tensa y tirante; los otros retratos que había en el vestíbulo detrás de ellos despertaron y empezaron a chillar también, hasta tal punto que Harry

cerró con fuerza los ojos y se tapó las orejas con las manos para protegerse del ruido.

Lupin y la señora Weasley fueron corriendo hacia el retrato e intentaron cerrar las

cortinas y tapar a la anciana, pero no podían con ellas y la anciana cada vez gritaba

más fuerte y movía sus manos como garras; parecía que intentaba arañarles la cara.

—¡Cerdos!  ¡Canallas!  ¡Subproductos  de  la  inmundicia  y  de  la  cochambre!

¡Mestizos, mutantes, monstruos, fuera de esta casa! ¿Cómo os atrevéis a contaminar

la casa de mis padres?

Tonks seguía disculpándose por su torpeza mientras levantaba la enorme y pesada

pierna de trol del suelo; la señora Weasley desistió de su intento de cerrar las cortinas y echó a correr por el vestíbulo, haciéndoles hechizos aturdidores a los otros retratos

con su varita; y un hombre de largo cabello negro salió disparado por una puerta que

Harry tenía enfrente.

—¡Cállate,  vieja  arpía!  ¡Cállate!  —bramó,  y  agarró  la  cortina  que  la  señora

Weasley acababa de soltar.

La anciana palideció de golpe.

—¡Tú!  —rugió,  mirando  con  los  ojos  como  platos  a  aquel  hombre—.  ¡Traidor,

engendro, vergüenza de mi estirpe!

—¡Te  digo  que  te  calles!  —le  gritó  el  hombre,  y  haciendo  un  esfuerzo

descomunal, Lupin y él consiguieron cerrar las cortinas.

www.lectulandia.com - Página 67

Cesaron los gritos de la anciana, y aunque todavía resonaba su eco, el silencio fue apoderándose del vestíbulo.

Jadeando ligeramente y apartándose el largo y negro cabello de la cara, Sirius, el

padrino de Harry, se dio la vuelta.

—Hola, Harry —lo saludó con gravedad—. Veo que ya has conocido a mi madre.

www.lectulandia.com - Página 68

5

La Orden del Fénix

—¿Tu…?

—Sí,  mi  querida  y  anciana  madre  —afirmó  Sirius—.  Llevamos  un  mes

intentando  bajarla,  pero  creemos  que  ha  hecho  un  encantamiento  de  presencia

permanente  en  la  parte  de  atrás  del  lienzo.  Rápido,  vamos  abajo  antes  de  que despierten todos otra vez.

—Pero ¿qué hace aquí un retrato de tu madre? —preguntó Harry, desconcertado,

mientras  salían  por  una  puerta  del  vestíbulo  y  bajaban  un  tramo  de  estrechos

escalones de piedra seguidos de los demás.

—¿No te lo ha dicho nadie? Ésta era la casa de mis padres —respondió Sirius—.

Pero  yo  soy  el  único  Black  que  queda,  de  modo  que  ahora  es  mía.  Se  la  ofrecí  a Dumbledore  como  cuartel  general;  es  lo  único  medianamente  útil  que  he  podido

hacer.

Harry, que esperaba un recibimiento más caluroso, se fijó en lo dura y amarga que

sonaba  la  voz  de  Sirius.  Siguió  a  su  padrino  hasta  el  final  de  la  escalera  y  por  una puerta que conducía a la cocina del sótano.

La cocina, una estancia grande y tenebrosa con bastas paredes de piedra, no era

www.lectulandia.com - Página 69

menos sombría que el vestíbulo. La poca luz que había procedía casi toda de un gran fuego  que  prendía  al  fondo  de  la  habitación.  Se  vislumbraba  una  nube  de  humo  de pipa suspendida en el aire, como si allí se hubiera librado una batalla, y a través de

ella se distinguían las amenazadoras formas de unos pesados cacharros que colgaban

del oscuro techo. Habían llevado muchas sillas a la cocina con motivo de la reunión,

y  estaban  colocadas  alrededor  de  una  larga  mesa  de  madera  cubierta  de  rollos  de pergamino, copas, botellas de vino vacías y un montón de algo que parecían trapos.

El señor Weasley y su hijo mayor, Bill, hablaban en voz baja, con las cabezas juntas,

en un extremo de la mesa.

La  señora  Weasley  carraspeó.  Su  marido,  un  hombre  delgado  y  pelirrojo  que

estaba quedándose calvo, con gafas con montura de carey, miró alrededor y se puso

en pie de un brinco.

—¡Harry! —exclamó el señor Weasley; fue hacia él para recibirlo y le estrechó la

mano con energía—. ¡Cuánto me alegro de verte!

Detrás  del  señor  Weasley,  Harry  vio  a  Bill,  que  todavía  llevaba  el  largo  cabello recogido  en  una  coleta,  enrollando  con  precipitación  los  rollos  de  pergamino  que quedaban encima de la mesa.

—¿Has  tenido  buen  viaje,  Harry?  —le  preguntó  Bill  mientras  intentaba  recoger

doce rollos a la vez—. ¿Así que Ojoloco no te ha hecho venir por Groenlandia?

—Lo intentó —intervino Tonks; fue hacia Bill con aire resuelto para ayudarlo a

recoger, y de inmediato tiró una vela sobre el último trozo de pergamino—. ¡Oh, no!

Lo siento…

—Dame,  querida  —dijo  la  señora  Weasley  con  exasperación,  y  reparó  el

pergamino  con  una  sacudida  de  su  varita.  Con  el  destello  luminoso  que  causó  el encantamiento  de  la  señora  Weasley,  Harry  alcanzó  a  distinguir  brevemente  lo  que parecía el plano de un edificio.

La  señora  Weasley  vio  cómo  Harry  miraba  el  pergamino,  agarró  el  plano  de  la

mesa y se lo puso en los brazos a Bill, que ya iba muy cargado.

—Estas cosas hay que recogerlas enseguida al final de las reuniones —le espetó,

y luego fue hacia un viejo aparador del que empezó a sacar platos.

Bill sacó su varita, murmuró: «¡Evanesco!» y los pergaminos desaparecieron.

—Siéntate, Harry —dijo Sirius—. Ya conoces a Mundungus, ¿verdad?

Aquella  cosa  que  Harry  había  tomado  por  un  montón  de  trapos  emitió  un

prolongado y profundo ronquido y despertó con un respingo.

—¿Alguien ha pronunciado mi nombre? —masculló Mundungus, adormilado—.

Estoy de acuerdo con Sirius… —Levantó una mano sumamente mugrienta, como si

estuviera  emitiendo  un  voto,  y  miró  a  su  alrededor  con  los  enrojecidos  ojos

desenfocados.

Ginny soltó una risita.

www.lectulandia.com - Página 70

—La  reunión  ya  ha  terminado,  Dung  —le  explicó  Sirius  mientras  todos  se sentaban a la mesa—. Ha llegado Harry.

—¿Cómo  dices?  —inquirió  Mundungus,  mirando  con  expresión  fiera  a  Harry  a

través de su enmarañado cabello rojo anaranjado—. Caramba, es verdad. ¿Estás bien,

Harry?

—Sí —contestó él.

Mundungus,  nervioso,  hurgó  en  sus  bolsillos  sin  dejar  de  mirar  a  Harry,  y  sacó una pipa negra, también mugrienta. Se la llevó a la boca, la prendió con el extremo de

su varita y dio una honda calada. Unas grandes nubes de humo verdoso lo ocultaron

en cuestión de segundos.

—Te  debo  una  disculpa  —gruñó  una  voz  desde  las  profundidades  de  aquella

apestosa nube.

—Te  lo  digo  por  última  vez,  Mundungus  —le  advirtió  la  señora  Weasley—,

¿quieres  hacer  el  favor  de  no  fumar  esa  porquería  en  la  cocina,  sobre  todo  cuando estamos a punto de cenar?

—¡Ay! —exclamó Mundungus—. Tienes razón. Lo siento, Molly.

La  nube  de  humo  se  esfumó  en  cuanto  Mundungus  se  guardó  la  pipa  en  el

bolsillo, pero el acre olor a calcetines quemados permaneció en el ambiente.

—Y  si  pretendéis  cenar  antes  de  medianoche  voy  a  necesitar  ayuda  —añadió  la

señora  Weasley  sin  dirigirse  a  nadie  en  particular—.  No,  tú  puedes  quedarte  donde estás, Harry, querido. Has hecho un largo viaje.

—¿Qué  quieres  que  haga,  Molly?  —preguntó  Tonks  con  entusiasmo  dando  un

salto.

La señora Weasley vaciló, un tanto preocupada.

—Pues…,  no,  Tonks,  gracias,  tú  descansa  también,  ya  has  hecho  bastante  por

hoy.

—¡Nada  de  eso!  ¡Quiero  ayudarte!  —insistió  la  bruja  de  muy  buen  humor,  y

derribó una silla cuando corría hacia el aparador, de donde Ginny estaba sacando los

cubiertos.

Al poco rato, varios cuchillos enormes cortaban carne y verduras por su cuenta,

supervisados  por  el  señor  Weasley,  mientras  su  mujer  removía  un  caldero  colgado sobre el fuego y los demás sacaban platos, más copas y comida de la despensa. Harry

se quedó en la mesa con Sirius y Mundungus, que todavía lo miraba parpadeando con

aire lastimero.

—¿Has vuelto a ver a la vieja Figgy? —le preguntó Mundungus.

—No —contestó Harry—. No he visto a nadie.

—Mira, yo no me habría marchado —se disculpó Mundungus, inclinándose hacia

delante  con  un  dejo  suplicante  en  la  voz—,  pero  se  me  presentó  una  gran

oportunidad…

www.lectulandia.com - Página 71

Harry  notó  que  algo  le  rozaba  la  rodilla  y  se  sobresaltó,  pero  sólo  era Crookshanks, el gato patizambo de pelo rojizo de Hermione, que se enroscó alrededor de  las  piernas  de  Harry,  ronroneando,  y  luego  saltó  al  regazo  de  Sirius,  donde  se acurrucó.  Sirius  le  rascó  distraídamente  detrás  de  las  orejas  al  mismo  tiempo  que giraba la cabeza, todavía con gesto torvo, hacia Harry.

—¿Has pasado un buen verano hasta ahora?

—No, ha sido horrible —contestó el muchacho.

Por primera vez, algo parecido a una sonrisa pasó de manera fugaz por la cara de

Sirius.

—No sé de qué te quejas, la verdad.

—¿Cómo dices? —saltó Harry sin poder dar crédito a lo que acababa de oír.

—A  mí,  personalmente,  no  me  habría  importado  que  me  atacaran  unos

dementores. Una pelea a muerte para salvar mi alma me habría venido de perlas para romper la monotonía. Tú dices que lo has pasado mal, pero al menos has podido salir

y pasearte por ahí, estirar las piernas, meterte en alguna pelea… Yo, en cambio, llevo

un mes entero encerrado aquí dentro.

—¿Cómo es eso? —preguntó Harry con el entrecejo fruncido.

—Porque el Ministerio de Magia sigue buscándome, y a estas alturas Voldemort

ya debe de saber que soy un animago; Colagusano se lo habrá contado, de modo que

mi enorme disfraz no sirve de nada. No puedo hacer gran cosa para ayudar a la Orden

del Fénix…, o eso cree Dumbledore.

El  tono  un  tanto  monótono  con  que  Sirius  pronunció  el  nombre  de  Dumbledore

hizo comprender a Harry que Sirius tampoco estaba muy contento con el director. De

pronto, Harry sintió un renovado cariño hacia su padrino.

—Al menos tú sabías qué estaba pasando —dijo más animado.

—Sí, claro —repuso Sirius con sarcasmo—. Yo sólo tenía que oír los informes de

Snape, aguantar sus maliciosas insinuaciones de que él estaba ahí fuera poniendo su

vida  en  peligro  mientras  yo  me  quedaba  aquí  cómodamente  sentado  y  sin  pegar

golpe…, y sus preguntas acerca de cómo iba la limpieza…

—¿Qué limpieza? —preguntó Harry.

—Hemos  tenido  que  convertir  esta  casa  en  un  sitio  habitable  —contestó  Sirius,

haciendo un ademán que abarcó la desangelada cocina—. Hacía diez años que nadie

vivía  aquí,  desde  que  murió  mi  querida  madre,  exceptuando  a  su  viejo  elfo

doméstico, pero como se ha vuelto loco hace una eternidad que no limpia nada.

—Sirius —dijo Mundungus, que al parecer no había prestado ninguna atención a

la  conversación  y  había  estado  examinando  con  minuciosidad  una  copa  vacía—.

¿Esto es de plata maciza?

—Sí  —respondió  Sirius,  mirándola  con  desagrado—.  La  mejor  plata  del  siglo

quince labrada por duendes, con el emblema de los Black grabado en relieve.

www.lectulandia.com - Página 72

—Ya, pero eso se podrá quitar —murmuró Mundungus, abrillantando la copa con el puño.

—¡Fred, George! ¡No! ¡He dicho que los llevéis! —gritó la señora Weasley.

Harry, Sirius y Mundungus se volvieron y de inmediato se apartaron de la mesa.

Fred y George habían encantado un gran caldero de estofado, una jarra de hierro de

cerveza de mantequilla y una pesada tabla de madera para cortar el pan, junto con el

cuchillo, que en ese momento volaban a toda velocidad hacia ellos. El caldero patinó

a  lo  largo  de  la  mesa  y  se  detuvo  justo  en  el  borde,  dejando  una  larga  y  negra quemadura en la superficie de madera; la jarra de cerveza de mantequilla cayó con un

gran estruendo y su contenido se derramó por todas partes; el cuchillo del pan resbaló

de la tabla, se clavó en la mesa y se quedó temblando amenazadoramente justo donde

hasta unos segundos antes Sirius había tenido la mano.

—¡Por  favor!  —gritó  la  señora  Weasley—.  ¡No  hacía  falta!  ¡Ya  no  lo  aguanto

más!  ¡Que  ahora  os  permitan  hacer  magia  no  quiere  decir  que  tengáis  que  sacar  la varita a cada paso!

—¡Sólo pretendíamos ahorrar un poco de tiempo! —se disculpó Fred, y corrió a

arrancar el cuchillo del pan de la mesa—. Perdona, Sirius, no era mi intención…

Harry  y  Sirius  se  echaron  a  reír;  Mundungus,  que  se  había  caído  hacia  atrás

volcando también la silla, empezó a maldecir tan pronto como se hubo levantado del

suelo; Crookshanks había soltado un fuerte bufido y había corrido a refugiarse debajo del aparador, donde se veían sus enormes ojos amarillos, que relucían en la oscuridad.

—Niños  —los  regañó  el  señor  Weasley  dejando  el  caldero  de  estofado  en  el

centro  de  la  mesa—,  vuestra  madre  tiene  razón;  ahora  que  habéis  alcanzado  la

mayoría de edad se supone que tenéis que dar ejemplo de responsabilidad…

—¡Ninguno  de  vuestros  hermanos  ha  causado  nunca  estos  problemas!  —dijo,

rabiosa, la señora Weasley a los gemelos mientras con un porrazo ponía otra jarra de

cerveza  de  mantequilla,  que  también  se  derramó,  encima  de  la  mesa—.  ¡Bill  no  se pasaba  el  día  apareciéndose  a  cada  momento!  ¡Charlie  no  encantaba  todo  cuanto

encontraba! ¡Percy…!

Se detuvo en el acto y contuvo la respiración al mismo tiempo que le dirigía una

mirada asustada a su marido, cuyo rostro, de pronto, se había quedado inexpresivo.

—Vamos a comer —dijo Bill con rapidez.

—Esto  tiene  un  aspecto  estupendo,  Molly  —intervino  Lupin,  sirviéndole  el

estofado con un cucharón y acercándole el plato desde el otro lado de la mesa.

Durante unos minutos sólo se oyó el tintineo de platos y cubiertos y el ruido de

las sillas arrastrándose, y todos se pusieron a comer. Entonces la señora Weasley miró

a Sirius y le dijo:

—Se  me  olvidó  comentarte,  Sirius,  que  hay  algo  atrapado  en  ese  escritorio  del salón que no para de vibrar y tamborilear. A lo mejor sólo es un boggart, desde luego, www.lectulandia.com - Página 73

pero quizá deberíamos pedirle a Alastor que le echara un vistazo antes de soltarlo.

—Como quieras —contestó Sirius con indiferencia.

—Y las cortinas están llenas de doxys —añadió la señora Weasley—. He pensado

que mañana podríamos ocuparnos de ellas.

—Será  un  placer  —dijo  Sirius.  Harry  detectó  el  sarcasmo  en  su  voz,  pero  no

estaba seguro de que los demás también lo hubieran percibido.

Enfrente de Harry, Tonks distraía a Hermione y a Ginny transformando su nariz

entre bocado y bocado: apretaba mucho los ojos y ponía la misma expresión de dolor

que había adoptado en el dormitorio de Harry; de ese modo, hinchaba la nariz hasta

convertirla en una protuberancia picuda que se parecía a la de Snape, la encogía hasta

reducirla al tamaño de un champiñón pequeño y luego hacía que le saliera un montón

de pelo por cada orificio nasal. Por lo visto, era un entretenimiento habitual a la hora

de  las  comidas,  porque  Hermione  y  Ginny  pronto  empezaron  a  pedir  sus  narices

favoritas.

—Haz esa que parece un morro de cerdo, Tonks. Tonks complació a su público, y

Harry,  al  levantar  la  cabeza,  tuvo  por  un  momento  la  impresión  de  que  una  versión femenina de Dudley le sonreía desde el otro lado de la mesa. El señor Weasley, Bill y

Lupin discutían acaloradamente sobre duendes.

—Todavía  no  han  dicho  nada  —apuntó  Bill—.  Aún  no  sé  si  creen  o  no  que  ha

regresado.  Es  posible  que  prefieran  no  tomar  partido  y  que  quieran  mantenerse  al margen.

—Estoy seguro de que nunca se pasarían al bando de Quien-tú-sabes —afirmó el

señor Weasley haciendo un gesto negativo con la cabeza—. Ellos también han sufrido

pérdidas;  ¿te  acuerdas  de  lo  de  aquella  familia  de  duendes  a  la  que  mató  la  última vez, cerca de Nottingham?

—Creo que depende de lo que les ofrezcan —opinó Lupin—. Y no me refiero al

dinero. Si les ofrecen las libertades que les hemos negado durante siglos, seguro que

se lo pensarán. ¿Todavía no has tenido suerte con Ragnok, Bill?

—De  momento  sigue  en  contra  de  los  magos  —respondió  Bill—,  y  no  para  de

protestar  por  lo  del  asunto  Bagman;  dice  que  el  Ministerio  hizo  una  maniobra  de encubrimiento. Mira, esos duendes no le robaron el oro…

Hacia la mitad de la mesa un estallido de carcajadas ahogó el resto de las palabras

de Bill. Fred, George, Ron y Mundungus se retorcían de risa en sus sillas.

—…  y  entonces…  —decía  Mundungus  mientras  las  lágrimas  le  resbalaban  por

las  mejillas—,  entonces  me  dice,  en  serio,  me  dice:  «Oye,  Dung,  ¿de  dónde  has sacado esos sapos? ¡Porque un hijo de mala bludger me ha robado a mí los míos!» Y

yo  le  contesto:  «¿Te  han  robado  los  sapos,  Will?  ¡No  me  digas!  Y  ahora,  ¿qué?

¿Piensas comprarte unos cuantos?» Y esa gárgola inútil, chicos, podéis creerme, va y

me  compra  sus  propios  sapos  por  mucho  más  dinero  del  que  le  habían  costado  la www.lectulandia.com - Página 74

primera vez…

—Gracias,  Mundungus,  pero  creo  que  podemos  pasar  sin  los  detalles  de  tus

negocios  —dijo  la  señora  Weasley  con  aspereza  mientras  Ron  se  inclinaba  sobre  la mesa, riendo a carcajadas.

—Perdona,  Molly  —se  apresuró  a  decir  Mundungus,  secándose  las  lágrimas  y

guiñándole un ojo a Harry—, pero es que Will se los había robado a Warty Harris, o

sea, que en realidad yo no hice nada malo.

—No  sé  dónde  aprendiste  los  conceptos  del  bien  y  del  mal,  Mundungus,  pero

creo  que  te  perdiste  un  par  de  lecciones  fundamentales  —respondió  la  señora

Weasley con frialdad.

Fred y George escondieron la cara detrás de sus copas de cerveza de mantequilla;

George no paraba de hipar. Por algún extraño motivo, la señora Weasley le lanzó una

mirada muy desagradable a Sirius antes de levantarse e ir a buscar un enorme pastel

de ruibarbo que había de postre. Harry miró a su padrino.

—A Molly no le cae bien Mundungus —le dijo Sirius en voz baja.

—¿Cómo  es  posible  que  pertenezca  a  la  Orden?  —preguntó  Harry,  también  en

voz baja.

—Porque  es  útil  —contestó  Sirius—.  Conoce  a  todos  los  sinvergüenzas;  es

lógico, puesto que él también lo es. Pero también es muy fiel a Dumbledore, que una

vez  lo  sacó  de  un  apuro.  Conviene  contar  con  alguien  como  Dung,  porque  él  oye cosas que nosotros no oímos. Pero Molly cree que invitarlo a cenar es ir demasiado

lejos. Todavía no lo ha perdonado por haber abandonado su puesto cuando se suponía

que estaba vigilándote.

Tras tres raciones de pastel de ruibarbo con crema, a Harry empezó a apretarle la

cintura de los vaqueros (lo cual resultaba un tanto alarmante, pues los había heredado

de Dudley). Dejó la cuchara en el plato en el momento en que se hizo una pausa en la

conversación  general:  el  señor  Weasley  estaba  recostado  en  el  respaldo  de  la  silla, saciado y relajado; Tonks, cuya nariz había recuperado su aspecto habitual, bostezaba

abiertamente; y Ginny, que había conseguido hacer salir a Crookshanks de debajo del aparador,  estaba  sentada  con  las  piernas  cruzadas  en  el  suelo,  lanzándole  al  gato corchos de cerveza de mantequilla para que fuera a buscarlos.

—Creo que ya es hora de acostarse —dijo la señora Weasley con un bostezo.

—Todavía  no,  Molly  —intervino  Sirius,  apartando  su  plato  vacío  y  volviéndose

para  mirar  a  Harry—.  Mira,  estoy  sorprendido.  Creía  que  lo  primero  que  harías  en cuanto llegaras aquí sería empezar a hacer preguntas sobre Voldemort.

La atmósfera de la habitación cambió con aquella rapidez que Harry asociaba a la

llegada  de   dementores.  Hasta  hacía  unos  segundos  había  reinado  un  ambiente relajado y soñoliento, pero de pronto se había vuelto tenso. Un escalofrío recorrió la

mesa  cuando  Sirius  pronunció  el  nombre  de  Voldemort.  Lupin,  que  se  disponía  a www.lectulandia.com - Página 75

beber un sorbo de vino, bajó con lentitud la copa y adoptó una expresión vigilante.

—¡Lo he hecho! —repuso Harry indignado—. Les he preguntado por él a Ron y a

Hermione, pero me han dicho que como ellos no pertenecían a la Orden no…

—Y tienen razón —lo interrumpió la señora Weasley—. Sois demasiado jóvenes.

Estaba  sentada,  muy  tiesa,  en  su  silla,  con  los  puños  apretados  sobre  los

reposabrazos; ya no había ni rastro de somnolencia en ella.

—¿Desde  cuándo  tiene  uno  que  pertenecer  a  la  Orden  del  Fénix  para  hacer

preguntas?  —terció  Sirius—.  Harry  se  ha  pasado  un  mes  encerrado  en  esa  casa  de muggles. Creo que tiene derecho a saber qué ha pasa…

—¡Un momento! —le cortó George.

—¿Por qué Harry puede hacer preguntas? —quiso saber Fred enojado.

—¡Nosotros  llevamos  un  mes  intentando  sonsacaros  algo  y  no  habéis  soltado

prenda! —protestó George.

—«Sois  demasiado  jóvenes,  no  pertenecéis  a  la  Orden»  —dijo  Fred  con  una

vocecilla  aguda  increíblemente  parecida  a  la  de  su  madre—.  ¡Harry  ni  siquiera  es mayor de edad!

—Yo no tengo la culpa de que no os hayan contado a qué se dedica la Orden —

comentó  Sirius  con  calma—,  eso  lo  han  decidido  vuestros  padres.  Harry,  por  otra parte…

—¡Tú  no  eres  nadie  para  decidir  lo  que  le  conviene  a  Harry!  —saltó  la  señora Weasley.  Su  rostro,  por  lo  general  amable,  había  adoptado  una  expresión

amenazadora—. Supongo que no habrás olvidado lo que dijo Dumbledore.

—¿A  qué  te  refieres  en  concreto?  —preguntó  Sirius  con  educación,  pero  con  el

tono de quien se prepara para pelear.

—A lo de que no teníamos que contarle a Harry más de lo que necesita saber —

dijo la señora Weasley poniendo mucho énfasis en las dos últimas palabras.

Ron, Hermione, Fred y George giraban la cabeza de un lado a otro, de Sirius a la

señora  Weasley,  como  si  estuvieran  mirando  un  partido  de  tenis.  Ginny  estaba

arrodillada  en  medio  de  un  montón  de  corchos  de  cerveza  de  mantequilla

abandonados,  y  escuchaba  la  conversación  con  la  boca  entreabierta.  Lupin  no

apartaba los ojos de Sirius.

—No pretendo contarle  más de lo  que necesita saber,  Molly —aseguró Sirius—

Pero  dado  que  fue  él  quien  vio  regresar  a  Voldemort  —una  vez  más,  un

estremecimiento  colectivo  recorrió  la  mesa  después  de  que  Sirius  pronunciara  ese nombre—, tiene más derecho que nadie a…

—¡Harry no es miembro de la Orden del Fénix! —dijo la señora Weasley—. Sólo

tiene quince años y…

—Y se ha enfrentado a situaciones más graves que muchos de nosotros —afirmó

Sirius.

www.lectulandia.com - Página 76

—¡Nadie pone en duda lo que ha hecho! —exclamó la señora Weasley elevando la voz; sus puños temblaban sobre los reposabrazos de la silla—. Pero sigue siendo…

—¡No es ningún niño! —soltó Sirius con impaciencia.

—¡Tampoco  es  ningún  adulto!  —insistió  la  señora  Weasley,  cuyas  mejillas

estaban poniéndose coloradas—. ¡Harry no es James, Sirius!

—Sé perfectamente quién es, Molly, muchas gracias —dijo Sirius en un tono frío.

—¡No estoy muy segura! —le espetó la señora Weasley—. A veces, por cómo le

hablas, se diría que crees que has recuperado a tu amigo.

—¿Y qué hay de malo en eso? —preguntó Harry.

—¡Lo  que  hay  de  malo,  Harry,  es  que  tú  no  eres  tu  padre,  por  mucho  que  te parezcas  a  él!  —le  respondió  la  señora  Weasley  sin  apartar  los  ojos  de  Sirius—.

¡Todavía vas al colegio, y los adultos responsables de ti no deberían olvidarlo!

—¿Significa eso que soy un padrino irresponsable? —preguntó Sirius elevando la

voz.

—Significa  que  otras  veces  has  actuado  con  precipitación,  Sirius,  y  por  eso

Dumbledore no para de recordarte que debes quedarte en casa y…

—¡Si no te importa, vamos a dejar a un lado las instrucciones que he recibido de

Dumbledore! —gritó Sirius.

—¡Arthur! —exclamó la señora Weasley buscando con la mirada a su marido—

¡Apóyame, Arthur!

El señor Weasley no habló de inmediato. Se quitó las gafas y se puso a limpiarlas

parsimoniosamente con su túnica sin mirar a su mujer. No contestó hasta que se las

hubo colocado de nuevo con mucho cuidado.

—Dumbledore sabe que la situación ha cambiado, Molly. Está de acuerdo en que

habrá que informar a Harry, hasta cierto punto, ahora que va a quedarse en el cuartel

general.

—¡Sí, pero eso no es lo mismo que invitarlo a preguntar todo lo que quiera!

—Personalmente  —terció  Lupin  con  voz  queda,  apartando  por  fin  la  vista  de

Sirius,  mientras  la  señora  Weasley  giraba  con  rapidez  la  cabeza  hacia  él,  creyendo que por fin iba a tener un aliado— creo que es mejor que nosotros le expliquemos a

Harry  los  hechos,  no  todos,  Molly,  sino  la  idea  general,  a  que  obtenga  una  versión tergiversada a través de… otros.

Su  expresión  era  afable,  pero  Harry  estaba  seguro  de  que  por  lo  menos  Lupin

sabía  que  algunas  orejas  extensibles  habían  sobrevivido  a  la  purga  de  la  señora Weasley.

—Bueno —cedió ésta, respirando hondo y recorriendo la mesa con la mirada por

si alguien le ofrecía su apoyo, lo cual no ocurrió—; bueno…, ya veo que mi opinión

queda invalidada. Sólo voy a decir una cosa: Dumbledore debía de tener sus razones

para  no  querer  que  Harry  supiera  demasiado,  y  hablo  como  alguien  que  desea  lo www.lectulandia.com - Página 77

mejor para Harry…

—Harry no es hijo tuyo —dijo Sirius en voz baja.

—Como  si  lo  fuera  —repuso  la  señora  Weasley  con  fiereza—.  ¿A  quién  más

tiene?

—¡Me tiene a mí!

—Sí —respondió la señora Weasley torciendo el gesto—, pero no te ha resultado

nada fácil cuidar de él mientras estabas encerrado en Azkaban, ¿verdad?

Sirius hizo ademán de levantarse de la silla.

—Molly, tú no eres la única de los que estamos aquí que se preocupa por Harry

—intervino Lupin con dureza—. Siéntate, Sirius. —A la señora Weasley le temblaba

el labio inferior. Sirius volvió a sentarse con lentitud en la silla, pálido como la cera

—. Creo que Harry tiene derecho a opinar en este asunto —continuó Lupin—. Es lo

bastante mayor para decidir por sí mismo.

—Quiero saber qué ha estado pasando —dijo Harry de inmediato.

No  miró  a  la  señora  Weasley.  Le  había  conmovido  que  hubiera  dicho  que  lo

consideraba  casi  como  un  hijo  suyo,  pero  también  estaba  un  poco  harto  de  sus mimos. Sirius tenía razón: ya no era un crío.

—Muy  bien  —dijo  la  señora  Weasley  con  la  voz  quebrada—.  Ginny,  Ron,

Hermione, Fred y George: salid ahora mismo de la cocina.

Hubo un repentino revuelo.

—¡Nosotros somos mayores de edad! —gritaron Fred y George al unísono.

—Si a Harry le dejan, ¿por qué a mí no? —protestó Ron.

—¡Mamá, yo quiero oírlo! —gimoteó Ginny.

—¡No!  —sentenció  la  señora  Weasley,  levantándose  y  echando  chispas  por  los

ojos—. Os prohíbo terminantemente…

—Molly, a Fred y a George no puedes impedírselo —dijo el señor Weasley con

tono cansino—. Son mayores de edad.

—Todavía van al colegio.

—Pero  legalmente  ya  son  adultos  —replicó  el  señor  Weasley  de  nuevo  con  la

misma voz cansada.

La señora Weasley estaba colorada de ira.

—Pero ¿cómo…? Bueno, está bien, Fred y George pueden quedarse, pero Ron…

—¡De todos modos, Harry nos lo contará todo a Hermione y a mí! —aseguró Ron

con vehemencia—. ¿Verdad? —añadió con aire vacilante mirando a su amigo.

Durante  una  fracción  de  segundo  Harry  estuvo  a  punto  de  decirle  a  Ron  que  no pensaba contarle ni una sola palabra, que así se enteraría de lo que era quedarse en la

inopia  y  podría  ver  si  le  gustaba.  Pero  ese  malvado  impulso  se  desvaneció  cuando Harry y Ron se miraron.

—Pues claro —afirmó Harry.

www.lectulandia.com - Página 78

Ron y Hermione sonrieron radiantes.

—¡Muy bien! —gritó la señora Weasley—. ¡Muy bien! ¡Ginny! ¡A la cama!

Ginny  no  obedeció  sin  quejarse.  Pudieron  oír  cómo  protestaba  y  despotricaba

contra  su  madre  mientras  subía  la  escalera,  y  cuando  llegó  al  vestíbulo,  los

ensordecedores  chillidos  de  la  señora  Black  se  añadieron  al  barullo.  Lupin  salió corriendo para tapar el retrato. Sirius esperó a que éste hubiera regresado a la cocina,

hubiera cerrado la puerta tras él y se hubiera sentado de nuevo a la mesa, y entonces

habló:

—Está bien, Harry… ¿Qué quieres saber?

Harry respiró hondo y formuló la pregunta que lo había obsesionado durante un

mes.

—¿Dónde está Voldemort? —preguntó, ignorando los nuevos estremecimientos y

las  muecas  de  dolor  que  provocó  al  pronunciar  otra  vez  ese  nombre—.  ¿Qué  está haciendo? He mirado las noticias muggles y todavía no he visto nada que llevara su firma, ni muertes extrañas ni nada.

—Eso es porque todavía no ha habido ninguna muerte extraña —le explicó Sirius

—, al menos que nosotros sepamos. Y sabemos bastante.

—Más de lo que él cree —añadió Lupin.

—¿Cómo  puede  ser  que  haya  dejado  de  matar  gente?  —preguntó  Harry.  Sabía

que Voldemort había matado más de una vez en el último año.

—Porque  no  quiere  llamar  la  atención  —contestó  Sirius—.  Eso  sería  peligroso

para él. Verás, su regreso no fue como él lo había planeado. Lo estropeó todo.

—O,  mejor  dicho,  tú  se  lo  estropeaste  todo  —apuntó  Lupin  con  una  sonrisa  de

satisfacción.

—¿Cómo? —preguntó Harry, perplejo.

—¡Él  no  esperaba  que  sobrevivieras!  —dijo  Sirius—.  Nadie,  aparte  de  sus

mortífagos,  tenía  que  saber  que  él  había  regresado.  Pero  tú  sobreviviste  para atestiguarlo.

—Y la última persona que él quería que se enterara de su regreso era Dumbledore

—añadió Lupin—. Y tú te encargaste de que Dumbledore lo supiera de inmediato.

—¿De qué ha servido eso? —continuó Harry.

—¿Lo dices en broma? —se extrañó Bill, incrédulo—. ¡Dumbledore era la única

persona a la que Quien-tú-sabes había tenido miedo!

—Gracias  a  ti,  Dumbledore  pudo  llamar  a  la  Orden  del  Fénix  una  hora  después

del regreso de Voldemort —aclaró Sirius.

—¿Y qué ha hecho la Orden del Fénix hasta ahora? —preguntó Harry mirando a

todos los presentes.

—Trabajar  duro  para  asegurarnos  de  que  Voldemort  no  pueda  llevar  a  cabo  sus

planes —respondió Sirius.

www.lectulandia.com - Página 79

—¿Cómo sabéis cuáles son sus planes? —preguntó rápidamente Harry.

—Dumbledore tiene una idea aproximada —dijo Lupin—, y en general las ideas

aproximadas de Dumbledore resultan ser muy exactas.

—¿Y qué se imagina Dumbledore que está planeando?

—Bueno, en primer lugar quiere reconstruir su ejército —explicó Sirius—. En el

pasado  disponía  de  un  grupo  muy  numeroso:  brujas  y  magos  a  los  que  había

intimidado o cautivado para que lo siguieran, sus leales mortífagos, una gran variedad de criaturas tenebrosas. Tú oíste que planeaba reclutar a los gigantes; pues bien, ellos

son sólo uno de los grupos detrás de los que anda. Como es lógico, no va a tratar de

apoderarse del Ministerio de Magia con sólo una docena de mortífagos.

—Entonces, ¿vosotros intentáis impedir que capte a más seguidores?

—Hacemos todo lo que podemos —respondió Lupin.

—¿Cómo?

—Bueno,  lo  principal  es  convencer  a  cuantos  más  mejor  de  que  es  verdad  que

Quien-tú-sabes ha regresado, y de ese modo ponerlos en guardia —dijo Bill—. Pero

no está resultando fácil.

—¿Por qué?

—Por  la  actitud  del  Ministerio  —terció  Tonks—.  Ya  viste  a  Cornelius  Fudge

después  del  regreso  de  Quien-tú-sabes,  Harry.  Y  no  ha  modificado  en  absoluto  su postura. Se niega rotundamente a creer que haya ocurrido.

—Pero ¿por qué? —se extrañó Harry, desesperado—. ¿Por qué es tan idiota? Si

Dumbledore…

—Precisamente: has puesto el dedo en la llaga —lo interrumpió el señor Weasley

con una sonrisa irónica—. Dumbledore.

—Fudge le tiene miedo —dijo Tonks con tristeza.

—¿Que le tiene miedo a Dumbledore? —repitió Harry, incrédulo.

—Tiene  miedo  de  sus  planes  —explicó  el  señor  Weasley—.  Fudge  cree  que

Dumbledore se ha propuesto derrocarlo y que quiere ser ministro de Magia.

—Pero Dumbledore no quiere…

—Claro que no —dijo el señor Weasley—. A él nunca le ha interesado el cargo de

ministro,  aunque  mucha  gente  quería  que  lo  ocupara  cuando  Millicent  Bagnold  se jubiló. Fue Fudge quien ocupó el cargo de ministro, pero nunca ha olvidado del todo

el  enorme  apoyo  popular  que  recibió  Dumbledore,  a  pesar  de  que  éste  ni  siquiera optaba al cargo.

—En  el  fondo,  Fudge  sabe  que  Dumbledore  es  mucho  más  inteligente  que  él  y

que es un mago mucho más poderoso; al principio siempre estaba pidiéndole ayuda y

consejos  —prosiguió  Lupin—.  Pero  por  lo  visto  se  ha  aficionado  al  poder  y  ahora tiene  mucha  más  seguridad.  Le  encanta  ser  ministro  de  Magia  y  ha  conseguido

convencerse  de  que  el  listo  es  él  y  de  que  Dumbledore  no  hace  más  que  causar www.lectulandia.com - Página 80

problemas porque sí.

—¿Cómo puede pensar eso? —dijo Harry con enojo—. ¿Cómo puede pensar que

Dumbledore  sería  capaz  de  inventárselo  todo,  o  que  he  sido  yo  quien  se  lo  ha inventado?

—Porque  aceptar  que  Voldemort  ha  vuelto  significaría  asumir  que  el  Ministerio

tendrá  que  enfrentarse  a  unos  problemas  a  los  que  no  se  enfrenta  desde  hace  casi catorce  años  —contestó  Sirius  con  amargura—.  Fudge  no  puede  asimilarlo,  así  de sencillo. Para él es mucho más cómodo convencerse de que Dumbledore miente para

desestabilizarlo.

—Ya  ves  cuál  es  el  problema  —continuó  Lupin—.  Mientras  el  Ministerio  siga

insistiendo  en  que  no  hay  motivo  alguno  para  temer  a  Voldemort,  resulta  difícil convencer a la gente de que ha vuelto, sobre todo cuando, en realidad, a la gente no le

interesa  creerlo.  Por  si  fuera  poco,  el  Ministerio  está  presionando  duramente  a   El Profeta para que no informe de nada de lo que ellos llaman «rumores sembrados por Dumbledore», de modo que la comunidad de magos, en general, no sabe nada de lo

que  ha  pasado,  y  eso  los  convierte  en  blancos  fáciles  para  los   mortífagos  si  éstos están utilizando la maldición Imperius.

—Pero  vosotros  se  lo  contáis  a  la  gente,  ¿no?  —preguntó  Harry  mirando

sucesivamente  al  señor  Weasley,  Sirius,  Bill,  Mundungus,  Lupin  y  Tonks—.  Les

contáis que ha regresado, ¿verdad?

Todos sonrieron forzadamente.

—Bueno, como todo el mundo piensa que soy un asesino loco y el Ministerio le

ha puesto un elevado precio a mi cabeza, no puedo pasearme por las calles y empezar

a repartir panfletos, ¿no crees? —respondió Sirius con nerviosismo.

—Y yo tampoco tengo muy buena prensa entre la comunidad —añadió Lupin—

Es el inconveniente de ser un hombre lobo.

—Tonks y Arthur perderían su empleo en el Ministerio si empezaran a irse de la

lengua —añadió Sirius—, y para nosotros es muy importante tener espías dentro del

Ministerio porque, como podrás imaginar, Voldemort debe tenerlos.

—Pero  hemos  logrado  convencer  a  un  par  de  personas  —informó  el  señor

Weasley—.  Tonks,  por  ejemplo;  era  demasiado  joven  para  entrar  en  la  Orden  del Fénix  la  última  vez,  pero  contar  con  la  ayuda  de   aurores  es  fundamental.  Kingsley Shacklebolt también ha sido una ayuda muy valiosa; se encarga de la caza de Sirius,

y ha informado al Ministerio de que Sirius está en el Tibet.

—Pero  si  ninguno  de  vosotros  está  extendiendo  la  noticia  de  que  Voldemort  ha

vuelto… —empezó a decir Harry.

—¿Quién  ha  dicho  que  ninguno  de  nosotros  esté  propagando  la  noticia?  —lo

atajó Sirius—. ¿Por qué crees que Dumbledore tiene tantos problemas?

—¿Qué quieres decir?

www.lectulandia.com - Página 81

—Están  intentando  desacreditarlo  —explicó  Lupin—.  ¿No  leíste   El  Profeta  la semana  pasada?  Dijeron  que  no  lo  habían  reelegido  para  la  presidencia  de  la

Confederación  Internacional  de  Magos  porque  está  haciéndose  mayor  y  está

perdiendo los papeles, pero no es verdad; los magos del Ministerio no lo reeligieron

después de que pronunciara un discurso anunciando el regreso de Voldemort. Lo han

apartado del cargo de Jefe de Magos del Wizengamot, es decir, el Tribunal Supremo

de  los  Magos,  y  ahora  están  planteándose  si  le  retiran  también  la  Orden  de  Merlín, Primera Clase.

—Pero Dumbledore dice que no le importa lo que hagan mientras no lo supriman

de los cromos de las ranas de chocolate —añadió Bill con una sonrisa.

—No tiene gracia —dijo el señor Weasley con severidad—. Si Dumbledore sigue

desafiando  al  Ministerio,  podría  acabar  en  Azkaban,  y  lo  peor  que  podría  pasarnos sería que lo encerraran. Mientras Quien-tú-sabes sepa que Dumbledore está en activo

y  al  corriente  de  sus  intenciones,  tendrá  que  andarse  con  cuidado.  Si  quitaran  a Dumbledore de en medio…, entonces Quien-tú-sabes tendría vía libre para actuar.

—Pero  si  Voldemort  está  intentando  reclutar  a  más   mortífagos,  acabará

sabiéndose que ha regresado, ¿no? —dijo Harry, desesperado.

—Voldemort no se presenta en las casas de la gente y se pone a aporrear la puerta,

Harry  —replicó  Sirius—.  Los  engaña,  les  echa  maldiciones  y  los  chantajea.  Está acostumbrado a operar en secreto. Además, captar seguidores sólo es una de las cosas

que  le  interesan.  Aparte  de  eso  tiene  otros  planes,  unos  planes  que  puede  poner  en marcha con mucha discreción, y de momento está concentrándose en ellos.

—¿Qué busca, aparte de seguidores? —preguntó Harry rápidamente. Le pareció

que  Sirius  y  Lupin  intercambiaban  una  brevísima  mirada  antes  de  que  Sirius

contestara:

—Cosas  que  sólo  puede  conseguir  furtivamente.  —Como  Harry  seguía  con

expresión de perplejidad, su padrino añadió—: Como un arma. Algo que no tenía la

última vez.

—¿Cuando tenía poder?

—Sí.

—Pero  ¿qué  clase  de  arma?  —insistió  Harry—.  ¿Algo  peor  que  la   Avada

Kedavra?

—¡Basta!

La señora Weasley, que estaba junto a la puerta, habló desde las sombras. Harry

no  había  notado  que  había  vuelto  después  de  acostar  a  Ginny.  Estaba  cruzada  de brazos y los miraba furiosa.

—Todos  a  la  cama,  ahora  mismo  —añadió  mirando  a  Fred,  George,  Ron  y

Hermione.

—No puedes mangonearnos… —empezó a decir Fred.

www.lectulandia.com - Página 82

—Cuidado  conmigo  —gruñó  la  señora  Weasley.  Temblaba  ligeramente  cuando miró a Sirius y dijo—: Ya le habéis dado mucha información a Harry. Lo único que

falta es que lo reclutéis en la Orden.

—¿Por qué no? —se apresuró a decir Harry—. Quiero entrar en la Orden, quiero

luchar.

—No. —Esa vez no fue la señora Weasley la que habló, sino Lupin—. La Orden

está  compuesta  sólo  por  magos  mayores  de  edad  —aclaró—.  Magos  que  ya  han

terminado el colegio —añadió al ver que Fred y George abrían la boca—. Pertenecer

a la Orden implica peligros que ninguno de vosotros podría imaginar siquiera… Creo

que Molly tiene razón, Sirius. Ya hemos hablado bastante.

Sirius  se  encogió  un  poco  de  hombros,  pero  no  discutió.  La  señora  Weasley  les hizo  señas  imperiosamente  a  sus  hijos  y  a  Hermione.  Éstos  se  levantaron  uno  por uno, y Harry, admitiendo la derrota, los siguió.

www.lectulandia.com - Página 83

6

La noble y ancestral casa de los Black

La señora Weasley los seguía muy seria por la escalera.

—Quiero  que  os  vayáis  directos  a  la  cama,  y  nada  de  hablar  —dijo  cuando

llegaron  al  primer  rellano—.  Mañana  nos  espera  un  día  muy  ajetreado.  Espero  que Ginny  ya  esté  dormida  —añadió,  dirigiéndose  a  Hermione—,  así  que  intenta  no

despertarla.

—Sí, dormida, ya —murmuró Fred por lo bajo después de que Hermione les diera

las  buenas  noches,  y  siguieron  subiendo  hasta  el  siguiente  piso—.  Si  Ginny  no  está despierta esperando a que Hermione le cuente todo lo que han dicho abajo, yo soy un

gusarajo

—Muy  bien,  Ron,  Harry…  —les  indicó  la  señora  Weasley  cuando  llegaron  al

segundo rellano, señalando su dormitorio—. A la cama.

—Buenas noches —dijeron Harry y Ron a los gemelos.

—Que durmáis bien —les deseó Fred guiñándoles un ojo.

La  señora  Weasley  cerró  la  puerta  detrás  de  Harry  con  un  fuerte  chasquido.  El dormitorio  parecía  aún  más  frío  y  sombrío  que  la  primera  vez  que  Harry  lo  había visto.  El  cuadro  en  blanco  de  la  pared  respiraba  lenta  y  profundamente,  como  si  su www.lectulandia.com - Página 84

invisible ocupante estuviera dormido. Harry se puso el pijama, se quitó las gafas y se metió en la fría cama, mientras Ron lanzaba unas cuantas chucherías lechuciles hacia

lo  alto  del  armario  para  apaciguar  a   Hedwig  y   Pigwidgeon,  que,  nerviosas,  no paraban de hacer ruido moviendo las patas y las alas.

—No podemos dejarlas salir a cazar todas las noches —explicó Ron mientras se

ponía  el  pijama  de  color  granate—.  Dumbledore  no  quiere  que  haya  demasiadas

lechuzas sueltas por la plaza porque dice que podrían levantar sospechas. ¡Ah, sí! Se

me olvidaba…

Fue hacia la puerta y echó el cerrojo.

—¿Por qué haces eso?

—Por Kreacher —aclaró Ron, y apagó la luz—. La primera noche que pasé aquí

entró  a  las  tres  de  la  madrugada.  Créeme,  no  es  nada  agradable  despertarse  y encontrarlo  paseándose  por  la  habitación.  En  fin…  —Se  metió  en  la  cama,  se  tapó bien y se volvió hacia Harry en la oscuridad; éste veía su contorno gracias a la luz de

la luna que se filtraba por la mugrienta ventana—. ¿Tú qué opinas?

Harry sabía a la perfección a qué se refería su amigo.

—Bueno,  no  nos  han  contado  gran  cosa  que  no  pudiéramos  haber  imaginado,

¿verdad? —contestó, pensando en todo lo que se había hablado abajo—. En realidad

lo único que han dicho es que la Orden intenta impedir que la gente se una a Vol… —

Ron  soltó  un  gritito  ahogado—  demort  —acabó  Harry  con  firmeza—.  ¿Cuándo

piensas empezar a llamarlo por su nombre? Sirius y Lupin lo hacen.

Ron no hizo caso de ese último comentario.

—Sí, tienes razón —dijo—, ya sabíamos casi todo lo que nos han contado gracias

a las orejas extensibles. Lo único nuevo es que…

¡CRAC!

—¡Ay!

—Baja la voz, Ron, si no quieres que venga mamá.

—¡Os habéis aparecido encima de mis rodillas!

—Sí, bueno, es que a oscuras es más difícil.

Harry vio las borrosas siluetas de Fred y de George saltando de la cama de Ron.

Luego  oyó  un  chirrido  de  muelles,  y  el  colchón  de  Harry  descendió  unos  cuantos centímetros porque George se había sentado cerca de sus pies.

—Bueno, ¿ya lo habéis captado? —inquirió George con avidez.

—¿Lo del arma que Sirius ha mencionado? —preguntó Harry.

—Yo diría que se le ha escapado —opinó Fred, muy contento. Se había sentado al

lado de Ron—. Eso nunca lo habíamos oído con las extensibles.

—¿Qué  creéis  que  es?  —siguió  preguntando  Harry.  —Podría  ser  cualquier  cosa

—contestó Fred. —Pero no puede haber nada peor que la maldición Avada Kedavra,

¿verdad? —dijo Ron—. ¿Qué hay peor que la muerte?

www.lectulandia.com - Página 85

—Quizá sea algo capaz de matar a muchísima gente a la vez —sugirió George.

—A  lo  mejor  es  una  forma  particularmente  dolorosa  de  matar  —dijo  Ron,

atemorizado.

—Para causar dolor tiene la maldición Cruciatus —recordó Harry—, no necesita

nada más eficaz que eso.

Hubo  una  pausa,  y  Harry  se  dio  cuenta  de  que  los  otros,  como  él,  estaban

preguntándose qué horrores podría perpetrar aquella arma.

—¿Y quién creéis que la tiene ahora? —preguntó George.

—Espero que alguien de nuestro bando —contestó Ron con una voz que denotaba

cierto nerviosismo.

—Si es así, debe de tenerla guardada Dumbledore —dijo Fred.

—¿Dónde? —preguntó con rapidez Ron—. ¿En Hogwarts?

—¡Seguro  que  sí!  —afirmó  George—.  Allí  fue  donde  escondió  la  Piedra

Filosofal.

—Pero ¡esa arma debe de ser mucho más grande que la Piedra! —objetó Ron.

—No necesariamente —contestó Fred.

—Sí,  el  tamaño  no  es  garantía  de  poder  —advirtió  George—.  Y  si  no,  mirad  a

Ginny.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Harry.

—Nunca te ha echado uno de sus maleficios de los mocomurciélagos, ¿verdad?

—¡Chissst!  —exclamó  Fred  haciendo  ademán  de  levantarse  de  la  cama—.

¡Escuchad!

Se quedaron callados. Y, en efecto, oyeron pasos que subían por la escalera.

—Es mamá —aseguró George, y sin más preámbulos se oyó un fuerte estampido,

y Harry notó que el peso del cuerpo de George desaparecía de los pies de su cama.

Unos  segundos  más  tarde,  oyeron  crujir  la  madera  del  suelo  al  otro  lado  de  la puerta; la señora Weasley sólo estaba escuchando para saber si hablaban o no.

Hedwig y Pigwidgeon emitieron unos melancólicos ululatos. La madera del suelo volvió a crujir, y comprendieron que la señora Weasley subía al otro piso para ver qué

hacían Fred y George.

—Es que no confía nada en nosotros —se lamentó Ron.

Harry  estaba  convencido  de  que  no  podría  conciliar  el  sueño;  durante  la  velada habían  surgido  tantos  temas  que  suponía  que  pasaría  horas  despierto,  reflexionando sobre lo que se había hablado. Le habría gustado seguir charlando con Ron, pero la

señora  Weasley  bajaba  de  nuevo  la  escalera,  y  tan  pronto  como  sus  pasos  se

desvanecieron,  Harry  oyó  que  otros  subían…  Sí,  unas  criaturas  con  muchas  patas correteaban  arriba  y  abajo,  al  otro  lado  de  la  puerta  del  dormitorio,  y  Hagrid,  el profesor  de  Cuidado  de  Criaturas  Mágicas,  iba  diciendo:  «Son  preciosas,  ¿verdad, Harry? Este año vamos a estudiar armas…», y Harry vio que aquellas criaturas tenían

www.lectulandia.com - Página 86

cañones en lugar de cabezas y que se daban la vuelta hacia él… Se agachó…

De pronto, se encontró hecho un ovillo debajo de las sábanas, mientras la potente

voz de George resonaba en la habitación.

—Mamá dice que os levantéis; tenéis el desayuno en la cocina y luego os necesita

en el salón. Hay muchas más doxys de las que ella creía, y ha encontrado un nido de puffskeins muertos debajo del sofá.

Media hora más tarde, Harry y Ron, que se habían vestido y habían desayunado

muy deprisa, entraron en el salón: una estancia alargada de techo alto, que se hallaba

en  el  primer  piso,  cuyas  paredes  eran  de  color  verde  oliva  y  estaban  cubiertas  de sucios tapices. De la alfombra se levantaban pequeñas nubes de polvo cada vez que

alguien la pisaba, y las largas cortinas de terciopelo de color verde musgo zumbaban,

como  si  en  ellas  se  aglomeraran  invisibles  abejas.  La  señora  Weasley,  Hermione, Ginny,  Fred  y  George  estaban  apiñados  alrededor  de  ellas,  y  todos  llevaban  un pañuelo anudado en la parte de atrás de la cabeza, que les cubría la nariz y la boca y

les daba un aire extraño. Cada uno llevaba en la mano una botella muy grande, que

tenía un pitorro en el extremo, llena de un líquido negro.

—Tapaos la cara y coged un pulverizador —ordenó la señora Weasley a Harry y a

Ron en cuanto los vio, señalando otras dos botellas de líquido negro que había sobre

una mesa de patas muy finas—. Es doxycida. Nunca había visto una plaga como ésta.

No sé qué ha estado haciendo ese elfo doméstico en los diez últimos años…

Aunque  Hermione  llevaba  la  cara  tapada,  Harry  vio  con  claridad  que  le  lanzaba una mirada llena de reproche a la señora Weasley.

—Kreacher es muy viejo, seguramente no podía…

—Te sorprendería ver de lo que es capaz Kreacher cuando le interesa, Hermione

—afirmó Sirius, que acababa de entrar en el salón con una bolsa manchada de sangre

llena  de  algo  que  parecían  ratas  muertas—.  Vengo  de  dar  de  comer  a  Buckbeak  —

añadió  al  distinguir  la  mirada  inquisitiva  de  Harry—.  Lo  tengo  arriba,  en  la

habitación de mi madre. Bueno, a ver… este escritorio… —Dejó la bolsa de las ratas

encima de una butaca y se agachó para examinar el mueble; entonces Harry notó que

el  escritorio  temblaba  ligeramente—.  Mira,  Molly,  estoy  convencido  de  que  es  un boggart  —comentó  Sirius  mirando  por  la  cerradura—,  pero  quizá  convendría  que Ojoloco  le  echara  un  vistazo  antes  de  soltarlo.  Conociendo  a  mi  madre,  podría  ser algo mucho peor.

—Tienes razón, Sirius —coincidió la señora Weasley.

Ambos hablaban en un tono muy educado y desenfadado que le dio a entender a

Harry que ninguno de los dos había olvidado su discusión de la noche anterior.

En el piso de abajo sonó un fuerte campanazo, seguido de inmediato por el mismo

estruendo  de  gritos  y  lamentos  que  Tonks  había  provocado  la  noche  pasada  al

tropezar con el paragüero.

www.lectulandia.com - Página 87

—¡Estoy  harto  de  decirles  que  no  toquen  el  timbre!  —exclamó  Sirius, exasperado,  y  salió  a  toda  prisa  del  salón.  Lo  oyeron  bajar  precipitadamente  la escalera, mientras los chillidos de la señora Black volvían a resonar por toda la casa.

—¡Manchas  de  deshonra,  sucios  mestizos,  traidores  a  la  sangre,  hijos  de  la

inmundicia!…

—Harry, cierra la puerta, por favor —le pidió la señora Weasley.

Harry  se  tomó  todo  el  tiempo  que  pudo  para  cerrar  la  puerta  del  salón  porque quería  escuchar  lo  que  estaba  pasando  abajo.  Era  evidente  que  Sirius  había

conseguido  cerrar  las  cortinas  y  tapar  el  retrato  de  su  madre,  porque  ésta  dejó  de gritar.  Harry  oyó  que  Sirius  andaba  por  el  vestíbulo,  y  luego,  el  tintineo  de  la cadenilla de la puerta de la calle y una voz grave que identificó como la de Kingsley

Shacklebolt, que decía:

—Hestia  acaba  de  relevarme,  así  que  ahora  tiene  la  capa  de  Moody.  Me  ha

parecido oportuno comunicar a Dumbledore…

Harry notó los ojos de la señora Weasley clavados en su nuca, así que cerró con

pesar la puerta del salón y se unió a la brigada de limpieza de doxys.

La señora Weasley estaba encorvada sobre la página correspondiente a las doxys

de Gilderoy Lockhart: guía de las plagas en el hogar, que estaba abierto encima del sofá.

—Bueno, muchachos, tenéis que ir con cuidado porque las doxys muerden y sus

dientes  son  venenosos.  Aquí  tengo  una  botella  de  antídoto,  pero  preferiría  no  tener que  utilizarlo.  —Se  enderezó,  se  plantó  delante  de  las  cortinas  e  hizo  señas  a  los demás para que se acercaran—. Cuando dé la orden, empezad a rociar las cortinas —

dijo—. Ellas saldrán volando hacia nosotros, o eso espero, pero en los pulverizadores

dice  que  con  una  sola  rociada  quedan  paralizadas.  Cuando  estén  inmovilizadas,

ponedlas en este cubo. —Se apartó con cuidado de la línea de fuego de los demás y

levantó su pulverizador—. ¿Preparados? ¡Disparad!

Harry sólo llevaba unos segundos pulverizando las cortinas cuando una doxy  de

tamaño considerable salió volando de un pliegue de la tela, agitando sus relucientes

alas  de  escarabajo  y  enseñando  los  diminutos  y  afilados  dientes.  Tenía  el  cuerpo  de hada  cubierto  de  un  tupido  pelo  negro  y  los  cuatro  pequeños  puños  apretados  con furia. Harry le lanzó un chorro de doxycida en la cara. La doxy se quedó quieta en el aire  y  cayó  produciendo  un  ruido  sordo,  sorprendentemente  fuerte,  sobre  la  raída alfombra. Harry la recogió y la echó al cubo.

—¿Se  puede  saber  qué  haces,  Fred?  —preguntó  la  señora  Weasley  con

brusquedad—. ¡Rocía a ésa enseguida y métela en el cubo!

Harry se dio la vuelta. Fred tenía una doxy cogida entre el índice y el pulgar.

—Allá va —dijo Fred con entusiasmo, y roció a la doxy  en  la  cara  hasta  que  la criatura  se  desmayó;  pero  en  cuanto  la  señora  Weasley  se  volvió,  Fred  se  guardó  la www.lectulandia.com - Página 88

doxy en el bolsillo y guiñó un ojo.

—Queremos  hacer  experimentos  con  veneno  de   doxy  para  elaborar  nuestros

Surtidos Saltaclases —dijo George a Harry por lo bajo.

Harry roció con habilidad a otras dos doxys que iban volando directamente hacia

su nariz; luego se acercó a George y, sin despegar los labios, murmuró:

—¿Qué son los Surtidos Saltaclases?

—Una variedad de caramelos para ponerte enfermo —susurró George sin apartar

la  vista  de  la  espalda  de  la  señora  Weasley—.  No  gravemente  enfermo,  claro,  sino sólo  lo  suficiente  para  saltarte  una  clase  cuando  te  interese.  Fred  y  yo  los  hemos creado  este  verano.  Son  unos  caramelos  masticables  de  dos  colores.  Si  te  comes  la mitad de color naranja de las pastillas vomitivas, vomitas. En cuanto te dejan salir de

la clase para ir a la enfermería, te tragas la mitad morada…

—…  «que  te  devuelve  a  tu  estado  de  salud  normal,  permitiéndote  realizar  la

actividad de ocio de tu elección durante una hora que, de otro modo, habrías dedicado

a un infructuoso aburrimiento.» Bueno, eso es lo que hemos puesto en los anuncios

—continuó Fred en voz baja; se había ido apartando poco a poco del campo visual de

la señora Weasley y recogía unas cuantas doxys, que habían quedado esparcidas por el suelo, y se las guardaba en el bolsillo—. Pero todavía tenemos que perfeccionar el

invento. De momento, nuestros controladores de calidad tienen problemas para parar

de vomitar y comerse la parte morada.

—¿Controladores de calidad?

—Nosotros  —aclaró  Fred—.  Vamos  turnándonos.  George  probó  los  bombones

desmayo; el turrón sangranarices lo probamos los dos…

—Mamá creía que nos habíamos batido en duelo —dijo George.

—Veo que la tienda de artículos de broma sigue funcionando —murmuró Harry

fingiendo que colocaba bien el pitorro de su pulverizador.

—Bueno,  todavía  no  hemos  tenido  ocasión  de  buscar  un  local  —continuó

diciendo Fred, bajando la voz aún más, mientras la señora Weasley se secaba la frente

con  el  pañuelo  antes  de  volver  al  ataque—,  así  que  de  momento  lo  tenemos

organizado  como  un  servicio  de  venta  por  correo.  La  semana  pasada  pusimos

anuncios en El Profeta.

—Y todo gracias a ti, Harry —añadió George—. Pero no temas, mamá no tiene ni

idea. Ya no lee El Profeta porque dice mentiras sobre ti y sobre Dumbledore.

Harry  sonrió.  Había  obligado  a  los  gemelos  Weasley  a  aceptar  los  mil  galeones del  premio  en  metálico  del  Torneo  de  los  tres  magos  que  había  ganado,  para

ayudarlos a llevar a cabo su ambicioso plan de abrir una tienda de artículos de broma.

De todos modos, le alegró saber que la señora Weasley no estaba al corriente de su

colaboración, pues ella no creía que dirigir una tienda de artículos de broma fuera una

carrera adecuada para dos de sus hijos.

www.lectulandia.com - Página 89

La   desdoxyzación  de  las  cortinas  les  llevó  casi  toda  la  mañana.  Ya  era  más  de mediodía  cuando  la  señora  Weasley  se  quitó  por  fin  el  pañuelo  protector  y  se  dejó caer en una mullida butaca, pero dio un salto al tiempo que soltaba un grito de asco,

pues se había sentado encima de la bolsa de ratas muertas. Las cortinas habían dejado

de zumbar y colgaban mustias y húmedas después de la intensa pulverización. A los

pies de las cortinas, las doxys inconscientes estaban amontonadas en el cubo, junto a un cuenco de huevos negros de doxy que Crookshanks  olfateaba  y  a  los  que  Fred  y George lanzaban codiciosas miradas.

—Creo que de eso nos encargaremos después de comer —dijo la señora Weasley

señalando  las  polvorientas  vitrinas  que  había  a  ambos  lados  de  la  repisa  de  la chimenea.

Estaban llenas a rebosar de un extraño surtido de objetos: una colección de dagas

oxidadas, garras, una piel de serpiente enroscada, varias cajas de plata sin lustre con

inscripciones en idiomas que Harry no entendía, y lo más desagradable de todo: una

ornamentada  botella  de  cristal  con  un  gran  ópalo  en  el  tapón,  llena  de  algo  que parecía sangre.

Volvió a sonar el timbre de la puerta, y todos miraron a la señora Weasley.

—Quedaos aquí —dijo ella con firmeza, y agarró la bolsa de ratas en el momento

en que abajo empezaban a oírse de nuevo los bramidos de la señora Black—. Voy a

traeros unos sándwiches.

Salió  de  la  habitación  y  cerró  con  cuidado  tras  ella.  A  continuación,  todos

corrieron hacia la ventana para ver quién había en la puerta principal. Alcanzaron a

ver  la  coronilla  de  una  despeinada  y  rojiza  cabeza  y  un  montón  de  calderos  en precario equilibrio.

—¡Mundungus! —exclamó Hermione—. ¿Para qué habrá traído esos calderos?

—Debe de buscar un lugar seguro donde guardarlos —dijo Harry—. ¿No era eso,

recoger calderos robados, lo que estaba haciendo la noche que debía vigilarme?

—¡Sí, tienes razón! —respondió Fred. La puerta de la calle se abrió y Mundungus

entró por ella con sus calderos y se perdió de vista—. ¡Vaya, a mamá no le va a hacer

ninguna gracia!

Fred  y  George  corrieron  hacia  la  puerta  y  se  quedaron  junto  a  ella,  escuchando con atención. La señora Black había dejado de gritar.

—Mundungus está hablando con Sirius y con Kingsley —dijo Fred en voz baja,

concentrado  y  con  el  entrecejo  fruncido—.  No  los  oigo  bien…  ¿Qué  os  parece  si probamos con las orejas extensibles?

—Quizá valga la pena intentarlo —admitió George—. Podría subir un momento y

coger unas…

Pero  en  ese  preciso  instante  estalló  una  sonora  exclamación  en  el  piso  de  abajo que hizo que las orejas extensibles resultaran superfluas. Se podía oír a la perfección

www.lectulandia.com - Página 90

lo que la señora Weasley estaba diciendo a grito pelado.

—¡Esto no es un escondrijo de artículos robados!

—Me  encanta  oír  a  mamá  gritándole  a  otra  persona  —comentó  Fred  con  una

sonrisa de satisfacción en la cara, mientras abría un poco la puerta para dejar que la

voz de la señora Weasley entrara mejor en el salón—. Para variar.

—…  completamente  irresponsable,  como  si  no  tuviéramos  bastantes

preocupaciones sin que tú traigas tus calderos robados a la casa…

—Los  muy  idiotas  la  están  dejando  coger  carrerilla  —dijo  George  haciendo  un

gesto negativo con la cabeza—. Hay que atajarla enseguida porque si no se calienta y

ya  no  hay  quien  la  pare.  Se  moría  de  ganas  de  soltarle  una  buena  reprimenda  a Mundungus desde que desapareció, cuando se suponía que estaba siguiéndote, Harry.

Y allá va la madre de Sirius otra vez.

La voz de la señora Weasley quedó apagada bajo una nueva sarta de chillidos e

improperios de los retratos del vestíbulo.

George hizo ademán de cerrar la puerta para ahogar el ruido, pero, antes de que

pudiera hacerlo, un elfo doméstico se coló en la habitación.

Iba desnudo, con la excepción de un trapo mugriento atado, como un taparrabos,

alrededor de la cintura. Parecía muy viejo. Le sobraba piel por todas partes y, aunque

era  calvo  como  todos  los  elfos  domésticos,  le  salían  pelos  blancos  por  las  enormes orejas de murciélago. Tenía los ojos, de color verde claro, inyectados en sangre, y la

carnosa nariz era grande y con forma de morro de cerdo.

El elfo no prestó la más mínima atención ni a Harry ni a los demás. Como si no

los  hubiera  visto,  entró  arrastrando  los  pies,  encorvado,  caminando  despacio  y  con obstinación, y fue hacia el fondo de la estancia sin dejar de murmurar por lo bajo con

voz grave y áspera, como la de una rana toro.

—…  apesta  a  alcantarilla  y  por  si  fuera  poco  es  un  delincuente,  pero  ella  no  es mucho mejor, una repugnante traidora a la sangre con unos críos que enredan la casa

de mi ama, oh, mi pobre ama, si ella supiera, si supiera qué escoria han dejado entrar

en la casa, qué le diría al viejo Kreacher, oh, qué vergüenza, sangre sucia, hombres

lobo, traidores y ladrones, pobre viejo Kreacher, qué puede hacer él…

—¡Hola,  Kreacher!  —lo  saludó  Fred,  casi  gritando,  y  cerró  la  puerta  haciendo

mucho ruido.

El  elfo  doméstico  se  paró  en  seco,  dejó  de  mascullar  y  dio  un  respingo  muy

exagerado y muy poco convincente.

—Kreacher no había visto al joven amo —se excusó; a continuación se giró y se

inclinó  ante  Fred.  Con  los  ojos  clavados  todavía  en  la  alfombra,  añadió  en  un  tono perfectamente audible—: Un sucio mocoso y un traidor a su sangre, eso es lo que es.

—¿Cómo dices? —preguntó George—. No he oído eso último.

—Kreacher  no  ha  dicho  nada  —respondió  el  elfo,  y  se  inclinó  ante  George,

www.lectulandia.com - Página 91

añadiendo  en  voz  baja  pero  muy  clara—:  Y  ahí  está  su  gemelo;  un  par  de  bestias anormales.

Harry no sabía si reír o no. El elfo se enderezó y los miró a todos con hostilidad;

en apariencia convencido de que nadie podía oírlo, siguió murmurando:

—Y ahí está la sangre sucia, la muy descarada, ay, si mi ama lo supiera, oh, cómo

lloraría;  y  hay  un  chico  nuevo,  Kreacher  no  sabe  su  nombre.  ¿Qué  hace  aquí?

Kreacher no lo sabe…

—Éste es Harry, Kreacher —dijo Hermione, titubeante—. Harry Potter.

Kreacher abrió mucho los ojos y se puso a farfullar más deprisa y con más rabia

que antes:

—La sangre sucia le habla a Kreacher como si fuera su amigo; si el ama viera a

Kreacher con esta gente, oh, ¿qué diría?

—¡No  la  llames  sangre  sucia!  —saltaron  Ron  y  Ginny  al  unísono,  muy

enfadados.

—No importa —susurró Hermione—, no está en sus cabales, no sabe lo que…