/ Language: Español / Genre:thriller

La Historia del Loco

John Katzenbach

Han pasado veinte años desde que el Western State Hospital cerró sus puertas y sus últimos pacientes se reintegraron a la sociedad. Francis Petrel tenía poco más de veinte años cuando su familia lo recluyó en el psiquiátrico tras una conducta imprevisible que culminó en una crisis. Ahora, alcanzada la mediana edad, lleva una vida sin rumbo y solitaria, alojado en un piso barato y permanentemente medicado para acallar el coro de voces en su cabeza. Pero un reencuentro en los terrenos de la clausurada institución remueve algo profundo en la mente agitada de Francis: unos recuerdos sombríos, que él creía haber enterrado, sobre los truculentos hechos que condujeron al cierre del Western State Hospital, y el asesinato sin resolver de una joven enfermera, cuyo cadáver mutilado fue encontrado una noche después del cierre de las luces. Aunque la policía sospechó de un paciente, los internos siempre hablaron de un "ángel" y el crimen quedó sin resolver. Sólo ahora, con la reaparición del asesino, se conocerá la respuesta. Introduciéndose en la impredecible mente de Francis, John Katzenbach demuestra su gran conocimiento del lado oscuro de la psique humana y su destreza para provocar la tensión en el lector, tal y como hiciera en El psicoanalista.

John Katzenbach

La Historia del Loco

Traducción de Laura Paredes

Querido lector,

En algún momento, a mitad del libro que estoy escribiendo, me viene de repente a la cabeza la idea del siguiente proyecto; desconectada, inconexa y, a veces, sin venir a cuento. De modo extraño, las ideas se me ocurren tal como a Francis Petrel, el protagonista y curioso narrador de La historia del loco.

Francis está, por supuesto, como una cabra. Pero yo, por fortuna, no.

El gran desafío al que se enfrentan todos los escritores de novelas de suspense consiste en cómo distinguirse. A veces, da la impresión de que vivimos en un mundo donde la verdad está hecha a la medida de la conveniencia; lo que hoy parece un hecho mañana puede convertirse en una pregunta. Se parece un poco al mundo del hospital psiquiátrico donde mi personaje está recluido. Un lugar de delirios, fantasías y alucinaciones, donde, en el fondo, algo muy malvado amenaza los delgados hilos de la vida.

– Por qué son tan distintos sus libros? -preguntó el mismo alumno. -No sé -contesté-. No me gusta contar la misma historia una y otra vez.

Por lo menos, La historia del loco es diferente: la historia de un asesinato que transcurre en un hospital a finales de la década de 1970 y que está narrada veinte años después, con lo que eso conlleva, por un esquizofrénico que lo presenció todo. ¿Y qué es lo que recuerda? Atrapado en un mundo de sueños alocados y pensamientos díscolos, Francis Petrel es el héroe más insólito que he creado, porque debe luchar contra un asesino implacable a la vez que lucha contra sí mismo.

Espero que La historia del loco le resulte una lectura tan absorbente como su escritura lo fue para mí.

Atentamente,

John Katzenbach

Primera parte. EL NARRADOR POCO FIABLE

1

Ya no oigo mis voces, de modo que ando un poco perdido. Sospecho que sabrían contar mucho mejor esta historia. Por lo menos, tendrían opiniones, sugerencias e ideas definidas sobre lo que debería ir al principio, al final y en medio. Me indicarían cuándo añadir detalles, cuándo omitir información superflua, qué es importante y qué es trivial. Después de tanto tiempo, no recuerdo muy bien las cosas y me resultaría muy útil su ayuda. Pasaron muchas cosas, y me cuesta saber dónde situar qué. Y a veces no estoy seguro de que algunos incidentes que recuerdo con claridad ocurrieran de verdad. Un recuerdo que parece sólido como una piedra, acto seguido me resulta tan vaporoso como una neblina. Ése es uno de los principales problemas de estar loco: nunca estás seguro de las cosas.

Durante mucho tiempo creí que todo había empezado con una muerte y terminado con otra, como un buen par de sujetalibros, pero ahora ya no estoy tan seguro. Quizá lo que realmente puso todo en movimiento tantos años atrás, cuando yo era joven y estaba loco de verdad, fue algo más insignificante o más efímero, como unos celos ocultos o una rabia reprimida, o más universal y permanente, como la posición de las estrellas en el cosmos, la fuerza de las mareas o el movimiento rotatorio del planeta. Sé que algunas personas murieron, y yo tuve la suerte de no unirme a ellas, lo que fue una de las últimas observaciones que hicieron mis voces antes de abandonarme para siempre.

Ahora, en lugar de su agotadora cacofonía, tengo medicamentos para prevenir su regreso. Una vez al día tomo diligentemente un psicotrópico, una pastilla oblonga de color azul que me deja la boca tan seca que, cuando hablo, sueno como un viejo fumador empedernido o como un sediento desertor de la Legión Extranjera que ha cruzado el Sahara y suplica un sorbo de agua. Le sigue de inmediato un elevador del ánimo de sabor amargo para combatir la esporádica depresión perversa y suicida en la que, según dice mi asistente social, es probable que me suma en cualquier momento con independencia de cómo me sienta. De hecho, creo que podría entrar en su despacho dando botes de alegría y exaltación por el rumbo positivo de mi vida, y ella seguiría preguntándome si he tomado la dosis diaria. Esta pastillita cruel me estriñe y me hincha por retención de líquidos, como si llevara puesto un manguito de medir la tensión arterial ceñido en la cintura en lugar del brazo izquierdo. Así que tengo que tomar un diurético y también un laxante para aliviar esos síntomas. El diurético me provoca una migraña terrible, como si alguien especialmente cruel me golpeara la frente con un martillo; combato ese efecto secundario con analgésicos con codeína mientras corro hacia el lavabo para resolver el otro. Y, cada dos semanas, me inyectan un potente agente antipsicótico en el ambulatorio, donde me bajo los pantalones ante una enfermera que siempre sonríe de la misma forma y me pregunta en un tono idéntico cómo estoy, a lo que yo contesto que bien, tanto si lo estoy como si no, porque tengo bastante claro, incluso a través de las diversas nieblas de la locura, de cierto cinismo y de los fármacos, que le importa un comino pero lo considera parte de su trabajo. El problema es que el antipsicótico, que me impide toda clase de conducta maligna o despreciable, o al menos eso me dicen, también me produce un ligero temblor en las manos, como si fuera un nervioso defraudador que se enfrenta a un inspector de Hacienda. También me provoca un ligero rictus en las comisuras de los labios, de modo que tengo que tomar un relajante muscular para impedir que la cara se me convierta en una máscara que asuste a los niños del vecindario. Todos estos mejunjes me recorren a su aire las venas y me atacan varios órganos inocentes, y probablemente embotados, cuando se dirigen a calmar los irresponsables impulsos eléctricos que se me disparan en la cabeza como a muchos adolescentes revoltosos. A veces me siento como si mi imaginación fuera un dominó incontrolable que ha perdido de repente el equilibrio, se tambalea adelante y atrás y luego se desploma contra las demás fuerzas de mi cuerpo, lo que desata una potente reacción en cadena, clic clic clic, en mi interior..

Era más fácil, con mucho, cuando aún era joven y lo único que tenía que hacer era escuchar las voces. La mayoría de las veces ni siquiera eran tan malas. En aquella época solían ser tenues como ecos que se desvanecen por un valle, o como los susurros que se oyen cuando unos niños comparten un secreto en el cuarto de juegos, aunque cuando las cosas se ponían tensas su volumen aumentaba deprisa. Normalmente, mis voces no eran demasiado exigentes. Eran más bien sugerencias, consejos, preguntas perspicaces. A veces un poco rezongonas, como una tía abuela solterona con la que nadie sabe muy bien qué hacer en una comida familiar, pero que aun así es invitada y que, de vez en cuando, suelta algo grosero, disparatado o políticamente incorrecto, pero a la que nadie hace demasiado caso.

En cierto sentido, las voces me hacían compañía, en especial las muchas ocasiones en que no tenía amigos.

Tuve dos amigos, una vez, y fueron parte de la historia. Antes creía que eran la parte más importante, pero ya no estoy tan seguro.

A varios de los que conocí durante lo que me gusta considerar mis años de verdadera locura les fue peor que a mí. Sus voces les gritaban órdenes como los sargentos de instrucción de los marines, esos que llevan sombreros marrón verdoso de ala ancha y rígida calados hasta las cejas, de modo que por detrás se les puede ver la cabeza pelada.

«¡Muévete! ¡Haz esto! ¡Haz lo otro!».

O peor: «Suicídate».

O peor aún: «Mata a alguien».

Las voces que chillaban a esos tipos procedían de Dios, de Jesús, de Mahoma, del perro del vecino, de su tío abuelo fallecido, de extraterrestres, de un coro de arcángeles o de un coro de demonios. Esas voces eran insistentes, imperativas e intransigentes y yo reconocía, por la rigidez que reflejaba la mirada de esas personas y la tensión que les agarrotaba los músculos, que oían algo bastante fuerte y machacón, y que rara vez auguraba nada bueno. En momentos así, me iba y esperaba cerca de la puerta o en el otro lado de la sala de estar común, porque era probable que ocurriera algo desafortunado. Se parecía a un consejo que recordaba del colegio, una de esas cosas curiosas que se te graban: en caso de terremoto, el mejor sitio para esconderse es el umbral de una puerta, porque la estructura de la abertura es arquitectónicamente más fuerte que una pared y hay menos riesgo de que se te derrumbe en la cabeza. Así pues, cuando veía que la turbulencia de otro paciente se volvía explosiva, encontraba el umbral donde tendría más probabilidades de supervivencia. Y, una vez ahí, escuchaba mis propias voces, que solían parecer cuidar de mí y casi siempre me advertían cuándo irme y esconderme. Tenían un curioso instinto de conservación, y si no les hubiese contestado en voz alta de modo tan obvio cuando era joven y aparecieron, jamás me habrían diagnosticado y recluido. Pero eso es parte de la historia, aunque no la más importante ni mucho menos. Aun así, las echo extrañamente de menos, porque ahora estoy muy solo.

Resulta muy duro, en los tiempos que vivimos, estar loco y ser de mediana edad.

O ya no estarlo, pero sólo mientras siga tomando las pastillas.

Ahora me paso los días en busca de movimiento. No me gusta llevar una vida sedentaria. Así que ando a paso rápido por la ciudad, desde los parques a las zonas comerciales e industriales, mirando y observando pero sin detenerme. O busco actividades en las que haya mucho movimiento ante mis ojos, como un partido de fútbol americano o de baloncesto. Si ocurre algo ajetreado delante de mí, puedo descansar. Si no, mis pies siguen adelante -cinco, seis, siete o más horas al día-. Una maratón diaria que me gasta las suelas y me mantiene delgado y vigoroso. En invierno calzo unas botas rígidas y repiqueteantes del Ejército de Salvación. El resto del año llevo zapatillas de deporte que obtengo en la tienda de material deportivo. Cada pocos meses, el propietario me pasa un par del cuarenta y cinco de algún modelo que ya no tiene salida, y así sustituyo el que se me ha quedado hecho jirones en los pies.

A principios de primavera, tras el primer deshielo, me dirijo hacia las cascadas, donde hay una escalera para peces, y cada día trabajo como voluntario para registrar el regreso del salmón a la cuenca del río Connecticut. Eso me exige observar cómo infinitos litros de agua fluyen por la presa, y ver de vez en cuando cómo un pez remonta la corriente, impulsado por un potente instinto de volver a su lugar de nacimiento, donde, en el mayor misterio, desovará a su vez y morirá. Admiro al salmón porque comprendo lo que significa ser empujado por fuerzas que los demás no pueden ver, sentir ni oír, y percibir la obligación de un deber más importante que uno mismo. Son peces psicóticos. Tras años de recorrer tan felices el ancho océano, oyen una poderosa voz interior que los impele a iniciar este viaje imposible hacia su propia muerte. Perfecto. Me gusta pensar que los salmones están tan locos como yo antes. Cuando veo uno, hago una anotación a lápiz en un formulario que me proporciona el Wildlife Service estatal y a veces susurro un saludo: «Hola, hermano. Bienvenido a la sociedad de los locos.»

Es fácil detectar a los peces, porque son esbeltos y tienen los costados plateados debido a sus largos viajes por el salado océano. Es una presencia brillante en el agua reluciente, invisible al ojo inexperto, casi como una fuerza invisible que pasa por la ventanita desde donde vigilo. Casi noto la llegada del salmón antes de que aparezca al pie de la escalera para peces. Contar peces es algo satisfactorio, aunque pueden pasar horas sin que llegue uno, y nunca hay los suficientes para complacer a los del Wildlife Service, que comprueban el número de los que han regresado y sacuden la cabeza, frustrados. Pero la ventaja de mi capacidad para detectarlos se traduce en otras. Mi jefe del Wildlife Service llamó a la policía local para informarle de que yo era totalmente inofensivo, aunque siempre me he preguntado cómo lo dedujo y tengo sinceras dudas sobre su veracidad general. De modo que me toleran en los partidos de fútbol y otros actos, y ahora, realmente, aunque no pueda decirse que sea bienvenido en esta antigua ciudad industrial, por lo menos soy aceptado. No se cuestiona mi rutina, y más que loco, me consideran excéntrico, lo que, como he averiguado con los años, es un estatus bastante seguro.

Vivo en un pequeño apartamento de un dormitorio gracias a un subsidio del Estado. Está amueblado en lo que yo llamo estilo moderno encontrado en la calle. Mi ropa procede del Ejército de Salvación o de alguna de mis dos hermanas menores, que viven a un par de ciudades de distancia y que, de vez en cuando, por algún extraño sentimiento de culpa que no comprendo, sienten la necesidad de hacer algo por mí vaciando los armarios de sus maridos. Me compraron un televisor de segunda mano que apenas veo y una radio que rara vez escucho. Me visitan cada pocas semanas para traerme comida casera, medio solidificada, en recipientes de plástico, y pasamos un rato hablando con incomodidad, sobre todo de mis padres, a quienes ya no les apetece demasiado verme porque soy un recordatorio de las esperanzas perdidas y la amargura que la vida puede proporcionar de modo tan inesperado. Lo acepto e intento mantener las distancias. Mis hermanas se ocupan del pago de las facturas de la calefacción y la luz. Se aseguran de que me acuerde de cobrar los escasos cheques que llegan desde diversos organismos estatales de ayuda. Comprueban que haya tomado toda la medicación. A veces lloran, creo, al ver lo cerca que vivo de la desesperación, pero ésa es la impresión que ellas tienen, no la mía, porque en realidad yo me siento bastante cómodo. Estar loco te proporciona una visión interesante de la vida. Sin duda, te lleva a aceptar mejor ciertas cosas que te ocurren, excepto las veces en que los efectos de la medicación se pasan un poco y me siento muy inquieto y enojado por el modo en que me ha tratado la vida.

Pero la mayoría del tiempo, aunque no sea feliz, por lo menos tengo conciencia de las cosas.

Y mi existencia tiene detalles fascinantes, como lo mucho que me he dedicado a estudiar la vida en esta ciudad. Resulta sorprendente cuánto he aprendido en mis recorridos diarios. Voy con los ojos abiertos y los oídos atentos y capto toda clase de informaciones. Desde que me dieron de alta del hospital, después de que pasaran en él todas las cosas que iban a pasar, me valgo de lo que aprendo, es decir, soy observador. Gracias a mis recorridos diarios he llegado a saber quién tiene una aventura escabrosa con qué vecino, qué marido se va de casa, quién bebe demasiado, quién pega a sus hijos. Sé qué negocios tienen dificultades y quién ha heredado dinero de sus padres o quién lo ha ganado con un billete de lotería agraciado. Descubro qué adolescente anhela una beca de fútbol americano o de baloncesto para ir a la universidad, y qué adolescente irá unos meses a visitar a alguna tía lejana para afrontar un embarazo indeseado. He llegado a saber qué policías te dan un respiro y cuáles son rápidos con la porra o las multas, según el caso. Y también hay todo tipo de observaciones menores que tienen que ver con quién soy y en quién me he convertido, como por ejemplo, la peluquera que al final del día me hace señas para que entre a cortarme el pelo -para estar más presentable durante mis recorridos diarios- y después me da cinco dólares de las propinas de la jornada, o el encargado del McDonald's local, que, cuando me ve pasar, me da una bolsa de hamburguesas y patatas fritas, y que sabe que me gustan los batidos de vainilla y no los de chocolate. Estar loco y caminar por la calle es la forma más clara de ver la naturaleza humana; puedes observar cómo la ciudad fluye, como hago con el agua en la escalera para peces.

Y no es que sea un inútil. Una vez vi abierta una puerta de una fábrica a una hora impropia y busqué a un policía, que se llevó todo el mérito por el robo que impidió. Pero la policía me entregó un certificado cuando anoté la matrícula de un conductor que tras atropellar a un ciclista se dio a la fuga una tarde de primavera. En otra ocasión actualicé eso de entre-ellos-se-conocen, cuando al cruzar un parque lleno de niños que jugaban me fijé en un hombre que me dio mala espina. Tiempo atrás, mis voces lo habrían observado y me habrían alertado, pero esta vez me encargué yo solo de mencionárselo a la joven maestra de preescolar que estaba leyendo una revista sentada en un banco a diez metros del cajón de arena y de los columpios sin prestar atención a los pequeños. Resultó que el hombre había salido de la cárcel hacía poco y era un delincuente sexual habitual.

Esa vez no me dieron ningún certificado, pero la maestra hizo que los niños me regalaran un dibujo de ellos mismos jugando y con la palabra «gracias» escrita con esa letra extraordinariamente alocada que tienen los niños antes de que los carguemos de razones y opiniones. Me llevé el dibujo a casa y lo colgué de la pared, sobre la cabecera de la cama, donde aún sigue. Mi vida es gris, y el dibujo me recuerda los colores que podría haber tenido si no hubiera seguido el camino que me condujo hasta aquí.

Éste es, más o menos, el resumen de mi existencia actual. Un hombre en la periferia de la cordura.

Y sospecho que me habría limitado a pasar el resto de mis días de este modo, sin haberme molestado en contar lo que sé sobre todos aquellos hechos que presencié, si no hubiera recibido una carta oficial.

Era un sobre sospechosamente grueso con mi nombre mecanografiado. Destacaba entre el habitual montón de folletos y de cupones de descuento de las tiendas de ultramarinos. No recibes demasiada correspondencia personal cuando vives tan aislado como yo, así que cuando llega algo fuera de lo corriente, te apresuras a examinarlo. Aparté el correo basura y abrí el sobre, lleno de curiosidad. Lo primero que observé fue que habían escrito bien mi nombre.

Estimado señor Francis X. Petrel:

Empezaba bastante bien. El problema de tener un nombre de pila que se comparte con el sexo opuesto es que genera confusión. Más de una vez he recibido cartas del seguro médico porque no dispone de los resultados de mi último frotis cervical o preguntando si me he hecho alguna mamografía. He dejado de intentar corregir estos errores informáticos.

El Comité de Conservación del Hospital Estatal Western le ha identificado como uno de los últimos pacientes que fueron dados de alta de esta institución antes de que cerrara sus puertas permanentemente hace unos veinte años. Como tal vez sepa, existe un proyecto para convertir parte de los terrenos del hospital en un museo y el resto cederlo para urbanizar. Como parte de ese esfuerzo, el Comité patrocina un «examen» de un día de duración del hospital, su historia, el importante papel que desempeñó en este Estado y el enfoque actual sobre el tratamiento de los enfermos mentales. Le invitamos a acudir el próximo día. Hay previstos seminarios, discursos y diversiones. Le adjuntamos un programa de actos provisional. Si puede asistir, le rogamos que se ponga en contacto lo antes posible con la persona indicada a continuación.

Eché un vistazo al teléfono y al nombre, cuyo cargo era copresidenta del Consejo de Conservación. Ojeé la información adjunta, que consistía en la lista de actividades previstas para ese día. Incluían, como decía la carta, discursos de políticos cuyos nombres reconocí, incluso el lugarteniente del gobernador y el líder de la oposición en el Senado. Habría grupos de debate, moderados por médicos e historiadores sociales de varias universidades cercanas. Me llamó la atención una sesión titulada «La realidad de la experiencia del hospital – Una presentación», seguida del nombre de alguien a quien pensé que podría recordar de mi época en el hospital. La celebración terminaría con un interludio musical a cargo de una orquesta de cámara.

Dejé la invitación en la mesa y la contemplé un momento. Mi primer impulso fue echarla al cubo de la basura, pero no lo hice. Volví a cogerla, la leí por segunda vez y fui a sentarme en mi mecedora, en un rincón de la habitación, para valorar la cuestión. Sabía que la gente celebra reencuentros sin cesar. Los veteranos de Pearl Harbor o del día D se reúnen. Los compañeros de curso de secundaria se ven tras una o dos décadas para observar las cinturas ensanchadas, las calvas o los pechos caídos. Las universidades utilizan los reencuentros como medio para arrancar fondos a licenciados que recorren con ojos llorosos los viejos colegios mayores adornados de hiedra recordando los buenos momentos y olvidando los malos. Los reencuentros son algo constante en el mundo normal. La gente intenta siempre revivir momentos que en su memoria son mejores de lo que fueron en realidad, evocar emociones que, en realidad, es mejor que permanezcan en el pasado.

Yo no. Una de las consecuencias de mi situación es sentir devoción por el futuro. El pasado es una confusión fugitiva de recuerdos peligrosos y dolorosos. ¿Por qué iba a querer regresar?

Y, aun así, dudaba. Contemplaba la invitación con una fascinación creciente. Aunque el Hospital Estatal Western estaba sólo a una hora de distancia, no había vuelto allí desde que me habían dado de alta. Dudaba que nadie que hubiera pasado un solo minuto tras sus puertas lo hubiera hecho.

Advertí que las manos me temblaban un poco. Quizá los efectos de la medicación empezaban a diluirse. De nuevo, me dije que debía echar la carta a la basura y salir a la calle. Aquello era peligroso. Inquietante. Amenazaba la muy cuidadosa existencia que me había construido. Pensé que debía caminar deprisa. Avanzar rápido. Cumplir mi rutina normal porque era mi salvación. Olvidarme de la carta. Y empecé a hacerlo, pero me detuve.

Cogí el teléfono y marqué el número de la presidenta. Oí dos tonos y luego una voz:

– ¿Diga?

– Con la señora Robinson-Smythe, por favor -pedí con excesivo brío.

– Yo soy su secretaria. ¿De parte de quién?

– Me llamo Francis Xavier Petrel…

– Oh, señor Petrel, llama por lo del día del Western, ¿verdad?

– Exacto. Voy a asistir.

– Fantástico. Espere un momento que le paso la llamada.

Pero colgué, casi asustado de mi propia impulsividad. Salí a la calle y caminé lo más rápido que pude antes de tener la oportunidad de cambiar de opinión. Mientras recorría metros y metros de acera y dejaba atrás las fachadas de las tiendas y las casas de mi ciudad sin fijarme en ellas, me preguntaba si mis voces me habrían aconsejado que fuera. O que no.

Era un día demasiado caluroso para finales de mayo. Tuve que tomar tres autobuses distintos para llegar a la ciudad, y cada vez parecía que la mezcla de aire caliente y gases de motor era peor. El hedor mayor. La humedad más alta. En cada parada, me decía que volver era una absoluta equivocación, pero me negaba a seguir mi propio consejo.

El hospital estaba en las afueras de una pequeña ciudad universitaria de Nueva Inglaterra que poesía la misma cantidad de librerías que de pizzerías, restaurantes chinos o tiendas de ropa barata de estilo militar. Algunos negocios tenían, sin embargo, un carácter ligeramente iconoclasta, como la librería especializada en autoayuda y crecimiento espiritual, en que el dependiente tras el mostrador tenía el aspecto de haberse leído todos los libros de los estantes sin haber encontrado ninguno que lo ayudase, o un bar de sushi que parecía bastante desastrado, la clase de sitio donde era probable que el tipo que cortaba el pescado crudo se llamara Tex o Paddy y hablara con acento sureño o irlandés. El calor del día parecía emanar de las aceras, una calidez radiante como una estufa de una sola posición: temperatura infernal. Llevaba mi única camisa blanca desagradablemente pegada a la zona lumbar, y me habría aflojado la corbata si no hubiese tenido miedo de no poder recomponerme el nudo. Vestía mi único traje: un traje de lanilla azul para asistir a entierros, comprado de segunda mano en previsión de la muerte de mis padres, pero como ellos se obstinaban en conservar la vida, era la primera ocasión en que me lo ponía. No tenía ninguna duda de que sería un buen traje para que me enterraran con él ya que mantendría mis restos calientes en la tierra fría. Cuando llegué a la mitad de la colina en mi ascenso hacia los terrenos del hospital, ya juraba que sería la última vez que me lo pondría deliberadamente, por mucho que se enfureciesen mis hermanas cuando apareciera en el velatorio de nuestros padres en pantalones cortos y una camisa con un chillón estampado hawaiano. Pero ¿qué podrían decirme? Después de todo, soy el loco de la familia. Una excusa que justifica toda clase de comportamientos.

Por una curiosa y espléndida ironía arquitectónica, el Hospital Estatal Western se erigía en lo alto de una colina con vistas al campus de una famosa universidad femenina. Los edificios del hospital imitaban los del centro educativo, con mucha hiedra, ladrillos y marcos de ventana blancos en residencias rectangulares de tres y cuatro plantas, dispuestas alrededor de patios interiores con bancos y grupos de olmos. Siempre sospeché que ambos proyectos eran obra de los mismos arquitectos y que el contratista del hospital había burlado materiales a la universidad. Un cuervo que pasara volando habría supuesto que el hospital y la universidad eran más o menos la misma cosa. Sólo habría observado las diferencias si hubiese sido capaz de entrar en cada edificio.

La línea de demarcación física era un camino asfaltado de un solo carril, desprovisto de acera, que serpenteaba por un lado de la colina, con una zona de equitación en el otro, donde los estudiantes más ricachones de entre los ya ricachones, ejercitaban sus caballos. La cuadra y los obstáculos seguían allí, donde estaban la última vez que los vi veinte años atrás. Una solitaria amazona describía círculos por el recinto bajo el sol veraniego y espoleaba a su caballo al enfilar a los obstáculos. Como una cinta de Móbius. Oí los resuellos fuertes del animal mientras se esforzaba en medio del calor y vi una larga coleta rubia que salía del casco negro de la amazona. Tenía la camisa empapada de sudor, y las ijadas del caballo relucían. Ambos parecían ajenos a la actividad que tenía lugar colina arriba. Seguí avanzando hacia una carpa de rayas amarillas que habían plantado al otro lado del alto muro de ladrillo con la verja del hospital. Un cartel rezaba INSCRIPCIÓN.

Una mujer corpulenta y servicial situada tras una mesa me proporcionó una etiqueta con mi nombre y me la pegó en la chaqueta con una fioritura. También me proveyó de una carpeta que contenía copias de numerosos artículos de periódicos en los que se detallaban los proyectos de urbanización de los antiguos terrenos del hospital: bloques de pisos y casas de lujo porque las tierras tenían vistas al valle y el río. Eso me resultó extraño. Con todo el tiempo que había pasado allí, no recordaba haber visto la línea azul del río en la distancia. Aunque, por supuesto, podría haber creído que era una alucinación. También había una breve historia del hospital y algunas fotografías granuladas en blanco y negro de pacientes que recibían tratamiento o pasaban el rato en las salas de estar. Repasé esas fotografías en busca de rostros familiares, incluido el mío, pero no reconocí a nadie, aunque los reconocí a todos. Todos éramos iguales entonces. Arrastrábamos los pies con diversas cantidades de ropa y medicación.

La carpeta contenía un programa de las actividades del día, y vi a varias personas que se dirigían hacia lo que, según recordaba, era el edificio de administración. La presentación prevista para esa hora estaba a cargo de un catedrático de historia y se titulaba «La importancia cultural del Hospital Estatal Western». Si tenemos en cuenta que los pacientes estábamos confinados en el recinto, y muy a menudo encerrados en las diversas unidades, me pregunté de qué podría hablar. Reconocí al lugarteniente del gobernador, que, rodeado de varios funcionarios, recibía a otros políticos estrechándoles la mano. Sonreía, pero yo no recordaba a nadie que hubiera sonreído cuando lo conducían a ese edificio. Era el sitio donde te llevaban primero, y donde te ingresaban. Al final del programa había una advertencia en letras mayúsculas que indicaba que varios edificios del hospital se encontraban en mal estado y era peligroso entrar en ellos. La advertencia conminaba a los visitantes a limitarse al edificio de administración y a los patios interiores por motivos de seguridad.

Avancé unos pasos hacia la cola de gente que iba a la conferencia y me detuve. Observé cómo la cola se reducía a medida que el edificio la devoraba. Entonces me volví y crucé deprisa el patio interior.

Me había dado cuenta de algo: no había ido allí para oír un discurso.

No tardé mucho en encontrar mi antiguo edificio. Podría haber recorrido el camino con los ojos cerrados.

Las rejas de metal que protegían las ventanas se habían oxidado; el tiempo y la suciedad habían bruñido el hierro. Una colgaba como un ala rota de una sola abrazadera. Los ladrillos exteriores también se habían decolorado y adquirido un tono marrón opaco. Los nuevos brotes de hiedra que crecían con la estación parecían agarrarse con poca energía a las paredes, descuidados, silvestres. Los arbustos que solían adornar la entrada habían muerto, y la gran doble puerta que daba acceso al edificio colgaba de unas jambas resquebrajadas y astilladas. El nombre del edificio, grabado en una losa de granito gris en la esquina, como una lápida, también había sufrido; alguien se había llevado parte de la piedra, de modo que las únicas letras que se distinguían eran MHERST. La A inicial era ahora una marca irregular.

Todas las unidades llevaban el nombre, no sin cierta ironía, de universidades famosas: Harvard, Yale, Princeton, Williams, Wesleyan, Smith, Mount Holyoke y Wellesley, y por supuesto la mía, Amherst. El nombre del edificio respondía al de la ciudad y la universidad, que a su vez respondía al de un soldado británico, lord Jeffrey Amherst, cuyo salto a la fama se produjo al equipar cruelmente a las tribus rebeldes de indios con mantas infectadas de viruela. Estos regalos lograron con rapidez lo que las balas, las baratijas y las negociaciones no habían conseguido.

Me acerqué a leer un cartel clavado a la puerta. La primera palabra era PELIGRO, escrita con letras grandes. Seguía cierta jerga del inspector de inmuebles del condado que declaraba ruinoso el edificio, lo que equivalía a condenarlo a la demolición. Iba seguido, con letras igual de grandes, de: PROHIBIDA TODA ENTRADA NO AUTORIZADA.

Lo encontré interesante. Tiempo atrás, parecía que quienes ocupaban el edificio eran los condenados. Jamás se nos ocurrió que las paredes, los barrotes y las cerraduras que limitaban nuestras vidas se encontrarían alguna vez en la misma situación.

Daba la impresión de que alguien había desoído la advertencia. Las cerraduras estaban forzadas con una palanca, un medio que carece de sutileza, y la puerta estaba entreabierta. La empujé con la mano, y se deslizó con un crujido.

Un olor a moho impregnaba el primer pasillo. En un rincón había un montón de botellas vacías de vino y cerveza, lo que explicaría la naturaleza de los visitantes furtivos: chicos de secundaria en busca de un sitio donde beber lejos de la mirada de sus padres. Las paredes estaban manchadas de suciedad y extraños eslóganes pintados con spray de distintos tonos. Uno decía: ¡LOS MALOS MANDAN! Supuse que era cierto. Las cañerías se habían desprendido del techo y de ellas goteaba una oscura agua fétida al suelo de linóleo. Los escombros y la basura, el polvo y la suciedad llenaban todos los rincones. Mezclado con el olor neutro de los años y el abandono se notaba el hedor característico a excrementos. Avancé unos pasos más, pero tuve que detenerme. Una placa de un tabique caída en mitad del pasillo bloqueaba el paso. Vi a mi izquierda la escalera que conducía a las plantas superiores, pero estaba llena de desechos. Quería recorrer la sala de estar común, a mi izquierda, y ver las salas de tratamiento, que ocupaban la planta baja. También quería ver las celdas del piso superior, donde nos encerraban cuando luchábamos contra nuestra medicación o nuestra locura, y los dormitorios, donde yacíamos como desdichados campistas en hileras de camas metálicas. Pero la escalera parecía inestable y temí que fuera a derrumbarse bajo mi peso.

No estoy seguro del rato que pasé allí, en cuclillas, escuchando los ecos de todo lo que había visto y oído tiempo atrás. Como en mi época de paciente, el tiempo parecía menos urgente, menos imperioso, como si la segunda manecilla del reloj avanzara muy despacio y los minutos pasaran a regañadientes.

Me acechaban los fantasmas de la memoria. Podía ver caras, oír sonidos. Los sabores y olores de la locura y la negligencia volvieron a mí en una oleada. Escuché mi pasado arremolinándose a mi alrededor.

Cuando el momento de la melancolía me invadió por fin, me incorporé y salí despacio del edificio. Me dirigí a un banco situado bajo un árbol, en el patio interior, y me senté para contemplar lo que había sido mi hogar. Me sentía exhausto y respiré el aire fresco con esfuerzo, más cansado de lo que me sentía después de mis paseos habituales por la ciudad. No desvié la mirada hasta que oí pasos en el camino.

Un hombre bajo y corpulento, un poco mayor que yo, con el cabello negro y lacio salpicado de canas, avanzaba deprisa hacia mí. Lucía una amplia sonrisa pero una ligera ansiedad en los ojos, y me dirigió un tímido saludo.

– Supuse que te encontraría aquí -dijo, resoplando debido al esfuerzo y el calor-. Vi tu nombre en la lista de inscripciones. -Se detuvo a unos pasos de distancia, vacilante-. Hola, Pajarillo -me dijo.

– Bonjour, Napoleón -contesté a la vez que me levantaba y le tendía la mano-. Nadie me ha llamado así en muchos, muchos años.

Me estrechó la mano. La suya estaba algo sudada y se agarraba con flojedad. Debía de ser por la medicación. Pero su sonrisa seguía ahí.

– Ni a mí -aseguró.

– Vi tu nombre en el programa. ¿Vas a dar un discurso?

– No me convence eso de ponerme delante de toda esa gente -dijo tras asentir-. Pero el médico que me trata está metido en el proyecto de urbanización y fue idea suya. Dijo que sería una buena terapia. Una demostración fehaciente de la ruta dorada hacia la recuperación total.

Dudé un momento y pregunté:

– ¿Tú qué crees?

– Creo que es él quien está loco. -Napoleón se sentó en el banco y soltó una risita ligeramente histérica, un sonido agudo que unía nerviosismo y alegría, y que recordé de la época que pasamos juntos-. Por supuesto, va bien que la gente siga pensando que estás totalmente loco, porque así nunca puedes ponerte en una situación demasiado embarazosa -añadió, y yo sonreí. Era la clase de observación que sólo haría alguien que haya pasado un tiempo en un hospital psiquiátrico. Me recosté y ambos observamos el edificio Amherst. Él suspiró-. ¿Has entrado?

– Sí. Está hecho un desastre. A punto para el martillo de demolición.

– Yo ya lo pensaba entonces. Pero todo el mundo creía que era el mejor sitio del mundo. Por lo menos, eso me dijeron cuando me ingresaron. Un centro psiquiátrico avanzado. La mejor forma de tratar a los enfermos mentales en un entorno residencial. Menuda mentira. -Contuvo el aliento y añadió-: Una puta mentira.

– ¿Es eso lo que vas a decirles? En el discurso, me refiero.

– No creo que sea lo que quieren oír -dijo tras sacudir la cabeza-. Es más sensato decirles cosas bonitas. Cosas positivas. Tengo prevista una serie de tremendas falsedades.

Me lo pensé un momento y sonreí.

– Eso podría ser un signo de salud mental -comenté.

– Espero que tengas razón -sonrió Napoleón.

Ambos guardamos silencio unos segundos.

– No les voy a hablar sobre los asesinatos -susurró con tono nostálgico-. Ni decirles una sola palabra sobre el Bombero o la fiscal, ni nada de lo que pasó al final. -Alzó los ojos hacia el edificio y añadió-: De todos modos, esa historia deberías contarla tú.

No respondí.

Napoleón guardó silencio un momento.

– ¿Piensas en lo que pasó? -preguntó.

Negué con la cabeza, pero los dos sabíamos que era falso.

– A veces sueño con ello -expliqué-. Pero me resulta difícil recordar qué fue real y qué no.

– Es lógico -dijo, y añadió despacio-: ¿Sabes qué me preocupaba? Nunca supe dónde enterraban a las personas. Las que murieron cuando estábamos aquí. Quiero decir que estaban en la sala de estar o en los pasillos con todos los demás, y de repente estaban muertas. Pero ¿qué pasaba luego? ¿Te llegaste a enterar?

– Sí -respondí tras una pausa-. Había un pequeño cementerio improvisado en un extremo del hospital, hacia la arboleda situada detrás de administración y de Harvard. Pasado el jardincillo. Creo que ahora forma parte de un campo de fútbol juvenil.

– Me alegra saberlo -dijo Napoleón mientras se secaba la frente-. Siempre me lo había preguntado.

Estuvimos callados unos instantes y luego prosiguió:

– Ya sabes cómo detestaba averiguar cosas. Después, cuando nos dieron de alta y nos enviaron a ambulatorios para recibir el tratamiento y todos esos nuevos fármacos, ¿sabes qué detesté?

– ¿Qué?

– Que el delirio al que me había aferrado durante tantos años no sólo no era un delirio, sino que ni siquiera era un delirio especial. Que no era la única persona que imaginaba ser la reencarnación de un emperador francés. De hecho, seguro que París está lleno de gente así. Detesté saber eso. En mi delirio me sentía especial. Único. Y ahora sólo soy un hombre corriente que tiene que tomar pastillas, sufre temblores en las manos todo el rato, sólo puede tener un empleo de lo más simple y cuya familia seguramente desearía que desapareciera. Me gustaría saber como se dice joder en francés.

– Bueno, personalmente, si te sirve de algo, siempre tuve la impresión de que eras un espléndido emperador francés -aseguré tras pensar un momento-. Y si hubieras sido tú quien dirigió las tropas en Waterloo, seguro que habrías ganado.

Napoleón soltó una risita.

– Siempre supimos que se te daba mejor que a los demás prestar atención al mundo que nos rodeaba, Pajarillo -dijo-. Le caías bien a la gente, aunque estuviera delirante y loca.

– Me alegra saberlo.

– ¿Y el Bombero? Era amigo tuyo. ¿Qué fue de él? Me refiero a después.

– Se fue -contesté tras una pausa-. Solucionó todos sus problemas, se trasladó al sur y ganó mucho dinero. Formó una familia. Compró una casa grande, un coche potente. Todo le fue muy bien. Lo último que supe fue que dirigía una fundación benéfica. Sano y feliz.

– No me extraña -asintió Napoleón-. ¿Y la mujer que vino a investigar? ¿Se fue con él?

– No. Obtuvo una plaza de juez. Con toda clase de honores. Su vida fue maravillosa.

– Lo sabía. Era de prever.

Todo esto era mentira, por supuesto.

– Tengo que volver y prepararme para mi gran momento -dijo tras echar un vistazo al reloj-. Deséame suerte.

– Buena suerte -dije.

– Me ha gustado volver a verte -añadió Napoleón-. Espero que te vaya todo bien.

– Y yo a ti. Tienes buen aspecto.

– ¿De veras? Lo dudo. Dudo que muchos de nosotros tengamos buen aspecto. Pero está bien. Gracias por decirlo.

Se levantó y yo hice lo mismo. Ambos volvimos la mirada hacia el edificio Amherst.

– Me alegraré cuando lo derriben -dijo Napoleón con súbita amargura-. Era un sitio peligroso y maligno, y en él no pasaban cosas buenas. -Se volvió hacia mí-. Tú estuviste ahí, Pajarillo. Lo viste todo. Cuéntalo.

– ¿Quién querría escucharme?

– Puede que alguien. Escribe la historia. Puedes hacerlo.

– Algunas historias es mejor no escribirlas.

– Si la escribes, entonces será real -comentó Napoleón, y se encogió de hombros-. Si sólo la conservamos en nuestros recuerdos, es como si nunca hubiera pasado. Como si hubiera sido un sueño. O una alucinación propia de chalados. Nadie se cree lo que decimos. Pero si lo escribes, eso le dará, no sé, cierto fundamento. Lo volverá real.

– El problema de estar loco es que era muy difícil distinguir qué era verdad y qué no -dije sacudiendo la cabeza-. Eso no cambia sólo porque tomemos las pastillas suficientes para arreglárnoslas en el mundo con los demás.

– Tienes razón -sonrió Napoleón-. Pero también puede que no la tengas. No lo sé. Sólo sé que podrías contarlo y quizás algunas personas lo creerían, y eso ya estaría bastante bien. Entonces nadie nos creía. Ni siquiera con la medicación, nadie nos creía. -Volvió a echar un vistazo al reloj y movió los pies, nervioso.

– Deberías regresar-aconsejé.

– Tengo que regresar -repitió.

Estuvimos un momento, quietos, incómodos, hasta que por fin se dio la vuelta y se alejó. A medio camino, se giró y me dedicó el mismo saludo inseguro que al llegar.

– Cuéntalo -me gritó, y se alejó deprisa, un poco encorvado como era su costumbre.

Vi que las manos le temblaban de nuevo.

Ya había oscurecido cuando por fin regresé a mi casa y me encerré en la seguridad de aquel reducido espacio. Un cansancio nervioso parecía latirme en las venas, recorriéndolas junto con los glóbulos rojos y los glóbulos blancos. Encontrarme con Napoleón y oír cómo me llamaba por el apodo que recibí cuando ingresé en el hospital me había despertado emociones. Me planteé tomar más pastillas. Tenía unas que servían para calmarme si me ponía demasiado nervioso. Pero no lo hice. «Cuenta la historia», me había dicho.

– ¿Cómo? -pregunté en voz alta en la quietud de mi hogar.

La habitación resonó a mi alrededor.

«No puedes contarlo», me dije.

Y entonces me pregunté por qué no.

Tenía bolígrafos y lápices, pero no papel.

Entonces tuve una idea. Por un segundo, me pregunté si era una de mis voces, que volvía, la que me lanzaba al oído una sugerencia rápida y una orden modesta. Me detuve, escuché con atención para distinguir los tonos inconfundibles de mis viejos guías entre los sonidos de la calle que se oían por encima del zumbido del aire acondicionado de la ventana. Pero me eludían. No sabía si estaban ahí o no. Pero estaba acostumbrado a la incertidumbre.

Cogí una silla algo arañada y raída y la situé contra la pared, al fondo de la habitación. Aunque no tenía papel, sí tenía unas paredes desnudas pintadas de blanco.

Si mantenía el equilibrio sobre la silla, podía llegar casi hasta el techo. Agarré un lápiz y escribí deprisa, con letra pequeña, comprimida pero legible:

Francis Xavier Petrel llegó llorando al Hospital Estatal Western en una ambulancia. Llovía con intensidad, anochecía deprisa, y tenía los brazos y las piernas atados. Con sólo veintiún años, estaba más asustado de lo que había estado en su corta y hasta entonces relativamente monótona vida…

2

Francis Xavier Petrel llegó llorando al Hospital Estatal Western en una ambulancia. Llovía con intensidad, anochecía deprisa, y tenía los brazos y las piernas atados. Con sólo veintiún años, estaba más asustado de lo que había estado en su corta y hasta entonces relativamente monótona vida.

Los dos hombres de la ambulancia habían guardado silencio durante el trayecto, salvo para mascullar quejas sobre lo impropio del tiempo para esa estación o para hacer comentarios mordaces sobre los demás conductores, ninguno de los cuales parecía alcanzar los niveles de excelencia que ellos poseían. La ambulancia había recorrido el camino a una velocidad moderada, sin luces intermitentes ni urgencia alguna. La forma en que ambos habían actuado tenía algo de rutinario, como si el viaje al hospital fuera sólo una parada más en medio de un día opresivamente normal y aburrido. Uno de ellos sorbía de vez en cuando una lata de refresco, y al hacerlo emitía un ruido parecido a un beso. El otro silbaba fragmentos de canciones populares. El primero llevaba patillas a lo Elvis. El segundo lucía una melena tupida como la de un león.

Podía haber sido un trayecto aburrido para los dos asistentes, pero para el joven tenso que iba en la parte posterior, que respiraba como si hubiera corrido un sprint no era nada de eso. Cada sonido, cada sensación parecía indicarle algo más aterrador y amenazador. El rumor del limpiaparabrisas era como el redoble de un tambor agorero en el corazón de la selva. El murmullo de los neumáticos en la resbaladiza carretera era un canto de sirena desesperado. Hasta el sonido de su respiración trabajosa parecía resonar, como si estuviera metido en una tumba. Las sujeciones se le hincaban en la piel. Quería pedir ayuda, pero no conseguía emitir el sonido correcto. Lo único que le salía era un gargarismo de desesperación. Una idea se abrió paso a través de aquella sinfonía disonante: si sobrevivía a ese día, no era probable que viviera jamás uno peor.

Cuando la ambulancia se detuvo frente a la entrada del hospital, oyó que una de sus voces le advertía por encima del miedo: Si no tienes cuidado, aquí te matarán.

Los hombres de la ambulancia parecían ajenos al peligro inminente. Abrieron las puertas del vehículo con estrépito y sacaron sin la menor delicadeza a Francis en una camilla. Este sintió la lluvia que le caía en la cara y se mezclaba con el sudor nervioso de su frente hasta que traspusieron unas puertas anchas y entraron en un mundo de luces brillantes e implacables. Lo empujaron por un pasillo y las ruedas de la camilla chirriaban contra el linóleo. Lo único que pudo ver al principio fue el techo gris marcado de hoyos. Era consciente de que había más personas en el pasillo, pero estaba demasiado asustado para volver la cabeza hacia ellas. Mantenía los ojos fijos en el aislamiento acústico del techo, y contaba la cantidad de fluorescentes que iba dejando atrás. Cuando llegó al cuarto, los camilleros se detuvieron.

Algunas personas más se habían situado delante de la camilla. Oyó unas palabras por encima de su cabeza:

– Muy bien, chicos. Nosotros nos encargaremos.

Entonces, una cara negra, inmensa y redonda, que mostraba una hilera de dientes irregulares en una amplia sonrisa, apareció sobre él. La cara coronaba una chaqueta blanca de auxiliar que parecía, a primera vista, varias tallas pequeña.

– Muy bien, señor Francis Xavier Petrel, no nos va a causar ningún problema, ¿verdad? -El negro imprimió un ligero tono cantarín a sus palabras, de modo que sonaron entre amenaza y diversión. Francis no supo qué responder.

Un segundo rostro negro entró de repente en su campo de visión al otro lado de la camilla, inclinado también hacia él.

– No creo que este chico vaya a crearnos ningún problema -dijo el segundo hombre-. En absoluto. ¿Verdad, señor Petrel? -El también hablaba con un suave acento sureño.

Una voz le gritó al oído: ¡Diles que no!

Intentó sacudir la cabeza, pero le costaba mover el cuello.

– No causaré ningún problema -dijo al fin. Sus palabras parecían tan duras como aquel día, pero se alegró de poder hablar. Eso lo tranquilizó un poco. A lo largo del día había temido que, de algún modo, fuera a perder toda capacidad de comunicación.

– Muy bien, señor Petrel. Vamos a bajarlo de la camilla. Después nos sentaremos con calma en una silla de ruedas. ¿Entendido? Pero aún no le voy a soltar las manos y los pies. Eso será después de que hable con el médico. Quizá le dé algo para que se calme. Para relajarlo. Ahora incorpórese, mueva las piernas hacia delante.

¡Haz lo que te dicen!

Lo hizo.

El movimiento lo mareó y se balanceó brevemente. Una mano enorme lo sujetó por el hombro. Se volvió y vio que el primer auxiliar era inmenso, cerca de dos metros de estatura y puede que unos ciento treinta kilos de peso. Tenía brazos muy musculosos y piernas como barriles. Su compañero, el otro negro, era un hombre enjuto y nervudo, empequeñecido a su lado. Llevaba perilla y un peinado afro que no lograba añadir demasiados centímetros a su modesta estatura. Los dos hombres lo depositaron en una silla de ruedas.

– Muy bien -dijo el pequeño-. Ahora lo llevaremos a ver al médico. No se preocupe. Las cosas pueden parecer desagradables, pésimas ahora mismo, pero pronto mejorarán. Puede estar seguro.

No se lo creyó. Ni una palabra.

Los dos auxiliares lo condujeron hasta una pequeña sala de espera. Una secretaria sentada tras una mesa metálica alzó la mirada cuando cruzaron la puerta. Parecía una mujer imponente, estirada, de más de mediana edad, vestida con un ajustado traje chaqueta azul, el cabello demasiado crispado, el delineador de ojos demasiado marcado y el brillo de labios ligeramente excesivo, lo que le confería un aspecto algo incongruente, entre bibliotecaria y prostituta callejera.

– Éste debe de ser el señor Petrel -dijo con brusquedad, aunque Francis supo al instante que no esperaba respuesta, porque ya la conocía-. Ya pueden pasar. El médico lo está esperando.

Le condujeron a un despacho. Era una habitación algo más agradable, con dos ventanas en la pared del fondo con vistas a un jardín. Se veía un roble mecido por el viento. Y, más allá del árbol, otros edificios, todos de ladrillo, con tejados de pizarra negra que se fundían con la penumbra del cielo. Delante de las ventanas había un enorme escritorio de madera. Un estante con libros en un rincón, varias sillas demasiado mullidas y una alfombra oriental de color rojo vivo sobre la moqueta gris que cubría el suelo creaban una zona de asiento a la derecha de Francis. Una fotografía del gobernador junto a un retrato del presidente Cárter colgaban de la pared. Francis lo captó lo más rápido posible girando la cabeza a uno y otro lado. Pero sus ojos se detuvieron enseguida en el hombre menudo que se levantó de detrás de la mesa.

– Buenas tardes, señor Petrel. Soy el doctor Gulptilil -dijo, con una voz aguda, casi como de niño.

Era un hombre con sobrepeso, rollizo, sobre todo en los hombros y la barriga, bulboso como un globo al que se le ha dado forma. Era indio o pakistaní. Llevaba una reluciente corbata de seda roja y una camisa de un blanco luminoso, pero su traje gris, mal entallado, tenía los puños algo raídos. Parecía la clase de hombre que pierde interés en su aspecto a medio vestirse por la mañana. Llevaba unas gafas gruesas de montura negra, y el pelo, peinado hacia atrás, se le rizaba sobre el cuello de la camisa. Francis no pudo deducir si era joven o mayor. Observó que le gustaba subrayar sus palabras con movimientos de la mano, de modo que su conversación parecía la actuación de un director de orquesta con la batuta.

– Hola -dijo Francis, vacilante.

¡Ten cuidado con lo que dices!, le advirtió una de sus voces.

– ¿Sabe por qué está aquí? -preguntó el médico. Parecía sentir verdadera curiosidad.

– No estoy muy seguro.

Gulptilil bajó la mirada a un expediente y examinó una hoja.

– Al parecer, ha asustado a algunas personas -indicó despacio-. Y parecen creer que necesita ayuda. -Tenía un ligero acento británico, un pequeño toque de anglicismo que era probable que los años en Estados Unidos hubieran erosionado. Hacía calor en la habitación, y uno de los radiadores siseaba bajo la ventana.

– Fue un error -respondió Francis-. No quería hacerlo. Las cosas se descontrolaron un poco. Fue un accidente. De verdad que sólo fue una equivocación. Ahora me gustaría volver a casa. Lo siento. Prometo portarme mejor. Mucho mejor. Sólo fue un error. No quería hacerlo. De verdad que no. Pido disculpas.

El médico asintió, pero no contestó precisamente a lo que Francis había dicho.

– ¿Oye voces ahora? -quiso saber.

¡Dile que no!

– No.

– ¿No?

– No.

¡Dile que no sabes de qué está hablando! ¡Dile que nunca has oído ninguna voz!

– No sé a qué se refiere con eso de las voces -aseguró Francis.

¡Muy bien!

– Me refiero a que usted oye hablar a personas que no están físicamente presentes. O tal vez oye cosas que los demás no pueden oír.

Francis negó con la cabeza.

– Eso sería una locura -comentó. Estaba ganando algo de confianza.

El médico examinó la hoja y volvió a alzar los ojos hacia Francis.

– Así que las muchas veces que los miembros de su familia le han observado hablando solo no son ciertas. ¿Por qué mentirían, pues?

Francis se movió inquieto mientras pensaba en la pregunta.

– ¿Quizás están equivocados? -dijo, y la incertidumbre asomó a su voz.

– Lo dudo.

– No he tenido demasiados amigos -comentó Francis con cautela-. Ni en el colegio ni en el barrio. Los demás suelen dejarme solo. Así que he terminado hablando conmigo mismo. Puede que sea eso lo que han observado.

– ¿Habla consigo mismo? -repuso el médico.

– Sí. Eso es -corroboró Francis, y se relajó un poco más.

Muy bien. Muy bien. Ten cuidado.

El médico echó otro vistazo al expediente. Exhibía una sonrisita en los labios.

– Yo también hablo conmigo mismo a veces -aseguró.

– Bueno. Ya lo ve -contestó Francis. Se estremeció y sintió una curiosa mezcla de calor y frío, como si el tiempo húmedo y crudo del exterior hubiera logrado seguirlo y hubiese superado el calor ardiente del radiador.

– Pero cuando lo hago no mantengo una conversación, señor Petrel. Es más bien un recordatorio, como «No olvides comprar un litro de leche», o una advertencia, como «¡Ay!» o «¡Mierda!» o, debo admitirlo, epítetos aún peores. No me dedico a preguntar y contestar a alguien que no está presente. Y eso, me temo, es lo que su familia dice que lleva haciendo usted desde hace años.

¡Ten cuidado con ésta!

– ¿Eso han dicho? -replicó Francis con astucia-. Qué extraño.

– No tanto como se imagina, señor Petrel -dijo el médico y sacudió la cabeza.

Rodeó la mesa acortando la distancia entre ambos para terminar apoyándose en el borde, justo delante de Francis, confinado en la silla de ruedas, limitado por las ataduras de manos y piernas, pero igualmente por la presencia de los dos auxiliares, que no habían hablado ni se habían movido pero se mantenían justo detrás de él.

– Tal vez volvamos más tarde a esas conversaciones suyas, señor Petrel -dijo el doctor-. Porque no acabo de entender cómo puede tenerlas sin oír algo a cambio, y eso me preocupa de verdad.

¡Es peligroso, Francis! Es inteligente y no busca nada bueno. ¡Cuidado con lo que dices!

Francis asintió, y temió que el médico lo hubiese advertido. Se puso tenso y vio cómo Gulptilil hacía una anotación en la hoja con un bolígrafo.

– Intentemos otra cosa de momento, señor Petrel -prosiguió-. Hoy ha sido un día difícil, ¿no es así?

– Sí -contestó Francis. Supuso entonces que sería mejor añadir algo porque el médico se limitó a mirarlo fijamente-. Tuve una discusión. Con mis padres.

– ¿Una discusión? Sí. Por cierto, señor Petrel, ¿puede decirme qué fecha es hoy?

– ¿La fecha?

– Correcto. La fecha de esta discusión que tuvo usted hoy.

Pensó un buen momento. Luego miró por la ventana y vio que el árbol se doblaba bajo el viento, con movimientos espasmódicos, como si un titiritero oculto le manipulara las extremidades. Las ramas tenían unos brotes, así que hizo algunos cálculos mentales. Se concentró mucho, y esperaba que una de las voces supiera la respuesta, pero de repente estaban, como era su irritante costumbre, silenciosas. Echó un vistazo alrededor con la esperanza de encontrar un calendario u otra señal que pudiera ayudarlo, pero no vio nada. Volvió la mirada a la ventana para observar cómo se movía el árbol. Luego miró al médico y vio que éste esperaba pacientemente la respuesta, como si hubieran transcurrido varios minutos desde su pregunta. Francis inspiró hondo.

– Lo siento… -empezó.

– ¿Se ha distraído? -preguntó el médico.

– Le pido disculpas.

– Parecía estar en otro sitio -comentó el médico-. ¿Le ocurre con frecuencia?

¡Dile que no!

– No. En absoluto.

– ¿De veras? Me sorprende. En cualquier caso, señor Petrel, iba a decirme algo.

– ¿Me había hecho una pregunta? -repuso Francis, enojado consigo mismo por haber perdido el hilo de la conversación.

– La fecha, señor Petrel.

– Creo que es quince de marzo -respondió Francis con seguridad.

– Ah, los idus de marzo. Momento de traiciones famosas. Lástima, pero no. -Negó con la cabeza-. Pero ha estado cerca, señor Petrel. ¿Y el año?

Francis hizo más cálculos mentales. Sabía que tenía veintiún años y que su cumpleaños había sido el mes anterior, de modo que dedujo:

– Mil novecientos setenta y nueve.

– Bien -contestó el doctor-. Excelente. ¿Y a qué día estamos?

– ¿Qué día?

– ¿Qué día de la semana, señor Petrel?

– Estamos a… sábado.

– No. Lo siento. Hoy es miércoles. ¿Podrá recordarlo un rato?

– Sí. Miércoles. Por supuesto.

– Y ahora volvamos a esta mañana -pidió el médico, y se frotó el mentón con la mano-, con su familia. Fue algo más que una discusión, ¿no es así, señor Petrel?

¡No! ¡Fue lo mismo de siempre!

– No creo que fuera tan especial…

– ¿De veras? -El médico abrió los ojos con una ligera nota de sorpresa-. Qué curioso, señor Petrel. Porque el informe de la policía local indica que amenazó a sus dos hermanas y que después anunció que iba a suicidarse. Que la vida no valía la pena y que odiaba a todo el mundo. Y luego, cuando su padre le hizo frente, también lo amenazó, lo mismo que a su madre, aunque no con atacarlos sino con algo igual de peligroso. Dijo que quería que todo el mundo desapareciera. Creo que ésas fueron sus palabras exactas. Y el informe asegura además, señor Petrel, que fue a la cocina de la casa donde vive con sus padres y sus dos hermanas menores y tomó un cuchillo grande, el cual blandió en su dirección de tal manera que ellos creyeron que iba a atacarlos. Luego lo lanzó contra la pared. Y después, cuando la policía llegó a su casa, se encerró en su habitación y se negó a salir, pero desde el pasillo le oían hablar en voz alta, discutiendo, cuando de hecho no había nadie con usted. Tuvieron que derribar la puerta, ¿no es así? Y, por fin, forcejeó con los policías y con los auxiliares de la ambulancia que intentaban ayudarlo, por lo que uno de ellos necesitó incluso ser atendido. ¿Es ése un breve resumen de los hechos de hoy, señor Petrel?

– Sí -contestó con tristeza-. Siento lo del policía. Un puñetazo mío le acertó sin querer en el ojo. Sangró mucho.

– Eso fue una suerte para usted y para él -dijo Gulptilil.

Francis asintió.

– Tal vez ahora podría explicarme por qué pasaron hoy estas cosas, señor Petrel.

¡No le digas nada! ¡Van a usar en tu contra hasta la última palabra que digas!

Francis miró otra vez por la ventana en busca del horizonte. Detestaba la pregunta «por qué». Lo había perseguido toda la vida. ¿Por qué no tienes amigos? ¿Por qué no te llevas bien con tus hermanas? ¿Por qué no puedes lanzar bien una pelota o estar tranquilo en clase? ¿Por qué no prestas atención cuando te habla el profesor, o el jefe de los scouts, o el sacerdote de la parroquia, o los vecinos? ¿Por qué te escondes siempre de los demás? ¿Por qué eres diferente, Francis, cuando lo único que queremos es que seas igual? ¿Por qué no puedes conservar un empleo? ¿Por qué no puedes estudiar? ¿Por qué no puedes alistarte en el ejército? ¿Por qué no puedes comportarte? ¿Por qué no hay quien te ame?

– Mis padres creen que tengo que hacer algo con mi vida. Eso fue lo que provocó la discusión.

– ¿Es consciente, señor Petrel, de que obtuvo muy buenos resultados en sus estudios? Excelentes, por extraño que parezca. Quizás sus esperanzas no fueran tan infundadas.

– Supongo que no.

– ¿Por qué discutió entonces?

– Una conversación así nunca es tan razonable como se cuenta después -respondió Francis, y eso hizo sonreír al doctor.

– Ah, señor Petrel, supongo que tiene razón en eso. Pero no entiendo cómo esta discusión subió tanto de tono.

– Mi padre estaba resuelto.

– Usted lo golpeó, ¿verdad?

¡No admitas nada! ¡El te golpeó antes! ¡Di eso!

– El me golpeó antes -obedeció Francis.

Gulptilil hizo otra anotación. Francis se revolvió en el asiento. El médico alzó los ojos hacia él.

– ¿Qué está escribiendo? -quiso saber Francis.

– ¿Importa eso?

¡No permitas que te toree! ¡Averigua qué está escribiendo! ¡No será nada bueno!

– Sí. Quiero saber qué está escribiendo.

– Sólo son unas notas sobre nuestra conversación.

¡Insiste!

– Creo que debería enseñarme lo que está escribiendo. Creo que tengo derecho a saber qué está escribiendo.

El médico no respondió, así que Francis prosiguió.

– Estoy aquí, he contestado sus preguntas y ahora yo le hago una. ¿Por qué está escribiendo cosas sobre mí sin enseñármelas? No es justo.

Se removió y tiró de las ataduras que lo sujetaban. Notaba que el calor de la habitación aumentaba, como si hubieran subido la calefacción de golpe. Forcejeó un momento para intentar liberarse, pero no lo consiguió. Inspiró hondo y volvió a desplomarse en el asiento.

– ¿Está nervioso? -preguntó el médico tras unos instantes de silencio. Era una pregunta que no requería respuesta.

– Eso no es justo -repitió Francis, intentando infundir tranquilidad a su voz.

– ¿Es importante la justicia para usted?

– Sí. Por supuesto.

– Sí, quizá tenga razón en eso, señor Petrel.

De nuevo guardaron silencio. Francis oía sisear el radiador y pensó que quizás era la respiración de los auxiliares, que seguían a sus espaldas. Se preguntó si una de sus voces podría estar intentando captar su atención susurrándole algo tan bajo que le costaba oírlo. Se inclinó hacia delante, como para escuchar mejor.

– ¿Suele impacientarse cuando las cosas no le salen como quiere?

– ¿No le pasa a todo el mundo?

– ¿Cree que debería lastimar a la gente cuando las cosas no salen como a usted le gustaría, señor Petrel?

– No.

– Pero se enfada.

– Todo el mundo se enfada a veces.

– Ah, señor Petrel, en eso tiene toda la razón. Sin embargo, el modo en que reaccionamos a nuestro enfado es fundamental, ¿no? Creo que deberíamos volver a hablar. -El médico se había inclinado hacia él para imprimir algo de complicidad a su actitud-. Sí, creo que serán necesarias más conversaciones. ¿Sería eso aceptable para usted, señor Petrel?

No contestó. Era como si la voz del médico se hubiera apagado, como si alguien le hubiera bajado el volumen o como si sus palabras le llegaran desde una gran distancia.

– ¿Puedo llamarte Francis? -preguntó el médico.

De nuevo no respondió. No se fiaba de su voz, porque empezaba a mezclarse con las emociones que le crecían en el pecho.

– Dime, Francis -preguntó Gulptilil tras observarlo un instante-, ¿recuerdas lo que te pedí que recordaras hace un rato, durante nuestra conversación?

Esta pregunta pareció devolverlo a la habitación. Alzó los ojos hacia el médico, que exhibía una mirada inquisitiva.

– ¿Cómo?

– Te he pedido que recordaras algo.

– No me acuerdo -soltó Francis con brusquedad.

– Pero tal vez podrías recordarme a qué día de la semana estamos -dijo el médico con la cabeza ligeramente ladeada.

– ¿Qué día?

– Sí.

– ¿Es importante?

– Imaginemos que lo es.

– ¿Está seguro de habérmelo preguntado antes? -Francis procuraba ganar tiempo, porque aquel simple dato parecía de repente eludirlo, como si se escondiera tras una nube en su interior.

– Sí -contestó el doctor-. Estoy seguro. ¿A qué día estamos?

Francis se lo pensó, mientras se debatía con la ansiedad que de repente se encaramaba a sus demás pensamientos. Ojalá alguna de sus voces acudiera en su ayuda, pero siguieron silenciosas.

– Creo que es sábado -aventuró con cautela. Pronunció cada palabra despacio, vacilante.

– ¿Estás seguro?

– Sí -contestó con escasa convicción.

– ¿No recuerdas que yo te hubiera dicho que era miércoles?

– No. No sería correcto. Es sábado. -La cabeza le daba vueltas, como si aquellas preguntas le obligaran a correr en círculos concéntricos.

– No -corrigió el médico-. Pero no tiene importancia. Te quedarás un tiempo con nosotros, Francis, y tendremos oportunidad de volver a hablar sobre estos temas. Estoy seguro de que en el futuro recordarás mejor las cosas.

– No quiero quedarme -contestó Francis, sintiendo un pánico repentino mezclado con desesperación-. Quiero irme a casa. De verdad, creo que me están esperando. Se acerca la hora de cenar, y mis padres y hermanas quieren que todo el mundo esté en casa entonces. Es la norma de la casa, ¿sabe? Tienes que estar a las seis, con la cara y las manos lavadas. Nada de ropa sucia si has estado jugando fuera. Preparados para bendecir la mesa. Tenemos que bendecir la mesa. Siempre lo hacemos. Algunos días me toca a mí. Tenemos que dar gracias a Dios por la comida que tenemos en la mesa. Creo que hoy me toca. Sí, estoy seguro. De modo que tengo que irme, no puedo llegar tarde.

Notaba cómo las lágrimas le anegaban los ojos y los sollozos le entrecortaban las palabras. Esas cosas le pasaban a un reflejo exacto de él, no a él, que estaba algo distanciado del Francis real. Luchó para que todas esas partes de él mismo se reunieran en una sola, pero era difícil.

– ¿Quizá quieras hacerme alguna pregunta? -dijo Gulptilil con delicadeza.

– ¿Por qué no puedo volver a casa? -tosió la pregunta entre lágrimas.

– Porque la gente te tiene miedo, Francis, y porque asustas a la gente.

– ¿Qué clase de sitio es éste?

– Un sitio donde te ayudaremos -aseguró el médico.

¡Mentira! ¡Mentira! ¡Mentira!

Gulptilil dirigió la mirada a los dos auxiliares y les dijo:

– Señor Moses, por favor, lleve con su hermano al señor Petrel al edificio Amherst. Aquí tiene una receta con la medicación y algunas instrucciones adicionales para las enfermeras. Deberá estar por lo menos treinta y seis horas en observación antes de que se planteen pasarlo a la sala abierta. -Entregó el expediente al más bajo de los hombres que flanqueaban a Francis.

– Muy bien, doctor -asintió el auxiliar.

– Sí, doctor -respondió su enorme compañero, que se puso tras la silla de ruedas y la empujó con rapidez. El movimiento mareó a Francis, que contuvo los sollozos que le sacudían el pecho-. No tenga miedo, señor Petrel. Pronto se arreglará todo. Cuidaremos bien de usted -susurró el hombretón.

Francis no lo creyó.

Le condujeron de vuelta a la sala de espera, con las lágrimas resbalándole por las mejillas y las manos temblorosas bajo las sujeciones. Se retorcía en la silla para llamar la atención de los auxiliares.

– Por favor -rogó lastimeramente, con la voz quebrada por una mezcla de miedo y tristeza sin límite-, quiero ir a casa. Me están esperando. Es donde quiero estar. Llévenme a casa, por favor.

El auxiliar pequeño tenía el rostro tenso, como si le doliese oír las súplicas de Francis.

– Todo va a ir bien, ¿me oyes? -repitió con una mano en el hombro de Francis-. Tranquilo… -Le hablaba como si fuera un niño.

Los sollozos sacudían a Francis, procedentes de una parte muy profunda de su ser. Se detuvieron en la sala de espera donde la secretaria estirada alzó los ojos con una expresión impaciente e implacable.

– ¡Silencio! -ordenó a Francis, que se tragó otro sollozo y tosió.

Al hacerlo, echó un vistazo alrededor de la habitación y vio a dos policías estatales uniformados, con chaqueta gris y pantalones de montar azules remetidos en relucientes botas marrones de caña alta. Ambos eran la imagen robusta, alta y esbelta de la disciplina, con el pelo cortado al uno y el sombrero de ala rígida un poco inclinado. Los dos llevaban un cinturón tan pulido como un espejo, y un revólver enfundado a la cintura. Pero quien llamó la atención de Francis fue el hombre al que flanqueaban.

Era más bajo que los policías, pero corpulento. Francis supuso que tendría unos treinta años. Adoptaba una postura lánguida y relajada, con las manos esposadas delante, pero su lenguaje corporal parecía minimizar la función de las esposas, como si sólo fueran un leve inconveniente. Llevaba puesto un holgado mono azul marino con las palabras MCI-BOSTON bordadas en amarillo sobre el bolsillo superior derecho, y un par de zapatillas de deporte viejas y sin cordones. El pelo castaño, bastante largo, le sobresalía por debajo de una gorra de los Boston Red Sox manchada de sudor, y lucía barba de dos días. Lo que más impresionó a Francis fueron sus ojos, porque iban de un lado a otro de la habitación, más atentos y observadores que la pose relajada que adoptaba, para captar muchas cosas lo más rápido posible. Poseían algo profundo que Francis notó de inmediato, a pesar de su propia angustia. No supo definirlo, pero era como si aquel hombre percibiese algo indescriptiblemente triste situado fuera del alcance de su vista, de modo que lo que veía, oía o presenciaba estaba teñido por este dolor oculto. Fijó esos ojos en Francis y logró esbozar una sonrisita comprensiva, que pareció hablarle directamente.

– ¿Estás bien, chico? -preguntó con un leve acento irlandés de Boston-. ¿Tan mal te van las cosas?

– Quiero irme a casa -explicó Francis a la vez que meneaba la cabeza-, pero dicen que tengo que quedarme aquí.- Acto seguido, preguntó espontáneamente en tono lastimero: -¿Puedes ayudarme, por favor?

– Supongo que aquí hay más de uno que querría irse a casa y no puede -dijo el hombre, inclinándose un poco hacia el joven-. Yo mismo me incluyo en esa categoría.

Francis alzó la mirada hacia él. No sabía muy bien por qué, pero su tono calmado lo tranquilizó.

– ¿Puedes ayudarme? -repitió.

– No sé qué puedo hacer -dijo el hombre con una sonrisa, medio indiferente y medio triste-, pero lo intentaré.

– ¿Me lo prometes? -lo urgió Francis.

– De acuerdo. Te lo prometo.

El joven se recostó en la silla y cerró los ojos.

– Gracias -susurró.

La secretaria interrumpió la conversación con una orden a uno de los auxiliares negros:

– Señor Moses, este caballero es el señor… -Vaciló tras señalar al hombre del mono y decidió continuar como si omitiera adrede el nombre-. Es el caballero del que hablamos antes. Estos policías lo acompañarán a ver al médico, pero vuelvan enseguida para llevarlo a su nuevo alojamiento. -Pronunció esta palabra con una pizca de sarcasmo-. Mientras tanto, instalen al señor Petrel en Amherst. Lo están esperando.

– Sí, señora -dijo el negro corpulento, como si le tocara hablar, aunque los comentarios de la mujer iban dirigidos al otro auxiliar-. Lo que usted diga.

El hombre del mono volvió a mirar a Francis.

– ¿Cómo te llamas? -preguntó.

– Francis Petrel.

– Petrel es un nombre bonito. -Sonrió-. Así se llama un pajarillo marino, común en Cape Cod. Son los pájaros que se ven sobrevolando las olas las tardes de verano, sumergiéndose en el agua y levantando el vuelo. Unos animales muy bonitos. Mueven con rapidez sus alas blancas y planean sin esfuerzo. Deben de tener muy buena vista para detectar un lanzón o un menhaden en el agua. Un pájaro poético, sin duda. ¿Puedes volar así, Francis?

El joven sacudió la cabeza.

– Vaya -exclamó el hombre del mono-. Pues tal vez deberías aprender. Sobre todo si te van a encerrar en este acogedor sitio mucho tiempo.

– ¡Silencio! -interrumpió uno de los policías con una brusquedad que hizo sonreír al hombre.

– ¿O qué? -le replicó.

El policía no contestó, aunque enrojeció, y el hombre volvió a girarse hacia Francis sin hacer caso de la orden.

– Francis Petrel. Pajarillo. Eso me gusta más. Tómatelo con calma, Pajarillo, y volveré a verte pronto. Te lo prometo.

Francis fue incapaz de contestar, pero percibió un mensaje de ánimo en aquellas palabras. Por primera vez desde que esa horrible mañana había empezado con tantas voces, gritos y recriminaciones, sintió que no estaba totalmente solo. Era como si el ruido y el estruendo constante que había oído todo el día se hubiera reducido, como si hubieran bajado el volumen demencial de una radio. Algunas de sus voces le murmuraron una aprobación de fondo, y se relajó un poco. Pero no tuvo tiempo de reflexionar al respecto, porque se lo llevaron con brusquedad hacia el pasillo y la puerta se cerró con estrépito a sus espaldas. Una corriente fría le hizo estremecerse y le recordó que, a partir de ese momento, su vida había cambiado radicalmente y todo lo que iba a experimentar sería inaprensible y nuevo. Tuvo que morderse el labio inferior para impedir que volvieran a aflorarle las lágrimas, y tragó saliva para mantenerse en silencio y dejarse llevar con diligencia desde la zona de recepción hacia las profundidades del Hospital Estatal Western.

3

La luz tenue de la mañana se deslizaba por los tejados vecinos e insinuaba su llegada a mi reducido apartamento. Situado frente a lapa-red, vi todo lo que había escrito la noche anterior en un largo y único párrafo. Mi escritura era muy apretada, como nerviosa. Las palabras discurrían en líneas titubeantes, como un campo de trigo recorrido por un soplo de viento. Me pregunté si había tenido realmente tanto miedo el día que llegué al hospital La respuesta era fácil: sí. Y mucho más de lo que había escrito. La memoria suele nublar el dolor. La madre olvida la agonía del parto cuando le ponen al bebé en los brazos, el soldado ya no recuerda el dolor de sus heridas cuando el general le pone la medalla en el pecho y la banda toca una marcha militar. ¿Había escrito la verdad sobre lo que vi? ¿ Capté bien los detalles? ¿ Ocurrió tal como lo recordaba?

Tomé el lápiz, me arrodillé en el suelo, en el lugar donde había terminado mi primera noche ante la pared. Vacilé y escribí:

Francis Petrel despertó cuarenta y ocho horas después en una deprimente celda de aislamiento gris, embutido en una camisa de fuerza. El corazón le latía acelerado, se notaba la lengua espesa y ansiaba beber algo frío y tener algo de compañía…

Francis Petrel despertó cuarenta y ocho horas después en una deprimente celda de aislamiento gris, embutido en una camisa de fuerza. El corazón le latía acelerado, se notaba la lengua espesa y ansiaba beber algo frío y tener algo de compañía. Yacía rígido en la cama metálica con un colchón delgado y manchado, con la mirada puesta en el techo que cerraba las paredes acolchadas de color arpillera, mientras efectuaba un modesto inventario de su persona y su entorno. Movió los dedos de los pies, se pasó la lengua por los labios resecos y se contó cada latido del pulso hasta que notó que se calmaba. Los fármacos que le habían inyectado le hacían sentir sepultado o, como mínimo, cubierto de una sustancia densa. Había una sola bombilla blanca, que relucía en una rejilla metálica sobre su cabeza, lejos de su alcance, y el brillo le lastimaba los ojos. Debería tener hambre, pero no era así. Forcejeó con las sujeciones, en vano. Decidió pedir ayuda, pero antes se susurró a sí mismo:

– ¿Todavía estáis ahí?

Hubo un momento de silencio.

Luego oyó varias voces hablando todas a la vez, tenues, como sofocadas con una almohada:

Estamos aquí. Todavía estamos aquí.

Eso lo tranquilizó.

Tienes que conservarnos ocultas, Francis.

Asintió. Parecía algo obvio. Sentía un dilema interior, casi como un matemático que ve que una ecuación complicada en una pizarra podría tener varias soluciones posibles. Las voces que lo habían guiado también lo habían metido en ese aprieto, y no le cabía duda de que tenía que mantenerlas ocultas en todo momento si quería salir alguna vez del Hospital Estatal Western. Mientras pensaba en ello, oía los sonidos familiares de todas las personas que habitaban en su imaginación. Cada una de esas voces tenía su personalidad: una voz de exigencia, una voz de disciplina, una voz de concesión, una voz de preocupación, una voz que advertía, una voz que calmaba, una voz de duda, una voz de decisión. Todas tenían sus tonos y sus temas; había llegado a saber cuándo debía esperar una u otra, según la situación en que se encontrase. Desde su airada confrontación con su familia y la llegada de la policía y la ambulancia, las voces le habían reclamado su atención. Pero ahora tenía que esforzarse para oírlas, y la concentración le hacía fruncir el entrecejo.

Pensó que, en cierto modo, eso formaba parte de organizarse.

Permaneció en aquella cama incómoda otra hora, percibiendo la estrechez de la habitación, hasta que la ventanita de la puerta se abrió con un chirrido. Desde su posición, podía verla si se incorporaba como un atleta haciendo abdominales, una postura difícil de mantener más de unos segundos debido a la camisa de fuerza. Vio primero un ojo y después otro que lo observaban, y logró pronunciar un débil: «¿Hola?»

Nadie contestó y la ventanita se cerró de golpe.

Treinta minutos después, según sus cálculos, se abrió de nuevo. Intentó saludar otra vez, y esta vez pareció funcionar porque segundos después oyó una llave en la cerradura. La puerta se abrió, y el negro grandullón entró en la celda. Sonreía como si lo hubieran pillado en mitad de una broma, y saludó a Francis de una forma afable.

– ¿Cómo te encuentras hoy, Francis? -preguntó-. ¿Has conseguido dormir? ¿Tienes hambre?

– Tengo sed -dijo Francis con voz ronca.

– Es por la medicación que te dieron -repuso el auxiliar-. Te deja la lengua espesa, como si la tuvieras hinchada, ¿verdad?

Francis asintió. El auxiliar salió al pasillo y volvió con un vaso de agua. Se sentó al borde de la cama y sostuvo a Francis como si fuera un niño enfermo para que se la bebiera. Estaba tibia, casi salobre, con un ligero sabor metálico, pero en ese momento la mera sensación de que le bajara por la garganta y aquel brazo que lo sostenía tranquilizaron a Francis más de lo que habría esperado. El negro debió de darse cuenta, porque aseguró en voz baja:

– Todo irá bien, Pajarillo. Así es como te llamó el otro nuevo, y creo que es un buen apodo. Este sitio es un poco duro al principio, uno tarda en acostumbrarse, pero estarás bien. Estoy seguro. -Lo recostó en la cama y añadió-: El médico vendrá a verte enseguida.

Unos segundos después, Francis vio la forma rolliza del doctor Gulptilil en el umbral.

– ¿Cómo se encuentra hoy, señor Petrel? -preguntó con una sonrisa y su ligero acento británico.

– Estoy bien -respondió Francis. No sabía qué otra cosa decir. Sus voces le advertían que tuviera mucho cuidado. De nuevo sonaban más tenues de lo habitual, casi como si le gritaran desde el otro lado de un ancho abismo.

– ¿Recuerda dónde está? -preguntó el médico.

– En un hospital.

– Sí-corroboró el médico con una sonrisa-. Eso no es difícil de suponer. ¿Pero recuerda cuál? ¿Y cómo llegó aquí?

Francis se acordaba. El mero hecho de responder preguntas despejó parte de la niebla que le oscurecía la visión.

– Estoy en el Hospital Estatal Western -dijo-. Y llegué en una ambulancia después de una discusión con mis padres.

– Muy bien. ¿Y recuerda en qué mes estamos? ¿Y el año?

– Todavía estamos en marzo, creo. De 1979.

– Excelente. -El médico pareció satisfecho-. Diría que hoy está un poco más orientado. Creo que podremos ponerlo fuera de aislamiento y sujeción, y empezar a integrarlo en la unidad. Es lo que había esperado.

– Me gustaría irme a casa -dijo Francis.

– Lo siento, señor Petrel. Eso aún no es posible.

– No quiero quedarme aquí-insistió el joven. Parte del temblor que había marcado su voz el día anterior amenazaba con reaparecer.

– Es por su propio bien -contestó el médico.

Francis lo dudó. Sabía que no estaba tan loco como para no comprender que era por el bien de otras personas, no por el suyo, pero no lo dijo en voz alta.

– ¿Por qué no puedo irme a casa? -quiso saber-. No he hecho nada malo.

– ¿Recuerda el cuchillo de cocina? ¿Y sus amenazas?

– Fue un malentendido -explicó meneando la cabeza.

– Claro que sí-sonrió Gulptilil-. Pero estará con nosotros hasta que se dé cuenta de que no puede ir por ahí amenazando a la gente.

– Le prometo que no lo haré.

– Gracias, señor Petrel. Pero una promesa no es suficiente en sus actuales circunstancias. Tiene que convencerme. Convencerme por completo. La medicación que recibe le irá bien. A medida que siga tomándola, el efecto acumulativo aumentará su dominio de la situación y le servirá para readaptarse. Puede que entonces podamos hablar de su regreso a la sociedad y a algo más constructivo. -Dijo esa última frase despacio, y añadió-: ¿Qué opinan sus voces de su estancia aquí?

– No oigo ninguna voz -repuso Francis, y oyó un coro de aprobación en su interior.

– Ah, señor Petrel, ahora tampoco sé muy bien si creerlo -sonrió el médico otra vez, mostrando una dentadura ligeramente irregular-. Aun así-vaciló-, creo que le irá bien estar con el resto de los pacientes. El señor Moses le enseñará las instalaciones y le explicará las normas. Las normas son importantes, señor Petrel. No hay muchas pero son vitales. Obedecer las normas y convertirse en un miembro constructivo de nuestro pequeño mundo son signos de salud mental. Cuanto más me demuestre que sabe desenvolverse bien aquí, más cerca estará de volver a casa. ¿Comprende esta ecuación, señor Petrel?

Francis asintió con énfasis.

– Hay actividades. Hay sesiones en grupo. De vez en cuando tendrá algunas sesiones particulares conmigo. Y recuerde las normas. Todas estas cosas juntas crean posibilidades. Si no se adapta, me temo que su estancia aquí será larga, y a menudo desagradable… -Señaló la celda de aislamiento-. Esta habitación, por ejemplo -comentó, y señaló la camisa de fuerza-, estos recursos, y otros, son opciones. Siempre son opciones. Pero evitarlos es vital, señor Petrel. Vital para recuperar la salud mental. ¿Me expreso con suficiente claridad?

– Sí-afirmó Francis-. Integrarse. Sacar provecho. Obedecer las normas -repitió como un mantra o una oración.

– Exacto. Excelente. ¿Lo ve? Ya vamos progresando. Anímese, señor Petrel. Y saque provecho de lo que el hospital le ofrece. -Se levantó y asintió en dirección del auxiliar-. Muy bien, señor Moses, ya puede liberar al señor Petrel. Acompáñelo a la unidad, dele algo de ropa y muéstrele la sala de actividades.

– Sí, señor -contestó el auxiliar con vehemencia militar.

Gulptilil salió de la celda de aislamiento, y el auxiliar empezó a desabrocharle la camisa de fuerza y a descruzarle las mangas hasta dejarlo libre. Francis se estiró con torpeza y se frotó los brazos, como si quisiera devolver algo de energía y vida a las extremidades que habían estado sujetas con tanta firmeza. Puso los pies en el suelo y se levantó inseguro. Notó una sensación de mareo y el auxiliar lo agarró del hombro para impedir que se cayera. Se sintió un poco como un niño que da sus primeros pasos, sólo que sin la misma sensación de alegría y logro, provisto nada más que de duda y miedo.

Siguió a Moses por el pasillo de la tercera planta del edificio Amherst. Había media docena de celdas acolchadas, con un sistema de doble llave y ventanitas de observación. No sabía si estaban ocupadas o no, excepto una, pues al pasar oyó tras la puerta cerrada un torrente de palabrotas apagadas que desembocó en un grito largo y doloroso. Una mezcla de agonía y odio. Se apresuró a seguir el ritmo del corpulento auxiliar, que no pareció inmutarse al oír ese grito desgarrador y siguió bromeando sobre la distribución del edificio y su historia mientras cruzaban una serie de puertas dobles que daban a una amplia escalera central. Francis apenas recordaba haber subido esos peldaños dos días antes, en lo que le parecía un pasado distante y cada vez más fugaz, cuando todo lo que pensaba sobre su vida era totalmente diferente.

El diseño del edificio le pareció a Francis tan demencial como sus ocupantes. Los pisos superiores tenían oficinas que lindaban con trasteros y celdas de aislamiento. En la planta baja y en el primer piso, había dormitorios amplios, repletos de sencillas camas metálicas, con algún que otro arcón para guardar pertenencias. Dentro de los dormitorios había pequeños aseos y duchas, con compartimientos que, como vio de inmediato, no proporcionaban demasiada intimidad. Había otros baños en los pasillos, repartidos por la planta, con la palabra HOMBRES o MUJERES señalada en las puertas. En una concesión al pudor, las mujeres se alojaban en un extremo del pasillo y los hombres en el otro. Un amplio puesto de enfermería separaba las dos áreas. Estaba rodeado de rejilla metálica, con una puerta igualmente metálica y cerrada con llave. Todas las puertas tenían dos, a veces tres, cerrojos dobles que se abrían desde el exterior; una vez cerradas, era imposible que alguien las abriera desde dentro, a menos que tuviera llave.

La planta baja tenía una gran zona abierta, la principal sala de estar común, así como una cafetería y una cocina lo bastante grande para preparar y servir comidas a los ocupantes del edificio tres veces al día. También había varias habitaciones pequeñas, que se usaban para las sesiones de terapia de grupo. Por todas partes había ventanas que llenaban de luz el edificio, pero cada una de ellas tenía una contraventana de barrotes y tela metálica cerrada con llave por la parte exterior, de modo que la luz del día penetraba a través de un entramado y proyectaba unas extrañas sombras con forma de rejilla sobre el suelo pulido o las relucientes paredes blancas. Había puertas que parecían situadas al tuntún, en ocasiones cerradas con llave, de modo que Moses tenía que usar el grueso llavero que llevaba colgado del cinturón, pero otras veces estaban abiertas y sólo había que empujarlas. Francis no consiguió descifrar qué principio regía el cierre de las puertas con llave.

Pensó que era una prisión de lo más curiosa.

Estaban recluidos pero no encarcelados. Sujetos pero no esposados.

Como Moses y su hermano pequeño, con quien se cruzaron en el pasillo, las enfermeras y los ayudantes vestían ropa blanca. También se cruzaron con algún que otro médico, asistente social o psicólogo. Estos llevaban chaquetas y pantalones informales, o vaqueros. Francis observó que casi todos llevaban sobres, tablillas y carpetas marrones bajo el brazo, y que todos parecían andar por los pasillos con decisión y sentido de la orientación, como si al tener una tarea específica entre manos pudieran diferenciarse de los pacientes.

Éstos abarrotaban los pasillos. Había grupos apiñados, mientras que algunos permanecían hurañamente solos. Muchos lo miraron con recelo al pasar. Algunos lo ignoraron. Nadie le sonrió. Apenas tuvo tiempo de observarlos mientras seguía el paso rápido impuesto por Moses. Sólo vio una especie de reunión variopinta y desordenada de gente de todas las edades y condiciones. Pelos que parecían explotar del cráneo, barbas que colgaban alborotadas como las que se veían en fotografías descoloridas de un siglo atrás. Parecía un lugar de contradicciones. Había miradas alocadas que se fijaban en él y lo evaluaban al pasar, y también, en contraste, miradas apagadas y huidizas que se volvían hacia la pared y evitaban el contacto. Oía palabras y fragmentos de conversación mantenida con otros o con un yo interno. Algunos pacientes llevaban camisones y pijamas holgados del hospital y otros vestían prendas más de calle, unos lucían albornoces o batas y otros vaqueros y camisas de cachemir. Todo era un poco incongruente, desbaratado, como si los colores no estuvieran seguros de cuál combinaba con cuál, o las tallas no existieran: camisas demasiado holgadas, pantalones demasiado ajustados o demasiado cortos. Calcetines dispares. Rayas junto con cuadros. En casi todas partes se respiraba un olor acre a humo de cigarrillo.

– Hay demasiada gente -comentó Moses cuando se acercaban a un puesto de enfermería-. Tenemos unas doscientas camas, pero hay casi trescientas personas. Deberían haberse dado cuenta de eso, pero no, todavía no.

Francis no respondió.

– Pero tenemos una cama para ti -añadió Moses, y se detuvo al llegar al puesto-. Estarás bien. Buenos días, señoras -saludó. Dos enfermeras de blanco situadas en su interior se volvieron hacia él-. Estáis preciosas esta mañana.

Una era mayor, de cabello canoso y una cara demacrada y arrugada que aun así esbozó una sonrisa. La otra era una negra fornida, mucho más joven que su compañera, que resopló su respuesta como una mujer harta de oír palabras bonitas que se las lleva el viento.

– Tan adulador como siempre. A ver, ¿qué necesitas ahora? -dijo en un tono entre bronco y burlón que arrancó sonrisas socarronas a ambas mujeres.

– Sólo trato de imprimir algo de alegría y felicidad a nuestras vidas -replicó el auxiliar-. ¿Qué más puedo necesitar?

Las enfermeras soltaron una carcajada.

– No hay ningún hombre que no busque algo más -aseguró la enfermera negra.

– Acabas de decir una verdad como un templo, amiga mía -añadió la enfermera blanca.

Moses también rió, mientras Francis se sentía incómodo de repente, ya que no sabía qué hacer.

– Me gustaría presentaros al señor Francis Petrel, que estará con nosotros. Pajarillo, esta joven tan guapa es la señorita Wright, y su encantadora compañera, la señorita Winchell. -Les entregó el expediente-. El médico le ha recetado unos medicamentos, nada del otro mundo.

– ¿Qué opinas, Pajarillo? -dijo a Francis-. ¿Crees que el médico puede haberte recetado una taza de café por la mañana y una cerveza y un plato de pollo frito y pan de maíz al acabar la jornada? ¿Crees que es eso lo que te recetó?

Francis se quedó sorprendido, y el auxiliar añadió:

– Sólo estoy bromeando. No hablo en serio.

Las enfermeras echaron un vistazo al expediente y lo dejaron junto a un montón que había en una esquina de la mesa. Winchell, la mayor, alargó la mano bajo el mostrador y sacó una pequeña maleta de tela escocesa, de las baratas.

– Su familia dejó esto para usted, señor Petrel -dijo, y la pasó por la ventanilla de la rejilla metálica. Se volvió hacia el auxiliar-. Ya la he registrado.

Francis tomó la maleta y contuvo el impulso de echarse a llorar. La había reconocido al instante. Se la habían regalado unas Navidades, cuando era pequeño, y como no había viajado nunca, la había usado siempre para guardar cosas especiales o inusuales. Una especie de lugar secreto portátil para los objetos que había coleccionado durante la niñez, porque cada uno de ellos era, a su propio modo, una especie de viaje en sí mismo. Una pina recogida un otoño, unos soldaditos de juguete, un libro de poesía infantil que no había devuelto a la biblioteca local. Las manos le temblaron al recorrer la tela hasta tocar el asa. La cremallera de la maleta estaba abierta, y vio que todo lo que había contenido en su día había desaparecido, sustituido por parte de su ropa. Supo de inmediato que habían vaciado todo lo que había guardado en esa maleta y lo habían tirado. Era como si sus padres hubieran puesto en ella la poca opinión que tenían de su vida y se la hubieran mandado para enviarlo lejos también a él. Le tembló el labio inferior y se sintió total y absolutamente solo.

Las enfermeras le pasaron un segundo montón de cosas: unas sábanas bastas y una almohada, una raída manta color aceituna, excedente del ejército, un albornoz y un pijama como los que llevaban algunos pacientes. Los dejó sobre la maleta y lo cargó todo en sus brazos.

– Muy bien, te enseñaré dónde está tu cama -dijo Moses-. Guardaremos tus cosas. ¿Qué actividades tenemos hoy para Pajarillo, señoras?

– Almuerzo a mediodía -indicó una enfermera tras echar otro vistazo al expediente-. Luego está libre hasta una sesión en grupo en la sala 101, a las tres, con el señor Evans. Vuelve aquí a las cuatro y media. Cena a las seis. Medicación a las siete. Eso es todo.

– ¿Lo has oído, Pajarillo?

Francis asintió. No se fiaba de su voz. En lo más profundo de su ser oía retumbar órdenes de que guardara silencio y estuviera alerta, y debía obedecerlas. Siguió a Moses hasta un amplio dormitorio que contenía entre treinta y cuarenta camas alineadas. Todas estaban hechas, excepto una, cerca de la puerta. Había una media docena de hombres acostados, dormidos o mirando el techo, que apenas se volvieron hacia ellos cuando entraron.

Moses le ayudó a hacer la cama y a guardar sus cosas en un arcón. También cabía la maleta. Tardó menos de cinco minutos en instalarse.

– Bueno, ya está -comentó el auxiliar.

– ¿Qué me pasará ahora?

– Ahora, Pajarillo -repuso el otro con un gesto nostálgico-, lo que tienes que hacer es mejorar.

– ¿Cómo? -preguntó Francis.

– Ésa es la pregunta clave, Pajarillo. Tendrás que averiguarlo por tu cuenta.

– ¿Qué debería hacer?

– Sé reservado -le aconsejó Moses-. Este sitio puede ser duro a veces.

Tienes que conocer a los demás y darles el espacio que necesitan. No pretendas hacer amigos demasiado pronto. Mantén la boca cerrada y sigue las normas. Si necesitas ayuda, habla conmigo o con mi hermano, o con una enfermera, y procuraremos arreglar lo que sea.

– ¿Pero cuáles son las normas?

El corpulento auxiliar se volvió y señaló un cartel colocado a cierta altura en la pared.

PROHIBIDO FUMAR EN EL DORMITORIO

PROHIBIDO HACER RUIDOS FUERTES

PROHIBIDO HABLAR DESPUÉS DE LAS 21 H

RESPETA A LOS DEMÁS

RESPETA LAS PERTENENCIAS DE LOS DEMÁS

Cuando terminó de leerlas por segunda vez, Francis se volvió. No estaba seguro de dónde ir ni de qué hacer. Se sentó en el borde de la cama.

Al otro lado de la habitación, uno de los hombres que estaba tumbado fingiendo dormir, se puso de pie de repente. Era muy alto, de casi dos metros, de pecho hundido, brazos delgados y huesudos que le sobresalían de una raída camiseta de los New England Patriots, y piernas como palillos que le salían de unos pantalones verde cirujano que le iban diez centímetros cortos. La camiseta tenía las mangas cortadas a la altura de los hombros. Era mucho mayor que Francis y llevaba el cabello greñudo, apelmazado y largo hasta los hombros. Había abierto mucho los ojos, como si estuviera medio aterrado y medio furioso. Alzó una mano cadavérica y señaló a Francis.

– ¡Alto! -gritó-. ¡Para!

– ¿Qué tengo que parar? -Francis retrocedió.

– ¡Para! ¡Lo sé! ¡No me engañas! ¡Lo supe en cuanto entraste! ¡Para!

– No sé qué estoy haciendo -respondió Francis.

El hombre agitaba los brazos en el aire como si intentara apartar telarañas de su camino. Elevaba más la voz a cada paso que daba.

– ¡Para! ¡Para! ¡Te tengo calado! ¡No me la pegarás!

Francis miró alrededor en busca de una escapatoria o de un sitio donde esconderse, pero estaba acorralado entre el hombre que avanzaba hacia él y la pared. Los demás pacientes seguían durmiendo o sin hacer caso de lo que pasaba.

El hombre parecía aumentar de tamaño y de ferocidad a cada paso.

– ¡Estoy seguro! ¡Lo supe en cuanto entraste! ¡Para ya!

La confusión paralizaba a Francis. Sus voces interiores le gritaban un torrente de advertencias: ¡Corre! ¡Nos va a hacer daño! ¡Escóndete! Movía la cabeza a uno y otro lado buscando una escapatoria. Trató de obligar a sus músculos a moverse, por lo menos para levantarse de la cama, pero, en lugar de eso, retrocedió encogido de miedo.

– ¡Si no paras te detendré yo! -bramó el hombre. Parecía dispuesto a atacarlo.

Francis levantó los brazos para protegerse.

El larguirucho soltó una especie de grito de guerra, se enderezó, sacó el pecho hundido, agitó los brazos por encima de la cabeza y, cuando parecía a punto de abalanzarse sobre Francis, otra voz resonó en la habitación.

– ¡Quieto ahí!

El hombre vaciló un instante y se volvió hacia la voz.

– ¡No te muevas!

Francis seguía pegado a la pared y con los ojos cerrados.

– ¿Qué estás haciendo?

– Pero es él -aseguró el hombre a quienquiera que hubiera entrado en el dormitorio, y pareció encogerse.

– ¡No, no lo es! -fue la respuesta.

Y Francis vio que su salvador era el hombre que había conocido los primeros minutos que estuvo en el hospital.

– ¡Déjalo en paz!

– ¡Pero es él! ¡Lo supe en cuanto lo vi!

– Eso me dijiste a mí cuando llegué. Es lo que dices a todos los nuevos.

Eso hizo dudar al hombre alto.

– ¿En serio? -preguntó.

– Sí.

– Todavía creo que es él -insistió pero, de modo extraño, la vehemencia había desaparecido de su voz, sustituida por la duda-. Estoy bastante seguro -añadió-. Podría serlo, no hay duda. -A pesar de la convicción que contenían esas palabras, su voz reflejaba incertidumbre.

– Pero ¿por qué? -preguntó el otro-. ¿Por qué estás tan seguro?

– Es que cuando entró me pareció tan claro… Lo estaba observando y… -Su voz se fue apagando-. Quizás esté confundido.

– Creo que estás equivocado.

– ¿De veras?

– Sí.

El otro avanzó, sonriendo de oreja a oreja. Pasó junto al hombre alto.

– Bueno, Pajarillo, veo que ya te has instalado.

Francis asintió.

– Larguirucho, te presento a Pajarillo -dijo entonces-. Lo conocí el otro día en el edificio de administración. No es la persona que tú crees, como yo tampoco lo era cuando me viste por primera vez. Te lo aseguro.

– ¿Cómo puedes estar tan seguro? -preguntó el hombre alto.

– Bueno, lo vi llegar y vi su tablilla, y te prometo que, si fuera el hijo de Satán y hubiera sido enviado a hacer el mal en el hospital, habría estado anotado ahí, porque estaban todos los demás detalles. Ciudad natal. Familia. Dirección. Edad. Todo. Pero no que fuera el anticristo.

– Satán es un gran impostor. Su hijo debe de ser igual de astuto. Tal vez se esconda. Incluso de Tomapastillas.

– Puede. Pero había un par de policías conmigo y seguro que ellos sabrían reconocer al hijo de Satán. Les entregan volantes y notas informativas, y esas fotografías que se ven en las oficinas de correos. Ni siquiera el hijo de Satán podría engañar a dos policías estatales.

El hombre alto escuchó atentamente esta explicación. Después, se volvió hacia Francis.

– Lo siento. Al parecer, me equivoqué. Ahora me doy cuenta de que no eres la persona que estoy buscando. Te ruego que aceptes mis más sinceras disculpas. La vigilancia es nuestra única defensa contra el mal. Hay que tener mucho cuidado, ¿sabes? Todos los días, a todas horas. Es agotador, pero del todo necesario…

– Sí-corroboró Francis, que por fin logró ponerse en pie-. Por supuesto. No pasa nada.

El hombre alto le estrechó la mano con entusiasmo.

– Encantado de conocerte, Pajarillo. Eres generoso. Y es evidente que educado. Siento de veras haberte asustado.

A Francis, aquel hombre le pareció de repente dócil y servicial. Sólo se veía viejo, andrajoso, un poco como una revista antigua que ha estado demasiado tiempo sobre una mesa.

– Me llaman Larguirucho. -Se encogió de hombros-. Me paso aquí la mayor parte del tiempo.

Francis asintió.

– Yo soy…

– Pajarillo -le interrumpió el otro-. Aquí nadie usa su auténtico nombre.

– El Bombero tiene razón, Pajarillo -aseguró Larguirucho, y asintió con la cabeza-. Apodos, abreviaturas y cosas así.

Se giró y cruzó de nuevo la habitación con rapidez para echarse en la cama y volver a mirar el techo.

– No es mala persona, y creo que es realmente, palabra que no puede usarse demasiado en este sitio, inofensivo -aseguró el Bombero-. A mí me hizo exactamente lo mismo el otro día. Gritó, me señaló y se comportó como si fuera a acabar conmigo para proteger a la sociedad de la llegada del anticristo, del hijo de Satán o de quien sea. Cualquier demonio extraño que pudiera venir a parar aquí por casualidad. Se lo hace a todos los novatos. Y no está del todo loco, si lo piensas bien. En este mundo hay mucha maldad, imagino que tendrá que salir de alguna parte. Quizá sea mejor estar atento, como él dice, incluso aquí.

– Gracias de todos modos -dijo Francis. Se estaba calmando, como un niño que cree haberse perdido pero ve una referencia que le permite ubicarse-. Pero no sé tu nombre…

– Ya no tengo nombre. -Lo dijo con un ligero tono de tristeza que concluyó con una medio sonrisa irónica teñida de pesar.

– ¿Cómo es posible que no tengas nombre?

– Tuve que renunciar a él. Es lo que me trajo aquí.

Eso no tenía demasiado sentido para Francis.

– Perdona. -El hombre sacudió la cabeza, divertido-. La gente ha empezado a llamarme el Bombero porque es lo que era antes de llegar al hospital. Apagaba incendios.

– Pero…

– Bueno, tiempo atrás mis amigos me llamaban Peter. Así que soy Peter el Bombero. Con eso tendrá que bastarte, Pajarillo.

– De acuerdo.

– Creo que descubrirás que aquí el sistema de nombres facilita un poco las cosas. Ya has conocido a Larguirucho, que es un apodo evidente para alguien con un aspecto como el suyo. Y te han presentado a los hermanos Moses, aunque todo el mundo los llama Negro Grande y Negro Chico, lo que de nuevo parece una elección adecuada.

Y Tomapastillas, que es más fácil de pronunciar que Gulptilil y más acorde con su forma de enfocar el tratamiento. ¿A quién más has visto?

– A las enfermeras, la señorita…

– Ah, ¿la señorita Caray y la señorita Pincha?

– Wright y Winchell.

– Exacto. Y también hay otras, como la enfermera Mitchell, que es la enfermera Bicha, y la enfermera Smith, que es la enfermera Huesos porque se parece un poco a Larguirucho, y Rubita, que es bastante bonita. Hay un psicólogo llamado Evans, apodado señor del Mal, al que conocerás pronto porque este dormitorio está más o menos a su cargo.

Y el nombre de la repugnante secretaria de Tomapastillas es señorita Lewis, pero alguien la apodó señorita Deliciosa. Al parecer, ella no lo soporta, pero no puede hacer nada al respecto, porque se le ha aferrado tanto como esos jerséis que le gusta llevar. Se ve que es de cuidado. Puede resultarte un poco confuso, pero lo pillarás en un par de días.

Francis echó un vistazo alrededor.

– ¿Está loca toda la gente que hay aquí? -susurró.

– Es un hospital para locos, Pajarillo, pero no todo el mundo lo está -respondió el Bombero a la vez que meneaba la cabeza-. Algunos son sólo viejos y seniles, lo que les hace parecer un poco extraños. Otros son retrasados, así que resultan lentos, pero qué los trajo aquí exactamente es un misterio para mí. Algunos parecen sólo deprimidos. Otros oyen voces. ¿Oyes tú voces, Pajarillo?

Francis no supo cómo responder, pues en su interior se inició un debate; oía discusiones cruzadas, como varias corrientes eléctricas entre polos.

– No quiero decirlo -contestó al fin.

– Hay cosas que es mejor guardarse para uno mismo -asintió el Bombero. Rodeó a Francis con el brazo y lo condujo hacia la puerta-. Ven, te enseñaré lo que hay que ver de nuestro nuevo hogar.

– ¿Oyes tú voces, Peter?

– No. -Negó con la cabeza.

– ¿No?

– No. Pero tal vez me iría bien oírlas -respondió. Sonreía al hablar, con una ligerísima curva en las comisuras de los labios, de un modo que Francis reconocería muy pronto y que parecía reflejar el carácter del Bombero, porque era la clase de persona que sabía ver tanto la tristeza como el humor en cosas que los demás considerarían carentes de significado.

– ¿Estás loco? -preguntó Francis.

El Bombero sonrió de nuevo, y esta vez soltó incluso una breve carcajada.

– ¿Lo estás tú, Pajarillo?

– Puede -dijo Francis tras inspirar hondo-. No lo sé.

– Yo diría que no -replicó el Bombero-. Tampoco me lo pareció cuando te conocí. Por lo menos, no demasiado loco. Tal vez un poco. Pero ¿qué hay de malo en eso?

Francis asintió. Eso lo tranquilizaba.

– ¿Y tú? -prosiguió.

El Bombero titubeó antes de responder.

– Soy algo mucho peor -aseguró-. Por eso estoy aquí. Se supone que tienen que averiguar qué me pasa.

– ¿Qué es peor que estar loco?

– Bueno -dijo el Bombero tras carraspear-, supongo que no pasa nada. Tarde o temprano te vas a enterar. Mato gente.

Y, tras esas palabras, condujo a Francis hacia el pasillo del hospital.

4

Y eso fue todo, supongo.

Negro Grande me dijo que no hiciera amigos, que tuviera cuidado, que fuera reservado y que obedeciera las normas, y yo hice lo posible por seguir todos sus consejos excepto el primero. Ahora me pregunto si no tenía también razón en eso. Pero la locura consiste -también en la peor clase de soledad, y yo estaba a la vez loco y solo, así que cuando Peter el Bombero me llevó con él, agradecí su amistad en mi descenso al mundo del Hospital Estatal Western y no le pregunté qué querían decir esas palabras, aunque suponía que pronto lo averiguaría porque el hospital era un sitio donde todo el mundo tenía secretos, pero pocos de ellos se guardaban.

Mi hermana menor me preguntó una vez, mucho después de que me diesen de alta, qué era lo peor del hospital, y tras reflexionar mucho se lo dije: la rutina. El hospital consistía en un sistema de pequeños momentos inconexos que no llevaban a ninguna parte y que sólo existían para pasar del lunes al martes, del martes al miércoles y así sucesivamente, semana tras semana, mes a mes. Todos los pacientes habían sido ingresados por familiares supuestamente bienintencionados o por el sistema frío e ineficiente de los servicios sociales, después de una superficial vista judicial en la que no solían estar presentes y en la que se dictaban órdenes de reclusión por treinta o sesenta días. Pero pronto descubríamos que estos plazos eran tan ilusorios como las voces que oíamos, porque el hospital podía renovar las órdenes judiciales si decidían que seguías siendo una amenaza para ti mismo o para los demás, lo que, en nuestra situación, solía ser la decisión habitual. Así que una orden de reclusión de treinta días podía convertirse con facilidad en una estancia de veinte años. Un recorrido cuesta abajo, sin tregua, de la psicosis a la senilidad. Poco después de nuestra llegada averiguamos que éramos un poco como municiones decrépitas, almacenadas donde no se ven, que se van deteriorando, oxidando y volviendo cada vez más inestables.

Lo primero que uno comprendía en el Hospital Estatal Western era la mentira más grande: que nadie intentaba ayudarte para que mejoraras ni para que volvieras a casa. Se hablaba mucho, se hacía mucho, aparentemente para ayudarte a readaptarte a la sociedad, pero en su mayor parte era teatro, ficción, como las vistas de altas que se celebraban de vez en cuando. El hospital era como el alquitrán en la carretera: te mantenía aferrado en tu sitio. Un famoso poeta escribió una vez, de forma bastante elegante e ingenua, que el hogar es el sitio donde siempre te acogen. Quizá para los poetas, pero no para los locos. El hospital se dedicaba a mantenerte fuera de la mirada del mundo cuerdo. Nos tenían ligados con medicaciones que nos embotaban los sentidos y obstaculizaban nuestras voces interiores, pero jamás eliminaban por completo las alucinaciones, de modo que los delirios seguían resonando por los pasillos. Pero lo verdaderamente perverso era lo deprisa que aceptábamos esos delirios. Pasados unos días en el hospital, no me molestaba que el pequeño Napoleón se plantara junto a mi cama y empezara a hablar enfáticamente sobre movimientos de tropas en Waterloo, y sobre que si las plazas británicas hubieran sido derrotadas por su caballería, si Blücher se hubiera demorado en la carretera o la Vieja Guardia no hubiera sucumbido a la lluvia de metralla y los mosquetes, toda Europa habría cambiado para siempre. Nunca estuve seguro de si Napoleón se consideraba realmente el emperador de Francia, aunque hubiera momentos en que actuara como si así fuera, o si sólo estaba obsesionado con todas esas cosas porque era un hombre menudo, encerrado en un manicomio con el resto de nosotros, y lo que más deseaba era ser algo en la vida.

Nos pasaba a todos los locos, era nuestra mayor esperanza y nuestro mayor sueño: queríamos ser algo. Lo que nos afligía era lo difícil que resultaba lograr ese objetivo, así que lo sustituíamos por delirios. En mi planta había media docena de Jesucristos, o por lo menos personas que insistían en que se podían comunicar con El directamente, un Mahoma que se arrodillaba tres veces al día para rezar de cara a La Meca, aunque solía orientarse en la dirección equivocada, un par de George Washington y otros presidentes, desde Lincoln y Jefferson hasta Johnson y Nixon, y varios pacientes, como el inofensivo pero a veces aterrador Larguirucho, que estaban pendientes de signos de Satán o de cualquiera de sus adláteres. Había personas obsesionadas con los gérmenes, gente a la que aterraban unas bacterias invisibles que flotaban en el aire, otras que creían que todos los rayos de una tormenta iban dirigidos a ellas, de modo que se encogían de miedo por los rincones. Otros pacientes no decían nada y se pasaban días enteros en un silencio absoluto, y otros soltaban palabrotas a diestro y siniestro. Unos se lavaban las manos veinte o treinta veces al día, y otros no se bañaban nunca. Había multitud de compulsiones y obsesiones, delirios y desesperaciones. Uno de los que acabó cayéndome bien era conocido como Noticiero. Recorría los pasillos como un pregonero actual, gritando titulares; era una enciclopedia de la actualidad. Por lo menos, a su manera, nos mantenía conectados con el mundo exterior y nos recordaba que al otro lado de los muros del hospital pasaban cosas. Y había incluso una mujer obesa que ocupaba las horas jugando estupendamente al ping-pong en la sala de estar, pero que se pasaba la mayoría del rato reflexionando sobre el hecho de ser la reencarnación de Cleopatra. Algunas veces, sin embargo, Cleo sólo creía ser Elizabeth Taylor en la película. Fuera como fuese, podía recitar casi todas las frases del film, incluso las de Richard Burton, o la totalidad del drama de Shakespeare, mientras daba otra paliza a quien se atreviera a jugar con ella.

Ahora, cuando lo recuerdo, me parece todo muy ridículo y pienso que debería reírme.

Pero no lo era. Era un sitio de un dolor indescriptible.

Eso es lo que la gente que nunca ha estado loca no puede entender. Lo mucho que hiere cada delirio. Lo lejos que parece la realidad del alcance de uno. Es un mundo de desesperación y frustración. Sísifo y su peñasco habrían encajado a la perfección en el Hospital Estatal Western.

Iba a mis sesiones diarias en grupo con el señor Evans, a quien llamábamos señor del Mal. Un psicólogo con el pecho hundido y una imperiosa actitud que parecía sugerir que era superior porque él se iba a casa al terminar el día y nosotros no, lo que nos molestaba, pero que, por desgracia, era la clase más auténtica de superioridad. En estas sesiones se nos animaba a hablar con franqueza sobre los motivos por los que estábamos en el hospital y sobre lo que haríamos cuando nos dieran de alta.

Todo el mundo mentía. Unas mentiras maravillosas, desenfrenadas, optimistas, desmedidas, entusiastas.

Excepto Peter el Bombero, que apenas intervenía. Se sentaba a mi lado y escuchaba educadamente cualquier fantasía que los demás se inventaran sobre encontrar un empleo, volver a estudiar o quizá colaborar con un programa de autoayuda para servir a otras personas tan aquejadas como nosotros. Todas estas conversaciones eran mentiras basadas en un deseo único e imposible: parecer normales. O, por lo menos, bastante normales como para que nos dejaran volver a casa.

Al principio me preguntaba si los dos habían llegado a algún acuerdo privado pero muy frágil, porque el señor del Mal nunca pedía a Peter el Bombero que aportara algo al debate, ni siquiera cuando se alejaba de nosotros y de nuestros problemas y trataba de algo interesante como la actualidad, con hechos como la crisis de los rehenes en Irán, los disturbios en las zonas urbanas deprimidas o las aspiraciones de los Red Sox para la temporada siguiente, temas de los que el Bombero sabía mucho. Ambos hombres compartían cierta malevolencia, pero uno era paciente y el otro administrador, y al principio no se veía.

De modo extraño, hace muy poco empecé a pensar como si hubiera anticipado en una expedición desesperada a las regiones más alejadas devastadas de la Tierra, al margen de la civilización, y me hubiera distanciado de todo lo conocido para adentrarme en territorios ignotos. Territorios agrestes.

Y que pronto serían más agrestes aún.

La pared me atraía, y entonces el teléfono del rincón de la cocina empezó a sonar. Supe que sería una de mis hermanas que llamaba para saber cómo estaba, que era, por supuesto, como estoy siempre y como supongo que estaré siempre. Así que no contesté.

Al cabo de unas semanas, lo que quedaba de invierno parecía haberse batido en una triste retirada, y Francis avanzaba por un pasillo buscando algo que hacer. Una mujer a su derecha farfullaba algo lastimero sobre niños perdidos y se balanceaba atrás y adelante con los brazos cruzados como si acunasen algo precioso, cuando no era así. Delante de él, un hombre viejo en pijama, con la piel arrugada y una mata de pelo plateada y rebelde, contemplaba con tristeza una pared blanca hasta que Negro Chico llegó y le giró con suavidad por los hombros, de modo que lo dejó mirando por una ventana con barrotes. Esta nueva ubicación, con su nueva vista, llevó una sonrisa al rostro del anciano y Negro Chico le dio una palmadita en el brazo para tranquilizarlo. Luego se acercó a Francis.

– ¿Cómo estás hoy, Pajarillo?

– Bien, señor Moses. Aunque un poco aburrido.

– En la sala de estar están viendo telenovelas.

– No me gustan demasiado esos programas.

– ¿No te pican la curiosidad, Pajarillo? ¿No empiezas a preguntarte qué pasará a toda esa gente con una vida tan extraña? Hay muchos giros y misterios que enganchan a muchos espectadores. ¿No te interesan?

– Supongo que deberían, señor Moses, pero no lo sé. No me parecen reales.

– Bueno, también hay personas jugando a cartas. Y también a juegos de mesa.

Francis sacudió la cabeza.

– ¿Y una partida de ping-pong con Cleo?

El joven sonrió y siguió sacudiendo la cabeza.

– ¿Qué pasa, señor Moses? -dijo-. ¿Cree que estoy tan loco como para retarla?

– No, Pajarillo. -El comentario arrancó una carcajada al auxiliar-. Ni siquiera tú estás tan loco.

– ¿Puedo obtener un pase para salir al aire libre? -preguntó Francis de golpe.

– Varios pacientes saldrán esta tarde -contestó Negro Chico tras echar un vistazo al reloj-. Hace un día tan bonito que podrían plantar algunas flores, dar un paseo y respirar un poco de aire fresco. Ve a ver al señor Evans y puede que te deje ir. A mí me parece bien.

Francis encontró al señor del Mal de pie en el pasillo, frente a su despacho, charlando con el doctor Tomapastillas. Los dos parecían agitados. Gesticulaban y discutían vehementemente, pero era una discusión curiosa, porque cuanto más intensa se volvía, más bajo hablaban, de modo que al final, cuando Francis estuvo a su lado, los dos se siseaban como un par de serpientes enfrentadas. Parecían ajenos al resto del mundo, y varios pacientes se unieron a Francis arrastrando los pies a izquierda y derecha. Francis oyó por fin cómo Tomapastillas decía enfadado:

– Bueno, no podemos permitirnos este tipo de fallo, ni por un momento. Espero por su bien que aparezcan pronto.

– Es evidente que se han perdido, o acaso las han robado -respondió el señor del Mal-. Eso no es culpa mía. Seguiremos buscando, es lo único que puedo hacer.

– Hágalo. -Tomapastillas asintió, pero su rostro reflejaba rabia-. Y espero que tarde o temprano aparezcan. No deje de informar a seguridad, y pídales que le den otro juego. Pero es una violación grave de las normas.

Y, acto seguido, el pequeño médico indio se volvió de golpe y se alejó sin prestar atención a nadie, excepto a un hombre que se situó ante él pero fue rechazado con un gesto. Evans se giró hacia los demás, igual de irritado.

– ¿Qué? -espetó-. ¿Qué queréis?

Su tono provocó que una mujer sollozara al instante, y un anciano negó con la cabeza antes de alejarse hablando consigo mismo, más cómodo con la conversación que podía mantener él solo que con la que habría tenido con el enfadado psicólogo.

Francis, sin embargo, dudó. Sus voces le gritaban: ¡Vete!¡Vete enseguida! Pero no lo hizo y, pasado un instante, reunió el coraje suficiente para hablar.

– ¿Podría darme un pase para salir al patio? El señor Moses va a llevar a unos cuantos pacientes al jardín esta tarde y me gustaría ir con ellos. Dijo que le parecía bien.

– ¿Quieres salir?

– Sí. Por favor.

– ¿Por qué quieres salir, Francis? ¿Qué hay en el exterior que te parece tan atractivo?

Francis no sabía si se estaba burlando o sólo bromeaba.

– Hace buen día. El primero desde hace mucho. Brilla el sol y hace calor. Aire fresco.

– ¿Y crees que es mejor que lo que se te ofrece aquí dentro?

– Yo no he dicho eso, señor Evans. Es primavera y me gustaría salir.

– Creo que tienes intención de escaparte, Francis. -El señor del Mal sacudió la cabeza-. De huir. Creo que piensas que, cuando el señor Moses esté de espaldas, podrás encaramarte por la hiedra, salvar el muro, bajar corriendo la colina más allá de la universidad y tomar un autobús que te lleve lejos de aquí. Cualquier autobús, el que sea, porque cualquier sitio es mejor que éste; eso es lo que pienso que tienes intención de hacer -aseguró con tono tenso y agresivo.

– No, no, no replicó Francis. Sólo quiero salir al patio.

– Eso es lo que dices, pero ¿cómo sé que es la verdad? ¿Cómo puedo fiarme de ti, Pajarillo? ¿Qué harás para convencerme de que me estas diciendo la verdad?

Francis no sabía cómo responder. ¿Cómo podría demostrar nadie que una promesa hecha era sincera, a no ser que fuera cumpliéndola?

– Sólo quiero salir -insistió-. No he salido desde que llegué.

– ¿Crees que mereces ese privilegio? ¿Qué has hecho para ganártelo, Francis?

– No sé. No sabía que había que ganárselo. Sólo quiero salir.

– ¿Qué te dicen tus voces, Pajarillo?

Francis dio un pasito hacia atrás, porque sus voces le estaban gritando instrucciones y consejos, distantes pero claros, para que se alejara del psicólogo rápidamente y dejara la salida al patio para otro día, pero insistió un momento más, lo que suponía un desafío poco habitual al alboroto de su interior.

– No oigo ninguna voz, señor Evans. Sólo quiero salir. Eso es todo. No quiero escaparme. No quiero tomar ningún autobús a ninguna parte. Sólo quiero respirar un poco de aire fresco.

Evans asintió con una sonrisa desdeñosa.

– No te creo -sentenció, pero sacó un pequeño bloc del bolsillo superior y escribió unas palabras-. Dale esto al señor Moses -indicó-. Permiso para salir concedido. Pero no te retrases para nuestra sesión en grupo de la tarde.

Francis encontró a Negro Chico fumando un cigarrillo en el puesto de enfermería, donde coqueteaba con la enfermera Caray y una nueva enfermera en prácticas. La llamaban Rubita porque llevaba el cabello rubio muy corto, estilo paje, lo que contrastaba con los peinados ahuecados de las demás enfermeras, que eran mayores y estaban más sujetas a las flaccideces y arrugas de la mediana edad. Rubita era joven, delgada y nervuda, con un físico juvenil bajo el uniforme blanco. Tenía la piel pálida, casi translúcida, y parecía brillar tenuemente bajo las luces del techo. Su voz era suave, difícil de oír, y se convertía en un susurro cuando estaba nerviosa, lo que, según veían los pacientes, pasaba a menudo. Los alborotos le provocaban ansiedad, en particular cuando el puesto de enfermería se llenaba a las horas en que se entregaban las medicaciones. Eran siempre momentos de tensión, con personas que se empujaban para acercarse a la ventanilla de la rejilla metálica, donde las pastillas se entregaban en vasitos de plástico con los nombres de los pacientes escritos. Le costaba conseguir que los pacientes hicieran cola, que se callaran y, sobre todo, tenía problemas cuando había empujones, lo que sucedía bastante a menudo. A Rubita se le daba mejor estar sola con un paciente, cuando su voz suave y aflautada no tenía que luchar con muchas. A Francis le caía bien porque, al menos, no era demasiado mayor que él, pero sobre todo porque su voz le resultaba tranquilizadora y le recordaba a la de su madre unos años atrás, cuando le leía por la noche. Por un momento, intentó recordar cuándo había dejado de hacerlo, porque la imagen le pareció de repente muy lejana, casi como si fuera historia en lugar de recuerdo.

– ¿Tienes el pase, Pajarillo? -preguntó Negro Chico.

– Aquí. -Se lo entregó y, al alzar los ojos, vio a Peter el Bombero por el pasillo-. ¡Peter! -llamó-. Tengo permiso para salir. ¿Por qué no le pides uno al señor del Mal y vienes tú también?

– No puedo, Pajarillo -sonrió el Bombero, y se acercó sacudiendo la cabeza-. Va contra las normas. -Miró a Negro Chico, que asintió a modo de conformidad.

– Lo siento -dijo el auxiliar-. El Bombero tiene razón. No puede.

– ¿Por qué no? -quiso saber Francis.

– Porque ésas son las condiciones-de mi estancia. No puedo cruzar ninguna puerta cerrada con llave.

– No comprendo -comentó Francis.

– Forma parte de la orden judicial que me recluye aquí-explicó el Bombero con voz teñida de pesar-. Noventa días de observación. Evaluación. Diagnóstico psicológico. Pruebas en las que me muestran una mancha de tinta y yo tengo que decir que veo a dos personas haciendo el amor. Tomapastillas y el señor del Mal preguntan, yo contesto y ellos lo anotan, y un día de éstos el asunto vuelve al tribunal. Pero no puedo cruzar ninguna puerta cerrada con llave. Todo el mundo está en una especie de cárcel, Pajarillo. La mía es más restrictiva que la tuya.

– No es nada del otro mundo, Pajarillo -añadió Negro Chico-. Aquí hay muchas personas que no salen nunca. Depende de lo que hiciste para que te trajeran aquí. Por supuesto, también hay muchos que no quieren salir, aunque podrían si lo pidieran. Sólo que nunca lo piden.

Francis lo comprendió pero no lo entendió.

– No me parece justo -aseguró mirando al Bombero.

– No creo que nadie pensara en el concepto de justicia, Pajarillo. Pero yo lo acepté, de modo que las cosas son así. Me estoy quietecito. Me reúno con Tomapastillas un par de veces a la semana. Asisto a las sesiones con el señor del Mal. Dejo que me observen. Incluso ahora, mientras estamos hablando, el señor Moses, Rubita y la señorita Caray me están observando y escuchando lo que digo, y todo lo que adviertan puede terminar en el informe que Tomapastillas remitirá al tribunal. Así que he de ir con cuidado con lo que digo porque no se sabe qué podría convertirse en el elemento clave. ¿No es cierto, señor Moses?

Negro Chico asintió. Francis lo encontró todo muy impersonal, como si el Bombero estuviera hablando sobre otro hombre, no sobre él.

– Cuando hablas así -dijo-, no pareces estar loco.

Este comentario hizo sonreír irónicamente a Peter, que al punto adoptó una expresión de chiflado y exclamó:

– ¡Oh, Dios mío! Eso es terrible. ¡Terrible! -Emitió un sonido gutural-. Entonces, debería tener más cuidado. Porque necesito estar loco.

Para un hombre que estaba siendo observado, Peter no parecía demasiado preocupado, lo que contrastaba con muchos de los paranoicos del hospital, que creían que eran observados sin cesar, cuando no era el caso. Claro que creían que los observaba el FBI, la CÍA o incluso el KGB, o extraterrestres, de modo que sus circunstancias eran muy distintas. Francis vio cómo el Bombero se marchaba hacia la sala de estar, y pensó que incluso cuando silbaba o confería un garbo exagerado a su forma de andar, sólo hacía más patente lo que le entristecía.

El sol cálido acarició la cara de Francis. Negro Grande se había unido a su hermano para dirigir la expedición, uno delante y el otro detrás, con los doce pacientes que paseaban por los terrenos del hospital en fila india. Larguirucho iba con ellos, mascullando que estaba alerta, tan atento como siempre, y también Cleo, que iba mirando el suelo y escudriñando entre los arbustos y matojos, con la esperanza de encontrar una víbora. Francis imaginaba que una simple culebra de jaretas haría las veces de serpiente a la perfección, pero no serviría para el suicidio. También iban varias mujeres mayores que caminaban muy despacio, un par de hombres mayores y tres pacientes de mediana edad, todos de la categoría desaliñada e indiferente que distinguía a quienes estaban en el hospital desde hacía años. Llevaban chancletas o zapatos, camisetas o jerséis raídos que no parecían irles bien o corresponderse, lo que era la norma del hospital. Un par de hombres exhibían una expresión huraña y enojada, como si la luz del sol que les acariciaba la cara les enfureciera de algún modo. Francis pensó que eso era lo que hacía del hospital un sitio inquietante. Un día que debería haber provocado risas relajadas inspiraba en cambio una rabia silenciosa.

Los dos auxiliares andaban sin prisas hacia la parte posterior del complejo, donde había un pequeño jardín. En una mesa de picnic que había soportado un invierno crudo, con la superficie combada y marcada por las inclemencias del tiempo, había unas cuantas cajas de semillas y un cubo rojo de playa con unas palitas dentro. Había una regadora de aluminio y una manguera conectada a un único grifo que remataba una cañería solitaria que sobresalía del suelo. En unos segundos, Negro Grande y Negro Chico tenían al grupo rastrillando y labrando la tierra con las pequeñas herramientas para prepararla para plantar. Francis se dedicó a ello unos instantes y después alzó la mirada.

Más allá del jardín había otra franja de tierra, un rectángulo largo rodeado de una vieja cerca de madera, antaño blanca pero ahora de un gris apagado. Los hierbajos crecían en forma de matas en la árida tierra. Imaginó que sería alguna clase de cementerio, porque había dos lápidas de granito desvaídas, un poco ladeadas, de modo que recordaban dientes irregulares en la boca de un niño. Y tras la cerca posterior había una hilera de árboles plantados muy juntos para formar una barrera natural y tapar una alambrada.

Echó un vistazo al hospital en sí. A su izquierda, medio tapado por una unidad, se veía la central de calefacción y suministro eléctrico, con una chimenea que soltaba una delgada columna de humo blanco al cielo azul. Ocultos bajo el suelo, en dirección a todos los edificios, había túneles con conductos de calefacción. Vio algunos cobertizos, con equipo amontonado a los lados. Los edificios restantes eran muy parecidos, de ladrillo, con hiedra y el techo de pizarra gris. La mayoría estaban diseñados para recibir pacientes, pero uno había sido convertido en residencia para las enfermeras en prácticas, y varios rediseñados dúplex donde se alojaban algunos psiquiatras residentes con sus familias. Se distinguían porque tenían juguetes esparcidos en el porche, y uno tenía un cajón de arena. Cerca del edificio de administración había asimismo una caseta de seguridad, donde los guardas del hospital fichaban al entrar y salir. El edificio de administración tenía un ala con un auditorio, donde supuso que el personal celebraba reuniones y charlas. Pero, en general, el complejo mostraba una similitud deprimente. Costaba entender qué había pretendido el arquitecto, porque los edificios seguían una disposición caprichosa que contravenía la urbanización racional. Dos estaban situados juntos, mientras que un tercero estaba orientado en otra dirección. Era casi como si los hubieran construido sin ton ni son.

La parte frontal del complejo hospitalario estaba rodeada por un alto muro de ladrillo rojo, con una elaborada verja de hierro negro en la entrada. No distinguió ningún cartel en ella, y dudaba que lo hubiera. Si uno se acercaba al hospital, ya sabía lo que era y para qué servía, de modo que un cartel habría sido una redundancia.

Contempló el muro y le pareció que debía de alcanzar entre tres y tres metros y medio de altura. A los lados y en la parte posterior del hospital, el muro se prolongaba en una alambrada oxidada en muchos puntos y coronada con alambre de espino. Además del jardín, había una zona de ejercicio y una franja pavimentada, que contenía una cesta de baloncesto en un extremo y una red de voleibol en el centro, pero ambas cosas estaban torcidas y rotas, oscurecidas debido al abandono y la falta de mantenimiento. Tampoco pudo imaginar que alguien las usara.

– ¿Qué estás mirando, Pajarillo? -preguntó Negro Chico.

– El hospital. No sabía lo grande que era.

– Ahora hay muchos pacientes, demasiados -comentó el auxiliar en voz baja-. Las unidades están abarrotadas. Las camas, apretujadas entre sí. Gente sin nada que hacer, pasando el rato en los pasillos. No hay bastantes juegos. No hay terapia suficiente. El hacinamiento no es bueno.

Francis dirigió la vista más allá de la enorme verja que había cruzado a su llegada al hospital. Estaba abierta de par en par.

– La cierran por la noche -dijo Negro Chico antes de que se lo preguntara.

– El señor Evans pensaba que intentaría escaparme -comentó Francis.

– La gente siempre piensa que eso es lo que harán las personas que están aquí. -Sacudió la cabeza con una sonrisa-. Hasta el señor del Mal. Lleva aquí un par de años y ya debería saber que no es así.

– ¿Por qué no? -preguntó Francis-. ¿Por qué no intenta huir la gente?

– Ya sabes la respuesta, Pajarillo -suspiró Negro Chico-. No es cuestión de vallas, ni de puertas cerradas con llave, aunque tenemos un montón. Hay muchas formas de tener a una persona encerrada. Piénsalo. Pero la mejor no tiene nada que ver con fármacos o cerrojos: aquí casi nadie tiene adonde ir. Si no tienes eso, no te vas. Es así de simple.

Dicho eso, se volvió para ayudar a Cleo con sus semillas. No había cavado los surcos lo bastante profundos ni lo bastante anchos. Su rostro reflejaba cierta frustración hasta que Negro Chico le recordó que cuando su tocaya entró en Roma, los sirvientes esparcieron pétalos de rosas a su paso. Eso la hizo reflexionar un momento, y luego se puso a cavar y rastrillar la tierra pedregosa con una resolución que parecía verdaderamente inquebrantable. Cleo era una mujer corpulenta, que llevaba vestidos holgados de colores vivos que ondeaban alrededor de su cuerpo y ocultaban su volumen enorme. Resollaba a menudo, fumaba demasiado y el cabello oscuro le caía despeinado sobre los hombros. Cuando caminaba, solía tambalearse de un lado a otro, como un barco a la deriva sacudido por los vientos y el mar agitado. Pero Francis sabía que se transformaba cuando cogía una pala de ping-pong: se liberaba de su tamaño entorpecedor como por arte de magia y se volvía esbelta, ágil y rápida.

Volvió a mirar la verja y a los demás pacientes, y empezó a comprender lo que Negro Chico le había dicho. Uno de los hombres mayores tenía problemas con su palita, que sacudía con fuerza con una mano temblorosa. Otro se había distraído y contemplaba un cuervo escandaloso que se había posado en un árbol cercano.

En su interior, una de sus voces repetía lo que había dicho Negro Chico, subrayando cada palabra: Nadie huye porque nadie tiene adonde ir. Y tú tampoco, Francis.

Y un coro de asentimiento.

Se sintió mareado un instante, porque allí, bajo el sol y la suave brisa primaveral, con las manos cubiertas de tierra del jardín, vio que ése podría ser su futuro. Y eso lo aterró más que cualquier otra cosa que le hubiera ocurrido hasta entonces. Comprendió que su vida era una cuerda fina y resbaladiza, y que tenía que agarrarse a ella. Era la peor sensación que hubiera tenido nunca. Sabía que estaba loco y sabía, con la misma seguridad, que no podía estarlo. Tenía que encontrar algo que lo mantuviera cuerdo. O que lo hiciera parecer cuerdo.

Inspiró con fuerza. No sería fácil.

Y, como para subrayar el problema, sus voces discutían acaloradamente en su interior. Intentó acallarlas, pero era difícil. Tardaron unos minutos en bajar el volumen, de modo que él pudiera entender lo que estaban diciendo. Francis miró a los demás pacientes y vio que dos lo observaban con atención. Debía de haber farfullado algo en voz alta al intentar imponer orden en la caótica asamblea de su interior. Pero los auxiliares no parecían haberse dado cuenta de la lucha repentina que había librado.

Sin embargo, Larguirucho sí. Trabajaba a poca distancia de Francis y se acercó a él.

– Vas a estar bien, Pajarillo -dijo, y una súbita emoción le quebró la voz-. Todos lo estaremos. Siempre y cuando estemos en guardia. Tenemos que estar alertas -prosiguió-. Y no te descuides ni un segundo. Está a nuestro alrededor y podría aparecer en cualquier momento. Tenemos que estar preparados. Como los boy scouts. Listos para cuando llegue. -Parecía más agitado y desesperado que de costumbre.

Francis creía saber de qué hablaba Larguirucho, pero entonces comprendió que podría tratarse de cualquier cosa, aunque lo más seguro era que se refiriera a una presencia satánica. Larguirucho tenía una forma de ser curiosa. Podía pasar de maníaca a casi dulce en unos segundos. En un momento dado era todo brazos y ángulos y se movía como una marioneta manejada por unas fuerzas invisibles, y acto seguido se amilanaba y su estatura lo hacía tan amenazador como una simple farola. Francis asintió, tomó un puñado de semillas de un paquete y las hundió en la tierra.

Negro Grande se incorporó y se sacudió la tierra de su uniforme blanco.

– Muy bien -dijo con alegría-. Regaremos la zona y nos iremos. -Miró a Francis y le preguntó-: ¿Qué has plantado, Pajarillo?

– Rosas -respondió el joven tras echar un vistazo al paquete de semillas-. Rojas. Muy bonitas pero difíciles de coger. Tienen espinas.

Luego, se levantó, se puso en la fila y todos regresaron al edificio. Intentó absorber y acumular todo el aire fresco que pudo porque supuso que pasaría bastante tiempo antes de volver a salir.

Fuera lo que fuese lo que había provocado que Larguirucho perdiera el poco control que tenía, persistió esa tarde en la sesión de grupo. Se reunieron, como de costumbre, en una de las salas de Amherst que recordaban a un aula, con unas veinte sillas plegables de metal gris dispuestas en círculo. A Francis le gustaba situarse donde pudiera mirar por los barrotes de la ventana si la conversación se volvía aburrida. El señor del Mal había llevado el periódico de la mañana para estimular una discusión sobre hechos de actualidad, pero sólo pareció agitar todavía más a Larguirucho. Estaba sentado frente al sitio que Francis ocupaba junto al Bombero y se le veía presa del desasosiego. El señor del Mal pidió a Noticiero que leyera los titulares del día. El paciente lo hizo de forma exagerada, subiendo y bajando la voz en cada lectura. Había pocas noticias alentadoras. La crisis de los rehenes en Irán seguía sin solución. Una protesta en San Francisco había derivado en violencia, con varias detenciones y uso de gas lacrimógeno por parte de la policía. En París y Roma, manifestantes antiamericanos habían quemado banderas y efigies del Tío Sam antes de provocar disturbios callejeros. En Londres, las autoridades habían usado cañones de agua contra manifestantes de similar cariz. El índice Dow Jones había bajado. En una cárcel de Arizona se había producido un motín que había arrojado heridos tanto entre reclusos como carceleros. En Boston, la policía seguía sin resolver varios homicidios cometidos el año anterior e informaba que carecía de nuevas pistas en los casos, que consistían en el secuestro y la violación de mujeres antes de asesinarlas. Un accidente en el que se habían visto implicados tres coches en la carretera 91, en las afueras de Greenfield, se había cobrado un par de vidas. Y un grupo ecologista había demandado a un importante empresario local por el vertido de residuos tóxicos en el río Connecticut.

Cada vez que Noticiero hacía una pausa y el señor del Mal intentaba comentar alguna de estas noticias, u otras, todas desalentadoras, Larguirucho asentía con energía y empezaba a farfullar.

– Fíjate. ¿Lo ves? ¡A eso me refiero!

Era un poco como estar en una peculiar iglesia evangelista. Evans no prestaba atención a Larguirucho y procuraba que los demás miembros del grupo participaran en una especie de conversación.

Pero el Bombero se volvió hacia Larguirucho y le preguntó:

– ¿Qué pasa, hombre?

– ¿No lo ves, Peter? -respondió Larguirucho con voz temblorosa-. ¡Hay señales por todas partes! Disturbios, odio, guerra, asesinatos… -Se dirigió a Evans-: ¿No dice nada el periódico sobre alguna hambruna?

El señor del Mal titubeó.

– Los sudaneses se enfrentan a una mala cosecha -informó Noticiero con regocijo-. La sequía y el hambre provocan una crisis de refugiados. The New York Times.

– ¿Cientos de muertos? -quiso saber Larguirucho.

– Sí. Seguro -respondió Evans-. Puede que incluso más.

– He visto las fotografías antes. -Larguirucho asintió con énfasis-. Niños pequeños con las barrigas hinchadas, las piernas como palillos y los ojos hundidos, vacíos y desesperados. Y la enfermedad, eso está siempre entre nosotros, junto con la hambruna. Ni siquiera tengo que leer el Apocalipsis con demasiada atención para reconocer lo que está pasando. Son todas señales.

Se recostó bruscamente en la silla plegable y miró por la ventana con barrotes que daba a los terrenos del hospital como si evaluara la última luz del día.

– No hay duda de que la presencia de Satán está aquí -aseguró-. Mirad todo lo que está pasando en el mundo. Malas noticias por todas partes. ¿Quién más podría ser responsable?

Dicho eso, cruzó los brazos. Respiraba con dificultad, y gotitas de sudor le perlaban la frente, como si tuviera que esforzarse mucho en controlar cada pensamiento que retumbaba en su cabeza. El resto del grupo estaba clavado en la silla, sin moverse, con la mirada fija en Larguirucho mientras éste combatía los temores que lo zarandeaban interiormente.

El señor del Mal se percató de ello y cambió de tema.

– Pasemos a la sección de deportes -sugirió. La alegría de su voz era casi insultante.

– No -replicó el Bombero con una nota de rabia-. No quiero hablar sobre béisbol o baloncesto. Creo que deberíamos hablar sobre el mundo que nos rodea. Y creo que Larguirucho ha dado con algo. Todo lo que hay al otro lado de estas puertas es terrible. Odio, muertes y asesinatos. ¿De dónde procede? ¿Quién lo hace? ¿Quién sigue siendo bueno? Quizá no sea porque Satán está aquí, como cree Larguirucho. Quizá sea porque todos nos hemos vuelto peores y ni siquiera sea necesario que él esté aquí porque nosotros hacemos su trabajo por él.

Evans lo miró con dureza.

– Creo que tu opinión es interesante -afirmó despacio. Tenía los ojos entornados y había medido las palabras para imbuirlas de una sutil frialdad-, pero exageras las cosas. Además, no veo que tenga demasiada relación con el objetivo de este grupo. Estamos aquí para explorar formas de reincorporarse a la sociedad, no razones para esconderse de ella, a pesar de que el mundo no sea como nos gustaría. Ni creo que sirva de nada que consintamos nuestros delirios o les demos crédito.

Estas últimas palabras iban dirigidas tanto a Peter como a Larguirucho.

El Bombero tenía el rostro tenso. Empezó a replicar, pero se detuvo. Larguirucho llenó ese repentino vacío.

– Si nosotros tenemos la culpa de todo lo que está pasando, entonces no hay ninguna esperanza -aseguró con voz temblorosa, al borde de las lágrimas-. Ninguna.

Lo dijo con tanta desesperación que varios de los que habían guardado silencio hasta entonces soltaron un grito apagado. Un hombre mayor empezó a sollozar y una mujer que llevaba una bata rosa arrugada, demasiado rímel en los ojos y unas zapatillas con forma de conejito, rompió en llanto.

– ¡Oh, qué triste! -exclamó-. Todo es muy triste.

Francis fijó la mirada en el psicólogo, que intentaba recuperar el control de la sesión.

– El mundo es como ha sido siempre -sentenció-. Lo que tratamos aquí es nuestra parte en él.

No fue el comentario adecuado. Larguirucho se puso de pie de un brinco y empezó a agitar los brazos sobre la cabeza, como había hecho la primera vez que Francis lo había visto.

– ¡Es así! -gritó, sobresaltando a los miembros más tímidos del grupo-. ¡El mal está en todas partes! Tenemos que encontrar el modo de mantenerlo alejado. Tenemos que unirnos. Formar comités. Formar grupos de vigilantes. ¡Tenemos que organizamos! ¡Coordinarnos! Idear un plan. Levantar defensas. Proteger los muros. ¡Tenemos que trabajar mucho para mantenerlo fuera del hospital! -Inspiró hondo y dirigió la mirada a todos los presentes.

Algunas cabezas asintieron. Tenía sentido.

– Podemos contener el mal -dijo Larguirucho-. Pero sólo si estamos alertas.

Y, con el cuerpo aún temblando debido al esfuerzo que le había costado expresar su opinión, se sentó de nuevo y volvió a cruzar los brazos para guardar silencio.

Evans fulminó con la mirada a Peter, como si él tuviera la culpa del arrebato de Larguirucho.

– A ver, Peter, cuéntanos -dijo despacio-. ¿Crees que para mantener a Satán fuera del hospital quizá deberíamos ir todos a la iglesia con regularidad?

El Bombero se puso tenso en su asiento.

– No -respondió-. No creo que…

– ¿No deberíamos rezar? ¿Ir a misa? ¿Decir un ave maría y un padrenuestro? ¿Comulgar todos los domingos? ¿No deberíamos confesar nuestros pecados de forma casi constante?

– Puede que esas cosas te hagan sentir mejor. -La voz del Bombero bajó de tono y de intensidad-. Pero no creo que…

– Oh, perdona -lo interrumpió Evans por segunda vez con una nota de cinismo-. Ir a la iglesia y asistir a cualquier tipo de actividad religiosa organizada sería impropio del Bombero, ¿verdad? Porque el Bombero tiene un problema con las iglesias, ¿no es así?

Peter se revolvió en la silla. Francis detectó en su mirada una furia desconocida.

– No son las iglesias. Es una iglesia. Y tuve un problema. Pero lo resolví, ¿recuerda, señor Evans?

Los dos hombres se miraron un instante.

– Sí -asintió Evans-. Supongo que sí. Y mira adonde te ha llevado.

Durante la cena, las cosas parecieron empeorar para Larguirucho.

Esa noche se servía pollo a la crema, que consistía en una espesa crema grisácea y poco pollo, con unos guisantes tan hervidos que cualquier posible reivindicación en el sentido de que eran una verdura se había evaporado en la olla, y unas patatas al horno que tenían la misma consistencia de las congeladas, salvo que estaban tan calientes como brasas extraídas de una hoguera. Larguirucho estaba sentado solo, en una mesa del rincón; los demás pacientes se habían apiñado en las otras mesas para dejarlo solo. Uno o dos habían intentando sentarse con él al principio de la cena, pero Larguirucho los había echado con gestos hoscos y gruñidos de perro viejo al que molestan mientras duerme.

El murmullo habitual parecía apagado, el ruido de los platos y las bandejas más tenue. Había varias mesas separadas para los pacientes de más edad, seniles que necesitaban ayuda, pero incluso la tarea de alimentarlos, o de atender a los catatónicos de mirada vacía, apenas conscientes de nada, parecía más silenciosa, más contenida. Desde donde estaba sentado, masticando con tristeza la insípida comida, Francis veía cómo todos los auxiliares del comedor lanzaban miradas a Larguirucho para vigilarlo mientras seguían atendiendo a los demás. En cierto momento apareció Tomapastillas, observó a Larguirucho unos instantes y luego habló brevemente con Evans. Antes de marcharse, escribió una receta y se la entregó a una enfermera.

Larguirucho parecía ajeno a la atención que suscitaba.

Hablaba consigo mismo y discutía mientras movía la comida por el plato y formaba con ella una masa compacta. Se bebió el vaso de agua. Hacía gestos alocados y en un par de ocasiones señaló al frente clavando el dedo índice en el aire como si acusara a alguien. Luego agachaba la cabeza, contemplaba la comida y volvía a farfullar para sí mismo.

Fue hacia los postres, unos cuadrados de gelatina de lima, cuando Larguirucho alzó por fin la vista, como si de repente fuera consciente de dónde estaba. Se volvió en la silla con una expresión de sorpresa y asombro. El pelo hirsuto, que solía caerle en delgados rizos grises sobre los hombros, parecía ahora cargado eléctricamente, como un personaje de dibujos animados que ha metido el dedo en un enchufe, salvo que en su caso no era de broma y nadie reía. Tenía los ojos muy abiertos y llenos de miedo, igual que cuando Francis lo había conocido pero multiplicado por cien, como si la pasión lo acelerara. Francis vio cómo se fijaban en Rubita, quien, cerca de donde Larguirucho estaba sentado, ayudaba a una anciana cortándole el pollo a trocitos y llevándoselos a la boca como si fuera una niña en su trona.

Larguirucho apartó hacia atrás la silla con un horrible chirrido. En el mismo movimiento, levantó un índice cadavérico y señaló a la joven enfermera en prácticas.

– ¡Tú! -bramó con furia.

Rubita lo miró confundida. Se señaló a sí misma y con los labios formó la palabra «¿Yo?». No se movió de su sitio. Francis creyó que podía deberse a su escasa formación. Cualquier veterano del hospital habría reaccionado más deprisa.

– ¡Tú! -gritó Larguirucho de nuevo-. ¡Tienes que ser tú!

Del otro lado del comedor, Negro Chico y su hermano intentaron acercarse deprisa. Pero las hileras de mesas y sillas y la cantidad de pacientes obstaculizaban su avance. Rubita se puso de pie mirando a Larguirucho, que se dirigía hacia ella con rapidez, con el índice acusador señalándola. La enfermera retrocedió un paso hacia la pared.

– ¡Eres tú, lo sé! -gritó- ¡Tú eres nueva! ¡Eres la única que no ha sido comprobada! ¡Eres tú! ¡Tienes que serlo! ¡La encarnación del mal! Te dejamos entrar. ¡Vete! ¡Vete! ¡Tened todos cuidado! ¡No sabemos qué podría hacer!

Sus advertencias frenéticas daban a entender a los demás pacientes que Rubita estaba enferma o era peligrosa. Todos retrocedieron asustados.

Rubita reculó más y levantó una mano. Francis pudo ver pánico en sus ojos cuando el anciano se lanzaba hacia ella aleteando los brazos.

– ¡No os preocupéis! -gritó con voz aguda y furiosa mientras hacía señas para que todo el mundo se alejara-. ¡Yo os protegeré!

Negro Grande apartaba mesas y sillas a su paso, y Negro Chico saltó por encima de un paciente que se había arrodillado, aterrado. Francis vio cómo el señor del Mal se dirigía hacia ellos, y la señorita Caray avanzaba también junto con otra enfermera entre los pacientes que se apiñaban sin saber si huir u observar.

– ¡Eres tú! -bramó Larguirucho acorralando a la joven enfermera.

– ¡No! -chilló Rubita con su voz aguda.

– ¡Si lo eres!

– ¡Larguirucho! ¡Detente! -gritó Negro Chico. Su hermano se acercaba deprisa con una expresión resuelta.

– ¡No soy yo, no soy yo! -dijo Rubita, que, encogida de miedo, se deslizó pared abajo.

Y entonces, con Negro Grande y el señor del Mal aún a metros de distancia, se produjo un súbito silencio. Larguirucho se estiró como si fuera a abalanzarse sobre Rubita. Francis oyó cómo el Bombero gritaba, aunque no estaba seguro desde dónde.

– ¡No, Larguirucho! ¡Detente ahora mismo!

Y, para sorpresa de Francis, Larguirucho obedeció.

Miró a Rubita con ojos socarrones, casi como si inspeccionara el resultado de un experimento fallido. Su rostro adoptó una expresión de curiosidad. Contempló a Rubita ya más sereno y, casi con educación, le preguntó:

– ¿Estás segura?

– Sí, sí, sí-dijo la enfermera-. Estoy segura.

– Me siento confundido -repuso él con abatimiento y sin dejar de mirarla atentamente. Era un desinflamiento instantáneo. Un segundo atrás era una fuerza vengadora, preparada para atacar, y un instante después era como un niño, empequeñecido, asaltado por un mar de dudas.

En ese momento, Negro Grande llegó por fin junto a Larguirucho. Le sujetó con rudeza los brazos y se los colocó a la espalda.

– ¿Qué coño estás haciendo? -preguntó enfadado.

Negro Chico se situó entre el paciente y la enfermera en prácticas.

– ¡Atrás! -ordenó, y su enorme hermano tiró de Larguirucho.

– Quizá me he equivocado -se excusó Larguirucho a la vez que sacudía la cabeza-. Parecía tan evidente al principio. Luego cambió. De repente cambió. Ahora no estoy seguro. -Volvió la cabeza hacia Negro Grande estirando su cuello largo como el de un avestruz. La duda y la tristeza teñían su voz-: Creí que era ella. Tenía que serlo. Es la más nueva. No lleva aquí demasiado tiempo. Seguro que es alguien recién llegado. Debemos tener mucho cuidado para no dejar que el mal entre en este hospital. Debemos estar atentos todo el rato. Alerta sin cesar. Lo siento -se disculpó mientras Rubita se ponía en pie y procuraba recobrar la calma-. Estaba tan seguro… Ahora ya no lo estoy tanto -añadió con frialdad y la miró con los ojos entornados-. Podría serlo. Podría estar mintiendo. Los esbirros de Satán son especialistas en mentir. Son unos impostores. Para ellos es fácil hacer que alguien parezca inocente cuando en realidad no lo es.

Rubita se alejó sin apartar unos ojos recelosos del sitio donde Negro Grande sujetaba a Larguirucho.

– Encárguese de que le administren un sedante esta noche -ordenó Evans a Negro Chico-. Cincuenta miligramos de Nembutal, por vía intravenosa, a la hora de la medicación. Quizá debería pasar la noche en aislamiento.

Larguirucho seguía observando a Rubita. Cuando oyó la palabra «aislamiento», se volvió hacia el señor del Mal y sacudió la cabeza vehementemente.

– No, no -soltó-. Estoy bien. De verdad. Sólo hacía mi trabajo. No causaré problemas, lo prometo… -Su voz se fue apagando.

– Ya veremos -dijo Evans-. A ver cómo responde al sedante.

– Estaré bien -insistió Larguirucho-. De verdad. No causaré ningún problema. Ninguno. No me pongan en aislamiento, por favor.

– Puede tomarse un descanso -indicó Evans a Rubita, pero la esbelta enfermera sacudió la cabeza.

– Estoy bien -respondió imprimiendo cierto valor a sus palabras, y prosiguió alimentando a la anciana en la silla de ruedas.

Francis observó que Larguirucho seguía con los ojos puestos en Rubita, y su mirada fija reflejaba lo que interpretó como incertidumbre. Más adelante comprendería que podría haber sido algo muy diferente.

La aglomeración habitual empujó y se quejó esa noche a la hora de la medicación. Rubita estaba en el puesto de enfermería y quiso ayudar a distribuir las pastillas, pero las otras enfermeras, mayores y más expertas, se encargaron de ello. Varias voces subieron de tono para quejarse y un hombre rompió a llorar cuando otro lo apartó de un empujón, pero Francis tuvo la impresión de que el incidente de la cena había dejado a casi todos si no mudos, por lo menos calmados. Pensó que el hospital era una cuestión de equilibrios. Los medicamentos equilibraban la locura; la edad y la reclusión equilibraban la energía y las ideas. Todos los pacientes aceptaban cierta rutina que limitaba, definía y reglamentaba el espacio y la acción. Incluso los esporádicos empujones y discusiones a la hora de la medicación formaban parte de un elaborado minué demencial, tan codificado como un baile barroco.

Larguirucho apareció acompañado de Negro Grande. Sacudía la cabeza y Francis lo oyó quejarse.

– Estoy bien. No necesito nada extra para tranquilizarme -decía-. Estoy bien.

Pero Negro Grande había perdido su habitual expresión complaciente.

– Tienes que facilitarnos las cosas, Larguirucho -le dijo-, o tendremos que ponerte una camisa de fuerza y encerrarte toda la noche en aislamiento. Así que inspira hondo, súbete la manga y no te resistas.

Larguirucho asintió aunque Francis vio que miraba con recelo a Rubita, que trabajaba en la parte posterior del puesto de enfermería. Fueran cuales fuesen las dudas que Larguirucho tenía sobre la identidad de Rubita, Francis supo que ni la medicación ni la persuasión las había disipado. Parecía temblar de ansiedad de pies a cabeza, pero no opuso resistencia a la enfermera Huesos, que se acercó a él con una hipodérmica que goteaba fármaco y le frotó el brazo con alcohol antes de clavarle la aguja. Francis pensó que debía de doler, pero Larguirucho no mostró signos de ello. Lanzó una última mirada a Rubita antes de que Negro Grande se lo llevara hacia el dormitorio.

5

El tráfico nocturno había aumentado frente a mi piso. Oía el ruido de los camiones diesel, algún que otro claxon de coche y el rumor constante de los neumáticos. La noche cae despacio en verano, cuando se insinúa como un mal pensamiento en una ocasión feliz. Unas sombras irregulares llegan primero a los callejones y empiezan a recorrer despacio patios y aceras, a subir por las paredes de los edificios y a deslizarse como una serpiente a través de las ventanas, o se aferran a las ramas de los árboles hasta que, por fin, se impone la oscuridad. A menudo he pensado que la locura es un poco como la noche, debido a las distintas formas en que se extendió durante varios años por mi corazón y mi mente, unas veces con dureza o rapidez, otras con lentitud y sutileza, de modo que apenas era consciente de que estaba dominándome.

¿Había conocido alguna vez una noche más oscura que aquella en el Hospital Estatal Western?, me pregunté. ¿O una noche más llena de locura?

Fui al fregadero, llené un vaso de agua, tomé un trago y pensé: He omitido el hedor. Era una combinación de excrementos luchando contra productos de limpieza sin diluir. La peste de la orina frente al olor del desinfectante. Como los niños pequeños, muchos pacientes ancianos y seniles no controlaban los intestinos, de modo que el hospital apestaba a percances. Para combatirlo, todos los pasillos tenían por lo menos dos trasteros provistos de trapos, fregonas, cubos y potentes agentes limpiadores químicos. A veces parecía haber siempre alguien fregando el suelo en algún sitio. Los productos con lejía eran muy potentes, te escocían los ojos cuando tocaban el suelo de linóleo y dificultaban la respiración, como si algo se te clavara en los pulmones.

Costaba prever cuándo se producirían esos percances. Supongo que en un mundo normal podrían identificarse las tensiones o los temores capaces de provocar una pérdida de control a una persona anciana, y adoptar medidas para reducirlos. Exigiría un poco de lógica, sensibilidad y cierta planificación y previsión. Nada extraordinario. Pero en el hospital, donde todas las tensiones y los temores eran tan imprevistos y surgían de pensamientos tan incoherentes, era prácticamente imposible anticiparlos e impedirlos.

Así que, en lugar de eso, teníamos cubos y limpiadores potentes.

Y, dada la frecuencia con que las enfermeras y los auxiliares tenían que usarlos, los trasteros no solían estar cerrados con llave. Se suponía que tenían que estarlo, claro, pero como muchas otras cosas en el Hospital Estatal Western, la realidad de las normas se doblegaba ante la práctica que imponía la locura.

¿Qué más recordaba de esa noche? ¿Llovía? ¿Soplaba el viento?

Sí recordaba los sonidos.

En el edificio Amherst había casi trescientos pacientes agrupados en un centro concebido en principio para una tercera parte de esa cantidad. Cualquier noche podían trasladar a varios a una de esas celdas de aislamiento de la cuarta planta con las que habían amenazado a Larguirucho. Las camas estaban pegadas unas a otras, de modo que sólo unos centímetros separaban a un paciente del siguiente. A lo largo de una pared del dormitorio había unas cuantas ventanas mugrientas. Tenían barrotes y proporcionaban poca ventilación, aunque los hombres en las camas situadas bajo ellas solían cerrarlas bien porque temían lo que pudiese haber al otro lado.

La noche era una sinfonía de aflicción.

Los ronquidos, las toses y los gorgoteos se mezclaban con las pesadillas. Los pacientes hablaban en sueños con familiares y amigos que no estaban ahí, con dioses que ignoraban sus oraciones, con demonios que los atormentaban. Gritaban sin cesar, y pasaban llorando las horas de mayor oscuridad. Todo el mundo dormía, pero nadie descansaba.

Estábamos encerrados con toda la soledad que trae la noche.

Quizá fuera la luz de la luna que se colaba entre los barrotes de las ventanas lo que me mantuvo esa noche entre el sueño y la vigilia. Quizá seguía estando nervioso por lo ocurrido durante el día. Quizá mis voces estaban inquietas. He pensado muchas veces en ello, porque todavía no estoy seguro de lo que me mantuvo en ese incómodo estadio entre la vigilancia y la inconsciencia. Peter gemía en sueños y se revolvía en la cama, junto a la mía. La noche era difícil para él. De día podía mostrar una actitud razonable que parecía impropia del hospital, pero por la noche algo le roía por dentro. Y mientras yo iba y venía entre esos estados de ansiedad, recuerdo haber visto a Larguirucho, a unas camas de distancia, sentado en la posición del loto como un indio americano en un consejo tribal, mirando hacia el otro lado del dormitorio. Recuerdo haber pensado que el tranquilizante que le habían dado no le había hecho efecto, porque lo normal era que lo hubiera sumido en un sueño tranquilo. Pero los impulsos que antes lo habían desquiciado vencían con facilidad al tranquilizante y, en lugar de eso, estaba sentado farfullando y gesticulando con las manos como un director que no logra que la orquesta toque al compás adecuado.

Así es como lo recordaba de esa noche, hasta el momento en que una mano en el hombro me sacudió para despertarme. Ése fue el momento, así que tenía que empezar ahí.

Por lo tanto, tomé el lápiz y escribí:

Francis dormía a trompicones hasta que lo despertó una sacudida insistente que pareció alejarlo de algún lugar agitado y le recordó al instante dónde estaba. Abrió los ojos, pero antes de que se le adaptaran a la oscuridad oyó la voz de Larguirucho que le susurraba con suavidad pero con energía, lleno de placer y entusiasmo infantil: «Estamos a salvo, Pajarillo. ¡Estamos a salvo!»

Francis dormía a trompicones hasta que lo despertó una sacudida insistente que pareció alejarlo de algún lugar agitado y le recordó al instante dónde estaba. Abrió los ojos, pero antes de que se le adaptaran a la oscuridad oyó la voz de Larguirucho que le susurraba con suavidad pero con energía, lleno de placer y entusiasmo infantil:

– Estamos a salvo, Pajarillo. ¡Estamos a salvo!

Su figura le recordó a un dinosaurio alado posado al borde de la cama. A la luz de la luna que se filtraba por la ventana, Francis distinguió una extraña expresión de alegría y alivio en su rostro.

– ¿De qué estamos a salvo? -quiso saber, aunque en cuanto hizo la pregunta se dio cuenta de que conocía la respuesta.

– Del mal -respondió Larguirucho, y se rodeó el cuerpo con los brazos. Luego hizo un segundo movimiento y levantó la mano izquierda para cubrirse la frente, como si la presión de la palma y los dedos pudiera contener los pensamientos y las ideas que le surgían con desenfreno.

Cuando se apartó la mano de la frente, Francis tuvo la impresión de que le había quedado una marca, casi como de hollín. No era fácil distinguir nada a la luz tenue que había en la habitación. Larguirucho también debió de notar algo, porque de repente se miró los dedos con gesto burlón.

– ¡Larguirucho! -susurró Francis, que se había incorporado en la cama-. ¿Qué ha pasado?

Antes de que él pudiera responder, Francis oyó un siseo. Era Peter, que se había despertado y se inclinaba hacia ellos.

– ¡Dínoslo, Larguirucho! ¿Qué ha pasado? -pidió Peter con la voz queda-. Pero no hagas ruido. No despiertes a nadie más.

Larguirucho asintió con la cabeza. Pero sus palabras se precipitaron de forma entusiasta, casi dichosa. Rezumaban alivio y liberación.

– Ha sido una visión, Peter. Tiene que haber sido un ángel que me ha sido enviado. Esta visión vino a mi lado, Pajarillo, para decirme…

– ¿Para decirte qué? -susurró Francis.

– Para decirme que tenía razón. Desde el principio. El mal había intentado llegar hasta nosotros, Pajarillo. La encarnación del mal estaba aquí, en el hospital, a nuestro lado. Pero ha sido destruida y ahora estamos a salvo. -Exhaló despacio y añadió-: Gracias a Dios.

Francis no sabía cómo interpretar aquello pero el Bombero se sentó al lado del hombre alto.

– ¿Esa visión estuvo aquí? ¿En esta habitación? -le preguntó.

– Junto a mi cama. Nos abrazamos como hermanos.

– ¿La visión te tocó?

– Sí. Era tan real como tú o como yo, Peter. Notaba su vida junto a la mía. Como si nuestros corazones latieran al unísono. Excepto que también era mágica, Pajarillo.

El Bombero asintió. Luego, alargó la mano despacio y tocó la frente de Larguirucho, donde seguían las marcas de hollín. Peter se frotó los dedos.

– ¿Viste que la visión entrara por la puerta, o cayó de arriba? -preguntó, y señaló hacia la puerta del dormitorio y luego hacia el techo.

– No. -Larguirucho sacudió la cabeza-. Llegó sin más. En un segundo estaba junto a mi cama. Parecía bañada de luz, como si procediera del cielo. Pero no pude verle la cara. Casi como si estuviera envuelta en un velo. Tiene que haber sido un ángel -comentó-. Imagina, Pajarillo, un ángel aquí. Aquí, en esta habitación. En nuestro hospital. Para protegernos.

Francis no dijo nada, pero Peter asintió con la cabeza. Se llevó los dedos a la nariz y se los olió. Francis tuvo la impresión de que se sorprendía. El Bombero hizo una pausa y echó un vistazo alrededor de la habitación. A continuación pronunció unas palabras autoritarias en voz baja, como órdenes de un mando militar cuando el enemigo está cerca y el peligro se esconde detrás de cada sombra.

– Larguirucho, vuelve a la cama y espera a que Pajarillo y yo regresemos. No digas nada a nadie. Silencio absoluto, ¿entendido?

Larguirucho fue a replicar pero vaciló.

– De acuerdo -dijo-. Pero estamos a salvo. Estamos todos a salvo. ¿No crees que los demás querrán saberlo?

– Vamos a asegurarnos antes de ilusionarlos -repuso Peter. Eso pareció tener sentido para Larguirucho, porque asintió, se levantó y regresó a su cama. Cuando llegó, se volvió y se llevó el dedo índice a los labios haciendo la señal de silencio.

– Ven conmigo, Pajarillo -susurró Peter después de sonreír a Larguirucho-. ¡Y no hagas ruido! -Cada palabra parecía poseer una tensión indefinida que Francis no acababa de entender.

Sin mirar atrás, el Bombero avanzó con cautela entre las camas, moviéndose sigiloso por el reducido espacio que separaba a los hombres dormidos. Pasó junto al baño, donde un haz de luz sobresalía por debajo de la puerta. Algunos hombres se movieron y uno pareció querer levantarse cuando pasaron junto a su cama, pero Peter se limitó a pedirle que guardara silencio, y el hombre emitió un gemido, se giró y volvió a dormirse.

Cuando llegó a la puerta, miró atrás y vio a Larguirucho, sentado de nuevo en la cama en la posición del loto. Éste los vio y los saludó con la mano.

Peter alargó la mano hacia el pomo.

– Está cerrada con llave -indicó Francis-. Cierran todas las noches.

– Esta noche no -replicó Peter. Y, para probarlo, giró el pomo. La puerta se abrió con un ligero crujido-. Vamos, Pajarillo.

El pasillo estaba a oscuras durante la noche, con sólo alguna que otra lámpara tenue que lanzaba reducidos arcos de luz al suelo. El silencio desconcertó momentáneamente a Francis. Por lo general, los pasillos del edificio Amherst estaban abarrotados de gente sentada, de pie, caminando, fumando, hablando consigo misma, hablando con gente que no estaba ahí o incluso hablando entre sí. Los pasillos eran como las venas del hospital, sin cesar bombeaban sangre y energía a cada órgano importante. Nunca los había visto vacíos. La sensación de estar solo en el pasillo resultaba inquietante. El Bombero, sin embargo, no parecía preocupado. Miraba pasillo adelante, hacia donde una lámpara de escritorio emitía un tenue brillo amarillo en el puesto de enfermería. Desde donde estaban, el puesto parecía vacío.

Peter dio un paso y bajó la mirada al suelo. Hincó una rodilla y tocó con cuidado una mancha oscura, como había hecho con el hollín en la frente de Larguirucho. De nuevo, se llevó el dedo a la nariz. Entonces, sin decir palabra, indicó a Francis que se fijara.

El joven no estaba seguro de lo que se suponía que tenía que ver, pero prestó atención. Los dos siguieron avanzando hacia el puesto de enfermería, pero se detuvieron frente a uno de los trasteros.

Francis escudriñó el puesto y vio que estaba realmente vacío. Eso lo confundió porque daba por sentado que había por lo menos una enfermera de guardia las veinticuatro horas del día. El Bombero contemplaba el suelo delante de la puerta del trastero. Señaló una mancha grande en el linóleo.

– ¿Qué es? -quiso saber Francis.

– El mayor problema que puedes encontrarte en tu vida -suspiró Peter-. Haya lo que haya detrás de esta puerta, no grites. Sobre todo, no grites. Muérdete la lengua y no digas una palabra. Y no toques nada. ¿Puedes hacerlo por mí, Pajarillo? ¿Puedo contar contigo?

Francis gruñó que sí, lo que le resultó difícil. Notaba cómo la sangre le bombeaba en el pecho, le retumbaba en los oídos, llena de adrenalina y ansiedad. En ese instante, se percató de que no había oído ni una palabra de sus voces interiores desde que Larguirucho lo había despertado.

Peter se acercó a la puerta del trastero. Se envolvió la mano con la camiseta para sujetar el pomo. Y entonces abrió despacio la puerta.

El cuarto estaba a oscuras. Peter entró con cautela y acercó la mano al interruptor de la pared.

La luz repentina fue como una estocada.

El brilló cegó a Francis un segundo, puede que menos. Oyó a Peter proferir un juramento.

Francis se inclinó para ver por encima del hombro de su amigo. Y soltó un grito ahogado a la vez que el miedo lo sacudía como un viento huracanado. Retrocedió un paso atrás, sintiendo que el aire que inspiraba le quemaba. Intentó decir algo, pero incluso «Oh, Dios mío» le salió como un gemido gutural.

En el suelo, en el centro del trastero, yacía Rubita. O la persona que había sido Rubita.

Estaba casi desnuda. Le habían arrancado el uniforme de enfermera y lo habían arrojado en un rincón. Todavía llevaba puesta la ropa interior, pero estaba fuera de sitio, de modo que le quedaban al descubierto los pechos y el sexo. Estaba tumbada de costado, casi acurrucada en posición fetal, salvo que tenía una pierna doblada y la otra extendida, con un gran charco de sangre granate bajo la cabeza y el tórax. Unos hilos rojos le resbalaban por la pálida piel. Tenía un brazo metido debajo del cuerpo y el otro extendido, como una persona que saluda a alguien que está lejos. Tenía el cabello apelmazado, casi mojado, y gran parte de la piel le brillaba de modo extraño a la luz de la bombilla desnuda. Cerca, había un cubo con materiales de limpieza volcado, y el olor de líquido limpiador y desinfectante era abrumador. Peter se agachó sobre el cuerpo, pero no llegó a tomarle el pulso porque tanto él como Francis vieron que Rubita había sido degollada. La herida roja y negra, larga y abierta, debió de acabar con su vida en unos segundos. Salieron de nuevo al pasillo. Peter inspiró despacio y exhaló del mismo modo, con un ligero silbido cuando el aire le pasó entre los dientes apretados.

– Mira con atención, Pajarillo -dijo-. Míralo todo con atención. Trata de recordar todo lo que veas esta noche. ¿Podrás hacer eso por mí, Pajarillo? ¿Ser el segundo par de ojos que lo capta y lo registra todo?

Francis asintió despacio. Peter volvió a entrar en el almacén y empezó a señalar cosas en silencio. Primero, el corte que marcaba cruelmente el cuello de Rubita, después el cubo volcado y las ropas arrancadas y tiradas al suelo. Señaló unas líneas de sangre en la frente de Rubita, eran paralelas y descendían hacia los ojos. Francis no pudo imaginar cómo se habrían producido. Tras indicar las marcas, Peter empezó a moverse con cuidado por el reducido espacio mientras señalaba con el índice cada cuadrante de la habitación, cada elemento del escenario, como un profesor que indica con un puntero una pizarra para captar la atención de unos alumnos cortos de entendederas.

Francis lo vio todo, y lo grabó en su memoria como un ayudante de fotógrafo.

Peter se detuvo al indicar la mano de Rubita. Francis vio de repente que a cuatro dedos le faltaban las falanges, como si se las hubieran cortado y llevado. Contempló la mutilación respirando de modo espasmódico.

– ¿Qué ves, Pajarillo? -preguntó por fin el Bombero.

– Veo a Rubita -respondió sin apartar la mirada del cadáver-. Pobre Larguirucho. Pobre, pobre Larguirucho. Debió de estar absolutamente convencido de que mataba a la encarnación del mal.

– ¿Crees que Larguirucho hizo esto? -replicó Peter a la vez que sacudía la cabeza-. Míralo mejor -pidió-. Y dime qué ves.

Francis observó de forma casi hipnótica el cadáver. Se fijó en el rostro de la joven y sintió una mezcla de terror y agitación. Se dio cuenta de que era la primera vez que veía a alguien muerto, por lo menos de cerca. Recordaba haber asistido al funeral de su tía abuela cuando era pequeño, y cómo su madre lo había tomado con fuerza de la mano y lo había hecho pasar junto a un ataúd abierto mientras le murmuraba todo el rato que no dijera ni hiciera nada y que se comportara, porque temía que él llamara la atención haciendo algo inadecuado. Pero no lo hizo, y tampoco vio a la tía abuela en el ataúd. Lo único que recordaba era un perfil de porcelana blanca, visto sólo un momento, como algo fugaz a través de la ventanilla de un coche en marcha. No creyó que fuera lo mismo. Lo que veía de Rubita era muy diferente. Comprendió que era la peor cara de la muerte.

– Veo muerte -susurró.

– Sí-asintió Peter-. Muerte. Y desagradable, además. Pero ¿sabes qué más veo yo? -Habló despacio, como si midiera cada palabra.

– ¿Qué?

– Veo un mensaje -respondió el Bombero. Y, con una sensación casi apabullante de tristeza, añadió-: Y nadie ha matado a la encarnación del mal. Está aquí, entre nosotros, tan viva como tú o como yo. -Salió otra vez al pasillo y concluyó en voz baja-: Ahora tenemos que pedir ayuda.

6

A veces sueño con lo que vi.

A veces me doy cuenta de que ya no estoy soñando, sino despierto, tienes un recuerdo grabado como el contorno protuberante de un fósil en mi pasado, lo que es mucho peor. Todavía veo a Rubita en mi imaginación, con total perfección, como en una de las fotografías que la policía tomó esa noche. Pero sospecho que los fotógrafos policiales no eran tan artistas como mi memoria. Recuerdo su forma como la imagen vivida pero realistamente inexacta del martirio de un santo por un pintor renacentista menor.

Lo que recuerdo es esto… Su piel era blanca como la porcelana y perfectamente clara, su rostro exhibía una expresión de reposo beatífico. Lo único que le faltaba era un halo alrededor de la cabeza. La muerte apenas más que una molestia, un mero dolor momentáneo, algo desagradable e incómodo, en el camino inevitable, delicioso y glorioso hacia el cielo. Por supuesto, en realidad (que es una palabra que he aprendido a usar con la menor frecuencia posible) no era nada de eso. Tenía la piel manchada de sangre oscura, le habían arrancado la ropa, el corte en la garganta se abría como una sonrisa burlona, tenía los ojos desorbitados y la cara contorsionada de susto e incredulidad. Una gárgola de la muerte. El asesinato en su aspecto más espantoso. Esa noche, me alejé de la puerta del trastero presa de numerosos temores inquietantes. Estar tan cerca de la violencia es igual a que te pasen de golpe papel de lija por el corazón.

No sabía demasiado sobre su vida. La iba a conocer mucho mejor muerta.

Cuando Peter el Bombero se alejó del cuerpo y la sangre, y de todos los indicios grandes y pequeños del asesinato, yo no tenía idea de lo que iba a pasar. El debía de saberlo de forma mucho más precisa, porque enseguida me advirtió de nuevo que no tocara nada, que mantuviera las manos en los bolsillos y no dijera lo que pensaba.

– Pajarillo -me dijo-, de aquí a un rato empezarán a hacer preguntas. Preguntas muy desagradables. Pueden decir que sólo quieren información pero, hazme caso, sólo quieren ayudarse a sí mismos. Da respuestas cortas y concisas, y limítate a hablar de lo que has visto y oído esta noche. ¿Lo has entendido?

– Sí-contesté, aunque no sabía muy bien a qué estaba accediendo-. Pobre Larguirucho -repetí.

– Sí, pobre Larguirucho -asintió el Bombero-. Pero no por los motivos que crees. Al final verá a la encarnación del mal de cerca y en persona. Quizá todos lo hagamos.

Recorrimos el pasillo hacia el puesto de enfermería vacío. Nuestros pies desnudos apenas hacían ruido. La puerta metálica que debería haber estado cerrada, estaba abierta de par en par. Había papeles esparcidos por el suelo. Podían haber caído de la mesa simplemente porque alguien se movió demasiado de prisa, o podían haber ido a parar al suelo en medio de una breve pelea. Era difícil de adivinar. No había más indicios de que ahí hubiera ocurrido algo. El armario cerrado con llave que contenía los medicamentos estaba abierto, y en el suelo había unos cuantos recipientes de plástico para las pastillas. Además, el macizo teléfono negro de las enfermeras estaba descolgado. Peter señaló ambas cosas, como había hecho antes cuando examinaba el trastero. Después puso el auricular en su sitio. Acto seguido, volvió a levantarlo para obtener línea y pulsó el cero para hablar con la seguridad del hospital.

– ¿Seguridad? Ha habido un incidente en Amherst -anunció-. Será mejor que vengan deprisa.

Colgó de golpe y esperó de nuevo el tono de línea. Esta vez marcó el número de la policía.

– Buenas noches -dijo con calma un momento después-. Llamo para informarles de que se ha cometido un homicidio en el edificio Amherst del Hospital Estatal Western, en la zona adyacente al puesto de enfermería de la planta baja. -Hizo una pausa y añadió-: No, no voy a darle mi nombre. Le he dicho todo lo que necesita saber en este momento: el tipo de incidente y la ubicación. El resto les resultará evidente cuando lleguen aquí. Necesitarán miembros de la policía científica, detectives y el juez de instrucción del condado. Y creo que deberían darse prisa.

Colgó, se volvió hacia mí y, con cierta ironía y quizás algo más que interés, afirmó:

– Las cosas se van a poner muy emocionantes.

Eso es lo que recuerdo. En la pared, escribí:

Francis no tenía idea del alcance del caos que iba a desencadenarse como un trueno al final de una calurosa tarde de verano…

Francis no tenía idea del alcance del caos que iba a desencadenarse como un trueno al final de una calurosa tarde de verano. Lo más cerca que había estado de un crimen hasta entonces había sido cuando todas sus voces le habían gritado al unísono y su mundo se había vuelto patas arriba, y había estallado y amenazado a sus padres y hermanas, y finalmente a sí mismo, con el cuchillo de cocina, lo que lo había llevado al hospital. Trató de pensar en lo que había visto y en su significado. Fue consciente de que sus voces hablaban de un modo apagado pero nervioso. Palabras, todas ellas, de miedo. Echó un vistazo a su alrededor con los ojos desorbitados y se preguntó si no debería regresar a la cama y esperar, pero no podía moverse. Los músculos parecían agarrotados y se sintió como alguien atrapado en una fuerte corriente, arrastrado de modo inexorable. Peter y él esperaron en el puesto de enfermería y, a los pocos segundos, oyeron pasos apresurados y llaves en la puerta principal. Pasado un instante, la puerta se abrió y dos guardias de seguridad irrumpieron en la planta. Ambos llevaban una linterna y una larga porra negra. Vestían uniformes de un gris niebla. Recortados un instante contra el umbral, los dos hombres parecieron fundirse con la tenue luz del pasillo. Se acercaron deprisa hacia ellos.

– ¿Por qué estáis fuera del dormitorio? -preguntó el primer guardia al tiempo que blandía la porra-. No deberíais estar aquí -añadió de forma innecesaria, antes de preguntar-: ¿Dónde está la enfermera?

El otro guardia se había situado en una posición de apoyo, preparado para intervenir si Francis y Peter el Bombero creaban problemas.

– ¿Habéis llamado vosotros a seguridad? -preguntó con brusquedad. Y a continuación repitió la misma pregunta que su compañero-: ¿Dónde está la enfermera?

– Ahí-contestó Peter, y señaló el trastero con el pulgar.

El primer guardia, un hombre corpulento con la cabeza rapada como los marines y una papada que le colgaba en pliegues adiposos sobre un cuello de camisa demasiado ajustado, apuntó a Francis y Peter con la porra.

– No os mováis, ¿entendido? -Se volvió hacia su compañero y le instruyó-: Si intentan alguna jugarreta, dales caña.

Su compañero, un hombre enjuto y menudo con una sonrisa torcida, sacó del cinturón una lata de spray defensivo Mace. El fornido se marchó con rapidez pasillo adelante, resollando un poco. Llevaba una linterna en la mano izquierda y la porra en la derecha. El haz de luz dibujaba rodajas que se movían por el pasillo gris a medida que él avanzaba. Francis vio que abría la puerta del trastero con brusquedad.

Se quedó un instante inmóvil con la mandíbula desencajada. Luego, soltó un gruñido y retrocedió tambaleante unos segundos después de que la linterna iluminara el cadáver de la enfermera.

– ¡Dios mío! -exclamó y, casi con la misma rapidez, entró en el trastero. Desde donde estaban, vieron cómo ponía la mano en el hombro de Rubita y la giraba para intentar buscarle el pulso.

– No haga eso -advirtió Peter en voz baja-. Está destruyendo pruebas.

El guardia menudo había palidecido, aunque todavía no había visto del todo el alcance de la tragedia.

– ¡Callaos, pirados de mierda! -ordenó con voz chillona y llena de ansiedad-. ¡Callaos!

El corpulento retrocedió de nuevo y se volvió con los ojos desorbitados hacia Francis y Peter. Mascullaba juramentos.

– ¡No os mováis! ¡Quietos los dos, joder! -ordenó con furia.

Al acercarse hacia ellos, resbaló en uno de los charcos de sangre que Peter había esquivado con tanto cuidado. Luego, agarró a Francis por el brazo y le dio la vuelta para estamparle la cara contra la rejilla metálica del puesto de enfermería. Casi en el mismo movimiento, le golpeó las corvas con la porra, lo que le hizo tambalearse y caer de rodillas. Un dolor parecido a una explosión de fósforo blanco le nubló la vista, y soltó un grito ahogado antes de inspirar un aire que parecía cargado de agujas. Vio borroso un momento y creyó que iba a perder el conocimiento. Pero cuando recuperó el aliento, el impacto del golpe se desvaneció y dejó un mero dolor sordo y punzante. El guardia menudo siguió el ejemplo de su compañero: giró a Peter y le atizó con la porra en los riñones, lo que tuvo el mismo efecto, de modo que cayó de rodillas y resollando. Los esposaron a ambos de inmediato y los tumbaron en el suelo. Francis notó el olor desagradable del desinfectante que se usaba para fregar el pasillo.

– Pirados de mierda -repitió el guardia menudo, y entró en el puesto de enfermería. Marcó un número, esperó un momento y dijo-: Doctor, soy Maxwell, de seguridad. Tenemos un problema grave en Amherst. Debería venir enseguida. -Dudó un instante y anunció, sin duda como respuesta a una pregunta-: Un par de pacientes han matado a una enfermera.

– ¡Oiga! -se quejó Francis-. Nosotros no hemos… -Pero su desmentido se vio interrumpido por una patada que el guardia corpulento le arreó en el muslo. Guardó silencio y se mordió el labio. Tal como estaba, no podía ver a Peter. Quería girarse en esa dirección, pero no deseaba recibir otra patada, así que no se movió.

Y entonces se oyó una sirena que rasgaba la noche y aumentaba de volumen a cada segundo. Era atronadora cuando se detuvo frente a Amherst y se desvaneció como un mal pensamiento.

– ¿Quién ha llamado a la policía? -preguntó el guardia menudo.

– Nosotros -respondió Peter.

– Mierda -dijo el guardia, y dio un segundo puntapié a Francis. Se dispuso a atizarlo de nuevo, y Francis se preparó para el dolor, pero no terminó el movimiento.

– ¡Oye! -exclamó en cambio-. ¡Se puede saber qué coño estáis haciendo!

Francis logró girar un poco la cabeza y vio que Napoleón y un par de hombres más del dormitorio habían abierto la puerta y permanecían vacilantes en el umbral, sin saber si podían salir al pasillo. La sirena debía de haber despertado a todo el mundo. En ese mismo momento, alguien accionó el interruptor principal y el pasillo se iluminó por completo. En el ala sur del edificio se oían gemidos agudos y golpes en la puerta del dormitorio de las mujeres, que resistía el embate, pero el ruido era como el toque de un bombo que retumbaba en el pasillo.

– ¡Maldita sea! -gritó el guardia con el corte de pelo a lo marine-. ¡Tú! -Señaló con la porra a Napoleón y los demás hombres indecisos-. ¡Volved dentro! ¡Vamos!

Corrió hacia ellos con el brazo extendido como un guardia urbano que diera instrucciones a la vez que blandía la porra. Los hombres retrocedieron asustados y el guardia cerró la puerta con llave. A continuación, se volvió y volvió a resbalar en una de las manchas de sangre que había en el pasillo. Los golpes en la puerta del ala de las mujeres aumentaban de intensidad, y Francis oyó dos voces nuevas a sus espaldas.

– ¿Qué demonios está pasando aquí?

– ¿Qué ocurre?

Se giró, y vio, más allá de donde Peter estaba tumbado en el suelo, a dos policías de uniforme. Uno de ellos alargó la mano hacia su arma, aunque sólo para abrir el cierre de la pistolera.

– ¿Nos han avisado de un homicidio? -preguntó uno de los policías. Pero no esperó respuesta, ya que debió de ver parte de la sangre del pasillo, y avanzó hacia el trastero.

Francis lo siguió con la mirada y vio cómo se paraba en seco ante la puerta. Pero, a diferencia de los guardias del hospital, el policía no dijo nada. Se limitó a observar la escena casi, en ese instante, como tantos pacientes del hospital que tenían la mirada perdida y sólo veían lo que querían o necesitaban ver, que no era lo que tenían delante.

A partir de ese momento, pareció que las cosas ocurrían de prisa y despacio a la vez. Para Francis fue como si el tiempo hubiera perdido el control y el transcurrir ordenado de las horas nocturnas se hubiera sumido en el caos. Poco después se encontraba en una sala de tratamiento en el mismo pasillo donde la policía científica se estaba instalando y los fotógrafos disparaban sus cámaras. Cada fogonazo de flash era como un rayo en algún horizonte lejano, y provocaba que los gritos y la agitación entre los pacientes de los dormitorios cerrados se agudizaran. Al principio, el guardia de seguridad menudo le obligó a sentarse y lo dejó solo. Luego, pasados unos minutos, entraron dos detectives acompañados del doctor Gulptilil. Francis seguía en pijama y esposado, sentado en una incómoda silla de madera. Supuso que Peter se encontraba en circunstancias similares en una sala contigua. Le aterrorizaba tener que enfrentarse solo a la policía.

Los dos detectives vestían trajes algo arrugados y mal entallados. Llevaban el cabello muy corto y tenían mandíbulas fuertes. Ninguno de los dos mostraba ninguna suavidad en la mirada ni en la forma de hablar. Eran de estatura y complexión parecidas, y Francis pensó que seguramente los confundiría si volvía a verlos. No oyó sus nombres cuando se presentaron porque miraba a Gulptilil en busca de tranquilidad. Pero el doctor se limitó a advertirle que contara a los detectives la verdad. Uno de éstos se situó junto al médico, ambos apoyados contra la pared, mientras que el otro aposentó su trasero en una mesa situada frente a Francis. Una pierna le colgaba en el aire casi airosamente, pero su postura era tal que la funda negra y la pistola que llevaba en el cinturón eran muy visibles. El hombre esbozaba una sonrisa algo torcida, que hacía que casi todo lo que decía pareciera deshonesto.

– A ver, señor Petrel -preguntó-, ¿por qué estaba en el pasillo después de que se apagarán las luces?

Francis dudó, recordó lo que Peter le había dicho e inició un breve recuento de cómo Larguirucho lo había despertado, de cómo había seguido a Peter al pasillo y habían encontrado después el cadáver de Rubita. El detective asintió y luego sacudió la cabeza.

– La puerta del dormitorio estaba cerrada con llave, señor Petrel. La cierran todas las noches. -Dirigió una mirada rápida al doctor Gulptilil, que asintió con la cabeza.

– Esta noche no lo estaba.

– No sé si creerlo.

Francis no supo qué contestar.

El policía hizo una pausa para que el silencio pusiera nervioso a Francis.

– Dígame, señor Petrel… ¿Te puedo llamar Francis?

El joven asintió.

– Muy bien. Eres joven, Franny. ¿Te habías acostado con alguna mujer antes de esta noche?

– ¿Esta noche? -preguntó Francis, y dio un respingo.

– Sí. Me refiero a antes de esta noche, ya que esta noche tuviste relaciones sexuales con la enfermera. ¿Te habías acostado con alguna chica?

Francis estaba confundido. Las voces le bramaban en los oídos; le gritaban toda clase de mensajes contradictorios. Miró al doctor para intentar ver si se percataba del revuelo que tenía lugar en su interior. Pero Gulptilil se había situado en la sombra y no le distinguía bien la cara.

– No -contestó, pero la duda empañaba la palabra.

– ¿No qué? ¿Nunca? ¿Un joven atractivo como tú? Debe de haber sido muy frustrante. Sobre todo, cuando te rechazaban. Y esa enfermera no era mucho mayor que tú, ¿verdad? Seguro que te enfadaste mucho cuando te rechazó.

– No -repitió Francis-. Eso no es cierto.

– ¿No te rechazó?

– No, no, no.

– ¿Tratas de decirnos que accedió a tener relaciones sexuales contigo y que después se suicidó?

– No -repitió-. Está equivocado.

– Ya. -Miró a su compañero-. ¿Así que no accedió a tener relaciones sexuales y entonces la mataste? ¿Es así como pasó?

– No. Vuelve a equivocarse.

– Me tienes confundido, Franny. Dices que estabas en el pasillo, al otro lado de la puerta cerrada con llave, donde no deberías estar, y hay una enfermera violada y asesinada, ¿y tú estabas ahí por casualidad? Venga ya, hombre. ¿No te parece que podrías ayudarnos un poco más?

– No sé -respondió Francis.

– ¿Qué no sabes? ¿Cómo ayudarnos? Cuéntame qué pasó cuando la enfermera te rechazó. ¿Es muy difícil eso? Entonces todo tendrá sentido y podremos dejarlo todo resuelto esta noche.

– Sí. O no -dijo Francis.

– Te diré de qué otro modo tiene sentido: tu amigo y tú decidisteis hacer una visita nocturna a la enfermera, pero las cosas no salieron exactamente como habíais planeado. Vamos, Franny, sé sincero conmigo, ¿vale? Vamos a hacer una cosa, ¿de acuerdo?

– ¿Qué cosa? -preguntó Francis, vacilante y con voz quebrada.

– Me vas a decir la verdad, ¿de acuerdo?

El joven asintió.

– Muy bien -afirmó el detective, que seguía empleando una voz baja y suave, como si sólo Francis pudiera oír cada palabra, como si estuvieran hablando un idioma que sólo ellos conocían. El otro policía y el doctor Tomapastillas parecieron evaporarse de la sala. El detective continuó con su tono persuasivo, sugerente de que la única interpretación verosímil era la suya-. Sólo puede haber ocurrido de una forma que tal vez fuese accidental. Tal vez ella te engatusó, y también a tu compañero. Tal vez pensaste que iba a ser más cariñosa de lo que resultó ser. Un pequeño malentendido. Nada más. Pensaste que quería decir una cosa y ella pensaba, bueno, quería decir otra. Y las cosas se desmadraron, ¿cierto? Así que en realidad fue un accidente. Escucha, Franny, nadie te va a culpar demasiado. Al fin y al cabo estás aquí, y ya te han diagnosticado que estás un poco tarumba, así que todo se incluye en la misma categoría, ¿no? ¿He acertado ahora, Franny?

– En absoluto -repuso con brusquedad tras inspirar hondo. Se preguntó si negar la perorata persuasiva del detective no sería la cosa más valiente que había hecho nunca.

El detective se incorporó, sacudió la cabeza y miró a su compañero. El otro pareció cruzar la sala con un solo paso, golpeó violentamente la mesa con el puño y acercó con brusquedad su cara a la de Francis, de modo que lo salpicó de saliva al gritarle:

– ¡Maldita sea, maníaco de mierda! ¡Sabemos que tú la mataste! ¡Deja de jodernos y dinos la verdad o te la sacaremos a hostias!

Francis empujó la silla hacia atrás para aumentar la distancia entre ambos, pero el detective lo agarró por la camisa y tiró de él al tiempo que le daba un golpe en la cabeza que lo dejó aturdido. Cuando se incorporó tambaleante, Francis notó el sabor de la sangre en sus labios, y también cómo le salía por la nariz. Sacudió la cabeza para aclarársela, pero recibió un despiadado bofetón en la mejilla. El dolor le abrasó la cara y se le agudizó detrás de los ojos, y casi a la vez notó que perdía el equilibrio y caía al suelo. Estaba aturdido y desorientado, y quería que algo o alguien fuera a ayudarlo.

El detective lo levantó casi como si no pesara nada y lo sentó de nuevo en la silla.

– ¡Dinos la verdad, cojones! -Hizo ademán de golpearlo de nuevo y se contuvo a la espera de una respuesta.

Los golpes parecían haber dispersado todas sus voces interiores. Le gritaban advertencias desde partes muy profundas de su ser, difíciles de oír y de comprender. Era un poco como estar en el fondo de una habitación llena de personas extrañas que hablan lenguas distintas.

– ¡Habla! -insistió el detective.

Francis no lo hizo. Se sujetó con fuerza a la silla y se dispuso a recibir otro golpe. El policía levantó más la mano, pero se detuvo. Soltó un gruñido de resignación y retrocedió.

El primer detective avanzó hacia Francis.

– Venga, Franny -dijo con voz tranquilizadora-, ¿por qué haces enfadar tanto a mi amigo? ¿No puedes aclararlo todo esta noche para que podamos irnos a dormir a casa? ¿Devolver las cosas a la normalidad? -Y, con una sonrisa, puntualizó-: O lo que aquí se considere normalidad.

Se inclinó y bajó la voz con tono de complicidad.

– ¿Sabes qué está pasando ahora mismo aquí al lado? -preguntó.

Francis sacudió la cabeza.

– Tu compañero, el otro hombre que estaba en la fiestecita de esta noche, te está delatando. Eso es lo que está pasando.

– ¿Delatando?

– Te está culpando de todo lo ocurrido. Está contando a los otros detectives que fue idea tuya, y que fuiste tú quien la violó y la asesinó, y que él sólo miró. Les está explicando que intentó detenerte pero que no quisiste escucharlo. Te está culpando de todo este lamentable hecho.

Francis reflexionó un momento y sacudió la cabeza. Aquello parecía tan descabellado e imposible como todo lo que había pasado esa noche, y no lo creyó. Se pasó la lengua por el labio inferior y sintió cierta hinchazón además del sabor salado de la sangre.

– Se lo he dicho todo -dijo con voz débil-. Le he dicho lo que sé.

El detective hizo una mueca, como si esta respuesta no fuera de recibo. Hizo un pequeño gesto con la mano a su compañero. El segundo detective avanzó e inclinó la cabeza para mirar directamente a los ojos de Francis. Éste retrocedió, a la espera de otro golpe, incapaz de defenderse. Su vulnerabilidad era total. Cerró los ojos.

Pero antes de que llegara el mamporro, oyó abrirse la puerta.

A continuación todo pareció ocurrir a cámara lenta. Francis vio a un policía uniformado en el umbral y cómo los dos detectives se acercaban a él para mantener una conversación apagada que, tras un momento, pareció animarse, aunque siguió resultando indescifrable para él. Al cabo de uno o dos minutos, el primer detective sacudió la cabeza y suspiró, emitió un sonido de disgusto y se volvió hacia Francis.

– Franny, muchacho, dime algo: este hombre que te despertó antes de que salieras al pasillo, el hombre de quien nos hablaste al principio de nuestra pequeña charla, ¿es el mismo que había atacado antes a la enfermera durante la cena? ¿El que fue a por ella ante los ojos de todas las personas que hay en este edificio?

Francis asintió.

El detective puso los ojos en blanco y echó la cabeza hacia atrás, resignado.

– ¡Mierda! -exclamó-. Aquí estamos perdiendo el tiempo. -Se volvió hacia el doctor Gulptilil y le preguntó, furioso-: ¿Por qué coño no nos lo dijo antes? ¿Están todos aquí como regaderas?

Tomapastillas no respondió.

– ¿Ha olvidado contarnos algo más que sea de vital importancia, doctor?

Tomapastillas negó con la cabeza.

– Seguro -soltó el detective con sarcasmo. Señaló a Francis-. Traedlo -ordenó.

Un policía uniformado empujó al joven hacia el pasillo. Ahí, a su derecha, otro grupo de policías había salido de un despacho contiguo con Peter el Bombero, que lucía una contusión rojo intenso cerca del ojo derecho, junto con una expresión colérica y desafiante que parecía expresar desdén hacia todos los policías. Francis deseó poder mostrarse así de seguro. El primer detective lo agarró por el brazo y lo giró un poco para que viese a Larguirucho, esposado y flanqueado por dos policías más. Detrás de él, en el pasillo, varios guardias de seguridad del hospital retenían a todos los pacientes varones de la planta baja del edificio Amherst, lejos del trastero, en ese momento analizado por la policía científica. Dos paramédicos aparecieron con una bolsa negra para cadáveres y una camilla muy parecida a la que había llevado a Francis al Hospital Estatal Western.

Se elevó un gemido colectivo entre los pacientes cuando vieron la bolsa. Algunos se echaron a llorar y otros se volvieron, como si desviando la mirada pudieran evitar enterarse de lo ocurrido. Otros se pusieron tensos y unos cuantos se limitaron a seguir haciendo lo que estaban haciendo, que era tambalearse y agitar los brazos, bailar o contemplar la pared. El ala de las mujeres se había calmado, pero cuando el cadáver salió, a pesar de no verlo, debieron de notar algo, porque se volvieron a oír golpes en la puerta, como un repiqueteo de tambor en un funeral militar. Francis volvió a mirar a Larguirucho, cuyos ojos se clavaron en el cadáver de la enfermera cuando pasó ante él en la camilla. Bajo las luces brillantes del pasillo, Francis distinguió manchas profundas de sangre en la camisa de dormir de Larguirucho.

– ¿Es ése el hombre que te despertó, Franny? -quiso saber el primer detective, y su pregunta contenía toda la autoridad de un hombre acostumbrado a mandar.

Francis asintió.

– Y después de que te despertara, salisteis al pasillo, donde encontrasteis a la enfermera ya muerta, ¿es así? Y llamasteis a seguridad, ¿no?

Francis asintió de nuevo. El detective miró a los policías que estaban junto a Peter, que asintieron con la cabeza.

– Es lo mismo que dijo él -contestó uno a la pregunta no formulada.

Larguirucho había palidecido y el labio inferior le temblaba de miedo. Bajó los ojos hacia las esposas que lo maniataban y juntó las manos como para rezar. Dirigió una mirada a Francis y Peter, al otro lado del pasillo.

– Pajarillo, háblales del ángel -dijo con voz temblorosa y las manos hacia delante como un suplicante en un servicio religioso-. Háblales del ángel que vino en medio de la noche y me contó que se había encargado de la encarnación del mal. Ahora estamos a salvo. Díselo, por favor, Pajarillo -suplicó con un tono lastimero, como si cada palabra que decía lo sumiera aún más en la desesperación.

En lugar de eso, el detective se acercó a Larguirucho, que retrocedió un paso, asustado.

– ¿Cómo le llegó esa sangre a la camisa de dormir? -le espetó el policía- ¿Cómo llegó la sangre de la enfermera a sus manos?

Larguirucho se miró los dedos y sacudió la cabeza.

– No lo sé -contestó-. A lo mejor me la trajo el ángel.

Mientras contestaba, un agente uniformado se acercó por el pasillo con una pequeña bolsa de plástico. Al principio Francis no vio lo que contenía, pero luego, reconoció la cofia blanca de tres picos que solían llevar las enfermeras del hospital. Sólo que ésta parecía arrugada y tenía el borde manchado de sangre.

– Parece que quiso quedarse con un recuerdo -comentó el policía uniformado-. Lo encontré debajo de su colchón.

– ¿Encontró el cuchillo? -quiso saber el detective.

El policía negó con la cabeza.

– ¿Y la punta de los dedos?

El policía negó de nuevo.

El detective pareció reflexionar evaluando los datos. Después, se volvió con brusquedad hacia Larguirucho, que seguía encogido de miedo contra la pared, rodeado de policías más bajos que él pero que en ese momento parecían más corpulentos.

– ¿Cómo consiguió esta cofia? -le preguntó.

– ¡No lo sé! -gritó Larguirucho a la vez que sacudía la cabeza-. No lo sé. Yo no la cogí.

– Estaba bajo su colchón. ¿Por qué la puso ahí?

– Yo no la puse. No la puse.

– No importa -replicó el detective, y se encogió de hombros-. Tenemos más de lo que necesitamos. Que alguien le lea sus derechos. Nos vamos ahora mismo de este manicomio.

Los policías empujaron a Larguirucho pasillo adelante. Francis pudo ver cómo el pánico le sacudía como rayos caídos del cielo. Se retorcía como si una corriente eléctrica le recorriera el cuerpo, como si cada paso que le obligaban a dar fuera sobre brasas ardientes.

– No, por favor. Yo no he hecho nada. Por favor. El mal, el mal está entre nosotros. Por favor, no me lleven de aquí. Éste es mi hogar. Por favor.

Mientras Larguirucho gritaba lastimosamente y su desesperación resonaba por todo el pasillo, Francis notó que le quitaban las esposas.

– Pajarillo, Peter, ayudadme, por favor -pidió Larguirucho. Francis no recordaba haber oído nunca tanto dolor en tan pocas palabras-. Decidles que fue un ángel. Un ángel vino a verme en medio de la noche. Decídselo. Ayudadme, por favor.

Y entonces, con un empujón final de los policías, desapareció por la puerta principal del edificio Amherst, y lo que quedaba de noche se lo engulló.

7

Supongo que dormí algo esa noche, pero no recuerdo haber cerrado los ojos.

Ni siquiera recuerdo que respirara.

El labio hinchado me dolía, e incluso después de haberme lavado seguía notando el sabor a sangre donde el policía me había pegado. Tenía las piernas doloridas debido al porrazo que el guardia de seguridad me había atizado y me daba vueltas la cabeza por todo lo que había visto. Da igual los años que hayan pasado desde esa noche, la cantidad de días que forman décadas, todavía siento el dolor de mi encuentro con aquellas autoridades que creyeron, aunque sólo fuera por un momento, que yo era el asesino. Mientras yacía tenso en la cama, me costaba relacionar a Rubita, que había estado viva ese mismo día, con el cuerpo ensangrentado que se habían llevado en una bolsa de plástico para depositar después en alguna fría mesa de acero a la espera del escalpelo de un forense. Sigue siendo igual de difícil ahora. Era casi como si se tratara de dos entidades distintas, dos mundos aparte que guardaban poca relación entre sí, si es que guardaban alguna.

Mi recuerdo es claro: permanecí inmóvil en la oscuridad sintiendo la presión inquietante de cada segundo que pasaba, consciente de que todo el dormitorio estaba intranquilo; los habituales ruidos nocturnos del sueño agitado eran mayores, subrayados por un nerviosismo y una tensión que parecían recubrir el aire tenso de la habitación como una capa de pintura. A mi alrededor, la gente se giraba y revolvía en la cama, a pesar de la dosis adicional de medicación que nos habían dado antes de devolvernos al dormitorio. Calma química.

Eso era lo que Tomapastillas, el señor del Mal y el resto del personal querían, pero todos los miedos y las ansiedades provocados esa noche superaban la capacidad de los fármacos. Nos revolvíamos en la cama, inquietos, gimiendo y gruñendo, llorando y sollozando, nerviosos y consumidos. Todos teníamos miedo de lo que quedaba de noche, y también de lo que pudiera depararnos la mañana.

Faltaba uno, claro. Que hubieran arrancado con tanta brusquedad a Larguirucho de nuestra pequeña comunidad psiquiátrica parecía haber dejado huella. Desde mi llegada al edificio Amherst, dos de los pacientes más ancianos y enfermos habían fallecido debido a lo que llamaron causas naturales, aunque se definiría mejor con la palabra negligencia o la palabra abandono. De vez en cuando, de modo milagroso, daban de alta a alguien a quien le quedaba un poco de vida. Muy a menudo, los de seguridad se llevaban a alguien frenético y descontrolado a una de las celdas de aislamiento. Pero era probable que regresara en un par de días, con la medicación aumentada, los movimientos torpes más pronunciados y el temblor en su rostro acentuado. Así pues, las desapariciones eran habituales. Pero no lo era la forma en que se habían llevado a Larguirucho, y eso era lo que agitaba nuestras emociones mientras esperábamos que las primeras luces del día se filtraran entre los barrotes de las ventanas.

Preparé dos sandwiches de queso, llené un vaso con agua del grifo y me apoyé en el mostrador de la cocina para tomarlos. Un cigarrillo olvidado se consumía en un cenicero repleto, y el hilo de humo se elevaba por el aire viciado de mi casa.

Peter el Bombero fumaba.

Di otro mordisco al sándwich y bebí un trago de agua. Cuando me volví, él estaba ahí. Alargó la mano hacia la colilla de mi cigarrillo y se lo llevó a los labios.

– En el hospital se podía fumar sin sentirse culpable -dijo con cierta picardía-. Porque ¿qué era peor: arriesgarse al cáncer o estar loco?

– Peter -dije, sonriente-. Hacía años que no te veía.

– ¿Me has echado de menos, Pajarillo?

Asentí con la cabeza. Él se encogió de hombros, como disculpándose.

– Tienes buen aspecto, Pajarillo. Un poco delgado, quizá, pero apenas has envejecido. -Exhaló un par de anillos de humo con indiferencia a la vez que echaba un vistazo a la habitación-. ¿Así que vives aquí? No está mal. Veo que las cosas te van bien.

– Yo no diría que me vayan bien exactamente. Tan bien como cabría esperar, supongo.

– Tienes razón. Eso era lo inusual de estar loco, ¿verdad, Pajarillo? Nuestras expectativas se torcieron y cambiaron. Cosas corrientes, como tener un empleo, formar una familia e ir a partidos de la liga de béisbol infantil las tardes bonitas de verano eran objetivos muy difíciles de conseguir. Así que los modificamos. Los revisamos, los redujimos y los reconsideramos.

– Sí, es cierto. -Sonreí-. Tener un sofá, por ejemplo, es todo un logro.

Peter echó la cabeza atrás para soltar una carcajada.

– Tener un sofá y recuperar la salud mental -comentó-. Suena a una de las tesis en las que el señor del Mal trabajaba siempre para su doctorado y que nunca publicó.

Peter siguió mirando en derredor.

– ¿Tienes amigos?

– Pues no. -Sacudí la cabeza.

– ¿Sigues oyendo voces?

– Un poco, a veces. Sólo ecos. Ecos o susurros. La medicación que me dan sofoca bastante el alboroto que solían organizar.

– La medicación no puede ser tan mala -indicó Peter y me guiñó el ojo-, porque yo estoy aquí.

Eso era cierto.

Peter se acercó al umbral de la cocina y miró hacia la pared de la escritura. Se movía con la misma gracia atlética, una especie de control muy definido de los movimientos, que recordaba de las horas que pasamos caminando por los pasillos del edificio Amherst. Peter el Bombero no arrastraba los pies ni se tambaleaba. Tenía el mismo aspecto que veinte años atrás, excepto que la gorra de los Red Sox que solía llevar encasquetada permanecía ahora en el bolsillo trasero de sus vaqueros. Pero todavía tenía el pelo tupido y largo, y su sonrisa era tal como la recordaba, dibujada en su rostro, como si alguien hubiera contado un chiste unos minutos antes y le siguiera haciendo gracia.

– ¿Cómo va la historia? -preguntó.

– Estoy volviendo a recordar.

Peter fue a decir algo pero se detuvo, y miró de nuevo la columna de palabras garabateadas en la pared.

– ¿Qué les has contado sobre mí? -quiso saber.

– No lo suficiente. Pero puede que ya hayan deducido que nunca estuviste loco. Nada de voces. Ni de delirios. Ni de creencias extrañas o pensamientos escabrosos. Por lo menos, no estabas loco como Larguirucho, Napoleón, Cleo o ninguno de los demás. Ni siquiera yo, puestos a decir.

Peter esbozó una sonrisita irónica.

– Un buen chico católico, de una gran familia irlandesa de segunda generación de Dorchester. Un padre que bebía demasiado los sábados por la noche y una madre que creía en los demócratas y en el poder de la plegaria. Funcionarios, maestros de escuela primaria, policías y soldados. Asistencia regular a misa los domingos, seguida de catequesis. Un montón de monaguillos. Las niñas aprendían a bailar y cantar en el coro. Los niños iban a Latin High y jugaban a fútbol americano. Cuando llegaba la hora del servicio militar, íbamos. Nada de prórrogas por cuestión de estudios. Y no éramos enfermos mentales, por lo menos no del todo. No de esa forma diagnosticable y definida que gustaba a Tomapastillas, que le permitía buscar tu alteración en el Manual diagnóstico y estadístico y leer con exactitud la clase de tratamiento que tenía que recetarte. No, en mi familia éramos peculiares. O excéntricos. O quizás un poco curiosos, o ligeramente despistados, alterados o descentrados.

– Tú ni siquiera eras demasiado peculiar, Peter.

– ¿Un bombero que provoca un incendio en la iglesia donde lo bautizaron? -preguntó tras soltar una breve carcajada-. ¿Cómo llamarías tú a eso? Al menos, un poco extraño, ¿no? Algo más que curioso, ¿no te parece?

No contesté y me limité a observar cómo se movía por el piso. Aunque no estuviera realmente ahí, estaba bien tener compañía.

– ¿Sabes qué me preocupaba a veces, Pajarillo?

– ¿Qué?

– Hubo muchos momentos en mi vida que deberían haberme vuelto loco. Me refiero a momentos verdaderamente terribles que deberían haber contribuido a la locura. Momentos de crecimiento. Momentos de guerra. Momentos de muerte. Momentos de rabia. Y, aun así, el que pareció tener más sentido, el que resultó más claro, fue el que me llevó al hospital.

Hizo una pausa mientras seguía examinando la pared. Luego añadió en voz baja:

– Mi hermano murió cuando yo apenas tenía nueve años. Era el más próximo a mí en cuanto a edad, sólo un año mayor; gemelos irlandeses, como decía en broma la familia. Pero tenía el cabello más rubio que yo y su piel era casi pálida, como más fina que la mía. Y yo podía correr, saltar, practicar deportes, estar fuera todo el día, mientras que él apenas podía respirar. Asma, problemas cardíacos y unos riñones que casi no le funcionaban. Dios quería que fuera especial de ese modo, o eso me decían. Yo no alcanzaba a entender por qué Dios había decidido eso. Y ahí estábamos, con nueve y diez años, y ambos sabíamos que él se moría y nos daba lo mismo, seguíamos riendo y bromeando, y teniendo todos los pequeños secretos que tienen los hermanos. El día que lo llevaron por última vez al hospital, me dijo que yo tendría que existir por ambos. Deseaba con todas mis fuerzas ayudarlo. Dije a mi madre que los médicos podían ponerle a Billy mi pulmón derecho y mi corazón, y darme a mí los suyos para tenerlos intercambiados un tiempo. Pero no lo hicieron, claro.

Escuché a Peter sin interrumpirlo. Mientras hablaba, se acercaba a la pared donde yo había empezado a escribir nuestra historia, pero no leía las palabras garabateadas sino que contaba la suya. Dio una calada al cigarrillo y siguió hablando despacio.

– ¿ Te había contado lo del explorador al que mataron en Vietnam?

– Sí, Peter.

– Deberías incluirlo en lo que escribes. Lo del explorador y lo de mi hermano que murió de niño. Creo que forman parte de la misma historia.

– Tendré que contarles también lo de tu sobrino y lo del incendio.

– Sabía que lo harías -asintió-. Pero aún no. Háblales sobre el explorador. ¿Sabes qué recuerdo más de ese día? Que hacía muchísimo calor. No un calor como el que tú, yo o cualquiera que haya crecido en Nueva Inglaterra conocemos. Nosotros conocemos el calor de agosto, cuando es abrasador y bajamos a bañarnos al puerto. Aquél era un calor terrible, enfermizo, que parecía venenoso. Serpenteábamos entre los arbustos enfila india y el sol brillaba con fuerza. Era como si la mochila que llevaba a la espalda contuviera todo lo que necesitaba y además todas mis preocupaciones. Los francotiradores de los malos seguían una norma sencilla, ¿sabes? Disparar al explorador, que iba delante, y derribarlo. Herirlo, si se podía. Apuntar a las piernas, no a la cabeza. Al oír el disparo, todos los demás se pondrían a cubierto, excepto el sanitario, y ése era yo. El sanitario iría hacia el hombre herido. Siempre. Al entrenarnos, nos decían que no arriesgáramos la vida a lo loco, ¿sabes? Pero siempre íbamos. Y entonces el francotirador intentaba derribar al sanitario, porque de él dependían todos los hombres de la sección, y eso los haría salir a todos al descubierto para intentar acercarse a él. Un proceso de lo más elemental. Cómo un solo disparo te da la oportunidad de matar a muchos. Y eso es lo que pasó aquel día: dispararon al explorador, y oí que me llamaba. Pero el oficial al mando y dos hombres más me retuvieron. Me quedaban menos de dos semanas de servicio. Así que escuchamos cómo el explorador moría desangrado. Y así fue como se informó después al cuartel general, para que pareciera inevitable. Pero no era cierto. Me retuvieron y yo forcejeé, me quejé y supliqué, pero todo el rato sabía que si quería podría soltarme y acercarme a él. Sólo tenía que forcejear un poco más. Y eso era lo que no iba a hacer. Dar ese tirón de más. De modo que interpretamos esa pequeña farsa en la selva mientras un hombre moría. Era el tipo de situación en que lo correcto es mortal. No fui, y nadie me culpó, y viví y volví a mi casa en Dorchester, y el explorador murió. Ni siquiera lo conocía demasiado. Llevaba menos de un mes en nuestra sección. Quiero decir que no fue como escuchar morir a un amigo. Sólo era alguien que estaba ahí y gritó pidiendo ayuda, y lo siguió haciendo hasta que ya no pudo hacerlo porque estaba muerto.

– Podría no haber sobrevivido aunque hubieras llegado a su lado.

– Sí, claro -asintió Peter, sonriente-. Yo también me he dicho eso. -Suspiró-. Toda la vida he tenido pesadillas sobre personas que gritaban pidiendo ayuda. Y yo no acudía.

– Pero te hiciste bombero…

– La mejor forma de hacer penitencia, Pajarillo. Todo el mundo quiere a los bomberos.

Y a continuación desapareció despacio de mi lado. Me acordé de que no tuvimos ocasión de hablar hasta media mañana. El edificio Amherst estaba lleno de una luz solar que rasgaba el denso olor que había dejado la muerte violenta. Las paredes blancas parecían brillar con intensidad. Los pacientes deambulaban de un lado a otro, arrastrando los pies y tambaleándose como de costumbre, sólo que con más cautela. Nos movíamos con precaución porque todos nosotros, incluso en nuestra locura, sabíamos que había ocurrido algo y presentíamos que aún iba a ocurrir algo más. Eché un vistazo alrededor y encontré el lápiz.

Francis no tuvo ocasión de hablar con Peter hasta media mañana. Un engañoso y deslumbrante sol de primavera entraba por las ventanas y enviaba explosiones de luz por los pasillos, reflejadas en un suelo del que se habían limpiado todos los signos externos del crimen. Pero un residuo de la muerte permanecía en el aire viciado del hospital; los pacientes se movían a solas o en grupos reducidos, y evitaban en silencio los sitios donde la muerte había dejado sus huellas. Nadie pisaba los sitios donde se había encharcado la sangre de la enfermera. Todo el mundo evitaba el trastero, como si acercarse al escenario del crimen pudiera contagiarles de algún modo parte de su maldad. Las voces sonaban apagadas, la conversación amortiguada. Los pacientes se movían más despacio, como si el hospital se hubiera convertido en una iglesia. Hasta los delirios que aquejaban a tantos de ellos parecían aplacados, como si, por una vez, cedieran el protagonismo a una locura más real y aterradora.

Peter, sin embargo, había tomado posiciones en el pasillo, donde estaba apoyado contra la pared con la mirada fija en el trastero. De vez en cuando, medía con los ojos la distancia entre el punto donde se había encontrado el cadáver y el sitio donde Rubita había sido atacada primero, junto a la tela metálica que cercaba el puesto de enfermería en medio del pasillo.

Francis se acercó despacio a él.

– ¿Qué pasa? -le preguntó en voz baja.

El Bombero apretó la boca con gesto de concentración.

– Dime, Pajarillo, ¿te parece lógico todo esto?

Francis fue a contestar, pero dudó. Se apoyó contra la pared al lado del Bombero y empezó a mirar en la misma dirección.

– Es como leer primero el último capítulo de un libro -aseguró pasado un momento.

– ¿Y eso? -repuso Peter con una sonrisa.

– Está todo invertido -explicó Francis-. No como en un espejo, sino como si nos contaran la conclusión pero no cómo llegamos a ella.

– Sigue.

Francis notó una especie de energía mientras le daba vueltas a lo que había visto la noche anterior. Podía oír un coro de asentimiento y de ánimo en su interior.

– Algunas cosas me preocupan de verdad -afirmó-. Cosas que no entiendo.

– Cuéntame algunas de esas cosas -pidió Peter.

– Bueno, Larguirucho, para empezar. ¿Por qué querría matar a Rubita?

– Creía que era la encarnación del mal. Intentó atacarla en el comedor.

– Sí, y le pusieron una inyección, lo que debería haberlo calmado.

– Pero no fue así.

– Yo creo que sí-rebatió Francis meneando la cabeza-. No del todo, pero sí. Cuando me pusieron una inyección así fue como tener todos los músculos paralizados, de modo que apenas tenía energía para abrir los ojos y ver el mundo que me rodeaba. Aunque no le hubieran dado una dosis suficiente a Larguirucho, creo que habría bastado. Porque matar a Rubita requería fuerza. Y energía. Y supongo que también más cosas.

– ¿Más cosas?

– Propósito -sugirió Francis.

– Continúa -dijo Peter, asintiendo.

– Bueno, ¿cómo salió Larguirucho del dormitorio? Siempre está cerrado con llave. Y si logró abrir la puerta del dormitorio, ¿dónde están las llaves? Y si salió, ¿por qué llevaría a Rubita al almacén? Quiero decir, ¿cómo lo hizo? ¿Y por qué la agrediría sexualmente? ¿Y luego dejarla así?

– Tenía sangre en la ropa. La cofia apareció bajo su colchón -le recordó Peter con la contundencia impasible de un policía.

– Eso no lo entiendo. -Francis sacudió la cabeza-. La cofia, ¿pero no el cuchillo que usó para matarla?

– ¿Qué nos dijo Larguirucho cuando nos despertó? -Peter bajó la voz.

– Dijo que un ángel había ido a su lado para abrazarlo.

Guardaron silencio. Francis procuró imaginar la sensación de que el ángel sacara a Larguirucho de su sueño nervioso.

– Creí que se lo había inventado. Creí que era algo que había imaginado.

– Yo también -aseguró Peter-. Ahora ya no estoy tan seguro.

Empezó a observar otra vez el trastero. Francis hizo lo mismo. Cuanto más miraba, más se acercaba al momento. Era casi como si pudiera ver los últimos segundos de Rubita. Peter debió de darse cuenta porque él también palideció.

– No quiero creer que Larguirucho hiciese eso -dijo-. No es nada propio de él. Ni siquiera en sus peores momentos, y ayer se mostró de lo más terrorífico, muy propio de él. Larguirucho señalaba, gritaba y hacía mucho ruido. No creo que fuera capaz de matar. Sin duda, no de asesinar de un modo solapado y premeditado.

– Dijo que había que destruir a la encarnación del mal. Lo dijo muy fuerte, delante de todo el mundo.

– ¿Crees que él podría matar a alguien, Pajarillo? -repuso Peter.

– No lo sé. En cierto sentido, creo que, en las circunstancias adecuadas, cualquiera puede matar. Pero sólo son conjeturas por mi parte. Nunca he conocido a un asesino.

Esta respuesta hizo sonreír a Peter.

– Bueno, me conoces a mí-dijo-. Pero creo que conoceremos a otro.

– ¿A otro asesino?

– A un ángel -concluyó Peter.

Poco antes de la sesión de terapia de la tarde siguiente, Napoleón se acercó a Francis. Tenía un aspecto vacilante, de indecisión y duda. Tartamudeaba un poco y las palabras parecían aferrársele a la punta de la lengua, reacias a abandonar la boca por miedo a cómo iban a ser recibidas. Tenía un defecto del habla de lo más curioso, porque cuando se sumergía en la historia, como conectado a su tocayo, era más claro y preciso. El problema, para quien le escuchara, era separar los dos elementos dispares: los pensamientos de ese día de las especulaciones sobre hechos acontecidos más de ciento cincuenta años atrás.

– ¿Pajarillo? -llamó Napoleón con su nerviosismo habitual.

– ¿Qué quieres, Nappy? -Estaban en un extremo de la sala de estar, sin hacer otra cosa que evaluar sus pensamientos, como solían hacer los pacientes del edificio Amherst.

– Hay algo que me preocupa.

– Hay muchas cosas que nos preocupan a todos -replicó Francis.

Napoleón se pasó las manos por sus mejillas regordetas.

– ¿Sabías que no hay ningún general que esté considerado más brillante que Bonaparte? Como Alejandro Magno, Julio César o George Washington. Quiero decir que fue alguien que forjó el mundo con su brillantez.

– Sí, ya lo sé.

– Pero lo que no entiendo es por qué, si se le considera de modo tan rotundo un hombre genial, sólo es recordado por sus derrotas.

– No entiendo -dijo Francis.

– Las derrotas. Moscú, Trafalgar, Waterloo.

– Me parece que no puedo responder esa pregunta… -empezó Francis.

– Me preocupa de veras -le interrumpió Napoleón-. Lo que quiero decir es: ¿Por qué nos recuerdan por nuestros fracasos? ¿Por qué los fracasos y las retiradas valen más que las victorias? ¿Crees que Tomapastillas y el señor del Mal hablan alguna vez de los progresos que hacemos, en la terapia o con las medicaciones? Creo que no. Creo que sólo hablan de los reveses y los errores, y de los pequeños signos que indican que debemos seguir aquí, en lugar de los indicios de que mejoramos y de que tal vez tendríamos que irnos a casa.

Francis asintió. Eso tenía cierto sentido.

– Napoleón rehizo el mapa de Europa con sus victorias -prosiguió Napoleón, superando su balbuceo dubitativo-. Deberían ser recordadas. Me da tanta rabia…

– No creo que puedas hacer gran cosa al respecto… -empezó Francis, pero su compañero se inclinó hacia delante y bajó la voz.

– Me da mucha rabia ver cómo Tomapastillas y el señor del Mal tratan con ligereza todos estos aspectos históricos. Son asuntos tan importantes que ayer apenas pude pegar ojo.

Francis lo miró.

– ¿Estabas despierto?

– Estaba despierto y oí que alguien metía la llave en la cerradura.

– ¿Viste…?

– Oí abrirse la puerta. Ya sabes que mi cama no está lejos de ella, y cerré los ojos porque se supone que tenemos que estar dormidos y no quería que alguien viera que yo no lo estaba y me aumentaran la medicación. Así que fingí.

– Continúa.

Napoleón inclinó la cabeza y trató de reconstruir lo que recordaba.

– Noté que alguien pasaba junto a mi cama. Y entonces, unos minutos después, volvió a pasar, sólo que esta vez fue para salir. Y esperé oír cómo giraba la llave, pero no ocurrió. Luego, pasado un rato, eché una miradita y vi cómo tú y el Bombero os marchabais. No tenemos que salir de noche. Tenemos que estar en la cama y dormir, así que me asusté cuando os vi. Traté de dormirme pero oía a Larguirucho hablar consigo mismo y eso me mantuvo despierto hasta que llegó la policía y se encendieron las luces y pudimos ver las cosas terribles que habían pasado.

– Pero ¿no viste a la otra persona?

– No. Creo que no. Estaba oscuro. Pero pude mirar un poco.

– ¿Y qué viste?

– Un hombre de blanco. Nada más.

– ¿Era alto? ¿Le viste la cara?

– A mí todo el mundo me parece alto, Pajarillo -respondió Napoleón, y negó de nuevo con la cabeza-. Incluso tú. Y no le vi la cara. Cuando pasó junto a mi cama, cerré bien los ojos y escondí la cabeza. Pero recuerdo una cosa: parecía flotar. Iba de blanco y flotaba. -Inspiró hondo-. Durante la retirada de Moscú, algunos cadáveres se congelaron tanto que la piel adquirió el color del hielo en una laguna. Gris y blanco, y translúcido a la vez. Como la niebla. Eso es lo que recuerdo.

Francis retuvo lo que había oído, y vio que el señor del Mal recorría la sala de estar para indicar el inicio de la sesión de la tarde. También vio a Negro Grande y Negro Chico entre los pacientes. De repente, se sobresaltó al observar que ambos hermanos vestían sus uniformes blancos de auxiliar.

«Ángeles», pensó.

Francis tuvo otra breve conversación cuando se dirigía a la sesión en grupo. Cleo se le acercó por el pasillo antes de que entrase en una de las salas de terapia. Se balanceó a uno y otro lado, un poco como un trasbordador al amarrar, y dijo:

– Pajarillo, ¿crees que Larguirucho hizo eso a Rubita?

Francis meneó la cabeza para expresar duda.

– No parece la clase de cosas que haría Larguirucho -comentó.

– Me parecía un buen hombre -repuso Cleo tras soltar un resoplido que hizo estremecer su voluminoso cuerpo-. Un poco chalado, como todos nosotros, confundido a veces, pero un buen hombre. No puedo creer que hiciera una cosa tan mala.

– Tenía sangre en la camisa de dormir. Y creía que Rubita era la encarnación del mal. Eso lo asustaba. Cuando nos asustamos, hacemos cosas inesperadas. Nos pasa a todos. De hecho, estoy seguro de que casi todo el mundo hizo algo estando asustado y por eso está aquí.

Cleo asintió.

– Pero Larguirucho parecía distinto -dijo, y sacudió la cabeza-. No. No es cierto. Parecía igual. Y todos somos diferentes, a eso me refiero. Era distinto fuera, pero aquí dentro era igual. En cambio, lo que ocurrió parece una cosa de fuera que hubiese pasado aquí dentro.

– ¿De fuera?

– Ya me entiendes, tonto. De fuera. Del otro lado. -Hizo un gesto con el brazo para indicar el mundo que había más allá de los muros del hospital.

Francis le vio cierta lógica y esbozó una sonrisa.

– Creo que te entiendo -comentó.

– Ayer por la noche pasó algo en el dormitorio de las mujeres -dijo Cleo bajando la voz-. No se lo he contado a nadie.

– ¿Qué pasó?

– Estaba despierta. No podía dormir e intenté repasar todas las frases de la obra, pero esta vez no funcionó. Imagínate. Normalmente, antes del parlamento de Antonio en el segundo acto estoy roncando como un bebé, aunque no sé si los bebés roncan. Las madres nunca me han dejado acercarme a ninguno, las muy zorras… Pero eso es otra historia.

– Así que tú tampoco podías dormir.

– Todas las demás estaban dormidas.

– ¿Y?

– Vi abrirse la puerta y alguien que entraba. No había oído la llave en la cerradura, pero mi cama está lejos, junto a las ventanas, y la luz de la luna me daba en la cabeza. ¿Sabías que antiguamente la gente creía que si te dormías con la luz de la luna en la frente, despertabas loco? De ahí procede la palabra lunático. Puede que sea cierto, Pajarillo. Siempre duermo a la luz de la luna y cada vez estoy más loca, y ya nadie me quiere. No hay nadie que hable conmigo y por eso me tienen aquí. Sola. Nadie viene a visitarme. Eso no es justo, ¿no crees? Alguien podría venir a visitarme. Tampoco costaría tanto, ¿no? Cabrones. Son todos unos cabrones.

– ¿Alguien entró en el dormitorio? ¿Estás segura?

– Sí. -Cleo se estremeció-. Nadie entra de noche. Pero anoche vino alguien. Se quedó unos segundos y luego salió. Y esta vez, como escuchaba con atención, oí girar la llave en la cerradura.

– ¿Crees que alguien cerca de la puerta vio a esa persona?

Cleo hizo una mueca y sacudió la cabeza.

– Ya lo pregunté. Con discreción, ¿sabes? No. Mucha gente dormía. Son los medicamentos. Todo el mundo se queda frito enseguida. -Se ruborizó y Francis vio que le afloraban unas lágrimas-. Rubita me caía bien. Siempre fue muy amable conmigo. A veces recitábamos juntas la obra y ella hacía el papel de Marco Antonio o algún otro. Y también me caía bien Larguirucho. Era un caballero. Te abría la puerta y te dejaba pasar antes a la hora de la cena. Bendecía la mesa. Siempre me llamaba señorita Cleo y era muy educado y simpático. Y se preocupaba por todos nosotros. Alejar el mal. Tiene sentido. -Se llevó un pañuelo a los ojos y se sorbió la nariz-. Pobre Larguirucho -prosiguió-. Tenía razón todo el tiempo y nadie lo escuchó. Y ahora mira. Tenemos que encontrar la forma de ayudarlo, el sólo intentaba ayudarnos a nosotros. Cabrones. Son todos unos cabrones.

Tomó a Francis del brazo e hizo que la acompañara hasta la sesión en grupo.

El señor del Mal estaba disponiendo las sillas plegables en círculo en la sala de terapia. Indicó a Francis que tomara un par del montón situado bajo una ventana, así que el joven cruzó la sala mientras Cleo se dejaba caer en uno de los asientos. Se inclinó para coger un par de sillas y antes de volverse para llevarlas al centro de la sala, donde el grupo se estaba reuniendo, un movimiento en el exterior captó su atención. Desde allí, podía ver la entrada principal, la verja de hierro y el camino que conducía al edificio de administración. Un gran coche negro llegaba a la parte delantera. Eso no tenía nada de inusual, todo el día llegaban y se marchaban coches y ambulancias, pero éste tenía algo que despertó su curiosidad. Parecía impregnado de urgencia.

Francis observó cómo el coche se detenía. Pasado un instante, una mujer alta y morena salió de él. Llevaba un impermeable largo color habano y una cartera negra que hacía juego con su largo cabello. La mujer se detuvo y pareció examinar todo el complejo hospitalario, luego subió la escalinata con una determinación que le recordó a una flecha disparada a un blanco.

8

La organización les llegaba despacio e impuesta. Francis observó que no era como si de repente fueran alborotadores, ni siquiera revoltosos o escolares a los que se pide que presten atención en el aula. Era más bien que estaban inquietos y nerviosos. Todos habían dormido muy poco y recibido demasiados fármacos y demasiada agitación, además de una cantidad importante de incertidumbre. Una mujer mayor con su largo cabello gris muy alborotado se echaba a llorar, se enjugaba las lágrimas con una manga, sacudía la cabeza con una sonrisa, decía que estaba bien y al cabo de unos segundos estallaba de nuevo en sollozos. Uno de los hombres de mediana edad y mirada dura, que había sido marino en un pesquero y llevaba el tatuaje de una mujer desnuda en el antebrazo, lucía una expresión furtiva e inquieta, y no dejaba de revolverse en la silla para comprobar la puerta situada tras él, como si esperara que alguien se colara sigilosamente en la sala. Los tartamudos, tartamudeaban más. Los irascibles estaba sentados en el borde de la silla. Los que solían llorar parecían más dispuestos a derramar lágrimas. Los que permanecían mudos se habían sumido más en el silencio.

Incluso Peter el Bombero, cuya tranquilidad solía dominar las sesiones, tenía problemas para mantenerse quieto, y más de una vez encendió un cigarrillo y se paseó alrededor del grupo. A Francis le recordó a un boxeador que momentos antes del combate se relaja en el cuadrilátero lanzando derechazos e izquierdazos a mandíbulas imaginarias mientras su contrincante real espera en el otro rincón.

Si Francis hubiera sido un veterano del hospital psiquiátrico, habría reconocido un aumento considerable de los niveles de paranoia en muchos pacientes. Era algo todavía no expresado; como una tetera que se va calentando para hervir el agua, todavía no había empezado a silbar. Pero aun así era perceptible, como un mal olor una tarde calurosa. Sus propias voces interiores pedían atención a gritos, y necesitó la fuerza de voluntad habitual para acallarlas. Los músculos de los brazos y del estómago se le tensaban, como si quisieran prestar ayuda a los tendones mentales que él estaba utilizando para controlar la cacofonía de voces.

– Creo que deberíamos abordar los hechos de la otra noche -sugirió Evans. Llevaba puestas las gafas de lectura, que dejaba resbalar por la nariz para mirar por encima a los pacientes. Francis pensó que Evans era una de esas personas que hace una afirmación que parece sencilla, como la necesidad de abordar precisamente lo que dominaba los pensamientos de todo el mundo, pero da la impresión de querer decir algo completamente distinto-. Parece que todos estáis pensando en ello.

Un hombre se cubrió la cabeza con la camisa y se tapó los oídos con las manos. Los demás se removieron en los asientos. Nadie contestó enseguida, y el silencio que se abatió sobre la sala dio a Francis la impresión de ser consistente e invisible como el viento que hincha las velas de un barco. Pasado un momento lo rompió al preguntar:

– ¿Dónde está Larguirucho? ¿Adonde lo han llevado? ¿Qué han hecho con él?

Evans se recostó en la silla, aliviado, al parecer, de que las primeras preguntas fueran tan fáciles de responder.

– Larguirucho fue transportado a la cárcel del condado. Estará veinticuatro horas en observación en una celda de aislamiento. El doctor Gulptilil fue a verlo esta mañana para asegurarse de que recibía la medicación adecuada en su dosis correcta. Está bien. Está un poco más tranquilo que antes del… incidente.

El grupo tardó un momento en asimilar esta afirmación. Fue Cleo quien planteó la siguiente pregunta.

– ¿Por qué no lo traen de vuelta aquí? Es aquí donde debe estar y no encerrado en una cárcel sin sol y puede que con un puñado de criminales. Cabrones. Violadores y ladrones, seguro. Pobre Larguirucho, en manos de la policía. Cabrones fascistas.

– Porque lo acusan de un delito -respondió el psicólogo con rapidez. A Francis le pareció extraño que evitara la palabra asesinato.

– Pero hay algo que no entiendo -terció Peter en una voz tan queda que todo el mundo se volvió hacia él-. Larguirucho está loco, y ayer estaba más loco aún. ¿Cuál es la palabra que a usted le gusta usar?

– Descompensado -respondió el señor del Mal con frialdad.

– Una palabra de lo más tonta -espetó Cleo, enfadada-. Una palabra tonta, idiota y totalmente inútil.

– Bien -prosiguió Peter-. Larguirucho atravesaba una crisis. Todos nos dimos cuenta. A lo largo del día fue empeorando y nadie hizo nada por ayudarlo. Hasta que explotó. Ahora bien, si estaba aquí, en el hospital, por ese motivo, ¿cómo le pueden acusar? ¿Un loco no es precisamente alguien que no sabe lo que hace?

Evans asintió, pero se mordió el labio antes de contestar.

– Ésa es una decisión que deberá tomar el fiscal del condado. Hasta entonces, Larguirucho se quedará donde está…

– Bueno, creo que deberían traerlo aquí, donde están sus amigos -insistió Cleo, enojada aún-. Ahora sólo nos tiene a nosotros. Somos su única familia.

Hubo un murmullo general de asentimiento.

– ¿No podemos hacer algo? -preguntó la mujer del pelo alborotado.

Ese comentario provocó también asentimientos farfullados.

– Bueno -dijo el señor del Mal-, creo que deberíamos seguir abordando los problemas que nos trajeron aquí. Si nos esforzamos por mejorar, quizás encontremos una forma de ayudar a Larguirucho.

– Malditos ineptos -gruñó Cleo con indignación-. Cabrones descerebrados.

Francis no sabía muy bien a quién se refería Cleo, pero estuvo de acuerdo con las palabras que había elegido. Cleo tenía la habilidad de una emperatriz de llegar al quid de la cuestión de una forma imperiosa. Empezaron a oírse improperios y juramentos.

– Estas palabras coléricas no ayudan a Larguirucho, ni a ninguno de nosotros. -El señor del Mal levantó la mano, exasperado-. Así que vamos a parar.

Hizo un gesto cortante con la mano. Era la clase de movimiento que Francis se había acostumbrado a ver en el psicólogo y que subrayaba una vez más quién estaba cuerdo y, por lo tanto, quién estaba al mando. Y, como de costumbre, tuvo un efecto intimidador; el grupo, refunfuñando, se recostó en las sillas y el breve instante que podía haber acabado en una abierta rebelión se disolvió en el aire viciado de la sala. Francis vio que Peter se mantenía firme, con los brazos cruzados y el entrecejo fruncido.

– Pues yo creo que no hemos usado las suficientes palabras coléricas -soltó por fin, no en voz alta, pero con determinación-. Y no entiendo por qué eso no va a ayudar a Larguirucho. ¿Cómo saber qué podría ayudarlo o no en este momento? Creo que deberíamos protestar aún más.

– Seguramente tú lo harías -replicó el señor del Mal, girándose en su asiento.

Ambos hombres se observaron un momento y Francis vio que estaban al borde de un enfrentamiento físico. Pero, casi con la misma rapidez, todo cambió porque el señor del Mal se volvió y dijo:

– Deberías reservarte tus opiniones. Estás mejor callado.

Era una afirmación desdeñosa, y dejó helado al grupo.

Francis vio que el Bombero buscaba una réplica, pero en ese momento se oyó un ruido en la puerta de la sala.

Todas las cabezas se volvieron cuando se abrió. Negro Grande entró lánguidamente y por un instante llenó el umbral con su corpulencia, ocultando a quien le seguía. Se trataba de la mujer que Francis había visto por la ventana al principio de la sesión. Tras ella, a su vez, iba Tomapastillas y, por último, Negro Chico. Los auxiliares adoptaron posiciones de centinela junto a la puerta.

– Señor Evans -dijo Gulptilil-, lamento interrumpir la sesión.

– No se preocupe -respondió el señor del Mal-. Ya estábamos a punto de terminar.

Francis tenía la certeza de que estaban más al principio que al final de algo. Pero, de hecho, no escuchó el intercambio entre los dos terapeutas. En lugar de eso, observó a la mujer, que, ofreciéndole su perfil derecho, esperaba flanqueada por los hermanos Moses.

Tuvo la impresión de ver muchas cosas, todas a la vez. Era esbelta y muy alta, de casi metro ochenta, y rondaba los treinta años. Tenía la piel de color cacao, de una tonalidad parecida a las hojas de roble que caen en otoño, y sus ojos presentaban un aspecto ligeramente oriental. El cabello, de un negro azabache, le llegaba más abajo de los hombros. Debajo del impermeable color habano, llevaba un traje chaqueta azul. Sujetaba la cartera de piel con unos dedos largos y delicados, y contemplaba la sala con una determinación que habría calmado hasta al paciente más descompensado. Era casi como si su presencia silenciara los delirios y los temores que ocupaban cada asiento.

Al principio, Francis la consideró la mujer más hermosa del mundo, pero entonces ella se volvió un poco y él vio que tenía el lado izquierdo del rostro desfigurado por una larga cicatriz blanca que le partía la ceja y le recorría la mejilla en zigzag para terminar en la mandíbula. La cicatriz le causó el mismo efecto que el péndulo de un hipnotizador: no podía apartar los ojos de esa línea irregular que le bisecaba la cara. Se preguntó por un momento si no sería como mirar la obra de un artista desquiciado, que, abrumado ante una perfección inesperada, hubiera decidido tratar su propio arte con absoluta crueldad.

– ¿Quiénes son los dos hombres que encontraron el cadáver de la enfermera? -preguntó dando un paso al frente, y su ronca voz pareció atravesar a Francis.

– Peter, Francis -llamó el doctor Gulptilil-, esta señorita ha conducido desde Boston para haceros algunas preguntas. ¿Podríais acompañarnos a mi despacho para que pueda hablar con vosotros como es debido?

Francis se puso en pie y, en ese instante, fue consciente de que Peter observaba con la misma intensidad a la joven.

– Yo te conozco -musitó Peter como para sí.

Francis se percató de que la mujer se fijaba en su amigo y, por un segundo, arrugaba la frente en un gesto de reconocimiento. Luego, casi con la misma rapidez, volvió a su impasible belleza marcada.

Los dos hombres salieron del círculo de sillas.

– Cuidado -soltó Cleo de golpe. Y citó de su obra favorita-: «El claro día se apaga y nos dirigimos a las sombras.» -Se produjo un momento de silencio antes de que añadiera con voz ronca-: Cuidado con los cabrones. Sólo buscan perjudicarlo a uno.

Me alejé de la pared del salón y de todas las palabras que contenía, y pensé: Eso es. Ya estamos todos. A veces la muerte es como una ecuación algebraica, una larga serie de factores X y valores Y, multiplicados y divididos, sumados y restados hasta que se obtiene una solución simple pero espantosa: cero. Y en aquel momento la fórmula estaba escrita.

Cuando llegué al hospital, tenía veintiún años y nunca me había enamorado. Aún no había besado a una chica, ni sentido la suavidad de su piel. Eran un misterio para mí, cumbres tan inalcanzables e inaccesibles como la cordura. Aun así, llenaban mi imaginación. Había tantos secretos: la curva del pecho, el esbozo de una sonrisa, la base de la espalda al arquearse con un movimiento sensual. No sabía nada, lo imaginaba todo.

En mi loca vida había muchas cosas fuera de mi alcance. Supongo que debería haber sabido que me enamoraría de la mujer más exótica que conocería en mi vida. Y supongo que también debería haber sabido, en el momento en que se produjo esa mirada centelleante entre Peter el Bombero y Lucy Kyoto Jones, que había mucho más que decir y una relación mucho más profunda que saldría a la superficie. Pero era joven, y lo único que vi fue la presencia repentina de la persona más extraordinaria que había visto en mi vida. Parecía brillar como las lámparas de lava que tanto éxito tenían entre los hippies y los estudiantes, una forma en movimiento y fusión constante que fluía de una forma a otra.

Lucy Kyoto Jones era fruto de la unión entre un militar estadounidense negro y una mujer estadounidense de origen japonés. Su segundo nombre correspondía a la ciudad natal de su madre. De ahi los ojos en forma de almendra y la piel color cacao. De lo referente a la licenciatura de Derecho por Stanford y Harvard me enteraría más adelante.

También me enteraría más delante de lo de la cicatriz en la cara, porque la persona que le dejó esa marca y la otra, más profunda y menos evidente, le hizo seguir el camino que la condujo hasta el Hospital Estatal Western con preguntas que pronto gustarían muy poco.

Una de las cosas que aprendí en mis años de mayor locura fue que uno podía estar en una habitación, con paredes, ventanas con barrotes y puertas cerradas con llave, rodeado de otras personas locas, o incluso metido en una celda de aislamiento a solas, sin que esa fuera, de hecho, la habitación en que uno estaba. La habitación que uno ocupaba de verdad la componían la memoria, las relaciones y los acontecimientos, toda clase de fuerzas invisibles. A veces delirios. A veces alucinaciones. A veces deseos. A veces sueños y esperanzas, o ambición. A veces rabia. Eso era lo importante: reconocer siempre dónde estaban las paredes reales.

Y ése fue el caso entonces, cuando estábamos sentados en el despacho de Tomapastillas.

Miré por la ventana de mi casa y vi que era tarde. La luz del día había desaparecido y, en su lugar, reinaba la espesura de la noche urbana. En el piso tengo varios relojes, todos regalo de mis hermanas, que, por algún motivo que todavía no he podido determinar, parecen pensar que tengo una necesidad casi constante y muy apremiante de saber siempre qué hora es. Pensé que las palabras eran la única hora que necesitaba en este momento, así que me tomé un respiro para fumarme un cigarrillo mientras reunía todos los relojes y los desenchufaba de la pared o les quitaba las pilas para que dejaran de funcionar. Todos se habían detenido más o menos en el mismo momento: las diez y diez, las diez y once, las diez y trece. Tomé cada reloj y moví las manecillas para eliminar cualquier apariencia de congruencia. Cada uno de ellos estaba parado en un momento distinto. Una vez logrado eso, reí en voz alta. Era como si me hubiera apoderado del tiempo y liberado de sus limitaciones.

Recordé cómo Lucy se había inclinado hacia delante y había fijado una mirada seria, fulminante, primero en Peter, después en mí y, a continuación, de nuevo en él. Supongo que al principio quería impresionarnos con su determinación. Quizás había creído que así se trataba con los dementes: con decisión, más o menos como uno haría con un cachorro díscolo.

– Quiero saber todo lo que vieron ayer por la noche -exigió.

Peter el Bombero vaciló antes de responder.

– ¿Tal vez podría decirnos antes, señorita Jones, por qué le interesa lo que recordamos? Al fin y al cabo, los dos prestamos declaración ante la policía local.

– ¿Por qué estoy interesada en el caso? -repuso-. Me informaron de algunos detalles poco después de que se encontrara el cadáver, y tras un par de llamadas a las autoridades locales, me pareció importante comprobarlos personalmente.

– Pero eso no explica nada -replicó Peter con un gesto de desdén. Se inclinó hacia la joven-. Quiere saber lo que vimos, pero Pajarillo y yo ya tenemos heridas de nuestro primer encuentro con la seguridad del hospital y los detectives de la policía local. Sospecho que tenemos suerte de no estar metidos en una celda de aislamiento de la cárcel del condado, acusados por error de un delito grave. De modo que antes de que aceptemos ayudarla, ¿por qué no vuelve a explicarnos por qué está tan interesada… con un poquito más de detalle, por favor?

El doctor Gulptilil tenía una ligera expresión de asombro, como si la idea de que un paciente pudiera cuestionar a alguien cuerdo fuera algo contrario a las normas.

– Peter -dijo con frialdad-, la señorita Jones es fiscal del condado de Suffolk. Y creo que es ella quien debería hacer las preguntas.

– Sabía que la había visto antes -dijo el Bombero en voz baja, y asintió-. Puede que en un tribunal.

– Estuve sentada frente a usted una vez, durante un par de sesiones -respondió ella tras mirarlo un momento-. Lo vi testificar en el caso del incendio de Anderson, hará unos dos años. Yo todavía era una ayudante que manejaba delitos menores. Querían que algunos de nosotros viéramos cómo le repreguntaban.

– Recuerdo que serví de bastante ayuda -sonrió Peter-. Fui yo quien descubrió dónde se había provocado el incendio. Fue bastante inteligente poner una toma de corriente al lado del lugar del almacén donde se guardaba el material inflamable, de modo que su propio producto avivara el fuego. Fue necesaria cierta planificación. Pero eso es fundamental para un pirómano: planear. La consecución del fuego forma parte de la emoción. Es como se logra uno bueno.

– Por eso nos pidieron que fuéramos a verlo -explicó Lucy-. Porque creían que iba a convertirse en el mejor investigador de incendios provocados de la policía de Boston. Pero las cosas no salieron bien, ¿no es así?

– Oh -exclamó Peter con una sonrisa más ancha, como si lo que Lucy Jones acababa de decir contuviera algún chiste que Francis no había captado-. Podría decirse que sí. Depende de cómo se miren las cosas. Como la justicia, lo que está bien y todo eso. Pero no ha venido aquí por mí, ¿verdad, señorita Jones?

– No. He venido por el asesinato de la enfermera en prácticas.

Peter observó a Lucy Jones. Luego dirigió una mirada a Francis y después a Negro Grande y a Negro Chico, que estaban en la parte posterior de la habitación, y por último a Tomapastillas, que estaba sentado algo intranquilo tras su escritorio.

– Dime, Pajarillo -pidió Peter tras volverse de nuevo hacia Francis-, ¿por qué dejaría una fiscal de Boston todo lo que está haciendo y vendría al Hospital Estatal Western a hacer preguntas a un par de locos sobre una muerte ocurrida fuera de su jurisdicción y por la que ya se ha detenido y acusado a un hombre? Esa muerte tiene algo que ha despertado su interés, Pajarillo. ¿Pero qué? ¿Qué puede haber motivado que la señorita Jones viniera aquí con tanta prisa para hablar con un par de chiflados?

Francis miró a Lucy Jones, cuyos ojos se habían fijado en Peter con una mezcla de curiosidad y reconocimiento que Francis no sabía muy bien cómo llamar.

– Bueno, señor Petrel -preguntó pasado un momento con una sonrisita que se inclinaba un poco hacia la cicatriz-, ¿puede responder a esa pregunta?

Francis pensó un momento. Se imaginó a Rubita tal como la habían encontrado.

– El cadáver -aseguró.

– Sí, señor Petrel -sonrió Lucy-. ¿Puedo llamarte Francis?

El joven asintió.

– ¿Qué pasa con el cadáver? -preguntó ella.

– Tenía algo especial.

– Podría haber tenido algo especial -corrigió Lucy Jones. Miró a Peter-. ¿Quiere intervenir?

– No -rehusó Peter, y cruzó los brazos-. Pajarillo lo está haciendo muy bien. Que siga él.

– ¿Entonces…? -lo animó ella.

Francis se recostó un instante y, con la misma rapidez, volvió a inclinarse hacia delante mientras pensaba qué querría dar a entender la fiscal. Se le agolparon en la cabeza imágenes de Rubita, el modo en que su cadáver estaba contorsionado, la forma en que sus ropas estaban dispuestas. Se percató de que todo era un rompecabezas y la hermosa mujer que tenía sentada enfrente formaba parte de él.

– Las falanges que le faltaban en la mano -dijo por fin.

– Háblame de esa mano -pidió Lucy tras asentir-. ¿Qué te pareció?

– La policía tomó fotografías, señorita Jones -intervino el doctor Gulptilil-. Estoy seguro de que puede examinarlas. No entiendo por qué… -Pero su objeción se desvaneció cuando la mujer hizo un gesto a Francis para que continuara.

– Parecía como si alguien, el asesino, se las hubiera llevado -concluyó éste.

– Bien -asintió Lucy-. ¿Podrías decirme por qué el hombre acusado…? ¿Cómo se llama?

– Larguirucho -respondió el Bombero. Su voz había adquirido un tono más grave, más firme.

– Sí. ¿Por qué Larguirucho, a quien ambos conocíais, podría haber hecho eso?

– No hay ninguna razón.

– ¿No se te ocurre alguna por la que podría haber marcado a la joven de ese modo? ¿Nada que hubiera dicho antes? ¿O el modo en que había actuado? Tengo entendido que había estado bastante nervioso…

– No -aseguró Francis-. Nada de la manera en que murió Rubita encaja con lo que sabemos de Larguirucho.

– Ya veo -asintió Lucy-. ¿Estaría de acuerdo con esa afirmación, doctor?

– ¡En absoluto! -dijo Gulptilil con energía-. Su conducta antes del asesinato fue exagerada, muy nerviosa. Intentó atacarla ese mismo día. Ha tenido una marcada propensión a amenazar con violencia en varias ocasiones en el pasado, y al final, rebasó el límite, como el personal se temía.

– Así pues, ¿no está de acuerdo con la valoración de estos señores?

– No. La policía encontró pruebas en su cama. Y la sangre en su camisa de dormir correspondía a la víctima.

– Conozco esos detalles -dijo Lucy Jones con frialdad. Y se dirigió de nuevo a Francis-. ¿Podrías volver a las falanges que faltaban, por favor? -pidió con delicadeza-. ¿Podrías describir qué viste exactamente, por favor?

– Había cuatro falanges probablemente cortadas. Tenía la mano en un charco de sangre. -Francis levantó una mano ante su cara, como si quisiera ver cómo sería que le cercenaran la punta de los dedos.

– Si Larguirucho, vuestro amigo, lo hubiera hecho…

– Podría haber hecho ciertas cosas -la interrumpió Peter-. Pero no eso. Y sin duda tampoco la agresión sexual.

– ¡Eso no lo sabes! -replicó el doctor Gulptilil-. Es una mera suposición. He visto la misma clase de mutilaciones, y le aseguro que pueden producirse de varias formas. Incluso por accidente. La idea de que Larguirucho fuera incapaz de cortarle la mano, o que todo ocurrió de algún otro modo sospechoso es una mera conjetura. Veo adonde quiere llegar con esto, señorita Jones, y creo que la implicación es errónea, además de poder ser perjudicial para el hospital.

– ¿De veras? -se sorprendió Lucy, y se volvió de nuevo hacia el psiquiatra. Esa pregunta no pedía ninguna ampliación. Hizo una pausa y dirigió la mirada a los dos pacientes. Fue a hablar, pero Peter la interrumpió antes de que pudiera hacerlo.

– ¿Sabes qué, Pajarillo? -Se dirigió a Francis pero tenía los ojos puestos en Lucy Jones-. Sospecho que esta joven fiscal ha visto otros tres cadáveres muy parecidos al de Rubita. Y que a cada uno de esos cadáveres le faltaba una falange, o más, de la mano, como a Rubita. Eso es lo que yo supongo ahora mismo.

Lucy Jones sonrió sin la menor nota de humor. A Francis le pareció una de esas sonrisas que se usaban para ocultar toda clase de sentimientos.

– Es una buena suposición, Peter -dijo.

El Bombero entornó los ojos y se recostó, como si reflexionara, antes de seguir hablando despacio.

– También creo, Pajarillo, que esta señorita es responsable de encontrar al hombre que extirpó esas falanges a esas otras mujeres. Y que por eso vino aquí corriendo y tiene tantas ganas de hablar con nosotros. ¿Y sabes qué más, Pajarillo?

– ¿Qué Peter? -preguntó Francis, aunque ya intuía la respuesta.

– Apostaría que, bien entrada la noche, en la oscuridad de su habitación en Boston, sola en la cama, con las sábanas enredadas y sudadas, la señorita Jones tiene pesadillas sobre cada una de esas mutilaciones y lo que podrían significar.

Francis miró a Lucy Jones, que asintió despacio con la cabeza.

9

Me alejé de la pared y dejé caer el lápiz al suelo.

La tensión del recuerdo me revolvía el estómago. Tenía la garganta seca y el corazón acelerado. Aparté la mirada de las palabras que se leían en la deslucida pared blanca y me dirigí al pequeño cuarto de baño. Abrí el grifo del agua caliente y también la ducha para llenar el cubículo de una calidez pegajosa, húmeda. El calor me recorrió el cuerpo y el mundo empezó a nublarse a mi alrededor. Era como recordaba esos momentos en el despacho de Tomapastillas, cuando la naturaleza real de nuestra situación empezó a cobrar forma. La habitación se caldeó y noté una falta de aliento asmática, como aquel día. Miré mi reflejo en el espejo. El calor lo empañaba, lo desdibujaba, como si le faltaran contornos. Cada vez me costaba más ver si estaba como era ahora, algo envejecido, medio calvo y con las primeras arrugas, o como era entonces, cuando tenía mi juventud y mis problemas, y la piel y los músculos tan firmes como mi imaginación. Detrás de esa imagen de mí mismo en el espejo estaban los estantes de mis medicamentos. Me temblaban las manos y, peor aún, algo se sacudía en mi interior, como un gran movimiento sísmico en mi corazón. Sabía que debía tomar algún fármaco. Tranquilizarme. Recuperar el control de las emociones. Calmar las fuerzas que acechaban bajo mi piel. Noté cómo la locura intentaba apoderarse de mi pensamiento. Y me sentí como un escalador que de repente pierde el equilibrio y se tambalea, sabiendo que un resbalón se convertirá en una caída y que si no logra aferrarse a algo se desplomará hacia la inconsciencia.

Exhalé aire sobrecalentado. Tenía las ideas chamuscadas.

Aún podía oír la voz de Lucy Jones cuando se inclinó hacia Peter y hacia mí.

«Una pesadilla es algo de lo que puedes despertar, Peter-había dicho-. Pero los pensamientos y las ideas que permanecen después de que tus terrores hayan desaparecido son algo bastante peor.»

– Conozco muy bien esa clase de despertar -dijo Peter con un tono formal que, curiosamente, parecía tender un puente entre ellos.

Gulptilil interrumpió las ideas que se estaban barajando en su despacho.

– Escuche -dijo con una oficiosidad enérgica-. No me gusta nada la dirección que está tomando esta conversación, señorita Jones. Está sugiriendo algo que es bastante difícil de considerar.

– ¿Qué cree que estoy sugiriendo? -repuso Lucy Jones, volviéndose hacia él.

Francis pensó que había obrado como la fiscal que era. En lugar de negar, objetar o tener alguna otra reacción contraria, devolvía la pregunta al médico. Tomapastillas, que no era tonto aunque a menudo lo pareciera, también debió de darse cuenta, ya que no se trataba de una técnica que los psiquiatras desconocieran; se movió incómodo antes de responder. La cautela lo llevó a eliminar la agudeza que la tensión imprimía a su voz, de modo que recuperó su acento empalagoso y algo británico.

– Lo que creo, señorita Jones, es que no está dispuesta a ver circunstancias que contradigan lo que usted desea encontrar. Se ha producido una muerte desafortunada. Se avisó de inmediato a las autoridades competentes. Se examinó el escenario del crimen. Se interrogó a los testigos. Se obtuvieron pruebas. Se practicó una detención. Todo eso se hizo conforme al procedimiento y a la forma. Parece que sería el momento de dejar que tuviera lugar el proceso judicial y ver qué se decide.

Lucy asintió y consideró su respuesta.

– ¿Le suenan los nombres de Frederick Abberline y sir Robert Anderson, doctor?

Tomapastillas arrugó el entrecejo. Francis vio cómo hojeaba el índice de su memoria sin obtener resultado. Era la clase de fallo que Gulptilil detestaba. Era un hombre que se negaba a mostrar cualquier carencia, por nimia o insignificante que fuera. Se revolvió en el asiento, carraspeó una o dos veces y respondió meneando la cabeza.

– No, lo siento. Esos nombres no me dicen nada. ¿Cuál es su relación con esta discusión, si puede saberse?

– Quizá, doctor, le resulte más familiar un coetáneo de ellos -repuso Lucy en lugar de contestar directamente-. Un caballero conocido como Jack el Destripador.

– Por supuesto. -Gulptilil entornó los ojos-. Se lo menciona en notas a pie de página en varios textos médicos y psiquiátricos, sobre todo debido a la ferocidad y notoriedad de sus crímenes. Pero los otros…

– Abberline era el inspector encargado de investigar los asesinatos de Whitechapel en 1888. Anderson era su supervisor. ¿Está familiarizado con esos hechos?

– Hasta los niños conocen a Jack el Destripador -replicó el medico, y se encogió de hombros-. Incluso ha dado lugar a novelas y películas.

– Sus crímenes dominaban las noticias -prosiguió Lucy-. Atemorizaban a la población. Se convirtió en una especie de referencia contra la que muchos crímenes parecidos se siguen comparando hoy en día, aunque en realidad se limitaron a un área bien definida y a una clase muy concreta de víctimas. El pánico que provocaron era desproporcionado con respecto a su impacto real, lo mismo que su impacto en la historia. En el Londres actual se puede hacer una visita guiada en autobús por los lugares de los asesinatos. Y existen grupos de debate que siguen investigando los crímenes. Casi cien años después, la gente sigue morbosamente fascinada. Todavía quiere saber quién era Jack.

– ¿Cuál es el propósito de esta lección de historia, señorita Jones? Quiere decirnos algo, pero creo que no sabemos muy bien qué.

A Lucy no pareció importarle esta reacción negativa.

– ¿Sabe qué ha intrigado siempre a los criminólogos de los crímenes de Jack el Destripador, doctor?

– No.

– Que terminaron tan de repente como empezaron.

– ¿Sí?

– Como un grifo de terror abierto y, después, cerrado. Clic. Así, sin más.

– Interesante, pero…

– Dígame, doctor, según su experiencia, ¿las personas dominadas por su compulsión sexual, sobre todo para cometer crímenes espantosos, cada vez más brutales, y que encuentran plena satisfacción en sus actos, paran espontáneamente?

– No soy psiquiatra forense, señorita Jones.

– Pero según su experiencia, doctor…

– Sospecho, señorita Jones -respondió con tono de superioridad a la vez que sacudía la cabeza-, que usted sabe tan bien como yo que la respuesta a esa pregunta es que no. Un psicópata homicida no puede poner término a sus crímenes. Por lo menos no voluntariamente, aunque a algunos de ellos la excesiva culpa les lleva a suicidarse. Éstos, por desgracia, son minoría. Por lo general, los asesinos reincidentes sólo se detienen debido a alguna circunstancia externa.

– Sí, cierto. Anderson y Abberline barajaron tres posibilidades para el cese de los crímenes de Jack el Destripador en Londres. La primera, que hubiera emigrado a América (poco probable pero posible), aunque no hay constancia de asesinatos de ese tipo en Estados Unidos. La segunda, que hubiese muerto, bien por suicidio o a manos de alguien, lo que tampoco era demasiado probable. En la era victoriana, el suicidio no era muy frecuente, y tendríamos que suponer que a Jack el Destripador lo atormentaba su propia maldad, algo de lo que no existe ningún indicio. La tercera era una posibilidad más realista.

– ¿Cuál?

– Que Jack hubiese sido recluido en un hospital psiquiátrico e, incapaz de salir de allí, permaneció para siempre tras sus gruesas paredes. -Hizo una pausa antes de preguntar-: ¿Son muy gruesas aquí las paredes, doctor?

Tomapastillas reaccionó poniéndose de pie.

– ¡Lo que está sugiriendo, señorita Jones, es espantoso! -Tenía el rostro crispado-. ¡Imposible! ¡Que algún Destripador actual esté aquí, en este hospital!

– ¿Dónde podría esconderse mejor? -preguntó la fiscal en voz baja.

Tomapastillas se esforzaba por recobrar la compostura.

– ¡La idea de que un asesino, aunque sea inteligente, pudiera ocultar sus verdaderas pulsiones a todo el personal del hospital es ridícula! Puede que eso fuera posible en el siglo XIX, cuando la psicología estaba aún en mantillas. ¡Pero no en la actualidad! Exigiría una fuerza de voluntad constante, una sofisticación y un conocimiento de la naturaleza humana muy superiores a los que puedan tener nuestros pacientes. Su sugerencia es simplemente imposible. -Pronunció estas palabras con una contundencia que ocultaba sus temores.

Lucy fue a responder pero se detuvo. En lugar de eso, se inclinó para recoger la cartera de piel. Rebuscó en su interior y se volvió hacia Francis.

– ¿Cómo llamabais a la enfermera asesinada? -preguntó.

– Rubita -dijo Francis.

Lucy Jones asintió.

– Sí. Parece acertado. Y llevaba el pelo corto… -Mientras hablaba, casi consigo misma, sacó un sobre de la cartera, del que extrajo una serie de fotografías en color de veinte por veinticinco. Se las puso en el regazo y las fue pasando hasta elegir una, que lanzó por la mesa hacia Tomapastillas-. Hace dieciocho meses -anunció mientras la fotografía se deslizaba por la superficie de madera.

Otra fotografía surgió del montón.

– Hace catorce meses.

Y una tercera.

– Hace diez meses.

Francis estiró el cuello y vio que en cada fotografía aparecía una mujer joven. Observó las marcas de sangre en la garganta de cada una de ellas. Observó las ropas arrancadas y cambiadas de sitio. Observó sus ojos abiertos al horror. Todas eran Rubita, y Rubita era cada una de ellas. Eran diferentes pero iguales. Francis se acercó más cuando otras tres fotografías resbalaron por la mesa. Eran primeros planos de la mano derecha de cada víctima. A la primera le faltaba una falange de un dedo; a la segunda, dos; y a la tercera, tres.

Desvió la mirada hacia a Lucy Jones, que había entrecerrado los ojos y exhibía una expresión tensa. Francis pensó que resplandecía un momento con una intensidad a la vez incandescente y gélida.

La joven inspiró despacio y habló con voz dura, baja:

– Voy a encontrar a este hombre, doctor.

Tomapastillas contempló con impotencia las fotografías. Francis se dio cuenta de que estaba evaluando la gravedad de la situación. Pasado un momento, reunió todas las fotografías, como un tahúr hace con las cartas después de barajadas pero sabiendo muy bien dónde está el as de picas. Dio golpecitos con el mazo en la mesa para igualar todos los bordes. A continuación, las devolvió a Lucy.

– Sí -admitió-, creo que lo hará. O al menos lo intentará.

Francis no pensó que Tomapastillas quisiera decir realmente lo que decía. Pero después recapacitó: quizá sí quería decir realmente algunas de las cosas que decía, mientras que otras no. Decidir cuáles era muy difícil.

El médico volvió a su asiento. Tamborileó con los dedos sobre la mesa. Miró a la joven fiscal y arqueó sus pobladas cejas negras, como si previera otra pregunta.

– Necesitaré su ayuda -dijo por fin Lucy.

– Por supuesto. -Gulptilil se encogió de hombros-. Es evidente. Mi ayuda, y la de otros, claro. Pero creo que, a pesar de la increíble similitud entre la muerte que se produjo aquí y las que usted nos ha mostrado de modo tan melodramático, está usted equivocada. Creo que, por desgracia, nuestra enfermera fue atacada por el paciente que está ahora detenido y acusado del crimen. Sin embargo, en aras de la justicia, la ayudaré con todos los medios a mi alcance, aunque sólo sea para que se quede tranquila, señorita Jones.

Francis pensó de nuevo que cada palabra decía una cosa pero quería decir otra.

– Voy a quedarme aquí hasta obtener algunas respuestas -aseguró Lucy.

Gulptilil asintió despacio. Esbozó una sonrisa forzada.

– Puede que aquí no seamos especialmente buenos en proporcionar respuestas -comentó-. Las preguntas abundan, pero lograr soluciones es más difícil. Y, por supuesto, no con la clase de precisión legal que yo diría que usted desea, señorita Jones. Aun así -prosiguió-, nos pondremos a su entera disposición, en la medida de lo posible.

– Para llevar a cabo una investigación como es debido -repuso Lucy-, como usted muy bien indicaba, necesitaré algo de ayuda. Y acceso a todo y a todos.

– Permítame que se lo recuerde otra vez: esto es un hospital psiquiátrico -replicó el médico-. Nuestra tarea es muy diferente a la suya. E imagino que podrían entrar en conflicto. O, por lo menos, esa posibilidad existe. Su presencia no puede perturbar el funcionamiento del centro, ni ser tan abrumadora que altere la frágil situación de muchos pacientes. -Hizo una pausa y la miró con una mueca-. Pondremos las historias clínicas a su disposición, si lo desea -prosiguió-. Pero en cuanto a las salas y a interrogar a posibles testigos o sospechosos… bueno, no estamos preparados para ayudarla en eso. Después de todo, nuestra función consiste en ayudar a personas aquejadas de una enfermedad grave y a menudo limitadora de sus capacidades. Nuestro enfoque es terapéutico, no policial. No tenemos a nadie con la clase de experiencia que, en mi opinión, se necesita…

– Eso no es cierto -masculló Peter el Bombero. Sus palabras paralizaron a todo el mundo y provocaron un silencio tenso. Entonces añadió con voz firme y segura -: Yo la tengo.

Segunda parte. UN MUNDO DE HISTORIAS

10

Tenía la mano acalambrada y dolorida, como mi existencia. Sujeté con fuerza el lápiz, como si fuera una especie de cuerda de salvamento que me amarraba a la cordura. O acaso a la locura. Cada vez me costaba más distinguirlas. Las palabras que había escrito en las paredes que me rodeaban temblaban, como las reverberaciones del calor sobre el asfalto de una carretera un mediodía de verano. A veces veía el hospital como un universo completo en sí mismo, en que todos éramos pequeños planetas mantenidos en su sitio por fuerzas gravitacionales invisibles, y que nos movíamos por el espacio trazando nuestra propia órbita, aunque interdependientes; relacionados unos con otros, aunque separados. Si se reúnen personas por cualquier motivo, en una cárcel, en un cuartel, en un partido de baloncesto, en una reunión del Lions' Club, en un estreno de Hollywood, en un mitin sindical o en una sesión del consejo escolar, hay un objetivo común, un vínculo compartido. Pero eso no era tan cierto para nosotros, porque el único lazo real que nos unía era un singular deseo de ser distintos a lo que éramos, y para muchos de nosotros ése era un sueño que parecía inalcanzable. Y supongo que para los que el hospital se había tragado hacía años, ni siquiera era una preferencia. A muchos de nosotros nos asustaba el mundo exterior y los misterios que contenía, tanto que estábamos dispuestos a correr el riesgo de cualquier peligro que acechara entre las paredes del hospital. Todos éramos islas, con nuestras propias historias, juntas en un sitio que se volvía con rapidez cada vez más inseguro.

Negro Grande me dijo una vez, mientras estábamos tranquilamente en un pasillo durante uno de los muchos momentos en que no había nada que hacer salvo esperar a que pasara algo, aunque rara vez pasaba, que los hijos adolescentes de las personas que trabajaban en el hospital y vivían en sus terrenos tenían un método para sus citas del sábado por la noche: bajaban a pie al campus de la universidad cercana para que los recogieran o los dejaran. Y cuando les preguntaban, decían que sus padres trabajaban ahí, pero señalaban la universidad, no colina arriba, donde todos pasábamos nuestros días y nuestras noches. Nuestra locura era su estigma. Era como si temieran contagiarse de nuestras enfermedades. Eso me parecía razonable. ¿Quién querría ser como nosotros? ¿ Quién querría estar asociado con nuestro mundo?

La respuesta a eso era escalofriante: una persona.

El ángel.

Inspiré hondo y, exhalé, dejando que el aire me silbara entre los dientes. No me había permitido pensar en él desde hacía años. Miré lo que había escrito y comprendí que no podría contar todas esas historias sin explicar también la suya, y eso me puso muy nervioso. Un viejo desasosiego y un antiguo temor se apoderaron de mí.

Y entonces él entró en la habitación.

No como un vecino o un amigo, ni siquiera como un convidado de piedra, sino como un fantasma. No se abrió la puerta, no se ofreció ningún asiento, no hubo presentaciones. Pero, aun así, estaba ahí. Me volví, primero a un lado y después a otro, para intentar distinguirlo del aire que me rodeaba, pero no pude. Era del color del viento. Unas voces que no había oído en muchos meses, voces que se habían acallado en mi interior, empezaron de pronto a gritar advertencias que me resonaban en la cabeza. Pero era como si su mensaje estuviera en un idioma extranjero; ya no sabía cómo escuchar. Tuve la sensación horrible de que algo inaprensible pero crucial se había descompuesto de repente, y que el peligro estaba muy cerca. Tan cerca que podía notar su aliento en la nuca.

Se produjo un silencio momentáneo en el despacho. El sonido de un teclado llegó de repente a través de la puerta cerrada. En algún sitio del edificio de administración, un paciente angustiado soltó un alarido largo y lastimero, pero se desvaneció como el ladrido de un perro lejano. Peter el Bombero se situó en el borde de la silla, del mismo modo que un niño ansioso que sabe la respuesta a una pregunta del profesor.

– Correcto -asintió Lucy Jones en voz baja.

Esas palabras sólo parecieron infundir vigor al silencio.

Siendo un hombre con formación psiquiátrica, Gulptilil poseía sagacidad política, quizás incluso más allá de su actividad profesional. Dedicó un momento a valorar el aspecto del extraño grupo reunido en su despacho.

Como muchos médicos de la psique, tenía una habilidad asombrosa para examinar el momento con distanciamiento emocional, casi como si estuviera en una torre de vigilancia observando un patio. A su lado vio a una mujer joven con una sólida convicción y unas prioridades muy distintas a las suyas. Tenía unas cicatrices que parecían refulgir de acaloramiento. Frente a él vio al paciente que estaba mucho menos loco que los demás y, no obstante, más condenado, con la posible excepción del hombre que la joven buscaba con tanto ahínco, si realmente existía, cosa que el doctor Gulptilil dudaba. También observó a Francis, y pensó que era probable que se viera arrastrado por la fuerza de los otros dos, lo que no le parecía necesariamente positivo.

Gulptilil se aclaró la garganta y se revolvió en el asiento. Podía detectar los posibles problemas que debería afrontar. Los problemas poseían una cualidad explosiva a la que él dedicaba gran parte de su tiempo y energía a combatir. No era que disfrutara especialmente de su trabajo de director psiquiátrico del hospital, pero procedía de una tradición de deber, unida a un compromiso casi religioso con el trabajo constante, y trabajar para el Estado reunía muchas virtudes que él consideraba primordiales, como una paga semanal regular y las prestaciones que la acompañaban, y carecía del riesgo que suponía abrir su propia consulta y esperar que una cantidad suficiente de neuróticos locales empezaran a pedirle hora.

Su mirada recayó en la fotografía situada en una esquina de la mesa. Era un retrato de estudio de su mujer y sus dos hijos, un niño en edad escolar y una chica que acababa de cumplir los catorce. Tomada hacía menos de un año, mostraba el cabello de su hija cayendo en grandes ondas negras sobre los hombros hasta llegarle a la cintura. Se trataba de un signo tradicional de belleza para su gente, por muy lejos que viviera de su país natal. Cuando era pequeña, a menudo se sentaba para que su madre le pasara el cepillo por la reluciente cabellera negra. Esos momentos habían desaparecido. Una semana atrás, en un arranque de rebelión, su hija fue a escondidas a la peluquería y se cortó el pelo a lo paje, con lo que desafiaba a la vez la tradición familiar y el estilo predominante ese año. Su mujer había llorado sin parar dos días, y él se había visto obligado a soltarle un severo sermón, ignorado en su mayor parte, e imponerle un castigo que consistió en prohibirle todas las actividades extraescolares durante dos meses y en limitarle el uso del teléfono, lo que provocó un airado estallido de lágrimas y un juramento que le sorprendió que conociera. Sobresaltado, se percató de que las cuatro víctimas de las fotografías que Lucy Jones le había enseñado llevaban el pelo corto. A lo paje. Y que eran muy delgadas, casi como si asumieran su feminidad de mala gana. Su hija era así, llena de ángulos y líneas huesudas, mientras que las curvas sólo se insinuaban. Apretó los labios al considerar ese detalle. También sabía que su hija se oponía a sus intentos de limitarle los movimientos por los terrenos del hospital. Eso le llevó a morderse el labio inferior. El miedo, se reprendió al punto, no era cosa de los psiquiatras sino de los pacientes. El miedo era irracional y se instalaba como un parásito en lo desconocido. Su profesión se basaba en el conocimiento y en el estudio, y en su aplicación constante a toda clase de situaciones. Intentó tranquilizarse, pero le costó lo suyo.

– Señorita Jones -dijo al cabo-, ¿qué propone exactamente?

Lucy inspiró hondo antes de contestar, de modo que pudo ordenar sus pensamientos con la rapidez de una ametralladora.

– Lo que propongo es descubrir al hombre que creo ha cometido estos crímenes. Se trata de asesinatos en tres jurisdicciones distintas del este del Estado, seguidos del que tuvo lugar aquí. Creo que el asesino sigue libre, a pesar de la detención que se efectuó. Lo que necesitaré, para demostrarlo, es acceso a los expedientes de sus pacientes y libertad para efectuar interrogatorios. Además -prosiguió, y fue entonces cuando la primera duda le asomó a la voz-, necesitaré que alguien intente descubrirlo desde dentro. -Dirigió la mirada a Francis-. Porque creo que ha previsto mi llegada. Y también creo que su conducta, cuando sepa que estoy tras su rastro, cambiará. Necesitaré a alguien que pueda detectar eso.

– ¿A qué se refiere con que la ha previsto? -quiso saber Tomapastillas.

– Creo que la persona que mató a la joven enfermera lo hizo de ese modo porque sabía dos cosas: que podrían culpar con facilidad a otra persona, en este caso ese tal Larguirucho, y que, aun así, alguien como yo vendría a buscarlo.

– ¿Perdón?

– Tenía que saber que quienes investigamos sus crímenes vendríamos aquí.

Esta revelación provocó otro breve silencio en la habitación.

Lucy fijó los ojos en Francis y Peter para examinarlos con una mirada distante. Pensó que podría haber encontrado ayudantes mucho peores, aunque le preocupaba la volatilidad de uno y la fragilidad del otro. También miró a los hermanos Moses, apostados al otro lado de la habitación. Supuso que también podría incorporarlos a su plan, aunque no estaba segura de poder controlarlos tan bien como a los pacientes.

Gulptilil meneó la cabeza y habló.

– Creo que atribuye a este individuo, del que todavía no estoy seguro de su existencia, una sofisticación criminal que supera lo que razonablemente cabría esperar. Si quieres cometer un crimen que quede impune, ¿por qué invitas a alguien a buscarte? Con eso sólo aumentas las posibilidades de ser capturado.

– Porque para él matar es sólo una pequeña parte de la aventura. Por lo menos, eso creo yo. -No añadió nada más porque no quería que le preguntaran sobre los demás elementos de lo que había llamado la aventura.

Francis fue consciente de que se había producido un momento de cierta profundidad. Notaba unas fuertes vibraciones en la habitación y, por un instante, tuvo la sensación de que le tiraban al agua donde no hacía pie. Movió los pies sin darse cuenta, como un nadador entre las olas buscando el fondo.

Sabía que Tomapastillas deseaba la presencia de la fiscal tanto como la del asesino. Por muy locos que estuvieran todos, el hospital seguía siendo una burocracia, y dependía de chupatintas de la administración estatal. Nadie que deba su medio de vida a la chirriante maquinaria oficial desea algo que, de un modo u otro, acabará agitando el avispero. Francis vio cómo el médico se removía en su silla mientras intentaba imaginarse lo que podía convertirse en un espinoso matorral político. Si Lucy Jones tenía razón y Gulptilil le negaba el acceso a las historias clínicas, se expondría a todo tipo de desastres en caso de que el asesino volviese a matar y llegase a oídos de la prensa.

Francis sonrió. Le alegraba no estar en la piel del director. Mientras Gulptilil consideraba la difícil encrucijada en que se encontraba, Francis miró a Peter el Bombero. Parecía nervioso, electrizado, como si lo hubieran enchufado a algo. Habló con absoluta convicción:

– Doctor Gulptilil, si hace lo que sugiere la señorita Jones y ella consigue atrapar al asesino, será usted quien se lleve prácticamente todo el mérito. Si ella y quienes la ayudemos fracasamos, la responsabilidad será de la fiscal. Recaerá en sus hombros y en los de los chiflados que intentaron ayudarla.

Tras valorar esas palabras, el médico asintió.

– Puede que así sea, Peter. -Tosió un par de veces mientras hablaba-. Quizá no sea del todo justo, pero creo que tienes razón. -Echó un vistazo a los reunidos-. Esto es lo que voy a permitir -dijo por fin-. Señorita Jones, tendrá acceso a las historias que necesite, siempre que se respete la confidencialidad de los pacientes. También podrá interrogar a las personas que considere sospechas. Yo mismo, o el señor Evans, estaremos presentes en los interrogatorios. Es cuestión de justicia. Los pacientes, incluso aquellos sospechosos de cometer delitos, tienen sus derechos. Y si alguno de ellos pone objeciones a que usted le interrogue, no le obligaré. O, a la inversa, le aconsejaré la presencia de un abogado. Cualquier decisión médica que pueda plantearse a raíz de esas conversaciones deberá proceder del personal competente. ¿Le parece bien?

– Por supuesto, doctor -respondió Lucy, un poco deprisa.

– Y le suplico que proceda con rapidez -añadió el médico-. Aunque muchos pacientes, de hecho la mayoría, son crónicos, con pocas probabilidades de abandonar el hospital sin años de atención, una parte considerable de los demás llega a estabilizarse, se medica y se le autoriza a volver a su casa con su familia. No sé en cuál de estas categorías se encuentra su sospechoso, aunque tengo mis sospechas.

De nuevo, Lucy asintió.

– Dicho de otro modo -dijo el médico-, no hay forma de saber si seguirá aquí ahora que ha llegado usted. Pero no voy a impedir que se dé de alta a pacientes cualificados para ello sólo porque usted esté buscando a su hombre. ¿Lo comprende? Las decisiones diarias del centro no se verán afectadas.

Lucy asintió otra vez.

– Y en cuanto a contar con la ayuda de otros pacientes en sus… indagaciones -dijo tras dirigir una ceñuda mirada a Peter y Francis-. Bueno, no puedo aprobarlo de modo oficial, incluso aunque le viese alguna utilidad. Pero puede hacer lo que quiera, informalmente, por supuesto. No se lo impediré. Sin embargo, no puedo conceder a estos pacientes ningún estatus especial ni ninguna autoridad, ¿comprende?. Tampoco pueden alterar su tratamiento de ningún modo. -Miró al Bombero, hizo una pausa, y observó a Francis-. Estos dos señores tienen diferentes estatus como pacientes -explicó-. Y las circunstancias que los trajeron aquí y los parámetros de su estancia también son distintos. Eso podría provocarle algunos problemas, si espera contar con su ayuda.

Lucy hizo un gesto con la mano, como para preceder a un comentario, pero se detuvo. Cuando por fin habló, lo hizo con una solemnidad que pareció cerrar el acuerdo.

– Por supuesto. Lo comprendo totalmente.

Se produjo entonces otro breve silencio, antes de que Lucy Jones prosiguiera.

– Huelga decir que el motivo de mi presencia aquí, y lo que espero conseguir y cómo, han de ser confidenciales.

– Desde luego. ¿Cree que me gustaría anunciar que un asesino anda suelto por el hospital? -replicó Gulptilil-. Eso provocaría el pánico y, en algunos casos, podría frustrar años de tratamiento. Debe llevar su investigación con la mayor discreción, aunque me temo que habrá rumores y especulaciones. Su sola presencia los suscitará. Hacer preguntas generará incertidumbre. Es inevitable. Además, parte del personal tendrá que estar informado, en mayor o menor medida. Me temo que también eso es inevitable, y no sé cómo pueda afectar a sus indagaciones. Aun así, le deseo suerte. Y pondré también a su disposición una de las salas de terapia, cercana al escenario del crimen, para que efectúe los interrogatorios que considere necesarios. Sólo tiene que avisarnos al señor Evans o a mí desde el puesto de enfermería antes de interrogar a nadie. ¿Le parece bien?

– Sí -asintió Lucy-. Gracias, doctor. Comprendo su preocupación y me esforzaré por ser discreta. -Hizo una pausa porque sabía que no pasaría demasiado tiempo antes de que todo el hospital, o por lo menos aquellos que mantuvieran cierto contacto con la realidad, supiera por qué estaba ahí. Y eso imprimía más urgencia a su trabajo-. Aunque sólo sea por comodidad -añadió-, considero necesario instalarme en el hospital durante mis investigaciones.

El médico lo consideró un momento y esbozó una fugaz sonrisita desagradable. Francis tuvo la impresión de que sólo él la había visto.

– Claro -respondió-. Hay una habitación libre en la residencia de enfermeras en prácticas.

Francis se dio cuenta de que no era necesario que el médico mencionara quién había sido su anterior ocupante.

Noticiero estaba en el pasillo del edificio Amherst cuando regresaron. Sonrió al verlos.

– Nuevo acuerdo sindical del profesorado de Holyoke -anunció-. Springfield Union-News, página B-l. Hola, Pajarillo, ¿qué estás haciendo? Los Sox jugarán contra los Yankees con dudas sobre el lanzador, Boston Globe, página D-l. ¿Vas a ver al señor del Mal? Te estaba buscando y no parecía muy contento. ¿Quién es tu amiga? Es muy bonita y me gustaría conocerla.

Noticiero saludó con la mano y dirigió una sonrisa tímida a Lucy. A continuación, abrió el periódico que llevaba bajo el brazo y se marchó por el pasillo haciendo eses, con los ojos puestos en las palabras impresas, concentrado en memorizarlas. Pasó junto a un par de hombres, uno anciano y otro de mediana edad, vestidos con pijamas holgados del hospital, que no parecían haberse peinado en la última década. Ambos ocupaban la parte central del pasillo, a poca distancia entre sí, y hablaban en voz baja. Daba la impresión de que conversaban, hasta que se les miraba a los ojos y se veía que cada uno de ellos hablaba solo, ajeno a la presencia del otro. Francis pensó que las personas como ellos formaban parte del hospital tanto como los muebles, las paredes o las puertas. A Cleo le gustaba llamar catos a los catatónicos, palabra que, para Francis, era tan buena como cualquier otra. Vio a una mujer avanzar con brío por el pasillo y detenerse de golpe. Reiniciaba la marcha. Paraba. Caminaba. Paraba. Luego reía y seguía su camino arrastrando una larga bata rosa.

– No es precisamente un mundo perfecto -oyó decir a Peter.

Lucy tenía los ojos algo desorbitados.

– ¿Sabe algo sobre la locura? -preguntó Peter.

La fiscal negó con la cabeza.

– ¿No hay ninguna tía Martha o tío Fred locos en su familia? ¿Ningún extraño primo Timmy al que le guste torturar animalitos? ¿Vecinos, tal vez, que hablen solos o que crean que el presidente es un extraterrestre?

Las preguntas de Peter parecieron relajar a Lucy, que sacudió la cabeza.

– Debo de tener suerte -comentó.

– Bueno, Pajarillo puede enseñarle todo lo que necesite saber sobre estar loco -respondió Peter con una risita-. Es un experto, ¿no es así, Pajarillo?

Francis no supo qué decir, así que se limitó a asentir. Observó cómo algunas emociones encontradas cruzaban el semblante de la fiscal, y pensó que una cosa era meterse en un-sitio como el Hospital Estatal Western con ideas, suposiciones y sospechas, y otra muy distinta obrar conforme a ellas. Tenía el aspecto de alguien que examina un objeto raro con una mezcla de duda y confianza.

– Bueno -prosiguió Peter-, ¿por dónde empezamos, señorita Jones?

– Por aquí mismo. Por el escenario del crimen. Necesito familiarizarme con el sitio donde se produjo el asesinato. Y después necesito familiarizarme con el hospital en su conjunto.

– ¿Una visita guiada? -propuso Francis.

– Dos visitas guiadas -corrigió Peter-. Una para inspeccionar todo esto. -Señaló el edificio-. Y una segunda para examinar esto. -Se dio unos golpecitos en la sien.

Negro Chico y su hermano los habían acompañado de vuelta a Amherst desde el edificio de administración, pero los habían dejado solos para hablar en el puesto de enfermería. Negro Grande había entrado después en una de las salas de tratamiento adyacentes. Negro Chico se acercó sonriendo.

– Esta situación es de lo más inusual -comentó afablemente. Lucy no contestó y Francis procuró descifrar en la expresión del auxiliar qué pensaba realmente sobre lo que estaba pasando-. Mi hermano ha ido a prepararle su nuevo despacho, señorita Jones. Y yo he informado debidamente a las enfermeras de guardia de que va a estar aquí un par de días como mínimo. Una de ellas le enseñará dónde está su habitación. Y supongo que en este momento el señor Evans debe de estar manteniendo una larga, aunque desagradable, conversación con el director médico, y que muy pronto también querrá hablar con usted.

– ¿El señor Evans es el psicólogo encargado?

– De esta unidad. Sí, señorita.

– ¿Y cree que no le gustará mi presencia aquí? -Lo dijo con una sonrisita irónica.

– No exactamente, señorita. Tiene que entender algo sobre cómo funcionan aquí las cosas.

– ¿Qué?

– Bueno, Peter y Pajarillo pueden ponerla al corriente tan bien como yo, pero, en resumen, el objetivo del hospital es hacer que las cosas vayan como una seda. Las cosas que son diferentes, que se salen de lo corriente, bueno, alteran a la gente.

– ¿A los pacientes?

– Claro. Y si los pacientes se alteran, el personal se altera. Y si el personal se altera, los administradores se alteran. ¿Comprende? A la gente le gusta que las cosas vayan como una seda. A todo el mundo. A los locos, a los ancianos, a los jóvenes, a los cuerdos. Y no creo que usted vaya a propiciar que las cosas vayan como una seda, señorita Jones. Supongo que usted va a provocar justo lo contrario.

Negro Chico había hablado esbozando una ancha sonrisa, como si todo eso le resultara divertido. Lucy lo observó, se encogió de hombros y le preguntó:

– ¿Y usted y su corpulento hermano? ¿Qué opinan?

– Que él sea corpulento y yo menudo no significa que no tengamos las mismas grandes ideas -dijo, y soltó una carcajada-. No, señorita. Lo que piensas no tiene nada que ver con tu aspecto. -Señaló los grupos de pacientes que recorrían el pasillo, como buscando corroborar sus palabras. A continuación, inspiró hondo y observó a la fiscal. Luego, bajando la voz, añadió-: Puede que ambos creamos que aquí pasó algo malo, y que eso no nos guste, porque, de ser así, en cierto sentido, nosotros tenemos la culpa. Y eso no nos gusta nada, en absoluto, señorita Jones. Así que, si se hiere alguna susceptibilidad, no nos parece que sea algo tan grave.

– Gracias -dijo Lucy.

– No me dé las gracias todavía -replicó Negro Chico-. Recuerde que cuando todo acabe, mi hermano, las enfermeras, los médicos, la mayoría de los pacientes, aunque no todos, y yo mismo seguiremos aquí, mientras que usted no. De modo que no dé todavía las gracias a nadie. Y todo depende de quién sea la susceptibilidad que se hiera, ya me entiende.

– Le he entendido -asintió Lucy. Alzó la mirada y añadió-: Y supongo que ése es el señor Evans.

Francis se volvió y vio al señor del Mal avanzando con rapidez en su dirección. Su lenguaje corporal expresaba una actitud de bienvenida y exhibía una ancha sonrisa. Francis no se fió ni un instante.

– Señorita Jones -dijo Evans con rapidez-, permítame que me presente. -Le dio un mecánico apretón de manos.

– ¿Le ha informado el doctor Gulptilil del motivo de mi presencia? -quiso saber Lucy.

– Me dijo que usted sospecha que tal vez se detuvo a la persona equivocada en el caso de la joven enfermera, sospecha a la que no le veo demasiado fundamento. Pero el hecho es que está aquí. Según me dijo el director, se trata de una investigación ya en curso.

Lucy observó al psicólogo, consciente de que su respuesta no contenía toda la verdad pero que, a grandes rasgos, era exacta.

– ¿Puedo contar con su ayuda, pues? -preguntó.

– Por supuesto.

– Gracias -dijo Lucy.

– De hecho, ¿quizá le gustaría empezar con una valoración de las historias clínicas de los pacientes del edificio Amherst? Podríamos empezar ahora mismo. Disponemos de tiempo antes de la cena y las actividades nocturnas.

– Primero me gustaría una visita guiada -repuso la fiscal.

– Pues adelante. Vamos allá.

– Esperaba que estos pacientes me acompañaran.

– No creo que sea una buena idea. -El señor del Mal sacudió la cabeza.

Lucy no dijo nada.

– Bueno -prosiguió el psicólogo-, por desgracia, Peter y Francis están actualmente limitados a esta planta. Y el acceso al exterior de todos los pacientes, con independencia de su estatus, está restringido hasta que la ansiedad que ha provocado el crimen y la posterior detención de Larguirucho se haya disipado. Y su presencia en la unidad… bueno, detesto decirlo, pero prolonga la minicrisis que estamos viviendo. De modo que en el futuro inmediato, adoptaremos las medidas de máxima seguridad. Un poco como pasaría en una cárcel, señorita Jones, pero en versión hospitalaria. Se ha restringido el movimiento alrededor del hospital. Hasta que tengamos de nuevo a los pacientes estabilizados por completo.

Lucy se pensó su réplica.

– Bueno -dijo por fin-, sin duda pueden enseñarme el escenario del crimen y esta planta, e informarme de lo que vieron e hicieron, como a la policía. Eso no iría contra las normas, ¿verdad? Y luego, tal vez usted, o uno de los hermanos Moses, pueda acompañarme por el resto del edificio y las demás unidades.

– Muy bien -respondió el señor del Mal-. Una visita guiada corta, seguida de otra más larga. Lo dispondré todo.

– Repasemos otra vez lo que pasó esa noche -dijo Lucy a Peter y Francis.

– Pajarillo -dijo Peter plantándose delante del señor del Mal-, adelante.

El escenario del crimen había sido limpiado a conciencia y, cuando Lucy abrió la puerta, se apreció el olor a desinfectante recién aplicado. A Francis ya no le pareció que contuviera nada de la maldad que recordaba. Era como si un sitio infernal hubiera vuelto a la normalidad, de repente totalmente benigno. Los líquidos limpiadores, las fregonas, los cubos, las bombillas de recambio, las escobas, las sábanas dobladas y la manguera enrollada estaban muy bien ordenados en los estantes. La lámpara del techo hacía brillar el suelo, que no contenía la menor señal de la sangre de Rubita. A Francis lo desconcertó un poco el aspecto limpio y rutinario que ofrecía todo, y pensó que devolver el trastero a su condición de trastero era casi tan espantoso como el acto que había ocurrido en él. Echó un vistazo alrededor y comprobó que era imposible saber que algo terrible había ocurrido hacía poco en ese reducido espacio.

Lucy se agachó y recorrió con el dedo el sitio donde había yacido el cadáver, como si el tacto del frío linóleo pudiera conectar de algún modo con la vida que se había perdido allí.

– Así que murió aquí -comentó mirando a Peter.

Este se agachó a su lado y respondió con voz baja y confidencial.

– Sí. Pero creo que ya estaba inconsciente.

– ¿Por qué?

– Porque todo lo que rodeaba al cadáver no parecía indicar que aquí hubiera tenido lugar una pelea. Creo que desparramaron los líquidos limpiadores para contaminar el escenario del crimen, para que la gente creyera que había pasado algo distinto.

– ¿Por qué iba a empaparla de líquido limpiador?

– Para contaminar las pruebas que pudiera haber dejado.

– Tiene sentido -asintió Lucy.

Peter se frotó el mentón con la mano, se levantó y sacudió la cabeza.

– En los demás casos que investiga -dijo- ¿cómo era el escenario del crimen?

– Buena pregunta -comentó Lucy con una sonrisa forzada-. Lluvia torrencial -explicó-. Aparato eléctrico. Cada asesinato se produjo a cielo descubierto durante una tormenta. Los crímenes se cometieron en un sitio y después el cadáver fue trasladado a un lugar oculto, pero a la intemperie. Muy difícil para la policía científica. El mal tiempo contaminó casi todas las pruebas físicas. O eso me han dicho.

Peter echó un vistazo al trastero y salió.

– Aquí creó su propia lluvia.

Lucy lo siguió. Dirigió la mirada hacia el puesto de enfermería.

– De modo que si hubo una pelea…

– Tuvo lugar ahí.

– Pero ¿y el ruido? -objetó Lucy tras volver la cabeza a uno y otro lado.

Francis había guardado silencio hasta ese momento, Peter lo interpeló.

– Explícaselo tú, Pajarillo -pidió.

Francis se ruborizó al verse de repente en un apuro, y lo primero que pensó fue que no tenía ni idea. Así que abrió la boca para decirlo, pero se detuvo. Pensó en la pregunta un instante, dedujo una respuesta y habló.

– Dos cosas, señorita Jones. La primera, todas las paredes están insonorizadas y todas las puertas son de acero, así que es difícil que el sonido pueda traspasarlas. Aquí, en el hospital, hay mucho ruido, pero suele ser apagado. Y más importante, ¿de qué serviría gritar pidiendo ayuda? -En su cabeza, oía un estruendo provocado por sus voces interiores, que le gritaban: ¡Díselo! ¡Cuéntale cómo es!-. La gente chilla sin cesar -prosiguió-. Tiene pesadillas. Tiene miedos. Ve cosas u oye cosas, o se limita a sentir cosas. Supongo que aquí todo el mundo está acostumbrado a los ruidos surgidos del nerviosismo. Así que si alguien gritara «¡Socorro!»… -hizo una pausa- no sería distinto a las veces en que alguien chilla algo parecido. Si gritara «¡Asesino!» o se limitara a chillar, no sería nada del otro mundo. Y nadie acude nunca, señorita Jones. Da igual el miedo que tengas y lo difícil que sea. Aquí, tus pesadillas son cosa tuya.

La fiscal lo observó y supo que el chico hablaba por experiencia. Le sonrió y vio que él se frotaba las manos, algo nervioso pero con ganas de ayudar. Pensó que en aquel hospital debía de haber toda clase de miedos. Se preguntó si los llegaría a conocer todos.

– Pareces tener una vena poética, Francis -dijo-. Aun así, debe de ser difícil.

Las voces, que habían permanecido tan calladas los últimos días, habían elevado el volumen hasta convertirse en un griterío que resonaba en la cabeza de Francis.

– Iría bien-comentó para acallarlas-, señorita Jones, que comprendiera que, aunque estamos juntos, estamos realmente solos. Más solos que en ningún otro sitio, supongo. -Lo que de verdad quería decir era más solos que en ningún otro sitio del mundo.

Lucy lo miró con atención y pensó que en el mundo exterior, cuando alguien pide ayuda, la persona que oye esa petición tiene el deber moral de actuar. Pero en aquel hospital todo el mundo gritaba todo el tiempo, todo el mundo necesitaba ayuda todo el tiempo, y sin embargo ignoran estas llamadas, por muy desesperadas y sentidas que fueran, formaba parte de la rutina diana del hospital.

Se sobrepuso un poco a la claustrofobia que la invadió en ese instante. Se volvió hacia Peter, que tenía los brazos cruzados y una sonrisa en los labios.

– Creo que debería ver la habitación donde dormíamos cuando pasó todo esto -sugirió el Bombero, y la guió por el pasillo, deteniéndose sólo para señalarle los sitios donde se había encharcado la sangre-. La policía supuso que las manchas de sangre eran el rastro que había dejado Larguirucho -explicó en voz baja-. Pero eran un caos, porque el idiota del guardia de segundad las había pisado. Hasta resbaló en una y la extendió por todas partes.

– ¿Qué supuso usted? -preguntó Lucy.

– Que eran un rastro, desde luego. Pero que conducía a él. No que lo hubiera dejado él.

– Tenía sangre en el pijama.

– El ángel lo había abrazado.

– ¿El ángel?

– Así es como lo llamó. El ángel que se acercó a su cama y le dijo que la encarnación del mal había sido destruida.

– ¿Cree que…?

– Lo que creo está bastante claro, señorita Jones.

La fiscal estuvo de acuerdo. Observó la seguridad con que Peter la conducía por el pasillo.

Peter abrió la puerta del dormitorio y entraron. Francis señaló dónde estaba su cama, lo mismo que el Bombero. También le enseñaron la cama de Larguirucho, a la que le habían quitado todo, incluido el colchón, de modo que sólo quedaba el bastidor y el somier. También se habían llevado el arcón donde guardaba sus pocas ropas y objetos personales, de modo que el modesto espacio de Larguirucho en el dormitorio parecía un mero armazón. Francis vio cómo Lucy observaba las distancias, medía el espacio entre las camas, la ruta hacia la puerta, la puerta que daba al lavabo contiguo. Por un momento, le dio un poco de vergüenza mostrarle dónde vivían. En ese instante fue muy consciente de la poca intimidad que tenían y cuánta humanidad les habían arrebatado en esa abarrotada habitación, y se sintió bastante molesto al contemplar cómo la fiscal examinaba la habitación.

Como siempre, varios hombres yacían en la cama mirando el techo. Uno mascullaba entre dientes, discutiendo consigo mismo. Otro se volvió para mirar a Lucy. Otros la ignoraron, perdidos en sus pensamientos. Pero Francis vio que Napoleón se levantaba y se dirigía hacia ellos presuroso.

Se acercó a Lucy y, con una especie de floritura imperfecta, le hizo una reverencia.

– Tenemos muy pocas visitas del mundo exterior -afirmó-. Sobre todo, tan bonitas. Bienvenida.

– Gracias -contestó Lucy.

– ¿La están poniendo bien al corriente estos dos señores?

– Sí. Hasta ahora han sido muy amables.

– Bueno -dijo Napoleón, que pareció algo decepcionado-. Eso está bien. Pero si necesita cualquier cosa, por favor, no dude en pedírmela. -Se palpó el atuendo hospitalario un momento-. No sé dónde he puesto las tarjetas de visita. ¿Es usted estudiante de historia?

– No exactamente -respondió Lucy encogiéndose de hombros-. Aunque seguí algunos cursos de historia europea en la universidad.

– ¿Y dónde fue eso? -Napoleón arqueó las cejas.

– En Stanford.

– Entonces debería comprenderlo -repuso Napoleón y agitó un brazo con el otro pegado a un costado-. Hay grandes fuerzas en juego. El mundo está en equilibrio. Los momentos se paralizan en el tiempo ante las inmensas convulsiones sísmicas que sacuden la humanidad. La historia contiene el aliento; los dioses se enfrentan en el campo. Vivimos una época de cambios. Me estremezco al pensar en su importancia.

– Cada uno de nosotros hace lo que puede -dijo Lucy.

– Por supuesto -corroboró Napoleón-. Hacemos lo que se nos pide. Todos intervenimos en el gran escenario de la historia. Un hombrecillo puede convertirse en un gran hombre. El momento secundario se vislumbra importante. La pequeña decisión puede afectar a las grandes corrientes de la época. ¿Caerá la noche? -susurró, inclinándose hacia ella-. ¿O llegarán a tiempo los prusianos para rescatar al Duque de Hierro?

– Creo que Blücher llega a tiempo -respondió Lucy.

– Sí-dijo Napoleón, y casi guiñó un ojo-. En Waterloo fue así. Pero ¿y hoy?

Sonrió de modo enigmático, saludó con la mano a Peter y Francis y se alejó.

Peter enderezó los hombros, a modo de alivio, con su habitual sonrisa irónica en los labios.

– Seguro que el señor del Mal lo ha oído todo y que esta noche Nappy recibirá más medicación de lo normal -susurró a Francis, aunque lo bastante alto para que Lucy lo oyera, y el joven reparó en que Evans los había seguido hasta el dormitorio.

– Parece bastante simpático -comentó Lucy-. Así como inofensivo.

– Su valoración es correcta, señorita Jones -intervino el señor del Mal dando un paso adelante-. Así es la mayoría de los pacientes del hospital. Sólo se lastiman a sí mismos. El problema para el personal es saber cuál puede ser violento. Cuál tiene esa capacidad latente en su interior. A veces, es lo que buscamos.

– También es el motivo por el cual yo me encuentro aquí -contestó Lucy.

– Por supuesto -dijo Evans, y miró a Peter y Francis-, en algunos casos ya tenemos la respuesta.

Los dos pacientes se miraron entre sí, como hacían siempre. El señor del Mal alargó la mano y tomó con suavidad el brazo de Lucy Jones, un gesto de galantería que, dadas las circunstancias, parecía significar algo muy distinto.

– Por favor, señorita Jones -pidió-, permítame que la acompañe por el resto del hospital, aunque es muy parecido a lo que ve aquí. Por la tarde hay programadas sesiones en grupo y actividades, además de la cena, y mucho que hacer.

Por un instante pareció que Lucy iba a rehusar, pero finalmente contestó:

– Eso estaría bien. -Antes de salir, se volvió hacia Francis y Peter para decir-: Me gustaría hacerles más preguntas después. O quizá mañana por la mañana. ¿Les parece bien?

Ambos asintieron con la cabeza.

– No estoy seguro de que este par pueda ayudarla demasiado -soltó Evans meneando la cabeza.

– Puede que sí y puede que no -contestó Lucy-. Eso está por ver. Pero hay algo seguro, señor Evans.

– ¿Qué?

– En este momento, son las únicas personas de las que no sospecho.

A Francis le costó dormirse esa noche. Los ronquidos y gimoteos habituales que constituían los acordes nocturnos del dormitorio lo ponían nervioso. O, por lo menos, eso pensaba hasta que se tumbó en la cama con los ojos puestos en el techo y se dio cuenta de que no era lo corriente de la noche lo que lo perturbaba, sino lo que había ocurrido durante el día. Sus voces interiores estaban tranquilas pero llenas de preguntas, y no sabía si sería capaz de cumplir con su cometido. Nunca se había considerado la clase de persona que observa detalles, que capta el significado de palabras y acciones, como hacía Peter y también Lucy Jones. Tenía la impresión de que ambos controlaban sus ideas, algo a lo que él sólo podía aspirar. Sus pensamientos eran incoherentes y, como una ardilla, cambiaban sin cesar de dirección, salían disparados en un sentido o en otro, iban primero hacia un lado y después hacia otro, impulsados por fuerzas interiores que no acababa de comprender.

Suspiró y se volvió. Entonces vio que no era el único que estaba despierto. A unos metros de distancia, el Bombero estaba sentado en la cama, con la espalda apoyada contra la pared y las rodillas dobladas para rodearlas con los brazos, mirando al frente. Francis vio que tenía la mirada puesta en las ventanas, más allá de los barrotes y del cristal blanquecino, para contemplar los tenues rayos de la luna y la penumbra de la noche. Quiso decir algo, pero se contuvo, porque imaginó que lo que impedía a Peter dormir esa noche era alguna corriente demasiado poderosa para interrumpirla.

11

Notaba cómo el ángel leía todas las palabras, pero la calma se mantenía intacta. Cuando estás loco, a veces la tranquilidad es como una niebla que oscurece las cosas cotidianas y corrientes, las imágenes y los sonidos familiares, de modo que todo se ve un poco desencajado, misterioso. Como una carretera conocida que, debido a la extraña forma en que la niebla refracta los faros por la noche, de repente parece girar a la derecha cuando el cerebro le grita a uno que sigue recta. La demencia es como ese momento de duda en que no sabría si debo confiar en los ojos o en la memoria porque ambas cosas parecen capaces de cometer los mismos errores insidiosos. Me noté unas gotas de sudor en la frente y sacudí todo el cuerpo, como un perro mojado, para librarme de la sensación húmeda y desesperada que el ángel había traído a mi casa.

– Déjame en paz -pedí al ver que la fuerza o seguridad que pudiera tener me había abandonado de golpe-. ¡Déjame solo! ¡Ya te combatí una vez!-grité-. ¡No debería tener que combatirte de nuevo!

Me temblaban las manos y quería llamar a Peter el Bombero. Pero sabía que estaba demasiado lejos, y que yo estaba solo, así que apreté los puños para contener el temblor de las manos.

Mientras inspiraba hondo, llamaron de repente a la puerta. Los golpes, como balazos, irrumpieron en mi ensueño y me levanté. La cabeza me dio vueltas un instante. Crucé la habitación con pasos rápidos.

Se oyeron más golpes en la puerta.

– ¡Señor Petrel!-llamó una voz-. ¿Señor Petrel? ¿Está bien?

Apoyé la frente contra la jamba. La noté fría al tacto, como si yo tuviera fiebre y la frente fuese de hielo. Repasé despacio el catálogo de voces que conocía. Habría reconocido al instante a una de mis dos hermanas. Sabía que no eran mis padres porque nunca habían venido a visitarme.

– ¡Señor Petrel! ¡Conteste, por favor! ¿Está bien?

Reconocí un acento familiar y sonreí.

Mi vecino de enfrente se llama Ramón Santiago y trabaja para el departamento de limpieza y recogida de basuras de la ciudad. El y su mujer Rosalita tienen una niña muy bonita, Esperanza, que parece muy inteligente, porque, desde su posición en los brazos de su madre, contempla el mundo que la rodea con la mirada atenta de un profesor universitario.

– ¿Señor Petrel?

– Estoy bien, señor Santiago. Gracias.

– ¿Está seguro? -Estábamos hablando a través de la puerta cerrada, a pocos centímetros de distancia-. Abra, por favor. Sólo quiero asegurarme de que todo va bien.

Santiago llamó otra vez a la puerta, y en esta ocasión giré el pomo para abrir sólo un poco. Nuestros ojos se encontraron y él me miró atentamente.

– Oímos gritos -dijo-. Era como si alguien fuera a pelear.

– No. Estoy solo.

– Le he oído hablar. Como si discutiera con alguien. ¿Seguro que está bien?

Era un hombre menudo, pero un par de años levantando pesados contenedores de madrugada le había fortalecido los brazos y los hombros. Sería un contrincante temible para cualquiera, y yo sospechaba que pocas veces tendría que recurrir a la confrontación para que sus opiniones fueran escuchadas.

– Estoy bien, gracias -repetí.

– No tiene muy buen aspecto, señor Petrel. ¿Se encuentra mal?

– He estado sometido a mucha tensión últimamente. Me he saltado unas cuantas comidas.

– ¿ Quiere que llame a alguien? ¿A una de sus hermanas?

– Por favor, señor Santiago -pedí mientras sacudía la cabeza-, son las últimas personas que querría ver.

– Le entiendo -aseguró sonriente-. La familia a veces te vuelve loco. -En cuanto esa palabra salió de sus labios pareció arrepentirse, como si me hubiera insultado.

– Tiene razón. -Sonreí-. Puede hacerlo. Y en mi caso lo hizo sin duda. Supongo que puede volver a hacerlo algún día. Pero de momento estoy bien.

Me siguió mirando con recelo.

– Aun así, me tiene algo preocupado, hombre. ¿Se está tomando las pastillas?

– Sí-mentí, y me encogí de hombros.

No me creyó. Me siguió observando atentamente, con los ojos fijos en mi cara, como si me examinara todas las arrugas, todas las líneas, en busca de algo que pudiera detectar, como si mi enfermedad pudiera identificarse mediante una erupción o ictericia. Sin desviar la mirada, le dijo algo en español a su mujer, que estaba, con la niña, en la puerta de su piso. Rosalita, un poco asustada, levantó la mano para saludarme. La pequeña me devolvió la sonrisa. Santiago volvió a usar el inglés.

– Rosie -dijo-, prepara al señor Petrel un plato con un poco del arroz con pollo que tenemos para cenar. Creo que le iría bien comer algo consistente.

Rosalita asintió y me dirigió una sonrisa tímida antes de meterse en su casa.

– Es usted muy amable, señor Santiago, pero no es necesario.

– No es ningún problema. En mi pueblo, señor Petrel, el arroz con pollo lo soluciona casi todo. ¿Estás enfermo?, arroz con pollo. ¿Te despiden?, arroz con pollo. ¿Te han roto el corazón?…

– … arroz con pollo -terminé su frase.

– Exacto. -Ambos sonreímos.

Rosie volvió un momento después con un plato de pollo humeante y un montón de arroz. Cruzó el pasillo para traérmelo. Cuando le rocé la mano para tomarlo, pensé que hacía bastante tiempo que no sentía el contacto de otra persona.

– No es necesario -insistí, pero el matrimonio Santiago sacudió la cabeza.

– ¿Seguro que no quiere que llame a nadie? Si no quiere que sea a su familia, ¿qué le parece a los servicios sociales? O tal vez a un amigo.

– Ya no tengo demasiados amigos, señor Santiago.

– Señor Petrel, usted le importa a más personas de las que imagina -aseguró.

Volvía negar con la cabeza.

– ¿Otra persona, pues?

– No. De verdad.

– ¿Seguro que no le ha molestado nadie? Oí voces altas. Era como si fuera a empezar una pelea…

Sonreí, porque lo cierto era que sí me había molestado alguien. Pero no estaba ahí. Abrí más la puerta y le dejé echar un vistazo dentro.

– Estoy solo, se lo aseguro -dije.

Él recorrió la habitación con los ojos y se fijó en las palabras escritas en las paredes. En ese momento creí que diría algo, pero no lo hizo. Me puso una mano en el hombro.

– Si necesita ayuda, señor Petrel, llame a nuestra puerta. A cualquier hora. De día o de noche. ¿Entendido?

– Se lo agradezco, señor Santiago. -Asentí con la cabeza-. Y gracias por la cena.

Cerré la puerta e inspiré hondo. Al notar el olor de la comida, me pareció que llevaba días sin comer. Quizá fuera así, aunque recordaba haber tomado algo de queso. Pero ¿cuándo había sido? Encontré un tenedor en un cajón y lo hundí en la especialidad de Rosalita. Me pregunté si el arroz con pollo, que iba bien para tantas dolencias del espíritu, serviría para las mías. Para mi sorpresa, cada mordisco pareció vigorizarme y, mientras masticaba, vi mis progresos en la pared. Columnas de historia.

Y me di cuenta de que volvía a estar solo.

El regresaría. No me cabía la menor duda. Acechaba incorpóreo en algún sitio fuera de mi alcance, y eludía mi conciencia. Me evitaba. Evitaba a la familia Santiago. Evitaba el arroz con pollo. Se escondía de mi memoria. Pero, de momento, para mi alivio, sólo me acompañaba el arroz con pollo, y las palabras. Pensé que todo aquello que se habló en el despacho de Tomapastillas sobre que el asunto debía ser confidencial sólo habían sido palabras vacías.

No llevó demasiado tiempo a todos los pacientes y miembros del personal darse cuenta de la presencia de Lucy Jones. No era sólo cómo iba vestida, con un jersey y unos holgados pantalones negros, ni cómo llevaba la cartera de piel con una pulcritud que contrastaba con el carácter descuidado del hospital. Ni tampoco su estatura y su porte, o la cicatriz de la cara, que la distinguían nítidamente. Era más bien cómo caminaba por los pasillos, taconeando en el suelo de linóleo, con una expresión alerta que daba la impresión de inspeccionarlo todo y a todos, y que buscaba algún signo revelador que pudiera encaminarla en la dirección adecuada. Era una actitud que no estaba marcada por la paranoia, las visiones o las voces interiores. Incluso los catos, de pie en los rincones o apoyados contra la pared, los ancianos seniles confinados en sillas de ruedas, perdidos al parecer en sus propios ensueños, o los retrasados mentales, que contemplaban sin ánimo casi todo lo que pasaba a su alrededor, parecían notar de alguna forma extraña que Lucy seguía los impulsos de unas fuerzas tan potentes como las que ellos combatían, aunque, en su caso, más normales. Más vinculadas con el mundo. Así que, cuando pasaba junto a ellos, las pacientes la seguían con la mirada sin dejar de murmurar y farfullar, o sin interrumpir el temblor de las manos, pero aun así con una atención que parecía desdecir sus enfermedades. Lucy se distinguía incluso en las comidas, que tomaba en la cafetería con los pacientes y el personal, tras hacer cola como todos para recibir las bandejas de comida sosa e institucionalizada. Solía sentarse en una mesa del rincón, desde donde podía ver a los demás comensales, dando la espalda a una pared de color verde lima. A veces, alguien se sentaba a su mesa, ya fuera el señor del Mal, que parecía muy interesado en todo lo que ella hacía, o Negro Grande o Negro Chico, que enseguida dirigían la conversación hacia remas deportivos. En ocasiones se le unía alguna enfermera, con su uniforme blanco y su cofia puntiaguda. Cuando charlaba con alguno de sus acompañantes, no dejaba de pasear la mirada por el comedor, de un modo que a Francis le recordaba a un halcón sobrevolando la pradera en busca de su presa.

Ninguno de los pacientes se sentaba con ella, al principio ni siquiera Francis o el Bombero. Había sido una sugerencia de Peter. Había dicho a Lucy que no convenía dejar que demasiada gente supiera que trabajaban con ella, aunque no tardarían demasiado en deducirlo. Así que, los primeros días, Francis y Peter la ignoraban en el comedor.

No fue el caso de Cleo, cuando Lucy llevaba la bandeja a la zona de recogida.

– ¡Sé por qué está aquí! -le espetó en voz alta y acusadora, y de no haber sido por el habitual ruido de platos, bandejas y cubiertos, habría llamado la atención de todo el mundo.

– ¿De veras? -respondió Lucy con calma. Siguió adelante y empezó a tirar las sobras de su plato al contenedor de la basura.

– Ya lo creo -afirmó Cleo con naturalidad-. Es evidente.

– Vaya.

– Sí -insistió Cleo, con la peculiar bravuconería que imprime a veces la locura, cuando desinhibe la conducta.

– Entonces quizá podría decirme lo que piensa.

– Por supuesto. ¡Quiere apoderarse de Egipto!

– ¿Egipto?

– Sí, Egipto -repitió Cleo, y agitó la mano para señalar todo el comedor, con cierta exasperación ante lo evidente que era ese hecho-. Mi Egipto. Y seducirá a Marco Antonio, y al cesar también, sin duda. -Carraspeó, cruzó los brazos, cerró el paso a Lucy y añadió su muletilla preferida-: Cabrones. Son todos unos cabrones.

Lucy la observó divertida y meneó la cabeza.

– Se equivoca -dijo-. Egipto está a salvo en sus manos. Jamás me atrevería a rivalizar con nadie por esa corona, ni por los amores de su vida.

– ¿Por qué debería creerla? -repuso Cleo con los brazos en jarras.

– Tendrá que confiar en mi palabra.

La corpulenta mujer vaciló y se rascó la cabeza.

– ¿Es usted una persona íntegra y sincera? -le preguntó.

– Eso dicen.

– Tomapastillas y el señor del Mal dirían lo mismo, pero no confío en ellos.

– Yo tampoco -aseguró Lucy en voz baja, inclinándose hacia ella-. En eso estamos de acuerdo.

– Pero si no quiere conquistar Egipto, ¿por qué está aquí? -quiso saber Cleo, de nuevo recelosa.

– Creo que hay un traidor en su reino.

– ¿Qué clase de traidor?

– De los peores.

– Tiene que ver con la detención de Larguirucho y con el asesinato de Rubita, ¿verdad? -preguntó Cleo.

– Sí.

– Yo lo vi. No muy bien, pero lo vi. Esa noche.

– ¿A quién? ¿A quién vio? -preguntó Lucy, alerta de repente.

Cleo esbozó una sonrisa de complicidad, antes de encogerse de hombros.

– Si necesita mi ayuda -dijo con una repentina altivez regia-, debería solicitarla de la forma oportuna, en el momento y el sitio adecuados.

Dicho esto y tras encender un cigarrillo con una floritura, se volvió para marcharse muy ufana. Lucy pareció algo confundida y dio un paso tras ella, pero Peter, que llevaba su bandeja a la zona de recogida en ese momento aunque apenas había tocado la comida, la detuvo. Mientras limpiaba el plato y lanzaba los cubiertos a través de una abertura hacia la cuba de lavado, le dijo a Lucy:

– Es verdad. Esa noche vio al ángel. Nos contó que el ángel entró al dormitorio de las mujeres, se quedó allí un momento y luego se marchó, cerrando con llave al salir.

– Un hecho curioso -comentó Lucy, aun sabiendo que su comentario resultaba bastante superfluo en un hospital psiquiátrico donde todo era más que curioso y a veces espantoso. Miró a Francis, que se había acercado a ellos-. Pajarillo -le dijo-, ¿por qué alguien que acaba de cometer un asesinato se esforzaría tanto para que otra persona sea culpada del crimen, y en lugar de huir o esconderse entra en un dormitorio lleno de mujeres que podrían reconocerlo?

Francis sacudió la cabeza. Se preguntó si esas mujeres podrían reconocerlo. Varias de sus voces lo retaron a que respondiera la pregunta, pero las ignoró y fijó la mirada en Lucy. Ésta se encogió de hombros.

– Un enigma -dijo-. Pero es una respuesta que tarde o temprano conseguiré. ¿Crees que podrías ayudarme a averiguarlo, Francis?

El joven asintió.

– Pajarillo se ve seguro de sí mismo -sonrió ella-. Eso está bien.

Y a continuación los llevó hacia el pasillo. Iba a decir otra cosa, pero Peter terció.

– Pajarillo, nadie más debe saber lo que Cleo vio. -Se volvió hacia Lucy-. Cuando Cleo le contó a Francis que el hombre al que estamos buscando había entrado en el dormitorio de las mujeres, no supo aportar ninguna descripción coherente del ángel. Todo el mundo estaba bastante alterado. Quizás ahora que ha tenido más tiempo para reflexionar sobre esa noche, se haya percatado de algo importante. Francis le cae bien. Creo que sería bueno que él volviera a hablar con ella. Eso también tendría la ventaja de no atraer la atención hacia ella, porque si usted la interroga, la gente pensará que está relacionada con esto.

– Tiene sentido -admitió Lucy tras considerar las palabras de Peter-. ¿Podrás encargarte tú solo y contármelo después, Francis?

– Sí -afirmó Francis, nada seguro de sí mismo a pesar de lo que ella había dicho antes. No recordaba haber interrogado a nadie para sonsacarle información.

Noticiero pasó junto a ellos en ese instante y se detuvo haciendo una pirueta de ballet, de modo que los zapatos le chirriaron contra el suelo pulido al girar.

– Union-News: El mercado se hunde ante las malas noticias económicas.

Y dio otro giro con una floritura antes de marcharse por el pasillo con un periódico abierto delante de él como si fuera una vela.

– Si yo vuelvo a hablar con Cleo -preguntó Francis-, ¿qué harás tú, Peter?

– ¿Qué haré? Más bien di qué me gustaría hacer. Me gustaría que la señorita Jones fuera más explícita sobre los expedientes que ha traído.

Lucy no respondió y Peter insistió.

– Nos iría bien conocer algo mejor los detalles que la trajeron aquí, si es que vamos a ayudarla en su investigación.

– ¿Por qué cree…? -empezó vacilante, pero Peter la interrumpió, sonriendo de ese modo despreocupado tan suyo que, por lo menos para Francis, significaba que algo le había resultado divertido y curioso.

– Trajo los expedientes por la misma razón que lo habría hecho yo. O cualquier otra persona que investigara un caso que apenas es algo más que una suposición. Para comprobar las similitudes. Y porque en alguna parte tiene un jefe que pronto le exigirá progresos. Quizás un jefe, como todos, con poca paciencia o con un sentido muy exagerado sobre cómo deberían pasar el tiempo de modo rentable sus jóvenes ayudantes. De modo que nuestra prioridad es encontrar características comunes entre lo que pasó en los anteriores asesinatos y lo que pasó aquí. Por eso me gustaría ver esos expedientes.

– Muy interesante -repuso Lucy tras inspirar hondo-. El señor Evans me pidió lo mismo esta mañana aduciendo las mismas razones.

– Las grandes mentes piensan de modo parecido -comentó Peter con sarcasmo.

– Me negué a su petición -dijo Lucy.

– Eso es porque todavía no sabe si puede confiar en él -repuso Peter, divertido.

– Se lo he dicho a Cleo -sonrió Lucy.

– Pero Pajarillo y yo, bueno, estamos en otra categoría, ¿no?

– Sí. Un par de inocentes. Pero si le enseño a usted…

– El señor Evans se enfadará. Lo sé y no me importa.

Lucy hizo una pausa antes de preguntar:

– Peter, ¿tan poco le importa a quién cabrea? ¿Ni siquiera si se trata de alguien cuya opinión sobre su salud mental actual podría ser crucial para su futuro?

Peter pareció a punto de soltar una carcajada, y se mesó el cabello antes de encogerse de hombros y sacudir la cabeza con la misma sonrisa socarrona.

– La respuesta es sí. Me importa muy poco a quién cabreo. Evans me detesta. Y da igual lo que yo haga o diga, me seguirá detestando, y no por lo que soy sino por lo que hice. Así que no tengo ninguna esperanza de que cambie su opinión. Quizá tampoco sería justo que le pidiera que lo hiciera. Y puede que no sea el único que no me soporta, sólo es el más evidente y, podría añadir, el más detestable. Nada de lo que yo haga va a cambiar eso. Así que, ¿por qué debería preocuparme por él?

Lucy esbozó una sonrisa que curvó la cicatriz de su rostro y Francis pensó que lo más curioso sobre una imperfección tan marcada era que resaltaba el resto de su belleza.

– ¿Soy demasiado protestón? -preguntó Peter, aún sonriente.

– ¿Cómo era aquello que se dice de los irlandeses?

– Dicen muchas cosas. En particular, que nos gusta mucho oírnos hablar a nosotros mismos. Es un tópico de lo más trillado. Pero, por desgracia, basado en siglos de evidencia.

– Muy bien -repuso Lucy-. Francis, ¿por qué no vas a ver a la señorita Cleo mientras Peter me acompaña a mi despacho?

Francis dudó.

– Si te parece bien -insistió Lucy.

Asintió con la cabeza. Y notó una sensación extraña: quería ayudarla porque cada vez que la miraba la encontraba más bonita que antes. Pero se sintió un poco celoso de que Peter la acompañara mientras él tenía que ir en busca de Cleo. Sus voces interiores sonaban en su cabeza, pero las ignoró y, tras una leve vacilación, se marchó por el pasillo hacia la sala de estar, donde Cleo estaría en la mesa de ping-pong, en su sitio acostumbrado, tratando de conseguir una víctima para una partida.

Francis tenía razón. Cleo estaba al fondo de la sala de estar, tras la mesa de ping-pong. Había dispuesto a tres pacientes al otro lado, los había provisto de sendas palas y a cada uno le había designado una zona para devolver sus golpes. Estaba enseñándoles cómo tenían que agacharse, sujetar la pala y cambiar el peso de un pie a otro para anticiparse a la acción. Se trataba de una clase práctica, Francis supuso que estaba destinada al fracaso. Todos eran hombres mayores, de pelo canoso y greñudo y piel flácida salpicada de manchas de la edad. Observó cómo intentaban con aire bobalicón concentrarse en lo que Cleo les decía y esforzarse en hacerlo bien.

– ¿Preparados? -preguntó Cleo tres veces, mirando a cada uno a los ojos, dispuesta a sacar.

Los tres asintieron a su pesar.

Con un hábil giro de muñeca, Cleo sacó con un sonoro clic y la pelota botó en el otro lado de la mesa pasando directamente entre dos de sus adversarios, sin que ninguno de los dos se moviera lo más mínimo.

Cleo se enfureció y esbozó una fiera mueca. Pero entonces, con la misma rapidez, el torbellino de furia se desvaneció. Uno de los contrincantes recogió la pelota blanca y la lanzó por encima de la red hacia ella. Cleo la retuvo sobre la superficie verde en su pala.

– Gracias por la partida -suspiró con una resignación que sustituía la rabia anterior-. Después practicaremos un poco más el movimiento de pies.

Los tres contrincantes parecieron aliviados y se marcharon arrastrando los pies.

La sala estaba tan llena como de costumbre, con una extraña mezcla de actividades. Era una pieza bien iluminada, con una hilera de ventanas con barrotes en una pared que dejaban entrar el sol y alguna que otra brisa suave. Las paredes blancas parecían reflejar la luz y la energía contenida. Los pacientes exhibían diversos atuendos, desde las omnipresentes batas holgadas y zapatillas hasta vaqueros y gruesos abrigos. Diseminados por la habitación había sofás baratos de piel roja y verde y sillones raídos, ocupados por hombres o mujeres que leían o pensaban tranquilamente a pesar del murmullo circundante. Los que leían al menos lo aparentaban, pero rara vez pasaban las páginas. En unas mesitas de centro de madera había revistas viejas y sobadas novelas en rústica. En dos rincones había televisores, cada uno de ellos con un grupo de habituales a su alrededor absortos en las telenovelas. Los dos televisores mantenían un diálogo conflictivo, sintonizados en canales distintos, como si los personajes de cada serie estuvieran ajustando las cuentas a los de la otra. Se trataba de una concesión a las peleas casi diarias que habían estallado entre los partidarios de un programa y los que preferían otro.

Francis siguió mirando y vio algunos pacientes enfrascados en juegos de mesa, como el Monopoly o el Risk, y en partidas de ajedrez, de damas y de cartas. Corazones era el favorito de la sala. Tomapastillas había prohibido el póquer cuando se usaban cigarrillos a modo de fichas y algunos pacientes empezaron a acapararlos. Eran los menos locos o, en opinión de Francis, los que no habían roto todos los vínculos con el mundo exterior. Él se habría incluido en esa misma categoría, distinción con la que estaban de acuerdo todas sus voces interiores. Y después, claro, estaban los catos, que se limitaban a deambular por la sala, hablando con nadie y con todo el mundo a la vez. Algunos bailaban. Otros arrastraban los pies. Otros caminaban con nervio de un lado a otro. Pero todos seguían su propio ritmo, impulsados por visiones tan remotas que Francis no podía imaginarlas. Lo entristecían y lo asustaban un poco porque temía volverse como ellos. A veces creía que, en la barra de equilibrios que era su vida, estaba más cerca de ellos que de la normalidad. Los consideraba condenados.

El humo de cigarrillo envolvía a los presentes. Francis detestaba la sala y procuraba evitarla todo lo que podía. Era un sitio donde se daba rienda suelta a los pensamientos descontrolados de todo el mundo.

Cleo, por supuesto, dominaba la mesa de ping-pong y sus alrededores.

Sus modales bruscos y su aspecto intimidador acobardaban a la mayoría de los pacientes, incluso a Francis, pero éste creía que Cleo poseía una vivacidad de la que los demás carecían, y eso le gustaba. Sabía que podía ser divertida y que, con frecuencia, lograba hacer reír a los demás, una cualidad valiosa y escasa en el hospital. Cleo lo vio de pie, al borde de su zona y le sonrió de oreja a oreja.

– ¡Pajarillo! ¿Quieres jugar un poco?

– Sólo si me obligas.

– Pues insisto. Te obligo. Por favor…

Francis se acercó y cogió una pala.

– Tengo que hablar contigo sobre lo que viste la otra noche.

– ¿La noche del asesinato? ¿Te envió esa fiscal a hablar conmigo?

Francis asintió.

– ¿Tiene algo que ver con el asesino que está buscando?

– Exacto.

Cleo pareció reflexionar un momento. Luego levantó la pelota de ping-pong y la observó.

– ¿Sabes qué? -soltó-. Puedes hacerme preguntas mientras jugamos. Mientras me devuelvas la pelota, seguiré contestándote. Será un juego dentro de otro.

– No sé… -empezó Francis, pero ella desechó su protesta con un movimiento de la mano.

– Será un reto -aseguró, lanzó la pelota hacia arriba y sacó.

Francis se estiró y devolvió el golpe. Cleo replicó con facilidad y, de repente, un repiqueteo rítmico puntuó el ambiente mientras la pelota iba de un lado a otro.

– ¿Has pensado en lo que viste esa noche? -preguntó Francis, mientras se inclinaba para devolver un golpe.

– Por supuesto -respondió Cleo, y replicó sin problemas-. Y cuanto más lo pienso, más intrigada estoy. Se están tramando muchas cosas aquí en Egipto. Y Roma también tiene sus intereses, ¿no?

– ¿Cómo es eso? -jadeó Francis, y consiguió mantener la pelota en juego.

– Lo que vi duró sólo unos segundos, pero creo que fue muy revelador.

– Continúa.

Cleo devolvió el golpe siguiente con más brío y más ángulo, lo que exigía un golpe de revés que Francis, sorprendentemente, logró. Cleo sonreía al ver su empeño y superarlo con facilidad.

– Que entrara en la habitación y la examinara después de lo que había hecho me indica que no tiene miedo de nada, ¿no crees? -comentó.

– No te entiendo -dijo Francis.

– Ya lo creo que sí. -Esta vez le lanzó una pelota fácil hacia el centro de su lado de la mesa-. Aquí todos tenemos miedo, Pajarillo. Miedo de lo que hay en nuestro interior, miedo de lo que hay en el interior de los demás, miedo de lo que hay fuera. Nos asustan los cambios. Nos asusta quedarnos igual. Nos aterroriza cualquier cosa fuera de lo corriente, o un cambio en la rutina. Todo el mundo quiere ser distinto, pero ésa es la mayor amenaza. ¿Qué somos, pues? Vivimos en un mundo muy peligroso. ¿Me sigues?

Francis pensó que era cierto.

– ¿Estás diciendo que todos somos cautivos?

– Prisioneros. Por supuesto. Limitados por todo: las paredes, las medicaciones, nuestros pensamientos. -Golpeó la pelota con más fuerza, pero dejándola a su alcance-. Pero el hombre que vi, bueno, no estaba cautivo. O, si lo estaba, no piensa como los demás.

Francis falló un golpe y la red le devolvió la pelota.

– Punto para mí -anunció Cleo-. Saca tú.

Él lo hizo y de nuevo el repiqueteo llenó la sala.

– Cuando abrió la puerta de vuestro dormitorio no tenía miedo -dedujo Francis.

Cleo atrapó la pelota en el aire para interrumpir el punto en juego.

– Tiene llaves -sentenció inclinándose sobre la mesa-. ¿Qué abren esas llaves? ¿Las puertas del edificio Amherst? ¿O las puertas de las demás unidades? ¿Los almacenes? ¿Las oficinas del edificio de administración? ¿Los alojamientos del personal? ¿Abrirán sus llaves todas esas puertas? ¿La verja de entrada, quizá? ¿Puede abrir la verja de entrada y salir cuando quiera?

Puso otra vez la pelota en juego.

– Las llaves son poder -comentó Francis tras pensar un instante.

Clic, clic. La pelota resonaba contra la mesa.

– El acceso es siempre poder -sentenció Cleo-. Esas llaves son muy reveladoras -añadió-. Me gustaría saber cómo las obtuvo.

– ¿Por qué entró en vuestro dormitorio y se arriesgó a que alguien lo viera?

Cleo no contestó durante varios golpes.

– Quizá porque podía -dijo al cabo.

– ¿Estás segura de que no podrías reconocerlo si volvieras a verlo? -preguntó Francis tras reflexionar un momento-. ¿Recuerdas si era alto, o fornido? Cualquier cosa que pudiera distinguirlo. Algo que nos diese una pista…

Cleo sacudió la cabeza, inspiró hondo y pareció concentrarse en el juego, al que imprimió cada vez más velocidad. La pelota volaba de un lado a otro de la mesa. Le sorprendió poder seguirle el ritmo y devolverle los golpes, a izquierda y derecha, de derecho y de revés. Cleo sonreía, bailando de un lado a otro, moviendo el cuerpo con la gracia de una bailarina a pesar de su corpulencia.

– Pero tú y yo, Francis, no tenemos que verle la cara para reconocerlo -dijo tras un momento-. Sólo tenemos que ver esa actitud. Aquí dentro sería inconfundible. En este sitio, en nuestro hogar, nadie más tiene ese aspecto. ¿No crees, Pajarillo? En cuanto lo veamos, lo sabremos con exactitud, ¿verdad?

Francis golpeó la pelota demasiado fuerte, que cayó más allá de la mesa. Cleo la atrapó, antes de que saliera rebotada por la sala.

– Un golpe largo -comentó-, pero ambicioso.

«En un lugar lleno de temores, buscamos al hombre que no tiene ninguno», pensó Francis.

En un rincón de la sala varias voces empezaron a gritar. Un sollozo agudo, seguido de un chillido, rasgó el aire. Francis dejó la pala sobre la mesa y retrocedió unos pasos.

– Estás mejorando, Pajarillo -bromeó Cleo, y su risa se sobrepuso al alboroto de la pelea que aumentaba de intensidad-. Deberíamos volver a jugar algún día.

Cuando Francis llegó al despacho de Lucy, había tenido tiempo para pensar en lo que había averiguado. La encontró apoyada contra la pared, detrás de una sencilla mesa de metal gris. Estaba cruzada de brazos y observaba a Peter, que estaba sentado al escritorio con tres expedientes abiertos. Había esparcido una serie de fotografías en color de veinte por veinticinco, bocetos del escenario del crimen en blanco y negro, con flechas, círculos y anotaciones, y formularios escritos. Había informes de autopsias y fotografías de las ubicaciones. Peter levantó los ojos con brusquedad.

– Hola, Francis -dijo-. ¿Has tenido suerte?

– Puede que un poco. Hablé con Cleo.

– ¿Te dio una descripción mejor?

Francis meneó la cabeza y señaló el montón de documentos y fotografías.

– Parece mucho -comentó. Nunca había visto el volumen del papeleo asociado normalmente a la investigación de un homicidio, y estaba impresionado.

– Mucho que dice poco -replicó Peter. Lucy asintió-. Pero, bien mirado, también dice mucho -añadió Peter. Lucy hizo una mueca de escepticismo.

– No entiendo -dijo Francis.

– Bueno -empezó a explicar Peter-, tenemos tres crímenes, todos cometidos en jurisdicciones policiales distintas, quizá, porque los cadáveres fueron trasladados post mortem, de modo que nadie está exactamente al cargo del caso, lo que es siempre un jaleo burocrático, incluso cuando interviene la policía estatal. Y tenemos tres víctimas encontradas en diversos grados de descomposición, cuyos cuerpos habían estado expuestos a los elementos, lo que dificulta o casi imposibilita el análisis forense. Y estos crímenes, por lo que se deduce de los informes policiales, fueron elegidos al azar, me refiero a sus víctimas, porque hay pocas similitudes entre las mujeres asesinadas, aparte del tipo de cuerpo, el tipo de peinado y la edad. Cabellos cortos y figura esbelta. Una era camarera, otra estudiante universitaria y la tercera secretaría. No se conocían entre sí. No vivían cerca una de otra. No había nada que las relacionara entre sí, salvo el desafortunado hecho de que volvían solas a casa en medios de transporte público, como el metro o el autobús, y que todas tenían que caminar vanas manzanas mal iluminadas para llegar a su casa. Lo que las hacía sumamente vulnerables.

– Fáciles de elegir y acechar para un hombre paciente -concluyó Lucy.

Peter vaciló como si algo en las palabras de Lucy le suscitase una pregunta. A Francis le rondó una idea por la cabeza y vaciló en decirla en voz alta.

– Jurisdicciones distintas -dijo por fin-. Escenarios distintos. Organismos distintos. Todos reunidos aquí…

– Exacto -coincidió Lucy con cautela, como si de repente midiera sus palabras.

– Interesante -contestó Peter, y se inclinó para observar mejor los documentos depositados sobre la mesa. Cogió las tres fotografías de la mano derecha de las víctimas. Se fijó en los dedos mutilados-. Souvenirs -aseguró-. Es bastante clásico.

– ¿A qué te refieres? -preguntó Francis.

– En los estudios efectuados sobre asesinos en serie -explicó Lucy en voz baja-, un rasgo común es la necesidad del asesino de quitar algo a la víctima para poder revivir después la experiencia.

– ¿Quitar?

– Un mechón de pelo. Una prenda de vestir. Una parte del cuerpo.

Francis se estremeció. En ese momento se sintió infantil y se preguntó cómo sabía tan poco del mundo y cómo Peter y Lucy, que no le llevaban más de ocho o diez años, sabían tanto.

– Has mencionado que todos esos papeles también te decían mucho -comentó-. ¿Como qué?

Peter miró a Lucy y sus ojos se encontraron un segundo. Francis observó a la joven fiscal, y pensó que su pregunta había cruzado de algún modo una especie de línea divisoria. Sabía que hay momentos en que las palabras establecen de repente puentes y conexiones, e intuyó que ése era uno.

– Lo que todo esto me dice, Francis -contestó Peter pero con los ojos puestos en la joven-, es que el ángel de Larguirucho sabe cometer crímenes de una forma que dificulta la investigación en grado sumo. Eso significa que posee cierta inteligencia. Y bastante educación, al menos sobre las formas de asesinar. Si lo piensas, sólo hay dos maneras de resolver un crimen, Pajarillo. La primera, y la mejor, es cuando se obtienen pruebas en el escenario del crimen que apuntan inexorablemente en una dirección. Huellas dactilares, fibras de ropa, sangre y armas cuya procedencia puede rastrearse, o puede que incluso un testigo ocular. Esas cosas se pueden unir a un móvil claro, como el dinero de un seguro, el robo o una discusión violenta entre una pareja.

– ¿Y la otra manera? -quiso saber Francis.

– Cuando tienes a un sospechoso y puedes vincularlo a los hechos.

– Es como ir al revés.

– Lo es -corroboró Lucy.

– ¿Es más difícil?

– ¿Difícil? -suspiró Peter-. Sí, lo es. ¿Imposible? No.

– Eso está bien -dijo Francis, y miró a Lucy-. Me preocuparía que lo que tenemos que hacer fuera imposible.

– De hecho, Pajarillo -prosiguió Peter tras soltar una risita-, es simplemente cuestión de usar otros medios para averiguar quién es el ángel. Prepararemos una lista de posibles sospechosos y la iremos reduciendo hasta que estemos más o menos seguros de su identidad. O, por lo menos, algunos nombres de posibles culpables. Después aplicaremos lo que sabemos sobre cada crimen a estos sospechosos. Confío que uno se destacará. Y, cuando lo tengamos, no será difícil relacionarlo con las víctimas. Las cosas encajarán entre sí, aunque todavía no sabemos cómo o por qué. Pero habrá algo en este embrollo de papeles, informes y pruebas que permitirá atraparlo.

Francis inspiró hondo.

– ¿De qué medios estás hablando? -preguntó.

– Bueno, amigo mío -sonrió Peter-, ahí está la pega. Eso es lo que tenemos que averiguar. Aquí hay alguien que no es lo que parece ser. Tiene una clase totalmente distinta de locura, Pajarillo. Y la oculta muy bien. Sólo tenemos que averiguar quién finge.

Francis miró a Lucy, que asentía con la cabeza.

– Eso es más fácil de decir que de hacer, claro -indicó ésta.

12

A veces la demarcación entre los sueños y la realidad se vuelve borrosa. Me cuesta saber qué es qué. Supongo que por eso tengo que tomar tantos medicamentos, como si la realidad pudiera favorecerse químicamente. Ingiere los miligramos suficientes de esta o aquella pastilla y el mundo vuelve a estar enfocado. Eso es tristemente cierto y, en su mayoría, todos esos fármacos cumplen con su cometido, aparte de sus desagradables efectos secundarios. Y supongo que, en general, es positivo. Sólo depende del valor que concedas a tener las cosas enfocadas.

Actualmente, yo no le concedía demasiado.

Dormí no sé cuántas horas en el suelo del salón. Había cogido una almohada y una manta y me había acostado junto a todas mis palabras, reacio a separarme de ellas, casi como un padre, temeroso de dejar solo a un niño enfermo. El suelo era duro, y mis articulaciones protestaron al despertarme. La luz del alba se colaba en el piso, como un heraldo anunciando algo nuevo. Me levanté para seguir con mi tarea sin haberme refrescado pero, por lo menos, un poco menos grogui.

Miré un momento alrededor para convencerme de que estaba solo.

Sabía que el ángel no estaba lejos. No se había ido. No era su estilo. Tampoco se había vuelto a esconder tras mi hombro. Tenía los nervios de punta, a pesar de las horas de sueño. Él estaba cerca, observando, esperando. En algún sitio próximo. Pero la habitación estaba vacía, por lo menos de momento. Los únicos ecos eran los míos.

Tenía que ser muy cuidadoso. En el Hospital Estatal Western habíamos sido tres quienes lo habíamos enfrentado. Y, aun así, había sido una lucha igualada. Ahora, solo en mi casa, temía no ser capaz de vencerlo.

Me volví hacia la pared. Recordé una pregunta que hice a Peter y también su respuesta: «El trabajo policial consiste en un examen constante y cuidadoso de los hechos. El pensamiento creativo está bien, pero sólo ciñéndose a los detalles conocidos.»

Reí en voz alta. Esta vez la ironía pudo más que yo y solté: «Pero no fue eso lo que funcionó, ¿verdad?» Quizás en el mundo real, sobre todo hoy, con las pruebas de ADN, los microscopios electrónicos y las actuales técnicas forenses, la tecnología y las capacidades modernas, no habría sido tan difícil. Puede que en absoluto. Pon las sustancias adecuadas en un tubo de ensayo, un poco de esto y un poco de aquello, pásalo por un cronómetro de gas, aplícale algo de tecnología espacial, obtén una lectura informática y tendrás a tu hombre. Pero por aquel entonces, en el Hospital Estatal Western, no teníamos ninguna de estas cosas.

Sólo nos teníamos a nosotros mismos.

Sólo en el edificio Amherst había casi trescientos pacientes varones. Esa cifra se multiplicaba por dos en las demás unidades, y el total del hospital ascendía a unos dos mil cien. La población femenina era ligeramente menor, con ciento veinticinco pacientes en Amherst, y poco más de novecientas en todo el hospital. Las enfermeras, las enfermeras en prácticas, los auxiliares, el personal de seguridad, los psicólogos y los psiquiatras aumentaban la cifra de personas a más de tres mil. Francis pensó que el mundo era más grande, pero aun así, éste era considerable.

Los días posteriores a la llegada de Lucy Jones, Francis empezó a observar a los hombres que transitaban por los pasillos con una clase distinta de interés. La idea de que uno de ellos fuera un asesino lo inquietaba, y se daba la vuelta cada vez que alguien se le acercaba por detrás. Sabía que eso era irracional, y también que sus temores eran infundados. Pero le costaba reprimir una sensación de temor constante.

Trataba de mirar a los ojos en un lugar que disuadía de hacerlo. Estaba rodeado de toda clase de enfermedades mentales, con diversos grados de intensidad, y no tenía idea de cómo mirar ese padecimiento para detectar otro muy distinto. El clamor que sentía en su interior, procedente de todas sus voces, aumentaba su nerviosismo. Se sentía cargado de impulsos eléctricos que se disparaban al azar. Sus esfuerzos por tranquilizarse fracasaban y se sentía exhausto.

Peter el Bombero no parecía tan frustrado. De hecho, Francis observó que, cuanto peor se sentía él, mejor parecía estar Peter. Su voz reflejaba más decisión y su paso, más rapidez por los pasillos. Parte de la tristeza esquiva que mostraba cuando llegó al Hospital Estatal Western había desaparecido. Peter tenía energía, algo que Francis envidiaba, porque él sólo tenía miedo.

Pero el tiempo que pasaba con Lucy y Peter en el despacho de esta conseguía sosegarlo un poco. En ese espacio reducido, hasta sus voces interiores callaban y podía escuchar lo que ellos le decían en relativa tranquilidad.

La prioridad, como le explicó Lucy, era establecer una forma de reducir la lista de posibles sospechosos. Dijo que podía consultar las historias clínicas de cada paciente y decidir quién había estado en condiciones de matar a las demás víctimas que ella creía relacionadas con el asesinato de Rubita. Tenía otras tres fechas, además de la de Rubita. Cada asesinato había tenido lugar unos días antes de que se encontrara el cadáver. Era evidente que la gran mayoría de los pacientes no estaba en la calle durante la época en que se cometieron. Era fácil desechar a los pacientes de larga estancia, en especial los ancianos.

No informó de esta primera investigación ni a Gulptilil ni a Evans, aunque Peter y Francis sabían lo que estaba haciendo. Eso creó cierta tensión cuando pidió al señor del Mal las historias clínicas del edificio Amherst.

– Por supuesto -dijo Evans-. Guardo los expedientes principales en mi despacho, en unos archivadores. Puede ir y revisarlos siempre que quiera.

Estaban frente al despacho de Lucy. Era primera hora de la tarde y el señor del Mal ya había ido dos veces esa mañana a preguntarle si podía ayudarla en algo, y para recordar a Francis y Peter que la sesión en grupo iba a celebrarse como siempre y que tenían que asistir.

– Ahora me iría bien -respondió Lucy y se dispuso a entrar, pero el señor del Mal la detuvo.

– Sólo usted -dijo con frialdad-. Los otros dos no.

– Me están ayudando -replicó Lucy-. Ya lo sabe.

El señor del Mal asintió, pero a continuación negó con la cabeza.

– Puede que sí -dijo-. Eso está por verse y, como usted sabe, tengo mis dudas. Pero eso no les da derecho a ver las historias de otros pacientes. En esos expedientes hay información personal y confidencial, obtenida en sesiones terapéuticas, y no puedo permitir que otros pacientes la examinen. Eso no sería ético por mi parte y supondría una violación de las normas sobre la confidencialidad. Debería saberlo, señorita Jones.

– Disculpe -contestó ella-. Tiene razón, por supuesto. Es sólo que supuse que, dadas las circunstancias, podría ser un poco más flexible.

– Por supuesto -sonrió él-. Y deseo ofrecerle la máxima colaboración en su búsqueda inútil. Pero no puedo violar la ley, ni es justo que me lo pida, ni a mí ni a cualquier otro supervisor del hospital.

El señor del Mal llevaba el cabello largo y gafas de montura metálica, lo que le confería un aspecto desaliñado. Para compensarlo solía ponerse corbata y camisa blanca, aunque siempre tenía los zapatos raspados y deslustrados. Francis pensaba que era como si no quisiera que lo relacionaran con el cambio ni con el statu quo. No desear pertenecer a ninguna de esas cosas ponía al señor del Mal en una situación difícil.

– Claro -dijo Lucy-. Yo no haría eso.

– Sobre todo porque sigo esperando que me enseñe algún indicio real de que la persona que busca está aquí.

La fiscal sonrió.

– Y ¿exactamente qué clase de prueba le gustaría que le enseñara? -preguntó.

Evans también sonrió, como si le gustara esa especie de esgrima. Estocada. Parada. Ataque.

– Algo que no sean suposiciones. Quizás un testigo creíble, aunque dónde podría encontrar uno en un hospital psiquiátrico se me escapa… -Soltó una risita, como si bromease-. O quizás el arma del crimen, que hasta ahora no se ha encontrado. Algo concreto. Algo consistente. -Parecía como si todo eso le resultase muy divertido-. Claro que, como ya habrá averiguado, señorita Jones, «concreto» y «consistente» no son conceptos apropiados para este lugar. Además, sabe tan bien como yo que, estadísticamente, es más probable que los enfermos mentales se lastimen a sí mismos que a los demás.

– Quizás el hombre que estoy buscando no sea exactamente lo que usted llamaría un enfermo mental -replicó Lucy-. Puede que pertenezca a una categoría muy distinta.

– Bueno -respondió Evans-, puede que sí. De hecho, es probable. Pero lo que tenemos aquí en abundancia es lo primero, no lo segundo. -Hizo una pequeña reverencia y señaló con el brazo su despacho-. ¿Todavía quiere examinar los expedientes? -preguntó.

– Tengo que hacerlo -dijo Lucy a Peter y Francis-. Empezar, por lo menos. Nos veremos después.

Peter observó con ceño a Evans, que no le devolvió la mirada y se llevó a Lucy Jones por el pasillo, apartando a los pacientes que se le acercaban con movimientos bruscos. A Francis le recordó a un hombre que se abre paso por la selva con un machete.

– Estaría bien que resultara que ese hijoputa es el hombre que andamos buscando -dijo Peter entre dientes-. Haría que todo el tiempo pasado aquí valiera la pena. -Soltó una carcajada-. Bueno, Pajarillo, el mundo no es nunca así de generoso. Y ya sabes el proverbio: «Cuidado con lograr lo que deseas.» -Pero, incluso mientras hablaba, siguió observando cómo Evans se alejaba por el pasillo-. Voy a hablar con Napoleón -añadió-. Por lo menos, él tendrá una perspectiva del siglo XVIII sobre todo esto.

Y se alejó deprisa hacia la sala de estar. Mientras dudaba si acompañarlo, Francis vio a Negro Grande apoyado contra la pared del pasillo, fumando un cigarrillo, con el uniforme blanco bañado en la luz que se filtraba por las ventanas, de modo que relucía. Por el mismo motivo, su piel parecía aún más oscura, Francis reparó en que el auxiliar los había estado observando. Se acercó a él, y el hombre corpulento se separó de la pared y dejó caer el cigarrillo al suelo.

– Un mal hábito -aseguró-. Y con tantas probabilidades de matarte como cualquier otra cosa en este hospital. No se puede estar del todo seguro con todo lo que ha pasado. Pero no empieces a fumar como los demás, Pajarillo. Aquí hay muchos malos hábitos. Intenta no adquirirlos, Pajarillo, y tarde o temprano saldrás de aquí.

Francis no respondió y observó cómo el auxiliar contemplaba el pasillo y fijaba los ojos en un paciente y luego en otro, aunque era evidente que su atención estaba en otra parte.

– ¿Por qué se odian, señor Moses? -preguntó Francis.

Negro Grande no respondió directamente sino que dijo:

– ¿Sabes qué? A veces, en el Sur, donde yo nací, había ancianas que presentían cuándo iba a cambiar el tiempo. Sabían cuándo iban a estallar tormentas y, en especial durante la época de los huracanes, iban de un lado a otro husmeando el aire, diciendo en ocasiones cánticos y hechizos, o lanzando huesos y valvas en un trozo de tela. Una especie de brujería, ya sabes. Ahora que tengo estudios y vivo en un mundo moderno, sé que no hay que creer en esos hechizos y conjuros. Pero el problema es que siempre tenían razón. Llegaba una tormenta y ellas lo sabían mucho antes que nadie. Avisaban a la gente que reuniera el ganado, arreglara el techo de la casa o se avituallara para una emergencia que nadie más preveía pero que se acercaba de todos modos. No tiene sentido, si lo piensas; lo tiene todo, si no lo piensas. -Sonrió, y le apoyó la mano en un hombro-. ¿Tú qué opinas, Pajarillo? Cuando miras a esos dos y ves cómo se comportan, ¿presientes también que la tormenta se acerca?

– Sigo sin entender, señor Moses.

– Te diré una cosa: Evans tiene un hermano. Y puede que lo que hizo Peter afectara a ese hermano. Y cuando Peter vino aquí, Evans se aseguró de ser él quien se encargara de su evaluación. Se aseguró de que Peter supiera que, fuera lo que fuese lo que quisiera, él le impediría conseguirlo.

– Pero eso no es justo.

– Yo no he dicho que sea justo, Pajarillo. No he dicho en absoluto que las cosas sean justas, en un sentido o en otro. Sólo he dicho que puede que eso sea parte del problema, y no tiene aspecto de mejorar, ¿no crees? -Se metió una mano en el bolsillo y el juego de llaves que llevaba colgado del cinturón tintineó.

– Señor Moses, ¿puede ir a todas partes con esas llaves?

– Aquí y en los demás edificios. Abren las puertas de seguridad y las puertas de los dormitorios. Incluso las celdas de aislamiento. ¿Quieres cruzar la verja de entrada, Francis? Estas llaves te allanarían el camino.

– ¿Quién tiene unas llaves como ésas?

– Los supervisores de enfermería. Seguridad. Auxiliares como mi hermano y yo. El personal principal.

– ¿Saben dónde están todos los juegos en todo momento?

– Deberíamos. Pero, como con todo lo demás, lo que debería ser no es lo que pasa en realidad. Pero bueno -sonrió-, empiezas a hacer preguntas como la señorita Jones y como Peter. El sabe cómo preguntar cosas. Tú estás aprendiendo.

Francis sonrió en respuesta al cumplido.

– Me gustaría saber si alguien controla dónde están los juegos de llaves en todo momento -insistió.

– No formulas bien tu pregunta, Pajarillo. -Negro Grande sacudió la cabeza-. Inténtalo otra vez.

– ¿Faltan llaves?

– Sí. Ésa es la pregunta adecuada. Sí. Faltan unas llaves.

– ¿Las ha buscado alguien?

– Sí. Pero quizá «buscar» no sea la palabra adecuada. Miraron en todos los sitios probables y lo dejaron por inútil.

– ¿Quién las perdió?

– Bueno -repuso Negro Grande con una ancha sonrisa-, esa persona es nuestro buen amigo el señor Evans.

El corpulento auxiliar soltó otra carcajada y vio que su hermano se acercaba.

– Oye -lo llamó-, Pajarillo está empezando a averiguar cosas.

Francis vio que las enfermeras del puesto situado en mitad del pasillo sonreían, como si se tratara de una broma. Negro Chico también lo hizo cuando llegó a su lado, y preguntó:

– ¿Sabes qué, Francis?

– ¿Qué, señor Moses?

– Si aprendes a manejarte en este mundo -hizo un gesto con el brazo para indicar el hospital- y controlas bien todo esto, no te resultará difícil entender el mundo exterior. Si tienes la oportunidad, claro.

– ¿Cómo puedo tener esa oportunidad, señor Moses?

– Ésa es la pregunta del millón ¿Cómo alguien consigue esa oportunidad? Hay formas, Pajarillo. Hay más de una, por lo menos. Pero no hay simples pautas de sí o no. Haz esto o haz lo otro y conseguirás una oportunidad. No, no funciona así. Tienes que encontrar tu propio camino. Lo encontrarás, Pajarillo. Sólo tienes que reconocerlo cuando se presente. Ése es el problema.

Francis pensó que Negro Chico sin duda se equivocaba. Y no creía poder entender ningún mundo. Varías voces resonaron en su interior v trató de escuchar lo que decían, porque supuso que tenían alguna opinión. Pero, cuando se concentraba, vio que ambos auxiliares lo observaban y tomaban nota de lo que su rostro expresaba. Por un instante se sintió desnudo, como si le hubieran arrancado la ropa. Así que sonrió del modo más agradable que pudo y se alejó por el pasillo, deprisa y hecho un mar de dudas.

Lucy estaba sentada tras la mesa del despacho de Evans mientras éste revolvía uno de los cuatro archivadores alineados contra una pared. En una esquina había un retrato de bodas. Se veía a Evans, con el pelo más corto y peinado, vestido con un traje diplomático azul que parecía subrayar su complexión delgada. Estaba de pie junto a una mujer joven que llevaba un vestido blanco que apenas ocultaba un embarazo prominente y lucía una guirnalda de flores en un ensortijado cabello castaño. Los rodeaba un grupo que incluía personas de todas las edades, desde muy mayores hasta muy jóvenes, con unas sonrisas similares que Lucy calificó de forzadas. En medio del grupo había un hombre con alba y casulla, cuyo bordado dorado destellaba. Tenía una mano en el hombro de Evans y, al fijarse en él, Lucy observó un notable parecido con el psicólogo.

– ¿Tiene un hermano gemelo? -preguntó.

Evans vio que la fiscal observaba la fotografía y se volvió, con los brazos llenos de carpetas amarillas.

– Es cosa de familia -respondió-. Mis hijas también son gemelas.

Lucy miró alrededor, pero no vio ningún retrato más. Evans notó su curiosidad y aclaró:

– Viven con su madre. Baste decir que estamos pasando un mal momento.

– Lo lamento -dijo Lucy, sin comentar que eso no explicaba que no tuviera su foto en el despacho.

Evans se encogió de hombros, y dejó las carpetas en la mesa con un ruido sordo.

– Cuando creces con un hermano gemelo, te acostumbras a todas las bromas. Siempre son las mismas, ¿sabe? Los gemelos son como dos gotas de agua. ¿Cómo distinguirlos? ¿Tienen los mismos pensamientos e ideas? Cuando creces sabiendo que hay alguien idéntico a ti durmiendo en la litera de arriba, ves el mundo de otra forma. Para bien y para mal, señorita Jones.

– ¿Son gemelos monocigóticos? -quiso saber, aunque con sólo mirar la fotografía ya sabía la respuesta.

Evans vaciló antes de responder, entrecerró los ojos y su voz sonó gélida:

– Lo fuimos. Ya no.

Ella lo miró sin entender.

– ¿Por qué no le pide a su nuevo amigo y ayudante que se lo explique? -añadió Evans después de aclararse la garganta-. Él sabe la respuesta mucho mejor que yo. Pregunte al Bombero, la clase de hombre que empieza extinguiendo incendios pero termina provocándolos.

Ella no contestó y se acercó los expedientes. Evans se sentó frente a ella, se recostó y cruzó las piernas de un modo relajado para observar qué hacía. A Lucy la incomodó la intensidad de su mirada.

– ¿Querría ayudarme? -preguntó-. Lo que quiero hacer no es nada difícil. Para empezar, me gustaría desechar a los hombres que estaban en el hospital cuando tuvieron lugar los otros tres asesinatos. Si estaban aquí…

– No podían estar fuera, por supuesto -asintió él-. Hay que cotejar las fechas.

– Exacto.

– Sólo que hay algunos elementos que lo complican un poco.

– ¿Qué clase de elementos?

– Hay muchos pacientes que están en el hospital de forma voluntaria -respondió Evans tras frotarse el mentón-. Pueden entrar o salir, un fin de semana, por ejemplo, a petición de algún familiar responsable. De hecho, eso se alienta. Así que puede que alguien cuya historia parezca indicar que se trata de un paciente internado a tiempo completo, pasara en realidad cierto tiempo fuera del hospital. Bajo supervisión, claro. O, por lo menos, bajo una supuesta supervisión. Ese no es el caso de las personas internadas por orden judicial. Ni tampoco el de los pacientes a quienes se considera un peligro para ellos mismos o para los demás. Si estás aquí debido a un acto violento, no puedes salir, ni siquiera para una visita a casa. Salvo que un miembro del personal considere que eso puede ayudar al tratamiento terapéutico. Pero eso también dependerá de la medicación que recibe el paciente. Se puede enviar a alguien a casa a pasar la noche con una pastilla, pero no si necesita una inyección. ¿Comprende?

– Creo que sí.

– Y tenemos las vistas -prosiguió Evans, que se iba animando a medida que hablaba-. Periódicamente presentamos los casos en un trámite cuasi judicial, para justificar por qué alguien debe permanecer aquí o ser dado de alta. Viene un defensor de oficio de Springfield y tenemos un abogado para los pacientes, que integra un tribunal con el doctor Gulptilil y alguien de los servicios de salud mental estatales.

Algo parecido a una junta de la libertad condicional. Su utilidad es irregular.

– ¿A qué se refiere con «irregular»?

– La gente recibe el alta porque está estabilizada pero vuelve al cabo de un par de meses, después de descompensarse. Tratar una enfermedad mental tiene algo de puerta giratoria.

– Pero los pacientes que hay en el edificio Amherst…

– No sé si tenemos en la actualidad algún paciente con capacidad, tanto social como mental, para que se le conceda un permiso. Puede que un par, como mucho. No tenemos programada ninguna vista, que yo sepa. Tendría que comprobarlo. Además, no tengo idea sobre los demás edificios. Tendrá que preguntárselo a mis colegas.

– Creo que podemos descartar los demás edificios -aseguró Lucy-. El asesinato de Rubita ocurrió aquí, y es probable que el asesino esté aquí.

– ¿Por qué supone eso? -Evans sonrió de un modo desagradable, como si lo que acababa de decir fuera una broma que ella no captaba.

– Simplemente pensaba…

Evans la interrumpió.

– Si su hombre es tan inteligente como usted cree, imagino que ir de un edificio a otro por la noche no le resultaría un problema insuperable.

– Pero los de seguridad patrullan los terrenos del hospital. ¿No detectarían a alguien que fuera de un edificio a otro?

– Por desgracia, como tantos organismos estatales, estamos faltos de personal. Y segundad efectúa unas rondas establecidas a horas regulares, fáciles de burlar si uno quiere. Y hay otras formas de desplazarse sin ser visto.

Lucy dudó de nuevo, y Evans añadió su opinión durante esa pausa.

– Larguirucho tenía un móvil, la oportunidad y el deseo, y su ropa tenía manchas de la sangre de la enfermera -dijo con tono monocorde-. No alcanzo a entender por qué se esfuerza tanto por encontrar a otro culpable. Estoy de acuerdo en que Larguirucho es, en muchos sentidos, un hombre simpático, pero también es un esquizofrénico paranoico y tiene antecedentes de actos violentos. En particular contra mujeres, a las que veía a menudo como adláteres de Satán. Y los días anteriores al crimen se había observado que su medicación era insuficiente. Si revisara su historia clínica, que la policía se llevó con dosis adecuadas en la distribución diaria. De hecho, había ordenado que empezaran a administrarle inyecciones intravenosas en los próximos días, porque creía que las dosis orales no le hacían efecto.

De nuevo, Lucy no respondió. Quería decirle que, para ella, sólo la mutilación de la mano de la enfermera absolvía a Larguirucho, pero se abstuvo.

– Aun así -prosiguió Evans a la vez que empujaba los expedientes hacia ella-, si revisa éstos y los otros mil de los demás edificios, podrá descartar a algunas personas. Yo no me fijaría tanto en las fechas y me concentraría en los diagnósticos. Descartaría a los retrasados mentales. Y a los catatónicos que no reaccionan ni a la medicación ni a los tratamientos de electroshock, porque no tienen la capacidad física para realizar un acto tan horrendo. Y a las demás alteraciones de la personalidad que excluyen lo que usted está buscando. Estaré encantado de responder cualquier pregunta que quiera hacer. Pero la parte más difícil, bueno, eso es cosa suya…

Y se reclinó para observar cómo ella abría el primer expediente y empezaba a revisarlo.

Francis se apoyó contra la pared enfrente del despacho del señor del Mal, sin saber muy bien qué hacer. No pasó mucho rato antes de que Peter apareciera y se apoyase a su lado, con la mirada fija en la puerta del despacho donde Lucy estaba estudiando los expedientes. Exhaló despacio, con un sonido sibilante.

– ¿Has hablado con Napoleón? -preguntó Francis.

– Quería jugar al ajedrez. Así que hicimos una partida y me pegó una paliza. Aunque es un buen juego para un investigador.

– ¿Por qué?

– Porque existen infinitas variaciones de una estrategia ganadora y, sin embargo, uno tiene los movimientos restringidos por las limitaciones de cada pieza del tablero. Un caballo puede hacer esto… -Con la mano trazó un ángulo recto-. Mientras que un alfil puede hacer esto… -Trazó una diagonal-. ¿Sabes jugar, Pajarillo?

Francis negó con la cabeza.

– Deberías aprender.

Mientras hablaban, un hombre fornido que pertenecía al dormitorio de la tercera planta se acercó a ellos. Lucía una expresión que Francis había empezado a reconocer en los retrasados del hospital. Mezclaba el desconcierto con la curiosidad, como si quisiera una respuesta a algo que no podría comprender, lo que le provocaba una frustración casi constante. En el Hospital Estatal Western había varios hombres como él, y asustaban a Francis porque si bien en general eran muy mansos, también eran capaces de una repentina agresividad, inmotivada. Francis había aprendido a alejarse de los retrasados mentales. Éste, abrió mucho los ojos y pareció gruñir, como enfadado de que en el mundo hubiera tantas cosas fuera de su alcance. Emitió un sonido gutural y siguió observando a Peter y Francis con mirada penetrante.

Peter le sostuvo la mirada.

– ¿Qué estás mirando? -preguntó.

El hombre se limitó a emitir otro sonido gutural.

– ¿Qué quieres? -dijo Peter.

El retrasado soltó un gruñido largo, como un animal plantando cara a un rival. Encorvó los hombros y se le desencajó el rostro. Francis tuvo la impresión de que a ojos de aquel hombre él resultaba un ser aterrador, porque la única vara de medir que ese retrasado poseía era la rabia. Una rabia que estalló en ese momento. Apretó los puños y los agitó delante de Francis y Peter, como si golpeara a una visión.

– No lo hagas -le dijo Peter.

El hombre pareció disponerse a atacarlo.

– No vale la pena -repitió Peter, pero se puso en guardia.

El retrasado dio un paso hacia ellos y se detuvo. Sin dejar de gruñir con una furia que parecía inmensa, de repente se dio un puñetazo en un lado de su propia cabeza. El golpe resonó en el pasillo. Lo siguió un segundo puñetazo, y un tercero, que se oyeron con fuerza. Empezó a sangrarle la oreja.

Ni Peter ni Francis se movieron.

El hombre soltó un grito, mezcla de triunfo y de angustia. Francis no supo si era un desafío o una rendición.

Luego se detuvo, resopló y se enderezó. Miró a Francis y Peter, y sacudió la cabeza como para aclararse la visión. Arrugó la frente de un modo socarrón, como si se le hubiese ocurrido una pregunta importante y en el mismo instante hubiera visto la respuesta. Entonces, con otro gruñido y una media sonrisa se marchó por el pasillo, farfullando para sí.

Francis y Peter lo observaron alejarse vacilante.

– ¿Qué ha sido eso? -preguntó Francis.

– Esa es la cuestión -respondió Peter a la vez que meneaba la cabeza-. Aquí nunca se sabe. Es imposible saber qué provoca que alguien estalle así. O no. Dios mío, Pajarillo. Espero que sea el sitio más extraño en el que tengamos la desgracia de estar.

Volvieron a apoyarse contra la pared. Peter parecía preocupado por el reciente conato de pelea, como si le hubiera indicado algo.

– ¿Sabes qué, Pajarillo? En Vietnam sabíamos que era probable que pasaran cosas extrañas en cualquier momento. Cosas extrañas y mortíferas. Pero, por lo menos, tenían algún sentido y alguna razón. Al fin y al cabo, estábamos ahí para matarlos, y ellos para matarnos a nosotros. Tenía cierta lógica perversa. Y, cuando volví a casa y me incorporé al departamento de bomberos, a veces en un incendio las cosas podían ponerse bastante peligrosas. Paredes que se desmoronan, suelos que ceden, calor y humo por todas partes. Pero, aun así, existía cierta lógica. El fuego arde siguiendo patrones definidos, y tú puedes tomar las precauciones adecuadas. Sin embargo, este sitio es otra cosa. Es como si todo estuviera en llamas todo el rato, como si todo estuviera oculto y hubiera bombas trampa.

– ¿Habrías peleado con él?

– ¿Habría tenido elección?

Echó un vistazo a los pacientes que se movían por el pasillo.

– ¿Cómo puede sobrevivir alguien aquí? -preguntó.

Francis no tenía la respuesta.

– No estoy seguro de que se suponga que debamos hacerlo -susurró.

Peter asintió y esbozó su sonrisa irónica.

– Puede que eso, mi joven y loco amigo, sea la cosa más atinada que hayas dicho en tu vida.

13

Cuando Lucy salió del despacho de Evans, llevaba un bloc en la mano derecha y una expresión de desagrado en la cara. Una larga lista de nombres garabateados aprisa llenaba un lado de la primera página del bloc. Se movía con rapidez, como si una sensación de consternación la llevara a apretar el paso. Alzó los ojos y vio que Francis y Peter la esperaban, y sacudió atribulada la cabeza mientras se acercaba.

– Había pensado, de modo bastante tonto, que sería una mera cuestión de comprobar las fechas en los expedientes hospitalarios. Pero no es tan sencillo, sobre todo porque los expedientes hospitalarios son bastante caóticos y no están centralizados. Será muy trabajoso. Mierda.

– ¿El señor del Mal no ha sido tan servicial como había prometido? -comentó Peter maliciosamente.

– No -respondió Lucy.

– Vaya -dijo Peter impostando un ligero acento británico en imitación de Tomapastillas-. Estoy anonadado. Totalmente anonadado…

Lucy siguió avanzando por el pasillo a un paso tan rápido como sus pensamientos.

– ¿Qué pudo averiguar? -preguntó Peter.

– Que tendré que comprobar los demás edificios. Y, encima, encontrar los datos de todos los pacientes que hayan podido tener un permiso de fin de semana que coincida con los asesinatos. Y, para complicar más las cosas, no estoy segura de que exista ninguna lista concreta que facilite el trabajo. Lo que tengo es una lista de nombres de este edificio que, más o menos, encajan en el perfil buscado. Cuarenta y tres nombres.

– ¿Ha eliminado a alguien por la edad? -preguntó Peter, y la jocosidad había desaparecido de su voz.

– Sí. Es lo primero que hice. A los abuelos no es necesario interrogarlos.

– Creo que podríamos considerar otro elemento importante -sugirió Peter, y se frotó la mejilla con la mano como si eso le permitiera liberar algunas ideas encalladas en su interior.

Lucy lo miró.

– La fuerza física -aclaró Peter.

– ¿Qué quieres decir? -quiso saber Francis.

– Que se necesita fuerza para cometer el crimen que estamos investigando. Tuvo que dominar a Rubita, arrastrarla hasta el trastero. Había signos de lucha en el puesto de enfermería, de modo que sabemos que no se le acercó con sigilo por detrás y la dejó inconsciente de un puñetazo. De hecho, sospecho que le apetecía pelear.

– Cierto -suspiró Lucy-. Cuanto más la golpeaba, más se excitaba. Eso encajaría con lo que sabemos sobre esta clase de personalidad.

Francis se estremeció, y esperó que los demás no se diesen cuenta. Le costaba comentar con tanta frialdad y tranquilidad esos hechos horrorosos.

– De modo que buscamos a alguien con cierta musculatura -prosiguió Peter-. Eso descarta a muchos, porque aunque es probable que Gulptilil lo niegue, este sitio no atrae a gente lo que se dice en forma. No hay demasiados corredores de maratón ni culturistas. Y también deberíamos reducir la lista de posibles sospechosos a un límite de edad. Y hay otra área que nos permitiría afinar más la lista: el diagnóstico. Quienes tengan antecedentes de comportamiento violento. Quienes sufran trastornos mentales que podrían incluir el asesinato. Ésos son los verdaderos sospechosos.

– Exacto -corroboró Lucy-. Si obtenemos un perfil del hombre que estamos buscando, veremos las cosas con claridad. -Se volvió hacia Francis-: Pajarillo, necesitaré tu ayuda.

– ¿Qué necesita? -preguntó Francis, ansioso.

– Creo que no conozco la locura.

Francis pareció confundido y Lucy sonrió.

– No me malinterpretes -aclaró-. Conozco el lenguaje psiquiátrico, los criterios de diagnóstico, los tratamientos y el material bibliográfico. Pero no sé cómo se ve desde dentro, al mirar hacia fuera. Tú podrías ayudarme en eso. Necesito saber quién podría haber cometido estos crímenes y será difícil encontrar pruebas consistentes.

– De acuerdo… -dijo Francis, a pesar de no estar seguro.

Peter asentía con la cabeza, como si viese algo que fuera evidente para él y tuviera que serlo para Lucy, pero que Francis no captaba.

– Estoy seguro de que puede hacerlo. Posee un talento innato. ¿Verdad que podrás, Pajarillo?

– Lo intentaré.

En una parte muy profunda de su ser oía un murmullo, como si hubiera estallado una discusión entre su población interior hasta que, por fin, distinguió a una de las voces: Cuéntaselo. No pasa nada. Diles lo que sabes. Dudó un instante y habló con la sensación de ser una marioneta:

– Hay algo que deberían tener en cuenta.

Lucy y Peter lo miraron como si les sorprendiera que aportara algo a la conversación.

– ¿Qué? -preguntó la fiscal.

– Peter tiene razón en eso de que el asesino tiene que ser fuerte -asintió en dirección a su amigo-. Y también en que no hay muchas personas así en el hospital. Imagino que eso es lógico, pero no del todo. Si el ángel oía voces que le ordenaban atacar a Rubita y a esas otras mujeres… bueno, no es imprescindible que sea tan fuerte como sugiere Peter. Cuando las voces te dicen que hagas algo, te lo gritan con insistencia machacona, el dolor, la dificultad, la fuerza, todo es secundario. Simplemente haces lo que te exigen. Te superas. Si una voz te ordena que levantes un coche o una roca, lo haces, o te matas intentándolo. El asesino podría ser casi cualquiera, porque encontraría la fuerza necesaria. Las voces le ayudarían a encontrarla. -Se detuvo y oyó un eco profundo en su interior: Eso es. Muy bien, Francis.

Peter lo contempló y esbozó una sonrisa. Le dio un golpecito amistoso en el brazo. Lucy también sonrió, y soltó un largo suspiro.

– Lo tendré en cuenta, Francis. Gracias. Tal vez tengas razón. Eso demuestra que no se trata de una investigación corriente. Las pautas son distintas aquí dentro, ¿verdad?

Francis se sintió satisfecho de haber aportado algo.

– Y también aquí dentro -concluyó señalándose la frente.

– Lo tendré en cuenta -aseguró Lucy, y le tocó el brazo-. Bueno, necesito que hagáis otra cosa por mí-añadió.

– Lo que sea -dijo Peter.

– Evans sugirió que hay formas de ir de un edificio a otro por la noche sin que los de seguridad te vean. Podría preguntarle a qué se refiere exactamente, pero me gustaría implicarlo lo menos posible…

– Comprendo -aseguró Peter con rapidez, quizá demasiada, porque Lucy le lanzó una mirada intensa.

– Tal vez podríais investigarlo entre los pacientes. Quién conoce la forma de ir de aquí para allá. Cómo se hace. Qué riesgos hay. Y quién querría hacerlo.

– ¿Cree que el ángel vino de otro edificio?

– Quiero averiguar si pudo hacerlo.

– Comprendo -repitió Peter-. Averiguaremos lo que podamos -añadió tras una breve pausa.

– Perfecto -dijo Lucy-. Voy a ver al doctor Gulptilil para comprobar las fechas con más detalle. Le pediré que me acompañe a las demás unidades para obtener una lista de nombres probables en cada una de ellas.

– Podría eliminar también a los que padecen retraso mental profundo -sugirió Peter-. Eso reducirá el campo.

– Tienes razón-asintió Lucy-. Nos reuniremos en mi despacho antes de cenar y compararemos notas.

Se volvió y se alejó con brío por el pasillo. Francis observó cómo los pacientes que deambulaban se apartaban a su paso. Tal vez la temiesen, porque ella estaba cuerda y ellos no. Además, ella representaba algo extraño, una persona con una existencia más allá de esas paredes. Pensó que lo más paradójico de ver a alguien como ella en el hospital era que introducía una sensación de inseguridad en el mundo alucinado en que los pacientes vivían. Había muy pocos en ese edificio a los que les gustara la alteración que Lucy provocaba en su mundo. En el Hospital Estatal Western, los pacientes y el personal se aferraban a la rutina, porque era la única forma de mantener a raya las terribles fuerzas interiores latentes. Por eso había tantos que se pasaban ahí años. Sacudió la cabeza. Allí todo estaba del revés. El hospital era un sitio lleno de riesgos, una fuente de conflicto, rabia y locura en constante ebullición; sin embargo, los pacientes lo consideraban menos aterrador que el mundo exterior. Lucy era el exterior.

Francis advirtió que Peter también observaba la marcha de la fiscal. Notó cierta frustración en su rostro, una frustración debida a su encierro. Francis pensó que ella y el Bombero eran iguales en algo: ése no era su sitio. No estaba seguro de que fuera también su caso.

– Será peliagudo, Pajarillo -comentó Peter, y meneó la cabeza.

– ¿Qué quieres decir?

– Bueno, Lucy cree que no es nada difícil, sólo algo para mantenernos ocupados y concentrados. Pero es un poco más que eso.

Francis lo miró esperando que se lo explicase.

– En cuanto empecemos a hacer la pregunta de Lucy, alguien se enterará de nuestra curiosidad. Se correrá la voz y, tarde o temprano, lo oirá alguien que sabe cómo ir de un edificio a otro al anochecer, cuando se supone que todo el mundo está encerrado, medicado y dormido. Ésa es la persona que buscamos. Es inevitable. Y eso nos volverá vulnerables. -Peter inspiró hondo y soltó el aire despacio-. Piénsalo un segundo -comentó entre dientes-. Vivimos en unidades independientes repartidas por los terrenos del hospital. En ellas comemos, vamos a las sesiones, nos distraemos, dormimos. Y todas las unidades son iguales. Pequeños mundos contenidos en un mundo más grande. Con muy poco contacto entre cada unidad. Tu hermano podría estar en el edificio de al lado sin que tú lo supieras, cono. Así pues, ¿por qué querría alguien acceder a otro sitio que es exactamente igual al suyo? No puede decirse que seamos un puñado de gángsteres del tres al cuarto cumpliendo cadena perpetua e intentado averiguar cómo escapar. Aquí nadie piensa en huir, por lo menos que yo sepa. Así que la única razón que alguien podría tener para querer ir a otro edificio

a que estamos investigando. Y cada vez que hagamos una pregunta que pueda indicar al ángel que tenemos una pista que podría conducir hasta él… -Peter dudó-. No sé si ha matado a algún hombre. Puede que sólo a esas mujeres… -Su voz se fue apagando.

Esa tarde, Negro Grande y la enfermera Caray organizaron un ejercicio de pintura en sustitución de la habitual sesión en grupo del señor del Mal. No explicaron dónde estaba Evans, y Lucy tampoco se encontraba allí. Los doce miembros del grupo recibieron unas grandes hojas blancas de papel grueso y rugoso. A continuación los situaron alrededor de la mesa y les dieron a. elegir entre acuarelas y lápices de colores.

Peter se mostró receloso, pero a Francis le gustó hacer eso en lugar de participar en una sesión concebida para recalcar su locura y contrastarla con la cordura de Evans, como si ése fuese el único objetivo de las sesiones del grupo. La mayoría parecía coincidir con Francis y estar acostumbrados a esta clase de modificación favorable de la rutina. Era probable que no fuera la primera vez que los reunían de ese modo. Pusieron las hojas delante de ellos, tomaron los lápices o un pincel, y aguardaron como conductores de carreras a la espera de la orden de salida. Cleo tenía una expresión ansiosa, como si ya supiese qué quería dibujar, y Napoleón tarareaba una tonadilla marcial mientras contemplaba su hoja y frotaba el borde con los dedos.

La enfermera Caray, a la que Francis consideraba una mujer demasiado autoritaria, se situó en el centro del grupo. Trataba a los pacientes como si fueran niños, algo que Francis no soportaba.

– Al señor Evans le gustaría que dibujaseis vuestro autorretrato -anunció-. Algo que muestre cómo os veis a vosotros mismos.

– ¿No puedo dibujar un árbol? -preguntó Cleo, y señaló las ventanas. Al otro lado del cristal y de los barrotes se veía un árbol del patio interior mecido por una ligera brisa y el leve movimiento de sus hojas verdes.

– No, salvo que te pienses a ti misma como un árbol -respondió la enfermera Caray, tajante.

– ¿Un árbol yo? -reflexionó Cleo. Levantó un brazo regordete y lo flexionó como un culturista-. Un árbol muy fuerte.

– Tal vez -sonrió la enfermera y se encogió de hombros.

Peter levantó la mano.

– ¿Quieres hacer alguna pregunta? -dijo la enfermera.

– Sí -afirmó Peter, y sonrió-. Pero, pensándolo mejor, no. No, gracias. Estoy bien. -Cogió un lápiz negro de un montón en el centro de la mesa y lo blandió con una fioritura. Noticiero, sentado a su lado, hizo exactamente lo mismo. Un único lápiz negro.

Francis eligió una bandejita de acuarelas. Azul. Rojo. Negro. Verde. Naranja. Marrón. Tenía un vaso de plástico lleno de agua. Tras una última mirada a Peter, que se había inclinado sobre su hoja y puesto manos a la obra, se centró en su dibujo. Sumergió el pincel en el agua y luego lo hundió en la pintura negra. Dibujó una larga forma oval y empezó a añadirle los rasgos.

Al fondo de la sala, un hombre farfullaba de cara a la pared, como un orante, y sólo se interrumpía cada pocos minutos para lanzar una mirada al grupo y reanudar después su farfulle. Francis vio que el mismo retrasado que los había amenazado antes se tambaleaba por la sala gruñendo, los miraba de vez en cuando y se golpeaba repetidamente la palma con el puño. Francis volvió a su dibujo y siguió deslizando con suavidad el pincel por la hoja, viendo con cierta satisfacción cómo se iba formando una figura.

Trabajó con ahínco. Intentó dibujar una sonrisa, pero le salió torcida, de modo que la mitad de la cara parecía disfrutar de algo, mientras que la otra se veía apesadumbrada. Los ojos le observaban con intensidad, y le pareció que podía ver más allá de ellos. Pintó el cabello castaño, un poco más oscuro que su tono rubio rojizo, pero sus voces, dispuestas como una especie de grupo de críticos de arte en su interior, opinaron que, dado los limitados colores de la acuarela, era aceptable. Francis pensó que el Francis pintado tenía los hombros demasiado caídos y una pose demasiado resignada. Pero eso era menos importante que intentar plasmar en el Francis pintado sentimientos, sueños, deseos, todas las emociones que él relacionaba con el mundo exterior. Se esforzó en imprimir a la figura un poco de esperanza.

No alzó los ojos hasta que la enfermera Caray anunció que sólo quedaban unos minutos para terminar la sesión.

Echó un vistazo a su lado y vio que Peter estaba dando los toques finales a su dibujo. No había dejado de usar el lápiz negro, y lo que había creado era muy revelador: un par de manos agarradas a unos barrotes que cruzaban de arriba abajo la hoja. No había cara ni cuerpo. Sólo dedos aferrados a gruesos barrotes negros.

Peter firmó su dibujo con una floritura exagerada cuando la enfermera Caray empezó a recoger las hojas. Francis hizo lo propio con letras mucho más pequeñas. Echó una mirada al trabajo de los demás. Cleo había pintado un árbol, un grueso roble, con ramas muy extendidas y llenas de hojas verdes, y una cara perdida entre el follaje que, a su parecer, reflejaba el carácter de aquella mujer aspirante a reina. Noticiero, por su parte, había dibujado simplemente la primera página de un periódico. Francis no pudo leer el titular, pero supuso que tenía algo que ver con el hospital.

La enfermera le tomó el dibujo de las manos y lo examinó un momento.

– Caray, Francis -sonrió aprobadoramente-, esto está muy bien. Sabes dibujar. -Levantó el retrato y lo admiró-. Buen trabajo. Estoy sorprendida.

Negro Grande se acercó y miró el dibujo de Francis por encima del hombro de la enfermera. Él también sonrió.

– ¡Vaya, Pajarillo! -exclamó-. Está muy bien hecho. El chico tiene un talento que no había contado a nadie.

La enfermera y el auxiliar siguieron recogiendo los demás dibujos y Francis se encontró junto a Napoleón.

– Nappy -le dijo en voz baja-, ¿cuánto tiempo llevas aquí?

– ¿En el hospital?

– Sí. Y aquí, en Amherst.

Napoleón reflexionó un momento antes de contestar.

– Ya hace dos años, Pajarillo. Aunque puede que sean tres. No estoy seguro. Hace mucho tiempo -añadió con tristeza-. Muchísimo. Pierdes la cuenta. O quizás es que quieren que la pierdas. No estoy seguro.

– Tienes bastante experiencia de cómo funcionan aquí las cosas, ¿verdad?

– Una experiencia que, por desgracia, preferiría no poseer, Pajarillo.

– Si quisiera ir de este edificio a alguno de los otros, ¿cómo podría hacerlo?

La pregunta pareció asustar un poco a Napoleón, que dio un paso hacia atrás y sacudió la cabeza.

– ¿No te gusta estar con nosotros? -balbuceó aturullado.

Francis negó con la cabeza.

– No. Quiero decir por la noche. Después de la medicación, después de que apaguen las luces. Supon que quisiera ir a otro edificio sin que me vieran. ¿Podría hacerlo?

– Creo que no -respondió Napoleón tras pensárselo-. Siempre estamos encerrados con llave.

– Pero sólo supón que no estuviera encerrado con llave…

– Siempre lo estamos.

– Pero supón… -insistió Francis.

– Esto tiene algo que ver con Rubita, ¿verdad? Y con Larguirucho. Pero Larguirucho no podía salir del dormitorio, salvo la noche en que murió Rubita, cuando no estaba cerrado con llave. Que yo sepa, la puerta nunca se había quedado abierta. No, no puedes salir. Nadie puede. No sé de nadie que quisiera hacerlo.

– Alguien pudo. Alguien lo hizo. Y ese alguien tiene un juego de llaves.

– Un paciente con llaves -susurró Napoleón, que parecía aterrado-. No lo había oído nunca.

– Es lo que creo.

– Eso estaría mal, Pajarillo. No debemos tener llaves. -Cambió el peso de un pie al otro, como si el suelo empezara a quemarle-. Creo que, si sales del edificio, evitar a los de seguridad debe de ser bastante fácil. No parecen muy listos precisamente. Y creo que fichan en el mismo sitio a la misma hora todas las noches, de modo que hasta alguien tan loco como nosotros podría eludirlos con un poco de astucia… -Soltó una risita histérica al pensar que los guardias eran unos incompetentes. Pero de pronto frunció el entrecejo-. Aunque ése no sería el problema, Pajarillo -añadió.

– ¿Cuál sería el problema?

– Volver a entrar. Aunque tuvieras una llave, la puerta principal está delante del puesto de enfermería. Es igual en todos los edificios, ¿no? Y aunque la enfermera o el auxiliar de guardia estuvieran dormidos en ese momento, lo más seguro es que el ruido de la puerta los despertara.

– ¿Y las salidas de emergencia en el lateral del edificio?

– Creo que están atrancadas a cal y canto. -Sacudió la cabeza y añadió-: Quizá sea una violación de las normas antiincendios. Deberíamos preguntar a Peter. Seguro que él lo sabe.

– Es probable. Pero si quisieras entrar, ¿no crees que hay otra manera?

– Puede que sí, pero nunca he oído que nadie quisiera ir de un sitio a otro. Jamás. Ni una sola vez. ¿Por qué iba a quererlo alguien, cuando todo lo que queremos, todo lo que necesitamos y todo lo que podemos usar está aquí, en este edificio?

Era una pregunta deprimente. Y también falsa, porque había alguien cuyas necesidades eran distintas a las enumeradas por Napoleón. Francis se planteó, quizá por primera vez, qué necesitaría el ángel.

Fue Peter quien vio al encargado de mantenimiento cuando salíamos de la sala de estar. Más adelante me pregunté si las cosas habrían sido distintas si hubiéramos visto qué estaba haciendo exactamente, pero íbamos a hablar con Lucy, y eso siempre parecía tener prioridad. Más adelante me pasé horas, quizá días, meditando sobre la congruencia de las cosas, como si el resultado pudiera haber cambiado en caso de que alguno de los tres hubiera alcanzado a verla conexión que era tan importante. A veces la locura consiste en la fijación, en pensar en una sola cosa. La obsesión de Larguirucho era el mal. La de Peter, la necesidad de absolución. La de Lucy, la necesidad de justicia. Ellos dos no estaban locos, claro. Por lo menos, no tal como yo conocía la locura, o como Tomapastillas o incluso el señor del Mal la conocían. Pero, curiosamente, las necesidades imperiosas pueden convertirse en sí mismas en una especie de locura. La diferencia es que no se pueden diagnosticar con la misma facilidad que mi locura. Aun así, ver al encargado de mantenimiento, un hombre de mediana edad con ojeras, vestido con camisa y pantalones grises y botas de trabajo marrones, con el cabello lleno de polvo y la ropa manchada de grasa, debería habernos advertido de algún modo extraño, secreto. Agarraba la caja de herramientas de madera con una mano mugrienta, y un trapo sucio le colgaba del cinturón. Las llaves le tintineaban contra una linterna de plástico amarillo que llevaba sujeta a la cintura. Exhibía una expresión satisfecha, la de quien de repente vislumbra el final de una jornada larga y pesada: «Ya no tardaré mucho. Casi he terminado. Joder, qué cabrona», le dijo a los hermanos Moses. Y tras encender un cigarrillo se dirigió hacia un almacén, al otro extremo del pasillo.

Cuando lo pienso, veo muchos detalles que deberían haber significado algo. Pequeños momentos que deberían haber sido grandes momentos. Un encargado de mantenimiento. Un hombre retrasado. Un administrador ausente. Un hombre que hablaba consigo mismo. Otro hombre al parecer dormido en una silla. Una mujer que creía ser la reencarnación de una antigua princesa egipcia. Yo era joven y no sabía que el crimen es como el mecanismo de una transmisión. Tuercas y tornillos, ejes y piñones que se engranan entre sí para crear un impulso independiente hacia delante, controlado por unas fuerzas similares al viento: invisibles pero detectables a través de un papel que de repente sale volando por la acera, de la rama de un árbol inclinado hacia un lado, o de unas agoreras nubes de tormenta que cruzan el cielo a lo lejos. Tardé mucho tiempo en darme cuenta de eso.

Peter lo sabía, y Lucy también. Quizás eso era lo que los relacionaba, por lo menos al principio. Estaban alerta y siempre atentos a los mecanismos que les indicaran dónde buscar al ángel. Más adelante pensé que lo que los vinculaba era algo más complejo. Era que ambos habían llegado al Hospital Estatal Western sin saber qué era lo que necesitaban. Ambos tenían un gran vacío en su interior, y el ángel estaba ahí para llenárselo.

Me senté en la posición del loto en el centro de la sala.

El mundo a mi alrededor parecía silencioso y tranquilo. Ni siquiera se oía el llanto lejano de algún niño en el piso de los Santiago. Al otro lado de la ventana estaba muy oscuro. Una noche tan densa como un telón. Intenté captar el ruido del tráfico, pero hasta eso se oía apagado. Ningún motor potente de algún camión al pasar. Me miré las manos y pensé que faltarían un par de horas para el alba. Peter me dijo una vez que la última oscuridad de la noche antes del amanecer es la hora en que muere más gente.

La hora del ángel.

Me levanté, cogí el lápiz y empecé a dibujar. En unos minutos tenía a Peter tal como lo recordaba. Después, me dispuse a dibujar a Lucy a su lado. Quería plasmar una belleza pura, así que hice un poco de trampa con la cicatriz de su cara. La dibujé un poco más pequeña de lo que era. Pasados unos cuantos instantes, los tenía conmigo, tal como los recordaba de esos primeros días. No como acabamos siendo después.

Lucy Jones no encontraba un atajo que la acercara al hombre que buscaba. Por lo menos, ninguno sencillo y evidente, como una lista de pacientes que hubieran tenido claramente la ocasión de cometer los cuatro asesinatos. Así que permitió que el doctor Gulptilil la acompañara de un edificio a otro, y en cada uno de ellos repasó la relación de pacientes. Eliminó a todos los que sufrían demencia senil y examinó con criterio la lista de retardados mentales. También suprimió de su creciente lista a los que llevaban más de cinco años en el hospital. Admitía que eso era una mera suposición por su parte, pero creía que quienes hubieran pasado tanto tiempo en el centro estarían tan atiborrados de fármacos antipsicóticos y tan constreñidos por la locura que les sería difícil manejarse fuera del hospital. Estaba convencida de que el ángel era una persona con capacidad para desenvolverse en ambos mundos.

Se percató de que no podía eliminar a los miembros del personal. El problema en ese aspecto sería conseguir que el director médico le entregara los expedientes de los empleados, para lo que necesitaría alguna prueba que sugiriera que un médico, una enfermera o un auxiliar estaba relacionado con el crimen. Mientras caminaba junto al pequeño médico indio, no escuchaba la perorata de éste sobre las virtudes de los centros como el Western, sino que se preguntaba cómo proceder.

En Nueva Inglaterra, a finales de primavera, las tardes están envueltas en penumbra, como si el mundo dudara sobre sustituir el frío y húmedo invierno por el verano. Unas brisas cálidas del sur empujadas por corrientes de aire más altas se mezclan con otras frías procedentes de Canadá. Ambas sensaciones son como inmigrantes inoportunos en busca de un nuevo hogar. Lucy adquirió conciencia de las sombras que cubrían los terrenos del hospital y avanzaban inexorablemente hacia los edificios. Tenía frío y calor a la vez, una sensación parecida a la fiebre.

Tenía más de doscientos cincuenta posibles sospechosos en la serie de listas que había elaborado en cada edificio, y le preocupaba haber descartado unos cien nombres quizá demasiado deprisa. Además, habría unos veinticinco o treinta posibles sospechosos entre el personal, pero aún no podía abordar ese tema, porque sabía que perdería el apoyo del director médico, cuya ayuda todavía necesitaba.

Mientras se dirigían al edificio Amherst, se percató de que no había oído ningún ruido ni ningún grito en las unidades por las que habían pasado. O tal vez sí pero no los había registrado. Tomó nota mental de ello, y pensó lo rápido que el mundo del hospital convertía lo extraño en rutina.

– He leído un poco sobre la clase de hombre que está buscando -dijo Gulptilil mientras cruzaban el patio interior. Sus pasos resonaban contra el pavimento. Lucy vio que un guardia de seguridad estaba cerrando la verja de hierro de la entrada-. Es interesante comprobar la escasa bibliografía médica dedicada a este tipo de asesino. Hay muy pocos estudios serios. Las autoridades policiales están intentando elaborar perfiles pero, en general, no se han tenido en cuenta las ramificaciones psicológicas, los diagnósticos y los tratamientos indicados para esa clase de personas. Tiene que comprender, señorita Jones, que a la comunidad psiquiátrica no le gusta perder el tiempo con psicópatas.

– ¿Y eso por qué, doctor?

– Porque no pueden tratarse.

– ¿En absoluto?

– En absoluto. Por lo menos, no el psicópata clásico. No responde a la medicación antipsicótica como un esquizofrénico, ni como un bipolar, un obsesivo-compulsivo, un depresivo clínico u otro. Eso no significa que el psicópata no tenga una enfermedad identificable médicamente, al contrario. Pero su falta de humanidad, supongo que ésta es la mejor manera de expresarlo, lo sitúa en una categoría escurridiza. Los psicópatas no responden a los tratamientos, señorita Jones. Son deshonestos, manipuladores, a menudo muy presuntuosos y extremadamente seductores. Siguen impulsos propios, ajenos a las convenciones de la vida y la moralidad. Debo añadir que son aterradores. Unos individuos muy inquietantes cuando se entra en contacto clínico con ellos. El astuto psiquiatra Hervey Cleckley ha publicado un interesante libro sobre esa clase de casos. Estaría encantado de prestárselo, puede que sea la mejor obra sobre estos psicópatas, pero le resultará una lectura de lo más angustiante, porque las conclusiones sugieren que no podemos hacer gran cosa. Desde el punto de vista clínico, me refiero.

Se detuvieron frente al edificio Amherst y el médico ladeó la cabeza como para escuchar mejor. Un grito agudo rasgó el aire, procedente de uno de los edificios contiguos.

– ¿Cuántos de sus pacientes han sido diagnosticados como psicópatas?-preguntó ella.

– Ah, una pregunta que había previsto -dijo el médico a la vez que meneaba la cabeza.

– ¿Y la respuesta es?

– Los tratamientos que ofrecemos aquí no serían adecuados para una persona con ese diagnóstico. Ni tampoco la atención residencial de larga duración, la prolongada medicación psicotrópica, ni siquiera los programas más radicales que, de vez en cuando, administramos, como la terapia electro convulsiva. Tampoco resultan útiles formas tradicionales de tratamiento como la psicoterapia -añadió con esa risita suya algo arrogante que Lucy ya encontraba irritante-. Ni siquiera el psicoanálisis clásico. No, señorita Jones, el Hospital Estatal Western no es lugar para un psicópata. Su lugar es la cárcel, que es donde suelen estar.

– Pero eso no significa que aquí no pueda haber alguno, ¿verdad? -repuso Lucy tras dudar un momento.

14

Esa noche, Lucy se dirigió a su pequeña habitación del primer piso de la residencia de las enfermeras en prácticas. Era uno de los edificios más sombríos del hospital, aislado en un rincón, cerca de la central de calefacción y suministro eléctrico con su zumbido constante y su columna de humo, y con vistas al reducido cementerio del hospital. Se trataba de un bloque cuadrado de tres plantas, cubierto de hiedra, con unas gruesas columnas dóricas blancas en el pórtico delantero. Había sido reformado a finales de los cuarenta y principios de los sesenta, de modo que su concepción original como mansión suntuosa y elegante en la colina era cosa del pasado. Lucy cargaba con una caja de cartón que contenía unas tres docenas de historias clínicas seleccionadas entre la lista de nombres que estaba reuniendo. Incluía las historias tanto de Peter como de Francis, que había tomado en un descuido de Evans para satisfacer cierta curiosidad personal sobre lo que había llevado a sus dos compañeros al hospital psiquiátrico.

Su idea era familiarizarse con la información incluida en los expedientes para luego interrogar a los pacientes. De momento, no se le ocurría otro enfoque. No disponía de pruebas físicas, aunque era consciente de que las había en algún sitio. Un cuchillo, u otra arma afilada, como una navaja o un cúter. Tenía que haber más prendas ensangrentadas y quizás un zapato con la suela aún manchada con la sangre de la enfermera. Y en algún sitio estaban las cuatro falanges cercenadas.

Había llamado a los detectives que detuvieron a Larguirucho por ti habían averiguado algo al respecto. Pero no era el caso. Uno creía que las falanges habían sido lanzadas al retrete. El otro sugirió que a lo mejor Larguirucho se las había tragado.

– Después de todo, ese tío está como una cabra -sentenció el detective.

Lucy tuvo la impresión de que no estaban demasiado interesados en plantearse alternativas.

– Vamos, señorita Jones -había comentado el otro detective-. Tenemos al culpable. Y un caso para el fiscal, salvo por el hecho de que está loco.

La caja pesaba lo suyo, y se la apoyó en la rodilla para abrir la puerta. Todavía tenía que descubrir algún indicio de alguna clase de conducta reveladora. Dentro del hospital, todos eran extraños. Era un mundo ajeno a la razón. En el mundo normal siempre había algún vecino que observaba un comportamiento extraño. O un compañero de trabajo que veía esto o aquello. Quizás un familiar que sospechaba ciertas cosas. Pero ahí era distinto. Tenía que descubrir nuevas vías. Se trataba de ser más lista que el asesino que ella creía oculto en el hospital. En ese juego, estaba segura de salir victoriosa. No le parecía demasiado difícil superar tácticamente a un demente. O a un hombre que se hacía pasar por demente. En definitiva, el problema era saber cómo definir los parámetros del juego.

Mientras subía la empinada escalera despacio, peldaño a peldaño, sintiendo la misma clase de agotamiento que tras una enfermedad larga y debilitante, pensó que, cuando estuvieran establecidas las normas, vencería. Le habían enseñado que todas las investigaciones eran, en el fondo, iguales: una escena previsible interpretada en un escenario definido. Era así cuando se trataba de alguna empresa evasora de impuestos o de buscar a un atracador de bancos, un pornógrafo infantil o un estafador. Una cosa enlazaba con otra, y eso conducía a una tercera, hasta que todo el rompecabezas, o por lo menos el suficiente, resultaba visible. Las investigaciones infructuosas, que todavía le eran ajenas a Lucy, eran la consecuencia de que uno de esos enlaces estuviera oculto, y de que ese vacío fuera aprovechado por el delincuente. Resopló y se encogió de hombros. Se dijo que era fundamental crear la presión necesaria para que el hombre al que llamaban «el ángel» cometiera algún error.

Seguro que cometería alguno.

Lo primero era buscar pequeños actos violentos en los expedientes. No creía que un hombre capaz de aquellos asesinatos pudiera esconder del todo una propensión a la ira, ni siquiera en aquel hospital.

Se dijo que habría algún indicio. Un arrebato. Una amenaza. Un estallido. Sólo necesitaba reconocerlo al verlo. En el mundo peculiar de aquel hospital psiquiátrico, alguien tenía que haber visto algo que no encajara en ninguno de los modelos de conducta aceptables.

También estaba segura de que, cuando empezara a hacer preguntas, encontraría respuestas. Lucy tenía gran confianza en su habilidad para repreguntar hasta alcanzar la verdad. En ese momento no se planteaba la diferencia entre hacer la misma pregunta a una persona cuerda y a una demente.

La escalera le recordó a algunas residencias de Harvard. Sus pasos resonaban en los peldaños, y de pronto fue consciente de que estaba sola en un espacio confinado y solitario. Un recuerdo espantoso se apoderó de ella y contuvo el aliento. Exhaló despacio, como si de esa manera pudiese expulsar el mal recuerdo. Miró un instante alrededor pensando que ya había vivido antes esa situación. No había ventanas y no llegaba ningún sonido del exterior. En el hospital se había habituado a una cacofonía constante. Gemidos, gritos y murmullos.

Se dijo que el silencio era tan inquietante como un grito.

Se detuvo en seco y el eco de sus pasos se desvaneció. Escuchó el sonido áspero de su propia respiración. Esperó hasta que un silencio total la envolvió. Se inclinó sobre la barandilla de hierro y miró arriba y abajo para asegurarse de que estaba sola. No vio a nadie. La escalera estaba bien iluminada y no había sombras donde esconderse. Esperó un momento más para superar la sensación claustrofóbica que la invadía. Era como si las paredes se hubieran acercado. Hacía un frío que le hizo pensar que la calefacción no llegaba a esa zona, y se estremeció. Pero de repente notó sudor bajo los brazos.

Sacudió la cabeza, como si un movimiento enérgico pudiese acabar con aquella sensación desagradable. Atribuyó el sudor de la palma de las manos al nerviosismo. Se tranquilizó pensando que ser una de las pocas personas cuerdas en aquel lugar probablemente la hiciera sentirse nerviosa y que sólo había revivido la acumulación de todo lo que había visto y sentido los primeros días.

De nuevo, exhaló despacio. Movió el pie por el suelo provocando un chirrido, como si quisiera oír algo corriente y rutinario.

Pero el ruido que hizo le erizó la piel.

El recuerdo la abrasaba, como el ácido.

Tragó con fuerza y se recordó que tenía por norma no pensar en lo que le había pasado hacía tantos años. No ganaba nada con recordar el dolor, evocar el miedo o revivir una herida tan profunda. Recordó el mantra que había adoptado después de ser atacada: Sólo sigues siendo una víctima si lo permites. Sin darse cuenta, intentó llevarse la mano a la cicatriz de la mejilla, pero el bulto de la caja la detuvo. Notaba dónde había sido lastimada, como si la cicatriz le pulsara, y recordó la sensación tensa de los puntos en la sala de urgencias, cuando el cirujano le cosía la piel rasgada. Una enfermera la había tranquilizado mientras dos detectives, un hombre y una mujer, esperaban al otro lado de una cortina blanca a que los médicos le atendiesen las heridas evidentes, las que sangraban, después vendarían las más difíciles, que eran internas. Había sido la primera vez que había oído la expresión «kit de violación», pero no la última, y en los años siguientes las conocería tanto a nivel profesional como personal. Exhaló otra vez, despacio. La peor noche de su vida había empezado en una escalera muy parecida a ésa, pero al punto descartó ese espantoso pensamiento.

«Estoy sola -se recordó-. Totalmente sola.»

Apretó los dientes atenta a cualquier sonido, y siguió hasta la puerta de su habitación, la antigua habitación de Rubita, que estaba junto a esa escalera. Gulptilil le había dado una llave, y dejó la caja en el suelo para sacársela del bolsillo.

Fue a introducirla en la cerradura pero se detuvo.

La puerta estaba abierta, y se deslizó unos centímetros.

Lucy retrocedió de golpe, como si la puerta estuviera electrificada.

Volvió la cabeza a derecha e izquierda y se inclinó un poco para intentar ver u oír algo revelador de que allí había alguien. Pero de repente sus ojos parecían ciegos y sus oídos sordos. Sopesó con rapidez la información de todos sus sentidos, que le enviaban mensajes de advertencia.

Vaciló.

Los tres años que había pasado en la sección de delitos sexuales de la oficina del fiscal del condado de Suffolk le habían enseñado mucho. Durante su rápido ascenso hasta ocupar el cargo de ayudante jefe de la sección, se había sumergido en un caso tras otro y seguido todos los detalles de los delitos atroces. La persistencia del delito había creado en su interior una especie de mecanismo diario de comprobación, en que hasta el último acto de su existencia tenía que contrastarse con ciertas partes: «¿Será éste el pequeño error que dará una oportunidad a alguien?» En un sentido más concreto, eso significaba que era consciente de que no debía caminar sola por un estacionamiento a oscuras ni abrir la puerta a un desconocido. Significaba mantener las ventanas cerradas, estar alerta y siempre en guardia, y a veces empuñar la pistola que la oficina del fiscal le autorizaba a tener. También significaba no repetir los inocentes errores cometidos una terrible noche cuando aún era estudiante de derecho.

Se mordió el labio inferior. Tenía el arma enfundada dentro del bolso, en la habitación.

Escuchó de nuevo y se dijo que todo estaba bien, aunque el irracional terror que sentía lo negaba. Volvió a dejar la caja con los expedientes en el suelo y la empujó con suavidad hacia un lado. Su instinto le gritaba advertencias.

Las ignoró y alargó la mano hacia el pomo, pero se detuvo al tocar el metal.

Retrocedió respirando despacio.

Habló consigo misma, como si eso fuera a imprimir más consistencia a su pensamiento: «La puerta estaba cerrada y ahora está abierta. ¿Qué vas a hacer?»

Retrocedió otro paso. De pronto, se volvió y echó a andar deprisa por el pasillo. Lanzaba miradas a derecha e izquierda, con los oídos atentos. Apretó el paso, casi corriendo, y sus zapatos resonaban quedamente en la moqueta. Las demás habitaciones de ese piso estaban cerradas y silenciosas. Llegó al final del pasillo y empezó a bajar a toda velocidad la escalera, respirando con fuerza mientras sus pies tamborileaban sobre los peldaños. La escalera era idéntica a la que había subido unos minutos antes por el otro extremo del pasillo. Abrió una pesada puerta y oyó voces. Avanzó hacia ellas y se encontró con tres mujeres jóvenes, junto a la entrada de la planta baja. Llevaban el uniforme blanco de enfermera debajo de rebecas de distintos tonos, y alzaron los ojos sorprendidas.

– Perdonen… -dijo Lucy con ademanes algo exagerados tras recuperar el aliento.

Las tres enfermeras la miraron.

– Lamento interrumpirlas -se disculpó-. Soy Lucy Jones, la fiscal que está aquí para…

– Sabemos quién es, señorita Jones, y por qué está aquí-la interrumpió una de las enfermeras. Era una mujer alta, de raza negra, con los hombros atléticos y pelo oscuro-. ¿Se encuentra bien?

Lucy asintió, e inspiró para serenarse.

– No estoy segura -dijo-. Me he encontrado con la puerta de mi habitación abierta, pero estoy segura de que esta mañana, cuando salí para el edificio Amherst, la cerré con llave…

– Eso no es normal -dijo otra enfermera-. Aunque el encargado de mantenimiento o el servicio de limpieza hubieran entrado, tienen que cerrar al salir. Es la norma.

– Lo siento -comentó Lucy-, pero estaba sola allá arriba y…

– Todos estamos un poco nerviosos, señorita Jones -asintió la primera enfermera, comprensiva-, a pesar de la detención de Larguirucho. Esta clase de cosas no pasan en el hospital. ¿Qué le parece si la acompañamos a la habitación y echamos un vistazo?

– Gracias -dijo Lucy tras suspirar-. Son muy amables. Se lo agradecería mucho.

Las cuatro mujeres subieron las escaleras, un poco como un grupo de zancudas chapoteando en un lago a primera hora de la mañana. Las enfermeras seguían hablando, cotilleando en realidad, sobre un par de médicos que trabajaban en el hospital, y bromeando sobre el aspecto de comadrejas de los abogados que habían llegado esa semana para una ronda de vistas cuasi judiciales. Lucy iba a la cabeza, y se dirigió con rapidez hacia la puerta.

– Se lo agradezco mucho -repitió, y guió el pomo.

La puerta tembló un poco pero no se abrió.

Volvió a empujar.

Las enfermeras la miraron con cierta extrañeza.

– Estaba abierta -dijo Lucy-. Se lo aseguro.

– Ahora parece cerrada -comentó la enfermera negra.

– Estoy segura de que estaba abierta. Sujeté el pomo con la mano, y al ir a meter la llave la puerta se abrió unos centímetros -explicó Lucy. A su voz, sin embargo, le faltó convicción. De repente dudaba.

Se produjo una pausa incómoda hasta que Lucy sacó la llave del bolsillo, la metió en la cerradura y abrió la puerta. Las tres enfermeras seguían detrás de ella.

– ¿Entramos y echamos un vistazo? -sugirió una.

Lucy empujó la puerta y entró en la habitación. Accionó el interruptor de la lámpara del techo y el reducido espacio se iluminó. Era un dormitorio estrecho, tan austero como el de un convento, con las paredes desnudas, una cómoda robusta, una cama individual y un pequeño escritorio con una silla. Su maleta seguía abierta en medio de la cama, sobre una colcha de pana roja, la única salpicadura de color vivo en la habitación. Todo lo demás era marrón o blanco, como las paredes. Ante las tres enfermeras, Lucy abrió el pequeño armario de la pared y observó su interior, vacío. Comprobó después el pequeño cuarto de baño. Incluso miró bajo la cama. Luego se levantó, se sacudió la falda y se volvió hacia las tres enfermeras.

– Lo siento -dijo-. Estoy segura de que la puerta estaba abierta, y tuve la sensación de que había alguien dentro. Les he ocasionado molestias y…

Las tres mujeres menearon la cabeza.

– No tiene por qué disculparse -dijo la enfermera negra.

– No me estoy disculpando -replicó Lucy-. La puerta estaba abierta y ahora está cerrada. -Pero en el fondo no estaba segura de que fuera cierto.

Las enfermeras guardaron silencio hasta que una se encogió de hombros y dijo:

– Como comenté antes, todos estamos nerviosos. Es mejor asegurarse que lamentarse. -Las otras dos asintieron-. ¿Está bien?

– Sí. Muy bien. Gracias por su interés -dijo Lucy con cierta frialdad.

– Bueno, si vuelve a necesitar ayuda, pídala a quien sea. No dude en hacerlo. En momentos como éste lo mejor es fiarse de la intuición. -No explicó a qué se refería con «momentos como éste».

Lucy cerró la puerta cuando se marcharon. Se volvió y se apoyó contra ella un poco avergonzada. Miró alrededor y pensó: «No te equivocaste. Aquí había alguien. Alguien te estaba esperando.»

Miró su maleta y su bolso. «O alguien estaba simplemente echando un vistazo.» Se acercó a la escasa ropa y los artículos de tocador que había llevado consigo e intuyó que faltaba algo. No sabía qué, pero sabía que se habían llevado algo de su habitación.

Fuiste tú, ¿verdad?

Ahí, en ese momento, intentaste decirle a Lucy algo importante sobre ti, pero ella no lo captó. Era algo fundamental y algo aterrador, mucho más aterrador que lo que pudo sentir al cerrar la puerta de su habitación. Todavía pensaba como una persona normal, y eso era perjudicial para ella.

Peter el Bombero contemplaba el otro lado de la habitación, cavilando sobre la tarea que tenía entre manos. La incertidumbre erosionaba sus pensamientos, y sentía la amargura que la indecisión puede alimentar. Se consideraba un hombre decidido y las dudas lo incomodaban. Había sido un impulso lo que lo animó a ofrecer sus servicios y los de Pajarillo a Lucy Jones, pero estaba seguro de que había sido lo correcto. Sin embargo, su entusiasmo no había contemplado el fracaso, y ahora se esforzaba por encontrar una forma de lograr su objetivo. En todo lo referente a la investigación veía restricciones y limitaciones, y no sabía cómo podrían superarlas.

En el mundo de aquel hospital psiquiátrico se consideraba el único pragmatista.

Suspiró. Era bien entrada la noche y estaba apoyado contra la pared con las piernas extendidas en la cama, escuchando los sonidos nocturnos. Pensó que ni siquiera la noche concedía una tregua al dolor. Los pacientes eran incapaces de liberarse de sus problemas por muchos narcóticos que Tomapastillas les recetara. Eso era lo insidioso de la enfermedad mental; se necesitaba tanta fuerza de voluntad e intensidad de tratamiento para conseguir una mejoría que la tarea era casi titánica para la mayoría y prácticamente imposible para algunos. Oyó un largo gemido de Francis. Le entristecía que su amigo se agitase en su sueño, porque aquel joven no se merecía el dolor que le acechaba en la oscuridad.

Trató de relajarse, pero no pudo. Se preguntó si, cuando cerraba los ojos, la misma agitación se apoderaba de su sueño. Pero la diferencia entre él y los demás, incluido su joven amigo, era que él era culpable, mientras que ellos probablemente no.

De pronto, notó el olor denso y dulce de algún producto inflamable. La primera vaharada fue de gasolina; la segunda, de un líquido más ligero con base de bencina.

Sorprendido, se levantó de la cama. La sensación era tan fuerte que su primera reacción fue la de dar la alarma, organizar a los hombres y sacarlos de allí antes de que se produjera el inevitable incendio. Imaginó lenguas rojas y amarillas de fuego engullendo la ropa de cama, las paredes, el suelo. Imaginó la horrible asfixia que provocaría el humo. La puerta estaba cerrada con llave, como todas las noches, y oyó gritos de socorro y golpes en las paredes. Se le tensaron todos los músculos y, con la misma rapidez, se le relajaron al inspirar y darse cuenta de que aquel olor era una alucinación similar a las que asediaban a Francis o Nappy, o incluso a las particularmente espantosas que aquejaban a Larguirucho.

A veces creía que toda su vida estaba definida por olores. El tufo de cerveza y whisky que acompañaba a su padre, mezclado con el olor a sudor rancio y a veces el fuerte olor a diesel de la maquinaria pesada que arreglaba. Hundir la cabeza en su pecho significaba aspirar la peste de los cigarrillos que terminaron matándolo. Su madre, en cambio, siempre olía a manzanilla, en su intento de contrarrestar la aspereza de los detergentes que usaba para lavar la ropa que le encargaban. A veces, bajo el intenso aroma de los jabones que ella usaba, podía captar un tufillo a lejía. Olía mucho mejor los domingos, cuando se bañaba y luego pasaba un rato horneando en la cocina, temprano, de modo que, con sus mejores galas para ir a misa, combinaba el aroma a pan recién hecho con la fragancia del champú, como si eso fuera lo que Dios quería. En la iglesia, con atuendo de monaguillo, el incienso a veces lo hacía estornudar. Recordaba todos esos aromas como si estuvieran con él en el hospital.

La guerra le había aportado un mundo de olores totalmente nuevo. Las emanaciones de la vegetación y el calor de la selva, la cordita y el fósforo blanco de los tiroteos. El hedor pegajoso del humo y el napalm a lo lejos, que se mezclaba con las esencias embriagadoras de los arbustos que lo rodeaban. Se acostumbró a la pestilencia de la sangre, los vómitos y los excrementos que tan a menudo se mezclaban con la muerte. También había los exóticos aromas culinarios de los pueblos por los que pasaban y los olores peligrosos de los pantanos y los campos inundados por los que avanzaban dificultosamente. Además, estaba el conocido olor acre de la marihuana en los campamentos y el olor irritante de los líquidos con que se limpiaban las armas. Era un lugar de emanaciones desconocidas e inquietantes.

Al volver a casa había aprendido que el fuego tiene decenas de olores diferentes en sus distintas fases y formas. El fuego de madera se diferenciaba del fuego químico, que guardaba pocas similitudes con el fuego que devoraba el hormigón. La primera llama vacilante olía diferente cuando se elevaba y cobraba fuerza, y distinto era el olor chisporrotearte de un incendio en su plenitud. Y todos ellos diferían de los olores de las maderas carbonizadas y los metales retorcidos cuando el incendio era extinguido. También había conocido entonces el inconfundible olor del agotamiento, como si la fatiga poseyera un aroma propio. Cuando se había inscrito en la academia de investigadores de incendios provocados, una de las primeras cosas que le enseñaron fue a usar el olfato, porque la gasolina con que se provoca un incendio huele diferente al queroseno, que a su vez huele diferente a las demás formas en que la gente enciende fuegos. Algunas eran sutiles, con olores distantes, esquivos. Otras eran evidentes e inexpertas, y él las detectaba desde el primer momento en que pisaba los escombros.

Cuando llegó el momento de provocar su propio incendio, había utilizado gasolina corriente adquirida en una estación de servicio situada a apenas kilómetro y medio de la iglesia. Comprada con una tarjeta de crédito a su nombre. No quería que nadie tuviera ninguna duda sobre la autoría de ese incendio concreto.

En la semi oscuridad del dormitorio, Peter el Bombero sacudió la cabeza, aunque no sabía muy bien qué quería negar. Aquella noche había controlado su rabia asesina y pensado en todo lo que había aprendido sobre cómo ocultar el origen de un incendio, todo lo referente a la precaución y la sutileza, y lo había ignorado. Había dejado un rastro tan obvio que incluso el investigador más inexperto lo habría encontrado. Había provocado el incendio y cruzado la nave hacia la sacristía dando voces de alarma, aunque creía que estaba solo. Se había detenido al oír cómo el fuego empezaba a crepitar con avidez detrás de él, y alzado los ojos hacia un vitral que de repente parecía imbuido de vida propia al reflejar las llamas. Se había santiguado, como había hecho miles de veces, y salido al jardín delantero, donde había esperado hasta verlo cobrar toda su fuerza, y después se había ido a esperar en la oscuridad del porche de la casa de su madre a que llegara la policía. Sabía que había hecho un buen trabajo y que ni siquiera la brigada más dedicada conseguiría extinguir el incendio hasta que fuera demasiado tarde.

Lo que no sabía era que el sacerdote al que había llegado a odiar estaba dentro. En un sofá de la oficina de la sacristía, en lugar de estar en su casa, donde debería haber estado. Dormido por un fuerte narcótico que le habría recetado, sin duda, un feligrés médico, preocupado porque al buen cura se le veía pálido y demacrado y sus sermones parecían salpicados de ansiedad, como era lógico. Porque sabía muy bien que el Bombero estaba al corriente de lo que le había hecho a su sobrinito, y sabía también que, de todos sus feligreses, Peter era el único que seguramente haría algo al respecto. Peter nunca lo había entendido: había muchos niños de los que el sacerdote podía haber abusado y que no estaban emparentados con nadie que pudiera montar en cólera. Peter se preguntaba también si el fármaco que había mantenido dormido al sacerdote en su cama mientras la muerte lo envolvía era el mismo que Tomapastillas solía administrar a sus pacientes. Sospechaba que sí, en una simetría que le parecía de lo más irónico.

– Lo hecho, hecho está -susurró.

Acto seguido, echó un vistazo alrededor para ver si sus palabras habían despertado a alguien.

Intentó cerrar los ojos. Sabía que necesitaba dormir, pero no esperaba que eso le supusiera ningún descanso.

Resopló lleno de frustración y puso los pies en el suelo, dispuesto a ir al cuarto de baño a beber un poco de agua. Se frotó la cara como si quisiera desprenderse de algunos de sus recuerdos. Y al hacerlo tuvo la repentina sensación de que alguien lo observaba.

Se enderezó de golpe, alerta al instante, y recorrió la habitación con los ojos.

La mayoría de los hombres estaban envueltos en sombras. Una luz tenue se colaba por las ventanas e iluminaba un rincón. Observó las hileras de camas, pero no vio a nadie despierto. Trató de desechar la sensación, pero no pudo. Todos sus sentidos, la vista, el oído, el olfato, el gusto y el tacto, parecían gritarle advertencias. Procuró tranquilizarse, no quería volverse tan paranoico como los demás pacientes, pero mientras se calmaba atisbo cierto movimiento con el rabillo del ojo.

Se volvió y durante una fracción de segundo vio una cara en la ventanita de observación de la puerta. Sus ojos se encontraron y, entonces, el rostro desapareció.

Se puso de pie de un brinco y avanzó deprisa hacia la puerta. Acercó la cara al cristal y se asomó al pasillo. Sólo podía ver un par de metros en ambas direcciones, y lo único que vio fue una penumbra vacía.

Tiró del pomo. La puerta estaba cerrada con llave.

Lo invadió la rabia y la frustración. Apretó los dientes y pensó que sus deseos siempre serían inalcanzables, situados tras una puerta cerrada.

La luz tenue, la penumbra y el cristal grueso habían conspirado para impedirle captar los detalles de aquella cara. Lo único que pudo notar fue la ferocidad de los ojos puestos en él. La mirada había sido inflexible y maligna, y quizá por primera vez pensó que Larguirucho tenía razón al protestar y suplicar tanto. Algo malvado se había introducido en el hospital, y Peter intuyó que esta encarnación del mal lo sabía todo sobre él. Intentó convencerse de que saber eso indicaba fortaleza. Pero sospechaba que eso podía ser falso.

15

A mediodía me sentía exhausto. Demasiada falta de sueño. Demasiados pensamientos electrizantes recorriendo mi imaginación. Estaba sentado en el suelo con las piernas cruzadas haciendo una breve pausa para fumarme un cigarrillo. Creía que los rayos de luz que penetraban por las ventanas, cargados de la ración diurna del calor opresivo del valle, habían echado al ángel. Como una creación de un novelista gótico, era un personaje de la noche. Todos los sonidos del día, los del comercio, los de la gente que se desplazaba por la ciudad, el ruido de un camión o un autobús, la sirena distante de un coche patrulla, el golpe sordo del paquete de periódicos que el repartidor dejaba caer a la acera, los escolares que hablaban en voz alta al pasar por la calle, conspiraban entre sí para ahuyentarlo. Los dos sabíamos que yo era más vulnerable durante las silenciosas horas nocturnas. La noche genera duda. La oscuridad siembra temores. Esperaba que volviera en cuanto se pusiera el sol. Todavía no se ha inventado la pastilla que pueda aliviar los síntomas de la soledad y el aislamiento que produce el final del día. Pero, mientras tanto, estaba a salvo, o por lo menos todo lo a salvo que podía esperar. Daba igual la cantidad de cerrojos que tuviera en la puerta, no impedirían la entrada a mis peores miedos. Esta observación me hizo reír.

Revisé el texto que había fluido de mi lápiz y pensé que me había tomado demasiadas libertades. Peter el Bombero me había llevado aparte poco después del desayuno y me había susurrado:

– Vi a alguien. En la ventanita de observación de la puerta. Miraba como si nos buscara a uno de los dos. No podía dormir y tuve la sensación de que alguien me observaba. Cuando alcé los ojos, lo vi.

– ¿Lo reconociste? -pregunté.

– Imposible. -Peter meneó la cabeza despacio-. Sólo estuvo ahí un segundo. Cuando me levanté de la cama ya se había ido. Me acerqué a la ventanita y miré fuera, pero no vi a nadie.

– ¿Y la enfermera de guardia?

– Tampoco la vi.

– ¿Dónde estaba?

– No lo sé. ¿En el lavabo? ¿Dando un paseo? ¿Quizás arriba, hablando con la enfermera de esa planta? ¿Dormida en una silla?

– ¿Tú qué crees? -pregunté, y el nerviosismo asomó a mi voz.

– Me gustaría pensar que fue una alucinación. Aquí tenemos muchas.

– ¿Lo fue?

– Qué va -sonrió Peter el Bombero, y negó con la cabeza.

– ¿Quién crees que era?

– Sabes muy bien quién creo que era, Pajarillo -sonrió, pero sin humor ya que no se trataba de ninguna broma.

Esperé un instante, inspiré hondo y sofoqué todos los ecos en mi interior.

– ¿Por qué crees que fue a la puerta?

– Quería vernos.

Eso era lo que recordaba con claridad. Recordaba dónde estábamos, cómo íbamos vestidos. Peter llevaba la gorra de los Red Sox. Recordaba lo que comimos esa mañana: creas que sabían a cartón anegadas de un espeso jarabe dulce que tenía más relación con algún mejunje químico, obra de un científico, que con un arce de Nueva Inglaterra. Aplasté el cigarrillo contra el suelo desnudo del piso y le di vueltas a mis recuerdos en lugar de tomar la comida que, sin duda, necesitaba. Eso fue lo que me dijo. Yo había imaginado todo lo demás. No estaba seguro al cien por cien de que la noche anterior él estuviera atrapado en las redes del insomnio debido a lo que había hecho tantos meses atrás. No me contó que eso fuera lo que lo mantenía despierto en la cama, de modo que, cuando tuvo la sensación de ser observado, estaba alerta. Ni siquiera sé si lo pensé entonces. Pero ahora, años después, supongo que tuvo que haber sido eso. Tenía sentido, por supuesto, porque Peter estaba atrapado en el espinoso territorio de la memoria. Y, poco después, todas estas cosas se combinaron, de modo que, para contar su historia, la de Lucy y también la mía, tengo que tomarme algunas libertades. La verdad es escurridiza, y no estoy a gusto con ella. Ningún loco lo está. Así que, Aunque lo escriba bien, quizás esté mal. Quizás esté exagerado. Quizá no pasó exactamente como yo lo recuerdo, o quizá tenga la memoria tan forzada y torturada debido a tantos años de fármacos que la verdad me elude siempre.

Creo que sólo los poetas idealizan que la demencia es de algún modo liberadora; es justo lo contrario. Ninguna de mis voces internas, ningún miedo, ningún delirio, ninguna compulsión, nada de lo que sirvió para crear al personaje triste que me desterró de la casa donde crecí y me mandó atado al Hospital Estatal Western, tenía nada en común con la libertad o la liberación, ni siquiera con ser único de una forma positiva. En lugar de eso, todas esas fuerzas eran como normas y regulaciones, exigencias y restricciones escritas en algún letrero que ocupaba un lugar muy destacado en mi mente. Supongo que estar loco es un poco como estar encarcelado. El hospital era el sitio donde nos tenían mientras nos dedicábamos a consolidar nuestra propia clase de detención interna.

Eso no era tan cierto para Peter, porque él nunca estuvo tan loco como el resto de nosotros.

Tampoco lo era para el ángel.

Y, de un modo curioso, Lucy era el puente entre ambos.

Todavía estábamos junto al comedor esperando que apareciera Lucy. Peter parecía muy concentrado, reviviendo lo que había visto y experimentado la noche anterior. Lo observé mientras parecía tomar cada trozo de esos instantes, ponerlo a contraluz y girarlo despacio, como haría un arqueólogo con una reliquia tras soplarla para quitarle el polvo del tiempo. Peter actuaba de forma muy parecida con las observaciones; parecía creer que si ponía mentalmente lo que fuera en el ángulo adecuado y lo sujetaba contra un foco de luz, lo vería como era en realidad. Y, en aquel momento, estaba enfrascado en ese proceso, con la cara tensa y los ojos fijos sin ver lo que tenía delante, sino otra cosa. Supongo que, en otro paciente, habría sido la mirada que precedía a una alucinación o un delirio. Pero, en el caso de Peter, era el análisis de un detalle.

Mientras lo observaba, se volvió hacia mí.

– Ahora sabemos algo: el ángel no está en nuestro dormitorio. Podría estar arriba, en el otro. Podría venir de otro edificio, aunque aún no he descubierto cómo. Pero de momento, podemos excluir a nuestros compañeros de habitación. Y sabemos algo más: ha averiguado de algún modo que estamos metidos en esto, pero no nos conoce, no lo suficiente, y por eso observa.

Eché un vistazo a ambos lados del pasillo. Había un cato apoyado contra una pared, con la mirada puesta en el techo. Podría haber estado escuchando a Peter, o a alguna voz oculta en su interior. Imposible saberlo. Un anciano senil que llevaba los pantalones del pijama pasó junto a nosotros con la baba colgándole en una mandíbula sin afeitar, farfullando y tambaleándose, como si no comprendiera que su dificultad para andarse debía a los pantalones a la altura de los tobillos. El retrasado que nos había amenazado el otro día pasó tras el anciano, con los ojos llenos de miedo, desaparecida toda su rabia y agresividad anterior. Supuse que le habían cambiado la medicación.

– ¿Cómo podemos saber quién está observándonos? -pregunté. Giré la cabeza a derecha e izquierda y un escalofrío me recorrió el cuerpo al pensar que cualquiera de aquellos hombres que me miraban como absortos podría estar, de hecho, evaluándome, formándose un juicio sobre mí.

– Bueno -respondió Peter encogiéndose de hombros-, ésa es la cuestión. Nosotros investigamos y el ángel observa. Mantente alerta. Algo surgirá.

Vi que Lucy Jones entraba en Amherst. Se detuvo para hablar con una enfermera, y Negro Grande se acercó a ella. Lucy le entregó un par de expedientes de una caja llena a rebosar que dejó en el suelo. Peter y yo dimos un paso hacia ella, pero Noticiero, que nos vio, nos cerró el paso. Llevaba las gafas un poco ladeadas y una mata de pelo le salía disparada de la cabeza. Su sonrisa era tan torcida como su pose.

– Malas noticias, Peter -dijo, aunque sonreía, tal vez para suavizar la información-. Siempre son malas noticias.

Peter no respondió y Noticiero pareció un poco decepcionado.

– Vale -dijo con la cabeza ladeada. A continuación miró a Lucy Jones y pareció concentrarse mucho. Era casi como si recordar le costara un esfuerzo físico. Pasados unos instantes, esbozó una sonrisa-. Boston Globe. 20 de septiembre de 1977. Sección de noticias locales, página 2B: Negarse a ser una víctima; licenciada en Derecho por Harvard es nombrada jefa de la sección de delitos sexuales.

Peter se volvió hacia él.

– ¿Recuerdas algo del resto? -preguntó.

Noticiero dudó de nuevo mientras rebuscaba en su memoria.

– Lucy K. Jones -dijo al fin-, veintiocho años, con tres años de experiencia en las secciones de tráfico y delitos graves, ha sido nombrada jefa de la recién creada sección de delitos sexuales de la fiscalía del condado de Suffolk, según anunció hoy un portavoz. La señorita Jones, licenciada en Derecho por Harvard en 1974, será responsable de los casos de agresiones sexuales y colaborará con la división de homicidios en los asesinatos que se deriven de violaciones. -Inspiró hondo y prosiguió-: En una entrevista, la señorita Jones afirmó estar plenamente capacitada para este cargo, porque había sido víctima de una agresión sexual durante su primer año en Harvard. Explicó que se había incorporado a la oficina del fiscal tras desechar numerosas ofertas de bufetes de abogados, porque su agresor había escapado a la acción de la justicia. Su perspectiva sobre los delitos sexuales proviene de un conocimiento íntimo del daño emocional que provocan estas agresiones y de la frustración por un sistema judicial mal preparado para tratar esta clase de delitos. Indicó que esperaba consolidar una sección modélica que otros fiscales pudieran imitar…

– También había una fotografía -añadió Noticiero tras dudar un momento-. Y algo más. Estoy intentando recordar.

– ¿No hubo ningún artículo que lo desarrollara en la sección de sociales el día siguiente o después? -preguntó Peter.

De nuevo, Noticiero repasó su memoria.

– No… -respondió. El hombrecillo sonrió y, como hacía siempre, se marchó en busca de un ejemplar del periódico del día.

Peter se volvió hacia mí.

– Bueno, eso explica una cosa y empieza a explicar otras, ¿verdad, Pajarillo?

– ¿Qué? -pregunté.

– Para empezar, la cicatriz de la mejilla.

La cicatriz, por supuesto.

Debería haber prestado más atención a la cicatriz.

Sentado en mi piso, imaginando la pálida línea que recorría el rostro de Lucy Jones, cometí el mismo error que en aquel momento. Vi el defecto en su piel perfecta y me pregunté cuánto habría cambiado su vida. Pensé que me hubiera gustado haberla tocado.

Encendí otro cigarrillo. Unas volutas de humo acre se elevaron por el aire viciado. Podría haberme quedado así, perdido en mis recuerdos, si no hubieran llamado a mi puerta.

Me puse de pie, alarmado. Perdí el hilo de las ideas, sustituido por una sensación de nerviosismo. Me acerqué a la entrada y oí cómo me llamaban por mi nombre.

– ¡Francis! -Más golpes en la gruesa puerta de madera-. ¡Francis! ¡Abre! ¿Estás ahí?

Reflexioné un instante sobre la curiosa yuxtaposición de la petición «¡Abre!», seguida de la pregunta «¿Estás ahí?». En el mejor de los casos, el orden estaba invertido.

Reconocí la voz, claro. Esperé un momento, porque sospechaba que, en uno o dos segundos, oiría otra voz familiar.

– Francis, por favor. Abre para que podamos verte…

La hermana número uno y la hermana número dos. Megan, que era exigente como un niño pero con el tamaño y el temperamento de un defensa de fútbol americano, y Colleen, que hacía la mitad de bulto y tenía una timidez que combinaba la vergüenza con una incompetencia para las cosas más simples de la vida. «¿Podrías hacerlo tú porque yo no sabría por dónde empezar?» No tenía paciencia para ninguna de las dos.

– Francis, sabemos que estás ahí, y queremos que abras la puerta ahora mismo.

Seguido de otro toc, toc, toc en la puerta.

Apoyé la frente contra la madera y, acto seguido, me giré y apoyé la espalda, como para impedir su entrada. Pasado un momento, me volví de nuevo y dije:

– ¿Qué queréis?

– ¡Queremos que abras la puerta!-Hermana número uno.

– Queremos asegurarnos de que estás bien. -Hermana número dos.

Previsible.

– Estoy bien -mentí-. Pero ahora estoy ocupado. Volved en otro momento.

– ¿Estás tomando los medicamentos, Francis? ¡Abre ahora mismo! -La voz de Megan poseía toda la autoridad, y más o menos la misma paciencia, de un sargento de instrucción del cuerpo de marines.

– ¡Estamos preocupadas por ti, Francis!-Era probable que Colleen se preocupara por todo el mundo. Se preocupaba sin cesar por mí, por su familia, por sus padres y por su hermana, por la gente que aparecía en el periódico o en las noticias televisivas de la noche, por el alcalde, por el gobernador y puede que incluso por el presidente, por los vecinos o por la familia que vivía al otro lado de su calle y que parecía atravesar un -Tres comidas decentes al día y ocho horas de sueño por la noche. De hecho, la señora Santiago me preparó un plato estupendo de arroz con pollo el otro día -aseguré.

– ¿Qué es eso? -quiso saber Megan señalando la pared escrita.

– Un inventario de mi vida. Nada especial.

Megan sacudió la cabeza. No me creía, y seguía estirando el cuello para husmear.

– Déjanos entrar -pidió Colleen.

– Necesito intimidad.

– Estás volviendo a oír voces -aseguró Megan-. Lo sé.

– ¿Cómo? -dije tras dudar un instante-. ¿Tú también las oyes?

Esto la enfadó aún más, claro.

– ¡Déjanos entrar ahora mismo!

– Quiero estar solo. -Negué con la cabeza. Colleen parecía al borde de las lágrimas-. Quiero que me dejéis solo. ¿ Por qué habéis venido?

– Ya te lo hemos dicho. Estamos preocupadas por ti-respondió Colleen.

– ¿Por qué? ¿ Os dijo alguien que os preocuparais por mí?

Ambas intercambiaron una mirada antes de contestar.

– No -contestó Megan, intentando modular la premura de su tono-. Es sólo que hacía tanto tiempo que no sabíamos nada de ti…

Sonreí. Era agradable que todos mintiéramos.

– He estado ocupado. Si queréis una cita, llamad a mi secretaria y trataré de recibiros antes del día del Trabajo.

La broma no les hizo gracia. Empecé a cerrar la puerta, pero Megan plantó una mano para detenerla.

– ¿Qué son esas palabras? -me preguntó a la vez que las señalaba-. ¿Qué estás escribiendo?

– Eso es cosa mía, no vuestra -repliqué.

– ¿Estás escribiendo sobre mamá y papá? ¿Sobre nosotros? ¡Eso no sería justo!

Me quedé estupefacto. Mi diagnóstico instantáneo fue que estaba más paranoica que yo.

– ¿Qué te hace pensar que sois lo bastante interesantes como para escribir sobre vosotros? -dije despacio.

Y cerré la puerta, puede que con demasiada fuerza, porque el ruido resonó en el pequeño edificio como un disparo.

Volvieron a llamar, pero no hice caso. Cuando me alejé de la puerta, un murmullo generalizado de voces en mi interior me felicitó por mi actuación. Les gustaban mis pequeñas exhibiciones de rebeldía e independencia. Pero lo siguió una distante y resonante risa burlona, que se elevaba y apagaba las demás voces. Se parecía un poco al grito de un cuervo que, arrastrado por un viento fuerte, pasara invisible por encima de mi cabeza. Me estremecí y me agaché un poco, casi como para esquivar un ruido.

Sabía quién era.

– ¡Ríete si quieres! -grité al ángel-. Pero ¿quién más sabe qué pasó?

Francis se sentó frente a la mesa de Lucy, mientras Peter se paseaba por el despacho.

– ¿Qué hacemos, señorita fiscal? -preguntó el Bombero con cierta impaciencia.

– Creo que ha llegado el momento de empezar a hablar con algunos pacientes -respondió Lucy, y señaló unos expedientes-. Los que tienen antecedentes de violencia.

Peter asintió.

– Imagino que, cuando empezó a leer los expedientes, sabía que eso abarca a casi todos los pacientes, salvo los seniles y los retrasados mentales, y que ellos también pueden tener episodios violentos -comentó-. Creo que tenemos que encontrar características eliminadoras, señorita Jones…

La joven levantó la mano.

– Llámame Lucy, Peter -pidió-. Así no tendré que llamarte por tu apellido, porque sé por tu expediente que, aunque no hay que esconder exactamente tu identidad, sí hay que recalcarla lo menos posible, ¿correcto? Debido a tu reputación en ciertas zonas de Massachussets. Y también sé que, al llegar aquí, indicaste a Gulptilil que ya no tenías nombre, un acto de desvinculación que él interpretó como que no deseabas avergonzar más a tu familia.

Peter dejó de caminar y Francis pensó que se iba a enfadar. Una de sus voces interiores le gritó que tuviera cuidado y él mantuvo la boca cerrada mientras los observaba. Lucy sonreía, como si supiera que había desconcertado a Peter, y éste parecía buscar una réplica adecuada. Se apoyó contra la pared y sonrió, con una expresión no del todo distinta a la de Lucy.

– De acuerdo, Lucy-dijo-. Usaremos los nombres de pila. Pero dime algo, por favor: ¿No crees que interrogar a cualquier paciente con un pasado violento, o incluso con uno o dos actos violentos desde que llegó aquí, será inútil a la larga? Y, aún más importante, ¿de cuánto tiempo dispones, Lucy? ¿Cuánto crees que puede llevarnos encontrar una respuesta?

– ¿Por qué preguntas eso? -La sonrisa de Lucy se desvaneció de golpe.

– Porque no sé si tu jefe, en Boston, es consciente de lo que estás haciendo.

El silencio invadió la pequeña habitación. Francis estaba atento a cualquier movimiento -las miradas, y también las posturas de brazos y hombros- que pudiera indicar sutiles significados a las palabras pronunciadas.

– ¿Por que crees que no cuento con una cooperación total de mi oficina?

– ¿Es así? -repuso Peter.

Francis vio que Lucy iba a responder de una forma, luego de otra, y por último lo hizo de una tercera:

– Sí y no -dijo.

– Eso me suena a dos explicaciones distintas.

Ella asintió.

– Mi presencia aquí todavía no forma parte de un caso oficial. Creo que debería abrirse uno. Los demás están indecisos. O, más bien, dudan que esté dentro de nuestra jurisdicción. De modo que cuando quise venir aquí, en cuanto supe lo del asesinato de Rubita, hubo un debate encendido en mi oficina. El resultado fue que se me permitió venir, pero sólo de modo oficioso.

– Supongo que Gulptilil no conoce exactamente esas circunstancias.

– En eso tienes razón, Peter.

– ¿Cuánto tiempo tienes antes de que la administración del hospital se harte, o de que tu oficina pida que regreses? -preguntó Peter, y empezó a caminar de nuevo por la habitación, como si el movimiento añadiese impulso a sus pensamientos.

– No mucho.

Peter pareció vacilar de nuevo mientras revisaba sus observaciones.

Francis pensó que Peter veía los hechos y los detalles del mismo modo que un guía de montaña: consideraba que los obstáculos eran oportunidades y, a veces, valoraba cada paso como un logro.

– Así pues -concluyó Peter, como si de repente hablara consigo mismo-, Lucy está aquí, convencida de que hay un criminal en el hospital y decidida a encontrarlo. Porque tiene un… interés especial. ¿Correcto?

– Correcto -asintió Lucy, y de su rostro había desaparecido toda diversión-. Los días que has pasado en el Western no han mermado tus dotes de investigación.

– Pues yo creo que sí -replicó Peter a la vez que sacudía la cabeza-. ¿Y cuál sería ese interés especial?

Tras una pausa, Lucy agachó un poco la cabeza.

– No creo que nos conozcamos lo suficiente, Peter. Pero te diré algo: el individuo que cometió los anteriores asesinatos logró llamar mi atención al provocar a mi oficina.

– ¿Al provocarla?

– Sí. Al estilo de «no podéis atraparme».

– ¿No puedes ser más específica?

– En este momento no. Son detalles que esperamos utilizar en un proceso posterior. Así que…

– No quieres compartir los detalles con un par de chiflados -la interrumpió Peter.

– Lo mismo que tú si te preguntara cómo esparciste la gasolina en aquella iglesia -replicó Lucy-. Y por qué.

Ambos guardaron otra vez silencio. Peter se volvió hacia Francis.

– Pajarillo, ¿qué conecta todos estos crímenes entre sí? -preguntó-. ¿Por qué estos asesinatos?

– Para empezar, el aspecto de la víctima -respondió Francis, dándose cuenta de que lo ponían a prueba-. Edad y aislamiento; todas acostumbraban desplazarse solas de modo regular. Eran jóvenes y tenían el pelo corto y un físico esbelto. Las encontraron a la intemperie en un sitio distinto de aquel donde las habían matado, lo que complica las cosas a la policía. Eso me lo dijo usted. Y en jurisdicciones diferentes además, lo que es otro problema. Eso también me lo dijo usted. Y estaban todas mutiladas de la misma forma, progresivamente. Les faltan falanges, como en el caso de Rubita. -Francis inspiró hondo-. ¿Tengo razón?

Lucy asintió y Peter sonrió.

– Exacto -afirmó éste-. Tenemos que estar atentos, Lucy, porque Pajarillo tiene una memoria para los detalles y las observaciones mucho mejor de lo que nadie cree. -Reflexionó un momento. Una vez más, empezó a decir una cosa pero cambió de dirección en el último momento-. Muy bien, Lucy. Debes mantener en secreto una información que podría ayudarnos. De momento. ¿Qué hacemos entonces?

– Tenemos que encontrar la forma de localizar a este hombre -respondió con rigidez, pero algo aliviada, como si hubiera comprendido que Peter había querido preguntar una o dos cosas más que habrían llevado la conversación en otra dirección.

Francis no supo si había gratitud en sus palabras, pero vio que los dos se miraban fijamente, hablando sin necesidad de palabras, como si ambos supieran algo que se había escapado a Francis. Pensó que tal vez era así, pero también observó que Peter y Lucy habían establecido unas pautas que los situaban en un mismo plano. Peter no era tanto el paciente mental y Lucy no era tanto la fiscal, y de repente ambos parecían colegas.

– El problema es que él ya nos ha localizado -anunció Peter.

16

Si Lucy se sorprendió por la revelación de Peter, no lo mostró de inmediato.

– ¿A qué te refieres exactamente? -preguntó.

– Sospecho que el ángel ya sabe que estás aquí y también por qué. Creo que en el hospital no hay tantos secretos como a uno le gustaría. Mejor dicho, existe una definición distinta de «secreto». Así que imagino que sabe que estás aquí para desenmascararlo, a pesar de las promesas de confidencialidad de Gulptilil y Evans. ¿Cuánto tiempo crees que duraron esas promesas? ¿Un día? ¿Acaso dos? Apostaría que casi todo el mundo que puede saberlo, lo sabe. Y sospecho que nuestro amigo el ángel sabe también que Pajarillo y yo te estamos ayudando.

– ¿Y cómo has llegado a esta conclusión? -quiso saber Lucy. Su voz contenía un matiz de recelo mordaz que Peter pareció ignorar.

– Bueno, es una suposición, claro -respondió Peter-. Pero una cosa lleva a la otra…

– ¿Cuál es la primera cosa?

Peter le contó brevemente lo que había visto en la ventanita de la puerta del dormitorio la noche anterior. Mientras se lo describía, la observaba con atención, como valorando su reacción.

– Por lo tanto -terminó-, si está informado sobre nosotros, también lo está sobre ti. Vete a saber, pero… Bueno, ahí lo tienes. -Se encogió de hombros, pero sus ojos expresaban una convicción que contradecía su lenguaje corporal.

– ¿A qué hora de la noche ocurrió? -preguntó Lucy.

– Tarde. Pasada la medianoche. -Peter observó su vacilación-. ¿Quieres comentarnos algún detalle?

– Creo que yo también tuve una visita ayer por la noche -admitió Lucy después de vacilar otra vez.

– ¿Y eso? -soltó Peter, de repente alarmado.

Lucy inspiró y describió cómo había encontrado abierta la puerta de su habitación, y después cerrada con llave. Aunque no sabía quién, o por qué, seguía convencida de que el intruso se había llevado algo, a pesar de que había repasado sus pertenencias y no había encontrado que faltara nada.

– Quizá deberías volverlo a comprobar -dijo Peter-. Algo obvio sería una prenda de vestir. Algo más sutil sería algún pelo de tu cepillo -aventuró tras reflexionar un instante-. O quizá se pasó tu lápiz de labios por el pecho. O se puso un poco de perfume en el dorso de la mano. Algo así.

Esta sugerencia pareció desconcertar un poco a Lucy, que se revolvió en el asiento como si ardiera, pero antes de que respondiera Francis meneó la cabeza.

– ¿Qué pasa, Pajarillo? -preguntó Peter.

– No creo que sea eso, Peter -dijo Francis, que tartamudeó un poco al hablar-. No le hace falta llevarse nada. Ni ropa, ni un cepillo, ni un pelo, ni perfume, ni nada de lo que Lucy ha traído, porque ya se ha llevado algo mucho más grande e importante. Lo que pasa es que ella todavía no lo ha visto. Quizá porque no quiere verlo.

– ¿Y qué sería eso, Francis? -preguntó Peter sonriente. Su voz era un poco grave, pero denotaba un regocijo extraño.

La voz de Francis tembló un poco al contestar:

– Se llevó su intimidad.

Los tres guardaron silencio mientras asimilaban esas palabras.

– Y otra cosa más -añadió Francis.

– ¿Qué? -quiso saber Lucy. Se había ruborizado un poco y tamborileaba la mesa con un lápiz.

– Quizá también su seguridad.

El peso del silencio aumentó en la pequeña habitación. Francis se sentía como si hubiera rebasado algún límite. Peter y Lucy eran profesionales de la investigación y él no, de modo que le sorprendió haber tenido la osadía de decir algo tan inquietante. Una de sus voces le gritó en su interior: ¡Cállate! ¡Cierra el pico! ¡No te ofrezcas! ¡Mantente en segundo plano! ¡Mantente a salvo! No supo si hacerle caso o no. Pasado un momento, sacudió la cabeza.

– Puede que esté equivocado -admitió-. Se me ocurrió de repente y no lo pensé demasiado…

Lucy levantó una mano para interrumpirlo.

– Creo que es una observación de lo más pertinente, Pajarillo, -dijo con el tono ligeramente académico que adoptaba a veces-. Y la tendré en cuenta. Pero ¿y la segunda visita de la noche para espiaros a ti y a Peter? ¿Qué piensas al respecto?

Francis lanzó una rápida mirada a Peter, que asintió y le dijo:

– Podría vernos en cualquier momento, Francis. En la sala de estar, durante una comida o incluso en una sesión en grupo. Demonios, pero si siempre estamos por los pasillos. Podría echarnos un buen vistazo entonces. De hecho, puede que ya lo haya hecho. Así pues, ¿por qué iba a arriesgarse a salir de noche?

– Tienes razón en eso -respondió Francis-. Pero observarnos por el día no significa lo mismo para él.

– ¿Y eso?

– Porque de día es un paciente más.

– ¿Sí? Claro. Pero…

– Pero de noche puede ser él mismo.

Peter fue el primero en hablar, y su voz denotaba una especie de admiración.

– Bueno -dijo con una sonrisa-, es lo que sospechaba: Pajarillo ve las cosas.

Francis se encogió de hombros y sonrió ante el halago. Y, en algún lugar recóndito de su ser, se percató de que muy pocas veces lo habían halagado en sus veintiún años de vida. Críticas, quejas y menciones de su clamorosa ineptitud era lo que había conocido de forma bastante regular hasta entonces. Peter le dio un golpecito afectuoso en el brazo.

– Serás un policía espléndido, Francis -aseguró-. Con una pinta un poco extraña, quizá, pero excelente de todos modos. Tendremos que darte un poco más de acento irlandés, una tripa más prominente, unas mejillas coloradas, una porra que balancear y una inclinación por los dónuts. No, una adicción a los dónuts. Pero tarde o temprano lo conseguiremos. -Se volvió hacia Lucy y añadió-: Esto me da una idea.

Ella también sonreía, sin duda porque, como pensó Francis, le resultaba divertido el retrato absurdo de alguien tan frágil como él convertido en un fornido policía.

– Una idea estaría bien, Peter -respondió la fiscal-. Una idea sería excelente.

Peter guardó silencio, pero movió un instante la mano, como un director de orquesta o un matemático garabateando una fórmula en el aire al carecer de una pizarra. Tomó una silla y la giró para sentarse del revés, lo que confirió a su postura cierta urgencia.

– No tenemos pruebas físicas, ¿cierto? Y no contamos con ayuda, sobre todo de la policía local que analizó la escena del crimen, investigó el asesinato y detuvo a Larguirucho, ¿cierto?

– Cierto -corroboró Lucy.

– Y no creemos que Tomapastillas y el señor del Mal vayan a ayudar demasiado, ¿cierto?

– Cierto. Sólo están tratando de decidir qué planteamiento les crearía menos problemas.

– No es difícil imaginárselos a los dos en el despacho de Toma-pastillas, mientras la señorita Deliciosa toma notas, ideando lo mínimo que pueden hacer para guardarse las espaldas. Así que, de hecho, no tenemos demasiado a nuestro favor en este momento. En concreto, sólo un punto de partida evidente. -Peter rebosaba ideas. Francis podía verlo-. ¿Qué es una investigación? -preguntó retóricamente mirando a Lucy-. Hechos. Tomar esta prueba y añadirla a ésa. Formar una imagen del crimen como si fuese un puzzle. Todos los detalles de un crimen, desde el comienzo hasta la conclusión, han de encajar en un marco racional para proporcionar una respuesta. ¿No es eso lo que te enseñaron en la oficina del fiscal? ¿De modo que la acumulación de elementos demostrables elimina a todo el mundo salvo al sospechoso? Ésas son las pautas, ¿no?

– Ambos lo sabemos. Pero ¿qué quieres sugerir?

– Que el ángel también lo sabe.

– Vale. Sí. Quizás. ¿Y?

– Lo que tenemos que hacer es ponerlo todo patas arriba.

Lucy pareció desconcertada. Pero Francis comprendió a qué se refería Peter.

– Lo que está diciendo es que no deberíamos seguir ninguna pauta -explicó.

– Estamos aquí -asintió Peter-, en este sitio de locos, ¿y sabes qué será imposible, Lucy?

La fiscal no respondió.

– Pues intentar imponerle la racionabilidad y la organización del mundo exterior. Este sitio es demencial, así que tenemos que hacer una investigación acorde con este mundo. Adaptarla al lugar donde estamos.

– ¿Te refieres a usar el entorno de alguna forma que se me escapa?

– Sí -asintió Peter-. No deberíamos actuar de una forma previsible -miró a Francis-, sino conforme al mundo en que estamos. En un sitio demencial, tenemos que efectuar una investigación demencial. Desenvolvernos con toda la locura que este sitio exige. Donde fueres, haz lo que vieres.

– ¿Y cuál sería el primer paso? -preguntó Lucy. Parecía dispuesta a escuchar pero no a acceder de inmediato.

– Los interrogatorios. Empiezas muy bien, de modo oficial y ciñéndote a las pautas. Y, después, aumentas la presión. Acusas a los interrogados de forma irracional. Tergiversas sus palabras. Les devuelves la paranoia. Actúa del modo más terrible, irresponsable e indignante que puedas. Desconcierta a todo el mundo. Eso causará desconcierto. Y cuanto más perturbemos el discurrir cotidiano del hospital, menos seguro se sentirá el ángel.

– Es un plan -asintió Lucy-. Puede que no demasiado estructurado, pero es un plan. Aunque no creo que Gulptilil lo acepte.

– Al cuerno -soltó Peter-. Por supuesto que no lo hará. Y tampoco el señor del Mal. Pero no dejes que eso sea un obstáculo.

Lucy reflexionó un momento.

– ¿Por qué no? -Sonrió y se volvió hacia Francis-. No dejarán que Peter esté presente en los interrogatorios, su pasado pesa demasiado. Pero tu caso es diferente, Francis. Creo que deberías asistir. Estaréis tú y Evans o el director médico, porque éste quiere que haya alguien; son las normas que estableció. Creemos bastante humo y quizá veamos algo de fuego.

Por supuesto, ellos no veían lo que Francis, es decir, los peligros de este método. Pero guardó silencio, acallado por sus voces interiores, que estaban nerviosas y recelosas, de modo que se limitó a agachar la cabeza ante el rumbo fijado.

A veces, durante la primavera, desde que me dieron de alta del Western y tras instalarme en mi ciudad, cuando iba a la escalera para peces para contar los salmones que regresaban para el Wildlife Service, detectaba las sombras plateadas y relucientes de los peces y me preguntaba si sabían que el hecho de volver al lugar donde habían nacido para renovar el ciclo de la naturaleza les iba a costar la vida. Con la libreta en la mano, contaba los peces y solía combatir el impulso de advertirles de algún modo. Me preguntaba si tendrían alguna pulsión profunda, genética, que les informara de que volver a casa los mataría, o si todo era un engaño que aceptaban con gusto ya que el deseo de aparearse era tan fuerte que ocultaba la inevitabilidad de la muerte. ¿O eran como soldados, a los que se daba una orden imposible y evidentemente mortal, y decidían que el sacrificio era más importante que la vida?

A veces la mano me temblaba cuando hacía las anotaciones en la hoja de cómputo, tanta muerte latente pasaba frente a mí. En ocasiones lo entendemos todo mal. Así, algo que parece peligroso, como el inmenso océano, es en realidad seguro. Lo que es conocido, como el hogar, es de hecho más amenazador.

La luz parecía desvanecerse a mi alrededor, y me alejé de la pared para dirigirme a la ventana del salón. Noté que la habitación se llenaba de recuerdos. Soplaba una brisa vespertina, una suave ráfaga de calidez. Pensé que la oscuridad nos definía a todos. Cualquiera puede representar cualquier cosa a la luz del día. Pero sólo por la noche, después de que el mundo se ha oscurecido, aparece nuestro yo real.

Ya no sabía si estaba o no agotado. Levanté los ojos y examiné la habitación. Era interesante verme solo y saber que no duraría. Tarde o temprano me invadirían. Y el ángel volvería. Sacudí la cabeza.

De pronto, recordé que Lucy había preparado una lista de casi setenta y cinco nombres. Eran los hombres a los que ella quería ver.

Lucy preparó una lista con unos setenta y cinco pacientes de todo el hospital que parecían poseer el potencial para asesinar. Eran hombres que habían mostrado hostilidad hacia las mujeres, ya fuera mediante golpes durante riñas domésticas, lenguaje amenazador o conducta obsesiva, que habían concentrado en una vecina o una familiar a la que culpaban de su locura. Ella aún creía que los asesinatos habían sido, en el fondo, delitos sexuales. La justicia penal consideraba que los delitos sexuales eran primero actos violentos y después catarsis sexual.

Además, ella había sido una víctima y en decenas de salas de justicia había visto en el banquillo de los acusados a hombres que le recordaban en mayor o menor medida al que la había agredido. Su índice de condenas era ejemplar y, a pesar de los obstáculos que encontraba en el hospital Western, esperaba volver a triunfar. La confianza era su principal baza.

Mientras cruzaba los terrenos del hospital hacia el edificio de administración, empezó a dibujar mentalmente un retrato del hombre que estaba buscando. Detalles, como la fuerza física necesaria para dominar a Rubita, la juventud suficiente para ser presa de un arrebato homicida, la edad adecuada para no cometer errores precipitados. Estaba convencida de que su hombre poseía los conocimientos prácticos así como la inteligencia innata que hacen que ciertos criminales sean difíciles de acorralar. Todos los elementos de esos crímenes se le arremolinaban en la cabeza, y se decía que cuando se encontrara frente a frente con el culpable, lo reconocería de inmediato.

La razón de su optimismo era la creencia de que el ángel deseaba ser conocido. Imaginaba que sería engreído y arrogante, y que querría vencerla en este duelo intelectual dentro de aquel hospital psiquiátrico.

Lo sabía de una forma más profunda que Peter o Francis, o de lo que nadie era consciente en el Western. Unas cuantas semanas después del segundo homicidio, su oficina había conseguido las dos falanges seccionadas del modo más normal: a través del correo. El autor las había colocado en una bolsa de plástico, que había metido en un sobre acolchado marrón, del tipo que se vendía en casi todas las tiendas de material de oficina de Nueva Inglaterra. La dirección del destinatario estaba mecanografiada en una etiqueta: JEFA DE LA UNIDAD DE DELITOS SEXUALES.

Se adjuntaba un folio con una pregunta también mecanografiada: «¿Los buscabais?» Nada más.

Lucy entregó los macabros souvenirs al equipo forense. No se tardó en confirmar que pertenecían a la segunda víctima y que se los habían extirpado post mortem. La escritura de la nota y la etiqueta correspondía a una máquina de escribir eléctrica Sears modelo 1.132 de 1975. El matasellos del paquete correspondía a la oficina principal de Boston Sur. Lucy y dos investigadores más de su oficina habían localizado todas las máquinas de escribir de ese modelo vendidas en Massachusetts, New Hampshire, Rhode Island y Vermont durante los seis meses anteriores al asesinato. También habían interrogado a todos los empleados de la oficina de correos para comprobar si alguno recordaba haber manejado ese paquete en concreto. Ninguna de las dos líneas de investigación había arrojado una pista razonable.

Los empleados de correos no habían ayudado nada. Si una máquina de escribir se había comprado con un cheque o con una tarjeta de crédito, Sears tenía constancia. Pero se trataba de un modelo barato, y más de una cuarta parte de las máquinas similares que se vendieron en ese lapso de tiempo se pagaron en efectivo. Además, los investigadores averiguaron que casi todos los más de cincuenta puntos de venta de Nueva Inglaterra tenían expuesto un modelo 1.132 nuevo que podía probarse. Habría sido relativamente sencillo ir un concurrido domingo por la tarde, poner una hoja de papel en el rodillo y escribir lo que se quisiera sin llamar la atención, ni siquiera de un vendedor.

Lucy había esperado que el remitente de las falanges lo volvería a hacer con las correspondientes a la primera o la tercera víctima, pero no fue así.

Era, en su opinión, la peor forma de provocación: el mensaje no estaba en las palabras, ni siquiera en los apéndices mutilados, sino en una entrega cuyo rastro no podía seguirse.

También había la inquietante referencia a la bibliografía sobre Jack el Destripador, que había extirpado un trozo de riñón a una víctima, una prostituta llamada Catharine Eddowes, alias Kate Kelly, y lo había enviado a la Policía Metropolitana en 1888 con una burlona nota, rubricada. Que su presa conociera este caso tan famoso la ponía nerviosa. Era muy revelador, pero también la afectaba. No le gustaba estar buscando a alguien con nociones de la historia, porque eso implicaba cierta inteligencia. La mayoría de los criminales que había enviado a la cárcel destacaban por su estupidez absoluta. En la sección de delitos sexuales era un dato bastante conocido que las fuerzas que impulsaban a un hombre a ese acto concreto también harían que fuera descuidado y olvidadizo. Los que atacaban con determinada planificación y previsión eran más difíciles de descubrir.

De modo extraño, pensaba que estos homicidios eran imposibles de caracterizar. Francis había acertado cuando Peter le había pedido que los relacionara entre sí. Pero Lucy no podía evitar la sensación de que había algo más que el pelo y el físico de las víctimas y la singular crueldad del asesino.

Avanzaba por uno de los senderos entre los edificios hospitalarios pensando en el hombre que Peter y Francis llamaban el ángel. No se fijó en el buen día que hacía a su alrededor, en los rayos de sol que iluminaban los nuevos brotes de las ramas de los árboles y calentaban el mundo con el augurio de un tiempo mejor. Lucy Jones tenía la clase de mente a la que le gustaba clasificar y compartimentar, que disfrutaba de la búsqueda rigurosa del detalle, y en ese momento excluía la temperatura, el sol y los nuevos brotes, ocupada en el repaso mental de los obstáculos a que se enfrentaba. La lógica y una aplicación metódica de las normas, las regulaciones y las leyes la habían sostenido a lo largo de su vida adulta. Lo que Peter había sugerido la asustaba, aunque había tenido cuidado de no demostrarlo. En su interior, reconocía que tenía cierto sentido, porque no se le ocurría otro modo de proceder. Creía que era un plan que reflejaba la agudeza de Peter y que no seguía ningún método racional.

Pero Lucy, que se consideraba una jugadora de ajedrez, creía que era el mejor gambito inicial que podía imaginar. Se recordó que debía mantenerse fría, ya que imaginaba que así podría controlar la situación.

Mientras caminaba cabizbaja, sumida en sus pensamientos, le pareció oír de repente su nombre.

– Luuuuuuucccyyyy. -Fue un gemido largo que le llegó con la suave brisa primaveral y reverberó entre los árboles que salpicaban los terrenos del hospital.

Se detuvo en seco y se volvió. Nadie. Miró a derecha e izquierda, a la escucha, pero el sonido había desaparecido.

Pensó que se había confundido. El gemido podría haber correspondido a muchos otros sonidos. La tensión la había puesto nerviosa y había oído mal lo que era un grito de dolor o angustia, igual a los centenares que el viento transportaba por el hospital todos los días.

Y a continuación pensó que se estaba mintiendo a sí misma.

Había oído su nombre.

Alzó los ojos hacia las ventanas del edificio más cercano. Vio las caras de algunos pacientes ociosos que miraban en su dirección. Se giró despacio hacia otras unidades. Amherst quedaba lejos. Williams, Princeton y Yale estaban más cerca. Examinó los edificios de ladrillo en busca de algún indicio revelador. Pero todos permanecieron silenciosos, como si la observación de Lucy hubiera cerrado la llave de la ansiedad y la alucinación que tan a menudo definían los sonidos que se oían en ellos.

Se quedó inmóvil. Pasado un momento, oyó un torrente de obscenidades en un edificio. Lo siguieron voces enfadadas y chillidos. Eso era lo que esperaba oír y, con cada sonido, se dijo que antes había oído algo inexistente, lo que, según se percató con ironía, la equipararía con la mayoría de los pacientes del hospital. Así pues, reanudó su camino, dando la espalda a las ventanas y a todos los ojos que podían estar observándola o contemplando absortos el bonito cielo azul. Era imposible saber cuál de las dos cosas.

17

Peter el Bombero estaba en medio del comedor con una bandeja observando la actividad frenética que lo rodeaba. Las comidas en el hospital eran una serie interminable de pequeñas escaramuzas que reflejaban las terribles batallas interiores que cada paciente libraba. Ningún desayuno, almuerzo o cena terminaba sin que hubiera estallado algún incidente. La angustia se servía con tanta regularidad como los huevos revueltos poco hechos o la ensalada de atún insípida.

A su derecha vio a un anciano senil que sonreía grotescamente mientras la leche le resbalaba por el mentón y el pecho, a pesar de los esfuerzos de una enfermera en prácticas por impedir que se ahogara; a su izquierda, dos mujeres se disputaban un cuenco de gelatina de limón. Por qué había un solo cuenco y dos personas que lo reclamaban era el dilema que Negro Chico intentaba resolver con paciencia, aunque ambas mujeres, de aspecto casi idéntico, con trenzas despeinadas de pelo gris, piel rosácea y bata azul, parecían ansiosas por llegar a las manos. Ninguna de ellas tenía la menor intención de recorrer los pocos pasos que las separaban de la cocina para obtener un segundo cuenco de gelatina. Sus voces altas, agudas, se mezclaban con el ruido de platos y cubiertos y con el calor húmedo procedente de la cocina. Pasado un segundo, una de las dos mujeres cogió el cuenco de gelatina y lo lanzó al suelo, donde se hizo añicos con el estrépito de un disparo.

Peter se dirigió a su habitual mesa del rincón, donde daría la espalda a la pared. Napoleón ya la ocupaba, y Peter suponía que Francis se les uniría pronto, aunque no sabía dónde estaba el joven en ese momento. Se sentó y observó con recelo su plato de fideos. Tenía dudas sobre su procedencia.

– Dime algo, Nappy -pidió-. ¿Qué habría comido un soldado del gran ejército napoleónico un día como éste?

Napoleón estaba atacando el plato con avidez, llevándose aquella bazofia a la boca como una máquina de émbolos. La pregunta de Peter lo hizo detener para plantearse la cuestión.

– Carne enlatada -respondió al cabo de un instante-, lo que, dadas las condiciones sanitarias de la época, era una comida bastante peligrosa. O cerdo salado. Pan, por supuesto. Ése era un ingrediente básico, lo mismo que el queso duro que podía llevarse en una mochila. Vino tinto, creo, o agua del pozo o río que hubiera cerca. Si hacían incursiones, algo frecuente entre los soldados, quizá cogerían un pollo o una oca de alguna granja vecina y lo asarían o hervirían.

– ¿Y si pensaban entrar en combate? ¿Una comida especial, quizá?

– No. No es probable. Solían estar hambrientos y a menudo, como en Rusia, se morían de hambre. Aprovisionar al ejército era siempre un problema.

Peter sostuvo un trozo irreconocible de lo que le habían dicho era pollo y se preguntó si podría entrar en combate con este plato a modo de inspiración.

– Dime, Nappy, ¿crees que estás loco? -preguntó de repente.

El hombre hizo una pausa, y un tenedor cargado de fideos rezumantes se quedó a mitad de camino de su boca, donde permaneció mientras se planteaba la pregunta. Al cabo de un momento, dejó el tenedor en el plato.

– Supongo que sí, Peter -suspiró con tristeza-. Unos días más que otros.

– Háblame un poco de ello.

Napoleón sacudió la cabeza, y el resto de su entusiasmo habitual se desvaneció.

– Los medicamentos controlan bastante los delirios. Como hoy, por ejemplo. Sé que no soy el emperador. Simplemente sé mucho sobre el hombre que lo fue. Y sobre cómo dirigir un ejército. Y lo que pasó en 1812. Hoy sólo soy un historiador de tercera categoría. Pero mañana, no sé. Quizá fingiré tomarme la medicación que me den esta noche. Ya sabes, ponérmela bajo la lengua y escupirla después. Hay algunos trucos que casi todo el mundo aprende en el hospital. O puede que la dosis se quede un poco corta. Eso también pasa, porque las enfermeras tienen que distribuir muchas pastillas y a veces no prestan tanta atención como deberían a quién recibe qué. Y ya está: un delirio muy potente no necesita demasiado terreno para arraigar y florecer.

– ¿Los echas de menos? -preguntó Peter tras pensar un momento.

– ¿El qué?

– Los delirios. Cuando no los tienes. ¿Te hacen sentir especial cuando los tienes y corriente cuando desaparecen?

– Sí -sonrió Napoleón-. A veces. Pero a veces también duelen, y no sólo porque puedes ver lo terribles que son para quienes te rodean. La obsesión se vuelve tan grande que te abruma. Es como una goma elástica cada vez más tensa en tu interior. Sabes que al final se tiene que romper pero, cuando crees que lo hará y que todo tu interior se soltará, se estira un poco más. Deberías preguntarle a Pajarillo, creo que él lo entiende mejor.

– Lo haré.

En ese momento Peter vio que Francis avanzaba con cautela por el comedor para reunirse con ellos. Se movía de una forma muy parecida a la que él recordaba de sus días de patrulla en Vietnam, receloso del suelo que pisaba por si había bombas trampa. Francis daba bordadas entre las discusiones y los enfados que habían estallado a la derecha, y la rabia y la alucinación de la izquierda, esquivando los escollos de la senilidad o del retraso mental. Cuando llegó a la mesa, se dejó caer en una silla con un suave suspiro de satisfacción. Peter pensó que el comedor era una peligrosa travesía plagada de problemas.

Francis ojeó el revoltijo que se solidificaba con rapidez en su plato.

– No quieren que nos engordemos -bromeó.

– Alguien me comentó que rocían la comida con Thorazme -susurró Napoleón con aire de complicidad-. Así saben que nos pueden tener tranquilos y bajo control.

Francis miró a las dos mujeres que seguían gritándose por la gelatina.

– Pues no parece ir demasiado bien -comentó.

– Pajarillo -preguntó Peter, y señaló de modo discreto a las dos mujeres-, ¿por qué crees que están discutiendo?

Francis dudó y enderezó los hombros antes de contestar.

– ¿Por la gelatina?

Peter sonrió pero negó con la cabeza.

– No, eso ya lo veo -dijo-. Pero ¿crees que vale la pena pegarse por un bol de gelatina de limón? ¿Por qué gelatina? ¿Por qué ahora?

Francis lo comprendió. Peter tenía una forma de incluir preguntas importantes en otras insignificantes, una cualidad que Francis admiraba porque mostraba la capacidad de pensar más allá de las paredes de Amherst.

– Es por tener algo, Peter -respondió despacio-. Es por poseer algo tangible en este sitio en que no tenemos casi nada. No es por la gelatina. Es por poseerla. No vale la pena pegarse por un bol de gelatina, pero sí por algo que te recuerda quién eres y lo que podrías ser, y el mundo que nos espera si podemos reunir suficientes cosas pequeñas que vuelvan a convertirnos en seres humanos.

Peter reflexionó sobre la respuesta de Francis, y los tres hombres vieron cómo las dos mujeres rompían a llorar.

Los ojos de Peter se fijaron en ellas, y Francis pensó que cada incidente como ése debía herirlo profundamente, porque ese sitio no era para él. Francis miró de reojo a Napoleón, que se encogió de hombros y volvió a concentrarse en la comida. Ese era su sitio, y también el suyo propio. Era donde todos debían estar, pero Peter no. Debía de asustarlo, pues cuanto más tiempo estuviera en el hospital, más cerca estaría de convertirse en uno de ellos. Francis oyó un murmullo de voces que asentían en su interior.

Gulptilil examinó con recelo la lista de nombres que Lucy puso encima de su mesa.

– Parece un número importante de pacientes, señorita Jones. ¿Podría preguntarle cuáles han sido sus criterios de selección? -dijo en un tono frío y nada afable que, dada su voz cantarina, sonaba un poco ridículo.

– Por supuesto. Como no encontré un factor psicológico determinante, como una enfermedad definida, tomé en consideración incidentes violentos contra mujeres. Estos setenta y cinco hombres han cometido diversas agresiones. Unos más que otros, claro, pero todos tienen un factor en común. -Lucy hablaba con la misma pomposidad que el director médico, una dote interpretativa que había afinado en la oficina del fiscal y que a menudo le servía en situaciones oficiales. Hay muy pocos burócratas a los que no intimide alguien capaz de hablar su propio idioma.

Gulptilil se volvió a fijar en la lista y examinó los nombres mientras Lucy se preguntaba si el médico podría asignar una cara y un expediente a cada uno de ellos. Actuaba como si fuera así, pero la fiscal dudaba de que le interesaran demasiado las intimidades de los pacientes. Pasado un instante, suspiró.

– Su afirmación puede aplicarse igualmente al detenido por el asesinato, claro -manifestó-. Aun así, señorita Jones, accederé a lo que pide. Pero debo indicarle que me parece una pérdida de tiempo.

– Es una forma de arrancar, doctor.

– Es también una forma de parar -replicó él-. Lo que, me temo, es lo que pasará en sus interrogatorios cuando quiera obtener información de estos hombres. Imagino que le resultarán frustrantes. -Sonrió, no de forma demasiado simpática, y añadió-: Bueno, supongo que tendrá que averiguarlo por sí misma. Supongo que querrá efectuar estos interrogatorios de inmediato. Hablaré con el señor Evans, y quizá con los hermanos Moses, que pueden empezar a llevar a los pacientes a su despacho. De este modo, por lo menos, podrá empezar a trabajar y comprender los obstáculos a que va a enfrentarse.

Lucy sabía que Gulptilil hablaba sobre los caprichos de la enfermedad mental, pero lo que dijo podía interpretarse de distintas formas. Le sonrió y asintió para mostrarle su conformidad.

Cuando volvió a Amherst, los Moses la estaban esperando en el pasillo junto al puesto de enfermería de la planta baja. Peter y Francis estaban con ellos, apoyados contra la pared como un par de adolescentes aburridos que pasan el rato en una esquina a la espera de problemas, aunque el modo en que los ojos de Peter escrutaban el pasillo para observar todos los movimientos y valorar a todos los pacientes que pasaban por allí contradecía su aspecto lánguido. No divisó a Evans, lo que podía ser positivo si se tenía en cuenta lo que iba a pedirles. Pero ésa fue la primera pregunta que hizo a los dos auxiliares.

– ¿Dónde está Evans?

– En otro edificio -respondió Negro Grande-. En una reunión de personal de apoyo. Debería llegar en cualquier momento. El gran jefe llamó para decirnos que tenemos que empezar a llevar gente a su despacho. Tiene una lista.

– Exacto.

– Suponga que no tienen ganas de verla -comentó Negro Chico-. ¿Qué hacemos entonces?

– No les den esa opción. Pero si se ponen frenéticos, o empiezan a perder el control, puedo ir a verlos yo.

– ¿Y si aun así no quieren hablar?

– No planteemos los problemas antes de tenerlos, ¿vale?

Negro Grande entornó los ojos pero no dijo nada, para Francis era obvio que la función del auxiliar consistía precisamente en eso, en plantearse los problemas antes de que surgieran.

– Lo intentaremos -dijo su hermano tras soltar un suspiro-. No le prometo cómo van a reaccionar. Nunca he hecho nada así. Quizá no haya ningún problema.

– Si se niegan ya pensaremos otra cosa -dijo Lucy-. Tengo una idea. Me gustaría saber si pueden ayudarme y guardar el secreto.

Los dos hermanos se miraron un instante. Negro Chico habló por los dos.

– Me huelo que nos va a pedir un favor que podría meternos en un lío.

– No demasiado grande, espero -repuso Lucy sonriendo.

Negro Chico sonrió de oreja a oreja, como si le hiciera gracia la respuesta de Lucy.

– La persona que lo pide siempre piensa que no es gran cosa. Pero adelante, señorita Jones, no decimos ni que sí ni que no. La escuchamos.

– En lugar de ir los dos a buscar a cada paciente para traerlo aquí, quiero que vaya sólo uno.

– Por lo general, seguridad aconseja que haya dos hombres en cada desplazamiento como éste. Uno a cada lado del paciente. Son las normas.

– Permitan que me explique -replicó ella a la vez que daba un paso hacia los hermanos, de modo que sólo el reducido grupo pudiera oírla, un gesto apropiado a la pequeña conspiración que Lucy tenía en mente-. No soy muy optimista sobre el resultado de estos interrogatorios, y voy a confiar en Francis más de lo que él imagina -explicó. Los demás miraron al joven, que se ruborizó, como si lo hubiera destacado en clase una profesora de la que estuviera medio enamorado-. Pero, como Peter indicó el otro día, nos faltan pruebas contundentes. Me gustaría intentar algo al respecto.

Los Moses la escuchaban con atención. También Peter se acercó, lo que estrechó más el grupo.

– Quiero que mientras hablo con estos pacientes, se registre a conciencia sus cosas -prosiguió Lucy-. ¿Han registrado alguna vez una cama y un arcón?

– Por supuesto -asintió Negro Chico-. De vez en cuando. Eso forma parte de este excelente trabajo.

Lucy lanzó una rápida mirada a Peter, que parecía deseoso de dar j opinión.

– Y me gustaría que Peter interviniera en esos registros -añadió-. Que estuviera al mando.

Los dos auxiliares se miraron y Negro Chico replicó:

– Peter no puede salir del edificio Amherst, señorita Jones. Me refiero a que sólo puede hacerlo en circunstancias especiales. Y es el doctor Gulptilil o el señor Evans quienes dicen cuáles son esas circunstancias especiales. Evans no le ha dejado cruzar estas puertas ni una sola vez.

– ¿Se supone que hay nesgo de que se escape? -preguntó Lucy, un poco como si estuviera ante un juez en una solicitud de libertad bajo fianza.

– Evans lo puso en el expediente -respondió Negro Chico a la vez que sacudía la cabeza-. Es más bien un castigo porque tiene pendiente cargos graves. Peter está aquí por orden judicial para ser evaluado, y supongo que la prohibición de salir es normal en casos así.

– ¿Hay alguna forma de saltarse eso?

– Hay formas de saltárselo todo si es lo bastante importante, señorita Jones.

Peter guardaba silencio. Francis vio de nuevo que se moría de ganas de hablar pero tenía la sensatez de mantener la boca cerrada. Los auxiliares no se habían negado aún a la petición de Lucy.

– ¿Por qué cree que Peter tiene que hacer esto, señorita Jones? ¿Por qué no mi hermano o yo? -quiso saber Negro Chico.

– Por un par de razones -respondió Lucy-. Primero, como saben, Peter era un investigador muy bueno, y sabe cómo, dónde y qué buscar, y cómo tratar cualquier prueba. Y, como ha recibido formación en la obtención de pruebas forenses, espero que pueda detectar algo que quizá podría escapársele a usted o a su hermano…

Negro Chico apretó los labios, reconociendo tácitamente que aquello era cierto. Lucy lo tomó como un asentimiento y prosiguió.

– Y la otra razón es que no estoy segura de querer comprometerlos en todo esto. Imaginemos que encuentran algo en un registro. Es taran obligados a contárselo a Gulptilil, que técnicamente es el responsable máximo, y probablemente esa prueba se perderá o se estropeará. Si Peter encuentra algo, bueno, es otro loco del hospital. Puede dejarla, mencionármela y luego obtener una orden de registro legítima. Recuerden que al final tendrá que venir la policía a detener a alguien. Tengo que conservar cierta rectitud en la investigación, sea lo que eso signifique. ¿Me explico, señores?

Negro Grande soltó una carcajada, aunque no se había dicho nada gracioso, salvo el concepto de «rectitud en la investigación» en un hospital de chalados. Su hermano se rascó la cabeza.

– Por Dios, señorita Jones, me parece que nos va a meter en un buen lío antes de que todo esto termine.

Lucy se limitó a sonreír a los dos hermanos. Una sonrisa franca y acompañada de una mirada traviesa, que reflejaba la aceptación de una conspiración necesaria e inofensiva. Francis lo observó y, por primera vez en su vida, pensó lo difícil que era negar algo a una mujer bonita, lo que tal vez no fuera justo, pero aun así era cierto.

Los dos auxiliares se miraron. Luego, Negro Chico se encogió de hombros.

– ¿Sabe qué, señorita Jones? -dijo-. Mi hermano y yo haremos lo que podamos. Que Evans y Tomapastillas no se enteren. -Hizo una breve pausa-. Peter, ven a hablar con nosotros en privado. Tengo una idea…

El Bombero asintió.

– ¿Qué se supone que buscamos? -preguntó Negro Grande.

– Ropas o zapatos manchados de sangre -contestó Peter-. En algún sitio hay un cuchillo u otra clase de arma blanca. Sea lo que sea, tendrá que ser muy afilada porque sirvió para cercenar dedos. Y el juego de llaves que falta, porque para nuestro ángel las puertas cerradas no son un obstáculo. Y cualquier otra cosa que nos permita conocer más detalles sobre el crimen por el que el pobre Larguirucho está en la cárcel. Y cualquier cosa relacionada con los demás crímenes que investiga Lucy, como recortes de periódicos o una prenda femenina. No lo sé. Y desde luego lo más importante -aseguró.

– ¿Qué? -preguntó Negro Grande.

– Cuatro falanges cortadas -contestó Peter con frialdad.

Oía las mismas voces que de joven, clamando de nuevo para que les prestara atención, y me preguntaban repetidamente: ¿Qué tenemos de malo, Francis? Estábamos ahí para ayudar.

Francis se sentía incómodo en el despacho de Lucy mientras intentaba evitar la mirada de Evans. La habitación estaba sumida en el silencio. Había un calor pegajoso y enfermizo, como si la calefacción se hubiera quedado en marcha a la vez que la temperatura exterior se disparaba. Lucy estaba atareada con un expediente, hojeando páginas con anotaciones y tomando de vez en cuando alguna nota en un bloc.

– El no debería estar aquí, señorita Jones. A pesar de la ayuda que crea que le puede brindar y a pesar de la autorización del doctor Gulptilil, creo que es muy inadecuado involucrar a un paciente en esta investigación. Sin duda, cualquier aportación que pueda hacer carece de la base que tendría la de un miembro del personal o la mía propia.

Evans logró sonar pomposo, lo que, en opinión de Francis, no era habitual en él. Por lo general, el señor del Mal tenía un tono sarcástico e irritante que subrayaba las diferencias entre ellos. Francis sospechaba que Evans solía adoptar ese tono clínico en las reuniones del personal. Desde luego, hacerse el importante no era lo mismo que serlo. Un coro de conformidad se agitó en su interior.

– Veamos cómo lo hace -se limitó a decir Lucy tras alzar los ojos-. Si crea algún problema, siempre estamos a tiempo de cambiar las cosas. -Y se centró de nuevo en el expediente.

– Y ¿dónde está el otro? -insistió Evans.

– ¿Peter? -preguntó Francis.

– Le he encargado las tareas más aburridas y menos importantes -dijo Lucy levantando una vez más la cabeza-, Siempre hay algo farragoso pero necesario que hacer. Dados sus antecedentes, creí que él era el más adecuado.

Eso pareció apaciguar a Evans, y Francis pensó que era una respuesta muy inteligente. Cuando fuera mayor, él también aprendería a decir cosas que no eran del todo ciertas sin estar mintiendo.

Hubo un silencio hasta que llamaron a la puerta y ésta se abrió. Negro Grande entró en el despacho acompañado de un hombre al que Francis reconoció del dormitorio de arriba.

– Este es el señor Griggs -anunció el auxiliar con una sonrisa-. De los primeros de la lista. -Con su manaza, dio un empujoncito al hombre y luego retrocedió hacia la pared para situarse allí con los brazos cruzados.

Griggs avanzó hasta el centro de la habitación y vaciló. Lucy le señaló una silla, desde donde Francis y el señor del Mal podrían observar sus reacciones a las preguntas. Era un individuo enjuto y musculoso de mediana edad, medio calvo y con el pecho hundido. Respiraba con un resuello asmático. Recorrió la habitación con mirada precavida, como una ardilla que levantara la cabeza ante un peligro lejano. Una ardilla con unos dientes irregulares y amarillentos, y un carácter inquieto. Tras dirigir a Lucy una penetrante mirada, extendió las piernas con expresión irritada.

– ¿Por qué estoy aquí? -preguntó.

– Como sabrá -respondió Lucy-, en las últimas semanas se han suscitado algunas preguntas sobre la muerte de una enfermera en este edificio. Esperaba que usted pudiera arrojar algo de luz sobre ese incidente. -Su voz sonaba natural, pero Francis detectó en su actitud y en la forma en que miraba al paciente que algo la había llevado a seleccionar a ese hombre primero. Algo en su expediente le había dado que sospechar.

– Yo no sé nada -contestó el hombre, y se revolvió en el asiento agitando una mano en el aire-. ¿Puedo irme?

En el expediente, Lucy leyó palabras como «bipolar» y «depresión», «tendencias antisociales» y «gestión del enfado». Griggs tenía un popurrí de problemas. También había herido a una mujer con una navaja de afeitar en un bar tras invitarla a unas copas y haber sido rechazado cuando se le insinuó. También, había ofrecido resistencia cuando la policía lo detuvo y, a los pocos días de haber llegado al hospital, había amenazado a Rubita y otras enfermeras con vengarse espantosamente, cuando intentaban obligarlo a tomar la medicación por la noche, cambiaban el canal del televisor en la sala de estar o le impedían molestar a otros pacientes, lo que hacía casi a diario. Cada uno de estos incidentes estaba debidamente documentado. También había una anotación de que había informado a su abogado defensor de que unas voces indeterminadas le habían ordenado que atacara a la mujer en cuestión, afirmación que lo había conducido al Western en lugar de a la cárcel local. Una anotación adicional, con la letra de Gulptilil, cuestionaba la veracidad de tal afirmación. Era, en resumen, un hombre lleno de rabia y mentiras, lo que, según Lucy, lo convertía en un candidato excelente.

– Por supuesto -afirmó Lucy, sonriente-. Así que la noche del homicidio…

– Estaba durmiendo en el piso de arriba -gruñó Griggs-. En la cama. Colocado con la mierda esa que nos dan.

Lucy observó su bloc antes de levantar los ojos y fijarlos en el paciente.

– Esa noche no quiso la medicación. Hay una nota en su expediente.

Griggs abrió la boca para replicar pero se detuvo.

– Decir que no la tomarás no significa que no la tomes -explicó-. Sólo significa que algún tío como éste te obligará a tomarla. -Señaló a Negro Grande, y Francis tuvo la impresión de que hubiese usado otro epíteto si no lo asustara el corpulento auxiliar-. Así que lo hice. Unos minutos después, estaba en brazos de Morfeo.

– No le caía bien la enfermera en prácticas, ¿verdad?

– No me cae bien ninguna -sonrió Griggs-. Eso no es ningún secreto.

– ¿Y porqué?

– Les gusta mandarnos. Ordenarnos hacer cosas. Como si no fuéramos nadie.

Griggs hablaba en plural, pero Francis creyó que sólo pensaba en sí mismo.

– Pelear con mujeres es más fácil, ¿no? -preguntó Lucy.

El paciente se encogió de hombros.

– ¿Cree que podría pelear con él? -Señaló de nuevo a Negro Grande.

Lucy se inclinó hacia delante y prosiguió:

– No le caen bien las mujeres, ¿verdad?

Griggs respondió con voz grave.

– Usted no me cae demasiado bien.

– Le gusta lastimar a las mujeres, ¿no? -preguntó Lucy.

El hombre soltó una carcajada sibilante, pero no contestó.

Lucy, con voz monótona, cambió de dirección.

– ¿Dónde estaba en noviembre de hace dos años?

– ¿Cómo?

– Ya me ha oído.

– ¿Y quiere que me acuerde?

– ¿Es eso un problema para usted? Porque le aseguro que puedo averiguarlo.

Gnggs se revolvió en la silla para ganar tiempo. Francis observó que se esforzaba en pensar, como si intentara ver algún peligro entre la niebla.

– Trabajaba en unas obras en Springfield -afirmó-. En la carretera. En la reparación de un puente. Un trabajo asqueroso.

– ¿Ha estado alguna vez en Concord?

– ¿Concord?

– Ya me ha oído.

– No, nunca. Cae al otro lado del Estado.

– Y su jefe en esas obras, cuando lo llame, no me dirá que tenía acceso al camión de la empresa, ¿verdad? ¿Ni que lo mandó a hacer recados a la zona de Boston?

Griggs parecía un poco confundido.

– No -negó tras un momento de duda-. Esos trabajos fáciles se los daban a otros. Yo trabajaba en los pilares.

Lucy cogió una fotografía de los anteriores crímenes. Francis vio que correspondía al cadáver de la segunda víctima. Se inclinó sobre la mesa y la puso delante de Griggs.

– ¿Recuerda esto? -preguntó-. ¿Recuerda haberlo hecho?

– No. -La voz de Griggs perdía algo de su bravuconería-. ¿Quiénes?

– Dígamelo usted.

– Nunca la había visto.

– Yo creo que sí.

– No.

– En esas obras en las que trabajó existen registros de las actividades de los obreros. Así que me resultará fácil demostrar que estuvo en Concord. Pasa lo mismo con la anotación de que no recibió ningún medicamento la noche en que la enfermera fue asesinada aquí. Es sólo cuestión de papeleo. A ver, probemos de nuevo: ¿Hizo usted esto?

Griggs sacudió la cabeza.

– Si pudiera, lo haría, ¿cierto?

Negó otra vez.

– Me está mintiendo.

Griggs inspiró despacio, resollando, para llenarse los pulmones. Cuando habló, lo hizo con una rabia apenas contenida.

– Yo no hice eso a ninguna chica que haya visto nunca, y está equivocada si cree que lo hice.

– ¿Qué hace a las mujeres que no le caen bien?

– Las rajo. -Esbozó una sonrisa maliciosa.

– ¿Como a la enfermera en prácticas? -repuso Lucy.

Griggs negó otra vez con la cabeza. Echó un vistazo alrededor de la habitación, primero en dirección a Evans y después a Francis.

– No contestaré más preguntas -anunció-. Si quiere acusarme de algo, adelante, hágalo.

– De acuerdo -dijo Lucy-. Ya se puede ir. Pero quizá volvamos a hablar.

Griggs se levantó sin responder. Preparó algo de saliva y Francis creyó que iba a escupir a la fiscal. Negro Grande debió de pensar lo mismo, porque cuando Griggs dio un paso adelante, la mano del corpulento auxiliar le aferró el hombro como un torno de banco.

– Ya has terminado -le advirtió con calma-. No hagas nada que me enfade más de lo que ya estoy.

Griggs se zafó de la presa y se volvió. Francis vio que quería decir algo más pero, en cambio, empujó la silla para que chirriara contra el suelo y luego se marchó. Una pequeña muestra de desafío.

Lucy lo ignoró y empezó a anotar cosas en su bloc. Evans también escribía algo en una libreta.

– Bueno -le dijo Lucy-, no es que se haya descartado, ¿no cree? ¿Qué está escribiendo?

Francis guardó silencio cuando Evans alzó los ojos con una expresión algo ufana.

– ¿Qué estoy escribiendo? Pues, para empezar, una nota para recordarme que debo ajustar la medicación de Griggs. Parecía muy agitado con sus preguntas, y diría que es probable que se muestre agresivo, quizá con los pacientes más vulnerables. Una anciana, por ejemplo. O acaso alguien del personal. Eso también es posible. Le aumentaré la dosis para impedir que esa cólera se manifieste.

– ¿Qué va a hacer?

– Voy a tranquilizarlo una semana. Puede que más. -El señor del Mal vaciló y, a continuación, añadió sin abandonar el tono petulante-: ¿Sabe qué? Podría haberle ahorrado algo de tiempo. Tiene razón en que Griggs rehusó la medicación la noche del homicidio, pero su negativa conllevó que más tarde se le administrara una inyección intravenosa. ¿Ve la segunda anotación en la hoja? Yo estuve presente y supervisé el procedimiento. Así que es verdad que estaba durmiendo cuando se produjo el asesinato. Estaba sedado. -Evans hizo una pausa-. ¿Quizás haya otros casos en que yo pueda ayudarla de antemano?

Lucy levantó la mirada, frustrada. A Francis le pareció que no sólo detestaba perder el tiempo, sino también manejar la situación. Pensó que le resultaba difícil porque nunca había estado en un sitio así. Y se percató de que muy poca gente normal había estado nunca en un lugar como aquél.

Se mordió el labio inferior para no hablar. Le hervía la cabeza, llena de imágenes del reciente interrogatorio. Hasta sus voces interiores guardaban silencio porque, mientras escuchaba al interrogado, Francis había visto cosas. No alucinaciones o delirios, sino cosas sobre aquel hombre. Había visto picos de furia y de odio, y un placer desdeñoso en sus ojos al contemplar la imagen de la muerte. Había visto a un hombre capaz de mucha depravación. Pero, al mismo tiempo, había visto a un hombre de una terrible debilidad. Un hombre que siempre querría pero rara vez haría. No era el hombre que buscaban porque la rabia de Griggs había sido demasiado explícita. Y Francis sabía que el ángel era muy poco explícito.

En el mismo momento del interrogatorio, Peter y Negro Chico estaban efectuando el registro de las cosas de Gnggs. Peter había cambiado su atuendo habitual, incluso la gorra de los Red Sox, por el uniforme blanco de un auxiliar del hospital. Había sido idea de Negro Chico. Era, de algún modo, un camuflaje perfecto en el hospital; habría sido necesario mirar dos veces para ver que quien lo llevaba no era un auxiliar sino Peter. En un mundo lleno de alucinaciones y delirios, generaría dudas. Esperaba que le proporcionara la cobertura suficiente para hacer lo que Lucy le había asignado, aunque sabía que si lo veía Tomapastillas, el señor del Mal o cualquiera de los otros que lo conocían bien, lo encerrarían de inmediato en una celda de aislamiento y que Negro Chico sería reprendido severamente. Eso no había preocupado al enjuto auxiliar, cuyo comentario «Circunstancias especiales exigen soluciones especiales» fue más ingenioso de lo que Peter le habría creído capaz. Negro Chico también había indicado que era enlace sindical y que su hermano era el secretario del sindicato, lo que les daría cierta protección si les pillaban.

El registro fue del todo infructuoso.

No había tardado mucho en revolver los objetos personales del paciente, guardados en una maleta bajo la cama. Tampoco le había costado examinar la cama en busca de algo que relacionara a Griggs con el crimen. También se había movido con rapidez por la zona adyacente en busca de cualquier sitio donde pudiera esconderse algo como un cuchillo. Era fácil ser eficiente; no había demasiados sitios donde poder ocultar algo.

Se incorporó y sacudió la cabeza. Negro Chico le indicó con un gesto que deberían volver al lugar donde habían acordado reunirse con su hermano.

Peter asintió y lanzó una mirada en derredor del dormitorio. Como siempre, había algunos hombres tumbados en la cama mirando el techo, absortos en sus inextricables ensoñaciones. Un anciano se balanceaba atrás y adelante, llorando. Otro parecía haber oído un chiste porque, rodeándose el cuerpo con los brazos, reía incontroladamente. El retrasado que había visto antes en los pasillos estaba en el rincón opuesto del dormitorio, sentado cabizbajo en el borde de la cama, con los ojos fijos en el suelo. Los alzó un momento y se volvió. Peter no supo si se había percatado de que estaban registrando una zona del dormitorio. No había forma de descifrar lo que aquel retrasado entendía. Era posible, claro, que no prestara atención a sus actos, sumido en su casi total impasibilidad. Pero también cabía que en el fondo, a pesar de lo embotado que lo dejaban los fármacos psicotrópicos, hubiera establecido la conexión entre el paciente que habían llevado para interrogar y el posterior registro de la zona. No sabía si el rumor se extendería, pero temía que si el asesino llegaba a saberlo, su tarea sería mucho más difícil. Que los pacientes supieran que se estaban efectuando registros, causaría algún impacto. No estaba seguro de cuánto. No hizo una observación crucial: si el ángel se enteraba, podría querer hacer algo al respecto.

Observó de nuevo el grupo variopinto de hombres de la habitación y de nuevo se preguntó si pronto correría la voz por el hospital.

– Venga, Peter -le urgió Negro Chico-. Vámonos.

Asintió y se marcharon deprisa del dormitorio.

18

Aquel día, más tarde, o puede que después, pero seguro que en algún momento durante el desfile constante de enfermos mentales conducidos al despacho de Lucy Jones, se me ocurrió que hasta entonces nunca había formado parte de nada.

Creía que había sido curioso crecer sabiendo que, de una forma extraña, secundaria o acaso subterránea, existía toda una serie de conexiones a mi alrededor y que, aun así, yo estaba destinado a permanecer siempre excluido de ellas. Cuando eres pequeño, quedar al margen es una cosa terrible. Puede que la peor.

Una vez viví en una típica calle de las afueras, con muchos edificios blancos de una o dos plantas que servían de bogara la clase media, con jardines delanteros bien cuidados con una o dos hileras de plantas perennes de colores vivos bajo las ventanas y una piscina en la parte de atrás. El autocar escolar paraba dos veces en nuestra manzana para recogerá los niños. Por la tarde había un movimiento constante en la calle, una marea ruidosa de jóvenes. Chicos y chicas con vaqueros deshilachados en las rodillas, salvo los domingos, cuando los chicos salían de sus casas con chaqueta azul, camisa blanca almidonada y corbata de poliéster, y las chicas llevaban vestidos con volantes. Nos reuníamos todos, junto con nuestros padres, en los bancos de las iglesias cercanas. Era una mezcla típica de habitantes del Massachusetts occidental, en su mayoría católicos, que se dedicaban a discutir si comer carne los viernes era pecado, incluidos algunos episcopalianos y baptistas. En la manzana había algunas familias judías, pero tenían que cruzar la ciudad para ir a la sinagoga.

Era increíble y abrumadoramente típico. La calle típica de una manzana típica poblada por familias típicas que votaban a los demócratas, les encantaban los Kennedy e iban a los partidos de la liga de béisbol infantil las tardes cálidas de primavera, no tanto para mirar como para hablar. Sueños típicos. Aspiraciones típicas. Típicos en todos los sentidos, desde primera hora de la mañana hasta última hora de la noche. Miedos típicos, preocupaciones típicas. Conversaciones que parecían revestidas de normalidad. Incluso típicos secretos ocultos bajo fachadas típicas. Un alcohólico. Un maltratador. Un homosexual no declarado. Todo típico, todo el tiempo.

Excepto yo, claro.

Se hablaba de mí en tono quedo, el mismo de los susurros que solían reservarse para la noticia espeluznante de que una familia negra se había instalado dos calles más abajo o que habían visto al alcalde salir de un hotel con una mujer que no era la suya.

En todos esos años jamás me invitaron a una fiesta de cumpleaños. Jamás me preguntaron si quería quedarme a dormir en casa de un amigo. Ni una vez subí al asiento trasero de un coche para ira tomar un helado en Friendly. Jamás recibí una llamada por la noche para cotillear sobre el colegio, sobre deportes o sobre quién había besado a quién en el baile de séptimo curso. Nunca jugué en ningún equipo, ni canté en ningún coro ni desfilé en ninguna banda. Ningún viernes por la noche animé en un partido de fútbol americano, ni me puse nunca con timidez un esmoquin mal entallado para ir a un baile. Mi vida era única debido a la ausencia de todas esas pequeñas cosas que constituyen la normalidad de cualquier persona.

Nunca supe qué detestaba más, si el mundo esquivo del que procedía y al que jamás podría incorporarme o el mundo solitario en que estaba obligado a vivir. Solitario si exceptuamos las voces.

Durante años las oí llamarme por mi nombre: ¡Francis! ¡Francis! ¡Francis! ¡Sal! Era un poco como imaginaba que los niños de mi manzana me llamarían una tarde cálida de julio, cuando la luz se desvanecía despacio y el calor del día seguía vivo mucho después de cenar, si lo hubieran hecho alguna vez, lo que nunca ocurrió. Supongo, en cierto modo, que es difícil culparlos. No sé si yo habría querido salir a jugar con ellos. Y, a medida que crecí, también lo hicieron las voces, y sus tonos cambiaron, como si siguieran el ritmo de los años que pasaban por mi vida.

Todos estos pensamientos debieron de salir de algún punto del mundo vaporoso entre el sueño y la vigilia, porque de repente abrí los ojos en mi casa. Debía de haberme quedado dormido un momento, con la espalda apoyada contra la pared. Eran pensamientos que los medicamentos solían sofocar. Tenía tortícolis y me levanté vacilante. Una vez más, el día se había desvanecido a mi alrededor, y volvía a estar solo, salió por los recuerdos, los fantasmas y los murmullos familiares de esas voces tanto tiempo reprimidas. Parecían todas bastante entusiasmadas con volver a apoderarse de mi mente. En cierto sentido, era como si despertaran a mi lado, como imaginaba que haría una amante de verdad si alguna vez la tenía. Reclamaban atención, como un grupo feliz que pujara por diversos objetos en una subasta concurrida.

Me desperecé nervioso y me acerqué a la ventana. Contemplé cómo la oscuridad de la noche avanzaba por la ciudad como tantas veces antes, sólo que esta vez me fijé en una sombra tras una tienda de recambios de automóvil al final de la calle. Observé cómo se extendía y pensé que era algo inquietante, que cada sombra tenía sólo un leve parecido al edificio, al árbol o a la persona que la proyectaba. Adoptaba una forma propia que evocaba su origen pero se mantenía independiente. Igual pero distinta. Pensé que las sombras podían revelarme mucho sobre mi mundo. Quizás estaba más cerca de ser una de ellas que de estar vivo. De punto vi un coche patrulla que recorría despacio mi calle.

Tuve la impresión de que venía a vigilarme. Noté que los dos pares de ojos del interior oscuro del vehículo se alzaban y recorrían la fachada del edificio de pisos como unos focos hasta que localizaban mi ventana. Me aparté a un lado para que no me vieran.

Retrocedí y me acurruqué contra la pared.

Habían venido a buscarme. Lo sabía, igual que sabía que el día sigue a la noche y que la noche sigue al día. Recorrí el piso con la mirada en busca de un sitio donde esconderme. Contuve el aliento. Cada latido de mi corazón resonaba como una sirena de niebla. Me apreté más contra la pared, como si pudiera fundirme con ella. Notaba a los agentes al otro lado de la puerta.

Pero no ocurrió nada.

No aporrearon la puerta.

No sonaron voces fuertes con esa sola palabra, ¡Policía!, que lo dice todo de una vez.

El silencio me envolvía y, pasado un segundo, me incliné para espiar por la ventana. La calle estaba vacía.

Ningún coche. Ningún policía. Sólo más sombras.

Esperé un instante. ¿Había estado el coche ahí?

Exhalé despacio. Me dije que nada iba mal y que no tenía por qué preocuparme, lo que me recordó que eso era precisamente lo que había procurado decirme en todos aquellos años en el hospital.

Seguía recordando las caras, aunque a veces no los nombres. En el transcurso de ese día y del siguiente, Lucy había interrogado en su despacho, uno tras otro, a los hombres que, en su opinión, poseían algunos de los elementos del perfil que estaba elaborando en su cabeza. Hombres con rabia. Era, en cierto sentido, un curso intensivo sobre una parte de la humanidad que poblaba el hospital, una parte de la marginalidad. Toda clase de enfermedades mentales visitó ese despacho y se sentó en la silla frente a ella, unas veces con un leve empujoncito de Negro Grande y otras con sólo un gesto de Lucy o de Evans.

En cuanto a mí, guardaba silencio y escuchaba.

Era un desfile de imposibilidades. Algunos hombres eran solapados y miraban a uno y otro lado, esquivos en todas sus respuestas. Algunos parecían aterrados, se encogían en la silla con la frente sudorosa y la voz temblorosa como si cada pregunta de Lucy, por muy rutinaria, benévola o insignificante que fuera, los golpeara. Otros eran agresivos, levantaban la voz enseguida, gritaban con rabia y, en más de una ocasión, daban puñetazos en la mesa, llenos de una indignación justificada. Unos cuantos se mantuvieron mudos, con la mirada en blanco, como si cada frase que salía de los labios de Lucy, cada pregunta que quedaba suspendida en el aire, ocurriera en un plano totalmente distinto al suyo, algo que no significaba nada en ningún lenguaje que ellos conocieran y que, por tanto, les era imposible responder. Algunos hombres contestaron con sandeces, algunos con fantasías, otros con rabia y unos cuantos con miedo. Dos hombres se quedaron mirando al techo, y otros dos hicieron gestos de estrangulamiento con las manos. Algunos observaron las fotografías del escenario del crimen con temor, otros con una fascinación inquietante. Un hombre confesó al instante, lloriqueando, «Yo lo hice, yo lo hice» una y otra vez, sin dejar que Lucy le hiciera ninguna pregunta. Un hombre no dijo nada, pero sonrió y se llevó la mano a los pantalones para excitarse hasta que la mano de Negro Grande en el hombro lo obligó a parar. A lo largo de los interrogatorios, el señor del Mal se sentaba junto a Lucy, y cuando Negro Grande se llevaba al paciente se apresuraba a explicar por qué uno u otro debía descartarse por este o aquel motivo. Su actitud era irritante: se suponía que prestaba ayuda e informaba cuando, en realidad, ponía trabas y confundía. El señor del Mal no era tan inteligente como él creía, ni tan estúpido como alguno de nosotros opinaba, lo que desde luego era una combinación de lo más peligrosa.

A mi me ocurrió algo muy curioso: empecé a ver cosas. Era como si pudiera deducir de dónde procedía cada dolor. Y cómo todos esos dolores acumulados habían evolucionado con los años hacia la locura.

Sentí que una oscuridad me invadía el corazón.

Hasta la última fibra de mi ser me gritó que me levantara y saliera corriendo, que me marchara de esa habitación, que todo lo que veía, oía averiguaba era terrible, era información que no tenía ningún derecho a poseer, que no necesitaba tener, que no deseaba reunir. Pero me quedé paralizado, incapaz de moverme, tan asustado de mí mismo como de los hombres que entraban en el despacho y que habían hecho algo terrible.

Yo no era como ellos. Y, sin embargo, lo era.

La primera vez que Peter el Bombero salió del edificio Amherst se sintió abrumado y tuvo que agarrarse a la barandilla para no tropezar. La brillante luz del sol pareció inundarlo, una brisa cálida de finales de primavera le alborotó el pelo, la fragancia del hibisco en flor que bordeaba los caminos le inundó el olfato. Vaciló tambaleante en lo alto de la escalinata un poco como un borracho, mareado, como si hubiera girado sobre sí mismo durante semanas en el interior del edificio y ése fuera el primer momento en que su cabeza no daba vueltas. Oyó el tráfico de la calzada en el exterior del hospital y a algunos niños jugando delante de una de las viviendas del personal. Escuchó con atención y, más allá de las voces felices, captó una radio. Creyó reconocer el sonido Motown. Algo con un ritmo muy pegadizo y unas armonías melodiosas en el estribillo.

Negro Chico y su hermano flanqueaban a Peter, pero fue el más pequeño de los dos quien le susurró, apremiante:

– Agacha la cabeza, Peter. No dejes que nadie te vea bien.

El Bombero iba vestido con el uniforme blanco, como los dos auxiliares, aunque ellos llevaban los gruesos zapatos negros reglamentarios, mientras que él calzaba unas zapatillas de deporte, y cualquier persona atenta se habría percatado de esa diferencia. Asintió y se encorvó un poco, pero le costaba mantener la mirada en el suelo. Hacía semanas que no salía, y más aún sin que las limitaciones de las esposas y de su pasado le obstaculizaran los pasos.

A su derecha, vio un reducido y variopinto grupo de pacientes trabajando en el jardín, y sobre el decrépito asfalto que había sido una pista de baloncesto, media docena de pacientes deambulando alrededor de los restos de una red de voleibol, mientras dos auxiliares fumaban un cigarrillo y observaban algo distraídos al grupo, cuya mayoría tenía la cara levantada hacia el sol de la tarde. Una mujer enjuta de mediana edad bailaba describiendo amplios giros con los brazos en un vals sin ritmo ni propósito, pero tan refinado como en un salón vienes.

Habían preparado el sistema de registro con antelación. Negro Chico llamaría a las diversas instalaciones por el sistema de intercomunicación y los pacientes entrarían por la puerta lateral. Mientras Negro Grande y el individuo estuviesen en Amherst, Peter y Negro Chico registrarían sus cosas. Negro Chico vigilaba que no se acercara ningún auxiliar o enfermera que pudiera sentir curiosidad, mientras Peter registraba deprisa las escasas pertenencias del hombre en cuestión. Lo hacía muy bien, y podía revisar con gran rapidez las prendas, los documentos y la ropa de cama sin apenas desbaratarlos. Durante los primeros registros en su propio edificio, había averiguado que era imposible mantener lo que hacía en secreto; siempre había algún que otro paciente acechando en un rincón, acostado en la cama o simplemente pegado a la pared, desde donde podía mirar por la ventana y vigilar que nadie se le acercara a hurtadillas. Más de una vez, Peter pensó que la paranoia no tenía límite en aquel hospital. El problema era que un hombre que actuaba de modo sospechoso en aquel contexto no significaba lo mismo que en el mundo real. En el Western, la paranoia era la norma y se aceptaba como parte de la rutina diaria, tan regular y esperada como las comidas, las peleas y las lágrimas.

Negro Grande vio que Peter alzaba los ojos hacia el sol y sonrió.

– Un día tan bonito como hoy te hace olvidar, ¿verdad? -comentó.

Peter asintió.

– Un día como hoy no parece justo estar enfermo -prosiguió el hombre corpulento.

– ¿Sabes qué, Peter? -intervino Negro Chico-. De hecho, un día como hoy empeora las cosas en el hospital. Hace que todo el mundo saboree un poco de lo que no tiene. Se puede oler el mundo de fuera.

En los días fríos, lluviosos, ventosos o nevosos todo el mundo se levanta y hace su vida. Nadie se fija. Pero un día bonito como hoy es duro para casi todo el mundo.

Peter no respondió.

– Muy duro para tu joven amigo -añadió Negro Grande-. Pajarillo todavía tiene esperanzas y sueños. Y en un día así ves lo lejos de ti que están todas esas cosas.

– Saldrá de aquí -aseguró Peter-. Y pronto, además. No puede haber nada serio que lo retenga en el hospital.

– Ojalá fuera así -suspiró Negro Grande-. Pajarillo tiene muchos problemas.

– ¿Francis? -preguntó Peter, incrédulo-. Pero si es inofensivo. Cualquier idiota lo sabría. Es probable que ni siquiera debiera estar aquí.

Negro Chico sacudió la cabeza, como para indicar que Peter no veía lo que ellos veían, pero no dijo nada. Peter dirigió una mirada a la entrada principal del hospital, con su alta verja de hierro forjado y su muro de ladrillo. Pensó que, en la cárcel, la reclusión era siempre una cuestión de tiempo. El delito determinaba el encierro. Podían ser uno o dos años, veinte o treinta, pero siempre era una cantidad finita, incluso para quienes cumplían cadena perpetua porque se seguía midiendo en días, semanas y meses, y al final, inevitablemente, había una vista en la que se estudiaba la concesión de la libertad condicional. Eso no era así en un hospital psiquiátrico, porque allí algo mucho más esquivo y más difícil de controlar determinaba la estancia de uno.

Negro Grande pareció leerle el pensamiento, porque dijo con tristeza:

– Aunque consiga una vista de altas, le falta mucho para que le dejen salir de aquí.

– No tiene ningún sentido -insistió Peter-. Francis es listo y no le haría daño a una mosca…

– Sí-replicó Negro Chico-, pero todavía oye voces, incluso con la medicación, y el gran jefe no consigue que entienda por qué está aquí. Y al señor del Mal no le gusta nada, aunque no comprendo por qué. Todo eso implica que tu amigo se quedará aquí y que no le solicitarán ninguna vista. No como a algunos. Y, desde luego, no como a ti.

Peter fue a contestar pero cerró la boca. Siguieron andando en silencio y dejó que el calor del día lo reconfortara de las palabras con que los dos auxiliares lo habían dejado helado.

– Estáis equivocados -dijo por fin-. Saldrá y volverá a casa. Lo sé.

– Nadie lo quiere -aseguró Negro Grande.

– No como a ti -comentó Negro Chico-. Todo el mundo quiere echarte el guante. Acabarás en algún sitio, pero no será aquí.

– Ya -corroboró Peter con amargura-. De vuelta a la cárcel. Allí debo estar. Cumpliendo entre veinte años y cadena perpetua.

Negro Chico se encogió de hombros, dando a entender que Peter había logrado comprender algo.

Siguieron hacia el edificio Williams.

– Agacha la cabeza -ordenó Negro Chico cuando se acercaban a la entrada lateral del edificio.

Peter lo hizo y bajó los ojos, de modo que observaba el camino de tierra por donde caminaban. Le resultaba difícil, porque cada rayo de sol en la espalda le recordaba estar en otro sitio y cada caricia del viento cálido le sugería tiempos mejores. Siguió adelante mientras se decía que no servía de nada recordar lo que había sido y lo que era, sólo debía pensar en lo que se convertiría. Sabía que eso era difícil porque cada vez que miraba a Lucy veía una vida que podría haber sido suya, pero que lo había eludido, y pensaba, no por primera vez, que cada paso que daba sólo lo acercaba un poco más a un precipicio aterrador, donde se tambalearía y donde sólo lograría mantener un equilibrio muy precario, sujeto por unas delgadas cuerdas que se desgastarían con gran rapidez.

El hombre les sonrió sin comprender y no dijo nada.

– ¿Recuerda a la enfermera en prácticas a la que apodaban Rubita? -preguntó Lucy por segunda vez.

El hombre se balanceó en el asiento y gimió un poco. No era un ni un no, sólo un gemido de reconocimiento. Francis describió el sonido como un gemido debido a la ausencia de una palabra mejor, porque el hombre no parecía desconcertado, ni por la pregunta, ni por la silla ni por la fiscal sentada frente a él. Era un hombre enorme, ancho de espaldas, con el cabello corto y una expresión inocente. Un hilito de baba le corría por la comisura de los labios y se balanceaba a un ritmo que sólo sonaba en sus oídos.

– ¿Responderá alguna pregunta? -le espetó Lucy Jones con una nota de frustración.

El hombre guardó silencio, sólo se oía el leve crujido de la silla meciéndose adelante y atrás. Francis observó las manos del hombre, grandes y nudosas, casi tan curtidas como las de un viejo, lo que no era nada normal porque aquel hombre silencioso no parecía mucho mayor que él. Francis pensaba a veces que en el hospital las pautas corrientes del envejecimiento estaban algo alteradas. Los jóvenes parecían ancianos. Los ancianos parecían vejestorios. Hombres y mujeres que deberían estar llenos de vitalidad arrastraban los pies como si el peso de los años les dificultara cada paso, mientras quienes estaban casi al final de la vida tenían la simplicidad y las necesidades de un niño. Se miró las manos como para comprobar que seguían siendo más o menos congruentes con su edad. Luego volvió a contemplar las del hombre. Estaban unidas a unos brazos enormes y musculosos. Cada vena que le sobresalía indicaba una fuerza apenas contenida.

– ¿Pasa algo? -preguntó Lucy.

El hombre soltó otro de los gemidos guturales que Francis se había acostumbrado a oír en la sala de estar común. Era un ruido animal que expresaba algo simple, como hambre o sed, y carecía del tono que podría haber tenido si se basara en la rabia.

Evans alargó la mano y arrebató el expediente a Lucy Jones para ojearlo.

– No creo que interrogar a este individuo vaya a dar frutos -dijo con soberbia.

– ¿Y eso por qué? -Lucy, un poco enfadada, lo miró.

– Tiene un diagnóstico de retraso profundo -aclaró Evans a la vez que señalaba una página del expediente-. ¿No lo ha visto?

– Lo que he visto es un historial de actos violentos contra mujeres -respondió Lucy con frialdad-. Incluido un incidente en que lo sorprendieron a mitad de una agresión sexual a una niña pequeña, y un segundo caso en que golpeó a alguien que tuvo que ser hospitalizado.

Evans volvió a mirar el expediente.

– Sí, sí -asintió con rapidez-. Ya lo veo. Pero, a menudo, lo que se consigna en un expediente no es una relación exacta de los hechos. En el caso de este hombre, la niña era la hija de un vecino que había jugado con él de forma provocativa y que, sin duda, tiene sus propios problemas. Su familia prefirió no presentar cargos. Y el otro caso era su propia madre, a la que empujó en una riña originada en que él se negó a efectuar una tarea doméstica. La mujer se golpeó la cabeza contra el borde de una mesa y tuvo que ir al hospital. Fue un momento en que no fue consciente de su fuerza. Creo también que carece de la clase de inteligencia criminal que usted está buscando, porque, y corríjame si me equivoco, según su teoría, el asesino es un hombre bastante astuto.

Lucy recuperó la carpeta de manos de Evans y miró a Negro Grande.

– Ya puede devolverlo a su dormitorio -le dijo-. El señor Evans tiene razón.

El auxiliar tomó por el codo al hombre para ayudarlo a levantarse.

– Muchas gracias -dijo Lucy al paciente, que no pareció entender ni una palabra, aunque saludó con una mano y esbozó una sonrisa de oreja a oreja antes de marcharse diligentemente detrás de Negro Grande. Su sonrisa no flaqueó ni un instante.

– Vamos demasiado lento -suspiró Lucy, y se recostó en su silla.

– Siempre tuve mis dudas sobre su método -replicó Evans.

Francis notó que Lucy iba a decir algo y, entonces, oyó dos o tres voces que le gritaban a la vez: ¡Díselo! ¡Adelante, díselo! Así que se inclinó hacia delante y habló por primera vez desde hacía horas:

– No pasa nada, Lucy -aseguró despacio. Y añadió-: No se trata de eso.

Evans lo miró, molesto por su intervención, como si lo hubiera interrumpido.

– ¿Qué quieres decir? -le preguntó Lucy.

– No se trata de lo que los pacientes dicen -aclaró Francis-. En realidad, no tienen sentido las preguntas que puedas hacerles sobre la noche del asesinato, dónde estaban, si conocían a Rubita o si tienen un pasado violento. No importa lo que les preguntes sobre esa noche, ni sobre quiénes son. Eso no es lo importante. Digan lo que digan, oigan lo que oigan, respondan lo que respondan, no son las palabras lo que deberías escuchar.

Evans movió la mano con desdén.

– ¿Crees que nada de lo que dicen es importante, Pajarillo? Entonces, ¿para qué estamos aquí?

Francis se encogió en la silla, temeroso de contradecir al señor del Mal. Sabía que había algunos hombres que acumulaban los desaires y las afrentas, y se las cobraban al cabo de un tiempo, y Evans era uno de ellos.

– Las palabras no significan nada -dijo en voz baja-. Tendremos que hablar otro lenguaje para encontrar al ángel. Una forma distinta de comunicación. Y una de las personas que crucen por esta puerta lo hablará. Sólo tenemos que reconocerlo cuando llegue. Pero no será exactamente lo que esperamos.

Evans resopló y tomó su libreta para efectuar una anotación breve. Lucy Jones iba a responder a Francis, pero vio al psicólogo y le dijo:

– ¿Qué ha escrito?

– Nada importante.

– Hombre -insistió ella-, tiene que haber sido algo. Un recordatorio de comprar leche al volver a casa. La decisión de buscar un nuevo empleo. Una máxima, un juego de palabras, unos ripios o unos versos. Pero era algo. ¿Qué?

– Una observación sobre su amigo -respondió Evans, inexpresivo-. Una nota que indica que Francis sigue teniendo delirios. Como lo demuestra lo que ha dicho sobre crear alguna especie de lenguaje nuevo.

Lucy iba a replicar que ella había comprendido todo lo que Francis había dicho, pero se detuvo. Dirigió una mirada rápida al joven y pudo ver que cada palabra de Evans se había filtrado en sus miedos. Se dijo que era mejor no decir nada porque eso sólo empeoraría las cosas.

Aunque no podía imaginar cómo las cosas podrían ser peor para Francis.

– Veamos, ¿a quién le toca ahora? -dijo.

– ¡Oye, Bombero! -exclamó Negro Chico con voz baja pero apremiante-. Date prisa. -Consultó el reloj y le dio unos golpecitos con el índice-. Tenemos que irnos.

Peter estaba registrando la ropa de cama de uno de los posibles sospechosos.

– ¿Qué prisa hay? -preguntó.

– Tomapastillas. Suele hacer las rondas de mediodía muy pronto, y tienes que estar de vuelta en Amherst, sin esa ropa, antes de que empiece a recorrer el hospital y te vea en algún sitio donde no deberías estar vestido como no deberías.

Peter asintió. Deslizó las manos bajo la cama para palpar el colchón. Uno de sus temores era que el ángel hubiera abierto el colchón para esconder el arma y sus souvenirs en su interior. Eso era lo que él habría hecho si tuviera objetos que quisiera ocultar a los auxiliares, las enfermeras o a cualquier otro curioso.

No encontró nada y sacudió la cabeza.

– ¿Has terminado? -preguntó Negro Chico.

Peter siguió repasando el colchón, palpando cada forma y cada bulto. Los pacientes lo contemplaban desde el otro lado de la habitación. Negro Chico los intimidaba y algunos se habían encogido en el rincón, apretados contra la pared. Otros estaban sentados en el borde de la cama con expresión ausente, mirando al vacío, como si el mundo que habitaban estuviera en otra parte.

– Casi -farfulló Peter, y el auxiliar volvió a dar golpecitos a su reloj.

La cama estaba limpia. Nada sospechoso. Sólo faltaba un rápido registro de las pertenencias del hombre, que estaban en un arcón bajo la cama. Lo sacó y revolvió su interior, sin encontrar nada más sospechoso que unos calcetines necesitados de un lavado urgente. Estaba a punto de dejarlo cuando algo le llamó la atención.

Era una camiseta blanca, doblada y puesta cerca del fondo del arcón. Una de esas baratas que se venden en las tiendas de saldos y que muchos pacientes llevaban bajo una camisa de invierno gruesa durante los meses más fríos. Pero no fue eso lo que llamó su atención.

La camiseta tenía una mancha rojo oscuro en la parte delantera.

Había visto antes manchas como ésa. En su formación como investigador de incendios provocados y en la selva de Vietnam.

Peter sostuvo unos segundos la camiseta y palpó la tela como si tocándola pudiera averiguar algo más. Negro Chico lo urgió:

– Tenemos que irnos ya, Peter. No quiero tener que dar explicaciones, y mucho menos al gran jefe, si no es necesario.

– Señor Moses -dijo Peter-. Mire esto.

El auxiliar se acercó para echar un vistazo por encima del hombro de Peter. Éste no dijo nada, pero oyó cómo el negro silbaba bajo.

– Parece sangre, Peter -comentó-. Tiene toda la pinta de serlo.

– Es lo que pensé.

– ¿No es una de las cosas que estamos buscando?

– Sí -asintió Peter.

Dobló con cuidado la camiseta tal como estaba y la dejó en el mismo sitio. Metió el arcón bajo la cama, con la esperanza de que no se notara que alguien lo había tocado.

– Vamos -dijo luego. Observó el reducido grupo de hombres al otro lado de la habitación, pero le resultó imposible deducir de sus miradas vacías si sospechaban algo.

19

Peter se quitó el uniforme de auxiliar antes de entrar en el edificio Amherst. Negro Chico dobló los pantalones y la chaqueta y se los puso bajo el brazo, mientras Peter se ponía unos vaqueros arrugados.

– Los esconderé hasta que Gulptilil haya terminado las rondas y podamos volver a lo nuestro -dijo el enjuto auxiliar, y añadió-: ¿Vas a contar a la señorita Jones lo que vimos y dónde lo vimos?

– En cuanto el señor del Mal se separe de ella.

– Se enterará -auguró Negro Chico con una mueca-. De un modo u otro. Siempre lo hace. Antes o después parece saber todo lo que pasa en el hospital.

Peter consideró interesante esa información pero no comentó nada. Negro Chico pareció indeciso un instante.

– ¿Qué vamos a hacer con un hombre que tiene escondida una camiseta manchada de sangre que no creemos que sea suya?

– De momento, guardar silencio y mantenerlo en secreto -respondió Peter-. Por lo menos hasta que la señorita Jones decida cómo proceder. Tenemos que tener mucho cuidado. Al fin y al cabo, el hombre en cuya cama estaba la camiseta está hablando con ella en este momento.

– ¿Crees que ella averiguará algo al hablar con él?

– No lo sé.

Ambos eran conscientes de lo que acababan de descubrir. Una camiseta manchada de sangre podía causar muchas dificultades. Peter se mesó el cabello mientras consideraba la situación. Tenía que ser precavido y agresivo a la vez. Su primera idea fue técnica: cómo aislar a aquel hombre y cómo desenmascararlo. Se percató de que había mucho que

hacer ahora que tenían un verdadero sospechoso. Pero toda su formación le sugería un enfoque cauto, aunque eso contradecía su propio carácter. Sonrió al reconocer el familiar dilema al que se había enfrentado toda su vida, el equilibrio entre los pequeños pasos y las zambullidas de cabeza. Sabía que estaba donde estaba, por lo menos en parte, por haber sido incapaz de dudar.

En el pasillo frente al despacho donde Lucy efectuaba los interrogatorios, el más corpulento de los Moses vigilaba a un paciente que rivalizaba con él en cuanto a tamaño, y quizá también en cuanto a fuerza, aunque si este detalle le preocupaba, no lo demostraba. El hombre se balanceaba atrás y adelante, un poco como un coche encallado en el barro que va cambiando de marcha hasta encontrar la que le permita salir. Cuando divisó a Peter y a su hermano, dio un empujoncito al hombre.

– Tenemos que acompañar a este caballero de vuelta a Williams -dijo cuando se acercaron. Miró a su hermano y añadió-: Tomapastillas está haciendo rondas en el tercer piso.

Peter no esperó a que los auxiliares le dijeran qué hacer.

– Esperaré aquí a la señorita Jones -anunció. Se apoyó contra la pared y, al hacerlo, intentó analizar al hombre que estaba con Negro Grande. Procuró mirarlo a los ojos, juzgar su pose, su aspecto, como si pudiera ver su interior. Un hombre que podía ser un asesino.

Mientras adoptaba un aire despreocupado y el de paciente y los auxiliares se disponían a marcharse, susurró entre dientes:

– Hola, ángel. Sé quién eres.

Ninguno de los hermanos Moses pareció oírlo.

Ni tampoco el paciente. Se fue arrastrando los pies detrás de los Moses, como si no se hubiera enterado de nada. Se movía como un hombre con las manos y las piernas sujetas, con pasos cortos e irregulares, aunque no había nada que le limitara el movimiento.

Peter los observó desaparecer por la puerta principal antes de dirigirse al despacho de Lucy. No sabía muy bien cómo interpretar lo que acababa de pasar.

En ese momento Lucy salió, seguida por el señor del Mal, que le hablaba con énfasis, y por Francis, rezagado como para distanciarse del psicólogo. Peter vio que su amigo tenía una expresión preocupada. Parecía más ligero, pero cuando el joven vio a Peter, pareció recuperarse y se acercó a él. Al mismo tiempo, Peter vio que Gulptilil accedía al pasillo desde la escalera del otro lado, a la cabeza de varios miembros del personal con blocs y lápices para hacer anotaciones. Cleo, con un cigarrillo colgando del labio inferior, se levantó de una silla desvencijada, y salió al encuentro del director médico.

– ¡Ah, doctor! -Su voz sonó casi como un grito-. ¿Qué piensa hacer sobre las raciones insuficientes que se sirven en las comidas? No creo que las autoridades planearan matarnos de hambre cuando nos enviaron aquí. Tengo amigos que tienen amigos que conocen a personas influyentes, y podrían hablar al gobernador sobre cuestiones de salud mental…

Tomapastillas se detuvo. El grupo de médicos internos y residentes le imitó como el coro de un espectáculo de Broadway.

– Ah, Cleo -respondió el médico con afectación-. No sabía que hubiera algún problema, ni que te hubieras quejado. Pero no creo que sea necesario involucrar al gobernador en esta cuestión. Hablaré con el personal de la cocina y me aseguraré de que todo el mundo reciba todo lo que necesite en las comidas.

Cleo, sin embargo, sólo estaba empezando.

– Las palas de ping-pong están viejas -prosiguió, tomando impulso con cada palabra-. Habría que cambiarlas. Las pelotas suelen estar resquebrajadas, de modo que no sirven para nada, y las redes están deshilachadas y remendadas con cordel. La mesa está combada e inestable. Dígame, doctor, ¿cómo va a mejorar uno su juego con un equipamiento que ni siquiera reúne los requisitos mínimos de la Aso ciación de Tenis de Mesa de Estados Unidos?

– Pues, no era consciente de que existiera ese problema. Revisaré el presupuesto de ocio para ver si hay fondos para solucionarlo.

Aunque eso habría apaciguado a algunos, Cleo no había terminado.

– Por la noche hay demasiado ruido en los dormitorios para poder descansar bien. Demasiado. Dormir es fundamental para el bienestar y el progreso general hacia la salud. Las autoridades sanitarias recomiendan ocho horas de sueño ininterrumpido al día como mínimo. Y además necesitamos más espacio. Mucho más espacio. Hay presos en el corredor de la muerte con más espacio que nosotros. La masificación está descontrolada. Y necesitamos más papel higiénico en los lavabos. Mucho más papel higiénico. -Ya era un torrente de quejas-. ¿Y por qué no hay más auxiliares para ayudar a la gente de noche, cuando tenemos pesadillas? Cada noche, alguien grita pidiendo ayuda. Pesadillas, pesadillas, pesadillas. Llamas y llamas, gritas y nadie viene. Eso está mal. Es una putada.

– Como muchas instituciones estatales, tenemos problemas de personal, Cleo -respondió el médico con tono condescendiente-. Tendré en cuenta tus quejas y sugerencias, y veré si podemos hacer algo. Pero si el reducido personal que trabaja en el turno de noche tuviera que responder a todos los gritos que oye, acabaría extenuado en una o dos noches, Cleo. Me temo que las pesadillas son algo con lo que tenemos que aprender a vivir de vez en cuando.

– Eso no es justo. Con todos los medicamentos que nos meten en el cuerpo, deberían encontrar algo para que la gente duerma sin demasiada agitación. -Cleo parecía hincharse a medida que hablaba con una altivez majestuosa, una María Antonieta del edifico Amherst.

– Consultaré la guía médica para buscar algún fármaco adicional -mintió el médico-. ¿Alguna otra cuestión?

Cleo pareció un poco frustrada, pero, casi con la misma rapidez, su expresión se volvió bastante maliciosa.

– Sí -dijo-. Quiero saber qué le está pasando al pobre Larguirucho. -Y señaló a Lucy, que esperaba pacientemente a un lado del pasillo-. Y quiero saber si ha encontrado al verdadero asesino.

Las palabras resonaron en el pasillo.

– Larguirucho sigue incomunicado, acusado de homicidio en primer grado -respondió Gulptilil con una sonrisa lánguida-. Ya te lo había explicado antes. Su abogado solicitó la libertad bajo fianza, pero, como era de esperar, fue denegada. Se le ha asignado un abogado de oficio, y sigue recibiendo su medicación. Está retenido en la cárcel del condado, a la espera de una vista. Según me han dicho, está animado…

– Eso es mentira -replicó Cleo-. Lo más seguro es que Larguirucho esté triste. Éste es su hogar, si se le puede llamar hogar, y nosotros somos sus amigos, si se nos puede llamar amigos. ¡Debería regresar aquí de inmediato! -Inspiró hondo e imitó con sarcasmo las palabras del médico-: Ya se lo había explicado antes. ¿Por qué no me escucha?

– En cuanto a tu otra pregunta -prosiguió Gulptilil, sin hacer caso de la burla de Cleo-, deberías hacérsela a la señorita Jones. Pero no está obligada a informar a nadie de los avances que haya hecho. O no hecho. -Su voz ácida subrayó las últimas palabras.

Cleo pareció confundida. Gulptilil se alejó de ella y, como un jefe de los scouts en una excursión por el bosque, hizo un gesto al grupo de residentes para que lo siguiera pasillo adelante. Pero sólo había dado unos pasos cuando Cleo les espetó en voz alta y acusadora:

– ¡Le estoy observando, Gulptilil! ¡Sé qué está ocurriendo! ¡Podrá engañar a muchos, pero a mí no! -Y entre dientes, pero no lo suficiente para que los médicos no la oyeran, añadió-: Son todos unos cabrones.

El director médico empezó a darse la vuelta, pero se lo pensó mejor. Francis vio que tenía la cara tensa, intentando sin éxito ocultar la incomodidad del momento.

– ¡Estamos todos en peligro y no están haciendo nada al respecto, hijos de puta! -gritó Cleo.

Soltó una risita, dio una larga calada al cigarrillo, se carcajeó socarrona y se desplomó en su asiento, donde continuó observando con una sonrisa satisfecha cómo el director se alejaba por el pasillo. Sostenía el cigarrillo con la mano como una batuta y lo agitó en el aire. Un director satisfecho con los acordes finales del concierto.

Extrañamente, la grandilocuencia de Cleo animó a Francis. Le pareció que su arrebato había captado la atención de todos los pacientes que paseaban por la sala. No sabía si había significado algo para ellos, pero se sonrió ante su pequeña muestra de rebeldía y deseó tener la misma seguridad para ser igual de exigente. Por su parte, Cleo debió de captar los pensamientos de Francis, ya que soltó un elaborado anillo de humo hacia el pasillo, observó cómo se disipaba y le guiñó el ojo a Francis.

Peter se acercó a Francis y le susurró:

– Cuando estalle la revolución, ella estará en las barricadas. Qué digo, es probable que dirija la rebelión, coño. Y es lo bastante grande como para ser ella misma una barricada.

– ¿Qué revolución? -preguntó Francis.

– No seas tan literal, Pajarillo -repuso Peter y soltó una pequeña carcajada-. Piensa simbólicamente.

– Eso puede ser fácil para la reina de Egipto. Pero en mi caso, no sé.

Ambos sonrieron.

Gulptilil, nada divertido, se acercó a ellos.

– Ah, Peter y Francis -exclamó, recuperando su tono cantarín-. Mi pareja de investigadores. ¿Cómo van esos progresos?

– Lentos y constantes -contestó Peter-. Así es como yo los describiría. Pero es la señorita Jones quien tiene que determinarlo.

– Por supuesto. Ella determina cierta clase de progresos. Pero los médicos estamos más preocupados por otra clase de progresos.

Peter vaciló antes de asentir.

– Sí, así es -insistió Gulptilil-. Y, a esos efectos, los dos vendréis a mi despacho esta tarde. Francis, tenemos que hablar sobre tu adaptación. Y tú, Peter, recibirás una visita importante. Los hermanos Moses serán informados cuando llegue y te acompañarán a administración.

El director médico arqueó una ceja, como si sintiera curiosidad por las reacciones de los dos hombres. Se les quedó mirando a los ojos un inquietante momento y luego se acercó a Lucy.

– Buenos días, señorita Jones. ¿Ha conseguido algún avance en su dilema?

– He logrado eliminar unos cuantos nombres.

– Imagino que eso le parece útil.

Lucy no respondió.

– Bueno -prosiguió Gulptilil-, continúe. Cuanto antes extraiga conclusiones, mejor para todos los implicados. ¿Le ha resultado de ayuda el señor Evans en sus investigaciones?

– Por supuesto -aseguró Lucy.

Gulptilil se giró hacia el señor del Mal.

– ¿Me mantendrá al día de las evoluciones y del avance de las circunstancias? -le pidió.

– Por supuesto -dijo Evans.

Francis pensó que todo sonaba a representación burocrática. Estaba seguro de que Evans informaba a Tomapastillas de todo a cada instante. Suponía que Lucy Jones también lo sabía.

El director médico suspiró y echó a andar hacia la puerta principal. Pasado un momento, Evans le dijo a Lucy Jones.

– Bueno, deduzco que nos merecemos un descanso. Tengo papeleo pendiente. -Y también se marchó deprisa.

Francis oyó una risa fuerte en la sala de estar. La carcajada, aguda y burlona, reverberó por el edificio. Pero cuando se volvió para ver quién era, la risa se interrumpió y se desvaneció entre los rayos del sol de mediodía que se filtraban a través de los barrotes de las ventanas.

– Vamos -le susurró Peter, y ambos se acercaron a Lucy.

El Bombero se concentró en algo que no tenía nada que ver con Cleo y su numerito ni con el regocijo de ver a Gulptilil desconcertado.

Francis vio que estaba tenso. Tomó a Lucy Jones por el codo y los hizo volver.

– He encontrado algo -les dijo.

Lucy asintió con un gesto. Los tres volvieron a su despacho.

– ¿Qué impresión te dejó el último interrogado? -preguntó Peter mientras se sentaban.

– Para ser breve, ninguna -respondió Lucy con una ceja arqueada, y se volvió hacia Francis-: ¿No es así? -Cuando éste asintió, añadió-: Aunque posee la fuerza física y la edad necesarias, sufre un retraso profundo. Fue incapaz de comunicar nada importante; se mostró lo más obtuso ante mis preguntas, y Evans opinó que debemos descartarlo. Nuestro hombre posee cierta inteligencia. Por lo menos, la suficiente para planear sus crímenes y evitar ser descubierto.

– ¿Evans opinó que debe eliminarse como sospechoso? -dijo Peter, algo sorprendido.

– Así es -respondió Lucy.

– Pues es curioso, porque descubrí una camiseta blanca manchada de sangre entre sus pertenencias.

Lucy se recostó en el asiento sin decir nada. Francis observó cómo asimilaba esta información y lo cauta que se volvía. Él, en cambio, vio vigorizada su imaginación y, pasado un instante, preguntó:

– Peter, ¿podrías describir lo que encontraste?

Peter sólo tardó un momento o dos en explicárselo.

– ¿Estás totalmente seguro de que era sangre? -preguntó Lucy por fin.

– Todo lo seguro que puedo estar sin un análisis de laboratorio.

– La otra noche sirvieron espaguetis para cenar. Quizás este hombre tenga problemas para usar los cubiertos. Podría haberse salpicado el pecho de salsa…

– No es ese tipo de mancha. Es espesa, entre marrón y granate, y está extendida. No como si alguien la hubiera frotado con un trapo húmedo para limpiarla. No, es algo que alguien quiere conservar intacto.

– ¿Como un souvenir? -repuso Lucy-. Estamos buscando a alguien a quien le gusta quedarse con souvenirs.

– Sospecho que tiene más o menos el mismo valor que una instantánea -comentó Peter-. Para el asesino, me refiero. Ya sabes, una familia va de vacaciones y después revela las fotografías y se sienta en casa para verlas y revivir los recuerdos. Pienso que a nuestro ángel esta camiseta le proporciona la misma emoción y satisfacción. Podría tocarla y recordar. Evocar el momento es casi tan fuerte como el momento en sí -concluyó.

Francis oyó sus voces interiores. Opiniones contrarias, consejos y sensaciones de miedo e inquietud. Pasado un segundo, asintió a lo que Peter estaba diciendo y preguntó a Lucy:

– ¿Hubo algún indicio en los otros asesinatos de que se llevara algo de las víctimas, aparte de los dedos?

– No que sepamos -respondió a la vez que sacudía la cabeza-. No faltaba ninguna prenda de vestir. Pero eso no lo descarta por completo.

Había algo que preocupaba a Francis, pero no sabía qué, y ninguna de sus voces era clara y contundente. Emitían opiniones contradictorias, e hizo todo lo posible por acallarlas y concentrarse.

– ¿Encontraste algo más que sea incriminatorio? -preguntó Lucy a Peter, mientras tamborileaba la mesa con un lápiz.

– No.

– ¿Las falanges?

– No. Ni ningún cuchillo. Ni las llaves del edificio.

Lucy se reclinó.

– Lo que dije antes es cierto -dijo Francis, un poco sorprendido de mostrarse tan contundente-. Antes de que volviera Peter. Cuando Evans estaba aquí. -Su voz parecía proceder de otro Francis, no del Francis que él sabía que era, sino de uno distinto, el Francis que esperaba ser algún día-. Cuando dije que tenemos que descubrir el lenguaje del ángel.

Peter lo miró intrigado, y Lucy reflexionó. Francis vaciló un instante e ignoró sus repentinas dudas.

– Me pregunto si no será la primera lección de comunicación -sentenció mientras los otros dos permanecían callados-. Sólo tenemos que averiguar qué está diciendo y por qué.

Lucy se preguntó si la búsqueda del asesino en aquel hospital podría volverla también loca. Pero consideraba que la locura era consecuencia de la frustración, no una enfermedad orgánica. Esa idea era peligrosa y, con un poco de esfuerzo, la desechó. Había mandado a Peter y Francis a almorzar mientras intentaba elaborar un plan de acción.

Sola en su despacho, estudió el expediente de aquel hombre, algo que lo relacionase con los crímenes. Algunas conexiones deberían ser obvias.

Sacudió la cabeza para disipar la sensación de contra