/ Language: Français / Genre:det_espionage

La chica del tambor

John LeCarre


John le Carre

La chica del tambor

LA PREPARACION

1

El incidente de Bad Godesberg constituyó la demostración, a pesar de que las autoridades alemanas no habían tenido medio de saber de antemano lo anterior. Antes de Bad Godesberg había habido crecientes sospechas. Pero la alta calidad del planeamiento, comparada con la baja calidad de la bomba, transformo las sospechas en certidumbre. Como se suele decir en el oficio, el hombre tarde o temprano deja su firma. Lo irritante es la espera.

Estalló mucho más tarde de lo que se había proyectado, probablemente más de doce horas más tarde, a las ocho y veintiséis minutos de la mañana del lunes. Varios difuntos relojes de pulsera, propiedad de las victimas confirmaron la hora. Y lo mismo que ocurrió en los casas semejantes que se dieron en el curso de los últimos meses, no hubo previo aviso. El estallido de una bomba, en Dusseldorf, que voló el automóvil de un funcionario israelita, que se hallaba de visita, con la misión de comprar armas, no fue anunciado de antemano, como tampoco ocurrió en el caso del librobomba enviado a los organizadores de un congreso ortodoxo judío en Amberes, que hizo volar por los aires a la secretaria honoraria, y causo quemaduras mortales a su ayudante. Tampoco hubo aviso en el caso del cubo de basura, con una bomba dentro, que estallo ante un banco israelita de Zurich, mutilando a dos transeúntes. Solo la bomba de Estocolmo fue previamente anunciada, pero resultó que los autores del atentado pertenecían a una agrupación totalmente diferente, y que el estallido no formaba parte de la serie anterior, ni mucho menos.

A las ocho y veinticinco minutos, la Drosselstrasse de Bad Godesberg era un barrio más de retiro diplomático, con su decorativa vegetación, tan alejado de los problemas políticos de Bonn cual pueda razonablemente esperarse de una zona que se encuentra a quince minutos, en automóvil, de ellos. Se trataba de una calle nueva pero madura, con lujuriantes y recatados jardines, habitaciones para la servidumbre situadas sobre el garaje, y góticas rejas de seguridad sobre las ventanas de vidrios verdosos. Durante la mayor parte del año, el clima de la Renania goza de la cálida humedad de la jungla. Su vegetación, lo mismo que su comunidad diplomática, crece casi a la misma velocidad con que los alemanes construyen sus carreteras, y con velocidad levemente superior a aquella con que los alemanes diseñan sus mapas. Por ello, las fachadas de algunas casas estaban ya medio ocultas por densas arboledas de coníferas que, si algún día alcanzan su tamaño natural, cabe presumir que dejen la zona entera en la penumbra de un bosque de un cuento de Grimm. Estos árboles resultaron ser una protección notablemente eficaz contra la explosión, y pocos días después de haberse producido ésta, un centro de jardinería de la localidad ya se había especializado en suministrarlos.

Son varias las casas que tienen un aspecto claramente nacionalista. Por ejemplo, la residencia del embajador noruego, que se encuentra justamente al doblar la esquina de la Dosselstrasse, es una austera casa de campo, con ladrillos rojos, extraída directamente de los barrios residenciales opulentos de Oslo. El consulado egipcio, en el otro extremo de la calle, tiene el abandonado y desolado aspecto de una villa de Alejandría, en decadencia. De esta casa surge triste música árabe, y todos los postigos están permanentemente cerrados, para proteger a los habitantes del ardiente calor del Africa del Norte. Estaba mediado el mes de mayo, y el día había comenzado esplendorosamente, con flores y hojas nuevas balanceándose al impulso de una leve brisa. Las magnolias ya habían florecido y sus tristes pétalos blancos, en su mayoría arrancados, se convirtieron en un elemento más de los escombros. Con tanta fronda, la barahúnda del tránsito rodado producida por aquellos que van y vienen de la ciudad por la carretera principal apenas penetra en el barrio. El sonido más audible, antes de la explosión, era el del clamoreo de los pájaros, entre los que se debía incluir varias palomas que se habían encaprichado con las malvas del agregado militar de Austria, malvas que eran su orgullo. Desde un kilómetro de distancia hacia el sur, las invisibles barcazas que navegaban por el Rin suministraban un zumbido latente y solemne al que los residentes se habían acostumbrado hasta el punto de no percibirlo, salvo cuando cesaba. En resumen, era una mañana que le daba a uno la seguridad de que, fueran cuales fuesen las calamidades que uno leyera en los periódicos de la Alemania Occidental, siempre un tanto dados a la tensión y al miedo, calamidades tales como la depresión, la inflación, la insolvencia, el desempleo, y todos los habituales y al parecer incurables males de una economía masivamente próspera, de que Bad Godesberg era un lugar equilibrado y decente en el que se podía vivir, y que Bonn no era ni la mitad de malo de lo que se le pintaba.

Según fuera su nacionalidad y su rango, algunos maridos ya habían partido para el trabajo, pero los diplomáticos no son más que clisés de sí mismos. Por ejemplo, un melancólico consejero escandinavo seguía en cama, afectado por una resaca producida por un estrés marital. Un encargado de negocios suramericano, con redecilla en el pelo y ataviado con un kimono de seda china, recuerdo de una visita a Pekín, estaba asomado a la ventana, dando la lista de la compra a su chófer filipino. El italiano se afeitaba, aunque desnudo. Le gustaba afeitarse después de bañarse, aunque antes de hacer los ejercicios gimnásticos cotidianos. Su esposa, totalmente vestida, se encontraba en la planta baja regañando a su contumaz hija por regresar tarde a casa la noche anterior, diálogo que las dos gozaban todas las mañanas de la semana. El enviado de la Costa del Marfil sostenía una conferencia telefónica internacional, informando a sus jefes de los últimos esfuerzos que había realizado para extraer ayuda para el desarrollo al gobierno alemán, de día en día más remiso a darla. Cuando la comunicación se interrumpió, los políticos de la Costa del Marfil creyeron que su enviado les había colgado el aparato, y le mandaron un ácido telegrama en el que le preguntaban si quería dimitir. El agregado laboral de Israel se había ido hacía más de una hora. No se encontraba cómodo en Bonn y trabajaba, en la medida de lo posible, según el horario de Jerusalén. Justificaba este horario con varios chistes raciales, bastante tontos, acerca de la realidad y la muerte.

Siempre que estalla una bomba se produce algún que otro milagro, en este caso el autor del milagro fue el autobús de la escuela norteamericana que, después de recoger a los escolares, se había ya ido, llevándose a la mayoría de los niños de la comunidad que todos los días de colegio esperaban el vehículo en una plazuela que se hallaba a menos de cincuenta metros del lugar del estallido. Por providencial designio, ninguno de los niños había olvidado en casa los deberes escolares, ninguno había dormido más de la cuenta, y ninguno había mostrado resistencia a ser educado, en aquel lunes por la mañana, por lo que el autobús partió con toda puntualidad. Los vidrios de la parte trasera del autobús se rompieron, el conductor no pudo evitar que el autobús se pusiera de lado, una niña francesa perdió un ojo, pero, en términos generales, los niños se salieron de rositas, lo que, después, se consideró un hecho digno de celebración. Sí, ya que ello es también una característica propia de esas explosiones, o, por lo menos, de los momentos inmediato posteriores: se siente, comunitariamente, la loca necesidad de agasajar a los supervivientes, en vez de perder el tiempo llorando a los muertos. En esos casos, el verdadero dolor surge cuando se desvanece el susto inicial, lo que ocurre varias horas después, aunque a veces no tarda tanto.

Nadie, entre los que se hallaban cerca, recordaba el ruido de la bomba. Al otro lado del río, en Kónigswinter, todos oyeron un estruendo propio de una guerra mundial, y todos salieron a la calle, estremecidos, medio sordos, y dirigiéndose sonrisas de cómplices en la supervivencia. Se decían que, teniendo en consideración la presencia de aquellos malditos diplomáticos, ¿qué otra cosa cabía esperar? Más valdría mandarlos a todos a Berlín, en donde podrían gastar tranquilamente el dinero de los impuestos. Pero quienes se hallaban cerca de la explosión nada oyeron, al principio. Sólo pudieron hablar, en el caso de que hablar pudieran, del estremecimiento del pavimento, de una chimenea que se levantó silenciosamente en el aire abandonando un tejado para ir a parar a la carretera, del ventarrón que hizo temblar las casas, de que sintieron que la piel del cuerpo se les tensaba, de que cayeron derribados al suelo, de que las flores saltaron de los jarrones y los jarrones se estrellaron contra las paredes. Recordaban muy bien el sonido de vidrios rompiéndose, y el tímido murmullo de las jóvenes hojas al caer al suelo. Y los maullidos de personas que estaban tan asustadas que ni gritar podían. En realidad estaban todos con los sentidos tan alterados que poco se fijaron en los sonidos. También hubo varios testigos que hicieron referencia al ruido del aparato de radio en la cocina del consejero francés, radio que difundía una receta culinaria. Una ama de casa, considerándose mujer racional, preguntó a la policía si era posible que el estallido de la bomba hubiera producido el efecto de aumentar el volumen de la mentada radio. Los policías contestaron dulcemente, mientras se llevaban a esta señora envuelta en una manta, que en una explosión todo es posible, pero que, en este caso, la explicación era diferente. Al romperse todos los vidrios de todas las ventanas de la casa del consejero francés, y al no haber en la casa persona alguna en situación de bajar el volumen de la radio, nada pudo impedir que el sonido de la radio pasara directamente a la calle. Pero la señora no llegó a comprender del todo esta explicación.

Como es natural, poco tardaron en llegar los representantes de la prensa, intentando atravesar los cordones policiales, y los primeros y entusiastas reportajes mataron a ocho e hirieron a treinta, atribuyendo toda la culpa a una excéntrica organización alemana de derechas denominada Nihelungen 5, formada por dos muchachos retrasados mentales y un viejo loco, incapaces de hacer estallar un globo. Al mediodía, los periodistas ya se habían visto obligados a rebajar la cifra de muertos a cinco, uno de ellos israelita, a dejar la cifra de heridos graves en cuatro, habiendo doce más en el hospital, por diversas causas, y hablaban de las Brigadas Rojas italianas, de lo cual, una vez más, no había ni el más leve indicio. El día siguiente, los periodistas volvieron a cambiar de opinión y atribuyeron la hazaña a Septiembre Negro. En el día inmediato siguiente, un grupo que dijo llamarse «Agonía Palestina» se atribuyó los méritos, y, al mismo tiempo, también reivindicó convincentemente anteriores explosiones. Y el nombre de «Agonía Palestina» arraigó, a pesar de que antes cabía atribuir estas palabras al acto cometido que considerarlas nombre adecuado de quienes lo habían cometido. El caso es que de agonía palestina se habló, ya que estas palabras se hallaron en el titular de muchos pesados artículos de fondo que al respecto se publicaron.

Entre los no-judios que murieron se encontraba la siciliana cocinera del diplomático italiano, así como su chófer filipino. Entre los cuatro heridos se encontraba la esposa del agregado laboral israelita, en cuya casa había estallado la bomba. La señora perdió una pierna. El israelita muerto era el hijo de corta edad de este matrimonio, llamado Gabriel. Pero, cual se llegó a la general conclusión, el blanco del atentado no era ninguna de las personas mentadas, sino un tío de la herida esposa del agregado cultural, tío que estaba de visita, procedente de Tel Aviv. Este señor, dedicado a estudios talmúdicos, gozaba de cierta reputación en méritos de sus opiniones un tanto duras en lo tocante a los derechos de los palestinos de la orilla occidental. En otras palabras, dicho señor estimaba que tales palestinos no tenían derecho alguno, lo cual decía en voz alta y fuerte, muy a menudo, desafiando abiertamente el parecer de su sobrina, la esposa del agregado laboral, que pertenecía a la izquierda liberada de Israel, y cuya educación en un kibbutz no la había preparado para el riguroso lujo de la vida diplomática.

Si Gabriel se hubiera encontrado en el autobús de la escuela no hubiera corrido peligro alguno, pero Gabriel, lo mismo que muchos otros, se encontraba mal, aquel día. Era un niño preocupado e hiperactivo que había sido considerado como un elemento discordante en la calle, principalmente a la hora de la siesta. Pero lo mismo que su madre, tenía talento musical. Ahora, lo cual era perfectamente natural, nadie en la calle recordaba a un niño más querido que Gabriel. Un periódico de derechas alemán, rebosante de sentimientos pro-semíticos, le había llamado el ángel Gabriel, título que, sin que los redactores de dicho periódico lo supieran, tenía validez en las religiones cristianas y en la judaica, y durante una semana dichos redactores inventaron historias acerca de la santidad de Gabriel. Los periódicos más destacados se hicieron eco de estos sentimientos. Un comentarista de primera fila aseguró que el cristianismo era puro judaísmo o no era nada, afirmación que atribuyó a Disraeli, aunque sin fundamento probado. De esta manera, Gabriel se convirtió en un mártir cristiano y un mártir judío, al mismo tiempo, lo cual tranquilizó notablemente a algunos conscientes alemanes. Los lectores de los periódicos mandaron, sin que nadie se lo pidiera, millares de marcos a los que era preciso encontrar algún destino u otro. Se habló de una estatua a Gabriel, pero poco se habló de los otros muertos. De acuerdo con la tradición judaica, el tristemente menudo ataúd de Gabriel fue enviado inmediatamente a Israel para proceder al entierro. En méritos de la misma tradición, la familia le lloró durante siete días, y se esforzó en no mencionar su nombre en la fiesta del sábado. Pero la prensa alemana no tenía estas limitaciones.

A primeras horas de la tarde del día en que la bomba estalló, ya había llegado en avión, procedente de Tel Aviv, un equipo formado por seis especialistas israelitas. El discutido doctor Alexis, del ministerio del interior alemán, recibió, por parte de los alemanes, el vago encargo de ocuparse de la investigación, en cuanto concernía a Alemania, y él fue quien peregrinó hasta el aeropuerto para recibir al equipo israelita. Alexis era un hombre astuto y zorruno que había sufrido durante toda su vida la tortura de ser unos diez centímetros más bajo que el común de los hombres. Quizá en compensación de esta deficiencia, Alexis había siempre suscitado fácilmente controversias centradas tanto en su vida pública como en su vida privada. En parte era abogado, en parte era funcionario de seguridad, y en parte politicastro en busca del poder, tal como esa especie se da en la Alemania de nuestros días, con picantes convicciones liberales, no siempre bienvenidas por la Coalición, y con la inoportuna debilidad de expresar estas convicciones por la televisión. De una forma un tanto vaga se creía que su padre había sido una especie de resistente en contra de Hitler, y, en los presentes y alterados tiempos, este manto heredado de su padre, no caía muy bien sobre los hombros del excéntrico hijo. Desde luego, en los palacios de cristal de Bonn no faltaban quienes estimaban que Alexis carecía de la debida solidez para llevar a cabo su trabajo. El reciente divorcio de Alexis, con la inquietante revelación de la existencia de una amante que tenía veinte años menos que él, no había contribuido a mejorar la opinión que los antes referidos tenían de él.

Si hubieran sido otros los que llegaban a Alemania, Alexis no se hubiera tomado la molestia de ir al aeropuerto -la prensa no se iba a ocupar del acontecimiento-, pero las relaciones entre la República Federal e Israel estaban pasando por un bache, por lo que Alexis se plegó a las presiones del ministerio y fue al aeropuerto. En contra de sus deseos, a última hora le impusieron la cargante compañía de un policía de lentos modales, de la Silesia, y procedente de Hamburgo, que era hombre de confesadas ideas conservadoras, y que había adquirido prestigio en el campo de «control de estudiantes», en los años setenta, y al que se consideraba un experto en bombas y en quienes las ponen. Otra excusa de la presencia de este policía era que, decían, se llevaba bien con los israelitas, a pesar de que Alexis, al igual que todo el mundo, sabía que la función del policía no era otra que la de ser el contrapeso del propio Alexis. Más importante todavía, en la tensa atmósfera imperante, tanto Alexis como el de la Silesia, eran unbelastet, lo cual significa que ninguno de los dos tenía la edad suficiente para que se les atribuyese la más remota responsabilidad en aquello que los alemanes denominan tristemente su irredento pasado. Fuera lo que fuese aquello que ahora se hiciera contra los judíos, Alexis y su poco deseado acompañante, el de la Silesia, no hicieron nada siquiera parecido, en pasados tiempos. Y, para mayor garantía, tampoco lo hizo Alexis padre. La prensa, debidamente orientada por Alexis, destacó todo lo anterior. Sólo un editorial insinuó que mientras los israelitas insistieran en bombardear indiscriminadamente pueblos y campos de refugiados palestinos, y matando, no a un niño, sino a docenas de niños a la vez, tendrían que tener en consideración la posibilidad de esta clase de bárbara represalia. El día siguiente, el periódico en cuestión publicó a toda prisa una contestación ardiente a más no poder, aunque un tanto confusa, debida al agregado de prensa de la embajada de Israel. El agregado de prensa escribía que el estado de Israel había sido, desde 1961, objeto de constantes ataques del terrorismo árabe. Si les dejaran en paz, los israelitas no matarían ni a un solo palestino, en lugar alguno. Gabriel había muerto por una sola razón: la de ser judío. Y los alemanes quizá recordaran que Gabriel no era un caso único.

El director del periódico dio por terminada la polémica, y se tomó un día de descanso.

Un avión de las fuerzas aéreas israelitas, sin distintivos que pudieran identificarle en cuanto a tal, procedente de Tel Aviv, aterrizó en el extremo del aeropuerto, se prescindió de todo género de formalismos administrativos, y comenzó inmediatamente la colaboración, que fue un trabajo incesante, noche y día. Alexis había recibido severas órdenes de no negar nada a los israelitas, aunque estas órdenes eran superfluas ya que Alexis era un philosemitisch harto conocido. Alexis había efectuado su obligatoria visita de amistad a Tel Aviv, y había sido fotografiado, baja la cabeza, en el Museo del Holocausto. En cuanto al lento hombre de la Silesia, tal como él mismo jamás se cansaba de recordar a cuantos quisieran escucharle, las dos partes interesadas iban a la caza del mismo enemigo. O sea, los rojos, claro está. En el cuarto día de trabajo, a pesar de que muchas investigaciones estaban aún pendientes, la mentada comisión conjunta había trazado un convincente cuadro preliminar de lo ocurrido.

En primer lugar, se llegó unánimemente a la conclusión de que no se había establecido servicio alguno de vigilancia especial en la casa objeto del atentado, y también se concluyó que en los acuerdos entre la embajada y las autoridades de Bonn no se establecía que la casa tuviera que ser vigilada. La residencia del embajador de Israel, situada tres manzanas más allá, estaba vigilada las veinticuatro horas del día. Una verde camioneta de la policía estaba de guardia ante la embajada, parejas de jóvenes centinelas, tan jóvenes que no podían estar preocupados por las históricas paradojas de su presencia, patrullaban por los jardines, armados con metralletas. El embajador también gozaba de un automóvil acorazado y de una escolta policial que acompañaba al automóvil. A fin de cuentas era embajador y judío, por lo que necesitaba doble protección. Pero un simple agregado laboral ya era harina de otro costal y, por otra parte, tampoco hace falta exagerar. La casa del agregado laboral se hallaba bajo la general protección de la patrulla móvil diplomática, y sólo cabe añadir que, por ser el hogar de una familia israelita, era objeto de especial vigilancia, cual lo demostraban los libros de la policía. Para mayor precaución, las señas de las casas en que vivían los funcionarios diplomáticos israelitas no figuraban en las listas oficiales del cuerpo diplomático, con el fin de evitar actuaciones impulsivas, en unos tiempos en que Israel no gozaba de grandes simpatías. Políticamente hablando, claro está.

Acababan de tocar las ocho de la mañana de aquel aciago lunes cuando el agregado laboral abrió la puerta del garaje de su casa y, como de costumbre, inspeccionó los tapacubos de su automóvil, así como la parte inferior del chasis, con la ayuda de un espejo unido a un palo de escoba, aparato que le habían entregado a este fin. El tío de su esposa, que se disponía a viajar con él, confirmó estos extremos. El agregado, antes de darle a la llave del contacto, miró debajo del asiento del conductor. Desde que comenzaron los atentados mediante bombas, estas precauciones eran obligatorias para todos los funcionarios israelitas destinados en países extranjeros. El agregado sabía, igual que todos sabían, que para rellenar de material explosivo un normal tapacubos bastan cuarenta segundos, y que para deslizar una bombita debajo del tanque de gasolina bastan menos segundos todavía. También sabía, al igual que todos sabían, ya que se lo habían metido en la cabeza cuando tardíamente le dieron un cargo diplomático, que era mucha la gente dispuesta a hacerle volar por los aires. Además, leía los periódicos. Seguro de que el automóvil no ofrecía riesgos, se despidió de su mujer y de su hijo, y se dirigió a su trabajo.

En segundo lugar, la chica au pair de la familia, una sueca de impecable historial llamada Elke, el día anterior había comenzado una semana de vacaciones en el Westerwald, con su igualmente impecable novio alemán, Wolf, que gozaba de unos días de permiso que le había concedido la Bundeswehr. Wolf había recogido a Elke el domingo por la tarde, en su Volkswagen rojo, y todas las personas que pasaron ante la casa y las que la vigilaban vieron a Elke en el momento en que salió por la puerta principal vestida para el viaje, y vieron cómo se despedía con un beso del pequeño Gabriel, y se alejaba agitando alegremente la mano en dirección al agregado laboral, quien se encontraba ante la puerta para despedir a Elke, mientras su esposa, apasionada cultivadora de verduras, proseguía sus trabajos en el huerto trasero. Elke va llevaba más de un año con la familia y, dicho sea en palabras del agregado comercial, era como un querido miembro más de la familia.

Estos dos factores, o sea, la ausencia de la amada muchacha au pair y la ausencia de vigilancia policial, hicieron posible el atentado. Y el factor que decidió el éxito del atentado fue la fatal dulzura de carácter del propio agregado laboral.

A las seis de la tarde de aquel mismo domingo, dos horas después de que Elke se fuera, mientras el agregado cultural sostenía una difícil conversación religiosa con su tío e invitado y mientras su esposa cultivaba nostálgicamente tierra alemana, sonó el timbre de la puerta principal. Un timbrazo. Como de costumbre el agregado cultural pegó el ojo a la mirilla antes de abrir. Como de costumbre, empuñó el revólver reglamentario mientras miraba, a pesar de que teóricamente las restricciones locales le prohibían la tenencia de armas de fuego. Pero al través de la mirilla sólo vio a una muchacha rubia de unos veintiuno o veintidós años de edad, de aspecto frágil y atractivo, en pie, junto a una usada maleta gris, con tarjetas de una compañía de aviación escandinava atadas al asa. Un taxi -¿o se trataba acaso de un coche privado?- la esperaba en la calle, a su espalda, y el agregado laboral oyó claramente que el vehículo tenía el motor en marcha. Si, sin la menor duda. Incluso tuvo la impresión de oír el sonido propio de una bujía que no funcionaba debidamente, pero esto lo dijo más tarde, cuando ya se agarraba a un clavo ardiendo. A juzgar por la manera en que el agregado la describió, la muchacha era realmente atractiva, etérea y deportiva al mismo tiempo, con veraniegas pecas, Sornmersprossen, alrededor de la nariz. En vez de ir vulgarmente uniformada con tejanos y blusa, llevaba un discreto vestido azul, abrochado hasta el cuello, un pañuelo de seda al cuello, blanco o de color crema, que resaltaba su cabello rubio. Y la muchacha, tal como confesó el agregado en la primera y conmovedora entrevista, impresionó muy favorablemente, por su sencilla respetabilidad, al agregado. En consecuencia, después de devolver el revólver reglamentario al cajón superior de la cómoda, el agregado abrió la puerta y sonrió a la muchacha, debido a que ésta era encantadora y el agregado era tímido y corpulento.

Todo lo anterior lo dijo en el primer interrogatorio. El talmúdico tío nada vio y nada oyó. En cuanto a testigo, el tío fue un perfecto inútil. Al parecer, tan pronto se quedó solo se sumergió en el estudio de un comentario del Mishna, siguiendo la norma de jamás perder ni un minuto.

La muchacha hablaba en inglés con acento extranjero. Era un acento nórdico, y no francés o latino. Los interrogadores dieron al agregado diversos ejemplos de acentos extranjeros, pero el agregado sólo pudo aseverar que era un acento nórdico. En primer lugar, la muchacha preguntó si Elke estaba en casa, aun cuando no la llamó Elke sino Ucki, diminutivo que sólo empleaban las personas que eran íntimas de Elke. El agregado laboral dijo que Elke se había ido de vacaciones hacía solamente dos horas, lo cual era una verdadera lástima, pero que estaba dispuesto a ayudar a la muchacha en lo que se terciara. La muchacha se mostró levemente contrariada y dijo que volvería en otra ocasión. Dijo que acababa de llegar de Suecia, y que había prometido a la madre de Elke que entregaría a ésta una maleta con ropas y discos. Lo de los discos fue un detalle realmente eficaz ya que a Elke le gustaba con locura la música pop. En estos momentos, el agregado cultural ya había pedido insistentemente a la muchacha que entrara en su casa, e incluso, llevado por su inocencia, había cogido la maleta y la había depositado en un rincón del vestíbulo, acto del que se arrepentiría toda su vida. Sí, desde luego, había leído todos los reiterados consejos de no aceptar paquetes que le entregaran intermediarios. Sí, sabía que las maletas podían morder. Pero aquella muchacha era Katrin, la simpática amiga de Elke, de la misma ciudad que ésta, que había recibido aquella maleta de manos de la madre de Elke aquel mismísimo día. La maleta pesaba un poco más de lo que el agregado laboral había supuesto, pero lo atribuyó a los discos. Cuando el agregado dijo solícitamente a la muchacha, Katrin, que seguramente hizo el viaje con exceso de peso, Katrin explicó que la madre de Elke la había llevado en automóvil hasta el aeropuerto de Estocolmo, con la finalidad de pagar dicho exceso de peso. El agregado cultural advirtió que la maleta era de material duro y que, además de pesada, parecía ir repleta. No, no notó el menor movimiento en el interior de la maleta. Estaba seguro de ello. De la maleta quedó un fragmento, más tarde.

Ofreció un café a la muchacha, pero ésta declinó la oferta, diciendo que no quería hacer esperar al conductor del automóvil. No dijo al taxista, sino al conductor. Esto fue objeto de las más exhaustivas interpretaciones por parte de los investigadores. El agregado preguntó a la muchacha qué hacía en Alemania, y ésta contestó que tenía esperanzas de poder matricularse en la universidad de Bonn, para estudiar teología. Muy excitado, el agregado laboral buscó un bloc y luego un lápiz, e invitó a la muchacha a que escribiera su nombre y señas, pero la chica, sonriendo dijo que bastaría con que dijera a Elke que la había intentado visitar «Katrin». La chica explicó que se alojaba en una residencia luterana para muchachas, pero que se quedaría allí solamente hasta que encontrara habitaciones independientes (la residencia en cuestión realmente existe, en Bonn, lo cual fue otro detalle certero). Dijo que volvería cuando Elke hubiera regresado de sus vacaciones. La muchacha tenía la esperanza de poder pasar en compañía de Elke el cumpleaños de ésta. Si, tenía muchas ganas de poderlo hacer. El agregado laboral dijo que podía organizar una fiesta para Elke y sus amigos, y que quizá fuera oportuno obsequiarles con una fondue de queso, que él mismo prepararía. Sí, ya que mi esposa -cual después explicó el agregado con patética reiteración- es una kibbutznik, y no tiene paciencia para preparar guisos complicados.

En estos momentos, más o menos, el automóvil o taxi, en la calle, comenzó a tocar la bocina. En do, y con varios toques cortos, unos tres toques. El agregado laboral y la muchacha se estrecharon la mano, y aquél observó que la chica llevaba blancos guantes de algodón, pero no le sorprendió porque era una chica así, de las que llevan guantes, y, además, el día era húmedo, por lo que llevar una maleta resultaba molesto, por lo pegajosa que podía ponerse el asa. En resumen, la muchacha nada escribió en el bloc, y tampoco dejó sus huellas en el papel, ni en el asa de la maleta. El pobre hombre calculó que la visita de la muchacha duró unos cinco minutos. Y no duró más por culpa del taxi. El agregado laboral contempló cómo la muchacha se alejaba por el sendero en el jardín -caminaba de una forma agradable, atractiva, sí, pero no deliberadamente provocativa-. Cerró la puerta, puso la cadena precavidamente, cogió la maleta y la llevó al dormitorio de Elke, que se hallaba en la planta baja, y la dejó sobre la cama, en la parte de los pies. Pensando consideradamente que con ello favorecería las ropas y los discos, dejó la maleta plana. Y sobre la maleta puso la llave. La esposa del agregado laboral, que se hallaba en el jardín trabajando implacablemente la dura tierra con una azada, nada oyó, y cuando entró en la casa, donde se hallaban los dos hombres, su marido se olvidó de notificarle la visita.

En este punto se produjo una pequeña pero muy humana revisión de la declaración del agregado laboral.

Incrédulamente, los miembros del equipo israelita de investigación preguntaron: «¿Se olvidó?» ¿Cómo pudo olvidar una novedad doméstica tal como la visita de la amiga sueca de Elke? ¿La maleta sobre la cama?

El agregado laboral volvió a dar muestras de culpabilidad, y reconoció que no se había olvidado. No, no podía decir, exactamente que fue un olvido.

¿Pues qué fue?, le preguntaron.

Bueno, pues al parecer, se debió a que decidió, en su soledad, dentro de su fuero interno, que… bueno que, en fin, que los aspectos sociales de la vida habían dejado de interesar a su esposa. Que ésta sólo deseaba regresar a su kibbutz y tratar de tú a tú a la gente, sin diplomáticas finuras. Dicho de otra manera, la muchacha era tan atractiva, sí, que quizá lo más prudente fuera guardarse lo de la chica. En cuanto a la maleta, mi esposa nunca entra en el dormitorio de Elke, mejor dicho, nunca entraba, ya que Elke cuida de arreglar su propia habitación.

¿Y el especialista en estudios talmúdicos, el tío de la esposa? El agregado laboral tampoco le habló de la visita. Lo cual fue confirmado por el propio interesado.

Sin comentarios, los investigadores escribieron: guardarse lo de la chica.

En este punto, cual un misterioso tren que de repente se aparta de la vía, los acontecimientos dejaron de ocurrir. La muchacha, Elke, con Wolf acompañándola galantemente, fue transportada a Bonn, y allí dijo que no conocía a ninguna Katrin. Se iniciaron investigaciones centradas en la vida social de Elke, pero esto era algo que requería tiempo. La madre de Elke no le había mandado maleta alguna, y jamás tuvo la menor intención de hacerlo, ya que los vulgares gustos musicales de su hija la molestaban, según dijo a la policía sueca, y no estaba en modo alguno dispuesta a fomentarlos. Wolf regresó desconsolado a su unidad, y fue objeto de fatigosos pero vagos interrogatorios por parte de los servicios de seguridad militar. No apareció conductor alguno, fuera de automóvil privado, fuera de taxi, a pesar de que la policía y la prensa, a lo largo y ancho de Alemania, se esforzaron en encontrarlo, y de que se le ofrecieron, in absentia, fuertes sumas de dinero, a cambio de sus declaraciones. No se encontró pasajera de avión alguna que se pareciera a la muchacha de la maleta, procedente de Suecia o de cualquier otro punto, en las listas de pasajeros, en las máquinas ordenadoras, ni en los sistemas de registro automático de los aeropuertos de Alemania, incluido desde luego el aeropuerto de Colonia. Las fotografías de varias mujeres terroristas, conocidas y desconocidas, incluido el registro íntegro de las «medio-ilegales», no suscitaron recuerdo alguno en la memoria del agregado laboral, a pesar de que estaba medio enloquecido de dolor, y estaba dispuesto a ayudar en lo que fuera a quien fuera, con tal de sentirse un poco útil. No recordaba la clase de zapatos que la muchacha calzaba, tampoco recordaba si la chica usaba lápiz de labios, o perfume, o sombra en los ojos, o si su cabello parecía teñido, o si podía quizá ser una peluca. El agregado laboral vino a decir que él era un hombre con formación de economista, un hombre humilde, amante de la vida familiar, afectuoso, cuya única devoción, además de Israel y su familia, era la música de Brahms, por lo que muy poco podía saber acerca de tintes de cabello femenino.

Lo que sí recordaba era que la muchacha tenía bonitas piernas y el cuello muy blanco. Mangas largas, efectivamente, ya que de lo contrario se hubiera fijado en sus brazos. Si., llevaba viso o algo parecido, ya que de lo contrario hubiera percibido el perfil de su cuerpo, a contraluz. ¿Sujetador? Pues quizá no lo llevara, ya que la chica tenía busto de moderado volumen y podía evitarse tal prenda. Los investigadores llamaron a modelos vivas y las vistieron para que el agregado laboral las examinara. Seguramente vio cien vestidos azules diferentes, enviados por todos los almacenes de prendas femeninas a lo largo y ancho de Alemania, pero el agregado cultural no podía recordar, ni que le mataran, si el vestido de aquella muchacha tenía puños y cuello de diferente color, y la tortura espiritual que el agregado padecía en nada contribuía a mejorar su memoria. Cuanto más le preguntaban, más flaca era su memoria. Los habituales testigos fortuitos confirmaron parcialmente las declaraciones del agregado, pero nada importante añadieron. Las patrullas de la policía nada vieron, y probablemente el atentado se organizó para que así fuera. La maleta podía ser de veinte marcas diferentes. El automóvil, ya privado, ya de servicio público, era un Opel o un Ford, era gris, no estaba muy limpio, no era nuevo ni viejo, llevaba matrícula de Bonn, no, de Bonn no, de Siegburg. Sí llevaba el distintivo de taxi en lo alto. No, el techo era corredizo, y alguien había oído música en el interior del vehículo, aunque no pudo concretar de qué programa de radio se trataba. Sí, llevaba antena de radio. No, no la llevaba. El conductor era un hombre de raza blanca, pero también podía ser turco. Lo habían hecho los turcos. Iba con la cara afeitada, llevaba bigote, tenía el cabello negro. No, rubio. Era delgado, pero también podía tratarse de una mujer disfrazada. Alguien tenía la certeza de que tras el vidrio trasero colgaba la menuda figura de un deshollinador. Pero también podía tratarse de una pegatina. Si, era una pegatina. Alguien dijo que el conductor llevaba un anorak. O quizá fuera un jersey.

Al llegar a este punto muerto, el equipo israelita pareció caer en un estado de coma colectivo. Quedaron todos aletargados, llegaban tarde y se iban pronto, pasaban mucho tiempo en su embajada, a la que iban para recibir nuevas instrucciones. Pasaron los días y Alexis concluyó que los miembros del equipo de investigación esperaban algo. Dejaban pasar el tiempo pero estaban un tanto excitados. Parecían dominados por una sensación de inquietud, pero al mismo tiempo estaban inactivos, lo cual también le ocurría a menudo al propio Alexis. Si, ya que Alexis estaba insólitamente bien dotado para prever desde lejos los acontecimientos mucho antes que sus colegas. En lo referente al trato con los judíos, Alexis concluyó que le había tocado tratar con mediocridades. El tercer día, al equipo de investigadores judíos se unió un hombre mayor que los otros, de ancho rostro, que dijo llamarse Schulmann, y que iba casi siempre acompañado de una especie de ayudante o sacasillas, muy delgado, que parecía contar la mitad de los años de Schulmann. A Alexis le gustaba comparar a aquel par con César y Cassius, aunque en versión judía.

La llegada de Schulmann y su ayudante fue para el buen Alexis un insólito alivio del dominado frenesí de su propia investigación, y de la pesadez de tener que aguantar siempre al policía de la Silesia, al silesio, que comenzaba a comportarse antes como un sucesor que como un ayudante. Lo primero que Alexis observó con referencia a Schulmann fue que su llegada tuvo la virtud de elevar, inmediatamente, la temperatura del equipo de investigación israelita. Hasta la llegada de Schulmann, aquellos seis hombres habían tenido cierto aire de que les faltara algo. Se habían comportado con cortesía, no habían bebido alcohol, habían tendido pacientemente sus redes, y habían mantenido entre sí la cohesión propia de una unidad de lucha, con el aire oriental propio de hombres con los ojos negros. El dominio que de sí mismos tenían resultaba un tanto desalentador para aquellos que no lo compartían, y cuando, durante un rápido almuerzo en el comedor comunitario, el pesado silesio decidió gastar bromas acerca de la comida kosher, y hablar con aire de superioridad de las bellezas de la patria de los judíos, permitiéndose una referencia claramente insultante a la calidad del vino de Israel, los del equipo judío aceptaron este homenaje con una cortesía que a Alexis le constaba les costaba sangre. Y cuando el silesio prosiguió, hablando del renacimiento de la Kultur judía en Alemania, y de la astucia con que los nuevos judíos habían dominado el mercado inmobiliario en Frankfurt y en Berlin, los miembros del equipo judío siguieron callados, a pesar de que las acrobacias financieras de los judíos stettel que no habían dado respuesta a las llamadas de Israel les desagradaban, en secreto, tanto como la rudeza de sus anfitriones. Después, de repente, con la llegada de Schulmann, todo quedó clarificado o con una diferente orientación. Schulmann era el jefe que habían estado esperando. La llegada de Schulmann, procedente de Jerusalén, fue anunciada con pocas horas de anticipación, mediante una llamada telefónica, un tanto pasmada, efectuada desde el cuartel general de Colonia.

- Mandan a otro especialista que ya se encargará por sí mismo de entrar en contacto con usted.

Alexis, quien, en una reacción muy poco alemana, tenía antipatía a las personas con títulos, preguntó:

- ¿Especialista en qué?

No lo sabían. Pero, de repente, llegó Schulmann, quien, en opinión de Alexis, no era un especialista, sino un hombre de cabeza grande, activo veterano de todas las guerras habidas desde las Termópilas, de una edad comprendida entre los cuarenta y los noventa años, cuadrado, eslavo, fuerte, mucho más europeo que israelita, con ancho pecho, que caminaba a largas zancadas de luchador, y con unos modales que temían la virtud de tranquilizar a cuantos le trataban. Con él iba aquel acólito del que nadie había hecho mención. Este último quizá no fuera un Cassius, sino, antes bien, el arquetípico estudiante dostoievscano: hambriento y en lucha contra los demonios. Cuando Schulmann sonreía, en su rostro se formaban unas arrugas que parecían haber sido trazadas, a lo largo de siglos, por el paso de las aguas sobre las mismas rocas, y sus ojos casi quedaban cerrados, como los de un chino. Luego, mucho después de que Schulmann hubiera sonreído, su sacasillas también sonreía, cual si al hacerlo reconociera en la actitud de su jefe un retorcido y oculto significado. Cuando Schulmann saludaba a alguien, su brazo derecho, íntegramente, avanzaba hacia la persona saludada, en un movimiento parecido al de dar un puñetazo de abajo arriba, capaz de tumbar al saludado, en el caso de que éste no bloqueara el golpe. Pero el sacasillas mantenía los brazos caídos al costado, como si no tuviera en ellos la confianza precisa para dejarles salir solos. Cuando Schulmann hablaba, lanzaba una porción de ideas contradictorias, como un chorro de postas, y esperaba a ver cuáles de ellas daban en el blanco y cuáles le eran devueltas. A continuación sonaba la voz del sacasillas, como si cumpliera la función de un equipo de camilleros, recogiendo serenamente los muertos.

En un inglés de fuerte acento extranjero y en tono alegre, Schulmann dijo:

- Me llamo Schulmann. Es un placer conocerle, doctor Alexis. Schulmann, solamente.

Sin nombre de pila, sin rango o graduación, sin título académico, sin clasificación administrativa, sin función determinada. Y el discípulo ni siquiera tenía nombre, al menos para los alemanes. Sin nombre, sin sonrisas, sin conversación ociosa. Según la interpretación de Alexis, aquel hombre, Schulmann, era un jefe popular, un hombre que daba esperanzas, una fuente de energías, un extraordinario hombre de acción, un supuesto especialista que exigía un espacio exclusivamente para él y que, en el mismo día en que lo pedía, lo conseguía. Sí, porque el sacasillas se ocupaba de ello. Poco tardó en llegar el momento en que, de puertas adentro, la incesante voz de Schulmann tuvo el tono de un abogado rural que examinara y valorase la labor llevada a cabo hasta el momento. No era preciso ser un erudito en la ley mosaica para comprender los porqué, los cómo, los cuándo y los por qué no. Alexis pensó que aquel hombre improvisaba, que era un guerrillero urbano nato. Y cuando Schulmann guardaba silencio, Alexis oía también todo lo anterior, y se preguntaba qué diablos Schulmann pensaba, así, de repente, que fuera lo bastante interesante para inducirle a callar -¿o es que acaso rezaba?-. ¿Rezaban aquellos judíos? A veces, era el turno del sacasillas, y cuando éste hablaba, Alexis no oía siquiera el menor sonido, ni un murmullo, porque la voz del muchacho, cuando hablaba entre alemanes, tenía un volumen tan escaso como su propio cuerpo.

Sin embargo, el imperio del empeño de Schulmann era lo que Alexis percibía con más fuerza. Schulmann era una especie de ultimátum humano que comunicaba a sus hombres las presiones que él sentía en sí mismo, e imponía una presión casi insoportable sobre sus tareas. Podemos vencer, pero también podemos perder, venía a decir Schulmann en la vívida imaginación del doctor Alexis. Y, además, nos hemos demorado demasiado, durante demasiado tiempo. Schulmann era el empresario, el director, el general, todo al mismo tiempo, pero, a la vez, era un hombre muy mandado por otros. Por lo menos ésta era la manera en que Alexis interpretaba a Schulmann, y Alexis no siempre se equivocaba. Lo interpretaba así en méritos de la dura e interrogativa manera en que sus hombres le trataban, y lo hacían, no en averiguación de los detalles en las investigaciones, sino en los avances de las mismas: ¿es un paso adelante? ¿Contribuye al esclarecimiento? Alexis advirtió que Schulmann tenía un ademán característico, consistente en subirse la manga de la chaqueta, agarrando con la mano su recio antebrazo, y después se retorcía la muñeca con tal fuerza que parecía estimara fuese la muñeca de otro, hasta el momento en que su reloj de pulsera, de acero, le devolvía en reflejo la mirada. Alexis pensó que Schulmann también tenía un plazo límite. Si, a sus pies también tenía una bomba de relojería, haciendo tictac. Sí, y esta bomba la llevaba el sacasillas en su cartera de hombre de negocios.

La interacción entre los dos hombres fascinaba a Alexis, y constituía un bienvenido descanso en su tensión. Cuando Schulmann daba un paseo por la Drosselstrasse y se detenía ante las deleznables ruinas de la casa volada por la bomba, alargaba impulsivamente el brazo, como pidiendo disculpas, y miraba su reloj, comportándose tan indignadamente como si aquella casa hubiera sido la suya, y entonces, el sacasillas de Schulmann se ocultaba en las sombras cual si fuese la conciencia del otro, con sus esqueléticas manos puestas enérgicamente en sus costados, causando la impresión de refrenar a su jefe, mediante la musitada confesión de sus creencias. Cuando Schulmann citaba al agregado laboral, para tener con él una última conversación privada, y cuando el diálogo entre los dos, oído a medias al través del tabique, llegaba a tono de gritos, y luego descendía hasta el bajo tono del confesionario, era el sacasillas quien sacaba de la estancia al destrozado interrogado, y quien personalmente le devolvía a los cuidados de la embajada, con lo cual confirmaba una teoría que Alexis había alentado desde un principio, pero que las autoridades de Colonia le habían ordenado no desarrollar bajo pretexto alguno.

Todo conducía a esta teoría. La introvertida y ansiosa esposa dedicada solamente a soñar en su hogar sagrado; el aterrador sentido de culpabilidad del agregado laboral; su absurdamente generosa recepción de la muchacha llamada Katrin, con la que se atribuyó, prácticamente, el papel de hermano por poderes, otorgados en ausencia de Elke; su curiosa confesión de que había entrado en el dormitorio de Elke, cosa que su esposa jamás hacía. Para Alexis, quien se había encontrado en situaciones parecidas, en pasados tiempos, y que ahora volvía a encontrarse en la misma situación -desgarrado por sentimientos de culpabilidad, y con los nervios sensibles a las más leves brisas sexuales-, los síntomas se encontraban escritos claramente en todo el expediente, y, en secreto, a Alexis, le gustaba que Schulmann también se hubiera dado cuenta de ello. Ahora bien, las autoridades de Colonia se cerraban de banda ante estos hechos, las autoridades de Bonn, por su parte, explotaban histéricamente las circunstancias. El agregado laboral era un héroe, padre de un hijo muerto, marido de una mujer mutilada. Era la víctima de una salvajada antisemítica cometida en tierra alemana, era un diplomático acreditado en Bonn, y, por definición, era el judío más respetable entre cuantos judíos hayan sido inventados. ¿Quiénes eran los alemanes, nada menos que los alemanes, se preguntaban a sí mismos, para denunciar a tal persona en concepto de infiel al vínculo matrimonial? Aquella misma noche, el desdichado agregado laboral acompañó al cadáver de su hijo a Israel, y el telediario de ámbito nacional inició el programa con la imagen de la ancha espalda del agregado subiendo la escalerilla, mientras el omnipresente Alexis, sombrero en mano, con pétreo respeto le contemplaba partir.

Algunas actividades de Schulmann no llegaron a oídos de Alexis hasta después de que el equipo israelita hubiera partido rumbo a Israel. Por ejemplo, descubrió casi por casualidad, aunque no del todo, que Schulrann y su sacasillas habían efectuado conjuntamente investigaciones acerca de Elke, con independencia de los investigadores alemanes, y que la habían convencido, a altas horas de la noche, de que demorase su provecto de regresar a Suecia, con el fin de que los tres pudieran gozar de una conversación privada totalmente voluntaria y bien pagada. Los dos israelitas pasaron una tarde entera interrogando a la muchacha en el dormitorio de un hotel, y, después, en contraste con la economía de que hacían gala en otras ocasiones sociales, los dos acompañaron a la muchacha en taxi hasta el aeropuerto. Alexis intuía que hicieron lo anterior con la finalidad de descubrir quiénes eran los verdaderos amigos de Elke, y a dónde iba Elke a divertirse cuando su novio quedaba a buen recaudo, en manos del ejército. Y en dónde compraba Elke la marijuana y las anfetaminas que encontraron entre los restos de su dormitorio. O para averiguar, lo cual era más probable, quién la obsequiaba con estos productos, y en los brazos de quién prefería abandonarse para hablar de sí misma y de la familia en la que trabajaba, cuando se sentía realmente a gusto y tranquila. Alexis dedujo todo lo anterior debido, en parte, a que sus propios hombres le entregaron un informe confidencial sobre Elke, y las preguntas que Alexis atribuía a Schulmann eran exactamente las mis-mas que él hubiera formulado a la muchacha, si Bonn no le hubiera amordazado, prohibiéndole esta clase de investigaciones.

Las autoridades de Bonn siempre decían que era preciso no jugar sucio, dejar, primero, que creciera la hierba sobre las ruinas. Y Alexis, que ahora estaba luchando por su supervivencia, comprendió estas insinuaciones y se calló, sí, debido a que de día en día el prestigio del silesio iba en alza, mientras el de Alexis iba en baja.

De todas maneras, Alexis hubiera apostado cualquier cosa a que habría acertado la clase de respuestas que Schulmann, con el ejercicio de su frenética y despiadada presión, pudo extraer de la muchacha, entre miradas a aquel reloj que llevaba, con el retrato a pluma de un viril estudiante árabe o de un agregado diplomático principiante en algún puesto de escasa importancia, aunque también cabía la posibilidad de que se tratase de un cubano, contando con dinero sobrado así como con los pertinentes paquetitos de droga, y una insólita predisposición a escuchar. Mucho después, cuando ello carecía ya de importancia, Alexis también se enteró -gracias a los servicios de seguridad suecos quienes también se sintieron interesados por la vida amorosa de Elke- que Schulmann y su sacasillas habían exhibido a altas horas de la madrugada, mientras los demás dormían, una colección de fotografías de los más probables candidatos. Y que de entre estas fotografías, Elke eligió una correspondiente a un hombre que se decía chipriota, a quien Elke había conocido con el nombre de Marius, nombre que el hombre en cuestión exigía se pronunciara a la francesa. Y Alexis también supo que Elke había firmado una declaración al efecto -«Sí, éste es el Marius con quien me acosté»- que, según Schulmann y su sacasillas dijeron a la muchacha: necesitaban para llevársela a Jerusalén. ¿Y a santo de qué?, se preguntó Alexis. ¿Para que Schulmann consiguiera que le ampliaran el plazo concedido? ¿Para conseguir crédito en la base? Alexis comprendía esas cosas. Y cuanto más pensaba en ellas, mayor era su sentimiento de afinidad con Schulmann, y su sentido de camaradería y comprensión. Alexis pensaba: tú y yo somos iguales. Luchamos, percibimos, vemos.

Alexis sentía lo anterior profundamente y con gran convicción.

La obligatoria reunión para terminar lo anterior se celebró en la sala de conferencias, bajo la presidencia del pesado silesio, con más de trescientas sillas delante, la mayoría de ellas vacías, pero con los dos grupos, el alemán y el israelita, apiñados cual dos familias en una boda, a uno y otro lado del pasillo. Los alemanes estaban reforzados con funcionarios del ministerio del interior y algunos cazadores de votos del Bundestag. Los israelitas contaban con la presencia del agregado militar de su embajada, pero varios miembros del equipo, entre ellos el flaco y pálido ayudante de Schulmann, ya se habían ido a Tel Aviv. O, por lo menos, esto dijeron sus camaradas. Los restantes se reunieron a las once de la mañana, y sólo llegar pudieron ver una mesa de comedor cubierta con un mantel, sobre la que los reveladores fragmentos de la explosión reposaban cual hallazgos arqueológicos, encontrados después de largas excavaciones, cada uno de ellos con una museística tarjetita atada, tarjetita escrita con máquina eléctrica. En un tablero, en la pared, junto a la mesa, pudieron ver las habituales fotografías horrendas, en color para mayor realismo. En la puerta, una linda muchacha que sonreía con excesivo encanto entregó a todos carpetas de plástico que contenían los antecedentes del caso. Si en vez de repartir esto la muchacha hubiera repartido caramelos o helados, Alexis no se hubiera sorprendido. Los miembros del grupo alemán charlaban entre sí y estiraban el cuello para verlo todo detenidamente, los israelitas incluidos, quienes, por su parte mantenían el mortal silencio propio de las personas para quienes perder un segundo era una tortura. Únicamente Alexis -y de ello estaba seguro- percibía y compartía la secreta angustia de los israelitas fuera cual fuese su origen.

Alexis decidió que aquello era una terrible exageración. Se dijo: somos el colmo. Hacía tan sólo una hora, Alexis había esperado que le encomendaran dirigir la sesión. Había previsto, e incluso se había preparado en secreto para ello, pronunciar unas tersas palabras con su lapidario estilo, soltar al estilo inglés un diligente «muchas gracias, caballeros», y dar por terminada la sesión. Pero no fue así. Los capitostes habían llegado a conclusiones, y querían al silesio para desayuno, almuerzo y cena. En tanto que no querían a Alexis ni siquiera para el café. En consecuencia, Alexis decidió mantenerse en último plano, ostentosamente, con los brazos cruzados, fingiendo leve interés, mientras en el fondo echaba chispas y se sentía solidario de los israelitas. Cuando todos, salvo Alexis, estaban sentados, el silesio hizo su entrada, caminando con aquel estilo pélvico que, según la experiencia de Alexis, cierto tipo de alemanes no podían evitar, cuando se disponían a subir a un estrado. El silesio iba seguido de un asustado joven, con chaqueta blanca, cargado con una maltratada maleta gris que lucía etiquetas de los servicios aéreos escandinavos, y que depositó junto a la mesa. Alexis buscó con la mirada a su héroe, Schulmann, y lo descubrió sentado solo, junto al pasillo y al fondo de la sala. Iba sin chaqueta y sin corbata, y llevaba un par de cómodos pantalones que, debido a la generosa barriga de Schulmann, terminaban un poco antes de llegar a los zapatos pasados de moda. El reloj de acero lanzaba destellos en la tostada muñeca, y la blancura de la camisa, en contraste con la piel curtida por la intemperie, le daba el benévolo aspecto de una persona que se dispone a salir de vacaciones.

Alexis se acordó de su penosa entrevista con los capitostes, y llevado por vanas ilusiones, pensó, dirigiéndose a Schulmann: Espera, que voy contigo.

El silesio habló en inglés, «en deferencia a nuestros amigos de Israel». Pero Alexis sospechó que también lo hizo en deferencia a aquellos de sus partidarios que habían acudido para ver la actuación de su valido. El silesio había seguido el obligatorio curso de lucha antisubversiva, en Washington, y en consecuencia hablaba el despedazado inglés propio de un astronauta. A modo de preámbulo, el silesio dijo que el atentado había sido obra de «elementos de la izquierda radical», y cuando el silesio consiguió hacer una incidental referencia a «las excesivas proclividades socialistas de nuestra actual juventud», los parlamentarios alemanes rebulleron aprobatoriamente. Alexis pensó: Ni siquiera nuestro amado Führer hubiera podido hacerlo mejor. Pero permanecía externamente impasible. El estallido de la bomba se proyectó de abajo arriba, por razones arquitectónicas, dijo el silesio, indicando un esquema que su ayudante había desplegado, y había arrancado de la casa la estructura central, arrancando el piso superior, y, en consecuencia, el dormitorio del niño. Alexis enfurecido pensó: En resumen, fue una explosión gorda, ¿por qué no lo dices y te callas de una maldita vez? Pero el silesio no era hombre proclive a callarse. Las estimaciones más ajustadas señalaban una carga de cinco quilos. La madre había sobrevivido debido a que estaba en la cocina. La cocina era un Anbau. Este brusco e imprevisto empleo de una palabra alemana produjo, por lo menos entre los parlamentarios alemanes, una extraña inquietud.

Dirigiéndose a su ayudante, el silesio farfulló con broncos acentos:

- Was ist Anbau?

Y con estas palabras consiguió que todos irguieran la espalda, en busca de la traducción.

Alexis fue el primero en gritar:

- Anexo.

Con lo que se ganó las reprimidas risas de quienes lo sabían, y la irritación no tan reprimida de los fanáticos del silesio. En su mejor inglés el silesio repitió:

- Annexe.

Y, haciendo caso omiso de quien a su pesar le había ayudado, el silesio prosiguió su machacona explicación.

Alexis decidió: la próxima vez que vuelva a vivir seré judío, o español, o esquimal, o un convencido anarquista, cual lo es todo el mundo; pero jamás volveré a ser alemán, esto es algo que se hace una sola vez, a modo de penitencia y basta; sólo un alemán es capaz de dar una conferencia inaugural sobre un niño judío muerto.

Ahora, el silesio hablaba de la maleta. Era una maleta barata y fea, del tipo usado por cuasi personas tales como los criados y los turcos. Y hubiera podido añadir: y los socialistas. Quienes tuvieran interés en ello podían verlo gracias a la lectura de las carpetas de plástico o al estudio de los fragmentos del bastidor metálico que había sobre la mesa. Y también podían concluir, cual Alexis había concluido, hacía ya tiempo, que tanto la bomba como la maleta eran pistas carentes de toda importancia. Pero nadie podía dejar de escuchar al silesio, debido a que aquel día era el día del silesio, y su discurso era el canto de victoria sobre su depuesto enemigo, el libertario Alexis.

A partir de la maleta, el silesio pasó laboriosamente a su contenido. El ingenio explosivo había quedado fijado mediante rellenos, caballeros, dijo el silesio. El primer relleno estaba integrado por periódicos viejos que, según los análisis, correspondían a las ediciones de Bonn impresas durante los últimos seis meses por Springer. Esto, a Alexis, le pareció muy congruente. El segundo relleno era una manta militar, de desecho, cortada a trozos, de la misma clase que la que me entregó mi colega, Fulano de Tal, de los laboratorios de análisis estatales. Mientras el atemorizado ayudante mostraba una gran manta gris para que todos la vieran, el silesio expuso orgullosamente sus restantes y maravillosas pistas. Alexis escuchó cansadamente el ya conocido recitado: restos de un detonador… partículas de explosivo que no estallaron, explosivo que era plástico ruso, conocido por los americanos como C4, por los ingleses como PE, y por los israelitas como fuera que le conocieran… el muelle de un reloj de pulsera barato… el chamuscado pero todavía identificable gancho de una percha doméstica. En una palabra, pensó Alexis, el clásico ingenio que pueda construir un recién licenciado de una escuela de fabricación de bombas caseras. No había materiales comprometedores, ni muestras de vanidad, ni adornos, con la salvedad de un circuito eléctrico, construido con materiales de juego infantil, que se encontraba adosado al ángulo interior de la tapa de la maleta. Sin embargo, Alexis pensó que con la clase de materiales destinados actualmente a juegos de niños, aquel circuito le inducía a uno a recordar con nostalgia a los buenos y anticuados terroristas de los años setenta.

El silesio parecía pensar lo mismo, pero, con macabro sentido del humor, exclaimó sonoramente:

- ¡La hemos llamado la bomba de Bikini! ¡Es el minimo! ¡No Lleva extras!

Alexis, temerariamente, apostilló:

- ¡Ni indicios para efectuar detenciones!

Y fue recompensado por Schulmann mediante una sonrisa de admiración y extraño reconocimiento.

Apartando bruscamente a su ayudante, el silesio metió la mano en la maleta y con airoso ademán extrajo de ella una pieza de madera sobre la que se había montado el circuito eléctrico, que tenia la apariencia de un autódromo de juguete, con hilo conductor cubierto de aislante, que terminaba en diez palitos de plástico gris. Mientras los profanos se arremolinaban alrededor de la mesa para ver mejor el ingenio, Alexis vio con sorpresa que Schulmann, con las manos en los bolsillos, se unía a los mirones. ¿Por qué?, se preguntó Alexis mirando descaradamente a Schulmann. ¿A santo de qué hoy pierdes tan tranquilamente el tiempo, cuando ayer ni siquiera lo tenías para mirar tu maltratado reloj? Abandonando sus esfuerzos para fingir indiferencia, Alexis se puso rápidamente al lado de Schulmann. El silesio indicaba que ésta era la manera en que se fabricaba una bomba, cuando se tiene una imaginación convencional y se desea volar judíos. Usted compra un reloj barato, como éste, no lo roba, sino que lo compra en unos grandes almacenes, en la hora punta, y, además compra un par de chucherías para que el dependiente no se acuerde de usted. Arranca la saeta que marca las horas. Hace un orificio en el vidrio, mete un alfiler de sastre en el orificio, une mediante soldadura el circuito eléctrico a la cabeza del alfiler. Ahora, pone la batería. Ahora pone la saeta a la distancia de la aguja que usted desee. Pero, por lo general, procure que tarde lo menos que sea posible en llegar al alfiler, para evitar dilaciones que puedan conducir al descubrimiento y desarme de la bomba. Ahora le da cuerda al reloj. Compruebe que la aguja de los minutos sigue funcionando. Si, funciona. En el instante en que esta saeta toca el alfiler se cierra el circuito eléctrico, y la bomba estalla.

Para hacer una demostración del funcionamiento de aquella maravilla, el silesio quitó el detonador y los diez palitos de explosivo de plástico, sustituyendo a éstos por una bombillita como las que llevan las linternas de pilas.

El silesio gritó:

- ¡Y ahora les voy a demostrar cómo funciona el circuito! Nadie dudaba duque aquello funcionaba, casi todos se sabían de memoria el ingenio en cuestión, pero a pesar de ello y durante unos instantes, Alexis tuvo la impresión de que los espectadores se estremecían involuntariamente, cuando la bombillita se encendió alegremente. Sólo Schulmann parecía indiferente. Alexis pensó: «Quizá ha visto demasiadas tragedias, y, al final, se ha quedado sin sentido de la piedad.» Si, ya que Schulmann no hacía el menor caso de la bombilla. Estaba inclinado sobre el circuito de alambre conductor, y lo contemplaba con el crítico interés de un entendido.

Un parlamentario deseoso de demostrar su sagacidad preguntó por qué la bomba no había estallado en el momento deseado. En suave y elegante inglés, el parlamentario dijo:

- Esta bomba estuvo catorce horas en la casa. La saeta de los minutos da una vuelta por hora y la saeta de las horas da una vuelta en doce horas. ¿Cómo se explica que la bomba tardara catorce horas en estallar, cuando la previsión sólo podía ser de una hora a lo sumo?

El silesio tenía una conferencia completa para contestar cada una de las preguntas que le formularan. Ahora, dio una conferencia, mientras Schulmann, con su benévola sonrisa, comenzaba a tentar suavemente los bordes del circuito, con sus gruesos dedos, como si hubiera perdido algo en el relleno que había debajo. El silesio dijo que probablemente el reloj había fallado. Quizá el traslado en automóvil hasta la Drosseistrasse había dañarlo al mecanismo. El silesio también dijo que cabía la posibilidad de que el agregado laboral, al dejar la maleta sobre la cama, había alterado el circuito. Lo más probable era que el reloj, debido a su baratura, se parase y volviera a ponerse en marcha. Lo más probable era cualquier cosa, pensó Alexis irritado. Pero Schulmann tenía otra teoría, mucho más ingeniosa. Hablando como si distraídamente hiciera un aparte, y dedicando su atención a las bisagras de la maleta, dijo:

- O quizá el hombre de la bomba no rascó debidamente la pintura de la saeta.

Schulmann extrajo un viejo cortaplumas de múltiples usos, seleccionó un punzón, y comenzó a empujar levemente la cabeza del alfiler hacia arriba, confirmando la facilidad con que se podía arrancar. Dijo:

- Sus técnicos de laboratorio han rascado toda la pintura, pero quizá el hombre de la bomba no era tan científico como sus técnicos.

Cerró ruidosamente el cortaplumas y añadió:

- Ni tan hábil, ni tan cuidadoso.

En su fuero interno, Alexis protestó: ¡Pero si era una chica! ¿Por qué razón Schulmann comenzaba a hablar repentinamente del hombre de la bomba, cuando todos estamos pensando en una linda muchacha vestida de azul? Sin darse cuenta, al parecer, que de momento había desbancado al silesio mientras éste se hallaba en plena actuación, Schulmann fijó su atención en el circuito situado en la parte interior de la tapa de la maleta.

Con angelical modestia, el silesio preguntó:

- ¿Ha visto algo interesante, Herr Schulmann? ¿Ha descubierto una pista, quizá? Por favor díganoslo. Será interesante.

Schulmann meditó tan generosa oferta. Y mientras se acercaba a la mesa con sus macabros restos, que examinaba atentamente, dijo:

- Falta hilo conductor. Si, ya que aquí tiene usted un resto de setenta y siete centímetros de hilo.

Schulmann sostenía en la mano un chamuscado ovillo de hilo conductor. Estaba enrollado como se suele enrollar el hilo de lana, con un extremo ciñéndolo. Schulmann dijo:

- En su reconstrucción tiene usted un máximo de veinticinco centímetros. ¿A qué se debe el que en su reconstrucción falte medio metro de hilo?

Hubo un momento de intrigado silencio, antes de que el silesio soltara una sonora y benévola carcajada. Como si se dirigiera a un niño, el silesio explicó:

- Herr Schulmann, este hilo es hilo sobrante. Cuando quien quiera que fuese construyó la bomba, le sobró hilo y echó este hilo sobrante al interior de la maleta. Esto es normal, por una razón de limpieza.

El silesio repitió:

- Es hilo sobrante. Ubrig. Sin significado técnico. Sag ihm dock ubrig.

Alguien tradujo, sin que hubiera necesidad de ello:

- Sobras. Carece de significado, Herr Schulmann. Son sobras.

La pequeña crisis pasó, la laguna quedó colmada, y la próxima vez que Alexis dirigió la vista a Schulmann le vio discretamente situado junto a la puerta, dispuesto a irse, con la ancha cabeza parcialmente orientada hacia Alexis, levantado el antebrazo en cuya muñeca llevaba el reloj, pero con un aire que antes parecía tentarse el estómago que mirar la hora. Los ojos de uno y otro no se encontraron del todo, pero Alexis supo con toda certeza que Schulmann le estaba esperando, que deseaba que él cruzara la estancia y le dijera, almuerzo. El silesio seguía hablando monótonamente, y sus oyentes le rodeaban, en pie, como un grupo de pasajeros de avión en espera en un aeropuerto. Apartándose discretamente del grupo, Alexis se acercó de puntillas a Schulmann. En el pasillo, Schulmann cogió de! brazo a Alexis, en un gesto de sincero afecto. Ya en la calle -era un día soleado- los dos hombres se quitaron la chaqueta, y, más tarde, Alexis recordó muy bien que Schulmann se remangó las mangas de su camisa del desierto, mientras Alexis paraba un taxi y le daba las señas de un restaurante italiano, situado en lo alto de una colina, en un extremo de Bad Godesberg. Alexis había llevado a mujeres a tal restaurante, pero jamás a hombres, y Alexis, que jamás dejaba de ser voluptuoso, siempre tenía conciencia de las primeras veces.

Durante el trayecto, apenas hablaron. Schulmann admiró el paisaje y sonrió con la serenidad propia de quien se ha ganado el descanso de la fiesta del sábado, a pesar de que la semana sólo estaba mediada. Alexis recordó que el avión de Schulmann partía de Colonia a primera hora de la tarde. Como un niño que espera le vayan a buscar a la escuela, Alexis contaba las horas que podría estar en compañía de Schulmann, presumiendo que éste no tenía otras citas concertadas, lo cual era una presunción ridícula pero maravillosa. En el restaurante, el patrón italiano trató, cual era de prever, con gran deferencia a Alexis, pero fue Schulmann quien realmente le encantó. Le dio el tratamiento de Herr Professor e insistió en situarlos en una gran mesa junto a una ventana, mesa en la que hubieran podido sentarse seis comensales. Abajo, se extendía la ciudad vieja, y más allá el sinuoso Rin, con sus colinas castañas y sus mellados castillos. Alexis conocía de memoria aquel paisaje, pero hoy, al través de la vista de su nuevo amigo Schulmann, le parecía que lo viera por primera vez. Alexis pidió dos whiskies y Schulmann no se opuso. Contemplando con evidente agrado el paisaje, mientras esperaban que les sirvieran las copas, Schulmann habló por fin:

- Quizá si Wagner hubiera dejado en paz a ese muchacho, Sigfrido, el mundo hubiera sido un poco mejor.

Durante un instante, Alexis no pudo comprender lo que había ocurrido. Hasta el momento, había tenido un día muy ocupado, con el estómago vacío y la mente tensa. ¡Schulmann había hablado en alemán! Con un denso y enmohecido acento sudeta que petardeaba como un motor en mal estado. Y, además, había esbozado una contrita sonrisa que era, al mismo tiempo, una confesión y una invitación a la conspiración. Alexis soltó una risita, Schulmann también rió, les sirvieron el whisky, brindaron y bebieron, aunque lo hicieron sin seguir el pesado rito alemán de «mirar, beber y volver a mirar», rito que a Alexis siempre le había parecido excesivo, principalmente si se practicaba con judíos, quienes instintivamente consideraban que los formalismos alemanes constituían una amenaza.

Cuando esta ceremonia de amistad hubo terminado, Schulmann observó, hablando de nuevo en alemán:

- Me han dicho que pronto le van a dar un nuevo destino, en Wiesbaden. Un trabajo burocrático. Más importante pero menos importante, según he oído decir. Dicen que usted es demasiado importante para la gente de aquí. Ahora que le conozco a usted y que conozco a esa gente, la noticia no me sorprende.

Alexis también se esforzó en no parecer sorprendido. Nadie le había hablado de un nuevo destino, aunque sabía que el asunto estaba en marcha. Incluso el hecho de haber sido sustituido por el silesio se trataba como si fuera un secreto. Alexis no había tenido tiempo de decir de ello ni media palabra a nadie, ni siquiera a su joven novia, con la que sostenía intrascendentes conversaciones telefónicas varias veces al día.

Filosóficamente, como si se dirigiera tanto al río como a Alexis, Schulmann observó:

- Así es la vida… Créame, en Jerusalén la carrera de un hombre es igualmente insegura. Ahora se va cuesta arriba, ahora se va cuesta abajo. Si., así son las cosas.

Schulmann parecía un poco defraudado, a pesar de todo. Interrumpiendo una vez más el curso de los pensamientos de Alexis, Schulmann añadió:

- Me han dicho que es una señorita encantadora, atractiva, inteligente, leal. Quizá sea demasiado mujer para esa gente.

Resistiendo la tentación de aprovechar la oportunidad para convertir la reunión en un seminario sobre los problemas de su vida, Alexis dirigió la conversación hacia la conferencia celebrada aquella misma mañana, pero Schulmann contestó con vaguedades, observando únicamente que los técnicos jamás resuelven nada, y que las bombas le aburrían. Había pedido pasta y la comió tal como comen los prisioneros, utilizando cuchara y tenedor, pero sin tomarse la molestia de mirar al plato. Alexis, temeroso de interrumpir los pensamientos de Schulmann, procuró hablar lo menos posible.

En primer lugar, Schulmann, con la tranquilidad con que hablan los hombres entrados en años, se embarcó en un moderado lamento acerca de los llamados aliados de los israelitas en la lucha antiterrorista. Con acentos de hogareños recuerdos, declaró:

- El pasado mes de enero, cuando estábamos ocupados en una investigación totalmente diferente, visitamos a nuestros amigos italianos. Les mostramos unas buenas pruebas, les dimos unas buenas señas. Los italianos poco tardaron en detener a unos cuantos italianos, mientras las personas en que Israel estaba interesado se encontraban seguras, en Libia, descansando y con la piel tostada, en espera de que les encomendaran otra misión. No era esto lo que nosotros queríamos.

Schulmann se llevó pasta a la boca. Se secó los labios con la servilleta. Alexis pensó que para Schulmann la comida era lo mismo que el combustible para un motor. Come para poder luchar. Schulmann prosiguió:

- En marzo, cuando surgió otro problema, ocurrió exactamente lo mismo, pero en esta ocasión tratábamos con Paris. Detuvieron a unos cuantos franceses, y a nadie más. Algunos funcionarios fueron elogiados, y gracias a nosotros, ascendidos. Pero los árabes…

Schulmann encogió los hombros con resignada benevolencia, y siguió:

- Esta actitud quizá sea expeditiva. Es buena para la política petrolera, para la economía, es buena para todo. Pero no para la justicia. Y lo que nosotros queremos es justicia.

Schulmann ensanchó la sonrisa, en directo contraste con el significado de sus palabras.

Dijo:

- Por esto, hemos aprendido a ser reticentes. Más vale que, al hablar, pequemos por poco que por mucho. Ahora bien, cuando nos encontramos con una persona que esta bien dispuesta con respecto a nosotros, con un historial brillante, y con un padre ejemplar, cual es su caso, pues bien, en este caso colaboramos. Con discreción. Sin formalidades. Entre amigos. Si esta persona puede utilizar constructivamente nuestra información en su beneficio, si ello puede servirle para progresar en su carrera, pues tanto mejor, sí, ya que nos gusta que nuestros amigos lleguen a ser influyentes en su oficio. Pero también queremos la parte de beneficios que nos corresponde. Esperamos resultados. Y los esperamos principalmente de aquellos que son amigos nuestros.

Estas palabras fueron las que más se acercaron, en aquel día o en cualquiera de los posteriores, a algo parecido a una propuesta. Alexis nada dijo. Con su silencio expresó su simpatía. Y Schulmann, quien tan bien comprendía a Alexis, también comprendió su actitud, ya que reanudó la conversación como si el trato hubiera quedado cerrado, y los dos colaborasen plenamente. Comenzó diciendo, en el tono de quien recuerda:

- Hace unos años, un grupo de palestinos nos creó ciertos problemas en Israel. Por lo general, los palestinos son gente de poca valía. Muchachos campesinos esforzándose en ser héroes. Cruzan subrepticiamente la frontera, se esconden en un pueblo, ponen sus bombas y salen a todo correr. Si no los cogernos en la primera ocasión, los cogemos en la segunda, caso de que haya tal segunda ocasión. Sin embargo, los hombres a quienes me refería al principio eran diferentes. Tenían un buen mando. Sabían moverse. Sabían evitar a los confidentes, borrar su rastro, organizarse por sí mismos, redactar sus propias órdenes. La primera vez atacaron un supermercado en Beit Shean. La segunda vez atacaron una escuela, después atacaron unos grupos de colonos, luego otra tienda, hasta que, por fin, su campaña comenzó a ser monótona. Luego comenzaron a atacar a nuestros soldados, cuando, estando de permiso, hacían autostop para ir a su casa. Y entonces comenzaron a aparecer las madres indignadas, los artículos periodísticos y todo lo demás. El grito unánime era: «Atrapad a esa gente.» Nos pusimos alerta, y dimos las oportunas órdenes a todo quisque. Descubrimos que aquella gente se servía de cuevas en el valle del Jordán. Descansaban. Vivían sobre el terreno. Pero no podíamos encontrarlos. La propaganda que los apoyaba los llamaba el «Comando Ocho», pero nosotros conocíamos del derecho y del revés el Comando Ocho, el tal comando no hubiera podido siquiera encender una cerilla sin que nosotros lo supiéramos con una antelación sobradamente cómoda. Con respecto a los nuevos atacantes se decía que eran hermanos. Si, un negocio familiar. Un confidente había contado tres, otro había contado cuatro. Pero, con toda certeza, se trataba de hermanos y, tal como ya sabíamos, tenían su base de operaciones en el Jordán. Formamos un equipo y comenzamos a buscarlos. Les llamamos Sayaret, se trata de equipos pequeños, formados por hombres duros. Nos enteramos de que el comandante palestino era un hombre solitario, muy poco proclive a otorgar su confianza a alguien que no fuera de la familia. Estaba obsesionado con el traicionero carácter árabe. Jamás dimos con él. Pero sus dos hermanos no eran tan escurridizos. Uno de ellos andaba encaprichado con una chica de Amán. Una mariana, al salir de casa de esta chica, cayó ametrallado. El segundo cometió el error de visitar a un amigo, en Sidón, en cuya casa pasó una semana. Nuestras fuerzas aéreas hicieron trizas su automóvil, mientras viajaba por la carretera de la costa.

Alexis no pudo reprimir una sonrisa de excitación, y murmuró: -No había bastante hilo conductor.

Pero Schulmann optó por fingir que no oía estas palabras. Schulmann prosiguió:

- A la sazón, ya sabíamos quiénes eran estos hermanos. Se trataba de una familia de la orilla Oeste, de un pueblecito dedicado al cultivo de viñedos, cerca de Hebrón, que había huido después de la guerra del sesenta y siete. Había un cuarto hermano, pero era demasiado joven para pelear, incluso de acuerdo con el criterio palestino. Había dos hermanas, aunque una de ellas murió en un bombardeo de represalias que tuvimos que efectuar al sur del río Litani. Con ello, el tal ejército había quedado muy menguado. A pesar de todo, seguimos buscando a nuestro hombre. Esperábamos que obtuviera refuerzos y volviera a la carga. No lo hizo. Dejó de actuar. Pasaron seis meses. Pasó un año. Nos dijimos: «Olvidémonos de él, probablemente los suyos le han matado, ya que esto es normal.» Nos dijeron que los sirios le habían tratado con cierta dureza, por lo que bien cabía la posibilidad de que hubiera muerto. Hace pocos meses nos llegó el rumor de que este hombre había venido a Europa. Aquí. Que había formado un equipo, varios de cuyos miembros eran muchachas, la mayoría de ellos alemanes y jóvenes.

Se llevó más comida a la boca, y, con expresión meditativa, masticó y tragó. Terminado este trámite, prosiguió:

- Dirigía el equipo a distancia, interpretando el papel de Mefistófeles árabe ante un puñado de críos impresionables.

Al principio, en el silencio que siguió a estas palabras, Alexis no pudo examinar la cara de Schulmann. El sol se había situado detrás de las colinas castañas a las que la ventana daba. A consecuencia de ello, era difícil interpretar la expresión del rostro de Schulmann. Discretamente, Alexis movió la cabeza y volvió a mirar a Schulmann. Se preguntó a qué podía deberse la aparición de aquel lechoso velo que cubría sus oscuros ojos. ¿Y era realmente la nueva luz del sol lo que había dejado desteñida la piel de Schulmann, dejándola agrietada, enfermiza o muerta? Después, en el curso de aquel día tan abundante en percepciones luminosas y, en ocasiones, dolorosas, Alexis vio la pasión que hasta aquel instante había estado oculta a su percepción allí, en el restaurante, y abajo en la dormida ciudad balneario, con sus grandes edificios ministeriales. De la misma forma que se ve que ciertos hombres aman, Schulmann estaba poseído por un profundo y terrible odio.

Schulmann se fue aquella misma tarde. El resto del equipo se quedó dos días más. Se pretendió celebrar una fiesta de despedida con la que el silesio quería destacar las excelentes relaciones que tradicionalmente sostenían ambos servicios. Se trataba de una reunión vespertina con cerveza y salchichas que Alexis abortó discretamente mediante el hecho de advertir que, teniendo en consideración que el gobierno de Bonn había decidido, aquel mismo día, difundir clarísimas indirectas de un posible y próximo suministro de armas a la Arabia Saudí, era muy poco probable que los invitados a la fiesta estuvieran de humor festivo. Este fue quizás el último acto de servicio eficaz que llevó a cabo Alexis en el desempeño de su cargo. Un mes después, tal como Schulmann había predicho, Alexis fue trasladado a Wiesbaden. Se trataba de un cargo oscuro que teóricamente constituía un ascenso, pero que reducía en mucho las iniciativas de la caprichosa individualidad de Alexis. Un periódico poco amable, que en otros tiempos se había contado entre los defensores del buen doctor, comentó aviesamente que la pérdida sufrida por Bonn se traduciría en ganancia del espectador de televisión. El único consuelo de Alexis, en un momento en que muchos de sus amigos alemanes se apresuraban a distanciarse de él, fue la recepción de una cariñosa nota manuscrita, con expresión de buenos deseos, con matasellos de Jerusalén, que encontró en su nueva mesa escritorio, el primer día que ocupó su nuevo cargo. Con la firma «Siempre suyo, Schulmann», la nota le deseaba buena suerte, y los deseos de un nuevo encuentro, fuera oficial, fuera privado. En una amarga postdata Schulmann daba a entender que tampoco él estaba pasando una buena temporada. La nota decía: «A no ser que consiga resultados pronto, mucho temo que me encontraré en una situación semejante a la suya.» Con una sonrisa, Alexis metió la nota en un cajón en donde cualquiera podría leerla y, sin duda, sería leída. Sabía exactamente lo que Schulmann hacía, y le admiraba por ello. Schulmann estaba sentando inocentemente las bases de su próxima relación. Un par de semanas después, cuando el doctor Alexis y su joven novia contrajeron matrimonio discretamente, las rosas enviadas por Schulmann fueron, entre todos los obsequios, el que más alegró y divirtió a Alexis, quien pensó: «¡Y ni siquiera le dije que iba a casarme!»

Aquellas rosas fueron como la promesa de un nuevo amor, precisamente en el momento en que Alexis más lo necesitaba.

2

Casi ocho semanas pasaron antes de que el hombre a quien Alexis conocía como Schulmann regresara a Alemania. Durante este período, las investigaciones y el planeamiento de los equipos de Jerusalén habían dado tantos y tan extraordinarios saltos, que aquellos que aún trabajaban entre las ruinas de Bad Godesberg apenas podían reconocer el caso. Si se hubiera tratado solamente de un asunto consistente en castigar a los culpables -si el siniestro de Godesberg hubiera sido aislado, en vez de formar parte de una concatenada serie-, Schulmann no se hubiera tomado la molestia de intervenir, por cuanto su finalidad era más ambiciosa que la de castigar pura v simplemente, y estaba íntimamente relacionada con su supervivencia profesional. Ahora, ya durante meses, y bajo la incesante insistencia de Schulmann, sus equipos habían estado buscando lo que él llamaba una ventana lo bastante ancha para que alguien penetrara por ella y derrotara al enemigo desde el interior de la casa, en vez de atacarle con tanques y artillería desde el terreno frontero a la casa, siendo esto último el más destacado deseo de Jerusalén en la actualidad. Gracias al caso de Godesberg, se creía, haber encontrado tal ventana. Mientras los investigadores de la Alemania Occidental aún se perdían entre vagas pistas, los burócratas de Schulmann en Jerusalén estaban formando disimulados vínculos en lugares tan apartados como Ankara y el Berlín Oriental, así como trazando las Líneas de mando posibles, antes de lanzarse al ataque por esta o aquella vía diplomática. Los veteranos ya hablaban de imágenes reflejadas en un espejo, es decir, de la formación, en Europa, de organizaciones harto conocidas en el Oriente Medio, hacía dos años.

Schulmann no fue a Bonn, sino a Munich, y no fue allá como un tal Schulmann, y además, ni Alexis ni su sucesor, el silesio, se enteraron de su llegada, que era precisamente lo que Schulmann quería. Ahora, su nombre era Kurtz, aunque lo usaba tan poco que incluso se le podría perdonar en el caso de que algún día se olvidara de él. Kurtz, que significa «corto». Kurtz, el del camino corto, decían algunos. Y sus víctimas decían, Kurtz, el de la mecha corta. Otros hacían complicadas comparaciones con el personaje de Joseph Conrad. Pero la verdad monda y lironda era que el hombre procedía de la Moravia y, originariamente, se escribía Kurz, hasta que un policía británico, durante el Mandato, llevado por su sabiduría le añadió una «t». Y el apellido había conservado la «t», como una pequeña daga clavada en el cuerpo de su identidad, cual si de un chivo expiatorio se tratara.

Nuestro hombre llegó a Munich, vía Estambul, después de haber cambiado pasaporte dos veces, y de haber utilizado tres aviones. Antes, había pasado una semana en Londres, aunque allí apenas se le vio. En todos los Lugares en que estuvo, se ocupó de rectificar situaciones, comprobar resultados, conseguir ayudas, persuadir a personas, dándoles coberturas y el auxilio de verdades a medias, dando ímpetu a los remisos mediante su extraordinaria y constante energía, así como mediante el volumen y el alcance de su planeamiento avanzado, aun cuando a veces se repetía, u olvidaba alguna orden menor dada por él mismo. Solía decir, acompañando sus palabras con un guiño, que vivimos muy poco tiempo, y que estamos muertos durante demasiado tiempo. Esto era lo más parecido a una disculpa que nuestro hombre decía, y su personal solución del problema consistía en no dormir. En Jerusalén se solía decir que Kurtz dormía con la misma velocidad con que trabajaba. Y era mucha velocidad. Kurtz, le explicaban a uno, era el jefe de las operaciones de Europa. Kurtz era el que abría camino donde no podía abrirse. Kurtz hacía florecer el desierto. Kurtz regateaba e intrigaba y mentía incluso en sus oraciones, pero se ganaba una buena suerte cual los judíos no habían tenido en el curso de dos mil años.

Lo cual no quiere decir que Kurtz fuera querido por todos. No, debido a que era un hombre excesivamente paradójico, excesivamente complicado, con demasiadas almas y demasiados colores. En muchos aspectos, las relaciones de Kurtz con sus superiores, principalmente con Misha Gavron, su jefe, antes eran las de un mal tolerado individuo ajeno a la organización que las de un igual en quien se ha depositado confianza. Carecía de asentamiento, pero, misteriosamente, tampoco lo pretendía. Su base de poder era débil y cambiante, dependiendo de quien fuera la última persona a la que hubiera ofendido, en su búsqueda de ayuda rápida y eficaz. No era un sabra, carecía de los elitistas antecedentes de los hombres procedentes del Kibbutz, de la universidad o de los regimientos prestigiosos que, con el consiguiente desaliento del propio Kurtz, con más y más frecuencia suministraban el cada día más reducido personal que formaba la aristocracia del servicio al que pertenecía. Kurtz no armonizaba con los aparatos empleados por aquella gente, con sus polígrafos y sus ordenadores, ni tampoco con la creciente fe que aquellos hombres tenían en el juego del poder al estilo norteamericano, ni en la psicología aplicada, ni en la administración de crisis. Kurtz amaba la diáspora, y de ella había hecho su especialidad, precisamente en unos tiempos en que la mayoría de los israelitas se esforzaban celosamente y con excesiva conciencia en reforzar su identidad en cuanto a orientales. Sin embargo, Kurtz se crecía con los obstáculos, y el rechazo era lo que había hecho de él lo que era. Era capaz de luchar, en caso necesario, en todos los frentes al mismo tiempo, y lo que no le daban voluntariamente lo tomaba subrepticiamente. Por amor a Israel. Por la paz. Por la moderación. Y por su maldito derecho a impresionar y a sobrevivir.

Probablemente, ni el propio Kurtz hubiera podido decir en qué etapa de su búsqueda había encontrado su plan. Esos planes surgían en lo más hondo de la personalidad de Kurtz, como un rebelde impulso en espera de una causa, luego crecían en su interior casi sin que él se diera cuenta. ¿Estaba soñando, cuando se confirmó la marca de fábrica del autor del atentado con la bomba? ¿O se le ocurrió mientras comía pasta, en el restaurante en lo alto de la colina, contemplando la vista de Godesberg, y mientras comenzaba a darse cuenta de cuán excelente colaborador podía tener en Alexis? No, fue antes de esto. Mucho antes. Seguramente ocurrió, decía Kurtz a quien quisiera escucharle, después de una sesión particularmente amenazadora de la comisión rectora de Gavron, en la pasada primavera. Si no atrapamos al enemigo desde dentro de su propio campo, esos payasos del Knesset y del ministerio de Defensa volarán el mundo civilizado entero en sus intentos de atrapar a tal enemigo. Algunos colaboradores de Kurtz juraban que éste concibió el plan hacía todavía más tiempo, y que Gavron había cancelado un proyecto parecido hacía ya doce meses. En fin, lo mismo daba. Lo cierto es que los preparativos operacionales ya estaban muy adelantados antes de que el autor del delito, el culpable, hubiera sido concluyentemente identificado, aun cuando Kurtz ocultaba cuidadosamente dichos preparativos a las investigadoras miradas de Misha Gavron, y alteraba sus papeles para confundirle.

«Encontrad al muchacho -dijo Kurtz a su equipo de Jerusalén, antes de partir en uno de sus enrevesados viajes-. Es un muchacho y su sombra. Encontrad al muchacho que luego encontraréis a su sombra. Esto no es problema.

Kurtz les dijo lo anterior con tanta insistencia que sus colaboradores llegaron a jurar que le odiaban. Kurtz era capaz de ejercer presión con la misma ferocidad que él sabía resistirla. Kurtz llamaba por teléfono, desde rarísimos lugares, a cualquier hora del día o de la noche, con la sola finalidad de hacer sentir su presencia en todo momento: «¿No habéis encontrado todavía a ese muchacho? ¿Por qué no encontráis al muchacho?» Pero Kurtz formulaba estas preguntas disimuladamente a fin de que Gavron, incluso en el caso de que se enterase de ellas, no comprendiera su significado, ya que Kurtz aplazaba su asalto a Gavron hasta que llegara el momento más favorable de efectuarlo. Kurtz renunció a las vacaciones, dejó de celebrar el sábado, y prefería gastar su propio y escaso dinero antes que presentar prematuramente sus cuentas de gastos a los pagadores oficiales. Arrancaba de sus académicas sinecuras a antiguos reservistas y les ordenaba que volvieran al servicio, sin cobrar, que ocuparan de nuevo sus viejos despachos para acelerar la búsqueda. Encontrad al muchacho. El muchacho nos indicará el camino. Un día, como sacado de la nada, Kurtz puso en circulación un nombre en clave para designar al «muchacho». Este nombre era Yanuka, palabra aramea con la que se hace amable referencia a un niño. «Dadme a Yanuka y os entregaré a esos buitres y a toda su organización, servidos en bandeja.»

«Pero no digáis ni media palabra a Gavron. Esperad.»

En su amada diáspora, cuando no en Jerusalén, el elenco de colaboradores de Kurtz era increíble. Sólo en Londres, Kurtz había conseguido, sin alterar ni un instante su sonrisa, la colaboración de venerables marchantes de arte, aspirantes a magnates del cine, insignificantes dueñas de casas de huéspedes del East End, vendedores de ropas, vendedores de automóviles de dudosa reputación, grandes empresas de la City… También fue diversas veces al teatro, en una ocasión en las afueras de la capital, pero siempre vio la misma función, y llevó consigo a un diplomático israelita con funciones culturales, aunque muy poco cultural fue el tema de que trataron. En Camden Town, comió dos veces en un humilde restaurante para transportistas atendido por un grupo de indios de Goa. En Frognal, un par de millas al noroeste, inspeccionó una apartada mansión victoriana llamada «The Acre», y la declaró ideal para satisfacer sus necesidades. Pero se trataba solamente de una posibilidad de llegar a un acuerdo, dijo a los excesivamente propicios propietarios. No llegaremos a un acuerdo si nuestros negocios no nos conducen aquí. Los propietarios aceptaron la condición. Lo aceptaron todo. Estaban orgullosos de que les hubieran hecho una propuesta, y estar al servicio de Israel representaba para ellos una delicia, incluso en el caso de que ello comportara irse a su casa de Marlow durante unos meses. ¿Acaso no tenían un apartamento en Jerusalén, que utilizaban para visitar a su familia y amigos en Pascua, después de pasar dos semanas de mar y de sol en Eilat? ¿Y acaso no estaban considerando con toda seriedad la posibilidad de ir a vivir a Israel con carácter definitivo, aun cuando para ello esperaban que sus hijos hubieran superado la edad del servicio militar y que la tasa de inflación se hubiera estabilizado? Pero, por otra parte, siempre les cabía la posibilidad de vivir en Hampstead. O en Marlow. Entretanto mandarían a Kurtz todo lo que les pidiera, harían todo lo que quisiera, sin esperar nada a cambio, y sin decir nada a nadie.

En las embajadas, los consulados y las legaciones que encontraba a su paso, Kurtz se mantenía al tanto de las intrigas y acontecimientos de su país, y de los progresos que hacía su gente en otras partes del globo. Durante los viajes en avión mantenía su familiaridad con todo género de literatura radical revolucionaria. El flaco y pálido sacasillas, cuyo verdadero nombre era Shimon Litvak, conservaba una selección de esta literatura en su barata cartera de hombre de negocios, y se la entregaba a su jefe en los momentos más inoportunos. En la tendencia dura tenía a Fanon, Guevara y Marighella. En la tendencia blanda tenía a Debray, Sartre y Marcuse. Tampoco faltaban las dulces almas que escribían principalmente sobre las crueldades de la educación en las sociedades de consumo, sobre los horrores de la religión, y el mortal encogimiento del espíritu entre los niños de las sociedades capitalistas. Cuando se encontraba en Jerusalén o en Tel Aviv, en donde tales debates no son desconocidos, Kurtz guardaba silencio, hablaba con sus colaboradores, esquivaba rivalidades, y examinaba exhaustivos perfiles de personalidad sacados de viejos archivos y, ahora, cauta pero meticulosamente puestos al día y ampliados. Un día, se enteró de que se alquilaba por un precio muy bajo una casa en la calle Disraeli, número once, y Kurtz, para guardar mejor sus secretos, ordenó a todos los que trabajaban en el caso que se trasladasen allá, disimuladamente.

El día siguiente, Misha Gavron y Kurtz se reunieron para tratar de otro caso, y Gavron observó escépticamente:

- Me han dicho que nos dejas.

Si., ya que Gavron algo sabía de la marcha de los asuntos, aunque no lo sabía con la debida exactitud. Sin embargo, Kurtz no cedió. No había llegado el momento todavía. Alegó la autonomía de los departamentos de operaciones, y, luego, se cerró de banda.

El número once de la calle Disraeli era una hermosa villa árabe, no muy grande pero fresca, con limoneros en el jardín delantero, y unos doscientos gatos, que las funcionarias sobrealimentaron de una manera absurda. Por esto la casa fue inevitablemente denomi nada The Cathouse (Cathouse: casa de gatos, casa de prostitución), y dio nueva cohesión al grupo, con lo que quedó asegurado, en méritos de la proximidad física de los escritorios, que no se produjeran lamentables lagunas entre los diversos campos especializados, y que tampoco ocurrieran filtraciones. También sirvió para elevar la categoría de la operación, lo cual era de suma importancia para Kurtz.

El día siguiente, llegó el golpe que Kurtz había estado esperando y que todavía no podía evitar. Fue terrible, aunque útil a sus fines. Un joven poeta israelita que visitaba la Universidad de Leyden, en Holanda, en donde iba a recibir una distinción, fue destrozado a la hora del desayuno, por una bomba en un paquete que fue entregado en el hotel en que se hospedaba, en la mañana del día en que cumplía veinticinco años. Kurtz estaba en su despacho cuando llegó la noticia, y la recibió igual que un veterano boxeador encaja un duro golpe: se tambaleó, se le cerraron los ojos durante un instante, y al cabo de pocas horas ya estaba en el despacho de Gavron, con un montón de carpetas bajo el brazo y dos versiones de su plan de operaciones en la otra mano, una de ellas para Gavron y la otra, mucho más vaga, para el comité de dirección de Gavron, integrado por nerviosos políticos y por generales ansiosos de guerras.

Lo que ocurrió entre los dos hombres no se supo, ya que tanto Kurtz como Gavron no eran hombres dados a hacer confidencias. Pero la mañana siguiente, Kurtz comenzó a actuar abiertamente, sin duda gozando de permiso para ello, con el fin de reclutar más efectivos. Para ello utilizó como intermediario al diligente Litvak, que era sabra y un funcionario del servicio desde los pies a la cabeza, capaz de moverse debidamente entre los altamente motivados jóvenes del equipo de Gavron, a los que Kurtz, personalmente, estimaba un tanto rígidos y de difícil manejo. El miembro más joven de esta familia rápidamente reunida era Oded, de veintitrés años de edad, procedente del mismo kibbutz de Litvak, y graduado, lo mismo que éste, en el prestigioso Sayeret. El mayor tenía setenta años de edad, era georgiano y se llamaba Bougaschwili, aun cuando, para abreviar, le llamaban Schwili. Schwili tenía una calva brillante y pulida y era cargado de hombros. Solía llevar pantalones de payaso, es decir muy largos en el escroto y de perneras cortas. Su raro aspecto quedaba coronado por un negro sombrero de alas vueltas que solía lucir tanto al aire libre como en lugares cerrados. Schwili había comenzado su carrera en los oficios de contrabandista y timador, profesiones en modo alguno raras en su región natal, pero hacia la mitad del camino de la vida se especializó en falsificaciones de toda índole. Llevó a cabo su mayor hazaña en la Lubianka, en donde falsificó documentos para sus compañeros de reclusión utilizando al efecto números atrasados de Pravda, cuyo papel maceró, fabricando de esta manera su propio papel virgen. Después de ser por fin liberado, Schwili había aplicado su talento al mundo de las bellas artes, tanto en concepto de falsificador como en concepto de perito, contratado por las más destacadas galerías. Aseguraba que varias veces había tenido el placer de certificar la autenticidad de cuadros por el falsificados. Kurtz amaba a Schwili, y siempre que tenía diez minutos libres, salía en su compañía y le llevaba a una heladería que se encontraba al pie de la colina, en donde le invitaba a un helado doble de caramelo, que era el helado que más gustaba a Schwili.

Kurtz también suministró a Schwili los dos ayudantes más insólitos que quepa imaginar. El primero de ellos -descubrimiento de Litvak- era un graduado de la Universidad de Londres, llamado Leon, israelita que, por razones ajenas a su voluntad, tuvo una infancia inglesa, debido a que su padre era un dirigente de kibbutz que fue enviado a Europa, como representante de una cooperativa de marketing. En Londres, Leon cogió aficiones literarias, dirigió un semanario y publicó una novela que pasó totalmente inadvertida. Los tres años de servicio militar obligatorio en Israel le dejaron en estado de tremenda depresión. Cuando fue licenciado, Leon aterrizó en Tel Aviv, en donde comenzó a trabajar en uno de esos semanarios intelectuales que nacen y mueren como las moscas. Leon terminó escribiendo él solito el semanario entero. De todas maneras, entre los jóvenes de Tel Aviv, claustrofóbicos y obsesionados con la paz, Leon experimentó un profundo despertar de su identidad en cuanto a judío y, juntamente con ello, el ardiente deseo de desembarazar a Israel de sus enemigos pasados y futuros.

Kurtz le dijo: «A partir de ahora, escribirás para mí. No tendrás muchos lectores, pero, por lo menos, tu trabajo será apreciado.»

Después de Leon, el segundo ayudante de Schwili era cierta señorita Bach, mujer de negocios, con suaves modales, procedente de Indiana. Impresionado por su inteligencia, así como por su poco judío aspecto, Kurtz la reclutó, la preparó enseñándole diversas especialidades, y luego la mandó a Damasco, en calidad de instructora de programas de ordenadores. Después y durante varios años, la serena señorita Bach informó a sus jefes israelitas, acerca del alcance y la disposición de los sistemas de radar de Siria. Llamada por fin a Israel, la señorita Bach había hablado con ilusión de la posibilidad de llevar una vida errante de los colonos de la orilla occidental, cuando la llamada de Kurtz le evitó tal incomodidad.

Al incongruente trío formado por Schwili, Leon y la señorita Bach, Kurtz lo llamaba su Comité Literario, y dio a los tres categoría especial dentro de su ejército privado, en tan rápido aumento.

En Munich, las tareas de Kurtz eran de naturaleza administrativa, aunque las llevaba a cabo con suma delicadeza, gracias a haber conseguido adaptar su carácter impositivo a las más modestas pautas de comportamiento. Seis miembros de su recién formado equipo habían sido destinados a dicha ciudad, y estos miembros ocupaban dos lugares separados, en dos zonas distintas de la ciudad. El primer equipo estaba formado por dos hombres dedicados a misiones en el exterior. El equipo hubiera debido estar formado por cinco hombres, pero Misha Gavron seguía plenamente decidido a que Kurtz siguiera con las riendas cortas. Estos hombres no recogieron a Kurtz en el aeropuerto, sino en un oscuro café de Schwabing, y, sirviéndose de una desvencijada camioneta, en la que le ocultaron -la camioneta representaba también una economía-, lo trasladaron a la ciudad olímpica, concretamente a uno de los tenebrosos aparcamientos subterráneos, lugar frecuentado por atracadores y por gente de ambos sexos dedicada a la prostitución. La ciudad olímpica no es una ciudad, desde luego, sino una aislada ciudadela en desintegración, de cemento gris, que es lo que en Baviera más se parece a un asentamiento israelita. Desde uno de los amplísimos aparcamientos subterráneos le llevaron, subiendo una sucia escalera con pintadas en todos los idiomas, y cruzando después pequeños jardines de azotea, a un dúplex que habían alquilado, parcialmente amueblado, por una breve temporada. En el exterior, los dos hombres hablaron en inglés y dieron a Kurtz el tratamiento de «sir», pero dentro del dúplex llamaron Marty a su jefe, y le hablaron respetuosamente en hebreo.

El dúplex se encontraba en lo alto de un edificio que hacía esquina, y estaba repleto de focos de fotógrafo y formidables cámaras fotográficas sobre trípodes, sin que faltaran pantallas de proyección y mesas de trabajo fotográfico. En el fondo del apartamento, en la parte sur, había un dormitorio de cuatro metros por tres y medio, con una claraboya en el techo, que tal como explicaron cuidadosamente a Kurtz, habían cubierto primero con una manta, luego con un cartón, y después con un material impermeable sujeto con cinta adhesiva. Las paredes, el suelo y el techo estaban también acolchados de parecida manera, de modo que el lugar parecía, en parte, un moderno confesionario, y, en parte, la celda de un loco. Precavidamente, habían reforzado la puerta con pintadas planchas de acero, en las que habían practicado un orificio, cubierto con vidrio irrompible, a la altura de la cabeza, sobre el cual, y en la parte exterior, habían colocado un letrero de cartón que decía, «Laboratorio, no entren», y, debajo, «Dunkelkammer Kein Eintritt!». Kurtz ordenó a uno de los hombres que entrara en aquella habitación, que cerrara la puerta y que gritara con todas sus fuerzas. Kurtz solamente oyó un sonido ronco y rasposo, lo que mereció su satisfecha aprobación.

El resto del apartamento era aireado, pero, al igual que la Ciudad Olímpica, terriblemente tronado. Las ventanas del norte ofrecían un triste panorama de la carretera que llevaba a Dachau, en donde tantos judíos murieron en su campo de concentración, paradoja que todos los presentes advirtieron, y tanto más por cuanto la policía bávara, con una falta de sensibilidad aterradora, había alojado a su unidad móvil en el antiguo cuartel que allí había. Los dos hombres podían indicar a Kurtz el mismísimo lugar, más cercano, en el que, en la más reciente historia, los comandos palestinos habían penetrado en el alojamiento de los atletas israelitas, matando de inmediato a algunos y llevándose al resto al aeropuerto militar, en donde también los mataron. En el piso contiguo, dijeron a Kurtz, había una comuna estudiantil, en el piso inferior nadie vivía, por el momento, debido a que la última inquilina se había suicidado. Después de haber paseado lentamente por todo el piso, y de haber estudiado todas las entradas y salidas posibles, Kurtz decidió que también debía alquilar el piso inferior, y el mismo día llamó por teléfono a un abogado de Nuremberg encargándole formalizara el contrato. Los muchachos de Kurtz habían adquirido aspecto de seres flojos e ineficaces, y uno de ellos, el joven Oded, se había dejado la barba. Sus pasaportes decían que eran de nacionalidad argentina y fotógrafos de profesión, aunque nadie sabía qué clase de fotógrafos, lo cual, a su vez, a nadie importaba. Dijeron a Kurtz que, a veces, con la finalidad de causar impresión de natural irregularidad, anunciaban a los vecinos que se disponían a celebrar una fiesta que duraría hasta muy avanzada la noche, fiesta que sólo se advertía con méritos de la música y de las botellas vacías en el cubo de la basura. Pero en realidad nadie había entrado en el piso, salvo el enlace del otro equipo. No, ni invita-dos, ni visitantes, ni nadie. En cuanto a mujeres, nada. Con el panorama que se divisaba desde las ventanas, se habían quitado a las mujeres de la cabeza hasta que regresaran a Jerusalén.

Después de haber dado parte de lo anterior y de mucho más a Kurtz, y de comentar asuntos tales como la necesidad de transporte extra, los gastos de las operaciones, y después de estudiar si sería conveniente o no poner argollas de hierro en las acolchadas paredes del laboratorio -Kurtz era partidario de hacerlo-, llevaron a Kurtz, a petición de éste, a dar un paseo y a lo que Kurtz llamaba tomar un poco el agradable fresco. Anduvieron por entre las sórdidas calles en que vivían los estudiantes, se detuvieron en una escuela de cerámica, en una escuela de carpintería, y en un lugar que se enorgullecía de ser la primera escuela de natación del mundo para niños de muy corta edad. Leyeron también las pintadas anarquistas en las coloridas puertas de las casitas. Así estuvieron hasta que inevitablemente, en méritos de la ley de gravedad, se encontraron ante la malhadada casa en que, casi exactamente diez años antes, se produjo aquel ataque contra los muchachos israelitas que estremeció al mundo. Una Lápida de piedra, grabada en hebreo y en alemán, recordaba a los once muertos. Once u once mil, igual daba, por cuanto sus comunes sentimientos de indignación serían iguales en uno u otro caso.

Mientras regresaban discretamente a la camioneta, Kurtz dijo, sin necesidad alguna, refiriéndose a los jóvenes muertos: -Recordadlo.

Desde la ciudad olímpica llevaron a Kurtz al centro de la ciudad, en donde Kurtz se perdió adrede durante un rato, caminando al azar, según le dictara su capricho, hasta que los muchachos, que le guardaban las espaldas, le indicaron que podía acudir sin riesgo a la próxima cita. El contraste entre el anterior lugar y el nuevo no podía ser mayor. El destino de Kurtz era el último piso de una casa de altos aleros, de color de jengibre, en el corazón de la parte elegante de Munich. La calle era estrecha, con adoquines y muy cara. En ella había un restaurante suizo, un modista elegante que parecía no vender nada y, a pesar de ello, ser próspero. Kurtz llegó al piso después de subir una oscura escalera, y la puerta se abrió tan pronto Kurtz llegó al rellano, debido a que le habían estado viendo llegar a lo largo de la calle, mediante un circuito cerrado de televisión. Kurtz entró sin decir palabra. Los hombres que allí había eran mayores que los otros dos que le habían recibido. Antes eran padres que hijos. Tenían la palidez propia del presidiario que lleva largo tiempo cumpliendo condena, y se movían con aire resignado, principalmente en sus idas y venidas, sin zapatos, en calcetines, evitaban chocar entre sí. Eran vigilantes estáticos profesionales, seres que, incluso en Jerusalén, forman una especie de sociedad secreta. Cortinas de encaje cubrían las ventanas. El ocaso reinaba en la calle, y reinaba también en el interior del piso en el que imperaba un aire de triste negligencia. Entre los muebles Biedermeyer falsificados, había una porción de instrumentos electrónicos y ópticos, sin que faltaran antenas interiores de diverso tipo. Pero, a la media luz, estos instrumentos de espectral aspecto sólo contribuían a incrementar el aspecto tétrico del lugar.

Kurtz abrazó gravemente a cada uno de los hombres. Después, mientras tomaban té con galletas y queso, el mayor de los hombres, llamado Lenny, explicó detalladamente el estilo de vida de Yanuka, haciendo caso omiso del hecho consistente en que Kurtz llevaba ya varias semanas estando al tanto del menor detalle, a medida que se producía. Le hablaron de las llamadas telefónicas que Yanuka efectuaba, de las llamadas que recibía, de sus últimos visitantes, de sus últimas mujeres. Lenny era hombre de buen corazón y amable, pero un tanto retraído con respecto a las personas a las que no observaba. Tenía las orejas grandes y la cara fea, con facciones excesivamente grandes, y quizá a esto se debía el que mantuviera la cara alejada de la dura mirada de sus semejantes. Llevaba un grueso jersey gris, de punto en cadena. En otras circunstancias, Kurtz se hubiera cansado fácilmente de escuchar detalles, pero respetaba a Lenny y escuchó con la mayor atención cuanto le dijo, moviendo afirmativamente la cabeza, felicitándole, manifestando cuanto era de esperar manifestara.

Lenny explicaba apasionadamente:

- Es un hombre joven absolutamente normal, ese Yanuka. Los comerciantes le admiran. Sus amigos le admiran. Es una persona popular y simpática, Marty. Estudia, le gusta divertirse, habla mucho, es una persona seria con aficiones sanas.

Fijándose en la expresión de los ojos de Kurtz, Lenny dijo, poniéndose un poco tonto:

- De vez en cuando, resulta difícil creer que este hombre tenga esa otra faceta. Te lo aseguro, Marty.

Kurtz aseguró a Lenny que le comprendía perfectamente. Se hallaba todavía en ello cuando se encendió una luz en la ventana del piso que se encontraba en el otro lado de la calle. El amarillo resplandor rectangular, que ninguna otra luz tenía alrededor, parecía la señal de un amante. Sin decir palabra, uno de los hombres de Lenny se acercó de puntillas a un par de prismáticos que había sobre una repisa, en tanto que otro se ponía en cuclillas junto a un receptor de radio, y se llevaba un auricular al oído.

Lenny preguntó esperanzado:

- ¿Quieres echar una ojeada, Marty? Por la forma en que Joshua sonríe me parece que hoy tiene una muy clara recepción de Yanuka. Pero Yanuka correrá la cortina. ¿Qué ves, Joshua? ¿Se ha puesto Yanuka elegante para salir esta noche? ¿Con quién habla por teléfono? Seguro que será una chica.

Apartando suavemente a Joshua, Kurtz se llevó a su gran cabeza los prismáticos. Y estuvo largo tiempo así, agazapado como un viejo halcón, casi sin respirar, mientras estudiaba a Yanuka, el mamoncete.

Lenny preguntó:

- ¿Ves los libros, ahí, al fondo? Este chico lee tanto como mi padre.

Con una sonrisa de férrea dureza, mientras se erguía lentamente, Kurtz dio la razón, por fin, a Lenny:

- Guapo chico. No cabe duda de que es un buen mozo.

Kurtz cogió su gabardina gris que había dejado en una silla, seleccionó una manga y metió en ella cuidadosamente el brazo. Dijo a Lenny:

- Pero procura que no se case con tu hija.

Lenny pareció más atontado todavía que antes, pero Kurtz le consoló al instante:

- Tenemos motivos para estarte muy agradecidos, Lenny. Y realmente lo estamos.

Luego, como si se tratase de un detalle que se le había olvidado, añadió:

- Sigue tomando fotografías de él, y desde todos los ángulos. No escatimes rollos, que no son caros.

Después de estrechar la mano a cada uno de los hombres, Kurtz se encasquetó una vieja boina azul, y protegido de esta manera del bullicio de la hora punta, se dirigió, con paso vigoroso, a la calle.

Cuando recogieron a Kurtz con la camioneta, había ya comenzado a llover, y mientras los tres iban de lugar lúgubre en lugar lúgubre, matando el tiempo antes de que llegara el momento de la partida del avión de Kurtz, el clima parecía afectar por igual a los tres, con su sombrío humor. Oded conducía, y en su rostro joven y barbado se veía, al paso de las luces, una sorda ira.

A pesar de que forzosamente tenía que saber la respuesta, Kurtz preguntó:

- ¿Qué tiene ahora?

Oded contestó:

- Lo último que lleva es un BMW de rico. Con dirección especial, alimentación inyectada, y con cinco mil kilómetros solamente. Los automóviles son su debilidad.

El otro muchacho, sentado detrás, añadió:

- Los automóviles, las mujeres y la vida fácil. Por tanto me pregunto cuáles serán sus puntos fuertes.

Dirigiéndose de nuevo a Oded, Kurtz preguntó:

- ¿Alquilado otra vez?

- Alquilado.

Kurtz aconsejó a los dos:

- No perdáis de vista ese automóvil. En el momento en que devuelva el automóvil a la empresa a la que lo ha alquilado, y en que no alquile otro, éste es el momento que debemos saber al instante.

Los dos habían oído estas palabras hasta quedarse sordos. Las habían oído incluso antes de salir de Jerusalén. De todas maneras, Kurtz las repitió:

- El momento más importante es aquel en que Yanuka devuelva el automóvil.

De repente, Oded estalló. Quizá, en méritos de su juventud y de su temperamento, era más propenso a la tensión de lo que habían supuesto aquellos que le seleccionaron. Quizá, por ser tan joven, no le hubieran debido asignar una misión que exigía esperar tanto. Acercó la camioneta al bordillo de la acera, frenó bruscamente, tan bruscamente que todos dieron un salto, y preguntó:

- ¿Por qué le permitimos que haga lo que le dé la gana? ¿Por qué nos andamos con jueguecitos con él? ¿Y si regresa a su país y no vuelve a las andadas? Entonces, ¿qué?

- Entonces, le perderíamos de vista.

- ¡Matémosle ahora! Esta noche. Si me da la orden, es cosa hecha.

Kurtz le dejó que siguiera rabiando. Oded dijo:

- Tenemos el piso frontero al suyo, ¿sí o no? Le lanzamos un cohete. Es cosa que ya hemos hecho en otras ocasiones. ¿Por qué no?

Kurtz siguió en silencio. Para Oded aquello era lo mismo que atacar a una esfinge. Oded repitió, en voz ciertamente muy alta: -¿Por qué no lo hacemos?

Kurtz, sin perder la paciencia, le dio la debida explicación:

- Porque esto a nada conduciría. Esta es la razón, Oded. ¿Es que jamás has oído lo que Misha Gavron solía decir? Es una frase que a mí, personalmente, todavía me gusta repetir. Si quieres cazar un león, primero tienes que atar a una cabra. Me pregunto qué clase de estúpidas ideas te han metido en la cabeza, en lo tocante a luchar. ¿Realmente pretendes decirme que quieres cargarte a Yanuka, cuando por diez dólares más puedes atrapar al mejor activista que esa gente ha tenido en muchos años?

- ¡El es quien hizo lo de Bad Godesberg! ¡Lo de Viena, y quizá también lo de Leyden! ¡Están matando judíos, Marty! ¿Es que esto ha dejado de importar a Jerusalén, en los presentes días? ¿A cuántos permitiremos que maten, mientras nosotros seguimos con nuestros juegos?

Cogiendo cuidadosamente el cuello de la cazadora de Oded, Kurtz, con sus manazas, sacudió dos veces el cuerpo de Oded, y la segunda vez, por error, la cabeza del muchacho se golpeó dolorosamente contra la ventanilla del vehículo. Kurtz no pidió disculpas y Oded no se quejó.

Esta vez con tono amenazador, Kurtz dijo:

- Ellos, Oded. No él. Ellos. Ellos hicieron lo de Bad Godesberg. Ellos hicieron lo de Leyden. Y son ellos a quienes intentamos atrapar. Y no a seis inocentes alemanes y a un muchachito tonto.

Sonrojándose, Oded dijo:

- Bueno, de acuerdo. No me dé más la lata.

- No, de acuerdo no, Oded. Yanuka tiene amigos, Oded. Parientes. Personas a las que no conocemos. ¿Quieres dirigir esta operación, en vez de que la dirija yo?

- He dicho que de acuerdo.

Kurtz le soltó. Oded volvió a poner en marcha el motor. Kurtz propuso que siguieran recordando el interesante modo de vida de Yanuka. En consecuencia, descendieron traqueteando por una calleja empedrada en la que se encontraba el club nocturno favorito de Yanuka, la tienda en que compraba sus camisas y sus corbatas, y el lugar en que le arreglaban el cabello, y las librerías de izquierdas en donde le gustaba mirar y comprar libros. Y en todo momento, Kurtz, con excelente humor, sonrió y efectuó movimientos afirmativos de la cabeza ante todo lo que vio, como si estuviera contemplando una vieja cinta cinematográfica que jamás se cansara de volver a ver, hasta que, al llegar a una plaza, no muy lejos de la terminal de la compañía de aviación, se dispusieron a separarse. En pie en la acera, Kurtz dio una palmada en el hombro a Oded, sin disimular su afecto, y, luego, le pasó la mano por el pelo. Dijo:

- Escuchadme los dos. No quiero que trabajéis tanto. Comed bien en el sitio que más os guste y cargadme la cuenta, personalmente.

Habló en el tono propio de un comandante que experimenta un sentimiento de amor hacia sus tropas antes de entrar en batalla. Y tal comandante era Kurtz, hasta que Misha Gavron lo permitiera.

El vuelo nocturno de Munich a Berlín, para los pocos que lo hacen, es uno de los grandes viajes nostálgicos que pueden hacerse en Europa. El Oriente Express, el Flecha de Oro y el Train Bleu pueden estar muertos, moribundos, o artificialmente resucitados, pero para aquellos que los recuerdan, sesenta minutos de vuelo nocturno a través del pasillo de la Alemania Oriental, en un traqueteante avión de la Pan American, vacío en sus tres cuartas partes, es como un safari de los viejos aficionados que vuelven a practicar su vicio. La Lufthansa tiene prohibido este vuelo. El vuelo pertenece solamente a los victoriosos, a los ocupantes de la antigua capital de Alemania, pertenece a los historiadores y a los buscadores de islas, y pertenece a un norteamericano entrado en años, con todas las cicatrices de la guerra, impregnado de la dócil tranquilidad del profesional, que hace el viaje casi a diario, que tiene su butaca preferida, y que sabe el nombre de pila de la azafata, nombre que pronuncia con el aterrador acento alemán de la ocupación. Uno piensa que este hombre, en menos que canta un gallo es capaz de regalar a la azafata un paquete de Lucky Strike y concertar con ella una cita en la parte trasera del economato militar. El fuselaje del avión gime y se estremece, las luces parpadean, y uno no puede creer que el avión no sea de hélices. Uno mira el oscuro paisaje enemigo -¿para bombardearlo? ¿Para saltar en paracaídas?-, uno recibe sus recuerdos y se confunde de guerras. Pero allá, abajo, de una forma inquietante, el mundo, por lo menos, sigue siendo lo que era.

Kurtz no era una excepción.

Sentado junto a la ventanilla contemplaba la noche a través del reflejo de su propia cara. Siempre que hacía este viaje, Kurtz se convertía en espectador de su propia vida. En algún lugar de aquella negrura se encontraba la línea férrea por la que había avanzado el tren de carga en su lento viaje hacia el Este. En algún lugar se encontraba el apartadero en el que el tren esperó durante cinco noches y seis días, en pleno invierno, para dar paso a los trenes de transportes militares que importaban mucho más, mientras Kurtz y su madre, y los restantes ciento dieciocho judíos iban atestados en un solo vagón, y comían nieve y pasaban frío, y la mayoría de ellos morían de frío. Para que Kurtz conservara los ánimos, su madre no hacía más que decirle: «El próximo campo será mejor.» En algún lugar de aquella negrura, la madre de Kurtz había muerto silenciosamente. En algún lugar de aquellos campos, el muchacho sudete que en otros tiempos fue Kurtz había pasado terribles hambres, había robado y había matado, esperando sin ilusión que otro mundo hostil le encontrara. Vio el campo de recepción aliado, vio los uniformes desconocidos, vio rostros de niños tan viejos y tan demacrados como el suyo propio. Una chaqueta nueva, botas nuevas, alambre de espino nuevo, y una nueva huida, aunque en esta ocasión huyó de quienes le habían rescatado. Se vio a sí mismo de nuevo en el campo, avanzando hacia el sur, de una granja a un pueblo, y así sucesivamente, durante semanas, siempre atraído por la línea de la huida, hasta que poco a poco las noches se tornaron cálidas y olieron a flores, y oyó por primera vez en su vida el rumor de las hojas de palmeras agitadas por el viento del mar. Las palmeras le susurraban: «Escúchanos, muchacho helado: así hablamos en Israel. Así de azul es el mar, igual que aquí.» Vio el viejo vapor medio podrido, escorado junto al muelle, que era el más noble y grande navío que en su vida había visto, cuyas cubiertas estaban negras gracias a las cabezas judías que las atestaban, por lo que Kurtz robó una gorra negra y la llevó puesta hasta que salieron de Trieste. Pero le necesitaban, con cabello rubio o sin cabello. En cubierta, divididos en pequeños grupos, los jefes daban lecciones sobre la manera de disparar viejos fusiles Lee Enfield, robados. Haifa se encontraba aún a dos días de viaje, y la guerra de Kurtz acababa de comenzar.

El avión trazaba un círculo, en preparación del aterrizaje. Observó cómo iban descendiendo, y cómo cruzaban el muro de Berlín. Kurtz sólo llevaba el equipaje de mano, pero las medidas de seguridad eran rígidas, por culpa de los terroristas, por lo que las formalidades consumieron mucho tiempo.

Shimon Litvak esperaba en el aparcamiento, a bordo de un Ford barato. Había llegado en avión, procedente de Holanda, después de pasar dos días contemplando las ruinas de Leyden. Lo mismo que Kurtz, Litvak estimaba que no tenía derecho a dormir.

Tan pronto Kurtz hubo subido al automóvil, Litvak le dijo:

- El libro-bomba fue entregado por una muchacha. Una morenita muy bien parecida. Con tejanos. El empleado del hotel pensó que la chica era estudiante, y estaba convencido de que había llegado y se había ido en bicicleta. Es dudoso, pero en parte creo en las palabras del empleado del hotel. Hay quien dice que la chica fue transportada hasta allá en una motocicleta. El paquete iba liado con una cinta de adorno, y llevaba una tarjeta que decía: «Feliz cumpleaños, Mordecai.» Un plan, un transporte, una bomba y una muchacha. ¿Hay alguna novedad?

- ¿Y el explosivo?

- Plástico ruso, quedaron restos del envoltorio, nada que sea una pista.

- ¿Alguna marca de fábrica o pista de identidad? -Un ovillo de hilo conductor sobrante.

Kurtz dirigió una penetrante mirada a Litvak. Y éste confesó: -No había tal ovillo. Restos carbonizados, sí. Pero no cabía identificar el hilo conductor. Kurtz preguntó: -¿Ni gancho de percha?

- En esta ocasión, el que fabricó la bomba prefirió utilizar una ratonera de resorte. Una dulce ratonera de cocina.

Litvak puso en marcha el motor. Kurtz dijo: -Anteriormente también utilizó ratoneras de resorte.

Litvak, que odiaba la ineficacia casi tanto como al enemigo que incurriera en ella, dijo: -Utilizó ratoneras, ganchos de perchas, viejas mantas de beduino, explosivos de origen desconocido, baratos relojes con una sola saeta y chicas baratas. Y es el peor constructor de bombas que haya habido jamás, incluso entre los árabes.

Luego preguntó:

- ¿Cuánto tiempo le ha dado?

Kurtz fingió no comprender la pregunta:

- ¿Me ha dado? ¿Quién?

- Gavron. ¿Qué plazo tiene? ¿Un mes? ¿Dos meses? ¿Cuál es el trato? Pero Kurtz no siempre se mostraba propicio a ser claro y preciso en sus respuestas: -El trato es que son muchas las personas, en Jerusalén, que prefieren atacar los molinos de viento del Líbano, a luchar contra el enemigo, empleando la sesera.

- ¿Es que Gavron no puede disuadirlos? ¿Es que usted tampoco puede? Kurtz se sumió en un insólito silencio, del que Litvak no sintió la menor gana de sacarle. En el centro del Berlín Occidental no hay oscuridades ni sombras, y en sus aledaños no hay luz. Iban camino de la luz. Una vez más se olvidaron de Gavron, en beneficio de la misión en que estaban ocupados.

Dirigiendo una mirada de soslayo a su jefe, Litvak observó de repente:

- Ha tenido usted un gesto de gran amabilidad para con Peter. Venir a su ciudad, y efectuar el correspondiente viaje para ello, es casi un homenaje.

En tono de ecuanimidad, Kurtz contestó:

- Esta no es su ciudad. Está aquí como un huésped. Consiguió una beca, tiene que aprender su oficio, tiene que organizarse una segunda vida. Estas son las razones por las que Peter se encuentra en Berlín.

- ¿Y es capaz de soportar el vivir en semejante montón de basura? ¿Incluso para hacer una nueva carrera? Después de haber vivido en Jerusalén, ¿puede vivir aquí?

Kurtz no contestó directamente la pregunta, y Litvak tampoco lo esperaba. Kurtz dijo: -Peter prestó sus servicios, Shimon. No hay hombre alguno que los haya prestado mejores, de acuerdo con su capacidad. Luchó duramente en lugares muy difíciles, principalmente detrás de las líneas enemigas. ¿Por qué no ha de comenzar de nuevo? Tiene derecho a vivir en paz.

Pero Litvak no estaba acostumbrado a dejar sus batallas inconclusas: -En este caso, ¿a santo de qué molestarle? ¿Por qué resucitar lo que ya está muerto? Si está comenzando de nuevo, dejémosle en paz.

- Porque se encuentra en un terreno intermedio, Shimon.

Litvak dirigió una penetrante mirada a Kurtz, para ver en su cara una explicación de estas palabras, pero la cara de Kurtz estaba en la oscuridad. Kurtz dijo:

- Debido a que tiene esa desgana que puede transformarse en un puente. Debido a que medita. ¿No te basta con esto?

Rebasaron la iglesia conmemorativa, y avanzaron por entre los helados fuegos de la Kurfürstendamm, luego volvieron a sumergirse en el amenazador silencio de los oscuros aledaños de la ciudad.

En tono de benévola sonrisa en la voz, Kurtz preguntó:

- ¿Y qué nombre utiliza en la actualidad? Dime qué nombre se atribuye.

Secamente, Litvak repuso:

- Becker.

Kurtz expresó jovial desencanto:

- ¿Becker? ¿Y qué diablos significa este nombre? ¿Peter Becker, siendo un sabra?

Sin ironía, Litvak repuso:

- Es la versión alemana de la versión hebrea de la versión alemana de su apellido. A petición de sus jefes, ha retrocedido a su punto de partida. Ya no es un israelita, es un judío.

Sin dejar de sonreír, Kurtz preguntó:

- ¿Vive con alguna señora? ¿Cómo anda de mujeres en la actualidad?

- Una noche aquí, una noche allá. Nada fijo.

Kurtz rebulló en el asiento para hallar mejor acomodo, y dijo:

- En este caso quizá necesite un trabajo comprometido. Y luego podrá volver al lado de su simpática esposa Frankie, en Jerusalén.

Después de penetrar en una calleja, se detuvieron a corta distancia de una casa de tres plantas, con fachada de piedra moteada. El portal con columnas había sobrevivido a la guerra. A un lado de la casa, a la altura de la calle, en una tienda de telas, iluminada con neones, se exhibían unos deslucidos vestidos femeninos. Un cartel decía: «Sólo al por mayor.»

Litvak dijo:

- Oprima el timbre de arriba. Dos timbrazos, una pausa y un tercer timbrazo y, entonces, saldrá. Le han alojado encima de la tienda.

Kurtz se dirigió hacia la casa, mientras Litvak le decía: -Buena suerte. Realmente le deseo buena suerte.

Litvak miró a Kurtz mientras éste cruzaba la calle. Le vio alejarse con paso decidido, demasiado de prisa. Luego vio que se detenía bruscamente ante el sórdido portal. Vio cómo su recio brazo se alzaba hasta que la mano alcanzó el timbre. Instantes después, la puerta se abría, como si alguien hubiera estado esperando detrás de ella. Y Litvak sospechó que realmente así había sido. Vio que Kurtz separaba los pies e inclinaba los hombros para abrazar a un hombre más bajo que él. Vio que los brazos del otro hombre abrazaban a Kurtz en un rápido y enérgico abrazo militar. La puerta se cerró, quedando Kurtz dentro.

Mientras conducía lentamente al través de la ciudad, Litvak dirigió furiosas miradas a cuanto veía, dando así salida a su sentimiento de celos. Para él, Berlín era un lugar odioso, un enemigo heredado para siempre. Berlín, palestra del terror ahora y siempre. Litvak se dirigía a una pensión que causaba la impresión de que nadie durmiera en ella, ni siquiera él. A las siete menos cinco, estaba de regreso en la calleja en que había dejado a Kurtz. Tocó el timbre, esperó un instante y oyó pasos bajando la escalera, pasos de un solo hombre. Se abrió la puerta y Kurtz salió con alivio al aire matutino. Luego, se desperezó como un viejo perro. Iba sin afeitar y se había quitado la corbata.

Tan pronto se encontraron en el interior del automóvil, Litvak le preguntó:

- ¿Bien?

- ¿Bien, qué?

- ¿Qué ha dicho? ¿Lo hará o prefiere vivir tranquilamente en Berlín, y aprender a fabricar ropas para un atajo de campesinos polacos?

Kurtz pareció genuinamente sorprendido. Se encontraba en mitad de aquel movimiento que tanto había fascinado a Alexis, el movimiento mediante el que ponía su reloj de pulsera al alcance de su vista, mientras echaba hacia atrás la manga con la mano derecha. Pero, al oír la pregunta de Litvak interrumpió el movimiento y dijo:

- Es un oficial de Israel, Shimon.

Luego sonrió tan cálidamente que Litvak, pillado de sorpresa, le devolvió la sonrisa. Kurtz

dijo:

- Reconozco que primero dijo que prefería seguir estudiando su nueva profesión en sus muchos y diferentes aspectos. Habló de su excelente actuación en Suez, el año sesenta y tres. Luego dijo que el plan no podía tener éxito, por lo que discutimos detalladamente los inconvenientes de vivir encubiertos en Trípoli y de mantener una red de agentes libios extremadamente mercenarios, cosa que él hizo durante tres años, si mal no recuerdo. Luego dijo, «Busca a un hombre más joven», palabras que ninguno de los dos tomamos en serio, y recordamos sus muchas incursiones nocturnas en el Jordán, así como las limitaciones de la acción militar contra objetivos guerrilleros, punto en el que estuvimos plenamente de acuerdo. Después de esto, hablamos de estrategia. ¿Y qué más…?

- ¿Y el parecido es suficiente? ¿Su altura, su cara?

Las facciones de Kurtz se endurecieron, resaltando sus viejas arrugas, y contestó:

- Si, el parecido es suficiente. Lo estudiamos. Y, ahora no me hables más de este hombre, ya que, de lo contrario, me inducirías a quererle demasiado.

Kurtz abandonó su grave talante y se echó a reír hasta el punto de que lágrimas de alivio y de cansancio resbalaron por sus mejillas. Litvak también rió, y gracias a la risa su envidia se esfumó. Estos bruscos y alocados cambios de humor estaban profundamente arraigados en la manera de ser de Litvak, en la que actuaban muchos factores contradictorios. ¿Cómo se veía a sí mismo? Un día se veía como un huérfano de un kibbutz, de veinticuatro años de edad, y sin un solo pariente vivo, el día siguiente se veía como un hijo adoptivo de una fundación ortodoxa norteamericana y de las fuerzas especiales, y otro día se veía como un policía al servicio de Dios, entregado a la limpieza del mundo.

Tocaba el piano maravillosamente.

En lo referente al secuestro poco cabía decir. Con un equipo experto, estos asuntos se llevan a cabo muy de prisa y casi rutinariamente en los actuales tiempos, o no se pueden llevar a cabo. Únicamente la posible magnitud de la presa le dio emoción. No hubo estruendo de tiros ni brutalidades, sino tan sólo el acto de apoderarse de un Mercedes color rojo vino y de su ocupante, el conductor, en Grecia, a unos treinta kilómetros de la frontera grecoturca. Litvak estuvo al mando del equipo y, como de costumbre, cuando se hallaba en el campo de operaciones, lo hizo de manera excelente, tan tranquilo y con la mente tan clara como un buen navegante en plena tormenta. Kurtz, que se hallaba de nuevo en Londres para resolver una súbita crisis que se había producido en el Comité Literario de Schwili, pasó las horas decisivas sentado junto a un teléfono en la embajada de Israel. Los dos chicos de Munich, después de haber comunicado la devolución del automóvil alquilado, sin que éste fuera sustituido por otro, siguieron a Yanuka hasta el aeropuerto y, naturalmente, tres días después se volvieron a tener noticias de Yanuka en Beirut, cuando un equipo de vigilancia auditiva que operaba desde un sótano del barrio palestino, captó la alegre voz de Yanuka saludando a su hermana Fatmeh, que trabajaba en una de las oficinas revolucionarias. Dijo que había llegado para pasar un par de semanas y saludar a sus amigos. ¿Tenía su hermana un rato libre? Los del equipo auditivo dijeron que el tono de Yanuka era verdaderamente alegre, excitado, franco, apasionado. Sin embargo, Fatmeh reaccionó con frialdad. O bien Fatmeh no aprobaba de todo corazón la actitud de Yanuka, o bien sabía que tenía el teléfono intervenido. Quizás ambas cosas. El caso es que hermano y hermana no se reunieron.

Volvió a ser detectado, cuando llegó por vía aérea a Estambul, en donde se alojó en el Hilton, utilizando un pasaporte diplomático chipriota. Durante dos días, Yanuka se entregó a los placeres religiosos y seculares que la ciudad ofrecía. Quienes le siguieron dijeron que causaba la impresión de tomarse una última ración de Islam antes de regresar a los cristianos pagos de Europa. Visitó la mezquita de Solimán el Magnífico, en donde fue visto entregado a la oración no menos de tres veces, y luego se le vio haciéndose lustrar sus zapatos Gucci, en el verde paseo que corre junto al Muro del Sur. También bebió varios vasos de té en compañía de dos apacibles individuos que fueron fotografiados, aunque no identificados. Fue una pista falsa, y en manera alguna se trató del contacto que se esperaba. Yanuka se rió mucho al ver a unos cuantos viejos que con un rifle de aire comprimido disparaban dardos emplumados contra una caja de cartón. Quiso participar en el juego, pero no le dejaron.

En los jardines de la plaza de Sultanahmed, se sentó en un banco entre naranjos y entre las flores de color malva de los parterres, y contempló pacíficamente las cúpulas y los minaretes que se alzaban a su alrededor, observando asimismo los grupos de turistas americanos que soltaban risitas, fijándose de modo especial en el formado por un grupo de chicas jóvenes ataviadas con pantalones cortos. Pero algo le impidió acercarse a ellas, lo cual hubiera sido su normal conducta, y charlar y reír hasta ser aceptado. Compró diapositivas y postales a los niños que las vendían, sin fijarse en los escandalosos precios, vagó por los alrededores de Santa Sofía, contemplando con igual placer las glorias del Bizancio de Justiniano como las de la conquista otomana, y se le oyó emitir un grito de sincero pasmo al contemplar las columnas arrastradas desde Baalbek, en el país que tan recientemente había dejado.

Pero cuando más devota concentración mostró fue al contemplar el mosaico en el que se ve a Constantino ofreciendo su iglesia y su ciudad a la Virgen María, sí, ya que éste fue el punto en que Yanuka hizo su clandestina conexión. Se trataba de un hombre alto y de lentos movimientos, con un ancho sombrero, que inmediatamente se convirtió en su guía. Hasta el momento, Yanuka había rechazado enérgicamente todas las ofertas en este sentido, pero aquel hombre le dijo algo que, juntamente con el lugar y el momento en que lo dijo, convenció inmediatamente a Yanuka. El uno al lado del otro, hicieron un segundo y algo apresurado recorrido del interior, admirando cual era de prever la antigua cúpula sin apoyaturas, y luego, a bordo de un viejo Plymouth norteamericano, rodaron junto al Bósforo, hasta llegar a un aparcamiento cercano a la carretera de Ankara. El Plymouth se fue y Yanuka quedó una vez más solo en el mundo, pero, en esta ocasión, siendo poseedor de un bonito Mercedes rojo vino, que condujo tranquilamente hasta el Hilton, en donde registró el automóvil como objeto de su propiedad.

Yanuka no fue a la ciudad aquella noche, ni siquiera para admirar a las tan celebradas artistas de la danza del vientre del Kervansaray, que tanto le habían gustado en la noche anterior. Yanuka volvió a ser visto a muy primera hora del día siguiente, cuando emprendió camino hacia el oeste, a lo largo de la recta carretera de piso ondulado que, al través de las llanuras, lleva a Edirne e Ipsala. Al principio, el día era neblinoso y frío y los horizontes brumosos. Se detuvo en un pueblo para tomar café, y sacó una fotografía de un estornino que había anidado en la cúpula de una mezquita. Se subió a un montículo y orinó, contemplando el mar. El día comenzó a ser caluroso, y las áridas colinas se tornaron de color rojo y amarillo. A la izquierda de Yanuka, el mar pasaba por entre las colinas. En una carretera con aquellas características, los que seguían a Yanuka no tuvieron más remedio que seguirle a «horcajadas», como se dice en su jerga, mediante un automóvil delante, y muy lejos, y otro automóvil detrás, también muy lejos, confiando en que a Yanuka no se le ocurriera tomar una imprevista desviación, de lo cual era muy capaz. Pero el carácter desértico de la zona no les daba otra opción, ya que los únicos signos de vida a lo largo de millas y millas eran tiendas de gitanos o de algún joven pastor, y algún que otro taciturno hombre vestido de negro cuya vida entera parecía consagrada a observar el extraño fenómeno del movimiento. Al llegar a Ipsala, sorprendió a todos al tomar en la bifurcación el ramal que conducía a la ciudad, en vez de seguir hasta la frontera. ¿Iba a devolver el automóvil? ¡Dios no lo quisiera! Entonces, ¿qué diablos buscaba en una pequeña y apestosa ciudad fronteriza turca?

Buscaba a Dios. En una oscura mezquita de la plaza principal, en el mismísimo límite con la cristiandad, Yanuka se encomendó una vez más a Alá, lo cual, como dijo después Litvak, con negro sentido del humor, fue una excelente medida para Yanuka. Al salir, fue mordido por un pequeño perro de pelo pardo, perro que escapó antes de que Yanuka pudiera vengarse. Esto también fue considerado de mal augurio.

Por fin, con el intenso alivio de todos, Yanuka volvió a la carretera principal. El punto de paso fronterizo, en este lugar, es un hostil establecimiento. Los turcos y los griegos no hacen buenas migas. La zona está minada sin ton ni son en ambos lados. Hay terroristas y contrabandistas de todo tipo, con sus diferentes rutas y sus diferentes propósitos. Los tiroteos son frecuentes, aunque rara vez se habla de ello. En la zona turca hay un cartel que, en inglés, dice: «Buen viaje», pero no consta expresión alguna de buenos deseos para los griegos. Primero se llega a un punto en el que se ve el emblema nacional turco, pintado en un cartel, después se llega a un puente que pasa por encima de un caudal de perezosas aguas, a continuación se llega a una pequeña y nerviosa cola para cumplir con los formalismos turcos de emigración. Yanuka se negó a pasar estas formalidades, amparándose en su pasaporte diplomático, y se salió con la suya, con lo cual sólo consiguió acelerar su desdicha. Después, entre la policía turca y los centinelas griegos, hay una tierra de nadie con una extensión de unas veinte yardas, en la que Yanuka se compró una botella de vodka, exenta de impuestos, y se tomó un helado en un café, vigilado por un muchacho de aspecto ensoñado y de larga melena, llamado Reuven, que había pasado las tres últimas horas comiendo pastelillos allí. El último toque turco es un gran busto en bronce de Ataturk, el visionario y decadente, que contempla con severidad las hostiles llanuras griegas. Tan pronto Yanuka hubo rebasado el busto, Reuven montó en su motocicleta y transmitió una señal de cinco puntos a Litvak, quien esperaba a unos treinta kilómetros en el interior de Grecia, aunque fuera de la zona militar, en un punto en que el tránsito tenía que reducir velocidad, hasta la propia de un hombre al paso, debido a unas obras. Luego, Reuven se apresuró a reunirse con sus compañeros para estar presente en el jaleo que se avecinaba.

Se sirvieron de una chica, lo cual era cosa de sentido común si se tenía en consideración la proclividad de Yanuka, y dieron una guitarra a la chica, lo que fue un certero detalle, ya que en los actuales tiempos una guitarra legitimiza a una muchacha, incluso en el caso de que no sepa tocarla. La guitarra es el uniforme de cierto espiritual pacifismo, cual habían podido observar recientemente en otros lugares. Dudaron si utilizar una chica rubia o morena, sabedores de que Yanuka era partidario de las rubias, aun cuando teniendo en cuenta que Yanuka siempre estaba dispuesto a hacer excepciones. Por fin se decidieron por una chica morena, debido a que era de más buen ver, contemplada de espaldas y a que caminaba con más garbo, y la situaron en el punto en que terminaban las obras. Estas obras fueron providenciales. Así lo creyeron. Algunos incluso llegaron a creer que Dios -el Dios judío- y no Kurtz o Litvak era quien estaba dirigiendo la operación.

Primero estaba el asfalto, después, sin previo aviso, venía la zona de piso levantado con pedruscos del tamaño de pelotas de golf, aunque con aristas. Luego estaba una rampa de madera, con parpadeantes luces de aviso amarillas, y el aviso de que la velocidad máxima era de diez kilómetros por hora, aunque sólo un loco se hubiera atrevido a superar este límite. Luego, junto al termino de la rampa de madera, estaba la muchacha avanzando por la senda destinada a peatones. A la chica le dijeron: «Tú camina a tu aire natural, no andes puteando, pero levanta el pulgar.» Lo único que preocupaba a los hombres del equipo judío consistía en que la chica era tan linda que bien podía llevársela otro individuo antes de que llegara Yanuka. Una característica particularmente favorable del lugar era que una ancha línea divisoria separaba el escaso tránsito, temporalmente. Una franja de tierra de nadie separaba al tránsito que avanzaba hacia el este del que avanzaba hacia el oeste, y en esta franja estaban las barracas de los obreros, tractores, y todo género de elementos para la reparación de la carretera. Allí se hubiera podido esconder a un regimiento entero, sin que nadie se enterase. Aunque los judíos no formaban un regimiento. El equipo estaba integrado por siete personas, incluyendo a Litvak y a la chica-reclamo. Gavron no era capaz de gastar ni un centavo más. Los otros chicos eran muchachos vestidos con ligeras prendas de verano y calzados con zapatillas de lona. Pertenecían a esa clase de muchachos que son capaces de pasarse el día entero con la vista fija en sus pies, sin que nadie se pregunte por qué diablos no hablan. Pero que de repente actúan con la velocidad del rayo, para volver a quedar aletargados.

Era media mañana, el sol estaba alto y el aire era polvoriento. Circulaban grises camiones cargados con algo que parecía cal o arcilla. El reluciente Mercedes de color rojo vino -que no era nuevo, pero en excelente estado- destacaba entre los restantes vehículos como un coche nupcial entre camiones de recogida de basura. Entró en la zona que precedía a la de las obras a treinta klómetros por hora, lo cual era excesivo, frenó cuando los pedruscos comenzaron a rebotar contra los bajos. Entró en la rampa a veinte, bajó a quince y luego a diez, y cuando el automóvil pasó junto a la muchacha todos los miembros del equipo israelita vieron cómo Yanuka volvía la cabeza para comprobar si la parte delantera de la chica estaba tan bien como la trasera. Y sí, lo estaba. Yanuka condujo pensativo durante cincuenta yardas más, hasta llegar a la zona de asfalto, y durante un mal momento, Litvak es-tuvo convencido de que tendría que utilizar el plan alternativo, que era mucho más complicado y que comportaba el empleo de un segundo equipo, el fingir un accidente de tránsito cien klómetros más allá, y otras cosas. Pero la lujuria, o la naturaleza, o como se llame eso que nos induce a comportarnos como tontos, predominó. Yanuka arrimó el coche a la vera de la carretera, bajó el cristal de la ventanilla eléctrica, asomó su joven y hermosa cabeza, rebosante de alegría de vivir, y contempló cómo la chica avanzaba hacia él, caminando maravillosamente bajo la luz del sol. Cuando la muchacha llegó junto a Yanuka, éste le preguntó si tenía el proyecto de ir a pie hasta California. La muchacha le contestó, también en inglés, que se dirigía, «más o menos» a Tesalónica, ¿no seguiría él igual camino? Según la muchacha, Yanuka le contestó «tan más o menos como tú quieras», pero sólo la muchacha le oyó, por lo que éste fue uno de los puntos constantemente discutidos, después de la operación. El propio Yanuka negó haber dicho ni media palabra, por lo que quizá la chica adornó con un poco de fantasía su triunfo. Los ojos de la chica, todas sus características eran realmente un encanto, y el lento movimiento del cuerpo de la muchacha absorbió íntegramente la atención de Yanuka. ¿Acaso un buen muchacho árabe, que había pasado dos semanas de austera educación política complementaria en las montañas del sur del Líbano podía pedir algo más que aquella visión, con pantalones tejanos, recién salida de un harén?

Hay que advertir que Yanuka era esbelto y de apariencia extremadamente apuesta, con hermosos rasgos semíticos parecidos a los de la chica, y que estaba dotado de contagiosa alegría. De ello resultó una mutua atracción, esa clase de atracción que puede darse instantáneamente entre dos personas físicamente atractivas, en la que las dos parecen realmente compartir la imagen de sí mismos haciendo el amor. La muchacha, siguiendo las instrucciones recibidas, dejó la guitarra, con un gracioso movimiento del cuerpo se quitó del hombro la bolsa de viaje y la dejó caer con alivio en el suelo. El efecto de este movimiento de desnudarse, había afirmado Litvak, obligaría a Yanuka a hacer una de las dos cosas siguientes: o bien abrir desde dentro la puerta trasera del automóvil, o bien salir del automóvil y abrir el portamaletas. En ambos casos quedaría en situación de ser atacado. También es verdad que en algunos modelos de la marca Mercedes, el portamaletas puede abrirse desde el interior del coche. Pero no en aquel modelo. Litvak lo había averiguado. Y también sabía con certeza que el portamaletas estaba cerrado con llave. Por otra parte, hubiera sido tonto ofrecer la chica a Yanuka al otro lado de la frontera, en territorio turco debido a que, por buenos que fueran los documentos de Yanuka, y realmente eran buenos, éste no iba a ser tan estúpido de aumentar los riesgos propios de cruzar una frontera, por el medio de llevar a bordo una carga desconocida.

En realidad, Yanuka hizo lo que todos los miembros del equipo israelita estimaban más deseable. En vez de echar un brazo atrás y abrir manualmente la puerta trasera, lo cual hubiera podido hacer perfectamente, decidió, quizá para impresionara la muchacha, utilizar el mecanismo de apertura automático, con lo que no sólo abrió una puerta, sino también las otras tres. La muchacha tiró de la puerta trasera más cercana a ella y, quedándose fuera, arrojó la bolsa de viaje y la guitarra en el asiento. Cuando la muchacha hubo cerrado de nuevo la puerta, y había emprendido lánguidamente el camino hacia la puerta delantera, como si se dispusiera a sentarse al lado de Yanuka, un hombre ya había puesto el cañón de su pistola en la sien de éste, mientras Litvak, con aspecto más frágil que nunca, arrodillado detrás del asiento del conductor, había hecho presa en la cabeza de Yanuka, mediante una llave mortífera, y, al mismo tiempo le administraba la droga que, según le habían asegurado con toda firmeza, era la más adecuada para un hombre con el historial médico de Yanuka. Durante la adolescencia, tuvo ciertos problemas de asma.

Después, lo que más sorprendió a todos fue el silencio en que se desarrolló la operación. Litvak, incluso mientras esperaba que la droga produjera efectos, oyó claramente, destacando sobre el murmullo del tránsito el sonido de unas gafas de sol al caer al suelo, y durante un terrible instante pensó que había sido el pescuezo de Yanuka, lo cual lo hubiera estropeado todo. Al principio, el equipo israelita temió que Yanuka se hubiera olvidado las placas de matrícula falsa y correspondientes documentos falsificados, que utilizaría posteriormente, o bien que los tuviera en algún lugar oculto, pero con el consiguiente placer lo encontraron todo esmeradamente colocado en el interior de la elegante maleta negra de Yanuka, junto con varias camisas de seda confeccionadas a mano y unas cuantas ostentosas corbatas, todo lo cual se vieron obligados a quedarse para sus propios fines, así como el hermoso reloj Cellini de Yanuka, su brazalete de cadena de oro, y el amuleto chapado en oro que Yanuka solía llevar junto al corazón, y que se creía era un regalo de su amada hermana Fatmeh. Otro delicioso aspecto de la operación -y que a nadie se debió, como no fuera al propio Yanuka- consistió en que el automóvil llevaba cristales fuertemente ahumados para impedir que las gentes vulgares vieran lo que pasaba en su interior. Este fue el primero entre los muchos ejemplos ilustrativos de la manera en que Yanuka se convirtió en fatal víctima de sus propias aficiones al lujoso vivir. Llevar el coche en dirección sur, después de todo lo anterior, no fue problema alguno. Probablemente hubieran podido llevarlo a donde hubiesen querido sin que nadie se enterase. Pero, para mayor seguridad, habían contratado una camioneta que aparentemente transportaba abejas a su nuevo hogar. En aquella región había un muy notable tráfico de abejas, y, cual Litvak muy razonablemente concluyó, incluso el policía más entrometido se lo piensa dos veces antes de invadir la intimidad de las abejas.

El único factor que realmente no se previó fue la mordida del perro. ¿Tendría la rabia el animalillo? Por si acaso, compraron suero antirrábico y se lo inyectaron a Yanuka.

Teniendo ya a Yanuka temporalmente apartado de la vida social, lo más importante era conseguir que nadie, en Beirut o en cualquier otra parte del mundo, se diera cuenta de su ausencia. Los israelitas ya sabían que Yanuka era persona de carácter naturalmente independiente y libre. Sabían que rendía culto al comportamiento ilógico. Que gozaba de justa fama por su costumbre de alterar sus planes en cuestión de segundos, basándose parcialmente en caprichos y basándose también parcialmente en que tenía fe, con toda razón, en que éste era el mejor medio para despistar a sus perseguidores. Los israelitas estaban al tanto de la pasión que recientemente Yanuka había adquirido por cuanto fuera griego, y de su conocida costumbre de ir en busca de antigüedades, mientras estaba de paso en Grecia. En su último viaje, Yanuka se había adentrado en el sur de Grecia hasta llegar a Epidavros, sin decir nada a nadie, lo cual significaba una gran desviación de su camino, sin que nadie supiera la razón por la que lo hizo. Este comportamiento errático había sido la causa y razón de que resultara muy difícil atrapar a Yanuka. Este mismo comportamiento, utilizado en contra de Yanuka, cual era ahora el caso, dejaba a éste, en opinión de Litvak, en situación de insalvable, debido a que los propios hombres del bando de Yanuka se tropezaban con tantas dificultades para seguir su rastro cual antes los enemigos de Yanuka. El equipo israelita se apoderó de Yanuka y lo quitó de la circulación. El equipo esperó. Y en ninguno de los lugares en que dicho equipo tenía oídos prestos a escuchar se oyó nada; no sonó ni un solo timbre de alarma, ni un solo murmullo de inquietud. Cautelosamente, Litvak concluyó que si los jefes de Yanuka tenían una idea de su personalidad, esta idea los llevaba a pensar que Yanuka había desaparecido temporalmente, en busca de experiencias vitales y -¿quién sabe?, ¿por qué no?- de nuevos soldados que defendieran su causa.

En consecuencia, la novela, que era tal como Kurtz y sus colegas lo llamaban ahora, podía comenzar. El que esta novela también pudiera terminar, el que Kurtz tuviera tiempo, medido por su viejo reloj de acero, para desarrollarla de la forma prevista, esto ya era harina de otro costal. Las presiones que condicionaban la actuación de Kurtz eran de dos tipos diferentes. La primera de ellas consistía en una disyuntiva basada en tener que dar muestras de progresos en la operación o, por otra parte, tener que aguantar que Misha Gavron diera carpetazo al asunto, dejando a Kurtz con una mano delante y otra detrás. La segunda presión era la amenaza esgrimida por Misha Gavron, en el sentido de que si no se producían los antes mentados progresos, él, Gavron, ya no tendría el poder suficiente para acallar los crecientes clamores en petición de una solución militar de tan enojoso problema. Esto último era algo que aterraba a Kurtz.

En una de sus muchas y frecuentes discusiones, Gavron le dijo gritando a Kurtz:

- ¡Me estás echando sermones como los que suelen soltar los ingleses! -Y, acto seguido, Gavron añadió-: ¡Y fíjate en los crímenes de esa gente, en los crímenes de los ingleses!

Kurtz esbozó una sonrisa furiosa, y con fingida calma aconsejó a su jefe:

- Bueno, en este caso quizá debiéramos bombardear también a los ingleses.

Pero el tema de los ingleses no era, en aquellos momentos, oportuno. No, debido a que se daba la paradoja de que Kurtz, ahora, comenzaba a pensar que los ingleses podían ser su salvación.

3

Fueron formalmente presentados en la isla de Mikonos, en una playa con dos merenderos, durante un tardío almuerzo, en la segunda mitad del mes de agosto, en el tiempo en que el sol de Grecia pega más duro, aproximadamente. Dicho en términos históricos un poco más amplios, el encuentro se produjo cuatro semanas después de que los aviones a reacción israelitas bombardearan el populoso barrio palestino de Beirut, en lo que después se denominó operación encaminada a aniquilar a los dirigentes palestinos, aun cuando no había dirigente alguno entre los centenares de muertos, a no ser, desde luego, que se tratara de futuros dirigentes, ya que muchos de los muertos eran niños.

Alguien dijo en tono excitado:

- ¡Charlie, quiero que conozcas a Joseph!

Y el deseo se cumplió.

Sin embargo, los dos se comportaron como si la presentación apenas hubiera tenido lugar. Ella frunció las cejas, en su habitual ceño revolucionario, y ofreció la mano para ejecutar un apretón de manos propio de una colegiala inglesa, de absolutamente total brutalidad. Y él le dirigió una mirada calma y de tolerante aprecio, aunque totalmente carente de ambiciones.

El dijo:

- Mucho gusto, Charlie.

Y sonrió justamente lo preciso para ser cortés. Pero, a fin de cuentas, fue él, y no Charlie, quien dijo: «Mucho gusto.»

Charlie advirtió que aquel hombre tenía el hábito militar de oprimir los labios inmediatamente antes de hablar. La voz de aquel hombre, de matices extranjeros y muy controlada, tenía cierta obsesionante tolerancia. Charlie estaba más consciente de lo que aquella voz callaba que no de lo que la voz decía. El comportamiento de aquel hombre hacia ella era lo opuesto a la agresión.

El nombre de Charlie era, en realidad, Charmian, pero todos la llamaban Charlie, y, a menudo, Charlie la Roja, en méritos del color de su cabello y de sus actitudes radicales un tanto locas, actitudes que constituían su manera de demostrar su interés por el prójimo, y de atacar las injusticias. Charlie era como un apéndice de una endeble compañía de jóvenes actores ingleses que dormían en una ruinosa casa de campo que se alzaba a cosa de media milla de la costa, compañía que iba a la playa como una familia siempre unida. El modo en que habían ido a parar a aquella casa de campo, y el modo en que habían ido a parar a aquella isla, era un milagro para todos los miembros de la compañía, aun cuando, por su condición de actores, los milagros no los sorprendían. El mecenas de esta compañía teatral era una opulenta empresa de Londres que recientemente había decidido convertirse en la providencia del teatro itinerante. Terminada la gira por provincias, la media docena de principales miembros de la compañía quedó pasmada al enterarse de que aquella empresa obsequiaba a todos con un período de descanso y diversión, a costa de la empresa. En un vuelo charter fueron transportados a la isla, la casa de campesinos los esperaba amablemente, y el dinero para gastos quedó asegurado gracias a un modesto aumento de los sueldos. Era demasiado amable, demasiado generoso, demasiado súbito, y hacía ya demasiado tiempo. Cuando recibieron la noticia, todos se mostraron gozosamente de acuerdo en que sólo un hatajo de cerdos fascistas podía comportarse con tal filantropía, una filantropía que los dejaba desarmados. Después de esto, se olvidaron todos de la manera en que habían llegado a aquel lugar. Y olvidados de ello estaban hasta el momento en que alguno levantaba medio dormido el vaso y murmuraba el nombre de la empresa, en un tibio brindis.

Charlie no era, ni mucho menos, la más linda de las chicas, a pesar de que su sexualidad era patente, lo mismo que su buena voluntad, siempre incurable y jamás totalmente oculta por sus actitudes voluntariamente adoptadas. Lucy, a pesar de ser estúpida, era preciosa, en tanto que Charlie, de acuerdo con los generales criterios, resultaba un tanto insulsa, ¡noche, con su fuerte y larga nariz, con la cara prematuramente hosca, que en un momento determinado parecía infantil y en el instante siguiente quedaba tan vieja y fúnebre que causaba la impresión de haber tenido una vida terrible hasta el presente momento y se temía lo que la muchacha podía llegar a ser. A veces, Charlie era la huerfanita de la compañía, en otras ocasiones era la madre, quien contaba el dinero, quien sabía dónde se encontraba el medicamento para curar picadas, o las tiras para poner en los cortes en los pies. En estas últimas funciones, Charlie era la que más corazón tenía y la más capacitada. De vez en cuando, Charlie se transformaba en la conciencia de la compañía, los reñía a gritos por algún imaginario o real delito de chauvinismo, de sexismo o de occidental apatía. Sus derechos a actuar de semejante manera tenían su fundamento en la clase social a que Charlie pertenecía, ya que era el elemento distinguido de la compañía. Había sido educada en escuelas de pago y era hija de un agente de cambio y bolsa, aun cuando era preciso tener en cuenta, cual Charlie jamás se cansaba de repetir a sus compañeros, que dicho señor, pobre hombre, acabó entre rejas, por defraudar a sus clientes. Pero la distinción siempre se nota.

Y, por fin, Charlie era indiscutiblemente, la primera dama de la compañía. Cuando llegaba la noche y la familia teatral se dedicaba a representar pequeños dramas, todos ataviados con las túnicas playeras y tocados con sombreros de paja, Charlie, en el caso de que se dignara tomar parte en la representación, era sin la menor duda la mejor, Si se dedicaban a cantar, Charlie era quien tocaba la guitarra mucho mejor de lo que las voces de los demás se merecían. Charlie sabía las canciones populares de protesta, y las cantaba airadamente y con cierto masculino matiz. En otras ocasiones todos se reunían para fumar marihuana y beber retsina, que compraban a treinta dracmas el medio litro. Si, todos menos Charlie, quien se mantenía apartada, cual si ya hubiera fumado y bebido cuanto se puede fumar y beber en la vida.

Con voz adormilada, Charlie les advertía en estas ocasiones: -Esperad a que amanezca mi revolución. Os obligaré a todos, críos indecentes, a cosechar nabos antes del desayuno.

Ante estas palabras, todos fingían temor, y le preguntaban: -¿Y dónde comenzará la revolución? ¿Dónde caerá la primera cabeza?

A lo que Charlie, recordando su tormentosa infancia en un lujoso barrio residencial, contestaba:

- En el maldito Rickmansworth. Lo primero que haremos será arrojar sus malditos automóviles Jaguar a sus malditas piscinas.

Y todos emitían gemidos de terror, a pesar de que sabían que Charlie tenía una marcada debilidad por los automóviles rápidos.

Pero, entre una cosa y otra, la amaban. Indiscutiblemente. Y Charlie, a pesar de que lo negaba, les correspondía.

Contrariamente, Joseph, cual le llamaban, no formaba parte de la familia. Ni siquiera era, como Charlie, un miembro disidente. Joseph gozaba de una autosuficiencia que, para ánimos menos templados, equivalía a la valentía. No tenía amigos, pero no se quejaba, era el extraño que a nadie necesitaba, ni siquiera a ellos. Sólo necesitaba una toalla, un libro, una botella de agua y su sitio privado y particular en la playa. Únicamente Charlie sabía que Joseph era un fantasma.

La primera vez que Charlie avistó a Joseph fue en la mañana subsiguiente a la gran pelea que Charlie tuvo con Alastair, y que Charlie perdió por clarísimo fuera de combate. Charlie padecía una fatal debilidad que la llevaba siempre a sentirse atraída por brutos, y el bruto correspondiente a aquel día fue un escocés borracho, de dos metros de altura, a quien la familia conocía con el nombre de Long Al, quien los amenazó a todos, y citó erróneamente al anarquista Bakunin. Lo mismo que Charlie, el escocés era pelirrojo, tenía la piel blanca, y ojos azules de dura expresión. Cuando los dos salían del agua con el cuerpo reluciente, juntos los dos, parecían personas pertenecientes a una raza distinta de la de todos los demás, y sus expresiones ceñudas revelaban que estaban al tanto de ello. Cuando los dos partían repentinamente, cogidos de la mano, camino de la casa de campo, sin decir nada a nadie, se sentía el carácter imperativo de su deseo, como un dolor que uno hubiera padecido, pero que jamás hubiera compartido. Pero, cuando se peleaban, que era lo que ocurrió en la noche anterior, su encono hería de tal manera a las almas tiernas, cual las de Willy y Pauly, que los dueños de dichas almas tenían que irse y mantenerse alejados hasta que la tormenta hubiera pasado. Y en esta ocasión, Charlie también huyó, se refugió en un rincón para lamerse las heridas. Despertó bruscamente a las seis en punto y decidió tomar un baño solitario, para luego ir al pueblo y regalarse con un desayuno y un diario de lengua inglesa. Y mientras Charlie compraba el Herald Tribune, se produjo la aparición. Fue un clásico fenómeno parapsicológico.

El era el hombre del blazer rojo. En aquellos instantes se encontraba exactamente detrás de Charlie, y compraba un libro de bolsillo, sin hacer el menor caso de la muchacha. Sin embargo, en aquella ocasión el hombre del blazer rojo no llevaba blazer rojo, sino camiseta de manga corta, calzones cortos y sandalias. Pero era el mismo hombre, sin duda alguna. El mismo cabello corto, negro, con blanca escarcha en las puntas y que se rebelaba en la parte central de la frente; la misma mirada cortés de sus ojos castaños, mirada respetuosa de las pasiones ajenas, mirada que había estado fija en Charlie, como una negra linterna situada en la primera fila del Barrie Theater de Nottingham, durante medio día. En la primera sesión y, luego, en la segunda, aquellos ojos sólo estuvieron fijos en Charlie, pendientes de todos sus movimientos. Era una cara que el paso del tiempo no había endurecido ni suavizado, ya que era tan invariable y fija como un grabado. Una cara que, para Charlie, representaba una fuerte y constante realidad, en contraste con las muchas máscaras propias de los autores.

Charlie interpretaba Juana de Arco, y estaba furiosa con el delfín, quien se hallaba lejos de ella, en una posición más elevada, y que con su presencia anulaba todos los parlamentos de Charlie. Por esta razón, hasta el último cuadro, Charlie no se dio cuenta de que aquel hombre estaba sentado entre los niños en edad escolar, en primera fila de una platea sólo mediada. Si la iluminación del escenario no hubiera sido tan débil, Charlie probablemente jamás hubiera visto al hombre en cuestión, pero el sistema de iluminación de la compañía había quedado en Derby, y todos estaban esperando su llegada, por lo que en el escenario no imperaba aquel resplandor que hubiera impedido a Charlie ver al hombre en cuestión. Al principio, Charlie pensó que el individuo era un maestro. Pero, cuando los chicos se fueron, el hombre se quedó, leyendo lo que Charlie supuso era el texto de la obra interpretada, o quizá su presentación. Y cuando se levantó de nuevo el telón para la representación de la noche, el hombre seguía allí, en medio, con su plácida mirada sin reacciones fija en ella, igual que antes. Cuando el telón bajó, Charlie sintió rencor debido a que el telón la privaba de la presencia de aquel hombre.

Pocos días después, en York, cuando Charlie ya se había olvidado de aquel hombre, tuvo la impresión, hasta el punto de estar dispuesta a jurar que era cierta, de verle de nuevo. Pero la certeza de Charlie no era absoluta. En esta ocasión las luces del escenario eran tan fuertes que Charlie no pudo traspasar la barrera luminosa, y esta vez fue el inquisidor quien la dominó. El hombre no se quedó en la butaca durante los entreactos. De todas maneras, Charlie hubiera jurado que se trataba de la misma cara, en primera fila, en una butaca central, con la vista fija en ella, y también con el mismo blazer rojo. ¿Se trataría de un crítico? ¿De un productor? ¿De un agente? ¿De un director de cine? ¿Sería un empleado de la empresa patrocinadora que había sustituido al consejo artístico en el mecenazgo de la compañía teatral? El hombre era tan flaco y tan observador en su inmovilidad que difícilmente podía tratarse de un profesional del comercio que vigilaba la inversión de la empresa. En cuanto a los críticos, los agentes y todos los demás, sólo por milagro permanecían durante más de un acto en su butaca, y jamás veían dos representaciones consecutivas. Y, cuando Charlie le vio por tercera vez, o pensó verle, justamente cuando se disponía a irse de vacaciones, en realidad en la última representación de la temporada, apostado junto a la salida de artistas de un pequeño teatro del East End, poco faltó para que Charlie le preguntara a gritos qué diablos quería, si era un Jack el Destripador en potencia, un cazador de autógrafos, o un normal maníaco sexual como todos nosotros. Pero el aire comedido y decente de aquel hombre impidió a Charlie llevar a efecto sus propósitos.

En consecuencia, la visión de dicho hombre, ahora, situado a menos de una yarda de ella, aparentemente inconsciente de su presencia, contemplando los libros exhibidos con el mismo solemne interés que pocos días antes había dedicado generosamente a la propia Charlie, fue causa y motivo de que ésta se sintiera profundamente agitada. Charlie se volvió hacia él, fijó la mirada en sus ojos tranquilos, y, durante un segundo, Charlie miró al hombre con mucha más intensidad de lo que jamás el hombre la hubiera mirado a ella. Y Charlie tenía la ventaja de llevar gafas de cristales oscuros que se había puesto para ocultar un morado. Visto de cerca, el hombre pareció a Charlie mayor de lo que antes había supuesto, más delgado y de aspecto más fatigado. Charlie pensó que a aquel hombre le hacía falta dormir, y se preguntó si acaso padecía las consecuencias de rápidos viajes en avión, sí, ya que el punto externo de unión de los párpados apuntaba hacia abajo. Sin embargo, el hombre no daba la más leve muestra de excitación o de reconocimiento. Devolviendo el Herald Tribune al montón, Charlie emprendió una rápida retirada hacia el seguro territorio de una taberna del puerto.

Mientras con mano temblorosa se llevaba la taza de café a los labios, Charlie pensó: «Estoy loca.» Todo es invención mía. Es su doble. No hubiera debido tomarme esa píldora euforizante que Lucy me dio para levantarme los ánimos, después de que Long Al me atizara con el cinturón. Charlie había leído en alguna parte que la sensación de deja-vu era la consecuencia de un fallo en las comunicaciones entre el cerebro y la vista. Pero cuando Charlie miró hacia la carretera, en la dirección por la que ella había llegado, le vio allí sentado, perfectamente perceptible para la vista y para el cerebro, en una cercana taberna, tocado con un gorro de golf, con visera, levemente inclinada hacia adelante para que le diera sombra a los ojos, leyendo un libro en inglés, debido al francés Debray, titulado Conversaciones con Allende. Ayer mismo, Charlie tuvo tentaciones de comprar aquel libro.

«Este hombre ha venido a rescatar mi alma -pensó Charlie mientras pasaba negligentemente ante él, con el fin de demostrarle que era inmune-. Sin embargo, ¿cuándo le pedí a este hombre que rescatara mi alma?»

Aquella misma tarde, cómo no, el hombre fue a la playa y se situó a menos de sesenta pies de distancia del lugar en que había acampado la familia teatral. Llevaba unos calzones de baño muy castos, de monje, negros, e iba provisto de una cantimplora metálica de la que de vez en cuando tomaba cortos sorbos de agua, como si el próximo oasis se encontrara a un día de marcha. Y así estuvo sin jamás lanzar una mirada, sin prestarles la menor atención, leyendo a Debray, con los ojos a la sombra de la visera de la abollada gorra de golf blanca. Sin embargó, a Charlie le constaba que el hombre seguía cada uno de sus movimientos, y le constaba en méritos de la mismísima inclinación e inmovilidad de la hermosa cabeza del hombre. De entre todas las playas de Mikonos, el hombre había elegido la de la familia teatral de Charlie. De entre todos los lugares de esta playa, el hombre había elegido aquel punto elevado, entre las dunas, desde el que se dominaban todas las entradas y salidas, con lo que podía observar a Charlie cuando se chapuzaba al igual que cuando iba a la taberna a buscar otra media botella de retsina para Al. Desde su alto punto de observación, el hombre la podía contemplar tranquilamente, en tanto que ella no podía hacer absolutamente nada para desalojarle de allí. Decir lo que ocurría a Long Al era exponerse al ridículo o a algo peor. Charlie no tenía la menor intención de dar a Long Al tan magnífica ocasión para que se burlara de lo que él denominaría otra de sus fantasías. Y decirlo a cualquier otra persona era lo mismo que decirlo a Long Al. Si, se enteraría antes de que terminara el día. Charlie no tenía otra solución que guardar el secreto en su fuero íntimo, que era exactamente lo que más deseaba.

Charlie nada hizo, y el hombre nada hizo. Pero Charlie sabía que, a pesar de todo, el hombre estaba a la espera. Charlie tenía clara conciencia de la paciente disciplina con que el hombre contaba las horas. Incluso cuando el hombre se tumbaba y quedaba tan quieto como si estuviera muerto, su cuerpo enjuto y tostado emitía una misteriosa señal de alerta que el sol transmitía a Charlie.

A veces, la tensión de la espera, en el hombre, parecía quebrarse bruscamente, y el hombre se ponía en pie de un salto, se quitaba la gorra de golf, bajaba gravemente de la duna camino del agua, con el aire de individuo de una selvática tribu, aunque sin lanza, y se zambullía silenciosamente, sin apenas alterar la tranquila superficie del mar. Charlie esperaba; y esperaba más y más tiempo. Sin duda alguna, el hombre se había ahogado. Hasta que, por fin, cuando Charlie ya le daba por muerto, el hombre salía a la superficie, en un punto muy lejano de la ensenada, nadando en estilo libre, despacito, como si se dispusiera a recorrer millas y millas, mientras su corto cabello negro relucía cual el pelo de las focas. Había motoras que surcaban las aguas de un lado para otro, pero el hombre no les hacía el menor caso. Había chicas, pero el hombre jamás volvía la cabeza hacia ellas, mientras Charlie le vigilaba para ver si lo hacía. Y después de haber nadado, el hombre hacía lentos y metódicos ejercicios físicos, antes de volverse a poner la gorrita de golf, inclinada hacia delante, y dedicar de nuevo su atención a Allende y Debray.

¿Quién es el empresario de este hombre?, se preguntaba Charlie inútilmente. ¿Quién le escribe el libreto y le dirige? El hombre actuaba en un escenario para ella, de la misma manera que ella lo había hecho para él en Inglaterra. El hombre era un animal de escena, igual que ella. Con aquel sol de justicia temblando entre el cielo y la arena, Charlie era capaz de mirar el cuerpo cuidado y maduro de aquel hombre durante minutos y minutos, y utilizarlo como instrumento de sus excitadas especulaciones. Tú para mí, pensó; y yo para ti; esos críos no lo comprenden. Pero cuando llegó la hora del almuerzo y todos pasaron cansinamente ante el castillo en que se guarecía el hombre, camino de la taberna, Charlie vio, con rabia, que Lucy soltaba el brazo de Robert, y saludaba coquetamente al hombre, agitando la mano y moviendo las caderas.

En voz alta, Lucy dijo:

- ¿Verdad que el tipo es fabuloso? Cualquier día me lo voy a comer con ensalada.

Willy, en voz más alta todavía, dijo:

- Yo también. ¿Y tú no, Pauly?

Pero el hombre no les hizo caso. Por la tarde, Al llevó a Charlie a la casa de campo, en donde hicieron el amor con feroz desamor. Cuando regresaron a la playa, al atardecer, el hombre se había ido, y Charlie se sintió desdichada por haber sido infiel a su hombre secreto. Charlie se preguntó si acaso sería aconsejable recorrer los lugares de diversión nocturna, a ver si le encontraba. Charlie había decidido que si no podía comunicar con él de día, ello se debía seguramente a que el hombre era de hábitos nocturnos.

La mañana siguiente, Charlie decidió no ir a la playa. Durante la noche anterior, la fuerza de su fijación en aquel hombre divirtió a Charlie, luego la asustó, y, al despertar, estaba plenamente dispuesta a acabar con aquella situación. Mientras yacía al lado del voluminoso cuerpo dormido de Al, Charlie se imaginó a sí misma locamente enamorada de alguien con quien ni siquiera había hablado, amándole de las maneras más fantasiosas, abandonando a Al para huir, para siempre jamás, en compañía del desconocido. A los dieciséis años, semejantes locuras eran permisibles. Pero a los veintiséis eran indecentes. Abandonar a Al era una cosa, cosa que ocurriría tarde o temprano. Perseguir un sueño con gorrita de golf era una cosa absolutamente diferente, incluso en la isla de Mikonos. Por lo tanto, Charlie repitió el paseo del día anterior, pero en esta ocasión, con el consiguiente desencanto de Charlie, el hombre no apareció a su espalda en la tienda de libros, ni se tomó un café en la taberna contigua a la suya. Cuando Charlie anduvo mirando los escaparates de las tiendecillas del paseo marítimo, la imagen del hombre no apareció junto a la suya, reflejada en el vidrio del escaparate, tal como Charlie había alentado esperanzas de que ocurriera. Al reunirse con la familia en la taberna para almorzar, Charlie se enteró de que, en su ausencia, habían bautizado al hombre con el nombre de Joseph.

Nada excepcional había en ello, ya que la familia daba nombres a todos aquellos que, por una razón u otra, les llamaban la atención, y generalmente eran nombres procedentes de obras teatrales o de películas, y las normas éticas imperantes exigían que estos nombres, una vez aprobados, fueron utilizados por todos. Por ejemplo, su Bosola de La duquesa de Malfi era un tranquilo magnate naviero sueco, con una mirada que siempre andaba en busca de carne humana, y su Ofelia era una muy corpulenta ama de casa de Frankfurt ataviada con un gorro de baño con florecitas rosadas y poca cosa más. Ahora, la familia declaró que Joseph debía llamarse así en méritos de su aspecto semítico, así como por la chaqueta a rayas multicolores que llevaba en conjunción con los cortos calzones negros, cuando llegaba a la playa o se iba de ella. También merecía el nombre de Joseph por su alejamiento de los restantes mortales, y por su aire de ser el hombre elegido, en detrimento de otros no tan bien dotados. Joseph, despreciado por sus hermanos, se quedaba solo con su cantimplora llena de agua y su libro.

Desde el lugar en que se encontraba sentada a la mesa, Charlie escuchó con triste irritación la manera en que sus compañeros se apropiaban burdamente de su secreta propiedad. Alastair, que se sentía amenazado siempre que alguien era alabado sin que él diera permiso para ello, se encontraba ocupado en llenar su vaso con la botella perteneciente a Robert, pero ello no le impidió anunciar audazmente:

- Joseph… Y una mierda, Joseph. No es más que un repulsivo marica, igual que Willy y Pauly, aquí presentes. Lo que ocurre es que va de caza. Sí, con sus ojos de tío de cama… Me gustaría partirle la cara. Y pienso hacerlo.

Pero, aquel día, Charlie ya estaba más que harta de Alastair, harta de ser la esclava de aquel fascista, la esclava corporal y la madre terrenal de él, al mismo tiempo. Por lo general, Charlie no era tan cáustica, pero la creciente repulsión que Alastair suscitaba en ella contrastaba con los sentimientos de culpabilidad provocados por Joseph. Volviéndose hacia Alastair, al que dirigió una fea mueca de la boca, nacida de la ira, Charlie dijo furiosa:

- Si es un marica, ¿a santo de qué ha de ir de caza? Dos playas más allá puede elegir entre la mitad de los maricas que hay en Grecia, cretino. Y tú también.

Dando muestras de que se había enterado de tan audaz consejo, Alastair propinó un tremendo bofetón a Charlie, consiguiendo que la mejilla de ésta quedara, en primer lugar, blanca y después escarlata.

Las especulaciones de la familia prosiguieron por la tarde. Joseph era un voyer, era un merodeador, un presumido, un asesino, un culturista, un artista travesti, un miembro del partido conservador. Pero como de costumbre, Alastair fue quien dio la última definición: «Es un repulsivo masturbador.» Lo dijo a gritos, con expresión de desprecio formada mediante el movimiento de una comisura de los labios, y esbozó una sonrisa mostrando los dientes frontales, para subrayar la agudeza de su observación.

Pero Joseph se comportaba de una manera tan indiferente a estos insultos que incluso Charlie quedó satisfecha. Hasta tal punto que a media tarde, cuando el sol y la marihuana les bahía dejado en un estado de casi total embrutecimiento -menos a Charlie, como de costumbre-, decidieron que Joseph era frío, lo cual, habida cuenta de la manera de ser de la familia, constituía le más alto cumplido. Y, en tan espectacular cambio, fue también Alastair quien llevó la batuta. Joseph se comportaba con total indiferencia con respecto a ellos, y no se mostraba atraído por Lucy ni por los bellos muchachos. En consecuencia, Joseph era frío, como el propio Alastair, que también lo era. Joseph tenía su territorio, y su sola presencia lo decía: nadie me influye, y este lugar es mi acampamiento. Frío. Bakunin le hubiera dado notas muy altas.

Mientras acariciaba pensativamente la sedosa espalda de Lucy, desde lo alto hasta el borde del bikini, y desde aquí hasta arriba otra vez, Alastair concluyó:

- Es frío y le amo. Si este tipo fuera una mujer, yo sabría exactamente lo que tendría que hacer con él. ¿Verdad que lo comprendes, Lucy?

En el instante siguiente, Lucy se había puesto en pie, siendo la única persona que, con aquel calor, estaba erecta en la ardiente playa. Mientras se quitaba el traje de baño, Lucy dijo:

- ¿Quién dice que yo no soy capaz de atraer a ese tipo?

El caso es que Lucy era rubia, con anchas caderas, y tentadora cual manzana. Interpretaba papeles de camarera, de prostituta y de lesbiana, pero su especialidad era la interpretación de ninfómanas de menos de veinte años. Era capaz de atraer a cualquier hombre con solo un parpadeo. Se enrolló una toalla, que anudó a la altura de los pechos, cogió una jarra de vino y un vaso de plástico y avanzó hasta llegar al pie de la duna, sosteniendo la jarra de vino en la cabeza, ondulando las caderas y frotándose los muslos al andar, con lo que hacía una satírica imitación, según su particular criterio, de una diosa griega de Hollywood. Después de haber ascendido la brevísima cuesta, se puso rodilla en tierra junto a Joseph, y escanció vino, levantando mucho la jarra, en el vasito, dejando, al hacerlo, que la toalla en que iba envuelta se abriera. En el momento de ofrecer el vaso a Joseph, decidió dirigirse a Joseph en francés, dentro de los límites de los conocimientos que de este idioma tenía Lucy:

- Aimez-vous?

Al principio, Joseph no dio muestras de haberse dado cuenta de la presencia de Lucy. Volvió la página del libro que estaba leyendo, luego fijó la vista en la sombra proyectada por Lucy, y a continuación Joseph dio un cuarto de vuelta sobre sí mismo, quedando de costado, y dando frente a Lucy, cuyo cuerpo examinó con crítica atención, teniendo los ojos a la sombra de la visera del gorro de golf. Aceptó el vaso, lo levantó gravemente en el ademán del brindis, y bebió, mientras a veinte yardas de distancia, los partidarios de Lucy batían palmas y emitían esos fatuos sonidos de asentimiento que se oyen, de vez en cuando, en la Cámara de los Comunes.

Joseph, con el mismo entusiasmo con el que se lee un mapa, dijo a Lucy:

- Forzosamente has de ser Hera.

Y éste fue el instante en que Lucy hizo el espectacular descubrimiento: ¡Joseph tenía cicatrices!

Lucy casi fue incapaz de contenerse. La más atractiva de las cicatrices de Joseph era un limpio orificio que parecía practicado con taladro, del tamaño de una moneda de cinco peniques, igual que aquellos orificios de bala que Pauly y Willy fingían con pegatinas en su Mini. ¡Pero el orificio de Joseph estaba en el lado izquierdo de su estómago! Desde lejos no se podía ver. Pero cuando Lucy lo tocó advirtió que la cicatriz era de verdad, suave y dura.

Lucy, que no sabía quién era Hera, replicó con vagos y ensoñados acentos:

- Y tú eres Joseph.

Nuevos aplausos sonaron en la playa cuando Alastair levantó su vaso y brindó a gritos:

- ¡Joseph! ¡Señor Joseph! ¡El del fuerte brazo! ¡Avasalla a tus envidiosos hermanos!

Robert gritó:

- ¡Venga con nosotros, señor Joseph!

Y, a continuación, se oyó la furiosa orden de Charlie ordenando a Robert que se callara.

Pero Joseph no fue con ellos. Levantó el vaso, y, llevada por su calenturienta imaginación, Charlie pensó que el brindis de Joseph iba dirigido particularmente a ella. Pero ¿cómo podía percibir esa particularidad, desde veinte yardas de distancia, en el caso de un hombre que brindaba por un grupo? Luego, Joseph prosiguió su lectura. No, no les chasqueó. Tal como dijo Lucy, Joseph no hizo nada excesivo ni nada insuficiente. Se limitó a ponerse boca abajo y a seguir leyendo. Y, sí, ciertamente, aquello era un orificio de bala, ya que la cicatriz de salida de la bala se veía en la espalda, mucho más grande. Lucy siguió observando a Joseph y advirtió que éste tenía varias cicatrices. Cicatrices en los antebrazos, debajo de los codos; islas de piel rara y sin pelo en la parte trasera de los bíceps; y las vértebras «raspadas», dijo Lucy, «como si alguien le hubiera pasado alambre de espino al rojo vivo», e incluso parecía que le hubieran arrastrado. Lucy se quedó un rato a su lado, fingiendo que leía el libro de Joseph por encima del hombro de éste, mientras Joseph volvía páginas, aunque en realidad Lucy luchaba con sus deseos de acariciarle la espalda, debido a que, además de tener cicatrices, tenía la espina dorsal velluda y hundida entre dos riberas de músculos, lo cual constituía la espalda favorita de Lucy. Pero Lucy no lo hizo debido a que, tal como contó después a Charlie, no tenía la seguridad de que si le tocaba una vez pudiera tocarle una segunda vez. En un insólito arrebato de modestia, Lucy dijo que se preguntaba si para tocar a aquel hombre era preciso, antes, llamar a su puerta. Más tarde, esta frase quedó fijamente alojada en la mente de Charlie. Lucy pensó en la posibilidad de vaciar de agua la cantimplora de Joseph y llenarla de vino, pero no lo hizo debido a que el hombre apenas bebió vino del vaso, por lo que Lucy pensó que quizá le gustaba más el agua que el vino. Por fin, Lucy volvió a colocarse la jarra de vino en la cabeza y caminando lánguida y rítmicamente regresó al lado de los suyos, en donde dio su emocionado parte de noticias, antes de dormirse con la cabeza apoyada en el vientre de alguien. Todos estimaron que Joseph era todavía más frío de lo que habían creído en un principio.

El hecho que dio motivo a que los dos se conocieran ocurrió la tarde siguiente, y Alastair fue la causa. Long Al se iba. Su agente le había enviado un telegrama de contenido milagroso. Hasta el presente momento se había creído, justificadamente, por cierto, que el agente de Alastair ignoraba que existiera este caro medio de comunicación. El telegrama fue transportado en Lambretta, a las diez de la mañana, a la casa de campo, y Willy y Pauly, quienes habían prolongado su estancia en cama, juntos, lo llevaron a la playa. En el telegrama se ofrecía lo que el agente denominaba «posible papel en importante película», lo cual era un gran acontecimiento para la familia, debido a que Alastair sólo tenía una ambición, que era interpretar papeles en películas largas y caras, o, como decían ellos, «dar el golpe en el cine». Siempre que las empresas de cine le rechazaban, Alastair explicaba: «Soy demasiado fuerte para ellos, tendrían que modificar todo el reparto para que estuviera a mi altura, y esto es algo que los muy cerdos saben perfectamente.» El caso es que cuando el telegrama llegó, todos se alegraron por Alastair, aunque en secreto se alegraron mucho más por sí mismos, ya que la violencia del carácter de Alastair había comenzado a asquearlos. Les asqueaba por las consecuencias que de ella sufría Charlie a quien los ataques de Alastair estaban dejando entre negra y morada, y también les hacía temer que el comportamiento de Alastair hiciera peligrar la presencia de todos ellos en la isla. Sólo Charlie se sintió preocupada ante la perspectiva de que Alastair se fuera, pero su preocupación se proyectaba en ella misma, en Charlie. Lo mismo que el resto de la familia, Charlie llevaba ya días deseando que Alastair desapareciera de su vida de una vez para siempre. Pero ahora que el telegrama había dado cumplida respuesta a sus rezos, Charlie se sintió dominada por los sentimientos de culpabilidad y de temor al ver que otra de sus vidas terminaba.

La familia llevó a Alastair a la delegación de la empresa de aviación griega Olympic Airways, en la ciudad, tan pronto esta oficina abrió, después de la siesta, a fin de tener la seguridad de que en la mañana siguiente tomaría el vuelo que le llevaría a Atenas. Charlie también fue con ellos, pero estuvo en todo momento pálida y con aspecto de mareada, y con los brazos prietamente cruzados sobre el pecho, como si se estuviera helando de frío.

Charlie había advertido al resto de la familia:

- Este maldito vuelo estará más que completo. Tendremos que aguantar durante varias semanas a ese hijo de mala madre.

Pero Charlie se equivocó. No sólo había una butaca libre para Alastair, sino una butaca reservada para él, con su nombre completo, lo cual se había hecho desde Londres hacía tres días, y se había reconfirmado el día anterior. Este descubrimiento disipó las últimas dudas de la familia. Long Al iba camino de las alturas. A ninguno de ellos le había ocurrido jamás algo parecido. Incluso la filantropía de sus mecenas quedaba pálida al lado de esto. ¡Un agente -y entre todos los agentes el de Al era, por unánime acuerdo, el más bruto en todo el mercado ganadero- había reservado billetes de aviación por télex, en nombre del gran Al!

Después de haber tomado unos cuantos ouzos, mientras esperaban el autobús que los devolvería a la playa, Alastair les dijo:

- A ese tipo le voy a recortar la comisión. No estoy dispuesto a que un maldito parásito me quite el diez por ciento durante el resto de mis días.

Un joven hippy, de cabello del color del lino, tipo raro que de vez en cuando se unía a la familia de actores, recordó a Alastair que toda propiedad es un robo.

Absolutamente separada de Alastair, aunque deseándolo dolorosamente, Charlie estuvo con las cejas fruncidas y sin beber. En una ocasión, Charlie musitó:

- Al…

Y alargó la mano en busca de la de Alastair. Pero Long Al no era más dulce en los momentos de triunfo que en los momentos de fracaso o en los momentos de amor, en demostración de lo cual Charlie llevaba, aquella mañana, un labio partido, labio que exploraba nostálgicamente con las puntas de los dedos. De nuevo en la playa, el monólogo de Alastair, con la ayuda de la retsina siguió tan implacable como el sol. Dijo que exigiría conocer al director de la película y dar su aprobación al mismo, antes de firmar. Y anunció:

- No estoy dispuesto a que me dirija un maricón inglés de provincias. No, hija mía, no. Y, en lo tocante al guión debes saber que yo no soy esa clase de actor, que más que actor es un dócil histrión, que se está siempre sentado, calentándose las nalgas, dispuesto a recitar cuanto le echen, como si fuera un loro. Ya me conoces, Charlie. Y si esa gente quiere conocerme, si quiere saber cómo soy de verdad, más valdrá que comiencen a enterarse ahora, Charlie, porque, de lo contrario, esa gentuza y yo vamos a tener una batalla en toda la regla, sí, una de esas batallas en las que no hay prisioneros. Sí, muchacha, sí.

En la taberna, para que todos se fijaran en él, Long Al se sentó en la cabecera de la mesa, y éste fue el momento en que todos se dieron cuenta de que Long Al había perdido su pasaporte, su billetero, su carta de crédito, su billete de avión, y casi todo aquello que un buen anarquista considera basura de la sociedad esclavizada y que, como tal basura, debe tirarse.

El resto de la familia no comprendió el asunto, cual por lo general el resto de la familia no comprendía esos asuntos. Pensaron que se trataba de otra negra pelea entre Alastair y Charlie. Alastair había agarrado la muñeca de Charlie y, torciéndole el brazo, se la oprimía contra el omóplato. La cara de Charlie estaba contorsionada, mientras Alastair la insultaba en voz baja con su cara muy cerca de la de ella. Charlie soltó un ahogado grito de dolor e inmediatamente después, en el silencio subsiguiente, todos oyeron por fin lo que Alastair había estado diciendo, de una forma u otra, a Charlie, durante un buen rato:

- Te dije que lo pusieras todo en la maldita bolsa, te lo dije, estúpida vaca. Estaba todo allí, en el mostrador de la compañía de aviación, y te lo dije, te lo dije, te lo dije: «Cógelo todo y ponlo en tu bolsa, Charlie; sí, en la bolsa que llevas colgada al hombro.» Sí, porque los hombres, a no ser que sean puercos maricones, como Willy y Pauly, los hombres no llevan bolsos ni bolsas, ¿no es cierto, pequeña? ¿Si o no, pequeña? Y ahora quiero que me digas dónde lo has escondido, ¿dónde? No hay manera de impedir que un hombre vaya al encuentro de su destino, puedes estar segura de ello. No hay manera de refrenar el compañerismo entre los hombres, por mucha envidia que tengan del éxito de un camarada. ¡Tengo mucho que hacer allá, pequeña, tengo que conquistar muchos éxitos!

Fue aproximadamente en este momento, en el momento culminante del combate, cuando Joseph hizo su entrada. Aunque nadie supo de cierto por dónde entró, y tal como dijo Pauly, parecía que alguien hubiera hechizado la lámpara y de ella hubiera salido Joseph. En la medida que luego se pudo concretar, Joseph entró por la izquierda, procedente de la playa. El caso es que apareció bruscamente, con su chaqueta rayada de múltiples colores y su gorrilla de golf echada hacia adelante, llevando en la mano el pasaporte de Alastair, su billetero y su billete de avión, todo lo cual, al parecer, Joseph había recogido del suelo, junto a los peldaños de la taberna. Sin expresión en el rostro, un poco pasmado a lo sumo, Joseph contempló la escena de la lucha entre los dos amantes, y, como un distinguido mensajero, esperó que le prestaran atención. Entonces, dejó lo hallado sobre la mesa. Pieza por pieza. De repente, en la taberna imperó un absoluto silencio solamente roto por el leve sonido producido por cada uno de los objetos al chocar contra la mesa. Por fin, Joseph habló:

- Les ruego me disculpen, pero he pensado que alguien iba a echar en falta esos objetos muy pronto. Debiera ser posible vivir sin ellos, supongo, pero mucho me temo que en los presentes tiempos ha de ser bastante difícil.

Hasta el presente momento, nadie, salvo Lucy, había oído la voz de Joseph, y Lucy, cuando la oyó, estaba tan afectada por la marihuana que no pudo percibir acento o inflexión alguna en aquella voz. En consecuencia, no había oído el inglés liso y llano, bien ordenado, del que había quedado eliminado el más leve rastro extranjero. Hubo un momento de pasmo, y luego risas en las que Joseph, ruborizándose, participó. Luego hubo gratitud. Le pidieron que se sentara con ellos. Joseph se excusó y la familia insistió estridentemente. Joseph se había convertido en Marco Antonio ante la muchedumbre clamorosa. Le obligaron a sentarse con ellos. Joseph los estudió. Sus ojos se fijaron en Charlie, miraron a los otros y regresaron a Charlie. Por fin, con una sonrisa de aceptación, Joseph capituló:

- Si tanto insisten…

Lucy, como si fuera una vieja amiga de Joseph, le abrazó. Pauly y Willy hicieron los honores. Por riguroso turno, cada miembro de la familia se enfrentó con la recta mirada del recién llegado, hasta que, de repente, el enfrentamiento fue entre los duros ojos azules de Charlie y los castaños de Joseph, entre la furiosa confusión de Charlie y la perfecta compostura de Joseph, de la que toda expresión de triunfo había sido cuidadosamente eliminada, a pesar de lo cual a Charlie le constaba que no era más que una máscara para ocultar otros pensamientos y otros motivos.

Con calma, Joseph dijo:

- Mucho gusto, Charlie.

Y se estrecharon la mano. A continuación se produjo un instante de teatral silencio e inmovilidad. Y, luego, como si al fin hubiera sido liberada de su cautividad y volara libremente por vez primera, en el rostro de Joseph apareció una ancha sonrisa, joven como la de un colegial y dos veces más contagiosa. Joseph dijo:

- Pensaba que Charlie era un nombre de chico.

Charlie dijo:

- Pues soy una chica.

Y todos rieron, incluida Charlie, antes de que la luminosa sonrisa de Joseph se retirara bruscamente a los estrictos límites de su confinamiento.

Durante los pocos días de libertad que a la familia le quedaban, Joseph se convirtió en su mascota. Con el alivio de la partida de Alastair aceptaron cordialmente a Joseph. Lucy le hizo proposiciones, pero Joseph declinó cortésmente la oferta, e incluso cabe decir que declinó con renuencia. Lucy comunicó tan triste noticia a Pauly, quien también hizo proposiciones a Joseph, sólo para recibir otra negativa un poco más firme que la dirigida a Lucy, lo cual era otra confirmación de que Joseph había hecho votos de castidad. Después de la partida de Alastair, la familia comenzó a pensar en la posibilidad de relajar un poco las normas de su convivencia. Sus breves matrimonios se estaban rompiendo y las nuevas combinaciones que idearon de nada sirvieron para salvarlos. Lucy creía que probablemente estaba embarazada, aunque esto era algo que Lucy creía a menudo, y casi siempre con toda la razón del mundo. Los grandes debates políticos se habían extinguido por falta de fuerza impulsora de ellos, ya que lo único que los miembros de la familia sabían era que el Sistema estaba en contra de ellos y que ellos estaban en contra del Sistema. Pero en Mikonos es un poco difícil encontrar al

Sistema, principalmente cuando el Sistema le ha enviado a uno allí, en avión, pagando el Sistema. Por la noche, en la casa de campo, mientras cenaban con pan, tomate, aceite de oliva y retsina, comenzaron a hablar nostálgicamente de la lluvia y de los fríos días de Londres, y de las calles en las que se olía al desayuno dominical de tocinilla. La partida de Alastair y la incorporación de Joseph les dio una nueva perspectiva. Aceptaron a Joseph ávidamente. No contentos con recabar la compañía de Joseph en la playa y en la taberna, le ofrecieron una velada en la casa de campo, una Joseph-Abend, como la llamaron, y Lucy en su papel de futura madre sacó platos de papel, taramasalata, queso y fruta.

Charlie, sintiéndose a merced de Joseph, en méritos de la partida de Alastair, y atemorizada por sus propios y desordenados sentimientos, fue el único miembro de la familia que se mantuvo alejado de Joseph, diciendo:

- ¿Es que no veis, idiotas, que es un falsario de cuarenta años? ¿No lo veis? Claro, es que no podéis verlo. Sois un hatajo de falsarios drogados y por esto no lo podéis ver. No lo podéis ver literalmente.

El comportamiento de Charlie les dejó a todos intrigados. ¿Qué había sido de su antigua generosidad espiritual? Argüían: ¿Cómo puede ser un falsario si no pretende nada? ¡Vamos Chas, dale una oportunidad! Pero Charlie no quería. En la taberna se estableció de forma espontánea un orden de lugares en la mesa. Joseph, por voluntad popular, presidía la alargada mesa, sentándose en medio, siempre discreto, con la mirada atenta, y diciendo muy poco. Pero Charlie, en el caso de que acudiera a la taberna, se sentaba, nerviosa o atontada, lo más lejos posible de Joseph, a quien despreciaba por ser demasiado accesible a todos. Charlie dijo a Pauly que Joseph le recordaba a su padre. Y lo dijo como si ello fuera un dramático descubrimiento. Joseph tenía el mismo encanto hipocritón que su padre: «Aunque retorcido, Pauly, retorcido, pero no lo digas a nadie.» Si, Charlie se había percatado de ello con una sola mirada.

Pauly juró que nada diría a nadie.

Aquella misma noche, Pauly explicó a Joseph que a Charlie le había dado una de sus manías en contra de los hombres. No, no era nada personal, era antes bien político. La asquerosa madre de Charlie era una maldita conformista, y su padre era un chorizo, dijo Pauly.

Joseph, con una sonrisa que indicaba que conocía bien a los chorizos, dijo:

- ¿Su padre es un chorizo? Me parece maravilloso. Háblame del padre de Charlie.

Así lo hizo Pauly, a quien le gustó mucho poder hacer confidencias a Joseph. En lo tocante a confidencias, Pauly no fue el único en hacérselas a Joseph, ya que después del almuerzo o de la cena, siempre había dos o tres miembros de la familia que se quedaban para hablar de su talento teatral con su nuevo amigo, o bien hablaban de sus amoríos o de los grandes sufrimientos que ser artista comporta. Si sus confesiones corrían peligro de carecer de picante interés, les añadían datos imaginarios, con el fin de que Joseph no se aburriera. Joseph los escuchaba gravemente, efectuaba graves movimientos afirmativos con la cabeza, e incluso reía un poco, gravemente. Pero jamás les daba consejos, ni tampoco, cual no tardaron en descubrir con gran pasmo y admiración, difundía lo que le comunicaban. Guardaba dentro de sí todo lo que le decían. Mejor aún, Joseph jamás contestaba con sus monólogos los monólogos de los demás, ya que prefería estimular soterradamente el habla de los otros mediante cautelosas preguntas acerca de ellos mismos, e incluso acerca de Charlie, ya que ésta estaba muy presente en los pensamientos de los miembros de la familia.

Incluso la nacionalidad de Joseph era un misterio. Por razones que sólo él sabía, Robert afirmaba que era portugués. Otro insistía en que Joseph era un superviviente armenio del genocidio cometido por los turcos; sí, había visto una película sobre el asunto. Pauly, que era judío, aseguraba que Joseph era «Uno de los Nuestros», pero Pauly tenía la costumbre de decir esto último de todo quisque. Por esto, durante cierto tiempo, y con el solo fin de irritar a Pauly, consideraron que Joseph era árabe.

Pero jamás preguntaron a Joseph de dónde era, y cuando intentaron acosarle para que dijera a qué se dedicaba, Joseph se limitaba a contestar que había viajado mucho, pero que ahora se había asentado. Lo decía de tal manera que casi parecía que se hubiera retirado.

Pauly, siempre más valeroso que los otros, le preguntó:

- ¿Y cuál es tu empresa, Joseph? Bueno, quiero decir, ¿por cuenta de quién trabajas?

Con cautela, Joseph contestó que en el fondo no creía que realmente tuviera una empresa. Y antes de contestar se tocó pensativamente la visera de la gorra de golf. No, ahora ya no tenía una empresa. Leía un poco, negociaba un poco, recientemente había heredado algún dinero, y esto le inducía a pensar que, técnicamente hablando, era un trabajador autónomo. Si, era un autónomo. Esta era la expresión correcta.

Sólo Charlie quedó insatisfecha. Se le puso roja la cara y dijo:

- Somos un parásito, ¿verdad Joseph? Leemos, comerciamos, gastamos dinero, y de vez en cuando vamos a una isla griega sexy, para gozar de los correspondientes placeres. ¿No es eso?

Con una sencilla sonrisa, Joseph asintió a las palabras de Charlie. Pero Charlie no quedó contenta. Charlie perdió la compostura y se pasó de rosca:

- ¿Y se puede saber qué diablos lees? Sólo pregunto esto. ¿Y en qué negocias? Supongo que puedo preguntar, ¿verdad?

Joseph asintió silenciosamente, lo cual sólo sirvió para provocar todavía más a Charlie. Ocurría simplemente que aquel tipo era demasiado veterano para quedar afectado por los sarcasmos de Charlie. Esta preguntó:

- ¿Vendes libros? ¿En qué clase de bolsillos metes los deditos?

Joseph tardó en contestar. Si, podía hacerlo. Sus largos momentos de meditación eran ya populares entre la familia, y se les conocía como las «Cautelas de tres minutos de Joseph». Poniendo énfasis en la interrogante, Joseph dijo:

- ¿Meter los dedos? ¿Meter los dedos? Charlie, seré muchas cosas, pero no ladrón.

Acallando las risas de los demás, Charlie los interpeló:

- ¿Es que no veis, imbéciles, que este hombre no puede estar ahí sentado, sin hacer nada, en un vacío, y, al mismo tiempo, negociar? ¿Qué hace? ¿Cuál es su oficio?

Charlie se reclinó desmadejadamente en la silla, y dijo: -¡Oh Dios! ¡Cretinos!

Y Charlie renunció a seguir luchando, adquiriendo el aspecto de estar agotada y de ser una viejecita, lo cual podía conseguir en menos que canta un gallo.

Cuando nadie había acudido todavía en auxilio de Charlie, Joseph dijo muy amablemente:

- ¿No crees que es muy aburrido hablar de estas cosas? Yo diría que el dinero y el trabajo son las dos cosas que venimos a olvidar a Mikonos, ¿no crees lo mismo, Charlie?

Con rudeza, Charlie repuso:

- Lo que yo digo es que esto es más aburrido que hablar con un gato.

De repente, algo estalló en la personalidad de Charlie. Se puso en pie, soltó una exclamación entre dientes y, reuniendo las fuerzas precisas para despejar toda incertidumbre, atizó un puñetazo a la mesa. Era la misma mesa a la que estaban sentados cuando Joseph apareció milagrosamente con el pasaporte de Al. Ahora, el mantel de plástico resbaló, y una botella vacía de limonada, que utilizaban para cazar avispas, fue a caer al regazo de Pauly. Charlie soltó una larga cadena de palabrotas, lo cual dejó a todos un poco avergonzados ya que, en presencia de Joseph, moderaban su lenguaje. Charlie acusó a Joseph de ser un saco de hipocresías y perversiones, de ir a la playa para intentar dominar a unos muchachos a quienes doblaba en edad, y de buena gana le hubiera acusado también de robar viviendas y tiendas de Nottingham, York y Londres, pero no lo hizo debido a que no estaba muy segura, y temía quedar en ridículo ante sus amigos. Ninguno de los presentes supo con certeza hasta qué punto Joseph había comprendido las palabras de Charlie. Esta había hablado con voz ahogada y furiosa, y utilizando su acento más populachero. Ahora bien, en el rostro de Joseph sólo vieron la expresión propia de estudiar cuidadosamente a Charlie.

Después de su habitual pausa dedicada a meditar, Joseph preguntó:

- Bueno, ¿qué es lo que quieres saber exactamente, Charlie?

- Para empezar, ¿tienes un nombre, supongo?

- Vosotros me lo disteis. Es Joseph.

- ¿Cuál es tu nombre verdadero?

Se formó un triste silencio en todo el restaurante, e incluso aquellos que amaban sin reservas a Charlie, como, por ejemplo, Willy y Pauly, sintieron que su lealtad hacia ella quedaba sometida a una dura prueba. Por fin, como si lo hubiera seleccionado entre una amplia lista, Joseph contestó:

- Richthoven, lo mismo que el aviador pero con uve. Joseph, como si la idea le gustara, repitió sonoramente: -Richthoven. -Luego dijo-: ¿Es que este nombre me convierte de repente en una persona diferente? Y, por otra parte, si soy tan perverso como dices, ¿a santo de qué vas a creerme?

- Y antes de Richthoven, ¿cómo te llamas? ¿Cuál es tu nombre de pila?

Antes de decidirse, Joseph hizo otra pausa:

- Peter. Pero me gusta más Joseph. ¿Que dónde vivo? Vivo en Viena. Pero viajo. ¿Quieres mis señas? Si quieres te las daré, sí, porque desdichadamente no me encontrarás en el listín telefónico.

- ¿Eres austríaco?

- Charlie, por favor… Digamos que soy un ser de razas cruzadas, con orígenes europeos y orientales. ¿Te basta con esto?

En estos momentos, el grupo ya estaba acudiendo en auxilio de Joseph, murmurando avergonzadamente:

- Charlie, ¡por el amor de Dios!… Vamos, vamos, Charlie… No imagines que estás en la plaza de Trafalgar, ahora…

Pero Charlie ya no podía parar. Alargó el brazo por encima de la mesa y chascó los dedos debajo de las narices de Joseph. Los chascó una vez y luego otra, de manera que todos los camareros y todos los clientes de la taberna se fijaron en el espectáculo. Charlie dijo:

- ¡El pasaporte, por favor! Anda, cruza mi frontera. Tú fuiste quien encontró el pasaporte de Al, pues bien, ahora quiero ver el tuyo. Fecha de nacimiento, color de los ojos, nacionalidad… ¡Dámelo!

Primero, Joseph miró los dedos extendidos de Charlie, dedos que, en aquella postura, tenían una fea expresión de intromisión. Luego, Joseph levantó la vista a la congestionada cara de Charlie, como si quisiera saber a ciencia cierta cuáles eran sus intenciones. Por fin, Joseph sonrió, y esta sonrisa fue para Charlie como una leve y lenta danza sobre la superficie bajo la que se ocultaba un profundo secreto, una sonrisa que tentaba a Charlie con sus presunciones y sus omisiones.

- Lo siento, Charlie, pero mucho me temo que nosotros, los seres de raza mezclada, tenemos una enraizada renuencia, me atrevería a decir una renuencia histórica, a que nuestra identidad quede definida en papelitos. Tengo la seguridad de que tú, en cuanto a persona progresista, compartes mi sentimiento.

A continuación, cogió la mano de Charlie, le cerró cuidadosamente los dedos con la otra mano, y la devolvió al lado de Charlie.

La semana siguiente, Charlie y Joseph comenzaron su viaje por Grecia. Lo mismo que otras propuestas felices jamás fue estrictamente formulada. Anteriormente, Charlie se había apartado totalmente de su grupo, y se dedicaba a ir a la ciudad a primera hora de la mañana, cuando aún no hacía calor, y matar el día en dos o tres tabernas, entregada a tomar café y a aprenderse de memoria sus parlamentos en Como gustéis, que aquel otoño iba a representar en el oeste de Inglaterra. Un día tuvo la impresión de que la estaban observando, alzó la vista y vio a Joseph en la otra parte de la calle, saliendo de la pensión en que Charlie había descubierto que vivía: Richthoven, Peter, habitación 18, solo. Más tarde, Charlie se dijo a sí misma que fue por pura y simple coincidencia el que ella se sentara en aquella taberna, precisamente en la hora en que Joseph solía salir de la pensión para ir a la playa. Joseph, al ver a Charlie, se acercó a ella y se sentó a su lado. Charlie le dijo:

- Vete.

Sonriendo, Joseph pidió un café, y confesó:

- Mucho me temo que de vez en cuando tus amigos resultan un tanto pesados. Y uno siente deseos de buscar el anonimato de las calles.

Charlie repuso:

- Pues sí, es verdad.

Joseph miró qué era lo que Charlie leía. Y, sin que Charlie se diera cuenta, se metieron los dos a comentar el papel de Rosalind, casi escena por escena. Aun cuando Joseph fue quien habló casi única y exclusivamente:

- Rosalind tiene una multitud de personalidades fundidas en una sola persona. Al observar cómo este personaje se va desarrollando a través de la obra, se tiene la impresión de que es una persona ocupada por un regimiento de personalidades contradictorias. Es buena, es prudente, en cierta medida algo le falta, ve demasiado, e incluso tiene cierto sentido del deber social. Me atrevería a decir que es un papel que te sienta muy bien, Charlie.

Charlie no pudo contenerse. Mirando derechamente a los ojos de Joseph, y sin tomarse la molestia de sonreír, Charlie le preguntó:

- ¿Has estado alguna vez en Nottingham, Joseph?

- ¿Nottingham? Me temo que no. ¿Hubiera debido ir? ¿Es Nottingham un lugar de especial interés? ¿Por qué me lo preguntas? Charlie sentía que le picaban los labios. Dijo:

- Es que el mes pasado estuve actuando allí. Y tenía esperanzas de que me hubieras

visto.

- Me parece interesantísimo. ¿Y en qué representación hubiera debido verte? ¿Cuál era la

obra?

- Santa Juana. La Santa Juana de Shaw. Yo era Juana.

- Esta es una de mis obras favoritas. No pasa siquiera un año sin que vuelva a leer la introducción de esta Juana de Arco. ¿Volverás a representarla? Me gustaría tener la oportunidad de verte. Con los ojos todavía fijos en los de Joseph, Charlie dijo: -También la representamos en York.

- ¿De veras? Representasteis esta obra durante una gira. Me parece estupendo.

- Sí, estupendo. ¿Has estado en York, en el curso de tus viajes?

- No, lo más al norte que he estado ha sido Hampstead, Londres. Pero me han dicho que York es muy bonito.

- Es formidable. Principalmente el Minster.

Charlie miró fijamente a Joseph cuanto tiempo osó, siguió mirando aquella cara en la primera fila de platea. Charlie buscó en los ojos oscuros, en la tersa piel que los rodeaba para descubrir el más leve estremecimiento de culpabilidad o de risa, sin que nada le delatara.

«Es amnésico -concluyó Charlie-. ¿Y yo qué soy? ¡Oh Dios!»

Joseph no le propuso desayunar, y si lo hubiera hecho Charlie hubiera rechazado la oferta. Joseph se limitó a llamar al camarero y a preguntarle en griego qué pescado fresco tenían aquel día. Lo hizo con autoridad, sabedor de que a Charlie le gustaba el pescado, y levantando el brazo con aire de director de orquesta para llamar al camarero. Despidió al camarero, y siguió hablando de teatro a Charlie, como si la cosa más natural del mundo fuera comer pescado y beber vino a las nueve de la mañana de un día de verano. Sin embargo, para él pidió Coca Cola. Sabía de lo que hablaba. Quizá no hubiera estado en el norte de Inglaterra, pero poseía un profundo conocimiento del teatro londinense, conocimiento que no había revelado a ninguna otra persona del grupo. Mientras Joseph hablaba, Charlie experimentó aquel inquietante sentimiento que Joseph había inspirado en ella desde un principio: su naturaleza exterior, lo mismo que su presencia en aquel lugar, no eran más que un pretexto, y la tarea que Joseph se había propuesto era abrir una brecha por la que pudiera colar su otra naturaleza, que era la naturaleza de un ladrón. Charlie le preguntó si iba a Londres con frecuencia. Joseph dijo que, después de Viena, Londres era la única ciudad que valía la pena en todo el mundo. Afirmó:

- En cuanto se me presenta la menor oportunidad la cojo, aunque sea por el rabo.

En ocasiones, incluso el inglés que hablaba parecía haber sido adquirido deshonestamente. Charlie le imaginaba robando horas al sueño para leer un libro de frases hechas inglesas, con el fin de aprender de memoria un determinado número de giros todas las semanas. Charlie dijo:

- También representamos Santa Juana en Londres. Si., hace pocas semanas.

- ¿En el West End? ¡Charlie esto es terrible! ¿Cómo es que no me enteré? ¡Hubiera ido inmediatamente! Con lúgubres acentos, Charlie le corrigió:

- En el East End.

El día siguiente volvieron a encontrarse en otra taberna. Instintivamente, Charlie dudaba que hubiera sido por casualidad. Y, en esta ocasión, Joseph le preguntó sin dar importancia a sus palabras, cuándo pensaba Charlie comenzar a ensayar Como gustéis, a lo que Charlie contestó, con la sola intención de proseguir la conversación, que hasta octubre no comenzarían los ensayos, y, conociendo como conocía la compañía, quizá ni siquiera en octubre. De todas maneras, no creía que las representaciones durasen más de tres semanas. Explicó que el Consejo de las Artes había gastado excesivamente en su presupuesto, y que se hablaba de retirarles la ayuda para efectuar giras. Para impresionar a Joseph, Charlie añadió un pequeño adorno de su propia cosecha:

- El caso es que nos han dicho que nuestro espectáculo sería el último que financiarán, a pesar de que hemos tenido ese formidable apoyo que nos dio el Guardian, y de que nuestro trabajo cuesta al contribuyente una trescientava parte de lo que vale un tanque. Pero ¿qué podemos nosotros hacer?

Con espléndido desinterés, Joseph le preguntó de qué manera emplearía Charlie su tiempo libre. Y fue muy curioso, según concluyó Charlie más tarde, que mediante el hecho de dejar claramente establecido que se había perdido la representación de Juana de Arco, Joseph dejó también establecido que los dos debían resarcirse de una forma u otra de semejante pérdida.

Charlie contestó la pregunta de una forma negligente. Lo más probable es que se dedicara a camarera de bar en algún sitio junto a algún teatro. O que quizá pintara su piso. ¿Por qué lo preguntaba?

Joseph quedó terriblemente preocupado, y dijo:

- Pero, Charlie, esto es muy poca cosa. No cabe duda de que tu talento merece una ocupación más importante que la de camarera. ¿Por qué no se te ha ocurrido pensar en la enseñanza o en la política? ¿No crees que sería más interesante para ti?

En una reacción nerviosa, Charlie se rió, con notable descortesía, de la falta de conocimientos de la vida que afectaba a Joseph, diciendo:

- ¿En Inglaterra? ¿Con el paro que hay? No digas tonterías. ¿Y quién me va a pagar cinco mil libras al año para destruir el orden establecido? ¡Por el amor de Dios, soy una subversiva!

Joseph sonrió. Pareció sorprendido y poco convencido. Rió en cortés reprensión. Dijo:

- Vamos, vamos, Charlie… ¿Qué significa lo que acabas de decir?

Dispuesta a enfadarse, Charlie dirigió una penetrante mirada a Joseph, pero una vez más se tropezaba con la mirada de Joseph, allí, ante la suya, como un muro. Charlie contestó:

- Pues significa exactamente lo que he dicho. Estoy mal vista. Con énfasis, Joseph preguntó:

- Pero ¿qué es lo que subviertes, Charlie? En realidad, me pareces una persona muy ortodoxa.

Fueran cuales fuesen las creencias que Charlie tenía aquel día, experimentaba la incómoda sensación de que, en un debate, Joseph la avasallaría. En consecuencia, para protegerse, Charlie utilizó modales de cansancio. Con fatigados acentos, aconsejó a Joseph:

- Deja este asunto, Joseph. Estamos en una isla griega. Estamos de vacaciones. Deja en paz mi actitud política y yo dejaré en paz tu pasaporte.

Estas palabras fueron suficientes. Charlie quedó impresionada y sorprendida por el poder que ejercía sobre Joseph, precisamente en un instante en que creía que no tenía poder alguno sobre él. Les sirvieron sus bebidas y mientras sorbía limonada, Joseph preguntó a Charlie si había visto muchos restos históricos en Grecia. Fue una pregunta de carácter extremadamente general, y Charlie la contestó con la equivalente indiferencia. Al y ella habían estado en Delfos para ver el templo de Apolo, dijo. Esto era cuanto había hecho. Se abstuvo de decir a Joseph que Alastair había cogido una combativa borrachera en el barco, que el viaje había sido un fracaso, y que, después, Charlie había pasado largas horas leyendo guías acerca de lo que había visto. Pero Charlie tuvo la aguda intuición de que Joseph ya sabía que así había sido.

Hasta el momento en que Joseph suscitó el tema del billete de avión de Charlie para volver a Inglaterra, ésta no comenzó a sospechar que Joseph albergaba ciertas intenciones tácticas tras su simple curiosidad. Joseph le preguntó si podía ver el billete en cuestión. Después de encoger con indiferencia los hombros, Charlie se lo mostró. Joseph lo cogió y estudió cuidadosamente los particulares del billete. Por fin, Joseph dijo:

- Bueno, la verdad es que puedes servirte perfectamente de este billete desde Tesalónica. Oye, ¿por qué no dejas que llame a un agente de viajes que es amigo mío, para que te lo modifique en este sentido? En este caso, podemos hacer el viaje juntos.

Joseph dijo estas palabras cual si fueran la solución que los dos habían estado buscando afanosamente.

Charlie nada dijo, absolutamente nada. Tuvo la impresión de que, en su fuero interno, cada uno de sus elementos estuviera luchando con todos los demás. La niña luchaba contra la madre, la fulana luchaba contra la monja. Sentía que las ropas le producían un roce picante, sentía la espalda ardiendo, pero de todas maneras, nada dijo.

Joseph explicó:

- Dentro de una semana tengo que estar en Tesalónica. Podemos alquilar un coche en Atenas, y luego viajar hacia el norte durante un par de días. ¿Te parece?

El silencio de Charlie en modo alguno impresionó a Joseph, quien añadió:

- Si lo planeamos bien, podemos evitar las aglomeraciones, si esto es lo que te preocupa. Y, al llegar a Tesalónica, puedes coger el avión con destino a Londres. Si quieres incluso podemos turnarnos en la conducción del automóvil. Todos me han dicho que conduces muy bien. Como es natural, serás mi invitada.

Charlie dijo:

- Naturalmente.

- En este caso, ¿por qué no lo hacemos?

Charlie pensó en todas las razones que había preparado en vistas a este momento o a otro parecido, y pensó también en todas las frías y desalentadoras frases a las que recurría cuando hombres mayores le hacían proposiciones. Pensó en Alastair, en lo aburrido que era estar con él en cualquier sitio, salvo en la cama, y en lo aburrido que incluso esto llegó a ser en los últimos tiempos. Pensó en el nuevo capítulo de su vida que se había prometido a sí misma. Pensó en el triste período de fregoteos y comidas frugales que le esperaba cuando se encontrase de nuevo en Inglaterra, con todos sus ahorros gastados, período que Joseph le había recordado, ya intencionadamente, ya por casualidad. Una vez más, Charlie miró de soslayo a Joseph, y no vio en su expresión rastro de súplica alguno. Sólo vio un «¿Por qué no?», y nada más. Charlie recordó el nervudo y poderoso cuerpo de Joseph, trazando su solitaria estela en el mar. Una vez más: «¿Por qué no?» Recordó el contacto con su mano, y la extraña nota de reconocimiento en su voz: «Charlie, mucho gusto.» Y la simpática sonrisa que apenas había vuelto a esbozar desde entonces. Y también recordó cuán a menudo había pensado que, si alguna vez Joseph se lanzaba, las consecuencias serían tremendas, lo cual, se dijo Charlie, era lo que la había atraído hacia Joseph, más que cualquier otra cosa.

Mientras bebía con la cabeza baja, Charlie murmuró.

- No quiero que mi grupo de amigos se entere. Tendrás que arreglártelas para que así sea. Se morirían de risa.

A estas palabras, Joseph repuso que se iría el día siguiente por la mañana y que lo dispondría todo:

- Naturalmente, si quieres que tus amigos no sepan nada…

Charlie dijo que esto era, exactamente, lo que quería.

Bueno, pues en este caso, dijo Joseph en un tono de voz igualmente práctica, haría lo que acababa de decir. Charlie no pudo decidir si Joseph tenía esa clase de mentalidad o si lo había previsto todo de antemano. De todas maneras, le agradeció su precisión y claridad, aun cuando, luego, Charlie se dio cuenta de que había dado por supuestas estas cualidades.

- Tus amigos y tú iréis en barco hasta el Pireo. El barco atraca a última hora de la tarde, aun cuando esta semana probablemente se demorará por culpa del tráfico industrial. Poco después de que el barco entre en el puerto, dirás a tus amigos que quieres ir de viaje sola, vagando a tu antojo, por la península, durante unos días. Sí, será una decisión tomada repentinamente, una de estas decisiones por las que eres famosa. No se lo digas con anticipación, ya que entonces se pasarán todo el día intentando disuadirte.

Después de un breve silencio, Joseph añadió con la autoridad propia de quien está habituado a ejercerla:

- No les des demasiadas explicaciones, ya que esto es un claro síntoma de no tener la conciencia tranquila.

Antes de que hubiera tenido tiempo de meditar sus palabras, y recordando que Alastair, como de costumbre, había gastado el dinero de los dos, Charlie dijo:

- Supón que no tenga ni un dracma.

Charlie lamentó no haberse mordido la lengua. Y si Joseph le hubiera ofrecido dinero en aquellos instantes, Charlie se lo hubiera arrojado a la cara. Pero Joseph pareció darse cuenta de ello. Joseph dijo:

- ¿Saben que no tienes ni cinco?

- Claro que no.

- En este caso, la historia que vas a contarles es inatacable.

Y como si estas palabras dejaran zanjado el asunto, Joseph se metió en el bolsillo de su chaqueta el billete de avión de Charlie. Esta, bruscamente alarmada, chilló:

- ¡Eh, dame eso!

Pero fue un chillido en sordina, aunque por poco. Joseph dijo: -Una vez te hayas desembarazado de tus amigos, coge un taxi y ve a la plaza Kolokotroni.

Joseph deletreó el nombre de la plaza, y añadió:

- Te costará unos doscientos dracmas.

Esperó a ver si este último gasto podía ser un problema, pero resultó que no lo era. Charlie tenía todavía ochocientos dracmas, aunque no lo dijo a Joseph. Joseph repitió el nombre de la plaza y comprobó que Charlie se lo había aprendido. Causaba cierto placer someterse a la militar eficiencia de Joseph. Junto a la plaza había un restaurante con terraza. Joseph le dijo el nombre -Diógenes-, y se permitió un comentario humorístico: un nombre muy hermoso, uno de los mejores de la historia, y, a su juicio, el mundo necesitaba más Diógenes y menos Alejandros. El la esperaría en el Diógenes. No en la terraza sino en el interior, que era fresco e íntimo. Repite, Charlie: Diógenes. Con absurda pasividad, Charlie así lo hizo.

- Al lado de Diógenes está el Hotel París. Si por alguna circunstancia imprevista no puedo acudir a tiempo, dejaré una nota en la conserjería del Hotel París. Pide por el señor Larkos. Es un buen amigo mío. Si necesitas cualquier cosa, dinero o lo que sea, muéstrale esto al señor Larkos y te proporcionará lo que le pidas.

Joseph entregó una tarjeta a Charlie, y añadió:

- ¿Recuerdas todo lo que te he dicho? Naturalmente, no en vano eres actriz. Esto te permite recordar palabras, ademanes, números, colores, todo.

Charlie leyó: «Richthoven Enterprises, Export.» Y, a continuación el número de un apartado de correos, en Viena.

Al pasar ante una tienda de souvenirs, Charlie, que se sentía maravillosa y peligrosamente viva, compró, para regalárselo a su maldita madre, un mantel de labor de punto, y, pensando en su venenoso sobrino Kevin, compró un gorro griego, con borla. Luego compró una docena de tarjetas postales, que dirigió al viejo Ned Quilley, su inútil agente teatral de Londres, en las que escribió cómicos mensajes, con la intención de avergonzar al agente ante las remilgadas señoras que trabajaban en su oficina. En una de ellas escribió: «Ned, Ned, te voy a hacer todos los papeles.» En otra escribió: «Ned, Ned, ¿es posible que una mujer caída se hunda?» Sin embargo, en otra tarjeta postal escribió con toda seriedad, y en ella le decía que estaba pensando seriamente en demorar su regreso a Inglaterra, con la finalidad de poder visitar con detenimiento la Grecia continental. Haciendo caso omiso de los consejos de Joseph, en el sentido de no hablar o decir demasiado, Charlie explicó a su agente: «Ya es hora de que tu Charlie supere un poco sus niveles culturales, Ned.» Cuando Charlie se disponía a cruzar la calle con el fin de echar las postales al buzón, experimentó la extraña sensación de estar siendo observada por alguien. Sin embargo, cuando Charlie dio media vuelta sobre sí misma, para mirar hacia atrás, diciéndose que probablemente vería a Joseph allí, a su espalda, vio únicamente a aquel muchacho hippy, con el cabello del color del lino, el muchacho a quien le gustaba unirse a la familia de actores con la que Charlie había vivido hasta el momento, y que estuvo presente en las gestiones efectuadas por Alastair para salir de Grecia. El muchacho con el cabello del color del lino caminaba cansinamente detrás de Charlie, con los brazos caídos y adelantados, igual que un gran simio. El muchacho vio a Charlie, y levantó muy despacio el brazo derecho, agitando la mano en un gesto que recordaba la figura de Cristo. Charlie le contestó agitando el brazo, y con una sonrisa en los labios. Llevada por un estado de humor benévolo, Charlie se dijo que aquel muchacho había emprendido un mal «viaje», viaje de drogas, y que se encontraba en tal estado que no podía regresar al punto de partida. Charlie echó al buzón las tarjetas postales, una a una, y, entretanto, pensó que quizá debiera hacer algo para ayudar al muchacho con el cabello del color del lino.

La última postal estaba dirigida a Alastair y rebosaba fingidos sentimientos. Sin embargo, Charlie, después de escribirla, no la leyó. A veces, principalmente en momentos de incertidumbre o de cambio, o cuando se disponía a hacer algo audaz, a Charlie le gustaba creer que su simpático, inútil y blandengue Ned Quilley, que en su próximo cumpleaños cumpliría los ciento cuarenta, era el único hombre a quien verdaderamente había amado en toda su vida.

4

Kurtz y Litvak visitaron a Ned Quilley, en su despacho de Soho, en un neblinoso y húmedo mediodía de un viernes -visita de carácter social con finalidad comercial-, tan pronto se enteraron de que el asunto Joseph-Charlie se desarrollaba a pedir de boca y con toda seguridad. Poco les faltaba para estar desesperados, por cuanto desde el estallido de la bomba de Leyden sentían en el cogote, a todas las horas del día, el aliento de Gavron. Ningún sonido recogía su mente, como no fuera el implacable tictac del viejo reloj de pulsera de Kurtz. Pero, aparentemente, aquella pareja no era más que dos respetables y muy diferentes norteamericanos, procedentes del centro de Europa, con nuevas y chorreantes gabardinas Burberry, uno de ellos corpulento y con un andar impetuoso y recio, con cierto aspecto de capitán de barco, y el otro flaco y joven, y con cierto aire insinuante, así como una sonrisa de persona educada en ámbitos académicos. Dijeron que se llamaban Gold y Karman, de la firma GK Creations Incorporated, y sus cartas y tarjetas, apresuradamente impresas, lucían un monograma azul y dorado, como una aguja de corbata de los años treinta, que demostraba su aserto. Habían concertado la cita desde la embajada, aunque aparentemente lo hicieron desde Nueva York, cita que concertaron personalmente con una de las señoras empleadas en el despacho de Ned Quilley, y llegaron con rigurosa puntualidad, como correspondía a los diligentes hombres de negocios que no eran.

Exactamente a las once menos dos minutos, y habiendo llegado directamente de la calle, Kurtz dijo a la senil recepcionista, la señora Longmore:

- Somos Gold y Karman. Tenemos una cita con el señor Quilley a las once en punto. Muchas gracias; no, señora, esperaremos en pie. Cuando llamamos por teléfono, ¿hablamos con usted quizá?

En el tono que se emplea para seguir la corriente a un par de locos, la señora Longmore les dijo que no, que no habían hablado con ella. El asunto de las citas estaba en manos de la señora Ellis, que era una persona absolutamente diferente.

Sin dejarse amilanar, Kurtz dijo:

- Si., comprendo, comprendo.

Esta era la manera en que actuaban en casos como el presente. Oficialmente, por lo menos, el corpulento Kurtz marcaba el ritmo y el flaco Litvak emitía suaves murmullos, detrás del primero, y mantenía su constante media sonrisa privada.

La escalera que conducía al despacho de Ned Quilley era de peldaños muy altos y carecía de alfombra, por lo que, en los cincuenta años de experiencia en su cometido que llevaba la señora Longmore, la mayoría de los norteamericanos solían hacer amargos comentarios acerca de la escalera y detenerse en su ascenso. Pero ni Gold ni Karman lo hicieron. Mientras la señora Longmore los contemplaba por su ventanita, pudo comprobar que aquel par se saltaban tranquilamente los peldaños y se perdían de vista, como si en su vida hubieran visto un ascensor. Seguramente se debía al nuevo deporte del jogging, pensó la señora Longmore, mientras reanudaba su labor de calceta que le daba cuatro libras por hora. ¿Es que, actualmente, en Nueva York no hacían más que jogging? ¿Es que los pobrecillos neoyorquinos se pasaban el día corriendo alrededor del Parque Central, esquivando perros y mariquitas? La señora Longmore había oído decir que más de uno había muerto, por culpa del jogging.

En el momento en que el menudo Ned Quilley les abrió alegremente la puerta, Kurtz dijo por segunda vez:

- Señor, somos Gold y Karman. Yo soy Gold.

Y la manaza de Kurtz cogió la mano de Ned, antes de que éste hubiera tenido tiempo de ocultarla. Kurtz dijo:

- Señor Quilley, Ned, es un gran honor conocerle. Goza usted de gran reputación en el

ramo.

Mirando por encima del hombro de Kurtz, con igual respeto que éste, Litvak explicó por su parte:

- Y yo soy Karman, señor.

Pero Litvak aún no había alcanzado la altura social precisa para estrechar manos. Kurtz había estrechado la mano de Ned, por cuenta de los dos.

Con su humilde encanto eduardiano, Ned protestó:

- Mi querido amigo, quien se siente honrado soy yo, y no usted.

E inmediatamente los llevó junto a la legendaria y alargada Ventana de Quilley, de los tiempos del padre de Ned, en la que, según la tradición, uno se sentaba para contemplar el mercado de Soho y beber a sorbitos el jerez de Quilley, y ser espectador de la marcha del mundo, mientras se cerraban negocios con el viejo Quilley y los clientes que éste representaba. Sí, ya que Ned Quilley, a los sesenta y dos años, seguía siendo, en gran parte, un hijo. A lo sumo a que aspiraba era a procurar que el agradable estilo de vida de su padre continuara. Era un hombre de dulce condición, con el cabello blanco, y un tanto aficionado a vestir bien, como suele ocurrir en el caso de las personas enamoradas del teatro, con ojos de raro mirar, mejillas sonrosadas, y cierto aire de demorarse y estar agitado al mismo tiempo, como si tuviera que explicarle a uno algo de vital importancia, pero que no pudiera hacerlo antes de que el tren partiera.

Agitando valerosamente una mano elegante y menuda en dirección a la ventana, Ned Quilley declaró:

- El tiempo es demasiado húmedo para las fulanas.

Si, en opinión de Ned, la despreocupación era media vida. Pro-siguió:

- Por lo general, y en esta época del año, ganan bastante dinero. Las hay gordas, las hay negras, amarillas, de todas las formas y colores que quepa imaginar. Hay una vieja fulana que lleva aquí más tiempo que yo. Mi padre solía darle una libra esterlina, por Navidad. En nuestros días poco se puede comprar con una libra… ¡Y tan poco, ciertamente!

Mientras los dos visitantes reían obsequiosamente, Ned Quilley extrajo, de su bien cuidado mueble librería, una botella de jerez, de la que pulcramente olisqueó el tapón, y luego escanció el caldo en tres copas de cristal, dejándolas mediadas, sin que los visitantes dejaran de observarle. Cuando le vigilaban, Ned Quilley se daba inmediatamente cuenta de ello. Ahora tuvo la impresión de que aquellos dos le estuvieran valorando, que le valoraran a él, que valoraran su despacho. Se le ocurrió una terrible idea, idea que había estado oculta en el fondo de su cerebro desde que recibió la carta. Con nerviosos acentos, Ned Quilley preguntó:

- Oigan, ¿no pretenderán comprarme o cometer otra barbaridad, supongo?

Kurtz soltó una tranquilizadora carcajada:

- Ned, puede usted tener la seguridad de que no queremos comprarle.

Litvak también rió. Ned les entregó las copas, y dijo con profundo sentimiento:

- ¡Doy las gracias a Dios por ello! ¿Saben ustedes que en la actualidad se compra a todo el mundo? Tipos de todo género, de quienes en mi vida he oído hablar, me ofrecen dinero por teléfono. Se están tragando a todas las firmas pequeñas y antiguas, las firmas decentes, como si tal cosa. Es escandaloso. A su salud. Buena suerte. Bienvenidos.

Y meneó la cabeza, llevado todavía por sus escandalizados sentimientos.

Los ritos de cortesía de Ned prosiguieron. Les preguntó dónde se alojaban, y Kurtz dijo que en el Connaught, hotel que realmente les gustaba mucho, y en el que se habían sentido como en su casa, sólo al llegar. Esto era verdad en parte. Los dos se habían alojado allí, lo cual significaba que Misha Gavron se desmayaría cuando viera la factura. Ned les preguntó si habían hallado los debidos medios para ocupar agradablemente su tiempo libre, y Kurtz contestó, con mucho calor, que la estaban gozando en grande, en todo instante. Mañana se iban a Munich.

Ned, interpretando el papel propio de un hombre de su avanzada edad, el papel de anacrónico y poco mundano dandi, preguntó:

- ¿Munich? ¿Y qué diablos van a hacer en semejante lugar?

¡Realmente, el mundo es para ustedes como la palma de la mano! Como si con sus palabras lo explicara todo, Kurtz repuso: -Dinero de coproducción.

Hablando con una voz tan suave como su sonrisa, Litvak dijo: -Y mucho dinero. El teatro alemán es muy importante, actualmente. Ha llegado a un punto muy alto, muy alto, señor Quilley. En tono indignado, Ned dijo:

- ¡No tengo la menor duda! Lo he oído decir. Los alemanes son muy fuertes, ahora, y esto es algo que debemos reconocerlo y tenerlo en cuenta. Son muy fuertes en todo. La guerra se ha olvidado, ahora. Sí, han escondido el recuerdo, lo han escondido muy lejos.

Animado por un misterioso impulso de actuar ineficazmente, Ned fingió que echaba más jerez a las copas de sus visitantes, como si no se hubiera dado cuenta de que apenas habían bebido. Luego, soltó una risita ahogada y dejó la botella. Se trataba de una botella para utilizarla en barcos, del siglo xviii, con la base muy ancha, a fin de que se mantuviera en pie, a pesar del oleaje. Cuando trataba con extranjeros, Ned explicaba esto último muy a menudo, con el fin de suavizar tensiones. Pero en este caso, Ned percibió en sus visitantes una cierta seriedad que le aconsejó no hacerlo, por lo que se produjo un breve silencio, sólo roto por el gemido de las sillas. Al otro lado de la ventana, la lluvia se había transformado en densa y húmeda niebla.

Midiendo con toda exactitud el momento de iniciar la conversación de carácter práctico, Kurtz dijo:

- Ned… Ned, me gustaría explicarle un poco quiénes somos, por qué le escribimos y las razones por las que estamos ocupando su valioso tiempo.

Ned repuso:

- Mis queridos amigos, será para mí un placer, realmente.

Y sintiéndose una persona totalmente diferente, Ned cruzó sus piernecillas y esbozó una sonrisita atenta, mientras Kurtz adoptaba cómodamente su talante persuasorio.

A juzgar por la frente ancha y abombada de Kurtz, Ned concluyó que probablemente era de origen húngaro, pero también podía ser checo, o de cualquier lugar más o menos parecido. Kurtz tenía una voz rica, naturalmente recia, y hablaba con un acento centroeuropeo que el Atlántico aún no había podido diluir. Hablaba deprisa y con fluidez, como un locutor de radio comercial, y sus ojos pequeños y brillantes parecían percibirlo todo, mientras con el antebrazo derecho efectuaba movimientos de golpear algo, haciéndolo todo trizas. Kurtz explicó que él, Gold, era el abogado de la familia. Karman pertenecía a la esfera creativa, teniendo experiencia en literatura, y actividades de agente y de productor, todo lo cual había hecho principalmente en Canadá. Recientemente habían abierto una oficina en Nueva York, en donde su principal tarea era el trabajo independiente para las cadenas de televisión. Kurtz dijo:

- Nuestra función creadora, Ned, está limitada en un noventa por ciento a encontrar un concepto que sea aceptable para las cadenas y para los financieros. Nosotros vendemos el concepto. Y dejamos la producción a los productores. Y esto es todo.

Kurtz había terminado y dirigió una distraída mirada a su reloj de pulsera. Ahora, a Ned correspondía el turno de decir algo inteligente, lo cual hacía bastante bien, a decir verdad. Ned frunció la frente; sosteniendo el vaso en la mano, alargó el brazo e hizo un movimiento en forma de arabesco, para con ello dar respuesta al gesto de Kurtz consistente en mirar el reloj. Ned dijo:

- Mi querido amigo, si ustedes venden directamente, ¿para qué necesitan agentes como nosotros? Quiero decir que, ¿a santo de qué yo valgo lo suficiente para que me inviten a almorzar? ¿Comprende lo que quiero decir? ¿A qué almorzar, si son vendedores?

Con la consiguiente sorpresa de Ned, al oír estas palabras Kurtz soltó una alegre y contagiosa carcajada. Por su parte, Ned estimaba que había estado notablemente ingenioso, y que su ingenio había funcionado debidamente, pero a su juicio la reacción de Kurtz había sido excesiva. A Kurtz se le cerraron los ojillos, levantó sus anchos hombros, y en el instante siguiente las cálidas carcajadas de su risa eslava estremecían la estancia. Al mismo tiempo, arrugas de toda clase, arrugas desconcertantes, aparecieron en la cara de Kurtz. Hasta el presente momento, a juicio de Ned, Kurtz había aparentado unos cuarenta y cinco años, en el peor de los casos. Pero, de repente, Kurtz adquirió la misma edad que Ned, quedando con la frente, las mejillas y el cuello cual si fueran de papel arrugado, con arrugas que parecían trazadas a cuchillo. Esta transformación preocupó a Ned. En cierta manera se sintió engañado. Luego, en tono de queja, Ned dijo a su esposa, Marjory: «Es como un caballo de Troya humane; uno da entrada en el despacho a un enérgico vendedor de negocios teatrales, de cuarenta años de edad, y el tipo, de repente, se transforma en un mister Punch de sesenta años; es muy raro.»

Pero en esta ocasión fue Litvak quien dio la crucial y muy preparada contestación a la pregunta de Ned, la contestación de la que dependía todo lo demás. Inclinando su largo y flaco tronco sobre sus propias rodillas, Litvak abrió la mano derecha, separó los dedos, se cogió el dedo medio y se dirigió a él, hablando con acento de Boston, arrastrando las palabras, acento que era el resultado de diligentes estudios a los pies de profesores judíos. Con un acento tan devoto que parecía estuviera revelando un místico secreto, Litvak dijo:

- Señor Quilley, lo que nos ha traído aquí es un proyecto totalmente nuevo y original. Sin precedentes y sin posibles imitadores. Compramos dieciséis horas del mejor tiempo de la televisión, en otoño e invierno, por ejemplo. Formamos una compañía teatral itinerante. Un grupo de actores de gran talento artístico, ingleses y norteamericanos, que representan una amplia gama de razas, de personalidades y de interacción personal. Esta compañía irá de ciudad en ciudad, cada actor interpretará diferentes papeles, en ocasiones interpretará primeros papeles y en otras interpretará papeles secundarios. El relato humano de su vida verdadera y de sus relaciones humanas proporcionará una amable dimensión, que contribuirá a atraer al público. Se darán representaciones en directo, en todas las ciudades.

Litvak levantó la vista cautelosamente, cual si creyera que Quilley había hablado. Pero éste había guardado enfático silencio. Bajando la voz hasta el punto de hacerla casi inaudible, a medida que su fervor aumentaba, Litvak volvió a hablar:

- Señor Quilley, nosotros viajaremos con esta compañía, compartiremos los vehículos en que se traslade, la ayudaremos a transportar los decorados… Nosotros, el público, compartiremos los problemas de la compañía, sus asquerosos hoteles, nos preocuparemos por sus amores y por sus peleas. Nosotros, el público, ensayaremos juntamente con los actores, compartiremos los nervios de las primeras representaciones, leeremos las críticas periodísticas del día siguiente, nos alegraremos con sus éxitos, nos entristeceremos con sus fracasos, escribiremos cartas a sus familiares. Devolveremos al teatro su carácter de aventura. El espíritu primario del teatro, la interrelación entre actores y público.

Por unos instantes, Quilley pensó que Litvak había terminado. Pero, en realidad, Litvak se limitaba a seleccionar otro de sus dedos al que hablar. Litvak prosiguió:

- Seleccionaremos obras clásicas, todas ellas de derecho público, con lo que rebajaremos los costes. Nos serviremos de actores y actrices nuevos, relativamente desconocidos, aun cuando tendremos de vez en cuando, para animar un poco la cosa, a un actor invitado. Pero básicamente nos dedicaremos a promover actrices y actores prometedores, invitándolos a demostrar la gama completa de su talento durante un período mínimo de cuatro meses, que esperamos podamos ampliar. Sí, y reampliar. Veremos si es bueno para los actores el que gocen de amplia publicidad, de constante exhibición pública, interpretando buenas obras, obras limpias y sin guarradas. Este es nuestro concepto, señor Quilley. Y parece que este concepto gusta a nuestros clientes.

Entonces, incluso antes de que Quilley hubiera tenido tiempo para felicitar a sus visitantes, lo cual siempre le gustaba hacer, cuando alguien le explicaba una idea, Kurtz volvió a entrar impetuosamente en acción. Dijo:

- Ned, queremos contratar a su Charlie.

Lo dijo con una ancha y feliz sonrisa, con el entusiasmo de un mensajero shakesperiano al dar la noticia de una victoria. Kurtz había levantado el brazo y lo dejó en lo alto.

Muy excitado, Ned se dispuso a hablar. Pero una vez más tuvo que desistir porque Kurtz le volvía a someter a un chaparrón de palabras:

- Ned, estamos convencidos de que su Charlie es una actriz muy ingeniosa, de gran ductilidad, apta para abarcar un amplio repertorio. Si puede usted aclararnos un par de puntos dudosos, estimo que podemos ofrecer a Charlie la oportunidad de ocupar, en el firmamento teatral, un lugar del que ni ella ni usted se arrepentirán.

Una vez más, Ned intentó hablar, pero en esta ocasión fue Litvak quien se le adelantó:

- Estamos plenamente dispuestos a llevarnos a Charlie, señor Quilley. Si nos da un par de respuestas a un par de preguntas, Charlie entrará por la puerta grande en nuestro proyecto.

Se produjo un brusco silencio. Y lo único que Ned podía escuchar era el canto de su corazón. Oprimió los labios, y, efectuando un esfuerzo para adquirir aspecto de hombre de negocios, dio un tirón a los puños de su camisa, primero uno y luego el otro. Reafirmó en su sitio la rosa que Marjory le había puesto aquella mañana en el ojal de la chaqueta, mientras, como de costumbre, le recomendaba que no bebiera demasiado durante el almuerzo. Pero Marjory no hubiera dicho esto último, si hubiera sabido que aquellos visitantes, lejos de querer regatear el dinero de Ned, le proponían dar a su queridísima Charlie la oportunidad que tanto habían esperado. Si Marjory hubiera sabido esto, hubiera levantado todas las restricciones que solía imponer a Ned.

Kurtz y Litvak bebieron té durante el almuerzo, pero en el restaurante The Ivy se tomaban con tranquilidad estas excentricidades. En cuanto a Ned, poco esfuerzo le costó decidirse por una muy decente media botella de la carta de vinos, y también se tomó, debido a lo mucho que sus visitantes insistieron, una gran copa neblinosa del Chablis de la casa, para acompañar el salmón ahumado. Antes, en el taxi que tomaron para hurtarse a la lluvia, Ned comenzó a contar a sus visitantes la divertida historia del modo en que Charlie llegó a ser su representada. Ya en The Ivy, Ned prosiguió el relato:

- Me entusiasmé con ella totalmente y sin reservas. Lo cual jamás había hecho con anterioridad. Me comporté como un viejo insensato, a pesar de que no era tan viejo como ahora, aunque sí insensato. El espectáculo no era gran cosa. En realidad, se trataba de una anticuada revistilla, un poco arreglada para que pareciera moderna. Pero Charlie estaba maravillosa. Ternura defendida, esto es lo que me gusta en las chicas.

En realidad esta definición era del padre de Ned, quien ahora siguió:

- Tan pronto bajó el telón, me fui directamente al camerino de Charlie, si es que a aquello se le podía llamar camerino, me porté como un Pygmalion, y le propuse firmar contrato en aquel mismo instante. Al principio, Charlie no me creía. Me parece que me tomó por un viejo verde. Tuve que ir a buscar a Marjory, mi esposa, para que la convenciera.

Ofreciéndole más pan moreno y mantequilla, Kurtz le preguntó con amable interés:

- ¿Y qué ocurrió después? ¿Fue todo un camino de rosas? Con toda inocencia, Ned protestó:

- ¡No, no, qué va! Charlie era como la mayoría de las actrices de su edad. Recién salidas de la escuela de arte dramático, con los ojos brillantes de ilusión, y llenas de promesas, consiguen un par de papeles, comienzan a comprarse un piso o cualquier otra estupidez parecida, y, de repente, se quedan varadas, con una mano delante y la otra detrás. Es el momento de la penumbra, como digo yo. Algunas lo superan y otras no. ¡Salud!

Después de tomar unos sorbitos de té, Litvak dijo suavemente:

- Pero Charlie lo superó.

- Digamos que supo mantenerse en su puesto. Con mucho esfuerzo y mucho trabajo. No fue fácil, pero esto nunca es fácil. Charlie estuvo años así. Demasiados años, ciertamente.

Con sorpresa, Ned se dio cuenta de que estaba conmovido. Y, a juzgar por la expresión del rostro de sus visitantes, éstos también lo estaban. Ned dijo:

- Pero ahora ya ha salido definitivamente de este estado, ¿no es cierto? ¡Me alegro por ella! Sí, realmente, me alegro mucho.

Y he aquí que se estaba dando, en aquella entrevista, otra circunstancia extraña, tal como Ned explicó después a Marjory. O quizá dicha extraña circunstancia fue constante resultado de un mismo comportamiento. Con ello, Ned se refería al modo en que la personalidad de los dos hombres iba cambiando al paso del tiempo. Por ejemplo, cuando estuvieron todos de nuevo en el despacho de Ned, éste apenas pudo meter baza en la conversación. Pero en The Ivy le cedieron íntegramente el centro del escenario, efectuaron constantes movimientos afirmativos, y apenas dijeron palabra. Pero después… Bueno, después todo fue completamente diferente.

Con orgullo, Ned dijo:

- La chica tuvo una infancia terrible, desde luego. He advertido que esto les ocurre a muchas chicas. Quizá esa clase de infancia sea lo que las impulse hacia el mundo de la fantasía. A representar un papel. A ocultar sus emociones. A imitar a las personas que parecen más felices que ellas. 0 más desdichadas. O a robar parte de su personalidad, lo cual es parte esencial del arte escénico. Desdicha. Robo. Bueno, en fin, me parece que hablo demasiado. ¡A su salud!

Respetuosamente, Litvak preguntó:

- ¿En qué sentido fue terrible, señor Quilley? Me refiero a la infancia de Charlie. Terrible, sí, pero ¿cómo?

Litvak había formulado la pregunta como si fuera una persona que estuviera investigando en toda su integridad la naturaleza de lo terrible.

Haciendo caso omiso de lo que únicamente después advirtió era una creciente gravedad en los modales de Litvak, así como en la mirada de Kurtz, Ned les comunicó cuantos conocimientos había adquirido incidentalmente, durante los modestos almuerzos de confesión con que Ned obsequió de vez en cuando a Charlie en Bianchi, que era el establecimiento al que las llevaba a todas. La madre tonta, dijo Ned. El padre una especie de estafador, agente de cambio y bolsa que se hundió, y que, ahora, afortunadamente, ya había muerto, y uno de esos verosímiles embusteros que creen que Dios les puso el quinto as de la baraja en la manga. Acabó en la cárcel. Murió en ella. Espantoso.

Una vez más, Litvak intervino con suma suavidad:

- ¿Ha dicho que murió en la cárcel, señor?

- Y en la cárcel le enterraron. La madre estaba tan enfadada que ni siquiera quiso pagar el entierro.

- ¿Y esto se lo ha contado la propia Charlie?

Quilley quedó desorientado ante semejante pregunta y dijo:

- ¿Quién me lo iba a contar, si no?

Litvak preguntó:

- ¿No se lo dijo ningún colateral?

Ned, sintiendo que sus temores de que le avasallaran renacían, dijo:

- ¿Ningún que?

- Corroboración, señor. Confirmación por parte de alguien que no quedara directamente afectado. A veces, las actrices…

Pero Kurtz, con una paternal sonrisa en los labios, intervino dando un consejo a Ned:

- No haga usted caso de este muchacho, Ned. Mike es, a veces, muy suspicaz. ¿No es así, Mike?

En una voz que casi fue un suspiro, Litvak reconoció: -Sí, sí quizá.

Sólo entonces se le ocurrió a Ned preguntarles en qué ocasiones habían visto actuar a Charlie, y, con la consiguiente y agradable sorpresa, resultó que aquellos dos habían tomado muy seriamente su labor de investigación. No sólo habían conseguido recortes de todas las apariciones de menor importancia de Charlie en la televisión, sino que habían hecho una excursión hasta el horrible Nottingham, en su anterior visita, para verla interpretar Santa Juana.

Mientras los camareros retiraban los restos de lo ya comido, para presentar el pato asado, Ned exclamó:

- ¡Son ustedes realmente muy astutos, queridos amigos! Si me hubieran llamado por teléfono, yo mismo les hubiera llevado a Nottingham, y si no yo, lo hubiera hecho mi esposa, Marjory. ¿Fueron a buscarla al camerino, le ofrecieron una cena? ¿No? ¡Increíble!

Kurtz se permitió unos instantes de duda, y su voz adquirió gravedad. Lanzó una interrogativa mirada a su socio Litvak, quien a su vez le contestó con un leve movimiento afirmativo de la cabeza. Entonces, Kurtz dijo:

- Ned, si quiere usted que le diga la verdad, estimamos que hacer lo que acaba de decirnos no era adecuado, habida cuenta de las circunstancias.

Presuponiendo que se trataba de algún aspecto de la ética propia de los agentes artísticos, Ned preguntó:

- ¿Y a qué circunstancias se refiere? ¡Santo Dios, aquí no somos tan estrictos! Si alguien quiere hacer una oferta a una actriz, la hace y en paz. No necesitan nada de mí. En su día cobraré mi comisión, y esto será todo.

Entonces, tal como luego dijo a Marjory, Ned se calló debido a lo muy solemnes que se pusieron los dos. Como si acabaran de comer ostras en mal estado. Con la concha incluida.

Litvak se dio unos leves golpecitos con la servilleta en los labios, y dijo:

- ¿Me permite que le haga una pregunta, señor?

Muy intrigado, Ned repuso:

- ¡Por favor, querido amigo!

- ¿Podría decirme, por favor, qué resultados da esta chica en las entrevistas para periódicos, televisión, etcétera?

Ned dejó en la mesa el vaso de vino y dijo:

- ¿En entrevistas? Bueno, si esto le preocupa, le diré que es absolutamente natural, en las entrevistas. De primera clase. Sabe instintivamente qué es lo que los periodistas quieren, y, si le dan ocasión, les proporciona exactamente lo que quieren. Es como un camaleón. Bueno, debo reconocer que, en los últimos tiempos, está un poco enmohecida, ya que ha practicado poco. Pero ya verán cómo recupera la forma en menos que canta un gallo. No se preocupen por este aspecto de la cuestión.

Para tranquilizar a sus interlocutores, Ned tomó un largo trago de vino y exclamó:

- ¡Oh, no!

Pero Litvak no quedó tan tranquilizado por esta respuesta, como Ned había esperado. Litvak frunció los labios, en un gesto de desaprobación, y con sus largos y flacos dedos comenzó a reunir montoncitos de migas, sobre el mantel. Ned llegó al extremo de inclinar la cabeza hacia abajo y de levantar la vista, para sacar a Litvak de su preocupado estado, y, no muy seguro de sí mismo, exclamó:

- ¡Querido amigo, no se ponga usted así! ¡Nada malo puede haber en la reacción de Charlie ante quienes la entrevisten! ¡Si quiere chicas que convierten una entrevista en un perfecto espectáculo le diré que las tengo a montones!

Pero las reservas de Litvak no se superaban tan fácilmente. La única reacción de Litvak fue levantar la mirada hacia Kurtz, como diciéndole «Es tu turno», y volverla a bajar al mantel. En tono quejoso, Ned dijo, luego, a su esposa Marjory: «Realmente trabajan en equipo estos dos, hasta el punto que me causaron la impresión de que se turnaban en décimas de segundo.»

Kurtz dijo:

- Ned, si firmamos contrato con Charlie para llevar a cabo este proyecto, la chica tendrá mucha publicidad, y al decir mucha quiero decir mucha. Y tan pronto se meta en este asunto, la chica se encontrará con toda su vida, su vida entera, a la vista del público, igual que su cara. Y no sólo su vida amorosa, su vida familiar, sus gustos en lo tocante a cantantes populares y a poesía… No sólo la historia de su padre, sino también su religión, sus actitudes, sus opiniones.

Arrastrando hacia un montón las últimas migas sueltas que quedaban, Litvak dijo:

- Y su parecer en materia de política.

En este momento, Ned sufrió una leve pero comprensible pérdida de apetito. Dejó sobre la mesa el cuchillo y el tenedor, en el momento en que Kurtz volvía al ataque:

- Ned, los capitalistas de este proyecto son decentes norteamericanos del Oeste Medio. Tienen todas las virtudes. Tienen mucho dinero, tienen hijos ingratos, tienen fincas en Florida, y rinden culto a una sana escala de valores. Lo principal, en ellos, es esto: la sana escala de valores. Y quieren que estos valores queden reflejados en sus producciones, reflejado de pe a pá, íntegramente. Quizá esto nos dé un poco de risa, un poco de llanto, pero es una realidad. Se trata de televisión, y la televisión es el sitio en donde se encuentra el dinero.

Dirigiéndose a sus migas, Litvak susurró patrióticamente: -Y es Norteamérica.

Kurtz siguió:

- Ned, le seré franco. Ned, le diremos la verdad. Cuando por fin decidimos escribirle, estábamos ya dispuestos a comprometernos, siempre y cuando consiguiéramos otros consentimientos necesarios, a pagar lo preciso para que su Charlie quedara libre de sus compromisos, a fin de ponerla ya en el camino del éxito. Pero no le ocultaré, Ned, que en los últimos días tanto Karman como yo hemos oído ciertos cotilleos que nos han alarmado un poco. El talento de la chica no constituye problema. Charlie es una excelente actriz, bien preparada, poco explotada, diligente, y lista para ser lanzada a lo grande. Ahora bien, las dudas hacen referencia a si la chica es vendible, dentro de este proyecto. Si la chica es exhibible. En estos puntos necesitamos, Ned, que nos dé seguridades de que no hay problemas serios.

Y fue Litvak quien, una vez más, dio el empujón definitivo. Abandonando por fin sus migas, Litvak dobló el dedo medio de la mano derecha y lo colocó debajo de su labio inferior, mientras fijaba lúgubremente su mirada en Ned, al través de los vidrios de sus gafas de montura negra. Estando así, Litvak dijo:

- Hemos oído decir que Charlie tiene opiniones políticas radicales, en la actualidad. Nos han dicho que defiende causas políticas muy extremas. Que es militante. Nos han dicho que, en la actualidad, mantiene relaciones con un anarquista un poco loco. No queremos condenar a nadie basándonos solamente en rumores, pero según lo que nos dicen, señor Quilley, la muchacha se porta como si fuera la madre de Fidel Castro y la hermana de Gadafi, reunidas en la persona de una sola fulana.

Ned pasó la vista del uno al otro, y, durante unos instantes, tuvo la loca idea de que los cuatro ojos estuvieran regidos por un solo músculo óptico. Quería decir algo, pero se sentía un personaje irreal. Se preguntó si acaso había bebido el Chablis más de prisa de lo que la prudencia aconsejaba. Lo único que se le venía a la cabeza era la máxima favorita de Marjory: «En esta vida, no hay gangas.»

El desencanto que dominaba a Ned se parecía al terror de los viejos y de los impotentes. Se sentía físicamente incapaz de acometer la tarea que le esperaba. Se sentía excesivamente débil, excesivamente cansado, para ello. Todos los norteamericanos tenían la virtud de inquietarle, y la mayoría de ellos le atemorizaban, ya por sus conocimientos, ya por su falta de conocimientos, o por ambas cosas a la vez. Pero aquellos dos, que le miraban fijamente, mientras él buscaba a tientas una contestación a sus preguntas, le inspiraban una alarma espiritual superior a la que Ned era capaz de tolerar. Y, al mismo tiempo, de una forma insólita en él, de una forma inútil, también se sentía muy irritado. Odiaba el chismorreo. Odiaba toda clase de chismorreo. Estimaba que el chismorreo era la peor lacra de su profesión. Había sido testigo de cómo el chismorreo destruía carreras, lo detestaba hasta el punto de ser capaz de que se le congestionara el rostro y de comportarse con rudeza, cuando alguien que no conocía sus opiniones comenzaba a darle datos de chismorreo. Cuando Ned hablaba de personas, lo hacía abiertamente y con afecto, de la misma forma que había hablado de Charlie hacía diez minutos. Quería mucho a la muchacha. Incluso tuvo intención de decírselo a Kurtz, lo cual, para Ned, hubiera sido un comportamiento tremendamente audaz, y seguramente esta intención se traslució a su cara, por cuanto tuvo la impresión, quizá falsa, de que Litvak se preparaba para ponerse un poco en segundo plano, y de que la cara extremadamente móvil de Kurtz se disponía a formar su clásica sonrisa de «Adelante, dilo Ned». Pero, como siempre, un incurable sentido de la cortesía se lo impidió. Estaba comiendo con ellos a los mismos manteles, y, además, eran dos extranjeros, con unos criterios de comportamiento absolutamente diferentes. Además, tuvo que reconocer, a su pesar, que tenía que cumplir con su deber profesional, tenía que promover a sus clientes, y que, en cierto aspecto, aquellos dos no dejaban de tener razón. Sabía que tenía que dar respuesta a sus peticiones, o arriesgarse a hundir el trato, y con ello todas las esperanzas de Charlie. Y había otro factor que Ned, llevado por su fatal sentido del raciocinio tenía que reconocer, a saber, que incluso en el caso de que el proyecto de aquellos dos fuera horroroso, lo cual Ned presumía de antemano, que incluso en el caso de que Charlie dijera mal todos los parlamentos que le dieran, incluso en el caso de que Charlie llegara borracha perdida al escenario y pusiera vidrios rotos en la bañera del director, lo cual Charlie, muchacha dotada de verdadera ética profesional, jamás haría, ni imaginaría hacer siquiera por un segundo, incluso teniendo en cuenta todo lo anterior, la carrera de Charlie, su categoría, su puro y simple valor comercial, daría al fin aquel tan ansiado salto al frente que la llevaría a un punto del que jamás tendría verdadera necesidad de retirarse.

Entretanto, Kurtz había seguido hablando como si tal cosa. Con gran énfasis, Kurtz

decía:

- Necesitamos su consejo, Ned. Su ayuda. Queremos saber de cierto que este problema al que nos hemos referido no nos estallará en la cara, en el segundo día de rodaje. Si., porque debo decirle una cosa, Ned.

Kurtz hizo una breve pausa e indicó a Ned con el dedo índice, muy grueso, igual que si fuera el cañón de un revólver:

- Nadie, en todo el estado de Minnesota está dispuesto a que le vean pagando un cuarto de millón de dólares a una persona de rojos colmillos, enemiga de la democracia, en el caso de que Charlie lo sea, y nadie aconsejará a nadie a que se haga el harakiri, por este procedimiento.

Al principio, por lo menos, Ned colaboró bastante bien. Pidió disculpas por nada. Les recordó, sin ceder ni un palmo de terreno, el relato que había hecho de la infancia de Charlie, e indicó que por lo general, una persona en las circunstancias de Charlie hubiera acabado siendo un delincuente juvenil con todas las de la ley, o, como su padre, hubiera acabado entre rejas. En cuanto a las ideas políticas de Charlie, o como se las quisiera llamar, Ned dijo que, en los nueve años largos que Marjory y él conocían a Charlie, ésta había sido una apasionada enemiga de la segregación racial en África del Sur. Ned comentó: «Bueno, no creo que nadie pueda reprochárselo», pero los dos visitantes le causaron la impresión de que realmente podía ser reprochable, una pacifista militante, una protestataria contra las armas nucleares, una antiviviseccionista, y, hasta el momento en que volvió a fumar, una ardiente luchadora en las campañas para prohibir el consumo de tabaco en los teatros y en el metro. Y Ned dijo que no tenía la menor duda de que antes de que el Señor llamara a Charlie a su lado, la muchacha daría su romántico aunque breve apoyo a buen número de causas igualmente dispares.

Con maravillada admiración, Kurtz dijo:

- Y usted estuvo siempre a su lado, a pesar de todo. Es sencilla-mente admirable. Enhorabuena, Ned.

En un arrebato de entusiasmo, Ned dijo:

- Como, en cualquier otro caso, estaría al lado de cualquier otra actriz. ¡Charlie es una actriz, maldita sea! No se la tomen tan en serio. Los actores no tienen opiniones, querido amigo, y las actrices todavía menos. Tienen estados de humor. Caprichos. Manías. Actitudes. Pasiones que duran veinticuatro horas. ¡Y en el mundo hay muchas injusticias, maldita sea! Los actores son unos apasionados partidarios de soluciones espectaculares. A mi parecer, cuando ustedes hayan transportado a Charlie a Estados Unidos, ya será una mujer diferente.

En voz baja, con malevolencia, Litvak dijo:

- Políticamente, no.

Durante unos minutos más, bajo la benéfica influencia del vino, Ned siguió su audaz comportamiento. Se sentía dominado por un leve mareo. Oía las palabras en el interior de la cabeza, las repetía, volvía a sentirse joven, y totalmente independiente de su propio comportamiento. Habló de los actores, generalmente considerados, y del hecho de estar siempre dominados por un «absoluto terror a la irrealidad». Dijo que los actores, cuando se hallaban en el escenario, representaban las angustias del hombre, pero que fuera del escenario eran vacíos recipientes en espera de ser llenados. Habló de la timidez de los actores, de su pequeñez, de su vulnerabilidad y de su costumbre de ocultar estas debilidades mediante las causas altisonantes y extremosas, sacadas del mundo de los adultos. Habló de lo obsesos que estaban consigo mismos, y de que se imaginaban en escena las veinticuatro horas del día. Si, al dar a luz, al estar amenazados con un cuchillo, al hacer el amor… Y, a continuación, Ned se quedó sin la euforia del alcohol, lo cual le ocurría muy frecuentemente en los últimos tiempos. Perdió el hilo de lo que decía, perdió su impulso. Un camarero trajo el carrito de los licores. Ante la sobria y fría mirada de sus visitantes, Ned, llevado por la desesperación, pidió un Marc de Champagne, y permitió que el camarero le sirviera una generosa ración, antes de efectuar el ademán indicativo de que dejara de escanciar. Entretanto Litvak se había recuperado lo suficiente para soltar una buena idea. Metió sus largos dedos en un bolsillo de su chaqueta y extrajo una agenda, con tapas de falsificada piel de cocodrilo, y con cantos de latón.

Antes dirigiéndose a Kurtz que a Ned, Litvak propuso suavemente:

- Creo que lo mejor es que comencemos por el principio. Por el cuándo, el dónde, el con quién, el durante cuánto tiempo.

Trazó una raya vertical, a modo de margen en el que apuntar, presumiblemente, las fechas. Dijo:

- Reuniones en las que ha participado. Manifestaciones, peticiones, marchas. Cualquier cosa que haya podido llamar la atención pública. Cuando lo tengamos todo ante la vista, podremos llegar a conclusiones fidedignas. Y entonces, o bien aceptamos el riesgo que ello comporta, o bien nos vamos con viento fresco. Ned, que usted sepa, ¿cuándo Charlie se comprometió por vez primera?

Kurtz dijo:

- Me gusta. Me gusta el método. Y creo que es justo para Charlie, también.

Y Kurtz se las arregló para decir estas palabras como si el plan de Litvak le hubiera sorprendido, como si jamás se le hubiera ocurrido, en vez de haber sido el resultado de horas y horas de cuidadosa preparación.

En consecuencia, Ned también se lo dijo. En los casos en que pudo, doró un poco la píldora, una o dos veces incorporó una pequeña falsedad, pero en líneas generales les dijo lo que realmente sabía. Ned tuvo sus dudas, desde luego, pero éstas surgieron después. Tal como dijo a Marjory, en el momento de las preguntas aquel par le avasallaron. Los asuntos de antisegregación racial en Africa del Sur y de actitud antinuclear eran de común conocimiento, desde luego. De todas formas, poco sabía Ned. Luego estaba la cuestión del grupo del Teatro de la Reforma Radical, con el que Charlie de vez en cuando se juntaba, grupo que tantas molestias causaba ante el Nacional, hasta el punto de detener las representaciones. Y también estaba el grupo Llamado Acción Alternativa, en Islington, que formaban una especie de solitaria desviación trotskista, y que entre todos no llegaban a quince. Y también era preciso mencionar una horrorosa comisión de mujeres, de la que de vez en cuando Charlie formaba parte, en St. Pancras, a la que un día Charlie llevó a Marjory con la idea de convertirla a la fe.

Y en cierta ocasión, hacía de ello dos o tres años, Charlie había llamado por teléfono, a altas horas de la noche, desde la comisaría de policía de Durham, pidiendo a Ned que fuera allá y que depositara la correspondiente fianza de libertad, después de que Charlie hubiera sido detenida, en el curso de una juerga antinazi en la que se había metido.

- ¿Este es el asunto en cuyos méritos la chica consiguió tanta publicidad, saliendo fotografiada en todos los periódicos, señor Quilley?

Ned repuso:

- No. Salió en todos los periódicos por el asunto de Reading, que ocurrió después.

- ¿Y en qué consistió el asunto de Durham?

- La verdad es que no lo sé con exactitud. Si quiere que le sea sincero, es un asunto del que jamás me ha gustado hablar. Es una de esas cosas de las que uno se entera por descuido.

Y uno se olvida de ella. Sí, pura y simplemente uno se olvida. Últimamente, Charlie es mucho

más moderada. Les puedo asegurar que no es ni siquiera la mitad de feroz de lo que antes pretendía ser. Ha madurado mucho. ¡Oh, sí! Con acentos de duda, Kurtz preguntó: -¿De lo que pretendía ser, señor Quilley? Litvak terció:

- Háblenos de Reading. ¿Qué pasó?

- Bueno, algo parecido. Alguien le pegó fuego a un autobús, y, en consecuencia, acusaron a todo el grupo. Me parece que protestaban por haber sido reducidas las ventajas concedidas a los ancianos. O quizá hacía referencia a la no admisión de gentes de color como conductores.

Después de una brevísima pausa, Ned se apresuro a añadir:

- El autobús estaba vacío, desde luego. No hubo ni un herido. Litvak exclamó:

- ¡Santo cielo!

Y acto seguido miró a Kurtz, quien ahora formuló una pregunta con el énfasis propio de un fiscal en un melodrama:

- Ned, hace poco me ha parecido que usted decía que las actuales convicciones de Charlie son mucho más tolerantes. ¿Realmente era esto lo que usted ha querido decir?

- Sí, eso creo. En el caso de que, anteriormente, sus convicciones hubieran sido duras, claro está. Es sólo una impresión, pero Marjory, mi esposa, cree lo mismo. Si, estoy seguro, Con cierta sequedad, Kurtz preguntó: -¿Le ha confesado Charlie este cambio de actitud, Ned?

- Yo creo que tan pronto Charlie tenga una oportunidad tan buena como esa que ustedes…

Pero Kurtz le interrumpió, insistiendo en su anterior pregunta: -¿Lo ha confesado acaso a la señora Quilley? -Pues no, no. En realidad, no.

- ¿Hay alguna persona a la que Charlie haya podido confesarlo? ¿Como, por ejemplo, ese amigo anarquista que tiene?

- Bueno, éste sería el último en saberlo.

- Ned, le ruego que piense cuidadosamente su contestación. ¿Hay alguna otra persona, con la excepción de usted, sea amiga, amigo, viejo amigo de la familia, a quien Charlie haya sido capaz de confesar este cambio de postura? ¿Alejándose del radicalismo?

- No, no, que yo sepa no. No se me ocurre nadie. En ciertos aspectos. Charlie es reservada. Mucho más reservada de lo que aparenta.

Entonces ocurrió algo extraordinario. Luego, Ned hizo de ello un puntual relato a Marjory. Para hurtarse al incómodo, y, a juicio de Ned, histriónico fuego de las miradas que cada uno de ellos le dirigía, Ned había estado jugueteando con su vaso, mirándolo, dando vueltas al vaso de «Marc»… Teniendo la impresión de que Kurtz, por el momento, había terminado su interrogatorio, Ned alzó la vista y captó una expresión de evidente alivio en las facciones de Kurtz, de manera que comunicaba claramente a Litvak el placer que a Kurtz causaba el hecho consistente en que Charlie no hubiera dulcificado sus convicciones. O que, caso de haberlas dulcificado, no lo hubiera comunicado a nadie importante. Ned procuró fijarse mas en la cara de Kurtz, pero la expresión ya había desaparecido. Pero después, nadie, ni siquiera Marjory, pudo convencer a Ned de que la expresión de alivio antes mentada no se había producido.

Litvak, el gran abogado acusador ayudante de Kurtz, tomó la palabra, y lo hizo en un tono más rápido, como si con ello quisiera dar fin al interrogatorio:

- Señor Quilley, ¿conserva usted en su oficina fichas individuales de sus clientes? ¿O archivos, expedientes?

- Bueno, tengo la seguridad de que la señora Ellis se encarga de esto. -¿Lleva mucho tiempo trabajando aquí, la señora Ellis? - ¡Uf, y tanto! Ya trabajaba aquí en tiempos de mi padre.

- ¿Y qué clase de información conserva en sus archivos? ¿Honorarios, gastos, comisiones? ¿Se trata solamente de áridos pape-les de administración del negocio?

- ¡Santo Dios, no! La señora Ellis lo guarda todo. Cumpleaños, la clase de flores que gustan a la actriz, los restaurantes preferidos, etcétera. En un archivo incluso encontramos una vieja zapatilla de baile. Los nombres de los hijos, de los perros, recortes de prensa, en fin, todo.

- ¿Cartas personales?

- Naturalmente.

- ¿Manuscritas por la propia Charlie? ¿Cartas a lo largo de estos últimos años?

Estas palabras de Litvak avergonzaron un poco a Kurtz. Sus eslavas cejas así lo indicaban. Las cejas de Kurtz se estaban amontonando, en expresión dolorosa, sobre el puente de la nariz. Kurtz advirtió severamente a Litvak:

- Karman, me parece que el señor Quilley ya nos ha dado bastante información y nos ha concedido bastante tiempo. No tengo la menor duda de que si necesitamos más información, el señor Quilley nos la proporcionará más adelante. Mejor aún, si Charlie está dispuesta a hablar de estos asuntos con nosotros, ella misma nos proporcionará tal información. Ned, ha sido una feliz y memorable ocasión. Muchas gracias, señor.

Pero no era tan fácil como eso hacer callar a Litvak, quien estaba dotado de la obstinación de los jóvenes. Litvak exclamó:

- ¡Pero es que el señor Quilley no tiene secretos para nosotros! ¡Por favor, señor Gold, yo sólo pido al señor Quilley que nos diga algo que todo el mundo sabe, y algo que nuestros encargados de conceder el visado de entrada encontrarán en cinco décimas de segundo en sus ordenadores! En estos asuntos son rapidísimos. Lo sabe muy bien, señor Gold. Si hay documentos, cartas de la propia Charlie, escritas con su propio vocabulario, si hay circunstancias atenuantes, incluso quizá pruebas de un cambio de opiniones, ¿a santo de qué no dejar que el propio señor Quilley nos lo muestre? Si quiere, claro está.

Tras una brevísima pausa, Litvak añadió en tono desagradable-mente insinuante.

- Si quiere, he dicho. Si no quiere, ya será harina de otro costal. Severamente, como si las palabras de Litvak hubieran sido absolutamente extemporáneas, Kurtz dijo:

- Karman, tengo la seguridad de que Ned está plenamente dispuesto a ello.

Y, acto seguido, Kurtz meneó la cabeza tristemente, como si con ello quisiera indicar que jamás se acostumbraría a los imperativds modales de los jóvenes de nuestros días.

Había dejado de llover. Situaron al menudo Quilley entre los dos, y anduvieron procurando atemperar su ágil paso, al vacilante caminar de Quilley. Este se sentía confuso, se sentía ofendido, y padecía unas alcohólicas intuiciones que los húmedos humos del tránsito no disipaban. ¿Qué diablos querían aquellos dos? En un instante determinado ofrecían la luna y las estrellas a Charlie, y en el instante siguiente le ponían objeciones en méritos de sus tontas ideas políticas. Y, ahora, por razones que Quilley ya había olvidado, le pedían consultar el historial de Charlie, que no era tal historial, sino una inocente recopilación de recuerdos, materia de la que se ocupaba una empleada tan vieja que ni siquiera podía ser retirada. La señora Longmore, la recepcionista los vio llegar, y, a juzgar por su expresión de censura, Ned supo al instante que se había tratado demasiado bien a sí mismo, a la hora del almuerzo. ¡Que se fuera al cuerno la señora Longmore! Kurtz insistió en que Ned los precediera en el ascenso de la escalera. Desde su despacho, en donde aquellos dos, prácticamente, obligaron a actuar a Ned, poniéndole una pistola en el pecho, Ned habló por teléfono con la señora Ellis y le pidió que dejara los papeles de Charlie en la antesala y se fuera.

Litvak, como si fuera un médico dispuesto a intervenir en un parto, dijo:

- ¿Llamamos a la puerta de su despacho, cuando hayamos terminado?

La última vez que Quilley los vio, estaban los dos sentados a la mesa circular de palo rosa, en la sala de espera, rodeados de seis de las sucias cajas de color castaño de la señora Ellis, que parecían rescatadas de un naufragio. Igual que dos recaudadores de contribución, los dos estudiaban el mismo conjunto de sospechosas cifras, con papel y lápiz, y Gold, el corpulento, se había quitado la chaqueta y tenía su asqueroso reloj sobre la mesa, como si quisiera cronometrarse a sí mismo, mientras hacía sus repulsivos cálculos. Después de esto, Quilley seguramente dormitó un poco. Se despertó con un sobresalto hacia las cinco de la tarde, y encontró la estancia contigua desierta. Cuando llamó a la señora Longmore, ésta contestó muy intencionadamente que sus visitantes no habían querido molestar a Ned.

De entrada, Ned nada dijo a Marjory. Aquella misma noche, cuando Marjory le interrogó al respecto, Ned repuso:

- Bueno, nada… Sólo he tenido la visita de un par de sórdidos tratantes en artistas que mucho me temo se dirigían a Hamburgo. Nada digno de mención.

- ¿Judíos?

- Pues sí, judíos, me parece. Muy judíos, en realidad.

Marjory efectuó un movimiento afirmativo de la cabeza como si lo hubiera sabido de antemano. Con muy poca convicción, Ned añadió:

- Pero muy simpáticos.

En sus horas libres, Marjory se dedicaba a visitar presos, por lo que los engaños de Ned eran para ella un libro abierto. Sin embargo, Marjory siempre daba tiempo al tiempo. Bill Lochheim era el corresponsal de Ned en Nueva York, y su único socio norteamericano. En la tarde del día siguiente, Ned le llamó por tel6fono. El buen Lloch jamás había oído hablar de aquel par, pero, siempre cumplidor de su deber, Loch comunicó a Ned lo que éste ya sabía: Gold y Karman eran nuevos en la profesión, contaban con ciertos apoyos, pero las empresas independientes no hacían más que estropear el mercado, en la actualidad. A Quilley no le gustó el tono con que Loch habló. Parecía que hablara coaccionado no por Quilley, quien en su vida había coaccionado a nadie, sino por otra persona, una persona a la que Loch había consultado. Quilley incluso tuvo la extraña impresión de que el buen Loch y él se encontraran en una misma situación. Con pasmosa valentía, Ned, sirviéndose de un pretexto, llamó por teléfono a GK (Gold y Karman) en Nueva York. Esta oficina resultó ser una representación para el puro y simple contacto de compañías que trabajaban fuera de la ciudad, y no le dio información alguna. Ned no podía pensar en otra cosa que en sus dos visitantes y en el almuerzo que con ellos había celebrado. Deseaba ardientemente no haberles recibido jamás o haberles echado de buenas a primeras. Llamó al hotel de Munich que los dos habían mencionado, y un seco recepcionista le informó de que Herr Gold y Herr Karman habían pasado una noche en el hotel, pero que se habían ido al día siguiente reclamados por asuntos urgentes e imprevistos. ¿Por que daba el recepcionista tanta información? Ned pensó que siempre ocurría, en aquel caso, que le daban demasiada información. O demasiado poca. Y siempre se advertía aquel matiz indicativo de que las personas con quienes Ned hablaba parecían actuar en contra de su voluntad. Un productor alemán que Kurtz había mencionado en el curso de la conversación le dijo que eran «buenas personas, muy respetables, realmente muy buenas». Pero cuando Ned le preguntó si aquellos dos habían estado en Munich recientemente, y cuáles eran los proyectos en que intervenían, su interlocutor reaccionó con hostilidad, y casi le colgó el teléfono.

Solo quedaban los colegas de Ned, en el negocio de agencias teatrales. Ned los consultó con desgana y quitando de forma exagerada importancia a sus palabras, haciendo preguntas muy vagas, cubriéndose siempre la retirada.

Ned se detuvo, como por casualidad, junto a la mesa en que se encontraba Herb Nolan, de Lomax Stars, en el Garrick, y le dijo:

- Hace poco conocí a un par de simpatiquísimos norteamericanos. Vinieron aquí para contratar gangas en vistas a una serie televisiva la mar de ambiciosa que están preparando. Se llaman Gold y no sé qué más. ¿Los has visto?

Nolan se echó a reir y contestó:

- Yo fui quien te los mandé, muchacho. Se interesaron por un par de mis horrorosos representados, y estaban la mar de interesados en Charlie. Querían saber si Charlie, a mi juicio, daría la medida artística que esperaban de ella. Y se lo dije, y tanto que se lo dije.

- ¿Si? ¿Qué les dijiste?

- Pues les dije que Charlie daría su verdadera medida por el medio de mandarnos a todos al cielo, mediante una bomba.

Deprimido por el bajo nivel del sentido del humor de Nolan, Ned se abstuvo de hacer ulteriores investigaciones. Pero aquella misma noche, después de que Marjory, inevitablemente, le hubiera extraído una confesión, Ned compartió sus angustias con ella:

- Tenían los dos mucha prisa. Tenían demasiadas energías, incluso teniendo en cuenta que eran norteamericanos. Me acosaron como si fueran un par de malditos policías. Primero uno, luego el otro.

Modificando su metáfora, Ned añadió:

- Como un par de malditos perros terrier. -Luego dijo-: Creo que debiera recurrir a las autoridades.

Por fin, Marjory observó:

- Pero querido, por lo que me dices mucho temo que estos dos eran autoridades.

En tono muy decidido, Ned anuncio:

- Voy a escribir a Charlie. Si, sí, estoy casi decidido a escribirle y ponerla sobre aviso, por si acaso. Pueden meterla en un lío.

Pero incluso en el caso de que Ned hubiera escrito a Charlie, lo hubiera hecho ya demasiado tarde. Antes de que transcurrieran cuarenta y ocho horas, Charlie partía hacia Atenas para proseguir su aventura con Joseph.

Una vez más se consiguió. Aparentemente, era solamente un aspecto accesorio de la operación principal, aunque terriblemente arriesgado, cual Kurtz fue el primero en reconocer aquella misma noche, cuando modestamente informó de su triunfo a Misha Gavron. «Sin embargo, ¿qué otra cosa podíamos hacer, Misha?

¿Dímelo? ¿En qué otro lugar hubiéramos podido encontrar tan abundante y preciosa correspondencia, durante un período tan largo?» Habían buscado a otros recepcionarios de las cartas de Charlie, amigos, amigas, su repulsiva madre, una antigua profesora… En un par de ocasiones habían fingido ser agentes de una empresa comercial interesada en adquirir los manuscritos y los autógrafos de los que en el futuro serían grandes personalidades. Esto hicieron hasta que Kurtz, con el consentimiento de Gavron, abandonó esta campaña. Kurtz decretó que más valía dar un gran golpe que dar muchos golpes pequeños y peligrosos.

Además, Kurtz necesitaba los valores intangibles. Necesitaba sentir el calor y la textura de su presa. Y, para esto, ¿quién mejor que Quilley, con su largo e inocente conocimiento de Charlie? Y Kurtz impuso su voluntad sobre Quilley y obtuvo la información deseada. El día siguiente, se trasladó a Munich, tal como había dicho a Quilley, a pesar de que la producción en que Kurtz estaba interesado no era la misma que había insinuado a Quilley. Kurtz visitó sus dos pisos francos. Volvió a dar ánimos a sus hombres. Además, organizó un cordial encuentro con el buen doctor Alexis, consistente en un largo almuerzo en el curso del cual de casi nada importante hablaron. Pero ¿acaso los viejos amigos necesitan hablar de cosas importantes?

Y, desde Munich, Kurtz se trasladó en avión a Atenas, prosiguiendo su avance hacia el

sur.

5

El buque llegó al Pireo con dos horas de retraso, y si Joseph no se hubiera guardado en el bolsillo el billete de avión de Charlie, ésta hubiera muy bien podido dejarle plantado, sin más. Aunque, por otra parte, tampoco era muy capaz de hacer tal cosa, debido a que bajo sus enérgicas apariencias externas, Charlie padecía la maldición de tener una personalidad muy propensa a depender de los demás, lo cual difícilmente se notaba cuando se hallaba en compañía de la gente con quien solía tratar. Además, Charlie había tenido mucho tiempo para pensar, demasiado tiempo, y aun cuando ahora estaba convencida de que el espectral observador de Nottingham, York y East London o bien era otro hombre o bien era un ser inexistente, sentía todavía una inquietante voz interior que no podía acallar. Tampoco hay que olvidar que comunicar sus planes a la familia teatral no había sido tan fácil cual Joseph había supuesto. Lucy había llorado y se empeñó en darle dinero -«mis últimos quinientos dracmas, Chas, todos para ti»-, Willy y Pauly, que estaban borrachos, se habían puesto de rodillas ante Charlie, en el puerto, con un público que se podía estimar en miles de personas, y habían gritado: «¡Chas, Chas! ¿Cómo puedes hacernos esto?» Para escapar, Charlie tuvo que abrirse paso a codazos por entre una multitud de gente sonriente. Y luego recorrer una calle entera, con la correa de su bolsa de viaje, para llevar al hombro, rota, y con la guitarra inestablemente sostenida bajo el otro brazo, mientras ilógicas lágrimas de remordimiento le resbalaban por las mejillas. Quien la salvó fue nada menos que el chico hippy con el cabello del color del lino, al que había conocido en Mikonos, quien forzosamente tuvo que hacer la travesía en el mismo barco, a pesar de que Charlie no le vio. El muchacho pasaba a bordo de un taxi, recogió a Charlie, y la dejó a cincuenta yardas de su destino. El chico dijo que era sueco y que se llamaba Raoul. Su padre se encontraba en Atenas, en viaje de negocios. Raoul tenía esperanzas de encontrar a su padre y pegarle un sablazo. Charlie quedó un poco sorprendida al ver a Raoul en tal estado de lucidez, y al percatarse de que ni una sola vez hizo referencia a Jesús.

Mientras se dirigía hacia el hotel, Charlie tomó una decisión e incluso ensayó las palabras con que la expresaría: «Lo siento mucho, Joseph, pero no es el momento oportuno ni el lugar pertinente. Lo siento, Joseph, fue una gran fantasía, pero las vacaciones han terminado, y Charlie se va a esfumar, dame el billete de avión y desaparezco.»

O quizá escogiera un medio más fácil y le dijera que le habían ofrecido un contrato.

Sintiéndose muy desaliñada e impresentable con sus tejanos y sus gastados zapatos, Charlie avanzó por entre las mesillas puestas en la calle, y entró en el local. Charlie pensó que de todas maneras lo más probable era que Joseph se hubiera ido, ya que ¿quién espera dos horas para acostarse con una chica, en los presentes tiempos?, por lo que encontraría el billete de avión en conserjería del hotel, situado al lado. «Quizá esto me enseñará a no ir a la caza de vagabundos playeros procedentes de la Europa central, en Atenas», pensó. Para complicar más la situación, anoche Lucy le dio unas cuantas píldoras, las horrendas píldoras que tomaba Lucy, que tuvieron la virtud de iluminar a Charlie cual si fuera una bombilla, para después hundirla en un negro hoyo del que todavía pugnaba por salir. Charlie no usaba esas píldoras por lo general, pero el hecho de encontrarse vacilando entre dos amantes -ya que así había Charlie formulado su situación-, la hizo vulnerable al uso.

Charlie se disponía a entrar en el restaurante, cuando de él salieron violentamente dos griegos que se rieron de Charlie por llevar rota la correa de su bolsa. Charlie se dirigió hacia ellos y los insultó ferozmente, llamándolos cerdos machistas. Temblorosa, abrió la puerta con el pie y entró. El aire era fresco, el murmullo de las conversaciones era apagado, y Charlie se encontró en un restaurante suavemente iluminado, con paneles de madera en las paredes, y allí, en su particular zona de penumbra, estaba sentado San José de la Isla, artero y conocido causante de los remordimientos y desórdenes espirituales de Charlie, con un café griego junto a un codo, y un libro de bolsillo abierto ante él.

Mentalmente, mientras Joseph se acercaba a Charlie, ésta le advirtió: «No me toques; ni siquiera pienses que vas a poseer ni un solo dedo mío; estoy cansada y hambrienta, estoy presta a morder, y he renunciado a la sexualidad durante los próximos doscientos años.»

Pero Joseph se limitó a coger la guitarra y la bolsa con la correa rota. Y lo único que Joseph hizo fue darle un rápido y práctico apretón de manos, desde la otra orilla del Atlántico. En consecuencia, lo único que a Charlie se le ocurrió decir fue:

- !Llevas camisa de seda!

Si, se trataba de una camisa de seda de color de crema, con gemelos de oro del tamaño de tapones de botella. Mientras Charlie se fijaba en los restantes metales que Joseph lucía, exclamó:

- ¡Vas hecho un brazo de mar! ¡Brazalete de oro, reloj de oro! En cuanto te dejo un momento solo, encuentras a una rica protectora.

Palabras que Charlie soltó en parte histéricamente, en parte agresivamente, quizá con la instintiva finalidad de hacer que Joseph se sintiera tan incómodo por su apariencia, cual ella se sentía por la suya. Furiosamente, Charlie se preguntó: «¿Y qué esperabas que llevara? ¿Sus asquerosos calzones de monje para bañarse y su cantimplora?»

De todas maneras, Joseph prefirió pasar por alto las palabras de Charlie, a quien dijo:

- Hola, Charlie. Tu barco ha sufrido un retraso, no sabes cuánto lo siento por ti. Pero en fin, da igual, el caso es que ya estás aquí.

Este, por lo menos, era el Joseph de siempre. En él no había triunfo, no había sorpresa, solamente una grave salutación bíblica, y un movimiento de la cabeza para llamar al camarero. Joseph dijo:

- ¿Qué prefieres en primer lugar, tomar un baño o un whisky? El servicio de señoras está

allí.

Charlie dijo: -Un whisky.

Y se dejó caer sentada en la silla frontera a la de Joseph. Charlie se dio cuenta inmediatamente de que el restaurante era un buen establecimiento, uno de esos establecimientos que los griegos se reservan para sí mismos. Mientras con una mano buscaba detrás de él, Joseph dijo: -Perdón, antes de que me olvide…

Cogiéndose la cabeza con las manos y mirando fijamente a Joseph, Charlie pensó: «¿Olvidarte de qué? Vamos, Joseph, vamos. En tu vida has olvidado nada.»

Ahora Joseph sostenía en la mano un bolso de lana griego, muy colorido, que ofreció a Charlie con ostentosa falta de ceremonia, diciendo:

- Como sea que vamos a recorrer el mundo juntos, ahí tienes tu equipo de escape. Dentro encontrarás un billete de avión desde Tesalónica a Londres, todavía canjeable si es que deseas canjearlo; también tienes los medios precisos para ir de compras, para huir o, simplemente, para hacer lo que se te ocurra, si cambias de parecer. ¿Fue difícil librarte de tus amigos? Estoy seguro de que lo fue. Siempre es desagradable engañar a la gente, sobre todo a la gente a la que se quiere.

Había hablado como si supiera del derecho y del revés el tema del engaño. Como si se entregara diariamente al engaño, aunque lamentándolo mucho. Charlie echó una ojeada al bolso y dijo:

- No hay paracaídas. De todas formas, muchas gracias, Joseph. Es bonito. Y, por segunda vez, Charlie dijo: -Muchas gracias.

Pero Charlie tenía la impresión de haber dejado de creer en sus propias palabras. Pensó que quizá se debía a las píldoras de Lucy. O a la velocidad del vapor. Joseph dijo:

- ¿Qué te parece una langosta? En Mikonos dijiste que la langosta era tu plato favorito. ¿Es verdad? El chef ha guardado una para ti, y la matará en el mismo instante en que tú lo ordenes. ¿De acuerdo?

Manteniendo todavía la barbilla apoyada en la palma de la mano, Charlie se dejó llevar por su humor. Esbozó una cansada sonrisa, levantó la otra mano, formando puño y, para ordenar la muerte de la langosta, apuntó con el pulgar el suelo, en el movimiento de los césares. Charlie dijo:

- Diles que la maten con la menor violencia posible.

Luego, Charlie cogió una mano de Joseph y la oprimió con las dos suyas, pidiendo así disculpas por su triste humor. Joseph sonrió, y dejó que Charlie jugara con su mano. Era una mano bonita, con dedos delgados y ágiles, y con músculos muy fuertes. Joseph dijo: -Y el vino que te gusta, Boutaris, blanco y frío. ¿No fue esto lo que me dijiste?

«Sí -pensó Charlie, mientras contemplaba cómo la mano de Joseph efectuaba su solitario viaje de retroceso-. Esto es lo que dije. Lo dije hace diez años, cuando nos conocimos en aquella rara isla griega». Joseph dijo:

- Después te llevaré, en mi calidad de tu Mefistófeles particular, a la cumbre de una alta montaña, y te enseñare un lugar que en belleza es el segundo del mundo. ¿Estás de acuerdo? ¿Una excursión misteriosa?

Charlie tomó un sorbo de whisky y dijo: -Quiero ver el lugar más bonito del mundo. Plácidamente, Joseph contestó: -Nunca concedo primeros premios.

«¡Sacadme de aquí! -pensó Charlie-. ¡Despedid al autor del guión! ¡Dadme un nuevo papel!»

A continuación, Charlie puso en práctica un truco social, directamente copiado de Rickmansworth:

- ¿Y qué has hecho durante estos últimos días, Joseph? Además de ansiar mi llegada, como es natural.

Joseph soslayó la contestación. Contrariamente, pidió a Charlie que le hablara de sus últimos días, de su viaje y de su grupo de amigos. Joseph sonrió cuando Charlie le habló de la providencial ayuda, mediante un taxi, que le prestó el chico hippy que no mencionó a Jesús. Joseph le preguntó si había recibido noticias de Alastair, y se mostró cortésmente apenado de que no las hubiera recibido. Riendo despreocupadamente, Charlie dijo:

- Alastair nunca escribe.

Joseph le preguntó qué papel, a su juicio, habían ofrecido a Alastair en la nueva película, y Charlie contestó que a su juicio era un papel en un spaghetti western, lo que pareció muy gracioso a Joseph. Era una expresión que jamás había oído y pidió a Charlie que se la explicara. Después de beberse el whisky, Charlie comenzó a pensar en la posibilidad de que fuera atractiva para Joseph. Mientras Charlie le hablaba de Al, tuvo la impresión de que, con sus propias palabras, abría en su vida espacio para otro hombre. Charlie dijo:

- De todas maneras, albergo esperanzas de que Al tenga éxito. Lo dijo como si quisiera significar que quizá el éxito compensara a Al de otros disgustos.

Pero incluso mientras Charlie efectuaba estos avances hacia Joseph, volvió a sentirse atormentada por su sensación de actuar mal. Era una sensación que a veces experimentaba en plena actuación teatral, cuando una escena no se desarrollaba debidamente: los acontecimientos se sucedían por separado, aisladamente, y en una sucesión fría. La línea de los parlamentos era muy delgada, muy recta. Charlie pensó: «Es cuestión de tiempo.» Metió la mano en su bolsa de viaje, y de ella extrajo una cajita de madera de olivo que entregó a Joseph, por encima de la mesa. Joseph la cogió porque se la ofrecían, pero, en el primer instante, no la consideró un regalo. Divertida, Charlie advirtió una momentánea ansiedad, incluso suspicacia, en el rostro de Joseph, cual si un factor imprevisto amenazara con transformar sus planes. Charlie le dijo:

- Tu obligación es abrir la caja.

Para divertir a Charlie, Joseph se llevó la cajita al oído, y la sacudió levemente. Dijo:

- ¿Qué es? ¿Pido que traigan un cubo de agua?

Joseph emitió un suspiro, como si temiera lo peor, levantó la tapa de la caja y contempló los arrugados papeles de seda que había dentro. Dijo:

- Charlie, ¿qué es esto? Estoy totalmente desorientado. Insisto en que lo devuelvas inmediatamente al lugar en que lo has encontrado.

- ¡Vamos, adelante, hombre! Deshaz uno de los paquetitos.

Joseph levantó una mano, y Charlie contempló cómo la mano quedaba quieta, en alto, como si estuviera sobre su propio cuerpo, y cómo luego descendía sobre uno de los paquetitos, que contenía la concha de color rosado que Charlie había encontrado en la playa, el día en que Joseph se fue. Joseph, solemnemente, dejó la concha sobre la mesa, y extrajo el segundo obsequio, que era una estatuilla de un caballo griego, hecha en Taiwan, comprada en una tienda de souvenirs, que llevaba la palabra Joseph, pintada por la propia Charlie en la grupa. Sosteniéndolo con las dos manos, Joseph le dio vueltas y más vueltas, estudiándolo. Charlie dijo:

- El caballo es macho.

Pero estas palabras no sirvieron para borrar la expresión preocupada del rostro de Joseph. Charlie extrajo una fotografía en color, enmarcada, tomada con la polaroid de Robert, en la que se veía a la propia Charlie de espaldas, ataviada con un caftán y tocada con un sombrero de paja. Charlie dijo:

- Y ésta soy yo, haciendo pucheros. Estaba furiosa y me negué a posar. Pensé que te gustaría.

La forma en que Joseph expresó su gratitud tuvo una meditativa reticencia que dejó helada a Charlie. Joseph pareció decir: «Muchas gracias, pero no; gracias, pero en otra ocasión será; ni Pauly, ni Lucy, ni tampoco tú». Charlie dudó, pero por fin se lo dijo, se lo dijo suave, dulce y directamente:

- Joseph, no estamos obligados a seguir adelante. Todavía puedo tomar el avión. No quiero que tú…

- ¿Que yo qué?

- No quiero que te empeñes en cumplir una promesa precipitada. Esto es todo.

- No fue precipitada. Te lo dije con toda seriedad.

Ahora le había llegado el turno a Joseph. Sacó un montón de folletos de viaje. Sin que Joseph la invitara a ello, Charlie se levantó y fue a sentarse a su lado, poniendo el brazo izquierdo despreocupadamente sobre el hombro de Joseph, de modo que podían estudiar conjuntamente los folletos. El hombro de Joseph era duro como una piedra, y tan íntimo como pueda serlo una piedra, pero, a pesar de todo, Charlie dejó su brazo allí. Delfos, Joseph, maravilloso, súper. El cabello de Charlie rozaba la mejilla de Joseph. Pensando en Joseph, Charlie se había lavado el cabello anoche. Olimpia: formidable. Meteora: es la primera vez que oigo hablar de este sitio. Las frentes se rozaban. Tesalónica: ¡sopla! Los hoteles en que se alojarían, todo estaba previsto y contratado. Charlie le dio un beso en un pómulo, junto al ojo, como un pequeño picotazo a un blanco móvil. Joseph sonrió y oprimió la mano de Charlie, con el afecto propio de un tío, de modo que Charlie casi dejó de preguntarse qué era lo que aquel hombre tenía, o ella misma tenía, que le concedía el derecho a apoderarse de ella, sin siquiera un poco de lucha, sin siquiera una rendición. O de dónde procedía aquel reconocimiento -e ¡Hola, Charlie, mucho gusto!»- que había transformado su primer encuentro en una reunión de viejos amigos, y la actual reunión en una conferencia para organizar su luna de miel.

Charlie pensó: «Más vale que te olvides de este asunto.» Y, siquiera sin meditar sus palabras, preguntó:

- ¿Nunca has llevado un blazer rojo? ¿De color de vino tinto, con botones de latón, y el corte un poco dentro del estilo de moda en los años veinte?

Joseph levantó lentamente la cabeza, se volvió y su mirada se encontró con la de Charlie, a quien dijo:

- ¿Lo dices en serio o en broma?

- Totalmente en serio.

- ¿Un blazer rojo? ¿Y a santo de qué voy a llevar esto? ¿Es que quieres que vaya a trabajar en un circo?

- No. Es que te sentaría bien. Esto es todo.

Joseph todavía esperaba que Charlie contestara sus preguntas. Charlie, comenzando a encontrar la manera de salir de la situación en que se había metido, dijo:

- Es que, a veces, veo a la gente a mi manera. La veo desde un punto de vista teatral, en mi imaginación. No conoces a actrices, ¿verdad? Maquillo a la gente, le pongo barbas, la cambio de mil maneras. Quedarías pasmado si lo supieras. También la visto. Le pongo pantalones de golf, uniformes. Todo en mi imaginación. Es una costumbre.

- ¿Quieres decir con esto que quieres que me deje la barba?

- Cuando lo quiera te lo diré.

Joseph sonrió y Charlie le devolvió la sonrisa -fue otro encuentro con las candilejas en medio-, la mirada de Joseph dejó libre a Charlie, y ésta se fue al servicio de señoras, y allí, rabiosa, contempló su propia cara en el espejo, mientras intentaba descifrar la manera de ser de Joseph. Pensó: «No es de extrañar que tenga cicatrices de balas; fueron mujeres quienes le pegaron los tiros.»

Ya habían comido, habían hablado con la cortesía propia de recién conocidos, y Joseph había pagado la cuenta sacando el dinero de un billetero de piel de cocodrilo que seguramente costó la mitad de la deuda nacional del país al que Joseph perteneciera, fuera cual fuese.

Mientras contemplaba cómo Joseph doblaba el recibo y se lo guardaba, Charlie le preguntó:

- ¿Es que vas a incluirme en tu lista de gastos?

Joseph no contestó la pregunta debido a que, de repente, a Dios gracias, su reconocido talento de director administrativo se había hecho cargo de la situación, y resultaba que tenían mucha prisa. Mientras ordenaba a Charlie que corriese, a lo largo de un pasillo estrecho procedente de la cocina, Joseph, cargado con el equipaje de Charlie, le dijo:

- Por favor, busca un Opel verde, con los guardabarros abollados, y con un chófer de diez años de edad.

Charlie repuso:

- De acuerdo.

El coche en cuestión esperaba en la puerta lateral y, realmente, tal como Joseph había prometido, tenía los guardabarros abollados. Con presteza, el chófer se hizo cargo del equipaje de Charlie y lo puso en el portamaletas. Este chófer era un hombre pecoso, rubio, de aspecto saludable, con una amplia sonrisa que mostraba unos grandes dientes, y, sí, ciertamente, aparentaba, si no diez años, quince a lo sumo. Mientras abría la puerta trasera para que Charlie entrara en el automóvil, Joseph dijo:

- Charlie, te presento a Dimitri. Su madre le ha dado permiso para regresar tarde esta noche. Dimitri, haz el favor de llevarnos al sitio que, en belleza, es el segundo del mundo.

Joseph se sentó al lado de Charlie. El automóvil se puso en marcha inmediatamente, al mismo tiempo que Joseph comenzaba su monólogo en burlona imitación de los guías de turismo:

- Charlie, aquí vemos el hogar de la moderna democracia griega, que es la plaza de la Constitución, en la que puedes ver cuántos son los demócratas que gozan de su libertad al aire libre en los restaurantes. A la izquierda puedes ver el Olimpeón y la puerta de Adriano. Sin embargo, debo advertirte, antes de que te formes falsas ideas, que este Adriano no es el mismo que construyó la célebre muralla. El Adriano de Atenas tenía más fantasía, ¿no crees?, era más artista.

Charlie dijo:

- Si, mucho más.

Irritada, Charlie se dijo, en su fuero interno: «¡Despierta, Charlie, despierta! Sal de este marasmo en que te encuentras. Es un viaje gratis, con un hombre nuevo y encantador, estás en la antigua Grecia, y a esto se le llama diversión.» Ahora, el automóvil circulaba más despacio. Charlie divisó ruinas a su derecha, pero los altos autobuses las ocultaron una vez más. Tomaron una curva, ascendieron despacio por una cuesta adoquinada, y se detuvieron. Joseph saltó del coche y abrió la puerta correspondiente a Charlie, para que ésta bajara. Joseph le cogió la mano, y la condujo de prisa, casi con aires de conspirador, hasta una estrecha escalera de piedra, bordeada de altos árboles. En un teatral murmullo, Joseph le dijo:

- Hablaremos sólo en susurros, en la más compleja clave. Charlie le contestó con palabras tan carentes de significado como las de Joseph.

Joseph parecía llevar en la mano una carga de electricidad. El contacto con la mano de Joseph hacía arder los dedos de Charlie. Avanzaban por un sendero en un bosque, en ocasiones pavimentado con piedras y en otras ocasiones de tierra, aunque siempre ascendente. La luna había desaparecido y estaba muy oscuro, pero Joseph iba delante, de prisa y sin la menor duda, como si hubiera luz del día. En una ocasión pasaron junto a una escalera con peldaños de piedra, en otra ocasión cruzaron un sendero más ancho, pero los caminos fáciles no parecían haber sido hechos para Joseph. Ya no había árboles, y Charlie vio a su derecha las luces de la ciudad, muy hacia abajo. A la izquierda, y en lo alto, vio una especie de picacho recortado en negro contra el cielo anaranjado.

Charlie oyó pasos y risas a su espalda, pero se trataba sólo de un par de críos jugando.

Sin reducir la velocidad de su paso, Joseph preguntó:

- ¿No te molesta la caminata?

- Enormemente.

Joseph se detuvo y dijo:

- ¿Quieres que te lleve en brazos?

- Desgraciadamente tengo un esguince en la espalda. Oprimiendo con más fuerza la mano de Joseph, Charlie dijo:

- Ya lo vi.

Charlie volvió a dirigir la vista a la derecha y vio algo que le pareció las ruinas de un antiguo molino inglés, con una ventana arqueada inmediatamente encima de otra ventana arqueada, y la ciudad iluminada a su espalda. Miró hacia la izquierda y advirtió que el picacho se había convertido en la negra silueta rectangular de un edificio, con algo que parecía una chimenea sobresaliendo en uno de sus extremos. Luego, volvió a haber árboles, con el ensordecedor canto de las cigarras, y un olor a pino tan fuerte que picaba en los ojos a Charlie.

Tirando de Joseph para que se detuviera, por lo menos durante unos instantes, Charlie murmuró:

- Es una trampa, ¿verdad? Sexualidad en la colina. ¿Cómo has sabido adivinar mis secretos deseos?

Pero Joseph ya volvía a avanzar vigorosamente, precediendo a Charlie. Charlie estaba jadeante, pero podía seguir adelante durante un día entero, cuando se lo proponía. Otra era la causa de su falta de aliento. Penetraron en un ancho sendero de piedras. Ante ellos, dos figuras grises vestidas de uniforme hacían guardia junto a una pequeña cabaña de piedra en la que brillaba una luz dentro de una jaula de alambre. Joseph se acercó a los dos hombres uniformados, y Charlie oyó el saludo en murmullos. La cabaña se levantaba entre dos puertas de hierro, en forma de reja. Detrás de una de ellas se volvía a ver la ciudad que ahora no era más que un distante resplandor de luces apretujadas. Pero detrás de la otra puerta no había más que una oscuridad total, y aquella oscuridad era el lugar al que iban a penetrar, ya que Charlie oyó el sonido de llaves entrechocando, y el gemido del hierro al girar la puerta sobre sus goznes. Durante un instante, Charlie se sintió dominada por el miedo. «¿Qué estoy haciendo aquí? ¿En dónde estoy? ¡Sal corriendo, muchacha, sal corriendo!» Aquellos hombres eran policías o funcionarios, y, por su servil comportamiento, Charlie pensó que Joseph seguramente los había sobornado. Todos miraron sus relojes, y Charlie, una vez más, recordó el maltratado cronómetro de Joseph y lo comparó con el nuevo reloj de oro que ahora llevaba, con su brazalete de oro, con su elegante camisa de color de crema, y con sus gemelos. Joseph le indicaba con la mano que avanzara. Charlie miró hacia atrás y vio a dos muchachas en pie, más abajo, en el sendero de piedra, mirando hacia arriba. Joseph la llamaba. Charlie se dirigió hacia la puerta abierta. Sintió que los policías la desnudaban con la mirada, y se le ocurrió que Joseph todavía no la había mirado de esta manera. No, Joseph aún no le había dado rudas muestras de que la deseara. En su incertidumbre, Charlie deseaba ardientemente que se las diera.

La puerta se cerró a sus espaldas. Había unos peldaños, y después de los peldaños un sendero de resbaladiza piedra. Oyó que Joseph le recomendaba que anduviera con cuidado. Charlie, de buena gana, hubiera pasado el brazo por la cintura de Joseph, pero éste la colocó delante de él, diciéndole que no quería que su propio cuerpo le impidiera ver el panorama. «Se trata de un panorama», se dijo Charlie. El panorama que, en belleza, es el segundo del mundo. Aquella piedra seguramente era mármol, por cuanto resplandecía incluso en la noche, y las suelas de cuero resbalaban peligrosamente. En una ocasión poco faltó para que Charlie se cayera, pero la mano de Joseph la cogió con una rapidez y con una fuerza que, comparadas con las de Al, dejaban a éste convertido en un mequetrefe. En otra ocasión, Charlie oprimió el brazo de Joseph contra su costado, de modo que tocara su pecho izquierdo. Mentalmente, Charlie le dijo con desesperación: «Toca. Es mío, el primero de dos, el izquierdo es un poco más erógeno que el derecho. Pero ¿a quién importa?» El sendero avanzaba en zigzag, la oscuridad menguaba y daba calor a Charlie, como si aún retuviera el sol del día. Abajo, por entre los árboles, la ciudad estaba lejana, como un planeta que se fuera. En lo alto, Charlie sólo podía percibir la mellada negrura de torres y estructuras. El murmullo del tránsito había cesado, dejando la noche a las cigarras.

- Camina despacio, por favor.

A juzgar por el tono de Joseph, Charlie pensó que fuera lo que fuere aquello que los esperaba, no podía estar lejos. El sendero volvió a avanzar en zigzag, y se encontraron ante una escalera de madera. Peldaños, un descansillo, más peldaños. En aquel punto, Joseph caminaba a pasos leves, y Charlie le imitó, de tal manera que, una vez más, quedaron unidos por la cautela. El uno al lado del otro, pasaron por una gran entrada cuya grandiosidad obligó a Charlie a levantar la vista. Al hacerlo vio una roja media luna deslizándose entre las estrellas, lejana, para situarse entre las columnas del Partenón.

Charlie musitó:

- ¡Dios…!

Se sintió muy poca cosa, y, por un momento, solitaria. Avanzó despacio, como una persona que se dirige hacia un espejismo, esperando que se disuelva en la nada, pero aquello no se disolvió. Anduvo a lo largo de la ruina, en busca de un lugar por el que penetrar en ella, pero en la primera escalera que encontró había un cartelito que decía: «Prohibida la subida.» De repente, Charlie se echó a correr, sin saber la razón de ello. Corría hacia los cielos, por entre las peñas, en busca del negro límite de aquella ciudad extraterrenal, dándose cuenta sólo a medias de qua Joseph, con su camisa de seda, trotaba fácilmente a su lado. Charlie reía y hablaba al mismo tiempo, decía las cosas que según le habían informado, solía decir en cama, decía cuanto le acudía a las mientes. Tenia la sensación de que podía escapar de su propio cuerpo y correr hacia el cielo, sin caerse. Poco a poco, la velocidad de Charlie menguó, y acabó avanzando al paso, hasta llegar al parapeto sobre el que se apoyó brusca y desmadejadamente, mirando, abajo, la iluminada isla, rodeada por los negros océanos de la llanura ática. Miró hacia atrás y vio a Joseph contemplándola a pocos pasos.

Por fin, Charlie dijo:

- Gracias.

Poniéndose ante él, le cogió la cabeza con ambas manos, y le besó en los labios, le dio un beso de cinco años, primero sin la lengua, luego con la lengua, inclinando la cabeza hacia este lado y hacia aquél, e inspeccionando su cara de vez en cuando, como si quisiera medir los resultados de su propio trabajo. Y en esta ocasión, estuvieron juntos el tiempo suficiente para que Charlie saliera de dudas: sí, en absoluto, funciona bien.

Charlie repitió:

- Gracias, Joseph.

Pero estas palabras sólo sirvieron para que Joseph se retirara. Su cabeza se hurtó a las manos de Charlie, sus manos deshicieron el abrazo de la muchacha y volvieron a sus costados. De una forma pasmosa, Joseph la había dejado sin nada.

Confusa y casi irritada, Charlie miró la cara de centinela de Joseph iluminada por la luz de la luna. Tiempo hubo en que Charlie los había conocido a todos, a su parecer. Había conocido a los vergonzantes homosexuales que alardeaban de virilidad hasta que no podían resistir el llanto. A los homosexuales que, siendo viejas vírgenes, imaginaban que estaban afectos de impotencia. A los presuntos donjuanes y fingidos sementales que emprendían la retirada, en el último instante, llevados por un arrebato de timidez o de conciencia moral. Y Charlie siempre tuvo, por norma general, la honrada ternura de comportarse como una madre o una hermana o lo que fuera, y formar un vínculo con ellos. Pero en Joseph percibía, mientras contemplaba sus ojos cubiertos por las sombras, una renuencia con la que jamás se había topado. Y no consistía en que en él no hubiera deseo, o que careciera de la capacidad precisa. Charlie tenía la experiencia suficiente para no equivocarse al valorar la tensión y la confianza del abrazo de Joseph. Al contrario, parecía que Joseph persiguiera una finalidad que se encontraba más allá de Charlie, lo cual intentaba comunicarle por el medio de contenerse.

Charlie dijo:

- ¿Quieres que te dé las gracias otra vez?

Durante unos instantes, Joseph siguió mirándola en silencio. Luego levantó la mano y miró la esfera de su reloj de oro a la luz de la luna.

- En realidad pienso que nos queda muy poco tiempo, y que me gustaría mostrarte algunos de los templos que hay aquí. ¿Permites que te aburra?

En el extraordinario abismo que se había abierto entre los dos, Joseph daba por supuesto que Charlie le ayudaría a cumplir su voto de abstinencia.

Charlie puso un brazo bajo el de Joseph, y mirándole como si fuera una pieza recién cobrada, dijo:

- Lo quiero todo. Quiero saber quién lo construyó, cuánto costó, a quién rendían culto aquí; si el culto les daba buenos resultados o malos, todo. Puedes aburrirme hasta que la muerte nos separe.

Ni por asomo se le ocurrió a Charlie que Joseph no supiera contestarle. Y Charlie no se equivocó. Joseph la instruyó, y Charlie escuchó. Joseph anduvo despacio y tranquilo de un templo a otro. Y Charlie iba a su lado, cogida de su brazo, pensando: «Seré tu hermana, tu discípula, seré lo que quieras; si te hago triunfar, diré que tú has triunfado; si te hundes, diré que he sido yo quien te ha hundido, y conseguiré que confíes, aunque en ello me vaya la vida.»

Joseph dijo gravemente:

- No, Charlie, Propilae no era una diosa, sino la entrada a un templo. La palabra procede de propilon, y los griegos emplearon el plural para honrar mayormente al templo.

- ¿Y has aprendido todo esto con la sola idea de explicármelo, Joseph?

- Naturalmente. Pensando sólo en ti. ¿Por qué no?

- Hubiera podido hacerlo sola. Tengo un cerebro como una esponja. Quedarías pasmado. Me hubiera bastado con echar una ojeada a un libro para sabérmelo todo, y convertirme en tu especialista.

Joseph se detuvo, y Charlie hizo lo mismo. Joseph dijo: -En este caso, repite lo que he dicho.

Al principio Charlie no pudo creerle, y pensó que Joseph bromeaba. Luego, cogiendo por los brazos a Joseph, le dio bruscamente media vuelta, y le obligó a desandar lo caminado, mientras le repetía cuanto le había dicho.

Habían llegado al final del trayecto. Charlie preguntó:

- ¿Satisfecho? ¿Me he ganado el segundo premio?

Charlie esperó a que transcurriera el ya famoso silencio que Joseph observaba antes de hablar. Por fin, Joseph habló:

- No es el trono de Agripa, sino el monumento de Agripa. Con la salvedad de este pequeño error, creo que tu recitado ha sido perfecto. Mi felicitación.

En el mismo instante, Charlie oyó, abajo, la bocina de un automóvil, tres medidos bocinazos, y supo que se trataba de un aviso dirigido a Joseph, ya que éste levantó la cabeza y prestó atención al sonido, como un animal olisqueando el viento, antes de volver a mirar el reloj. Charlie pensó que el profesor se había convertido en niñera. Había llegado el momento de que los niños buenos se metieran en la cama y se contaran los acontecimientos del día.

Habían ya comenzado a bajar por la falda de la colina, cuando Joseph se detuvo para contemplar el melancólico teatro de Dionisos, como un cuenco vacío iluminado por la luna, y el resplandor de lejanas luces. «Es una última mirada», pensó Charlie, pasmada, mientras contemplaba la inmóvil silueta negra de Joseph, recortada contra las luces de la ciudad.

Joseph observó:

- He leído, no sé dónde, que ninguna representación dramática puede ser una manifestación privada. Las novelas y las poesías, sí, pueden serlo. Pero la representación dramática, no. La representación dramática debe tener una aplicación a la realidad, ha de ser útil. ¿Crees que es verdad?

Riendo, Charlie replicó:

- ¿En el Instituto Femenino de Burton-on-Trent? ¿Interpretando el papel de Helena de Troya en la sesión de tarde dedicada a las jubiladas?

- He hablado en serio. Quiero saber tu opinión.

- ¿Acerca del teatro?

- Acerca de su utilidad.

Charlie quedó desconcertada ante el interés que Joseph mostraba. Parecía que Joseph esperase mucho, demasiado quizá, de la respuesta que ella diera. Torpemente, Charlie repuso:

- Pues sí, estoy de acuerdo. El teatro debiera ser útil. Debiera inducir a la gente a compartir y a sentir. Debiera despertar la sensibilidad de la gente.

- En consecuencia, ¿debiera ser realista? ¿Estás segura?

- Estoy segura de que estoy segura.

Como si, siendo así las cosas, Charlie no tuviera derecho a acusarle de nada, Joseph dijo:

- Pues eso.

Alegremente, Charlie repitió:

- Pues eso.

Charlie decidió: «Estamos locos. Somos un par de dementes merecedores de un certificado médico.» El policía los saludó cuando pasaron junto a él, camino de vuelta a la tierra.

Al principio, Charlie pensó que Joseph le gastaba una broma de mal gusto. Con la salvedad del Mercedes, la carretera estaba desierta, y el Mercedes destacaba en su soledad. En un banco, algo más allá, había una pareja besándose. Y nadie más había. El color del automóvil era oscuro, aunque no negro. Se encontraba junto a la zona cubierta de césped, y la placa delantera de la matrícula apenas se distinguía. A Charlie le habían gustado siempre los Mercedes, y por la solidez de éste podía advertir que había sido construido por encargo, así como también pudo advertir, gracias a sus antenas y accesorios, que era el juguete favorito de su propietario. Joseph la había cogido del brazo, y hasta que no se encontraron a la altura de la puerta del automóvil correspondiente al conductor, Charlie no se dio cuenta de que Joseph se disponía a abrirla. Vio cómo Joseph metía la llave en la cerradura, y que los botones de las cuatro puertas se ponían simultáneamente en la posición de cerradura abierta. A continuación, Joseph la llevó hacia la puerta correspondiente al asiento contiguo al del conductor, mientras Charlie se preguntaba qué diablos estaba pasando.

Con un despreocupado acento que hizo entrar inmediatamente a Charlie en sospechas, Joseph dijo:

- ¿No te gusta? ¿Quieres que encargue otro? Pensaba que tenías una debilidad por los buenos automóviles.

- ¿Lo has alquilado?

- No. Nos lo han prestado para nuestro viaje.

Joseph mantenía la puerta abierta. Charlie entró y preguntó:-¿Quién te lo ha prestado?

- Un buen amigo.

- ¿Cómo se llama?

- Charlie, por favor, no seas ridícula. Se llama Herbert. Karl Herbert. ¿Qué importa el nombre? ¿O es que prefieres las igualitarias incomodidades de un Fiat griego?

- ¿Dónde está mi equipaje?

- En el portamaletas. Dimitri lo ha guardado ahí, siguiendo mis instrucciones. ¿Quieres comprobarlo por ti misma, para quedarte tranquila?

- No quiero viajar en este coche.

A pesar de ello, Charlie siguió sentada, y, al instante siguiente, Joseph estaba sentado ante el volante, poniendo el motor en marcha. Joseph se había puesto guantes. Guantes negros, para conducir, con orificios de ventilación. Seguramente los había llevado en el bolsillo y se los había puesto al entrar en el automóvil. El oro alrededor de sus muñecas destacaba en contraste con los negros guantes. Conducía de prisa y hábilmente. Esto tampoco gustó a Charlie. No era ésta la manera en que se conducen los automóviles de los amigos. La puerta al lado de Charlie estaba cerrada con llave. Joseph había cerrado con llave las cuatro puertas, mediante el mecanismo automático. Había puesto en marcha la radio, que difundía melancólica música griega.

Charlie preguntó:

- ¿Qué debo hacer para abrir esa maldita ventanilla?

Joseph oprimió un botón, y Charlie sintió el cálido aire nocturno que le traía aroma a resina. Pero Joseph sólo había bajado el cristal cosa de un par de pulgadas. En voz muy alta, Charlie preguntó:

- Lo haces a menudo, ¿verdad? ¿Es una de tus aficiones? Me refiero a eso de llevar a señoras de viaje, con rumbo desconocido, a dos veces la velocidad del sonido.

Joseph no contestó. Con fijeza miraba al frente. ¿Quién es este hombre? ¿Quién es, ¡oh santo Dios!, como diría su maldita madre? La luz inundó el interior del automóvil. Charlie volvió la cabeza y vio un par de faros, a unas cien yardas detrás de ellos, manteniéndose a esa distancia. Charlie preguntó:

- ¿Amigos o enemigos?

La muchacha se estaba acomodando de nuevo en el asiento cuando cayó en la cuenta de otra cosa que su vista había percibido. Se trataba de un blazer rojo, que reposaba en el asiento trasero, con unos botones de latón iguales que los botones de latón de Nottingham y de York. Y, además, Charlie hubiera apostado cualquier Losa a que el corte de la chaqueta en cuestión tenía cierto aire propio de los años veinte.

Pidió un cigarrillo a Joseph. Este, sin volver la cabeza, dijo: -¿Por qué no miras en la guantera?

Charlie abrió la guantera y vio un paquete de Marlboro. Al lado había un pañuelo de cuello, de seda, y un par de caras gafas de sol polaroides. Cogió el pañuelo y lo olisqueó. Olía a colonia para hombre. Cogió un cigarrillo. Con la mano enguantada, Joseph le pasó el incandescente encendedor que extrajo del salpicadero. Charlie dijo:

- Tu amigo es hombre que viste de una forma muy llamativa, ¿verdad?

- Ciertamente. Es verdad. ¿Por qué lo dices?

- ¿Este blazer rojo que hay detrás es suyo o tuyo?

Joseph, como si estas palabras le hubieran impresionado, dirigió una rápida mirada a Charlie y, acto seguido, devolvió la vista a la carretera. Con calma, mientras aumentaba la velocidad del automóvil, Joseph repuso:

- Digamos que es suyo, pero que me lo ha prestado.

- ¿Y también le has pedido prestadas las gafas de sol? Pues yo diría que las necesitabas, estando sentado tan cerca de las candilejas que casi te confundías con los actores. Y te llamas Richthoven, ¿no es eso?

- Exactamente.

- Peter es tu nombre de pila, pero prefieres que te llamen Joseph. Vives en Viena, donde comercias un poco y estudias un poco.

Charlie hizo una pausa. Joseph nada dijo. Y Charlie insistió:

- Y tienes un apartado de correos, para hacer tus negocios, que es el apartado siete seis dos, de la oficina principal de correos, ¿verdad?

Charlie vio que Joseph efectuaba un lento movimiento afirmativo con la cabeza, como si de esta manera reconociera la buena memoria de la muchacha. La aguja cuentakilómetros había subido a ciento treinta kilómetros. Animándose, Charlie prosiguió:

- Nacionalidad no declarada. Eres un sensible individuo de razas cruzadas. Tienes tres hijos y dos esposas. Todos en un apartado de correos.

- No tengo esposas ni hijos.

- ¿Nunca has tenido? ¿0 careces de ellos en estos precisos instantes?

- Carezco en los precisos instantes.

- No creas que me importe, Joseph. En realidad, me gustaría que las tuvieras. Me gustaría que hubiera cualquier cosa capaz de definirte, en estos instantes. Cualquier cosa. Las chicas somos así, entrometidas.

Charlie se dio cuenta de que aún conservaba el pañuelo de seda entre las manos. Lo arrojó a la guantera, y cerró el compartimiento violentamente. La carretera era recta, pero muy angosta, y la aguja había alcanzado los ciento cuarenta kilómetros por hora. Charlie sintió cómo se le formaba en su interior una sensación de terror que atacaba su calma artificial. Charlie dijo:

- ¿Te molestaría mucho decirme algo agradable? ¿Algo que me tranquilizara un poco?

- Lo único agradable que puedo decirte es que te he mentido lo menos posible, y que dentro de muy poco comprenderás las muchas razones por cuyos méritos estás con nosotros.

Rápida y secamente, Charlie preguntó:

- ¿Con nosotros?

Hasta aquel momento, Joseph había sido un hombre solitario. A Charlie no le gustó ni pizca el cambio. Avanzaban hacia una carretera principal, pero Joseph no había reducido velocidad. Vio los faros de dos automóviles avanzando hacia ellos, y contuvo el aliento, mientras Joseph oprimió el embrague y el freno al mismo tiempo, y detenía el Mercedes, dando paso a los dos automóviles, haciéndolo con la rapidez precisa para permitir que el coche que los seguía hiciera lo mismo.

De repente, Charlie se acordó de las cicatrices de Joseph y le preguntó:

- ¿No se tratará de tráfico de armas? ¿No andarás metido en alguna guerrita, para pasar el rato? Ocurre que no me gustan los estampidos. Tengo los oídos muy delicados.

La forzada frivolidad de su tono había dado a la voz de Charlie un sonido que era extraño a los oídos de la muchacha. Oyó a Joseph:

- No, Charlie, no es tráfico de armas.

- «No, Charlie, no es tráfico de armas.» ¿Trata de blancas quizá?

- No, tampoco es trata de blancas.

Charlie también repitió estas palabras y añadió:

- En este caso, sólo quedan las drogas. Sí, porque en algo traficas, ¿no es verdad? Ahora bien, las drogas tampoco me gustan. Long Al me obliga a llevar su hachís cuando pasamos las aduanas, y paso tantos nervios que estoy enferma durante varios días.

Tampoco obtuvo contestación. Charlie volvió a hablar:

- ¿Se trata de algo más alto y noble, de algo que se encuentra en un plano absolutamente diferente?

Alargó la mano, cerró la radio y dijo:

- Oye: ¿por qué no paras el coche aquí mismo? No hace falta que me lleves a sitio alguno. Y, si quieres, puedes volver a Mikonos y buscar a alguna que me sustituya.

- ¿Y dejarte ahí, en pleno descampado? No seas absurda. Charlie chilló:

- iAhora mismo! ¡Para este maldito automóvil!

Se acababan de saltar unas señales de tránsito, y habían efectuado un giro a la izquierda, tan violento que el cinturón de seguridad se clavó en el cuerpo de Charlie, cortándole la respiración. Charlie quiso coger el volante, pero Joseph levantó el antebrazo a tiempo para impedírselo. Joseph efectuó un segundo giro a la izquierda, y, por un portalón blanco, penetró en un sendero privado, bordeado de azaleas e hibiscos. El sendero presentaba una curva que el automóvil recorrió volando, y acto seguido se detuvo en una extensión de grava bordeada de piedras pintadas de blanco. El segundo automóvil se detuvo detrás, bloqueando el camino de salida. Charlie oyó pasos en la grava. Vio una vieja villa de recreo, cubierta de flores rojas. A la luz de los faros, las flores parecían manchas de sangre fresca. En el porche lucía una pálida luz. Joseph paró el motor y se metió en el bolsillo la llave del encendido. In

clinándose hacia Charlie, abrió la puerta correspondiente a ésta, con lo cual al olfato de Charlie Llegó el rancio aroma de las hortensias, y a sus oídos el familiar canto de las cigarras. Joseph se apeó, pero Charlie siguió dentro del automóvil. No soplaba la brisa, no se tenía sensación de aire fresco, sólo se oía el rumor de ligeros pasos de gente joven congregándose alrededor del automóvil. Se trataba de Dimitri, el chófer de diez años, con su sonrisa de dientes salidos. De Raoul, el muchacho con el cabello del color del lino, devoto de Jesús, y con un rico papá sueco. De dos muchachas, con pantalones tejanos, aquellas mismas muchachas que les habían seguido durante su ascenso a la Acrópolis, y que también eran las mismas - ahora, bajo una mejor luz, Charlie se dio cuenta de ello- que había visto vagando por las calles de Mikonos, una o dos veces, cuando iba de escaparates. Al oír el sordo ruido producido por alguien al descargar equipaje del portamaletas, Charlie salió furiosa, mediante un salto, del interior del automóvil, gritando:

- ¡Mi guitarra! ¡Dejad inmediatamente mi guitarra!

Pero Raoul ya tenía la guitarra bajo el brazo, en tanto que Dimitri se había hecho cargo de la bolsa de viaje. Charlie se disponía a abalanzarse sobre los dos chicos, cuando las dos muchachas la cogieron por codo y muñeca y la obligaron a dirigirse hacia el porche. Charlie chilló:

- ¿Dónde está Joseph, ese hijo de mala madre?

Pero Joseph, el hijo de mala madre, cumplida su misión, ya se encontraba a mitad de los peldaños que conducían a la casa, y no volvió la vista atrás, como si estuviera escapando de un accidente. Al alejarse del automóvil, Charlie vio, a la luz que brillaba en el porche, la placa trasera de la matrícula. No era una matrícula griega. Era árabe, con ringorrangos a lo Hollywood alrededor del número, y una placa de plástico con las letras «CD», Corps Diplomatic, en la tapa del portamaletas, junto al emblema de la Mercedes Benz.

6

Las dos muchachas llevaron a Charlie al retrete y estuvieron con ella, muy tranquilas, mientras ésta usaba el servicio. Una era rubia y la otra morena, y las dos parecían haber recibido órdenes de tratar amablemente a Charlie. Llevaban zapatos de suela blanda, no se habían metido los faldones de la camisa en los tejanos, habían dominado físicamente a Charlie sin la menor dificultad, cuando ésta se lanzó sobre ellas, y cuando Charlie las insultó, le contestaron con una sonrisa dotada de la lejana dulzura de los sordos.

La morena dijo a Charlie en el curso de una breve tregua:

- Me llamo Rachel. Y mi amiga se llama Rose. ¿Te acordarás? Piensa en RR.

Rachel era la guapa. Tenía remilgado acento del norte y ojos alegres. Fue la espalda de Rachel lo que detuvo a Yanuka en la frontera. Rose tenía rizado cabello rubio, y el nervudo cuerpo propio de una atleta. Cuando abrió las manos, sus palmas parecían hojas de hacha salidas de sus delgadas muñecas.

Con un acento seco que bien hubiera podido ser sudafricano, Rose dijo a Charlie:

- No te preocupes, Charlie. Ya verás cómo no te pasará nada malo.

Charlie intentó una vez más, y en vano, forcejear con ellas, y dijo:

- Gracias, ya se me ha pasado.

Del retrete la llevaron a un dormitorio en la planta baja, en donde le dieron un peine y un cepillo para el pelo, así como un vaso de turbio té, sin leche. Charlie se sentó en el borde de la cama y comenzó a tomar sorbos de té, mientras maldecía, trémula de rabia, e intentando acompasar la respiración. Musitó:

- «¡RAPTO DE UNA ACTRIZ SIN UN PENIQUE!» ¿Qué rescate pensáis pedir, muchachas? ¿El pasivo de mi cuenta corriente?

Pero estas palabras sólo sirvieron para que las muchachas le sonrieran con más dulzura, a uno y otro lado de Charlie, caídos los brazos, esperando el momento de hacerla subir la gran escalinata. Al llegar al primer descansillo, Charlie volvió a atacar a las dos muchachas, en esta ocasión a puñetazos, lanzando los puños en curva trayectoria paralela al suelo, furiosamente, lo cual sólo sirvió para que Charlie se encontrara suavemente depositada de espaldas en el suelo, con la vista fija en los vidrios policromos en lo alto de la escalinata, que quebraban la luz lunar transformándola en un mosaico de pálido color dorado y de color de rosa. Charlie explicó a Rachel:

- Sólo quería romperte las narices.

Pero la reacción de Rachel consistió en una radiante sonrisa de comprensión.

La casa era vieja y olía a gatos que apestaba. Estaba atestada de malos muebles griegos, del estilo imperio, y tenía marchitas cortinas de terciopelo, y candelabros de latón. Pero en el caso de que hubiera estado limpia como un hospital suizo o sucia como la bodega de un buque carguero, ella nada hubiera cambiado. Sólo hubiera significado otra clase de pesadilla, ni peor ni mejor. En el segundo descansillo, unos agrietados tiestos con flores trajeron a la memoria de Charlie, una vez más, la imagen de su madre. Charlie se vio a sí misma, siendo niña, sentada al lado de su madre, llevando pantalones de pana, y mondando vainas de guisantes, en un invernadero. Pero fue incapaz de recordar, en aquellos momentos y luego, una casa que tuviera un invernadero y en la que ella hubiera vivido, como no fuera la primera que la familia tuvo en Branksome, cerca de Bournemouth, cuando Charlie contaba tres años de edad.

Se acercaron a una puerta de dos hojas, que Rachel abrió, echándose después a un lado. Charlie vio ante sí una estancia con aspecto de caverna, en cuyo centro había dos figuras sentadas a una mesa, una de ellas ancha y grande, y la otra encorvada y muy delgada, las dos ataviadas con ropas de nebulosos colores castaños y grises, y que, contempladas desde lejos, tenían fantasmal aspecto. Sobre la mesa vio papeles diseminados, a los que una luz pendiente del techo daba desproporcionada importancia, y que, incluso vistos desde lejos, tenían aspecto de recortes de prensa. Rose y Rachel se habían rezagado, cual si fueran personas de inferior importancia. Rachel dio un empujón en el trasero a Charlie y dijo:

- ¡Adelante!

Charlie recibió un impulso que la hizo recorrer involuntariamente los últimos veinte pies, sintiéndose como feo ratón mecánico, de esos que funcionan con cuerda. Charlie pensó: «Finge que te ha dado un ataque, ponte las manos en el estómago, di que tienes apendicitis. ¡Chilla!» Cuando Charlie entró, los dos hombres se pusieron, simultáneamente, en pie de un salto. El delgado se quedó junto a la mesa, pero el corpulento avanzó decidido hacia ella, y su mano derecha se engarabitó en un movimiento propio de un cangrejo, cogiendo la mano de Charlie y estrechándola, antes de que ésta pudiera evitarlo.

Como si Charlie hubiera tenido que desafiar incendios forestales e inundaciones para llegar hasta ellos, Kurtz exclamó en veloz tono de felicitación:

¡Charlie, no sabe cuánto nos alegra que esté por fin sana y salva entre nosotros!

Teniendo todavía la mano de Charlie fuertemente asida por la suya, de modo que el contacto entre las dos pieles resultaba totalmente contrario a cuanto Charlie había previsto, Kurtz dijo:

- Mi nombre, a falta de otro, Charlie, es Marty, y cuando Dios terminó de hacerme quedaron unas cuantas porciones sobrantes, con las que hizo a Mike, a modo de posdata. Saluda a Mike, Charlie. Y en cuanto al señor Richthoven, dicho sea utilizando el nombre que para su mayor comodidad escogió, aquí presente, a quien según creo usted llama Joseph, creo que no hace falta decir más nombres, puesto que usted misma lo bautizó.

Joseph seguramente había entrado en el cuarto sin que Charlie se diera cuenta. Charlie recorrió la estancia con la vista, y le vio ordenando unos papeles sobre una mesa plegable, apartado de todos. Sobre la mesa había una pequeña lámpara de uso individual cuya luz, semejante a la de una vela, incidió en la cara de Joseph cuando éste se inclinó al frente.

Charlie dijo:

- Pues ahora podría volver a bautizar a ese hijo de mala madre. Charlie pensó en atacar a Joseph, tal como antes había atacado a Rachel. Le bastaba con dar tres rápidos pasos y atizarle, antes de que pudieran impedírselo, pero advirtió que no lo conseguiría, por lo que se contentó con lanzarle una andanada de obscenos insultos que Joseph escuchó con aire de recordar algo un tanto lejano. Joseph se había puesto un jersey ligero. La camisa de seda propia de director de orquesta y los gemelos de oro, como tapones de botella, habían desaparecido, y parecía que jamás hubieran existido.

Sin alzar la cabeza y mientras seguía ordenando sus papeles, Joseph dijo:

- Te aconsejo que por el momento te abstengas de formular juicios y dejes de soltar palabrotas. Primero escucha lo que estos dos hombres quieren decirte. Estás en manos de buena gente. Me atrevería a decir que estás en manos de gente mucho mejor que aquella con la que solías tratar. Tienes mucho que aprender y, si la suerte te acompaña, también tienes mucho que hacer. Así es que conserva las energías.

Joseph pronunció estas últimas palabras como si recitara para sí una advertencia medio olvidada. Siguió con sus papeles.

Amargamente, Charlie pensó: «No siente el menor interés por mí; ha entregado su carga, y la carga era yo.»

Los otros dos hombres seguían de pie, esperando que Charlie se sentara, lo cual era propio de locos. Es una locura ser cortés para con una muchacha que acaba de ser raptada, es una locura darle lecciones de bondad, es una locura sentarse a una mesa para charlar con quienes te acaban de raptar, después de tomar un vasito de té y de arreglarte un poco en el lavabo. De todas maneras, Charlie se sentó. Kurtz y Litvak también lo hicieron.

Mientras se enjugaba una lágrima con los nudillos de una mano, Charlie preguntó con voz insegura:

- ¿Quién es el que dirige el juego, aquí?

Vio una vieja cartera para documentos, de color castaño, situada en el suelo entre los dos hombres, con la tapa abierta, aunque no por ello pudo ver el contenido. Y sí, efectivamente, los pape-les que había sobre la mesa eran recortes de prensa, y a pesar de que Mike los estaba guardando en una carpeta, Charlie no tuvo dificultad alguna en reconocer que aquellos recortes hacían referencia a su carrera artística.

En tono decidido, Charlie preguntó:

- ¿No se han equivocado de chica, supongo? ¿Están seguros?

Dirigió estas palabras a Litvak, suponiendo erróneamente que era el más influíle de los dos, en méritos de su endeble aspecto físico. Pero, en realidad, a Charlie le importaba muy poco cuál fuera la persona a quien se dirigía, siempre y cuando consiguiera conservar la serenidad. Charlie añadió:

- Aunque les advierto que si van en busca de los tres enmascarados que asaltaron el banco de la calle Cincuenta y dos, les diré que se fueron en dirección contraria a ésta. Yo era la inocente transeúnte que tuvo un parto prematuro.

Kurtz levantó de la mesa, al mismo tiempo, sus gruesos brazos, y gritó muy complacido:

- ¡Charlie, sí, usted es la chica que buscábamos! ¡Y tanto que sí! Kurtz dirigió una mirada a Litvak, y luego a Joseph, en el otro extremo del cuarto. Fue una mirada benévola, pero duramente calculadora. Y, en el instante siguiente, Kurtz se había lanzado, hablando con la fuerza animal que de tal manera había avasallado a uilley y a Alexis, así como a innumerables colaboradores insólitos, a lo largo de su extraordinaria carrera, hablando con los mismos recios acentos euronorteamericanos, y efectuando los mismos cortantes movimientos del antebrazo.

Pero Charlie era una actriz, y su instinto profesional jamás le había hablado tan a las claras. Ni la verborrea de Kurtz, ni los actos de violencia que en ella habían sido perpetrados, conduciéndola a un estado de desorientación, habían oscurecido sus matizadas percepciones de lo que en aquellos momentos ocurría en el cuarto. Charlie pensó: «Estamos en un escenario: nosotros por una parte y ellos por otra.» Mientras los jóvenes centinelas se dispersaban dirigiéndose a las tinieblas del perímetro, Charlie casi podía oír el rumor de los pasos dados de puntillas de los espectadores llegados a última hora en busca de sus butacas, al otro lado del telón. Charlie examinó el decorado, y tuvo la impresión de que se parecía al dormitorio de un tirano depuesto. Los hombres que la habían capturado eran los luchadores por la libertad que habían depuesto al tirano. Detrás de la ancha y paternal frente de Kurtz, sentado frente a ella, Charlie pudo distinguir en la mal enyesada pared la mancha de polvo que había delimitado la cabecera de una desaparecida cama imperial. Detrás del flaco Litvak colgaba un espejo con retorcida moldura dorada, estratégicamente situado para el mayor placer de enamorados separados. El desnudo piso de madera producía ecos enclaustrados, propios de un escenario. La luz pendiente del techo acentuaba las partes cóncavas de las caras de los dos hombres, así como la sordidez de sus ropas de luchadores clandestinos. En lugar de su lujoso traje de Madison Avenue -aunque debemos advertir que Charlie no conocía este término de comparación-, Kurtz, ahora, lucía una chaqueta de campaña, del ejército, carente de forma, con oscuras manchas de sudor en los sobacos, y una hilera de bolígrafos baratos en el abrochado bolsillo superior de la chaqueta, en tanto que Litvak, el intelectual del partido, iba con una camisa caqui, de mangas cortas, de las que sus delgados brazos salían cual peladas ramas. Sin embargo, a Charlie le bastaba con echar una ojeada a aquellos dos hombres para advertir los rasgos que compartían con Joseph. Charlie pensó: «Han sido adiestrados a hacer lo mismo, comparten las mismas ideas y las mismas prácticas.» Kurtz tenía su reloj de pulsera sobre la mesa, ante él. Este reloj trajo a la memoria de Charlie la cantimplora de Joseph.

Dos ventanas cerradas daban a la parte delantera y otras dos ventanas igualmente cerradas daban a la parte trasera. Las puertas de doble hoja que daban a uno y otro lado también estaban cerradas, como si se temiera que Charlie intentara escapar, a pesar de que ésta sabía, en la actualidad, que sería un intento vano, por cuanto, si bien los centinelas fingían una languidez propia de simples trabajadores en un taller, Charlie había ya advertido en ellos -y tenía buenas razones- la presteza propia de los profesionales. En los más apartados confines del escenario ardían cuatro enroscadas mechas contra los mosquitos, cual mechas de bomba, de lenta ombustión, que difundían aroma a nuez moscada. Y a espaldas de Charlie brillaba la lamparilla de Joseph que, a pesar de todo, o quizá debido a todo, era la única luz agradable.

Charlie se percató de todo lo anterior incluso antes de que la recia voz de Kurtz comenzara a llenar la estancia con sus frases tortuosamente imperativas. Si Charlie no hubiera ya previsto que le esperaba una larga noche, aquella voz implacable y contundente se lo hubiera revelado.

- Charlie, queremos explicarte lo que queremos hacer; queremos definirnos a nosotros mismos, queremos presentarnos, y aun cuando entre los aquí presentes nadie hay que sea propenso a pedir disculpas excesivas, también queremos decirte que lamentamos lo ocurrido. Pero a veces no queda más remedio que actuar de determinada manera. Nosotros hemos actuado en uno o dos aspectos porque no nos ha quedado más remedio. Lo siento. Te damos la bienvenida y te decimos «hola».

Kurtz hizo una pausa lo bastante larga para que Charlie pudiera lanzarle otra andanada de insultos. Kurtz sonrió, y dijo:

- Charlie, tengo la seguridad de que tienes muchas preguntas que hacernos, y te aseguro que, a su debido tiempo, las contestaremos, en la medida de lo posible. Entretanto permite que, por lo menos, te demos un par de informaciones de carácter básico. Seguramente te preguntas quiénes somos.

En esta ocasión la pausa fue brevísima, casi inexistente, debido a que, en realidad, Kurtz no estaba tan interesado en estudiar el efecto de sus palabras como en utilizarlas para adquirir un amistoso dominio de la situación y de la propia Charlie.

- Charlie, te diré que primordialmente somos personas decentes, tal como ha dicho Joseph. Somos buena gente. En este sentido, y al igual que la gente buena y decente que hay en todo el mundo, estimo que puedes calificarnos razonablemente de no sectarios, no alineados, y de profundamente preocupados, al igual que tú, por los muchos malos caminos que el mundo sigue. Si añado que somos ciudadanos de Israel, espero que no comiences a echar inmediatamente espuma por la boca, ni a vomitar, ni a tirarte por la ventana, a no ser, desde luego, que sostengas la personal opinión de que Israel debiera ser borrado del mapa, o barrido con napalm, o entregado envuelto en papel para regalos a cualquiera de las muchas molestas organizaciones árabes que aspiran a eliminarnos.

Kurtz advirtió un movimiento de secreto encogimiento del ánimo de Charlie, por lo que se lanzó inmediatamente a averiguar su naturaleza:

- ¿Es realmente esto lo que piensas, Charlie?

Había efectuado la pregunta bajando la voz. Prosiguió:

- Bueno, quizá pienses así… ¿Por qué no nos dices lo que piensas al respecto? ¿Tienes ganas de levantarte de la silla en este mismo instante? ¿Ganas de irte a casa? Creo que tienes el billete de avión. Te daremos el dinero que necesites. ¿Quieres irte?

Una helada inmovilidad se apoderó de Charlie, cubriendo el caos y el momentáneo terror que la muchacha sentía. Que Joseph era judío, Charlie no lo había dudado jamás a partir de su abortado interrogatorio en la playa. Pero para Charlie, Israel era una confusa abstracción que suscitaba, al mismo tiempo, sentimientos protectores y sentimientos de hostilidad. Charlie jamás había supuesto, siquiera por un segundo, que llegara a enfrentarse con Israel en carne y hueso.

Haciendo caso omiso de la oferta de Kurtz consistente en interrumpir las negociaciones antes de que hubieran comenzado, Charlie preguntó:

- ¿Qué diablos está pasando aquí? ¿Qué es esto? ¿Una fiesta bélica? ¿Una incursión punitiva? ¿Me van a poner electrodos? ¿En qué consiste su gran idea?

Kurtz le preguntó:

- ¿Has conocido en tu vida a algún israelí?

- Que yo sepa, no.

- ¿Tienes algo que objetar a los judíos, desde un punto de vista racial? ¿A los judíos en cuanto a judíos y basta? ¿No olemos mal, en tu opinión, no tenemos malos modales en la mesa? Dínoslo. Son cosas que nosotros comprendemos.

- No sea tonto.

Charlie advirtió que su voz no había sonado debidamente, ¿o acaso era su oído el que no había percibido correctamente? -¿Te sientes entre enemigos, aquí?

Charlie contestó:

- ¿Cómo puede usted pensar tal cosa? Toda persona que me rapta es para mí simpatiquísima.

Con la consiguiente sorpresa de Charlie, estas palabras suscitaron espontáneas carcajadas en las que todos parecían tener derecho a participar. Salvo Joseph, que estaba muy atento a su lectura, tal como Charlie sabía gracias al leve sonido de roces que Joseph producía al volver las páginas.

Kurtz aumentó un poco la presión de su interrogatorio. Sin dejar de sonreír cordialmente, insistió:

- Tranquilízanos un poco, Charlie. Olvidemos que, en cierto sentido, estás privada de libertad, aquí. ¿Crees que Israel debe sobrevivir, o que todos nosotros debemos hacer las maletas y volver a nuestros países de origen, para volver a empezar? ¿Quizá estimes más oportuno que ocupemos un pedacito del Africa central? ¿O del Uruguay? Egipto, no, muchas gracias, ya lo intentamos y no dio buenos resultados. ¿0 crees que debemos dispersarnos una vez más y volver a nuestros ghettos de Europa y Asia, en espera del próximo pogrom? ¿Qué dices a esto, Charlie?

Esquivando la cuestión una vez más, Charlie repuso: -Quiero que dejen en paz de una maldita vez a los pobres árabes.

- Gran idea. ¿Y cómo lo vamos a hacer, así en términos específicos?

- Dejando de bombardear sus campamentos, de echarlos de sus tierras, de arrasar sus pueblos, de torturarlos.

- ¿Has mirado alguna vez el mapa de Oriente Medio?

- Naturalmente.

Con la misma peligrosa alegría mostrada anteriormente, Kurtz dijo:

- Y, mientras contemplabas el mapa, ¿has deseado alguna vez que los árabes nos dejen en paz a nosotros?

A la confusión y temor que Charlie sentía ahora, se añadió un sentimiento de vergüenza, que probablemente era lo que Kurtz deseaba. Ante una tan clara realidad, las sarcásticas frases de Charlie adquirieron cierto matiz propio de una colegiala algo tonta. Charlie se sintió como una insensata dando sermones a gente sabia. Charlie contestó con una estupidez:

- Quiero paz.

Sin embargo, las palabras de Charlie eran verdad. Cuando se lo permitían, Charlie tenía la decente visión de una Palestina mágica-mente devuelta a aquellos que habían sido expulsados de ella, a fin de que en ella cupieran los más poderosos custodios europeos.

Muy satisfecho, Kurtz dijo:

- En este caso, ¿por qué no vuelves a mirar el mapa y te preguntas qué es lo que Israel quiere?

Y Kurtz guardó unos instantes de silencio, que parecía el silencio de recuerdo a los seres amados que no pueden estar con nosotros esta noche.

Y este silencio se hizo más y más extraordinario a medida que más duraba, debido a que era la propia Charlie quien contribuía a prolongarlo. Y Charlie, que hacía pocos minutos chillaba clamando a los cielos y a la tierra, ahora, de repente, nada tenía que decir. Fue Kurtz, no Charlie, quien finalmente rompió el silencio, mediante unas palabras que parecían una meditada declaración a la prensa:

- Charlie, no estamos aquí para combatir tus ideas políticas. Ahora es muy pronto todavía, por lo que no me vas a creer (¿a santo de qué vas a creerme?), pero lo cierto es que tus ideas políticas nos gustan. En todos sus aspectos. En todas sus paradojas y buenas intenciones. Respetamos tus ideas y las necesitamos. No nos reímos de ellas, y albergo esperanzas de que, a su debido tiempo, podamos volver a ellas y discutirlas de una forma abierta y positiva. Nos proponemos hacer una llamada al natural sentido humano que hay en ti, y nada más. Hacer una llamada a tu buen corazón, a tu corazón humanitario. A tus sentimientos. A tu sentido de la justicia. No queremos pedirte nada que de un modo u otro sea contrario a tus recias y decentes convicciones éticas. En cuanto a tu polémica política, al nombre o a los nombres que le das, quisiéramos quemarla, pura y simplemente. Por el contrario, respetamos del todo tus convicciones, cuanto más confusas, más irracionales y más frustradas sean. Aceptando esta premisa, espero que te muestres dispuesta a quedarte aquí un tiempo más y escuchar lo que tenemos que decirte.

Una vez más, Charlie ocultó su reacción bajo un nuevo ataque:

- Si Joseph es israelí, ¿qué diablos hacía viajando en un puerco automóvil árabe?

El rostro de Kurtz se quebró en aquella surcada y arrugada sonrisa que tan espectacularmente había revelado su verdadera edad a Quilley. Alegremente, repuso:

- Lo robamos, Charlie.

Y esta confesión suscitó inmediatamente otra salva de carcajadas, a las que Charlie tuvo, en parte, tentaciones de unirse.

Anunciando implícitamente con sus palabras que la discusión sobre Palestina había quedado, al menos por el momento, quemada, como había deseado, Kurtz dijo:

- Y lo que ahora querrás saber, Charlie, es qué diablos haces aquí entre nosotros, y por qué has sido arrastrada hasta aquí de una manera tan complicada y tan poco ceremoniosa. Te lo voy a decir. Dicha razón estriba en que queremos ofrecerte un trabajo. Un trabajo de actriz.

Kurtz había entrado en un buen terreno, y su bondadosa sonrisa indicaba que se había dado cuenta de ello. Su voz se hizo lenta e intencionada, como si estuviera anunciando los números ganadores:

- Será el papel más importante que hayas interpretado en tu vida, el que más sacrificios te cueste, el más difícil, el más peligroso y, sin la menor duda, el más importante. Y no hablo de dinero. Te daremos cuanto dinero quieras. Tú misma puedes poner el precio.

El recio antebrazo de Kurtz efectuó un movimiento con el que quitó toda importancia a las consideraciones crematísticas. Kurtz siguió:

- El papel que hemos pensado confiarte exige la combinación de todos tus talentos, tanto humanos como profesionales, Charlie. Tu ingenio, tu excelente memoria, tu inteligencia, tu valentía, y también esta cualidad humana a la que antes me he referido, tu calor humano. Te elegimos, Charlie, te dimos el papel. Hemos buscado mucho, hemos estudiado a muchas candidatas de muchos países, hasta que te encontramos a ti, y ésta es la razón por la que estás aquí, aquí, entre admiradores. Todas las personas que están en este cuarto te han visto actuar y admiran tu labor. En consecuencia, más valdrá que el ambiente imperante sea congruente con este hecho. Por nuestra parte no hay la más leve hostilidad, sino que hay afecto, esperanzas y admiración. Escucha lo que tenemos que decirte. Tal como tu amigo Joseph ha dicho, somos buena gente, al igual que lo eres tú. Te necesitamos. Y hay otra gente, que no está presente, que te necesitará mucho más de lo que nosotros te necesitamos.

Al callar, la voz de Kurtz dejó un vacío. Charlie había conocido actores, muy pocos, que sabían hacer esto con sus voces. La voz así era como una presencia que, por su implacable benevolencia, se transformaba en adicción, y cuando la voz dejaba de sonar, como ocurría ahora, el oyente se quedaba solo, varado. Llevada por una instintiva oleada de alegría, Charlie pensó: «Primero Al consigue un papel, y ahora lo consigo yo.» Seguía percibiendo cuán loca era la situación en que se encontraba, pero esta conciencia era lo único que podía utilizar para reprimir una sonrisa de excitación que le cosquilleaba las mejillas, pugnando por salir a la superficie.

Consiguiendo una vez más hablar en tono de escepticismo, Charlie dijo:

- ¿Ésta es la manera en que reparten ustedes los papeles? ¿Golpeando a las actrices en la cabeza y llevándolas maniatadas adonde les da la gana? Imagino que esto será habitual en ustedes.

En tono muy sereno, Kurtz dijo:

- Charlie, jamás diremos que se trate de un drama normal y corriente.

Y después de decir estas palabras, Kurtz volvió a ceder la iniciativa a Charlie. Luchando todavía para no sonreír, Charlie quiso saber:

- ¿En qué clase de actuación me dan este papel?

- Llamémosle actuación teatral.

Charlie se acordó de Joseph y de la manera en que la expresión divertida desapareció de su cara, cuando hizo una seca referencia al teatro de la vida real. Charlie dijo:

- Si se trata de una obra teatral, ¿por qué no lo dice? Kurtz le dio la razón:

- En cierto aspecto es una obra teatral.

- ¿Quién la ha escrito?

- Nosotros nos encargaremos de la trama. Joseph se encargará del diálogo. Todo con mucha ayuda tuya.

- ¿Ante qué público?

Con un ademán, Charlie indicó las sombras:

- ¿Estas monadas?

La solemnidad de Kurtz fue tan súbita y tan tremenda como su buena voluntad. Unió sobre la mesa sus manos de obrero, avanzó la cabeza dejándola encima de ellas, y ni siquiera el más enérgico escéptico hubiera podido negar la convicción con que se expresó:

- Charlie, hay gente que jamás verá esta obra teatral, que ni siquiera llegará a saber que se representa, pero que quedará en deuda contigo mientras viva. Es gente inocente. Personas a las que siempre has tenido simpatía, en cuya representación has intentado hablar, intervenir en manifestaciones, ayudar. En todo lo que hagas a partir de este momento debes llevar bien metida en la cabeza esta idea, ya que, de lo contrario, puedes llevarnos a la perdición, a nosotros y a ti.

Charlie intentó apartar la vista de Kurtz, debido a que su retórica era excesiva, demasiado altisonante. Charlie sintió deseos de que Kurtz empleara aquellos medios con otra persona, no con ella. Rudamente, esforzándose una vez más en hurtarse a las oleadas de la persuasión de Kurtz, Charlie inquirió:

- ¿Y quién diablos se imagina usted ser para determinar quién es inocente y quién no lo

es?

- ¿Te refieres a mí, en cuanto a israelí?

Evitando entrar en terreno peligroso, Charlie repuso: -Me refiero a usted, personalmente.

- Prefiero soslayar un poco tu pregunta, Charlie, y limitarme a decir que, desde nuestro punto de vista, una persona ha de ser muy culpable para merecer la muerte.

- ¿Quién, por ejemplo? ¿Quién merece la muerte? ¿Esos pobres insensatos a los que matasteis en el West Bank? ¿O esos a quienes bombardeáis en el Líbano?

Incluso mientras formulaba estas atolondradas preguntas, Charlie se preguntaba cómo diablos habían comenzado a hablar de muertes. ¿Había comenzado ella, había comenzado él? Carecía de importancia. Kurtz ya estaba meditando su respuesta. Con firme énfasis replicó:

- Únicamente aquellos que rompen totalmente el vínculo humano. Estos merecen la muerte.

Tozuda, Charlie siguió atacando a Kurtz:

- ¿Hay judíos así?

- Si., hay judíos que son así, y también hay israelíes. Pero nosotros no nos contamos entre ellos, y, afortunadamente, esta noche no constituyen el tema del que debemos tratar.

Kurtz tenía la autoridad suficiente para hablar de esta manera. Daba las respuestas que los niños quieren. Tenía la preparación suficiente para ello, y todos los que se encontraban en el cuarto, Charlie incluida, lo sabían. Kurtz era un hombre que sólo trataba de asuntos que conocía por propia experiencia. Cuando formulaba preguntas, se tenía la seguridad de que antes le habían formulado a él aquellas preguntas. Cuando daba órdenes se sabía que antes había obedecido órdenes ajenas. Cuando hablaba de muerte resultaba evidente que conocía la muerte y que la conocía muy de cerca, y que en cualquier momento podía volver a conocerla.

Y cuando decidía dar una advertencia, como ahora se la dio a Charlie, era evidente que había afrontado los peligros a que se refería. Hablando muy seriamente, dijo:

- No confundas nuestra representación teatral con la diversión, Charlie. No hablamos de bosques encantados. Cuando las luces se apaguen en el escenario, será de noche en la calle. Cuando los actores rían, serán felices. Cuando lloren, estarán tristes y con el corazón roto. Y cuando los actores resulten heridos (y resultarán heridos) no se encontrarán en situación, al bajar el telón, de ponerse en pie de un salto e ir corriendo a coger el autobús que los llevará a casa. No habrá posibilidad de remilgos y de alejarse en las escenas duras, no habrá permiso por enfermedad. Será una actuación constante desde el principio hasta el fin. Si esto es lo que te gusta, si eres capaz de hacerlo, y nosotros creemos que sí, escúchanos. Si no es así, levantemos la sesión.

Shimon Litvak, arrastrando las palabras, con su acento eurobostoniano, débil cual una señal distante emitida por una radio al otro lado del Atlántico, intervino gravemente, en el tono que emplea un discípulo para tranquilizar a su maestro:

- Charlie jamás ha huido de un peligro en toda su vida, Marty.

Y esto no es una presunción por nuestra parte, sino que es un hecho cierto. Consta en todo su historial.

Ya casi lo habían conseguido, dijo Kurtz a Misha Gavron más tarde, al relatar, durante un breve alto el fuego en su relación, este punto de la conversación con Charlie: una señora que consiente escuchar es una señora que consiente. Al oír estas palabras, a Gavron poco le faltó para sonreír.

Sí, quizá casi lo había conseguido, pero, en lo tocante al tiempo que tendrían que consumir, sólo estaba al principio. Al pretender ser comprendido, Kurtz en manera alguna pretendió ser rápido. Kurtz insistió en sus modales estudiados, en añadir leña a la frustración de Charlie, en que la impaciencia de la muchacha se desbocara y se adelantara a los acontecimientos. Nadie mejor que Kurtz comprendía lo que era tener un carácter impaciente en un mundo de lentitudes, y cómo sacar provecho de tal impaciencia. Pocos minutos después de la llegada de Charlie, mientras ésta se hallaba todavía asustada, Kurtz la trató amistosamente. Y así se portó como un padre para la enamorada de Joseph. Minutos después, ofrecía a Charlie la solución de todos los desordenados problemas de su vida, hasta el presente momento. Kurtz se dirigió a la actriz, a la mártir, a la aventurera. Halagó a la hija y excitó a la aspirante. Le había permitido echar un breve vistazo a la nueva familia a la que Charlie quizá quisiera unirse, sabedor de que Charlie, en el fondo, al igual que todos los rebeldes, sólo ansiaba una más cómoda conformidad. Y, principalmente, al prodigarle todos estos beneficios, había enriquecido a Charlie, lo cual, como la propia Charlie siempre había dicho a cuantos quisieran escucharla, era el principio de la subordinación.

Hablando más despacio y en voz más cordial, Kurtz dijo:

- Lo que nosotros te proponemos, Charlie, es un recital abierto, que contestes a una serie de preguntas y que las contestes con toda franqueza, con toda veracidad, a pesar de que, por el momento, nada sepas en cuanto a la finalidad que perseguimos con estas preguntas.

Kurtz hizo una pausa, pero Charlie siguió en silencio. Y, ahora, en su silencio había ya una tácita sumisión.

- Te pedimos que no hagas juicios de valor, que jamás intentes ponerte en nuestro punto de vista, que jamás pretendas complacernos o contentarnos con tus contestaciones, en aspecto alguno. Hay en tu vida muchas cosas que quizá tú consideres negativas, pero que nosotros no consideraremos así. En modo alguno intentes pensar por nosotros.

Un breve y enérgico movimiento del antebrazo de Kurtz puso punto final a estas amistosas advertencias. Siguió:

- Ahora voy a formular una pregunta. ¿Qué pasaría si, ahora o más tarde, o tú o nosotros decidimos abandonar el juego? Permite que sea yo quien conteste la pregunta.

Charlie dijo:

- Si, más valdrá, Mart.

Charlie apoyó los codos en la mesa y la barbilla en las manos, y dirigió una sonrisa y una mirada que intentaban expresar pasmada incredulidad. Kurtz dijo:

- Muchas gracias, Charlie. Ahora escucha atentamente. Todo depende del momento en que tú o nosotros tomemos esa decisión; todo depende de los conocimientos que hayas adquirido en tal momento y de la calificación que nosotros te hayamos dado. Hay dos soluciones. Primera solución, conseguimos que nos hagas una solemne promesa, te damos dinero y te devolvemos a Inglaterra. Nos estrechamos las manos, nos declaramos nuestra recíproca confianza, seguimos siendo buenos amigos, y te vigilamos un poquito para tener la certeza de que cumples lo prometido. ¿Comprendido?

Charlie bajó la vista a la mesa, en parte para hurtarse a la inquisitiva mirada de Kurtz, y en parte para ocultar su creciente excitación. Sí, ya que concurría otro factor con el que Kurtz contaba, y que son muchos los profesionales del servicio de información que se olvidan de él con demasiada facilidad: para los no iniciados, el mundo del servicio secreto es, en sí mismo, atractivo. Por el mero hecho de girar sobre su propio eje, este mundo atrae hacia su centro a los que están sólo débilmente unidos a él.

Kurtz prosiguió:

- Segunda solución, solución que es un poco más dura, pero en modo alguno terrible. Te ponemos en cuarentena. Te tenemos simpatía, pero tememos haber llegado a un punto en que puedes comprometer el éxito de nuestro proyecto, un punto en el que el papel que queremos que representes no puede ser ofrecido con seguridad a nadie, en tanto que tú sigues en libertad para hablar de dicho papel.

Sin necesidad de mirar, Charlie sabía que Kurtz dibujaba su bonachona sonrisa, con lo que indicaba que semejante debilidad por parte de Charlie sería muy humana. Kurtz siguió:

- Y, ahora te diré, Charlie, lo que se haría en semejante caso. Tomaríamos una bonita casa en cualquier sitio, en una playa o en cualquier otro lugar agradable. En esto último no habría problema. Te proporcionaríamos compañía, una compañía parecida a la de estos muchachos que aquí tenemos. Gente agradable, pero competente. Nos inventaríamos una excusa que explicara tu ausencia. Probablemente sería una excusa congruente con tu reputación de mujer caprichosa y mudable, tal como una mística estancia en el Lejano Oriente.

Los gruesos dedos de Kurtz cogieron el viejo reloj de pulsera que tenía sobre la mesa. Sin mirarlo, Kurtz lo levantó y se lo acercó a seis pulgadas. Sintiendo también la necesidad de desarrollar una actividad, Charlie cogió una pluma y comenzó a trazar rayas sin sentido en el bloc que tenía ante sí.

- Cuando hubieras pasado esta cuarentena no te abandonaríamos ni mucho menos. Te daríamos unos cuantos consejos, te daríamos un saco repleto de dinero, nos mantendríamos en contacto contigo para tener la seguridad de que no cometes imprudencias, y tan pronto considerásemos que no hay peligro, te ayudaríamos a reanudar tu carrera y tus amistades. Esto sería lo peor que podría ocurrir, Charlie, y te lo digo con la idea de que quizá albergues ideas un tanto alocadas acerca de las consecuencias de decirnos no, ahora o más tarde, y que pienses que vas a acabar muerta en un río, con un par de botas de cemento. No, nosotros no nos comportamos así. Y con los amigos menos.

Ahora, Charlie seguía dibujando. Trazó un círculo, y lo cruzó en diagonal con una raya recta, para convertirlo en macho. Charlie había leído algunas obras de divulgación de psicología que utilizaban este símbolo. De repente, igual que el hombre molesto de que le interrumpan, Joseph habló. Pero la voz de Joseph, a pesar de su severidad, produjo un efecto de calidez y emoción en Charlie:

- Charlie, no basta con que interpretes el papel del testigo silencioso y mohíno. Estamos hablando de tu futuro, un futuro peligroso. ¿Intentas quedarte ahí sentada, en silencio, y dejar que determinen tu futuro sin consultarte? ¡Di algo, Charlie!

Charlie trazó otro círculo. Otro macho. Había oído todo lo que Kurtz había dicho, había percibido todas las insinuaciones. Hubiera podido repetir todas las palabras de Kurtz, tal como había repetido las de Joseph en la Acrópolis. Estaba alerta y con la mente dispuesta en grado sumo, como jamás en su vida lo había estado, pero todos los instintos de la astucia le decían que estuviera fría y reticente.

En voz apagada, como si no hubiera oído a Joseph, Charlie preguntó:

- ¿Y durante cuánto tiempo se representará la obra, Mart? Kurtz dio su peculiar interpretación a la pregunta:

- Bueno, supongo que lo que quieres preguntarme es qué será de ti cuando la serie de representaciones termine, ¿no es eso?

Charlie estuvo maravillosa. Se portó como una fierecilla. Arrojó la pluma contra la mesa, y dio a ésta una fuerte palmada:

- ¡Pues supones mal, maldita sea! He preguntado cuánto duraría, y quiero saber qué diablos va a pasar con mi representación de Como gustéis en otoño.

Kurtz no reveló la satisfacción que le había producido el carácter eminentemente práctico de la reacción de Charlie. Gravemente, Kurtz dijo:

- Charlie, tu proyectada representación de Como gustéis no va a quedar afectada en modo alguno. Esperamos que cumplas este compromiso, en el caso de que te concedan el crédito imprescindible. En cuanto a la duración, tu compromiso con nuestro proyecto puede ser de seis semanas y puede ser de dos años, aun cuando tenemos esperanzas de que esto último no ocurra. Lo único que queremos de ti ahora es si estás dispuesta a tratar con nosotros, o si prefieres decir buenas noches a todos los aquí presentes, y regresar a casa para llevar una vida más segura y más aburrida. ¿Qué dices?

Kurtz había situado a Charlie en situación falsa. Kurtz había querido darle una sensación de que ella triunfaba y conquistaba, y, al mismo tiempo, había querido dejarla en estado de subordinación, en estado de haber elegido voluntariamente a sus raptores. Charlie vestía una chaquetilla vaquera de la que colgaba, casi desprendido, uno de sus botones de latón. Esta misma mañana, al ponérsela, Charlie se había propuesto coser el botón durante el corto viaje en barco, pero luego se olvidó, llevada por su excitación al pensar que pronto volvería a ver a Joseph. Ahora, Charlie cogió el botón y comenzó a tirar de él, para comprobar la firmeza del hilo. Se encontraba en el centro del escenario. Podía sentir todas las miradas fijas en ella, miradas procedentes de la mesa, procedentes de las sombras, de su espalda. Podía sentir los cuerpos de los presentes rígidos por la tensión, incluido el de Joseph, y oía aquel sonido de crujidos, tenso, que el público produce cuando su atención queda presa en el escenario. Podía sentir la potencia de sus propósitos y de su propia fuerza. ¿Aceptaría, no aceptaría?

Sin volver la cabeza, Charlie dijo:

- ¿Joseph?

- Si, Charlie.

Charlie siguió dando la espalda a Joseph, pero, a pesar de ello, sabía con toda certeza que Joseph, desde su islote iluminado por la débil luz, esperaba su contestación con más ansia que todos los demás juntos. Charlie dijo:

- ¿Es esto, verdad? ¿Nuestro gran viaje romántico por Grecia? ¿Delfos y todos los lugares que en belleza sólo son segundos en el mundo?

Joseph contestó parodiando un poco el acento de Kurtz:

- Nuestro viaje al norte en modo alguno quedará afectado.

- ¿Ni siquiera queda retrasado?

- Era inminente, ¿no?

El hilo se rompió, y el botón quedó en la palma de la mano de Charlie. Lo arrojó sobre la mesa. Charlie contempló cómo el botón giraba sobre sí mismo, como un trompo, y, por fin, quedaba quieto. Jugando con quienes la rodeaban, Charlie pensó: «¿Cara o cruz? Que suden un poco.» Soltó aire por la boca como si quisiera apartar de la frente un mechón de cabello.

Con la vista fija en el botón, Charlie dijo a Kurtz:

- Bueno, pues me quedaré un rato. -Tras una pausa, añadió-: Nada tengo que perder.

Inmediatamente, lamentó haber dicho estas palabras. A veces, con la consiguiente irritación de la propia Charlie, ésta exageraba un poco su comportamiento, con la sola finalidad de hacer un buen mutis.

Ahora dijo:

- De todas maneras, nada he perdido, por el momento.

Charlie pensó: «Telón. Aplaude, por favor, Joseph, y luego esperaremos las críticas que se publiquen mañana.» Pero no hubo aplausos, por lo que Charlie volvió a coger la pluma y trazó un círculo, aunque en esta ocasión con el símbolo femenino, para cambiar, mientras Kurtz, sin quizá siquiera darse cuenta, cambiaba de lugar el reloj, lo ponía en un sitio mejor.

Ahora, el interrogatorio, con el cortés asentimiento de Charlie, podía comenzar con toda seriedad.

La lentitud es una cosa y la concentración otra. Kurtz no relajó la tensión ni un solo instante. No se permitió, ni permitió a Charlie, el más leve respiro, mientras Kurtz la obligaba, la mimaba, la adormecía, la despertaba, y mediante todos los esfuerzos de su dinámico espíritu se vinculaba a ella, en los inicios de su teatral asociación. Sólo Dios y poquísimas personas en Israel, se decía en los ámbitos del servicio secreto al que Kurtz pertenecía, sabían dónde había aprendido Kurtz sus habilidades, su hipnótica intensidad, su campesina prosa norteamericana, su olfato, sus trucos de abogado criminalista. Su rostro surcado, que ahora aplaudía, que luego se mostraba dolidamente incrédulo, que resplandecía dando las seguridades que la muchacha pedía, se transformó poco a poco en todo un público, de manera que la representación de Charlie fue encaminada a merecer la desesperadamente ansiada aprobación de Kurtz y de nadie más. Incluso Joseph quedó olvidado, puesto a un lado en vistas a otra vida.

Adrede, al principio Kurtz formuló preguntas inofensivas y desperdigadas. A Charlie se le antojó que parecía que Kurtz tuviera en su mente un pasaporte en blanco, pasaporte que Charlie no podía ver, y que ésta fuera dando las contestaciones de cada uno de sus apartados. «Nombre y apellidos de tu madre, Charlie. Día y lugar de nacimiento de tu padre, si es que se sabe, Charlie. Ocupación de tu abuelo, Charlie; no, el paterno.» Y, a continuación, sin que hubiera razón alguna para ello, últimas señas de una abuela materna, lo cual fue seguido por una sibilina pregunta acerca de cierto aspecto de la educación del padre. Ni una sola de estas primeras preguntas hacía directa referencia a Charlie. Esta era algo así como el tema prohibido que Kurtz se esforzaba escrupulosamente en evitar. El único propósito de esta alegre salva de fuego graneado inicial estaba muy lejos de pretender obtener información y se centraba en habituar a Charlie a la obediencia instintiva, a aquel «sí, señor; no, señor», propio de un aula escolar, obediencia en la que se basarían los subsiguientes períodos de preguntas. Y Charlie, por su parte, mientras la savia propia de su profesión la influía, más y más, actuaba, obedecía y reaccionaba con creciente flexibilidad. Lo mismo había hecho ante directores y productores, centenares de veces, y en el contenido de una conversación inoperante les había dado una muestra de su gama de expresiones. Con mucha más razón lo hacía ahora, bajo la hipnótica influencia de Kurtz.

Kurtz repitió:

- ¿Heidi? ¿Heidi? Es un nombre rarísimo el de tu hermana mayor, si tenemos en cuenta que es inglesa.

Charlie, con frívolos acentos, dijo:

- Bueno, a Heidi no le parece rarísimo.

Con lo cual se ganó las carcajadas de los muchachos ocultos en las sombras. Sí, su hermana se llamaba Heidi, debido a que suspadres pasaron la luna de miel en Suiza, explicó Charlie, y Heidi fue engendrada en Suiza. Con un suspiro, Charlie añadió:

- Entre edelweiss y en la postura del misionero.

Cuando las risas se acallaron por fin, Kurtz preguntó:

- ¿Y a qué se debe que te llames Charmain?

Charlie alzó la voz para imitar el remilgado acento de su maldita madre, y dijo:

- Me dieron el nombre de Charmain con la idea de halagar a una lejana y rica prima que se llama así.

Kurtz, mientras inclinaba la cabeza para oír algo que Litvak le decía, preguntó:

- ¿Y sirvió para algo?

Sin dejar de imitar los preciosistas acentos de su madre, Charlie repuso sibilinamente:

- Todavía no. Como sabe, mi padre ha muerto, pero mi prima todavía no ha seguido su ejemplo.

Y continuando este sinuoso camino de preguntas, Kurtz llegó poco a poco al tema de Charlie, en sí misma.

Mientras anotaba el día del nacimiento de Charlie, Kurtz murmuró con satisfacción:

Meticulosa pero rápidamente, Kurtz investigó la primera infancia de Charlie, escuelas, casas, nombres de amigas y nombres de jacas enanas, y Charlie contestó las preguntas lentamente, a veces con sentido del humor, siempre voluntariamente, con su excelente memoria iluminada por el resplandor de la fija atención de Kurtz, y llevada por la creciente necesidad de llegar a un entendimiento con él. Era natural que a partir de la infancia y las escuelas las preguntas pasaran al penoso tema de la ruina del padre de Charlie, aunque Kurtz dio este paso con suma cautela. Charlie contestó serenamente, aunque con conmovedores detalles, explicando desde las primeras y brutales noticias hasta el trauma del juicio, la sentencia y el cumplimiento de la pena de presidio. Aunque también era cierto que, de vez en cuando, su voz enronquecía un poco, y que a veces su mirada se dirigía hacia abajo para fijarse en sus propias manos, que movía de forma muy bella y expresiva, allí en la penumbra. Pero luego reaccionaba valerosamente y soltaba una frase en la que se burlaba levemente de sí misma, con lo que disipaba el ambiente trágico.

Con una sabia sonrisa de importancia, Charlie dijo en cierto momento:

- Todo nos hubiera ido muy bien si hubiésemos pertenecido a la clase obrera. Si, a uno le despiden, uno queda en el paro, las fuerzas del capital están en contra de uno, y así es la vida; ésta es la realidad, y uno sabe cuál es su sitio. Pero no éramos de la clase obrera. Eramos nosotros. Estábamos en el bando de los vencedores. Y de repente pasamos al bando de los vencidos.

Gravemente, meneando su cabezota, Kurtz dijo:

- Es duro.

Volviendo hacia atrás, Kurtz preguntó acerca de hechos incontrovertibles, tales como las fechas y el lugar del juicio, la exacta duración de la condena, los nombres de los abogados, en el caso de que Charlie los recordara. Charlie no lo sabía todo, pero dijo cuanto sabía, mientras Litvak apuntaba las contestaciones, permitiendo con ello que Kurtz centrara en Charlie toda su benévola atención. Ahora, las risas habían cesado totalmente. Era como si la banda sonora hubiera dejado de existir. No se oía ni un chirrido, ni una tos, ni un roce de pies contra el suelo. A Charlie le parecía que jamás, en toda su vida, hubiera tenido un público tan atento, que tanto se fijara en su interpretación. Pensó que aquella gente la comprendía. Saben todos lo que es llevar la vida propia del nómada, quedar limitada a tus propios recursos cuando tienes la suerte en contra. En cierta ocasión y en obediencia a una serena orden dada por Joseph, las luces se apagaron, y todos esperaron en una tensa oscuridad, en espera de que terminara la alarma de bombardeo, sintiéndose Charlie tan inquieta como los demás, hasta que Joseph anunció el cese de la alarma, y Kurtz reanudó su paciente interrogatorio. ¿Realmente Joseph había oído algo, o acaso todo fue un intento de recordar a Charlie que formaba parte del grupo? El efecto en Charlie fue el mismo, fuese cual fuere tal intención: durante aquellos tensos segundos, Charlie fue compañera en la conspiración de aquella gente, y no pensó en la posibilidad de ser rescatada.

En otras ocasiones, Charlie, apartando dificultosamente su mirada de Kurtz, veía a los muchachos dormitando en sus puestos: al sueco Raoul, con su rubia cabeza inclinada sobre el pecho, y la suela de una gruesa zapatilla de atletismo apoyada en la pared; a la sudafricana Rose, apoyada en la puerta de dos hojas, con sus piernas de corredora estiradas ante ella, y los brazos cruzados sobre el pecho; a la norteña Rachel, con las negras crenchas colgando, con los ojos entornados, pero manteniendo la suave sonrisa de sensual reminiscencia. Sin embargo, el más leve roce insólito bastaba para que todos quedaran inmediatamente alerta.

Amablemente, Kurtz preguntó:

- ¿Y cuál fue la tónica general, Charlie? Me refiero en lo tocante a este primer período de tu vida, hasta el momento de lo que podríamos llamar la Caída.

Charlie intentó aclarar:

- ¿Te refieres a la edad de la inocencia, Mart?

- Exactamente. Tu edad inocente. Defínemela.

- Fue un infierno.

- ¿Podrías darme alguna razón?

- La viví en un barrio residencial. ¿No es esto suficiente?

- ¡Oh, Mart, eres tan…!

Charlie había pronunciado estas palabras con su voz lánguida, en su tono de cariñosa desesperación. Acompañándolas con un lacio movimiento de las manos. Sí, ¿cómo iba a explicarlo? Dijo:

- Para ti, esto no es un problema, debido a que eres judío, ¿no lo comprendes? Tienes esas grandes tradiciones, esa seguridad. Incluso cuando os persiguen sabéis quiénes sois y por qué.

Con cierta renuencia, Kurtz reconoció la verdad del aserto de Charlie, quien prosiguió:

- Pero nosotros, nosotros los niños ricos de esa zona residencial que podríamos llamar Ningún lugar… Nosotros, nada. No teníamos tradiciones, no teníamos fe, no teníamos nada.

- Pero me has dicho que tu madre era católica.

- Navidad y Pascua. Pura hipocresía. Estamos en la era poscristiana, Mart. ¿No te lo ha dicho nadie? Cuando la fe desaparece, deja un vacío detrás. Y nosotros estamos en este vacío.

Mientras Charlie decía esto, vio que Litvak la miraba con ojos de ardiente expresión, con lo que Charlie tuvo el primer atisbo de la rabínica ira de Litvak.

Kurtz preguntó:

- ¿Tu madre no se confesaba?

- ¡Vamos, anda! Mi madre no tenía nada que confesar. Este era su problema. No se divertía, no pecaba, no nada. Era toda ella apatía y temores. Temor a la vida, temor a la muerte, temor a los vecinos. ¡Temor, miedo! En algún ignoto lugar, la gente vivía de verdad. Nosotros, no. En nuestro barrio, no. Imposible. ¡Y que luego vengan a hablarnos de castraciones!

- ¿Y tú no tenías temores?

- Sólo tenía el temor de llegar a ser como mi madre. -¿Y esa idea que todos tenemos de una antigua Inglaterra aferrada a sus tradiciones?

- Olvídate de esto.

Kurtz sonrió y movió su sabia cabeza como queriendo expresar: vivir para ver.

Kurtz insinuó, la mar de satisfecho:

- Por eso, tan pronto pudiste, te fuiste de casa y te refugiaste en el teatro y en la política radical. Te convertiste en un exiliado político en el teatro. No sé dónde he leído esta frase, creo que fue en una entrevista que te hicieron. Me gustó. Comienza a contarme tu vida a partir de aquí.

Charlie volvía a trazar rayas sobre el bloc, dibujando más símbolos de la psique. Dijo:

- Bueno, antes de hacer esto, utilicé otros medios para apartarme de mi entorno.

- ¿Por ejemplo?

Sin dar importancia a sus palabras, Charlie repuso:

- Bueno, ya se sabe, la sexualidad. Creo que todavía no hemos hablado de la sexualidad en cuanto a base esencial de la rebeldía. 0 las drogas.

Kurtz dijo:

- Ocurre que no hemos hablado de la rebeldía.

- Bueno, Mart, pues puedes tener la seguridad de que…

Entonces ocurrió algo raro, que quizá fue demostración de la manera en que un público perfecto puede conseguir lo mejor de un intérprete y mejorar su interpretación a través de la espontaneidad y de otros medios imprevisibles. Charlie había estado a punto de endilgarles su habitual sermón dirigido a las gentes no liberadas. De explicarles que el descubrimiento de la propia identidad es requisito previo para identificarse con los movimientos radicales. Que cuando se escribiera la historia de la nueva revolución, las verdaderas raíces de ella se encontrarían en las salas de estar de la clase media, que era el natural medio de cultivo de la tolerancia represiva. Pero en lugar de hacer esto, Charlie se encontró, con la consiguiente sorpresa por su parte, recitando para Kurtz -o quizá para Joseph- listas y listas de sus primeros amantes, explicando todas las estúpidas razones por las que se acostó con ellos. Charlie insistió:

- Es algo incomprensible, Mart.

Y, al decir estas palabras, Charlie abrió las manos en ademán de indefensión. ¿Utilizaba demasiado las manos? Charlie pensó que era muy posible, por lo que las puso sobre su regazo. Dijo:

- Incluso hoy no puedo explicármelo. No los deseaba, no me gustaban. Sólo los dejaba hacer.

Se había dedicado a los hombres por aburrimiento, para agitar un poco el aire viciado de aquel rico ambiente residencial. Por curiosidad. Para demostrarles su poder, para vengarse de otros hombres, o para vengarse de otras mujeres, para vengarse de su propia hermana o de su maldita madre. Por pura y simple cortesía, o por haber quedado agotada por su insistencia. «¡Y los productores y directores teatrales que quieren acostarse, oh, Mart, no puedes ni imaginarlo!» Hombres para eliminar sus tensiones, hombres para crearle tensión. Hombres para instruirla, sus maestros en política, designados para explicarle en cama las cosas que ella jamás podía comprender si las leía en libros. Las pasiones de cinco minutos que se rompían cual cacharros de barro en sus manos y que la dejaban más sola que antes. «Fracasos, fracasos, Mart, todos fueron un fracaso.» 0, por lo menos, esto era lo que Charlie quería que Marty creyera.

- Pero me liberaron, ¿comprendes? Utilizaba mi cuerpo a mi manera. Incluso en el caso de que esta manera no fuera la correcta. ¡Dirigía mi propia representación teatral!

Mientras Kurtz efectuaba sabios movimientos afirmativos con la cabeza, Litvak escribía rápidamente, sentado a su lado. Pero en su imaginación, Charlie veía a Joseph sentado a su espalda. Le imaginaba alzando la vista de los papeles que leía, teniendo su recio dedo índice en la mejilla, mientras recibía el pasmoso regalo de la pasmosa franqueza de Charlie. Charlie venía a decirle: hazte cargo de mí, dame lo que los otros jamás pudieron darme.

Charlie se calló y su propio silencio le dio frío. ¿Por qué se había comportado de aquella manera? Jamás en toda su vida había Charlie interpretado aquel papel, ni siquiera ante sí misma. La hora de la noche, una hora intemporal, la había afectado. La iluminación, el cuarto en que se hallaba, el viaje, la sensación de hablar con desconocidos en el tren. Charlie quería dormir. Ya había hecho demasiadas cosas. 0 le daban el papel en la obra o la mandaban a casa, o hacían las dos cosas al mismo tiempo..

Pero Kurtz no hizo ninguna de las dos cosas. Todavía no. Decidió decretar un breve descanso. Cogió el reloj y se lo puso en la muñeca, junto a la manga caqui de la chaqueta. Luego salió apresuradamente del cuarto, seguido por Litvak. Charlie esperó oír los pasos de Joseph yéndose también, pero nada oyó. Pasaron los segundos y el silencio seguía igual. Charlie quería volver la cabeza hacia atrás, pero no se atrevía a hacerlo. Rose le sirvió un vaso de té dulce, sin leche. Rachel le ofreció unos bizcochos escarchados con azúcar. Charlie cogió uno.

Emocionada, Rachel le dijo:

- Lo estás haciendo de maravilla. Lo que has dicho sobre Inglaterra ha sido formidable. Cuando lo has dicho, me has dejado pasmada, ¿verdad, Rose?

Rose dijo:

- Sí, sí, es verdad.

Charlie dijo:

- Es exactamente lo que pienso.

Rachel le preguntó:

- ¿Quieres ir al retrete, querida?

- Nunca voy durante los entreactos.

Rachel le dirigió un guiño y dijo:

- Como quieras.

Mientras tomaba un sorbo de té, Charlie apoyó el otro antebrazo sobre el respaldo de la silla, para poder volver la vista atrás, de una forma natural. Joseph había desaparecido llevándose los papeles.

La estancia a la que se habían retirado era del mismo tamaño que la estancia de la que se habían ido, y estaba casi igualmente desprovista de muebles. Los únicos objetos que allí había eran dos camas de campaña y un teletipo. Una puerta de dos hojas daba al baño. Becker y Litvak estaban sentados en las camas, frente a frente, estudiando sus respectivos papeles. El teletipo estaba atendido por un muchacho con la espalda muy erguida, llamado David, y el aparato de vez en cuando soltaba papeles, que David añadía devotamente a la pila que tenía ante él. Además de este sonido sólo se oía el del manar de agua en el cuarto de baño, en donde Kurtz, de espaldas a los otros, con el torso desnudo, se refrescaba con el agua de la pileta, igual que un atleta entre una y otra competición.

En el momento en que Litvak volvía una página y marcaba algo con un rotulador, Kurtz dijo a gritos:

- Es excelente, la señora en cuestión. Reúne todas las cualidades que esperamos de ella. Es inteligente, tiene talento creador y ha sido muy poco utilizada.

Sin dejar de leer, Litvak dijo:

- Miente más que habla.

Pero quedó claramente establecido, en méritos de la postura del cuerpo de Litvak, así como por la provocativa insistencia de su tono, que esta observación no iba dirigida a los oídos de Kurtz.

Mientras se echaba más agua a la cara, Kurtz dijo:

- Pues no me parece motivo de queja. Hoy miente en su propio beneficio, y mañana mentirá en nuestro beneficio. ¿Es que queremos encontrar un ángel bajado del cielo?

De repente, el teletipo comenzó a cantar una canción diferente. Tanto Becker como Litvak lo miraron, pero Kurtz no dio muestras de haberse enterado. Quizá se le había metido agua en las orejas. Kurtz dijo:

- Para una mujer, la mentira es una protección. La mujer protege la verdad y, en consecuencia, protege su castidad. Para una mujer, mentir es una prueba de virtud.

Sentado ante el teletipo, David levantó una mano pidiendo que le prestaran atención.

Dijo:

- Es la embajada en Atenas, Marty. Quieren transmitir un mensaje llegado de Jerusalén.

Kurtz dudó, pero al fin dijo con renuencia:

- Diles que lo suelten de una vez.

David dijo:

- Es que tú eres la única persona que puede recibir este mensaje, Marty.

David se levantó y cruzó la estancia.

El teletipo se estremeció. Después de echarse una toalla al cuello, Kurtz ocupó la silla de David, insertó un disco, y esperó a que el mensaje se transformara en claro texto. La labor de impresión cesó. Kurtz leyó el mensaje y, a continuación, arrancó la hoja del rollo y lo volvió a leer. Soltó una irritada carcajada, y dijo, con amargo acento:

- Es un mensaje de las alturas. El gran jefe nos dice que debemos fingir que somos norteamericanos. Si, dice: «Bajo pretexto alguno reconocerán ustedes ser ciudadanos de Israel en cumplimiento de funciones oficiales o semioficiales.» Me entusiasma. Es constructivo, nos ayuda a llevar a cabo la misión, y, sobre todo, es oportuno, llega a tiempo. En mi vida he trabajado con un jefe que inspire tanta confianza.

Kurtz entregó la hoja al pasmado muchacho, y le dijo:

- Contesta el mensaje diciendo: «Si repito no.»

Y los tres hombres regresaron al escenario.

Para reanudar su charla con Charlie, Kurtz decidió emplear un tono de benévola exigencia, como si quisiera aclarar unos cuantos puntos de escasa importancia antes de pasar a otros asuntos. Dijo:

- Charlie, volvamos de nuevo a tus padres.

Litvak había sacado una carpeta de su cartera y la mantenía en una posición tal que Charlie no podía ver su contenido.

Charlie preguntó:

- ¿Para qué?

Y valerosamente alargó la mano para coger un cigarrillo. Kurtz hizo una breve pausa, para examinar ciertos documentos que Litvak le había entregado. Por fin, Kurtz dijo:

- Ahora vamos a ocuparnos de la última fase de la vida de tu padre, su quiebra, su ruina, su muerte… ¿Puedes confirmarnos la exacta secuencia de estos acontecimientos? Tú te encontrabas en un internado en Inglaterra. Llegó la terrible noticia. Comienza en este punto.

Charlie no comprendió debidamente a Kurtz, a quien preguntó:

- ¿En qué punto?

- En el momento en que supiste la noticia.

Charlie encogió los hombros y repuso:

- Me echaron de la escuela. Fui a casa, la encontré atestada de gentes del juzgado que se movían como ratas. Ya te lo he explicado, Mart. ¿Qué más quieres saber?

Después de una pausa, Kurtz habló:

- Has dicho que la directora te mandó llamar. Bien. ¿Qué te dijo la directora, exactamente?

- Pues, en cuanto recuerdo, me dijo: «Lo siento, pero he dicho a la matrona que hiciera tus maletas; adiós y buena suerte.»

Inclinado a un lado para leer los papeles de Litvak, Kurtz dijo con tranquilo buen humor:

- ¡Recuerdas esto! ¿No te soltó un sermón sobre la maldad del mundo en que vivimos, y cosas así?

Sin dejar de leer, Kurtz añadió:

- ¿No te dijo algo sobre la conveniencia de no fiarte de nadie? ¿No? ¿No te dio una explicación de las razones por las que te echaba?

- Debíamos ya dos trimestres a la escuela. ¿No te parece razón suficiente, Mart? La escuela es un negocio. Tienen que pensar en sus cuentas bancarias. No sé si recuerdas que era una escuela privada. -Charlie compuso expresión de cansancio y añadió-: ¿Por qué no seguimos otro día y damos ya por terminada la sesión? La verdad es que me siento un poco fatigada, aunque no sé por qué.

- No lo creas. Estás descansada y tienes reservas. Bueno, el caso es que regresaste a casa. ¿En tren?

- Hice todo el trayecto en tren. Sola. Aunque con la maleta. Rumbo al hogar.

Charlie se desperezó y paseó la mirada por el cuarto, pero la cabeza de Joseph estaba vuelta hacia otro lado. Parecía escuchar otras músicas.

- Y cuando llegaste a casa, ¿qué encontraste, con exactitud?

- Ya te lo he dicho: el caos.

- Describe un poco el caos.

- Un camión de mudanzas en el sendero. A mi madre llorando. Y mi cuarto, ya medio

vacío.

- ¿Dónde estaba Heidi?

- No estaba. Ausente. No se encontraba entre los presentes.

- ¿Nadie fue a buscarla? ¿Era tu hermana mayor, la niña de los ojos de tu padre? ¿Vivía a millas de distancia? ¿Estaba gozando ya de la seguridad del matrimonio? ¿Por qué Heidi no fue a tu casa, para ayudar un poco?

Distraídamente, fija la vista en sus manos, Charlie repuso: -Estaría preñada, supongo. Por lo general, lo está.

Kurtz miraba fijamente a Charlie, y tardó mucho en volver a hablar. Como si hubiera oído mal, preguntó en voz baja:

- ¿Por qué has dicho que estaba preñada? -Kurtz aclaró-: Me refiero a Heidi.

Charlie no contestó. Kurtz continuó:

- Charlie, Heidi no estaba embarazada. El primer embarazo de Heidi tuvo lugar el año siguiente.

- Bueno, pues resulta que no, que por una vez en la vida no estaba preñada.

- En este caso, ¿por qué no fue a casa de tu madre para ayudar en algo?

- Quizá prefirió no saber nada del asunto. El caso es que se mantuvo apartada del asunto. ¡Por el amor de Dios, Mart, hace ya diez años de esto! Yo era una niña, una persona diferente.

- Fue una vergüenza. Y Heidi no pudo aceptar la vergüenza. Me refiero a la quiebra de tu padre.

Secamente, Charlie dijo:

- No hace falta que aclares que la vergüenza fue la quiebra. ¿Es que hubo más vergüenzas todavía?

Kurtz consideró que las palabras de Charlie, en esta ocasión, eran simple retórica. Volvía a tener la atención fija en sus papeles, y leía lo que el largo dedo de Litvak le indicaba. Kurtz dijo:

- El caso es que Heidi se mantuvo al margen, y toda la responsabilidad de hacer frente a la crisis familiar cayó sobre tus jóvenes hombros, ¿no es eso? Charlie, a la edad de dieciséis años, tuvo que actuar de salvadora. Cursaste «un curso acelerado sobre la fragilidad del sistema capitalista», tal como has dicho agudamente hace poco. Y ello fue una lección de realismo que jamás olvidaste. Viste cómo todos los juguetes de la sociedad de consumo, los lindos muebles, los bonitos vestidos, todos los atributos de la respetabilidad burguesa, eran físicamente extraídos de tu casa, ante tus propias narices. Tú sólo. Administrando. Disponiendo. Con un dominio absoluto sobre tus patéticos padres burgueses, que hubieran debido pertenecer a la clase obrera, pero que tuvieron la negligencia de no pertenecer a ella. Consolándolos. Suavizando sus sufrimientos. Y casi les diste la absolución, me parece. -Con tristeza, y después de una breve pausa, Kurtz añadió-: Duro, muy duro.

Y se calló bruscamente, en espera de que Charlie hablara.

Pero Charlie no habló. Miró fijamente a Kurtz, desafiándole con la mirada, en espera de que fuera Kurtz quien bajara la vista. A Charlie no le quedaba otro remedio. Las surcadas facciones de Kurtz se habían endurecido misteriosamente, principalmente en la parte cercana a los ojos. Pero, a pesar de todo, Charlie siguió desafiándole con la mirada. Tenía una manera especial de hacerlo, aprendida ya durante la infancia, consistente en dejar la cara inmóvil, convertida en una máscara de hielo, y en ocupar la mente con otros pensamientos. Y Charlie ganó el desafío, ya que Kurtz fue el primero en hablar, lo cual constituyó la prueba del triunfo de Charlie. Kurtz dijo:

- Charlie, reconocemos que esto es muy doloroso para ti, pero te pedimos que nos cuentes esta historia con tus propias palabras. Ya nos has hablado del camión de mudanzas. Ya nos has hablado del modo en que se llevaron de tu casa cosas que eran tuyas. ¿Qué más?

- Mi jaca.

- ¿También se llevaron tu jaca?

- Ya te lo he dicho.

- ¿Juntamente con los muebles? ¿En el mismo camión?

- No, en otro. No seas estúpido.

- Bueno, pues resulta que había dos camiones. ¿Los dos al mismo tiempo? ¿O primero uno y luego otro?

- No me acuerdo.

- ¿Dónde se encontraba tu padre, en aquel entonces, físicamente hablando? ¿Se encontraba en su estudio? Mirando por la ventana cómo se lo llevaban todo? ¿Cómo se porta un hombre como él, en un trance tan desagradable?

- Se hallaba en el jardín.

- ¿Y qué hacía allí?

- Miraba las rosas. Las cuidaba. Decía que no podían llevarse las rosas, pasara lo que pasara. No hizo más que decirlo una y otra vez. «Si me quitan las rosas, me mataré.»

- ¿Y tú madre?

- Mamá estaba en la cocina. Guisando. Fue lo único que se le ocurrió.

- ¿Con gas o con electricidad?

- Electricidad.

- Pero, y conste que quizá me equivoque, creo que me has dicho que os cortaron la electricidad…

- La volvieron a conectar.

- ¿Y no se llevaron la cocina?

- La ley prohíbe el embargo de las cocinas. La cocina, una mesa, y una silla para cada miembro de la familia.

- ¿Cuchillos y tenedores?

- Un juego para cada persona.

- ¿Y por qué no se limitaron a sellar la casa y a echaros a todos?

- La casa estaba inscrita a nombre de mi madre. Ella misma lo exigió, años atrás.

- Prudente mujer. De todas maneras, era de tu padre. ¿Y en dónde me has dicho que la directora de la escuela leyó la noticia de la quiebra de tu padre?

Charlie había quedado, en los últimos momentos, casi desconcertada. Durante unos segundos, las imágenes vacilaron en su memoria, pero ahora volvieron a adquirir consistencia, volvieron a proporcionarle las palabras que necesitaba. Vio a su madre, con un pañuelo de cabeza de color malva, inclinada sobre la cocina, preparando frenéticamente un pastel de harina y mantequilla, plato favorito de la familia. Vio a su padre, mudo, con la cara gris, ataviado con un blazer cruzado, azul, mirando las rosas. Vio a la directora de la escuela, que mantenía las manos a la espalda, como si quisiera calentarse el trasero cubierto de lanilla en el hogar apagado de su imponente sala despacho.

Impasible, Charlie contestó:

- En la London Gazette, que es donde se publican todas las quiebras.

- ¿La directora estaba suscrita a ese periódico?

- Cabe presumirlo.

Kurtz efectuó un lento y largo movimiento afirmativo con la cabeza, cogió un lápiz y escribió las palabras «cabe presumirlo» en el bloc que tenía ante él, haciéndolo de manera que Charlie pudo ver la inscripción. Kurtz dijo:

- Muy bien. Y después de la quiebra vinieron las acusaciones de fraude. ¿Puedes contarnos el juicio?

- Ya te lo he dicho. Mi padre no nos permitió asistir. Al principio quería asumir su propia defensa. Quería ser un héroe. Y nosotros nos sentaríamos en primera fila, para animarle. Pero cuando le mostraron las pruebas, cambió de parecer.

- ¿De qué le acusaron?

- De robar el dinero de sus clientes.

- ¿Qué condena le impusieron?

- Dieciocho meses, menos los beneficios legales. Ya te lo he dicho, Mart. Ya te lo he contado todo antes. ¿Qué diablos quieres?

- ¿Le visitaste en la cárcel?

- No nos lo permitió. No quería que le viéramos humillado. Kurtz, en tono pensativo, repitió:

- Humillado. Su vergüenza. La caída. Realmente te impresionó mucho, ¿verdad?

- ¿Te resultaría más simpática si no me hubiera impresionado?

- No, Charlie; creo que no. -Kurtz hizo una breve pausa y pro-siguió-: Bueno… El caso es que te quedaste en casa. Renunciaste a seguir en la escuela, renunciaste a seguir formando tu inteligencia que de tan excelente manera respondía a tus esfuerzos, te dedicaste a cuidar de tu padre y a esperar que concedieran la libertad a tu padre, ¿no es eso?

- Si, eso.

- ¿Ni siquiera una vez te acercaste a la cárcel?

En tono de desesperación, Charlie dijo:

- ¡Santo Dios! ¿Por qué te empeñas tanto en revolver la espada en la herida?

- ¿Ni siquiera se te ocurrió ir a la cárcel?

- No!

Charlie contenía las lágrimas con una valentía que sus inquisidores seguramente admiraban. ¿Cómo podía soportarlo?, seguramente se preguntaban. ¿Cómo pudo soportarlo cuando ocurrió? ¿Por qué Kurtz insistía implacablemente en renovar las secretas heridas de Charlie? La pausa fue como un silencio entre gritos. El único sonido que se oía era el del bolígrafo de Litvak escribiendo velozmente en su bloc.

Sin apartar la mirada de Charlie, Kurtz preguntó a Litvak: -¿Te sirve para algo lo dicho hasta ahora, Mike?

Sin dejar de escribir a toda prisa, Litvak repuso en voz baja:

- Formidable. Es sólido, todo concuerda, podemos utilizarlo. Ahora sólo quisiera saber si Charlie tiene alguna anécdota emocionante sobre el asunto ese de la cárcel. O quizá sea mejor que nos cuente cómo fueron los últimos meses que su padre pasó en presidio.

Secamente, transmitiéndole la pregunta de Litvak, Kurtz dijo a Charlie:

- ¿Charlie?

Charlie fingió esforzarse en recordar, quedar en trance, a la espera de que la inspiración acudiera a su espíritu. En tono dubitativo, Charlie dijo:

- Bueno, está lo de las puertas.

Litvak terció:

- ¿Puertas? ¿Qué puertas?

Kurtz dijo a Charlie:

- Cuéntanos eso.

Después de un momento de quietud y silencio, Charlie se llevó la mano a la cara y delicadamente oprimió el puente de su nariz entre índice y pulgar, para indicar que experimentaba profunda pena y un leve dolor de cabeza. Había contado aquella anécdota muchas veces, pero jamás la contó tan bien como en la presente ocasión:

- No le esperábamos hasta el mes siguiente, ya que no podía llamar por teléfono, como es natural. Nos habíamos mudado a otra casa. Vivíamos de la asistencia pública. Y entonces apareció. Estaba más delgado, y parecía más joven. Llevaba el cabello corto. Dijo: «¡Hola, Chas, me han soltado!» Y me dio un abrazo. Lloró. Mamá estaba en el piso superior y tenía miedo a bajar y enfrentarse con él. Mi padre era el mismo de siempre. Salvo en lo referente a las puertas. No podía abrirlas. Llegaba a las puertas, se detenía, se ponía en posición de firmes, con los pies juntos y la cabeza baja, y esperaba que viniera el celador a abrirlas.

En voz baja, Litvak dijo a Kurtz:

- ¡Y el celador era ella! ¡Su propia hija! ¡Santo Dios!

- La primera vez que ocurrió no podía creerlo. Le chillé: «¡Abre de una vez la maldita puerta!» Pero su mano se negaba literalmente a ello.

Litvak escribió como un poseso. Pero Kurtz no demostraba tanto entusiasmo. Kurtz volvía a examinar papeles, y la expresión de su cara revelaba serias reservas. Dijo:

- Charlie, en una entrevista que te hicieron los de la Ipswich Gazette cuentas cierta historia en la que dices que tu madre y tú solíais ir a lo alto de una colina cercana a la cárcel, y que desde allí dirigíais señales a tu padre para que las viera desde su celda. Pero, según lo que nos has dicho, ahora resulta que jamás te acercaste siquiera a la cárcel.

Charlie consiguió soltar una carcajada, una carcajada llena de vida, convincente, a pesar de que no tuvo eco en la penumbra que la rodeaba. Para tranquilizar a Kurtz, cuyo rostro mantenía la más grave de las expresiones, Charlie dijo:

- Mart, se trataba de una entrevista.

- Bueno, ¿y qué?

- En las entrevistas solemos cargar las tintas en el relato de nuestro pasado, con la sola idea de hacerlas interesantes.

- ¿Y también has seguido este criterio aquí?

- Claro que no.

- Tu agente artístico, Quilley, dijo hace poco a un amigo nuestro que tu padre había muerto en la cárcel, y no en su casa. ¿Es esto también una manera de dar interés a entrevistas?

- Esto lo dijo Ned, no yo.

- Es cierto. Si, de acuerdo.

Kurtz cerró el expediente, aunque sin parecer haber quedado convencido.

Charlie no pudo evitarlo. Dio media vuelta hacia atrás y se dirigió a Joseph, pidiéndole indirectamente que la sacara de aquel atolladero:

- Joseph, ¿qué tal me estoy portando? ¿Bien?

Joseph repuso:

- Con gran eficacia.

Y siguió ocupándose de sus propios asuntos. Charlie insistió:

- ¿Mejor que Santa Juana?

Joseph dijo:

- Querida, tus frases son mucho mejores que las de Bernard Shaw.

Con tristeza, Charlie pensó: «No me felicita, sino que me consuela.» Pero ¿por qué Joseph la trataba con tanta dureza, con tanta suspicacia, después de que él había sido quien la había traído aquí?

La sudafricana Rose trajo una bandeja con bocadillos. Rachel venía detrás de Rose, con pastelillos y un termo de café. Mientras se servía, Charlie dijo en tono de queja:

- ¿Es que nadie duerme en esta casa?

Pero nadie hizo caso de sus palabras, a pesar de que todos las oyeron.

Las horas dulces y agradables habían ya transcurrido, y ahora había llegado el tiempo tan temido, las horas intermedias, horas de vigilia, que precedían al alba, horas en que la cabeza de Charlie estaba clarísima y en las que más propicia se sentía a entregarse a la ira. Dicho en otras palabras: eran las horas de sacar de los archivos las ideas políticas de Charlie, esas ideas que Kurtz le había asegurado que todos respetaban profundamente, y ponerlas a la luz. Una vez más, bajo la dirección de Kurtz, todo tuvo su cronología y su aritmética. «Primeras influencias que ejercieron sobre ti, Charlie.» Fechas, lugares y personas. «Charlie, dinos tus cinco principios fundamentales, tus primeros encuentros con los representantes de la alternativa militante.» Pero Charlie ya no estaba de humor para seguir siendo objetiva. Sus momentos de somnolencia habían pasado, y comenzaba a sentirse dominada por un humor rebelde que bullía en su interior, lo cual todos hubieran debido percibir en la sequedad de su voz, y en sus rápidas y suspicaces miradas. Estaba harta de todos. Estaba harta de colaborar en aquella alianza formada a punta de pistola, harta de que la llevaran con los ojos vendados de una estancia a otra, sin saber lo que aquellos seres adiestrados y astutos que la rodeaban pretendían de ella, y sin saber lo que aquellas inteligentes voces le murmuraban al oído. La víctima que Charlie llevaba dentro de sí deseaba pelear.

Kurtz le dijo:

- Todo lo que digas quedará estrictamente, de veras, muy estrictamente limitado a nuestro expediente. Luego te protegeremos en la medida que sea preciso.

A pesar de ello, Kurtz siguió insistiendo en recordar a Charlie una larga serie de manifestaciones, marchas, sentadas y concentraciones y revoluciones del sábado por la tarde, preguntando en cada caso que cuál era la «argumentación», como él decía, en que se basaba la actuación.

Charlie se rebeló diciendo:

- ¡Por el amor de Dios, deja ya de valorarme!, ¿quieres? No soy lógica, ni estoy informada, ni pertenezco a una organización. Con venerable amabilidad, Kurtz le preguntó:

- ¿Y qué eres pues, querida?

- ¡Tampoco soy «querida»! Soy una persona. ¡Una persona adulta! Así es que dejad ya de joderme.

- Charlie, puedes estar segura de que no te jodemos. Aquí, nadie te jode.

- ¡Iros todos a tomar por el culo!

Cuando se hallaba de este humor, Charlie se odiaba a sí misma. Odiaba la agresividad de que se sentía poseída, cuando la acorralaban. Se imaginaba a sí misma golpeando con sus puños menudos, sus puños de muchacha, una gran puerta de madera, mientras su voz esgrimía frases peligrosamente poco meditadas. Pero, al mismo tiempo, a Charlie le gustaban los vivos colores de la ira, su gloriosa liberación, su ruido de cristales rotos.

Recordando una grandiosa frase que le había revelado Long Al, o quizá otra persona, no lo recordaba con exactitud, Charlie dijo:

- ¿Y por qué es preciso tener fe antes de renegar? Quizá renegar es tener fe. ¿Nunca se te ha ocurrido esta idea? Nosotros libramos una guerra diferente, Mart, nosotros libramos una guerra real. No se trata de una lucha de poder contra poder, del Oeste contra el Este. Es la lucha de los hambrientos contra los cerdos. De los esclavos contra los opresores. Tú crees que eres libre. Y ello se debe a que otras personas están encadenadas. Tú comes, pero otros pasan hambre. Tú corres, pero otros tienen que estarse quietos. Tenemos que cambiarlo todo, íntegramente.

En otros tiempos, Charlie había creído en esto, verdaderamente. Y quizá todavía creía en ello. Sí, lo había visto claramente en su cerebro. Había llamado a las puertas de desconocidos, y había visto cómo la ira desaparecía de la cara de aquella gente, cuando ella llegaba al punto culminante de su argumentación. Lo había sentido, y lo había manifestado. Había defendido el derecho de las personas a liberar la mente de las personas, el derecho a liberarnos recíprocamente del dominante embrutecimiento de los condicionamientos capitalistas y racistas, y que cada cual se entregara a los demás, en voluntario compañerismo. Al aire libre, y en un día claro y luminoso, esta visión todavía llenaba el corazón de Charlie y la impulsaba a llevar a efecto hazañas valerosas que, hallándose en frío, no hubiera siquiera contemplado. Pero entre aquellas paredes, ante aquellas astutas caras, Charlie no tenía el espacio suficiente para desplegar las alas.

En tono todavía más estridente, Charlie volvió a la carga:

- No sé si sabes, Mart, que una de las diferencias que median entre las personas de mi edad y las de la tuya consiste en que nosotros nos fijamos un poco en quienes son las personas a quienes entregamos nuestra existencia y las razones por las que la entregamos. No sentimos el menor entusiasmo a dar nuestra vida, y vete a saber por qué razón, a una empresa multinacional registrada en Liechtenstein y con sede en las malditas Antillas Holandesas.

Estas frases eran de Al, desde luego. Y Charlie había copiado incluso la sarcástica entonación de Al, para poderlas decir. Charlie siguió:

- No nos parece una buena idea, ni mucho menos, el que unas personas a las que no conocemos, de las que jamás hemos oído hablar y a las que no hemos votado, anden por ahí estropeando el mundo en nuestro beneficio. Y se da la graciosa circunstancia consistente en que los dictadores no nos gustan, tanto si son grupos de personas, de naciones o de instituciones, y tampoco nos gusta la carrera de armamentos, ni la guerra química, ni cualquier otro aspecto de ese catastrófico juego. Creemos que el Estado de Israel no debe ser una guarnición norteamericana imperialista, y no creemos que los árabes sean un hatajo de salvajes plagados de pulgas, como tampoco son decadentes jeques petroleros. Por eso, rechazamos. Con el fin de no padecer ciertas resacas, ciertos prejuicios, y de tener ciertas fidelidades y alineamientos. En consecuencia, el rechazo es positivo, ¿no es cierto? Sí, ya que no tener todo lo que he dicho es positivo.

Mientras Litvak escribía pacientemente, Kurtz preguntó:

- Has hablado de estropear el mundo, ¿de qué forma, Charlie?

- Envenenándolo. Quemándolo. Dejándolo apestando a colonialismo, y a un total y calculado lavado de cerebro de las clases trabajadoras.

Charlie hizo una pausa, y pensó: «Las otras frases las recordaré dentro de un instante.»

Dijo:

- En consecuencia, no me pidáis que os dé el nombre y la dirección de mis cinco principales héroes, ¿comprendes, Mart? No, porque los llevo aquí. -Charlie se golpeó el pecho. Siguió-: Y no intentéis darme lecciones burlonas, cuando os puedo recitar a todos, durante toda la noche, la obra del Che Guevara. Preguntadme si quiero que el mundo sobreviva, si quiero que mis hijos…

Muy interesado, Kurtz preguntó:

- ¿Realmente puedes recitar al Che Guevara?

Litvak levantó delicadamente una mano, mientras seguía escribiendo con furia con la otra, y dijo:

- Un momento, por favor. Esto es formidable. Espera un segundo, sólo un segundo, Charlie.

Charlie, con las mejillas ardientes, dijo secamente:

- ¿Por qué no os gastáis un poco de dinero y os compráis un magnetófono? ¿O lo robáis, ya que parece que éste es vuestro negocio?

Mientras Litvak seguía escribiendo, Kurtz repuso:

- Porque no podemos destinar una semana a leer las transcripciones de las cintas. El oído selecciona, querida. Y las máquinas no seleccionan. Las máquinas son antieconómicas.

Mientras esperaban que Litvak terminara su escritura, Kurtz insistió:

- ¿Realmente puedes recitar los textos del Che Guevara, querida?

- No, claro que no puedo.

A espaldas de Charlie, á millas de distancia parecía, la fantasmal voz de Joseph modificó cortésmente la contestación de Charlie:

- Pero podría hacerlo si los aprendiese.

Con cierto orgulloso matiz de creador en su voz, Joseph añadió:

- Charlie tiene una memoria increíble. Le basta con oír algo para incorporarlo a su mente. Si quisiera, Charlie podría aprenderse de memoria la obra completa del Che Guevara en una semana.

¿Por qué había hablado Joseph? ¿Intentaba dulcificar la situación? ¿Pretendía dar una advertencia? ¿O acaso quería interponerse entre Charlie y su inmediata destrucción? Pero Charlie no estaba de humor para prestar atención a las sutilezas de Joseph, y, por su parte, Kurtz y Litvak estaban hablando entre sí, en esta ocasión en hebreo.

Charlie les preguntó:

- ¿Os molestaría mucho hablar en inglés, en mi presencia? Cortésmente, Kurtz dijo:

- Es sólo un instante, querida.

Y siguió hablando en hebreo.

Con la misma metodología clínica -«únicamente constará en el expediente, Charlie»-, Kurtz la indujo laboriosamente a hablar de los restantes incongruentes artículos de su dubitativa fe. Charlie se rebeló, cooperó y volvió a rebelarse, con la creciente desesperación de quien sólo sabe a medias. Kurtz rara vez esgrimió críticas, estuvo cortés en todo momento, echó ojeadas a los papeles, habló brevemente con Litvak, o, a sus propios e indirectos fines, escribió alguna que otra nota en su bloc. Charlie, en su fuero interno, mientras iba naufragando no sin luchar ferozmente, se veía a sí misma en uno de aquellos improvisados happenings de la escuela de arte dramático, esforzándose en representar un papel que perdía más y más significado a medida que ella se adentraba en él. Observaba sus propios ademanes y se daba cuenta de que nada tenían que ver con sus palabras. Charlie protestaba, en consecuencia era libre. Charlie gritaba, en consecuencia protestaba. Escuchaba su propia voz y se daba cuenta de que a nadie pertenecía. De entre las conversaciones en cama sostenidas con un olvidado amante entresacaba una frase de Rousseau, de otra ocasión entresacaba una frase de Marcuse. Vio que Kurtz se reclinaba en la silla, efectuaba un lento movimiento afirmativo con la cabeza, y dejaba el lápiz sobre la mesa, por lo que Charlie supuso que sus contestaciones habían terminado, o, mejor dicho, que las preguntas de Kurtz habían terminado. Charlie decidió que, teniendo en consideración la superioridad de su público y la pobreza de sus propias frases, había llevado a cabo una interpretación muy digna, a fin de cuentas. Kurtz parecía opinar lo mismo. Charlie se sintió mejor y mucho más segura. Kurtz también, al parecer.

Kurtz declaró:

- Charlie, te felicito. Te has expresado con gran honestidad y franqueza, por lo que te damos las gracias.

Litvak, el escribano, murmuró:

- Si., sí, ciertamente.

Sintiéndose fea y acalorada, Charlie dijo:

- Absolutamente de nada.

Kurtz preguntó:

- ¿Te molestaría que interpretara un poco tu actitud?

- Sí, mucho.

Sin mostrar sorpresa, Kurtz preguntó:

- ¿Y por qué?

- Pues porque somos una alternativa. No somos un maldito partido, no estamos malditamente organizados, no tenemos un maldito manifiesto. Y no estamos dispuestos a que nos interpreten.

A Charlie le hubiera gustado poder prescindir de sus frecuentes «malditos». O, por lo menos, que sus palabras violentas acudieran más naturalmente a sus labios, en la austera compañía de aquella gente.

De todas maneras, Kurtz hizo su interpretación, y procuró voluntariamente ser un tanto

lento:

- Por una parte, Charlie, parece que nos encontramos ante las premisas básicas del anarquismo clásico, tal como fue predicado desde el siglo xviii hasta nuestros días.

- ¡Y un huevo!

- Por ejemplo, cierta repulsión con respecto a todo tipo de ordenamiento. La convicción de que todo gobierno es malo, por lo que el estado nacional es malo, y la conciencia de que estos dos factores juntos atacan el natural desarrollo y la natural libertad del individuo. A esto tú añades ciertas actitudes modernas. Tales como la inquina contra el aburrimiento, contra la prosperidad, contra lo que, si no me equivoco, se llama la miseria con aire acondicionado del capitalismo occidental. Y tienes presente la genuina miseria de las tres cuartas partes de la población mundial. ¿No es así, Charlie? ¿Vas a contradecir lo que acabo de explicar? ¿O bien, en esta ocasión, debemos dar por supuesto que también dirás «¡Y un huevo!»?

Charlie hizo caso omiso de las palabras de Kurtz y se dedicó a mirarse fijamente las uñas. De buena gana hubiera dicho: «¡Por el amor de Dios! ¿Es que todavía importan las teorías?» Las ratas se habían apoderado del barco. Si., en muchos casos es así de sencillo. Todo lo demás no era más que una trampa narcisista. Forzosamente tenía que ser así.

Imperturbable, Kurtz prosiguió:

- En el mundo de nuestros días, en el mundo actual, yo diría que tenemos razones más poderosas para adoptar este punto de vista que aquellas que tuvieron nuestros antepasados, debido a que en nuestros días las naciones-estado son más poderosas que en ningún momento anterior, y lo mismo cabe decir de las sociedades anónimas, y, en consecuencia, de las oportunidades para imponer ordenamientos.

Charlie se dio cuenta de que Kurtz la estaba induciendo a llegar a una conclusión a la que Charlie no quería llegar, pero Charlie no tenía manera de hacerle callar. Kurtz hacía pausas en espera de los comentarios de Charlie, pero lo único que ésta podía hacer era desviar la vista y ocultar su creciente inseguridad bajo una máscara de furiosa negación.

En tono ecuánime, Kurtz prosiguió:

- Te opones a la enloquecida tecnología. Bueno, esto ya lo hizo Huxley antes que tú. Quieres dar lugar a motivaciones humanas que no sean competitivas ni agresivas. Pero para conseguirlo debes eliminar antes la explotación. Ahora bien, ¿cómo?

Kurtz hizo otra pausa. Y ahora, las pausas de Kurtz eran para Charlie más amenazadoras que sus palabras. Eran pausas entre peldaño y peldaño de la escalera que conduce al patíbulo. Charlie dijo:

- ¡Mart, basta ya de sermonearme! ¿Lo entiendes? ¡Basta! Con implacable buen humor, Kurtz prosiguió:

- Y es precisamente en el tema de la explotación, si es que te he comprendido bien, Charlie, donde nos pasamos del anarquismo observado, como bien podríamos decir, el anarquismo practicado.

Kurtz se volvió hacia Litvak, con la idea de lanzarlo también contra Charlie, y le preguntó:

- ¿Tienes algo que decir al respecto, Mike?

En voz baja, Litvak repuso:

- Yo creo que la explotación es el quid de la cuestión. Si traducimos explotación por propiedad todo queda clarificado. En primer lugar, el explotador le da en la cabeza al obrero con salarios de esclavitud, y le propina este golpe con el arma de su superior riqueza. Después le hace un lavado de cerebro para que el obrero-esclavo crea que la búsqueda de la propiedad es un motivo válido que justifica que el amo destruya al obrero trabajando en la cantera. De esta manera le somete a dos ataduras.

Kurtz, muy tranquilo, dijo:

- Magnífico. La búsqueda de la propiedad es malo, ergo la pro-piedad en sí misma es mala, ergo aquellos que defienden la propiedad son malos, ergo (como sea que hemos proclamado que no tenemos paciencia para aguantar el proceso evolutivo de la democracia) destruyamos la propiedad y asesinemos a los ricos. ¿Estás de acuerdo, Charlie?

- ¡No seas estúpido! ¡Yo no soy de ésos!

Marty pareció un poco defraudado. Dijo:

- ¿Quieres decir que no estás dispuesta a desposeer al estado ladrón? ¿Qué te pasa? ¿Tienes miedo, así de repente?

Kurtz se volvió hacia Litvak y le dijo:

- Si, di, Mike, di.

Dispuesto a ser útil, Litvak dijo:

- El estado es tiránico. Estas son exactamente las palabras que Charlie ha dicho. También se ha referido a la «violencia» del estado, al «terrorismo» del estado y a la «dictadura» del estado.

Con acentos un tanto sorprendidos, Litvak, después de una pausa, concluyó:

- Se ha referido a casi todo lo malo que un estado puede llegar a ser.

- ¡Esto no significa que vaya por ahí asesinando a gente y robando malditos bancos! ¡Cristo! ¿Dónde estoy?

La alarma de Charlie no impresionó a Kurtz, quien dijo:

- Charlie, tú misma nos has dicho que las fuerzas de la ley y el orden no son más que sicarias de una falsa autoridad.

Litvak remachó, recordándoselo a Kurtz:

- Y también ha dicho que las masas no pueden alcanzar la verdadera justicia mediante los tribunales y juzgados.

- ¡Y así es! ¡El sistema entero es una mierda! Es una farsa, es corrupto, es paternalista…

Con toda amabilidad, Kurtz preguntó a Charlie:

- ¿En este caso, por qué no lo destruyes? ¿Por qué no lo vuelas, por qué no le pegas un tiro a todo policía que intente evitar que lo hagas, o, mejor dicho, a todo policía que se te ponga a tiro? ¿Por qué no te cargas a todos los imperialistas y colonialistas, estén donde estén? ¿Qué se ha hecho de tu tan cacareada integridad? ¿Qué ha pasado?

- ¡No quiero volar nada! ¡Quiero paz! ¡Quiero que todos seamos libres!

Con estas palabras, Charlie procuró refugiarse en su más segura tesis. Pero Kurtz no dio muestras de haberla oído, e insistió:

- Me defraudas, Charlie. De repente demuestras que eres in-coherente. Has llegado a conclusiones. Ahora bien, ¿por qué no actúas en concordancia con ellas? ¿Por qué en un determinado momento te comportas como una intelectual con la vista y el intelecto precisos para ver lo que las engañadas masas no pueden ver, y en el instante siguiente careces del valor suficiente para prestar un pequeño servicio, como un robo, un asesinato o la voladura de algo, como, por ejemplo, una comisaría de policía, en beneficio de aquellos cuyas mentes y cuyos corazones están esclavizados por los capitostes capitalistas? Vamos, vamos, Charlie: ¿dónde está tu acción? Tú eres el alma libre, aquí. No nos des palabras, danos actos.

La contagiosa alegría de Kurtz había alcanzado más altura. Sus párpados se habían fruncido de tal manera que en los extremos externos formaban negras curvas incisas en la curtida piel. Pero Charlie también sabía luchar. Habló directamente a Kurtz, utilizando las palabras tal como éste hacía, golpeándole con ellas, intentando abrirse a golpes un camino que, derribando a Kurtz, la llevara a la libertad:

- Oye, Mart, soy superficial, ¿comprendes? No he leído, soy analfabeta, no sé razonar, ni sé analizar. Fui a caras escuelas de tercera clase desde un punto de vista docente, y me hubiera gustado, más que cualquier otra cosa en el mundo, haber nacido en una calleja de cualquier pueblo, y que mi padre hubiera sido un trabajador manual, en vez de dedicarse a quedarse con los ahorros acumulados por viejecitas a lo largo de toda una vida. Estoy harta de que me laven el cerebro, estoy harta de que me digan quince mil razones todos los días en cuyos méritos no debo amar de igual a igual al prójimo. ¡Y ahora quiero irme a la maldita cama!

- ¿Quieres decir con esto, Charlie, que reniegas de la postura por ti adoptada?

- ¡Yo no tengo una postura adoptada!

- ¿No?

- ¡No!

- No has adoptado una postura, no te has comprometido con el activismo, salvo en el aspecto de ser una no alineada.

- ¡Esto!

Muy satisfecho, Kurtz añadió:

- Pacíficamente no alineada. Perteneces al extremo centro.

Kurtz se desabrochó despacio el bolsillo izquierdo de la camisa, metió en él sus gruesos dedos, y extrajo, de entre una porción de objetos heterogéneos, un recorte de prensa, doblado y muy largo, que, a juzgar por el lugar excepcional en que había estado guardado, era diferente de aquellos otros guardados en la carpeta. Mientras desdoblaba lentamente el recorte, Kurtz dijo:

- Charlie, no hace mucho has dicho incidentalmente que Al y tú asististeis a un congreso, en no sé qué lugar de Dorset. Creo que calificaste este congreso como «Un curso de pensamiento radical, en un fin de semana». No hemos hablado con detalle de lo que allí pasó. Creo recordar que, por alguna razón u otra, pasamos como sobre ascuas por este tema. ¿Te molestaría que habláramos de ello un poco más?

Con el aire del hombre que quiere refrescar su memoria, Kurtz leyó en silencio el recorte de prensa, y de vez en cuando meneó la cabeza, diciendo: «Bien, bien…» Sin dejar de leer comentó amablemente:

- Parece que no fue poca cosa, el curso en cuestión. Instrucción en el manejo de armas utilizando armas fingidas. Enseñanza de las técnicas de sabotaje, con plasticina, en vez de utilizar el explosivo propiamente dicho. Modos de vivir en la clandestinidad. Técnicas de supervivencia. Filosofía de las guerrillas urbanas. Incluso la manera de vigilar a una persona convertida en huésped en contra de su voluntad, lo cual se explica, según leo, con las siguientes palabras: «Disciplina de elementos violentos en una situación doméstica.» Si, me gusta el título. Es un bonito eufemismo.

Kurtz miró por encima del recorte de prensa y dijo:

- ¿Es más o menos correcto este reportaje o nos encontramos ante una típica exageración de la prensa capitalista-sionista?

Charlie ya no creía en la buena fe de Kurtz, y tampoco éste quería que creyera en ella. La única finalidad de Kurtz era alarmar a Charlie mediante el extremismo de sus propias convicciones, y obligarla a abandonar posiciones que había adoptado sin darse cuenta. Ciertos interrogatorios se llevan a cabo con la finalidad de inducir a decir la verdad, y otros se hacen con el fin de inducir a decir mentiras. Kurtz quería mentiras. En consecuencia, su voz se había endurecido perceptiblemente, y la expresión de diversión de su cara desapareció muy de prisa. Kurtz preguntó:

- ¿Quieres darnos una imagen un poco más objetiva quizá, Charlie?

En tono de desafío y echándose hacia atrás por primera vez, Charlie repuso:

- Todo fue cosa de Al. No mía.

- Pero fuisteis juntos.

- Fue una manera de pasar un fin de semana en el campo, en unos momentos en que no teníamos dinero. Esto es todo. Kurtz murmuró:

- Esto es todo.

Y dejó a Charlie con un silencio muy amplio, acusatorio, demasiado pesado para que Charlie se enfrentara a solas con él. Charlie protestó:

- No fuimos Al y yo solamente. Éramos unos veinte. Gente joven, del mundo teatral. Algunos todavía eran alumnos de la escuela de arte dramático. Alquilaron un autocar, fumaron hachís, tocaron música toda la noche. ¿Hay algo malo en esto?

En aquellos precisos instantes, Kurtz nada opinaba acerca de la bondad o la maldad del asunto. Dijo:

- Ellos. ¿Y qué hacías tú allí? ¿Conducías el autocar, con esa pericia de conductora que nos dicen posees?

- Yo iba con Al. Ya te lo he dicho. Era asunto suyo, no mío.

Charlie había perdido su punto de apoyo y comenzaba a caerse. Apenas sabía cómo había dado el resbalón, o quién le había golpeado los dedos. Quizá el cansancio la había obligado a soltarse.

Quizá esto era lo que había deseado en todo momento. Kurtz le preguntó:

- ¿Y te divertías a menudo de esta manera, Charlie? Hablando por hablar, fumando hachís, dedicándote inocentemente al amor libre, mientras los otros aprendían las artes del terrorismo… Hablas como si esto fuera habitual en ti. ¿Habitual? ¿No es eso?

- ¡No era habitual! Esto ha terminado para mí. Y además no me divertía.

- ¿Quieres decir con qué frecuencia lo hacías?

- ¡No lo hacía con frecuencia!

- ¿Cada cuándo?

- Un par de veces. Y esto es todo. Me aburrí pronto de ello. Caía girando y girando, y la oscuridad adquiría más y más densidad. Estaba rodeada de aire, pero el aire no la tocaba.

«¡Joseph, sácame de esta situación!» Pero Joseph era precisamente quien la había metido en ella. Charlie aguzaba el oído en espera de oír a Joseph, le enviaba mensajes con la parte trasera de la cabeza. Pero en respuesta de ellos no recibía mensaje alguno. Kurtz la miró derechamente, y Charlie contestó haciendo lo mismo. Charlie le hubiera atravesado con la mirada si hubiera podido, le hubiera dejado ciego mediante el retador fuego de sus ojos. Pensativo, Kurtz dijo:

- Un par de veces. ¿Es correcto, Mike?

Litvak levantó la vista de sus notas, y, como un eco, contestó: -Un par.

Kurtz preguntó a Charlie:

- ¿Y por qué te aburriste de ello?

Sin dejar de mirar a Charlie, Kurtz alargó la mano para coger la carpeta de Litvak.

Bajando la voz para producir más efecto, Charlie repuso: -Imperaba un ambiente muy brutal.

Mientras abría la carpeta, Kurtz dijo:

- Es natural.

- No me refiero al ambiente político. Me refiero a la sexualidad. Era demasiado para mí. Y no seas obtuso, Mart.

Kurtz se lamió el pulgar y volvió página. Se lamió el pulgar otra vez y volvió página de nuevo. Musitó algo, dirigiéndose a Litvak, quien le contestó con un par de palabras que no eran inglesas. Kurtz cerró la carpeta y la metió en la cartera.

En tono pensativo, Kurtz repitió:

- Un par de veces. Esto es todo. Luego comencé a aburrirme. ¿Quieres hacer alguna modificación a esta manifestación?

- ¿Y por qué he de querer?

- Un par de veces. ¿Es correcta esta respuesta?

- ¿Y por qué no ha de serlo?

- Un par de veces significa dos veces, ¿no?

Charlie tuvo la impresión de que la luz pendiente sobre ella parpadeaba, ¿o acaso era solamente su imaginación? Charlie se volvió hacia atrás. Joseph estaba inclinado sobre su mesa, bajo la luz de la lamparilla, tan ocupado que ni siquiera levantó la cabeza. Charlie volvió a su anterior posición y vio que Kurtz seguía esperando su respuesta. Charlie dijo:

- Dos o tres veces, ¿qué importa?

- ¿Cuatro veces? ¿Un par de veces significa también cuatro veces?

- ¡Vete a paseo!

- Bueno, a mi parecer es un problema lingüístico. «El año pasado visité a mi tía un par de veces.» Esto puede significar tres veces, incluso cuatro. Y me parece que cinco es ya el límite, ya que cinco viene a ser «media docena».

Kurtz siguió toqueteando los papeles y lentamente prosiguió:

- ¿Quieres cambiar un par de veces por media docena, Charlie? -Cuando digo un par de veces quiero decir un par de veces.

- ¿Dos?

- !Si, dos!

- Bueno, pues dos. «Sí, asistí a estas reuniones sólo dos veces; los otros quizá se entregaran a ejercicios belicosos, pero mis intereses eran únicamente sexuales, de recreo y de carácter social, amén.» Firmado, Charlie. ¿Quieres dar las fechas de estas dos visitas?

Charlie dio una fecha correspondiente al año anterior, poco después de que ella y Al se juntaran.

- ¿Y la otra fecha?

- La olvidé. ¿Tan importante es?

- La chica se ha olvidado.

La voz de Kurtz había adquirido una lentitud tal que parecía fuera a quedar detenida; a pesar de ello no había perdido su fuerza. A la mente de Charlie acudió la imagen de un animal desmañado que lentamente se acercara a ella, y este animal era la voz de Kurtz. Este volvió a hablar:

- ¿La segunda visita tuvo lugar inmediatamente después de la primera o medió cierto tiempo entre una y otra?

- No lo sé.

- La chica no lo sabe. En el primer fin de semana te dieron un cursillo de introducción apto sólo para novatos, ¿verdad?

- Así es.

- ¿Y cuál fue el tema del cursillo de introducción?

- Ya te lo he dicho. Sexualidad colectiva.

- ¿No hubo coloquio, ni conferencias, ni tareas de seminario?

- Hubo coloquio, ciertamente.

- ¿Sobre qué tema?

- Principios básicos.

- ¿De qué?

- De radicalismo. ¿De qué iba a ser si no?

- ¿Recuerdas quién dirigió los coloquios?

- Una lesbiana gorda nos habló de la liberación femenina. Y un escocés nos habló de Cuba. Al admiraba a este escocés.

- ¿Y en la segunda ocasión, esa ocasión cuya fecha has olvidado, la segunda y última ocasión, quién os habló?

Charlie no contestó. Kurtz le preguntó:

- ¿También lo has olvidado?

- ¡Sí!

- Es un poco raro, ¿no crees? ¿De modo que te acuerdas bien de la primera ocasión, del asunto de la sexualidad, de los temas de los coloquios y de las personas que los dirigieron, pero nada recuerdas de la segunda ocasión?

- Después de haberme pasado una noche entera contestando tus estúpidas preguntas, no, no me acuerdo.

Kurtz preguntó a Charlie:

- ¿Adónde vas? ¿Quieres ir al lavabo? Rachel, acompaña a Charlie al lavabo. Rose.

Charlie estaba de pie. Oyó pasos suaves que, procedentes de las sombras, se le acercaban. Charlie dijo:

- Me voy. En el ejercicio de mis opciones. No quiero saber nada de este asunto. Y me voy ahora.

- Ejercerás tus opciones en períodos específicos, y sólo cuando nosotros te lo ofrezcamos. Y si te has olvidado de las personas que os hablaron en este segundo seminario, espero que puedas decirme por lo menos el tema del cursillo.

Charlie se encontraba de pie, y, sin que supiera determinar por qué, el hecho de estar de pie la hacía sentirse más pequeña. Paseó la vista a su alrededor y vio a Joseph, con la cabeza apoyada en la mano, apartada la cara de la luz de la lámpara. Ante la atemorizada vista de Charlie, Joseph parecía hallarse suspendido en algo parecido a una ciudad intermedia, entre el mundo de Charlie y el suyo propio. Pero mirase Charlie donde mirase, la voz de Kurtz le llenaba la cabeza, acallando a los seres que en su interior vivían. Charlie apoyó las palmas de las manos en la mesa y se inclinó al frente. Tenía la impresión de hallarse en el templo de un culto extraño, sin amigos que le dijeran cuándo tenía que estar de pie, cuándo arrodillada. Pero la voz de Kurtz se encontraba en todas partes, y hubiera carecido de importancia el que Charlie se tumbara en el suelo o saliera volando por los vidrios policromos, yendo a parar a cien millas de distancia. En ningún lugar estaría a salvo de la intrusión de aquella voz. Charlie levantó las manos de la mesa y se las puso a la espalda, oprimiéndolas con fuerza, debido a que estaba perdiendo el dominio de sus propios ademanes. Las manos son importantes, las manos hablan. Las manos actúan. Charlie sintió que sus manos se consolaban, la una a la otra, igual que niños aterrados. Kurtz le hablaba acerca de unas conclusiones.

- ¿Firmaste las conclusiones, Charlie?

- ¡No lo sé!

- Pero, Charlie, siempre se redactan unas conclusiones al final de las sesiones. Hay un coloquio, hay discusiones, y se llega a unas conclusiones. ¿Cuáles fueron las conclusiones? ¿Intentas decirme seriamente que ignoras esas conclusiones y que ni siquiera sabes si las firmaste o no? ¿Hubieras podido negarte a firmarlas?

- No.

- Charlie, sé razonable. ¿Cómo es posible que una persona con tu tan injustamente poco valorada inteligencia, sea capaz de olvidar cosa tan importante como las conclusiones formales adoptadas al final de un seminario que duró tres días? ¿Unas conclusiones que se redactan una y otra vez, que se corrigen, que se votan, que se aprueban o no se aprueban, que se firman o no se firman? Una resolución, unas conclusiones, ello comporta una serie de laboriosas sesiones. ¿A qué se debe que, de repente, tus contestaciones sean tan vagas, cuando eres capaz de ser tan precisa y exacta en otros temas?

A Charlie aquello había dejado de importarle. Le importaba tan poco que ni siquiera creía valía la pena decirle a Kurtz que aquello le importaba un pimiento. Estaba mortalmente cansada. Deseaba volver a sentarse, pero no podía. Necesitaba un descanso, necesitaba orinar, arreglarse el maquillaje, y dormir durante cinco años. Tan sólo cierto sentido de los modales teatrales le decía que debía seguir en pie, y aguantar hasta el final.

Allá, más abajo que ella, Kurtz había sacado un nuevo papel de su cartera. Después de haber estudiado el papel, Kurtz decidió dirigirse a Litvak:

- Ha dicho que dos veces, ¿verdad?

Litvak se mostró de acuerdo:

- Dos veces ha sido el máximo. Le has dado todo tipo de oportunidades para que elevara el número, pero se ha quedado en dos.

- ¿Y cuántas fueron, según vosotros?

- Cinco.

- ¿Y por qué se empeña en decir que sólo dos? Arreglándoselas para parecer todavía más defraudado que su compañero, Litvak dijo:

- Prefiere quitar importancia al asunto. Atenúa el caso en un doscientos por ciento.

Kurtz llegó lentamente a la conclusión:

- En este caso, miente.

- Claro que miente.

- ¡No miento! ¡Lo he olvidado! ¡Fue cosa de Al! ¡Fui por Al! ¡Y esto es todo!

Entre las baratas plumas que se alineaban en el bolsillo de la pechera, Kurtz llevaba un pañuelo de color caqui. Lo extrajo y se lo pasó por la cara, en extraños movimientos, cual si manejara un plumero, que terminaron en sus labios. Luego volvió a variar la posición de su reloj, de izquierda a derecha, en un rito personal.

- ¿No quieres sentarte?

- No.

La negativa de Charlie entristeció a Kurtz:

- Charlie, ahora no te comprendo. Estoy perdiendo la confianza que tenía en ti.

- ¡Pues piérdela de una maldita vez! ¡Búscate a otra a quien dar la lata! ¿A santo de qué tengo que estar perdiendo el tiempo, con jueguecitos de salón con un hatajo de matones israelíes? ¡Andad a matar más árabes con vuestras bombas! ¡Dejadme en paz! ¡Os odio! ¡A todos!

Cuando Charlie dijo estas palabras, tuvo una curiosísima intui ción. Se dio cuenta de que sólo a medias escuchaban sus palabras, en tanto que la otra mitad de su atención se centraba en su técnica, la de Charlie. Si alguien le hubiera dicho «Repitamos esto, Charlie, pero esta vez actúa más despacio», Charlie no hubiera quedado sorprendida. Pero ahora Kurtz tenía que decir la suya, y, como muy bien sabía Charlie a estas alturas, nada en este mundo del Dios judío iba a impedírselo. Cuando habló, la voz de Kurtz había recobrado su volumen y ritmo natural, pero su poderío no disminuyó en absoluto:

- Charlie, no comprendo tu actitud evasiva. No comprendo las discrepancias que median entre la Charlie que ahora nos ofreces y la Charlie que consta en nuestros papeles. Tu primera visita a esta escuela de revolucionarios tuvo lugar el día quince de julio del año pasado, y se trataba de un cursillo de dos días para novatos, sobre el tema general del colonialismo y la revolución, y sí, efectivamente, fuisteis en autocar, y erais un grupo de gente de teatro, entre la que se encontraba Alastair. Tu segunda visita tuvo lugar un mes más tarde, y también la hiciste en compañía de Alastair. En esta segunda ocasión os dirigió la palabra, a ti y a tus compañeros de estudios, un individuo que se calificaba a sí mismo de exiliado boliviano, pero que se negó a dar su nombre, y también os habló un caballero igualmente anónimo, quien afirmó hablar en representación del ala izquierda del IRA. Tú firmaste generosamente un cheque de cinco libras para cada una de estas organizaciones, y tenemos la fotocopia del cheque.

- ¡Lo firmé por cuenta de Al! ¡Al estaba sin un penique!

- La tercera ocasión fue un mes más tarde, y tú tomaste parte en una discusión sumamente patética sobre los trabajos del pensador norteamericano Thoreau. La conclusión del grupo, conclusión a la que tú te adheriste, fue que Thoreau, en lo tocante a militancia, no era más que un idealista carente de importancia, con muy pocos conocimientos prácticos de activismo; en resumen, que era un desgraciado. Tú no sólo te adheriste a esta resolución, sino que propusiste una resolución complementaria exhortando a todos los camaradas a que adoptaran posturas más radicales.

- ¡Fue por Al! ¡Yo quería que aquella gente me aceptara! ¡Quería complacer a Al! ¡Al día siguiente ya me había olvidado!

- En el mes de octubre, tú y Alastair volvisteis allá, en esta ocasión para participar en unas sesiones especialmente combativas centradas en el fascismo burgués en las sociedades capitalistas, y esta vez tuviste destacadas intervenciones en las discusiones de los grupos, y obsequiaste a tus camaradas con muchas anécdotas míticas referentes al delincuente de tu padre, a tu inútil madre y a la educación represiva que te dieron.

Charlie, ahora, había dejado de protestar. Había dejado de pensar y de ver. Tenía la expresión de los ojos borrosa, y se mordisqueaba la parte interior del labio inferior, suavemente, a modo de castigo. Pero no podía dejar de estudiar, debido a que la voz de Kurtz no se lo permitía.

- Y la última ocasión se produjo, tal como Mike acaba de recordarme, en el mes de febrero del presente año, cuando tú y Alastair honrasteis con vuestra presencia una sesión cuyo tema te has empeñado obstinadamente en borrar de tu memoria, siempre, con la sola salvedad de un momento en que has insultado al Estado de Israel. En esta ocasión, el coloquio se centró exclusivamente en la lamentable expansión del sionismo mundial y en sus vinculaciones con el imperialismo norteamericano. El principal personaje era un caballero que afirmó representar a la revolución palestina, aun cuando se negó a decir a qué ala de este grandioso movimiento pertenecía. También se negó a revelar su personalidad, en el más literal sentido de la palabra, ya que llevaba un casco o caperuza negra que le ocultaba la cara, dándole un aire siniestro que le sentaba muy bien. ¿Ni siquiera de este orador te acuerdas?

Kurtz no dio a Charlie tiempo para contestarle.

- El tema del que habló fue su heroica vida, en cuanto a gran luchador y matador de sionistas. Este caballero declaró: «Las armas son mi pasaporte a mi patria. ¡Ya no somos refugiados, sino que somos un pueblo revolucionario!» Este hombre produjo cierta alarma, y una o dos voces, entre las que no estaba la tuya, dijeron que había ido demasiado lejos.

Kurtz hizo una pausa, y Charlie siguió en silencio. Kurtz acercó a sí el reloj y dirigió una sonrisa un tanto hueca a Charlie. Dijo:

- ¿Por qué no nos cuentas esas cosas, Charlie? ¿Por qué te dedicas a saltar de un tema a otro, sin conexión alguna, y sin saber qué vas a decir a continuación? ¿No te he dicho que necesitamos conocer tu pasado? ¿Que tu pasado nos gusta mucho?

Una vez más, Kurtz aguardó pacientemente la contestación de Charlie, pero esperó en vano. Kurtz dijo:

- Sabemos que tu padre jamás estuvo en prisión. Sabemos que los agentes judiciales no fueron a tu casa, y que nadie te quitó la jaca. El pobre caballero, tu padre, tuvo una pequeña quiebra, motivada por su incompetencia, y a nadie perjudicó, como no fuera a un par de directores de pequeñas agencias bancarias. Fue declarado inocente, con todos los honores, si es que así se puede decir, mucho antes de su muerte. Unos cuantos amigos reunieron algún dinero para ayudarle, y tu madre fue fiel a tu padre, comportándose como una amante y devota esposa. Tu padre ninguna culpa tuvo de que tú dejaras la escuela prematuramente. La culpa la tuviste tú. La verdad es que tú te mostraste excesivamente propicia a otorgar tus favores a unos cuantos muchachos del pueblo inmediato al internado, de lo cual se enteraron los profesores. En consecuencia, fuiste expulsada de la escuela a toda prisa, por cuanto te consideraron elemento corruptor y potencialmente escandaloso, y volviste a casa de tus padres, tremendamente benévolos para contigo, quienes perdonaron como siempre tus transgresiones, con gran frustración por tu parte, e hicieron cuanto pudieron para creer todo lo que les contaste. Al paso de los años has urdido una ingeniosa novela alrededor del mentado incidente, con el fin de darle un carácter tolerable, y has llegado a creer tus propias invenciones, a pesar de que de vez en cuando se revuelven los recuerdos en tu interior, y ello te impulsa a desviarte en las más insospechadas direcciones.

Una vez más, Kurtz trasladó el reloj a un lugar más seguro, encima de la mesa. Siguió:

- Somos amigos, Charlie. ¿Crees que somos capaces de acusarte por cosas como las que acabo de decirte? ¿Crees que no sabemos que tus tendencias políticas son manifestaciones externas en busca de unas dimensiones y de unas respuestas que no te dieron cuando más las necesitabas? Somos amigos tuyos, Charlie. No somos unos conformistas mediocres, aburridos y apáticos, como los que viven en caras zonas residenciales. Queremos compartir contigo, queremos que seas útil. ¿Por qué estás ahí, ante nosotros, dedicada a engañarnos, cuando lo único que queremos es oírte decir la verdad objetiva y sin adornos, de cabo a rabo? ¿Por qué pones obstáculos a quienes son tus amigos, en vez de darles tu confianza, con toda cordialidad?

La ira dominó a Charlie como el oleaje de un mar al rojo vivo. La ira la levantó, la limpió. Charlie sintió cómo su ira crecía y se hinchaba, y Charlie abrazó la ira, cual si fuera su único aliado. Con la calculada manera propia de su oficio, Charlie dejó que la ira se impusiera totalmente sobre ella, en tanto que su genuina personalidad, aquella minúscula y giroscópica criatura situada en lo más hondo de su fuero interno, que siempre conseguía mantenerse erguida, se alejaba de puntillas, grácilmente, para contemplar la representación desde un extremo del escenario. La ira dejó en suspenso su pasmo, amortiguó el dolor de su vergüenza. La ira aclaró su mente y dio luz a su visión. Charlie avanzó un paso, y levantó el puño dispuesta a golpear a Kurtz, pero Kurtz era ya muy viejo, tenía una personalidad dominante, y ya había sido golpeado muchas veces con anterioridad. Además, Charlie tenía cuentas pendientes a su espalda, exactamente detrás de ella.

Ciertamente, Kurt fue quien con su deliberada provocación había prendido la cerilla que desencadenó el estallido de Charlie. Pero fue la astucia de Joseph, fue el cortejo de que Joseph la hizo objeto, y fue el sibilino silencio de Joseph, lo que había provocado la genuina humillación de Charlie. La muchacha dio media vuelta, dio dos pasos hacia Joseph, y esperó a que alguien la contuviera, pero nadie la contuvo. Echó una pierna hacia atrás, y atizó una patada a la mesa, y contempló cómo la lamparilla trazaba una grácil curva en el aire, camino de ir a parar sabe Dios dónde, hasta que el cordón llegó a su límite y la lámpara se apagó con un sorprendido «plop». Charlie echó el puño hacia atrás, esperando que Joseph se defendiera. Joseph no se defendió, por lo que Charlie le golpeó, estando Joseph sentado, y el golpe dio de lleno, con toda su fuerza en el pómulo de Joseph. Charlie insultaba a Joseph, con sus más sucios insultos, los mismos que antes dirigiera a Long Al, y que también dirigía al vacío de su vida, a la penosa nada de su enmarañada y pequeña vida. Pero Charlie deseaba que Joseph levantara un brazo o le devolviera el golpe. Charlie golpeó a Joseph por segunda vez, con la otra mano, animada por el deseo de dejarle marcas, de causarle el mayor daño posible. También esperó a que Joseph se defendiera, pero sus tan conocidos ojos castaños siguieron mirándola con la fijeza con que brillan las luces de la costa contempladas desde una tormenta en el mar. Volvió a golpearle con el puño medio cerrado y sintió dolor en los nudillos, pero vio cómo la sangre se deslizaba por la barbilla de Joseph. Charlie gritó:

- ¡Fascista, hijo de la gran puta!

Y siguió gritándole, sintiendo cómo la fuerza se le iba con el aliento. Vio a Raoul, el hippy con el cabello del color del lino, junto a la puerta, en pie, y también vio que una de las chicas, la africana Rose, se ponía ante la ventana y abría los brazos en cruz, por si acaso a Charlie le diera por saltar a la galería exterior que había abajo. Y Charlie deseó ardientemente perder la razón, con el fin de que todos se apiadaran de ella. Deseó estar loca de atar, para que todos se dispusieran a internarla a la fuerza, en vez de ser una estúpida insensata, actriz de ideas radicales, que se inventaba débiles historias acerca de sí misma a medida que iba hablando, que renegaba de su padre y de su madre, y que predicaba una fe poco convincente, pero que no tenía el valor suficiente para abandonarla, aunque, de todas maneras, ¿con qué podía sustituir dicha fe? Oyó la voz de Kurtz que, en inglés, ordenaba a todos que se mantuvieran quietos. Vio que Joseph volvía la cara y se sacaba un pañuelo del bolsillo con el que se secaba la sangre del labio, haciendo de Charlie tanto caso como hubiera podido hacer de una mal educada niña de cinco años. Charlie volvió a llamarle hijo de mala madre, y volvió a golpearle, aunque esta vez en un lado de la cabeza y con la palma abierta, en un golpe sonoro que le torció la muñeca y le dejó momentáneamente la mano insensible. Pero ahora Charlie estaba agotada y sola, y sólo quería que Joseph le devolviera los golpes.

Desde su silla, con voz tranquila, Kurtz le advirtió:

- Adelante, Charlie, no te prives de nada. Ya has leído a Fanon. La violencia es una fuerza purificadora, ¿no te acuerdas? Nos libera de los complejos de inferioridad, nos quita el miedo, y nos devuelve el respeto hacia nosotros mismos.

A Charlie sólo le quedaba una salida. En consecuencia, la utilizó. Echó los hombros hacia adelante y hundió dramáticamente la cara en las palmas de las manos. Lloró inconsolablemente hasta que Rachel, obedeciendo a un movimiento de la cabeza de Kurtz, abandonó la ventana, se acercó a Charlie y le puso un brazo sobre los hombros, a lo cual Charlie se resistió por unos instantes, y luego cedió.

Mientras las dos muchachas avanzaban hacia la puerta, Kurtz dijo a Rachel:

- Le concedo tres minutos, no más. No puede cambiarse las ropas ni adquirir una nueva identidad. Y la devuelves directamente aquí. Quiero mantener el motor en marcha.

Dirigiéndose a Charlie, Kurtz dijo:

- Charlie, párate, aquí, donde estás. Es sólo un instante. ¡He dicho que te pares!

Charlie se detuvo, pero no dio media vuelta. Se quedó quieta, expresándose con la espalda, mientras se preguntaba doloridamente si Joseph hacía algo a su cortada cara.

Sin condescendencia, desde la silla, Kurtz dijo:

- Has actuado bien, Charlie. Te felicito. Tropezaste y te caíste, y propusiste levantarte. Mentiste, te extraviaste, pero aguantaste las embestidas, y cuando ya no supiste qué hacer, te dio una rabieta y acusaste al mundo entero de todos tus males. Estamos orgullosos de ti. La próxima vez te daremos una historia más verosímil para que tú la cuentes. No tardes en volver. Ahora ya nos queda muy poco tiempo.

En el cuarto de baño, Charlie estuvo llorando con la frente apoyada en la pared, mientras Rachel llenaba de agua la pileta, y Rose se quedaba junto a la puerta, por si acaso.

Mientras disponía el jabón y la toalla, Rachel dijo:

- No sé cómo pudiste vivir en Inglaterra tanto tiempo. Yo estuve allí quince años, y pensaba que me moría. ¿Conoces Macclesfield? Es la muerte. Por lo menos lo es cuando una es judía. Con todas sus manías de clase social, de frialdad y de hipocresía. Macclesfield es el peor lugar del mundo, para un judío; realmente esto es lo que pienso. Solía frotarme la piel con limón, en el baño, porque me decían que tenía la piel grasienta. Oye: no te acerques a esta puerta sola; no, porque tendría que detenerte.

Amanecía y, por lo tanto, era la hora de acostarse. Charlie se encontraba de nuevo en compañía de aquella gente, que era en aquellos momentos lo que más le gustaba. Le habían explicado un poco el asunto de que se trataba, le habían esbozado la historia de la misma manera que una linterna ilumina fugazmente un oscuro pasillo, dando una rápida visión de una parte de lo que hay oculto en él. Imagina, le dijeron, y le hablaron de un amor perfecto que Charlie no conocía.

Apenas le interesaba. La necesitaban. La conocían del derecho y del revés. Conocían su fragilidad y su pluralidad. Y a pesar de esto, todavía la querían, la necesitaban. La habían secuestrado a fin de rescatarla. Después de su navegación sin rumbo, se encontraba con la línea recta de aquella gente. Después de todos sus sentimientos de culpa y de todas sus ocultaciones, recibía su aceptación. Después de todas sus palabras, la actuación de aquella gente, su sobriedad, su celo de clara mirada, su autenticidad, su verdadera lealtad, todo lo cual venía a llenar la vaciedad que se abría y chillaba en su interior, como un aburrido demonio, desde siempre, en tanto podía recordar. Era como una pluma en una tormenta, pero, de repente, con pasmado alivio, aquella gente actuaba como un viento impulsor.

Charlie reposó, y dejó que la llevaran, que la asumieran, que se apoderaran de ella. Charlie pensó: «Gracias a Dios, una patria al fin.» Le dijeron: «Interpretarás el papel de ti misma, pero más exageradamente.» Sí, pero ¿cuándo no había interpretado el papel de sí misma? «Serás tú misma, con todos tus falsos alardes, si es que podemos expresarlo así.» Y Charlie pensó: «Expresadlo como queráis.»

Sí, escucho. Sí, lo entiendo.

Habían dado a Joseph el puesto de máxima autoridad en la mesa, en medio. Litvak y Kurtz estaban sentados a uno y otro lado de Joseph, quietos como lunas. Joseph tenía la cara hinchada en los lugares en que Charlie le había golpeado. Sí, tenía una cadena de pequeñas hinchazones a lo largo de su quijada izquierda. Al través de las persianas, peldaños de luz se proyectaban sobre las tablas del suelo y sobre la mesa plegable. Dejaron de hablar.

Charlie le preguntó:

- ¿No ha decidido todavía?

Joseph meneó negativamente la cabeza. La oscura barba de veinticuatro horas marcaba las partes cóncavas de su cara. La luz pendiente del techo revelaba la telaraña de las arrugas alrededor de sus ojos.

Charlie dijo:

- Vuelve a hablarme de la utilidad.

Charlie percibió que el interés de aquellos hombres se tensaba como una cuerda. Litvak tenía sus blancas manos cruzadas ante sí, v contemplaba a Charlie, con la mirada muerta, aunque extrañamente irritada. Kurtz, entrado en años y profético, tenía su cara surcada cubierta de polvillo de plata. Y junto a las paredes, los jóvenes, estaban devotos e inmóviles, como si hicieran cola para recibir la primera comunión.

En un tono impersonal, del que había eliminado todo matiz de teatralidad, Joseph explicó:

- Dicen que salvarás vidas, Charlie.

¿Advirtió Charlie en el tono de las palabras de Joseph cierta renuencia? Si así fue, sólo sirvió para dar mayor gravedad a sus palabras. Joseph siguió:

- Dicen que devolverás los hijos a sus madres y que contribuirás a dar la paz a las gentes pacíficas. Y que mujeres y hombres inocentes vivirán, gracias a ti.

Charlie preguntó:

- ¿Y tú qué dices?

Joseph contestó con voz deliberadamente apagada:

- ¿Y por qué crees que estoy aquí? Para cualquiera de nosotros, lo que hacemos puede ser una labor de sacrificio, una expiación de la vida. Y, para ti… Bueno, quizá tampoco sea tan diferente, para ti.

- ¿Y en dónde estarás?

- Estaremos lo más cerca de ti que podamos.

- Me refería a ti, a Joseph, en singular.

- Estaré cerca de ti, como es natural. Este será mi trabajo.

«Y esto será sólo mi trabajo», decía Joseph. Ni siquiera Charlie pudo interpretar erróneamente el significado de las palabras de Joseph.

Con voz suave, Kurtz intervino:

- Joseph estará siempre contigo, Charlie. Joseph es un excelente profesional, realmente excelente. Por favor, Joseph, háblale del factor tiempo.

Joseph dijo:

- Disponemos de muy poco tiempo. Todas las horas son importantes.

Kurtz seguía sonriendo, como si esperase que Joseph siguiera hablando. Pero Joseph ya había terminado.

Charlie había dicho que sí. Forzosamente tuvo que haberlo dicho. O, por lo menos, había dicho que sí en lo tocante a la fase siguiente, debido a que percibió un leve movimiento de alivio a su alrededor, y, luego, con su consiguiente desencanto, nada más. En el hiperbólico estado de ánimo en que se encontraba, Charlie había imaginado que una platea rebosante de público iba a levantarse rindiéndole una salva de aplausos. Sí, y el agotado Mike hundiría la cara en sus flacas manos y lloraría abiertamente. Y Marty, comportándose como el viejo que a fin de cuentas había demostrado ser, la cogería por los hombros con sus gruesas manos -hija mía, pequeña- y oprimiría su cara erizada de picantes pelillos contra su mejilla. Los jóvenes, sus admiradores de suaves pasos, romperían filas para congregarse a su alrededor y tocarla. Y Joseph la oprimiría contra su pecho. Pero en el teatro de la realidad la gente no se comportaba así, al parecer. Kurtz y Litvak se dedicaban a ordenar papeles y a meterlos en las carteras. Joseph hablaba con Dimitri y con la chica sudafricana, Rose. Raoul se dedicaba a llevarse los restos del té con pastelillos azucarados. Sólo Rachel parecía estar pendiente de lo que le pasaba a la nueva recluta. Tocó el brazo de Charlie y la llevó hacia el descansillo, a un lugar en el que, según dijo Rachel, podría tumbarse cómodamente. Las dos muchachas no habían llegado aún a la puerta cuando Joseph pronunció en voz baja el nombre de Charlie. Joseph la miraba con pensativa curiosidad.

Como si las palabras en sí mismas fueran enigmáticas, Joseph repitió:

- Buenas noches, Charlie.

Con una dolorida sonrisa que bien hubiera podido representar el telón final, Charlie supuso:

- Lo mismo te deseo.

Pero la sonrisa de Charlie no fue el telón que al bajar da fin a la obra. Mientras Charlie seguía a Rachel a lo largo del corredor, tuvo la sorpresa de descubrir que se encontraba en el club londinense de su padre, camino del anexo destinado a las señoras, en donde almorzaría. Charlie detuvo sus pasos, y miró alrededor en un intento de hallar el origen de su alucinación. Y entonces lo oyó. Era el incesante sonido menudo de un teletipo, expulsando las hojas con las últimas cotizaciones de bolsa. Charlie aventuró que quizá proviniera de un cuarto con la puerta entornada. Pero Rachel la empujó hacia adelante, antes de que Charlie tuviera tiempo de confirmar sus sospechas.

Los tres hombres habían vuelto a la habitación con aspecto de sala de estar, desde la cual la parlanchina máquina teletipo les había convocado como si de un cornetín se tratara. Mientras Becker y Litvak miraban, Kurtz, inclinado sobre la mesa, descifraba, con aire de suma incredulidad, el más reciente, el más imprevisto, el más urgente telegrama estrictamente privado enviado desde Jerusalén. Situados a espaldas de Kurtz, los otros dos hombres podían ver la mancha de sudor que se extendía sobre su camisa como una sangrante herida. El operador de la radio se había ido, despachado por Kurtz tan pronto el texto en clave procedente de Jerusalén comenzó a salir impreso. El silencio imperante en la casa era absoluto, y sólo lo quebraba el sonido de la máquina. Si cantaban pájaros o si pasaba tránsito rodado, no lo oían. Sólo percibían los sonidos de comienzo y terminación del teletipo.

Kurtz, para quien jamás nadie trabajaba demasiado, dijo: -En mi vida te he visto trabajar mejor, Gadi.

Kurtz había hablado en inglés, que era el idioma en que llegaba el mensaje de Gavron. Kurtz siguió:

- Magistral, con altas miras, incisivo…

Arrancó una hoja y esperó a que la siguiente quedara impresa. Dijo: -Es cuanto una muchacha a la deriva puede esperar de su salvador. ¿No es así, Shimon?

La máquina volvió a funcionar. Kurtz dijo:

- Algunos de nuestros colegas de Jerusalén ponen en tela de juicio el que yo te haya seleccionado. Entre ellos, el señor Gavron. El señor Litvak, aquí presente, también. Pero yo no. Yo siempre tuve confianza.

Kurtz musitó una leve maldición y arrancó la segunda hoja. Kurtz volvió a hablar:

- Este Gadi es el mejor hombre con quien he tratado jamás, les he dicho. Tiene corazón de león, cabeza de poeta; sí, éstas fueron mis propias palabras. Una vida de violencia no le ha endurecido, dije. ¿Cómo se las arregla esa mujer para manejar a Gadi?

Kurtz volvió la cabeza, inclinándola a un lado, en espera de que Becker le contestara. Becker dijo:

- ¿No te has dado cuenta todavía?

Si Kurtz se había dado cuenta o no, no estaba dispuesto a decirlo. Terminado el mensaje, giró hacia la derecha, en su silla giratoria, manteniendo las hojas en posición vertical, ante su vista, para que la luz, situada a su espalda, diera en ellas. Pero, cosa rara, fue Litvak el primero en hablar. Y Litvak dio rienda suelta a un tenso y estridente estallido de impaciencia que pilló de sorpresa a sus dos colegas. Farfulló:

- ¡Dínoslo! ¿En dónde ha ocurrido? ¡Han puesto otra bomba! Kurtz meneó lentamente la cabeza, y esbozó una sonrisa por primera vez desde que llegó el mensaje. Dijo:

- Una bomba quizá, pero sin muertos, Shimon. Al menos por el momento.

Becker dijo:

- Que lea el mensaje. No permitas que te tome el pelo.

Pero Kurtz prefirió expresarse mediante circunloquios:

- Misha Gavron nos saluda y nos manda tres mensajes más. Primer mensaje: ciertas instalaciones del Líbano serán bombardeadas mañana, pero quienes lleven a cabo la misión tendrán buen cuidado de no atacar nuestras casas. -Kurtz prescindió de los papeles y dijo-: Segundo mensaje: este mensaje es una orden armónica en su contenido y agudeza a la orden que recibimos anoche a primera hora. Tenemos que prescindir del valeroso doctor Alexis a partir de ayer. No más contactos con él. Misha Gavron pasó el expediente del doctor Alexis a ciertos sabios psicólogos que han dictaminado que Alexis está más loco que una cabra.

Una vez más, Litvak comenzó a protestar. Quizá el gran cansancio provocaba en él esa clase de reacciones. Kurtz, que aún sonreía dulcemente, le dirigió unas dulces palabras que le hicieron bajar de las nubes:

- Cálmate, Shimon. Nuestro valiente jefe se está portando un poco, aunque sólo un poco, como un político, y esto es todo. Si Alexis se pasa al otro bando y se produce un escándalo que afecte a nuestras relaciones con un aliado dolorosamente necesario, Marty Kurtz, aquí presente, será quien pagará el pato. Si Alexis se mantiene fiel a nosotros, mantiene la boca cerrada y hace lo que le digamos, Misha Gavron se llevará la gloria. Ya sabéis cómo me trata Misha Gavron. Soy su judío.

Becker preguntó:

- ¿Y el tercer mensaje?

- Nuestro jefe nos recuerda que tenemos muy poco tiempo a nuestra disposición. Dice que ya tiene a los lobos en la puerta de su casa. Como es natural, se trata de nuestra casa, antes que la suya.

Siguiendo el consejo de Kurtz, Litvak se fue a hacer las maletas. Después de haberse quedado a solas con Becker, Kurtz emitió un agradecido suspiro de alivio, y, con modales mucho más tranquilos, se acercó a la cama de campaña y cogió un pasaporte francés, lo abrió y estudió sus datos, grabándoselos en la memoria. Mientras leía, Kurtz observó:

- Eres quien nos proporciona el éxito, Gadi. Si se produce alguna laguna, si tiene, necesidades especiales, dínoslo. ¿Oyes? Si, Becker le había oído. Kurtz dijo:

- Las chicas me han dicho que hacíais una buena pareja, los dos en la Acrópolis. Me han dicho que parecíais un par de estrellas de cine.

- Dales las gracias en mi nombre.

Después de coger un viejo y pelado cepillo para el pelo, Kurtz se puso ante el espejo y comenzó a peinarse. En tono reflexivo, sin parar de cepillarse el pelo, Kurtz observó:

- En un caso así, con la intervención de una muchacha, habiendo un concepto de por medio, siempre confío en la discreción del que lleva el caso. A veces es aconsejable mantener cierta distancia, y otras veces…

Becker dijo:

- Este es un caso de distancia.

Se abrió la puerta, y apareció Litvak, vestido para ir a la ciudad, con una cartera en la mano, y, solicitando la compañía de su jefe, dijo:

- Estamos llegando tarde.

Litvak dirigió una poco amistosa mirada a Becker.

Y a pesar de todo, Charlie, a pesar de que la habían manipulado, no se sentía coaccionada, al menos no se sentía coaccionada por los modales de Kurtz. Este siempre se esforzó, desde el principio, en que así fuera. Kurtz dejó bien sentado que su plan exigía una duradera base de carácter moral. Cierto es que en las primeras etapas del plan hubo ciertos fantasiosos proyectos de ejercer presión, de dominio, de dominio sexual ejercido por un Apolo menos escrupuloso que Becker, de situar a Charlie en circunstancias duras durante unas cuantas noches, antes de ofrecerle su amistad. Los sabios psicólogos de Gavron, después de haber leído el historial de Charlie, hicieron todo género de vacías propuestas, incluyendo algunas que eran un tanto brutales. Pero la experta mentalidad operacional de Kurtz ganó la batalla contra el siempre en crecimiento ejército de expertos de Jerusalén. Kurtz había alegado que los voluntarios luchan con más empeño y durante más tiempo. Los voluntarios encuentran su propia manera de convencerse a sí mismos. Y, además, si uno pretende pedir en matrimonio a una chica, es aconsejable no violarla antes.

Otros, entre los que se contaba Litvak, habían propuesto en altisonantes términos que era preciso encontrar a una chica israelí que tuviera los antecedentes de Charlie. Litvak era visceralmente opuesto, juntamente con otros, a que se utilizara a una muchacha gentil, principalmente si la muchacha era nada menos que inglesa. Kurtz se había mostrado opuesto a esta tesis, con igual vehemencia. Le gustaba la naturalidad de Charlie, y quería el original, no una imitación. Las tendencias ideológicas de Charlie no le molestaban en absoluto. Kurtz dijo que cuanto más cerca de ahogarse estuviera Charlie, más contenta estaría de subir a bordo.

Sin embargo, otra tesis, ya que el equipo era democrático, si olvidamos la natural tendencia de Kurtz a ejercer la tiranía, había propuesto que Charlie fuera cortejada durante más tiempo antes del secuestro de Yanuka, cortejo que terminaría con una oferta clara y sencilla, de acuerdo con las líneas clásicamente definidas del reclutamiento de personal para los servicios de información. Una vez más, Kurtz estranguló la propuesta apenas nacida. «Una muchacha con el temperamento de Charlie no toma sus decisiones mediante largas horas de meditación», gritó Kurtz. Y, en realidad, es preciso observar que tampoco Kurtz seguía este comportamiento. ¡Más valía ejercer presión! Más valía investigar y prepararlo todo hasta el último detalle, no conquistar a Charlie al asalto en un último esfuerzo. Becker, después de haber echado una ojeada a la muchacha, se mostró de acuerdo con Kurtz. Si, lo mejor era reclutarla al asalto.

Algunos, entre ellos Gavron, gritaron: «¡Por el amor de Dios! ¿Y si la chica dice que no? ¡Tanto trabajo, para que la novia diga no, al pie del altar!»

«En este caso, mi querido amigo Misha, habremos perdido algún tiempo, un poco de dinero, y algunas oraciones.» Y Kurtz mantuvo esta tesitura a pie y a caballo, a pesar de que entre los más íntimos, su esposa y, a veces, el propio Becker se contaban entre ellos. Kurtz confesó que corría un gran riesgo de fracasar. Aunque también cabía la posibilidad de que Kurtz jugara un poco a darse importancia. Kurtz se había fijado seriamente en Charlie desde el instante en que ésta apareció por vez primera en el congreso de los fines de semana. Si, se fijó en ella, hizo indagaciones acerca de ella, y estuvo pensando en ella. Kurtz decía: «Hay que reunir el instrumental, hay que determinar las funciones y hay que improvisar. Es preciso armonizar la operación con los recursos.»

«Pero ¿a santo de qué llevar a la chica a Grecia, Marty? Y todos los que van con ella, ¿qué? ¿Es que de repente nos hemos convertido en una institución benéfica que prodiga sus preciosos fondos secretos a desarraigados actores ingleses, con tendencias izquierdistas?»

Pero Kurtz siguió inconmovible. Desde un principio pidió que le concedieran el derecho a la flexibilidad, sabedor que, después, le impondrían condiciones. Dijo que, como fuere que la odisea de Charlie comenzaría en Grecia, más valía trasladarla a Grecia con tiempo, ya que en Grecia el ambiente de extranjería y la magia de su situación la alejaría de los vínculos domésticos. Era preciso dejar que el sol la ablandara. Y como fuera que Alastair no la dejaría ir sola, más valía que Alastair también fuera allá, y que fuese apartado en el momento psicológico oportuno, privando así a Charlie del apoyo de Alastair. Y como fuera que todos los actores se reúnen en familias, y no se sienten seguros cuando no cuentan con la protección del rebaño, y como sea que no había otro método para llevar a la pareja al extranjero… Y de esta manera, con una concatenación de argumentaciones, se formó el hilo lógico de una ficción, y la ficción se convirtió en una tela de araña que los abarcó a todos.

En lo referente al apartamiento de Alastair, digamos que dio lugar, en aquel mismo día, en Londres, a un divertido estrambote a todo lo planeado hasta el presente momento. La escena se produjo, ni más ni menos, en los dominios del pobre Ned Quilley, mientras Charlie todavía dormía profundamente, y Ned se obsequiaba a sí mismo con un pequeño refresco, en la intimidad de su despacho, en vistas a enfrentarse con los rigores del almuerzo. Se encontraba en trance de abrir la botella cuando tuvo el sobresalto de oír un torrente de palabrotas, pronunciadas con fuerte acento celta, masculino, procedentes del cuartito en que trabajaba la señora Longmore, en el piso inferior, torrente de obscenidades que terminó con la exigencia de que la señora Longmore sacara «al viejo chivo de su guarida antes de que vaya yo y personalmente le arrastre de la covacha». Preguntándose cuál sería, entre todos sus excéntricos clientes, el que había decidido tener un ataque de nervios en escocés y antes del almuerzo, Quilley anduvo delicadamente de puntillas hasta la puerta y aplicó el oído. Pero no pudo reconocer la voz. Instantes después se oía un terremoto de pasos, la puerta se abría violentamente, y Quilley vio ante sí la balanceante figura de Long Al, a quien conocía de sus ocasionales visitas al camerino de Charlie, en donde Alastair solía esperar que Charlie terminara la representación, lo cual hacía con la ayuda de una botella, durante los largos períodos de inactividad que el muchacho padecía. Ahora, Alastair iba hecho un cerdo, con barba de tres días, y una borrachera que no se tenía. En su mejor estilo de Pickwick, Quilley intentó preguntar a Alastair cuál era el motivo de aquel escándalo, pero más le hubiera valido ahorrarse el aliento. Además, Quilley había vivido bastantes escenas de aquel mismo tipo, en sus buenos tiempos, y la experiencia le había enseñado que lo mejor era hablar lo menos posible.

De forma harto halagüeña, Alastair comenzó diciendo, meneando el dedo índice bajo las mismísimas narices de Quilley:

- ¡Viejo y despreciable mariconazo, mezquino e intrigante simio, te voy a partir el pescuezo!

Quilley dijo:

- ¿Y con qué motivo, mi querido amigo?

Desde el piso inferior, la señora Longmore gritó:

- ¡Ahora mismo llamo a la policía, señor Quilley! ¡Estoy ya marcando el nueve, nueve, nueve!

Severamente, Quilley dijo:

- O se sienta usted y explica inmediatamente el motivo de su visita o la señora Longmore llamará a la policía.

La señora Longmore, que en alguna que otra ocasión había tenido que actuar de forma semejante, gritó:

- ¡Estoy llamando!

Alastair se sentó. Quilley, altivo dominador de la situación, dijo:

- Bien, bien… Creo que una buena taza de café no le sentará mal, mientras me explica qué he podido hacer para ofenderle.

La lista de agravios era larga. Quilley los había engañado. En beneficio de Charlie. Había fingido la existencia de una imaginaria empresa cinematográfica. Había conseguido que alguien mandara telegramas a Mikonos. Había urdido una conspiración con astutos amigos de Hollywood. Había comprado billetes de avión. Y todo para dejar a Alastair en ridículo ante sus amigos. Y para conseguir que se apartara de Charlie.

Poco a poco, Quilley se enteró de la historia. Una empresa cinematográfica de Hollywood, llamada Pan Talent Celestial, había llamado por teléfono, desde California, a su representante en Inglaterra, diciéndole que su principal actor había caído enfermo, y que pedían que se hicieran pruebas inmediatamente a Alastair, en Londres. Estaban dispuestos a pagar lo que fuera, con tal de que Alastair acudiera, y cuando supieron que se encontraba en Grecia mandaron un cheque de mil dólares al agente en Londres. Alastair regresó a toda velocidad, y estuvo esperando impacientemente durante una semana, sin que le hicieran prueba alguna. Los telegramas decían: «ESPERE.» Y todo se desarrolló mediante telegramas, lo cual no dejaba de ser curioso. Otro telegrama decía: ((PREPARATIVOS EN MARCHA.» Nueve días después, cuando Alastair ya se encontraba en un estado rayano con la demencia, recibió instrucciones para presentarse en los Shepperton Studios, y preguntar por cierto Pete Vychinsky, en el estudio D.

No había tal Vichinsky en lugar alguno. No había tal Pete.

El agente de Alastair llamó al teléfono de Hollywood. La telefonista le dijo que Pan Talent Celestial había cancelado su abono telefónico. El agente de Alastair llamó a otros agentes. Nadie había oído hablar de Pan Talent Celestial. Tragedia. La lógica de Alastair, que era tan buena como la de cualquier mortal, en el curso de dos días de borrachera, y después de hacer balance de lo que le quedaba de los mil dólares de gastos, le había inducido a concluir que la única persona que tenía motivos y habilidad suficiente para jugarle tan mala pasada era Ned

Quilley, conocido en el oficio con el nombre de el Desesperante Quilley, quien jamás había ocultado la antipatía que sentía por Alastair, y que Alastair era la mala influencia que llevaba a Charlie a la adopción de reprobables ideas políticas. En consecuencia, Alastair había visitado personalmente a Quilley, con la idea de retorcerle el pescuezo. Sin embargo, después de haber tomado unas cuantas tazas de café, Quilley comenzó a manifestar su imperecedera admiración hacia su visitante, y, por fin, ordenó a la señora Longmore que llamara un taxi porque tenía que irse urgentemente.

Aquel mismo día, al atardecer, mientras Quilley estaba sentado en el jardín tomando el sol muriente, antes de la cena -los Quilley habían gastado dinero, recientemente, en unos cuantos decentes muebles para tener al aire libre, de hierro fundido, pero siguiendo los originales modelos victorianos-, Marjory escuchó gravemente el relato de su marido, y después, con gran indignación por parte de Ned, Marjory se echó a reír. Luego, Marjory dijo:

- ¡Qué traviesa es esa chica! ¡Seguramente ha encontrado un amante rico que, pagando, la ha desembarazado de Alastair!

A continuación, Marjory vio la cara de su marido: empresas norteamericanas sin domicilio, números de teléfonos que no con-testan, cineastas que no se encuentran… Y todo ello ocurría alrededor de Charlie y de Ned.

En el colmo de la desdicha, Quilley dijo:

- Y hay cosas peores.

- ¿Por ejemplo?

- Han robado todas las cartas de Charlie.

- ¿Qué?

Quilley dijo que habían robado todas las cartas manuscritas de Charlie. Las cartas fechadas en el curso de los últimos cinco años o más. Todas sus íntimas notitas, escritas mientras se hallaba de gira o en un momento de soledad. Notas maravillosas. Retratos de productores teatrales o de compañeros. Dibujitos que a Charlie le gustaba trazar cuando se sentía feliz. Todo desaparecido. Lo sacaron de los archivos. Lo hicieron aquellos horrendos norteamericanos que no quisieron beber; sí, el tal Karman y su sacasillas. A la señora Longmore le dio un ataque. Y la señora Ellis se puso enferma.

Marjory aconsejó a su marido que les escribiera una carta dejándolos como chupa de dómine.

En el colmo de la desdicha, Quilley dijo:

- ¿Para qué? ¿Y a qué señas?

Marjory le dijo que hablase con Brian.

Si; bueno, Brian era su abogado, pero ¿qué diablos podía hacer un abogado?

Laciamente, Quilley entró en su casa, se sirvió un buen trago, y conectó la televisión, sólo para ver, en el boletín de noticias de última hora de la tarde, un reportaje sobre el último bestial atentado con bombas, que había tenido lugar en algún lugar u otro. Ambulancias, policías llevándose a los heridos… Pero Quilley no estaba de humor para tan frívolas distracciones. No hacía más que repetirse, en su fuero interno, que habían saqueado literalmente el historial de Charlie. ¡Y ha sido un cliente, maldita sea! ¡Y en mi propio despacho! Y el hijo del viejo Quilley estaba sentado en su despacho, haciendo una siestecilla, mientras aquella gente actuaba… Hacía muchos años que no se llevaba un disgusto parecido.

Si soñó, no tuvo recuerdo de ello al despertar. 0 quizá, al igual que Adán, al despertar descubrió que su sueño se había convertido en realidad, puesto que lo primero que vio fue un vaso con naranjada recién hecha, junto a la cama, y lo segundo que vio fue a Joseph yendo muy decidido de un lado para otro, abriendo alacenas, y descorriendo las cortinas para que entrara la luz del sol. Fingiendo seguir dormida, Charlie le observó con los párpados entornados, tal como había hecho anteriormente en la playa. Vio la línea de su espalda herida. La primera y leve escarcha del paso del tiempo en las sienes, sobre su cabello negro. Y, una vez más, la camisa de seda, con sus gemelos de oro.

Charlie preguntó:

- ¿Qué hora es?

- Las tres. -Tiró de la cortina y añadió-: De la tarde. Ya has dormido bastante. Tenemos que ponernos en marcha.

Y Charlie creyó ver, también, una cadena de oro en el cuello, con la medalla metida debajo de la camisa. Charlie preguntó:

- ¿Cómo sigue el labio?

- Parece que no podré volver a cantar.

Se acercó a un viejo armario pintado del que extrajo un caftán azul que dejó sobre una silla. Charlie no vio señales en la cara de Joseph, aunque sí marcadas ojeras de cansancio. Charlie pensó que Joseph seguramente no se había acostado, y recordó lo absorto que había estado con sus papeles sobre la mesa. Si, seguramente había terminado aquel trabajo.

- ¿Recuerdas la conversación que tuvimos antes de que te acostaras, esta mañana? Cuando te levantes, te ruego que te pongas este vestido, así como la ropa interior que encontrarás en esta caja. Quiero que hoy vayas vestida de azul y que lleves el cabello suelto, sin moños.

Charlie le corrigió:

- Trenzas.

Joseph hizo caso omiso de la corrección. Dijo:

- Esta ropa es un regalo que te hago, y tendré sumo placer en decirte lo que debes llevar y el aspecto que debes tener. Siéntate en la cama, por favor, y mira bien este cuarto.

Charlie iba desnuda. Poniéndose la sábana junto a la barbilla, se incorporó cautelosamente, quedando sentada en la cama. Una semana atrás, en la playa, Joseph hubiera podido estudiar el cuerpo de Charlie cuanto hubiera querido. Sí, pero de ello hacía va una semana. Joseph dijo:

- Apréndete de memoria todo lo que veas en este cuarto. Somos amantes en secreto, y éste es el dormitorio en el que hemos pasado la noche. Si, la cosa pasó así: nos reunimos en Atenas, vinimos a esta casa y la encontramos desierta. Sin Marty, sin Mike, sin nadie; sólo tú y yo.

- ¿Y tú quién eres?

- Aparcamos el automóvil donde lo aparcamos. Cuando llegamos, había una luz en el porche. Abrí la puerta, y, cogidos de la mano, subimos corriendo la ancha escalinata.

- ¿Y el equipaje qué?

- Dos piezas. Mi cartera de negocios, y tu bolsa de viaje. Yo llevé las dos piezas.

- En este caso, ¿cómo te las arreglaste para cogerme la mano?

Charlie pensó que quizá se estaba excediendo con sus preguntas, pero la precisión de las mismas pareció agradar a Joseph, quien dijo:

- Llevaba la bolsa para colgar del hombro, con la correa rota, debajo del brazo derecho, y la cartera en la mano del mismo lado. Yo iba a tu derecha, y mi mano izquierda estaba libre. Encontramos el cuarto exactamente tal como está ahora, con todo dispuesto. Tan pronto hubimos cruzado la puerta nos abrazamos. No podíamos contener nuestro deseo ni un segundo más.

En dos pasos, Joseph se acercó a la cama, y comenzó a buscar por entre las revueltas sábanas, hasta que encontró la blusa de Charlie, que sostuvo ante la cara de ésta para que la viera. Estaba desgarrada en la parte correspondiente a todos sus ojales, y faltaban dos botones.

Joseph dijo:

- Frenesí. -Y lo dijo como si «frenesí» fuera el nombre del día de la semana, con la misma indiferencia. Añadió-: ¿Es ésta la palabra adecuada?

- Es una de las palabras adecuadas.

- Bueno, pues frenesí.

Echó la blusa a un lado y se permitió sonreír levemente. Dijo: -¿Quieres café?

- Me parece una estupenda idea.

- ¿Pan? ¿Yogur? ¿Aceitunas?

- Sólo café.

Joseph había ya llegado a la puerta, cuando Charlie le dijo en voz más alta:

- Lamento mucho haberte raptado, Joseph. Hubieras debido montar una de esas contraofensivas que montan los israelíes y derrotarme antes de que se me ocurriera la idea.

La puerta se cerró, y Charlie oyó los pasos de Joseph alejándose por el pasillo. Charlie se preguntó si algún día volvería. Sintiéndose absolutamente irreal, saltó cautelosamente de la cama. «Es una pantomima», pensó. Trenzas de oro, en la cueva de los osos. Las pruebas de su imaginaria noche de amor se encontraban en todas partes: una botella de vodka, de la que faltaba un tercio del líquido, flotando en el agua de una cubitera, dos vasos usados, dos cuencos con fruta, dos platos con restos de tarta de manzana y semillas de uvas, el blazer rojo sobre una silla, la elegante cartera de cuero negro, con bolsillos a los lados, que formaba parte del equipo de virilidad de todo joven ejecutivo que se precie, colgando de la puerta un kimono de karate, Hermes de París, también de Joseph, de gruesa seda negra. En el cuarto de baño, el neceser de colegiala de Charlie, de piel de becerro, junto a sus esponjas. Charlie podía elegir entre dos toallas, eligió la que estaba seca. Cuando examinó su caftán azul pudo comprobar que era relativamente lindo, de gruesa tela de algodón, con el cuello púdicamente alto, y teniendo todavía, dentro, el papel de seda de la tienda, que era Zelide, Roma y Londres. La ropa interior era propia de una fulana cara, negra y de la medida de Charlie. En el suelo había una bolsa para llevar colgada al hombro, nueva, de cuero, y un par de elegantes sandalias sin tacón. Se probó una Le sentaba a la perfección. Charlie se vistió, y estaba cepillándose el cabello cuando Joseph regresó al dormitorio con una bandeja en la que llevaba el café. Joseph podía moverse pesadamente, y también podía moverse con tal levedad que parecía que la película se había quedado sin banda sonora. Era una persona dotada de una amplia gama de pesos y levedades.

Mientras depositaba la bandeja en la mesa, Joseph observó:

- Tienes un aspecto excelente, hoy.

- ¿Excelente?

- Estás hermosa, encantadora, radiante. ¿Has visto las orquídeas?

No, pero las vio ahora, y el estómago de Charlie dio un vuelco de manera parecida al que había dado en la Acrópolis. Vio las hojas doradas y rojizas, con un envoltorio blanco, junto a un jarrón. Despacio, Charlie terminó de cepillarse el cabello, cogió el envoltorio, v se lo llevó al diván en el que se sentó. Joseph siguió de pie. Del envoltorio, Charlie extrajo una sencilla tarjeta con las palabras «Te quiero», escritas con caligrafía inclinada, poco inglesa, y con la conocida firma «M».

- ¿Qué te recuerda?

Secamente, después de haber efectuado demasiado tarde la conexión de recuerdos, Charlie repuso:

- Lo sabes muy bien.

- Pues dímelo.

- Nottingham, el teatro Barrie. York, el Phoenix. Stratford East, el Cockpit. Tú, agazapado en primera fila y mirándome con ojos de ternero degollado.

- ¿Es la misma escritura?

- La misma escritura, el mismo texto, y las mismas Flores. -Me conoces por Michel. «M» significa Michel.

Joseph abrió su elegante cartera negra y comenzó a meter rápidamente sus ropas dentro. Sin mirar a Charlie, dijo:

- Yo soy cuanto has deseado en la vida. Para realizar el trabajo, no sólo debes recordarlo, sino también creerlo, sentirlo y soñarlo. Estamos construyendo una nueva realidad, una realidad mejor.

Charlie dejó la tarjeta, y se sirvió café, haciéndolo lentamente para contradecir las prisas de Joseph. Charlie dijo:

- ¿Y quién dice que esa realidad es mejor?

- Pasaste las vacaciones en Mikonos con Alastair, pero secretamente, en el fondo de tu corazón, esperabas mi llegada, esperabas a Michel. -Joseph entró en el cuarto de baño y regresó con su neceser. Dijo-: No soy Joseph, soy Michel. Tan pronto terminaste las vacaciones te apresuraste a ir a Atenas. En el barco dijiste a tus amigos que querías estar sola durante unos días. Fue una mentira. Tenías una cita con Michel, no con Joseph. -Arrojó el neceser en la cartera y prosiguió-: Fuiste en taxi al restaurante y allí me en-contraste. A mi, a Michel. Con mi camisa de seda y mis gemelos de oro. Pedimos langosta. Te hice con unos prospectos para enseñártelos. Comimos lo que comimos, y muy excitados hablamos de dulces tonterías, como suelen hacer los enamorados secretos cuando se reúnen. -Descolgó el negro kimono que colgaba de la puerta y siguió-: Di una cuantiosa propina y me guarde la nota, como tu pudiste observar. Luego te llevé a la Acrópolis, en una excursión única, prohibida. Un taxi especial, mi taxi, nos aguardaba. Me dirigí al taxista llamándole Dimitri…

Charlie le interrumpió, diciéndole con voz átona:

- ¿Y ésta fue la única razón por la que me llevaste a la Acropolis?

- No fui yo quien te llevo allá. Fue Michel. Michel es un hombre que está orgulloso de dominar idiomas y de saber comportarse.

Le gusta lucirse, le gustan los gestos románticos, le gustan los cambios bruscos. Michel es tu mago.

- Los magos no me gustan.

- También está genuinamente interesado en la arqueología, aunque sus conocimientos son superficiales, como pudiste observar.

- En este caso, ¿quién me besó?

Plegando cuidadosamente el kimono, lo dejó en la cartera. Era el primer hombre que sabía hacer una maleta que Charlie veía en su vida.

- La principal razón práctica por la que te llevó a la Acrópolis consistió en poder hacerse cargo discretamente del Mercedes, auto-móvil que, por razones que Michel sabría, no quería meter en el centro de la ciudad, en una hora punta. Tú no te haces pregunta alguna acerca del Mercedes, sino que lo aceptas como parte del ambiente mágico que se crea cuando estas conmigo, de la misma forma que aceptas como un favor clandestino todo lo que hacemos. Lo aceptas todo. Date prisa, por favor. Tenemos que hacer un largo viaje en automóvil, y tenemos mucho que hablar.

- ¿Acerca de que? ¿Estas enamorado de mí o se trata de un juego?

Mientras esperaba que le contestara, Charlie tuvo una visión en la que Joseph se echaba físicamente a un lado, para permitir que la propia Charlie pasara junto a el, velozmente y sin riesgo, para dirigirse hacia la oscura figura de Michel.

- Tú amas a Michel y crees que Michel te ama.

- Pero ¿estoy equivocada o no?

- Michel dice que te ama y te da pruebas de ello. ¿Qué más puede hacer un hombre para convencerte, ya que, a fin de cuentas, no puedes estar en el interior de su cabeza?

Joseph inició un nuevo recorrido de la habitación, recogiendo cosas. Se detuvo ante la cartulina que acompañaba a las orquídeas. Charlie preguntó:

- ¿De quien es esta casa?

- Jamás contesta esa clase de preguntas. Mi vida es un enigma para ti. Lo fue desde el instante en que nos conocimos y sigue siéndolo. -Cogió la cartulina y la entrego a Charlie-. Consérvala en tu nueva bolsa. A partir de ahora quiero que conserves con cariño estos pequeños recuerdos de mi. ¿Ves esto?

Joseph levanto un poco la botella de vodka de la cubitera. Dijo:

- Por ser hombre, bebo más que tú, como es natural. Pero la bebida me sienta mal. El alcohol me da dolor de cabeza y, a veces, vómito. De todas formas, lo que prefiero es el vodka. -Dejó caer la botella en la cubitera. Siguió-: En cuanto a ti, pues si, de vez en cuando tomas una copa, debido a que soy hombre tolerante, pero, en términos generales, no me gusta que las mujeres beban. -Cogió un plato sucio y lo mostró a Charlie-: Soy goloso. Me gusta el chocolate, los dulces y la fruta. En especial la fruta. Las uvas, pero han de ser uvas verdes, como las de mi pueblo. ¿Y qué comió Charlie anoche?

- No comí. No, cuando ocurren cosas como las de anoche no como. Sólo me fumo mi porro de después del coito.

- Mucho me temo que no permito fumar en el dormitorio. En el restaurante de Atenas te permití fumar porque soy tolerante. Incluso en el Mercedes te permito fumar de vez en cuando. Pero en el dormitorio jamás. En el caso de que anoche tuvieras sed, bebiste agua del grifo. -Comenzó a ponerse el blazer rojo y preguntó-: ¿Te fijaste en el ruido que producía el grifo?

- No.

- Pues en este caso, el grifo no hizo ruido. A veces hace ruido y otras veces no.

Mirándole fijamente, Charlie dijo:

- Es un árabe, ¿verdad? Es el típico árabe machista. Y el automóvil que llevas se lo robaste a él.

Joseph cerraba la cartera de hombre de negocios. Se irguió y la miró fijamente durante un segundo, en parte de una manera calculadora y, en parte, como Charlie no pudo dejar de advertir, rechazándola. Joseph repuso:

- Bueno, yo diría que es algo más que un árabe. Y es algo más que machista. No es vulgar en manera alguna, y menos desde tu punto de vista. Acércate a la cama, por favor.

Joseph esperó en silencio, mirando fijamente a Charlie, hasta que éste llegó al lado de la cama. Entonces dijo:

- Mete la mano debajo de mi almohada. Despacio… ¡Con cuidado! Duerme siempre en el lado derecho.

Cautelosamente, obedeciendo la orden de Joseph, Charlie metió la mano bajo la almohada, que imaginó oprimida por el peso de la cabeza de Joseph.

- ¿Lo has encontrado? Ya te dije que tuvieras cuidado.

- Si, Joseph.

Charlie lo había encontrado.

- Levántala con cuidado. No tiene el seguro puesto. Michel no tiene la costumbre de avisar, antes de disparar. La pistola es como nuestro hijo. Comparte la cama con nosotros. La llamamos «nuestro hijo». Incluso cuando hacemos apasionadamente el amor jamás tocamos esa almohada y jamás olvidamos qué hay debajo de ella. Esta es la manera en que vivimos. ¿Te das cuenta de que no soy vulgar?

Charlie miró la pistola que sostenía en la palma de la mano. Era pequeña, de color castaño y de bonitas proporciones. Joseph preguntó:

- ¿Has manejado alguna vez un arma como ésta?

- A menudo.

- ¿Dónde? ¿Contra quién?

- En el escenario, noche tras noche.

Charlie entregó la pistola a Joseph y vio cómo se la metía en un bolsillo del blazer tan tranquilamente como si fuera el billetero. Detrás de Joseph, Charlie bajó la escalera. La casa estaba desierta y sorprendentemente fría. El Mercedes esperaba en el patio. Al principio, Charlie sólo quería irse, ir a cualquier sitio, salir, ir hacia la carretera y hacia la compañía entre los dos. La pistola le había atemorizado y Charlie necesitaba moverse. Pero en el momento en que el automóvil comenzó a alejarse a lo largo del sendero, algo indujo a Charlie a volver la vista atrás y a mirar el resquebrajado yeso amarillento, las rojas flores, las ventanas cerradas, y las viejas tejas rojas. Y se dio cuenta, demasiado tarde, de lo bonito que era aquello, de lo acogedor que le parecía precisamente en el momento en que se iba. Decidió: «Es la casa de mi juventud, de una de las muchas juventudes que jamás he tenido. Es la casa de la que nunca salí para casarme. Si, Charlie vestida de blanco y no de azul, con mi madre llorando, y yo diciendo adiós a todo eso.»

En el momento en que el automóvil se unía al torrente circulatorio de la tarde, Charlie preguntó:

- ¿Existimos también nosotros? ¿O sólo existen los otros dos? Una vez más, Joseph dejó pasar cierto tiempo, antes de contestar. Por fin dijo:

- Claro que existimos. ¿Por qué no vamos a existir?

Y esbozó su encantadora sonrisa, aquella sonrisa que hubiera inducido a Charlie a hacer cualquier cosa. Joseph dijo:

- Somos berkeleyanos, ¿sabes? Si nosotros no existiéramos, ¿cómo podrían existir los otros dos?

Charlie se preguntó qué diablos era un berkeleyano. Pero su orgullo le impidió preguntarlo.

Joseph llevaba veinte minutos, de acuerdo con el reloj de cuarzo del salpicadero, sin decir palabra. Sin embargo, Charlie no había advertido que Joseph se relajara, sino antes bien algo parecido a una preparación para pasar al ataque.

De repente, Joseph dijo:

- Bueno, Charlie, ¿estás dispuesta?

- Si, Joseph, estoy dispuesta.

- El día veintiséis de junio, viernes, tú estabas interpretando la Santa Juana, en el teatro Barrie de Nottingham. Pero tú no actuabas con tus compañeros habituales. Llegaste en el último instante para sustituir a una actriz que había incumplido su contrato. Llegas tarde, la iluminación aún no es completa, te has pasado el día entero ensayando, y dos actores padecen gripe. Por el momento, ¿recuerdas claramente todo lo anterior?

- Vívidamente.

Desconfiando de la ligereza con que Charlie había contestado, Joseph le dirigió una mirada inquisitiva, pero, al parecer, nada censurable descubrió. Oscurecía rápidamente, pero la concentración de Joseph tenía la fuerza inmediata de la luz solar. Charlie pensó: «Está en su elemento; esto es lo mejor que hace en su vida; este impulso implacable es la explicación que hasta el momento faltaba.»

- Minutos antes de que se levantara el telón te dejaron en la puerta de artistas unas orquídeas doradas y castañas, con una nota dirigida a Joan, Juana, que decía: «Joan, te quiero infinito.»

- No hay puerta de artistas.

- Hay una puerta trasera para entregar material de escenario. Tu admirador llamó a la puerta y dejó las orquídeas en manos de un portero, un tal señor Lemon, juntamente con un billete de cinco libras. El señor Lemon quedó debidamente impresionado por semejante propina, y prometió entregarte las orquídeas al instante. ¿Lo hizo?

- Entrar en los camerinos de las señoras sin anunciarse previamente es la especialidad de Lemon.

- Muy bien. ¿Y qué hiciste al recibir las orquídeas?

Charlie, después de dudar, preguntó:

- La firma era «M».

- Efectivamente. ¿Qué hiciste?

- Nada.

- Tonterías.

Charlie, picada, contestó:

- ¿Qué iba a hacer? Faltaban diez segundos para que me llamaran a escena.

Un camión cubierto de polvo avanzaba velozmente hacia ellos, invadiendo su carril. Con mayestática indiferencia, Joseph metió el Mercedes en el suave margen de la carretera y aceleró para evitar el patinazo. Dijo:

- O sea que arrojaste unas orquídeas que valían treinta libras a la papelera, encogiste los hombros y saliste a escena. Perfecto, te felicito.

- Las puse en agua.

- ¿Y dónde pusiste el agua?

La imprevista pregunta tuvo la virtud de avivar la memoria de Charlie:

- Una jarra pintada. Por las mañanas, el teatro Barrie es una escuela de artes plásticas.

- Es decir, encontraste una jarra, la llenaste de agua pusiste las orquídeas en el agua. Bien. ¿Y qué era lo que sentías mientras hacías esto? ¿Te sentías impresionada? ¿Excitada?

La pregunta pilló a Charlie en un momento de indefensa desorientación:

- Pues seguí la comedia. -Y soltó una risita, sin quererlo. Luego añadió-: Esperé a ver quién venía a visitarme.

Se habían detenido ante un semáforo. La quietud creó una nueva intimidad. Joseph preguntó:

- Y el «te amo», ¿qué?

- Esto es teatro, ¿no? En el teatro todo el mundo ama a todo el mundo, en algún momento u otro. Sin embargo, el «infinitamente» me gustó. Si, era una demostración de clase.

La luz del semáforo cambió, y reanudaron la marcha.

- ¿No se te ocurrió examinar al publico a ver si había algún conocido?

- No tenía tiempo.

- ¿Y en el entreacto?

- En el entreacto miré, pero no vi a conocido alguno.

- Y después de la representación, ¿qué hiciste?

- Regresé a mi camerino, me cambié, esperé un poco. Pensé: «¡Al cuerno!», y me fui a

casa.

- Al decir «a casa», ¿quieres decir al hotel Astral Commercial, cerca de la estación del ferrocarril?

Charlie había perdido, hacía ya tiempo, la capacidad de que Joseph la sorprendiera. Repuso:

- Sí, «casa» significa el Astral Commercial, cerca de la estación.

- ¿Y las orquídeas?

- Me las llevé al hotel.

- Sin embargo, no preguntaste al señor Lemon cómo era la persona que te había obsequiado con las orquídeas.

- Lo hice al día siguiente. No la misma noche.

- ¿Y qué te contestó el señor Lemon?

- Me dijo que era un caballero extranjero, pero respetable. Le pregunté la edad. Me dirigió una sonrisa picaresca y repuso que tenía la edad adecuada. Intenté recordar a un M extranjero, pero no lo conseguí.

- ¿En toda tu colección de individuos no encontraste ni un solo M extranjero? Me defraudas.

- Ni uno.

Los dos sonrieron durante un breve instante, pero no se sonrieron el uno al otro.

- Bueno, Charlie, y ahora pasemos al segundo día, el sábado, con sus dos sesiones.

- Sí, allí estuviste tú, en medio de la primera fila, con tu blazer rojo, la mar de elegante, rodeado de sucios colegiales, todos tosiendo y yendo al retrete cada dos por tres.

Irritado por la ligereza de la contestación de Charlie, Joseph condujo en silencio, centrando su atención en la carretera durante un rato. Y cuando Joseph volvió a la carga con sus preguntas, lo hizo con unos acentos preocupados que tenían su reflejo en el gesto de cejas fruncidas, un poco al estilo de un maestro de escuela. Dijo:

- Me gustaría que me dijeras con exactitud cuáles eran tus sentimientos, Charlie. Es media tarde, la sala recibe un poco de luz del día debido a la mala calidad de las cortinas. Antes parece que estamos en un aula grande que en una sala teatral. Yo me encuentro en primera fila, tengo aspecto claramente extranjero, o, por lo menos, modales extranjeros, con ropas extranjeras. Se me ve de una forma muy destacada, allí, rodeado de colegiales. Tú tienes la descripción que Lemon dio de mí y, además, yo no aparto la vista de ti ni un instante. ¿No sospechaste en momento alguno que yo era el que te había obsequiado con las orquídeas, el extraño individuo que se firmó «M» y que dijo amarte infinitamente?

- Naturalmente. Es más: lo sabía de cierto.

- ¿Cómo? ¿Buscaste la confirmación de Lemon?

- No hacía falta. Lo sabía de cierto. Te vi allí, mirándome, y pensé: «Mira, es éste.» Fueses quien fueres. Después, cuando bajó el telón dando fin a la primera sesión, y tú te quedaste en el asiento y sacaste la entrada de la segunda representación…

- ¿Y cómo sabes que hice esto? ¿Quién te lo dijo?

- ¿También tú eres así? -pensó Charlie, añadiendo un duramente ganado dato más acerca de Joseph-. Tan pronto consigues lo que quieres te transformas en un supermacho rebosante de sospechas.» Contestó:

- Tú mismo lo has dicho. Era una pequeña compañía en un teatro pequeño. Pocas veces nos regalan orquídeas. El promedio es una vez cada diez años, y tenemos a muy pocos fanáticos que se queden a ver dos veces seguidas la misma representación.

Charlie no pudo resistir la tentación y preguntó:

- ¿Te aburriste mucho, Joseph? Me refiero a la representación. A fin de cuentas, la viste dos veces seguidas. ¿O te divertiste? Sin dudarlo un instante, Joseph repuso:

- Fue el día más monótono de mi vida.

Luego, su rostro perdió toda su rigidez, y dibujó la mejor de las sonrisas, de manera que, durante unos instantes, causó la impresión de haber cruzado las rejas de aquel lugar en que estaba siempre encerrado, fuera cual fuese. Dijo:

- En realidad, estimé que eras excelente.

En esta ocasión, Charlie no puso objeción alguna al adjetivo empleado por Joseph. Dijo:

- Joseph, ¿quieres hacer el favor de estrellar el automóvil? Sería para mí maravilloso. Me gustaría morir así de feliz.

Y antes de que Joseph pudiera impedírselo, Charlie le cogió la mano y le dio un beso en el nudillo del dedo pulgar.

La carretera era recta, pero con baches. Las colinas y los árboles a uno y otro lado estaban empolvados con un lunar polvillo procedente de una fábrica de cemento. Los dos se encontraban en una misma cápsula, en la que la cercanía de otros objetos móviles sólo servía para dar más intimidad a su mundo privado. Charlie pensaba constantemente en Joseph y en su historia. Charlie era una chica soldado, aprendiendo a ser soldado. El le preguntó:

- Además de las orquídeas, ¿recibiste otros regalos mientras actuabas en el teatro Barrie?

Estremeciéndose, y antes de fingir siquiera que se esforzaba en recordar, Charlie repuso:

- Si., la caja.

- ¿Qué caja?

Charlie había previsto la pregunta, y ya se disponía a dar una exhibición teatral de lo mucho que Joseph le desagradaba, que era lo que Charlie creía que Joseph quería:

- Fue una especie de bromita de mal gusto. Algún cretino me mandó una caja al teatro. Fue un envío certificado y urgente.

- ¿Cuándo ocurrió?

- El sábado. El mismo día en que viste las dos sesiones.

- ¿Y qué contenía la caja?

- Nada. Se trataba de una cajita de joyero, vacía. Certificada y vacía.

- ¡Qué raro!… ¿Y la etiqueta del envoltorio? ¿Te fijaste en ella? -Estaba escrita con un bolígrafo azul. En mayúsculas.

- Pero si el envío fue certificado, forzosamente tenía que constar el remitente.

- Ilegible. Parecía decir «Marden». También podía ser «Hordern». Algún hotel de la localidad.

- ¿Dónde la abriste?

- En el camerino, entre la primera y la segunda sesión.

- ¿Estabas sola?

- Sí.

- ¿Y a qué conclusión llegaste?

- Pensé que alguien quería molestarme por razón de mis convicciones políticas. Había ocurrido anteriormente. Cartas insultantes. Amante de negros. Roja pacifista. En cierta ocasión me arrojaron una de esas cosas que llamamos bomba fétida, por la ventana de mi camerino. Pensé que la caja era una de esas cosas.

- ¿Asociaste la caja vacía con las orquídeas?

- ¡Joseph, las orquídeas me gustaron mucho! ¡Y tú también!

Joseph había detenido el automóvil. Lo hizo en un apartadero junto a una zona industrial. Los camiones pasaban zumbando. Por un momento, Charlie pensó que Joseph iba a actuar apasionadamente y abalanzarse sobre ella, tan paradójica y desorientada era la tensión que la muchacha experimentaba. Pero no fue esto lo que Joseph hizo, sino que metió la mano en la bolsa de la puerta del automóvil, y entregó a Charlie un sobre reciamente reforzado, certificado, con lacre, que contenía algo duro y cuadrado, reproducción del objeto que Charlie había recibido el día del que habían estado hablando. Llevaba matasellos de Nottingham, y la fecha era la del veinticinco de junio. En la parte frontal constaba el nombre de «Charlie», y las señas del Barrie, todo ello escrito con bolígrafo azul. En el dorso, estaba la misma ilegible palabra del remitente.

Mientras Charlie daba lentas vueltas al sobre, Joseph dijo solemnemente:

- Ahora vamos a hacer teatro. Sobre la vieja realidad vamos a imponer el nuevo teatro.

Hallándose demasiado cerca de Joseph para sentirse segura de sí misma, Charlie guardó silencio. Joseph dijo:

- El día ha sido complicado, tal como lo fue aquel día. Tú te encuentras en el camerino, entre una sesión y otra. El paquete, todavía no abierto, está ante ti. ¿Cuánto tiempo falta para que tengas que entrar de nuevo en escena?

- Diez minutos. Quizá menos.

- Muy bien. Ahora, abre el paquete.

Charlie dirigió una furtiva mirada a Joseph, y vio que éste tenía la vista fija en el horizonte, cual si contemplara a un enemigo. Bajó la vista al paquete y volvió a mirar a Joseph. Metió un dedo en el sobre y lo desgarró. Era la misma roja caja de joyero, aunque más pesada. Vio un pequeño sobre blanco, sin cerrar, con una tarjeta blanca en su interior. En la tarjeta leyó: «Para Joan, espíritu de mi libertad. Eres fantástica. Te quiero.» La caligrafía era inconfundible, pero la firma, en lugar de «M» era «Michel», palabra escrita en letras grandes, con el trazo final de la «l» retrocediendo, alargado, para dar mayor importancia al nombre. Charlie cogió la caja y sintió un suave y excitante golpe en su interior.

Con cómicos acentos, Charlie dijo:

- ¡Santo Dios!

Pero no consiguió con ello aliviar la tensión que la embargaba, ni la que embargaba a Joseph. Charlie dijo:

- ¿La abro? ¿Qué hay dentro?

- ¿Cómo voy a saberlo? Haz lo que debes.

Charlie levantó la tapa. Sobre el forro de satén reposaba un grueso brazalete de oro con piedras azules.

En voz baja, Charlie exclamó:

- ¡Cristo! -Cerró bruscamente la caja y dijo-: ¿Y qué debo hacer para ganarme esto?

Inmediatamente, Joseph dijo:

- Muy bien, ya tenemos tu primera reacción. Echas una ojeada, sueltas una exclamación irreverente, y cierras la caja. Acuérdate. Recuérdalo con toda exactitud. Esta fue tu reacción, a partir de ahora, y nunca debes variarla.

Charlie volvió a abrir la caja, cogió cautelosamente el brazalete y lo sopesó en la palma de la mano. Pero Charlie carecía de experiencia en lo tocante a joyería, como no fuera la de las piedras falsas que lucía en escena. Preguntó:

- ¿Es auténtico?

- Desgraciadamente no tienes aquí peritos que puedan darte su dictamen. Decide por ti misma.

Por fin, Charlie decidió:

- Es antiguo.

- Muy bien, has decidido que es antiguo.

- Y pesado.

- Pesado y antiguo. No es una baratija de árbol de Navidad, no es una chuchería para una niña, sino que es una joya verdadera. ¿Qué haces a continuación?

La impaciencia de Joseph los distanciaba. Charlie estaba pensativa y alterada, en tanto que Joseph actuaba rigiéndose por el sentido práctico. Charlie estudió las marcas de fabricación y de quilates, pero nada entendía de ello. Rascó el metal levemente, y advirtió que era aceitoso y suave.

- Te queda muy poco tiempo, Charlie. Tienes que salir a escena dentro de un minuto, dentro de treinta segundos. ¿Qué haces? ¿Lo dejas en tu camerino?

- ¡No!

- Te llaman a escena. Debes ir allá. Debes decidir.

- ¡Deja ya de apremiarme! Se lo doy a Millie para que me lo guarde. Millie es otra actriz que me sustituye de vez en cuando. Sabe improvisar.

La idea de Charlie no pareció gustar ni pizca a Joseph.

- Pero tú no confías en ella.

Charlie se hallaba próxima a la desesperación. Dijo: -Lo escondo en el retrete. Detrás de la cisterna.

- ¿No te parece demasiado fácil?

- Lo pongo en la papelera y lo cubro con papeles.

- Cabe la posibilidad de que entre alguien y vacíe la papelera. Medita.

- ¡Joseph, déjame en paz de una maldita vez! ¡Si! ¡Lo pongo detrás de los botes de maquillaje! ¡Eso! En una de las estanterías altas, a las que nadie ha quitado el polvo en no sé cuántos años.

- Excelente. Lo pones en el fondo de la estantería y vas corriendo a escena. Tardíamente. Te dicen: «Charlie, Charlie, ¿dónde estabas?» Y se levanta el telón. ¿No es así?

- Si, de acuerdo.

Y, acto seguido, Charlie soltó un gran suspiro.

Joseph preguntó:

- ¿Y qué sientes ahora? ¿Acerca del brazalete y de quien te lo ha regalado?

- Bueno, pues me siento aterrada.

- ¿Y por qué estás aterrada?

- Pues porque no puedo aceptarlo. Es valioso, representa dinero.

- Pero lo has aceptado. Has firmado el recibo y has ocultado la joya.

- Sólo hasta el final de la representación.

- ¿Y qué harás luego?

- Lo devolveré.

Relajándose un poco, Joseph exhaló un suspiro de alivio, como si Charlie, por fin, hubiera demostrado la tesis propuesta por él. Dijo:

- Y entretanto, ¿qué sientes?

- Me siento pasmada. Hecha trizas. ¿Qué quieres que sienta?

- El se encuentra a pocos metros de ti, Charlie, con la mirada apasionadamente fija en ti. El asiste por tercera vez consecutiva a tu interpretación de la obra. Te ha mandado orquídeas y una joya, y te ha dicho dos veces que te ama. En una ocasión te ha dicho solamente que te ama, y en la otra te ha dicho que te ama infinitamente. Y es un hombre apuesto. Mucho más apuesto que yo.

Llevada por la irritación, Charlie hizo caso omiso, por el momento, de la constante intensificación de la autoridad de Joseph, al describir al admirador en cuestión. Sintiéndose atrapada y, al mismo tiempo, un poco tonta, Charlie repuso:

- Me dejo llevar por mis impulsos.

La propia Charlie apostilló secamente:

- Lo cual no significa que el individuo en cuestión haya ganado la partida.

Cuidadosamente, como si no quisiera perturbar a Charlie, Joseph puso en marcha el automóvil. La luz del día había muerto, y el tránsito había disminuido hasta convertirse en intermitentes filas de rezagados. Estaban siguiendo la costa del golfo de Corinto. Por el agua plomiza del mar, una fila de sucios petroleros avanzaban hacia el oeste, como si fueran magnéticamente atraídos por el sol, ya puesto. Por encima de ellos, una cadena montañosa destacaba en oscuro a la luz del último ocaso. La carretera se bifurcó, y comenzaron el largo ascenso, curva tras curva, hacia el cielo vacío.

Joseph dijo:

- ¿Recuerdas cuánto te aplaudí? ¿Recuerdas que me puse en pie y estuve en pie para aplaudirte, cuantas veces se alzó el telón?

«Sí, Joseph, me acuerdo.» Pero Charlie no tenía la suficiente confianza en sí misma para decirlo en voz alta. Joseph dijo:

- Bueno: en este caso también te acuerdas del brazalete.

Si., se acordaba. Un ejercicio de imaginación destinado únicamente a él, un regalo de correspondencia a su apuesto y desconocido benefactor. Terminada la obra, Charlie saludó cuantas veces fue preciso, y tan pronto quedó libre fue corriendo a su camerino, sacó el brazalete de su escondrijo, se quitó el maquillaje a toda velocidad, y se vistió de calle para ir a su encuentro, al encuentro de aquel hombre.

Pero, después de haberse plegado a la versión que Joseph había dado de los hechos, hasta el presente momento, Charlie se retrajo bruscamente de seguir haciéndolo, en el instante en que cierto sentido de la corrección acudió en su ayuda. Dijo:

- Oye, un momento, por favor. ¿Y por qué el caballero en cuestión no viene a mi encuentro? Es él quien tiene la iniciativa. ¿Por qué no me quedo yo en mi camerino, esperando tranquilamente a que el caballero aparezca, en vez de internarme en la selva, en su busca?

- Quizá el caballero carezca de la intrepidez precisa. Te admira y te teme… ¿Por qué no ha de ser así? A fin de cuentas, tú le has dejado totalmente trastabillado.

- Bueno, pero ¿por qué no me quedo esperando, aunque sólo sea un ratito, a ver qué

pasa?

- Charlie, ¿qué intentas expresar? ¿Qué es lo que mentalmente le dices al señor en cuestión?

En tono remilgado, Charlie repuso:

- Pues le digo: «Llévese esto; yo no puedo aceptarlo.»

- Muy bien. En este caso te arriesgas a que el señor en cuestión se desvanezca en la noche, para no reaparecer jamás, dejándote con este valioso obsequio que tu sinceramente no quieres aceptar.

De mala gana, Charlie accedió a ir al encuentro del caballero. Joseph le preguntó:

- Pero ¿dónde esperas encontrarle? ¿En qué lugar le buscas, primeramente?

La carretera estaba desierta, pero Joseph conducía despacio a fin de que el pasado reconstruido no quedara excesivamente influido por el presente.

Antes de haber pensado seriamente la respuesta, Charlie contestó:

- Pues hubiera salido por la puerta trasera y me hubiera plantado en la delantera, a fin de encontrarle en el vestíbulo.

- ¿Y por qué no ir a su encuentro en el mismo teatro?

- Pues porque hubiera tenido que abrirme paso por entre la muchedumbre. Y él ya hubiera salido mucho antes de que yo pudiese alcanzarle.

Joseph meditó esta respuesta y dijo:

- En este caso, necesitas el impermeable.

Una vez más, Joseph estaba en lo cierto. Charlie había olvidado que, en aquella noche, llovía en Nottingham, y que cayó chaparrón tras chaparrón, durante toda la representación. Charlie volvió a comenzar la historia. Después de haberse cambiado las ropas a velocidad de rayo, se puso encima su nuevo impermeable -el largo impermeable francés comprado en unas liquidaciones-, se abrochó el cinturón, y salió velozmente a la calle, bajo la lluvia, recorrió la calleja, dobló la esquina, y se situó en la parte delantera del teatro.

Joseph la interrumpió:

- Y encontraste a casi todo el público, o por lo menos la mitad, atestado bajo la marquesina, esperando que escampara. ¿Por qué sonríes?

- Necesito llevar el pañuelo amarillo en la cabeza, ya sabes, el pañuelo Jaeger que llevaba en el anuncio de la televisión.

- En este caso también debemos advertir que, incluso a pesar de tus prisas para desembarazarte del señor en cuestión, no te olvidas de tu pañuelo de cabeza. Bueno: el caso es que Charlie, con su pañuelo de cabeza y su impermeable, sale corriendo bajo la lluvia, en busca de su enamorado. Llega a la atestada marquesina. ¿Va, quizá, gritando: «¡Michel, Michel!»? ¿Si? Precioso. Sin embargo, Charlie grita en vano. Michel no está. Entonces, ¿qué hacemos?

- Oye, ¿escribiste esto, Joseph?

- Da igual, no te preocupes por esto.

- ¿Y regreso a mi camerino?

- ¿Y no se te ocurre mirar la sala?

- Bueno, sí, de acuerdo.

- ¿Y por dónde entras?

- Por la entrada de platea, que es donde tú estabas sentado.

- Yo no, Michel. Vas a esta entrada, empujas la puerta, y, ¡viva!, la puerta se abre, debido a que el señor Lemon no la ha cerrado todavía. Entras en la vacía platea, caminas despacio a lo largo del pasillo.

En voz baja, Charlie dijo:

- Y allí está el tipo. ¡Dios, qué cachondo es esto!

Sí, pero da juego.

- ¡Y tanto!

- Sí, debido a que Michel está todavía en la misma butaca, en el centro de la primera fila. Con la vista fija en el telón, como si por el simple medio de mirar pudiera conseguir que el telón se levantara y le permitiera la visión de su Joan, del espíritu de su libertad, a la que ama infinitamente.

Charlie murmuro:

Esto es horroroso.

Pero Joseph, haciendo caso omiso de Charlie, observó:

- Sentado en la misma butaca en la que haba estado sentado siete horas seguidas.

Charlie pensó: «Quiero irme a casa. Quiero dormir largamente, sola, en el Astral Commercial and Private. ¿Con cuántos destinos se puede tropezar una muchacha en un solo día?» Si, ya que Charlie ya no podía prescindir de la nota de seguridad, del acercamiento, que notaba en Joseph mientras se dedicaba a describir a su nuevo admirador, el nuevo admirador de Charlie. Joseph dijo:

- Tú dudas, y luego le llamas por su nombre: «¡Michel!» Este es el único nombre que sabes. Michel gira la cabeza para mirarte, pero por lo demás no se mueve. No sonríe, no te saluda, y en manera alguna demuestra su muy considerable encanto.

- Bueno, en este caso, ¿qué diablos hace el muy gusano?

- Nada. Se limita a mirarte con sus ojos profundos y apasionados, como si te retara a que hablases. El tipo te puede parecer romántico, te puede parecer arrogante, pero en modo alguno vulgar, y, desde luego, no es hombre dado a pedir disculpas ni a sentirse inferior. Ha venido para reclamarte para sí. Es joven, es cosmopolita, y va bien vestido. Es un hombre de acción y de dinero, y en el no hay el menor rastro de timidez. Por lo tanto…

Joseph hizo una pausa y siguió:

- Recorres el pasillo dirigiéndote hacia mí, mientras ya te das cuenta de que la escena no se desarrolla de la manera que tú esperabas. Parece que seas tú y no yo quien deba dar explicaciones. Sacas del bolsillo el brazalete. Me lo ofreces. Yo sigo inmóvil. Tu impermeable chorrea agua de lluvia, lo cual en manera alguna favorece tu postura.

La carretera ascendía en línea sinuosa por la falda de una colina. La voz dominante de Joseph, aunada al hipnótico ritmo de las curvas de la carretera, obligaba a la mente de Charlie a dejarse absorber más y más por el laberinto del relato. Joseph siguió:

- Tú dices algo. ¿Que dices?

Al no obtener contestación de Charlie, Joseph le dio la suya:

- «No te conozco. Gracias, Michel; me siento muy halagada, pero no te conozco no puedo aceptar este obsequio.» ¿Te parece correcto, es lo que hubieras dicho? Si, creo que sí, aunque seguramente lo hubieras dicho mucho mejor.

Charlie apenas le oía. Charlie estaba de pie ante él, en platea, ofreciéndole la caja, y con la vista fija en sus ojos. «Y mis nuevas botas, las altas botas castañas que me compré en Navidad, estropeadas por la lluvia; pero ¿que importa?»

Joseph seguía narrando su cuento de hadas:

- Y yo sigo sin decir palabra. Por tu experiencia teatral sabias que nada hay mejor que el silencio para establecer comunicación. Y si el desdichado individuo no dice ni media palabra, ¿qué puedes hacer tú? Te sientes obligada a volver a hablar. ¿Dime lo que vas a decir en esta ocasión?

Una no deseada timides luchaba con la imaginación de Charlie, quién dijo:

- Pues voy y le pregunto quien es.

- Me llamo Michel.

- Esto ya lo sé. Michel ¿que?

- No hay contestacion a esta pegunta.

- Te pregunto que haces en Nottingham.

- Enamorarme de ti. Anda: sigue.

- ¡Dios mío, Joseph…!

- Sigue!

- Michel no puede decirme esto.

- ¡Entonces habla tú!

- Procuro hacerle entrar en razón. Apelar a su comprensión.

- Pues a ver como lo haces. Michel esta esperando, Charlie háblale.

- Pues le diría…

- Oye, Michel, es muy amable por tu parte… Me siento muy halagada, pero, y lo siento mucho, es demasiado.

Joseph pareció defraudado. En tono de sereno reproche dijo:

- Charlie, esperaba más de ti. Michel es árabe, y aun cuando no lo sepas de cierto ya debes comenzar a sospecharlo, y tú, por tu parte, estas rechazando su obsequio. Debes actuar de forma más enérgica.

- Me portaría de una manera injusta para contigo, Michel. La gente a menudo es víctima de fijaciones con respecto a actrices y actores. Si, es una cosa que ocurre a diario. No hay razón alguna para que te arruines sólo por culpa de… una ilusión.

- Bien, prosigue.

Ahora, a Charlie le resultaba mas fácil. Le irritaba que Joseph la obligara a pensar, de la misma forma que también le irritaba que lo hiciera un director teatral, pero no podía negar que la actitud de Joseph resultaba eficaz. Siguió:

- Precisamente en esto estriba la representacion teatral, Michel, en la ilusión. El público se sienta aquí con la esperanza de que le encanten. Y los actores se ponen en el escenario con la finalidad de encantar al público. Parece que yo lo he conseguido. Pero no puedo aceptar" tu obsequio. Y es hermoso, por cierto. Demasiado hermoso. No puedo aceptarlo. No puedo aceptar nada. Te he engañado. Esto es lo que ha sucedido. El teatro es un truco, parecido a una estafa. Te hemos engañado.

- Yo sigo callado.

- ¡Pues haz algo para que el tipo hable!

¿Por que? (Es que ya desconfías de ti misma? ¿Acaso no te sientes ya responsable de lo que me ocurre? Un muchacho joven como yo, tan apuesto, tirando el dinero en orquídeas y en joyas caras…

- ¡Claro que si! ¡Y te lo he dicho ya!

En tono de impaciencia, Joseph insistió:

- Pues dímelo. Protégeme. Sálvame de los maleficios de mi enamoramiento.

- ¡Es lo que intento!

- Este brazalete me ha costado cien libras, e incluso tú puedes adivinarlo. Desde tu punto de vista, quizá miles de libras. Quizá yo lo haya robado para poder ofrecértelo. Quizá haya matado. Tal vez haya malbaratado mi herencia. Todo por ti. ¡Estoy hechizado, Charlie! ¡Entontecido! ¡Sé caritativa! ¡Ejerce tu poder!

Charlie, en la pantalla de su imaginación, se había colocado al lado de Michel, sentada en la butaca contigua. Con las manos prietamente unidas, la una contra la otra, en su regazo, se inclinaba ansiosamente hacia Michel para hacerle entrar en razón. Era para él como una niñera, como una madre. Una amiga.

- Pues voy y le digo que quedaría muy defraudado si me conociera de veras.

- Dilo con las palabras exactas.

Charlie efectuó una profunda inhalación, y se lanzo:

- Oye, Michel: soy una muchacha normal y corriente. Llevo medias rotas, tengo en descubierto la cuenta corriente y puedes tener la absoluta certeza de que no soy Juana de Arco. No soy virgen, no soy soldado, y Dios y yo no hemos intercambiado ni media palabra desde que me expulsaron del colegio por…

Charlie meditó un instante y dijo:

- No, esto no lo diría. Diría: soy Charlie, una desvergonzada chica occidental.

- Excelente. Prosigue.

- Michel, tienes que salir del atolladero en que te has metido. Y estoy haciendo todo lo posible para ayudarte a ello. Por lo tanto, toma el regalo, conserva tu dinero y conserva también tus ilusiones. Y muchas gracias. De veras, muchas gracias. Considera que este asunto está ya acabado.

Tozudo, Joseph insistió:

- Pero tú no quieres que conserve sus ilusiones. ¿Si o no?

- ¡Bueno, pues que se quede sin ilusiones!

- En este caso, ¿cómo termina la cosa?

- Pues terminó pura y simplemente. Dejé el brazalete en la butaca contigua a la suya y me fui. Muchísimas gracias, y adiós muy buenas. Si voy corriendo hasta la parada del autobús, llegare a tiempo para comer el pollo frío con sabor a plástico que dan en el hotel Astral.

Joseph quedó aterrado. Así lo expresaba su cara, y, por otra parte, su mano izquierda abandonó el volante y trazó un ademán de austera súplica:

- Pero, Charlie, ¿cómo puedes hacer esto? ¿No te das cuenta de que me abandonas y que quizá me suicide? ¿Que quizá me pase la noche entera vagando bajo la lluvia por las calles de Nottingham? ¿A solas? ¿Mientras tú reposas junto a mis orquídeas, en la calidez y la elegancia del hotel Astral?

- ¡Elegancia! ¡Incluso las malditas pulgas están húmedas en el hotel ese!

- ¿Es que no tienes sentido de la responsabilidad? ¿Tú, nada menos que tú, la defensora de los oprimidos, tú tienes sentido de la responsabilidad con respecto a un muchacho al que has enloquecido con tu belleza, tu talento y tu pasión revolucionaria?

Charlie intentó refrenar a Joseph, pero éste no le dio la oportunidad de hacerlo. Joseph

dijo:

- Charlie, tú eres una muchacha con corazón. Otros pensarán, en los presentes momentos, que Michel es un refinado seductor. Pero tú no piensas eso. Tú tienes fe en los seres humanos. Y ésta es la razón por la que esa noche estás con Michel. Sin pensar en ti misma, has quedado sinceramente afectada por Michel.

Ante ellos, un pueblecito medio derruido marcaba la cumbre de su ascenso. Charlie vio las luces de una taberna, al borde de la carretera.

Después de dirigir una rápida mirada de valoración a Charlie, Joseph prosiguió:

- De todas maneras, tu reacción en aquel momento concreto carece de importancia, debido a que, por fin, Michel decide dirigirte la palabra. Con agradable y suave acento, en parte francés y en parte correspondiente a otro idioma, Michel se dirige a ti, sin dar muestras de timidez ni de inhibición. Dice que no tiene el menor interés en discutir, dice que tú representas cuanto él ha podido soñar en su vida que desea ser tu amante, a ser posible a partir de esta misma noche, y te llama Joan, a pesar de que tú le dices que te llamas Charlie. Si aceptas cenar en su compañía y si después de cenar sigues deseando no volver a verle nunca más, pensará en la posibilidad de aceptar que le devuelvas el brazalete. Pero tú le dices que no, que debe aceptar ahora mismo que se lo devuelvas, debido a que ya tienes amante y a que, además, no sea ridículo, ya que, ¿dónde se puede cenar, en Nottingham, a las diez y media de una noche lluviosa? ¿Dirías esto? ¿Te parece certero?

Negándose a mirar a Joseph, Charlie reconoció:

- Sí, aquella ciudad es así.

- ¿Y en cuanto a la cena? ¿En realidad dirías textualmente que cenar es un sueño imposible?

- Siempre queda el recurso de los restaurantes chinos, o del pescado con patatas fritas.

Joseph advirtió:

- Sin embargo, con tus palabras ya has hecho una peligrosa concesión.

Picada, Charlie preguntó:

- ¿Ah, sí? ¿Cómo?

- Le has puesto una objeción de carácter práctico. Le has dicho: No podemos cenar juntos debido a que no hay ningún restaurante abierto.» Es algo muy parecido a que le hubieras dicho: «No podemos acostarnos juntos debido a que no tenemos cama a nuestra disposición.» Michel se da perfecta cuenta de ello. Y se las arregla para intentar superar tus dudas. Si, Michel conoce un sitio, y ya ha tomado las medidas precisas para poder ser atendido en tal sitio. De modo y manera que sí, podemos cenar. En este caso, ¿por qué no cenar?

Joseph apartó el coche de la carretera, deteniéndolo en el espac¡o de aparcamiento, con suelo de grava, que se extendía delante de la taberna. Charlie, un tanto deslumbrada por el imponente paso efectuado por Joseph, desde lo fingido a lo real y presente, se sintió perversamente excitada por el acoso a que Joseph la sometía, así como aliviada de que, a fin de cuentas, Michel no la dejara. Charlie se quedó quieta en su asiento, dentro del automóvil. Y Joseph se comportó de igual manera. Charlie se volvió hacia Joseph, con lo que pudo advertir a la colorida luz de la iluminación de feria de la taberna, el lugar hacia el que Joseph miraba. Joseph miraba las manos de Charlie, que se encontraban unidas sobre su regazo, la derecha encima de la izquierda. La cara de Joseph, en la medida que Charlie podía apreciar a la colorida luz, estaba rígida e inexpresiva. Joseph alargó una mano, cogió la muñeca derecha de Charlie, y lo hizo en un movimiento rápido, de quirúrgica confianza, y, levantando la mano, dejó al descubierto el brazalete de oro que relucía en la oscuridad. Impasible, Joseph observó:

- Bien, bien, debo felicitarte. ¡Las muchachas inglesas no perdéis el tiempo!

Irritada, Charlie retiró bruscamente la mano y, con sequedad, dijo:

- ¿Qué te pasa? ¿Tenemos celos?

Pero Charlie no consiguió ofenderle. Joseph tenía una cara inmune. Mientras le seguía, Charlie se preguntó: «¿Quién es ese hombre? ¿Quién eres? ¿Eres él? ¿0 eres tú? ¿O no eres nadie?»

9

Sin embargo, a pesar de que Charlie bien hubiera podido suponerlo con notable convicción, ella no era el único centro del universo de Joseph, aquella noche. Ni tampoco lo era el de Kurtz, y menos todavía el de Michel.

Mucho antes de que Charlie y su hipotético amante hubieran dicho su último adiós a la casita ateniense, mientras en su ficción se encontraban todavía el uno en brazos del otro, recuperándose con el sueño de sus frenesíes, Kurtz y Litvak estaban castamente sentados en diferentes butacas de un avión de la Lufthansa que volaba rumbo a Munich, yendo cada uno de ellos protegido por la bandera de diferente país. Kurtz iba bajo la protección de la bandera francesa, y Litvak, bajo la de Canadá. Tan pronto aterrizaron, Kurtz se dirigió a la ciudad olímpica, en donde los fotógrafos argentinos, según propia definición, le esperaban con ansia, en tanto que Litvak fue al hotel Bayerischer Hof, donde fue recibido por un experto en balística, del que Litvak sabía que se llamaba Jacob, quien era un tipo como recién llegado de otro mundo, dado a emitir suspiros, ataviado con una manchada chaqueta de ante, y que llevaba consigo un paquete de mapas a gran escala, dentro de una barata carpeta de plástico. Haciéndose pasar por agrimensor, Jacob había pasado los tres últimos días dedicado a la minuciosa medición en la autopista de Munich a Salzburgo. Su función era la de calcular el probable efecto, en diferentes circunstancias atmosféricas y de tránsito, que produciría una fuerte carga explosiva que estallara junto a la autopista, a primeras horas de una mañana de un fin de semana. Mientras tomaban varias tazas de excelente café en el vestíbulo del hotel, los dos hombres estudiaron las diferentes hipótesis de Jacob, y, después, en un automóvil de alquiler, recorrieron despacio los ciento cuarenta kilómetros de autopista, molestando a los conductores que iban, más de prisa, y deteniéndose en casi todos los puntos en que se lo permitieron, e incluso en algunos puntos en que no se lo permitieron.

Desde Salzburgo, Litvak se dirigió a Viena, en donde le esperaba un nuevo equipo de actividades exteriores, con nuevos medios de transporte y también con nuevas caras. Litvak les dio instrucciones en una sala de conferencias, insonorizada, de la embajada de Israel, y después de haber prestado su atención a otros asuntos de menor importancia, entre los que se contaba la lectura de los últimos boletines de Munich, los llevó hacia el sur, en un convoy de viejos automóviles, hasta llegar a la zona inmediata a la frontera con Yugoslavia, en donde, con la tranquilidad de veraniegos turistas, estudiaron los aparcamientos urbanos de automóviles, las estaciones de ferrocarril y las pintorescas plazas con mercado, antes de dispersarse para ir a diversas humildes pensiones de la región de Villach. Después de haber tendido su red, Litvak regresó a toda prisa a Munich, a fin de contemplar la crucial preparación de la carnada.

Comenzaba el cuarto día del interrogatorio de Yanuka, cuando llegó Kurtz para tomar las riendas, y el interrogatorio se había desarrollado, hasta el momento, con desesperante suavidad.

En Jerusalén, Kurtz había advertido a los dos encargados de interrogar a Yanuka:

- Lo podéis interrogar durante seis días como máximo. Pasados estos seis días, vuestros errores serán constantes, y los del interrogado también.

Se trataba de un trabajo que Kurtz amaba. Si Kurtz hubiera podido estar en tres sitios al mismo tiempo, en lugar de poder estar solamente en dos, se hubiera reservado para sí aquel trabajo. Pero no podía, por lo que había seleccionado, para que le representasen, a aquellos dos corpulentos especialistas en la técnica suave, famosos por sus parcos talentos de histriones, y por su lúgubre aspecto de buenas personas. No había parentesco entre los dos, y tampoco eran amantes, pero habían trabajado al unísono tantas veces y durante tanto tiempo, que sus amistosas expresiones causaban cierta impresión de repetición, y cuando Kurtz los convocó por vez primera en la casa de la calle Disraeli, las cuatro manos de los dos individuos reposaron, sobre el borde de la mesa, como las patas de dos perros. Al principio, Kurtz los trató con sequedad, debido a que los envidiaba, y además porque Kurtz consideraba, en aquellos momentos, que delegar funciones era equivalente a declararse derrotado. Dio a los dos sólo una leve pista de lo que sería su función; luego les ordenó que estudiaran el historial de Yanuka, y que no le dieran el parte de sus actuaciones hasta que se supieran dicho historial del derecho y del revés. Cuando aquellos dos regresaron, demasiado pronto a juicio de Kurtz, éste los acosó a preguntas, como si fuese un inquisidor más, y les pidió detalles acerca de la infancia de Yanuka, de su modo de vida, de sus pautas de comportamiento, de todo lo que pudiera ponerles en un aprieto. Pero sus contestaciones fueron perfectas. En consecuencia, no sin cierta desgana, Kurtz convocó a su Comité Literario, formado por la señorita Bach, por el escritor Leon y por el viejo Schwili, quienes en el curso de las últimas semanas habían formado un fondo común de excentricidades, llegando a ser un equipo íntimamente interrelacionado. Las instrucciones dadas por Kurtz en dicha ocasión fueron un ejemplo clásico del arte de la expresión oscura.

Para presentar a los nuevos muchachotes, Kurtz comenzó diciendo:

- La señorita Bach es la encargada de la supervisión y quien sostiene los hilos en sus manos.

El hebreo de Kurtz, después de treinta y cinco años de hablar este idioma, seguía siendo famosamente horroroso. Kurtz prosiguió:

- La señorita Bach se encarga de ser la monitora de la materia prima, tal como llega a sus manos. Ella es quien redacta los boletines de comunicación con el campo de operaciones. Ella suministra a Leon las directrices básicas de la actuación de éste. Ella se encarga de revisar las composiciones de Leon, y hace lo preciso para que dichas composiciones sean armónicas con el general plan de correspondencia.

En el caso de que los dos interrogadores hubieran sabido algo, con anterioridad, ahora sabían mucho menos que algo. Pero mantuvieron la boca cerrada. Kurtz dijo:

- La señorita Bach, tan pronto ha dado su aprobación a una composición, convoca una reunión con Leon y el señor Schwili.

Hacía más de cien años que nadie llamaba «señor» a Schwili.

- En esta reunión se llega a un acuerdo en lo tocante al papel, a la tinta, a las plumas, al estado emotivo y físico del autor de la escritura, según las condiciones de la ficción. ¿Está, él o ella, pesimista u optimista? ¿Está, él o ella, irritado o no? Mediante la proyección de cada uno de los aspectos, el equipo estudia la ficción en su integridad.

Poco a poco, los interrogadores, a pesar del empeño de su jefe en expresar implícitamente la información en vez de darla, comenzaron a discernir las líneas generales del plan del que ellos formaban parte.

- Cabe la posibilidad de que la señorita Bach también tenga a su disposición una muestra original de escritura a mano, sea una carta, una tarjeta postal o una nota de un diario, que pueda servir de modelo. También cabe la posibilidad de que la señorita Bach no tenga tal muestra.

El antebrazo derecho de Kurtz había subrayado ambas posibilidades mediante un enérgico movimiento sobre la mesa.

- Cuando todos estos procesos hayan sido seguidos, y únicamente después de que hayan sido seguidos, el señor Schwili se encargará de la falsificación. Lo hará a la perfección.

Kurtz advirtió en tono indicativo de que más les valía a todos recordarlo bien:

- El señor Schwili no es sólo un falsificador, sino también un artista. Terminado su trabajo, el señor Schwili lo entregará directamente a la señorita Bach, a fin de proceder a una revisión, al problema de las huellas dactilares, a su conservación. ¿Alguna pregunta?

Mientras esbozaban sus humildes sonrisas, los dos interrogadores aseguraron a Kurtz que no tenían nada que preguntar. Mientras los interrogadores se iban, Kurtz les espetó:

- Comiencen por el final. Más adelante podrán meterse con el principio, si es que hay tiempo para ello.

En otras reuniones se abordó el más complejo tema centrado en cuál sería la mejor manera de persuadir a Yanuka de que debía colaborar con sus planes, y conseguirlo con muy poco tiempo. Una vez más fueron convocados los tan amados psiquiatras de Misha Gavron, se escuchó su parecer y fueron debidamente despedidos. Mayor éxito tuvo una conferencia sobre drogas alucinógenas y desintegrantes, y hubo una rápida búsqueda de otros interrogadores que ya las hubieran utilizado con éxito. De esta manera se incorporó, como siempre sucedía, al planteamiento a largo plazo un cierto ambiente de improvisaciones en el último instante, ambiente que Kurtz, más que nadie, amaba. Habiendo llegado a un acuerdo con respecto a todo lo anterior, Kurtz mandó a los interrogadores a Munich, antes del tiempo previsto, para preparar sus luces y sus efectos sonoros, así como para instruir a los guardianes acerca del comportamiento a seguir. Los interrogadores llegaron con su aspecto de pareja de músicos, con un pesado equipaje y con trajes parecidos a los de Satchmo. El comité de Schwili los siguió dos días después, y sus miembros se aposentaron discretamente en el apartamiento inferior, haciéndose pasar por filatélicos profesionales que habían acudido a la ciudad en vistas a la gran subasta de sellos que en ella iba a celebrarse. A los vecinos esta historia les pareció perfectamente verosímil. Se dijeron: «Son judíos, pero ¿qué importa, en estos tiempos?» A modo de equipo llevaban, además del sistema portátil de acumulación de datos de la señorita Bach, magnetófonos, auriculares, paquetes de comida en lata, y a un muchacho muy delgado, llamado Samuel el Pianista, encargado de manejar el teletipo en comunicación con el puesto de mando de Kurtz. Samuel llevaba un revólver Colt, de gran tamaño, debajo de su gruesa blusa acolchada, propia de montañero, y cuando Samuel transmitía, todos oían el sonido de los choques del revólver contra el borde de la mesa, pero, a pesar de ello, Samuel jamás se desprendía de su arma. Samuel pertenecía a la misma clase de tipo que Daniel, el de la casa de Atenas, por sus modales parecía su hermano gemelo.

La distribución de las habitaciones era competencia de la señorita Bach. Asignó a Leon, basándose en lo muy silencioso que era, la habitación de los niños. En las paredes de este cuarto se veían ciervos de húmedos ojazos comiendo pacíficamente gigantescas margaritas. Samuel fue a parar a la cocina, con su natural salida al patio trasero, en donde Samuel montó su antena y colgó de ella calcetines infantiles. Pero cuando Schwili vio la habitación que le habían asignado -un cuarto en el que dormir y trabajar al mismo tiempo-, no pudo reprimir una espontánea exclamación de desdicha. Dijo:

- ¡La luz! ¡Santo Dios, qué luz! ¡Ni una carta a la abuelita se puede falsificar con semejante luz!

Juntamente con Leon, rebosante de nerviosa creatividad, excitado ante aquella imprevista experiencia, la señorita Bach, tan dotada de sentido práctico, se dio cuenta inmediatamente de cuál era la naturaleza del problema: Schwili necesitaba más luz del día para realizar su trabajo, pero también la necesitaba, después de su largo encarcelamiento, para su alma. En un dos por tres, la señorita Bach llamó al piso superior y comparecieron los chicos argentinos. Siguiendo las instrucciones de la señorita Bach, se procedió a un rápido traslado de muebles, de un sitio a otro, igual que si se tratara de esos bloques de madera con que los niños juegan a arquitectos, y la mesa de trabajo de Schwili fue colocada junto a la ventana mirador de la sala de estar, desde la que se veía un panorama de hojas verdes y una buena porción de cielo. La propia señorita Bach puso una cortina más, de redecilla, para que el señor Schwili gozara de intimidad, y ordenó a Leon que hiciera una extensión de hilo de conducción eléctrica para la flamante lámpara italiana de Schwili. Luego, obedeciendo a un movimiento de la cabeza de la señorita Bach, todos dejaron en paz a Schwili, a pesar de que Leon le observaba a distancia, disimuladamente, desde la puerta.

Sentado ante la mugiente luz del sol, Schwili puso sobre la mesa sus preciosas tintas, plumas y papeles, situando cada cosa en su debido lugar, cual si mañana tuviera que pasar el gran examen final. Luego se quitó los gemelos de la camisa y se froto despacio las palmas de las manos para calentarlas, a pesar de que la temperatura era cálida, incluso para un ex presidiario. Luego se quitó el sombrero. Después tiró de sus dedos uno a uno, dando así soltura a las articulaciones, produciendo salvas de menudos chasquidos. Luego se dispuso a esperar, tal como había esperado en el curso de su vida adulta, en su integridad.

El gran personaje que todos estaban esperando llegó puntualmente por vía aérea a Munich, aquella misma tarde, procedente de Chipre. No hubo cámaras con flash que celebrasen su llegada, debido a que llego en camilla, asistido por un enfermero y por un médico. El médico era realmente un médico, aunque su pasaporte era falso. En cuanto a Yanuka digamos que era un hombre de negocios inglés procedente de Nicosia, urgentemente trasladado a Munich para que le hicieran una operación quirúrgica de corazón. Esto quedaba demostrado por un amplio e impresionante expediente de documentos médicos, a los que las autoridades del aeropuerto alemán no prestaron la menor atención. Les bastó con dirigir una rápida mirada, rápida y desagradable, a la exánime cara del paciente para saber que no necesitaban ulterior información. Una ambulancia llevó a los recién llegados, a toda prisa, hacia el hospital de la ciudad, pero en cierto punto la ambulancia se metió en una calleja lateral, como si hubiera ocurrido lo peor, y penetró en el patio cubierto de un empresario de pompas fúnebres, dispuesto a hacer favores. En la ciudad olímpica se pudo ver cómo los dos fotógrafos argentinos y sus amigos transportaban a mano una gran cesta, como las que se emplean para la colada, y con el letrero «Vidrio delicado», desde su viejo minibús al ascensor del servicio, y los vecinos dijeron que, sin la menor duda, los fotógrafos argentinos añadían otro elemento extravagante a su ya voluminoso equipo técnico. Se hicieron divertidos comentarios acerca de si los vecinos del piso interior, los filatélicos profesionales, se quejarían de los gustos musicales de los fotógrafos argentinos. Sí, porque los judíos se quejaban siempre de todo. Entretanto, en el piso superior desempaquetaron su preciosa carga y, con la ayuda del médico, se cercioraron de que nada se había quebrado durante el viaje. Minutos después dejaban a Yanuka en el suelo de la habitación acolchada, con aspecto de confesionario, en donde se esperaba que Yanuka recobrara los sentidos en cuestión de media hora, aun cuando siempre cabía la posibilidad de que la caperuza que impedía el paso de la luz y que le habían atado a la cabeza retrasara un poco el proceso de recobrar la conciencia. Poco después, el médico se iba. Este médico era un hombre concienzudo y, temeroso del futuro de Yanuka, había pedido a Kurtz todo género de garantías de que no le obligara a transgredir sus principios éticos profesionales.

Y, efectivamente, antes de que transcurrieran cuarenta minutos, vieron que Yanuka tiraba de las cadenas con que le habían atado. Primero tiró con las muñecas y luego con las rodillas, y luego con las cuatro articulaciones al mismo tiempo, igual que una crisálida intentando romper su envoltorio, y así lo hizo hasta el momento en que, probablemente, Yanuka cayó en la cuenta de que se encontraba boca abajo. Sí, ya que hizo una pausa y pareció recapacitar. A continuación, Yanuka emitió un exploratorio gemido. Después de lo cual, y sin previo aviso, se armó la de Dios es Cristo, ya que Yanuka, soltando rugientes y angustiados sollozos, uno tras otro, comenzó a retorcerse y a estremecerse violentamente, a intentar revolcarse, y todo lo hizo con tal vigor que los presentes se alegraron doblemente de tenerle encadenado. Después de haber observado la actuación de Yanuka durante un rato, los interrogadores se retiraron, dejando la situación al cuidado de los guardianes hasta el momento en que la tormenta hubiera pasado. Lo más probable era que a Yanuka le hubieran hinchado la cabeza de historias referentes a la brutalidad de los interrogadores israelíes. Probablemente, Yanuka, en el estado de desorientación en que se hallaba, quería que los interrogadores se comportaran de acuerdo con su fama y convirtieran en realidad los terrores que experimentaba.

Pero los guardianes se negaron a complacerle. Habían recibido órdenes de actuar como silenciosos cancerberos, de mantener distancias y de no hacerle daño. Y obedecían al pie de la letra estas instrucciones, a pesar de lo mucho que les costaba, especialmente a Oded, el aniñado. Desde el instante de la ignominiosa llegada de Yanuka al apartamiento, los jóvenes ojos de Oded quedaron oscurecidos por el odio. Día tras día, a medida que los días pasaron, Oded parecía más y más enfermo y más gris, y en el sexto día, Oded tenía los hombros rígidos, debido únicamente a la tensión de tener bajo su mismo techo a Yanuka vivo.

Por fin, Yanuka causó la impresión de volver a dormirse, y los interrogadores decidieron que había llegado el momento de comenzar a trabajar. En consecuencia, produjeron los sonidos propios del tránsito matutino, encendieron una muy intensa luz blanca, y sirvieron el desayuno a Yanuka, a pesar de que todavía no era medianoche. Ordenaron a gritos a los guardianes que desataran a Yanuka y le permitieran comer como un ser humano, y no como un perro. Luego, los propios interrogadores desataron solícitamente la caperuza que llevaba

Yanuka, debido a que deseaban que la primera noción que de ellos tuviera Yanuka fuera la de sus amables caras, en modo alguno judías, mirándole con ojos de paternal preocupación.

Uno de los interrogadores dijo a los guardias, en inglés y con voz serena:

- Jamás vuelvan a ponerle esas cosas.

Y el interrogador, después de emitir un simbólico suspiro, arrojó caperuza y cadenas a un rincón del cuarto.

Los guardianes se retiraron, y Oded lo hizo con particularmente teatral desgana. Yanuka accedió a tomarse una taza de café, mientras sus dos nuevos amigos le miraban. Los interrogadores sabían que tenía una sed tremenda, ya que habían pedido al doctor, antes de que se fuera, que la provocara, por lo que el café seguramente le supo maravillosamente, a pesar de los aditivos que pudiera contener. Los interrogadores también sabían que la mente de Yanuka se hallaba en un estado de ensoñada fragmentación, y, en consecuencia, indefenso en lo tocante a ciertas zonas importantes, por ejemplo cuando la comprensión constituía una oferta. Después de varias visitas llevadas a cabo de esta manera, algunas de ellas con el intervalo de pocos minutos, los interrogadores estimaron que había llegado el momento de dar el salto definitivo y presentarse a sí mismos. En términos generales, su plan era el más viejo en esta clase de juegos, pero habían incorporado varias ingeniosas variaciones.

En inglés dijeron que eran observadores de la Cruz Roja. Eran ciudadanos suizos, pero residían aquí, en la cárcel. Sin embargo, no podían decir en qué cárcel, ni en qué lugar se encontraba la cárcel, aun cuando dieron claras pistas de que podía hallarse en Israel. Mostraron impresionantes cartillas en plástico y con huellas dactilares, con sus retratos fotográficos y cruces rojas impresas en líneas onduladas, para dificultar las falsificaciones, como se hace en los billetes de banco. Explicaron que su misión consistía en procurar que los israelíes observaran las normas referentes a los prisioneros de guerra acordadas en la Convención de Ginebra, aun cuando, dijeron, bien sabía Dios que la tarea era difícil, y asimismo en dar a Yanuka medios para comunicar con el mundo exterior, dentro de los límites establecidos por los reglamentos de las prisiones. Estaban ejerciendo presiones para que cambiaran su régimen de incomunicación y le pusieran en el bloque asignado a los prisioneros árabes, pero que les constaba que las sesiones de «rigurosos interrogatorios» podían comenzar en cualquier instante, y que, por el momento, los israelíes proyectaban mantenerle en estado de total incomunicación. Explicaron que, a veces, los israelíes se perdían en el laberinto de sus propias obsesiones, y se olvidaban en absoluto de mantener su imagen pública. Pronunciaron la palabra «interrogatorios» con desagrado, como si quisieran que existiera otra mejor para expresar aquel hecho. En este momento, Oded regresó, cumpliendo así las instrucciones previamente recibidas, y fingió ocuparse de la instalación sanitaria de la celda. En el mismo instante en que Oded llegó, los interrogadores dejaron de hablar y no volvieron a hacerlo hasta que Oded se hubo ido.

A continuación, los interrogadores sacaron un gran formulario y ayudaron a Yanuka a rellenarlo de puño y letra: «Aquí el nombre, querido amigo; aquí la fecha de nacimiento; aquí los parientes más próximos; eso, así, aquí tu profesión; bueno, claro, tu profesión será la de estudiante; sí, títulos, religión y lamentamos mucho darte tanto la lata, pero es obligatorio.» Yanuka fue notablemente veraz y preciso, a pesar de cierta inicial desgana. De todas maneras, esta muestra de deseos de cooperación fue advertida con satisfacción por los miembros del Comité Literario que se hallaba reunido en el piso inferior, a pesar de que la caligrafía de Yanuka fue, en este caso, un tanto parvularia, por culpa de las drogas que le habían sido suministradas.

Al marcharse, los interrogadores dieron a Yanuka un folleto, impreso en inglés, en el que se hacían constar sus derechos, y además, los interrogadores le obsequiaron con una barrita de chocolate, dándole una palmadita en la espalda, y dirigiéndole un amistoso guiño. Y le llamaron por su nombre de pila, que era Salim. Durante una hora, desde la estancia contigua, los interrogadores observaron a Yanuka, mediante rayos infrarrojos, mientras el preso yacía llorando y meneando la cabeza. Luego dieron la luz en la celda de Yanuka y entraron alegremente. Dijeron al preso:

- ¡Mira lo que te hemos traído! ¡Despierta, Salim, que ya es de día!

Se trataba de una carta dirigida a Yanuka con su nombre y ape llido. Llevaba el matasello de Beirut, había sido enviada por indicación de la Cruz Roja, y llevaba impresas con tampón las palabras «Aprobada por la censura de la prisión». La carta era de su amada hermana

Fatmeh, quien había dado a Yanuka el amuleto de oro que llevaba colgado del cuello. Schwili había falsificado la carta, la señorita Bach había compilado los datos precisos para su contenido, y el camaleónico talento de Leon había suministrado el justo tono del censurable afecto de Fatmeh. Los modelos en que se basaron fueron las cartas que Yanuka había recibido de Fatmeh, mientras el primero se hallaba sometido a estrecha vigilancia. Fatmeh le decía que le amaba, y que albergaba esperanzas de que Yanuka se portara como un valiente, cuando le llegara el momento. Con la palabra «momento», Fatmeh parecía referirse al temido interrogatorio. También le decía que había decidido abandonar a su novio y dejar su trabajo, para volver a entregarse a su labor de ayuda a los desvalidos, debido a que no podía soportar hallarse tan lejos de su amada Palestina, mientras Yanuka se encontraba en tan desesperada situación. Fatmeh admiraba a Yanuka y siempre le admiraría, juraba Leon. Hasta la tumba y más allá de la tumba, Fatmeh admiraría a su valeroso y heroico hermano, había urdido Leon. Yanuka aceptó la carta con fingida indiferencia, pero cuando los interrogadores volvieron a dejarle solo, Yanuka se quedó en postura piadosamente agazapada, con la cabeza noblemente vuelta a un lado y hacia arriba, en la postura del mártir que espera la espada, oprimiendo la carta de Fatmeh contra su mejilla.

Cuando los guardianes volvieron al cabo de una hora para barrer la celda, Yanuka les dijo, no sin cierta altivez, que necesitaba papel.

Bueno, pues fue lo mismo que si nada hubiera dicho. Oded se limitó a bostezar.

- ¡Exijo papel! ¡Exijo la presencia de los representantes de la Cruz Roja! ¡Exijo el derecho a escribir una carta a mi hermana Fatmeh, de acuerdo con las normas de la Convención de Ginebra! ¡Si, señor!

Estas palabras también fueron favorablemente recibidas en el piso inferior, ya que demostraban que la primera ofrenda del Comité Literario había merecido la aceptación de Yanuka. Inmediatamente se transmitió un mensaje a Atenas. Los guardianes se fueron de la celda con aire lánguido, con la evidente finalidad de pedir instrucciones, y poco tardaron en reaparecer con papel de cartas de la Cruz Roja. También entregaron a Yanuka una hoja impresa que llevaba el título «Consejo a los presos», en el que se decía que sólo se transmitirían las cartas escritas en ingles, y que asimismo sólo se transmitirían las cartas que no contuvieran «mensajes encubiertos». Pero no dieron pluma a Yanuka. Yanuka pidió que le entregaran una pluma, suplicó que le dieran pluma, chilló y lloro, todo a cámara lenta, pero los muchachos contestaron a gritos y muy secamente que la Convención de Ginebra nada decía acerca de plumas. Media hora después, los dos interrogadores volvían a entrar diligentemente en la celda, rebosantes de justa indignación, con una pluma suya que llevaba la inscripción: «Por la humanidad»

Escena tras escena, esta comedia duró varias horas más, mientras Yanuka, en su debilitado estado, luchaba en vano para rechazar la ofrecida mano de la amistad. Su contestación escrita a Fatmeh era clásica. Fue una incoherente carta de tres páginas, en la que se mezclaban los consejos con los sentimientos de piedad hacia sí mismo y con el anuncio de audaces actitudes, que proporcionó a Schwili la primera muestra «limpia» de la caligrafía de Yanuka cuando éste se hallaba en estado de tensión emotiva, y que proporcionó a Leon una excelente muestra primeriza del estilo de Yanuka, en prosa inglesa.

Yanuka escribió: «Mi querida hermana: me estoy enfrentando con la mayor prueba de mi vida, en la cual la grandeza de tu espíritu me acompañará.» Esta carta motivó una comunicación especial. Kurtz dijo a la señorita Bach: «Mándemelo todo. No quiero silencios. Si nada ocurre, dígame que nada ocurre.» Y Kurtz también se dirigió a Leon, en términos más severos: «Haz lo preciso para que la señorita Bach comunique conmigo cada dos horas, a ser posible cada hora.»

La carta de Yanuka a Fatmeh fue la primera de toda una serie. A veces, las cartas de uno y otra se cruzaban. A veces, Fatmeh contestaba las preguntas de Yanuka tan pronto éste se las formulaba, y le formulaba preguntas, a su vez.

Kurtz les había dicho que comenzaran por el final. En este caso concreto, el final estaba muy lejos de ser chismorreos sin importancia. Hora tras hora los dos interrogadores hablaron con Yanuka, comportándose siempre con inflexible afabilidad, dándole ánimos, a juicio de Yanuka, con su monótona sinceridad suiza, reforzando su resistencia en vistas al día en que los inquisidores judíos le arrastraran fuera de la celda para interrogarle. En primer lugar, los interrogadores pidieron a Yanuka su opinión acerca de casi todos los temas que podían interesarle, halagándole con su respetuosa curiosidad y atención. Con cierta timidez, los interrogadores suizos confesaron que la política jamás había sido tema de su principal interés. Por natural tendencia siempre habían puesto al ser humano por encima de las doctrinas políticas. Uno de ellos citó versos de Robert Burns - que por pura casualidad resultaba ser uno de los poetas favoritos de Yanuka. A veces, casi parecía incluso que los interrogadores pidieran a Yanuka que los convirtiera a su propio credo, tal era el entusiasmo con que escuchaban las argumentaciones de Yanuka. Le preguntaron cuáles eran sus reacciones ante el mundo occidental, después de haber vivido en él cosa de un año o más. Primero la pregunta fue general y luego le preguntaron país por país, y escucharon encantados sus vulgares generalizaciones: el egoísmo francés, la codicia de los alemanes, la decadencia de los italianos…

- ¿E Inglaterra? -le preguntaron inocentemente.

¡Inglaterra era el peor de todos los países!, afirmó Yanuka en tono decisorio. Inglaterra era decadente, estaba en quiebra, y desorientada. Inglaterra era el agente del imperialismo norteamericano. Inglaterra era todo lo malo que en el mundo podía haber, y su peor delito consistía en haber entregado al país a los sionistas. Yanuka derivó hacia otro ataque contra Israel, y los interrogadores le dejaron hacerlo. En aquellas primeras sesiones, los interrogadores no querían que Yanuka tuviera la más leve sospecha de que sus viajes a Inglaterra les interesaban de muy especial manera. Le preguntaron por su infancia, por sus padres, por su hogar en Palestina, y observaron con satisfacción que ni siquiera una vez Yanuka hizo mención de su hermano mayor, y que, ahora, incluso ahora, el hermano mayor de Yanuka había quedado totalmente borrado de la vida de éste. Observaron que, a pesar de todo, Yanuka sólo hablaba de asuntos que consideraba inofensivos para su causa.

Escucharon con impecable simpatía las historias que Yanuka contó de las atrocidades cometidas por los sionistas, y también escucharon sus recuerdos de los días en que jugaba de portero con su victorioso equipo de fútbol, en Sidón. Los interrogadores pidieron:

- Por favor, cuéntenos su mejor partido, explíquenos su mejor parada, háblenos de la copa que usted ganó, y de las personas que estaban presentes cuando el gran Abu Ammar se la entregó personalmente.

Tartamudeando un poco, con cierta timidez, Yanuka lo contó todo. En el piso inferior las cintas de los magnetófonos iban girando y girando, y la señorita Bach no paraba de poner cinta tras cinta, interrumpiendo esta labor solamente para pasar el parte al pianista Samuel, para que lo transmitiera a Jerusalén y a su homólogo David, en Atenas. Entretanto, Leon se sentía en la gloria. Con los ojos entornados, Leon se sentía sumergido en el idiosincrático inglés de Yanuka, en su manera de expresarse impulsiva y veloz, en sus arrebatos de literaria belleza, en su cadencia y vocabulario, en sus imprevistos saltos de un tema a otro que se producían casi siempre a mitad de una frase. Al otro lado del pasillo, Schwili escribía, musitaba palabras para sí, y soltaba risitas. Pero Leon advirtió que Schwili, de vez en cuando, detenía su trabajo y se hundía en la desesperación. Pocos segundos después, Leon veía cómo Schwili caminaba lentamente por su cuarto, recorriéndolo en todos los sentidos, igual que un preso en su celda, cual si actuara llevado por un impulso de simpatía hacia el pobre muchacho encerrado arriba.

Para hablar acerca del diario emplearon otra farsa, mucho más azarosa. Lo retrasaron hasta el tercer día, el tercer día propiamente dicho, momento en el que ya habían desnudado a Yanuka en la medida de lo posible por el simple método de la conversación. Pero incluso entonces insistieron en que Kurtz les diera el visto bueno para seguir adelante, debido a lo muy nerviosos que estaban de intentar romper la cáscara de la confianza que Yanuka había depositado en ellos, en un momento en que ya no les quedaba tiempo para emplear otros métodos. Los «vigilantes» habían descubierto el diario de Yanuka el día siguiente al secuestro de éste.

Tres vigilantes ataviados con monos de color amarillo y con brazales que les identificaban como mozos de una empresa de limpieza, habían penetrado en el piso de Yanuka. Una llave de la puerta de entrada y una casi auténtica carta del administrador de la casa les habían otorgado cuanta autoridad precisaban. De su camioneta de color canario extrajeron aspiradores, fregonas y una escalera de mano. Luego cerraron la puerta del piso, corrieron las cortinas y durante ocho horas seguidas hurgaron en el piso como hurones, hasta no dejar nada sin investigar, fotografiar y volver a dejar en su sitio, antes de cubrirlo todo con polvo, mediante un artilugio al efecto diseñado. Y entre otras cosas descubrieron, en el fondo de una estantería con libros, en lugar apto para coger el teléfono, el diario de bolsillo forrado con piel de color castaño, regalo de las Middle East Airlines, que algún día seguramente dieron a Yanuka. Sabían que éste llevaba un diario, y no lo habían encontrado cuando secuestraron a Yanuka. Ahora, con su consiguiente alegría, lo habían descubierto. Algunas de sus notas estaban escritas en árabe, otras en inglés y otras en francés. Algunas eran indescifrables en todo género de idiomas, y otras estaban escritas en una clave no muy difícil. En su mayor parte, las anotaciones hacían referencia a citas con otras personas, pero unas cuantas, pocas, tenían carácter retrospectivo: «Me reuní con J; llamé por teléfono a P.» Además del diario, descubrieron otra pieza que habían estado buscando, a saber, un grueso sobre de papel de seda que contenía un mazo de recibos que abarcaban hasta el día en que Yanuka tuvo que presentar cuentas de los gastos efectuados en el curso de sus operaciones. Siguiendo instrucciones de sus superiores, el equipo también hurtó el sobre en cuestión.

Pero ¿cómo interpretar las anotaciones cruciales del diario? ¿Cómo descifrarlas sin la ayuda de Yanuka?

Los interrogadores tomaron en consideración la posibilidad de aumentar la dosis de droga que daban a Yanuka, pero decidieron no seguir este método. Temían que Yanuka se desmoronase totalmente. Recurrir a la violencia equivalía a arrojar por la ventana toda la confianza que tan arduamente se habían ganado. Además, como buenos profesionales, odiaban la idea de la violencia. Preferían edificar sobre las bases que habían conquistado sobre la base del miedo, de la dependencia y de la inminencia del interrogatorio israelí que aún no había tenido lugar. Por esto, lo primero que hicieron fue entregar a Yanuka otra carta de Fatmeh, que era una de las mejores y más breves que había escrito Leon: «Me he enterado que tu hora está ya muy próxima. Te pido y te ruego que tengas valor.» Encendieron las luces para que Yanuka la pudiera leer, las volvieron a cerrar, y le dejaron solo más tiempo del acostumbrado. Mientras Yanuka se hallaba en la más total oscuridad, le permitieron oír gritos y chillidos apagados, el golpear de distantes celdas al cerrarse, y el sonido de un cuerpo inerte al ser arrastrado con cadenas a lo largo de un pasillo con piso de piedra. Luego hicieron sonar las fúnebres gaitas de una banda militar palestina, con lo que quizá Yanuka llegó a pensar que ya estaba muerto. Ciertamente, se estaba quieto como un muerto. Entraron los guardianes, quienes le desnudaron, le esposaron las manos a la espalda y le pusieron grilletes en los tobillos. Luego le dejaron. Como si le dejaran para siempre. Oyeron que Yanuka farfullaba una y otra vez: «¡Oh, no!»

Pusieron una bata blanca a Samuel, el pianista, y le dieron un estetoscopio, encomendándole que auscultara, sin dar muestras de interés, a Yanuka. Todo ello se hizo en la oscuridad, aun cuando quizá Yanuka percibió la blanca bata moviéndose a su alrededor. Volvieron a dejarle solo. A la luz de los rayos infrarrojos, observaron cómo Yanuka sudaba y temblaba, y hubo un momento en que Yanuka les causó la impresión de intentar suicidarse por el medio de golpearse la cabeza contra la pared, lo cual, estando encadenado, era casi el único movimiento que poda efectuar. Pero la pared estaba gruesamente acolchada, por lo que Yanuka hubiera podido pasarse un año entero golpeándose la cabeza contra ella, sin conseguir los resultados deseados. Le hicieron oír más chillidos, seguidos por un absoluto silencio. Dispararon un tiro de pistola en el silencio y la oscuridad. Se oyó con tanta fuerza y claridad que Yanuka se estremeció. Luego, Yanuka comenzó a aullar, aunque en voz baja, como si no pudiera darle el volumen que hubiese deseado.

Este fue el momento en que decidieron actuar.

Primero entraron en la celda los guardianes, lo hicieron con aire decidido, y, cogiéndole por uno y otro brazo, le pusieron en pie. Los guardianes iban ataviados con ropas muy ligeras, como si se dispusieran a llevar a cabo un duro trabajo En el instante en que los guardianes habían conseguido arrastrar el tembloroso cuerpo de Yanuka hasta la puerta, aparecieron los dos salvadores suizos e impidieron el paso a los guardianes, mientras en sus caras se formaba la más convincente expresión de indignada preocupación. A continuación se produjo una larga y apasionada discusión entre los guardianes y los dos suizos. La discusión tuvo lugar en hebreo, por lo que Yanuka sólo en parte comprendió lo que se decía, pero parecía que se tratase de un último recurso, de una última instancia. Los dos suizos dijeron que el interrogatorio de Yanuka aún no había sido aprobado por el director de la cárcel, y la norma 6, párrafo 9, de la Convención establecía explícitamente que no se podían aplicar métodos coactivos, sin el permiso del director de la cárcel y sin la presencia de un médico. Pero la

Convención de Ginebra importaba un pimiento a los guardianes, quienes así lo manifestaron. Dijeron que estaban de la Convención hasta el gorro, y se llevaron las manos a la cabeza. Poco faltó para que aquello degenerara en pelea. Únicamente la paciencia suiza pudo evitar tal desenlace. Acordaron que los cuatro irían a ver, ahora mismo, al director de la cárcel para que decidiera. Y los cuatro salieron juntos, muy decididos, dejando de nuevo a Yanuka sumido en la oscuridad, a quien pronto se le vio apoyándose en un muro y orando, a pesar de que, en aquellos momentos, no podía tener la más leve idea del lugar en que se encontraba el Oriente.

A continuación, los dos suizos regresaron, sin los guardianes, aunque con un aspecto tremendamente grave, y aportando consigo el diario de Yanuka como si, a pesar de su pequeñez física, el diario hubiera cambiado totalmente la situación. También llevaban consigo dos pasaportes, uno de ellos francés y el otro chipriota, que habían sido hallados bajo las tablas del suelo, en el piso de Yanuka. Y también llevaban el pasaporte libanés con el que Yanuka viajaba en el momento en que fue secuestrado.

A continuación, los suizos le explicaron el problema con el que se enfrentaban, aunque lo hicieron en unos términos truculentos que no eran habituales en ellos, pero esta truculencia no constituía una amenaza, sino un aviso. Dijeron que, a petición de los israelíes, las autoridades de la Alemania Occidental habían efectuado un registro en el piso de Yanuka en Munich. Los alemanes habían encontrado el diario, los pasaportes y otros indicios abundantes que reflejaban los movimientos efectuados por Yanuka en el curso de los últimos meses, y que ahora se había decidido investigar «con todo vigor». En su argumentación con el director de la cárcel, los suizos habían insistido en que esta última propuesta no era legal ni necesaria. Lo mejor era, dijeron, que los representantes de la Cruz Roja pusieran dichos documentos ante el detenido, para que éste explicara el sentido de su contenido. Lo mejor era que la Cruz Roja, decentemente, invitara al detenido a explicarse, en vez de obligarle, a fin de dar un primer paso para preparar una declaración -que, si el director de la cárcel así lo deseaba, podía ser manuscrita por el propio detenido- referente a su paradero en el curso de los últimos seis meses, haciendo mención de fechas y lugares, de las personas con las que se habla reunido, de los alojamientos que había ocupado y de la documentación con la que había viajado. Si el honor militar obligaba a ser reticente, dijeron los suizos, el detenido podía alegarlo, en los puntos precisos. En los puntos en que no fuera dable aplicar dicha excepción, el detenido podía declarar, con lo cual ganaría tiempo.

En este momento, los suizos se atrevieron a ofrecer a Yanuka, o a Salim, que era como ahora le llamaban, sus propios consejos. Le suplicaron que, ante todo, fuera veraz y preciso, y tal le dijeron mientras montaban una mesa, daban una manta a Yanuka, y le dejaban libres las manos. No digas nada que quieras mantener en secreto, pero esfuérzate en que aquello que digas sea cierto. Re-cuerda que estamos obligados a conservar nuestro prestigio. Piensa en aquellos que algún día se encontrarán en la misma situación en que tú te encuentras ahora. Pórtate lo mejor posible, en beneficio de esa gente, lo cual será también en tu propio beneficio. La manera en que dijeron estas palabras sugería que Yanuka ya se encontraba a mitad de camino del martirio. Las razones de ello parecían carecer de importancia. Lo único que Yanuka sabía era que el terror dominaba su alma.

Tal como los interrogadores sabían desde un principio, la estratagema no era muy sólida. Y hubo un momento, de notable duración, por cierto, en que temieron que habían perdido la partida. Ello se manifestó en una larga y directa mirada que Yanuka les dirigió, con la que causó la impresión de abrir las cortinas del engaño y ver con toda claridad a sus opresores. Pero la claridad jamás había sido la base de las relaciones entre una y otra parte, y tampoco lo fue ahora. En el instante en que Yanuka aceptó la pluma que le ofrecían, vieron en sus ojos una expresión con la que les suplicaba que siguieran engañándole.

En el día siguiente al de este drama, alrededor de la hora del almuerzo, en la vida normal y corriente, Kurtz llegó procedente de Atenas, a fin de inspeccionar el trabajo de artesanía de Schwili, y dar su personal aprobación al diario, a los pasaportes y a los recibos, con ciertos ingeniosos añadidos, que debían ser devueltos a sus puntos de origen.

Kurtz también asumió la tarea de volver al principio. Pero, ante todos, cómodamente sentado en el piso inferior, Kurtz llamó a cuantos habían intervenido en la operación, salvo a los guardianes, para que le informaran, a su estilo y aire, acerca de los progresos efectuados.

Kurtz, con las manos enfundadas en blancos guantes de algodón, y sin que en él se advirtieran los rastros de haber pasado la noche entera dedicado a interrogar a Charlie, examinó los documentos que le presentaron, escuchó las cintas magnetofónicas en las grabaciones correspondientes a los momentos cruciales, y contempló con admiración en el ordenador de la señorita Bach los datos referentes a la vida de Yanuka, día tras día, en los últimos tiempos, expresados con letras verdes en la pantalla de un televisor: «Escribe a Charlie desde el City Hotel de Zürich, carta enviada desde el aeropuerto De Gaulle el dieciocho a las veinte horas… se reúne con Charlie en el hotel Excelsior, Heathrow… llamada telefónica a Charlie desde la estación de ferrocarril de Munich…» Y en cada nota iba la expresión de la prueba: el recibo, la anotación en el diario referente a cada encuentro… Se hacía constar en qué punto se daba una voluntaria laguna u oscuridad, debido a que en aquella reconstrucción nada era demasiado claro ni demasiado fácil.

Después de haber hecho todo lo anterior, cuando ya era de noche, Kurtz se quitó los blancos guantes, se puso el uniforme de oficial del ejército israelí, con las insignias de coronel, y unas cuantas siniestras tiras indicativas de campañas en las que había participado, y, en términos generales, redujo sus apariencias externas a las propias de un típico oficial del ejército convertido en funcionario de prisiones. Subió al piso de arriba, anduvo ágilmente de puntillas hasta la ventana de observación, a través de la cual observó muy atentamente a Yanuka durante un rato. Luego mandó a Oded y a su compañero al piso inferior, dándoles estrictas instrucciones de que le dejaran a solas con Yanuka. Hablando arábigo con voz gris y burocrática, Kurtz comenzó formulando a Yanuka unas cuantas preguntas sencillas y aburridas acerca de asuntos menudos: de dónde procedía cierto detonador, cierto explosivo, cierto automóvil o el lugar exacto en que Yanuka y la muchacha se habían reunido antes de que la chica pusiera la bomba de Godesberg.

Los detallados conocimientos que Kurtz poseía, y que demostraba de forma tan carente de énfasis, aterraron a Yanuka, quien reaccionó hablando a gritos a Kurtz y ordenándole que hiciera el favor de callarse, por razones de seguridad. Esta reacción intrigó a Kurtz.

Con la pasmada estupidez propia de las personas que han pasado largo tiempo en la cárcel, sea en calidad de celadores sea en calidad de presos, Kurtz protestó:

- ¿Y por qué debo callarme? Si tu gran hermano no se ha callado, ¿qué secretos tengo yo que mantener?

Kurtz formuló esta pregunta no a modo de revelación, sino como una lógica consecuencia de algo conocido por los dos. Mientras Yanuka miraba todavía con expresión enloquecida a Kurtz, éste le dijo unas cuantas cosas, referentes al propio Yanuka, que sólo su hermano podía conocer. Nada mágico hubo en esto. Después de haber empleado semanas estudiando la vida cotidiana del muchacho, teniendo intervenido su teléfono e interceptada su correspondencia - por no hablar ya del expediente en él centrado desde los dos últimos años que se hallaba en Jerusalén-, no constituía sorpresa alguna que Kurtz y su equipo estuvieran tan familiarizados como el propio Yanuka con detalles tales como los puntos francos a que sus cartas llegaban, el ingenioso sistema de una sola dirección por el que le llegaban las órdenes, y el momento en que Yanuka quedó sin comunicación con su estructura de mando. Lo que diferenciaba a Kurtz de sus antecesores consistía en la indiferencia con que se refería a estos detalles, así como su también evidente indiferencia ante las reacciones de Yanuka.

Yanuka comenzó a chillar:

- ¿Dónde está mi hermano? ¿Qué le habéis hecho? ¡Mi hermano no se chiva! ¡Jamás hablará! ¿Cómo le capturasteis?

Llegaron a un acuerdo en muy poco tiempo. En el piso inferior, el resto del equipo, arremolinado junto al altavoz, sintió que una impresión de maravilla dominaba por entero el cuarto, mientras oían cómo Kurtz, tres horas después de haber llegado, demolía fácil y rápidamente las últimas defensas de Yanuka. «En mi calidad de director de esta cárcel, mis funciones se limitan a cuestiones administrativas -explicó Kurtz-. Tu hermano se encuentra en el hospital, en una celda del hospital, abajo. Sí, está un tanto fatigado. Como es natural, tenemos esperanzas de que salve la vida, pero tardará unos cuantos meses en poder caminar. Cuando hayas contestado las preguntas pertinentes, firmaré una orden que te permita que compartas la celda de tu hermano; de modo que podrás cuidarle hasta que se recupere. Si te niegas a contestar, seguirás aquí, en el lugar en que ahora te encuentras.» Luego, para evitar que Yanuka creyera que le estaban engañando, Kurtz le mostró la foto en color, hecha con una polaroid, y debidamente trucada, en la que se veía la apenas reconocible cara del hermano de Yanuka, sobresaliendo de una manta carcelaria, manchada de sangre, mientras dos celadores le llevaban en vilo, después de haber sido interrogado.

Pero el talento de Kurtz jamás le permitía adoptar una postura inmóvil. Cuando Yanuka comenzó a hablar de verdad, Kurtz inmediatamente dio muestras de cordial comprensión de las pasiones del muchacho. De repente, el viejo carcelero sintió escuchar todo lo que el gran luchador había dicho al joven aprendiz. Cuando Kurtz regresó al piso inferior, el equipo había recibido de Yanuka cuanto de él se podía conseguir. Lo cual era casi nada o absolutamente nada, como Kurtz se apresuró a observar, en lo tocante a determinar el paradero del hermano mayor de Yanuka. Se advirtió, además, que la vieja norma del veterano interrogador había quedado de relieve una vez más, a saber, que la violencia física es contraria a la ética y al espíritu de la profesión. Kurtz insistió en ello, principalmente ante Oded. Realmente, Kurtz dio gran importancia a la máxima en cuestión. «Si es preciso hacer uso de la violencia, y es de advertir que, en ocasiones, no queda otro remedio, esforzaos siempre en utilizar la violencia contra la mente y no contra el cuerpo.» Kurtz estaba convencido de que se podían sacar lecciones de todo, siempre y cuando los jóvenes tuvieran la vista suficiente para verlas.

Kurtz insistió en esta máxima ante Gavron, aunque produjo una impresión notablemente inferior.

A pesar de todo, Kurtz ni siquiera entonces quiso descansar, o quizá no pudo descansar. A primera hora de la mañana siguiente, cuando el asunto de Yanuka estaba ya resuelto, con la salvedad de la última decisión, Kurtz regresó al centro de la ciudad, para consolar al equipo de vigilancia, cuya moral había descendido vertiginosamente, desde la desaparición de Yanuka. «¿Qué se ha hecho del muchacho? -gritó el viejo Lenny-. ¡Un chico con un futuro tan formidable, una promesa en tan diferentes campos!» Después de haber cumplido su piadosa misión, Kurtz se dirigió hacia el norte para tener otra amistosa entrevista con el buen doctor Alexis, haciendo caso totalmente omiso del hecho consistente en que, en méritos de la supuesta inestable naturaleza del doctor, Misha Gavron le hubiera apartado de la operación.

Esbozando una ancha sonrisa, Kurtz, recordando el fatuo telegrama que Gavron había enviado a la casa de Atenas, dijo a Litvak: -Diré al doctor Alexis que soy norteamericano.

Sin embargo, Kurtz iba al encuentro de su amigo, solo, con cauteloso optimismo. Dijo a Litvak: «Ahora avanzamos, y Misha sólo me ataca cuando estoy quieto.»

10

La taberna era mucho más primitiva que las de Mikonos, con un aparato de televisión, en blanco y negro, cuyas imágenes ondeaban como una bandera a la que nadie saludaba, y con unos clientes que eran viejos campesinos tan altivos que ni siquiera prestaban atención a los turistas, incluso en el caso de que se tratara de lindas muchachas inglesas, con un caftán azul, pelirrojas, y con un brazalete de oro. Pero en la historia que Joseph se estaba inventando ahora, eran Charlie y Michel que cenaban a solas en la grill-room de un parador situado en las afueras de Nottingham, que les había abierto las puertas en méritos del soborno pagado por Michel. El patético automóvil de Charlie se encontraba, como de costumbre, incapacitado para circular, y guardado en su garaje favorito de Camden. Pero Michel tenía un Mercedes lujoso, y ésta era la marca que le gustaba más. Michel tenía su Mercedes aparcado en la puerta trasera del teatro, y a bordo del Mercedes se llevó inmediatamente a Charlie, en un viaje de diez minutos, bajo la sempiterna lluvia de Nottingham. Y no hubo pasajera pataleta de Charlie, fuere aquí fuese allá, no hubo perecederas dudas de la muchacha, capaces de poner freno al impulso de la narración de Joseph.

Joseph dijo:

- Michel lleva guantes de conducir, para conducir. Es una de sus manías. Si te fijas en ello, nada dices al respecto.

Charlie pensó: «Sí, guantes con orificios en el dorso.» Preguntó:

- ¿Y qué tal conduce?

- No es un conductor nato, pero esto es algo que tú no se lo reprochas. Le preguntas dónde vive, y te contesta que ha llegado en automóvil desde Londres para verte. Le preguntas cuál es su ocupación y te contesta: «Estudiante.» Le preguntas dónde estudia y te contesta: «En Europa.» Lo dice de tal manera que parece insinuar que Europa es un sitio malo. Cuando insistes en tus preguntas sobre el mismo tema, aun cuando no lo haces con excesivo interés, te dice que sigue cursos semestrales en diversas ciudades, según sea el estado de su ánimo y el profesor que dirija el curso. Dice que los ingleses no comprenden este sistema de estudio. Cuando pronuncia la palabra «inglés», lo hace de tal manera que te parece hostil; tú no sabes por qué te parece hostil, pero así te parece. Hazme más preguntas.

- ¿Dónde vive ahora?

- Es un tanto evasivo al respecto, igual que yo. Con vaguedad, dice que a veces vive en Roma, a veces en Munich, un poco en París, en cualquier sitio, según decida. También en Viena. No dice que viva enclaustrado, pero deja claramente establecido que no está casado, lo cual no te desagrada.

Joseph sonrió y retiró la mano. Siguió:

- Tú le preguntas qué ciudad le gusta más, y él no contesta por estimar que la pregunta es frívola. Le preguntas qué disciplina estudia, y te contesta: «La libertad.» Le preguntas de qué país es y él te contesta que su patria está, en la actualidad, ocupada por el enemigo. ¿Cuál es tu reacción ante todo eso?

- Confusión.

- De todas maneras, llevada por tu habitual tozudez, vuelves a insistir y Michel pronuncia la palabra Palestina. Con pasión. En su voz, la palabra Palestina es un reto, es un grito de guerra: Palestina.

Joseph tenía la mirada tan fija en Charlie que ésta no pudo reprimir una risita nerviosa, después de lo cual apartó la mirada. Joseph dijo:

- Debo recordarte que en los tiempos en que ocurre todo lo anterior tú estás seriamente liada con Alastair, pero éste se encuentra en Argyll, para tu tranquilidad, interpretando un corto comercial que anuncia un producto de consumo carente de todo valor, y te consta que Alastair convive con la actriz que interpreta el corto junto con él. ¿De acuerdo?

- De acuerdo.

Y con la consiguiente sorpresa, Charlie se dio cuenta de que se había sonrojado. Joseph

dijo:

- Y ahora te ruego que me digas, por favor, lo que la palabra Palestina, pronunciada de la manera antes dicha por un muchacho ardiente, significa para ti en un parador de Nottingham, durante una noche lluviosa. Digamos que es él mismo quien te lo pregunta. Si te lo pregunta. ¿Por qué no ha de preguntártelo?

Charlie pensó: «¡0h Dios!, ¿Cómo se puede dar tantas vueltas a un mismo asunto?» Contestó:

- Los admiro.

- Llámame Michel, por favor.

- Los admiro, Michel.

- ¿Por qué?

- Por sus sufrimientos.

Charlie se sintió un poco tonta, después de esta contestación, y añadió:

- Por su perseverancia.

- Tonterías. Nosotros, los palestinos, no somos más que un hatajo de terroristas carentes de educación, que hubiéramos debido acostumbrarnos hace ya mucho tiempo a la pérdida de nuestra patria. No somos más que ex limpiabotas y vendedores ambulantes, no somos más que delincuentes juveniles con metralletas y viejos que se niegan a olvidar. Dime tu opinión. Para mí es de gran importancia. Recuerda que todavía te llamo Joan.

Charlie dejó de respirar. «Bueno: a fin de cuentas de algo me sirvieron mis fines de semana revolucionarios.» Contestó:

- Muy bien, de acuerdo, ahí va. Los palestinos, vosotros los palestinos, sois un pueblo pacifico y decente, dedicado a la agricultura y con grandes tradiciones, que injustamente fuisteis privados de vuestras tierras y vuestra patria, desde 1948, con la sola finalidad de apaciguar al sionismo, y de dejar bien sentada una base de Occidente en Arabia.

- Tus palabras no me desagradan, ni mucho menos. Prosigue, por favor.

Fue maravilloso para Charlie descubrir lo mucho que recordaba, al impulso de la perversa presión que Joseph ejercía en ella. Párrafos de olvidados panfletos, conferencias de entusiastas, discursos de luchadores por la libertad, páginas de libros leídos a medias, todo acudía a su memoria cual fieles aliados en un momento de apuro. Dijo:

- Sois el invento surgido de un complejo de culpabilidad europeo con respecto a los judíos… Os han obligado a pagar el holocausto en el que vosotros no participasteis… Sois víctimas de una política racista e imperialista, antiárabe, empeñada en un comportamiento de desposición y destierro…

En voz baja, Joseph apuntó:

- Y asesinato.

- Y asesinato.

Charlie volvió a vacilar, y se fijó en la extraña mirada fija en ella y, lo mismo que le ocurrió en Mikonos, de repente comprendió que ignoraba en absoluto el significado de aquella mirada. En tono frívolo, Charlie dijo:

- De todas maneras, esto es lo que los palestinos sois. -Al advertir que Joseph nada decía a estas palabras, Charlie añadió-: Y te lo digo porque lo preguntas, que conste.

Charlie siguió mirando a Joseph, en espera de que le diera una indicación que le revelara qué era lo que ella debía ser. Bajo el influjo de la presencia de Joseph, Charlie había relegado sus convicciones a las vivencias de una existencia anterior. Y estaba dispuesta a decir sólo lo que Joseph quisiera.

Como si jamás se hubieran sonreído el uno al otro en el curso de toda su existencia, Joseph dijo en tono de mando:

- Advierte que Michel no dice frivolidades. Advierte cuán rápidamente se ha dirigido a la faceta seria de tu personalidad. En ciertos aspectos, Michel también es meticuloso. Por ejemplo, esa noche lo ha preparado todo: la comida, el vino, las velas e incluso la conversación. Bien podemos decir que, con una eficiencia de puro estilo israelí, ha montado una campaña completa para capturar él solito a su Joan.

Fija la vista en su brazalete, como si lo estudiara, Charlie repuso gravemente:

- Lamentable.

- Entretanto, te dice que eres la más brillante actriz del mundo, lo cual, supongo, no te desagrada en absoluto. Insiste en confundirte con santa Juana, por lo que te llama Joan, pero en estos momentos ya no te irrita tanto como antes que la vida y el teatro formen una sola unidad para Michel. Te dice que santa Juana ha sido su heroína favorita desde el primer día en que leyó algo a ella referente. Era una mujer, y, a pesar de ello, supo despertar la conciencia de clase entre los campesinos franceses, y les dirigió en su batalla contra los invasores ingleses, imperialistas y opresores. Era una auténtica revolucionaria que supo encender la llama de la libertad en los pueblos oprimidos del mundo. Transforma en héroes a los esclavos. Esto es el resumen del análisis crítico de Michel. La voz de Dios dirigiéndose a Juana no es más que la conciencia revolucionaria de la propia Juana que la impulsa a ofrecer resistencia a los colonialistas. Desde luego, no puede ser la verdadera voz de Dios, debido a que Michel ha concluido que Dios ha muerto. ¿No te habías dado cuenta de todo lo anterior, al interpretar el papel de Juana de Arco?

Charlie seguía toqueteando el brazalete. A la ligera, contestó:

- Es posible que no me hubiera dado cuenta de algunos de estos aspectos.

Charlie levantó la cabeza y vio en Joseph una granítica expresión de desaprobación. Charlie exclamó:

- ¡Oh, Dios!

Joseph dijo:

- Charlie, te advierto muy sinceramente que jamás debes burlarte de Michel mediante tu occidental ingenio. Su sentido del humor es cambiante, y deja de existir en cuanto se centra en chistecitos acerca de su persona, principalmente cuando es una mujer quien los hace.

Joseph hizo una pausa para que su advertencia calara hondo. Siguió:

- Bueno… La comida es horrorosa, pero a ti te da absolutamente igual. Michel ha pedido carne, ignorando que tu estás pasando una de tus temporadas de vegetariana. Masticas unas pequeñas porciones de carne para no ofender a Michel. En una carta escrita posteriormente, le dirás que fue el peor bistec que comiste en tu vida, y, al mismo tiempo, el mejor. Sólo puedes prestar atención, mientras Michel habla, a su voz animada y apasionada, y a su bello rostro árabe iluminado por la luz de las velas. ¿De acuerdo?

Charlie dudó, sonrió y dijo:

- Eso.

- Te ama, está enamorado también de tu talento, y ama a santa Juana. Te dice: «Para los colonialistas británicos, Juana de Arco era una delincuente, cual lo han sido todos los luchadores por la libertad. Lo fue George Washington, lo fue Mahatma Gandhi, y también lo fue Robin Hood. De la misma forma que también lo son los luchadores por la libertad de Irlanda.» Tú te das cuenta de que Michel no expresa ideas que sean exactamente nuevas, pero su apasionada voz oriental, tan rebosante de… ¿naturalidad animal, digamos?, da a las ideas que expresa cierto carácter hipnótico que te impresiona, y da nueva vida a los viejos clisés. Es algo así como volver a descubrir el amor. Michel te dice: «Para los ingleses, todo aquel que lucha contra el terror del colonialismo es un terrorista; los británicos son mis enemigos, sí, todos salvo tú. Los británicos entregaron mi patria a los sionistas, mandaron allá a los judíos de Europa con la orden de convertir el Este en Oeste. Les dijeron: "Id allá y domesticad el Oriente en nuestro beneficio, los palestinos son basura, pero serán buenos esclavos para vosotros." Los viejos colonizadores británicos estaban cansados y derrotados, por lo que nos entregaron a los nuevos colonizadores, que tenían las ansias v la brutalidad precisas para cortar el nudo gordiano. Los británicos dijeron a los judíos: "No os preocupéis por el asunto árabe, que nosotros miraremos hacia otro lado, mientras vosotros os encargáis de ellos."» Escucha. ¿Me escuchas?

Joseph, ¿acaso he dejado de escucharte siquiera un instante? Joseph prosiguió:

- Michel es un profeta para ti, esa noche. Con anterioridad, nadie había concentrado sobre ti, sola, la plena fuerza de su fanatismo. Su convicción, su entrega y su devoción resplandecen en él, mientras habla. Desde luego, desde un punto de vista teórico, esta predicando a una convencida de antemano, pero, desde un punto de vista práctico, está poniendo un corazón humano en el vago cajón de sastre de tus izquierdistas principios. Esto es algo que tu le dices en una carta escrita más tarde, prescindiendo de que sea o no sea lógico que un cajón de sastre contenga un corazón. Quieres que te sermonee, quieres que ataque tu británico sentido de culpabilidad, y es lo que Michel hace. Tu protector cinismo queda totalmente apartado. Te sientes renacida. ¡Cuán lejos está Michel de los prejuicios de la clase media, prejuicios que aún no han sido erradicados! ¡Cuán lejos se encuentra de tus simpatías occidentales, tan perezosamente adquiridas!

Joseph hizo una pausa y dijo en voz baja, como si Charlie hubiera formulado una pregunta:

- ¿Dime?

Charlie meneó negativamente la cabeza, v Joseph volvió a lanzarse, rebosando el fervor propio de su árabe personaje:

- Michel ignora totalmente que en teoría tú ya estás de su parte. Exige que te obsesiones del todo con su causa, que te conviertas de nuevo a ella. Te dice estadísticas como si tú fueras culpable de los números. Más de dos millones de árabes cristianos y musulmanes expulsados de su patria, desde 1948. Sus casas y sus pueblos fueron arrasados, y te dice los correspondientes números, sus tierras expropiadas en méritos de leyes en las que los acabe; no tuvieron ni voz ni voto, y te recita el número de dunams (un dunam equivale a mil metros cuadrados). Tú se lo has preguntado y él te lo ha dicho. Y cuando estos árabes llegan al exilio, sus propios hermanos árabes los asesinan y los tratan como a chusma, y los israelíes bombardean sus campamentos debido a que los palestinos siguen resistiendo. Si, ya que resistirse a ser desposeído es ser un terrorista, en tanto que colonizar, bombardear a refugiados, diezmar la población, esto no es más que una lamentable necesidad política. Si, ya que diez mil árabes muertos valen menos que un judío muerto. Escucha.

Joseph se inclinó al frente y cogió a Charlie por la muñeca:

- En Occidente no hay ni un solo liberal que dude en hablar en contra de las injusticias de Chile, Sudáfrica, Polonia, Argentina, Cambodia, Irán, Irlanda del Norte, o cualquier otro territorio que esté de moda.

La presión de la mano de Joseph sobre la muñeca de Charlie se intensificó:

- Sin embargo, ¿quién tiene la pura y simple valentía de manifestar en voz alta el acto más cruel y burlesco de toda la historia, consistente en que Israel, en treinta años, ha convertido a los palestinos en los nuevos judíos de la tierra? ¿Sabes cómo los sionistas calificaban a mi país, antes de apoderarse de él? Pues decían: «Es una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra.» ¡No existimos! Mentalmente, los sionistas ya habían cometido un genocidio, sólo les faltaba cometerlo de hecho. Y vosotros, los ingleses, fuisteis los arquitectos de esa gran visión. ¿Sabes cómo nació Israel? Una potencia europea regaló a un grupito de judíos un territorio árabe. Y no consultó ni a un solo habitante de dicho territorio. Y esta potencia fue la Gran Bretaña. ¿Quieres que te cuente cómo nació Israel? ¿Es demasiado tarde, quizá? ¿Estás cansada, acaso? ¿Tienes que regresar a tu hotel?

Mientras daba las contestaciones pedidas, Charlie tuvo tiempo de maravillarse ante la paradoja de un hombre capaz de bailar con tantas y tantas de sus muchas sombras, y, a pesar de ello, mantener el equilibrio. Entre los dos ardía una vela. Estaba clavada en el cuello de una vieja y grasienta botella negra, y sometida al constante ataque de un moscardón ebrio, que Charlie apartaba de vez en cuando con el dorso de la mano, con lo cual su brazalete despedía destellos. A la luz de la vela, mientras Joseph desarrollaba su historia alrededor de Charlie, ésta contemplaba la cara recia y disciplinada de Joseph, alternándola con la de Michel, cual si se tratara de dos caras impresas en una misma placa fotográfica.

- Escucha. ¿Me escuchas?

- Joseph, te estoy escuchando. Michel, te estoy escuchando.

- Nací en el seno de una patriarcal familia en un pueblo situado cerca de El Jalil, ciudad a la que los judíos llaman Hebrón. -Hizo una pausa, con la recia mirada de sus ojos negros fija en Charlie, y repitió-: El Jalil. -Volvió a callar. Y habló de nuevo-: Recuerda el nombre, es de gran importancia para mí que lo recuerdes, y lo es por muchas razones. Recuérdalo: El Jalil. ¡Dilo!

Charlie lo dijo: «El Jalil.»

- El Jalil es un gran centro de pura fe islámica. En arábigo, la palabra significa «amigo de Dios». El pueblo de El Jalil, o Hebrón, es la élite de Palestina. Y te voy a contar un chistecito que te dará mucha risa. Existe la creencia de que el único lugar del que los judíos jamás fueron expulsados es la montaña de Hebrón, que se alza al sur de la ciudad. Por lo tanto, es muy posible que por mis venas corra sangre judía. Y esto no me avergüenza. No soy antisemita, sólo soy antisionista. ¿Me crees?

Joseph no esperó a que Charlie le asegurase que le creía, debido a que no lo necesitaba.

- En casa éramos seis hermanos; o sea, cuatro chicos y dos chicas. Yo soy el menor. Todos trabajábamos la tierra; mi padre era el mukhtar, o jefe, nombrado por el consejo de los ancianos. Nuestro pueblo era famoso por sus higos y sus uvas, por sus guerreros y por sus mujeres, mujeres tan hermosas y tan obedientes como tú. La mayor parte de los pueblos son famosos solamente por una cosa. El mío lo es por muchas.

Charlie murmuró:

- Sí, claro, ¿cómo no?

Pero su interlocutor estaba muy lejos, pero que muy lejos, de ser susceptible a ironías.

- Sin embargo, mi pueblo era famoso sobre todo por los sabios consejos que daba mi padre, quien tenía la convicción de que los musulmanes debieran formar una sociedad conjuntamente con los cristianos y los judíos, de la misma forma que sus respectivos profetas vivían en armonía, todos juntos, bajo un mismo Dios. Y te hablo mucho de mi padre, mi familia y mi pueblo. En esta ocasión y en muchas otras posteriores. Mi padre admiraba a los judíos. Había estudiado el sionismo, y le gustaba invitar a judíos a nuestro pueblo para hablar con ellos. Obligó a mis hermanos mayores a aprender el hebreo. De niño escuchaba por la noche a los hombres cantando viejas canciones de guerra. De día, llevaba por la brida el caballo de mi abuelo al río, y escuchaba cuentos de viajeros y trashumantes. Cuando te describo este paraíso, te causo la sensación de recitarte auténtica poesía. Sí, sé hacerlo. Tengo el don preciso para ello. Te cuento que en la plaza de mi pueblo bailábamos el dabke y escuchábamos el oud, mientras los viejos jugaban al chaquete y fumaban sus narjeels.

Esta última palabra nada significaba para Charlie, pero tuvo la prudencia suficiente para no interrumpir a Joseph.

- En realidad, tal como voluntariamente reconozco ante ti, poco recuerdo de todo lo que te he contado. En realidad, te estoy contando los recuerdos de mis mayores, ya que ésta es la manera en que nuestras tradiciones perviven en el exilio de los campamentos. A medida que pasan las generaciones, nos vemos obligados más y más a vivir nuestra patria al través de los recuerdos de los viejos. Los sionistas te dirán que no teníamos una cultura y que no existíamos. Te dirán que estábamos degenerados, que vivíamos en chozas de adobe y que íbamos cubiertos de apestosos harapos. Te dirán palabra por palabra lo mismo que, en pasados tiempos, los antisemitas decían de los judíos en Europa… La verdad, en ambos casos, es que éramos un pueblo noble.

La oscura cabeza que Charlie tenía ante sí efectuó un movimiento afirmativo, indicando que las dos personalidades estaban de acuerdo en lo tocante a esta última realidad.

- Te cuento nuestra vida campesina, y los muchos intrincados sistemas mediante los cuales se mantenía el comunitario vivir en nuestro pueblo, te cuento la cosecha de la uva, te cuento que la población entera iba a los viñedos, siguiendo las órdenes del mukhtar, mi padre. Te explico que mis hermanos mayores comenzaron su formación en una escuela que vosotros, los ingleses, establecisteis en el Mandato. Te reirás, pero la verdad es que mi padre también creía en los ingleses. Te cuento que en la casa destinada a invitados, en nuestro pueblo, había café caliente a todas horas, de día y de noche, para que nadie dijera que el pueblo era pobre o que nosotros no tratábamos con la debida hospitalidad a los forasteros. ¿Quieres saber qué le ocurrió al caballo de mi abuelo? Lo vendió para comprarse un rifle, con la finalidad de matar sionistas cuando atacaran el pueblo. Pero pasó todo lo contrario: los sionistas mataron a tiros a mi abuelo. Y obligaron a mi padre a estar al lado de ellos, de los sionistas, cuando mataron a mi padre. A mi padre, que había tenido fe en ellos.

- ¿Es verdad esto?

- Por supuesto.

Pero Charlie no pudo determinar si la contestación se la había dado Joseph o Michel, y le constaba que quien le contestó quería que no lo supiera.

- Cuando me refiero a la guerra del 48, la llamo «La Catástrofe». Jamás hablo de la guerra, siempre hablo de la Catástrofe. Carecíamos de organización, y no podíamos defendernos del agresor armado. Nuestra cultura se desarrollaba en pequeñas comunidades, todas independientes, y lo mismo cabe decir de nuestra economía. Pero, al igual que los judíos de Europa antes de su holocausto, carecíamos de unidad política, lo cual fue nuestra perdición. Con excesiva frecuencia nuestras pequeñas comunidades peleaban entre sí, lo cual es característico de los árabes, estén donde estén, y quizá también de los judíos. ¿Sabes lo que hicieron los sionistas en mi pueblo, debido a que no huimos, dejándolo abandonado, como hicieron nuestros vecinos?

Charlie no lo sabía, pero ello carecía de importancia debido a que quien le hablaba no le prestaba la menor atención.

- Llenaron de gasolina y explosivos varios barriles, y los soltaron colina abajo, con lo que nuestras mujeres y los niños murieron abrasados. Podría hablarte durante una semana entera, sólo de las torturas a que mi gente ha sido sometida. Manos cortadas. Mujeres violadas y quemadas vivas. Niños cegados.

Una vez más, Charlie examinó profundamente a aquel hombre para saber si realmente creía sus propias palabras. Pero el hombre no le dio clave alguna, como no fuera la de una intensa solemnidad en su expresión, solemnidad que armonizaba bien con cualquiera de sus maneras de ser.

- Ahora, si te murmuro las palabras.Deir Yasseen», ¿sabes lo que te digo, sabes lo que significan?

- No, Michel; jamás las había oído.

Pareció complacido. Dijo:

- Pues en este caso, debes preguntarme. ¿Qué significa Deir Yasseen?

Charlie así lo hizo:

- Por favor, señor, dígame qué significa Deir Yasseen.

- Una vez más te contesto como si lo hubiera visto con mis propios ojos ayer mismo. El día 9 de abril de 1948, en el pequeño pueblo árabe de Deir Yasseen, doscientos cincuenta y cuatro habitantes del pueblo, mujeres, viejos y niños, fueron asesinados por los pelotones terroristas de Sión, mientras los hombres jóvenes trabajaban en los campos. Mujeres preñadas tuvieron que sufrir que asesinaran a sus hijos nonatos, en su propio vientre. La mayoría de los cadáveres fueron arrojados a un pozo. Pocos días después, casi medio millón de palestinos habían huido de su propio país. El pueblo de mi padre fue una excepción. Mi padre dijo: «Nos quedamos aquí, ya que si vamos al exilio, los sionistas jamás nos permitirán volver.» Mi padre incluso creía que vosotros, los ingleses, volveríais para protegernos. No alcanzaba a comprender que vuestras ambiciones imperialistas necesitaban implantar en el Oriente Medio, en el mismísimo corazón del Oriente Medio, un obediente aliado.

Charlie sintió en ella la mirada de Joseph, y se preguntó si aquel hombre era consciente del interior retraímiento del espíritu de Charlie, y si el hombre había tomado la decisión de hacer caso omiso de ello. Sólo después, Charlie pensó que Joseph provocaba voluntariamente tal retraímiento, con la finalidad de que se pasara al campo opuesto.

- Durante casi veinte años, a partir de la Catástrofe, mi padre se mantuvo arraigado en los restos de mi pueblo. Algunos le tildaban de colaboracionista. Esa gente no sabía nada de nada. Esa gente no había sentido la bota del sionista en el cuello. En los alrededores de mi pueblo, en las regiones contiguas, la gente era expulsada, golpeada y detenida. Los sionistas confiscaban sus tierras, arrasaban sus casas con los tractores, y fundaban asentamientos sobre el terreno devastado, y en estos asentamientos prohibían que morasen árabes. Pero mi padre era pacífico y sabio, lo que le permitió, durante cierto tiempo, mantener a los sionistas alejados de nosotros.

Una vez más, Charlie sintió deseos de preguntarle: «¿Y eso es verdad?» Pero tampoco en esta ocasión tuvo tiempo para ello.

- Pero en la guerra del 67, cuando vimos que los tanques se acercaban a nuestro pueblo, también nosotros emprendimos la huida. Con lágrimas en los ojos, nuestro padre nos reunió, y nos dijo que juntáramos todo lo que teníamos. Nos dijo: «Ahora, comenzarán los pogroms.» Yo era el más joven y no sabía nada de nada, por lo que le pregunté: «Padre, ¿qué es un pogrom?» Y me contestó: «Es lo que los occidentales hicieron a los judíos, y precisamente por esto es lo que ahora los sionistas nos hacen a nosotros; los sionistas han conseguido una gran victoria y podrían ser generosos; pero en su política no hay virtudes.» Hasta el fin de mis días recordaré cómo mi altivo padre penetró en la miserable choza que entonces era nuestro hogar. Durante largo rato estuvo quieto ante la entrada de la choza, reuniendo el valor preciso para entrar. No lloró, pero se pasó varios días sentado en una caja de madera que contenía sus libros, y nada comió. Creo que mi padre, en el curso de aquellos días, se avejentó veinte años. Dijo: «He penetrado en mi tumba; esta choza es mi tumba.» Desde el momento en que entramos en Jordania nos convertimos en apátridas, sin documentación, sin derechos, sin futuro, sin trabajo. ¿La escuela a la que me mandaron? Era una barraca hecha con latas, llena de moscas y de niños mal alimentados. Recibo enseñanzas de Al Fatah. Son muchas las cosas que tengo que aprender. Me enseñan el manejo de las armas de fuego. Me enseñan a luchar contra los agresores sionistas.

Hizo una pausa y Charlie, al principio, pensó que le sonreía, pero en su rostro no había alegría. Con voz tranquila, dijo a Charlie:

- Lucho, luego existo. ¿Sabes quién dijo estas palabras, Charlie? Un sionista. Un sionista patriota, amante de la paz, idealista, que ha matado a muchos ingleses y a muchos palestinos, mediante métodos terroristas; ahora bien, debido a que es un sionista, no es un terrorista, sino un héroe y un patriota. ¿Sabes quién era este sionista cuando pronunció estas palabras, este sionista civilizado y amante de la paz? Era el primer ministro de un país llamado Israel. Procedente de Polonia. Tú, que eres una inglesa bien educada, ¿puedes decirme a mí, que soy un campesino apátrida, de qué manera un polaco llegó a ser el jefe político de mi patria, Palestina, un polaco que sólo existe debido a que lucha? ¿Puedes explicarme, por favor, en méritos de qué principio de la justicia inglesa, de la inglesa imparcialidad y del juego limpio inglés, este hombre gobierna mi país? ¿Y nos llama terroristas?

La pregunta resbaló de la mente de Charlie, antes de que pudiera analizarla. Charlie no estimó que la pregunta constituyera un reto, sino que ello quedó de relieve por sí mismo, gracias al caos que su interlocutor estaba creando en ella. Charlie le preguntó:

- ¿Y tú puedes decírmelo?

No contestó; sin embargo, no se comportó como si no hubiera oído la pregunta. La recibió. Charlie tuvo una pasajera impresión de que la había estado esperando. Luego, el interlocutor de Charlie se irguió, en un movimiento poco agradable, soltó una carcajada, cogió el vaso y lo levantó en brindis a Charlie, a quien ordenó:

- Brinda conmigo. Vamos: levanta tu vaso. Son los vencedores quienes escriben la historia. ¿Habías olvidado un hecho tan simple como éste? ¡Bebe conmigo!

Obediente, Charlie levantó el vaso.

El hombre dijo:

- Brindo por el menudo y valeroso Israel, por su increíble capacidad de supervivencia, gracias al subsidio norteamericano de siete millones de dólares diarios, y gracias a todo el poder del Pentágono bailando al son de Israel.

Sin beber, dejó el vaso en la mesa. Charlie hizo lo mismo. Con este gesto, con el consiguiente alivio de Charlie, pareció que el melodrama terminara, por el momento.

- Y tú, Charlie, escuchas. Admirada y pasmada por su romanticismo, por su belleza, por su fanatismo. No es un hombre reticente. No tiene las inhibiciones occidentales. ¿Tiene éxito el trasplante antes dicho o quizá el tejido de tu imaginación rechaza algo tan perturbador?

Charlie cogió la mano de Joseph y comenzó a explorar la palma con la punta de sus dedos. Para ganar tiempo, Charlie le preguntó:

- ¿Y domina el inglés hasta el punto de poder decir todo esto?

- Tiene un vocabulario plagado de palabras en jerga, y una impresionante cantidad de frases de vacía retórica, de estadísticas dudosas, y de citas tendenciosamente utilizadas. A pesar de esto, comunica la excitación propia de una mente joven, apasionada, y en constante formación.

- ¿Y qué hace Charlie durante todo ese tiempo? Sí, ¿qué hago? ¿Me estoy quieta y pasmada, con cara de boba, pendiente de todas y cada una de sus palabras? ¿Le animo a seguir hablando? ¿Qué hago?

- De acuerdo con el libreto, tu actuación carece de toda importancia. Michel te tiene medio hipnotizada, al otro lado de la vela. Esto es lo que tú le dices en una de las cartas que más adelante le escribirás. «Mientras viva recordaré tu noble rostro, iluminado por la luz de la vela, en la primera noche que estuvimos juntos.» ¿Crees que estas frases son un poco exageradas o ridículas quizá?

Charlie soltó la mano de Joseph, y dijo:

- ¿A qué cartas te refieres? ¿De dónde recibo tales cartas?

- Por el momento, dejemos establecido que tú, más tarde, le escribes cartas. Y permíteme que te lo vuelva a preguntar: ¿te parece eficaz lo que te he dicho? ¿O estimas que debiéramos despedir al autor del libreto e irnos a casa?

Charlie tomó un sorbo de vino. Luego otro. Y dijo:

- Es eficaz. Sí, por el momento se puede representar, esa obra.

- ¿Y la carta? ¿No te parece demasiado? ¿Eres capaz de aguantar el escribir cartas así?

- Si no se puede dejarlo todo expresado en una carta, ¿de qué otra manera podrás hacerlo?

- Excelente. En consecuencia, esto es lo que tú le escribes, y ésta es la manera en que todo se desarrolla. Con la salvedad de un pequeño detalle. Este no es tu primer encuentro con Michel.

Sin hacer comedia, Charlie dejó bruscamente el vaso sobre la mesa.

Una nueva excitación se había apoderado de Joseph. Inclinándose hacia adelante, de manera que la luz de la vela iluminó sus bronceadas sienes, causando la impresión de que fuera la luz del sol incidiendo en un casco de bronce, Joseph dijo:

- Escucha. -Hizo una pausa y repitió-: Escucha. ¿Me escuchas? Una vez más, Joseph no se tomó la molestia de esperar la contestación. Dijo-: Una cita de un filósofo francés: «El mayor delito es no hacer nada debido a que tememos que sólo podamos hacer un poco.» ¿No te suena la frase?

En voz baja, Charlie exclamó:

- ¡Oh, Dios!

Y, llevada por un impulso, cruzó protectora mente los brazos sobre su pecho. Joseph inquirió:

- ¿Quieres que prosiga? -De todas maneras, prosiguió-: ¿No te recuerda a nadie esta frase? «Sólo hay una guerra de clases, y esta guerra de clases es la que se da entre los colonizadores y los colonizados, entre los capitalistas y los explotados. Nuestra tarea es llevar la guerra al terreno de aquellos que la inician. Al terreno de los millonarios racistas, que creen que el Tercer Mundo es una granja de su propiedad privada. Al terreno de los corruptos jeques petroleros que han vendido la primogenitura del mundo árabe.»

Joseph hizo una pausa, y observó cómo la cabeza de Charlie resbalaba por entre sus manos. Esta musitó:

- Basta, Joseph. Esto es ya demasiado. Vayamos a casa.

- «Al terreno de los belicistas imperialistas que arman a los agresores sionistas. Al terreno de la insensata burguesía occidental que es inconsciente esclava de su sistema y perpetuadora del mismo.» -Joseph hablaba casi en un murmullo, pero precisamente debido a ello su voz era mas penetrante-. «Nos dicen que no debemos atacar a las mujeres y a los niños. Pero yo os digo que la inocencia ha dejado de existir. Por cada niño que muere de hambre en el Tercer Mundo, hay en Occidente un niño que ha robado la comida de aquél.»

Charlie, ahora tremendamente segura de la situación en que se encontraba, dijo por entre los dedos con que se cubría la cara:

- Basta. Esto es excesivo. Me rindo.

Pero Joseph prosiguió su recitado:

- «Cuando tenía seis años de edad, me echaron de mi tierra. Cuando tenía ocho años me alisté al Ashbal.» Vamos, Charlie: pregunta qué es el Ashbal. Si, tú eres quien debe formular la pregunta. Y la formulaste. ¿Y qué te contesté?

Por entre sus dedos, Charlie repuso:

- La milicia infantil. Voy a vomitar, ahora mismo, Joseph.

- «A los diez años de edad estuve agazapado en un refugio construido con nuestras propias manos, mientras los sirios bombardea ban nuestro campamento. Cuando yo tenía quince años, mi madre y mi hermana fueron asesinadas por los sionistas, en el curso de un ataque aéreo.» Prosigue, Charlie. Termina tú misma mi historia.

Charlie había vuelto a coger la mano de Joseph, en esta ocasión con las dos suyas, y la golpeaba suavemente contra la mesa, como si de esta manera quisiera reñirle. Joseph le recordó:

- «Si se puede bombardear a los niños, los niños también pueden luchar.» ¿Y si esa gente coloniza? ¿Qué? ¡Prosigue! Casi sin querer, Charlie repuso:

- Hay que matarla.

- ¿Y si las madres del mundo agresor alimentan a sus hijos para poderles enseñar después a robarnos la tierra y a bombardear a nuestros compatriotas en el exilio?

- En este caso, las madres están en primera línea de fuego, juntamente con sus maridos, Joseph.

- ¿Y qué debemos hacer nosotros?

- Debemos matarlas también. Pero yo no le creí, cuando me contó todo lo que has dicho, y tampoco ahora le creo.

Joseph hizo caso omiso de la protesta de Charlie. Ahora Joseph estaba declarando, en nombre del otro, su eterno amor a Charlie:

- Escucha, por los orificios del negro casco que me había puesto, mientras te transmitía mi mensaje en el curso de la conferencia, observé cómo me mirabas entusiasmada. Observé tu cabeza pelirroja. Tus fuertes y revolucionarias facciones. ¿Y acaso no fue paradójico que, en la primera ocasión en que nos vimos, yo estuviera en el escenario y tú te encontraras entre el público?

- ¡Yo no estaba entusiasmada! Contrariamente, pensaba que te estabas excediendo, y sentía deseos de decírtelo.

Pero Joseph no permitió que Charlie le enmendara la plana:

- Fueran cuales fuesen tus sentimientos en aquella ocasión, ahora, aquí, en el motel de Nottingham, sometida a mi hipnótica influencia modificaste tus recuerdos. Y me dices que, a pesar de no haber podido ver mi cara, mis palabras quedaron para siempre grabadas en tu memoria. ¿Por qué no? ¡Charlie, así consta en la carta que me dirigiste!

Pero Charlie no estaba dispuesta a ceder. No, todavía no. De repente, y por primera vez desde el instante en que Joseph comenzó su relato, Michel se había convertido para Charlie en un ser independiente y vivo. Charlie se dio cuenta de que hasta el presente instante se había servido, inconscientemente, de las facciones de Joseph para dar vida a su imaginario amante, y de la voz de Joseph para dar carácter a sus declamatorias manifestaciones. Pero ahora, igual que una célula que se divide, los dos, hombres eran seres independientes y en contradicción, y Michel había adquirido su propia dimensión en la realidad. Charlie le volvió a ver en la sala de conferencias, con el suelo sin barrer, y con la fotografía de Mao, en viejo papel que ya se curvaba, y con los rayados bancos de escuela. Vio las filas de distintas cabezas con peinados que iban desde el de estilo afro al estilo Jesús, y volvió a ver a Long Al, laciamente sentado, en estado de aburrida embriaguez. Y en el estrado vio la figura aislada e indescifrable del valeroso representante de Palestina, un poco más bajo que Joseph, y quizá un poco más recio, aunque era difícil determinarlo, tal como iba, con su negra máscara, su ancha blusa caqui y su kaffiyeh blanco y negro, aunque ciertamente era más joven y, desde luego, más fanático. Recordó sus labios de pez, con expresión airada, debajo del casco. Se acordó del pañuelo rojo desafiantemente liado al cuello, y las manos enguantadas con las que subrayaba sus palabras y argumentaciones. Principalmente, recordó su voz, que no era gutural, como Charlie había previsto, sino de tono literario y cortés, en macabro contraste con su sanguinario mensaje tan impropio de Joseph. Recordó que se detenía, con el fin de volver a estructurar una frase, impulsado por sus deseos de expresarse con gramatical corrección: «Las armas y el regreso son una misma cosa para nosotros…; es imperialista todo aquel que no nos ayuda en nuestra revolución…, no actuar es apoyar la injusticia.»

En el mismo tono de leve rememoración, Joseph dijo:

- Me enamoré de ti inmediatamente. O, por lo menos, esto es lo que ahora te digo. Tan pronto terminé la conferencia, pregunté quién eras, pero me sentí incapaz de abordarte delante de tanta gente. También me di cuenta de que no podía mostrarte mi rostro, rostro que es una de mis mejores armas, En consecuencia, decidí ir a tu encuentro en el teatro. Hice indagaciones y te localicé en Nottingham. Y allá fui: te amo infinitamente, Michel.

Como si quisiera disculparse, Joseph dio exageradas muestras de preocuparse por el bienestar de Charlie, le llenó el vaso, pidió café, tras preguntarle cómo le gustaba más - resultó ser con un poco de leche-, le preguntó si deseaba ir al lavabo, obteniendo la contestación de que no, gracias. En la pantalla de televisión se veía un boletín de noticias, en el que un sonriente político descendía por la escalerilla de un avión. El político consiguió llegar al suelo, sin contratiempos.

Terminadas estas muestras de solicitud, Joseph miró significativamente a su alrededor, en la taberna, y luego miró a Charlie. A continuación, la voz de Joseph se convirtió en la mismísima esencia del sentido práctico:

- En consecuencia, Charlie, te conviertes de la Joan, la Juana de Arco, de Michel, en su gran amor, en su obsesión. Los empleados del motel ya se han ido, y estamos los dos solos en el comedor. Tu admirador sin máscara y tú. Ha pasado ya la medianoche y yo te he estado hablando durante demasiado tiempo, a pesar de que ni siquiera he comenzado a explicarte los sentimientos de mi corazón, ni a preguntar acerca de tu vida, a pesar de que te amo más que a nadie en mi vida, de que una experiencia semejante es totalmente nueva para mi, etcétera. El día siguiente es domingo, y tú estás libre, en tanto que yo he alquilado una habitación en el hotel. No hago el menor intento de persuadirte. No, no es éste mi estilo. Quizá sienta demasiado respeto hacia tu dignidad. O quizá mi orgullo me impida el intento de persuasión. O bien tú vienes a mí, como un verdadero compañero de armas, una amante libre, en una relación de soldado a soldado, o bien no te comportas de tal manera. ¿Cómo reaccionas? ¿Te muestras súbitamente impaciente por regresar al Astral Commercial Hotel, junto a la estación ferroviaria?

Charlie le miró fijamente y luego apartó la mirada. En la cabeza le bullían diez o doce respuestas cómicas, pero decidió prescindir de ellas. La figura del encapuchado en la sala de conferencias volvió a ser una abstracción. Era Joseph, y no un extraño, quien le había formulado la pregunta. ¿Y qué podía contestar Charlie, cuando en su imaginación ya estaban los dos juntos en cama, descansando Joseph su cabeza sobre el hombro de Charlie, teniendo Joseph su fuerte cuerpo con cicatrices junto al de Charlie, mientras ésta averiguaba la verdadera manera de ser de Joseph?

Joseph dijo:

- A fin de cuentas, Charlie, según tus propias declaraciones, te has acostado con hombres por mucho menos que esto.

Charlie, pareciendo de repente muy interesada en el salero de plástico, repuso: