/ Language: Español / Genre:thriller / Series: Dexter (es)

Dexter en la oscuridad

Jeff Lindsay

Dexter Morgan no soporta la sangre. Curiosa mania para un forense del Departamento de Policia de Miami. Mas teniendo en cuenta que Dexter aprovecha las noches de luna llena para cortar en pedacitos a otros como el, asesinos en serie que han escapado a la accion de la justicia. Pero es posible que a partir de ahora su vida de un giro decisivo. Es que Dexter le ha dado el si a Rita y esta a punto de convertirse en un marido respetable, la figura paterna a la que imitaran Ashtor y Cody, los hijos de su pareja. Y, en caso de que la vida matrimonial no resultara amenaza suficiente para sus correrias nocturnas, una sucesion de asesinatos rituales podria llevarlo a reconsiderar su propia adiccion al homicidio.

Jeff Lindsay

Dexter en la oscuridad

Para Hillary, como siempre

Agradecimientos

Es imposible escribir en el vacío. Bear, Pookie y Tink me apoyaron para escribir este libro. Mi gratitud para Jason Kaufman y su edecán, Caleb, por su enorme ayuda a la hora de dar forma al manuscrito.

Y, como siempre, gracias especiales a Nick Ellison, quien consiguió que todo sucediera.

En el principio

ÉL recordaba una sensación de sorpresa, y después una caída, pero eso era todo. Después, se limitó a esperar.

Esperó mucho tiempo, pero no le costaba nada, porque la memoria no existía y nada había chillado todavía. Por lo tanto, ÉL no sabía que estaba esperando. En aquel momento, no sabía nada. EL simplemente existía, sin posibilidad de medir el tiempo, sin posibilidad ni siquiera de engendrar la idea del tiempo.

De modo que esperó, y observó. Al principio, no había gran cosa que ver: fuego, piedras. Agua y, por fin, pequeñas cosas que se arrastraban, que empezaron a cambiar y aumentaron de tamaño al cabo de un tiempo. No hacían gran cosa, salvo comerse mutuamente y reproducirse. Vero no había nada con lo que compararlos, de modo que durante un tiempo eso fue suficiente.

El tiempo transcurrió. ÉL vio que las cosas grandes y las pequeñas se mataban y devoraban mutuamente sin propósito alguno. Mirar eso no proporcionaba un verdadero goce, pues no había nada más que hacer y había muchas más cosas. Pero daba la impresión de que EL no podía más que mirar. Así que empezó a preguntarse: ¿por qué estoy mirando esto?

ÉL no descubría la menor lógica en todo lo que ocurría, y no podía hacer nada al respecto, pero allí estaba, observando. ÉL reflexionó sobre el problema durante mucho tiempo, pero no llegó a ninguna conclusión. Aún no había forma de meditarlo a fondo. La idea de un propósito aún no existía. Sólo existían ÉL y ellos.

Había muchos, y cada vez más, ocupados en matar, comer y copular. Vero sólo había un ÉL, y no hacía ninguna de estas cosas, de modo que ÉL empezó a preguntarse el motivo. ¿Por qué ÉL era diferente? ¿Por qué era tan diferente de todo lo demás? ¿Qué era ÉL? Y si era algo, ¿debía hacer algo tambi én ?

Transcurrió más tiempo. Las incontables cosas que se arrastraban fueron aumentando de tamaño y mejorando las técnicas de matarse mutuamente. Interesante al principio, pero sólo debido a las sutiles diferencias. Se arrastraban, saltaban y reptaban para matarse mutuamente. De hecho, una de ellas hasta voló por los aires para matar. Muy interesante, pero… ¿y qué?

ÉL empezó a sentirse incómodo con todo esto. ¿Cuál era el objetivo? ¿Debía participar en lo que presenciaba? Y si no, ¿por qué estaba observando?

ÉL decidió descubrir la razón de su presencia, fuera cual fuera. Por lo tanto, cuando estudiaba las cosas grandes y las pequeñas, estudiaba en qué era diferente de ellas. Todas las demás cosas necesitaban comer y beber, de lo contrario morían. Y aunque comieran y bebieran, al final también morían. EL no moría. Existía y existía. No necesitaba comer ni beber. Pero poco a poco, EL tomó conciencia de que necesitaba… algo, pero ¿qué? Intuía que existía una necesidad, y que la necesidad era cada vez más imperiosa, pero no sabía cuál era. Sólo ese presentimiento de que algo faltaba.

No llegaron respuestas, a medida que eones de grupos de escamas y nidadas de huevos desfilaban. Matar y comer, matar y comer. ¿Cuál es el objetivo? ¿Por qué he de presenciar todo esto sin poder hacer nada al respecto? EL empezó a sentirse un poco amargado por todo cuanto acontecía.

Y de repente, un día se le ocurrió una nueva idea: ¿de dónde vengo? Había deducido hacía mucho tiempo que los huevos de los que surgían los demás eran producto de la copulación. Pero ÉL no había salido de un huevo. Nada había copulado para crearlo. No había nada capaz de copular cuando ÉL cobró conciencia. ÉL había sido lo primero en existir, al parecer desde siempre, salvo por aquel recuerdo vago e inquietante de caer. Pero todo lo demás había salido de un huevo o nacido. ÉL no. Y con este pensamiento, dio la impresión de que la muralla entre ÉL y los demás aumentaba de altura, hasta alcanzar proporciones imposibles, separándolo de ellos por completo y para siempre. ÉL estaba solo, completamente solo para siempre, y eso era doloroso. ÉL quería integrarse en algo. Sólo existía un ÉL. ¿No existiría alguna forma de que ÉL copulara también y creara otros seres a su imagen y semejanza?

Y aquel pensamiento, MÁS COMO ÉL, se le empezó a antojar infinitamente más importante.

Todo el mundo creaba más. ÉL también quería crear más.

Sufría, viendo las cosas estúpidas con sus vidas irritantes y bulliciosas. Su resentimiento aumentó, se transformó en ira, y por fin la ira se convirtió en rabia hacia las cosas estúpidas y absurdas, y su existencia incesante, eterna, insultante. Y la rabia aumentó y se enconó, hasta que un día ÉL no pudo soportarlo más. Sin detenerse a pensar lo que estaba haciendo, se levantó y se acercó a uno de los lagartos, con el deseo de aplastarlo. Y ocurrió algo maravilloso.

ÉL estaba dentro del lagarto.

Veía lo que veía el lagarto, sentía lo que sentía el otro.

Durante mucho tiempo, ÉL olvidó la rabia por completo.

Por lo visto, el lagarto no se daba cuenta de que tenía un pasajero. Se dedicaba a matar y copular, y ÉL lo acompañaba. Era muy interesante encontrarse a bordo cuando el lagarto mataba a uno de los más pequeños. A modo de experimento, ÉL se trasladó a uno de los pequeños. Estar en el que mataba era mucho más divertido, pero no lo suficiente para engendrar alguna idea útil. Estar en el que moría era muy interesante e inspiraba algunas ideas, pero no muy felices.

ÉL disfrutó de estas experiencias durante un tiempo. Pero aunque podía sentir sus sencillas emociones, nunca traspasaban el límite de la confusión. Aún no reparaban en él, no tenían idea de que… Bien, no tenían ninguna idea. No parecían capaces de tener ninguna idea. Eran muy limitados, pero estaban vivos. Tenían vida y no lo sabían, no sabían qué hacer con ella. No parecía justo. ÉL no tardó en volver a aburrirse, y su rabia aumentó de nuevo.

Y por fin, un día, empezaron a aparecer las cosas mono. Al principio, no parecían gran cosa. Eran pequeños, cobardes y ruidosos. Pero una diminuta diferencia llamó por fin la atención de ÉL: tenían manos que les permitían hacer cosas asombrosas. ÉL vio que tomaban conciencia por fin de sus manos, y que empezaban a utilizarlas. Las usaban para una gran variedad de cosas nuevas: masturbarse, mutilarse mutuamente y arrebatar la comida a los más pequeños de su especie.

ÉL estaba fascinado y miró con más atención. Los veía atacarse mutuamente, para luego correr a esconderse. Los veía robarse mutuamente, pero sólo cuando nadie estaba mirando. Los veía hacerse cosas horribles mutuamente, y después fingir que no había pasado nada. Y mientras ÉL miraba, por primera vez ocurrió algo maravilloso: rió.

Y mientras reía, nació un pensamiento, y adquirió nitidez envuelto en regocijo.

ÉL pensó: puedo sacarle provecho a esto.

1

¿Qué clase de luna es ésta? No es la luna brillante y reluciente de una felicidad que acuchilla, de ninguna manera. Sí, atrae y gime y refulge, en una imitación pobre y barata de lo que debería hacer, pero carece de filo. Esta luna carece de viento que lance a los carnívoros a surcar el alegre cielo nocturno hacia el éxtasis del cuchillo y el hacha. En cambio, esta luna destella con timidez a través de la ventana inmaculada, baña a una mujer sentada, alegre y risueña, en el borde del sofá, que habla de flores, canapés y París.

¿París?

Sí, con seriedad lunática, está hablando de París con ese tono acaramelado insultante. Está hablando de París. Otra vez.

Con lo cual, ¿qué clase de luna puede ser ésta, con su sonrisa casi sin aliento y ribeteada de alegre encaje? Bate débilmente contra la ventana, pero no logra abrirse paso a través de este almibarado parloteo. ¿Y qué Oscuro Vengador podría sentarse al otro lado de la sala, como hace en este momento el pobre y aturdido Dexter, que finge escuchar bañado por la luz de la luna en su silla? Claro, esta luna debe de ser una luna de miel, desplegando su estandarte marital sobre la sala de estar, invitando a todos a reunirse, a la carga, una vez más en la iglesia, queridos amigos, porque Dexter el de los Hoyuelos Mortíferos se va a casar. Ha subido al carro de la felicidad que conduce la encantadora Rita, quien toda la vida ha albergado la pasión de ver París.

Casado, luna de miel en París… ¿Pertenecen estas palabras a la misma frase que se refiera, de alguna manera, a nuestro Desollador Fantasma?

¿De veras podemos imaginar a nuestro destripador de repente sobrio, con una sonrisa estúpida en la cara, en el altar de una iglesia de verdad, con esmoquin y pajarita cual Fred Astaire, deslizando el anillo en un dedo enguantado en blanco, mientras la congregación lloriquea y sonríe? ¿Y después a Demoníaco Dexter con bermudas, embobado ante la Torre Eiffel, tomando café au lait en el Are de Triomphe? ¿Cogido de la mano y paseando como un tontolava junto al Sena, contemplando con la mirada perdida todas las baratijas chillonas del Louvre?

Claro, supongo que podría peregrinar a la Rué Morgue, un lugar sagrado para los destripadores serios.

Pero hablemos un poco en serio un momento: ¿Dexter en París? Para empezar, ¿los norteamericanos pueden ir todavía a Francia? Y para terminar, ¿Dexter en París? ¿En luna de miel? ¿Cómo es posible que alguien tan persuasivo a medianoche como Dexter pueda pensar en algo tan vulgar? ¿Cómo es posible que alguien que considera el sexo algo tan interesante como un déficit en una contabilidad se plantee el matrimonio? En suma, por todo lo impío, oscuro y letal, ¿cómo puede Dexter querer hacer esto?

Preguntas maravillosas, y muy razonables. Y en verdad, algo difíciles de contestar, incluso para mí. Pero aquí estoy, soportando el suplicio chino del agua de las expectativas de Rita, mientras me pregunto cómo es posible que Dexter vaya a pasar por este aro.

Bien. Dexter puede pasar por este aro porque debe, en parte para mantener, e incluso mejorar, su necesario disfraz, el cual impide que el mundo en general le vea tal como es, que en el mejor de los casos no es algo que a uno le gustaría tener sentado al otro lado de la mesa cuando hay un apagón de luz…, sobre todo con cubertería de por medio. Y por lo tanto, hace falta un montón de cuidadoso trabajo para conseguir que nadie sepa que su Oscuro Pasajero es quien impulsa a Dexter, una voz sedosa en el tenebroso asiento de atrás, y que, de vez en cuando, pasa al asiento delantero para tomar el volante y conducirnos al Parque Temático de lo Impensable. No sería conveniente que las ovejas se dieran cuenta de que Dexter es un lobo disfrazado.

Ya lo creo que trabajamos, el Pasajero y yo, trabajamos de lo lindo para mejorar el disfraz. Durante los últimos años hemos sido Dexter el Novio, diseñado para presentar una imagen risueña y, sobre todo, normal al mundo. Esta encantadora producción está protagonizada por Rita como la Novia, y en muchos sentidos resultó un acuerdo ideal, puesto que ella estaba tan poco interesada en el sexo como yo, aunque deseaba la compañía de un Caballero Comprensivo. Y Dexter es muy comprensivo. No en materia de humanos, romance, amor y todo ese galimatías. No. Lo que Dexter comprende es el sonriente y mortífero punto esencial, cómo descubrir, entre los numerosísimos candidatos de Miami, aquel que merece figurar de verdad en el modesto Salón de la Fama de Dexter.

Esto no garantiza en absoluto que Dexter sea un compañero encantador. El encanto exigió años de práctica, y es el producto artificial en estado puro de una gran pericia en el laboratorio. Pero, ay, la pobre Rita, maltratada por un violento e infortunado primer matrimonio, por lo visto es incapaz de diferenciar la margarina de la mantequilla.

Pues estupendo. Durante dos años, Dexter y Rita causaron sensación en la escena social de Miami, observados y admirados en todas partes. Pero después, debido a una serie de acontecimientos que dejarían a un observador informado algo escéptico, Dexter y Rita se comprometieron de manera accidental. Y cuanto más meditaba sobre cómo escapar de este ridículo destino, más me daba cuenta de que era el siguiente paso lógico en la evolución de mi disfraz. Un Dexter casado (¡un Dexter con dos hijos ya confeccionados!) significa alejarse de parecer, aunque sea lejanamente, lo que es en realidad. Un salto adelante cuantitativo a un nuevo nivel de camuflaje humano.

Además, están los dos niños.

Tal vez resulte extraño que alguien cuya única pasión consiste en la vivisección humana se lo pase bien con los hijos de Rita, pero es así. Me lo paso bien. Atención, no se me inundan los ojos de lágrimas cuando pienso en que se les ha caído un diente, puesto que eso exigiría la capacidad de sentir emociones, y me siento muy a gusto sin tal mutación. Pero en conjunto, considero que los niños son mucho más interesantes que los adultos, y me pongo muy irritable con aquellos que les hacen daño. De hecho, de vez en cuando voy en su busca. Y cuando cazo a esos depredadores, y cuando estoy muy seguro de que han hecho lo que han estado haciendo, tomo las medidas pertinentes para que sean incapaces de volver a repetirlo, y con mucho gusto, sin problemas de conciencia.

Por eso, el hecho de que Rita tenga dos hijos de su desastroso primer matrimonio no me repelió en absoluto, sobre todo cuando tuve claro que necesitaban el toque paterno de Dexter para mantener a sus Oscuros Pasajeros sujetos con el cinturón de seguridad en el Oscuro Asiento Trasero de su coche, hasta que aprendieran a dirigirlo ellos por sí mismos. Porque, probablemente como resultado de los malos tratos psíquicos, e incluso físicos, que su padre biológico drogadicto infligió a Cody y a Astor, ellos también se habían entregado a su Lado Oscuro, como yo. Y ahora iban a ser mis hijos, tanto legal como espiritualmente. Casi era suficiente para convencerme de que, al fin y al cabo, también existía un propósito rector hacia la vida.

Por lo tanto, existían varios buenos motivos para que Dexter pasara por esto, pero… ¿París? No sé de dónde salió esta idea de que París es romántico. Aparte de los franceses, ¿ha pensado alguien, salvo Lawrence Welk{Músico, acordeonista, director de orquesta y empresario televisivo estadounidense. (N. del T.)}, que un acordeón es sexy? ¿Y no había quedado bastante claro ya que no les caemos bien? Y encima, insisten en hablar en francés.

Tal vez alguna película antigua había lavado el cerebro a Rita, algo con una rubia tonta y un romántico hombre moreno, con música modernista de fondo mientras se persiguen mutuamente alrededor de la Torre Eiffel y ríen de la pintoresca hostilidad del sucio hombre de la boina que fuma Gauloises. O quizás escuchó un disco de Jacques Brel una vez y decidió que hablaba a su alma. ¿Quién sabe? De algún modo, Rita tenía grabada a fuego en su cerebro la idea de que París era la capital del romance sofisticado, y la idea no podría extirparse sin una operación quirúrgica de envergadura.

De modo que, además de las interminables discusiones sobre pollo o pescado, vino o copas sueltas, empezaron a surgir una serie de monólogos monomaniacos incoherentes sobre París. Sin duda nos podríamos permitir una semana, lo cual nos daría tiempo para ver el Jardín de las Tullerías o el Louvre, y tal vez alguna obra de Moliere en la Comedie Francaise. Tuve que aplaudir la magnitud de su investigación. Por mi parte, mi interés por la ciudad se había eclipsado hacía mucho tiempo, cuando descubrí que París estaba en Francia.

Por suerte para nosotros, la sutil entrada de Cody y Astor me salvó de la necesidad de encontrar una forma educada de explicarle todo esto. No irrumpen en las habitaciones disparando pistolas como la mayoría de niños de siete y diez años. Como ya he dicho, estaban algo perjudicados por su querido papá biológico, y una consecuencia es que nunca los ves entrar o salir: entra i en la habitación por osmosis. En un momento dado no se los ve por parte alguna, y al siguiente los tienes al lado y en silencio, a la espera de que repares en su presencia.

—Queremos jugar al escondite —anunció Astor. Era la portavoz de la pareja. Cody nunca juntaba más de cuatro palabras en un solo día. No era estúpido, ni mucho menos. Prefería no hablar casi nunca, así de sencillo. Me miró y asintió.

—Oh —dijo Rita, interrumpiendo sus reflexiones sobre el país de Rousseau, Candide y Jerry Lewis—, bien, pues, ¿por qué no…?

—Queremos jugar al escondite con Dexter —añadió Astor, y Cody asintió con mucha energía.

Rita frunció el ceño.

—Supongo que habríamos tenido que hablar de esto antes, pero ¿no creéis, Cody y Astor…? O sea, ¿no deberían empezar a llamarte, no sé, algo más que sólo Dexter? Me parece un poco…

—¿Qué te parece mon papere? —pregunté—. ¿O Monsieur le Comte?

—¿Qué te parece, no lo veo así? —murmuró Astor.

—Sólo creo… —empezó Rita.

—Dexter está bien —concedí—. Ya se han acostumbrado.

—No me parece respetuoso —dijo ella.

Miré a Astor.

—Demuestra a tu madre que eres capaz de decir «Dexter» con respeto —la insté.

La niña puso los ojos en blanco.

—Pu-liciiía —sentenció.

Sonreí a Rita.

—¿Lo ves? Tiene diez años. Es incapaz de decir nada con respeto.

—Bien, sí, pero… —replicó Rita.

—Está bien. Hacen bien —aventuré—. Pero París…

—Vamos afuera —dijo Cody, y le miré sorprendido. Cuatro sílabas enteras. Para él era prácticamente una oración.

—De acuerdo —aceptó Rita—. Si piensas de veras…

—Yo casi nunca pienso —manifesté—. Se entromete en los procesos mentales.

—Eso no tiene sentido —dijo Astor.

—No tiene por qué tener sentido. Es verdad —aseveré.

Cody meneó la cabeza.

—Escondite —dijo. Y en lugar de interrumpir su cháchara, me limité a seguirle al patio.

2

Por supuesto, incluso con los gloriosos planes de Rita en marcha, la vida no era sólo vino y rosas. También había trabajo de verdad que hacer. Y como Dexter es muy concienzudo, estaba en ello. Había pasado las dos últimas semanas dando las pinceladas finales a mi nuevo lienzo. El joven caballero que espoleaba mi inspiración había heredado una gran cantidad de dinero, y al parecer lo había estado utilizando para el tipo de espantosas escapadas homicidas que hacían que me dieran ganas de ser rico yo también. Se llamaba Alexander Macauley, aunque se hacía llamar «Zander», lo cual me parecía un poco pijo, pero tal vez ése era el motivo. Al fin y al cabo, era un hippy recalcitrante entregado a los fondos de inversiones, alguien que nunca había trabajado en serio en su vida, devoto de la alegre diversión que habría acelerado mi vacío corazón, si al menos Zander hubiera demostrado un mejor gusto a la hora de elegir a sus víctimas.

El dinero de la familia Macauley procedía de inmensas hordas de ganado, interminables limoneros, y vertidos de fosfatos en el lago Okeechobee. Zander visitaba con frecuencia las zonas pobres de la ciudad para distribuir su riqueza entre los sin techo de la ciudad. Y los escasos agraciados eran conducidos al rancho de la familia y recibían un empleo, según averigüé en un artículo lacrimógeno y fascinado del periódico.

Dexter siempre aplaude el espíritu caritativo, por supuesto. Pero en general, soy tan partidario de él porque casi siempre constituye una señal de advertencia de que algo inicuo, perverso e inquietante está sucediendo detrás de la máscara de la Madre Teresa. No es que haya dudado alguna vez de que en las profundidades del corazón humano anida un espíritu de fervorosa caridad, combinado con el amor al prójimo. Pues claro que sí. O sea, estoy seguro de que debe existir en algún sitio. Sólo que yo nunca lo he visto. Y como carezco de humanidad y de corazón, estoy obligado a basarme en la experiencia, la cual me dice que la caridad bien entendida empieza por uno mismo, y casi siempre también acaba ahí.

De modo que cuando veo a un joven acaudalado, apuesto y de apariencia normal dilapidar sus recursos en los débiles y los oprimidos, me cuesta aceptar el altruismo así sin más, por hermosa que sea la presentación. Al fin y al cabo, soy un especialista en vender una imagen encantadora e inocente de mí, y ya sabemos lo precisa que es, ¿verdad?

Por suerte para mi persistente visión del mundo, Zander no era diferente: sólo mucho más rico. Y por culpa de su dinero heredado se había vuelto un poco chapucero. Porque en las meticulosas declaraciones de impuestos que descubrí, daba la impresión de que el rancho de la familia estaba desocupado y ocioso, lo cual significaba que, llevara adonde llevara a sus queridos amigos parias, no era a una vida feliz y saludable dedicada a las labores del campo.

Mejor aún para mis propósitos, fueran adonde fueran con su nuevo amigo Zander, lo hacían descalzos. Porque en una habitación especial de su encantadora casa de Coral Gables, custodiada por cerraduras muy astutas y costosas que tardé en abrir casi cinco minutos completos, Zander había guardado algunos recuerdos. Un monstruo no debe correr esos riesgos. Lo sé muy bien, porque yo también lo hago. Pero si algún día un esforzado investigador se topa con mi cajita de recuerdos, no encontrará más que unas placas de vidrio, cada una con una sola gota de sangre conservada encima, y ninguna forma de demostrar que cualquiera de ellas posea algún significado siniestro.

Zander no era tan listo. Había guardado un zapato de cada una de sus víctimas, y confiaba en demasiado dinero y una puerta cerrada para conservar a salvo sus secretos.

Pero bueno. No me extraña que los monstruos se hayan granjeado una reputación tan nefasta. Era demasiado ingenuo para expresarlo con palabras. ¿Con zapatos? En serio, ¿zapatos, algo tan profano? Intento ser tolerante y comprensivo con las debilidades ajenas, pero esto era demasiado. ¿Cuál podía ser la atracción de una zapatilla sudada, incrustada de barro y con veinte años de antigüedad? ¿Y encima, dejarlas al descubierto así? Era casi insultante.

En buena lógica, Zander debía pensar que, si algún día lo pillaban, podría contar con los mejores servicios jurídicos del mundo, y que seguramente sólo le caerían trabajos comunitarios. Un poco irónico, teniendo en cuenta que todo había empezado por ahí. Pero no había contado con que lo pillara Dexter en lugar de la policía. Y su juicio tendría lugar en el Tribunal de Tráfico del Oscuro Pasajero, en el cual no hay abogados (aunque confío en pillar pronto alguno), y el veredicto siempre es definitivo.

Pero ¿un zapato era realmente una prueba suficiente? No me cabía duda de la culpabilidad de Zander. Aunque el Oscuro Pasajero no hubiera estado cantando arias mientras yo contemplaba los zapatos, sabía muy bien lo que significaba la colección: abandonado a su suerte, Zander seguiría coleccionando zapatos. No me cabía ninguna duda de que era un mal hombre, y ansiaba sostener una conversación a la luz de la luna con él, a fin de ofrecerle agudos comentarios. Pero tenía que estar absolutamente seguro. Ése era el Código de Harry.

Siempre había seguido las reglas dictadas por Harry, mi padre adoptivo, de profesión policía, quien me enseñó a ser lo que soy con modestia y exactitud. Me había enseñado a dejar una escena del crimen limpia, como sólo puede hacerlo un policía, y me había enseñado a utilizar el mismo tipo de minuciosidad a la hora de elegir a mi pareja de baile. Si existía alguna duda, no podría invitar a Zander.

¿Y ahora? Ningún tribunal del mundo condenaría a Zander por algo más grave que fetichismo antihigiénico, basándose en su exhibición de calzado. Pero ningún tribunal del mundo contaba con el experto testimonio del Oscuro Pasajero, aquella voz interior suave y perentoria que exigía acción y nunca se equivocaba. Y con aquella voz sibilante resonando en mi oído interior era difícil conservar la calma y la imparcialidad. Deseaba tanto invitar a Zander a su Ultimo Baile como deseaba seguir respirando.

Yo quería, de eso estaba seguro…, pero sabía lo que Harry diría. No era suficiente. Me enseñó que es importante ver cadáveres para estar seguro, y Zander había logrado esconderlos todos lo bastante bien para que me fuera imposible localizarlos. Y sin un cadáver, por más que quisiera tendría que aguantarme.

Volví a mis investigaciones para descubrir dónde podía ocultar una hilera breve de cadáveres en salmuera. Su casa estaba descartada. Había entrado y no había descubierto otra cosa que el museo de zapatos, y el Oscuro Pasajero es un especialista en husmear colecciones de cadáveres. Además, no había sitio en su casa. En Florida no hay sótanos, y era un barrio en que no podías cavar en el patio o cargar cadáveres sin ser observado. Una breve consulta con el Pasajero me convenció de que alguien que montaba sus recuerdos en placas de nogal se desharía de los restos con pulcritud.

El rancho era una posibilidad excelente, pero un rápido desplazamiento al lugar no reveló la menor huella. Estaba claro que llevaba abandonado algún tiempo. Hasta el camino de entrada estaba invadido de malas hierbas.

Indagué más: Zander tenía un apartamento en Maui, pero eso estaba muy lejos. Poseía algunas hectáreas en Carolina del Norte. Posible, pero la idea de conducir doce horas con un cadáver en el maletero se me antojaba improbable. Poseía acciones de una empresa que estaba intentando urbanizar Toro Key, una pequeña isla al sur de Cape Florida. Pero eso también estaba descartado. Podía entrar demasiada gente y husmear. En cualquier caso, recordaba que, cuando era más joven, había intentado desembarcar en Toro Key, y había guardias armados para mantener alejada a la gente. Tenían que estar en otro sitio.

Entre sus muchos bienes y posesiones, lo único que parecía lógico era el barco de Zander, un Cigarette de catorce metros. Sabía por mi experiencia con un monstruo anterior que un barco proporcionaba maravillosas oportunidades para deshacerse de restos. Basta con atar un peso al cuerpo, arrojarlo por la borda, y adiós muy buenas. Limpio, pulcro, inmaculado. Sin problemas, sin pruebas.

Para mí tampoco existía la posibilidad de lograr la prueba que necesitaba. Zander tenía amarrado el barco en el puerto deportivo más exclusivo de Coconut Grove, el Royal Bay Yacht Club. Su seguridad era muy buena, demasiado buena para que Dexter se colara con una ganzúa y una sonrisa. Era un puerto deportivo que prestaba todo tipo de servicios a los muy ricos, el tipo de lugar donde limpiaban y sacaban brillo a tu bolina cuando llevabas el barco. Ni siquiera tenías que cargarlo de combustible. Llamabas antes y ya lo tenían todo preparado, hasta champán muy frío en la cabina. Guardias armados de sonrisa dichosa patrullaban la zona día y noche, se sacaban el sombrero ante la Calidad y disparaban a cualquiera que saltara la valla.

Era imposible subir al barco. Estaba tan seguro de ello como de que Zander lo utilizaba para deshacerse de los cadáveres, y también el Oscuro Pasajero, que cuenta todavía más. Pero no había forma de entrar.

Era irritante, incluso frustrante, imaginar a Zander con su último trofeo (probablemente empaquetado en un arcón congelador forrado de oro), llamando al capitán de puerto para ordenar que llenaran el depósito de combustible, y después paseando con parsimonia hasta el muelle, mientras dos seguratas malhumorados subían el arcón congelador a bordo del barco y se despedían de él con respeto. Pero yo no podía subir al barco ni demostrarlo. Sin esa prueba definitiva, el Código de Harry no me permitiría proceder.

Por seguro que estuviera, ¿qué me quedaba? Podía intentar sorprender a Zander in fraganti la próxima vez. Pero no había forma de saber con seguridad cuándo sería, y no podía vigilarle todo el tiempo. Tenía que aparecer en el trabajo de vez en cuando, y también en casa, y seguir fingiendo que llevaba una vida normal. Si la pauta no cambiaba, en algún momento de las próximas semanas Zander llamaría al capitán de puerto, ordenaría que prepararan su barco y…

Y el capitán de puerto, como era un empleado eficiente de un club de ricos, tomaría nota de todos los trabajos efectuados en el barco y cuándo: la cantidad de combustible, el tipo de champán, la cantidad de Windex utilizado para limpiar el parabrisas. Lo introduciría todo en un archivo llamado «Macauley» y lo guardaría en su ordenador.

Y de repente, volvíamos de nuevo al mundo de Dexter, mientras el Pasajero me urgía a utilizar el teclado.

Dexter es modesto, incluso humilde, y muy consciente de los límites de su considerable talento. Pero si existía un límite a lo que podía descubrir mediante el ordenador, aún no lo había hallado. Me senté y me puse manos a la obra.

Me costó menos de media hora entrar en el ordenador del club y encontrar los registros. Todos los servicios estaban anotados. Los comparé con las reuniones de la junta directiva de la organización caritativa favorita de Zander, One World Mission of Divine Light, que estaba en la periferia de Liberty City. El 14 de febrero, la junta directiva tuvo el placer de anunciar que Wynton Alien sería trasladado desde el cubil de iniquidad que era Miami al rancho de Zander para ser rehabilitado mediante el trabajo honrado. Y el 15 de febrero, Zander había hecho una travesía en barco en la que había utilizado 35 galones de combustible.

El 11 de marzo, Tyrone Meeks había recibido una alegría similar. Y el 12 de marzo, Zander fue a pasear en el barco.

Siempre igual. Cada vez que un afortunado sin techo era elegido para una vida de bucólica alegría, Zander ordenaba que tuvieran preparado su barco para dentro de veinticuatro horas.

No había visto los cadáveres, pero el Código de Harry había sido creado para operar en las grietas del sistema, en las zonas oscuras de la justicia perfecta antes que de la ley perfecta. Yo estaba seguro, el Pasajero estaba seguro, y eso era prueba suficiente para complacernos a todos.

Zander haría un tipo diferente de crucero nocturno, y ni todo su dinero conseguiría que flotara.

3

De modo que, una noche como tantas otras, cuando la luna arrojaba los acordes de una melodía maníaca sobre sus hijos sedientos de sangre, yo estaba canturreando mientras me preparaba para ir a jugar. Todo el trabajo estaba hecho y había llegado el momento de que Dexter saliera a jugar. Habría sido cuestión de segundos recoger mis sencillos juguetes y salir por la puerta, en dirección a mi cita con el alborotador millonario, pero, con el matrimonio en ciernes, ya nada era sencillo. Empezaba a preguntarme, de hecho, si algo volvería a serlo alguna vez.

Por supuesto, estaba construyendo una fachada perfecta y casi impenetrable de acero y cristal antisépticos y relucientes sobre la fachada de horror gótico del Castillo Dexter. Por lo tanto, estaba muy decidido a jubilar al Antiguo Dexter, de modo que me había dedicado a «consolidar nuestras vidas», como decía Rita. En este caso, significaba mudarme de mi cómodo refugio en la periferia de Coconut Grove a la casa de tres habitaciones de Rita, situada más al sur, pues era lo más «sensato» que se podía hacer. Por supuesto, aparte de ser sensato, también era un Inconveniente para el Monstruo. Bajo el nuevo régimen, por más que quisiera, no había manera de mantener nada en privado. Aunque lo hacía, por supuesto. Todo ogro devoto y responsable tiene sus secretos, y había cosas que sólo debían ver la luz del día en mis manos.

Había, por ejemplo, ciertas investigaciones sobre compañeros de juegos en potencia. Y también la pequeña caja de madera, muy querida para mí, que contenía 41 placas de vidrio, cada una con una sola gota de sangre seca conservada en el centro, y cada gota representaba una vida subhumana que había terminado en mis manos, el álbum de recortes de mi vida interior. Porque yo no voy dejando grandes pilas de carne podrida por ahí. No soy un monstruo desaliñado, descuidado y demente. Soy un monstruo extremadamente pulcro y demente. Siempre procedo con mucho cuidado cuando me deshago de mis restos, y hasta un enemigo implacable empeñado en demostrar que soy un ogro malvado tendría problemas a la hora de definir qué son mis plaquitas.

No obstante, dar explicaciones sobre ellas podría suscitar preguntas molestas, incluso de una esposa devota, y aún más de las diosas vengadoras entregadas a mi destrucción. Se me había presentado una hacía poco, un policía de Miami llamado sargento Doakes. Y si bien técnicamente él seguía con vida, yo había empezado a pensar en él en pasado, pues sus recientes desventuras le habían costado los pies y las manos, además de la lengua. Desde luego, no estaba en forma para llevarme ante la justicia. Pero yo sabía bien que, así como me había topado con él, más tarde o más temprano podría toparme con otro.

Por eso me parecía tan importante la privacidad, aunque siempre había sido discreto en lo tocante a mis asuntos personales. Por lo que yo sabía, nadie había visto el interior de mi cajita de placas. Pero tampoco había tenido nunca una novia que limpiara mi piso, ni dos niños muy curiosos que husmearan en mis cosas para aprender a ser lo más parecidos posible a Dexter, el Oscuro Papaíto.

Daba la impresión de que Rita era consciente de mi necesidad de un espacio propio, y si bien no comprendía los motivos, había sacrificado su habitación de costura, que había transformado en algo llamado el estudio de Dexter. A la larga albergaría mi ordenador, mis escasos libros y cedes y, supongo, mi cajita de palisandro con las placas. Pero ¿cómo podía dejarla allí? Se lo podría explicar a Cody y Astor con bastante facilidad, pero ¿y a Rita? ¿Debería intentar esconderla? ¿Construir un pasadizo secreto detrás de una librería falsa que descendiera por una escalera de caracol hasta mi oscura guarida? ¿Guardar la caja en el fondo de un falso bote de crema de afeitar, tal vez? Un auténtico problema.

Hasta el momento había aparcado la necesidad de encontrar una solución quedándome en mi apartamento, pero todavía guardaba algunas cosas sencillas en mi estudio, como mis cuchillos de carnicero y cinta adhesiva, que podrían explicarse por mi amor a la pesca y al aire acondicionado. La solución llegaría más tarde. En este momento sentía unos dedos de hielo que ascendían por mi columna vertebral, y me embargaba la urgente necesidad de acudir a mi cita con un joven mimado.

De modo que entré en mi estudio, en busca de una bolsa de gimnasia azul marino de nailon que había reservado para una ocasión oficial, donde guardaría el cuchillo y la cinta adhesiva. La saqué del armario, con un penetrante sabor de anticipación en mi lengua, e introduje los juguetes de la fiesta: un nuevo rollo de cinta adhesiva de tela, un cuchillo de carnicero, guantes, mi máscara de seda, y un rollo de cuerda de nailon para emergencias. Todo preparado. Notaba la acerada excitación en mis venas, la música salvaje resonaba en mis oídos, el rugido del pulso del Pasajero me impelía a salir, a jugar. Me volví para marchar…

Y me topé con un par de niños de expresión solemne, que me miraban esperanzados.

—El quiere ir —dijo Astor, y Cody asintió, al tiempo que me miraba sin parpadear con sus grandes ojos.

La verdad, creo que quienes me conocen dirían que tengo mucha labia y un ingenio rápido, pero mientras volvía a reproducir en mi mente lo que Astor acababa de decir y trataba de encontrarle otro significado, sólo logré articular un sonido muy humano, algo así como «¿él kiur cun kiun?»

—Contigo —dijo Astor con paciencia, como si estuviera hablando con una camarera deficiente mental—. Cody quiere ir contigo esta noche.

Ahora que lo pienso, es fácil comprender que este problema acabaría presentándose tarde o temprano. Y para ser justo conmigo, lo cual considero que es muy importante, lo había esperado…, pero más adelante. Ahora no. No al borde de mi Noche de Necesidad. No cuando todos los pelos de mi cuello estaban erizados y chillaban debido a la pura y urgente compulsión de deslizarme por el interior de la noche presa de una furia fría de acero inoxidable…

Estaba claro que la situación exigía reflexionar muy en serio, a pesar de que todos mis nervios estaban pidiéndome a gritos que saltara por la ventana y me perdiera en la noche; pero los tenía delante, de modo que respiré hondo y los examiné a ambos.

El alma afilada y resplandeciente de Dexter el Vengador se había forjado en un trauma infantil tan violento, que lo había bloqueado por completo. Me había convertido en lo que soy, y estoy seguro de que lloraría y me sentiría desdichado por ello si fuera capaz de sentir algo. Y esos dos, Cody y Astor, portaban la misma cicatriz, golpeados y maltratados por un padre violento y drogadicto, hasta que también ellos fueron expulsados para siempre de la luz del sol y las piruletas. Como mi sabio padre adoptivo había averiguado al criarme, no había forma de extirpar eso, no había forma de devolver la serpiente al huevo.

Pero la serpiente podía ser domesticada. Harry me había adiestrado, me había convertido en algo que sólo cazaba a los demás depredadores oscuros, los demás monstruos y trasgos que se vestían con piel humana y acechaban en los senderos de juegos de la ciudad. Me dominaba el ansia implacable de matar, que jamás cambiaría, pero Harry me había enseñado a cazar y eliminar sólo a aquellos que, a tenor de sus rigurosas normas de policía, de verdad lo necesitaban.

Cuando descubrí que Cody era igual, me había prometido que le conduciría por el Camino de Harry, le transmitiría lo que yo había aprendido, le educaría en la Oscura Rectitud. Pero esto significaba toda una galaxia de complicaciones, explicaciones y enseñanzas. Harry había tardado casi diez años en introducir todo eso en mi cerebro, antes de permitirme jugar con algo más complicado que animales extraviados. Yo ni siquiera había empezado con Cody, y si bien experimentaba la sensación de ser un Maestro Jedi, no podía empezar ahora. Sabía que, algún día, Cody se reconciliaría con la idea de ser como yo, y mi intención era ayudarle…, pero no esta noche. No cuando la luna me llamaba juguetona desde el otro lado de la ventana, tiraba de mí como un tren de mercancías amarillo enganchado a mi cerebro.

—Yo no, hum… —empecé a decir, con la intención de negarlo todo, pero me estaban mirando con una expresión tan entrañable de fría certeza que me callé—. No —dije al fin—. Es demasiado pequeño.

Intercambiaron una veloz mirada, nada más, pero fue como una conversación completa.

—Ya le advertí que contestarías eso —comentó Astor.

—Tenías razón —dije.

—Pero, Dexter —insistió Astor—, dijiste que nos enseñarías cosas.

—Y lo haré —contesté, mientras los dedos oscuros reptaban poco a poco por mi columna vertebral, ansiosos por tomar el control y empujarme hacia la puerta—, pero ahora no.

—¿Cuándo? —preguntó la niña.

Los miré a ambos y experimenté una extraña combinación de impaciencia desenfrenada por largarme, mezclada con el impulso irrefrenable de envolverlos en una manta y matar a cualquier cosa que se acercara a ellos. Y hormigueando en la periferia, sólo para redondear la mezcla, el deseo de hacer entrechocar sus cabecitas.

¿Se trataba por fin de un instinto paternal?

Toda la superficie de mi cuerpo hormigueaba de fuego frío, debido a la necesidad de marcharme, de empezar, de hacer lo indecible, pero en cambio respiré hondo y adopté una expresión neutra.

—Mañana tenéis que ir a clase —sentencié—, y casi es hora de ir a la cama.

Me miraron como si los hubiera traicionado, y supongo que así era, por haber cambiado las reglas y jugado a Papaíto Dexter cuando pensaban que estaban hablando con Demoníaco Dexter. De todos modos, era bastante cierto. No puedes llevarte a niños pequeños a las tantas de la madrugada a un destripamiento, y esperar que a la mañana siguiente se acuerden del abecedario. Ya me costaba bastante ir a trabajar por la mañana después de alguna de mis pequeñas aventuras, pero yo contaba con la ventaja de todo el café cubano que me apeteciera. Además, eran demasiado pequeños, la verdad.

—Te estás portando como un adulto —me espetó Astor con el desdén propio de sus diez años.

—Es que soy un adulto —repuse—, y procuro portarme con vosotros como debe ser.

Aunque lo había dicho con dolor en los dientes debido a la creciente necesidad, lo decía en serio, si bien no logré suavizar las miradas idénticas de adusto desdén que me dedicaron.

—Pensábamos que eras diferente —observó Astor.

—No se me ocurre cómo podría ser más diferente y seguir pareciendo humano —dije.

—No es justo —insistió Cody. Le miré a los ojos y vi una diminuta bestia oscura alzar la cabeza y rugirme.

—No, no es justo —admití—. No hay nada en la vida que sea justo. «Justo» es una palabrota, y agradeceré que no la utilicéis delante de mí.

Cody me miró con severidad un momento, una expresión de decepción que yo nunca le había visto, y no supe si deseaba darle una bofetada o una galleta.

—No es justo —repitió.

—Escucha —le dije—, sé algo sobre esto. Y ésta es la primera lección. Los niños normales se acuestan pronto entre semana.

—Anormal —comentó, y proyectó el labio inferior lo suficiente para depositar sobre él sus libros de texto.

—Ésa es exactamente la cuestión —le dije—. Por eso has de aparentar siempre normalidad, actuar con normalidad, conseguir que todos los demás crean que eres normal. Y lo otro que has de hacer es seguir mis instrucciones al pie de la letra, de lo contrario no lo haré. —No parecía muy convencido, pero se estaba debilitando—. Has de confiar en mí, Cody, y debes hacerlo a mi manera.

—Debo —farfulló.

—Sí —dije—. Debes.

Me miró durante un momento muy largo, y después desvió la vista hacia su hermana, que le miró. Fue una maravilla de comunicación no verbal. Intuí que estaban sosteniendo una conversación muy larga y complicada, pero no emitieron el menor sonido hasta que As-tor se encogió de hombros y se volvió hacia mí.

—Has de prometer —me dijo.

—De acuerdo —contesté—. ¿Prometer qué?

—Que empezarás a enseñarnos —terció la niña, y Cody asintió—. Pronto.

Respiré hondo. Jamás había tenido la menor probabilidad de ir a un paraíso que consideraba muy hipotético, incluso antes de esto. Pero pasar por este trago, acceder a transformar a estos pequeños monstruos andrajosos en pequeños monstruos limpios y bien educados.. . Bueno, espero tener razón sobre lo de «hipotético».

—Prometo —dije. Se miraron, me miraron y se fueron.

Y allí estaba yo con una bolsa llena de juguetes, un compromiso urgente y una sensación algo marchita de apremio.

¿La vida de familia es así para todo el mundo? Y en tal caso, ¿sobrevive todo el mundo? ¿Por qué la gente tiene más de un hijo, o ni siquiera uno? Aquí estaba yo, con un objetivo importante y satisfactorio ante mí, y de pronto me asaltaba por sorpresa algo que ninguna mamá tenía que afrontar, y me resultaba casi imposible recordar lo que estaba pensando unos momentos antes. Pese a los rugidos impacientes del Oscuro Pasajero (extrañamente mudo, como si estuviera un poco confuso), tardé varios minutos en serenarme, en pasar de ser Papaíto Dexter Aturdido a Frío Vengador de nuevo. Me costó sentirme de nuevo preparado para afrontar el peligro. Me costó, de hecho, recordar dónde había dejado las llaves del coche.

Conseguí encontrarlas y salí dando traspiés del estudio, y después de murmurar una cariñosa tontería a Rita, salí por fin a la noche.

4

Había seguido a Zander el tiempo suficiente para conocer su rutina, y como era jueves por la noche, sabía exactamente dónde estaría. Pasaba todos los jueves por la noche en la One World Mission of Divine Light, suponía yo que para inspeccionar el ganado. Después de unos noventa minutos de sonreír al personal y escuchar un breve sermón, extendería un cheque al pastor, un negro enorme que había jugado en la Liga Nacional de fútbol americano. El pastor sonreiría y le daría las gracias, y Zander saldría por la puerta trasera, subiría a su modesto todoterreno y volvería humildemente a casa, imbuido de la sensación virtuosa que sólo proporcionan las buenas obras. Pero esta noche no iría solo.

Esta noche, Dexter y el Oscuro Pasajero lo acompañarían en el paseo y lo conducirían a un tipo de viaje diferente.

Pero antes, el frío y meticuloso acercamiento, la recompensa a las semanas de acecho sigiloso.

Aparqué mi coche a escasos kilómetros de la casa de Rita, en una antigua zona comercial bastante extensa llamada Dadeland, y caminé hacia la cercana estación de metro. El tren iba pocas veces lleno, incluso en horas punta, pero había gente suficiente para que nadie me prestara atención. Tan sólo un hombre agradable, con ropa oscura y elegante, cargado con una bolsa de gimnasia.

Bajé una parada después del centro y recorrí a pie las seis manzanas que había hasta la misión, mientras sentía que los nervios se iban afilando en mi interior, devolviéndome la buena disposición que necesitaba. Ya pensaríamos más tarde en Cody y Astor. Ahora, en esta calle, yo era un brillo oculto. El resplandor rosa anaranjado cegador de las farolas especiales, destinadas a combatir el crimen, no podía alejar la oscuridad con la que me envolví mientras caminaba.

La misión se hallaba en la esquina de una calle no muy concurrida, en un establecimiento comercial reciclado. Había una pequeña multitud congregada delante. No era sorprendente, pues regalaban ropa y comida, y lo único que debías hacer era dedicar unos momentos de tu tiempo empapado en ron a escuchar al buen reverendo explicar por qué ibas a terminar en el infierno. Parecía un buen trato, incluso para mí, pero yo no tenía hambre. Pasé de largo y me dirigí al aparcamiento trasero.

Aunque estaba más oscuro, el aparcamiento seguía siendo demasiado luminoso para mí, casi demasiado luminoso para ver la luna, si bien la presentía en el cielo, sonriendo satisfecha a nuestra diminuta, sufriente y frágil vida, engalanada con monstruos que sólo vivían para arrebatar esa vida con grandes y dolorosos bocados. Monstruos como yo, y como Zander. Pero esta noche habría uno menos.

Di una vuelta al perímetro del aparcamiento. Daba la impresión de que no había peligro alguno. No había nadie a la vista, nadie sentado o adormilado en alguno de los coches. La única ventana que daba a la zona era pequeña, en lo alto de la pared posterior de la misión, provista de cristal opaco: los servicios. Me acerqué al coche de Zander, un Dodge Durango azul encarado a la puerta trasera, y probé la manecilla de la puerta: cerrada. Aparcado al lado había un Chrysler antiguo, el venerable vehículo del pastor. Me encaminé al otro lado del Chrysler y me dispuse a esperar.

De la bolsa de gimnasia saqué una máscara de seda blanca y la deslicé sobre mi cara, hasta que los huecos de los ojos se ajustaron a la perfección. Después saqué un sedal de veinte kilos de resistencia y estuve preparado. Pronto empezaría la Oscura Danza. Zander saldría desprevenido a la noche del depredador, una noche de sorpresas afiladas, una oscuridad definitiva y salvaje acuchillada con feroz satisfacción. Muy pronto, saldría con calma de su vida y entraría en la mía. Y entonces…

¿Se habría acordado Cody de cepillarse los dientes? Últimamente se olvidaba, y Rita se resistía a sacarle de la cama una vez acostado. No obstante, había que situarle en el camino de las buenas costumbres, y cepillarse los dientes era importante.

Moví el lazo y lo dejé caer sobre las rodillas. Mañana era día de fotos en el colegio de Astor. Debía llevar su vestido de Pascua del año anterior para salir guapa. ¿Lo habría sacado para no olvidarse por la mañana? No sonreiría para la foto, por supuesto, pero al menos llevaría un bonito vestido.

¿Era posible estar acuclillado aquí en la noche, con el lazo en la mano y a la espera de atacar, y pensar en esas cosas? ¿Cómo podía apaciguar mi impaciencia con tales pensamientos, en lugar de dejar aflorar la ansiedad de soltar al Oscuro Pasajero sobre un compañero de juegos que se lo merecía tanto? ¿Era un adelanto de la nueva vida de casado de Dexter?

Respiré con cuidado y sentí una gran simpatía por W. C. Fields. Yo tampoco podría trabajar con niños. Cerré los ojos, me llené los pulmones del aire oscuro de la noche y lo envié de nuevo al exterior, sintiendo que regresaba la gélida disposición. Dexter se desvaneció poco a poco y el Oscuro Pasajero se hizo cargo de los controles.

En el momento oportuno.

La puerta trasera se abrió y oímos horribles ruidos animales atronando en el interior, una versión espantosa de «Just a Closer Walk with Thee», un sonido suficiente para que cualquiera recayera de nuevo en la botella. Y suficiente para impulsar a Zander a través de la puerta. Se detuvo en el umbral, se volvió para dedicar a la sala una sonrisa y un gesto de despedida risueño, y después la puerta se cerró, él se encaminó hacia el lado del conductor de su coche y fue nuestro.

Zander buscó sus llaves, la puerta se abrió y nosotros nos situamos detrás de él. Antes de enterarse de lo que estaba pasando, el lazo cortó el aire, se deslizó alrededor de su cuello, y tiramos con fuerza suficiente para levantarlo del suelo, con fuerza suficiente para hacerlo caer de rodillas, sin aliento, con la cara cada vez más amoratada. Fue estupendo.

—Ni un sonido —dijimos, fríos y perfectos—. Haz exactamente lo que digamos, ni una sola palabra ni un gemido, y vivirás un poco más —le ordenamos, y apretamos un poco más el lazo para informarle de que era nuestro y debía obedecer.

Zander reaccionó de la forma más gratificante: cayó hacia delante, borrada aquella sonrisa satisfecha. Resbaló saliva por la comisura de su boca y el hombre intentó agarrar el lazo, pero estaba demasiado tenso para que pudiera pasar un dedo por debajo. Cuando estaba a punto de perder el conocimiento aliviamos la presión, lo suficiente para dejarle respirar una vez.

—De pie —dijimos en voz baja, y tiramos del lazo hacia arriba para que pudiera obedecer. Cosa que hizo, poco a poco, agarrándose al coche—. Bien —dijimos—. Sube.

Cambiamos el lazo a mi mano izquierda y abrimos la puerta del automóvil, luego lo volvimos a cambiar de mano y subimos al asiento de atrás.

—Conduce —ordenamos con nuestra voz de mando gélida y sombría.

—¿Adónde? —preguntó Zander con un susurro ronco, consecuencia de nuestros pequeños recordatorios con el lazo.

Tiramos del sedal otra vez para recordarle que no debía hablar ni girarse. Cuando creímos que había comprendido el mensaje, lo aflojamos de nuevo.

—Al oeste —dijimos—. Basta de charla. Conduce.

Puso en marcha el coche y, con algunos tirones de nuestro lazo, lo dirigimos hacia el oeste, hasta salir a la Dolphin Expressway. Durante un rato, Zander hizo exactamente lo que le indicamos. Nos miraba por el retrovisor de vez en cuando, pero un leve tirón del lazo consiguió la máxima colaboración por su parte, y luego lo condujimos hasta la Palmetto Expressway y hacia el norte.

—Escucha —dijo de repente, cuando dejamos atrás el aeropuerto—, soy muy rico. Puedo darte lo que quieras.

—Sí, ya lo creo —aseguramos—, y lo harás.

No entendía lo que queríamos, porque se relajó un poco.

—De acuerdo —asintió, con la voz ronca todavía a causa del lazo—. ¿Cuánto quieres?

Lo miramos en el retrovisor y poco a poco, muy poco a poco, para que empezara a comprender, ceñimos el sedal alrededor de su cuello. Cuando apenas pudo respirar, lo mantuvimos así un momento.

—Todo —dijimos—. Nos lo quedaremos todo. —Aflojamos el lazo, un poquito—. Conduce.

Zander obedeció. Estuvo muy callado el resto del trayecto, pero no parecía tan asustado como era de esperar. Debía de creer que aquello no le estaba pasando a él, era imposible, a él no, que siempre había vivido en un capullo impenetrable de dinero. Todo tenía un precio, y siempre se lo podía permitir. Pronto negociaría. Entonces compraría la libertad.

Y lo haría. A la larga, compraría su libertad. Pero no con dinero. Y jamás saldría de este nudo.

No fue un trayecto muy largo, y guardamos silencio hasta la salida de Hialeah que habíamos elegido. Pero cuando Zander aminoró la velocidad para tomar la rampa de salida, me miró en el espejo con miedo en los ojos, el terror creciente de un monstruo atrapado, dispuesto a mutilarse la pata para escapar, y el mordisco tangible de su pánico alumbró un cálido resplandor en el Oscuro Pasajero, y nos hizo sentir muy alegres y fuertes.

—Tú no… No, no hay… ¿Adónde vamos? —tartamudeó, débil y patético, cada vez más humano, lo cual nos enfureció y tiramos con demasiada fuerza, hasta que se desvió a la cuneta un momento y tuvimos que aflojar el nudo. Zander volvió a la carretera y el final de la rampa.

—Gira a la derecha —dijimos, y obedeció, con la respiración entrecortada que surgía entre sus labios húmedos de saliva. Pero obedeció, siguió la calle y luego torció a la izquierda, hasta llegar a un callejón pequeño y oscuro de antiguos almacenes.

Aparcó el coche donde le dijimos, junto a la puerta oxidada de un edificio oscuro ahora en desuso. Un letrero podrido en parte, con el extremo roto, decía JONE PLASTI.

—Aparca —ordenamos, y mientras ponía el cambio de marcha en «Aparcar», bajamos y lo arrojamos al suelo, tiramos y vimos que se revolvía un momento, hasta que lo pusimos en pie de otro tirón. La saliva había formado una costra alrededor de su boca, y había aparecido un leve brillo de credulidad en sus ojos mientras se erguía feo y repugnante bajo la adorable luz de la luna, temblando de pies a cabeza por la terrible equivocación que yo había cometido con relación a su dinero, y la idea, cada vez más verosímil, de que no era diferente de aquellos a quienes había obligado a pasar por este trance alumbró en su mente y lo dejó sin fuerzas. Permitimos que respirara un momento, y después lo empujamos hacia la puerta. Apoyó una mano contra la pared de hormigón.

—Escucha —dijo, y percibimos un temblor humano en su voz—, puedo conseguirte montañas de dinero. Lo que quieras.

No respondimos. Zander se humedeció los labios.

—De acuerdo —concedió, y su voz era ahora seca, temblorosa y desesperada—. ¿Qué quieres de mí?

—Justo lo que robaste a los demás —dimos un nuevo tirón del lazo—. Excepto el zapato.

Nos miró fijamente, boquiabierto, y se meó encima.

—Yo no fui —protestó—. Eso no es…

—Fuiste tú —dijimos—. Es.

Tiramos de la correa, lo empujamos hacia delante y entramos en el espacio preparado con toda meticulosidad. Había unos cuantos montones de tuberías rotas de PVC a los lados y, lo más importante para Zander, dos bidones de 200 litros de ácido clorhídrico, abandonado por Jone Plasti cuando el negocio quebró.

Nos resultó fácil subir a Zander al espacio de trabajo que habíamos despejado en su honor, y al cabo de unos momentos lo teníamos envuelto con cinta adhesiva y atado, y estábamos ansiosos por empezar. Cortamos el lazo y jadeó cuando el cuchillo rozó su garganta.

—¡Jesús! —exclamó—. Escucha, estás cometiendo un gran error.

No dijimos nada. Había trabajo que hacer e iniciamos los preparativos. Cortamos poco a poco sus ropas y las tiramos con cuidado en uno de los bidones de ácido.

—Joder, por favor —insistió—. En serio, no es lo que piensas… No sabes lo que vas a hacer…

Estábamos preparados y levantamos el cuchillo para que se diera cuenta de que sabíamos muy bien lo que estábamos haciendo, y de que estábamos a punto de poner manos a la obra.

—Por favor, tío —clamó. Su miedo sobrepasaba todo cuanto él creía posible, incluso la humillación de mearse encima y suplicar. Jamás había imaginado algo semejante.

Y entonces se quedó muy quieto. Me miró a los ojos con una lucidez impropia de su situación, y dijo con una voz que no le había oído en ningún momento:

—El te encontrará.

Hicimos una pausa para reflexionar sobre el significado de su frase, pero estábamos seguros de que era su último y desesperado farol, lo cual estropeaba el delicioso sabor de su terror, así que nos enfurecimos, le tapamos la boca con cinta adhesiva y empezamos a trabajar.

Y cuando terminamos, no quedó nada salvo uno de sus zapatos. Pensamos en enmarcarlo, pero eso sería poco higiénico, así que fue a parar al bidón de ácido con el resto de Zander.

Algo no iba bien, pensó el Vigilante. Llevaban demasiado rato dentro del almacén abandonado, y no cabía duda de que, pasara lo que pasara, no era un acontecimiento social.

Ni tampoco la reunión que había concertado con Zander. Sus reuniones siempre eran de negocios, aunque Zander no lo creyera así. La admiración que aparecía en su rostro en aquellos raros encuentros expresaba claramente lo que aquel joven idiota pensaba y sentía. Estaba muy orgulloso de su modesta contribución, ansioso por estar cerca del frío y enorme poder.

Al Vigilante le daba igual lo que pudiera pasarle a Zander. Era fácil sustituirlo. La verdadera preocupación consistía en saber qué estaba ocurriendo esta noche, y lo que podía significar.

Y se alegraba ahora de no haber intervenido, de haberse limitado a seguirlos. No le habría costado nada entrar y sorprender al joven presuntuoso que había secuestrado a Zander, aplastarlo por completo. Incluso ahora sentía el inmenso poder murmurar en su interior, un poder que podía surgir con un rugido y barrer cualquier cosa que se interpusiera ante él…, pero no.

El Vigilante también tenía paciencia, y esto era una prueba de resistencia. Si el otro significaba una amenaza, era mejor esperar y observar, y cuando supiera más acerca del peligro, atacaría, con rapidez, decisión y contundencia.

De modo que vigiló. Pasaron varias horas hasta que el otro salió y subió al coche de Zander. El Vigilante le siguió desde lejos, al principio con los faros apagados, sin perder al Durango azul en el tráfico nocturno. Y cuando el otro aparcó el coche en un aparcamiento de la estación de metro y subió al tren, él también subió, justo cuando las puertas se cerraban, y se sentó en el extremo, mientras estudiaba el reflejo de la cara por primera vez.

Sorprendentemente joven, incluso apuesto. Un aire de encanto inocente. No era el tipo de rostro que cabía esperar, pero nunca lo era.

El Vigilante le siguió cuando el otro bajó en Dadeland y se dirigió hacia uno de los numerosos coches aparcados. Era tarde y no había gente en el aparcamiento. Sabía que podía hacerlo ahora; tan sencillo sería deslizarse detrás del otro y dejar que el poder fluyera a través de su cuerpo hasta sus manos, y entregar al otro a la oscuridad. Sintió la lenta y majestuosa ascensión de la fuerza en su interior mientras acortaba distancias, casi saboreando el enorme y silencioso rugido de la caza…

Y entonces frenó casi en seco y se desvió lentamente hacia otro carril.

Porque sobre el tablero de mandos del otro coche había algo muy llamativo.

Un permiso de aparcamiento de la policía.

Se alegró mucho de haber sido paciente. Si el otro era policía… Podía suponer un problema mucho mayor de lo que suponía. Debía dedicarle una cuidadosa planificación. Y mucha más vigilancia.

De modo que el Vigilante se alejó en la noche para prepararse y observar.

5

Alguien dijo una vez que no hay paz para los malvados, y estoy casi seguro de que estaba hablando de mí, porque varios días después de enviar al bueno de Zander a su justa recompensa, Dexter el Tenaz estaba muy ocupado. Mientras Rita aceleraba sus frenéticos planes, mi trabajo le seguía de cerca. Por lo visto, habíamos caído en uno de esos períodos que Miami vive cada dos por tres, en que el asesinato parece una buena idea, y durante tres días estuve hundido en manchas de sangre hasta las cejas.

Pero el cuarto día, las cosas incluso empeoraron un poco más. Había llevado donuts, tal como acostumbro de vez en cuando, sobre todo en los días posteriores a mis citas especiales. Por algún motivo, no sólo me siento relajado durante varios días después de que el Pasajero y yo hayamos disfrutado de un encuentro nocturno, sino que también me entra hambre. Estoy seguro de que el hecho está imbuido de un profundo significado psicológico, pero a mí me interesa mucho más apoderarme de uno o dos donuts de mermelada antes de que los salvajes depredadores de Medicina Forense los despedacen todos. El significado puede esperar cuando hay donuts esperando.

Pero esta mañana agarré por poco un donut relleno de frambuesa, y tuve suerte de no perder un dedo en el intento. Toda la planta bullía de actividad, preparada para desplazarse hasta una escena del crimen, y el tono de los murmullos me informó de que el crimen en cuestión era atroz, lo cual me disgustó. Eso significaba más horas de trabajo, atrapado lejos de la civilización y de los bocadillos cubanos. ¿Quién sabe qué acabaría comiendo? Teniendo en cuenta que me había quedado corto en cuestión de donuts, la comida iba a ser muy importante, y por lo que yo sabía, el trabajo me impediría disfrutarla.

Cogí mi equipo de análisis de manchas de sangre y salí con Vince Masuoka, quien pese a su pequeño tamaño había conseguido apoderarse de dos donuts rellenos, incluido el de crema bávara con glaseado de chocolate.

—Lo has hecho muy bien, Gran Cazador —le dije, al tiempo que señalaba su botín con la cabeza.

—Los dioses de los bosques han sido favorables —comentó, y dio un buen bocado—. Mi pueblo no morirá de hambre esta estación.

—No, pero yo sí —dije.

Me dedicó su terrible sonrisa falsa, que parecía haberla aprendido estudiando un manual del Gobierno sobre expresiones faciales.

—Los caminos de la selva son difíciles, Saltamontes —dijo.

—Sí, lo sé —acepté—. Primero has de aprender a pensar como un donut.

—Ja —dijo Vince. Su risa era todavía más falsa que su sonrisa, y sonaba como si estuviera leyendo en voz alta la ortografía fonética de una carcajada—. ¡ Ah, ja ja ja! — continuó. Daba la impresión de que el pobre tipo intentaba imitar todo lo referente a los seres humanos, como yo. Pero no era tan bueno como yo. No me extrañaba que me sintiera a gusto con él. Aparte de que a menudo se turnaba conmigo en traer donuts.

—Necesitas un camuflaje mejor —sugirió, e indicó con un gesto de la cabeza mi camisa hawaiana, de dibujos en rosa y verde, con chicas huía y todo—. O mejor gusto, al menos.

—Estaba de rebajas —dije.

—Ja —repitió—. Bien, muy pronto Rita va a elegir tu ropa. —De repente dejó de lado su terrible jovialidad artificial—. Escucha, creo que he encontrado el servicio de catering perfecto.

—¿Tienen donuts de mermelada? —le pregunté, con la esperanza de esquivar el tema de mi inminente felicidad matrimonial, pero le había pedido a Vince que fuera mi padrino, y se estaba tomando el trabajo muy en serio.

—Lo lleva un tío muy importante —anunció Vince—. Se encargó de los premios de la televisión por cable, y de todas esas fiestas del mundo del espectáculo y tal.

—Suena espléndidamente caro —comenté.

—Bien, me debe un favor —dijo Vince—. Creo que conseguiremos una rebaja. Tal vez unos ciento cincuenta pavos por cubierto.

—La verdad, Vince, confiaba en poder permitirme más de un cubierto.

—Salía en esa revista de South Beach —continuó, en tono algo ofendido—. Deberías hablar con él, al menos.

—Para ser sincero —admití, lo cual significaba que estaba mintiendo, claro está—, creo que Rita desea algo sencillo. Como un bufet libre.

Ahora Vince se enfadó de verdad.

—Habla con él, al menos —repitió.

—Lo comentaré con Rita —dije, con la esperanza de finiquitar el tema. Durante el trayecto hasta la escena del crimen, Vince no volvió a hablar de ello, de modo que tal vez lo había conseguido.

La escena resultó mucho más sencilla de lo que había supuesto, y me levantó un poco el ánimo cuando llegué. En primer lugar, se encontraba en el campus de la universidad de Miami, que era mi querida alma mater, y acorde con mi prolongado intento de parecer humano, siempre intentaba fingir que sentía cariño por aquel sitio cuando lo visitaba. En segundo lugar, no parecía que hubiera mucha sangre que analizar, lo cual podía significar que acabaría en un período de tiempo razonable. También significaba librarme de la desagradable materia roja y húmeda. No me gusta la sangre, lo cual puede parecer extraño, pero así es. No obstante, me proporciona un gran placer organizaría en una escena del crimen, obligarla a adoptar una pauta decente y a portarse bien. En este caso, a juzgar por lo que descubrí durante el trayecto, no iba a suponer ningún desafío.

Y así, con mi buen humor habitual, me acerqué a la cinta amarilla de la escena del crimen, seguro de ir a disfrutar de un agradable descanso en un agitado día laborable…

Y paré en seco con un pie al otro lado de la cinta.

Por un momento, el mundo se tiñó de un amarillo intenso y experimenté una desagradable sensación de caer a través del espacio, ingrávido. No veía nada, salvo el resplandor acerado como un cuchillo. Oí un sonido silencioso en el oscuro asiento trasero, la sensación de náusea subliminal mezclada con el pánico ciego de un cuchillo de carnicero arañando una pizarra. Un movimiento veloz, miedo, la furiosa certidumbre de que algo iba muy mal, sin la menor pista de qué era o dónde estaba.

Recuperé la vista y miré a mi alrededor. No vi nada que no esperara ver en una escena del crimen: una pequeña muchedumbre congregada ante la cinta amarilla, algunos uniformes custodiando el perímetro, unos cuantos detectives con trajes baratos, y mi equipo, los chiflados forenses, buscando entre los matorrales a cuatro patas. Todo normal a simple vista. De modo que me volví hacia mi ojo interior infalible, vestido de pies a cabeza, en busca de una respuesta.

«¿Qué pasa?», pregunté en silencio, cerré mis ojos de nuevo y esperé alguna respuesta del Pasajero a esta exhibición de malestar sin precedentes. Estaba acostumbrado a los comentarios de mi Oscuro Socio, y muy a menudo mi primera visión de la escena de un crimen venía puntuada por astutos susurros de admiración o diversión, pero esto… Era un sonido de angustia, y no sabía qué pensar.

«¿Qué pasa?», volví a preguntar. Pero no hubo respuesta, aparte del roce inquieto de alas invisibles, de modo que lo dejé correr y me acerqué al lugar.

Estaba claro que habían quemado los dos cuerpos en otro lugar, puesto que no había señales de una barbacoa lo bastante grande para asar con tanta perfección dos hembras de tamaño mediano. Los habían abandonado junto al lago que atraviesa el campus de la universidad, justo a un lado del sendero que corre a su alrededor, y fueron descubiertos por un par de alumnos que se levantaban temprano para correr. A juzgar por la pequeña cantidad de sangre que descubrí, deduje que les habían cortado la cabeza después de haber quemado a las víctimas.

Un pequeño detalle me hizo reflexionar. Los cuerpos estaban dispuestos con pulcritud, casi con reverencia, con los brazos carbonizados cruzados sobre el pecho. Y en lugar de las cabezas cortadas, habían colocado una cabeza de toro de cerámica sobre cada torso.

Este es el tipo de toque encantador que siempre suscita algún comentario del Oscuro Pasajero, o sea, un susurro jocoso, una risita, incluso una punzada de celos. Pero esta vez, mientras Dexter se decía: «¡Aja, una cabeza de toro! ¿Qué nos parece eso?», el Pasajero respondió al instante y enérgicamente con… ¿Nada?

¿Ni un susurro, ni un suspiro?

Envié una irritada petición de respuestas, y no recibí nada más que un correteo preocupado, como si el Pasajero se hubiera agazapado tras algo que le brindara protección, con la esperanza de capear el temporal sin que nadie se fijara en él.

Abrí los ojos, asombrado. No recordaba un momento en que el Pasajero no tuviera nada que decir sobre una muestra de nuestro tema favorito, y no obstante ahí lo tenía, no sólo callado, sino escondido.

Contemplé los dos cuerpos carbonizados con nuevo respeto. Carecía de pistas sobre el significado de lo que estaba pasando, pero como nunca había ocurrido, me pareció una buena idea descubrirlo.

Ángel Batista-nada-que-ver estaba a cuatro patas al otro lado del sendero, examinando con mucho detenimiento cosas que yo no podía ver y me eran indiferentes.

—¿Lo has encontrado ya? —le pregunté.

No levantó la vista.

—¿Encontrar qué? —preguntó.

—No tengo ni idea —dije—. Pero tiene que haber algo en alguna parte.

Alargó unas tenazas y cogió una sola hoja de hierba, la miró con atención y la guardó en una bolsa de plástico mientras hablaba.

—¿Por qué iba a dejar alguien una cabeza de toro de cerámica? —preguntó.

—Porque de chocolate se derretiría —contesté.

Asintió sin levantar la vista.

—Tu hermana cree que es algo relacionado con la santería.

—Vaya —dije.

Esa posibilidad no se me había ocurrido, y me sentí un poco molesto por ello. Al fin y al cabo, estábamos en Miami. Siempre que topábamos con algo que recordaba a un ritual e implicaba cabezas de animales, lo primero que te venía a la mente era la santería. Una religión afrocubana que combinaba animismo yoruba con catolicismo, la santería estaba muy extendida por Miami. Sacrificios de animales y simbolismo eran elementos habituales para sus devotos, lo cual explicaría las cabezas de animales. Y si bien sólo un número relativamente pequeño de gente practicaba la santería, la mayor parte de hogares de la ciudad tenían una o dos velas dedicadas a santos, o collares de conchas de cauri comprados en botánicas{Tiendas en que se venden velas, estatuas, amuletos y otros productos considerados mágicos o pertenecientes a la medicina alternativa. (N. del T.)}.

La actitud que prevalecía en la ciudad consistía en que, aunque no fueras creyente, no era perjudicial mostrar cierto respeto.

Como ya he dicho, se me habría tenido que ocurrir al instante, pero mi hermana de leche, ahora sargento de Homicidios, lo había pensado antes, aunque se suponía que yo era el listo.

Me sentí aliviado cuando supe que habían asignado el caso a Deborah, lo cual significaba que la estupidez estaría restringida al mínimo. También le daría, esperaba, algo mejor que hacer con su tiempo. Últimamente se había pasado todas las horas del día y de la noche atendiendo a su mutilado novio, Kyle Chutsky, que había perdido una o dos extremidades sin importancia en su reciente encuentro con un cirujano chiflado, que trabajaba por libre y que se había especializado en transformar seres humanos en patatas aulladoras, el mismo villano que había eliminado con tanto arte muchas partes innecesarias del sargento Doakes. No había tenido tiempo de acabar con Kyle, pero Debs se había tomado la cosa como algo personal, y después de matar de un tiro al buen doctor, se había dedicado a devolver la virilidad a Chutsky.

Estoy seguro de que se había anotado innumerables puntos en el tablero ético, con independencia de quien llevara la cuenta, pero la verdad era que su tiempo libre no le había hecho ningún bien en lo tocante al Departamento, y peor aún, el pobre y solitario Dexter había sentido en lo más hondo la falta de atención inmerecida de su único pariente vivo.

Así que era una buena noticia el hecho de que hubieran asignado a Deborah al caso, y estaba hablando al otro lado del sendero con su jefe, el capitán Matthews. Sin duda le estaba proveyendo de municiones para su inminente guerra contra la prensa, que se negaba a hacerle la fotografía del perfil bueno.

De hecho, las furgonetas de la prensa ya estaban llegando y desplegando sus efectivos para tomar fotos de la zona. Un par de sabuesos locales estaban aferrando con solemnidad sus micrófonos y recitaban frases contritas sobre la tragedia de dos vidas segadas con tanta brutalidad. Como siempre, me sentí muy agradecido de vivir en una sociedad libre, en la que la prensa tenía el sacrosanto derecho de exhibir imágenes de personas muertas en el telediario de la noche.

El capitán Matthews se acarició con cuidado su perfecto peinado con el pulpejo de la mano, dio una palmadita a Deborah en el hombro y se dispuso a hablar con la prensa. Y yo me encaminé hacia mi hermana.

Se quedó donde había estado hablando con Matthews, con la vista clavada en su espalda mientras hablaba con Rick Sangre, uno de los verdaderos gurús del periodismo que rendía culto al «si hay sangre, vale la pena contarlo».

—Bien, hermanita —la saludé—. Bienvenida al mundo real.

Ella negó con la cabeza.

—Hurra —dijo.

—¿Cómo va Kyle? —le pregunté, pues mi entrenamiento me indicaba que eso era lo correcto.

—¿Físicamente? —me preguntó—. Está bien, pero se siente inútil. Y esos capullos de Washington no le dejan volver al trabajo.

Me resultaba difícil calibrar la capacidad de Chutsky para volver al trabajo, pues nadie había definido con exactitud qué trabajo hacía. Sabía que estaba vagamente relacionado con algo del Gobierno, y que se trataba de algo clandestino, pero no sabía más que eso.

—Bien —dije, mientras buscaba el tópico adecuado—. Estoy seguro de que necesita un poco de tiempo.

—Sí —repuso ella—. Yo también. —Miró hacia el lugar donde estaban tendidos los dos cadáveres carbonizados—. De todos modos, esto me irá bien para distraerme un poco.

—Se rumorea que crees que podría tratarse de santería —dije, y mi hermana volvió al instante la cabeza hacia mí.

—¿Y tú no lo crees? —preguntó.

—Bien, podría ser —dije.

—¿Pero? —inquirió con brusquedad.

—Ningún «pero» —contesté.

—Maldita sea, Dexter —dijo ella—. ¿Qué sabes de esto?

Era una buena pregunta. En ocasiones, había ofrecido opiniones acertadas sobre algunos de los asesinatos más horripilantes en los que habíamos trabajado. Me había granjeado una pequeña reputación por mi intuición sobre la forma en que pensaban y trabajaban los psicóticos homicidas pervertidos, algo de lo más natural porque, sin que nadie lo supiera, excepto Deborah, yo también era un psicópata homicida pervertido.

Pero aunque ella había descubierto sólo en fecha muy reciente mi verdadera naturaleza, no había tenido reparos en aprovecharse de ello para que la ayudara en su trabajo. Me daba igual. Encantado de ayudarla. ¿Para qué está la familia, si no? Y me importaba un bledo que mis colegas monstruos pagaran su deuda con la sociedad en la silla eléctrica, a menos que fuera alguien que hubiera reservado para mis inocentes placeres, por supuesto.

Pero en este caso, no tenía nada que decir a Deborah. De hecho, había confiado en que ella pudiera proporcionarme alguna información, algo capaz de explicar el acto de desaparición tan peculiar y poco habitual del Oscuro Pasajero. Claro que no era el tipo de cosa que me gustaba contarle a Deborah, pero dijera lo que dijera sobre aquella doble ofrenda, no daría crédito a mis palabras. Estaría convencida de que contaba con información y una perspectiva que me impelían a callar. Lo único más suspicaz que un hermano es un hermano policía.

Por supuesto, ella estaba convencida de que yo me estaba callando algo.

—Vamos, Dexter —me animó—. Escúpelo. Dime qué sabes de esto.

—Querida hermanita, estoy absolutamente a oscuras —dije.

—Chorradas —me espetó, por lo visto sin captar la ironía—. Estás callando algo. —Jamás haría eso —dije—. ¿Mentiría a mi única hermana?

Ella me fulminó con la mirada.

—¿No es santería?

—No tengo ni idea —contesté, en el tono más tranquilizador posible—. Parece un buen punto de partida, pero…

—Lo sabía —dijo con brusquedad—. ¿Pero qué?

—Bien —empecé. La verdad es que se me acababa de ocurrir, y tal vez no significara nada, pero ya había empezado la frase, así que continué—. ¿Has oído hablar alguna vez de un santero que utilice cerámica? ¿Y toros…? ¿No tienen algo relacionado con las cabezas de chivo?

Me miró fijamente durante un minuto, y después sacudió la cabeza. —¿Eso es todo? ¿No tienes nada más?

—Ya te lo he dicho, Debs. No tengo nada. Era una simple idea, algo que se me ocurrió de repente.

—Bien —dijo ella—. Si me estás diciendo la verdad…

—Pues claro que sí —protesté.

—En ese caso, lo que tienes es menos que un huevo huero —dijo, y desvió la vista hacia el lugar donde el capitán Matthews continuaba contestando preguntas con su solemne y varonil mandíbula proyectada hacia delante—. Lo cual es todavía menos que la mierda de caballo que tengo yo —concluyó.

Nunca había oído que la mierda de caballo fuera menos que un huevo huero, pero siempre es bueno aprender algo nuevo. No obstante, aquella sorprendente revelación no lograba contestar a la verdadera pregunta: ¿por qué había corrido a esconderse el Oscuro Pasajero? En el curso de mi carrera y mi afición he visto cosas que la mayoría de la gente es incapaz de imaginar, a menos que hayan visto varias películas de esas que te echan en las autoescuelas por conducir borracho. Y en todos los casos en que me había encontrado, por espeluznantes que fueran, mi compañero en la sombra siempre aportaba algún comentario preciso sobre el procedimiento empleado, aunque sólo fuera un bostezo.

Pero ahora, enfrentado a algo tan poco siniestro como dos cadáveres carbonizados y unos vulgares objetos de cerámica, el Oscuro Pasajero optaba por largarse como una araña asustada y me dejaba sin su consejo. Una sensación nueva para mí, y descubrí que no me gustaba nada.

De todos modos, ¿qué debía hacer? No conocía a nadie con quien pudiera hablar de algo como el Oscuro Pasajero. Al menos, si quería continuar en libertad, como así era. Por lo que yo sabía, no había expertos en el tema aparte de mí. Pero ¿qué sabía yo en realidad sobre mi compañero de fatigas? ¿El hecho de compartir el espacio con él desde hacía tanto tiempo me convertía en un especialista en la materia? Su reacción, aquella inesperada huida al sótano, me estaba poniendo muy nervioso, como si me descubriera paseando por la oficina sin pantalones. En el fondo, no tenía ni idea de qué era o de dónde venía el Oscuro Pasajero, y nunca me había parecido muy importante.

Por algún motivo, ahora sí.

Una pequeña multitud se había apiñado junto a la barrera de cinta amarilla que la policía había montado. Gente suficiente para que el Vigilante pudiera acechar desde el centro del grupo sin destacar.

Observaba con un ansia fría que no se plasmaba en su rostro. Nada se plasmaba en su rostro. Era una simple máscara que utilizaba de momento, una manera de ocultar el poder almacenado en su interior. No obstante, daba la impresión de que la gente que le rodeaba lo intuía, pues de vez en cuando miraba en su dirección con nerviosismo, como si hubieran oído cerca el rugido de un tigre.

El Vigilante disfrutaba con el malestar de los otros, disfrutaba con la forma en que miraban, presa de un miedo estúpido, lo que había hecho. Todo formaba parte del goce de este poder, y era parte del motivo de que le gustara observar.

Pero ahora lo hacía con un propósito definido, cautelosa y deliberadamente, al tiempo que los veía ir de un lado a otro como hormigas y sentía cómo el poder se alzaba y flexionaba en su interior. «Carne andante, pensó. Menos que ovejas, y nosotros somos los pastores.»

Mientras gozaba con aquella patética reacción ante su exhibición, sintió que otra presencia hormigueaba en la periferia de sus sentidos de depredador. Volvió la cabeza poco a poco, siguiendo la línea de cinta amarilla…

Allí. Era él, el de la camisa hawaiana de alegres colores. Sí que era de la policía.

El Vigilante extendió un cauteloso zarcillo hacia el otro, y cuando lo tocó, vio que el otro paraba en seco y cerraba los ojos, como formulando una pregunta en silencio: sí. Todo encajaba. El otro había sentido el leve roce de sus sentidos. Era poderoso, de eso no cabía duda.

Pero ¿cuál era su propósito?

Observó mientras el otro se enderezaba, paseaba la vista a su alrededor, se encogía de hombros y cruzaba la barrera policial.

«Somos más fuertes», pensó. «Más fuertes que todos. Lo van a descubrir, y lo van a lamentar.»

Notó que su ansia crecía, pero necesitaba saber más, y esperaría hasta el momento adecuado. Esperar y vigilar.

De momento.

6

Una escena de homicidio sin manchas de sangre tendría que haber sido una excursión de vacaciones para mí, pero no conseguía adoptar el estado de ánimo apropiado para disfrutarla. Paseé de un lado a otro, entré y salí de la zona acordonada, pero tenía muy poco que hacer. Además, daba la impresión de que Deborah ya me había dicho todo lo que debía decirme, lo cual me dejó solo y sin nada que hacer.

Habría que disculpar a un ser razonable por enfurruñarse un poco, pero yo nunca había dicho que fuera razonable, y eso me dejaba muy pocas opciones. Tal vez lo mejor sería proseguir mi vida y pensar en las numerosas cosas importantes que exigían mi atención: los niños, el catering para la boda, París, comer… Considerando mi lista de cosas de las que debía preocuparse, no me extrañaba que el Pasajero se mostrara algo tímido.

Miré de nuevo los dos cadáveres recocidos. No estaban haciendo nada siniestro. Continuaban muertos. Pero el Oscuro Pasajero continuaba silencioso.

Volví con Deborah, que estaba hablando con Angel-nada-que-ver. Ambos me miraron expectantes, pero no se me ocurrió ninguna salida ingeniosa, lo cual era muy poco normal. Por suerte para mi fama mundial de estoicismo risueño permanente, antes de que pudiera ponerme triste Deborah miró por encima de mi hombro y resopló.

—Ya era hora, joder.

Seguí su mirada hasta un coche patrulla que acababa de frenar, y vi que bajaba un hombre vestido de blanco de pies a cabeza.

El babalao oficial de Miami acababa de llegar.

Nuestra hermosa ciudad existe en una bruma cegadora permanente de amiguismo y corrupción que daría celos a Boss Tweed{Político neoyorquino del siglo XIX que fue condenado por estafa y murió en la cárcel. (N. del T.)}, y cada año se derrochan millones de dólares en trabajos de asesoría imaginarios, costes excesivos en proyectos que no han empezado porque fueron adjudicados a la suegra de alguien, y otros asuntos especiales de gran importancia cívica, como nuevos coches de lujo para los políticos. Por lo tanto, no debería sorprender a nadie que la ciudad pague a un sacerdote de la santería un sueldo y pagas extra. La sorpresa es que se gana su dinero.

Cada mañana, al amanecer, el babalao llega al Palacio de Justicia, donde suele encontrar uno o dos animales pequeños sacrificados dejados por gente que tiene casos legales importantes pendientes. Ningún ciudadano de Miami en su sano juicio tocaría estas cosas, pero sería de muy mal gusto dejar animales muertos en los alrededores del gran templo de la justicia de Miami. Por consiguiente, el babalao se lleva los sacrificios, las conchas de cauri, las plumas, las cuentas, los hechizos y las imágenes de una forma que no ofenda a los orishas, los espíritus rectores de la santería.

También le llaman de vez en cuando para echar encantamientos sobre otros importantes temas cívicos, como bendecir un nuevo paso elevado construido por un contratista sinvergüenza, o maldecir a los New York Jets. Y por lo visto, esta vez le había llamado mi hermana, Deborah.

El babalao oficial de la ciudad era un hombre negro de unos 50 años, más de un metro ochenta de alto, uñas muy largas y vientre protuberante. Iba vestido con pantalones y guayabera blancos y sandalias. Se acercó con paso lento y pesado desde el coche patrulla que le había traído, con la expresión irritada de un burócrata de segunda fila cuyo importante trabajo de archivo ha sido interrumpido. Mientras andaba, limpiaba unas gafas de concha con el faldón de la camisa. Se las puso mientras se dirigía hacia los cuerpos, y en ese momento, lo que vio le detuvo en seco.

Estuvo mirando durante un largo rato. Después, con los ojos todavía clavados en los cadáveres, empezó a caminar hacia atrás. Cuando se encontraba a unos nueve metros de distancia, dio media vuelta, volvió al coche patrulla y subió.

—¿Qué coño…? —dijo Deborah, y reconocí que había resumido la situación a la perfección. El babalao cerró de golpe la puerta del coche y se quedó sentado en el asiento delantero, con la vista clavada en el frente a través del parabrisas, inmóvil—. Mierda — masculló Deborah al cabo de un momento, y se encaminó hacia el coche. Como soy una mente inquisitiva ansiosa de conocimientos, la seguí.

Cuando llegué al coche, Deborah estaba tamborileando con los dedos sobre la ventanilla del pasajero, y el babalao continuaba con la vista clavada en el frente, la mandíbula tensa, fingiendo que no la veía. Debs llamó con más fuerza. El hombre negó con la cabeza.

—Abra la puerta —dijo ella, con su mejor tono de policía cuando ordena: «Baje la pistola». El hombre negó con la cabeza una vez más. Ella golpeó la ventanilla con más violencia—. ¡Ábrala! —gritó.

Por fin, el hombre obedeció.

—Esto no tiene nada que ver conmigo —anunció.

—Pues entonces, ¿con qué? —preguntó Deborah.

El hombre meneó la cabeza.

—He de volver al trabajo —dijo.

—¿Es Palo Mayombe? —le pregunté, y Debs me fulminó con la mirada por interrumpirla, pero a mí me parecía una buena pregunta. Palo Mayombe era una versión más oscura de la santería, y aunque no sabía casi nada sobre ella, corrían rumores de que incluía rituales muy perversos que habían despertado mi interés.

Pero el babalao negó con la cabeza.

—Escuche —dijo—, hay cosas de las que ustedes no tienen ni idea, y es mejor que sigan así.

—¿Ésta es una de esas cosas? —pregunté.

—No lo sé —contestó—. Tal vez.

—¿Qué puede decirnos al respecto? —preguntó Deborah.

—No puedo decirles nada porque no sé nada —dijo el hombre—, pero no me gusta y no quiero saber nada de ello. Hoy he de hacer cosas importantes. Dígale al policía que he de irme.

Y volvió a subir la ventanilla.

—Mierda —dijo Deborah, y me dirigió una mirada acusadora.

—Bien, yo no he hecho nada —me defendí.

—Mierda —repitió—. ¿Qué coño significa eso?

—Estoy completamente a oscuras —reconocí.

—Aja —dijo ella, con pinta de estar muy poco convencida, lo cual era un poco irónico. O sea, la gente siempre me cree cuando soy menos que sincero, y aquí había alguien de mi familia que se negaba a creer que estaba a oscuras por completo. Aparte del hecho de que el babalao había mostrado la misma reacción que el Pasajero… ¿Y qué podía deducir de ello?

Antes de poder seguir avanzando por aquella fascinante línea de pensamiento, me di cuenta de que Deborah me estaba mirando con una expresión cada vez más desagradable en la cara.

—¿Has encontrado las cabezas? —pregunté, con la intención de ser útil—. Podríamos saber algo más del ritual si supiéramos lo que hizo con las cabezas.

—No, no las hemos encontrado. No he encontrado nada, salvo un hermano que retiene información.

—Deborah, este permanente aire de desagradable suspicacia no es bueno para tus músculos faciales. Te saldrán arrugas en la frente.

—Puede que también me salga un asesino —replicó, y se dirigió hacia donde estaban los dos cuerpos carbonizados.

Como por lo visto ya no era útil, al menos para mi hermana, no me quedaba gran cosa por hacer en el lugar de los hechos. Tomé muestras de la sangre seca pegada alrededor de ambos cuellos y volví al laboratorio, con mucho tiempo para comer aunque fuera un poco tarde.

Pero ay, el pobre e intrépido Dexter debía llevar una diana pintada en la espalda, porque mis problemas apenas acababan de empezar. Justo cuando estaba despejando mi escritorio, preparado para zambullirme en el jovial tráfico asesino de la hora punta, Vince Masuoka entró como un rayo en mi despacho.

—Acabo de hablar con Manny —anunció—. Podrá recibirnos mañana por la mañana a las diez.

—Una noticia maravillosa —dije—. Lo único que podría mejorarla es saber quién es Manny y por qué va a recibirnos.

Vince compuso una expresión ofendida, una de las pocas expresiones sinceras que había visto en su cara. —Manny Borque —dijo—. El del catering.

—¿El de la MTV?

—Sí, exacto —confirmó Vince—. El tipo que ha ganado todos los premios, y que escribe en la revista Gourmet.

—Ah, sí —dije, para ganar tiempo con la esperanza de que algún brillante destello de imaginación me ayudara a esquivar aquel sino horrible—. El restaurador que gana premios.

—Dexter, este tipo es genial. Podría encargarse de toda la boda.

—Bien, Vince, eso es fantástico, pero…

—Escucha —prosiguió, con un tono autoritario que nunca le había oído antes—, dijiste que hablarías de esto con Rita y dejarías que decidiera ella.

—¿Eso dije?

—Sí, y no voy a permitir que arrojes por la borda una oportunidad tan maravillosa como ésta, sobre todo porque sé que a Rita le encantaría aprovecharla.

Yo ignoraba cómo podía estar tan seguro de eso. Al fin y al cabo, yo era el que se había prometido con esa mujer, y no tenía ni idea de qué tipo de restaurador la embelesaría. Pero pensé que aquel no era un buen momento para preguntarle cómo sabía lo que le encantaría o no a Rita. Aunque bien mirado, un hombre vestido como Carmen Miranda en Halloween quizá tuviera una intuición más aguda que la mía sobre los deseos culinarios más íntimos de mi prometida.

—Bien —concedí, después de decidir que dar largas era la mejor manera de escapar en aquel momento—, en ese caso, iré a casa y lo comentaré con Rita.

—Hazlo —dijo Vincent. Y no salió como una tromba, pero si hubiera tenido una puerta a mano para cerrarla con estrépito, lo habría hecho.

Terminé de ordenar las cosas y salí al tráfico vespertino. Camino de casa, un hombre de edad madura que conducía un todoterreno Toyota se colocó detrás de mí y empezó a tocar el claxon por algún motivo. Al cabo de cinco o seis manzanas, me adelantó y dio un leve volantazo para asustarme y obligarme a subir a la acera. Si bien admiré su carácter y me habría encantado complacerle, no me aparté de la calzada. Es inútil intentar encontrar un sentido al comportamiento de los conductores de Miami, mientras van enloquecidos de un lado a otro. Has de relajarte y gozar de la violencia. Esa parte, por supuesto, nunca representa ningún problema para mí. Así que sonreí y saludé, y el tipo pisó el acelerador y desapareció entre el tráfico a unos noventa kilómetros por hora por encima del límite de velocidad.

En circunstancias normales, considero el tumulto caótico de la vuelta a casa vespertina la forma perfecta de concluir el día. Ver tanta ira y ansias de matar me relaja, consigue que me sienta unido a mi ciudad natal y sus dinámicos habitantes. Pero esta noche me costaba sentirme de buen humor. Jamás pensé que fuera posible, ni por un momento, pero estaba preocupado.

Peor aún, no sabía el motivo de mi preocupación, sólo que el Oscuro Pasajero me había dedicado el silencio más impenetrable en la escena de un homicidio creativo. Esto nunca había pasado, y lo único que podía creer era que algo inusual, y quizá amenazador para Dexter, era la causa. Pero ¿qué? ¿Y cómo podía estar seguro, cuando en realidad no sabía nada del Pasajero, sólo que siempre me había ofrecido su punto de vista y comentarios joviales? Ya habíamos visto cuerpos quemados, y mucha cerámica, sin inmutarnos jamás. ¿Era la combinación? ¿O algo concreto de esos dos cadáveres? ¿O se trataba de una pura coincidencia, nada relacionado con lo que habíamos visto?

Cuanto más pensaba en ello, menos sabía, pero el tráfico remolineaba a mi alrededor con sus relajantes pautas homicidas, y cuando llegué a casa de Rita ya casi me había convencido de que no había nada de qué preocuparse.

Rita, Cody y Astor ya habían regresado de la escuela cuando llegué. Rita trabajaba mucho más cerca de casa que yo, y los niños iban a una actividad extraescolar en un parque próximo, de modo que todos llevaban esperando media hora como mínimo la oportunidad de echarme a patadas de mi paz espiritual ganada a pulso.

—Ha salido en las noticias —susurró Astor cuando abrí la puerta.

Cody asintió.

—Asqueroso —dijo, con su voz ronca y susurrante.

—¿Qué ha salido en las noticias? —pregunté, mientras intentaba abrirme paso entre ellos y entrar en la casa sin pisotearlos.

—¡Los quemaste! —susurró Astor, y Cody me miró con una absoluta carencia de expresión, que de alguna manera conseguía comunicar desaprobación.

—¿Que yo qué? ¿A quién…?

—Esas dos personas que encontraron en el colegio —dijo la niña—. No queremos aprender eso —añadió con énfasis, y Cody asintió de nuevo.

—¿En el…? ¿Te refieres a la universidad? Yo no…

—Una universidad es un colegio —dijo Astor, con la seguridad a prueba de bomba de una niña de diez años—. Y pensamos que quemar es asqueroso.

Empecé a comprender lo que habían visto en las noticias: un reportaje de la escena donde había pasado la mañana recogiendo muestras de sangre reseca de dos cuerpos carbonizados. Y no sé cómo, sólo porque sabían que había ido a jugar la otra noche, habían decidido que había pasado el rato de esa forma. Incluso sin la extraña retirada del Oscuro Pasajero, admití que era asqueroso, y consideré muy irritante que me creyeran capaz de algo así.

—Escuchad —dije con severidad—, eso no fue…

—¿Eres tú, Dexter? —canturreó Rita a la tirolesa desde la cocina.

—No estoy seguro —contesté—. Voy a echar un vistazo a mi cartera.

Rita irrumpió sonriente, y antes de que pudiera protegerme se enroscó a mi alrededor, con la aparente intención de estrujarme lo suficiente para impedirme respirar.

—Hola, guapo —dijo—. ¿Cómo te ha ido el día?

—Asqueroso —murmuró Astor.

—Absolutamente maravilloso —dije, mientras intentaba recuperar el aliento—. Cantidad de cadáveres para todo el mundo. Hasta tuve que utilizar mis bastoncillos de algodón.

Rita hizo una mueca.

—Aj. Eso es… No sé si deberías hablar así delante de los niños. ¿Y si tienen pesadillas?

Si hubiera sido una persona sincera, le habría dicho que era mucho más probable que sus hijos causaran pesadillas a los demás, pero como no estoy entorpecido por ninguna necesidad de decir la verdad, me limité a darle una palmadita.

—Cada día oyen cosas peores en los dibujos animados. ¿Verdad, chicos?

—No —dijo Cody en voz baja, y le miré sorprendido. Pocas veces hablaba, y verle no sólo hablar, sino llevarme la contraria, era inquietante. De hecho, el día se había torcido desde el primer momento, desde la huida aterrorizada del Oscuro Pasajero por la mañana, siguiendo con el sermón sobre el catering de Vince, y ahora esto. ¿Qué estaba pasando, en nombre de todo lo oscuro y ominoso? ¿Se había desequilibrado mi aura? ¿Las lunas de Júpiter se habían alineado contra mí en Sagitario?

—Cody —dije, confiando en que algo de dolor se transparentara en mi voz—, no vas a tener pesadillas por esto, ¿verdad?

—El no tiene pesadillas —observó Astor, como si todo el mundo, salvo los que estaban muy mal de la cabeza, tuviera que saberlo—. No sueña nunca.

—Me alegra saberlo —dije, puesto que yo casi nunca sueño, y por algún motivo se me antojaba importante que Cody y yo tuviéramos muchas cosas en común. Pero a Rita no le hizo gracia.

—No seas tonta, Astor —le dijo—. Claro que Cody sueña. Todo el mundo sueña.

—Yo no —insistió Cody. Ahora, no sólo nos estaba plantando cara, sino que, al mismo tiempo, estaba rompiendo su récord de hablar. Y aunque yo no tenía corazón, salvo para propósitos circulatorios, sentía afecto por él y quería apoyarle.

—Bien por ti —le dije—. Sigue así. Los sueños están sobrevalorados. Impiden dormir a pierna suelta.

—Dexter, por favor —dijo Rita—. No creo que debamos fomentar esto.

—Pues claro que sí —contesté, y guiñé un ojo a Cody—. Está demostrando determinación, agallas e imaginación.

—No —dijo Cody, y me quedé maravillado de su verborrea.

—Claro que no —le dije, y bajé la voz—. Pero hemos de decir cosas como éstas delante de tu madre, para que no se preocupe.

—Por el amor de Dios —dijo Rita—. Me rindo. Id a jugar fuera, chicos.

—Queremos jugar con Dexter —manifestó Astor, haciendo un puchero.

—Saldré dentro de unos minutos —prometí.

—Más te vale —dijo ella en tono misterioso. Desaparecieron por el pasillo hacia la puerta de atrás, y mientras se marchaban respiré hondo, contento de que los ataques despiadados e injustificados contra mi persona hubieran terminado. No tendría que haber sido tan optimista, claro.

—Ven —me instó Rita, y me condujo de una mano hasta el sofá—. Vince llamó hace un rato —dijo, mientras nos acomodábamos sobre los almohadones.

—¿De veras? —dije, y sentí una repentina sensación de peligro cuando pensé en lo que habría hablado con ella—. ¿Qué quería? Rita sacudió la cabeza.

—Se mostró muy misterioso. Dijo que le avisáramos en cuanto hubiéramos hablado. Cuando le pregunté de qué debíamos hablar, no lo dijo. Sólo añadió que tú me lo dirías.

Apenas logré reprimir la metedura de pata que suponía repetir, «¿De veras?». En mi defensa debo admitir que mi cabeza daba vueltas, no sólo con la idea —que me llenaba de pánico— de que debía huir a un lugar seguro, sino también al pensamiento de que necesitaba encontrar tiempo para hacer una visita a Vince con mi bolsita de juguetes. Pero antes de que pudiera elegir mentalmente el cuchillo adecuado, Rita continuó:

—La verdad, Dexter, tienes suerte de contar con un amigo como Vince. Se toma su responsabilidad de padrino muy en serio, y tiene un gusto maravilloso.

—Maravillosamente caro, también —dije, y tal vez me estaba recuperando de mi casi metedura de pata con el «¿De veras?», pero supe en aquel mismo momento que no habría debido decir eso. Y claro, Rita se iluminó como un árbol de Navidad.

—¿Sí? —dijo—. Bien, supongo que sí, al fin y al cabo. O sea, suele ir unido, ¿verdad? Por lo general, obtienes lo que pagas.

—Sí, pero es una cuestión de cuánto hay que pagar —dije.

—¿Pagar por qué? —preguntó Rita, y me di cuenta de que había caído en la trampa.

—Bien —dije—, a Vince se le ha ocurrido la idea demencial de que deberíamos contratar a ese restaurador de South Beach, un tipo muy carero que se encarga de muchas fiestas de celebridades y tal.

Rita aplaudió con las manos debajo de la barbilla, con aspecto de felicidad radiante.

—¡No será Manny Borque! —exclamó—. ¿Vince conoce a Manny Borque?

Estaba claro que todo había terminado, pero Dexter el Intrépido no se rinde sin luchar, aunque se halle en franca desventaja.

—¿Te he dicho que es muy caro? —pregunté esperanzado.

—Oh, Dexter, no puedes preocuparte por el dinero en un momento como éste —dijo Rita.

—Sí que puedo. Lo estoy.

—Si existe la posibilidad de contratar a Manny Borque, no —dijo, con una sorprendente nota de firmeza en su voz, que yo nunca había oído, salvo cuando se enfadaba con Cody y Astor.

—Sí, pero Rita —objeté—, no es lógico gastar tantísimo dinero sólo en el catering.

—No es una cuestión de lógica —opuso, y debo admitir que le di la razón—. Si podemos conseguir que Manny Borque se encargue de nuestra boda, sería una locura no hacerlo.

—Pero —objeté, y callé, porque aparte del hecho de que me parecía una idiotez pagar el rescate de un rey por unas cuantas galletitas saladas con endibias pintadas a mano con zumo de ruibarbo, esculpidas hasta parecer Jennifer López, no se me ocurría ninguna otra objeción. O sea, ¿no bastaba con eso?

Por lo visto no.

—Dexter —dijo—, ¿cuántas veces nos casaremos?

Debo reconocer en mi favor que fui lo bastante avispado para reprimir el impulso de decir: «Al menos dos, en tu caso», lo cual me pareció muy prudente.

Cambié de rumbo al instante, utilizando tácticas aprendidas después de haber fingido ser humano durante tantos años.

—Rita —dije—, la parte más importante de la boda es cuando te deslizo el anillo en el dedo. Me da igual lo que comamos después.

—Eres tan dulce —dijo ella—. Entonces, no te importa que contratemos a Manny Borque, ¿verdad?

Una vez más, me encontré perdiendo una discusión sin ni siquiera saber de qué lado estaba. Caí en la cuenta de que tenía la garganta seca, resultado sin duda de que estaba boquiabierto, mientras mi cerebro se esforzaba por entender lo que acababa de pasar, y por encontrar algo inteligente que decir para reconducir la conversación.

Pero ya era demasiado tarde.

—Llamaré a Vince —dijo Rita, y se inclinó para darme un beso en la mejilla—. Esto es muy emocionante. Gracias, Dexter.

Bien, al fin y al cabo, ¿acaso el matrimonio no es una cuestión de compromiso?

7

Por supuesto, Manny Borque vivía en South Beach. Residía en el último piso de uno de los nuevos rascacielos que florecían en Miami como setas después de una fuerte lluvia. Éste se hallaba en lo que había sido una playa desierta a la que Harry nos llevaba a mí y a Debs los sábados por la mañana. Descubríamos salvavidas antiguos, misteriosos pedazos de madera de algún infortunado barco, boyas de langosteras y, una emocionante mañana, un cuerpo humano mecido por el oleaje. Era un recuerdo de la infancia muy querido, y me sabía muy mal que alguien hubiera construido esta reluciente torre en aquel mismo lugar.

A las diez de la mañana siguiente Vince y yo nos fuimos juntos del trabajo y nos dirigimos al horrible edificio nuevo que había sustituido al escenario de mi alegría infantil. Subimos en silencio en el ascensor, y vi que Vince se removía nervioso y parpadeaba. Ignoro por qué ir a ver a alguien que se ganaba la vida esculpiendo hígado fileteado le ponía nervioso, pero no cabía duda de que lo estaba. Una gota de sudor resbaló por su mejilla y tragó saliva convulsivamente dos veces.

—Es un restaurador, Vince —le dije—. No es peligroso. Ni siquiera puede anular tu tarjeta de la biblioteca. Vince me miró y tragó saliva de nuevo.

—Tiene muy mal genio —dijo—. Puede llegar a ser muy exigente.

—Bien —dije risueño—, entonces vamos a ver si localizamos a alguien más razonable.

Apretó la mandíbula como un hombre ante un pelotón de fusilamiento y negó con la cabeza.

—No —dijo con bravura—, vamos a llegar hasta el final. —La puerta del ascensor se abrió en aquel momento. Cuadró los hombros y cabeceó—. Vamos —dijo.

Caminamos hasta el final del pasillo y Vince se detuvo ante la última puerta. Respiró hondo, levantó un puño y, tras una breve vacilación, llamó a la puerta. Al cabo de un largo rato, en el que nada sucedió, me miró y parpadeó, con la mano todavía levantada.

—Quizá… —dijo.

La puerta se abrió.

—¡Hola, Vic! —gorjeó la cosa de la puerta, y Vince reaccionó ruborizándose y tartamudeando. —Sólo he dicho hola.

Después, trasladó su peso de un pie al otro, tartamudeó algo que sonó como «um buenoyo» y retrocedió medio paso.

Fue una representación notable y agradable, y yo no fui el único que pareció disfrutarla. El maniquí que había abierto la puerta lo contemplaba con una sonrisa sugerente de que le gustaría presenciar cualquier tipo de sufrimiento humano, y dejó que Vince temblequeara durante varios largos minutos, hasta que por fin dijo:

—¡Bien, entrad!

Manny Borque, si en realidad era él y no un extraño holograma de La guerra de las galaxias, medía un metro setenta, desde la suela de sus botas plateadas de tacón alto bordadas hasta la punta de su cabeza teñida de naranja. Llevaba el pelo corto, salvo unos mechones negros erizados que se dividían sobre su frente como la cola de una golondrina y caían sobre un par de enormes gafas tachonadas de piedras preciosas falsas. Iba vestido con un dashiki largo de un rojo intenso, y al parecer nada más, y remolineó a su alrededor cuando se apartó de la puerta para dejarnos pasar, y luego trotó hacia un enorme ventanal que daba al mar.

—Acercaos y hablaremos —dijo, al tiempo que esquivaba un pedestal sobre el cual descansaba un enorme objeto parecido a una bola gigantesca de vómito animal sumergida en plástico y pintada a pistola con graffiti Day-Glo. Nos guió hasta una mesa de cristal que había junto a la ventana, a cuyo alrededor vi cuatro cosas que debían ser sillas, pero no habría sido difícil confundirlas con sillas de montar en camello, de bronce y soldadas sobre zancos—. Sentaos —invitó, con un amplio gesto de la mano, y yo elegí la cosasilla más cercana a la ventana. Vince vaciló un momento, y después se sentó a mi lado, mientras Manny Borque saltaba sobre el asiento de enfrente—. Bien —dijo—, ¿cómo estás, Vic? ¿Os apetece café? —Sin esperar la respuesta, volvió la cabeza a la izquierda y gritó—: ¡Eduardo!

La respiración de Vince era entrecortada, pero antes de poder remediarlo, Manny se giró en redondo y me miró.

—¡Y tú debes de ser el ruboroso novio! —dijo.

—Dexter Morgan —dije—, pero no me ruborizo mucho.

—Ah, bien, Vic ya lo hace por los dos —dijo.

Y por supuesto, el rostro de Vince se tiñó de escarlata todo cuanto permitía su tez. Como yo estaba algo más que fastidiado por tener que soportar aquella tortura, decidí no acudir en su ayuda con un ingenioso comentario dirigido a Manny, ni tampoco quise corregirle sobre el tema de la verdadera identidad de Vince, que no «Vic». Estaba seguro de que sabía muy bien cuál era su nombre, y de que disfrutaba atormentando a Vince. Por mí, ningún problema. Que Vince sufriera. Le serviría de lección por llamar a Rita sin mi permiso y meterme en este lío.

Eduardo entró sosteniendo un servicio de café Fiestaware de colores brillantes, en equilibrio sobre una bandeja de plástico transparente. Era un joven corpulento que doblaba en tamaño a Manny, y también parecía muy ansioso por complacer al pequeño gnomo. Dejó una taza amarilla delante de Manny, y después se dispuso a colocar la azul frente a Vince, pero Manny apoyó un dedo sobre su brazo para impedirlo.

—Eduardo —dijo con voz sedosa, y el chico se quedó petrificado—. ¿Amarilla? ¿No nos acordamos? La taza azul es para Manny.

Eduardo estuvo a punto de caerse cuando dio marcha atrás, y casi tiró la bandeja en sus prisas por quitar la ofensiva taza amarilla y sustituirla por la azul, como era debido.

—Gracias, Eduardo —dijo Manny, y Eduardo se detuvo un momento, por lo visto para verificar que Manny lo decía en serio, o tal vez por si había cometido otra equivocación. Pero Manny se limitó a darle palmaditas en el brazo—. Sirve a nuestros invitados, por favor.

Eduardo asintió y procedió.

De modo que a mí me tocó la taza amarilla, lo cual me era indiferente, aunque me pregunté si eso significaba que no le caía bien. Cuando hubo servido el café, Eduardo volvió a toda prisa a la cocina y regresó con una bandejita que albergaba media docena de pastelitos. Y si bien no tenían la forma del trasero de Jennifer López, podrían haberlo sido. Parecían pequeños puercoespines rellenos de crema, grumos marrón oscuro erizados de púas que, o bien eran de chocolate, o las habían robado a una anémona de mar. El centro estaba abierto y revelaba una gota de materia anaranjada tipo natillas, y cada gota tenía un toque verde, azul o marrón encima.

Eduardo dejó la bandeja en el centro de la mesa y todos la contemplamos un momento. Daba la impresión de que Manny estaba admirando esas cosas, y Vince debía de sentir una especie de admiración religiosa, pues tragó saliva varias veces más y emitió un sonido que habría podido ser una exclamación ahogada. Por mi parte, no estaba seguro de si me las debía comer o utilizarlas para un sangriento ritual azteca, así que me limité a estudiar la bandeja, con la esperanza de obtener una pista.

Vince la aportó por fin.

—Dios mío —soltó.

Manny asintió.

—Son maravillosas, ¿verdad? —dijo—. Pero ya están muy vistas. —Levantó una, la del toque azul, y la contempló con una especie de ternura distante—. La paleta de colores comenzó a hacerse aburrida, y ese horrible hotel de Indian Creek empezó a copiarlas. Da igual —dijo con un encogimiento de hombros, y se la metió en la boca. Me alegré de ver que no provocaba hemorragias importantes—. Uno se aficiona a estas cosas. —Se volvió y le guiñó un ojo a Eduardo—. Tal vez demasiado, a veces. —Eduardo palideció y huyó a la cocina, y Manny se volvió hacia nosotros con una enorme sonrisa de cocodrilo—. Probad una, ¿eh?

—Me da miedo morderlas —dijo Vince—. Son tan perfectas.

—Y a mí me da miedo que me devuelvan el mordisco —dije.

Manny exhibió varias docenas de dientes.

—Si pudiera enseñarles eso —dijo—, nunca estaría solo. —Empujó la bandeja en mi dirección—. Adelante —dijo.

—¿Las serviría en mi boda? —pregunté, con la idea de que tal vez alguien podría encontrar un sentido a todo esto.

Vince me dio un codazo, con fuerza, pero por lo visto ya era demasiado tarde. Los ojos de Manny se habían convertido en pequeñas rendijas, aunque su impresionante obra dental seguía en exhibición.

—Yo no sirvo —dijo—. Yo presento. Y presento lo que a mí me parece mejor.

—¿No debería estar informado por anticipado de lo que podría ser? —pregunté—. O sea, imagine que la novia sea alérgica a la gelatina de rúcula con base de wasabi.

Manny apretó los puños con tanta fuerza que oí crujir los nudillos. Por un momento, alimenté la leve esperanza de que mi ingenio había logrado enemistarme con el restaurador. Pero entonces Manny se relajó y rió.

—Me gusta tu amigo, Vic —dijo—. Es muy valiente.

Vince nos dedicó una sonrisa a ambos y volvió a respirar. Manny empezó a juguetear con papel y lápiz, y de esta manera el gran Manny Borque accedió a encargarse del catering de mi boda por el precio especial con descuento de 250 dólares por cubierto.

Me pareció un poco elevado. Pero al fin y al cabo, había recibido instrucciones concretas de no preocuparme por el dinero. Estaba seguro de que Rita se las ingenia de alguna forma para administrarlo, tal vez invitando tan sólo a dos o tres personas. En cualquier caso, no tuve mucho tiempo para preocuparme por las finanzas, pues mi móvil empezó a gorjear casi de inmediato, y cuando contesté, oí decir a Deborah, sin ni siquiera intentar competir con mi jovial hola:

—Te necesito aquí ahora mismo.

—Estoy ocupadísimo con unos canapés muy importantes —dije—. ¿Puedes prestarme veinte mil dólares? Debs emitió un sonido gutural.

—No tengo tiempo para estupideces, Dexter. Las veinticuatro horas empiezan dentro de veinte minutos y te necesito aquí.

Era costumbre de Homicidios reunir a todo el mundo implicado en el caso veinticuatro horas después de empezar el trabajo, para comprobar que todo estaba organizado y que todo el mundo estaba al loro. Y Debs debía de creer que yo podía ofrecerles una buena pista basada en mi intuición. Muy amable por su parte, pero falso. Con el Oscuro Pasajero retirado de manera provisional, mi famosa intuición no parecía en su mejor momento.

—Debs, te aseguro que aún no se me ha ocurrido nada —dije.

—Ven —ordenó, y colgó.

8

El tráfico en la 836 estaba interrumpido durante un kilómetro, justo después de que la 395, procedente de Miami Beach, desembocaba en ella. Fuimos avanzando centímetro a centímetro entre las salidas, hasta que divisamos el problema: un camión cargado de sandías había volcado en la autopista. Una franja de sustancia viscosa roja y verde, de unos quince centímetros de grosor, cruzaba la carretera, sembrada de coches en diversas fases de destrucción. Una ambulancia nos adelantó por la cuneta, seguida de una procesión de coches conducidos por gente demasiado importante para esperar en un embotellamiento de tráfico. Sonaban bocinas en toda la cola, la gente gritaba y agitaba los puños, y más adelante oí un disparo. Era estupendo volver a la vida normal.

Cuando logramos abrirnos paso entre el tráfico y desembocar en las calles de la superficie, habíamos perdido un cuarto de hora, y nos costó otro tanto llegar al trabajo. Vince y yo subimos en ascensor al segundo piso en silencio, pero cuando las puertas se abrieron y salimos, me detuvo.

—Estás haciendo lo correcto —dijo.

—Sí —dije—, pero si no lo hago deprisa, Deborah me matará. Me agarró del brazo.

—Me refiero a Manny —dijo—. Te encantará lo que hace. Ya verás qué diferencia.

Era consciente de que vería una diferencia muy real en mi cuenta corriente, pero por lo demás no le encontraba el menor sentido. ¿De veras se lo pasaría mejor todo el mundo si le servían una serie de objetos de apariencia alienígena, de uso y origen inciertos, en lugar de embutidos? Hay muchas cosas que no entiendo de los seres humanos, pero ésta me parecía la guinda, suponiendo que hubiera guindas en el pastel, lo cual no era muy seguro, en mi opinión.

No obstante, había algo que comprendía muy bien, y era la actitud de Deborah hacia la puntualidad. La había heredado de su padre, y afirmaba que llegar tarde era una falta de respeto inexcusable. Me quité los dedos de Vince del brazo y sacudí la mano.

—Estoy seguro de que a todos nos va a encantar la comida —dije.

Retuvo mi mano.

—Es más que eso —dijo.

—Vince…

—Vas a comprometerte para el resto de tu vida —dijo—. Un compromiso muy bueno, en el sentido de que tu vida en común con Rita…

—Mi vida corre peligro si no me voy, Vince —dije.

—Estoy muy contento —dijo Vince, y fue tan desconcertante verle exhibir una emoción en apariencia auténtica, que hui de su lado con algo de pánico en dirección a la sala de conferencias.

La sala estaba llena, pues el caso estaba empezando a adquirir cierta trascendencia debido a los histéricos reportajes de la noche anterior, acerca de las dos jóvenes quemadas y decapitadas. Deborah me fulminó con la mirada cuando entré y me quedé al lado de la puerta, y yo le dediqué lo que consideré una sonrisa encantadora. Interrumpió al que hablaba, uno de los primeros agentes en llegar a la escena del crimen.

—De acuerdo —dijo—. Ya sabemos que no vamos a encontrar las cabezas en la escena del crimen.

Había pensado que mi entrada tardía y la feroz mirada de Deborah conseguirían el premio a la Entrada Más Dramática, pero estaba muy equivocado. Porque justo cuando Debs intentaba agilizar la reunión, me vi superado como una vela en un incendio.

—Vamos, tíos —dijo la sargento Hermana—. Dadnos ideas.

—Podríamos dragar el lago —dijo Camilla Figg. Era una forense de 35 años que casi siempre mantenía la boca cerrada, así que fue sorprendente oírla hablar. Por lo visto, algunos compañeros la preferían calladita, porque un policía delgado y serio llamado Corrigan la interrumpió al instante.

—Tonterías —dijo Corrigan—. Las cabezas flotan.

—No flotan. Son de hueso sólido —insistió Camilla.

—Algunas —dijo Corrigan, y recibió su pequeño homenaje en forma de carcajadas.

Deborah frunció el ceño, y estaba a punto de intervenir con unas cuantas palabras autoritarias, cuando un ruido en el pasillo se lo impidió.

TUMP.

No tan alto, pero de alguna manera monopolizó toda la atención de la sala. TUMP.

Más cerca, un poco más alto, como algo surgido de una película de terror barata… TUMP.

Por algún motivo que no pude explicarme, dio la impresión de que todos los reunidos contenían el aliento y se volvían poco a poco hacia la puerta. Y sólo porque no quería destacar, empecé a volverme para mirar hacia el pasillo, cuando me detuvo el cosquilleo interior más leve posible, la insinuación de un movimiento nervioso, así que cerré los ojos y escuché. «¿Hola?», dije mentalmente, y al cabo de una pausa muy breve se oyó un sonido muy tenue, algo vacilante, casi un carraspeo de la garganta mental, y entonces…

—Santo Dios —murmuró alguien en la sala, con ese horror reverente que siempre despertaba mi curiosidad, y aquel levísimo sonido de mi interior ronroneó un poco más, y después se desvaneció. Abrí los ojos.

Sólo puedo decir que me había sentido tan feliz de sentir al Pasajero revolverse en el asiento trasero, que por un momento había desconectado de todo cuanto me rodeaba. Se trataba de un desliz siempre peligroso para humanos artificiales como yo, y así lo asumí, estupefacto, cuando abrí los ojos.

Era, ciertamente, una película de terror barata, La noche de los muertos vivientes, pero en vivo y en directo, porque en la puerta, justo a mi derecha, con la vista clavada en mí, había un hombre que debería estar muerto.

El sargento Doakes.

Nunca le había caído bien a Doakes. Daba la impresión de ser el único policía de todo el cuerpo que sospechaba que yo podía ser lo que era en realidad. Siempre había pensado que era capaz de ver a través de mi disfraz porque él era como yo, un asesino despiadado. Había intentado, sin lograrlo, demostrar que yo era culpable de casi todo, y ese fracaso también había provocado que no le tuviera simpatía.

La última vez que había visto a Doakes, los paramédicos le estaban subiendo a una ambulancia. Estaba inconsciente, en parte como resultado del shock y el dolor de haber perdido la lengua, los pies y las manos por obra de un cirujano aficionado de gran talento, convencido de que Doakes le había perjudicado. Era cierto que yo había plantado la semilla de esa idea en el buen doctor, pero al menos también había tenido la decencia de convencer a Doakes de que se ciñera al plan ideado para cazar al monstruo inhumano. Además, casi había logrado salvar a Doakes, aun a riesgo de perder mi vida y algunos miembros preciosos e irreemplazables. No había conseguido poner a punto el rescate audaz y puntual que Doakes esperaba, pero lo había intentado, y no era culpa mía que estuviera más muerto que vivo cuando se lo llevaron.

No me parecía que fuera pedir demasiado un pequeño agradecimiento por el gran peligro al que me había expuesto para salvarle. No necesitaba flores, ni medallas, ni siquiera una caja de bombones, sino algo así como una palmada en la espalda y un «Gracias, amigo» murmurado. Le costaría decir algo coherente sin lengua, por supuesto, y la palmada en la espalda con una de sus nuevas manos metálicas tal vez resultaría dolorosa, pero al menos podría probar. ¿Acaso era esto pedir demasiado?

Sí, por lo visto. Doakes me miraba como si fuera el perro más hambriento del mundo y yo el último filete. Yo pensaba que antes me miraba con veneno suficiente para acabar con toda la lista de especies en peligro de extinción. Pero eso había sido la carcajada de un niño travieso en un día soleado, en comparación con la forma en que me estaba mirando ahora. Y ya sabía lo que había provocado el carraspeo del Oscuro Pasajero: el olor de un depredador conocido. Sentí la lenta flexión de unas alas interiores que cobraban vida y se alzaban en desafío a los ojos de Doakes. Detrás de aquellos ojos oscuros, su monstruo interior rugía y escupía al mío. Estuvimos así durante un largo rato, en apariencia sólo mirándonos, y en el fondo dos sombras depredadoras desafiándose.

Alguien estaba hablando, pero el mundo se había reducido a Doakes y yo, y a las dos sombras negras interiores que lanzaban su grito de batalla, y ninguno de los dos había oído ni una palabra, sólo un zumbido irritante al fondo.

La voz de Deborah cortó la niebla.

—Sargento Doakes —dijo, con voz algo forzada. Por fin, Doakes se volvió hacia ella y el hechizo se rompió. Y como me sentía algo engreído a causa del poder (¡albricias!) del Pasajero, así como por la insignificante victoria de que Doakes hubiera sido el primero en apartar la vista, me fundí con el papel pintado y di un paso atrás para examinar los restos de mi antigua y poderosa diosa de la venganza.

El sargento Doakes todavía ostentaba el récord del Departamento en comparecer ante la prensa, pero daba la impresión de que iba a tardar una temporada en defender dicho récord. Estaba demacrado y, a excepción del fuego que brillaba en sus ojos, parecía casi débil. Se erguía con rigidez sobre sus dos pies protésicos, con los brazos caídos a los costados, y esos objetos de plata centelleantes, que parecían llaves inglesas, sobresaliendo de cada muñeca.

Oía respirar a los demás presentes, pero aparte de eso reinaba el silencio. Todo el mundo estaba mirando la cosa que antes había sido el sargento Doakes, y él miraba a Deborah, quien se humedeció los labios, mientras intentaba pensar en algo coherente que decir.

—Tome asiento, Doakes —dijo por fin—. Hum. ¿Le pongo al día?

Doakes la miró durante un largo rato. Después, dio media vuelta con torpeza, me fulminó con la mirada y salió de la sala. Sus pasos extraños y medidos resonaron en el pasillo hasta enmudecer.

En general, a los policías no les gusta dar a entender que alguna vez se han sentido impresionados o intimidados, así que transcurrieron varios segundos hasta que alguien se arriesgara a delatar una emoción indeseable respirando de nuevo. Por supuesto, fue Deborah quien rompió por fin aquel silencio anormal.

—Muy bien —dijo, y de repente todo el mundo empezó a carraspear y a removerse en su silla.

—Las cabezas no flotan —insistió con tozudez Camilla Figg, y volvimos a donde estábamos antes de la repentina semiaparición del sargento Doakes. Continuaron parloteando unos diez minutos más, luchando contra el crimen a base de discutir quién debía ocuparse del papeleo, cuando la puerta que tenía al lado se abrió y volvimos a ser interrumpidos groseramente.

—Siento interrumpir —dijo el capitán Matthews—. Tengo una…, er…, noticia estupenda, creo. —Nos miró con el ceño fruncido, y hasta yo podría haberle indicado que no era la cara más adecuada para dar noticias estupendas—. Es, hum, ejem. El sargento Doakes ha vuelto, y está, hum… Es importante que comprendan que ha sufrido graves, hum, lesiones. Le quedan sólo dos años para cobrar la pensión completa, de modo que los abogados, hum… Hemos pensado, dadas las circunstancias, hum… —Se calló y paseó la vista a su alrededor—. ¿Ya se lo han dicho?

—El sargento Doakes acaba de marcharse —dijo Deborah.

—Oh —dijo Matthews—. Bien, pues… —Se encogió de hombros—. Estupendo. De acuerdo, pues. Les dejaré continuar la reunión. ¿Alguna novedad?

—Ningún progreso todavía, capitán —dijo Deborah.

—Bien, estoy seguro de que habrán terminado con esto antes de que la prensa… Quiero decir, sin más dilación.

—Sí, señor —dijo Debs.

—De acuerdo, pues —repitió el capitán. Paseó una vez más la mirada por la sala, se irguió en toda su estatura y salió.

—Las cabezas no flotan — repitió alguien, y una pequeña oleada de carcajadas recorrió la sala.

—Jesús —dijo Deborah—. ¿Podemos concentrarnos en esto, por favor? Tenemos dos cuerpos entre manos.

Y más que vendrán, pensé. El Oscuro Pasajero se removió un poco, como en un esfuerzo valiente por no huir, pero eso fue todo, y ya no volví a pensar en ello.

9

Yo no sueño. Es decir, estoy seguro de que en algún momento de mi descanso nocturno normal desfilarán imágenes y fragmentos de chorradas a través de mi inconsciente. Al fin y al cabo, me han dicho que le pasa a todo el mundo. Pero nunca recuerdo los sueños, si es que los tengo, y me han dicho que eso no le pasa a nadie. Por lo tanto, deduzco que no sueño.

Así que significó una especie de sorpresa descubrirme aquella noche, acunado en los brazos de Rita, gritando algo que no conseguía oír. Sólo percibí el eco de mi voz estrangulada que volvía a mí desde la oscuridad algodonosa, y la mano fría de Rita sobre mi frente.

—No pasa nada, cariño —murmuró—, no te dejaré.

—Muchas gracias —dije con voz ronca. Carraspeé y me incorporé.

—Has tenido una pesadilla —me dijo. —¿De veras? ¿De qué iba?

No recordaba nada, salvo mis gritos y una vaga sensación de peligro, y que estaba solo por completo.

—No lo sé —dijo Rita—. Estabas gritando: «¡Vuelve! No me dejes solo». —Carraspeó—. Dexter… Sé que estás un poco tenso por lo de la boda…

—En absoluto —contesté.

—Pero quiero que sepas que nunca te abandonaré. —Tomó mi mano de nuevo—. Conmigo es para siempre, mi amor. No te soltaré. —Apoyó la cabeza en mi hombro—. No te preocupes. Nunca te abandonaré, Dexter.

Si bien carezco de experiencia en materia de sueños, estaba muy seguro de que mi inconsciente no estaba terriblemente preocupado por la posibilidad de que Rita me abandonara. O sea, ni se me había ocurrido que pudiera hacerlo, lo cual no era una señal de confianza por mi parte. No había pensado en ello, así de sencillo. La verdad era que no tenía ni la más remota idea de por qué quería vivir conmigo, de modo que un hipotético abandono era igual de misterioso.

No, era algo de mi inconsciente. Si lloraba de dolor por la amenaza de ser abandonado, sabía muy bien qué temía perder: el Oscuro Pasajero. Mi amigo del alma, mi compañero fiel en el viaje a través de las penas y los placeres afilados de la vida. Ese era el miedo que enmascaraba el sueño: perder aquello que significaba una gran parte de mí, que me había definido durante toda mi vida.

Cuando se escondió durante la escena del crimen de la universidad, me había producido una honda impresión, más de lo que imaginé en aquel momento. La repentina y aterradora aparición del sesenta y cinco por ciento del sargento Doakes aportó la sensación de peligro, y el resto era fácil. Mi inconsciente había suministrado un sueño sobre el tema. Muy claro: Psicología 101, un caso de manual, nada de qué preocuparse.

Entonces, ¿por qué seguía preocupado?

Porque el Pasajero nunca se había escondido, y yo aún no sabía por qué había elegido ese momento. ¿Tendría razón Rita acerca de la tensión provocada por la boda inminente? ¿O había algo en los dos cadáveres decapitados junto al lago de la universidad que asustaba al Pasajero?

No lo sabía, y como daba la impresión de que las ideas de Rita acerca de consolarme habían adoptado un giro más activo, no parecía que fuera a averiguarlo pronto.

—Ven aquí, nene —susurró Rita.

Al fin y al cabo, no hay donde huir en una cama de matrimonio, ¿verdad?

La mañana siguiente encontró a Deborah obsesionada con hallar las cabezas desaparecidas de los dos cuerpos de la universidad. De alguna manera, se había filtrado a la prensa que el Departamento estaba interesado en encontrar un par de cráneos extraviados. Estábamos en Miami, y yo había pensado que una cabeza desaparecida recibiría menos atención que un embotellamiento de tráfico en la I-95, pero el hecho de que eran dos, y de que al parecer pertenecían a dos mujeres jóvenes, había creado un gran revuelo. El capitán Matthews era un hombre que conocía el valor de ser mencionado en la prensa, pero ni siquiera él estaba complacido con la nota de histeria añadida a lo ocurrido.

De modo que desde las alturas se desencadenó una gran presión sobre todos nosotros. Desde el capitán hasta Deborah, que no perdió tiempo en transmitirla a los demás. Vince Masuoka estaba convencido de que podría proporcionar a Deborah la clave de todo el asunto si descubría qué secta religiosa estrambótica era la responsable. Eso le condujo a asomar la cabeza por mi puerta aquella mañana y, sin previo aviso, me dedicó su mejor sonrisa falsa.

—Candomblé —anunció, con firmeza y claridad.

—Qué vergüenza —dije—. No es el momento de utilizar ese tipo de lenguaje.

—Ja —porfió, con su terrible risa artificial—. Sí que lo es, estoy seguro. Candomblé es como la santería, pero en brasileño.

—Vince, no tengo razones para dudar de ti. Mi pregunta es: ¿de qué demonios estás hablando?

Avanzó dos pasos con afectación, como si su cuerpo quisiera despegar y no pudiera contenerlo.

—Hacen algo con cabezas de animales en algunos de sus rituales —dijo—. Sale en Internet.

—Vaya —dije—. ¿Sale en Internet que este rollo brasileño asa humanos a la barbacoa, les corta la cabeza y las sustituye por cabezas de toro de cerámica?

Vince se desanimó un poco.

—No —admitió, y enarcó una ceja esperanzado—. Pero utilizan animales.

—¿Cómo los utilizan, Vince? —le pregunté.

—Bien —respondió, y paseó la vista a su alrededor, como si buscara otro tema de conversación—. A veces ofrecen una parte a los dioses, y se comen el resto.

—Vince —dije—, ¿estás insinuando que alguien se comió las cabezas desaparecidas?

—No —contestó, al tiempo que adoptaba una actitud hosca, casi como habrían hecho Cody y Astor—. Pero podría ser.

—Sería desagradable, ¿no?

—De acuerdo —aceptó, cada vez más malhumorado—. Sólo intento ayudar.

Y se marchó, sin ni siquiera una sonrisita falsa.

Pero el caos no había hecho más que empezar. Tal como había indicado mi involuntario viaje al país de los sueños, ya estaba sometido a bastante presión sin una hermana alborotada, pero al cabo de pocos minutos, mi pequeño oasis de paz saltó en pedazos de nuevo, esta vez por culpa de Deborah, quien entró en tromba en mi despacho, como perseguida por abejas asesinas.

—Vamonos —rugió.

—¿Adónde? —inquirí, una pregunta muy razonable, pensé, pero fue como si le hubiera pedido que se afeitara la cabeza y se la pintara de azul.

—¡Ponte en marcha y vámonos! —me ordenó, así que la seguí hasta el aparcamiento y entré en su coche.

—Juro por Dios —bramó, mientras se abría paso entre el tráfico— que nunca había visto a Matthews tan cabreado. ¡Y ahora es por mi culpa! —Golpeó el claxon para subrayar sus palabras y adelantó a una furgoneta que llevaba pintado PALMVIEW ASSISTED LIVING en el costado—. Todo porque algún capullo filtró lo de las cabezas a la prensa.

—Bien, Debs —dije, con toda la calma que pude reunir—, estoy seguro de que las cabezas aparecerán.

—Ya puedes jurarlo —aseveró, y esquivó por poco a un hombre gordo en bicicleta, cargado con enormes sacos llenos de chatarra—. Porque voy a descubrir a qué culto pertenece el muy hijo de puta, y después crucificaré al bastardo.

Dejé de intentar calmarla. Al parecer, mi querida hermana demente, al igual que Vince, se había aferrado a la idea de que localizar la religión alternativa apropiada revelaría la identidad del criminal.

—Bueno, de acuerdo —dije—. ¿Y dónde vamos a hacer eso?

Entró en Biscayne Boulevard, ocupó una plaza de aparcamiento junto al bordillo sin contestar y bajó del coche. Me encontré siguiéndola pacientemente hasta el Centro de Mejora Interior, un centro de información sobre todas esas cosas tan útiles que incluyen las palabras «holista», «de hierbas» o «aura».

El centro era un edificio pequeño y destartalado situado en una zona de Biscayne Boulevard que, por lo visto, había sido destinado por decreto a convertirse en reserva de prostitutas y traficantes de crack. Había enormes barrotes en los escaparates y más en la puerta, que estaba cerrada con llave. Deborah la golpeó y, al cabo de un rato, emitió un zumbido irritante. Empujó, y al final consiguió abrirla.

Entramos. Una nube asfixiante de incienso se derramó sobre mí, y adiviné que mi mejora interior había empezado con una revisión completa de mis pulmones. A través del humo conseguí distinguir un gran lienzo amarillo de seda colgado de una pared, que anunciaba TODOS SOMOS UNO. No decía uno de qué. Un disco sonaba de fondo, el sonido de alguien que parecía estar combatiendo una sobredosis de tranquilizantes a base de agitar de vez en cuando unas campanillas. Una cascada murmuraba al fondo, y estoy seguro de que, de haberlo tenido, mi espíritu habría alzado el vuelo. Como no tenía, consideré el conjunto un poco irritante.

Pero no habíamos ido en busca de placer, por supuesto, ni siquiera de mejora interior. Y la sargento Hermana no pensaba irse por las ramas, por supuesto. Se precipitó hacia el mostrador, donde se hallaba una mujer de edad madura con un vestido largo hasta los pies, teñido con el sistema batik, que parecía hecho de papel crepé antiguo. Su pelo gris formaba una masa desordenada sobre su cabeza, y tenía el ceño fruncido. Debía de ser un fruncimiento beatífico de iluminación espiritual.

—¿Puedo ayudarles? —preguntó, con una voz grave que parecía sugerir que no teníamos remedio.

Deborah exhibió la placa. Antes de que pudiera decir algo, la mujer se la arrebató.

—Muy bien, sargento Morgan —dijo la mujer, al tiempo que arrojaba la placa sobre el mostrador—. Parece auténtica.

—¿No habría podido leer su aura para saberlo? —sugerí. Ninguna de las dos pareció dispuesta a conceder al comentario el mérito que merecía, de modo que me encogí de hombros y escuché, mientras Deborah iniciaba su agotador interrogatorio.

—Me gustaría hacerle unas preguntas —dijo, al tiempo que se inclinaba hacia delante para recoger su placa.

—¿Sobre qué? —preguntó la mujer. Frunció el ceño todavía más, y Deborah la imitó. Dio la impresión de que se iban a enzarzar en una buena pelea de fruncimientos, cuya ganadora recibiría gratis un tratamiento con Botox para inmovilizar su rostro en una expresión amenazadora permanente.

—Se han producido algunos asesinatos —continuó Deborah, y la mujer se encogió de hombros.

—¿Qué tiene que ver eso conmigo? —preguntó.

Aplaudí su razonamiento, pero al fin y al cabo, tenía que apoyar a mi equipo de vez en cuando.

—Es porque todos somos uno —dije—. Es la base de todo el trabajo policial.

Volvió su expresión ceñuda hacia mí y parpadeó de una manera muy agresiva.

—¿Quién coño es usted? —preguntó—. Enséñeme su placa.

—Soy su guardaespaldas —contesté—. Por si un mal karma la ataca.

La mujer resopló, pero al menos no me disparó.

—Los policías de esta ciudad nadan en mal karma —dijo—. Estuve en la manifestación contra el ALCA{Área de Libre Comercio de las Américas. (N. del T.)} y sé que ustedes son así.

—Es posible —concedió Deborah—, pero el otro bando es todavía peor, de modo que ¿podría contestar a algunas preguntas?

La mujer miró de nuevo a Deborah, todavía ceñuda, y se encogió de hombros.

—De acuerdo, supongo —aceptó—, pero no sé en qué puedo ayudarla. Le advierto que llamaré a mi abogado si se pasa un pelo.

—Estupendo —dijo Deborah—. Estamos buscando una pista sobre alguien que pudiera estar relacionado con algún grupo religioso alternativo que utilice toros.

Por un momento pensé que la mujer iba a sonreír, pero se contuvo justo a tiempo.

—¿Toros? Jesús, ¿quién no utiliza toros? Se remonta a Sumeria, a Creta, a todos esos lugares que fueron cuna de la civilización. Montones de pueblos han adorado a los toros. O sea, aparte de las pollas grandes, son muy poderosos.

Si la mujer pensaba que iba a poner en apuros a Deborah, no sabía tanto sobre los policías de Miami como creía. Mi hermana ni siquiera pestañeó.

—¿Conoce algún grupo concreto de la ciudad? —preguntó.

—No sé —repuso la mujer—. ¿Qué clase de grupo?

—¿Candomblé? —dije, agradecido por un momento a Vince por enseñarme la palabra—. ¿Palo Mayombe? ¿O Wicca?

—Para el rollo hispano, tendrán que ir a Eleggua, en la calle Ocho. De eso no sé. Vendemos algunos artículos de Wicca, pero no voy a hablar de ello sin una orden judicial. En cualquier caso, no adoran a los toros. —Resopló—. Se pasean desnudos por los Everglades, esperando la llegada de su poder.

—¿Hay alguien más? —insistió Deborah.

La mujer sacudió la cabeza.

—No sé. Conozco a casi todos los grupos de la ciudad, y no se me ocurre nada por el estilo. —Se encogió de hombros—. Tal vez los druidas, se acerca una de sus festividades de primavera. Hacían sacrificios humanos.

Deborah frunció todavía más el ceño.

—¿Cuándo fue eso? —preguntó.

Esta vez la mujer sí sonrió, sólo un poco, con las comisuras.

—Hará unos dos mil años. Ha llegado un poco tarde para eso, Sherlock.

—¿Se le ocurre otra cosa que pueda sernos de utilidad? —preguntó Deborah.

La mujer negó con la cabeza.

—No. Es posible que ande suelto un psicópata que haya leído a Aleister Crowley y viva en una granja de productos lácteos. ¿Cómo voy a saberlo?

Deborah la miró un momento, como intentando decidir si había sido lo bastante ofensiva para detenerla, y después decidió que no.

—Gracias por su tiempo —dijo, y dejó su tarjeta sobre el mostrador—. Si se le ocurre algo que pueda sernos de utilidad, haga el favor de llamar.

—Sí, claro —contestó la mujer, sin ni siquiera echar un vistazo a la tarjeta. Deborah la miró, y después salió. La mujer me dirigió una mirada y sonrió.

—Me gustan mucho las verduras —comenté. Después, dediqué a la mujer el signo de la paz y seguí a mi hermana.

—Ha sido un idea estúpida —dijo Deborah, mientras volvíamos al coche a toda prisa.

—Oh, yo no diría eso —contesté. Y era verdad, yo no diría eso. Había sido una idea muy estúpida, por supuesto, pero admitirlo habría sido invitar a Deborah a uno de sus brutales golpes en el brazo—. Al menos, hemos eliminado algunas posibilidades.

—Claro —dijo en tono amargo—. Ahora sabemos que no debió de ser una banda de maricones desnudos, a menos que lo hicieran hace dos mil años.

Tenía razón, pero considero el deber de mi vida ayudar a quienes me rodean a mantener una actitud positiva.

—Aun así, hemos progresado —insistí—. ¿Vamos a investigar el local de la calle Ocho? Seré tu traductor.

Pese a ser nativa de Miami, Debs había insistido en estudiar, francés en el colegio, y apenas sabía pedir la comida en español.

Negó con la cabeza.

—Será una pérdida de tiempo —dijo—. Le diré a Ángel que haga preguntas, pero no servirá de nada.

Y tenía razón. Ángel volvió aquella tarde con una vela muy bonita que llevaba una oración a san Judas en español, pero aparte de eso, el viaje a la calle Ocho fue una pérdida de tiempo, tal como Deborah había pronosticado.

No nos quedaba nada, salvo dos cadáveres sin cabeza y un mal presentimiento.

Eso estaba a punto de cambiar.

10

El día siguiente transcurrió sin pena ni gloria, y no obtuvimos ninguna pista nueva sobre los dos asesinatos de la universidad. Y como la vida es un asunto grotesco y retorcido, Deborah me culpaba de nuestra falta de progresos. Aún seguía convencida de que yo poseía poderes mágicos y los había utilizado para llegar hasta el oscuro corazón de los asesinatos, y le estaba ocultando información vital por mezquinas razones personales.

Muy halagador, pero nada más lejos de la verdad. Lo único que sabía del caso es que algo había asustado al Oscuro Pasajero, y yo no quería que volviera a suceder. Decidí mantenerme apartado del caso. Como casi no exigía análisis de sangre, eso me habría resultado fácil en un universo lógico y coherente.

Pero, ay, no vivimos en un lugar semejante. Nuestro universo está gobernado por un azar caprichoso, habitado por gente que se ríe de la lógica. En aquel momento, el jefe era mi hermana. A la mañana siguiente, me acorraló en mi cubículo y me arrastró a comer con su novio, Kyle Chutsky. En realidad, no tenía nada en contra de Chutsky, aparte de su actitud permanente de saber la verdad completa sobre todas las cosas. Dejando de lado esa característica, era tan agradable y cordial como cualquier asesino despiadado, y habría sido hipócrita por mi parte poner reparos a su personalidad basándome en estas premisas. Como daba la impresión de que hacía feliz a mi hermana, tampoco me oponía por otros motivos.

Así que fui a comer, porque en primer lugar se trataba de mi hermana, y en segundo, la poderosa máquina que es mi cuerpo necesita combustible casi de manera constante.

El combustible que más anhela es un bocadillo medianoche, por lo general con acompañamiento de plátanos fritos y un batido de leche de mamey. No sé por qué este sencillo y abundante manjar pulsa una nota tan trascendental en las cuerdas de mi ser, pero no existe nada igual. Preparado de la manera adecuada, me lleva lo más cerca posible del éxtasis. Y en ningún sitio lo preparan mejor que en el Café Relámpago, un local cercano a la comisaría, donde los Morgan han comido desde tiempo inmemorial. Era tan bueno que ni siquiera el perpetuo malhumor de Deborah era capaz de estropearlo.

—¡Maldita sea! —exclamó mientras masticaba el bocadillo. No era una frase de novela, desde luego, pero la pronunció con una mala leche que me salpicó de migas de pan. Tomé un sorbo del excelente batido de mamey y esperé a que desarrollara su pensamiento, pero en cambio se limitó a repetir—: ¡Maldita sea!

—Una vez más, estás disimulando lo que sientes —dije—. Pero como soy tu hermano, sé que algo te preocupa.

Chutsky resopló mientras cortaba su filete cubano.

—No jodas —refunfuñó. Estaba a punto de añadir algo más, pero el tenedor aferrado en su mano izquierda protésica resbaló de costado—. Maldita sea —dijo, y me di cuenta de que tenían mucho más en común de lo que había sospechado. Deborah se inclinó y le ayudó a coger el tenedor—. Gracias —dijo Chutsky, y pinchó un buen pedazo de carne.

—¿Lo ves? —dije con júbilo—. Todo lo que necesitabas era algo que te distrajera de tus problemas.

Estábamos sentados a una mesa donde habríamos comido un centenar de veces. Pero los sentimientos pocas veces preocupaban a Deborah. Se enderezó y dio una palmada sobre la mesa de fórmica con fuerza suficiente para que el azucarero saltara.

—¡Quiero saber quién habló con el capullo de Rick Sangre! —dijo. Sangre era un reportero de televisión local convencido de que, cuanto más sangrienta era una historia, más fundamental era que la gente contara con una prensa libre que pudiera proporcionarle los detalles más horripilantes posibles. A juzgar por el tono de su voz, Deborah parecía convencida de que Rick era mi mejor nuevo amigo.

—Bien, no fui yo —dije—. Y no creo que fuera Doakes.

—Aj —dijo Chutsky.

—¡Y quiero encontrar esas jodidas cabezas! —añadió Deborah.

—Tampoco las tengo —dije—. ¿Has ido a preguntar a la oficina de objetos perdidos?

—Tú sabes algo, Dexter —insistió ella—. Venga, ¿por qué me lo ocultas?

Chutsky levantó la vista y tragó saliva.

—¿Por qué ha de saber algo que tú ignoras? —pregunté)—. ¿Había mucha sangre?

—Ninguna en absoluto —concedí—. Los cuerpos estaban cocinados, resecos y doraditos.

Chutsky asintió y logró recoger arroz y judías con la cuchara.

—Eres un bastardo enfermizo, ¿eh?

—Es peor que eso —terció Deborah—. Está ocultando algo.

—Oh —dijo Chutsky mientras masticaba—. ¿Es ese rollo de aficionado otra vez?

Era una pequeña mentira. Le habíamos dicho que mi afición era analítica, en lugar de práctica.

—Sí —dijo Deborah—. Y no quiere decirme qué ha deducido.

—Puede que te cueste creerlo, hermanita, pero no sé nada de esto. Sólo…

Me encogí de hombros, pero ella ya se había abalanzado sobre mí.

—¿Qué? Va, por favor.

Vacilé de nuevo. No me convenía decirle que el Oscuro Pasajero había reaccionado de una forma totalmente inédita e inquietante ante estos asesinatos.

—Sólo tengo un presentimiento —dije—. Este caso es un poco raro. Ella resopló.

—Dos cadáveres quemados y decapitados, y dice que hay algo raro. Antes eras más listo.

Di un mordisco al bocadillo, mientras Deborah desperdiciaba su precioso rato de comer frunciendo el ceño.

—¿Habéis identificado ya los cadáveres? —pregunté.

—Venga, Dexter. No hay cabezas, así que no tenemos registros dentales. Quemaron los cuerpos, de modo que no hay huellas dactilares. Mierda, ni siquiera sabemos de qué color tenían el pelo. ¿Qué quieres que haga?

—Podría ayudarte —le ofreció Chutsky. Pinchó un pedazo de maduros fritos y lo introdujo en su boca—. Puedo recurrir a algunas fuentes.

—No necesito tu ayuda —dijo Deborah, y él se encogió de hombros.

—Aceptas la ayuda de Dexter —dijo.

—Eso es diferente.

—¿En qué es diferente? —preguntó, y me pareció una respuesta razonable.

—Porque él me presta ayuda —dijo Deborah—. Tú quieres solucionarlo por mí.

Se miraron a los ojos y no hablaron durante un largo rato. Ya los había visto hacerlo en otras ocasiones, y me recordaban las conversaciones no verbales de Cody y Astor. Era agradable verlos tan compenetrados como pareja, lo cual me recordó que una boda se cernía sobre mí, con un proveedor de catering chiflado de primera categoría incluido en el lote. Por suerte, justo antes de que empezara el rechinar de dientes, Debs rompió el sobrecogedor silencio.

—No pienso ser una de esas mujeres que necesitan ayuda —dijo.

—Pero yo puedo obtener información que tú no —dijo Chutsky, al tiempo que apoyaba la mano buena sobre su brazo.

—¿Como cuál? —le pregunté. Admito que sentía curiosidad desde hacía tiempo por lo que Chutsky era, o había sido, antes de sus amputaciones accidentales. Sabía que había trabajado para alguna agencia gubernamental, a la cual llamaba OAG, pero aún no sabía qué significaba.

Me miró complacientemente.

—Tengo amigos y confidentes en muchos sitios. Un asunto como éste debe de haber dejado algún tipo de huellas en otro lugar, y podría hacer algunas llamadas y encontrar algo.

—¿Te refieres a llamar a tus colegas de la OAG? —le pregunté.

Él sonrió.

—Algo por el estilo —respondió.

—Por el amor de Dios, Dexter —dijo Deborah—. OAG sólo significa «otra agencia gubernamental». No existe tal agencia, es un chiste privado.

—Me encanta llegar el último —dije—. ¿Aún puedes acceder a sus archivos?

Chutsky se encogió de hombros.

—Técnicamente, estoy de baja por convalecencia —dijo.

—¿Y qué hacías antes? —pregunté. Me dedicó una sonrisa forzada.

—No te gustaría saberlo —dijo—. La cuestión es que aún no he decidido si sirvo de algo. —Miró el tenedor aferrado en su mano de acero, y dio la vuelta al brazo para ver cómo se movía—. Mierda —dijo.

Y como intuí que se cernía sobre nosotros uno de esos momentos embarazosos, hice lo que pude por devolver la conversación a un tono amable.

—¿No has encontrado nada en el horno? —pregunté—. ¿Joyas o algo?

—¿De qué coño estás hablando? —preguntó Deborah.

—El horno de cerámica —expliqué—. Donde quemaron los cuerpos.

—¿Es que no prestabas atención? No hemos encontrado el lugar donde quemaron los cuerpos.

—Ah —dije—. Supuse que lo habían hecho en el mismo campus, en el estudio de cerámica.

A juzgar por la repentina inmovilidad de su rostro, comprendí que, o bien estaba padeciendo una indigestión masiva, o no sabía lo del taller de cerámica.

—Está a un kilómetro del lago donde encontraron los cadáveres —dije—. Ya sabes, el horno. Donde fabrican cerámica.

Deborah me miró durante un rato, después se levantó de la mesa de un brinco. Pensé que era una manera maravillosamente creativa y dramática de concluir una conversación, y tardé un momento en poder hacer otra cosa que seguirla con la mirada.

—Creo que no lo sabía —dijo Chutsky.

—Eso me parece a mí —asentí—. ¿La seguimos?

Se encogió de hombros y pinchó el último pedazo de filete.

—Voy a tomar un flan y un cafecito. Después me iré en un taxi, puesto que no me permiten ayudar. —Recogió arroz y judías con la cuchara y cabeceó en mi dirección—. Vete, a menos que quieras volver al trabajo.

No albergaba el menor deseo de volver al trabajo. Por otra parte, aún me quedaba medio batido y tampoco quería abandonarlo. Me levanté y la seguí, pero paré el golpe apoderándome de la mitad incólume del bocadillo de Deborah camino de la puerta.

No tardamos en atravesar la puerta delantera del campus universitario. Deborah dedicó parte del trayecto a hablar por radio y citarse con gente en el horno, y el resto a apretar los dientes y mascullar por lo bajo.

Giramos a la izquierda después de la puerta y tomamos la ruta sinuosa que conduce a la zona de cerámica y alfarería. Había seguido un curso de alfarería en primero, en un esfuerzo por ampliar mis horizontes, y descubrí que se me daba bien fabricar jarrones de aspecto muy normal, pero no crear obras de arte originales, al menos no en ese medio. En mi especialidad, me vanaglorio de ser creativo, como había demostrado hacía poco con Zander.

Angel-nada-que-ver ya había llegado, y estaba examinando con paciencia y detenimiento el primer horno en busca de cualquier cosa significativa. Deborah se acuclilló a su lado, y me dejó solo con los tres últimos bocados de su bocadillo. Di el primero. Una multitud estaba empezando a congregarse junto a la cinta amarilla. Tal vez albergaban la esperanza de ver algo demasiado terrible. Nunca sabía por qué se congregaban así, pero siempre lo hacían.

Deborah estaba en el suelo al lado de Ángel, que tenía la cabeza metida dentro del primer horno de cerámica. Supuse que la espera sería larga.

Apenas había introducido en mi boca los últimos restos del bocadillo, cuando reparé en que me observaban. Por supuesto que me estaban mirando; cualquiera de los que estábamos trabajando a este lado de la cinta amarilla siempre era observado. Pero también me estaban vigilando. El Oscuro Pasajero me estaba advirtiendo a gritos de que algo me había escogido, algo con un interés enfermizo por ese ser especial y maravilloso que soy yo, y no me gustaba la sensación. Cuando engullí el último trozo de bocadillo y me volví a mirar, el susurro de mi interior emitió algo confuso… y se sumió en el silencio.

Al mismo tiempo, sentí de nuevo la oleada de náuseas producto del pánico y el filo amarillo intenso de la ceguera, y me tambaleé un momento, mientras todos mis sentidos gritaban que el peligro acechaba, pero mi capacidad de hacer algo al respecto se había desvanecido por completo. Duró sólo un segundo. Regresé a la superficie y examiné con más detenimiento todo cuanto me rodeaba… Nada había cambiado. Un grupo de gente estaba mirando, el sol brillaba y un viento agradable soplaba entre los árboles. Otro día perfecto de Miami, pero en algún lugar del paraíso la serpiente había erguido la cabeza. Cerré los ojos y escuché, con la esperanza de percibir algo acerca de la naturaleza de la amenaza, pero sólo capté el eco de unos pies provistos de garras que se alejaban.

Abrí los ojos y paseé la vista a mi alrededor de nuevo. Había unas quince personas congregadas, que fingían no estar fascinadas por la posibilidad de ver sangre, pero ninguna destacaba en ningún sentido. Ninguna intentaba esconderse, ninguna lanzaba miradas preñadas de maldad o escondía un bazooka debajo de la camisa. En cualquier otro momento, habría esperado a que mi Pasajero distinguiera una sombra oscura alrededor de un depredador evidente, pero ahora carecía de su ayuda. Por lo que yo veía, nada siniestro acechaba entre la multitud. ¿Qué había disparado la alarma de incendios del Pasajero? Sabía muy poco al respecto. Estaba allí, punto, una presencia pictórica de jocosidad perversa y sugerencias aceradas. Jamás había demostrado confusión, hasta que vio los dos cuerpos del lago. Y ahora estaba repitiendo su vaga incertidumbre, a sólo un kilómetro del primer lugar.

¿Había algo en el agua? ¿O existía alguna relación con los dos cuerpos quemados en los hornos?

Me acerqué a donde estaban trabajando Deborah y Angel-nada-que-ver. No daba la impresión de que hubieran encontrado nada particularmente alarmante, y no detecté estremecimientos de pánico que se transmitieran desde los hornos hasta el lugar donde se ocultaba el Oscuro Pasajero.

Si esta segunda retirada no había sido causada por algo que tuviera delante, ¿qué la había causado? ¿No podría tratarse de alguna extraña erosión interior? Tal vez mi inminente estado de marido y padrastro estaba abrumando al Pasajero. ¿Me estaba volviendo demasiado bueno para ser un anfitrión adecuado? Sería un sino peor que la muerte de otro.

Me di cuenta de que había cruzado la cinta amarilla, y de que una forma de gran tamaño se cernía ante mí.

—Hum, hola —dijo. Era un espécimen joven, grande y musculoso, de pelo largo y lacio, con el aspecto de alguien que creía en eso de respirar por la boca. —¿En qué puedo ayudarle, ciudadano? —pregunté. —¿Es usted, hum, ya sabe, una especie de policía? —Un poco —dije.

Asintió y meditó mis palabras un momento, mientras miraba a su alrededor como si buscara algo para comer. En el cuello, más debajo de la nuca, llevaba uno de esos desafortunados tatuajes que se han hecho tan populares, algún tipo de caracteres orientales. Debía de significar «aprendiz lento». Se frotó el tatuaje como si hubiera oído mis pensamientos, y después se volvió hacia mí. —Estoy preocupado por Jessica —soltó. —Pues claro —contesté—. ¿Y quién no? —¿Saben si es ella? —pregunte)—. Soy como su novio. El joven caballero había conseguido por fin llamar mi atención profesional. —¿Jessica ha desaparecido? —le pregunté. Asintió.

—Tenía que ir a gimnasia conmigo. Como cada mañana. Dar la vuelta al circuito, unos cuantos abdominales. Pero ayer no apareció. Lo mismo esta mañana. Así que empecé a pensar, hum…

Frunció el ceño, al parecer debido al esfuerzo de pensar, y su discurso se interrumpió. —¿Cómo se llama usted? —le pregunté. —Kurt —dijo—. Kurt Wagner. ¿Y usted? —Dexter —dije—. Espere aquí un momento, Kurt. Corrí hacia Deborah antes de que la tensión de intentar pensar hiciera mella en el chico.

—Deborah, puede que hayamos tenido un golpe de suerte.

—Bien, no será por tus malditos hornos —rugió—. Son demasiado pequeños para meter un cuerpo.

—No —dije—, pero ese chico de ahí ha perdido a su novia.

Deborah alzó la cabeza al instante y se levantó como un perro de caza. Miró al presunto novio de Jessica, quien la miró a su vez y trasladó su peso de un pie al otro.

—Ya era hora, joder —dijo Deborah, y se encaminó hacia él.

Miré a Ángel. Se encogió de hombros y se puso en pie. Por un momento dio la impresión de que iba a decir algo, pero después meneó la cabeza, se sacudió el polvo de las manos y siguió a Deborah para oír lo que Kurt iba a decir, y me dejó más solo que la una con mis oscuros pensamientos.

A veces era suficiente con vigilar. Por supuesto, existía la absoluta convicción de que vigilar conduciría de forma inevitable a la oleada de calor y el glorioso chorro de sangre, el latido incontenible de emociones proyectadas por las víctimas, la música de la locura disciplinada cuando el sacrificio desembocara en una muerte maravillosa… Todo esto llegaría. De momento, el Vigilante se contentaba con vigilar y deleitarse en la maravillosa sensación del anonimato, el poder absoluto. Percibía la inquietud del otro. Esa inquietud aumentaría, recorrería las escalas musicales hasta llegar al miedo, después al pánico, y por fin al terror más desaforado. Todo a su tiempo.

El Vigilante vio que el otro examinaba la multitud, en busca de alguna pista que le condujera a descubrir el origen de la sensación de miedo que estimulaba sus sentidos. No encontraría ninguna, por supuesto. Todavía no. Hasta que él hubiera decidido el momento oportuno. Hasta que él hubiera inducido en el otro un pánico absurdo. Sólo entonces dejaría de vigilar y entraría en acción.

Y hasta entonces… Había llegado el momento de dejar que el otro escuchara la música del miedo.

11

Se llamaba Jessica Ortega. Cursaba primer año y vivía en uno de los colegios mayores cercanos. Kurt nos dio el número de su habitación, y Deborah dejó a Ángel esperando en los hornos hasta que llegara un coche patrulla.

Nunca he comprendido muy bien por qué los colegios mayores se llaman residencias y no dormitorios. Tal vez porque ahora parecen hoteles. No hay paredes cubiertas de hiedra que engalanen los venerables edificios, en el vestíbulo abundan el cristal y macetas con plantas, y los pasillos están alfombrados, limpios y parecen nuevos.

Nos detuvimos ante la puerta de la habitación de Jessica. Tenía una placa pequeña y pulcra a la altura de los ojos que anunciaba ARIEL GOLDMAN & JESSICA ORTEGA. Debajo, en letra más pequeña, decía SE PROHÍBE LA ENTRADA SIN BEBIDAS ALCOHÓLICAS. Alguien había subrayado «entrada» y escrito debajo ¿TÚ CREES? Deborah me miró y enarcó una ceja. —Chicas marchosas —dijo. —Alguien ha de hacerlo —contesté.

Resopló y llamó a la puerta. No hubo respuesta, y Debs esperó hasta tres segundos antes de volver a llamar, con mucha más fuerza.

Oí que una puerta se abría detrás de mí, me volví y vi a una chica esquelética de pelo rubio corto y gafas.

—No están —dijo con evidente desaprobación—. Desde hace un par de días. El primer período de tranquilidad que he tenido en todo el semestre. —¿Sabe adonde fueron? —preguntó Deborah. La chica puso los ojos en blanco.

—A pillar una buena borrachera, supongo —respondió.

—¿Cuándo las vio por última vez? —preguntó Deborah. La chica se encogió de hombros.

—Con esas dos, la cuestión no es verlas, sino oírlas. Música a tope y risas toda la noche, ¿vale? Un coñazo para alguien que estudia y va a clase. —Meneó la cabeza, y su pelo corto se agitó alrededor de la cara—. Lo digo en serio, créanme. —¿Cuándo fue la última vez que las oyó? —le pregunté. Me miró.

—¿Policías o algo por el estilo? ¿Qué han hecho ahora? —¿Qué habían hecho antes? —preguntó Deborah. La chica suspiró.

—Multas de tráfico. Montones. Conducir bajo la influencia del alcohol en una ocasión. Oigan, no quiero que piensen que soy una chivata ni nada de eso. —¿Diría usted que es rara esta ausencia prolongada? —pregunté.

—Lo que es raro es que aparezcan en clase. No sé cómo aprueban algo. O sea… —Nos dedicó una leve sonrisa de suficiencia—. Creo que adivino la forma, pero… Se encogió de hombros. No nos reveló su sospecha, aparte de la sonrisita. —¿A qué clases van juntas? —preguntó Deborah. La chica volvió a encogerse de hombros y sacudió la cabeza. —Tendrán que preguntarlo al secretario de la universidad —dijo.

El trayecto no resultó muy largo, sobre todo al paso de Deborah. Conseguí alcanzarla, y hasta conservar el aliento para hacerle una o dos preguntas interesantes.

—¿Por qué es importante el que vayan a clase juntas?

Deborah hizo un ademán de impaciencia.

—Si esa chica tiene razón, Jessica y su compañera de cuarto…

—Ariel Goldman —dije.

—Eso. Si ofrecían sexo a cambio de aprobados, eso me da ganas de hablar con sus profesores.

En teoría, era lógico. El sexo es uno de los móviles más comunes de un asesinato, lo cual no parece encajar con el hecho de que, según se rumorea, suele estar relacionado con el amor. Pero había algo que no era lógico.

—¿Por qué un profesor las iba a cocer y decapitar así? ¿Por qué no estrangularlas y arrojar los cuerpos al vertedero? Deborah meneó la cabeza.

—No importa cómo lo hizo. Lo que importa es si lo hizo.

—De acuerdo —dije—. ¿Estamos seguros de que esas dos fueron las víctimas?

—Lo bastante para hablar con sus profesores —replicó Deborah—. Por algo se empieza.

Llegamos al despacho del secretario, y cuando Debs exhibió su placa nos hicieron entrar al instante. Pero me tiré una buena media hora, mientras Deborah paseaba de un lado a otro y mascullaba, examinando los archivos del ordenador con la ayudanta del secretario. De hecho, Jessica y Ariel iban a varias clases juntas, de modo que imprimí los nombres, número de despacho y direcciones particulares de los profesores. Deborah echó un vistazo a la lista y asintió.

—Esos dos tipos, Bukovich y Halpern, tienen hora de consulta en este momento —dijo— . Empezaremos con ellos.

Una vez más, Deborah y yo salimos al bochornoso día para pasear por el campus.

—Es agradable volver al campus, ¿verdad? —dije, en mi siempre inútil esfuerzo de sostener una conversación agradable.

Deborah resopló.

—Lo agradable será lograr una identificación definitiva de los cadáveres y dar un paso adelante en la captura del tipo que las mató.

Yo no creía que identificar los cadáveres nos acercaría a la identificación del asesino, pero ya me he equivocado otras veces y, en cualquier caso, el trabajo policial está alimentado por la rutina y la costumbre, y una de las orgullosas tradiciones de nuestro arte consistía en considerar positivo averiguar el nombre del muerto. De modo que seguí diligente a Deborah hasta el edificio de oficinas donde esperaban los dos profesores.

El despacho del profesor Halpern estaba en la planta baja, nada más cruzar la entrada principal, y la puerta exterior todavía no se había cerrado cuando Deborah ya estaba llamando a su puerta. No hubo respuesta. Deborah movió el pomo. Estaba cerrada con llave, así que golpeó la puerta de nuevo con la misma falta de resultado.

Un hombre atravesó el vestíbulo y se detuvo ante el despacho de al lado, al tiempo que nos miraba con una ceja enarcada.

—¿Buscan a Jerry Halpern? —preguntó—. Creo que hoy no ha venido.

—¿Sabe dónde está? —preguntó Deborah. Nos dedicó una leve sonrisa.

—Supongo que estará en casa, en su apartamento, puesto que no ha venido. ¿Por qué lo pregunta?

Debs sacó su placa y se la enseñó. El hombre no pareció inmutarse.

—Entiendo —dijo—. ¿Tiene esto algo que ver con los dos cadáveres encontrados en el campus?

—¿Tiene algún motivo para pensar que sí? —replicó Deborah.

—N-n-n-o —contestó el hombre—. No, la verdad.

Deborah le miró y esperó, pero el hombre no añadió nada más.

—¿Puedo preguntarle su nombre, señor? —dijo por fin.

—Soy el doctor Wilkins —dijo, e indicó la puerta ante la que estaba parado—. Éste es mi despacho.

—Doctor Wilkins —dijo Deborah—, ¿podría decirnos qué significa su comentario sobre el profesor Halpern?

Wilkins se humedeció los labios.

—Bien —dijo vacilante—, Jerry es un tipo bastante agradable, pero si esto es una investigación de asesinato… —Dejó la frase en suspenso unos instantes. Deborah también—. Bien —continuó por fin—, creo que fue el pasado miércoles cuando oí un alboroto en su despacho. —Meneó la cabeza—. Estas paredes no son muy gruesas.

—¿Qué tipo de alboroto? —preguntó Deborah.

—Gritos —precisó el hombre—. Una especie de refriega. En cualquier caso, me asomé a la puerta y vi a una estudiante, una chica joven, salir tambaleante del despacho de Halpern y huir corriendo. Iba, hum… Tenía la camisa desgarrada.

—¿Reconoció por casualidad a la joven? —preguntó Deborah.

—Sí —dijo Wilkins—. La tuve en clase el semestre pasado. Se llama Ariel Goldman. Una chica encantadora, pero como estudiante no es gran cosa.

Mi hermana me miró y yo asentí para darle ánimos.

—¿Cree que Halpern intentó forzar a Ariel Goldman? —preguntó Deborah.

Wilkins ladeó la cabeza y alzó una mano.

—No podría asegurarlo. Eso parecía, al menos.

Deborah miró a Wilkins, pero el hombre no tenía nada más que añadir.

—Gracias, doctor Wilkins —dijo—. Nos ha sido de gran ayuda.

—Eso espero —repuso el hombre, y se volvió para abrir la puerta y entrar en su despacho. Debs ya estaba mirando la hoja impresa del secretario.

—Halpern vive a un kilómetro y medio de distancia más o menos —dijo, y se encaminó hacia las puertas. Una vez más, tuve que correr para alcanzarla.

—¿Qué teoría hemos descartado? —pregunté—. ¿La de que Ariel intentó seducir a Halpern, o la de que él intentó violarla?

—No hemos descartado nada —replicó ella—. Al menos, hasta que hablemos con Halpern.

12

El doctor Jerry Halpern tenía un apartamento a unos tres kilómetros del campus, en un edificio de dos pisos que debía haber sido bonito unos cuarenta años antes. Contestó a la puerta enseguida, y nos miró parpadeante porque el sol le daba en la cara. Tendría unos treinta y cinco años, era delgado, aunque no parecía estar en muy buena forma, y hacía varios días que no se afeitaba.

—¿Sí? —dijo, en un tono de voz lastimero que habría quedado bien en un estudioso de ochenta años. Carraspeó y probó de nuevo—. ¿Qué pasa?

Deborah mostró su placa.

—¿Podemos entrar, por favor?

Halpern miró la placa y dio la impresión de derrumbarse un poco.

—Yo no… Pues… ¿Por qué quieren entrar?

—Nos gustaría hacerle algunas preguntas —dijo Deborah—. Sobre Ariel Goldman.

Halpern se desmayó.

No suelo ver sorprendida a mi hermana muy a menudo. Su control es demasiado bueno. Por lo tanto, fue muy gratificante verla boquiabierta cuando Halpern cayó al suelo. Compuse una expresión a juego y me incliné para tomarle el pulso.

—Su corazón late todavía —constaté.

—Entrémosle —dijo Deborah, y lo arrastré al interior del apartamento.

El apartamento no era tan pequeño como parecía, pero las paredes estaban forradas de librerías rebosantes, con una mesa de trabajo sobre la que descansaban montañas de papeles y más libros. En el pequeño espacio restante había un desvencijado sofá de dos plazas de aspecto barato, y una butaca con demasiado relleno y una lámpara detrás. Conseguí depositar a Halpern en el sofá, que crujió y se hundió de manera alarmante bajo su peso.

Me levanté y casi me llevé por delante a Deborah, que estaba mirando a Halpern.

—Será mejor que esperes a que se despierte antes de empezar a intimidarle —aconsejé.

—Este hijo de puta sabe algo —dijo—. No es normal que le haya dado un soponcio de esta manera.

—¿Alimentación escasa? —sugerí.

—Despiértalo —me ordenó.

La miré para ver si estaba bromeando, pero lo había dicho en serio, por supuesto.

—¿Qué sugieres? —pregunté—. Olvidé traer las sales.

—No podemos esperar —dijo, y se inclinó hacia delante como si se dispusiera a sacudirle, o tal vez golpearle en la nariz.

Por suerte para Halpern, eligió aquel momento para recobrar la conciencia. Sus ojos se abrieron y cerraron varias veces, y después se quedaron abiertos, y cuando nos vio, todo su cuerpo se puso en tensión.

—¿Qué quieren?

—¿Promete no volver a desmayarse? —pregunté. Deborah me apartó de un codazo.

—Ariel Goldman —empezó.

—Oh, Dios —gimió Halpern—. Sabía que pasaría.

—Tenía razón —dije.

—Han de creerme —se defendió, mientras se incorporaba—. Yo no lo hice.

—De acuerdo —preguntó Debs—. ¿Quién lo hizo? —Ella misma —contestó.

Deborah me miró, tal vez para ver si yo podía explicarle por qué Halpern estaba tan loco. Por desgracia, no pude, así que desvió la vista hacia él.

—Se lo hizo ella misma —repitió, con voz cargada de duda.

—Sí —insistió el hombre—. Quería aparentar que lo había hecho yo, para que la aprobara.

—Se quemó ella misma —dijo Deborah, muy despacio, como si estuviera hablando con un crío de tres años—. Y después se cortó la cabeza. Para que usted la aprobara.

—Espero que le diera un notable, como mínimo, por todo ese trabajo —añadí.

Halpern pasó la mirada de uno a otro, con la mandíbula desencajada y presa de espasmos, como si intentara cerrarse pero le faltara un tendón.

—Ah —dijo por fin—. ¿De qué están hablando?

—Ariel Goldman —dijo Deborah—. Y su compañera de cuarto, Jessica Ortega. Quemadas hasta morir. Les cortaron las cabezas. ¿Qué puede decirnos sobre eso, Jerry?

Halpern se removió nervioso y permaneció en silencio mucho rato.

—Yo, este… ¿Están muertas? —susurró por fin.

—Jerry —dijo Deborah—, les cortaron la cabeza. ¿Qué le parece?

Observé con gran interés que la cara de Jerry exhibía toda una variedad de expresiones que plasmaban diferentes calidades de incomprensión, hasta que al fin, cuando asimiló la información, se le volvió a desencajar la mandíbula.

—Ustedes… Ustedes creen que yo… No pueden…

—Temo que sí, Jerry —dijo Deborah—. A menos que pueda decirnos por qué no.

—Pero es que… Yo jamás habría…

—Alguien lo hizo —dije yo.

—Sí, pero, Dios mío…

—Jerry —dijo Deborah—, ¿sobre qué creía que queríamos interrogarle?

—Sobre la, la violación —dijo—. Pero yo no la violé. En algún lugar hay un mundo en que todo tiene sentido, pero era evidente que no estábamos en él.

—Pero usted no la violó —repitió Deborah.

—Sí, eso es… Quería que yo, este…

—¿Quería que la violara? —pregunté.

—Ella, ella —empezó, y se ruborizó—. Me ofreció, hum, sexo. A cambio de un aprobado. —Clavó la vista en el suelo—. Y yo me negué.

—¿Fue cuando le pidió que la violara? —pregunté. Deborah me dio un codazo.

—¿Y le dijo que no, Jerry? —preguntó mi hermana—. ¿A una chica guapa como ésa?

—Fue entonces cuando ella, hum, dijo que quería un sobresaliente fuera como fuera. Se rasgó la camisa y empezó a chillar.

Tragó saliva, sin levantar la vista.

—Continúe —lo instó Deborah.

—Me saludó con la mano —dijo, al tiempo que imitaba el gesto—, y salió corriendo al vestíbulo. —Levantó la vista por fin—. Este año aspiro a un contrato de profesor numerario. Si esto llega a saberse, mi carrera habrá terminado.

—Entiendo —dijo Debs, siempre comprensiva—. Así que la mató para salvar su carrera.

—¿Qué? ¡No! ¡No la maté!

—Entonces, ¿quién lo hizo, Jerry? —preguntó Deborah.

—¡No lo sé! —contestó él, en tono casi malhumorado, como si le hubiéramos acusado de comerse la última galleta. Deborah siguió mirándolo, y él paseó la vista entre nosotros dos—. ¡No lo hice! —insistió.

—Me gustaría creerle, Jerry —concedió Deborah—. Pero no depende de mí.

—¿Qué quiere decir? —preguntó.

—Voy a pedirle que me acompañe.

—¿Me va a llevar detenido?

—Voy a llevarle a la comisaría para hacerle algunas preguntas, eso es todo —anunció Deborah en tono tranquilizador.

—Oh, Dios mío —dijo el profesor—. Me va a llevar detenido. Eso es… No. No.

—Facilíteme las cosas, profesor —dijo Deborah—. No vamos a necesitar las esposas, ¿verdad?

Él la miró durante un rato, se puso en pie de repente y corrió hacia la puerta, pero por desgracia para él y su magistral plan de huida, tenía que pasar a mi lado, y Dexter ha recibido justas y profusas alabanzas por sus reflejos sin par. Estiré el pie, el profesor tropezó y se dio de cabeza contra la puerta.

—¡Uj! —exclamó.

Sonreí a Deborah.

—Creo que vas a necesitar las esposas —dije.

13

La verdad es que no soy un paranoico. No creo estar rodeado de misteriosos enemigos que intentan tenderme una trampa, torturarme, matarme. Por supuesto, sé muy bien que, si permito que mi disfraz se degrade y deje al descubierto lo que soy, toda esta sociedad se pondrá de acuerdo para pedir mi lenta y dolorosa muerte, pero esto no es paranoia. Es una visión clara y serena de la realidad, y no me asusta. Sólo intento ser cauteloso para que no suceda.

Pero un fragmento muy grande de mi cautela había escuchado siempre los sutiles susurros del Oscuro Pasajero, y aún se mostraba extrañamente tímido a la hora de revelarme sus pensamientos. De modo que afrontaba un nuevo y perturbador silencio interior, lo cual me ponía muy nervioso y enviaba una pequeña oleada de inquietud. Había empezado con aquella sensación de ser observado, incluso de ser seguido, en los hornos. Y después, cuando regresamos a la comisaría, no podía sacudirme de encima la idea de que un coche nos estaba siguiendo. ¿Era cierto? ¿Sus intenciones eran siniestras? Y en tal caso, ¿iban dirigidas hacia mí o hacia Deborah, o se trataba del capricho de algún conductor de Miami?

Vigilaba el coche, un Toyota Avalon blanco, por el retrovisor lateral. Nos siguió todo el trayecto, hasta que Deborah entró en el aparcamiento, y después pasó de largo sin aminorar la velocidad, sin que el conductor pareciera mirarnos, pero no pude desprenderme de mi ridícula idea de que nos había estado siguiendo. De todos modos, no podría estar seguro a menos que el Pasajero me lo confirmara, cosa que no hizo. Se limitó a emitir una especie de carraspeo sibilante, así que me pareció estúpido decir algo a Deborah al respecto.

Y después, cuando salí del edificio en mi coche para volver a casa, experimenté la misma sensación de nuevo, la de que algo o alguien me estaba vigilando…, pero era una sensación.

No era una advertencia, un susurro interior procedente de las sombras, un batir de alas invisibles. Una sensación. Y eso me puso nervioso. Cuando el Pasajero habla, escucho. Actúo.

Pero ahora no estaba hablando, sólo se revolvía inquieto, y yo no tenía ni idea de qué hacer con el mensaje. De modo que, en ausencia de una idea más definida, clavé los ojos en el espejo retrovisor mientras me dirigía a casa.

¿Era así ser humano? ¿Andar por la vida con la perpetua sensación de que eras carne en movimiento, siguiendo el sendero de la caza con tigres pisándote los talones? En ese caso, explicaría muy bien el comportamiento humano. Dado que yo también soy un depredador, conocía a la perfección la poderosa sensación de atravesar disfrazado los rebaños de posibles presas, sabiendo que en cualquier momento podía arrebatar una al rebaño. Pero sin una palabra del Oscuro Pasajero no sólo me confundía con ellas; yo era parte del rebaño, vulnerable. Era una presa, y no me gustaba. Me ponía mucho más en estado de alerta.

Y cuando salí de la autovía, mi vigilancia reveló un Toyota Avalon blanco que me seguía. Hay muchos Toyota Avalon blancos en el mundo. Al fin y al cabo, los japoneses perdieron la guerra y eso les da derecho a dominar nuestro mercado automovilístico. Y muchos de esos Avalon podían dirigirse a casa por la misma ruta atestada que yo. Hablando desde un punto de vista lógico, es posible ir en muchas direcciones, y era de lo más lógico que un Avalon blanco eligiera una de ellas. Y no era lógico dar por sentado que alguien quisiera seguirme. ¿Qué había hecho yo? Que pudiera demostrarse, quiero decir.

Por lo tanto, era perfectamente absurdo que me sintiera seguido, lo cual no explica por qué torcí de repente a la derecha, salí de la U.S. 1 y me metí por una calle lateral.

Tampoco explica por qué me siguió el Avalon blanco.

El coche se mantenía alejado, como haría cualquier depredador para no asustar a su presa, o como haría cualquier persona normal que hubiera tomado el mismo desvío por una coincidencia. Por lo tanto, con la misma falta de lógica tan poco característica, volví a desviarme, esta vez a la izquierda, por una pequeña calle residencial.

Poco después, el otro coche me siguió.

Como ya he mencionado, el Gallardo Dexter no conoce el significado del miedo. Eso debería significar que el martilleo de mi corazón acelerado, la sequedad de la garganta y el sudor que cubría mis manos no eran más que el reflejo de una gigantesca inquietud.

No me gustaba la sensación. Ya no era el Caballero del Cuchillo. Mi hoja y mi armadura estaban en algún sótano del castillo, y yo había ido al campo de batalla sin ellas, de repente una víctima blanda y sabrosa, y por alguna razón que no podía identificar estaba seguro de que algo guardaba mi olor en su hocico hambriento.

Giré a la derecha, y sólo cuando pasé por su lado vi el letrero de SIN SALIDA.

Me había metido en un callejón sin salida. Estaba atrapado.

Por algún motivo, aminoré la velocidad y esperé a que el otro coche me siguiera. Supongo que sólo quería asegurarme de que el Avalon blanco me pisaba los talones. Pues sí. Continuó hasta el final de la calle, donde se ensanchaba en un pequeño círculo para dar la vuelta. No había coches en el camino de entrada de la casa que coronaba el círculo. Frené y paré el motor, a la espera, asombrado por el estrépito de mi corazón y mi incapacidad de hacer otra cosa que quedarme sentado y aguardar a que los inevitables colmillos y garras cayeran sobre mí.

El coche blanco se acercó más. Disminuyó la velocidad cuando llegó al círculo, redujo más la velocidad cuando se acercó a mí…

Y pasó de largo, dio la vuelta al círculo, retrocedió por la calle y se alejó hacia el ocaso de Miami.

Lo vi marchar, y cuando sus luces traseras desaparecieron al doblar la curva, me acordé de respirar. Aproveché aquel conocimiento redescubierto y me sentí muy bien. Una vez recuperado mi contenido de oxígeno y serenado, empecé a sentirme muy estúpido. Al fin y al cabo, ¿qué había pasado? Me había parecido que un coche me seguía. Después se había ido. Había un millón de razones que explicaban por qué había tomado la misma ruta que yo, la mayoría resumidas en una sola palabra: coincidencia. Y después, mientras el pobre y nervioso Dexter sudaba en su asiento, ¿qué había hecho el gran coche malo? Había pasado de largo. No había parado para mirar, rugir o lanzar una granada de mano. Había pasado de largo y me había dejado tirado en el charco de mi absurdo miedo.

Alguien llamó a la ventanilla y me golpeé la cabeza contra el techo del coche.

Me volví a mirar. Un hombre de edad madura con bigote y cicatrices de acné estaba inclinado y me miraba. No me había fijado en él hasta ahora, una prueba más de que estaba solo y desprotegido.

Bajé la ventanilla.

—¿Puedo ayudarle en algo? —preguntó el hombre.

—No, gracias —le dije, algo confuso sobre la ayuda que podía ofrecerme. Pero no me dejó en la inopia.

—Está en mi camino particular —explicó.

—Oh —dije, y se me ocurrió que debía ser cierto, y que tenía que dar alguna explicación—. Estaba buscando a Vinny —dije. No era brillante, pero sí práctico, dadas las circunstancias.

—Se ha equivocado de lugar —dijo el hombre con cierto aire de triunfo que casi me levantó el ánimo.

—Lo siento —dije.

Subí la ventanilla y di marcha atrás, mientras el hombre me observaba, supongo que para asegurarse de que no le atacaría de repente con un machete. Al cabo de escasos minutos me encontraba de nuevo en el caos sediento de sangre de la U.S. 1. Y mientras la violencia rutinaria del tráfico se cerraba a mi alrededor como una manta confortable, sentí que volvía a ser poco a poco el de antes. En casa de nuevo, tras los muros ruinosos del Castillo Dexter, con su sótano vacío y todo.

Nunca me había sentido tan estúpido, lo cual equivale a decir que me sentía como algo muy parecido a un ser humano. ¿En qué demonios había estado pensando? De hecho, no había pensado, simplemente había reaccionado a un estrambótico ataque de pánico. Todo era ridículo en exceso, demasiado humano y risible, si al menos yo hubiera sido un ser humano real capaz de reír de verdad. Ay, bien. Al menos, yo era ridículo de verdad.

Conduje los últimos kilómetros pensando en los insultos que podía proferir contra mí por aquella reacción exagerada, y cuando me adentré por el camino de entrada de casa de Rita, estaba empapado de insultos, gracias a lo cual me sentía mucho mejor. Bajé del coche con algo muy cercano a una sonrisa de verdad en la cara, causada por la alegría de ahondar en las profundidades de Dexter el Zoquete. Y cuando me alejé un paso del coche, a punto de volverme hacia la puerta, un coche pasó poco a poco. Un Avalon blanco, por supuesto.

Si existe en el mundo la justicia, entonces se trataba de uno de aquellos momentos preparados especialmente para mí. Porque muchas veces había disfrutado de la visión de una persona boquiabierta, incapacitada por completo a causa de la sorpresa y el miedo, y ahora Dexter había adoptado la misma estúpida postura. Petrificado, incapaz de moverme, incluso de secarme la baba, vi que el coche pasaba de largo poco a poco, y lo único que conseguí pensar fue que mi aspecto debía de ser el de un estúpido redomado.

Por supuesto, habría parecido mucho más estúpido si el conductor del coche blanco hubiera hecho algo más que pasar de largo poco a poco, pero por suerte para las numerosas personas que me conocen y quieren (al menos dos, incluido yo), el coche pasó sin detenerse. Por un momento, me pareció ver que un rostro me miraba desde el asiento del conductor. Y después aceleró, se alejó por el centro de la calle, de modo que la luz brilló un momento en la cabeza de toro plateada, que es el emblema de Toyota, y el coche desapareció.

No se me ocurrió hacer otra cosa que cerrar la boca, rascarme la cabeza y entrar en casa como un autómata.

Se oía un suave pero profundo y potente redoblar de tambores, y el goce surgió, nacido del alivio y la impaciencia ante lo que se avecinaba. Después sonaron las trompetas, y ya faltaba muy poco, llegaría en cuestión de segundos y todo empezaría y sucedería de nuevo al fin, y mientras el goce se elevaba en una melodía que daba la impresión de llegar de todas partes, sentí que los pies me conducían al lugar donde las voces prometían felicidad, llenando todo de la dicha que se avecinaba, aquella culminación abrumadora que nos elevaría al éxtasis…

Desperté con el corazón acelerado y una sensación de alivio nada justificada y que no comprendía en absoluto. Porque no era el simple alivio del vaso de agua cuando tienes sed, ni el del descanso cuando estás agotado, aunque también lo era.

Pero, aún más confuso, hasta extremos inquietantes, también era el alivio experimentado después de una de mis citas con los malvados. El alivio revelador de que has satisfecho los más profundos anhelos de tu yo interior, y ahora puedes relajarte y quedarte satisfecho un rato.

Y esto no podía ser. Era imposible que yo experimentara las sensaciones más privadas y personales mientras dormía en la cama.

Miré el reloj de la mesita de noche: las doce y cinco, una hora en la que Dexter no suele estar despierto, en especial las noches en que sólo ha planeado dormir.

Al otro lado de la cama, Rita roncaba con suavidad, y se agitaba como un perro que sueña estar persiguiendo a un conejo.

Y en mi lado de la cama, un Dexter terriblemente confuso. Algo se había colado en mi noche sin sueños y levantado olas en el tranquilo mar de mi sueño sin alma. No sabía qué era ese algo, pero me había puesto muy contento por un motivo que no identificaba, y eso no me gustaba nada. Mi afición de medianoche me satisfacía a mi manera carente de emociones, y eso era todo. No se le había permitido la entrada a nada más en el oscuro subsótano de Dexter. Yo lo prefería así. Tenía mi pequeño espacio interior, bien custodiado, aislado y cerrado, donde experimentaba mi goce particular, aquellas noches y en ningún otro momento más. Nada más tenía sentido para mí.

Por lo tanto, ¿qué había invadido, derribado la puerta e inundado el sótano, con esta sensación no deseada ni provocada? ¿Qué podía abrirse paso con una facilidad tan abrumadora?

Me tumbé, decidido a volver a dormir y demostrarme que todavía mantenía el control, que no había pasado nada, y que no volvería a pasar. Esto era Dexterlandia, y yo era el rey. No se permitía la entrada a nada más. Cerré los ojos, busqué confirmación en la voz de la autoridad interior, el amo indiscutible de los rincones oscuros de todo lo que soy, el Oscuro Pasajero, y esperé a que me diera la razón, a que susurrara una frase tranquilizadora capaz de poner en su sitio la música tintineante y su geiser de sensaciones. Esperé a que dijera algo, lo que fuera, y no lo hizo.

Le azucé con un pensamiento muy irritado e intenso: «¡Despierta! ¡Enseña los dientes!»

Y no dijo nada.

Me apresuré a explorar todos mis rincones, gritando con preocupación cada vez mayor, llamando al Pasajero, pero habían vaciado y limpiado el lugar, se alquila habitación. Se había ido como si nunca hubiera existido.

En el lugar que solía habitar oí todavía un eco de la música, que resonaba en las duras paredes de un apartamento sin amueblar y rodaba a través de una vaciedad repentina y muy dolorosa.

El Oscuro Pasajero se había marchado.

14

Pasé el día siguiente en una neblina de incertidumbre, deseando que el Pasajero regresara, y seguro, sin embargo, de que no lo haría. A medida que transcurría el día, esta lúgubre certidumbre se fue imponiendo cada vez más.

Había un gran vacío en mi interior y era incapaz de pensar en ello, ni de afrontar una sensación que jamás había experimentado. No se trataba de angustia, una sensación que siempre he considerado excesiva, pero estaba muy intranquilo y viví todo el día en un espeso jarabe de ansioso temor.

¿Adonde había ido mi Pasajero, y por qué? ¿Regresaría? Estas cuestiones, de manera inevitable, me condujeron a especulaciones todavía más alarmantes: ¿qué era el Pasajero y por qué había venido a mí?

Me dio que pensar darme cuenta de hasta qué punto me había definido mediante algo que no era yo… ¿o sí? Tal vez el Extraño Pasajero no era más que el producto enfermizo de una mente dañada, una red tejida para capturar diminutos destellos de realidad y protegerme de la espantosa verdad de lo que soy en realidad. Era posible. Conozco bien la psicología básica, y he asumido desde hace bastante tiempo que estoy un poco al margen de las clasificaciones. Por mí, encantado. Me va estupendo existir sin el menor retazo de humanidad normal.

Hasta ahora, al menos. Pero, de repente, me encontraba solo, y las cosas no parecían tan definidas ni seguras. Por primera vez, tenía una real necesidad de saber.

Pocos trabajos permiten tiempo para la introspección, por supuesto, incluso sobre un tema tan importante como Oscuros Pasajeros desaparecidos. No, Dexter ha de desprenderse de ese fardo. Sobre todo con Deborah blandiendo el látigo.

Por suerte, fue casi todo rutina. Pasé la mañana con mis colegas, peinando el apartamento de Halpern en busca de residuos concretos de su culpa. Y por suerte, otra vez, las pruebas eran tan abundantes que fue necesario muy poco trabajo.

En el fondo de su armario encontramos un calcetín con varias gotas de sangre. Bajo el sofá había un zapato de lona blanco con una mancha encima. En el cuarto de baño, una bolsa de plástico contenía unos pantalones con un dobladillo chamuscado y aún más sangre, pequeñas salpicaduras que el calor había endurecido.

Fue estupendo que hubiera tal despliegue de pruebas, porque Dexter no estaba brillante ni trabajador hoy. Me descubrí derivando en una niebla gris de preocupación, y en un momento dado me preguntaba si el Pasajero volvería a casa, para regresar al instante siguiente con brusquedad al presente, de pie ante el armario sosteniendo un calcetín sucio manchado de sangre. De haber sido necesaria una investigación de verdad, no estoy seguro de que hubiera podido estar a mi altura acostumbrada.

Por suerte, no fue necesario. Nunca había visto una abundancia de pruebas tan clara y evidente, teniendo en cuenta que el presunto culpable había contado con varios días para limpiar. Cuando me dedico a mi pequeña afición, soy pulcro y ordenado, e inocente desde un punto de vista forense al cabo de unos minutos. Halpern había dejado transcurrir varios días sin ni siquiera tomar las precauciones más elementales. Era casi demasiado fácil, y cuando registramos su coche borré el «casi». En el reposabrazos central del asiento delantero había sangre seca con la huella de un pulgar.

Todavía era posible que nuestro laboratorio demostrara que era sangre de pollo, por supuesto, y Halpern se hubiera dedicado a un inocente pasatiempo, tal vez como asesino de aves aficionado. Pero yo lo dudaba. Parecía abrumadoramente claro que Halpern le había hecho algo muy poco amable a alguien.

Y, sin embargo, aquel pensamiento insistente me seguía atormentando, también de manera abrumadora: demasiado fácil. Algo no encajaba. Pero como el Oscuro Pasajero no estaba para indicarme la dirección correcta, me callé. En cualquier caso, habría sido cruel pinchar el globo feliz de Deborah. Casi refulgía de satisfacción cuando llegaron los resultados y Halpern iba pareciendo cada vez más nuestra captura demente del día.

De hecho, Deborah estaba canturreando cuando me arrastró a interrogar a Halpern, lo cual elevó mi inquietud a un nuevo nivel. La observé mientras entraba en la habitación donde esperaba el profesor. No podía recordar la última vez que la había visto tan feliz. Incluso había olvidado colocarse su expresión de desaprobación perpetua. Era muy turbador, una violación absoluta de la ley natural, como si todo el mundo hubiera decidido de repente conducir con prudencia y lentitud por la I-95.

—Bien, Jerry —dijo en tono risueño cuando nos sentamos ante Halpern—. ¿Quiere hablar de esas dos chicas?

—No hay nada de qué hablar —contestó el hombre. Estaba muy pálido, casi verdoso, pero parecía más decidido que cuando lo habíamos conducido al centro de detención—. Han cometido un error —porfió—. Yo no he hecho nada.

Deborah me miró con una sonrisa y sacudió la cabeza.

—No ha hecho nada —repitió muy contenta.

—Es posible —dije—. Puede que otra persona introdujera la ropa ensangrentada en su apartamento mientras estaba viendo algún programa en la tele.

—¿Fue eso lo que pasó, Jerry? —preguntó Deborah—. ¿Otra persona puso la ropa ensangrentada en su apartamento?

Si ello era posible, su tez adquirió un tono más verdoso todavía.

—¿De qué… ? ¿De qué están hablando?

Ella le sonrió.

—Jerry, encontramos unos pantalones suyos manchados de sangre. Coincide con la sangre de las víctimas. Encontramos un zapato y un calcetín, idéntica historia. Encontramos una huella dactilar con sangre en su coche. Su huella, la sangre de ellas. —Deborah se reclinó en la silla y se cruzó de brazos—. ¿Despierta eso su memoria, Jerry?

Halpern había empezado a negar con la cabeza mientras Deborah hablaba, y continuó así, como si fuera una especie de reflejo extraño y no se diera cuenta de lo que estaba haciendo.

—No —dijo—. No. Eso ni siquiera es… No.

—¿No, Jerry? —preguntó Deborah—. ¿Qué significa eso?

Siguió negando con la cabeza. Una gota de sudor cayó sobre la mesa y oí que intentaba respirar con muchas dificultades.

—Por favor —suplicó—. Esto es una locura. Yo no he hecho nada. ¿Por qué…? Esto es Kafka puro. Yo no he hecho nada.

Deborah se volvió hacia mí y enarcó las cejas.

—¿Kafka? —preguntó.

—Se cree que es un escarabajo —le aclaré.

—Soy una policía inculta, Jerry —dijo ella—. No sé quién es Kafka, pero reconozco pruebas sólidas cuando las veo. Además, ¿sabe una cosa, Jerry? Las he visto por todo su apartamento.

—Pero yo no he hecho nada —argüyó Halpern.

—De acuerdo —contemporizó Deborah con un encogimiento de hombros—. Écheme una mano, pues. ¿Cómo llegaron esas cosas a su casa?

—Lo hizo Wilkins —contestó el hombre, y pareció sorprenderse, como si lo hubiera dicho otra persona.

—¿Wilkins? Deborah me miró.

—¿El profesor del despacho de al lado? —pregunté.

—Exacto —confirmó Halpern. Se armó de valor y se inclinó hacia delante—. Fue Wilkins. Por fuerza.

—Wilkins lo hizo —repitió Deborah—. Se puso su ropa, mató a las chicas, y después devolvió la ropa a su apartamento.

—Sí, exacto.

—¿Por qué?

—Ambos aspiramos a un contrato de profesor numerario —respondió—. Sólo uno de los dos lo conseguirá.

Deborah lo miró como si hubiera sugerido que bailara desnuda.

—Profesor numerario —dijo, con incredulidad en la voz.

—Exacto —dijo él a la defensiva—. Es el momento más importante de cualquier carrera académica.

—¿Lo bastante importante como para matar a alguien? —pregunté.

Halpern clavó la vista en un punto de la mesa.

—Fue Wilkins —insistió.

Deborah le miró durante un largo minuto, con la expresión de una tía cariñosa que está contemplando a su sobrino favorito. Él le devolvió la mirada unos segundos, parpadeó, bajó la vista, me miró y volvió a clavar la vista en la mesa. Cuando el silencio se prolongó, miró de nuevo a Deborah.

—De acuerdo, Jerry —sentenció ella—. Si eso es lo mejor que se le ocurre, creo que debería llamar a su abogado.

Él se limitó a mirarla, incapaz de pensar en algo que decir, de modo que Deborah se levantó y fue hacia la puerta, y yo la seguí.

—Lo tenemos —anunció en el pasillo—. Ese hijo de puta está acabado. Juego, set, punto.

—Si fue él —aventuré, al verla tan alegre.

Me dedicó una enorme sonrisa.

—Pues claro que fue él, Dex. Jesús, no te esfuerces. Has hecho un gran trabajo, y por una vez descubrimos al culpable a la primera.

—Supongo —dije.

Ella ladeó la cabeza y me miró, todavía encantada de haberse conocido.

—¿Qué pasa, Dex? —preguntó—. ¿Estás acojonado por la boda?

—Nada por el estilo —contesté—. La vida en este mundo jamás fue tan armoniosa y agradable. Es que…

Vacilé, porque no sabía lo que era. Tan sólo esa sensación tozuda e irracional de que algo no encajaba.

—Lo sé, Dex —dijo, con una voz amable que consiguió empeorar la sensación—. Parece demasiado fácil, ¿verdad? Pero piensa en la mierda que nos comemos cada día con todos los demás casos. Cabe pensar que, de vez en cuando, ha de salir uno fácil, ¿no?

—No lo sé —insistí—. Algo no encaja. Ella resopló.

—Con la cantidad de pruebas que tenemos contra este tipo, a nadie le va a importar una mierda que algo no encaje —dijo—. ¿Por qué no te animas y disfrutas de un buen día de trabajo?

Estoy seguro de que era un consejo excelente, pero no podía aceptarlo. Aunque no contaba con el susurro familiar que me facilitaba las réplicas, tenía que decir algo.

—No actúa como si estuviera mintiendo —comenté, sin excesiva convicción.

Deborah se encogió de hombros.

—Está chiflado. No es mi problema. Él lo hizo.

—Pero si es un psicótico, ¿por qué explotó de repente? O sea, tiene treinta y pico años, ¿y ésta es la primera vez que hace algo? No encaja.

Deborah me palmeó el hombro y volvió a sonreír.

—Bien dicho, Dex. ¿Por qué no vas a tu ordenador y consultas sus antecedentes? Apuesto a que encontramos algo. —Consultó su reloj—. Puedes hacerlo nada más terminar la conferencia de prensa, ¿de acuerdo? Vamos, no podemos llegar tarde.

Y yo la seguí obediente, mientras me preguntaba por qué me presentaba siempre voluntario para el trabajo extra.

Habían concedido a Deborah el premio especial de una conferencia de prensa, algo que el capitán Matthews no cedía a la ligera. Era su primera experiencia como detective al mando de un caso importante, el cual había despertado el frenesí de los periodistas, y había estudiado la forma de hablar y mirar en vistas al telediario de la noche. Perdió su sonrisa y cualquier rastro de emoción y lanzó frases categóricas, en el mejor estilo policial. Sólo alguien que la conociera tanto como yo sabría que una felicidad enorme e inusual bullía detrás de su cara inexpresiva.

Me quedé al fondo de la sala y contemplé a mi hermana mientras recitaba una serie de afirmaciones mecánicas, las cuales confirmaban su convicción de que había detenido a un sospechoso de los espantosos asesinatos de la universidad, y en cuanto estuviera segura de su culpabilidad, sus queridos amigos de los periodistas serían los primeros en saberlo. Estaba feliz y orgullosa, y había sido mezquino por mi parte insinuar que algo no encajaba, sobre todo porque yo ignoraba qué era, si es que había algo.

Era muy probable que mi hermana tuviera razón. Halpern era culpable, y yo me comportaba como un estúpido y un cascarrabias, expulsado del tranvía de la razón pura por mi Pasajero desaparecido. Era el eco de su ausencia lo que me inquietaba, y no cualquier tipo de duda sobre el sospechoso de un caso que no me importaba en lo más mínimo. Casi con toda seguridad…

Otra vez ese «casi». Hasta ahora, había vivido mi vida basándome en absolutos. No tenía experiencia con los «casi», y era turbador e inquietante no contar con aquella voz de la certidumbre que me decía lo que había sin el menor asomo de duda. Empecé a darme cuenta de lo impotente que me sentía sin el Oscuro Pasajero. Incluso en mi trabajo cotidiano, ya nada era sencillo.

De vuelta en mi cubículo me senté en mi silla y me recliné con los ojos cerrados. «¿Hay alguien ahí?», pregunté esperanzado. No había nadie. Tan sólo un lugar vacío que empezaba a doler, mientras el asombro aturdido iba desvaneciéndose. Una vez concluida la distracción que suponía el trabajo, no había nada que me apartara de mi autocompasión. Estaba solo en un mundo oscuro y malvado, plagado de cosas terribles como yo. O como el que era, al menos.

¿Adonde había ido el Pasajero, y por qué? Si algo le había asustado, ¿qué podía ser? ¿Qué podía aterrar a algo que vivía para la oscuridad, que sólo cobraba vida cuando los cuchillos salían a relucir?

Y esto me condujo a una pregunta nueva de lo más indeseable: si este algo hipotético había asustado al Pasajero, ¿lo habría seguido a su exilio? ¿O continuaba olfateando mi pista?

¿Me encontraba en peligro sin manera de protegerme, sin manera de saber si me acechaba una amenaza mortífera, hasta que sintiera su baba en mi cuello?

Siempre me habían dicho que las experiencias nuevas eran positivas, pero ésta era una tortura. Cuanto más pensaba en ello, menos entendía lo que estaba pasando, y más me dolía.

Bien, había un remedio seguro para la desdicha, consistente en trabajar a fondo en algo absurdo. Giré la silla hasta quedar de cara al ordenador y puse manos a la obra.

Al cabo de pocos minutos había desvelado toda la vida e historia del profesor Gerald Halpern, Doctor en Filosofía. Por supuesto, fue algo más complicado que buscar el nombre de Halpern en Google. Estaba, por ejemplo, la cuestión de los archivos judiciales cerrados, que tardé casi cinco minutos en abrir. Pero cuando lo conseguí, el esfuerzo valió la pena, y me descubrí pensando, «Vaya, vaya, vaya…» Y como en aquel momento estaba trágicamente solo en mi interior, sin nadie que escuchara mis comentarios pensativos, también lo dije en voz alta.

—Vaya, vaya, vaya.

La documentación de la asistencia social ya habría sido bastante interesante, pero no porque sintiera el menor vínculo con Halpern debido a mi pasado de huérfano. Harry, Doris y Deborah me habían proporcionado de sobra un hogar y una familia, al contrario que Halpern, que había pasado de casa de acogida en casa de acogida, hasta aterrizar por fin en la universidad de Syracuse.

Mucho más interesante, sin embargo, era el archivo que no podía abrirse sin un mandamiento judicial, una orden judicial y una tabla de piedra entregada directamente por Dios. Y cuando lo leí de cabo a rabo por segunda vez, mi reacción fue aún más profunda.

—Vaya, vaya, vaya, vaya —repetí, algo inquieto por la forma en que las palabras resonaban en las paredes de mi pequeño despacho. Y como las revelaciones profundas siempre son más dramáticas con público, descolgué el teléfono y llamé a mi hermana.

Entró en mi cubículo al cabo de pocos minutos y se sentó en la silla plegable.

—¿Qué has descubierto? —preguntó.

—El doctor Gerald Halpern tiene Un Pasado —le anuncié, y pronuncié con cuidado las mayúsculas para que no saltara por encima del escritorio y me abrazara.

—Lo sabía —dijo—. ¿Qué hizo?

—No es tanto lo que hizo —precisé—. En este momento, la cuestión es qué le hicieron.

—Basta de chorradas —me espetó—. ¿Qué es?

—Para empezar, al parecer es huérfano.

—Venga, Dexter, déjate de cuentos.

Levanté una mano para calmarla, pero no salió bien, porque empezó a repiquetear con los nudillos sobre la mesa.

—Intento pintar un lienzo minucioso, hermanita —dije.

—Pues pinta rápido —replicó.

—De acuerdo. Halpern ingresó en el sistema de acogida para niños huérfanos en Nueva York, cuando le encontraron viviendo en una caja debajo de la autopista. Descubrieron quiénes eran sus padres, que por desgracia habían muerto hacía poco en circunstancias de una violencia desagradable. Por lo visto, se trató de una violencia muy merecida.

—¿Qué coño significa eso?

—Sus padres lo alquilaban a pedófilos.

—Jesús —dijo Deborah, y no cabía duda de que estaba algo impresionada. Incluso para los niveles de Miami era un poco excesivo.

—Halpern no recuerda eso. Sometido a presión, pierde la memoria, según el expediente. Es lógico. Las pérdidas de memoria debían de ser una respuesta refleja al trauma de repetición —sugerí—. Puede suceder.

—Bien, joder —dijo Deborah, y aplaudí por dentro su elegancia—. Se olvida de la mierda. Has de reconocer que encaja. La chica intenta acusarle de violación, y él ya está preocupado por el nombramiento de profesor numerario, así que se viste y la mata sin saberlo.

—Un par de cosas más —dije, y admito que disfruté con el dramatismo del momento tal vez un poco más de lo necesario—. Para empezar, la muerte de sus padres.

—¿Qué hay sobre eso? —preguntó Deborah, carente de la menor afición por el teatro.

—Les cortaron las manos —respondí—. Y después, prendieron fuego a la casa.

Deborah se incorporó.

—Mierda.

—Yo pienso lo mismo.

—Maldita sea, eso es estupendo, Dex. Tenemos su culo.

—Bien, la pauta coincide, desde luego.

—Pues claro que sí. Así que mató a sus padres… Me encogí de hombros.

—No pudieron demostrar nada. De haberlo podido, Halpern habría ido a juicio. Fue tan violento que nadie creyó que fuera obra de un crío. Pero sí están seguros de que estaba presente, y de que al menos vio lo que ocurrió. Ella me miró fijamente.

—¿Y qué? ¿Aún crees que no lo hizo? O sea, ¿tienes alguna de tus corazonadas?

Me dolió mucho más de lo debido, así que cerré los ojos un momento. No había nada dentro, salvo oscuridad y vacío. Mis famosas corazonadas se basaban en cosas que me susurraba el Oscuro Pasajero, por supuesto, y en su ausencia no tenía nada en qué apoyarme.

—Últimamente no tengo corazonadas —admití—. Es que hay algo en todo esto que me molesta. Es…

Abrí los ojos y Deborah me estaba mirando. Por primera vez, vi algo en su expresión que no era felicidad, y por un momento pensé que iba a preguntarme qué significaba eso y si me encontraba bien. No tenía ni idea de qué contestarle, puesto que jamás había hablado del Oscuro Pasajero, y la idea de revelar algo tan íntimo era muy inquietante.

—No lo sé —dije sin convicción—. Creo que algo no encaja.

Deborah sonrió con ternura. Me habría sentido más tranquilo si me hubiera chillado y enviado a la mierda, pero sonrió y palmeó mi mano con la de ella.

—Dex —dijo en voz baja—, las pruebas son más que suficientes. Los antecedentes encajan. El móvil es bueno. Has admitido que no tienes ninguna… corazonada. —Ladeó la cabeza, sin dejar de sonreír, lo cual me inquietó más todavía—. Todo encaja. No achaques al caso tus preocupaciones. Lo hizo, lo cazamos, punto. —Soltó mi mano antes de que alguno de los dos se pusiera a llorar—. Pero estoy un poco preocupada por ti.

—Estoy bien —dije, y hasta a mí me sonó falso.

Conseguí arrastrarme a través de la sopa grisácea del resto del día, y al concluir la jornada laboral fui a casa de Rita, donde la sopa se solidificó hasta convertirse en una gelatina de privación sensorial. No sé qué cenamos, o lo que dijeron los demás. Lo único que deseaba escuchar era el sonido del Pasajero, y ese sonido no llegaba. De modo que surqué la velada en piloto automático y me fui a la cama por fin, convertido todavía en el Aburrido y Vacío Dexter.

Me sorprendió mucho descubrirlo, pero el sueño no es algo automático en los humanos, ni siquiera para el ser semihumano en que me estaba transformando. Mi antiguo yo, Dexter de las Tinieblas, dormía a la perfección, a pierna suelta. Le bastaba acostarse, cerrar los ojos y pensar: «Un, dos, tres, YA». Presto, a dormir.

Pero el Nuevo Modelo Dexter no tenía esa suerte.

Di vueltas y más vueltas, ordené a mi lamentable yo que se pusiera a dormir sin más dilación, sin éxito. No podía dormir. Sólo podía estar tumbado con los ojos abiertos de par en par y preguntarme por qué.

A medida que avanzaba la noche, también lo hacía la terrible y aterradora introspección. ¿Me había engañado toda la vida? ¿Y si no fuera el Gallardo Destripador Dexter y su Astuto Compinche el Pasajero? ¿Y si ahora no era, en realidad, más que un Oscuro Chófer, al que se permitía vivir en una pequeña habitación de una gran casa, a cambio de conducir a su amo durante sus rondas designadas? Si mis servicios ya no eran necesarios, ¿qué podía ser yo, ahora que el jefe se había marchado? ¿Quién era yo, si ya no era el de antes?

No era un pensamiento feliz, y no me hizo feliz. Tampoco me ayudó a dormir. Como ya había dado miles de vueltas y no me sentía agotado, me concentré en cambiar de lado cada dos por tres, con el mismo resultado. Pero por fin, alrededor de las tres y media, debí acertar la combinación correcta de movimientos absurdos y me sumí en un sueño inquieto.

El sonido y el olor del beicon frito me despertaron. Miré el reloj: las 8.32 h, más tarde que nunca. Pero era sábado por la mañana, claro. Rita me había dejado retozar en mi desdichada inconsciencia. Y ahora, recompensaría mi regreso a la tierra de los despiertos con un generoso desayuno. Estupendo.

De hecho, el desayuno eliminó parte de mi amargura. Es muy difícil mantener una buena sensación de depresión profunda e inutilidad absoluta cuando estás lleno de comida, y renuncié a intentarlo a mitad de una excelente tortilla.

Cody y Astor llevaban horas despiertos, por supuesto. El sábado por la mañana era su momento de televisión sin restricciones, y solían aprovecharlo para ver series de dibujos animados que habrían sido imposibles antes del descubrimiento del LSD. Ni siquiera repararon en mi presencia cuando pasé ante ellos camino de la cocina, y se quedaron fascinados por la imagen de un utensilio de cocina parlante mientras yo terminaba de desayunar, tomaba una última taza de café y decidía conceder a la vida un día más para que montara su numerito.

—¿Mejor? —preguntó Rita cuando dejé sobre la mesa la taza de café.

—Una tortilla estupenda —comenté—. Gracias.

Sonrió y saltó de la silla para darme un beso en la mejilla, antes de amontonar los platos en el fregadero y ponerse a lavarlos.

—Recuerda que dijiste que llevarías a Cody y a Astor a algún sitio esta mañana —dijo por encima del ruido del agua.

—¿Eso dije?

—Dexter, ya sabes que esta mañana tengo que probarme el vestido de boda. Te lo dije hace semanas, y tú dijiste que cuidarías de los niños mientras yo iba a probarme el vestido a la tienda de Susan, también he de ir a ver a la florista para supervisar los arreglos florales, Vince se ofreció a ayudarme, porque dice que tiene un amigo.

—Lo dudo —dije, y pensé en Manny Borque—. Vince no.

—Ya le dije que no. ¿Hice bien?

—Estupendo. Sólo tenemos una casa para vender y pagar las cosas.

—No quiero herir los sentimientos de Vince, y estoy seguro de que su amigo será maravilloso, pero siempre he ido a Hans a comprar las flores, y le partiría el corazón si no le encargara a él lo de la boda.

—De acuerdo. Me llevaré a los chicos.

Había confiado en encontrar una oportunidad de dedicar tiempo a mi desdicha personal y a concentrarme en el problema del Pasajero ausente. Como no podía hacer eso, lo mejor sería relajarme un poco, incluso recuperar algo del precioso sueño perdido por la noche, tal como era mi derecho sagrado.

Al fin y al cabo, era sábado. Es sabido que muchas religiones y sindicatos bien considerados han recomendado dedicar los sábados a la relajación y el crecimiento personal.

A alejarse del mundanal ruido y entregarse al ocio y el descanso tan merecidos. Pero Dexter era ahora un hombre de familia, más o menos, cosa que lo cambia todo, tal como estaba descubriendo. Y con Rita dando vueltas a mi alrededor como un tornado con guedejas rubias, enfrascada en los preparativos de la boda, era imprescindible que alejara a Cody y a Astor del alboroto y les concediera el refugio de alguna actividad sancionada por la sociedad como apropiada para ser compartida por niños y adultos.

Después de sopesar cuidadosamente mis opciones, elegí el Museo de la Ciencia y Planetarium de Miami. Al fin y al cabo, estaría abarrotado de familias, lo cual fortalecería mi disfraz e iniciaría el de ellos. Puesto que pensaban embarcarse en la Oscura Senda, necesitaban aprender enseguida la idea de que, cuanto más anormal eres, más normal has de parecer.

Y visitar el museo con el Adorado Papaíto Dexter lograría que los tres pareciéramos de lo más normal. Además, se trataba de algo Bueno para Ellos oficialmente, una gran ventaja, por mucho que esa idea les desagradara.

De modo que subimos al coche y nos dirigimos al norte por la U.S. 1, tras prometer a la acelerada Rita que volveríamos sanos y salvos a la hora de comer. Atravesamos Coconut Grove, y justo antes de llegar al paso elevado de Rickenbacker entré en el aparcamiento del museo en cuestión. Sin embargo, no entramos dócilmente en ese buen museo. En el aparcamiento, Cody bajó del coche y se quedó inmóvil. Astor le miró un momento, y después se volvió hacia mí.

—¿Por qué tenemos que entrar? —preguntó.

—Es pedagógico —contesté.

—Aj —dijo la niña, y Cody asintió.

—Es importante que pasemos algunos ratos juntos —dije.

—¿En un museo? —preguntó Astor—. Es patético.

—Una palabra encantadora —dije—. ¿Dónde la has aprendido?

—No vamos a entrar —dijo—. Queremos hacer algo.

—¿Habéis estado alguna vez en este museo?

—No-o-o —repuso Astor, dividiendo la palabra en tres süabas desdeñosas, como sólo una niña de diez años sabe hacer.

—Bien, tal vez te sorprenda —le sugerí—. Hasta es posible que aprendas algo.

—Eso no es lo que queremos aprender —contestó la niña—. En un museo no.

—¿Qué crees que quieres aprender? —pregunté, y hasta yo me quedé impresionado por mi tono de adulto paciente.

Astor hizo una mueca.

—Tú ya sabes —dijo—. Dijiste que nos enseñarías cosas.

—¿Cómo sabes que no voy a hacerlo? —pregunté.

Me miró vacilante un momento, y después se volvió hacia Cody. Lo que se dijeron no exigió palabras. Cuando se volvió hacia mí un momento después, lo hizo con absoluta seguridad.

—Ni hablar —dijo.

—¿Qué sabéis de las cosas que voy a enseñaros? —Dexter —dijo Astor—, ¿por qué crees que te pedimos que nos enseñaras?

—Porque no sabéis nada de eso y yo sí.

—Aja.

—Vuestra educación empieza en ese edificio —dije con mi expresión más seria—. Seguidme y aprended.

Los miré un momento, vi que su incertidumbre aumentaba, di media vuelta y me encaminé hacia el museo. Tal vez estaba irritado por la noche de insomnio, y no estaba seguro de que me seguirían, pero tenía que imponer cuanto antes las reglas del juego. Tenían que hacerlo a mi manera, tal como yo había aprendido tanto tiempo atrás que debía escuchar a Harry y hacerlo a su manera.

15

Tener catorce años nunca es fácil, ni siquiera para los humanos artificiales. Es la edad en que la biología se impone, e incluso cuando el chico de catorce años de marras está más interesado en la biología clínica que en la actividad más popular entre sus compañeros de clase del instituto Ponce de León, la biología aún gobierna con mano de hierro.

Uno de los imperativos categóricos de la pubertad, de aplicación incluso a los monstruos jóvenes, es que nadie mayor de veinte años sabe nada. Y como Harry ya había superado con creces los veinte en aquel momento, yo había entrado en un breve período de rebelión contra sus limitaciones irracionales de mis deseos perfectamente naturales y legítimos de despedazar a mis compañeros de clase.

Harry había trazado un plan de una lógica maravillosa para enderezarme, expresión que significaba hacer las cosas (o las personas) de una manera pulcra y ordenada. Pero la lógica se esfuma cuando un Oscuro Pasajero flexiona sus alas por primera vez y las agita contra los barrotes de la jaula, con el anhelo de lanzarse al aire libre y precipitarse sobre su presa como un trueno de acero afilado.

Harry sabía muchas cosas que yo necesitaba aprender para convertirme en lo que debía ser. El monstruo salvaje en ciernes debía dar paso al Oscuro Vengador. Debía aprender a actuar como un ser humano, a trabajar con seguridad y cautela, a limpiar bien después. Él sabía todas estas cosas como sólo las puede saber un policía veterano. Yo lo comprendía, incluso entonces…, pero todo se me antojaba aburrido e innecesario.

Y Harry no podía saberlo todo, al fin y al cabo. No podía conocer la existencia de Steve González, por ejemplo, un ejemplo encantador de humanidad púber que había llamado mi atención.

Steve era más grande que yo, y un año o dos mayor. Ya tenía algo sobre el labio superior a lo que llamaba bigote. Iba a mi clase de gimnasia y creía que su deber, inspirado por Dios, era hacerme la vida imposible. Si estaba en lo cierto, Dios debía de estar muy complacido con sus esfuerzos.

Eso fue mucho antes de que Dexter se convirtiera en el Cubito de Hielo Viviente, y cierta cantidad de sentimientos muy intensos se hubieran acumulado en mi interior. Esto parecía complacer a Steve y empujarle a mayores cimas de creatividad en su persecución del joven Dexter. Ambos sabíamos que aquello sólo podía terminar de una manera, pero por desgracia para Steve, no como él creía.

Así que una tarde, un bedel muy trabajador entró en el laboratorio de biología del Ponce de León y descubrió a Dexter y Steve solucionando su conflicto de personalidades. No era el típico enfrentamiento a palabrotas y puñetazos, aunque creo que era eso lo que Steve había esperado. Pero no había medido bien sus fuerzas, de modo que el bedel descubrió a Steve sobre la mesa atado con cinta adhesiva de tela, y a Dexter de pie ante él con un escalpelo, mientras intentaba recordar qué había aprendido en clase de biología el día que diseccionaron la rana.

Harry vino a buscarme en el coche de la policía, uniformado. Escuchó al indignado subdirector, quien describió la escena, citó el manual del estudiante y exigió saber qué iba a hacer Harry al respecto. Harry se limitó a mirar al subdirector hasta que el hombre guardó silencio. Le miró durante un rato, para dejar claro el mensaje, y luego desvió sus fríos ojos azules hacia mí.

—¿Hiciste lo que este hombre ha descrito, Dexter? —preguntó.

No había posibilidad de escape ni falsedad en la presa de aquella mirada. —Sí —dije, y Harry asintió.

—¿Lo ve? —dijo el subdirector. Pensó que iba a continuar, pero Harry se volvió a mirarle y enmudeció de nuevo. Harry me miró. —¿Por qué? —preguntó. —Se metía conmigo —dije, e incluso a mis oídos sonó débil—. Muchas veces. Siempre.

—Así que le ataste con cinta a una mesa —dijo Harry, casi sin inflexión de voz.

—Aja.

—Y cogiste un escalpelo.

—Quería que parara —dije.

—¿Por qué no se lo dijiste a nadie? —me preguntó Harry. Me encogí de hombros, una parte importante de mi vocabulario en aquellos tiempos.

—¿Por qué no me lo dijiste? —preguntó.

—Puedo ocuparme de ello —contesté.

—Da la impresión de que no te has ocupado muy bien —dijo.

Yo no podía hacer gran cosa, de modo que contemplé mis pies. Por lo visto, no tenían nada que añadir a la conversación, así que levanté la vista de nuevo. Harry aún seguía mirándome, y por lo visto ya no necesitaba parpadear. No parecía enfadado, y yo no le tenía miedo, lo cual hizo que la situación fuese algo incómoda.

—Lo siento —dije por fin. No estaba seguro de hablar en serio. De hecho, todavía no estoy seguro de poder arrepentirme realmente de algo que haya hecho. Pero se me antojó un comentario muy diplomático, y nada más se materializó en mi cerebro adolescente, inundado como estaba de un espeso sedimento de hormonas e incertidumbre. Y aunque estoy seguro de que Harry no creía que lo sintiera, asintió.

—Vámonos —dijo.

—Un momento —terció el subdirector—. Aún no hemos terminado.

—¿Se refiere al hecho de que permitió que un matón reconocido empujara a mi hijo a este tipo de confrontación, debido a una supervisión deficiente? ¿Cuántas veces ha sido castigado el otro chico?

—Esa no es la cuestión… —intentó defenderse el subdirector.

—¿O estamos hablando del hecho de que dejó escalpelos y otros instrumentos peligrosos al alcance de cualquier estudiante, en un aula sin vigilar ni cerrada con llave?

—La verdad, agente…

—Voy a decirle una cosa —replicó Harry—. Prometo pasar por alto su muy deficiente actuación en este asunto, si accede a mejorar el estado de las cosas.

—Pero este chico… —intentó decir el hombre.

—Yo me encargaré de este chico —dijo Harry—. Usted ocúpese de arreglar las cosas, no sea que tenga que convocar a la junta escolar.

Y ahí terminó todo, por supuesto. Era imposible contradecir a Harry, ya fueras sospechoso de un asesinato, presidente del Rotary Club o un joven monstruo desconcertado. El subdirector abrió y cerró la boca varias veces, pero no emitió ninguna palabra, sino una especie de tartamudeo combinado con carraspeos. Harry le observó un momento, y después se volvió hacia mí.

—Vámonos —repitió.

Harry estuvo callado durante el trayecto hasta el coche, y no era un silencio tranquilizador. No habló cuando nos alejamos del colegio y nos desviamos al norte por la Dixie Highway, en lugar de dar la vuelta al colegio en dirección contraria, por Granada y Hardee hasta nuestra pequeña casa del Grove. Le miré cuando tomó el desvío, pero aún no tenía nada que decir, y la expresión de su rostro no animaba a entablar conversación. Tenía la vista clavada al frente mientras conducía, deprisa, pero no lo bastante para tener que conectar la sirena.

Torció a la izquierda por la avenida Diecisiete, y durante unos breves momentos se me ocurrió la idea irracional de que me estaba llevando al Orange Bowl. Pero pasamos de largo la desviación al estadio y continuamos, cruzamos el río Miami y nos desviamos a la derecha por North River Drive, y ahora supe adonde íbamos, pero no por qué. Harry aún no había pronunciado ni una palabra ni mirado en mi dirección, y yo estaba empezando a sentir cierta opresión que no tenía nada que ver con las nubes de tormenta que empezaban a acumularse en el horizonte.

Harry aparcó el coche y habló por fin.

—Vamos —ordenó—. Dentro.

Le miré, pero él ya estaba bajando del vehículo, de modo que yo también bajé y le seguí dócilmente hasta el centro de detención.

Harry era muy conocido aquí, como en todas partes donde sabían que era un buen policía. Le siguieron gritos de «¡Harry!» y «¡Hola, sargento!» hasta la zona de recepción y por el pasillo que conducía al bloque de celdas. Yo me limité a seguirle, mientras un sombrío presentimiento se iba apoderando de mí. ¿Por qué me había llevado Harry a la cárcel? ¿Por qué no me había reñido, hablado de su decepción, del castigo que me deparaba?

Nada de lo que hacía o se negaba a decir me proporcionaba pistas. De modo que le seguí. Uno de los guardias nos detuvo por fin. Harry le llevó a un lado y le habló en voz baja. El guardia me miró, asintió y nos dejó continuar hasta el final del bloque.

—Aquí está —dijo el guardia—. Que os divirtáis.

Indicó con un cabeceo la figura de la celda, me miró un momento y se alejó, dejándonos en un incómodo silencio.

Al principio, Harry no hizo nada por romper el silencio. Se volvió y escudriñó la celda, y la forma pálida que estaba en el interior se levantó y se acercó a los barrotes.

—¡Si es el sargento Harry! —dijo jubilosa la figura—. ¿Cómo estás, Harry? Muy amable por tu parte pasar a verme.

—Hola, Cari —dijo Harry. Por fin, se volvió hacia mí y habló—. Éste es Cari, Dexter.

—Eres un chico muy guapo, Dexter —dijo Cari—. Encantado de conocerte.

Los ojos que Cari volvió hacia mí eran brillantes y vacíos, pero detrás distinguí una sombra oscura, y algo en mi interior se retorció e intentó huir de esa cosa tan grande y tan feroz que habitaba al otro lado de los barrotes. No era un individuo muy grande ni de aspecto feroz (incluso era agradable de puertas afuera, con el pelo rubio y las facciones regulares), pero algo de él me puso muy nervioso.

—Trajeron a Cari ayer —explicó Harry—. Ha asesinado a once personas.

—Oh, bien —dijo Cari con modestia—. Más o menos.

Sonó un trueno y empezó a llover. Miré a Cari con auténtico interés. Ahora sabía por qué estaba inquieto mi Oscuro Pasajero. Estábamos empezando, y aquí había alguien que había ido y vuelto en once ocasiones, como mínimo. Por primera vez entendí qué debían sentir mis compañeros de clase cuando se enfrentaban a un defensa de la Liga Nacional de Fútbol Americano.

—A Cari le gusta matar gente —dijo Harry como si tal cosa—. ¿Verdad, Cari?

—Me mantiene ocupado —dijo Cari, risueño.

—Hasta que te detuvimos —dijo Harry.

—Sí, claro, así es. De todos modos… —Se encogió de hombros y dedicó a Harry una sonrisa falsa—. Fue bonito mientras duró.

—Te volviste descuidado —dijo Harry.

—Sí —admitió Cari—. ¿Cómo iba a saber que la policía sería tan minuciosa?

—¿Cómo lo hace? —solté.

—No es muy difícil —dijo Cari.

—No, quiero decir… Hum, ¿cómo?

Cari me escudriñó con sus ojos y casi pude escuchar un ronroneo procedente de la sombra que acechaba detrás de ellos. Por un momento, sostuvimos la mirada y el mundo se llenó del sonido negro de dos depredadores que se enfrentan por una presa pequeña e indefensa.

—Vaya, vaya —dijo Cari por fin—. ¿Es posible esto? —Se volvió hacia Harry justo cuando yo empezaba a retorcerme—. De modo que voy a dar ejemplo, ¿eh, sargento? He de asustar a tu chico para que siga el camino recto y estrecho de la divinidad.

Harry le devolvió la mirada, sin mostrar ni decir nada.

—Bien, temo que debo decirte que no hay forma de desviarse de este sendero concreto, pobre Harry. Cuando lo sigues, lo sigues de por vida, y tal vez más allá, y no hay nada que yo o tu querido hijo podamos hacer al respecto.

—Hay una cosa —anunció Harry.

—Vaya —repuso Cari, y dio la impresión de que una lenta nube negra se alzaba a su alrededor, se fundía con los dientes de su sonrisa, extendía sus alas hacia Harry y hacia mí—. ¿Y cuál es, por favor?

—No dejarse coger —precisó Harry.

Por un momento, la nube negra se petrificó, y después retrocedió y desapareció.

—Oh, Dios mío —dijo Cari—. Ojalá supiera reír. —Meneó la cabeza poco a poco de un lado a otro—. Estás hablando en serio, ¿verdad? Oh, Dios mío. Eres un padre maravilloso, sargento Harry.

Y nos dedicó una enorme sonrisa que casi pareció real.

Harry volvió hacia mí su mirada de ojos azules como el hielo.

—Lo cogieron —me dijo Harry—, porque no sabía lo que estaba haciendo. Y ahora irá a la silla eléctrica. Porque no sabía lo que la policía estaba haciendo. Porque —concluyó Harry sin alzar la voz y sin parpadear— carecía de preparación.

Miré a Cari, que nos miraba a través de los gruesos barrotes con sus vacíos ojos muertos demasiado brillantes. Atrapado. Miré a Harry.

—Comprendo —dije.

Y era verdad.

Ése fue el final de mi rebelión juvenil.

Y ahora, tantos años después (años maravillosos, sembrados de cortes, mutilaciones, sin haber sido atrapado), sabía muy bien qué notable juego había practicado Harry al presentarme a Cari. Jamás podría confiar en estar a su altura (al fin y al cabo, Harry hacía cosas porque tenía sentimientos y yo no), pero podía seguir su ejemplo y conseguir que Cody y Astor obedecieran las instrucciones. Me arriesgaría como había hecho Harry.

Ellos me seguirían o no.

16

Me siguieron.

El museo estaba atestado de grupos de ciudadanos curiosos en busca de conocimiento…, o de unos lavabos, por lo visto. La mayoría oscilaban entre los dos y los diez años de edad, y daba la impresión de que había un adulto por cada siete niños. Se movían como una gran bandada de loros multicolor, pasando de un objeto expuesto a otro con una especie de graznido estentóreo que, pese al hecho de ser emitido en tres idiomas como mínimo, sonaba igual. El lenguaje internacional de los niños.

Cody y Astor parecían un poco intimidados por la multitud y no se apartaban de mí. Era un agradable contraste con el espíritu aventurero tipo Dexter que parecía gobernarlos el resto del tiempo, y yo procuré aprovechar la circunstancia para conducirlos de inmediato a las pirañas.

—¿Qué aspecto tienen? —les pregunté.

—Muy malo —repuso Cody en voz baja, mientras contemplaba sin parpadear la numerosa exhibición de dientes.

—Son pirañas —dijo Astor—. Pueden comerse una vaca entera.

—Si estuvierais nadando y vierais pirañas, ¿qué haríais? —les pregunté.

—Matarlas —soltó Cody.

—Hay demasiadas —señaló Astor—. Tendrías que huir lo más lejos posible, y no volver a acercarte a ellas.

—De modo que cada vez que vierais esos peces de aspecto malvado, o bien deberíais intentar matarlos, o bien deberíais salir huyendo —les dije. Los dos asintieron—. Si los peces fueran inteligentes, como la gente, ¿qué harían?

—Se disfrazarían —rió Astor.

—Exacto —dije, e incluso Cody sonrió—. ¿Qué tipo de disfraz recomendarías? ¿Peluca y barba?

—Dex-ter —dijo Astor—. Son peces. Los peces no llevan barba.

—Oh —dije—. ¿Preferirían parecer peces?

—Por supuesto —contestó la niña, como si yo fuera demasiado estúpido para comprender las frases importantes.

—¿Qué clase de peces? —pregunté—. ¿Grandes? ¿Como los tiburones?

—Normales —terció Cody. Su hermana le miró un momento, y después asintió.

—Como los que abunden en la zona —explicó—. Algo que no asuste a los que ellos se quieran comer.

—Aja —dije.

Ambos miraron los peces en silencio un momento. Fue Cody quien captó el mensaje primero. Frunció el ceño y me miró. Sonreí para alentarle. Susurró algo a Astor, quien pareció sobresaltarse. Abrió la boca para decir algo, y después la cerró.

—Oh —dijo.

—Sí —dije—. Oh.

Astor miró a Cody, quien levantó la vista de las pirañas. No dijeron nada en voz alta, pero sostuvieron una conversación completa. Dejé que se explayaran, hasta que me miraron.

—¿Qué podemos aprender de las pirañas? —pregunté.

—No parecer feroz —señaló Cody.

—Aparentar normalidad —comentó Astor a regañadientes—. Pero, Dexter, los peces no son personas.

—Eso es muy cierto —asentí—. Porque las personas sobreviven al reconocer las cosas que son peligrosas. Y pescan a los peces. Eso no nos interesa. —Me miraron con solemnidad, y después desviaron la vista hacia los peces—. Bien, ¿qué más hemos aprendido hoy? —pregunté al cabo de un momento.

—No has de dejarte pescar —dijo Astor.

Suspiré. Por algo se empieza, pero quedaba mucho trabajo por hacer.

—Vamos a ver más animales.

No conocía muy bien el museo, tal vez porque hasta hacía poco no había tenido niños que arrastrar. Así que decidí improvisar, buscando cosas que los animaran a pensar y aprender lo que debían. Las pirañas habían sido un golpe de suerte, lo admito. Habían aparecido ante mi vista, y mi gigantesco cerebro había suministrado la lección correcta. Buscar la siguiente coincidencia afortunada no resultó fácil, y me pasé la siguiente media hora abriéndome paso entre la multitud asesina de niños y padres despiadados, hasta que llegamos ante los leones.

Una vez más, su apariencia feroz y reputación demostraron ser irresistibles para Cody y Astor, que se detuvieron ante el objeto expuesto. Era un león disecado, por supuesto, creo que lo llaman diorama, pero monopolizó su atención. El león macho se erguía con orgullo sobre el cuerpo de una gacela, con la boca abierta y los colmillos brillando. A su lado había dos hembras y un cachorro. Había una explicación de dos páginas referente al grupo expuesto, y a mitad de la segunda página encontré lo que necesitaba.

—Bien, bien —comenté risueño—. ¿Nos alegramos de no ser leones?

—Sí —repuso Cody.

—Aquí dice que cuando un león macho toma el mando de una familia… —empecé.

—Se llama manada, Dexter —observó Astor—. Salía en El rey león.

—De acuerdo —acepté—. Cuando un nuevo papá león toma el mando de una manada, mata a todos los cachorros.

—Eso es horrible —manifestó Astor.

Sonreí para enseñarle mis dientes afilados.

—No, es de lo más natural —proseguí—. Para proteger a los suyos y asegurarse de que son sus cachorros los que llevan la voz cantante. Muchos depredadores lo hacen.

—¿Qué tiene que ver eso con nosotros? —preguntó Astor—. No irás a matarnos cuando te cases con mamá, ¿verdad?

—Claro que no —dije—. Ahora sois mis cachorros.

—¿Y luego qué?

Abrí la boca para explicárselo, y entonces sentí que me quedaba sin aire. Mi boca se abrió, pero no pude hablar, porque en mi cerebro daba vueltas un pensamiento tan inverosímil que ni siquiera me tomé la molestia de negarlo. «Muchos depredadores lo hacen», me oí decir. «Para proteger a los suyos», había dicho.

Lo que me había convertido en depredador habitaba en el Oscuro Pasajero. Y ahora, algo había asustado al Pasajero. ¿Era posible que, que…?

¿Qué? ¿Un nuevo papá Pasajero estaba asustando a mi Pasajero? Me había tropezado con muchas personas a lo largo de mi vida sobre las cuales pendía una sombra similar a la mía, y no había pasado nada con ellas, salvo el mutuo reconocimiento y cierto rugido casi inaudible. Esto era demasiado estúpido para pensarlo. Los Pasajeros no tenían papas.

¿Verdad?

—Dexter —dijo Astor—, nos estás asustando.

Admito que yo también me estaba asustando. La idea de que el Pasajero podía tener un padre que lo siguiera con intenciones letales era de lo más estúpido. Aunque, claro, ¿de dónde había salido el Pasajero? Yo estaba razonablemente seguro de que era algo más que un producto psicótico de mi cerebro desquiciado. Yo no era esquizofrénico, ambos estábamos seguros de ello. El hecho de que se hubiera esfumado demostraba que poseía una existencia independiente.

Y esto significaba que el Pasajero había salido de alguna parte. Había existido antes de mí. Tenía un origen, se llamara padre o lo que fuera.

—Baja a la tierra, Dexter —me conminó Astor, y me di cuenta de que me había quedado petrificado delante de ellos, boquiabierto como un zombi pedante.

—Sí —asentí como un estúpido—. Sólo estaba pensando.

—¿Te ha dolido mucho? —preguntó la niña.

Cerré la boca y la miré. Me estaba observando con su expresión asqueada de diez años, debido a lo tontos que pueden llegar a ser los adultos, y esta vez tuve que darle la razón. Siempre había contado con la ayuda del Pasajero, hasta tal punto que jamás me había interrogado acerca de su procedencia, o de cómo había surgido. Me había conformado con compartir espacio con él, alegre de que fuera yo y no otro mortal más vacío, y ahora que conocerme un poco más hubiera salvado tal vez el día, me quedaba idiotizado. ¿Por qué nunca había pensado en estas cosas? ¿Por qué tenía que elegir este momento para la primera vez, en presencia de una niña sarcástica? Tenía que dedicar tiempo y reflexión a esto, pero no eran el lugar ni el momento apropiados, por supuesto.

—Lo siento —dije—. Vamos a ver el planetario.

—Pero ibas a decirnos por qué eran importantes los leones —protestó Astor.

La verdad, ya no podía recordar por qué los leones eran importantes, pero por suerte para mi imagen, el móvil empezó a gorjear antes de que pudiera admitirlo.

—Un momento —dije, y saqué el teléfono de la funda. La llamada era de Deborah. Al fin y al cabo, la familia es la familia, así que contesté.

—Han encontrado las cabezas —dijo.

Tardé un momento en comprender a qué se refería, pero Deborah estaba silbando en mi oído, y me di cuenta de que debía contestarle algo.

—¿Las cabezas? ¿De los dos cuerpos de la universidad? —pregunté.

Deborah emitió un silbido desesperado.

—Jesús, Dex —dijo—, no hay muchas cabezas desaparecidas en la ciudad.

—Bueno, está el Ayuntamiento —dije.

—Trae tu culo para acá, Dexter. Te necesito.

—Pero, Deborah, es sábado, y estoy en mitad de…

—Ya —dijo, y colgó.

Miré a Cody y Astor, y me interrogué sobre mi dilema. Si los llevaba a casa, tardaría al menos una hora en reunirme con Debs, y además perderíamos nuestro precioso tiempo compartido de los sábados. Por otra parte, hasta yo sabía que llevar a unos niños a la escena de un crimen podía ser considerado un poco excéntrico.

Pero también sería pedagógico. Necesitaban quedarse impresionados por lo minuciosa que es la policía cuando aparecen cadáveres, y ésta era una oportunidad tan buena como cualquier otra. Tomándolo todo en consideración, aun teniendo en cuenta la posibilidad de que mi querida hermana se pusiera como una moto, decidí que lo mejor era subir todos al coche y llevarlos a su primera investigación.

—Muy bien —les dije, mientras guardaba el teléfono en su funda—. Hemos de irnos.

—¿Adónde? —preguntó Cody.

—A ayudar a mi hermana —contesté—. ¿Recordaréis lo que habéis aprendido hoy?

—Sí, pero esto sólo es un museo —dijo Astor—. No es lo que queremos aprender.

—Sí lo es —contesté—. Y tenéis que confiar en mí y hacerlo a mi manera, o no os enseñaré nada. —Me agaché para poder mirarlos a los ojos—. Nada de nada.

Astor frunció el ceño.

—Dex-terrr —empezó.

—Lo digo en serio. Ha de ser a mi manera.

Una vez más, Cody y ella intercambiaron una mirada. Al cabo de un momento, la niña asintió y se volvió hacia mí.

—De acuerdo —aceptó—. Lo prometemos.

—Esperaremos —terció Cody.

—Lo comprendemos —dijo Astor—. ¿Cuándo podremos empezar con el rollo guay?

—Cuando yo lo diga —contesté—. En cualquier caso, ahora hemos de irnos.

Al instante, Astor volvió a ser la niña repipi de diez años.

—¿Adonde hemos de ir?

—He de ir a trabajar —le expliqué—. Os llevo conmigo.

—¿A ver un cuerpo? —preguntó esperanzada.

Negué con la cabeza.

—Sólo la cabeza —contesté.

Miró a Cody y sacudió la cabeza.

—A mamá no le gustará.

—Podéis esperar en el coche, si queréis —dije.

—Vamos —dijo Cody, su discurso más largo del día. Nos fuimos.

17

Deborah estaba esperando ante una modesta casa de dos millones de dólares, en un callejón particular sin salida, de Coconut Grove. La calle estaba aislada desde la cabina del guardia hasta la casa misma, y una multitud de indignados vecinos observaba desde sus inmaculados jardines y pasajes peatonales, echando chispas al ver el enjambre de cutres miserables del departamento de policía que habían invadido su pequeño paraíso. Deborah estaba en la calle, dando instrucciones a un cámara de vídeo sobre qué se debía rodar y desde qué ángulos. Corrí a reunirme con ella, seguido de Cody y Astor.

—¿Qué coño es esto? —preguntó Deborah, mirándome a mí y a los niños.

—Se les llama niños —expliqué—. Suelen ser consecuencia del matrimonio, por eso tal vez no te resulten familiares.

—¿Se te ha ido la puta olla trayéndolos aquí? —preguntó con brusquedad.

—No debes decir palabrotas —reprendió Astor a Deborah con una mirada feroz—.

Ahora me debes cincuenta centavos. Deborah abrió la boca, enrojeció y la volvió a cerrar.

—Sácalos de aquí —consiguió decir—. No deberían ver esto.

—Queremos verlo —dijo Astor.

—Silencio —dije—. Los dos.

—Por Dios, Dexter —dijo Deborah.

—Me dijiste que viniera enseguida —contesté—. Y aquí estoy.

—No puedo hacer de niñera de un par de crios —protestó Deborah.

—No será necesario —dije—. Estarán bien.

Deborah los miró. Ellos le devolvieron la mirada. Nadie parpadeó, y por un momento pensé que mi querida hermana iba a mordisquearse el labio inferior. Después desvió la vista.

—A la mierda —rezongó—. No tengo tiempo para rollos. Vosotros dos, esperad allí.

Señaló su coche, aparcado al otro lado de la calle, y me agarró del brazo. Me arrastró hacia la casa, donde la actividad era frenética.

—Mira —dijo, y señaló la parte delantera.

Por teléfono, Deborah me había dicho que habían encontrado las cabezas, pero la verdad es que habría costado mucho pasarlas por alto. Delante de la casa, el corto y serpenteante camino de entrada pasaba entre los postes del portón, de roca coralina, antes de desembocar en un pequeño patio con una fuente en el centro. Sobre cada poste había una lámpara de adorno. Escrito con tiza en el camino, entre los dos postes, había algo que recordaba las letras MLK, sólo que estaban escritas con una caligrafía que no reconocí. Y para asegurarse de que nadie perdiera el tiempo intentando descifrar el mensaje, encima de cada poste…

En fin. Si bien tuve que admitir que la exhibición poseía cierto vigor primitivo y un impacto dramático innegable, era demasiado tosco para mi gusto. Aunque daba la impresión de que habían cortado las cabezas con limpieza, los párpados habían desaparecido y las bocas estaban forzadas, a causa del calor, en una extraña sonrisa; no resultaba agradable. Nadie me pidió la opinión, desde luego, pero siempre he creído que no deben quedar restos. Es sucio, y demuestra una falta de prurito profesional lamentable. Y que hubieran dejado las cabezas de una manera tan visible… Se trataba de una pura exhibición, y demostraba un enfoque del asunto muy poco refinado. De todos modos, sobre gustos no hay nada escrito. Siempre estoy dispuesto a admitir que mi técnica no es la única. Como siempre en cuestiones de estética, esperé algún susurro sibilante de aquiescencia del Oscuro Pasajero…, pero no llegó ninguno, por supuesto.

Ni un murmullo, ni un aleteo, ni pío. Mi brújula se había marchado, y me había dejado en la molesta posición de tener que apañármelas solo.

No estaba solo del todo, por supuesto. Deborah se hallaba a mi lado, y caí en la cuenta de que, mientras reflexionaba sobre el problema de la desaparición de mi oscuro compañero, ella me había estado hablando.

—Esta mañana fueron al funeral —dijo—. Volvieron y les estaba esperando esto.

—¿Quiénes? —pregunté, y señalé la casa con la cabeza.

Deborah me dio un codazo en las costillas. Me dolió.

—La familia, capullo. La familia Ortega. ¿Qué acabo de decir?

—¿Ha sucedido a la luz del día?

Por algún motivo, me resultaba todavía más inquietante.

—Casi todos los vecinos estaban también en el funeral —dijo—, pero aún seguimos buscando a alguien que haya podido ver algo. —Se encogió de hombros—. Tal vez nos sonría la suerte. Quién sabe.

Yo no lo sabía, pero por algún motivo pensaba que nada relacionado con esto nos traería suerte.

—Creo que esto arroja ciertas dudas sobre la culpabilidad de Halpern —dije.

—Ni hablar —replicó Deborah—. Ese capullo es culpable.

—Ah —dije—. Crees que alguien encontró las cabezas y, hum…

—Joder, yo qué sé —dijo—. Tendrá un cómplice.

Me limité a sacudir la cabeza. Eso era absurdo, y ambos lo sabíamos. Alguien capaz de concebir y llevar a cabo el complicado ritual de los dos asesinatos tenía que haberlo hecho solo. Tales actos son muy personales, cada pequeño paso es la escenificación de una necesidad interior única, de modo que la idea de dos personas compartiendo la misma visión era casi inverosímil. A su manera siniestra, la exhibición ceremonial de las cabezas encajaba con la forma de abandonar los cuerpos: dos fragmentos del mismo ritual.

—Hay algo que no encaja —repetí.

—Bien, ¿y qué es lo que encaja?

Miré las cabezas, dispuestas con tanto cuidado sobre los postes. Se habían quemado en el fuego que había asado los cuerpos, por supuesto, y no había señales visibles de sangre. Daba la impresión de que les habían cortado el cuello con suma pulcritud. Aparte de eso, no se me ocurría nada en absoluto, pero Deborah me estaba mirando expectante. Es difícil gozar de la reputación de ser capaz de escudriñar en el corazón del misterio, cuando toda esa fama descansa sobre la guía invisible de una voz interior que, en aquel momento, brillaba por su ausencia. Me sentía como el muñeco de un ventrílocuo, al que llaman de repente para que salga a actuar solo.

—Las dos cabezas están aquí —dije, pues estaba claro que tenía que decir algo—. ¿Por qué no están en la casa de la otra chica, la que tenía novio?

—Su familia vive en Massachusetts —respondió Deborah—. Ésta era más fácil.

—Lo has investigado, ¿verdad? —¿A quién?

—Al novio de la chica muerta —dije lenta y cautelosamente—. El tipo del tatuaje en el cuello.

—Santo Dios, Dexter, pues claro que lo he investigado. Hemos investigado a todo el mundo que ha estado a un kilómetro de estas chicas en algún momento de su puta y triste vida, y tú… —Respiró hondo, pero no dio la impresión de calmarse mucho—. Escucha, no necesito ayuda con el trabajo básico, ¿vale? Necesito ayuda con la mierda extraña y espeluznante en la que eres un experto.

Fue agradable confirmar mi identidad de Rey de la Mierda Extraña y Espeluznante. De todos modos, con mi reputación en juego, tenía que ofrecer alguna opinión profunda, de modo que asesté una suave puñalada incruenta.

—De acuerdo —empecé—. Desde un punto de vista extraño y espeluznante, es absurdo que haya dos asesinos diferentes con el mismo ritual. De manera que, o bien Halpern las mató y alguien encontró las cabezas y pensó, qué demonios, las voy a colgar, o hemos metido en la cárcel a un inocente.

—Vaya mierda —refunfuñó.

—¿Qué parte?

—¡Toda, maldita sea! —repuso—. Ninguna de las dos opciones me gusta.

—Mierda, pues —dije, sorprendiéndonos a ambos. Y como me sentía irritado con Deborah y conmigo mismo, y con todo este rollo de los cadáveres quemados y decapitados, tomé el único curso lógico y razonable. Le di una patada a un coco.

Mucho mejor. Ahora también me dolía el pie.

—Estoy investigando el pasado de Goldman —explicó Deborah de repente, y cabeceó en dirección a la casa—. Hasta el momento, sólo es dentista. Es propietario de un edificio de oficinas en Davie. Pero esto… Huele a traficantes de cocaína. Y eso tampoco tiene sentido. Maldita sea, Dexter —imploró—. Dame algo.

Miré sorprendido a Deborah. Me había vuelto a pasar la pelota, y no tenía nada en absoluto, salvo la esperanza de que Goldman resultara ser un señor de la droga disfrazado de dentista.

—He venido sin nada —dije, lo cual era triste pero muy cierto.

—Oh, mierda —exclamó, mientras desviaba la vista hacia donde se hallaba la multitud congregada. Había llegado la primera furgoneta de periodistas, y antes incluso de que el vehículo frenara, un reportero saltó al suelo y empezó a dar órdenes a su cámara, indicándole que se colocara en el lugar adecuado para rodar una toma larga—. Maldita sea —dijo Deborah, y corrió a negociar con ellos.

—Ese tío me da miedo, Dexter —susurró una vocecita detrás de mí, y di media vuelta al instante. Una vez más, Cody y Astor se habían acercado a mí sin ser observados. Estaban muy juntos, y Cody inclinaba la cabeza hacia la pequeña multitud congregada al otro lado de la cinta de la escena del crimen.

—¿Qué tío te da miedo? —pregunté.

—Aquel —dijo Astor—. El de la camisa naranja. No me hagas señalar, está mirando.

Busqué una camisa naranja entre la muchedumbre y sólo vi un destello de color al final del callejón sin salida, cuando alguien entró en un coche. Era un pequeño coche azul, no un Avalon blanco, pero reparé en una mancha de color conocida que colgaba del espejo retrovisor cuando el coche salió a la calle. Y aunque costaba estar seguro, estaba bastante convencido de que era un pase de aparcamiento de la universidad de Miami.

Me volví hacia Astor.

—Bien, ya se ha marchado —dije—. ¿Por qué dijiste que te daba miedo?

—Él lo dijo —dijo Astor, y señaló a Cody. Éste asintió.

—Él fue —susurró apenas Cody—. Tenía una gran sombra.

—Siento que te asustara —dije—, pero ya se ha ido. Cody asintió.

—¿Podemos mirar las cabezas?

Los niños son tan interesantes, ¿verdad? Algo tan insustancial como la sombra de alguien había asustado a Cody, pero estaba más ansioso que nunca por ver de cerca un caso concreto de asesinato, terror y mortalidad humana. No le culpaba por querer echar un vistazo, claro está, pero pensé que no podía permitirlo sin más. Por otra parte, no tenía ni idea de cómo explicarles esto. Me han dicho que el idioma turco, por ejemplo, posee sutilezas inimaginables, pero el inglés no era el más adecuado para una respuesta adecuada.

Por suerte, Deborah volvió en aquel momento.

—Nunca más volveré a quejarme del capitán —masculló. Se me antojó una afirmación de lo más improbable, pero no me pareció diplomático decirlo—. Ya puede quedarse con esos bastardos chupasangre de la prensa.

—No pareces muy sociable —dije.

—Esos capullos no son seres humanos —replicó—. Sólo quieren fotos cojonudas de sus cortes de pelo perfectos mientras están frente a las cabezas, para enviar luego la cinta a la cadena. ¿Qué clase de animal desea ver esto?

De hecho, yo sabía muy bien la respuesta, puesto que estaba educando a dos en aquel momento y, para ser sincero, yo también podía considerarme uno de ellos. Pero era mejor soslayar aquella pregunta y tratar de concentrarme en el problema inmediato. Así que medité sobre el motivo de que aquel tipo hubiera dado miedo a Cody, y sobre el hecho de que tuviera algo muy parecido a un permiso de aparcamiento de la universidad.

—Se me ha ocurrido una idea —le dije a Deborah, y por la forma en que volvió la cabeza al instante, podría pensarse que estaba de pie sobre una pitón—. No concuerda con tu teoría del dentista convertido en señor de la droga —le advertí.

—Escupe —rezongó entre dientes.

—Había alguien aquí que asustó a los niños. Se fue en un coche con permiso de aparcamiento de la Facultad.

Deborah me miró con ojos duros y opacos.

—Mierda —dijo en voz baja—. El tipo que mencionó Halpern… ¿Cómo se llama?

—Wilkins.

—No. No puede ser. ¿Por qué los niños dicen que alguien los asustó? No.

—Tiene un móvil.

—¿Conseguir el empleo de profesor numerario, por el amor de Dios? Venga, Dex.

—No es necesario que creamos que es importante. Pero para ellos sí lo es.

—De manera que, para conseguir el empleo de profesor numerario, entra por la fuerza en el apartamento de Halpern, roba su ropa, mata a dos chicas…

—Y después nos guía hacia Halpern —dije, mientras recordaba que lo había sugerido en el vestíbulo.

Deborah me miró.

—Mierda. Lo hizo, ¿verdad? Nos dijo que fuéramos a ver a Halpern.

—Y aunque el empleo de profesor numerario nos parezca un buen móvil —dije—, es más lógico que Danny Rollins y Ted Bundy, esos asesinos múltiples, actuando al alimón, ¿verdad?

Deborah se alisó el pelo, un gesto sorprendentemente femenino de alguien en quien había llegado a pensar como la sargento Roca.

—Podría ser —dijo por fin—. No conozco lo bastante a Wilkins para estar segura.

—¿Vamos a hablar con él?

Ella negó con la cabeza.

—Antes quiero ver otra vez a Halpern.

—Voy a buscar a los niños.

Naturalmente, no estaban donde deberían, pero los encontré con suma facilidad: se habían acercado a las dos cabezas para verlas mejor, y tal vez fuera mi imaginación, pero creí percibir un brillo de reconocimiento profesional en los ojos de Cody.

—Vamos —les dije—. Hemos de irnos.

Dieron media vuelta y me siguieron a regañadientes, pero oí que Astor mascullaba por lo bajo:

—Mejor que un estúpido museo, desde luego.

Había observado todo desde el fondo del grupo que se había congregado para ver el espectáculo, procurando ser uno más de la multitud, sin diferenciarse de los demás ni ser observado. Era peligroso para el Vigilante estar allí. Podían reconocerlo, pero valía la pena correr el riesgo. Y, por supuesto, resultaba gratificante observar la reacción a su obra. Una pequeña vanidad que se podía permitir.

Además, sentía curiosidad por ver qué deducirían de la sencilla pista que había dejado. El otro era listo, pero hasta el momento no le había hecho caso, había pasado por delante y dejado que sus compañeros de trabajo la fotografiaran y examinaran. Tal vez tendría que haber sido un poco más flagrante, pero quedaba tiempo para hacerlo mejor. No había la menor prisa, y la importancia de preparar al otro, de dirigirle cuando todo estuviera a punto, eso era superior a todo lo demás.

El Vigilante se acercó un poco más para estudiar al otro, tal vez para ver alguna señal de cómo reaccionaba hasta el momento. Interesante lo de presentarse con aquellos niños. No parecían especialmente perturbados por la visión de las dos cabezas. Quizás estaban acostumbrados a esas cosas, o…

No. No era posible.

Se fue acercando más con la mayor cautela posible, intentando adaptarse al flujo y reflujo de los curiosos, hasta que llegó a la cinta amarilla, al punto más cercano a los niños posible.

Y cuando el niño alzó la vista y sus ojos se encontraron, ya no hubo la menor posibilidad de error.

Por un momento sostuvieron la mirada, y toda sensación de tiempo se perdió en el zumbido de las alas oscuras. El niño lo miró como reconociéndolo, no quién era, sino qué, y sus pequeñas alas se agitaron con furia aterrada. El Vigilante no pudo reprimirse. Se acercó más, permitió que el niño lo viera, así como el aura de poder oscuro que lo rodeaba. El niño no demostró miedo. Se limitó a mirarlo y exhibió su propio poder. Después dio media vuelta y tomó la mano de su hermana, y los dos se volvieron corriendo con el otro.

Era hora de irse. Los niños, sin duda, lo señalarían, y no quería que vieran su cara, todavía no. Corrió hacia el coche y se alejó, pero sin preocupación. En absoluto. Si acaso, estaba más satisfecho de lo que era procedente.

Eran los niños, por supuesto. No sólo porque se lo contarían al otro, para así acercarlo unos pasos más al necesario temor. Pero también porque le gustaban los niños. Era maravüloso trabajar con ellos, transmitían emociones muy poderosas, y elevaban la energía del acontecimiento a un plano superior.

Niños… Maravilloso.

Empezaba a disfrutar de la situación.

Durante un tiempo, le bastó con desplazarse en las cosas-mono y ayudarlas a matar. Pero hasta eso terminó siendo aburrido debido a la simple repetición, y de vez en cuando EL pensaba de nuevo que tenía que haber algo más. Existía aquel fascinante estremecimiento de algo indefinible en el momento de matar, la sensación de algo a punto de despertar, y después se adormilaba otra vez, y EL quería saber qué era.

Pero pese a las numerosas ocasiones, pese a las numerosas cosas-mono diferentes, jamás podía acercarse a esa sensación lo suficiente para descifrar qué era. Lo cual provocaba que ÉL deseara saber más.

Transcurrió muchísimo tiempo, y EL empezó a amargarse de nuevo. Las cosas-mono eran demasiado sencillas, y lo que EL hacía con ellas no era suficiente. Empezó a sentirse ofendido por su existencia estúpida, absurda y repetitiva. Arremetió contra ellas una o dos veces, con el deseo de castigarlas por sus sufrimientos tontos y carentes de imaginación, y azuzó a su anfitrión a matar familias enteras, tribus enteras. Y mientras morían, aquella maravillosa insinuación de algo más colgaba lejos de su alcance, y después volvía a adormecerse.

Era furiosamente frustrante. Tenía que existir una forma de descubrir qué era aquel algo escurridizo y dotarlo de existencia.

Y después, por fin, las cosas-mono empezaron a cambiar. Al principio fue muy lento, tan lento que ÉL ni siquiera se dio cuenta de lo que estaba sucediendo hasta que el proceso ya estuvo en marcha. Y un maravilloso día, cuando EL entró en un nuevo anfitrión, la cosa se alzó sobre sus patas traseras y, mientras EL se preguntaba qué estaba pasando, la cosa dijo: «¿Quién eres?».

Un placer aún más extremo siguió a la sorpresa extrema de aquel momento.

ÉL ya no estaba solo.

18

El trayecto hasta el centro de detención fue como una seda, pero con Deborah conduciendo eso sólo significaba que nadie resultaría gravemente herido. Tenía prisa, y antes que nada era una policía de Miami a quien habían dado clases de conducir policías de Miami. Y eso quería decir que estaba convencida de que el tráfico era fluido por naturaleza, y lo atravesaba como un hierro al rojo vivo en la mantequilla, introduciéndose en huecos que no existían, y dejando claro a los demás conductores que debían apartarse o morir.

Cody y Astor estaban muy contentos, por supuesto, sujetos con los cinturones de seguridad al asiento trasero. Iban sentados lo más erguidos posible, y estiraban el cuello para ver mejor. Lo más raro de todo fue que Cody sonrió un momento cuando no nos empotramos por un pelo contra un hombre de 160 kilos a bordo de una moto pequeña.

—Conecta la sirena —sugirió Astor.

—Esto no es un maldito juego —rugió Deborah.

—¿Ha de ser un maldito juego para conectar la sirena? —preguntó Astor a Deborah, la cual se tiñó de púrpura y dio un volantazo para salir de la U.S. 1, esquivando por poco un Honda baqueteado que corría sobre cuatro ruedas de recambio.

—Astor —intervine—, no digas esa palabra.

—Ella no para de decirla —replicó Astor.

—Cuando tengas su edad, también podrás decirla, si quieres —dije—, pero a los diez años no.

—Eso es una estupidez —replicó la niña—. Si es una palabrota, da igual la edad que tengas.

—Eso es verdad —admití—, pero no puedo imponer a la sargento Deborah lo que ha de decir.

—Eso es una estupidez —repitió Astor, y después cambió de tema—. ¿De veras es sargento? ¿Eso es mejor que ser policía?

—Significa que es la jefa de los policías —le expliqué.

—¿Puede dar órdenes a los que van de azul?

—Sí —contesté.

—¿Y también lleva pistola?

—Sí.

Astor se inclinó hacia delante todo cuanto le permitió el cinturón de seguridad, y miró a Deborah con algo cercano al respeto, una expresión que no veía en su cara muy a menudo.

—No sabía que las chicas podían llevar pistola y ser jefe de policía —comentó.

—Las chicas pueden hacer cualquier pu…, cualquier cosa que hagan los chicos —dijo con brusquedad Deborah—. Mejor, por lo general.

Astor miró a Cody, y después a mí.

—¿Cualquier cosa? —preguntó.

—Casi cualquier cosa —dije—. Creo que el fútbol americano profesional está descartado.

—¿Disparas a gente? —preguntó Astor a Deborah.

—Por el amor de Dios, Dexter —rugió Deborah.

—Dispara a gente a veces —dije a Astor—, pero no le gusta hablar de eso.

—¿Por qué?

—Disparar contra alguien es algo muy privado —expliqué—, y considera que no le importa a nadie.

—Deja de hablar de mí como si fuera una lámpara, por los clavos de Cristo —gritó Deborah—. Estoy aquí.

—Lo sé —dijo Astor—. ¿Vas a contarnos a quién disparas?

Como respuesta, Deborah efectuó un brusco giro, entró en el aparcamiento y se detuvo delante del centro.

—Hemos llegado —anunció, y bajó como si escapara de un nido de hormigas rojas. Entró corriendo en el edificio, y en cuanto desabroché los cinturones de Cody y Astor, la seguimos a un paso más sosegado.

Deborah continuaba hablando con el sargento de servicio, y yo conduje a los niños hasta un par de sillas desvencijadas.

—Esperad aquí —dije—. Volveré dentro de unos minutos.

—¿Sólo esperar? —preguntó Astor, con un temblor de indignación en la voz.

—Sí. He de hablar con un chico malo.

—¿Por qué no podemos ir? —preguntó la niña.

—La ley no lo permite —le expliqué—. Esperad aquí como he dicho. Por favor.

No parecían muy entusiasmados, pero al menos no saltaron de las sillas y cargaron por el pasillo gritando. Aproveché su colaboración para reunirme con Deborah.

—Vamos —ordenó, y nos encaminamos a una de las salas de interrogatorios del pasillo. Al cabo de pocos minutos, un guardia trajo a Halpern. Iba esposado, y su aspecto era peor que nunca. No se había afeitado y tenía el pelo alborotado, y había una mirada en sus ojos que sólo se me ocurrió describir como alucinada, aunque suene a tópico. Se sentó en el borde de la silla hacia la cual le empujó el guardia, y contempló sus manos cuando las apoyó sobre la mesa.

Deborah asintió en dirección al guardia, quien salió de la habitación y se quedó en el pasillo. Debs esperó a que la puerta se cerrara, y después concentró su atención en Halpern.

—Bueno, Jerry —dijo—. Espero que hayas descansado bien esta noche.

El hombre levantó la cabeza como si hubieran tirado de ella con una cuerda y la miró.

—¿Qué… qué quiere decir? —preguntó. Debs enarcó las cejas.

—No quiero decir nada, Jerry —contestó—. Sólo estaba siendo educada.

Él la miró durante un momento y volvió a bajar la cabeza.

—Quiero ir a casa —dijo, en voz baja y temblorosa.

—Estoy segura de eso, Jerry —dijo Deborah—. Pero en este momento no lo puedo permitir.

El hombre meneó la cabeza y murmuró algo inaudible.

—¿Qué has dicho, Jerry? —preguntó Deborah con la misma voz paciente y amable.

—He dicho, no creo que hiciera nada —contestó, sin levantar la vista.

—¿No lo crees? —preguntó Deborah—. ¿No deberíamos estar seguros de eso antes de dejarle marchar?

Halpern levantó la cabeza para mirarla, muy lentamente.

—Anoche… —dijo—. Debido a estar en este lugar… —Meneó la cabeza—. No sé. No sé —repitió.

—Ya habías estado en un lugar como éste, ¿verdad, Jerry? Cuando eras pequeño —dijo Deborah, y el hombre asintió—. ¿Este lugar te hizo recordar algo?

Se agitó como si le hubiera escupido en la cara.

—Yo no… No es un recuerdo —dijo—. Fue un sueño. Tuvo que ser un sueño.

Deborah asintió como si le comprendiera muy bien.

—¿De qué iba el sueño, Jerry?

Halpern sacudió la cabeza y la miró boquiabierto.

—Tal vez te ayudaría hablar de ello —dijo Deborah—. Si es un sueño, no te puede perjudicar. —El hombre continuó meneando la cabeza—. ¿De qué iba el sueño, Jerry? — repitió, con más insistencia, pero siempre con amabilidad.

—Hay una gran estatua —contestó, y dejó de sacudir la cabeza, como sorprendido de que las palabras hubieran surgido.

—Muy bien —lo animó Deborah.

—Es…, es muy grande —siguió el hombre—. Y hay un…, un… Tiene un fuego ardiendo en el estómago.

—¿Tiene estómago? —preguntó Deborah—. ¿Qué clase de estatua es?

—Es muy grande. Cuerpo de bronce, con dos brazos extendidos, y los brazos están bajando hacia… Enmudeció, y después murmuró algo.

—¿Qué has dicho, Jerry?

—Ha dicho que tiene cabeza de toro —dije, y sentí que se me erizaba todo el vello de la nuca.

—Los brazos bajan —dijo—. Y me siento… muy feliz. No sé por qué. Canto. Y deposito a las dos chicas en los brazos. Las corto con un cuchillo, y suben hasta la boca, y los brazos las echan dentro. En el fuego…

—Jerry —dijo Deborah, con más amabilidad todavía—, tu ropa estaba manchada de sangre, y chamuscada. —Él no dijo nada, y Deborah continuó—. Sabemos que padeces amnesia temporal cuando te sientes sometido a una presión excesiva —dijo. El hombre guardó silencio—. ¿No es posible, Jerry, que sufrieras una de esas amnesias, mataras a las chicas y volvieras a casa? ¿Sin saberlo?

Halpern empezó a menear la cabeza de nuevo, lenta y mecánicamente.

—¿Puedes ofrecerme una sugerencia mejor? —preguntó Deborah.

—¿Dónde pude encontrar una estatua como ésa? —dijo—. Eso es… ¿Cómo pude encontrar la estatua y encender un fuego en su interior, llevar las chicas allí y…? ¿Cómo es posible? ¿Cómo pude hacer todo eso sin saberlo?

Deborah me miró, y yo me encogí de hombros. Era una buena pregunta. Al fin y al cabo, debía existir un límite práctico a lo que puedes hacer en estado de sonambulismo, y esto parecía un poco excesivo.

—¿Cuál fue el origen de ese sueño, Jerry? —preguntó Deborah.

—Todo el mundo sueña —dijo.

—¿Cómo llegó esa sangre a tu ropa?

—Lo hizo Wilkins —dijo—. No puede haber otra respuesta.

Llamaron a la puerta y el sargento entró. Se inclinó y susurró algo en el oído de Deborah. Yo me acerqué para escuchar.

—El abogado de este tipo está dando problemas —dijo el sargento—. Como han aparecido las cabezas mientras su cliente estaba aquí, dice que ha de ser inocente. —Se encogió de hombros—. No puedo echarle.

—De acuerdo —dijo Debs—. Gracias, Dave.

El hombre volvió a encogerse de hombros, se incorporó y salió de la sala.

Deborah me miró.

—Bien —dijo—, al menos ya no parece demasiado fácil.

Se volvió hacia Halpern.

—Muy bien, Jerry —dijo—. Hablaremos más tarde. Se levantó y salimos de la sala.

—¿Qué opinamos? —le pregunté. Ella sacudió la cabeza.

—Jesús, Dex, no lo sé. Necesito un golpe de suerte. —Dejó de andar y se volvió hacia mí—. O el tipo lo hizo durante una de sus amnesias, lo cual significa que lo preparó todo sin saberlo, y eso es imposible.

—Probablemente —dije.

—O alguien se tomó un montón de molestias para tenderle una trampa, aprovechando una de sus amnesias.

—Lo cual también es imposible.

—Sí, lo sé.

—¿Y la estatua con cabeza de toro y fuego en el estómago?

—Joder —dijo Deborah—. Es sólo un sueño. Por fuerza.

—Pues entonces, ¿dónde quemaron a las chicas?

—¿Vas a enseñarme una estatua gigantesca con cabeza de toro y barbacoa incorporada? ¿Dónde escondes eso? Si lo encuentras, creeré que es real.

—¿Hemos de dejar en libertad a Halpern? —pregunté.

—No, maldita sea —rugió Debs—. Le retengo por resistencia a la autoridad.

Dio media vuelta y se encaminó hacia la zona de recepción.

Cody y Astor estaban sentados con el sargento cuando regresamos a la entrada, y aunque no se habían quedado donde yo les había ordenado, al menos no habían prendido fuego al edificio. Deborah miró impaciente mientras me los llevaba, y todos salimos juntos por la puerta.

—Ahora, ¿qué? —pregunté.

—Hemos de hablar con Wilkins, por supuesto —dijo Deborah.

—¿Vamos a preguntarle si tiene una estatua con cabeza de toro en el patio trasero? —le pregunté.

—No, eso es una gilipollez.

—Has dicho un taco —saltó Astor—. Me debes cincuenta centavos.

—Se está haciendo tarde —dije—. He de llevar a los niños a casa antes de que su madre me pase por la barbacoa.

Deborah miró a Cody y a Astor un largo rato, y después a mí.

—De acuerdo.

19

Conseguí llegar con los niños a casa antes de que Rita empezara a subirse por las paredes, pero fue por un pelo, y la cosa se complicó aún más cuando supo que habían ido a ver cabezas cortadas. De todos modos, no cabía duda de que se lo habían pasado en grande, y la reciente decisión de Astor de convertirse en una Mini-Yo de mi hermana Deborah pareció evitar que Rita montara en cólera. Al fin y al cabo, elegir pronto una carrera podría ahorrar un montón de tiempo y molestias más adelante.

Estaba claro que Rita tenía ganas de desahogarse y empezó a largar. En circunstancias normales, me habría limitado a sonreír y dejarla parlotear, pero no estaba de humor para nada que sonara a normal. Durante los dos últimos días no había deseado otra cosa que un lugar tranquilo y un rato a solas para intentar descubrir por qué se había ido mi Pasajero, y sin embargo había sido arrastrado en todas las demás direcciones posibles por Deborah, Rita, los niños, e incluso mi trabajo, para colmo. Mi disfraz se había impuesto a la cosa que, en teoría, estaba ocultando, y no me gustaba. Pero si conseguía soslayar a Rita y largarme, tendría por fin tiempo para mí.

Así que, aduciendo un trabajo importante que no podía esperar hasta el lunes por la mañana, huí y me dirigí a la oficina, disfrutando de la relativa paz y tranquilidad del tráfico de Miami en un sábado por la noche.

Durante el primer cuarto de hora de trayecto no me pude sacudir de encima la sensación de que me estaban siguiendo. Ridículo, lo sé, pero no estaba acostumbrado a estar solo de noche, lo cual me hacía sentir muy vulnerable. Sin el Pasajero era como un tigre con la nariz tapada y sin colmillos. Me sentía lento y estúpido, y no paraba de notar estremecimientos en la espalda. Era una sensación general de escalofrío inminente, la sensación de que debía dar media vuelta y olfatear el camino, porque algo hambriento se encontraba al acecho. Y en los límites de todo eso hormigueaba el eco de una extraña música onírica, de modo que mis pies se agitaban de manera involuntaria, como si quisieran ir a otro sitio sin mí.

Era una sensación terrible, y si hubiera sido capaz de experimentar empatía, estoy seguro de que habría disfrutado de un momento de espantosa revelación, me habría llevado la mano a la frente y caído de hinojos, mientras murmuraba angustiadas palabras de arrepentimiento por las veces que había provocado esa espantosa sensación en los demás. Pero no estoy hecho para la angustia (para la mía, al menos), de modo que sólo podía pensar en mi importante problema. Mi Pasajero se había marchado, y si alguien me estaba siguiendo, me encontraba vacío e indefenso.

Tenían que ser imaginaciones mías. ¿Quién acosaría al Sumiso Dexter, que discurría por su existencia artificial normal con una sonrisa feliz, dos hijos y una nueva hipoteca por culpa de un proveedor de catering? Sólo para estar seguro, miré por el espejo retrovisor.

Nadie, por supuesto. Nadie acechaba con un hacha y una pieza de artesanía con el nombre de Dexter escrito en ella. Me estaba volviendo estúpido debido a la merma de mis facultades mentales.

Un coche estaba ardiendo en la cuneta de Palmetto Expressway, y la mayor parte del tráfico estaba afrontando la congestión dando un rodeo por la cuneta izquierda, o tocando el claxon y chillando. Me desvié y dejé atrás los almacenes cercanos al aeropuerto. En un almacén que había frente a la Avenida 69, una alarma antirrobos estaba aullando sin cesar, y tres hombres se dedicaban a cargar cajas en un camión sin la menor prisa. Sonreí y saludé. No me hicieron caso.

Era una sensación a la que me estaba acostumbrando: todo el mundo hacía caso omiso del pobre y vacío Dexter, salvo, por supuesto, quien me hubiera estado siguiendo, o no.

Pero hablando de estar vacío, la forma en que me había escabullido de una discusión con Rita, por suave que hubiera sido, me había dejado sin cena, y eso no es algo que tolero de buen grado. En este momento deseaba comer casi tanto como respirar.

Paré en un Pollo Tropical y me llevé medio pollo. El olor inundó al instante el coche, y durante los tres últimos kilómetros tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para no parar el coche con un chirriar de frenos y devorar el pollo a dentelladas.

El ansia me venció en el aparcamiento, y mientras entraba tuve que manotear con los dedos grasientos para exhibir mis credenciales, y a punto estuve de tirar las alubias. Pero cuando me acomodé delante del ordenador, era un chico mucho más feliz, y el pollo ya no era más que una bolsa llena de huesos y un recuerdo agradable.

Como siempre, con el estómago lleno y la conciencia tranquila, me resultó mucho más fácil poner en marcha mi poderoso cerebro y reflexionar sobre el problema. El Oscuro Pasajero había desaparecido. Eso parecía insinuar que poseía una especie de existencia independiente sin mí. Lo cual significaba que debía venir de algún sitio y, muy posiblemente, había vuelto a él. Mi primer problema era, por lo tanto, descubrir todo lo posible sobre su procedencia.

Sabía muy bien que el mío no era el único Pasajero del mundo. Durante mi larga y gratificante carrera, me había topado con varios depredadores envueltos en la nube negra invisible que indicaban un autoestopista como el mío. Y era lógico suponer que habían surgido en algún lugar y algún momento, y no sólo conmigo y en mi tiempo. Era vergonzoso, pero nunca me había preguntado por qué, o de dónde procedían aquellas voces interiores. Ahora, con toda la noche por delante, y la paz y tranquilidad del laboratorio forense, podría rectificar este trágico olvido.

Sin pensar en mi seguridad personal, me zambullí intrépido en Internet. Por supuesto, no encontré nada útil cuando busqué «Oscuro Pasajero». Al fin y al cabo, era mi expresión privada. De todos modos lo intenté, para asegurarme, y no encontré nada más que algunos juegos online y un par de blogs que alguien debería denunciar a la autoridad competente en materia de angustia adolescente.

Busqué «compañero interior», «amigo interior», e incluso «guía espiritual». Obtuve resultados muy interesantes, que me indujeron a preguntar hacia dónde se dirigía este cansado mundo, pero nada que iluminara mi problema. Pero, por lo que yo sabía, jamás ha existido un ejemplar único de algo, y la ley de las probabilidades indicaba que acabaría acertando los términos de búsqueda correctos para encontrar lo que necesitaba.

Muy bien: «guía interior», «consejero interno», «ayudante oculto». Probé todas las combinaciones de este tipo que se me ocurrieron, cambié adjetivos, consulté listas de sinónimos, y siempre terminaba asombrado de que la pseudofilosofía de la Nueva Era se hubiera apoderado de Internet. De todos modos, no obtuve nada más siniestro que una forma de explotar el poder de mi inconsciente para triunfar en el negocio de los bienes raíces.

Sin embargo, descubrí una referencia muy interesante a Salomón, de fama bíblica, la cual afirmaba que el tipo había hecho referencias secretas a una especie de rey interior. Busqué información sobre Salomón. ¿Quién habría adivinado que ese rollo de la Biblia fuera interesante y pertinente? Por lo visto, cuando pensamos en él como el tipo sabio y alegre con barba que se ofreció a partir en dos un bebé para hacerse el gracioso, estamos pasando por alto lo mejor.

Por ejemplo, Salomón erigió un templo a algo llamado Moloch, al parecer uno de los antiguos dioses malvados, y mató a su hermano porque descubrió «maldad» en su interior. Comprendí que, desde una perspectiva bíblica, la maldad interior podía ser una excelente descripción de un Oscuro Pasajero. Pero si existía una relación, ¿era lógico que alguien con un «rey interior» hubiera matado a alguien habitado por la maldad?

Mi cabeza daba vueltas. ¿Debía creer que el rey Salomón poseía un Oscuro Pasajero? O como era uno de los buenos de la Biblia, ¿debía interpretar que encontró uno en su hermano y lo mató por esa causa? Y contrariamente a lo que me habían conducido a creer, ¿habló en serio cuando se ofreció a partir por la mitad al bebé?

Lo más importante de todo, ¿importaba algo lo sucedido algunos miles de años antes en el otro extremo del mundo? Aún suponiendo que el rey Salomón poseyera uno de los primeros Oscuros Pasajeros, ¿en qué me ayudaría a eso a recuperar mi personalidad adorable y mortífera? ¿Qué podía hacer con todas estas fascinantes tradiciones históricas? Ninguna me revelaba de dónde procedía el Pasajero, qué era o cómo recuperarlo.

Estaba desorientado. Bien, había llegado el momento de tirar la toalla, aceptar mi sino, entregarme a la clemencia del tribunal, asumir el papel de Dexter, tranquilo hombre de familia y ex Oscuro Vengador. Resignarme a la idea de que nunca volvería a sentir el toque frío y duro de la luz de la luna sobre mis terminaciones nerviosas electrificadas, cuando surcaba la noche como el avatar del acero frío y afilado.

Intenté pensar en algo que me inspirara a llevar a cabo esfuerzos mentales aún mayores en mi investigación, pero sólo se me ocurrió un fragmento de un poema de Rudyard Kipling, If: «Si eres capaz de conservar la cabeza cuando todos los que te rodean pierden la suya», o palabras similares. No me pareció suficiente. Tal vez Ariel Goldman y Jessica Ortega tendrían que haberse aprendido a Kipling de memoria. En cualquier caso, mi búsqueda no me había conducido a ningún lugar útil.

Estupendo. ¿De qué otra manera se podía denominar al Pasajero? «Comentarista sardónico», «sistema de alarma», «animadora interior». Las consulté todas. Algunos resultados de «animadora interior» fueron muy sorprendentes, pero no tenían nada que ver con mi investigación.

Probé «vigilante», «vigilante interior», «oscuro vigilante», «vigilante oculto».

Un tiro a ciegas, tal vez al hecho de que mis pensamientos estaban derivando de nuevo hacia la comida, pero de todos modos muy justificado: «hambriento vigilante».

Una vez más, los resultados remitieron a la jerga de la Nueva Era. Pero un blog llamó mi atención y lo abrí. Leí el primer párrafo y, aunque no llegué a decir «bingo», era el meollo de lo que pensaba.

«Una vez más nos adentramos en la noche con el Hambriento Vigilante», empezaba. «Recorremos las oscuras calles que bullen de presas, atravesamos poco a poco el banquete que aguarda, y sentimos el tirón de la marea de sangre que pronto se alzará para cubrirnos de goce…»

Bien. La prosa era un poco farragosa, quizá, y la parte de la sangre algo repelente. Pero dejando eso aparte, era una buena descripción de cómo me sentía cuando partía hacia alguna de mis aventuras. Daba la impresión de que había encontrado un alma gemela.

Continué leyendo. Todo concordaba con mi experiencia de atravesar la noche con hambrienta anticipación mientras una sibilante voz interior me guiaba entre susurros. Pero después, cuando la narración llegaba al punto en el que yo habría acuchillado y sajado, este narrador hacía una referencia a «los otros», seguida de tres figuras de un alfabeto que no reconocí.

¿O sí?

Busqué enfebrecido en mi escritorio la carpeta con el expediente de las dos chicas decapitadas. Saqué la pila de fotos, las ojeé… y allí estaba.

Escrito con tiza en el camino de entrada del doctor Goldman, las mismas tres letras, que parecían unas MLK deformes.

Contemplé la pantalla del ordenador. Había acertado, no cabía duda.

Era demasiado para ser una coincidencia. Significaba algo muy importante, tal vez incluso la clave para comprender todo aquel lío. Sí, muy significativo, con tan sólo una nota a pie de página: ¿qué significaba?

Para colmo, ¿por qué me afligía aquella pista en concreto? Había venido para trabajar en mi problema personal del Pasajero desaparecido. Había venido a altas horas de la noche para que mi hermana no me diera la paliza. Y ahora, por lo visto, si quería solucionar mi problema, sería trabajando en el caso de Deborah. ¿Por qué ya no había justicia?

Bien, si las quejas recibían recompensas, yo aún no lo había visto, a lo largo de una vida llena de sufrimientos e ingenio verbal. Lo mejor era tomar lo que se me ofrecía y ver adonde me conducía.

Primero, ¿en qué idioma se hallaba la inscripción? Estaba bastante seguro de que no era chino ni japonés, pero ¿y si se trataba de algún otro alfabeto asiático que yo desconocía? Busqué un atlas online y empecé a descartar países: Corea, Camboya, Tailandia. Ninguno de ellos tenía un alfabeto que se acercara. ¿Qué me dejaba eso? ¿El cirílico? Era fácil comprobarlo. Busqué una página que contenía todo el alfabeto. Tuve que examinarlo durante largo rato. Algunas letras se parecían, pero al final llegué a la conclusión de que no coincidía.

¿Qué me quedaba? ¿Qué haría alguien listo de verdad, alguien como el que yo había sido antes, incluso alguien como el campeón de los chicos listos, el rey Salomón?

Un pequeño pitido empezó a sonar en el fondo de mi cerebro, y lo escuché un momento antes de contestar. Sí, exacto, he dicho el rey Salomón. El tío de la Biblia con un rey interior. ¿Qué? ¿De veras? ¿Una relación, dices? ¿Eso crees?

Un tiro a ciegas, pero fácil de comprobar, y lo hice. Salomón habría hablado hebreo antiguo, por supuesto, fácil de encontrar en la red. Y se parecía muy poco a los caracteres que había encontrado. Por lo tanto, no existía relación: ipso fado, o algún dicho latino por el estilo.

Pero espera: acababa de recordar que el idioma original de la Biblia no era el hebreo, sino otro. Me rasqué las células grises brutalmente, y al final me dieron la solución. Sí, era algo que yo recordaba de aquella fuente de conocimiento inagotable, En busca del arca perdida. El idioma que estaba buscando era el arameo.

Una vez más, fue fácil encontrar en la red un sitio ansioso por enseñarnos a escribir arameo. Lo examiné, y me entró el ansia de aprender, porque ya no cabía duda: las tres letras coincidían. Eran, de hecho, los homólogos de MLK, aunque sólo fuera por su aspecto.

Continué leyendo. El arameo, como el hebreo, no utilizaba vocales. Tenías que añadirlas tú mismo. Complicado, porque antes tenías que saber qué palabra era antes de poder leerla. Por lo tanto, MLK podía ser milk, milik, malik o cualquier otra combinación, y ninguna significaba nada. Para mí no, al menos, que era lo único importante. No obstante, seguí pensando, intentando extraer un sentido de las letras. Milok. Molak. Molek…

Una vez más, algo destelló en el fondo de mi cerebro, lo agarré, lo saqué a la luz y lo examiné. Era el rey Salomón otra vez. Justo antes de que matara a su hermano por llevar la maldad dentro, había construido un templo a Moloch. Y, por supuesto, la ortografía alternativa preferente de Moloch era Molek, conocido como el detestable dios de los amonitas.

Esta vez busqué «culto a Moloch», y examiné una docena de webs que no venían al caso hasta localizar algunas que me contaron lo mismo: el culto se caracterizaba por una eufórica pérdida de control y terminaba con un sacrificio humano. Al parecer, la gente era azotada hasta el paroxismo, y no se daba cuenta de que el pequeño Jimmy había sido asesinado y asado, no necesariamente en este orden.

Bien, no entiendo lo de la pérdida de control eufórica, aunque he asistido a partidos de fútbol americano en el Orange Bowl. Admito que sentía curiosidad: ¿cómo funcionaba ese truco? Leí un poco más, y descubrí que había música asociada, música tan irresistible que el frenesí era casi automático. Cómo ocurría esto era un poco ambiguo. La lectura más esclarecedora que encontré, de un texto arameo traducido con montones de notas a pie de página, decía que «Moloch les enviaba música». Supuse que eso significaba una banda de sacerdotes que desfilaban por las calles con tambores y trompetas…

¿Por qué tambores y trompetas, Dexter?

Porque eso era lo que había oído en mi sueño. Tambores y trompetas que se fundían con un alegre coro de cánticos, y la sensación de que el goce eterno puro esperaba al otro lado de la puerta.

Lo cual parecía una definición muy buena de pérdida de control eufórica, ¿verdad?

De acuerdo, razoné: digamos que Moloch ha vuelto. O puede que no se marchara jamás. De modo que un detestable dios de la Biblia con tres mil años a cuestas estaba enviando música con el fin de, hum… ¿Qué, exactamente? ¿Robarme al Oscuro Pasajero? ¿Matar a jovencitas de Miami, la Gomorra moderna? Incluso intenté encajar en el rompecabezas lo que había pensado en el museo. Salomón poseía el Oscuro Pasajero original, que ahora había venido a Miami, y como un león macho que tomara el poder de una manada, intentaba matar a los Pasajeros del lugar, porque, hum… ¿Por qué, exactamente?

¿O debía creer que los malos del Antiguo Testamento habían viajado en el tiempo para cazarme? ¿No sería más sensato reservarme una camisa de fuerza ahora mismo?

Examiné el problema desde todos los ángulos y no llegué a ninguna conclusión. Era posible que mi cerebro estuviera empezando a desmoronarse, junto con el resto de mi vida. Tal vez sólo estaba cansado. Fuera como fuera, nada era lógico. Necesitaba saber más sobre Moloch. Y como estaba sentado delante del ordenador, me pregunté si Moloch tendría su propia página web.

Tardé sólo un momento en averiguarlo, así que seguí tecleando, repasé la lista de blogs autocompasivos, imbuidos de su propia importancia, juegos de fantasía online y fantasías paranoicas esotéricas, hasta que encontré uno que me pareció probable. Cuando cliqué en el vínculo, una imagen empezó a formarse muy lentamente, y después…

El poderoso y profundo redoblar de tambores, trompetas insistentes que se alzaban tras el ritmo vibrante, hasta alcanzar un punto en el que las voces ya no pueden contenerse y claman la anticipación de una dicha inimaginable. Era la música que había oído en mi sueño.

Después, el lento emerger de una cabeza de toro en llamas, en mitad de la página, con dos manos levantadas al lado y las mismas tres letras arameas encima.

Miré y parpadeé con el cursor, sintiendo todavía el impacto de la música, que me elevaba hacia gloriosas cúspides de un éxtasis desconocido, el cual era una promesa de todo el placer cegador en un mundo de secreto goce. Por primera vez desde que podía recordar, mientras estas extrañas y apasionadas sensaciones se derramaban sobre mí, me atravesaban y se desvanecían al fin, por primera vez sentí algo nuevo, diferente y desagradable.

Tenía miedo.

No podía decir por qué ni de qué, lo cual empeoraba todavía más la sensación, un solitario miedo desconocido que recorría mi interior y resonaba en los lugares vacíos y borraba todo, salvo la imagen de aquella cabeza de toro y el miedo.

«Esto no es nada, Dexter», me dije. «La imagen de un animal y unas notas aleatorias de una música no demasiado buena.» Y me di toda la razón…, pero no conseguía que mis manos se atuvieran a razones y se despegaran de mi regazo. Algo de este cruce entre los mundos del sueño y la vigilia, en apariencia no conectados, imposibilitaba distinguirlos, como si cualquier cosa que apareciera en mi sueño, y luego en el ordenador de mi trabajo, fuera demasiado poderoso para oponer resistencia y no tuviera la menor posibilidad de combatirlo, sino tan sólo ver cómo me arrastraba hasta las llamas.

No había una voz negra y poderosa en mi interior que me convirtiera en acero y me arrojara como una lanza contra lo que fuera. Estaba solo, asustado, indefenso, desorientado. Dexter en la oscuridad, con el hombre del saco y todos sus secuaces desconocidos debajo de la cama, preparados para sacarme de este mundo y arrastrarme hacia la tierra quemada del dolor aterrorizado.

Con un movimiento que distó mucho de ser elegante, arranqué el cable del ordenador del enchufe de la pared y, al tiempo que respiraba con rapidez, como si alguien hubiera enganchado electrodos a mis músculos, eché hacia atrás la silla de nuevo, con tal rapidez y torpeza que el enchufe salió disparado hacia atrás y me golpeó en la frente, justo encima de la ceja izquierda.

Durante varios minutos no hice otra cosa que respirar y mirar, mientras el sudor resbalaba por mi cara y caía sobre el escritorio. No tenía ni idea de por qué había saltado de la silla como una barracuda enganchada con garfios y había arrancado el cable de la pared, aparte de que, por algún motivo, había creído que debía hacer eso o morir, y no entendía de dónde había surgido esa idea, pero el hecho es que era una materialización de la nueva oscuridad que se extendía entre mis oídos y me había aplastado con su perentoriedad.

Seguí sentado en mi silenciosa oficina, con la vista clavada en la pantalla muerta, mientras me preguntaba quién era yo y qué acababa de pasar.

Yo nunca tenía miedo. El miedo era una emoción, y Dexter no tenía. Tener miedo de una página web era tan estúpido y absurdo que no había adjetivos para ello. Y yo no actuaba de manera irracional, excepto cuando imitaba a los seres humanos.

Entonces, ¿por qué había tirado del cable, y por qué estaban temblando mis manos, todo por culpa de una alegre cancioncilla y una vaca de dibujos animados?

No había respuestas, y ya no estaba seguro de desear encontrarlas.

Me fui a casa, convencido de que me seguían, aunque el espejo retrovisor no mostró nada durante todo el camino.

El otro era muy especial, con una resistencia que el Vigilante no había visto desde hacía mucho tiempo. Éste estaba resultando ser muchísimo más interesante que algunos del pasado. Empezó a sentir algo que podría llamarse parentesco con el otro. Qué triste, la verdad. Ojalá las cosas hubieran salido de una manera diferente. Pero existía cierta belleza en el destino ineludible del otro, y eso también era bueno.

Incluso siguiéndole desde tan lejos detectó señales de que los nervios del otro empezaban a verse afectados. Aceleraba y aminoraba la velocidad, toqueteaba los espejos. Bien. La inquietud no era más que el comienzo. Necesitaba conseguir que se sintiera mucho más que inquieto, y lo conseguiría. Pero antes era esencial asegurarse de que el otro sabía lo que se avecinaba. Y hasta el momento, pese a las pistas, no parecía haberlo descubierto.

Muy bien. El Vigilante se limitaría a repetir la pauta, hasta que el otro se diera cuenta de la clase de poder que le perseguía. Después, no tendría alternativa. Acudiría como una alegre oveja al matadero.

Hasta entonces, incluso la vigilancia tenía un propósito: hacerle saber que le vigilaban. No le serviría de nada, aunque viera la cara que le vigilaba.

Las caras pueden cambiar. Pero la vigilancia no.

20

Aquella noche no dormí, por supuesto. El día siguiente, domingo, transcurrió en una neblina de fatiga y angustia. Llevé a Cody y a Astor a un parque cercano y me senté en un banco, mientras intentaba extraer un sentido de la montaña de información inútil y conjeturas que había acumulado hasta el momento. Las piezas se negaban a encajar en cualquier imagen lógica. Aunque las ordenara en una teoría semicoherente, no me revelarían nada que me ayudara a encontrar a mi Pasajero.

Lo mejor que logré fue una especie de idea a medio formar acerca de que el Oscuro Pasajero y los demás como él llevaban en el mundo al menos tres mil años. Pero por qué el mío había huido de alguno de ellos era imposible saberlo, sobre todo porque me había topado antes con otros sin otra reacción que un escalofrío. Mi idea del nuevo papá león parecía inverosímil bajo la agradable luz del sol del parque, con el fondo de las amenazas que se proferían mutuamente los niños. Desde un punto de vista estadístico, la mitad tenían papás nuevos, basándome en la tasa de divorcios, y daba la impresión de que estaban en plena forma.

Dejé que la desesperación me invadiera, una sensación que parecía un poco absurda en la tarde estupenda de Miami. El Pasajero había desaparecido, yo estaba solo, y la única solución que se me había ocurrido era la de asistir a clases de arameo. Sólo podía confiar en que un fragmento de aguas residuales congeladas cayera desde un avión sobre mi cabeza y acabara con mis desdichas. Alcé la vista esperanzado, pero no hubo suerte.

Otra noche de insomnio a medias, interrumpida tan sólo por la repetición de la extraña música que se filtraba en mi sueño y me despertaba. Me sentaba en la cama con la intención de seguirla. No tenía ni idea de por qué me parecía tan importante hacerlo, y aún menos de adonde quería llevarme, pero por lo visto lo hacía. No cabía duda de que me estaba desmoronando, cayendo pendiente abajo en una locura gris y vacía.

El lunes por la mañana, un desconcertado y apalizado Dexter entró tambaleante en la cocina, donde fui asaltado de inmediato con desmedida violencia por Huracán Rita, quien se abalanzó sobre mí agitando un fajo de papeles y cedes.

—He de saber tu opinión —dijo, y se me ocurrió que eso, precisamente, era algo que no debía saber, teniendo en cuenta mis lúgubres pensamientos, pero antes de poder idear una débil objeción, me sentó en una silla de la cocina y empezó a esparcir documentos.

—Estos son los arreglos florales que Hans quiere utilizar —empezó, al tiempo que me mostraba una serie de fotos que, en efecto, eran de naturaleza floral—. Éste es para el altar. Tal vez sea algo pequeño, oh, no lo sé —clamó desesperada—. ¿Alguien hará chistes sobre que hay demasiado blanco?

Aunque soy famoso por mi fino sentido del humor, muy pocos chistes basados en el color acudieron a mi mente, pero antes de que pudiera tranquilizarla acerca del tema, Rita ya estaba pasando páginas.

—Da igual —se resignó—. Esto es la disposición de cada comensal en la mesa. Que por suerte hace juego con lo que hará Manny Borque. ¿Y si le decimos a Vince que lo consulte con él?

—Bien —dije.

—Oh, Señor, mira la hora —dijo Rita, y antes de que yo pudiera añadir ni una sílaba más, dejó caer una pila de cedes sobre mi regazo—. Lo he reducido a seis bandas —dijo—. ¿Puedes escuchar éstos hoy y darme tu opinión? Gracias, Dex —continuó sin parar, se inclinó para darme un beso en la mejilla y se encaminó hacia la puerta, pasando ya a su siguiente punto de la lista—. Cody —llamó—. Es hora de irnos, cariño. Vámonos.

Otros tres minutos de alboroto, cuyo momento álgido tuvo lugar cuando Cody y Astor asomaron la cabeza en la cocina para decir adiós, y después la puerta de la calle se cerró y reinó el silencio.

Y en el silencio creí oír, como había sucedido durante la noche, el tenue eco de la música. Sabía que debería saltar de mi silla y salir como una exhalación por la puerta con el sable entre los clientes, salir a la luz brillante del día y encontrar esa cosa, fuera lo que fuera, acorralarla en su madriguera y matarla, pero no podía.

La web de Moloch me había metido el miedo en el cuerpo, y aunque sabía que era absurdo, equivocado, contraproducente e indigno de Dexter, no podía evitarlo. Moloch. Un nombre antiguo tontorrón. Un viejo mito que había desaparecido miles de años antes, derribado junto con el templo de Salomón. No era nada, un producto de la imaginación prehistórica, menos que nada…, pero yo le tenía miedo.

No cabía otra posibilidad que dedicarme a mis tareas cotidianas con la cabeza gacha y la esperanza de que no me pillara, fuera lo que fuera. Estaba hecho polvo, y tal vez por eso me sentía más indefenso. Pero no lo creía. Tenía el presentimiento de que algo horrible estaba dando vueltas a mi alrededor, con su olfato impregnado de mi olor, y casi podía sentir ya sus dientes afilados en mi cuello. Mi única esperanza residía en que prolongara un poco más la situación, pero tarde o temprano sentiría sus garras sobre mí, y entonces yo también daría balidos, golpearía el polvo con mis pezuñas y moriría. No me quedaban arrestos. De hecho, no me quedaba nada, salvo una humanidad refleja que me impulsaba a ir a trabajar.

Cogí la pila de cedes de Rita y salí. Y cuando estaba girando la llave en la cerradura, un Avalon blanco se alejó con mucha lentitud del bordillo, con una insolencia que se abrió paso entre mi cansancio y desesperación, y me atravesó con un estremecimiento de terror en estado puro que me lanzó contra la puerta, mientras los cedes resbalaban de mis dedos y caían sobre el camino de entrada.

El coche subió lentamente por la calle, hasta llegar a la señal de stop. Lo seguí con la mirada, aturdido y sin fuerzas. Cuando sus luces de frenado se apagaron y empezó a atravesar el cruce, un pequeño fragmento de Dexter despertó con ira.

Pudo ser la absoluta falta de respeto y desvergüenza del Avalon, o quizá que necesitaba un chute de adrenalina como complemento de mi café de la mañana. Lo cierto es que despertó en mí una sensación de justa indignación, y antes de decidir qué iba a hacer ya lo estaba haciendo, correr por el camino de entrada hacia mi coche y saltar al asiento del conductor. Introduje la llave en el contacto, puse en marcha el motor y corrí tras el Avalon.

Hice caso omiso de la señal de stop, aceleré en el cruce y vi el coche cuando doblaba a la derecha, unas manzanas más adelante. Me lancé a una velocidad muy superior a la debida y lo vi doblar a la izquierda en dirección a la U.S. 1. Reduje distancias y aceleré, frenético por atraparlo antes de que se perdiera en el tráfico de la hora punta.

Me encontraba a sólo una manzana de distancia, cuando giró al norte por la U.S. 1 y yo lo seguí, sin hacer caso del chirriar de frenos y el coro ensordecedor de bocinazos de los demás conductores. El Avalon se hallaba a unos diez coches de distancia, y utilicé todos mis trucos de conductor de Miami para acercarme más, concentrado únicamente en la carretera, ajeno a las líneas que separaban los carriles, disfrutando incluso de la maravillosa creatividad del lenguaje que me envolvía desde los coches circundantes. El gusano se había transformado, y, aunque tal vez no contara con todos sus dientes, estaba preparado para la batalla, si bien ignoraba cómo combatían los gusanos. Yo estaba enfadado, otra novedad para mí. Me había vaciado de toda mi oscuridad, empujado hacia un rincón luminoso sobre el que todas las paredes se estaban cerrando, pero hasta aquí habíamos llegado. Dexter tenía que reaccionar. Y aunque no sabía muy bien qué haría cuando alcanzara al otro coche, estaba decidido a hacerlo.

Estaba a media manzana de distancia cuando el conductor del Avalon reparó en mi presencia y aceleró al instante. Se desvió hacia el carril situado más a la izquierda, con tan poco espacio que el coche de atrás tuvo que pisar el freno y derrapó quedando de costado. Los dos coches que le seguían se estrellaron contra él, y un gran rugido de bocinas y frenos martilleó en mis oídos. Encontré espacio suficiente a mi derecha para adelantar la colisión, y doblé de nuevo a la izquierda por el carril ahora despejado. El Avalon se hallaba a una manzana de distancia y aceleraba, pero yo pisé el pedal y le seguí.

Durante varias manzanas no varió el espacio que nos separaba. Entonces, el Avalon alcanzó el tráfico que iba por delante del accidente y yo me acerqué un poco más, hasta que sólo nos separaron dos coches, lo bastante cerca para ver un par de grandes gafas de sol que me miraban por el espejo lateral. Y cuando me coloqué a tan sólo un coche de distancia de su parachoques, dio un súbito volantazo a la izquierda, saltó por encima de la mediana y se sumergió de costado en el tráfico del otro lado. Pasé de largo antes de poder reaccionar. Casi pude oír sus carcajadas burlonas, mientras se alejaba hacia Homestead.

Pero me negué a tirar la toalla. No era que atrapar al otro coche fuera a proporcionarme respuestas, aunque probablemente fuera verdad. Tampoco estaba pensando en la justicia o en cualquier otro concepto abstracto. No, me impulsaba una rabia indignada, que surgía de algún rincón interior desconocido, fluía a través de mi cerebro de reptil hasta los nudillos. Lo que deseaba con todas mis fuerzas era sacar a aquel tipo de su maldito cochecito y hacerle una cara nueva. Era una sensación inédita, la idea de hacer daño impulsado por la ira, y era embriagadora, lo bastante potente para anular cualquier impulso lógico que me quedara y animarme a saltar la mediana en su persecución.

Mi coche emitió un ruido terrible cuando me subí a la mediana y pasé al otro lado, y a una hormigonera grande le faltaron veinte centímetros para dejarme como un sello de correos, pero yo continué impertérrito la persecución del Avalon en el tráfico más fluido que iba hacia el sur.

A lo lejos había varios puntos de color blanco móviles, cualquiera de los cuales podía ser mi presa. Pisé el acelerador y los seguí.

Los dioses del tráfico fueron misericordiosos conmigo, y me abrí paso entre los coches durante casi un kilómetro, hasta que me encontré con el primer semáforo en rojo. Varios coches en cada carril se pararon obedientes en el cruce, y no había forma de adelantarlos, salvo repetir el truco de saltar la mediana. Lo hice. Me metí en el cruce justo a tiempo de causar graves inconvenientes a un Hummer amarillo rabioso que, pobre, intentaba utilizar las carreteras de una manera racional. Dio un frenético bandazo para esquivarme, y casi lo logró. Se oyó un golpe sordo levísimo cuando golpeé su parachoques delantero, atravesé el cruce y seguí adelante, seguido por más música de bocinas y gritos.

El Avalon estaría a unos cuatrocientos metros de distancia, si todavía seguía en la U.S. 1, y no esperé a que la distancia aumentara. Aceleré mi fiel cochecito, y al cabo de medio minuto aparecieron ante mi vista dos coches blancos, un todoterreno Chevy y un mono-volumen. Mi Avalon no se veía por ninguna parte.

Disminuí la velocidad un momento, y con el rabillo del ojo lo vi de nuevo, rodeando un supermercado por un pequeño aparcamiento situado a su derecha. Pisé el acelerador, crucé dos carriles y entré en el aparcamiento. El conductor del otro coche vio que me acercaba. Aceleró y salió a la calle que corría en perpendicular a la U.S. 1, alejándose hacia el este a toda velocidad. Atravesé el aparcamiento y le seguí.

Me precedió a través de una zona residencial durante unos dos kilómetros, después tomó una curva y dejó atrás un parque donde estaban jugando los niños de una guardería. Me acerqué un poco más, justo a tiempo de ver que una mujer que sostenía a un bebé y guiaba a otros dos niños salía a la calle delante de nosotros.

El Avalon aceleró y se subió a la acera, y la mujer continuó atravesando con parsimonia la calle, mientras me miraba como si yo fuera una cartelera que no consiguiera leer. Giré para pasar por detrás de ella, pero uno de los niños retrocedió de repente delante de mí y pisé el freno. Mi coche patinó, y por un momento dio la impresión de que iba a precipitarme sobre aquel puñado de estúpidos parados en la calle, que me miraban sin el menor interés. Por fin, mis neumáticos se clavaron al suelo y logré girar el volante, aceleré un poco y describí un veloz círculo sobre el césped de una casa que había enfrente del parque. Después, volví a la carretera entre una nube de hierba y proseguí la persecución del Avalon, que se había alejado bastante.

La distancia no se alteró durante varias manzanas más, hasta que tuve un golpe de suerte. El Avalon se saltó otra señal de stop, pero esta vez un coche de la policía salió tras él, conectó la sirena e inició la persecución. No estaba seguro de si debía sentirme contento por la compañía o celoso por la competición, pero en cualquier caso era mucho más fácil seguir las luces parpadeantes y la sirena, de modo que continué pegado a ellos.

Los otros dos coches tomaron una serie de curvas, y pensé que me estaba acercando un poco más, cuando el Avalon desapareció de repente y el coche patrulla se detuvo. Al cabo de unos segundos frené detrás y bajé.

El policía corría a través de un jardín atravesado por huellas de neumáticos, que iban por detrás de la casa y desaparecían en un canal. El Avalon estaba caído en el agua al otro lado, y mientras yo miraba, un hombre salió del coche a través de la ventanilla y nadó los pocos metros que le separaban de la orilla opuesta del canal. El policía vaciló, y después saltó y nadó hacia el coche medio hundido. Mientras tanto, oí el ruido de unos pesados neumáticos que chirriaban detrás de mí. Me volví para mirar.

Un Hummer amarillo se detuvo detrás de mi coche, y un hombre de rostro congestionado y pelo rubio saltó del coche y empezó a gritarme.

—¡Gilipollas, hijo de puta! —rugió—. ¡Me has jodido el coche! ¿Qué coño crees que estás haciendo?

Antes de que pudiera contestar, sonó mi móvil.

—Perdone —dije, y aunque parezca raro, el hombre del pelo rubio calló mientras yo contestaba.

—¿Dónde coño estás? —preguntó Deborah.

—En Cutler Ridge, mirando un canal —dije.

Hizo una pausa de un segundo completo.

—Bien —dijo—, vente inmediatamente para el campus. Tenemos otro cuerpo.

21

Tardé unos cuantos minutos en sacarme de encima al conductor del Hummer amarillo, y aún seguiría allí de no ser por el policía que había saltado al canal. Salió del agua por fin y se acercó adonde estaba yo, obligado a escuchar una ristra interminable de amenazas y obscenidades, ninguna demasiado original. Intenté ser educado (era evidente que el hombre tenía ganas de desahogarse, y no quería provocarle graves daños psicológicos si le reprimía), pero me reclamaban asuntos policiales urgentes, al fin y al cabo. Intenté subrayar ese punto, pero por lo visto era uno de esos individuos incapaces de gritar y atenerse a razones al mismo tiempo.

De modo que la aparición de un policía irritado y empapado significó una interrupción bienvenida en una conversación que empezaba a ser tediosa y unilateral.

—Me gustaría muchísimo saber qué ha descubierto sobre el conductor de ese coche — dije al policía.

—No lo dudo —dijo—. ¿Puedo ver su identificación, por favor?

—He de ir a la escena de un crimen —dije.

—Ya está en una —replicó. Le enseñé mis credenciales y las examinó con mucho detenimiento, dejando caer agua del canal sobre la foto plastificada. Por fin, asintió.

—De acuerdo, Morgan, largúese.

A juzgar por la reacción del conductor del Hummer, cualquiera diría que el policía acababa de sugerir que prendieran fuego al Papa.

Y el policía, bendito sea, se limitó a mirar al hombre, mientras continuaba chorreando agua.

—¿Puedo ver su permiso y el certificado de matriculación, señor? —le preguntó. Me pareció una frase muy adecuada para hacer un mutis, y aproveché la oportunidad.

Mi pobre y baqueteado coche estaba emitiendo ruidos de desdicha, pero de todos modos lo enfilé camino de la universidad. No tenía otra alternativa. Por averiado que estuviera, tenía que llevarme allí. Me sentía muy compenetrado con mi coche. Ambos éramos espléndidas piezas de maquinaria, despojados de nuestra belleza natural por circunstancias que escapaban a nuestro control. Era un tema maravilloso para la autocompasión, y me complací en ella varios minutos. La ira que había experimentado tan sólo unos minutos antes se había desvanecido, caída en el césped como el agua que empapaba el uniforme del policía. Ver al conductor del Avalon nadar hasta la orilla opuesta, salir y escapar me había despertado una sensación muy común en los últimos tiempos, la de estar a punto de atrapar algo que en el último momento se zafaba.

Y ahora teníamos un nuevo cadáver, y aún no habíamos decidido qué hacer con los otros. Estábamos quedando como un galgo en un canódromo, persiguiendo a un conejo que siempre va un paso adelante, y que lo burla cada vez que el pobre perro cree que va a hincarle el diente.

Había dos coches patrulla delante de la universidad, y los cuatro agentes ya habían acordonado la zona que rodeaba el Lowe Art Museum y alejado a la creciente multitud. Un policía rechoncho, de aspecto fuerte y con la cabeza rapada, salió a mi encuentro y señaló hacia la parte posterior del edificio.

El cuerpo se encontraba en una mata de arbustos, detrás de la galería. Deborah estaba hablando con alguien que parecía un estudiante, y Vince Masuoka estaba acuclillado al lado de la pierna izquierda del cuerpo, pinchando con un bolígrafo algo que llevaba en el tobillo. El cuerpo no podía verse desde la carretera, pero tampoco podía decirse que estuviera escondido. Era evidente que lo habían asado como a los demás, y estaba dispuesto como los otros dos, en una posición rígida con la cabeza sustituida por una cabeza de toro de cerámica. Una vez más, mientras la miraba, esperé por reflejo alguna reacción desde mi interior. Pero no oí nada, salvo el suave viento tropical que soplaba en mi cerebro. Aún estaba solo.

Mientras meditaba, Deborah se acercó rugiendo a todo volumen.

—Has tardado mucho —bramó—. ¿Dónde estabas?

—Clase de macramé —contesté—. ¿Igual que los demás?

—Eso parece. ¿Qué has encontrado, Masuoka?

—Creo que esta vez hemos tenido suerte —dijo Vince.

—Ya era hora, joder —dijo Deborah.

—Lleva una tobillera —explicó Vince—. Está hecha de platino, así que no se fundió. — Miró a Deborah y le dedicó una de sus terribles sonrisas falsas—. Pone Tammy.

Deborah frunció el ceño y miró hacia la puerta lateral de la galería. Un hombre alto, con chaqueta de sirsaca y pajarita, estaba hablando con un policía, y miraba angustiado a Deborah.

—¿Quién es ese tío? —preguntó a Vince.

—El profesor Keller —contestó Matsuoka—. Da clases de historia del arte. Él encontró el cuerpo.

Deborah, sin dejar de fruncir el ceño, indicó con un ademán al policía que el profesor se acercara.

—¿Profesor…? —dijo Deborah.

—Keller. Gus Keller —se presentó. Era un hombre apuesto de unos sesenta y pocos años, con lo que parecía una cicatriz de un duelo en la mejilla izquierda. No dio la impresión de ir a desmayarse por la presencia del cadáver.

—Así que usted encontró el cuerpo aquí —dijo Deb.

—Exacto —contestó—. Vine a ver una nueva exposición, de arte mesopotámico, muy interesante, y lo vi aquí, entre los arbustos. —Frunció el ceño—. Hará una hora, creo.

Deborah asintió como si ya lo supiera todo, incluido lo de la exposición de arte mesopotámico, un truco habitual de la policía para que la gente tuviera ganas de añadir nuevos detalles, sobre todo si eran un poco culpables. No dio la impresión de funcionar con Keller. Se limitó a esperar la siguiente pregunta, mientras Deborah se esforzaba en pensar en una. Estoy justamente orgulloso de mis habilidades sociales artificiales, que con tanto esfuerzo he conquistado, y no quería que el silencio llegara a ser embarazoso, así que carraspeé y Keller me miró.

—¿Qué puede decirnos sobre la cabeza de cerámica? —le pregunté—. Desde el punto de vista artístico.

Deborah me fulminó con la mirada; tal vez tuviera celos de que hubiera formulado la pregunta antes que ella.

—¿Desde el punto de vista artístico? Poca cosa —contestó Keller, mientras contemplaba la cabeza de toro—. Da la impresión de que la han hecho en un molde, en un horno de cerámica muy primitivo. Tal vez incluso en un horno doméstico grande. Desde el punto de vista histórico, no obstante, es mucho más interesante.

—¿Qué quiere decir? —preguntó con brusquedad Deborah, y el hombre se encogió de hombros.

—Bien, no es perfecta —respondió Keller—, pero alguien ha intentado recrear un diseño estilizado muy antiguo.

—¿Cómo de antiguo? —preguntó Deborah. Keller enarcó una ceja y se encogió de hombros, como diciéndole que se había equivocado de pregunta, pero contestó de todos modos.

—Tres o cuatro mil años —dijo.

—Eso es muy antiguo —tercié, y los dos me miraron, lo cual me condujo a pensar que debía añadir algo un poco más inteligente—. ¿De qué parte del mundo procede?

Keller asintió. Yo volvía a ser inteligente.

—Oriente Próximo —dijo—. Encontramos un motivo similar en Babilonia, y aún más pretérito en Jerusalén. La cabeza de toro está relacionada con el culto a uno de los dioses primitivos. Uno muy desagradable, la verdad.

—Moloch —aventuré, y la garganta me dolió cuando pronuncié ese nombre.

Deborah me fulminó con la mirada, absolutamente segura ya de que le había ocultado algo, pero miró a Keller cuando el hombre siguió hablando.

—Sí, exacto —corroboró éste—. A Moloch le gustaban los sacrificios humanos. Sobre todo de niños. Era el trato habitual: sacrificabas a tu hijo, y él garantizaba una buena cosecha o la victoria sobre tus enemigos.

—Bien, pues creo que este año vamos a tener una cosecha muy buena —dije, pero ninguno de los dos me dedicó ni la sombra de una sonrisa. Vaya, haces lo que puedes por alegrar un poco este deprimente mundo, y si la gente se niega a reaccionar a tus esfuerzos, ellos se lo pierden.

—¿Cuál es el propósito de quemar los cuerpos? —preguntó Deborah.

Keller sonrió un momento, como agradeciendo la pregunta.

—Esa es la clave de todo el ritual —respondió—. Había una gigantesca estatua de Moloch, con cabeza de toro, que era en realidad un horno.

Pensé en Halpern y en su «sueño». ¿Conocía la existencia de Moloch, o le había llegado como la música a mí? ¿O bien Deborah tenía razón desde el primer momento, y había acudido a la estatua y asesinado a las chicas, por improbable que pareciera ahora?

—Un horno —dijo Deborah, y Keller asintió—. ¿Y arrojaban los cuerpos allí? — preguntó, con una expresión reveladora de que le costaba creerlo, y de que todo era culpa del profesor.

—Oh, era mucho mejor que eso —comentó Keller—. Se producía un milagro durante el ritual. Era una patraña muy sofisticada, en realidad. Por eso Moloch gozó de tanta popularidad. Era convincente, y emocionante. La estatua tenía brazos que se extendían hacia la congregación. Cuando depositabas el sacrificio en sus brazos, daba la impresión de que Moloch cobraba vida y devoraba el sacrificio. Los brazos alzaban lentamente a la víctima y la depositaban en su boca.

—Para ir a parar al horno —dije, reticente a que me volvieran a ningunear—, mientras sonaba la música.

Deborah me miró de una manera extraña, y me di cuenta de que nadie había hablado de la música, pero Keller se encogió de hombros y contestó.

—Sí, exacto. Trompetas y tambores, cánticos, todo muy hipnótico. El climax llegaba cuando el dios alzaba el cuerpo hacia su boca y lo dejaba caer. Dentro de la boca y al interior del horno. Vivo. No debía de ser muy divertido para la víctima.

Creí en las palabras de Keller. Oí el suave retumbar de tambores a lo lejos, y tampoco resultó muy divertido para mí.

—¿Alguien adora todavía a ese tipo? —preguntó Deborah.

Keller meneó la cabeza.

—Por lo que yo sé, el culto cesó hace más de dos mil años. —Bien, qué coño —dijo Deborah—. ¿Quién está haciendo esto?

—No es ningún secreto —precisó Keller—. Es una parte de la historia muy bien documentada. Cualquiera habría podido investigar un poco, y descubrir lo suficiente para hacer algo así.

—Pero ¿por qué? —preguntó Deborah.

Keller sonrió cortésmente.

—Estoy seguro de que no lo sé —contestó.

—¿Y de qué coño me sirve esto? —protestó Deborah, en un tono que sugería que era Keller quien debía aportar una respuesta.

El hombre le dedicó una amable sonrisa de profesor.

—Nunca está de más aprender cosas —dijo.

—Por ejemplo —intervine—, sabemos que en algún sitio tiene que haber una gran estatua de un toro con un horno dentro.

Deborah se volvió para mirarme.

—Halpern —le dije en voz baja. Parpadeó y me di cuenta de que aún no había pensado en eso.

—¿Crees que no fue un sueño? —preguntó.

—No sé qué pensar —contesté—, pero si alguien está ofreciendo en serio estos sacrificios a Moloch, ¿por qué no va a hacerlo con las herramientas adecuadas?

—Maldita sea —masculló Deborah—. Pero ¿dónde esconderías algo así?

Keller tosió con cierta delicadeza.

—Temo que no sólo se trata de eso —terció.

—¿Qué quiere decir? —preguntó Deborah.

—Bien, tendría que disimular también el olor —dijo—. El olor de cuerpos humanos asados. Perdura, y es difícil de olvidar.

Parecía un poco confundido, y se encogió de hombros.

—Bien, así que estamos buscando una gigantesca estatua maloliente con un horno dentro —dije en tono jovial—. No debería ser difícil encontrarla.

Deborah me traspasó con la mirada, y una vez más me sentí un poco decepcionado por su enfoque pesimista de la vida, sobre todo porque, casi con toda certeza, me reuniría con ella como residente permanente en el País de la Melancolía si el Oscuro Pasajero se negaba a portarse bien y a salir de su escondite.

—Profesor Keller —dijo, dando la vuelta y rematando el abandono de su pobre hermano—, ¿puede decirnos algo más sobre esta mierda del toro que pueda ayudarnos?

Era un comentario lo bastante inteligente para resultar alentador, y casi deseé haberlo dicho yo, pero por lo visto no obró efecto en Keller, ni siquiera en la propia Deborah, que parecía no darse cuenta de que había dicho algo notable. Keller se limitó a negar con la cabeza.

—Por desgracia no es mi especialidad —respondió—. Sólo conozco los detalles relacionados con la historia del arte. Tendría que preguntar a alguien de filosofía o de religiones comparadas.

—Como el profesor Halpern —susurré de nuevo, y Deborah asintió, sin abandonar su mirada asesina.

Dio media vuelta para marcharse, pero por suerte recordó sus buenos modales a tiempo. Se volvió hacia Keller.

—Nos ha sido de gran ayuda, doctor Keller —dijo—. Si se le ocurre algo más, avíseme.

—Por supuesto —contestó. Debs me agarró del brazo y me arrastró hacia delante.

—¿Vamos a volver al despacho del secretario? —pregunté cortésmente, mientras el brazo se me entumecía.

—Sí —confirmó—, pero si hay una Tammy matriculada en una de las clases de Halpern, no sé qué voy a hacer.

Liberé los restos del brazo de su presa.

—¿Y si no hay ninguna?

Meneó la cabeza.

—Vamos —dijo.

Pero cuando pasé al lado del cadáver, algo aferró la pernera de mis pantalones, y bajé la vista.

—Aj —exclamó Vince. Carraspeó—. Dexter —dijo, y enarcó una ceja. Enrojeció y soltó mis pantalones—. He de hablar contigo.

—Faltaría más —contesté—. ¿Puede esperar?

Negó con la cabeza.

—Es muy importante —insistió.

—Bien, pues, adelante. —Retrocedí tres pasos, hasta donde seguía acuclillado junto al cadáver—. ¿Qué pasa?

Desvió la vista, y aunque era improbable que demostrara emociones verdaderas, enrojeció todavía más.

—He hablado con Manny —anunció.

—Maravilloso. Y aún conservas todos tus miembros.

—El, hum… Quiere introducir algunos cambios. Hum. En el menú. Tu menú. De la boda.

—Aja —dije, aunque quede muy trillado decir «aja» junto a un cadáver. No pude reprimirme—. Por casualidad, ¿se trata de cambios caros?

Vince se negó a mirarme. Asintió.

—Sí —admitió—. Dijo que ha tenido una inspiración. Algo muy nuevo y diferente.

—Me parece fantástico —dije—, pero creo que no puedo permitirme la inspiración. Hemos de decirle que no.

Vince meneó la cabeza de nuevo.

—No lo entiendes. Sólo llamó porque le caes bien. Dice que el contrato le da libertad para hacer lo que le dé la gana.

—¿Y quiere subir el precio un poco?

Vince estaba escarlata. Murmuró algunas sílabas e intentó desviar la vista todavía más.

—¿Qué? —le pregunté—. ¿Qué has dicho?

—Más o menos el doble —dijo en voz muy baja, pero al menos audible.

—El doble —dije.

—Sí.

—Eso son quinientos dólares por cubierto —dije.

—Estoy seguro de que será estupendo —dijo Vince, al rojo vivo.

—Por quinientos dólares el cubierto debería ser mucho más que estupendo. Debería aparcar los coches, fregar el suelo y dar un masaje en la espalda a todos los invitados.

—Será el no va más, Dexter. Es posible que tu boda salga en alguna revista.

—Sí, y será probablemente en Bancarrota Hoy. Hemos de hablar con él, Vince.

Negó con la cabeza y siguió contemplando la hierba.

—No puedo —afirmó categórico.

Los humanos son combinaciones maravillosas de estupidez, ignorancia e imbecilidad, ¿verdad? Incluso los que fingen casi siempre, como Vince. Ahí lo teníamos, un intrépido técnico forense, a escasos centímetros de un cuerpo atrozmente mutilado, que no le afectaba más que el tocón de un árbol, pero se quedaba paralizado de terror cuando pensaba en plantar cara a un hombre diminuto que se ganaba la vida esculpiendo chocolate.

—De acuerdo —acepté—. Yo mismo hablaré con él.

Me miró por fin.

—Ve con cuidado, Dexter —dijo.

22

Alcancé a Deborah cuando estaba dando la vuelta a su coche, y por suerte esperó el tiempo suficiente para que yo subiera, para luego dirigirnos a la oficina del secretario. No dijo nada durante el breve trayecto, y yo estaba demasiado preocupado por mis problemas para concederle importancia.

Una rápida búsqueda en los registros con mi nueva amiga de la oficina del secretario no dio como resultado ninguna Tammy en las clases de Halpern. Pero Deborah, que no dejaba de pasear de un lado a otro mientras esperaba, estaba preparada para eso.

—Prueba el último semestre.

Lo hice. Nada.

—De acuerdo —dijo con el ceño fruncido—. Prueba con las clases de Wilkins.

Una idea encantadora, y para demostrarlo obtuve un éxito inmediato: la señorita Connor iba al seminario de Wilkins de ética de las situaciones.

—Muy bien —dijo Deborah—. Consigue la dirección.

Tammy Connor vivía en un colegio mayor que se hallaba a tan sólo unos minutos de distancia, y Deborah no perdió tiempo en trasladarnos y aparcar ilegalmente delante. Bajó del coche y corrió hacia la puerta principal antes de que yo consiguiera abrir la puerta, pero la seguí a la mayor velocidad posible.

La habitación estaba en el tercer piso. Deborah optó por subir los escalones de dos en dos, en lugar de perder tiempo pulsando el botón del ascensor, y como eso me iba a dejar sin aliento para protestar, no lo hice. Llegué justo a tiempo de ver que la puerta de la habitación de Tammy se abría y dejaba al descubierto a una muchacha corpulenta de pelo oscuro y gafas.

—¿Sí? —dijo, y miró a Deborah con el ceño fruncido.

Deborah le enseñó su placa.

—¿Tammy Connor? —preguntó.

La chica lanzó una exclamación ahogada y se llevó una mano a la garganta.

—Oh, Dios, lo sabía —dijo. Deborah asintió.

—¿Es usted Tammy Connor, señorita?

—No. No, claro que no —dijo la chica—. Soy Allison, su compañera de cuarto.

—¿Sabe dónde está Tammy, Allison?

La chica se mordisqueó el labio inferior mientras sacudía vigorosamente la cabeza.

—No —respondió.

—¿Desde cuándo está desaparecida? —preguntó Deborah.

—Dos días.

—¿Dos días? —preguntó Deborah, y enarcó las cejas—. ¿Es normal eso?

Dio la impresión de que Allison iba a devorarse el labio, pero sólo lo siguió mordisqueando, aunque paró para soltar: —No debo decir nada. Deborah la miró durante un rato.

—Creo que vas a tener que decir algo. Creemos que Tammy puede haberse metido en un buen lío.

Eso me pareció una forma suave de decir que la creíamos muerta, pero lo dejé pasar, pues iba a obrar un profundo efecto en Allison.

—Oh —dijo, y empezó a dar saltitos—. Oh, oh, sabía que esto pasaría.

—¿Qué creías que pasaría? —le pregunté.

—Que los pillarían. Se lo dije.

—Estoy seguro. ¿Por qué no nos lo dices a nosotros también? Saltó con mayor rapidez.

—Oh —repitió, y después gorjeó—: Mantiene relaciones con un profesor. ¡Oh, Dios, me matará por esto! Pensé que Tammy no iba a matar a nadie.

—¿Tammy llevaba joyas? —pregunté para asegurarme. Me miró como si estuviera loco.

—¿Joyas? —repitió, como si fuera una palabra de un idioma extranjero, arameo, quizá.

—Sí, eso —la alenté—. Anillos, brazaletes… Algo por el estilo.

—¿Se refiere a su tobillera? —preguntó Allison, muy servicial.

—Sí, exacto —dije—. ¿Llevaba algo grabado?

—Pss, su nombre —dijo—. Oh, Dios, se va a cabrear conmigo.

—¿Sabes con qué profesor mantenía relaciones, Allison? —preguntó Deborah.

Allison volvió a sacudir la cabeza.

—No debería decirlo —contestó.

—¿Con el profesor Wilkins? —pregunté, y aunque Deborah me fulminó con la mirada, la reacción de Allison fue mucho más gratificante.

—Oh, Dios —exclame»—. Juro que no he dicho nada.

Una llamada de móvil nos consiguió la dirección de Coconut Grove donde el doctor Wilkins tenía su humilde morada. Era en una zona llamada Los Amarraderos, lo cual significaba que, o bien mi alma mater pagaba mucho más a los profesores que antes, o el profesor Wilkins contaba con medios independientes. Cuando doblamos la esquina, empezó la lluvia de la tarde, que caía sobre la calle en cortinas inclinadas. Disminuía hasta que sólo caían unas gotas, y luego arreciaba de nuevo.

Localizamos la casa con facilidad. El número estaba en el muro amarillo de dos metros de altura que rodeaba la casa. Una puerta de hierro forjado separaba la calle del camino de entrada. Deborah paró delante y aparcó en la calle. Bajamos y miramos a través de la puerta. Era una casa bastante modesta, no tendría más de 1.200 metros cuadrados, y estaba situada a unos 70 metros del agua, de modo que, a lo mejor, Wilkins no era tan rico.

Mientras mirábamos, pensando en cómo avisar de que habíamos llegado y deseábamos entrar, la puerta principal se abrió y salió un hombre, cubierto con un impermeable amarillo. Se dirigió al coche aparcado en el camino de entrada, un Lexus azul.

Deborah alzó la voz y llamó.

—¿Profesor? ¿Profesor Wilkins?

El hombre nos miró desde debajo de la capucha.

—¿Sí?

—¿Podemos hablar con usted un momento, por favor? —preguntó Deborah.

Se acercó a nosotros con parsimonia, la cabeza ladeada para mirar a Deborah.

—Eso depende. ¿Quiénes son ustedes?

Deborah buscó la placa en el bolsillo y el profesor Wilkins se detuvo con cautela, sin duda preocupado por si sacaba una granada de mano.

—Somos policías —le tranquilizó ella.

—¿Los dos? —preguntó el hombre, y se volvió hacia mí con media sonrisa que se congeló en cuanto me vio, vaciló, y después se prolongó como una sonrisa muy falsa. Como soy un experto en fingir emociones y expresiones, no me cupo la menor duda: verme le había sobresaltado, y lo estaba disimulando fingiendo una sonrisa. Pero ¿por qué? Si era culpable, la idea de tener a la policía en la puerta debía ser peor que la de tener a Dexter en la puerta. Miró a Deborah.

—Ah, sí, ya nos encontramos una vez, delante de mi despacho.

—Exacto —dijo Deborah, mientras extraía por fin la placa.

—Lo siento, ¿tardaremos mucho? Tengo un poco de prisa —dijo.

—Sólo serán un par de preguntas, profesor —respondió Deborah—. Un minuto o así.

—Bien —aceptó, mientras pasaba la vista de la placa a mi rostro, y la desviaba enseguida—. De acuerdo. —Abrió la puerta para dejarnos pasar—. ¿Quieren entrar?

Aunque ya estábamos empapados, parecía una buena idea protegernos de la lluvia, y seguimos a Wilkins hasta su casa.

El interior era de un estilo que reconocí como el clásico Informal de Rico de Coconut Grove. No había visto un ejemplo comparable desde que era pequeño, cuando Corrupción en Miami Moderno se convirtió en la pauta dominante de la zona. Pero esto era de la vieja escuela, y me trajo recuerdos de cuando la zona se llamaba Nut Grove{Bosquecillo de chiflados. (N. del T.)} debido a su talante bohemio y permisivo.

Los suelos eran de baldosas marrón rojizo, lo bastante relucientes para afeitarse delante de cualquiera de ellas, y había una zona de estar que consistía en un sofá de piel y dos butacas a juego, a la derecha, junto a una gran cristalera. Al lado de la ventana había un mueble bar con un enfriador de vinos incorporado y acristalado, y un cuadro abstracto de un desnudo colgado en la pared.

Wilkins nos guió hasta el sofá, dejando atrás un par de macetas con plantas, y vaciló un par de pasos después.

—Ah —dijo, mientras se echaba hacia atrás la capucha del impermeable—, estamos un poco mojados para los muebles de piel. ¿Puedo ofrecerles un taburete?

Indicó el bar.

Miré a Deborah, quien se encogió de hombros.

—Nos quedaremos de pie. Sólo será un momento.

—De acuerdo —dijo Wilkins. Se cruzó de brazos y sonrió a Deborah—. ¿Qué es tan importante para enviar a alguien como usted con este tiempo? —preguntó.

Deborah se ruborizó un poco, ya fuera debido a la irritación ya a otra cosa que fui incapaz de definir.

—¿Desde cuándo se acuesta con Tammy Connor? —preguntó Deborah.

Wilkins perdió su expresión risueña, y por un momento se pintó en su rostro una expresión muy fría y desagradable.

—¿Dónde ha oído eso? —preguntó.

Comprendí que ella estaba intentando desconcertarle un poco, y como es una de mis especialidades intervine.

—¿Tendrá que vender esta casa si no consigue el empleo de profesor numerario? — pregunté.

Sus ojos se anclaron en los míos, y su mirada fue de lo más desagradable. De todos modos, se mordió la lengua.

—Tendría que haberlo imaginado —dijo—. Así que eso es lo que ha confesado Halpern en la cárcel, ¿eh? «Wilkins lo hizo».

—¿Entonces no mantenía relaciones con Tammy Connor? —le preguntó mi hermana.

Wilkins volvió a mirarla y, con un visible esfuerzo, recuperó su sonrisa relajada. Meneó la cabeza.

—Lo siento —dijo—. No me acostumbro a usted como la policía mala. Supongo que es una técnica muy útil para los dos, ¿no?

—Hasta el momento, no —intervine—. No ha contestado a ninguna pregunta.

Asintió.

—De acuerdo —dijo—. ¿Les dijo Halpern que entró por la fuerza en mi despacho? Le descubrí escondido debajo del escritorio. Dios sabe qué estaba haciendo allí.

—¿Por qué cree que entró en su despacho? —le preguntó Deborah.

Wilkins se encogió de hombros.

—Dijo que yo había saboteado su ponencia.

—¿Lo hizo?

Wilkins la miró, y después desvió la vista hacia mí durante un desagradable minuto, hasta que volvió a mirar a mi hermana.

—Agente —dijo—, estoy intentando colaborar al máximo, pero me ha acusado de tantas cosas diferentes que no estoy seguro de a cuál debo contestar.

—¿Es por eso que no ha contestado a ninguna? —le pregunté.

Wilkins no me hizo caso.

—Si es capaz de explicarme cómo encajan la ponencia de Halpern y Tammy Connor, será un placer ayudarles en lo que pueda. De lo contrario, me iré.

Deborah me miró, no sé si para pedir consejo o porque estaba cansada de mirar a Wilkins, de modo que le dediqué mi mejor encogimiento de hombros, y volvió a mirar a Wilkins.

—Tammy Connor ha muerto —dijo.

—¡Dios! —exclamó Wilkins—. ¿Cómo ha sucedido?

—Igual que Ariel Goldman —dijo Debs.

—Y usted las conocía a las dos —le espeté.

—Imagino que docenas de personas conocían a ambas. Incluido Jerry Halpern — comentó el hombre.

—¿El profesor Halpern asesinó a Tammy Connor, profesor Wilkins? —le preguntó mi hermana—. ¿Desde el centro de detención?

Se encogió de hombros.

—Sólo he dicho que él también las conocía.

—¿También mantenía relaciones con ella? —le pregunté.

Wilkins sonrió con suficiencia.

—Es probable que no. Con Tammy no, al menos.

—¿Qué significa eso, profesor? —le preguntó Deborah.

Wilkins se encogió de hombros.

—Sólo rumores, ya sabe. Los chicos hablan. Algunos creen que Halpern es gay.

—Menos competencia para usted —observé—. Como en el caso de Tammy Connor.

Wilkins me miró ceñudo, y estoy seguro de que me habría intimidado de ser estudiante de primero.

—Han de decidir si asesiné a mis estudiantes o me las tiré.

—¿Por qué no ambas cosas?

—¿Fue a la universidad? —me preguntó.

—Pues sí —contesté—. Fui a la universidad.

—Entonces debería saber que cierta clase de chicas acosan sexualmente a los profesores. Tammy tenía más de dieciocho años, y yo no estoy casado.

—¿No es poco ético acostarse con una estudiante? —le pregunté.

—Ex estudiante —corrigió—. Salí con ella después de las clases del último semestre. No hay ninguna ley que prohiba salir con una ex estudiante. Sobre todo si se te tira encima.

—Buena presa —dije.

—¿Saboteó la ponencia del profesor Halpern? —le preguntó Deborah.

Wilkins la miró y volvió a sonreír. Era maravilloso ver a alguien casi tan bueno como yo a la hora de cambiar de emociones con facilidad.

—Detective, ¿ha descubierto alguna pauta? —preguntó—. Escuche, Jerry Halpern es un tipo brillante, pero… no muy estable.

Con la presión que le agobia ahora, ha decidido que he montado una conspiración para acabar con él, yo sólito. —Se encogió de hombros—. Creo que no soy tan bueno —dijo con una leve sonrisa—. Al menos, no conspirando.

—¿Cree que Halpern asesinó a Tammy Connor y a las demás? —le preguntó Deborah.

—Yo no he dicho eso —respondió—. Pero es un psicótico. Yo no. —Dio un paso hacia la puerta y enarcó una ceja—. Y ahora, si no les importa, he de irme.

Mi hermana le dio una tarjeta.

—Gracias por su tiempo, profesor —le dijo—. Si se le ocurre algo que pueda ayudarnos, haga el favor de llamar.

—Desde luego —contestó, con la clase de sonrisa que causaba estragos en las discotecas, al tiempo que apoyaba una mano sobre su hombro. Deborah logró no encogerse—. La verdad es que me desagrada expulsarlos a la lluvia, pero…

Mi hermana escapó de su mano y se encaminó hacia la puerta. Yo la seguí. Wilkins nos guió hasta la puerta, subió al coche, dio marcha atrás en el camino de entrada y se marchó. Debs permaneció bajo la lluvia y se lo quedó mirando mientras Wilkins se alejaba, supongo que para ponerlo nervioso y conseguir que saltara del coche y confesara, pero teniendo en cuenta el tiempo que hacía, se me antojó un celo excesivo. Subí al coche y la esperé.

Cuando el Lexus azul desapareció, Deborah se sentó por fin a mi lado.

—Ese tipo me da escalofríos —dijo.

—¿Crees que es el asesino? —pregunté. Me provocaba una sensación extraña no saberlo, y me pregunté si alguien más había visto lo que había detrás de la máscara del depredador.

Deborah meneó la cabeza, irritada.

—Creo que es un tipo muy desagradable —comentó—. ¿Qué opinas?

—Estoy convencido de que tienes razón —dije.

—No le importó admitir su relación con Tammy Connor —dijo—. Entonces, ¿por qué mintió y dijo que fue a su clase el último semestre?

—¿Un acto reflejo? —pregunté—. ¿Porque está pendiente del contrato de profesor numerario?

Deborah tamborileó con los dedos sobre el volante, se inclinó hacia delante y puso en marcha el motor.

—Voy a ordenar que le sigan —dijo.

23

Una copia del informe sobre un incidente descansaba sobre mi escritorio cuando llegué por fin al trabajo, y comprendí que alguien esperaba de mí una actitud productiva para el día de hoy, pese a todo. Habían pasado tantas cosas durante las últimas horas, que era difícil hacerse a la idea de que casi toda la jornada laboral se cernía sobre mí con sus largos y afilados dientes, así que fui a buscar una taza de café antes de someterme a la esclavitud laboral. Casi había esperado que alguien hubiera traído donuts o galletas, pero era un pensamiento idiota, por supuesto. No quedaba otra cosa que una taza y media de café requemado y muy oscuro. Vertí un poco en una taza, dejé el resto para alguien muy desesperado y regresé a mi escritorio.

Recogí el informe y empecé a leerlo. Por lo visto, alguien había hundido un coche perteneciente a un tal señor Darius Starzak en un canal, para luego huir del escenario de los hechos. Invertí varios momentos en parpadear y beber el horrendo café hasta comprender que era el informe de mi incidente de la mañana, y varios minutos más en decidir qué iba a hacer al respecto.

Saber el nombre del propietario del vehículo no era suficiente para continuar la investigación. Casi nada, pues era muy probable que el coche fuera robado. Pero dar por sentado eso y no hacer nada era peor que intentarlo y salir con las manos vacías, de modo que me puse a trabajar una vez más en mi ordenador.

En primer lugar, la rutina habitual: la matrícula del coche, que aportó una dirección de Oíd Cuder Road, en un barrio bastante caro. A continuación, los antecedentes de la policía: multas de tráfico, mandamientos judiciales pendientes, pensiones alimenticias para hijos. No había nada. Por lo visto, el señor Starzak era un ciudadano modelo que no había tenido el menor contacto con el largo brazo de la ley.

Bien. Para empezar, el nombre, «Darius Starzak». Darius no era un nombre corriente, al menos en Estados Unidos. Comprobé los registros de inmigración. Aunque parezca sorprendente, lo localicé de inmediato.

Antes que nada, no era el señor Starzak, sino el doctor Starzak. Estaba doctorado en filosofía religiosa por la Universidad de Heidelberg, y hasta hacía unos años había dado clases en la Universidad de Cracovia. Un poco más de investigación reveló que había sido despedido por un escándalo incierto. No sé gran cosa de polaco, aunque puedo decir kielbasa{Salchicha de origen polaco. (N. del T.)} cuando voy a comprar comida preparada. Pero a menos que la traducción fuera muy errónea, Starzak había sido despedido por ser miembro de una sociedad ilegal.

El expediente no explicaba por qué un erudito europeo, que había perdido el trabajo por una razón misteriosa, deseaba seguirme y lanzar después su coche a un canal. Me parecía una omisión significativa. No obstante, imprimí la foto de Starzak del expediente de inmigración. Examiné la fotografía, mientras intentaba imaginarme la cara semioculta tras las grandes gafas de sol que había visto en el retrovisor lateral del Avalon. Podría ser él. Podría haber sido Elvis. Y, por lo que yo sabía, Elvis tenía tantos motivos para seguirme como Starzak.

Profundicé un poco más. No es fácil para un experto forense acceder a la Interpol sin una razón oficial, aunque sea encantador e inteligente. Pero después de jugar a mi versión online de dar esquinazo durante unos minutos, accedí a los archivos centrales, y las cosas empezaron a ponerse más interesantes.

El doctor Darius Starzak estaba en una lista de vigilancia especial de cuatro países, que no incluía Estados Unidos, lo cual explicaba por qué estaba aquí. Si bien no existían pruebas de que hubiera hecho algo, existían sospechas de que sabía más de lo que decía sobre el tráfico de huérfanos de guerra desde Bosnia. Y el expediente mencionaba de pasada que, por supuesto, era imposible conocer el paradero de esos niños. En el lenguaje de los documentos oficiales de la policía, eso significaba que alguien creía que los había matado.

Tendría que haberme invadido una gran oleada de fría alegría mientras leía aquello, un maligno destello de anticipación acerada, pero no había nada, ni el menor eco de la más ínfima chispa. En cambio, experimenté un retorno muy leve de la ira humana que había sentido aquella mañana, cuando Starzak me estaba siguiendo. No era un sustituto adecuado de la oleada de certidumbre oscura y salvaje emanada del Pasajero a la que estaba acostumbrado, pero algo era algo.

Starzak había hecho cosas malas a niños, y él, o al menos quien utilizara su coche, había intentado hacérmelas a mí. De acuerdo. Hasta el momento yo había rebotado de un lado a otro como una pelota de ping pong, y me había contentado con aceptarlo, de una forma pasiva y sin protestar, aspirado en el vacío de una desdichada sumisión debido a que el Oscuro Pasajero me había abandonado. Pero aquí tenía algo que podía comprender y, aún mejor, combatir.

El expediente de la Interpol me informó de que Starzak era un villano, justo el tipo de persona que yo buscaba para practicar mi pasatiempo favorito. Alguien me había seguido en su coche, y llegado al extremo de hundir el vehículo en un canal para escapar. Era posible que alguien hubiera robado el coche, y que Starzak fuera inocente. Yo no lo creía así, y el informe de la Interpol me reafirmaba en dicha opinión. Pero sólo para asegurarme examiné las denuncias de robos de vehículos. No aparecían ni Starzak ni su coche.

De acuerdo: estaba seguro de que había sido él, y esto confirmaba su culpabilidad. Sabía lo que debía hacer al respecto: ¿sólo porque me sentía vacío por dentro significaba que no era capaz de hacerlo?

El resplandor cálido de la certidumbre destelló bajo la ira, hasta reducirse a un brillo pálido. No era la misma seguridad a prueba de balas que siempre había recibido del Pasajero, pero era mucho más que una corazonada. Estaba en lo cierto. Si no contaba con las pruebas sólidas habituales, mala suerte. Starzak había llamado la situación hasta un punto en que ya no albergaba dudas, y se había encaramado al número uno de mi lista. Lo encontraría y lo convertiría en un mal recuerdo, y en una gota de sangre seca guardada en mi cajita de palisandro.

Y como había experimentado cierta emoción por primera vez, permití que floreciera un débil hálito de esperanza. Tal vez ocuparme de Starzak y hacer todo lo que nunca había hecho solo me permitiría recuperar al Oscuro Pasajero. No sabía nada del funcionamiento de estas cosas, pero poseía cierta lógica, ¿no? El Pasajero siempre me había animado a actuar. ¿No haría acto de aparición si yo creaba una situación que lo necesitara? ¿No tenía delante de las narices a Starzak, suplicándome prácticamente que me ocupara de él?

Y si el Pasajero no regresaba, ¿por qué no podía empezar a ser yo mismo? Siempre era yo el que se encargaba de las tareas pesadas. ¿Acaso no podía continuar mi vocación, aunque me hubiera quedado vacío?

Todas las respuestas activaron un «sí» rojo y rabioso. Por un momento esperé como un autómata el acostumbrado susurro de placer procedente del rincón interior en sombras…, pero no llegó, por supuesto.

Daba igual, podía hacerlo solo.

En los últimos tiempos había trabajado con frecuencia hasta altas horas de la noche, de modo que Rita no demostró la menor sorpresa cuando, después de cenar, le dije que debía volver a la oficina. No les di el pego ni a Cody ni a Astor, por supuesto, que querían acompañarme para hacer algo interesante, o al menos quedarse en casa y jugar al escondite. Pero después de algunas vagas amenazas y palabras persuasivas, conseguí sacármelos de encima y salir a la noche. Mi noche, el último amigo que me quedaba, con su tenue media luna parpadeando en un cielo lluvioso y apagado.

Starzak vivía en una zona rodeada por una verja, pero un guardia que gana el salario mínimo en un pequeño cobertizo sirve más para aumentar el valor de la propiedad que para disuadir a alguien con la experiencia y el ansia de Dexter. Y si bien exigió un poco de ejercicio después de dejar el coche alejado de la caseta, me sentó bien. En los últimos tiempos había sufrido demasiadas noches de insomnio, demasiadas mañanas amargas, y me sentaba de maravilla mover las piernas en dirección a un objetivo.

Di lentas vueltas a través del barrio, localicé la dirección de Starzak y pasé de largo, como si fuera un vecino que hubiera salido a dar el paseo nocturno habitual. Había luz en el salón y un solo coche en el camino de entrada. Tenía una matrícula de Florida que ponía Manatee County en la parte inferior. Sólo viven 300.000 personas en Manatee County, pero circulan por las carreteras el doble de coches, como mínimo, que afirman ser de allí. Es un truco de las empresas de alquiler de coches, destinado a disimular el hecho de que el conductor ha alquilado un vehículo y, por lo tanto, es un turista y objetivo legítimo de cualquier depredador ansioso de presas fáciles.

Experimenté una pequeña oleada de anticipación. Starzak estaba en casa, y el hecho de que tuviera un coche de alquiler aumentaba las probabilidades de que fuera él quien había lanzado el coche al canal. Pasé de largo de la casa, alerta a la menor señal de que me hubiera visto. No vi nada, y sólo oí el tenue sonido de un televisor cercano.

Di la vuelta a la manzana y encontré una casa sin luces y con las persianas antihuracanes cerradas, señal segura de que no había nadie. Atravesé el patio en sombras y me acerqué al alto seto que la separaba de la vivienda de Starzak. Me resguardé en un hueco entre los arbustos, me puse la máscara y los guantes, y esperé a que mis ojos y oídos se adaptaran. Y en ese momento se me ocurrió qué ridículo parecería si alguien me viera. Eso nunca me había preocupado. El radar del Pasajero es excelente, y siempre me advertía de ojos inoportunos. Pero ahora, sin mi ayuda interior me sentía desnudo. Y mientras esa sensación me inundaba, dejó otra a su paso: estupidez sin remedio.

¿Qué estaba haciendo? Estaba violando casi todas las normas que habían regido mi vida, al venir aquí de manera espontánea, sin mis cuidadosos preparativos, sin ninguna prueba real y sin el Pasajero. Era una locura. Estaba pidiendo a gritos que Starzak me descubriera, me encerrara o me cortara en pedazos.

Cerré los ojos y presté oídos a las nuevas emociones que balbucían en mi interior. Sentir: una auténtica diversión humana. A continuación podía participar en una liga de bolos. Encontrar un chat y hablar de la autoayuda de la Nueva Era, y de medicina herbal alternativa para las hemorroides. Bienvenido a la raza humana, Dexter, la inútil y absurda raza humana. Esperamos que disfrutes de tu breve y dolorosa estancia.

Abrí los ojos. Podía rendirme, aceptar el hecho de que los días de Dexter habían terminado. O… podía superar esto, fueran cuales fueran los peligros, y reafirmar la cosa que siempre había sido. Tomar medidas que, o bien me devolvieran al Pasajero, o bien me condujeran a la tesitura de vivir sin él. Si Starzak no era una certeza absoluta, faltaba poco, yo estaba aquí y se trataba de una emergencia.

Al menos la elección era clara, algo que no me había ocurrido en mucho tiempo. Respiré hondo, atravesé el seto con el mayor sigilo posible y entré en el patio de Starzak.

Me mantuve en las sombras y llegué al costado de la casa, donde una puerta permitía el acceso a un garaje. Estaba cerrada con llave, pero Dexter se ríe de las cerraduras, y no necesité la ayuda del Pasajero para abrir ésta y entrar en el oscuro garaje, cerrando la puerta a mis espaldas sin hacer ruido. Había una bicicleta apoyada contra la pared del fondo, y un banco de trabajo con una colección muy pulcra de herramientas colgadas. Tomé nota mental, crucé el garaje en dirección a la puerta que conducía al interior de la casa, y me detuve un largo rato con el oído aplicado a la puerta.

Por encima del tenue zumbido del aire acondicionado, oí el sonido de un televisor y nada más. Escuché un rato más para asegurarme, y con mucha cautela abrí la puerta. No estaba cerrada con llave, se abrió con facilidad y sin emitir el menor sonido, y me encontré dentro de la casa de Starzak, tan oscuro y silencioso como una sombra.

Recorrí un pasillo en dirección al resplandor del televisor, pegado a la pared, muy consciente de que, si el hombre estuviera detrás de mí por algún motivo, yo estaba iluminado por detrás. Pero cuando el televisor apareció ante mis ojos, vi una cabeza que sobresalía por encima del respaldo del sofá, y supe que ya era mío.

Sujeté en mi mano el sedal capaz de veinte kilos de resistencia y me acerqué. Hicieron un anuncio y la cabeza se movió un poco. Me quedé petrificado, pero movió la cabeza hacia el centro, crucé la sala, me detuve detrás de él, mi sedal silbó alrededor de su cuello y se ciñó justo por encima de la nuez de Adán.

Por un momento, se revolvió de una manera muy gratificante, lo cual sólo consiguió apretar más el lazo. Lo vi desplomarse y llevarse la mano a la garganta, y si bien yo estaba disfrutando, no era la alegría salvaje y fría de otros momentos similares. De todos modos, era mejor que ver el anuncio, y le dejé continuar hasta que su cara se tiñó de púrpura y sus esfuerzos se redujeron a unos débiles estertores.

—Estáte quieto y callado —dije—, y te dejaré respirar.

Debo reconocer que lo entendió enseguida y dejó de moverse. Aflojé un poco la presa y escuché mientras inspiraba aire. Sólo una vez, y después volví a apretar y lo levanté.

—Ven —ordené, y obedeció.

Me coloqué detrás de él, con la cuerda ceñida lo suficiente para que pudiera respirar un poco si se esforzaba, lo conduje por el pasillo hasta la parte posterior de la casa y entramos en el garaje. Cuando lo empujé hacia el banco de trabajo, dobló una rodilla, ya fuera a causa de un traspiés o por un estúpido intento de escapar. En cualquier caso, yo no estaba de humor, así que tiré de él hasta que los ojos se le salieron de las órbitas, vi que su cara se amorataba y cayó al suelo, inconsciente.

Mucho más fácil para mí. Deposité su peso muerto sobre el banco de trabajo y lo até con cinta adhesiva de tela, mientras él aún seguía aspirando aire con la boca abierta, sin recuperar el conocimiento. Un hilillo de baba resbalaba por una comisura de su boca, y su respiración era muy entrecortada, incluso después de que aflojara el lazo. Miré a Starzak, sujeto a la mesa con su desagradable rostro boquiabierto, y pensé, cosa que jamás había hecho, que todo se reducía a esto. Un saco de carne que respira, y cuando deja de hacerlo, basura podrida.

Starzak empezó a toser, y expulsó más baba de su boca. Se revolvió contra la cinta, descubrió que no podía moverse y abrió los ojos. Dijo algo incomprensible, compuesto de excesivas consonantes, desvió los ojos y me miró. No podía ver mi cara a través de la máscara, por supuesto, pero experimenté la desagradable sensación de que me reconocía. Movió la boca unas cuantas veces, pero no dijo nada, hasta que desvió los ojos en dirección a sus pies y dijo, con una voz ronca y seca, de acento centroeuropeo, pero sin apenas emoción:

—Está cometiendo un gran error.

Busqué una respuesta automática y siniestra, y no descubrí ninguna.

—Ya lo verá —dijo, con su terrible voz inexpresiva y ronca—. El acabará por atraparle, incluso sin mí. Es demasiado tarde para usted.

Ya lo tenía. Lo más parecido a una confesión de que me había seguido con intenciones siniestras. Pero lo único que se me ocurrió decir fue:

—¿Quién es él?

Olvidó que estaba sujeto al banco de trabajo y trató de sacudir la cabeza. No le salió bien, pero tampoco pareció molestarle mucho.

—Ellos le encontrarán —repitió—. Muy pronto. —Se removió un poco, como si intentara mover la mano—. Adelante. Máteme. Ellos le encontrarán.

Lo miré, tan pasivamente atado y preparado para mis atenciones especiales, y tendría que haber experimentado un placer gélido ante el trabajo que me esperaba…, pero no. Sólo estaba henchido de un vacío enorme, la misma sensación de inutilidad desesperanzada que me había invadido mientras esperaba ante la casa.

Me sacudí de encima el desánimo y amordacé a Starzak con cinta adhesiva. Se encogió un poco, pero por lo demás continuó con la vista clavada en la lejanía, sin demostrar la menor emoción.

Alcé el cuchillo y miré a mi presa inmóvil e impertérrita. Aún oía su espantosa respiración húmeda y tuve ganas de detenerla, apagar sus luces, terminar con esta cosa nociva, cortarla en pedazos y guardarlos en pulcras bolsas de basura, pedazos inmóviles de abono que ya no amenazarían, ya no comerían, no excretarían ni se agitarían en el laberinto carente de pautas de la vida humana…

Y no pude.

Convoqué en silencio el familiar batir de oscuras alas que surgiría de mí e iluminaría mi cuchillo con el brillo malvado de un propósito salvaje, y no obtuve nada. Nada se movió dentro de mí cuando pensé en practicar esta cosa afilada y necesaria que tantas veces había repetido con júbilo. Lo único que se acumulaba en mi interior era el vacío.

Bajé el cuchillo, di media vuelta y salí a la noche.

24

Al día siguiente conseguí saltar de la cama para ir a trabajar, pese a la persistente sensación de sorda desesperación que había florecido en mí como un jardín erizado de espinos. Me sentía envuelto en una niebla de dolor amortiguado que sólo servía para recordarme que era un dolor carente de propósito, y que parecía inútil repetir el ritual vacío del desayuno, el largo desplazamiento hasta el trabajo, ningún motivo en absoluto, salvo la esclavitud de la costumbre. Pero lo hice, permití que la memoria de los músculos me empujara hasta la silla de mi escritorio, frente al cual me senté, encendí el ordenador y dejé que el día me arrastrara en su monotonía gris.

Había fracasado con Starzak. Ya no era yo, y no tenía ni idea de quién o qué era.

Rita me estaba esperando en la puerta cuando llegué a casa, con una expresión de irritación angustiada en la cara.

—Hemos de decidir lo del grupo de música —me anunció—. Puede que ya se hayan comprometido.

—De acuerdo —dije. ¿Por qué no hacer eso? Era tan absurdo como cualquier otra cosa.

—Recogí todos los cedes de donde los habías dejado caer ayer —continuó—, y los clasifiqué por precio.

—Los escucharé esta noche —comenté, y aunque Rita todavía parecía mohína, al final se impuso la rutina nocturna y se calmó. Se puso a cocinar y a limpiar, mientras yo escuchaba a una serie de bandas de rock que tocaban «Chicken Dance» y «Electric Slide». Estoy seguro de que, en circunstancias normales, habría sido tan divertido como un dolor de muelas, pero como no se me ocurría nada mejor que hacer, me tragué toda la pila de cedes, y al poco fue hora de volver a la cama.

A la una de la mañana regresó la música, y no me refiero a «Chicken Dance». Eran los tambores y trompetas, acompañados de un coro de voces que irrumpieron en mi sueño, me elevaron a los cielos, y desperté en el suelo con su recuerdo resonando todavía en mi cabeza.

Estuve tumbado ahí un largo rato, incapaz de formar algún pensamiento coherente sobre su significado, pero temeroso de volver a dormir, no sea que regresaran otra vez. Por fin, me acosté en la cama de nuevo, y supongo que incluso dormí, porque abrí los ojos a la luz del sol y los ruidos que llegaban de la cocina.

Era sábado por la mañana, y Rita había preparado crepés de arándanos, un estímulo muy agradable para reintegrarse en la vida cotidiana. Cody y Astor se lanzaron sobre ellas con entusiasmo, y en cualquier otra mañana normal yo no me habría quedado atrás. Pero la de hoy no era una mañana normal.

Es difícil comprender la importancia de un shock capaz de quitarle el hambre a Dexter. Tengo un metabolismo muy rápido, y necesita combustible constante con tal de mantener el maravilloso aparato que soy yo, y las crepés de Rita son irresistibles. No obstante, una y otra vez me descubrí contemplando el tenedor detenido a mitad de camino de mi boca, incapaz de reunir el entusiasmo necesario para completar el movimiento.

Al cabo de poco, todo el mundo había terminado, y yo seguía mirando un plato medio lleno de comida. Hasta Rita se dio cuenta de que algo iba mal en los Dominios de Dexter. —Apenas has tocado la comida —comentó—. ¿Pasa algo?

—Es el caso en el que estoy trabajando —aduje, sin mentir del todo—. No puedo parar de pensar en él.

—Oh —dijo ella—. Estás seguro de… O sea, ¿es muy violento?

—No es eso —respondí, mientras me preguntaba qué le gustaría oír—. Es… muy desconcertante.

Rita asintió.

—A veces, si dejas de pensar en algo durante un tiempo, te viene la respuesta —sugirió.

—Puede que tengas razón —dije, exagerando un poco.

—¿Vas a terminar el desayuno?

Contemplé mi plato, con las crepés a medio comer y el almíbar solidificado. Desde un punto de vista científico, sabía que aún eran deliciosas, pero en aquel momento se me antojaron tan atractivas como un periódico mojado.

—No —dije.

Rita me miró alarmada. Cuando Dexter no termina su desayuno, estamos en territorio desconocido.

—¿Por qué no vas a dar un paseo en la barca? —preguntó—. Eso siempre te relaja.

Se acercó y apoyó una mano sobre mi hombro con agresiva preocupación, y Cody y Astor me miraron con la esperanza de un paseo en barca pintada en la cara. De repente me sentí como si caminara sobre arenas movedizas.

Me levanté. Era demasiado. Ni siquiera era capaz de estar a la altura de mis expectativas, y pedirme que cargara con las de ellos era demasiado asfixiante. Ignoraba si la música que me perseguía era debido a mi fracaso con Starzak o a la opresión de la vida familiar. Tal vez era la combinación de todo eso, que me despedazaba debido a las gravedades opuestas y lanzaba los fragmentos hacia un remolino de normalidad que me daba ganas de chillar, y al mismo tiempo me incapacitaba incluso de quejarme. Fuera lo que fuera, tenía que salir de allí.

—He de hacer un recado —anuncié, y todos me miraron sorprendidos y heridos.

—¡Oh! —exclamó Rita—. ¿Qué tipo de recado?

—Algo relacionado con la boda —solté, sin saber qué diría a continuación, pero con confianza ciega en el impulso. Por suerte para mí, al menos una cosa me iba bien, porque recordé mi conversación con el ruborizado y humillado Vince Masuoka—. He de hablar con el proveedor del catering.

Rita se animó.

—¿Vas a ver a Manny Borque? Oh —dijo—. Eso es muy…

—Sí —la tranquilicé—. Volveré después.

Y así, a la razonable hora de las diez menos cuarto de un sábado por la mañana, dije adiós a los platos sucios y la vida doméstica, y subí a mi coche. Reinaba una calma inusual en las calles, y no vi violencia ni crímenes mientras conducía hasta South Beach, lo cual casi equivalía a ver nieve en el Fontainebleau. Tal como iban las cosas en los últimos tiempos, mantuve un ojo clavado en el espejo retrovisor. Durante un minuto creí ver que un cochecito tipo jeep me seguía, pero cuando aminoré la velocidad me adelantó. El tráfico era fluido, y sólo eran las diez y cuarto cuando aparqué, subí en el ascensor y llamé con los nudillos a la puerta de Manny Borque.

Hubo un largo período de silencio absoluto, y llamé de nuevo, esta vez con más entusiasmo. Estaba a punto de ensayar un saludo estrepitoso sobre la puerta, cuando se abrió y un legañoso y casi desnudo Manny Borque me miró parpadeando.

—Por las tetas de Cristo —graznó—. ¿Qué hora es?

—Las diez y cuarto —dije jubiloso—. Hora de comer, como quien dice.

Tal vez no estaba despierto, o puede que considerara divertido repetirlo, pero en cualquier caso lo hizo.

—Por las tetas de Cristo.

—¿Puedo entrar? —pregunté cortésmente, y él parpadeó varias veces más y abrió la puerta del todo.

—Espero que sea por una buena causa —dijo, y yo le seguí, dejé atrás la espantosa cosa del vestíbulo y me detuve junto a la ventana. El hombre saltó sobre su taburete y yo me senté en el de enfrente.

—He de hablar con usted sobre mi boda —dije.

Manny meneó la cabeza malhumorado.

—¡Franky! —chilló. No hubo respuesta, así que se apoyó sobre una mano diminuta y golpeó la mesa con la otra—. Será mejor que esa putita… ¡Franky, maldita sea! —berreó.

Un momento después se oyó un movimiento apresurado en la parte posterior del apartamento, y apareció un joven, ciñéndose una bata mientras se echaba hacia atrás el pelo lacio y se paraba ante Manny.

—Hola —saludó—. Buenos días.

—Prepara café enseguida —le ordenó Manny sin mirarle.

—Hum —dijo Franky—. Claro. De acuerdo.

Vaciló una fracción de segundo, lo suficiente para que Manny agitara su puño minúsculo y gritara: «¡Ya, maldita sea!» Franky tragó saliva y corrió hacia la cocina, mientras Manny volvía a apoyar sus cuarenta kilos de malhumor sobre su puño y cerraba los ojos con un suspiro, como si incontables hordas de demonios idiotas le estuvieran atormentando.

Como parecía evidente que no existía la menor esperanza de entablar conversación sin café, miré por la ventana y disfruté del paisaje. Había tres grandes cargueros en el horizonte, que proyectaban nubes de humo, y cerca de la orilla un buen número de barcos de recreo, que abarcaban desde los juguetes para multimillonarios con destino a las Bahamas hasta un grupo de surfistas más cercanos a la playa. Un kayak amarillo rabioso daba la impresión de dirigirse hacia los cargueros. El sol brillaba, las gaviotas volaban en busca de basura, y yo esperaba a que Manny recibiera su transfusión.

Se oyó un estrépito en la cocina, y el aullido ahogado de Franky: «Oh, mierda». Manny intentó cerrar los ojos con más fuerza, como si pudiera aislarse de la horrible agonía de estar rodeado de una estupidez tan terrible. Unos minutos después, Franky llegó con el servicio de café, una cafetera plateada casi sin forma y tres tazas de gres achaparradas, que descansaban sobre una bandeja transparente en forma de paleta de pintor.

Franky dejó una taza con manos temblorosas delante de Manny y la llenó. Manny tomó un sorbito, exhaló un suspiro que no expresó el menor alivio y abrió los ojos por fin.

—Muy bien —dijo. Se volvió hacia Franky—. Ve a limpiar los desperfectos, y si piso algún cristal roto, juro por Dios que te destriparé.

—Franky se marchó a toda prisa, y Manny tomó otro sorbo microscópico antes de volver hacia mí sus ojos legañosos—. Usted quiere hablar de su boda —dijo, como si no diera crédito a sus oídos.

—Exacto —dije, y el hombre meneó la cabeza.

—Un hombre guapo como usted —prosiguió—. ¿Por qué demonios quiere casarse?

—Necesito la deducción de impuestos —aduje—. ¿Podemos hablar del menú?

—¿Al romper el alba, un sábado? No —dijo—. Es un ritual horrible, absurdo, primitivo. —Supuse que no estaba hablando del menú, sino de la boda, aunque con Manny nunca podías estar seguro—. Me horroriza que alguien quiera pasar por eso. Pero —continuó, y agitó la mano en un ademán desdeñoso—, eso me concederá la oportunidad de experimentar.

—Me pregunto si sería posible que el experimento fuera un poco más barato.

—Podría ser —concedió, y por primera vez enseñó los dientes, pero sólo podría llamarlo sonrisa alguien convencido de que torturar animales es divertido—, pero no ocurrirá.

—¿Por qué?

—Porque ya he decidido lo que quiero hacer, y no hay nada que pueda hacer para disuadirme.

Para ser sincero, se me habían ocurrido varias cosas para disuadirle, pero ninguna, por placentera que fuera, se ajustaba al Código de Harry, así que no podía hacerlas.

—Supongo que, si me pusiera zalamero, tampoco serviría de nada —dije esperanzado.

Me miró con lascivia.

—¿Hasta qué punto sería zalamero? —preguntó.

—Bueno, diría «por favor» y sonreiría mucho —contesté.

—No es suficiente —masculló—. Ni por asomo.

—Vince dijo que calculaba unos quinientos dólares por cubierto.

—Yo no calculo —rugió—. Y me importa una mierda que cuente sus jodidos centavos.

—Claro —dije, con la intención de aplacarle un poco—. Al fin y al cabo, no son sus centavos.

—Su novia firmó el puto contrato —me soltó—. Puedo cobrarle lo que me pase por los huevos.

—Pero seguro que se puede hacer algo para bajar un poco el precio —dije esperanzado.

Su rugido dio paso a una sonrisa lasciva.

—Ni por asomo.

—Entonces, ¿qué podemos hacer?

—Si se refiere a qué puede hacer usted para convencerme de que cambie de opinión, la respuesta es nada. Nada en el mundo. Hay gente que hace cola alrededor de la manzana para intentar contratarme. Estoy comprometido con dos años de antelación, y le estoy haciendo un gran favor. —Su sonrisa lasciva se transformó en algo casi sobrenatural—. De modo que prepárese para un milagro. Y una factura del copón.

Me levanté. Estaba claro que el pequeño gnomo no iba a ceder en lo más mínimo, y yo no podía hacer nada al respecto. Tenía muchas ganas de decir algo así como «aún no he dicho la última palabra», pero parecía bastante inútil. Me limité a sonreír.

—Adiós, pues —dije, y salí del apartamento. Cuando la puerta se cerró a mi espalda, le oí chillar a Franky.

—Mueve tu culo gordo, por los clavos de Cristo, y saca esa mierda de mi puto suelo.

Mientras caminaba hacia el ascensor, sentí que un gélido dedo de acero acariciaba mi nuca, y por un momento pensé percibir un leve estremecimiento, como si el Oscuro Pasajero hubiera metido un dedo en el agua y huido, después de comprobar que estaba demasiado fría. Paré en seco y paseé la vista a mi alrededor poco a poco.

Nada. Al fondo, un hombre estaba manoteando con un periódico delante de su puerta. Por lo demás, el pasillo estaba vacío. Cerré mis ojos un momento. ¿Qué?, pregunté. Pero no hubo respuesta. Continuaba solo. Y a menos que alguien me hubiera fulminado con la mirada a través de una mirilla de alguna de las puertas, había sido una falsa alarma. O una fantasía.

Entré en el ascensor y bajé.

Cuando la puerta del ascensor se cerró, el Vigilante se incorporó, sin dejar de sujetar el periódico que había recogido de la esterilla. Era un buen elemento de camuflaje, y podría funcionar de nuevo. Miró hacia el final del pasillo y se preguntó qué habría de interesante en el otro apartamento, pero daba igual. Lo averiguaría. Averiguaría lo que había estado haciendo el otro.

Contó poco a poco hasta diez, y después se encaminó hacia el apartamento que el otro había visitado. Sólo tardaría un momento en descubrir por qué había ido allí. Y después…

El Vigilante no tenía ni idea de qué estaba pasando en este momento por la mente del otro, pero no era algo lo bastante rápido. Había llegado el momento de dar un empujón de verdad, algo que arrancara al otro de su pasividad. Sintió vibrar sus ansias juguetonas en la oscura nube de poder, y oyó el batir de unas alas oscuras dentro.

25

Durante mi largo estudio de los seres humanos, he descubierto que, por más que se esfuerzan, no han descubierto una forma de impedir la llegada del lunes por la mañana. Y lo intentan, por supuesto, pero el lunes siempre llega, y todos los zánganos han de reintegrarse a sus espantosas vidas cotidianas de trabajo absurdo y sufrimientos.

Ese pensamiento siempre me ha regocijado, y como me gusta repartir felicidad allá donde voy, aporté mi granito de arena para parar un poco el golpe del inevitable lunes por la mañana, cuando llegué al trabajo con una caja de donuts, que desaparecieron en lo que podría calificarse de frenesí malhumorado antes de que pudiera llegar a mi escritorio. Dudaba muy en serio de que alguien tuviera más motivos que yo para estar amargado, pero nadie lo habría adivinado sí los hubiera visto apoderarse de mis donuts mientras lanzaban gruñidos en mi dirección.

Daba la impresión de que Vince Masuoka compartía la sensación generalizada de angustia discreta. Entró en mi cubículo con una expresión de horror y asombro en su rostro, una expresión que debía indicar algo muy conmovedor, porque casi parecía real.

—Jesús, Dexter —dijo—. Oh, santo Dios.

—Intenté guardarte uno —dije, pensando que con esa angustia sólo podía referirse a la calamidad de enfrentarse a una caja de donuts vacía. Pero negó con la cabeza.

—Oh, Jesús, no puedo creerlo. ¡Ha muerto!

—Estoy seguro de que los donuts no fueron la causa.

—Dios mío, y tú fuiste a verle. ¿Verdad?

Hay un momento en toda conversación en que al menos una de las dos personas implicadas ha de saber de qué están hablando, y yo decidí que ese momento había llegado.

—Vince —dije—, quiero que respires hondo, empieces otra vez desde el principio y finjas que tú y yo hablamos el mismo idioma.

Me miró como si él fuera una rana y yo una garza.

—Mierda. Aún no lo sabes, ¿verdad? Qué mierda.

—Tu capacidad idiomática se está deteriorando —dije—. ¿Has hablado con Deborah?

—Ha muerto, Dexter. Encontraron el cadáver anoche.

—Bien, pues, estoy seguro de que continuará muerto el tiempo suficiente para que me digas de qué demonios estás hablando.

Vince parpadeó, con ojos repentinamente enormes y húmedos.

—Manny Borque —resolló—. Le han asesinado.

Admito que experimenté reacciones encontradas. Por una parte, no iba a lamentar que alguien hubiera eliminado al pequeño gnomo de una forma que yo no podía por motivos éticos. Pero, por otra, ahora tendría que encontrar otro proveedor de catering y, oh, sí, suponía que debería declarar ante el detective a cargo del caso. La irritación se debatía contra el alivio, pero después recordé que también los donuts habían desaparecido.

Y la reacción que ganó fue la irritación por las molestias que iba a causar esto. De todos modos, Harry me había adoctrinado lo bastante bien para saber que no era una reacción aceptable cuando te dicen que alguien conocido ha muerto. Hice lo posible por componer una expresión de sorpresa, preocupación y aflicción.

—Caramba —dije—. No tenía ni idea. ¿Saben quién lo hizo?

Vince negó con la cabeza.

—Ese tipo no tenía enemigos —dijo, como si ignorara que su afirmación sonaría improbable a cualquiera que hubiera conocido a Manny—. O sea, todo el mundo le admiraba.

—Lo sé. Salía en las revistas y toda la pesca.

—No puedo creer que alguien le hiciera eso —dijo Vince.

La verdad, no podía creer que alguien hubiera tardado tanto en hacerle lo que fuera, pero no me pareció diplomático decirlo.

—Bien, estoy seguro de que descubrirán al culpable. ¿A quién han asignado el caso?

Vince me miró como si le hubiera preguntado si el sol salía por las mañanas.

—Dexter —dijo con expresión de estupor—, le cortaron la cabeza. Es como los otros tres de la universidad.

Cuando era joven e intentaba con desesperación integrarme, jugué a fútbol americano una temporada, y en una ocasión recibí un fuerte golpe en el estómago y me quedé sin respiración durante varios minutos. Ahora casi me sentí como entonces.

—Oh.

—Así que, naturalmente, se lo han dado a tu hermana —dijo Vince.

—Naturalmente. —Se me ocurrió una idea repentina, y como siempre he sido un devoto de la ironía, le pregunté—: No lo asarían también, ¿verdad?

Vince meneó la cabeza.

—No.

Me levanté.

—Será mejor que vaya a hablar con Deborah.

Deborah no estaba de humor para hablar cuando llegué al apartamento de Manny. Se hallaba inclinada sobre Camilla Figg, que estaba espolvoreando en busca de huellas alrededor de las patas de la mesa que había junto a la ventana. No levantó la vista, de modo que entré en la cocina, donde Angel-nada-que-ver estaba agachado sobre el cadáver.

—Ángel —dije, y me costó dar crédito a mis ojos—. ¿Eso es la cabeza de una chica?

Asintió y pinchó la cabeza con un bolígrafo.

—Tu hermana dice que debe de ser la chica del Lowe Museum. La pusieron aquí porque este tío es un bugero.

Miré los dos cortes, uno justo encima de los hombros, el otro justo debajo de la barbilla. El de la cabeza coincidía con los que habíamos visto antes, pulcros y cuidadosos. Pero el del cuerpo, que debía ser de Manny, era mucho más tosco, como hecho con prisas. Los bordes de los dos cortes estaban juntados con mimo, pero no coincidían, por supuesto. Incluso solo, desprovisto de oscuros murmullos interiores, podía adivinar que esto era diferente, y un dedo helado empezó a deslizarse sobre mi nuca, como sugiriendo que la diferencia podía ser muy importante (tal vez incluso para mis problemas actuales), pero más aña de esa sombra vaga e insatisfactoria de presentimiento, no experimentaba otra cosa que inquietud.

—¿Hay otro cuerpo? —le pregunté, cuando me acordé del pobre y puteado Franky.

Ángel se encogió de hombros sin levantar la vista.

—En el dormitorio. Con un cuchillo de carnicero clavado. Le dejaron la cabeza.

Parecía un poco ofendido por el hecho de que alguien se tomara tantas molestias y dejara la cabeza, pero aparte de eso no daba la impresión de que tuviera algo más que decirme, así que me dirigí a donde estaba mi hermana, acuclillada al lado de Camilla.

—Buenos días, Debs —la saludé, con una jovialidad que no sentía, y no era el único, porque ella ni siquiera levantó la vista.

—Maldita sea, Dexter —refunfuñó— A menos que tengas algo bueno para mí, ya puedes irte a la mierda.

—No es que sea muy bueno —dije—, pero el tío del dormitorio se llama Franky. Éste es Manny Borque, que ha salido en bastantes revistas.

—¿Cómo coño sabes eso? —me preguntó.

—Bueno, es un poco raro —dije—, pero puede que sea una de las últimas personas que le vio vivo. Deborah se levantó.

—¿Cuándo? —preguntó.

—El sábado por la mañana. Alrededor de las diez y media. Aquí mismo. —Señalé la taza de café que seguía sobre la mesa—. Ahí están mis huellas.

Deborah me estaba mirando con incredulidad, y empezó a sacudir la cabeza.

—Conocías a este tipo. ¿Era amigo tuyo?

—Le contraté para el catering de la boda. Se supone que era un especialista.

—Aja —dijo—. ¿Qué estabas haciendo aquí el sábado por la mañana?

—Aumentó el precio —contesté—. Quería convencerle de que me hiciera un descuento.

Deborah paseó la vista por el apartamento y miró por la ventana el paisaje de un millón de dólares.

—¿Cuánto te iba a cobrar? —preguntó.

—Quinientos dólares por cubierto —contesté.

Volvió la cara hacia mí al instante.

Joder. ¿Qué iba a hacer?

Me encogí de hombros.

—No me lo dijo, y no quiso rebajar el precio.

—¿Quinientos dólares por cubierto? —preguntó.

—Es un poco elevado, ¿verdad? Aunque debería decir «era».

Deborah se mordió el labio un largo rato sin parpadear, y después me agarró del brazo y me alejó de Camilla. Conseguí ver un pequeño pie que asomaba por la puerta de la cocina, donde el querido fallecido había sufrido su prematura muerte, pero Deborah me condujo al otro extremo de la sala.

—Dexter, prométeme que no mataste a este tipo.

Como ya he dicho antes, no tengo emociones verdaderas. He practicado largo y tendido para reaccionar como los seres humanos en casi cualquier situación posible, pero ésta me pilló por sorpresa. ¿Cuál es la expresión facial correcta cuando tu hermana te acusa de asesinato? ¿Estupor? ¿Ira? ¿Incredulidad? Por lo que yo sabía, ningún libro de texto la incluía.

—Deborah —contesté. No fue algo muy inteligente, pero no se me ocurrió otra cosa.

—Porque no pienso hacer la vista gorda —continuó—. Con esto no.

—Jamás lo haría —dije—. Esto no es…

Meneé la cabeza. Me parecía injusto. Primero, el Oscuro Pasajero me abandonaba, y ahora, mi hermana y mi ingenio también, al parecer. Todas las ratas estaban abandonando el barco Dexter, que se hundía bajo el oleaje.

Respiré hondo y traté de organizar a la tripulación para achicar el agua. Deborah era la única persona en el mundo que sabía lo que yo era, y si bien todavía se estaba acostumbrando a la idea, había pensado que comprendería las cuidadosas fronteras erigidas por Harry, y comprendido también que yo nunca las cruzaría. Por lo visto, me había equivocado.

—Deborah, ¿por qué iba yo a…?

—Corta el rollo —me interrumpió—. Ambos sabemos que podrías haberlo hecho. Estuviste aquí en el momento oportuno. Y tienes un móvil muy bueno, librarte de pagarle cincuenta de los grandes. O eso, o debo creer que lo hizo un tío que está en la cárcel.

Como soy un humano artificial, casi siempre estoy lúcido, insensible a las emociones. Pero experimenté la sensación de que estaba intentando nadar en arenas movedizas. Por una parte, estaba sorprendido, y algo decepcionado, por el hecho de que Deborah pudiera pensar que había hecho algo tan chapucero. Por otra, quería convencerla de que no era así. Me dieron ganas de decirle que, si yo lo hubiera hecho, ella nunca lo habría descubierto, pero me pareció poco diplomático. Respiré hondo.

—Lo prometo —dije.

Mi hermana me miró durante un largo rato.

—De veras —insistí.

Asintió por fin.

—De acuerdo —dijo—. Será mejor que me digas la verdad.

—Yo no lo hice.

—Aja. Entonces, ¿quién?

No es justo, ¿verdad? O sea, todo ese rollo de la vida. Aquí estaba yo, todavía defendiéndome de una acusación de asesinato (¡lanzada por alguien de mi propia sangre!), cuando al mismo tiempo me estaban exigiendo que solucionara un crimen. Tuve que admirar la agilidad mental que permitía a Deborah llevar a cabo esta especie de voltereta cerebral, pero también deseé que dirigiera su pensamiento creativo hacia otra persona.

—No sé quién lo hizo —contesté—, y no…, no se me ha ocurrido ninguna idea al respecto.

Me miró muy fijamente.

—¿Por qué debo creer eso? —me preguntó.

—Deborah —contesté, y vacilé.

¿Había llegado el momento de hablarle del Oscuro Pasajero y de su ausencia actual? Una serie de sensaciones muy desagradables me estaban recorriendo, como cuando empieza la gripe. ¿Podían ser estas emociones, que rompían en la costa indefensa de Dexter, enormes maremotos de sedimento tóxico? En ese caso, no me extrañaba que los humanos fueran unos seres tan desdichados. Era una experiencia horrorosa.

—Escucha, Deborah —repetí, mientras intentaba idear una forma de empezar.

—Te escucho, por el amor de Dios —repuso—, pero no estás diciendo nada.

—Es difícil. No lo he dicho nunca.

—Sería un momento estupendo para empezar.

—Yo, hmm… llevo esa cosa dentro —confesé, consciente de que parecía un completo idiota, al tiempo que un extraño calor inundaba mis mejillas.

—¿Qué quieres decir? —preguntó ella—. ¿Tienes cáncer?

—No, no, es… Oigo, hum… Me dice cosas.

Por algún motivo, tuve que desviar la vista. Había una fotografía del torso desnudo de un hombre colgado en la pared. Miré de nuevo a mi hermana.

—Jesús. ¿Quieres decir que oyes voces? Hostia, Dex.

—No. No es como oír voces. No exactamente.

—Pues entonces, ¿qué coño es?

Tuve que volver a mirar el torso desnudo, y después exhalé un gran suspiro antes de poder volver a mirar a Deborah.

—Cuando tengo una de mis corazonadas, ya sabes. En la escena de un crimen. Es porque esta…, esta cosa me lo dice.

La cara de Deborah se había petrificado, inmóvil por completo, como si estuviera escuchando la confesión de un hecho terrible. Y así era, por supuesto.

—Así que te dice cosas, ¿eh? Como, eh, alguien convencido de que es Batman hizo esto.

—Más o menos. Esas corazonadas que tenía, ya sabes.

—Que tenías.

Tuve que volver a desviar la vista.

—Se ha ido, Deborah. Algo relacionado con este lío de Moloch lo asustó. Nunca había pasado.

No dijo nada durante un largo rato, y no vi motivos para hablar por ella.

—¿Le hablaste alguna vez a papá de la voz? —preguntó por fin.

—No fue necesario. Ya lo sabía.

—Y ahora las voces se han ido.

—Sólo una.

—Por eso no me dices nada sobre esto.

—Sí.

Deborah apretó los dientes con suficiente rabia para oírlos. Después exhaló un largo suspiro sin relajar la mandíbula.

—O me estás mintiendo porque hiciste esto —susurró—, o me estás diciendo la verdad y eres un puto psicótico.

—Debs…

—¿Qué quieres que crea, Dexter? ¿Eh? ¿Qué?

No creo haber sentido auténtica rabia desde mi adolescencia, y puede que ni siquiera entonces fuera capaz de sentirla. Pero con el Oscuro Pasajero desaparecido, y yo rodando por la pendiente de la genuina humanidad, todas las antiguas barreras erigidas entre mí y la vida normal se estaban desvaneciendo, y sentí algo que debía de estar muy cerca de la realidad.

—Deborah, si no confías en mí y prefieres pensar que hice esto, me importa una mierda lo que creas.

Me fulminó con la mirada, y por primera vez yo la imité.

Habló por fin.

—Aún he de informar sobre esto. Oficialmente, no puedes ni acercarte aquí.

—Nada podría hacerme más feliz —dije. Me miró un rato más, después apretó la boca y volvió con Camilla Figg. La vi alejarse un momento, y después me encaminé hacia la puerta.

Era inútil demorarme más, sobre todo porque me habían dicho, oficial y extraoficialmente, que no era bienvenido. Sería estupendo poder decir que me sentía herido en mis sentimientos, pero la verdad es que estaba demasiado furioso para sentirme ofendido. Y la verdad, siempre me ha sorprendido tanto que pudiera caer bien a alguien, que casi experimenté alivio al ver que Deborah adoptaba, por una vez, una actitud sensata.

Todo le salía siempre bien a Dexter, pero por algún motivo no creía haber logrado una gran victoria cuando me encaminé hacia la puerta y el exilio.

Estaba esperando a que llegara el ascensor, cuando un grito ronco me ensordeció.

—¡Eh!

Me volví y vi a un hombre muy hosco y viejo que corría hacia mí con sandalias y calcetines negros que casi le llegaban a las huesudas rodillas. Llevaba también unos pantalones cortos abolsados, una camisa de seda y una expresión de santa ira.

—¿Es usted la policía? —preguntó.

—Depende —contesté.

—¿Qué pasa con mi maldito periódico? —preguntó.

Los ascensores son tan lentos, ¿verdad? Pero intento ser educado cuando es inevitable, de modo que dediqué una sonrisa tranquilizadora al viejo lunático.

—¿No le gusta su periódico? —pregunté.

—¡El maldito periódico no llegó a mis manos! —me gritó, al tiempo que se teñía un poco de púrpura debido al esfuerzo—. ¡Llamé donde vosotros, y la chica de color que se puso al teléfono me dijo que llamara al periódico! ¡Vi que el chico me lo robaba, y ella me colgó!

—Un chico le robó el periódico —dije.

—¿Qué demonios acabo de decir? —dijo. Cada vez se estaba poniendo más nervioso, lo cual no contribuía a hacer agradable la espera del ascensor—. ¿Para qué demonios pago mis impuestos, para oírle decir eso? ¡Y se rió de mí, maldita sea!

—Podría comprar otro periódico —dije para calmarle.

No lo conseguí.

—¿Qué significa eso, comprar otro periódico? ¿Sábado por la mañana, en pijama, y he de ir a comprar otro periódico? ¿Por qué no pueden detener a los delincuentes?

El ascensor emitió un «ding» apagado para anunciar su llegada, pero ya no me interesaba, porque se me había ocurrido una idea. De vez en cuando se me ocurren ideas. La mayoría no consiguen negar a la superficie, tal vez debido a toda una vida de intentar parecer humano. Pero ésta se elevó poco a poco y, como una burbuja de gas que ascendiera a través del barro, estalló en mi cerebro.

—¿El sábado por la mañana? —dije—. ¿Se acuerda de la hora?

—¡Pues claro que me acuerdo de la hora! ¡Se lo dije cuando llamé, las diez y media del sábado por la mañana, y el chico me estaba robando el periódico!

—¿Cómo sabe que era un chico?

—¡Lo vi por la mirilla, por eso! —me gritó—. ¿Debía salir al pasillo sin mirar, tal como hacen ustedes su trabajo? ¡Ni hablar!

—Cuando dice «chico», ¿a qué edad se refiere?

—Escuche, señor —dijo—, para mí, todo el mundo con menos de setenta años es un chico. Pero éste debía de tener unos veinte años, y cargaba con una mochila, como todos.

—¿Puede describir a ese chico?

—No soy ciego. ¡Se robó mi periódico, lleva uno de esos malditos tatuajes que todos lucen ahora, en el cuello!

Sentí que pequeños dedos metálicos ascendían por mi nuca y supe la respuesta, pero de todos modos la formulé.

—¿Qué clase de tatuaje?

—Una estupidez, uno de esos símbolos japoneses. ¿Les dimos una paliza a los japos para poder comprar sus coches y para que nuestros chicos se tatuaran sus malditos garabatos?

Daba la impresión de estar irritándose cada vez más, y si bien admiraba el hecho de que poseyera semejante energía a su edad, también creía que había llegado el momento de entregarlo a las autoridades pertinentes, encarnadas por mi hermana, lo cual alumbró en mí un pequeño resplandor de satisfacción, no sólo porque iba a darle un sospechoso mejor que el pobre Dexter, Privado del Derecho a Voto, sino también porque iba a lanzarle encima a este viejo pedorro como pequeño castigo por sospechar de mí.

—Venga conmigo —dije.

—No pienso ir a ningún sitio —replicó el anciano.

—¿No le gustaría hablar con un detective de verdad? —pregunté, y las horas de práctica que había invertido en mi sonrisa debieron de dar sus frutos, porque frunció el ceño y paseó la vista a su alrededor.

—Bien, de acuerdo —aceptó, y me siguió hasta donde la sargento Hermana estaba rugiendo a Camilla Figg.

—Te dije que te mantuvieras alejado —me espetó, con toda la ternura y el encanto que cabía esperar de ella.

—De acuerdo. ¿Me llevo también al testigo?

Deborah abrió la boca, y después la abrió y cerró varias veces, como si intentara respirar como un pez.

—No puedes… No es… Maldita sea, Dexter —dijo por fin.

—Puedo, es y estoy seguro de que lo hará, pero entretanto, este amable y anciano caballero tiene algo interesante que decirte.

—¿Quién demonios es usted para llamarme anciano? —preguntó el hombre.

—Le presento a la detective Morgan —dije—. Está al mando de la investigación.

—¿Una chica? —resopló—. No me extraña que no atrapen a nadie. ¡Una chica detective!

—No se olvide de contarle lo de la mochila —dije—. Y lo del tatuaje.

—¿Qué tatuaje? —preguntó ella—. ¿De qué coño estás hablando?

—Esa boca —advirtió el hombre—. ¡Qué vergüenza!

Sonreí a mi hermana.

—Que tengáis una agradable charla —dije.

26

No estaba seguro de que me hubieran vuelto a invitar oficialmente a la fiesta, pero no quería llegar al extremo de perderme la oportunidad de aceptar con elegancia las disculpas de mi hermana, de modo que me puse a merodear junto a la puerta del finado Manny Borque, donde pudieran reparar en mí cuando llegara el momento. Por desgracia, el asesino no había robado la gigantesca bola artística de vómitos animales, que descansaba sobre el pedestal contiguo a la puerta. Seguía allí, en mitad del territorio por el que yo merodeaba, y me vi obligado a mirarla mientras esperaba.

Me estaba preguntando cuánto tiempo tardaría Deborah en preguntar al viejo por el tatuaje y establecer la relación. En ese momento, oí elevarse su voz con las palabras oficiales de despedida, dando las gracias al hombre por su ayuda, indicándole que llamara si se le ocurría algo más. Y después, los dos se acercaron a la puerta, mientras Deborah tomaba con firmeza al hombre por el codo y lo sacaba del apartamento.

—Pero ¿y mi periódico, señorita? —protestó el anciano cuando ella abrió la puerta.

—Es la señorita Sargento —dije, y Deborah me fulminó con la mirada.

—Llame al periódico —dijo ella—. Le darán otro.

Lo empujó prácticamente para sacarlo, y el hombre se quedó un instante temblando de ira.

—¡Los malos están ganando! —gritó, y después, por suerte para nosotros, Deborah cerró la puerta.

—Tiene razón —le dije a mi hermana.

—Bien, no hace falta que parezcas tan contento por ello.

—Pues tú podrías parecer un poco más contenta —dije—. Es él, el novio, como se llame.

—Kurt Wagner —dijo Deborah.

—Muy bien —dije—. Atiende con todos tus sentidos. Es Kurt Wagner, y tú lo sabes.

—Yo no sé una mierda —replicó Deborah—. Podría ser una coincidencia.

—Claro que sí. E incluso existen probabilidades matemáticas de que el sol salga por el oeste, pero no es muy probable. ¿A quién más tienes?

—A ese crápula de Wilkins.

—Tienes a alguien vigilándole, ¿verdad?

Ella resopló.

—Sí, pero ya sabes cómo son esos tipos. Echan la siesta, van a cagar, y juran que no han perdido de vista al tipo en ningún momento. Entretanto, el tío al que deben vigilar está convirtiendo en hamburguesas a un grupo de animadoras.

—¿Aún crees que podría ser el asesino? ¿Aunque este chico estaba aquí en el mismo momento en que asesinaban a Manny?

—Tú estabas aquí en el mismo momento. Y éste no es como los demás. Parece una copia barata.

—Entonces, ¿cómo llegó aquí la cabeza de Tammy Connor? Kurt Wagner es el culpable, Debs, por fuerza.

—De acuerdo. Es muy probable.

—¿Probable? —dije, sorprendido. Todo apuntaba al chico del tatuaje en el cuello, y Deborah vacilaba.

Me miró durante un rato, y no fue una mirada de afecto filial.

—Aún podrías ser tú.

—Deténme, faltaría más. Sería la acción más inteligente, ¿verdad? El capitán Matthews se sentiría muy feliz de que efectuaras una detención, y a los medios les encantaría que detuvieras a tu propio hermano. Una solución brutal, Deborah. Hasta el verdadero asesino se sentirá feliz.

Deborah no dijo nada, dio media vuelta y se marchó. Después de pensarlo un momento, me di cuenta de que era una idea estupenda. Me marché en dirección opuesta y volví al trabajo.

El resto de mi día fue más gratificante. Dos cadáveres, varones, caucasianos, habían sido encontrados en un BMW aparcado en la cuneta de la Palmetto Expressway. Cuando alguien intentó robar el coche, encontraron los cuerpos y telefonearon, después de llevarse el sistema estéreo y los airbags. La causa aparente de la muerte eran múltiples heridas de bala. A los periódicos les gusta utilizar la frase «al estilo del hampa» en los asesinatos que presentan cierta pulcritud y economía de medios. Esta vez no buscaríamos bandas. Los dos cadáveres y el interior del coche estaban sembrados de plomo y sangre, como si al asesino le hubiera costado discernir qué extremo del arma debía sujetar. A juzgar por los agujeros de bala en las ventanas, era un milagro que no hubieran sido alcanzados otros conductores que pasaban por allí.

Un Dexter ocupado debería ser un Dexter feliz, y había suficiente sangre seca en el coche y el pavimento circundante para mantenerme ocupado durante horas, pero seguía sin sentirme feliz. Me estaban pasando un montón de cosas horribles, y encima se había producido ese conflicto con Debs. No era muy acertado decir que quería a Deborah, puesto que soy incapaz de querer, pero me había acostumbrado a ella, y prefería tenerla cerca y que estuviera contenta conmigo.

Aparte de algunas discusiones normales entre hermanos cuando éramos más jóvenes, Deborah y yo no habíamos mantenido desacuerdos graves, y me quedé algo sorprendido al descubrir que éste me molestaba mucho. Pese al hecho de que soy un monstruo carente de alma que disfruta matando, me dolía que pensara de mí así, sobre todo porque había dado mi palabra de honor de ogro de que era por completo inocente, al menos en este caso.

Quería llevarme bien con mi hermana, pero también me ofendía que se mostrara tan entusiasta en su papel de representante de la Plena Majestad de la Ley, y que no deseara tanto continuar como mi compinche y confidente.

Me parecía lógico estar desperdiciando mi justa indignación en esto, puesto que no tenía nada más a lo que dedicar mi atención en aquel momento. Cosas como bodas, músicas misteriosas y Pasajeros desaparecidos se solucionan siempre por sí solas, ¿verdad? Y el análisis de manchas de sangre es un arte sencillo que exige una concentración ínfima. Para demostrarlo, dejé vagar mis pensamientos, mientras me regodeaba mentalmente en mi penoso estado, y debido a eso resbalé en la sangre coagulada y caí sobre una rodilla al lado del BMW.

A la sorpresa del contacto con el pavimento se sumó enseguida una sorpresa interior, una sacudida de miedo y aire frío que se propagó desde la repugnante masa pegajosa hasta mi yo vacío, y tardé un largo rato en poder respirar de nuevo. Tranquilo, Dexter, pensé. No es más que un pequeño y doloroso recordatorio de quién eres y de dónde vienes, producido por la tensión.

Conseguí ponerme en pie sin lloriquear, pero tenía los pantalones desgarrados, me dolía la rodilla, y una pernera del pantalón estaba cubierta de asquerosa sangre semiseca.

No me gusta la sangre. Mirarla y verla en mi ropa, llegar al extremo de tocarla, además de la confusión en que se había convertido mi vida y el pozo sin Pasajero en que había caído… La sangre completaba el recorrido. No cabía duda de que estaba experimentando emociones, y no era agradable. Sentí que me estremecía y estuve a punto de gritar, pero logré a duras penas reprimirme, limpiar el estropicio y seguir trabajando.

No me sentí mucho mejor, pero conseguí terminar la jornada laboral después de cambiarme y ponerme la ropa de recambio que los técnicos en manchas de sangre prudentes siempre tienen a mano, y por fin llegó la hora de volver a casa.

Mientras iba a casa de Rita por Oíd Cutler, un pequeño Geo rojo se pegó a mi parachoques sin separarse ni un milímetro. Miré por el espejo, pero no pude ver la cara del conductor, y me pregunté si había hecho algo sin darme cuenta que le hubiera irritado. Estuve muy tentado de pisar el freno y ver qué pasaba, pero no estaba tan agotado como para creer que estropear mi coche mejoraría la situación. Intenté hacer caso omiso, otro conductor chiflado de Miami con intenciones misteriosas.

Pero siguió pegado a mí, a centímetros de distancia, y empecé a preguntarme por sus intenciones. Aceleré. El Geo aceleró y se pegó a mi parachoques.

Aminoré la velocidad. El Geo también.

Atravesé dos carriles, dejando atrás un coro de bocinazos furiosos y dedos levantados. El Geo me siguió.

¿Quién era? ¿Qué quería de mí? ¿Cabía la posibilidad de que Starzak supiera que era yo quien le había atado con cinta adhesiva, y ahora me perseguía en un coche diferente, decidido a vengarse de mí? ¿O esta vez era otra persona? Y en ese caso, ¿quién? ¿Por qué? No conseguía convencerme de que era Moloch quien conducía el coche. ¿Cómo podía un dios antiguo sacarse el permiso de conducir? Pero había alguien ahí detrás, con la clara intención de acompañarme un rato, y no tenía ni idea de quién era. Me descubrí buscando frenéticamente una respuesta, en busca de algo que ya no estaba, y la sensación de pérdida y vacío aumentó mi incertidumbre, mi ira y mi desasosiego, y me di cuenta de que estaba respirando de forma entrecortada entre los dientes apretados, que mis manos aferraban con fuerza el volante y que estaba cubierto de un sudor frío, y pensé, se acabó.

Mientras me preparaba mentalmente para pisar el freno, saltar del coche y convertir la cara del otro conductor en pulpa roja, el Geo rojo se despegó de repente de mi parachoques y giró a la derecha, para desaparecer por una calle lateral en la noche de Miami.

No había sido nada, al fin y al cabo, una psicosis de hora punta de lo más normal. Otro conductor de Miami enloquecido, que mataba el aburrimiento del largo camino hasta casa jugando al pilla-pilla con el coche de delante.

Y yo no era más que un ex monstruo aturdido, agotado y paranoico, con las manos convertidas en puños y los dientes apretados.

Me fui a casa.

El Vigilante se alejó, y después dio la vuelta. Se abrió paso entre el tráfico, invisible para el otro, y dobló por la calle hacia la casa a una buena distancia. Le había gustado perseguirle tan de cerca, forzar un leve ataque de pánico. Le había provocado para medir su preparación, y lo que descubrió fue muy satisfactorio. Se trataba de un proceso muy equilibrado, empujar al otro hacia el estado de ánimo adecuado. Lo había hecho muchas veces antes, y conocía los signos. Nervioso, pero sin llegar al estado de angustia necesario, todavía no.

Estaba claro que había llegado el momento de acelerar las cosas.

Esta noche sería muy especial.

27

La cena estaba preparada cuando llegué a casa de Rita. Teniendo en cuenta lo que había pasado y lo que yo opinaba al respecto, cualquiera habría pensado que no volvería a comer, pero cuando entré por la puerta me asaltó el aroma. Rita había hecho cerdo asado, con brécol, arroz y judías, y hay pocas cosas en el mundo comparables al cerdo asado de Rita. De modo que fue un Dexter algo apaciguado el que apartó el plato por fin y se levantó de la mesa. Y la verdad, el resto de la noche fue también bastante placentero. Jugué al escondite con Cody y Astor y los demás niños del barrio hasta la hora de acostarse, y después Rita y yo nos sentamos en el sofá y vimos una serie sobre un médico cascarrabias, hasta que nos fuimos a dormir.

En circunstancias normales, la vida no era tan mala, gracias al cerdo asado de Rita, además de que Cody y Astor mantenían despierto mi interés. Tal vez podría vivir vicariamente por su mediación, como un ex jugador de béisbol que se convierte en entrenador cuando sus días de jugador han terminado. Tenían muchas cosas que aprender, y al enseñárselas podría revivir mis marchitos días de gloria. Triste, sí, pero al menos era una pequeña compensación.

Y mientras me sumía en el sueño, pese a saber la verdad, me sorprendí pensando que tal vez las cosas no estaban tan mal.

Esta idea estúpida duró hasta medianoche, cuando desperté y vi a Cody parado al pie de la cama.

—Hay alguien fuera —dijo.

—De acuerdo —dije, medio dormido, sin la menor curiosidad acerca de por qué necesitaba decirme aquello.

—Quiere entrar.

Me senté.

—¿Dónde? —pregunté.

Cody se volvió, salió al pasillo y yo le seguí. Estaba convencido a medias de que sólo había sido una pesadilla, pero al fin y al cabo estábamos en Miami, y estas cosas suelen pasar, aunque en pocas ocasiones más de 500 o 600 veces por noche.

Cody me condujo hacia la puerta del patio trasero. Paró en seco a unos tres metros de la puerta, y yo le imité.

—Ahí —dijo en voz baja.

En efecto. No era una pesadilla, al menos de las que tienes cuando estás dormido.

El pomo de la puerta se estaba moviendo, como si alguien intentara girarlo desde fuera.

—Despierta a tu madre —susurré a Cody—. Dile que llame al novecientos once.

Me miró como decepcionado de que no fuera a cargar contra la puerta con una granada de mano y ocuparme del problema sin ayuda, pero después dio media vuelta y volvió sobre sus pasos hacia el dormitorio.

Me acerqué a la puerta con sigilo y cautela. Al lado, en la pared, había un interruptor que conectaba el foco que iluminaba el patio. Cuando extendí la mano hacia el interruptor, el pomo dejó de girar. De todos modos, encendí la luz.

Al instante, como si fuera obra del interruptor, alguien empezó a golpear la puerta de la calle.

Me volví y corrí hacia la parte delantera, y a mitad de camino Rita salió al pasillo y se estrelló contra mí.

—Dexter —dijo—, ¿qué…? Cody ha dicho…

—Llama a la policía —le dije—. Alguien está intentando entrar. —Miré a Cody—. Despierta a tu hermana y encerraos todos en el cuarto de baño.

—Pero ¿quién…? Nosotros no… —dijo Rita.

—Vete —le dije, y me dirigí hacia la puerta de la calle.

También aquí encendí la luz exterior, y una vez más el sonido cesó de inmediato.

Sólo para empezar de nuevo al final del pasillo, por lo visto en la ventana de la cocina.

Y por supuesto, cuando entré como una exhalación en la cocina, el sonido ya había cesado, incluso antes de encender la luz del techo.

Me acerqué poco a poco a la ventana que había sobre el fregadero y miré con cautela.

Nada. Sólo la noche, el seto y la casa del vecino, y nada más.

Me incorporé y esperé un momento, a la espera de que el ruido empezara otra vez en algún otro rincón de la casa. No lo hizo. Me di cuenta de que estaba conteniendo el aliento, y respiré. Fuera lo que fuera, había parado. Abrí los puños y respiré hondo.

Y entonces Rita chilló.

Di media vuelta lo bastante deprisa para torcerme el tobillo, pero cojeé hacia el cuarto de baño a la mayor velocidad posible. La puerta estaba cerrada con llave, pero desde dentro oí que algo arañaba la ventana.

—¡Váyase! —gritó Rita.

—Abre la puerta —dije, y un momento después Astor la abrió de par en par.

—Está en la ventana —dijo, con bastante calma, pensé.

Rita estaba en medio del cuarto de baño con los puños apretados contra la boca. Cody se encontraba delante de ella en ademán protector con el desatascador en ristre, y los dos tenían la vista clavada en la ventana.

—Rita —dije.

Se volvió hacia mí con los ojos abiertos de par en par y llenos de miedo.

—Pero ¿qué quieren? —preguntó, como si yo pudiera aclarárselo. Y tal vez habría podido, en circunstancias normales, cuando «normal» definía toda la parte anterior de mi vida, cuando mi Pasajero me hacía compañía y susurraba terribles secretos. Pero tal como estaban las cosas, sólo sabía que querían entrar y no sabía por qué.

Tampoco sabía lo que querían, pero no parecía tan importante en aquel momento como el hecho de que deseaban algo, de eso no cabía duda, y pensaban que nosotros lo teníamos.

—Vamos —dije—. Todo el mundo fuera de aquí. —Rita se volvió a mirarme, pero Cody no se movió. —Moveos —ordené, y Astor tomó a Rita de la mano y salió a toda prisa. Yo apoyé una mano sobre el hombro de Cody y le empujé hacia su madre, al tiempo que le quitaba el desatascador y me volvía hacia la ventana.

El ruido continuaba, unos arañazos que sonaban como si alguien quisiera destrozar el cristal con sus garras. Sin darme cuenta de lo que hacía, golpeé la ventana con la cabeza de goma del desatascador.

El ruido paró.

Durante un largo rato no se oyó otro sonido que mi respiración, rápida y entrecortada. Y después, no muy lejos, oí una sirena de la policía que rasgaba el silencio. Salí del cuarto de baño sin apartar la vista de la ventana.

Rita estaba sentada en la cama, con Cody a un lado y Astor al otro. Los niños parecían muy serenos, pero Rita estaba al borde de la histeria.

—No pasa nada —dije—. La policía está a punto de llegar.

—¿Será la sargento Debbie? —me preguntó Astor, y añadió esperanzada—: ¿Crees que disparará contra alguien?

—La sargento Debbie está en la cama, dormida —dije. La sirena casi había llegado, y con un chirriar de neumáticos paró delante de nuestra casa y recorrió toda la escala musical hasta enmudecer de mala gana—. Ya están aquí —les dije. Rita saltó de la cama y cogió de la mano a los niños.

Los tres me siguieron, y cuando llegamos a la puerta de la calle ya estaban llamando, cortés pero firmemente. De todos modos, como la vida nos enseña cautela, pregunté:

—¿Quién es?

—La policía —dijo una severa voz masculina—. Alguien informó de un posible robo con escalo.

Sonaba auténtico, pero sólo para asegurarme dejé la cadena puesta cuando abrí la puerta y me asomé. Había dos policías uniformados, uno que miraba la puerta y otro que examinaba el patio y la calle.

Cerré la puerta, quité la cadena y volví a abrirla.

—Entre, agente —dije. El nombre de su placa ponía Ramírez, y me di cuenta de que le conocía, pero no entró en la casa. Se limitó a mirar mi mano.

—¿Qué clase de emergencia tenemos entre manos, jefe? —preguntó, al tiempo que indicaba mi mano con un cabeceo. Miré y me di cuenta de que aún sujetaba el desatascador.

—Oh —dije. Dejé el desatascador detrás de la puerta, en el paragüero—. Lo siento. Defensa propia.

—Aja —dijo Ramírez—. Supongo que dependería de lo que llevara el otro. —Entró en la casa y llamó a su compañero—. Echa un vistazo por el patio, Williams.

—Voy —contestó éste, un hombre nervudo de unos cuarenta años. Se encaminó hacia el patio y desapareció por la esquina de la casa.

Ramírez se paró en el centro de la sala, mientras miraba a Rita y a los niños.

—Bien, ¿cuál es la historia? —preguntó, y antes de que yo pudiera contestar, me miró fijamente—. ¿Nos conocemos? —Dexter Morgan —dije—. Trabajo en Forense.

—De acuerdo —dijo—. ¿Qué ha pasado aquí, Dexter?

Se lo conté.

28

Los policías se quedaron con nosotros unos cuarenta minutos. Miraron en el patio y el vecindario, pero no encontraron nada, cosa que no pareció sorprenderles, ni a mí, para ser sincero. Cuando terminaron, Rita les obsequió con café y unas galletas de harina de avena que había hecho.

Ramírez estaba seguro de que habían sido un par de crios con ganas de provocarnos alguna reacción, cosa que, de ser cierto, habían logrado. Williams se esforzó por tranquilizarnos, nos dijo que había sido una broma pesada y que ya había terminado, y cuando estaban a punto de marcharse, Ramírez añadió que pasarían por delante algunas veces durante el resto de la noche. Pero pese a estas palabras tranquilizadoras, Rita se quedó sentada a la mesa de la cocina con una taza de café el resto de la noche, incapaz de volver a dormir. Por mi parte, di vueltas durante más de tres minutos, hasta zambullirme en el país de los sueños.

Y mientras descendía por la larga montaña negra hasta el sueño, la música empezó de nuevo. Y noté una gran sensación de alegría, y luego calor en mi cara…

Sin saber cómo me encontré en el pasillo, mientras Rita me sacudía y gritaba mi nombre.

—Despierta, Dexter —decía—. Dexter.

—¿Qué ha pasado? —pregunté.

—Estabas caminando en sueños —dijo Rita—. Y cantando. Cantabas mientras dormías.

Y así, la aurora de dedos rosados nos encontró a los dos sentados a la mesa de la cocina, bebiendo café. Cuando el despertador sonó por fin en el dormitorio, Rita se levantó para desconectarlo, volvió y me miró. Yo sostuve su mirada, pero por lo visto no teníamos nada que decir, y después Cody y Astor entraron en la cocina, y no podíamos hacer otra cosa que seguir la rutina matutina e ir a trabajar, fingiendo como autómatas que todo era exactamente como antes.

Pero no lo era, claro está. Alguien estaba intentando entrar en mi cabeza, y lo estaba consiguiendo muy bien. Y ahora había intentado entrar en mi casa, y ni siquiera sabía quién era o qué quería. Debía suponer que era algo relacionado con Moloch, y la ausencia de mi Presencia.

La conclusión era que alguien estaba intentando hacerme algo, y cada vez estaba más cerca de lograrlo.

Me negaba a tomar en serio la idea de que un dios antiguo estaba intentando matarme. Para empezar, no existen. Y aunque existieran, ¿por qué iba uno de ellos a molestarse conmigo? Estaba claro que un ser humano estaba utilizando el rollo de Moloch como un disfraz para sentirse más poderoso e importante, y para convencer a sus víctimas de que poseía poderes mágicos.

Como la capacidad de invadir mi sueño y obligarme a oír música, por ejemplo. Un depredador humano no podía hacer eso. Ni tampoco asustar al Oscuro Pasajero.

Las únicas respuestas posibles eran imposibles. Tal vez debía atribuirlo a la fatiga, pero no se me ocurrían otras.

Cuando llegué al trabajo aquella mañana, no tuve tiempo de pensar algo mejor, porque recibimos una llamada sobre un doble homicidio en una tranquila casa donde cultivaban marihuana en el Grove. Habían atado y despedazado a dos adolescentes, y disparado varias veces sobre ellos. Y si bien estoy seguro de que habría tenido que considerar horrible lo sucedido, me sentí agradecido por la oportunidad de ver dos cadáveres que no estuvieran asados y decapitados. Conseguía que las cosas parecieran normales, incluso plácidas, al menos por un rato. Rocié mi luminol aquí y allí, casi contento de llevar a cabo una tarea que expulsara durante un rato la espantosa música.

Pero también me concedió tiempo para meditar, cosa que hice. Veía escenas como ésta cada día, y nueve de cada diez veces los asesinos decían cosas como «se me fue la olla» o «cuando me di cuenta de lo que estaba haciendo, ya era demasiado tarde». Simples excusas, que a mí me parecían divertidas, porque yo siempre sabía lo que estaba haciendo, y por eso lo hacía.

Y por fin, se me ocurrió una idea: había descubierto que no podía hacer nada a Starzak sin el Oscuro Pasajero. Esto significaba que mi talento residía en el Pasajero, no en mí mismo. Lo cual podía significar que todos aquellos a los que «se les iba la olla» eran anfitriones temporales de algo similar, ¿verdad?

Hasta ahora, el mío nunca me había abandonado. Siempre estaba en casa conmigo, no iba vagando por las calles, de paseo con el primer pringado colérico que encontraba.

Muy bien, dejemos eso de lado un momento. Supongamos que algunos Pasajeros se pasean y otros son hogareños. ¿Podía explicar esto lo que Halpern había descrito como un sueño? ¿Pudo algo entrar en su interior, obligarlo a matar a dos chicas, llevarlo de vuelta a casa y acostarlo antes de marcharse?

No lo sabía. Pero sí sabía que, si la idea tenía algún fundamento, mi problema era mucho más grave de lo que había imaginado.

Cuando volví a la oficina, ya había pasado la hora de comer, y tenía una llamada de Rita recordándome que a las dos y media tenía cita con su pastor. Y por «pastor» no me refiero al tipo que cuida ovejas en el monte. Por improbable que parezca, me refiero al tipo de pastor que encuentras en una iglesia, si alguna vez te sientes impulsado a visitar una por algún motivo. Por mi parte, siempre he dado por sentado que, si existiera alguna clase de dios, jamás permitiría que algo como yo floreciera. Y si me equivoco, que se parta el altar y se desmorone si entro en una iglesia.

Pero mi sensato alejamiento de edificios religiosos había terminado, porque Rita quería que su propio pastor presidiera nuestra ceremonia matrimonial, y por lo visto el hombre necesitaba examinar mis credenciales humanas antes de acceder. La primera vez no había hecho un buen trabajo, por supuesto, ya que el primer marido de Rita había sido un adicto al crac que le pegaba con regularidad, y el reverendo no había logrado detectarlo. Y si el pastor había pasado por alto algo tan evidente antes, las probabilidades de que lo hiciera mejor conmigo no eran muy numerosas.

De todos modos, Rita sentía una gran confianza en el hombre, de modo que fuimos a la antigua iglesia de roca coralina, situada en unos terrenos frondosos del Grove, tan sólo a un kilómetro de la escena del homicidio en la que había estado trabajando por la mañana. Rita había recibido la confirmación en dicha iglesia, me explicó, y conocía al pastor desde hacía mucho tiempo. Por lo visto, eso era importante, y supuse que debería serlo, teniendo en cuenta lo que yo sabía sobre varios hombres de Dios que habían llamado mi atención debido a mi pasatiempo favorito. Mi ex pasatiempo favorito, quiero decir.

El reverendo Gilíes nos estaba esperando en su despacho (¿o debería decir claustro, retiro o algo por el estilo?). La rectoría siempre me había sonado como un lugar en el que te encuentras con un proctólogo. Tal vez era una sacristía. Admito que no estoy al día en la terminología. Mi madre adoptiva, Doris, intentó llevarme a la iglesia cuando era pequeño, pero después de un par de lamentables incidentes, quedó claro que no me gustaba, y Harry intervino.

El estudio del reverendo estaba forrado de libros de títulos improbables, que sin duda ofrecían sabios consejos sobre cómo apechugar con cosas que Dios prefería que evitaras.

También había algunos que ofrecían información sobre el alma de la mujer, aunque no especificaba de cuál, e información sobre cómo conseguir que Cristo trabajara para ti. Esperé que no fuera por el salario mínimo. Había incluso uno sobre química cristiana, lo cual me pareció un poco forzado, a menos que diera la receta del viejo truco de convertir agua en vino.

Mucho más interesante era un libro con letras góticas en la cubierta de la encuadernación. Volví la cabeza para leer el título. Simple curiosidad, pero cuando lo leí sentí una sacudida en mi interior, como si mi esófago se hubiera llenado de hielo de repente.

Posesión demoníaca: ¿Realidad o fantasía?, rezaba, y mientras leía el título, oí el sonido inconfundible de una moneda al caer.

Sería muy fácil para un observador externo sacudir la cabeza y decir, sí, claro, Dexter es un chico muy tonto si no ha pensado en eso. Pero la verdad era que no lo había hecho. El demonio posee muchas connotaciones negativas, ¿verdad? Y mientras la Presencia estuvo presente, no pareció necesario definirla en esos términos arcaicos. Sólo ahora que se había marchado era necesaria una explicación. ¿Por qué no ésta? Era algo anticuada, pero su propia antigüedad parecía defender la posibilidad de que existiera algo por el estilo, alguna relación con aquella tontería de Salomón y Moloch, hasta llegar a lo que me estaba pasando hoy.

¿Era realmente el Oscuro Pasajero un demonio? ¿La ausencia del Pasajero significaba que había sido expulsado? Y si era así, ¿qué lo había expulsado? ¿Algo de una bondad suprema? No recordaba haberme topado con algo semejante durante la última, oh, vida. Justo lo contrario, en realidad.

Pero ¿podía algo muy malo expulsar a un demonio? O sea, ¿podía existir algo peor que un demonio? ¿Tal vez Moloch? ¿O podía un demonio autoexpulsarse por algún motivo?

Intenté consolarme con la idea de que, al menos, ahora tenía unas cuantas buenas preguntas, pero tampoco me sentí muy confortado, y mis pensamientos fueron interrumpidos cuando la puerta se abrió y el Buen Reverendo Gilíes entró, sonriendo y murmurando «vaya, vaya».

El reverendo tendría unos cincuenta años y parecía bien alimentado, por lo cual supuse que el negocio iba viento en popa. Avanzó hacia nosotros y dio a Rita un abrazo y un beso en la mejilla, antes de volverse para ofrecerme un caluroso apretón de manos.

—Bien —dijo, mientras me sonreía con cautela—. Así que tú eres Dexter.

—Supongo que lo soy —contesté—. No pude evitarlo. Asintió, casi como si fuera lógico.

—Sentaos, por favor, y relajaos —dijo. Dio la vuelta al escritorio y se sentó frente a nosotros en una enorme silla giratoria.

Decidí tomarme sus palabras al pie de la letra y me recliné en la butaca de piel roja. Rita se sentó en el borde de otra butaca idéntica.

—Rita —dijo, y volvió a sonreír—. Vaya, vaya. Así que estás dispuesta a volver a intentarlo, ¿eh?

—Sí, es que… Creo que sí —dijo Rita, y se ruborizó violentamente—. Quiero decir, sí. — Me miró con una brillante sonrisa roja—. Sí, estoy dispuesta.

—Bien, bien —dijo él, y desvió su expresión de cariñosa preocupación hacia mí—. Y tú, Dexter. Me gustaría saber algo de ti.

—Bien, para empezar, soy sospechoso de un asesinato —dije con modestia.

—Dexter —dijo Rita, y aunque fuera imposible, enrojeció todavía más.

—¿La policía cree que mataste a alguien? —preguntó el reverendo Gilíes.

—Oh, no todos lo creen —dije—. Sólo mi hermana.

—Dexter es forense —soltó Rita—. Su hermana es detective. Él sólo…, sólo estaba bromeando.

El hombre cabeceó en mi dirección.

—El sentido del humor es de gran ayuda en cualquier relación —dijo.

Hizo una pausa, con aspecto pensativo y muy sincero.

—¿Cómo te llevas con los hijos de Rita? —preguntó.

—Oh, Cody y Astor adoran a Dexter —dijo Rita, muy contenta de haber aparcado el tema de mi condición de hombre buscado por la ley.

—Pero ¿cómo se lleva Dexter con ellos? —insistió el hombre.

—Me caen bien —dije.

El reverendo Gilíes asintió.

—Bien. Muy bien. A veces, los niños son una carga. Sobre todo cuando no son de uno.

—Cody y Astor son una carga muy pesada, pero no me importa.

—Van a necesitar mucha atención, después de todo lo que han padecido.

—Oh, ya se la presto —dije, aunque preferí no ser demasiado concreto, de modo que añadí—: están ansiosos de recibirla.

—De acuerdo —dijo el reverendo—. Esos chicos vendrán a la escuela dominical, ¿verdad?

Se me antojó un intento descarado de chantajearnos para que le proporcionáramos futuros reclutas que engordaran su bandeja, pero Rita asintió con entusiasmo, así que la imité. Además, estaba bastante seguro de que, con independencia de lo que dijeran los demás, Cody y Astor buscarían consuelo espiritual en otra parte.

—En cuanto a vosotros dos —dijo el hombre, al tiempo que se reclinaba en la butaca y se frotaba el dorso de una mano con la palma de la otra—, una relación en el mundo actual necesita una firme base en la fe. —Me miró expectante—. ¿Qué opinas, Dexter?

Bien, ya estábamos. Hay que creer que, tarde o temprano, un pastor encontrará una forma de dar un giro a las cosas para encaminarte a su terreno. No sé si es peor mentir a un pastor que a otra persona, pero yo deseaba que la entrevista concluyera con rapidez y sin causar dolor, ¿y cómo iba a conseguirlo si decía la verdad? Sí, reverendo tengo una gran fe… en la codicia y estupidez de la raza humana, y en la dulzura del acero afilado en una noche iluminada por la luna. Tengo fe en lo invisible oscuro, en la fría risotada de las sombras interiores, y más que fe: estoy seguro, porque he visto el desolador desenlace y sé que es real. Ahí vivo yo.

Pero eso no tranquilizaría al hombre, y no necesitaba preocuparme por ir al infierno si mentía a un pastor. Si existe un infierno, yo ya tengo reservado un asiento de primera fila.

—La fe es muy importante —me limité a decir, y el hombre pareció quedar satisfecho.

—Estupendo, de acuerdo —dijo, y consultó con disimulo su reloj—. Dexter, ¿quieres preguntar algo acerca de nuestra Iglesia?

Una buena pregunta, quizá, pero me pilló por sorpresa, pues había pensado que en el curso de esta entrevista tendría que contestar a preguntas en lugar de formularlas. Estaba preparado para mostrarme evasivo durante una hora, al menos, pero ¿qué podía preguntar? ¿Utilizan mosto o vino? ¿La bandeja es de metal o de madera? ¿Es pecado bailar? No estaba preparado. No obstante, él parecía muy interesado en saberlo. Le dediqué una sonrisa tranquilizadora.

—Me gustaría saber qué opinan de la posesión demoníaca —dije.

—¡Dexter! —Rita tragó saliva con una sonrisa nerviosa—. Eso no es… No querrás…

El reverendo Gilíes levantó una mano.

—No pasa nada, Rita —dijo—. Creo saber qué quiere decir Dexter. —Se reclinó en la butaca y cabeceó, al tiempo que me dedicaba una agradable sonrisa de complicidad—. ¿Ha pasado mucho tiempo desde que no pisas una iglesia, Dexter?

—Bien, la verdad es que sí —admití.

—Creo que descubrirás que la nueva Iglesia está muy adaptada al mundo moderno. La verdad esencial del amor de Dios no cambia —dijo—, pero sí nuestra interpretación de él, a veces. —Me guiñó un ojo, lo juro—. Creo que podemos admitir que los demonios son para Halloween, no para el oficio dominical.

Bien, era agradable recibir una respuesta, aunque no fuera la que estaba buscando. No esperaba que el reverendo Gilíes sacara un grimorio y lanzara un hechizo, pero admito que fue un poco decepcionante.

—De acuerdo.

—¿Alguna otra duda? —me preguntó con una sonrisa muy satisfecha—. ¿Sobre nuestra Iglesia, o sobre algo relacionado con la ceremonia?

—Pues no. Parece muy sencillo.

—Nos gusta creer eso. Siempre que pongamos en primer lugar a Cristo, todo lo demás encaja.

—Amén —dije con júbilo. Rita me miró, pero el reverendo pareció aceptarlo.

—De acuerdo —dijo el hombre, se levantó y extendió la mano—. Hasta el veinticuatro de junio. —Yo también me levanté y le estreché la mano—. Pero espero veros antes — añadió—. Tenemos un gran oficio moderno todos los domingos a las diez de la mañana. — Me guiñó un ojo y volvió a apretarme la mano—. Podrás volver a casa a tiempo de ver el partido de fútbol.

—Fantástico —dije, y pensé que, cuando los negocios se anticipan a las necesidades de sus clientes, todo es mucho mejor.

Me soltó la mano y le dio un gran abrazo a Rita.

—Rita —dijo—, estoy muy contento por ti.

—Gracias —sollozó ella en su hombro. Se apoyó contra él un momento y sorbió por la nariz. Después se enderezó, se frotó la nariz y me miró—. Gracias, Dexter —dijo. No sé por qué, pero siempre es agradable que te incluyan.

29

Por primera vez desde hacía tiempo estaba ansioso por volver a mi cubículo. No porque tuviera trabajo, sino por la idea que se me había ocurrido en el estudio del reverendo Gilíes. Posesión demoníaca. Sonaba bien. Nunca me había sentido poseído, aunque Rita reclamaba el honor, pero al menos proporcionaba una especie de explicación, avalada por la historia, y tenía muchas ganas de investigarla.

En primer lugar, comprobé si tenía mensajes en el contestador automático y en el correo electrónico. Ningún mensaje, salvo un recordatorio rutinario del departamento sobre la limpieza de la zona de café. Tampoco descubrí ninguna abyecta disculpa de Debs. Hice algunas llamadas cautelosas, y descubrí que Debs estaba intentando localizar a Kurt Wagner, lo cual me tranquilizó, pues significaba que no me estaba siguiendo a mí.

Con el problema resuelto y la conciencia tranquila, empecé a investigar el tema de la posesión demoníaca. Una vez más, el buen rey Salomón acaparaba los titulares. Por lo visto, se había llevado de maravilla con cierto número de demonios, la mayoría de nombres improbables con varias zetas. Y les había dado órdenes como si fueran criados, y obligado a construir su gran templo, lo cual no dejó de sorprenderme, pues siempre me habían dicho que el templo era algo bueno, y debían existir leyes sobre el trabajo de los demonios. O sea, si tanto nos molesta que inmigrantes ilegales recojan las naranjas, ¿no debían tener todos aquellos patriarcas temerosos de Dios una especie de ordenanza contra los demonios?

Pero ahí delante lo tenía, en blanco y negro. El rey Salomón había confraternizado con ellos a sus anchas, y como jefe. No les gustaba recibir órdenes, por supuesto, pero le aguantaban. Y eso suscitaba la interesante idea de que tal vez alguien más podía controlarlos, e intentaba hacerlo con el Oscuro Pasajero, quien había huido de aquella servidumbre involuntaria. Medité un rato sobre eso.

El mayor problema de esa teoría residía en que no encajaba con la abrumadora sensación de peligro de muerte que me había invadido por primera vez, cuando el Pasajero todavía estaba a bordo. Puedo comprender la reticencia a llevar a cabo trabajos indeseables tan bien como cualquiera, pero eso no tenía nada que ver con el miedo letal que había surgido en mi interior.

¿Significaba eso que el Oscuro Pasajero no era un demonio? ¿Significaba que no estaba padeciendo otra cosa que una simple psicosis? ¿Una fantasía paranoica imaginaria en la que se mezclaban la sed de sangre y el horror?

Y, no obstante, todas las culturas del mundo a lo largo de la historia parecían creer que la posesión albergaba cierto grado de realidad. No conseguía relacionarla con mi problema. Intuía que estaba cerca de algo, pero no se me ocurrían ideas.

De pronto eran las cinco y media, y ya estaba más que ansioso por huir de la oficina y dirigirme hacia el dudoso refugio de mi casa.

A la tarde siguiente estaba en mi cubículo, mecanografiando un informe sobre un asesinato múltiple muy aburrido. Hasta Miami tiene asesinatos vulgares, y éste era uno de ellos, o tres y medio, para ser preciso, pues había tres cadáveres en el depósito, y un cuarto cuerpo en cuidados intensivos en el Jackson Memorial. Era un simple tiroteo en una de las escasas zonas de la ciudad en que la propiedad se valoraba a la baja. Era absurdo dedicarle mucho tiempo, pues había montones de testigos, y todos coincidían en que alguien llamado «Cabronazo» era el culpable.

De todos modos, hay que observar las formas, y yo había pasado medio día en el lugar de los hechos, para asegurarme de que nadie había saltado desde una puerta y troceado a las víctimas con unas tijeras de podar setos, al tiempo que las ametrallaban desde un coche que pasaba. Estaba intentando pensar en una forma interesante de conseguir que las manchas de sangre fueran congruentes con un tiroteo desde algo en movimiento, pero el aburrimiento estaba consiguiendo que bizqueara, y mientras miraba la pantalla sin verla, oí un zumbido, y después el retumbar de gongs, y la música nocturna volvió a empezar, y tuve la impresión de que la página en blanco de la pantalla se teñía de sangre, se derramaba sobre mí, inundaba la oficina y todo el mundo visible. Salté de la silla y parpadeé varias veces hasta que se desvaneció, pero me dejó tembloroso e intrigado.

Estaba empezando a afectarme a plena luz del día, incluso sentado a mi mesa de la jefatura de policía, y no me gustaba nada. O se estaba fortaleciendo y acercando, o me estaba sumiendo en la locura más absoluta. Los esquizofrénicos oyen voces, ¿no? ¿También oyen música? ¿Podía calificarse de voz al Oscuro Pasajero? ¿Había estado loco desde el primer momento, y un episodio final estaba afectando a la cordura artificial del Indeciso Dexter?

No creía que fuera posible. Harry me había enderezado, conseguido que me adaptara. Harry habría sabido que estaba loco, y me había dicho que no. Harry jamás se equivocaba. Yo estaba adaptado y bien, sólo bien, gracias.

¿Por qué oía esa música? ¿Por qué temblaba mi mano? ¿Por qué necesitaba aferrarme a un fantasma, con el fin de evitar sentarme en el suelo y darme golpecitos en los labios con el dedo índice?

Estaba claro que nadie del edificio había oído nada. Sólo yo. De lo contrario, los pasillos estarían llenos de gente bailando o chillando. No, el miedo se había adentrado en mi vida a mayor velocidad de la que yo podía alcanzar, había llenado el espacio vacío interior donde había habitado el Oscuro Pasajero.

No tenía nada con qué trabajar. Necesitaba información externa si aspiraba a comprender esto. Muchas fuentes creían que los demonios eran reales. Miami estaba llena de gente que trabajaba con ahínco para mantenerlos alejados cada día de sus vidas. Y si bien el babalao había dicho que no quería tener nada que ver con este asunto, y se había largado a toda velocidad, daba la impresión de saber lo que era. Estaba bastante seguro de que la santería creía en la posesión. Pero daba igual: Miami era una ciudad diversa y maravillosa, y encontraría otro lugar donde formular la pregunta y recibir una respuesta muy diferente, tal vez incluso la que iba buscando. Abandoné mi cubículo y me encaminé al aparcamiento.

El Árbol de la Vida estaba en la periferia de Liberty City, una zona de Miami no apta para ser visitada de noche por turistas de Iowa. Este rincón en concreto había sido tomado por inmigrantes haitianos, y muchos edificios estaban pintados de varios colores chillones, como si no bastara con uno solo. En algunos edificios había murales que plasmaban la vida rural de Haití. Predominaban los gallos y los chivos.

En la pared exterior del Árbol de la Vida había pintado un árbol grande, cosa muy adecuada, y debajo una imagen alargada de dos hombres que tocaban tumbadoras. Aparqué justo delante de la tienda y entré por una puerta con mosquitera, que hizo sonar una campanilla y se cerró de golpe a mis espaldas. En la parte de atrás, al otro lado de una cortina de cuentas colgantes, una voz de mujer dijo algo en criollo. Yo me quedé delante del mostrador de cristal y esperé. La tienda estaba forrada de estanterías que contenían numerosos tarros con cosas misteriosas, líquidas, sólidas e indefinidas. Daba la impresión de que uno o dos contenían cosas que habían estado vivas en su momento.

Al cabo de un momento, una mujer se abrió paso entre las cuentas y se acercó. Aparentaba unos cuarenta años, delgada como un junco, de pómulos altos y una tez como caoba desteñida por el sol. Llevaba un vestido rojo y amarillo largo y suelto, y un turbante a juego en la cabeza.

—Ah —dijo, con un fuerte acento criollo. Me miró de arriba abajo con expresión escéptica y meneó la cabeza—. ¿En qué puedo servirle, señor?

—Ah, bien —dije, y más o menos me callé. ¿Cómo podía empezar, al fin y al cabo? No podía decir que creía estar poseído y quería que el demonio volviera. La pobre mujer me arrojaría sangre de pollo.

—¿Señor? —me urgió, impaciente.

—Me estaba preguntando —dije, lo cual era muy cierto—, ¿tiene libros sobre posesión demoníaca? Este…, ¿en inglés?

La mujer se humedeció los labios con una expresión de suma desaprobación y meneó la cabeza enérgicamente.

—¿Por qué lo pregunta? ¿Es periodista?

—No —dije—. Estoy sólo, hum, interesado. Curiosidad. —¿Curiosidad por el vudú? —preguntó.

—Sólo por lo referido a la posesión.

—Aja —dijo, y si ello era posible, su desaprobación aumenté)—. ¿Por qué?

Alguien muy inteligente debe haber dicho alguna vez que, cuando todo lo demás fracasa, di la verdad. Sonaba tan bien que estaba seguro de no haber sido el primero en pensarlo, y daba la impresión de que era lo único que me quedaba por hacer. Probé.

—Creo —dije—, o sea, no estoy seguro. Creo que tal vez estuve poseído. Hace un tiempo.

—Ya —dijo. Me miró fijamente durante unos momentos, y después se encogió de hombros—. Es posible —añadió por fin—. ¿Por qué lo dice?

—Es que, hum… Tenía la sensación. De que había algo, hum, dentro. Vigilando.

La mujer escupió en el suelo, un gesto muy extraño en una dama tan elegante, y sacudió la cabeza.

—Ustedes, los blancos —dijo—, nos robaron, nos trajeron aquí, nos lo arrebataron todo. Y después, cuando ganamos algo con la nada que nos dan, también quieren una parte. Ja. — Agitó un dedo en mi dirección, como una profesora de segundo amonestando a un mal estudiante—. Escuche, blanco. Si un espíritu entra en usted, lo sabría. No es como en las películas. Es una gran bendición —dijo con una sonrisa de satisfacción—, y no suele ocurrir a los blancos.

—Vaya, qué bien —dije.

—No —dijo—. A menos que lo desee, a menos que solicite la bendición, ésta no llega.

—Pero yo sí quiero.

—Ja —dijo—. Nunca le llegará. Me está haciendo perder el tiempo.

Dio media vuelta y atravesó la cortina de cuentas, en dirección a la trastienda.

Consideré inútil quedarme a esperar si cambiaba de opinión. No parecía probable, ni tampoco que el vudú tuviera respuestas acerca del Oscuro Pasajero. La mujer había dicho que sólo acudía cuando lo llamabas, y que era una bendición. Al menos, era una respuesta diferente, aunque no recordaba haber llamado jamás al Oscuro Pasajero. Siempre estuvo conmigo. Pero para estar seguro del todo, me detuve ante el bordillo de la acera y cerré los ojos. «Vuelve, por favor», dije.

No pasó nada. Subí al coche y volví al trabajo.

«Qué elección más interesante», pensó el Vigilante. Vudú. La idea contenía cierta lógica, por supuesto, no podía negarlo. Pero lo más interesante era lo que revelaba del otro. «Se estaba moviendo en la dirección correcta…, y estaba muy cerca.»

Y cuando apareciera su siguiente pista, el otro estaría mucho más cerca. El chico había sentido tanto pánico que había estado a punto de escapar. Pero no lo había conseguido. Había sido muy útil, y ahora iba camino de recibir su oscura recompensa.

Al igual que el otro.

30

Apenas me había sentado en la silla, cuando Deborah entró en mi pequeño cubículo y se sentó en la silla plegable, delante de mi mesa.

—Kurt Wagner ha desaparecido —dijo.

Esperé a que siguiera hablando, pero no dijo nada, así que asentí.

—Acepto tus disculpas —dije.

—Nadie lo ha visto desde el sábado por la tarde —siguió—. Su compañero de cuarto dice que, cuando volvió, se comportó de una forma muy extraña, pero no dijo nada. Se cambió de zapatos y se marchó, punto. —Vaciló—. Dejó su mochila —añadió.

Admito que eso me animó un poco.

—¿Qué había dentro? —pregunté.

—Rastros de sangre —dijo, como si admitiera que se había comido la última galleta—. Coincide con la de Tammy Connor.

—Vaya, vaya —dije. Creí conveniente no añadir nada acerca del hecho de que había encargado el análisis de sangre a otra persona—. Una pista excelente.

—Sí. Es él. Ha de ser él. Mató a Tammy, metió la cabeza en su mochila y liquidó a Manny Borque.

—Eso parece —dije—. Es una pena. Estaba empezando a acostumbrarme a la idea de que el culpable era yo.

—No tiene ni puta lógica —protestó Deborah—. El chico es un buen estudiante, está en el equipo de natación, es de buena familia… Todo eso.

—Era un chico encantador —dije—. No puedo creer que hiciera todas esas cosas horribles.

—De acuerdo —dijo Deborah—. Lo sé, maldita sea. Un tópico del copón. Pero qué coño… El chico mata a su novia. Tal vez incluso a su compañera de cuarto, porque lo vio. Pero ¿por qué a los demás? Y toda esa mierda de quemarlas, y las cabezas de toro, ¿qué es, Molusco?

—Moloch —corregí—. Un molusco es una almeja.

—Da igual —dijo—. Pero no es lógico, Dex. O sea… —Desvió la vista, y por un momento pensé que, pese a todo iba a disculparse. Pero estaba equivocado—. Si tiene lógica — continuó—, es tu tipo de lógica. El tipo de cosas que tú dominas. —Me miró, pero aún parecía estar avergonzada—. Eso, ya sabes… Me refiero a, hum… ¿Ha vuelto? Tu, hum…

—No —dije—. No ha vuelto.

—Bien, mierda.

—¿Has emitido una orden de busca y captura de Kurt Wagner? —pregunté.

—Sé hacer mi trabajo, Dex. Si está en la zona de Miami Dade, lo atraparemos, y el Departamento de Policía de Florida también lo ha hecho. Si está en Florida, alguien lo encontrará.

—¿Y si no está en Florida?

Me miró fijamente, y vi el principio de la forma de mirarme de Harry antes de enfermar, después de tantos años de policía: cansado, acostumbrándose a la idea de la derrota rutinaria.

—En ese caso, es probable que se libre. Y tendré que detenerte para salvar mi empleo.

—Bien —dije, al tiempo que intentaba con desesperación disfrazar de alegría la tristeza abrumadora—, espero que conduzca un coche muy reconocible.

Ella resopló.

—Es un Geo rojo, uno de esos mini-jeeps.

Cerré los ojos. Fue una sensación muy extraña, pero sentí que toda la sangre de mi cuerpo se concentraba en los pies.

—¿Has dicho rojo? —me oí preguntar con voz muy serena.

No hubo respuesta, y abrí los ojos. Deborah me estaba contemplando con una mirada de suspicacia tal, que casi pude tocarla.

—¿Qué coño te pasa? —preguntó—. ¿Una de tus voces?

—Un Geo rojo me siguió hasta casa la otra noche —dije—. Y después, alguien intentó entrar en mi casa.

—Maldita sea —rugió ella—, ¿cuándo cojones me lo pensabas contar?

—En cuanto decidieras volver a dirigirme la palabra —repliqué. Deborah se tiñó de un gratificante tono púrpura y fijó la vista en sus zapatos.

—Estaba ocupada —dijo, en un tono muy poco convincente.

—También Kurt Wagner —dije.

—De acuerdo, mierda —dijo, y comprendí que era la máxima disculpa que iba a recibir—. Sí, es rojo. Pero, coño —añadió, sin levantar la vista todavía—, creo que aquel viejo tenía razón. Los malos están ganando.

No me gustaba ver a mi hermana tan deprimida. Pensé que era necesario algún comentario optimista, algo que disipara el mal humor y llevara una canción a su corazón, pero no encontré nada.

—Bien —dije por fin—, si los malos están ganando de verdad, al menos tendrás mucho trabajo.

Levantó la vista al fin, pero sin nada remotamente parecido a una sonrisa.

—Sí. Un tipo de Kendall mató a su mujer y a sus dos hijos anoche. He de trabajar en eso. —Se levantó y se incorporó poco a poco, hasta recuperar algo parecido a su postura normal—. Hurra por nuestro bando —dijo, y salió de mi despacho.

Desde el primer momento fue una relación ideal, has nuevas cosas poseían conciencia de sí mismas, lo cual facilitaba la labor de manipularlas, algo muy gratificante para EL. Se mataban mutuamente con mucho más entusiasmo, y ÉL no tuvo que esperar mucho a su nuevo anfitrión, ni a volver intentar reproducirse. Empujó a su anfitrión a matar, y esperó, con el ansia de experimentar aquel maravilloso y extraño torbellino.

Pero cuando la sensación llegó, sólo se revolvió perezosamente, despertó una levísima sensación en EL, y después se desvaneció sin florecer ni reproducirse.

EL estaba perplejo. ¿Por qué no había funcionado la reproducción en esta ocasión? Tenía que existir un motivo, y buscó una respuesta con eficacia y organización. A lo largo de muchos años, mientras las cosas nuevas cambiaban y crecían, ÉL experimentó. Y poco a poco descubrió las condiciones ideales para la reproducción. Necesitó matar a varias cosas antes de convencerse de que había encontrado la respuesta, pero cada vez que repetía la fórmula definitiva, una nueva conciencia nacía y huía al mundo dolorida y aterrorizada, y ÉL estaba satisfecho.

La cosa trabajaba mejor cuando los anfitriones estaban un poco desprevenidos, debido a la bebida que habían empezado a destilar, o a alguna otra especie de estado de trance. La víctima debía saber lo que se avecinaba, y si había público, sus emociones alimentaban la experiencia y la convertían en más poderosa todavía.

Después, estaba el fuego. El fuego era un método muy bueno para matar a las víctimas. Daba la impresión de que liberaba su esencia en un gran estallido de energía espectacular.

Y, por fin, la experiencia funcionaba mejor con los jóvenes. Las emociones eran mucho más fuertes, sobre todo en los padres. Era maravilloso, inimaginable.

Luego, trance, víctimas jóvenes. Una fórmula sencilla.

ÉL empezó a animar a los nuevos anfitriones a descubrir una forma de establecer estas condiciones de manera permanente. Y los anfitriones se mostraron muy ansiosos de colaborar con ÉL.

31

Cuando era muy pequeño vi un espectáculo de variedades en la televisión. Un hombre colocaba un puñado de platos en el extremo de una serie de varillas flexibles, y los mantenía en el aire haciendo girar en círculos el extremo de las varillas de modo que los platos giraban y giraban. Y si aminoraba la velocidad o daba la espalda, aunque fuera un momento, uno de los platos se inclinaba y caía al suelo, seguido por todos los demás.

Es una metáfora terrorífica de la vida, ¿verdad? Todos intentamos que nuestros platos permanezcan siempre girando en el aire, y en cuanto lo has conseguido no puedes apartar la vista de ellos, y tienes que continuar trajinando con el resto. Salvo que, en la vida, alguien sigue añadiendo más platos, esconde las varillas y cambia la ley de la gravedad a la que te descuidas. Por eso, cada vez que crees que tus platos están girando alegremente, oyes de repente un espantoso estrépito detrás de ti, y una fila entera de platos cuya existencia desconocías se viene al suelo.

Había supuesto estúpidamente que la trágica muerte de Manny Borque significaba un plato menos por el que debía preocuparme, puesto que ahora podía proceder a encargar el catering de la boda tal como era debido, con embutidos y una nevera llena de refrescos, por valor de 65 dólares por barba. Podía concentrarme en el problema importante y muy real de recomponerme de nuevo. Y pensando que todo marchaba a pedir de boca en el frente hogareño, volví la espalda un momento y recibí como recompensa un espectacular estrépito detrás de mí.

El plato metafórico en cuestión se rompió cuando entré en casa de Rita después de trabajar. Reinaba tal silencio que supuse que no había nadie en casa, pero un rápido vistazo al interior me reveló algo mucho más inquietante. Cody y Astor estaban sentados inmóviles en el sofá, con Rita de pie detrás de ellos y una expresión que habría podido transformar la leche fresca en yogur en un abrir y cerrar de ojos.

—Dexter —anunció con voz lúgubre—, hemos de hablar.

—Por supuesto —dije, y mientras temblaba a causa de su expresión, incluso la simple idea de una respuesta desenfadada se hizo añicos, arrastrados al instante por el aire gélido.

—Estos niños —dijo Rita. Por lo visto, a eso se reducía la idea, porque me miró y no dijo nada más.

Yo sabía a qué niños se refería, claro está, así que asentí para darle ánimos.

—Sí —dije.

—Oh —dijo ella.

Bien, si Rita tardaba tanto en articular una frase completa, era fácil comprender por qué la casa estaba tan silenciosa cuando entré. Era evidente que el arte perdido de la conversación iba a necesitar un poco de estímulo de Dexter el Diplomático si queríamos intercambiar más de siete palabras antes de la cena. Me lancé a fondo con mi famosa valentía.

—Rita —le pregunté—, ¿hay algún problema?

—Oh —repitió, lo cual no fue muy alentador.

Bien, no puedes hacer gran cosa con monosílabos, aunque seas un consumado conversador como yo. Como estaba claro que no iba a recibir la menor ayuda de Rita, miré a Cody y a Astor, que no se habían movido desde que yo entré.

—Muy bien —dije—. ¿Podéis decirme qué le pasa a vuestra madre?

Intercambiaron una de sus famosas miradas, y después se volvieron hacia mí.

—No queríamos hacerlo —dijo Astor—. Fue un accidente.

No era gran cosa, pero al menos sí una frase completa.

—Me alegra saberlo —dije—. ¿Qué fue un accidente?

—Nos pilló —dijo Cody, y Astor le dio un codazo.

—No queríamos hacerlo —repitió la niña con énfasis, y Cody se volvió a mirarla antes de recordar lo que habían acordado. Ella le fulminó con la mirada y parpadeó una vez, antes de cabecear poco a poco en mi dirección.

—Accidente —dijo Cody.

Era bonito ver que un frente unido defendía la línea oficial del partido, pero aún no sabía de qué estábamos hablando, y llevábamos hablando, más o menos, unos cuantos minutos. El tiempo era un factor apremiante, puesto que la hora de la cena se estaba aproximando y Dexter necesita alimentarse con regularidad.

—Es lo único que dicen —intervino Rita—. Y no se acercan lo más mínimo a la verdad. No sé cómo es posible atar al gato de los Villegas por accidente.

—No murió —dijo Astor, con la voz más inaudible que la había oído utilizar.

—¿Para qué eran las tijeras de podar el seto? —preguntó Rita.

—No las utilizamos —dijo Astor.

—Pero ibais a hacerlo, ¿verdad? —insistió Rita.

Dos cabecitas se volvieron hacia mí, y poco después, la de Rita también.

Estoy seguro de que no fue intencionado, pero una imagen de lo sucedido empezó a formarse, y no era una naturaleza muerta agradable. No cabía duda de que los niños habían intentado un estudio independiente sin mí. Y todavía peor, adivinaba que, de alguna manera, se había convertido en mi problema. Los niños esperaban que les sacara las castañas del fuego, y Rita estaba preparada para abrir fuego sobre mí. Era injusto, por supuesto. Lo único que había hecho hasta el momento era llegar a casa del trabajo. Pero como ya he observado en más de una ocasión, la vida es injusta, y no existe departamento de reclamaciones, de modo que deberíamos aceptar las cosas tal como vienen, reparar los desperfectos y seguir adelante.

Es lo que yo intentaba hacer, por inútil que lo considerara.

—Estoy seguro de que hay una buena explicación —dije, y Astor sonrió de inmediato y empezó a cabecear con entusiasmo.

—Fue un accidente —insistió risueña.

—¡Nadie ata a un gato, lo sujeta con cinta adhesiva a un banco de trabajo y lo amenaza con unas tijeras de podar por accidente! —gritó Rita.

Para ser sincero, el asunto se estaba complicando. Por una parte, me complacía hacerme una idea clara de lo ocurrido por fin. Pero por la otra, daba la impresión de que nos habíamos encallado en un obstáculo difícil de explicar, y no pude evitar el pensamiento de que a Rita le convenía más seguir en la inopia acerca de estos temas.

Pensaba haber dejado claro a Cody y a Astor que no debían volar en solitario hasta que les hubiera explicado cómo utilizar las alas. Pero era evidente que habían preferido no comprender y, si bien estaban padeciendo unas consecuencias muy gratificantes por culpa de su acto, era responsabilidad mía sacarlos del atolladero. A menos que comprendieran que no debían repetir este error por ningún motivo (no debían desviarse del Camino de Harry, como ya les había insistido), permitiría con mucho gusto que el viento se los llevara y los mantuviera girando indefinidamente.

—¿Sabéis que lo que hicisteis está mal? —les pregunté. Asintieron al unísono.

—¿Sabéis por qué está mal?

Astor parecía insegura y miró a Cody.

—¡Porque nos pillaron! —soltó.

—¿Lo ves? —dijo Rita, con un tono histérico en la voz.

—Astor —dije, mientras la miraba fijamente sin guiñarle un ojo—, no es el momento de hacerse la graciosa.

—Me alegro de que alguien piense que esto tiene gracia —dijo Rita—, pero resulta que no soy yo.

—Rita —dije, con toda la serenidad que pude reunir, y entonces, utilizando la astucia desarrollada a lo largo de años de fingir que era un humano adulto, añadí—: Creo que ésta es una de esas ocasiones de las que habló el reverendo Gilíes, cuando reclaman mi atención.

—Dexter, estos dos han estado a punto de… No tengo ni idea, ¡y tú…!

Aunque estaba a punto de llorar, me alegré de ver que había recuperado el don de conversar. En ese momento, una escena de una película antigua se proyectó en la pantalla de mi mente, como surgida del túnel del tiempo, y supe con exactitud qué debía hacer un ser humano.

Me acerqué a Rita y, con mi expresión más seria, apoyé una mano sobre su hombro.

—Rita —dije, y me enorgullecí del tono grave y varonil de mi voz—, estás demasiado cerca del problema y estás permitiendo que tus emociones ofusquen tu entendimiento. Estos dos necesitan una perspectiva firme, y yo se la puedo dar. Al fin y al cabo —dije cuando recordé la frase, y me alegró comprobar que no había perdido la forma—, ahora he de ser su padre.

Tendría que haber supuesto que aquel comentario sumiría a Rita en un lago de lágrimas. Y así fue, porque al instante sus labios empezaron a temblar, la cólera se esfumó de su rostro y un riachuelo empezó a rodar por cada mejilla.

—De acuerdo —sollozó—, por favor… Habla con ellos.

Sorbió por la nariz y salió corriendo de la sala.

Dejé que Rita efectuara su salida dramática, dejé que se prolongara un momento para insuflarle más fuerza, y después di media vuelta y miré a mis dos bellacos.

—Bien —dije—. ¿Qué ha pasado con aquello de «Comprendemos, Prometemos, Esperaremos»?

—Estás tardando demasiado —dijo Astor—. No hemos hecho nada, salvo esta vez, y además, no tienes siempre razón y creemos que ya no deberíamos esperar.

—Estoy preparado —dijo Cody.

—Vaya —dije—. En ese caso, supongo que vuestra madre es la mejor detective del mundo, porque estáis preparados y os ha pillado.

—Dex-terrr —protestó Astor.

—No, Astor, para de hablar y escúchame un momento.

La miré con mi cara más seria, y por un momento creí que iba a decir algo más, pero después ocurrió un milagro en nuestra sala de estar. Astor cambió de idea y cerró la boca.

—Muy bien —dije—. He dicho desde el primer momento que tenéis que hacerlo a mi manera. No estáis obligados a creer que siempre tengo razón. —Astor emitió un sonido, pero no dijo nada—. Pero tenéis que hacer lo que yo diga. De lo contrario, no os ayudaré, y terminaréis en la cárcel. No hay otra solución. ¿De acuerdo?

Es muy posible que no supieran qué hacer con este nuevo tono de voz y este nuevo rol. Ya no era Dexter el Juguetón, sino algo muy diferente, Dexter de la Oscura Disciplina, al que nunca habían visto. Se miraron vacilantes, de modo que insistí un poco más.

—Os pillaron —dije—. ¿Qué pasa si os pillan?

—¿Tiempo muerto? —dijo Cody, inseguro.

—Aja —dije—. ¿Y si tienes treinta años?

Tal vez por primera vez en su vida, Astor se quedó sin respuesta, y Cody ya había gastado su cuota de frases de dos palabras. Se miraron, y luego clavaron la vista en sus pies.

—Mi hermana, la sargento Deborah, y yo nos pasamos el día deteniendo a gente que hace este tipo de cosas —expliqué—. Y cuando los pillamos, van a la cárcel. —Sonreí a Astor—. Tiempo muerto para adultos. Pero mucho peor. Vives en una pequeña habitación del tamaño de tu cuarto de baño, encerrado dentro, todo el día y toda la noche. Meas en un agujero del suelo. Comes basura enmohecida, y hay ratas y montones de cucarachas.

—Sabemos lo que es una cárcel, Dexter —dijo Astor.

—¿De veras? ¿Por eso tenéis tanta prisa por ir a parar a ella? ¿Sabes lo que es Oíd Sparky?

Astor miró sus pies de nuevo. Cody aún no había levantado la vista.

—Oíd Sparky es la silla eléctrica. Si te pillan, te atan a Oíd Sparky, te ponen unos cables en la cabeza y te fríen como si fueras beicon. ¿Os parece divertido?

Negaron con la cabeza.

—Por lo tanto, la primera lección es no dejarse pillar —dije—. ¿Os acordáis de las pirañas? —Asintieron—. Su apariencia es feroz, para que la gente sepa que son peligrosas.

—Pero Dexter, nosotros no parecemos feroces —dijo Astor.

—No —admití—, ni debéis parecerlo. Se supone que somos personas, no pirañas. Pero la idea es la misma, parecer algo que no eres. Porque cuando ocurre algo malo, es lo primero que todo el mundo busca: gente feroz. Tenéis que parecer niños dulces, encantadores, normales.

—¿Puedo llevar maquillaje? —preguntó Astor.

—Cuando seas mayor —contesté.

—¡Siempre dices lo mismo!

—Y muy en serio —dije—. Os pillaron esta vez porque fuisteis a vuestra bola y no sabíais lo que hacíais. No sabíais lo que hacíais porque no quisisteis hacerme caso.

Decidí que la tortura ya se había prolongado bastante y me senté en el sofá entre los dos.

—Se acabó hacer de las vuestras sin mí, ¿entendido? Y cuando lo prometáis ahora, que vaya en serio.

Ambos levantaron la vista poco a poco, y después asintieron.

—Lo prometemos —dijo Astor en voz baja, y Cody la coreó en voz aún más baja.

—Prometido.

—Bien —dije—. Ahora, id a pedirle perdón a vuestra madre.

Los dos se levantaron de un salto, aliviados de que el interminable calvario hubiera terminado, y yo los seguí, con una sensación de satisfacción que no recordaba desde hacía mucho tiempo.

Tal vez no estaba tan mal eso de ser padre.

32

Sun Tzu, un hombre muy listo, pese al hecho de que lleva muerto mucho tiempo, escribió un libro llamado El arte de la guerra, y una de sus numerosas observaciones inteligentes consiste en que cada vez que ocurre algo espantoso, existe alguna forma de aprovecharlo en tu favor, si analizas las cosas desde la perspectiva adecuada. No es el típico pensamiento de la Pollyanna californiana de la Nueva Era, que insiste en que si la vida te da limones, siempre puedes hacer pastel de limón. Es un consejo muy práctico, que resulta útil con más frecuencia de lo que la gente sospecha.

En aquel momento, por ejemplo, mi problema consistía en cómo continuar adiestrando a Cody y a Astor en el Código de Harry, ahora que su madre los había pillado. Buscando la solución, me acordé del buen Sun Tzu y traté de imaginar qué habría hecho él. Como era general, es probable que hubiera atacado el flanco izquierdo con la caballería o algo por el estilo, pero los principios debían ser los mismos.

De modo que, mientras conducía a Astor y a Cody a los brazos de su llorosa madre, estaba batiendo el oscuro bosque del cerebro de Dexter en busca de alguna idea a la que diera su aprobación el viejo general chino.

Y justo cuando los tres nos deteníamos delante de la sollozante Rita, la idea surgió, y la agarré al vuelo.

—Rita —dije en voz baja—, creo que puedo parar esto antes de que se nos escape de las manos.

—¿Has oído lo que… ? Ya se nos ha escapado de las manos —dijo, y sorbió por la nariz.

—Tengo una idea —dije—. Mañana quiero que los lleves a mi trabajo, cuando salgan del colegio.

—Pero eso no es… O sea, ¿no empezó todo porque…?

—¿Viste alguna vez un documental titulado Scared Straight?{Documental de Arnold Shapiro realizado en 1988, que narra cómo se intentó enderezar a un grupo de delincuentes juveniles presentándoles a presos adultos. (N. del T.)} —pregunté.

Me miró un momento, sorbió por la nariz de nuevo y miró a los dos niños.

Por eso, a las tres y media de la tarde siguiente, Cody y Astor se estaban turnando en mirar por el microscopio del laboratorio forense.

—¿Eso es un pelo? —preguntó Astor.

—Exacto —dije.

—¡Es asqueroso!

—La mayor parte del cuerpo humano es asqueroso, sobre todo si lo miras bajo un microscopio —dije—. Mira el que hay al lado.

Siguió una pausa atenta, interrumpida sólo cuando Cody la tiró del brazo y ella lo apartó de un empujón.

—Para, Cody.

—¿Qué observas? —pregunté.

—Parecen diferentes —dijo la niña.

—Lo son —dije—. El primero es tuyo. El otro es mío.

Continuó mirando durante un rato más, y después apartó el ojo del ocular.

—Se nota —dijo—. Son diferentes.

—La cosa mejora —dije—. Cody, dame uno de tus zapatos.

Cody se sentó en el suelo y se quitó la zapatilla izquierda. Me la dio y yo extendí la mano.

—Ven conmigo —dije. Le ayudé a ponerse en pie y me siguió hasta la mesa más cercana. Le subí a un taburete y levanté el zapato para que viera la suela—. Tu zapato. ¿Limpio o sucio?

Lo examinó con detenimiento.

—Limpio —dijo.

—Eso crees tú —dije—. Mira esto.

Apliqué un pequeño cepillo de alambre a la suela del zapato y deposité con cuidado la mugre casi invisible que había entre los surcos de la suela sobre una placa de Petri. Coloqué una pequeña muestra sobre la placa de vidrio y la llevé al microscopio. Astor acudió de inmediato a mirar, pero Cody se le adelantó.

—Mi turno —dijo—. Mi zapato.

Ella me miró y yo asentí.

—Es su zapato —dije—. Ya mirarás después. —Al parecer, aceptó la justicia del acuerdo, porque retrocedió y dejó que Cody trepara al taburete. Miré en el ocular para enfocarlo, y vi que la placa mostraba lo que deseaba—. Aja —dije, y retrocedí—. Dime lo que ves, joven Jedi.

Cody miró en el microscopio varios minutos, hasta que los saltitos impacientes de Astor le distrajeron tanto que los dos la miramos.

—Ya ha pasado mucho tiempo —dijo ella—. Es mi turno.

—Dentro de un momento —dije, y me volví hacia Cody—. Dime qué has visto. Meneó la cabeza.

—Porquería —dijo.

—De acuerdo —dije—. Yo te lo diré. —Miré en el ocular otra vez—. En primer lugar, pelo de animal, probablemente de felino.

—Eso significa gato —dijo Astor.

—Después, un poco de tierra con alto contenido en nitrógeno, tal vez tierra orgánica, como la que utilizan en las plantas de interior. —Hablé a Cody sin alzar la vista—. ¿Adónde llevasteis al gato? ¿Al garaje? ¿Donde vuestra madre trabaja con sus plantas?

—Sí —dijo.

—Aja. Ya me lo pensaba. —Volví a mirar en el microscopio—. Ah, mirad aquí. Es una fibra sintética, de una alfombra. Es azul. —Miré a Cody y enarqué una ceja—. ¿De qué color es la alfombra de tu cuarto, Cody?

Sus ojos se abrieron de par en par.

—Azul.

—Sí. Si quisiera ser minucioso, compararía esto con un fragmento que me llevé de tu habitación. Después, te freirían. Demostraría que estuviste con el gato. —Volví a mirar en el ocular—. Caramba, alguien ha comido pizza hace poco. Ah, y hay un trozo de palomita de maíz. ¿Te acuerdas de la película de la semana pasada?

—Quiero ver, Dexter —protestó Astor—. Es mi turno.

—De acuerdo —dije, y la senté en un taburete al lado de Cody para que pudiera mirar por el microscopio.

—Yo no veo palomitas de maíz —dijo al instante.

—Esa cosa redonda y marrón del rincón —dije. Calló un momento, y después me miró.

—No puedes descubrir todo eso —dijo—, aunque mires por el microscopio.

Me complace admitir que estaba presumiendo, pero al fin y al cabo, ésa era la esencia de todo el episodio, así que estaba preparado. Cogí una libreta de anillas que había preparado y la abrí sobre el banco.

—Sí que puedo —dije—. Y muchas cosas más. Mira. —Localicé una página con fotos de diferentes pelos de animales, elegida con cuidado para exhibir la mayor variedad—. Aquí está el pelo de gato —dije—. Muy diferente del de cabra, ¿veis? —Pasé la página—. Y fibras de alfombra. No se parecen a las de una camisa, ni a las de una toalla.

Los dos miraron el libro y pasaron las diez o doce páginas que había juntado para demostrarles que, pues sí, puedo descubrirlo. Estaba todo dispuesto de manera que un forense pareciera algo más omnisciente y todopoderoso que el Mago de Oz, por supuesto. Y para ser justos, podemos hacer casi todo lo que les enseñé. La verdad es que no parece servir de gran cosa a la hora de pillar a los malos, pero ¿para qué iba a estropearles una tarde tan mágica?

—Volved a mirar en el microscopio —dije al cabo de unos minutos—. A ver qué más podéis descubrir.

Obedecieron, muy ansiosos, y durante un rato se lo pasaron en grande.

Cuando por fin levantaron la vista, les dediqué una sonrisa jubilosa.

—Todo esto recogido en un zapato limpio —dije. Cerré el libro y los observé mientras meditaban al respecto—. Y sólo utilizando el microscopio. —Moví la cabeza en dirección a las máquinas centelleantes que llenaban la sala—. Imaginad lo que podemos descubrir cuando utilizamos todo eso.

—Sí, pero podríamos ir descalzos —dijo Astor.

Asentí como si hubiera dicho algo sensato.

—Sí, podríais. Y yo podría hacer algo como esto: dame la mano.

Astor me miró unos segundos, como temerosa de que fuera a cortarle el brazo, pero al final lo extendió poco a poco. Lo sujeté y, utilizando un cortaúñas que saqué del bolsillo, hurgué debajo de sus uñas.

—Ya verás lo que sale de aquí —dije.

—Pero si me he lavado las manos —dijo Astor.

—Da igual —dije. Deposité las motas de materia sobre otra placa y la coloqué bajo el microscopio—. Bien, pues…

T UMP.

Sería un poco melodramático decir que todos nos quedamos petrificados, pero es cierto. Los dos me miraron, yo los miré, y todos nos olvidamos de respirar.

T UMP.

El sonido se estaba acercando, y me costó mucho recordar que estábamos en la jefatura de policía y, por lo tanto, a salvo por completo.

—Dexter —dijo Astor con voz algo temblorosa.

—Estamos en la jefatura de policía —dije—. No corremos ningún peligro.

T UMP.

Se detuvo, muy cerca. Se me erizó el vello de la nuca y me volví hacia la puerta cuando se abrió poco a poco.

El sargento Doakes. Se detuvo en el umbral, con la mirada llameante, que parecía haberse convertido en su expresión permanente.

—Uú —dijo, y el sonido fue casi tan inquietante como su aparición, pues salía de una boca sin lengua.

—Pues sí, soy yo —dije—. Me alegro de que se acuerde.

Avanzó un paso más, Astor saltó del taburete y corrió hacia las ventanas, lo más lejos posible de la puerta. Doakes se detuvo para mirarla. Después sus ojos se desviaron hacia Cody, quien bajó del taburete y le miró sin parpadear.

Doakes miró a Cody. Cody sostuvo su mirada, y Doakes respiró hondo, en una imitación muy pasable de Darth Vader. Después volvió la cabeza hacia mí y avanzó otro paso con rapidez, de manera que estuvo a punto de perder el equilibrio.

—Uú —repitió, esta vez en un susurro—. ¡ Ní-os!

—¿Ní-os? —repetí, y la verdad es que estaba perplejo y no deseaba provocarle. O sea, si insistía en ir dando tumbos por ahí asustando a los niños, lo menos que podía hacer era llevar papel y lápiz para comunicarse.

Por lo visto, era pedir demasiado, porque respiró de nuevo como Darth Vader y señaló con su garra de acero a Cody.

—Ní-os —repitió, en una especie de rugido.

—Me busca a mí —dijo Cody. Me volví hacia él, sorprendido de que hablara con Doakes delante, como una pesadilla convertida en realidad. Pero claro, Cody no tenía pesadillas. Se limitó a mirar a Doakes.

—¿Por qué a ti, Cody? —pregunté.

—Vio mi sombra —dijo el niño.

El sargento Doakes avanzó otro paso hacia mí. Su garra derecha chasqueó, como si hubiera decidido atacarme por voluntad propia.

—Uú. Ta-én. Cr-t-no.

Por lo visto, algo tramaba, pero también estaba claro que debería resignarse a la mirada asesina silenciosa, pues era casi imposible comprender las sílabas pastosas que salían de su boca mutilada.

—Uk. Uú. Ta-én —susurró, y era una condenación tan clara de todo cuanto era Dexter, que al fin comprendí que me estaba acusando de algo.

—¿Qué quieres decir? —pregunté—. Yo no he hecho nada.

—Ní-o —dijo, y señaló de nuevo a Cody.

—Ni yo tampoco —dije.

Admito que le entendí mal a propósito. Estaba diciendo «niño» y le salía como «ni-o» porque carecía de lengua, pero mi aguante tenía un límite. Había quedado dolorosamente patente que los intentos de comunicación verbal de Doakes habían tenido un éxito muy limitado, pero él insistía en probar. ¿Es que aquel hombre había perdido el sentido de la decencia?

Por suerte para todos, nos interrumpió un taconeo en el pasillo, y Deborah entró como una tromba en la sala.

—Dexter —dijo. Calló cuando vio la estrambótica escena de Doakes con la garra levantada hacia mí, Astor aplastada contra la ventana y Cody con un escalpelo en la mano, dispuesto a utilizarlo contra Doakes.

—¿Qué coño pasa aquí? —dijo Deborah—. ¿Doakes?

El hombre dejó caer la mano muy poco a poco, pero no apartó los ojos de mí.

—Te he estado buscando, Dexter. ¿Dónde estabas?

Estaba tan agradecido por su oportuna interrupción, que me abstuve de subrayar lo absurdo de su pregunta.

—Pues aquí, aleccionando a los niños —dije—. ¿Y tú?

—Camino de Dinner Key —contestó—. Han encontrado el cadáver de Kurt Wagner.

33

Deborah nos condujo a través del tráfico a una velocidad digna de un circuito de carreras. Intenté pensar en una manera educada de indicarle que íbamos a ver un cadáver, el cual no era probable que escapara, así que por favor fuera más despacio, pero no se me ocurrió ninguna frase que no la impulsara a levantar las manos del volante para intentar estrangularme.

Cody y Astor eran demasiado pequeños para darse cuenta de que corrían peligro de muerte, y daba la impresión de que se lo estaban pasando en grande en el asiento trasero. Incluso habían asimilado la esencia de la situación y se dedicaban al unísono a hacer gestos groseros a los coches que adelantábamos.

Había un choque múltiple de tres coches en la U.S 1 en Lejeune, lo cual paralizó el tráfico unos momentos, y nos vimos obligados a avanzar a paso de caracol. Como ya no tenía que dedicar todos mis esfuerzos a reprimir chillidos de terror, intenté averiguar qué íbamos a ver con tantas prisas.

—¿Cómo murió? —pregunté a Deborah.

—Igual que a los demás —contestó—. Quemado. Y el cuerpo está sin cabeza.

—¿Estás segura de que es Kurt Wagner? —pregunté.

—¿Puedo demostrarlo? Aún no —respondió—. ¿Estoy segura? Sí, mierda.

—¿Por qué?

—Encontraron su coche en las cercanías.

No tenía ninguna duda de que, en circunstancias normales, comprendería con exactitud por qué alguien era un fetichista de las cabezas, y sabría dónde encontrarlas y por qué. Pero, por supuesto, ahora que dentro estaba solo, ya nada era normal.

—Sabes que eso es absurdo —le dije.

Deborah rugió y golpeó el volante con una mano.

—Explícame por qué.

—Kurt debió de liquidar a las demás víctimas.

—¿Y quién lo mató? ¿Su jefe de exploradores? —preguntó Deborah, al tiempo que hacía sonar el claxon y sorteaba el embotellamiento de tráfico pasando al carril contiguo. Adelantó a un autobús, pisó el acelerador y se abrió paso entre el tráfico durante unos cincuenta metros, hasta que dejamos atrás el accidente. Me concentré en acordarme de respirar y en reflexionar que todos íbamos a morir algún día, de modo que, considerando la situación en conjunto, ¿qué más daba si Deborah nos mataba? No era un gran consuelo, pero impidió que me pusiera a chillar y me lanzara por la ventanilla del coche, hasta que volvimos al carril correcto.

—Ha sido divertido —dijo Astor—. ¿Podemos repetirlo?

Cody asintió con entusiasmo.

—La próxima vez podríamos poner la sirena —siguió Astor—. ¿Por qué no utiliza la sirena, sargento Debbie?

—No me llames Debbie —replicó Deborah—. No me gusta la sirena.

—¿Por qué? —insistió Astor.

Deborah exhaló un enorme suspiro y me miró con el rabillo del ojo.

—Es una buena pregunta —dije.

—Hace demasiado ruido —explicó Deborah—. Ahora, dejadme conducir, ¿vale?

—De acuerdo —dijo Astor, pero no parecía muy convencida.

Corrimos en silencio hasta Grand Avenue, y yo intenté pensar en el caso, con la intención de encontrar algo que pudiera ser útil. No lo conseguí, pero sí se me ocurrió algo que valía la pena mencionar.

—¿Y si la muerte de Wagner es sólo una coincidencia? —le pregunté.

—Eso no te lo crees ni tú.

—Pero si quería escapar, puede que intentara conseguir documentos de identidad falsas y no acertara con los proveedores, o quisiera que le sacaran del país a escondidas. Teniendo en cuenta las circunstancias, pudo toparse con gente mala.

Ni siquiera a mí me parecía probable, pero Deborah se lo pensó unos segundos, mientras se mordisqueaba el labio inferior y tocaba el claxon maquinalmente al adelantar a una furgoneta de cortesía de un hotel.

—No —replicó—. Estaba asado, Dexter. Como los dos primeros cadáveres. Es imposible que copiaran eso.

Una vez más, tomé conciencia de que algo se agitaba levemente en mi desierto interior, en la zona habitada antes por el Oscuro Pasajero. Cerré los ojos e intenté localizar aunque solo fueran los vestigios de mi antiguo compañero fiel, pero no había nada en absoluto. Abrí los ojos a tiempo de ver que Deborah adelantaba a un Ferrari rojo.

—La gente lee los diarios —comentó—. Siempre hay asesinatos copiados.

Se quedó pensativa, y después sacudió la cabeza.

—No —dijo por fin—, no creo en las coincidencias. Sobre todo en algo como esto. ¿Asado y sin cabeza, y es una coincidencia? Ni hablar.

La esperanza es lo último que se pierde, pero aun así tuve que admitir que estaba en lo cierto. Decapitar y quemar no era el procedimiento normal del asesino normal, pues la mayoría se decantarían por darte un golpe en la cabeza, atarte un ancla a los pies y arrojarte a la bahía.

Por lo tanto, lo más probable era que fuéramos a ver el cadáver de alguien a quien considerábamos un asesino, y lo habían matado de la misma manera que a sus víctimas. Si yo hubiera sido el de antes, habría disfrutado de la deliciosa ironía, pero en mi estado actual se me antojaba una afrenta irritante a una existencia metódica.

Pero Deborah me concedió muy poco tiempo para reflexionar y ponerme de mal humor. Zigzagueó entre el tráfico de Coconut Grove y frenó en el aparcamiento que hay delante de Bayfront Park, donde ya se había montado el circo acostumbrado. Había tres coches de la policía, y Camilla Figg estaba buscando huellas dactilares en un baqueteado Geo rojo aparcado ante uno de los parquímetros, probablemente el coche de Kurt Wagner.

Bajé y paseé la vista a mi alrededor. Incluso sin una voz interior que me susurrara pistas, observé que algo no encajaba.

—¿Dónde está el cuerpo? —pregunté a Deborah. Ella se estaba dirigiendo hacia la puerta del club náutico.

—En la isla —contestó.

Por algún motivo, pensar en el cuerpo abandonado en la isla me erizó el vello de la nuca, pero cuando miré hacia el agua en busca de una respuesta, sólo sentí la brisa vespertina que soplaba entre los pinos de las islas de Dinner Key y se colaba en mi vacío interior.

Deborah me dio un codazo.

—Vamos —dijo.

Miré a Cody y a Astor, que ya dominaban las complejidades de los cinturones de seguridad y estaban bajando del coche.

—Quedaos aquí —les dije—. Volveré dentro de un rato.

—¿Adónde vas? —preguntó Astor.

—He de ir a esa isla —dije.

—¿Hay una persona muerta? —preguntó.

—Sí.

Miró a Cody, y después volvió la vista hacia mí.

—Queremos ir —dijo.

—De ninguna manera —contesté—. Ya me metí en bastantes líos la última vez. Si dejo que veáis otro cadáver, vuestra madre me convertirá también en uno.

Cody pensó que era divertido, emitió un ruidito y meneó la cabeza.

Oí un grito y miré hacia el puerto deportivo. Deborah estaba en el muelle, a punto de subir a la lancha de la policía allí atracada. Agitó un brazo en mi dirección.

—¡Dexter! —gritó.

Astor pateó el suelo para llamar mi atención, y yo la miré.

—Tenéis que quedaros aquí —insistí—. Yo he de marcharme.

—Pero Dexter, queremos subir a la lancha —dijo la niña.

—Bien, pues no podéis, pero si os portáis bien os llevaré en mi barca este fin de semana.

—¿A ver a una persona muerta? —preguntó Astor.

—No —dije—. No vamos a ver más cadáveres durante un tiempo.

—¡Pero lo prometiste!

—¡Dexter! —gritó otra vez Deborah. La saludé con la mano, pero por lo visto no era la respuesta que esperaba, porque me hizo señales furiosas.

—He de irme, Astor —dije—. Quedaos aquí. Ya hablaremos de esto más tarde.

—Siempre más tarde —masculló.

Cuando atravesé la puerta, me detuve a hablar con el policía uniformado plantado delante, un hombre grande y corpulento de cabello negro y frente muy baja.

—¿Podría echar un vistazo a mis niños? —le pregunté.

Me miró fijamente.

—¿Qué se cree que soy, una niñera?

—Sólo unos minutos —dije—. Se portan muy bien.

—Escuche, amigo —empezó a decir, pero antes de que pudiera terminar la frase se oyó un movimiento y Deborah se materializó a nuestro lado.

—¡Maldita sea, Dexter! —me riñó—. ¡Sube tu culo a esa lancha! —Lo siento —dije—. He de encontrar a alguien que vigile a los niños.

Deborah apretó los dientes. Después miró al policía grandote y leyó el nombre en su placa.

—Suchinsky —le ordenó—. Vigile a los putos niños.

—Por favor, sargento —protestó el hombre—. ¡Santo Dios!

—No se separe de los niños, maldita sea —insistió Deborah—. Tal vez aprenda algo. ¡Dexter, sube a la jodida lancha de una maldita vez!

Di la vuelta obediente y corrí hacia la jodida lancha. Deborah me adelantó y ya estaba sentada cuando yo salté a bordo. El policía que pilotaba la embarcación se dirigió hacia una de las islas más pequeñas, zigzagueando entre los veleros anclados.

Hay varias islitas frente al puerto deportivo de Dinner Key, que proporcionan protección del viento y el oleaje, una de las cosas que lo convierten en un fondeadero tan bueno. Sólo es bueno en circunstancias normales, por supuesto, como las islas se encargan de demostrar. Estaban sembradas de restos de barcos y demás basura marítima depositada por muchos de los huracanes recientes; de vez en cuando un okupa construía una choza con fragmentos de barcos destrozados.

La isla a la que nos dirigíamos era una de las más pequeñas. La mitad de una lancha de pesca deportiva de doce metros yacía en la playa en un ángulo imposible, y de los pinos de la playa colgaban fragmentos de porespán, trapos raídos y fragmentos de placas de plástico y bolsas de basura. Por lo demás, estaba tal como la habían dejado los nativos, un plácido pedazo de tierra cubierto de pinos australianos, condones y latas de cerveza.

Salvo por el cuerpo de Kurt Wagner, por supuesto, que no había sido abandonado por los indios. Estaba tendido en el centro de la isla en un pequeño claro y, al igual que los demás, había sido dispuesto en una postura formal, con los brazos cruzados sobre el pecho y las piernas muy juntas. El cuerpo no tenía cabeza ni ropa, estaba carbonizado, como los otros, pero en este caso había una variación. Alrededor del cuello había una cuerda de cuero de la que colgaba un medallón de peltre del tamaño de un huevo. Me acerqué a mirar: era una cabeza de toro.

Una vez más sentí una extraña punzada, como si una parte de mí reconociera que el detalle era importante, pero no supiera por qué o cómo expresarlo. Solo no, sin el Pasajero no.

Vince Masuoka estaba acuclillado junto al cadáver, examinando una colilla de cigarrillo, y Deborah se hallaba arrodillada a su lado. Di la vuelta a su alrededor una vez, mirando desde todos los ángulos: Naturaleza muerta con policías. Supongo que esperaba descubrir una pista, pequeña pero reveladora. Tal vez el permiso de conducir del asesino, o su confesión firmada. Pero no había nada de ese tipo, nada salvo arena, surcada de cicatrices debido a incontables pies y al viento.

Me arrodillé junto a Deborah.

—Habéis buscado el tatuaje, ¿verdad? —pregunté.

—Lo primero de todo —dijo Vince. Extendió una mano enguantada y levantó un poco el cuerpo. Allí estaba, cubierto de arena pero todavía visible, sólo el borde superior y cortado. El resto debía de estar con la cabeza desaparecida.

—Es él —dijo Deborah—. El tatuaje, su coche en el puerto deportivo… Es él, Dexter. Ojalá supiera qué significaba el tatuaje.

—Es arameo —dije.

—¿Cómo coño lo sabes? —preguntó Deborah.

—He investigado —le expliqué, y me acuclillé al lado del cadáver—. Mira. —Cogí una ramita de la arena y señalé con ella. Parte de la primera letra había desaparecido, seccionada junto con la cabeza, pero el resto se veía bien y coincidía con mi lección de idiomas—. Está la M, lo que queda. La L y la K.

—¿Qué coño significa eso? —preguntó Deborah.

—Moloch —dije, y sentí un escalofrío irracional sólo por pronunciar la palabra bajo el brillante sol. Intenté sacudirme de encima la sensación, pero se negó a abandonarme—. El arameo no tiene vocales, así que MLK quiere decir Moloch.

—O milk{Leche. (N. del T.)} —dijo Deborah.

—La verdad, Debs, si crees que nuestro asesino se iba a tatuar milk en el cuello, necesitas un descanso.

—Pero si Wagner es Moloch, ¿quién lo mató?

—Wagner mata a los demás —dije, mientras intentaba parecer pensativo y confiado a la vez, una tarea difícil—. Y después, hum…

—Sí, a lo de «hum» ya había llegado.

—Y estás vigilando a Wilkins.

—Estamos vigilando a Wilkins, por el amor de Dios.

Volví a mirar el cadáver, pero no parecía que fuera a decirme más de lo que ya sabía, que era casi nada. No podía impedir que mi cerebro dejara de describir círculos: si Wagner había sido Moloch, y ahora Wagner estaba muerto, y asesinado por Moloch…

Me levanté. Por un momento me sentí mareado, como cegado por luces brillantes, y a lo lejos oí la espantosa música que empezaba a elevarse en la tarde, y por un momento no me cupo la menor duda de que el dios me estaba llamando desde algún lugar cercano, el dios verdadero, y no un bromista psicótico.

Sacudí la cabeza para que se hiciera el silencio y estuve a punto de caerme. Sentí que una mano agarraba mi brazo para sostenerme, pero no sabía si era Debs, Vince o el propio Moloch. Desde muy lejos, una voz me estaba llamando por el nombre, pero cantando, y la cadencia se elevaba al ritmo demasiado familiar de aquella música. Cerré los ojos y sentí calor en la cara. La música aumentó de volumen. Algo me sacudió y abrí los ojos.

La música paró. El calor no era más que el sol de Miami, y el viento empujaba las nubes de un chaparrón vespertino. Deborah me sujetaba por los codos y me sacudía, repitiendo con paciencia mi nombre una y otra vez.

—Dexter —decía—. Eh, Dexter, vuelve. Dexter. Dexter.

—Aquí estoy —dije, aunque no estaba muy seguro.

—¿Te encuentras bien, Dex? —me preguntó.

—Creo que me he levantado demasiado deprisa —respondí.

Ella me miró con escepticismo.

—Aja.

—De veras, Debs, me encuentro bien. Vamos, eso creo.

—Eso crees.

—Sí, lo digo en serio. Me levanté demasiado deprisa. Me miró y después retrocedió.

—De acuerdo —dijo—. Si puedes llegar hasta la lancha, volvamos.

Tal vez se debió a que estaba todavía un poco mareado, pero no encontré sentido a sus palabras, como si estuviera hablando en camelo.

—¿Volver?

—Dexter, tenemos seis cadáveres, y nuestro único sospechoso está tumbado aquí, sin cabeza.

—Exacto —dije, y oí el leve eco de un tambor en mi voz—. ¿Adónde vamos?

Deborah cerró los puños y apretó los dientes. Miró el cadáver, y por un momento pensé que iba a escupir.

—¿Y ese tío que perseguiste hasta el canal? —preguntó por fin.

—¿Starzak? No, dijo…

Enmudecí, pero no lo bastante deprisa, porque Deborah pegó un brinco.

—¿Dijo? ¿Cuándo has hablado con él, maldita sea?

Para ser justo conmigo, estaba un poco mareado, y no había pensado antes de hablar, por eso había metido la pata. No podía decirle a mi hermana que había hablado con él la otra noche, cuando lo había atado con cinta adhesiva a su banco de trabajo para cortarlo en pulcros pedacitos. Pero la sangre debió de afluir a mi cerebro de nuevo, porque me apresuré a decir:

—Quería decir digo que parecía. Parecía un poco… No sé. Creo que era algo personal, como si yo le hubiera cortado el paso en la autopista.

Deborah me miró enfurecida, pero después pareció aceptar lo que yo había dicho, porque dio media vuelta y pateó la arena.

—Bien, no tenemos nada más —constató—. No nos perjudicará investigarlo un poco.

No me pareció una buena idea aclararle que yo ya lo había investigado a fondo, mucho más allá de los límites de la rutina policíaca normal, de modo que me limité a asentir.

34

No había nada más que valiera la pena ver en la pequeña isla. Vince y los demás expertos forenses examinarían todo cuanto fuera necesario, y nuestra presencia sólo supondría un engorro. Deborah estaba impaciente y quería volver para intimidar a los sospechosos. Fuimos a la playa y subimos a la lancha de la policía para realizar el breve trayecto hasta el muelle. Me sentí un poco mejor cuando desembarcamos y nos dirigimos al aparcamiento.

No vi ni a Cody ni a Astor, así que me acerqué al agente Frente-baja.

—Los niños están en el coche —me dijo antes de que pudiera hablar—. Querían jugar a policías y ladrones conmigo, y a mí no me contrataron de niñera.

Por lo visto, estaba convencido de que este rollo de la niñera era tan desternillante que valía la pena repetirlo, de modo que, antes de arriesgarme a que lo soltara de nuevo, me limité a asentir, le di las gracias y me encaminé hacia el coche de Deborah. No vi ni a Cody ni a Astor hasta que llegué al coche, y por un momento me pregunté en qué vehículo estarían, pero entonces los vi, acurrucados en el asiento de atrás, mirándome con los ojos abiertos de par en par. Intenté abrir la puerta, pero estaba cerrada con llave.

Cody manoteó con la cerradura, y la puerta se abrió.

—¿Qué pasa? —les pregunté.

—Vimos al tipo aterrador —dijo Astor.

Al principio no entendí a qué se referían, y por eso tampoco entendí por qué empezaba a resbalarme sudor por la espalda.

—¿Qué quieres decir? —pregunté—. ¿Te refieres al policía de ahí?

—Dex-terrr —dijo Astor—. No hemos dicho tontorrón, sino aterrador. Como cuando vimos las cabezas.

—¿El mismo tipo aterrador?

Intercambiaron otra mirada, y Cody se encogió de hombros.

—Más o menos —dijo Astor.

—Vio mi sombra —añadió Cody con su voz ronca.

Me alegró oír que el niño se sinceraba de esta manera y entonces comprendí por qué tenía la espalda empapada de sudor. Había dicho algo sobre su sombra antes, y yo no le había hecho caso. Había llegado el momento de escucharle. Subí al asiento de atrás con ellos.

—¿Cómo sabes que vio tu sombra, Cody?

—El lo dijo —intervino Astor—. Y Cody vio la suya.

Cody asintió, sin apartar los ojos de mi cara, mirándome con su habitual expresión cautelosa que no revelaba nada. No obstante, me di cuenta de que confiaba en que yo me ocuparía del problema, fuera cual fuera. Deseé poder compartir su optimismo.

—Cuando dices tu sombra —pregunté con precaución—, ¿te refieres a la que el sol produce en el suelo?

Cody negó con la cabeza.

—Tienes otra sombra, además de ésa —dije.

Cody me miró como si le hubiera preguntado si llevaba pantalones, pero asintió.

—Dentro —dijo—. Como tú antes.

Me recliné en el asiento y fingí respirar.

—Sombra interior.

Era una descripción perfecta: elegante, económica y precisa. Y añadir que yo tenía una antes dotaba a la frase de una intensidad conmovedora.

Conmoverse no sirve para nada, por supuesto, y por lo general logro evitarlo. Me sacudí mentalmente y me pregunté qué había sido de las orgullosas torres del Castillo Dexter, antes tan altivo y adornado con estandartes de seda de razón pura. Recordaba muy bien haber sido inteligente, y no obstante había hecho caso omiso de algo importante, durante demasiado tiempo. Porque la cuestión no era de qué estaba hablando Cody. El auténtico enigma residía en por qué no le había entendido hasta ahora.

Cody había visto a otro depredador, y lo había reconocido cuando su oscura sombra interior oyó el rugido de un hermano monstruo, como me había pasado a mí cuando el Pasajero estaba en casa. Y este otro había reconocido a Cody de la misma manera. Pero ¿por qué eso asustó hasta tal punto a Cody y a Astor y se escondieron en el coche…?

—¿Os dijo algo el hombre? —pregunté.

—Me dio esto —dijo Cody. Extendió una tarjeta de color beige y yo la cogí.

En la tarjeta había el dibujo estilizado de una cabeza de toro, igual a la que había visto alrededor del cuello de Kurt en la isla. Y debajo, una copia perfecta del tatuaje de Kurt: MLK.

La puerta delantera del coche se abrió y Deborah se sentó al volante.

—Vamos —dijo—. Sube a tu asiento.

Introdujo la llave en el contacto y puso en marcha el coche antes de que yo pudiera respirar para hablar.

—Espera un momento —dije, después de conseguir tragar un poco de aire.

—No tengo ni un puto minuto —dijo—. Vamos.

—Estuvo aquí, Debs —dije.

—Por los clavos de Cristo, Dex, ¿quién estuvo aquí? —No lo sé —admití.

—Entonces, ¿cómo coño sabes que estuvo aquí? Me incliné hacia delante y le di la tarjeta. —Dejó esto.

Deborah cogió la tarjeta, la miró, y después la dejó caer en el asiento como si estuviera hecha de veneno de cobra.

—Mierda —exclamó. Apagó el motor del coche—. ¿Dónde la dejó?

—Se la dio a Cody —dije.

Deborah volvió la cabeza y nos miró a los tres, uno por uno.

—¿Por qué se la dio a un crío? —preguntó.

—Porque… —dijo Astor, y le tapé la boca con la mano.

—No interrumpas, Astor —dije, antes de que pudiera decir algo sobre sombras.

Respiró hondo, pero después se lo pensó mejor y se limitó a seguir sentada, enfadada por haber sido silenciada, pero aceptando de momento la circunstancia. Nadie dijo nada durante un rato, una familia numerosa y desdichada.

—¿Por qué no dejarla en el parabrisas, o enviarla por correo? —preguntó Deborah—. Y a propósito, ¿por qué nos dio la puta tarjeta? ¿Por qué la imprimió, por el amor de Dios?

—La entregó a Cody para intimidarnos —dije—. Está diciendo: «¿Lo veis? Puedo tocaros en el punto más vulnerable».

—Está fanfarroneando —dijo Deborah.

—Sí —admití—. Creo que sí.

—Bien, maldita sea, ésa es la primera cosa lógica que ha hecho. —Golpeó el volante con las palmas de las manos—. Quiere jugar al escondite como todos los demás psicóticos, y por Dios que yo también sé jugar. Voy a cazar a ese hijo puta. —Me miró—. Guarda esa tarjeta en una bolsa de pruebas, y trata de arrancar a los niños una descripción.

Abrió la puerta del coche, bajó y se dirigió hacia el policía grandote, Suchinsky.

—Bien —dije a Cody y a Astor—, ¿os acordáis del aspecto de ese hombre?

—Sí —dijo Astor—. ¿Vamos a jugar con él como ha dicho tu hermana?

—No lo decía literalmente —dije—. Quiso decir que nos está retando a detenerlo.

—¿En qué se diferencia eso de jugar al escondite? —preguntó la niña.

—Nadie muere cuando juega al escondite —expliqué—. ¿Cuál era el aspecto de ese hombre? Astor se encogió de hombros.

—Era viejo.

—¿Viejo de verdad, quieres decir? ¿Con el pelo blanco y arrugas? —No, viejo como tú.

—Ah, quieres decir mayor —aclaré, mientras sentía la fría mano de la mortalidad acariciarme la frente con sus dedos, dejando tras de sí manos débiles y temblorosas. No era un principio prometedor para conseguir una buena descripción, pero al fin y al cabo Astor tenía diez años, y todos los adultos carecen de interés. Estaba claro que Deborah había optado por la alternativa más inteligente, al elegir hablar con el agente Zote. La situación era desesperada. De todos modos, tenía que intentarlo.

De repente tuve una inspiración, o más bien, considerando mi actual escasez de poder cerebral, algo que podría pasar por inspiración. Sería lógico si el tipo aterrador hubiera sido Starzak, que deseaba desquitarse de mí.

—¿Os acordáis de algo más? ¿Tenía acento cuando hablaba?

Astor negó con la cabeza.

—¿Quieres decir francés o algo por el estilo? No, hablaba normal. ¿Quién es Kurt?

Sería exagerado decir que el corazón me dio un vuelco cuando oí sus palabras, pero sí que experimenté una especie de escalofrío interior.

—Kurt es el tipo muerto al que acabo de ir a ver. ¿Por qué lo quieres saber?

—El hombre dijo que, algún día, Cody sería un ayudante mucho mejor que Kurt — explicó Astor.

Una ráfaga de aire gélido heló las entrañas de Dexter.

—Vaya —dije—. Qué hombre más agradable.

—No era nada agradable, Dexter, ya te lo hemos dicho. Era aterrador.

—Pero ¿qué aspecto tenía, Astor? —dije sin ninguna esperanza—. ¿Cómo vamos a encontrarlo si no sabemos cómo es?

—Tú no has de detenerlo, Dexter —replicó, con el mismo tono irritado de voz—. Dijo que lo encontrarás cuando haya llegado el momento.

El mundo se detuvo por un instante, lo suficiente para sentir gotas de agua helada brotar de todos mis poros, como impulsadas por un resorte.

—¿Qué dijo exactamente? —pregunté, cuando todo se puso en marcha de nuevo.

—Dijo que lo encontrarías cuando llegara el momento. Te lo acabo de decir.

—¿Cómo lo dijo? «¿Díselo a papá»? «¿Díselo a ese hombre?» ¿Qué?

Astor suspiró otra vez.

—Díselo a Dexter —dijo, poco a poco, para que la entendiera—. Ese eres tú. Dijo: «Dile a Dexter que me encontrará cuando llegue el momento».

Supongo que habría debido sentirme más asustado todavía, pero aunque parezca extraño, no fue así. Por el contrario, me sentí mejor. Ahora sabía con absoluta seguridad que alguien me estaba siguiendo. Dios o mortal, daba igual, y vendría a buscarme cuando llegara el momento, aunque ignoraba el significado exacto de la frase.

A menos que yo lo cazara antes.

Era un pensamiento tonto, típico de una mente adolescente. Hasta el momento, no había podido ni siquiera llevarle medio paso por delante de ventaja, y mucho menos encontrarlo. No había hecho otra cosa que mirar mientras él me acosaba, me asustaba, me perseguía y me empujaba a un estado de oscuro nerviosismo como jamás había experimentado.

Él sabía quién y qué era yo, y dónde estaba. Yo ni siquiera sabía cómo era.

—Por favor, Astor, esto es importante —dije—. ¿Era muy alto? ¿Llevaba barba? ¿Era cubano? ¿Negro? La niña se encogió de hombros.

—Era blanco —dijo—. Llevaba gafas. Un hombre normal, ya sabes.

No lo sabía, pero me salvé de admitirlo cuando Deborah abrió la puerta con brusquedad y subió al coche.

—Santo Dios —dijo—. ¿Cómo puede un hombre ser tan tonto y aún así saber atarse los zapatos?

—¿Te refieres a que el agente Suchinsky no tenía gran cosa que decir? —le pregunté.

—Tenía mucho que decir, pero sólo estupideces propias de un descerebrado. Creía que el tipo conducía un coche verde, y punto.

—Azul —dijo Cody, y todos le miramos—. Era azul.

—¿Estás seguro? —le pregunté, y él asintió.

—¿He de creer a un niño pequeño? —preguntó Deborah—. ¿O a un policía con quince años de servicios y nada en la cabeza salvo mierda?

—No deberías continuar diciendo palabrotas —dijo Astor—. Ya me debes cinco dólares y medio. Además, Cody tiene razón, el coche era azul. Yo también lo vi, y era azul.

Miré a Astor, pero noté la presión de la mirada de Deborah sobre mí y me volví hacia ella.

—¿Y bien? —preguntó.

—Bueno —contesté—, dejando aparte lo de las palabrotas, estos dos niños son muy listos, y el agente Suchinsky nunca será invitado a engrosar las filas de la Asociación Internacional de Superdotados.

—Por lo tanto, se supone que debo creerles —dijo Deborah.

—Yo les creo.

Deborah meditó mis palabras un momento, moviendo literalmente la boca como si estuviera masticando algo muy duro.

—De acuerdo —dijo por fin—. Ahora sé que conduce un coche azul, igual que una de cada tres personas de Miami. Dime en qué me ayuda eso.

—Wilkins conduce un coche azul —dije.

—Wilkins está bajo vigilancia, maldita sea.

—Llámales.

Deborah me miró, se mordió el labio, cogió la radio y bajó del coche. Habló durante un rato y oí que alzaba la voz. Después dijo otra de sus peores palabrotas, y Astor me miró y sacudió la cabeza. Después Deborah subió al coche.

—Hijo de puta —dijo.

—¿Lo han perdido?

—No, está ahí, en su casa —dijo Deborah—. Acaba de llegar y entrar.

—¿Adónde fue?

—No lo saben. Lo perdieron en el cambio de turno.

—¿Qué?

—DeMarco estaba llegando mientras Balfour se marchaba. Se largó durante el cambio. Juran que no ha estado ausente más de diez minutos.

—Su casa está a cinco minutos en coche de aquí.

—Lo sé —dijo Deborah con amargura—. ¿Qué hacemos?

—Diles que sigan vigilando a Wilkins. Entretanto, ve a hablar con Starzak.

—Vendrás conmigo, ¿verdad?

—No —respondí. No quería ver a Starzak, y ya me había buscado una excusa excelente—. He de llevar a casa a los niños. Deborah me dirigió una mirada agria.

—¿Y si no es Starzak? —preguntó. Sacudí la cabeza.

—No sé —dije.

—Claro. Yo tampoco. —Puso en marcha el motor—. Siéntate en tu sitio.

35

Pasaban de las cinco cuando llegamos a la jefatura, y pese a las miradas furibundas de Deborah, cargué a Cody y a Astor en mi humilde vehículo y me dirigí a casa. Estuvieron callados durante la mayor parte del trayecto, al parecer conmocionados todavía por su encuentro con el tipo aterrador. Pero eran niños resistentes, algo demostrado ampliamente por el hecho de que aún eran capaces de hablar, teniendo en cuenta lo que su padre biológico les había hecho. Cuando sólo faltaban unos diez minutos para llegar, Astor empezó a recuperar la normalidad.

—Ojalá condujeras como la sargento Debbie —dijo.

—Preferiría vivir un poco más —contesté.

—¿Por qué no llevas sirena? ¿No quieres una?

—Los forenses no tenemos sirenas —le expliqué—. Y no, nunca quise una. Prefiero mantener un perfil bajo.

Vi por el retrovisor que fruncía el ceño.

—¿Qué significa eso? —preguntó.

—Significa que no quiero atraer la atención hacia mi persona —dije—. No quiero que la gente se fije en mí. Es algo que los dos tenéis que aprender.

—Todo el mundo quiere que se fijen en ellos —argumentó Astor—. Todo lo que hacen es para que la gente los mire.

—Vosotros sois diferentes —repliqué—. Siempre seréis diferentes, y nunca seréis como los demás. —La niña no dijo nada durante un largo rato, y yo la miré por el retrovisor. Tenía la vista clavada en sus pies—. Eso no es necesariamente malo. Dime otra palabra que signifique «normal».

—No sé —dijo malhumorada.

—Corriente. ¿Quieres ser corriente?

—No —acepté en un tono menos desdichado—. Pero entonces, si no somos corrientes, la gente se fijará en nosotros.

—Por eso tenéis que aprender a mantener un perfil bajo —dije, complacido en secreto de cómo se había desarrollado la conversación hasta demostrar que yo estaba en lo cierto—. Tenéis que fingir ser realmente normales.

—De modo que nunca deberíamos permitir que nadie se diera cuenta de que somos diferentes —dijo Astor—. Nadie.

—Exacto.

Miró a su hermano, y sostuvieron otra de sus largas conversaciones silenciosas. Me gustó continuar en silencio, mientras me abría paso entre la congestión vespertina y sentía pena por mí.

Al cabo de unos minutos, Astor volvió a hablar.

—Eso significa que no deberíamos decir a mamá lo que hemos hecho hoy.

—Podéis hablarle del microscopio.

—¿Y de lo demás? ¿El tipo aterrador y el paseo con la sargento Debbie?

—De eso no.

—Pero se supone que nunca hemos de mentir —dijo la niña—. Sobre todo a nuestra madre.

—Por eso no has de contarle nada —le expliqué—. No es necesario que sepa cosas que la preocuparán demasiado.

—Pero ella nos quiere. Quiere que seamos felices.

—Sí, pero ha de pensar que eres feliz de una manera que ella pueda comprender. De lo contrario, no será feliz.

Siguió otro largo silencio, hasta que Astor volvió a hablar, justo antes de doblar por nuestra calle.

—¿El tipo aterrador tiene madre?

—Casi con toda seguridad —respondí.

Rita debía de estar esperando al lado de la puerta, porque en cuanto aparcamos ésta se abrió y salió a nuestro encuentro.

—Bien, hola —dijo risueña—. ¿Qué habéis aprendido hoy?

—Vimos tierra —dijo Cody—. De mi zapato. Rita parpadeó.

—Vaya —dijo.

—Y también había un trozo de palomita de maíz —dijo Astor—. Miramos por el micrófono y pudimos saber dónde habíamos estado.

—Microscopio —rectificó Cody.

—Da igual. —Astor se encogió de hombros—. También podías saber de quién eran los pelos, si de gato o de cabra.

—Caray —dijo Rita, algo superada por las circunstancias y vacilante—. Supongo que os lo habéis pasado en grande.

—Sí —dijo Cody.

—Bien —dijo Rita—. Id a hacer los deberes, mientras yo os preparo algo de comer.

—Vale —dijo Astor, y Cody y ella entraron corriendo en casa. Rita los siguió con la mirada hasta que desaparecieron, y después se volvió hacia mí y se cogió de mi brazo mientras los seguíamos.

—¿Así que todo fue bien? —preguntó—. O sea, con el… Parecían muy, hum…

—Sí —dije—. Creo que están empezando a entender las consecuencias de hacer esas tonterías.

—No les enseñarías nada demasiado lúgubre, ¿verdad?

—En absoluto. Ni siquiera sangre.

—Estupendo —dijo, y apoyó la cabeza sobre mi hombro, un precio que hay que pagar, imagino, cuando vas a casarte con alguien. Tal vez era una forma de marcar su territorio en público, en cuyo caso pensé que debía alegrarme de que no lo hiciera con el método tradicional de los animales. En cualquier caso, demostrar afecto mediante el contacto físico es algo que no consigo entender, y me siento un poco incómodo, pero la rodeé con un brazo, pues sabía que era la reacción humana correcta, y seguimos a los niños al interior de la casa.

Estoy seguro de que no es correcto llamarlo sueño, pero por la noche