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Los dioses de la guerra

Jack Ludlow

La profecía se ha cumplido, Aulo Cornelio y Lucio Falerio han muerto. Uno defendiendo Roma de un poderoso enemigo y el otro intentando salvar el prestigio del Imperio. Su amistad se había quebrantado el día del festival de Lupercalia, día en el que nace Marcelo, hijo de Lucio, y Áquila, bastardo de la esposa de Aulo y el caudillo celtíbero Breno. Marcelo Falerio descubre en los legajos heredados de su padre la traición y la corrupción. Quinto y Tito, herederos de Aulo, formarán parte ahora de las legiones que llevarán al triunfo de Roma. Tras un complejo entramado de personajes, finalmente en la última batalla se desencadenará el destino final de cada uno de ellos. Áquila conocerá a su verdadero padre a quien entregará a los romanos en señal de victoria y el amuleto del águila con las alas extendidas que cuelga desde siempre de su cuello hará posible el reencuentro con su madre.

Jack Ludlow

Los dioses de la guerra

A Allison Lyddon,

la encantadora pareja de mi hijo,

que algún día será,

si consigue quebrar la resistencia de él,

mi nuera.

Prólogo

Al día siguiente de haber matado a los cuatro griegos, Áquila Terencio dejó el pueblo de montaña de Beneventum bajando de las altas colinas de la Italia central hasta llegar a la llanura costera y a una verdadera carretera romana que lo llevaría hacia el norte. Obligado por la pobreza a caminar y a cazar su comida, tuvo mucho tiempo para reflexionar sobre los últimos acontecimientos de su vida: la experiencia de Sicilia, a donde llegó como un niño y de donde salió como un hombre; su participación en la reciente revuelta de esclavos: el dilema de un romano en lucha contra los suyos; la forma en que su viejo amigo y mentor había sido sacrificado por los hombres en los que él se había tomado su sangrienta revancha la noche anterior. Estos habían traicionado la revuelta que encabezaban y abandonaron su ejército de esclavos a la venganza romana, y los esclavos maltratados, hombres, mujeres y niños, fueron devueltos en manada al agotador trabajo en las granjas de las que habían salido. Era duro verlos como lo que habían sido hacía poco, un poderoso ejército tan grande como para hacer temblar a Roma.

El cuarteto de griegos traidores, antaño esclavos, había estado solazándose en su lujosa villa de lo alto de la colina, bajo protección de los guardias locales, ahora con esclavos propios que los atendían. La larga escalera que él había construido para entrar y salir de la villa se había hecho pedazos; las tiras de corteza empleadas para atar los travesaños al largo poste central se habían convertido en yesca; los listones de madera que había tallado de ramas de árboles, en leña para mantenerlo caliente el resto de la noche. Nadie le había visto entrar ni salir y había matado, rápido y en absoluto silencio, a tres de los renegados; primero al cabecilla, cortándole la lengua, pues esa había sido el arma que había elegido para inspirar y, después, traicionar. De los otros, dos eran unos don nadies, perritos falderos de su jefe, pero el cuarto, llamado Penteo, merecía un trato especial.

Había estado presente en la muerte de Gadoric, el guerrero celta al que Áquila veía como padre putativo, que había muerto como habría deseado, cargando contra sus enemigos romanos en un combate que no podía ganar: el camino al paraíso para alguien de su religión. Fue una triple venganza; Penteo también había asesinado a Didio Flaco, el ex centurión que había llevado a Áquila por primera vez a Sicilia, y a Foebe, la chica con la que había tenido una relación, que se había consumido entre las llamas del caserío de Flaco.

Penteo murió muy despacio y con la lujosa ropa que llevaba al ser arrastrado fuera de la cama embutida en la boca. Id cuchillo del chico se había cebado sin descanso en su cuerpo, regodeándose en aquellos ojos llenos de dolor. Al final, Áquila le había rebanado manos y pies mientras aún vivía, haciéndole a Penteo lo que él le había hecho a Flaco. Se deshizo del cuerpo roto como había hecho con los otros, llevándolos hasta las altas terrazas y arrojándolos al barranco y a las rápidas aguas del río que corría abajo. Antes de eso, y empleando la sangre brillante y roja de aquellos, había dibujado en cada una de las paredes la imagen que lo distinguía, igual a la del talismán de oro que llevaba al cuello, la silueta de un águila al vuelo.

A veces, al mismo tiempo que caminaba, se preguntaba si tenía algún futuro, pero al tomar aquel objeto en la mano, se sentía invadido por una extraña sensación. Le habían dicho que aquello era su destino, pero, ¿serían ciertas las predicciones? Ahora sólo tenía un lugar al que ir y quizá la respuesta que buscaba se encontrara allí, en el centro de su mundo: la ciudad de Roma.

Le resultó imposible pasar de largo por el único lugar al que una vez había llamado hogar; allí no quedaba nada en pie, pero era el lugar donde antes había estado la cabaña de sus padres adoptivos. La familiaridad quedaba atenuada por la extraña sensación de que todo parecía más pequeño que en sus recuerdos; el arroyo en el que había aprendido a nadar, que desembocaba en el río Liris, los árboles de los bosques cercanos, incluso la distancia entre la choza y la bulliciosa Vía Apia, a media legua. Sólo las montañas del este parecían las mismas; se alzaban a distintas alturas, cubiertas de densos bosques, y la más alta de todas era aquel volcán extinto de extraña silueta con la cima en forma de copa votiva.

Allí parado, Áquila casi podía oír la voz de Fúlmina reprendiendo con frecuencia a su marido Clodio. Fue ella quien hizo las profecías de grandeza, con una fe que él nunca había podido compartir; ¿cómo iba a poder cumplir él, hijo de unos simples campesinos, lo que ella había predicho? No había sabido la verdad hasta el día que ella murió; le habían llevado allí siendo un recién nacido que había sido abandonado, el día del festival de la diosa Lupercalia, en los bosques cercanos para que muriera.

Clodio, que de vez en cuando se emborrachaba y siempre estaba en la afilada punta de la lengua de su mujer, estaba durmiendo la borrachera. Lo despertó el llanto del bebé hambriento y él se lo llevó a casa, a su mujer, pues sabía que así atenuaría su enfado. En su tobillo estaba el amuleto que ahora llevaba colgado al cuello, un recordatorio de que al menos uno de sus verdaderos padres quería que viviese. De haberlo vendido, podrían haber vivido con cierto desahogo y Clodio habría evitado tener que servir, y al final morir, en las legiones; pero también le recordaba que ellos nunca hablaron del poder que sintió Fúlmina ni de los sueños que habían surgido con solo tocar el amuleto.

Al deambular por la región surgieron otros recuerdos, como el del día que conoció a Gadoric, un esclavo que se hacía pasar por pastor corto de entendederas; o el perro Minca, muerto ya hacía tiempo, grande y fiero para el extraño, pero manso como un cordero para su amigo. La choza del pastor aún estaba en pie, ocupada ahora por otro, justo al borde del campo donde el celta le había enseñado a luchar con una espada de madera, a disparar flechas sin punta y, mas que nada, a usar la lanza que todavía llevaba, que Gadoric había robado a los guardias de su amo, Casio Barbino, aquel senador obeso.

La tierra por la que caminaba pertenecía a Casio Barbino; Sosia, la muchacha esclava con la que había disfrutado un tierno romance de infancia, había pertenecido a Barbino. Didio Flaco, el ex centurión que se lo había llevado a Sicilia, trabajaba para Barbino. Áquila había vivido con Flaco y su guardia de rufianes en las granjas que el gordo senador tenía en Sicilia y por eso había presenciado, sin quererlo, el cruel trato que recibían los esclavos en nombre del beneficio. Aquel hombre había cobrado gran importancia en su vida y allí estaba él ahora, en los bosques donde se encontraba la cisterna que alimentaba fuentes y baños de la villa de Barbino, al borde de las lágrimas al contemplar la vida sin todas las personas que poblaban sus recuerdos.

Sintió la tentación de visitar la granja de Dabo, donde fue a vivir tras la muerte de Fúlmina, pero no era un lugar de grato recuerdo. Había odiado a Dabo por la manera en que había engañado al alegre y corto Clodio para que lo sustituyera cuando lo convocaron para un segundo periodo en las legiones y que así él pudiera quedarse en casa y enriquecerse. ¿Viviría aún aquel viejo cabrón de Dabo o estaría su granja en manos de sus hijos, Anio y Rufurio, aquellos chicos con los que solía pelearse todo el rato?

Al reconocerlo, los viejos vecinos le contaron, sin un asomo de pena, que Piscio había muerto: Anio Dabo, su hijo mayor y matón de nacimiento, era dueño de la granja, ahora una finca de ganado, mientras que Rufurio, que al menos había intentado ser simpático con el huérfano Áquila, no tenía nada y ya no andaba por los alrededores. Le contaron también que había una herencia esperándole en Aprilium, donación de un general llamado Aulo Cornelio Macedónico, que había muerto comandando una cohorte de la Décima Legión en el paso de Thralaxas, en Illyricum, una ayuda económica para los familiares de sus legionarios caídos, uno de los cuales era Clodio.

Tras demostrar su identidad con los sacerdotes del templo, y como ya no quedaba nada para él en el lugar en que había crecido, volvió a la Vía Apia y siguió su camino hacia el norte.

En la Colina Palatina, Marcelo Falerio regresaba a una casa que, sin su padre, parecía vacía. Desde que tenía memoria, el espacioso atrio había estado lleno de solicitantes en busca de los favores del político más poderoso de Roma, el líder de los optimates: ahora tenía un aire deprimente. Los esclavos de la familia, que normalmente se ocupaban de atender a los solicitantes, ahora estaban ociosos en sus aposentos por el luto, y no cabía duda de que alguno estaría rezando a sus dioses para que en el testamento de su difunto amo se le concediese la libertad. Resultaba exasperante que hubiera muerto en la cumbre de su carrera, tras haber sofocado una revuelta de esclavos en Sicilia sin combatirla con legiones, como era la norma, sino mediante la pura astucia.

Además de eso, en lugar de llenar las cunetas de las carreteras de rebeldes crucificados, los había devuelto al trabajo en las granjas de las que habían escapado, ahorrando así una fortuna a sus amos, sus compañeros en el Senado, y asegurando también la nueva cosecha a la ciudad. De haber regresado con vida, habría sido vitoreado como un general victorioso por haber derrotado a un enemigo, el hambre, al que Roma temía más que a ningún otro. En vez de esto, había muerto en un charco de sangre que parecía manar de todos los orificios de su cuerpo, mientras su hijo, entre lágrimas, sujetaba una mano que poco a poco rendía sus fuerzas.

El estudio en el que trabajaba tenía el mismo ambiente desnudo, y Marcelo se sentó en la silla curul preguntándose cuál sería su siguiente paso. La presencia de su padre en su vida, así como en las vidas de muchos otros, había sido tan autoritaria, que la ausencia de su aura era casi palpable. Cualquiera que contase para algo en Roma asistiría a las ceremonias que señalaban su fallecimiento, aunque pocos lo harían movidos por amor hacia él. Es más, algunos de los que decían estar afligidos se presentarían sin duda para asegurarse de que su muerte no era una artimaña para pillarlos desprevenidos: Lucio Falerio Nerva había sido el azote de aquellos que, gozando de una buena posición, habían caído por debajo de lo que él consideraba las normas de comportamiento de la clase patricia. Había sido más temido que amado, y el único principio por el que se había guiado habían sido las necesidades de la República a la que tan desinteresadamente servía; de hecho, había dedicado toda su vida a Roma y a la protección de sus lejanas fronteras. El joven podía oír ahora el eco de voz que le reprendía.

– ¡Roma primero y siempre, Marcelo! Júrame que siempre pondrás a Roma por delante de todo.

– Sí, padre -dijo él en voz alta, esperando que el espíritu paterno lo oyese.

Levantó el trozo de papiro en el que había dibujado una imagen de los muros de aquella villa de Beneventum que habían recibido como regalo los cuatro cabecillas de la revuelta de esclavos sicilianos, hombres a los que Lucio había corrompido y sobornado para que traicionaran a su gente ante la perspectiva de una vida de lujo y comodidad. No habían tenido tiempo de disfrutar del engaño: alguien se había vengado y los había matado del modo más sanguinario, y había dejado en las paredes de cada habitación aquel perfil, el dibujo de un águila al vuelo, sólo que el color rojo del original había sido de sangre, no de tinta.

¿Por qué la mera visión de aquella imagen había aterrorizado a su padre? Al verlo, había pedido su litera en un evidente ataque de pánico e hizo un esfuerzo por volver a Roma, quizá en busca de la intercesión de Júpiter Máximo. Había sido en vano: Lucio Falerio, senador superior de Roma, murió como un cualquiera en la Vía Apia, a varias leguas de la ciudad a la que reverenciaba, ignorado, al igual que su hijo bañado en lágrimas, por quienes pasaban por allí, por los ciudadanos para quienes había trabajado tanto y tan duramente.

Dejaba un legado poderoso. No era una gran riqueza; Lucio había dedicado demasiado tiempo al cuidado de Roma y su Imperio como para amasar una fortuna, aunque el muchacho quedaba en una situación cómoda y tenía la perspectiva de un matrimonio que le aportaría una sólida dote. La verdadera herencia era política; como hijo de un hombre tan influyente -con una lista de protegidos demasiado larga como para contarlos-, podía esperar heredar algo de su autoridad. No toda, pues era demasiado joven para eso, pero la suficiente como para dejar su huella en el mundo. Y este era el momento de averiguar cuál era su poder.

Antes de que partieran en aquel fatídico viaje a Sicilia, Lucio había guardado en arcas bajo llave muchos de sus rollos más confidenciales, para que fueran depositados en la bodega. En aquellos recipientes de madera estaba todo lo que necesitaba Marcelo para asumir su posición en el mundo. Bajó con una lámpara por los escalones de piedra desgastada en lugar de subir los cofres al estudio de su padre. Aquello hizo que se detuviera: tuvo que recordarse que ahora el estudio era suyo; él era el cabeza de familia. Había pasado un momento incómodo en el foro, adonde había acudido a anunciar su pérdida, cuando Apio Claudio, el hombre más rico de Roma, le había recordado las obligaciones que tenía con su hija.

Aquello, más que nada, sirvió para que Marcelo se diese cuenta de que ahora era dueño de su propio destino. También subrayaba su potencial; Apio Claudio aún consideraba deseable aquel compromiso. Pero, dado que sus preferencias estaban en otra parte, ¿lo consideraba él de la misma manera? Desde que vistió su toga de adulto se había sentido atraído por Valeria Trebonia, pero toda la familia de los Trebonios estaba fuera de Roma, por lo que aún no había resuelto aquel asunto. Una vez había sugerido a su padre que debería casarse con Valeria, sólo para que su idea fuese puesta en ridículo. Para un Falerio, que podía seguir el rastro del nombre de su familia hasta antes de los reyes Tarquinios, los Trebonios eran unos arribistas que acababan de ascender hacía muy poco y eran indignos de merecer tal unión.

Pero eso era algo para pensar más tarde; ahora era el momento de examinar su herencia. Después de todo un reloj de arena, se sentó entre rollos preguntándose cómo había vivido todos esos años con su padre sin llegar a conocerlo de verdad. Cada rollo le hacía sentir vergüenza; contenían datos personales, ninguno de ellos favorecedor, de toda las personas a las que Lucio había llamado amigos y protegidos. Detalles sobre escándalos financieros y sexuales, qué esposa se había entregado a unas relaciones adúlteras, con los nombres de los hombres implicados, a menudo más de uno, senadores y caballeros que habían robado con descaro al erario público, que habían acaparado productos escasos o que se habían dedicado a una rapacidad denunciable mientras gobernaban las provincias del Imperio.

En uno había un poema y, marcados en una esquina, aparecían los nombres de Sibila y Aulo, que debía de referirse a un oráculo y a Aulo Cornelio, amigo de infancia de su padre, mientras que el resto tenía montones de notas garabateadas. No sacó ningún sentido de su lectura.

Uno someterá a un poderoso enemigo, el otro luchará para salvar el prestigio de Roma.

Ninguno alcanzará su objetivo.

Mirad hacia arriba si os atrevéis, aunque lo que teméis no puede volar.

Ambos os enfrentaréis a ello antes de morir.

Había un sorprendente número de rollos relacionados con la familia de los Cornelios que Marcelo desplegó a su pesar. No podía creer que, guardados bajo llave, contuvieran elogios del amigo de toda la vida de su padre. Para él, Aulo Cornelio había sido la misma encarnación de la virtud romana, un general victorioso no una sino dos veces; un soldado entre soldados reverenciado por los hombres a los que comandaba; alto, apuesto, de noble frente, fue la personificación del imperium romano. Unido a su padre por un juramento de sangre hecho en su juventud, Aulo y Lucio habían sido como hermanos, hasta que sucedió algo que arruinó su mutua amistad. Marcelo entendió ahora cómo y cuándo se había fracturado aquel profundo compañerismo.

No podía ser sólo el hecho de que Aulo no hubiese asistido al nacimiento de Marcelo -que, por cierto, era un grave incumplimiento de sus obligaciones, pero, ¿tan grave como para amenazar la amistad de toda una vida?-. Al leer, la razón de aquella ausencia le sobresaltó. Durante una campaña militar en Hispania para luchar contra un caudillo rebelde llamado Breno, la segunda esposa de Aulo, veinte años mas joven que él, había sido capturada por los celtíberos. Tras dos estaciones de dura lucha, la habían recuperado y cuando la descubrieron, se encontraron con que estaba encinta. Aulo no había asistido a su nacimiento porque estaba pendiente del nacimiento del bastardo de su mujer, hecho que había desenterrado un espía nubio, un esclavo que Lucio había colocado en casa de su viejo amigo.

Había bastantes indicios para pensar que el niño había sido abandonado, cosa perfectamente natural, si bien otros maridos patricios habrían matado a sus propias esposas antes que arriesgarse a caer en la deshonra. Más interesante era la información que había facilitado el esclavo, que indicaba que la dama Claudia se atormentaba por la localización de aquel niño abandonado y que, de hecho, lo andaba buscando como si tuviese la esperanza de encontrarlo con vida, un extraño comportamiento cuando cualquier persona sensata habría hecho lo que hubiera podido para dejar atrás un acontecimiento tan deshonroso.

Marcelo apenas conocía a Claudia Cornelia y al principio se preguntó cómo era que su infamia, aquellas pruebas de su falta, encajaba en aquellas arcas. Entonces cayó en la cuenta; habría sido un arma para utilizar contra Aulo, e incluso aunque Claudia sólo fuera la madrastra de Quinto Cornelio, aquello serviría como instrumento para avergonzar al hijo mayor de la familia de los Cornelios, un hombre al que Lucio estaba preparando para que alcanzase una posición de poder, y al que había designado para que mantuviera las cosas en orden hasta que Marcelo pudiese hacerse cargo. Cualquier alejamiento de su obligación haría que el rollo saliese a la luz, lo que arruinaría el nombre de la familia en un mundo en el que se consideraba que nada era más importante.

Su padre le había dicho que lo que encontraría no sería de su agrado y, como siempre, Lucio había acertado, pero, ¿qué tenía que hacer? Podía llamar a aquellas personas para que fueran a verlo, de una en una, y entregarles los rollos que les pertenecían, pero entonces sabrían que los había leído. Sería sólo cuestión de tiempo que la ciudad se llenara de cotilleos, lo que dañaría la reputación de su padre y, por asociación, la suya. Lo mejor sería quemar todo el lote, idea que le parecía larga y penosa, pues sabía que hacerlo con prisas sería un error. Era evidente que algunos de los crímenes allí consignados merecían castigo. Y si no podía quemarlos todos, ¿cuáles debería conservar?

Marcelo volvió a colocar cuidadosamente los rollos en su sitio. El último fajo que tuvo en la mano se refería al gobernador de Illyricum, Vegecio Flámino, que acababa de regresar, con una lista de pruebas que Aulo Cornelio, a la cabeza de una comisión senatorial, había reunido contra él durante la reciente rebelión. Había incluso una narración real de la campaña: el número de muertos, no todos ellos combatientes enemigos, que impugnaban el triunfo de Flámino; su rapacidad venal como gobernador y, al final, un informe de un centurión retirado, llamado Didio Flaco, que relataba cómo había abandonado Vegecio, aun sabiendo que estaban aislados, a Aulo y a los hombres que este comandaba para dejarlos morir en el paso de Thralaxas. Había material suficiente no sólo para imputar a aquel hombre, sino para verlo linchado y arrojado desde la Roca Tarpeya.

Guardó el último rollo y volvió a cerrar el col re de madera antes de regresar al estudio, para encontrar allí al administrador de su padre, que esperaba con los últimos informes llegados de las fronteras y le preguntó qué debería hacer con ellos ahora que Lucio había muerto. Esa correspondencia no era para sus jóvenes ojos; en realidad, se trataba de comunicados consulares que llegaban a su padre porque era tan poderoso como para ascender o derribar a aquellos que los habían escrito. A pesar de todo, Marcelo les echó un vistazo; la mitad de ellos daban noticias de que había más problemas en la frontera que Roma compartía con el Imperio de Partía.

Había un poco de cada provincia y potencial punto de conflicto, y Marcelo sabía que en los estantes que llenaban las paredes del estudio se acumulaban años de correspondencia relacionada con todo asunto de importancia para el Imperio. Las luchas fratricidas en África, los sobornos necesarios para mantener a raya a varias tribus al norte de la Galia Cisalpina y un informe positivo de Illyricum, hace muy poco sede de una revuelta. Se detuvo al llegar a un despacho del cónsul sénior en Hispania, Servio Cepio. Después de leerlo, Marcelo decidió que le disgustaba su contenido. Como el cofre de la bodega, contenía pruebas de que su padre no sólo había aprobado, sino también animado el asesinato. Daba igual que fuera un bárbaro llamado Breno el que había sido señalado para morir. Para él, Roma debía combatir a semejantes personas, no intentar engatusar a celtas renegados para que las asesinaran.

Había otro rollo acerca del tal Breno en los cofres de abajo, viejos informes de Aulo Cornelio, el hombre que lo había combatido en primer lugar, así como del hijo pequeño de Aulo, Tito, escritos muchos años después. Describían a un hombre de gran estatura y cabello dorado, un chamán druídico de las nebulosas tierras del norte, sencillo en su vestimenta, pero de personalidad dominante. Había una sola cosa que realmente lo distinguía, un adorno que llevaba en el cuello, de oro, con forma de águila al vuelo. Por un momento la mente de Marcelo voló a aquella imagen que tanto había aterrorizado a su padre, que había servido para él como una especie de heraldo de la muerte. La idea de que estuviesen conectadas era demasiado extravagante: el dueño de aquella baratija estaba en Hispania, mientras que su padre estaba entonces cerca de Neápolis. De Breno decían que era un poderoso chamán, no que tuviese poder a tanta distancia.

Le dijo a un esclavo que enviara esos rollos al foro y, ya solo, pensó en visitar el altar de la familia para decir unas oraciones por el alma de su padre, lo que le recordó que tenía que encargar una máscara mortuoria para colocarla con todas las de sus otros antepasados. Pero se sentía solo; quería estar a gusto, así que antes de ir a rezar, Marcelo fue a visitar el cuarto del mejor regalo que le había hecho nunca su padre, la esclava Sosia, que se parecía tanto a Valeria Trebonia que podrían ser gemelas.

Y a diferencia de Valeria, Sosia era de su propiedad, por lo que podía hacer con ella lo que quisiera.

Capítulo Uno

El regreso de Cholón Pyliades fue para Claudia Cornelia un recordatorio inmediato de las limitaciones que le imponía su situación de viuda de un noble patricio. Como liberto griego, antiguo esclavo personal de su difunto marido, Aulo Cornelio Macedónico, podía viajar tan libremente como quisiera; ella no podía hacerlo. Claudia había echado de menos su compañía mientras él estaba en Neápolis y Sicilia, así que hizo todo lo que pudo para darle una cálida bienvenida, ocultando cualquier sentimiento de rencor. Pero aun así, no evitó ocasionales comentarios mordaces, especialmente cuando supo de sus intenciones de asistir a los ritos funerales por Lucio Falerio Nerva.

– Nunca hubiera pensado que, de entre todo el mundo, tú asistirías a semejante acontecimiento.

El griego sonrió, pues sabía que no había mala intención en aquellas palabras.

– Creo que tu difunto marido debió de entender a Lucio Falerio mejor que tú o que yo. Después de todo, lo tenía en alta estima, a pesar del hecho de que no estaban de acuerdo en tantísimas cosas. Quizá los lazos de aquella amistad de infancia fueran más fuertes de lo que pensamos.

Claudia respondió con fingida seriedad, pues el desagrado que sentía por Lucio era bien conocido.

– Tienes razón, Cholón. Aulo habría asistido al funeral de ese viejo carcamal, pese al tratamiento que recibió del muy cerdo. Perdonaba con mucha facilidad.

– Entonces, ¿me concedes tu absolución?

Pero Claudia aún no había terminado de cebarse con él.

– En otra época habrías asistido sólo para asegurarte de que ese viejo buitre estaba muerto de verdad.

– Es cierto, pero me encontré con él en Neápolis y descubrí que era un hombre interesante, y lo irónico es que cuando llegué a conocerlo, me di cuenta de que sus ideas eran más griegas que romanas.

Cholón no le dijo que Lucio lo había empleado como intermediario: había sido él quien trasladó las condiciones de los romanos a los cabecillas de la revuelta de esclavos y los había persuadido para que las aceptaran. Justo ahora le divertía la sorprendida reacción de su anfitriona.

– Lucio Falerio se consideraba a sí mismo el romano perfecto. ¡No le habría gustado oírte decir eso!

– Quizá no con estas palabras, pero la idea le habría complacido. Era mucho menos estirado de lo que parecía y descubrí que estaba extraordinariamente al margen de la salmodia que normalmente sufrís por parte de los senadores romanos. Creo que Lucio entendía su mundo y sabía qué quería preservar. Puede que fuera mezquino con los medios que empleaba, por necesidad, para conseguir sus fines, pero era inteligente. Desde luego lo que hizo en Sicilia fue de una sutileza positivamente alejandrina. ¡En absoluto romana!

– ¿Qué hubiera hecho un romano? -preguntó Claudia.

– Habría pasado por la espada a toda la isla o habría llenado las cunetas de crucifixiones, y después se habría vanagloriado como un pavo real, henchido de virtud a causa de sus actos.

– Dudo mucho de que mi difunto marido hubiera hecho eso.

De repente el griego parecía serio, en parte porque ella había aludido a la naturaleza de su difunto amo, pero más bien por el aspecto melancólico del rostro de Claudia. Para Cholón nunca había existido nadie como Aulo Cornelio, conquistador de Macedonia, el hombre que había humillado a los herederos de Alejandro el Grande, aunque nunca había perdido aquella cualidad de la modestia, algo que lo caracterizaba. Su esclavo griego no lo había amado por su destreza militar, sino por su naturaleza intrínseca. Sentado allí con Claudia, recordó cómo lo había herido ella y cómo él había soportado aquello año tras año, con un estoicismo que hacía de Aulo algo más que un dechado de virtudes. Él conocía la razón y tuvo que recobrar la compostura; cavilar demasiado sobre la vida y la muerte de su difunto amo solía provocarle abundantes lágrimas.

– No, mi dama, él los habría liberado a todos y después habría retado al Senado para que lo degradara.

Quedaron en silencio durante un rato, cada uno con sus recuerdos del hombre que siempre había sido independiente, sin ser distante, pero que había rechazado prestar su apoyo a ninguna facción, si bien estaba preparado siempre que lo llamaban cuando Roma lo necesitaba. Fue Cholón quien habló al fin.

– Estoy a punto de cometer una escandalosa infracción de los buenos modales.

– ¿Tú?

Él pasó por alto la ironía, puesto que siempre andaba acusando a los romanos de ser unos bárbaros.

– No siempre es educado aludir a la situación personal de los amigos, a su carencia de placeres, al vacío de sus vidas.

Claudia quiso decirle que el poder de cambiar eso sólo lo tenía él, él, que había ayudado a su esposo, pero se había prometido no volver a hacerle la única pregunta que le importaba, la única que envenenaba sus sueños -dónde habían abandonado Cholón y Aulo a su hijo recién nacido la noche del festival de Lupercalia-, así que se mordió la lengua.

– Me pregunto por qué no te casas otra vez -Los ojos de Claudia se abrieron sorprendidos mientras él seguía hablando-. Ya está, ya lo he dicho. Llevo preguntándomelo un tiempo y ahora por fin ya lo he soltado.

– Estoy indignada.

– Por favor, perdóname, mi dama.

Claudia volvió a reír.

– ¿Qué hay que perdonar? Me alegra saber que te preocupas tanto por mi bienestar.

– ¿De verdad?

Ella sonrió al griego de una manera que hizo que fuera del todo creíble.

– De verdad.

– Es que pasas demasiado tiempo sola y, si me permites decirlo, demasiado tiempo en Roma. Hay lugares maravillosos en la costa de los alrededores de Neápolis…

Su voz se fue apagando; algo había dicho que había borrado la sonrisa del rostro de ella, aunque, fuera lo que fuese, no la había entristecido ni enfadado. No, fuera lo que fuese, la había puesto pensativa.

No podía comprender el tamaño total de Roma ni la cantidad de gente, rica y pobre, que atestaba sus bulliciosas vías públicas. Allí estaba él, en la capital del Imperio, dispuesto a admitir que el lugar le asustaba más que la idea de enfrentarse a una horda de elefantes armados con catapultas; nunca había visto una, así que lo dejó en una horda de elefantes.

Aquellas gentes de la ciudad eran rudas, y respondían a las educadas preguntas de Áquila bien encogiendo los hombros, bien con desprecio mal disimulado, ansiosas por poder volver a sus quehaceres y sin tiempo para dar indicaciones a quien, por su acento, era un patán pueblerino y, por su aspecto, ni siquiera era un auténtico romano. Áquila vio más de lo que debería de la ciudad, vio que Roma estaba llena de templos, algunos consagrados a dioses de los que ni siquiera había oído hablar, mientras que toda la riqueza del lugar era tan increíble como su tamaño. Una multitud de carros luchaba por ganar su derecho de paso con quienes caminaban, y todos eran apartados por el paso ocasional de alguna litera, pues los bruscos sirvientes de algún individuo rico exigían que les abrieran camino.

El mercado estaba repleto de productos de todo tipo, al tiempo que, detrás de los puestos, abundaban las tiendecillas. Vendían objetos de plata y oro, de cuero y madera, y estatuas de hombres cuyos ceños parecían todos nobles. Áquila, con su altura, su llamativo cabello rojizo y dorado, que ahora le llegaba por debajo de los hombros, además de su peto maltratado y manchado de sudor, permanecía al margen de la embrutecida muchedumbre. Le lanzaron más de una mirada de sospecha, miradas que tendían a demorarse en el valioso amuleto que llevaba al cuello, y el contacto visual se rompía en cuanto él se giraba para encararse con aquellos mirones. Desconfiaban de un hombre que llevaba una lanza, además usada, por lo que parecía, con una espada al costado y un arco y un carcaj lleno de flechas colgados a la espalda.

Por fin encontró la panadería, sólo gracias a que, una vez que se dio cuenta de que lo ignoraban, dejó de hacer las preguntas con educación. La gente de la ciudad parecía más servicial si te abalanzabas sobre ellos con gesto amenazante y echabas mano a la espada del cinto si daban muestras de intentar pasar de largo. Le dieron indicaciones de la dirección de la calle, pero fue el olor lo que lo guio hasta el establecimiento que buscaba, un olorcillo de pan recién hecho que, quién sabe cómo, se las arreglaba para sobreponerse al olor a mugre y humanidad aglomerada. La tienda, con un pequeño grupo de gente a su puerta, era una oscura caverna en los bajos de una casa de vecinos que se alzaba en una calle llamada Vía Tiburtina.

Áquila levantó la vista hacia la estrecha franja de luz entre los dos edificios a ambos lados de la calle, que parecían inclinarse uno hacia el otro en toda su altura. Había ropa puesta a secar en cada balcón, las mujeres se chillaban de un lado a otro de la calle, levantando la voz para así poder oírse por encima del bullicio que subía desde la calle, mientras los niños desnudos jugaban en las puertas de entrada, cuyos muros estaban cubiertos de dibujos y mensajes, unos groseros, otros quejosos. Pedigüeños, ciegos o mutilados, se sentaban apoyándose en los muros, con las rodillas dobladas para evitar el alcantarillado abierto que corría en medio de la calle.

– ¿Es esta la panadería de Demetrio Terencio? -preguntó por encima de las cabezas de los que esperaban para ser atendidos.

Había dos mujeres detrás de una mesa, una de mediana edad, encorvada, con el rostro estropeado por el dolor; la otra era mucho más joven. Las dos estaban cubiertas de harina y los cabellos se les pegaban a la cara por culpa del sudor. La mujer encorvada, que parecía no tener dientes, no le hizo caso; fue la más joven la que contestó. La más vieja habló con aspereza y la chica joven volvió a ponerse a servir a los clientes.

– Quisiera hablar con Demetrio.

– Ahí al fondo, si es que puedes soportar el calor.

Áquila no fue bienvenido, y no porque el dueño estuviera trabajando. Ya había terminado su trabajo del día y se ocupaba de reponer todo el sudor que había perdido bebiendo grandes cantidades de vino bien aguado, del cual no ofreció nada a su inesperado visitante. Demetrio era el hijo mayor de sus padres adoptivos y hacía mucho que se había marchado de casa cuando lo encontraron a él; no era más que un nombre y una profesión, aunque era alguien que lo conectaba con su pasado.

– ¡Aquí no te puedes quedar!

Demetrio estaba gordo, por lo que daba la sensación de que consumía más pan que el que vendía. Su enorme barriga rebosaba por encima de un grueso cinturón de cuero y su gorda cara redonda, aún de un rojo brillante por los hornos, parecía enfadada. Áquila no podía echarle en cara su desconfianza. Después de todo, tan sólo había oído hablar de aquel joven que ahora estaba frente a él de boca de los escasos viandantes que llegaban de los alrededores de Aprilium. Nunca lo había visto ni tampoco su mujer. Sabían que lo habían encontrado en los bosques, lo que era una vía poco convincente de reclamar parentesco.

– No recuerdo habértelo pedido -replicó el joven-, pero soy nuevo en Roma. Si pudieras ayudarme a encontrar alojamiento, puedo pagarte.

– ¿Con qué?

– Tengo dinero.

Su gordo hermano adoptivo se inclinó hacia delante, apoyando una mano gordinflona y la mitad de su estómago sobre su enorme muslo.

– ¿Cuánto dinero?

– El suficiente -contestó Áquila con frialdad.

Demetrio dejó que sus ojos se posaran sin disimulo sobre el águila dorada, que pareció reafirmarlo.

– Si puedes pagar, yo te alojaré y te inscribiré en la lista de votantes, siempre que no te importe compartir espacio con Fabio.

– ¿Quién es Fabio?

Demetrio rio, sin humor, pero con esfuerzo suficiente como para que su barriga se bamboleara.

– Pues, supongo que es algo así como tu sobrino, aunque apuesto a que es mayor que tú. ¿Cómo te llevabas con mi padre?

Áquila dudó. No quería contarle al gordo de Demetrio que amaba a Clodio como cualquier chico habría amado a alguien al que creía su papá, así que evitó todo rastro de emoción en su voz.

– Que yo recuerde me llevaba muy bien con Clodio. Se fue de casa en mí cuarto verano.

Demetrio se puso en pie con esfuerzo, con su gorda y roja cara coronada por una lúgubre sonrisa.

– Entonces te llevarás bien con Fabio. Es el cabrón más vago y borracho que he tenido la desgracia de conocer. No he sacado ningún placer de ser su padre.

Fabio fue una conmoción, se parecía tanto a su abuelo que resultaba extraño; mientras él y su nuevo compañero de habitación hablaban, Áquila tuvo que esforzarse para recordar que aquel no era Clodio y que el parecido era algo más que sólo físico. Su risa era la misma y la manera que tenía de fruncir el ceño cuando su madre le regañaba por volver a casa oliendo a vino era el vivo retrato del aspecto que tenía Clodio cuando Fúlmina le reprendía por la misma ofensa. Era una compañía cordial y divertida, y cuando había bebido bastante, nada le gustaba más, decía, que sentarse con los pies metidos en el Tíber y cantar.

– Tu abuelo solía ir a los bosques. Fue por eso por lo que me encontró.

– ¿Él me habría gustado?

– A mí me gustaba. Lo quería, pero se fue a las legiones cuando yo era pequeño.

La historia de cómo había sustituido Clodio a Piscio Dabo ya no aparecía en su relato y nadie supo si el abuelo de Fabio se había alistado porque Dabo lo había emborrachado o simplemente porque quería dejar de ser un jornalero sin tierra. Se suponía que sería un año o dos, pero había aguantado diez y terminó con la muerte de Clodio en Thralaxas.

– Qué putada lo de ser abandonado -dijo Fabio-. Pero, mira, te dejaron con esa cosa que llevas al cuello, así que uno de tus padres quería que regresaras.

– La vendería por saber quiénes son.

– Estás tonto. ¿A quién le importan los padres?

– Eso es fácil decirlo cuando tienes a los tuyos.

– Puedes quedártelos, pero ten cuidado, ese viejo cabrón gordo de mi padre te sacará hasta la última moneda que tengas -Fabio acompañó sus palabras con un gran trago de su jarra, mientras Áquila se preguntaba si su «sobrino» no estaría siendo un sinvergüenza, puesto que llevaba varias horas sentado en aquella taberna gastando alegremente el dinero de Áquila-. Y no dejes por ahí ese amuleto que llevas al cuello, o ese miserable hijo de puta te lo robará.

– Tu padre también habla bien de ti -dijo Áquila.

Aquello levantó un profundo gruñido y Fabio dijo por centésima vez:

– Y resulta que tú eres mi tío.

Resultaba difícil; Fabio era diez años mayor que Áquila y parecía que fueran veinte. El más joven, aún en sus veintipocas primaveras, había pasado toda su vida al aire libre, comía cuando estaba hambriento y bebía cuando estaba sediento. A Fabio le gustaban las tabernas llenas de humo y oscuras, tanto de día como de noche. Era de complexión fofa y sus ojos estaban legañosos, y aunque no tanto como su padre, tenía tendencia a engordar.

– Tengo que encontrar algún tipo de trabajo.

– ¡Trabajo! -escupió Fabio, y después echó un vistazo por la taberna, llena de gente que compartía sus gustos y su aspecto-. Eso es sólo para idiotas.

– ¿Tú no trabajas?

– De vez en cuando aquí y allí, en los almacenes del Tíber, pero hay otras formas de sacarse unos mendrugos -Fabio echó la cabeza hacia atrás y rio-. Incluso para el hijo de un panadero.

Áquila descubrió enseguida como conseguía Fabio aquellos «mendrugos». No había malas intenciones en sus robos: eran insignificantes, oportunistas y no causaban daño alguno, y dependían de una vista rápida y de unos reflejos aún más veloces. Recorrer una calle junto a su «sobrino» era toda una experiencia. Los ojos de Fabio buscaban algo sin descanso, cualquier cosa que birlar como si fuera una especie de juego en el que su ingenio se enfrentaba al resto del mundo. Cogía cosas que no tenían uso ni valor para él, sólo para reírse después de ello en la taberna, mientras vendía lo robado si podía conseguir el precio de un trago.

Su «sobrino» se había comprometido a mostrarle Roma, subiendo y bajando por las siete colinas, y señalándole todos los lugares de interés: la colina Capitolina, el foro y el templo de Jano. Estaban en la colina Palatina, entre las grandes casas de los muy ricos, cuando Fabio descubrió unos zapatos rojos, secándose al sol tras una reciente limpieza, en la repisa de la ventana de un primer piso.

– Ayúdame a subir, rápido.

Áquila le obedeció sin pensar, y soportó su peso sin esfuerzo mientras Fabio se estiraba hacia arriba y agarraba los zapatos. Tiró uno dentro de la habitación, pero descendió triunfante con el otro.

– Aquí está -dijo mientras lo levantaba-. Una victoria para los paletos que van con el culo al aire.

– ¿Un zapato?

Fabio lo agitaba con alegría.

– Un zapato de senador, un trofeo, Áquila. Esos cabrones suelen ponérnoslos en el cuello para aplastarnos.

Un grito detrás de ellos alertó a Fabio del peligro y se volvió para ver a un sirviente que se descolgaba por la ventana con el otro zapato en la mano y daba alaridos para que se detuvieran.

– Es hora de seguir con la visita, «tío» -dijo Fabio guiñando un ojo.

Se escabulló por un callejón y Áquila le siguió, y sus pies levantaban eco en los muros mientras se alejaban a la carrera y salían a otra calle que corría en paralelo. Fabio cruzó esa calle y se metió en un segundo callejón, por cuya empinada pendiente bajaron hasta aparecer en el mercado cercano al foro. Fabio dejó de correr y comenzó a caminar a paso normal, abriéndose camino entre los puestos, mientras sus ojos y sus manos repasaban todo el lugar. Para cuando alcanzaron la otra punta, ya podía ofrecerle a Áquila frutas, verduras y un atizador de hierro.

– Ideal para una noche fría, ¿eh, «tío»?

Áquila rio; estaban en mitad del verano, la época más calurosa del año.

– Puede que seas el único cliente que ha tenido en todo el día.

Fabio abrió mucho los ojos en señal de auténtica preocupación.

– Tienes razón. Y puede que ese pobre capullo se esté muriendo de hambre -Fabio dio la vuelta y desanduvo sus propios pasos. Devolvió al desconcertado vendedor su atizador, además de toda la fruta y verdura que había hurtado en los otros puestos.

– Come bien, hermano -dijo con exageración, mientras le daba unas palmaditas en la espalda a aquel ferretero-. Enseguida llegará el invierno y podrás descansar tranquilo. Si alguna vez necesito unos hierros para mi hogar, serás el primero al que acuda, y te recomendaré a mis amigos.

Salían andando del mercado -el perplejo comerciante quedó atrás, rascándose la cabeza-, cuando Fabio volvió a hablar.

– Una cosa, «tío». Si no te molesta que te lo diga, deberías hacer que te esquilasen esas greñas. Ya es bastante malo que me saques más de una cabeza y estés aún creciendo, pero tu pelo, con ese color y tan largo como lo llevas, hace que llames demasiado la atención.

Capítulo Dos

Servio Cepio tuvo el buen talante de admitir que él no era un soldado, lo que no le granjeó más que gratitud de aquellos jóvenes oficiales que había heredado al asumir el mando en Hispania. Más de un cónsul de servicio, recién llegado de Roma, compartía aquel defecto, pero no lo veía; con sólo doce meses de servicio, estaban impacientes por poner a sus tropas en acción y los elegidos por aquellos mismos cónsules eran los cuestores y los legados, puesto que eran oficiales veteranos, y era extraño que alguien buscara poner freno a sus ambiciones. En el pasado, había sido inevitable que esto supusiera el sacrificio de bastantes vidas -romanas, de auxiliares y de nativos reclutados a la fuerza- por el simple propósito de la reputación senatorial. Pequeño de complexión y de rasgos astutos, Servio era lo que parecía, un intrigante nato, un hombre que había trepado hasta destacar gracias a su servil adhesión a la causa de los privilegios senatoriales, como exponía Lucio Falerio Nerva.

Fuese guerrero o no, sus cohortes estarían obligadas a luchar en más de una escaramuza, pues la frontera nunca estaba realmente en paz, aunque él hacía todo lo que podía por mantener el conflicto dentro de unos límites. Esta sensible aproximación no tenía nada que ver con la modestia. Servio Cepio ansiaba el éxito militar con tanto apasionamiento como cualquiera de sus iguales. Era aquello a lo que se enfrentaba, sumado a lo que tenía a su disposición, lo que inducía su precaución; eso y las instrucciones de Lucio Falerio que había traído consigo.

Su mentor se había equivocado al juzgar al principal caudillo celtíbero. Desde luego que Lucio veía a Breno como una plaga, pero una que podría ser contenida como lo había sido durante la primera campaña comandada por Aulo Cornelio. Dejemos que se esconda en el interior con sus fantasías sobre la destrucción de Roma y que se ponga a la cabeza de alguna gran confederación celta. Aquello podría haber sucedido antes, pero Lucio Falerio insistía en que Roma era ya demasiado grande para ocuparse de semejante nadería, aparte de la naturaleza fragmentaria de la bestia que Breno intentaba reunir. Dos celtas nunca se ponían de acuerdo sobre nada; puede que hubiera millones, pero Roma era homogénea y ellos tendían a la dispersión.

Pero ahora, ante la presencia física de Breno, parecía más peligroso de lo que aparentaba en el estudio de Lucio. Derrotado muchos años antes por Aulo Cornelio, se había retirado a lamerse las heridas, pero había regresado para vengarse tras tomar el poder en la tribu de los duncanes y hacerse con el fuerte de Numancia, en las colinas. Su usurpación había sido sangrienta; tras casarse con Cara, la hija favorita del viejo caudillo, Breno, que antes había sido un druida obligado al celibato, rompió su voto. Pero también rompió mediante amenazas, espada y asesinatos secretos la resistencia de cualquiera que se interpusiera en su camino. Después había atacado a las tribus vecinas, recuperando las tierras que estas habían robado, con el paso de los años, a un caudillo anciano y más interesado en el vino y la fornicación que en la defensa de su patrimonio.

Su siguiente victoria fue convertir una fortaleza natural favorecida por el terreno -altos despeñaderos, declives naturales, una fértil meseta y constante suministro de agua-, un lugar en el que se había dejado que las murallas construidas llegasen casi a la ruina, en el bastión más sobrecogedor de toda la península Ibérica. Numancia proporcionaba seguridad en una tierra conflictiva, por lo que la gente de paso se había asentado allí en multitud, transformando aquel fuerte sobre la colina en una bulliciosa ciudad; no sólo se había convertido en un lugar que defender, sino también en una base desde la que atacar Roma. Año tras año, Breno se iba haciendo más fuerte, con más hombres con los que llevar a cabo su intentona y menos vecinos con capacidad para hacer frente a sus deseos. Cuando los caudillos lo intentaban, Breno sobornaba a sus guerreros más jóvenes, insistiendo en su visión, animándolos para que atacaran las provincias costeras de Roma, con el objeto de mantener la frontera en llamas.

A Servio, su propia naturaleza taimada le permitía ver nítidamente las tentaciones que el hombre ofrecía con una clara intención, y la conclusión más evidente era que la paciencia, como política, podría demostrarse impracticable. Breno era listo, un hombre que ponía ante los codiciosos ojos de los romanos la zanahoria de la oportunidad, la tentadora perspectiva de una victoria lo bastante grande como para que el ganador consiguiese un triunfo que igualara cualquiera de los anteriores. Numancia, su fortaleza sobre la colina, podía ser casi impenetrable, pero había otras menos formidables y, por tanto, más tentadoras -Pallentia, en medio del camino a Numancia entre la llanura costera y el profundo interior, era una de ellas. Breno dejaba que se supiera que un ataque a esta fortaleza le haría salir a defenderla, creando así la perspectiva de que, en campo abierto, podría ser derrotado por la superior disciplina romana. Había un error obvio en este sueño de gloria: podría ser Breno quien ganara, lo que dejaría toda Hispania a su merced. ¿Qué haría entonces?

Servio Cepio, que no estaba preparado para arriesgarse a una derrota, a una posible muerte y, como poco, a la deshonra segura, había hecho suya la idea de Lucio de que, si otros métodos fallaban, habría que asesinar a Breno y lo preferible era que lo hiciera alguien que no pudiera hacerse cargo de su sucesión. Esto conduciría a la ruptura de la confederación de tribus que Breno ya dominaba y, a su vez, haría que estas volvieran a guerrear unas con otras en vez de hacerlo contra Roma, lo que traería la paz a la frontera. Que se pelearan lo que quisieran por sus montañas y valles.

Una de las bazas vitales para un buen intrigante es la capacidad de escuchar, pues solo al hacerlo puede encontrar la debilidad de su oponente. Servio escuchó a los centuriones que habían estado destinados en Hispania durante años, e hizo igual con aquellos celtas que buscaban protección y paz con Roma. El gobernador era paciente con aquellos caudillos protegidos y conseguía sacar perlas de información de entre la fanfarronería endémica de aquellos celtas, pero sobre todo cortejaba a los griegos, quienes, puesto que eran comerciantes, por necesidad habían de tener una visión más amplia. Los dos que ahora estaban sentados con él tenían mucho que contar.

Como raza, los romanos tenían un agudo e inmediato sentido de su propia historia; para ellos, Aníbal, el general cartaginés que había aniquilado dos ejércitos romanos y arrasado toda Italia, no era un recuerdo del pasado, sino de ayer. El saqueo de Roma a manos de tribus celtas, bajo las órdenes de otro Breno, unos doscientos años antes de la invasión de Aníbal, parecía haber ocurrido la semana anterior. Aquellos comerciantes griegos lo sabían, y obtenían cierto placer al asegurar que la amenaza que representaba Breno parecía real.

Tras sus palabras cargadas de fatalidad, Servio Cepio notó las insinuaciones de avaricia que buscaba. Necesitaba el conocimiento de aquellos hombres que recorrían con regularidad el camino entre Emphorae y Numancia, hombres que podían proporcionarle una imagen de la vida en la fortaleza; que podían describir al detalle los hábitos y las esperanzas de aquellos que destacaban, quizá los guerreros que en el presente estaban a la sombra de Breno. Pero no hablarían a cambio de nada, y él era reacio a ofrecer abiertamente un soborno, porque con oro de por medio ellos le contarían lo que él quisiera oír. Necesitaba tentarlos para que hablaran y si fuera posible, hacerlo sin pagarles ni un as de cobre.

– Ningún romano puede acercarse a Numancia con la esperanza de conservar su cabeza -dijo-, pero deseamos poner fin a esta agitación constante, así que debo encontrar una manera de aproximarme a Breno. Si puedo entablar un diálogo, quién sabe qué podría surgir de ahí.

– La paz -replicó sentencioso uno de los griegos-, y de las bendiciones que conlleva llegaría la prosperidad.

Servio lo miró a los ojos.

– Quienes consigan algo podrían exigir su propia recompensa.

– Como bien dice, excelencia, no será un romano y tampoco, me temo, se podría encargar la tarea a un celta.

– Breno sospecha de los de su propia raza -dijo el segundo comerciante griego-. Un hombre con semejante poder tiene que sospechar de todo el mundo.

– Naturalmente.

Ante tal reconocimiento, los dos comerciantes se animaron; Breno los había tratado bien y tenían buenas razones para creer que volverían a ser bienvenidos en Numancia, y así lo dijeron. Sin rubor, propusieron servir de enviados, sin olvidarse de añadir que carecían de los fondos para hacer un viaje, con motivo de esa misión, por sí solos.

– Un enviado mío no podría viajar de ninguna manera que hiciera quedar mal a la República -dijo Servio con franqueza, mientras su corazón entraba en calor por el brillo de la avaricia que esto produjo-. Aun así me pregunto si es dinero bien gastado. Todo lo que me habéis contado me hace dudar de si daría la bienvenida a mis intentos de acercamiento. -El resultado de este cubo de agua fría y realidad casi levantó una carcajada por el dramatismo con el que aquellas dos caras se alargaron; les había permitido vislumbrar una riqueza considerable y, después, la había retirado con elegancia-. Esto es lo que me preocupa: que sin que sea culpa de nadie, se usen las palabras que matarán cualquier esperanza de diálogo antes de que este empiece.

– Cierto es que esto requiere destreza, excelencia.

– También requiere conocimiento. Puede que en Numancia haya otros, gente a la que os podáis acercar en un principio, que tenga la clave de su manera de pensar. Gente cercana a Breno que quizá podría convencerlo de que escuchase.

Hablaron ilusionados, sin darse cuenta de que mientras buscaban impresionar a aquel cónsul romano, se habían alejado de su verdadero propósito. En cualquier situación en la que existe poder, bien lo sabía Servio, siempre habría alguien que quisiera usurparlo y la primera acción de esta persona sería hablar con otros, aludiendo a los pequeños puntos en que aquellos estaban en desacuerdo con su líder. Cuando se despidió de ellos, ya tenía los nombres de al menos diez guerreros, unos, miembros del cuerpo de guardia personal de Breno, otros, primos de su mujer, que encajaban en aquella categoría. Uno de ellos podía estar preparado para traicionarlo a cambio de la oportunidad de incrementar sus posibilidades de gobernar a los duncanes.

Poco dado a jugárselo todo a una misma carta, Servio leía con avidez, absorbiendo la masa de información ya reunida, que iba desde los viejos informes de Aulo a los más recientes de Tito Cornelio. Sabía más de Breno que cualquier otro romano, por lo que, de ser un mero nombre, aquel hombre empezaba a tomar la forma apropiada. Vertebraba todo aquello su idea obsesiva sobre la destrucción del Imperio Romano, para reemplazarlo, no cabía duda, por uno celta con él a la cabeza, y físicamente parecía tener la estatura para conseguir lo que ambicionaba.

Al parecer, Breno había envejecido bien estos últimos diecisiete años. Sacaba más de una cabeza a sus compañeros celtas; su cabello, que llevaba largo, era ahora plateado, con algunos matices de oro en las puntas. Pese a todo su poder y prestigio, vestía con sencillez; los ornatos exteriores correspondientes a su elevado estatus no significaban nada para él, aunque ningún informe dejaba de mencionar su único adorno, un talismán de oro que llevaba al cuello con la figura de un águila al vuelo. Muchos se dirigían a él como si ya fuera un rey y existían bastantes razones que potenciaban tal consideración, de las que el tamaño de su familia no era la menos importante. Demasiado poderoso como para que lo limitaran las convenciones, había tomado varias concubinas, si bien aún reconocía a Cara como su esposa. Dada su propia potencia, y la de sus mujeres, su familia más cercana había aumentado hasta el punto de que contaba con veintiséis miembros en su familia. A un observador externo le habría parecido que Breno ya no podía esperar nada más, pero a cualquiera que estuviese lo bastante cerca de él enseguida le parecía un hombre profundamente frustrado. Con el tiempo y el éxito, el peso de su frustración había crecido, en lugar de disminuir, hasta el punto de que el simple nombre de «Roma» era suficiente, en apariencia, para sumirlo en una ira creciente.

¿Así que era un poderoso caudillo que preocupaba a sus vecinos y que estaba a la cabeza de un enorme y variado grupo familiar? Se hacía más poderoso cada año, por lo que podía volverse incontrolable, una amenaza para la República, tan peligroso como sugerían sus ideas. En el presente, Servio no tenía ni la fuerza para atacarlo ni la intención de hacerlo, y puesto que tenía instrucciones claras sobre el procedimiento adecuado que debía seguir, nada le tentaba para dirigirse a Roma señalando los peligros y exigiendo legiones de refuerzo. Nada cambió al llegar la noticia de la muerte de Lucio Falerio; había que hacer un intento de neutralizar a aquel enemigo bárbaro.

La información que sacó de los comerciantes griegos le proporcionaba una buena oportunidad, un celta llamado Luekon que había insinuado cierta envidia hacia Breno, por parte de quienes estaban a su alrededor, y con la ambición necesaria. Pariente lejano de Cara, Luekon podía moverse con libertad dentro de la órbita que dominaba Breno, pero primero se requerirían sus servicios para que actuara como mensajero, porque había una segunda posibilidad. El primer encargo de Luekon sería contactar con Masugori, el cabecilla más cercano a Breno. Este gobernaba a los bregones y era una gran promesa, pues había firmado un verdadero tratado de paz con Aulo Cornelio Macedónico y lo había respetado todos aquellos años, sin alinearse con Breno ni tomar las armas contra Roma. Sin embargo, debía de ser vulnerable al constante aumento de poder de su vecino; ¿se daba cuenta Masugori de que llegaría un momento en que la incapacidad para enfrentarse a Breno podía significar su aniquilación? Quizá se le pudiera convencer de que actuara desinteresadamente.

Lo que no sabía Servio era que Breno había convocado una reunión tribal, algo que hacía a menudo con la intención de intimidar a los otros caudillos. Ninguno de los jefes faltaría a su convocatoria por temor a ofenderle, y eso condujo a Masugori a Numancia con la esperanza de que las circunstancias necesarias para lo que tenía que fomentar fuesen las más propicias.

– ¡Aníbal nunca hubiera podido invadir Italia sin los celtas! Digo verdad en esto, por el alma del gran dios Dagda.

Masugori asintió como si escuchara aquellas palabras por primera vez, aunque era la centésima, pero sabía que no debía interrumpir. Viathros, jefe supremo de los lusitanos, la numerosa tribu de la costa oeste, estaba demasiado borracho como para escuchar, y menos aún para responder -no es que necesitara estar sobrio, pues Masugori había oído aquel discurso una docena de veces. Breno, que también había bebido en abundancia, dio una palmada en la mesa que hizo que platos y jarras saltaran mientras él se dirigía a los hombres allí reunidos, todos ellos jefes. Como siempre, ahora el tema era cómo derrotar a los romanos.

– Se decían a sí mismos cartagineses. ¿Sabéis cuántos de aquellos hombres eran en realidad de África?

Una palabra debió de penetrar el estupor de Viathros.

– Los elefantes eran de África.

Si su intención había sido hacer un chiste, tendría que haber sabido que Breno nunca había tenido demasiado sentido del humor y su ilimitada autoridad en nada había servido para mejorarlo.

– Eso es todo. Toda su caballería era celta y también la mayoría de sus soldados de a pie. Nunca se habría acercado a los Alpes si las tribus de orillas del Mar de en Medio se hubieran opuesto, ni habría atravesado las montañas si los boyos no lo hubieran guiado.

Masugori optó por hacer una pequeña travesura, pues conocía bien los puntos flacos de la personalidad de Breno.

– Los volcas tectósages se pusieron del lado de los romanos, ¿no es así?

Cuando el caudillo de los duncanes respondió, en las murallas exteriores se pudo oír un grito atronador, así como la mitad del despotrique que vino a continuación. Era la ya vieja letanía sobre la hipocresía latina, con sus tácticas de divide y vencerás que reducirían a los celtas a la esclavitud si seguían permitiendo que las emplearan.

El caudillo de los bregones apartó la vista para impedir que Breno viera ningún rastro de hipocresía en sus ojos. Aquel hombre se había formado como druida y quizá mantuviera aún el poder de leer las mentes de los hombres. Luekon, mensajero del gobernador de la provincia de Hispania Citerior, Servio Cepio intuía que las cosas irían mejor para los bregones con la muerte de Breno. Masugori no ignoraba el peligro, aunque había sobrevivido manteniéndose al margen. Puede que llegara un momento en que tuviera que elegir un bando, pero no era ahora. Así que, pese a lo tentadora que era su propuesta, había despedido al mensajero de Cepio después de unas someras muestras de hospitalidad. Poco importaba aquello; si Breno oía hablar siquiera del propósito de la misión de Luekon, vería traición en el simple hecho de recibirlo.

Justo ahora tenía poco que temer, pues Breno estaba demasiado ocupado menoscabando la reputación de Aníbal. El cartaginés había permanecido durante diecisiete años en Italia.

Había derrotado a los romanos en el lago Trasimeno y en Cannas, y después había deambulado por la península en vez de atacar la ciudad, para ver cómo su hermano Asdrúbal, que había acudido en su ayuda, era aplastado en Metauro. Los celtas que le ayudaron murieron por miles a causa de su incapacidad para emprender acciones decisivas, o bien fueron evacuados al norte de África, para morir en una tierra extraña durante la batalla de Zama. Y, por supuesto, las consecuencias estaban claras. Masugori sabía lo que venía a continuación: en este punto, Breno siempre agarraba aquella maldita águila que llevaba al cuello, como si estuviera pronunciando una profecía. La historia lo probaba; sólo un líder celta, con un buen número de guerreros detrás, podía hacerlo mejor que Aníbal y tener verdadero éxito en la destrucción de Roma.

Las palabras esperadas no salieron a la luz, porque en ese momento entró Galina y una mirada suya era suficiente para detener aquella verborrea. Masugori observó sus movimientos, levantando rápidamente los ojos de sus sinuosas caderas para ver la mirada de divertida tolerancia que asomaba en los ojos de ella, y se preguntó, no por primera vez, si una mujer así podría templar las ambiciones de su vecino y evitarle a él la necesidad de sucumbir a Breno o de ir a la guerra con él.

Para Breno era más difícil tratar con Galina que con sus otras mujeres y no era a causa de su juventud y belleza, aunque ambos atributos los poseía en abundancia. Su color era poco común, pues sugería que la fuerza de la sangre en sus venas era diferente: con su piel aceitunada, sus ojos oscuros y su cabello negro, a Breno le recordaba a la dama Claudia, la mujer romana que había capturado después de su primera batalla contra Aulo, la primera persona que le había hecho romper su voto de castidad. Cara, rolliza, maternal y fecunda, hacía la vista gorda, por no mencionar una auténtica permisividad, con todas las otras concubinas, pero odiaba con saña a esta última adquisición y no perdía la oportunidad de escupirle y llamarle lagarta, bastarda romana y bruja.

Aquella muchacha mostraba una seguridad que intrigaba a Breno; no era como las otras, pues ni sus riquezas ni su evidente autoridad tenían efecto sobre ella. Se dirigía a él como a un igual, y en aquellas ocasiones en que había intentado frenar a la muchacha para recordarle su propia posición, Galina simplemente anunciaba su marcha y se alejaba de él. Poder y riqueza no corrompen más que la relación de un hombre con las mujeres; él nunca sabía con seguridad si una demostración de afecto la provocaba el amor, el miedo o la avidez. Breno aún no había reconocido el problema, pues toda su vida había estado convencido de que no necesitaba nada de nadie, pero, aunque no le gustara reconocerlo, era humano. Siempre se las arreglaba para atraer a la joven Galina de vuelta a la cama sin perder su prestigio.

– Si vuelves a mencionar Roma una vez más, me iré -él rio, tanto por lo que ella había dicho, como por el hecho de que se hubiera atrevido a decirlo, pero la posición física también contribuía. La cabeza de ella reposaba sobre el estómago desnudo de él y ella había hablado dirigiéndose a su erección, tirando después de ella con energía y dándole un mordisquito, a modo de aviso para que desistiera-. Ya es bastante malo sin que haya visitantes cotorreando sobre ello.

– Luekon ha vivido entre ellos. Conoce a los romanos y sus maneras. Lo que me cuenta sobre ellos me ayuda a tratarlos.

Ella se subió encima de él de golpe, sentándose a horcajadas sobre su cuerpo, y la ansiedad que a él le gustaba se hacía evidente en sus ojos.

– Conozco las maneras romanas. Puede incluso que tenga sangre romana y quiero que me hagas, al menos diez veces, lo que ellos les hacen siempre a sus cautivas.

Luekon oyó el grito enérgico cuando Breno respondió a la deliciosa vulgaridad de Galina. También lo oyeron dos de los sobrinos del caudillo.

– Ahora podemos estar seguros. Esa puta lo mantendrá ocupado toda la noche -dijo Minoveros, el mayor. Al ser el hijo del hermano de Cara, tenía el mando del cuerpo de guardia personal del caudillo.

– Se dice que Breno puede ver a través de las paredes -dijo Luekon, hombre cauto y con un sano temor por la brujería.

El sobrino más joven, Ambon, habló con un deje de clara envidia en su voz. Luekon sabía que aquel joven se había fijado en Galina, y que quería llevársela cuando su tío estuviera muerto.

– Pues justo ahora no puede ver más allá de la punta de su polla.

Aquellos eran los dos nombres más destacados que los comerciantes griegos habían dado a Servio Cepio. Luekon había venido a verlos para persuadirlos de que asesinaran a Breno, con la promesa de una recompensa tan grande como para tentar a los dioses. Las leyes celtas de hospitalidad le daban la libertad y el tiempo para apartarlos de su primaria lealtad, y fue algo más sencillo de lo que Servio Cepio podía haber esperado. Emparentados los dos con la esposa de Breno, podrían atraer a Cara a la conspiración, junto con todos sus familiares, y todo a causa de la voluptuosa criatura que justo ahora acababa de hacer reír a Breno.

– No debe ocurrir nada mientras yo esté aquí.

– ¿Por qué? -preguntó Minoveros.

– Porque nada bueno resultaría de vuestros actos. Vengo de territorio romano, y si se viese que hay manos romanas en esto, seríais unos parias entre las otras tribus.

– Odian a Breno tanto como nosotros. Yo digo que lo hagamos delante de sus mismas narices.

Luekon resopló con sorna; intentar matar a Breno en una reunión tribal era una locura.

– Lo respetan como hombre que mantiene la paz en nuestras tierras. Puede que les hable por encima del hombro, pero no ha tomado ni una sola brizna de hierba de la que no pueda decir que pertenece por derecho a los duncanes, además de que tiene el poder de someterlos a todos, excepto a los lusitanos. ¿Cómo crees que se sentirían si vieran ese poder en manos de otros, hombres en los que no pueden confiar porque han aceptado oro romano para matar a su líder?

– No es una idea que nos quite el sueño -replicó Ambon.

– Tampoco debería preocupar a Roma -añadió Minoveros-. Diles que daremos el poder a uno de los hijos de Breno y que gobernaremos por medio de él.

– ¿Crees que eso engañará a los bregones o a los lusitanos? ¿Un crío como caudillo? No dirán nada mientras sean invitados. Puede que incluso sonrían y den su aprobación a vuestros actos, pero esos caudillos con todos sus guerreros estarán fuera de vuestras murallas en un mes. -Los dos jóvenes intercambiaron miradas pensativas-. ¿Y qué pasará si perdéis? Ni siquiera Numancia puede salir indemne del poder combinado de todas las tribus.

Si bien aquel argumento carecía de cierto grado de lógica, al menos había conseguido preocupar a aquellos dos atolondrados. A Roma le convenía que las tribus lucharan entre ellas en lugar de asaltar la frontera, y él era de la opinión de que aquello ocurriría en cuanto Breno se hubiera ido, pero aquella reunión tribal, organizada antes de que él llegara, le había cogido por sorpresa. Algunos de aquellos jefes que estaban de visita lo reconocerían, e incluso podrían adivinar cuáles eran sus intenciones. Mientras pudiera estar fuera de Numancia antes de que los asesinos actuasen le daba igual. Luekon sabía que las conspiraciones nunca eran tan fáciles como sonaban, que solían salir mal y volverse contra aquellos que las habían instigado.

Masugori era uno de los que conocían a Luekon; este había llegado allí desde su propio campamento, tras hacerle llegar las zalamerías de Servio Cepio, pero evitaron cualquier señal de reconocimiento para que Breno no fuera consciente de que se conocían. La precaución hizo que esperaran hasta que aquel estuvo totalmente ocupado saludando a otro caudillo recién llegado, antes de hablar entre ellos. Masugori arrinconó a Luekon con la intención de determinar qué estaba haciendo en Numancia.

– Yo podría hacerte la misma pregunta, Masugori.

– Estoy aquí porque me han invitado.

Luekon hizo chasquear sus dedos.

– ¿Quieres decir que te lo han ordenado?

El caudillo de los bregones, a quien el otro sacaba una buena cabeza, desenvainó su espada.

– Ten cuidado con lo que dices. Recuerda que en Numancia no eres mi invitado.

– No estoy sometido a ti. Roma te ofreció una oportunidad de actuar y tú la rechazaste. Ahora la tarea recae sobre otros.

Masugori rio y envainó su espada.

– ¿Aquí? Tú estás loco. Breno tiene ojos hasta en el cogote. Si yo fuera tú, me apartaría de esto mientras aún me quedase piel sobre los huesos.

– Quién hubiera imaginado que seguiría tus consejos. Hoy mismo me largo de aquí.

Se habían asegurado de que Breno estuviera entretenido, pero a ninguno de ellos se le ocurrió vigilar a Galina, que fue testigo de su intercambio. También estaba presente cuando llegó Masugori y había visto que se presentaban como si fueran extraños, y aquello había despertado su curiosidad. ¿Cómo era posible que aquellos dos, que en apariencia no se conocían, estuvieran ahora enzarzados en una conversación tan seria? Como siempre que veía algo que pudiese afectar a su futuro, se lo contó a Breno.

En cuanto Luekon salió por la puerta principal, lo agarraron y lo llevaron en volandas de vuelta al amplio espacio delante del templo de madera que se alzaba en el mismo centro de Numancia.

– ¿Es esta la forma en que un invitado corresponde a su anfitrión? -dijo Breno-. ¿Marchándose sin despedirse?

– ¿Marchándome?

Fue una afirmación estúpida, porque los guardias habían traído sus caballos con ellos y los paquetes del lomo del segundo animal mostraban muy a las claras cuál era su intención.

– ¡Masugori! -El caudillo de los bregones dio un leve respingo cuando Breno pronunció su nombre, pero se volvió hacia él, decidido a conservar su dignidad-. ¿Conoces a este hombre?

– Sí.

– ¿De qué?

– Vino a verme a petición de los romanos, para sembrar cizaña entre nosotros.

La voz de Breno sonó grave y convincente.

– ¿Y lo dejaste con vida?

– Era mi invitado.

El caudillo de los duncanes asintió. Para un celta, aquello no requería más explicaciones. La integridad de un invitado era inviolable.

– Aun así no elegiste contarme que esta víbora estaba aquí.

Masugori sabía que estaba en peligro, sabía que Breno era voluble y cruel. Tenía su propio poder, al igual que su tribu, pero no era el suficiente como para enfrentarse a aquel hombre.

– Es por mí por lo que se marchaba, Breno. Sospecho que vino a malmeter. Le dije que estaba perdiendo el tiempo.

Breno se había dado cuenta del movimiento del gentío, debido en parte al temor, en parte como preludio a la acción, pues incluso alguien con cerebro de mosquito sabría que su líder no iba a dejar así aquel asunto. Si Luekon no tenía nada que decir, Breno se lo sacaría. Se acercó mucho al caudillo de los bregones, cerniéndose sobre él mientras sus ojos azules perforaban el alma del otro hombre.

– Pareces muy seguro, Masugori.

– Menos seguro de lo que lo estaba entonces, Breno.

Breno se inclinó hacia delante y desenvainó la espada de Masugori.

– Llevar armas en mis tierras es un privilegio que sólo se permite a amigos y guardias.

Se dio la vuelta y barrió con sus ojos a la multitud antes de caminar hacia Luekon, que parecía hundirse mientras Breno se acercaba. Incapaz de mirarlo a los ojos, miraba en su lugar el águila de oro que llevaba al cuello, mientras Breno le quitaba su arma. El amuleto parecía burlarse de él, y sus alas extendidas aludían a una libertad que él sabía que ya había perdido.

– Mírame -dijo Breno en voz baja. El otro movió su cabeza a ambos lados, pero Breno puso una espada bajo su barbilla y empujó para que Luekon no tuviera elección. Sus ojos azules eran como hielo y su voz atronó cuando Breno habló a su víctima-. Eres un espía, un traidor a tu raza, Luekon, y me vas a contar para qué has venido. Un hombre como tú no viaja tan lejos, a menos que venga a ver a alguien…

La voz siguió y siguió, y al mismo tiempo Luekon sentía que el poder se escapaba de sus miembros. Minoveros y Ambon se habían colocado al frente de la multitud y sus manos se acercaban a sus espadas. Asumieron que Breno no podía verlos, pero subestimaron sus poderes; podía sentirlos.

– Nombres, Luekon.

– Mino…

A punto de ser descubiertos, los dos sobrinos saltaron hacia delante cuando Breno empujó con fuerza la propia espada de Luekon en sus tripas, que no ofrecieron resistencia, y entonces golpeó el arma de Ambon con la espada de Masugori, de manera tan enérgica que el joven la soltó. Minoveros alzó la suya para atacar justo cuando una lanza pasó como un rayo junto a su supuesta víctima y se clavó en su pecho. Breno no miró para ver quién había salvado su vida, pues tenía a Ambon a su merced, con la punta de su espada en la garganta del guardia. Luekon, aún en estado catatónico, seguía tambaleándose, como si no fuera consciente de la herida abierta de su estómago. Breno se volvió hacia él y mantuvo su mirada, hablándole de nuevo en voz baja para volver a imponerle su hechizo. Cuando le hizo una pregunta, su víctima respondió sin dudar y toda la historia se derramó por un espacio lleno de gente en el que hasta el más leve suspiro podía oírse. Finalmente, Breno se dio la vuelta y clavó una mirada fija en Cara.

– Es mentira, esposo, es todo mentira -gritó.

Con frialdad, le ordenó que reuniera a sus hijos y se fueran al templo, y después dio las mismas órdenes a todas sus concubinas, excepto a Galina, que no tenía hijos. Cuando hubieron obedecido, Breno cogió una falcata de uno de los guardias que quedaban. Era un arma enorme, de gruesa hoja curva con un filo cortante en ella, diseñada para segar una cabeza o una extremidad de un solo golpe. Entró en el templo y cerró la gran puerta de madera. Los alaridos comenzaron casi de inmediato, pero no hubo gritos de dolor. En poco tiempo los gritos se apagaron para ser reemplazados por un silencio inquietante; entonces se abrió la puerta y Breno salió cubierto de sangre de la cabeza a los pies.

Recorrió de un vistazo al silencioso gentío.

– Querían sustituirme por un hijo mío. Ahora ya no hay hijos míos ni madres para criarlos.

Caminó hacia Galina y se detuvo ante ella.

– ¿Quién arrojó la lanza?

Ella señaló a Masugori, que estaba inmóvil como una roca, sobrecogido hasta el tuétano por la barbaridad de lo que Breno había hecho, y como poco esperaba sufrir el mismo destino que su familia. Breno dio una vuelta para mirar a los conspiradores. Ambon estaba intacto, Luekon, malherido y Minoveros, a punto de morir por el lanzazo que había recibido en el pecho. Con tres rápidos golpes de la poderosa falcata seccionó sus cabezas, con grandes chorros de sangre manando de sus troncos. Levantó la cabeza de Luekon por la larga cabellera negra.

– Esta habrá que enviarla a Roma.

Capítulo Tres

Calpurnia, la hija de Demetrio, era una delicia; esbelta y grácil, era de la misma edad que Áquila. La había visto aquel primer día en la panadería, cubierta de harina y de sudor, lo que, por cierto, no le hacía justicia, aunque su sonrisa nunca cambiaba. Limpia, con su cabello negro bien peinado, Calpurnia era una chica diferente. Tenía un temperamento alegre que parecía estar en guerra con su tristeza interior, y en la casa había tensión, algo evidente por el modo abrupto en que acababan las conversaciones entre su madre y ella cuando su nuevo «pariente» aparecía. Trataba a su padre con cierta reserva y, por lo general, intentaba estar en cualquier otra parte cuando él andaba cerca.

En la familia de los Terencios, sólo ella dio la bienvenida sin avaricia a Áquila, y hacía todo lo que podía por cuidar de que estuviera cómodo sin esperar nada a cambio: lavaba y remendaba sus ropas e incluso lustró con cera de abeja su maltrecho peto de cuero, dejándolo en un estado que parecía medianamente respetable. El amuleto la intrigaba, pero para Áquila nunca había sido fácil hacer especulaciones sobre su nacimiento y el ceño con que recibió la primera pregunta de ella fue suficiente para asegurar su futuro silencio sobre aquel asunto.

Pero ella lo buscaba, se hacía la encontradiza cuando él estaba en casa. Como es típico en un joven de su edad, Áquila no se daba cuenta de lo mucho que ella lo admiraba; no se daba cuenta de que era muy diferente, más alto, e incluso con el tono dorado de su piel era muy distinto de todos los otros jóvenes que ella conocía. Cuando estaba sola, de noche, rezaba para que Áquila fuera a rescatarla, y cuanto más conjuraba ella la imagen de él en su mente, más soñadores se volvían sus pensamientos. Para Calpurnia él era como el hijo de un dios, puesto en la tierra para enmendar los errores de la humanidad, y estaban solos en casa el día que ella se lo contó. Aquello hizo reír a Áquila, que fue capaz de apuntar que aquella idea no era tan solo un mito romano, sino que también existía en las religiones griega y celta. Eso la intrigó aún más, así que él se vio obligado a contarle cómo era que él sabía cosas semejantes.

Por necesidad, puso especial cuidado en sus descripciones: en la de Gadoric, que le había enseñado las creencias de la religión celta, y que los dioses vivían en los árboles y en la tierra; el mismo hombre que le había enseñado a cazar solo para comer, nunca como una simple demostración de destreza. La convicción religiosa más respetada por los celtas era que el guerrero que moría en batalla iba a sentarse con los dioses en un lugar especial, donde los relatos de sus heroicas hazañas se convertían en materia de leyenda. Algo que Gadoric, por cierto, había conseguido; si bien no se la describió a Calpurnia, mientras hablaba tenía en mente la imagen de la muerte de su amigo, la de su carga contra un frente de caballería romana sin tener esperanza de sobrevivir, lanzando los gritos de guerra que había aprendido de niño.

Cuando hablaba de los griegos, lo hacía incluso con mayor prudencia. No podía mencionar Sicilia ni lo que hacía allí bajo la tutela de Didio Flaco, pero de boca de muchos miembros del ejército de esclavos había oído hablar de las deidades que adoraban, muy parecidas a los dioses romanos, pero con nombres diferentes, así como acerca del panteón de héroes cuyas hazañas se contaban una y otra vez para inspirar a los pusilánimes, a los temerosos y a la mayoría de todos aquellos lo bastante valientes como para desear emularlos. Pero estaba la otra cara de las creencias griegas; ningún hombre debía buscar demasiado y, desde luego, ningún simple mortal debía retar la supremacía de los dioses, pues eso conducía al pecado de hybris, transgresión por la cual un hombre sería humillado o incluso destruido.

Y también había heroínas, pues si bien Zeus era de sexo masculino, había bastantes diosas tan poderosas como para hacer que una mujer se sintiera igual que un hombre. Calpurnia quedó muy desconcertada por aquellos cuentos griegos e hizo que Áquila se los contara una y otra vez. Para una chica que casi no había salido de las calles romanas y que pocas veces había visitado un templo, las historias que él había aprendido de los esclavos rebeldes dieron a sus enormes ojos castaños una embarazosa luz de adoración a los héroes, hasta que, al final, después de que ella insistiera con gentileza en que aquello era un adorno apropiado para una chica, le convenció para que le dejara colgárselo al cuello. Calpurnia se lo puso con mucho cuidado y sintió un ligero estremecimiento cuando el metal tocó su suave piel aceitunada.

– Me siento impía -dijo, y se lo quitó de inmediato-. ¿Esta águila tiene algún significado? Lo he notado cuando tocó mi piel. -La muchacha pudo ver que hacía que él se sintiera incómodo y cambió de tema-. Nunca te adoptaron legalmente, ¿verdad, Áquila?

– Nunca.

Ella le dedicó una deslumbrante sonrisa.

– Entonces no somos parientes en realidad, ¿no?

– ¿Y eso te complace?

– Claro que sí. Los familiares que me han dado nuestros dioses romanos no me inspiran el amor a la familia.

– Me preocupa Fabio. Algún día se meterá en problemas de verdad.

Ella rio.

– Fabio dará un pasito hacia un lado y entonces algún tipo inocente que esté de paso se encontrará con que lo acusan de algo de lo que él no tiene ni idea.

Se sentaron en silencio y ella tomó el águila dorada entre sus dedos.

– Siento que hay algo oscuro en ti, Áquila, secretos que no le contarías a nadie.

Aquello hizo que fuera más reservado.

– No se me ocurre qué puede ser.

– Tienes un aura alrededor.

– Sólo cuando el sol está a mi espalda -rio Áquila. Su frivolidad no gustó a Calpurnia.

– Quizá no puedes confiar en mí porque no somos familia.

– Confío en ti más que en cualquiera de esta casa, Calpurnia, y tú lo sabes.

Ella dejó caer la cabeza y musitó.

– Eso no me deja en muy buena posición.

Áquila se acercó y levantó la barbilla de ella.

– No era esa mi intención.

El rostro de ella, vuelto ya hacia arriba, se iluminó de nuevo con aquella brillante sonrisa y le puso la cadena del amuleto al cuello.

– Soy demasiado cotilla para mi propio bien.

– Tonterías. Dices que el amuleto significa algo. ¿Por qué debería «significar» algo? Estaba enrollado alrededor de mi pie cuando Clodio, tu abuelo, me encontró. Lo único que significa es que uno de mis verdaderos padres quiso que yo viviera, aunque no me quería lo bastante, según parece, como para querer encontrarme.

Calpurnia percibió la amargura de aquel último arrebato y volvió a tocar el amuleto.

– Es muy valioso.

Por primera vez, Áquila puso en palabras algo que hasta entonces sólo había sido un pensamiento.

– Quizá habría sido mejor que Fúlmina no lo hubiera guardado para mí. No me lo dio así como lo ves. Hizo una cubierta de cuero para ocultarlo y me hizo prometer que no lo descubriría hasta que sintiera que ningún hombre podía hacerme daño.

– ¿Y cómo supiste que era el momento?

Áquila estaba pensando en el día que había descosido el amuleto de Fúlmina; el mismo día que había arrojado una lanza a un matón cejijunto llamado Toger, uno de los miembros de la banda de rufianes que había reclutado Didio Flaco para que le ayudaran a hacer dinero en las granjas que iba a dirigir para Casio Barbino. No se había enfrentado a Toger por lo que había intentado hacerle de noche en su catre, sino porque el ex gladiador había matado a aquello que Áquila más amaba: Minca, el perro que había heredado de Gadoric. Toger, luchador entrenado, se había burlado ante la sola idea de que lo amenazara un simple chaval. Murió con la lanza de Áquila en su garganta, chorreando sangre sobre la dura tierra apisonada que había a sus pies.

– Lo supe -replicó, pero no reveló lo que estaba pensando-. Podría haberlo dejado allí y así puede que la gente hubiera dejado de preguntarme.

– Es mejor llevarlo puesto.

Calpurnia dijo esto totalmente convencida, y después se ruborizó por su impetuosidad.

– ¿De verdad? Tu abuela tenía sueños de los que me habló justo antes de morir.

– ¿Qué tipo de sueños?

Él se sentía reacio incluso a responder una pregunta como aquella, pero como había dicho que confiaba en ella ahora no podía detenerse, si bien al relatar el asunto intentó hacer que sonara como una especie de broma.

– Me vio montado a caballo y aclamado por una multitud, como si estuviera celebrando un triunfo. Es probable que fuera el festival de las Saturnalia y que yo fuera el tonto de la ciudad. Había una vieja adivina a la que ella también solía consultar, una bruja apestosa llamada Drisia. Siempre andaba gritándome que viniera a Roma. Pero yo no creía a ninguna de ellas.

Áquila rio sin ganas, aunque Calpurnia no parecía estar de humor para tanta jovialidad. Le explicó los sueños de Fúlmina al completo, mientras observaba a la chica, que daba vueltas al amuleto entre sus dedos. Todo el rato que estuvo él hablando, la expresión de ella fue volviéndose profundamente triste.

– Entonces, te irás de aquí -dijo ella cuando él terminó.

– ¿Qué?

– ¿Puedo pedirte un favor? ¿Me permites ponérmelo una vez más?

Áquila fue a coger la cadena, pero Calpurnia detuvo su mano.

– No, ahora no.

– ¿Por qué estás triste, Calpurnia?

Hubo una débil insinuación de sollozo en su voz, aunque ella intentaba ser graciosa. Pero Áquila no pudo ver sus ojos, porque ella estaba inclinada hacia delante.

– Nunca dejes que Fabio le ponga las manos encima.

– Sólo estaba haciéndole un favor a un amigo -dijo Fabio.

Áquila se sentó en su catre, lo bastante despierto como para ver, al mortecino brillo de la linterna, que el sayo de su «sobrino» estaba cubierto de sangre. La historia salió a trompicones; ya le había hablado a Áquila de algunas de las bandas criminales más duras de Roma, y la más dura de todas la dirigía un hombre llamado Cómodo.

– Primero el material era de Donato, pero esos cabrones se lo quitaron. Él sabía que estaba en el almacén de Cómodo que está junto a los muelles y se propuso recuperarlo. Le dije que yo vigilaría por él.

– Seguro que supondrían quién lo hizo, ¿no?

– Nunca pensaron que Donato tuviese agallas y él ya tenía comprador, así que el material ya habría volado para el amanecer. -No había salido según lo previsto, pues el almacén estaba mejor vigilado de lo que Donato había pensado-. Tuve que dejarlo en un portal a unos cien pasos del almacén. Le habían clavado un cuchillo en las tripas. Lo alejé de los muelles, pero ya no podía cargar más con él.

Áquila miró la sangre en el sayo de Fabio; no le hizo falta preguntar si Donato estaba malherido.

– Puede que ya esté muerto.

– ¿Y si no lo está? -protestó Fabio al tiempo que sacudía a su «tío»-. No puedo abandonarlo así como así.

Áquila movió la cabeza despacio, pero ya estaba de pie y vistiéndose mientras lo hacía.

– Debería dejar que afrontaras tu destino.

– Si lo encuentran y hacen que cante, les hablará de mí. Entonces mi vida no valdrá mucho.

Aquello fue el ruego final, un tirón a los sentimientos de Áquila; Fabio regresaría a por él de todas formas.

– Coge alguna cosa para vendarlo.

– ¿Por qué llevas la espada? -preguntó Fabio mientras Áquila se colocaba el cinto.

– Quizá si tu amigo o tú hubieseis aprendido a utilizarla, ahora no tendrías tantos problemas.

Para cuando salieron a la calle por la panadería, había cogido además un cuchillo y su lanza. Los hornos ya estaban encendidos, llenos de hogazas de pan, y la gran mesa estaba cubierta de masa y harina.

– ¿Dónde está Demetrio? -preguntó Áquila y se detuvo.

Siempre estaba despierto cuando el pan de la mañana estaba hecho. Fabio le dedicó una mirada rara y le indicó que tenían que darse prisa. Encontraron a Donato aún con vida, pero con dolores insoportables, en el portal en el que Fabio lo había dejado. Áquila lo examinó rápidamente, pero la oscuridad hacía imposible cualquier estimación acertada.

– Aquí no podemos hacer nada. Tenemos que llevarlo a algún lugar iluminado.

– Será mejor que no lo llevemos a su casa. Su mujer es peor que Cómodo.

– A la panadería -dijo Áquila al colocarse la lanza a la espalda.

Donato se quejó del dolor cuando lo levantaron, pero no gritó. Fabio escogió el recorrido, ciñéndose a las callejuelas, y avanzaron trastabillando, pues Donato no era ligero y sus pies no podían mantenerlo erguido. Demetrio aún estaba ausente de la panadería, aunque por el aspecto de las hogazas que se refrescaban en los estantes, había estado allí y se había marchado. Áquila dejó sus armas a un lado, tumbaron a Donato en una de las mesas y empezaron a quitarle la túnica.

– ¡Fabio Terencio! Nunca lo hubiera imaginado -dijo una voz desde la entrada.

Sólo por la expresión de miedo en el rostro de Fabio, Áquila supuso que sería Cómodo. Era una auténtica mala bestia, con la nariz rota y las mejillas surcadas de cicatrices, y blandía una espada en una mano y una maza en la otra. Los dos hombres que estaban detrás de él, armados también con mazas, parecían igual de siniestros, y la forma de las estrechas frentes que tenían le recordó a aquel tipo llamado Toger, el primer hombre que Áquila había matado.

– Nos preguntábamos quién estaría con él.

– ¿Nos habéis seguido?

– ¿Quién es ese? -dijo el visitante.

– ¿Quién lo pregunta? -dijo Áquila, acercándose poco a poco a su lanza.

– Es el hermano de Cómodo, Escapio -dijo Fabio con prisa-. Este es un amigo del campo. Le pedí que viniera y me ayudara a traer a Donato. No tiene nada que ver con la incursión en el almacén.

El hombre miró a Áquila de arriba abajo, sorprendido por su altura, la espada y el color de su larga melena. Después sus ojos se posaron en el amuleto, abriéndose codiciosos cuando se dio cuenta de que era de oro.

– Ah, ¿sí?

Ahora la lanza estaba en alto, lo que hizo que Escapio diese un paso atrás. Entró Demetrio con la cara roja y sudando, como si no se hubiese apartado una pulgada de delante de su horno. Lo vio todo y su voz sonó culpable en vez de sorprendida.

– ¿Qué pasa aquí?

– Nada, Demetrio -replicó Áquila con una voz carente de emociones-. Estos hombres ya se iban.

Escapio miró la lanza y después los brillantes ojos azules de aquel extraño, y se dio cuenta de que ser hermano de uno de los hombres más aterradores de Roma no significaba nada, pues no había rastro de temor en ellos. Sabía que moriría si empezaba a hacer algo justo en ese momento, así que sonrió, con la seguridad que da saber que el tiempo estaba de su parte. No hubo amenaza cuando se acercó a la mesa más cercana, donde cogió una gruesa hogaza y la olfateó con ostentación; después sonrió a Áquila y a Fabio.

– Os veremos en otro momento -después miró a Donato, que yacía estirado sobre la otra mesa-. Pero no creo que a él volvamos a verlo. -Tanto Fabio como Áquila miraron al mismo tiempo. Fabio, que tenía menos experiencia, no estaba seguro, pero Áquila sí. Donato estaba muerto. Escapio sonrió abiertamente y se dio la vuelta para salir-. Tendríais que haberlo dejado donde estaba.

– ¿Qué habéis hecho? -escupió Demetrio, rompiendo el silencio que siguió a la marcha de aquel trío.

– Yo no he hecho nada -dijo Fabio enfadado, haciendo una interpretación muy libre de la verdad.

– No me fastidies, cabrón inútil. Los que son como Escapio no entran aquí sin una razón -Demetrio dio un codazo al hombre muerto que había sobre su mesa-. ¿Y este quién es?

Áquila se lo explicó intentando quitar importancia al papel de Fabio y dársela a su valor a la hora de ir al rescate de su maltrecho amigo, pero aquello no estaba surtiendo efecto en el padre, cuyo rostro se volvía más gris con cada palabra.

– Quiero que te largues de esta casa -dijo señalando a Fabio en cuanto Áquila terminó de hablar.

– ¡Qué!

– Ya me has oído. ¿Qué crees que van a hacer Cómodo y su banda? ¿Olvidarte? Si te quedas aquí, también se desquitarán conmigo. No me he pasado todos estos años levantando un negocio para ver cómo arde por tu culpa -avanzó golpeando con un dedo el pecho de su hijo-. Tú no vales nada, ¿me oyes?

Fabio apoyó una mano en la dilatada barriga de su padre y lo empujó hacia atrás.

– Si yo no valgo nada, es porque me viene de ti. No entres aquí haciéndote el beato conmigo, no después de lo que has estado haciendo.

– ¡Cállate! -soltó Demetrio al mismo tiempo que lanzaba una mirada preocupada a Áquila.

– ¿Por qué iba a hacerlo? -preguntó Fabio con sarcasmo-. No te creerás que es un secreto, ¿verdad? Venga, Áquila, pregúntale qué ha estado haciendo. -Fabio parecía un hombre que acabara de conseguir una ventaja, mientras que Demetrio levantaba sus gordas manos implorando a su hijo que se callara. Confundido, Áquila miraba del uno al otro-. Pregúntale por qué una hija de la edad y el aspecto de Calpurnia no está casada.

Demetrio volvió sus aterrorizados ojos hacia Áquila.

– La necesito para que ayude a mi mujer en la panadería.

– ¿Y por la noche, papá? ¿Para qué la necesitas por la noche?

Áquila bajó la lanza, de forma que su punta quedó cerca de la enorme panza de Demetrio. El hombre empezó a temblar y Fabio dio en el blanco con su última pulla.

– Has arruinado su vida, gordo seboso. No le darán una dote y sin eso ella no puede encontrar un marido decente. Aunque no es que fueran a quererla muchos después de lo que le has hecho.

– ¡Lárgate! -gritó Demetrio, pero aquellas palabras ya no tenían fuerza.

Ella sollozaba en sus brazos mientras él la sostenía con suavidad, dejando que su dolor se derramara. El sol ya había salido y podían oír el ruido de los primeros clientes que subía desde la panadería. La presión de los brazos de ella, que rodeaban a Áquila, parecía incrementarse con cada nueva revelación. Había estado ocurriendo desde que era una niña y al principio era como un juego, solo la tocaba, pero había ido aumentando según la salud de su madre se deterioraba, y como cualquier niño del mundo, ella era propiedad de su padre.

– ¿Quieres que te saque de aquí? -preguntó Áquila.

Entonces ella levantó la mirada hacia él, a través de unos ojos empapados en lágrimas, pero logró sonreír y su mano subió hasta el águila que él llevaba al cuello.

– Tú tienes un destino, Áquila, recuérdalo.

– Todo lo que tengo son sueños y profecías. He visto a gente cegada por eso mismo y morir por su causa. Para mí no tiene ninguna importancia.

– Pero sí que la tiene. Fúlmina lo sabía, y creo que yo también, puede que haya heredado su don. Tú no estás hecho para una vida en los callejones de Roma.

– Por lo que he oído de ese Cómodo, no estoy destinado a vivir.

Ella apretó sus brazos y lo sacudió.

– Entonces sal de Roma.

Áquila sonrió, pensando que si Calpurnia tenía ese don de la segunda visión, aquello iba totalmente en contra del consejo que le había dado Drisia.

– ¿Y adónde voy a ir? Además, apenas llevo aquí dos meses.

Calpurnia lo miró de cerca, entrecerrando ligeramente sus ojos húmedos.

– Ya te habías hecho a la idea de marcharte, ¿verdad?

Él le dio un golpecito en la nariz que hizo que sonriera de aquella forma que a él tanto le gustaba.

– Eres demasiado lista.

De pronto ella le besó, pillándolo desprevenido, y después, tras colgar los brazos de su cuello y con ojos suplicantes, habló.

– Una vez, Áquila. Sólo una vez.

Él sabía a qué se refería y negó con la cabeza.

– Me haría feliz. No pediré nada más, lo prometo.

Áquila se movió, incómodo, para intentar ocultarse el hecho de que aunque su mente lo consideraba una mala idea, no sucedía lo mismo con su cuerpo.

– No puedo conseguir nada más, lo sé. Te he contado cómo he sufrido. Puede que ahora, que ya es público, mi padre me dé una dote y yo encuentre un marido, pero una vez, Áquila, sólo una vez, sería tan bonito tener dentro de mí a alguien a quien amo.

Sus besos borraron la poca resistencia que ponía él, sin que ella tuviera necesidad de hacer mucho esfuerzo cuando hizo que su conquista se tumbara en la cama.

– Ve a ver a Cómodo.

– ¿Y qué le digo? -preguntó Demetrio. Estaba claro que tenía miedo de Áquila, pues su carnosa papada temblaba incluso cuando sólo estaba escuchando.

– Le dirás que Fabio y yo hemos dejado tu casa.

Sus ojillos brillaban cuando Fabio interrumpió.

– ¿Adónde vamos a ir?

– Cuando me inscribiste con tu tribu para que pudiera votar, ¿qué clase me asignaste?

– La cuarta clase, como Fabio, aunque no es que él la merezca. Por sí mismo nunca hubiera sido apto para votar.

– ¡Bien! -dijo Áquila, a quien no le interesaba nada más que la primera parte de lo que había dicho Demetrio. Se volvió hacia Fabio-. Tú y yo marchamos a alistarnos en las legiones, «sobrino».

Fabio dio un respingo.

– Eso nunca.

– Gracias a la previsión de tu padre, nos obligarán a alistarnos como hastarii, y nosotros tendremos que aportar nuestro propio equipamiento.

– Vete tú -replicó Fabio con un gesto desdeñoso-. Yo me quedaré aquí.

– Estarás muerto en una semana. Cómodo se encargará de eso.

Fabio empalideció, pero entonces habló Demetrio.

– Aún no me has dicho lo que se supone que tengo que decirle a ese ladrón asaltador.

– Le vas a decir que os deje en paz a tu familia y a ti.

– No me va a hacer caso.

– Lo hará, porque se lo dirás la próxima semana; yo mismo le enviaré un mensaje, uno que le quitará cualquier deseo de venganza que le quede contra ti, contra Fabio o contra mí. Si en siete días no está satisfecho y dispuesto a declararlo así en público, entonces podrá hacer lo que desee. Es decir, si está preparado para asumir las consecuencias.

Demetrio frunció el ceño.

– Pareces muy seguro de ti mismo.

– Tienes dos opciones, Demetrio. O esperas aquí a que Cómodo y su hermano te hagan una visita, o vas a verlo y le das mi mensaje. -El viejo asintió, consciente de que no tenía elección-. La otra cosa que tienes que hacer es cavar debajo de las tablas de tu suelo y sacar algo de ese dinero que tienes ahí escondido.

El obeso panadero estaba demasiado asustado para preguntar a Áquila cómo era que sabía aquello.

– ¿Por qué?

– Para pagar nuestro equipo, Demetrio. No querrás que nadie de tu familia se presente a servir en las legiones sin vestir apropiadamente.

Demetrio resopló enfadado como si estuviera a punto de explotar a modo de protesta, pero vio el gesto de los ojos de Áquila y las palabras se le atragantaron. El joven caminó hacia él, cerniéndose sobre aquel hombre gordo.

– Ponle otra mano encima a Calpurnia y yo mismo te castraré en persona. Haré que te comas tus pelotas, ¿entiendes?

Aquel rostro fofo se contrajo en una mueca de absoluto terror y sus manos fueron a cubrir, involuntariamente, la parte superior de sus gruesos muslos.

– Quiero que tengas esa oportunidad, Calpurnia.

Ella acercó su cuerpo desnudo al de él, empujando con su pelvis. El águila se deslizó desde su cuello hasta rozarle el pecho.

– Otra vez, Áquila, por favor.

Él rio.

– Dijiste que sólo una, y eso fue hace dos días.

La vibración de las palabras de ella cosquilleó en su cuello.

– Eso fue antes de saber que podía ser tan agradable. Y no quiero tu dinero.

Él se incorporó apoyándose en los codos.

– Si Demetrio te da una dote, puede que lo haga a condición de que te cases con alguien que él elija. Si te la doy yo, entonces serás tú quien decida.

Ella quedó en silencio, con la cabeza en la articulación del brazo de Áquila, y él se dio cuenta de que estaba llorando.

– Ojalá los dioses me sean propicios.

– Mereces que lo sean. Usa el dinero para encontrar un sitio donde vivir. Sal de aquí. Cuando yo no esté, ¿cómo podré estar seguro de que Demetrio mantendrá las manos en su sitio?

La rueda del carro de Cómodo se salió de su eje el primer día, dejándolo tirado en la calle. A la mañana siguiente aún le dolían las magulladuras cuando, al despertar, se encontró con el frío cadáver de Donato en su cama. Aquel día, mientras caminaba por las calles para ir a decirle a Demetrio que era hombre muerto, todo un andamiaje de madera se derrumbó. Cómodo sabía mejor que nadie que aquel grito, que había salido de ninguna parte, le había salvado la vida al darle el tiempo justo para meterse en una entrada. Gritó y maldijo a sus hombres, en especial a su hermano, por su incapacidad para protegerlo, pero se mantuvo alejado de la panadería. Lo que al final acabó por convencerle fueron las tres flechas que llegaron al día siguiente. Entraron por la ventana abierta de su almacén; una se clavó cerca de su brazo derecho y otra, cerca del izquierdo, mientras que la tercera se hincó con un ruido sordo en su escritorio, justo delante de él. Fue en persona a ver a Demetrio, juró por todos los dioses que no se vengaría e incluso le pagó el pan.

– Me está divirtiendo esto -dijo Fabio mientras veía a Cómodo volver a su casa, rodeado de guardaespaldas y lanzando miradas a todos los edificios de alrededor.

– Pues creo que ya se ha terminado -replicó Áquila.

La mirada de venganza había abandonado el rostro de Cómodo para ser reemplazada por una de miedo, mientras el cabecilla de la banda movía la cabeza de un lado a otro, en busca de sus invisibles atacantes. Demetrio, que con desgana les había dado el dinero que necesitaban para comprar sus equipos, confirmó que Calpurnia se iba a alojar con la viuda de Donato y aquello fue su última parada antes de alistarse. Ella era valiente; sin llorar ni rasgarse las vestiduras, incluso dio un beso en su fofa mejilla a Fabio.

– Estoy deseando que llegue el día en que celebres tu triunfo, Áquila.

Él quiso llevarle la contraria, decirle que era un simple mortal y aclararle que los legionarios no eran premiados con triunfos, pero la mirada de ella hizo que lo descartara, así que se agachó y la besó con cariño.

– Cuídate, Calpurnia. -Entonces miró a Fabio y le dio una palmada a su aflojado vientre-. Vámonos, «sobrino». Es hora de que te quitemos algo de ese peso de más.

Su «sobrino» insistió en hacer una última incursión por las casas de los ricos en la colina Palatina, convencido de que los dioses no dejarían que se fuera a la guerra con las manos vacías, y tenía razón. Dieron con un vinatero que estaba entregando unas vasijas de vino en la villa de los Cornelios, un hombre tan incauto como para dejar su carro sin vigilancia mientras él llevaba las vasijas de arcilla a la parte de atrás de la casa. No apartó los ojos de sus posesiones por más de un par de segundos, pero fue tiempo suficiente para Fabio. Lo sorprendió, por supuesto, lo que provocó cierto revuelo y también un griterío.

– ¿Casarte de nuevo? -preguntó Quinto Cornelio, ignorando el ruido de los gritos que de pronto habían estallado justo fuera de las cocinas.

Claudia pensó que él arqueaba las cejas de forma bastante exagerada. Así era Quinto, siempre se comportaba como si parte de su personalidad estuviera observando sus acciones desde fuera de su cuerpo. Habían estado en desacuerdo incluso desde el día en que ella se había casado con su padre, no sólo porque él estimaba a su madre, que había fallecido, sino también porque ella era más joven que su futuro hijastro en el momento de la boda. Quinto nunca pudo aceptar que Claudia había amado a su padre, así como admiraba al general más famoso del mundo romano, tras su conquista de Macedonia, y uno de los hombres más ricos de Roma. Los veinte años de diferencia tampoco influyeron en su relación, que había cambiado después de que ella fuera hecha prisionera por los celtíberos.

Fue Quinto quien la encontró, y era una de las pocas personas que conocían su secreto. Pero no iba a decir nada; el buen nombre de los Cornelios y sus ambiciones políticas significaban demasiado para él. Ella no dudaba de que su decisión de volver a casarse le había sorprendido. Por encima de todo, él tenía el aspecto de alguien que anticipa el placer que podría obtener en el caso de que le diera una respuesta negativa. ¡Era el momento para quitarle esa idea de la cabeza!

– Soy consciente de que, en realidad, no necesito tu permiso.

– Oh, yo creo que sí, Claudia. Yo soy el cabeza de familia de los Cornelios.

– De la que tu padre tuvo a bien darme independencia.

Quinto se irritó.

– Mientras estés viviendo bajo este techo…

Claudia lo cortó en tono desabrido.

– Puedo irme hoy mismo si lo deseas, hijastro, y comprarme mi propia casa.

– ¡No te dejaré hacerlo, Claudia!

– Sí que lo harás -dijo ella en voz baja.

Aquellas cejas volvieron a dispararse; no estaba acostumbrado a semejante tono de voz por parte de su madrastra.

– No lo creo.

– ¿Ni siquiera si pudieras influir en la elección de mi marido?

No tenía ningún otro sitio al que dirigir su rostro, pues ya estaba sobresaltado y sorprendido, y parecía no haber oído las palabras de Claudia. Pero ella conocía demasiado bien a su hijastro; no era estúpido, a pesar de sus defectos manifiestos. Habría sopesado todas las posibilidades relativas a su beneficio personal en un instante. Después de todo, tras la muerte de Lucio Falerio Nerva él era el líder titular de los optimates, la facción que había encabezado Lucio, aunque carecía de la autoridad de su predecesor. Su control del poder era vacilante y en su mente veía su posición peligrosamente vulnerable.

– Soy tan consciente como tú de mis responsabilidades con la familia.

Quinto respondió a aquella afirmación con una sonrisa sarcástica.

– Entonces esta es una conversación precipitada y fuera de lugar, mi dama.

Claudia pasó por alto el insulto; su objetivo era demasiado importante para eso.

– Puedes preparar una lista de candidatos, Quinto, con hombres que sean adecuados para una alianza con los Cornelios. No dejaré que tú escojas, pero sí elegiré marido de entre los nombres que tú me des.

– Me resulta difícil de creer.

– ¿Por qué? Quiero casarme otra vez, y si es posible, sin chismorreos.

– Que yo podría causar, por cierto -dijo Quinto con frialdad.

– Entonces que sea una persona que te ofrezca algo a cambio, como un mayor apoyo vocal en el Senado.

Se miraron fijamente a los ojos durante lo que pareció una era, mientras Quinto repasaba en su mente ventajas e inconvenientes. Al fin aceptó de golpe.

– Bien, de acuerdo, pero con una condición.

El corazón de Claudia palpitaba desbocado; temía que él hubiese adivinado sus motivos y que la obligara a hacer un juramento que los imposibilitaría.

– ¿Cuál es?

– Que hagas un testamento que, a tu muerte, devuelva todo el dinero que te dejó mí padre a las arcas de la familia de los Cornelios.

Claudia sintió, y oyó, cómo escapaba de su cuerpo el aliento que había estado reteniendo.

– ¡De acuerdo!

Capítulo Cuatro

Marcelo tenía dos problemas a los que prestar atención, que nada tenían que ver con los cofres llenos de documentos que había en la bodega; primero, tenía que decidir qué hacer con sus venideros esponsales, y en segundo lugar, había recibido su convocatoria para incorporarse a las legiones nada más llegar a casa, aunque la muerte de su padre le excusaba de un inmediato cumplimiento en ambos casos. Como único heredero de Lucio, tenía que supervisarlo todo; Tito Cornelio, mentor suyo en Sicilia, ahora cuestor, y más experimentado en estos asuntos, le ayudó a hacer los preparativos. La muerte de alguien tan poderoso como Lucio Falerio era el momento para uno de los mayores espectáculos de Roma, un funeral patricio, y Marcelo tenía que solicitar la asistencia de hombres famosos, gente con una posición lo bastante importante como para honrar una ocasión semejante y para que hicieran luto por la familia.

Accedieron enseguida, aunque Tito declinó ir en primera fila. Aconsejó a Marcelo que sería más sabio por su parte pedirle a su hermano mayor Quinto, a punto de ser elegido como el siguiente cónsul júnior, que aceptara un papel tan prestigioso.

Se arregló el catafalco, que llevaban levantado los esclavos más imponentes de las granjas de los Falerios. A continuación, venía Marcelo a pie, y detrás de él iba Quinto con su toga bordeada de púrpura, conduciendo su propio carro y llevando la máscara mortuoria del más famoso antepasado de Lucio, Máximo Falerio, administrador y soldado romano que había ayudado a conquistar a los celtas del valle del Po.

Le seguían ex cónsules, generales, pretores, gobernadores y hombres de prestigio, todos portando diferentes máscaras mortuorias de la familia, todos guiando carros adornados con sus propios galardones por servicios al Estado. Aun así, esta era una celebración triste, es más, una celebración profundamente religiosa en la que el culto a la familia se celebraba en su máxima expresión. Los estantes de la capilla estaban desnudos, pues todo invitado importante, al aceptar asistir, había asumido el papel de un Falerio. Aquel día, el genio familiar de su casa imperaba en Roma.

Salieron de la casa, bajaron la colina Palatina y atravesaron el atestado aunque silencioso mercado. Cuando llegaron al estrado de delante del foro, los representantes de todos los ancestros de Lucio cambiaron sus carros por sillas. El gentío que había seguido a la procesión se reunió ahora ante el estrado para oír el discurso funeral pronunciado por el heredero de los Falerios. Marcelo habló de cosas que se perdían en las brumas del tiempo, de hazañas llevadas a cabo por gigantes de leyenda que tenían relación con su casa. Todo antepasado de importancia fue venerado, y sus hazañas y cargos catalogados. La multitud permanecía en silencio; ni siquiera los enemigos de Lucio se habrían atrevido a murmurar una palabra en el funeral de aquel gran hombre. Transportaron el cuerpo, seguidos ahora por la procesión a pie, al Campo de Marte, en medio del cual se había levantado la pira, con madera seca por el viento y el sol para que así ardiera con altas llamas, llevando el espíritu de Lucio hacia los cielos, donde aquellos dioses que él proclamaba de su árbol familiar seguramente se encargarían de él. Marcelo mantenía la antorcha en la mano y, de cara a la multitud, pronunció el discurso de despedida.

– Hay quienes veían a mi padre como un hombre severo, inflexible y estricto. Era tan duro conmigo como lo era consigo mismo. Yo no me salvé, y Roma puede dar gracias al mismo Jove porque tampoco se salvó mi padre. Nunca se puso por encima de las necesidades de la República a la que servía, al ver que, en nuestro sistema de gobierno, Roma había alcanzado el dominio en un mundo peligroso. Él tuvo una inquietud permanente, que esta ciudad y sus ciudadanos nunca cayeran bajo el yugo de algún poder extranjero y que no sucumbieran a las ambiciones de ningún hombre que buscara el poder supremo. Trabajó para asegurarse de que el Senado permaneciera como lugar de debate y como gran iniciador de la legislación, y para que allí ningún hombre fuese otra cosa que uno más entre iguales.

»A ojos de mi padre, ningún romano de buena cuna tenía ningún derecho para evitar el servicio al Estado, que era una obligación y debería ser considerado un placer. Yo, Marcelo Falerio, reafirmo un juramento que le hice a mi padre, que, en todo, mi interés principal será la seguridad de Roma y de las leyes que tan buen servicio prestan a sus ciudadanos. Ningún hombre, mientras yo viva, aspirará o alcanzará un estatus mayor que el de ciudadano de la República romana. Mientras tenga fuerzas para alzar el brazo con el que manejo mi espada, ningún otro poder se impondrá sobre nuestro mundo».

Para más de un oyente, la perorata de Marcelo en el Campo de Marte había sido de una grave imperfección y ni de cerca todo lo florido que era de esperar -defectuoso en su retórica.

Habían sentido lo mismo cuando habló desde el estrado, pero tendría que ser un despiadado miserable quien, mirando a un joven tan agraciado y noble en el momento en que bajaba la antorcha a la pira funeral de su padre, no soltara una lágrima. Hombres que habían maldecido a Lucio Falerio Nerva toda su vida, lloraron sin parar, conmovidos bien por la ceremonia, bien por ser conscientes de repente de su propia mortalidad.

El mensaje que le esperaba cuando volvió a casa hizo que Marcelo maldijera con ganas. Los Trebonios habían vuelto y se disculpaban por haber perdido la ocasión de presentar sus respetos en el funeral. Tenía unas ganas horribles de ver a Valeria, pero le había pedido a Quinto Cornelio que lo visitara para discutir las últimas voluntades de su padre. El deseo era una cosa, pero no podía insultar a un hombre que estaba a punto de ser cónsul estando ausente cuando él llegara, aunque tampoco podía dejar pasar aquella oportunidad. Envió a un esclavo para que vigilara el camino hacia el foro, con instrucciones para que le diera el aviso, y después corrió a casa de los Trebonios. El tiempo que tardaron en completar los intercambios de cortesía con sus padres fue en extremo mortificante, pero ineludible.

Nervioso, Marcelo no captó la mirada de ilusión en sus ojos, pues la atracción que sentía por su hija no era un secreto en la casa. Ahora que su padre se había ido, quizá Marcelo ejerciera su derecho, como un espíritu libre, para cambiar de opinión y casarse con su hija. Malinterpretaron también su impaciencia, pues no sabían nada de la inminente visita que esperaba, y la achacaron a un deseo que apenas podía controlar. Cuando al fin dejaron solos a los dos jóvenes, tras pedir al hermano de ella y amigo de Marcelo, Cayo, que se quedara por el bien de la propiedad, los padres de Valeria estaban felices. Se sentían razonablemente seguros de que su deseo estaba a punto de cumplirse; que un Falerio aceptaría una alianza con los Trebonios, lo que elevaría enormemente el prestigio de su familia.

– Me quedaré tan lejos como me sea posible -dijo Cayo con malicia-. Acabo de terminar una gran comida. Si tengo que escuchar vuestro intercambio de dulces chorraditas, temo que me pondré enfermo.

Marcelo estaba demasiado ocupado como para oír su sarcasmo. Sus ojos estaban fijos en Valeria, que se había vestido para la ocasión, con su cabello castaño cuidadosamente trenzado sobre su precioso rostro. Sus ojos verdes, grandes y atentos, y su nariz respingona añadían algo a aquella sonrisa ligeramente burlona que siempre lo encandilaba. Podía acordarse del primer día que la había visto como una mujer floreciente en vez de como a aquella molesta peste de cría, la había olido, había visto la forma de su cuerpo a través de su vestido y había perdido la voluntad de discutir con ella.

– Si nos sentamos aquí -dijo ella indicando un banco que había junto al muro del jardín-, Cayo no podrá vernos.

Marcelo no tenía ni idea de que estaba conteniendo el aliento, pero así era, y se le escapó en una ráfaga. El sonido hizo que ella sonriera traviesa.

– Suenas como si no me necesitaras para…

Él no la dejó terminar.

– Yo te necesito, Valeria.

A ella le molestó la interrupción, pues estaba a punto de decir algo para escandalizarlo. Con tantos hermanos, y al ser una persona curiosa, la forma y la naturaleza del cuerpo de los hombres no eran un misterio para ella, y con Marcelo, tan recto y mojigato, habría sido maravilloso decir algo realmente vulgar.

– Valeria, no tengo mucho tiempo -jadeó él mientras tomaba su mano.

Los verdes ojos de ella se abrieron mucho al oír aquello.

– ¿Qué quieres decir?

Marcelo veía desde muy cerca el rostro de ella, que se iba enfadando mientras él se explicaba, lo que hizo que él soltara las palabras de una forma que las hacía sonar peores de lo que eran en realidad. Y la maldijo en secreto. Estaba claro que Valeria no era consciente del honor que él le estaba otorgando al estar allí en primer lugar. Estaba animándose para protestar cuando ella lo sorprendió volviendo a sonreír de golpe.

– No te preocupes. Tu esclavo aún no ha venido a avisarte. Así que sentémonos un momento.

Él dejó que ella lo llevara hasta el banco, con una única mirada por encima del hombro hacia la puerta, y se sentó. Ella se acercó a él, de forma que él podía sentir el muslo de ella presionando contra su pierna, y se lanzó a contar una anécdota sobre su estancia en el campo, que Marcelo apenas oyó por lo arrebatado que se sentía a causa de su cercanía, y por la manera en que cada movimiento de ella se comunicaba a través del fino tejido de sus ropas.

Valeria estaba decepcionada; había descrito dos veces y gráficamente las dimensiones de los genitales del caballo, empleando sus manos para hacerlo, además de hacer una cruda alusión a su forma de montar una yegua. Puede que, al fin y al cabo, Marcelo no fuera tan mojigato, pensamiento que hizo que fuera más descarada, más vulgar; pasara lo que pasara, debía mantenerlo allí, hacer que se saltara su cita con Quinto Cornelio. Así que, en el acto de describir su sobresalto al ver cómo cubría un toro a una vaca, Valeria dejó que su mano se posara en el regazo de Marcelo.

Al notar señales de su erección, la chica se permitió mantener su mano provocativamente cerca. Sintió también una oleada de poder, pues era evidente que Marcelo estaba a punto de reventar, y tan enamorado por su proximidad que apenas había oído una sola palabra de lo que ella había dicho. Ella apartó su mano y la colocó con la otra en su regazo, a la manera de una doncella, pero se pasó la lengua por el labio inferior antes de hablar.

– ¿Qué te gustaría hacer ahora, Marcelo?

El esclavo, que entró precipitadamente y llamó a su amo, estropeó todo el efecto de aquella deliciosa provocación.

– Los lictores están a punto de llegar, amo.

Ella borró su sonrisa y sintió la tentación de gritarle «Maldito cretino, tu amo también». Pero Marcelo ya estaba de pie, intentando colocar su toga para que cubriera el llamativo bulto de su entrepierna.

– Tengo que irme.

– ¿Cómo puedes dejarme así?

En comparación con cómo se sentía él, Valeria parecía la frialdad en persona, por lo que aquella queja tenía cierta cualidad teatral.

– No tengo elección, ya te lo dije.

Ella agarró su mano para detenerlo.

– Dime que me quieres, Marcelo.

– Te quiero, Valeria, pero tengo que irme ahora.

– Quédate, por favor.

– No puedo, ya lo sabes.

– ¿Cómo puedes decir que me amas y después abandonarme por un viejo cabrón?

– Puedo pasar por aquí después.

Los ojos verdes relumbraron por primera vez desde que él había llegado, mostrando aquel gesto de altivo desdén que él tanto temía, y su voz, al pronunciar aquella sola palabra como un latigazo, fue suficiente para llamar la atención de Cayo, que había estado evitando la escena a propósito.

– ¡No!

– Valeria -suplicó él.

– Si te vas ahora, Marcelo, no vuelvas. ¡Nunca!

– Amo -lo llamó el esclavo con creciente urgencia.

Marcelo tuvo que despegar los ojos de ella, lo cual, al estar Valeria aferrada a él, fue casi tan difícil como soltar su mano. Al final tuvo que tirar con fuerza para liberarse. Salió corriendo por la puerta, pegado a los talones de su esclavo.

– Bueno, hermana, ¿ya has arruinado las esperanzas que tiene padre en una alianza con los Falerios? -Valeria fingió no tener ni idea de a qué se refería. Cayo, que la conocía mejor que nadie, hizo una imitación muy acertada de su voz-. Si te vas ahora, Marcelo, no vuelvas. ¡Nunca!

– Volverá, hermano, y espero que a padre le guste tenerlo como yerno. Yo desde luego no creo que vaya a sacar mucho placer teniéndolo como marido.

Cayo bostezó.

– Creo que me voy a un burdel. Estaría bien tener compañía femenina decente.

Le encantó que Valeria le sacara la lengua, igual que acostumbraba hacer cuando era una niña pequeña.

– Tienes que entender, Marcelo, que no puedo acceder a lo que me pides. -Quinto devolvió el rollo al joven como si sólo con sujetar en su mano una petición para conceder pequeños derechos a los esclavos sicilianos pudiera contaminarlo-. Sería un suicidio político en estos tiempos que corren.

Marcelo cogió el papiro y le dio la vuelta para señalar el sello de padre al pie del documento.

– Debes hacerlo, Quinto Cornelio. Fue certificado por mi padre. En cualquier caso, es una solicitud póstuma para el Senado.

Quinto quería levantarse y salir. En su mente, aquel muchacho tenía la misma expresión de desprecio arrogante que solía mostrar su padre. Era difícil engañar a alguien con la gravitas de su edad y su largo servicio al Estado, intolerable que lo hiciera alguien tan joven, y habría estado bien decírselo a la cara, decirle que el hombre que acababan de enterrar era un gusano, tan pervertido por el poder que incluso espiaba a aquellos a los que llamaba amigos, decirle que había sorprendido al esclavo nubio Thoas mientras registraba su estudio. Como había ocurrido justo después del atentado contra la vida de Lucio, uno que casi había conseguido deshacerse del viejo chivo, Quinto no se arriesgó. Apuñaló a Thoas, pero lo había hecho con demasiada fuerza, sin dar tiempo a aquel hombre para que le contara todo antes de morir. Pero las últimas palabras del esclavo agonizante nombraban a Lucio como el hombre para el que trabajaba y, con esa información, Marcelo dejaría de ser tan engreído.

Sin embargo, al ser un político, pasó aquello por alto, y mantuvo sus emociones bajo control sin esfuerzo.

– Por favor, no creas que lo ignoro, Marcelo. Pero tu padre era, por encima de todo, un realista. Puede que hiciera promesas relativas a los esclavos sicilianos, pero dudo de que tu padre las considerara vinculantes.

También Marcelo luchaba por controlar su enojo; ese hombre no sería nunca tan poderoso como pronto iba a serlo él sin su padre, que lo había acogido bajo su ala y lo había elevado hasta ocupar el puesto que ahora disfrutaba. Abandonado a sus propios recursos, Quinto habría sido sólo un senador entre muchos y el trato había sido simple: Quinto Cornelio tendría el apoyo de todos los clientes de los Falerios y se haría cargo de los asuntos hasta que Marcelo pudiera encargarse y asumiera el liderazgo de la facción de los optimates. Que aquel hombre no acatara a su mentor ante el primer obstáculo real le enfurecía.

Tuvo menos éxito que su visitante en enmascarar sus sentimientos y su manera de hablar traicionó cómo se sentía.

– ¿Estás diciendo que te falta la voluntad de usar lo único que él te confirió, su poder político?

Quinto se puso blanco, aunque de algún modo mantuvo el aire de calma necesario; algo bastante excepcional, pues su único deseo era darle un puntapié a aquel joven advenedizo.

– Dudo mucho que tu padre quisiera exponer esto ante el Senado. Sus fuerzas debían de estar bastante minadas por la enfermedad para que siquiera se planteara algo así.

– Si las condiciones de los esclavos sicilianos no mejoran, tendremos otra revuelta sangrienta.

El hombre maduro sonrió y decidió que necesitaba ser conciliador. Aún no tenía poder absoluto en el Senado; Lucio le había dejado bastante poder, pero no tan formidable como el que era necesario. Insultar a un patricio, aunque fuese a uno apenas adulto, era un lujo que no se podía permitir.

– Imagino que ya están bastante escarmentados por lo que ocurrió. Desde luego parece que han vuelto a sus tareas sin la más mínima queja. Intuyo que, por ahora, con los capataces haciéndose cargo de nuevo, les habrán sacado a golpes cualquier idea de rebelión.

Marcelo tuvo que controlarse para no decirle lo importantes que era Sicilia y el cereal que crecía allí para la seguridad de Roma, Quinto sabía tan bien como él que mantener la distribución del subsidio en grano, que evitaba que la chusma romana provocara disturbios, dependía de un suministro continuo. Tampoco tenía ningún sentido incidir en que aquella táctica de su padre, la de sobornar a los cabecillas del ejército de esclavos en vez de enfrentarse a todos ellos, se basaba en un solo hecho: nada pondría más en peligro el transporte de cereal que un conflicto prolongado con gran cantidad de esclavos muertos al final.

– Han vuelto a las granjas en paz por las promesas que hizo mi padre sobre sus futuros derechos, y yo apuntaría a que fueron las palizas que sufrieron lo que en primer lugar hizo que se rebelaran. Recuerda, por favor, Quinto Cornelio, que yo estuve allí y que vi lo que vi. Si dudas de mí, pregunta a tu hermano. Como recordarás, Tito también estuvo allí.

– Tengo mis propias fuentes a quienes he consultado, y me han dicho que las cosas están arregladas. Los esclavos están acobardados.

– Supongo que el tipo de información que tienes te llega de gente como Casio Barbino, cuyo único principio rector es el beneficio. Me sorprende que le des crédito, pues conozco a ese hombre igual que tú.

Quinto reventó por fin, desgarrando su superficial capa de diplomacia. Pronto iba a ser elegido cónsul, no era un don nadie como para que aquel crío le diese lecciones.

– No vuelvas a insultar a Casio Barbino delante de mí, Marcelo Falerio, y muestra el respeto apropiado a mi dignidad. Lucio ha muerto y su espíritu no tiene influencia en el Senado. Pero yo, y quienes comparten mis puntos de vista, sí la tenemos.

Se levantó con la intención de intimidar al muchacho mirándolo desde arriba, pero Marcelo se anticipó al senador levantándose también, y, al ser mucho más alto, dio un vuelco a la situación, de forma que el tono de amonestación de Quinto perdió parte de su efecto al ser pronunciado mirando hacia arriba.

– Debes abrir tu camino en el mundo, Marcelo. Yo tengo la obligación de ayudarte por las promesas que le hice a tu padre, pero el juramento más importante que hice en su presencia fue mantener el poder y la majestad de Roma. No me presentes rollos para mejorar la vida de los esclavos ni me exijas leyes que podrían fracturar la frágil estructura que mantiene unido todo el Estado.

– Me preocupo por el honor de mi padre.

– ¿Y el de Roma?

– Aquí también está en juego el honor de Roma.

Quinto rio al oír aquello.

– ¿Honor? Roma tiene poder, Marcelo. Estamos absueltos de la necesidad de honor. Seguramente tu padre te lo enseñó.

Marcelo se enderezó totalmente, como si se pusiera firme. Bastante malo era que su padre hubiera muerto antes de poder completar el trabajo de su vida, pero que se prescindiera de aquello, su último acto de comisionado senatorial, como si fuera obra de un liberto cualquiera, era intolerable.

– Me avergüenza haber oído a uno de los magistrados más destacados de Roma pronunciar semejantes palabras.

Quinto, pensando que, a pesar de su altura, era sólo un beatito de mierda, ignoró la alabanza.

– Eres joven. Es justo que tengas ideales elevados. Yo también mantenía los mismos principios a tu edad, pero ahora soy más viejo y más sabio, igual que lo era tu padre. Él no dejó que el honor lo detuviera cuando necesitó proteger la República.

Marcelo iba a hablar, pero Quinto le interrumpió, señalando hacia el montón de rollos que sujetaba uno de los lictores.

– Mira eso, Marcelo. Cada uno de esos rollos es una petición del gobernador de Hispania Citerior, Servio Cepio, que solicita legiones para sofocar una nueva revuelta. Yo ayudé a que lo nombraran. Servio es inteligente. Arregló algo que pocos de sus predecesores consiguieron, al llevar algo de orden a la frontera de Hispania. Parece que sólo hace días que buscaba establecer una paz más permanente, pero ahora todo ha cambiado. Aquello está otra vez en llamas, si cabe, es peor que antes, y este es sólo un problema entre los muchos a los que me tengo que enfrentar en mi año como cónsul.

Quinto se detuvo; parecía preocupado, como si el peso de todas aquellas responsabilidades fuese una carga demasiado pesada de sobrellevar, pero se recuperó y clavó en Marcelo una mirada dura implacable.

– Cuando tus asuntos en Roma estén solucionados, tendrás que asumir tus obligaciones. Yo tengo honor suficiente como para acordarme de las mías, como para recordar los votos que hice en esta misma habitación. Necesitas un puesto militar por el que puedas avanzar en tu carrera. Pronto obtendrás tu equipo, que te identificará como uno de mis tribunos. Marcharemos a Hispania en cuestión de días. Cuando hayas celebrado el banquete funeral, recibas el contenido del testamento de tu padre y pongas en orden los asuntos de la casa de los Falerios, únete a nosotros.

– ¿Y qué hay del acuerdo con los esclavos sicilianos?

– Venzamos primero en el campo de batalla, Marcelo -apuntó hacia el rollo, aún abierto en la mano del joven, con el sello de Lucio al final, el acuerdo que había hecho para mejorar la parte de los esclavos a cambio de su rendición pasiva-. Entonces podremos volver, tan poderosos que nadie se atreverá a bloquear ninguna moción que hagamos en el Senado, ni siquiera una tan descabellada como esa.

Aquella última y descuidada apreciación lo traicionó: Quinto no haría nada. El cónsul aspirante marchó y Marcelo se quedó con sus últimas palabras, pronunciadas en aquel tono burlón, acompañadas por el tipo de puñetazo de broma que un adulto utiliza para impresionar a un niño.

– Iremos a la guerra y les demostraremos de qué estamos hechos, ¿eh?

Mientras caminaba por la calle, Quinto pensaba que un joven impetuoso como Marcelo podía ponerlo en algunas situaciones peligrosas, pero sin duda el muchacho ansiaba el éxito. Como su general al mando y patrocinador, sentía que debía hacer todo lo que pudiera para ayudarle. Si Marcelo triunfaba, estaría agradecido, y si sufría una muerte gloriosa, él, Quinto Cornelio, se ahorraría una futura molestia.

Marcelo lo vio marcharse, y, por primera vez, fue consciente de lo desnudo que le había dejado la muerte de su padre. La discusión que acababa de tener con Valeria era una bendición, y fue en ese momento cuando decidió seguir adelante con su matrimonio con la chica de la familia de los Claudios. Necesitaría su dote en el futuro si es que tenía alguna esperanza de levantarse contra hombres como Quinto. Ella tendría que esperar un poco, hasta que él volviera de su primera campaña, pero tranquilizaría a su padre este mismo día. La segunda decisión que tomó fue igual de importante: abandonó todo pensamiento de quemar los documentos que estaban en la bodega.

Capítulo Cinco

– ¿Estás seguro de que esta es la lista Correcta, Quinto? -preguntó Claudia levantando hacia él el rollo que acababa de leer.

– ¿A qué te refieres?

– Si estuviéramos en un establo, diría que has reunido, para mi instrucción, todos los jamelgos decrépitos y sementales desquiciados de Italia.

En realidad, para sus propósitos, la lista era perfecta. Lo último que quería era un marido fiel y lleno de ardor: quería a alguien sumiso, manejable y preferiblemente estúpido. No sería difícil, en su opinión, encontrar a una criatura semejante en el Senado. Como su lista, aquello estaba lleno de ellas.

– He cumplido tus deseos, mi dama.

Ella estuvo a punto de reír. Quinto estaba tan serio y estirado, siempre afectando su postura con su nueva toga consular, mientras jugueteaba con la franja de color púrpura oscuro que recorría el borde; pero ella evitó caer en la tentación.

– Entonces tenemos que invitarlos a cenar, para que pueda examinarlos.

– No hay tiempo para eso, Claudia. Marcho hacia el norte esta semana y de veras pienso que te resultará difícil invitar a nadie a casa si no hay hombres por aquí. Causaría un escándalo.

«¡Zorro astuto! -pensó ella-, ya ha elegido a alguien». Pero no hubo señal de ese pensamiento en su respuesta, sino más bien una fingida ansiedad.

– ¿Hacia el norte? Pensé que zarpabas hacia Hispania, y al menos no antes de un mes.

Quinto echó un poco hacia atrás su cabeza, como si fuese a ser esculpido en un busto de mármol.

– Hay problemas en todas las fronteras. Marchamos a Massilia para hacer una demostración de fuerza a las tribus de la Galia Cisalpina, a modo de recordatorio de que deben permanecer en su lado de la frontera.

– Entonces, ¿tendré que esperar hasta que regreses, Quinto? -preguntó Claudia con voz sumisa.

– ¡No! -contestó él de golpe, en una reacción demasiado rápida que intentó disimular con una sonrisa encantadora; todo lo que consiguió con aquello fue parecer un ladrón-. Depende de ti, por supuesto, pero me dio la impresión de que era un asunto de cierta urgencia.

Claudia puso tanta sensualidad y anhelo en su réplica como le fue posible, haciendo que su hijastro se ruborizara.

– Oh, lo es, Quinto. No tienes ni idea de cuánto añoro que un hombre se ocupe de mí.

– Sí, bueno, lo que tú digas -tartamudeó él mientras buscaba la tranquilidad del borde de su toga.

– Entonces quizá deberíamos revisar la lista y ver quién consideras tú que sería apropiado.

Aquello devolvió la confianza a Quinto; de hecho, apenas pudo contener su impaciencia.

– Hay uno o dos de los que pienso que serían muy apropiados.

Los pensamientos silenciados de Claudia estaban de nuevo en conflicto con la sonrisa de su rostro. «Quieres decir que podrías hacer de ellos lo que quisieras. Y eso me conviene, cerdo, porque si ellos se arrodillan ante ti, es muy probable que también lo hagan ante mí».

– Necesito algo de acción.

Tito sonrió a su madrastra, muy divertido por las palabras de Cholón así como por su lánguido movimiento de brazo.

– Una campaña en Sicilia, sin derramamiento de sangre, y te has convertido en un guerrero.

– No me veo armado -replicó Cholón sin captar gran parte de la ironía-, pero estar en un peligro así, rodeado por la amenaza de una guerra inminente, me entusiasma.

– Debería escribir una comedia sobre eso, Cholón -dijo Claudia-. Al fin y al cabo, no lo ha hecho nadie.

El griego se levantó de golpe.

– ¡Has tenido una idea brillante!

– Interesante, Cholón, no brillante -dijo Tito.

Claudia lo miró con una seriedad medio burlona.

– ¿No eres capaz de ver a tu madrastra como brillante?

– Radiante, en todo caso, Claudia -replicó Tito con galantería.

– No una obra -dijo Cholón, aún perdido en su ensueño-. Algo más sustancial. -Sus dos comensales parecían divertidos-. Las obras son efímeras, no están hechas para durar.

– Dudo de que Eurípides estuviera de acuerdo -le reprendió Claudia con una sonrisa.

– Él se ceñía a las verdades eternas y mis antepasados griegos acabaron, entre ellos, con todas ellas. Quedan pocas cosas serias sobre las que escribir, especialmente para el teatro, pero, ¿qué tal una historia?

Tito miró a Claudia con perplejidad antes de replicar.

– ¿Una historia?

Cholón estaba tan entusiasmado que pasó por alto la respuesta sarcástica habitual, que normalmente habría continuado con Tito repitiendo lo que acababa de decir.

– Desde luego, el relato verdadero de una campaña real, como Heródoto y Ptolomeo. Quiénes lucharon y por qué, y el número de tropas involucradas, sin ninguna de esas exageraciones que plagan las obras de gente como Homero.

– ¿Hay algún escritor griego al que admires? -preguntó Claudia, que era distinta de muchas maneras, y no menos en esto, pues para una mujer de su clase, había leído bastante.

– Por supuesto que los hay -replicó Cholón con un gesto insolente, pero no los nombró-. Y tú te vas a una campaña, Tito, ¿no es así?

– Para hacer lo que sugieres sería mejor hacerlo al lado de un general.

– Lo que tú serás en tres años.

Tito se encogió de hombros.

– Eso depende de los dioses, y, por supuesto, de mi hermano. A Quinto no pareció alegrarle mucho que yo fuera magistrado. No sé si me respaldaría para el consulado.

– La muerte de Lucio Falerio no te ha ayudado -dijo Claudia.

El griego interrumpió, a punto de resoplar de indignación.

– Estoy de acuerdo en que no puedes contar con él, pero tú tampoco te haces muchos favores, Tito. Por ejemplo, podías cultivar la relación con personas importantes en lugar de tratarlos con desdén, que, debo decirlo, es tu manera habitual de tratarlas.

– Te lo prometo, Cholón. Si me dan el mando, puedes venir conmigo.

– Bien -replicó el griego ilusionado-, pero me perdonarás si tomo algunas precauciones, sólo en caso de que no las tomes tú.

– En tal caso, mi dama, ¿estás de acuerdo en casarte con Lucio Sextio Paulo?

La impaciencia de Quinto la crispaba. Él nunca se habría atrevido a tratar así a otro hombre por escasa que fuera su inteligencia, pero su hijastro sufría el mismo prejuicio natural que la mayoría de los hombres: daba por sentado que todas las mujeres eran estúpidas. En el caso de su tonta esposa tenía razón, lo que hacía la condición final que ella pretendía conseguir mucho más placentera, pero primero tenía que parecer reacia, una pobre mujer que necesitaba que la convencieran.

– ¿No es mucho mayor que yo?

Resultaba delicioso ver lo sorprendido que estaba.

– No esperarías un marido más joven que tú, Claudia. Sería de lo más impropio.

Ella bajó su mirada con sumisión.

– Por supuesto, qué tonta.

– Además, es un hombre de buena planta. Con gran dignidad. ¿Cuántos hombres pueden presumir de un perfil tan noble? Todos esos cabellos grises hacen que destaque entre la masa y es rico, mi dama, así que no te faltará nada.

«También es tan inocente como un cachorrillo y tan necio y pomposo como tú», pensó ella, pero sonrió de nuevo cuando se expresó en voz alta.

– ¿Crees que estará de acuerdo?

– Querida Claudia, te subestimas. Aún eres una mujer muy atractiva. Sextio se sentirá halagado.

– No estés tan seguro.

Aquello aguijoneó a Quinto; ella podía ver su mente trabajando a toda prisa para contestar a aquella objeción, pero no podía decirle que Lucio Sextio Paulo haría exactamente lo que Quinto Cornelio, el recién elegido cónsul, le dijera.

– Tengo que hacer una confesión -dijo él suavemente-, puesto que la sola idea que habías tenido me preocupaba. No podía enfrentarme a que te arriesgaras a un rechazo, así que me tomé la libertad de sondear a Sextio Paulo por adelantado.

– ¡Me avergüenzas, Quinto! -gritó ella mientras sus manos tapaban su boca.

– ¿Yo? -Estaba confundido. Al no haber hecho nada semejante, se preguntaba cuál hubiera sido el resultado si lo hubiera hecho-. No era mi intención.

– Bien, pues ahora no tengo elección. Tú me obligas.

– Me disculpo muy sinceramente -replicó Quinto enseguida, intentando mantener su victoria fuera de su tono de voz.

La voz de Claudia cambió completamente y su tono tímido dejó paso a su verdadero timbre, fuerte y directo.

– Y como has hecho esto, Quinto, tengo que exigirte una condición más antes de que sigamos adelante.

– ¿Qué?

Ella le miró directamente a los ojos, sin desviarse lo más mínimo por el obvio enojo de Quinto.

– Quiero que jures, ante testigos, que harás todo lo que puedas para ayudar a que Tito llegue al consulado.

– ¿Tito?

Ella no pudo evitar ser sarcástica.

– Puede que lo recuerdes. Es tu hermano.

– ¡Sé quién es! -gritó Quinto-. ¿Te lo propuso él?

– ¿Me creerías si te digo que no?

– Acepto.

Lo dijo tan rápido que la sorprendió con la guardia baja, pero la mirada de sus ojos fue suficiente para decirle a Claudia que no tenía intención de cumplir. Una vez que hubiera pasado la boda, renegaría, sin importarle a quién había hecho un juramento y no pensaba que ella tenía poder para obligarle. Era el momento de desengañar a su hijastro de esa idea.

– Me complace, Quinto, y sé que mantendrás tu palabra. Al fin y al cabo eres una de las pocas personas con vida que se da cuenta del daño que yo, de recibir una provocación más allá de toda resistencia, puedo infligir al nombre de los Cornelios -él se puso pálido y ella pudo ver que estaba a punto de estallar-. Creo que sería una buena idea ir a por Lucio Sextio Paulo, ¿no te parece?

– No hay nada que puedas hacer -dijo Cholón encogiéndose de hombros-, si Quinto no lleva ese documento ante el Senado.

– Cholón está en lo cierto, Marcelo.

– Deberías atender a tus invitados y apartar el asunto de tu mente.

Marcelo suspiró. Si ellos dos decían que aquello era un caso perdido, debía de serlo.

– Como tu hermano está ausente, Tito, ¿me harías el honor de sentarte a mi mano derecha?

– El honor es mío -replicó Tito con una leve inclinación de cabeza.

Al igual que su joven anfitrión, sabía el gran insulto que había sufrido el muchacho. Quinto, que se habría arrastrado para acudir junto a Lucio cuando aún estaba vivo, ahora, alegando exceso de trabajo, rechazaba una invitación a la primera cena que Marcelo celebraba como anfitrión.

Justo ahora él se distrajo de la conversación cuando Marcelo llamó la atención del padre de Valeria, que antes casi había salido de la casa hecho una furia, y sólo sus amigos habían podido contenerlo al recordarle el daño que provocaría a su familia insultando a su anfitrión. Marcelo había sido un tanto ingenuo cuando el hombre le había mencionado el matrimonio con su hija, pues le había quitado la idea de la cabeza con un tono de voz que sonó lleno de orgullo, aunque en realidad era dolor. «Sinceramente, había razonado el joven, me he dado cuenta de que tu herencia no es el lecho de rosas que parecía al principio». ¡Y aun así tenía que encararse con Valeria!

– Es extraño, pero Marcelo me recuerda un poco a tu padre -dijo Cholón mientras caminaban de vuelta a sus respectivos hogares-. Tú también, claro.

– Me lo preguntó todo sobre él cuando nos conocimos. Me dijo que mi padre fue el romano más noble que había conocido nunca.

– ¡El muchacho tenía razón en eso! -dijo el griego enorgulleciéndose.

Tito le puso una mano en el hombro.

– Me pregunto si la nobleza es una ventaja en estos tiempos.

Cholón se detuvo cuando estaban cruzando el foro romano, justo delante de la curia hostilia, hogar del Senado, y miró directamente a Tito.

– Creo que el difunto Lucio Falerio tenía razón. ¡Sois muy afortunados vosotros los romanos! ¿Cuántas veces te has detenido al borde del desastre para darte cuenta de que el único hombre capaz de salvarte está a tu lado, esperando sólo que lo llames? Ningún otro estado ha tenido tan buena fortuna.

– Ten cuidado, Cholón, o dirás que los romanos estamos haciendo bien alguna cosa.

– Por mucho que me duela admitirlo, Tito, creo que es así. -Señaló el edificio que tenía detrás-. Hay más corrupción y sobornos en ese edificio que en cualquier otro lugar del mundo, aunque el mismo sistema que los produce, produce a la gente que se parece a Marcelo y a ti.

– Estoy de acuerdo respecto a Marcelo -dijo Tito enseguida.

Cholón sonrió y sus dientes relumbraron blancos como la nieve a la luz de las antorchas que había en los muros del foro.

– Tu padre tampoco soportaba los elogios, pero ahí estaba, como Marcelo y tú, para asumir el mando si la República flaqueaba. Esa es vuestra fuerza romana. Habéis creado un sistema que fomenta la corrupción, que enriquece a los hombres más allá de todo sueño de avaricia, si bien cuando hay demasiada podredumbre para mantenerla, cuando el tejido se rasga, recae en manos de hombres de honor, hombres que no se ensuciarían las manos con un soborno.

Tito le dio un golpecito en el pecho.

– Como todos los griegos, eres un idealista incurable. Algún día los dioses decidirán que ya han tenido bastante de nosotros, los romanos. Algún día esos hombres honorables se echarán a perder.

– Entonces, que se preparen los dioses -dijo Cholón, que probablemente había bebido más de lo que era bueno para él.

– ¿No estamos demasiado cerca de un templo para semejante impiedad?

Cholón volvió a sonreír.

– ¿Qué tiene que temer un griego de un templo romano? En el fondo no sois más que bárbaros.

– Desde luego, deseo que seas feliz -dijo Tito, aunque su rostro no hacía más que traicionar sus verdaderos sentimientos hacia alguien como Sextio Paulo.

– Y yo también -añadió Cholón.

– ¿Creéis que he hecho una mala elección? -preguntó Claudia. Ambos dieron una respuesta negativa al mismo tiempo, pero de forma algo azorada-. Bien. Entonces me gustaría que me entregaras tú, Tito. No podría soportar que fuera Quinto quien tuviese el honor.

El ambiente de felicitación no duró un segundo después de que salieran de los aposentos de Claudia.

– ¡Ese hombre es un bufón!

Cholón miró a Tito, que estaba más confuso que enojado.

– Me temo que es culpa mía. Fui yo quien se lo sugirió en primer lugar.

– ¡Sextio Paulo!

Aquello enfadó a Cholón, que sabía que el novio era un recipiente vacío, un don nadie atractivo y sin carácter, pero con dinero, además de un pederasta, por si fuera poco.

– ¿Me tomas por un idiota o qué?

– Empiezo a preguntarme si Claudia ha perdido el juicio.

El griego emitió un pequeño pero potente gemido.

– Una sola noche con Sextio la convencería de que es justamente lo que ha hecho.

Tito se encogió de hombros.

– Al fin y al cabo, es su vida.

Cholón miró a los cielos, como si buscara apoyo.

– Esperemos que no nos invite a cenar con él demasiado a menudo.

– Afortunado Quinto -dijo Tito en son de queja-. De repente un año de dura campaña en Hispania suena muy tentador.

Capítulo Seis

El ejército romano era una fuerza de reclutamiento, no de voluntarios, y cada hombre convocado entraba en la clase militar que exigía su posición social, pero como en la mayoría de las cosas de la República, la teoría difería notablemente de la práctica. Roma tenía legiones activas permanentemente en tantos lugares que el reclutamiento había dejado de ser una simple leva anual. Era cierto que los cónsules, al aceptar una misión, formaban sus legiones cada año, pues nada mejoraba tanto la carrera de un hombre como una guerra victoriosa. Donde las cosas diferían de tiempos pasados era en que esos soldados raras veces se licenciaban.

El viejo legionario que estaba reclutando, un tipo llamado Labenio, engalanado de condecoraciones, miró a aquellos dos con recelo. Que un par de jóvenes bien plantados se presentaran voluntarios de aquella forma, normalmente significaba que habían cometido un crimen, y era posible que hubieran asesinado a alguien y estuvieran intentando huir de la justicia. Aquello no era algo que le preocupara; siempre y cuando mataran a enemigos de Roma, se daría por satisfecho, y en un ejército en el que los oficiales de su rango eran seleccionados mediante reñida competición para los puestos de otros soldados con experiencia, el número de reclutas que consiguiera era un tema de gran importancia. Los tribunos estarían más dispuestos a asignarle al mando de un centurión si demostraba que podía mantener la fuerza de su unidad.

El pretor comprobaría la clase a la que pertenecían en el rollo del censo, pero habían traído sus propias armas y petos, así sin duda serían aptos como hastarii. La legión se dividía en cuatro grupos sociales, según la riqueza: los velites, que actuaban en escaramuzas con armamento ligero; los hastarii, que hacían el primer ataque en batalla, y los principes, viejos soldados veteranos, los mejores de la legión, que seguían a los hastarii para sacar adelante el asalto. El grupo final eran los triarii, que constituían la primera línea en una batalla defensiva o formaban una pantalla para que la atravesaran los otros al retirarse de un ataque fallido.

Esta era la unidad, basada en principio en la posición social de los reclutas, que había conquistado el mundo mediante tácticas contundentes y entrenamiento severo, junto con un sistema de generosas recompensas y feroces castigos, ambos ideados para alentar el valor y poner freno a la dejadez. Áquila tenía que olvidar mucho de lo que había aprendido, porque la manera de luchar de un legionario no solía dejar mucho a la habilidad individual. Eran la fuerza conjunta y la férrea disciplina de las legiones lo que las hacía temidas por los ejércitos formales, así como por las tribus bárbaras.

– Instrucción, instrucción, instrucción -decía Fabio entre jadeos, con la cara roja por el calor y el esfuerzo, mientras el sudor corría a chorros desde debajo de su casco-. Casi no puedo recordar cómo era la vida sin instrucción. Mi lanza ya forma parte de mí, tanto que el otro día intenté mear a través de ella. -Áquila dedicó a su «sobrino» una mirada burlona y descreída-. Es fácil cometer un error, «tío». Soy un niño grande, ¿no lo sabías?

Áquila, que respiraba con esfuerzo, pero a ritmo normal, no tuvo dificultad en encontrar aliento para responder.

– Pues mírate la barriga, eso debería recordártelo.

Fabio reunió energía y oxígeno suficientes para protestar.

– ¿Qué barriga?

– La que solías llevar a cuestas en Roma, «sobrino». Eras una desgracia para el nombre de Terencio, y tu picha tendría que haber sido de la longitud de tu lanza para que te la vieras.

Fabio soltó una tensa risotada.

– ¡Cómo se puede ser tan cabrón! De todas formas, mientras puedas sentirla.

– Vosotros dos, en marcha -gritó su instructor-, u os doy un saco de piedras para que lo carguéis.

Fabio se puso en pie y, tras tomar su espada y su escudo, reanudó su ataque al poste acolchado, dando tajos y cuchilladas, pero, como ya era típico, reuniendo aún aliento para hablar.

– ¿De dónde saca este hombre las piedras? Pesan el doble que cualquier otra piedra que haya visto antes.

Aquello era un castigo blando: un saco lleno de piedras atado a tu espalda para recordarte que no se permitía haraganear, un peso que hacía que cada tarea, desde una marcha hasta arrojar lanzas, fuese mucho más dura. Protestar era peor que inútil; una vez te habías unido a las legiones, los oficiales eran dueños de tu vida. Podían golpearte, flagelarte, azotarte, romperte las articulaciones en la rueda o incluso matarte si robabas a tus compañeros o te dormías durante una guardia. Fabio era aficionado a decirle a su «tío», con el poco aliento que podía reunir, que alistarse en las legiones era la peor idea que había tenido nunca. Aunque Fabio se estaba poniendo en forma, pues el comentario de Áquila sobre su barriga era cierto: ahora estaba plano y su rostro había perdido su aspecto fofo. Ahora estaba flaco y bronceado, y podía correr y saltar con el mejor de ellos, arrojar su lanza, esgrimir su espada y embestir con su escudo contra su jefe con suficiente fuerza como para mutilar a un hombre.

Al ser un granuja ingenioso, Fabio era popular, y aunque en realidad nunca robó nada, infracción que se castigaba con la muerte, a la hora de interpretar las normas tenía la habilidad de tomarlas demasiado al pie de la letra, en especial en lo referente a adquirir cosas extra, como comida. Además de aquello, sentía un completo desdén por la propiedad permanente y le alegraba compartir con sus compañeros, en particular con aquel que estuviera un poco abatido. Mantenía también, sin que hubiera cambiado desde sus días en las tabernas y bodegas de Roma, su capacidad de beber en exceso, lo que no era una gran proeza en un campamento legionario en el que se controlaban con severidad cosas como esa.

Quinto Cornelio, cuyas legiones consulares eran aquellas, venía con frecuencia a examinar a sus tropas. Los tribunos reunieron a sus hombres delante de la plataforma de los oradores para que asistieran al nombramiento de los centuriones, hombres que sólo mantenían su cargo temporalmente y se enfrentaban a la reelección por votación anual. En la práctica, a menos que los tribunos pensaran que habían fracasado o que los considerasen demasiado viejos, quienes habían tenido un alto cargo solían ser reelegidos. Era asunto de cierta importancia para los hombres; lo último que querían era que los dirigiera algún idiota cuyo único talento fuese agradar a los tribunos.

Para los soldados rasos, aquellos nobles electores eran un grupo de hombres mucho más fáciles de engañar que los oficiales a los que iban a elegir. Los tribunos eran hijos de senadores y de los más ricos de los caballeros; sus edades variaban desde los jóvenes en su primer puesto militar hasta hombres que ya habían empezado el cursus honorum y tenían cargos de ediles. En teoría, ningún hombre podía presentarse al cargo hasta que hubieran pasado dos años desde su último nombramiento, y la mejor manera de mejorar una reputación y satisfacer los costes de ser magistrado estaba en el ejército, en una campaña victoriosa.

Áquila no podía apartar sus ojos de la caballería, los más ricos de entre los admitidos. Tenían que ser capaces de aportar sus propios caballos, así como sus armas. Los hijos de caballeros parecían demasiado elegantes y peripuestos, y, para él, unos jinetes mediocres. Tenían poco que ver con los otros legionarios, y se mantenían apartados de los soldados de infantería, pese a que aquellos hombres eran los encargados de cuidar de sus animales. La diferencia social se mantenía en el campamento de forma más rígida que en la ciudad, pero, en compañía de la caballería auxiliar -mercenarios traídos de lugares como Numidia y Tracia-, ejecutarían su tarea cuando llegara el momento, explorando y protegiendo a la legión antes de una batalla.

Los hombres vitoreaban y refunfuñaban mientras se pronunciaban los nombramientos, dependiendo de su manípulo, pero todos coincidieron en que los tribunos habían hecho un buen trabajo al volver a asignar al viejo Labenio el trabajo de centurión veterano, el primus pilatus. Tenía más condecoraciones que nadie del ejército, era tan fanático en su coraje como imparcial, y no era contrario a reprender a un oficial novato si este intentaba ser condescendiente con él.

El nuevo cónsul ordenó a los centuriones que pusieran a sus tropas en marcha, demostrando así que tenía buen ojo por la manera en que dispensaba elogios y vilipendios. Enseguida comenzarían su larga marcha por tierra hacia el norte, recogiendo a la caballería mercenaria y a las legiones auxiliares que proporcionaban los aliados de Roma. El conjunto formaría una columna de cinco leguas de longitud, con catapultas y equipo de asedio, mientras que los carros del bagaje y quienes seguían a la expedición, mercaderes y prostitutas, además de todas las mulas necesarias para transporte añadirían una cola de unas treinta leguas de longitud en la estela del ejército.

Un ejército romano se instruía sobre la marcha; primero, por la manera en que se formaba y marchaba, después, por la manera en que levantaba el campamento. Los responsables de la supervisión, tribunos y centuriones, cabalgaban a la cabeza, elegían un lugar para el campamento y delimitaban el perímetro; entonces izaban una bandera roja en el sitio más cercano al agua y disponían las posiciones de las carreteras y los terraplenes. Según marchaban por el emplazamiento, cada unidad asumía la tarea encomendada, y la tienda del cónsul se levantaba en el punto más elevado. Después se cavaba una profunda trinchera y se empleaba la tierra para formar un terraplén, doblando así la altura del perímetro defensivo.

Las legiones de Quinto no estaban en peligro mientras marchaban hacia el norte dentro de Italia, pero este deseaba que fuesen del todo eficientes mucho antes de que encontraran cualquier oposición. Los campamentos que construían solían parecerse a los que levantarían cerca de una posición enemiga, con fosos más profundos, terraplenes más elevados y estacas colocadas en lo alto del terraplén para añadir a la muralla defensiva. Mientras construían la primera muralla, la mitad de la infantería y toda la caballería se desplegarían en orden de batalla para proteger a sus compañeros que trabajaban. Una vez completada, los otros se retirarían por secciones para completar la tarea, sólo cuando el campamento estuviera terminado, el juramento pronunciado y los guardias dispuestos para la noche, podrían relajarse quienes no estuvieran de servicio. Es decir, a menos que sus oficiales quisieran emprender la instrucción con las armas.

A los legionarios veteranos que se encargaban de la instrucción no les costó mucho ver que Áquila ya era diestro en el uso de las armas. Cuando arrojaba su lanza, esta avanzaba mucho más derecha que la de los otros. Cuando pasaron de golpear postes a luchar entre ellos, su destreza con la espada era muy superior a la media aceptada. Todos los hombres de su manípulo estaban visiblemente impresionados, excepto, desde luego, su «sobrino».

– ¡Peligro! -exclamó Fabio mientras removía con brío la olla-. ¿Cómo podría estar en peligro? Lo único que tengo que hacer es esconderme detrás de Áquila. Sugiero que todos hagamos lo mismo, porque a él le gusta muchísimo luchar.

Los otros hombres de su sección sonrieron, y no sólo por aquella broma tantas veces repetida. El olor de la olla era mucho más interesante en la sección de Fabio que en las demás; les desconcertaba de dónde había sacado tiempo para birlar un pollo. En cuanto el terraplén estuvo levantado, también había arrancado algunas verduras y una selección de hierbas fuera de los terraplenes.

– ¿Eso quiere decir que mis espaldas están cubiertas? -preguntó Áquila.

– Mi escudo estará bien apretado contra ti, «tío», con su umbo clavado en tu culo. No te preocupes, tendrás placer por delante y por detrás.

Oyeron el crujido de unos pasos sobre la tierra y levantaron la mirada. Labenio, acompañando a un tribuno llamado Ampronio en su ronda, intentaba llevar al oficial más allá sin detenerse junto a ellos, pero el olor de la olla era demasiado atrayente y el tribuno se detuvo, olfateando. Era joven, de cara delgada, con ojos grandes y una elegante nariz huesuda que le daba un aspecto altivo.

– ¿Qué hay ahí? -exigió.

Fabio se puso en pie de un golpe, preparado para dar una respuesta honrada, aunque vaga.

– Nuestra comida, señor.

Los otros estaban poniéndose en pie cuando el tribuno respondió con los labios fruncidos y voz susurrante.

– No seas insolente, soldado.

Fabio tenía un gesto de pureza en su rostro, una expresión anodina carente de significado, que es la expresión más insolente que un hombre puede adoptar delante de la estupidez de un superior. El tribuno avanzó y metió su vara en la olla. Un enorme muslo de pollo, inconfundible en su forma, salió a la superficie.

– ¿Pollo?

– ¡No, señor! -espetó Fabio. Pudo ver el gesto de disgusto en el rostro del tribuno y cómo se ponía a pensar en alguna forma de castigo para aquella flagrante negación de una verdad evidente. Fabio podía pasar aquello, pero el cabrón podía confiscar su cena.

– No es un pollo, es un pichón. Nunca había visto uno como este pajarraco. Se cayó de un árbol, honorable, justo sobre la punta de mi lanza. Se suicidó, hablando en plata. Probablemente no podía volar de lo gordo que estaba.

El tribuno quedó boquiabierto, engañado en apariencia durante un segundo por la completa sinceridad de la respuesta de Fabio. Los que estaban a su alrededor tuvieron que apartar sus miradas mientras se esforzaban por no reír, y Labenio interrumpió enseguida, con su rostro curtido mostrando su esfuerzo por contener la risa.

– Bueno, pues es un buen augurio, soldado. Tendremos que hablarle de esto al general, señor.

La mención de Quinto Cornelio hizo que Ampronio no dijera lo que estaba a punto de decir, pero en su tensa mandíbula y en la mirada de sus ojos era evidente su enfado. Con su interrupción, Labenio había adoptado un tono cordial, que resultaba tan insultante como el de Fabio.

– Nada como un buen augurio al principio de una marcha para dar coraje a los hombres -añadió Labenio-. El general puede decírselo por la mañana, que los augurios son brillantes. Podría significar que este ejército nunca va a pasar hambre.

Labenio le había interrumpido y el tribuno estaba furioso, la vara se retorcía en sus manos mientras luchaba por controlar su enojo, pero dio la vuelta y se alejó. Labenio caminó hacia Fabio, que aún se mantenía firme, volvió la cabeza y miró al cielo nocturno.

– Si resulta que es uno de los pollos del gallinero del sacerdote, te meteré una flecha en llamas por el culo.

Fabio bajó la cabeza de golpe.

– ¡No soy tan estúpido!

– Por eso he intervenido, soldado -Labenio se volvió despacio, abarcando a toda la sección con un largo vistazo-. La próxima vez que robes un pájaro, roba también uno para los oficiales y regálaselo.

– No parece del tipo de los que aceptan que les regalen comida -dijo Áquila.

– No, aquí en Italia no. Pero cuando estemos en la Galia, muchacho, o en Hispania, muy lejos de todos esos mercados tan a mano, y el hijo de puta lleve dos semanas a base de polenta, te besará las nalgas por un bocado de buena carne.

– Tú siempre eres bienvenido, Espurio Labenio -dijo Fabio.

El viejo centurión sonrió con gesto lobuno. -Ya lo sé, soldado. La gente como yo siempre es bienvenida.

Estaban entre Vada Sabatia y el pie de los Alpes cuando Marcelo se unió por fin a las legiones y sus fuerzas auxiliares, aproximándose ya a la primera área en la que se podría decir con acierto que el ejército estaba en peligro. Los boyos, una tribu celta, aún ocupaban las colinas y se aventuraban a menudo muy hacia el sur si nada se interponía en su camino. Se trataba de los mismos hombres que habían ayudado a Aníbal a pasar sus elefantes y su ejército por los altos pasos bloqueados por la nieve. Pese a toda su inteligencia, el general cartaginés habría muerto en la nieve si las tribus locales no le hubieran mostrado el camino. También habían reforzado sus tropas, de forma que cuando tomaron contacto con las legiones romanas, las dirigía su liderazgo, aliado a la fuerza bruta celta. En consecuencia, se ganaron un gran respeto.

¡No es que aquello les hubiera impresionado! Poco había cambiado su actitud en las décadas intermedias. Quinto había batallado con ellos como joven tribuno. Ansioso por luchar, confiaba en la idea de que pudieran descender de su refugio montañoso en gran número, para un enfrentamiento de verdad; el general que los derrotara y pusiera al fin a las tribus alpinas en la órbita de Roma habría conseguido un gran triunfo, pues los consideraban una espada dirigida al corazón de Roma. Decidió proceder despacio para presentarse ante ellos con una oportunidad, pues sabía que para los hombres de las colinas y las montañas las legiones eran un blanco tentador. Roma era el enemigo supremo, que buscaba destruir su antigua existencia pastoril y meterlos en el redil del Imperio agrario que despreciaban.

La tienda de mando estaba llena hasta los topes cuando Quinto dio sus órdenes. Como el más joven de los tribunos, Marcelo permaneció bien en la retaguardia, capaz de identificar a la mayoría de los hombres de la tienda porque los había conocido en algún momento en casa de su padre. Era una muestra de la creciente estatura de Quinto que tantos de los viejos clientes de Lucio estuviesen deseosos de salir en campaña con su sucesor nominal, así como su disminuida posición se deducía fácilmente por la manera cortés de ignorarlo que tenían.

– Espero que nos ataquen -dijo Sérvilo Laterno, otro joven tribuno que estaba a su lado, y su rostro estaba tan ansioso como las palabras que había empleado-. Será el bautismo de sangre de los hombres.

Marcelo lo miró detenidamente. Bajo, rechoncho, de rostro sincero y honesto, sintió la tentación de preguntarle a Sérvilo si alguna vez había visto un derramamiento de sangre en batalla como el que había visto él en las aguas de Agrigento, en Sicilia, pues sabía que era fácil ser valiente de antemano. La primera vez que había arrojado una lanza contra un blanco humano consiguiendo una muerte, había sido tal su excitación que fracasó en ver el peligro en que estaba; si Tito Cornelio no lo hubiese derribado, también él habría muerto. Pero decidió no revelarlo: el otro joven estaría obligado a preguntarle dónde había entrado en acción y contárselo habría sido imposible, pues incluso la interpretación más mundana de aquella lucha marítima habría sonado como algo demasiado pretencioso.

Quinto acalló el murmullo que habían producido sus órdenes.

– Cualquier sección de la carretera que haya sido dañada la repararemos sobre la marcha. Quiero que los carros del bagaje vayan entre las legiones a partir de ahora, con la caballería formando una línea defensiva en el flanco orientado tierra adentro.

Su rostro asumió un gesto triste, que subrayó la manera en que bajó la voz.

– En realidad es poco probable que encontremos fuerzas de importancia. Somos demasiado poderosos y debo advertiros de que no buscamos una auténtica batalla. Esto sólo es una demostración de fuerza. Nuestro destino sigue siendo Massilia, desde donde nos embarcaremos hacia Hispania, pero esta demostración será en vano si se nos ve vulnerables. De lo que tenemos que protegernos es de grupos de asalto en busca de trofeos.

Marcelo quiso preguntar qué sucedería si atacaban desde el flanco que daba al mar. Le resultaba evidente que un pequeño grupo de asalto podría hacerlo cruzando delante de la legión antes de que esta llegase, pero era demasiado joven y demasiado inexperto como para andar cuestionando las órdenes de un cónsul.

– En ningún momento nos enzarzaremos en una persecución, señores. Nuestro trabajo está en Hispania, no aquí al pie de los Alpes. -Aquello levantó otro ruidoso alboroto, pues unos lo aprobaban, aunque la mayoría no estaba conforme. La voz que levantó el joven cónsul los silenció a todos-. Es la táctica favorita de los celtas. Envían una pequeña partida a la que perseguimos con nuestra caballería, y entonces una fuerza mayor la aísla demasiado lejos como para que la infantería interfiera. No necesito recordaros lo desaventajados que estaríamos en el futuro sin la caballería.

A continuación hubo más instrucciones, pero había un patrón rígido para la formación de una legión en marcha, por lo que el orden en el que avanzarían los aliados y ellos ya estaba establecido. El cuerno, que había sonado para despertarlos una hora antes, sonó de nuevo, y mientras los oficiales salían de la tienda, Marcelo miraba a Quinto. El mando era idóneo para él, pues aquella expresión ligeramente maliciosa había desaparecido; con su peto decorado y en su mano el bastón que indicaba su imperium consular, su aspecto completo era el del general competente.

– Vamos, Marcelo -dijo Sérvilo cogiéndolo por el brazo. Todo había empezado a desaparecer: mesas, sillas y los símbolos del regimiento que había al fondo, mientras los sirvientes del cónsul se preparaban para partir-. No te quedes por aquí o esos hombres desmontarán la tienda contigo dentro.

Durante los siguientes dos días, Marcelo se puso al día con los requisitos de sus obligaciones, que no tenían nada que ver con luchar y sí con organizar y disciplinar a aquellos que estaban bajo su mando. Dirigió a sus hombres en la marcha, revisó el trabajo que habían hecho en las defensas del campamento, supervisó la distribución de raciones y asignó los turnos de guardia.

– Nos han asignado al nuevo -dijo Fabio al tiempo que desplegaba la tienda-. Puede que nos divirtamos con él.

– Yo me andaría con cuidado, Fabio -replicó uno de los otros-. Puede que se le haya metido en la cabeza divertirse un poquito con la piel de tu espalda.

Fabio rio.

– Me han dicho que este es tan noble como los demás, y que tiene una mansión en el Palatino.

Áquila soltó una risotada.

– Entonces puede que haya tenido el honor de que le robara Fabio Terencio. Mira a ver si sólo calza un zapato rojo.

Fabio le guiñó un ojo.

– Quizá sea así, pero no vayas soltando eso por ahí, por si acaso.

– ¿Cómo has dicho que se llama? -preguntó otro hombre que estaba ordenando los postes y las cuerdas.

– Marcelo Falerio.

El ritmo de trabajo de todos ellos se disparó al oír que la voz de Tulio Rogo cortaba el aire. Si la tienda del tribuno no se levantaba al doble de la velocidad normal, su centurión sería el responsable y no era de aquellos que sufrían en silencio. Áquila quedó paralizado ante la mención de aquel nombre, que estaba grabado a fuego en su memoria, y meneó la cabeza con violencia. Un Falerio había sido el responsable último de la muerte de Gadoric, pero también era un hombre mayor, por lo que seguramente no era la misma persona.

– Muévete, Terencio -soltó Tulio.

Áquila oyó el silbido de la vara de sarmiento surcando el aire. El centurión estaba aún a varios pasos de allí, pero se aproximaba deprisa, y ese sonido significaba que usaría la vara. Áquila se enderezó en toda su altura, se giró rápidamente y miró a Tulio con sus ojos azules relampagueando de ira. El águila de oro relumbró en su cuello, lo que en cierto modo añadía una dimensión aterradora a su aspecto, y la vara se detuvo de repente, así como hizo el centurión. La mirada de los ojos de Áquila no era de insolencia, era algo más, algo mucho más peligroso, y dada la estatura del muchacho, su fuerte constitución y sus poderosos hombros, Tulio razonó que ahora podía no ser buen momento para enfrentarse a él. No podía tratar a la ligera a la persona que tenía delante, pero llegaría el día en que Áquila Terencio hiciera algo grave, un delito que se castigara con la muerte. En su posición de autoridad, Tulio podía permitirse ser paciente, pero algo tenía que decir, pues debía mantener su dignidad.

– Ponte en marcha, gusano. O sentirás esto en tu espalda.

Áquila volvió al trabajo, pero el centurión sabía que su amenaza poco tenía que ver en ello, y estaba en lo cierto; el soldado, que había agarrado el amuleto que llevaba al cuello, no lo había oído.

Áquila se encargó de la primera guardia, por lo que estaba fuera de la tienda mientras Marcelo tomaba su comida de la noche. Al ser una noche templada, el faldón de la tienda estaba levantado para exponer el brillante interior iluminado. La tienda estaba suntuosamente amueblada, con todo el lujo que un joven noble romano sintiera que necesitaba en una campaña, y gran parte de su contenido eran oro, plata y madera bien pulida, mientras que un humo perfumado se elevaba desde un brasero para mantener los insectos a raya. Marcelo tenía varios invitados y dominaba la conversación, por supuesto, aquello que los rodeaba: las legiones y la perspectiva de la batalla. Áquila podía oler la comida, que intentaba identificar con cada uno de los numerosos platos que iban apareciendo, pero los aromas se le escapaban. Aquellos jóvenes comían cosas que él nunca había visto ni olido en su vida. Como estaba tan cerca, también podía oír todo lo que decían por el faldón levantado. Aunque ya había montado más de una guardia, esta fue la primera vez que se molestó realmente por escuchar las conversaciones que tenían lugar a su alrededor.

Lo hizo ahora, prestando especial atención a la voz de su tribuno, Marcelo, y no pudo evitar darse cuenta de que había un alto grado de arrogancia en aquellos jóvenes. Hablaban libremente y con desprecio, etiquetando con frecuencia a sus soldados de campesinos ignorantes. Era como si él y el hombre que estaba al otro lado de la entrada no estuvieran allí, como si se hubieran vuelto invisibles sólo por su rango. Los tribunos de la tienda asumían que tenían derecho al mando por su nacimiento. Cuando no conversaban sobre la perspectiva de la gloria militar, especulaban sobre su futuro político, haciendo apuestas sobre quién sería el primero en conseguir un cargo de magistrado.

Se dio cuenta de que empezaba a sentirse molesto; por primera vez desde que se había alistado, echaba de menos estar él al mando, como lo había estado por un tiempo en el ejército de esclavos sicilianos. Nada de lo que había visto indicaba a Áquila que aquellos hombres fuesen de por sí mejores soldados, aunque ellos hacían constantes alusiones a su superior destreza. De haber estado de humor para ser justo, Áquila habría reconocido que Marcelo Falerio no participaba de tal fanfarronería, pero no lo estaba, y su enojo era bastante profundo para cuando fue relevado. Los hombres de la tienda habían tomado mucho vino, lo que hacía que sus carcajadas y sus intentos de ser ingeniosos fuesen aún más ruidosos y mortificantes para el hombre que estaba fuera.

Marcelo notó distraído que había comenzado el proceso por el que se cambiaba la guardia, pero estaba demasiado ocupado escuchando a Ampronio como para prestar ninguna atención. Así fue hasta que el soldado que estaba siendo relevado gritó sus respuestas al comandante de guardia, y lo hizo en voz tan alta que toda conversación dentro de la tienda se volvió imposible, así que se levantó de su diván y salió a investigar. El legionario, alto, con las puntas de su cabello dorado rojizo asomando por debajo del casco, se puso rígidamente en postura de firmes, como hicieron el soldado que tenía enfrente y el centurión a cargo del relevo.

– Tulio Rogo, estoy a favor de la disciplina estricta, pero también de entretenerme. Por favor, ordena a tus hombres que bajen la voz.

Estaba justo delante de Áquila, el culpable, y puesto que eran de la misma altura, sus cabezas estaban muy próximas. Pero Áquila no estaba allí, pues no era parte de la tarea de un joven tribuno fijarse siquiera en un recluta, es decir, a menos que quisiera que lo azotaran. Áquila tuvo la vaga sensación, a la luz de las trémulas antorchas, de haberlo visto antes en algún lugar -mientras tanto, Tulio reconocía la orden y, puesto que el relevo ya había terminado, marchaba con los hombres que habían sido relevados. No se dirigió a Áquila hasta que estuvieron bien alejados de la hilera de tiendas.

– ¿A qué venía eso? -le dijo enfadado-. ¿Por qué tanto grito? Ya tengo bastantes dificultades sin los que son como tú como para que te inventes otras nuevas.

Áquila hervía por dentro. Sabía que corría el peligro de explotar con Tulio delante de él, pero se las arregló para controlar el deseo de golpear al centurión. No era nada personal, sólo que aquel hombre representaba a la autoridad.

– No temas, Tulio -replicó a través de sus dientes apretados-. Siempre te elegirán. Esos nobles cabrones siempre van a necesitar a alguien que les haga los recados.

Tulio enrojeció de ira. Una vez había corrido con éxito en una Olimpiada en Grecia, lo que le había hecho bastante famoso en determinado sector de la sociedad romana. No era ningún secreto que muchos de ellos eran tribunos y que aquella distinción como corredor le había ayudado a alcanzar su rango. Pero semejante ascenso no había llegado acompañado de confianza; ser comandante era algo muy distinto de ser soldado. El propio centurión se preocupaba por ello, temeroso de que su falta de habilidad en esa área condujera al desastre. En realidad no era mal soldado, pero pensaba que podía serlo y eso invocaba un temor que a veces le costaba controlar.

– Si estás buscando unos latigazos, Áquila Terencio, puedo hacerte el favor fácilmente.

El gruñido de la voz de Tulio difería marcadamente de sus pensamientos. Sabía que el hombre al que se estaba dirigiendo era diez veces mejor soldado que él; era evidente por la manera en que se desenvolvía y manejaba sus armas. Áquila era además un líder nato, popular entre los otros legionarios, justo el tipo de hombre que Tulio necesitaba para hacerle sentir más seguro en batalla. Cierto, podía castigarle y probablemente, en su momento, lograr que lo ejecutaran, pero si veían que lo hacía por despecho, tendría necesidad de ser muy cauteloso a la hora de entrar en batalla con las tropas restantes. Podría encontrarse muy fácilmente con que, cualquier día brillante, lo empujaban contra las lanzas del enemigo con un sólido muro de escudos cerrándose detrás de él. Ser un centurión te daba poder, pero no era uno ilimitado, y los reclutas tenían su propia forma de asegurarse de que su inmediato superior no llegara demasiado lejos.

Áquila le evitó tener que tomar una decisión al darse cuenta de que, mientras hablaba, estaba volcando su ira sobre la persona equivocada. Se disculpó de manera reglamentaria, lo que sonó forzado e insincero, pero fue suficiente para Tulio.

– ¡Ándate con ojo! -replicó el aliviado centurión.

Capítulo Siete

Claudia se inclinó por encima de su nuevo marido, con sus manos puestas sobre los hombros de él y sus ojos revisando los papeles que tenía delante. Podía oler su cuerpo, o más sinceramente el tenue aroma de los aceites perfumados con los que solía cubrirlo. Su cabello plateado, cepillado cuidadosamente, brillaba junto a los ojos de ella.

– ¿Te molesta mi presencia? -preguntó.

– Nunca, nunca, nunca -dijo él rápida y sinceramente, mientras levantaba la cabeza y se giraba dando golpecitos con su mano en la de ella. De perfil, su nariz era imponente, aguileña y patricia. Claudia pensó que pese a todos los subterfugios y mentiras descaradas de Quinto, se las había arreglado para encontrarle el perfecto marido. Sextio no sabía nada de las maquinaciones de Quinto, pero compartía de corazón los sentimientos de Claudia. Atractivo y vanidoso, y muy posiblemente el hombre más rico del Senado, siempre había temido que si se casaba, sería por haber sido elegido a causa de su considerable riqueza.

La idea nunca le había atraído; Sextio quería que lo quisieran por sí mismo, la única persona de la que se ocupaba en el mundo. Claudia había sido un regalo de los dioses, rica por derecho propio y de una familia noble y famosa. Podía perdonar el toque sabino de su linaje, pues también era una hermosa mujer, que afortunadamente no le hacía demasiadas exigencias. La consumación de su matrimonio no había sido un éxito resonante, si bien Claudia no se lo había echado en cara; en vez de eso, mientras se echaba toda la culpa a sí misma, le había asegurado que apreciaba su compañía. Así que Sextio se ahorraba la prueba del lecho matrimonial y sacaba la mayor parte de su placer en otro sitio; con discreción, por supuesto.

– Para ser absoluta y completamente sincero contigo, Claudia -dijo, usando, como siempre, diez palabras donde dos habrían bastado-, estoy francamente sorprendido de que muestres el más mínimo grado de interés.

– Debe de ser la sabina que hay en mí, maridito, la que causa este interés por la agricultura.

Sextio frunció el ceño; aquella referencia a su linaje le inquietaba, pues era algo que podía perdonar sólo mientras no se mencionase.

– Debo discrepar contigo. Describiría lo que justo acabas de decir como muy romano en realidad.

– Nunca hubiera imaginado que un hombre pudiera ser dueño de tanta tierra, y toda ella tan cerca de Roma. -Su dedo se movió por el mapa-. Al norte, al sur, al este y al oeste, es maravilloso.

– Mi querida Claudia, uno no desea alejarse demasiado de la ciudad. La vida fuera de Roma puede ser en exceso monótona, a menos que te alejes hacia el sur. Aun así, ya sabes…

Era extraño en él no terminar una frase, pero no pudo pronunciar las palabras que la concluirían. A Sextio le gustaba el sur; las ciudades griegas eran mucho más acogedoras y placenteras para él que Roma, aunque las cosas en el norte habían mejorado desde su juventud. Pero era parte de su ficción, como severo romano, visitar lugares como Neápolis sólo muy ocasionalmente: demasiadas visitas podrían alentar las malas lenguas.

– ¿Puedo acompañarte cuando visites las granjas?

Las cejas plateadas de él se levantaron.

– ¿Cómo se te ocurre algo semejante, Claudia?

La voz de ella sonó débil y apremiante.

– Sé que no es algo corriente, maridito, y que entonces la gente podría hacer bromas, diciendo que somos inseparables.

Sextio apenas se detuvo para tomar aire; pese a toda falta de peso intelectual, tenía el grado justo de astucia y estaba claro que la idea le resultó atractiva, como Claudia pretendía que ocurriera. Él, por supuesto, se consideraba muy inteligente, un experto en desvelar los motivos más profundos detrás de las simples palabras de los demás. También se tenía como muy capaz de enunciar oscuros subterfugios, opinión que era del todo contraria a la verdad.

– Eso harían, Claudia. Y, digo yo, dejemos que lo hagan. Por cierto, ¿alguna vez has visitado las ciudades griegas del sur?

Áquila, que una vez más montaba guardia delante de la tienda de Marcelo, se llevó la lanza al pecho en señal de saludo cuando el joven tribuno se acercó. El oficial podía examinarlo de arriba abajo sin problema, mientras que Áquila tenía que intentar examinar a Marcelo al tiempo que mantenía su estirada posición de centinela. Ambos eran más altos que la mayoría de la gente de su edad, pero ahí acababa el parecido, pues la piel oscura y el cabello negro del oficial contrastaba de forma notable con su propio color. Marcelo lo saludó con un movimiento de cabeza cuando se puso firme, añadiendo una sonrisa. Natural y sin afectación, no consiguió su propósito, pues el centinela la interpretó como un intento deliberado de subrayar el abismo que había entre los dos. Entonces el tribuno se detuvo y lo miró de arriba abajo y sus ojos se detuvieron en la cadena dorada que colgaba del cuello de Áquila y fue entonces cuando el inspeccionado lo reconoció.

De pronto estaba de vuelta delante de la villa de Barbino, cerca de los bosques, al otro lado de los cuales vivía con Fúlmina, el día que llegaron los leopardos. Mientras se ocupaba de vigilar el rebaño del senador, había visto llegar la jaula y había hablado con el hombre que había llevado aquellas bestias a la villa, unos animales elegantes y con manchas que se movían con una gracia que le admiraba y cuyos ojos nunca estaban quietos. Este cabrón estuvo presente e incluso entonces había cabreado a Áquila con su perfumada perfección: sus cabellos bien cuidados, su cuerpo limpio y perfumado con aceites, y sus ropas limpias. ¿Había sido este mierda o el propio Barbino quien lanzó a los leopardos contra las ovejas? Daba lo mismo, había acabado de forma sangrienta. Además, era un época que había quedado grabada en su memoria por otra razón: al día siguiente, cuando había ido a buscar a Sosia, el capataz de Barbino había experimentado un salvaje placer al decirle que ella se había marchado.

El amuleto quedaba escondido bajo su uniforme y era evidente que Marcelo Falerio se preguntaba qué colgaba de la cadena. La sangre de Áquila volvió a hervir por aquel examen cercano y, para él, insensible. Aún se resentía de los pensamientos que había tenido la noche anterior y el destello de enojo que sentía ahora era por tener que esperar delante de este oficial. Este hombre, cuyo padre había dado las órdenes que habían matado a Gadoric, podía hacer que lo azotaran a su antojo o darle órdenes que lo llevaran a una muerte segura, y no había nada que él pudiera hacer. Fabio, que marchaba a su lado al día siguiente y escuchó sus quejas, no veía a dónde quería llegar.

– Así está hecho el mundo, Áquila. Están ellos, que han nacido ricos, y después nosotros. Nada va a cambiar eso.

– Y yo seré legionario toda mi vida, mientras que algún día él comandará el ejército.

Fabio le dio un higo.

– Para eso lo criaron.

– Ni siquiera sabemos si sabe luchar -soltó su «tío», con los ojos fijos en la decorada coraza de la espalda de Marcelo.

– Yo creo que sí, Áquila.

Áquila pensaba que montar a caballo debía de ser más fácil que marchar a pie.

– Te cae bien, ¿verdad?

Fabio levantó su escudo sobre su cabeza para que el sol no le diera en el cuello.

– Claro que sí. Es educado, siempre saluda a los hombres con una sonrisa y no anda metiendo las narices en sitios que no le conciernen.

– Eso es porque no sabe que existen y esa sonrisa puede querer decir que es un imbécil. Se lo deja todo a Tulio.

Marcelo llevó su caballo a un lado de la carretera, desmontó y se quedó allí acariciando el cuello del animal mientras los hombres marchaban adelante. No pudo dejar de fijarse en el rostro que le miraba fijamente y no se sintió a gusto con el gesto, una mezcla de antipatía y desprecio casi pensado para obligarle a reaccionar. Le evitó la necesidad de hacerlo el soldado que marchaba junto al otro, que dio tal empujón al legionario de ojos azules que este tuvo que responder bruscamente para evitar una colisión.

– Mira al frente -dijo Fabio en un susurro. Habían adelantado al tribuno antes de que volviera a hablar-. ¿Qué pretendes hacer, ganarte una paliza?

– Intento ver de qué pasta está hecho.

– Está hecho de carne y sangre, Áquila, igual que tú y yo, y ya veremos su calidad la primera vez que nos metamos en una batalla de verdad.

Marcelo volvió a la fila al lado de Tulio, llevando a su caballo de las riendas.

– Dime, centurión, ¿qué opinas de esos hombres?

El centurión esperó un poco antes de responder, pues llevaba siendo soldado el tiempo suficiente como para sospechar que se trataba de una pregunta con trampa. Su lema era contar a sus superiores lo que querían oír, sin exagerar demasiado ni crearles sospechas, pero algo en los ojos de este joven tribuno le decía que no debía hacerlo. Aun así, un poco de fanfarronería no le haría ningún daño, un recordatorio de que, en este grupo de soldados, él era uno de los pocos que había estado en una batalla.

– Cuesta decirlo, honorable, pero no muchos de ellos han visto un combate antes. Y puesto que son novatos en esto de las campañas, me atrevería a decir que están aún un poco verdes.

Marcelo sonrió.

– No pareces un tipo que sea blando con ellos.

– Y no lo soy, señor, pero nunca se puede saber cómo es una legión estando dentro de Italia. La vida allí es demasiado fácil.

– Ya no estamos en Italia, estamos en la Galia.

Tulio miró primero el mar, azul y chispeante, y después las colinas, plagadas de campos y terrazas.

– Pero aún es un país manso, señor, es fácil saquear. Yo esperaría a que tengan que matar sólo para comer antes de confiar en su templanza.

Aquello hizo que Marcelo frunciera el ceño al recordar que el mayor atributo de su padre como soldado era su capacidad como intendente.

– Si les abastecemos de forma apropiada, no tendrán que hacerlo.

Tulio asintió, pero no dijo nada. No sería él quien le dijera que también él era un poco blando ni que lo consideraba un cabroncete engreído, que poco o nada sabía sobre la vida en el ejército.

El primus pilatus, Espurio Labenio, estaba sobre el terraplén, mirando hacia el norte, cuando Áquila subió para ponerse detrás de él. El hombre no se dio la vuelta, así que Áquila se acercó a él con la mirada fija en las lejanas montañas que iluminaba la luna. Quería hablar para preguntarle a aquel soldado condecorado acerca de su pasado y no era sólo la diferencia de rango entre ellos lo que lo detuvo. Fue que Labenio casi parecía perdido en una especie de oración silenciosa, pues se mantenía rígido y contenía su aliento a la fuerza. Por fin sus hombros se distendieron y una ráfaga de aire que salió de su nariz indicó que se había relajado. Habló entonces, con voz grave y triste.

– En esas montañas reposan los huesos de muchos legionarios -se volvió y miró a Áquila, fijando sus ojos en el cabello del joven, que había vuelto a crecer después del rapado que había soportado al alistarte-. No sólo allí, desde luego. Llevo en las legiones unos veinte años y a veces pienso que he enterrado más hombres que los que he dirigido en batalla.

Áquila se acordó de Didio Flaco; el hombre que lo llevó a Sicilia también había sido centurión, uno duro y lleno de cicatrices de batalla, aunque se había visto forzado a mendigar un trabajo a Casio Barbino cuando terminó su servicio. Tras veinte años de servicio a Roma, Didio Flaco sólo había ganado lo suficiente como para llevar una vida apretada, sin lujos ni una joven esposa que le calentara la cama, sólo más trabajo duro. Aunque había sido el destino lo que le había llevado a pasar por casa de Dabo en su viaje al sur, tras haber sido comandante de Clodio, fue él quien le habló a Áquila de la muerte de su padre adoptivo en Thralaxas.

A pesar de su ruda naturaleza, Flaco había sido bueno con Áquila, aunque ahora resultaba doloroso recordar la manera en que ignoró la verdad, cerrando sus ojos ante la crueldad infligida a los esclavos, a los que el viejo hacía trabajar hasta la muerte. Semejante ceguera había convertido aquello en una época feliz; matar a Toger de un lanzazo hizo que los otros, a los que Flaco había reclutado en las cloacas de Roma, le respetaran. Había pasado de ser un chico a ser un hombre, e incluso aquella chica, Foebe, había sido su concubina griega. ¿Qué habría sido de él si el día que Flaco y él cabalgaron hasta Messina para encontrarse con Casio Barbino no hubiera visto a Gadoric medio muerto en la cruz? Lo que vio fue la forma en que había muerto Flaco, víctima de los mismos esclavos a los que antes había tiranizado.

– ¿Y sólo eres centurión aún? -dijo Áquila, sin estar seguro de a quién se dirigía, al ex soldado que le había visto hacerse un hombre o este que estaba cerca de él, aún en servicio-. No es mucho para toda una vida de dedicación.

Cuando respondió, Labenio parecía sentir más resignación que enfado, aunque tenía derecho a esto último teniendo en cuenta que lo que el joven había dicho quebrantaba seriamente los límites de la disciplina.

– Hubo un tiempo en que habría azotado a cualquier hombre que se dirigiera a mí de esa manera.

Áquila se volvió y miró a aquel hombre maduro; la luz de la luna resaltaba las condecoraciones que cubrían la parte delantera de su coraza, así como el brazalete que llevaba. Labenio había ganado seis coronas cívicas, el segundo honor más alto de las legiones, que sólo se concedía a un soldado que hubiera salvado la vida de un ciudadano romano en batalla y hubiera mantenido su posición todo el día. A la luz también se apreciaba el brillo de lágrimas en sus viejos ojos.

– ¿Por qué ahora no?

– Quién sabe, puede que sea por la presencia de aquellas montañas y de las almas de los que han partido.

– ¿También hará que respondas a mi pregunta sobre tu rango?

Labenio lo miró de arriba abajo, y sus ojos se detuvieron en el amuleto de su cuello, que centelleaba a la luz de la luna sobre el fondo de su túnica de color rojo oscuro. Se preguntó si el muchacho sabía que su baratija había sido motivo de discusión entre los oficiales jóvenes.

– He estado observándote, Áquila Terencio.

– Me sorprende que conozcas mi nombre.

– ¡Que no te sorprenda! -replicó Labenio con un dejo de aspereza-. Me fijé en ti el día que te alistaste.

– ¿Por qué?

Labenio miró otra vez al norte.

– Luchábamos continuamente contra los celtas cuando yo tenía tu edad, les arrebatamos toda la llanura del norte y sometimos sus tribus a Roma.

– ¿Pero las montañas no?

– Hay tribus al norte que ven esas montañas como su defensa. Esos son diferentes, más altos y más fuertes, hombres que creen que el camino a la felicidad es morir en batalla, así que vienen al sur, a través de los pasos, con ayuda de los montañeses, para incendiar y destruir. Luché contra ellos con el padre del general, Aulo Cornelio, antes de que fuera cónsul.

– ¿Vencisteis?

– Tomamos los pasos de montaña, pero no creo que ganáramos, no contra esos hombres del norte. Creo que cuando tuvieron bastante simplemente se volvieron a casa.

– ¿Y yo te recuerdo a ellos?

– Supongo que no soy el primero que te lo hace saber -replicó Labenio, mirándolo otra vez-. Y eso que llevas al cuello no es romano. -Su voz asumió un tono diferente, más serio-. Pero no es sólo eso. Tan joven como eres, ya eres un luchador. Tienes cicatrices que sólo luce un hombre que ha sido soldado, aunque tienes la edad justa para estar en las legiones. ¿Dónde luchó alguien como tú, Áquila? Dices que eres de cerca de Aprilium. No, con un pelo como ese no. ¿Fue ahí arriba, hacia el norte, entre huesos de romanos muertos?

– No.

Su voz se volvió furiosa, pero también tenía un tono ofendido.

– Mis dos hijos están enterrados allí, Áquila Terencio, asesinados por hombres con el mismo aspecto que tú.

– Yo sólo me preguntaba por qué, con todas tus condecoraciones, no estás al mando de un ejército.

– Porque nací pobre, muchacho, por eso. Puede que mis hijos, si vivieran, hubieran tenido la suerte de ascender a una clase más alta.

– Me han contado que si ganas la corona cívica, los senadores patricios se ponen de pie en tu presencia.

– No les cuesta nada hacerlo, chico.

– Así que ser valiente te ha valido de poco. ¿Todavía tienes que ser elegido por votación?

– ¿Por qué preguntas tanto? -gruñó Labenio.

Áquila había estado pensando en aquello durante días, desde la llegada de Marcelo Falerio. Recordaba haber visto al primus pilatus saludando al nuevo tribuno con rígida formalidad. La imagen, sumada a la pregunta del viejo centurión, a la que había tenido que contestar, cristalizó por fin sus pensamientos e hizo que se diera cuenta de la verdadera fuente de su mal humor.

– No quiero acabar como un don nadie.

Aquellas palabras indignaron a Labenio.

– ¡Un don nadie!

– Miro a un tribuno como Marcelo Falerio, con la riqueza de su padre y su nombre famoso. ¿Por qué está él donde está y yo sólo soy un legionario? ¿Por qué él comandará ejércitos mientras que yo necesitaré su voto para dirigir cohortes?

– ¿Tan seguro estás de que alguna vez dirigirás a algún hombre?

La pregunta lo llevó de vuelta a Sicilia, al ejército que había ayudado a formar a Gadoric, a los esclavos fugados que había dirigido y las escaramuzas en las que había combatido contra su propia gente.

– Ya lo he hecho, Labenio. No te diré dónde, pero no fue en estas montañas, y volveré a hacerlo. Tú has ascendido por tu coraje, y aun así no es suficiente. Estaba esperando que me dijeras qué más se necesita.

– Eres un crío insolente, muchacho, y no mereces una respuesta.

Áquila señaló las montañas.

– ¿Qué les habrías dicho a tus hijos, Espurio Labenio, si te hubieran hecho la misma pregunta?

La cabeza del hombre bajó y en su voz había lágrimas otra vez.

– Les habría dicho que no basta con ser valiente, también has de tener suerte.

– ¿De qué manera? -preguntó Áquila, ignorando el dolor que había engendrado en los recuerdos de aquel hombre.

– El dinero ayuda, eso y alguien poderoso que te tenga en tan alta estima como para adoptarte.

Puso su mano en el hombro de Labenio, que temblaba ligeramente.

– Ya he sido adoptado una vez. Eso ya es bastante para cualquiera.

Áquila no vio la cuerda, pero la oyó pasar silbando junto a su oreja y vio el efecto cuando esta pasó por encima de la cabeza de Labenio. El viejo centurión cayó hacia delante mientras la soga se tensaba, apretando su coraza contra las afiladas estacas de la parte baja del terraplén y Áquila desenvainó su espada en un segundo. Podía ver las figuras imprecisas, cada una de ellas con una cuerda enganchada en las estacas, trepando para atacar, pero las ignoró. El poderoso grito que usó para dar la alarma pareció reforzar el brazo que esgrimía la espada cuando el arma cayó, cortando la cuerda que sujetaba el cuello del centurión. El grito alertó a los guardias, pero sirvió de muy poca ayuda para los dos. Usando pieles de animal para evitar las afiladas estacas, sus enemigos estaban subiendo a los terraplenes. Áquila levantó a Labenio y le dio la vuelta; después giró él justo a tiempo para esquivar la estocada que le lanzó uno de los celtas. El primus pilatus y él permanecieron espalda contra espalda, defendiendo ellos solos el terraplén durante lo que les parecieron años.

– Fue sólo cuestión de suerte que estuviéramos allí -dijo Labenio.

Llevaba el brazo en cabestrillo desde que, mareado y aturdido, había recibido un lanzazo en el hombro izquierdo antes de que pudiera desenvainar su espada. Quinto, que tendría que haber sentido curiosidad sobre la razón por la que el centurión estaba sólo en los terraplenes con un joven recluta, era demasiado listo como para hacer ese tipo de preguntas. Se volvió hacia Áquila, que permanecía apartado y firme. Como el primus pilatus, no llevaba su coraza, y el águila dorada brillaba sobre la pechera de su túnica.

– ¡Deberías haberlos visto! -le espetó.

Áquila no estaba asustado ni sobrecogido, aunque antes nunca había estado en la tienda de mando ni había intercambiado otra cosa que fuera un saludo con su general. Lo normal era que en aquel ambiente los soldados, al ser convocados para informar, se quedaran mudos, pero su voz sonó firme cuando respondió.

– Los hubiéramos visto si se hubieran acercado mientras estábamos allí de pie. La luna estaba bien arriba.

– ¿Qué estás diciendo?

– Digo que aprovecharon que antes, de noche, estaba nublado para avanzar su posición. Se cubrieron con pellejos de animales y se escondieron en el foso hasta que llegó el momento de atacar.

– ¿Y cómo supieron que había llegado el momento?

– Hay formas de saberlo, mi general.

A Quinto no le gustó aquel tono insolente, eso estaba claro. Miró a Áquila de arriba abajo, mientras el águila relumbrante atraía inexorablemente sus ojos, con un gesto que parecía exigir una explicación sobre por qué aquel tipo, un simple recluta, llevaba al cuello algo tan valioso. Aunque gracias a su acción aquel joven le había evitado un buen número de bajas, pues aquellos celtas habrían causado estragos entre sus hombres, profundamente dormidos en sus tiendas. Aun así, había perdido a varios de los soldados poco armados a los que se había asignado la tarea de montar guardia en las murallas.

– Le debo la vida a Áquila, mi general -dijo Labenio, que había visto el gesto de Quinto en sus ojos. Conocía al general desde que este había sido un joven tribuno, por lo que se sentía libre para hablar sin que fuese su turno-. Y no soy el único.

El cónsul se volvió hacia el viejo centurión, excluyendo de golpe a Áquila de la conversación.

– ¿Cuántos de ellos había?

– Pregúntale al muchacho -replicó Labenio tranquilamente-. Él vio más que yo.

Áquila no intervino, sino que esperó a que Quinto se diera la vuelta para mirarlo a la cara.

– ¿Y bien?

– Más de diez, pero menos de veinte.

– No es muy preciso que digamos.

– Tenemos diez cuerpos, mi general. En mi opinión, más de veinte hombres no podrían haberse escondido con el tiempo de que disponían.

Quinto explotó.

– ¡En tu opinión! ¿Qué te hace pensar que me interesa?

La respuesta que le dio Áquila se extendió por los alrededores, haciendo que muchos movieran sus cabezas y se hicieran más de una pregunta sobre cómo habría evitado que lo torturaran en la rueda por semejante insolencia.

– Soy igual que tú, Quinto Cornelio. Te doy una opinión como simple ciudadano de la República.

De haberse dado la vuelta, habría visto la mirada de su tribuno, mezcla de sobresalto e ira.

– Así que no hay corona cívica para ti, «tío» -dijo Fabio en son de burla-. Eres incapaz de cerrar la boca, ese es tu problema. Pues que eso te sirva de lección. Si vas a salvar la vida a un romano, que sea a la luz del día.

De haber visto que Labenio se acercaba habría cerrado la boca, pero no lo había visto, aunque Áquila sí, así que frunció el ceño de tal forma que convenció a Fabio de que sus pullas le habían herido, lo que animó a su «sobrino» para seguir.

– No te preocupes, Áquila. Puedes llevarme contigo la próxima vez. Lo que necesitas en esas ocasiones es un testigo honrado. Ellos son todos iguales.

– ¿Quiénes? -preguntó Áquila con malicia.

Fabio puso sus brazos en jarras y se inclinó hacia delante para enfatizar sus palabras.

– Los centuriones. Salvas la vida del viejo Labenio y, ¿qué es lo que consigues por tu esfuerzo? Una bronca del general, y después poco más de un simple sestercio del viejo adefesio, y él todo adornado de oro.

La bota herrada de Labenio golpeó a Fabio por detrás y Áquila se echó a un lado, por lo que su «sobrino» cayó de bruces al suelo.

– Solo me estaba diciendo que tuviera cuidado con mi boca -dijo, sonriendo al caído Fabio, cuya boca había quedado abierta en una queja silenciosa.

También Labenio miró a su víctima sin simpatía, pero sus palabras claramente iban dirigidas a Áquila.

– El general quiere verte.

Aquello borró la sonrisa del rostro del joven.

– ¿Por qué?

– No te preocupes, no es para azotarte, que es lo que habría sucedido en años mozos. Estos de ahora no les llegan a la altura de los zapatos a sus padres. No conocen el significado de la palabra disciplina.

Fabio se puso en pie lentamente, frotándose su dolorida espalda.

– Solo estaba bromeando, Espurio Labenio.

– ¿Sí? -espetó el centurión, dejando así claro que no le había hecho ninguna gracia-. ¿Sabes qué pasa, capullo? Que me he pasado media mañana intentando que nuestro noble general cumpla con su obligación -se volvió hacia Áquila-. Y no me he hecho ningún favor en el proceso, porque lo que menos le gusta a Quinto Cornelio es que le cuenten lo que habría hecho su papá.

Si Quinto aún estaba enfadado, lo ocultó bastante bien. Marcelo estaba presente al ser el tribuno que estaba al mando de su sección del ejército, pero se quedó apartado a un lado y no tomó parte en el acto.

– Áquila Terencio, he escuchado a Espurio Labenio y no cabe duda de que, con tus actos, salvaste la vida a un ciudadano romano. -Hizo énfasis en las dos últimas palabras, como para remarcar que no había olvidado la manera en que Áquila las había usado-. Mi decisión es concederte una hasta purae en el desfile de la mañana. Por favor, preséntate con tu tribuno delante de mi tienda a la hora convenida. Puedes retirarte.

Al salir de la tienda, Labenio lo maldijo.

– ¿Una lanza de punta de plata? Tendrías una corona cívica si hubieras cerrado la boca.

Áquila estaba complacido, pese a su falta de respeto por los oficiales, pero habló en voz baja, pues no quería que quienes estaban en la tienda lo oyesen.

– No te preocupes, Labenio. No será tan difícil que concedan las coronas cívicas. Al fin y al cabo, tú tienes seis.

– Te partiría la cara si no me hubieras salvado la vida. -No había acritud en aquellas palabras, más bien una cordialidad que Áquila no había oído desde que Clodio se fue de casa. El viejo centurión levantó su antebrazo-. Dame tu brazo.

Así lo hizo Áquila, y puso su mano justo bajo el codo de Labenio. El centurión lo agarró a él de la misma manera.

– Seis hombres me hicieron esto a mí. Me siento orgulloso de saludarte de la misma manera, incluso aunque tu general no lo haya hecho. Áquila Terencio, te debo la vida. Tienes derecho a pedirme cualquier cosa que quieras.

Capítulo Ocho

Cholón se enjugó la frente con las manos, mientras fuera, aunque no llovía, el retumbar de los truenos sacudía el cielo. La atmósfera ya era lo bastante opresiva sin la perspectiva de la inminente reunión. Tito y él esperaban a una delegación de los equites, un grupo que estaba en constante liza con el Senado por la división de poderes. En realidad, el problema era la falta de división: el Senado los acaparaba todos, denegando a las otras clases el derecho a sentarse durante los juicios en los tribunales, y se oponían de la misma manera a compartir la concesión de la ciudadanía romana con sus aliados. Los pueblos de Italia podían proporcionar tropas para que murieran por el Imperio, podían ayudar a alimentar a la creciente bestia que era Roma, pero tenían pocos derechos, si es que tenían alguno, y el hombre que había luchado para mantener así las cosas era el difunto Lucio Falerio Nerva. Ahora que había desaparecido, había una oportunidad, mientras sus sucesores fuesen débiles, de buscar reparación.

– Me temo que estoy desarrollando cierto talento para las intrigas -dijo.

Tito era consciente, igual que Cholón, de que el griego sólo era el mensajero, aunque se necesitaba a un hombre ducho en el arte de la mensajería para jugar aquel juego, para engatusar a gente recelosa y que así tratara con aquellos a los que creía sus enemigos, y además cedía su apartamento para aquel propósito. La presencia de unos caballeros allí no provocaría rumores; la única persona que tenía que andar con cuidado para no ser visto era el propio Tito, aunque aquellos con los que habían decidido encontrarse llegaran en apariencia dispuestos a levantar sospechas. En vez de hacer un acercamiento ruidoso, al estilo de unos hombres que visitan a un viejo amigo, se aproximaron al apartamento de Cholón en silencio, animándose unos a otros con susurros. Incluso la forma en que llamaron a la puerta olía a conspiración: un suave golpeteo en vez de un martilleo confiado. Cholón abrió la puerta rápidamente y los reunió a todos en el interior.

Eran tres hombres muy diferentes, como si se hubieran propuesto encontrar un perfil de los de su clase. Uno, Casio Laterno, era alto y delgado; el segundo, Marco Filator, tenía la cara y el cuerpo redondos, como si fuera una bola humana. El tercero era el más importante, aunque su aspecto era el menos imponente. Fronto era pequeño y enjuto, más parecido a un chico que a un hombre adulto, pero bastaba con mirar sus ojos para ver la fuerza de su carácter. Se colocaron las sillas, se sirvió el vino y se intercambiaron las preguntas generales que preceden cualquier encuentro, sobre amigos de la familia, esposas, hijos y el estado de las finanzas de la República. Se conocían todos muy bien; puede que Roma fuese una bulliciosa metrópolis asentada en el centro de un enorme Imperio, pero las personas que la dirigían eran escasas en número, tendían a vivir cerca unas de otras y, por causa de sus ingresos, compartían gustos similares en cuanto a entretenimiento. No había ningún hombre en la habitación con el que Tito no hubiera apostado en una u otra ocasión, él a favor de un equipo de carros mientras que los otros apostaban por otro. Pero el juego era una cosa y la política otra.

– Entiendo que habéis discutido mis propuestas, ¿verdad? -preguntó Tito, centrando la reunión de manera formal en su verdadero propósito.

Los otros dos miraron a Fronto para que hablara. Él, que parecía un enano al lado de Tito, negó lentamente con la cabeza.

– Aún no hay nada decidido.

Cholón interrumpió, pues él había mantenido las primeras reuniones con aquellos hombres, intentando animarlos para que entraran en razón.

– Pero veis a dónde quiere llegar Tito Cornelio.

– Para hombres que no tienen nada es difícil aceptar que sólo pueden exigir un poquito.

Aquella era una declaración un tanto deshonesta; los tres hombres eran muy poderosos, especialmente en la asamblea constituyente. Los tres habían conspirado para aumentar ese poder para chocar de frente con los privilegios del Senado -unos hombres que eran mucho más ricos y que tenían la determinación de mantener las cosas como estaban.

– Os tendréis que sentar en el tribunal y juzgar el comportamiento de los senadores.

– ¿Sin una clara mayoría?

– A modo de cuña, Fronto -replicó Cholón.

– Sí, ya sé. Ya has empleado antes esa expresión, pero ¿para quién es la cuña? -Se giró hacia Tito, y su expresión se hacía evidente en su gesto-. Algunos de nosotros sentimos que nos están utilizando.

– ¿Y tú eres uno de ellos? -preguntó Tito con dureza.

Fronto no se alarmó ni por su altura ni por sus ademanes amenazantes.

– Te aseguro que soy uno de ellos.

– Pues es mejor así -dijo Tito-. Si piensas que hago esto por amor a la clase de los caballeros, estás equivocado.

El gesto dolorido de Cholón hablaba por sí sólo, ya que les había pintado cuidadosamente la imagen de un noble senador al que sólo movían a actuar razones de puro altruismo.

– Lo que Tito Cornelio quiere decir es que…

Fronto interrumpió con la mano levantada.

– Sé lo que quiere decir…

– Entonces, ¿qué quieres conseguir? -preguntó Marco Filator, con su fofo rostro bamboleándose mientras hablaba.

– Justicia.

Incluso Cholón, que había oído las palabras anteriores de su amigo, levantó las cejas ante aquella respuesta. Tito acababa de usar la palabra de la que más se abusaba en Roma: todo charlatán del Senado se levantaba sobre sus patas traseras y exigía «justicia» cuando lo que en realidad quería decir era que deseaba que lo dejaran en paz para continuar con sus robos.

– Quiero que se lleve a juicio a Vegecio Flámino por lo que le ocurrió a mi padre. Abandonó a propósito a mi padre y a sus hombres en Thralaxas.

– Justicia personal, ¿o se trata de venganza? -preguntó Laterno.

– Llámalo venganza si lo deseas -replicó Tito ignorando los movimientos de cabeza de Cholón-. También me gustaría que el Senado fuese más responsable con el pueblo, pero no tengo motivos para ver por qué deberíais creerlo. Y tengo un sentido claro de cuál es mi lugar en el mundo. Los Cornelios somos patricios. No tengo ningún deseo, por ejemplo, de que se me cuente entre los populares.

– ¿Y la reforma agraria? -preguntó Filator.

– No es posible y, a mi entender, su beneficio sería cuestionable.

– ¿Así que no apoyarás una ley que dé tierra a los pobres?

– Lo haría si alguien pudiera garantizarme que no se la comprarían quienes tienen dinero.

Tito sonrió para quitar hierro a sus palabras, pero el mensaje fue tajante para todos. Les estaba diciendo a la cara, si es que no se había permitido ser un hipócrita, que tampoco ellos podían hacerlo. Muchos de los equites, incluidos ellos tres, poseían recursos financieros como para presentarse al Senado. Haría falta algo para persuadir al censor para que los admitiera en el rollo e insistiría en que se olvidasen de algunas de sus operaciones más lucrativas, pero si lo deseaban tanto podía hacerse. Si decidían no hacerlo, sólo podía ser por una razón: preferían ser peces gordos en el estanque de los caballeros que alevines en otro sitio. La lucha por el poder no era cuestión de dinero; era cuestión de qué personalidades llevaban las riendas del gobierno.

Los tres caballeros intercambiaron miradas preocupadas. Dejaron que fuera Fronto quien hablase.

– Mi punto de vista es que deberíamos aceptar lo que ofreces.

– ¡Bien! -dijo Tito.

– No he terminado. Has supuesto de forma bastante apropiada que el momento es el adecuado, pues tu hermano está fuera y Lucio Falerio acaba de morir. También tienes razón cuando dices que podemos poner en escena senadores dispuestos a presentar y secundar esos cambios -Fronto se detuvo un momento, dejando que aquellas palabras hicieran su efecto-. Pero lo que no has llegado a apreciar es la igualada que estaría la votación.

– Tú mismo me diste a entender que habíamos amañado una mayoría -dijo Cholón, el miembro más reciente de la clase de los caballeros.

– Lo que dice la gente no siempre está en consonancia con lo que hace. Ningún voto es seguro hasta que se ha depositado.

Tito miró a los ojos de Fronto fijamente. El hombrecito le sonrió, aunque sirvió de poco para quitarle acritud a sus palabras.

– Pero si justo antes de que se cierre el debate el muy noble Tito Cornelio fuese a hablar a favor de la moción, en la cámara algunos tendrían la impresión de que cuenta con el apoyo secreto de tu hermano.

– Me estás pidiendo mi suicidio político -dijo Tito enfadado-. Quinto nunca me lo perdonará.

Los ojos del hombrecito se mantuvieron fijos en los de Tito, al tiempo que esbozaba una sonrisa malvada.

– Incluso podrías añadir una última enmienda, otorgando la elección de todos los miembros del jurado a los caballeros o, al menos, dándonos la mayoría. Tienes que decidir, Tito Cornelio, con cuánta fuerza deseas vengar a tu padre.

Para Quinto y sus legiones, el resto de la marcha hasta Massilia transcurrió con tranquilidad. Embarcaron en sus transportes, proporcionados por el gobierno de la ciudad griega situada en la desembocadura del Ródano, y zarparon rumbo a la costa de Hispania. Marcelo era dichosamente feliz, pues amaba el mar: el olor a limpio, el viento fresco y el sonido de los remos de la galera que se sumergían en las profundas aguas azules. Cuando no estaba obligado a cumplir su turno como remero, Fabio pasaba el tiempo pescando y después le ofrecía los pescados, sin espinas y crudos, a su mareado «tío», lo que hacía que su rostro se pusiera de un verde aún más oscuro.

Áquila había estado enfermo desde el mismo momento en que había subido a bordo. Las alusiones románticas a un mar oscuro como el vino no produjeron más que débiles maldiciones, y eso sólo cuando el tiempo era clemente. Maldijo a Neptuno y todas sus obras, luego se retractó por la insistencia de sus compañeros de padecimientos, que temían que el dios de las aguas desencadenara una tormenta a modo de revancha. La flota siguió adelante, sin perder nunca de vista la tierra, hasta que llegaron a Emphorae, justo al sur de los Pirineos, que se asentaba en el extremo de la primera de las provincias romanas en la Península, Hispania Citerior, una franja de valiosa tierra que recorría toda la costa del este.

Quinto, que no podía asumir su mando sin sus tropas, tenía mucha prisa por que desembarcaran. Se enviaron mensajeros a Servio Cepio para comunicarle que ya había sido reemplazado y debía prepararse para ceder el control de todos sus soldados al comandante recién llegado. Tampoco podía permitirse estar demasiado lejos de Roma: una razón más para darse prisa; si pretendía hacer alguna fortuna en Hispania, y alcanzar, si era posible, algo de gloria, tenía poco tiempo para conseguirlo, así que eludió la ceremonia formal del traspaso de poderes y dio la orden de que estuvieran listos para marchar desde la costa hacia el interior.

A Servio se le permitió una breve entrevista para poner al día a Quinto sobre la situación, antes de embarcarlo sin ceremonias en un barco para que volviera a casa. Después Quinto salió a galope para alcanzar a sus tropas. La legión que había entrado en combate marchaba en otra dirección por una ruta diferente y Quinto no tenía intención de que sus fuerzas se mezclaran. Las tropas que ya llevaban un tiempo en Hispania solían tener la moral baja; el país era difícil, los nativos, astutos y fieros, al tiempo que la guerra parecía interminable. Eligió a varios tribunos, incluido Marcelo, y les encargó la nada envidiable tarea de intentar recomponer con aquellas legiones rotas una fuerza de combate razonable. Y puesto que albergaba el deseo de desinflar la vanidad de Marcelo, Quinto obtuvo un gran placer al decirle que sería enviado a un puesto que estaría muy lejos de cualquier oportunidad de gloria. Sin duda su voz sonaba melosa por su insincera preocupación.

– ¿En quién más puedo confiar? Sé que eres tan decidido como tu padre. Y no temas, tendrás tu oportunidad de entrar en batalla, Marcelo Falerio, en cuanto vuelvas a poner a esos hombres en forma.

No fue el joven el único que pensó que aquello era mentira, al sospechar que Quinto se haría con todos los hombres a los que él entrenara en calidad de refuerzos. Había prometido que Marcelo se uniría a él en su primer mandato consular y había cumplido aquella promesa, pero Quinto no tenía intenciones de proporcionar a Marcelo una oportunidad para destacar.

Quinto Cornelio era un buen general, pero como la mayoría de los hombres de su edad era un avaricioso, y siempre estaba la cuestión del tiempo, o la falta de este, para hacer que pareciese que sus disposiciones militares tenían algún sentido. Servio Cepio le había comunicado hasta la última información que tenía sobre Breno, dejando al nuevo gobernador sin ninguna duda sobre la influencia de aquel hombre en las tribus de la frontera. Era como un cáncer en el corazón de la resistencia celtíbera y continuaría así hasta que fuera extirpado, pero además estaba muy lejos y en una posición inexpugnable. Se podía dedicar tiempo a los otros fuertes más cercanos a las colinas, pero Quinto no quería un largo asedio: quería oro, plata, esclavos y suficientes muertos en el campo de batalla, y todo en el periodo de su año consular; después podría regresar a Roma para emprender la auténtica lucha: estampar su hegemonía sobre el suelo del Senado.

Hizo un ajuste inmediato a las tácticas estándar; normalmente los romanos operaban en grandes unidades, pues era esta la forma en que su fuerza se estructuraba. La caballería, que se empleaba como pantalla protectora, acomodaba su paso al de la infantería. Aquello entorpecía necesariamente la movilidad general, y puesto que las tribus ponían mucha precaución en que no las sorprendieran en grandes grupos, las batallas de cualquier tamaño eran escasas. Las legiones marchaban en una y en otra dirección, y su presencia amenazante aseguraba que no tendrían lugar incursiones mayores, garantizando con su paso de tortuga un nivel continuo de bajas en las tribus, pero sin poder someter a sus oponentes de ninguna manera significativa.

Las prisas, unidas a su ambición, forzaron a Quinto a emplear un método radicalmente diferente. Marchó con sus hombres alejándose de las bases establecidas y eligió un lugar que estaba en el extremo de tres valles que conducían todos al interior. Tras construir un fuerte campamento base, dividió las legiones en cuatro grupos, manteniendo las legiones auxiliares, cuatro mil hombres, más la mayoría de la caballería bajo su mando personal. Los demás formaron tres triples cohortes. Cada comandante dirigía una fuerza de ataque de mil hombres, con las órdenes de imitar a sus oponentes tanto como fuera posible: luchar, incendiar, robar y retirarse. Las tribus aliadas, aquellas de la frontera que mantenían tratados con Roma, fueron obligadas por la fuerza a revelar lo que supieran sobre sus compatriotas celtas, dotando así al nuevo gobernador de un contundente servicio de inteligencia.

Expertos en emboscadas, los nativos siempre contraatacaban tendiendo trampas para atraer a las tropas romanas y atacando después en bloque para intentar aniquilarlos. A la cabeza de su reserva móvil y con un buen sistema de comunicaciones para apoyarlos, Quinto Cornelio caía entonces sobre su retaguardia, matando a cientos de hombres y capturando a miles. Después podía peinarse el campo en busca de mujeres y niños, que serían embarcados, como sus hombres, hacia los mercados de esclavos del Imperio.

Pero al final, el éxito significaba que los objetivos disponibles enseguida disminuían. Quinto tenía que enviar sus cohortes cada vez más lejos. Áquila y Fabio marchaban y se replegaban, luchaban cuando se les ordenaba y se quejaban sin cesar como los verdaderos legionarios en que se habían convertido. Y Tulio podía al menos enorgullecerse por tener razón: casi sin esfuerzo, Áquila había asumido una posición de autoridad entre sus hombres y hablaba en nombre de ellos, lo que a menudo le evitaba a él tener que tomar decisiones, dándoles sabios consejos sobre la mejor manera de luchar sin bajas.

Y todo el tiempo Quinto recibía buena información sobre su principal oponente, el hombre cuyos esfuerzos y subversión mantenían la guerra en marcha.

Breno casi no podía contener su decepción: había llegado otro gobernador romano y rehusaba la oportunidad de atacar Numancia. Ahora se daba cuenta de que había hecho su fuerte de las colinas demasiado sólido; tenía una reputación tan temible que ningún romano quería arriesgarse a fracasar intentando tomarlo. Peor que eso, sus tácticas actuales estaban produciendo resultados y algunas de las tribus en las que había confiado, a fuerza de puro agotamiento, se pasaban al bando de los romanos para convertirse en aliadas, que podían vivir en paz, engordar con sus cosechas y ver a sus hijos llegar a la edad adulta.

No entendía a los romanos, y no había nadie con suficiente conocimiento, sumado a una fuerte personalidad, para decirle dónde se estaba equivocando. Para un hombre con poder absoluto, que tomaba decisiones por sí mismo sin consultar a nadie, la manera fragmentaria en que sus enemigos se ocupaban de los asuntos de estado resultaba desconcertante. No podía comprender que estaba lidiando con un monstruo con cabezas de hidra, con tentáculos que prosperaban mediante una guerra inacabada, y no veía beneficios en una victoria indiscutible. Para él la solución era evidente: se emplearía todo el poder de Roma para someterlo. No podía entender que la destreza para concentrar aquel poder no existía, que siempre había voces en el suelo del Senado que aconsejaban actuar con precaución. Muy raras veces era la seguridad del Imperio su motivación principal: los celos, la oportunidad de sacar provecho personal o incluso la perspectiva de una gloria futura animaban más corazones que el sentido común.

Terco por naturaleza, Breno se ceñía a su objetivo con poca alteración de su idea fundamental. Hostigaría a los romanos hasta que vieran, sin lugar a dudas, que tendrían que destruir Numancia y a él también; los atraería a una batalla en la que, con todas las tribus reunidas para combatirlos y alejados de sus bases, perderían; después usaría esa victoria para favorecer sus propios fines.

Una de las cosas que más corrompen del poder es que pocos se atreven a decir la verdad a quien posee tal supremacía. En vez de hacerlo, le halagan, así que cuando Breno exponía sus planes, una y otra vez, nadie estaba dispuesto a decirle que se estaba haciendo demasiado viejo, que la experiencia debería indicarle que se equivocaba y que su oponente, Quinto Cornelio, avanzaba lentamente, pero con seguridad, con su novedosa táctica de aislar una tribu tras otra y pacificar la zona fronteriza.

No trató el asunto pertinente convocando primero una asamblea tribal, sino que mandó llamar a Costeti, el líder de la belicosa aunque voluble tribu de los avericios. Aunque establecidos cerca de la tierra que controlaban los romanos, gracias a la naturaleza escabrosa del terreno y a sus robustos ponis, tenían la posibilidad de hacer incursiones sin demasiadas amenazas de castigo. Pero Costeti tenía otro problema: satisfacer a sus guerreros más jóvenes, que tenían ansias de entrar en combate, incitados por las alusiones de Breno tanto como a su espíritu marcial.

Breno sabía que tenía que detener la hemorragia de tribus que firmaban la paz y la mejor forma de conseguirlo era mostrarles algo: que para ellos era igual el peligro proveniente de una Roma que les solicitaba su amistad como el de la enemistad declarada de ese estado. El plan que había desarrollado contaba con la ventaja añadida de que, al mismo tiempo, infligiría una sonada derrota a una de las columnas de Quinto, que estaría desplegada a su puerta, demostrando así, una vez más, dónde estaba la resolución del conflicto.

Capítulo Nueve

El tribuno Ampronio Valerio había asumido el mando de un tercio de la columna móvil cuando el legatus titular cayó enfermo. Sus órdenes habían sido claras: actuar como una pantalla y hacer que las tribus creyeran que toda la columna estaba aún en el campo, mientras él volvía con la mayoría de la fuerza al campamento base, donde podría pedirle a Quinto que lo reemplazara. Pero Ampronio había desobedecido esa orden y forzó a sus tropas hasta el mismo límite de sus suministros. Una vez allí, levantaron un campamento temporal, aunque al ser sólo parte de una legión, no era una defensa que se pudiera manejar de forma apropiada. Tanta falta de juicio era ya bastante mala de por sí, pero había permanecido allí más tiempo del que dictaba la prudencia militar.

Si los romanos no podían derrotar a los jefes de las tribus por causa de su movilidad, la necesidad de evitar enfrentamientos ya previstos también limitaba a los defensores; era una mala táctica quedarse quieto, a menos que la unidad tuviese la fuerza suficiente para detener un ataque, y la sensación de peligro era palpable. Algo se estaba cociendo y los hombres podían olerlo; se sentían como si los estuviesen observando, sensación reforzada por la llegada de tres hombres a caballo, un caudillo supremo celta llamado Costeti y dos de sus guerreros veteranos. Procedentes de la tribu de los avericios, hablaban de paz, pero pocos se lo tomaban al pie de la letra; más de una tribu apoyaba la amistad justo antes de tender una emboscada. Ampronio disfrutaba su reciente adquisición de poder, el hecho de que ahora podía tomar él las decisiones, y conversó en privado con los tres hombres de la tribu de los avericios durante más de dos horas, mientras el resto de sus hombres permanecía fuera de la reunión, murmurando para sí mismos y preguntándose qué tenían que decir aquellos tres jinetes a su ambicioso tribuno. Fuera lo que fuese, era obvio que a él le complacía y estaba muy animado cuando ordenó a sus hombres que levantaran el campamento, y en apariencia fue muy capaz de ignorar las miradas de preocupación que ellos le lanzaron cuando mantuvo la dirección de la marcha hacia el oeste, alejándose de la base principal del ejército. Enseguida estuvieron bien lejos del punto que Quinto había establecido como límite, más allá del cual sus columnas móviles no podrían operar con ningún grado de seguridad y, en cuanto se dieron cuenta, las quejas pasaron a hacerse en voz alta cuando Áquila y Fabio se enzarzaron en una discusión en plan de burla sobre su localización exacta, hasta el punto de que se les ordenó a permanecer callados a la fuerza.

– ¿Tengo permiso para hablar, Tulio? -dijo Áquila.

El centurión, que llevaba ya un rato en lo alto de la colina mientras miraba fijamente el fértil valle, se volvió para mirar al joven. Ampronio Valerio, que estaba a su lado, frunció el ceño con desdén; no era adecuado que el veterano centurión hablase en su presencia con un simple legionario, en especial con ese recluta Terencio, que pensaba que la posesión de una lanza de plata le daba derecho a alguna forma de consideración especial. Ya había hablado antes, él y aquel otro depravado llamado Fabio. Tulio tendría que haberlo callado entonces, recordándole que hiciera lo que se le mandara, en vez de dejárselo a él. Ampronio pensaba que el centurión sénior era poco mejor, y se preguntaba si compartía las opiniones de los reclutas. Tulio había obedecido sus órdenes durante aquel día de marcha, pero con tal gesto de amargura que el tribuno supo que dudaba de su juicio.

– ¡Permiso denegado! -espetó Ampronio.

El centurión, que había hecho un gesto afirmativo, tuvo que mover la cabeza de un lado a otro y deprisa, mientras Áquila maldecía en voz baja, pues se había enterado de que las órdenes del tribuno eran que marcharan internándose por el valle. Había echado un vistazo cuando los oficiales estaban dándole la espalda y se había hecho una idea clara de lo que implicaban las órdenes, sólo había una ruta para entrar y salir, a través de un estrecho desfiladero, y puede que los hombres de las tribus locales les estuvieran esperando por allí, escondidos en las rocas que cubrían el suelo del paso, así como en las empinadas paredes de la garganta. Pese a que no tenía mucho de soldado, Tulio compartía sus reservas. Lo que el tribuno podía ver era visible para él, pero representaba una escena diferente y dentro de los límites de la buena disciplina, él había intentado persuadir a Ampronio de que haberse internado a aquella distancia en las montañas ya era bastante peligroso. Estaban rodeados de tribus, amistosas y hostiles, sin una forma real de distinguir cuál era cuál, y corrían cierto peligro de quedar aislados si confiaban en la tribu equivocada.

Los avericios habían informado a Ampronio de que la tribu que ocupaba este valle, los mordascios, que proclamaban su estatus de clientela con Roma, habían caído bajo el hechizo de Breno y estaban planeando volverse contra los conquistadores como parte de una gran alianza con otras tribus del interior. También le contaron que sería un rico botín, listo para que se hicieran con él, y que otros más leales esperaban tomar posesión de la tierra después de que los romanos dejaran el lugar desnudo. Así que, con esta información y lo que a ojos de Tulio parecía ignorancia del sentido común, el tribuno había internado a sus hombres en lo que consideraban un territorio salvaje.

– ¿Quizá primero una fuerza pequeña, señor, para probar al enemigo?

Ampronio rio y habló en voz alta; sabía que sus hombres no habían descansado y necesitaban estar seguros.

– ¿Qué enemigo? Ni siquiera montan a caballo. No son más que una panda de granjeros.

Fabio habló en voz baja.

– ¿Y de qué piensa ese pedorro que está formado el ejército romano?

Áquila movió su cabeza con enojo, diciéndole a Fabio que cerrara la boca y acallando los murmullos de los otros, que no sólo habían oído las órdenes sino que también compartían sus temores. La mayoría de los hombres que comandaba Ampronio obedecerían ciegamente, pues eran demasiado estúpidos o vagos como para cuestionar lo que estaban haciendo; aquellos un poco más despiertos, pocos como para matar al tribuno, lo que los convertiría en proscritos, no tenían más elección que seguirle. Ampronio, que sin duda creía poder animar a sus hombres, señaló con un brazo hacia el suelo del valle, fuera de la vista de la mayoría de ellos, que esperaban en fila al otro lado de la colina.

– ¡En un minuto! Lo veréis con vuestros propios ojos en un minuto. Esas gentes son rebeldes que proclaman ser amigos nuestros pero no desean nada más que apuñalarnos por la espalda.

– Y nosotros no querríamos arruinarles la diversión, ¿verdad? -dijo Fabio en voz alta, dándole la espalda a Ampronio de forma que este no tenía forma de ver quién estaba hablando.

El tribuno se enfureció y lanzó a Tulio una mirada de enojo, pero no pudo hacer nada que no le hiciera parecer más ridículo, así que siguió hablando.

– Mi información es correcta, podéis contar con eso, y estamos delante de un buen premio. Esos buscan metales preciosos en el río. Hay oro allí abajo, y plata, y hay ganado y mujeres que esperan a que los asen. Lo único que tenemos que hacer es ir a cogerlo.

El centurión sénior hizo un último intento.

– ¿Podría sugerir que enviáramos un mensajero al general para informarle de lo que intentamos?

– ¡No, no puedes! -replicó Ampronio fríamente.

Era muy consciente de que Quinto le prohibiría seguir adelante. Además, si el cónsul tenía la misma información y pensaba que en aquel lugar había algo que mereciera la pena, intentaría conseguirlo para sí. Ampronio tendría que compartirlo con él, por supuesto, pero al hacerlo así, dando él las órdenes, podría conseguir una buena cantidad de dinero y eso haría maravillas con su prestigio personal y el de su familia.

Dio las órdenes necesarias y la caballería, agrupados en número de cincuenta, avanzó en pares en primer lugar. Una vez que hubieran atravesado el paso, saldrían a toda prisa, cabalgando a galope, para sellar las otras salidas del valle. Ampronio no era del todo estúpido, así que después envió a los exploradores. Hizo que aquellos hombres de armas ligeras recorrieran las rocas que había a ambos lados del paso, y unos treparon por la cara más escarpada del desfiladero para comprobar que no les habían tendido una emboscada. El otro lado era menos empinado, y para Áquila representaba el mayor peligro; si unos hombres cargaran descendiendo desde aquella cuesta, podrían aplastar cualquier línea defensiva sólo con su impulso.

Con Ampronio y Tulio a la cabeza, la cohorte de Áquila salió a continuación, con los escudos alzados y las jabalinas preparadas. Al llegar a la parte más alta de la colina, todo el paisaje se abrió ante ellos y desde aquella altura, en la distancia, pudieron ver el final del valle. Pero fue la vista de lo más cercano lo que preocupó a los legionarios. Rocas grises, algunas de la altura de un hombre, bordeaban su ruta: la colina de la derecha se elevaba en un ángulo agudo hasta una línea de espesas aulagas; a la izquierda, un arroyuelo corría por el lado opuesto del desfiladero, lo que parecía actuar a manera de protección, pues quitaba gran parte de la luz de su ruta. Cuando entraron en la parte más estrecha de la garganta, el sonido de sus botas resonó de extraña forma en las paredes, y después, al final, el paisaje se abrió para revelar el humo que subía perezoso de los techos de diminutas cabañas, la gente que trabajaba en los campos y los rebaños de ganado que pastaban en paz. Una perfecta escena pastoril.

– Debían de saber que veníamos -dijo Fabio, que marchaba junto a Áquila y, como él, se sorprendió ante la tranquila escena-. A lo mejor son tan dóciles como espera Ampronio Valerio.

– Me huele mal -replicó Áquila, mientras sus ojos miraban hacia atrás en busca del muro de roca que se cernía sobre su cabeza.

El ánimo de la avanzadilla se había aligerado ante aquella vista, cambiando de la aprensión temerosa a algo cercano al placer. Incluso Fabio se había contagiado.

– Es sólo que no quieres admitir que te habías equivocado.

– Cuando veamos el campamento de Quinto Cornelio haré algo más que admitir que me había equivocado. Incluso me acercaré a Ampronio Valerio y me disculparé.

– Yo no me molestaría, sólo serviría para que te hiciera azotar por insolente.

– ¿Por decirle que me había equivocado?

– No. Por informarle de que tuviste la osadía de pensar, aunque sólo fuera por un segundo, que él no era un genio.

El río, que había sido un arroyo gorgoteante en lo alto de la colina, se convertía en un torrente que crecía según aumentaba la caída y el agua entraba a la fuerza en el estrecho desfiladero. Las gotas salpicaban y cubrían sus rostros, un alivio bienvenido en el calor asfixiante. Llegaron a la salida del desfiladero y se dispersaron por el valle. La caballería había cumplido sus órdenes, cabalgando más hacia delante, y de paso había alertado a la tribu de su presencia, por lo que una partida de hombres se acercaba a pie, llevando comida y vino como regalos. El hombre de en medio, que parecía ser el cabecilla, llevaba ricos adornos, como una gargantilla de plata y oro, además de varios torques de oro en sus brazos. Todos los demás llevaban algún tipo de decoración preciosa, lo que produjo gran alboroto y excitación entre las filas de los legionarios romanos.

Las otras unidades habían cumplido su parte y se desplegaron a la retaguardia de la cohorte de Áquila, y ahora Ampronio se puso al frente, con la espada aún en mano, mientras los hombres de la tribu se aproximaban. El cabecilla se detuvo y se dirigió al romano en su propia lengua. No era exactamente la misma que Gadoric le había enseñado a Áquila, pero este pudo reconocer algunas de las palabras. Otro de los hombres, uno que llevaba ropas sueltas, se había situado entre su cabecilla y Ampronio, y parecía estar interpretando tranquilamente el discurso, que parecía ser uno de bienvenida, en latín.

El cabecilla hablaba en voz alta para que los que estaban con él pudieran compartir sus peticiones y Áquila oyó la palabra «paz». También reconoció la expresión que empleó el cabecilla, que indicaba que él estaba bajo la protección del estado romano. El nombre del anterior gobernador, Servio Cepio, sonó claro, pues fue pronunciado en latín, pero Áquila perdió el resto. Depositaron las cestas de comida a los pies de Ampronio y los hombres que las llevaban se inclinaron ante él. Durante todo el tiempo él permaneció en pie, tieso y envarado, interviniendo con pocas preguntas, pronunciadas suavemente, y después, cuando el cabecilla terminó, dio la vuelta y regresó a donde estaba Tulio, cerca de la fila de legionarios.

– Esto va a ser incluso más fácil de lo que pensaba. Dicen ser aún amigos de Roma. No saben que estamos al corriente de sus planes.

– ¿Y lo estamos, señor? -preguntó Tulio-. sólo tenemos la palabra de los avericios y yo no confiaría en ellos mientras no podamos vencerlos. ¿No deberíamos dejarlos estar hasta que no estemos seguros?

– ¿Y dejar que se rebelen? ¿No has visto lo que llevan puesto? Ese jefecillo lleva encima oro suficiente como para comprar un equipo de carros. -El entusiasmo iba creciendo en su voz-. Y es metal local, incluso se han ofrecido a mostrarme cómo lo extraen del río.

– Pero, si son una tribu protegida…

Tulio no pudo acabar.

– ¿Por qué siempre cuestionas mis órdenes? Si quieres mantener tu rango actual, harás lo que yo te diga. Son celtíberos. Si son clientes de Roma, eso significa que han traicionado a los suyos. ¿Cuánto tiempo crees que pasará antes de que nos hagan lo mismo a nosotros? Si no es este año, será el que viene. -Ahora Tulio estaba firme, mirando por encima de la cabeza del tribuno-. Cuando dé la orden ¡acabad con ellos!

– ¿Con todos ellos?

– Menos con ese tipo que lleva las ropas sueltas, que ese habla latín. Puede ayudarnos a convencer al resto de la tribu de que se rinda.

Ampronio pudo ver que Tulio estaba preocupado. No le molestaba la matanza, llevaba demasiado tiempo en las legiones para eso; era la naturaleza de las futuras víctimas lo que causaba problemas al centurión. Si aquellos hombres eran aún clientes de Roma, tenían que estar a salvo de ataques.

Ampronio lo miraba fijamente y tomó una decisión repentina.

– Tú sugieres que enviemos un mensaje a Quinto Cornelio, centurión. He reconsiderado tu petición. Ahora considero que sería bueno hacerlo y, puesto que tú eres un famoso corredor, lo único apropiado es que lo lleves tú. Infórmale de que estoy a punto de aplastar una rebelión de los mordascios, y que regresaré al campamento principal con buen ganado y cierta cantidad de prisioneros. Puedes llevarte un manípulo.

El tribuno arrojó su arma apuntando justo hacia Áquila.

– Llévate a ese.

– ¿Qué pasa? -preguntó Fabio, alarmado por el gesto de la mirada del tribuno.

– Sea lo que sea, «sobrino», nosotros estamos fuera. Ese cabrón nos envía a otro sitio.

– Estaría mejor si fuera sólo -dijo Tulio, consciente de que ochenta hombres en marcha presentaban mejor blanco al enemigo que un sólo corredor.

Ampronio aún estaba mirando a Áquila y su voz sonó llena de sarcasmo.

– ¿Cómo puedes decir eso cuando tienes a un héroe reconocido en tus filas para protegerte?

No había nada que el centurión pudiera hacer. Cuando Tulio se dio la vuelta para ordenar que el manípulo de Áquila saliera de las filas, oyó que Ampronio llamaba al siguiente centurión sénior. Aquel hombre quería que él, con sus dudas, se quitara de en medio, así como Terencio, junto con los hombres que estaban con él, de los que Ampronio sospechaba que habían sido contagiados del pesimismo de Áquila. Dio sus propias órdenes, que hicieron que Áquila y sus hombres dieran un paso adelante, giraran a la derecha y marcharan dándoles la espalda a la manera oficial, por los espacios que quedaban entre las demás formaciones. Mientras volvían al estrecho desfiladero, pudieron oír a Ampronio dando órdenes a las tropas para que se acercaran en la misma posición que asumían antes de entrar en batalla.

– ¿Contra quién planean combatir? -preguntó Fabio, que aún estaba confundido por lo que había pasado.

Áquila no estaba escuchándole. Estaba concentrado en el suelo que tenían bajo los pies.

– ¡Silencio! -gritó Tulio enfurecido, y su voz levantó el eco de las paredes desnudas. No estaba contento, pues sospechaba que su carrera como centurión acababa de llegar a su final.

Los hombres que se escondían en las colinas los vieron marchar, y resistieron la tentación de atacarles. Quizá después de que destruyeran a los romanos en el valle, podrían salir a perseguir a aquella fuerza más pequeña, pero incluso aquellos a los que ya habían atrapado podían esperar. Dejarían que les hicieran lo peor a los mordascios, para que las otras tribus vieran cómo recompensaban los invasores a aquellos que se ponían de su parte contra los de su propio pueblo. Cuando el verdadero enemigo hubiese saqueado el valle y reunido todo su botín en un lugar, sería el momento de hacerles saber que estaban aislados.

– Huele a gato encerrado.

– ¿Te refieres a tus pies? -dijo Fabio y Áquila lo miró, esperando que su gesto le haría callar.

– Tengo mis órdenes -dijo Tulio con gesto sombrío-. Si Ampronio quiere meterse él solito en problemas, es asunto suyo.

– Podría encontrarse con algo un poco peor que problemas -Tulio se encogió de hombros, mientras mojaba su mendrugo en la calabaza llena de vino picado-. Venga, Tulio. Una de las tribus contra las que hemos tenido que luchar una y otra vez nos dice que los mordascios tienen planes de volverse contra Roma. ¿Y qué hace nuestro noble centurión? ¿Reírse en su cara? No, escucha los cuentos sobre la riqueza que han acumulado los mordascios, se relame y piensa en la fortuna que puede hacer.

Tulio estaba incómodo, allí tirado en medio de ninguna parte. Podía afirmar su autoridad, pero dudaba de que Áquila la reconociera, así como sabía que si preguntaba a sus hombres, estos se decantarían por su compañero legionario en vez de por él.

– ¿Cómo sabes que no están pensando en rebelarse?

Áquila decidió que una pequeña exageración no le haría daño.

– Hablo un poco su idioma.

Todas las dudas que Tulio y los que eran como él tenían sobre la talla y el color de Áquila se reflejaron en la mirada que le lanzó.

– ¿Qué?

– Los mordascios hablaban de paz, reafirmaban su fidelidad a Roma y ofrecían alimentarnos. No me suena a gente que se esté rebelando. ¿Qué te dijo Ampronio antes de ordenar que nos marcháramos?

Ahora la mayoría de los hombres se había reunido a su alrededor, ansiosos por escuchar lo que tenía que decir. Nunca habrían aceptado un no por respuesta.

– Dijo que iba a matarlos.

Áquila golpeó con el puño la roca en la que estaba sentado.

– Dije que aquello apestaba. ¿No notaste nada cuando salíamos de allí?

– ¿Como qué?

– Como un montón de huellas de cascos en el camino.

– ¿Y qué? -dijo Tulio con una sonrisa triunfante-. Nuestra caballería pasó por allí.

– Antes de que pasáramos nosotros, Tulio. Todo el destacamento marchó por ese camino. Cualquier huella dejada por nuestros hombres habría quedado indistinguible. Esos caballos pertenecían a otros, a alguien que siguió ese camino después de que lo usáramos nosotros -Áquila pudo ver el gesto en el rostro de Tulio. El conflicto que tenía en su mente se reflejaba en sus ojos-. Antes de que me digas que sólo estás siguiendo órdenes, déjame que te diga yo algo. Me importa un bledo Ampronio Valerio, pero hay muchos hombres buenos ahí abajo y creo que se han metido directamente en una trampa.

Capítulo Diez

Áquila estaba ahora al mando. por consenso general, era el hombre más adecuado para el mando, mientras que Tulio iba a hacer aquello para lo que era bueno, correr sin armas ni armadura, con un odre de agua sobre los hombros, para intentar contactar con Quinto y advertirle de lo que había sucedido. Áquila asumía que quienquiera que fuesen aquellos que pensaban enfrentarse a ellos, seguirían al manípulo para ver a dónde iban, así que marchó tras el centurión, en busca de un lugar adecuado para tender una emboscada. No resultaba difícil en aquella región montañosa, ni siquiera para ochenta hombres: de hecho, cuanto más pensaba en ello, más maldecía a Ampronio. Una mirada adecuada habría dejado claro a cualquiera que tuviera ojos para verlo, ojos que no estuvieran turbios por la avaricia, que una fuerza de su tamaño sólo podría pasar por allí si alguien quería que lo hiciese. También se maldijo a sí mismo; tendría que haberlo visto antes, incluso aunque su tribuno no hubiera sido capaz de hacer él mismo tal observación.

Los hombres habían recibido sus órdenes y cuando silbó, veinte legionarios del frente salieron del camino y se escondieron tras los peñascos. Al detener de golpe su retaguardia, estaba en una buena posición para ver si eran visibles y dio la extraña orden de que bajaran una lanza o dejaran caer un escudo mientras él pasaba, pidiendo a los hombres que se mantuvieran en silencio y quietos antes de que él mismo se escabullera detrás de una peña. Ocupado como estaba vigilando el camino, no llegó a ver a Fabio, que, detrás de él, hizo lo mismo. Las tropas restantes continuaron la marcha bajo las órdenes de seguir mil pasos adelante, parar después y, una vez que oyesen el sonido de la lucha, volver atrás a toda prisa.

El sonido apagado de los cascos fue haciéndose más fuerte y Áquila se concentró profundamente, con la oreja pegada al suelo, intentando usar las habilidades que había aprendido de Gadoric tanto en casa como en Sicilia, destrezas que había dejado aparte desde que se había alistado en las legiones. Cuatro hombres a caballo, sin apresurarse, pero sin cuidado, acompasaban su paso al de los hombres que marchaban delante. Con suerte conseguiría capturar a uno de ellos con vida, y con uno sólo sería suficiente. Entonces sería capaz de averiguar lo que les esperaba delante y con cuántos hombres tendrían que luchar. Se levantó justo cuando el primer jinete lo adelantaba, alanceando al segundo con una jabalina bien apuntada, y su grito alertó a sus compañeros, que se encargarían del otro par fácilmente.

Áquila se volvió mientras doblaba sus rodillas para saltar sobre el primer jinete. El hombre se había girado en su silla, tratando de escapar del peligro, pero la jabalina le alcanzó en el costado, añadiendo ímpetu a su movimiento, descabalgando así al jinete de su montura. Fabio estaba sobre él antes de que Áquila pudiese abrir la boca, y su grito no habría tenido efecto, dado el ruido que había. Su «sobrino» estaba encima del pecho de su víctima y empujaba con ambas manos su espada, que perforaba la coraza y machacaba las costillas del otro al entrar en su cuerpo. Los pies pateaban salvajemente y sus brazos se movían inútiles, pues el hombre era como un insecto clavado a un muro. Con todo su peso aún sobre su espada, Fabio se giró y sonrió a Áquila, expresión que cambió a perplejidad cuando se dio cuenta de que su «tío» estaba enojado.

No había tiempo para discutir; tenían cuatro caballos, animales a los que se les podía dar uso. Podía enviar a sus hombres tras Tulio con más información, pero primero tenía que echar un vistazo él mismo para averiguar qué era aquello a lo que se enfrentaban.

Era fácil confundir a Áquila con un guerrero local, pues se había quitado su uniforme y llevaba puesto un casco enemigo, aunque tenía que encogerse para disimular su estatura. Toda la partida emprendió el camino de vuelta y Áquila tomó la delantera sobre su caballo, así que fue el primero en ver el humo en el cielo azul y el primero en oler el fuego. Su nariz captó también caballos, muchos, el rico olor de los excrementos frescos olía fuerte en la débil brisa. Habían cerrado la entrada al valle en cuanto lo vieron marchar, tomando posiciones en las colinas que daban al camino para así poder sorprender a Ampronio cuando se marchara.

Sus caballos estaban ahora atados en fila junto al río, bajo una pequeña guardia. Los romanos tendrían que pasar por allí, pues todas las otras salidas del valle les alejaban de la seguridad de su campamento base y lo harían entusiasmados por los esclavos y el botín, si es que el olor a quemado significaba algo.

Mientras Áquila sopesaba sus alternativas, tres cosas le parecieron evidentes: la primera, que incluso muy superados en número, los romanos luchaban mejor en campo abierto de lo que podrían hacerlo en el estrecho desfiladero. En segundo lugar, que atravesarían el desfiladero a menos que estuvieran advertidos del peligro. Pero fue el tercer factor lo que determinó el desarrollo de la acción. Ampronio tenía una fuerza compuesta principalmente de infantería; los avericios solían luchar a caballo, así que se puso a cubierto y corrió de vuelta para reunirse con los otros.

– ¿Quién sabe montar?

Varios hombres levantaron sus manos, aunque la posibilidad de que fueran jinetes diestros era remota. Los granjeros romanos nunca criaban caballos para otra cosa que no fuera el trabajo pesado, así que raras veces eran competentes en la monta, pero si podían mantenerse sobre la silla, se moverían más rápido que un hombre a pie, y por la misma razón, dos tendrían una oportunidad mejor que uno sólo. Envió a la primera pareja con un mensaje hablado que describía a grandes rasgos la situación y lo que Áquila intentaba hacer; entonces hizo que diez hombres dejaran sus armas y parte de su armadura, y que llevaran lo justo para ser identificados como romanos. Después les ordenó que se revolcaran en el polvo, Fabio incluido, pues se lo suplicó y Áquila accedió porque su sobrino era bueno en cualquier cosa que oliese a subterfugio. Los soldados fueron atados juntos por el cuello, lo que en apariencia les impedía el movimiento, cubiertos con aún más polvo y se les dio la orden de que actuaran como prisioneros que habían sido apaleados con dureza.

Los guerreros que guardaban los caballos ya estaban puestos en pie cuando la partida estuvo a la vista porque Áquila, que iba gritando maldiciones celtas con la esperanza de que apenas pudieran oírlas, los había alertado. A sabiendas de que estarían preguntándose de dónde provenían los prisioneros, golpeó la tambaleante fila con un pedazo de madera, haciendo que trastabillaran y cayeran, lo que sirvió para aumentar su aspecto abatido y, esperaba, para distraer a los guerreros. Fabio, en un acto de sobreactuación que enfureció a Áquila, cayó de rodillas con las manos juntas en el pecho y suplicó piedad en voz alta.

– Levántate, maldita sea. ¿Quieres estropearlo todo?

Fabio se puso en pie y entonces empezó a golpearse el pecho y a lamentarse. Lo que para los hombres que guardaban los caballos era incomprensible, estaba bastante claro para Áquila, pues Fabio le decía dónde clavar su lanza de plata. Cuando llegaron junto a los caballos atados, los guardias se alinearon para burlarse de aquellos cerdos romanos, pero aquello cambió de pronto cuando aquellos puercos saltaron hacia ellos y acabó del todo cuando los cuchillos escondidos encontraron sus objetivos.

– ¡Los cuerpos! -espetó Áquila. Los arrastraron y los arrojaron a los arbustos que bordeaban el río-. Fabio, que algunos hombres se vistan como los locales, y después que los otros se oculten.

Salieron los dos mensajeros siguientes, estos para informar a Quinto de que los romanos tenían el control de la entrada al paso. Durante la siguiente hora, el resto de sus hombres fueron llevados a las filas de caballos en grupos pequeños. Puso a algunos a preparar antorchas, mientras que los que estaban disfrazados reunían haces de leña de arbustos secos. Áquila, sin casco ni escudo, había subido a las colinas que quedaban a la izquierda del camino y empleó todas sus destrezas de cazador que tenía a mano para acercarse a los sitiadores sin que lo vieran. No fue tan difícil como había temido; estaban sentados en grupos hablando en voz alta, seguros de que sus vigilantes les darían la alarma con tiempo si Ampronio terminaba su saqueo y disponía a sus hombres en formación para marchar.

Mientras escuchaba, se esforzó mucho por comprender el dialecto que estaban hablando. Entendió claramente algunas palabras, pero no pudo captar el sentido de su conversación. No es que lo necesitara, pues en el momento en que dejaran de hablar y se pusieran en posición, sabría que era el momento de marcharse. Áquila estaba en una posición descubierta y peligrosa, pero era más feliz de lo que había sido en mucho tiempo, libre para tomar sus propias decisiones, lejos de la interferencia de superiores y justo en este momento disfrutaba de la soledad -algo que no se permitía muy a menudo a un soldado de las legiones.

La orden -dada en voz baja, pero con urgencia- acabó con las conversaciones a su alrededor. Oyó el golpeteo de metal contra las rocas cuando los guerreros se pusieron en marcha y los ruidos cesaron. Áquila se arrastró alrededor de la roca detrás de la que había estado escondido, en busca de un punto que le permitiera tener una vista del valle. Fue su águila lo que lo salvó, pues el hombre que le puso su espada corta en la garganta dudó el tiempo justo, al no estar seguro de su identidad. La pregunta, hecha en el gutural dialecto local, era fácil de entender y él contestó con un nombre local, gracias al que se ganó otro segundo, mientras el avericio agarraba el águila y tiraba con la fuerza justa para arrancársela. Al estar en medio, la espada que estaba junto al cuello de Áquila se apartó lo suficiente para que él se moviera y su rodilla hizo contacto al mismo tiempo que su mano agarraba la muñeca del guerrero. Este abrió la boca dispuesto a gritar, pero Áquila puso una mano sobre su casco y tiró de él hacia arriba, usando su correa para empujar la cabeza del guerrero hacia atrás. Colocó su otra mano sobre la boca del celta, empujando sus dientes hacia abajo hasta que oyó romperse su mandíbula. Su oponente cayó de rodillas, ahora con el brazo de Áquila rodeando su tráquea, impidiendo la entrada de aire. Tirando del casco con la otra mano, tan despacio y en silencio como le era posible, Áquila lo estranguló.

Todo estaba despejado hasta el siguiente nivel y de una mirada supo todo lo que quería saber. Pudo ver a los romanos, unas diminutas figuras a lo lejos, pero visibles por su formación regular. El grupo de futuros esclavos, en medio de los dos destacamentos, formaba una masa desordenada, pero se movía al mismo ritmo que sus captores, en dirección a la salida del valle y la carretera de vuelta al campamento base. Toda la fértil meseta estaba salpicada de cadáveres de ganado; Ampronio mató todo lo que no se podía llevar. Las cabañas habían ardido fácilmente, pero de las ascuas aún ascendían tenues volutas de humo.

Los observó durante un par de minutos, evaluando el ritmo de su paso, y confirmó que la masa de las fuerzas atacantes estaba al otro lado de la garganta, lista para descender a toda prisa, antes de darse la vuelta y regresar a donde estaban esperándole sus hombres. Después de ordenar a los que estaban disfrazados que volvieran a ponerse los uniformes, él mismo se cambió, mientras intentaba acompasar el ritmo de los que marchaban con la imagen mental del paisaje que tenía en su mente.

– ¿Recibirá Ampronio el mensaje? -preguntó Fabio.

– Lo recibirá, pero lo que importa es lo que haga él después.

– ¿Y si no hace nada?

Áquila asintió.

– Tiene comida, agua y un lugar perfecto para presentar batalla, incluso aunque lo superen en número.

– Creo que deberíamos alejarnos.

– No te preocupes, Fabio. La mayoría de ellos están al otro lado del paso. Sólo hay unos pocos a este lado porque es demasiado empinado como para caer entre nuestros hombres cuando la trampa se cierre. Estaremos más seguros aquí arriba, y si ocurre lo peor, siempre podemos encontrar la manera de unirnos a Ampronio.

Encendieron las antorchas y después los haces de leña, que colocaron cerca de los caballos utilizando sus lanzas. Otros arrastraron más haces para bloquear el camino, para que los animales, si querían escapar de las llamas y el humo, sólo tuvieran un camino por el que huir. Tiraron de sus cuerdas y levantaron sus cascos acompañando el ruido de su temor hasta que Áquila gritó la orden y se cortaron las cuerdas. Quienes las cortaron tuvieron que moverse con tino, pues los animales, una vez liberados, salieron en masa alejándose de las llamas y de los gritos de los legionarios, directos a la elevación que llevaba a la ruta que atravesaba el valle.

Áquila tuvo que gritar sus órdenes para que lo oyeran por encima del ruido del estruendo de cascos, mientras sus legionarios corrían hacia las peñas a la izquierda del camino, de donde salía el camino hacia lo alto del escarpado barranco, que de inmediato empezaron a escalar. No había manera de que pudiera dirigirlos en aquellas rocas; cada hombre tenía que valerse por sí mismo y, si había juzgado correctamente el número de guerreros de aquel lado del desfiladero y si sus hombres luchaban bien, se harían con la parte alta del terreno. Si no, y si Ampronio Valerio no hacía nada, en su momento morirían a manos de una fuerza más numerosa.

Los caballos corrieron entre el estrechamiento de rocas como una sólida masa de carne que nada pudiese resistir, de forma que aquellos que habían tomado sus posiciones en el suelo de la garganta y no pudieron apartarse fueron arrollados o pisoteados. Una enorme polvareda se levantó detrás de los caballos llenando de polvo todo el desfiladero, y los avericios, que ya sabían que la sorpresa se había perdido, se pusieron en pie gritando, como si al llamar a sus caballos pudieran hacer que se detuviesen.

Ampronio, que marchaba a la cabeza de sus hombres, había oído el ruido de la estampida, que llegaba aumentado por la estrechez de las altas rocas. Soldados y esclavos se detuvieron sin necesidad de órdenes ni de llamadas a la disciplina romana cuando aparecieron los primeros animales en la boca de la salida. Las órdenes fueron automáticas, al tiempo que los legionarios formaban filas, con sus escudos levantados, dejando avenidas entre las unidades para que los caballos cargaran por ellas. Aquellos que habían sido capturados por los soldados, aturdidos por lo que les había pasado aquel día, se quedaron quietos. Algunos murieron bajo los cascos de los animales, pero con el creciente espacio que les proporcionaba el valle empezó el impulso de dispersar la estampida. Los caballos, ya bien lejos de las llamas, estaban empezando a correr en círculos. Ampronio, que ahora podía ver a los guerreros de las rocas que había sobre él, se volvió hacia el centurión que había reemplazado a Tulio y le dio una sola orden.

– Matad a los prisioneros restantes.

El sonido de hombres, mujeres y niños agonizando llegó a Áquila cuando este luchaba por subir la colina, pero sólo era el ruido de fondo para hombres que gritaban, choques de espadas y el estruendo de las armas que golpeaban sobre escudos de madera endurecida, todo lo cual rebotaba en forma de eco en las rocas que rodeaban cada enfrentamiento individual. Fabio estaba a su lado, avanzando trabajosamente, maldiciendo a los dioses, a Roma y a su «puñetero tío». En el valle, los ensangrentados romanos permanecían entre sus últimas víctimas, rematando a lanzadas a aquellos que aún daban alguna muestra de vida. Ampronio les ordenaba que se colocaran detrás de la masa de cadáveres y formaran cuando Áquila alcanzó la cima de su lado del barranco. Ahora que podía observar el valle, vio a Ampronio Valerio en posición defensiva tras un terraplén de cuerpos muertos, dispuesto a esperar en campo abierto para ver si lo atacaban.

Había juzgado bien; sus hombres superaban en número a los que estaban en su lado del desfiladero, que se habían apostado allí para arrojar rocas sobre los romanos. Y no sólo los superaban en número, pues eran los menos tenaces de los luchadores, guerreros mayores que se habían situado en una posición en la que podían ser de alguna ayuda. No esperaban combatir cuerpo a cuerpo con legionarios romanos endurecidos por las batallas, así que algunos intentaron rendirse, pero murieron igual que aquellos de sus camaradas que lucharon; en la colina no había espacio para hacer prisioneros.

De los setenta hombres con los que había empezado, llegaron a la cima unos sesenta. Áquila los puso en formación con los escudos juntos para presentar un aspecto lo más imponente posible, pero no fue esta demostración de fuerza lo que convenció al comandante enemigo para rendirse, fue la simple lógica. Las mismas mentes retorcidas que habían metido a Ampronio en aquella trampa le libraron de esta. Habían perdido el elemento sorpresa, sus caballos y la iniciativa. Los hombres de Áquila encontrarían una forma de unirse a los romanos del valle si eran atacados y la fuerza combinada de infantería se enfrentaría a ellos de cara en un punto en que su superioridad numérica sería inútil, especialmente a pie.

No era necesario ser un genio para adivinar que, era muy probable, enseguida habría refuerzos en camino, así que toda la tribu tendría que salir del área de acción de los romanos para evitar el castigo y que, si querían salvar algo, lo mejor era hacerlo a toda prisa. La noche se acercaba, así que Áquila formó a sus hombres en un círculo apretado, les dijo que racionaran su alimento y su agua, y después organizó las guardias. En realidad no durmió nadie, conscientes de que si los celtíberos iban a intentar algo para inclinar la balanza de su parte, sería aquí. Podían ver a sus camaradas acampados en el valle, casi olían la carne que se asaba en los espetones sobre los vacilantes fuegos y sabían que Ampronio, al no intentar ascender a las elevaciones de enfrente, les había dejado en la estacada, dispuesto a dejar que murieran antes que arriesgarse a asumir bajas entre sus propios soldados.

Los hombres de Ampronio se encontraban en un estado de máxima alerta y los fuegos ardieron toda la noche, hasta que por fin el negro cielo estrellado se tiñó de gris y la luz de los fuegos se desvaneció cuando el sol empezó a salir. La partida de Áquila, que había pasado toda la noche acurrucada en las rocas, sin apenas osar moverse, pudo por fin ponerse en pie y estirar las piernas. Todos miraron por encima del barranco hacia las rocas del otro lado para encontrarse con que estaban vacías; en silencio y a oscuras, el enemigo se había marchado, dejándoles con la victoria. Habrían lanzado vítores si no hubieran estado tan cansados.

Ampronio retrasó su marcha por el barranco hasta que el mensajero de Áquila le informó de que era seguro hacerlo. Detrás no dejaron más que devastación y un cielo lleno de buitres, que esperaban que aquellos intrusos desaparecieran para así poder atiborrarse con el montón de cadáveres. Áquila había hecho que sus hombres formaran a la manera de los desfiles, de espaldas a sus camaradas, que se aproximaban, hasta que Áquila dio la orden cuando estos estuvieron a su altura. Su manípulo rompió filas para que Ampronio Valerio pudiera marchar a través a la cabeza de sus tropas.

El tribuno buscó en vano a Tulio y cuando no pudo encontrarlo, no tardó mucho en darse cuenta de quién lo había salvado. La mirada de odio que dedicó a Áquila Terencio fue totalmente correspondida.

Quinto Cornelio miró la pila de adornos de oro y plata que yacía amontonada en el suelo de su tienda. Torques, gargantillas, petos y cascos finamente decorados. El resto de su personal permanecía alrededor en silencio, esperando la decisión de su general. Ampronio estaba firme delante de él, mientras que fuera esperaban Áquila y otros, igualmente en silencio. Como mínimo, el tribuno sería enviado de vuelta a Roma con deshonra: puede que su destino fuese la muerte, que era lo que merecía, pues había masacrado a los mordascios por nada más que por lucro personal.

Pero su general reflexionaba acerca de otras cosas. Estaba pensando en su padre; él era demasiado joven cuando Aulo había celebrado su triunfo, pero la escena de aquel acontecimiento permanecía tan viva en su mente como si hubiese ocurrido ayer. Nada significaba más que eso, el día en que toda Roma doblaba la rodilla, la cima más alta del éxito militar a la que un soldado podía llegar. Los valiosos objetos que había ante él no eran nada, en cantidad, comparados con aquellos que su padre tomó a los macedonios, pero brillaban de la misma manera y en su imaginación los veía en una alta pila, junto con las armas capturadas, en los carros de guerra ceremoniales.

Toda su vida Quinto había sentido que vivía a la sombra de otros hombres; primero su padre, después Lucio Falerio, como político más poderoso. Cuando regresara a Roma, como debería hacer, para asumir el liderazgo que Lucio le había legado, se haría con una herencia poco segura. Quería un triunfo propio, pues así podría emular a su padre y mejorar su posición. Nada más que eso desinflaría a aquellos que se oponían a su liderazgo; nadie se atrevería a cuestionar su supremacía en el Senado si él acabara de recorrer con su carro la Vía Triumphalis, especialmente con un triunfo conseguido en un terreno que había sido testigo de tantos fracasos.

Levantó la vista hacia Ampronio.

– ¿A cuántos mataste?

– A unos dos mil, mi general.

– ¿Y sólo porque los avericios te contaron que pretendían traicionarnos?

El tribuno parecía querer desaparecer o que se lo tragara la tierra apisonada del suelo de la tienda. Su rostro de huesos delicados estaba pálido y su labio superior estaba perlado de sudor. En su momento todo le había parecido tan sencillo y directo. Ahora que se había llegado a esto, la cuestión era que su vida estaba en peligro. Luchó por controlar el miedo en su voz y habló en voz alta.

– Estaba convencido de estar cumpliendo con mi deber.

Quinto lanzó una significativa mirada a la pila de objetos de oro. Sus ojos se deslizaron por el mar de rostros que tenía delante y todos los ojos que lo miraban fijamente se apartaron rápidamente de él. Podía castigar a Ampronio, pero, ¿qué conseguiría con eso? Nada, excepto que el padre del joven, que en el presente era su protegido, se convertiría en enemigo suyo de por vida. Pero tampoco podía pasarlo por alto; tenía que agradecérselo o castigarle. El sonido del desfile cabalgando por la Vía Triumphalis bien pudo sugerirle una respuesta. Tras pedir a todos que permanecieran allí, salió a hablar con los hombres que había enviado a reconocer el campamento avericio. Nadie pudo oír su conversación con el decurión al mando, pero el gesto de su rostro al regresar a su tienda convenció a quienes estaban observando de que Ampronio estaba a punto de ser condenado.

– ¡Traedme el mapa! -dijo bruscamente.

Los oficiales veteranos se apresuraron en obedecer; despejaron la mesa y extendieron el mapa para que el general lo examinara. Quinto dio unos pasos con la mirada baja, intentando tomar una decisión. Pocos alabarían que respaldara a Ampronio, pero poco importaba la buena opinión de aquellos hombres, puesto que todos le debían a él sus nombramientos. Era la impresión que causaría en Roma lo que importaba. Finalmente dejó de pasearse, desechó la idea de que sus enemigos se reirían y pronunció sus órdenes.

– Debemos destruir a los avericios y ellos no esperarán a que vayamos. He recibido información de que toda la tribu está en movimiento. -Hincó su dedo en el mapa-. Todas las unidades de la legión se reunirán aquí, en la cabeza del valle central. Quiero que la caballería salga en una hora. Necesito saber dónde están ahora los avericios, si es que se han detenido, y si no, hacia dónde se dirigen.

Las trompetas y cuernos que llamaron a las armas sorprendieron a Áquila; dejaron el campamento y estaban en marcha antes de mediodía. La caballería había salido unas horas antes, pero no antes sin contar a todo el que preguntó lo que iban a buscar.

– Se va a salir con la suya -dijo Fabio.

– Podría ser peor que eso -replicó Áquila.

– ¿Cómo?

Pero Áquila no se dejó llevar.

– ¡Espera y verás!

A Marcelo le preocupó el tiempo que tardaron sus hombres en estar listos, aunque muy en el fondo sabía que lo estaban haciendo bien. Sólo hacía una hora que la orden había llegado; tenía que unirse al general con todos los hombres de que dispusiera, pues Quinto quería estar seguro de que sin lugar a dudas superaría en número a su enemigo. El joven Falerio había trabajado duro para conseguir llevar a aquellos soldados hastiados y cínicos al punto en que podían considerarse aptos para la acción. Nunca antes había trabajado tanto ni dormido tan poco. No hubo discursos para animarlos sobre el poder y la majestad de la República, ni sobre la nobleza de servir en las legiones; lo había conseguido a base de puro ejemplo personal, simplemente presentando un reto. Marcelo no ordenaría a aquellos hombres que hicieran lo que no haría él, así que, lejos de llevar la vida regalada que se le ofrecía en lo que en realidad era una guarnición, había cavado zanjas, levantado terraplenes, marchado con y sin equipo; luchado con lanza, escudo, espada, puños y a pura fuerza bruta, gritando, animando y engatusando, hasta que el primer atisbo de entusiasmo regresó a la contrariada legión.

En cuanto ocurrió aquello, envió un despacho a Quinto en el que afirmaba que sus hombres sólo necesitaban combatir para volver a convertirse en una unidad de lucha preparada. ¿Acaso el cónsul estaba demasiado ocupado como para aceptar la invitación? Podía ser así si se tenía en cuenta que no se había acercado a verlo con sus propios ojos ni había ordenado que aquellos hombres se uniesen a él, como reemplazo de sus propias legiones, que ahora debían de estar hartas de tanta campaña. Las cosas empezaban a deteriorarse y Marcelo sentía que sus legionarios, con su entusiasmo, se le escurrían entre los dedos como arena fina. Con la esperanza de que un repentino cambio de opinión de Quinto llegara a tiempo, pasó por alto el insulto que implicaba ser ignorado y marchó, deseoso de entrar en su primera auténtica batalla.

Capítulo Once

Si la tribu íbera de los avericios llegó a tener alguna oportunidad, esta se esfumó al recibir Quinto los despachos de Roma; llegaron justo cuando estaba dejando el campamento. Bastante malo era enterarse de que, al final, los equites habían conseguido la igualdad en los jurados; Quinto ya sospechaba que, con la muerte de Lucio, el Senado tendría que rendir ese privilegio en algún momento. Pero fue el hecho de que su hermano lo hubiera apoyado lo que inflamó su rabia. Podría protestar hasta el día de su muerte, pero nadie creería que Tito había actuado sin su consentimiento. Ahora no era cuestión de conseguir un triunfo para elevar su prestigio, sino que se había convertido en algo esencial conseguir uno sólo para salvarlo.

Marcelo se unió a él cuando aún se estaba tirando de los pelos, así que no se ganó ningún aplauso por el aspecto apropiado y el porte militar de sus hombres, ni tampoco se alegraron las legiones del cónsul al ver que se sumaban a sus fuerzas, puesto que eso sólo incrementaría el número de soldados a la hora de repartir las ganancias de sus saqueos. Quinto ya estaba algo calmado cuando por fin se permitió a Marcelo presentarse ante él.

La recepción fue gélida, pues sólo ver al joven tribuno fue suficiente para traer hirviendo a la superficie todo el resentimiento del general, de forma que apenas pudo conseguir ser correcto. Cuando Quinto le había mandado llamar, tenía toda la intención de que Marcelo Falerio desempeñara un papel destacado en la batalla que se avecinaba; sólo un general ganaba verdaderamente prestigio de algo así, pero podía permitirse que se contagiara un poco a los demás, aunque cualquier cosa que consiguieran siempre quedaría ensombrecida por el papel del comandante. No sería así para Marcelo: de repente le informaron de que tenía que tomar posición detrás de sus hombres y formar un escudo defensivo tras la fuerza principal.

Sorprendieron a toda la tribu en campo abierto, una larga hilera de carros, hombres, mujeres y niños a pie que intentaban huir de la ira de los romanos. Costeti, su caudillo, que había enviado un mensaje a Breno pidiéndole ayuda, mantenía su vista fija en el horizonte del oeste. Si los duncanes y algunas de sus tribus protegidas acudían en su ayuda, su fuerza combinada frenaría la persecución. No serían capaces de derrotar a los romanos en una batalla campal, pero al menos los avericios escaparían.

La única nube de polvo se levantaba al este, mientras las legiones, moviéndose por una vez más deprisa que sus enemigos, rebasaban a su presa. En el oeste no había nada más que un cielo despejado. Enviaron emisarios a Quinto ofreciendo someterse a su yugo, incluso a comerse la hierba del campo si firmaban la paz, pero fueron rechazados. Lo mismo ocurrió con la oferta de los líderes tribales de entregarse si se perdonaba la vida a los demás: Quinto quería batalla.

Sin más opción que luchar, sacrificaron su ganado y quemaron sus carros para que así no cayeran en manos enemigas; después formaron en silencio, mientras esperaban a que llegaran los romanos, intentando ignorar las acciones de las avanzadillas. Áquila, en primera línea, empezó a avanzar con el sonido de los cuernos, maldiciendo en voz baja por verse obligado a hacer aquello. Sus oponentes, enardecidos y aguijoneados al fin para entrar en acción por las avanzadillas, acallaron su conciencia al cargar contra las filas romanas, simplemente porque, puesto que la otra opción era morir, había menos deshonra en matar ahora. Aquello enseguida dejó de ser un campo de batalla, una vista amplia de filas de guerreros enfrentados; la lucha se fue reduciendo a un tira y afloja entre el enemigo que estaba en frente y los dos hombres que había a cada lado.

Los cuernos volvieron a sonar y la infantería más pesada, los principes, con el viejo Labenio a la cabeza, atravesaron la primera línea y reanudaron el combate. Los avericios, más acostumbrados a luchar a caballo que a pie, no pudieron resistir el peso del ataque romano. Su frente se rompió, pero no había a dónde ir, pues Quinto había enviado su caballería a rodear los flancos para cortarles el paso. Murieron sin rendir sus posiciones, en un círculo decreciente de guerreros a ninguno de los cuales se dio cuartel. Áquila no vio a Labenio, que, tan bravo como siempre, murió de un lanzazo que le alcanzó justo cuando ordenaba a sus hombres que emprendieran la carga final. Marcelo, bien en retaguardia, vigilaba mientras los demás se encargaban de la lucha, y ya estaba seguro de que no iban a requerir a sus hombres. La prueba de lo lejos que había llegado al volver a ponerlos en forma para que fueran una unidad de combate preparada estaba en que él no era el único decepcionado.

Contaron los muertos en el propio campo al final, y el resultado hizo de Quinto un hombre feliz, pues superaban con mucho los cinco mil, la suma requerida para que un general reclamara su triunfo. Sus propias bajas fueron mínimas y los despojos, una vez que se reunieron las posesiones de los avericios y se añadieron a los que Ampronio había cogido de los mordascios, agradarían al tesoro público, mientras que la pila de armas sería bastante alta como para llenar de alegría a la multitud cuando ellos desfilaran por las calles de Roma. Las mujeres y los niños supondrían menores ganancias como esclavos que los hombres, pero dada su cantidad, ayudarían a hacer de Quinto un hombre más rico de lo que era ahora. La tierra de los avericios sería suya, y la minería y extracción de plata, ahora que los mordascios habían sido aniquilados, también recaería en el cónsul, una fuente de ingresos a largo plazo para las arcas de los Cornelios.

– Bien, Ampronio Valerio, ¿tienes alguna sugerencia sobre el paso que daremos a continuación?

El tribuno, que estaba sólo en la tienda con su comandante, no dijo nada, pues la manera en que lo miraba Quinto no presagiaba nada bueno. Desde que el general había dado la orden de atacar a los avericios, él se había considerado absuelto de toda culpa por la masacre de los mordascios; ahora supuso que había sido demasiado optimista.

– Estás aquí tú sólo por una razón. No quiero que otros oigan lo que estoy a punto de decirte.

– Lo entiendo, Quinto Cornelio.

A Quinto se le agrió el gesto.

– Dudo que lo entiendas, Ampronio. Estuviste a punto de perder a doscientos cincuenta hombres y, al mismo tiempo, destruiste a una de las pocas tribus de la provincia cuya lealtad estaba fuera de toda duda.

– Mi general, yo…

– Silencio -Quinto interrumpió sin levantar la voz, pero el efecto fue el mismo-. Mereces que se te despoje de tu rango y se te azote, ese tipo de humillación pública que haría que tu familia cubriera su cabeza de vergüenza.

Quinto esperó a ver si el joven decía algo. Le agradó que el tribuno permaneciera en silencio y firme.

– Sin embargo, hay otras cosas que tener en cuenta. Quiero que sepas que, puesto que me has obligado, he actuado por el bien de Roma. Provienes de una familia patricia de buena posición, una familia de cuyo apoyo siempre he disfrutado.

Ampronio no era del todo tonto, sabía que ahora ese apoyo tenía que ser incondicional, o Quinto levantaría una acusación contra él en el Senado. Los cargos serían difíciles de refutar y sería imposible sobrevivir con los recién formados tribunales llenos de caballeros, ansiosos por arrancarle la cabellera a un patricio. En esto no había límite de tiempo; Quinto podía esgrimir esa posibilidad contra él durante años, y eso también afectaría a su padre mientras viviera. El cónsul levantó un sólo dedo, haciendo con él un gesto para remarcar cada argumento.

– Por principio, en el caso de los bárbaros, Roma debe ser vista como poderosa, antes de que nos vean como justos. Ahora, ¿qué propones que deberíamos hacer con ese Áquila Terencio?

La pregunta desconcertó a Ampronio, que, cuando había pensado en todo aquello, normalmente había imaginado una cuchillada rápida por la espalda. No habían intercambiado una palabra desde el asunto del desfiladero, pero la mirada de aquel hombre había sido suficiente para engendrar auténtico odio en la mente de Ampronio.

– Podríamos, por hacer una concesión, premiarle con una corona de asedio -dijo Quinto.

– ¿Qué? -Ampronio soltó la palabra sin pensarlo.

– Desde luego merece una corona cívica -continuó Quinto con suavidad, como si Ampronio no hubiera hablado-. Ya habría tenido una de esas antes si hubiese mantenido la boca cerrada.

El tribuno habló apresuradamente, enfadado porque el cónsul estuviera pensando en condecorar a aquel hombre.

– Él no asedió nada, mi general, y lo que consiguió lo hizo con mis hombres, nominalmente bajo el mando de un centurión. Se supone que la corona de asedio se concede por las acciones de un hombre que actúa en solitario.

La voz del cónsul sonó fría como el hielo.

– No intentes aleccionarme sobre las normas que rigen la concesión de galardones. Tendré que justificar tus acciones ante el Senado, incluyendo la masacre que perpetraste en aquel valle.

– Por el bien de Roma -replicó Ampronio sin convicción, intentando usar las palabras de su comandante contra él.

– No es algo sobre lo que todo el mundo vaya a estar de acuerdo. Debemos mantener que los mordascios estaban dispuestos a rebelarse, pues sólo eso justifica tus actos. Lo único que falta es el tema de la justa recompensa para el hombre que te salvó el pellejo. Tiene que recibir algo, incluso aunque sea el paleto más indisciplinado que he tenido la desgracia de conocer. Supongo que estarás de acuerdo.

Dadas las alternativas, no había posibilidad de elección. Quinto sonrió.

– Bien. Me remitirás el informe pertinente, yo accederé a tu petición y se otorgará la condecoración.

Quinto volvió a sus papeles y Ampronio, entendiendo que se le permitía marchar, saludó y se dio la vuelta para salir. Quinto habló a su espalda.

– Otra cosa. Puesto que Espurio Labenio ha muerto, necesitaremos una votación para elegir al primus pilatus. Habla con tus camaradas tribunos y diles que consideraré un problema que Terencio no reciba todos sus votos. Al fin y al cabo no podríamos otorgar la condecoración más alta de la República a ese tipo sin ascenderlo. Dado que esos hombres se quedarán aquí y que no hay sitio más peligroso en la legión, por la alta incidencia de muerte para su poseedor, quisiera que se le concediese el cargo.

Enterraron a sus muertos con la debida ceremonia y Áquila, como reemplazo, dijo la oración funeral por Espurio Labenio, para la que compuso un discurso simple, pero con poder de hacer daño. Habló de una familia corriente de granjeros, incluidos los hijos del primus pilatus, que había muerto por la República, pidiendo y recibiendo una pequeña recompensa comparada con la que se concedía a hombres menos dignos que cosechaban gran riqueza y poder de la sangre de los romanos corrientes. Quinto se enojó por el tono del discurso, que iba claramente dirigido a él, pero necesitado de restaurar su dignidad senatorial, decretó que en señal de honor las armas y condecoraciones de Labenio debían devolverse a Roma para ser dedicadas a Marte, dios romano de la guerra, y que permanecieran en su templo, donde servirían de inspiración para otros. Tras las ceremonias funerales, Quinto subió a la plataforma de oración para dar las gracias a sus hombres y despedirse.

– Hubo una época, no hace mucho tiempo, en que hubiera podido llevaros de vuelta conmigo a Roma. Si el Senado quiere condecorar mi humilde frente…

Una sonora pedorreta se elevó de entre las filas. Áquila, que permanecía delante de sus hombres, sospechó que había sido Fabio, recién ascendido a princeps para servir junto a su «tío». No se dio la vuelta, pues hacerlo hubiera sido reconocer que el sonido provenía de su sección. Quinto quedó algo perplejo, tanto por el sonido como por la risa contenida que lo siguió.

– No marcharéis detrás de mí, como en los viejos tiempos, pues hay mucho que hacer aquí en Hispania, pero vosotros, mis propias legiones, siempre estaréis en mis pensamientos.

Áquila gritó con voz de plaza de armas.

– ¡Silencio en las filas!

Tuvo el mismo efecto que el previo insulto de Fabio.

– Adiós -dijo Quinto a toda prisa. Después, su voz asumió un tono airado y miró directamente a Áquila-. Y que los dioses os brinden lo que tenéis bien merecido.

– Vamos, Marcelo -dijo Quinto con una cordialidad de la que había carecido excepcionalmente en los últimos tiempos-. Has tenido tu primera campaña, has tomado parte en una batalla y ahora ya puedes regresar a Roma y participar de mi triunfo. No está mal para ser tu primer destino.

– Preferiría quedarme aquí.

– ¿Qué? ¿Y servir bajo las órdenes de alguien que no te conoce?

– La lucha está aquí, Quinto Cornelio.

– Te equivocas, muchacho, la verdadera lucha está en Roma. Es hora de regresar y encender un fuego bajo esos mimados culos senatoriales. Hablando de culos, me pregunto cómo le estará yendo a la dama Claudia con su nuevo marido.

Sextio viajaba con estilo. Era un hombre al que le disgustaba la incomodidad, así que cada propiedad que visitaba tenía una villa adecuada para alojarle. Y puesto que encontraba casi intolerable la compañía de los bucólicos campesinos, al final estuvo dispuesto a admitir que tener a Claudia a su lado hacía más grato su viaje. Siempre le preparaban una demostración, organizada por sus capataces, para mostrarle lo feliz que era la vida de sus esclavos y jornaleros. Esta vez consistía en una comida asada en un espetón, sosa y sin especias, de una manera que él despreciaba, seguida de unos cánticos que le maltrataron los oídos y unos bailes tan primitivos que le hicieron estremecer, todo ello regado con un vino recio que sabía como si acabaran de sacarlo del fuego. Para un hombre tan maniático, todo ello fue una prueba irritante, parte necesaria de sus deberes como patricio.

Claudia, por otro lado, parecía estar disfrutando hasta el punto de que su marido se preguntaba cuánta de aquella ruda sangre sabina había sobrevivido en las venas de los Claudios durante aquellos últimos cuatrocientos años. No obstante, la forma en que ella cumplía su papel resultaba agradable; atendía a los enfermos, sanaba heridas tanto físicas como espirituales, discutía los problemas de las mujeres de una manera que él encontraba terriblemente embarazosa, ungía y lavaba a los bebés llorones, ignorando su suciedad. Sextio, encerrado con su capataz, aburrido hasta la desesperación terminal con listas de cifras, consideraba muy nobles y muy apropiadas aquellas actividades, aunque no sentía el más mínimo deseo de dedicarse a ellas.

– Me pregunto si no podría delegar todo este trabajo en un agente, querida. Todo esto de deambular por el campo es muy fatigoso.

Claudia, que incluso con una relación tan breve podía jugar con Sextio como si fuese una lira bien amada, sabía que era mejor no responder con un no inmediato.

– Si lo piensas mejor, querido, quizá puedas establecer una moda entre la mejor clase de ciudadanos.

– ¿De qué manera? -preguntó Sextio con avidez; siempre había tenido ganas de poner su nombre a algo así como una ley o una carretera. Incluso una moda le servía.

– Toma la delantera. Diles a todos tus conciudadanos terratenientes que te has hartado de las granjas. Al fin y al cabo, puede que sea un modo muy romano de hacer las cosas, pero no se puede decir que funcione para alguien de refinada sensibilidad.

El rostro de Sextio, tan ansioso, había asumido un gesto estirado mientras ella hablaba; le había costado años proteger su imagen de honesto ciudadano romano; lo último que quería era que la gente hablara de su sensibilidad. Para las mentes simples, había dos formas de vivir la vida en Roma: los hombres estaban destinados a vivir su vida al sol, sirviendo como soldados o como granjeros y debatiendo, o bien eran acusados de vivir junto a la linterna, leyendo, estudiando y propugnando su interés por los conceptos filosóficos, y en una sociedad tan marcial no cabía duda alguna sobre qué grupo levantaba la mayor admiración. Sextio había esquivado el ejército, había evitado las magistraturas y se resistía a la idea de discutir en público ante una multitud. Ante semejantes rasgos de carácter, no tenía mucho más con lo que proteger su reputación, es decir, que su escaso interés por la agricultura sólo le conduciría a ser considerado un decadente.

– ¿Cómo va tu pequeño proyecto? -preguntó, cambiando repentinamente de tema.

– De haber sabido cuántos niños son abandonados, nunca hubiera empezado con esto.

Su marido se inclinó hacia delante, y su rostro parecía lleno de preocupación.

– No debes fatigarte, querida mía.

Claudia suspiró, y después su rostro se iluminó.

– Acabo de tener una idea, Sextio. Voy a contártela, a ver qué te parece. -Acarició el antebrazo de él y luego suspiró llena de asombro y gratitud-. Tú eres mucho más sabio que yo. ¿Crees que eso tiene importancia? Me refiero al número de niños abandonados.

Evidentemente él pensaba que no, incluso aunque asintió con entusiasmo para hacerle un favor.

– Es uno de los pilares del estado, Claudia. Nosotros los romanos siempre tenemos una idea clara de lo que está sucediendo en las tierras que controlamos.

– Y aun así esa información, por lo que yo sé, no está disponible.

– ¿No? -replicó él con cierta sospecha.

– ¿Y si continúo mi trabajo, tomo nota del número, pero no de los nombres de los niños abandonados? Así después tú puedes presentar las cifras al Senado, sin alabar ni condenar esta práctica, para arrojar algo de luz sobre una zona oscura del comportamiento. Podrían quedar impresionados; y si es así, desde luego que le pondrían tu nombre al informe.

Nada interesaba menos a Sextio que los bebés, especialmente los que eran abandonados a la muerte en laderas yermas.

– Yo haría todo lo que fuese necesario -continuó Claudia-, pero, por supuesto, como simple mujer, no me atrevería a reclamar ningún mérito.

Aquello atrajo poderosamente a su marido; en su mente podía verse en pie en la curia hostilia, mientras los hombres quedaban boquiabiertos por su perfil así como se maravillaban por su noble propósito.

– De Sextio, dirían todos, pensábamos que era un poco diletante, y mientras tanto él ha estado trabajando con afán en esto. He aquí un verdadero romano ¡Tanto elogio y sin ningún trabajo a cambio!

– Pero, creí que ya te había propuesto eso, querida, ¿o sólo me lo imaginé?

Mientras viajaban hacia la villa, que estaba justo fuera de las murallas de Servio, Cholón estaba realmente asustado, aunque no había nada que Quinto pudiera hacerle. De alguna manera se había enterado del papel del griego en el asunto de los tribunales, y por eso le había ordenado que se presentara ante él para dar explicaciones; como aún estaba en su año consular, era una llamada que no se podía ignorar. No le asustaba la violencia física, pero le disgustaba la confrontación, incluso con gente que no le importaba. No cabía duda de que aquello era el cuartel de un general triunfante; eran soldados y no lictores los que protegían a su ocupante, y los trofeos que no resultaban dañados por los elementos estaban apilados en el patio. Cholón retrasó a propósito su llegada al estudio del cónsul mostrando un exagerado interés en los numerosos carros decorados.

– ¿Se me va a ordenar que me siente? -preguntó cuando al fin se le ordenó que compareciera, mientras pensaba en si el temblor de su voz sería tan evidente.

Quinto asintió con un movimiento de la mano. Sus ojos estaban fijos en Cholón desde que este había entrado en el cuarto y así permanecieron, como si aburriendo al griego fuese a obtener la información que quería sin la necesidad de hacer una sola pregunta. Lo que pretendía intimidar a su visitante tuvo el efecto contrario; la treta era tan obvia que casi le hizo reír y sintió que la tensión de su mente se evaporaba.

– Estás engordando, Quinto -le dijo.

– ¿Cómo?

– El ejército normalmente hace adelgazar a un hombre, es decir, a menos que sea propenso a la glotonería.

– ¿Te queda algo de lealtad a la familia de los Cornelios? -preguntó Quinto con los ojos brillando de ira.

– Apreciaba a tu padre, me gusta Claudia y soy amigo de Tito.

– ¡Serías un muerto de hambre sin nosotros!

Cholón no dejó que su enfado saliera al exterior; hacía mucho tiempo había aprendido que para Quinto era difícil lidiar con un argumento puramente racional.

– Estoy seguro de que me diste todo lo que tu padre me legó, con la gran bondad de tu corazón.

– Yo habría dejado que te pudrieras en las cloacas.

– Es mi turno, Quinto -replicó con afectada languidez-. Ten cuidado. ¿Te das cuenta de que acabas de decir la verdad sin adorno ninguno?

Tuvo la impresión de que Quinto, al levantarse bruscamente de su silla, iba a pegarle. Volvió a sentir un nudo en el estómago por el miedo, pero permaneció quieto, determinado a mantener la sonrisa en su rostro. En vez de golpearle, el otro hombre golpeó su escritorio.

– Trabajas contra nosotros, y lo que aún es peor es que estás empleando nuestro dinero para hacerlo.

– ¿Quieres decir tu dinero y tus intereses, Quinto?

– Viene a ser lo mismo.

– No lo creo.

– Convenciste a mi hermano para que participara de esta estúpida acción. Maldita sea, Tito hará cualquier cosa que le digas.

– ¿Cómo te las arreglas para comandar un ejército?

Aquello le sorprendió, especialmente porque en aquel mismo momento estaba ocupado preparándose para su triunfo.

– ¿Qué quieres decir con eso?

– Bueno, por un lado, tienes un buen concepto de mis capacidades. En segundo lugar, tu hermano hace lo que quiere. Nadie le dice qué hacer, incluido tú, si me permites decirlo. Si eres tan malo juzgando a las personas, creo que es peligroso confiarte un mando militar.

– Me gustaría que ahora estuviéramos en Hispania, Cholón -dijo entre dientes-. Alimentaría a los lobos contigo.

El griego se levantó de golpe.

– ¡No sé por qué he venido! Aun con tu imperium consular tenía que haberme negado. Deja que te dé un consejo, Quinto. -El cónsul abrió la boca para hablar, pero Cholón, cosa inusual en él, levantó la voz para cortarlo-. ¡Escucha! La ley ya ha sido aprobada. Nunca conseguirás que alguien crea que no tuviste que ver con esto. Si quieres salvar algo para ti, haz de la necesidad virtud. La primera vez que veas a Tito en público, abrázale.

– Lo que quiero es abrazarlo con dos hachas.

– Te doy ese aviso porque eres el hijo de Aulo. Por lo que a mí respecta, puedes irte al Hades en un barquito de papiro.

Marcelo Falerio, que aún vestía su uniforme de tribuno, estaba esperando para ver a Quinto. Saludó a Cholón cuando salió, sin aludir en absoluto, ni siquiera frunciendo el ceño, a las voces que acababa de oír. Quinto aún echaba chispas cuando entró, pero el cónsul le sonrió, apartando de su mente las palabras que le había dicho el griego.

– Me honra que hayas decidido visitarme -dijo mientras Marcelo se sentaba.

– Estoy preocupado, Quinto Cornelio.

El rostro del cónsul asumió un gesto de profunda inquietud.

– ¿Preocupado?

– Sí. Como sabes, el próximo gobernador de Hispania Ulterior va a ser Pomponio Vitelo. -Quinto asintió, pero no dijo nada-. Le he planteado mi regreso a Hispania como uno de sus tribunos.

– Continúa -dijo Quinto cuando el joven se calló.

– Tenía buenos motivos para creer que estaba a favor de mi idea. De hecho parecía entusiasmado de verdad, aunque esta mañana cuando lo he visitado, sus maneras habían cambiado totalmente. Se me informó con brusquedad de que un puesto semejante era imposible.

Quinto extendió sus manos en un gesto que decía que entendía el problema, pero que no sabía qué hacer al respecto.

– Bueno, me preguntaba si podrías interceder a mi favor. Creo que tienes cierta influencia sobre los Pomponios.

– Alguna tengo, pero dudo que sea suficiente para hacerle cambiar de idea.

El rostro de Marcelo se entristeció. Quinto se inclinó hacia delante y dio unas palmaditas en la mano del joven, y su voz sonó con un tono empalagoso que habría hecho sospechar a un hombre más mayor.

– No necesitas que ningún Pomponio te ayude. Yo soy tu patrón, así que buscaré que consigas los puestos adecuados y, con el tiempo, te ayudaré para que alcances todas las magistraturas necesarias.

– Soy consciente de eso, Quinto Cornelio, pero me gustaría ir a algún lugar donde haya algo de lucha.

– Eso es loable, Marcelo, muy loable -replicó Quinto, satisfecho por dentro de que Pomponio hubiera captado la indirecta-. Pero, con tu boda dentro de un par de semanas, seguramente sería mejor que dejaras pasar este asunto.

Valeria Trebonia se había convertido en una Vispania mientras él estaba en Hispania; su matrimonio con Galo Vispanio había sido arreglado por su padre, desde luego, aunque se había consultado a la chica respecto a sus preferencias de una manera casi única en la familia de los Trebonios. Apenas parecía molestarle que Galo, su futuro marido, fuese un granuja libertino; cliente habitual de la mitad de los burdeles de Roma. Era propenso a regresar a su puerta ensangrentado y borracho, con el contenido de su cena esparcido por sus ropas, Galo no era en absoluto del tipo de Marcelo, pero este decidió visitarla de todas formas, y su excusa era que debía felicitar a Valeria. Se requería que avisara por adelantado de su intención en casa de los Vispanios, cosa de la que se ocupó antes de visitar a Quinto, de ahí que se sintiera molesto a su llegada, cuando le dijeron que Galo estaba ausente -algo que no le sorprendió en absoluto cuando de todas formas le invitaron a entrar y después le hicieron pasar a los aposentos de Valeria.

– He venido para felicitaros a Galo y a ti.

Valeria le dedicó una sonrisa conspiradora.

– ¿Estás seguro de que no comprobaste antes que estaría sola?

– Desde luego que no -le espetó Marcelo, tan enfadado como avergonzado.

– No. Puede que no. -Estiró un dedo para acariciar el relieve de oro de su coraza-. Y pienso que has venido en uniforme especialmente para mí.

– Debo irme, esto no es apropiado -soltó él-. Y estaría agradecido si, en el futuro, no siguieras con este comportamiento.

– Tienes razón, Marcelo, después de todo ahora estoy casada. Sería una crueldad provocarte.

El énfasis en la palabra «provocarte» hizo que él se ruborizara ligeramente. Ella se movió hacia él hasta que estuvo muy cerca. Su boca estaba un poco abierta, lo justo para mostrar la hilera superior de sus blancos dientes y sus ojos recorrían el cuerpo de él, malinterpretando el cuidado que Marcelo había puesto al prepararse para esta visita como un tributo a ella, no a Quinto Cornelio. Su voz sonó levemente ronca cuando habló.

– Has estado en una batalla, Marcelo. Mi hermano me lo contó.

El quiso decir que no, para ser honesto y admitir que simplemente había vigilado desde los lados, pero el tono de voz de ella le detuvo. Sabía que lo admiraría más si suponía que era valeroso.

– Una tribu bárbara atrapada y aniquilada -dijo ella-. Dicen que las mujeres capturadas llegan a miles. Imagina el trato que habrán recibido de nuestras victoriosas tropas. Tienes que contármelo todo: el ruido, el estruendo de las armas, el aspecto y el olor de la sangre.

La mano de Marcelo estaba a punto de tomar su brazo cuando ella se apartó, y su voz sonó ahora suave y aniñada.

– Pero no debes visitarme cuando Galo esté en las carreras. ¿Qué diría la gente de un soltero visitando a la esposa de otro hombre?

El significado era lo bastante claro, pero muy dentro de sí Marcelo sentía que aquello en realidad sólo era una extensión de las provocaciones de Valeria; que después de su boda, si la visitaba, ella encontraría otra manera de excitarle, igual que se las arreglaría para evitar un verdadero lío.

– Es una cosita dulce tu Claudianilla. Casi como un chico. Quizá después de poseerla ya no quieras pescar en otras aguas. Pero si quieres, Marcelo…

Valeria soltó una carcajada, pues no tenía intención de comprometerse con nadie, ni siquiera con su marido.

La casa de los Falerios aún fue la sede de otro acontecimiento más. Marcelo permanecía en pie vestido con una toga sin adornos a un lado del altar familiar, y mantenía un ojo puesto en Valeria, que estaba allí con su nuevo marido. Galo era bajo y bastante rechoncho, su rostro estaba fofo y sus ojos parecían acuosos, pues había llegado sin dormir. Sonaron los címbalos y Marcelo dejó de inspeccionar a Galo para asegurarse de que todo estaba en su sitio, en especial que los dos banquitos cubiertos con vellones de oveja estaban preparados para recibir a la novia y al novio.

Claudianilla entró vistiendo un velo naranja brillante y en sus pies llevaba zapatos de color azafrán. Se arrodillaron en los banquitos mientras el sacerdote hacía los auspicios examinando un pollo sacrificado y sus entrañas, y declarándolos propicios. Marcelo sirvió la libación y la pareja comió el pastelillo sagrado. Después Claudianilla ungió las jambas de la casa para desterrar a los malos espíritus y se presentó ante Marcelo con tres monedas como señal de su dote; él, a su vez, le entregó los símbolos que indicaban el fuego y el agua.

Todo el grupo salió a la oscuridad para caminar por las calles en una larga procesión sinuosa, iluminada con antorchas, para que el pueblo pudiera desear buena suerte a la pareja, con algún que otro comentario procaz sobre cuál iba a ser el final de la noche, intercalado con deseos sinceros de que la unión fuese bendecida con hijos sanos. Tras bajar hasta el mercado y volver a subir la colina, el grupo se reunió ante las puertas de casa de Marcelo. Dos familiares de los Falerios levantaron en volandas a la novia con grandes vítores, y después entraron todos a tomar parte del banquete de bodas. En el momento apropiado, con más de un silbido, Marcelo se llevó a su novia fuera de la habitación llena de familiares e invitados. Unas sirvientas le quitaron las ropas de boda a Claudianilla, dejándola con una ropa suelta, sola en un dormitorio con un hombre al que no conocía.

Marcelo se sentía tan incómodo como la muchacha. Después de todo, ella sólo tenía catorce años. Tomó su mano en silencio y la condujo a la cama. Claudianilla se sentó mientras Marcelo atenuaba las lámparas de aceite. La costumbre le prohibía observarla desnuda, pero pudo ver la silueta de sus pechos aún sin formar bajo el vestido. Él levantó la tela por encima de la cintura de ella, dejando expuesta la parte baja de su cuerpo. A la trémula luz de las lámparas Marcelo pudo ver que era esbelta, aún de formas infantiles, con sólo una levísima insinuación de vello púbico. La poseyó rápidamente, ignorando el grito de dolor cuando rasgó su himen. Ella gritó como una cría, si bien por decencia intentó ocultar el hecho a su nuevo marido, tratando de convencerlo, con sus movimientos, de que el placer era la causa de sus sollozos.

El grito produjo más de un movimiento de cabeza en el banquete, donde aquellos que estaban esperando, los familiares cercanos de la novia y el novio, podían estar satisfechos porque se habían observado todos los requisitos apropiados. Los Claudios habían enviado una virgen al lecho matrimonial y los Falerios pudieron oír por la chica que Marcelo había cumplido con su deber. Brindaron por la pareja y los posibles frutos de su unión.

En el dormitorio, Claudianilla yacía sola. Parecía tener la parte baja de su vientre en llamas y rezaba para que Marcelo la dejara hasta que el dolor hubiese pasado. Se le concedió su deseo, pero no de la manera que le hubiera gustado.

En su inocencia no sabía que Marcelo no había podido llevar a buen término su unión. Se reservaba para Sosia, la silenciosa esclava que, en la oscuridad de un cuarto encortinado, podía ser cualquier persona que Marcelo deseara. Incluso ella, normalmente tan pasiva, sintió la tentación de llorar aquella noche, pues la presencia de él, su amo, borró de golpe cualquier esperanza que ella tuviera de verse relevada de su servidumbre carnal.

Capítulo Doce

Gracias a sus acciones y a las recompensas acumuladas, Quinto Cornelio sentó, sin darse cuenta, el precedente para las futuras operaciones en Hispania. Quienes lo vieron desfilar por la Vía Triumphalis observaban no sólo el acontecimiento, sino también los medios por los que se había llegado a él, mientras pocos percibían que el otro resultado de esta victoria en particular era la forma en que se había debilitado a su enemigo más persistente. Lo que había sucedido con los mordascios y los avericios podía haber unido a las tribus de una manera que hasta entonces se había demostrado imposible, pero no se podía pasar por alto el papel de Breno en ambos acontecimientos y su hipocresía causaba resentimiento.

Aunque temían abrir una amplia brecha con el caudillo de los duncanes, muchos de los que se hubieran unido a él en el caso de que eligiese atacar a Roma, ahora se echaron atrás. Si había sacrificado a una tribu por su amistad con Roma y a otra por su enemistad, sería capaz de cualquier forma de traición. Una diplomacia cuidadosa podría haberse aprovechado de esto, pero la visión de Quinto Cornelio, pintado de rojo y coronado con laurel, actuó como un narcótico sobre las ambiciones humanas, asegurando así que el hombre que iba a reemplazarlo, Pomponio Vitelo Tubero, no sintiese deseos siquiera de tener en cuenta la paz.

Nada más llegar, su primera acción fue convocar a sus oficiales a una conferencia; esto incluía a Áquila Terencio, primus pilatus de la Decimoctava Legión, de quien Quinto se había olvidado. Su consejo, dado que andaban cortos de caballería, fue desplegarse a la defensiva a lo largo de la frontera y dejar que cualquier revuelta de las tribus se desinflase por sí misma. Al mismo tiempo, todo el ejército debería entrenarse en tácticas de asedio, después sitiar la mayor fortaleza más cercana, Pallentia, y ofrecer a sus habitantes un correcto acuerdo de paz. Si no era aceptado, habría que someter la fortaleza, arrasarla hasta sus cimientos y darlo a conocer como un ejemplo del poderío romano. Fuera cual fuese el resultado, la pérdida de ese bastión les proporcionaría un trampolín para saltar a las siguientes fortalezas de las colinas, que, al ser menos formidables, probablemente se rendirían antes de afrontar un asedio. Una vez que suficientes tribus juraran la paz, se olvidarían de Breno, que estaría demasiado lejos como para causar ningún problema.

Aquello enfureció a su nuevo comandante, que sabía, como todo el mundo, que no había gloria en la idea de una paz justa y que no tenían tiempo para llevar a cabo un asedio en una fortaleza tan impresionante en el curso de su año consular; el hecho de que Áquila nombrara aquellos dos problemas mientras que el resto de los presentes empleaba eufemismos condujo a una acalorada discusión. Lo que sucedió en la tienda provocó un intento decidido de degradarle, intento que fue frustrado por los tribunos de su legión, todos ellos bien conscientes de la posición que tenían entre los hombres. Pomponio respondió embarcando a los reticentes tribunos de vuelta a Roma y reemplazándolos por otros que él mismo nombró. Así que Áquila se vio otra vez como soldado raso, sirviendo en un manípulo de legionarios descontentos, bajo las órdenes de un centurión que se preguntaba si sobreviviría a su primera batalla por lo muy odiado que era; toda una cohorte controlada por un joven oficial que no tenía ninguna experiencia en el arte de la guerra.

Quinto Cornelio había sido un buen soldado; Pomponio no lo era. El consejo que le había dado Áquila predispuso aún más al senador a conseguir resultados inmediatos, así que con una preparación mínima hizo que todas sus tropas marcharan internándose en las colinas. El paisaje ofrecía pocos lugares en los que un ejército tan numeroso pudiera desplegar toda su fuerza. Pomponio, sin la protección de la caballería completa, se encontró con que les atacaban a diario desde distintas direcciones. Dondequiera que concentrara sus fuerzas, esa era la posición que sus enemigos evitaban. Tras encontrar un punto débil, como un flanco sin tropas para la acción en cualquier lado, lo machacaban sin piedad, infligiendo bajas fuera de toda proporción con el número de hombres que constituía su fuerza.

Avanzar ya era bastante malo, pero una vez que el cónsul se dio cuenta de su error e intentó la retirada, las cosas sólo cambiaron a peor. La moral de las legiones sufría por la sensación de derrota, la disciplina empezaba a resquebrajarse y los hombres de las tribus, encendidos por la idea de sus logros, llamaron a otros para que se les unieran en la expulsión de los romanos de su tierra. En realidad, Pomponio nunca se vio superado en número, pero el terreno favorecía a los celtíberos. En lugar de retirarse en orden, el general se vio obligado a emprender una serie de marchas forzadas para poner una distancia segura entre él y sus enemigos, lo que le permitía levantar campamentos que fueran seguros contra los ataques. El ejército estaba a sólo dos días de la base cuando Pomponio, espoleado por la baja estima que tenía entre sus oficiales, ordenó una salida precipitada al amanecer para sorprender a sus enemigos.

Con la intención de probar su propia bravura, dirigió él mismo la operación, asumiendo por primera vez una posición destacada a la cabeza de su legión consular, la Vigésima, pero al reunir a sus tropas había subestimado a su enemigo. Estos ya conocían la diferencia entre los cuernos que sonaban para levantar un campamento y esos mismos instrumentos usados para dar comienzo a un ataque. Bastantes de ellos mantuvieron su posición para dar al general la impresión de que su táctica había tenido éxito, pero cuando escaparon en desorden, Pomponio ordenó una persecución que rompió la cohesión de sus hombres. Pensaba estar persiguiendo a un enemigo derrotado hasta que el ataque de los celtíberos los sorprendió en un orden disperso sobre un escabroso y accidentado terreno. Las tropas más disciplinadas formaron una hilera que habría resistido, pero dos cohortes sucumbieron ante un sólo hombre, pues fueron sorprendidos en una ladera plagada de rocas.

El mensaje que llegó de regreso al campamento era claro. El cuestor de Pomponio había tenido el buen sentido de preparar una legión, manteniéndola lista para cubrir la retirada de su comandante, una posibilidad que había contemplado desde el principio en caso de que el ataque inicial vacilara. Esta, la Decimoctava Legión, ya estaba lista para salir al rescate del cónsul bajo el mando de un legado. Así que Áquila se encontró corriendo a toda prisa, con Fabio jadeando detrás, hacia una batalla que para él no tendría que haberse entablado en primer lugar. No podían contar con el factor sorpresa, dado su paso y el ángulo de su aproximación, así que la única estrategia que les quedaba era el mero peso de su número.

El legado no hizo ningún intento de poner en orden la dilatada fuerza que ahora comandaba; su objetivo era llegar junto a Pomponio a la mayor velocidad, hacer formar a los restos de aquella legión con la suya y retirarse. Se trataba de una idea sensata que fracasó por el orgullo de su general, pues Pomponio no toleró la retirada, ya que la consideraba un simple preludio de la derrota. Empleó los refuerzos para cubrir sus propias maniobras e inició una marcha por el flanco con parte de la Vigésima, ideada para aislar a su enemigo de sus tierras tribales y aplastarlos entre las dos divisiones romanas.

Pero aquellos guerreros tenían en su poder las colinas circundantes, el terreno elevado; pudieron ver la maniobra de Pomponio en cuanto este la dispuso y, al ir a caballo, pudieron moverse a mayor velocidad que él. Así, en vez de atacar a una sección débil de las defensas de su oponente, se vio frente a todas sus fuerzas, con el grueso de la Decimoctava demasiado lejos como para ayudar, al tiempo que sus propios flancos eran amenazados por una masa de jinetes. Los celtas seguían adelante con su ataque sin detenerse -por una vez sus acciones estaban coordinadas de un modo que era inusual. Los flancos de la legión empezaron a desmoronarse hacia el centro.

Fue entonces cuando llegó el princeps de la antigua legión de Quinto; los mejores y más experimentados hombres del ejército de Pomponio atravesaron limpiamente a sus oponentes, un muro irresistible de escudos que cubría, no sólo sus costados, sino también sus cabezas. Con una disciplina nacida de más de un combate, mantuvieron su formación contra todos los que llegaban. Su primus pilatus, al frente de la fila, fue uno de los primeros en morir y el joven tribuno designado por Pomponio perdió el control y se encontró a la retaguardia del destacamento. Por eso, cuando el princeps de aquella legión se abrió paso para rescatar a su general, el hombre que estaba a su cabeza no era otro que su antiguo centurión sénior, Áquila Terencio.

– Extended las filas -gritó-. Rodead a los hombres de la Vigésima con dos de los nuestros por cada uno de ellos.

– ¿Quién es el que está dando órdenes? -gritó Pomponio. Se acercó a Áquila dando zancadas, con la decoración de oro de su armadura relumbrando al sol. En la mano llevaba el haz atado de su fasces, símbolo de su imperium-. Aquí soy yo el que da las órdenes.

– ¿Y también quieres morir aquí? -gritó Áquila. Movió el brazo y sus hombres, que se habían detenido ante el grito del cónsul, se movieron deprisa para obedecerle.

– ¡Tú!

– Sí, mi general -Áquila le dedicó el saludo reglamentario, aunque para él no era un hombre que lo mereciera-. Si no se retiran de esta posición moriremos todos y aunque respeto esa cosa que llevas en la mano tanto como cualquiera, no estoy dispuesto a derramar mi sangre para que así puedas llevarla con orgullo.

Ahora Pomponio estaba muy cerca, con su cara enrojecida y sudorosa aproximándose a la de su insolente subordinado.

– Harás lo que yo diga.

Áquila desenvainó su espada y se la tendió, con la empuñadura por delante, al general.

– Si ya has decidido, déjate caer sobre esto, pero yo voy a sacar a mis hombres de aquí, y algo me dice que tu legión querrá seguirnos.

En el rostro del cónsul se hizo evidente su confusión, por lo que Áquila bajó la voz. Incluso aunque la muerte de ese hombre no le afectaría en absoluto, sabía que si quería sobrevivir, había que mantener la dignidad del general y él no tenía tiempo para sutilezas, puesto que sus hombres se estaban acercando en grupo.

– Eres tan tozudo como una mula. No tenemos más opción que retirarnos, así que, ¿por qué no das la orden? Haz que parezca idea tuya.

– Yo…

– ¿Quieres muerte o deshonor para tu familia?

Aquello hizo que su rostro empalideciera. Se dio la vuelta justo cuando sus hombres llegaron.

– Formad con el princeps de la Decimoctava. Vamos a luchar para abrirnos camino de vuelta hasta el cuerpo principal.

Entonces Pomponio se detuvo, como si en su mente no pudiera concebir lo que ocurriría después.

– Después nos retiraremos en orden -dijo Áquila.

Los hombres del general, al ver a un recluta dirigiéndose a un general, lo miraron extrañados, mientras Pomponio repetía sus palabras.

Pomponio ni se planteó regresar a Roma con sólo una marcha infructuosa y pérdidas innecesarias en su cuenta. Tuvo la gentileza de no intervenir cuando la Decimoctava mantuvo su elección, que devolvió a Áquila a su antiguo puesto de centurión sénior, pero esa legión no fue incluida en su siguiente movimiento. Se quedaron en Emphorae mientras el cónsul, con escasez de tiempo y sin un verdadero enemigo que combatir, hizo marchar al resto de ejército contra los escordiscos, una tribu aliada que llevaba una década en paz con Roma.

Incendió su campamento, mató a sus guerreros, saqueó sus tesoros y su ganado, y esclavizó a mujeres y niños. Después, envió una petición a Roma para que le concediesen un triunfo. Dejó atrás una tierra en completa revuelta, pues toda tribu de la frontera que había jurado mantener la paz por su propia supervivencia, atacaba las posiciones romanas que tenía más cerca. Incluso los bregones y los lusitanos, aunque se mantenían al margen de la participación a escala total, enviaron hombres desde el interior para ayudar. Ya no era un alzamiento tribal lo que la legión tenía que confrontar. Ahora era una guerra en toda regla.

Mientras miraba el paisaje cubierto de nieve del exterior, que se extendía con su blancura fantasmal bajo un sombrío cielo gris, Marcelo añoraba una luz decente. No sólo luz, sino espacio, pues allí en el norte, en la provincia de la Galia Cisalpina, las casas se construían de manera muy diferente a como eran en Roma. Las ventanas eran pequeñas y con postigos, los muros, gruesos y una inmensa chimenea dominaba cada habitación. La villa no tenía atrio, un espacio abierto a los benignos elementos donde un patricio pudiera recibir a sus invitados; en su lugar había un patio de tierra que o bien estaba congelado en esta época del año, o bien estaba cubierto de barro, si es que se había descongelado.

Más allá estaba la ciudad de Mediolaudum, la posición más alejada del poder romano en Italia, levantada al sur de los altísimos Alpes, que se alzaban como una muralla defensiva a la cabeza de la República. Desde luego se trataba de una muralla en la que ya se habían abierto brechas, y era necesaria la vigilancia. Las tribus celtas locales, los boyos y los helvecios, odiaban a Roma con pasión, pero, en lo alto de sus bastiones de montaña, se mantenían apartados. De vez en cuando había ataques, cuando se robaba ganado, pero no había nada que justificase una persecución, e incluso aunque quisiera, Marcelo no contaba con tropas con las que conseguir nada. Hasta los boyos y los helvecios evitaban los problemas en invierno, retirándose al norte, al este y al oeste en busca de pastos de invierno, al tiempo que dejaban que los romanos llevaran su organización agrícola al pie de las colinas.

El tiempo llevaba una semana así, con sólo alguna ventisca de vez en cuando para romper la monotonía, lo que hacía que su ánimo decayera aún más que el nombramiento que le había traído a esta parte de Italia. Aquellos que estaban bajo su mando, los oficiales locales, aseguraban a su nuevo pretor provincial que cuando el sol apareciese se asombraría de la belleza del paisaje. Incluso aunque estuviera bloqueado por la nieve, encontraría agradable el calor del día, y, ¿qué podía ser más grato en una noche de helada que un hogar encendido? Los buenos modales, así como la prudencia, le impedían contarles que a él le habían apartado. Quinto le había camelado con elocuencia acerca de la necesidad de que perfeccionara sus destrezas como magistrado, insistiendo en que Marcelo era demasiado joven para cualquier cargo en la misma Roma; su mentor también parecía haber decidido mantenerlo alejado de cualquier tipo de guerra. Las excusas que le dio por aquello fueron tan manidas como las que había empleado para enviarlo aquí: la necesidad de protegerlo del peligro para que la República pudiera tener asegurados sus servicios en el futuro.

Y fue así como se vio en su primer tribunal, juzgando disputas tan tediosas como para hacerle difícil permanecer despierto. En esta parte del mundo no había ninguno de los escándalos que hacían que la abogacía en Roma fuese una ocupación excitante; los abogados locales que había conocido eran una panda de cretinos, más inclinados a cerrar un caso por pura incapacidad que con elocuencia, y los propios casos, como pudo examinar en los registros del tribunal, parecían igual de prosaicos.

Su cupo diario eran arbitrajes sobre lindes de tierras, persecución de quienes no habían podido pagar sus impuestos e interminables litigios sobre herencias, pero lo que en verdad lo mortificaba era su incapacidad a la hora de rechazar la oferta de Quinto Cornelio. De haberlo hecho, habría liberado a su patrón de cualquier obligación con él, camino que Quinto hubiera emprendido con alegría. La sibila a la que había consultado días antes de que Lucio muriese le había dicho que heredaría de su padre; puede que algún día llegara a creer en ello, como Lucio, pero justo ahora, con su actual ánimo melancólico, era un concepto difícil de tragar.

Se alejó de la rendija de la ventana cuando su físico entró en la habitación. El hombre caminó hasta el fuego, acercando las manos a los troncos en llamas, y después se las frotó vigorosamente antes de mirar de frente al pretor. Tenía una sonrisa de oreja a oreja, lo que hizo que la pregunta que hizo Marcelo pareciese superficial.

– ¿Y bien? -preguntó.

– Definitivamente está encinta, excelencia. Los dioses y los vientos del oeste os han sido propicios.

Marcelo tuvo que morderse la lengua. ¿De verdad creían aún, en esta parte del mundo olvidada por los dioses, que era necesario un viento benigno para asegurarse un embarazo? Se preguntó qué habría dicho el viejo doctor de su padre, Epidauriano, al encarar unas creencias tan primitivas.

– ¿Y la salud de mi esposa?

– Excelente -replicó el doctor, que volvía a frotarse las manos ante el fuego como para enfatizar su opinión-. Aunque la dama Claudianilla es de complexión menuda. El nacimiento en sí podría ser difícil.

La concepción había estado lejos de ser difícil. Después de su noche de bodas, él se las había arreglado para evitar, con bastante éxito, la unión sexual con su joven esposa. En aquellas ocasiones en que había compartido el lecho con ella, él simplemente había hecho los movimientos, dejándola a ella tan falta de placer como lo estaba él mismo. Sosia era aún la compañera de sus horas oscuras, tanto física como metafóricamente. Mansa y sumisa, y del todo carente de experiencia, Claudianilla aceptaba aquello como la norma, pero alguien, probablemente su madre, o quizá sus amigas mayores, la habían instruido sobre la verdadera naturaleza de los asuntos conyugales. Al mismo tiempo, alguien de dentro de su casa había informado a la nueva ama de los deberes que desempeñaba la esclava griega.

Marcelo montó en cólera cuando se mencionaron ambas cosas, y prohibió a su esposa volver a aludir a ellas, pero ella había mostrado cierta astucia, así como determinación, al oponerse a aquel mandato. En cuestión de días, Marcelo recibió la visita del padre de ella, que le dejó claro que la enorme dote que había aportado al joven no se le proporcionaba como decoración. La pareja se había casado de acuerdo con las estrictas reglas patricias. Apio Claudio esperaba que su yerno se comportara como un miembro de su clase, en vez de como un nuevo rico, y se deshiciera de su esclava. Después debería limitarse a honrar a su esposa con lo que le debía.

Marcelo no estaba en posición de discutir. En teoría, un hombre era dueño de su esposa y podía hacer con ella lo que quisiera. Pero esto, como la mayoría de las leyes antiguas, era más cuestión de forma que de fondo, y su suegro le aclaró que si fallaba a Claudianilla, entonces no sería capaz de mantener sus quejas sobre su comportamiento dentro de los límites de la familia. Para cualquier patricio con ambiciones, una acusación de semejante calibre era demasiado letal como para ignorarla. Sosia salió de su casa en el Palatino y fue enviada a la finca que poseía cerca de la ciudad. Marcelo se decantó por la abstinencia, en parte por despecho, en parte por ira, pero entonces Valeria no participaba de la ecuación.

Dejar encinta a Claudianilla sólo le supuso un encuentro con Valeria y lo más molesto que sucedió, cuando trató a su esposa de la misma manera en que abusaba de Sosia, fue cómo lo recibió ella, pues obtuvo placer de su forma de hacer el amor, que era justo lo contrario de lo que él deseaba. Aquello había sucedido hacía cosa de semanas, y durante el viaje al norte ella empezó a sentirse enferma. A continuación, llegó la repentina aparición de un apetito del todo saludable, señal segura de que estaba embarazada. Muy en su interior, su marido sospechaba que ella había concebido aquella misma noche, lo que no hacía nada por animarle.

– Dime, doctor, ¿has oído alguna vez una profecía sibilina?

– Nunca soñé siquiera que algo así fuese posible para la gente como yo, excelencia.

Marcelo se volvió para volver a mirar al exterior por la ventana. Con la disminución de la luz, el paisaje era aún más gris y amenazador.

– Créeme, no se parecen tanto a lo que se cacarea por ahí.

Fue más duro estar melancólico el día que nació su hijo. Ya no había nieve en ningún sitio, excepto en los picos más altos, y el sol brillaba sobre prados verdes y floridos. El cielo era de un azul de tan asombrosa claridad que hacía daño en los ojos y la pequeña Claudianilla, tan menuda de complexión, dio a luz con una tranquilidad que habría avergonzado a una bruta pescadera. Todo el mundo acudió a casa del pretor para cumplir con el ritual de sacrificio y reconocimiento. Se dieron cuenta de que Marcelo Falerio ya no era como el hielo que los rodeaba en invierno; hoy estaba a punto de sonreír mientras levantaba el penacho de cabello negro por encima del altar que sujetaba las máscaras de la familia, traídas especialmente desde Roma. Llamó al niño Lucio en honor a su padre y juró que, al igual que su padre, él criaría a su hijo para que fuera un auténtico romano.

El banquete que hubo a continuación fue un gran acontecimiento para quienes estaban por los alrededores. La mayoría nunca había visto a un noble patricio; para ellos, tener a uno sirviéndoles como pretor era señal de una gran fortuna. Él era, para ellos, una criatura tan extraña como los peludos gigantes que se decía, poblaban las montañas, y Marcelo, que sentía todo un respeto innato por su clase que acompañó su nacimiento, no se mantenía al margen. Todos sabían que era severo y estricto en el desempeño de sus obligaciones, pero el día del nacimiento vieron la verdadera cara de la nobleza; vieron a un hombre contento con su posición en la vida, que no veía necesario ser condescendiente con quienes habían nacido en un linaje menos eminente.

Para ellos, la dama Claudianilla, noble también, fue encantadora. Cada invitado, como marcaba la costumbre local, había aportado regalos en forma de comida para la celebración. Ella lo agradeció probando todos sus ofrecimientos, entre risas y elogios mientras aceptaba todos los brindis por su fecundidad. Aún se comentaba aquello cuando descubrieron lo fecunda que era en realidad; antes de que las primeras nieves volvieran a bajar de las montañas para cubrir las tierras del valle o para blanquear los negros tejados de Mediolaudum, Claudianilla volvió a quedar encinta.

El nacimiento del primer hijo transformó a Marcelo. Siempre diligente en los deberes relativos a su oficio, ahora lo era aún más, dispuesto a que su área de la Galia Cisalpina fuese la mejor administrada de la región. Si en un principio se mostraba reacio a explorar el alcance de sus responsabilidades, ahora instituyó un tribunal móvil, que llevaba la justicia a los límites del poder romano. Conoció a los caudillos celtas y parlamentó con ellos, repitiendo el juramento de su predecesor acerca de que los movimientos demasiado entusiastas no quedarían sin castigo, y mientras atravesaba la tierra que aquellos controlaban, estudiaba el terreno, que al aportar tanto beneficio a sus habitantes, parecía imposible de conquistar. Para quienes trabajaban con el pretor, era evidente que su actitud hacia el cargo había cambiado, y asentían sabiamente, mientras opinaban favorablemente sobre los efectos de la paternidad.

La noche del nacimiento, cuando caminaba bajo el cielo lleno de estrellas, Marcelo sintió por primera vez esa sensación de inmortalidad que supone el regalo de un niño para cualquier padre primerizo. Fue un momento crucial en el que sintió que comprendía a su propio padre. Allí y en ese momento se liberó del letargo que le había afectado desde su llegada al norte; era joven, tenía tiempo, así como ahora tenía responsabilidad. Quinto Cornelio no tendría éxito; fuera como fuese, Marcelo regresaría al centro de todo para asumir el lugar que, por derecho, le correspondía en la ciudad de Roma, y para ganarse y mantener el poder que había decidido que, algún día, recayera sobre su hijo.

CapítuloTrece

Año tras año, nuevos cónsules llegaban, enviados por el Senado, para combatir en la que había llegado a ser conocida como «la guerra abrasadora», todos con el mismo objetivo; Áquila veía cómo llegaban y se marchaban, mientras despreciaba a cada uno un poco más que al anterior, puesto que los legionarios romanos morían por los ascensos de aquellos avariciosos políticos. Llegaban soltando palabras de nobles propósitos y, como era natural, los soldados tenían la esperanza de que aquel recién llegado sería diferente al último; solían quedar decepcionados y su disciplina se resentía por ello.

Las nuevas legiones que llegaban no servían para incrementar la fuerza del ejército; con un conflicto ya permanente, las nuevas levas se necesitaban sólo para reemplazar las bajas. El campamento base romano de la frontera llevaba tanto tiempo en pie que ahora era como una pequeña ciudad. Casi todos los soldados tenían una «esposa» local, un vínculo que hacía muy poco por mantenerlos alejados de las tabernas y los burdeles que se habían establecido fuera de las murallas del campamento. La mayoría sólo se preocupaba por los botines de guerra, para poder mantener sus borracheras y sus juergas en el burdel, así como para satisfacer las ruidosas exigencias de sus mujeres locales en cuanto al mantenimiento de sus bastardos. Mataban sin pensar, marchaban a donde su comandante los enviara y dejaban de lamentarse por ser usados como combustible de las ambiciones de otros en cuanto recibían su parte del botín.

Áquila, que estaba sólo en el princeps de la Decimoctava, evitaba los lazos permanentes, aguantando las chanzas campechanas que le dedicaba Fabio, que había disfrutado de una complicada sucesión de relaciones. Había consolidado su posición de centurión sénior en su legión y se había convertido, sin intentarlo, en alguien reconocido, que incluso impresionaba a las levas de auxiliares nativos al aprender su idioma. Fue sólo después de su regreso a Roma cuando Pomponio cayó en la cuenta de que los tribunos a los que había degradado por elegir a Áquila Terencio habían sido todos nombrados por Quinto Cornelio; aquello, y la campaña de rumores que ellos montaron contra él, le costó su triunfo. El mensaje, no interferir en las elecciones de los legionarios, no cayó en saco roto para sus sucesores. Áquila siempre era elegido, y por un margen tan impresionante que mantenía su posición sin que importara a quién había ofendido.

Intentaba mantener a sus hombres a la altura de las circunstancias con su propio ejemplo, y coleccionaba condecoraciones, así como cicatrices, por su valentía personal en cada operación. Después de los primeros años, una sucesión de jóvenes tribunos, que por lo común eran protegidos del general al mando, llegaban de Roma para tomar el mando, sustituyendo a hombres más experimentados. La mayoría se encontraba con que, tras un intento inicial de intimidarlo, era mejor colaborar con el formidable primus pilatus, así como aprender de él. Él cuidaba tanto de ellos como de los reclutas, pues era bien consciente de que, a veces, su nacimiento y experiencia les hacían ser estúpidamente osados. Aunque su actitud hacia el riesgo personal era algo que él admiraba, de nada servía para cambiar sus sentimientos hacia un sistema que aupaba a tales novatos por encima de soldados con una larga experiencia.

Los hombres lo apreciaban por el cuidado que ponía en su seguridad, mientras que lo cubrían en igual medida de insultos por sus intransigentes métodos. La instrucción que proporcionaba, en un ejército que destacaba por ese atributo, era extenuante. Comandaba tropas que, una vez que habían sido apartadas de las mujeres y el vaso de vino, podían correr cinco millas y aun así luchar. Dada su eficiencia, siempre estaban en el núcleo de la batalla, a menudo, como en el caso de Pomponio, dedicándose a arrancar la victoria de las fauces de la derrota, si bien, gracias a su férrea disciplina y su sentido común táctico, las bajas de la Decimoctava se mantenían relativamente escasas.

Los comandantes veteranos solían odiarle; primero, por la manera en que cuestionaba sus órdenes, pero más aún por su molesto hábito de tener siempre la razón. Una y otra vez les informaba de que estaban luchando en una guerra que requería fuerzas móviles y ligeramente armadas, respaldadas por una poderosas sección de caballería o bien por una con torres altas y balistas para destruir y rendir fortificaciones. Y a cada nuevo senador le daba el mismo mensaje: sólo había una manera efectiva de detener la guerra, y era ir más allá de las tribus de pastores que poblaban la frontera y atacar los fuertes de las colinas en el interior, empezando por Pallentia.

Los más decididos, que ya eran conscientes de aquello, asentían con prudencia antes de enfrentarse al problema. Por supuesto que hacían planes y preparativos, pero con sólo un año para dejar su huella, la idea se desvanecía cuando las semanas de preparación se convertían en meses. Áquila observaba el proceso con recelo, hasta que llegaba el día en que él y los hombres a su mando recibían la orden de atacar un blanco más débil. Ningún senador quería volver a casa con las manos vacías y eso conducía a grandes enfrentamientos, difíciles y brutales; también hacía que una mala situación fuera a peor.

Con un general realmente vago bastaba con acusar a alguna tribu inocente de rebelión para saquear sus campos, robar sus riquezas y vender como esclavos a su pueblo. Áquila había pensado por primera vez que el sistema era corrupto antes incluso de poner un pie en Hispania. Poco de lo que había visto desde entonces sirvió para cambiar en lo más mínimo su opinión: que la República era el pasto de un hombre rico del que la multitud de ciudadanos estaba excluida.

El día en que se dio cuenta de que su hijo podría haber sobrevivido, Claudia no pudo contenerse. Todas sus reservas habituales la abandonaron. Sextio, lleno de preocupación, la encontró llorando, sin saber que aquellas eran lágrimas de gozo, mezcladas con el miedo de que aquello sólo fuera otra pista falsa, pero, como siempre, a él le preocupaban las apariencias. ¿Qué diría su anfitrión, Casio Barbino, si él saliera de su dormitorio con su esposa y esta tuviera los ojos rojos de tanto llorar? Después, al recordar la reputación de su compañero senador, sonrió; probablemente el viejo sátiro lo aprobaría, dando por sentado que Sextio había abusado como un degenerado de Claudia. Sin duda, con semejante cotilleo la historia de su libertinaje conyugal se extendería por toda Roma en un abrir y cerrar de ojos.

La cena fue una prueba; Claudia no quiso comer nada, sólo quería ir a ver a Anio Dabo en su granja para preguntarle más sobre Piscio, su padre, un hombre cuyas cenizas hacía mucho ya que habían sido esparcidas al viento. No es que su hijo fuera muy comunicativo; le había dado un nombre a Claudia y una leve descripción; una edad, menor que la de Anio, que situaba a aquel Áquila cerca del año concreto. Supo que aquel chico había dejado la granja con algunos soldados muchos años antes, de camino a Sicilia, pero poco más había; tampoco mencionó aquel amuleto dorado que ella le había enrollado alrededor del tobillo la noche de su nacimiento, el águila que lo identificaría sin lugar a dudas.

– El nombre -dijo ella, sin darse cuenta de que lo había dicho en voz alta.

– ¿Perdona, querida? -dijo Sextio, mientras Casio Barbino y los demás invitados la miraban extrañados.

– No es nada.

Claudia se obligó a sonreír, pero en su corazón pensaba que Áquila era un nombre poco común para un chiquillo; aunque alguien podría elegir ese nombre si algo relacionado con el niño le llevaba a hacerlo.

Mancino apartó sus ojos del águila de oro que colgaba del cuello del centurión sénior. Por razones que alcanzaba a comprender, ese objeto lo enervaba; ahora que lo pensaba, el dueño del colgante ya le incomodaba sólo por la manera en que miraba a su general al mando.

– Quiero que formes una pequeña tropa e inspecciones ese fuerte. Pretendo investigarlo y quiero información puesta al día. Yo llevaré el ejército a una zona más adelantada, lejos del campamento y sus comodidades, para estar preparado.

Mancino señaló hacia Pallentia, marcada claramente en el mapa que tenía delante. Áquila se inclinó y las condecoraciones que adornaban su túnica relumbraron a la luz de la lámpara. Su amuleto quedó suelto, así que él lo cogió con la mano para quitarlo de en medio. Ahora que ya no podía verlo, Mancino se sintió aliviado, aunque de poco sirvió para atenuar su curiosidad. Su aspecto era muy celta, casi probablemente propiedad de algún rico caudillo ibérico. Eso era lo que él quería, un carro cargado de trofeos similares para llevárselos a Roma.

– Incluso una tropa pequeña debería contar con el mando de un tribuno -dijo Áquila.

El senador se molestó, y no era la primera vez. Terencio parecía ignorar del todo el respeto debido a un hombre de su rango. Quiso ponerlo en su lugar, pero no sabía la fosa que estaba cavando bajo sus propios pies.

– Ninguno de los hombres que traje conmigo tiene la experiencia necesaria.

Áquila lo miró sin hablar, pero su mirada fulminante lo dijo todo; sus ojos preguntaban qué prudencia había en llegar a Hispania, cada año, con toda una nueva remesa de tribunos. Mancino pensaba que esos mismos tribunos eran idiotas: nunca deberían haber elegido a este hombre como primus pilatus. No sabía que habría tenido que enfrentarse a un motín de sus soldados si aquellos se hubieran atrevido a nombrar a cualquier otro. Puede que Áquila Terencio llevara esa águila dorada al cuello, pero para los reclutas de la Decimoctava era tanto el talismán de Áquila como el de todos ellos. Los legionarios le habían visto besarlo justo antes de un combate, y le habían visto meterse en situaciones en las que ningún hombre habría podido sobrevivir y salir de ellas sin apenas un rasguño; atravesar las líneas enemigas con una cohorte tras otra sin bajas e insultar abiertamente a tribunos, legados, cuestores y generales por su estupidez.

Los mantenía alimentados y abrigados cuando los medios lo permitían, y nunca dejó morir a un camarada si existía alguna posibilidad de rescate. Y además para atenuar su poder estaba Fabio, que desacreditaba a su «tío» a cada paso y actuaba de intermediario para todo hombre que tuviera una queja. Había pocos latigazos en la legión de Áquila, a menos que se tratara del robo de los bienes de otro hombre, y nadie podía recordar que se hubiese torturado a alguien en la rueda. La disciplina era estricta y mucho más efectiva por ser, en su mayor parte, autoimpuesta. Él era un modelo, por lo que no era bien recibido en la tienda de un cobarde.

Mancino luchó por mantener su mirada, después tosió y se dio la vuelta, maldiciendo en silencio los dos extremos de su dilema. Como los demás, había llegado aquí anticipando conquistas fáciles y lucro personal, y por un lado le había parecido sencillo. Romper una alianza con una tribu que ya se había sometido a Roma, matar a sus guerreros y esclavizar al resto; exigir un triunfo para exponer tu botín y retirarse a una vida de comodidades, mezclada con algo de política. Quinto Cornelio lo había hecho, igual que casi cualquier comandante desde hacía diez años, y el Senado, pese a todas las rabietas y resoplidos de algunos de sus miembros, los había dejado bien en paz. La mayoría acallaba los gritos de los pocos honestos que pedían que se impugnara a aquellos hombres, y utilizaban las mociones de procedimiento para anular las maquinaciones de los nuevos tribunales dominados por los caballeros.

Aquel era el problema: la guerra se había alargado demasiado. Las voces de alarma eran cada vez más estridentes y exigían resultados de un conflicto que apuraba los recursos del estado al mismo tiempo que enriquecía a los generales. Sus predecesores lo habían dejado todo bien limpio, de manera que todas las tribus que poseían algo que mereciera la pena tomar ocupaban ahora posiciones muy fortificadas y rechazaban el trato con los procónsules romanos. Mancino tenía que satisfacer al Senado tanto como dejar su propia huella; si no había otra manera de conseguir su objetivo, tendría que atacar esa fortaleza.

– ¿Podría sugerir que viniera un par de los nuevos tribunos? Sería bueno para ellos.

El cónsul se volvió para mirarlo mientras el otro hombre permanecía derecho. Áquila medía un pie más que él con el cabello bien corto, de un color dorado rojizo que contrastaba con su bronceado rostro. Tenía tantas cicatrices como condecoraciones, pero eran sus ojos los que ordenaban atención. Te atravesaban como si fueras un mosca sin suerte, exigiendo que prestaras atención a cualquier palabra que pronunciara. Era como si Áquila fuese el general y el noble Mancino un recluta cualquiera.

El senador inspiró de manera audible.

– ¿Cómo voy a pedirle a un tribuno que acepte tus órdenes?

– Pues dígales que es sólo si quieren seguir vivos, mi general.

Él ya había pensado en un par de los que le gustaría disponer: lo mejor de un grupo bastante pobre, dos hermanos gemelos, y él tenía la clara sospecha de que uno de ellos era un pederasta. Pero Cneo Calvino reservaba sus caricias para sí mismo y mostraba el cuidado debido a las tropas que comandaba, sin anteponer nunca su bienestar al de ellos. Además, su hermano Publio era todo un soldado en ciernes, pues era fuerte y durante la instrucción dirigía las tropas desde el frente. Como nuevo tribuno, había detenido sin aspavientos las mofas habituales a las que cualquiera en su posición estaba sujeto al escoger al hombre más fuerte de su unidad para después llevarlo a un lugar apartado y darle una soberana paliza.

– Además -continuó Áquila-, los dos que tengo en mente no parecen de esos que se duermen en sus laureles.

– ¡Los que tienes en mente!

El centurión no se amedrentó ni un poco por la reacción de su general.

– Parecen los más prometedores. Mejor que aprendan ahora y no que aprendan cuando sea demasiado tarde. Si quiere entrar en batalla y que hasta los mejores de sus hombres se queden parados a su alrededor sin saber qué hacer, entonces rechace mi petición.

– ¿Entonces vais a dejar que os dé órdenes un patán? -preguntó Cayo Trebonio mientras veía cómo se preparaban para marchar los gemelos Calvinos.

– Ya me gustaría verte llamarle eso a la cara -replicó Cneo.

– Parece que nos gusta el tipo, ¿no?

Publio reaccionó enfurecido.

– Hazme el favor de cerrar la boca, Cayo.

– Sea como sea -ceceó Trebonio-, no creo que vuestros hombres, ni siquiera los más fuertes y rudos, estén demasiado entusiasmados de ir a un sitio tranquilo con Cneo. Creo que te preferirían a ti.

– Ésa es otra cosa de la que no quiero que hables.

Trebonio soltó una risotada.

– Demasiado tarde, amigo mío. Lo que le hiciste a aquel recluta ya se rumorea por todo el campamento. Escuchad: yo que vosotros no intentaría nada con Áquila Terencio.

– ¡Cierra la boca ya! -dijo Cneo con calma, pues sentía que tras haber escuchado esa burla toda su vida merecía un descanso.

Trebonio hizo un puchero.

– Daos prisa, queridos, que vuestro paleto ya estará impacientándose.

El polvo del norte de África no resultaba más atrayente que las nieves de la Galia Cisalpina, si bien Marcelo tenía la suerte de ocupar una villa con vistas al mar, así que la brisa dispersaba parte del calor del sol de mediodía. Este era su cuarto puesto provincial en diez años, cada uno de los cuales había interrumpido con una breve estancia en Roma. Había sobrellevado aquellos viajes estoicamente, al darse cuenta, después de que expiraran sus obligaciones en el norte, de que Quinto le estaba prestando un servicio sin saberlo. Tras haber desempeñado sus cargos en Macedonia, Siria y ahora aquí en Útica, su conocimiento sobre los problemas de gobernar los dominios romanos, que habría sido superficial y de segunda mano de haber estado en la ciudad, ahora era integral y directo. Su comprensión de la ley, que perfeccionaba sin detenerse en las nimiedades de remotos tribunales, no tendría rival si alguna vez se encontraba defendiendo una causa en Roma.

Todos los días se levantaba antes del alba y hacía sus ejercicios antes de que el sol hiciera intolerable un esfuerzo semejante. Primero, para calentar los músculos, luchaba. El combate empezaba con bastante delicadeza, pero enseguida asumía todos los visos de una auténtica competición, pues Marcelo sólo empleaba a oponentes que tenían buenas posibilidades de derrotarle. Seguían a esto las prácticas con la jabalina, la lanza y la espada corta, y los postes de madera que usaba para ello daban sacudidas con la fuerza de sus golpes. Finalmente nadaba en el mar, a lo que seguía un baño en agua fría, que le dejaba listo para su desayuno.

Después se reunía con los tutores de su hijo, ambos griegos y estrictos, para comprobar el progreso de sus estudios, tanto marciales como educativos. Tras una breve conversación con Claudianilla, subía a su carro, tomaba la carretera directa a la ciudad provincial, que aprovechaba para poner a prueba el trote de sus animales. Los nativos se habían acostumbrado a aquel cuestor que, cada mañana a la misma hora, pasaba a galope tendido junto a ellos, chasqueando su látigo por encima de las cabezas de sus negros caballos salpicados de espuma.

Aquí en África tenía responsabilidades que trascendían las que había tenido antes. Avidio Probis, procónsul para el que servía como segundo al mando, era el tipo de hombre inapropiado para gobernar. Odiaba el esfuerzo y en su lugar prefería el lujo que esta provincia, que una vez había sido Cartago, le proporcionaba. Avidio también había tomado una esposa númida, Inoboia, una de las muchas hermanas del rey Massina.

Esto había cimentado las relaciones con el hombre que gobernaba las tierras que había hacia el sur hasta los montes Atlas, pero otro efecto fue menos positivo: ahora el gobernador tendía a favorecer los intereses locales por encima de los de la República y había insinuado que, una vez que el periodo de su servicio llegara a término, probablemente se establecería en Útica, pues a Inoboia le disgustaba la idea de vivir en Italia -primero, porque no era su hogar, y en segundo lugar, a causa de los prejuicios que su color casi negro crearía inevitablemente entre la notablemente extravagante élite romana.

Marcelo acabó haciendo tanto su trabajo como el de su superior nominal. La mayoría de los cuestores, al enfrentarse a tal situación, habría hecho presiones para que lo reemplazaran. ¡Pero él no! Marcelo era gobernador en todo menos en el nombre; mientras diera prórrogas a Avidio en aquellos asuntos que a este le interesaban y que tratara a su esposa de la realeza númida con el respeto debido a su rango, podría hacer lo que le diera la gana. Esta responsabilidad no terminaba dentro de los límites de la frontera de Útica. En nombre de la República, se requería que el cuestor tratara tanto con el rey de Numidia como con el gobernador de Mauritania, pueblo que, a cambio de un pago, proporcionaba caballería a los ejércitos del Imperio. Y se acercaba rápidamente el momento en que podría presentarse como candidato a un puesto en la misma Roma. Lo conseguiría con la ayuda de Quinto si disponía de ella, o sin ella si era necesario. Esto último sería más difícil, desde luego. Pero, de vez en cuando, su mente regresaba a aquel cofre lleno de documentos que le había dejado su padre.

Muchos de los hombres que en ellos se nombraban habían muerto durante los últimos diez años, pero la mayoría aún estaban vivos y probablemente cometiendo el tipo de delitos que Lucio había descubierto. Si todo eso fallaba, usaría esa información para ayudarse en su elección como edil.

Áquila salió con los dos tribunos, acompañado por veinte de sus hombres más aptos. Dejaron el campamento después de que hubiera oscurecido y se encaminaron hacia el sur para esquivar los ojos entrometidos de quienes se dedicaban a observar las actividades de la guarnición romana. Una hora antes del alba giraron hacia el interior, trepando por las colinas y guiándose en sus movimientos con la fuerte luz de la luna. Un bosquecillo les proporcionó cobijo mientras el sol salía y la partida tomó su comida fría junto a un arroyuelo. El olor de la pinaza era fuerte y en el bosquecillo zumbaban los insectos. Se quitaron la mayor parte del uniforme, corazas, grebas y cascos, y los envolvieron en las capas de más que Áquila les había hecho traer.

– ¿Las enterramos? -preguntó Publio.

Áquila negó con un movimiento de cabeza.

– No. Aquí entra poca luz del sol, por lo que la tierra recién removida será evidente durante mucho tiempo y quienquiera que lo note se detendrá a desenterrarlas. -Miró a lo alto de los árboles-. Atad bien fuerte los fardos y escondedlos bien alto en los árboles. Ahí arriba, si es que alguien llega a verlos, parecerán colmenas.

– ¿Y si la persona que los descubre es un recolector de miel?

– Entonces se llevará una sorpresa -replicó con una sonrisa-, y como no muchos de nuestros enemigos tienen tendencia a recolectar miel, dudo que corramos demasiado peligro. Ahora veamos nuestra ruta.

Llevaban dos días estudiando el mapa, así que conocían el camino, pero a Áquila le preocupaba cómo iban a usar el terreno. Con paciencia, de pie en el mismo límite de los árboles, explicó a los jóvenes cómo tenían que aprovechar laderas, arboledas y arbustos y la sombra producida por la posición del sol para minimizar el riesgo de ser observados. Cneo se preguntaba por qué se tomaba la molestia si era él quien iba a dirigirlos, y entonces se dio cuenta de que aquel hombre extraño e independiente se estaba esforzando por enseñarles todo lo que pensaba que debían saber, y lo que dijo no podía haber estado más lejos de los rígidos protocolos del combate formal a mano desnuda o con armas que habían aprendido en los campos de Marte.

– No podéis moveros en campo abierto sin ser vistos, aunque en realidad la gente tampoco tiene que veros para saber que estáis por ahí. Hay que evitar el horizonte, pues como silueta os volvéis demasiado visibles, incluso estando agachados es el mismo caso. Cada pájaro que asustéis le dirá al enemigo dónde estáis, igual que el silencio de los animales les hará saber que os estáis acercando minutos antes de que lleguéis. Pero lo mismo sirve para ellos, así que mantened una firme vigilancia en busca de movimientos inusuales. Nosotros nos moveremos a paso firme y discreto. Primero yo iré hasta un punto en el que podáis verme, después los hombres saldrán en parejas y vosotros podéis ir en retaguardia.

Sonrió para quitarle hierro a sus palabras.

– Para cuando lleguéis dando tumbos detrás de nuestros pasos hasta las moscas se habrán acostumbrado a la presencia humana.

– Quieres decir que no espantaremos demasiados pájaros -dijo Publio.

– Eso es, y para cuando regresemos mi intención es que vosotros llevéis la delantera mientras que yo iré en la retaguardia.

– ¿Y si nos ven? -preguntó Cneo.

– Esperemos que no sea nadie contra quien tengamos que luchar. -Áquila volvió a meterse entre los árboles seguido de sus dos aprendices gemelos. Vieron que los soldados habían cavado un agujero superficial y lo habían llenando de agua. Ahora estaban ocupados añadiendo la tierra que habían extraído-. Embadurnad vuestras ropas y las partes metálicas de vuestras armas con barro. Hará que sea más difícil distinguiros.

Les llevó toda una semana alcanzar Pallentia, y por aquel entonces los gemelos Calvinos se preguntaban si realmente estaban hechos para la vida en el ejército. No es que fueran los únicos que habían sufrido: mugrientos y demacrados, ahora no había manera de saber si eran romanos. Era sólo que sus subordinados parecían más capaces de resistir que ellos, aunque durante ese tiempo llegaron a entender a Áquila y a darse cuenta de algunos de los problemas que acosaban al ejército romano en Hispania. Sabían que habían sufrido bajas en esta guerra, pero no se habían dado cuenta de que las pérdidas de los últimos veinte años sumaban mucho más de cien mil hombres -más de la mitad de ellos ciudadanos romanos. Áquila puso mucho cuidado en remarcar que los hombres con los que ahora estaban probablemente serían soldados con independencia del reclutamiento forzoso; de hecho, la mayoría había pasado por cualificaciones de propiedad para el servicio y habían adquirido el derecho a servir como princeps por causa de su experiencia.

Era difícil discutir el argumento del centurión de que ni Roma ni sus aliados podían afrontar las bajas al nivel al que las estaban sufriendo y esperar contar con ejércitos suficientes para controlar todas las fronteras; que la solución estaba en la supresión del arcaico sistema de reclutamiento basado en la propiedad y la clase social: si eras propietario de tierra, podías ser elegido para prestar servicio; si no tenías un as, se te pasaba por alto. Esto permitiría a los granjeros cuidar sus tierras, reduciendo la dependencia de cereal importado que padecía la República, y acabaría con el abuso por el que los hombres ricos compraban la tierra de cultivo abandonada para su ganado, tierra que se había echado a perder porque los hombres necesarios para trabajarla estaban sirviendo como legionarios.

Poco sabían ellos de que estaba expresando las mismas causas que habían arruinado a sus padres adoptivos. Clodio había sido legionario y había servido a la República de la que era ciudadano; su recompensa fue la ruina, porque cuando regresó del servicio la tierra se había echado a perder -Fúlmina no podía trabajarla ella sola-, mientras que él carecía de los fondos para hacer mejoras o semilla para que su tierra volviera a ser fructífera, y, en realidad, intentarlo habría acabado con él. La granja de los Terencios había sido vendida a Casio Barbino y el ya asquerosamente rico senador la había convertido en pasto para ovejas y vacas. Confinado en una maltrecha cabaña junto a un arroyo y trabajando como jornalero, no era extraño que Clodio hubiese accedido a servir en el lugar de su próspero vecino Piscio Dabo cuando este último fue llamado a filas de repente y sin que lo esperara.

– ¿Y de dónde sacamos a nuestros soldados? -preguntó Publio.

– ¿Cuándo fue la última vez que viste las calles de Roma? Están llenas de hombres, y es igual en todas las ciudades de Italia.

– ¿Esa gentuza inútil? Son una chusma -dijo Cneo.

– Te equivocas, tribuno. -Movió su mano en torno a ellos para incluir a los hombres que había traído con él-. Probablemente son iguales que nosotros. No quiero faltar al respeto, pero cualquiera de estos hombres de aquí, si se le diese una oportunidad, podría ocupar vuestros puestos. Toda esa cháchara de que se necesita sangre noble para dirigir a los hombres en una batalla, no son más que memeces patricias.

Áquila sonrió burlón al darse cuenta de que sus lealtades estaban en conflicto con su sentido de la lógica. Se levantó abriéndose camino hacia la cumbre de la colina que tendrían que atravesar para ahorrarse un desvío de diez leguas.

– Pero podemos pasar el día hablando y no arreglar nada. Esos viejos embaucadores del Senado lo tienen todo bien atado. Lo que es a mí, no me importaría que alguien les cortara la cabeza.

– ¿Y quién gobernaría entonces?

– ¿Usáis esa palabra para describir lo que tenemos ahora? Pregunta a los hombres de las legiones auxiliares lo que opinan. A esos cabrones con toga les alegra derramar su sangre, pero ni siquiera les dan la ciudadanía.

Publio adoptó un gesto anodino.

– ¿Eres consciente, Áquila Terencio, de que nuestro padre es senador?

– Desde luego que sí. Y con el tiempo tú también lo serás. Lo que me preocupa es que la gente como nosotros está aún aquí, en Hispania, haciendo dibujos de lugares como Pallentia. En marcha, deprisa. Llegaremos a la cima de uno en uno y a través de los árboles.

El informe que al final entregaron a Mancino, aparentemente hecho por un tribuno, no sirvió de mucho para agradarle. Había convocado una conferencia con sus oficiales para discutir las perspectivas, colocando a Áquila, el verdadero autor, bien al fondo para así evitar sus intervenciones negativas, puesto que aquello no funcionó, pues los gemelos Calvinos, que habían tomado las observaciones de Áquila y las habían puesto en latín correcto y educado, parecían compartir su pesimismo. Ahora el general se arrepentía de la obligación para con su padre, que los había colocado en su remesa de oficiales, sin contar con el hecho de que él mismo había permitido que salieran en aquella misión de reconocimiento, pero su mayor error había sido pedir a Cneo Calvino que leyese el informe, pues supuso que disfrazaría aquel asunto para complacer a su protector.

– Y, para concluir, mi señor, no hay suficiente forraje ni comida en los alrededores como para abastecer a todo el ejército. Necesitaremos construir una carretera y, al menos, tres puentes, y todo ello tendrá que ser controlado para que se puedan mantener los suministros en caso de que Pallentia no pueda ser tomada mediante asalto directo, como es nuestra opinión.

– ¿Por qué no? -preguntó el cuestor de Mancino y segundo al mando, Gavio Aspicio.

Cneo le dedicó un gesto extraño. Gavio había leído el informe, así que sabía tan bien como cualquiera que el lugar resistiría a un ejército si quienes estaban dentro de las murallas eran muchos y estaban bien alimentados, así que la única esperanza era un asedio. Cneo volvió cuidadosamente sobre los mismos argumentos, regresando a su debido momento a la solución propuesta. El bastión de la colina contaba con un abastecimiento de agua que una buena ingeniería podría desviar. Era el único error en el amplio sistema de defensas que Áquila había observado. Los celtas, que no tenían tanto talento como los romanos en este campo, no habían podido asegurarlo del todo.

Pero el método de cortar ese abastecimiento implicaría que los ingenieros trabajasen muy cerca de los apoyos de tierra que sobresalían de las murallas principales. Si los romanos se concentraban para asaltar aquella sección, los defensores se reunirían para hacerles frente. La idea de Áquila era atacar cualquier otro sitio sin intención de romper las defensas, sino para mantener a sus enemigos en ese punto. Esto permitiría que un segundo grupo se encargara del otro punto menos protegido y condenara el suministro de agua. Después Mancino podría sentarse y esperar a que la cisterna del interior de la fortaleza se secara. Una vez que eso ocurriese, los defensores tendrían que salir y luchar sólo para intentar restaurar el abastecimiento. Si lo hacían, se arriesgarían a la derrota frente a cualquier enemigo que supiera exactamente dónde atacarían. Si decidían no hacer nada, morirían de sed detrás de las murallas.

– ¿Y cuánto tiempo llevaría todo esto? -ladró el cuestor, claramente tan disgustado por la perspectiva de un asedio como su comandante.

La voz que surgió del fondo hizo que todos se giraran para mirar a Áquila.

– Si se puede saber cuánta agua almacenan y predecir que no tendremos lluvias, estoy seguro de que podemos obtener una respuesta. Con suerte será cosa de semanas, si no, puede llevarnos un año.

Gavio Aspicio se volvió a mirar a Mancino.

– Esto es una tontería. Nos estamos enfrentando a bárbaros. Yo digo que un asalto decidido, asestado con presteza, romperá sus defensas. -Un murmullo de conformidad llegó desde el sector de los oficiales veteranos que estaban presentes, todos los cuales tenían interés personal en un resultado inmediato-. Si nos detenemos para construir una carretera y levantar puentes, dispondrán de semanas para preparar el lugar y, como no podemos estar seguros de que las otras tribus no vayan a atacar, controlar esa ruta mermará nuestras fuerzas.

Aspicio se adelantó y describió un arco sobre el mapa con su brazo.

– Pero si llevamos todo el ejército a marcha forzada hasta Pallentia y emprendemos el ataque sin descansar, los cogeremos desprevenidos.

El general asentía, pues ese era el tipo de palabras que quería escuchar, igual que la mayoría de los otros, ya fuera por convencimiento de que Aspicio tenía razón, o simplemente por el deseo de estar de acuerdo con su protector. Al tiempo que imponía por la fuerza su argumento, el cuestor dio un puñetazo en la mesa para dar énfasis a sus palabras.

– Ésta es la lección que queremos enseñar a esos salvajes, que Roma puede destruirlos siempre que nosotros queramos.

Mancino se puso en pie sacando pecho, mostrando claramente que su ánimo se había inflamado por aquellas conmovedoras palabras.

– Señores, es hora de que suenen los cuernos, es hora de marchar y es hora de hacer que nuestros enemigos sepan que sus años de causar desorden han llegado a su fin. Llamad a los sacerdotes y busquemos un día de buen auspicio para comenzar nuestra campaña.

Sin que lo vieran, Áquila salió asqueado de la tienda, pues sabía que muchos hombres iban a morir sin que hubiera un propósito definido.

Capítulo Catorce

– Un viaje así me fatigaría, Marcelo -dijo Avidio mientras se abanicaba con la mano-. El calor, el polvo.

– Pero, ¿es prudente que tu esposa vaya a Citra sin ti, mi señor? -preguntó Marcelo-. ¿No se tomaría a mal algo así el rey Estrobal?

El gobernador descartó con un movimiento de mano la objeción de su cuestor.

– Pues sería un tonto si lo hiciera. Espero que mi esposa y tú le informéis de mi intención de retirarme aquí en Útica, y puesto que serás tú, Marcelo, el único que regresará a Roma, es mejor que seas el único que converse con él. Será deber tuyo decirle que sus continuadas luchas con Mauritania deben cesar. También queremos saber a quién ha designado como su sucesor, porque es algo que Roma debe aprobar. En cualquier caso, deberás encargarte de llevar cualquier mensaje que quiera enviar al Senado, uno de los cuales será, así lo espero, la promesa de más caballería para Hispania.

– ¿Tu buena esposa está de acuerdo con esto, mi señor?

– Una buena esposa, Marcelo Falerio, ¡eso es lo que dicen de ella!

El joven se ruborizó. En un lugar tan pequeño como Útica, lo que hacían quienes estaban en el poder solían convertirse en rumor popular. Su propia familia no escapaba a la vigilancia, así que era bien sabido que su esposa y él mantenían una disputa sobre la manera en que debían educar a sus hijos. Claudianilla intentaba, en todo momento, atenuar el duro régimen que él había instituido. El pedagogo griego que él había contratado se quejaba si él castigaba a sus hijos, Lucio y Casios, y enseguida Marcelo tenía que afrontar la ira de su madre. El tutor encargado de enseñarles artes marciales intentaba mantenerlos a salvo del más mínimo rasguño, algo a todas luces imposible para unos jóvenes que se dedicaban al pugilato, a la lucha y a la esgrima. Los chicos lo sabían y se aprovechaban de ello, y con el cabeza de familia ausente durante todo el día estaba haciéndose cada vez más difícil mantener la disciplina.

– Además -continuó Avidio-, dama Iniobia puede ayudarte. Conoce a todo el mundo en la corte de Estrobal y estoy seguro de que su voz, sumada a la tuya, tendrá mayor peso.

Ambos hombres sabían que el gobernador estaba incurriendo en un incumplimiento del deber, pero desde que Avidio había decidido no regresar a Roma, poco le importaba lo que pensaran sus iguales. Defendía que aquella franja costera de África, y el calor extremo que atenuaba la brisa del mar, convenía a sus huesos. Marcelo podía haberse negado, aunque cuando puso las cosas en la balanza, supo que Avidio cargaría con cualquier culpa si fracasaba, mientras que él, al enviar su propio informe, recibiría cualquier mérito en el caso de que la misión tuviera éxito.

– Entonces sería mejor que partiéramos a lo largo de esta semana.

– Tonterías, Marcelo -gritó Avidio-. Dama Iniobia es esposa de un procónsul romano. También es princesa de la casa real númida. No puede viajar si no es con regio esplendor.

Tardaron un mes en prepararlo, durante el cual Marcelo se inquietaba por los continuos retrasos, mientras que cualquier sugerencia de salir él antes con una pequeña tropa de caballería era rechazada. Por fin la caravana estuvo lista: centenares de camellos y porteadores, docenas de literas y una escolta formada por casi una guarnición completa. Allí estaba la mismísima princesa, que viajaba en una inmensa litera doble, transportada por relevos de doce guardias númidas, junto con su séquito, formado por doncellas, cocineras, costureras y una astróloga personal. Las tiendas necesarias para acomodar a un personaje tan elevado venían a continuación en una hilera de carros, junto con los sirvientes necesarios para montarlas y desmontarlas, además de las esclavas de la casa que cuidaban de cualquier necesidad que no estuviera cubierta. Todo aquel grupo deprimía a Marcelo; en vez de sentirse complacido por aquella grandeza, le dio por pensar que hubiera sido mucho más apropiado para un senador romano de toga sencilla, con las varas de su cargo gubernamental, presentarse ante un rey aliado sin escolta. Nada más que eso podría resaltar más el imperium de Roma. Como las dos únicas personas elevadas de aquel caravasar, la dama Iniobia y Marcelo cenaron juntos y, reclamando su preeminencia sobre el cuestor, ella rechazó usar una silla y se recostó sobre un camastro, igual que él. Era una mujer atractiva, mucho más joven que su marido, y a la luz de las lámparas, que hacía brillar su piel de ébano, resultaba fácil imaginar que él pudiera ir más allá de los límites de la prudencia. Su primera noche quedó claro que él tenía libertad para hacerlo, pues Iniobia aludió al hecho de que la inercia de su marido no se limitaba tan sólo a sus obligaciones oficiales. Aquello no resultó embarazoso, pues la esposa del gobernador le dejó varias vías de escape y tampoco se ofendió porque él las usara, mostrando una notable sensibilidad por las restricciones del cargo de Marcelo.

En vez de eso, y sin hacer alusión ni una sola vez a la atracción mutua, se hicieron amigos. La conversación de ella era fluida y entretenida, y durante el viaje Marcelo aprendió mucho sobre el litoral del norte de África, sobre sus distintos pueblos, sus gobernantes, su pasado y el futuro que esperaban. A pesar de su frustración por la lentitud de sus pasos, se vio forzado a entender el viaje como un placentero interludio en su vida. A su llegada a Citra se separaron: ella fue a buscar a la familia y los amigos; él se fue a los aposentos que le habían asignado como dignatario de visita, donde su primera tarea fue conseguir que las esclavas desnudas que habían enviado para bañarle fueran sustituidas por hombres. Nada tenía que ver aquello con la mojigatería -eran mujeres despampanantes y estaban a su disposición-, pero si dejase que una debilidad así llegara a Roma, alguien podría usarlo para menoscabarlo.

Al día siguiente, la princesa y él llegaron juntos a la audiencia conjunta con el rey Estrobal, donde él descubrió que, pese a la opinión de su marido, la dama Iniobia ejercía poca influencia sobre su padre y le dejaba a él que cumpliera con diligencia todo lo que le habían encomendado. Esto consistió, a grandes rasgos, en escuchar pacientemente mientras el rey echaba la culpa de todos los problemas fronterizos a su rival de Mauritania. Ya que Marcelo había estado presente cuando Avidio recibió a una embajada de aquel país, escuchando el punto de vista opuesto, sospechaba que las dos partes eran culpables.

– Debéis entender, Majestad, que Roma no puede permitir conflictos en las fronteras del Imperio, sin que importe qué parte sea la culpable. Debemos intervenir para ponerle fin, por la fuerza si es necesario.

Era evidente que al rey Estrobal, que llegaba al final de su mediana edad y estaba acostumbrado a la deferencia que se le debía, le había molestado esa manera de dirigirse a él; aquello ya era lo suficientemente malo, pero el hecho de que Avidio hubiera confiado aquella reprimenda a otra persona, a un subalterno, le ofendió profundamente. En cuanto al asunto de su sucesor, fue inflexible: ninguno de sus hijos era aún lo bastante mayor como para demostrar su capacidad, aunque él ya estaba preparado para enviar a Roma a su hijo mayor, Yugurta, con un contingente de caballería.

Quedó muy claro que esto no implicaría en absoluto que fuese favorito como potencial sucesor; quizá cuando sus otros hijos llegasen a la madurez elegiría a otro. Si Marcelo hubiera sido el verdadero gobernador por pleno derecho, le habría dicho que semejante actitud apestaba a inútil prevaricación; que tras un error en la decisión de elegir la sucesión de un rey, Roma podría convocarle para hacer que asegurara una continuidad pacífica. Pero carecía de peso para exponer tal punto de vista y permaneció en silencio, aunque fue lo primero que le dijo a Avidio tras regresar a Útica.

– Creo que no quiere nombrar a ninguno de sus hijos porque teme por su propia vida. Mientras sigan compitiendo unos con otros por su favor, no intentarán quitarlo de en medio. Si, como sospecho, vamos a involucrarnos en la elección, mi señor, ¿podría sugerir que se invite al rey Estrobal a que envíe también a sus otros hijos a Roma?

– ¿Por qué motivo?

– Si van a ser clientes de Roma, lo inteligente para ellos sería que vieran el alcance de nuestro poder. Entonces tendrían menos tentaciones de emular a su padre e ignorarlo.

– ¿Y él no pensará que son rehenes? -preguntó el gobernador.

– Eso es lo que espero, señor. Si todo su linaje está en nuestras manos, puede que él deje de hacer incursiones en Mauritania.

– Me parece demasiado riguroso, Marcelo -replicó Avidio que, como era frecuente, tomaba partido por los nativos en vez de tomarlo por su propia gente-. Dejemos que las cosas sigan su curso.

– ¿Será esa la recomendación de tu informe final, señor?

El anciano lo miró y por una vez Marcelo pudo ver el sentido de determinación que en algún momento le había conducido al consulado.

– Lo será.

– Creo que el joven Yugurta es demasiado inmaduro para tener el mando.

– Es de sangre real y será obedecido. Además, se enviará a alguien con experiencia para mantenerlo vigilado. ¿Estás seguro de que mi esposa regresará a Útica con esa caballería?

– Esas fueron sus palabras, señor. Ella dio a entender que con su presencia en Citra el rey dedicaría todos sus esfuerzos a cumplir su promesa.

Hubo un grado mayor de disimulo en aquella réplica. La verdad era que su esposa era más feliz entre los suyos de lo que lo era en Útica, y tras asistir a varios banquetes mientras estaba en la capital númida y haber observado el comportamiento de ella con algunos de los nobles de aquella ciudad, Marcelo tenía profundas sospechas de que ella tenía al menos un amante. Pero le había prometido que regresaría a tiempo, a sabiendas de cómo interpretaría su marido su ausencia continuada.

– Mejor hubiera sido que te quedaras allí.

– Dama Iniobia fue bastante insistente, y yo no tengo poder para hacerla cambiar de opinión.

– ¿Cuándo partes para Roma? -espetó Avidio, cambiando bruscamente de tema y haciendo que su subordinado se preguntara si no sospecharía la verdad.

– En cuanto tu informe esté preparado, excelencia.

Se hacía la ilusión desesperanzada de que su superior mostraría más diligencia que hasta el momento en llevar a cabo esta tarea. Con que se retrasara algo de tiempo, Marcelo perdería las elecciones anuales para el cargo de edil. Como era típico de él, Avidio se extendió demasiado en aquel asunto, así que para cuando Marcelo y su familia llegaron a Ostia ya era demasiado tarde, pero su disgusto por esto se vio sobrepasado por su reacción ante las noticias, que habían llevado a Roma los gemelos Calvinos, sobre lo que le había ocurrido al ejército de Mancino en Pallentia.

– Podía verse que el desastre se avecinaba -dijo Cneo- nada más fracasar el primer ataque.

– ¿Por qué no se retiró Mancino entonces? -preguntó Marcelo.

Fue Publio Calvino quien contestó.

– Sólo los dioses lo saben. Ya le habían dado multitud de consejos.

Cneo rio con amargura.

– Malos la mayoría de ellos.

Marcelo no llegó a entender el chiste y su rostro saturnino enrojeció de ira.

– Veinte mil soldados romanos hechos prisioneros. Tendría que haberse arrojado sobre su espada en vez de dejar que eso sucediera, y todos sus oficiales con él.

Publio se sintió herido; era como si su amigo le estuviera reprochando el haber sobrevivido. Y eso que le había contado a Marcelo todo acerca de las conferencias que habían tenido lugar antes del ataque a Pallentia. Mancino era tan impaciente como todos sus predecesores, y ansiaba tanto el botín y el triunfo que abandonó toda prudencia militar.

– Áquila Terencio es el único que ha destacado por méritos propios. Sin él, la Decimoctava habría sufrido el mismo destino. Lo que no sé es cómo nos sacó de allí.

– Él no te sacó, Publio. Lo hizo el legado al mando.

– Eso es lo que tú crees. Si hubiera sido por ese, nuestros huesos estarían esparcidos por Iberia. Gracias a los dioses que Áquila Terencio se negó a cumplir sus órdenes.

– Nunca creí que en toda mi vida escucharía a un amigo mío alabar a un centurión por desobedecer a un legado. Y pensar que estudiamos con el mismo tutor y aprendimos las mismas lecciones, y así es cómo hablas. Timeón estará revolviéndose en su tumba.

– ¡Tú no conoces al hombre en cuestión! -dijo Cneo bruscamente, mientras se preguntaba cómo Marcelo, que había odiado a su tutor griego tanto como él, podía hablar como si aquel hombre hubiese sido algo más que un tirano con una vara. ¡Oh, dioses!, su viejo compañero de escuela, que una vez había dado de puñetazos a aquel hombre y por eso había recibido una paliza de los sirvientes de su padre. Si Marcelo alcanzó a ver su enojo, este no tuvo ningún efecto en él.

– Creo que conocí a ese tipo hace unos años -dijo Marcelo-. Estaba en mi cohorte cuando marché a Hispania. Alto, de pelo entre rojizo y dorado, y con aires de gallito.

– Tiene motivos para ser gallito.

Se volvieron todos al oír un ruido y vieron la imponente figura de Tito Cornelio que entraba por la puerta. Su cabello antes negro ahora estaba matizado por el gris, pero conservaba su porte soldadesco, tanto que recordó a Marcelo la primera vez que había visto a su padre. Este también estaba de pie en una entrada y hacía ver a su tutor, que estaba a punto de azotar a Marcelo, que algún día el muchacho sería su amo. El recién elegido cónsul júnior parecía tan fuerte y decidido como siempre, por lo que los saludos fueron breves, pues conocía a aquellos jóvenes desde que eran niños y no tenía tiempo para andarse con cortesías. Miró con dureza a los gemelos Calvinos.

– Lo primero que quiero saber es cómo puede ser que si todo un ejército fue capturado, una legión escapó y vosotros dos habéis sobrevivido.

– Quizá es que somos mejores soldados que Mancino -dijo Publio, que aún se resentía por el reproche indirecto de Marcelo y no quería sentirse intimidado ni por la reputación de Tito ni por su imperium consular.

– Tengo un cerdo que cumple ese requisito.

– Estamos aquí a petición de Marcelo, Tito Cornelio -dijo Cneo-. Ya hemos redactado nuestro informe oficial.

– Si, con lo que me cuentas, quieres que te ayude, necesito saber cómo escapasteis.

– Entonces debes preguntárselo al centurión sénior de la Decimoctava Legión, Tito, porque fue todo obra suya.

– ¡Explícate! -le espetó Tito. Se dio cuenta por sus caras de que había ofendido a los gemelos Calvinos y que no iban a sentirse intimidados. Era posible que durante su periodo en Hispania se hubiesen convertido, al fin y al cabo, en auténticos soldados, así que suavizó su gesto y añadió una súplica de cortesía-. ¿Por favor?

– ¿Estaría fuera de lugar que empezara por el principio? -preguntó Publio.

– Desde luego que no, es esencial -dijo Tito antes de dirigirse a Marcelo-. ¿Podríamos contar con los servicios de un escriba?

Los jóvenes llevaban hablando casi una hora y todo lo que decían atestiguaba el hecho de que Mancino era el único responsable de su propio infortunio. Narraron con detalle los hechos de aquel reconocimiento inicial y la forma en que se habían ignorado sus recomendaciones, los de los ataques sin la adecuada preparación, cuyo resultado habían sido bajas terribles; los del día que, delante de todos los demás oficiales, Áquila Terencio informó a su general sin rodeos de que las otras tribus se estaban reuniendo detrás de él, diciéndole además que si no se retiraba se enfrentaban a un desastre.

– Está claro que tenía razón -dijo Tito sin agrado-. ¿Ninguno de los otros oficiales sénior cuestionó las órdenes de Mancino?

– No es de los que aceptan que se le cuestione -replicó Cneo-, y Gavio Aspicio estaba poniéndole en ridículo.

Publio y él, demasiado jóvenes en realidad para asumir tamaño riesgo, habían respaldado a Áquila Terencio, pero decirlo ahora sonaría como una alegación especial.

– Ese primus pilatus parece ser una persona excepcional.

– ¿Y eso ayuda? -preguntó Marcelo, que estaba un tanto aburrido de oír hablar de aquel hombre. Los gemelos lo consideraban un ejemplo, mientras que él sabía lo que era, una amenaza de insubordinación. Tito miró al escriba y después a su anfitrión, y Marcelo le ordenó enseguida que saliera.

– Debemos esperar para ver lo que sucede en la cámara -replicó Tito-. Ahora lo que necesito es conocer vuestra opinión acerca de lo que hay que hacer.

– Eso es fácil -dijo Publio-. Dale a Áquila legiones suficientes y él dará fin a la guerra en lo que dura una estación.

Marcelo interrumpió.

– Esto es serio, Publio.

– Lo decía en serio -dijo Cneo.

– Ese tipo os ha hecho perder el juicio. No existe nadie tan bueno. Además, sólo es un patán inculto, me lo dijisteis vosotros mismos. No estaréis sugiriendo en serio que se le conceda el mando a alguien como él.

– Pues para ser serios… -dijo Tito con expresión burlona.

– Pallentia no merecía tanto esfuerzo. Ellos sabían que podíamos tomarla si queríamos, siempre y cuando estuviéramos dispuestos a imponer un asedio. Por eso dejaron que fuera Mancino el que pasara por el aro y él decidió hacerlo porque era el menor de los males. Rezaba para que Pallentia cayera fácilmente porque así no le preguntarían por qué, si quería atacar una colina fortificaba, evitaba el verdadero premio.

– Numancia. -Los jóvenes asintieron. Tito decidió no mencionar que él, como joven tribuno, había sido el primero en recomendar un ataque a Numancia, cuando era no mucho mayor que aquellos muchachos, pero aun así hizo la pregunta, sólo para ver si la respuesta era diferente de las conclusiones a las que él había llegado hacía tantos años-. ¿Por qué?

Marcelo le lanzó una mirada rápida. Sabía muy bien que Tito llevaba años insistiendo sobre eso mismo.

– Porque la tribu más grande, la más difícil de atacar y con los guerreros más duros y numerosos es la de los duncanes. Su caudillo lleva treinta años enfrentándose a la República, aunque él nunca sale a luchar. Nuestra información dice que espera que ataquemos, para que así pueda infligirnos una estrepitosa derrota que marque el final del gobierno romano en Hispania. Menos mal que no estaba en Pallentia. Habría pasado por la espada a todos y cada uno de nuestros hombres.

– ¿Se podría aislar Numancia si tomáramos todas las demás fortificaciones? -preguntó Marcelo.

– Carecemos de los medios -dijo Cneo-. Ahora hay docenas de ellas, pero no hay ninguna tan formidable como Numancia. Destruidla, arrasadla hasta sus cimientos y los demás sabrán que no tienen ninguna oportunidad contra Roma. Dejad que siga en pie y la guerra durará otros treinta años.

– ¿Es ese el consejo de vuestro centurión? -preguntó Tito.

– No. El aconseja que la aislemos manteniendo la paz con todas las tribus que hay entre Breno y nosotros, combatiendo y sometiendo a las que no quieran, y siendo indulgentes con el resto. Una vez que hayamos establecido nuestra paz, tendrá que ser mantenida con severidad, sin deslices por parte de cónsules avariciosos.

– Así que también él le tiene miedo a Numancia…

– No, Tito, él no -insistió Publio-. Sabe, como todo el mundo, que esa es la clave, pero sabe también que está protegida por un cuerpo de hombres que nunca darán a nadie ni los medios ni el tiempo para tomarla.

– ¿Y bien, hermano? -dijo Tito sin sonar interesado, mientras Quinto dejaba a un lado lo que el escriba de Marcelo había registrado.

Por lo común ambos solían ser reservados en presencia del otro, y así fue ahora, aunque el mayor había mantenido la promesa hecha a Claudia de ayudar a Tito a llegar al consulado. Quinto le había dado su apoyo sin mucha gentileza, aunque ahora le estaba agradecido por aquella presión de una manera que no había anticipado. El nombramiento de Mancino en Hispania había partido de él como recompensa por su apoyo senatorial; ahora, a causa de las acciones de aquel estúpido, toda la cuidada estructura de poder personal que había construido desde la muerte de Lucio Falerio amenazaba con derrumbarse sobre su cabeza.

En el mismo periodo, Tito había llegado a convertirse en el soldado más exitoso de Roma, tras haber combatido por todo el mar Medio dondequiera que amenazaran los problemas: una campaña sin fin que, sin embargo, nunca había alcanzado las cimas de una guerra abierta. Por causa de esto él contaba con una baza preciosa, una carrera de éxito sin tacha: Quinto le había mantenido apartado de Hispania, ese saco sin fondo de riqueza reservado para sus seguidores acérrimos. Ahora que las cosas habían ido realmente mal, necesitaba que su hermano le sacara las castañas del fuego. Era el honor de Tito el que no sacaba beneficio de esto.

– La impugnación es demasiado suave para él -dijo Quinto-. Este cretino debería ser arrojado desde la Roca Tarpeya.

Tito no pudo resistirse a una pequeña pulla.

– Estoy de acuerdo, pero Mancino tiene amigos poderosos en el Senado.

– Que se cubrirán las cabezas avergonzados cuando lean esto.

Agitó el rollo que Tito había traído de casa de Marcelo, más dañino que el informe oficial, mientras pasaba totalmente por alto el hecho de que, como «amigo» de Mancino, estaba hablando de sí mismo -tanto era así que Tito llegó a preguntarse en qué tipo de hombre se había convertido su hermano. Parecía capaz de cambiar de terreno sin esfuerzo, mientras que al mismo tiempo no paraba de cotorrear acerca de sus principios. Quinto no siempre había sido así, de hecho, hubo una época en que Tito lo tenía por un digno hermano mayor. Si bien eso había cambiado y se le podía poner la fecha en la época en que, justo después de la muerte de Aulo en Thralaxas, Lucio Falerio había atraído a Quinto a su esfera. La perspectiva del poder había seducido a Quinto hasta el punto de que había abrazado a Vegecio Flámino, el hombre responsable de la muerte de su padre.

– ¿Entonces seguimos adelante con su impugnación? -preguntó, a sabiendas de que Quinto supondría que lo que había detrás era su propio orden del día. Si se podía poner a Mancino delante de un tribunal, también se podría hacer con Vegecio Flámino, incluso después de todos estos años-. Y esta vez puedes dejar que se enfrente a su destino. Eso apaciguará a los caballeros.

Quinto frunció el ceño, prueba de que era consciente de su trampa. Aún no había perdonado a Tito por el decreto sobre la participación de los equites en los jurados, así que eludía el peligro con esmero.

– Es peor que eso, hermano. Este no es asunto para un tribunal, ni senatorial ni de otro tipo. Los comitia centuriae claman por el derecho a procesarlo en sesión abierta. Alentados por los caballeros, desde luego. No confían en que nosotros hagamos lo correcto.

Tito torció el gesto.

– Me pregunto por qué será.

– Una vez que dejemos que condenen a un senador, ¡todos correremos riesgo!

No era el momento de que Tito dijese que, a diferencia de Quinto, él sí estaba preparado para asumir el riesgo, aunque sentía curiosidad por la actitud de su hermano, pues parecía no preocuparle la amenaza que provenía de los caballeros o de los representantes de las tribus que formaban los comitia. Estaba claro que se preocupaba más por el punto de vista de sus compañeros senadores.

– ¿Tienes algún plan para evitarlo?

– Oh, sí -replicó Quinto, sonriendo por primera vez desde que su hermano había llegado-. Todo lo que tenemos que hacer es amenazar con procesar también a los tribunos que servían con Mancino. Hay bastantes de ellos que son hijos de caballeros.

– Es decir, que lo que estás diciendo es esto: por primera vez desde que se tiene memoria, ¿el Senado está tan disgustado que se prepara para condenar a uno de los suyos? -Quinto asintió despacio-. ¿Quieres que siga adelante con la moción de impugnación?

– De impugnación no, hermano. Creo que la pérdida de un ejército romano completo exige algo un poco más… ¿cómo lo diría? Permanente.

– ¿Y si te dijera, hermano, que no me prepararé para ir a Hispania a menos que accedas a hacer algo con Vegecio Flámino?

– Te diría que estás loco. Te he conseguido poderes proconsulares que no tienen nada que ver con los de un cónsul en servicio. Tienes tanto tiempo como gustes y puedes pedir las tropas que quieras.

– Con esos poderes, ¿por qué no vas tú?

– Conoces la respuesta a eso tan bien como yo. No me atrevo a salir de Roma después de lo que ha hecho Mancino.

Tenía que presionar; Tito lo tenía en una posición que probablemente no volvería a darse en el futuro, bien porque su hermano fuera demasiado débil, bien porque estuviera demasiado seguro. Quinto estaba debilitado por lo que había sucedido en Pallentia, por lo que estar ausente sería demasiado arriesgado, incluso aunque una victoria final en Hispania fuese el mejor camino para restaurar su poder. El tiempo era el problema, y el riesgo de que sus enemigos hicieran de las suyas mientras él estaba fuera de Roma era demasiado grande para él. Las otras únicas personas que podía enviar podían acumular tantos méritos como para resultar una amenaza a su vuelta, pero si otro Cornelio conseguía el éxito final, él podría atribuirse la mayor parte de los beneficios.

– Lo siento, Quinto.

– ¿El honor de la familia ya no significa nada para ti?

Tito estaba a punto de explotar, pero su hermano lo vio venir y, tan despierto como siempre, habló deprisa para evitarlo.

– Siempre me he propuesto hundir a Vegecio Flámino, pero necesito el poder para hacerlo. Si tú sabes vencer en Hispania, yo seré inexpugnable.

– Quiero que me lo jures, hermano.

– Por cualquier dios que desees -replicó Quinto al tiempo que estiraba el brazo para agarrar el antebrazo de su hermano.

Tito cenó con la familia aquella noche y fue testigo de un diálogo entre Claudia y su marido que lo dejó preguntándose qué tramaba ella, porque su madrastra había cambiado. Físicamente, desde luego, puesto que su gran belleza ya mostraba las señales de su edad, pero tenía más que ver con su actitud. Su sonrisa cínica había desaparecido, igual que aquellos comentarios algo mordaces tan efectivos para deshinchar la pomposidad. Habían sido reemplazados por una cualidad severa, casi carente de todo humor, de forma que hasta sus ojos, que Tito recordaba danzarines, mostraban una mirada más decidida. Y justo así era ahora, cuando ella estaba intentando persuadir al imbécil de su marido para que hiciera algo que a él, estaba claro, no le atraía.

– Sicilia es una provincia -insistía ella.

– Ya lo sé -replicó Sextio, que en realidad no intentaba disuadirla. Parte de él se preguntaba por qué había decidido ella sacar el tema en presencia de Tito, pero principalmente lo que se preguntaba era cómo podría lograr quedarse él en tierra firme italiana y enviar a Claudia a la isla.

– Creo que la comparación añadiría más peso al estudio, la diferencia entre Roma y una provincia. ¿Se abandonan allí más niños? ¿Se comportan de la misma manera, los recogen y los crían? En el fondo la isla es muy diferente, es casi griega en su totalidad.

– Por supuesto que lo es -dijo Sextio, mostrando auténtico interés por primera vez.

– ¿Aún andas ocupada con ese mismo estudio, Claudia? -preguntó Tito. Ella giró en redondo para mirarlo, y le dedicó una mirada tan fija que él cambió de tema-. A propósito, ¿te he contado que he pedido a Marcelo Falerio que venga conmigo a Hispania?

– Digamos que preferiría que me dejaras a mí a ese jovencito y su futuro.

Tito soltó una risita.

– Ya te has encargado de su futuro hasta el día de hoy. Ha sido enviado a todos los puestos sin salida del Imperio.

– No quiero que se arriesgue.

Tito sabía que probablemente aquello era una mentira.

– Es una antigua promesa.

El rostro de Quinto hizo un gesto malicioso.

– Pero, ¿te lo recordó Marcelo, Tito?

– No, no lo hizo.

Tito no estaba cumpliendo una promesa hecha a Marcelo, sino a su padre. Lucio había sido astuto; al haber prestado un servicio a Tito, obligando a Quinto a que lo ayudara a conseguir las magistraturas júnior que necesitaba para tener una carrera de éxito, no le había pedido nada específico a cambio. Sabía que el joven Cornelio rechazaría hacer cualquier cosa que considerase cuestionable, pero había confiado en que haría lo correcto cuando llegara el momento, y ahora las palabras del viejo Lucio cobraban sentido. Tito podía verlo ahora en el ojo de su mente: tan delgado como un palo, con una gran frente abombada para dar fe de su inteligencia y aquella media sonrisa con la que le había concedido lo que él buscaba a cambio de su ayuda. «Me prestarás un servicio, pero no te parecerá que estés haciendo nada para mí en absoluto».

¿Cómo había podido aquel hombre prever con tanta antelación? ¿Cómo habría podido saber la forma en que se comportaría su hermano? Sacar a Marcelo de debajo del yugo que Quinto estaba usando para someterlo era el pago de esa obligación, y, como bien hubiera sabido Lucio, se sentía feliz de hacerlo.

– Si Marcelo no te lo ha recordado, seguramente puedes dejarlo pasar.

Tito se esforzó por controlar su cólera. En otro tiempo habría dejado que aflorase, pero justo ahora estaba limitado por la necesidad de evitar darle una excusa a Quinto. Ante cualquier atisbo de vía de escape, Quinto renegaría del juramento que él le había obligado a hacer en el templo de Júpiter Máximo, el juramento de que al final vengaría a su padre y a los legionarios que habían muerto con él en Thralaxas.

Pero tenía que decir algo para hacer patente su desagrado.

– A veces me pregunto si realmente nos engendró el mismo padre.

– Estoy segura de que serás valiente, marido mío -dijo Claudianilla, mientras tocaba su vientre distendido con una mano-. Aunque preferiría que estuvieras aquí cuando tu hijo nazca.

– Será tan robusto como sus hermanos, Claudianilla. No tengas miedo por eso.

Aquí, en su propia casa, Marcelo recordaba su noche de bodas y la pérdida de la virginidad de la entonces menuda criatura. Había dejado de serlo, primero por la edad y en segundo lugar por los embarazos. Ahora pocas veces cumplía él su deber con su esposa, pero ella tenía una fecundidad natural que al principio le había chocado. Tras haber tenido tres hijos, dos niños y una niña, cuatro abortos espontáneos y un bebé aún por nacer, su esposa estaba oronda y maternal. A sus pechos ya no les faltaba madurar, más bien al contrario, encajaban con sus anchas caderas y el amplio talle que Claudianilla mantenía oculto bajo sus ropas sueltas. Por una vez, Marcelo no hizo alusión a aquello, pues estaba en un estado casi de euforia por ir, al fin, a algún sitio a luchar en una guerra. Aun así, feliz como se sentía, no podía dejar a Claudianilla sin hacer una advertencia.

– Ya he dicho esto antes, pero lo diré otra vez, pues sé que te aprovecharás de mi ausencia. No interfieras en la educación de los chicos, ¿entendido?

El rostro relleno de Claudianilla asumió un gesto de pura aflicción.

– Es difícil para una madre mantenerse apartada viendo cómo sus hijos son usados tan cruelmente.

– Si su profesor considera apropiado castigarlos, ese es su deber. ¿Cómo van a convertirse en soldados si se no se les permite ni una sola herida? Si sientes la tentación de intervenir, entonces piensa en mí. Yo tuve el mismo tipo de educación, y no me ha hecho ningún daño.

Claudianilla bajó la mirada, para que Marcelo no viese que estaba disgustada; para ella, él era cualquier cosa menos normal. Nada más regresar a Roma, visitó la finca donde había instalado a la chica griega, justo antes de hacer varias visitas a la casa de los Vispanios -visitas que siempre tenían lugar cuando Galo estaba ausente. Estaba claro que sacaba poco placer de sus visitas; le dejaban siempre de mal humor e irritado, como si lo que hubiera ocurrido le dejara con ganas de vengarse con ella. En muchos aspectos, ella estaba contenta de que se marchara.

Capítulo Quince

Mancino había decidido no mostrar arrepentimiento, aunque tendría que haber sabido que al haber sido reemplazado por el hermano de Quinto Cornelio era una mala señal para su futuro. Tito escuchaba, sin hacer comentarios, la letanía de justificaciones. Había que culpar a todo el mundo menos a él. Tito podía preguntar a los sacerdotes, que habían esparcido el cereal delante de los pollos sagrados y afirmaron muy seguros que los presagios eran propicios para la operación.

– ¿Te llevaste a los sacerdotes y sus pollos contigo? Mancino dedicó a Tito una amarga mirada, como ofendido de que él pudiera hacer chistes en un momento como aquel. -Por supuesto que no.

– Es una lástima, senador, porque si lo hubieras hecho, habrían anticipado que, como las de tus legiones, sus tripas quedarían desparramadas. -Tito se levantó, destacando por encima de aquel hombre-. Habría sido incluso de más ayuda que hubieras asumido alguna responsabilidad por ti mismo, pero no, echas la culpa al estado del ejército, a la mala calidad de la información que te dieron…

El senador reemplazado le interrumpió con expresión de inocente protesta.

– El hombre al que envié a inspeccionar el lugar dijo que caería fácilmente.

– Qué idiota -dijo Tito mientras meneaba la cabeza-. Ha sobrevivido demasiada gente, Mancino. Te hicieron comer la hierba del campo de batalla y después te dejaron marchar. ¿Qué les prometiste a cambio?

– ¿Qué otra cosa podía hacer? Les prometí que Roma pagaría una indemnización por las vidas de nuestros soldados.

– ¿Sin saber si eras sincero?

– ¿Y qué si era mentira? ¿A quién le importa esa mierda ibérica?

Tito caminó hasta la entrada de la tienda. Marcelo y los gemelos Calvinos esperaban fuera, junto a los lictores que acompañaban al senador a todas partes. Un poco detrás de ellos, manteniéndose apartado a propósito, estaba un centurión alto con su uniforme cubierto de condecoraciones. Por su altura y el color de su cabello, Tito dio por sentado que se trataba del hombre del que tanto había oído hablar. Publio le miró a los ojos e hizo un gesto con la cabeza para indicarle que la guardia pretoriana había cambiado: los hombres de Mancino se habían ido para ser reemplazados por otros elegidos por Áquila Terencio.

Tito indicó al centurión que tenía que entrar y así lo hizo Áquila, que se puso en posición de firmes en medio de la tienda. Su saludo fue brusco y en voz alta, pero iba dirigido claramente más allá de su comandante nominal y, por la mirada de Mancino, fue evidente que había captado el insulto deliberado. Entonces Tito llamó a los lictores que portaban los símbolos de su cargo y representaban su poder consular. Satisfecho con los preparativos, metió su mano entre los pliegues de su túnica y sacó un rollo fuertemente atado que abrió con lentitud.

– Con mi capacidad como cónsul y por orden del Senado de la República romana, por la presente te relevo de toda responsabilidad sobre las operaciones en esta provincia.

Mancino había permanecido muy estirado en su silla; ahora dejó que sus hombros se hundieran, como si por fin quedara aliviado al oír aquellas palabras.

– Me alegrará estar de vuelta en Roma.

– No lo creo -dijo Tito sin alterar la voz.

El rostro del hombre que estaba sentado hizo un gesto de astucia.

– No me impugnarán, Tito Cornelio. Hay demasiados cadáveres en el armario. Si yo me hundo, puedes estar seguro de que tu hermano se hundirá conmigo.

– Tienes razón, Mancino, nadie va a impugnarte. -Se volvió hacia Áquila-. Centurión, pon a este hombre bajo custodia, no puede hablar con nadie.

El hombre estaba ya medio levantado de su silla.

– No puedes encerrarme, soy senador.

– Nadie va a encerrarte, Mancino. -La mirada de confusión no duró mucho, pues enseguida fue sustituida por un gesto de absoluto terror mientras Tito terminaba de dar sus órdenes a Áquila-. Lleva a este mierda a Pallentia con una señal de tregua. Diles a los habitantes que les mintió. Roma no les pagará una indemnización, pero si hacen un juramento de paz, les dejaremos estar.

– ¿Y después, mi general? -preguntó Áquila, que estaba claramente intrigado.

– Después entrégaselo como regalo del Senado de Roma. Pueden hacer con él lo que quieran.

– No es envidia -insistía Marcelo-. De hecho, estoy lleno de admiración por vuestro centurión.

– Recuerda que ahora es tribuno -replicó Cneo.

– Está bien -suspiró Marcelo-. Vuestro tribuno.

– Parece como si pensaras que no lo merece.

– Puede que lo merezca, pero luego puede que no -Marcelo oyó su inspiración exagerada y habló deprisa-. Es valiente, sí. Un buen soldado…

– Un magnífico soldado.

Marcelo tan sólo asintió.

– Pero es esa manera de hablar suya la que resulta molesta. A Tito Cornelio le mostró el mínimo respeto.

Cneo se encogió de hombros.

– Tiene poco tiempo para los senadores. Ha visto a demasiados que robarían los ojos de tu calavera.

– ¿Lo dijo con esas palabras?

– Sí. Y añadió que, después de robarte los ojos, volverían a por las cuencas.

Marcelo estaba irritado, aunque tranquilo, desde la reunión, y sabía exactamente el porqué. Pese a su enfado por la manera en que lo dio, el consejo que Áquila le había dado a Tito parecía extremadamente sensato. Estaba familiarizado con el territorio y el idioma, tenía un sólido conocimiento de las tribus celtíberas y sabía también cómo combatirlas.

– Han aprendido mucho estos últimos años. No te presentarán batallas campales en campo abierto. Tampoco permitirán que marches a ningún sitio sin tenderte emboscadas. Ni el ejército al completo está seguro. Saben que no pueden derrotar a Roma por la fuerza, pero pueden desanimarnos arrastrando a las legiones a un campo difícil y peligroso.

Marcelo interrumpió.

– Puede que con algo de astucia consiguiéramos atraparlos.

Su rabia inicial fue causada por la forma en que el recién ascendido tribuno rechazó con decisión su sugerencia. Áquila ni siquiera intentó ocultar el desprecio en sus ojos, pues se acordaba del elevado Marcelo Falerio mejor de lo que este sabía.

– ¡Sería una pérdida de tiempo! En cuanto se sienten amenazados se retiran a sus fortificaciones, que no somos capaces de tomar, y si decidimos asediarlos, entonces todas las tribus se reúnen para oponerse a nosotros. Nos encontraremos enfrentados contra los lusitanos, los bregones, los leonines y otra docena de tribus, organizadas todas bajo el liderazgo de Breno. Puedes venir desde Roma pensando que la solución es simple, Marcelo Falerio, pero te darás cuenta de que te equivocas, ¡tanto como los demás!

– Hemos tomado fuertes en el pasado -dijo Tito cortando a Marcelo, cuya noble sangre hervía. Parecía dispuesto a intentar poner en su sitio a Áquila Terencio.

– Pero no con lo que ahora tienes a mano. Te falta equipamiento de asedio y el ejército está hecho un desastre, mi general, más preocupado por el bienestar material que por la lucha.

Tito descartó aquello con movimiento de la mano.

– La mayoría de los soldados están igual.

– Eso es una estupidez, mi general, y deberías saberlo. La corrupción empieza arriba y se va filtrando hacia abajo. Dirigidos de forma adecuada, esos hombres son tan buenos como cualquier otro de la República.

Tito se tomó aquella afirmación mejor que Marcelo, que se puso rojo de ira al ver que hablaba a un cónsul romano de manera tan desdeñosa; encima de cómo le había hablado Áquila, aquello era intolerable. Tito tampoco se sentía complacido, pero se guardó de que cualquier atisbo de eso se notara en su siguiente pregunta.

– ¿Sueles dirigirte así a tus superiores?

Áquila miró fijamente a Tito, sin parpadear.

– Sí.

Tito lo miró con severidad.

– Pues es un milagro que aún estés vivo, Áquila Terencio.

– En realidad no, mi general. Lo milagroso es que todos esos mierdas que nos envían desde Roma vuelvan de una pieza. He sentido la tentación de intervenir y cortarles la cabeza. Roma recibiría mejor servicio de los basureros que de los senadores, que tienen boñigas de buey donde deberían tener el seso.

Los que estaban alrededor de la mesa quedaron boquiabiertos. La zafiedad de su discurso era comprensible, al fin y al cabo, aquel hombre era un campesino inculto, pero sus maneras y la forma de hablar eran del todo sediciosas. Tito y Áquila se miraban el uno al otro sin pestañear.

– Haré que te disculpes por hablarme así -dijo Tito fríamente.

La voz de Áquila fue tan imperturbable como su gesto.

– No sé cómo, mi general.

– Fui enviado aquí por el Senado para poner fin de una vez a la lucha en Hipania y es lo que pretendo hacer. Me haré cargo de tu gentuza y la convertiré en luchadores. Después puedes ir olvidándote de las otras fortificaciones, pues atacaremos y someteremos Numancia.

– ¿En un año?

– No, soldado. Estaré aquí el tiempo que sea necesario, y antes de que me digas que no sé de qué estoy hablando, ya estuve en esta provincia durante unos cuantos años. He combatido a las tribus y he competido con varios de sus líderes en juegos pacíficos, y hubo un tiempo en que podía haber dicho sinceramente que algunos de ellos eran amigos míos. No eres el único que sabe una o dos cosas sobre esta frontera. Yo escribí un informe para el Senado sobre Breno, y en él decía que era una amenaza que algún día tendríamos que eliminar, porque nunca tendríamos paz mientras él viviera. Y, antes que yo, mi padre, que luchó contra él y lo derrotó, decía exactamente lo mismo. Así que no vuelvas a atreverte a darme consejos con ese tono de voz, porque incluso aunque provoque un motín, te torturaré en la rueda y después diezmaré a la Decimoctava Legión para demostrarles quién es el que manda de verdad.

Áquila sonrió por primera vez desde que la reunión había comenzado y supuso una enorme diferencia para su rostro curtido en batallas. Los ojos azules dejaron de parecer heladores, y en su lugar se volvieron cálidos, y las líneas de expresión de su rostro bronceado resultaban ahora acogedoras en vez de amenazantes.

– Puede que me disculpe por eso, mi general -dijo-. Quién sabe, si llego a ver Italia otra vez, quizá hasta te dé las gracias.

Cneo aún estaba hablando sobre su «tribuno» y a Marcelo le molestaba el modo en que repetía punto por punto las radicales ideas de aquel tipo.

– No le puedes culpar, Marcelo. Lleva aquí casi doce años y lo único que ha visto son cadáveres y una sucesión de hombres, ya ricos, que intentaban enriquecerse aún más.

– Por eso le encantaría ver que todo el sistema, que ha hecho grande a Roma, es desechado por el mal comportamiento de un par de garbanzos negros.

– No subestimes a Áquila, Marcelo -dijo Cneo-. Dijiste que era un patán inculto…

– Y lo es -espetó Marcelo, interrumpiéndole-. Y añadiría que sus modales son una vergüenza. Recuerdo que era igual de maleducado con Quinto Cornelio hace años.

Cneo ya conocía aquella historia -después de todo, era parte de la leyenda de Terencio. Raras veces seguía la opinión generalizada de que Marcelo era un mojigato estirado, pero sí lo hizo esta vez y cuando habló, su voz sonó más cortante de lo habitual.

– Créeme, Marcelo, que si de algo está orgulloso Áquila es de su ciudadanía romana.

– Pues debería aprender a respetarla de forma apropiada y a evitar insultar a hombres que son cónsules. Si estuviera aún en su granja, cualquier terrateniente noble al que se dirigiera así haría que las autoridades lo azotaran por insolencia.

– Yo prefiero verlo como que no es muy refinado -dijo Cneo.

– Creo que ya me he referido a que es analfabeto. Es una desgracia que sea tribuno alguien que no sabe leer ni escribir con propiedad.

– Pero sabe hablar griego.

– Su acento es horroroso.

Ahora Cneo se sentía realmente extrañado; semejante condescendencia no era propia de su viejo amigo y tuvo que ponerlo en su sitio.

– Eso ha sido impropio de un romano, Marcelo.

No podía saber que, mientras él hablaba, su compañero podía haberse mordido la lengua y estaba preparado para maldecirse a sí mismo por tal afirmación. De haber sabido Cneo lo mucho que este Áquila había impresionado a Marcelo, quizá no hubiera sido tan severo. Lo más desazonador era la manera en que el centurión, ahora tribuno por orden de Tito Cornelio, se había ganado a sus amigos en el tiempo que habían pasado con él.

– Retiro mis palabras y me disculpo -dijo con fría formalidad.

Siguieron caminando en silencio, mientras Cneo deseaba que Marcelo pasara algo de tiempo con Áquila como había hecho él antes, durante el sitio de Pallentia y después. Quizá entonces podría llegar a ver lo podrido que estaba un sistema en el que la gente pobre perdía su tierra, que acababa en manos de hombres tan ricos como para no saber qué hacer con tanto dinero, en el que los ricos acaparaban todo el poder para sí mismos y cuando se les forzaba a que compartieran una parte, preferían dejar que se perdiera. No todos los senadores eran asquerosamente ricos, por supuesto, pero esos hombres, que vestían sus togas ribeteadas de púrpura, formaban ejércitos y los dejaban a merced del desastre, o bien los usaban como su banda privada de ladrones. Apelaban a toda Italia, que poco tenía que ganar con el poder de Roma, y la obligaban, como pueblo sometido, a proporcionar a la República más sangre que derramar, al mismo tiempo que se negaba a esos mismos pueblos el derecho a la ciudadanía. Tras dos meses con Áquila, Cneo había acabado por avergonzarse de ser rico o de tener vínculos con la clase senatorial.

– Tienes que entender, amigo mío -insistía Marcelo-, que lo que Roma necesita es una clase dirigente más fuerte, no una que sea más débil. Si permitimos una sola vez que sea la gentuza la que tome decisiones, Roma se vendrá abajo.

– Eso sólo es parte de los argumentos de Áquila. Creo que él está más a favor de que un sólo hombre concentre todo el poder para poner primero orden en la confusión.

La voz de Marcelo fue como un latigazo.

– ¿Un dictador, es eso lo que quiere? Supongo que no hay premio por adivinar a quién se imagina en ese puesto. Bien, pues doy gracias a los dioses porque sólo sea un tribuno, porque así es más probable que ninguna de esas ideas delirantes llegue muy lejos.

– No puedo ir contigo, mi dama -dijo Cholón-. Ya se me ha encomendado que me reúna con Tito en Hispania.

– En ese caso tendré que redoblar mis esfuerzos con Sextio, aunque me temo que algunos de sus amigos han desautorizado mi intento de pintarle una imagen prometedora de Sicilia.

– Aún tienes que decirme por qué tienes tantas ganas de ir allí.

Tras valorar su amistad con Cholón, Claudia tuvo dudas, pero frente a su deseo de encontrar a su hijo aquello no era nada. Una vez que hiciera la pregunta se abriría una brecha entre ellos dos, una que quizá nunca llegara a cerrarse. Ella se había comprometido, hacía muchos años, a no preguntarle dónde habían abandonado Aulo y él a su hijo, aunque no le quedaba otra alternativa más que probar y la respuesta era de vital importancia. Si fuese afirmativa, ella se iría sola a Sicilia y si Sextio se negaba a que lo hiciera, habría ido más allá de lo que a ella le resultaba útil, y puesto que aún no estaban casados de manera formal, ella le ofrecería el divorcio.

– Como ya sabes, viajo a todas partes con mi marido.

– Siempre me ha sorprendido que lo hicieras -replicó Cholón con suavidad.

No llegó a decirle que, para él, el acto de viajar era menos misterioso que la persona a la que había elegido como compañero de viaje. El griego había sufrido más de una velada en compañía de Sextio, sólo por el bien de Claudia. El hombre era un fastidio que siempre estaba congratulándose de su perfecto semblante romano, y sus intentos de ocultar sus verdaderas inclinaciones tras una fachada de virilidad romana resultaban irrisorios. Sextio estaba anclado en el pasado y no era consciente de que los tiempos habían cambiado, que con el influjo creciente de las ideas griegas en la República, en Roma a nadie le importaba un comino ya la orientación sexual de un hombre. Claudia se levantó y se acercó a un cofre que estaba colocado contra la pared, lo abrió y sacó unos cuantos rollos escritos antes de darse la vuelta para mirar a su invitado.

– ¿Qué tienes ahí? -preguntó él.

– Puede que te hayas preguntado, una o dos veces, por qué escogí casarme con Sextio.

Los buenos modales luchaban contra la sinceridad en el pecho de Cholón y en su garganta. El resultado fue un sonido que no fue ni afirmativo ni negativo, sino que se podría haber reconocido como el que hace un hombre con un fuerte resfriado para intentar aclararse la garganta.

Claudia sonrió.

– Siempre he admirado tu elocuencia, Cholón -él simplemente señaló los rollos que llevaba Claudia en su mano, sin confiar en sí mismo para hablar-. Sextio posee tierras en los alrededores de Roma. Es una ventaja añadida que tenga amistad con todos los demás terratenientes -Cholón bajó su cabeza, pues reconocía la verdad en lo que ella estaba diciendo-. Y es por eso por lo que me casé con él.

El griego era tan retorcido como inteligente, así que ella esperó para ver si ataba los cabos sueltos. Él movió la cabeza despacio, como un hombre que sólo ha captado parte de una idea.

– Una vez te hice una pregunta que tú preferiste no contestar -Claudia dejó caer uno de los rollos-. Y aquí tengo la encuesta que he emprendido, que presentará Sextio ante el Senado bajo su propio nombre, en la que se detalla la incidencia del abandono infantil en Roma y en las zonas circundantes más cercanas del Lacio.

Ahora las cejas del griego se elevaron y cambió de posición, adoptando una pose más cautelosa mientras ella continuaba.

– Por supuesto, está incompleta. Me he visto limitada en lo que podía preguntar. Sólo un pretor con el poder adecuado podría exigir respuestas, pero, como puedes ver, se trata de una encuesta bastante exhaustiva.

– Pensaba que te habías quitado ese asunto de la cabeza -dijo él.

Ella lo ignoró y señaló el rollo, pero sus ojos nunca se apartaron del rostro del griego.

– Hay un lugar cerca de Aprilium, justo al lado del río Liris. Allí fue abandonado un niño la noche del festival de Lupercalia, que, como bien sabes, es la fecha exacta en que nació mi hijo.

Cholón mantuvo una sonrisa tan rígida como la de una máscara teatral, pero no pudo detener un parpadeo de sus ojos, que fue suficiente para satisfacer a Claudia.

– Debo marcharme -dijo él levantándose al tiempo.

– Sí -replicó su anfitriona-. Será mejor que te vayas antes de que me sienta tentada de romper una promesa.

Cholón temía que su resolución flaqueara, así que su despedida fue tan precipitada como antipática. Las palabras de ella lo habían llevado de vuelta a aquella noche, hacía ya tantos años, en que su amo, Aulo, y él habían cabalgado varias leguas desde la villa vacía en la que Claudia acababa de dar a luz a un hijo bastardo. Mientras cabalgaban, el crío iba en la alforja de su costado y aún recordaba los ojos que lo habían mirado fijamente bajo el reflejo de la luz de la luna, unos ojos de un azul brillante, por lo que había podido ver por las velas que iluminaron su nacimiento.

Habían dejado al crío donde no pudiera ser encontrado; Aulo no quería aquella deshonra sobre su nombre, pero tan noble como siempre, no estaba dispuesto a hacer recaer todo el oprobio sobre la mujer a la que amaba. Muchas veces se había preguntado qué habría sido de aquel cuerpecillo envuelto en pañales; muchas veces había rogado a sus dioses que lo perdonaran por lo que tenía que ser un pecado. Y puesto que era leal a su difunto amo, cuando Claudia le había presionado, él había rechazado decirle la zona en la que el niño había sido abandonado, aunque tampoco lo sabía con exactitud.

Había un río que gorgoteaba entre los árboles donde lo habían dejado, de eso sí se acordaba, y la silueta de un monte se recortaba a la luz de la luna, pues era una noche fría y clara, con una extraña cima con forma de copa votiva. Había hablado con un cirujano sobre la muerte por congelación, y este le había asegurado que, cuando el cuerpo se enfriaba, la persona entraba en un sueño del que ya no despertaba, por lo que el niño no habría sufrido ningún dolor.

Sólo cuando estuvo en la calle, delante de casa de Claudia, se dio cuenta de que había olvidado preguntarle por qué, después de haber mencionado el río Liris y Aprilium, que en su mente parecían localizaciones probables, ella estaba tan decidida a salir hacia Sicilia.

Tito sabía que tenía que separarlos. No estaban trabajando juntos -sino todo lo contrario-, y si dejaba a Áquila y a Marcelo juntos demasiado tiempo, uno de ellos mataría al otro. Parecía que las diferencias de nacimiento y origen servían de alguna manera para despertar su mutua antipatía. Marcelo no podía aceptar al nuevo tribuno como su igual. Áquila, que sabía que Marcelo Falerio tenía poca experiencia en batalla, aprovechaba cualquier oportunidad para recordárselo. Era difícil saber a quién culpar, como si eso fuera a sentar el fin de su discrepancia, pero Tito sabía que debía tomar una decisión, si bien la más sencilla, enviar a Marcelo de vuelta a Roma, no podía permitírsela y no sólo porque así rompería una promesa: hacerlo no sería honesto.

A Áquila Terencio lo necesitaba para que le ayudara en la instrucción de las legiones, así como de los reclutas ibéricos que había alistado en las llanuras de la costa. No se trataba sólo de que todo el ejército, con la excepción de aquellos hombres que había traído consigo, conocieran al nuevo tribuno. Tito era el tipo de general que hablaba con sus tropas, así que había oído repetidas veces lo mucho que tanto Áquila como el amuleto que llevaba en el cuello eran considerados símbolos de fortuna. Había elementos de leyenda en las historias que contaban; incluso los hombres que habían pasado por la humillación ante Pallentia creían que el tribuno les había salvado la vida. Y su ascenso a la que era la posición de un hombre rico enorgullecía a todos los hombres del ejército, lo que no dejaba lugar a dudas acerca de que se sentirían más a gusto atacando Numancia con aquel hombre a su lado.

Aun así estaba obligado con Marcelo por un vínculo de lealtad que llegaba muy lejos, a una época anterior a que el joven Falerio vistiera su toga de adulto. Quinto siempre afirmaba que él estaba haciendo algo, pero parecía querer que Marcelo asumiera su primera magistratura sin siquiera haber derramado sangre, algo que sería un obstáculo en la futura carrera del joven. La solución le llegó por medio de Áquila, que, en una reunión, preguntó al general qué pasos iba a emprender para asegurarse de que los lusitanos, más numerosos que cualquier otra tribu, excepto los duncanes, no interfirieran en sus operaciones en torno a Numancia.

– Estoy seguro de que tú tienes alguna sugerencia, Áquila Terencio -dijo Marcelo sarcástico, ignorando la amarga mirada que le había dedicado Tito por su intervención.

– Quizá deberíamos enviarte a ti contra ellos, Marcelo Falerio. Al fin y al cabo un soldado de tu reputación haría que se cagaran encima.

– ¡Ya basta! -espetó Tito mirando fijamente a Aquila-. Haz el favor de dejar ese lenguaje de soldado raso fuera de mi tienda.

– Pero es que sí tengo una sugerencia, mi general, aunque no sea una que probablemente vayas a recibir con gusto.

– ¿Cuál es?

– Que pospongas la campaña por este año. Forma diez legiones más, consigue buenos oficiales y ataca al mismo tiempo a lusitanos y duncanes.

– ¿Por qué iba a estar en contra de tal sugerencia, asumiendo que tenga sentido militar?

– Tu año como cónsul habrá acabado, Tito Cornelio. Enseguida habrá algún otro capullo ansioso por venir, especialmente si piensa que no estás haciendo nada. Puede que ahora te hayan favorecido con un proconsulado sin término cerrado, pero apostaría un sestercio contra un as a que te retirarán. Lo diré ahora y me reafirmo. Eres un digno soldado, pero no creo que ni siquiera tú quieras irte a casa para dejar que otro se quede con toda la gloria.

Tito frunció el ceño ante aquello, después miró a los oficiales allí reunidos, todos ellos jóvenes, puesto que había enviado de vuelta a Roma a todos los veteranos, los que habían prestado servicio con Mancino.

– Escúchame bien. Estoy aquí como procónsul de las dos provincias de Hispania. Estoy aquí para luchar toda esta guerra, no sólo una campaña. Cuando deje estas tierras, estarán en paz y mis soldados podrán volverse a casa conmigo. No vendrán más generales al mando desde Roma. ¿Me he explicado bien?

Marcelo se sintió complacido de ver que, por fin, Tito había puesto en su sitio a aquel advenedizo. El hermano del general le había prometido que las palabras que acababa de decir eran ciertas, pero Tito sabía que sería una estupidez dar su total confianza a Quinto. Y justo era decir que Áquila había dicho la verdad: algo había que hacer para contener a los lusitanos, para al menos mantenerlos ocupados hasta que alcanzara y sitiara Numancia. En el campo y como aliados de los duncanes, podrían resultar demasiado para las fuerzas de las que él podía disponer. Muchas veces en su vida, mientras hablaba, había cristalizado en su mente un pensamiento sobre un tema relacionado, y fue justo lo que ocurrió ahora.

– Da la casualidad, señores, de que tengo un plan para mantener ocupados a los lusitanos. Salgo para la provincia de Hispania Ulterior por la mañana. Áquila Terencio, tú asumirás el mando en mi ausencia -Marcelo abrió la boca para protestar, tan molesto que, incluso con su educación, estaba dispuesto a cuestionar abiertamente las órdenes de su comandante. Las siguientes palabras de Tito le cortaron-. ¡Y tú, Marcelo Falerio, me acompañarás!

Capítulo Dieciséis

A cualquiera que lo conociese, el rostro de Sextio Paulo mientras le ayudaban a descender por la rampa en Mesana le habría provocado una incontenible hilaridad. Parecía un hombre que hubiese descendido a una letrina de legionarios, justo hasta el punto en que sus contenidos hubieran alcanzado su labio inferior. Decir que el senador no era un hombre feliz habría sido faltar definitivamente a la verdad. Puede que no comprendiera lo que se había apoderado de Claudia; de ser la perfecta esposa, amable, atenta y del todo consciente de la innata superioridad de él, se había transformado en una arpía gritona. A él la palabra «divorcio» le horrorizaba, y al menos ella se había comprometido a no pronunciarla más. Así que, aquí estaba él, en Sicilia, tras haber sido verdaderamente arrancado de Neápolis antes de que hubiera tenido una oportunidad de buscar a viejos conocidos, y sólo para quedar varado, a causa del mal tiempo, en Rhegnum, un horroroso puerto plagado de rufianes. Claudia se había comportado como si aquello también fuese culpa suya. Habían emprendido la travesía antes de que la tormenta hubiese amainado del todo, lo que le había puesto enfermo, y después el capitán de la nave, cuando ya tenían bien a la vista la entrada del puerto, le había exigido una tarifa incrementada por desembarcarlos, diciendo que el oleaje lo hacía peligroso.

Al menos su administrador se había asegurado los servicios de un carruaje y partieron hacia el palacio del gobernador en silencio. Claudia, que iba a su lado, se asomaba por la ventana del modo más indecoroso, como si fuera una pescadera llamando a gritos a los amigos que pasaban. Pero él se abstuvo de pedirle que dejara de hacerlo, pues sabía que nada de lo que decía aquellos días resultaba en otra cosa que no fueran insultos.

Tito Cornelio, a quien se había otorgado poderes proconsulares sobre toda la península Ibérica, también sustituyó al gobernador de la provincia del sur, Hispania Ulterior. Aquel hombre, no menos venal que Mancino, se tomó su sustitución con mayor elegancia, pero después iba a volver a Roma y no a ser puesto en manos de sus enemigos, con la perspectiva de sufrir torturas y vejaciones, antes de ser quemado vivo dentro de una jaula de mimbre. Las tropas de su provincia, aunque bastante menos numerosas, estaban en las mismas condiciones que aquellas que habían servido bajo las órdenes de Mancino, y el enemigo, en el norte y el oeste, era incluso más fuerte, al estar menos expuesto a Roma y su influencia civilizadora.

Marcelo, a quien Tito había concedido el rango de legatus, enseguida se puso a trabajar, instituyendo un nuevo y duro régimen en la legión, con serios y, a menudo, fatales resultados para los transgresores, e interrogó a los oficiales disponibles con la intención de conseguir una valoración adecuada de la situación. Aquí el problema era diferente, pues estaban expuestos a las actividades de los asaltantes marinos así como a las incursiones de los lusitanos por el norte. Aunque carecía de experiencia real para manejar él sólo la situación, la suerte intervino, pues en Regimus, un viejo y experimentado marinero, encontró justo al hombre que andaba buscando.

Pasaban mucho tiempo juntos, tanto en los cuarteles como en la orilla del mar, hasta que Marcelo arrendó una nave y desapareció durante una semana con su recién hallado compañero. Aquello le vino bien a Tito; lejos de su campamento principal del norte y de los problemas diarios de entrenar a un ejército, pudo dedicarse a pensar cómo iba a derrotar a Breno. Sabía que si no conseguía encontrar el método apropiado, su ejército sufriría un destino peor que aquel al que se habían enfrentado al rendirse ante Pallentia: Breno no buscaría la tregua, sino sólo la completa destrucción de sus enemigos. De entre toda la gente, era Tito Cornelio quien sabía que la derrota de sus legiones no sería para Breno nada más que un paso hacia un plan mayor y más peligroso.

Lentamente, mientras examinaba el problema, el germen de una solución se presentó por sí mismo, pero sólo tendría validez si podía controlar, en los ataques iniciales, el número de tropas a las que se enfrentaba. Por mucho que lo intentó, no consiguió pensar en una manera de impedir a los lusitanos que reforzaran a su principal enemigo.

En cuanto regresó, se hizo evidente que cualquiera que fuese el plan que Marcelo había ideado para tratar aquello le tenía exaltado. Tras pedir una serie de mapas, explicó a toda prisa los detalles básicos sin detenerse a respirar, sin darse cuenta de que su general no compartía del todo su entusiasmo.

– Depende de la rapidez con la que se enteren que estamos asediando Numancia -dijo Tito.

– ¿Vas a asediar Numancia?

– Si puedo, primero tendré que llegar al lugar.

– Las comunicaciones son buenas y comparten una frontera tribal. No hay nada que pueda evitar que los lusitanos acudan en ayuda de Numancia antes de que tengas la oportunidad de lanzar tu primer ataque. Es decir, a menos que alguien distraiga su atención.

Tito miró el mapa de la costa occidental que Marcelo acababa de colocarle delante con una leve sonrisa.

– ¿Me vas a decir, quizá, que Marcelo Falerio puede hacer eso?

El joven recorrió con su dedo los entrantes y salientes del litoral, intentando contener al mismo tiempo su deleite. Nunca había pensado que Tito, tan anclado a la tierra firme como la mayoría de los generales romanos, fuese a captar la lógica de sus ideas, pero al menos fue lo bastante abierto como para escucharle.

– No podemos asediar Numancia y combatir a los lusitanos en una campaña por tierra, así que debemos encontrar un camino para mantenerlos ocupados con las fuerzas que ya tenemos. Una cosa que los mantendría entretenidos sería la preocupación por sus propias posesiones. Estas son las desembocaduras de su río principal en el mar, y si podemos establecer nuestra presencia en cualquiera de ellas, podemos atacar el interior. Estarán tan distraídos intentando desalojarnos de allí que no tendrán tiempo de auxiliar a Breno.

– ¿Y qué pasa con sus incursiones marítimas?

– Atacaremos nosotros primero si es que aparecen. Sus embarcaciones son pequeñas y navegan desarmadas, no son rival para un quinquerreme.

– Que no tenemos -dijo Tito-, y no estoy seguro de que el Senado acceda a enviar ninguno, sin tener además en cuenta el tiempo que tardaría.

– Entonces los construiremos. Tenemos madera en abundancia y yo me encargo de instruir a los remeros. Cuento incluso con un centurión que ha pasado años en el mar, un tipo llamado Regimus. Dice que podemos ir formando la tripulación para los barcos.

– ¿De las legiones?

Marcelo asintió. Sin embargo, Tito movió su cabeza en desacuerdo.

– Eso no es bueno, necesitas auténticos marinos. ¿Recuerdas aquel combate que tuvimos con los esclavos sicilianos junto a Agrigento? Pudimos arrojar nuestras armas con acierto, pero fue necesario que unos buenos navegantes nos llevaran a un punto donde pudimos luchar.

– Un marino por remo, quizá, y lo demás una tripulación gobernar el timón y dominar las velas.

– Aún es un montón de hombres que no tenemos.

– Los muelles de Portus Albus están llenos de navíos comerciantes, tomaremos de ellos lo que necesitemos.

Tito dedicó una sonrisa irónica al joven.

– Casi estoy oyendo las palabras de mi acusación. ¿Quiénes crees que son los propietarios de esos navíos mercantes? Un buen número de ellos, si no la mayoría, son propiedad de mis compañeros senadores.

– Escribe a Quinto. Él te los quitará de encima.

La sonrisa seguía allí.

– Tienes ideas algo magnánimas sobre el poder de mi hermano, por no mencionar su buena disposición a sacrificarse por mí. Terencio mencionó algo sobre que iba a ser retirado, aunque yo mismo le quité importancia. Entiéndelo, Marcelo, Quinto sólo continuaría apoyando esta operación y a mí mientras convenga a sus propósitos. Si en algún momento siente que su posición se ve amenazada, me apartará como si fuera un ladrillo roto, y a ti conmigo.

Si le hubiera preguntado, Marcelo habría negado su desesperación, pero era la pura verdad; todos aquellos años que había pasado en destinos seguros lo habían vuelto así. Fueron los necesarios para justificar su candidatura para el cursus honorum y Quinto nunca se cansaba de decirle, antes de despacharlo a algún destino muerto, que heredaría el poder de su padre, pero nunca le había dicho cuánto tiempo tendría que esperar. Marcelo sospechaba que tendría problemas para conseguir cualquier cosa de Quinto en su lecho de muerte y, por esa única razón, mantenía los papeles de su padre en secreto, mientras esperaba que llegase el momento en que pudieran ser usados para su beneficio político, el momento en que retara por primera vez a Quinto a bloquear su camino hacia el liderazgo de los optimates.

– Si fuera a garantizarte que Quinto no sólo te respaldaría, sino que tiene el poder de hacerlo, ¿aceptarías mi palabra?

Tito disimuló bien su sorpresa, igual de bien que enmascaró su curiosidad. Miró largo y tendido al joven que tenía delante; el muchacho al que había visto por primera vez boxeando en el campo de Marte, el joven al que había enseñado a conducir un carro se había ido para siempre. Alto, moreno, con aquella mirada fija que, unida a su innata honestidad, la mayoría de los hombres encontraba desconcertante. Desde luego que a Quinto lo desconcertaría, pero sólo porque su hermano era cínico y furtivo. Marcelo podía ser cualquier cosa menos eso, de hecho, Tito no podía recordar ninguna ocasión en que hubiese sospechado siquiera que este joven le mentía. Durante el viaje desde Cartago Nova, le había pedido que dejara aparte las cuestiones personales y le dijera qué pensaba de Áquila Terencio. Marcelo era bien consciente de que su general apreciaba a aquel hombre, pues había puesto bajo su mando las legiones del norte, dándole el rango temporal de cuestor.

La mayoría de los hombres habría alabado delante de él las cualidades como soldado de Áquila y lo habrían condenado a espaldas de Tito porque les disgustaba o lo envidiaban.

Pero no Marcelo Falerio.

– No dudo de que sea competente, Tito Cornelio, ni de su valentía, pero es un matón grosero criado en una granja. No tiene educación ni conocimientos de nada más elevado que las ingles de un caballo. Habla de reformas como si fueran asunto suyo, en vez de darse cuenta de que, por su nacimiento, debe hacer lo que le digan hombres mejores. Me vas a odiar por esto, pero me pregunto si es conveniente ascender a un hombre como él por encima de su posición natural.

Tito no hizo ningún esfuerzo por ocultar el hecho de que se sentía menos que complacido.

– ¿Estás diciendo que debería librarme de él?

– No, pero tú diriges las legiones y lo haces por derecho propio, así como por capacidad. No quisiera que ese Áquila llegara más allá de donde está ahora, pues de otra forma podría intentar usurparte tus prerrogativas. Después podría intentar hacerse también con tus derechos de nacimiento.

– Eso son tonterías, Marcelo, y en realidad no estás hablando de tus derechos de nacimiento. Haces que parezca que quiere asumir el control de la República. ¿No puedes admitir simplemente que el hombre es un soldado, y uno muy bueno?

– Roma no anda corta de soldados, Tito, y tú eres prueba de ello.

Pudo haber buscado la adulación en aquellas palabras, pero hubiera sido una pérdida de tiempo, pues era otra de las costumbres de Marcelo, su falta de inclinación a halagar a la gente a menos que lo mereciera, y aun así, raras veces. A más de un senador, al tratar con él, se le había oído decir que era peor que hacer negocios con el padre del muchacho. Pero reflexionar sobre eso no les haría llegar a ningún sitio; a Tito se le había pedido que pusiera toda su carrera, su reputación, ganada con esfuerzo, y puede que incluso su vida, en manos de este joven, y era evidente que tendría que asumir todo el riesgo de confiar en él.

– ¿Dudas de mis palabras? -preguntó Marcelo.

– Nunca lo haría -dijo Tito sincero-. Pero me pides demasiado.

– ¿Y si te dijera que lo que le daré a tu hermano, si no tenemos éxito, le hará tan poderoso como mi padre…?

Tito interrumpió.

– Si fuera el caso, parece un precio excesivo.

– ¿Tengo que explicártelo?

– No, Marcelo, no, pero pregúntate esto. ¿Merece la pena que desperdicies eso que tienes, que aumentaría tanto el prestigio y el poder de mi hermano, por un pequeño mando independiente?

Marcelo, normalmente muy serio, sonrió de repente.

– Me sorprende bastante que me preguntes.

Tito permaneció en silencio todo un minuto, y mientras tanto los ojos de Marcelo no abandonaron su rostro. Por fin, asintió.

– Que sea así. Toma lo que necesites.

– Gracias, Tito.

No hubo sonrisa de consentimiento en el rostro del hombre mayor ni gentileza en su voz. Ambos estaban tan rígidos como lo habían estado cuando arrestó a Mancino.

– Será mejor que tengas éxito, Marcelo. No me importa lo que le des a Quinto, pero si fracasas, perderemos en Numancia. Después, incluso asumiendo que sobrevivamos para afrontar su castigo, se unirán para destrozarnos. Ahora debo marcharme y ver cómo se las está arreglando el otro brazo de mi mando.

– Quiero que se cierren las tiendas y los burdeles. Que las mujeres salgan también del campamento, incluidas las esposas de los soldados.

Las miradas de protesta fueron colectivas. Incluso Fabio, recién nombrado ordenanza de su «tío», estaba claramente horrorizado, y casi derramó la copa de vino que se estaba sirviendo, fuera de la vista de los oficiales allí reunidos. Librarse de los mercaderes, las tabernas y los burdeles era una cosa, pero, ¿también de las esposas del campamento?

– Habrá un motín -dijo Cayo Trebonio, uno de los pocos tribunos que había servido a las órdenes de Mancino a quien, por hacer un favor a Marcelo, el nuevo procónsul había permitido que se quedara.

– Tiene razón, Áquila -dijo Publio Calvino.

Sus ojos azules relampaguearon de furia.

– Si el general estuviera aquí, ¿lo cuestionaríais? -Todo el mundo negó con la cabeza-. Entonces no os atreváis a cuestionar al hombre al que dejó al mando. Algunos de esos hombres han estado aquí durante catorce años. Tienen esposas y familia en sus casas, decidles que es allí adónde irán en breve, a casa.

– Dudo que se lo crean.

– ¡Entonces se lo diré yo mismo! -espetó Áquila.

Ordenó que sonaran los cuernos con la llamada a la plataforma de los oradores de la Vía Principalis y esperó con impaciencia a que llegaran, andando de un lado a otro por el rostrum. Fue el tiempo que tardaron en formar lo que demostró a Áquila por encima de todo lo relajadas que habían llegado a estar las legiones.

– Menudo hatajo de viejas estáis todos hechos -les dijo cuando, por fin, se callaron. Dio un giro completo, mirando la plataforma con una mirada significativa-. A menudo me he preguntado cómo sería estar ahí arriba. De algún modo pensaba que el aire olería distinto, más refinado y placentero, pero no es así. Aún huele a vosotros y a meada de caballo, por ese orden.

Todos rieron cuando él se tapó la nariz.

– Hemos oído unas cuantas mentiras podridas contadas desde ahí arriba, camaradas, ¿no es así? -Algunos de los otros tribunos se miraron alarmados mientras los hombres mostraban su conformidad a gritos-. Los cabrones que han usado esa plataforma nos han prometido todo lo que hay bajo el sol.

Ahora incluso algunos de los soldados parecían incómodos. Áquila estaba forzando las cosas: llamar cabrones a senadores nacidos de buenas familias era algo peligroso, por muy lejos que estuvieran de ellos. Ninguno se daba cuenta de lo nervioso que estaba, pues los nervios no eran algo que asociaran con su comandante temporal.

– Bien, pues dejad que os diga que ahora estáis mirando al mayor cabrón que haya pisado nunca estas tablas.

– Y yo secundo esa moción -dijo Fabio desde detrás de él.

No pasó nada porque sólo pudieron oírle aquellos que estaban sobre la plataforma. Áquila caminó hasta el mismo borde y tomó su águila de oro en la mano. Ni un sólo ojo se perdió aquel movimiento y quienes llevaban más tiempo sirviendo con él sabían que cuando hacía eso, estaba a punto de hacer un juramento. Lo curioso fue que, cuando sus dedos se cerraron alrededor del amuleto, el miedo que tenía a ponerse en ridículo se evaporó de inmediato.

– ¿Y por qué soy mayor cabrón, de hecho, mayor mierda, que los otros? No es porque sea rico, ¿verdad? No es porque sea avaricioso, pues no quisiera ver muerto a ninguno de vosotros para conseguir un triunfo o ni siquiera un denario de plata. No, camaradas, soy un cabrón y un mierda porque, por primera vez en años, veis aquí en pie a alguien que va a deciros la verdad.

Ahora ya tenía toda su atención.

– ¿Qué sucede ahora normalmente? El general permanece en pie y os dice que sois todos unos soldados maravillosos y unos tíos valientes. Yo no puedo hacer eso, puesto que he prometido deciros la verdad.

La voz decayó ligeramente, de forma que tuvieron que esforzarse para oírla.

– No sois maravillosos, camaradas. Excepto algunos hombres de la Decimoctava, los demás sois blandos, estáis hinchados por el vino, la carne y la comodidad de las mujeres. ¿Qué general os diría esto, incluso aunque fuera lo que piensa? No, tras elevaros hasta los cielos a base de halagos, ahora os diría que ha planeado una pequeña campaña, nada peligroso, sólo una pequeña escaramuza contra un par de bárbaros mal preparados, que es necesario para la seguridad de la República. Os prometería gran cantidad de comida, campamentos confortables, un enemigo mal preparado y pocas bajas.

Se detuvo de nuevo, levantando el amuleto a tanta altura que la cadena se le escapó del cuello. El sol se reflejó en él, haciendo que relumbrara como un mensaje de los dioses.

– Pero yo no quiero mentiros. Vamos a la guerra, muchachos, y esta vez es una guerra de verdad. Vamos a enfrentarnos al mayor y más peligroso grupo de guerreros nativos que se pueda encontrar. Esos malnacidos están escondidos en una fortaleza casi inexpugnable, así que no habrá sólo una batalla. De hecho, me sorprendería si no contase toda una docena antes de que ni siquiera lleguemos a acercarnos a ese sitio. En cuanto a las bajas, si hemos calculado bien, al menos un hombre de cada cinco de vosotros no regresará. Si nos hemos equivocado, no lo hará ninguno de nosotros.

– Entonces, ¿por qué coño vamos? -dijo una voz desde las filas.

– He dicho que no quiero mentiros. No es por la gloria ni, desde luego, es una excusa para llenarle la bolsa a algún cónsul, pero vamos a ir. Es la batalla que tendríamos que haber librado hace años, y cuando dejemos este campamento seremos los mejores hombres que Roma pueda poner en un campo de batalla. Todos estáis a perder algo de peso, igual que estáis a punto de perder esas comodidades que se han convertido en parte de vuestras vidas.

Hubo un sonoro murmullo, como si una ola recorriese las aglomeradas filas de los legionarios.

– Este campamento entra en pie de guerra desde hoy. Sólo se permitirán en el campamento soldados, mozos de caballería y armeros. -Áquila se detuvo, dejando que calara la importancia de sus palabras, y después agarró una lanza de uno de los guardias pretorianos-. Si a alguien no le gusta, puede venir a verme.

– Pero esto es un robo -dijo el rollizo capitán, y sus mejillas se bambolearon mientras protestaba.

– Es muy probable -replicó Marcelo-. Pero al menos tendrás la satisfacción de saber que ayudas a salvar la República.

– A la mierda la República -replicó, aunque retrocedió bastante rápido al sentir la espada de Marcelo en su garganta.

– ¡No vuelvas a decir eso nunca más! Y sólo para que recuerdes de qué lado cae tu lealtad, me llevaré el doble de hombres de lo que me estoy llevando de los otros barcos.

– No seré capaz de salir de Portus Albus. El dueño me despellejará vivo.

Si creía que así debilitaría la determinación de Marcelo, quedó tristemente decepcionado. Sus remeros marcharon por la orilla, conducidos a lo largo de la playa hasta las plataformas que el joven tribuno había mandado levantar. Estaban rodeadas por montones de remos recién cortados, así como por legionarios, que parecían estar tan poco seguros de las razones por las que estaban allí que los marinos recién llegados. Marcelo saltó al primer escalón y se dirigió a ellos.

– Justo ahora, todos los astilleros de la provincia están ocupados construyendo una flota de quinquerremes, el arma más poderosa del mar. Una vez que estén construidos, voy a zarpar hacia el norte para atacar a los lusitanos. -Miró a su alrededor lentamente para evaluar el efecto de sus palabras-. Podríamos esperar a que los barcos estén listos y después pasar meses aprendiendo a remar, pero no tenemos tiempo para eso. En su lugar, usaremos estas plataformas para practicar, un marino por cada cuatro soldados. Vosotros los marinos les enseñaréis a remar en tierra firme. Para cuando los barcos estén construidos, pretendo salir directamente al mar. Si sois buenos, venceremos, si no, es probable que nos ahoguemos todos.

La gente de allí fue a mirar, los críos, a burlarse mientras miraban a hombres adultos sentados en tierra firme, remando con furia y a ritmo desigual. Comenzaron de modo caótico, con los remos disparándose en todas direcciones mientras los soldados intentaban acostumbrarse a ellos, pero el orden acabó imponiéndose al fin y fue posible ver que algunos remos seguían el ritmo que marcada el redoble del tambor. Marcelo se aseguró de que tuvieran suficiente comida y agua a su disposición, pues sabía lo fatigoso que era aquel trabajo en una playa abrasada por el sol. También dispuso una estricta guardia a caballo, para asegurarse de que ninguno de sus valiosos marinos escapaba.

– No permitimos civiles en el campamento -dijo Áquila de nuevo-, y no soy muy dado a repetirme.

Cholón le aplicó su terapia de choque completa, la mirada de «¿Cómo te atreves a hablarme así?». Sin embargo, no le hizo ningún efecto.

– ¿Debería recordarte que estoy aquí por invitación personal de Tito Cornelio?

– ¿Y cómo vas a recordarme algo que no sé?

– Eso es sofistería, jovencito.

– ¿Qué demonios es sofistería? -Áquila vio que Cholón estaba a punto de explicárselo y levantó la mano-. No te molestes en explicarlo. He llegado hasta aquí en mi vida sin saberlo, así que está claro que se trata de algo de lo que puedo prescindir.

Cholón se molestó.

– ¿Alguna vez te ha dicho alguien que eres un canalla insolente?

– Desde el día en que nací y a cada paso que he dado desde entonces, pero además estoy al mando aquí. Ahora hazme el favor y lárgate del campamento.

– Tito Cornelio se enterará de esto.

El grito casi hizo caer a Cholón.

– Guardias, sacad a este hombre de aquí y recordad a los centinelas de la puerta que ¡no se permite entrar a ningún civil y que no importa con qué cuento de hadas les venga!

El joven tribuno que lo escoltaba intentó aliviar la ofensa causada por las palabras de Áquila.

– El general regresará pronto, señor. Estoy seguro de que todo saldrá bien al final.

El tribuno, a quien preocupaba más Áquila que la comodidad de aquel civil griego, hizo avanzar a Cholón a un paso endemoniado, lo que hizo que su respuesta sonara como la de un hombre recién arrestado que proclamara su inocencia.

– No con gente como esa en posiciones de poder. Ese hombre es un completo alcornoque. No sé a dónde van a llegar las legiones si dejan que hombres como ese se conviertan en oficiales. ¿Cómo has dicho que se llamaba ese tiparraco?

– Áquila Terencio, señor -dijo el tribuno.

– Bien, pues es un bárbaro -replicó Cholón, mientras se preguntaba distraído dónde había oído antes ese nombre.

Tito Cornelio regresó a un campamento diferente. Ahora lo que resonaban eran los choques de espadas, en vez de las voces de los mercaderes, y cualquier grito de dolor provenía de los soldados, y no de las maltratadas y amargadas esposas del campamento. Los niños harapientos que antes corrían medio desnudos por las calles, ahora se habían ido, liberando a los caballos de sus tormentos. Áquila había levantado otro campamento a cinco millas de allí para alojarlos, y lo mantenía abastecido con una leva de sus propios soldados, así como con auxiliares ibéricos. Y los hombres habían vuelto a ser soldados otra vez, lo que resultaba obvio por la eficiencia con la que asumieron sus posiciones alrededor de la plataforma de los oradores. Pero Tito se había dado cuenta ya antes, por el guardia de la puerta principal, que estaba despierto y alerta; de hecho los cuernos habían sonado cuando aún estaba a una legua de allí. Para cuando alcanzó el campamento, el procónsul se encontró con que le estaba esperando un baño caliente, así como todos sus oficiales, dispuestos para discutir las próximas operaciones. Antes de cambiarse, tuvieron una reunión y Áquila no fue el único sorprendido por su decisión de salir hacia el interior sin demora.

– No te dejes impresionar por un poco de saliva y lustre, mi general -dijo-. Si les dices a estos hombres que van a marchar hacia el interior de Iberia, no querrán ir.

– ¿Ni siquiera si se lo dices tú?

– ¡No puedo mentirles!

– No quiero que lo hagas. ¿Por qué no podemos atacar ahora?

Áquila suspiró y no pudo ocultar su decepción por tener que explicar a uno de los primeros cónsules que había admirado por qué no se podía hacer.

– Todas las condiciones que servían para Pallentia, sirven para Numancia, multiplicadas por diez. Tenemos que ir más lejos. En vez de construir un par de puentes, tendremos que construir una docena. Cada pulgada de la carretera que construyamos tendrá que ser protegida si queremos que nos lleguen los suministros. Y si lo hacemos así, no tendremos tropas para atacar.

– No pretendo atacar, al menos no justo ahora.

– Entonces perdóname, mi general, pero, en el nombre de la entrada al Hades, ¿cómo pretendes vencer?

Tito señaló el mapa que había sobre la mesa e hizo un gesto a los presentes para que se acercaran más.

– Marchamos directos a nuestro objetivo. Construiremos puentes sólo sobre aquellos ríos que no podamos vadear y los destruiremos detrás de nosotros. Una vez que lleguemos a Numancia, tendremos que vivir de la tierra durante por lo menos un mes, después puedo liberar dos legiones para que construyan una carretera de vuelta a la costa para que así podamos recibir suministros.

– Y Breno, ¿qué estará haciendo? Por no mencionar a los lusitanos.

Tito interrumpió a Áquila hablando con una confianza que en realidad no sentía del todo.

– Marcelo Falerio se ocupará de estos últimos, y antes de que preguntes cómo, no voy a decir nada más que esto: que cuenta con toda mi confianza.

– Pero aún tenemos a Breno.

– No te preocupes por él, Áquila Terencio. Tengo un plan para ocuparnos de él y de su colina fortificada.

Recién lavado y ya con su toga de bordes púrpuras, Tito caminó por la plataforma de los oradores. Paseó su mirada por encima de las apretujadas filas de legionarios, todos ellos firmes y con la mirada al frente. Les saludó con parsimonia, algo que ningún senador había hecho antes, espontáneamente, con un soldado. A la sonora y espontánea aclamación siguió un momento de silencio mientras Tito se daba la vuelta e indicaba a Áquila que se uniera a él en el estrado.

– Soldados, odio pronunciar discursos tanto como vosotros odiáis escucharlos. Cuando yo no podía dormir por la noche, mi padre solía decirle a mi madre que me repetiría algunas de las cosas que había oído decir desde aquí arriba. Afirmaba que hasta el crío más ruidoso se quedaría frito en cuestión de minutos.

Tito se detuvo y después cogió del brazo a Áquila, que había ido a colocarse junto a él.

– Mi padre, Aulo Cornelio Macedónico, fue un gran soldado, uno de los mejores que haya tenido Roma. Y yo no le llego a la altura del zapato, así que pretendo ir sobre seguro. -Caminó hacia el borde de la plataforma, llevando a Áquila con él-. Como ya sabéis, cuando llegué aquí envié de vuelta al cuestor y a los legados que Mancino había traído desde Roma. Me sentí tentado de enviarles en la misma dirección que siguió Mancino, pero no lo hice.

Un gruñido enojado salió de veinte mil gargantas.

– También solicité nuevos oficiales sénior y aún tienen que llegar. No creía que fuese a necesitarlos todavía en un par de meses, pero puedo deciros que estáis preparados para la batalla. Resulta increíble que alguien haya podido volver a transformar lo que erais -una chusma- en soldados en tan poco tiempo. Así que no voy a esperar por mis legados, que están en camino desde Roma, ni por el cuestor que pedí. De hecho, cuando se trata de un segundo al mando, no puedo pensar en nadie más apropiado para el puesto que Áquila Terencio.

Debían de suponer lo que se les avecinaba. Tito podía sentir que la tensión se hacía insoportable mientras hablaba. Tomó a Áquila por los hombros y lo abrazó. Los hombres dejaron escapar la mayor aclamación que nunca había oído en todos sus años como soldado.

Áquila consiguió hacerse oír con gran dificultad.

– Estaremos preparados para la marcha en cuarenta y ocho horas, mi general.

– Bien.

Después, Áquila sonrió, y mientras el ruido iba disminuyendo, volvió a hablar.

– Creo que te debo una disculpa.

– ¿Y aún tendré que esperar mucho para un «gracias»? -preguntó Tito con una sonrisa.

– Eso después de Numancia -replicó el nuevo cuestor, que levantó después su águila de oro y la besó delante de todos.

Capítulo Diecisiete

Marcelo botó su primer barco en el mar en tiempo récord gracias las habilidades en ingeniería de Regimus y el ritmo de trabajo de los astilleros locales. El viejo marino, ahora una vez más decurión, había sido un verdadero hallazgo. «No se puede hacer» no era una expresión que él entendiera. A partir de sus cuadernas desnudas, los navíos empezaron a tomar forma rápidamente y aquel hombre maduro se enorgullecía, en más de una manera, de lo que habían conseguido los astilleros.

– Construyen mejor que nadie que haya conocido, y eso está muy bien. Aquí, más allá de las Columnas de Hércules, las condiciones no se parecen en nada a las del mar Medio.

Marcelo se había interesado por todos los temas náuticos desde su primer viaje a bordo de un trirreme, y a los marinos les encantaba hablar, aunque había que tomar ciertas precauciones para evitar caer en sus proverbiales exageraciones. Había oído hablar sobre subidas y bajadas de la marea de boca de aquellos a los que había preguntado, pero las historias sobre el mar exterior podían poner los pelos de punta. Algunos de los capitanes mercantes habían navegado hasta tan lejos que unas islas de hielo, que flotaban en la superficie, les habían hecho dar la vuelta. Estos hombres comerciaban con ámbar y otros objetos preciosos, como estaño y plata. Traían magníficas capas de lana de las islas Pretánicas, que eran fáciles de alcanzar puesto que sólo estaban a veinticinco leguas de las playas de la Galia del norte. Resultaba difícil creer los cuentos que narraban sobre tormentas durante las cuales las olas se habían elevado por encima de los mástiles; sobre ballenas con un tamaño diez veces mayor que el de un barco, que se cantaban unas a otras, y que nadaban a su lado sin hacer ningún daño a los hombres, y él había descartado por increíbles más cosas de las que hubiera debido.

Ahora, en el mar, hubiera admitido de buena gana que se había equivocado. Nada le había preparado lo suficiente para aquella inmensa cantidad de agua y la manera en que se comportaba una vez que salías por la estrecha entrada al mar Medio, algo que ya les costó bastante debido a la corriente, pues el barco estaba obligado a ceñirse a la orilla del norte y eso sólo fue posible gracias al buen viento que sopló después. ¡Y las olas si podían ser enormes! Coronadas de espuma blanca, azotadas por un viento ululante, rizándose sobre sí mismas para formar oscuras cavidades, precipitándose a increíble velocidad y rompiendo después contra rocas a las que el desgaste del paso del tiempo había dado fantásticas siluetas. Otros días veían que la misma agua era una masa descomunal y dócil, llena de depresiones tan profundas como para ocultarte la vista de tierra. Y el olor también era diferente, con el aire que había viajado sobre un océano que parecía no tener fin, desde los confines del mundo, y que transportaba elementos mágicos que podían marear.

– No es magia, Marcelo. Ya te acostumbrarás -decía Regimus mientras se tambaleaba por el fuerte viento, y el viejo marino tenía razón: al final se acostumbró.

Marcelo estaba en medio del barco, sujetándose al mástil con una mano, con el cabello revuelto por la brisa, la nariz alta y los ojos brillantes de placer, mientras que, bajo sus pies, los remos se hundían tranquilos en el agua, haciendo avanzar al primero de sus barcos a buen ritmo. Se volvió para gritar a Regimus, que sujetaba en sus brazos el gran timón.

– ¿Decías que me acostumbraría a esto, hombre? ¡Me encanta! Creo que en alguna parte de mi linaje debe de estar Neptuno. Aquí de pie siento que soy uno con los dioses.

Habían sacrificado un toro antes de zarpar y también habían escuchado cuidadosamente a los augures, pero los dioses eran inconstantes, dados a golpear a los insensatos mortales. Los augures y sus pollos alimentados con grano no garantizaban nada; lo que les daba cierta sensación de seguridad era la lectura, hecha por quienes ya habían navegado por aquellas aguas, del cielo, la forma y la dirección de las nubes, el estado del mar, una cautelosa observación del comportamiento de las aves marinas, el olor de la espuma.

– Saquémoslo al viento, Regimus. Arriemos esa vela y veamos cómo se comporta.

Regimus dio las órdenes y se alzaron y desarmaron la mayoría de los remos, manteniéndose en su sitio sólo los que eran necesarios para enderezar la nave y hacer que el espolón se mantuviera bien bajo el agua. Se inclinó sobre el gran timón haciendo virar así el quinquerreme para que el viento de popa muriese. Se elevaron en el oleaje y la costa se dibujó claramente ante ellos: rocosa, con angostas bahías arenosas y con las montañas erguidas en la neblina azulada que había detrás. Los hombres tiraron de los cabos y la botavara que sujetaba la gran vela cuadrada subió por el mástil; después la amarraron bien tensa y esta atrapó el viento, hinchándose tanto que parecía que fuera a rasgarse. El agua empezó a blanquear a los costados del barco y Marcelo corrió adelante, esquivando el corvus, para ver la espuma del mar bajo la proa.

Regresó a popa, tomó el timón de manos de Regimus, acercándolo y alejándolo para intentar averiguar lo lejos que lo podía llevar realmente, antes de que la vela colgase inútil y el barco perdiera velocidad. Satisfecho al fin, hizo que izaran la vela, ordenó a los hombres que volvieran a los remos y envió al jefe de remeros a marcar el ritmo en el timbal sobre el gran estrado de madera que estaba delante de la escotilla mayor del barco. En nada se parecía a un trirreme, construido para embestir al enemigo; el pesado quinquerreme se construía para transportar soldados a una batalla, pero su velocidad podía ser un requisito para maniobrar con éxito, colocando así el barco romano en una posición ventajosa cuando se enfrentaba a los barcos mucho más ligeros a los que Marcelo necesitaría enfrentarse.

Surcaban las aguas a buen ritmo según aumentaba el ritmo del timbal. La tierra, que hace poco era una franja en el horizonte, estaba ahora lo bastante cerca como para que todos sus accidentes pudieran apreciarse a simple vista. Los remeros empujaban y halaban, empujaban y halaban, y el sudor corría en abundancia por sus cuerpos. Marcelo no podía ver sus caras, pero sabía por propia experiencia que estarían retorcidas por el dolor, mientras se esforzaban por llenar sus pulmones de aire. Mentalmente deseaba que hicieran aún más esfuerzos, al tiempo que observaba con cuidado en busca del primer síntoma de colapso. Un remo mal manejado podía arruinar todo el ritmo de una galera. El ruido desordenado de las respiraciones forzadas se oía claramente por encima del sonido del viento y del mar, así que el legado dio la orden y los remos volvieron a ser desarmados, y esta vez, los exhaustos remeros se dejaron caer sobre ellos, como si hubieran muerto de repente.

– Excelente -dijo Marcelo-, volvamos a Portus Albus, Regimus, veamos cómo van nuestros otros barcos y sus tripulaciones.

Breno sabía que se acercaban mucho antes de que el primer legionario pusiera su bota más allá de la puerta del campamento. Lo sentía en sus huesos cuando despertó de su sueño; no era dolor, sino más bien como el alivio de una molestia. Miró a Galina, que dormía a su lado, la única persona que había mantenido su fe en él por amor, en vez de por miedo, sin dudar nunca de que su predicción se cumpliría. No es que nadie se hubiera atrevido a decirle nada a la cara, pero Breno podía ver dentro de las mentes de los hombres, así que sabía que lo consideraban un loco obsesionado con la derrota de Roma. Nunca intentó explicar, desde aquella primera batalla contra Aulo Cornelio, que era el triunfo de los celtas lo que él buscaba; que habría combatido a Cartago, la predecesora de Roma en Iberia, con el mismo rencor. Acarició el muslo de Galina con su mano y ella murmuró en su sueño, mientras con la otra mano tomaba el águila que siempre había llevado colgada al cuello, su talismán personal que, según creía, decidiría su destino.

Regalo de su tío, un veterano druida que le había ayudado a escapar del agujero en el suelo en que lo habían metido, así como de la muerte a manos de quienes lo odiaban y temían en la comunidad de los druidas, lo había llevado consigo desde aquel día, y sólo se lo quitaba para lavarse. Robado cientos de años antes del templo de Delfos por un tocayo suyo, Breno, le habían hablado de sus poderes mágicos, aunque parecía haber fracasado en el cumplimiento de la profecía que venía con él; que algún día quien lo llevara entraría triunfante en el templo de Júpiter Máximo que había en lo alto de la colina Capitolina de Roma, como el hombre que habría conquistado a las legiones y la ciudad.

Por fin, tras todos aquellos años intentando provocarlos, sus enemigos acudían a encontrar su justo castigo. En los ojos de su mente, podía ver los campos que rodeaban Numancia llenos de huesos blanqueados de los romanos. Una vez que hubieran sido derrotados aquí, una vez que hubiese demostrado que él era el auténtico heredero del primer Breno, los celtas, el más numeroso de los pueblos fracturado por las rivalidades tribales, se unirían todos bajo su gobierno. Formaría y dirigiría el mayor ejército que los celtas habrían puesto nunca en un campo de batalla, después haría lo que su predecesor no había hecho. Primero, Breno acumularía oro suficiente para retirarse de Roma; no le sobornarían, y él arrasaría hasta sus cimientos la ciudad estado, destruiría sus templos y esclavizaría a sus gentes.

Aún tenía dudas; no todo estaba asegurado y no sólo porque los dioses fueran volubles; él ya debería haberlo conseguido. Había combatido contra Aulo Cornelio, incluso había capturado a la esposa de aquel hombre y se había convertido en su amante, más por deseo de ella que de él mismo. Estaba obligado a respetar el celibato, y Claudia Cornelia le había hecho romper su voto. Él recordaba el día que le había dicho a ella que se fuera, aunque no le dijo que era porque su revuelta había fracasado, que su marido estaba ganando aquella guerra de desgaste. Las tribus habían desertado de su bando al firmar la paz, y él ya no podía protegerla a ella ni al hijo que llevaba en sus entrañas. ¿Por qué no había logrado cumplir la profecía? ¿Lo lograría ahora?

Se inclinó sobre la mujer, que se despertó por su movimiento, y sujetó el amuleto a la altura de los ojos entreabiertos de ella.

– Soy viejo, Galina, aunque antaño creía que conquistaría Roma. Ese es el destino del hombre que lleve esto. Ahora no puedo creer en absoluto que vaya a ser yo, así que debo tener un hijo. Esto pasará a él y aunque él tenga que engendrar a sus hijos y pasarles esto, algún día mi linaje vencerá.

Breno empujó suavemente a Galina para tumbarla boca arriba y los movimientos de sus manos pusieron una sonrisa en los labios de ella. Mantuvo el amuleto de oro en su mano y sintió el poder que se abría camino por su entrepierna, con la seguridad de que por primera vez en treinta años podía sentir la fuerza del amuleto, el mismo tipo de poder que había sentido aquella oscura noche en que lo habían depositado en su mano. Pese a ser una criatura apasionada, Galina nunca había concebido, quizá por temor a que él hiciera lo que había hecho con sus otros vástagos y matara a su hijo. Pero él sabía con absoluta certeza que ahora le daría el hijo que necesitaba, uno al que él valoraría y criaría para que cumpliese su destino.

Breno estaba en la arena central mucho antes de que saliera el sol, recitando de memoria las sagas que había aprendido hacía tantos años. Podía sentir que los años se le escapaban y volvían a darle fuerza, como si su vida hubiese vuelto hacia atrás, y mientras salía el sol él esperaba el momento en que tocase el altar que había en medio de aquella plaza. La luz dorada bajaba lentamente por los muros de los edificios de alrededor, y mientras tanto él seguía hablando. La gente se había reunido para escuchar, pues nunca habían visto así a su caudillo. Parecía más alto que nunca, más imponente, y justo antes de que la luz del sol tocase el altar, encendió su cabellera de plata, haciéndola brillar. Fue como si el gran dios de la Tierra lo hubiese bendecido y un sonoro grito nació de sus labios en el instante sagrado en que la luz del sol encendió el altar, sobrecogiendo a quienes observaban. Después giró en redondo, lanzándoles una mirada aterradora, y empezó a dar las órdenes que prepararían Numancia para los invasores.

Habían esperado que la marcha a Numancia fuese dura, pero ni siquiera Áquila, con sus espantosas advertencias y elaboradas precauciones, estaba preparado para la tenacidad con la que las tribus intentaban bloquearles el paso. Breno quería que los debilitaran antes de que llegaran y había dedicado todo su poder de persuasión a la tarea de asegurarse de que los romanos tuvieran un trayecto de sobresaltos. Cada colina tenía que ser tomada al asalto, cada valle angosto, flanqueado y sobre cada río había que tender un puente bajo una lluvia de lanzas y flechas. Abrieron un camino improvisado a través de inmensos bosques -una recta carretera romana que no tenía en cuenta el terreno. Si triunfaban, se volvería permanente, y abriría el interior de aquella tierra a la civilización romana; si fracasaban, desaparecería como un homenaje cubierto por la maleza a la desaparición de todo un ejército.

El nuevo cuestor sabía desde hacía años que la formación del ejército, con su complicada caravana de equipaje, ya había funcionado previamente para no alcanzar el éxito, pues, cuando se combatía contra un enemigo como aquel, en un territorio como aquel, la velocidad y la movilidad eran de suprema importancia y él se había inquietado al salir, cuando Tito había forzado la marcha de su ejército, dejando que las tribus ocuparan el camino a su retaguardia. Estos legionarios estaban instruidos en un método de lucha y era de sentido común para Áquila que un cambio repentino de las tácticas básicas, en una situación en que la batalla fuera inminente, podría conducirles al desastre absoluto.

Una ventaja era el propio Tito. Por una vez, los hombres tenían un general que los dirigía desde el frente; de hecho, no le gustaba mantenerse al margen de la lucha, a pesar de las continuas argumentaciones de que la pérdida de su vida podría ser fatal para la misión. Tito confiaba a los dioses su persona y a los hombres que estaban por debajo de él con sus legiones. Áquila se dio cuenta de inmediato de que, dada la responsabilidad de tomar sus propias decisiones, pocos oficiales dejarían que su general cayera, puesto que el único requisito que les ponía el cónsul era que evitaran comportarse con insensatez, de forma que se animaba a cada tribuno para que innovara.

El propio Áquila había instituido una manera de hacer avanzar a toda la fuerza de los velites, así como a los auxiliares ibéricos, a ritmo veloz. Al ser tan numerosas, las avanzadillas, formadas por miembros de todas las legiones sumados a los luchadores de la llanura costera, obligaban a los guerreros de las tribus a adelantar demasiado el arranque de sus emboscadas y, al enfrentarlos a la infantería ligera de los romanos, se veían forzados a lanzar sus ataques, lo que les dificultaba una retirada inmediata. El grueso del ejército, sin la habitual caravana de equipaje y los seguidores del campamento, se movía a una velocidad hasta entonces sin precedentes; así, en las primeras semanas de marcha, sorprendían a sus enemigos enfrascados en la lucha una y otra vez. Pero Breno, si es que era él quien estaba dirigiendo el esfuerzo de las tribus, aprendió pronto la lección y, aprovechando con firmeza los accidentes que le proporcionaba el áspero paisaje, abandonó las emboscadas y en su lugar levantó posiciones de defensa que tenían que ser tomadas mediante asalto.

– Esto sólo son pinchacitos de alfiler, Fabio -dijo Áquila, mientras volvían a formar para atacar una empinada cresta-. La verdadera lucha está aún por llegar.

– Ésa es una de las cosas en las que te equivocas. No sabes distinguir un alfiler de una aguja de calceta, y en cuanto a pinchar…

Áquila dio sus órdenes a gritos y la avanzadilla empezó a moverse, arrojando sus dardos antes que sus enemigos para forzarles a hacer lo mismo y reducir así su reserva de lanzas. El acierto significaría que tendrían menos armas arrojadizas con las que atacar a la infantería pesada. Por una vez, Tito se quedó atrás, como debería hacer un general, de pie sobre una peña para observar la acción, con todo su ejército desplegado a su alrededor en formación de batalla. Cholón se había sentado junto a él con un rollo de papiro en su regazo, mientras sus ojos saltaban de la batalla que tenía lugar ante él al pliego para hacer sus rápidas anotaciones. La conmoción en retaguardia los cogió a los dos desprevenidos. Una gran masa de jinetes celtíberos había aparecido en la carretera que llevaba a la costa, en formación y preparada para atacar. Aunque era una fuerza demasiado pequeña como para derrotar a los romanos, su presencia era, sin embargo, desmoralizante. Eran la prueba viviente para todos los legionarios de que estaban aislados en territorio enemigo y que cualquier ataque que lanzaran, incluso aunque fuera en parte victorioso, conduciría a bajas que Tito apenas podía permitirse.

El general bajó de su atalaya como un rayo y montó su caballo para cabalgar hasta el escenario del problema. Publio y Cneo Calvino, al mando de la retaguardia de infantería ligera, habían hecho girar en calma a sus hombres, formando dos hileras, mientras los jinetes de las tribus se aproximaban a galope. Sus voces sonaban tranquilas y sólo las elevaban lo que fuera necesario para que sus órdenes pudieran entenderse. Su primera línea se arrodilló al recibir la orden con los escudos en ángulo recto con sus cabezas y sus lanzas afirmadas en el suelo, formando ante ellos un friso que empalaría a cualquier atacante a caballo. La segunda línea formó enseguida en grupos de tres, con un soldado delante de los otros dos. Tito tiraba de sus riendas mientras observaba la siguiente hilera de legionarios, la infantería pesada a la retaguardia de los gemelos Calvinos, mientras se colocaban en posición con habilidad, formando en cuatro filas con el espacio adecuado entre cada grupo. Eso permitiría que las cohortes de los Calvinos se retiraran con seguridad. Era una maniobra bien planificada, conducida como si la estuvieran ejecutando en el campo de Marte.

En todo el orgullo de las armas romanas que Tito Cornelio había experimentado como soldado, nada se igualaba a esto, porque se estaba ejecutando no en un campo de prácticas, sino en campo abierto. Esa disciplina de hierro, la capacidad de maniobrar bajo un ataque, además del puro coraje tanto de oficiales como de soldados, cuando se empleaban con propiedad, hacían a las legiones invencibles. Cholón se había reunido con él, abandonando su asiento y sus apuntes. Tito miró hacia Áquila para comprobar si su ataque proseguía con éxito, y vio que los velites y los auxiliares habían subido por la escarpadura y ahora estaban enfrascados en un combate cuerpo a cuerpo con los defensores.

– Escribe sobre esto, Cholón. Esto es lo mejor que verás nunca. Un ejército romano atacando en dos direcciones a la vez.

– Pero no están atacando -dijo Cholón, señalando a los hombres que se retiraban bajo las órdenes de sus oficiales-. Se retiran.

– ¡Observa!

Publio y Cneo hacían retroceder a sus tropas con seguridad, retirando una línea defensiva a través de la otra, con los grupos de tres hombres formando en columnas en cuanto el último hombre escapaba, sin dejar así al atacante ninguna otra cosa a la que enfrentarse que no fuera la certeza de ser empalado. Por fin, cuando estuvieron lo suficientemente cerca de la infantería pesada, rompieron filas y se pusieron a salvo. Los huecos se cerraron inmediatamente rellenados por las cohortes de retaguardia. Se dieron las órdenes pertinentes y los guerreros celtíberos se vieron frente a una línea infranqueable de tropas que avanzaban. Como habían dado vueltas a su alrededor en vano, sus caballos estaban sin resuello, así que se dispersaron al primer aluvión de lanzas, que dejó hombres muertos y animales que daban alaridos clavados al suelo por las jabalinas romanas.

Un grito retumbante llenó el aire y tanto Cholón como Tito se volvieron en sus sillas, justo a tiempo para ver a Áquila, que, a la cabeza de los princeps de la Decimoctava Legión, tomaba la cima de la escarpadura, mientras sus enemigos emprendían la huida delante de él.

Su siguiente batalla tuvo lugar en un cruce de río muy disputado cuyo mayor problema era que en la orilla opuesta no había espacio para desplegarse, pues, aparte de una angosta franja de tierra, era una pared de roca desnuda que se elevaba unos treinta metros. Tito había recorrido el río de arriba abajo en busca de un paso más fácil, pero sus huesos le decían que no había otro. La mera presencia de sus enemigos, y en gran cantidad, en las colinas de enfrente era prueba de ello. Pero una ventaja que tenía la legión romana en esta situación, era que todos ellos sabían nadar; la otra residía en su disciplina. Un ejército con buena instrucción podía atacar de noche -algo inconcebible para las hordas salvajes de los bárbaros. Tito dejó que sus hombres descansaran todo el día, manteniendo ocupada de manera significativa sólo a la retaguardia, e hizo que sus auxiliares se retiraran; aquello no era tarea para las tropas locales.

Entonces, aprovechando la protección que les brindaban las nubes junto con la luz discontinua de la luna, dispuso una línea de caballería atravesada en el río corriente abajo, con los caballos y soldados atados unos a otros. Estos hombres y sus caballos permanecerían allí toda la noche preparados para rescatar a cualquiera que fuese barrido por la fuerza del agua. Después, casi en completa oscuridad, los hombres más experimentados de la infantería pesada, con cuerdas enrolladas a la cintura y con estacas amarradas a sus espaldas, siguieron a los velites en el agua, llevando sus grandes martillos con cabeza metálica en la mano. Áquila iba a la cabeza, con su cabello rojizo dorado recogido con una banda blanca que atrapaba la poca luz que había. Nadó rápidamente a la otra orilla, formando con la avanzadila una pantalla defensiva que permitiría trabajar a sus camaradas. Lo primero que supieron los defensores del ataque que se avecinaba fue el sonido de las estacas que se iban clavando en la tierra húmeda de la orilla del río. Ataron las cuerdas a las estacas y, con paso firme, Tito hizo que su infantería cruzara.

Áquila ya había conducido a su avanzadilla a lo alto de la empinada cuesta, así que los celtíberos se encontraron en medio de una batalla antes de haberse despertado del todo. Luchar en la oscuridad es aterrador, pues nunca sabes dónde está el enemigo ni si el bulto fantasmal que tienes enfrente es amigo o enemigo. Un combate cuerpo a cuerpo como aquel exigía una determinación de acero de la que los defensores carecían. Tito hizo que los cuernos sonaran una y otra vez, y desafinando, desde el momento en que se empezó a clavar la primera estaca. Tal cacofonía rebotaba en las rocas, se multiplicaba y, añadida a los alaridos de los atacantes, hacía que los enemigos sintieran que estaban siendo atacados por algún horrible monstruo. Todos los hombres de Áquila llevaban, igual que él, una franja de tela blanca enrollada a la cabeza. Los romanos, incluso con aquella luz tenue, podían identificar a sus enemigos, y causaron gran mortandad mucho antes de que las tropas pesadas prosiguieran con el ataque.

Pero alguien hizo que los defensores formaran en una línea bien unida, dando órdenes que Áquila oyó claramente. Este envió un mensajero a Tito, consciente de que el efecto al principio, sería mínimo. Los celtas empezaron a arrojar sus jabalinas por encima de las cabezas de los romanos que estaban en el acantilado. Con tal cantidad de hombres en el agua, que se esforzaban por cruzar el espumoso torrente con docenas de cuerdas, muchas de las lanzas hicieron blanco. Los gritos de los heridos se sumaban al resto de sonidos de la batalla, que levantaban eco de la pared de piedra, y río abajo la línea de caballería se dio cuenta de que de hecho eran necesarios, aunque sólo fuera para detener los cuerpos de los ahogados que eran arrastrados hacia el mar.

Cuando se les acabaron las lanzas, resonó un cuerno bien diferenciado, y la defensa se desvaneció, dejando a los romanos sin nadie contra quien luchar.

Capítulo Dieciocho

La niebla se arremolinaba a su alrededor y hacía que sus cuernos de bronce, largos y curvados, sonaran como algo proveniente del submundo. Pocos habrían navegado en esas condiciones, pero Marcelo bendecía la niebla, pues podía significar que llevaría a sus hombres a tierra sin enfrentamientos. Habían visto a los primeros lusitanos el día anterior en la costa, al este, siguiéndoles por tierra mientras la flota avanzaba hacia el norte. Mientras caía la oscuridad, se encendieron balizas en las cimas de las colinas para que el mensaje siguiera por delante de los que iban a pie, de los que no se podía esperar que, a oscuras, se ajustaran al ritmo de las galeras, que iban bien provistas de remeros. Hacia el oeste se abría una infinita extensión de mar y más allá de aquello, el borde del mundo, habitado por demonios y ninfas marinas que se alimentaban de carne humana y hacían enloquecer a aquellos que no eran devorados.

No se podía ver nada ni al este ni al oeste con aquella niebla. En la proa, la cantinela del sondeador, que medía la profundidad del agua bajo la quilla, añadía una letanía que crispaba los nervios a la llamada etérea de los cuernos. Marcelo estaba junto a aquel hombre arrojando la sonda, escuchando con cautela las profundidades, pues estaban en aguas poco profundas, quizá rodeadas por rocas afiladas, y su barco iba en cabeza, con todas las galeras de la flota posicionadas justo detrás de ellos. Si él podía atravesar lo que hubiera delante, también podrían hacerlo los demás.

– Arena en el escandallo -dijo el sondeador antes de volver a arrojar la sonda más adelante.

Los remeros del quinquerreme bogaban despacio, y el movimiento de avance de este hizo que llegara un punto en que el cordel de la sonda estuviera vertical. El sondeador la recogió deprisa, sacándola del agua, y examinó el sebo que llevaba al final para ver qué había en el fondo; después lo hizo oscilar en un círculo cada vez más amplio y lo arrojó hacia delante de nuevo.

– Da la voz de silencio -dijo Marcelo a un marinero que estaba detrás de él-. No más cuernos. Y tú, sondeador, susurra.

El marinero se apresuró en obedecer y su joven comandante se estiró hacia el frente. Ya estaban muy cerca de la costa, y el sonido de las olas le diría si su suposición era buena. Si encallaban de golpe y con estruendo, estaría en una orilla rocosa, con serio peligro de agujerear su barco y de naufragio, pero si oía el agua deslizándose calma y uniforme por una playa, entonces estaría a salvo. Marcelo podría llevar a sus hombres a la orilla y empezar a construir el primer fortín romano en territorio lusitano.

La niebla se levantó como una cortina que se alzara de repente. Marcelo no miró atrás para ver si las otras galeras estaban aún ocultas, pues quedó sobrecogido por la visión que le recibía en la arenosa orilla: hileras e hileras de guerreros lusitanos, con las puntas de sus lanzas brillando al pálido sol, llenaban la playa dorada. Un gran bramido le dio la bienvenida y las lanzas, por la impaciencia, pinchaban el aire amenazadoras. En medio del gentío estaba un jefe del clan vestido con magnificencia, que abría sus brazos con un escudo en una mano y una espada en la otra, en un pretendido gesto para invitarlos a entrar en batalla.

– Manteneos paralelos a la orilla -dijo Marcelo y la galera viró en redondo, mientras cada barco que emergía de la niebla hacía lo mismo, anclando finalmente en una línea correspondiente a las apretadas filas de guerreros que esperaban que ellos intentaran vadear hasta la orilla.

– Bueno, Regimus, ¿qué opinas?

El hombre se rascó su corto cabello gris.

– Ni un sólo barco. No hemos visto ni uno en todo el camino hasta aquí.

– No -replicó Marcelo-, aunque esos lusitanos están aquí. Es como si supieran de antemano donde teníamos pensado desembarcar.

– Oh, lo sabían bien. Todas esas balizas encendidas eran sólo para asegurarse de que llegáramos a esta bahía. Me atrevería a decir que todo el mundo en Portus Albus sabía hacia dónde nos dirigíamos en el momento en que zarpamos.

Marcelo se quedó callado, con los ojos fijos en la orilla. Podía ver la línea de hierbajos a los pies de la primera fila de guerreros; entre esta y el mar, la arena estaba húmeda, lo que le indicó que llevaban allí desde la marea alta. Si los guerreros habían esperado tanto en tierra, entonces no era descabellado apostar a que los barcos estarían en el mar, llenos de hombres, preparados para aparecer por su retaguardia.

– ¿Y bien, legatus? -preguntó Regimus, subrayando claramente, por el uso desacostumbrado del rango de Marcelo, que toda la responsabilidad recaía sobre él.

Marcelo sonrió.

– No tengo ninguna intención de retirarme, Regimus, aunque no me opongo a dejar que ellos lo crean.

Se giró y miró el banco de niebla cercano a la costa. El entrante de la orilla era como una cápsula, con las montañas detrás, los brazos de la bahía a cada lado adentrándose en la niebla, formando un muro impenetrable por detrás.

– Creo que esperan que ataquemos.

Marcelo le interrumpió, todavía sonriendo.

– Momento en el que vendrán sus barcos e intentarán capturarnos en el agua mientras vadeamos hasta la orilla.

– Puede que a ti esa idea te alegre, Marcelo Falerio, pero a mí me hiela la sangre.

El joven legado rio.

– No seas tonto, Regimus. ¿No ves que los tenemos en una trampa?

A la luz de la mañana, los anillos de terraplenes parecían elevarse uno sobre otro como en un gigantesco templo. Bajo Numancia, frente a su posición, dos ríos abrían un profundo cañón que atravesaba el campo. La única vía de ataque pasaba entre los dos ríos; los otros lados de la colina fortificada tenían desniveles demasiado escarpados como para un asalto adecuado.

– Como bien dijiste, Áquila, si este lugar cae, se quebrará el espíritu de la resistencia ibérica. -Áquila sonrió, pues sabía que su general, que no era dado a las exageraciones, no había terminado-. La cuestión es: ¿sobrevivirá nuestro espíritu para verla destruida?

Áquila tenía la sensación de estar viendo algo familiar que reconocía de un sueño, pero era difícil decir si aquello era cierto o sólo pura imaginación. Había oído tantas historias sobre aquel sitio, que creía conocer de memoria cada piedra y terraplén. A su alrededor, los legionarios trabajaban duramente en la construcción de un campamento, que le parecía el procedimiento incorrecto. Como siempre, cuando se enfrentaba con un problema, tomó su águila en la mano, algo de lo que Tito ya se había dado cuenta.

– ¿Ese pájaro tiene el poder de adivinar el futuro?

El cuestor le sonrió.

– Mucha gente lo ha creído así.

– Como todo hombre de las legiones -continuó, en respuesta al gesto del rostro de Áquila-, no he dejado de recibir insinuaciones, amigo mío, de que debería consultar tu amuleto, para que así todos podamos salir de esto con vida. Los hombres tienen mucha fe en eso y ninguna en absoluto en los sacerdotes y sus pollos.

Tito volvió a mirar la fortificación de Numancia, un lugar muchísimo más poderoso de lo que nunca había imaginado, un sitio que superaba de verdad su reputación. Por primera vez desde que habían partido, se planteó que debería haber ordenado retirada, mientras se preguntaba si incluso la novedosa táctica que había decidido emplear funcionaría con un obstáculo tan formidable. Su mente volvió a la reunión que había tenido a su regreso del sur, a las expresiones de los rostros de sus oficiales cuando explicó su plan para convertir el gran bastión defensivo de Breno en una trampa.

– Nuestra arma, señores, es una mezcla de acción e inacción. Abriremos brechas en las murallas de la fortaleza y habrá hombres que mueran haciéndolo, pero tendremos mucho tiempo para descansar entre asaltos.

Los ojos que entonces habían quedado fijos en él, con miradas descaradamente inquisitivas, habían sido los de su cuestor y le habían planteado una pregunta de forma muy directa: ¿qué vamos a hacer con todos los guerreros que no estén en la fortificación de la colina? Tito sabía que, en ese punto, se había ganado de verdad la confianza de Áquila Terencio, pues cuando habló, la mirada de sus ojos cambió del desafío al asombro. Les contó que pretendía construir una muralla alrededor de Numancia, con fuerte cada cierta distancia que los aliados de Breno tendrían que atacar. Asediaría al enemigo del interior mientras que el del exterior sería forzado a atacarle en una situación de seria desventaja. Tal situación les desanimaría, y una vez que esto ocurriera, enviaría hombres suficientes para combatirlos en el camino de vuelta a la costa, abriendo así una ruta de suministros que significaría que podría permanecer frente a Numancia para siempre.

Como todos los planes, parecía bueno sobre el pergamino; ahora, con su objetivo a la vista, parecía serlo menos. Pero las siguientes palabras de Áquila, pronunciadas con sincera convicción, acabaron con cualquier pensamiento de fracaso.

– Si podemos comer, mi general, y ellos no, entonces al final tendrán que rendirse.

Tito miró el terreno. Excepto la fértil franja al lado del río, el resto era rocoso e inhóspito, y no había lugar donde pudiera acampar un ejército a menos que se pudieran garantizar suministros regulares. Tendrían que sobrevivir durante semanas alimentándose de lo que les diera la tierra, pero tampoco había otro lugar para que la gente de dentro del bastión cultivara alimentos que una meseta, que no podría sustentarlos para siempre. Las laderas de la colina eran más estériles que la llanura.

– Un hueso duro de roer, Áquila, pero en apariencia no es imposible. Propongo que, antes de que oscurezca, cabalguemos rodeando el lugar para ver dónde emplazaremos nuestros fuertes.

Todos conocían las órdenes de Marcelo y él tampoco se perdió sus miradas -medio de incertidumbre, medio de desconfianza-. Las galeras levaron anclas y, con grandes gritos por parte de las filas apretadas de los lusitanos, viraron sus proas para salir de la bahía. Los jefes de los guerreros podrían haberse preguntado por qué se colocaban en esa formación y salían al mar unas junto a otras -maniobra que Marcelo se había visto forzado a emplear, y no había forma de saber si permitiría a quienes estaban en la playa adivinar la verdad-. La niebla iba diluyéndose según la calentaba el sol de la mañana, pero aún era lo bastante espesa como para engullirlos; durante todo este tiempo sólo el timbal de su nave marcó el ritmo para toda la flota.

– No veo otra manera de dispersarlos -le dijo a Regimus-. Si decidimos no desembarcar y esperamos a que la niebla despeje, sus barcos simplemente huirán. Saben que no pueden enfrentarse a quinquerremes.

– ¿Y eso no contaría como victoria? -preguntó Regimus.

– ¡No! -le espetó Marcelo-. Tenemos que desembarcar en algún momento y derrotarlos en batalla, y esto también se refiere a sus barcos. Estamos aquí para quedarnos.

– Sigo pensando que asumes un riesgo terrible, legatus -dijo Regimus, que se había comportado formalmente desde que él le había dado órdenes.

Marcelo no le hizo caso, pues estaba diciéndole en voz baja al jefe de remeros que mantuviera el ritmo. Había otro hombre a su lado que contaba el número de paladas y, cuando llegaba al millar, el jefe de remeros marcaba un redoble en el timbal. Regimus empujó el timón y los remeros de un lado levantaron sus remos para que la galera girara en redondo en toda su eslora. A estas alturas la coordinación era crucial y Marcelo dejó que Regimus decidiera cuándo habían girado del todo. El hombre mayor llamó al jefe de remeros, que dio otro redoble en el timbal, antes de volver a su ritmo sostenido, se incrementaba lentamente cuando los remos entraban en el agua. Para cuando la fila de galeras salió una vez más de la niebla, navegaban a velocidad de batalla, avanzando a toda prisa hacia la orilla en fila india, y Marcelo, en la proa, se sintió aliviado al ver que sus enemigos habían hecho lo que esperaba; no necesitaba abortar su avance. En vez de eso, pidió que se esforzaran más.

Pensando que los romanos se habían marchado, los lusitanos habían dispersado sus filas y pululaban por allí como un rebaño, la mitad estaba aún en la orilla, y el resto metido en aguas poco profundas, unos hasta los tobillos y otros hasta las rodillas. Los cuernos sonaban aterrorizados mientras los jefes intentaban hacer que formaran de nuevo, lo que sólo sirvió para añadir más confusión. El guerrero de magnífica vestimenta que los había desafiado a luchar estaba metido en el agua, al frente de sus hombres y usaba el umbo de su escudo para intentar que volvieran a sus posiciones. Marcelo observaba ansioso la orilla, que se aproximaba, y también las dos galeras que, a cada lado, se acercaron un poco a su nave. Los hombres que iban a proa esperaban para soltar el corvus, el puente que bajaba del frente del barco, que facilitaría a sus soldados una ruta seca y que se podía defender para llegar a la orilla.

Los lusitanos, aún en desorden, avanzaron para formar una hilera desigual en las aguas bajas, justo detrás de su cabecilla, pero su indisciplina jugaba en su contra en manos de sus enemigos. Esperaban que los romanos se quedaran al pairo, soltaran anclas y después vadearan hasta la orilla. Fue imposible saber cuántos, entorpecidos por quienes estaban detrás de ellos, murieron en los bajíos, aplastados por las proas de los quinquerremes cuando Marcelo hizo que todos sus barcos encallaran a velocidad de abordaje en las suaves arenas de la playa. Su líder fue uno de ellos, y su coraza de metal decorada con oro quedó destrozada como una cáscara de nuez cuando la proa pasó por encima de él, haciendo que su sangre se esparciera y tiñera la clara agua azulada. Los puentes de madera, protegidos con estacas afiladas, cayeron sobre las cabezas de los guerreros, mutilando aún a más, y cuando las tropas de Marcelo corrieron por encima, los lusitanos se encontraron con que los romanos estaban entre ellos. Los marineros, obedeciendo órdenes, se precipitaron a los remos, igual que acróbatas egipcios, que levantaron y sacaron del agua, y al estar las galeras tan próximas unas de otras casi se enredaban. Rápidamente los ataron unos con otros para que toda la flota presentara un sólido frente que no pudiera ser atravesado ni por los guerreros que había en la playa ni por los barcos que vendrían a auxiliarles, si es que se dispersaba la niebla.

Para empezar, hubo una serie de combates individuales, no una batalla, pero los romanos jugaban con ventaja. Si les hacían retroceder, podían retirarse a una base segura e inexpugnable: sus galeras. Una vez que ganaban unos metros en la playa, podían contar con refuerzos, que se desplegaban para formar un frente adecuado. La línea de batalla retrocedía y avanzaba, pero cada movimiento, en cualquier dirección, costaba más vidas de guerreros lusitanos que de romanos. Una vez seguro de que su flota estaba a salvo, Marcelo dirigió personalmente el asalto desde su galera, libre de verdad, por primera vez en su vida, para usar aquellas habilidades que había adquirido de niño y, siendo ya un hombre, en el campo de Marte.

Fue el primero en contar con un considerable cuerpo de legionarios en tierra. Los remeros, ahora armados y en buen número, saltaban a la playa detrás de él, y su avanzada formó un frente que los guerreros no podían romper ni destruir. Los hombres de la galera que estaba a su derecha se les unieron tras ardua lucha; y, justo a tiempo, ocurrió lo mismo por su izquierda, hasta que toda la franja costera estuvo en manos romanas. A una orden, los legionarios avanzaron con firmeza, forzando el retroceso de los lusitanos hasta que la mayoría de ellos se encontraron acorralados contra las rocas que circundaban los dos lados de la bahía. Algunos escaparon por la suave pendiente del centro, empujados por la persecución, pero la mayoría murió donde estaba, y su sangre tiñó la arena dorada de rojo oscuro.

Marcelo había reflotado sus barcos con la subida de la marea antes de que la niebla se hubiera disipado. Los pequeños barcos lusitanos, numerosos y cargados de hombres, se encontraron con una escena que nunca hubieran imaginado encontrar. Flotando delante de ellos había una impenetrable línea de quinquerremes dispuestos para la batalla, mientras que en tierra los romanos se encargaban de construir un fortín.

Las cabezas de sus fatigados caballos ya estaban gachas para cuando Tito y Áquila volvieron; el sol ya había bajado bastante en el cielo y en una hora se habría puesto. Sus tiendas estaban levantadas, y les esperaban el agua caliente y el aire lleno de olor a comida. Fabio, con su habitual destreza de gorrón consumado, había encontrado los ingredientes para una suntuosa comida, que incluía varios grandes pescados del río más cercano.

– ¿Qué sentido tiene que yo prepare todo esto si no vas a usarlo? -dijo Fabio, señalando enfadado la vaporosa bañera en medio de la tienda.

Desde el ascenso de Áquila, Fabio siempre estaba intentando mimarle. Pero los esfuerzos de su «sobrino» cayeron en saco roto.

– Si necesito un baño, hay un río magnífico aquí cerca.

– Que baja directo de las nieves de montaña. Sumérgete en él y se te caerán las pelotas. Ya puedo oírte en la plataforma de oradores. Abrirás la boca para hablar y te darás cuenta de que te has convertido en un eunuco.

Áquila sonrió, pues la última parte de su reproche la había pronunciado con voz de pito. Empezó a quitarse la armadura y las condecoraciones.

– Sois muy blandos vosotros, los de ciudad. No me extraña que Roma corra tanto peligro.

– ¿Corremos peligro? -Fabio hizo su pregunta con avidez, pues aquellos días había reunido una suma considerable dejando caer algo de información a las tropas.

– Pregúntamelo mañana.

Áquila tomó la larga túnica que Fabio le había preparado y salió de la tienda. No era el único que deseaba darse un baño en el río y las puertas del campamento estaban abiertas, aunque vigiladas, mientras que los hombres de guardia se habían desplegado por el camino para proteger a los nadadores. Fabio tenía razón sobre el agua, estaba gélida, pero tras un día caluroso y agotador fue un alivio perfecto. Salió a la orilla para encontrar a Cholón de pie junto a sus ropas. Apenas habían intercambiado una palabra desde el día en que Áquila le había expulsado del campamento, y cada vez que el griego miraba fijamente al nuevo cuestor, enseguida se transformaba en un gesto amargo. Aunque ahora estaba sonriendo, e incluso le ofreció a Áquila su túnica, al mismo tiempo que señalaba a los hombres que chapoteaban por allí.

– A menudo me pregunto por el amor que tenéis al agua los romanos, Áquila Terencio.

El joven no era de los que guardaría rencor a alguien como Cholón, quien, después de todo, había sido invitado a acudir al campamento base, y sabía que Tito, responsable de hacer la invitación, tenía a aquel hombre en alta estima, así que le devolvió la sonrisa y firmó la paz.

– Tener soldados que saben nadar es una ventaja evidente. Espero que hayas apuntado en tu historia cómo ganamos aquella batalla en el río gracias a esto.

Los ojos de Cholón se fijaron en el cuello de Áquila, donde el águila de oro se balanceaba mientras él secaba con fuerza su cuerpo desnudo.

– ¿Eso te hará ganar esta batalla? -preguntó el griego, señalando el agua de la que él acababa de salir. Estaba claro que era una vía de entrada y de salida al perímetro defensivo.

– Podría ser -replicó Áquila pensativo, mientras señalaba con la cabeza en dirección al fuerte que se alzaba, enorme y amenazante, en la colina que quedaba por encima de ellos-. Dependerá de si ellos también saben nadar.

Tras inspeccionar el terreno, Tito convocó a una reunión a todos los oficiales de su ejército hasta el rango de centurión. Sólo los más veteranos sabían lo que se avecinaba, pero delante de todos ellos había un mapa de la fortificación y los campos de los alrededores, con un gran anillo que parecía una línea de sangre en su exterior.

– Vamos a construir nuestros propios fuertes en estos siete puntos. Quiero comunicarlos con una empalizada, vigilada permanentemente, con una reserva móvil en cada fuerte que salga y proteja la posición cuando sea atacada. -Tito señaló con el dedo varios puntos-. Quiero que se talen todos estos árboles y que se aplanen uno o dos de los cerros cercanos. Nadie entrará o saldrá a menos que nosotros queramos.

– Los ríos aún estarán abiertos, señor -dijo Publio Calvino.

Tito levantó la vista de la mesa con gesto severo.

– Eso será lo último que precintemos. Quiero puentes flotantes sobre los ríos, protegidos por grúas y cadenas. Aislaremos Numancia del mundo exterior, y si tenemos que permanecer aquí para siempre, los mataremos de hambre.

– Tú hablas su lengua -dijo Tito-. Y, de todas maneras, es mala idea que un comandante negocie en persona.

– ¿Por qué? -preguntó Áquila, confundido. Bajó su cuchillo, dejó de masticar y miró enojado a su general.

– Porque su palabra sería inapelable -añadió Cholón.

Áquila tenía la ligera sospecha de que todo el plan era obra del griego. Puede que ahora estuviesen en paz, pero sospechaba que Cholón era un individuo escurridizo.

– ¿Y eso es malo?

Cholón sonrió, aumentando la incomodidad de Áquila.

– Un enviado hace propuestas, pero siempre puede fingir que hay un punto más allá del que no pasar y, en caso de que llegue demasiado lejos, su comandante siempre puede reprenderle y revocar el acuerdo.

Cholón basaba su actitud en lo que había conseguido como enviado en Sicilia varios años atrás, actuando en nombre de Lucio Falerio Nerva. Puede que el viejo senador se hubiera enfrentado a ellos, pero fue él, que había negociado los términos, el que vio a los cabecillas de los esclavos desertar de sus seguidores, aunque uno, un celta, se había mostrado intransigente y murió por su testarudez. Por un momento, se planteó ofrecer a Áquila una explicación de aquellos acontecimientos para que pudiera comprender a dónde se dirigía el razonamiento de Cholón -que siempre había tenido la capacidad de negar cosas en asuntos que su superior no habría aceptado- o bien volver a la mesa y decir que cierto punto ya acordado no era aceptable, pero decidió no hacerlo por considerar que le llevaría demasiado tiempo.

Áquila, que estaba mirándolo muy directamente, tomó otro bocado de comida y masticó lentamente al mismo tiempo que pensaba.

– Entonces, lo que estáis diciendo es esto: que yo me interne en las colinas, que hable con el jefe de una tribu llamado Masugori, un ex aliado de Roma, al que no le gustaría hacer otra cosa que empalarme con una lanza hasta que esta asome por mi boca, y, ¿que le haga promesas que vosotros podríais decidir no cumplir?

Cholón se estremeció por el modo en que Áquila había sacado sus conclusiones, si bien le contestó con bastante tranquilidad.

– Como interpretación, eso ha sonado bastante crudo.

– ¡Vete al infierno!

Tito estalló en una carcajada, mientras que el rostro de Cholón se contrajo en una expresión ofendida.

– Si yo llego a un acuerdo -dijo Áquila clavando sus ojos azules en los del griego-, Roma lo mantiene, aunque le pese a Tito Cornelio.

– ¿Y eso?

– Tú conoces al tal Masugori, según dices, por lo que deberías saberlo.

– Fue hace mucho tiempo, antes incluso de que vistiera la toga de adulto.

– ¿Pero confiabas en él?

– Creo que merece la pena intentarlo.

Áquila volvió a pensar largo y tendido antes de replicar. Los ataques a las legiones habían cesado en cuanto alcanzaron Numancia, y tanto Tito como él sabían lo que eso significaba; el enemigo era cauteloso a la hora de enfrentarse a todas las fuerzas de Tito Cornelio en una batalla campal, pero querían que se quedaran y les daban un respiro para atrincherarse bien.

Los ataques se reanudarían en cuanto ellos comenzaran el asalto y los celtíberos pensaran que, al estar ocupados y sufriendo bajas, andando además cortos de suministros, los romanos estarían tan debilitados que ellos podrían derrotarlos.

Masugori tenía la clave. Su tribu era la más cercana y, aparte de los lusitanos, la más numerosa. Antaño habían acordado una paz con el padre del general que se mantuvo hasta que los últimos oficiales romanos habían abusado de su posición. Si el jefe de los bregones podía ser devuelto a la neutralidad, facilitaría inmensamente la tarea de Tito, pues el abastecimiento del ejército se volvería relativamente sencillo. Se trataba de poner en riesgo la vida de un hombre para salvar las vidas de muchos. Áquila miró a los otros dos hombres, que lo miraban fijamente para saber qué decidiría, así que simplemente asintió y volvió a concentrarse en su comida.

Capítulo Diecinueve

– ¿Por qué yo? -preguntó Fabio por enésima vez, con aquella expresión sincera de agonía que podía asumir a voluntad.

Era una letanía a la que Áquila ya se había acostumbrado, pero sabía que su «sobrino» habría matado a cualquiera que intentara acompañar al cuestor en su lugar. Era parte de la forma en que Fabio fingía ser un cobarde empedernido, igual que se reservaba el derecho de robar la comida y el vino de los oficiales; y si hubiera dejado de lamentarse, Áquila se habría preocupado seriamente.

– ¿Y qué hago yo aquí fuera, en compañía de un loco en ropa interior y sin ni siquiera un alfiler para protegerme? Ni una espada, ni una lanza, ¡nada! Bien, pues yo te lo diré, «tío»: si esos salvajes se me acercan un pizca, antes de que me claven un arma, me levantaré el sayo y les regalaré un buen vistazo de mi culo pelado.

– ¿Y eso podría hacer que te dejaran con vida?

Fabio hizo una mueca.

– Me pregunto si en realidad no será un destino peor que la muerte.

Áquila levantó su mano despacio.

– Pues ya es hora de que lo descubras.

Fabio siguió su dedo para ver que el risco que tenían enfrente estaba lleno de jinetes, que habían aparecido como por arte de magia.

– ¿Tenemos alguna oportunidad? -preguntó. No se notaba miedo en su voz, pero tampoco estaba bromeando.

– Si cargan, ninguna. Si permanecen quietos, las mismas.

Áquila levantó sus manos, sujetándose al caballo con las rodillas. Fabio hizo lo mismo, mientras rogaba en silencio que aquellos celtíberos se dieran cuenta de que Áquila venía en son de paz. El único sonido era el de los cascos de sus caballos al subir lentamente colina arriba. El cabecilla de los que estaban delante de ellos era un hombre fácil de distinguir; todo lo que llevaba, desde su casco decorado con oro hasta la plata y el oro que cubrían su escudo y su coraza, así como las grebas de metal, ricamente decoradas, hablaban de su elevada posición. Pero incluso a esa distancia podían ver que era bastante anciano.

El cuestor del ejército romano no parecía importante en comparación, pues sólo vestía un sencillo sayo ribeteado de púrpura, sin más decoración que un águila de oro que llevaba al cuello; sin armas ni casco. La distancia iba disminuyendo y el cabecilla, rodeado por sus hombres, sabía que no corría ningún riesgo, sabía que podría matar a aquellos mensajeros antes o después de hablar con ellos, consciente de que la prudencia le exigía escuchar lo que estos le dijeran. El arrugado rostro estaba impertérrito, como si no tuviese intención de conceder nada, pero según se acercaba Áquila, aquello cambió y no fue sólo el rostro del jefe el que se alteró. Otros hombres murmuraban y señalaban, levantado un ruidoso parloteo.

– Ese pelo rojo tuyo va a conseguir que nos maten -dijo Fabio por la comisura de la boca.

– Puede que tengas razón -replicó su tío.

El cabecilla levantó su lanza engalanada, con el reflejo del sol en el brazalete de oro que llevaba en el brazo, y su grito gutural acalló el ruido, que cesó de golpe; entonces, volvió a hablar, esta vez tranquilamente. Después avanzó cabalgando con un sólo guerrero a cada lado. Áquila hizo un alto y esperó a que se acercara.

– Por los dioses que es un cabrón feísimo -dijo Fabio en voz baja-. Hagas lo que hagas, no le preguntes si tiene una hermana.

Tenía la piel oscura y unas marcas negras en el rostro para resaltar sus ojos. Se detuvieron a un par de pasos, mirándose unos a otros durante lo que pareció un siglo. Entonces, Áquila habló y el rostro del cabecilla reflejó un profundo sobresalto al ver que se dirigía a él en su propia lengua alguien del que pensaba que era romano, raza que si accedía a hablar contigo, lo hacía en latín y usando intérpretes.

– Soy Áquila Terencio, cuestor de Tito Cornelio, comandante del ejército romano que asedia Numancia.

Nadie dijo nada durante unos instantes, excepto, por supuesto, Fabio, para quien un silencio sostenido era anatema.

– ¡Menuda panda de charlatanes!

Áquila lo ignoró y empezó a hablar otra vez en lengua celta, remarcando qué era lo que iban a hacer y cómo pretendían hacerlo los romanos.

– Somos fuertes y construiremos fuertes que no podréis atacar sin daño. Numancia quedará aislada, después traeremos comida por una auténtica carretera romana, si es necesario, con una escolta demasiado fuerte como para que ataquéis.

– No existe una escolta tan fuerte -fue lo primero que dijo el cabecilla.

Los ojos de Áquila nunca parpadeaban, como tampoco se alteraba su voz.

– Si nos atacáis, no necesitaremos columnas de abastecimiento: simplemente vendremos y os sacaremos la comida de la boca.

El jefe bajó su lanza, adelantándola al mismo tiempo. Para Áquila fue difícil quedarse quieto mientras la lanza se aproximaba a él, pero así lo hizo. La punta se detuvo justo bajo su cuello, después se levantó de forma que enganchó el amuleto dorado, haciendo que el águila oscilara adelante y atrás sobre la pechera de su sayo.

– ¿Ya habéis tomado Numancia?

La pregunta sorprendió a Áquila, y por primera vez parpadeó.

– Aún no, pero lo haremos. Si nos atacáis, les dejaremos en paz e iremos a por tu tribu y os destruiremos.

– ¿Entonces tenemos que dejar que matéis a nuestros primos de Numancia?

– ¿Y por qué no? ¿De verdad sois amigos suyos? Habéis pasado años viendo cómo crecían y robaban un poco de tierra aquí y algo más allí, hasta que habéis tenido que doblar la rodilla ante ellos. ¿Vais a dejar que os conviertan en pedigüeños mientras ellos aumentan sus riquezas? -El rostro que tenía enfrente seguía sin mostrar ninguna expresión, igual que los ojos que subieron de su pecho a su rostro, así que Áquila siguió hablando-. Haceos esta pregunta: si estáis dispuestos a venir a ayudar a los duncanes, ¿qué harán ellos si os atacamos? ¿Sufriréis el mismo destino que los avericios, que miraban en vano hacia el oeste? Breno dejó que muriesen, y antes miraría vuestros huesos blanqueándose antes de aventurarse fuera de su bastión. Él habla de alianzas cuando lo que quiere decir es esto: vosotros moriréis a mi mayor gloria.

La punta de la lanza volvió a moverse, haciendo oscilar una vez más el amuleto.

– De verdad te gustaría saberlo.

– ¿A quién me estoy dirigiendo? -preguntó Áquila.

– A Masugori.

– ¿Jefe de los bregones?

El hombre asintió y la punta de la lanza volvió a mover el águila.

– Esta cosa, ¿cómo la conseguiste?

Le habían hecho aquella pregunta muchas veces, y normalmente decidía no contestar; de hecho, incluso había inventado alguna mentira para desviar la curiosidad o, al menos, permitir a los otros que sacaran las conclusiones que él prefería no refutar. Pero algo le decía que la verdad, en esta ocasión, le haría mejor servicio.

– Lo enrollaron en mi pie cuando nací. De dónde proviene originalmente, no lo sé.

Masugori hizo avanzar un poco a su caballo y tocó el águila; después miró a Áquila, con su altura y su cabello de oro rojizo. Por fin, tiró de sus riendas haciendo dar la vuelta a su caballo.

– ¡Seguidme!

Los bregones eran una de las pocas tribus que nunca habían construido una fortificación. Aquello se debía, en parte, a la paz que una vez habían compartido con Roma, pero también tenía algo que ver con una fuerza numérica que les hacía menos temerosos que sus vecinos. El inmenso campamento -que era, más bien, una ciudad-, llamado Lutia, se asentaba en un fértil llano, con chozas que se extendían hasta donde alcanzaba la vista. Áquila intentó contarlas para así calcular el número de guerreros, pero abandonó después de un rato, consciente de que llegaban a varios miles. Masugori despachó a Fabio con otra persona para que estuviera entretenido, llevó a Áquila a su propia choza y después mandó buscar a sus sacerdotes.

Estos llegaron y estudiaron a Áquila con atención, palpando su cuerpo y sus cabellos. Él se negó a quitarse el amuleto, temiendo que no se lo devolvieran, pero lo levantó para que los sacerdotes pudieran tocarlo. Después el grupo salió al exterior, para que los sacerdotes pudieran obrar su magia, lanzando sus huesos de una forma muy parecida a como la vieja hechicera Drisia lo había hecho durante todos aquellos años delante de la cabaña de Fúlmina. Entonces hubo un largo encantamiento quejumbroso mientras el chamán principal volvía a tocar su amuleto, y todo aquello tenía lugar al mismo tiempo que una ceremonia mística en la que intervenían la tierra, el fuego y el agua. Al terminar, los sacerdotes organizaron un cónclave de susurros con Masugori, que se apartó del gentío e invitó a Áquila y a Fabio a volver a su tienda.

– ¿Tú no naciste en estas tierras?

Áquila negó con un movimiento de cabeza.

– En Italia, justo al sur de Roma.

– Y tu padre es…

– No lo conozco -interrumpió Áquila con brusquedad. Siempre había sido un tema delicado para él, uno sobre el que sus compañeros sabían que era mejor no preguntar. Lo último que quería hacer era discutirlo con un jefe bárbaro, maldita fuera la diplomacia, aunque el modo en que había hablado, al parecer, no había ofendido a su anfitrión, que extendía un dedo retorcido hacia su cuello.

– Coge el águila en tu mano. -Así lo hizo Áquila-. ¿Venceréis, romano?

Él asintió, -¡Sin ninguna duda!

El caudillo de los bregones se quedó sentado con la cabeza inclinada durante un rato, obviamente pensando. Entonces levantó sus ojos, rodeados de patas de gallo, y miró a su extraño visitante.

– Mis sacerdotes dijeron que así sería. Han visto la colina de Numancia desnuda de terraplenes. También han visto el pasado -Masugori se calló, como si no estuviera seguro de lo que iba a decir. Cuando continuó, Áquila tuvo la clara impresión de que se estaba reservando algo-. Y aquí estás, vienes a mí con nada más que tu águila para protegerte. Es muy extraño que los dioses te hayan traído aquí, de entre todos los lugares. Deben de tener un propósito y me aconsejan que no les enfurezca. No obstaculizaremos vuestro asedio ni vuestros suministros.

– ¿Y cuál es el precio? -preguntó Áquila.

– Para ti no habrá precio.

– Las tierras alrededor de Numancia. Una verdadera paz con Roma después de esto -dijo Áquila.

– No pedimos nada. Si ganáis, puede que nos des esas cosas. Si perdéis, por culpa de la locura o de predicciones erradas, dejaréis los huesos blanqueados de vuestras legiones en las colinas como testimonio de vuestro fracaso. Ahora comeremos y hablaremos, y tu jurarás por tus dioses que eres quien dices ser, y que las palabras que hablas son la verdad.

La destreza para construir de los romanos nunca deja de asombrar a aquellos a los que combaten y derrotan, que aun después no alcanzan a entender de dónde han surgido tales ideas militares romanas. Fue el sensato granjero, con su trabajo manual, quien hizo tan temidas a las legiones, no los guerreros vestidos con afectación, que consideraban la agricultura y la ganadería algo decadente.

Cholón dejó a un lado su estilo y miró a su alrededor, donde, ante él, estaban las pruebas de aquella afirmación. Era típico de la gente entre la que vivía emprender un asedio de esta manera: sin ataques imaginativos ni la búsqueda de nuevas y estimulantes tácticas. Tan sólo trabajo duro y tiempo, que producían un resultado lento, pero seguro. Cada uno de los siete fortines era un campamento romano completo, con capacidad para alojar a todo el ejército en caso de emergencia. La empalizada, de quince pies de altura y torres que sobresalían a intervalos regulares, describía una línea recta, sin que importara el estado del suelo, de un fortín al siguiente, interrumpiéndose sólo en las orillas del río.

A través del río habían tendido un puente flotante de gruesos troncos, unidos por cadenas para prevenir que entrara o saliera cualquier bote, y con hojas afiladas en las aguas profundas. De noche, se disponía una guardia en la muralla a intervalos regulares, con antorchas encendidas entre los guardias para arrojar alguna luz sobre el profundo foso que recorría el borde exterior. Escuadras especiales, formadas por los mejores nadadores, montaban guardia en la orilla del río, preparadas para sumergirse en la heladora corriente y luchar contra los que intentaran escapar de Numancia o entrar en ella con noticias y suministros.

Pensar en los guardias hizo que Cholón recordara una anotación que tenía que hacer relacionada con el sistema romano, así que volvió a coger su estilo.

A cada guardia se le entrega una ficha de madera antes de que se incorpore a su posición. El guardia deberá mostrar esa ficha a un oficial en un momento no determinado de la noche. Esas rondas se organizan después de que los guardias se hayan situado en sus puestos, y quién visita a quién es decisión absoluta del tribuno de guardia. De esta forma es fácil descubrir quién se ha dormido en su puesto, poniendo en peligro, por lo tanto, a toda la legión, puesto que ese hombre aún tendrá en su poder esa ficha por la mañana. El castigo por semejante delito es una muerte horrible a manos de los demás soldados, cuyas vidas puso en peligro este hombre.

Levantó la vista para ver a Tito cerniéndose sobre él y esperando, educadamente, para así no interrumpir.

– Espero que estés haciendo como dijiste, Cholón, y que te ciñas a una historia militar general.

– ¿No deseas quedar retratado para la posteridad? -preguntó el griego.

Tito sonrió.

– No sin leer antes lo que se dice de mí.

– No tienes nada que temer, Tito, nada en absoluto, pero me atrevería a decir que algunos de tus predecesores, y algunos senadores en Roma, podrían avergonzarse de lo que se da a entender.

– He venido a pedirte un favor.

Cholón apartó su estilo y su papiro.

– ¡Venga, dilo!

– Como sabes, he ascendido a Áquila Terencio a una posición con la que nunca podría haber soñado. Si ha pensado alguna vez en el futuro, se habrá visto como un primus pilatus retirado, que con suerte tendría, al dejar el servicio, dinero suficiente como para unirse a la clase de los caballeros.

– Puede que haya soñado con algo mejor que eso -dijo Cholón, que siempre interpretaba literalmente las palabras.

– Puesto que nunca le enseñaron, no sabe leer, y eso habría que remediarlo.

Cholón frunció el ceño.

– También habla griego como un estibador del Pireo. Si lo piensas, puesto que dice no haber estado nunca fuera de Italia, es un milagro que hable algunas palabras de griego. Sería interesante saber dónde lo aprendió.

– Su pasado es un misterio. He pasado algo de tiempo con él estos últimos meses y hablará de poco más que su servicio en las legiones. Sé que fue criado en una granja cerca de Aprilium.

El griego sintió en su mente una persistente sensación de que, de alguna manera, lo que Tito estaba diciendo debía significar algo, pero no pudo concretarla.

– ¿Qué hay de ese familiar suyo?

– ¿Fabio Terencio? Es de los barrios bajos de Roma. Para alguien como yo, intentar preguntarle algo a ese sería como intentar sacar sangre de una piedra.

– ¿Esto es sólo curiosidad, Tito?

El senador negó lentamente con la cabeza.

– Lo he elevado por encima de su posición natural. Una vez que acabe la campaña, y asumiendo que triunfemos, ¿a dónde irá? Su nombramiento como cuestor es mi regalo personal, aunque no puedo verlo volviendo a su rango anterior; además, será un hombre muy rico si tomamos Numancia. Después de mí, podrá elegir cualquier cosa que se pueda sacar de esta tierra olvidada de los dioses y es más que seguro que eso le dará los medios para convertirse en senador.

– Por los dioses, Tito. Áquila Terencio en el Senado… ¡Y con ese lenguaje!

– Sería divertido de ver, eso seguro.

– Yo dejaría que los dioses decidieran su futuro. No es atribución de los hombres intervenir.

Tito sonrió.

– ¿Y un poco de educación sería interferir? Quién sabe, quizá en el proceso consigas desvelar el misterio de su nacimiento.

Fue una esclava quien reconoció el dibujo: una chica regordeta y hogareña de origen griego, que trabajaba para el administrador del almacén de Casio Barbino. Su estancia en la casa de este hombre era fuente continua de protestas para el fastidioso Sextio, que se quejaba del tamaño de los aposentos, de la conversación de su anfitrión, del calor, de las moscas, del aburrido paisaje plagado de trigo, del rugir del maldito volcán y del olor de los nativos. Arrugaba mucho el ceño cuando Claudia le pedía que se callase, y si su personalidad hubiera sido tan fuerte como su semblante, más gente, aparte de su esposa, temblaría al ver los gestos que era capaz de hacer.

Sextio era una de esas personas que se las arreglan para mejorar su aspecto según van envejeciendo, y su perfil parecía cada vez más romano, el modelo con el que soñaban los escultores, y era eso lo que le dio la idea del dibujo. En un raro esfuerzo por ablandar a su gruñón marido, Claudia le sugirió que encargara un busto del elegante mármol que se extraía en esta parte de la isla. Casi por hábito, preguntó al escultor -sin éxito- si había oído hablar alguna vez de un hombre llamado Áquila Terencio, y se dispuso a describir el amuleto que había enrollado con tanto amor alrededor del pie de la criatura. Mientras tanto, Sextio estaba sentado enjugándose el sudor de la frente y quejándose de que aquello ya iba a ser demasiado pesado sin que Claudia distrajera al «pobre hombre» de su trabajo.

– ¿Ayudaría algo que se lo dibujara, mi dama?

– ¿Dibujarlo?

– Sí, el amuleto. Si me lo describe, lo haré lo mejor que pueda, para darle algo que pueda enseñar a otros.

– Claudia -le espetó Sextio con los labios fruncidos por la frustración.

– Por favor, dibújalo.

– Recuerdo perfectamente que lo llamaste «pobre hombre» -dijo Claudia. Estaba sentada a la mesa mientras la doncella griega le arreglaba el cabello para la cena con el administrador de Barbino.

– Bueno, pues ahora ya no es pobre -replicó Sextio con acritud-. Nunca me habían pedido tanto por un busto en toda mi vida.

– Habrá sido por el coste de la piedra.

Su marido simplemente gruñó; en realidad se estaba preguntando si podría hacer que la chica griega le arreglara el cabello también a él. Claudia sacó el lienzo para echarle otro vistazo y la brusca inspiración de la chica surgió al mismo tiempo que el grito de dolor de Claudia, pues le había dado un tirón a su cabello con las pesadas tenacillas.

– ¿Qué ha pasado? -preguntó Sextio-. ¿Te ha quemado?

– Ha sido un accidente, amo -dijo la chica, que aún miraba el pedazo de lienzo de la mano de Claudia. El cabello atrapado entre las tenacillas calientes empezó a humear y la chica las apartó bruscamente. Sextio se levantó y se abalanzó sobre ella.

– Si vuelves a tirar del cabello de mi esposa, o a quemarlo, haré que te azoten.

– ¿Por qué no vas a beber un poco de vino, Sextio? -dijo Claudia con voz temblorosa.

Se había dado cuenta de que, negado otro alivio para el principal placer en la vida de su marido, había empezado a beber bastante. Sextio miró la parte de atrás de la cabeza de Claudia y luego a la chica que había dado aquel doloroso tirón a sus rizos. El olor a pelo quemado impregnaba el ambiente y él se pasó la mano por sus suaves cabellos plateados, pensando que sería una mala idea exponerse a un riesgo similar. Clavó su mirada fija, con su gesto romano más severo, y dejó el cuarto.

– ¿Reconoces esto? -exigió Claudia y su corazón latía salvajemente cuando levantó el lienzo.

La chica lo negó agitando con violencia la cabeza. Ningún esclavo ofrecería esa información voluntariamente; normalmente supondría problemas para ellos o para sus seres queridos. Claudia se esforzaba por dejar de gritar a la chica, pues supo por instinto que hacerlo sería fatal; en vez de eso, se acercó y cogió las tenacillas calientes de la manos de la chica.

– ¿Cuál es tu nombre, niña? -preguntó, aunque la muchacha era demasiado mayor para ese tratamiento.

– Foebe -respondió ella en voz tan baja que fue difícil oírla.

– Estás asustada, ¿verdad?

Claudia maldijo a Sextio por haberla intimidado; estaba claro que parte del temor de la chica era efecto de su severidad. Foebe asintió, alejando sus ojos del dibujo, aunque al mirarlo se había traicionado. Claudia sintió un dolor en el vientre por estar tan cerca de la verdad y, al mismo tiempo, tan lejos. Si presionaba a la chica, esta se callaría para siempre, y Claudia no estaba en posición de llamar al amo de la casa y amenazarla con sacarle la información a golpes.

– ¿Tienes hijos, Foebe? -le preguntó con la voz más suave que pudo sacar. La chica asintió despacio mientras Claudia continuaba-. ¿Puedes imaginar cómo te sentirías si te hubieran arrancado a tu hijo nada más nacer y nunca lo hubieras vuelto a ver desde aquel día?

Miró a Foebe a los ojos al decir aquello, animando a la joven para que respondiera a su siguiente pregunta.

– ¿El nombre de Áquila Terencio significa algo para ti?

Sextio regresó para encontrarse a la esclava hecha un mar de lágrimas y a Claudia congelada en su silla, y su rostro como una máscara. «Ha golpeado a esta desdichada», pensó. «Le está bien empleado. Un poco de dolor le hará bien». Pero estaba equivocado; todo el dolor estaba en el corazón de la mujer con el rostro tan inexpresivo que no estaba llorando.

– No entiendo a las mujeres en absoluto, Barbino. Quizá tú puedas decirme qué es lo que las hace ser así.

Sextio tomó otro gran trago de vino. Se sentía muy feliz de volver a estar en lo que consideraba cercano a la civilización. Mañana estaría en casa, pues esto, cerca de Aprilium, era el último alto en el camino a Roma, provocado por la insistencia de Claudia en que le permitiera comprar a la chica griega y a su hija.

– No es para sexo, ¿verdad? -preguntó Barbino, que era el propietario de Foebe, así como de su hija, que ardía de curiosidad por saber por qué la habían llevado hasta allí para concretar su acuerdo.

Sextio lo miró con un gesto receloso. Ahora Barbino estaba fofo, su piel había perdido todo su lustre. Aún intentaba ser el hombre que había sido en su juventud, aunque los años jugaban contra él. No sólo eso, las pociones y filtros amorosos que tragaba continuamente con la esperanza de hacer que su decaída libido reviviera también habían pasado factura a su complexión.

– Si es para eso -continuó-, puedes quedártela gratis si me permites mirar a Claudia con ella.

Sextio le dedicó la que consideraba su mirada más viril.

– Los dioses se divertirán contigo, Barbino. En mi vida había conocido a un sátiro como tú.

– Aún no has contestado a mi pregunta.

– Desde luego que no es para eso, y si las ves juntas, te preguntarás por qué quiere Claudia a esa chica. Lo único que parecen hacer la una en compañía de la otra es llorar. Para mí es un misterio.

– Bueno, si Claudia insiste en tenerla, llévasela como regalo.

– No, no, amigo mío. Ella insistirá en pagar.

– ¿Crees que pagaría en cariño? Aún es una mujer atractiva.

Sextio gruñó.

– Tengo un miedo tremendo, Barbino. Hay un culto oriental que cree que, cuando morimos, regresamos a la tierra como animales.

– ¿Y qué te asusta?

– Odiaría regresar como uno de los tuyos, un cerdo o una oveja.

Barbino sonrió burlón, con sus gruesos labios torcidos enrojecidos y húmedos.

– Buena idea. Podría joderte y después servirte para la cena.

Aquellos recuerdos compartidos eran importantes para Claudia, incluso saber que su hijo había crecido para convertirse en un rebelde que luchó contra Roma -quizá porque era eso lo que había en su sangre-, pero no antes de haber disfrutado de una relación con Foebe y haberla dejado encinta.

– Se fue con el administrador, Didio Flaco, a Mesana -dijo Foebe-, y esa fue la última vez que lo vi. Todo lo que sé es que Flaco volvió totalmente enfurecido y, después de acusarme de tener la culpa, me envió lejos de allí. Más tarde oí que Áquila se había unido al ejército de esclavos para luchar contra Roma, pero después de la derrota no oí nada más.

Entonces, había desaparecido, víctima, sin duda, de la venganza de Roma en la represión que siguió al colapso de la revuelta. A veces ella albergaba el sentimiento de que podría haber sobrevivido, pero Foebe insistía en que, de haberlo hecho, habría regresado junto a ella. Aquello le producía a Claudia una ligera sensación de celos, pues aquella chica había experimentado un amor que a ella se le había negado. Caminaban junto al río, seguidas por la niña que Foebe había dado a luz después de que Flaco la alejara de allí.

Era alta para su edad, con una larga melena negra que, cuando brillaba al sol, tenía un matiz de fuego; y era preciosa, con su pálida piel de alabastro. Al levantar la vista de las gorgoteantes aguas del Liris hacia las montañas en la distancia, pudieron ver el volcán extinto con aquella cima de extraña forma, que recordaba a una copa votiva. ¿Dónde lo habían dejado? Claudia quería saberlo, quería preguntar a Cholón, quien seguramente le diría ahora que seguramente el muchacho estaría muerto. Ella levantaría un pequeño santuario en este punto, como un recuerdo de él.

El joven que pescaba a mano en el río estaba tan concentrado en lo que hacía que las oyó acercarse. Estas eran tierras de Barbino y no es que a ella le importase, excepto porque quizá le compraría todo el lugar; entonces sabría que la tierra donde su bebé había sido abandonado era definitivamente suya. El furtivo se levantó de golpe con agua goteándole de los brazos y se dio la vuelta para enfrentarse a ellas con una sonrisa nerviosa. Alguna cosa de su aspecto removió la memoria de Claudia, así que se acercó y le preguntó directamente.

– ¿Te conozco?

Rufurio Dabo podía ver que era rica. Sólo lo que llevaba en el cuello bastaría para comprar diez granjas y él soñaba con ser propietario de una granja, pero Anio, su hermano mayor, se había quedado con todo cuando murió su padre. El más joven de los Dabos acababa de construir una cabaña en un espacio vacío, del que alguien le había informado que era el lugar donde habían vivido el viejo Clodio Terencio y su esposa Fúlmina. Con las historias que había oído sobre aquel campesino, Rufurio solía preguntarse si era por eso por lo que seguía siendo pobre.

Contestó a la pregunta de Claudia con el debido respeto.

– No, mi dama.

– Qué extraño, pensaba que sí -Claudia sonrió y señaló sus brazos empapados-. Yo que tú no dejaría que Casio Barbino me encontrara haciendo eso. Te usaría como comida para sus perros.

Capítulo Veinte

– Creo que Fabio ha disfrutado más que yo -dijo Áquila-. Pensaban que él también era general y le entretuvieron como si lo fuera. Hablaba sobre Fabio para tender un cortina de humo; había decidido evitar el tema de lo que le había sucedido en el campamento de los bregones, dado que tenía mucho sobre lo que reflexionar, y nada de aquello era asunto de su general o de Cholón, el griego. Su situación, como enviado de Tito, le había impedido hacer preguntas y mostrar curiosidad por lo que estaba sucediendo habría puesto en peligro toda perspectiva de tregua. La altura y el color de Áquila habían llamado la atención toda su vida, al igual que el amuleto que llevaba colgado del cuello, pero ambas cosas habían afectado demasiado a Masugori y a sus sacerdotes y habían contribuido, de alguna manera, a su decisión final de dejar a Numancia y a Breno solos frente a su destino.

Tomó el amuleto en su mano; quizá, como insistía Fúlmina, tuviera algún poder mágico. Aunque él lo veía como su talismán de la suerte, la perspectiva siempre le había inquietado y no tenía ningún deseo de que fuera más que eso, especialmente si no era capaz de entender su significado. De repente se dio cuenta de que los dos hombres estaban esperándole para que se explicara y concentró otra vez sus pensamientos en Fabio.

– No os sorprendáis si se comporta como un patricio de ahora en adelante.

– ¿Se ha enterado de algo útil? -preguntó Tito, un poco seco por lo que consideraba una frivolidad en una situación que exigía que su enviado fuese serio.

– Me ha informado de que, aunque las mujeres de los bregones son feas a los trece, están bien a los quince, si bien la bebida que destilan allí, un fuerte aguardiente de grano, obstaculiza seriamente en la capacidad de un hombre para demostrar su teoría.

– Supongo que deberíamos estar agradecidos de que haya vuelto -A Tito le gustaba Fabio, porque el soldado insistía en que ningún ciudadano romano tenía que ser demasiado cortés con otro, derecho que ejercía tanto si hablaba con un cónsul como con un cuestor. Cholón frunció el ceño con severidad, pues otra de las máximas de Fabio era que los romanos debían ser maleducados con los griegos-. Pero me interesa menos a qué se ha dedicado él, Áquila, que lo que has hecho tú.

– Te lo he contado. Ya tienes tu tregua.

– Bien, y todo lo que yo he hecho ha sido repetirte nuestro agradecimiento. Has tenido un éxito que supera mis más altas esperanzas, pero aún no entiendo muy bien cómo te las arreglaste.

Áquila mintió con mucha labia.

– Fue demasiado fácil, mi general. Sólo puedo pensar que les dije lo que querían oír. -Después calló, con la esperanza de que el gesto de su rostro los disuadiría de seguir preguntando.

– ¿Mantendrán su palabra? -preguntó Cholón.

– Yo diría que sí -replicó Áquila-. Pero por naturaleza no soy un hombre inclinado a confiar demasiado en nadie.

– Tienes razón, nunca se puede confiar totalmente en los celtíberos -dijo Cholón tajante.

– No estaba hablando sólo de ellos -replicó Áquila con frialdad, todavía convencido de que la idea de enviarlo sólo había sido producto de la mente del griego-. Me refiero a todo el mundo.

– Cholón está escribiendo una sección de su historia sobre el caudillo de los duncanes -dijo Tito mientras el griego se ruborizaba avergonzado-. Como sabes, toda mi vida me he sentido interesado por ese hombre.

– ¿Por Breno? -preguntó Cholón, mirando a Áquila-. ¿Y dices que el suyo no es un nombre corriente entre los celtíberos?

Los ojos de Áquila relampaguearon de ira. Masugori le había contado que se parecía mucho a Breno, igual que le había contado de dónde había venido.

– ¿Eso he dicho yo?

Tito levantó las manos, algo alarmado, para detener al griego.

– No, Cholón, fui yo quien te contó eso. Cuéntame qué has descubierto que no supiéramos ya.

Cholón se estiró para agarrar su tableta de cera.

– Para mí también sería una ayuda. Cuanto más completa sea mi historia, más servirá de guía a otros. Los romanos deben aprender a firmar la paz tanto como a hacer la guerra.

– Parece que tu legado Marcelo Falerio lo está haciendo bien -dijo Áquila, desesperado por cambiar de tema-. Aún no hemos visto ni un pelo de los lusitanos.

El legatus en cuestión era a menudo presa de dudas, pues, al estar la mayor parte del tiempo sólo, pensando en el gran número de sus enemigos, así como en la fuerza limitada que tenía a su disposición, podía imaginar con facilidad que los obligaban a volver al mar. Cuando habían desembarcado la primera vez, él no tenía ni idea de la magnitud de la tarea a la que se enfrentaba. Como la agrupación tribal más numerosa de la península Ibérica y con una identidad bien diferenciada de la mayoría de sus vecinos celtíberos, los lusitanos se vanagloriaban de tener un mando único, que podía poner en el campo de batalla guerreros en tanta cantidad que nunca podrían ser derrotados. El hecho de que él hubiese resistido hasta ahora demostraba tanto su determinación como su inventiva.

Por lo común eran las tribus las que evitaban entrar en batallas campales con las fuerzas romanas; aquí en el oeste era Marcelo Falerio quien lo hacía, con el pequeño consuelo de que con su presencia les impedía interferir en las operaciones de Tito alrededor de Numancia. Esos eran los espectros de las horas oscuras de la noche; por la mañana, su naturaleza concienzuda le forzaba a enfocar las cosas de una manera más positiva y dejaba a un lado los pensamientos que consideraba indignos de un hombre de su raza. No le importaba que otros consiguieran triunfos, recibieran el agradecimiento del Senado y cabalgaran coronados por el Camino Sagrado. Él estaba cumpliendo su deber y eso era suficiente.

Marcelo había construido su fortín costa arriba, donde sus barcos podían permanecer anclados con cierta seguridad en una ensenada con forma de cuerno, protegidos por dos largos bancos de arena visibles con marea baja, ya que la costa abierta era mortal cuando hacía un tiempo de perros. Este era su campamento base, desde el que salían para entrar en una guerra de escaramuzas e incursiones, usando la capacidad de marcha de sus hombres, en combinación con el poder y la movilidad de sus barcos, para burlar a los lusitanos, con el objetivo de usar su territorio contra ellos y que no fuera al revés. Dos cosas eran primordiales: nunca debía permitirles que unieran una fuerza para enfrentarse a él y nunca podía arriesgarse a una derrota en el mar. Por suerte, los barcos lusitanos parecían poco dispuestos a medirse con los pesados quinquerremes, especialmente en aguas profundas.

El lugar que estaba usando ahora como base presentaba una posición fuertemente fortificada por su fortín, construido con mucho ingenio, y las características defensivas naturales de la costa, que potenciaban dos pequeños baluartes en la boca de la ensenada. Con abruptos acantilados a ambos lados, estaba a salvo de cualquier maniobra por los flancos, mientras que el gran entrante de agua se estrechaba hasta una entrada en la que dos bancos de arena mantenían apartados el mal tiempo y a cualquiera que quisiese atacarle desde el mar. Por el lado de tierra, la forma del barranco de paredes escarpadas, mejoradas con terraplenes, conducía a los atacantes a un angosto acceso que anulaba su superioridad numérica; pero, esa misma red defensiva también lo encerraba a él, obligándole a emprender un viaje cada vez que quería organizar un ataque.

Eran los barcos los que le permitían mantener a sus enemigos elucubrando. Regimus había topografiado la orilla, navegando con él, y ahora conocía cada bahía y lugar de desembarco en cien leguas de costa, así como cualquier peligro que podrían tener que afrontar, para que los lusitanos, al no saber nunca dónde sería el siguiente ataque, se vieran forzados a desperdigarse para contenerle. Si Marcelo tenía una auténtica preocupación, una que sobreviviese durante las horas del día, era que la guerra era cuestión de suerte y que algún día su suerte, que se había mantenido hasta ahora, pudiera acabarse.

– Si el soldado romano sueña con algo, es con esto -dijo Marcelo. La trémula antorcha, que brillaba en las superficies de oro y plata, y titilaba en las piedras preciosas, parecía aumentar el tamaño del tesoro. Regimus, a quien le picaba la nariz por el polvo que se había levantado de las envolturas, estornudaba ruidoso.

– No me extraña que se rebelen y luchen -dijo mientras se sonaba la nariz.

– ¡Vigila esto, Regimus!

Marcelo dio la vuelta y salió de la cabaña para ver que se habían quitado de en medio los cuerpos de los guerreros lusitanos y que sus hombres estaban ahora en pie, susurrando con excitación, porque sabían todos que este campamento que acababan de tomar era diferente.

– ¿Alguna señal de mujeres y niños? -preguntó Marcelo.

Todas las respuestas fueron negativas, lo que sólo confirmaba su sospecha inicial de que se trataba de una especie de lugar sagrado. Había un círculo de inmensas piedras puestas en pie, como centinelas a la luz de la luna, alrededor de una roca plana alzada, de siete lados, que sólo podía ser un altar. Además de eso, las cabañas eran de construcción más sólida que aquellas que se encontraban normalmente en los asentamientos lusitanos, aunque aquello no era nada comparado con el tesoro de objetos de oro y plata que acababa de desvelar. Los que estaban montados en largas varas de madera sin duda habían sido diseñados para que se mantuvieran levantados en los agujeros hechos en cada esquina del altar, pero había muchos más objetos, todos ellos con la intrincada artesanía de los metales preciosos por la que son famosas las naciones celtas. Esas piedras formaban algún tipo de templo y el tesoro era para ser usado en cualquiera que fuese el tipo de rituales que tenían lugar aquí.

¿Lo estaba imaginando o realmente el aire nocturno parecía aquí más frío que en ninguna otra parte, como si los espíritus de los muertos estuviesen en su residencia? Él era romano y, por tradición, respetaba tanto a los dioses de otros como a los suyos propios, así la sensación que causaba el lugar le afectó profundamente. En tiempos de paz, no le hubiera resultado inimaginable verse rindiendo culto aquí, sacrificando algún animal como ofrenda para una deidad extranjera, que, en el fondo, sería lo mismo que un dios romano, pero con un nombre diferente.

Todos sus instintos le decían que dejara todo como estaba y volviese a sus barcos a toda prisa, porque no podía estar seguro de que sus hombres hubiesen matado a todos los guardias y alguno podría haber escapado. Lo inquietante de esa idea era que sus hombres sabían del hallazgo, pues uno de entre sus filas había sido el que lo había descubierto primero. Provocaría una revuelta si sugiriese que dejaran atrás un tesoro como ese, y, ¿qué dirían en Roma cuando oyesen que había tenido una fortuna en sus propias manos, las posesiones de un enemigo de la República, y simplemente la había dejado para que este se volviera a apoderar de ella?

En vano trató de encontrar una explicación satisfactoria, aunque con sólo estar aquí resultaba evidente. Había combatido durante su campaña de una forma mesurada, haciendo lo justo para hostigar a su enemigo y mantenerlo ocupado sin ni siquiera molestar tanto a los lusitanos como para que su eliminación fuese un asunto de suma importancia para la supervivencia de la tribu. El hecho de que esta estrategia se la hubiese impuesto la limitación de recursos no alteraba nada en absoluto, pero el saqueo de este lugar sagrado podría cambiarlo todo. Nada los enfurecería más que el hecho de que sus objetos sagrados cayesen en manos de un enemigo y reunirían todas sus fuerzas para atacarle con el único objetivo de recuperarlos. Aun así, marcharse sin el tesoro sería enviarles una señal aún menos aceptable, que implicaría que Roma tenía miedo del poder de los dioses lusitanos, tanto miedo como para que las legiones se viesen obligadas a huir sin tocar nada tras haber matado a los guerreros encargados de custodiarlo.

– Traed cuerdas y palas -gritó-. ¡Deprisa!

El elevado círculo de piedras se mantenía en su sitio por su propio peso, que con el paso del tiempo había hecho que se hundiera en el suelo, así que hizo que la mitad de sus hombres cavaran por un lado de la base mientras los otros formaban una pirámide humana, para que uno de ellos pudiese llegar tan alto como para atar cuerdas alrededor de las partes más altas. A Regimus se le asignó la tarea de preparar el tesoro; el camino de regreso a la playa era demasiado escabroso para los carros, así que a cada hombre se le daría lo que pudiera cargar, aunque Marcelo sospechaba que nunca llegaría el tesoro completo. Alguna porción sería birlada, pero ese era el precio que tendría que pagar.

Los zapadores terminaron su tarea, tras extraer la tierra hasta llegar a la base de las piedras, que descansaban sobre un lecho de roca. Una de ellas cayó por sí misma, sin avisar, y casi aplasta a los zapadores; y mientras continuaban los trabajos, se ofrecía más de una oración, en silencio, a los dioses romanos, pues esto se veía como una manifestación de la ira de los dioses celtas. Las demás fueron derribadas, hasta que todas las piedras yacían con descuido sobre la espesa hierba.

Después se pusieron en fila y llenaron sus morrales con el botín. Algunos habían atado sus capas y se las habían colgado por encima de los hombros. Marcelo observaba, apreciando a la luz de las antorchas la delicadeza artesanal que se había invertido en la confección de aquellos objetos. También veía la desnuda codicia en los ojos de sus hombres y se le ocurrió que, con objetos tan valiosos encima, alguno de ellos podía intentar desertar.

– Volvamos a la playa sin hacer ni una parada. Los que estén heridos se quedan aquí.

– ¿Y qué se hace con las cosas que lleve encima? -preguntó una voz desde la oscuridad.

– Habrá que dejarlas con él. Podríais tomaros el tiempo justo para sacarlo de su miseria y decir una oración por él. Después de lo que hemos hecho esta noche, no me gustaría que nadie cayera en manos de hombres que saben que hemos saqueado su templo sagrado: acabaría sobre ese altar, bien despierto, mientras le cortan el corazón lentamente.

El cielo se había teñido de gris y el sol estaba a punto de salir, así que ya llevaban allí demasiado tiempo, y hacía rato que se les había pasado la hora de marcharse, así que salieron a paso ligero, formando una sola columna de legionarios cargados. Marcelo se había detenido a hacer recuento de sus hombres, contándolos según pasaban corriendo por su lado, cuando vio que les perseguían. El destello del sol naciente, que relumbraba en puntas metálicas de lanzas, llamó su atención e hizo que mirar con más esfuerzo hacia las crestas que rodeaban por ambos lados el largo y ancho valle. El movimiento de las diminutas figuras se hizo evidente, pues cabalgaban a paso firme en sus pequeños ponis y superarían con facilidad a sus legionarios, que ya tenían los pies destrozados. Intentó calcular lo lejos que habían llegado, cuáles eran sus oportunidades de alcanzar la playa antes de que aquellos jinetes dieran con ellos; también si sería mejor detenerse y luchar.

Su mente tomó una decisión por lo que vio después: unos lusitanos a pie, tantos que no podía contarlos, bajaban de una de las crestas y corrían para atraparlos. Estaban a una buena distancia, pero aquellos jinetes habían sido enviados para cortarles la ruta de escape, para que así, una vez juntos, pudieran aplastar su pequeña fuerza. Marcelo tiró la mayoría de las cosas que cargaba, quedándose sólo con sus armas y unos objetos preciosos que había arrancado de las varas de madera. Fue adelantando a la columna, diciendo a sus hombres que hicieran los mismo que él, que se bebieran su agua y arrojaran lo que no pudieran consumir, que tiraran sus sacos de polenta, la sal y el pan y que corrieran, cada uno a su propio ritmo. Siguió mirando atrás, seguro de que los que iban a pie no estaban ganando terreno, pero los jinetes ya estaban cerca, mientras que ellos estaban aún a gran distancia de la playa y la seguridad de su barco.

Corriendo al lado de Regimus, vio que jadeaba con dificultad, pues sus piernas estaban más acostumbradas a la cubierta de un barco que a este esfuerzo en tierra firme, mientras su mente repasaba varias alternativas. Los jinetes le adelantarían, de eso no tenía dudas, y tendrían que pasar a través de ellos o se enfrentarían a una muerte horrenda, muy posiblemente, como ya había dicho antes, atados al altar sacrificial. Podían dispersarse en pequeños grupos e intentar escapar por el terreno más escabroso de las colinas salpicadas de peñascos, pero entonces los guerreros que venían tras ellos contarían con la ventaja del terreno llano, que les daría mucha más velocidad.

Para cuando aquellos pensamientos se habían concretado, los jinetes ya estaban junto a ellos y vio que los primeros de cada lado tiraban de las cabezas de sus ponis y descendían de las crestas, seguidos en fila de a uno por los demás. Desde esos lugares aventajados habrían elegido el lugar para detener a los romanos y darían por sentado que, según su propia experiencia, los legionarios formarían un frente defensivo para enfrentarse a la caballería, igual que él sabía que a la larga eso convendría a sus propósitos.

– ¡Falange! -gritó a Regimus.

El hombre lo miró enloquecido, como si no tuviese ni idea de lo que le estaba diciendo su jefe, hasta que Marcelo lo agarró del brazo haciendo que fuese más despacio y, al mismo tiempo, levantó su otra mano para detener a los demás. Era muy probable que fuese una idea desquiciada, pues la jabalinas romanas no eran nada en comparación con los temibles dardos de la infantería de Alejandro el Macedonio, pero tenía la única virtud como táctica de que los lusitanos no se lo esperarían y, posiblemente confundidos, se detendrían antes de decidir cargar contra un sólido triángulo de lanzas.

No había tiempo para la elegancia, ni siquiera para aspirar a la perfección, e hizo lo mejor que pudo para explicar a sus hombres la teoría de esta extraña maniobra al mismo tiempo que ponía a cada uno en su sitio, mientras les decía que cubrieran sus cabezas con los escudos y apuntaran sus lanzas con el mismo ángulo hacia el hombre que tenían enfrente. Entonces, elevando su voz hasta el tono de mando más alto, les ordenó que se movieran y se colocó él en la punta del triángulo para marcar el paso. Los jinetes se habían repartido por el ancho fondo del valle, más numerosos en el medio de lo que lo eran en los flancos. Marcelo, con su lanza proyectada hacia delante, giró un poco hacia la derecha mientras se acercaban a la distancia de lanzamiento, alejándose así de la mayor concentración de enemigos.

El sudor le entraba en los ojos, dificultando la visión completa, pero sentía que su estrategia les había confundido. Los hombres del centro, al ver que giraba para flanquearlos, no esperaron a averiguar qué sucedería después, sino que cargaron contra aquella formación erizada de lanzas. Marcelo volvió a torcer para encararlos, apuntando hacia el hueco, que quedaba en ángulo, abierto entre quienes habían cargado y los otros que, a su flanco derecho, mantenían la posición. Mientras los jinetes viraban a galope para atacar, fue como si, ante el choque de dos fuerzas irresistibles, los romanos, todos a una, supiesen que morirían todos si llegaban a quedarse parados. Los jinetes lusitanos de la primera línea de carga fueron empujados contra las lanzas romanas por los que venían detrás y por un momento, breve, pero aterrador, Marcelo pensó que habían contrarrestado su movimiento de avance.

Pero los legionarios, con la única orden de que se acercaran al soldado que estaba delante y que continuaran con el avance a toda costa, se las arreglaron para mantener la velocidad. En esto les ayudaron los caballos lusitanos, que tendían a alejarse de la inquebrantable fila de lanzas. Los que estaban en los flancos cargaron ahora para cerrar el hueco, pero por delante Marcelo podía ver el destello plateado del mar en el lugar en que el valle llegaba a la playa. Tenía la esperanza de que sus barcos quedaran ocultos por debajo de la elevación de terreno. Si los corvii estaban extendidos y podían seguir avanzando, sus tropas tendrían una oportunidad; si las tripulaciones habían decidido alejarse como medida de seguridad, entonces sus hombres y él estaban condenados.

La falange improvisada ya no era un triángulo, sino más bien un barullo de hombres que daban lanzadas y corrían al mismo tiempo, donde cada uno intentaba esquivar el ataque de los jinetes. Los lusitanos esgrimían sus grandes espadas, seccionando brazos que aún sujetaban lanzas con la mano, lanzando estocadas bajo los escudos para decapitar a quienes habían bajado la guardia. Los hombres se tambaleaban y caían, y las pilas de cuerpos enseguida eran rodeadas por guerreros que, entre alaridos, les daban lanzadas sin remordimiento, pero a la cabeza de aquella masa ellos se abrían camino, aunque la tierra bajo sus pies se lo ponía más difícil al ir volviéndose arena fina.

Marcelo, que iba a la cabeza, con el sudor goteando de su frente, veía cómo cambiaba la mezcla, perdiendo el color de tierra quemada, hasta que sus pies, como lastrados por pesadas rocas, se levantaban y caían sobre la pegajosa arena fina de la dorada playa. Al levantar la mirada vio sus barcos, con los puentes tendidos, y a los hombres que manejaban los remos, que corrían a sus puestos. Los marinos que habían quedado guardando los barcos estaban armados y descendieron a toda prisa por el corvus, formando una «V» defensiva para proteger a sus perseguidos compañeros.

Marcelo, tan consciente de su deber como del nudo de terror de su estómago, se apartó hacia un lado, mientras alentaba con voz ronca a sus hombres para que subieran por la rampa. Apenas podía respirar por el calor y el peso de su casco, así que se lo quitó de la cabeza y lo arrojó al barco, sintiendo de inmediato el agradable viento en su rostro sudoroso. Su espada estaba desenvainada y con ella golpeaba la espalda de aquellos hombres que mostraban la más mínima intención de demorarse.

Los jinetes lusitanos, varios de ellos con cabezas romanas empaladas en sus lanzas, había formado para cargar contra la endeble hilera de marinos. Marcelo gritó una orden, temiendo que no le cundiera la voz y sus instrucciones se perdieran, pero un marino que estaba a su lado, más listo que sus compañeros, dio las órdenes con una voz fresca e intacta justo cuando los lusitanos cargaban. Desde la fila de la playa hasta todos los hombres de a bordo que pudieron encontrar un espacio, un muro de jabalinas cayó sobre los jinetes a la carga. Los animales cayeron arrojando a sus jinetes sobre la arena. Los que iban detrás no lo hicieron mucho mejor, pues sus patas delanteras quedaron atrapadas por los caballos que había delante, que se esforzaban por levantarse en aquel terreno incómodo y movedizo.

Marcelo ordenó a sus hombres que subieran por las rampas enseguida y esperó a que todos estuvieran a bordo antes de subir él lentamente. Dio las órdenes para que se izara el corvus y para que los hombres empujaran el barco con sus pértigas, y se sintió aliviado cuando los remos bajaron y los barcos empezaron a moverse hasta que se alejaron de la playa. Una gran formación de infantería lusitana, que lanzaba gritos por la marcha de los romanos, subió al risco que formaba la barrera entre el valle y la playa.

– Traed esas pértigas -ordenó Marcelo a los hombres que antes las habían empleado para sacarlos de la playa.

Pidió también unos cabos y ordenó que ataran a las pértigas los objetos que habían sacado de aquel bosquecillo, aquellos símbolos sagrados. Un tremendo alarido, más parecido a un lamento colectivo, llenó el aire cuando los lusitanos vieron los antiguos tótems de su fe brillando y relumbrando en manos de sus enemigos.

Capítulo Veintiuno

Marcelo estaba cansado y le dolían todos los huesos por las batallas y la falta de sueño. Los lusitanos habían tomado todo menos la última empalizada de madera que señalaba el límite de su fortín. La mayoría de sus provisiones habían sido embarcadas durante la noche, entre asaltos, igual que había embarcado la mayoría de los hombres supervivientes tras el último ataque, así que ya sólo era la retaguardia la que necesitaba subir a bordo antes de que quemara aquellas cabañas y barracas. Miraba con gravedad la salida del sol, a sabiendas de que sus enemigos volverían a atacar con el sol a sus espaldas, como hacían siempre, pero esta vez sólo tenían que escalar un muro para entrar y masacrar a la guarnición. Los matarían a todos, y con dolor, pues a los lusitanos los guiaba una casi desesperada determinación, que parecía ajena a cualquier miedo a morir. Les había hecho frente durante tres semanas, lo que, dadas las probabilidades, era un logro notable, si bien le estaban expulsando de su base para que no pudiera alejar la melancolía que le llenaba el corazón. Si establecía otra, también le arrancarían de ella, y todo porque les había arrebatado los símbolos tribales de su religión, algo por cuya recuperación sus jefes y chamanes parecían dispuestos a pagar cualquier precio.

¿Debería esperar, contrarrestar el primer ataque y después retirarse a sus barcos, o tan sólo estaba afrontando bajas en nombre de su honor? Suficientes hombres habían muerto para mantener este fuerte en pie, así que realmente era el momento de marcharse, antes de que el sol saliese lo justo para hacer que sus atacantes fuesen casi invisibles a contraluz. Marcelo dio las órdenes y los últimos de sus hombres salieron de los muros y corrieron en tropel hacia los botes. Él esperó hasta que el último hombre del registro estuvo a bordo, esperó hasta oír el primero de los gritos de guerra que indicaban un nuevo ataque y después dio la orden a los de las antorchas de que lo incendiaran todo.

Su fortín ardió alegremente, enviando una nube de humo al aire de la tranquila mañana, que se arremolinaba alrededor de los pocos guerreros que ahora estaban quietos y silenciosos en la playa, mirando cómo se alejaban despacio de la bahía. Ni gritos ni imprecaciones salían de sus gargantas; tan sólo les clavaron una mirada fija y dura antes de que sonaran los cuernos y se volvieran para dejar la playa.

– Podríamos desembarcar en otro sitio -dijo Regimus, intentando en vano animarlo.

– No sin más hombres -replicó Marcelo.

Sus pérdidas alcanzaban a la mitad de la fuerza con la que había salido de Portus Albus, y no tenía sentido intentar lo que podría ser un desembarco complicado con lo que dejaba atrás. No disponía, desde luego, de soldados suficientes ni de tiempo para construir el tipo de defensas que había levantado en esa orilla, ni siquiera aunque pudiera desembarcar sin oposición, y la idea de poder regresar al sur y conseguir refuerzos no era viable, pues la provincia de Hispania Ulterior no podría proporcionárselos sin quedar desnuda de toda posibilidad de defensa. Tendría que ir al sur, pero sólo para advertirles de que atendieran sus puestos de avanzada, antes de dirigirse hacia Cartago Nova. Si Tito aún estaba asediando Numancia, allí tendría problemas para reunir más soldados, aunque eso indicaría el éxito del cónsul, pero hasta ese pensamiento le provocó más desconsuelo. Había fracasado, pues aunque había escapado, los lusitanos eran libres para ir hacia el este y caer sobre la retaguardia de la fuerza de asedio.

El grito del vigía hizo que se diera la vuelta y corriera desde la popa a la proa. Todos los que no estaban ocupados forzaban la vista hacia la hilera de barcos que bloqueaba la salida de la bahía. En los bajíos, los bancos de arena gemelos que estrechaban la entrada por ambos lados estaban llenos de hombres, que esperaban en silencio a sus presas, pues la marea estaba baja y gran parte de los bancos de arena quedaban al aire. Marcelo maldijo en voz baja, después ordenó que bajaran los remos para poder examinar la situación. Se habían enterado de que había elegido este día para marcharse; de hecho, si hubiese esperado ese asalto en vez de embarcar con la salida del sol, se habría dado cuenta de qué pocos hombres le salían al paso.

– Y yo pensaba que habían abandonado la idea de combatir con barcos -dijo Regimus, que estaba de pie a su lado.

– No, amigo mío. Han estado esperando para esto. En este espacio reducido y con bajamar, perderemos gran parte de nuestra ventaja.

– ¿Vamos a luchar? -preguntó el mayor de los dos.

– ¡Desde luego que no nos vamos a rendir! -le espetó Marcelo-. Que los hombres coman, Regimus, y convoca a los capitanes a bordo. Creo que vamos a tener un día muy largo.

– Intentarán llevarnos a aguas poco profundas -dijo Marcelo, mientras todos los demás capitanes señalaban sus copias de la carta de navegación, ya que sabían lo que quería decir. Una vez que hubieran encallado, estarían a merced de los lusitanos en la orilla-. Debemos intentar evitarlo prolongando la batalla. El tiempo estará de nuestra parte si podemos contenerlos. Recordad la marea. Ahora está subiendo, y una vez que esté alta la entrada será mucho más profunda y no tendrán barcos suficientes para bloquear nuestra escapada.

– ¿Iremos a toda marcha durante todo el camino a Portus Albus? -preguntó uno de los hombres.

– No. Una vez que estemos fuera de la bahía, y si nos siguen, hundiremos todos los barcos de los lusitanos que hayan sobrevivido a la batalla, lo que será mucho más fácil en cuanto estemos en mar abierto. No pueden hacer nada contra un quinquerreme a toda velocidad y lo saben tan bien como nosotros.

Era evidente que nadie le creía, sospechaban que iban a morir en aquella bahía.

– Tenemos tres horas hasta que la marea suba del todo -dijo Regimus, con una voz que no respondía a la pregunta de si pensaba que era demasiado tiempo o demasiado poco.

Marcelo habló de nuevo, repitiendo las órdenes que ya había dado.

– Una vez que emprendamos la maniobra principal y les hagamos algo de daño, retrocederemos. Manteneos en movimiento, embestid si es necesario, pero sólo con la fuerza suficiente para apartarlos. No os quedéis empotrados en su maderámen y proteged vuestros remos. Si se hacen con ellos, estáis muertos. Usad bien vuestras cartas de navegación. Dejad que nos persigan por toda la bahía si es lo que quieren, pero sobrevivid para salir a mar abierto.

Los capitanes volvieron a sus propios barcos y de cada cubierta subía el humo de sus calderos con carbón, al tiempo que mantenían a mano los cubos de cuero, listos para usar en caso de incendio, pues los romanos tenían la intención de atacar a sus enemigos con flechas en llamas y sin duda los lusitanos responderían de la misma manera. Los quinquerremes reemprendieron la marcha en cuanto hubieron sopesado a sus enemigos, y sus remos golpeaban el agua con ritmo seguro. Marcelo sabía que todas las apuestas estaban contra ellos en unas aguas tan limitadas, puesto que el enemigo buscaría la manera de enfrentar varios de sus barcos contra cada uno de los suyos.

Al principio no harían intentos de abordaje o de embestida, al ser barcos demasiado ligeros tanto en construcción como en tripulación, pero si conseguían inmovilizar uno de sus quinquerremes lo suficiente como para que varios pudieran atacarlo a la vez, tendrían una oportunidad de hacerle encallar en aquellos bancos de arena plagados de guerreros. Sus galeras más pequeñas ya se estaban acercando sin, al parecer, un plan definido, pero todos sospechaban que ya habían decidido sus objetivos y que, en cuanto estuviesen más cerca, se separarían en grupos. Esperarían que los barcos romanos permanecieran juntos, tal como estaban ahora, confiando en el apoyo mutuo para anular su superioridad numérica. Pero Marcelo quería sorprenderles.

El cuerno sonó y cada barco adoptó un rumbo distinto. Unos fueron hacia la izquierda, otros, a la derecha. Algunos bogaron más deprisa, otros desarmaron los remos y después viraron en redondo para volver por donde habían venido. Los que seguían avanzando se desplegaron en abanico hacia la orilla de cada lado, forzando así a su enemigo a dividirse, lo que dio la impresión de que si habían llegado a tener un plan, lo habían abandonado para ir a por las naves más cercanas. En cuanto escogieron sus presas, Marcelo les mostró por qué se habían equivocado, pues los cuernos sonaron otra vez y los barcos que habían dado la vuelta en dirección al arruinado fortín viraron en redondo y sus remos, golpeando el agua a ritmo creciente, los impulsaron hacia el frente. Los otros quinquerremes hicieron lo mismo y su velocidad hizo que adelantaran por el exterior a sus atacantes. Entonces, viraron con los remos y los barcos lusitanos, pese a su gran superioridad numérica, se encontraron asediados por todas partes.

– Es cuestión de disciplina -había dicho Marcelo a los capitanes una y otra vez-. Sabemos que podemos seguir un plan y ceñirnos a él, y si nuestro enemigo no puede, entonces nos abriremos camino para salir de esta trampa.

Nada hubiera demostrado mejor que tenía razón. Una vez que abandonaron su intención inicial, los lusitanos carecían de un mando central o de una estrategia global que les permitiera maniobrar sus barcos en conjunto. Todos eran individuos y actuaban como tales, y tras elegir sus objetivos habían ido a por ellos, pero Marcelo había dividido su flota de forma que los barcos estuvieran en posiciones totalmente distintas, haciendo que sus oponentes se embistieran entre ellos y los remos amigos en un intento de ir en pos de sus blancos personales -y todo mientras sus enemigos se les echaban encima con pesados quinquerremes que podían aplastar dos de aquellas débiles embarcaciones a la vez.

El pánico se sumó a la confusión cuando algunos de los capitanes lusitanos intentaron huir, pero el ataque de los romanos era un farol. No tenían ninguna intención de quedar trabados en un barullo; Marcelo quería espacio abierto para luchar y lo más lejos a lo que estuvo dispuesto a llegar fue a una parada brusca, con una veloz arriada de las velas ondeantes, y después los remos volvieron a ponerse en marcha para salir de peligro. Los romanos dispararon sus flechas a la vez, enviando cientos de señales en llamas a la flota lusitana para mantenerlos ocupados, y después viraron en redondo, alejándose deprisa para que sus enemigos no pudieran devolverles la cortesía.

– Ahora, Regimus, veamos lo buenas que son tus cartas de navegación -dijo Marcelo, dirigiéndose al capitán de su barco.

La flecha le alcanzó en lo alto de su hombro derecho y el fuego de la punta se apagó con un siseo mientras entraba en su carne. Regimus soltó el timón y saltó adelante cuando Marcelo cayó, y con un rápido movimiento arrancó la flecha de la paletilla de su comandante, ignorando el dolor que debió de haberle causado. Pidió un cubo de agua de mar y vertió todo su contenido por la espalda del legado.

– Ayúdame a levantarme -dijo Marcelo al tiempo que intentaba ponerse de rodillas.

– Quédate ahí echado, Marcelo Falerio.

– ¡Maldita sea, hombre, ayúdame! ¿Quieres que todo el mundo piense que he muerto?

Regimus obedeció mientras otros se acercaban a ayudar, sólo para que los alejaran de allí. Una vez que estuvo en pie rechazó incluso la ayuda de Regimus. El rostro de su líder estaba blanco, pero sólo quienes estaban más cerca de él pudieron verlo, igual que sólo ellos pudieron ver la forma en que se tambaleaba, luchando por mantener el equilibrio en la agitada cubierta. Regimus volvió a adelantarse para asegurarse de que no caía.

– Déjame -susurró Marcelo medio encorvado, con sus puños cerrados con determinación.

Se estiró en toda su altura, y el dolor que le produjo aquella simple acción se reflejó en su rostro; después, muy despacio, con pasos decididos, anduvo todo el recorrido hasta el mástil y se apoyó en él para recuperar algo de fuerza antes de abrirse camino hasta la proa. En todos los barcos le habían visto caer y la mayoría había desarmado sus remos. Si su líder hubiera estado muerto, los ánimos les habrían abandonado.

Marcelo los había traído hasta aquí, cuando la mayoría habría dicho que era imposible, habían establecido una base en tierra contra todo pronóstico y habían atacado el interior con parecida impunidad, y eso fue antes de que encontrara el templo lusitano y consiguiera suficiente botín como para que todos ellos vivieran cómodamente por el resto de sus vidas. Se habría enfurecido de haber sabido cuánto lo admiraban, les habría recordado con frialdad que él no era más que un sirviente de la República y que cualquiera de su clase, con tropas leales y esforzados marinos, podría haber conseguido exactamente lo mismo.

Le vitorearon, tanto en su barco como en todos los demás, mientras recorría tambaleándose la cubierta. Los remos volvieron a golpear el agua cuando levantó su brazo en un saludo triunfal, y volvió a recorrer el barco para tomar posición junto al timón. Sólo los que estaban cerca vieron su agonía, porque el brazo que había levantado era el del mismo hombro que había recibido la flecha.

En mar abierto podrían haber rebasado, a fuerza de remos o con maniobras, a su enemigo, pero en estas aguas cerradas el número era importante. Sólo una galera encalló, un tributo a las cartas de navegación que Regimus había confeccionado, aunque él mismo las habría quemado todas con tal de evitar la masacre que hubo a continuación. Cientos de lusitanos que estaban en tierra vadearon hasta llegar al barco. Ningún alarde de heroísmo habría podido salvar a la tripulación, y cualquier galera que acudiera a su rescate sólo sufriría el mismo destino. Dos de los quinquerremes de Marcelo había embestido barcos lusitanos, y estos habían quedado clavados en un abrazo que sólo podía terminar en muerte, mientras que otros estaban incendiados de proa a popa y sus hombres saltaban al agua para salvarse de las llamas. Otras dos naves, en la desesperación, habían remado directas hacia los barcos que aún guardaban la entrada a la bahía. Ahora estaban rodeadas de pequeñas galeras, como las avispas revolotean alrededor de una copa de vino vacía, y vendían sus vidas al más alto precio que pudieran conseguir, puesto que rendirse significaba una muerte peor que una lanza o una espada clavada en las tripas.

El barco de Marcelo, con los otros seis que aún sobrevivían de su flota, usaba cada truco que sabían para evitar los enfrentamientos directos, arreglándoselas para hacer encallar a algunos de sus enemigos, que no conocían esta bahía, aunque no tardaron en hacerlo, gracias a la cantidad de guerreros de que disponían para que les ayudaran a volver a flote. Todo fuego que empezaba a bordo de los quinquerremes restantes ellos lo apagaban antes de que se hiciera más serio, mientras remaban en círculos tan cerrados que sus atacantes chocaban, luchando todo el tiempo contra los abordajes sin permitir que les arrebataran un remo ni una sola vez. La marea iba subiendo sin parar, abriendo el cuello de embudo al final de la bahía, hasta que por fin las naves romanas que quedaban pudieron acometerla a una.

Aquellos barcos, aún en fila, que se habían ceñido a sus órdenes y no se habían enfrentado a ellos eran demasiado pocos y los quinquerremes pasaron entre ellos como el alambre con el que el esclavo corta el queso. Marcelo, que mantenía los ojos bien cerrados y estaba atado a un costado del barco para mantenerse erguido, notó cómo subía y bajaba la proa cuando alcanzaron aguas más profundas y se las arregló para sonreír antes de desvanecerse. Regimus cortó el cabo e hizo que lo llevaran abajo; después, enfilando su proa hacia el sur, dio la señal a lo que quedaba de la flota para navegar a toda prisa hacia casa.

En cuanto el cirujano dijo que la herida se estaba curando, esta dejó de existir para el legado. Ningún ruego habría convencido a Marcelo de que cualquier otro podría llevar el mensaje a Tito; era su responsabilidad personal. Al menos viajó por mar hasta Cartago Nova, y con buen tiempo, que era mucho menos fatigoso que un viaje por tierra, y eso mismo funcionó en cierta medida para devolverle la salud. Sufrió una leve recaída cuando fue trasladado a un carro, y tuvo que soportar la indignidad de hacer parte de su trayecto en litera, aunque se aseguró de tener un caballo a mano, pues había decidido que no iba a llegar al campamento de Tito, frente a Numancia, como un inválido.

Presentó su informe sólo ante su mentor, con esmero y sin omisiones, detallando sus pérdidas en hombres y barcos, y terminó, con rostro entristecido, disculpándose por haber fracasado.

– Pero si no has fracasado, Marcelo -dijo Tito.

– Si llegan los lusitanos…

Su general le interrumpió.

– Llegarán demasiado tarde. Hemos debilitado tanto las defensas de Numancia que fácilmente podríamos desplegar un ejército en el campo contra ellos.

Tito miró a su joven protegido, con líneas de fatiga claramente visibles en su rostro. Necesitaba descansar, pero era joven y se recuperaría.

– A pesar de lo que dices, Marcelo, has triunfado más allá de mis mayores esperanzas. Lo que es realmente milagroso es que estés aquí para ver la caída de Numancia.

Áquila había dejado a Tito con Marcelo Falerio, tras haber escuchado cómo un hombre bastante descontento había repetido su informe ante los oficiales reunidos y, aunque le costara reconocerlo, lo que había oído sobre las hazañas del legado le había impresionado -y no sólo porque la idea de combatir a bordo de un barco resultara insoportable a alguien que aborrecía los vaivenes del mar. Sonrió al darse cuenta de golpe de que estaba vigilando un rápido y caudaloso río, de pie en la oscuridad, mientras escuchaba el sonido del agua que corría.

No había luna y las nubes cubrían el cielo, así que si alguno de los sitiados pobladores de Numancia pretendía escapar, estas eran las condiciones perfectas. Si no habían visto sus botes, se iban a llevar una horrible sorpresa; si los habían visto, habrían decidido no escapar, así que no se perdía nada. Sabía que en la colina fortificada morían de hambre, pues hacía casi un año que no entraba comida allí, así que la mayoría del populacho estaría demasiado débil como para moverse. Sólo los mejores, los guerreros, tendrían energías para intentar escapar, y quizá dejaran detrás a los demás para que se rindieran.

Los botes se habían construido río arriba para que no los vieran; de fondo plano y anchos, servían de poco uso en aguas rápidas, pero atadas juntas formaban un puente de verdad. Se habían colocado tablas de un bote al otro, y situada sobre esta plataforma había una hilera de soldados, armas en mano, preparados para arponear a los numantinos como si fueran peces. Tenían antorchas a mano, listas para ser encendidas, para que los soldados pudiesen ver a las víctimas de su ejecución, mientras que detrás de ellos había un haz de gruesos troncos encadenados entre sí, que actuaban como segunda línea de defensa.

Las nubes se abrieron de repente, convirtiendo aquella negrura estigia en un pálido azul y el río, que reflejaba la luz, se volvió una franja de plata. Un enorme tronco, afilado en un extremo, oscuro y amenazador, bajaba muy deprisa, propulsado por las barcas que llevaba atadas a ambos lados. Golpeó el puente de Áquila con un tremendo crujido y el sonido de madera astillada invadió el aire, coronado por los gritos de los hombres que cayeron al río. El tronco se abrió paso a través de la fila de botes, que fueron empujados por la fuerza de la corriente a las orillas del río, antes de casi llegar a detenerse en medio del cauce, mientras la mitad de los remeros de las barcas intentaba ponerlo de nuevo en movimiento, al tiempo que los demás daban feroces lanzadas a los hombres de Áquila, que se debatían en las aguas.

Su voz se elevó por encima de los lamentos y los gritos de batalla, y se metió en el río sin esperar a saber si sus hombres le obedecerían. La lanza que tenía en la mano quedó abandonada mientras él intentaba llegar al centro del río, luchando por librarse de su coraza, pues no era lugar para que luchara un hombre pesadamente cargado; necesitaba una espada afilada, un cuchillo y libertad para poder nadar.

Áquila se lanzó hacia una de las barcas, nadando con torpeza para mantener su espada por encima del agua. Un lancero lo vio venir y dio una lanzada con toda la fuerza que pudo reunir. No era necesario matar; una buena herida sería suficiente y el río se encargaría del resto. Áquila inhaló una gran cantidad de aire y se sumergió, intentando llegar lo bastante hondo como para evitar las puntas de las lanzas. Su mano tocó la quilla de la barca y la usó para meterse debajo de esta hasta que sus dedos sintieron el extremo del vasto tronco.

En completa oscuridad el tacto lo era todo. Sus pulmones estaban a punto de estallar y él se movía avanzando con las manos, mientras intentaba encontrar el final. Tuvo suerte y el tocón de una rama aserrada le sirvió de asidero mientras el tronco se iba lentamente. Se agarró, tirando de sí hacia arriba, y el movimiento del agua le ayudó a elevar su cuerpo mientras él tiraba, aterrizando después boca abajo sobre la parte de arriba del tronco. Los hombres de las barcas estaban demasiado ocupados en otros menesteres, bien remando, bien matando romanos, como para verlo detrás de ellos.

Áquila alzó su espada en el aire, pero no atacó a los de las barcas, pues no era necesario. La hoja describió un arco relampagueante al descender, tajando las sogas que mantenían las barcas unidas al tronco, y en cuanto este estuvo suelto, giró, arrojándolo de vuelta al río. Otra vez bajo el agua, nadó corriente abajo con los dedos estirados de nuevo para alcanzar una de las barcas. Lo que palpó fue una pierna, que golpeó con furia cuando él clavó sus dedos en ella para llegar a la superficie, donde se encontró mirando de frente un par de ojos salvajes y aterrorizados. Aquel tipo parecía estar atado a algún tipo de flotador, que le dificultó los movimientos cuando intentó golpearle con un arma, más con la intención de apartarlo que de herirlo. El golpe de respuesta, con el que Áquila intentó llegar a su pecho, fue débil, por el obstáculo de estar bajo el agua, pero golpeó algo y su adversario, que parecía ignorarlo por el pánico, movía sus brazos y sus piernas como un animal mientras se hundía lentamente bajo la superficie.

Alrededor de Áquila había otros que cabeceaban en el agua con sus armas en mano mientras se aferraban a los flotadores de tripa de oveja que tenían delante. Dio varias estocadas enérgicas y oyó los gritos de los hombres de las barcas cuando hizo que volcaran, lo que fue fácil ahora que ya no estaban atadas. El agua que le rodeaba estaba llena de guturales gritos celtas, no de hombres luchando, sino de hombres que morían ahogados. Sólo cuando regresó a la orilla, empapado hasta los hueso y helado, oyó que otra partida de celtas había asaltado la muralla del perímetro; un buen número de ellos había pasado por encima, habían robado caballos romanos y habían conseguido escapar. Las noticias, después de lo que sus hombres y él habían sufrido en el agua, hicieron que montara en cólera.

Marcelo se despertó fresco, sin saber que había dormido pese a todas las alarmas e incursiones de la noche anterior. Su temor del día anterior, el de ser acusado de fracaso, se evaporó mientras recordaba las cálidas palabras de Tito. Los gemelos Calvinos lo visitaron temprano, igual que Cayo Trebonio, aunque nada le había hecho sentir más seguro que la visita del mismísimo Tito Cornelio. Los cuidados del general y el hecho de que le reiterara su satisfacción reconfortaron a Marcelo de una manera que apenas creía que fuera posible. Esto había ocurrido, claro está, antes de que oyese el nuevo rango de Áquila Terencio.

– ¡Cuestor! -gritó.

– Cálmate, Marcelo -dijo Cneo-. El nombramiento ha resultado un gran éxito.

– Tito ha dejado que le ciegue ese paleto. ¡Qué imbécil!

– Yo que tú tendría cuidado de no decir eso muy alto, Marcelo Falerio. -Áquila estaba en la puerta, y su silueta se recortaba contra el sol de la mañana-. Puedes decir lo que quieras sobre mí, aunque si vas demasiado lejos nos veremos las caras con las espadas en la mano, pero no aguantaré ni te permitiré que insultes así a nuestro oficial al mando.

Marcelo dejó que su enfado se le escapara por la boca. También ignoró la mano que Cneo le puso en su brazo bueno.

– ¿Cómo te atreves a exigirme buen comportamiento?

Al estar a contraluz, Marcelo no podía ver si estaba sonriendo, pero lo cierto fue que, para un hombre algo afiebrado, que aún sufría los efectos de una herida, sus palabras sonaron a sarcasmo.

– No tengo elección, Marcelo Falerio. Es mi deber como tu oficial superior.

Después se marchó y Marcelo, demasiado sorprendido por el nombramiento como para entender todas las implicaciones de lo que le habían contado, se sentó de golpe al darse cuenta de que aquel hombre al que consideraba un advenedizo podía darle órdenes.

– Debo ver a Tito. Tiene que hacer algo con esto. Roma está llena de hombres, buenos soldados de buena familia que darían su brazo derecho por semejante nombramiento. ¿Cómo se permite concedérselo a un hombre tan grosero? Lo más cerca que debería estar de la nobleza sería limpiando las letrinas de los oficiales.

– Eso es indigno -dijo Publio con frialdad.

– Quizá sería mejor que te volvieras al mar -añadió Cneo, entristecido.

No se trataba de envidia, aunque tuvo bastantes problemas al intentar convencer a sus amigos de que era eso. Ellos no alcanzaban a ver lo que él veía, que era el mismo problema que Tito había identificado, quien se lo confirmó a Marcelo durante una entrevista privada. Resultó duro para el joven, que se vio obligado a reprender a un general y cónsul al que admiraba, y sólo para recibir una reprimenda por su temeridad. Marcelo recorrió todo el perímetro de las murallas de Tito, dando vueltas al problema en su mente, y la conclusión a la que llegó le hizo sentir aún más incómodo. Un hombre que había sido cuestor durante una campaña victoriosa, un hombre que podía atribuirse algún mérito por ese triunfo y que estaba a punto de hacerse con una buena porción de riqueza no iba a desaparecer de la faz de la tierra. De hecho, si fuese ambicioso, iría a Roma para ser homenajeado con un grado de honor que sólo sería ligeramente menor que el que se le otorgara a Tito. Semejante aclamación no era para un hombre como Áquila Terencio.

Si, los hombres emergían de la oscuridad para hacerse senadores, hombres nuevos, pero podían hablar griego y escribían en latín. Hombres cultos, que habían estudiado retórica y sabían como presentar un alegato en los tribunales, que habían nacido de padres que eran propietarios de una casa decente, que tenían esclavos y habían acumulado riqueza. No provenían de granjas del campo más profundo y desde luego no llegaban armados de ideas radicales que cuestionaban los cimientos del Estado. Incluso sus amigos de buenas familias patricias parecían haber caído bajo su hechizo y adoptaban cualquier tontería que él decidiera soltar. Todos ellos decían que era un brillante soldado; Marcelo también lo pudo ver, pero también observó la forma en que los hombres de las legiones se sentía con respecto a Áquila Terencio. Creían que era inmortal y nadie merecía aquello, que al ir, de hecho, mucho más allá de la admiración por algo, él sentía instintivamente que era peligroso.

Interrogó a sus amigos con cautela, para asegurarse de que lo que había oído acerca de las creencias de este hombre no eran simples caprichos expresados para impresionar. Ellos parecían enorgullecerse al contarle que su modelo de conducta creía en todo aquello contra lo que su padre había luchado durante años. Lo cierto era que, aunque eran toscos esbozos, era fácil imaginar a Áquila Terencio, con ese pasado campesino, apoyando la reforma de la tierra, al igual que no cabía duda en absoluto de que sostenía que los aliados de Roma eran maltratados, consideraba unos sinvergüenzas a los senadores y afirmaba, en público, que aquellos que morían de hambre en las calles de Roma deberían tomar lo que quisieran de sus avariciosos superiores por la fuerza.

Al concluir sus preguntas estaba incluso más inquieto que al salir a pasear. Su padre le había dejado un legado y le había obligado a un voto: Roma primero y siempre, y no permitir nunca que gobierne la chusma o que los tontos aúpen a un hombre por encima del Senado. Tenía que asegurarse de que el tipo de adulación con el que Áquila era tratado en Hispania no se trasladase a las calles de Roma, donde la turba, al tener un héroe de sus propias filas, podría ser un instrumento de inestabilidad. En verdad era poco probable que una ciudad estado como Roma se conmocionara y posiblemente aquel tipo desaparecería en la oscuridad tras la primera euforia de la fama. La República podría dar buen uso a sus virtudes como soldado siempre que él conociese y respetase su lugar; y mientras se mantuviera alejado de la política. No es que Marcelo tuviera buena opinión de él en este aspecto; Áquila no estaba preparado para esa vida, ni siquiera aunque Cholón hubiese empezado a enseñarle a leer y a hacer cuentas.

El griego que hablaba era tan irrisorio como siempre, y su latín no era mucho mejor, así que la primera vez que se dirigiese a otra cosa que no fuese una panda de soldados embrutecidos, sería ridiculizado en la tribuna. Lo único que se precisaba para mantenerlo bajo control era un ojo vigilante. Sus amigos se reirían por esa necesidad, pero la precaución era una de las cosas que había aprendido del mejor cerebro que nunca había conocido, el de su propio padre, Lucio Falerio Nerva. Eso y la necesidad de plantearse los asuntos públicos a muy largo plazo.

Capítulo Veintidós

Masugori vio como los jinetes entraban cabalgando en su campamento de Lutia. Breno iba a la cabeza de la columna; sólo él parecía tener energía para seguir adelante y se las arreglaba para tener aspecto de caudillo, con su cabello plateado mostrando aún aquel rastro de oro en las puntas que indicaba su anterior coloración. Como siempre, no vestía ropa ninguna y el águila de oro de su cuello era todo lo que llevaba; Eso y una banda trenzada que mantenía la larga melena en su sitio. Breno desmontó del caballo romano con la facilidad que da una larga práctica y atravesó andando la silenciosa hilera de guerreros bregones para enfrentarse a su cabecilla, quien de manera tan señalada había renunciado a acudir en su ayuda.

– ¿Por qué, Masugori?

Sin preámbulos, sin expresiones cordiales de aprecio. Breno se comportaba como siempre lo había hecho, con una arrogancia que rozaba el desprecio por su aliado.

– ¿Acaso los romanos son peores que tú, Breno?

Los ojos azules del hombretón relampaguearon y subió su tono de voz mientras intentaba incluir a todos los presentes.

– ¿Tú me preguntas eso? He pasado mi vida intentando contároslo a todos, y aquí estáis, sentados, observando cómo los romanos pisotean la mejor esperanza de la independencia celta.

– La mejor esperanza de Breno -soltó Masugori.

– Alguien tiene que tomar el mando -dijo el caudillo de los duncanes.

Masugori nunca había sido capaz de hablar así con Breno; al igual que la mayoría de jefes celtíberos, se le había obligado a sentarse y a escuchar las interminables lecciones de este hombre sobre lo que debería hacer, cómo debía luchar, cuándo y contra quién. ¿Y por qué razón? Porque este intruso se había subido a una montaña de cadáveres para hacerse con el liderato de una tribu, convirtiéndola en algo tan poderoso que los dominaba a todos ellos. Aunque no resultaba placentero verlo de esta manera, reducido a mendigar ayuda.

– Tú no eres de esta tierra, Breno, y aun así viniste hace años para luchar contra Roma. ¿Por qué? ¿Para ayudarnos o para ayudarte? Las tribus rechazaron unirse bajo tu mando, así que te alejaste. Pagamos el precio por aquello, y entonces volviste, enfurecido y lleno de odio, en lugar del amor por la libertad que habías expresado al principio. Nos has sangrado hasta el punto de que Roma, el enemigo, ahora nos parece un amigo.

Los guerreros se habían reunido para escuchar aquella conversación, y algunos estaban murmurando descontentos. Masugori no había convencido a todos de que su forma de actuar era la correcta. Muchos querían luchar, no necesariamente por una causa sino por puro amor a la batalla, pero él se lo había prohibido. Que Breno estuviera allí había despertado su interés y él sabía que tendría más problemas ahora, y quizá, a su edad, más de los que podía enfrentar.

– Te estoy suplicando, que es lo que veo que quieres en tu mente -Masugori se puso blanco. Esta habilidad que tenía Breno de ver los pensamientos de un hombre siempre le había asustado-. Si vosotros atacáis a los romanos, podremos llevar suministros a Numancia. Los lusitanos vendrán en nuestra ayuda.

– ¿Tú crees, Breno?

– Sí, lo harán. Han derrotado a los romanos que les molestaban. Puedo contar con su apoyo, pero sólo si tú nos das el tiempo para luchar.

– He firmado la paz, Breno, con un hombre que era tan parecido a ti que podría haber sido tu hijo.

Masugori estaba mirando el amuleto, tan familiar, con la forma de un águila al vuelo, que colgaba del cuello del otro hombre. Breno vio la dirección de su mirada y, como asustado, levantó su mano para tocarlo.

– El hombre que vino, el romano, tenía el águila.

– ¿El águila?

– La que llevas al cuello. Es lo único que llevas. Sé que sientes que te da poder. Él tiene una igual que esa. Su nombre es Áquila Terencio y es el cuestor del hombre que se enfrenta a ti. Al principio pensé que ese Áquila te había quitado el amuleto, pero luego descubrimos que lo había tenido desde su nacimiento. Consulté a los sacerdotes y ellos sintieron su fuerza, lo llamaron regalo de los dioses. Te vieron, Breno, con la ayuda de esa águila, un druida caído en desgracia obligado a huir del hogar del norte, un hombre que volvió a romper sus votos y sembró su semilla en el corazón de su propio enemigo. Entonces me aconsejaron una tregua, diciéndome que no podíamos combatir contra un hombre como ese, un hombre que, algún día, someterá a Roma.

Algo se apagó en Breno en ese momento, como si se hubiese sustentado con una inyección de aire que ahora le habían quitado. Cogió el amuleto del águila con la mano, como si, una vez más, intentara sacar fuerzas de él.

– ¿Y por eso me has fallado?

Masugori asintió.

– En una ocasión no pudimos combatirte, y fue cuando no tenías nada con lo que detenernos. Me pregunto si fue nuestra propia estupidez las que te permitió asentarte con los duncanes. Ahora puede que piense que fue magia, una magia que ya no posees.

Breno se dio la vuelta y volvió a su caballo. Montó en él y dejó el campamento sin decir una palabra.

Estaban fuera del campo de visión de los bregones cuando Breno se detuvo y los que iban con él hicieron lo mismo. De pronto dio la vuelta, con sus ojos azules ardiendo de furia, y con un dedo señaló a uno de sus hombres.

– En Lutia hay guerreros que desean luchar. Ve con ellos y ayúdales a desafiar al traidor de su jefe.

El dedo se movió a un segundo compañero.

– Tú, ve a los romanos. Ríndete y te dejarán vivir. Diles que los bregones están pensando en atacarles la próxima noche de luna nueva. ¡Vete!

El joven se alejó y Breno se volvió hacia los otros.

– Tenemos que cabalgar hasta tierras de los lusitanos.

– Está demasiado lejos, Breno -replicó uno de los hombres. Un murmullo de descontento barrió el pequeño grupo, y Breno detectó sus pensamiento sobre Masugori, su predicción y los augurios que le había hecho sus dioses celtas. Cuando habló, lo hizo en voz baja.

– No temáis a los dioses. Yo les he desafiado antes, ahora no dejaré de hacerlo.

– Marcelo Falerio fue mi legado en Hispania Ulterior, Áquila. -Muy bien, mi general -replicó Áquila con tirantez.

No iba a decirle a Tito que sólo había ido a la tienda de Falerio para interesarse por su estado, igual que nunca le diría qué palabras habían llegado a sus oídos. Tito se extrañó por la formal respuesta militar, pues durante este asedio Áquila y él se habían acercado bastante, tanto como para considerarlo más que un subordinado, y él había llegado a defenderlo cuando Marcelo protestó por su ascenso.

– Nada me agradaría más que el hecho de que vosotros dos os hicierais amigos.

– Desgraciadamente, Tito Cornelio, eso es algo que ni siquiera tú puedes ordenar.

El tribuno irrumpió de golpe, lo que cortó de raíz la reprimenda que Tito estaba a punto de pronunciar.

– Un prisionero, mi general. Se ha entregado, dice que tiene información sobre un posible ataque.

Tito se puso en pie y salió de la tienda como un relámpago. Rodeado por todos los oficiales del campamento, escuchó cuidadosamente mientras el hombre resumía los planes de los bregones.

– No lo creo -dijo Áquila-. ¿Por qué iban a esperar tanto?

– No es que esté en desacuerdo contigo -dijo Tito-, pero esto exige una respuesta. No podemos quedarnos aquí sentados con la esperanza de que este hombre sea un mentiroso.

– Me agradaría ir yo sólo…

– ¡No! -le espetó el general, de manera tan áspera que Áquila se indignó, pues hacía meses que Tito no le hablaba en ese tono-. Marcelo Falerio. Toma dos legiones y rodea Lutia. Quiero que te asegures completamente de que no planean nada contra nosotros.

– ¿Y si no es así? -preguntó Marcelo.

Tito miró a Áquila al responder.

– Tú eres mi legado. Actúa como lo consideres apropiado.

Áquila esperó hasta que se quedaron solos.

– ¿Qué ha sido eso, Tito? ¿Lealtad hacia los de tu clase?

Breno supo que todo estaba perdido antes de hablar siquiera con los enviados lusitanos. Si sus hombros se habían encorvado antes, ahora estaban hundidos. Habían perdido sus emblemas tribales, bien a manos de los romanos, bien en el mar, y los sacerdotes lusitanos, convencidos de que sus dioses les habían abandonado, aconsejaban en contra de ir a ayudar a Numancia. Hizo que su caballo girara en redondo y, pese a los ruegos de su escolta para que se dirigiera hacia el norte, se encaminó hacia la colina fortificada que había levantado durante tantos años.

Este romano no era como el otro. Su altura sí, y su complexión, pero tenía el pelo negro y la piel oscura. La banda blanca en su brazo no significaba nada: era sólo una herida, pero carecía de toda compasión. Era Roma tal como Masugori la recordaba, el severo conquistador en cuyo umbral había vivido toda su vida.

– Es una tradición de las legiones sofocar las revueltas -dijo Marcelo.

¿Qué podía decirle? Una gran cantidad de sus guerreros, descontentos por su rechazo a Breno, ya habían salido hacia Numancia, poniendo su sangrienta lealtad a sus compatriotas celtas por encima de sus obligaciones con la tribu. Cuatro mil hombres habían corrido directos hacia dos legiones romanas. Ahora su ciudad estaba rodeada y a la más mínima señal de desacuerdo todo el lugar ardería hasta el suelo.

– Por favor, entiende que acepto tu explicación, pero debes darte cuenta de que esto no puede quedar sin castigo.

Como este legado proclamaba, era en realidad una solución piadosa. La mayoría de los romanos los habría masacrado sin ningún control, después habría saqueado Lutia, llevándose todos los objetos preciosos y a los habitantes como esclavos. Masugori dio su consentimiento y Marcelo se volvió hacia su centurión sénior y dio la orden.

– Uno de cada diez.

– ¿Los matamos, señor? -preguntó el centurión.

– No, son nuestros aliados de verdad. A uno de cada diez de los guerreros que hemos capturado al venir aquí, cortadles la mano derecha.

– La misma norma se aplica aquí -dijo Cholón con aire de superioridad-. No me involucraré, igual que me niego a tener nada que ver en tu disputa con Marcelo y tampoco puedo intervenir cuando Tito toma una decisión.

– Fue idea tuya, Cholón. Yo les hice las promesas a los bregones, y a la primera señal de problemas, Tito envía a otra persona a investigar.

Cholón levantó un poco la mano cuando Tito entró en la tienda. Su rostro, normalmente muy relajado, se veía crispado por la tensión. Los bregones habían sido olvidados cuando el pueblo de Numancia envió mensajeros preguntando por los términos de la rendición.

– Debería ir a tratar con ellos yo mismo -dijo.

Tanto Áquila como Cholón dijeron que no a la vez. Cholón lo hizo porque creía que era lo correcto; Áquila dijo que no porque, por primera vez, había visto en el rostro de su comandante la presión bajo la que el hombre había estado todos estos meses. La indicación final de que lo que quería conseguir era posible parecía haberlo consumido. De las dos, las observaciones de Áquila fueron las más sensatas; lo único que hizo fue proponer ideas que Tito y él habían discutido muchas veces.

– ¿Para qué necesitas tratar con ellos? Si te han enviado mensajeros, es porque no tienen posibilidades de resistir. Exigimos rendición incondicional y la ent