/ Language: Español / Genre:thriller

Un trabajo fácil

Juan Madrid


Juan Madrid

Un trabajo fácil

© Juan Madrid, 1988

NO SOY SÁNCHEZ

Las luces de la planta baja tintinearon y el suave viento del comienzo de la noche agitó blandamente las copas de los árboles que asomaban por la tapia blanca que rodeaba al chalet. El aire traía retazos de música y los vagos e inconcretos ruidos de una fiesta. Caminé hasta los coches aparcados en la puerta principal y di la vuelta. A juzgar por sus tamaños y marcas, ninguno de sus dueños perdería el sueño por la subida de la gasolina.

Un jardinero vestido con un mono enrollaba una manga de riego más allá del portón enrejado de la parte de atrás. Pude ver a los servidores trajinando en la cocina. Una larga carcajada de mujer se escapó de la casa y llegó hasta mí. El traje que llevaba puesto no era de los peores que había vestido, de modo que me atusé la chaqueta, afirmé la pistolita en el cinturón del pantalón y regresé de nuevo a la puerta principal.

Un sendero de grava conducía hasta la entrada. El jardín estaba muy cuidado, había macizos de flores, césped y debajo de la fila de árboles, mesas y sillas. Entré en la casa.

Alrededor del salón habían colocado una larga mesa surtida de botellas y bandejas con comida de todas formas y colores. Un grupo de camareros uniformados atendía con la delicadeza de mariposas. Me mezclé entre la gente y alguien me puso una copa entre las manos y bebí un trago. Aún no se había bebido lo suficiente, por lo que todo el mundo respiraba cortesía y buenos modales. Una mujer que quería aparentar que no había hecho los cuarenta, me miró. Llevaba el pelo como el de un muchacho, con flequillo hasta los ojos, y un escote que un suspiro de más podía mandar al carajo.

– ¿Usted no es Sánchez? -me preguntó.

– No -le respondí-. ¿Y usted?

– ¡Qué gracioso! Es usted clavado, pero ahora que me fijo, quizá Sánchez tenga menos pelo. ¿En serio no es usted Sánchez?

Sonreí.

– ¿Qué pasa, le debe dinero?

– ¡Ah, qué gracioso es usted!

– ¿Sabe el del loro?

– ¡El del loro! ¡Pero qué gracia! ¿Qué bebe?

– Esto -le enseñé la copa.

– ¿Qué es?

– No tengo la menor idea. Sabe dulce.

– ¡Ah, debe ser mosto! Como Felipe no bebe… le traeré algo alcohólico. ¿Whisky o ginebra? ¿Quiere un gintonic?

Antes que dijera nada, llamó a un camarero y le quitó la copa de la bandeja. Cambié el brebaje dulzón por un gintonic.

– ¿Ahora está mejor, verdad? Bueno -dijo-. ¿Quién es usted?

– Amigo de Iriarte.

– ¿De mi marido? Felipe no me presenta a nadie. Tendré que regañarle. ¿A qué se dedica, señor…?

– Vicente, Vicente Romero.

– Encantada señor Romero. Me llamo Teresa, puede llamarme Tere. ¿Le puedo llamar Vicen?

– Hágalo.

– Estupendo. Detesto los convencionalismos. ¿No le parece?

– Pienso lo mismo. Me gustaría hablar con su marido, esto… Tere.

– ¡No! ¿Va a empezar a hablar de negocios? Entonces no le diré dónde está.

– Sólo unas palabritas.

– Venga, le enseñaré dónde se esconde Felipe. A él no le gustan las fiestas. ¡Como no bebe!

Me cogió de la mano y me condujo entre la gente.

Fue saludando a todo el mundo. Me sentí como un conejo apresado por una raposa.

Iriarte,estaba sentado en un sofá de lana blanco. Su traje negro a rayas destacaba como una cucaracha en el ojo de un obispo. Hablaba con gestos ampulosos a un tiempo de pelo rubio, y sentadas a su lado dos mujeres asentían en silencio.

– Felipe te prohíbo que no presentes a tus amigos -dijo la llamada Tere.

Me mostró con un gesto de la mano. Yo seguí sonriendo como si nada.

– Hola, Iriarte -dije sin quitarle la vista de encima.

Palideció. Después se puso púrpura. Abrió los ojos, su cara colgona se agitó.

– ¡Eh!, pero…

– ¡Te lo dejo cinco minutos! Me has oído, ¡cinco minutos! -se volvió a mí-. Le concedo cinco minutos de charla con mi marido, Vicente. Vendré a buscarle.

– ¿Quieres que hable aquí o nos vamos a un lugar más apartado? -le dije a Iriarte.

Se levantó con dificultad. Yo le cogí del codo.

– ¡Cómo te has atrevido! -barbotó.

– Tranquilo o monto un escándalo.

– ¿Qué quieres? -dijo con voz ronca.

Caminamos al fondo del salón. Abrió una puerta y pasamos a una biblioteca, con las paredes repletas de estanterías. Cuando abrió otra puerta y entramos a un despacho, estaba visiblemente más tranquilo. Se apoyó en una enorme mesa de caoba, abrió una cigarrera y mordió un puro. Me di cuenta que llevaba el vaso aún en la mano y lo dejé en un estante.

– Ya he pagado por las fotografías -expulsó el humo-. Por las fotografías y los negativos. ¿Qué quieres ahora, Sánchez?

Me acerqué. El retrocedió. Había asombro en su cara gordezuela. Le agarré la corbata y apreté.

– Ponte a hablar ahora mismo o te estrangulo.

– ¡No sé de lo que me hablas! -chilló-. ¡Te lo juro!

– ¿Has ido a la calle de la Cruz, a la casa del portero de tu antro? ¡Responde!

– ¡Sí, sí! ¡Fui y entregué el dinero! ¡Te lo juro, llevé todo el dinero!

– ¡Qué estás diciendo, maldito cerdo!

– No sé quién lo cogió -barboteó. Le solté. Se masajeó el cuello-. Ya he pagado, no tienes derecho, Sánchez.

– No me llamo Sánchez, me llamo Romero, Vicente Romero.

– ¿Pero… pero, entonces…?

– ¿Qué fuiste a hacer en la casa, Iriarte? Yo no he recibido el dinero.

– Entregar el dinero, ya te lo he dicho, Sánchez. Cumplí con mi palabra. Allí no había nadie, recogí… recogí el sobre con las fotografías y dejé el dinero. ¡Yo cumplí! ¡Te lo juro, dejé el dinero!

– ¡No te quedes conmigo, yo no he visto ese dinero! -aullé-. ¡Y no me llames Sánchez!

Me miró asombrado.

– ¿Qué dices?

– Que no me llamo Sánchez. Y quiero mi dinero.

La risa fue de hiena. Se echó hacia atrás y movió su barriga. Me dieron ganas de aplastarlo.

– ¡Te han tomado el pelo, eres un estúpido!

Volvió a carcajearse. Le coloqué el puño a la altura de la nariz. Se calló como por ensalmo.

Fui a decir algo cuando la puerta del despacho se abrió y entró la del flequillo. Detrás se asomaron otras dos caras sonrientes.

– ¡No está bien que monopolices a Felipe, Vicen! -se dirigió al marido-. ¿A qué no sabes quién ha llegado?

Los de la puerta agitaron las manos.

– ¡Ujuuu? -exclamaron.

– Le dije cinco minutos -me regañó.

– Charlando se pasa el tiempo sin sentir.

El gordo sonrió. Parecía un niño gordo.

– ¡Vamos a la fiesta! -empujé a su mujer y avanzamos hasta la puerta. Me volví. Hablé tranquilo, dije: -¿Cómo se llama, el que lleva el negocio de las fotos?

Descorrió la boca, sus dientecillos eran afilados y blancos. Ya nos íbamos y contestó:

– Sánchez, y con esto cerramos la discusión, ¿eh?

– ¡Por supuesto! -exclamó la del flequillo.

Los recién llegados sonreían aguardando a Iriarte, que pasó al salón agarrándolos del brazo. Yo me quedé atrás con la mujer.

– Has abusado, Vicen.

– ¿Tú crees?

– Sí -puso la boca hacia fuera-. Los hombres preferís hablar a pasarlo bien.

Se colgó de mi brazo. La gente nos rodeaba como en una marea. Alguien desde un rincón soltó una risotada y palmeó.

– Voy por bebidas -le indiqué a la mujer y me solté del brazo-. Ahora vuelvo.

Salí al fresco del jardín. La cara me ardía, pisé el césped caminando hasta la salida, rodeado por los murmullos divertidos. La música y las voces me acompañaron hasta la calle.

Un coche Seat 1200 azul estaba aparcado frente a la casa. Una cara gorda, cubierta de barba, se asomó por la ventanilla. Al lado apareció en feo caño de una «Luger». La puerta de al lado se abrió.

– Súbete- murmuró el sujeto.

La pistola me apuntó a la cabeza. Otro tipo al lado, con el pelo cortado a cepillo y con una gabardina, salió del coche y me tomó por el codo. Resultó ser educado. Me atizó un rodillazo en la entrepierna y me tomó del brazo. Entré en el coche que arrancó inmediatamente.

El sujeto de la gabardina me cacheó me sacó la pistolita y la agitó en el aire. La otra mano empuñaba un arma cuyo caño había introducido en mi boca. Tenía un gusto remoto a grasa picante.

– Mira, Hassan, qué juguete -dijo el de la gabardina.

El que conducía se volvió y tomó el arma. Lo reconocí, era el gordo lento del Silver, un argelino que hace este tipo de trabajo. Estuvo un rato observando la pequeña automática y luego dijo:

– Bonita, es muy bonita.

– ¿Se la regalas? -me preguntó el de la gabardina. Puse mi mano lentamente en su muñeca derecha.

Sentí que los músculos de su mano se ponían en tensión. La separé lentamente hasta que pude hablar.

– Me estás ahogando -dije.

– Suéltame -habló despacio.

Le solté. Me tomó del pelo y se retiró unos centímetros.

– Al suelo, acuéstate en el suelo -murmuró.

Sus ojos eran fríos, sin expresión y quietos como bolas de acero. Me tendí en el espacio entre los dos asientos. Puso sus dos pies encima y dirigió la pistola a mi cabeza.

– Si te mueves te cambio la cara. ¿Has entendido?

– Sí -dije.

– Buen muchacho.

– Gracias por la pistola -habló el de delante.

El coche corría y yo tenía encima las suelas de los zapatos del tipo de la gabardina. Cuando hubo pasado un buen rato, pregunté:

– ¿Dónde vamos?

– De excursión -contestó el de la gabardina.

– Me figuro que no me vais a decir qué queréis, ¿verdad?

– Has acertado -contestó el mismo.

– ¿Puedo fumar? -pregunté.

– No, y deja de charlar.

El coche entró en un terreno pedregoso y comencé a botar. Al poco rato disminuyó de velocidad.

– Hace rato que veo a ese coche detrás -dijo el gordo del Silver.

El otro se volvió.

– ¿Estás seguro? -preguntó.

– Seguro.

– ¿Son tus amigos? -me largó una patada.

– No sé de que estás hablando -me agité inquieto.

El otro se había vuelto y miraba por la ventanilla de atrás.

– Disminuye más y déjalo pasar. Veremos qué ocurre.

– Sí, Cordi -contestó el de delante.

Sentí cómo cambiaban las marchas y el automóvil se detenta suavemente. Calculé que podríamos ir a veinte por hora. El tipo que me pisaba bajó la ventanilla y ocultó la cara. Un ruido a motor cascado se fue haciendo más fuerte, hasta que percibí cómo pasaba a nuestro lado.

– Un viejo estúpido paseando -el de delante hablaba vuelto hacia el otro.

– Puede ser. Párate al subir aquella cuesta, veremos qué hace.

Aceleró y cuando hubo subido la cuesta, frenó en seco. Me sacudí varias veces antes de quedar inmovilizado otra vez.

– Continúa el camino, Cordi.

– Ya lo veo -graznó el que me pisaba-. Vamos a quedarnos aquí un ratito y si vuelve, se llevará una sorpresa.

– No va a volver, es un viejo paseando.

– Por si acaso -respondió.

Encendió un cigarrillo y se recostó en el asiento. Parecía tener todo el tiempo del mundo.

– ¡Eh! -dije yo- ¿No me puedes quitar los pies de encima?

– ¿No estás cómodo?

– Como en casa, lo único que me molesta un poco son tus pezuñas.

– ¿Te dije que era un tío chistoso, Hassan?

Miraba hacia adelante enfrascado en sus pensamientos. Verdaderamente era un tío frío. Siguió chupando el cigarrillo. Cuando acabó, arrojó por la ventanilla abierta la colilla y dijo:

– Vámonos.

Arrancó y paulatinamente el automóvil fue cogiendo velocidad. Nadie despegó los labios hasta que unos quince minutos después el automóvil torció a la derecha y bajó una rampa. Me figuré que habíamos entrado en un garaje, porque dejé de ver el cielo negro a través de la ventanilla de atrás.

Con el motor aún encendido, el gordo descendió y abrió la puerta. Su pistola era una automática Browning de 9 mm. y me señaló con ella.

– Fuera -ordenó.

El otro levantó las piernas, me incorporé y salí. Luego lo hizo él.

Estábamos en una nave que parecía un taller de reparaciones para automóviles. No había más luz que una lámpara de débil voltaje prendida del techo. Al fondo, distinguí una escalera de cemento y una puerta metálica.

– Andando hacia allí -dijo el alto y el gordo volvió a subirse al coche.

– Enseguida vuelvo, Cordi.

– Sí -contestó. Se dirigió a mí-. Venga, listo, por las escaleras.

Escuché los furiosos ladridos de un perro al otro lado de la puerta del garaje.

– ¿Y ahora qué? -pregunté.

Estábamos en una habitación grande que olía a perro. Una luz, prendida del techo, iluminaba dos sillas baratas, una mesa de madera de pino sin desbastar en la que había un teléfono negro y un plato de metal.

– Siéntate ahí y quédate tranquilo.

El se sentó enfrente, en el otro rincón y encendió un cigarrillo con un encendedor de color azul. La enorme Luger descansaba en su entrepierna y me miraba fijo, casi sin pestañear y tan inmóvil como un buzón de correos. Metí la mano en el bolsillo de mi chaqueta, saqué un paquete de cigarrillos, encendí uno y el humo partió hacia el techo en forma de volutas.

– Está bien -dije-. ¿Por qué no me decís algo? ¿Qué queréis?

Silencio.

– No molestes -dijo al fin.

No me estaba dando ni una sola oportunidad. Entre él y yo había lo menos quince metros, era imposible recorrer esa distancia. Me fijé en su cara, era la que un hombre viejo, que había pasado la sesentena, y en cambio se le notaba en forma. Estaba seguro que al mínimo movimiento saltaría como un mecanismo de resorte.

– ¿Trabajáis para Iriarte? Yo también -dije-. ¿Escucha, no se trata de un error?

Habló casi sin abrir la boca.

– No -dijo.

– ¿Qué queréis de mí? Di algo y así adelantamos tiempo. ¿Qué te parece?

– Que hablas demasiado, Sánchez.

– Me llamo Romero, no Sánchez.

– Ya.

– Yo me llamo Blancanieves -dijo el otro-. ¿No lo sabías?

El timbre del teléfono sonó rompiendo la atmósfera del cuarto con la estridencia de una sierra mecánica. El sujeto dejó que sonara. Lo cogió sin dejar de mirarme.

– Aquí está, sí -dijo-. De acuerdo, pierda cuidado.

Colgó y miró el reloj. Luego me dijo:

– Escucha despacio lo que voy a decirte porque no voy a repetírtelo. Dentro de una hora quiero estar en mi casa, así que sé buen chico y contesta a lo que voy a preguntarte. Si lo haces, todos nos ahorraremos problemas.

– Pregunta, me encantan los concursos, pero no me llamo Sánchez.

– ¿Dónde tienes las fotos del muchacho?

Debí abrir la boca, porque el cigarrillo se cayó al suelo.

– ¿Qué dices?

– Las fotos.

– ¿Qué fotos?

– Las del hijo del señor Iriarte. Tienes quince minutos para contestar.

Dijo eso y entrecerró los ojos.

– Hay un malentendido, yo ya he entregado las fotos, he cumplido. En cambio no he recibido el dinero. Cuando me invitasteis a subir al coche volvía de casa de Iriarte. Llámale por teléfono y díselo.

Algo parecido a una sonrisa surgió en su cara. Se desdibujó al momento.

– ¿Parece que hemos tenido mala suerte, verdad? ¿Quieres hacerte el loco?

– Mira, el asunto se ha complicado demasiado, tengo que hablar con Iriarte otra vez. Yo he entregado las fotos, te lo juro.

Siguió mirándome, luego tiró la colilla al suelo y la aplastó de un solo golpe con el tacón de su zapato.

– ¿A qué habías ido a casa de Iriarte?

– Fui a ver a Iriarte porque él no ha entregado el dinero. Yo he cumplido, él no.

– Eres un imbécil, Sánchez. Eres un chantajista imbécil.

Se levantó despacio. La pistola sin apuntar a nadie.

– Coloca los brazos sobre el respaldo de la silla. Si haces un movimiento raro, te vuelo la cabeza.

Hice lo que me dijo. Dio la vuelta y se colocó a mi espalda.

– No te vuelvas -añadió.

El frío metal de unas esposas se cernió sobre mi muñeca derecha. Pasó la cadena entre los palos de la silla, y el otro arandel de acero aprisionó mi muñeca izquierda.

– Esto no servirá de nada. No tengo ni idea de lo que me habláis.

Desde atrás me dio un derechazo en el oído derecho. La cabeza me retumbó y caí al suelo como si me hubiera estallado dentro un obús. Me puso de pie, la silla colgaba estorbándome los movimientos. Vi todo borroso, me tambaleé. Sentí su izquierda y doblé la cabeza, no lo hice con la suficiente velocidad. El puño iba dirigido al mentón pero me alcanzó en la mejilla. Di con la cabeza en el suelo. Creí escuchar que ladraba un perro, era un sonido lejano, muy lejano, Abrí los ojos, distinguí al gordo cerca del individuo alto, y comencé a viajar por una espiral negra. Sacudí la cabeza. Escuché una voz:

– ¡Eh listo, despierta! -un golpe de agua helada hizo que boqueara.

El gordo de barbas me miraba con un cubo en las manos.

– ¡Hijos de perra! -exclamé.

– Todavía le quedan fuerzas -dijo el gordo.

Me colocaron contra la pared y pude sentarme de nuevo en la silla. La sangre chorreaba de mis muñecas.

– Esto es sólo el principio -dijo el tipo alto-. Mejor es que te pongas a hablar.

– ¡Sois unos estúpidos! ¡No sé nada de esas fotos, yo he cumplido!

– ¿No, eh?

El gordo levantó la pierna y me golpeó el pecho con la suela del zapato.

Aullé de dolor.

– Ve refrescando la memoria.

Lanzó la derecha y luego la izquierda. Mi cabeza rebotó contra la pared. Caí hacia adelante, el alto me sostuvo de los hombros.

Tomé impulso y dirigí la cabeza contra su nariz. Escuché crujir los huesos. Dio un grito sordo y se llevó las manos a la cara. Le aticé una patada en la entrepierna que le hizo doblarse.

Algo me estalló en la cabeza y me derrumbé entre fogonazos.

El gordo bebía una cerveza haciendo ruido y el alto estaba sentado en la otra silla y se había quitado la gabardina. Tenía la nariz al doble de tamaño y la pechera de la camisa manchada de sangre. El frío convertía mis huesos en cañerías heladas.

– Avisar a Iriarte -murmuré.

Los dos hombres se miraron.

– Está loco -dijo el gordo.

El otro no despegó los labios. Se levantó y caminó hacia mí.

Me tomó del pelo y zarandeó mi cabeza.

– No voy a quedar en ridículo por ti, pelele -ladró-. Métete eso en la cabeza.

– ¿Qué hacemos, Cordi? -le preguntó el gordo.

El llamado Cordi se separó de mí y encendió un cigarrillo con parsimonia. Sin gabardina resultaba más flaco y sus hombros se curvaban hacia adelante, como si buscaran tocarse.

– No podemos fracasar.

– Me habían dicho que Sánchez era duro pero no creí que lo fuera tanto.

– No soy Sánchez -murmuré-. Me llamo Vicente Romero. Preguntarlo a cualquiera.

– ¿A quién?

– Al Zurdo Segura, por ejemplo.

– ¿Eres amigo del Zurdo Segura?

Moví la cabeza. El gordo se acercó.

– ¿Qué fuma el Zurdo Segura?

– Ya no fuma, se ha retirado del vicio. Antes fumaba picadura liada. Estuvimos juntos en el maco.

– ¿En qué galería?

– En la tercera.

– ¿En qué celda?

– No me acuerdo. Al final estuvo abajo, era ordenanza.

– ¿Entonces tú…?

– Soy Vicente Romero, no Sánchez. Llama al Zurdo, fui su compañero de celda.

– Si es verdad, estamos listos.

– Puede que mienta. ¿Qué hacemos Cordi?

– Ya hemos cobrado, ¿no?

– Sí.

– Pues lo soltamos. Ya le hemos sacudido, ¿no?

– Sí.

– Lo soltamos.

Me soltaron y encima me llevaron a mi casa. Al final, no resultaron malos chicos del todo, sólo que yo me quedé sin dinero y sin saber quién era Sánchez.

LAS COSAS SON COMO SON

Tienes los papeles en regla, menos mal -dijo el hombre y se levantó y prendió la luz de arriba que se difuminó opaca por la habitación. Era alto y huesudo y había sacado de alguna parte un palillo con el que se hurgaba la boca-. ¿Adónde ibas en ese coche?

El muchacho de tez tostada, casi negra, se encogió de hombros y trató de sonreír.

– No sé, por ahí -contestó.

– ¿Por qué no ayudas un poco?

– Iba de paseo, digo la verdad.

– Bueno, si no quieres inventarte nada mejor, vale -dijo el hombre. Se puso a ordenar los papeles que tenía desparramados por la mesa, lanzando insistentes miradas a la puerta. El muchacho vio el carnet de ella sobre la mesa con su fotografía, hermosa y sugerente, sonriendo.

Lo habían traído desde la carretera en un jeep que hacía sonar la estridente sirena innecesariamente y lo habían hecho subir a ese cuarto del segundo piso de la casa-cuartel, gris y pesada que tenía apariencia de prisión de película de vaqueros. Cuando entró había unos guardias en la puerta fumando y tomando el fresco de la tarde, que lo miraron pasar conducido por el cabo, un hombre viejo que durante el viaje había consultado varias veces la hojilla de una quiniela.

Al subir vio a unos niños jugar en el patio interior y una mujer en bata de flores se le cruzó en la escalera y le observó con pena. Desde el cuarto, y mientras le hablaba el hombre alto y demacrado, escuchó el ronroneo de una radio de transistores.

– Se oye cada cosa. No tenéis inventiva.

– Es la pura verdad -insistió el muchacho.

Desde que llegaron los guardias en la carretera, se prometió a sí mismo permanecer tranquilo. «Es un pinta», pensó el tipo. Golpeaba con la punta del lápiz la mesa aguardando que el cabo le dijera algo concreto. «En domingo, maldito nene, tuvo que ser hoy», volvió a pensar. «¿Lo estoy haciendo bien?», pensó, a su vez, el chico.

– ¿Se puede fumar? -preguntó.

– Sí, se puede -dijo el tipo.

El muchacho tomó uno de los cigarrillos que le abultaban en el bolsillo superior de la camisa sudada y lo prendió con un seco chasquido del encendedor barato que portaba junto al paquete de tabaco. Dedujo que había pasado mucho tiempo, pero el reloj estaba roto y no supo calcular. Pensó en estirar las piernas, titubeó y después lo hizo. Llevaba unas botas camperas nuevas de las que pensaba que eran el mejor par de botas que había visto nunca. Tres días antes le habían costado seis mil pesetas en una zapatería de las inmediaciones de la plaza Mayor. Las había estado observando, a través del sucio escaparate, una semana entera calculando cuánto tardaría en reunir seis mil pesetas. Con ellas, decididamente, se sentía extraño, más alto y mejor, y enseguida pensó que había hecho una buena compra.

– ¿Y ahora qué? -dijo, por fin el muchacho.

– ¿Qué?, ¿qué?

– Que qué hago aquí.

– Nada, esperar.

El hombre del palillo hizo un gesto amplio con una mano, una especie de círculo que no terminó y siguió con el trabajo de dar con la punta del lápiz en la mesa. «Va a estropear el lápiz», pensó el muchacho. «Va a terminar con él. Una vez vi a un poli que se mordía los nudillos y otro que se comía los mocos que sacaba de la nariz con el dedo. Son nerviosos.» El hombre detuvo el martillear del lápiz y lo miró retrepado en la silla, con las piernas casi dando en la mesa. «Ahora yo estaría abajo, tomando el fresco y escuchando la radio, sin hacer nada. El maldito cabo sí está abajo. El sí que está.»

– Siéntate bien, no estás en tu casa.

Arrastró las botas lentamente, hasta que el otro lo dejó de mirar. Había dejado el lápiz sobre la mesa y ahora se miraba las manos.

«A ella no le ha pasado nada, seguro. Ella está bien. Lo malo es el coche. No tengo que poner nervioso a este tío, es un nervioso. Está más nervioso que yo. Yo estoy tranquilo. Tengo que estar tranquilo y contestar con cuidado, siempre quieren liártela. Qué tontería, vaya tontería. Cuánto más tiempo pase, mejor, no se van a dar cuenta que estábamos colgados. Dentro de un rato no lo va a notar nadie», pensó y sonrió al acordarse de la cara de ella cuando llegó con el coche y las botas esa misma mañana. No se lo creía y le tuvo que enseñar el chocolate metido en la bolsa de cuero protegida con papel de estaño. «Toni, es acojonante», había dicho ella.

– ¿De qué te ríes, tú?

– ¿Eh? -contestó.

– Que de qué te ríes.

– De nada.

– Parecéis tontos, coño. Sois unos inconscientes.

– Pues no sé por qué. Yo no me meto con nadie.

– Me tienes harto, chico, harto. A todos vosotros os ponía a trabajar. Corte de pelo y pico y pala. ¿Me entiendes?

– Oiga, que yo trabajo.

– Sí, ya. Venga hombre. Lo que pasa es que creéis que el mundo se puede poner por montera. Que lo podéis todo, y no; no señor. A trabajar, a currar y nada de leches.

– Lo que usted diga.

– ¿Encima te pones chulo?

– Yo no me pongo chulo. Lo que pasa es que usted no sabe lo que ha pasado.

– A que te suelto una hostia. Por mi madre que te sacudo una hostia que te pongo en órbita. Nos ha jibao el nene. No te digo. ¡Que estás en el cuartel de la guardia civil, macho!

– Disculpe usted, de verdad, no le quería ofender, es que estoy un poco nervioso. Disculpe usted.

– En qué líos os metéis -dijo el hombre-. ¿No podéis hacer como todo el mundo?

El muchacho se calló. «Mejor no digo nada. Dios, cómo se está poniendo esto», pensó y le sonrió al tipo que había vuelto a coger el lápiz y se pinchaba la mano grande y tosca con la punta. Tenía un bigotito fino que movía el ritmo de la boca mientras hablaba sin que el palillo se le cayera.

– Tendría que llamar a mi casa, si hace usted el favor. Avisar a mi madre para que no se asuste. Sufre del corazón, ¿sabe?

– Ya llamarás luego. Espera a que suba el cabo.

– Sí, muy bien.

Su cara casi negra se puso seria. «Así está mejor, con estos julais lo mejor es así», pensó. Con la colilla del cigarrillo en la mano, conduciéndola con mucho cuidado, se levantó y la transportó al cenicero que estaba enfrente del tipo. Le sonrió. «Perdone», dijo.

El silencio era completo en el cuarto pero se oían murmullos de juegos de niños que subían del patio hasta la ventana y el insistente ruido, que nunca cesaba, del transistor del cabo. Ya no era el final de la tarde, se estaba haciendo de noche. «Dentro de poco se hará oscuro. ¿Cómo estará ella? Dios mío que no se muera, que no sea nada. Seguro que me paso la noche aquí. ¿Me pegarán? Quiero estar con ella. Quiero verla», pensó y sintió entonces el tremendo dolor de la pierna que le subía hasta el muslo como si estuvieran pinchándole con un cuchillo afilado. «Me la he partido. Me he partido la pierna».

– ¿Puedo ir al water? -preguntó.

– Espera, ahora sube el cabo.

– Oiga, disculpe. ¿Qué tengo que hacer?

– Te lo dirá el cabo.

– Oiga ¿no puedo ir al water?

El tipo se lo quedó mirando. Después dijo:

– Venga, vamos.

Se levantó y fue hasta la puerta. La abrió con un crujido de madera vieja y aguardó a que pasara. Lo tomó del codo y lo condujo pasillo adelante. Las losetas eran rojas y estaban descabalgadas. Sus botas sonaban como pistoletazos en el piso. Trató de no cojear.

– Por ahí -dijo. Pasó delante de una puerta donde se oía el ruido de una sartén friendo comida. Una mujer en alguna parte llamó a su hijo a voces. El hombre se detuvo frente a una puerta pintada de verde y con un gesto le indicó que aguardara. Entró en el water y luego salió.

– Date prisa -dijo.

Dentro, miró hacia atrás por si el hombre miraba, pero había cerrado la puerta.

– ¡Date prisa! -gritó desde fuera.

Bajó la cremallera del vaquero y orinó. Al mismo tiempo sacó la bolsita de cuero del bolsillo de atrás del pantalón y tiró dentro del retrete el contenido. La volvió del revés y con los dedos fue raspando el forro y el papel de estaño. «Cinco talegos. Se van cinco talegos», pensó. Se abrochó y tiró de la cadena. Al salir se observó fugazmente en el espejo cuadrado, con un marco azul, que había colgado encima del lavabo y se atusó el pelo.

– Muchas gracias -dijo al salir.

– Vamos -dijo e hizo un gesto de prisa, tomándolo nuevamente por el codo.

En la oficinilla el cabo estaba sentado en la mesa ojeando los carnets de identidad. No levantó la cabeza cuando entraron. A la luz de la lámpara arriba, en el techo, parecía más viejo y gastado.

– Tú, ponte ahí -dijo el hombre al muchacho- y estate tranquilo. Ha ido al baño -se dirigió al cabo y se colocó de pie, en la parte derecha de la mesa y tomó un cigarrillo del paquete-. Es una buena pieza. No sabe ni inventar -soltó una risa hueca y corta que acabó rápidamente.

– Bueno -dijo el cabo-, ¿cómo te encuentras, chico?

– Bien, muy bien.

– Así me gusta. Estás en un buen lío, ¿sabes? No tiene antecedentes -dijo alzando la cabeza al hombre que fumaba muy atento. Este contestó:

– Vaya -y siguió fumando.

– Estás en un buen lío. ¿Esta es la chica? -dijo de nuevo el cabo, señalando el carnet de identidad.

– Sí -contestó. «Claro que es, ¿quién iba a ser si no?», pensó-. ¿Está bien? -preguntó.

– ¿Te preocupas ahora?

– No piensan en nada -terció el tipo; se colocan el mundo por montera y ahora se preocupan. ¡Vaya gente!

– Sólo pregunto por ella.

– Todavía no se sabe nada, está en el hospital. ¿Qué tal Martínez? -dijo, dirigiéndose al tipo-. ¿Qué tal se ha portado el caballerete?

– Bien, mi cabo -contestó-, un poco chulo, pero bien.

– Bueno, bueno -murmuró el cabo- estamos bien. Vaya lío.

– ¿Qué tal ha salido la Real, mi cabo? -preguntó el tipo.

– Hombre, pues muy bien, Martínez, ha encajado dos golazos como dos soles.

– Joder, es que son la hostia -exclamó- no sirven para nada. Vaya mierda.

– No sirven para nada -aseveró el cabo torciendo la cabeza, mirando al tipo llamado Martínez.

– Para cobrar, sí sirven -volvió a decir el hombre llamado Martínez-. Para eso sí que sirven.

– Bueno, vamos a lo nuestro. Espero que te des cuenta de que está metido en un follón, ¿verdad? La nena es menor de edad, eso para empezar y luego está el coche y la droga, ¿verdad? Tú vas a ser un buen muchacho y vas a hablar de corrido, ¿vale? Y todos tan amigos, ¿eh?

– Más te vale -dijo Martínez.

La noche ya había caído y no se oía un alma en el cuartel, como si se hubieran acostado todos a toque de corneta. El muchacho se sintió solo y miró a los dos hombres y sacó un cigarrillo y lo encendió. Su cara morena refulgió a la llama del encendedor barato. «Por lo menos si ella estuviera bien», pensó, «si no se muriera».

LEJOS DE CASA

El viejo llegó a su cuarto en la pensión un poco antes de como tenía por costumbre. El hombre moreno con el que compartía habitación, estaba tumbado y fumando. Sus zapatos gastados sobresalían por entre los barrotes plateados de la cama.

– Espero que sepa disculpar lo de anoche -dijo el viejo dejando el maletín en el suelo y aflojándose la corbata.

– No tiene importancia -contestó el otro.

– Estaba borracho -volvió a decir, y sus blancos dientes postizos le marcaron la cara como un latigazo-. Ella también lo estaba. Estábamos los dos muy borrachos.

El hombre moreno se levantó de la cama y se sentó en el sillón de mimbre. El viejo, en silencio, dobló cuidadosamente sus pantalones y la chaqueta y los puso en el armario. Después se colocó los calzones de un pijama a rayas azules y se dejó puesta la camiseta que utilizaba aun los días de mucho de calor y se tumbó en la otra cama al lado de la puerta.

– Esto es un poblachón indecente -dijo finalmente. El hombre sentado en la silla siguió fumando-. Me iré esta noche. Voy a tomar el tren y por la mañana estaré en Madrid, allí las cosas son diferentes.

– Sí -dijo por fin, pero sin apenas despegar los labios y sin dirigirse a nadie en particular, como si hablara a un interlocutor que no estuviese en aquella habitación-, las cosas se ven diferentes en la ciudad.

– Tiene usted razón, a mí me gusta la gente, la polución… el tráfico… Yo se lo puedo decir, conozco las grandes ciudades. Madrid, Barcelona y…

El somier crujió con un sonido hondo y seco, pero el hombre moreno siguió en silencio apurando el cigarro. Habían estado dos días juntos en esa misma habitación y el viejo no sabía a ciencia cierta cómo eran sus facciones. Era un tipo que parecía no tener nada que hacer, excepto aparentar que aguardaba algo o a alguien en aquella pensión barata y colmada de viajeros. El viejo llegaba de trabajar casi al anochecer y lo veía tumbado fumando y mirando el techo con esa palidez que no era mala salud ni fragilidad, con la mata de pelo negra, agitanada y sedosa, expandida en la almohada. Se decían buenas noches y lo sentía al otro lado del cuarto quieto como un reptil que tuviese el hábito de mantenerse inmóvil, mientras él se lavaba la cara y los sobacos en la jofaina del rincón.

– ¿Usted va a Madrid? -preguntó el viejo.

– No, me quedo aquí -respondió. Hubo una pausa, el viejo volvió a hablar-: Es bueno tener familia -suspiró y cruzó las delgadas piernas sobre la colcha-. ¿Usted tiene hijos?

– No.

– Yo tampoco -dijo-. Bueno, si hay que llamar hijos a lo que tengo, sí -volvió a emitir su risa corta y seca que era como una señal de amabilidad. El tipo moreno se agitó en la silla de mimbre, aplastó la colilla con fuerza pisoteándola con sus botas camperas y cruzó los brazos sobre el pecho, dirigiendo los ojos hacia la ventana. El viejo se incorporó aún más en la cama, que se movió como si fuera a caerse.

– Quiero decirle que ayer hice demasiado ruido y le desperté, le pido perdón. Intenté hacerlo con cuidado, pero me figuro que no pude.

– No tiene importancia -dijo-, nada de importancia.

– Se lo agradezco. Ella estaba también borracha.

Esa era una pensión que tenía las ventanas de la fachada cubiertas de macetas con geranios y dos puertas, la principal y otra que correspondía a una antigua cochera ahora en desuso. Se llamaba «Pensión Granada – Confort» y solía albergar a viajantes, campesinos y ganaderos que visitaban la feria semanal o la farmacia o viajaban hasta el consultorio del médico que estaba al final de la calle. La regentaban dos hermanos y sus respectivas esposas y los hijos de ambos. Era barata, relativamente limpia y muy conocida en la comarca. El hombre moreno llevaba allí una semana y como pagaba puntualmente y no armaba bronca estaba ya catalogado como un buen cliente y nadie le hacía preguntas. El viejo, en cambio, había ido ese año dos veces durante poco tiempo y también era respetado por su apariencia de señor y sus modales de ciudad. A ninguno de los dos le importó compartir el cuarto por dos noches, porque eran días de feria y de gran animación y no había más remedio que aguantarse ante algunas incomodidades.

Ahora, al caer la noche, se ensombreció el cuarto y los ruidos de la calle aumentaron de intensidad colándose por la ventana. El calor del día se había difuminado hasta llegar a un tenue frescor y entonces era el momento de salir a la calle y pasear. Desde el cuarto se escuchaba el lejano vaivén de la música del carrusel colocado en la plaza y se olía la fritura de los tenderetes de churros.

El viejo, cuando llegaba a las poblaciones en fiestas, sabía casi por instinto dónde podía encontrar prostitutas, aunque fuera la primera vez que visitara el lugar. Sabía que si se mantenía con aspecto limpio y empleaba la desenvoltura de los tipos de las ciudades, a pesar de no ser ya joven, podía conseguir buenas tajadas sin gastarse demasiado dinero.

La misma noche en que llegó fue al único lugar para bailar que existía en el pueblo, denominado «El Bataclán». Entró, se apoyó en el mostrador y pidió al camarero de traje arrugado un güisqui. Entonces vio a la chica. La estuvo observando hasta que supo que no era una verdadera puta, que estaba de paso y que no habría de costarle demasiado dinero ni esfuerzo.

Ella bailaba agarrada a otra mujer bajita y madura con las axilas manchadas de sudor. Tenían la actitud de las mujeres que observan lo que pasa alrededor sin que quieran que nadie se dé cuenta. Cuando estuvieron cerca les dijo:

– Les invito, señoritas. Hace demasiado calor.

Se acercaron con una sonrisa torcida y pidieron cuba libre de ron. El llevaba un traje azul de buen corte, una camisa celeste y una corbata del mismo color que el traje y mostraba los dientes como tenía por costumbre.

Ella no era lo que se dice una muchacha bonita, pero su cuerpo duro se adivinaba a través de la blusa y de los ceñidos pantalones blancos. Cuando llevaba dos cubas libres, la otra mujer se marchó a bailar con un tipo que merodeaba el grupo y que le pidió permiso a él para invitarla. La chica contó que vivía en un pueblo a casi cincuenta kilómetros de allí y el viejo no necesitó más para saber que de vez en cuando hacía ese tipo de cosas por alguna razón que él jamás había tratado de comprender, ni le importaba. Fueron a un reservado de gruesas cortinas pesadas y llenas de polvo que terminó por ser un lugar fresco y agradable a medida que iba pasando el tiempo. La música de la orquesta sonaba con fuerza en el local y las parejas evolucionaban en la pista. El miraba a la muchacha y pensaba que todo eso merecía la pena.

En la oscuridad su pelo blanco y bien cortado y su chispeante conversación era algo bien distinto a lo que la muchacha estaba acostumbrada a ver cuando, dos o tres veces al mes, efectuaba ese tipo de escapada por los pueblos de los alrededores. Ella reía cada vez con más fuerza y cada vez por menos y dejaba ver unas enormes encías y una lengua roja y grande de campesina. Le desabrochó la blusa despacio y le metió dentro dos billetes grandes. Sus pechos eran pequeños y picudos y sus pezones grandes, sensibles y oscuros.

– Tienes educación -decía ella, y él con toda decisión y coraje colocado en las manos y los dedos, decía despacio:

– Te mereces otra cosa más que este pueblo. -Y ella, sorprendida y gimiente, notó cómo el viejo conocía algunos recónditos pliegues de su cuerpo que ningún otro hombre o muchacho había descubierto con tanta habilidad.

Caminaron por las calles abarrotadas, todavía contando anécdotas y chismes, sintiéndose un hombre feliz y completo como si viviera el pasado por última vez o recreara los sueños inconcretos de tantos años. Entraron en la pensión por la puerta de la antigua cochera despacio y sin hacer ruido.

Dentro del cuarto el viejo se dirigió a la ventana y la cerró, sabía que al amanecer estaría todavía en la cama y no quería ser observado por los vecinos de la casa de enfrente. Ella borracha y excitada encendió la luz de la mesilla y entonces el hombre de la otra cama dio un salto y se incorporó como un animal sorprendido. El viejo le distinguió en la mano la acerada forma de una pistola.

– Disculpe amigo -dijo, y apagó la luz de la mesita-, vuélvase a dormir.

Estuvieron tendidos en el pasillo, cerca de la puerta, y luego la llevó a la cama. Allí la siguió acariciando y susurrándole al oído, mientras ella emitía suaves ronquidos. Más tarde se quedaron quietos, pero el viejo, un poco sorprendido, observó cómo en la cama de su compañero de habitación había aparecido un diminuto punto de luz. Estaba vestido sobre el lecho y fumaba en silencio. Pensó que la visión de la pistola podía haber sido una alucinación.

La chica también lo miraba, no parecía asombrada. Se levantó y caminó al otro lado de la tenue oscuridad del cuarto donde estaba la cama del hombre silencioso. El viejo contempló sus nalgas redondas y duras.

– ¿Puede darme uno? -le dijo, tendiéndole la mano. El tipo no la miró siquiera, tomó de algún sitio un paquete de tabaco y el ofreció, luego prendió una cerilla que le iluminó el mechón de pelo negro que le caía sobre la frente.

– ¿Es usted de aquí? -inquirió la muchacha, exhalando el humo.

– No, estoy de paso.

– ¿Es andaluz?

– Sí.

– ¿Granadino?

– No, respondió -Su voz era cansada. El punto de luz describía una curva que se perdía al descender al. Pecho. Y ahora dijo- Déjeme en paz.

– ¿No le gusta hablar? -preguntó de nuevo la muchacha.

El hombre moreno siguió fumando. La chica caminó hasta el centro del cuarto y se detuvo, volviéndose a medias. El viejo la siguió con la mirada sin necesidad ahora de adivinarla; lentamente iba amaneciendo y el cuerpo desnudo expuesto en el centro del cuarto, iba tomando una tonalidad lechosa.

– Quiero una poca de agua -dijo a nadie en particular.

– Ahí hay una botella -susurró el viejo-. Vente, ven, vamos.

Le hizo señas.

La vio beber de la botella directamente, luego tiró lo que quedaba del cigarro en el lavabo y se acercó de nuevo a la otra cama con los brazos en jarras. Estuvo así unos segundos, después, con lentitud, regresó de espaldas a la cama del viejo y se tendió a su lado.

– Entra -le susurró-. Eres muy bonita, ¿sabes?

– No es cierto -afirmó-; y quiero dormir, por favor, quiero dormir un poco.

– Está bien, como quieras -musitó-. Yo nunca puedo dormir -le dijo al oído-. Tengo insomnio.

La mujer se tendió boca a bajo con la cara en la almohada y los brazos sobre la nuca en una extraña posición. Entonces el tipo moreno se levantó del catre, atravesó el cuarto con paso vivo y con mucho cuidado, como si la mujer estuviera durmiendo y temiera despertarla se marchó. La muchacha se revolvió en la cama.

– Ese hombre tenía una pistola -dijo el viejo.

– Me da lo mismo. Me voy -la chica alzó la cabeza con fuerza-. Ya está bien.

– Quédate -sonrió-, hay tiempo.

– Tengo que irme -dijo levantándose. Notó que no llevaba ropa interior y se preguntó cómo antes no se había dado cuenta de eso. El pantalón blanco, ahora manchado, se le clavó en la carne como una segunda piel. Todavía le dijo:

– Mañana no hay nada que hacer.

– No -murmuró ella.

Entonces el viejo saltó de la cama y abrió el armario. Se alegró de que aún no hubiese amanecido del todo porque una extraña vergüenza le embargaba ahora al mostrarse desnudo a la muchacha. Le tendió un sobre que contenía un par de las medias de nilón que intentaba vender por pueblos y ciudades desde hacía veinte años. Se le ocurrió pensar que podría ser la última muchacha que se llevaría a la cama.

– Gracias -dijo, tomando el sobre sin mirarlo-, muchas gracias.

La mujer se fue pasillo adelante, peinándose. Realmente el viejo no tenía nada que hacer ese día excepto esperar el tren que llegaría a medianoche. Decidió quedarse en la pensión hasta la hora de comer y luego salir hasta la tarde en que volvería al cuarto a encontrarse de nuevo con el tipo moreno que portaba una pistola y que tenía aquella extraña palidez que sólo poseen las personas que han estado mucho tiempo encerradas. Pensó: «Mañana voy a disculparme con este hombre y luego me iré a Madrid».

EL CONTRATO

En la pared de la chabola estaba clavado con chinchetas una página de periódico viejo. Era una página que aludía a un atraco a una gasolinera. Al lado, habían colocado fotos de mujeres en actitudes provocativas, arrancadas de una revista ilustrada.

La chabola constaba de una sola habitación de suelo terroso, una cocina mugrienta a gas, una mesa desvencijada, dos sillas, un armario sin puertas y una cama demasiado grande para aquel cuarto.

La cama parecía que nunca había tenido sábanas limpias. Sobre ella, una mujer desnuda, gorda, de pelo rubio y ojos saltones, observaba el techo mientras un sujeto en camiseta, flaco y de larga cabellera le hacía el amor con mucho ruido.

Alguien golpeó la puerta insistentemente. El de la cama volvió la cabeza mientras jadeaba.

– ¡No estoy, a la mierda! -aulló.

Siguió emitiendo gruñidos. La mujer colocó sus manos en los barrotes con expresión ausente.

La puerta siguió sonando.

– Ve a abrir -habló la mujer.

– ¡Espera! -barboteó el tipo-. ¡Un momento!

– ¡Chema, eh, Chema! -se escuchó desde fuera-. ¡Abre, coño, abre! ¡Que te esperan!

Terminó con algo parecido a un ladrido. Se mordió los labios y la saliva se le escurrió por los labios. Saltó de la cama, desnudo como una serpiente, y se plantó en medio de la habitación.

– ¡Qué quieres! -gritó.

Nadie le respondió.

Encima de la mesa había un paquete de rubio, lo cogió y prendió uno con una caja de cerillas de cocina.

La mujer habló desde la cama mientras se limpiaba con la sábana.

– Es el Vicente -dijo.

– ¿Y qué querrá ahora el Vicente?

– No sé, vete a ver. Échame un cigarro.

Le tiró el paquete y después la caja de cerillas. La mujer encendió uno y se estiró. Su cara blanca, cruzada de venillas azules se agitó. Bostezó.

– ¿Cuándo te vas? -preguntó el hombre.

– Ahora mismo -hizo una pausa-, si no me duermo.

– Cuando vuelva no te quiero ver aquí.

– ¿Vas a venir luego, Chema?

– No sé.

Volvió a bostezar El hombre gruñó algo, se colocó un pantalón de pana descolorido, un suéter negro muy estrecho y se calzó unas zapatillas de tenis.

– Pues a lo mejor me voy luego con la Puri -dijo la mujer.

– Siempre estás en el jodido bingo -dijo sin quitarse el cigarrillo de la boca-. Eres más tonta que Abundio. Ahí os dejáis toda la pasta.

La mujer se encogió de hombros.

– Me gusta -dijo.

– A lo mejor me acerco más tarde a verte. Espérame en el club.

La mujer no contestó y el tipo abrió la puerta y la cerró de un portazo.

El bar estaba enfrente y era una antigua casa de peones camineros a la que habían pintado la fachada de azul y colocado un cartel en la puerta en el que ponía Bar El Tropezón, Vinos y Cervezas.

La puerta estaba abierta y su interior era oscuro y fresco. El mostrador era demasiado alto y estaba pintado también de azul. Había dos hombres acodados en él que bebían vino en silencio. Uno llevaba una boina y el otro era gordo.

El hombre llamado Chema entró y golpeó el mostrador.

– ¡Vicente! -llamó.

De uno de los rincones surgió una voz:

– ¡Chema, eh Chema! ¡Estoy aquí!

Alguien agitaba un bastón, sentado junto a la pared del fondo. Había cinco o seis mesas y sólo una de ellas estaba ocupada. El hombre sentado en el rincón volvió a hablar:

– ¡Estoy aquí! -gritó.

Vicente salió del interior del bar.

– Chema, te están buscando -dijo. Era un sujeto alto y desgarbado, mal afeitado y con una nuez que le sobresalía del cuello como si se hubiese tragado un vaso-. ¿Se te ha atragantado el gatillazo, eh? -se rió.

El llamado Chema, lo miró y no contestó. Se acercó hasta el rincón y saludó al que le aguardaba.

– ¿Qué te trae por aquí, Miguel? -le golpeó el hombro-. ¿Qué pasa?

El hombre del bastón sonrió. Sus abultados labios mostraron unos dientes blancos, grandes y parejos.

– Siéntate, Chema. ¿Tomamos algo? Pídeme una cerveza.

El aludido asintió y se dirigió al hombre del mostrador.

– ¡Vicente, trae dos cañas!

Se sentó con la silla al revés y tamborileó la mesa con los dedos.

– Creía que no te iba a encontrar. Cuando venía para aquí, pensaba si estarías en tu casa.

– Si no estoy, dejas aquí el recado. Ya sabes, como siempre. ¿Ocurre algo?

– No, nada de particular -sus ojos brillaron y esbozó una sonrisa-. ¿A que no sabes quien va a venir con nosotros en el negocio?

El sujeto del mostrador atravesó el bar con dos vasos de cerveza en la mano y los colocó encima de la mesa.

– Se te ha atragantado el gatillazo, je, je, je -repitió-. Se oía el ruido de la cama desde la calle. Que bestia eres, Chema.

– ¡Vete a la mierda! -contestó. Cuando el otro se fue, bajó la voz-. ¿Qué es eso de quién va a venir con nosotros?

Bebió un sorbo de cerveza.

– Adivínalo.

Se encogió de hombros.

– No sé, coño.

– Uno de la Tercera.

– ¿De nuestro tiempo?

– Sí. ¿A que no sabes quién?

– No, quién es… ¿Rufino?

– No.

– Pues, no sé… ¿Gerardo?

– El Espadista -respondió-. Lo encontró el otro día el peón en la calle de la Ballesta. Estaba más borracho que una cuba.

Se quedó serio y chascó los dedos.

– ¡Hmm! -exclamó-. El Espadista…, no me lo figuro con nosotros -levantó la cara-. ¿Le dijiste cómo era el trabajo?

– Sólo lo que nos interesa que sepa. Y aceptó por treinta billetes. El Espadista está acabado, se pasa el día borracho y lleva sin trabajar desde antes del invierno.

– De todas formas yo no me fiaría del Espadista, Miguel. El Espadista no es tonto. Se dará cuenta que el botín es grande.

– El Espadista es un desgraciado, Chema. Conozco a los hombres. Está acabado, te lo digo yo. Es lo mejor que podíamos encontrar. Además, es un profesional. Eso de entrar a las joyerías se lo sabe de memoria. Matamos a dos pájaros de un tiro.

Soltó una risotada.

– En esa estamos, Chema -continuó-. ¿Y tú cómo andas? ¿Estás preparado?

– Yo siempre estoy preparado, Miguel. ¿Para cuándo es?

– Ya pronto, ya te avisaré.

– ¿Le has dicho al Espadista que estaba yo en el rollo?

– Sí, y deja de preocuparte. El Espadista no es superman, coño. No se dará cuenta.

– Tú no lo conoces como yo. Estuvimos juntos en una celda durante dos meses…

– ¿Y qué? -preguntó Miguel. Un rictus de desagrado, se dibujó en su boca. Antes de continuar hablando, levantó su vaso de cerveza y lo vació de un solo trago. Luego dijo-: ¿Qué me importa a mí el mierda del Espadista? Es un muerto de hambre y un borracho. Si tienes a otro, lo dices y si no te gusta, te largas. Encontrar a un tío para un asunto como el nuestro es fácil. Le doy una patada a un farol y caen cincuenta. Así que aclárate, Chema. No me jodas con el miedo al Espadista. Ya no es lo que era antes. Además, me da igual.

El otro saltó en el asiento.

– ¡Yo no le tengo miedo a nadie! ¡A ver si te enteras, Miguel!

– Cálmate.

– Te digo que no le tengo miedo al Espadista.

– Un atraco como el que vamos a hacer sólo ocurre una vez en la vida. Vamos a ser ricos, Chema. ¿Te gusta la idea?

– Me mola mucho -enseñó los dientes en una sonrisa-. Me voy a comprar un buga de aquí te espero. ¿Y tú, que vas a hacer con tanta manteca?

Se encogió de hombros.

– Ya lo pensaré -agitó su vaso vacío. Estoy seco. ¿Va otra? Esta de mi parte.

Se volvió en la silla y le gritó el pedido al hombre del bar.

– ¿Qué te ocurre? -habló de nuevo Miguel.

– Nada.

– No te preocupes, va a salir bien.

– Ya lo sé… -hizo una pausa-. ¿Dónde dices que encontró el peón al Espadista?

– En la Ballesta. Estaba con una fulana y más borracho que una cuba. Parece que lo llamó cuando estaba sereno y después no se acordó. El peón lo llevó a rastras a su taxi.

Soltó una corta risa y movió la cabeza.

– ¡Qué jodío el Espadista! -dijo -. Pero qué jodío.

El tipo alto del bar, llamado Vicente, trajo los dos vasos de cerveza y los colocó encima de la mesa. Se fue sin decir nada. Cuatro o cinco clientes más habían entrado al bar y se entretenían manipulando la máquina tragaperras.

Los dos bebieron de sus vasos.

– Qué buena está la cerveza -dijo Miguel.

– Sí -contestó el otro-. A mí es lo que más me gusta. Estaría bebiendo cerveza siempre.

– Se está bien en este bar. Es fresco y la cerveza es buena.

– No está mal.

– Te llamaré mañana o pasado. Quiero que estés atento. Puede ser muy pronto. ¿Has conseguido la pistola?

Asintió con la cabeza.

– Nueve largo, nueva.

– ¿Del Ejército?

– Puede. El número de guía está limado, me salió por veinte talegos.

– ¿Quién te la ha proporcionado?

– No creo que lo conozcas, es un portugués. -No quiero que se aten cabos por ahí. Todos esos portugueses son confidentes. ¿Has hecho antes negocios con él?

– Yo no, pero un colega, sí: y varias veces. Es un tío legal y más le conviene.

– No quiero que se pregunte para qué querrá una fusca el Chema y vaya con el cuento a la madera. La mayor parte de los portugueses son confites.

– No hay problemas con ese portugués.

– Esperemos que no -sonrió sin ganas. Se levantó-. Acuérdate, te llamaré mañana o pasado. El trabajo está al caer.

– No te preocupes -no se movió del sitio-. Tú llámame que yo estaré aquí. Y no pagues eso, estás en mi territorio.

– Como quieras -contestó.

Y abandonó el bar.

ME LO DIJO ADELA

Bueno, estaba yo en el bar de Ferrándiz con los amigos. O sea, Julito, Lolo, Tomasín, el Barquero, Santiago y el mismo Ferrándiz. Estábamos en la barra dale que te pego con las cañas. Y entonces va el Ferrándiz y dice:

– ¿Quién sabe cómo lo tienen las negras, eh? Vamos, ¿quién lo sabe?

– Pues negro -dice Lolo.

– No -dice el Tomasín-. Lo tienen muy extendido y rizado. Así lo tienen, si señor.

– ¡Extendido! -afirmó el Barquero-. ¡Bah!

Yo terminé mi cerveza.

– ¡Ferrándiz otra caña! -le dije.

– ¡No grites, coño!

Me la sirvió. Bebí otro poco.

– Pues uno me dijo una vez, uno de Villa García de Arosa, ¿no? me dijo que un día se encontró a una negra que lo tenía rubio -dijo el Barquero-? Fijaros, rubio.

– ¡Je, je, je! -reí yo-. Rubio.

– Sería portuguesa -movió la cabeza Julito-. Muchas portuguesas se lo tiñen de rubio.

– Eso sería -asintió el Barquero.

– Bueno -salta el Ferrándiz de nuevo- mira que sois pardillos. Las negras lo tienen rizado y aplastado, eso es. No sabéis nada.

– Eso ya te lo hemos dicho -dijo el Lolo.

– Ya te lo hemos dicho, Ferrándiz -le digo yo.

– No, no me habéis dicho nada…

– ¡Una caña, Ferrándiz! -pide el Tomasín.

– ¡Eh, Ferrándiz, dale una cala al Tomasín! -le pido yo.

– ¡Estate quieto, coño! -me dice el Ferrándiz-. Toma.

– Ferrándiz, compadre, se me ha caído un poco de cerveza por la camiseta, dame otra caña -le digo otra vez.

– Coño, si no te has bebido la que te he servido. Bebes con los ojos.

– ¡Estás loco, macho, beber con los ojos!-le suelto yo.

Me puso la caña. Yo soy el que pago y mando. Nos ha jodido.

– Ponte una camisa -me dice el Julito-. Vas a coger frío.

– Yo no cojofrío -le contesto.

El cuerpo nunca se me enfría. Los brazos, sí, pero no el cuerpo. De tener tanto tiempo los brazos en el mostrador se me enfrían un poco. Ahora el Barquero le dice al Lolo que le gustan las mujeres con mucho en la entrepierna. Ustedes ya me entienden.

– Arriba, abajo y por el medio -estaba diciendo el Barquero-. Mucho, todo negro. Eso sí que es bueno.

– Y detrás -volvió la cabeza el Lolo-. Detrás también tienen que tener.

– ¡Joder! -exclama Santiago, que nuca dice nada-. ¡Que bueno! Que tengan por detrás es lo mejor.

– Como un felpudo, ¿eh, Santiago? -dice Julito, con esa voz pequeñita que tiene.

Arriba, abajo, en medio y por detrás -digo yo y le cojo al Barquero por la manga de la chaqueta-. Eso es lo que me gusta a mí, Barquero.

– ¡Déjame en paz! -me gritó y se soltó.

– Bueno -dice otra vez el Ferrándiz-. ¿A que no sabéis dónde tienen el pelo más rizado? ¿A que no lo sabéis?

– Je, je, je! -ríe el Julito.

– Je, je, je -me río yo.

– Venga -insiste el Ferrándiz-, venga, decirlo. ¿A que no lo sabéis?

– En el…

– No -dice otra vez el Ferrándiz-. Ahí, no. No es donde pensáis. No, no -se ríe el Ferrándiz.

– ¡Hombre, Ferrándiz, dónde va a ser! -exclama el Tomasín.

– Que no, Tomasín, que no -dice el Ferrándiz-. A ver, pensar un poco.

– ¿Y dices que ahí no es?

– No.

– Joder.

– ¡Machos estáis pez…! ¿Eh, qué quieres tú? -me mira el Ferrándiz.

– Yo lo sé -le digo-. Y ponme otra caña.

– ¡Qué pesado eres, macho! -dice el Barquero. -Yo lo sé -digo y me bebo la caña que me ha puesto el Ferrándiz.

– Bueno, ¿os dais por vencidos?

– Espera -dice el Barquero-. Deja que piense. ¿Ahí no es, no?

– Ya te lo he dicho, no.

– En el sobaco, no -dice el Lolo.

– ¡Venga, Lolo, pareces memo! -dice Santiago que es el que menos habla.

– Ya -dice Lolo- ya, espera…

– Nada, chorizos -dice el Ferrándiz.

– Estoy pensando.

El Barquero pone el codo en el mostrador y la mano en la cara. El Julito se bebe su caña. Yo la mía.

– ¡No eructes, tú! -me dice el Barquero.

– ¡Eh! -le digo yo.

– Mirar -dice el Ferrándiz-, invito a la consumición de ahora al que me adivine dónde tienen las mujeres el pelo más rizado. Y no es ahí, donde estáis pensando. ¿Vale? Dónde tienen las mujeres el pelo más rizado y no es ahí.

Venga, a pensar.

– Ji, ji, ji -ríe Julito-. ¡Ay madre!

– Ferrándiz, yo lo sé -le digo a Ferrándiz.

– Vale macho.

– Que sí.

– Pues muy bien. No des el coñazo -dice el Barquero.

– Yo le sé, Barquero -digo. Y miro para otro lado, donde está el calendario con la chica en el campo y digo: – ¡Yo lo sé!

– Yo se lo digo a uno en el oído y doy pistas y el que antes lo sepa, está invitado.

– Vale, macho.

– Lo que tú no sepas, Ferrándiz -dice Julito.

– Lo que tú no sepas, Ferrándiz -le digo a Ferrándiz.

El Barquero se empina delante de Ferrándiz y le dice:

– Dímelo a mí. Somos los dos jueces.

– ¡Macho eso no vale! -dice Santiago.

– Sí, hombre, yo no entro ya en el envite. ¿Te das cuenta? -dice el Barquero.

– Bueno.

– Pegó la oreja a la boca de Ferrándiz y el Barquero se reía. Venga a reírse. Pero yo lo sabía.

– ¡Macho; qué bueno! ¡Pero qué bueno! -miraba a todos y se reía-. No lo vais a acertar nunca.

– Je, je, je -el Ferrándiz.

– Yo lo sé -digo yo. Me lo había dicho la chica esa, la Adela, y también más gente. Un día se lo pregunté y ella me lo enseñó. Lo vi bien claro. Ahora me estaba acordando. Me acababa de acordar ahora quién me lo había dicho.

– A mí me lo han dicho -le sacudí al Barquero la chaqueta-. Yo lo sé. En el…

– ¡Suelta, haces daño! -me dice.

– ¡Es que lo sé!

– ¡Qué vas á saber!

– Qué vas a saber tú -dice el Ferrándiz-. Si eres anormal.

– Pues lo sé.

– A ver dímelo -dice el Barquero.

– Se lo digo. Luego le dije:

– Me lo ha dicho Adela, la de la portería. Y me lo ha enseñado.

Miré a todos, sobre todo al Barquero.

– Mira, macho, no lo sabes -me dice otra vez.

– ¡Je! -digo yo.

– Es bobo -dice el Barquero y se vuelve al Ferrándiz-. Estropea todas las bromas.

– Lo sé. Lo sé. Lo sé -digo.

– Bueno, vámonos para casa -dice Lolo.

– Yo no pago -digo yo.

– ¿Que no? -dice Ferrándiz-. ¿Que no pagas?

– Lo he sabido -digo yo.

– Mira, macho -dice el Barquero-. Es en África donde las mujeres tienen el pelo más rizado. ¿Te has enterado?

No sé lo que me entró, señor inspector. Le cogí por la cabeza y se la estrellé contra el mostrador. Vaya que si salió sangre. Un río. Y todos se pusieron a mirarme y a mirarme. Para que se vayan enterando.

LA DEUDA

– ¿Quién es usted? -preguntó el gordo.

Al mismo tiempo veía sobresalir por la gabardina abierta del recién llegado el caño azulado de una pistola.

– Ni un movimiento -dijo el hombre.

Llevaba puesto un pasamontañas gris de lana gruesa y la voz le resultó vagamente conocida.

– Vengo por mi dinero -habló de nuevo.

– ¿Qué dice… pero quién es usted? -balbuceó el gordo.

– La pistola no es de juguete, así que no hagas un solo movimiento en falso o te liquido aquí mismo. Atiende a lo que voy a decirte, dile a la rubita de fuera que no quieres recibir a nadie, que no te molesten. ¿Entendiste?

El gordo asintió con la cabeza. Sudaba. Quizás había comido demasiado aquel día y el estómago le molestaba. Tomó el teléfono interior y procuró que la voz no delatase los nervios saltándole en todo el cuerpo.

– Rosi… no quiero que nadie moleste, nadie. No pases llamadas.

Colgó.

Bien, buen chico. Ahora dame mi dinero -el caño se movió a derecha e izquierda.

– ¿Pero qué dinero… yo a usted no le conozco…?

– ¿No? -y se quitó el pasamontañas.

Pareció helarse. La boca se abrió y todo su cuerpo enorme y grasiento entró en movimiento como un enorme flan.

– Tú… -balbuceó al fin.

– Me distes dinero falso, más falso que Judas. Un buen truco, sólo que me di cuenta a tiempo -su boca delgada rechinó-. Quiero el medio millón.

– Falso -articuló-, pero yo… yo no sabía eso, ¡lo juro! Soy un intermediario. Escucha, Pacheco, tienes que creerme, el dinero no era mío, ¿por qué habría de darte dinero falso?

– Porque eres una asquerosa rata, por eso y voy a llenarte el cuerpo de agujeros como no me des la pasta.

– ¡Dios mío, Pacheco! Yo no tengo medio millón. ¿De dónde voy a sacar tanto dinero?

– Entonces te liquido.

– ¡Aguarda! -su cara ahora había pasado del blanco al color terroso-. ¡Espera, Pacheco, no hagas nada…! Fueron ellos, ellos te cambiaron los billetes. La idea de darte el dinero falso es de ellos, yo soy un intermediario.

– Deja de decir que eres un intermediario.

Se enjugó el sudor. La pistola seguía apuntándole al pecho.

– Fue el viejo, él me dijo que te contratara y luego me dio el dinero, yo ni siquiera lo miré. ¡Te lo juro, Pacheco, tienes que creerme!

– Hijos de puta -silabeó-. Hice el trabajo y vosotros me la dais con queso. Si no me dais mi parte os liquidaré, a ti y al viejo, a los dos.

– El viejo, ha sido él balbuceó.

La puerta se abrió y una cabeza de mujer asomó. Fue a decir algo, pero lo único que hizo fue abrir la boca. La pistola del tipo la encañonó.

– Pasa y cierra la puerta.

– ¿Señor Dossat…?

El gordo tartamudeó. El tipo gritó, dijo:

– ¡Pasa estúpida!

La mujer entró en el despacho retorciéndose las manos. Era la rubita de la entrada. La que le había mirado despectivamente cuando preguntó por el grasiento de su jefe. El de la pistola se acercó y trabó la puerta y la chica emitió un suspiro entrecortado.

– Ahora vamos a ver al viejo ése.

– No está -se contuvo el gordo-, no está en la casa.

– Entonces hazme un vale para que cobre en caja, cualquier cosa -apuntó cuidadosamente a la cabeza del hombre sentado detrás del escritorio de madera cara-. Rápido, piensa algo.

– Sí, sí. ¿Rosi, está Ramírez?

– ¿Ramírez?… sí -susurró.

Tomó el teléfono. Parecía haberse calmado un tanto. Miró al de la pistola, al llamado Pacheco.

– Voy a llamar al cajero -dijo, y cuando habló se fijó, como si fuera la primera vez que lo viese, en el botón disimulado en el borde de la mesa.

Marcó un número.

– ¿Ramírez? Aquí Dossat. ¿Tenemos fondos para un pago urgente? Ya lo sé, yo asumo toda la responsabilidad. Sí, sí… medio millón… ¿no? ¿Cuánto? Está bien, le llamaré ahora.

Colgó.

– Hay en caja trescientas cincuenta mil.

– Sirve -dijo el llamado Pacheco-. Arréglalo para que cobre.

– ¡Ladrón! -chilló la chica-. ¡Asqueroso!

– Silencio, zorra -habló calmo.

– Quédese tranquila, Rosi -dijo el gordo. Ahora volvía a ser el jefe-. Todo se arregla con dinero.

– Voy a… ¡Oh, Dios mío! Creo que…

– Siéntese ahí -señaló el de la pistola-. Y cállese.

Entonces tocó el botón. Aunque no escuchase el timbrazo, lo sintió en la sala de vigilancia, en la entrada. Ahora aquellos estúpidos que le costaban un dineral a la empresa y que sólo servían para fanfarronear con sus enormes pistolas colgadas del cinto tendrían que demostrar lo que valían, justificar los sueldos.

Levantó de nuevo el auricular.

– Bien, Pacheco, voy a ordenar que le entreguen el dinero. Tendrá que marcharse enseguida.

– Deja de hablar y hazlo.

– ¿Ramírez? Dossat de nuevo, prepare trescientas cincuenta mil, sí, es una emergencia, ya se lo he dicho, irá Rosi a por el dinero. No, no, nada de cheques. ¿Está claro?

Colgó de nuevo. Miró al de la pistola. Aquellos estúpidos tardaban mucho.

– Ya está.

– Buen chico. Tú -se dirigió a la rubita que respiraba entrecortadamente con la mano en la boca-, ve por el dinero. Pero ten cuidado, si dices algo y tardas más de diez minutos liquido al gordito. ¿Te has enterado?

– Sí -balbuceó y miró angustiada a su jefe. -Anda ve, y no digas nada, por favor. Tranquilízate, Rosi.

– Sí, señor.

– Eso se llama colaborar, gordo.

– Luego se marchará.

– Vendrá ese Ramírez con el dinero -sonrió tenuemente-. Nadie se moverá de aquí, he cambiado de idea.

– Como quiera, pero tendré que llamar de nuevo.

– Pues hazlo.

En ese momento sonaron los golpes en la puerta. Golpes nerviosos. Una voz ronca, dijo:

– ¿Ocurre algo, señor Dossat? Hemos oído el timbre.

El cuerpo del de la pistola se tensó como el de un gato. Apoyó el caño de la Astra nueve largo en la sien del gordo que dejó correr por su entrepierna el líquido caliente que pugnaba por salir de su vejiga.

– ¡No… no pasa nada! -gritó.

– ¿Está bien, señor Dossat? -insistió la voz-. Abra entonces.

La chica chilló y con el rostro crispado atacó al de la pistola. El gordo intentó apartar el caño de su cabeza. Una bala de nueve milímetros le atravesó la sien y trozos de cerebro se desparramaron en la pared, detrás de su sillón. La chica le alcanzó la cara y le arañó con fuerza. El de la pistola apretó el gatillo de nuevo y un boquete, como un embudo sangriento, se abrió en su almidonada camisa.

Los tiros atravesaron la puerta. El ruido al otro lado era ahora más fuerte.

– ¡Abra, la policía! -escuchó.

El de la pistola se sentó en la mesa, cogió un puro Montecristo del uno y lo encendió, apuntando a la puerta. Sabía que entrarían y que él podría matar a dos como máximo. Después se lo cargarían a él.

EL TÚNEL

Mientras corrían, el americano disparó dos veces por encima del hombro, sin apuntar. Lo hizo para ganar tiempo a la policía, que se agolpaba al otro lado del túnel por donde ellos hubieran tenido que salir. En la calle, frente a la joyería, seguramente ya estarían cazando al resto de los compañeros. Pudo escuchar el tlanc-tlanc del eco de sus propios disparos, con los ruidos sordos de la policía al otro lado, su respiración entrecortada y los pasos del Loco Tadeo y El Bujías, delante.

Corrían por el pasadizo subterráneo y todavía faltaba mucho para llegar a la trampilla, cuando escucharon las voces roncas increíblemente cercanas y la tenue luz.

– ¡Ya están ahí! -exclamó El Bujías.

– ¡Sigue, no te pares! -Habló el americano.

De nuevo hizo sonar otras dos veces su pistola sin dejar de correr. Por los ecos del túnel supo también que no eran muchos persiguiéndoles. El Bujías corría con los faldones de la camisa fuera, gruñendo como un cerdo. El americano les adelantó moviendo los codos como las aspas de un molino. Ahora fue el inconfundible sonido de un subfusil de la policía. Sintió la cadencia del arma entre el ruido de tantos zapatos en el piso mojado y oscuro del pasadizo y encogió la espalda.

– ¡Ametralladoras, tienen ametralladoras! -articuló, detrás suyo, el Loco Tadeo.

– ¡En zig-zag, corre en zig-zag! -bramó el americano.

Allí, a unos metros, estaba la trampilla que desembocaba en el cuarto de calderas de aquel hotel, por donde habían entrado al pasadizo y por donde pensaban asaltar la joyería. Los otros entrarían por la calle.

«No dará tiempo a abrir la trampilla y a que pasemos todos. Quizá pueda pasar uno, pero no más. A los demás nos freirán, vienen a matarnos -pensó el americano-. Si no fuera por las ametralladoras, todavía…»

Detrás suyo escuchó un ronco gemido. Se volvió. El Loco daba una voltereta de circo y salía despedido hacia adelante. Se detuvo y, agachado, retrocedió unos pasos.

– Loco, Loco -llamó.

Le tocó.

– Vamos, Loco -le dijo y, después, cuando le distinguió la cara entre la humedad del suelo y la sangre, con un enorme agujero negro donde antes había tenido la nariz, retrocedió.

Entonces rebotaron las balas en la pared y en el techo.

– ¡Bujías! -gritó-. ¡Le han dado al Loco!

No le respondió, pero creyó escuchar un ruido metálico al final del túnel. «La trampilla», pensó. «Ese maldito ha alcanzado la trampilla.»

Se volvió y, sin dejar de correr, disparó otra vez con su automática. El aire ya no le entraba en los pulmones y el costado era un hueco por donde le cortaba un cuchillo al rojo. El dolor era insoportable.

«Les llevamos ventaja», pensó de pronto. «Y, si fueran listos, se hubiesen parado a barrer el túnel con las ametralladoras, pero corriendo no podrán hacer blanco si no es por casualidad.»

Cuando llegó a la trampilla El Bujías intentaba levantarla. Tenía la boca abierta y jadeaba.

– Está… está cerrada, americano -articuló.

– No puede ser -contestó, tirando inútilmente de la argolla-. ¡Dios santo, no puede ser!

– Está atrancada.

– Escucha, vamos a abrirla, no nos pongamos nerviosos. Les llevamos ventaja. Voy a pararlos un poco, pero por Dios, date prisa.

Se tendió en el suelo, sacó tres cargadores y los colocó al lado. La agitación del pecho hizo que se balanceara como si fuera en barca. Con las dos manos apretando la culata de su automática, apuntó a la oscuridad y disparó. Fue disparando despacio, con cuidado, intentando barrer toda la extensión del túnel.

«Mientras no traigan reflectores», pensó.

– No puedo, americano -susurró El Bujías-. Está atrancada, no sé lo que pasa, Esta jodida trampilla está atrancada.

– La hemos abierto antes y la podremos abrir ahora. Conserva la calma.

– Vete a la mierda -silabeó-. Tú y tu calma. Nos van a freír aquí.

Lo escuchó gruñir. El Bujías era un estúpido fanfarrón. Siempre lo había sido. Hubiera preferido estar ahora con el Loco y con él. El Bujías no tenía amigos y si le aceptaban era por ser un buen conductor y entender de motores. Pero el Loco era diferente. Le gustaba bromear. Y ahora estaba allí, en mitad del túnel, desangrado y muerto.

Dejó de disparar. Sacó el cargador vacío y lo cambió por otro. No se escuchaba nada, sólo los jadeos del Bujías intentando abrir la trampilla.

«Se han detenido. No deben querer arriesgarse», pensó.

«Han debido ver el cuerpo del Loco y han pensado que podía ser una trampa. Pero no tardarán en darse cuenta. Al fin y al cabo no son tan tontos.»

Una ráfaga de fusil ametrallador, mezclado con disparos de pistola, hizo que pegara la boca al suelo. Olía a grasa y a sucio y el agua le mojó la cara.

De pronto el silencio se hizo absoluto. Los disparos cesaron y la tenue luz que se filtraba desde alguna parte, cesó.

Chistó a El Bujías.

– ¿Eh,Bujías? -susurró-. No hagas ruido, nos pueden localizar.

– ¿Cómo quieres que abra esto sin ruido?

– Calla. Saben que no nos hemos ido aún. Nos están intentando localizar.

«O están aguardando a los reflectores», pensó.

No los podía ver ni oír, pero sabía que estaban en algún lugar del túnel, quizá tendidos en el suelo como él. Noserían muchos. Dos, tres o, a los más, cuatro. Todos tiradores de élite. Lo mejor del cuerpo. El resto aguardaría fuera. Meterse en un túnel oscuro, sin saber lo que habrían de encontrarse, era tener agallas. ¿Cómo pudo pasarles eso a ellos?, estaba verdaderamente bien pensado ese atraco. El descubrimiento del túnel, uno de tantos que atraviesan el subsuelo de Madrid, había sido de Matías. Y justo, el túnel pasaba bajo el hotel y la joyería.

El plan fue de Matías y Sempere y luego, ellos dos se lo fueron contando a todos los demás. Al Loco Tadeo, al Bujías y a él. Nada menos que un almacén de joyería con un sótano lleno de cajas fuertes, donde el oro sería lo menos valioso. Y Matías y Sempere recorrieron el túnel dos veces haciéndose pasar por clientes del hotel. Las alarmas estaban al otro lado, en el vestíbulo de la joyería y en las entradas al sótano, pero no en la pared que comunicaba con el hotel.

Y, ahora, el Loco estaba muerto y los demás en manos de la bofia, malheridos o también muertos.

Se arrastró hasta la trampilla. El Bujías, con una navaja, recorría los bordes de la placa de hierro. Le acercó la boca al oído y sintió su aliento pegajoso.

– ¿Qué pasa? -susurró-. ¿Va cediendo?

– No puede estar cerrada. Hace muy poco que hemos pasado por aquí. Debimos dejarla abierta.

– Desde dentro no fue difícil abrirla. No puede pesar tanto.

– ¿Entonces?

«Alguien la ha cerrado», pensó, pero no lo dijo.

– ¿Te acuerdas del cuarto de calderas? Algo se ha debido correr, un tubo o un cajón y ha enganchado el soporte.

– ¡Y qué, el caso es que no podemos salir! -El Bujías se pasó la mano por la cara-. ¿Qué estarán haciendo?

– No lo sé.

– Y pensar que estamos a un paso de la calle. ¡Dios!

– Cálmate.

– Cálmate tú.

– No ganamos nada poniéndonos nerviosos.

– ¿Se te ocurre algo?

– No.

– Entonces cierra el pico.

Dejó de hurgar con la navaja. Su saliva le salpicó en la cara.

– He perdido la pistola -dijo El Bujías en voz baja. -Me quedan dos cargadores.

Una gota de agua cayó en alguna parte y les pareció un ruido estruendoso.

– Mejor es entregarnos, americano.

– Vienen a por nosotros, Bujías. ¿No te das cuenta? Han tirado a matar desde el principio. No serviría de nada entregarnos. Deben creer que somos terroristas o algo así.

– ¡No digas tonterías!

– En cuanto te levantes, encenderán los reflectores y dispararán.

– Bien, dime tú entonces lo que podemos hacer. Tú siempre te lo sabes todo. Eres un listo. Anda, suéltalo. No pudo ver sus ojos, pero se los figuró tal como eran. Pequeños y arrogantes y ribeteados de negro como los de las mujeres.

– Vamos a abrir la trampilla y marcharnos. Nadie conoce la salida de este túnel. Recuerda que nos espera un coche.

– ¿Y la Policía, maldita sea, cómo te explicas a la bofia esperándonos en el almacén?

El americano se movió en el suelo y apretó la pistola. La oscuridad se cernía alrededor. Ningún compañero pudo haber ido con el cante a la Policía. Era imposible.

– Debió ser un sistema de alarmas que no conocíamos. Se activaría al empezar a golpear el muro. Sí, sería eso -dijo para sí mismo, con la cara pegada al suelo.

– ¡Ese Matías, hijo de puta! -ladró-. ¡Un golpe perfecto! ¡Lo mataría con mis manos! ¡Ha dado el chivatazo, ha sido él! -se revolvió en el suelo-. ¡Ese hijo de puta se ha chivado a la bofia!

El americano negó con la cabeza, pero estaba oscuro y El Bujías no lo vio. ¿Qué sacaría el Matías organizando un golpe y luego yendo con el cante?

– Me voy a entregar -dijo El Bujías con voz ronca-. Yo me entrego. No quiero que me maten.

– No hagas eso, Bujías, aguarda un poco. Espera.

Se incorporó jadeando. Lo cogió de los faldones de la camisa.

– ¡Quédate quieto! -susurró con fuerza.

No vio el cuchillo. Sintió cómo se le clavaba en el costado. Fue un latigazo de dolor caliente, una corriente eléctrica que le inmovilizó.

El Bujías se deshizo de su mano que le apretaba y se incorporó. Comenzó a gritar antes de ponerse de pie y siguió gritando mientras corría túnel adelante.

– ¡No disparéis, me rindo, no disparéis! -gritó.

El americano alzó la pistola con dificultad. No lo veía, pero sabía dónde estaba por los gritos y los pasos. Una cortina roja le enturbió los ojos y no disparó. Los golpes de los tacones de El Bujías eran audibles.

La ametralladora comenzó antes que el reflector. Lo vio girar en medio de un cono de luz, como si bailara, caer al suelo y luego levantarse. La luz se mantuvo fija en él y pudo ver cómo movía una pierna antes de quedarse completamente inmóvil.

«Tenían los reflectores», fue lo último que pensó.

NO HAGAS CASO A LAS MUJERES

Adolfo, Bolas Grandes, es muy bueno en casi todo, lo reconozco, excepto en una cosa: no sabe distinguir a las mujeres. La historia es así: El otro día, estaba yo en el Bar de Galo esperándole, moviendo el pie arriba y abajo y con una caña doble en las manos y mirando a la camarera que era rubia y con demasiada carne en los lugares que a mí me gustan. Se movía entre las mesas rozando a todo el mundo y la gente le metía el codo.

Me tomé el doble, pedí otro y seguí haciendo lo mismo. El Bolas me había mandado decir que le aguardara, que tenía un buen trabajo y yo que sabía que el Bolas tenía mucha cabeza y mucha maña, lo esperaba y me estaba cansando.

En esto que se me acerca la rubia y me dice:

– ¿Qué, Onassis, esperando a alguien?

– ¿A ti qué te importa? -le contesté yo.

Sacaba los labios al hablar, como las artistas. Era mucha mujer esta chica, se le notaba enseguida.

– ¿Conoces al Bolas? -le pregunté yo.

– Algunas veces viene. ¿Le estás esperando?

– Sí.

– Pues otro día te traes la cama, el Bolas es muy informal. Esta misma tarde le han visto con una tía con pinta rara. Estará con ella.

– Anda, chata, ahueca, que me quitas visión -le dije yo completamente mosqueado, porque yo no sabía entonces lo tonto que era el Bolas en asunto de mujeres. Nunca hay que fiarse de ellas, algo que, como se verá más adelante, es una máxima que no hay que abandonar jamás.

Llevaba ya otro doble más y en eso que entra el Bolas acompañado de una mujer gorda, con los ojos saltones y traje a medida. Se sentaron y la gorda sudaba aunque no hiciese calor. El Bolas dijo:

– Este es el que le hablé -me señaló con el dedo-. Tan bueno como yo. Un socio de primera.

– Bueno -susurró la tipa-. De acuerdo… pero tiene que ser esta noche.

– ¡Un momento! -corté-… ¿De qué se trata?

– Un trabajito de nada -sonrió el Bolas-. Nos va a dar veinticinco de los grandes.

– Me tengo que marchar… háganlo bien y no se pasen, ¿eh?

– Tranquila -dijo el Bolas.

La tía se fue y cuando llegó la noche rodábamos con un coche robado por un barrio rico, de chalets con jardín, columpios para los niños y piscinas.

– Hay que ir a su casa -me iba diciendo- y sacudirle un poco al marido. No mucho, sólo un poco, y hay que hacerlo entre las ocho y las nueve, porque a las nueve y cinco exactamente la tía aparecerá en la casa.

Peores cosas y más raras había oído yo, de modo que no dije nada y seguí conduciendo.

– Debe de haberle hecho alguna putada -sentenció el Bolas-. Si no, no se comprende.

– Sí -contesté yo-. ¿Sabes la dirección?

– De memoria -contestó el Bolas.

Eran las siete y media y el coche enfilaba una calle oscura bordeada por frondosos árboles. Había mucha tranquilidad.

– Es por aquí, para un poco más lejos -me indicó el Bolas.

Frené y salimos del coche. Se oían los grillos y los ladridos de un perro.

– O sea, Bolas, tenemos que entrar en la casa, sacudirle al menda sin pasarnos y largarnos, ¿no?

– Eso -contestó.

– Y eso por veinticinco billetes -dije yo.

– Ni más ni menos.

– Coño, es demasiado fácil.

Después de andar un poco, el Bolas se detuvo.

Es aquella casa, el número cuarenta.

Era una casa rica, grande, rodeada por una tapia por la que sobresalían cipreses. En el piso de arriba había dos ventanas iluminadas.

– ¡Ojo! -susurró el Bolas-. Nada de robar, he dado mi palabra -me miró-. Te he elegido a ti porque sé que eres legal. No lo vayas a estropear.

– Si digo algo, lo cumplo -dije yo.

– Pues andando, por la parte de atrás.

Nos apoyamos en el muro y fumamos unos cigarrillos esperando que fueran las ocho.

Saltar fue una cosa de niños. Avanzamos por el jardín hasta la puerta de atrás. La empujamos; estaba abierta. Sin encender la luz entramos en la cocina y de allí a un comedor.

– Por aquí -susurraba el Bolas que se sabía la casa.

Llegamos al salón iluminado por las luces de la calle. Me puse a mirar lo que había en aquel salón y me arrepentí de haberle dicho al Bolas lo que dije. Con lo que había allí se podía poner una casa de empeños y sobraba para amueblar otro par de salones.

– Ahora, arriba -me señaló el Bolas.

– ¿Has visto? -pregunté yo.

– Nada, arriba.

La escalera tenía moqueta. En el descansillo había muchas puertas y escuché una música suave, de película, que parecía que salía de las nubes.

– ¿Por dónde tiramos? -pregunté yo.

– Habitación por habitación -me contestó.

Nos liamos a abrir puertas hasta que dimos con una por donde salía luz. La abrimos y entramos en el cuarto de baño. Estaba lleno de humo y había hasta plantas y azulejos negros en las paredes. La música que habíamos oído salía de un tocadiscos.

Miré al Bolas.

– Está en el baño.

– Pues a por él -me contestó.

Abrimos la cortina y lo que nos encontramos fue con una tía que quitaba el hipo: alta, morena y de ojos azules y tan desnuda como yo cuando vine al mundo. Dio un grito y chapoteó en el agua.

– ¿Qué es esto? ¿No teníamos que encontrar a un tío? -le dije al Bolas.

– No lo entiendo -murmuró.

– ¿Qué quieren ustedes? -la mujer hablaba con voz estrangulada. Nosotros cerramos la cortina y yo encendí un cigarro.

– ¿Y ahora? -le dije.

– No sé… no comprendo.

La mujer habló sin salir.

– Por favor, les daré dinero… no me hagan nada… ¡Hay Dios mío! -se quejó.

– Tranquila -le dijo el Bolas-, quédese tranquila. ¿Dónde está?

– ¿Dónde está quién? -preguntó la mujer con voz inexplicablemente más tranquila.

– El tío, el tío que tenía que estar aquí.

– ¿Mi marido? ¿Están buscando a mi marido?

– Sí, a su marido -dije yo.

– Soy viuda -contestó la mujer-. ¿Por Dios qué quieren? Les daré dinero, pero por favor, márchense.

Yo aparté la cortina para mirarla. Estaba en el rincón, con las piernas encogidas. Era una mujer, no había duda. ¡Qué mujer, madre mía!

– Aquí tenía que haber un tío -siguió el Bolas.

– ¿Cómo te llamas? -le pregunté.

– … Elisa -titubeó.

– Bonito nombre -le sonreí.

– ¿Me harán daño? -la voz era de plata, de plata labrada. Una voz limpia. Algo me entró por dentro. Una sensación como de Iglesia.

– Yo me voy -le dije al Bolas-. Ya tengo el parné y me las piro.

– ¡Pero hombre!

– Nada, que me voy.

Y me fui. Y el Bolas detrás. Y de ahí le perdí el respeto al Bolas por no saber distinguir a las mujeres.

UN VIEJO HÁBITO

Un coche negro, grande y silencioso aparcó en el jardín trasero de una casa de las afueras. No era un verdadero jardín, sino un patio lleno de escombros y matorrales. El motor cesó y las luces de sus faros se apagaron.

En una habitación de la casa dos hombres jugaban a las cartas sobre una mesa. La habitación estaba mal iluminada y, además de la mesa y las sillas donde estaban sentados, había otras dos sillas apoyadas en la pared y un armario oscuro y viejo.

A uno de los hombres le faltaba la pierna izquierda desde la rodilla y usaba una prótesis que rechinaba y crujía cuando la movía. El otro era flaco y macilento, peinado con el pelo hacia adelante. Jugaban ensimismados, pero cuando escucharon el ruido del coche, sus músculos se tensaron.

– Alguien viene, Portugués -dijo el Cojo, dejando las cartas sobre la mesa-. ¿No había dicho el jefe que nos llamaría por teléfono?

El otro levantó la cabeza y sus ojos se movieron inquietos a izquierda y derecha.

– Sí, eso dijo. Nos llamaría para decirnos dónde teníamos que ir a por la pasta.

El Cojo sacó de las profundidades de su chaqueta una automática del 22 reluciente y satinada por el uso, y se puso de pie con un seco chasquido. El otro le siguió empuñando una Astra del nueve largo. Avanzaron hasta la puerta y se colocaron uno a cada lado con las armas dispuestas.

Una llave giró en la cerradura, la puerta se abrió y un sujeto alto, bien vestido y con la tez dorada por la insolación artificial se detuvo en el umbral. Al ver a los dos hombres apuntándole con sus armas, dio un respingo.

– ¡Eh! -exclamó-. ¿Qué es esto? ¿Estáis locos?

El Cojo bajó la pistola, emitió un largo suspiro y el recién llegado cerró la puerta y se sentó en una de las sillas Los dos hombres guardaron sus armas y observaron cómo el recién llegado extraía un paquete de cigarrillos del bolsillo de su chaqueta y encendía uno con un encendedor reluciente.

– ¿Ocurre algo, señor Robles? -preguntó el del pelo echado hacia adelante-. Usted nos dijo que nos llamaría.

– Nada, Portugués, pero sentaros. Tengo que deciros algo.

– Usted dijo que nos llamaría -insistió.

– No he podido llamar. Sentaros -golpeó suavemente la mesa.

Los dos hombres se sentaron. El Cojo tuvo que traer otra silla y arrimarla. El del pelo comenzó a recoger las cartas despacio.

– ¿Ha traído la pasta, señor Robles? -dijo de nuevo con voz suave.

– No, ha habido problemas. De eso os quería hablar.

– ¿Qué clase de problemas?

– Déjale hablar, Portugués, no le interrumpas – manifestó el Cojo.

El aludido se pasó una mano larga y sarmentosa por la cara y sus ojos se clavaron, hipnóticos en el otro hombre.

– Os dije que nada de muertes, ¿os acordáis? El trabajo era dar un aviso a esos dos bocazas. Sacudirles un poco, sin pasarse y nada más. Os contraté para eso. Corregirme si me equivoco.

– Pero, bueno, ¿qué ha pasado, señor Robles?

– Paco ha muerto.

– ¿Quién?

– El joven, el del bigote, Paco Estébanez. Y os lo habéis cargado vosotros. Javier Durán está en el hospital muy grave, pero se salvará. Acabo de estar con él, junto al Decano y la mesa del colegio -elevó el humo al techo-. Dios santo, no se puede matar abogados a palos.

La pierna metálica del Cojo crujió y el Portugués dijo:

– No fuimos a matarlos. Fuimos a darles un escarmiento tal como usted nos dijo. Ha sido un accidente, ¿no, Cojo?

– Sí, ha sido un accidente.

– Paco Estébanez tenía doble fractura de cráneo, hundimiento del esternón, cinco costillas rotas… -se estremeció involuntariamente- y… en fin, estaba hecho un Cristo. ¿Eso es lo que llamáis vosotros un escarmiento?

– Se pusieron chulos, señor Robles. Tendría usted que haberlos visto. Ese Paco, el más joven, nos mentó las madres. Pero no queríamos matarlo. Si hubiésemos querido matarles lo hubiéramos hecho de otra manera, ¿no, Cojo?

– Nosotros cumplimos, señor Robles -contestó el Cojo-. Se nos fue la mano, es verdad, pero hemos cumplido.

– Eran unos niñatos de mierda, ni se defendieron. Lo único que hicieron fue mentarnos las madres, insultar, darle al pico. Todos ustedes le dan demasiado al pico y eso no es bueno.

– No le dimos fuerte, señor Robles -el Cojo le interrumpió-. Le dimos como siempre, aquí el Portugués lleva razón. Eran muy flojos, no tenían aguante.

El hombre apagó el cigarrillo en el suelo, pisándolo con uno de sus zapatos marrones, picudos y muy bien lustrados. Se retrepó en la silla.

– Ahora ya no sirve de nada lamentarse. Habéis metido la pata y mucho. No es lo mismo sacudir a dos letrados en ejercicio que asesinarlos a palos. El Colegio entero está soliviantado y se prepara una campaña en la prensa de aúpa. Esto a vosotros no os importa, naturalmente, pero los efectos han sido contrarios a los buscados. El juicio se aplazará y si no se aplaza, Paco y Javier lo tienen ganado. Ahora son unos mártires.

Hizo intención de levantarse y el Portugués le colocó su mano larga y huesuda en el brazo.

– ¿Y el dinero, señor Robles?

– Yo soy un intermediario, Portugués. Sólo un intermediario, el dinero no es mío.

– Usted nos contrató y usted nos pagará, Dijo que cien billetes a cada uno. ¿Dónde están esos billetes? Eso es lo que quiero saber. A mí no me gusta la palabrería.

– Espera un momento, Portugués -manifestó el Cojo-. Espera un momento. ¿Qué ha querido decir, señor Robles? ¿Qué no nos va a pagar?

– No he dicho eso -intentó sonreír-. Si fuera por mí, ahora tendríais cada uno lo vuestro. Pero resulta que los de arriba se han enfadado conmigo y me han negado el dinero. ¿Lo comprendéis? Decirme qué puedo hacer yo. Si tuviera ese dinero os lo daba enseguida, pero no lo tengo -movió el brazo, pero la mano del Portugués seguía aprisionándoselo-. Lo siento mucho, de verdad, pero la culpa es vuestra. Mira que os lo dije muy claro. Sólo una paliza, sólo una paliza, pero vosotros… -se deshizo de la garra del Portugués que le apretaba demasiado el brazo y metió la mano derecha en la sobaquera-. Pero tengo una solución, esperar un momento…

El Portugués, en un movimiento veloz y nervioso, extrajo de su chaqueta la Astra y la colocó frente a los ojos del otro, cuando la mano apenas si había rozado las solapas del abrigo.

– No haga eso, señor Robles.

El Cojo había sacado su automática del 22 y la apuntaba también. El hombre, lívido, intentó sonreír.

– No llevo armas -dijo en un susurro-. Iba a sacar la cartera.

La sacó despacio y la colocó sobre la mesa. Era una cartera abultada y brillante, de piel. Sus iniciales estaban grabadas en oro. La abrió y sacó un fajo de billetes y los contó con parsimonia, mientras su boca imitaba lo que podría ser una sonrisa.

– Treinta mil. Es todo lo que tengo -hizo dos montones-. Quince y quince. En casa tengo más. Si queréis, iré a buscarlo y os lo traeré. Hablo en serio.

El Portugués se puso en pie. Su cara estaba congestionada. Le apuntó directamente a la cabeza. La pistola no temblaba.

– Por quince billetes yo no muevo un dedo. ¿Dónde está el resto? Usted se quiere quedar con la parte del dinero que me corresponde.

– Un momento, Portugués. Te estoy diciendo la verdad -su cuerpo comenzó a agitarse. Su boca se abría y cerraba como la de un pez fuera del agua-. Cojo, dile al Portugués que yo soy legal, que digo la verdad.

– Portugués -habló el Cojo-. Espera, así no arreglamos nada. Espera un momento.

– ¡Mi dinero! ¡Quiero mi dinero!

Su mano se tensó sobre la Astra y entonces se escucharon dos disparos casi seguidos. En el ojo izquierdo del Portugués apareció un agujero rojo y en medio de la frente, otro. Se mantuvo de pie, sin moverse, como si las pequeñas balas del Cojo no le hubieran hecho nada. Su brazo extendido se contrajo y dio un paso hacia atrás y luego intentó hablar, la boca subió arriba y abajo y los dientes se volvieron rojos.

– Cojo… -murmuró-. Cojo…

Luego torció la cabeza de golpe hacia la izquierda, hipó y más sangre le apareció en la boca que se confundió con la que le manaba del agujero del ojo. Alzó la mano con la pistola y dio otro paso atrás.

El tercer disparo le dio en el corazón, a la altura del bolsillo de su mugrienta chaqueta de tejido oscuro y barato. Gruñó y se contrajo violentamente, sin poder sostener el brazo con el arma. Cayó de golpe, sobre sí mismo, como se derrumban los edificios. En el suelo agitó brevemente las piernas y el hombre elegante del abrigo se levantó de la silla con los ojos desencajados.

– ¡Dios santo, que horror! -exclamó y se tocó con una mano trémula la garganta y la cabeza-. ¿Está muerto, no? ¿Está muerto?

– Como mi abuela -contestó el Cojo que había caminado hasta el centro del cuarto y empujaba el cuerpo de su amigo con la pierna artificial-. Imbécil de Portugués. Tenías que estropearlo todo. Idiota de mierda.

Tenía el rostro grisáceo y plomizo y su pierna volvió a crujir cuando se sentó pesadamente y apoyó los codos en la mesa. Aún no había soltado la pistola.

– Te pagaré todo, Cojo. Todo, te lo prometo. Te daré también su parte.

– Cállese.

– Se ha debido volver loco. Dios mío, me horroriza ver tanta sangre -volvió a sentarse y con la mano temblorosa encendió otro cigarrillo-. Por favor, vámonos ya. No aguanto más.

– El Portugués era mi amigo. Llevábamos mucho tiempo juntos.

– Sí, claro, lo comprendo, pero…

– ¿Qué?

– Oh, nada, nada. Cuenta con el dinero. Te lo daré de mi propio bolsillo, pierde cuidado.

El Cojo miró su automática y la dejó sobre la mesa.

– Esto es lo que nos pierde. Nos hemos hecho viejos y estamos demasiado acostumbrados a matar. Se ha convertido en un hábito. ¿Lo ve? Un viejo hábito que es difícil quitarse.

– No sé… no sé lo que quieres decir.

– Es muy fácil, señor Robles. El Portugués no quería matarle, no era tan tonto. Si le mataba a usted no cobraríamos nunca -levantó la pistola y la observó de nuevo como si fuera la primera vez que la viese-. Pero le mató porque las pistolas tienen una maldición cuando se juntan con nosotros. Por eso yo también he matado a mi amigo, ¿sabe? Es como si una fuerza rara le obligase a uno apretar el gatillo. Pobre Portugués.

– Deja… deja la pistola. No la toques más, yo…

– Es bonita, ¿verdad?

– Eh, sí… sí… Bueno, Cojo, creo que…

– Con usted es distinto, señor Robles. Con usted va a ser diferente que con ese abogado y el Portugués.

– Por Dios, Cojo. No hagas locuras. Voy a darte el dinero, te lo juro.

– Va a ser otra cosa.

– No sé lo que quieres decir, Cojo.

– Sí. Digo que con usted es diferente. A usted sí tengo ganas de matarlo.

EL SECRETO

No señor, no, inconveniente no tengo. Ya se lo dije, di mi palabra y lo que digo va a misa. Yo soy hombre de palabra y disculpe que no me levante, pero estoy un poco delicado de las piernas. No es nada de particular, los años, la edad que no perdona a nadie. Cosas peores me han pasado y he salido adelante, señor, que llevo aquí pegado a la ventana dos días, dándole vueltas a la noche aquella en el callejón, que vi lo que no tenía que haber visto, porque desde entonces parece como si se me hubiese abierto alguna puerta en la cabeza. Ya lo ve usted, una puerta por donde se me han colado ideas que yo nunca he pensado. No crea usted que yo soy hablador, no, que no lo soy. Pero es que si no hablo reviento, se lo juro.

Le cuento. Estaba yo tal que ahora, el domingo pasado, mirando la calle cuando veo llegar a los coches, muchos de esos, usted sabe, con banderita en el morro y chófer, y en esto que el portal se llena de personal que sube rápido a la casa. Yo, como si nada, primero, porque no lo barrunté, que una cosa así no se deja en secreto ¿no? y segundo, porque el domingo es un día sagrado para mí, que no trabajo, y estando en estas cavilaciones pues me llega Encarnita la criada de don Roberto, hecha un mar de lágrimas, y me da la noticia. Vamos, me la dio en parte, como a ella se la dieron, como la supo el público y yo pienso: nada, he visto mal; no fue así, y me conduelo con ella. Pero en cuanto me quedo solo, otra vez a pensar. Y no, no he visto mal, es ella la confundida, así que chitón. A ver qué pasa. Bueno, pues a media mañana se lía todo. Los coches no caben en la calle, los vecinos arremolinados y los fotógrafos y los periodistas dando vueltas por todos lados, que había orden de que no pasaran, que respetaran el dolor de la familia. A esto que traen el furgón y bajan el catafalco, mismamente como la tumba de un obispo y lo suben al piso. El portal, si usted lo hubiera visto, igual que si se tratase de un día de mercado, lleno de coronas, cirios de Misa mayor y flores con la banderita nacional y de personal de uniforme y el otro, aguardando, porque no cabían en la casa. Y yo cada vez más nervioso, con el magín más caliente, queriendo poner tierra por medio.

Si quiere usted que le diga, en aquellos momentos me daba risa todos los que estaban allí ignorantes de la verdad. Porque, como usted bien dijo al entrar, él y yo éramos amigos. Mejor, yo creo que más que amistad nos unía un sentimiento de hermandad por el tiempo que hemos estado juntos, ¿no? Desde el pueblo y después de la guerra. Yo sé cosas de él que ni su mujer, se lo digo yo, que son muchos años. Yo mejor que nadie para saber de él. Y no es que tenga nada contra don Roberto, que nada tengo. Tenía sus cosas, para qué negarlo y que las cosas que él hizo, vamos, de las que yo tengo conocimiento, porque de las otras, de los rumores, no hago caso, pues yo no las haría, ¿no? Yo no las habría hecho nunca. Conmigo siempre el trato afable, pero sin confianza, del superior jerárquico. Yo, uno más, un camarada porque en el grupo tampoco sabían de nuestra, amistad de antiguo, ni en la jefatura iba yo con el blabla, que soy de natural callado. Y eso que yo por edad y conocimiento hacía de mano derecha, ¿no?, de subjefe, vamos a decir, y no me pregunte eso… no sé qué fue, suerte o algo así. Yo no he tenido suerte, no señor, pero mejor no me quejo, ¿para qué?, que otros están peor y yo tengo la vejez asegurada, ¿no?, y algo es algo y mis ahorros, no muchos, de lo que nos daba don Roberto, que a generoso, todo hay que decirlo, sí señor, no le ganaba nadie, aunque a mí me ha gustado siempre gastar, que si me ve con el traje, la sortija y el reloj alternando, pues no me conoce. A lo mejor, hasta hemos alternado juntos y usted pues ni se ha percatado.

A lo que iba, yo, a diferencia de algunos, tengo la conciencia tranquila. He hecho mucho mal, sí señor, ¿para qué negarlo?, y también he pasado las de Caín por esos mundos de Dios. Pero no he traicionado nunca a nadie, ni he chupado del bote como algunos, robando como descosidos. Yo, si usted entiende, digo más de lo que quiero decir, que yo sigo aquí y él, mírelo, en la caja, que aunque sea grade y con asas de plata, es una caja y digo yo que dará lo mismo, ¿no? porque aunque haya tenido un entierro, de capitán general, se ha ido al otro barrio, traicionado, de mala manera, que para mí es la peor manera de que lo maten a uno: a traición y por mano de amigo, un compañero. Y fíjese que subió alto don Roberto, ¿eh? que llegó arriba. Quién lo iba a decir cuando éramos chavales allí en el pueblo y andábamos como uña y carne en las correrías. Fíjese que a los dos nos dio por cruzar la sierra y caer en el pueblo de al lado y meternos en el Ayuntamiento y a decir que nos apuntaran a la guerra, mintiendo en la edad. Y al poco que nos enteramos de que íbamos con los nacionales porque ninguno era político entonces. El caso era la aventura, cosa de chavales. Y resultó valiente y con puntería, y terminó con grado y ahí ya lo dejé de ver por cosas de la vida, que retomé el conocimiento más adelante, cuando me fui para él empujado por las adversidades, por el destino, señor, que es como una tela de araña de la qué nadie se libra. Y se portó bien conmigo, él, que era más joven que yo, más chaval, con más lucimiento. Un tipo marchoso y espigado, chulo como ninguno con su pelo blanco y esos andares.

Como le voy diciendo y si no le canso con mi charla, le digo que se me ocurren pensamientos raros, extraños y las ideas se me han quedado alborotadas. Para mí que el país se va al garete, se acaba. Que cuando lo que antes iba derecho ahora va boca abajo es porque algo pasa. No se mata a don Roberto, un jefe principal y respetado que sale en los diarios y da discursos, así porque sí. No. Y si ocurre es que todo anda trastocado. Me explico: no tengo nada contra don Roberto, de mí no se dirá «es un calientalenguas», yo cuento lo que he visto, que no tengo la culpa de haber presenciado lo que presencié por casualidad, por mor del destino, aquella noche en el callejón, cuando aguardaba al jefe para un recado. Lo que vi me ha hecho desconfiar ya de todo, recelar hasta de los amigos.

Bueno, pues estaba yo en la portería viendo el desfile de gente contrita, cuando me dijo: «Voy a subir a ver a la señora», y subo y como dije estaba la casa llena de personal, la mayoría de uniforme y me acerco con la gorra en la mano a la señora, que estaba tendida en el diván, atendida por varios señores. Entonces voy y le digo: «Mi más sentido pésame, le acompaño en el sentimiento en este momento de dolor, mándeme lo que quiera, estoy a su disposición como estuve con su llorado esposo», y ella me mira como si no me viera, ni contesta, sólo ese gesto que hace la señora con la boca. Entonces voy yo y digo: «Con permiso», y voy a retirarme cuando lo veo. ¡Por mi santa madre! era el amigo de don Roberto en la jefatura, el mismo del callejón que le arrasó el pecho a balazos. Se lo juro, me quedé de piedra, me entró el temblor en las piernas. «¿Se habrá dado cuenta de que lo he visto?», me pregunto. «Es imposible, estaba oscuro», me digo a mí mismo. Pero el tío que estaba sentado y me ve, se me viene flechado y me coge del brazo como si mi brazo tuviera la peste. A mí que soy más camisa vieja que algunos y no voy fardando como él con la pistolita a todos sitios. Me dice: «La señora ha tenido un día horrible», y me conduce hasta la puerta y se queda allí, esperando hasta que me pierdo en la escalera, mirándome todo el rato de una manera extraña. Se lo puedo decir y se lo digo categóricamente. No han sido los terroristas esos que dice la prensa, ha sido ése, el Francisco Echevarría, que le llaman el Duque en Jefatura, el amigo y compañero de don Roberto.

Por eso estoy aquí sentado, aguardando, señor, que han pasado ya dos días de darle vueltas a la cabeza y voy a acabar loco. Van a venir. Todavía no han llegado, pero van a venir por mí. Tienen que llegar. Lo sé de fijo y miedo ya no tengo, se lo juro, que con esto todavía le abro a un tío un boquete en la barriga por donde cabe un balón de fútbol. Pero antes hablo, antes le cuento como le di mi palabra, que llevo muchos años aguantando y uno se cansa, señor, se cansa.

PROFESIÓN PELIGROSA

El niño se levantó del suelo cuando escuchó las pisadas en la escalera. Quedó atento hasta que sintió el llavín en la cerradura. Entonces corrió hasta la puerta.

– Mamá, mamá! -gritó.

– ¡Oh, estás despierto corazón! -dijo la mujer, abrazándole.

Los dos pasaron al cuarto donde estaba jugando el niño, que era al mismo tiempo que su habitación, el salón de la casa. La madre tenía su propio dormitorio al lado. Aquello y un pequeño cuarto de baño y una diminuta cocina, constituía la casa. La mujer se sentó en la cama del muchacho, todavía colocada como sofá.

– Estoy cansada.

– He estado jugando a los pueblos.

– Muy bien corazón. ¿Has cenado?

– Sí, todo.

– ¿Todo el queso?

– Sí, todo.

Sonrió abiertamente. El chico llevaba el pelo demasiado largo, como el de una niña tenía las mejillas como manzanas rojas.

– ¡Oh, Enrique! -dijo la madre.

Ambos rieron.

– ¿Y Alex?

– Bien murmuró la mujer y paseó los ojos por el cuarto. Suspiró y se sacó los zapatos.

– Hay que dormir, Enrique. Son las tres de la madrugada. No son horas para un niño.

– ¿Pero cómo está Alex? -repitió.

– Bien, ya te lo he dicho. Te envía besos.

– ¿Y Juan?

– ¿Juan?

– Sí, Juan.

– Juan está bien. Pero tiene demasiado trabajo -dijo para sí misma. Luego habló en voz más alta, acariciándole la cabeza al niño-. Te tiene guardado un regalito.

– ¿Qué es? ¡Vamos dime qué es! -gritó-. ¿Sigue siendo policía?

La madre lo tomó en brazos.

– Claro, hijo, será policía siempre. Dime, ¿te gusta Juan?

– Sí, me gusta mucho.

La madre rió enseñando sus bellos dientes. Era morena y llevaba el pelo largo y negro atado detrás con una cinta. Cuando andaba se cimbreaba de manera natural, como un animal salvaje, y a ningún hombre, entre seis y ochenta años, le podía pasar desapercibido ese detalle.

– ¿Te gustaría vivir con él, Enrique?

– Claro. -dijo él-. Y con Alex. ¿Traerá la pistola?

– Alex tendrá que estar con su madre -dijo en voz baja-. No podrá estar con nosotros.

– Ya lo sé -dijo el niño-. ¿Pero traerá su pistola?

– Claro, hijo, claro. ¿Entonces jugaste bien, mi amor?

– Sí. ¿Dónde fuiste?

– Estuvimos en la comisaría. Tenía guardia. Luego vino la mamá de Alex y se lo llevó. Se nos pasó el tiempo hablando.

– ¿Y cuándo te dijo lo del regalo? ¿Te lo enseñó?

– Sí, me lo enseñó. Pero no te diré lo que es.

El niño se relamió los labios.

– Es una tarta.

– No, no es una tarta. Estaremos bien con él ¿verdad Enrique? Estaremos bien, ¿no es cierto?

– Sí, sí, sí -dijo el muchacho abrazándola-. Yo quiero estar contigo, mamá.

– Claro que sí. Y yo también, Enrique.

Los dos se quedaron en silencio en el cuarto adornado sin lujo, pero limpio y apacible. La madre acunó al niño siguiendo un antiguo y viejo ritmo que ninguna mujer tiene necesidad de aprender. El niño descansaba la cabeza en el duro y oloroso pecho de la madre y la fragancia de la carne conocida hizo que se moviera entre sus brazos.

– Creía que no venías, mamá.

– Tonto.

– Sí, creía que te habías quedado con Juan.

– No seas tonto.

– ¿Por qué tienes que estar tanto tiempo con Juan?

– Creía que te gustaba Juan, Enrique.

– ¿Tú lo quieres?

La mujer volvió a sonreírle. Cesó en el balanceo.

– Le quiero mucho -murmuró.

– ¿Más que a mí?

– ¡Oh, no seas tonto! Tú eres mi hijo, él es mi enamorado.

– ¿Pero a quién quieres más?

– A ti te quiero desde hace más tiempo.

– ¿Pero a quién más?

– Bueno, tonto, a ti.

La mujer volvió a su balanceo.

– El tiene miedo -dijo sin dirigirse a nadie en particular-. Pero me quiere. Yo también tengo miedo. Es curioso, el miedo que puede tener un hombre sin miedo.

– ¿Por qué? -dijo el niño.

– Tienes que ir a dormir.

– Mañana es domingo.

– Bueno, pero son las tres de la mañana.

– Quiero que te quedes aquí conmigo. Dile a Juan que venga, así no tienes que salir.

La mujer besó a su hijo en la frente.

– Sí, señor -dijo.

– Ya lo sabes.

– Sí, señor. Bueno, no me has dicho a qué has jugado.

– Ya te lo he dicho, a los pueblos. Mira -el niño se separó de la madre y se dirigió al centro donde estaban sus juguetes esparcidos- esto es el pueblo. Y esta la estación, aquí están los coches y el cuartel…

– Vamos a mudarnos -dijo la madre.

El muchacho la miró en silencio.

– Vamos a irnos a vivir con Juan enseguida. ¿Qué te parece?

– ¡Sí, sí! -exclamó-. Quiero ir ahora mismo.

– No, ahora no -dijo la mujer, riéndose-. ¡Estás loco!

– ¡Me quiero ir ahora, me quiero ir ahora!

– De acuerdo, sí. Nos iremos con él.

El muchacho se sentó en el suelo y contempló a la madre pensativa, sentada en el sofá. Entonces, ambos escucharon nítidamente lo que parecían tres disparos consecutivos, uno detrás de otro. La mujer se levantó del sofá y entonces escuchó el lejano sonido de la sirena de un coche policía con la misma nitidez. El ruido provenía de la calle.

Corrió hasta la ventana que estaba casi al ras de la acera y la abrió. Creyó ver en el extremo de la calle una sombra tendida en el suelo. No se movía. El frío le cortó la cara.

– ¡Dios mío! -exclamó, sabiendo lo que le habría de ocurrir de ahora en adelante.

Otra sombra, recortada por la pálida luz de los faroles, se alejaba como paseando, despreocupada, hasta el final de la calle.

La mujer cerró la ventana con cuidado, sin hacer ruido y apagó la luz.

– ¿Qué ha sido? -dijo el niño-. ¿Por qué has abierto?

– Nada, un coche -dijo-. Vamos a dormir de una vez. Pienso demasiado.

CARTAS BAJO LA MANTA

Leo tenía cincuenta y cinco años y era camarero en el restaurante Belljour del Hotel Sur desde hacía quince años. Todos los lunes, su día libre, solía ir al cine de su barrio.

Además de los lunes, Leo tenía derecho a otro día libre a la semana, pero el administrador del hotel, el señor Dueñas, le había pedido que acudiese a trabajar. Se lo pagaba aparte, como horas extras, y aquello representaba un ingreso suplementario que le venía muy bien.

Los lunes se levantaba tarde, vestía un pantalón deshilachado y una camisa vieja y con sus herramientas arreglaba los pequeños desperfectos de la casa: sillas que se movían, grifos que goteaban, los enchufes de la luz o la cisterna del retrete. Mientras, le gustaba pensar en la película que iría a ver.

Leo estaba convencido de que ser camarero no era fácil. Y se refería a ser un auténtico camarero. No como esos chicos jóvenes de las hamburgueserías ni de los bares de copas, ni siquiera como su hijo Javier, que acababa de ser ascendido a jefe de sección en la cafetería del Vips de la calle Fuencarral.

Eso era lo que pensaba Leo sobre su profesión y se lo decía a su hijo y a su mujer aquel lunes, a la hora de la cena en su casa. El quería lo mejor para su hijo. Quería que fuese un buen profesional.

– Cualquiera no sirve para esto, Javier. Un camarero se hace con el tiempo, con el trabajo. Yo me formé en el Savoy, cuando era maitre Monsieur Gastón, que me decía: «Leo, para camarero no vale cualquiera». Y no es sólo la prestancia, el saber estar, ir limpio, aseado. Es otra cosa.

Leo quería a su hijo de verdad y estaba orgulloso de él. Cuando era niño lo sacaba a pasear, le contaba cuentos, lo miraba en la cunita dormir y se emocionaba. Siempre quiso lo mejor para él. Por eso, cuando lo ascendieron en el trabajo se llenó de sincera y legítima alegría.

– Mira, Javier -seguía diciéndole a su hijo-, así no se coge el tenedor, se pincha el trozo de carne y se corta alrededor, el cuerpo recto, los codos pegados. Y no se agacha uno hacia la comida, sino al revés, se lleva la comida a la boca.

Le dio la impresión de que Javier no le escuchaba. Miraba la televisión y continuaba llenándose la boca de carne.

– Un día te voy a llevar al Savoy, creo que todavía se acuerdan de mí. Aunque ha pasado mucho tiempo. De mi época deben seguir Atares y, quizás, Venancio. ¿Te acuerdas de Venancio, María? -le preguntó a su mujer.

– ¿Quién? -le contestó ella-. ¿Venancio? ¿Qué Venancio?

– Digo que en el Savoy deben quedar de mi tiempo Venancio y, quizás, Atares, me parece. Venancio era de Jaén, buen chaval él. Vino a nuestra boda. Te tienes que acordar. Era muy moreno, con la nariz un poco aguileña, muy gracioso él. ¿Te acuerdas?

María no se acordaba del compañero de su marido que acudió a su boda, veinticuatro años atrás. Y añadió:

– Se te va a enfriar el filete. Y frío no hay quien se lo coma. Después hay manzanas.

– Entonces yo debía de tener tu edad, Javier, poco más o menos, y me acuerdo de que Monsieur Gastón me mandó llamar y me nombró segundo maitre. Yo no me lo creía, porque todo el mundo pensaba que el puesto se lo daría a Venancio. Aún me acuerdo.

Estaban dando las noticias en la televisión y Leo se calló y continuó comiendo. Esperó a que comenzaran los anuncios. Entonces dijo:

– Ya está, podemos ir todos al Savoy para celebrarlo -dejó el cuchillo y el tenedor apoyados ligeramente sobre el borde del plato-. ¿Qué os parece? Seguro que nos invitarán a tomar algo. No nos costará nada.

– ¿Y qué vamos a hacer en el Savoy? -contestó su hijo.

– El Savoy era el mejor sitio de Madrid en mis tiempos, además del Riscal, el Club 31, el Palace y el Ritz. Cuando yo tenía tu edad, Javier, cualquier camarero era capaz de dar su brazo por trabajar con Monsieur Gastón. ¿Sabes lo que nos decía? Pues nos decía que se puede y se debe hablar mientras se come. No es falta de educación. Lo que no hay que hacer es hablar con la boca llena. Y menos enseñar la comida que se está masticando. Eso nos decía. Porque yo he visto mucho. Ser camarero de un restaurante de lujo es mejor que ir a la universidad, se aprende más sobre la gente viéndola comer que estudiando un montón de libros o acudiendo a esos cursillos de formación que os dan en los Vips.

– Los traen de Estados Unidos, en inglés y los traducen aquí -contestó Javier, sin dejar de ver la tele.

– Pues a mí me gustan los Vips -añadió su mujer-. Hay de todo, aunque muy caro.

El se alegraba sinceramente de que su hijo Javier, a los veintitrés años, hubiese ascendido de dependiente a encargado en la cafetería. Le esperaba un buen futuro.

Pero si él pudiera, crearía unos cuantos restaurantes especiales, donde sólo fuera gente que supiera distinguir a los buenos camareros, sin que importase lo ricos que fueran.

Esos restaurantes estarían atendidos sólo por la flor y nata de los camareros. Eso sería un mundo perfecto y ordenado.

En su época del Savoy había visto a gente rica, pero sin clase. Gente elegante con mujeres hermosas, bien vestidos, gente que siseaba, que chascaba los dedos para llamar al camarero, para llamarlo a él, a Leo.

Pero era suficiente una mirada. Monsieur Gastón opinaba que para un buen camarero, un camarero como él, como Leo, formado en el Savoy, en una época en la que ser camarero no era ninguna tontería, era suficiente que el cliente te mirara. Entonces se acudía a la mesa. Había que estar atento a las miradas del cliente, decía Monsieur Gastón.

Basta con una mirada, pensaba él.

– Los lunes son el día del espectador, hacen rebaja. Podemos ir al cine y después… Bueno, después podríamos… Bueno, podríamos ir a cualquier parte, si no queréis ir al Savoy.

Leo continuó comiendo. Aguardó a que volvieran los anuncios.

– ¿Quieres venir con nosotros, Javier? Conocerías a Atares y a Venancio. Creo que está todo igual. Fui segundo maitre con veintiocho años, Javier.

María, su mujer, le contestó:

– Tenemos televisión. ¿Para qué ir al cine? Además, en el cine me duermo.

– No digas eso, mujer. Te dormiste una vez nada más.

– No, me duermo siempre en el cine. Me gusta más la tele. ¿Y para qué tenemos televisión? Para verla, ¿no? No hace falta salir a ninguna parte.

– ¿Y tú, Javier? Si quieres, puedes venirte conmigo al cine, ponen esa que anuncian en televisión, Sola en la oscuridad. ¿Te apetece? Yo invito.

Javier se encogió de hombros.

– Me parece que no voy a ir.

– ¿Por qué siempre quieres ir al cine los lunes? -se quejó su mujer-. Qué pesadez. Dentro de poco esa película que vas a ver la pondrán en la tele. Son ganas de tirar el dinero.

Leo se acomodó en la butaca en la oscuridad y se sintió muy bien, muy feliz. Le embargó una sensación de paz y tranquilidad. Había muy poca gente en el cine. Eso era lo que más le gustaba. En el cine podía pensar y sentirse extrañamente pleno. Era una sensación que no podía definir.

Se recostó en la butaca. No tenía nadie delante, nadie al lado que le rozara ni que invadiera su lugar con el codo.

La sala estaba medio vacía. Distinguió apenas seis o siete cabezas diseminadas en las butacas de atrás. El prefería sentarse delante, en las primeras filas, porque así estaba seguro de que nadie se sentaría a su lado. Eso era lo que más le molestaba.

Empezó la película y cuando vio a la protagonista que caminaba por la calle rodeada de gente anónima, algo le vino a la cabeza.

Tiempo atrás, otro lunes, descubrió que la mujer que se sentaba al lado lloraba en silencio y estuvo tentado de hablarle. Recuerda que le sugestionó la idea de consolarla, decirle: señorita, se lo ruego, no llore, se lo suplico, no merece la pena, la vida es bella. Y no crea que me molesta que llore, a mí no me molesta, no es ninguna falta llorar, pero no llore. Todo tiene solución.

Estuvo tentado de decirle a aquella mujer que lloraba en silencio lo que le dijo una vez Monsieur Gastón, cuando él era joven, en el Savoy: «Mira, Leo, cuando las cosas vayan mal, cuando no haya salida, remángate el brazo derecho y saca de la manga la carta que tenemos escondida, porque todos tenemos una carta escondida cuando viene la mala».

Aquél había sido uno de los mejores consejos que había recibido en su vida. Afortunadamente, él nunca tuvo necesidad de aplicar el consejo que le dio Monsieur Gastón. Tenía trabajo, salud, todavía era joven, su hijo comenzaba una prometedora carrera profesional y él y su mujer aún se querían.

Pero el mundo estaba lleno de gente desgraciada, gente sola. Como aquella mujer joven que vio aquel lunes en el cine a su lado.

Se acuerda de que era un lloro profundo, un llorar que le venía de la parte más insondable del alma. Enseguida se dio cuenta de que aquella chica estaba sola, muy sola, y que lloraba por eso, por simple soledad.

¿Pero cómo decírselo? ¿Cómo hablar con una chica que llora a tu lado en el cine? Se acuerda él de que entonces no lo hizo, porque creyó que la chica lo tomaría por lo que no era, un ligón de esos que van al cine a buscar mujeres solitarias.

No podría explicarle que él no era un ligón. Era sólo una persona que se sentía feliz, tranquilo y dispuesto a dar un consejo a un semejante.

Quizás la chica no lo comprendiese. Y por eso no le dijo nada. Cuando salieron del cine ella se perdió en la calle y él no se atrevió a abordarla.

Viendo la película, le embargó una extraña congoja. Tuvo unos deseos enormes de volver a ver a aquella chica que había llorado a su lado. Ahora sentía que podía hablarle, dirigirse a ella con naturalidad y preguntarle cómo se encontraba. Le confesaría que la había escuchado llorar tiempo atrás y que lo único que deseaba saber era si ahora se sentía bien. Estaba convencido de que la chica no se molestaría por eso.

¿Pero la reconocería si la viera otra vez? La sala estaba oscura y tuvo que admitir que apenas si la miró, temiendo que se molestara, aunque estaba dispuesto a afirmar que era bonita, muy bonita, de esa forma dulce y sin estridencia que tienen algunas mujeres que no saben que son bonitas y que actúan como si no lo fueran.

Llevaba una rebeca azul, una falda clara más abajo de las rodillas y se retorcía las manos en el regazo. Había inclinado la cabeza sobre el pecho y la sacudía imperceptiblemente por los ahogados sollozos. Su cabello era castaño claro, casi rubio. De niña debía de haber sido rubia.

Volvió la cara e intentó escudriñar por encima de su hombro las siluetas negras, sentadas detrás. Ninguna parecía ser la de una mujer joven, pero no podía estar seguro. Estaba muy oscuro.

Además, las mujeres suelen cambiarse muy a menudo el peinado, el color del pelo o la forma de vestir. Sin embargo, estaba seguro de reconocerla si volviese a verla.

Debía de vivir por el barrio para meterse sola en el cine, en la sesión de noche. Quizás tuviese la misma costumbre que él, aunque estaba seguro de que antes de aquella vez nunca la había visto.

Sin ningún motivo deseó con todas sus fuerzas volver a verla. Comenzó a invadirle una inmensa tristeza, como si intuyera la pérdida inevitable de un ser querido.

Volvió el rostro de nuevo hacia las figuras de detrás, escudriñando, inútilmente, la oscuridad de la sala. Decidió que para estar seguro tenían que encenderse las luces.

Sin motivo, tuvo la seguridad de que ella estaba en la sala, sentada en cualquier parte. Supo, sin lugar a dudas, que podía ser cualquiera de esas figuras recortadas en la penumbra, diseminadas en la sala.

No sabía de dónde le había surgido esa seguridad. A lo mejor era intuición, pero era como si la hubiese presentido. Nunca había estado tan seguro de algo. Ella estaba allí.

La película iba a terminar, de modo que se levantó y salió del cine con el corazón latiéndole muy fuerte en el pecho.

Se apostó fuera, en el lugar donde estaban los carteles de las películas y aguardó a que ella saliese. El corazón no dejaba de golpearle el pecho. Ahora estaba seguro de que le hablaría.

No tuvo que esperar mucho. Las luces del vestíbulo se encendieron y el portero abrió las puertas de la calle de par en par. Tuvo que morderse los labios para que no le traicionase la emoción.

Primero salió un muchacho que parpadeó, bostezó y se marchó acera adelante con las manos metidas en los bolsillos. Después lo hizo una pareja madura de más o menos su edad. La mujer era gorda y vestía un abrigo morado de entretiempo, fuera de moda. El resto de los espectadores salió enseguida. Contó dos hombres en la treintena, dos chicas muy jóvenes que se reían cogidas del brazo y un viejo que tosió dos veces antes de perderse calle abajo.

El portero iba a cerrar. Se acercó a él.

– Perdone -le dijo-. ¿No ha quedado nadie en el cine?

– Pues no, han salido todos -se le quedó mirando-. A veces se queda alguien dormido, pero hoy no. ¿Busca a alguien?

– Bueno -dudó unos instantes-. Se trata de mi sobrina, me dijo que iba a venir este lunes. Suele venir todos los lunes o casi todos. Tiene el pelo castaño, casi rubio y debe de tener alrededor de treinta años.

El portero volvió a observarlo con atención.

– Lo siento, pero yo no me fijo en la gente.

– Claro, perdone y muchas gracias.

– De nada.

Se retiró unos pasos y cruzó la acera. No se decidió a marcharse, como si esperase que ella, súbitamente, se diera cuenta de que él la estaba buscando y tomara la decisión de volver al cine.

Distinguió al portero y a la taquillera bromear mientras echaban el cierre al cine y ponían los candados. Cuando los vio alejarse por la calle, comprendió que no volvería a ver más a aquella chica.

Miró el reloj y decidió que podía ir al Savoy, todavía estaría abierto. Era muy posible que los últimos clientes aún no hubiesen terminado los cafés, ni apurado sus últimas copas. De todas maneras, aunque ya no hubiese clientes, él sabía que los camareros permanecían siempre en el local un poco más de tiempo, antes de cerrar. Era costumbre charlar entre ellos, fumar un cigarrillo y comentar lo sucedido durante la jornada.

Apretó el paso hacia la parada de taxis. Estaría en el Savoy en diez minutos. Se alegró al pensar en la sorpresa que le daría a sus viejos compañeros, tantos años sin verlos. Seguro que se alegrarían. En aquellos tiempos en los que él era segundo maitre, se llevaban muy bien y bromeaban y se contaban cosas al terminar la jornada.

Al llegar a la parada de taxis se detuvo, indeciso. Los tiempos habían cambiado mucho y, quizás, se encontrase el Savoy cerrado. Incluso podía suceder que Venancio y Atares, los únicos que quedaban de aquellos tiempos, ya no trabajasen allí. Lo mejor sería llamar por teléfono, cerciorarse y organizar una cita de viejos amigos. Sí, eso sería lo mejor.

Dio media vuelta y rehizo el camino a su casa, contento por la decisión que había tomado. Llamaría a Venancio y a Atares. No pasaría del próximo lunes.

LA ORILLA

Le quedaban sólo tres calles, quizás dos. No se acordaba bien. Lo que sí sabía es que notaba la brisa del mar, el olor del muelle allí abajo, las sombras inmensas de los barcos.

Se detuvo para acompasar la respiración. A su lado pasaban algunos coches y veía los anuncios luminosos de la Gran Vía, las luces que continuaban encendidas toda la noche. Supo que iba a llegar, que el ruido que acababa de escuchar era la sirena de un paquebote, quizás la de uno de esos grandes barcos de pasajeros, con piscina, en los que siempre suena la música. De todas formas era una sirena.

Conocía bien esos ruidos. Los sabía distinguir.

Trató de continuar andando, de colocar un pie tras otro. Si pasara alguien, quizás un taxi, el coche de un amigo, el viaje hubiera sido más rápido, más cómodo para él. De todas formas iba a continuar caminando.

Después de un pie colocó el otro. Pasó al lado de las zapaterías de lujo, de las tiendas cerradas y las cafeterías sin luz en el interior, sin ruido de platos ni de voces pidiendo cosas. Podía andar y eso era lo importante. Siempre que pudiera caminar estaba a salvo.

El dolor no había llegado todavía y aquello le pareció curioso. Había pensado que las cuchilladas iban siempre acompañadas de dolor, de quemazón. Nunca pensó que podía haber sido como una corriente de aire frío, una ventana que alguien le hubiese abierto en el cuerpo.

Lo único seguro era la sangre. La humedad que le apelmazaba la camisa y la chaqueta. Eso sí que era seguro. Pero no había sentido nada, ningún dolor, apenas un roce, un pequeño golpe en el costado y después la sangre.

Aunque tampoco la sangre era segura. Era tan solo una sensación de humedad, como aquellos días de mucho calor de su infancia, cuando la ropa se pegaba al cuerpo y se convertía en parte del cuerpo, pegada a la piel. Era una sensación parecida, pero sin calor. No hacía calor aquella noche.

Fue andando despacio hasta que llegó a la confluencia con San Bernardo y allí se detuvo otra vez y abrió la boca para que la brisa del mar le entrara en los pulmones. Un taxi pasó con la luz verde encendida y él vio el rostro grande y azulado del conductor, asomado a la ventanilla. Levantó el brazo para hacerle señas, pero el coche continuó hacia la plaza de Santo Domingo, atravesando la Gran Vía. Pudo distinguir la mueca de asco del taxista.

Eso no le importaba a él. Ahora los olores ligeramente podridos y salobres que provenían del mar le envolvían por completo. Allá abajo estaban las edificaciones del puerto y el mar, negro y tranquilo, quieto, apenas agitado por el débil movimiento de las mareas.

Se acordó de cuando iba a esperar a su padre que cada tres meses desembarcaba del «Indiana». El, entonces, se ponía sus mejores ropas y caminaba, como ahora, para llegar al puerto. Lo que más le gustaba era ver atracar al barco, saber que su padre estaría entre los marineros que se afanaban en cubierta, aquellas figurillas negras, los retazos de conversación que le traía el aire marino.

Después su padre bajaba por la escalerilla y se detenía para despedirse de sus amigos, de sus compañeros de travesía. Lo veía alto, fuerte, voz ronca, de risa fácil, el petate a su lado. Y él salía corriendo, gritando, viéndole cada vez más cerca, agrandándose su figura por momentos, sus brazos abiertos para que él saltara hacia ellos y se dejara abrazar.

Siempre recordó el olor de su padre. Muchos años después. Un olor a tabaco y sudor, un olor un poco ácido. Y los brazos que le apretaban hasta hacerle daño. Unos brazos que le mantenían pegado a él mientras caminaban para salir del puerto y el barco se iba haciendo cada vez más pequeño.

Luego le mostraba lo que le había traído: una bolsa de castañas, naranjas, manzanas o aquella otra vez que le mostró el hueso de una aceituna que un amigo había tallado con la punta de un cuchillo.

El viento se hizo ahora más fuerte y él sintió el primer síntoma extraño. Las piernas le transportaban hacia el mar, hacia el puerto, pero sin sentirlas. Piernas insensibles. Sabía que las levantaba y avanzaba poco a poco, pero eran como de otra persona.

Y allí estaban las gaviotas. Bandadas de gaviotas recortándose entre las grúas y las antenas de radio. Se apoyó en la pared para verlas mejor, al lado del gran cine Coliseum. Distinguió las manchas de su plumaje, el ruido sordo y gutural de sus graznidos, el pausado vuelo en círculos alrededor de los barcos atracados en las dársenas.

Sonrió en la oscuridad. Tenía la entrada del puerto al alcance de la mano, pero cayó de rodillas, sabiendo que se iba a levantar enseguida, que aquello era momentáneo, que todavía la herida no le había empezado a doler.

Y de pronto se hizo de día. El sol estalló sobre la cubierta del «Indiana» y el ruido de las bombas de achique le llegó con toda nitidez. Al mismo tiempo vio la figura de su padre al pie de la escalerilla. Pudo distinguir hasta la sonrisa blanca de su rostro y la mano haciéndole señas.

Ahora lo único que tenía que hacer era volver a levantarse y salir corriendo para que le abrazara y sintiera su viejo y lejano olor a hombre.

Pero todo lo que pudo hacer fue medio incorporarse en la acera, mover la boca y acurrucarse en el suelo, las dos manos en el costado por donde seguía brotándole la sangre.

Juan Madrid

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