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El Vizconde Que Me Amo

Julia Quinn

Los cotilleos de lady Whistledown no fallan nunca: una vez más, Anthony Bridgerton es el soltero más codiciado de la temporada en la alta sociedad victoriana. Pero este año, el atractivo vizconde, amante de la diversión y enemigo del compromiso, sorprende a todos y decide buscar esposa y sentar cabeza. La joya más preciada, la joven y hermosa Edwina Sheffield, es su elección natural. Pero para conseguirla ha de obtener antes la aprobación de la hermana mayor de la muchacha, Kate. Anthony comprobará que convencer a esa mujer arrogante y decidida de que ha dejado de ser un vividor no es tarea fácil. Como tampoco lo es quitársela de la cabeza cuando llega la noche.

Julia Quinn

El Vizconde Que Me Amo

La temporada ha comenzado este año de 1814 sin que existan razones para confiar en que vayamos a ver algún cambio destacable respecto a la de 1813. Como siempre, los actos de sociedad siguen llenándose de Mamás Ambiciosas cuyo único objetivo es ver a sus Preciosas Hijas casadas con Solteros Convencidos. Las deliberaciones entre las Mamás seña/an a/ vizconde de Bridgerton como su partido más cotizado para este año y, de hecho, si e/ pobre hombre parece despeinado y su cabello alborotado por el viento se debe a que no puede ir a ningún sitio sin que alguna joven señorita sacuda sus pestañas con tal vigor y celeridad que provoque una brisa de fuerza huracanada. Tal vez /a única joven dama que no ha mostrado interés por Bridgerton sea la señorita Katharine Sheffield; su actitud hacia el vizconde en ocasiones roza más bien la hostilidad.

Y éste es el motivo, Querido Lector de que Esta Autora crea que un emparejamiento entre Bridgerton y la señorita Sheffield seria precisamente lo que animaría una temporada de otro modo vulgar.

REVISTA DE SOCIEDAD DE LADY WHISTLEDOWN,

13 de abril de 1814

Para Little Goose Twist

Que me hizo compañía

Durante la creación de este libro

¡Me muero de ganas de verte!

Y también para Paul,

Pese a que no soporta los musicales.

Estaba decidida a impedir que el archiconocido vizconde sedujera a su hermana. Pero, ¿y si la seducía a ella en su lugar?

Prólogo

Anthony Bridgerton siempre supo que moriría joven.

Oh, pero no de niño. El pequeño Anthony nunca había tenido motivos para pensar en su propia mortalidad. Sus primeros años habían sido la envidia de cualquier muchacho de su edad, una existencia perfecta desde el mismo día de su nacimiento.

Cierto que Anthony era el heredero de un antiguo y rico vizcondado, pero lord y lady Bridgerton, a diferencia de la mayoría de parejas aristocráticas, estaban muy enamorados, y el nacimiento de su hijo no fue recibido como la llegada de un heredero sino como la de un hijo.

Por lo tanto no hubo más fiestas ni actos sociales, no hubo más celebraciones que la de una madre y un padre contemplando maravillados a su retoño.

Los Bridgerton eran padres jóvenes pero sensatos -Edmund apenas tenía veinte años y Violet sólo dieciocho – y también eran padres fuertes que querían a su hijo con un fervor e intensidad poco común en su círculo social. Para gran horror de la madre de Violet, ésta insistió en cuidar ella misma del muchacho. Edmund por su parte nunca había aceptado la actitud imperante entre la aristocracia según la cual los padres no debían ver ni oír a sus hijos. Se llevaba al niño a sus largas caminatas por los campos de Kent, le hablaba de filosofía y de poesía incluso antes de que el pequeño entendiera sus palabras, y cada noche le contaba un cuento antes de dormir.

Con una pareja tan joven y tan enamorada, para nadie fue una sorpresa que justo dos años después del nacimiento de Anthony se sumara a éste un hermano más pequeño, a quien llamaron Benedict. Edmund hizo los ajustes necesarios en su rutina diaria para poder llevar a sus dos hijos con él en sus excursiones; se paso una semana metido en los establos trabajando con su curtidor para idear una mochila especial que sostuviera a Anthony a su espalda y que al mismo tiempo le permitiera llevar en los brazos a su pequeño Benedict.

Caminaban a través de campos y riachuelos y él les hablaba de cosas maravillosas, de flores perfectas y de cielos azules y claros, de caballeros con relucientes armaduras y damiselas afligidas. Violet se echaba a reír cuando los tres regresaban con el pelo despeinado por el viento, bañados por el sol, y Edmund decía:

– ¿Veis? Aquí está nuestra damisela afligida. Está claro que tenemos que salvarla.

Y Anthony se arrojaba a los brazos de su madre y le decía entre risas que la protegería del dragón que había visto arrojando fuego por la boca «justo a dos millas de aquí», en el camino del pueblo.

– ¿A dos millas de aquí, en el camino del pueblo? – preguntaba Violet bajando la voz, esforzándose porque sus palabras sonaran cargadas de horror-. Dios bendito, ¿qué haría yo sin tres hombres fuertes para protegerme?

– Benedict es un bebé -contestaba Anthony.

– Pero crecerá -le aclaraba siempre ella mientras le alborotaba el cabello- igual que has hecho tú. E igual que continuarás haciendo.

Aunque Edmund siempre trataba a los niños con idéntico afecto y devoción, cuando a última hora de la noche Anthony sostenía contra su pecho el reloj de bolsillo de los Bridgerton (que le había regalado por su octavo cumpleaños su padre, quien a su vez lo había recibido de su padre, también por su octavo cumpleaños), al muchacho le gustaba pensar que su relación era un poco especial. No porque Edmund le quisiera más a él. A aquellas alturas los niños Bridgerton ya eran cuatro (Colin y Daphne habían llegado muy seguidos), y Anthony sabía bien que todos eran muy queridos.

No, a Anthony le gustaba pensar que su relación con su padre era especial porque le conocía desde hacía más tiempo. Así de sencillo. Al fin y al cabo, no importaba cuánto hiciera que Benedict conociera a su padre, Anthony siempre le llevaría dos años de ventaja. Y seis a Colin. Y en cuanto a Daphne, bien, aparte del hecho de que era una niña (qué horror!), conocía a su padre desde hacía ocho años menos que él y siempre sería así, le gustaba recordarse a sí mismo.

Edmund Bridgerton, en pocas palabras, ocupaba el mismísimo centro del mundo de Anthony. Era alto, de hombros anchos y cabalgaba a caballo como si hubiera nacido sobre la silla. Siempre sabía las respuestas a las preguntas de aritmética (incluso las que su tutor desconocía), no ponía pegas a que sus hijos tuvieran una cabaña en los árboles (por eso fue él mismo quien la construyó), y tenía esa clase de risa que calienta un cuerpo desde dentro hacia afuera.

Edmund enseñó a montar a Anthony. Enseñó a Anthony a disparar. Le enseñó a nadar. Le llevó él mismo a Eton, en vez de enviarlo en un carruaje con sirvientes, que fue como llegaron la mayoría de futuros amigos de Anthony. Y cuando pilló a Anthony observando con mirada nerviosa el colegio que iba a convertirse en su nuevo hogar, mantuvo una charla íntima con su hijo mayor para asegurarle que todo iría bien.

Y así fue. Anthony sabía que no podía ser de otra manera. Al fin y al cabo, su padre nunca mentía.

Anthony adoraba a su madre. Diablos, sin duda sería capaz de arrancarse el brazo a mordiscos si aquello sirviera para verla a salvo. Pero todo lo que el muchacho hacía mientras crecía, todos sus logros, cada sueño, cada una de sus metas y esperanzas… todo era por su padre.

Y luego, de repente, un día, todo cambió. Qué curioso, reflexionó a posteriori, cómo la vida podía alterarse en un instante, cómo en tal minuto las cosas eran de cierto modo y al siguiente sencillamente… no.

Sucedió cuando Anthony tenía dieciocho años, había vuelto a casa para pasar el verano y prepararse para su primer año en Oxford. Iba a entrar en el All Souls College, igual que su padre antes que él, y su existencia era todo lo prometedora y resplandeciente que un joven de dieciocho años tiene derecho a desear. Había descubierto a las mujeres y, algo tal vez más maravilloso, las mujeres le habían descubierto a él. Sus padres seguían reproduciéndose felizmente y habían añadido a la familia a Eloise, Francesca y Gregory. Anthony hacía todo lo posible para no entornar los ojos cada vez que se cruzaba con su madre por el pasillo, ¡embarazada de su octavo hijo! En opinión de Anthony, todo aquello resultaba bastante impropio -tener hijos a la edad de sus padres – pero se guardaba sus opiniones para sí.

¿Quién era él para poner en duda la prudencia de Edmund? Tal vez él mismo querría también tener más hijos a la madura edad de treinta y ocho.

Cuando Anthony se enteró ya era última hora de la tarde. Regresaba de una larga y dura cabalgada con Benedict y acababa de entrar por la puerta principal de Aubrey Hall, el hogar ancestral de los Bridgerton, cuando vio a su hermana de diez años sentada en el suelo. Benedict estaba aún en los establos pues había perdido una tonta apuesta con Anthony que le exigía cepillar ambos caballos de arriba abajo.

Anthony se paró en seco al ver a Daphne. Era sin duda inusual que su hermana estuviera sentada en medio del suelo en el vestíbulo principal. Era incluso más inusual que estuviera llorando.

Daphne nunca lloraba.

– Daff -le dijo con vacilación, era demasiado joven para saber qué hacer con una fémina llorosa y se preguntaba si alguna vez aprendería-, ¿qué…?

Pero antes de que pudiera acabar la pregunta, Daphne levantó la cabeza y el tremendo sufrimiento en aquellos grandes ojos marrones atravesó a Anthony como un cuchillo. Dio un paso tambaleante hacia atrás pues sabía que algo había pasado, algo terrible.

– Ha muerto -susurró Daphne-. Papá ha muerto.

Durante un momento, Anthony tuvo el convencimiento de que había oído mal. Su padre no podía haber muerto. Otras personas morían jóvenes como el tío Hugo, pero el tío Hugo era pequeño y débil. Bueno, al menos más pequeño y más débil que Edmund.

– Te equivocas – le dijo a Daphne -. Tienes que estar equivocada.

La niña sacudió la cabeza.

– Me lo ha dicho Eloise. Le ha… ha sido una…

Anthony sabía que no debía coger y zarandear a su hermana sollozante, pero no pudo contenerse.

– ¿Que ha sido qué, Daphne?

– Una abeja -susurró-. Le ha picado una abeja.

Por un instante, lo único que Anthony pudo hacer fue mirarla con fijeza. Finalmente con voz áspera y apenas reconocible dijo:

– Un hombre no se muere por la picadura de una abeja, Daphne.

La niña no dijo nada, continuó allí, sentada en el suelo. Su garganta se agitaba temblorosa mientras intentaba contener las lágrimas.

– Ya le han picado antes -añadió Anthony elevando el volumen de voz-. Yo estaba con él una vez. Nos picaron a los dos. Nos encontramos un panal. A mí me picó en el hombro. -De forma instintiva, subió la mano para tocarse el punto en que la abeja le había picado tantos años atrás. Y añadió en un susurró-: A él le picó en el brazo.

Daphne le miraba con fijeza y con una inquietante expresión de perplejidad.

– No le pasó nada -insistió Anthony. Podía oír el pánico en su voz y sabía que estaba asustando a su hermana, pero era incapaz de controlarlo-. ¡Un hombre no puede morir por una picadura de abeja!

Daphne sacudió la cabeza, de pronto sus ojos oscuros parecían los de alguien cien años mayor.

– Ha sido una abeja -dijo con voz hueca-. Eloise lo vio. En un momento estaba allí de pie y al siguiente estaba… estaba…

Anthony sintió que algo muy extraño crecía dentro de él, como si sus músculos estuvieran a punto de saltar de su piel.

– Al siguiente estaba ¿qué, Daphne?

– Muerto. -Parecía desconcertada por aquella palabra, tan desconcertada como se sentía él.

Anthony dejó a Daphne sentada en el vestíbulo y subió los peldaños de la escalera de tres en tres para ir al dormitorio de sus padres. Seguro que su padre no estaba muerto. Un hombre no podía morirse de una picadura de abeja. Era imposible. Una completa locura. Edmund Bridgerton era joven, era fuerte. Era alto y de hombros anchos, tenía una musculatura poderosa y, por Dios, ninguna abeja insignificante podía haberle derribado.

Pero cuando Anthony llegó al pasillo del piso superior, pudo detectar por el silencio de la docena más o menos de criados inmóviles que la situación era nefasta.

Y sus rostros de lástima… aquella lástima en sus rostros le obsesionaría el resto de su vida.

Pensó que tendría que empujarles para que le permitieran entrar en la habitación de sus padres, pero los criados se apartaron como si fueran gotas del Mar Rojo, y cuando Anthony abrió la puerta de par en par, supo la verdad.

Su madre estaba sentada sobre el borde la cama, sin llorar, sin tan siquiera emitir un sonido, tan sólo sostenía la mano de su padre mientras se balanceaba hacia delante y atrás.

Su padre estaba inmóvil. Inmóvil como…

Anthony ni siquiera quería pensar en aquella palabra.

– ¿Mamá? -llamó con voz entrecortada. No la llamaba así desde hacía años; había sido «madre» desde que marchó a Eton.

Ella se volvió, despacio, como si oyera su voz a través de un largo, largo túnel.

– ¿Qué ha sucedido? -preguntó Anthony en un susurro.

Ella sacudió la cabeza, con la mirada por completo distante.

– No sé -contestó. Sus labios se quedaron separados unos dos centímetros, como si quisiera decir algo más y luego hubiera olvidado hacerlo.

Anthony se adelantó un paso con movimiento torpe e irregular.

– Ha muerto -susurró finalmente Violet-. Ha muerto y yo… oh, Dios, yo… -Se llevó una mano al vientre, hinchado y redondo por el embarazo-. Se lo dije, oh, Anthony, se lo dije…

Parecía que fuera a hacerse añicos desde dentro hacia fuera. Anthony se tragó las lágrimas que le quemaban los ojos y le escocían la garganta y se fue al lado de su madre.

– Tranquila, mamá -dijo.

Pero sabía que no era así de sencillo.

– Le dije que tenía que ser el último -soltó entre jadeos, sollozando contra el hombro de su hijo-. Le dije que no podía quedarme otra vez embarazada y que tendríamos que tener cuidado y… oh, Dios, Anthony, lo que daría por tenerlo otra vez aquí y darle otro hijo. No lo entiendo. Es que no lo entiendo…

Anthony la abrazó mientras ella lloraba. Sin decir nada. Parecía inútil intentar encontrar alguna palabra que se correspondiera con la devastación en aquel corazón.

Él tampoco lo entendía.

Más tarde aquella misma noche llegaron los médicos, quienes manifestaron su perplejidad. Habían oído hablar de cosas de este tipo, pero en alguien tan joven y fuerte… Él era tan vital, de una naturaleza tan poderosa; nadie podía haberlo imaginado. Era cierto que el hermano menor del vizconde, Hugo, había muerto de forma bastante repentina el año anterior, pero estas cosas no venían necesariamente de familia y, aparte, aunque Hugo también había muerto al aire libre, nadie había advertido que le picara una abeja.

Pero, claro, también era cierto que nadie estaba mirando. Nadie podía haberlo sabido, repetían los médicos una y otra vez, hasta que Anthony sintió ganas de estrangularlos a todos. Tras un buen rato, consiguió que se fueran de la casa y consiguió acostar a su madre. Tuvieron que llevarla a una habitación desocupada. A Violet le perturbaba la idea de dormir en la cama que había compartido durante tantos años con Edmund. Anthony también consiguió mandar a la cama a sus seis hermanos, diciéndoles que por la mañana tendrían que hablar todos ellos, que todo iba a ir bien y que se ocuparía de ellos como le habría gustado a su padre.

Luego entró en la habitación en la que aún yacía el cuerpo de su padre y se quedó mirándolo. Le miró y le miró, con fijeza, durante horas, sin apenas parpadear.

Y cuando salió de la habitación, lo hizo con una visión nueva de su propia vida, una nueva noción de su propia mortalidad.

Edmund Bridgerton había muerto a los treinta y ocho años de edad. Y Anthony simplemente no podía imaginarse superar a su padre en nada, ni siquiera en años.

Capítulo 1

El tema de los mujeriegos se ha tratado con anterioridad en esta columna, y Esta Autora ha llegado a la conclusión de que hay mujeriegos y Mujeriegos.

Anthony Bridgerton es un Mujeriego.

Un mujeriego (con minúscula) es joven e inmaduro. Hace alarde de sus hazañas, se comporta con suma imbecilidad y se cree peligroso para las mujeres.

Un Mujeriego (con mayúscula) sabe que es peligroso para las mujeres.

No hace alarde de sus hazañas porque no siente ninguna necesidad. Sabe que tanto hombres como mujeres murmurarán sobre él. Sabe quién es y qué ha hecho; los demás cuentos son superfluos.

No se comporta como un idiota por la sencilla razón de que no lo es (no más de lo que debe esperarse de todos los miembros del género masculino). Tiene poca paciencia con las debilidades de la sociedad, y con toda franqueza, la mayoría de las veces Esta Autora no puede decir que le culpe.

Y si eso no describe a la perfección al vizconde de Bridgerton – sin duda el soltero más cotizado de esta temporada-, Esta Autora dejará Su pluma de inmediato. La única pregunta es: ¿será 1814 la temporada en la que por fin sucumba a la exquisita dicha del matrimonio?

Esta Autora piensa…

que no.

REVISTA DE SOCIEDAD DE LADY WHISTLEDOWN,

20 de abril de 1814

– Por favor, déjame que lo adivine -dijo Kate Sheffield a toda la habitación-, otra vez ha escrito sobre el vizconde Bridgerton.

Su hermanastra Edwina, a la que llevaba casi cuatro años, alzó la vista desde detrás del diario de una sola hoja.

– ¿Cómo lo sabes?

– Porque se te escapa la risa como a una loca.

Edwina soltó una risita que sacudió el sofá de damasco azul en el que las dos estaban sentadas.

– ¿Lo ves? – continuó Kate dándole un codazo en el brazo -. Siempre te ríes cuando escribe de algún libertino reprochable. -Pero Kate esbozó una sonrisa. Pocas cosas le gustaban más que tomar el pelo a su hermana. De buenas, por supuesto.

Mary Sheffield, la madre de Edwina y madrastra de Kate desde hacía casi dieciocho años alzó la vista un instante de su bordado y se subió las gafas un poco más por el caballete de la nariz.

– ¿De qué os reís vosotras dos?

– A Kate le ha dado un pronto porque lady Confidencia está escribiendo otra vez sobre ese vizconde tarambana – explicó Edwina.

– No me ha dado ningún pronto -dijo Kate, aunque nadie le hizo caso.

– ¿Bridgerton? -preguntó Mary con aire distraído.

Edwina asintió.

– Sí.

– Siempre escribe sobre él.

– Creo que la verdad es que le gusta escribir sobre mujeriegos-comentó Edwina.

– Por supuesto que le gusta -replicó Kate-. Si escribiera sobre gente aburrida, nadie compraría su periódico.

– Eso no es cierto -contestó Edwina-. La semana pasada sin ir más lejos escribió sobre nosotras, y Dios sabe que no somos la gente más interesante de Londres.

Kate sonrió ante la ingenuidad de su hermana. Kate y Mary tal vez no fueran las personas más interesantes de Londres, pero Edwina, con su cabello color mantequilla y sus ojos de aquel azul sorprendentemente claro, ya había sido nombrada la Incomparable de 1814. Por otro lado, Kate, con su vulgar pelo marrón y ojos del mismo color, era referida por lo general como «la hermana mayor de la Incomparable».

Suponía que había peores apelativos. Al menos, todavía nadie había empezado a llamarla «la hermana solterona de la Incomparable», algo que se aproximaba a la verdad muchísimo más de lo que cualquiera de los Sheffield quisiera admitir. Con veinte años (casi veintiuno, puestos a ser escrupulosamente sinceros al respecto), Kate ya estaba un poco entradita en años para disfrutar de su primera temporada en Londres.

Pero, en realidad, no había habido otra opción. La familia Sheffield no era rica ni siquiera en vida del padre de Kate, y desde su muerte cinco años atrás se habían visto obligadas a economizar aun más. Si bien era cierto que su situación no era para ingresar en la casa de caridad, tenían que mirar cada penique y cada libra.

Con tales apuros económicos, las Sheffield sólo podrían juntar los fondos para pagar un único viaje a Londres. Alquilar una casa -y un carruaje- y contratar el mínimo necesario de criados para pasar la temporada costaba dinero. Más del que podían permitirse gastar dos veces. Por consiguiente, tuvieron que ahorrar durante cinco años enteritos para poder permitirse este viaje a Londres. Y si las chicas no tenían éxito en el Mercado Matrimonial…, bien, nadie iba a encerrarles en la prisión de morosos, pero tendrían que contentarse con una vida discreta de digna escasez en alguna pequeña y encantadora casita en Somerset.

Por lo tanto las dos muchachas se vieron obligadas a hacer su debut el mismo año. Habían decidido que el momento más lógico sería cuando Edwina cumpliera los diecisiete y Kate casi tuviera veintiuno. A Mary le habría gustado esperar hasta que Edwina tuviera dieciocho y fuera un poco más madura, pero entonces Kate tendría casi veintidós, y cielos, ¿quién querría casarse entonces con ella?

Kate sonrió con gesto irónico. Ni siquiera había querido una tem porada en Londres. Desde el principio sabía que no era el tipo de chica que atraía la atención de la aristocracia más elitista. No era lo suficientemente guapa como para compensar la falta de dote, y nunca había aprendido a sonreír, a moverse con afectación, caminar con delicadeza y todas esas cosas que otras chicas parecían saber desde la cuna. La propia Edwina sabía de algún modo cómo estar de pie, caminar y suspirar para que los hombres se disputaran a golpes el honor de ayudarla a cruzar la calle, pese a no ser ninguna inválida.

Kate, por otra parte, siempre sobresalía por su altura y hombros erguidos; era incapaz de permanecer sentada quieta aunque su vida dependiera de ello y caminaba siempre como si participara en una carrera. ¿Y por qué no?, se preguntaba. Si una iba a algún sitio, ¿qué sentido tenía no intentar llegar a aquel punto lo más rápido posible?

En cuanto a la actual temporada en Londres, ni siquiera la ciudad le gustaba demasiado. Oh, se lo estaba pasando bastante bien y había conocido a unas cuantas personas agradables, pero todo aquello parecía una horrible pérdida de dinero para una joven que se habría quedado tan contenta permaneciendo en el campo y encontrando allí a algún hombre formal que quisiera casarse con ella.

Pero Mary no quería saber nada de todo eso.

– Cuando me casé con tu padre -decía- juré quererte y criarte con todo el cariño y atención que le daría a mi propia hija.

Kate había conseguido introducir tan sólo un único «Pero…» antes de que Mary siguiera adelante:

– Tengo una responsabilidad también con tu pobre madre, Dios la guarde en paz. Parte de esa responsabilidad es verte felizmente casada y con el futuro asegurado.

– En el campo también podrías yerme felizmente casada y con el futuro asegurado -había replicado Kate.

Mary rebatió:

– En Londres hay más hombres entre los que escoger.

Tras lo cual Edwina se había sumado a la conversación y había insistido en que se sentiría del todo desdichada sin ella, y puesto que Kate nunca podía soportar ver a su hermana infeliz, su destino quedó escrito.

De modo que aquí estaba ella, sentada en un salón un poco ajado en una casa alquilada de un sector de Londres casi elegante y…

Miró a su alrededor con aire travieso.

…porque estaba a punto de arrebatarle a su hermana el diario que sostenía en las manos.

– ¡Kate! -chilló Edwina. Los ojos se le salían de las órbitas mientras miraba el pequeño triángulo de papel que le había quedado entre el pulgar y el índice de la mano derecha-. ¡Aún no había acabado!

– Llevas una eternidad leyéndolo -dijo Kate con una mueca traviesa-. Aparte, quiero ver qué tiene que decir hoy del vizconde de Bridgerton.

Los ojos de Edwina, que muchas veces eran comparados con los plácidos lagos escoceses, se encendieron con picardía.

– Te interesa muchísimo el vizconde, Kate. ¿Hay alguna cosa que no nos cuentas?

– No seas tonta. Ni siquiera le conozco. Y si le conociera, es probable que saliese corriendo en dirección contraria. Es justo el tipo de hombre que nosotras dos deberíamos evitar a toda costa. Seguro que es capaz de camelar a un iceberg.

– ¡Kate! -exclamó Mary.

– Kate puso una mueca. Había olvidado que su madrastra estaba escuchando.

– Pues es verdad -añadió-. He oído decir que ha tenido más amantes que yo cumpleaños.

Mary la miró durante unos pocos segundos como si intentara decidir si quería responder o no. Luego dijo por fin:

– No es que éste sea un tema apropiado para tus oídos, pero muchos hombres las tienen.

– Oh. -Kate se sonrojó. Pocas cosas le hacían menos gracia que el hecho de que la contradijeran cuando intentaba hacer una observación importante-. Bien, entonces, él tiene el doble. Sea lo que sea, es mucho más promiscuo que la mayoría de señores, y no es precisamente el tipo de hombre que Edwina debería permitir que la cortejara.

– Tú también estás disfrutando de la temporada -le recordó Mary.

Kate le lanzó a Mary la más sarcástica de las miradas. Todas ellas sabían que si el vizconde decidía cortejar a una Sheffield, no sería a Kate.

– No creo que ese diario diga algo que vaya a alterar tu opinión-comentó Edwina encogiéndose de hombros mientras se inclinaba hacia Kate para poder ver mejor el periódico-. No dice gran cosa sobre él, a decir verdad. Más bien es un tratado sobre el tema de los libertinos.

Los ojos de Kate recorrieron las palabras impresas.

– Mmf -dijo con su expresión favorita de desdén-. Apuesto a que tiene razón. Es probable que no se retire este año.

– Siempre crees que lady Confidencia tiene razón -murmuró Mary con una sonrisa.

– Por lo general es así -contestó Kate-. Tienes que admitir que para ser una columnista de cotilleo, da muestras de una sensatez remarcable. Sin duda, hasta ahora ha acertado en su valoración de todas las personas que he conocido en Londres.

– Deberías formarte tus propias opiniones, Kate -dijo Mary en tono alegre-. No es propio de ti basar tus opiniones en una columna de cotilleo.

Kate sabía que su madrastra tenía razón, pero no quería admitirlo, y por lo tanto soltó otro «mmf» y volvió la atención al diario que tenía en las manos.

Confidencia era sin duda la lectura más interesante de todo Londres. Kate no estaba del todo segura cuándo había empezado la columna de cotilleo, en algún momento del año anterior según había oído. De todos modos, había algo seguro: fuese quién fuese lady Confidencia (y nadie lo sabía en realidad) era un miembro de la aristocracia más selecta y estaba muy bien relacionada. Tenía que ser así. Ningún simple intruso podría destapar todos los chismorreos que imprimía en su columna cada lunes, miércoles y viernes.

Lady Confidencia siempre tenía los últimos on-dits y, a diferencia de otros columnistas, no vacilaba en utilizar los nombres completos de las personas. La semana pasada, por ejemplo, tras decidir que a Kate no le quedaba bien el amarillo, escribió con la claridad de la luz del día: «El color amarillo hace que la morena señorita Katharine Sheffield parezca un narciso chamuscado».

Kate no le dio importancia al insulto. Había oído decir en más de una ocasión que uno no podía considerarse «alguien» de la sociedad hasta que lady Confidencia le dedicara un insulto. Incluso Edwina, quien tenía un gran éxito social en opinión de todo el mundo, se había sentido celosa de que Kate hubiera sido objeto del honor del insulto.

Y pese a que Kate seguía sin querer pasar en Londres la temporada, se imaginó que, ya que tenía que participar en el torbellino social, mejor intentar no ser un total fracaso. Si recibir un insulto en una columna de cotilleo iba a ser su único síntoma de éxito, pues entonces bienvenido fuera. Kate conocía sus limitaciones.

Ahora, cada vez que Penelope Featherington se jactaba de que lady Confidencia la había comparado con un cítrico demasiado maduro con su vestido de satén mandarina, Kate podía sacudir el brazo y suspirar con gran dramatismo: «Sí, bueno, yo soy un narciso chamusado».

– Algún día -anunció Mary de súbito mientras se empujaba los lentes una vez más con el dedo índice- alguien va a descubrir la verdadera identidad de esa mujer, y entonces tendrá un problema serio.

Edwina miró a su madre con interés.

– ¿De verdad crees que alguien va a descubrirla? Ha sido capaz de mantener el secreto durante un año.

– Algo así no puede permanecer en secreto eternamente -respondió Mary. Pinchó el bordado con su aguja y tiró de una larga hebra de hilo amarillo a través del tejido-. Tomad nota de mis palabras. Todo se desvelará más tarde o más temprano, y cuando suceda saltará un escándalo de tales dimensiones que jamás antes habréis conocido algo parecido.

– Bien, si yo supiera quién es -anunció Kate al tiempo que pasaba a la página dos del diario de una sola hoja- es probable que la convirtiera en mi mejor amiga. Es endiabladamente divertida. Y digan lo que digan, casi siempre está en lo cierto.

Justo en ese momento, Newton, el corgi de Kate, un poco pasado de peso, entró trotando en la habitación.

– ¿No se suponía que ese perro debería quedarse fuera? – preguntó Mary -. ¡Kate! -chilló a continuación cuando el perro se fue directo a sus pies y empezó a jadear como si esperara un beso.

– Newton, ven aquí ahora mismo -ordenó su ama.

El perro miró con anhelo a Mary, luego se fue caminando hasta Kate, se subió al sofá y le puso las patas delanteras sobre el regazo.

– Te está llenando de pelo -dijo Edwina.

Kate se encogió de hombros mientras acariciaba el espeso pelaje color caramelo.

– No me importa.

Edwina suspiró, pero estiró la mano y dio también una rápida palmadita a Newton.

– ¿Y qué más cuenta? -preguntó, inclinándose hacia delante con interés-. No he podido llegar ni a la página dos.

Kate le sonrió a su hermana con sarcasmo.

– No gran cosa. Algo sobre el duque y la duquesa de Hastings, quienes por lo visto llegaron a la ciudad a principios de semana; una lista de las viandas en el baile de lady Danbury, que calificó de «sorprendentemente deliciosas»; y una descripción bastante desgraciada del vestido de la señora Featherington el pasado lunes.

Edwina frunció el ceño.

– Parece tomársela bastante con los Featherington.

– Y no es de extrañar -dijo Mary, quien dejó su bordado para levantarse-. Esa mujer no sabría escoger el color del vestido de sus hijas aunque tuviera todo un arco iris a su alrededor.

– ¡Madre! -exclamó Edwina.

Kate se tapó la boca con la palma para intentar no reírse. Era raro que Mary se pronunciara de una manera tan dogmática, pero cuando lo hacía siempre salía con afirmaciones maravillosas.

– Bien, es la verdad. Se empeña en vestir a su hija menor de naranja. Cualquiera puede darse cuenta de que esa pobre muchacha necesita un azul o un verde menta.

– Tú me vestiste de amarillo -le recordó Kate.

– Y siento haberlo hecho. Eso me enseñará a no hacer caso de las dependientas. Nunca debí haber dudado de mi propio criterio. Lo que haremos será arreglar ese vestido para Edwina.

Puesto que Edwina le llegaba a su hermana a la altura del hombro y su color de pelo era varios tonos más delicados que ios de Kate, esto no sería problema.

– Cuando lo hagáis -dijo Kate volviéndose a su hermana- aseguraos de eliminar el volante de la manga. Es una distracción horrorosa. Y pica. Estuve a punto de arrancarlo allí mismo en el baile de los Ashbourne.

Mary entornó los ojos.

– Estoy sorprendida y al mismo tiempo agradecida de que te dignaras a comedirte.

– Yo estoy sorprendida pero no agradecida -dijo Edwina con una sonrisa maliciosa-. Pensad sólo en el jugo que le habría sacado a eso lady Confidencia.

– Ah, sí -dijo Kate devolviéndole la mueca-. Me lo imagino, «El narciso chamuscado se arranca los pétalos».

– Me voy arriba -anunció Mary sacudiendo la cabeza al oír las gracias de sus hijas-. Intentad no olvidar que tenemos que asistir a una fiesta esta noche. Tal vez queráis, chicas, descansar un poco antes de salir. Estoy segura de que, una noche más, regresaremos bastante tarde a casa.

Kate y Edwina asintieron y murmuraron sus promesas de tener aquello en cuenta mientras Mary recogía el bordado y salía de la habitación. En cuanto se marchó, Edwina se volvió a Kate y le preguntó:

– ¿Has decidido qué vas a llevar hoy?

– La gasa verde, creo. Debería ir de blanco, lo sé, pero temo que no me quede bien.

– Si no vas de blanco -dijo Edwina por lealtad-, entonces yo tampoco lo haré. Llevaré la muselina azul.

Kate asintió con aprobación mientras volvía a hojear el diario que tenía en la mano, a la vez que intentaba sostener a Newton, que se había puesto patas arriba, colocado para que le frotaran la barriga.

– Justo la semana pasada, el señor Berbrooke dijo que eras un ángel vestido de azul, por lo bien que le va este color a tus ojos.

Edwina pestañeó llena de sorpresa.

– ¿El señor Berbrooke dijo eso? ¿Te lo dijo a ti?

Kate volvió a alzar la vista.

– Por supuesto. Todos tus pretendientes intentan trasmitir sus cumplidos a través de mí.

– ¿Ah, sí? ¿Y por qué iban a hacerlo?

Kate sonrió lentamente, con aire de indulgencia.

– Bien, para tu conocimiento, Edwina, podría tener algo que ver con cierta ocasión en la que anunciaste a todo el público presente en la velada musical de los Smythe-Smith que nunca te casarías sin la aprobación de tu hermana.

Las mejillas de Edwina se sonrosaron un poco.

– No fue a todo el público -balbució.

– Pues casi. La noticia se propagó más rápido que el fuego por los tejados. Yo ni siquiera estaba en la sala en ese momento y tardé sólo dos minutos en enterarme.

Edwina cruzó los brazos y soltó un «mmf» que hizo que pareciera su hermana mayor.

– Bien, es la verdad, o sea que no me importa quién lo sepa. Sé que todo el mundo espera de mí que haga una boda grandiosa y esplendorosa, pero no tengo que casarme con alguien que no se porte bien conmigo. Alguien con condiciones para impresionarte a ti sin duda sería satisfactorio.

– ¿Así que soy tan difícil de impresionar?

Las dos hermanas se miraron la una a la otra y contestaron al unísono.

– Sí.

Pero mientras Kate se reía junto con Edwina, creció en su interior una preocupante sensación de culpabilidad. Las tres Sheffield sabían que iba a ser Edwina la que conseguiría enganchar a un noble o la que lograría casarse con una fortuna. Sería Edwina quien garantizaría el futuro a su familia, y les permitiera salir de su digna escasez. Edwina era una belleza, mientras Kate era…

Kate era Kate.

A Kate no le importaba. La belleza de Edwina era un hecho de la vida. Hacía tiempo que Kate había acabado por aceptar ciertas verdades. Kate nunca aprendería a bailar el vals sin ser ella la que intentara guiar a su pareja; siempre tendría miedo de las tormentas eléctricas, por mucho que se repitiera que estaba siendo tonta; y se pusiera lo que se pusiera, no importaba cómo se peinara o aunque se pellizcara las mejillas, nunca estaría tan guapa como Edwina.

Por otro lado, Kate no estaba segura de si le gustaría recibir toda la atención de la que Edwina era objeto. Y estaba acabando por comprender que tampoco le deleitaría la responsabilidad de tener que hacer una buena boda para mantener a su madre y a su hermana.

– Edwina -dijo Kate con voz suave y unos ojos que de repente se habían tornado serios-, no tienes que casarte con alguien que no te guste. Eso lo sabes.

Edwina asintió y de repente parecía que fuera a llorar.

– Si decides que no hay un solo caballero en Londres que no sea lo bastante bueno para ti, pues ya está. Regresaremos a Somerset y disfrutaremos de nuestra propia compañía, sin más. De todos modos, no hay nadie con quien yo me lo pase mejor.

– Ni yo -susurró Edwina.

– Y si encuentras a un hombre que te haga perder el sentido, entonces Mary y yo estaremos encantadas. Tampoco tiene que preocuparte dejarnos a nosotras dos. Disfrutaremos la una de la compañía de la otra.

– Es posible que tú también encuentres a alguien con quien casarte -indicó Edwina.

Kate notó que sus labios formaban una pequeña sonrisa.

– Es posible -concedió, aunque sabía que lo más probable era que no fuera así. No quería quedarse soltera para toda la vida, pero dudaba que fuera a encontrar un marido aquí en Londres-. Tal vez uno de tus pretendientes enfermos de amor recurra a mí una vez que se percate de que eres inalcanzable -bromeo.

Edwina intentó darle con el cojín.

– No seas tonta.

– ¡Y no lo soy! -protestó Kate. No lo era. Con toda franqueza, aquélla parecía la vía más probable para que ella encontrara un marido en la capital.

– ¿Sabes con qué tipo de hombre me gustaría casarme? -preguntó Edwina y de pronto puso ojos soñadores.

Kate sacudió la cabeza.

– Un intelectual.

– ¿Un intelectual?

– Un erudito -dijo Edwina con firmeza.

Kate se aclaró la garganta.

– No estoy segura de que vayas a encontrar muchos de estos en la ciudad durante la temporada.

– Lo sé. -Edwina soltó un pequeño suspiro-. Pero lo cierto es que, y tú lo sabes, aunque se supone que no debería soltarlo en público, soy todo un ratón de biblioteca. Preferiría pasarme el día entre libros que dando vueltas por Hyde Park. Creo que disfrutaría de la vida con un hombre que también tuviera aspiraciones intelectuales.

– Cierto. Hummm… -La mente de Kate funcionaba con frenesí. Tampoco era probable que Edwina encontrara a un intelectual en Somerset-. ¿Sabes, Edwina? Podría ser difícil encontrar un verdadero erudito fuera de las ciudades universitarias. Tal vez tengas que contentarte con un hombre al le guste leer y aprender tanto como a ti.

– Eso estaría bien -aceptó feliz Edwina-. Estaría muy contenta con un intelectual amateur.

Kate soltó un suspiro de alivio. Sin duda podrían encontrar en Londres a alguien a quien le gustara leer.

– ¿Y sabes qué? – añadió Edwina -. Nunca te puedes fiar de las apariencias. Todo tipo de personas son intelectuales en sus ratos libres. Vaya, incluso el vizconde de Bridgerton, del que no deja de hablar lady Confidencia podría ser en el fondo un erudito.

– Cuidado con lo que dices, Edwina. No vas a tener nada que ver con el vizconde de Bridgerton. Todo el mundo sabe que es un mujeriego de la peor clase. De hecho, es el peor de los mujeriegos, y sanseacabó. De todo Londres. ¡De todo el país!

– Lo sé, sólo le estaba poniendo de ejemplo. Aparte, no es probable que escoja esposa este año. Eso dice lady Confidencia, y tú misma has dicho que casi siempre está en lo cierto.

Kate dio una palmadita en el brazo a su hermana.

– No te preocupes. Te encontraremos un marido apropiado. Pero no, desde luego que no, ¡no el vizconde de Bridgerton!

En aquel preciso momento, su tema de conversación se encontraba pasando el rato en White’s con dos de sus tres hermanos más jóvenes, disfrutando de una copa por la tarde.

Anthony Bridgerton se recostó en su sillón de cuero y contempló su whisky escocés con expresión pensativa mientras lo hacía girar. Luego anunció:

– Estoy pensando en casarme.

Benedict Bridgerton, quien llevaba un rato entregado a un vicio que su madre detestaba -oscilar tambaleante sobre las dos patas traseras de su silla- se cayó al suelo.

Colin Bridgerton se atragantó.

Por suerte para Colin, Benedict volvió a incorporarse a tiempo para darle una sonora palmada en la espalda y mandar una aceituna verde volando por encima de la mesa.

Por poco alcanza la oreja de Anthony.

Anthony dejó pasar aquella humillación sin comentarios. Era demasiado consciente de que su repentina declaración había provocado un poco de sorpresa.

Bueno, tal vez algo más que un poco. Completa, total y absoluta, eran las palabras que vinieron a su mente.

Anthony sabía que no daba la imagen de un hombre que había sentado la cabeza. Había pasado la última década como un vividor de la peor clase, buscando placer donde podía. Como bien sabía, la vida era corta y sin duda había que disfrutarla. Oh, desde luego que había mantenido un cierto código de honor. Nunca había coqueteado con jovencitas de buena familia. Cualquier muchacha que tuviera algún derecho a exigirle matrimonio quedaba estrictamente relegada a territorio prohibido.

Puesto que tenía cuatro hermanas menores, Anthony mostraba un grado saludable de respeto por la buena reputación de las mujeres de buena cuna. Ya casi se había batido en duelo por una de sus hermanas, y todo por un desaire a su honor. Y en cuanto a las otras tres… tenía que admitir sin reparos que sentía un sudor frío sólo de pensar en que se enredaran con un hombre con una reputación parecida a la suya.

No, era cierto, no iba a aprovecharse de la hermana menor de otro caballero.

Pero en cuanto a otros tipos de mujeres -viudas y actrices, que sabían lo que querían y dónde se estaban metiendo- disfrutaba de su compañía y disfrutaba a tope. Desde el día en que salió de Oxford y partió hacia al oeste, a Londres, nunca le había faltado una amante.

Y en ocasiones, pensó con ironía, no le habían faltado dos.

Podía decirse que había participado en todas las carreras de caballos que la sociedad organizaba, había boxeado en Jackson’s y había ganado más partidas de cartas de las que podía recordar. (Había perdido unas cuantas también, pero esas no las consideraba.) La década de los veinte a los treinta había transcurrido en una búsqueda consciente de placer, atenuada sólo por su abrumador sentido de la responsabilidad para con su familia.

La muerte de Edmund Bridgerton había sido repentina e inesperada; no había tenido ocasión de manifestar ninguna petición final a su hijo mayor antes de fallecer. Pero Anthony estaba seguro de que, si lo hubiera hecho, le habría pedido que cuidara de su madre, hermanos y hermanas con la misma diligencia y afecto que Edmund había mostrado.

Por lo tanto, entre las rondas de fiestas y las carretas de caballos de Anthony, había enviado a sus hermanos a Eton y a Oxford, había asistido a una cantidad apabullante de recitales de piano ofrecidos por sus hermanas (toda una proeza, tres de las cuatro carecían de oído para la música), y había seguido de cerca las finanzas familiares. Con siete hermanos y hermanas, consideraba su deber garantizar que hubiera dinero suficiente para asegurar el futuro de todos.

Según se acercaba a los treinta años, se había percatado de que pasaba cada vez más y más tiempo atendiendo su herencia y a su familia y cada vez menos en su antigua búsqueda de decadencia y placer. Y había comprendido que le gustaba de este modo. Aún tenía amantes, pero nunca más de una cada vez, y descubrió que ya no sentía la necesidad de participar en cada carrera de caballos que se organizaba o de quedarse hasta tarde en una fiesta sólo para ganar esa última mano de cartas.

Por supuesto, conservaba la misma reputación que años atrás. Eso era algo que en sí no le importaba. Había ciertas ventajas en que se le considerara el vividor más censurable de toda Inglaterra. Por ejemplo, le temían casi en todas partes.

Todo tenía un lado bueno.

Pero ahora era el momento de casarse. Tenía que sentar cabeza, tener un hijo. Al fin y al cabo, tenía que transmitir a alguien su título. Sintió una penetrante punzada de lástima -y tal vez también un toque de culpabilidad- porque era poco probable que viviera para ver a su hijo convertido en adulto. Pero ¿qué podía hacer? Era el primogénito Bridgerton de un primogénito Bridgerton de un primogénito Bridgerton, hasta ocho veces. Tenía la responsabilidad dinástica de ser fértil y multiplicarse.

Aparte, le producía cierto consuelo saber que dejaba tres hermanos competentes y bondadosos. Ellos se ocuparían de que su hijo fuera criado con el amor y el honor del que todos los Bridgerton habían disfrutado. Sus hermanas mimarían al niño, y su madre tal vez lo malcriaría…

Anthony sonrió un poco mientras pensaba en su numerosa y a veces ruidosa familia. Su hijo no necesitaría un padre para ser querido.

Y tuviera los hijos que tuviera, bien, era probable que no le recordasen una vez faltara. Serían pequeños, aún no formados. No le había pasado por alto que, de todos los niños Bridgerton, a él, el mayor, le había afectado más profundamente la muerte de su padre.

Dio otro trago a su whisky y enderezó los hombros, apartando cavilaciones tan desagradables de su mente. Necesitaba concentrarse en el tema que tenía entre manos, a saber, la búsqueda de una esposa.

Puesto que era un hombre bastante exigente y en cierto modo organizado, había hecho una lista mental de los requisitos para aquel puesto. En primer lugar, ella tenía que ser razonablemente atractiva. No hacía falta que fuera una belleza despampanante (aunque eso sería agradable), pero si tenía que acostarse con ella, imaginaba que un poco de atracción física haría la faena más agradable.

En segundo lugar, no podía ser estúpida. Esto, reflexionó Anthony, tal vez fuera el más difícil de sus requisitos. No le impresionaba demasiado la destreza mental de las debutantes londinenses. La última vez que había cometido el error de entablar conversación con una mocosa recién salida del colegio, ella no había sido capaz de hablar de otra cosa que no fuera de comida (tenía un plato de fresas en aquel momento) y del tiempo (y ni siquiera se aclaró entonces: cuando Anthony le había preguntado si le parecía que iban a tener tiempo inclemente, ella había contestado que no tenía ni idea. «Nunca he estado en Clemente.»)

Tal vez pudiera evitar conversar con una esposa que no fuera del todo lista, pero no quería unos niños estúpidos.

En tercer lugar -y éste era el punto más importante- no podía tratarse de alguien de quien él pudiera enamorarse.

Esta regla no podía quebrantarse bajo circunstancia alguna.

Tampoco era tan cínico: él sabía que el amor verdadero existía. Cualquiera que hubiera estado en la misma habitación que sus padres sabía que existía el amor verdadero.

Pero el amor era una complicación que deseaba evitar. No deseaba que se produjera aquel milagro en concreto en su vida.

Y puesto que Anthony estaba acostumbrado a conseguir lo que quería, no albergaba dudas de que iba a encontrar una mujer atractiva e inteligente de la que nunca se enamoraría. ¿Qué problema había en ello? Eran muchas las posibilidades de que nunca encontrara el amor de su vida pese a buscarlo. De hecho la mayoría de los hombres no lo conseguían.

– Santo cielo, Anthony, ¿por qué frunces el ceño así? No puede ser por la aceituna. He visto con claridad que ni siquiera te ha tocado.

La voz de Benedict le sacó de su ensueño. Anthony pestañeó unas pocas veces antes de contestar.

– No es nada. Nada en absoluto.

Por supuesto, no había compartido con nadie sus ideas sobre su propia mortalidad, ni siquiera con sus hermanos. No era el tipo de cosa que alguien quisiera anunciar por ahí. Diablos, si alguien le hubiera venido a él con una historia así, era más que probable que le hubiera mandado al cuerno entre risas.

Pero nadie más podía entender la profundidad del vínculo que mantenía con su padre. Y sin duda nadie más podía comprender lo que Anthony sentía en sus carnes y lo que sabía con convicción: que simplemente no viviría más de lo que había vivido su padre. Edmund lo había sido todo para él. Siempre había aspirado a ser un hombre tan importante como su padre pese a saber que aquello era improbable; de todos modos lo intentaba. Alcanzar más de lo que había logrado Edmund -en cualquier sentido- era del todo imposible.

El padre de Anthony era, en pocas palabras, el hombre más grande que había conocido nunca, posiblemente el hombre más grande que había vivido jamás. Pensar que podía ser más que eso parecía presuntuoso en extremo.

Algo le había sucedido la noche en que su padre había muerto, cuando permaneció en el dormitorio de sus padres a solas con el cadáver, simplemente sentado allí durante horas, observando a Edmund e intentando con desespero recordar cada momento que habían compartido. Sería tan fácil olvidar las cosas pequeñas: cómo apretaba el brazo de Anthony cuando le hacía falta ánimo o cómo podía recitar entera de memoria la canción «Sigh No More» de Balthazar de Mucho ruido y pocas nueces, no porque le pareciera significativa sino porque le gustaba, sin mas.

Y cuando por fin Anthony salió de la habitación, con los primeros rayos del amanecer tornando el cielo de rosa, en cierto modo sabía que tenía los días contados, contados del mismo modo que lo habían estado para Edmund.

– Suéltalo -dijo Benedict, interrumpiendo una vez más sus pensamientos -. No voy a ofrecer nada por saber lo que piensas, ya que sé que es imposible que tus pensamientos valgan algo, pero ¿en qué diantres estás pensando?

De repente Anthony se sentó más erguido, decidido a volver su atención al tema que tenían entre manos. Al fin y al cabo, tenía que elegir esposa, y sin duda eso constituía un asunto serio.

– ¿A quién se considera el diamante de esta temporada? -preguntó.

Sus hermanos se pararon a pensar un momento en esto y enseguida Colin dijo:

– Edwina Sheffield. Sin duda la has visto. Bastante menuda, con el pelo rubio y ojos azules. Puedes distinguirla por el rebaño de pretendientes enfermos de amor que van tras ella.

Anthony pasó por alto los intentos de su hermano de resultar sarcástico.

– ¿Es inteligente?

Colin pestañeó, como si la pregunta sobre si una mujer era lista fuera una cuestión que nunca se le hubiera pasado a él por la cabeza.

– Sí, creo que sí. En una ocasión la oí discutir de mitología con Middlethorpe, y sonaba cómo si supiera de lo que hablaba.

– Bien -dijo Anthony mientras dejaba su copa de whisky sobre la mesa con un sonido seco-. Pues entonces me casaré con ella.

Capítulo 2

En el baile de los Heartside el miércoles por la noche, se pudo ver al vizconde Bridgerton bailando con más de una joven soltera. Esta conducta sólo puede calificarse de «sorprendente», ya que normalmente Bridgerton evita a las jovencitas recatadas con una perseverancia que sería admirable si no resultara tan frustrante para todas las mamás con intenciones matrimoniales.

¿Es posible que el vizconde haya leído la columna más reciente de Esta Autora y que, haciendo gala de esa actitud perversa que todos los varones parecen compartir, haya decidido demostrar a Esta Autora que se equivocaba?

Podría dar la impresión de que Esta Autora se atribuye más importancia de la que de hecho ejerce, pero está claro que los hombres han tomado decisiones basándose en mucho, mucho menos.

REVISTA DE SOCIEDAD DE LADY WHISTLEDOWN,

22 de abril de 1814

Para las once de la noche, todos los temores de Kate se habían materializado.

Anthony Bridgerton le había pedido un baile a Edwina.

Y aún peor, Edwina había aceptado.

Y mucho peor todavía, Mary estaba contemplando a la pareja como si quisiera reservar la iglesia en aquel mismo minuto.

– ¿Vas a dejarlo? -le dijo Kate entre dientes, al tiempo que propinaba a su madrastra un codazo en las costillas.

– ¿Dejar qué?

– ¡De mirarles de ese modo!

Mary pestañeó.

– ¿De qué modo?

– Como si estuvieras planeando el menú de la boda.

– Oh. -A Mary se le sonrojaron las mejillas con el tipo de rubor que denotaba culpabilidad.

– ¡Mary!

– Bien, es posible que lo haya hecho -admitió la mujer-. ¿Y qué tiene de malo, me gustaría preguntar? Sería un partido inmejorable para Edwina.

– ¿No nos has escuchado esta tarde enel salón? Ya es bastante malo que Edwina tenga tal cantidad de vividores y mujeriegos pisándole los talones. No puedes imaginarte la de tiempo que me ha llevado separar a los buenos pretendientes de los malos. ¡Pero Bridgerton! -Kate se encogió de hombros-. Es muy posible que sea el peor mujeriego de todo Londres. No puedes querer que se case con un hombre como él.

– No se te ocurra decirme qué puedo y qué no puedo hacer, Katharine Grace Sheffield -respondió Mary cortante e irguió la espalda hasta enderezarse en toda su altura, que de todos modos era una cabeza más baja que Kate-. Sigo siendo tu madre. Bien, tu madrastra. Y eso cuenta para algo.

Kate se sintió de inmediato como un gusano.

Mary era la única madre que había conocido y nunca, ni una sola vez, le había hecho sentirse menos hija que Edwina. La había arropado por las noches, le había contado cuentos, la había besado y abrazado, y le había ayudado durante esos años difíciles entre la infancia y la edad adulta. Lo único que no había hecho era pedir a Kate que la llamara «madre».

– Sí cuenta -dijo Kate con voz suave, bajando avergonzada la mirada a los pies-. Cuenta mucho. Eres mi madre, en todos los sentidos y en todo lo que importa.

Mary se la quedó mirando durante un largo momento, luego empezó a pestañear de forma bastante frenética.

– Oh, cielos -dijo con voz entrecortada mientras buscaba en su cartera un pañuelo-. Ahora ya me has dejado hecha una regadera.

– Lo siento -murmuró Kate-. Mira, ven aquí, vuélvete para que nadie te vea. Así, así…

Mary sacó un pañuelo blanco de lino y se secó los ojos, del mismo azul que los de Edwina.

– Te quiero, Kate. Lo sabes, ¿verdad?

– ¡Por supuesto! -exclamó Kate, asombrada incluso de que Mary lo preguntara-. Y tú sabes… tú sabes que…

– Lo sé. -Mary le dio unos golpecitos en el brazo-. Por supuesto que lo sé. Es sólo que cuando te comprometes a ser la madre de una criatura a la que no has dado a luz, tu responsabilidad es el doble de grande. Debes trabajar incluso más para garantizar la felicidad y el bienestar del niño.

– Oh, Mary, te quiero. Y quiero a Edwina.

Nada más mencionar el nombre de Edwina, las dos se volvieron y miraron al otro lado del salón de baile, para verla mientras bailaba con suma gracia con el vizconde. Como era habitual, Edwina era una pura imagen de belleza menuda. Su cabello rubio estaba recogido en lo alto de su cabeza, con unos pocos rizos sueltos que enmarcaban su rostro, y su forma era la gracia personificada mientras iba ejecutando los pasos del baile.

El vizconde, advirtió Kate con irritación, era de un guapo deslumbrante. Vestido de negro y blanco rigurosos, evitaba los colores chillones que se habían hecho populares entre los miembros más coquetos de la élite aristocrática. Era alto, estirado y orgulloso, y tenía un espeso cabello castaño que tendía a caer hacia delante sobre su frente.

Al menos a primera vista, era todo lo que se suponía que un hombre tenía que ser.

– Forman una pareja muy guapa, ¿verdad? -murmuró Mary.

Kate se mordió la lengua. Y se hizo daño de veras.

– Es un pelín alto para ella, pero no lo veo como un obstáculo insuperable, ¿no crees?

Kate se agarró las manos y se clavó las uñas en la piel. Decía mucho sobre la fuerza de su agarre el hecho de que pudiera sentirlas incluso a través de los guantes de cabritilla.

Mary sonrió. Una sonrisa bastante taimada, pensó Kate. Lanzó una mirada desconfiada a su madrastra.

– ¿Él baila bien, no te parece? -preguntó Mary.

– ¡No va a casarse con Edwina! -estalló Kate.

La sonrisa de Mary se estiró hasta formar una mueca.

– Me estaba preguntando cuánto tardarías en romper tu silencio.

– Mucho más de lo que es mi tendencia natural -replicó Kate, prácticamente mordiendo con cada palabra.

– Sí, eso está claro.

– Mary, sabes que no es el tipo de hombre que queremos para Edwina.

Mary inclinó ligeramente la cabeza a un lado y alzó las cejas.

– Creo que el planteamiento tendría que ser si es el tipo de hombre que Edwina quiere para Edwina.

– ¡Tampoco lo es! – repuso Kate con vehemencia -. Esta misma tarde me dijo que quería casarse con un intelectual. ¡Un intelectual!-Sacudió la cabeza en dirección al cretino moreno que estaba bailando con su hermana-. ¿A ti te parece un intelectual?

– No, pero te digo lo mismo, tú no tienes precisamente aspecto de ser una diestra acuarelista, y no obstante yo sé que lo eres. -Mary puso una sonrisita de suficiencia, lo cual acabó por sacar de quicio a Kate. Esperó su respuesta.

– Admitiré -dijo Kate entre dientes- que no hay que juzgar a una persona sólo por su aspecto externo, pero sin duda estarás de acuerdo conmigo en que, por todo lo que hemos oído decir de él, no parece el tipo de hombre que vaya a pasar las tardes inclinado sobre libros antiguos en una biblioteca.

– Tal vez no -dijo Mary en tono meditativo- pero he tenido una conversación encantadora con su madre esta noche, más temprano.

– ¿Su madre? -Kate se forzó por seguirla conversación-. ¿Qué tiene que ver eso ahora?

Mary se encogió de hombros.

– Me cuesta creer que una dama tan cortés e inteligente haya criado a un hijo que no sea el más perfecto de los caballeros, a pesar de su reputación.

– Pero, Mary…

– Cuando seas madre -dijo con altivez- entenderás a lo que me refiero.

– Pero…

– ¿Te he dicho ya -interrumpió de pronto Mary con un tono de voz intencionado que indicaba que quería cambiar de tema- lo guapa que estás con la gasa verde? Estoy contentísima de que la escogiéramos.

Kate se quedó mirando su vestido sin palabras mientras se preguntaba por qué diablos Mary había cambiado de tema de forma tan repentina.

– Este color te sienta muy bien. ¡Lady Confidencia no te comparará con ninguna brizna chamuscada en su columna del viernes!

Kate se quedó mirando a Mary llena de consternación. Tal vez su madre estaba demasiado acalorada. El salón de baile se encontraba abarrotado y el ambiente estaba cada vez más cargado.

Entonces sintió el dedo de Mary clavándosele justo debajo de su omoplato izquierdo, y supo que el motivo era otra cosa por completo diferente.

– ¡Señor Bridgerton! -exclamó de pronto Mary, sonando tan llena de júbilo como una jovencita.

Kate, horrorizada, volvió la cabeza con brusquedad para ver a un hombre asombrosamente guapo que se acercaba hacia ellas. Un hombre asombrosamente guapo que guardaba un parecido también asombroso con el vizconde que en aquellos instantes estaba bailando con su hermana.

Tragó saliva. O eso o se quedaba boquiabierta del todo.

– ¡Señor Bridgerton! – repitió Mary -. Qué placer verle. Ésta es mi hija Katharine.

El joven tomó la mano inerte y enguantada de Kate y rozó sus nudillos con un beso tan etéreo que Kate sospechó que no la había besado en absoluto.

– Señorita Sheffield -murmuró él.

– Kate -continuó Mary-, te presento al señor Colin Bridgerton. Le he conocido antes mientras hablaba con su madre, lady Bridgerton, esta misma noche. -Se volvió a Colin con sonrisa radiante-. Qué dama tan encantadora.

Él le devolvió la sonrisa.

– Eso creemos nosotros.

Mary soltó una risita ahogada. ¡Una risita ahogada! Kate sintió una arcada.

– Kate -repitió Mary-, el señor Bridgerton es el hermano del vizconde. El que baila con Edwina -añadió sin que fuera necesario.

– Eso he deducido -respondió Kate.

Colin Bridgerton le lanzó una mirada de soslayo, y ella supo al instante que no le había pasado por alto el vago sarcasmo en su tono de voz.

– Es un placer conocerla, señorita Sheffield -dijo con amabilidad-. Espero que esta noche me haga el honor de concederme uno de sus bailes.

– Yo… por supuesto. -Se aclaró la garganta-. Será un honor.

– Kate -dijo Mary dándole levemente con el codo-, enséñale tu tarjeta de baile.

– ¡Oh! Sí, por supuesto. -Kate buscó a tientas su tarjeta, que llevaba atada con pulcritud a su muñeca con una cinta verde. Que tuviera que buscar a tientas algo que de hecho llevaba atado a su cuerpo era un poco alarmante, pero Kate decidió atribuir su falta de compostura a la aparición repentina e inesperada de un hermano Bridgerton desconocido hasta entonces.

Eso y el desgraciado hecho de que incluso en las mejores circunstancias nunca había sido la chica con más gracia de un baile.

Colin escribió su nombre para una de las piezas durante aquella velada, luego le preguntó si le apetecía ir con él hasta la mesa de la limonada.

– Ve, ve -dijo Mary antes de que Kate pudiera contestar-. No te preocupes por mí. Estaré muy bien aunque te vayas.

– Puedo traerte un vaso -se ofreció Kate al tiempo que intentaba imaginarse si era posible fulminar con la mirada a su madrastra sin que el señor Bridgerton lo advirtiera.

– No es necesario. La verdad es que debería regresar a mi sitio con todas las acompañantes y madres. -Mary volvió con frenesí la cabeza de un lado a otro hasta que detectó un rostro conocido-. Oh, mira, ahí está la señora Featherington. Tengo que marcharme. ¡Portia! ¡Portia!

Kate observó durante un momento la forma de su madrastra que se retiraba a toda prisa, luego se volvió de nuevo al señor Bridgerton.

– Creo -dijo con sequedad- que no quiere limonada.

Una chispa de humor destellé en los ojos verde esmeralda de él.

– O eso o es que planea ir corriendo hasta España a recoger ella misma los limones.

A su pesar, Kate se rió. Prefería que el señor Colin Bridgerton no le cayera bien. No tenía demasiadas ganas de que nadie de la familia Bridgerton le gustara después de todo lo que había leído sobre el vizconde en el diario. Pero tuvo que admitir que no parecía justo juzgar a un hombre por las fechorías de su hermano, de modo que se obligó así misma a relajarse un poco.

– ¿Y usted tiene sed -le preguntó Kate- o se limitaba a ser amable?

– Siempre soy amable -dijo con una sonrisa maliciosa, pero también tengo sed.

Kate echó una rápida ojeada a esa sonrisa que combinada con aquellos devastadores ojos verdes conseguía un efecto letal, y casi suelta un gemido.

– Usted también es un seductor -dijo con un suspiro.

Colin se atragantó. Con qué, ella no lo sabía, pero de todos modos se atragantó.

– Perdón, ¿cómo ha dicho?

El rostro de Kate se sonrojó al percatarse con horror de que había hablado en voz alta.

– No, soy yo quien le pide perdón. Por favor, discúlpeme. Mi descortesía es imperdonable.

– No, no -se apresuré a decir él, con aspecto de estar terriblemente interesado y también bastante divertido-, por favor, continúe.

Kate tragó saliva. No había manera de salir ahora de esto.

– Simplemente… -se aclaré la garganta-, si quiere que le sea franca…

Él asintió con una sonrisa astuta que le decía que no podía imaginársela de otra manera que siendo franca.

Kate se aclaré la garganta una vez más. La verdad, esto se estaba volviendo ridículo. Empezaba a sonar como si se hubiera tragado un sapo.

– Se me había ocurrido que guardaba cierto parecido con su hermano, eso es todo.

– ¿Mi hermano?

– El vizconde -dijo ella, pues pensaba que era obvio.

– Tengo tres hermanos -explicó él.

– Oh. -Entonces se sintió estúpida-. Lo siento.

– Yo también lo siento -dijo él, como si de verdad lo lamentara-. La mayoría de las veces son un fastidio atroz.

Kate tuvo que toser para disimular un pequeño resuello de sorpresa.

– Pero al menos no me ha comparado con Gregory -dijo él con un suspiro dramático de alivio. En ese momento lanzó a Kate una pícara mirada de soslayo-. Tiene trece años.

Kate captó la sonrisa dibujada en sus ojos y comprendió que había estado bromeando con ella todo el tiempo. En absoluto se trataba de un hombre que deseara perder de vista a sus hermanos.

– Siente bastante devoción por su familia, ¿verdad que sí? -le preguntó.

Los ojos de él, risueño a lo largo de toda la conversación se volvieron serios por completo sin tan siquiera pestañear.

– Total.

– Igual que yo -dijo Kate lanzando una indirecta.

– ¿Y eso quiere decir…?

– Quiere decir – contestó ella consciente de que debía contener la lengua pero de todas formas explicarse – que no permitiré que nadie rompa el corazón de mi hermana.

Colin se quedó callado durante un momento y volvió la cabeza con lentitud para observar a su hermano y a Edwina, quienes en ese mismo momento concluían el baile.

– Ya veo -murmuro.

– ¿Ah sí?

– Oh, desde luego. -Llegaron a la mesa de la limonada y él estiró el brazo para coger dos vasos, uno de los cuales se lo tendió a ella. Ya había bebido tres vasos de limonada aquella noche, un hecho del que estaba segura que Mary era consciente antes de insistir en que Kate bebiera más. Pero hacía calor en el salón de baile -en los salones de baile siempre hacía calor- y volvía a tener sed.

Colin dio un sorbo pausado y la observó por encima del borde del vaso, luego dijo:

– Mi hermano tiene en mente formar una familia este año.

Era un juego para dos, pensó Kate. Dio un sorbo a la limonada-lentamente- antes de hablar:

– ¿Eso es cierto?

– Desde luego estoy en posición de saberlo.

– Tiene la reputación de ser todo un mujeriego.

Colin la miró intentando formarse un juicio.

– Eso es cierto.

Es difícil imaginarse a un tunante de tan mala reputación formalizándose con una esposa y encontrando la felicidad en el matrimonio.

– Parece haber pensado mucho en esta perspectiva, señorita Sheffield apuntó con una mirada franca y directa a su rostro.

– Su hermano no es el primer hombre de carácter cuestionable que le ha hecho la corte a mi hermana, señor Bridgerton. Y le aseguro que no me tomo la felicidad de mi hermana a la ligera.

– Lo cierto es que cualquier chica encontraría la felicidad en un matrimonio con un caballero acaudalado y con título. ¿No consiste justo en eso una temporada en Londres?

– Tal vez -admitió Kate-, pero me temo que esa línea de pensamiento no aborda el verdadero problema que nos ocupa.

– ¿Qué es?

– Que un marido puede romper el corazón con una intensidad muy superior a la de un mero pretendiente. -Sonrió con una clase de sonrisa leve y sabedora. Luego añadió-: ¿No le parece?

– Puesto que nunca me he casado, está claro que no estoy en situación de hacer conjeturas.

– Lástima, lástima, señor Bridgerton. Ésa ha sido la peor evasiva que podía ocurrírsele.

– ¿De veras? Más bien pensaba que podría ser la mejor. Está claro que estoy perdiendo habilidades.

– Eso, me temo, nunca será algo de lo que preocuparse. -Kate acabó lo que le quedaba de limonada. Era un vaso pequeño; lady Hartside, la anfitriona, era conocida por su tacañería.

– Es demasiado generosa -replicó él.

Kate sonrió, esta vez con una sonrisa de verdad.

– Rara vez me acusan de eso, señor Bridgerton.

Él se rió. Con una sonora carcajada en medio del salón de baile. Kate se percató con incomodidad de que de pronto eran objeto de numerosas miradas curiosas.

– Tiene que conocer -continué él, sonando divertido por completo- a mi hermano.

– ¿El vizconde? -pregunté ella con incredulidad.

– Bien, podría disfrutar también de la compañía de Gregory -admitió-, pero como ya le he dicho, sólo tiene trece años y es probable que le ponga una rana en la silla.

– ¿Y el vizconde?

– No es probable que le ponga una rana en la silla -respondió él con una expresión absolutamente seria.

Kate nunca sabría cómo consiguió no echarse a reír. Con los labios muy rectos y serios, contestó:

– Ya veo. Tiene muchos consejos que dar a su hermano pequeño entonces.

Colin puso una mueca.

– No es tan malo.

– Qué alivio saberlo. Creo que voy a empezar a planear el banquete nupcial de inmediato.

Colin se quedó boquiabierto.

– No me refería… No debería… Es decir, una medida así sería prematura.

Kate sintió lástima por él y dijo:

– Estaba bromeando.

El rostro de él se sonrojó levemente.

– Por supuesto.

– Bien, si me disculpa, tengo que despedirme. Colin alzó una ceja.

– ¿No irá a irse tan pronto, señorita Sheffield?

– En absoluto. -Pero no iba a decirle que tenía que ir al escusado. Cuatro vasos de limonada tendían a provocar esa reacción corporal-. He prometido a una amiga reunirme un momento con ella.

– Ha sido un placer. -Ejecuté una inclinación precisa-. ¿Puedo acompañarla a su destino?

– No, gracias. Seré capaz de llegar yo sola. -Y con una sonrisa por encima del hombro, inició su retirada del salón de baile.

Colin Bridgerton la observó marchar con expresión pensativa, luego se encaminó hacia su hermano mayor quien estaba apoyado contra la pared con los brazos cruzados en actitud casi beligerante.

– ¡Anthony! -le llamó y dio una palmada a su hermano en la espalda-. ¿Cómo ha ido tu baile con la encantadora señorita Sheffield?

– Servirá. -Fue la escueta respuesta de Anthony. Ambos sabían qué quería decir eso.

– ¿De veras? -Los labios de Colin esbozaron una sonrisa muy leve-. Entonces tendrías que conocer a su hermana.

– ¿Disculpa?

– Su hermana -repitió Colin, y empezó a reírse-. Simplemente tienes que conocer a su hermana.

Veinte minutos más tarde, Anthony estaba convencido de haber comprendido toda la historia que Colin le explicó sobre Edwina Sheffield. Y por lo visto, la vía para alcanzar el corazón de Edwina y su mano en matrimonio pasaba directamente por su hermana.

Al parecer, Edwina Sheffield no iba a casarse sin la aprobación de su hermana mayor. Según Colin esto era vox populi, o al menos lo era desde la semana anterior ya que Edwina así lo había manifestado en la velada musical anual de los Smythe-Smith. Todos los hermanos Bridgerton se habían perdido esta declaración de capital importancia ya que evitaban las veladas musicales de los Smythe-Smith como si fueran la plaga, igual que hacía cualquiera con un poco de aprecio por Bach, Mozart o la música en general.

La hermana mayor de Edwina, una tal Katharine Sheffield, más conocida como Kate, también hacía su debut este año, pese a que era sabido que al menos tenía veintiún años. Esta coincidencia llevó a Anthony a la conclusión de que las Sheffield debían encontrarse entre las categorías inferiores de la aristocracia, un hecho que a él le iba bien. No necesitaba una novia con una gran dote, y una novia sin dote podría necesitarle más a él.

Anthony creía en aprovechar todas las ventajas.

A diferencia de Edwina, la mayor de las señoritas Sheffield no había causado una sensación inmediata entre la sociedad. Según Colin, en general caía bien, pero carecía de la belleza deslumbrante de Edwina. Era alta mientras Edwina era menuda, y morena mientras Edwina era rubia. A su vez, carecía de la gracia resplandeciente de Edwina. También en este caso según Colin (quien, pese a haber llegado hacía bien poco a Londres para pasar la temporada, era una verdadera fuente de conocimiento y cotilleo), más de un caballero había comunicado haber recibido pisotones tras un baile con Katharine Sheffield.

A Anthony le resultaba toda la situación un poco absurda. Al fin y al cabo, ¿quién había oído alguna vez que una muchacha precisara la aprobación de su hermana para su futuro marido? Un padre, sí, un hermano, o incluso una madre… pero ¿una hermana? Era inconcebible. Y aún más, resultaba peculiar que Edwina buscara consejo en Katharine cuando estaba claro que la propia Katharine no sabía a qué atenerse en asuntos relacionados con la ton.

Pero Anthony no tenía especial interés en buscar otra candidata adecuada a la que cortejar, de modo que decidió convenientemente que aquello sólo quería decir que la familia era importante para Edwina. Y puesto que la familia era lo más importante para él, esto era un indicio más de que sería una opción excelente como esposa.

De modo que daba la impresión de que lo único que tendría que hacer sería cautivar a la hermana. ¿Y cómo iba a ser eso algo difícil?

– No tendrás problemas en conquistarla -predijo Colin con una sonrisa de seguridad iluminando su rostro-. Ningún problema en absoluto. ¿Una solterona tímida y anticuada? Es probable que nunca haya recibido las atenciones de un hombre como tú. Nunca sabrá qué le habrá sucedido.

– No quiero que se enamore de mí -replicó Anthony-. Sólo quiero que me recomiende a su hermana.

– No puedes fallar -continué Colin-. Así de sencillo: no puedes fallar. Confía en mí, he pasado unos minutos conversando con ella antes esta misma noche y no podía hablar mejor de ti.

– Bien. -Anthony se incorporé de la pared y lanzó una ojeada con aire decidido-. Y bien, ¿dónde está? Necesito que nos presentes.

Colin inspeccionó la sala durante un minuto más o menos y luego dijo:

– Ah, ahí está. Mira, viene en esta dirección. Qué coincidencia tan maravillosa.

Anthony había llegado a la conclusión hacía tiempo de que nada que se acercara a cinco metros de su hermano era una coincidencia, pero siguió de todos modos su mirada.

– ¿Cuál de ellas es?

– La de verde -contestó Colin haciendo una indicación en su dirección con un movimiento de barbilla apenas perceptible.

No era en absoluto lo que había esperado, se percató Anthony mientras la observaba andar con mucho cuidado entre la multitud. En realidad no era una amazona solterona; sólo si se la comparaba con Edwina, quien apenas pasaba el metro cincuenta, parecía demasiado alta. En sí, la señorita Katharine Sheffield tenía un aspecto de veras agradable, con espeso cabello marrón castaño y ojos oscuros. Tenía el cutis claro, labios rosados y se comportaba con un aire de seguridad que él no pudo evitar encontrar atractivo.

Era cierto que nunca se la podría considerar un diamante del más alto grado de pureza, como su hermana, pero Anthony no entendía qué no era capaz de encontrar un marido para ella. Tal vez cuando él se casara con Edwina pudiera proporcionar una dote para la hermana. Parecía lo menos que un hombre podía hacer.

A su lado, Colin se adelantó un poco para abrirse camino entre la multitud.

– ¡Señorita Sheffield! ¡Señorita Sheffield!

Anthony no quiso quedarse detrás de Colin y se preparó mentalmente para encandilar a la hermana mayor de Edwina. Una solterona no valorada como era debido, eso era. La tendría comiéndole de la mano en un visto y no visto.

– Señorita Sheffield -estaba diciendo Colin-, qué placer volver a verla.

Ella se mostró un poco perpleja, pero Anthony no la culpó. Colin hacía que sonara como si se hubieran topado el uno con el otro por accidente, cuando todos sabían que al menos había atropellado a media docena de personas para llegar a su lado.

– Y es encantador volver a verle también a usted, señor -respondió con ironía-. Y de un modo tan inesperadamente rápido después de nuestro último encuentro.

Anthony sonrió para sus adentros. Tenía un ingenio más agudo de lo que le habían incitado a pensar.

Colin puso una mueca encantadora, y entonces Anthony tuvo la impresión clara y turbadora de que su hermano andaba detrás de algo.

– No puedo explicar por qué -dijo Colin a la señorita Sheffield-, pero de pronto me parece imperioso presentarle a mi hermano.

Kate volvió de forma abrupta la vista a la derecha de Colin y se enderezó cuando su mirada recayó sobre Anthony. Más bien dio la impresión de que acabara de tomarse una medicamento desagradable.

Anthony pensó que aquello era extraño.

– Qué amable de su parte -murmuré la señorita Sheffield… entre dientes.

– Señorita Sheffield -continuó alegre Colin, mientras hacía una indicación a Anthony-, mi hermano Anthony, vizconde de Bridgerton. Anthony, la señorita Katharine Sheffield. Creo que ya has conocido a su hermana antes esta noche.

– Desde luego -dijo Anthony, consciente para entonces de un abrumador deseo, no necesidad, de estrangular a su hermano.

La señorita Sheffield hizo una rápida y torpe inclinación.

– Lord Bridgerton -dijo- es un honor conocerle.

Colin profirió un sonido demasiado parecido a un resoplido. O tal vez una risa. O tal vez ambas cosas.

Y entonces Anthony lo supo de repente. Una sola mirada al rostro de su hermano debería habérselo revelado. No se trataba de una solterona tímida, retraída, no valorada como era debido. Fuera lo que fuera que le hubiera dicho ella a Colin aquella misma noche, no incluía ningún cumplido para con Anthony.

El fratricidio era legal en Inglaterra, ¿o no? Si no lo era, pronto debería serlo, qué carajo.

Anthony comprendió con retraso que la señorita Sheffield le había tendido la mano, como era lo educado. La tomó y rozó con un leve beso sus nudillos enguantados.

– Señorita Sheffield -murmuré sin pensar-, es tan encantadora como su hermana.

Si hasta antes había parecido estar incómoda, su actitud entonces se volvió abiertamente hostil. Y Anthony se dio cuenta con una bofetada mental que había dicho exactamente lo incorrecto. Por supuesto que no debería haberla comparado con su hermana. Era el cumplido que ella jamás creería.

– Y usted, lord Bridgerton -respondió en un tono que podría haber helado el champán- es casi tan apuesto como su hermano.

Colin volvió a soltar un resoplido, sólo que esta vez sonaba como si le estuvieran estrangulando.

– ¿Se encuentra bien? -preguntó la señorita Sheffield.

– Está bien -ladró Anthony.

Ella no le hizo caso y mantuvo la atención en Colin.

– ¿Está seguro?

Colin asintió con furia.

– Un cosquilleo en la garganta.

– ¿O tal vez la conciencia intranquila? -sugirió Anthony.

Colin dio la espalda de forma deliberada a su hermano y se volvió a Kate.

– Creo que necesito otro vaso de limonada -dijo con voz entrecortada.

– O tal vez -continuó Anthony- algo más fuerte. ¿Cicuta, tal vez?

La señorita Sheffield se cubrió con la mano la boca, presumiblemente para reprimir un acceso de risa horrorizada.

– La limonada servirá -contestó Colin con docilidad.

– ¿Quiere que le vaya a buscar un vaso? -preguntó Kate. Anthony advirtió que ya había dado un paso, como si fuera la excusa para salir huyendo.

Colin negó con la cabeza.

– No, no, puedo ir yo sin problemas. Pero creo que he reservado este siguiente baile con usted, señorita Sheffield.

– No le exigiré que lo cumpla -dijo con un ademán.

– Oh, pero no podría soportar dejarla aquí sola -repuso él.

Anthony podía ver que a la señorita Sheffield le preocupaba cada vez más el brillo malicioso en los ojos de Colin. Encontró un placer poco caritativo en esto. Anthony sabía que su reacción era un pelín desproporcionada, pero algo en esta señorita Katharine Sheffield encendía su ánimo al tiempo que le provocaba unas ganas terribles de presentarle batalla.

Y ganar. Eso no hacía falta decirlo.

– Anthony -dijo Colin con un tono tan condenadamente inocente y ansioso que Anthony lo tuvo difícil para no matarle allí mismo-, no estás comprometido para este baile, ¿verdad que no?

Anthony no dijo nada, sencillamente le fulminé con la mirada.

– Bien. Entonces bailarás con la señorita Sheffield.

– Estoy segura de que eso no será necesario -solté la dama en cuestión.

Anthony lanzó otra mirada iracunda a su hermano, luego, por si acaso, a la señorita Sheffield, quien le observaba a él como si acabara de violar a diez vírgenes en su presencia.

– Oh, pero sí que lo es -dijo Colin con gran dramatismo, haciendo caso omiso de las dagas ópticas que se intercambiaban en ese momento entre su pequeño trío-. Ni soñaría con dejar abandonada a una joven dama en su hora de necesidad. Qué poco caballeroso -dijo estremeciéndose.

Anthony calibró muy en serio la posibilidad de poner en práctica algún comportamiento poco caballeroso. Tal vez algo como plantar su puño en el rostro de Colin.

– Le aseguro -se apresuré a decir la señorita Sheffield- que verme abandonada a mis propios recursos sería muy preferible a bail…

Suficiente, pensó Anthony con gran fiereza, era suficiente de veras. Su propio hermano ya le había tomado por tonto, no iba a quedarse ahí sin hacer nada mientras le insultaba la hermana de Edwina aquella solterona de lengua afilada. Puso una mano con decisión en el brazo de la señorita Sheffield y dijo:

– Permítame evitar que cometa un grave error, señorita Sheffield.

Ella se puso tensa. El no sabía cómo, pero la espalda de Kate ya estaba tiesa como una vara.

– Perdón, ¿cómo ha dicho? -preguntó.

– Creo -le dijo él en tono suave- que estaba a punto de decir algo que no tardaría en lamentar.

– No -dijo ella y sonó intencionadamente pensativa-. Creo que no tenía previsto lamentar nada.

– Seguro que acabará por hacerlo -dijo él en tono ominoso. Y entonces le cogió el brazo y se diría que la llevó a rastras hasta la mismísima pista de baile.

Capítulo 3

Al vizconde de Bridgerton se le vio bailando también con la señorita Katharine Sheffield, la hermana mayor de la rubia Edwina. Esto sólo puede significar una cosa, ya que a Esta Autora no le ha pasado por alto que la mayor de las Sheffield ha estado muy solicitada en la pista de baile desde que la hermana pequeña hizo su singular anuncio sin precedentes en la velada musical de los Smythe -Smith de la semana pasada.

¿Quién ha oído que una chica necesitara e/permiso de su hermana para escoger marido?

Y otra cuestión que tal vez sea más importante, ¿quién ha decidido que las palabras «Smythe-Smith» y «velada musical» puedan usarse en la misma frase? Esta autora asistió a una de estas reuniones en e/ pasado y no oyó nada que pudiera calificarse con rigor como «música».

REVISTA DE SOCIEDAD DE LADY WHISTLEDOWN,

22 de abril de 1814

En realidad no podía hacer nada, comprendió Kate con consternación. Él era un vizconde, ella una mera desconocida de Somerset, y ambos estaban en medio de un salón de baile abarrotado de gente. No importaba el hecho de que él le hubiera disgustado a primera vista. Tenía que bailar con él.

– No hace falta que me arrastre -le dijo entre dientes.

Él aflojó el asimiento con gran ostentación.

Kate apretó los dientes y se juró a sí misma que este hombre nunca convertiría a su hermana en su esposa. Su actitud era demasiado fría, demasiado superior. También era demasiado guapo, pensó de un modo algo injusto, con aterciopelados ojos marrones que combinaban a la perfección con su pelo. Era alto, sin duda superaba el metro ochenta, aunque probablemente sólo un par de centímetros, y sus labios, aunque eran hermosos desde el punto de vista clásico (Kate había estudiado arte suficiente tiempo como para considerarse cualificada al emitir tal opinión) estaban tensos en las comisuras, como si no supiera sonreír.

– Y bien -dijo él una vez que los pies empezaron a moverse siguiendo los pasos-, pongamos que me cuenta por qué me odia.

Kate le pisó un pie. Dios, era un hombre directo.

– Perdón, ¿cómo ha dicho?

– No hace falta que me deje lisiado, señorita Sheffield.

– Ha sido un accidente, se lo aseguro. -Y lo era, aunque en realidad no le importaba este ejemplo concreto de su falta de gracia.

– ¿Por qué -dijo en tono meditativo- me resulta difícil creerla?

La franqueza, decidió Kate con rapidez, sería su mejor estrategia. Si él podía ser directo, pues adelante, ella también.

– Puede ser -respondió con sonrisa maliciosa- porque sabe que si se me hubiera ocurrido pisarle el pie a propósito, lo habría hecho.

Él arrojó la cabeza hacia atrás y se rió. No era la reacción que ella había esperado ni en la que había confiado. Aunque, si lo pensaba mejor, no tenía ni idea del tipo de reacción que había esperado, pero desde luego que no era eso.

– ¿Puede dejarlo, milord? -susurró con apremio-. La gente empieza a mirar.

– La gente ha empezado a mirar hace dos minutos -le contestó-. No es frecuente que un hombre como yo baile como una mujer como usted.

Como intercambio de pullas, ésta había sido lanzada con puntería, pero para desgracia de él, también era incorrecta.

– No es cierto -contestó Kate con desenfado-. En verdad, usted no es el primero de los idiotas locos por mi hermana que intentan congraciarse con ella a través de mí.

Él puso una mueca.

– ¿No pretendientes sino idiotas?

Kate encontró su mirada y se quedó sorprendida al ver auténtico regocijo ahí.

– Sin duda no va a ofrecerme un anzuelo tan delicioso como ése, ¿verdad, milord?

– Y no obstante no ha caído en la trampa -contestó él en tono meditativo.

Kate bajó la vista para ver si había alguna manera de pisarle otra vez de forma discreta.

– Llevo unas botas muy gruesas, señorita Sheffield -le dijo él.

Ella alzó la cabeza con un rápido movimiento.

Un extremo de la boca del vizconde se curvó formando una sonrisa fingida.

– Y también tengo una vista de lince.

– Eso parece. Tendré que tener cuidado dónde piso mientras esté cerca de usted, eso seguro.

– Santo cielo -dijo él arrastrando las palabras-, ¿no habrá sido eso un cumplido? Podría morirme de la impresión.

– Si quiere considerarlo un cumplido, le dejo hacerlo -dijo con ironía-. No hay muchas probabilidades de que reciba más.

– Me hiere, señorita Sheffield.

– ¿Quiere eso decir que su piel no es tan resistente como sus botas?

– Oh, ni mucho menos.

Kate notó su propia risa antes incluso de caer en la cuenta de cuanto se estaba divirtiendo.

– Eso es algo que me cuesta creer.

Él esperó a que la sonrisa de ella desapareciera para decir.

– No ha contestado a mi pregunta. ¿Por qué me odia?

Una ráfaga de aire salió entre los labios de Kate. No había contado con que él repitiera la pregunta. O al menos confiaba en que no lo hiciera.

– No le odio, milord -contestó escogiendo las palabras con sumo cuidado-. Ni siquiera le conozco.

– Conocer a alguien no es un requisito esencial para odiar -dijo él en tono suave, y sus ojos se fijaron en ella con una persistencia letal-. Vamos, señorita Sheffield, no me parece una cobarde. Responda a mi pregunta.

Kate permaneció callada durante todo un minuto. Era cierto, no estaba predispuesta a que este hombre le cayera bien. Desde luego no iba a dar su bendición para que cortejara a Edwina. No creía ni por un momento que los mujeriegos reformados fueran luego los mejores maridos. Para empezar, ni siquiera estaba segura de que un mujeriego pudiera reformarse.

Pero él podría haber sido capaz de vencer las ideas preconcebidas de Kate. Él podría haber sido encantador y sincero y directo y ser capaz de convencerle de que las historias que aparecían en Confidencia eran una exageración, que no era el mayor golfo que había conocido Londres desde principios de siglo. Podría haberle convencido de que seguía un código de honor, que era un hombre honrado y de principios…

Si no se le hubiera ocurrido compararla con Edwina.

Porque no podía haber una mentira más obvia. Kate sabía que ella no era insoportable; su rostro y su forma eran bastante agradables. Pero de ninguna manera podía comparársela con Edwina de este modo y quedar como su igual. Edwina era de verdad un diamante de la mejor calidad, ella nunca superaría la media, ni llamaría la atención.

Y si este hombre decía lo contrario, entonces era que tenía algún motivo oculto, porque era obvio que no estaba ciego.

Podría haberle hecho algún otro cumplido vacuo y ella lo habría aceptado como la conversación amable de un caballero. Incluso se habría sentido halagada si sus palabras se hubieran acercado un tanto a la verdad. Pero compararla con Edwina…

Kate adoraba a su hermana. De veras, lo hacía. Y sabía mejor que nadie que el corazón de Edwina era tan hermoso y radiante como su rostro. No es que se considerara una persona celosa, pero aún así… la comparación de alguna forma la hería en lo más profundo.

– No le odio -contestó por fin. Tenía los ojos fijos en la barbilla de él pero, puesto que no toleraba la cobardía y menos en ella misma, se obligó a encontrar su mirada para añadir-: Pero encuentro que no puede caerme bien.

Algo en la mirada de él le dijo que apreciaba su sinceridad directa.

– ¿Y por qué? -preguntó con voz tranquila.

– ¿Puedo ser franca?

Los labios de Anthony se estiraron.

– Por favor.

– Está bailando ahora mismo conmigo porque quiere cortejar a mi hermana. Eso no me importa -se apresuró a asegurarle-. Estoy muy acostumbrada a recibir atenciones de los pretendientes de Edwina.

Estaba claro que no tenía la mente en los pasos de baile. Anthony apartó el pie antes de que sus pies volvieran a lastimarle. Advirtió con interés que volvía a referirse a ellos como pretendientes en vez de cómo idiotas.

– Por favor, continúe -murmuró.

– No es el tipo de hombre con el que querría que se casara mi hermana -dijo lisa y llanamente. Su actitud era directa y sus inteligentes ojos marrones no se apartaron de los de él en ningún momento-. Usted es un mujeriego. Es un vividor. En realidad es famoso por ambas cosas. No permitiría que mi hermana se acercara a tres metros de usted.

– Y no obstante -le dijo él con una sonrisita maliciosa-. He bailado el vals con ella esta noche.

– Un acto que no volverá a repetirse, se lo aseguro.

– ¿Y le corresponde a usted decidir el destino de Edwina?

– Edwina confía en mi opinión -contestó remilgada.

– Ya veo -dijo él con lo que esperaba que fuera su actitud más misteriosa-. Eso es muy interesante. Pensaba que Edwina ya era mayor.

– ¡Edwina sólo tiene diecisiete años!

– Y usted es tan mayor, ¿cuántos años, veinte tal vez?

– Veintiuno -soltó con brusquedad.

– Ah, eso la convierte en una verdadera experta en hombres y en que especial en maridos. Sobre todo teniendo en cuenta que estará casada, ¿verdad?

– Sabe muy bien que no lo estoy -dijo apretando los dientes.

Anthony reprimió las ganas de sonreír. Santo Dios, sí que era divertido hacer picar el anzuelo a la mayor de las Sheffield.

– Creo que… -dijo entonces pronunciando las palabras de forma lenta e intencionada -le ha resultado relativamente fácil controlar a la mayoría de hombres que han llamado a la puerta de su hermana. ¿Es eso cierto?

Kate guardó un silencio sepulcral.

– ¿Es así?

Finalmente ella consintió un leve gesto de asentimiento.

– Eso pensaba -murmuró-. Parece de ese tipo.

Ella le fulminó con una mirada tan feroz que a él le costó aguantar la risa. Si no estuvieran bailando, lo más probable es que se hubiera acariciado la barbilla, fingiendo una profunda reflexión. Pero puesto que tenía las manos ocupadas en otra cosa, tuvo que contentarse con torcer de forma lenta y pesada la cabeza, algo que combinó con un gesto altivo de sus cejas.

– Pero también creo -añadió- que comete un grave error al pensar que podrá controlarme a mí.

Los labios de Kate formaban un línea grave y recta, pero consiguió decir:

– No intento controlarle, lord Bridgerton. Sólo intento mantenerle alejado de mi hermana.

– Lo cual demuestra, señorita Sheffield, lo poco que sabe de los hombres. Al menos de la variedad mujeriega y vividora. -Se inclinó un poco hacia ella y dejó que su aliento caliente le rozara la mejilla.

Kate se estremeció. Él sabía que iba a estremecerse.

Sonrió con malicia.

– Hay poco que nos deleite más que un desafío.

La música concluyó entonces y les dejó de pie en medio de la pista de baile, uno de cara al otro. Anthony la cogió del brazo, pero antes de llevarla otra vez al perímetro de la sala, acercó mucho los labios al oído de Kate y susurro:

– Y usted, señorita Sheffield, me ha retado al más delicioso de 1os desafíos.

Kate le pisó un pie. Con fuerza. Lo suficiente para que él soltara un pequeño chillido, sin duda poco mujeriego y poco libertino.

No obstante, cuando el vizconde le lanzó una mirada hostil, ella se limitó a encogerse de hombros y a decir:

– Era mi única defensa.

La mirada de él se oscureció.

– Usted, señorita Sheffield, es una amenaza.

El vizconde le sujetó el brazo con más fuerza.

– Antes de que regrese a su santuario de acompañantes y solteronas, hay una cosa que tenemos que aclarar.

Kate contuvo la respiración. No le gustaba el tono duro que detectaba en su voz.

– Voy a cortejar a su hermana. Y si decido que podría ser una lady Bridgerton idónea, la convertiré en mi esposa.

Kate alzó con brusquedad la cabeza para encararse a él con fuego en los ojos.

– Entonces supongo que piensa que le corresponde a usted decidir el destino de Edwina. No lo olvide, milord: aunque usted decida que va a ser una lady Bridgerton -y pronunció con desdén la palabra- idónea, tal vez ella escoja a otra persona.

Él la miró con la seguridad del varón al que nunca contrarían.

– Si me decido a pedírselo a Edwina, no dirá que no.

– ¿Intenta decirme que ninguna mujer ha sido capaz de resistírsele?

No contestó, sólo alzó una ceja altanera para que ella misma dedujera sus propias conclusiones.

Kate consiguió soltar su brazo y se fue hacia su madrastra a buen paso, temblando de furia, resentimiento y un poco de miedo incluso.

Porque tenía la horrorosa sensación de que él no mentía. Y si de verdad resultaba ser irresistible…

Kate se estremeció. Ella y Edwina iban a tener graves, graves problemas.

La tarde siguiente fue como cualquier tarde tras un gran baile. El salón de casa de la familia Sheffield se llenó a reventar de ramos de flores, cada uno acompañado de una escueta tarjeta blanca con el nombre “Edwina Sheffield”.

Un simple «Señorita Sheffield» habría sido suficiente, pensó Kate con una mueca, pero supuso que en realidad no se podía culpar a los pretendientes de Edwina por querer asegurarse de que las flores llegaban a la señorita Sheffield correcta.

No es que fuera probable que alguien fuera a cometer el error de equivocarse. Las flores eran por regla general para Edwina. Y realmente, de regla general no había nada ya que todos los ramos que habían llegado a la residencia Sheffield durante el último mes eran para Edwina. Todos.

A Kate le gustaba pensar que, de todos modos, ella se reía la última. La mayoría de las flores le provocaban estornudos a Edwina, así que los ramos solían acabar en el dormitorio de Kate.

– Oh, preciosidad -dijo mientras rozaba con ternura una hermosa orquídea-. Creo que tu sitio está sobre la cabecera de mi cama. Y vosotras -se inclinó hacia delante y olisqueó un ramo de perfectas rosas blancas-, vosotras estaréis imponentes sobre mi tocador.

– ¿Siempre le habla a las flores?

Kate se giró en redondo al oír el sonido de una profunda voz masculina. Santo cielo, era lord Bridgerton con un aspecto pecaminosamente apuesto con su chaqué azul de mañana. ¿Qué diantres estaba haciendo aquí?

No tenía sentido quedarse callada sin hacer preguntas.

– ¿Qué dian… -Se contuvo justo a tiempo. No permitiría que este hombre la rebajara a maldecir en voz alta, por mucho que lo hiciera para sus adentros-. ¿Qué hace aquí?

El vizconde alzó una ceja mientras retocaba el gran ramo que llevaba debajo del brazo. Rosas rosas, advirtió ella. Eran preciosas. Sencillas y elegantes. Exactamente el tipo de cosa que elegiría para sí misma.

– Creo que la costumbre es que los pretendientes visiten a las jovencitas, ¿no es cierto? -murmuró-. ¿O he confundido el libro de protocolo?

– Quería decir -masculló Kate-, ¿cómo ha entrado? Nadie me ha avisado de su llegada.

Indicó el vestíbulo con una inclinación de cabeza.

– El sistema habitual. He llamado a la puerta.

La mirada de irritación de Kate al advertir su sarcasmo no impidió que él continuara:

– Aunque parezca asombroso, su mayordomo contestó. Luego le di mi tarjeta, le dio una mirada y me acompañó hasta el salón. Aunque me encantaría reivindicar algún tipo de taimado y turbio subterfugio- continuó sin dejar un tono extraordinariamente altanero-, lo cierto es que ha sido del todo sencillo, sin tapujos.

– Mayordomo infernal -farfulló Kate-. Se supone que tiene que cerciorarse de que «estamos en casa» antes de dejar pasar a alguien.

– Tal vez tenga instrucciones previas de que «estarán en casa» para mí bajo cualquier circunstancia.

Kate se irritó.

– Yo no le he dado instrucciones de ese tipo.

– No -respondió lord Bridgerton con una risita-, nunca lo habría pensado.

– Y sé que Edwina no lo la hecho.

Él sonrió.

– ¿Tal vez su madre?

Por supuesto.

– Mary -gruñó ella, un mundo de acusaciones en aquella única palabra.

– ¿La llama por su nombre de pila? -preguntó él con amabilidad. Kate asintió.

– En realidad es mi madrastra. Aunque es la única madre que he conocido. Se casó con mi padre cuando yo sólo tenía tres años. No sé por qué sigo llamándola Mary. -Sacudió un poco la cabeza al tiempo que alzaba los hombros y los encogía con gesto de perplejidad-. Pero lo hago.

Los ojos marrones del vizconde continuaban fijos en el rostro de ella. Kate cayó de pronto en la cuenta: acababa de permitir que este hombre -su Némesis, en realidad- accediera a un pequeño rincón de su vida. Notó que las palabras «lo siento» borbotaban en su lengua; un reflejo, pensó, por haber hablado más de la cuenta. Pero no quería pedir disculpas a este hombre por nada, así que dijo:

– Me temo que Edwina ha salido, de modo que su visita ha sido para nada.

– Oh, no lo creo -contestó. Cogió el ramo de flores que había tenido bajo el brazo derecho con la otra mano y, cuando lo sacó, Kate vio que no se trataba de un ramo enorme sino de tres más pequeños.

– Éste -dijo, mientras dejaba uno sobre una mesita auxiliar- es para Edwina. Y éste -hizo lo mismo con el segundo- es para su madre.

Le quedaba un solo ramo. Kate se quedó paralizada de impresión, incapaz de apartar los ojos de los perfectos capullos rosas. Sabía qué se traía él entre manos, que el motivo de incluirla en aquel detalle era presionar a Edwina, pero, maldición, nadie le había traído flores antes, y hasta ese momento preciso no se había dado cuenta de cuánto deseaba que alguien lo hiciera.

– Éstas -finalizó él mientras sostenía el último arreglo floral de rosas- son para usted.

– Gracias -dijo con vacilación cogiéndolas entre sus brazos-. Son preciosas. -Se inclinó hacia delante para olerlas y suspiró de placer con su intenso aroma. Cuando volvió a alzar la vista añadió-: Ha sido muy considerado de su parte pensar en Mary y en mi.

Él hizo una gentil inclinación con la cabeza.

– Ha sido un placer para mí. Tengo que confesar que, en una ocasión, un pretendiente de mi hermana hizo lo mismo con mi madre, y creo que nunca la he visto tan encantada.

– ¿A su madre o a su hermana?

Él sonrió con su descarada pregunta.

– A las dos.

– ¿Y qué sucedió con el pretendiente? -preguntó Kate.

La mueca de Anthony se volvió maliciosa en extremo.

– Se casó con mi hermana.

– Mmmf. No piense en la probabilidad de que la historia se repita. Pero… -Kate tosió pues no tenía especial interés en ser franca con aquel hombre, aunque se sentía por completo incapaz de hacer otra cosa-. Pero las flores son de verdad preciosas, y… y ha sido un detalle encantador por su parte. -Tragó saliva. Esto no le resultaba fácil-. Y se lo agradezco.

Él hizo una ligera inclinación hacia delante. Sus ojos marrones estaban claramente conmovidos.

– Una frase muy amable -dijo pensativo-. Y más teniendo en cuenta que iba dirigida a mí. Vaya, no ha sido tan difícil, ¿verdad que no?

En un instante, Kate pasó de estar inclinada con gesto encantador sobre las flores a adoptar una rigidez incómoda.

– Parece tener una habilidad especial para decir exactamente lo indebido.

– Sólo cuando tiene que ver con usted, mi querida señorita Sheffield. Le aseguro que otras mujeres confían en cada una de mis palabras.

– Eso he leído -musitó ella.

Los ojos de él se iluminaron.

– ¿Es de ahí de donde ha sacado sus opiniones sobre mí? ¡Por supuesto! La estimable lady Confidencia. Debería haberlo sabido. Caray, me encantaría estrangular a esa mujer.

– A mí me parece bastante inteligente y muy acertada -replicó Kate de modo escueto.

– Cómo no -respondió él.

– Lord Bridgerton -dijo Kate entre dientes-. Estoy segura de que no ha venido de visita para insultarme. ¿Quiere que deje un mensaje para Edwina de su parte?

– Creo que no. No tengo mucha confianza en que llegue a sus manos sin manipular.

Eso ya era demasiado.

– Nunca osaría interferir en la correspondencia de otra persona-consiguió decir Kate. Todo su cuerpo temblaba de rabia, y si hubiera sido una mujer menos controlada sin duda se habría lanzado a su cuello-. ¿Cómo se atreve a insinuar lo contrario?

– Si he de ser sincero, señorita Sheffield -dijo con una calma fastidiosa-, la verdad es que no la conozco demasiado bien. La única certeza es su ferviente declaración de que nunca me encontraré a tres metros de la presencia angelical de su hermana. Dígame usted, ¿si fuera yo, dejaría una nota con tranquilidad?

– Si intenta obtener la aceptación de mi hermana a través de mí un -contestó Kate en tono gélido- no lo está haciendo demasiado bien.

– Soy consciente de ello -dijo él-. Desde luego que no debería provocarla. No está bien por mi parte, ¿verdad que no? Pero me temo que no puedo evitarlo. -Puso una mueca desvergonzada y estiró las manos con gesto de impotencia-. ¿Qué puedo decir? Usted tiene ese efecto sobre mí, señorita Sheffield.

Kate tuvo que reconocer con consternación que aquella sonrisa era una verdadera fuerza a tener en cuenta. De pronto sintió que le flaqueaban las fuerzas. Un asiento, sí, lo que le hacía falta era sentarse.

– Por favor, siéntese -dijo Kate indicando con un ademán el sofá de damasco azul mientras ella cruzaba con dificultad la habitación para ocupar una silla. No es que deseara especialmente que él se entretuviera por aquí, pero resultaría complicado sentarse ella sin ofrecer asiento a su vez, y notaba que las piernas le temblaban de un modo atroz.

Tal vez al vizconde le pareciera peculiar aquel repentino acceso de amabilidad, pero no dijo nada. En vez de ello, retiró un largo estuche negro que se encontraba sobre el sofá y lo colocó encima de la mesa; luego ocupó su asiento.

– ¿Es esto un instrumento musical? -preguntó indicando el estuche.

Kate asintió con la cabeza.

– Una flauta.

– ¿Toca?

Ella negó con la cabeza, pero luego la ladeó un poco y asintió.

– Intento aprender. He empezado este mismo año.

El vizconde hizo un gesto afirmativo como respuesta. Parecía que aquello ponía fin al tema ya que luego preguntó con amabilidad:

– ¿Cuándo espera que regrese Edwina?

– Al menos tardará una hora, creo yo. El señor Berbrooke la ha llevado a dar un paseo en su carrocín.

– ¿Nigel Berbrooke? -Casi se le atraganta aquel nombre.

– Sí, ¿por qué?

– Ese hombre sólo tiene pelo en la cabeza.

– Y eso que se está quedando calvo. -Kate no pudo evitar el comentario.

Él puso una mueca divertida.

– Pues si eso no apoya mi tesis, ya no sé que decir.

Kate había llegado a la misma conclusión sobre la inteligencia del señor Berbrooke, o más bien su carencia, pero preguntó.

– ¿No se considera maleducado insultar a los pretendientes rivales?

Anthony dejó ir un pequeño resoplido.

– No ha sido un insulto. Es la verdad. El año pasado cortejó a mi hermana. O lo intentó. Daphne hizo todo lo que pudo para disuadirle. Es bastante buen tipo, lo reconozco, pero no me gustaría que me construyera un barco si estuviera perdido en una isla desierta.

Kate tuvo una extraña e inoportuna visión del vizconde perdido en una isla desierta, con la ropa echa jirones, la piel bañada por el sol. Le dejó una sensación incómoda de calor.

Anthony ladeó la cabeza y la observó con mirada socarrona.

– Perdone, señorita Sheffield, ¿se encuentra bien?

– ¡Muy bien! -Su respuesta fue casi un ladrido-. Nunca me había encontrado mejor. ¿Qué estaba diciendo?

– Parece un poco acalorada. -Se inclinó para mirarla de cerca. La verdad, no tenía buen aspecto.

Kate se abanicó.

– Aquí hace un poco de calor, ¿no le parece? Anthony sacudió la cabeza con parsimonia.

– En absoluto.

Kate miró con anhelo la puerta abierta.

– Me pregunto dónde está Mary.

– ¿La espera?

– No es habitual en ella dejarme sin acompañante durante tanto tiempo-explicó.

¿Sin acompañante? Las ramificaciones de aquel comentario eran alarmantes. Anthony de pronto tuvo la visión de verse obligado a casarse con la mayor de las señoritas Sheffield, lo cual le provocó un inmediato sudor frío. Kate era tan diferente a cualquier debutante que él hubiera conocido que había olvidado por completo que incluso necesitaban una acompañante.

– Tal vez no esté enterada de que me encuentro aquí -se apresuró a comentar.

– Sí, seguro que se trata de eso. -Kate se puso en pie como movida por un resorte y cruzó la habitación hasta el tirador de la campanilla. Con un fuerte tirón, dijo:

– Llamaré para que alguien la avise. Estoy segura de que no quiere dejar de saludarle.

– Bien. Tal vez pueda hacernos compañía mientras esperamos a que regrese su hermana -comentó él.

Kate se paralizó cuando aún se encontraba a medio camino de la silla.

– ¿Tiene planeado esperar a Edwina?

Él se encogió de hombros y disfrutó del desasosiego de ella.

– No tengo más planes para esta tarde.

– Pero puede tardar horas!

– Como mucho una hora, estoy seguro, y aparte… -Se detuvo al advertir la llegada de una doncella al umbral de la puerta.

– ¿Ha llamado, señorita? -preguntó la doncella.

– Sí, gracias, Annie -contestó Kate-. ¿Harás el favor de informar a la señora Sheffield de que tenemos un invitado?

La doncella hizo una inclinación y se marchó.

– Estoy segura de que Mary bajará en cualquier momento -dijo Kate, totalmente incapaz de dejar de dar golpecitos con el pie-. En cualquier momento, estoy segura.

Él sonrió de aquel modo tan fastidioso, con aire terriblemente relajado y muy cómodo en el sofá.

Se hizo un silencio embarazoso en la habitación. Kate le dedicó una sonrisa tensa. Él se limitó a alzar una ceja como respuesta.

– Estoy segura de que vendrá…

– En cualquier minuto -concluyó él, quien parecía disfrutar de lo lindo.

Kate se hundió en su asiento e intentó no hacer una mueca. No lo consiguió.

Justo en ese instante, se armó un pequeño revuelo en el vestíbulo. Unos cuantos ladridos caninos decididos, a los que siguieron un agudo chillido:

– Newton! ¡Newton! ¡Para ahora mismo!

– ¿Newton? – inquirió el vizconde.

– Mi perro – explicó Kate con un suspiro al tiempo que se ponía en pie-. No se…

– ¡NEWTON!

– …no se lleva demasiado bien con Mary, me temo. -Kate se fue hasta la puerta-. ¿Mary? ¿Mary?

Anthony se levantó detrás de Kate y dio un respingo cuando el perro soltó tres estridentes ladridos más a los que de inmediato siguió otro chillido aterrorizado de Mary.

– ¿Qué es? -masculló él-. ¿Un mastín? -Tenía que ser un mastín. La mayor de las Sheffield parecía justo el tipo de persona que tiene un mastín devorador de humanos a su entera disposición.

– No -respondió Kate mientras se apresuraba a salir al vestíbulo mientras Mary soltaba otro chillido-. Es un…

Pero Anthony no escuchó sus palabras. De cualquier modo, no importaba demasiado, ya que un segundo después entró trotando el corgi de aspecto más benigno que había visto en su vida, con un espeso pelaje color caramelo y una barriga que casi arrastraba por el suelo.

Anthony se quedó paralizado a causa de la sorpresa. ¿Ésta era la temible criatura del vestíbulo?

– Buenos días, perro -dijo con firmeza. El perro se detuvo en seco, se sentó y…

¿sonrió?

Capítulo 4

Lamentablemente, Esta Autora ha sido incapaz de determinar todos los detalles, pero el pasado jueves hubo un considerable revuelo cerca de The Serpentine en Hyde Park en el que estuvieron implicados el vizconde de Bridgerton, el señor Nigel Berbrooke, las dos señoritas Sheffield y un perro no identificado de raza indeterminada.

Esta Autora no fue testigo presencial, pero todas las versiones parecen apuntar a que el perro no identificado se alzó como vencedor.

REVISTA DE SOCIEDAD DE LADY WHISTLEDOWN,

25 de abril de 1814

Kate regresó a trompicones al salón cogida del brazo de Mary, ambas se apretujaron a través de la puerta al mismo tiempo. Newton estaba feliz, sentado en medio de la sala, echando pelo sobre la alfombra azul y blanca mientras sonreía al vizconde.

– Creo que le cae bien -dijo Mary con un tono en cierto modo acusador.

– Tú también le caes bien, Mary -explicó Kate-. El problema es que él no te cae bien a ti.

– Me caería mejor si no intentara importunarme cada vez que cruzo el vestíbulo.

– Pensaba que había dicho que la señora Sheffield y el perro no se llevaban bien -comentó lord Bridgerton.

– Así es -respondió Kate-. Bueno, sí se llevan bien. Bueno, no y si…

– Eso aclara las cosas infinitamente -murmuró Bridgerton.

Kate hizo caso omiso de su tranquilo sarcasmo.

– Newton adora a Mary -explicó-, pero Mary no adora a Newton.

– Yo le adoraría un poco más -interrumpió Mary- si él me adorara un poco menos.

– De modo que -continuó Kate con decisión- el pobre Newton considera a Mary una especie de rival. Por eso cada vez que la ve…-Se encogió de hombros con gesto de impotencia-. Bien, me temo que simplemente la adora más.

Como si le hubieran dado pie, el perro se quedó mirando a Mary y se fue directo a colocarse a sus pies.

– ¡Kate! -exclamó la buena mujer.

Kate se apresuró a ponerse al lado de su madrastra, justo cuando Newton se incorporaba sobre las patas traseras y plantaba las delanteras sobre las rodillas de Mary.

– ¡Newton, abajo! -le reprendió-. Perro malo. Perro malo.

El perro se sentó otra vez con un pequeño gemido.

– Kate -dijo Mary con voz extremadamente firme-, hay que sacar a este perro a pasear. Ahora.

– Es lo que planeaba hacer cuando llegó el vizconde -replicó Kate al tiempo que hacía una indicación al hombre que se encontraba al otro lado de la habitación. La verdad, era extraordinario el número de cosas de las que podía culpar a ese hombre insufrible si se paraba a pensar.

– ¡Oh! – dijo Mary con un grito -. Le ruego me disculpe, milord. Qué descortés por mi parte no haberle saludado.

– No se preocupe -dijo con tranquilidad-. Estaba un poco absorta al llegar.

– Sí -rezongó Mary-, esa bestia de perro… Oh, pero ¿qué modales son estos? ¿Puedo ofrecerle un té? ¿Algo de comer? Qué amable que haya venido a visitarnos.

– No, gracias. He estado disfrutando de la estimulante compañía de su hija mientras espero la llegada de la señorita Edwina.

– Ah, sí -respondió Mary-. Edwina ha salido con el señor Berbrooke creo. ¿No es así, Kate?

Kate asintió con gesto impávido, no estaba segura de si le gustaba que la llamaran «estimulante».

– ¿Conoce al señor Berbrooke, lord Bridgerton? -preguntó Mary.

– Ah, sí -contestó él con lo que a Kate le pareció una reticencia bastante sorprendente-. Sí que le conozco.

– No estaba segura de si debía permitir que Edwina saliera con él a dar un paseo. Esos carrocines son terriblemente difíciles de manejar, ¿no es cierto?

– Creo que el señor Berbrooke tiene mano firme para los caballos-contestó Anthony.

– Oh, bien -respondió Mary, y dejó ir un suspiro de gran alivio -. Sin duda me deja más tranquila.

Newton soltó un ladrido entrecortado, más bien para recordar su presencia a todo el mundo.

– Mejor busco su correa y lo llevo a andar un poco -se apresuró a decir Kate. Sin duda le sentaría bien un poco de aire fresco. Y también se alegraría de escapar por fin de la endiablada compañía del vizconde.

– Si me disculpan…

– ¡Pero, Kate, espera! -llamó su madre-. No puedes dejar a que lord Bridgerton aquí conmigo. Estoy segura de que se morirá de aburrimiento.

Kate se volvió muy despacio, temerosa de oír las siguientes palabras de Mary.

– Usted nunca podría aburrirme -dijo el vizconde como el mujeriego desenvuelto que era.

– Oh, sí que puedo -le aseguró Mary-. Nunca se ha visto atrapado en una conversación conmigo durante una hora. Que es lo que Edwina tardará en regresar.

Kate se quedó mirando a su madrastra, del todo boquiabierta a causa del asombro. ¿Qué diablos estaba haciendo?

– ¿Por qué no va con Kate a sacar a Newton a pasear? -sugirió Mary.

– Oh, pero nunca podría pedir a lord Bridgerton que me acompañe a cumplir con una de mis tareas -dijo Kate enseguida-. Sería muy descortés y, al fin y al cabo, es un estimado invitado.

– No seas tonta -respondió Mary antes de que el vizconde tan siquiera pudiera mediar palabra-. Estoy segura de que no se lo tomará como una tarea. ¿O sí, milord?

– Por supuesto que no -murmuró con aspecto por completo sincero. Pero, la verdad, ¿que otra cosa podía decir?

– Ya está. Esto lo deja claro -dijo Mary, quien sonaba demasiado complacida consigo misma-. ¿Quién sabe? Es posible que se topen con Edwina durante el paseo. ¿No estaría bien?

– Desde luego -dijo Kate en voz baja. Sería fantástico librarse del vizconde, pero lo último que quería era dejar que su hermana cayera en sus garras. Ella aún era joven e impresionable. ¿Y si no era capaz de resistirse a sus sonrisas? ¿O a su palabrería?

Incluso Kate estaba dispuesta a admitir que lord Bridgerton destilaba un encanto considerable, ¡y eso que a ella le caía mal! Edwina, con su naturaleza menos recelosa, sin duda se sentiría abrumada por él.

Se volvió al vizconde.

– No debe sentirse obligado a acompañarme a sacar a Newton de paseo, milord.

– Será un placer -repuso él con sonrisa maligna, y Kate tuvo la clara impresión de que él accedía a acompañarla con el único propósito de sacarla de quicio-. Aparte -continuó-, como ha dicho su madre, podríamos ver a Edwina, ¿y no sería una coincidencia deliciosa?

– Deliciosa -contestó Kate con tono cansino-. Sencillamente deliciosa.

– ¡Excelente! – dijo Mary dando unas palmadas de alegría -. Veo la correa de Newton encima de la mesa del vestíbulo. Un momento, yo te la traigo.

Anthony observó salir a Mary y luego se volvió a Kate para decirle:

– Eso le ha quedado muy bien.

– Ya ve usted… -masculló Kate.

– ¿Cree -susurró él inclinándose hacia Kate- que intenta emparejarme con Edwina o con usted?

– ¿Conmigo? – replicó Kate casi con un graznido -. Seguro que está de broma.

Anthony se frotó el mentón con aire pensativo mientras observaba la puerta por la que Mary acababa de salir.

– No estoy seguro -dijo con tono meditabundo-, pero… -Cerró la boca al oír las pisadas de Mary acercándose de nuevo.

– Aquí tienes -dijo la madrastra al tiempo que le tendía la correa a Kate. Newton ladró con entusiasmo y retrocedió como si se preparara para embestir contra Mary, sin duda para colmarla de todo tipo de muestras de su amor difícil de aceptar, pero Kate lo sujetó con firmeza por el collar.

– Aquí tiene -corrigió Mary con rapidez, y tendió la correa a Anthony en vez de a Kate-. ¿Por qué no le da esto a Kate? Yo mejor no me acerco mucho.

Newton ladró y miró con anhelo a Mary quien se apartaba cuanto podía.

– Vamos a ver -dijo con contundencia Anthony al perro-. Siéntate y estáte quieto.

Para gran sorpresa de Kate, Newton obedeció y posó su trasero regordete sobre la alfombra con una presteza casi cómica.

– Así -dijo Anthony, quien sonaba bastante complacido consigo mismo. Le tendió la correa a Kate.

– ¿Hace los honores o me encargo yo?

– Oh, prosiga -contestó ella-. Parece tener afinidad con los su canes.

– Es evidente -replicó cortante, aunque mantuvo el tono bajo para que Mary no pudiera oírle- que no se diferencian tanto de las mujeres. Ambas razas confían en todo lo que digo.

Kate le pisó la mano cuando él se arrodilló para ajustar la correa al collar del perro.

– ¡Ay! – dijo ella con poca sinceridad -. Cuánto lo siento.

– Su tierna preocupación me amedrenta de veras -le contestó mientras volvía a levantarse -. Podría echarme a llorar.

Mary desplazaba la mirada de Kate a Anthony. No podía oír lo que decían pero era evidente que estaba fascinada.

– ¿Sucede algo? -preguntó.

– No, en absoluto -contestó Anthony al mismo tiempo que Kate pronunciaba un firme «No».

– Bien -dijo Mary con energía-. Entonces les acompañaré a la puerta. -Y ante el ladrido entusiasta de Newton, añadió-: Pues, igual que antes, tal vez mejor que no. No quiero acercarme a tres metros de ese perro. Pero me despediré desde aquí.

– ¿Qué haría yo -le dijo Kate a Mary al pasar a su lado- si te tuviera a ti para despedirme?

Mary sonrió con gesto astuto.

– Sin duda, yo no lo sé, Kate, sin duda no lo sé.

Lo cual dejó a Kate con una sensación revuelta en el estómago y la vaga sospecha de que tal vez lord Bridgerton tuviera razón. Quizá Mary esta vez estuviera haciendo de casamentera con alguien más que con Edwina.

Era una idea horripilante.

Con Mary de pie en el vestíbulo, Kate y Anthony salieron por la puerta de entrada y se encaminaron en dirección oeste por Milner Street.

– Normalmente me quedo por las calles pequeñas y voy paseando hacia Brompton Road -explicó Kate, pensando que tal vez él no estuviera familiarizado con esta zona de la ciudad-, luego sigo la calle hasta Hyde Park. Pero podemos caminar directamente por Sloane Street, si lo prefiere.

– Decida lo que decida -no quiso poner reparos-, yo seguiré en esa dirección.

– Muy bien -contestó Kate y marchó con decisión por Milner Street en dirección a Lenox Gardens. Tal vez si mantenía la vista al frente y se movía a paso vigoroso, él desistiría de conversar. Se suponía que los paseos diarios con Newton eran su tiempo de reflexión personal. No le hacía gracia tener que llevarle a él.

Su estrategia funcionó bastante bien durante varios minutos. Caminaron en silencio durante todo el trayecto hasta la esquina de Hans Crescent y Brompton Road, y luego, sin más preámbulos, él dijo:

– Mi hermano nos tomó el pelo ayer por la noche.

Aquello hizo que Kate se detuviera en seco.

– Perdón, ¿cómo ha dicho?

– ¿Sabe qué me había estado contando antes de que nos presentara?

Kate dio un traspiés antes de negar con la cabeza. No, Newton no se había parado, por supuesto, y tiraba de la correa como un loco.

– Me dijo que usted y él habían mantenido algunas palabras sobre mi.

– Bueeeeno -exclamó Kate, conteniéndose-. Por decirlo con cierta educación, eso no es del todo cierto.

– Mi hermano quiso dar a entender que usted sólo tenía buenas palabras para conmigo.

Kate no debería haber sonreído.

– Eso no es cierto.

Probablemente él tampoco debería haber sonreído, pero Kate se alegró.

– Yo no pensé eso -contestó él.

Tomaron Brompton Road en dirección a Knightsbridge y Hyde Park, y Kate preguntó:

– ¿Por qué iba a hacer su hermano algo así?

Anthony le dedicó una mirada de soslayo.

– ¿No tiene ningún hermano, verdad?

– No, sólo Edwina, me temo, y ella es decididamente femenina.

– Mi hermano lo hizo -continuó él- con el único objetivo de torturarme.

– Un objetivo noble -dijo Kate bajando la voz.

– La he oído.

– Esperaba que lo hiciera -añadió ella.

– Y también supongo que quería torturarla a usted.

– ¿A mí? – exclamó – ¿Y por qué? ¿Qué podría haberle hecho yo a él?

– Podría haberle provocado en cierto sentido al denigrar a su querido hermano – sugirió.

Arqueó las cejas.

– ¿Querido?

– ¿Admirado? -intentó él.

Kate sacudió la cabeza.

– Tampoco cuela.

Anthony puso una mueca. La mayor de las señoritas Sheffield, pese a sus molestos hábitos mandones, tenía un ingenio admirable. Habían llegado a Knightsbridge, de modo que él la cogió del brazo para cruzar la carretera y tomar uno de los pequeños senderos que llevaban al paseo de South Carriage Road, ya dentro de Hyde Park. Newton, que era en el fondo un perro de campo, aceleró el paso de forma considerable nada más entraron en un entorno más verde, aunque era difícil imaginarse al corpulento can moviéndose a un paso al que calificar como rápido sin incurrir en error.

De todos modos, el perro parecía bastante alegre y estaba claro que se interesaba por cada flor, animalillo o transeúnte que se cruzaba en su camino. El aire primaveral era fresco, pero el sol calentaba y el cielo era de un sorprendente azul claro después de tantos días de lluvia típicamente londinense. Y aunque la mujer que llevaba Anthony del brazo no era con la que tenía planeado casarse -en realidad era una mujer con la que no tenía nada planeado-, Anthony notó que le invadía una grata sensación de satisfacción.

– ¿Le parece que crucemos hasta Rotten Row? -le preguntó a Kate.

– ¡Humm? -Fue su respuesta distraída. Tenía el rostro inclinado hacia arriba, al sol, y disfrutaba de su calor. Y durante un momento de extremo desconcierto, Anthony sintió una penetrante punzada de… algo.

¿Algo? Sacudió un poco la cabeza. No era posible que fuera deseo. No por esa mujer.

– ¿Ha dicho algo? -murmuró ella.

Se aclaró la garganta y respiró hondo con la esperanza de aclarar su cabeza. En vez de ello, lo que percibió fue el olorcillo embriagador de su aroma, que era una combinación peculiar de lirios exóticos y práctico jabón.

– Parece que está disfrutando del sol -comentó Anthony.

Ella sonrió y se volvió hacia él con la mirada clara.

– Sé que no es eso lo que ha dicho, pero sí, disfruto. Ha hecho un tiempo tan lluvioso últimamente…

– Pensaba que las damas jóvenes no debían permitir que el sol les diera en el rostro -bromeó él.

Ella se encogió de hombros, sin el menor indicio de vergüenza al responder.

– Pues no. Es decir, se supone que no debemos permitirlo, pero es una delicia. -Dejó ir un pequeño suspiro, y su rostro reflejó un gesto de anhelo tan intenso que Anthony suspiró por ella-. Ojalá pudiera quitarme el sombrero -comentó anhelante.

Anthony hizo un gesto de asentimiento pues él tenía ganas de hacer algo parecido con su sombrero.

– Creo que podría empujarlo un poquito hacia atrás sin que nadie se dé cuenta -sugirió.

– ¿Cree que sí? -Todo su rostro se iluminó ante aquella perspectiva. Aquella extraña punzada de algo perforó de nuevo las entrañas de Anthony.

– Por supuesto -murmuró y alzó una mano para ajustarle el ala del sombrero. Era uno de esos extraños tocados que parecían gustar a las mujeres, todo cintas y encajes, atados de tal manera que ningún hombre razonable podría encontrarle algún sentido.

– Así, permanezca quieta un momento. Lo ajustaré.

Kate no se movió, tal y como él le había ordenado con amabilidad, pero cuando le rozó la piel de la sien sin querer, ella incluso dejó de respirar. Estaba tan cerca, había algo peculiar en aquello. Kate podía sentir el calor de su cuerpo, el aroma limpio, enjabonado de Anthony.

Y aquella sensación propagó de inmediato por todo su cuerpo un hormigueo que la puso alerta.

Le odiaba, o al menos le provocaba un profundo desagrado y reprobación. No obstante, sintió una absurda disposición a inclinarse un poco hacia delante, hasta que el espacio entre sus cuerpos se vio comprimido a nada y…

Tragó saliva con fuerza y se obligó a sí misma a retrasarse. Santo cielo, ¿qué se había apoderado de ella?

– Aguante un momento -le dijo él-, aún no he acabado.

Kate alzó también las manos para ajustarse el sombrero.

– Estoy segura de que está bien. No tiene que… que molestarse.

– ¿Puede disfrutar del sol un poco mejor? -preguntó él.

Ella asintió, pese a que estaba tan trastornada que ni tan siquiera estaba segura de que fuera cierto.

– Sí, gracias. Qué detalle. Yo… ¡oh!

Newton soltó una sonora sucesión de ladridos y tiró de la correa. Con fuerza.

– ¡Newton! -llamó Kate mientras la correa la propulsaba hacia delante. Pero el perro ya tenía algo en su mira. Ella no tenía ni idea del qué, y avanzaba con entusiasmo tirando de Kate, quien se encontró dando un traspiés con el cuerpo impelido en una línea diagonal, los hombros claramente por delante del resto del cuerpo-. ¡Newton! – volvió a llamarle con impotencia-. ¡Newton! ¡Para!

Anthony observó divertido que el perro salía disparado como un bólido, moviéndose hacia delante con más velocidad de la que hubiera imaginado que podrían permitirle sus cortas y rechonchas patas.

Kate procuraba con valentía mantener agarrada la correa, pero Newton ahora ladraba como un loco y corría con igual vigor.

– Señorita Sheffield, permítame coger la correa -se ofreció él con voz de trueno al tiempo que se adelantaba para ayudarla. No era la manera más seductora de hacer de héroe, pero cualquier cosa servía cuando uno intentaba impresionar a la hermana de su futura esposa.

Pero justo cuando Anthony llegó a su altura, Newton dio un fiero tirón de la correa, que se escapó del asimiento de Kate y salió volando por los aires. Con un chillido, su dueña se lanzó hacia delante, pero el perro ya se había ido corriendo con la correa saltando sobre la hierba tras él.

Anthony no sabía si reírse o gruñir. Estaba claro que Newton no tenía ninguna intención de dejarse atrapar.

Kate se quedó paralizada durante un instante, tapándose la boca con la mano. Luego encontró la mirada de Anthony, y él tuvo una intuición clara de que sabía lo que pretendía…

– Señorita Sheffield -dijo a toda prisa-. Estoy seguro de que… Pero ella ya había salido corriendo y chillando «¡Newton!» con indiscutible falta de decoro. Anthony dejó ir un suspiro cansino y empezó a correr tras ella. No podía dejarla perseguir sola al perro y pretender a la vez seguir llamándose caballero.

Pero Kate llevaba de todos modos un poco de ventaja, y cuando Anthony la alcanzó al doblar un recodo ya se había detenido. Respiraba con dificultad e inspeccionaba los alrededores con los brazos en jarras.

– ¿A dónde habrá ido? -preguntó Anthony intentando olvidar que había algo bastante excitante en una mujer jadeante.

– No lo sé. -Se detuvo para coger aliento-. Supongo que estará cazando algún conejo.

– Oh, vaya, pues bien, así será fácil atraparlo -dijo- puesto que los conejos se mantienen siempre cerca de los caminos más transitados.

Kate frunció el ceño al oír su sarcasmo.

– ¿Qué podemos hacer?

Su mente no estaba lo bastante clara como para responder en ese momento. «Volver a casa y agenciarse un perro de verdad», pensó, pero ella tenía un aspecto tan preocupado que se mordió la lengua. En sí, observándola mejor, tenía un aspecto más irritado que preocupado, pero estaba claro que había un poco de preocupación en la mezcla.

De modo que optó por decir:

– Propongo que esperemos hasta que oigamos chillar a alguien. En cualquier momento tiene que meterse corriendo entre los pies de alguna damisela y darle un susto de muerte.

– ¿Eso cree? -no parecía convencida-. Porque no es un perro que dé mucho miedo. Él se lo cree, y en realidad es un cielo, pero la verdad es que…

– ¡Iiiiiiieeeeeak!

– Creo que tenemos la respuesta -dijo Anthony secamente, y entonces salió corriendo en dirección al grito de la dama anónima.

Kate se apresuró tras él, atajando a través del césped en dirección a Rotten Row. El vizconde corría delante, y lo único en lo que Kate pudo pensar fue en que él debía de desear de veras casarse con Edwina: pese a quedar claro que era un atleta espléndido, no daba una imagen demasiado digna corriendo a lo loco por el parque tras un corgi rechoncho. Aún peor, iban a tener que correr justo por en medio de Rotten Row, la vía favorita de la aristocracia para cabalgar y pasear en carruaje por Hyde Park.

Todo el mundo iba a verles. Un hombre menos decidido se habría rendido hacía rato.

Kate continuó corriendo tras ellos, pero cada vez le sacaban más ventaja. No es que hubiera vestido pantalones muchas veces, pero con toda certeza era más fácil correr con esa prenda que con faldas. En especial cuando te encontrabas en público y no podías levantártelas por encima de los tobillos.

Atravesó Rotten Row a toda velocidad, negándose a mirar a los ojos de ninguna dama o caballero elegante de los que se encontraban allí paseando con sus caballos. Siempre existía la posibilidad de que no la identificaran con la muchacha marimacho que corría por el parque como si alguien le pisara los talones. Sólo era una posibilidad remota, pero estaba ahí.

Cuando volvió a entrar en el césped, tropezó por un instante y tuvo que detenerse para tomar aliento un par de veces. Entonces comprendió con horror que estaban casi a la altura del estanque Serpenune.

Oh, no.

Había pocas cosas que a Newton le gustaran más que saltar al interior de un lago. Y el sol calentaba lo bastante como para que pudiera apetecer, y más si daba la casualidad de que eras un animal cubierto de espeso y pesado pelaje, un animal que llevaba cinco minutos corriendo a una velocidad vertiginosa. Bueno, vertiginosa para un corgi con exceso de peso.

Pero suficiente, advirtió Kate con cierto interés, como para mantener a raya a un vizconde de metro ochenta y pico.

Kate se levantó las faldas una pulgada más o menos -al cuerno los mirones, no podía andarse ahora con remilgos -y echó a correr otra vez. No había manera de alcanzar a Newton, pero tal vez pudiera alcanzar a lord Bridgerton antes de que matara al perro.

Porque él tenía que tener en mente matarlo, aquel hombre tenía que ser un santo si no quisiera asesinar a Newton.

Y si sólo el uno por ciento de lo que se decía de él en Confidencia era cierto, desde luego no era un santo.

Kate tragó saliva.

– ¡Lord Bridgerton! -llamó en un intento de pedirle que detuviera la persecución. Esperaría sencillamente a que el perro se agotara. Con sus patas de diez centímetros, eso tenía que suceder más tarde o más temprano-. ¡Lord Bridgerton! Podemos…

Kate se detuvo en seco. ¿No era ésa Edwina, allí al lado del Serpentine? Miró entrecerrando los ojos. Era Edwina, de pie con suma gracia con las manos entrelazadas delante del cuerpo. Y parecía que un desventurado señor Berbrooke estaba realizando algún tipo de reparación en su carrocín.

Newton se detuvo en seco durante un momento y descubrió a Edwina en el mismo momento que Kate, y cambió de repente su trayectoria, ladrando con alegría mientras corría en dirección a su querida ama.

– ¡Lord Bridgerton! – gritó Kate otra vez -. ¡Mire, mire! Ahí está…

Anthony se dio media vuelta al oír su voz, luego siguió su dedo con la mirada en dirección a Edwina. De modo que por eso se había girado el maldito perro y había cambiado su trayectoria en noventa grados. Anthony estuvo a punto de resbalar con el barro y caer sobre su trasero en el intento de maniobrar después de aquel giro tan cerrado.

Iba a matar a ese perro.

No, iba a matar a Kate Sheffield.

No, tal vez…

Los alegres pensamientos de venganza de Anthony se interrumpieron con el repentino chillido de Edwina.

– ¡Newton!

A Anthony le gustaba pensar en sí mismo como un hombre de acción decidida, pero cuando vio que el perro se lanzaba en el aire y se precipitaba hacia Edwina, simplemente se quedó helado de conmoción. Ni el propio Shakespeare podría haber ideado un final más apropiado para esta farsa, y todo estaba representándose ante los ojos de Anthony como si se sucediera a cámara lenta.

Y no había nada que pudiera hacer.

El perro iba a chocar directamente contra el pecho de Edwina, que iba a perder el equilibrio, cayendo hacia atrás.

Directamente al Serpentine.

– ¡Nooooooo! -gritó abalanzándose hacia delante pese a que sabía que todos los intentos heroicos por su parte eran del todo inútiles…

¡Splash!

– ¡Santo cielo! -exclamó Berbrooke-. ¡Está toda mojada!

– Pues no se quede ahí parado -solté Anthony aproximándose a la escena del accidente y abalanzándose dentro del agua-. ¡Haga algo para ayudar!

Estaba claro que Berbrooke no entendía del todo qué quería decir eso ya que se quedó allí, de pie, con los ojos saliéndose de sus órbitas mientras Anthony se agachaba, cogía a Edwina de la mano y tiraba de ella para levantarla.

– ¿Está bien? -preguntó con brusquedad.

Ella asintió. Balbuceaba y estornudaba con demasiada fuerza como para responder.

– Señorita Sheffield -bramó Bridgerton al ver que Kate se detenía de golpe en la orilla-. No, usted no -añadió cuando sintió que Edwina pegaba una sacudida a su lado-, su hermana.

– ¿Kate? – preguntó Edwina pestañeando para expulsar la asquerosa agua de sus ojos-. ¿Dónde está Kate?

– Del todo seca en la orilla -masculló él, y a continuación pegó un grito en su dirección-: ¡Sujete la correa de su maldito perro!

Newton había salido alegre del Serpentine entre salpicones y ahora estaba sentado con la lengua fuera con gesto de felicidad. Kate se fue disparada a su lado y agarró la correa. Anthony advirtió que no ofreció ni una sucinta respuesta a su orden dada a gritos. Bien, pensó con malicia. No había pensado que aquella maldita mujer fuera tan sensata como para mantener la boca cerrada.

Se volvió de nuevo a Edwina, quien, por sorprendente que fuera se las arreglaba para estar encantadora aunque chorreara agua de un estanque.

– Permítame que la saque de aquí -dijo con brusquedad, y antes de que ella tuviera ocasión de reaccionar la cogió en sus brazos y la llevó a tierra firme.

– Nunca había visto algo así -dijo Berbrooke sacudiendo la cabeza.

Anthony no respondió. No pensaba que fuera capaz de decir algo sin arrojar a aquel idiota al agua. ¿Qué estaría pensando, de pie ahí mientras Edwina acababa sumergida por culpa de aquella cosa que no merecía ni llamarse perro?

– ¿Edwina? – preguntó Kate adelantándose todo lo que le permitía la correa de Newton -. ¿Estás bien?

– Creo que ya ha hecho bastante -ladró Anthony, quien avanzó hacia ella hasta que se encontraron apenas a treinta centímetros.

– ¿Yo? -preguntó boquiabierta.

– Mírela -respondió él con brusquedad, indicando con el dedo en dirección a Edwina pese a tener toda la atención centrada en Kate-. ¡No tiene más que mirarla!

– ¡Pero ha sido un accidente!

– ¡De verdad, estoy bien! – dijo Edwina alzando la voz, y sonó un poco asustada por el nivel de enfado que hervía entre su hermana y el vizconde -. ¡Tengo frío, pero estoy bien!

– ¿Lo ve? – replicó Kate y tragó saliva repetidamente mientras se fijaba en el aspecto despeinado de su hermana -. Ha sido un accidente.

Anthony se limitó a cruzarse de brazos y arquear una ceja.

– No me cree -dijo Kate entre dientes-. No puedo creer que no me crea.

El vizconde no dijo nada. Era inconcebible para él que Kate Sheffield, pese a todo su ingenio e inteligencia, no estuviera celosa de su hermana. Y aunque no pudiera haber hecho nada para evitar este percance, sin duda debería de encontrar un poco de placer en el hecho de que ella estuviera seca y cómoda mientras Edwina parecía una rata empapada. Una rata atractiva, eso sí, pero empapada de todas formas.

Estaba claro que Kate no había dado por concluida la conversación.

– Aparte del hecho de que -dijo con desprecio- nunca jamás haría algo para perjudicar a Edwina… ¿cómo explica que consiguiera esta extraordinaria proeza? -Se dio en la mejilla con la mano que le quedaba libre, fingiendo con expresión burlona caer entonces en la cuenta-. Oh, sí, conozco el idioma secreto de los corgis. Ordené al perro que tirara de la correa hasta soltarse y luego, puesto que tengo el don de la clarividencia, sabía que Edwina estaba justo aquí al lado del Serpentine, de modo que le dije al perro, gracias a nuestra comunicación mental, ya que a estas alturas estaba demasiado lejos para oír mi voz, le dije que cambiara de dirección, que se fuera hacia Edwina y la derribara para que cayera dentro del lago.

– El sarcasmo no le sienta nada bien, señorita Sheffield.

– A usted nada le sienta bien, lord Bridgerton.

Anthony se inclinó hacia delante, su mandíbula sobresalía con gesto amenazador.

– Las mujeres no deberían llevar animales si no son capaces de controlarlos.

– Y los hombres no deberían llevar a pasear por el parque a mujeres con animales si tampoco son capaces de controlarlas -replicó con furia.

Anthony notó que de hecho se le estaban poniendo coloradas las puntas de las orejas a causa de la ira difícil de contener.

– Usted, señora, es una amenaza para la sociedad.

Kate abrió la boca como si fuera a devolverle el insulto, pero en su lugar le dedicó simplemente una sonrisa maliciosa casi aterrorizadora. Se volvió al perro y dijo:

– Sacúdete, Newton.

Newton miró el dedo de Kate que indicaba directamente a Anthony y troté obediente unos pocos pasos para acercarse a él antes de permitirse una sacudida corporal que roció agua del estanque por todas partes.

Anthony se lanzó a por su garganta.

– Voy… voy a… ¡a matarla! -rugió.

Kate se apartó con agilidad y se colocó con rapidez al lado de Edwina.

– Vaya, vaya, lord Bridgerton -bromeó buscando seguridad detrás de la figura empapada de su hermana-. No le ayudará perder los nervios delante de la buena Edwina.

– ¿Kate? -susurró Edwína en tono apremiante-. ¿Qué sucede? ¿Por qué estás siendo tan cruel con él?

– ¿Por qué está siendo él tan cruel conmigo? -Kate le devolvió el susurro.

– Pues bien -dijo de pronto el señor Berbrooke-, ese perro me ha mojado.

– Nos ha mojado a todos -respondió Kate. Incluida ella. Pero había merecido la pena. Oh, había merecido mucho la pena por ver la mirada de sorpresa y rabia en el rostro de aquel pomposo aristócrata.

– ¡Usted! – dijo a gritos Anthony, apuntando con un dedo furioso a Kate -. Mejor se está calladita.

Kate guardó silencio. No era tan necia como para provocarle más. Parecía que a él la cabeza le fuera a explotar en cualquier momento. Lo cierto era que Anthony había perdido toda la dignidad que tenía al comenzar el día. Su manga derecha goteaba agua de cuando había sacado a Edwina del estanque, sus botas parecían estropeadas para siempre y el resto de él estaba salpicado de agua, gracias a la experta destreza de Newton para secarse.

– Les diré lo que tenemos que hacer -continué en voz baja y muy grave.

– Lo que tengo que hacer -dijo el señor Berbrooke con jovialidad, sin ser consciente de que era probable que lord Bridgerton asesinara a la primera persona que abriera la boca – es acabar de arreglar el carrocín. Luego puedo llevar a casa a la señorita Sheffield. – Indicó a Edwina por si acaso alguien no entendía a qué señorita Sheffield se refería.

– Señor Berbrooke -dijo Anthony entre dientes-, ¿sabe cómo arreglar un carrocín?

El señor Berbrooke pestañeó unas pocas veces.

– ¿Sabe siquiera qué problema tiene su carrocín?

Berbrooke abrió y cerró la boca unas veces más y luego dijo:

– Tengo algunas ideas. No me llevará tanto rato deducir cuál es el problema concreto.

Kate miró a Anthony con fijeza, fascinada por la vena que sobresalía en su garganta. Nunca antes había visto a un hombre tan claramente al límite de su paciencia. Puesto que sentía un poco de inquietud por la inminente explosión, dio un prudente medio paso para situarse detrás de Edwina.

No le gustaba considerarse una cobarde, pero el instinto de supervivencia era algo por completo diferente.

El vizconde consiguió controlarse de todos modos, su voz sonó con un tono regular aterrador cuando dijo:

– Esto es lo que vamos a hacer.

Tres pares de ojos se abrieron llenos de expectación.

– Voy a caminar hasta ahí -señaló a una dama y un caballero situados a unos veinte metros, quienes intentaban sin éxito no mirarles fijamente- y preguntaré a Montrose si puedo tomar prestado su carruaje durante unos minutos.

– Pero, vaya -dijo Berbrooke estirando el cuello-, ¿es ése Geoffrey Montrose? Hace siglos que no le veo.

Una segunda vena empezó a saltar esta vez en la sien de Anthony. Kate cogió a Edwina de la mano en busca de apoyo moral y se agarró con fuerza.

Pero Bridgerton, hay que reconocérselo, pasó por alto los comentarios excesivamente inapropiados de Berbrooke y continuó:

– Puesto que dirá que sí…

– ¿Está seguro? -soltó Kate.

De alguna manera, los ojos marrones del vizconde parecieron carámbanos.

– ¿Que si estoy seguro de qué? -respondió con desagrado.

– Nada -musitó ella, reprendiéndose por haber abierto la boca-. Por favor, continúe.

– Como decía, puesto que, como amigo y caballero -fulminó con la mirada a Kate-, dirá que sí, llevaré a la señorita Sheffield a su casa, luego regresaré a la mía y haré que uno de mis hombres devuelva el carruaje a Montrose.

Nadie se molestó en preguntar a qué señorita Sheffield se refería.

– ¿Y qué hay de Kate? -preguntó Edwina. Al fin y al cabo, el carruaje sólo tenía dos asientos.

Kate le apretó la mano. Querida y dulce Edwina.

Anthony miró a Edwina de frente.

– El señor Bebrooke acompañará a su hermana a casa.

– Pero no puedo -dijo Berbrooke-. Tengo que acabar de arreglar el carrocín, bien lo sabe.

– ¿Dónde vive? -preguntó con rudeza Anthony.

Berbrooke pestañeó con sorpresa pero le dio su dirección.

– Pararé en su casa y les enviaré a un sirviente para que espere junto a su vehículo mientras usted acompaña a la señorita Sheffield a su casa. ¿Está claro? -Se detuvo y miró a todo el mundo, incluido al perro, con expresión bastante dura. Excepto a Edwina, por supuesto, quien era la única persona presente que no había provocado su mal genio.

– ¿Está claro? -repitió.

Todo el mundo asintió, y su plan se puso en marcha. Minutos después, Kate se encontró observando a lord Bridgerton y a su hermana partir hacia el horizonte, justo las dos personas que se había jurado que nunca deberían estar juntas ni tan siquiera en la misma habitación.

Aún peor, la dejaron a solas con el señor Berbrooke y Newton.

Y tan sólo hicieron falta dos minutos para discernir que de los dos, Newton era el mejor conversador.

Capítulo 5

A Esta Autora le han llegado informaciones de que la señorita Katharine Sheffield se ofendió por la descripción de su querido animal de compañía como «un perro no identificado de raza indeterminada».

Esta Autora, desde luego, está postrada de vergüenza por el grave y atroz error y les pide a ustedes, Queridos Lectores, que acepten esta disculpa abyecta y que presten atención a la primera corrección en la historia de esta columna.

El perro de la señorita Katharine Sheffield es un corgi. Se llama Newton, aunque cuesta imaginar que el inventor y físico más importante de Inglaterra hubiera apreciado quedar inmortalizado en forma de un can pequeño, gordo y con malos modales.

REVISTA DE SOCIEDAD DE LADY WHISTLEDOWN,

27 de abril de 1814

Aquella misma noche quedó patente que Edwina no había salido indemne de su terrible aunque breve experiencia. Se le puso la nariz roja, los ojos le empezaron a lagrimear y era evidente para cualquiera que mirara durante tan sólo un segundo su rostro hinchado que, aunque no estaba seriamente enferma, había cogido un fuerte resfriado.

Pero aunque Edwina estaba bien arropada bajo las mantas con una bolsa de agua caliente entre los pies y una pócima curativa preparada por el cocinero en una taza sobre la mesilla de noche, Kate estaba decidida a mantener una conversación con ella.

– ¿Qué te dijo en el trayecto de vuelta a casa? -quiso saber Kate, colocándose sobre el borde de la cama de Edwina.

– ¿Quién? – contestó ésta, mientras olisqueaba con recelo el remedio -. Mira esto -dijo sosteniéndoselo a Kate-. Despide gases.

– El vizconde -dijo Kate entre dientes-. ¿Quién más puede haber hablado contigo en el trayecto de regreso a casa? Y no seas tontaina: no despide gases, no es más que vaho.

– Oh. -Edwina olisqueé un poco más y puso una mueca-. Pues no huele a vaho.

– Es vaho. -Repitió Kate entre dientes, agarrándose al colchón hasta que le dolieron los nudillos-. ¿Qué te dijo?

– ¿Lord Bridgerton? -preguntó Edwina con aire despreocupado-. Oh, las cosas habituales. Ya sabes a qué me refiero. Frases de cortesía y todo eso.

– ¿Te ha dicho frases de cortesía mientras estabas chorreando agua?-preguntó Kate con tono desconfiado.

Edwina dio un sorbo vacilante, luego casi hace una arcada.

– ¿Qué hay aquí?

Kate se inclinó y olisqueé el contenido.

– Huele un poco a regaliz. Y creo que veo una pasa en el fondo.

– Pero mientras olía pensó que le parecía oír lluvia contra el vidrio de la ventana y volvió a incorporarse-. ¿Está lloviendo?

– No lo sé -contestó Edwina-. Podría ser. Estaba bastante nublado antes cuando se ha puesto el sol. -Echó una mirada más de desconfianza a la taza, luego volvió a dejarla en la mesa-. Si me bebo esto, sé que voy a ponerme más enferma -manifestó.

– Pero ¿qué más te dijo? -insistió Kate mientras se levantaba a mirar por la ventana. Corrió a un lado el visillo y escudriñó el exterior. Estaba lloviendo, pero sólo un poco, y era demasiado temprano para decir si la precipitación vendría acompañada de truenos o electricidad.

– ¿Quién, el vizconde?

Kate pensó que era una santa por no sacudir a su hermana hasta dejarla sin sentido.

– Sí, el vizconde.

Edwina se encogió de hombros, pues era evidente que no estaba tan interesada en la conversación como Kate.

– No demasiado. Se interesó por mi bienestar, por supuesto. Lo cual es razonable teniendo en cuenta que acababa de sumergirme en el Serpentine. Cosa que, si puedo añadir, ha sido en extremo espantosa. El agua, aparte de estar fría, estaba hecha una completa porquería.

Kate se aclaró la garganta y volvió a sentarse, preparándose para hacer una pregunta sumamente escandalosa, pero que, en su opinión, tenía que plantear. Intentando que su voz no denotara la fascinación completa y total que corría por sus venas, preguntó:

– ¿Te hizo alguna proposición más atrevida?

Edwina dio una sacudida hacia atrás con los ojos abiertos como platos a causa de la indignación.

– ¡Por supuesto que no! -exclamó-. Ha sido un perfecto caballero. La verdad, no entiendo por qué andas tan excitada. No ha sido una conversación muy interesante. Ni siquiera recuerdo la mitad de lo dicho.

Kate se quedó mirando a su hermana, incapaz de entender que Edwina hubiera mantenido una conversación con ese odioso mujeriego durante más de diez minutos y no le quedara una impresión imborrable. Para su propia consternación eterna, cada una de las espantosas palabras que él le había dicho habían quedado grabadas en su cerebro de forma permanente.

– Por cierto -añadió Edwina-, ¿cómo te ha ido a ti con el señor Berbrooke? Has tardado casi una hora en regresar.

Kate se estremeció a ojos vista.

– ¿Tan mal?

– Estoy segura de que será un buen marido para alguna mujer-explicó Kate-, pero no para cualquier joven con una pizca de inteligencia.

Edwina solté una risita.

– Oh, Kate, eres un espanto.

Kate suspiró.

– Lo sé, lo sé. Eso ha sido de lo más cruel por mi parte. El pobre no tiene un gramo de maldad en su cuerpo. Sólo que…

– No tiene un gramo de inteligencia tampoco -concluyó Edwina.

Kate alzó las cejas. No era propio de Edwina hacer un comentario tan categórico.

– Lo sé -dijo Edwina con mirada avergonzada-. Ahora yo soy la mala. No debería haber dicho eso, cierto, pero la verdad es que pensaba que iba a morirme durante nuestro paseo en carrocín.

Kate se enderezó con cierta preocupación.

– ¿Es un conductor peligroso?

– En absoluto. Era su conversación.

– ¿Aburrida?

Edwina asintió con expresión de ligera perplejidad en sus ojos azules.

– Era tan difícil seguirle que casi resultaba fascinante intentar adivinar cómo funciona su mente. -Soltó una sucesión de toses y luego añadió-: pero al final me dolía el cerebro.

– ¿De modo que no es tu perfecto esposo intelectual? -dijo Kate con sonrisa indulgente.

Edwina tosió un poco más.

– Me temo que no.

– Tal vez debieras intentar beber un poco más de ese brebaje-sugirió Kate con un gesto para indicar la taza solitaria que reposaba sobre la mesilla de noche de Edwina-. El cocinero tiene una fe ciega en él.

Edwina sacudió la cabeza con violencia.

– Sabe a demonios.

Kate esperó unos breves momentos, luego tuvo que preguntar:

– ¿Te dijo el vizconde algo sobre mí?

– ¿Sobre ti?

– No, sobre… -replicó Kate con bastante brusquedad-. Por supuesto que sobre mí. ¿A cuántas personas más me refiero como a mí?

– No hace falta que te pongas así.

– No me pongo tan así…

– Pues la verdad es que no, no te mencionó.

De pronto Kate se sintió molesta.

– Sin embargo tenía mucho que decir sobre Newton.

Los labios de Kate se separaron a causa de la tribulación que la inundó. Nunca resultaba halagador verse superada por un perro.

– Le aseguré que Newton era de verdad un animal perfecto, y que yo no estaba para nada enfadada con él. Pero, por lo visto, el vizconde se había molestado e inquietado bastante por mí, qué encantador.

– Qué encantador -masculló Kate.

Edwina cogió un pañuelo y se sonó la nariz.

– Me parece, Kate, que te interesa bastante el vizconde.

– Pasé prácticamente toda la tarde obligada a conversar con él-replicó Kate como si eso lo explicara todo.

– Bien. Entonces habrás tenido ocasión de comprobar lo amable y encantador que puede ser. Es muy rico, además. -Edwina solté un sonoro estornudo y luego se volvió para coger otro pañuelo-. Y pese a que opino que no hay que escoger marido en función sólo de sus finanzas, dada nuestra falta de fondos, no pasaría por alto considerar ese aspecto, ¿no crees?

– Bien… – Kate trató de salirse por la tangente pues sabía que Edwina tenía toda la razón, pero no deseaba decir nada que pudiera interpretarse como una aprobación de lord Bridgerton.

Edwina se llevó el pañuelo a la cara y se sonó la nariz de un modo poco femenino.

– Creo que deberíamos añadirle a nuestra lista -dijo mientras se secaba la nariz.

– Nuestra lista -repitió Kate con voz entrecortada.

– Sí, de posibles candidatos. Creo que él y yo nos entenderíamos bien.

– Pero pensaba que querías un erudito…

– Cierto. Así es. Pero tú misma me hiciste ver las pocas probabilidades que tengo de encontrar un verdadero erudito. Lord Bridgerton parece bastante inteligente. Sólo tendré que idear una manera de enterarme si le gusta leer.

– Me sorprendería que ese grosero supiera leer -masculló Kate.

– ¡Kate Sheffield! – exclamó Edwina con una risa -. ¿Acabas de decir lo creo que has dicho?

– No -dijo Kate lisa y llanamente. Era evidente que el vizconde sabía leer, pero era de veras espantoso en todo lo demás.

– Lo has dicho -acusó Edwina-. Eres la peor, Kate. -Sonrió-. Pero me haces reír.

El estruendo profundo de unos truenos distantes reverberó en la noche, y Kate se obligó a sí misma a esbozar una sonrisa en un intento de no estremecerse. Por lo general los soportaba bien, siempre que los truenos y los relámpagos sonaran lejos. Sólo cuando se sucedían uno tras otro, y en apariencia encima de su cabeza, sentía que iba a perder los nervios.

– Edwina. -Kate siguió la conversación con su hermana. Necesitaba aclarar aquello, pero además le hacía falta decir algo que apartara su mente de aquella tormenta que les amenazaba-, debes quitarte al vizconde de la cabeza. No es el tipo de hombre que vaya a hacerte feliz, en absoluto. Aparte del hecho de ser el peor de los mujeriegos y que es harto probable que hiciera ostentación de una docena de amantes delante de tus narices…

Al ver el ceño fruncido de Edwina, Kate dejó el resto de la frase y decidió ahondar en esta cuestión.

– ¡Claro que sí! – dijo con gran dramatismo -. ¿No has estado leyendo Confidencia? ¿O no prestas atención a lo que tienen que decir algunas de las mamás de las otras jóvenes? Las que llevan varios años en el circuito social y saben quién es quién. Todas ellas dicen que es un mujeriego terrible. Y lo único que le salva es la manera admirable en que trata a su familia.

– Bien, eso sería un punto a su favor -indicó Edwina-. Puesto que su esposa formaría parte de la familia, ¿cierto?

Kate casi suelta un gruñido.

– Una esposa no es familia carnal. Hay hombres que ni soñarían con pronunciar una palabra malsonante delante de sus madres y luego pisotean los sentimientos de sus esposas a diario.

– ¿Y cómo sabes eso? -preguntó Edwina.

Kate se quedó boquiabierta. No recordaba cuándo antes Edwina había puesto en duda sus opiniones sobre un asunto importante, por desgracia la única respuesta que se le ocurrió de un modo rápido fue:

– Sencillamente lo sé.

Lo cual, tuvo que admitir ella misma, no colaba.

– Edwina -dijo con voz apaciguadora, decidida a llevar el tema en otra dirección- aparte de todo eso, creo que ni tan siquiera te gustaría el vizconde si llegaras a conocerle.

– Parecía bastante agradable cuando me acompañó a casa.

– ¡Pero se estaba comportando lo mejor que podía! – insistió Kate -. Claro que parecía agradable. Quiere que te enamores de él.

Edwina pestañeó.

– O sea que crees que era una actuación.

– ¡Eso mismo! – exclamó Kate aprovechando el concepto -. Edwina, entre la noche de ayer y esta tarde he pasado varias horas en su compañía y puedo asegurarte que conmigo no intentaba comportarse bien.

Edwina soltó un resuello cargado de horror y tal vez un poco de excitación.

– ¿Te besó? -preguntó en voz baja.

– ¡No! – aulló Kate -. ¡Por supuesto que no! ¿De dónde demonios has sacado esa idea?

– Dijiste que no se comportaba bien.

– Me refería a que -explicó Kate entre dientes- no fue nada amable. Tampoco fue agradable. De hecho fue de un arrogante insufrible y terriblemente grosero y ofensivo.

– Qué interesante -murmuró Edwina.

– No tiene nada de interesante. ¡Fue horrible!

– No, no me refería a eso -continuó Edwina mientras se rascaba la barbilla sin disimulo-. Es muy curioso que se comportara de forma tan ruda contigo. Tiene que haber oído que pediré tu opinión cuando escoja marido. Una imaginaría que el vizconde haría todo lo que estuviera en su mano para ser amable contigo. ¿Por qué -se preguntó reflexiva- iba a actuar como un patán?

El rostro de Kate adquirió un tono rojo uniforme que por suerte pasaba desapercibido a la luz de la vela. Entonces masculló:

– Dijo que no podía evitarlo.

Edwina se quedó boquiabierta, y durante un segundo permaneció paralizada por completo, como si el tiempo se hubiera detenido. Luego se echó hacia atrás sobre las almohadas desternillándose de risa.

– ¡Oh, Kate! – dijo con un resuello -. ¡Qué genial! Oh, vaya enredo. ¡Me encanta!

Kate la fulminó con la mirada.

– No tiene gracia.

Edwina se secó los ojos.

– Pues es lo más gracioso que he oído en todo el mes. ¡En todo el año! Oh, santo cielo. -Soltó unas cuantas toses, provocadas por el ataque de risa-. Ay, Kate… creo que has conseguido limpiar del todo mi nariz.

– Edwina, no seas desagradable.

Edwina se llevó el pañuelo a la cara para sonarse.

– Pues es verdad -dijo triunfante.

– No te hagas ilusiones -mascullé Kate-. Por la mañana vas a tener un resfriado terrible.

– Tienes toda la razón -admitió Edwina-, pero qué divertido. ¿Te dijo que no podía evitarlo? Oh, Kate, es muy gracioso.

– No hace falta que hagas tanto hincapié en ello -refunfuñó Kate.

– ¿Sabes? Es posible que sea el primer caballero de los que hemos conocido en toda la temporada al que no has sido capaz de controlar.

Los labios de Kate formaron una mueca torcida. El vizconde había usado la misma palabra, y ambos tenían razón. Y era cierto que había pasado la temporada controlando hombres: controlándolos para Edwina. Y de pronto no estuvo tan segura de que le gustara aquel papel de madraza en el que se había visto metida.

O tal vez ella misma se había metido.

Edwina vio el juego de emociones sobre el rostro de su hermana y de inmediato adoptó un tono de disculpa.

– Oh, querida -murmuró-, lo siento, Kate. No era mi intención burlarme.

Kate alzó una ceja.

– Vale, muy bien, mi intención era burlarme, pero en realidad no quería herir tus sentimientos. No tenía idea de que lord Bridgerton te hubiera molestado.

– Edwina, ese hombre no me cae bien. Y creo que ni siquiera deberías considerar casarte con él. No me importa con qué fervor o insistencia lo intente. No será un buen marido.

Edwina permaneció callada durante un momento, sus espléndidos ojos se quedaron serios por completo. Luego dijo:

– Bien, si tú lo dices, tiene que ser cierto. Está claro que nunca me has orientado mal con tus consejos. Y, como has dicho, has pasado más tiempo en su compañía que yo, de modo que tú sabrás.

Kate soltó un largo suspiro de alivio mal disimulado.

– Bien -dijo con firmeza-, y cuando te recuperes un poco, podremos mirar entre los actuales pretendientes en busca de un candidato mejor.

– Y tal vez tú también puedas buscar un marido -sugirió Edwina.

– Por supuesto siempre estoy buscando -insistió Kate-. ¿Qué sentido tendría una temporada en Londres si no buscara?

Edwina dio muestras de tener ciertas reservas.

– No creo que estés mirando, Kate. Pienso que lo único que haces es estudiar las posibilidades para mí. Y no hay motivo para no encontrar marido tú misma. Necesitas tu propia familia. En realidad, no se me ocurre ninguna otra persona más capacitada para ser madre que tu.

Kate se mordió el labio, no quería responder directamente a la cuestión planteada por Edwina. Tras esos preciosos ojos azules y ese rostro perfecto, su hermana era sin duda la persona más perspicaz que conocía. Y Edwina tenía razón, Kate no había estado buscando marido. Pero ¿por qué iba a hacerlo? Por otro lado, tampoco nadie la consideraba candidata al matrimonio.

Suspiró y echó una mirada a la ventana. La tormenta parecía haber pasado sin castigar la zona de Londres en la que se encontraban. Supuso que debía sentirse agradecida por cualquier cuestión favorable, por pequeña que fuera.

– ¿Por qué no nos ocupamos de ti primero? – dijo finalmente Kate -. Me parece que las dos estábamos conformes en que era más probable que tú recibieras proposiciones antes que yo. Luego ya pensaremos en mis posibilidades.

Edwina se encogió de hombros, y Kate sabía que su silencio intencionado quería decir que no estaba de acuerdo.

– Muy bien -dijo Kate al tiempo que se ponía en pie-. Te dejaré descansar. Estoy segura de que te hace falta.

Edwina tosió como respuesta.

– Y bébete esa pócima! -concluyó Kate con una risa mientras encaminaba a la puerta.

Y mientras la cerraba tras ella, oyó mascullar a Edwina:

– Antes me muero.

Cuatro días después, Edwina estaba bebiendo diligentemente la pócima del cocinero, aunque no sin refunfuñar y quejarse. Su estado había mejorado, aunque sólo podía decirse que estaba un poco mejor. Aún estaba en cama, seguía tosiendo y estaba muy, muy irritable.

Mary había manifestado que Edwina no asistiría a ningún acto social hasta el martes como muy pronto. Kate había dado por entendido que todas ellas disfrutarían de un respiro porque, la verdad, ¿qué sentido tenía asistir a un baile sin Edwina? Pero tras pasar un bendito fin de semana sin otra cosa que hacen que leer y sacar a Newton de paseo, Mary declaró de pronto que las dos asistirían a la velada musical de lady Bridgerton el lunes por la noche y…

(En este momento Kate intentó argumentar con vehemencia por qué tal cosa no era una buena idea.)

… y no había más que hablar sobre el asunto.

Kate cedió con relativa rapidez. En realidad no tenía mucho sentido seguir discutiendo ya que Mary había dado media vuelta y se había ido andando nada más pronunciar la última palabra.

Kate tenía ciertas normas y entre ellas se incluía la de no discutir con puertas cerradas.

Y por consiguiente, el lunes pon la noche se encontró vestida con una seda color azul grisáceo y el abanico en la mano, atravesando junto a Mary las calles de Londres en su barato carruaje, camino de la mansión Bridgerton en Grosvenor Square.

– A todo el mundo le sorprenderá vernos sin Edwina -comentó Kate mientras toqueteaba con la mano izquierda la gasa negra de su capa.

– Tú también buscas marido -replicó Mary.

Kate permaneció un momento callada. Era difícil rebatir aquello ya que, al fin y al cabo, se suponía que era ciento.

– Y deja de sobar la capa -añadió la mujer-. Estará arrugada toda la noche.

La mano de Kate se detuvo. Luego, durante unos segundos, estuvo tamborileando rítmicamente sobre el asiento con la mano derecha, hasta que Mary al final espetó:

– Santo cielo, Kate, ¿no puedes estarte quieta sentada?

– Ya sabes que no -contestó Kate.

Mary se limité a suspirar.

Tras otro largo silencio, interrumpido sólo por los golpecitos de Kate con el pie, ésta añadió:

– Edwina se sentirá sola sin nosotras.

Mary ni siquiera se molestó en mirarla mientras contestaba:

– Edwina tiene una novela para leer. La última de esa tal Austen. Ni siquiera se enterará de que nos hemos marchado.

Eso era del todo cierto. Mientras leía un libro, Edwina no se enteraría ni de que la cama estaba ardiendo.

Kate dijo:

– Seguramente la música será horrorosa. Después de lo de Smythe- Smith…

– Las intérpretes en aquella velada musical eran las propias hijas de los Smythe-Smith -contestó Mary, y su voz empezaba a denotar un matiz de impaciencia-. Lady Bnidgerton ha contratado a una cantante de ópera profesional procedente de Italia que se encuentra unos días en Londres. El mero hecho de haber recibido una invitación ya a es un honor.

Kate no ponía en duda que la invitación era para Edwina; ella y Mary estaban incluidas sólo por cortesía. Pero Mary estaba empezando a apretar los dientes, de modo que Kate juró morderse la lengua durante el resto del trayecto.

Lo cual no era tan difícil ya que a fin de cuentas en aquel preciso momento llegaban rodando a la entrada de la residencia Bridgerton.

Kate se quedó boquiabierta mientras miraba por la ventana.

– Es enorme -dijo estupefacta.

– ¿Verdad que sí? – contestó Mary cogiendo sus cosas -. Por lo que sé, lord Bnidgerton no vive aquí. Aunque le pertenece, aún permanece en su residencia de soltero para que su madre y hermanos puedan disfrutar de la mansión Bridgerton. ¿No es considerado por su parte?

Considerado y lord Bridgerton eran dos expresiones que Kate nunca hubiera pensado emplear en la misma frase, pero de todos modos asintió, demasiado impresionada por el tamaño y armonía del edificio de piedra como para hacer algún comentario inteligente.

El carruaje se detuvo, y Mary y Kate bajaron con la ayuda de uno de los lacayos de la mansión Bridgerton que se apresuró a abrirles la puerta. Un mayordomo cogió la invitación y les franqueó la entrada, tomó sus capas y les indicó la sala de música, justo al final del pasillo.

Kate había estado en el interior de bastantes mansiones de Londres como para no quedarse boquiabierta en público ante la obvia riqueza y belleza del mobiliario, pero incluso ella estaba impresionada por la decoración interior, la elegancia y contención del estilo Adam. Hasta los techos eran obras de arte, realizados en suaves tonos salvia y azul, colores separados pon revocados de yeso tan intrincados que parecían casi una forma más sólida de encaje.

La sala de música era igual de encantadora, con muros pintados de un amable tono amarillo limón. Se habían dispuesto hileras de sillas para los asistentes, y Kate se apresuró a dirigir a su madre hacia la parte de atrás. La verdad, no había ningún motivo para desear situarse en una posición visible. Sin duda lord Bridgerton asistiría al acto -si eran ciertas todas las leyendas sobre su devoción familiar-, y si tenía suerte, tal vez no advirtiera su presencia.

Contrariamente a su opinión, Anthony supo con exactitud en qué momento Kate salió del carruaje y entró en casa de su familia. Había estado en su estudio tomando una copa en solitario antes de encaminarse hacia la velada musical que organizaba su madre anualmente. En un intento de mantener su privacidad había optado por no vivir en la mansión Bridgerton estando todavía soltero, pero aun conservaba ahí su estudio. Su posición como cabeza de la familia Bridgerton acarreaba responsabilidades serias, y Anthony por lo general encontraba más fácil ocuparse de tales responsabilidades desde la proximidad al resto de la familia.

No obstante, las ventanas del estudio daban a Grosvenor Square, y por consiguiente se había divertido un rato observando la llegada de los carruajes y los invitados que descendían de ellos. Cuando bajó Kate Sheffield, alzó la mirada a la fachada de la mansión e inclinó la cabeza con un gesto muy similar al que hizo al disfrutar del calor del sol en Hyde Park. La luz de los apliques ubicados a ambos lados de la entrada principal se había filtrado a través de su piel y la bañaban de un relumbre titilante.

Y Anthony se quedó sin aliento.

Su vaso de cristal aterrizó sobre el amplio alféizar de la ventana con un golpe pesado. Esto empezaba a ser ridículo. No era capaz de engañarse a sí mismo tanto como para confundir la tensión en sus músculos con otra cosa que no fuera deseo.

Puñetas. Ni siquiera le gustaba aquella mujer. Era demasiado mandona, demasiado dogmática, se precipitaba a sacar conclusiones. Ni siquiera era hermosa; bien, no si la comparaba con unas cuantas de las damas que revoloteaban por Londres durante la temporada, especialmente su hermana.

El rostro de Kate era demasiado largo, su barbilla un pelín demasiado saliente, sus ojos una pizca demasiado grandes. Todo en ella era demasiado algo. Incluso su boca, que le irritaba al límite con su interminable sarta de insultos y opiniones, era demasiado voluminosa. Era raro que la tuviera cerrada y le concediera un momento de bendito silencio, pero si la casualidad quería que la mirara en esa fracción de segundo (porque, desde luego, ella no podía estar callada más que eso) lo único que veía era sus labios, carnosos, fruncidos y, contando con que estuvieran cerrados y por supuesto no hablaran, eminentemente besuqueables.

¿Besuqueables?

Anthony se estremeció. La idea de besar a Kate Sheffield era escalofriante. En realidad, el mero hecho de haber pensado en ello debería ser suficiente como para que le encerraran en un manicomio.

Y no obstante…

Anthony se dejó caer en un sillón.

Y no obstante había soñado con ella.

Había sucedido después del fiasco del Serpentine. Estaba tan furioso que casi no podía hablar. Fue un milagro que consiguiera decirle algo a Edwina durante el corto trayecto de regreso a su casa. Frases corteses fue todo lo que consiguió pronunciar: palabras sin sentido tan familiares que saltaban de su lengua como si las supiera de memoria.

Una suerte, de cualquier modo, puesto que, definitivamente, su mente no estaba donde debería: en Edwina, su futura esposa.

Oh, ella no había accedido aún. Ni siquiera se lo había pedido todavía. Pero reunía todos los requisitos para convertirse en su esposa; ya había decidido que sería ella a quien finalmente propondría en matrimonio. Era hermosa, inteligente y su talante era sereno. Atractiva, pero sin que le acelerara el pulso. Pasarían unos años deleitables juntos, pero nunca se enamoraría de ella.

Era justo lo que necesitaba.

Y no obstante…

Anthony alcanzó su copa y se bebió de un trago el resto del contenido.

Y no obstante, había soñado con su hermana.

Intentó no recordarlo. Intentó no recordar los detalles del sueño, el ardor y el sudor, pero como era la primera copa de la noche, ciertamente ésta no era suficiente para empañar su memoria. Aunque no tenía intención de beber más, ahora el concepto de perderse en un olvido inconsciente empezaba a sonar apetecible.

Cualquier cosa sería apetecible si significaba no recordar.

Pero no tenía ganas de beber. Hacía años que se moderaba con la bebida, le parecía un juego de jóvenes, que dejaba de ser sugerente cuando uno se acercaba a los treinta. Aparte, aunque decidiera buscar la amnesia temporal en la botella, el efecto no sería lo suficientemente rápido como para que el recuerdo de ella desapareciera.

¿Recuerdo? Ja. Ni siquiera era un recuerdo real. Sólo era un sueño, se repitió. Sólo un sueño.

Se había quedado dormido enseguida después de volver a casa aquella tarde. Se había desnudado y se había sumergido en un baño caliente durante casi una hora, en un intento de sacarse el frío de los huesos. Aunque no se había metido del todo en el Serpentine como Edwina, su piernas se habían empapado, igual que una de sus mangas, y la sacudida estratégica de Newton había garantizado que ni un solo centímetro de su cuerpo mantuviera el calor durante el sinuoso recorrido de vuelta a casa en aquel carruaje prestado.

Después del baño se metió en la cama, sin importarle demasiado que aún fuera de día en el exterior; aún quedaba una hora de luz más o menos. Estaba agotado y su única intención era sumirse en un letargo profundo, sin sueños, del que no despertaría hasta que los primeros rayos de sol vetearan la mañana.

Pero en algún momento de la noche su cuerpo se sintió inquieto y hambriento, una sensación que fue en aumento. Y su mente traicionera se llenó de la más espantosa de las imágenes. Observaba la imagen como si estuviera flotando cerca del techo, pero no obstante lo sentía todo: su cuerpo desnudo se movía sobre la forma esbelta de una mujer, sus manos acariciaban y apretaban la carne caliente. El delicioso enredo de brazos y piernas, el aroma almizcleño de dos cuerpos que se atraen… todo estaba ahí, ardiente e intenso en su mente.

Y entonces él se desplazó. Sólo un poco, tal vez para besar la oreja de la mujer sin rostro. Sólo que cuando se movió a un lado, ya no era una mujer sin rostro. Primero apareció un espeso mechón de pelo marrón oscuro, que se rizaba suavemente y le hacía cosquillas en el hombro. Luego se desplazó un poco más y…

Y la vio.

Kate Sheffield.

Se despertó al instante, quedándose sentado completamente derecho en la cama, temblando de horror. Había sido el sueño erótico más vívido que había experimentado en su vida.

Y su peor pesadilla.

Palpó frenético entre las sábanas con una de sus manos, aterrorizado de encontrar la prueba de su pasión. Que Dios le ayudara si en efecto había eyaculado mientras soñaba con la mujer sin duda más espantosa que había conocido.

Gracias al cielo, las sábanas estaban limpias, por lo tanto volvió a acostarse contra las almohadas con el corazón acelerado y la respiración entrecortada. Sus movimientos eran lentos y cuidadosos, como si aquello impidiera que se repitiera el sueño.

Durante horas estuvo mirando el techo, primero conjugando verbos latinos, luego contando hasta mil, todo en un intento de mantener el cerebro ocupado con cualquier cosa que no fuera Kate Sheffield.

Y, de forma asombrosa, había exorcizado la imagen de su cerebro y se había quedado dormido.

Pero ahora ella había regresado. Estaba aquí. En su casa.

La idea le espantaba.

¿Y dónde diablos estaba Edwina? ¿Por qué no había acompañado a su madre y hermana?

Las primeras notas de un cuarteto de cuerda se introdujeron por debajo de la puerta, discordantes y embrolladas, sin duda ya se estaban preparando los músicos que su madre había contratado para acompañar a Maria Rosso, la última soprano que había cautivado al público londinense.

Desde luego que Anthony no se lo había contado a su madre, pero él y Maria habían disfrutado de un agradable interludio la última vez que la soprano había estado en la ciudad. Tal vez debiera considerar reanudar su amistad. Si la sensual belleza italiana no curaba sus males, nada conseguiría hacerlo.

Anthony se levantó y enderezó los hombros, consciente de que más bien parecía prepararse para la batalla. Diablos, así era como se sentía. Tal vez con un poco de suerte fuera capaz de evitar por completo a Kate Sheffield. No podía imaginarse que ella hiciera algún intento de entablar conversación con él. Había dejado del todo claro que le tenía la misma estima que él a ella.

Sí, eso era exactamente lo que haría. Evitarla. ¿Resultaría muy difícil?

Capítulo 6

La velada musical de lady Bridgerton resultó ser una reunión indiscutiblemente artística, lo cual no siempre es la norma en este tipo de veladas. Esta Autora se lo puede asegurar. La intérprete invitada no era otra que Maria Rosso, la soprano italiana que tuvo su debut en Londres hace dos años y que ha regresado tras un breve periodo en los escenarios vieneses.

Con su espeso cabello azabache y centelleantes ojos oscuros, la señorita Rosso demostró tener tanto encanto en su voz como en su figura. Y más de uno (de hecho, más de una docena) de los denominados caballeros de la sociedad encontraron dificultades para apartar la mirada de su persona, incluso después de que hubiera concluido la actuación.

REVISTA DE SOCIEDAD DE LADY WHISTLEDOWN,

27 de abril de 1814

Kate supo en qué minuto preciso entró él en la sala.

Intentó convencerse de que aquello no quería decir que ella estuviera cada vez más pendiente de aquel hombre. Él era terriblemente apuesto; de hecho, no era una opinión, era la realidad. No podía imaginarse que el resto de mujeres presentes no se hubieran fijado en él.

Llegó tarde. No mucho, la soprano no podía llevar más de doce compases de su pieza. Pero lo bastante tarde como para que intentara no hacer ruido mientras ocupaba una silla hacia la parte delantera, cerca de su familia. Kate continuó inmóvil en su asiento en la parte posterior, bastante segura de que él no la había visto mientras se acomodaba para la actuación. No miró en su dirección, y aparte, habían apagado varias velas, o sea, que la habitación estaba bañada por un resplandor tenue y romántico. Sin duda las sombras oscurecían su rostro.

Kate intentó mantener la vista fija en la señorita Rosso a lo largo de su actuación. De todos modos, el ánimo de Kate no mejoró demasiado ya que la cantante no apartaba los ojos de lord Bridgerton. Al principio Kate pensó que debía de estar imaginándose la fascinación de la señorita Rosso por el vizconde, pero hacia la mitad de la actuación, no había ninguna duda. Maria Rosso lanzaba públicamente con la mirada invitaciones sensuales al vizconde.

¿Y por qué eso le molestaba tanto a ella? No lo sabía. Al fin y al cabo era una prueba más de que era exactamente el mujeriego depravado que siempre había pensado. Tendría que estar satisfecha de tener la confirmación. Tendría que pensar que aquello le daba la razón.

En vez de ello, lo único que sentía era decepción. Era una sensación pesada, incómoda, que envolvía su corazón y la dejaba un poco hundida en su asiento.

Cuando acabó la interpretación, no pudo evitar advertir que la soprano, tras aceptar graciosamente los aplausos, se dirigió con el mayor descaro hacia el vizconde y le ofreció una de esas sonrisas seductoras, el tipo de sonrisa que Kate nunca aprendería a esbozar aunque una docena de cantantes de ópera intentaran enseñárselo. Aquella sonrisa no dejaba dudas sobre las intenciones de la cantante.

Dios bendito, aquel hombre ni siquiera necesitaba perseguir a las mujeres, casi se rendían a sus pies.

Era asqueroso. De verdad, muy asqueroso.

Y aun así, Kate no podía dejar de mirar.

Lord Bridgerton ofreció por su parte una misteriosa media sonrisa a la cantante de ópera. Luego estiró el brazo y le recogió tras la oreja un mechón suelto de su pelo azabache.

Kate sintió un escalofrío.

El vizconde ahora se había inclinado hacia delante para susurrarle algo al oído. Kate se descubrió aguzando el oído en aquella dirección, aunque era obvio que resultaba imposible oír algo desde tan lejos.

Pero de cualquier modo, ¿acaso era un crimen morirse de curiosidad. Y…

Santo cielo, ¿no acababa de besarle en el cuello? Seguro que no se atrevía a hacer eso en casa de su propia madre. Bueno, se suponía que la residencia Bridgerton técnicamente era su casa, pero su madre vivía ahí, igual que muchos de sus hermanos. La verdad, este hombre debería saberlo mejor que nadie. Un poco de decoro en presencia de su familia no estaría de más.

– ¿Kate? ¿Kate?

Tal vez fuera un besito de nada, sólo un leve roce con los labios sobre la piel de la cantante de ópera, pero no dejaba de ser un beso.

– ¡Kate!

– ¡Bien! ¿Sí? -Kate casi se pone de pie al volverse a mirar a Mary, quien la observaba con expresión sin duda irritada.

– Deja de mirar al vizconde -dijo entre dientes.

– No estaba… bueno, de acuerdo, miraba, pero ¿no le has visto?-dijo Kate en un susurro apremiante-. No tiene vergüenza.

Volvió a mirarle. Continuaba coqueteando con Maria Rosso y era obvio que a Bridgerton no le importaba lo más mínimo quién les viera.

Mary frunció los labios formando una línea apretada antes de decir:

– Estoy segura de que su conducta no es de nuestra incumbencia.

– Por supuesto que es de nuestra incumbencia. Quiere casarse con Edwina.

– Eso aún no podemos asegurarlo.

Kate recordó algunas conversaciones con lord Bridgerton.

– Creo que no andamos tan desencaminadas.

– Bien, deja de mirarle. Estoy segura de que no quiere nada contigo después del fiasco de Hyde Park. Y aparte, aquí hay unos cuantos buenos partidos. Harías bien en dejar de pensar todo el tiempo en Edwina y empezar a buscar algo para ti.

Kate notó cómo se hundían sus hombros. La mera idea de intentar atraer a algún pretendiente era agotadora. A fin de cuentas, todos se interesaban por Edwina. Y aunque ella misma no quería tener nada con el vizconde, le dolía que Mary dijera con tal seguridad que él quería tener nada con ella.

Mary la cogió del brazo con una firmeza que no admitía protestas.

– Vamos ya, Kate -dijo con voz tranquila-. Acerquémonos a saludar a nuestra anfitriona.

Kate tragó saliva. ¿Lady Bridgerton? ¿Tenía que conocer a lady Bridgerton? ¿La madre del vizconde? Era bastante difícil creer que una criatura como él tuviera una madre.

Pero los modales eran los modales. Por mucho que Kate hubiera preferido escabullirse por el pasillo y marcharse, sabía que debía dar las gracias a su anfitriona por organizar una actuación tan maravillosa.

Y en efecto había sido maravillosa. Por mucho que le costara a Kate reconocerlo, especialmente si se tenía en cuenta que la soprano en cuestión estaba insinuándose al vizconde, Maria Rosso poseía una voz angelical.

Con el brazo de Mary como guía, Kate llegó hasta la parte delantera de la sala y esperó su turno para conocer a la vizcondesa. Parecía una mujer encantadora, con pelo rubio y ojos claros, y bastante menuda para haber tenido tal cantidad de hijos. El difunto vizconde debía de haber sido un hombre alto, decidió Kate.

Finalmente llegaron al frente del pequeño gentío, y la vizcondesa cogió la mano de Mary.

– Señora Sheffield -saludó con afecto-, qué placer volver a verla. Disfruté tanto de nuestro encuentro la semana pasada en el baile de los Hartside… Estoy muy contenta de que haya decidido aceptar mi invitación.

– No se nos habría ocurrido pasar la velada en ningún otro lugar-contestó Mary-. ¿Me permite que le presente a mi hija? -Hizo un gesto hacia Kate, quien dio un paso hacia delante e hizo la conveniente reverencia.

– Es un placer conocerla, señorita Sheffield -dijo lady Bridgerton.

– Para mí es también un honor -repuso Kate.

Lady Bridgerton indicó a una joven situada a su lado.

– Y ésta es mi hija, Eloise.

Kate sonrió con afecto a la muchacha, quien parecía tener la misma edad que Edwina. Eloise Bridgerton tenía el mismo color de pelo que sus hermanos mayores y un rostro iluminado por una amplia y simpática sonrisa. A Kate le cayó bien al instante.

– ¿Qué tal está, señorita Bridgerton? – dijo Kate -. ¿Es su primera temporada?

Eloise asintió.

– Oficialmente no me toca hasta el año que viene, pero mi madre me ha permitido asistir a las funciones celebradas aquí en la residencia Bridgerton.

– Qué suerte ha tenido -replicó Kate-. Me habría encantado haber asistido a alguna fiesta el año pasado. Al llegar a Londres esta primavera, todo me resultaba tan nuevo. Una se queda aturdida sólo de intentar recordar el nombre de cada una de las personas.

Eloise sonrió ampliamente.

– De hecho, mi hermana Daphne fue presentada hace dos años y siempre me describe todo y a todo el mundo con gran detalle, o sea, que me parece que conozco a casi todo el mundo.

– ¿Daphne es su hija mayor? -preguntó Mary a lady Bridgerton. La vizcondesa asintió.

– Se casó con el duque de Hastings el año pasado.

Mary sonrió.

– Como madre, tuvo que sentirse encantada.

– Desde luego. Es un duque, pero, lo más importante, es que es un buen hombre y quiere a mi hija. Lo único que espero es que el resto de mis hijos hagan bodas tan excelentes. -Lady Bridgerton ladeó levemente la cabeza y se volvió a Kate.

– Parece ser, señorita Sheffield, que su hermana no ha podido venir esta noche.

Kate contuvo un gruñido. Lady Bridgerton estaba ya emparejando a Anthony con Edwina, ya les veía en el altar.

– Me temo que la semana pasada cogió un terrible resfriado.

– Espero que no sea nada serio. -La vizcondesa expresó su interés a Mary, en un tono de madre a madre.

– No, nada serio -contestó Mary-. De hecho, ya casi ha recuperado su buena forma. Pero me ha parecido que necesitaba un día más de convalecencia antes de animarse a salir. No le convendría sufrir una recaída.

– No, por supuesto que no. -Lady Bridgerton hizo una pausa, luego sonrió-. Pero es una pena. Me hacía mucha ilusión conocerla. Edwina se llama, ¿verdad?

Kate y Mary asintieron al unísono.

– He oído decir que es preciosa. -Pese a estar hablando en aquel momento, lady Bridgerton lanzó una ojeada a su hijo, quien coqueteaba como un loco con la cantante de ópera italiana, y frunció el ceño.

Kate sintió una gran agitación en su estómago. De acuerdo con las recientes ediciones de Confidencia, lady Bridgerton se había propuesto la misión de casar a su hijo. Y aunque el vizconde no parecía ser el tipo de hombre que se somete a la voluntad de una madre (ni a la de nadie, para el caso), Kate tuvo la impresión de que lady Bridgerton podía ser capaz de ejercer cierta presión si así lo decidía.

Tras unos momentos más de charla cortés, Mary y Kate dejaron que lady Bridgerton saludara al resto de invitados. Enseguida se les aproximó la señora Featherington; como madre de tres jovencitas solteras siempre tenía mucho que contar a Mary sobre temas diversos. Pero en aquella ocasión la rechoncha mujer, mientras se encaminaba hacia ellas, tenía la mirada fija en Kate.

Kate empezó de inmediato a considerar posibles rutas de escapatoria.

– ¡Kate! -saludó la mujer con voz resonante. Hacía tiempo que había decidido tutear a las Sheffield-. Qué sorpresa verte aquí.

– ¿Y por qué tanta sorpresa, señora Featherington? -preguntó Kate perpleja.

– Seguro que has leído Confidencia esta mañana.

Kate sonrió un poco. O sonreía o ponía una mueca desagradable.

– Oh, ¿se refiere al pequeño incidente relacionado con mi perro?

La señora Featherington alzó las cejas más de un centímetro.

– Por lo que he oído, fue más que un «pequeño incidente».

– No tuvo mayor importancia -dijo Kate con firmeza, aunque para hacer honor a la verdad, le resultó difícil no soltar un gruñido a la entrometida mujer-. Aunque debo decir que me ha molestado que lady Confidencia se haya referido a Newton como a un perro de raza indefinida. Quiero que sepan que es un corgi de pura raza.

– Es cierto que no tuvo mayor importancia -dijo Mary, saliendo en defensa de Kate-. Me sorprende incluso que mereciera una mención en su columna.

Kate dedicó a la señora Featherington la más insulsa de las sonrisas, muy consciente de que tanto ella como Mary mentían con descaro. Sumergir a Edwina (y casi a lord Bridgerton) en el Serpentine no era un incidente «sin mayor importancia», pero si lady Confidencia no había creído conveniente ofrecer todos los detalles, Kate desde luego no iba a dar explicaciones.

La señora Featherington abrió la boca y respiró hondo, lo cual comunicó a Kate que se estaba preparando para lanzar uno de sus prolongados monólogos sobre el tema de la importancia del buen comportamiento (o los buenos modales o la buena cuna o cualquier cosa buena que fuera el tema del día), de manera que Kate se apresuró a decir de forma un tanto brusca:

– ¿Quieren que vaya a buscar un poco de limonada?

Las dos matronas dijeron que sí y dieron las gracias a Kate, quien se escabulló al instante. Sin embargo, en cuanto regresó, sonrió con gesto inocente y dijo:

– Sólo tengo dos manos, o sea que ahora tengo que regresar a por un vaso para mi.

Y tras decir eso, se marchó una vez más.

Se detuvo un instante junto a la mesa de la limonada, por si acaso Mary estaba mirando, luego salió disparada de la sala al pasillo, donde se hundió en un mullido banco situado a unos diez metros de la sala de música, ansiosa por conseguir un poco de aire. Lady Bridgerton había dejado abiertas las cristaleras de la sala de música que daban al pequeño jardín de la parte posterior de la casa, pero había tal concurrencia que el ambiente era sofocante en el salón, pese a la leve brisa que llegaba del exterior.

Kate se quedó allí sentada durante varios minutos, más que contenta de que los demás invitados no hubieran decidido desperdigarse por el pasillo. Pero luego oyó una voz que se elevaba por encima del estruendo grave de la multitud, seguida de una risa sin duda musical, y Kate se percató con horror de que lord Bridgerton y su supuesta querida salían de la sala de música y entraban en el pasillo.

– Oh, no -gimió, intentando hablar para sus adentros. Lo último que quería era que el vizconde se topara con ella allí sentada a solas en el pasillo. Sabía que estaba a solas porque a ella le venía en gana, pero él probablemente pensaría que había huido de la concurrencia porque era un fracaso social y toda la aristocracia compartía la opinión que tenía de ella: que era una amenaza impertinente y poco atractiva para la sociedad.

¿Amenaza para la sociedad? Kate apretó los dientes. Le llevaría mucho, mucho tiempo perdonarle tal insulto.

Pero, de todos modos, estaba cansada y no tenía ganas de enfrentarse a él justo en ese momento, de modo que se levantó las faldas varios centímetros para no tropezarse y se metió por la primera puerta que encontró junto al banco. Con un poco de suerte, él y su amada pasarían de largo y ella podría regresar pitando a la sala de música sin que nadie se percatara.

Kate echó una rápida mirada a su alrededor nada más cerrar la puerta. Había una lámpara encendida encima del escritorio y, mientras sus ojos se acostumbraban a la oscuridad, comprendió que se encontraba en algún tipo de despacho. Las paredes estaban llenas de libros, aunque la habitación, dominada por un monumental escritorio de roble, no era tan grande como para ser la biblioteca de los Bridgerton. Encima del escritorio había papeles ordenados en pilas y una pluma con un tintero se hallaba sobre el cartapacio.

Estaba claro que no era un despacho para darse tono: aquí trabajaba alguien.

Kate deambuló hasta el escritorio, la curiosidad la estaba dominando, y pasó los dedos distraídamente por el borde de madera. Había un ligero olor a tinta en el aire, tal vez incluso se detectaba un leve resto de humo de pipa.

En conjunto, decidió, era una habitación preciosa. Cómoda y práctica. Una persona podía pasar horas aquí ensimismado en perezosas reflexiones.

Pero mientras Kate se recostaba contra el escritorio, saboreando la tranquila soledad, oyó un sonido espantoso.

El chasquido del pomo de una puerta.

Con un resuello frenético, se lanzó debajo del escritorio, apretujándose en el cubo de espacio vacío y agradeciendo al cielo que el escritorio fuera tan sólido, en vez de esa clase de mesa que descansa sobre cuatro patas largas y delgadas.

Sin apenas respirar, escuchó.

– Pero he oído que éste va a ser el año en que por fin veamos al famoso lord Bridgerton caer en la trampa del párroco -llegó un cantarina voz femenina.

Kate se mordió el labio. Era una cantarina voz femenina con acento italiano.

– ¿Y dónde ha oído eso? -se oyó la voz inconfundible del vizconde, seguida por otro chasquido del pomo.

Kate cerró los ojos con gran agonía. Estaba atrapada en aquel despacho con una pareja de amantes. Sencillamente, la vida no le podía ir peor.

Bueno, podían descubrirla. Aquello sí que sería peor. De todos modos, era curioso que aquello no consiguiera animarla. Su situación era francamente difícil.

– Lo dicen por toda la ciudad, milord -contestó Maria-. Todo el mundo dice que ha decidido sentar cabeza y buscar esposa.

Hubo un silencio, pero Kate habría jurado oírle a él encogerse de hombros.

Algunas pisadas. Los amantes se acercaron a la mesa un poco más.

Luego Bridgerton murmuró:

– Probablemente ya era hora.

– Me rompe el corazón, ¿lo sabe?

Kate pensó que iba a darle una arcada.

– Vamos, vamos, mi dulce signorina- sonido de labios sobre la piel- ambos sabemos que su corazón es inmune a cualquiera de mis maquinaciones.

A continuación se oyó un roce de sedas, que Kate interpretó como el sonido de Maria apartándose con timidez, tras lo cual se oyó:

– Pero no soy aficionada a los escarceos, milord. No es que busque el matrimonio, por supuesto, pero la próxima vez que busque un protector digamos que será a largo plazo.

Pisadas. ¿Tal vez Bridgerton cruzaba de nuevo la distancia que les separaba?

Su voz sonó grave y ronca cuando dijo:

– No consigo entender cuál es el problema. -Bridgerton soltó una risita-. El único motivo para renunciar a la querida de uno puede surgir cuando uno ama a su esposa. Y puesto que no tengo intención de escoger una esposa de la que pueda enamorarme, no veo el motivo de negarme los placeres de una mujer preciosa como usted.

¿Y quiere casarse con Edwina? A Kate le costó no ponerse a chillar. La verdad, si no estuviera allí agazapada como una rana sujetándose los tobillos con las manos, lo más probable fuera que saliera como una furia a intentar matar a aquel hombre.

Luego se sucedieron unos pocos sonidos ininteligibles, que Kate rogó no fueran el preludio de algo considerablemente más íntimo. No obstante, tras un momento, la voz del vizconde surgió con claridad.

– ¿Le apetece algo de beber?

Maria murmuró una respuesta afirmativa y las zancadas enérgicas de Bridgerton reverberaron por el suelo, se acercaron más y más hasta que…

Oh, no.

Kate inspeccionó la licorera, que descansaba sobre la repisa de la ventana, directamente enfrente de su escondite debajo del escritorio. Si él continuaba de cara a la ventana mientras servía, Kate podría escapar sin ser detectada, pero si se volvía tan sólo noventa grados…

Se quedó paralizada. Paralizada por completo. Dejó de respirar del todo.

Con los ojos muy abiertos, sin pestañear (¿podían producir algún sonido los ojos?), observó con completo horror que Bridgerton aparecía ante su vista y su silueta atlética quedaba destacada de modo sorprendente desde aquel puesto aventajado en el suelo.

Los vasos entrechocaron un instante cuando él los dispuso para servir, luego retiró el tapón de la licorera y sirvió dos dedos de líquido ámbar en cada copa.

No te vuelvas. No te vuelvas.

– ¿Todo bien? -llamó Maria.

– Perfecto -respondió Bridgerton aunque sonaba algo distraído. Alzó las copas y canturreó algo para sí mismo mientras su cuerpo empezaba a volverse con parsimonia.

Continúa andando. Continúa andando. Si se apartaba de ella mientras se daba la vuelta, volvería al lado de Maria y ella estaría a salvo. Pero si se daba la vuelta y luego caminaba, podía darse por muerta.

Sin duda él la mataría. Con toda franqueza, aún le sorprendía que no lo hubiera intentado la semana anterior en el Serpentine.

Anthony se volvió despacio. Y se volvió un poco más. Y no caminó.

Y Kate intentó adivinar cuál era el motivo de que no le pareciera de pronto algo tan malo morir a los veintiún años.

Anthony sabía muy bien cuál era el motivo de haber traído a Maria Rosso a su estudio. Estaba claro que ningún hombre de sangre caliente podía quedar inmune a sus encantos. Tenía un cuerpo exuberante, una voz embriagadora y sabía por experiencia que el contacto con ella era igualmente potente.

Pero aun cuando tomaba un mechón de sedoso cabello azabache y aquellos labios carnosos que formaban un puchero, aun cuando sus músculos entraban en tensión con el recuerdo de otras partes carnosas, estrechas, de su cuerpo, sabía que la estaba utilizando.

No se sentía culpable por utilizarla para su propio placer. A ese respecto, ella le estaba utilizando también a él. Y al menos ella se vería compensada por ello, mientras que a él le costaría varias joyas, una asignación trimestral y el alquiler de una casa elegante en una parte bastante elegante de la ciudad, aunque tampoco demasiado.

No, el motivo de que se sintiera inquieto, de que se sintiera frustrado, de que tuviera ganas de atravesar con el puño un muro de ladrillo, era que estaba utilizando a Maria para sacarse de la cabeza aquella pesadilla que era Kate Sheffield. No quería volver a despertarse torturado, con una erección, sabiendo que Kate Sheffield era la causa. Quería hundirse en otra mujer hasta que todo recuerdo de aquel sueño se disolviese y se desvaneciera en la nada.

Porque Dios sabía que nunca iba a tomar parte activa en esa fantasía erótica particular. Ni siquiera le gustaba Kate Sheffield. La idea de acostarse con ella le provocaba un sudor frío, aunque extendiera una oleada de deseo por sus entrañas.

No, la única manera de que el sueño se hiciera realidad era que Anthony estuviera delirando de fiebre… y ella tal vez tendría que estar delirando también… y quizá los dos tendrían que haberse perdido en una isla desierta o estar sentenciados a muerte a la mañana siguiente o…

Sintió un estremecimiento. Aquello, sencillamente, no iba a suceder.

Pero, qué diantres, aquella mujer tenía que haberle hechizado. No había otra explicación para aquel sueño, no, mejor dicho, aquella pesadilla. Y aparte de eso, incluso en aquel preciso instante podía olerla. Era aquella mezcla enloquecedora de lirios y jabón, aquel roma cautivador que se había apoderado de él mientras estaban en Hyde Park la semana pasada.

Aquí estaba él, sirviendo una copa del mejor whisky a Maria Rosso, una de las pocas mujeres que sabía apreciar ambas cosas, un buen whisky y la embriaguez diabólica que venía a continuación, y lo único que podía oler era el maldito aroma de Kate Sheffield. Sabía que estaba en la casa -y estaba medio dispuesto a matar a su madre por aquello-, pero esto era ridículo.

– ¿Todo bien? -llamó Maria.

– Perfecto -fue la respuesta de Anthony, pero su voz sonó tensa incluso a sus propios oídos. Empezó a canturrear, algo que siempre hacía para relajarse.

Se dio media vuelta y se dispuso a dar un paso adelante. Al fin y al cabo, Maria le esperaba.

Pero otra vez notó aquel maldito perfume. Lirios. Podría jurar que eran lirios. Y jabón. Los lirios eran intrigantes, pero el jabón era comprensible. Un mujer práctica como Kate Sheffield se frotaría con jabón hasta quedarse bien limpia.

Su pie vaciló en el aire y su primer paso resultó ser corto en vez de la habitual zancada larga. No podía escapar a aquel olor, o sea, que continuó dándose la vuelta, su olfato le hizo torcer instintivamente la vista hacia donde sabía que no podía haber lirios, y sin embargo su aroma estaba allí, por imposible que pareciera.

Y entonces la vio.

Debajo de su escritorio.

Era imposible.

Sin duda esto era una pesadilla. Sin duda si cerraba los ojos y volvía a abrirlos, ella habría desaparecido.

Pestañeó. Ella continuaba allí.

Kate Sheffield, la mujer más exasperante, irritante y diabólica de toda Inglaterra, estaba agazapada, en cuclillas como una rana, debajo de su escritorio.

Fue un milagro que no dejara caer el whisky.

Sus miradas se encontraron, vio sus ojos muy abiertos a causa del pánico y el temor. Bien, pensó con furia. Merecía pasar miedo. Iba a curtirla a palos hasta que estuviera escarmentada.

¿Qué diablos estaba haciendo aquí? ¿Empaparle de la inmunda agua del Serpentine no era suficiente para su espíritu sanguinario? ¿No estaba satisfecha con sus intentos de frustrar el cortejo de su hermana? ¿Además tenía que espiarle?

– Maria -dijo con suavidad mientras avanzaba hacia el escritorio hasta pisar la mano de Kate. No pisó con fuerza pero la oyó chillar. Esto le produjo a Anthony una terrible satisfacción.

– Maria -repitió-. De pronto he recordado un asunto urgente de negocios del que debo ocuparme de inmediato.

– ¿Esta misma noche? -preguntó. Sonaba poco convencida.

– Eso me temo. ¡Uy!

Maria pestañeó.

– ¿Acaba de gemir?

– No -mintió Anthony e intentó no atragantarse con aquella palabra. Kate se había quitado el guante y había agarrado la rodilla de Anthony con la mano para clavarle las uñas directamente hasta la piel a través de los pantalones. Con fuerza.

Anthony confió al menos en que fueran sus uñas. Podrían haber sido sus dientes.

– ¿Está seguro de que no pasa nada? -preguntó Maria.

– Nada… en… -fuera cual fuera la parte del cuerpo que Kate clavaba en su pierna, se hundió un poco más- ¡absoluto! -La última palabra surgió más bien como un aullido y entonces sacudió la pierna hacia delante, dando contra algo que tuvo la leve sospecha de que era el estómago de Kate.

En circunstancias normales, Anthony hubiera preferido morir antes que pegar a una mujer, pero esto parecía un caso de veras excepcional. En realidad se regodeó un poco al propinarle una patada mientras ella permanecía allí agazapada.

Al fin y al cabo, ella le estaba mordiendo la pierna.

– Permítame que la acompañe hasta la puerta -le dijo a Maria mientras se sacudía a Kate del tobillo.

Pero la mirada de Maria mostró curiosidad. La cantante se adelantó unos pocos pasos.

– Milord, ¿hay un animal debajo de la mesa?

Anthony solté una risotada.

– Así podría decirse.

Kate le dio con el puño en el pie.

– ¿Es un perro?

Anthony consideró en serio ofrecer una respuesta afirmativa, pero ni siquiera él podía ser tan cruel. Por lo visto, Kate apreció su tacto poco característico ya que le soltó la pierna.

Anthony aprovechó entonces ese momento para apartarse con rapidez de detrás del escritorio.

– ¿Encontraría imperdonable mi rudeza -preguntó mientras avanzaba hasta Maria, cogiéndola luego por el brazo- si la acompañara sólo hasta la puerta en vez de llevarla hasta la sala de música?

Ella se rió, con un sonido grave y sensual que debería haberle seducido a él.

– Soy una mujer hecha y derecha, milord. Creo que puedo arreglármelas en esta distancia tan corta.

– ¿Me perdona?

Maria se fue hasta el umbral de la puerta que él mantenía abierta para ella.

– Sospecho que no hay ninguna mujer viva que pueda negarse a perdonarle con esa sonrisa.

– Es una mujer excepcional, Maria Rosso.

Ella se rió.

– Pero, por lo visto, no lo bastante.

Salió flotando y Anthony cerró la puerta con un chasquido decidido. Luego, seguramente un demoniejo sobre su hombro le pinchó y decidió dar una vuelta a la llave en la cerradura y metérsela en el bolsillo.

– Usted -dijo con un bramido mientras salvaba la distancia hasta el escritorio en cuatro largas zancadas-. Salga de ahí.

Al ver que Kate no se daba suficiente prisa, se agachó, le puso la mano en la parte superior del brazo y la sacó a rastras para ponerla de pie.

– Explíquese -ordené entre dientes.

A Kate casi se le doblan las piernas mientras la sangre volvía precipitadamente a sus rodillas que habían estado dobladas durante casi un cuarto de hora.

– Ha sido un accidente -dijo, y se agarró al borde del escritorio en busca de apoyo.

– Es curioso con qué sorprendente frecuencia surgen esas palabras de su boca.

– ¡Es verdad! -protestó-. Estaba sentada en el pasillo y… -tragó saliva. Él se había adelantado y ahora estaba muy, muy cerca-. Estaba sentada en el pasillo -dijo otra vez, la voz le sonaba insegura y ronca- y le oí venir. Simplemente intentaba evitarle.

– ¿Y por eso invadió mi despacho privado?

– No sabía que era su despacho. Yo… -Kate tomó aliento. Él incluso se había acercado más, sus amplias y planchadas solapas ahora estaban a tan sólo centímetros del corpiño de su vestido. Sabía que aquella proximidad era intencionada, que él pretendía intimidarla más que seducirla, pero aquello no sirvió para contener los frenéticos latidos de su corazón.

– Pienso que tal vez estaba informada de que éste era mi despacho -murmuró él y se permitió recorrer con el dedo índice el lado de su mejilla-. Tal vez no pretendía evitarme en absoluto.

Kate tragó saliva repetidamente, ya había dejado de tener sentido intentar mantener la compostura.

– ¿Humm? -Deslizó el dedo por la línea de la barbilla-. ¿Qué dice a eso?

Los labios de Kate se separaron, pero era incapaz de pronunciar una palabra aunque su vida dependiera de ello. Él no llevaba guantes-se los habría quitado durante su encuentro con Maria- y el contacto de su piel era tan poderoso que parecía controlar todo su cuerpo. Respiraba cuando él se detenía, dejaba de hacerlo cuando él se movía. No cabía duda de que su corazón latía al compás del puso de él.

– Tal vez -susurró él, tan cerca ahora que su aliento besó sus labios- deseaba en realidad alguna cosa más.

Kate intentó sacudir la cabeza pero sus músculos se negaban a obedecer.

– ¿Está segura?

En esta ocasión, su cabeza la traicionó y dio una pequeña sacudida. Anthony sonrió y ambos supieron que él había ganado.

Capítulo 7

También presentes en la velada musical de lady Bridgerton: la señora Featherington y sus tres hijas mayores (Prudence, Philippa y Penelope, ninguna de las cuales vestía con colores que favorecieran sus cutis); el señor Nigel Berbrooke (quien, como es habitual, tenía mucho que contar, aunque nadie salvo Philippa Featherington parecía interesada); y, por supuesto, la señora Sheffield y la señorita Katharine Sheffield.

Esta Autora supone que la invitación a las Sheffield incluía también a la señorita Edwina Sheffield, pero no se encontraba presente. Lord Bridgerton parecía de buen humor pese a la ausencia de la joven señorita Sheffield, pero, ay, su madre no podía disimular su decepción.

Pero, claro está, la tendencia de lady Bridgerton a hacer parejas es ya legendaria y sin duda no puede estar inactiva ahora que su hija ya está casada con el duque de Hastings.

REVISTA DE SOCIEDAD DE LADY WHISTLEDOWN,

27 de abril de 1814

Anthony sabía que tenía que estar loco.

No podía haber otra explicación. Su intención era asustarla, aterrorizarla, hacerle entender que nunca podría pretender inmiscuirse sus asuntos y salir indemne, y no obstante…

La besó.

Su intención había sido intimidarla, y por eso se había acercado cada vez más, hasta que ella, una inocente, no tuviera otro remedio que sentirse acobardada ante su presencia. Ella desconocía lo que era estar tan cerca de un hombre como para que el calor de su cuerpo se filtrara a través de sus ropas, tan cerca como para no saber distinguir dónde finalizaba su aliento y dónde empezaba el de ella.

No sabría reconocer el primer ardor del deseo, ni sabría entender aquel calor lento que se extendía en espiral desde el núcleo de su ser.

Y aquel remolino de calor estaba ahí. Podía verlo.

Pero ella, una completa inocente, nunca entendería lo que él veía con tan sólo un vistazo de sus experimentados ojos. Lo único que ella sabía era que él se alzaba sobre ella, más fuerte, más poderoso, y que había cometido un espantoso error al invadir su santuario privado.

Iba a dejarlo justo entonces, iba a dejarla preocupada y sin aliento. Pero cuando les separaban menos de tres centímetros, la atracción se hizo más fuerte. El aroma de Kate era demasiado cautivador, el sonido de su respiración demasiado excitante. La comezón del deseo que él había pretendido desatar en ella de pronto se encendió en su interior y extendió una cálida garra de necesidad hasta la punta de sus pies. Y el dedo que acababa de pasar por su mejilla -sólo para torturarla, se dijo- de pronto se convirtió en una mano que la sujetó por la nuca mientras sus labios la tomaban en una explosión de rabia y deseo.

Ella jadeó contra su boca, y entonces él aprovecho la separación de sus labios para deslizar la lengua entre ellos. Aunque Kate estaba rígida entre sus brazos, daba la impresión de que aquello tenía más que ver con la sorpresa que con cualquier otra cosa, por lo que Anthony se apretó un poco más y permitió que una de sus manos se deslizara por detrás y sujetara la suave curva de su trasero.

– Esto es una locura -susurró él contra su oído. Pero no hizo ningún movimiento para soltarla.

La respuesta de Kate fue un gemido incoherente y confuso. Su cuerpo se volvió un poco más maleable entre sus brazos, permitió que lo amoldara al suyo, con más proximidad. Él sabía que debía detenerse, sabía que desde luego no tenía que haber empezado, pero su sangre se aceleraba a causa de la necesidad, y ella sabía tan… tan…

Tan bien.

Anthony soltó un gemido, apartó los labios de su boca para saborear un instante la piel salada del cuello. Había algo en ella que se adaptaba a él, como ninguna mujer había conseguido antes. Parecía que el cuerpo de Anthony hubiera descubierto algo que su mente se negaba por completo a considerar.

Algo en ella resultaba tan… perfecto.

Olía bien. Sabía bien. Daba gusto tocarla. Y sabía que si le quitara toda la ropa y la tumbara allí sobre la alfombra de su estudio, ella se adaptaría bajo él, se adaptaría alrededor de él… a la perfección.

A Anthony se le ocurrió pensar que cuando no discutía con él, Kate Sheffield bien podría ser la mejor mujer de Inglaterra, qué caray.

Sus brazos, que habían quedado atrapados entre los suyos, se dirigieron poco a poco hacia arriba, hasta que sus manos descansaron lentamente en su espalda. Y luego sus labios se movieron. Era algo mínimo, en sí fue un movimiento que apenas sintió sobre la fina piel de su frente, pero era indiscutible que ella le estaba devolviendo el beso.

Un gemido grave y triunfante surgió de la boca de Anthony mientras desplazaba la boca otra vez hasta los labios de ella y la besaba con ardor, desafiándola a que continuara lo que había empezado.

– Oh, Kate -se quejó, empujándola con suavidad hasta que ella se quedó apoyada contra el borde del escritorio-. Dios, qué bien sabe.

– ¿Bridgerton? -Su voz sonó trémula, aquella palabra era más una pregunta que cualquier otra cosa.

– No diga nada -susurró él-. Haga lo que haga, no diga nada.

– Pero…

– Ni una palabra -interrumpió él, y le puso un dedo sobre los labios. Lo último que quería era que ella arruinara este momento tan perfecto abriendo su boca e iniciando una discusión.

– Pero yo… -Apoyó las manos en el pecho de Anthony y se zafó de un estirón, dejándole a él tambaleante y sin aliento.

Anthony soltó una maldición, y no era leve.

Kate se escabulló rápidamente, no hasta el otro extremo de la habitación, pero sí hasta un alto sillón con orejas, lo bastante lejos como para no estar al alcance de sus brazos. Se agarró al rígido respaldo del sillón, luego se parapetó tras él, pensando que podría ser una buena idea tener un mueble sólido entre ellos.

El vizconde no dio muestras de estar de buen humor.

– ¿Por qué ha hecho eso? -preguntó ella en voz tan baja que casi era un susurro.

Él se encogió de hombros, de pronto pareció un poco menos furioso y un poco más indiferente.

– Porque quería.

Kate soltó un resuello y le miró boquiabierta durante un momento, incapaz de creer que pudiera tener una respuesta tan simple pan lo que era una pregunta tan complicada, pese a la simple formulación Finalmente soltó con brusquedad:

– Pero no es posible que haya querido.

Él sonrio.

– Pues sí.

– ¡Pero yo no le gusto!

– Cierto -admitió él.

– Y usted no me gusta a mí.

– Eso me ha estado diciendo -contestó con voz suave-. Tendré que creen en su palabra, puesto que hace unos segundos esto no era tan aparente.

Kate sintió que sus mejillas se sonrojaban de vergüenza. Había respondido a su desvergonzado beso, y se odiaba por ello, casi tanto como le odiaba a él por iniciar aquellas intimidades.

Pero no hacía falta que se burlara de ella. Había sido el acto de un canalla. Se agarró al respaldo del sillón hasta que sus nudillos se pusieron blancos, ya no estaba segura de si lo utilizaba como defensa contra Bridgerton o como medio para contenerse y no abalanzarse sobre él para estrangularlo.

– No voy a permitir que se case con Edwina -le dijo en voz baja

– No -murmuró él y se movió con lentitud hasta situarse al otro lado del sillón-. No pensaba que fuera a hacerlo.

Kate elevó la barbilla de forma casi imperceptible.

– Y tengo la certeza de que yo no voy a casarme con usted.

Anthony plantó sus manos sobre los reposabrazos y se inclinó hacia delante, hasta dejar su rostro a tan sólo unos centímetros del de ella.

– No recuerdo habérselo pedido. -dijo él.

Kate se retiró hacia atrás con brusquedad.

– ¡Pero si acaba de besarme!

Él se rió.

– Si me ofreciera en matrimonio a cada mujer a la que he besado, habrían metido en la cárcel por bígamo hace mucho tiempo. Kate notó que empezaba a temblar y se agarró al respaldo del sillón en busca de apoyo.

– Usted, señor -casi le escupe-, no tiene honor.

Los ojos de él centellearon y una mano saltó disparada para coger barbilla de Kate. La sostuvo así durante varios segundos, obligándola a mirarle a los ojos.

– Eso -dijo con voz escalofriante- no es vendad, y si fuera un hombre la desafiaría por ello.

Kate se quedó quieta durante lo que pareció demasiado rato, con la mirada fija en la de él, la piel le ardía donde sus poderosos dedos la mantenían inmóvil. Finalmente hizo lo que había jurado que nunca haría con este hombre.

Le rogó.

– Por favor -susurró-, suélteme.

Así lo hizo, la mano la soltó con sorprendente brusquedad.

– Mis disculpas -dijo, y sonaba una pizca… ¿sorprendido?

No, eso era imposible. Nada podía sorprender a este hombre.

– No era mi intención hacerle daño -añadió en tono suave.

– ¿Ah, no?

Él sacudió un poco la cabeza.

– No. Tal vez asustarla. Pero no quería hacerle daño.

Kate retrocedió con piernas temblorosas.

– No es más que un mujeriego -dijo mientras deseaba que su voz surgiera con un poco más de desdén y un poco menos de temblor.

– Lo sé -dijo encogiéndose de hombros. El intenso fuego en sus ojos pareció apagarse hasta denotar una leve diversión-. Va con mi manera de ser.

Kate dio otro paso hacia atrás. No le quedaban energías para enfrentarse a los abruptos cambios de humor de él.

– Me voy ahora mismo.

– Váyase -dijo él en tono afable, y le hizo una indicación hacia la puerta.

– No puede detenerme.

Él sonrió.

– Ni lo soñaría.

Kate empezó a apartarse, retrocedió con lentitud, temerosa de que si le quitaba la vista de encima durante un segundo, él tal vez se abalanzara sobre ella.

– Me voy -repitió de modo innecesario.

Pero cuando tenía la mano a un centímetro del pomo de la puerta, él dijo:

– Supongo que la veré la próxima vez que vaya a visitar a Edwina.

Kate se puso pálida. No es que pudiera verse a sí misma, por supuesto, pero por primera vez en su vida, de hecho había notado que su piel perdía la sangre.

– Ha dicho que iba a dejarla en paz -dijo en tono acusador.

– No -replicó él mientras se apoyaba con postura bastante insolente en un lado del sillón-. He dicho que no pensaba que fuera permitir que me casara con ella. Lo cual no quiere decir lo mismo, desde luego no tengo planes de permitir que controle mi vida.

Kate de pronto se sintió como si tuviera una bala de cañón alojada en su garganta.

– Pero es imposible que quiera casarse con ella después de que usted… después de que yo…

Anthony dio unos pasos hacia ella con movimientos lentos y elegantes como los de un gato.

– ¿Después de que me besara?

– Yo no… -Pero las palabras le quemaron la parte posterior de la laringe pues era obvio que eran mentira. Ella no había iniciado aquel beso pero al final sí había participado en él.

– Oh, vamos, señorita Sheffield -dijo estirándose y cruzándose de brazos-. No sigamos por ahí. No nos gustamos, hasta ahí es verdad, pero la respeto de un modo peculiar, pervertido, y sé que usted no es una mentirosa.

Kate no dijo nada. La verdad, ¿qué podía decir? ¿Qué podía responder a una afirmación que contenía las palabras «respeto» y «pervertido»?

– Me devolvió el beso -dijo con una leve sonrisa de satisfacción-. No con gran entusiasmo, lo admito, pero eso sería cuestión de tiempo.

Ella sacudió la cabeza, incapaz de dar crédito a lo que oía.

– ¿Cómo puede hablar de ese tipo de cosas tan sólo un minuto después de haber declarado su intención de casarse con mi hermana?

– Esto no obstaculiza lo más mínimo mis planes, es la verdad – comentó con voz reflexiva pero despreocupada, como si considerara la compra de un nuevo caballo o decidiera qué pañuelo ponerse en el cuello.

Quizá fuera su postura desenfadada, quizá la manera en que se frotaba el mentón como si fingiera estar pensándose un poco aquella cuestión, pero algo encendió una mecha en el interior de Kate. Sin tan siquiera pensar, se lanzó hacia delante, todas las furias del mundo reunidas en su alma mientras se arrojaba contra él y le golpeaba el pecho con los puños.

– ¡Nunca se casará con ella! -chilló-. ¡Nunca! ¿Me oye? Él levantó un brazo para parar un golpe contra su cara.

– Haré oídos sordos a sus afirmaciones. -Luego atrapó con habilidad sus muñecas y se las inmovilizó mientras su cuerpo temblaba de rabia.

– No permitiré que la haga una desdichada. No permitiné que arruine su vida -continuó, aunque las palabras se le atragantaban -. Ella representa todo lo bueno, honrado y puro. Y se merece algo mejor que usted.

Anthony la observó de cerca, recorrió su rostro con la mirada, en cierto modo se había puesto muy hermosa con la fuerza de su ira.Tenía las mejillas sonrosadas, los ojos le brillaban con las lágrimas que se esforzaba por contener. Él empezaba a sentir que podía ser el peor canalla del mundo.

– Vaya, señorita Sheffield -dijo en tono suave-. Me da la impresión de que quiere de verdad a su hermana.

– Por supuesto que la quiero! -soltó-. ¿Por qué cree que he empleado tantos esfuerzos para mantenerla alejada de usted? ¿Cree que lo he hecho por diversión? Porque, le aseguro, milord, que se me ocurren cosas mucho más divertidas que estar retenida en su estudio.

Él le soltó las muñecas de forma brusca. Kate se frotó la carne enrojecida y maltratada mientras continuaba hablando:

– Pensaba que al menos mi amor por Edwina era una faceta que usted podía entender con perfecta claridad -dijo gimoteando-. Usted, quien supuestamente siente tal devoción por su familia.

Anthony no dijo nada, se limitó a observarla y preguntarse si tal vez esta mujer escondía mucho más de lo que en un principio había estimado.

– Si usted fuera hermano de Edwina -dijo Kate con escalofriante precisión-, ¿permitiría que se casara con un hombre como usted?

Él se quedó callado durante un largo instante, lo bastante largo como para que el silencio resonara con incomodidad en sus oídos. Por fin dijo:

– Esto no viene a cuento.

En favor de Kate había que decir que no sonrió. No alardeó, no se mofó. Cuando volvió a hablar sus palabras sonaron tranquilas y francas.

– Creo que ya me ha contestado. -Luego se giró sobre sus tal nes y empezó a alejarse.

– Mi hermana -dijo entonces él, con voz lo bastante alta como para que Kate detuviera su avance hacia la puerta- se ha casado con el duque de Hastings. ¿Está familiarizada con su reputación? Kate se detuvo, pero no se volvió.

– Es conocido por su evidente devoción a su esposa.

Anthony soltó una risita.

– Entonces no está familiarizada con su reputación. Al menos con la que tenía antes de casarse.

Kate se volvió poco a poco.

– Si intenta convencerme de que los mujeriegos reformados se transforman en los mejores esposos, no va a conseguirlo. Ha sido en esta misma habitación, ni siquiera hace quince minutos, donde ha dicho a la señorita Rosso que no veía motivos para renunciar a una querida por una esposa.

– Creo que especifiqué que en el caso de que uno no ame a esposa.

Un sonido peculiar salió de la nariz de Kate: no era en sí un refunfuño, más bien una respiración, pero dejaba muy claro, al menos en este momento, que no sentía ningún respeto hacia él. Con una expresión de profunda diversión en los ojos, Kate pregunto:

– ¿Y ama a mi hermana, lord Bridgerton?

– Por supuesto que no -contestó-. Y nunca se me ocurriría insultar a su inteligencia diciendo lo contrario. Pero -añadió alzando voz, para frustrar la interrupción que estaba seguro se iba a producir – tan sólo hace una semana que conozco a su hermana. No hay motivo para creer que no pueda enamorarme de ella si pasáramos muchos años unidos en santo matrimonio.

Kate se cruzó de brazos.

– ¿Por qué será que no puedo creerme ni una palabra de lo que sale de su boca?

Él se encogió de hombros.

– Desde luego que no lo sé. -Pero sí lo sabía. Precisamente el motivo por el que había elegido a Edwina para esposa era saber que nunca se enamoraría de ella. Le gustaba, la respetaba y estaba seguro de que sería una madre excelente para sus herederos, pero nunca la amaría. Aquella chispa no se había encendido entre ellos.

Kate sacudió la cabeza con decepción en la mirada. Una decepción que en cierto modo a él le hizo sentirse menos hombre.

– Tampoco pensaba que fuera un mentiroso -dijo en voz baja- Un mujeriego y un vividor sí, y tal vez un montón de cosas más, pero no un mentiroso.

Anthony sintió sus palabras como puñetazos. Algo desagradable estrujó su corazón, algo que le dio ganas de arremeter contra ella, de hacerle daño o al menos mostrarle que no tenía el poder de herirle.

– Oh, señorita Sheffield -su voz se arrastraba con cierta crueldad no irá muy lejos sin esto.

Antes de que ella pudiera reaccionar, metió la mano en el bolsillo, sacó la llave de la puerta de su estudio y la tiró en su dirección, apuntando en de forma intencionada a sus pies. La cogió desprevenida, sus reflejos no estaban preparados, y cuando ella se estiró para cogerla, erró por completo. Cuando sus manos se juntaron, sonaron con una palmada hueca, seguida del ruido sordo de la llave al caer sobre la alfombra.

Kate permaneció allí de pie durante un momento contemplando la llave. Anthony se percató del instante en que ella comprendió que no era su intención que la atrapara. Se quedó del todo quieta y luego alzó la mirada para mirarle directamente a los ojos. Los ojos de Kate centelleaban de odio y algo peor.

Desdén.

Anthony sintió que le daban un puñetazo en las tripas. Sintió el más ridículo impulso de saltar hacia delante, coger la llave de la alfombra hincarse sobre una rodilla y tendérsela a ella, para disculparse por su conducta y rogarle perdón.

Pero no hizo nada de esto. No quería enmendar esa falta, no quería ganarse una opinión favorable.

Porque aquella chispa tan esquiva, cuya ausencia era tan patente con su hermana, con quien se había propuesto casarse, refulgía con tal fuerza que la habitación parecía estar iluminada como si fuera de día.

Y nada podía aterrorizarle más.

Kate continuó inmóvil durante más tiempo del que él hubiera pensado, obviamente resistiéndose a arrodillarse delante de él aunque sólo fuera para recoger la llave que le permitiría la huida que tanto deseaba.

Anthony forzó una sonrisa entonces, bajó la mirada al suelo y luego volvió a su rostro:

– ¿No quiere marcharse, señorita Sheffield? -dijo con demasiada suavidad.

Continuó observando a Kate mientras le temblaba la barbilla y tragaba saliva con nerviosismo. Y también, cuando de forma abrupta se agachó y cogió la llave.

– Nunca se casará con mi hermana -juró con una voz grave e intensa que le provocó un escalofrío en los mismísimos huesos-. Nunca.

Y luego, con un chasquido decisivo en la cerradura, ya se había marchado.

Dos días después, Kate aún continuaba furiosa. También ayudó el hecho de que la tarde siguiente a la velada llegara un gran ramo de flores para Edwina, cuya tarjeta decía: «Con mis deseos de una rápida recuperación. La velada de anoche estuvo muy apagada sin su rutilante presencia. Bridgerton».

Mary había soltado un montón de exclamaciones extasiadas al leer la nota; tan poética, suspiró, tan encantadora, sin duda las palabras un hombre locamente enamorado. Pero Kate sabía la verdad. La nota era más un insulto dirigido a ella que un cumplido a Edwina.

Y tanto que apagada, pensó echando chispas mientras contemplaba la tarjeta -ahora expuesta encima de una mesa del salón-, y se preguntaba cómo podría arreglárselas para que apareciera de algún modo rota en pedazos y pareciera un accidente. Tal vez no supiera mucho de temas del corazón y asuntos de hombres y mujeres, pero habría apostado cualquier cosa a que, sintiera lo que sintiera el vizconde la noche anterior en el estudio, no había sido aburrimiento.

No obstante, no había venido de visita. Kate no podía imaginarse por qué, ya que sacar a pasear a Edwina iba a ser una bofetada aún más ofensiva que la nota. En sus momentos más fantasiosos, le gustaba pensar ufana que él no se había dejado ver porque tenía miedo de enfrentarse a ella. Pero sabía que aquello no era verdad, estaba claro.

Aquel hombre no tenía miedo a nadie. Y mucho menos a una vulgar solterona entrada en años a la que probablemente había besado por una mezcla de curiosidad, rabia y lástima.

Kate cruzó la habitación hasta la ventana y se quedó mirando Milner Street. No era la vista más pintoresca de Londres, pero al menos así conseguía no mirar la nota. Era la lástima lo que de verdad la consumía. Rogó para que, fuera cual fuera el motivo de aquel beso, la curiosidad y la rabia superaran la lástima.

Pensó que no podría soportar que él sintiera lástima de ella.

Pero Kate no tuvo mucho tiempo para obsesionarse con el beso y su posible significado, porque aquella tarde -la tarde siguiente a las flores- llegó una invitación mucho más inquietante que cualquier cosa que el propio lord Bridgerton pudiera haber enviado. Al parecer se requería la presencia de las Sheffield en una reunión campestre que organizaba lady Bridgerton de forma bastante espontánea en su casa solariega.

La madre del mismísimo diablo.

Y no había manera de que Kate pudiera escabullirse y no acudir. A no ser que se produjera un terremoto combinado con un huracán, combinado con un tornado; cosas que difícilmente podrían suceder en Gran Bretaña, aunque ella seguía abrigando alguna esperanza en cuanto al huracán, siempre que no hubiera truenos o relámpagos de por medio. Nada impediría que Mary se presentara en la bucólica entrada de la residencia de los Bridgerton con Edwina a la zaga. Y desde luego, Mary no iba a permitir que Kate se quedara sola en Londres, sin nadie cerca.

El vizconde no tenía escrúpulos. Lo más probable era que besara a Edwina igual que la había besado a ella, y Kate no podía imaginar que su hermana tuviera la fortaleza para resistirse a una insinuación así. Seguro que le parecería lo más romántico del mundo y se enamoraría de él allí mismo.

Incluso Kate había encontrado dificultades para mantener la mente clara cuando él puso sus labios en su boca… Durante un momento de dicha lo había olvidado todo. No existía otra cosa que la experiencia exquisita de sentirse acariciada y querida; no, necesitada. Había sido algo de veras embriagador. Casi tanto como para que una dama olvidara que el hombre que la estaba besando era un canalla indigno.

Casi… pero no del todo.

Capítulo 8

Como bien sabe cualquier lector habitual de esta columna, hay dos sectas en Londres que siempre se mantendrán en la más extrema oposición: las Mamás Ambiciosas y los Solteros Convencidos.

Las Mamás Ambiciosas tienen hijas en edad casadera. El Soltero Convencido no quiere una esposa. La esencia del conflicto debería resultar obvia para cualquiera con un poco de cerebro o, en otras palabras, aproximadamente el cincuenta por ciento de los lectores de Esta Autora.

Esta Autora aún no ha visto la lista de invitados a la reunión social que va a celebrarse en la casa solariega de lady Bridgerton, pero fuentes informadas indican que esta próxima semana se reunirán en Kent casi todas las jóvenes candidatas en edad de casarse.

Esto no es una sorpresa para nadie. Lady Bridgerton nunca ha ocultado su deseo de ver a sus hijos bien casados. Este parecer la ha convertido en una presencia favorita entre las Mamás Ambiciosas, quienes consideran con desesperación a los hermanos Bridgerton los peores Solteros Convencidos.

Si tuviéramos que confiar en las libretas de apuestas, al menos uno de los hermanos Bridgerton debería oír campanas de boda antes de que acabe este año.

Por mucho que le duela a Esta Autora mostrar su conformidad con las libretas de apuestas (están escritas por hombres, y por consiguiente contienen errores intrínsecos), tiene que coincidir con esta predicción.

Lady Bridgerton tendrá pronto una nuera. Pero quién será ella -y con qué hermano se encontrará casada-, ay, Amable Lector, eso, quién lo sabe.

REVISTA DE SOCIEDAD DE LADY WHISTLEDOWN,

29 de abril de 1814

Una semana más tarde, Anthony se encontraba en Kent, en concreto en el conjunto de habitaciones que ocupaba su despacho privado, esperando el comienzo de la fiesta campestre organizada por madre.

Había visto la lista de invitados. No cabía duda de que su madre había decidido organizar esta fiesta con un único motivo: casar a uno de sus hijos, a poder ser él mismo. Aubrey Hall, la residencia ancestral de los Bridgerton, se llenaría hasta los topes de jóvenes candidatas, cada cual más encantadora y más cabeza hueca que la otra. Para mantener las cosas compensadas, lady Bridgerton había tenido q invitar también a una buena cantidad de caballeros, cierto, pero ninguno era tan rico o tan influyente como sus propios hijos, a excepción de unos pocos que ya estaban casados.

Su madre, pensó Anthony atribulado, no era famosa por su sutileza. Al menos no en lo referente al bienestar (su definición de bienestar, por supuesto) de sus hijos.

No le había sorprendido ver que también se había cursado invitación a las señoritas Sheffield. Su madre había mencionado -varias veces – lo bien que le caía la señora Sheffield. Y se había visto obligado a escuchar demasiadas veces la teoría de que «los buenos padres dan buenos hijos» como para no saber qué quería decir con eso.

De hecho sintió una especie de satisfacción resignada al ver el nombre de Edwina en la lista. Estaba ansioso por proponerle matrimonio y acabar con todo aquello. Sentía cierta inquietud por lo que había sucedido con Kate, pero daba la impresión de que ahora poco podía hacer a menos que quisiera pasar por las molestias de encontrar otra posible novia.

Algo que no deseaba. Una vez que había tomado una decisión -en este caso casarse por fin- no veía motivo en demorarse con noviazgos y devaneos. La falta de decisión era para quienes tenían más tiempo para vivir la vida. Era cierto que Anthony había evitado la trampa del párroco durante casi una década, pero ahora, habiendo decidido que ya era hora de buscarse una esposa, parecía tener poco sentido entretenerse.

Casarse, procrear y morir. Ésa era la vida del noble inglés, incluso para quienes no tenían un padre y un tío que habían caído muertos de manera inesperada a la edad de treinta y ocho y treinta y cuatro años, respectivamente.

Estaba claro que lo único que él podía hacer a estas alturas era evitar a Kate Sheffield. Probablemente también fuera apropiada alguna disculpa. No sería fácil, ya que lo último que quería era humillarse ante aquella mujer, pero los susurros de su conciencia se habían transformado en un estruendo amortiguado. Sabía que ella merecía oír las palabras, «lo siento».

De buen seguro se merecía algo más, pero Anthony no tenía deseos de considerar el qué.

Por no mencionar que, a menos que fuese a hablar con ella, lo más probable era que bloqueara una unión entre él y Edwina con todo su empeño.

Estaba claro que había llegado el momento de pasar a la acción. Si existía un sitio romántico para una petición de mano, ése era Aubrey Hall. Construido a principios del siglo XVIII con una cálida piedra amarillenta, estaba cómodamente ubicado sobre un gran pasto verde, rodeado de sesenta acres de parque, de los cuales diez eran jardines floridos. A lo largo del verano, el jardín se llenaría de rosas, pero ahora los terrenos estaban alfombrados de jacintos y brillantes tulipanes que su madre había mandado importar de Holanda.

Anthony miró por la ventana desde el otro lado de la habitación. Los viejos olmos se alzaban majestuosos en torno a la casa y daban sombra a la calzada. Y le gustaba pensar que con ellos la casa solariega parecía integrarse en la naturaleza, en vez de asemejarse a las típicas residencias campestres de la aristocracia: monumentos artificiales a la riqueza, la posición y el poder. Había varios estanques, un arroyo e incontables colinas y depresiones, cada una de ellas con sus recuerdos especiales de la infancia.

Y su padre.

Anthony cerró los ojos y espiró. Le encantaba venir a Aubrey Hall, pero las vistas e imágenes familiares le devolvían a su padre con una claridad tan vívida que resultaba casi dolorosa. Todavía ahora, casi doce años después de la muerte de Edmund Bridgerton, Anthony continuaba esperando verle doblar la esquina, con el más pequeño de los Bridgerton chillando de deleite, montado sobre los hombros de su padre.

La imagen provocó una amplia sonrisa en los labios de Anthony. La criatura subida a sus hombros podría ser un niño o una niña; Edmund nunca había mostrado diferencias entre sus hijos a la hora de montarles a caballito. Pero fuera quien fuera el que ocupara el lugar privilegiado en lo alto del mundo, sin duda sería perseguido por una niñera que insistía en detener de inmediato aquella tontería, y en que el lugar de un niño estaba en el cuarto de juego, no a hombros de su padre, desde luego.

– Oh, padre – susurró Anthony alzando la mirada para mirar el retrato de Edmund colgado encima de la chimenea-, ¿cómo diantres conseguiré lo que tú lograste?

Y sin duda aquel fue el mayor logro de Edmund Bridgerton: presidir una familia llena de amor y risa y todo lo que se echaba a faltar con tanta frecuencia en la vida aristocrática.

Anthony se apartó del retrato de su progenitor para cruzar la habitación hasta la ventana. Durante toda la tarde no habían dejado de llegar invitados, cada vehículo parecía traer otra dama de rostro lozano, con ojos iluminados por la felicidad de haber recibido el regalo de una invitación a la reunión social en la casa solariega de los Bridgerton.

No sucedía con frecuencia que su madre se decidiera a llenar su casa de campo de invitados. Cuando lo hacía, siempre era el acontecimiento de la temporada.

Aunque, en honor a la verdad, ninguno de los Bridgerton pasaba ya demasiado tiempo en Aubrey Hall. Anthony sospechaba que su madre padecía la misma enfermedad que él: recuerdos de Edmund por cada rincón. Los hijos menores tenían pocos recuerdos del lugar, puesto que habían sido criados sobre todo en Londres. Lo cierto era que no recordaban las largas excursiones por los campos, las jornadas de pesca o la casa en el árbol.

A Hyacinth, quien sólo tenía once años, su padre ni siquiera había llegado a sostenerla en brazos. Anthony había intentado llenar ese vacío lo mejor posible, pero sabía que era una comparación muy pobre.

Con un suspiro cansino, se apoyó pesadamente en el ventanal, en un intento de decidir si quería o no servirse algo de beber. Miraba fuera, al césped, sin enfocar la mirada en nada concreto, cuando llegó un carruaje decididamente más gastado que el resto de los que aparecían por la calzada de llegada. No es que fuera de mala calidad, estaba bien hecho y era sólido. Pero carecía de los emblemas dorados que adornaban los demás carruajes, y parecía dar más sacudidas que los otros, como si no estuviera tan bien mantenido como para viajar con comodidad.

Serían las Sheffield, cayó en la cuenta. El resto de invitados incluidos en la lista poseían fortunas respetables. Sólo las Sheffield tendrían que alquilar un carruaje para la temporada en Londres.

Como confirmación, cuando uno de los lacayos de la residencia, vestido con una elegante librea azul pastel, saltó hacia delante para abrir la puerta, Edwina Sheffield salió por ella como una verdadera visión, con un vestido de viaje amarillo claro y sombrero a juego. Anthony no estaba tan cerca como para poder ver su rostro con claridad, pero era bastante fácil de imaginar. Tenía mejillas sonrosadas y delicadas, y sus exquisitos ojos reflejaban el cielo despejado.

La siguiente en salir fue la señora Sheffield. Sólo cuando ocupó lugar al lado de Edwina se percató de cuánto se parecían la una a la otra. Ambas eran encantadoras en sus formas graciosas y menudas, y mientras hablaban pudo ver que adoptaban la misma postura. La inclinación de la cabeza era idéntica, al igual que su actitud y compostura.

Edwina no perdería su belleza. Sin duda, éste sería un buen atributo para una esposa, aunque -lanzó una mirada compungida al retrato de su padre- no era probable que Anthony estuviera presente para verla envejecer.

Finalmente descendió Kate.

Y Anthony fue consciente de que contuvo la respiración.

No se movía como las otras dos Sheffield. Ellas habían descendido con delicadeza, apoyándose en el lacayo, reposando su mano en la de éste con un gracioso arqueo de la muñeca.

Kate, por otro lado, casi había saltado del carruaje. Aceptó el brazo que le brindaba el lacayo, pero en realidad parecía no necesitar su ayuda. En cuanto sus pies tocaron el suelo se estiró en toda su altura y alzó el rostro para observar la fachada de Aubrey Hall. Todo en ella era directo y franco. Anthony no dudó ni un momento que si hubiera estado lo bastante cerca como para mirarla a los ojos, habría encontrado su mirada de frente.

No obstante, en cuanto ella le viera, aquellos ojos se llenarían de desdén y tal vez de un poco de odio. Que en realidad era lo único que se merecía. Un caballero no podía tratar a una dama como él había tratado a Kate Sheffield y esperar seguir gozando de su favor.

Kate se volvió hacia su madre y hermana y dijo algo que provocó la risa de Edwina mientras Mary sonreía con gesto indulgente. Anthony se percató de que no había tenido demasiadas oportunidades de ver a las tres relacionándose entre si.

Había algunos vínculos, acabó por comprender, que eran más fuertes que los de la sangre. Él no dejaba espacio para esos vínculos en su vida.

Era éste el motivo de que, cuando se casara, el rostro bajo el velo de la novia debería ser el de Edwina Sheffield.

Kate había esperado que Aubrey Hall la impresionara. Lo que no había esperado era quedarse encantada.

La casa era más pequeña de lo que creía. Oh, de cualquier modo era mucho, mucho más grande que cualquier cosa a la que ella hubiera tenido el honor de llamar casa, pero esta casa solariega no era una mole monumental elevándose sobre el paisaje como un castillo medieval fuera de lugar.

Más bien, Aubrey Hall parecía casi acogedora. Quizás era una palabra peculiar para describir una casa con cincuenta habitaciones, como poco, pero sus caprichosas torretas y almenas parecían casi salidas un cuento de hadas, en especial con el sol del atardecer que proporcionaba un relumbre casi rojizo a la piedra amarilla. No había nada austero o sobrecogedor en Aubrey Hall, y a Kate le gustó de inmediato.

– ¿No es preciosa? -susurró Edwina.

Kate asintio.

– Lo bastante preciosa como para hacer casi soportable una semana en compañía de un hombre espantoso.

Edwina se rió y Mary la regañó, pero ni siquiera ella pudo contener una sonrisa indulgente. De todos modos, mientras echaba una ojeada al lacayo que se fue a la parte posterior del coche para descargar el equipaje, le reprendió:

– No deberías decir esas cosas, Kate. Nunca sabes quién está escuchando y es muy poco decoroso hablar de ese modo de nuestro anfitrión.

– No temas, no me ha oído -contestó Kate-. Y aparte, pensaba que lady Bridgerton era nuestra anfitriona. Fue ella quien mandó la invitación.

– El vizconde es el propietario de la casa -respondió Mary.

– Muy bien -admitió Kate y señaló Aubrey Hall con un dramático movimiento de brazo-. En cuanto entre en esa morada sagrada, seré toda dulzura y luz.

Edwina soltó un resoplido.

– Será algo digno de ver.

Mary lanzó a Kate la mirada de una madre que conoce bien a su hija:

– Dulzura y luz son términos que también se aplican en jardinería.

Kate se limitó a sonreír.

– Cierto, Mary, me voy a portar mejor que nunca. Lo prometo.

– Limítate a evitar en lo posible al vizconde.

– Así será -prometió Kate. Mientras él haga todo lo posible para evitar a Edwina.

Un lacayo apareció a su lado e indicó el vestíbulo con un espléndido movimiento arqueado de su brazo.

– Si tienen la amabilidad de entrar -dijo-. Lady Bridgerton está ansiosa por saludar a sus invitados.

Las tres Sheffield se volvieron de inmediato y se encaminaron hacia la entrada principal. Sin embargo, mientras ascendían por los escalones de poca altura, Edwina se volvió a Kate con una sonrisa maliciosa y susurró:

– La dulzura y la luz empiezan a partir de aquí, hermana mía.

– Si no estuviéramos en un lugar público -respondió Kate con voz igualmente acallada-, creo que tendría que pegarte.

Lady Bridgerton se encontraba en el vestíbulo principal cuando entraron en el interior de la mansión. Kate alcanzó a ver los dobladillos ribeteados de unos vestidos en movimiento que desaparecían por lo alto de las escaleras mientras las ocupantes del carruaje anterior dirigían a sus habitaciones.

– ¡Señora Sheffield! – saludó lady Bridgerton al tiempo que cruzaba el vestíbulo hacia ellas -. Qué alegría verla. Y la señorita Sheffield -añadió volviéndose a Kate-, cuánto me alegra que hayan podido venir a vernos.

– Ha sido muy amable al invitarnos -respondió Kate-. Y de veras es un placer escaparse de la ciudad durante una semana.

Lady Bridgerton sonrió.

– ¿Así que en el fondo es una chica de campo?

– Eso me temo. Londres es excitante, y siempre merece la pena una visita, pero prefiero los verdes campos y el aire fresco.

– A mi hijo le pasa lo mismo -dijo lady Bridgerton-. Oh, pasa el tiempo en la ciudad, pero una madre sabe lo que le gusta de verdad.

– ¿El vizconde? -preguntó Kate sin convicción. Parecía un mujeriego consumado, y todo el mundo sabía que el hábitat natural del mujeriego era la ciudad.

– Sí, Anthony. Cuando era niño vivíamos casi siempre aquí. Íbamos a Londres durante la temporada, por supuesto, ya que a mí me encanta asistir a fiestas y bailes, pero nunca pasábamos más de unas pocas semanas. Sólo tras la muerte de mi esposo, trasladamos nuestra primera residencia a la ciudad.

– Lamento mucho su defunción -murmuró Kate.

La vizcondesa se volvió hacia ella con una expresión nostálgica en sus ojos azules.

– Es muy tierno por su parte. Hace ya muchos años que sucedió pero aún le echo de menos, cada día.

Kate notó que un nudo se formaba en su garganta. Recordó cuánto se querían Mary y su padre, y supo que se encontraba en presencia de otra mujer que había experimentado el amor verdadero. Y pronto se sintió terriblemente triste. Porque Mary hubiera perdido su esposo y la vizcondesa al suyo también, y…

Y tal vez, más que nada, porque ella nunca iba a conocer la dicha del amor verdadero.

– Pero nos estamos poniendo sensibleras -dijo de pronto la Bridgerton esbozando una sonrisa tal vez demasiado alegre. Se volvió de nuevo a Mary- y aún no he conocido a su otra hija.

– ¿Aún no? – preguntó Mary frunciendo el ceño -. Supongo que tiene razón. Edwina no pudo asistir a la velada musical en su casa.

– Por supuesto la he visto de lejos con anterioridad -le dijo lady Bridgerton a Edwina mientras le dedicaba una sonrisa deslumbrante.

Mary hizo las presentaciones, y Kate no pudo evitar advertir la manera en que lady Bridgerton evaluaba a Edwina. No había ninguna duda. Había decidido que Edwina constituiría una excelente incorporación a la familia.

Tras unos momentos más de cháchara, lady Bridgerton les ofreció té mientras sus maletas eran trasladadas a sus habitaciones, pero declinaron el ofrecimiento ya que Mary estaba cansada y quería estirarse un rato.

– Como deseen -dijo lady Bridgerton e indicó a una doncella-. Mandaré a Rose para que les enseñe sus habitaciones. La cena es a las ocho. ¿Hay alguna cosa que pueda ofrecerles antes de que se retiren?

Mary y Edwina negaron con la cabeza, y Kate iba a seguir su ejemplo, pero en el último momento dijo:

– De hecho, me gustaría hacerle una pregunta.

Lady Bridgerton sonrió con afecto.

– Por supuesto.

– He advertido al llegar que tiene unos amplísimos jardines de flores. ¿Podría inspeccionarlos?

– ¿Así que usted también es jardinera? -inquirió lady Bridgerton.

– No muy buena -admitió Kate-, pero sí admiro el trabajo de un experto.

La vizcondesa se ruborizó.

– Será un honor que recorra los jardines. Son mi orgullo y alegría. No es que les dedique demasiado tiempo ahora, pero cuando Edmund viv… -Se detuvo para aclararse la garganta-. Es decir, cuando yo pasaba más tiempo por aquí, estaba todo el día con las manos llenas de tierra. Volvía loca del todo a mi madre.

– Y también al jardinero, me imagino -dijo Kate.

La sonrisa de lady Bridgerton se transformó en una risa.

– Ay, desde luego que sí! Era un hombre terrible. Siempre repetía que lo único que las mujeres sabían de flores era aceptarlas como regalo. Pero era el mejor conocedor de las plantas que una pueda imaginar, de modo que aprendí a aguantarle.

– ¿Y él aprendió a aguantarla a usted?

Lady Bridgerton sonrió con aire travieso.

– No, nunca, es la verdad. Pero no permití que eso me detuviera.

Kate esbozó una amplia sonrisa, la mujer le inspiraba simpatía forma instintiva.

– Pero no dejen que las entretenga tanto -dijo lady Bridgerton-. Que Rose las lleve arriba para que puedan instalarse. Y, señorita Sheffield -le dijo a Kate-, estaré encantada de darle una vuelta por los jardines un día de esta semana, si quiere. Me temo que ahora mismo estoy demasiado atareada recibiendo invitados, pero será un placer encontrar tiempo para usted uno de estos días.

– Me encantaría, muchas gracias -dijo Kate, y luego ella, Mary y Edwina siguieron a la doncella escaleras arriba.

Anthony salió de su reducto, de detrás de la puerta ligeramente entreabierta de su despacho, y bajó al vestíbulo para ir al encuentro de su madre.

– ¿Eran las Sheffield este grupo al que saludabas? -preguntó pese a saber a la perfección que así era. Pero su despacho estaba demasiado apartado en el pasillo como para haber oído algo de lo que el cuarteto de mujeres había dicho, de modo que decidió que precisa un breve interrogatorio.

– Cierto, eran ellas -respondió Violet-. Qué familia más encantadora, ¿no crees?

Anthony se limitó a soltar un gruñido.

– Me alegro mucho de haberlas invitado.

Anthony no dijo nada, aunque consideró responder con otro gruñido.

– Las añadí en el último minuto a la lista de invitados.

– No me había fijado -murmuró él.

Violet asintió con la cabeza.

– Tuve que conseguir otros tres caballeros del pueblo para igualar lar las cosas.

– ¿O sea que podemos esperar al párroco a cenar esta noche?

– Y su hermano, que está pasando unos días, y su hijo.

– Creo recordar que el joven John apenas tiene dieciséis años, ¿no es cierto?

Violet se encogió de hombros.

– Estaba desesperada.

Anthony consideró esto. Su madre tenía que estar de veras desesperada para tener a las Sheffield de invitadas en su casa, si eso significaba invitar a cenar a un quinceañero con granos. No es que ella nunca hubiera invitado a un muchacho así a una comida familiar; si no se trataba de actos formales, los Bridgerton rompían las costumbres establecidas y permitían que los menores comieran también en el comedor, sin tener en cuenta la edad. Por eso, la primera vez que Anthony fue a visitar a un amigo, se quedó consternado al comprobar que todo el mundo contaba con que él comería en las habitaciones infantiles.

Pero, de cualquier modo, una reunión social en el campo era una reunión social, y ni Violet Bridgerton permitía que los niños se sentaran a la mesa.

– Creo que ya conoces a las dos señoritas Sheffield -dijo Violet.

Anthony asintió.

– Las dos me parecen encantadoras -continuó su madre-. No se puede decir que dispongan de una fortuna, pero siempre he mantenido que a la hora de buscar esposa la fortuna no es tan importante como el carácter, siempre que el interesado no tenga apuros financieros, por supuesto.

– Que, desde luego, no es -añadió Anthony arrastrando las palabras-, como estoy seguro de que vas a indicar, mi caso.

Violet resopló y le lanzó una mirada altiva.

– No deberías burlarte de mí con tanta ligereza, hijo mío. Sólo estoy comentando la realidad. Deberías postrarte de rodillas a diario y agradecer a tu Creador no tener que casarte con una rica heredera. La mayoría de hombres no gozan del lujo del libre albedrío a la hora de contraer matrimonio, ¿sabes?

Anthony se limitó a sonreír.

– ¿Debería agradecer a mi Creador o a mi madre?

– Eres un bruto.

Le cogió la barbilla con ternura.

– Un bruto que tú criaste.

– Y no fue una tarea fácil -masculló-. Te lo puedo asegurar.

Se inclinó hacia delante y le dio un beso en la mejilla.

– Que te diviertas recibiendo a tus invitados, madre.

Violet le puso un ceño, pero estaba claro que su corazón no participaba en aquel gesto.

– ¿A dónde vas? -preguntó mientras él empezaba a alejarse.

– A caminar un poco.

– ¿Ah sí?

Anthony se dio media vuelta, un poco desconcertado por su interés.

– Pues sí. ¿Algún problema?

– No, en absoluto -contestó su madre-. Es sólo que hace siglos que no vas a andar… por el mero placer de andar…

– Hace siglos que no vengo al campo -comentó él.

– Cierto -concedió la vizcondesa-. En tal caso, tienes que ir antes que nada a mis jardines. Están empezando a florecer las primeras especies, es sencillamente espectacular. No hay nada comparable en Londres.

Anthony hizo un ademán con la cabeza.

– Te veré a la hora de cenar.

Violet sonrió y le despidió con la mano. Observó cómo desaparecía por el interior de sus oficinas, que ocupaban la esquina de Aubrey Hall y tenían ventanales que daban al césped lateral.

El interés de su hijo mayor por las Sheffield era muy intrigante. Ay, si al menos pudiera adivinar por qué Sheffield estaba interesado.

Un cuarto de hora más tarde Anthony había salido a pasear por los jardines de flores de su madre. Estaba disfrutando de la contradicción del cálido sol y la fresca brisa cuando oyó el leve sonido de las pisadas de una segunda persona por un sendero cercano. Aquello le picó la curiosidad. Los invitados estaban todos instalándose en sus habitaciones y el jardinero tenía fiesta. Con franqueza, había contado con estar solas.

Se volvió en dirección a las pisadas y avanzó en silencio hasta que llegó al extremo del sendero. Miró a la derecha, luego a la izquierda entonces vio a…

Ella.

¿Por qué, se preguntó, le sorprendía aquello?

Kate Sheffield, vestida con un vestido azul lavanda claro que conjuntaba de un modo encantador con los iris y jacintos, estaba de pie al lado de un arco decorativo de madera que dentro de poco quedaría cubierto de rosas blancas y rosadas.

La observó durante un momento mientras ella acariciaba con los dedos alguna planta vellosa cuyo nombre nunca recordaba, luego se inclinó para olisquear un tulipán holandés.

– No huelen -dijo en voz alta mientras se acercaba despacio hacia ella.

Kate se enderezó al instante, todo su cuerpo reaccionó antes de volverse a mirarle. Anthony se dio cuenta de que le había reconocido la voz, lo cual hizo que sintiera una satisfacción peculiar.

Mientras se aproximaba, indicó con un gesto la brillante floración roja y dijo:

– Son preciosos y bastante raros de ver en un jardín inglés, pero, ay, no tienen perfume.

Kate se demoró en contestar más tiempo de lo que él esperaba, luego dijo:

– Nunca antes había visto un tulipán.

Algo en aquella frase le hizo sonreír a él.

– ¿Nunca?

– Bueno, nunca plantado en la tierra -explicó-. Edwina ha recibido muchos ramos: las flores bulbosas crean sensación este último año. Pero en realidad nunca había visto crecer ninguno.

– Son las flores favoritas de mi madre -dijo Anthony mientras estiraba el brazo para coger uno-. Y los jacintos, por supuesto.

Ella sonrió con curiosidad.

– ¿Por supuesto? -repitió ella.

– Mi hermana pequeña se llama Hyacinth -dijo él tendiéndole la flor-. Oh, ¿no lo sabía?

Negó con la cabeza.

– No.

– Ya veo -murmuró él-. Nuestros nombres siguen ordenadamente las letras del alfabeto, desde Anthony hasta Hyacinth. Es un detalle bastante conocido. Pero, claro, tal vez yo sé mucho más de su vida que usted de la mía.

Los ojos de Kate se agrandaron de sorpresa ante aquella frase enigmática, pero lo único que dijo fue:

– Tal vez sea así.

Anthony alzó una ceja.

– Estoy consternado, señorita Sheffield. Me he puesto toda mi armadura y esperaba que me contestara, «ya sé suficiente».

Kate intentó no poner una mueca al oír la imitación de su voz pero su expresión se torció para decir:

– Le he prometido a Mary que mi comportamiento iba a ser impecable.

Anthony dejó ir una risotada.

– Qué extraño -masculló Kate-. Edwina ha tenido la misa reacción.

Anthony apoyó una mano en el arco, con cuidado de evitar 1as espinas de la enredadera de rosas trepadoras.

– Siento una curiosidad desmedida por saber qué entiende por comportamiento impecable.

Se encogió de hombros y jugueteó con el tulipán que tenía en la mano.

– Espero poder adivinarlo sobre la marcha.

– Pero se supone que no debe discutir con su anfitrión, ¿correcto?

Kate le miró arqueando las cejas.

– Hemos mantenido cierto debate sobre si podemos considerarle nuestro anfitrión. Al fin y al cabo, la invitación fue cursada por su madre.

– Cierto -admitió- pero yo soy el propietario de la casa.

– Sí -masculló ella-, Mary ha dicho lo mismo. Él sonrió con una mueca.

– ¿Esto la está matando, verdad que sí?

– ¿Ser amable con usted? Anthony asintió.

– No es que me resulte la cosa más fácil del mundo.

La expresión de él cambió un tanto, tal vez como si ya se hubiese cansado de bromear con ella. Como si tuviera algo por completo diferente en la cabeza.

– Pero tampoco es lo más difícil, ¿cierto? -murmuró.

– No me cae bien, milord -soltó ella.

– No -dijo él con sonrisa divertida-. Eso pensaba.

Kate empezó a sentir algo muy extraño, parecido a la sensación experimentada en su estudio, justo antes de que él la besara. De repente notó una opresión en la garganta y las palmas de las manos se calentaron. Y sus entrañas… bien, no tenía palabras para describir la sensación de tensión, como un picor, que le comprimía el abdomen.

De forma instintiva, tal vez como un impulso de supervivencia, dio un paso atrás.

Él parecía divertido, como si supiera con exactitud qué estaba pensando.

Kate jugueteó un poco más con la flor, luego manifestó de forma brusca:

– No la debería haber cortado.

– Debe tener un tulipán -dijo él como si tal cosa-. No es justo que Edwina reciba todas las flores.

El estómago de Kate, con la tensión y hormigueo que ya sentía, se revolvió un poco.

– De todos modos -consiguió decir-, no hay duda de que su jardinero no apreciará la mutilación de su obra.

Él sonrió con expresión maliciosa.

– Culpará a uno de mis hermanos pequeños.

Kate no pudo evitar sonreír.

– Pues aún tendré peor opinión de usted por recurrir a tretas de este tipo -manifestó ella.

– ¿No la tiene ya?

Kate sacudió la cabeza.

– Ya le digo, no creo que mi opinión de usted pueda hundirse mucho más.

– ¡Oh! -Anthony agitó un dedo en su dirección-. Pensaba que su comportamiento iba a ser impecable.

Kate miró a su alrededor.

– No cuenta si no hay nadie cerca que pueda oírme, ¿no cree?

– Yo puedo oírla.

– Usted sí que no cuenta, de eso tengo la certeza.

Él inclinó la cabeza un poco más en dirección a Kate.

– Y yo que pensaba que era el único que contaba.

Kate no dijo nada, ni siquiera quería mirarle a los ojos. Cada vez que se permitía una mirada a esas profundidades aterciopeladas, su estómago se revolvía de nuevo.

– ¿Señorita Sheffield?

Ella alzó la vista. Gran error. El estómago otra vez.

– ¿Por qué me va detrás? -preguntó ella.

Anthony se apartó del poste de madera y se irguió.

– Lo cierto es que no era mi intención. A mí me ha sorprendido tanto encontrarla como a usted encontrarme a mí. -Aunque, pensó con mordacidad, no debería de haberle sorprendido. Tendría que haberse percatado de que su madre andaba detrás de algo desde el momento en que sugirió por dónde debería ir a pasear.

Pero ¿era posible que su madre le dirigiera hacia la otra señorita Sheffield? Sin duda ella no prefería a Kate antes que a Edwina como futura nuera.

– Pero ahora que la he encontrado -dijo-, hay algo que quiero decirle.

– ¿Algo que aún no me ha dicho? -preguntó en broma-. No puedo imaginármelo.

Él paso por alto aquella pulla.

– Quería disculparme.

Eso acaparó toda la atención de Kate.

– Disculpe, ¿cómo ha dicho? -preguntó. A Anthony le pareció que su voz había sonado como un graznido.

– Le debo una disculpa por mi conducta de la otra noche -dijo él-. La traté con suma rudeza.

– ¿Se disculpa por el beso? -preguntó ella, quien aún parecía bastante perpleja.

¿El beso? Ni siquiera había considerado disculparse por el beso. Nunca se había disculpado por un beso, nunca antes había besado a alguien con quien fuera necesario disculparse por eso. De hecho, había estado pensando más bien en las cosas desagradables que le había dicho después del beso.

– Err… sí -mintió-. El beso. Y también por lo que dije.

– Ya veo -murmuró ella-. Creía que los mujeriegos no se disculpaban.

Anthony dobló la mano y luego formó un puño. Era francamente incordiante esta maldita costumbre de ella: siempre llegando a conclusiones sobre él.

– Pues este mujeriego sí lo hace -dijo en tono cortante.

Kate respiró hondo, luego soltó una exhalación lenta y prolongada.

– Entonces acepto la disculpa.

– Excelente -respondió él y le dedicó una sonrisa victoriosa. ¿Me permite que la acompañe de regreso a la casa?

Ella asintió.

– Pero no crea que eso quiere decir que voy a cambiar de opinión en lo que respecta a usted y Edwina.

– Jamás se me ocurriría pensar que sea tan fácil de convencer -dijo y hablaba con sinceridad.

Kate se volvió con una mirada sorprendentemente directa, incluso en ella.

– Los hechos siguen siendo que me besó a mí -dijo sin rodeos.

– Y usted a mí -no pudo resistirse a responder.

Las mejillas de Kate adquirieron un matiz sonrosado delicioso.

– Los hechos siguen siendo -repitió ella con decisión- que sucedió. Y si se casara con Edwina, a pesar de su reputación, que no me parece algo intranscendente…

– No -murmuró él interrumpiéndola con un suave tono aterciopelado-, no pensaba que le pareciera…

Ella le fulminó con la mirada.

– A pesar de su reputación, el incidente perduraría entre nosotros. Una vez que ha sucedido algo, no se puede borrar.

El demoniejo que Anthony llevaba dentro le instó a preguntar arrastrando las sílabas «¿algo?» para que ella repitiera, «el beso», pero finalmente sintió lástima de ella y lo dejó pasar. Además, Kate tenía razón. El beso siempre quedaría entre ellos. Incluso en este instante, en que ella tenía las mejillas sonrojadas por el azoramiento y los labios apretados por la irritación, no pudo evitar preguntarse qué se sentiría al estrecharla en sus brazos, cómo sabría ella si bordeaba el contorno de labios con su lengua.

¿Olería como el jardín? ¿O conservaría en su piel esa fragancia enloquecedora a lirio y jabón? ¿Se fundiría ella en su abrazo? ¿O le apartaría para salir corriendo hacia la casa?

Sólo había una manera de enterarse, una manera que acabaría para siempre con sus opciones de conseguir la mano de Edwina.

Pero, como había comentado Kate, casarse con Edwina tal vez le acarreara demasiadas complicaciones. Al fin y al cabo no tenía que ser demasiado cómodo estar deseando siempre a la cuñada de uno.

Tal vez había llegado el momento de besar de nuevo a Kate Sheffield, aquí, entre la belleza perfecta de los jardines de Aubrey Hall, con las flores rozándoles las piernas y el olor a lilas suspendido en el aire.

Tal vez…

Tal vez…

Capítulo 9

Los hombres son criaturas con espíritu de contradicción, sus cabezas y sus corazones nunca guardan concordancia. Y como bien saben todas las mujeres, sus actos normalmente están regidos por otro aspecto completamente diferente.

REVISTA DE SOCIEDAD DE LADY WHISTLEDOWN,

29 de abril de 1814

O tal vez no.

Justo cuando Anthony empezaba a trazar la mejor trayectoria hasta los labios de Kate, oyó un sonido del todo espantoso: la voz de su hermano pequeño.

– ¡Anthony! – gritó Colin -. Ahí estás.

La señorita Sheffield, muy tranquila, sin darse cuenta de lo cerca que había estado de ser besada hasta perder el sentido, se volvió para observar a Colin que se acercaba hacia ellos.

– Un día de estos -masculló Anthony- tendré que matarle.

Kate se volvió otra vez al vizconde.

– ¿Ha dicho algo, milord?

Anthony no le hizo caso. Sin duda era la mejor opción, ya que hacerle caso tendía a provocarle un deseo desesperado por ella. Y, como bien sabía, aquello era un rápido camino hacia el desastre más absoluto.

Para ser sinceros, quizá debería estarle agradecido a Colin por su inoportuna interrupción. Unos pocos segundos más y habría besado a Kate Sheffield, y eso habría sido el mayor error de su vida.

Un beso con Kate tal vez fuera excusable, sobre todo si se tenía en cuenta la manera en que ella le había provocado la otra noche en su estudio. Pero dos… bien, dos, para cualquier hombre honorable, significaría dejar de cortejar a Edwina Sheffield.

Y Anthony aún no estaba del todo preparado para renunciar al concepto del honor.

No podía creer lo cerca que había estado de echar por la borda su plan de casarse con Edwina. ¿En qué estaba pensando? Era la novia perfecta para sus propósitos. Lo único que sucedía era que su cerebro se confundía cada vez que aparecía la entrometida de su hermana.

– Anthony -repitió Colin cuando estuvo más cerca-, ¡y la señorita Sheffield! -Les miró con curiosidad; estaba al corriente de que no se llevaban bien-. Qué sorpresa.

– Estaba recorriendo los jardines de su madre -dijo Kate- y me topé con su hermano.

Anthony se limitó a hacer un gesto de asentimiento.

– Daphne y Simon han llegado -dijo Colin. Anthony se volvió hacia Kate y le explicó

– Mi hermana y su marido.

– ¿El duque? -inquirió ella con cortesía.

– En persona -refunfuñó él.

Colin se rió del despecho de su hermano.

– Era contrario a ese matrimonio -le explicó a Kate-. Detesta que sean felices.

– Oh, por el amor de… -dijo el vizconde con brusquedad- Estoy muy contento de que mi hermana sea feliz -añadió entre dientes, no sonaba especialmente feliz-. Simplemente creo que tendría que haber tenido más oportunidades de molerle a palos a ese hij… sinvergüenza antes de que se embarcaran en su «vivieron felices y comieron perdices».

Kate se atragantó de la risa.

– Ya veo -dijo ella, segura de que no había logrado poner 1a expresión seria que pretendía.

Colin le lanzó una mueca antes de volverse a su hermano.

– Daff ha sugerido una partida de palamallo. ¿Qué te parece? Hace siglos que no jugamos. Y, si empezamos pronto, podremos escapar de las señoritas melindrosas que mamá ha invitado para nosotros. -Se volvió de nuevo a Kate con el tipo de sonrisa que podía conseguir que le perdonaran cualquier cosa-. Excluida la compañía presente, por supuesto.

– Por supuesto -murmuró ella.

Colin se inclinó hacia delante, sus ojos verdes centelleaban de malicia.

– Nadie cometería el error de llamarla a usted señorita melindrosa-añadió.

– ¿Es un cumplido? -preguntó ella con mordacidad.

– Sin ninguna duda.

– Entonces debería aceptarlo con cortesía y de buena gana.

Colin se rió y le dijo a Anthony:

– Me cae bien.

A Anthony no pareció divertirle.

– ¿Ha jugado alguna vez al palamallo, señorita Sheffield? -preguntó Colin.

– Me temo que no. Creo que ni siquiera estoy segura de lo que es.

– Es un juego de jardín. La mejor diversión. En Francia es más popular que aquí, aunque lo llaman Paule Maule.

– ¿Y cómo se juega? -preguntó Kate.

– Se colocan aros en un recorrido -explicó Colin-, luego se lanzan a través de ellos unas pelotas de madera que se golpean con un mazo.

– Parece bastante simple -respondió con aire meditativo.

– No -añadió él- si se juega con los Bridgerton.

– ¿Y eso qué quiere decir?

– Quiere decir -interrumpió Anthony- que nunca hemos considerado necesario establecer un recorrido reglamentario. Colin, por ejemplo, coloca los aros sobre raíces de árboles…

– Y tú pones los tuyos en pendientes que descienden al lago -añadió Colin-. Nunca hemos vuelto a encontrar la bola roja después de que Daphne la hundiera.

Kate sabía que no debía comprometerse a pasar una tarde en compañía del vizconde de Bridgerton, pero, qué diantres, el palamallo parecía muy divertido.

– ¿Hay sitio para un jugador más? -preguntó-. Puesto que ya me han excluido del grupo de las melindrosas…

– ¡Por supuesto! -dijo Colin-. Sospecho que se amoldará al resto de nosotros, tramposos e intrigantes.

– Viniendo de usted -dijo Kate con una risa-, sé que eso ha sido un cumplido.

– Oh, por supuesto. El honor y la honestidad tienen su momento, pero no en una partida de palamallo.

Anthony les interrumpió con expresión petulante en el rostro:

– Y tendremos que invitar también a su hermana.

– ¿Edwina? -Kate se atragantó. Caray. Había picado el anzuelo. Después de hacer todo lo posible para mantenerles separados ahora prácticamente les había organizado la tarde. No había manera de excluir a Edwina después de haberse autoinvitado prácticamente a la partida.

– ¿Tiene alguna otra hermana? -preguntó él con amabilidad.

Kate le frunció el ceño.

– Tal vez no tenga ganas de jugar. Creo que estaba descansando en su habitación.

– Daré instrucciones a la doncella de que llame a su puerta con mucha suavidad -dijo Anthony, aunque era obvio que mentía.

– ¡Excelente! – exclamó alegre Colin -. Estaremos igualados entonces. Tres hombres y tres mujeres.

– ¿Se juega en equipo? -preguntó Kate.

– No -contestó él-, pero mi madre siempre insiste sobremanera en que hay que estar emparejados en todas las cosas. Le disgustaría bastante que no fuera así.

Kate no podía imaginar que a la encantadora y graciosa mujer con la que había charlado apenas una hora antes le preocupara una partida de palamallo, pero se imaginó que ella no era quién para hacer comentarios.

– Me ocuparé de que vayan a buscar a la señorita Sheffield -murmuró Anthony, quien tenía un aspecto muy complacido-. Colin ¿por qué no acompañas a esta señorita Sheffield hasta el campo de juego y nos reunimos allí dentro de media hora?

Kate abrió la boca para protestar por aquellos arreglos que iban a dejar a Edwina a solas en compañía del vizconde, aunque fuera sólo durante el breve tiempo que llevaba caminar hasta el campo, pero al final se quedó callada. No había ninguna excusa razonable para impedir aquello, y lo sabía.

Anthony captó sus resoplidos y torció la comisura de su boca del modo más odioso para decir:

– Me complace ver que está de acuerdo conmigo, señorita Sheffield.

Ella se limitó a gruñir. Si hubiera articulado algunas palabras, no abrían sido amables.

– Excelente -repitió Colin-. Entonces nos vemos dentro de un rato.

Luego entrelazó su brazo con el de Kate y así se alejaron, dejando a Anthony sonriendo tras ellos.

Colin y Kate caminaron durante unos ochocientos metros desde la casa hasta una especie de claro desigual delimitado a un lado por un lago.

– El hogar de la roja pelota pródiga, supongo -comentó Kate mientras indicaba el agua.

Colin se rió y asintió.

– Es una lástima porque contábamos con equipo suficiente para ocho jugadores; nuestra madre insistió en que compráramos un juego que pudiera servirnos a los ocho hermanos.

Kate no estaba segura de si sonreír o fruncir el ceño.

– Su familia está muy unida, ¿verdad?

– Más que ninguna -respondió Colin con convencimiento mientras se acercaba a un cobertizo próximo.

Kate siguió sus pasos dándose golpecitos en el muslo de forma distraída.

– ¿Sabe qué hora es? -preguntó en voz alta.

Él se detuvo, sacó el reloj de bolsillo y lo abrió con un golpecito.

– Tres y diez.

– Gracias -contestó Kate, tomando nota mentalmente.

Habían dejado a las tres menos cinco a Anthony, quien había prometido traer a Edwina al campo de palamallo en cuestión de media hora de modo que llegarían a eso de las tres y veinticinco.

Como muy tarde a las tres y media. Kate estaba dispuesta a ser generosa y permitir ciertos retrasos inevitables. Si el vizconde traía a Edwina a las tres y media, no pondría pegas.

Colin continuó su recorrido hasta el cobertizo y Kate observó con interés cómo abría la puerta con cierto esfuerzo.

– Parece oxidada -comentó ella.

– Hace ya un tiempo que no venimos a jugar -explicó.

– ¿De veras? Si yo tuviera una casa como Aubrey Hall, nunca iría a Londres.

Colin se volvió hacia ella con la mano aún en la puerta medio abierta del cobertizo.

– Se parece mucho a Anthony, ¿lo sabe? Kate soltó un resuello.

– Sin duda bromea.

Él sacudió la cabeza con una extraña sonrisa en los labios.

– Tal vez sea porque son los hermanos mayores. Dios sabe que cada día doy gracias por no haber estado en el lugar de Anthony…

– ¿Qué quiere decir?

Colin se encogió de hombros.

– Pues que no me gustaría cargar con sus responsabilidades, es todo. El título, la familia, la fortuna, es demasiada carga para los hombros de una sola persona.

Kate no es que deseara especialmente oír lo bien que el vizconde había asumido las responsabilidades del título; no quería oír nada que pudiera cambiar su opinión de él, aunque tenía que confesar que la había impresionado la aparente sinceridad de su disculpa aquella misma tarde.

– ¿Y qué tiene que ver eso con Aubrey Hall? -preguntó.

Colin la miró sin comprender por un momento, como si hubiera olvidado que la conversación había comenzado con su inocente comentario sobre lo preciosa que era la casa solariega.

– Nada, supongo -dijo finalmente-. Y también todo. A Anthony le encanta esto.

– Pero pasa todo el tiempo en Londres -dijo Kate-. ¿No es cierto?

– Lo sé. -Colin se encogió de hombros-. Qué extraño, ¿no?

Kate no tenía ninguna respuesta, de modo que se quedó mirando mientras él tiraba de la puerta del cobertizo hasta que consiguió abrirla.

– Ya está. -Del interior sacó una carretilla con ruedas que había construido especialmente para llevar ocho mazos y otras tantas bolas de madera-. Un poco descuidado, pero tampoco está tan mal.

– Excepto por la bola roja perdida -dijo Kate con una sonrisa.

– Toda la culpa es de Daphne -contestó Colin-. Culpo de todo a Daphne y así mi vida es mucho más fácil.

– ¡Te he oído!

Kate se volvió y vio a una atractiva y joven pareja que se acercaba a ellos. El hombre era terriblemente guapo, con pelo oscuro, y ojos oscuros y alegres. La mujer sólo podía ser una Bridgerton, con el mismo pelo castaño que Anthony y Colin. Por no mencionar la misma estructura ósea y aquella misma sonrisa. Kate había oído decir que todos los Bridgerton se parecían bastante, pero nunca hasta entonces se lo había acabado de creer.

– ¡Daff! – exclamó Colin-. Llegas justo a tiempo para ayudarnos a sacar los mazos.

La joven le dedicó una amplia sonrisa.

– ¿No pensarás que iba a dejarte trazar otra vez el recorrido, eh? – Se volvió a su marido-. Prefiero no perderle de vista.

– No le preste atención -le dijo Colin a Kate-. Es muy fuerte, y apuesto a que es muy capaz de tirarme al lago sin problemas.

Daphne entornó los ojos y se volvió a Kate.

– Puesto que estoy segura de que el miserable de mi hermano no va a hacer los honores, me presentaré. Soy Daphne, duquesa de Hastings, y éste es mi esposo Simon.

Kate hizo una rápida reverencia.

– Excelencia -murmuró, luego se volvió al duque y dijo otra vez -, Excelencia.

Colin hizo un ademán en dirección a Kate mientras se inclinaba a sacar los mazos de la carretilla de palamallo.

– Os presento a la señorita Sheffield.

Daphne pareció confundida.

– Acabo de cruzarme con Anthony en casa. Creo que me ha dicho que iba a buscar a la señorita Sheffield.

– Mi hermana -explicó Kate-. Edwina. Yo soy Katharine. Kate para los amigos.

– Bien, si es lo bastante valiente como para jugar al palamallo con los Bridgerton, sin duda me gustaría incluirla entre mis amigas -dijo Daphne con una amplia sonrisa-. Por lo tanto, tiene que llamarme Daphne. Y a mi esposo, Simon. ¿Simon?

– Oh, por supuesto -respondió él, y Kate tuvo la clara impresión de que diría lo mismo si Daphne declarara que el cielo se había vuelto naranja. No porque él no le prestara atención, sino porque era evidente que estaba loco por ella.

Esto, pensó Kate, era lo que quería para Edwina.

– Déjame coger la mitad -dijo Daphne estirando el brazo para coger los aros que su hermano ya tenía en la mano-. La señorita Sheffield y yo… es decir, Kate y yo – dedicó a Kate una amplia sonrisa llena de afecto- colocaremos tres de éstos, y tú y Simon podéis colocar el resto.

Antes de que Kate se atreviera a opinar, Daphne ya la había cogido por el brazo y se la llevaba hacia el lago.

– Tenemos que asegurarnos del todo de que la bola de Anthony acaba en el agua – masculló Daphne -. Nunca le he perdonado lo de la última vez. Creí que Benedict y Colin iban a morirse de la risa. Y Anthony fue el peor. Estaba allí sonriéndose. ¡Sonriéndose! – Se volvió a Kate con la más atribulada de las expresiones-. Nadie se sonríe como mi hermano mayor.

– Lo sé -dijo Kate en voz baja.

Por suerte, la duquesa no la había oído.

– Si hubiera podido matarlo en ese momento, juro que lo habría hecho.

– ¿Y qué sucede una vez que todas las bolas acaban en el agua? – Kate no pudo resistirse a preguntar-. Aún no he jugado con la familia al completo, pero todos parecen bastante competitivos, y me da la impresión…

– … que será inevitable -concluyó Daphne por ella. Puso una mueca-. Probablemente tenga razón. No tenemos espíritu deportivo yo en lo que al palamallo se refiere. Cuando un Bridgerton coge el mazo, nos convertimos en los peores tramposos y mentirosos. De veras, el juego no tiene tanto que ver con ganar sino con asegurarse de que el otro jugador pierde.

Kate buscó las palabras.

– Suena un poco…

– ¿Horrible? -preguntó Daphne sonriente-. No lo es. Nunca se habrá divertido tanto, se lo garantizo. Pero al paso que vamos, todas las bolas van a acabar en el lago dentro de poco. Supongo que pediremos a Francia otro juego. -Metió un aro en la tierra-. Parecerá un derroche lo sé, pero merece la pena con tal de humillar a mis hermanos.

Kate intentó no reírse, pero no lo consiguió.

– ¿Tiene algún hermano, señorita Sheffield? -inquirió Daphne.

Puesto que la duquesa había olvidado llamarla por su nombre de pila, Kate consideró mejor volver a las maneras formales.

– No, Excelencia -contestó-. Edwina es mi única hermana.

Daphne se protegió los ojos con la mano e inspeccionó la zona en busca de alguna ubicación alevosa. Cuando avistó una -situada justo encima de la raíz de un árbol- se fue para allá sin dejarle otra opción a Kate que seguirla.

– Cuatro hermanos -dijo Daphne, metiendo otro aro en la tierra – te dan una educación maravillosa.

– La de cosas que habrá aprendido -dijo Kate bastante impresionada-. ¿Sabe dejarle un ojo morado a un hombre? ¿Tumbarle en el suelo de un puñetazo?

Daphne puso una mueca maliciosa.

– Pregúntele a mi esposo.

– ¿Que me pregunte el qué? -gritó el duque desde el lado opuesto del árbol, donde él y Colin se encontraban colocando un aro sobre una raíz.

– Nada -contestó la duquesa en tono inocente-. También he aprendido -le susurró a Kate- que es mejor tener la boca cerrada. Es mucho más fácil manejar a los hombres una vez que entiendes los puntos básicos de su naturaleza.

– ¿Qué son? -le pinchó Kate.

Daphne se inclinó hacia delante y le susurró cubriéndose la boca:

– No son tan listos como nosotras, no son tan intuitivos como nosotras y desde luego es mejor que no se enteren del cincuenta por ciento de lo que hacemos. -Miró a su alrededor-. ¿Él no me ha oído, verdad?

Simon salió de detrás del árbol.

– Cada palabra.

Kate se atragantó de la risa al ver a Daphne dar un brinco.

– Pero es cierto -dijo con arrogancia.

Simon se cruzó de brazos.

– Piensa lo que quieras, querida. -Se volvió a Kate-. Con los años he aprendido un par o tres de cosas sobre las mujeres.

– ¿De veras? -preguntó Kate fascinada.

Él asintió y se inclinó, como si fuera a desvelar un serio secreto de Estado.

– Es mucho más fácil manejarlas si se creen que son más listas y más intuitivas que los hombres. Y -añadió con mirada de superioridad a su esposa- nuestras vidas transcurren con mucha más tranquilidad si fingimos que sólo nos enteramos del cincuenta por ciento lo que hacen.

Colin se acercó balanceando un mazo.

– ¿Están discutiendo? -le preguntó a Kate.

– Sólo deliberamos – corrigió Daphne.

– Que Dios me libre de tales deliberaciones -masculló Colin Escojamos los colores.

Kate le siguió de regreso junto a la carretilla de palamallo, tamborileando sobre el muslo con los dedos.

– ¿Tiene hora? -le preguntó.

Colin sacó su reloj de bolsillo.

– Pasa un poco de las tres y media, ¿por qué?

– Pensaba que Edwina y el vizconde deberían estar ya por aquí eso es todo -respondió, intentando no parecer demasiado preocupada.

Colin se encogió de hombros.

– Estarán en camino. -Luego, inconsciente de la inquietud ella, indicó la carretilla de palamallo -. Pues bien. Usted es la invitada. Es la primera en escoger. ¿Qué color quiere?

Sin pensar mucho, Kate estiró el brazo y cogió un mazo. Cuando lo tuvo en la mano se percató de que era negro.

– El mazo de la muerte -dijo Colin con gesto de aprobación. Sabía que sería una buena jugadora.

– Dejemos el mazo rosa para Anthony -dijo Daphne sacando el mazo verde.

El duque cogió el mazo naranja y, volviéndose a Kate, dijo:

– Es testigo de que no tengo nada que ver con el mazo rosa de Bridgerton, ¿de acuerdo?

Kate sonrió con picardía.

– He advertido que no ha escogido el mazo rosa.

– Por supuesto que no -contestó con una mueca aun mas viesa que la de ella-. Mi esposa ya lo ha escogido por él. No podía llevarle la contraria, ¿no cree?

– Para mí el amarillo -dijo Colin-, y el azul para la señorita Edwina, ¿no le parece?

– Oh, sí -replicó Kate-. A Edwina le encanta el azul.

Los cuatro se quedaron mirando los dos mazos restantes: el rosa y el púrpura.

– No le va a gustar ninguno de los dos -dijo Daphne.

Colin asintió.

– Pero el rosa aún menos. -Y con aquello, cogió el mazo púrpura y lo arrojó dentro del cobertizo, luego se agachó y tiró la bola púrpura tras él.

– Y digo yo -empezó el duque-, ¿dónde está Anthony?

– Ésa es una buena pregunta -masculló Kate, tamborileando otra vez con los dedos sobre la falda.

– Supongo que querrá saber qué hora es -apuntó Colin con astucia.

Kate se sonrojó. Ya le había pedido dos veces que mirara la hora.

– No hace falta -contestó sin encontrar una respuesta más ingeniosa.

– Muy bien, sólo que he tomado nota de que cada vez que empieza mover la mano…

Kate detuvo la mano.

– …está a punto de preguntarme qué hora es.

– Ha tomado nota de muchas cosas sobre mí en la última hora – respondió Kate con sequedad.

Él puso una mueca.

– Soy un tipo observador.

– Es evidente -masculló ella.

– Pero, en caso de que le interese, son las cuatro menos cuarto.

– Tenían que haber llegado hace rato -dijo Kate.

Colin se inclinó hacia delante y susurró.

– Dudo mucho que mi hermano esté violando a su hermana.

Kate retrocedió con brusquedad.

– Señor Bridgerton!

– ¿De qué habláis? -preguntó Daphne.

Colin esbozó una amplia sonrisa.

– La señorita Sheffield está preocupada por que Anthony esté poniendo en una situación comprometida a la otra señorita Sheffield.

– ¡Colin! – exclamó Daphne -. Eso no tiene la menor gracia.

– Y desde luego no es cierto -protestó Kate. Bien, casi no era cierto. No pensaba que el vizconde estuviera poniendo a Edwina en una situación comprometida, pero era más que probable que se estuviera esforzando todo lo posible para aturdirla con sus encantos. Y eso en sí mismo ya era peligroso.

Kate sostuvo el mazo en la mano para comprobar su peso e intentó imaginar la manera de usarlo sobre la cabeza del vizconde y hacer que pasara por un accidente.

El mazo de la muerte, desde luego que sí.

Anthony miró la hora en el reloj de la repisa de su estudio. Casi las tres y media. Iban a llegar tarde.

Puso una mueca. Oh, bien, no podía hacer nada.

Normalmente insistía mucho en la puntualidad, pero si el retraso tenía como resultado la tortura de Kate Sheffield, no le importaba demasiado llegar tarde.

Y Kate Sheffield sin duda se estaría retorciendo de agonía para entonces, horrorizada sólo con la idea de que su preciosa hermana pequeña estuviera en sus malignas garras.

Anthony bajó la vista a sus malignas garras -sus manos, se recordó a sí mismo- y esbozó otra amplia sonrisa. Hacía siglos que no se había divertido tanto, y lo único que hacía era perder el tiempo en su despacho, imaginándose a Kate Sheffield con la mandíbula apretada mientras le salía humo por las orejas.

Era una imagen de lo más graciosa.

Por supuesto, aquello no era culpa suya. Él habría salido con puntualidad de no haber tenido que esperar a Edwina. La joven había mandado aviso con la doncella de que se reuniría con él en diez minutos. De eso hacía veinte minutos. Él no podía hacer nada si ella se retrasaba.

Anthony tuvo una visión repentina de cómo transcurriría el resto de su vida: esperando a Edwina. ¿Era el tipo de mujer que se retrasaba por sistema? Aquello podía acabar resultando irritante al cabo un tiempo.

Como si le hubiera dado pie, oyó unas pisadas en el vestíbulo y cuando alzó a vista, la forma exquisita de Edwina quedó enmarcada en el umbral.

Era una visión, pensó de manera desapasionada. Era absolutamente encantadora en todos los sentidos. Su rostro era la perfección, su postura la personificación de la gracia, y tenía unos ojos del azul más radiante, tan intensos que uno no podía evitar sorprenderse de aquella tonalidad cada vez que parpadeaba.

Anthony esperó a que se produjera algún tipo de reacción dentro de él. No cabía duda de que ningún hombre permanecería inmune a su belleza.

Nada. Ni siquiera la menor necesidad de besarla. Casi parecía un crimen contra la naturaleza.

Pero tal vez era algo bueno. Al fin y al cabo no quería una esposa de la que pudiera enamorarse. El deseo era algo agradable, pero el deseo podía ser peligroso. Con certeza, el deseo podía transformarse en amor con más facilidad que el desinterés.

– Siento enormemente llegar tarde milord -dijo Edwina con su encanto particular.

– No es ningún problema, en absoluto -contestó él. Se sintió un poco animado por las recientes racionalizaciones de la espera. Nada había cambiado, ella sería una buena esposa. No hacía falta buscar más -. Pero tenemos que salir ya. Los otros ya habrán preparado el recorrido de la partida.

La cogió por el brazo y salieron caminando de la casa. Él hizo un comentario sobre el tiempo. Ella hizo un comentario sobre el tiempo. Él hizo un comentario sobre el tiempo del día anterior. Ella estuvo conforme en todo lo que él dijo (ni siquiera recordaba el qué un minuto después).

Tras agotar todos los temas relacionados con la climatología, se quedaron callados, y luego, tras tres minutos sin que ninguno de los dos tuviera algo que decir, Edwina soltó:

– ¿Qué estudió en la universidad?

Anthony la miró con extrañeza. No recordaba que ninguna jovencita le hubiera hecho antes esta pregunta.

– Oh, lo habitual -respondió.

– Pero -insistió ella, con un aspecto impaciente poco característico – ¿qué es lo habitual?

– Historia, sobre todo. Un poco de literatura.

– Oh. -Consideró eso durante un momento-. Me encanta leer.

– ¿Ah, sí? -La miró con renovado interés. Nunca se le habría ocurrido tomarla por una estudiosa-. ¿Qué le gusta leer?

Pareció relajarse mientras contestaba a la pregunta.

– Novelas si me siento imaginativa. Filosofía si busco el desarrollo personal.

– Filosofía ¿eh? – inquirió Anthony -. Nunca la he digerido demasiado bien.

Edwina soltó una de sus encantadoras risas musicales.

– Kate es igual. Siempre me está diciendo que es muy capaz vivir su vida y que no le hace falta que un hombre ya muerto le dé instrucciones.

Anthony pensó en sus experiencias cuando leía a Aristóteles, Bentham y Descartes en la universidad. Luego pensó en sus experiencias intentando no leer a Aristóteles, Bentham y Descartes en universidad.

– Creo -murmuró- que tendré que mostrar mi conformidad con su hermana.

Edwina esbozó una amplia sonrisa.

– ¿Usted conforme con mi hermana? Creo que tendría que buscar una libreta para apuntar este momento. Sin duda es la primera vez.

Él le lanzó una mirada de soslayo para poder evaluarla mejor.

– Es más impertinente de lo que deja entrever, ¿verdad que sí?

– Pero ni la mitad que Kate.

– Eso nunca lo he dudado.

Anthony le oyó una risita pero, cuando la miró de reojo, parecía que ella intentaba con gran esfuerzo mantener el rostro serio. Doblaron el último recodo antes del campo de juego, y cuando llegaron a alto de la elevación, encontraron al resto del grupo de jugadores de palamallo esperándoles, balanceando distraídamente sus mazos mientras aguardaban.

– Oh, maldita sea -juró Anthony, olvidando por completo que se encontraba en compañía de la mujer a la que planeaba convertir en su esposa-. Tiene el mazo de la muerte.

Capítulo 10

Las reuniones campestres son acontecimientos muy peligrosos. Las personas casadas a menudo se encuentran disfrutando junto a invitados que no son sus cónyuges, y las personas solteras regresan a menudo a la ciudad como personas comprometidas en matrimonio con cierto apresuramiento.

De hecho, los compromisos más sorprendentes se anuncian inmediatamente después de estas jornadas de vida rústica.

REVISTA DE SOCIEDAD DE LADY WHISTLEDOWN,

2 de mayol de 1814

– Sí que se lo han tomado con calma -comentó Colin en cuanto Anthony y Edwina alcanzaron al grupo-. Bueno, ya estamos listos para empezar. Edwina, usted juega con el azul. – Le tendió el mazo-. Anthony, eres el rosa.

– ¿Yo soy rosa y ella -indicó con un dedo a Kate- se queda con e1 mazo de la muerte?

– Le dejé escoger la primera -dijo Colin-. Al fin y al cabo es nuestra invitada.

– Anthony suele jugar con el negro -explicó Daphne-. De hecho, él dio el nombre al mazo.

– No debería jugar con el rosa -le dijo Edwina a Anthony-. No le pega lo más mínimo. Tenga. -Le tendió el mazo-. ¿Por qué no cambiamos?

– No sea tonta -interrumpió Colin-. Todos estuvimos conformes con que usted jugara con el azul. Hace juego con sus ojos.

A Kate le pareció oír gruñir a Anthony.

– Seré el rosa -anunció Anthony mientras cogía el ofensivo mazo con bastante energía de la mano de Colin- y ganaré de todos modos. Empecemos, ¿de acuerdo?

En cuanto se hicieron las presentaciones necesarias entre el duque, la duquesa y Edwina, todos dejaron caer sus pesadas bolas de madera cerca del punto de salida y se prepararon para jugar.

– ¿Cómo jugamos? ¿Empieza el más joven? -sugirió Colin con una galante inclinación en dirección a Edwina.

Ella negó con la cabeza.

– Yo preferiría ser la última, para así tener la posibilidad de observar el juego de quienes tienen más experiencia que yo.

– Una mujer sabia -murmuró Colin-. Entonces empieza el mayor. Anthony creo que eres el más anciano entre nosotros.

– Lo siento, querido hermano, pero Hastings me lleva unos pocos meses.

– ¿Por qué tengo la sensación -le susurró Edwina a Kate- que me estoy metiendo en una pelea familiar?

– Creo que los Bidgerton se toman el palamallo muy en serio -explicó Kate al oído. Los tres hermanos Bridgerton habían adoptado expresiones de bulldogs y todos ellos parecían bastante resueltos a ganar.

– ¡Eh, eh, eh! – les regañó Colin agitando un dedo en su dirección -. No se permite ninguna connivencia.

– Ni siquiera sabemos qué pactar -comentó Kate- ya que nadie se ha dignado a explicarnos las reglas del juego.

– Aprenderán sobre la marcha -dijo Daphne con energía-. Se lo imaginarán a medida que avancemos.

– Creo -susurró Kate a Edwina- que el objeto es hundir bolas de los oponentes en el lago.

– ¿De veras?

– No. Pero creo que así es como lo ven los Bridgerton.

– No dejan de susurrarse! -les gritó Colin sin tan siquiera dedicarles una mirada. Luego se volvió al duque-. Hastings, golpea la maldita bola. No tenemos todo el día.

– Colin -interrumpió Daphne-, no hace falta que maldigas. Hay damas presentes.

– Tú no cuentas.

– Pero hay damas presentes aparte de mí -replicó entre dientes.

Colin pestañeó, luego se volvió a las hermanas Sheffield.

– ¿Les importa?

– En absoluto -respondió Kate completamente fascinada. Edwina se limitó a sacudir la cabeza.

– Bien. -Colin se volvió otra vez al duque-. Hastings, empecemos ya.

El duque colocó su bola un poco por delante de las del resto.

– ¿Se dan cuenta -dijo a nadie en particular- de que nunca he jugado al palamallo?

– Limítate a darle un buen batacazo a la bola en esa dirección, cariño -le explicó Daphne al tiempo que indicaba el primer aro.

– ¿No es ése el último aro? -preguntó Anthony.

– Es el primero.

– Tendría que ser el último.

Daphne alzó la barbilla.

– Yo he preparado el recorrido, es el primero.

– Creo que aquí va a haber sangre -le susurró Edwina a Kate.

El duque se volvió a Anthony y le dedicó una sonrisa falsa.

– Creo que creeré en la palabra de Daphne en esta cuestión.

– Es ella la que preparó el recorrido -comentó Kate.

Anthony, Colin, Simon y Daphne la miraron con consternación, como si no pudieran creer del todo que tuviera el valor de meterse en la conversación.

– Bien, así fue -añadió Kate.

Daphne entrelazó su brazo con el de ella.

– Creo que la adoro, Kate Sheffield -manifestó.

– Dios me ayude -masculló Anthony.

Hastings echó hacia atrás el mazo, golpeó y la bola naranja se precipitó enseguida por el césped.

– Bien hecho, Simon! -gritó Daphne.

Colin se volvió y miró a su hermana con desdén.

– En el juego del palamallo nunca se ovaciona a los contrincantes – le dijo con arrogancia.

– Nunca antes ha jugado – respondió-. No es probable que gane.

– No importa.

Daphne se volvió hacia Kate y Edwina y les explicó:

– Me temo que la falta de deportividad es un requisito en el palamallo Bridgerton.

– Eso había deducido -dijo Kate con sequedad.

– Me toca -ladró Anthony. Echó una mirada desdeñosa a la bola rosa y luego le arreó un buen porrazo. Surcó de forma espléndida la hierba, pero dio contra un árbol y se detuvo como una piedra sobre el suelo.

– ¡Fantástico! -exclamó Colin, quien empezó a preparar su turno.

Anthony balbuceó unas cuantas cosas en voz baja, ninguna de ellas apropiada para oídos delicados.

Colin envió la bola amarilla en dirección al primer aro y a continuación se colocó a un lado para dejar que Kate lo intentara.

– ¿Puedo hacer una tirada de prueba? -preguntó.

– No. -Fue un «no» bastante sonoro, ya que eran tres las bocas que lo pronunciaron.

– Muy bien -dijo entre dientes-. Retrocedan todos. No seré responsable si lesiono a alguien la primera vez. -Echó hacia atrás el mazo con todas sus fuerzas y sacudió la bola. Salió volando por el aire formando un arco bastante impresionante, luego chocó con el mismo árbol que había frustrado la tirada de Anthony y cayó pesadamente al suelo, al lado de la bola rosa.

– Oh, cielos -dijo Daphne mientras se disponía a apuntar. Echó hacia atrás el brazo varias veces antes de darle a la bola.

– ¿Por qué ese «cielos»? -preguntó Kate con preocupación. La débil sonrisa de lástima de la duquesa no la tranquilizó.

– Ya verá. -Daphne tiró y luego se fue siguiendo la dirección había trazado su bola.

Kate miró a Anthony. Parecía muy, muy complacido con la situación actual de las cosas.

– ¿Qué me va a hacer? -preguntó ella.

El vizconde se inclinó hacia delante con aire muy malicioso.

– Una pregunta más apropiada sería qué no voy a hacerle.

– Creo que me toca -dijo Edwina y se adelantó hasta el punto de inicio. Dio a su bola un golpe anémico y luego gimió al ver que no había avanzado ni la tercera parte que los demás.

– Aplique un poco más de fuerza la próxima vez -dijo Anthony antes de irse hacia su bola.

– De acuerdo -masculló Edwina a su espalda-. Nunca me lo habría imaginado.

– ¡Hastings! – aulló Anthony -. Es tu turno.

Mientras el duque daba un golpecito a la bola para acercarla al siguiente aro, Anthony se apoyó en el árbol con los brazos cruzados y su ridículo mazo rosa colgándole de una mano. Esperó a Kate.

– Oh, señorita Sheffield -dijo finalmente en voz alta-. ¡Las normas del juego establecen que cada uno siga su propia bola!

La observó acercarse poco a poco a su lado.

– Ya está -refunfuñó-. ¿Y ahora qué?

– Debería de tratarme con más respeto -continuó él mientras le dedicaba una sonrisa perezosa y astuta.

– ¿Después de que se entretuviera con Edwina? -le respondió con brusquedad-. Lo que tendría que hacer es descuartizarle.

– Qué mozuela tan sanguinaria -reflexionó él-. Le irá bien en el palamallo… finalmente.

El vizconde observó muy divertido que a Kate se le ponía el rostro primero muy rojo, y luego blanco.

– ¿Qué quiere decir? -preguntó ella.

– Por el amor de Dios, Anthony -gritó Colin-. Tira de una vez.

Anthony miró hacia donde se hallaban las dos bolas pegadas sobre la hierba, la negra de ella y la de él, de un rosa terrible.

– De acuerdo -murmuró-. No quiero hacer esperar al querido y dulce Colin. -Y con eso, puso un pie sobre su bola y echó el mazo hacia atrás…

– ¿Qué está haciendo? -chilló Kate.

…y lo lanzó. La bola de Anthony permaneció firme en su sitio, debajo de su bota. La de Kate salió colina abajo recorriendo lo que parecían millas.

– Desalmado – rezongó.

– Todo vale en el amor y en la guerra -bromeó.

– Voy a matarle.

– Puede intentarlo -le tomó el pelo- pero tendrá que alcanzarme primero.

Kate sopesó el mazo de la muerte, luego observó el pie de él.

– Ni se le ocurra -advirtió el vizconde.

– Es una tentación -dijo entre dientes.

Él se inclinó con gesto amenazador hacia ella.

– Tenemos testigos.

– Y eso es lo único que le salva la vida en este momento.

Él se limitó a sonreír.

– Creo que su bola se ha ido colina abajo, señorita Sheffield. Estoy convencido de que volveremos a verla dentro de una media hora cuando consiga alcanzarnos.

Justo entonces Daphne pasó junto a ellos a buen paso, siguiendo su bola que les había adelantado sin que se dieran cuenta.

– Por eso dije «Oh, cielos» -comentó sin que fuera, en opinión de Kate, dar más explicaciones.

– Pagará por esto -prometió Kate entre dientes.

La sonrisita de él decía más que cualquier palabra.

Y entonces ella se fue colina abajo. Soltó una sonora maldición, decididamente poco femenina, cuando se percató de que su bola había quedado alojada debajo de un seto.

Media hora después, Kate aún iba dos aros por detrás del penúltimo jugador. Anthony iba ganando, lo cual le fastidiaba muchísimo. La única cosa favorable era que estaba tan rezagada que no tenía que su rostro de regodeo.

Luego, mientras esperaba su turno haciendo girar los pulgares, (poco más podía hacer, ya que ningún otro jugador quedaba ni remotamente cerca de ella), oyó que Anthony soltaba un grito ofendido.

Esto atrajo de inmediato su atención.

Sonriendo ante la expectativa de que hubiera sucedido alguna desgracia, miró a su alrededor con ansia hasta que avistó la bola rosa volando sobre la hierba directamente hacia ella.

– ¡Uh! -gorjeó Kate. Dio un salto y se apartó con rapidez a un lado para no perder un dedo del pie.

Cuando volvió a alzar la vista, vio a Colin brincando en el aire y su mazo elevándose hacia arriba mientras gritaba exultante:

– ¡Yuhu!

Anthony puso cara de querer destripar a su hermano allí mismo.

Kate también habría ejecutado la danza de la victoria. Ya que no podía ganar, lo mejor era saber que Anthony tampoco podría vencer, sólo que ahora él volvía a quedarse retrasado junto a ella durante varios turnos. Y aunque su soledad no era la cosa más entretenida del mundo, era mejor que tener que conversar con él.

De todos modos fue difícil no mostrar un poco de petulancia cuando Anthony se acercó hacia ella pisoteando la hierba, con el ceño fruncido como si una nube de tormenta acabara de instalarse en su cerebro.

– Ha sido mala suerte, milord -murmuró Kate.

La fulminó con la mirada.

Ella suspiró, sólo para dar efecto, por supuesto.

– Estoy segura de que aún conseguirá situarse en segundo o tercer lugar.

Él se inclinó hacia delante con gesto amenazador y profirió un sonido que se parecía demasiado a un bufido.

– ¡Señorita Sheffield! -El chillido impaciente de Colin llegó desde lo alto de la colina-. ¡Es su turno!

– Sí, claro -dijo mientras analizaba los posibles disparos. Podía apuntar al siguiente aro o podía intentar a su vez sabotear a Anthony.

Por desgracia, la bola de él no tocaba la suya, de modo que no podía intentar la maniobra de pisar la bola, empleada antes por Anthony con ella. Era mejor para ella, con la suerte que tenía, acabaría fallando del todo y en vez de dar a la bola se rompería el pie o algo así.

– Decisiones, decisiones -murmuró Kate.

El vizconde se cruzó de brazos.

– La única manera que tiene de arruinarme la partida es arruinar la suya también.

– Cierto -admitió ella. Si quería enviar la bola de él al quinto pino, tenía que renunciar también a la suya, pues no le quedaba otro remedio que golpear primero la suya con todas sus fuerzas para conseguir que la de Anthony se moviera. Sólo el cielo sabía dónde acabaría.

– Pero -alzó la vista para mirarle y sonrió con gesto inocente- de cualquier modo, en realidad no tengo ninguna posibilidad de ganar esta partida.

– Podría acabar segunda o tercera -intentó él.

Kate sacudió la cabeza.

– Poco probable, ¿no le parece? Estoy tan retrasada, de hecho, y ya casi nos acercamos al final…

– No querrá hacer eso, señorita Sheffield -le advirtió.

– Oh -dijo con gran sentimiento-. Sí quiero, de verdad, quiero. -Y en ese momento, con la sonrisa más maligna que habían esbozado sus labios en la vida, echó hacia atrás el mazo y propinó un porrazo a su bola con cada gramo de emoción que había dentro ella. Ésta dio a la bola de Anthony con una fuerza sorprendente y la mandó volando colina abajo.

Y más abajo…

Y más…

Directamente dentro del lago.

Boquiabierta de deleite, Kate se quedó mirando durante un momento cómo se hundía la bola rosa en el lago. Luego algo se propagó por su interior, una emoción extraña y primitiva, y antes de que supiera qué le sucedía, estaba saltando como una loca al tiempo que gritaba:

– ¡Sí! ¡Sí! ¡He ganado!

– No ha ganado -soltó Anthony con brusquedad.

– Oh, pero es como si ganara -se regodeó ella.

Colin y Daphne, que habían bajado corriendo por la colina, se detuvieron en seco delante de ellos.

– ¡Bien hecho, señorita Sheffield! – exclamó Colin -. Sabía que se merecía el mazo de la muerte.

– ¡Genial! – reconoció Daphne -. Totalmente genial.

A Anthony, por supuesto, no le quedó otra opción que cruzarse de brazos y fruncir el ceño con furia.

Colin le dio a Kate una palmada simpática en la espalda.

– ¿Está segura de que no es una Bridgerton disfrazada? Ha estado de verdad a la altura del espíritu del juego.

– No podría haberlo hecho sin su ayuda -le dijo Kate muy cortés-. Si no hubiera enviado su bola colina abajo…

– Tenía la esperanza de que recogiera las riendas de su destrucción – explicó Colin.

El duque finalmente se aproximó acompañado de Edwina.

– Un final de partida realmente asombroso -comentó.

– Aún no ha acabado -recalcó Daphne.

Su marido le dedicó una mirada divertida.

– Seguir jugando parece ahora bastante decepcionante, ¿no creen?

Por sorprendente que fuera, incluso Colin se mostró conforme.

– Desde luego no puedo imaginar nada que lo supere.

Kate sonrió radiante.

El duque echó una mirada al cielo y comentó:

– Es más, está empezando a taparse. Quiero llevar a Daphne de vuelta a la casa antes de que empiece a llover. En su estado delicado, ya saben.

Kate miró llena de sorpresa a Daphne, quien había empezado a sonrojarse. No presentaba síntomas de estar embarazada.

– Muy bien -dijo Colin-. Propongo que pongamos fin a la partida y declaremos vencedora a la señorita Sheffield.

– Iba dos aros por detrás de todos los demás -objetó Kate.

– De cualquier modo -añadió Colin-, cualquier verdadero aficionado al palamallo Bridgerton entiende que enviar al lago la bola de Anthony es mucho más importante que meter la bola a través de los aros. Lo cual la convierte en nuestra campeona, señorita Sheffield. – Miró a su alrededor y luego directamente a Anthony-. ¿Alguien discrepa?

Nadie lo hizo, aunque Anthony parecía estar a punto de recurrir a la violencia.

– Excelente -dijo Colin-. En tal caso, la señorita Sheffield es nuestra ganadora, y Anthony, tú eres el perdedor.

Un extraño sonido amortiguado surgió de la boca de Kate, medio risa medio atragantamiento.

– Bien, alguien tenía que perder -dijo Colin con una mueca-. Es la tradición.

– Cierto -aprobó Daphne-. Somos una familia sanguinaria, pero nos gusta seguir la tradición.

– Estáis todos locos de remate, eso es lo que pasa -dijo en tono afable el duque-. Y dicho esto, Daphne y yo debemos despedirnos. Quiero que regrese antes de que empiece a llover. Confío en que a nadie le importará que nos vayamos sin ayudar a recoger las cosas.

Por supuesto, a nadie le importaba, y pronto el duque y la duquesa emprendieron el regreso en dirección a Aubrey Hall.

Edwina, que había permanecido callada durante la conversación (aunque observaba a los diversos Bridgerton como si hubieran escapado directamente de un manicomio) de pronto se aclaró la garganta.

– ¿Creen que debemos intentar recuperar la bola? -preguntó mirando colina abajo con ojos entrecerrados.

El resto del grupo contempló las aguas calmadas como si nunca hubieran considerado aquella noción tan singular.

– No parece que haya aterrizado en medio del lago -añadió- Bajó rodando, nada más. Es probable que se halle junto a la orilla.

Colin se rascó la cabeza. Anthony continuó con el ceño fruncido.

– Sin duda no querrán perder otra bola -insistió Edwina. Al ver que nadie se dignaba a responder, arrojó su mazo y levantó los brazos al aire diciendo-: ¡De acuerdo! Iré yo a buscar la estúpida bola.

Aquello por fin sacó a los hombres de su estupor, y los dos saltaron en su ayuda.

– No sea tonta señorita Sheffield -dijo Colin cortés, al tiempo que empezaba a caminar colina abajo-. Yo la cogeré.

– Por el amor de Dios -masculló Anthony-. Yo sacaré la maldita bola. – Se puso a descender la colina a zancadas y alcanzó enseguida a su hermano. Pese a toda su ira, en realidad no podía culpar a Kate de su acción. Él habría hecho lo mismo, aunque habría golpeado la bola con suficiente fuerza para hundirla directamente en medio del lago.

De todos modos, era de lo más humillante que le venciera una mujer, y en especial ella.

Llegó al borde del lago y lo inspeccionó. La bola rosa era tan chillona que tenía que verse a través del agua, contando con que hubiera caído en un fondo no demasiado profundo.

– ¿La ves? -preguntó Colin, quien se detuvo entonces a su lado. Anthony sacudió la cabeza.

– Es un color estúpido de todos modos. Nadie quiere jugar nunca con el rosa.

Colin expresó su conformidad con un ademán afirmativo.

– Incluso el púrpura era mejor -continuó Anthony mientras se desplazaba unos pasos hacia la derecha para inspeccionar otra franja de la orilla. De pronto alzó la vista y fulminó con la mirada a su hermano-. Y, veamos, ¿qué diantres ha sucedido con el mazo púrpura?

Colin se encogió de hombros.

– Y yo qué sé.

– Lo que yo sí sé -masculló Anthony- es que reaparecerá de forma milagrosa mañana por la noche entre los demás mazos de palamallo.

– Es probable que tengas razón -respondió Colin animado. Se movió un poco más allá de Anthony sin dejar de mirar al agua todo el rato-. Tal vez incluso esta tarde, si tenemos suerte.

– Un día de estos -dijo Anthony como si tal cosa- voy a matarte.

– De eso no tengo duda. -Colin inspeccionó el agua, luego de pronto indicó con su dedo índice-. ¡Mira! Ahí está.

En efecto, la bola rosa se había quedado dentro del agua poco profunda, a poco más de medio metro del borde del lago. Parecía no haber más de unos treinta centímetros de profundidad. Anthony maldijo en voz baja. Tendría que sacarse las botas y meterse en el agua. Daba la impresión de que Kate Sheffield siempre le obligaba a sacarse las botas y adentrarse en alguna masa de agua.

No, pensó cansinamente, cuando irrumpió en el Serpentine para var a Edwina, no tuvo tiempo de sacarse las botas. La piel se había quedado hecha una ruina. Su asistente casi se desmaya de horror al verlas.

Con un gemido se sentó en una roca y se sacó el calzado. Supuso que salvar a Edwina bien merecía un par de buenas botas. Salvar una estúpida bola rosa de palamallo… con franqueza, aquello ni siquiera merecía mojarse los pies.

– Parece que ya la tienes controlada -dijo Colin- de modo que me voy a ayudar a la señorita Sheffield a sacar los aros.

Anthony se limitó a sacudir la cabeza con resignación y se adentró en el agua.

– ¿Está fría? -Oyó una voz femenina.

Santo Dios, era ella. Se dio media vuelta. Kate Sheffield estaba de pie en la orilla.

– Pensaba que estaba recogiendo los aros -dijo con cierta irritación.

– Ésa es Edwina.

– Demasiadas señoritas Sheffield, desde luego -masculló en voz baja. Tenía que existir una ley que prohibiera que las hermanas se presentaran en sociedad durante una misma temporada.

– Perdón, ¿cómo ha dicho? -preguntó ella inclinado la cabeza a un lado.

– He dicho que está helada -mintió él.

– Oh, cuánto lo siento.

Eso atrajo la atención del vizconde.

– No, no lo siente -afirmó finalmente.

– Bueno, no -admitió-. No que haya perdido, eso no. Pero no era mi intención que se le helaran las puntas de los pies.

De repente Anthony se sintió dominado por el deseo demencial de ver las puntas de los pies de ella. Era un pensamiento horrible. No tenía ningún sentido desear a esa mujer. Ni siquiera le gustaba.

Suspiró. No era cierto. Supuso que le gustaba de alguna forma peculiar, paradójica. Y pensó, por extraño que pareciera, que tal vez él también le estuviera empezando a gustar de un modo paradójico.

– Habría hecho lo mismo en mi caso -continuó Kate.

Anthony no dijo nada, se limitó a seguir avanzando con cuidado.

– ¡Lo habría hecho! -insistió ella.

Él se inclinó hacia abajo y sacó la bola, mojándose también la manga. Maldición.

– Lo sé -contestó entonces.

– Oh -dijo Kate. Sonaba sorprendida, como si no esperara que él lo admitiera.

Anthony retrocedió por el agua para salir, agradecido de que la tierra de la orilla estuviera firme y apretada, y por lo tanto no se pegara a sus pies.

– Aquí tiene -dijo Kate mientras le tendía lo que parecía una manta-. Estaba en el cobertizo. Me paré a cogerla al bajar. Pensé que tal vez le hiciera falta algo para secarse los pies.

Anthony abrió la boca pero, por extraño que pareciera, no surgió ningún sonido. Por fin consiguió decir:

– Gracias. -Y cogió la manta de sus manos.

– No soy una persona tan terrible, ¿sabe? -le dijo Kate con una sonrisa.

– Yo tampoco.

– Tal vez -reconoció ella-, pero no debería haberse entretenido tanto con Edwina. Sé que lo hizo sólo para sacarme de quicio.

Él alzó una ceja mientras se sentaba en la roca para secarse 1os pies. Dejó la bola en el suelo a su lado.

– ¿No ha pensado que mi retraso tuviera algo que ver con el deseo de pasar un rato con la mujer a la que estoy considerando convertir en mi esposa?

Kate se ruborizó un poco, pero luego masculló:

– Tal vez sea lo más ególatra que he dicho en mi vida pero, no, creo que sólo quería irritarme a mi.

Tenía razón, por supuesto, pero él no iba a decírselo.

– Pues da la casualidad -explicó él- que fue Edwina quien se retrasó. Por qué, no lo sé. Consideré poco educado ir a buscarla a su habitación y exigirle que se diera prisa, de modo que esperé en mi despacho hasta que estuvo lista.

Se produjo un largo momento de silencio, luego Kate dijo:

– Gracias por explicármelo.

Él sonrió con gesto irónico.

– No soy una persona tan terrible, ¿sabe?

Ella suspiró.

– Lo sé.

Algo en su expresión de resignación hizo que Anthony sonriera.

– Pero ¿tal vez un poco terrible? -bromeó.

Ella se animó, era obvio que volver a las frivolidades hacía que le resultara más cómodo conversar con él.

– Oh, desde luego.

– Bien. Detesto ser aburrido.

Kate sonrió y le observó mientras se ponía los calcetines y las medias. Se acercó y cogió la bola rosa.

– Mejor llevo esto al cobertizo.

– ¿Por si acaso siento una necesidad incontrolable de arrojarla de nuevo al lago?

Ella asintió.

– Algo así.

– Muy bien. -Se levantó-. Entonces yo llevaré la manta.

– Un trato justo. -Se volvió para ascender por la ladera y entonces atisbó a Colin y Edwina desapareciendo en la distancia-. ¡Oh!

Anthony también se volvió con celeridad.

– ¿Qué pasa? Oh, ya veo. Parece que su hermana y mi hermano han decidido regresar sin nosotros.

Kate miró con un ceño a los hermanos errantes, luego encogió los hombros con resignación mientras empezaban a ascender con esfuerzo por la colina.

– Supongo que puedo tolerar su compañía durante unos minutos más si usted puede tolerar la mía.

Anthony no dijo nada y aquello sorprendió a Kate. Parecía el tipo de comentario para el que tendría una contestación ingeniosa y tal vez incluso mordaz. Le miró y luego apartó la vista con una leve sorpresa. Él la miraba del modo más extraño…

– ¿Todo… está todo bien, milord? -preguntó con vacilación.

Él asintió.

– Bien. -Pero sonaba bastante distraído.

El resto del trayecto hasta el cobertizo lo cubrieron en silencio. Kate dejó la bola rosa en su lugar en la carretilla de palamallo y advirtió que Colin y Edwina habían retirado todos los aros del recorrido y lo habían recogido todo, incluido el mazo púrpura y la bola a juego. Echó una mirada furtiva a Anthony y tuvo que sonreír. Era obvio por su ceño atribulado que él también se había dado cuenta.

– La manta va aquí, milord -le dijo con una mueca mal disimulada y se apartó de su camino.

Anthony se encogió de hombros.

– La llevaré a la casa. Hace falta lavarla bien.

Ella expresó su conformidad, cerraron la puerta y se fueron.

Capítulo 11

No hay nada como una situación de competición para sacar lo peor de un hombre…, o lo mejor de una mujer.

REVISTA DE SOCIEDAD DE LADY WHISTLEDOWN,

4 de mayo de 1814

Anthony iba silbando mientras caminaban sin ninguna prisa en dirección a la casa, observando de forma furtiva a Kate cuando ésta no miraba. Sin duda era también una mujer verdaderamente atractiva. No entendía por qué siempre le sorprendía esto, pero era así. Cada vez que la recordaba, su imagen no estaba a la altura de la realidad cautivadora de su rostro. Siempre estaba en movimiento, siempre sonriendo, frunciendo el ceño o los labios. Nunca conseguía mantener la expresión plácida y serena a la que debían aspirar las damas jóvenes.

Anthony había caído en la misma trampa que el resto de la sociedad: pensar en ella sólo en función de su hermana pequeña. Y Edwina enía una belleza tan asombrosa y sorprendente, tan prodigiosa, que cualquiera que se encontrara cerca de ella no podía evitar quedarse en segundo plano. Era difícil, admitió Anthony, mirar a otra persona cuando Edwina estaba presente.

Y no obstante…

Frunció el ceño. Y no obstante, en la práctica no había dedicado ni un vistazo a Edwina durante toda la partida de palamallo. Esto tal vez fuera comprensible porque se trataba del palamallo Bridgerton modalidad que sacaba lo peor de cualquiera con ese apellido. Diablos, seguramente no habría dedicado ni una mirada al príncipe regente si se hubiera dignado a jugar con ellos.

Pero aquella explicación no colaba, pues su mente estaba repleta de otras imágenes. Kate doblándose sobre el mazo con el rostro tenso de concentración. Kate riéndose cuando alguien fallaba un disparo. Kate vitoreando a Edwina cuando su bola atravesaba rodando el aro; un rasgo muy Bridgerton aquel. Y, por supuesto, Kate sonriendo con malicia en aquel último segundo antes de enviar la bola volando hasta el lago.

Estaba claro que, aunque no hubiera dedicado ni un vistazo a Edwina, había observado mucho a Kate.

Aquello debería alarmarle.

Volvió a echar una ojeada en su dirección. Esta vez su rostro estaba algo inclinado hacia el cielo, que miraba con ceño fruncido.

– ¿Ocurre algo? -preguntó con cortesia. Ella sacudió la cabeza.

– Sólo me preguntaba si va a llover.

Él también alzó la vista.

– De momento, no, imagino.

Kate asintió despacio con conformidad.

– Detesto la lluvia.

Algo en la expresión de su rostro, que le recordó un poco a niña frustrada de tres años, provocó una risa en Anthony.

– Pues vive en el país equivocado señorita Sheffield.

Se volvió a él con mirada avergonzada.

– No me importa que caiga una lluvia suave. Sólo me disgusta cuando se vuelve violenta.

– Yo siempre he disfrutado bastante con las tormentas eléctricas.

Kate le lanzó una mirada sorprendida, pero no dijo nada, luego volvió a bajar la mirada a los guijarros del camino. Iba dando pataditas a un guijarro mientras andaba, de vez en cuando rompía el paso o se apartaba a un lado para poder darle otra patada y mantener la piedra por delante de ella. Había algo encantador y hasta dulce en aquello, la manera en que su pie enfundado en una bota aparecía por debajo del dobladillo del vestido a intervalos regulares y alcanzaba el guijarro.

Anthony la miró con curiosidad, olvidándose de apartar la mirada cuando ella se volvió.

– ¿Cree que…? ¿Por qué me mira así? -preguntó.

– ¿Que si creo qué? -respondió él, pasando por alto aposta la segunda parte de la pregunta.

Ella formó una línea malhumorada con los labios. Anthony sintió que los suyos le temblaban de ganas de sonreír.

– ¿Se está riendo de mí? -preguntó ella con desconfianza.

Él negó con la cabeza.

Los pies de Kate se detuvieron.

– Yo creo que sí.

– Le aseguro -contestó él, aunque a él también le sonó como si quisiera reírse- que no me río de usted.

– Miente.

– No… -Tuvo que pararse. Si seguía hablando, sabía que estallaría en carcajadas. Y lo más extraño era que… no tenía ningún indicio del motivo.

– Oh, por el amor de Dios -balbuceó-. ¿Cuál es el problema?

Anthony se hundió contra el tronco de un olmo próximo, todo su cuerpo temblaba con su alborozo apenas contenido.

Kate plantó las manos en las caderas, la expresión en su rostro era en parte curiosidad, en parte furia.

– ¿Qué es tan gracioso?

Por fin él cedió a las carcajadas y apenas consiguió encoger los hombros.

– No sé -dijo entre jadeos-. La expresión de su rostro… es…

Él advirtió que ella sonreía. Le encantó que ella sonriera.

– Pues la expresión de su rostro no es que sea demasiado seria, milord -comentó ella.

– Oh, estoy convencido. -Respiró profundamente unas cuantas veces y entonces, cuando estuvo seguro de que había recuperado el control, se enderezó. Volvió a echar una rápida ojeada al rostro de Kate, todavía con un vago gesto de desconfianza, y de pronto comprendió que necesitaba saber qué pensaba ella de él.

No podía esperar al día siguiente. No podía esperar hasta la noche.

No estaba seguro de cómo había llegado a esta situación, pero su buena opinión significaba mucho para él. Por supuesto necesitaba su aprobación para el cortejo de Edwina -que tan abandonado tenía- pero había más en todo aquello. Ella le había insultado, casi le había hundido en el Serpentine, le había humillado al palamallo, y de todos modos ansiaba su buena opinión.

Anthony no podía recordar la última vez en que la consideración de alguien había significado tanto para él y, con franqueza, era humillante.

– Creo que me debe un favor -dijo, y se apartó del árbol para incorporarse. La mente le zumbaba. Tenía que ser inteligente en esto. Tenía que conseguir enterarse qué pensaba ella. Y, de todos modos, no quería que supiera cuánto significaba para él. No hasta que Anthony mismo entendiera por qué significaba tanto para él.

– Disculpe, ¿cómo ha dicho?

– Una prenda. Por la partida de palamallo.

Kate soltó un resoplido femenino mientras se apoyaba en el árbol y se cruzaba de brazos.

– Si alguien debe aquí una prenda a otra persona, es usted a mi. Yo gané al fin y al cabo.

– Ah, pero yo he sido el humillado.

– Cierto -accedió.

– No sería propio de usted -le dijo él con voz extremadamente seca- haberse resistido a reconocer la verdad.

Kate le dedicó una mirada recatada:

– Una dama debe ser sincera en todo.

Cuando Kate alzó de nuevo la vista para mirarle, un extremo de la boca de Anthony formaba una sonrisa de complicidad.

– Confiaba en que dijera algo parecido.

– ¿Y eso por qué?

– Porque mi prenda, señorita Sheffield es hacerle una pregunta, la pregunta que yo escoja. Y debe ser sincera en su respuesta. -El conde plantó una mano en el tronco del árbol, bastante cerca del rostro de Kate, y se inclinó hacia delante. De pronto ella se sintió atrapada, pese a que sería bastante fácil alejarse corriendo.

Con cierta consternación, y temblando de excitación, Kate se percató de que la tenía atrapada con sus ojos, que se clavaban oscuros y ardientes en los de ella.

– ¿Cree que podrá hacerlo, señorita Sheffield? -murmuró.

– ¿C-cuál es la pregunta? -inquirió, sin darse cuenta de que estaba susurrando hasta que se oyó la voz, entrecortada y crepitante como el viento.

Él ladeó la cabeza un poco más.

– Ahora, recuerde, tiene que contestar con franqueza.

Ella asintió. En honor a la verdad, no estaba del todo convencida de que fuera capaz de moverse.

Anthony se inclinó hacia delante, no tanto como para notar su aliento pero lo bastante cerca como para que ella tiritara.

– Ésta, señorita Sheffield, es mí pregunta.

Los labios de Kate se separaron.

– ¿Aún -se acercó un poco más- me -y otro centímetro más- odia?

Kate tragó saliva con nerviosismo. Fuera cuál fuera la pregunta que ella esperara, no era ésa. Se lamió los labios preparándose para contestar, pese a no tener ni idea de lo que iba a decir, pero no surgió ningún sonido de su garganta.

Los labios del vizconde se curvaron formando una sonrisa lenta, masculina.

– Me tomaré eso como un no.

Y entonces, con una brusquedad que dejó a Kate aturdida, se apartó con ímpetu del árbol y dijo con aire enérgico:

– Bien, entonces creo que ya es hora de que volvamos adentro y nos preparemos para la velada de esta noche, ¿no le parece?

Kate se hundió contra el árbol, totalmente vacía de energía.

– ¿Prefiere permanecer afuera un momento más? -Anthony se plantó las manos en las caderas y alzó la vista al cielo con actitud pragmática y eficiente, completamente diferente del seductor lento, perezoso, de hacía diez segundos-. Como quiera. No parece que vaya a llover después de todo. Al menos no durante las próximas horas.

Ella se le quedó mirando. O bien él había perdido la cabeza o a ella se le había olvidado hablar. O ambas cosas.

– Muy bien. Siempre he admirado a las mujeres que saben apreciar un poco de aire fresco. ¿La veo en la cena entonces?

Kate hizo un gesto de asentimiento. Le sorprendió incluso haber conseguido hacer ese leve movimiento.

– Excelente. -Estiró el brazo y, tomando la mano de Kate, depositó un beso abrasador en el interior de su muñeca, sobre la única franja de carne desnuda que asomaba entre el guante y el dobladillo de la manga.

– Hasta esta noche, señorita Sheffield.

Y luego se fue a buen paso, y la dejó con una peculiar sensación, como si acabara de suceder algo bastante importante.

Pero podría jurar por su propia vida que no tenía ni idea de qué.

Aquella noche a las siete y media, Kate consideró ponerse horriblemente enferma. A las ocho menos cuarto había definido mejor cuál sería su indisposición, decidiendo sufrir un ataque. Pero cuando faltaban cinco minutos para la hora y sonó la campanilla que avisaba a los invitados del momento de reunirse en el salón, levantó los hombros y salió de su dormitorio al pasillo para reunirse con Mary.

Se negaba a ser una cobarde.

No era una cobarde.

Y sería capaz de superar aquella noche. Aparte, se dijo a sí misma, era imposible que se sentara en algún lugar próximo a lord Bridgerton. Era un vizconde y el cabeza de familia, por consiguiente se sentaría en la cabecera de la mesa. Como hija del segundo hijo de un barón, su rango era mínimo en comparación al de otros invitados, sin duda la sentarían tan lejos que ni tan siquiera tendría posibilidades de verle sin coger tortícolis.

Edwina, que compartía habitación con Kate, ya había salido. Estaba en la habitación de Mary para ayudarle a escoger un collar, por lo tanto Kate se encontró sola al salir al pasillo. Suponía que podía entrar en la habitación de Mary y esperar allí con las dos, pero no sentía demasiadas ganas de conversar, y Edwina ya había advertido antes el extraño humor reflexivo de Mary. Lo último que Kate necesitaba era una tanda de «¿Qué será lo que le pasa?».

Y la verdad era que Kate ni siquiera sabía qué le pasaba. Lo único que sabía era que aquella tarde algo había cambiado entre ella y el conde. Algo era diferente y no tenía reparos en admitir (al menos para sí misma) que estaba asustaba.

Lo cual era normal, ¿verdad? La gente siempre tenía miedo a lo que no entendía.

Y era indiscutible que Kate no entendía al vizconde.

Pero justo cuando empezaba a disfrutar de veras de su soledad, la puerta situada al otro lado del pasillo se abrió y por ella salió otra joven. Kate la reconoció al instante: era Penelope Featherington, la pequeña de las tres afamadas hermanas Featherington, bien, de las que se habían presentado en sociedad. Kate había oído que existía una cuarta que aún estaba en la escuela.

Para su desgracia, las hermanas Featherington eran famosas por su poco éxito en el mercado matrimonial. Prudence y Philippa habían sido presentadas hacía ya tres años y no habían conseguido ni una proposición entre las dos. Para Penelope ya era su segunda temporada y por lo general se la encontraba en los actos sociales intentando evitar a su madre y hermanas, quienes eran consideradas universalmente unas tontainas.

A Kate siempre le había caído bien Penelope. Se había establecido un vínculo especial entre ellas ya que ambas habían sido acribilladas por lady Confidencia por llevar vestidos de colores que no les favorecían.

Kate advirtió con un suspiro de tristeza que el vestido de seda amarillo limón que Penelope llevaba le daba un aspecto irremediablemente cetrino a la pobre muchacha. Y si aquello no era suficiente, estaba confeccionado con un exceso de volantes y detalles. Penélope era alta, y estaba claro que aquel vestido la agobiaba.

Era una pena, porque podría ser bastante atractiva si alguien lograra convencer a su madre de que no se acercara a la modista y dejara a Penelope escoger su propia ropa. Su rostro era bastante agradable, con el cutis pálido de las pelirrojas, sólo que su cabello era más caoba que rojo, y puestos a ser precisos, era más castaño cobrizo que caoba.

Se llamara como se llamara aquel tono de pelo, pensó Kate con consternación, no iba con el amarillo limón.

– ¡Kate! -saludó Penélope tras cerrar la puerta tras ella-. Qué sorpresa. No estaba enterada de que hubieras venido.

Kate asintió.

– Creo que nos enviaron una invitación de última hora. Coincidimos con lady Bridgerton la semana pasada.

– Bien, sé que acabo de decir que estaba sorprendida, pero la verdad es que no lo estoy. Lord Bridgerton le ha estado prestando mucha atención a tu hermana.

Kate se acaloró.

– Eh… s-sí -contestó tartamudeando de pronto-. Así es.

– Eso es al menos lo que dicen los cotilleos – continuó Penélope-. Pero, claro, una no siempre puede creer esas cosas.

– Que yo sepa, lady Confidencia se ha equivocado pocas veces -dijo Kate.

Penelope se encogió de hombros y luego miró su vestido con disgusto.

– Ciertamente nunca se equivoca conmigo.

– Oh, no seas tonta -se apresuró a decir Kate, pero ambas sabían que sólo estaba siendo amable.

Penelope sacudió la cabeza con aire cansino.

– Mi madre está convencida de que el amarillo es el color de la felicidad y que una chica feliz acabará atrapando marido.

– Oh, cielos -dijo Kate soltando una risita.

– Lo que no entiende -continuó Penelope con ironia- es que ese amarillo de la felicidad a mí me hace parecer bastante infeliz y en realidad repele a los caballeros.

– ¿Nunca le has sugerido el verde? – indagó Kate -. Creo estarías genial de verde.

Penelope negó con la cabeza.

– No le gusta el verde. Dice que es melancólico.

– ¿El verde? -exclamó Kate con incredulidad.

– Ya no intento entenderla.

Kate, que iba vestida de verde, sostuvo la manga cerca del rostro de Penelope e intentó tapar el amarillo lo mejor que pudo.

– Todo tu rostro se ilumina -comentó.

– No me digas eso. Sólo servirá para que el amarillo me resulte más penoso.

Kate le dedicó una sonrisa comprensiva.

– Te prestaría uno de los míos, pero me temo que lo arrastrías por el suelo.

Penelope le hizo un ademán con la mano para declinar su oferta.

– Es muy amable por tu parte, pero me he resignado a aceptar mi destino. Al menos este año es mejor que el pasado.

Kate arqueó una ceja.

– Oh, claro. No estabas el año pasado. -Penelope se estremeció-. Pesaba casi trece quilos más que ahora.

– ¿Trece quilos? -repitió Kate. No podía creerlo.

Penelope asintió y puso una mueca.

– La gordita. Supliqué a mamá que no me obligara a presentarme en sociedad hasta cumplir los dieciocho, pero ella pensaba que me iría bien empezar con tiempo.

Kate sólo necesitó una mirada al rostro de Penelope para saber que no le había ido nada bien. Sentía cierta afinidad con la muchacha pese a que Penelope era casi tres años más joven que ella. Ambas conocían aquella sensación singular de no ser la chica más popular del lugar, conocían la expresión exacta que adquiere tu rostro cuando nadie te pide un baile pero quieres que parezca que no te importa.

– Digo yo -dijo Penelope-, ¿por qué no bajamos nosotras dos juntas a cenar? Perece que tu familia y la mía se retrasan.

Kate no tenía demasiada prisa por llegar al salón y encontrarse en la inevitable compañía de lord Bridgerton, pero esperar a Mary y Edwina retardaría la tortura tan sólo unos minutos, de modo que perfectamente podía bajar con Penelope, pensó.

La dos asomaron las cabezas por las habitaciones de sus respectivas madres y les informaron del cambio de planes; luego se cogieron del brazo y se fueron por el pasillo.

Cuando llegaron al salón, buena parte de la concurrencia ya estaba allí presente, formando corros y charlando mientras esperaban a que bajara el resto de invitados. Kate, que nunca antes había asistido a una de estas reuniones campestres, advirtió con sorpresa que casi todo el mundo parecía más relajado y un poco más animado que en Londres. Debía de ser el aire fresco, pensó con una sonrisa. O tal vez la distancia relajaba las normas estrictas de la capital. Fuera lo que fuera, decidió que prefería este ambiente al de cualquier cena en Londres.

Vio a lord Bridgerton al otro lado de la estancia. O más bien pensó que le había visto. En cuanto le avistó de pie junto a la chimenea, ella mantuvo la mirada escrupulosamente apartada.

Pero de todos modos le notaba. Era consciente de que tenía que estar loca, pero juraría que sabía cuándo ladeaba la cabeza y que le oía cuando hablaba o se reía.

Y desde luego sabía cuándo tenía la mirada puesta en su espalda. Era como si el cuello fuera a encendérsele en llamas.

– No me había percatado de que lady Bridgerton hubiera invitado a tanta gente -dijo Penelope.

Con cuidado de mantener la vista alejada de la chimenea, recorrió la habitación con la mirada para ver quién estaba allí.

– Oh, no -medio susurró, medio gimió Penelope-. Cress Cowper está aquí.

Kate siguió discretamente la mirada de Penelope. Si Edwina tenía alguna rival al título de belleza reinante de 1814, ésa era Cress Cowper. Alta, delgada, con pelo color miel y destelleantes ojos verdes, casi nunca se la veía sin su pequeño enjambre de admiradores. Pero si Edwina era amable y generosa, Cressida era, en opinión Kate, una bruja egoísta de malos modales que se divertía atormentando a los demás.

– Me odia -susurró Penelope.

– Odia a todo el mundo -contestó Kate.

– Ya, pero a mí me odia de verdad.

– ¿Y eso por qué? -Kate se volvió a su amiga con ojos curiosos-. ¿Qué podrías haberle hecho?

– Tropecé con ella el año pasado y por mi culpa derramó todo el ponche encima… de ella y del duque de Ashbourne.

– ¿Eso es todo?

Penelope entornó los ojos.

– Fue suficiente para Cressida. Está convencida de que el duque, le habría propuesto en matrimonio si ella no hubiera parecido tuan torpe en aquel momento.

Kate soltó un resoplido que ni siquiera intentó que sonara femenino.

– Ashbourne no es tan fácil de atrapar. Eso lo sabe todo el mundo Casi es tan calavera como Bridgerton.

– Quien probablemente acabará casándose este año -le recordó Penelope-. Si los chismorreos no fallan.

– Bah -se mofó Kate-. La propia lady Confidencia escribió que no pensaba que fuera a casarse este año.

– Eso fue hace semanas -contestó Penelope con un ademán disuasorio-. Lady Confidencia cambia de opinión todo el rato. Aparte, a todo el mundo le resulta obvio que el vizconde está cortejando a tu hermana.

Kate se mordió la lengua para no mascullar un «no me lo recuerdes».

Pero su gesto de dolor quedó disimulado por el susurro ronco de Penelope:

– Oh, no, viene hacia aquí -refiriéndose a Cressida.

Kate le dio un apretujón tranquilizador.

– No te preocupes por ella. No es mejor que tú.

Penelope le lanzó una mirada llena de sarcasmo.

– Eso ya lo sé. Pero eso no hace que sea menos desagradable. Y siempre se empeña en que yo le haga caso.

– Kate, Penelope -gorjeó Cressida, situándose al lado de ellas, tras lo cual sacudió con afectación su brillante cabello.

– Qué sorpresa veros aquí.

– ¿Y eso por qué? -preguntó Kate.

Cressida pestañeó, era obvio que le sorprendía incluso que Kate cuestionara su declaración.

– Bien -dijo despacio-, supongo que no es tanta sorpresa verte a ti, ya que tu hermana está muy solicitada y todos sabemos que tienes que ir adonde ella vaya, pero la presencia de Penelope… -Se encogió de hombros con delicadeza-. Bien, ¿quién soy yo para juzgar? Lady Bridgerton es una mujer muy generosa.

Fue un comentario tan descortés que Kate no pudo evitar quedarse boquiabierta. Y mientras miraba escandalizada a Cressida, ésta se dispuso a rematar:

– Qué vestido tan precioso -dijo con una sonrisa tan dulce que Kate hubiera jurado que el aire sabía a azúcar-. Me encanta el amarillo -añadió pasando la mano por su propio vestido amarillo pálido-. Hace falta un cutis especial para poder llevarlo, ¿no crees?

Kate apretó los dientes. Por descontado, Cressida estaba espléndida con su vestido. Cressida estaría fantástica incluso envuelta en arpillera.

Cressida volvió a sonreír, esta vez le recordó a Kate a una serpiente, luego se volvió lentamente para hacer una señal a alguien situado al otro lado de la estancia.

– ¡Oh, Grimston, Grimston! ¡Acérquese un momento aquí!

Kate miró por encima del hombro para ver a Basil Grimston que se acercaba a ellas y apenas consiguió contener un gruñido. Grimston era el equivalente masculino a Cressida: maleducado, superficial y engreído. Por qué le habría invitado una dama tan encantadora como la vizcondesa de Bridgerton era algo que nunca sabría. Probablemente para equilibrar el amplio número de señoritas invitadas a su casa.

Grimston acudió hasta allí y estiró un extremo de su boca para esbozar una sonrisa burlona.

– Su servidor -dijo a Cressida después de dedicar a Kate y a Penelope una fugaz mirada de desdén.

– ¿No le parece que la querida Penelope está guapísima con vestido? – preguntó Cressida -. El amarillo tiene que ser sin duda el color de la temporada.

Grimston llevó a cabo un examen insultante de Penelope, desde alto de su cabeza a la punta de los pies y otra vez hasta arriba. Apenas movió la cabeza, nada más dejó que sus ojos recorrieran de arriba abajo su cuerpo. Kate contuvo un acceso de repugnancia que estuvo a punto de provocarle una oleada de náuseas. Más que nada, sintió ganas de rodear con sus brazos a Penelope y estrechar a la pobre muchacha. Pero tanta atención sólo serviría para destacarla como alguien débil y fácil de intimidar.

Cuando Grimston acabó por fin su maleducada inspección, se volvió hacia Cressida y se encogió de hombros, como si no se le ocurriera algo elogioso que decir.

– ¿No tiene ningún otro sitio adonde ir? -soltó Kate.

Cressida la miró consternada.

– Caray, señorita Sheffield, me cuesta tolerar su impertinencia. El señor Grimston y yo sólo estábamos admirando el aspecto de Penelope. Ese tono amarillo favorece mucho su cutis. Y es tan encantador ver que tiene tan buen aspecto después de cómo estaba el año pasado.

– Y tanto que sí -corroboró Grimston arrastrando las sílabas. Su tono empalagoso hizo que Kate se sintiera verdaderamente sucia.

Kate notaba a Penelope temblando a su lado. Confió en que fuera de rabia y no de dolor.

– No puedo imaginarme a qué se refiere -dijo Kate con tono gélido.

– Vaya, seguro que lo sabe -intervino Grimston, con ojos centelleantes de deleite. Se inclinó hacia delante y entonces dijo en un susurro más resonante que su tono habitual, lo suficientemente alto como para que mucha gente pudiera oírle-. Estaba gorda.

Kate abrió la boca para soltar una respuesta cáustica, pero antes de que pudiera articular palabra, Cressida añadió:

– Qué lástima tan terrible, porque el año pasado había muchos más hombres en la ciudad. Por supuesto, a muchas de nosotras no nos falta nunca una pareja de baile, pero me da pena la pobre Penélope cuando la veo sentada con las matronas.

– Las matronas -dijo entonces Penelope entre dientes- a menudo son las únicas personas con un atisbo de inteligencia en la sala.

Kate sintió ganas de saltar y vitorearla.

Cressida profirió un entrecortado «Oh», como si tuviera algún derecho a sentirse ofendida.

– De todos modos, una no puede evitar… ¡Oh! ¡Lord Bridgerton!

Kate se apartó a un lado para permitir que el vizconde se agregar al pequeño círculo y advirtió con asco cómo cambiaba la actitud de Cressida. Empezó a agitar los párpados y la boca formó un pequeño arco de cupido.

Era tan atroz que Kate olvidó su cohibición en presencia del vizconde.

Bridgerton dedicó una dura mirada a Cressida pero no le dijo nada. En vez de ello, se volvió de forma bastante intencionada hacia Kate y Penelope y murmuró sus nombres para saludarlas.

Kate casi se queda boquiabierta de regocijo. ¡Vaya corte le había dado a Cressida Cowper!

– Señorita Sheffield -dijo con tono suave-, espero que nos disculpará si acompaño a la señorita Featherington al comedor.

– ¡Pero no puede acompañarla a ella! -soltó Cressida de forma abrupta.

Bridgerton le dedicó una mirada gélida.

– Lo siento -dijo con una voz que dejaba claro que menos lamentarlo podía sentir cualquier cosa-. ¿Acaso la he incluido a usted en nuestra conversación?

Cressida retrocedió, era obvio que muy avergonzada por aquel arranque suyo tan impropio instantes antes. De todos modos, lo cierto era que el hecho de que Bridgerton acompañara a Penelope contravenía todas las normas. Como cabeza de familia, su deber era acompañar a la dama de jerarquía más elevada presente en la reunión. Kate no estaba segura de a quién le correspondía tal honor en aquella ocasión, pero desde luego no se trataba de Penelope, cuyo padre no tenía ningún título.

Bridgerton ofreció su brazo a Penelope al tiempo que daba la espalda a Cressida.

– No aguanto a las bravuconas, ¿y usted? -murmuró.

Kate se tapó la boca con las manos, pero no pudo contener una risita. Bridgerton le dedicó una breve mirada de complicidad por encima de la cabeza de Penelope, y en aquel momento Kate tuvo la extraña sensación de entender por completo a este hombre.

Pero aún más extraño le pareció… que de repente no estuviera segura de que el vizconde fuera ese desalmado y censurable mujeriego que con demasiada facilidad había creído que era.

Capítulo 12

Un hombre encantador es algo divertido, y un hombre atractivo,por supuesto, es algo digno de contemplar. Pero un hombre de honor… ay, Querido Lector, tras él deberían ir las damas más jóvenes.

REVISTA DE SOCIEDAD DE LADY WHISTLEDOWN,

2 de mayo de 1814

Más tarde, aquella misma noche, después de que acabara la cena y los hombres se retiraran a tomar sus oportos antes de volver a reunirse con las damas con expresión de superioridad en el rostro, como si acabaran de hablar de cosas más transcendentes que del caballo con más probabilidades de ganar la Royal Ascot; después de que los invitados hubieran jugado unas rondas de charadas a veces tediosas y a veces más animadas; después de que lady Bridgerton se aclarara la garganta y sugiriera con discreción que tal vez fuera hora de retirarse; después de que las damas cogieran las velas y se retiraran a sus camas; después de que los caballeros supuestamente las siguieran…

Kate no podía dormir.

Estaba claro que iba a ser una de esas noches mirando-todas-las-grietas-del-techo. Sólo que no había grietas en el techo en Aubrey Hall. Y la luna ni siquiera había salido, de modo que no entraba luz alguna a través de las cortinas, lo cual significaba que aunque hubiera habido rendijas, no sería capaz de verlas, y…

Kate soltó un gemido mientras retiraba las colchas para levantarse. Uno de esos días iba a tener que aprender alguna manera de obligar a su cerebro a dejar de correr en ocho direcciones diferentes al mismo tiempo. Había estado tumbada en la cama durante casi una hora, mirando la noche oscura, impenetrable, y cerrando los ojos de vez en cuando para intentar disponerse a dormir.

No había funcionado.

No podía dejar de pensar en la expresión del rostro de Penelope Featherington cuando el vizconde había acudido en su rescate. Kate estaba segura de que su propia expresión sería bastante similar: un poco de asombro, un poco de alegría y un mucho de estar a punto de fundirse sobre el suelo en aquel mismo instante.

Bridgerton había estado así de magnífico.

Kate había pasado todo el día observando a los Bridgerton o relacionándose con ellos. Y una cosa había sacado en claro: todo lo que había oído sobre Anthony y su devoción por la familia…, era del todo cierto.

Y aunque no estaba demasiado dispuesta a cambiar su opinión de que era un mujeriego y un vividor, estaba empezando a comprender que podía ser todo eso y también algo más.

Algo bueno.

Y, aunque admitía que le costaba mucho ser del todo objetiva en aquel tema, ese algo precisamente no lo descalificaba como potencial marido para Edwina.

Oh, ¿por qué, por qué, por qué tenía que ser agradable? ¿Por qué no podía seguir siendo el libertino meloso pero superficial que tan fácil le había resultado creer que era? Ahora se trataba de otra persona por completo diferente, alguien por quien ella temía sentir de hecho cierto afecto.

Kate sintió que se sonrojaba incluso en la oscuridad. Tenía que dejar de pensar en Anthony Bridgerton. A este paso no iba a poder dormir nada en toda una semana.

Tal vez si tuviera algo para leer… Había visto una biblioteca bastante grande y amplia aquella misma tarde, sin duda los Bridgerton tendrían allí algún tomo con el que quedarse dormida.

Se puso la bata y se fue de puntillas hasta la puerta, con cuidado de no despertar a Edwina. Tampoco es que aquello fuera complicado. Edwina siempre había dormido como un lirón. Según Mary, dormía toda la noche como una criatura desde el día en que nació.

Kate metió los pies en un par de zapatillas y luego salió deprisa al pasillo, con cuidado de mirar a un lado y a otro antes de cerrar la puerta tras ella. Era su primera visita a una reunión campestre, y lo último que quería era toparse con alguien de camino a un dormitorio que no fuese el suyo.

Si alguien tenía algún enredo con otra persona que no fuera su cónyuge, decidió Kate, no quería saber nada al respecto.

Un solo farol iluminaba el pasillo, proporcionando un destello mortecino y vacilante, al oscuro aire de la noche. Kate había cogido una vela al salir, de modo que se acercó y levantó la tapa del farol para encender su mecha. En cuanto la llama ardió con estabilidad, se dirigió hacia la escalera, asegurándose de detenerse en todas las esquinas para comprobar con cautela que no pasaba nadie.

Unos minutos después se encontraba en la biblioteca. No era grande para los patrones de la aristocracia, pero las paredes estaban cubiertas desde el suelo hasta el techo de estantes con libros. Kate empujó la puerta hasta dejarla casi cerrada -si alguien andaba levantado dando vueltas por ahí, no quería alertarle de su presencia con el chasquido de la puerta al cerrarse- y se acercó a la estantería más próxima para inspeccionar los títulos.

– Mmm -murmuró para sí misma mientras sacaba un libro y miraba la portada: «botánica». Le encantaba la jardinería, pero en cierto sentido un libro de texto sobre aquel tema no le parecía demasiado sugerente. ¿Debería buscar una novela, que atrapara su imaginación, o mejor se decidía por un texto árido, con más probabilidades de darle sueño?

Devolvió el libro a su sitio y pasó a la siguiente estantería, dejando la vela sobre una mesita próxima. Parecía la sección de filosofía.

– Decididamente no -farfulló, y deslizó un poco la vela sobre la mesa mientras pasaba a una estantería situada más a la derecha. La botánica podía darle sueño, pero era muy probable que la filosofía la dejase con un estupor que le duraría días.

Movió la vela un poco hacia la derecha y se inclinó hacia delante para examinar la siguiente hilera de libros cuando un relámpago, brillante y por completo inesperado, iluminó la habitación.

De sus pulmones surgió un breve y entrecortado grito, al mismo tiempo que ella daba un brinco hacia atrás y se pegaba de espaldas contra la mesa. Ahora no, suplicó en silencio, aquí no.

Pero mientras su mente formulaba esa última frase, toda la habitación explotó con el estruendo sordo de un trueno.

Y luego se hizo de nuevo la oscuridad, dejando a Kate temblorosa, agarrada con los dedos a la mesa con tal fuerza que las articulaciones se le quedaron trabadas. Detestaba esto. Oh, cuánto lo detesta Detestaba el ruido y la luz de los relámpagos, y la tensión chisporroteante en el aire, pero sobre todo detestaba la manera en que se sentía ella.

Tan aterrorizada que al final no pudo sentir nada en absoluto.

Había sido así toda su vida, o al menos desde que tenía memoria. De pequeña, su padre o Mary la consolaban cada vez que había una tormenta. Kate tenía recuerdos de uno de ellos sentado sobre el bor de su cama, sosteniéndole la mano y susurrando palabras tranquilizadoras mientras los truenos y los relámpagos estallaban con estrépito a su alrededor. Pero cuando se hizo mayor consiguió convencer a la gente de que había superado su problema. Oh, todo el mundo sabía que aún detestaba las tormentas, pero conseguía ocultar la medida de su terror.

Parecía una debilidad espantosa, sin causa aparente y, por desgracia, sin cura clara.

No oía lluvia contra las ventanas; tal vez la tormenta no fuera tan mala. Tal vez había empezado lo suficientemente lejana y ahora se alejaba aún más. Tal vez…

Otro destello iluminó la habitación y extrajo un segundo grito de los pulmones de Kate. En este momento los truenos se habían acercado más incluso que los relámpagos, lo cual indicaba que la tormenta se aproximaba.

Kate sintió que se echaba al suelo.

Era tan ruidoso. Demasiado ruidoso, y demasiado brillante y demasiado…

¡Boom!

Kate se metió debajo de la mesa, encogió las piernas y se rodeó las rodillas con los brazos, esperando aterrorizada la siguiente tronada.

Y entonces empezó a llover.

Era un poco más tarde de medianoche, y todos los invitados (por algún motivo seguían los horarios del campo en cierto modo) se habían ido a la cama. Pero Anthony seguía en su estudio, tamborileando con sus dedos sobre el borde de su escritorio al ritmo de la lluvia que golpeaba la ventana. De vez en cuando un relámpago iluminaba la habitación con un destello brillante y cada trueno era tan ruidoso e inesperado que daba un brinco en su silla.

Dios, le encantaban las tormentas…

Era difícil saber por qué. Tal vez sólo era la prueba del poder de la naturaleza sobre el hombre. Tal vez era la energía pura de la luz y el sonido que retumbaba a su alrededor. Fuera lo que fuera, hacía que se sintiera vivo.

No estaba especialmente cansado cuando su madre sugirió que todos se retiraran a descansar, por tanto le pareció una tontería no aprovechar estos pocos momentos de soledad para revisar los libros de Aubrey Hall que su administrador le había dejado. Dios sabía que su madre iba a tenerle al día siguiente ocupado cada minuto con actividades en las que también participarían candidatas al matrimonio.

Pero tras una hora de concienzudas comprobaciones, con golpecitos de la punta seca de la pluma contra cada número del libro de contabilidad mientras él sumaba y restaba, multiplicaba y de vez en cuando dividía, sus párpados empezaron a caerse.

Había sido un día largo, admitió mientras cerraba el libro y dejaba un pedazo de papel para marcar el sitio. Había pasado buena parte de la manana visitando a arrendatarios e inspeccionando edificios. Una familia necesitaba que le repararan la puerta. Otra tenía problemas para recoger las cosechas y pagar la renta, debido a la pierna rota del padre. Anthony había oído disputas e intentado poner solución, había admirado a bebés recién nacidos e incluso había ayudado a arreglar un techo con goteras. Todo formaba parte de su posición de terrateniente, y a él le gustaba. Pero era cansado.

La partida de palamallo había sido un interludio grato, pero en cuanto regresó a la casa se había visto sumergido en el papel de anfitrión de la fiesta de su madre. Lo cual había sido casi tan agotador como las visitas a los arrendatarios. Eloise apenas tenía diecisiete años y estaba claro que hacía falta que alguien la vigilara un poco, aquella lagarta de la Cowper había estado atormentando a la pobre Penelope Featherington, y alguien tenía que hacer algo al respecto y…

Y luego estaba Kate Sheffield.

La pesadilla de su existencia.

Y el objeto de sus deseos.

Todo al mismo tiempo.

Vaya barullo. Se suponía que estaba cortejando a su hermana, por el amor de Dios, Edwina. La belleza de la temporada. Preciosa sin parangón. Dulce y generosa, e incluso serena.

Y en su lugar no podía dejar de pensar en Kate. Kate por la que, por mucho que le enfureciera, no podía evitar sentir un gran respeto. ¿Cómo podía evitar admirar a alguien que se aferraba tanto a sus con vicciones? Y Anthony debía de admitir que el núcleo de sus convicciones -la devoción a su familia- era el principio que ella respetaba por encima de todos.

Con un bostezo, Anthony se levantó de detrás del escritorio y estiró los brazos. Sin duda ya era hora de irse a la cama. Con un poco de suerte se quedaría dormido en el momento en que su cabeza se apoyara en la almohada. Lo último que quería era encontrarse contemplando el techo, pensando en Kate.

Y de todo lo que quería hacerle a Kate.

Anthony cogió una vela y salió al pasillo vacío. Había algo reposado e intrigante en una casa en silencio. Pese a que la lluvia golpeaba contra los muros, podía oír cada chasquido de sus botas sobre el suelo: tacón, punta, tacón, punta. Y a excepción de cuando un relárnpago iluminaba el cielo, su vela proporcionaba la única iluminación. Disfrutaba bastante agitando la llama a un lado y a otro, observando el juego de sombras contra los muros y los muebles. Era una sensación bastante peculiar de control, pero…

Alzó una ceja con gesto intrigado. La puerta de la biblioteca estaba abierta unos pocos centímetros y podía distinguir una franja de pálida luz de vela relumbrando desde el interior.

Estaba del todo seguro que no quedaba nadie levantado. Y desde luego no se oía ningún ruido en la biblioteca. Alguien debía de haber entrado a por un libro y había dejado la vela encendida. Anthony frunció el ceño. Aquello era muy irresponsable. Un incendio podía devastar la casa con más rapidez que cualquier otra cosa, incluso en medio de una tormenta, y la biblioteca -llena a reventar de libros- era el lugar ideal para que prendiera una llama.

Abrió la puerta y entró en la estancia. Toda una pared de la biblioteca estaba ocupada por altas ventanas, de modo que el sonido de la lluvia era más intenso aquí que en el pasillo. Un trueno sacudió entonces el suelo y a continuación, prácticamente seguido, un relámpago atravesó la noche.

La electricidad del momento le hizo poner una mueca, y cruzó hasta donde la vela ofensiva se había quedado ardiendo. Se inclinó hacia delante, la sopló y luego…

Oyó algo.

Era el sonido de una respiración. Fatigosa, presa del pánico, con toque ligero de un quejido.

Anthony miró con atención.

– ¿Hay alguien ahí? -llamó. Pero no vio a nadie.

Luego lo volvió a oír. Llegaba desde abajo.

Sostuvo la vela con firmeza y se agachó para mirar debajo de la mesa.

Y se quedó sin gota de aliento.

– Dios mío -exclamó con un resuello-. Kate…

Estaba echa un ovillo, rodeándose las piernas con los brazos con tal fuerza que parecía a punto de partirse. Tenía la cabeza inclinada, las cavidades oculares sobre las rodillas y todo su cuerpo agitado por tensos y rápidos temblores.

A Anthony se le congeló la sangre. Nunca había visto a nadie temblar así.

– ¿Kate? -repitió y dejó la vela sobre el suelo para acercase. No distinguía si ella era capaz de oírle. Parecía estar retirada dentro de sí misma, desesperada por huir de algo. ¿Sería la tormenta? Había dicho que detestaba la lluvia, pero esto era algo más profundo. Anthony sabía que a la mayoría de gente no le deleitaban las tormentas eléctricas como a él, pero nunca había oído que alguien se quedara así.

Daba la impresión de que fuera a romperse en millones de fragmentos tan sólo con tocarla.

Un trueno sacudió la habitación, y su cuerpo se agitó con tal tormento que Anthony lo sintió en sus propias entrañas.

– Oh, Kate -susurró. Le rompía el corazón verla de ese modo. Áproximó su mano con cuidado y firmeza para tocarla, aun así no estaba seguro de que ella pudiera advertir su presencia; sorprenderla tal vez fuera igual que despertar a un sonámbulo.

Le puso la mano con delicadeza sobre la parte superior del brazo y le dio un mínimo apretón.

– Aquí estoy, Kate -murmuró-. No va a pasar nada.

Un relámpago rasgó la noche y alumbró la habitación con un pronunciado estallido de luz. Kate se encogió todavía más, si es que era posible apretar aún más el ovillo. Se le ocurrió pensar que ella intentaba sellar sus ojos manteniendo la cara contra las rodillas.

Anthony se acercó un poco más y tomó una de sus manos en la suya. Tenía la piel helada, los dedos rígidos de terror. Era difícil despegarle el brazo de sus piernas, pero logró llevarse la mano hasta boca y apretó sus labios contra su piel en un intento de calentarla.

– Aquí estoy, Kate -repitió, ni siquiera estaba seguro de qué otra cosa podía decir-. Aquí estoy, no va a pasar nada.

Finalmente consiguió meterse debajo de la mesa para poder sentarse a su lado en el suelo, con un brazo alrededor de sus hombros temblorosos. Ella pareció relajarse algo con su contacto, lo cual le proporcionó una extrañísima sensacion: sensación casi de orgullo por ser él quien conseguía ayudarla. Eso y una honda sensación de alivio ya que era insoportable verla sufrir aquel tormento.

Le susurró palabras tranquilizadoras al oído y con suavidad le acarició la espalda en un intento de darle consuelo con su mera presencia. Y poco a poco – muy poco a poco, no tenía ni idea cuántos minutos llevaba sentado debajo de la mesa con ella- sintió que sus agarrotados músculos empezaban a relajarse. Su piel perdió aquel tacto sudoroso y su respiración, aunque continuaba fatigosa, ya no sonaba tan espantada.

Tras un rato, cuando consideró que ella podía estar preparada, le tocó debajo de la barbilla con dos dedos, aplicando la presión más suave imaginable para levantar su rostro y verle los ojos.

– Mírame, Kate -le susurró, con voz amable pero cargada de autoridad-. Sólo con que me mires, sabrás que estás a salvo.

Los pequeños músculos que rodeaban sus ojos temblaron durante unos quince segundos antes de que por fin agitara los párpados. Estaba intentando abrir los ojos, pero éstos se resistían. Anthony tenía poca experiencia en este tipo de terror, pero encontraba cierta lógica en que sus ojos no quisieran abrirse, en que, así de sencillo, no quisieran ver lo que tanto miedo les infundía, fuera lo que fuera.

Tras varios segundos más de parpadeo, Kate consiguió abrir 1os ojos del todo y encontrar la mirada de él.

Anthony sintió que le daban un puñetazo en las tripas.

Si los ojos eran de verdad las ventanas del alma, algo se había hecho añicos en el interior de Kate Sheffield aquella noche. Parecía angustiada, atormentada, por completo perdida y desconcertada.

– No recuerdo -susurró con voz apenas audible.

Él le cogió la mano, aunque en ningún momento la había soltado, y volvió a acercarla a sus labios. Le dio un beso tierno, casi paternal en la palma.

– ¿No recuerdas el qué?

Ella negó con la cabeza.

– No lo sé.

– ¿Recuerdas haber venido a la biblioteca?

Ella asintió.

– ¿Recuerdas la tormenta?

Kate cerró los ojos durante un momento, como si el esfuerzo de mantenerlos abiertos requiriera más energía de la que poseía.

– Aún hay tormenta.

Anthony asintió. Era cierto. La lluvia aún daba en las ventanas con tanta ferocidad como antes, pero habían pasado varios minutos desde la última racha de truenos y relámpagos.

Le miró con ojos desesperados.

– No puedo… no sé…

Anthony le apretó la mano.

– No tienes que decir nada.

Notó que el cuerpo de Kate se estremecía y luego se relajaba, luego la oyó susurrar:

– Gracias.

– ¿Quieres que te hable? -preguntó.

Ella cerró los ojos, no con la misma fuerza de antes, y asintió.

Él sonrió, aunque sabía que ella no podía verle. Pero tal vez podía percibirle. Tal vez fuera capaz de oír la sonrisa en su voz.

– Pues bien -caviló-, ¿de qué puedo hablarte?

– De la casa -susurró ella.

– ¿De esta casa? -preguntó Anthony con sorpresa.

Ella volvió a hacer un ademán afirmativo.

– Muy bien -continuó él con una sensación absurda de complacencia porque ella se interesara por aquel montón de piedras y argamasa que tanto significaba para él-. Yo crecí aquí, sabes.

– Eso dijo tu madre.

Anthony sintió una chispa de algo cálido y poderoso en el pecho cuando ella habló. Él le había dicho que no tenía que decir nada, y era obvio que ella se había sentido agradecida, pero ahora estaba tomando parte activa en la conversación. Sin duda aquello tenía que significar que se encontraba mejor. Si abriera los ojos, y si no se encontrara debajo de la mesa, podría parecer casi normal.

Y era asombroso cuánto deseaba él ser la persona que le hiciera sentirse mejor.

– ¿Te apetece que te explique la vez en que mi hermano ahogó la muñeca favorita de mi hermana? -pregunto.

Ella negó con la cabeza, luego se estremeció cuando el viento cobró fuerza, lo que hizo que la lluvia diera contra las ventanas con ferocidad. Pero ella se armó de valor y dijo:

– Cuéntame algo de ti.

– De acuerdo -dijo Anthony despacio, intentando pasar por alto aquella sensación vaga e incómoda que se extendió por su pecho. Era mucho más fácil contar alguna historia de sus muchos hermanos que hablar de sí mismo.

– Háblame de tu padre.

Se quedó paralizado.

– ¿Mi padre?

Ella sonrió, pero la petición le había conmocionado demasiado como para advertirlo.

– Seguro que tuviste uno -dijo.

A Anthony se le hizo un nudo en la garganta. No hablaba a menudo de su padre, ni siquiera con su familia. Se había dicho a si mismo que era porque había llovido mucho desde entonces; hacía más de diez años que su padre estaba muerto. Pero la verdad era que algunas cosas dolían demasiado.

Y había algunas heridas que no cicatrizaban, ni siquiera en diez años.

– El… él fue un gran hombre -dijo con voz suave-. Un gran padre. Le quería mucho.

Kate se volvió para mirarle, la primera vez que encontraba su mirada desde que él le había alzado la barbilla con los dedos minutos antes.

– Tu madre habla de él con mucho afecto. Por eso he preguntado.

– Todos le queríamos -dijo sencillamente, y volvió la cabeza para mirar por la habitación. Su vista se centró en la pata de una silla, pero en realidad no la veía. No veía otra cosa que los recuerdos en su mente-. Era el mejor padre que un muchacho puede desear.

– ¿Cuándo murió?

– Hace once años. En verano. Cuando yo tenía dieciocho años. Justo antes de que me fuera a Oxford.

– Es una edad difícil para que un hombre pierda a su padre -murmuró ella.

Anthony se volvió de forma repentina hacia ella.

– Cualquier edad es difícil para que un hombre pierda a su padre.

– Por supuesto -se apresuró a corroborar ella-, pero hay veces peores que otras, creo. Y sin duda debe de ser diferente para los chicos y para las chicas. Mi padre falleció hace cinco años y le echo muchísimo de menos, pero no creo que sea lo mismo.

No hizo falta que Anthony formulara su pregunta. Estaba en sus ojos.

– Mi padre era encantador -explicó Kate, cuyos ojos se animaron con el recuerdo-. Amable y bondadoso, pero firme cuando hacía falta. Pero el padre de un muchacho… bien, tiene que enseñarle a su hijo a ser un hombre. Y perder a un padre a los dieciocho años, cuando empiezas a aprender todo lo que significa… -soltó una larga exhalación-. Es probable que sea presuntuoso por mi parte hablar de ello, puesto que no soy un hombre y no es posible que me ponga en su lugar, pero pienso que… -hizo una pausa y frunció los labios como si pensara las palabras-. Bien, pienso sencillamente que sería muy difícil.

– Mis hermanos tenían dieciséis, doce y dos años -dijo Anthony con tono tranquilo.

– Me imagino que para ellos también fue difícil -respondió-, aunque tu hermano pequeño es probable que no lo recuerde.

Anthony negó con la cabeza.

Kate sonrió con añoranza.

– Yo tampoco recuerdo a mi madre. Resulta raro.

– ¿Cuántos años tenías cuando murió?

– Había cumplido tres años. Mi padre se casó con Mary sólo unos pocos meses después. No guardó el periodo de luto apropiado, y algunos vecinos se escandalizaron un poco, pero pensó que yo necesitaba una madre y que eso era más importante que seguir costumbres en estos casos.

Por primera vez, Anthony se preguntó qué habría sucedido si hubiera sido su madre quien hubiera muerto y hubiera dejado a su padre con una casa llena de críos, varios de ellos niños pequeños. Para Edmund no habría resultado fácil. Para ninguno de ellos.

Y tampoco había sido fácil para Violet. Pero al menos ella tenía a Anthony, quien había sido capaz de asumir la responsabilidad de intentar hacer el papel de sustituto de su padre con los pequeños. Si Violet hubiera muerto, los Bridgerton habrían perdido por completo la figura materna. Al fin y al cabo, Daphne -la mayor de las hermanas Bridgerton- sólo tenía diez años cuando murió. Y Anthony estaba seguro de que su padre no se habría vuelto a casar.

Por mucho que su padre hubiera querido una madre para sus hijos, no habría sido capaz de buscar otra esposa.

– ¿De qué murió tu madre? -preguntó Anthony, sorprendido por la profundidad de su curiosidad.

– Gripe. O al menos eso creyeron. Podía haber sido cualquier tipo de dolencia pulmonar. -Apoyó la barbilla en la mano-. Sucedió muy rápido, por lo que me contaron. Mi padre dijo que yo también me puse enferma, aunque mi caso fue muy leve.

Anthony pensó en el hijo que esperaba tener algún día, precisamente el motivo de que hubiera decidido casarse por fin.

– ¿Echas de menos a una madre a la que nunca conociste? -preguntó en un susurro.

Kate consideró su pregunta durante un rato. Su voz había sonado con una urgencia ronca que decía que había algo crítico en su respuesta. No podía imaginarse el motivo, pero estaba claro que algo de la infancia de Kate le llegaba a él de forma especial.

– Sí -respondió ella finalmente- pero no de la manera que tú pensarías. En realidad no puedo echarla de menos porque no la conocí, pero de todos modos hay un agujero en tu vida: un gran punto vacío; y sabes a quién le correspondía estar ahí, aunque no puedas recordarla, aunque no sepas cómo era y, por tanto, aunque no sepas cómo habría llenado ese hueco. -Sus labios formaron una especie sonrisa triste-. ¿Tiene algún sentido lo que digo?

Anthony asintió con la cabeza.

– Tiene mucho sentido.

– Creo que perder a uno de tus padres cuando ya le conoces y le quieres es más duro – añadió Kate -. Y lo sé, porque he perdido a los dos.

– Lo siento -dijo él en voz baja.

– No pasa nada -le tranquilizó-. Ese viejo dicho «el tiempo lo cura todo» es muy cierto.

Él la miro con fijeza, Kate se percató por su expresión de que no estaba conforme con eso.

– La verdad es que es más difícil cuando ya eres mayor. Tienes la suerte de haberles conocido, pero el dolor de la pérdida es mucho más intenso.

– Fue como perder un brazo -susurró Anthony.

Kate asintió con gesto grave, en cierto modo sabía que él no había hablado de su dolor con mucha gente. Se relamió los labios con nerviosismo, los tenía bastante secos. Era extraño lo que sucedía. Afuera podía estar cayendo toda la lluvia del mundo, y ahí estaba ella, requeteseca.

– Tal vez fue mejor para mí -continuó Kate con voz tranquila- perder a mi madre tan joven. Y Mary ha sido maravillosa. Me quiere como a una hija. De hecho… -Se calló en mitad de la frase, sorprendida por sus ojos de repente húmedos. Cuando por fin encontró de nuevo su voz, habló en un susurro emotivo-. De hecho, ni una sola vez ha hecho diferencias con Edwina. No… no creo que hubiera podido querer más a mi propia madre.

Los ojos de Anthony ardían mientras la miraba.

– Me alegro muchísimo -dijo con voz grave e intensa.

Kate tragó saliva.

– A veces resulta extraño. Mary visita la tumba de mi madre, sólo para contarle cómo me va. En realidad es muy tierno. Cuando yo era pequeña, solía ir con ella y le contaba a mi madre cómo lo estaba haciendo Mary.

Anthony sonrió.

– ¿Y tu informe era favorable?

– Siempre.

Durante un momento mantuvieron un silencio amigable, ambos miraban la llama de la vela, observaban cómo caía la cera desde la mecha a la palmatoria. Cuando la cuarta gota de cera descendía por la vela, deslizándose por la columna hasta endurecerse, Kate se volvió a Anthony y le dijo:

– Estoy segura de que te sueno de un optimista inaguantable, pero creo que tiene que haber un plan general en la vida.

Él se volvió y arqueó una ceja.

– Al final, todo funciona en realidad -explicó-. Yo perdí a madre, pero gané a Mary. Y a una hermana a la que quiero con locura. Y…

Un relámpago iluminó la habitación. Kate se mordió el labio e intentó obligarse a respirar de forma lenta y regular por la nariz. El trueno iba a llegar, pero estaba preparada y…

La habitación se sacudió con el estruendo, pero fue capaz de mantener los ojos abiertos.

Soltó una larga exhalación y se permitió una sonrisa de orgullo. No había sido tan difícil. Desde luego que no había sido divertido pero tampoco algo imposible. Tal vez fuera la presencia tranquilizadora de Anthony junto a ella o simplemente tenía que ver con que la tormenta se alejaba, pero lo había superado sin que el corazón le saltara del pecho.

– ¿Te encuentras bien? -preguntó Anthony.

Kate le miró, y algo en su interior se fundió al ver la mirada de inquietud en su rostro. Fuera lo que fuera lo que él hubiera hecho el pasado, por mucho que hubieran discutido y se hubieran peleado, en este momento, él de verdad se preocupaba por ella.

– Sí -dijo, y oyó la sorpresa en su voz pese a que no lo pretendía-. Sí, creo que sí.

Él le apretó la mano.

– ¿Desde cuándo has estado así?

– ¿Esta noche o en mi vida?

– Las dos cosas.

– Esta noche desde el primer trueno. Me pongo bastante nerviosa cuando empieza a llover, pero mientras no haya truenos y relámpagos, lo aguanto bien. En sí no es la lluvia lo que me trastorna, sólo el temor a que vaya a más. -Tragó saliva y se humedeció los labios secos antes de continuar-. En cuanto a la otra pregunta, no recuerdo ninguna época en que las tormentas no me aterrorizaran. Creo que forma parte de mí. Es bastante ridículo, lo sé…

– No es ridículo -interrumpió él.

– Es muy considerado que pienses así -dijo ella sonriendo medio avergonzada-, pero te equivocas. No hay nada más ridículo que tener miedo a algo sin ningún motivo.

– A veces -dijo Anthony con voz titubeante-, a veces nuestros temores responden a motivos que no sabemos explicar. A veces se trata de algo que sentimos en las entrañas, algo que sabemos que es cierto, pero que a cualquier otra persona le parecería ridículo.

Kate le miró fijamente, observó sus ojos oscuros iluminados por la vacilante luz de la vela, y contuvo el aliento al detectar un destello de dolor durante un breve segundo antes de que él apartara la mirada. Supo con cada fibra de su ser que no hablaba de algo intangible. Hablaba de sus propios temores, de algo muy específico que le obsesionaba a cada minuto del día.

Algo sobre lo que no tenía ningún derecho a preguntar. Aunque lo deseaba -oh, cuánto lo deseaba-, deseaba que cuando él estuviera preparado para hacer frente a sus temores, ella pudiera estar ahí para ayudarle.

Pero eso no iba a suceder. Él iba a casarse con otra persona, tal vez la misma Edwina, y sólo su esposa tendría derecho a hablarle de cuestiones tan personales.

– Creo que tal vez ya estoy lista para regresar a mi habitación – dijo. De pronto era demasiado duro encontrarse en su presencia, demasiado doloroso saber que él le pertenecería a alguien más.

Lo labios de Anthony se curvaron formando una sonrisa juvenil.

– ¿Quieres decir que por fin puedo salir de debajo de esta mesa?

– ¡Oh, cielos! -Se pegó una de las manos a la mejilla con expresión avergonzada-. Lo siento tanto. Me temo que he olvidado hace rato dónde estábamos sentados. Debes de pensar que soy una tonta.

Él negó con la cabeza, pero seguía sonriendo.

– Una tonta, nunca, Kate Sheffield. Ni siquiera cuando pensaba que eras la criatura femenina más insufrible del planeta, tenía dudas acerca de tu inteligencia.

Kate, que había empezado a salir de debajo de la mesa, se quedó quieta.

– Ahora mismo no sé si debo sentirme halagada o insultada por esa afirmación.

– Es probable que las dos cosas -admitió él-, pero en favor de la amistad, decidamos que es un halago.

Kate se volvió a mirarle. Era consciente de que presentaba una imagen peculiar allí a cuatro patas, pero el momento parecía demasiado importante como para demorar aquella pregunta:

– Entonces ¿somos amigos? -preguntó en un susurro.

Él asintió con la cabeza.

– Es difícil de creer, pero me parece que sí.

Kate sonrió y aceptó su mano para levantarse y quedarse de pie.

– Me alegro. En realidad…, en realidad no es usted el diablo yo había pensado.

Anthony alzó una de sus cejas, y de pronto su rostro adoptó una expresión muy maliciosa.

– Bien, tal vez lo sea -corrigió ella pensando que era posible que fuera el mujeriego y vividor que afirmaba el resto de la sociedad -. Pero es posible que también sea una persona bastante agradable.

– Agradable suena demasiado insulso -comentó él con aire meditativo.

– Agradable -dijo ella con énfasis- es agradable. Y teniendo en cuenta mi antigua opinión de ti, deberías estar encantado con el cumplido.

Anthony se rió.

– Hay una cosa de ti, Kate Sheffield, que sí que es cierta: nunca eres aburrida.

– Aburrida suena demasiado insulso -repitió.

Él sonrió con gesto sincero, no la curva irónica que empleaba en las funciones sociales sino algo auténtico. De pronto Kate notó un nudo en la garganta.

– Me temo que no puedo acompañarte de regreso a tu habitación. Si alguien se topara con nosotros a esta hora…

Kate hizo un gesto de asentimiento. Habían forjado un amistad insólita, pero no quería que la obligaran a casarse con él, ¿no era cierto? Y no hacía falta decir que él no quería casarse con ella.

Anthony puso una mueca.

– Especialmente teniendo en cuenta cómo vas vestida…

Kate bajó la vista y soltó un resuello mientras se ajustaba un poco la bata. Había olvidado por completo que no iba vestida de forma apropiada. Era cierto que su ropa de noche no era atrevida ni reveladora, sobre todo su gruesa bata, pero no dejaba de ser ropa noche.

– ¿Te encontrarás bien? -le preguntó con voz suave-. Aún llueve.

Kate se detuvo y escuchó la lluvia, que había amainado y golpeaba con suavidad las ventanas.

– Creo que ya ha pasado la tormenta.

Él hizo un gesto de conformidad y se asomó a mirar al pasillo.

– Vacío -dijo.

– Debo irme.

Anthony se hizo a un lado para dejarla pasar.

Ella se adelantó, pero cuando llegó al umbral, se detuvo para volverse.

– ¿Lord Bridgerton?

– Anthony -dijo él-. Llámame Anthony. Creo que yo ya te he llamado Kate.

– ¿Ah sí?

– Cuando te encontré. -Hizo un ademán con la mano-. Creo que no oíste nada de lo que dije.

– Probablemente estés en lo cierto, Anthony. -Sonrió con vacilación. Su nombre sonaba extraño en su lengua.

Él se inclinó un poco hacia delante con una luz peculiar, casi maliciosa en sus ojos.

– Kate -dijo él como respuesta.

– Sólo quería decir gracias -dijo ella-. Por ayudarme esta noche. Yo… -se aclaró la garganta-. Habría sido mucho más difícil sin ti.

– No he hecho nada -dijo con aspereza.

– No, lo has hecho todo. Y entonces, antes de que sintiera la tentación de quedarse, se apresuró por el pasillo y luego continuó por la escalera.

Capítulo 13

Hay poco de lo que informar en Londres con tanta gente pasando unos días en Kent, en la reunión campestre de los Bridgerton. Esta Autora tan sólo puede imaginarse todos los chismes que pronto llegarán a la ciudad. ¿Habrá un escándalo, verdad? Siempre hay un escándalo en una reunión campestre.

REVISTA DE SOCIEDAD DE LADY WHISTLEDOWN,

4 de mayo de 1814

La mañana siguiente era ese tipo de mañana que por lo común seguía a una tormenta violenta: clara y luminosa, pero con una buena húmeda bruma que se pegaba fría y refrescante a la piel.

Anthony no era consciente del clima pues había pasado la mayor parte de la noche contemplando la oscuridad y viendo tan sólo el rostro de Kate. Al final se había quedado dormido cuando los primeros rayos del amanecer tocaban el cielo. Para cuando se despertó ya era más de mediodía, pero no se sentía descansado. Su cuerpo estaba envuelto por una mezcla de agotamiento y energía nerviosa. Le pesaban los párpados y tenía los ojos inexpresivos en sus cuencas, pero no obstante los dedos no dejaban de tamborilear sobre la cama, se desplazaban hacia el borde como si ellos solos pudieran sacarle de allí y ponerle en pie.

Pero cuando su estómago gimió con tal sonoridad que pudo jurar que el yeso del techo había temblado ante sus ojos, se levantó tambaleante y se puso la bata. Con un fuerte bostezo, abriendo mucho la boca, se acercó hasta la ventana, no porque buscara algo o a alguien en particular, sino porque la vista era preferible a cualquier otra cosa que viera en su cuarto.

Y aún así, un cuarto de segundo antes de mirar abajo y contemplar el terreno, en cierto modo sabía lo que iba a ver.

Kate. Cruzando el césped con lentitud, con mucha más lentitud que en cualquier otra ocasión anterior. Normalmente caminaba como si participara en una carrera.

Estaba demasiado alejada como para que le viera el rostro; distinguía una sección del perfil, la curva de su mejilla. Y aun así, no podía apartar los ojos de ella. Había tanta magia en su forma: una gracia extraña en la manera en que balanceaba el brazo mientras caminaba, un arte en la postura de sus hombros…

Caminaba en dirección al jardín, se percató.

Y supo que tenía que reunirse con ella.

El clima continuó en aquel estado contradictorio durante la mayor parte del día, dividiendo a los invitados a la reunión campestre por la mitad entre los que insistían en que el brillante sol llamaba a participar en actividades al aire libre, y quienes evitaban la hierba mojada y el aire humedo para buscar el ambiente más cálido y seco del salón.

Kate se situaba claramente entre el primer grupo, aunque no estaba de humor para buscar compañía. El estado de su mente era demasiado reflexivo como para entablar conversaciones corteses con gente que apenas conocía, así que se escabulló una vez más hasta los jardines espectaculares de lady Bridgerton y buscó un lugar tranquilo en un banco próximo a la pérgola de rosas. La piedra estaba fría y todavía un poco húmeda debajo de su trasero, pero como no había dormido lo que se dice bien la noche anterior, se encontraba cansada y aquello era mejor que estar de pie.

Con un suspiro se percató de que se trataba casi del único sitio donde podía estar a solas. Si continuaba dentro de la casa, sin duda se vería arrastrada a unirse al grupo de damas que charlaban en el salón mientras les escribían cartas a sus amigos y familiares, o aún peor, se vería atrapada en el corro de las damas que se habían retirado al invernadero para trabajar en sus bordados.

En cuanto a los entusiastas de las actividades al aire libre, también se habían dividido en dos grupos. Uno se había marchado al pueblo para hacer compras y ver las atracciones que pudieran encontrar allí, y el otro había partido a dar un paseo hasta el lago. Puesto que Kate no tenía ningún interés en comprar (y ya estaba bastante familiarizada con el lago), había evitado también ambas compañías.

De ahí su soledad en el jardín.

Permaneció sentada durante varios minutos, con la mirada perdida en el espacio, los ojos enfocados ciegamente en un capullo cerrado en un rosal próximo. Era agradable encontrarse a solas, sin tener que taparse la boca o disimular los sonoros ruidos soñolientos que hacía cuando bostezaba. Era agradable estar a solas, donde nadie fuera a comentar las ojeras bajo sus ojos o su quietud poco común o su poca conversacion.

Agradable era estar a solas allí, poder sentarse e intentar aclarar su lío de pensamientos acerca del vizconde. Era una tarea sobrecogedora, que hubiera preferido posponer, pero a la que tenía que hacer frente.

Aunque en realidad no había mucho que aclarar. Porque todo lo que había sabido en los últimos días dirigía su conciencia en una única y singular dirección. Sabía que ya no podía oponerse al cortejo de Edwina por parte de Bridgerton.

En los días anteriores él había demostrado ser sensible, comprensivo y un hombre de principios. Incluso heroico, pensó con un atisbo de sonrisa mientras se acordaba de la luz en los ojos de Penélope Featherington cuando él la salvó de las garras verbales de Crecida Cowper.

Sentía devoción por su familia.

Había aprovechado su posición social y su poder no para tratar a alguien con prepotencia sino para librar del insulto a otra persona.

La había ayudado a superar uno de sus ataques de pánico con una gentileza y sensibilidad que, analizado ahora con la mente despejada, la dejaba admirada.

Tal vez hubiera sido un mujeriego y un vividor -tal vez aún lo era- pero estaba claro que su conducta en ese sentido no era lo único que le caracterizaba. Y la única objeción que tenía Kate para que él no se casara con Edwina era…

Tragó saliva dolorosamente. Tenía un nudo en la garganta tamaño de una bala de cañón.

Porque en lo más profundo de su corazón, lo quería para ella misma.

Pero eso era egoísta, y Kate se había pasado la vida intentando ser altruista, y sabía que nunca podría pedir a Edwina que no se casara con Anthony por un motivo así. Si Edwina supiera que Kate estaba encaprichada mínimamente del vizconde, pondría fin al cortejo. ¿Y qué objeto tendría aquello? Anthony encontraría alguna otra candidata hermosa a la que seguir. En Londres había de sobras para escoger.

No es que él la fuera a cortejar en vez de a su hermana, así pues, ¿qué ganaba impidiendo un enlace entre él y Edwina?

Nada aparte de la agonía de tener que verle casado con su propia hermana. Y eso se desvanecería con el tiempo, ¿verdad que sí? Tenía que ser así; ella misma había dicho la noche anterior que el tiempo curaba todas las heridas. Aparte, lo más probable era que le doliera lo mismo verle casado con alguna otra dama; la única diferencia sería que ella no tendría que verle durante las festividades, bautizos y cosas por el estilo.

Kate soltó un suspiro. Un suspiro largo, triste, cansino, que le dejó sin aire los pulmones y los hombros hundidos, en una postura cada vez más decaída.

Le dolía el corazón.

Y entonces una voz llenó sus oídos. Su voz, grave y suave, como un cálido remolino en torno a ella.

– Santo cielo, qué aspecto tan serio.

Kate se levantó de forma tan repentina que la parte posterior de sus piernas chocó contra el borde del banco de piedra. Aquello le hizo perder el equilibrio y dar un traspiés.

– Milord -exclamó.

Los labios de Anthony formaron un esbozo de sonrisa.

– Pensé que tal vez te encontraría aquí.

Kate abrió los ojos al darse cuenta de que él la había buscado forma deliberada. Su corazón también empezó a latir más deprisa, pero al menos aquello era algo que podía disimular.

Anthony echó una rápida ojeada al banco de piedra para indicarle que podía volver a sentarse sin más formalismos.

– A decir verdad, te he visto desde mi ventana. Quería asegurarme de que te sentías mejor -dijo con tranquilidad.

Kate se sentó, la decepción se apoderó de su garganta. Tan sólo quería ser cortés. Por supuesto sólo estaba siendo cortés. Qué tontería por su parte soñar -aunque sólo fuera por un momento- que podría haber algo más. Por fin había acabado por comprender que él era una persona agradable, y cualquier persona agradable querría asegurarse de que ella se encontraba mejor después de lo que había sucedido o la noche anterior.

– Así es -contestó-. Mucho mejor. Gracias.

Aunque Bridgerton hubiera reparado en las frases vacilantes y entrecortadas de Kate, no mostró ninguna reacción discernible.

– Me alegro -contestó mientras se sentaba al lado de ella-. He estado preocupado por ti buena parte de la noche.

El corazón de Kate, que ya latía demasiado deprisa, dio entonces un brinco.

– ¿Ah sí?

– Por supuesto. ¿Cómo podía no estarlo?

Kate tragó saliva. Allí estaba, otra vez, aquella cortesía infernal. Oh, no ponía en duda que su interés y preocupación fueran reales y sinceros. Lo que le dolía era que respondieran a su amabilidad natural, no a un sentimiento especial por ella.

No es que hubiera esperado algo diferente. Pero de todos modos le resultaba imposible no sentir alguna esperanza.

– Siento haberle molestado a esas horas de la noche -se disculpó con voz suave, sobre todo porque pensaba que debía decírselo. La verdad era que se alegraba desesperadamente de que él hubiera estado allí.

– No seas tonta -dijo él enderezándose un poco y clavando en ella una mirada bastante severa-. No te podía imaginar sola durante toda la tormenta. Estoy contento de haber estado allí para consolarte.

– Normalmente aguanto sola las tormentas -admitió ella.

Anthony frunció el ceño.

– ¿Tu familia no te reconforta en esos momentos?

Ella adoptó un aspecto un poco avergonzado para decir:

– No saben que aún me dan miedo.

Bridgerton asintió con la cabeza.

– Ya veo. Hay veces en que… -Anthony hizo una pausa para aclararse la garganta, una táctica para desviar la atención que empleaba con frecuencia cuando no estaba del todo seguro de lo que quería decir-. Creo que te sentirías mejor si buscaras la ayuda de tu madre y tu hermana, pero sé que… -Se aclaró la garganta una vez más. Conocía bien la extraña y singular sensación de querer a tu familia hasta la locura y por otro lado no sentirte capaz de compartir ellos los temores más profundos e inextricables. Le producía una sensación de aislamiento, de estar muy solo en medio de una multitud ruidosa y cordial-. Sé -repitió intentando mantener la voz firme y contenida- que a veces resulta de lo más difícil compartir los temores de uno con aquellos a quienes amas de un modo más profundo.

Los ojos marrones de Kate, inteligentes, afectuosos e innegablemente perceptivos, se centraron en los de él durante una fracción de segundo, y Anthony tuvo el insólito pensamiento de que, de algún modo, ella lo sabía todo de él, hasta el último detalle: desde el momento de su nacimiento hasta su certidumbre acerca de su muerte prematura. En aquel instante parecía que ella, con su rostro inclinado hacia él y los labios algo separados, le conociera mejor que ninguna otra persona que hubiera caminado alguna vez sobre esta tierra.

Fue emocionante.

Pero más que eso, era aterrador.

– Eres un hombre muy sensato -comentó ella en un susurro.

A Anthony le llevó un momento recordar de qué habían estado hablando. Ah, sí, los miedos. Sabía de miedos. Intentó quitar importancia a su cumplido con una risa.

– La mayor parte del tiempo soy bastante disparatado.

Ella negó con la cabeza.

– No. Creo que, como dice el refrán, has dado justo en el clavo. Por supuesto, no se lo voy a contar a Mary ni a Edwina. No quiero preocuparlas. -Se mordisqueó el labio durante un momento; un movimiento gracioso con los dientes que a él le resultó extrañamente seductor-. Por supuesto -añadió ella-, para ser sincera, tengo que confesar que mis motivos no son del todo desinteresados. Sin duda parte de mis reparos tienen que ver con mi deseo de no mostrarles mi debilidad.

– No es un pecado tan terrible -murmuró.

– En lo relativo a pecados, supongo que no -dijo Kate con una sonrisa-. Pero me atrevería a adivinar que tú también sufres del mismo defecto.

No dijo nada, sólo expresó con la cabeza su conformidad.

– Todos tenemos nuestro papel en la vida -continuó ella- y el mío siempre ha sido ser fuerte y sensata. Esconderme debajo de la cama durante una tormenta eléctrica no es ninguna de las dos cosas.

– Tu hermana -continuó él con calma- es probable que sea mucho más fuerte de lo que piensas.

Kate volvió la mirada al rostro de él. ¿Intentaba decirle que se había enamorado de Edwina? Ya había halagado la belleza y elegancia de su hermana con anterioridad, pero nunca se había referido a su persona interior.

Kate estudió sus ojos todo lo que pudo, pero no encontró nada que le revelara sus verdaderos sentimientos.

– No quería dar a entender que no lo fuera -contestó tras un instante-. Pero soy su hermana mayor. Siempre he tenido que ser fuerte para ella. Mientras que ella sólo ha tenido que ser fuerte para sí misma. -Kate volvió a mirarle a los ojos y descubrió que él la observaba con una atención peculiar, casi como si él pudiera ver por debajo de su piel, hasta el interior de su propia alma-. Tú también eres el hermano mayor -dijo-. Estoy segura de que sabes a qué me refiero.

Él asintió con la cabeza, con ojos que parecían divertidos y resignados a la vez.

– Exactamente.

Kate le dedicó una mirada que sirvió de respuesta, el tipo de mirada que se lanzaban las personas que habían pasado por experiencias y trances similares. Y al tiempo que se sentía cada vez más relajada a su lado, casi como si pudiera hundirse contra él y enterrarse en el calor de su cuerpo, supo que no podía posponer su obligación más tiempo.

Tenía que comunicarle que había retirado su oposición a su relación con Edwina. No era justo que se lo guardara para ella, sólo porque quisiera quedarse con Anthony, aunque sólo fuera durante unos breves momentos perfectos justo ahí en el jardín.

Respiró hondo, enderezó los hombros y se volvió hacia él.

Y él la miró con expectación. Era obvio, al fin y al cabo, que tenia algo que decir.

Los labios de Kate se separaron. Pero nada surgió de su boca.

– ¿Sí? -preguntó él con aspecto bastante divertido.

– Milord -soltó ella.

– Anthony -le corrigió con afecto.

– Anthony -repitió mientras se preguntaba por qué el uso de su nombre de pila hacía esto más difícil-. Necesito hablar de algo contigo.

Él sonrió.

– Eso me parecía.

Los ojos de Kate parecieron ensimismarse de forma inexplicable en su pie derecho, que trazaba medialunas en el polvo del sendero.

– Es… mmm… sobre Edwina.

Anthony arqueó las cejas y siguió con la mirada su pie, que había dejado ya las medialunas y ahora dibujaba líneas serpenteantes.

– ¿Sucede algo con tu hermana? -se interesó con amabilidad.

Kate negó con la cabeza y volvió a alzar la vista.

– No, en absoluto. Creo que se encuentra en el salón, escribiendo una carta a nuestra prima de Somerset. A las damas les gusta hacer eso, ya sabes.

Él pestañeó.

– ¿Hacer qué?

– Escribir cartas. No se me da bien lo de escribir cartas -continuó, sus palabras salían de un modo precipitado y peculiar- ya que rara vez tengo suficiente paciencia como para permanecer quieta sentada delante del escritorio el tiempo necesario para escribir toda una carta. Por no mencionar que mi estilo es desastroso. Pero la mayoría de damas pasan una buena parte del día redactando misivas.

Él intentó no sonreír.

– ¿Querías advertirme de que a tu hermana le gusta escribir cartas?

– No, por supuesto que no -farfulló-. Sólo es que me has preguntado si estaba bien, y yo he contestado que, por supuesto, y te he contado dónde estaba, y luego hemos perdido por completo el hilo y…

Anthony puso una mano sobre la suya, y consiguió por fin interrumpirla.

– ¿Qué tenías que decirme, Kate?

La observó con interés mientras enderezaba los hombros y apretaba la barbilla. Parecía que se estuviera preparando para una tarea horrible. Luego, con una gran frase apresurada, dijo:

– Sólo quería que supieras que he retirado mis objeciones a tu petición de mano de Edwina.

De pronto, Anthony sintió su pecho un poco hundido.

– Ya… veo -dijo, no porque entendiera, sólo porque tenía que decir algo.

– Admito mis prejuicios contra usted -continuó rápida- pero he podido conocerle desde mi llegada a Aubrey Hall, y con toda conciencia, no puedo permitir que siga pensando que iba a interponerme en su camino. No… no sería justo por mi parte.

Anthony se quedó mirándola, sin palabras. Había algo deprimente, se percató débilmente, en el hecho de que ella aceptara que se casara con su hermana ya que había pasado la mayor parte de los dos últimos días combatiendo una necesidad imperiosa de besarla hasta dejarla sin sentido.

Por otro lado, ¿no era eso lo que él quería? Edwina sería una esposa perfecta.

Kate no.

Edwina cumplía con todos los criterios que él había establecido cuando decidió que por fin ya era hora de casarse.

Kate no.

Y desde luego no podía coquetear con Kate si su intención era casarse con Edwina.

Le estaba brindando lo que él quería, exactamente, se recordó, lo que él quería: Edwina se casaría con él la semana próxima con la bendición de su hermana si así lo deseaban.

Entonces ¿por qué diantres quería cogerla por los hombros y sacudirla y sacudirla y sacudirla hasta que retirara cada una de aquellas fastidiosas palabras?

Era aquella chispa. Aquella maldita chispa que nunca parecía apagarse entre ellos. Aquel espantoso hormigueo de reconocimiento que le consumía cada vez que ella entraba en una habitación o tomaba aliento o movía la punta del pie. Aquella desazón de saber que él sería capaz, si se daba la oportunidad, de amarla.

Que era lo que más miedo le daba del mundo.

Tal vez lo único a lo que tenía un miedo atroz.

Era irónico, pero la muerte no era algo que le asustara. La muerte no asustaba a un hombre que estuviera solo. El más allá no infundía ningún terror cuando alguien había conseguido evitar los vínculos terrenales.

El amor era algo verdaderamente espectacular y sagrado. Anthony lo sabía. Lo había visto cada día de su infancia, cada vez que sus padres se miraban o se tocaban la mano.

Pero el amor era el enemigo de un hombre que iba a morir. Era lo único que podía convertir el resto de años en algo intolerable: saborear la dicha y saber que todo le iba a ser arrebatado. Y era probable que ése fuera el motivo de que, cuando Anthony reaccionó finalmente a las palabras de Kate, no la estrechara en sus brazos y la besara hasta dejarla sin sentido, no apretara sus labios contra su oreja y le quemara la piel con su aliento, para asegurarse de que entendía que estaba loco por ella, no por su hermana.

Nunca por su hermana.

En vez de eso, continuó observándola sin inmutarse, con la mirada mucho más serena que su corazón, y dijo:

– Me tranquiliza. -Pero lo dijo con la extraña sensación de que en realidad no se encontraba allí sino que observaba toda la escena, nada más que una farsa, la verdad, desde fuera de su cuerpo, preguntándose en todo momento qué diantres estaba pasando.

Ella sonrió con debilidad y dijo:

– Pensaba que te tranquilizaría saberlo.

– Kate, yo…

Ella nunca supo qué pretendía decir. Para ser francos, él no estaba en absoluto seguro de lo que iba a decir. Ni siquiera se había percatado de que iba a hablar hasta que su nombre surgió de sus labios.

Pero sus palabras permanecerían para siempre acalladas, porque en aquel momento lo oyó.

Un zumbido grave. Un gemido, en realidad. Era el tipo de sonido que resultaba un tanto molesto a la mayoría de la gente. Para Anthony nada podía ser más aterrador.

– No te muevas -dijo en un susurro ronco a causa del temor

Kate entrecerró los ojos y, por supuesto, se movió, intentó volver la cabeza hacia él.

– ¿De qué hablas? ¿Qué sucede?

– Que no te muevas -repitió.

Kate desplazó la mirada a la izquierda, luego lo hizo su barbilla tan sólo medio centímetro.

– ¡Oh, sólo es una abeja! -Su rostro esbozó una mueca de alivio y alzó la mano para espantarla-. Por el amor de Dios, Anthony, no vuelvas a hacer eso. Por un momento me has asustado.

Anthony lanzó su mano para coger la muñeca de Kate con una fuerza dolorosa.

– He dicho que no te muevas -dijo entre dientes.

– Anthony -respondió ella riéndose-, es una abeja.

Él la obligó a quedarse inmóvil, la sujetaba con fuerza, incluso le hacía daño, y sus ojos no se apartaban en ningún momento de la asquerosa criatura, la observaban zumbando resuelta alrededor de la cabeza de Kate. Estaba paralizado de miedo, de furia y de algo más que no podía calificar con exactitud.

No es que no hubiera estado en contacto con abejas en los once años transcurridos desde la muerte de su padre. Al fin y al cabo, no se podía residir en Inglaterra y esperar evitarlas por completo.

Hasta ahora, de hecho, se había obligado a coquetear con ellas de un modo peculiar y fatalista. Siempre había sospechado que estaba condenado a seguir los pasos de su padre en todos los sentidos. Si un humilde insecto tenía que acabar con él, desde luego que él se mantendría firme, sin ceder terreno. Iba a morir más pronto o más… bien, más pronto, pero no iba a escapar corriendo de un maldito bicho. Y por lo tanto, cuando alguna abeja aparecía volando, se reía, se burlaba, maldecía, la espantaba con la mano y la desafiaba a contraatacar.

Y nunca le habían picado.

Pero al ver una volando tan cerca de Kate, rozándole el pelo y posándose sobre las mangas de encaje del vestido…, aquello era aterrador, le tenía casi hipnotizado. Su mente se desbocó y se imaginó el diminuto monstruo clavando su aguijón en su blanda piel, la vio a ella con problemas para respirar y cayéndose al suelo.

La vio aquí en Aubrey Hall, tendida en la misma cama que había servido de primer féretro a su padre.

– Continúa quieta -le susurró-. Vamos a levantarnos… despacio. Luego nos alejaremos andando poco a poco.

Anthony -dijo ella arrugando los ojos por la confusión y la impaciencia-, ¿qué te sucede?

Él le tiró de la mano en un intento de obligarla a levantarse, pero ella se resistió.

– Es una abeja -dijo con voz exasperada-. Deja de comportarte de forma tan extraña. Por el amor de Dios, no va a matarme.

Sus palabras pesaron en el aire, casi como objetos sólidos, listas para estrellarse contra el suelo y hacerse añicos. Luego, finalmente, cuando Anthony notó que su garganta se relajaba lo suficiente como para hablar, dijo con voz grave e intensa:

– Podría hacerlo.

Kate se quedó paralizada, no porque tuviera intención de seguir sus órdenes sino porque algo en su aspecto, algo en sus ojos, la espantó del todo. Parecía cambiado, poseído por algún demonio desconocido.

– Anthony -dijo con un tono de voz que esperaba que sonara firme y autoritario- suéltame la muñeca de inmediato.

Kate tiró, pero él no aflojó, y la abeja continuó zumbando sin pausa a su alrededor.

– ¡Anthony! -exclamó-. Para esto ahora…

El resto de la frase se perdió mientras ella conseguía finalmente estirar la mano hasta soltarla de su agobiante asimiento. La repentina liberación hizo que perdiera el equilibrio: sacudió los brazos como aspas y la parte interior del codo propinó un golpe a la abeja, que soltó un sonoro y furioso zumbido cuando la fuerza del batacazo la envió por el espacio, arrojándola sobre la franja de piel desnuda situada sobre el corpiño ribeteado de encaje de su vestido de tarde.

– Oh, por el amor de… ¡Uaaa! -Kate soltó un aullido mientras la abeja, sin duda enfurecida por el maltrato, hundía el aguijón en su carne-. Oh maldición -juró ella, abandonando cualquier pretensión de hablar con propiedad. Sólo era el aguijón de una abeja, por supuesto, nada que no hubiera padecido en el pasado, pero, puñetas, dolía – Oh, maldita sea -refunfuñó mientras empujaba la barbilla contra el pecho para poder mirar y obtener una vista mejor de la marca roja que empezaba a hincharse junto al ribete del corpiño-. Ahora tendré que ir a la casa a por un ungüento, y acabaré poniéndome perdida. -Con un resoplido de desdén, retiró del vestido la carcasa muerta de la abeja mientras mascullaba-: Bueno, al menos está muerta, la muy incordiante. Probablemente es la única justicia del…

Fue entonces cuando alzó la vista y descubrió el rostro de Anthony. Se había quedado blanco. No pálido, ni siquiera sin color, sino blanco.

– Oh, Dios mio -susurró él, y lo más extraño era que sus labios ni siquiera se movían-. Oh, Dios mío.

– ¿Anthony? – preguntó inclinándose hacia delante y olvidando por un instante la dolorosa picadura en su pecho -. Anthony, ¿qué sucede?

Fuera cual fuera el trance en que se encontrara, de pronto reaccionó, y saltó hacia delante, con una mano la cogió con brusquedad por los hombros mientras con la otra forcejeaba con el corpiño del vestido para retirarlo hacia abajo y despejar la zona de la herida.

– ¡Milord! – chilló Kate -. ¡Para!

Bridgerton no dijo nada, pero su respiración era entrecortada y rápida mientras la sujetaba contra el respaldo del banco, sosteniendo el vestido hacia abajo, no tanto como para revelar su seno, pero ciertamente más abajo de lo que permitía la decencia.

– ¡Anthony! -intentó de nuevo, con la esperanza de que si usaba su nombre de pila tal vez captara su atención. Éste no era el hombre que conocía; no era el que había estado sentado a su lado minutos antes. Estaba enloquecido y hacía caso omiso de sus protestas.

– ¿Vas a callarte? -dijo entre dientes, sin alzar la vista ni un solo momento. Tenía los ojos fijos en el círculo rojo e hinchado de su pecho y, con manos temblorosas, procedió a arrancar el aguijón de la piel.

– ¡Anthony, estoy bien! -insistió-. Que no…

Soltó un jadeo. Había movido levemente una de sus manos mientras empleaba la otra para sacar un pañuelo que tenía en el bolsillo y ahora le cogía todo el seno sin demasiada delicadeza.

– Anthony, ¿qué estás haciendo? -Intentó cogerle la mano para que parara aquello, pero él tenía mucha más fuerza.

Y la sujetó aún con más fuerza contra el respaldo del banco, con la palma apretada contra su pecho.

– ¡Estáte quieta! -ladró, luego cogió el pañuelo y empezó a apretar contra la picadura hinchada.

– ¿Qué estás haciendo? -preguntó Kate, aún intentando escabullirse.

Él no levantó la vista.

– Extraer el veneno.

– ¿Hay veneno?

– Debe de haberlo -masculló-. Tiene que haberlo. Algo te está matando.

Kate se quedó boquiabierta.

– ¿Que algo me está matando? ¿Estás loco? ¡Nada me está matando! Es una picadura de abeja.

Pero él no le hizo el menor caso, estaba demasiado concentrado en la tarea autoasignada de curar la herida.

– Anthony -dijo con voz apaciguadora en un intento de razonar con él-. Agradezco tu inquietud, pero me han picado abejas al menos media docena de veces y…

– A él también le habían picado antes -interrumpió.

Algo en su voz le provocó un escalofrío que recorrió toda su columna.

– ¿A quién? -preguntó en un susurro.

Él apretó con más firmeza la hinchazón y secó con unos toques el líquido claro que supuraba de la picadura.

– A mi padre -dijo con tono rotundo-. Y murió.

A Kate le costaba creer aquello.

– ¿Una abeja?

– Sí, una abeja -respondió con brusquedad-. ¿No me escuchas?

– Anthony, una abeja no puede matar a un hombre.

Él se detuvo de hecho durante un breve instante para dirigirle una rápida mirada. Una mirada dura, obsesiva.

– Te aseguro que puede -dijo con brusquedad.

Kate no podía creer que hablara en serio, pero tampoco pensaba que estuviera mintiendo, por lo tanto permaneció quieta durante un momento. Reconocía que la necesidad que él sentía de tratar la picadura de abeja era muy superior a su necesidad de escabullirse de sus cuidados.

– Sigue hinchada -balbuceó mientras apretaba con más fuerza el pañuelo-. Me parece que no lo he sacado todo.

– Estoy segura de que no me va a pasar nada -dijo con amabilidad, su ira se estaba convirtiendo casi en una preocupación maternal. Él tenía la frente arrugada por la concentración, y sus movimientos aún denotaban una energía frenética. Estaba agarrotado de miedo, se percató Kate, temeroso de que ella se quedara muerta allí mismo en el banco del jardín, derribada por una diminuta abeja.

Parecía incomprensible, pero no obstante era cierto.

Anthony sacudió la cabeza.

– No es suficiente -dijo con voz ronca-. Tengo que sacarlo del todo.

– Anthony, yo… ¿Qué haces?

Le había echado hacia atrás la barbilla, y ahora acercaba su cabeza, reducía la distancia que les separaba casi como si tuviera intención de besarla.

– Voy a tener que succionar el veneno -dijo con aire grave-. Permanece quieta.

– Anthony -chilló ella-. No puedes… -dijo entre jadeos, incapaz por completo de finalizar la frase una vez sintió que sus labios se apoyaban en su piel y aplicaban una presión suave, inexorable, que tiraba de ella hacia su boca. Kate no sabía cómo responder, no sabía si apartarle o atraerle hacia sí.

Pero al final se quedó paralizada. Porque cuando alzó la cabeza y miró por encima del hombro, descubrió a un grupo de tres mujeres que les observaban con la misma expresión escandalizada.

Mary.

Lady Bridgerton.

Y la señora Featherington, posiblemente la mayor chismosa de la aristocracia londinense.

Y Kate supo, sin asomo de duda, que su vida nunca volvería a ser igual.

Capítulo 14

Y si el escándalo salta en la reunión campestre de lady Bridgerton, aquellos de nosotros que nos hemos quedado en Londres podemos estar por completo seguros de que todas y cada una de las excitantes noticias alcanzarán nuestros tiernos oídos a la mayor brevedad. Con tantas chismosas reconocidas allí presentes, todos nosotros tenemos garantizado un informe completo y detallado.

REVISTA DE SOCIEDAD DE LADY WHISTLEDOWN,

4 de mayo de 1814

Durante una fracción de segundo, todo el mundo permaneció paralizado como si aquello fuera un retablo dramático. Kate miró a las tres matronas llena de consternación. Ellas la miraban a su vez con absoluto horror.

Y Anthony continuaba empeñado en extraer el veneno de la picadura de abeja de Kate, ajeno por completo al hecho de tener público.

Del quinteto, Kate fue la primera en encontrar la voz, y la fuerza para hablar. Empujando a Anthony por el hombro con toda su energía, soltó un grito vehemente:

– ¡Basta!

Anthony, del todo desprevenido, resultó sorprendentemente fácil de apartar y aterrizó en el suelo sobre su trasero, con la mirada aún llameante en su empeño de salvarla de lo que él percibía como un destino mortal.

– ¿Anthony? -dijo lady Bridgerton con un jadeo. Pronunció el nombre de su hijo con voz temblorosa, como si le costara creer todo lo que estaba viendo.

Él se volvio.

– ¿Madre?

– Anthony, ¿qué estabas haciendo?

– Le ha picado una abeja -dijo con expresión grave.

– Me encuentro bien -insistió Kate, luego tiró de su vestido hacia arriba-. Ya le he dicho que me encontraba bien, pero no quería escucharme.

Los ojos de lady Bridgerton se empañaron pues ella sí comprendía la situación.

– Ya veo -dijo con voz baja y triste, y Anthony supo lo que veía. Tal vez ella fuera la única persona capaz de hacerlo.

– Kate -dijo Mary por fin, encontrando dificultades para articular palabra-, tiene los labios sobre tu… sobre tu…

– Sobre su pecho -concluyó la señora Featherington servicial con los brazos doblados sobre su amplio seno. Un ceño de desaprobación marcaba su rostro, pero estaba claro que se estaba divirtiendo de lo lindo.

– ¡No es eso! -exclamó Kate mientras se esforzaba por levantarse, lo cual no era una tarea fácil puesto que Anthony había aterrizado sobre uno de sus pies cuando ella le apartó del banco-. ¡Me ha picado justo aquí! -Con un gesto impetuoso, señaló con el dedo la señal roja, aún hinchada, sobre la fina piel que cubría su clavícula.

Las tres mujeres mayores miraron con fijeza la picadura, y su piel adquirió también idénticos sonrojos de un débil carmesí.

– ¡No está tan cerca de mi pecho, desde luego que no! -protestó Kate, demasiado horrorizada por el cariz de la conversación como para sentirse azorada por emplear aquel lenguaje bastante anatómico.

– No está lejos -indicó la señora Featherington.

– ¿Nadie va a callarla? -soltó Anthony.

– ¡Vaya! -La señora Featherington se enfurruñó-. ¡Si yo nunca…!

– No -replicó Anthony-. Usted siempre.

– ¿Qué quiere decir con eso? -quiso saber la señora Featherington dando un codazo a lady Bridgerton en el brazo. Al ver que la vizcondesa no contestaba se volvió a Mary y repitió la pregunta.

Pero Mary sólo tenía ojos para su hija.

– Kate -ordenó-, ven aquí al instante.

Su hija, diligente, se fue a su lado.

– ¿Bien? – preguntó la señora Featherington -. ¿Qué vamos a hacer?

Cuatro pares de ojos se volvieron hacia ella llenos de incredulidad.

– ¿Vamos? -preguntó con voz débil Kate.

– No consigo entender qué tiene usted que decir en este asunto – replicó Anthony.

La señora Featherington se limitó a soltar un sonoro resoplido nasal lleno de desdén.

– Tiene que casarse con la muchacha -anuncio.

– ¿Qué? -La palabra desgarró la garganta de Kate-. Tiene que haberse vuelto loca.

– Debo de ser la única sensata en este jardín, eso creo yo -dijo con tono oficioso la señora Featherington-. Caray, muchacha, tenía su boca en tus pechitos, y todas lo hemos visto.

– ¡No es así! – gimió Kat e-. Me ha picado una abeja. ¡Una abeja!

– Portia -intervino lady Bridgerton-, no creo que haga falta usar un lenguaje tan gráfico.

– En este momento la delicadeza tiene poco sentido – contestó la señora Featherington-. Lo describamos como lo describamos, va a constituir un bonito chismorreo. El soltero más empedernido de toda la aristocracia, derrocado por una abeja. Tengo que decir, milord, que no me había imaginado nada así.

– No va a haber ningún chismorreo -gruñó Anthony mientras se acercaba a ella con aire amenazador- porque nadie va a decir una sola palabra. No permitiré que se mancille el buen nombre de la señorita Sheffield.

A la señora Featherington se le salieron los ojos de las órbitas, pues no daba crédito a lo que acababa de oír.

– ¿Cree que podrá impedir que se hable de esto?

– Yo no voy a decir nada, y dudo bastante que la señorita Sheffield vaya hacerlo -manifestó mientras se plantaba las manos en las caderas y fulminaba a la matrona con la mirada. Era el tipo de mirada con la que conseguía que cualquier hombre hecho y derecho se pusiera de rodillas, pero la señora Featherington o bien era inmune a ella o era estúpida, de modo que Bridgerton tuvo que continuar-. Lo cual nos deja con nuestras respectivas madres, quienes por lógica tienen un interés personal en proteger nuestras reputaciones. Lo cual la deja a usted, señora Featherington, como único miembro de este reducido e íntimo grupo que podría preferir ser una verdulera vocinglera y chismosa.

La señora Featherington se puso roja como un tomate.

– Cualquiera podría haber sido testigo desde la casa -dijo con amargura, resistiéndose sin duda a perder una pieza tan excelente de cotilleo. La agasajarían durante todo un mes por ser la única testigo de un escándalo así. Es decir, la única testigo que podía hablar.

Lady Bridgerton lanzó una rápida mirada a la casa mientras su rostro empalidecía.

– Tiene razón, Anthony -dijo-. Estabais a plena vista del ala de invitados.

– Fue una abeja. -Kate prácticamente gimió-. ¡Nada más que una abeja!

Su arrebato sólo encontró silencio. Desplazó la mirada de Mary a lady Bridgerton; ambas la observaban con expresiones que oscilaban entre la preocupación, la amabilidad y la lástima. Luego miró a Anthony, cuya expresión era dura, callada e ilegible.

Kate cerró los ojos con amargura. No era así como se suponía que tendría que suceder. Aunque le había dicho a Anthony que daba visto bueno a su boda con su hermana, en secreto lo que deseaba era que fuera para ella, pero no de este modo.

Oh, Dios bendito, de este modo no. No de manera que él se sintiera atrapado. No de manera que él tuviera que pasar el resto de su vida mirándola y deseando que fuera otra persona.

– ¿Anthony? -dijo en un susurro. Tal vez si hablaban, tal vez si él la miraba, Kate pudiera deducir lo que estaba pensando.

– Nos casaremos la semana que viene -manifestó. Su voz sonaba firme y clara, pero por otro lado carente de toda emoción.

– ¡Oh, bien! – dijo lady Bridgerton con gran alivio y se cogió ambas manos -. La señora Sheffield y yo comenzaremos de inmediato con los preparativos.

– Anthony -volvió a susurrar Kate, esta vez con más apremio -, ¿estás seguro de lo que dices? -Le cogió del brazo e intentó apartarle de las matronas. Sólo ganó unos pocos centímetros, pero al menos ahora no estaban de cara a ellas.

Bridgerton la miró con ojos implacables.

– Nos casaremos -dijo sencillamente, con la voz del aristócrata consumado, sin tolerar ninguna protesta y esperando ser obedecido-. No podemos hacer otra cosa.

– Pero tú no quieres casarte conmigo -repuso ella. Aquella frase consiguió que Anthony arqueara una ceja.

– ¿Y tú quieres casarte conmigo?

Ella no dijo nada. No podía decir nada, no si quería mantener una mínima partícula de orgullo.

– Imagino que nos llevaremos lo suficientemente bien -continuó él, su expresión se suavizó un poco-. Nos hemos hecho amigos en cierto modo, después de todo. Eso es más de lo que la mayoría de hombres y mujeres tienen al iniciar una unión.

– No es posible que quieras esto -insistió ella-. Querías casarte con Edwina. ¿Qué le vas a decir a Edwina?

Se cruzó de brazos.

– Nunca le he hecho ninguna promesa a Edwina. E imagino que le diré que nos hemos enamorado, así de sencillo.

Kate notó que sus ojos se entornaban sin ella pretenderlo.

– Nunca va a creérselo.

Él se encogió de hombros.

– Entonces díle la verdad. Que te ha picado una abeja, y que yo intentaba ayudarte, y que nos atraparon en una postura comprometida. Díle lo que quieras. Es tu hermana.

Kate se dejó caer otra vez sobre el banco de piedra con un suspiro.

– Nadie va a creerse que quieras casarte conmigo -concluyó-. Todo el mundo pensará que te he atrapado. -Anthony lanzó una mirada significativa a las tres mujeres, quienes continuaban observándoles con sumo interés. Tras un «¿Nos disculpan?», tanto su madre como la de Kate retrocedieron algún metro y se dieron la vuelta para facilitarles cierta intimidad. Al ver que la señora Featherington no seguía su ejemplo de inmediato, Violet se acercó para cogerla del brazo y casi se lo desencaja al hacerlo.

Anthony, tras sentarse al lado de Kate, dijo:

– Poco podemos hacer para impedir que la gente hable, sobre todo con Portia Featherington como testigo. No confío en que esa mujer mantenga la boca cerrada más de lo que tarde en regresar a la casa. – Se reclinó un poco hacia atrás y apoyó el tobillo izquierdo sobre la rodilla derecha-. O sea, que también podemos intentar que salga lo mejor posible. Tengo que casarme este año…

– ¿Por qué?

– ¿Por qué, qué?

– ¿Por qué tienes que casarte este año?

Él hizo una pausa. En realidad no había una respuesta para esa pregunta. De modo que dijo:

– Porque lo había decidido así, y eso ya es suficiente motivo para mí. En cuanto a ti, tienes que casarte algún día…

Ella le interrumpió otra vez.

– Para ser sincera, ya tenía bastante asumido que no lo haría.

Anthony sintió que sus músculos entraban en tensión, le llevó varios segundos percatarse de que lo que sentía era rabia.

– ¿Pensabas vivir como una solterona?

Kate hizo un gesto de asentimiento, con ojos inocentes y francos al mismo tiempo.

– Parecía sin duda una posibilidad, sí.

Anthony permaneció quieto durante varios segundos mientras pensaba que le gustaría asesinar a todos esos hombres y mujeres que la habían comparado con Edwina y habían pensado que no estaba a la altura. En realidad, Kate no tenía ni idea de que podía ser atractiva y deseable por derecho propio.

Cuando la señora Featherington anunció que debían casarse, su reacción inicial había sido la misma que la de Kate: horror absoluto. Por no mencionar que su orgullo se había sentido tocado en cierto sentido. A ningún hombre le gusta verse obligado a casarse, y era en especial mortificante que lo que le obligara fuera una abeja.

Pero mientras permanecía ahí observando a Kate aullando sus protestas (no la más halagadora de las reacciones, pensó), le inudó una sensación de satisfacción.

La deseaba.

La deseaba con desesperación.

Ni en un millón de años se permitiría elegirla a ella como esposa. Era demasiado peligrosa, en exceso, para su paz mental.

Pero el destino había intervenido y ahora parecía que tenía que casarse con ella… bien, tenía la impresión de que no iba a servir de mucho armar un alboroto. Había destinos peores que casarse con una mujer inteligente, entretenida, a quien encima deseaba las veinticuatro horas del día.

Lo único que tenía que hacer era asegurarse de que no se enamoraba de ella. Lo cual no tenía que ser imposible, ¿verdad que no? Dios sabía que le volvía loco la mitad de las veces con sus riñas incesantes. Pero podría tener un matrimonio agradable con Kate. Disfrutaría de su amistad y disfrutaría de su cuerpo, y eso sería todo. No había por qué ir más al fondo.

Y no podía haber soñado con una mujer mejor como madre de sus hijos cuando él faltara. Lo cierto era que debía valorar aquello en su justa medida.

– Funcionará -dijo con gran autoridad-. Ya verás.

Kate le miraba con vacilación, pero hizo un gesto afirmativo. Por supuesto, poco más podía hacer. La peor chismosa de Londres acababa de atraparla con la boca de un hombre sobre su pecho. Si él no hubiera hecho aquel ofrecimiento de matrimonio, habría perdido el buen nombre para siempre.

Y si se negaba a casarse con él… bien, entonces estaría condenada como mujer perdida y como idiota.

Anthony se levantó de forma repentina.

– ¡Madre! – ladró y dejó a Kate en el banco mientras se acercaba a lady Bridgerton -. Mi prometida y yo deseamos un poco de intimidad aquí en el jardín.

– Por supuesto -murmuró la vizcondesa.

– ¿Le parece eso prudente? -preguntó la señora Featherington.

Anthony se adelantó, acercó mucho la boca al oído de su madre y susurró:

– Si no te la llevas de mi presencia en los siguientes segundos, la asesino aquí mismo.

Lady Bridgerton se atragantó con una risa y asintió con la cabeza. Al final consiguió decir:

– Por supuesto.

En menos de un minuto, Anthony y Kate estaban a solas en el jardín.

Anthony se volvió para mirarla; Kate se había levantado y había dado unos pocos pasos hacia él.

– Creo -murmuró Bridgerton, y enlazó suavemente su brazo con el de ella- que deberíamos considerar retirarnos de la vista de la casa.

Su paso era largo y resuelto, y Kate dio algún traspiés mientras intentaba encontrar el paso y situarse a su altura.

– Milord -preguntó apresurándose a su lado-, ¿te parece de verdad prudente?

– Suena como la señora Featherington -comentó sin aminorar la marcha ni un momento.

– Dios me libre -musitó Kate-, pero mantengo la pregunta.

– Sí, pienso que es del todo prudente -respondió, y la metió en una glorieta. Tenía las paredes parcialmente abiertas para dejar pasar el aire, pero estaba rodeada de lilos que ofrecían una intimidad considerable.

– Pero…

Él sonrió. Una sonrisa lenta.

– ¿Sabes que discutes demasiado?

– ¿Me has traído aquí para decirme eso?

– No, para eso no -dijo arrastrando las palabras-. Te he traído aquí para hacer esto.

Y entonces, antes de que Kate tuviera ocasión de pronunciar una sola palabra, antes de que tan siquiera tuviera ocasión de coger aliento, su boca descendió y capturó la de ella con un beso hambriento y abrasador. Sus labios eran voraces, tomaban todo lo que tenían que dar y luego pedían aún más. El fuego candente ardió y chisporroteó en el interior de Kate con más ardor que aquella noche en el estudio, diez veces más.

Se estaba fundiendo. Dios santo, se estaba fundiendo y quería mucho más.

– No deberías hacerme esto -susurró pegada a su oído-. No deberías. Todo en ti es totalmente inapropiado. Y no obstante…

Kate solté un jadeo cuando las manos de Anthony la sorprendieron por la espalda para atraerla con brusquedad contra su erección – ¿Lo ves? – dijo con voz entrecortada mientras movía sus labios sobre la mejilla de Kate -. ¿Lo sientes? -Se rió con voz ronca, con un extraño sonido burlón-. ¿Ya lo entiendes? -La estrujó sin piedad luego mordisqueó la tierna piel de su oreja-. Por supuesto que no.

Kate sintió que se escurría contra él. La piel empezaba a arderle, y los brazos traidores de Anthony no dejaban de escabullirse hacia arriba y alrededor de su cuello. Estaba avivando un fuego dentro ella, algo que ni siquiera sabía cómo controlar. Estaba poseída por una necesidad primitiva, algo abrasador, fundido, que sólo necesitaba el contacto de la piel de Anthony contra la de ella.

Le deseaba. Oh, cuánto le deseaba. No debería desearle, no debería desear a este hombre que se casaba con ella por todas las razones equivocadas.

Y no obstante le deseaba con una desesperación que la dejaba sin aliento.

No estaba bien, no estaba nada bien. Tenía graves dudas acerca de este matrimonio y sabía que debía mantener la cabeza despejada. Continuó recordándoselo a sí misma, pero eso no impidió que sus labios se separaran para permitirle la entrada a él, ni que su propia lengua saliera con timidez para saborear la comisura de su boca.

Y el deseo que se iba acumulando en su vientre -sin duda eso tenía que ser esta sensación extraña, aquel remolino de picor- se hacía cada vez más intenso.

– ¿Soy una persona tan terrible? -susurró ella, más para sus propios oídos que para los de él-. ¿Esto significa que estoy perdida?

Pero él la oyó, y la respuesta sonó ardiente y húmeda contra la piel de su mejilla.

– No.

Anthony se desplazó hasta su oreja y la obligó a oír más claramente.

– No.

Luego viajó hasta sus labios y la obligó a tragar aquella palabra.

– No.

Ella sintió que la cabeza se le caía hacia atrás. La voz de él era grave y seductora, hacía que Kate se sintiera casi como si hubiera nacido para este momento.

– Eres perfecta -le susurró al mismo tiempo que movía sus grandes manos con apremio sobre su cuerpo. Dejó una sobre su cintura mientras la otra la subía hacia la suave prominencia de su pecho-. En este preciso lugar, en este preciso momento, aquí y ahora, en este jardín, eres perfecta.

Kate encontró algo perturbador en sus palabras, como si intentara decirle -y tal vez también a sí mismo- que tal vez no fuera tan perfecta mañana, y menos que al día siguiente. Pero sus labios y manos eran convincentes, y Kate expulsó aquellos pensamientos desagradables de su cabeza y optó por deleitarse en la dicha embriagadora del momento.

Se sentía hermosa. Se sentía… perfecta. Y justo ahí, justo entonces no pudo evitar adorar al hombre que la hacía sentirse de esa manera.

Anthony deslizó la mano hasta la parte de atrás de su cintura y la sostuvo mientras con la otra encontraba su pecho y estrujaba su carne a través de la fina muselina del vestido. Los dedos parecían fuera de su control, con movimientos firmes y espasmódicos, se agarraban a ella como si estuviera a punto de caerse por un precipicio y finalmente hubiera conseguido cogerse a algo. El pezón estaba duro y compacto bajo la palma de la mano, incluso con el tejido del vestido encima, y Anthony necesitó hasta el último gramo de autodominio para no irse a la parte posterior del vestido y liberar despacio cada botón de su aprisionamiento.

Podía verlo todo en su mente, incluso mientras sus labios se unían a los de ella en otro beso abrasador. Su vestido se deslizaría desde los hombros hasta dejar los pechos desnudos. Podía imaginárselos también en su mente, y de alguna manera sabía que, también, serían perfectos. Tomaría uno en su mano, levantaría el pezón al sol, y despacio, muy despacio, inclinaría la cabeza hacia ella justo hasta que pudiera tocarlo con la lengua.

Y ella gemiría, y él jugaría un poco más con ella, sosteniéndola con fuerza de tal manera que no pudiera escabullírsele. Y luego, justo cuando echara la cabeza hacia atrás y estuviera jadeante, sustituiría la lengua por sus labios y la chuparía hasta hacerla chillar.

Santo Dios, lo deseaba tanto que pensaba que iba a explotar.

Pero éste no era el momento ni el lugar. No es que sintiera la obligación de esperar a pronunciar los votos matrimoniales. Por lo que a él le concernía, ya había declarado sus intenciones en público, y era suya. Pero no iba a tomarla allí en la glorieta del jardín de su madre. Tenía más orgullo que todo eso; y más respeto por ella.

Muy a su pesar, se apartó lentamente y dejó reposar sus manos sobre sus hombros delgados, estirando los brazos para mantenerse lo suficientemente lejos y no verse tentado a continuar donde lo había dejado.

Y la tentación estaba ahí. Cometió el error de mirar su rostro, y en aquel momento habría jurado que Kate Sheffield era sin lugar a dudas tan hermosa como su hermana.

La suya era una clase diferente de atracción. Sus labios eran más carnosos, no seguían tanto los cánones del momento, pero eran infinitamente más besuqueables. Sus pestañas… ¿cómo no había advertido antes lo largas que eran? Cuando pestañeaba parecían descansar sobre sus mejillas como una alfombra. Y su piel, cuando estaba sonrosada por el matiz del deseo, relucía. Anthony sabía que estaba siendo imaginativo, pero al mirar su rostro no pudo evitar pensar en el alba al amanecer, en el momento exacto en que el sol se asoma sobre el horizonte y pinta el cielo con su sutil paleta de albaricoques y rosas.

Permanecieron así durante todo un minuto, los dos conteniendo la respiración, hasta que Anthony por fin dejó caer sus brazos, y ambos dieron un paso atrás. Kate se llevó una mano a la boca, sus dedos índice, corazón y anular apenas le tocaron los labios.

– No deberíamos haber hecho eso -susurró.

Él se apoyó contra una de las columnas de la glorieta, con aspecto de encontrarse verdaderamente satisfecho con su suerte.

– ¿Por qué no? Estamos prometidos.

– No lo estamos -admitió ella-. En realidad, no.

Alzó una ceja.

– No se ha formalizado ningún acuerdo aún -explicó Kate apurada-. Ni se ha firmado ningún documento. Y yo no tengo dote. Deberías saber que no tengo dote.

Esto le provocó una sonrisa.

– ¿Intentas librarte de mí?

– ¡Por supuesto que no! -Se movió levemente, cambió su peso de pie.

Él dio un paso hacia ella.

– Sin duda no intentas darme motivos para que me libre de ti, ¿verdad?

Kate se sonrojó.

– N-no -mintió, pese a que era justo lo que había estado intentando hacer. Por supuesto, era lo más estúpido que se le podía ocurrir. Si se retractaba de este matrimonio, ella habría perdido para siempre su reputación, no sólo en Londres, sino también en el pequeño pueblo de Somerset donde vivían. Las noticias de una mujer perdida se propagaban siempre con rapidez.

Pero resultaba difícil de digerir no ser la escogida por alguien, y una parte de ella casi quería que él conf irmara todas sus sospechas: que no la quería como novia, que prefería mucho más a Edwina, que se casaba con ella sólo porque tenía que hacerlo. Le dolería de un modo horroroso, pero si él lo manifestaba, ella ya lo sabría. Y saberlo, aunque fuera amargo, siempre sería mejor que no saberlo.

Al menos entonces calibraría con exactitud dónde se encontraba. Tal y como estaban las cosas, se sentía sobre arenas movedizas.

– Dejemos una cosa clara -dijo Anthony, y captó toda su atención con un tono decidido. Kate encontró su mirada, y los ojos de él ardían con tal intensidad que no pudo apartar la vista-. He dicho que iba a casarme contigo. Soy un hombre de palabra. Cualquier otra especulación sobre el tema sería de lo más insultante.

Kate hizo un gesto de asentimiento. Pero no pudo evitar pensar: Cuidado con lo que deseas… cuidado con lo que deseas.

Acababa de aceptar casarse con el mismo hombre del que temía estar enamorándose, y lo único que se pudo preguntar fue: ¿piensa en Edwina cuando me besa?

Cuidado con lo que deseas, bramó su mente.

Es posible que luego lo consigas.

Capítulo 15

Una vez más, Esta Autora ha demostrado tener razón. Las reuniones en el campo ofrecen como resultado los compromisos más sorprendentes.

Desde luego que sí, Querido Lector, sin duda lo lee aquí por primera vez: el vizconde de Bridgerton va a casarse con la señorita Katharine Sheffield. No con la señorita Edwina, como habían especulado los cotilleos sino con la señorita Katharine.

En cuanto a la manera en que se formalizó el compromiso, la dificultad para obtener detalles al respecto está siendo asombrosa. Esta Autora sabe de buena tinta que la nueva pareja fue atrapada en una postura comprometedora, y que la señora Featherington fue testigo, pero la señora F ha tenido los labios sellados en lo referente a todo este asunto, algo poco común en ella. Dada la propensión al cotilleo de la dama, a Esta Autora no le queda otro remedio que imaginar que el vizconde (quien no destaca precisamente por su debilidad de carácter) ha amenazado con lesionar a la señora F si se atreve a pronunciar una sola sílaba.

REVISTA DE SOCIEDAD DE LADY WHISTLEDOWN,

11 de mayo de 1814

Kate no tardó en comprender que la mala fama no le sentaba bien.

Los dos días restantes en Kent habían sido bastante horribles; en cuanto Anthony había anunciado su noviazgo en la cena, tras comprometerse de forma ciertamente tan precipitada, apenas había tenido ocasión de respirar entre todas las felicitaciones, preguntas e insinuaciones que le hacían los invitados de lady Bridgerton.

El único momento en que se sintió de verdad relajada fue cuando pocas horas después del anuncio, tuvo por fin ocasión de hablar en privado con Edwina quien, tras arrojar los brazos alrededor de su hermana, se declaró «contentísima», «encantada» y «nada sorprendida, ni lo más mínimo».

Kate sí había expresado su sorpresa porque Edwina no estuviera sorprendida, pero ésta se limitó a encogerse de hombros y decir:

– Para mí era obvio que estaba loco por ti. No sé cómo es que nadie más se había dado cuenta.

Lo cual dejó a Kate bastante perpleja, ya que había estado convencida de que Anthony tenía su mira matrimonial puesta en Edwina.

En cuanto Kate regresó a Londres, las especulaciones fueron incluso peores. Por lo visto, cada miembro de la élite aristocrática encontraba obligado detenerse en el pequeño hogar alquilado de las Sheffield en Milner Street para hacer una visita a la futura vizcondesa. La mayoría de ellos conseguían comunicar sus felicitaciones con una dosis sustancial de implicación poco halagadora. Nadie creía posible que el vizconde en realidad quisiera casarse con Kate, y por lo visto nadie se percataba de lo grosero que era decirle eso a la cara.

– Santo cielo, eso sí que es tener suerte -dijo lady Cowper, la madre de la infame Cressida Cowper, quien, por su parte, no le dijo ni una sola palabra a Kate y permaneció enfurruñada en un rincón lanzando miradas asesinas en su dirección.

– No tenía ni idea de que estuviera interesado por ti -insistió efusiva la señorita Gertrude Knight, con una expresión facial que decía a las claras que seguía sin creerlo, y tal vez incluso confiaba en que tal compromiso resultara ser puro teatro, pese a su anuncio en el London Times.

Y lady Danbury, quien era conocida por no andarse nunca con rodeos, manifestó:

– No tengo ni idea de cómo le ha atrapado pero tiene que haber sido un truco ingenioso. Hay unas cuantas muchachitas ahí afuera a las que les encantaría que les diera un par de lecciones, hágame caso.

Kate se limitó a sonreír (o eso intentó al menos; sospechaba que sus esfuerzos por conseguir respuestas corteses y amistosas no eran siempre convincentes). Asentía con la cabeza y murmuraba:

– Soy una muchacha afortunada -cada vez que Mary le hincaba el codo en el costado.

En cuanto a Anthony, el afortunado hombre había conseguido evitar el examen riguroso al que ella se había visto sometida. Le dijo a Kate que tenía que quedarse en Aubrey Hall para ocuparse de algunos detalles de la finca antes de la boda, fijada para el siguiente sábado, sólo nueve días después del incidente en el jardín. Mary había expresado su inquietud porque tal premura levantara «comentarios», pero lady Bridgerton había explicado con bastante pragmatismo que habría «comentarios» de cualquier modo y que Kate estaría menos sometida a insinuaciones poco halagadoras una vez que contara con la protección del nombre de Anthony.

Kate sospechaba que la vizcondesa, quien ya era reputada por su firme intención de casar a sus hijos adultos, quería simplemente ver a Anthony delante del obispo antes de que tuviera ocasión de cambiar de idea.

Kate tuvo que mostrarse conforme con lady Bridgerton. Pese a lo nerviosa que estaba por la boda y el matrimonio que vendría a continuacion, nunca había sido persona que pospusiera las cosas. Una vez que tomaba una decisión, o como en este caso, una vez que alguien había decidido algo por ella, no veía motivos para demorar las cosas. Y en cuanto a los «comentarios», una boda apresurada podría incrementar las insinuaciones, pero Kate sospechaba que cuanto antes se casaran ella y Anthony antes se apagarían, y antes podría confiar en regresar a la oscuridad habitual de su propia vida.

Por supuesto, su vida no sería sólo suya durante mucho tiempo más. Tenía que acostumbrarse a eso.

Ni siquiera le parecía suya en aquellos momentos. Sus días eran un torbellino de actividad, lady Bridgerton la arrastraba de una tienda a otra, gastando una enorme cantidad del dinero de Anthony en su ajuar. Kate había comprendido deprisa que resistirse no tenía ningún sentido. Cuando lady Bridgerton -o Violet, como le había dado instruciones de que la llamara- se decidía por algo, que Dios ayudara al necio que se interpusiera en su camino. Mary y Edwina las habían acompañado en algunas salidas, pero se habían apresurado a declararse agotadas por la infatigable energía de Violet, y se habían ido a tomar un sorbete en Gunter.

Al final, tan sólo dos días antes de la boda, Kate recibió una nota de Anthony en la que le pedía que estuviera en casa a las cuatro de la tarde para que pudiera hacerle una visita. Kate estaba un poco nerviosa por verle otra vez; de algún modo todo parecía diferente -más formal- en la ciudad. De todos modos, aprovechó la oportunidad para evitar otra tarde en Oxford Street, en la modista, en el sombrerero o encargando guantes o cualquier otra cosa que a Violet se le ocurriera.

Por lo tanto, mientras Mary y Edwina se habían ido a hacer recados – Kate había olvidado convenientemente mencionar la visita del vizconde-, se sentó en el salón con Newton durmiendo con placidez a sus pies y esperó.

Anthony había pasado la mayor parte de la semana pensando. No era ninguna sorpresa que todos sus pensamientos tuvieran que ver con Kate y su próxima unión.

Le preocupaba que pudiera enamorarse de ella si no se comedía. La clave, por lo visto, era sencillamente no permitírselo a sí mismo. Y cuanto más pensaba en ello, más convencido estaba de que no representaría ningún problema. Era un hombre, al fin al cabo, y sabía controlar a la perfección sus acciones y emociones. No era ningún necio, sabía que existía el amor; pero también creía en el poder de la mente y, tal vez más importante, el poder de la voluntad. Con franqueza no veía motivo alguno por el cual el amor tuviera que ser algo involuntario.

Si no quería enamorarse, pues qué puñetas, no iba a hacerlo. Era tan sencillo como eso. Tenía que ser tan sencillo como eso. Si no lo fuera, él no sería tan hombre, ¿o sí?

De todos modos, tendría que hablar con Kate de esta cuestión antes de la boda. Había ciertas cosas acerca del matrimonio que tenían que quedar claras. No eran normas sino más bien… acuerdos. Sí, ése era el término.

Kate necesitaba comprender con exactitud qué podía esperar de él y qué esperaba él a cambio. Su boda no era una unión por amor. Yno iba a convertirse en eso. Simplemente no era una opción. No pensaba que ella se hiciera alguna ilusión al respecto, pero por si acaso quería dejarlo claro ya, antes de que algún malentendido pudiera crecer hasta convertirse en un desastre con todas las de la ley.

Era mejor poner todas las cartas sobre la mesa, como dice el dicho, para que ninguna de las partes se llevara sorpresas desagradables más tarde. Sin duda Kate estaría conforme. Era una chica práctica. Querría saber cómo estaban las cosas. No era el tipo de persona a la que le gustara tener que adivinar lo que pasará.

Exactamente dos minutos antes de las cuatro, Anthony llamó dos veces a la puerta principal de las Sheffield. Intentó hacer caso omiso de la media docena de miembros de la elite aristocrática que por casualidad se paseaban por Milner Street aquella tarde. Se encontraban, pensó con una mueca, un poco lejos de los lugares que tenían por costumbre frecuentar.

Pero no le sorprendió. Aunque acababa de regresar a Londres, era muy consciente de que su compromiso era el actual escándalo du jour. Confidencia llegaba incluso a Kent, al fin y al cabo.

El mayordomo abrió enseguida la puerta y le hizo pasar, luego le acompañó hasta el salón próximo. Kate estaba esperando en el sofá, tenía el pelo recogido en un primoroso no-sé-qué (Anthony nunca recordaba los nombres de todos esos peinados que parecían gustar tanto a las damas), coronado por una especie de gorrito ridículo que supuso que iba a juego con el ribete blanco del vestido de tarde azul claro.

El gorro, decidió, sería lo primero que tendría que desaparecer cuando estuvieran casados. Tenía un pelo precioso, largo, lustroso y espeso. Sabía que los buenos modales dictaban que se pusiera tocados cuando andaba por ahí, pero, la verdad, parecía un pecado cubrirlo mientras se encontraban en el calor del hogar.

Sin embargo, antes de que pudiera abrir la boca, incluso para saludar, ella indicó un servicio de plata colocado sobre la mesa delante de ella y dijo:

– Me he tomado la libertad de pedir té. Empieza a hacer un poco de fresco y he pensado que te gustaría tomar algo. Si no, estaré encantada de pedir alguna otra cosa.

No había nada de aire fresco, al menos él no lo había detectado, pero dijo de todos modos:

– Esto será perfecto, gracias.

Kate asintió y cogió la tetera para servir. La inclinó algún centímetro y luego la enderezó con el ceño fruncido mientras decía:

– Ni siquiera sé cómo te gusta el té.

Anthony sintió que un extremo de su boca se curvaba 1evemente hacia arriba.

– Leche. Sin azúcar.

Ella hizo un gesto afirmativo, dejó la tetera para coger la leche.

– Parece algo que una esposa debe saber.

Él se sentó en la silla que se encontraba en el ángulo derecho del sofá.

– Y ahora ya lo sabes.

Kate respiró hondo y luego soltó aire.

– Ahora ya lo sé -murmuró.

Anthony se aclaró la garganta mientras la observaba servir. No llevaba guantes y encontró que le gustaba contemplar sus manos mientras se movían. Sus dedos eran largos y delgados, con una gracia increíble, lo cual le sorprendió, considerando las muchas veces que le había pisado los dedos de los pies mientras bailaban.

Por supuesto que algunos de sus pasos fallidos habían sido intencionados, pero no tantos, sospechaba, como a Kate le hubiera gustado que él pensara.

– Aquí tienes -murmuró sosteniendo el té-. Ten cuidado, está caliente. Nunca he podido con el té frío.

No, pensó él con una sonrisa, seguro que no. Kate no tenía nada que ver con las medias tintas. Era una de las cosas que le gustaban de ella.

– ¿Milord? -dijo con amabilidad y movió el té unos centímetros más en su dirección.

Anthony cogió el platillo y permitió que sus dedos enfundados en guantes rozaran los dedos desnudos de ella. Mantuvo la mirada en el rostro de Kate, y advirtió la leve mancha rosada que ruborizó sus mejillas.

Por algún motivo, aquello le complació.

– ¿Tienes alguna cosa en concreto que quieras preguntarme, milord? -preguntó, una vez puso su mano a salvo de la de él y rodeó con los dedos el asa de su taza de té.

– Mi nombre es Anthony, como lo recuerdas sin duda, y ¿no puedo hacer una visita a mi prometida tan sólo por el placer de su compañía? Kate le dedicó una mirada ceñuda por encima del borde de la taza.

– Por supuesto que puedes -contestó-, pero no creo que sea ese el caso.

Él alzó una ceja al oír la impertinencia.

– Pues da la casualidad de que tienes razón.

Kate murmuró algo. Él no lo entendió bien, pero tuvo la leve sospecha de que había dicho «normalmente la tengo».

– He pensado que deberíamos tratar de nuestro matrimonio -empezó.

– Perdón, ¿cómo has dicho?

Anthony se reclinó hacia atrás.

– Ambos somos personas prácticas. Creo que nos sentiremos más cómodos una vez que entendamos qué podemos esperar el uno del otro.

– Por… por supuesto.

– Bien. -Dejó la taza en el platillo y luego éste sobre la mesa que tenía delante-. Me alegra que pienses así.

Kate hizo un lento ademán de as