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Secretos en Londres

Julia Quinn

Olivia Bevelstoke está al tanto de los rumores y chismes de Londres, clave de la vida social de la ciudad. Cuando se entera de que su vecino, sir Harry Valentine, puede haber asesinado a su prometida, comienza a espiarlo. ¿Qué mal puede haber en mirar un poquito para asegurarse? A pesar de no ver nada demasiado sospechoso, está claro que el joven esconde algo: escribe y revisa minuciosamente una gran cantidad de papeles, una y otra vez. Sir Harry Valentine ha crecido con una abuela rusa que sólo se expresaba en su lengua materna y en francés. Gracias a ella, Harry maneja tres idiomas como si fueran el propio, y trabaja como traductor de aburridos y cruciales documentos para el Ministerio de Guerra, a pesar de haber sido entrenado como espía. La aparición de una hermosa rubia que lo observa a través de su ventana pone algo de color a sus días. Más aún cuando empieza a notar que su interés en ella podría volverse bastante personal.

Julia Quinn

Secretos en Londres

Los Bevelstoke, 02

Título original: What Happens in London

Traducción: Marta Torent Lopez de Lamadrid

Para Gloria, Stan, Katie, Rafa y Matt. No tengo

familia política, únicamente familia.

Y también para Paul, aunque haya heredado él todos

los genes dominantes.

Prólogo

A la edad de 12 años, Harry Valentine contaba con dos cosas en su haber que en la Inglaterra de principios del siglo xix lo diferenciaban bastante del resto de niños de su clase.

La primera era su total y absoluto dominio del ruso y el francés. Un talento rodeado de poco misterio; su abuela, la gran aristocrática y testaruda Olga Petrova Obolenskiy Dell, se había trasladado a vivir con la familia Valentine cuatro meses después de que naciera Harry.

Olga renegaba de la lengua inglesa. En su opinión (que expresaba con frecuencia), en este mundo no había nada que no pudiera decirse en ruso o francés.

Nunca pudo explicar del todo por qué se había casado con un inglés.

– Seguramente porque tendría que explicarlo en inglés -había susurrado Anne, la hermana de Harry.

Harry se limitó a encogerse de hombros y sonreír (como haría cualquier hermano que se precie) cuando ella se llevó un sopapo en la oreja por decir esto. Puede que Granmère despreciase el inglés, pero lo entendía perfectamente y tenía el oído más fino que un sabueso. Cuando ella estaba en el cuarto donde recibían sus clases, no era buena idea ponerse a cuchichear en ninguna lengua. Hacerlo en inglés era una tremenda estupidez. Hacerlo en inglés dando a entender a su vez que el francés o el ruso no eran adecuados para el intercambio verbal en cuestión…

Con franqueza, a Harry le sorprendía que Anne no hubiera recibido una zurra.

Pero Anne era reacia al ruso con la misma intensidad que Granmère se reservaba para el inglés. Era demasiado complicado, y el francés era casi igual de difícil. Anne tenía cinco años cuando Granmère llegó, y su inglés ya estaba demasiado asentado como para alcanzar el mismo nivel en cualquier otro idioma.

Harry, por otra parte, estaba encantado de hablar en cualquier lengua que le hablaran. El inglés era para el día a día, el francés era la elegancia, y el ruso se convirtió en el idioma del drama y la emoción. Rusia era maravillosa. Era fría. Y, por encima de todo, grande.

Pedro el Grande, Catalina la Grande… Harry había crecido con sus historias.

– ¡Bah! -se había mofado Olga en más de una ocasión, cuando el profesor particular de Harry había tratado de enseñarle historia inglesa-. ¿Quién es este Etelredo el Indeciso? ¿El Indeciso? ¿Qué clase de país permite que sus gobernantes sean indecisos?

– La reina Isabel fue estupenda -señaló Harry.

– ¿Acaso la llaman Isabel la Grande? -repuso Olga nada convencida-. ¿O la Gran Reina? No, la llaman La Reina Virgen, como si eso fuese algo de lo que enorgullecerse.

Era en este momento cuando las orejas del profesor se ponían muy rojas, lo que a Harry le parecía de lo más curioso.

– Esa reina -continuó Olga, con la mayor frialdad posible- no fue una gran reina. Ni siquiera le dio a su país un heredero al trono como Dios manda.

– La mayoría de los historiadores coinciden en que la reina hizo bien en no casarse -dijo el profesor-. Necesitaba dar la imagen de que no recibía influencias, y…

Su voz se apagó. A Harry no le sorprendió. Granmère se había vuelto hacia él con una de sus penetrantes y escrutadoras miradas. Harry no conocía a nadie que pudiera seguir hablando ante una de esas miradas.

– Es usted un estúpido don nadie -soltó, y luego le dio completamente la espalda. Lo despidió al día siguiente, y ella misma le dio clase a Harry hasta que encontraron un profesor nuevo.

No le correspondía precisamente a Olga despedir y contratar a los tutores para los niños Valentine, que por entonces sumaban tres. (Al pequeño Edward lo habían pasado a la habitación infantil cuando Harry tenía siete años). Pero no parecía probable que nadie más tomara cartas en el asunto. La madre de Harry, Katarina Dell Valentine, jamás discutía con su propia madre, y en cuanto al padre… bueno…

Eso estaba estrechamente relacionado con la segunda cosa insólita que conformaba el cerebro de 12 años de Harry Valentine.

El padre de Harry, sir Lionel Valentine, era un borracho.

Lo insólito no era esto. Todo el mundo sabía que sir Lionel bebía más de lo debido. No era ningún secreto. Sir Lionel tropezaba y trastabillaba (con las palabras y los pies), se reía cuando nadie más lo hacía, y, para desgracia de las dos criadas (y las dos alfombras del estudio de sir Lionel), había un motivo por el que el alcohol no le había hecho engordar.

Y es que Harry se había vuelto experto en la tarea de limpiar vomitonas.

Todo empezó cuando tenía 10 años. Probablemente habría dejado la porquería donde estaba, de no ser porque había tratado de pedirle a su padre un poco de dinero de bolsillo, cometiendo el error de hacerlo demasiado entrada la noche. Sir Lionel ya se había bebido su brandy vespertino, su trago antes de la cena, su vino con la cena, su oporto inmediatamente después, y ahora había vuelto a su favorito, el mencionado brandy, pasado de contrabando desde Francia. Harry estaba totalmente seguro de haber formulado frases completas (en inglés) al pedirle financiación, pero su padre se limitó a mirarlo fijamente, parpadeando varias veces como si no acabase de comprender de qué hablaba su hijo, y acto seguido le vomitó en los zapatos.

Por lo que en realidad Harry no pudo evitar el desastre.

Después de aquello no pareció haber vuelta atrás. Volvió a ocurrir una semana más tarde, aunque no directamente encima de sus pies, y luego al mes siguiente. Para cuando Harry tenía 12 años, cualquier otro chico habría perdido la cuenta del número de veces que había limpiado el vómito de su padre, pero él siempre había sido un muchacho meticuloso y una vez que hubo empezado fue difícil parar el recuento.

La mayoría de la gente probablemente habría perdido la cuenta alrededor del siete. Harry sabía, a raíz de su extensa lectura sobre lógica y aritmética, que éste era el número más alto que la mayoría de las personas podía percibir visualmente. Si pintas siete puntos en una página, la mayoría de la gente puede echar un rápido vistazo y saber cuántos puntos hay. Si son ocho la mayor parte de la humanidad no acierta a saberlo.

Harry podía percibir hasta 21.

Por lo que no fue de extrañar que tras limpiar 15 vómitos, supiera exactamente cuántas veces se había encontrado a su padre dando tumbos por el pasillo, desmayado en el suelo o apuntando (mal) en un orinal. Y entonces, una vez que llegó a 20, el asunto se convirtió en algo puramente numérico, y se vio forzado a llevar la cuenta.

Tenía que ser numérico. Si no lo era, entonces sería otra cosa, y puede que se sorprendiera a sí mismo llorando antes de dormirse en lugar de simplemente clavar los ojos en el techo mientras decía: «46, pero con un radio bastante más reducido que el martes pasado. Probablemente no haya cenado mucho esta noche».

La madre de Harry hacía tiempo que había decidido ignorar por completo la situación, y se la podía ver casi siempre en sus jardines, ocupándose de las exóticas variedades de rosa que su madre había traído de Rusia tantos años antes. Anne le había informado a Harry de que pensaba casarse y «salir de este infierno» en cuanto cumpliera los 17. Cosa que, por cierto, hizo, un testimonio de su determinación, ya que a esas alturas ni su padre ni su madre habían hecho esfuerzo alguno por conseguirle pareja. En cuanto a Edward, el hijo menor, aprendió a adaptarse, como había hecho Harry. Su padre no servía para nada a partir de las cuatro de la tarde, aun cuando pareciera estar lúcido (lo cual sucedía por lo general hasta la hora de la cena, cuando perdía totalmente el control).

Todos los criados estaban también al tanto. No es que fueran muchos; los Valentine se las arreglaban bastante bien con su cuidada casa de Sussex y las 100 libras anuales que seguían recibiendo como parte de la dote de Katarina. Pero esto no se traducía en una riqueza espléndida, y eran ocho los empleados que tenían: mayordomo, cocinero, ama de llaves, caballerizo, dos lacayos, criada y fregona. La mayoría decidió seguir con la familia pese a los ocasionales y desagradables quehaceres relacionados con el alcohol. Puede que sir Lionel fuese un borracho, pero no era un borracho cruel. Tampoco era tacaño, y hasta las criadas aprendieron a limpiar sus vomiteras si ello significaba alguna que otra moneda de propina cuando él recordaba suficientemente sus actividades como para avergonzarse de ellas.

De modo que Harry no estaba realmente seguro de por qué seguía limpiando los desperdicios de su padre, ya que sin duda podría haber dejado que lo hiciera alguien más. Tal vez no quería que los criados supieran la frecuencia con la que esto ocurría. Tal vez necesitara un recordatorio visceral de los peligros del alcohol. Tenía entendido que su abuelo paterno había sido igual. ¿Estas cosas se transmitían de padres a hijos?

No quería averiguarlo.

Y entonces, de repente, Granmère murió. No pacíficamente durante el sueño; Olga Petrova Obolenskiy Dell jamás se iría de este mundo con tanta discreción. Estaba sentada a la mesa del comedor, a punto de hundir su cuchara en la sopa, cuando se llevó la mano al pecho, jadeó varias veces y sufrió un colapso. Más tarde comentaron que debió de tener cierto grado de conciencia antes de caer sobre la mesa, porque su rostro esquivó totalmente la sopa y no se sabe cómo logró golpear el cubierto, enviando por los aires una cucharada del líquido hirviendo hacia sir Lionel, cuyos reflejos estaban demasiado embotados para apartarse.

Harry no presenció esto personalmente; a los 12 años no le estaba permitido cenar con los adultos. Pero Anne lo vio todo, y se lo refirió a Harry con la respiración entrecortada.

– ¡Y entonces se ha sacado la corbata!

– ¿En la mesa?

– ¡En la mesa! ¡Y se le veía la quemadura! -Anne alzó la mano, sus dedos pulgar e índice pellizcándose unos dos centímetros y medio de cuello-. ¡Así de grande!

– ¿Y Granmère?

Anne se puso un poco más seria. Pero sólo un poco.

– Creo que está muerta.

Harry tragó saliva y asintió.

– Era muy mayor.

– Tenía por lo menos noventa.

– No creo que tuviera noventa.

– Pues los aparentaba -musitó Anne.

Harry no dijo nada. No estaba seguro del aspecto que debía tener una anciana de 90 años, pero desde luego Granmère tenía más arrugas que ninguna de las personas que conocía.

– Pero ¿te cuento la parte más curiosa? -dijo Anne. Se inclinó hacia delante en actitud confidencial-. Mamá.

Harry parpadeó varias veces.

– ¿Qué ha hecho?

– Nada. Nada de nada.

– ¿Estaba sentada al lado de Granmère?

– No, no me refiero a eso. Estaba enfrente y en diagonal… demasiado lejos para ayudar.

– ¿Y…?

– Simplemente se ha quedado sentada -le interrumpió Anne-. No se ha movido. Ni siquiera ha hecho ademán de levantarse.

Harry pensó en ello. Lo lamentaba, pero no era ninguna sorpresa.

– Ni siquiera ha cambiado la expresión de su cara. Se ha quedado ahí sentada, así. -Anne puso una cara decididamente inexpresiva, y Harry tuvo que reconocer que era exactamente igual a la de su madre.

– Te diré algo -dijo Anne-. Si hubiera sufrido un colapso delante de mí, como mínimo habría puesto cara de sorpresa. -Sacudió la cabeza-. Son ridículos, los dos. Papá no hace más que beber y mamá no hace nada en absoluto. Lo dicho, que me muero de ganas de que llegue mi cumpleaños. Me da igual el luto. Yo me caso con William Forbush, y no habrá nada que ninguno de ellos pueda hacer al respecto.

– No creo que debas preocuparte por eso -dijo Harry. Posiblemente su madre no tendría ninguna opinión sobre el asunto y su padre estaría demasiado borracho para darse cuenta.

– Mmm… Probablemente tengas razón. -Anne frunció los labios con pesar y entonces, en una inusitada demostración de cariño fraternal, alargó un brazo y le dio a su hermano un apretón en el hombro-. Tú también te irás pronto. No te preocupes.

Harry asintió. Se suponía que en unas semanas se iba al colegio.

Y si bien se sentía un tanto culpable por tener que irse mientras que Anne y Edward se quedaban, su culpabilidad quedó totalmente anulada por la abrumadora sensación de alivio que lo inundó la primera vez que partió hacia el colegio.

Irse fue estupendo. Con el debido respeto a Granmère y sus monarcas favoritos, puede que fuese hasta «grande».

La vida de estudiante de Harry resultó ser tan gratificante como se había imaginado. Estudió en Hesslewhite, una academia bastante estricta para aquellos chicos cuyas familias carecían de influencias (o, en el caso de Harry, el interés) para mandar a sus hijos a Eton o Harrow.

A Harry le encantaba el colegio. Le encantaba. Le encantaban las clases, le encantaba el deporte y le encantaba irse a la cama y no tener que desviarse hacia todos los rincones del edificio, haciendo su inspección tardía en busca de su padre, cruzando los dedos para que se hubiese desmayado antes de ensuciarlo todo. En el colegio Harry hacía un recorrido directo desde la sala común hasta su dormitorio, y le encantaba cada paso que daba sin sobresaltos.

Pero todo lo bueno tenía un final, y a los 19 años se graduó con el resto de la clase, incluido Sebastian Grey, primo hermano e íntimo amigo. Hubo una ceremonia, ya que la mayoría de los chicos deseaba celebrar la ocasión, pero Harry «olvidó» hablarle de ello a su familia.

– ¿Dónde está tu madre? -le preguntó su tía Anna. Al igual que le pasaba a la madre de Harry, su voz no revelaba ni pizca de acento, pese al hecho de que Olga había insistido en hablarles sólo en ruso de pequeñas. Anna se había casado mejor que Katarina, contrayendo matrimonio con el segundo hijo de un conde. Pero esto no había provocado ningún distanciamiento entre las hermanas; al fin y al cabo, sir Lionel era un baronet, lo que significaba que era a Katarina a la que llamaban «su señoría». Pero era Anna la que tenía los contactos y el dinero, y quizá más importante, tenía un marido (hasta su muerte dos años antes) que raras veces se permitía beber más de una copa de vino en la cena.

Por eso cuando Harry masculló algo acerca de que su madre estaba demasiado cansada, Anna supo exactamente a qué se refería… a que si su madre venía, su padre vendría con ella. Y después de la espectacular exhibición de tambaleante grandeza de sir Lionel en la convocatoria de Hesslewhite de 1807, Harry era reacio a invitar a su padre a otro acto del colegio.

Cuando bebía, sir Lionel tendía a perder las «eses» al hablar, y Harry no estaba seguro de poder sobrevivir a otro discurso sobre su «ezpléndido colegio, ezpléndido», sobre todo porque lo había pronunciado encaramado a una silla.

Durante un momento de silencio.

Harry había intentado hacer bajar a su padre, y lo habría conseguido si su madre, que estaba sentada al otro lado de sir Lionel, hubiese ayudado en el intento. Sin embargo, estaba con la mirada clavada al frente, como hacía siempre en semejantes ocasiones, fingiendo no oír nada. Por lo que Harry tuvo que darle a su padre un tirón, que le hizo perder un poco el equilibrio. Sir Lionel bajó con estrépito y gritando, y se dio un golpe en la mejilla con el respaldo de la silla que estaba enfrente de Harry.

Esto podría haber enfurecido a otro hombre, pero no a sir Lionel. Sonrió estúpidamente, llamó a Harry «hijo ezpléndido» y luego escupió un diente de la boca.

Harry todavía tenía ese diente. Y nunca dejó que su padre volviera a poner un pie en el recinto escolar. Aunque eso significara que fuese el único chico que no tenía ni padre ni madre presentes en la ceremonia de graduación.

Su tía insistió en acompañarlo a casa, lo cual Harry agradeció. No le gustaba tener invitados, pero tía Anna y Sebastian ya sabían todo lo que había que saber de su padre; bueno, casi todo. Harry no había compartido con ellos las 126 veces que había fregado sus vómitos. Ni la reciente pérdida del preciado samovar de Granmère, el esmalte de cuya plata se resquebrajó cuando sir Lionel tropezó con una silla, dio un salto en el aire curiosamente grácil (se suponía que para recuperar el equilibrio) y luego aterrizó boca abajo encima del aparador.

Aquella mañana también se habían echado a perder tres platos de huevos y una loncha de beicon.

La parte positiva fue que los perros sabuesos nunca habían comido tan bien.

Habían elegido Hesslewhite por su proximidad a la casa de los Valentine, por lo que tras estar tan sólo hora y media en el carruaje, torcieron por el camino de acceso y empezaron a recorrer el último y breve tramo.

– Desde luego, los árboles están muy frondosos este año -comentó tía Anna-. Espero que las rosas de tu madre estén bien.

Harry asintió distraídamente, intentando calcular qué hora era. ¿Aún era media tarde o el día había dejado paso a la noche? Si era lo último, tendría que invitarles a que se quedaran a cenar. Tendría que invitarles en cualquier caso; tía Anna querría saludar a su hermana. Pero si era media tarde, únicamente esperarían un té, lo que significaba que podían entrar y salir sin llegar a ver a su padre.

Lo de la cena era otra historia. Sir Lionel siempre insistía en cambiarse para la cena. Le gustaba decir que era el distintivo de un caballero. Y por poca gente que hubiese en la cena (el 99 por ciento de las veces únicamente sir Lionel, lady Valentine y cualesquiera de los hijos de ambos que estuvieran en casa) le gustaba el papel de anfitrión; lo cual generalmente implicaba el relato de un montón de historias y bon mots, sólo que sir Lionel solía olvidar la parte central de las historias, y sus agudezas no eran tremendamente «bon».

Lo que a su vez significaba que había bastantes silencios incómodos por parte de la familia, que se pasaba la mayor parte de la cena fingiendo no enterarse de que la salsera había sido volcada, o de que le habían rellenado la copa de vino a sir Lionel.

Una.

Y otra.

Y luego, naturalmente, otra vez.

Nunca le dijo nadie que parara. ¿Para qué? Sir Lionel sabía que bebía demasiado. Harry había perdido la cuenta del número de veces que su padre se había dirigido a él sollozando: «Lo ciento, lo ciento mucho, muchícimo. No quiero cer un eztorbo. Erez un buen chico, Harry».

Pero nunca cambiaba nada. Lo que sea que empujaba a sir Lionel a beber era mucho más fuerte que toda la culpa o el arrepentimiento de los que podía hacer acopio para dejar la bebida. Sir Lionel no negaba el alcance de su enfermedad. Sin embargo, no podía hacer absolutamente nada al respecto.

Igual que Harry. A menos que atase a su padre a la cama, cosa que no estaba dispuesto a hacer. Así que en lugar de eso nunca invitaba a amigos a casa, evitaba estar en casa a la hora de cenar y, ahora que el colegio había terminado, contaba los días que le quedaban para irse a la universidad.

Pero primero tenía que sobrevivir al verano. Bajó del carruaje de un salto cuando se detuvieron en el camino principal y a continuación le ofreció la mano a su tía. Sebastian los siguió y los tres juntos se dirigieron al salón, donde Katarina bordaba con la aguja.

– ¡Anna! -exclamó, con aspecto de ir a ponerse de pie (pero sin llegar a hacerlo)-. ¡Que sorpresa tan fabulosa!

Anna se agachó para abrazarla, luego se sentó frente a ella.

– Se me ha ocurrido traer a Harry a casa del colegio.

– ¡Vaya, entonces se ha acabado el trimestre! -murmuró Katarina.

Harry sonrió con tensión. Supuso que él tenía la culpa de la ignorancia de su madre, ya que había omitido decirle que el colegio había finalizado, pero ¿no debería una madre mantenerse al tanto de semejantes detalles?

– Sebastian -dijo Katarina, dirigiéndose a su sobrino-. Has crecido.

– Cosas que pasan -bromeó éste, dedicándole su habitual sonrisa torcida.

– ¡Válgame Dios! -exclamó ella sonriendo-. Dentro de poco serás un peligro para las damas.

Harry por poco puso los ojos en blanco. Sebastian ya había conquistado prácticamente a todas las chicas de la aldea próxima a Hesslewhite. Debía desprender cierta clase de fragancia, porque verdaderamente todas las mujeres caían rendidas a sus pies.

Habría sido agobiante, sólo que Sebastian no podía bailar con todas las chicas; y Harry no tenía ningún inconveniente en quedarse con las sobras.

– No habrá tiempo para eso -dijo Anna enérgicamente-. Le he comprado un cargo de oficial del ejército. Sale dentro de un mes.

– ¿Vas a entrar en el ejército? -repuso Anna, dirigiéndose sorprendida a su sobrino-. ¡Qué maravilla!

Sebastian se encogió de hombros.

– ¿No lo sabías, mamá? -dijo Harry. El futuro de Sebastian se había decidido varios meses atrás. A tía Anna le preocupaba su falta de presencia masculina desde que su padre falleciera. Y como era poco probable que Sebastian heredara un título o una fortuna, se daba por hecho que tendría que labrarse su propio futuro.

Nadie, ni siquiera la madre de Sebastian, quien creía que el sol salía y se ponía por su hijo, le había sugerido que contemplara el clero como posibilidad.

A Sebastian no acababa de entusiasmarle la idea de pasarse la década siguiente luchando contra Napoleón, pero tal como le había dicho a Harry ¿qué otra cosa podía hacer? Su tío, el conde de Newbury, lo detestaba y le había dejado claro que no contara con sacar ningún provecho monetario, ni de cualquier otra índole, de esa relación.

– Tal vez muera -había insinuado Harry, con la sensibilidad y el tacto propios de un chico de diecinueve años.

Claro que era difícil ofender a Sebastian, especialmente en lo que concernía a su tío. O al único hijo de éste, el heredero de Newbury.

– Mi primo es peor incluso -contestó Sebastian-. Intentó negarme el saludo en Londres.

Harry notó que se le arqueaban las cejas por la sorpresa. Una cosa era aborrecer a un miembro de la familia; otra muy distinta intentarlo humillar públicamente.

– ¿Qué hiciste?

Los labios de Sebastian se curvaron en una tenue sonrisa.

– Seducir a la chica con la que quería casarse.

Harry le lanzó una mirada de absoluta incredulidad.

– Vale, no es verdad -transigió Sebastian-. Pero en el pub sí que seduje a la chica a la que le había echado el ojo.

– ¿Y la chica con la que quería casarse?

– ¡Ya no quiere casarse con él! -Sebastian se rio.

– ¡Por Dios, Seb! ¿Qué hiciste?

– ¡Oh, nada irreparable! Ni siquiera yo soy lo bastante estúpido como para aprovecharme de la hija de un conde. Sencillamente… se fijó en mí, eso es todo.

Pero tal como había señalado su madre, Sebastian no tendría muchas oportunidades para ninguna clase de intento amoroso, no con la vida militar que le esperaba. Harry había procurado no pensar en su marcha; Seb era la única persona en el mundo en quien tenía una confianza ciega.

Era la única persona que jamás le había defraudado.

En realidad, era lógico que se alistara en el ejército. Sebastian no era estúpido, más bien todo lo contrario, pero no estaba hecho para la vida académica. El ejército era una opción mucho mejor para él. Pero, aun así, mientras él estaba ahí sentado, en el salón, incómodo en una silla egipcia demasiado pequeña, no pudo evitar autocompadecerse un poco. Y sentirse egoísta. Preferiría que Sebastian le acompañase a la universidad, aun cuando no fuese lo mejor para su primo.

– ¿De qué color será tu uniforme? -preguntó Katarina.

– Azul oscuro, supongo -respondió Sebastian con educación.

– ¡Oh, estarás guapísimo de azul! ¿No te parece, Anna?

Anna asintió y Katarina añadió:

– Como lo estarías tú, Harry. Tal vez deberíamos comprarte a ti también un cargo.

Harry parpadeó sorprendido. Nunca habían contemplado el ejército como una opción de futuro. Él era el varón primogénito, tenía que heredar la casa, la dignidad de baronet y el dinero que su padre no se bebiera antes de morir. Se suponía que su vida no tenía que peligrar.

Y, además de eso, él era uno de los pocos chicos de Hesslewhite a los que realmente le gustaba estudiar. No le había importado que lo apodaran «el profesor». ¿En qué estaría pensando su madre? ¿Acaso no lo conocía? ¿Estaba sugiriendo que se alistara en el ejército para mejorar su sentido de la estética?

– Pero ¡si Harry no podría ser un soldado! -exclamó Sebastian con picardía-. No puede darle a un blanco que esté a un metro de sus narices.

– Eso no es verdad -repuso él-. No soy tan bueno como -dijo con un brusco movimiento de cabeza hacia Seb-, pero soy mejor que todos los demás.

– Entonces, ¿eres un buen tirador, Sebastian? -inquirió Katarina.

– El mejor.

– También es de una modestia extraordinaria -murmuró Harry. Pero era verdad. Sebastian era un tirador inusitadamente destacado, y el ejército estaría encantado con él, siempre y cuando lograran impedirle que sedujera a todo Portugal.

A medio Portugal, más bien. A la mitad femenina.

– ¿Por qué no te haces tú con un cargo de oficial? -preguntó Katarina.

Harry se volvió a su madre, intentando descifrar su rostro, intentando descifrarla a ella. Era siempre tan enojosamente inexpresiva, como si los años hubiesen ido poco a poco eliminando todo aquello que le había conferido personalidad, que le había permitido sentir. Su madre no tenía opinión. Dejaba que la vida diera vueltas a su alrededor, y ella se quedaba impasible, sin que ningún aspecto de la misma pareciera despertar su interés.

– Creo que te gustaría el ejército -dijo Katarina en voz baja, y él se paró a pensar si su madre había hecho alguna vez semejante declaración, si había dado alguna vez una opinión relativa a su futuro, su bienestar.

¿Había estado únicamente esperando al momento adecuado?

Su madre sonrió como siempre hacía; con un suspiro imperceptible, como si el esfuerzo fuese casi excesivo.

– ¡Estarías estupendo de azul! -Y luego se dirigió a Anna-: ¿No crees?

Harry abrió la boca para decir… bueno, para decir algo; en cuanto supiera el qué. No tenía pensado entrar en el ejército. Él debía ir a la universidad. Se había ganado una plaza en Pembroke College, en Oxford. Había pensado en estudiar ruso quizá. No había practicado mucho el idioma desde que Granmère falleciera. Su madre lo hablaba, pero raras veces tenían conversaciones enteras en inglés y mucho menos en ruso.

¡Caramba, cómo echaba de menos a su abuela! No siempre tenía razón, y ni siquiera era siempre simpática, pero era divertida. Y a él lo quería.

¿Qué habría ella querido que hiciera? Harry no estaba seguro. Sin duda, le habría parecido bien que fuese a la universidad, si eso implicaba pasar tiempo inmerso en la literatura rusa. Pero su abuela también había tenido un grandísimo concepto del ejército y se había burlado abiertamente de su padre por no haber servido nunca a su país (y por infinidad de cosas más).

– Deberías pensar en ello, Harry -declaró Anna-. Estoy convencida de que Sebastian agradecería tu compañía.

Harry le lanzó una mirada desesperada a Sebastian. Seguro que él entendería su angustia. ¿Qué se creían su madre y su tía? ¿Que tomaría semejante decisión mientras se bebía un té? ¿Que podría dar un mordisco a una galleta, reflexionar sobre el asunto durante unos instantes y decidir que sí, que el azul marino era un color de uniforme espléndido?

Pero Sebastian hizo ese gesto típico suyo de encoger un hombro, ese gesto que decía: «¡Qué sé yo! El mundo está loco».

La madre de Harry se llevó la taza de té a los labios, pero si tomó un sorbo, la inclinación de la porcelana lo hizo inapreciable. Y entonces mientras bajaba la taza hacia el platillo, cerró los ojos.

Fue tan sólo un parpadeo, en realidad, tan sólo un parpadeo ligeramente más lento de lo normal, pero Harry sabía lo que quería decir. Su madre había oído pasos. Los pasos de su padre. Siempre era la primera en oírlo. Tal vez fueran los años de práctica, de vivir en la misma casa, aunque no exactamente en el mismo mundo. Su habilidad para fingir que su vida era diferente a la que era se había ido desarrollando junto con su habilidad para adivinar el paradero de su marido en todo momento.

Era mucho más sencillo ignorar lo que uno no veía.

– ¡Anna! -exclamó sir Lionel, que apareció y se apoyó en el umbral de la puerta-. Y Sebastian. ¡Qué magnífica sorpresa! ¿Qué tal te va, hijo?

– Muy bien, señor -contestó Sebastian.

Harry observó a su padre entrando en la sala. Era difícil saber ya en qué punto de ebriedad estaba. Su paso no era vacilante, pero en sus brazos había cierto balanceo que a Harry no le gustó.

– Me alegro de verte, Harry -dijo sir Lionel, dándole a su hijo una breve palmadita en el brazo antes de avanzar hacia la consola-. Veo que el colegio ha terminado.

– Sí, señor -dijo Harry.

Sir Lionel vertió algo en un vaso (Harry estaba demasiado lejos para determinar qué exactamente), luego se volvió a Sebastian con una sonrisa bobalicona.

– ¿Cuántos años tienes ya, Sebastian? -inquirió.

– Diecinueve, señor.

Los mismos que Harry. Únicamente se llevaban un mes. Siempre había tenido la misma edad que Harry.

– ¿Le has dado un té, Katy? -le dijo sir Lionel a su esposa-. ¿En qué estabas pensando? Ya es un hombre.

– No pasa nada por tomar té, padre -dijo Harry con sequedad.

Sir Lionel se volvió hacia él parpadeando por la sorpresa, casi como si hubiera olvidado que su hijo estaba allí.

– Harry, hijo. Me alegro de verte.

Harry apretó los labios, luego los frunció.

– Yo también me alegro de verlo, padre.

Sir Lionel tomó un buen trago de su copa.

– Entonces, ¿ha finalizado el trimestre?

Harry asintió mientras decía su acostumbrado «sí, señor».

Sir Lionel frunció las cejas; luego bebió de nuevo.

– Pero ya has terminado el colegio, ¿verdad? He recibido una nota de Pembroke College sobre tu matriculación. -Volvió a fruncir las cejas, luego parpadeó unas cuantas veces, después se encogió de hombros-. No me había enterado de que habías solicitado el ingreso. -Y luego, como si se le acabara de ocurrir, añadió-: Bien hecho.

– No voy a ir.

Las palabras salieron de la boca de Harry atropellada e inesperadamente. ¿Qué estaba diciendo? ¡Naturalmente que iría a Pembroke College! Era lo que quería. Lo que siempre había querido. Le gustaba estudiar. Le gustaban los libros. Le gustaban los números. Le gustaba sentarse en una biblioteca, incluso cuando brillaba el sol y Sebastian lo sacaba a rastras a jugar al rugby. (Sebastian siempre ganaba esta batalla; en el sur de Inglaterra los días soleados eran contados y cuando se podía había que salir fuera. Por no decir que Sebastian era terriblemente persuasivo en todo.)

No había en toda Inglaterra un joven que pudiera encajar mejor en la vida universitaria. Y, sin embargo…

– Voy a alistarme en el ejército.

De nuevo las palabras salieron sin que mediara pensamiento consciente alguno. Harry se preguntó qué estaba diciendo. Se preguntó por qué lo decía.

– ¿Con Sebastian? -preguntó tía Anna.

Harry asintió.

– Alguien tiene que asegurarse de que no lo maten.

Sebastian lo fulminó con la mirada por la ofensa, pero saltaba a la vista que estaba demasiado contento por el giro de los acontecimientos como para replicar. El futuro militar siempre le había producido sentimientos encontrados; Harry sabía que, pese a toda su bravuconería, le tranquilizaría tener a su primo con él.

– No puedes irte a la guerra -dijo sir Lionel-. Eres mi heredero.

Todos los presentes en el salón (los cuatro, miembros de su familia) se volvieron al baronet con diversos grados de sorpresa. Con toda probabilidad era lo único sensato que había dicho en muchos años.

– Tienes a Edward -dijo Harry con rotundidad.

Sir Lionel bebió, parpadeó varias veces y se encogió de hombros.

– Pues sí, es verdad.

Era más o menos lo que Harry esperaba que dijera y, sin embargo, sintió en sus entrañas una persistente y honda decepción. Y un profundo resentimiento.

Y dolor.

– ¡Un brindis por Harry! -exclamó sir Lionel jovialmente, levantando su vaso. No parecía darse cuenta de que nadie más se había unido a él-. ¡Buena suerte, hijo mío! -Inclinó su vaso, pero entonces cayó en la cuenta de que hacía rato que no lo rellenaba-. ¡Vaya, maldita sea! -murmuró-. ¡Qué lata!

Harry se hundió el la silla, pero al mismo tiempo empezó a sentir un picor en los pies, como si estuvieran listos para echar a andar. A correr.

– ¿Cuándo te vas? -preguntó sir Lionel, tras rellenar felizmente su vaso.

Harry miró hacia Sebastian, quien inmediatamente habló.

– Debo personarme la semana que viene.

– Entonces yo también -le dijo Harry a su padre-. Necesitaré el dinero para pagar el cargo, naturalmente.

– Naturalmente -repuso sir Lionel, respondiendo de forma instintiva al tono de voz de mando de Harry-. Bien… -Bajó los ojos hacia sus pies, luego desvió la vista hacia su esposa.

Ésta miraba fijamente por la ventana.

– ¡Ha sido estupendo veros a todos! -dijo sir Lionel. Dejó su vaso y caminó a paso tranquilo hasta la puerta, perdiendo el equilibrio únicamente una vez.

Harry lo vio marcharse y experimentó una curiosa sensación de indiferencia ante la escena. Evidentemente, había visualizado la imagen con anterioridad. No el hecho de alistarse en el ejército, sino el de irse de casa. Siempre había creído que se iría a la universidad como todo el mundo, que metería sus cosas en el carruaje familiar y se marcharía. Pero su imaginación se dejó llevar por toda clase de despedidas dramáticas que iban desde la gesticulación absurda hasta las miradas gélidas. Sus favoritas tenían que ver con botellas lanzadas contra la pared, botellas de las caras; las de contrabando traídas de Francia. ¿Seguiría su padre dando apoyo a los franchutes con sus compras ilegales ahora que su hijo se enfrentaría con ellos en el campo de batalla?

Harry clavó los ojos en el umbral vacío de la puerta. ¡Qué más daba, en realidad! No tenía nada más que hacer aquí.

No tenía nada más que hacer en este lugar, con esta familia, se acabaron todas esas noches en las que llevaba a su padre a la cama y lo tumbaba cuidadosamente de lado para que, si volvía a vomitar, al menos no se atragantara al hacerlo.

Se acabó.

Se acabó.

Pero la sensación era de mucho vacío, mucho silencio. Su partida estuvo marcada por… nada.

Y tardaría años en darse cuenta de que lo habían engañado.

Capítulo 1

Dicen que mató a su primera esposa.

Eso bastó para que lady Olivia Bevelstoke dejara de remover el té.

– ¿Quién? -preguntó, porque lo cierto era que no había estado escuchando.

– Sir Harry Valentine. Tu nuevo vecino.

Olivia miró fijamente a Anne Buxton y luego a Mary Cadogan, quien asintió con la cabeza.

– Es broma -dijo, aunque sabía perfectamente que Anne jamás bromearía sobre algo así. Su vida eran los chismorreos.

– No, es tu vecino, en serio -intervino Philomena Waincliff.

Olivia tomó un sorbo de té, principalmente para ganar tiempo y que su cara no adoptara la expresión deseada, una mezcla de descarada exasperación e incredulidad.

– Me refería a que debe de ser una broma que haya matado a alguien -dijo Olivia con más paciencia de la que generalmente se le atribuía.

– ¡Ah…! -Philomena cogió una galleta-. Perdón.

– A mí me ha llegado que mató a su prometida -insistió Anne.

– Si hubiese matado a alguien, estaría entre rejas -señaló Olivia.

– No, si no pudieron probarlo.

Olivia miró discretamente hacia su izquierda, donde, tras una gruesa pared de piedra, tres metros y medio de fresco aire primaveral y otra pared gruesa, ésta de ladrillo, estaba la casa recientemente alquilada por sir Harry Valentine, justo al sur de la suya.

Las otras tres chicas miraron en su misma dirección, lo cual hizo que Olivia se sintiera como una absoluta idiota, ya que ahora estaban todas mirando fijamente hacia un punto totalmente vacío de la pared del salón.

– No ha matado a nadie -dijo con firmeza.

– ¿Cómo lo sabes? -repuso Anne.

Mary asintió.

– Porque lo sé -contestó Olivia-. No estaría viviendo en Mayfair, en una casa contigua a la mía, si hubiese matado a alguien.

– Sí, si no pudieron probarlo -volvió a decir Anne.

Mary asintió.

Philomena se comió otra galleta.

Olivia logró curvar muy levemente los labios; esperaba que hacia arriba, porque de nada serviría fruncirlos. Eran las cuatro de la tarde. Las chicas llevaban una hora de visita, charlando sobre esto y lo otro, cotilleando (naturalmente) y comentando su elección de atuendo para los próximos tres actos sociales. Tenían esta clase de encuentros con asiduidad, aproximadamente una vez a la semana, y Olivia disfrutaba con su compañía, si bien la conversación carecía de la trascendencia que caracterizaba las charlas con su amiga más íntima, Miranda née Cheever, ahora Bevelstoke.

Sí, resulta que Miranda se había casado con el hermano de Olivia. Lo cual estaba bien. Era maravilloso. Habían sido amigas desde la cuna y ahora serían hermanas hasta la muerte. Pero eso también significaba que Miranda ya no era una dama soltera de la que se esperaba que hiciera cosas propias de la soltería.

Actividades para damas solteras

por lady Olivia Bevelstoke, una dama soltera.

Llevar ropa de colores pastel

(puedes darte por satisfecha si tienes la complexión

adecuada para semejantes tonos).

Sonríe y resérvate tus opiniones

(con cualquier grado de éxito que seas capaz).

Haz lo que te digan tus padres.

Acepta las consecuencias cuando lo hagas.

Busca un marido que no se moleste en decirte

lo que tienes que hacer.

No era inusual que Olivia formulara mentalmente dichas rarezas epigráficas. Lo que explicaría por qué con tanta frecuencia se sorprendía a sí misma sin escuchar cuando debería.

Y, tal vez, por qué en alguna que otra ocasión había dicho cosas que en realidad debería haberse guardado para sí. Aunque, a decir verdad, habían pasado dos años desde que llamara a sir Robert Kent armiño orondo, y, francamente, eso había sido mucho más condescendiente que el resto de términos de la lista que tenía en mente.

Pero digresiones aparte, ahora Miranda tenía que hacer cosas propias de señoras casadas, que a Olivia le habría gustado enumerar en una lista, sólo que nadie (ni tan siquiera Miranda, y Olivia todavía no se lo había perdonado) quería decirle qué hacían las mujeres casadas, aparte de no tener que llevar colores pastel, no tener que ir constantemente acompañadas de una carabina y parir bebés a intervalos razonables.

Olivia estaba convencida de que detrás de esto último había algo más, porque su madre salía corriendo de la habitación cada vez que le preguntaba al respecto.

Pero volviendo a Miranda. Había dado a luz a un bebé (Caroline, la ricura de sobrina de Olivia, por la que ésta hacía toda clase de payasadas) y ahora estaba embarazada del segundo, lo que significaba que por las tardes no podía estar de palique como habitualmente. Y como a Olivia le gustaba la cháchara (y la moda y el chismorreo), cada vez pasaba más tiempo con Anne, Mary y Philomena. Y si bien a menudo eran divertidas, y nunca maliciosas, las más de las veces decían bobadas.

Como ahora mismo.

– En cualquier caso, ¿quiénes lo dicen? -preguntó Olivia.

– ¿Quiénes? -repitió Anne.

– Sí, ¿quiénes dicen que mi nuevo vecino mató a su prometida?

Anne hizo una pausa. Miró hacia Mary.

– ¿Tú lo recuerdas?

Mary sacudió la cabeza.

– La verdad es que no. ¿Sarah Forsythe, tal vez?

– No -intervino Philomena, sacudiendo la cabeza con absoluta seguridad-. Sarah no ha sido. Acaba de volver de Bath hace un par de días. ¿Libby Lockwood?

– No, Libby no -dijo Anne-. Si hubiese sido Libby, lo recordaría.

– A eso me refiero -comentó Olivia-. No sabéis quién lo ha dicho. Ninguna de nosotras lo sabe.

– Pues yo no me lo he inventado -dijo Anne, un tanto a la defensiva.

– No he dicho que te lo hayas inventado. Nunca pensaría eso de ti. -Era cierto. Anne repetía casi todo lo que se manifestaba en su presencia, pero jamás se inventaba las cosas. Olivia hizo una pausa, pensativa-. ¿No creéis que es la clase de rumor que convendría verificar?

Su pregunta fue recibida por tres miradas inexpresivas.

Olivia intentó otra táctica distinta.

– Aunque sólo sea por vuestra propia seguridad personal. Si esto fuera cierto…

– Entonces, ¿tú crees que lo es? -inquirió Anne intentando aguijonearla.

– No. -¡Cielo santo!-. No lo creo. Pero si lo fuera, entonces digo yo que no sería alguien con quien querríamos que se nos relacionara.

Esto fue recibido con un largo silencio, que finalmente rompió Philomena:

– Mi madre ya me ha dicho que lo evite.

– Razón por la que -continuó Olivia, que se sentía un poco como si estuviese caminando trabajosamente por el fango- deberíamos determinar su veracidad. Porque si no es cierto…

– Es muy guapo -interrumpió Mary. A lo que siguió-: Es verdad, lo es.

Olivia parpadeó unas cuantas veces, tratando de entenderla.

– Yo no lo he visto nunca -dijo Philomena.

– Siempre viste de negro -dijo Mary, como si estuviera haciendo una confidencia.

– Yo lo he visto de azul oscuro -la contradijo Anne.

– Siempre lleva colores oscuros -rectificó Mary, lanzándole a Anne una mirada de fastidio-. Y sus ojos… ¡oh, podría traspasarte con la mirada!

– ¿De qué color son? -preguntó Olivia, imaginándose toda clase de interesantes matices; rojo, amarillo, naranja…

– Azules.

– Grises -dijo Anne.

– Gris azulado. Pero son muy penetrantes.

Anne asintió, no tenía puntualización alguna que hacer sobre esta afirmación.

– ¿De qué color tiene el pelo? -preguntó Olivia. Seguramente este detalle les había pasado desapercibido.

– Castaño oscuro -respondieron al unísono las dos chicas.

– ¿Tan oscuro como el mío? -inquirió Philomena, toqueteándose sus propios cabellos.

– Más oscuro -dijo Mary.

– Pero no moreno -añadió Anne-. No del todo.

– Y es alto -dijo Mary.

– Siempre lo son -murmuró Olivia.

– Pero no demasiado -continuó Mary-. A mí tampoco me gustan los hombres desgarbados.

– Viviendo como vive aquí al lado tienes que haberlo visto -le dijo Anne a Olivia.

– No creo haberlo visto -musitó Olivia-. Acaba de alquilar la casa a primeros de mes, y desde entonces yo he pasado una semana fuera porque los Macclesfield me invitaron a su fiesta.

– ¿Cuándo has regresado a Londres? -inquirió Anne.

– Hace seis días -respondió Olivia, retomando enérgicamente el tema en cuestión-. Ni siquiera sabía que hubiera un soltero viviendo en la casa. -Lo cual, se le ocurrió tarde, quería decir que de haberlo sabido, habría intentado averiguar más cosas sobre él.

Algo probablemente cierto, pero que no iba a reconocer.

– ¿Sabéis de qué me he enterado? -preguntó de pronto Philomena-. De que le dio una paliza a Julian Prentice.

– ¿Qué? -repusieron todas.

– ¿Y lo mencionas ahora? -añadió Anne, con gran incredulidad.

Philomena hizo un gesto de desdén con la mano.

– Me lo ha dicho mi hermano. Julian y él son grandes amigos.

– ¿Qué ocurrió? -inquirió Mary.

– Ésa es la parte que no me quedó muy clara -confesó Philomena-. Robert fue un tanto impreciso.

– Los hombres nunca recuerdan los detalles que hay que recordar -dijo Olivia, pensando en su propio hermano gemelo, Winston. Para los cotilleos era un desastre, un auténtico desastre.

Philomena asintió.

– Robert vino a casa y tenía muy mal aspecto. Estaba bastante… mmm… desaliñado.

Todas asintieron. Todas tenían hermanos.

– Apenas podía mantenerse erguido -continuó Philomena-. Y apestaba a Dios sabe qué. -Sacudió la mano frente a su nariz-. Tuve que ayudarle a pasar de largo el salón para que mamá no lo viera.

– Entonces ahora te debe una -dijo Olivia, siempre maquinando.

Philomena asintió.

– Al parecer estaban por ahí, haciendo lo que sea que hagan los hombres, y Julian estaba un poco, mmm…

– ¿Borracho? -intervino Anne.

– Suele estarlo -añadió Olivia.

– Sí. Lo que cuadra, dado el estado en que volvió a casa mi hermano. -Philomena hizo un alto, frunciendo la frente como si estuviese pensando en algo; pero entonces dejó de fruncirla con la misma rapidez y continuó-: Me dijo que Julian no hizo nada fuera de lo común, y que luego sir Harry apareció y prácticamente lo despedazó.

– ¿Hubo sangre? -preguntó Olivia.

– ¡Olivia! -la reprendió Mary.

– La pregunta es pertinente.

– No sé si hubo sangre -dijo Philomena un tanto oficiosamente.

– Si lo despedazó, sería lo lógico -pensó en voz alta Olivia.

Extremidades que menos me importaría perder,

en sentido descendente,

por Olivia Bevelstoke

(en la actualidad con todas las extremidades intactas).

No, de eso nada. Meneó los dedos de los pies dentro de sus chinelas para quedarse más tranquila.

– Tiene un ojo morado -continuó Philomena.

– ¿Sir Harry? -inquirió Anne.

– Julian Prentice. Sir Harry también podría tenerlo que yo no lo sabría, porque no lo he visto en mi vida.

– Yo lo vi hace un par de días -dijo Mary-. No tenía un ojo morado.

– ¿Estaba desmejorado?

– No, tan adorable como siempre. Aunque iba todo de negro. Es muy curioso.

– ¿Todo de negro? -insistió Olivia.

– Casi todo menos la camisa blanca y la corbata. Pero aun así… -Mary sacudió la mano en el aire, como si no pudiese aceptar esa posibilidad-. Es como si estuviese de luto.

– Tal vez lo esté -dijo Anne, volviendo a la carga-. ¡Por su prometida!

– ¿La que mató? -preguntó Philomena.

– ¡No ha matado a nadie! -exclamó Olivia.

– ¿Cómo lo sabes? -dijeron las otras tres al unísono.

Olivia habría contestado, pero pensó que no lo sabía. Nunca había visto a ese hombre, nunca había oído siquiera un rumor sobre él hasta esta tarde. Pero aun así debía imperar el sentido común. Eso de que uno asesinara a su prometida se asemejaba sospechosamente a las novelas góticas que Anne y Mary siempre leían.

– ¿Olivia? -dijo alguien.

Ésta parpadeó varias veces, cayendo en la cuenta de que había permanecido callada un instante demasiado largo.

– No es nada -dijo, dando una leve sacudida con la cabeza-. Estaba pensando, nada más.

– En sir Harry -repuso Anne, con cierta suficiencia.

– Tampoco es que se me haya dado la oportunidad de pensar en otra cosa -dijo Olivia entre dientes.

– ¿En qué preferirías pensar? -preguntó Philomena.

Olivia abrió la boca para hablar, pero entonces se dio cuenta de que no tenía ni idea de cómo responder.

– En nada -dijo por fin-. En casi nada.

Pero le había picado la curiosidad. Y la curiosidad de Olivia Francés Bevelstoke era realmente formidable.

La chica de la casa que quedaba al norte lo estaba observando de nuevo. Llevaba ya gran parte de la semana haciéndolo. Al principio a Harry no le había extrañado. Era la hija del conde de Rudland, ¡por el amor de Dios!, y si no, guardaría con él alguna clase de parentesco; porque de ser una criada a estas alturas ya la habrían despedido por pasar tanto tiempo frente a la ventana.

Y no era la institutriz. El conde de Rudland tenía esposa, o eso le habían dicho. Ninguna esposa consentiría que hubiera en su casa una institutriz que mirara de esa manera.

Por eso casi con toda seguridad era su hija. Lo que significaba que Harry no tenía ningún motivo para creer que ella no fuera más que la típica señorita de sociedad cotilla, de ésas para las que espiar a los vecinos nuevos carecía de importancia. Sólo que llevaba cinco días observándolo. Seguro que si únicamente hubiera sentido curiosidad por el corte de su abrigo y el color de su pelo, a estas alturas ya habría terminado su minucioso examen.

Había tenido la tentación de saludarla con la mano; de pintarse una enorme y alegre sonrisa en la cara y saludar con la mano. Eso detendría el espionaje de la joven. Sólo que entonces nunca sabría el porqué de su interés por él.

Lo cual era inaceptable. Harry jamás aceptaba un «porqué» sin respuesta.

Por no mencionar que no estaba lo bastante cerca de la ventana de la chica para ver su reacción. Cosa que frustraba el objetivo del saludo. Si ella se ruborizaba, él quería verlo; de lo contrario, ¿qué gracia tendría?

Harry volvió a sentarse frente al escritorio, actuando como si no tuviese ni idea de que ella lo miraba por las cortinas. Tenía trabajo y necesitaba dejar de hacerse preguntas sobre la rubia de la ventana. Esa misma mañana un mensajero del Departamento de Guerra le había entregado un documento de extensión considerable que debía traducirse de inmediato. Él siempre seguía el mismo procedimiento para traducir del ruso al inglés: primero una lectura rápida para captar el significado general, luego un examen más detallado analizando el documento palabra por palabra. Sólo entonces, tras este riguroso estudio, cogía una pluma y tinta y empezaba su traducción.

Era una tarea tediosa, pero aun así, le gustaba, pues siempre le habían gustado los enigmas. Podía trabajar en un documento durante horas sin darse cuenta, hasta que se ponía el sol, de que no había probado bocado en todo el día. Pero ni siquiera él, un enamorado de su trabajo, podía imaginarse a sí mismo dedicando el día entero a observar cómo otra persona traducía documentos.

Y, sin embargo, allí estaba ella, de nuevo junto a su ventana. Pensando, probablemente, que se le daba muy bien esconderse y que él era un zopenco redomado.

Harry se sonrió. Ella no sabría el motivo. Puede que él trabajara para la sección más aburrida del Departamento de Guerra (la que manejaba las palabras y los papeles en lugar de revólveres, navajas y misiones secretas), pero estaba bien preparado. Había pasado 10 años en el ejército, la mayoría de ellos en Europa, donde ser observador y tener un agudo sentido del movimiento podían marcar la diferencia entre la vida y la muerte.

Había reparado, por ejemplo, en que ella tenía la costumbre de retirarse tras la oreja mechones sueltos de pelo. Y como en ocasiones lo observaba de noche, sabía que cuando se soltaba la melena (increíblemente dorada como el sol), las puntas le llegaban justo hasta media espalda.

Sabía que su bata era azul. Y, lamentablemente, bastante informe.

Lo suyo no era estarse quieta. Es probable que ella creyera que sí lo estaba, porque no se movía nerviosamente y su postura era erguida y firme. Pero siempre la delataba algo: un leve movimiento de las yemas de los dedos o tal vez una diminuta elevación de los hombros al respirar.

Y, naturalmente, en ese momento a Harry le resultaba imposible no reparar en ella.

Le dio que pensar. ¿Por qué le interesaba tanto verlo encorvado sobre un fajo de papeles? Porque eso era lo que había estado haciendo toda la semana.

Tal vez debería animar un poco el espectáculo. En serio, sería todo un detalle por su parte. Seguramente ella se aburría como una ostra.

Podía encaramarse a la mesa y cantar.

Comer algo y fingir que se atragantaba. ¿Qué haría ella entonces?

Ése sí que sería un dilema moral interesante. Dejó la pluma un momento, pensando en las diversas damas que había tenido ocasión de conocer. No era tan cínico. Estaba convencido de que al menos algunas de ellas tratarían de salvarlo, aunque dudaba mucho que tuvieran las aptitudes atléticas necesarias para actuar a tiempo.

Lo mejor sería que masticara detenidamente lo que comiera.

Harry inspiró hondo y procuró devolver la atención al trabajo. Había tenido los ojos dirigidos hacia los papeles durante todo el rato que había estado pensando en la chica de la ventana, pero no había leído nada. No había avanzado nada en los últimos cinco días. Suponía que podía correr la cortina, pero eso sería demasiado evidente. Especialmente ahora, a mediodía, cuando el sol daba de lleno.

Clavó los ojos en las palabras que tenía delante, pero no se podía concentrar. Ella seguía allí, seguía mirándolo fijamente, creyendo que estaba escondida tras la cortina.

¿Por qué demonios lo observaba?

A Harry no le hacía ninguna gracia. Era imposible que ella pudiese ver en qué estaba trabajando, y aunque pudiera, dudaba mucho que supiese leer el alfabeto cirílico. Aun así, los documentos que había sobre su escritorio solían tratar temas delicados, a veces incluso de relevancia nacional. Si alguien lo espiaba…

Sacudió la cabeza. Si alguien lo espiaba…, no sería la hija del conde de Rudland, ¡por el amor de Dios!

Y entonces, milagrosamente, desapareció. Primero se giró, levantando el mentón unos tres centímetros quizás, y luego se alejó. Había oído un ruido; es probable que alguien la hubiese llamado. ¡Qué más daba! Lo que a Harry le alegraba es que se fuera. Tenía que ponerse a trabajar.

Bajó los ojos y llevaba media página traducida cuando oyó:

– ¡Buenos días, sir Harry!

Era Sebastian, claramente de un humor festivo; de lo contrario, no le habría llamado sir Nada. Harry no levantó la vista del papel.

– Es por la tarde.

– No cuando uno se despierta a las once.

Harry reprimió un suspiro.

– No has llamado a la puerta.

– Nunca lo hago. -Sebastian se sentó con abandono en una silla sin que al parecer reparara en que su pelo moreno le había caído sobre los ojos-. ¿Qué estás haciendo?

– Trabajar.

– Trabajas mucho.

– Algunos no tenemos condados que heredar -comentó Harry, intentando acabar al menos una frase más antes de que Sebastian acaparara toda su atención.

– Puede que sí -dijo Sebastian en voz baja-, puede que no.

Era cierto. Sebastian siempre había ocupado el segundo lugar en la línea hereditaria; su tío, el conde de Newbury, había engendrado solamente un hijo, Geoffrey. Pero eso no había preocupado al conde (que todavía consideraba que Sebastian era un completo gandul, pese a la década que había estado al servicio del Imperio de Su Majestad); al fin y al cabo, nunca hubo muchos motivos para creer que Sebastian pudiese heredar. Geoffrey había contraído matrimonio cuando Sebastian estaba en el ejército y su esposa había alumbrado dos niñas, con lo que quedaba claro que su primo era capaz de tener hijos.

Pero entonces Geoffrey tuvo un acceso febril y murió. En cuanto se hizo evidente que su viuda no estaba encinta y que, por tanto, no había a la vista joven heredero alguno para salvar el condado de la devastación que suponía Sebastian Grey, el conde, viudo desde hacía tiempo, se había propuesto engendrar un nuevo heredero para el título y con ese fin deambulaba ahora por Londres en busca de una esposa.

Lo que quería decir que nadie sabía muy bien qué pensar de Sebastian. O era el heredero irresistiblemente guapo y atento de un antiguo y acaudalado condado, en cuyo caso era sin duda el mayor trofeo del mercado marital, o era el chico irresistiblemente guapo y atractivo sin herencia, en cuyo caso podía ser la peor pesadilla de una matrona de la alta sociedad.

Aun así lo invitaban a todas partes. Y lo sabía todo de la sociedad londinense.

Razón por la cual Harry sabía que obtendría una respuesta cuando preguntó:

– ¿El conde de Rudland tiene una hija?

Sebastian lo contempló con una expresión que la mayoría interpretaría como hastío, pero que Harry sabía que significaba «zoquete».

– Naturalmente que sí -dijo Sebastian. Harry decidió que lo de «zoquete» estaba implícito-. ¿Por qué? -inquirió.

Harry lanzó una mirada furtiva hacia la ventana, aunque ella no estaba allí.

– ¿Es rubia?

– Completamente.

– ¿Bastante guapa?

A Sebastian se le escapó una pícara sonrisa.

– Más que eso, a juzgar por la mayoría de los cánones de belleza.

Harry frunció las cejas. ¿Qué demonios hacía la hija de Rudland observándolo con tanta atención?

Sebastian bostezó sin molestarse en disimular, pese a que Harry lo fulminó con la mirada.

– ¿Alguna razón concreta para este repentino interés?

Harry contempló la ventana de Olivia, que ahora sabía que estaba en la segunda planta, la tercera por la derecha.

– Me está observando.

– Lady Olivia Bevelstoke te está observando -repitió Sebastian.

– ¿Ése es su nombre? -musitó Harry.

– No te está observando.

Harry se volvió.

– ¿Cómo dices?

Sebastian se encogió bruscamente de hombros.

– Lady Olivia Bevelstoke no te necesita.

– Yo no he dicho que me necesite.

– El año pasado recibió cinco proposiciones de matrimonio, que se habrían duplicado si no hubiera disuadido a varios caballeros antes de que hicieran el ridículo.

– Para no interesarte los chismes sabes mucho.

– ¿He dicho alguna vez que no me interesen? -Sebastian se acarició la barbilla fingiendo seriedad-. ¡Qué mentiroso soy!

Harry lo fulminó con la mirada, luego se puso de pie y anduvo tranquilamente hasta la ventana, ahora que lady Olivia se había ido.

– ¿Pasa algo emocionante? -susurró Sebastian.

Harry lo ignoró, moviendo ligeramente la cabeza hacia la izquierda, aunque no es que eso sirviera mucho para mejorar su ventajosa posición. Aun así ella había ceñido la cortina más de lo habitual con la abrazadera y de no ser porque el sol centelleaba contra el cristal, habría gozado de una buena vista de su habitación. Por el momento la mejor, sin duda.

– ¿Está ella ahí? -preguntó Sebastian, su voz burlonamente trémula-. ¿Te está observando en este momento?

Harry se giró y acto seguido puso los ojos en blanco al ver que Sebastian sacudía las manos en el aire, doblando los dedos con extraños movimientos como si estuviese intentando ahuyentar un fantasma.

– Eres un idiota -dijo Harry.

– Pero un idiota guapo -repuso Sebastian, volviendo a repantigarse de inmediato-. Y tremendamente atractivo. Eso me saca de muchos apuros.

Harry se giró y se apoyó lánguidamente en el marco de la ventana.

– ¿A qué se debe el honor?

– A que te echaba de menos.

Harry esperó pacientemente.

– ¿A que necesito dinero? -aventuró Sebastian.

– Eso es mucho más probable, pero sé de buena tinta que el martes pasado le aligeraste el billetero a Winterhoe soplándole cien libras.

– ¿Y dices que no estás al tanto de los cotilleos?

Harry se encogió de hombros. Se enteraba de lo que le convenía.

– Fueron doscientas, para que lo sepas. Y habrían sido más, si no hubiese aparecido el hermano de Winterhoe y se lo hubiese llevado a rastras.

Harry no hizo comentarios. No les tenía mucho cariño a Winterhoe ni a su hermano, pero no pudo evitar compadecerse de ellos.

– Lo siento -dijo Sebastian, interpretando correctamente el silencio de Harry-. ¿Qué tal está el joven cachorrillo?

Harry miró hacia el techo. Su hermano menor, Edward, seguía en la cama, era de suponer que durmiendo cualquier exceso que hubiera cometido la noche anterior.

– Todavía me odia. -Se encogió de hombros. La única razón por la que Harry se había mudado a Londres era para cuidar de su hermano pequeño, y Edward detestaba haber tenido que doblegarse a su autoridad-. Ya madurará.

– ¿Estás aplicándole mano dura o simplemente haces de amigo?

Harry sintió que asomaba a sus labios una sonrisa.

– Creo que hago el papel de amigo.

Sebastian se repantigó aún más en la silla y dio la impresión de que se encogía de hombros.

– Yo sería más bien duro.

– Y yo diría que no es asunto tuyo -musitó Harry.

– ¡Para el carro, sir Harry! -lo reprendió Sebastian-. Ni que hubiese seducido a una inocente.

Harry contestó a esa frase con un movimiento de cabeza. Pese a que aparentaba todo lo contrario, Sebastian conducía su vida conforme a cierto código ético. No era un código que la mayoría de la gente aprobara, pero ahí estaba. Y si alguna vez había seducido a una virgen, desde luego no lo había hecho adrede.

– Me he enterado de que la semana pasada le diste una paliza a alguien -dijo Sebastian.

Harry cabeceó indignado.

– Se pondrá bien.

– Eso no es lo que he preguntado.

Harry se puso de espaldas a la ventana para mirar directamente a Sebastian.

– De hecho, no has preguntado nada.

– Muy bien -dijo Sebastian con exagerada concesión-. ¿Por qué golpeaste a ese joven hasta hacerle papilla?

– No fue así -contestó Harry malhumorado.

– Tengo entendido que lo dejaste inconsciente.

– Eso lo consiguió él solito. -Harry sacudió la cabeza furioso-. Estaba completamente borracho. Le di un puñetazo en la cara. A lo sumo adelanté diez minutos su desmayo.

– No es propio de ti golpear a otro hombre si no te ha provocado -dijo Sebastian en voz baja-, aun cuando haya bebido demasiado.

Harry tensó la mandíbula. No estaba orgulloso del episodio, pero tampoco lograba lamentarlo.

– Estaba molestando a alguien -dijo con tensión. Y eso era cuanto iba a decir. Sebastian lo conocía suficientemente bien para saber lo que eso significaba.

Sebastian asintió pensativo, luego soltó un largo suspiro. Harry interpretó con eso que dejaría el tema y regresó a su escritorio, mirando subrepticiamente hacia la ventana.

– ¿Está ahí? -preguntó de pronto Sebastian.

Harry no fingió entenderlo mal.

– No. -Se volvió a sentar y localizó el punto del documento en ruso donde se había quedado.

– ¿Está ahí ahora?

Esto se estaba volviendo sorprendentemente aburrido por momentos.

– Seb…

– ¿Ahora?

– ¿Por qué estás aquí?

Sebastian se incorporó un poco.

– Necesito que el jueves vayas al recital de las Smythe-Smith.

– ¿Por qué?

– Le he prometido a alguien que iría, y…

– ¿A quién se lo has prometido?

– Eso no importa.

– A mí sí que me importa, si estoy obligado a ir.

Sebastian se ruborizó ligeramente, siempre un acontecimiento gracioso por inusual.

– Muy bien, se trata de mi abuela. La semana pasada me acorraló.

Harry gruñó. De haber sido cualquier otra mujer, habría podido zafarse. Pero una promesa a una abuela… eso había que mantenerlo.

– Entonces, ¿irás? -preguntó Sebastian.

– Sí -dijo Harry con un suspiro. Detestaba estas cosas, pero por lo menos en un recital uno no tenía que pasarse la velada dando conversación para quedar bien. Podría sentarse en su butaca, no decir palabra y si tenía aspecto de aburrirse, en fin, los demás también lo tendrían.

– Magnífico. ¿Le…?

– Espera un momento. -Harry se volvió a él con recelo-. ¿Por qué me necesitas? -Porque lo cierto era que Sebastian difícilmente carecía de don de gentes.

Sebastian se removió incómodo en su asiento.

– Sospecho que mi tío estará allí.

– ¿Desde cuándo te da eso miedo?

– No me da miedo. -Seb le lanzó una mirada de absoluta indignación-. Pero es probable que la abuela trate de poner fin al distanciamiento y… ¡oh, por el amor de Dios, qué importa eso! ¿Irás o no?

– Naturalmente que sí. -Porque la verdad es que no lo había puesto en duda. Si Sebastian lo necesitaba, él estaría ahí.

Sebastian se levantó y cualquier angustia que hubiera podido sentir había desaparecido, siendo reemplazada por su acostumbrada despreocupación.

– Te debo una.

– Me debes tantas que he dejado de contarlas.

Seb se rio al oír eso.

– Iré a despertar al cachorrillo por ti. Hasta yo creo que es una hora indecorosa para estar aún en la cama.

– Adelante. Eres lo único que tengo que Edward respeta.

– ¿Que respeta?

– Que admira -corrigió Harry. En más de una ocasión Edward había expresado su incredulidad por el hecho de que su hermano (al que encontraba aburrido en extremo) tuviera una relación tan estrecha con Sebastian, su modelo a imitar en todos los aspectos.

Sebastian se detuvo en la puerta.

– ¿Sigue estando el desayuno en la mesa?

– ¡Largo de aquí! -exclamó Harry-. Y cierra la puerta, ¿quieres?

Sebastian obedeció, pero aun así su risa resonó por toda la casa. Harry cerró el puño con impotencia y devolvió la mirada hacia su escritorio, donde los documentos rusos permanecían intactos. Tenía únicamente dos días para concluir este trabajo. Menos mal que la chica (lady Olivia) había salido de su habitación.

Al pensar en ella, Harry levantó la vista, pero sin la cautela habitual, puesto que sabía que no estaba ahí.

Sólo que sí estaba.

Y esta vez seguro que ella se dio cuenta de que él la había visto.

Capítulo 2

Olivia se puso a cuatro patas, el corazón le martilleaba. Él la había visto. Seguro que la había visto. Lo había detectado en su mirada, en el brusco giro de su cabeza. ¡Santo Dios! ¿Cómo lo explicaría? Una joven distinguida no espiaba a sus vecinos. Cotilleaba a sus espaldas, inspeccionaba el corte de sus abrigos y la calidad de sus carruajes, pero en ningún caso los espiaba desde la ventana.

Aun cuando se comentara que un vecino era un posible asesino.

Cosa que Olivia seguía sin creerse.

Sin embargo, dicho eso, estaba claro que sir Harry Valentine se traía algo entre manos. Esta última semana su comportamiento no había sido normal. No es que ella pudiese asegurar a ciencia cierta qué era normal en él, pero tenía dos hermanos. Sabía qué hacían los hombres en sus despachos y estudios.

Sabía, por ejemplo, que la mayoría de los hombres no pasaba en ellos un mínimo de 10 horas al día, como al parecer hacía sir Harry. Y sabía que cuando pisaban casualmente sus despachos, normalmente era para evitar entrar en contacto con el otro sexo, y no, como en el caso de sir Harry, para dedicarse a estudiar detenidamente papeles y documentos.

Olivia habría dado sus colmillos y quizás un molar o dos por saber qué decían aquellos papeles. Todos los días sir Harry se pasaba la jornada entera ahí sentado frente a su escritorio, estudiando con ahínco unos papeles sueltos. Algunas veces casi daba la impresión de que los estuviera copiando.

Pero eso no tenía sentido. Los hombres como sir Harry contrataban secretarias para esa clase de cosas.

Con el corazón todavía acelerado, Olivia levantó la vista, valorando su situación. No es que levantar la mirada sirviese de algo; la ventana seguía quedando por encima de su cabeza y en realidad era lógico que pudiera…

– No, no, no te muevas.

Olivia soltó un gruñido. Winston, su hermano gemelo (o, como a ella le gustaba pensar, su hermano pequeño exactamente por tres minutos), estaba de pie en el umbral de la puerta. O más bien apoyado con dejadez en el marco de ésta intentando aparentar que era el seductor despreocupado que ahora dedicaba su vida a intentar aparentar.

Frase que, gramaticalmente, había que reconocer que dejaba mucho que desear, pero que parecía describirle a la perfección. Llevaba el pelo hábilmente despeinado, la corbata cuidadosamente anudada y, sí, las botas se las había hecho el propio Weston, pero cualquiera que tuviera una pizca de sentido común podía ver que aún era un novato. Nunca había entendido por qué a todas sus amigas les hacían chiribitas los ojos y se volvían unas estúpidas de tomo y lomo en su presencia.

– Winston -dijo Olivia rabiosa, reacia a hacerle alharaca alguna.

– Quédate como estás -le dijo él, sosteniendo una mano al frente, con la palma hacia ella-. Sólo un instante más. Estoy intentando retener la imagen en mi memoria.

Olivia se mordió malhumorada el labio y se arrastró sigilosamente por el suelo pegada a la pared, alejándose de la ventana.

– Déjame adivinar -dijo Winston-. Te han salido ampollas en los dos pies.

Ella lo ignoró.

– Mary Cadogan y tú estáis escribiendo una nueva función de teatro en la que hacéis de ovejas.

Winston se merecía más que nunca una contestación, pero lamentablemente ella no había estado nunca en una posición menos adecuada para dársela.

– De haberlo sabido -añadió Winston-, me habría traído una fusta.

Olivia estaba casi bastante cerca de él como para morderle la pierna.

– ¿Winston?

– ¿Sí?

– Cállate.

Él se echó a reír.

– Te voy a matar -anunció ella, poniéndose de pie. Había bordeado la mitad de la habitación. Era imposible que sir Harry pudiese verla donde estaba ahora.

– ¿Con las pezuñas?

– ¡Oh, vale ya! -exclamó Olivia indignada. Y entonces se dio cuenta de que su hermano estaba entrando tranquilamente en el cuarto-. ¡Apártate de la ventana!

Winston se quedó helado, luego se giró y la miró sorprendido, con las cejas arqueadas.

– Retrocede -dijo Olivia-. Eso es. Despacio, despacio…

Él fingió un movimiento hacia delante.

A Olivia le dio un brinco el corazón.

– ¡Winston!

– En serio, Olivia -dijo él, volviéndose y poniéndose en jarras-. ¿Qué estás haciendo?

Ella tragó saliva. Algo tendría que decirle. La había visto reptando por la habitación como una idiota. Esperaría una explicación. ¡Sabe Dios que ella lo haría, de estar los papeles invertidos!

Pero quizá no tuviera que decirle la verdad. Tenía que haber alguna otra explicación para sus acciones.

Razones por las que podría arrastrarme por el suelo

y necesitar apartarme de la ventana.

No. No tenía ninguna.

– Es por nuestro vecino -dijo Olivia, recurriendo a la verdad, ya que, dada su posición, no tenía alternativa.

Winston giró la cabeza hacia la ventana. Lentamente y con todo el sarcasmo que un movimiento lateral de cabeza podía transmitir.

Que era bastante cuando lo hacía un Bevelstoke, tuvo que reconocer Olivia.

– Nuestro vecino -repitió él-. ¿Tenemos uno?

– Sir Harry Valentine. Alquiló la casa cuando tú estabas en Gloucestershire.

Winston asintió despacio.

– Y su presencia en Mayfair te tiene reptando por el suelo… porque…

– Le estaba espiando.

– A sir Harry.

– Sí.

– A cuatro patas.

– Naturalmente que no. Me ha visto y…

– Y ahora cree que eres una lunática.

– Sí. ¡No! No lo sé. -Exhaló con fuerza-. ¿Cómo voy a saber lo que piensa?

Winston arqueó una ceja.

– Pero sí sabes lo que ocurre en su alcoba, que estabas…

– Es su despacho -le interrumpió ella con vehemencia.

– Que sientes la necesidad de espiar porque…

– Porque Anne y Mary me han dicho… -Olivia no terminó, perfectamente consciente de que si decía por qué estaba espiando a sir Harry parecería más estúpida de lo que ya parecía.

– ¡Oh, no, ahora no te calles! -imploró Winston con ironía-. Si lo han dicho Anne y Mary, decididamente quiero oírlo.

Olivia frunció la boca y se puso seria.

– Muy bien, pero no debes contárselo a nadie.

– Procuro no contar nada de lo que ellas digan -repuso él con franqueza.

– Winston.

– No diré ni mu. -Alzó las manos, como si se rindiera.

Olivia se lo agradeció con un seco movimiento de cabeza.

– Porque ni siquiera es verdad.

– Eso ya lo sabía, a juzgar por la fuente de información.

– Win…

– ¡Oh, venga, Olivia! Deberías saber que no te puedes fiar de nada de lo que esas dos te digan.

Muy a su pesar, ella sintió la necesidad de defenderlas.

– No son tan malas.

– Claro que no -convino él-, es sólo que carecen de toda habilidad para distinguir entre verdad y ficción.

Winston tenía razón, pero aun así eran sus amigas y él un pesado, de modo que no pensaba reconocerlo; antes bien, ignoró completamente su comentario y continuó diciendo:

– Lo digo en serio, Winston. Debes mantener esto en secreto.

– Te doy mi palabra -dijo él, que parecía casi aburrido con todo el asunto.

– Lo que diga entre estas paredes…

– Se quedará entre estas paredes -terminó él-. Olivia…

– Está bien. Anne y Mary me han dicho que ha llegado a sus oídos que sir Harry mató a su prometida… No, no me interrumpas, yo tampoco me lo creo, pero entonces me he puesto a pensar, en fin, ¿cómo se levanta un rumor como ése?

– Con Anne Buxton y Mary Cadogan -contestó Winston.

– Ellas nunca lanzan los rumores -dijo Olivia-. Sólo los hacen circular.

– Una diferencia crucial.

Olivia creía lo mismo, pero éste no era el momento ni el lugar para convenir con su hermano.

– Sabemos que tiene genio -continuó ella.

– ¿Lo sabemos? ¿Cómo?

– ¿No te has enterado de lo de Julian Prentice?

– ¡Ah…, eso! -Winston puso los ojos en blanco.

– ¿A qué te refieres?

– Apenas lo tocó. Julian estaba tan borracho que una ráfaga de viento podría haberle hecho perder el conocimiento.

– Pero sir Harry le golpeó.

Winston hizo un gesto con la mano restando importancia al asunto.

– Supongo que sí.

– ¿Por qué?

Su hermano se encogió de hombros, luego cruzó los brazos.

– En realidad, nadie lo sabe. O por lo menos nadie lo ha dicho. Pero, para un momento… ¿qué tiene todo esto que ver contigo?

– Sentía curiosidad -confesó ella. Sonaba de lo más absurdo, pero era la verdad; y esta tarde ya no podía hacer más el ridículo, imposible.

– ¿De qué?

– De verlo. -Olivia movió bruscamente la cabeza hacia la ventana-. Ni siquiera sabía qué aspecto tenía. Y sí -dijo intencionadamente, frenando la interrupción que podía ver formándose en los labios de su hermano-, sé que su aspecto no tiene nada que ver en absoluto con el hecho de que haya o no matado a alguien, pero no he podido evitarlo. Vive aquí al lado.

Él cruzó los brazos.

– ¿Y te preocupa que haya planeado venir a robar y rebanarte el cuello?

– ¡Winston!

– Lo siento, Olivia -dijo él riéndose-, pero reconoce que es la cosa más absurda…

– No lo es -repuso ella con seriedad-. Lo era. Estoy de acuerdo en eso. Pero entonces… empecé a observarlo y te digo que hay algo muy raro en ese hombre, Winston.

– Cosa que has percibido en los últimos… -Winston frunció el entrecejo-. ¿Cuánto tiempo llevas espiándole?

– Cinco días.

– ¿Cinco días? -La expresión de aristócrata aburrido se esfumó y fue sustituida por una boca abierta por la incredulidad-. ¡Santo Dios, Olivia! ¿No tienes nada mejor que hacer con tu tiempo?

Ella procuró no parecer avergonzada.

– Al parecer, no.

– ¿Y él no te ha visto? ¿En todo este tiempo?

– No -mintió ella, y con bastante facilidad, además-. Y no quiero que lo haga. Por eso me estaba alejando a rastras de la ventana.

Él desvió la vista hacia allí. Luego volvió a mirarla a ella, moviendo la cabeza lentamente y con gran escepticismo.

– Muy bien. ¿Qué has sacado en claro de nuestro nuevo vecino?

Olivia se dejó caer en una silla de la pared del fondo, sorprendida por lo mucho que deseaba contarle sus conclusiones.

– Bueno, la mayor parte del tiempo parece bastante normal.

– Asombroso.

Ella frunció el ceño.

– ¿Quieres que te lo cuente o no? Porque no continuaré si lo único que vas a hacer es burlarte de mí.

Winston le indicó que continuara con un movimiento de la mano claramente sarcástico.

– Pasa una cantidad de tiempo excesiva frente a su escritorio.

Winston asintió.

– Una señal inequívoca de intento de asesinato.

– ¿Cuándo fue la última vez que tú te sentaste frente a un escritorio? -le devolvió ella.

– Un tanto para ti.

– Y -continuó Olivia, poniendo considerable énfasis- también creo que le gusta disfrazarse.

Eso captó la atención de Winston.

– ¿Disfrazarse?

– Sí. A veces lleva gafas y a veces no. Y en dos ocasiones ha llevado un sombrero sumamente extraño. Dentro de casa.

– No me puedo creer que esté escuchando esto -manifestó Winston.

– ¿Quién lleva sombrero por casa?

– Te has vuelto loca. Es la única explicación.

– Además, sólo viste de negro. -Olivia recordó los comentarios de Anne de hacía unos días-. O de azul oscuro. No es que eso sea sospechoso -añadió, porque lo cierto era que de ser otra persona la que estuviera pronunciando esas palabras, probablemente también la habría considerado una idiota. Expuesta con tanta claridad, la aventura entera parecía un disparate.

Olivia suspiró.

– Sé que suena ridículo, pero te digo que hay algo en ese hombre que no cuadra.

Winston la miró fijamente durante varios segundos antes de decir por fin:

– Olivia, tienes demasiado tiempo libre. Aunque…

Sabía que su hermano había dejado la frase incompleta a propósito, pero también que ella era incapaz de no morder el anzuelo.

– ¿Aunque, qué? -dijo ella entre dientes.

– Bueno, debo decir que demuestra una tenacidad inusitada por tu parte.

– ¿Qué quieres decir con eso? -exigió ella.

Sólo un hermano gemelo podría lanzarle una mirada tan condescendiente.

– Reconoce que no tienes fama de acabar lo que empiezas.

– ¡Eso no es verdad!

Él cruzó los brazos.

– ¿Qué me dices de esa maqueta de la Catedral de San Pablo que estabas haciendo?

Se le descolgó la mandíbula inferior, boquiabierta por la sorpresa. No podía creerse que Winston usara eso como ejemplo.

– ¡La tiró el perro!

– ¿Tal vez recuerdas cierta promesa de escribirle a la abuela todas las semanas?

– A ti se te da incluso peor que a mí.

– Ya, pero yo nunca prometí tal diligencia. Tampoco me ha dado nunca por pintar al óleo ni tocar el violín.

Las manos de Olivia se cerraron en un puño junto a su cuerpo. Es verdad, no había recibido más de seis clases de pintura o una suelta de violín. Porque ambas cosas se le daban fatal. ¿Y para qué iba a poner todo su empeño en intentar algo para lo que carecía de talento?

– Estábamos hablando de sir Harry -dijo Olivia entre dientes.

Winston esbozó una sonrisa.

– Es verdad.

Ella lo miró con fijeza. Con dureza. Winston aún tenía esa expresión en su cara (desdeñosa por un lado, pero doblemente irritante). Había disfrutado demasiado pinchándola.

– Muy bien -dijo él, repentinamente solícito-. Dime, ¿qué es lo que «no cuadra» en sir Harry Valentine?

Ella esperó unos instantes antes de hablar y luego dijo:

– Lo he visto un par de veces arrojando al fuego un montón de papeles.

– Yo he hecho lo mismo un par de veces -replicó Winston-. ¿Qué más quieres que haga un hombre con los papeles que son para tirar? Olivia…

– Es la forma en que lo hizo.

Parecía que Winston quería decir algo, pero no encontraba las palabras.

– Los echó al fuego -dijo Olivia-. ¡Los lanzó con violencia!

Winston empezó a sacudir la cabeza.

– Entonces miró por encima de su hombro…

– ¡Es verdad que has estado observándolo durante cinco días!

– No me interrumpas -soltó ella, y entonces, sin coger aire, dijo-: Miró por encima de su hombro como si oyese que venía alguien por el pasillo.

– Déjame adivinar. ¡Venía alguien por el pasillo!

– ¡Sí! -exclamó ella emocionada-. Su mayordomo entró justo en ese momento. Bueno, creo que era su mayordomo. En cualquier caso, era una persona.

Winston la miró atentamente.

– ¿Y la otra vez?

– ¿Qué otra vez?

– La otra vez que echó al fuego sus papeles.

– ¡Oh, eso! -dijo ella-. No hubo nada extraño, la verdad.

Winston la miró fijamente durante varios segundos antes de decir:

– Olivia, tienes que dejar de espiar a ese hombre.

– Pero…

Su hermano alzó una mano.

– Lo que sea que creas de sir Harry te prometo que es erróneo.

– También lo he visto metiendo dinero en una bolsita.

– Olivia, conozco a sir Harry Valentine. Es absolutamente normal.

– ¿Lo conoces? -¿Y la había dejado seguir hablando como una idiota? Lo mataría.

Cómo me gustaría matar a mi hermano.

Versión dieciseisava

por Olivia Bevelstoke.

No, en serio, ¿de qué serviría? Difícilmente podría superar la versión quinceava, que mezclaba el tema de la vivisección con los jabalíes.

– Bueno, en realidad no lo conozco -explicó Winston-. Pero conozco a su hermano. Fuimos juntos a la universidad. Y conozco de oídas a sir Harry. Si arroja papeles al fuego es solamente para despejar su escritorio.

– ¿Y ese sombrero? -insistió Olivia-. Tiene plumas, Winston. -Lanzó los brazos al aire y los agitó, intentando describir lo espantoso que era-. ¡Lleva penachos de plumas!

– Para eso no tengo explicación. -Winston se encogió de hombros, luego sonrió de oreja a oreja-. Pero me encantaría verlo con mis propios ojos.

Ella frunció el ceño, era la reacción menos infantil que se le ocurrió.

– Además -continuó él con los brazos cruzados-, no está prometido.

– Sí, ya, pero…

– Y nunca lo ha estado.

Lo cual reforzaba la opinión de Olivia de que todo el rumor no era más que un infundio, pero resultaba mortificante que fuera Winston quien lo demostrara. Eso si es que lo había demostrado, porque su hermano difícilmente era una autoridad en datos sobre ese hombre.

– ¡Ah…, por cierto! -exclamó Winston en un tono de excesiva indiferencia-. Supongo que mamá y papá no están al tanto de tus últimas actividades detectivescas.

¡Vaya con la pequeña comadreja!

– Me has dicho que no dirías nada -le dijo Olivia en tono acusador.

– Te he dicho que no diría nada sobre las bobadas ésas de Mary Cadogan y Anne Buxton. No he dicho nada de la vena que te ha entrado.

– ¿Qué es lo que quieres, Winston? -preguntó Olivia entre dientes.

Él la miró directamente a los ojos.

– El jueves me pondré enfermo. Cúbreme.

Olivia repasó mentalmente su agenda social. El jueves… el jueves… el recital de las Smythe-Smith.

– ¡Oh, no, no te atreverás! -chilló ella, tambaleándose hacia él.

Winston removió el aire que le rodeaba la cabeza.

– Mis pobres oídos, ya sabes…

Olivia procuró pensar en una respuesta adecuada y sintió una brutal decepción cuando todo lo que se le ocurrió fue:

– ¡Te, te…!

– Yo que tú no amenazaría.

– Si yo voy, tú vas.

Él le dedicó una sonrisa forzada.

– Es curioso, pero el mundo no funciona así.

– ¡Winston!

Aún se reía cuando se fue rápidamente por la puerta. Olivia se concedió tan sólo unos instantes para regodearse en su irritación antes de decidir que prefería asistir al recital de las Smythe-Smith sin su hermano. La única razón por la que había querido que fuera era para verlo sufrir, y estaba convencida de que se le ocurrirían otros medios para lograr ese objetivo. Además, si a Winston lo obligaban a quedarse quieto durante la actuación, seguramente se dedicaría a atormentarla todo el rato. El año pasado le hundió un dedo en el costado derecho, y el anterior…

Bueno, bastará con decir que la venganza de Olivia incluyó un huevo viejo y a tres de sus amigas, todas convencidas de que Winston se había enamorado perdidamente de ellas, pero seguía pensando que aún no estaban en paz.

Así que, en realidad, lo mejor era que Winston no acudiese al recital. En cualquier caso, ella tenía problemas mucho más apremiantes que su hermano gemelo.

Con el ceño fruncido, devolvió la atención a la ventana de su dormitorio. Naturalmente, estaba cerrada; no hacía tan buen día como para dejar que entrara el aire fresco. Pero las cortinas estaban recogidas, y el cristal transparente la atraía y desafiaba. Desde su ventajosa posición, en el lado opuesto del cuarto, sólo podía ver el ladrillo de la fachada de sir Harry y tal vez una porción del cristal de otra ventana (no la de su estudio). Si giraba un poco el cuerpo. Y si no le deslumbraba la luz.

Entornó los ojos.

Desplazó rápidamente su silla un poco a la derecha, intentando esquivar el resplandor.

Alargó el cuello.

Entonces, antes de que tuviera ocasión de cambiar de parecer, volvió a tirarse al suelo, usando el pie izquierdo para cerrar la puerta de su habitación de una patada. Lo último que necesitaba era que Winston la pillara de nuevo a cuatro patas.

Avanzó muy lentamente, preguntándose qué demonios estaba haciendo; ¿de veras se levantaría como si nada al llegar a la ventana, como diciendo «me he caído pero aquí estoy»?

¡Oh, eso sí que era sensato!

Y entonces se le ocurrió que, presa del pánico, se había olvidado por completo de que él estaría preguntándose por qué se había caído ella al suelo. La había visto (de eso estaba segura) y luego se había caído.

Se había caído. No se había girado ni se había ido, sino que se había caído. Como una piedra.

¿Estaría ahora con la vista clavada en su ventana, preguntándose qué le había pasado? ¿Creería que estaba enferma? ¿Vendría incluso a su casa para interesarse por su estado?

A Olivia se le aceleró el pulso. El bochorno sería insondable. Winston no pararía de reírse en una semana.

No, no, se tranquilizó a sí misma, no creería que estaba enferma. Sólo que era una patosa. Una patosa, sin más. Lo que significaba que era preciso que se levantara, que se pusiera de nuevo de pie y se dejara ver caminando por la habitación en perfecto estado.

Y tal vez debería saludar con la mano, puesto que ella sabía que él sabía que ella sabía que él la había visto.

Hizo una pausa, dándole vueltas a este último pensamiento. ¿Era ése el número correcto de «sabías»?

Es más, ésa era la primera vez que él la había detectado junto a la ventana. No tenía ni idea de que ella llevaba cinco días observándolo; de eso estaba segura. Así que, en realidad, sir Harry no tendría motivo de sospecha alguno. Estaban en Londres, ¡por el amor de Dios! La ciudad más populosa de Gran Bretaña. Las personas se veían unas a otras de ventana a ventana constantemente. Lo único sospechoso del encuentro era que ella había actuado como una absoluta idiota y no lo había saludado.

Era preciso que saludara. Era preciso que sonriera y saludara con la mano como diciendo: «¿Qué divertido es todo esto, eh?».

Sabía hacer eso. Algunas veces tenía la sensación de que su vida entera consistía en sonreír y saludar y fingir que todo era muy divertido. Sabía cómo comportarse en cualquier situación social, ¿y qué era eso sino una situación social, aunque inusitada?

Olivia Bevelstoke se desenvolvía de maravilla en situaciones así.

Reptó hasta un lateral de la habitación para poder ponerse de pie fuera del campo de visión de sir Harry. Entonces, como si tal cosa, se acercó tranquilamente hasta la ventana, en sentido paralelo a la fachada, visiblemente concentrada en algo que tenía frente a ella, porque eso es lo que haría en su alcoba en circunstancias normales.

Entonces, justo en el momento adecuado, miraría hacia un lado, como si hubiese oído piar a un pájaro o quizás una ardilla, y miraría casualmente por la ventana, porque eso es lo que haría en semejante situación, y entonces, cuando ella vislumbrase a su vecino, esbozaría una sonrisa a modo de reconocimiento. Sus ojos reflejarían una pizca de interés casi imperceptible y saludaría con la mano.

Cosa que hizo. A la perfección. Con la persona equivocada.

Y ahora el mayordomo de sir Harry pensaría que era una imbécil redomada.

Capítulo 3

Mozart, Mozart, Bach (el mayor de los hermanos), más Mozart. Olivia echó un vistazo al programa del recital anual de las Smythe-Smith, manoseando distraídamente una esquina hasta ablandarla y deformarla. Todo parecía igual que el año anterior, salvo por la chica del chelo, aparentemente nueva. Curioso. Se mordió el interior del labio mientras pensaba en esto. ¿Cuántas primas podía haber en la familia Smythe-Smith? Según Philomena, que se había enterado por su hermana mayor, el cuarteto de cuerda formado por las Smythe-Smith tocaba todos los años desde 1807. Y, sin embargo, las chicas que tocaban nunca pasaban de los 20 años; era como si siempre hubiese otra esperando entre bastidores.

¡Pobrecillas! Olivia dedujo que obligaban a todas a dedicarse a la música, les gustase o no. No era conveniente que se quedaran sin violonchelistas, y eso que dos de las chicas apenas parecían lo bastante fuertes para levantar sus violines.

Instrumentos musicales que me gustaría tocar, si tuviese talento,

por lady Olivia Bevelstoke:

flauta,

flautín,

tuba.

De vez en cuando era bueno elegir lo más inesperado y una tuba bien podría hacer las veces de arma.

Los instrumentos musicales que con bastante seguridad no desearía tocar incluían toda la variedad de cuerda, porque aun cuando lograse exceder los logros de las primas Smythe-Smith (legendarias por sus recitales por todas las razones equivocadas), muy posiblemente seguiría tocando como una vaca agonizante.

En cierta ocasión había intentado tocar el violín, y su madre ordenó que se lo llevaran de casa.

Pensándolo bien, también era raro que le pidieran a Olivia que cantase.

¡Oh, bueno, suponía que tenía otros talentos! Podía pintar una acuarela más que pasable y pocas veces se quedaba en blanco en una conversación. Y si no tenía talento para la música, por lo menos nadie la obligaba a subirse a un escenario una vez al año para aporrear los oídos de los incautos.

O no tan incautos. Olivia miró alrededor de la sala. Reconoció a casi todo el mundo; seguramente todos sabían a lo que iban. El recital de las Smythe-Smith se había convertido en un rito de paso. Había que ir porque…

¡Vaya! Ésa sí que era una buena pregunta. Tal vez imposible de contestar.

Olivia volvió a bajar la mirada hacia su programa, aunque ya lo había leído tres veces. La tarjeta era de color crema, de un tono que parecía difuminarse con la seda amarilla de su falda. Había querido ponerse su nuevo vestido de terciopelo azul, pero entonces había pensado que un color más alegre podría ser más útil. Alegre y llamativo. Aunque, pensó contemplando su atuendo con el ceño fruncido, el amarillo no estaba resultando ser tan llamativo, y ya no estaba tan segura de que le gustase el ribete de puntilla, y…

– Está aquí.

Olivia levantó la vista de su programa. Mary Cadogan estaba de pie frente a ella; no, ahora se estaba sentando, ocupando el asiento que se suponía que Olivia tenía que haber reservado para su madre.

Olivia estuvo a punto de preguntar quién, pero entonces las Smythe-Smith empezaron a puntear sus instrumentos.

Dio un respingo, luego hizo una mueca de disgusto, y entonces cometió el error de mirar hacia el improvisado escenario para ver qué podía haber emitido tan espantoso sonido. No fue capaz de determinar el origen, pero la expresión de horror de la cara de la viola bastó para hacer que apartara la vista.

– ¿Me has oído? -dijo Mary con apremio, dándole con el codo en el costado-. Está aquí. Tu vecino. -Ante la inexpresiva mirada de Olivia, dijo impaciente y prácticamente en voz alta-: ¡Sir Harry Valentine!

– ¿Aquí? -Olivia se giró de inmediato en su butaca.

– ¡No mires!

Y se giró de nuevo hacia delante.

– ¿Por qué está aquí? -susurró.

Mary se toqueteó el vestido, una muselina color lavanda que por lo visto era tan incómoda como parecía.

– No lo sé. Probablemente lo hayan invitado.

Debía de ser cierto. Nadie, en su sano juicio, acudiría sin invitación a ese recital. Era, para describirlo con la máxima delicadeza, un atentado contra los sentidos.

En cualquier caso contra uno de ellos. Probablemente fuese una buena noche para estar sordo.

¿Qué hacía sir Harry Valentine aquí? Olivia se había pasado los tres últimos días con las cortinas echadas, evitando resueltamente todas las ventanas del ala sur de la casa de los Rudland. Pero no contaba con verlo fuera, ya que como bien sabía, sir Harry Valentine no salía de casa.

Y, sin duda, cualquiera que pasase tanto tiempo como él con la pluma, la tinta y el papel poseía la inteligencia suficiente para saber que si decidía salir, había opciones mejores que el recital de las Smythe-Smith.

– ¿Habrá asistido alguna vez a algo así? -preguntó Olivia con disimulo, manteniendo la cabeza al frente.

– No lo creo -le susurró Mary a su vez, también con la mirada clavada al frente. Se inclinó ligeramente hacia Olivia, hasta que sus hombros casi se tocaron-. Desde su llegada a la ciudad ha estado en dos bailes.

– ¿Ha ido al club Almack's?

– Ni una sola vez.

– ¿Y a esa carrera de caballos del parque a la que asistió todo el mundo el mes pasado?

Aunque no lo vio, Olivia notó que Mary sacudía la cabeza.

– Creo que no. Pero no estoy segura. A mí no me dejaron ir.

– A mí tampoco -musitó Olivia. Winston se lo había contado todo sobre la carrera, naturalmente, pero (también naturalmente) no le había dado una explicación tan detallada como le habría gustado.

– Pasa mucho tiempo con el señor Grey -continuó Mary.

Olivia dio un respingo sorprendida.

– ¿Sebastian Grey?

– Son primos. Primos hermanos, creo.

Al oír eso Olivia dejó de fingir que no estaba manteniendo una conversación y miró directamente a Mary.

– ¿Sir Harry Valentine es primo de Sebastian Grey?

Mary se encogió débilmente de hombros.

– Eso dicen.

– ¿Estás segura?

– ¿Por qué es tan difícil de creer?

Olivia hizo un alto.

– No tengo ni idea. -Pero lo era. Conocía a Sebastian Grey. Todo el mundo lo conocía. Por eso le parecía que encajaba tan mal con sir Harry, quien, hasta donde Olivia sabía, abandonaba su despacho únicamente para comer, dormir y dejar inconsciente de un puñetazo a Julian Prentice.

¡Julian Prentice! Se había olvidado completamente de él. Olivia se irguió y echó un vistazo a la sala con experta discreción.

Aunque, cómo no, Mary supo al instante lo que estaba haciendo.

– ¿A quién buscas? -le susurró.

– A Julian Prentice.

Mary ahogó un grito con regocijado horror.

– ¿Está aquí?

– No creo, pero Winston me ha dicho que no fue tan atroz como pensamos. Por lo visto Julian estaba tan borracho que sir Harry podría haberlo tumbado de un soplo.

– Pero un soplo no le deja a uno el ojo amoratado -le recordó Mary, siempre rigurosa en el detalle.

– La cuestión es que no creo que él le diera una paliza.

Mary hizo una pausa de unos segundos, luego debió de decidir que era el momento de cambiar de tema. Miró hacia un lado y el otro, entonces se rascó allí donde el rígido encaje de su vestido se doblaba sobre su clavícula.

– Mmm…, hablando de tu hermano, ¿va a venir?

– ¿Estás loca? ¡No! -Olivia consiguió no poner los ojos en blanco, pero le faltó poco. Winston había fingido un resfriado de un modo bastante convincente y se había metido en la cama. Había engañado a su madre tan bien, que ésta le había pedido al mayordomo que fuese a echarle un vistazo cada hora y la mandase a buscar si empeoraba.

Lo que había sido un detalle positivo de la velada. Olivia sabía de buena tinta que más tarde los caballeros se encontrarían en el club White's. Pues bien, el encuentro tendría que desarrollarse sin Winston Bevelstoke.

Cosa que podría haber sido perfectamente el objetivo de su madre.

– ¿Sabes? -musitó Olivia-. Cuanto mayor soy más admiro a mi madre.

Mary la miró como si se hubiese vuelto una excéntrica.

– ¿De qué hablas?

– Déjalo. -Olivia sacudió levemente la mano. Sería demasiado difícil de explicar. Alargó el cuello un poco, intentando aparentar que no escudriñaba al público-. No lo veo.

– ¿A quién? -inquirió Mary.

Olivia reprimió el impulso de darle una bofetada.

– A sir Harry.

– Pues está aquí -dijo Mary en tono confidencial-. Lo he visto.

– Ahora no está aquí.

Mary (quien tan sólo momentos antes había reprendido a Olivia por su falta de discreción) hizo alarde de una flexibilidad asombrosa al girar el cuello casi por completo.

– Mmm…

Olivia esperó a que dijese algo más.

– No lo veo -dijo Mary al fin.

– ¿Es posible que te hayas equivocado? -preguntó Olivia esperanzada.

Mary le lanzó una mirada de impaciencia.

– Por supuesto que no. Tal vez esté en el jardín.

Olivia se volvió, aunque el jardín no pudiera verse desde la sala donde tendría lugar el recital. Supuso que era un reflejo. Si sabías que alguien estaba en algún sitio, no podías dejar de girarte en esa dirección, aun cuando fuera totalmente imposible verlo.

Naturalmente, no sabía si sir Harry estaba en el jardín. Ni siquiera sabía a ciencia cierta si estaba en el recital. Contaba tan sólo con la afirmación de Mary y aunque ésta era absolutamente de fiar en lo relativo a los nombres de los asistentes a las fiestas, nada más había visto a ese tipo unas cuantas veces (reconocido por ella misma). Era muy posible que se hubiese equivocado.

Olivia decidió aferrarse a esa idea.

– Mira lo que he traído -dijo Mary, rebuscando en su magnífico bolso.

– ¡Oh, es precioso! -exclamó Olivia, bajando los ojos hacia el abalorio de cuentas.

– ¿A que sí? Lo compró mamá en Bath. ¡Oh, aquí están! -Mary extrajo dos pequeñas bolas de algodón-. Son para los oídos -explicó.

Olivia abrió la boca con admiración. Y envidia.

– No tendrás un par más, ¿verdad?

– No, lo siento -contestó Mary encogiéndose de hombros-. El bolso es muy pequeño. -Se giró al frente-. Creo que ya va a empezar.

Una de las madres de las Smythe-Smith pidió a todo el mundo en voz alta que se sentara. La madre de Olivia miró hacia su hija, vio que Mary había ocupado su butaca y la saludó fugazmente con la mano antes de encontrar un hueco al lado de la madre de Mary.

Olivia inspiró hondo, preparándose mentalmente para su tercer encuentro con el cuarteto de cuerda de las Smythe-Smith. El año anterior había perfeccionado mucho su técnica; consistía en respirar profundamente, buscar un punto fijo en la pared que había tras las chicas del que no tuviera que apartar la vista y reflexionar sobre los diversos y variados viajes que pudieran surgirle, por muy vulgares o poco originales que fueran:

Lugares en los que preferiría estar. Edición 1821,

por lady Olivia Bevesltoke.

En Francia.

Con Miranda.

Con Miranda en Francia.

En la cama con una taza de chocolate y un periódico.

En cualquier parte con una taza de chocolate y un periódico.

En cualquier parte con una taza de chocolate o un periódico.

Miró hacia Mary, que parecía a punto de quedarse dormida. El algodón se le había medio salido de las orejas, y Olivia prácticamente tuvo que reprimirse para evitar sacárselo.

De haberse tratado de Winston o Miranda, se lo habría sacado sin dudarlo.

Los compases de Bach, reconocibles únicamente por su melodía barroca… bueno, ella no llamaría a eso melodía, exactamente, pero sí tenía algo que ver con las notas de una escala que subían y bajaban. Fuera lo que fuera, aquello era una ofensa para los oídos y Olivia volvió a girar bruscamente la cabeza al frente.

Los ojos clavados en la pared, los ojos en la pared.

Preferiría estar:

Nadando.

Montando a caballo.

Nadando a lomos de un caballo, no.

Dormida.

Tomándose un helado.

¿Valía esto último como lugar? En realidad, era más bien una experiencia, como «estar dormido», claro que dormir implicaba estar en la cama, que era un sitio. Aunque, para ser exactos, uno podía dormirse sentado. Olivia nunca lo hacía, pero su padre a menudo se quedaba dormido en el salón durante los «ratos en familia» que su madre había establecido, y por lo visto Mary podía hacerlo incluso durante esta cacofonía.

La muy traidora. Ella jamás habría llevado algodones solamente para ella.

«Clava los ojos en la pared, Olivia».

Soltó un suspiro (un poco demasiado fuerte, aunque no es que pudiera oírla nadie) y volvió a hacer sus respiraciones profundas. Se concentró en un candelabro que había detrás de la triste cabeza de la viola; no, mejor de la cabeza de la triste viola…

La verdad era que esa chica no parecía feliz. ¿Sabía lo mal que tocaba el cuarteto? Porque saltaba a la vista que las otras tres no tenían ni idea. Pero la que tocaba la viola, era distinta, era…

Hizo que Olivia escuchara realmente la música.

«¡No puede ser! ¡No puede ser!» Su cerebro se rebeló y volvió a retomar esas malditas inspiraciones, y…

Y entonces el recital terminó, y las músicas se levantaron e hicieron unas reverencias bastantes coquetas. Olivia se sorprendió a sí misma parpadeando demasiado; al parecer, no podía mover adecuadamente los ojos después de tenerlos tanto rato clavados en un punto fijo.

– Te has dormido -le dijo a Mary, dedicándole una mirada como de decepción.

– No es verdad.

– ¡Sí que lo es!

– Bueno, en cualquier caso esto ha funcionado -contestó ella, sacándose el algodón de los oídos-. No he oído casi nada. ¿Adónde vas?

Olivia ya estaba a mitad de pasillo.

– Al cuarto de baño. No aguanto… -Y decidió que eso tendría que bastar. No había olvidado que era posible que sir Harry Valentine estuviese en algún punto de la sala, por lo que si alguna situación requería prisa, era ésa.

No es que ella fuese una cobarde, en absoluto. No estaba tratando de evitar a ese hombre, simplemente intentaba evitar que él tuviera la oportunidad de sorprenderla.

«¡No hay que bajar la guardia!» Si hasta ahora no había sido su lema, ahora lo haría suyo.

¿Acaso no le impresionaría eso gratamente a su madre? Siempre le decía que fuese más perfeccionadora. No, eso no estaba bien dicho. ¿Qué era lo que decía su madre? Daba igual; ya estaba casi en la puerta. Únicamente tenía que pasar junto a sir Robert Stoat y…

– Lady Olivia.

¡Maldita sea! ¿Quién…?

Se giró y se le encogió el corazón. Y cayó en la cuenta de que sir Harry Valentine era mucho más alto de lo que le había parecido desde su despacho.

– Disculpe -dijo ella sin inmutarse, porque siempre se le había dado bastante bien actuar-. ¿Nos conocemos?

Pero por la burlona curva de su sonrisa, Olivia estaba casi segura de que no había sido capaz de disimular su fugaz sorpresa inicial.

– Perdone -le dijo él con suavidad, y ella se estremeció, porque su voz… no era como había pensado que sería. Sonaba como el olor del brandy y le pareció que sabría a chocolate. Y no sabía muy bien por qué había sentido un escalofrío, ya que tenía bastante calor ahora-. Sir Harry Valentine -musitó, haciéndole con educación una elegante reverencia-. Usted es lady Olivia Bevelstoke, ¿verdad?

Olivia levantó el mentón un par de centímetros, sintiéndose importantísima.

– Sí.

– En ese caso estoy encantado de conocerla.

Ella asintió. Probablemente debería hablar; desde luego sería más educado, pero sentía que su compostura peligraba y era más aconsejable que se quedase callada.

– Soy su nuevo vecino -añadió sir Harry Valentine, que parecía un tanto divertido con su reacción.

– ¡Claro! -repuso Olivia, manteniendo el rostro inexpresivo; sir Harry no podría con ella-. Su casa está al sur de la mía, ¿verdad? -preguntó, satisfecha por el tono ligeramente indiferente de su voz-. Había oído que estaba en alquiler.

Él no dijo nada. No enseguida. Pero sus ojos se clavaron en los de ella, que necesitó toda su fortaleza para mantener su expresión plácida, serena y ligeramente curiosa nada más. Olivia consideró esto último necesario; de no haber estado espiándole durante prácticamente una semana, el encuentro le habría parecido sin duda un tanto curioso.

Era un desconocido que actuaba como si ya se conocieran.

Un desconocido, guapo.

Un desconocido guapo que parecía que fuese…

¿Por qué le estaba mirando a los labios?

¿Por qué estaba ella relamiéndose los suyos?

– Bienvenido a Mayfair -se apresuró a decir ella. Lo que fuera con tal de romper el silencio. El silencio no la beneficiaba, no con este hombre, ya no-. Tendremos que invitarle a casa.

– Me encantaría -replicó él aparentemente serio, y Olivia no salió de su asombro. No sólo porque había dicho que le encantaría, sino porque realmente pretendiese aceptar el ofrecimiento, que cualquier idiota habría visto que era sólo por educación.

– Perfecto -dijo ella convencida de que no estaba tartamudeando, sólo que sí hablaba tartamudeando un poco o como si tuviese algo en la garganta-. Si me permite… -Señaló la puerta, porque seguro que al interceptarle al paso él se había fijado en que ella se dirigía hacia la salida.

– Hasta la próxima, lady Olivia.

Ella trató de dar con una contestación ingeniosa, o incluso sarcástica y astuta, pero su mente estaba confusa y no se le ocurrió nada. Él la miraba fijamente con una expresión que no parecía revelar nada de su persona y que, sin embargo, lo decía todo de ella. Tuvo que recordarse a sí misma que sir Harry no conocía todos sus secretos; que no la conocía.

¡Cielo santo! Pero si al margen de esta tontería del espionaje, ¡no tenía ningún secreto!

Y eso él tampoco lo sabía.

Un tanto entonada por la indignación, Olivia le saludó con la cabeza; un movimiento leve y cortés, perfectamente adecuado para una despedida. Y entonces, recordándose a sí misma que era lady Olivia Bevelstoke y que estaba como pez en el agua en cualquier situación social, se giró y se fue.

Y cuando se le trabaron los pies, agradeció enormemente estar ya en el vestíbulo, donde él no pudo verla.

Capítulo 4

Había ido bien.

Harry se congratuló mientras observaba a lady Olivia saliendo apresuradamente de la sala. No es que se moviese a gran velocidad, en absoluto, pero tenía los hombros un poco encogidos y se había recogido el vestido con la mano, levantando los bajos; aunque no muchos centímetros, sino como hacían las mujeres cuando tenían que correr. No obstante, ella se sujetaba el bajo, un gesto sin duda inconsciente, como si sus dedos creyeran que necesitaban prepararse para salir corriendo, aun cuando el resto de su persona hubiera decidido mantener la calma.

Ella sabía que él la había visto espiándolo. Él también lo sabía, naturalmente. Si no hubiese tenido esa certeza en el instante en que sus miradas se habían cruzado tres días antes, lo habría sabido poco después; porque ella había echado las cortinas y no se había asomado a la ventana ni una sola vez desde que él la descubriera.

Un claro reconocimiento de culpabilidad. Un error que un verdadero profesional no habría cometido jamás. Si él hubiese estado en su pellejo…

Claro que él nunca habría estado en su pellejo. No le gustaba el espionaje, nunca le había gustado, y el Departamento de Guerra era plenamente consciente de ello. Pero aun así, bien mirado, nunca le habrían pillado.

El desliz de Olivia había confirmado sus sospechas. Ella era exactamente lo que aparentaba; la típica niña de buena cuna, con toda probabilidad mimada. Tal vez un poco más fisgona que la media; sin duda más atractiva que la media. La distancia (por no hablar de las dos ventanas de cristal que los separaban) no le había hecho justicia. No había podido ver su cara, no del todo. Había atisbado la forma, un poco parecida a un corazón y a la vez un poco ovalada; pero no había visto sus rasgos, que tenía los ojos un tanto más separados de lo normal y que sus pestañas eran tres tonos más oscuras que sus cejas.

El pelo se lo había visto con bastante claridad: suave, de color mantequilla, bastante rizado. No debería haberle parecido más seductor ahora que cuando lo llevaba suelto sobre los hombros, pero por alguna razón, a la luz de las velas, con ese rizo que le colgaba junto al cuello…

Había sentido deseos de tocarla. Había deseado tirar con suavidad del rizo sólo para ver si al soltarlo volvía rápidamente a su sitio, y luego había deseado sacarle las horquillas, una a una, y observar cómo cada bucle se le desprendía del peinado, haciendo que poco a poco pasara de la perfección gélida a ser una divinidad apoteósica.

¡Santo Dios!

Y ahora Harry estaba declaradamente indignado consigo mismo. Sabía que aquella noche no debería haber leído ese libro de poesía antes de salir. Y en francés, para más inri. Esa maldita lengua siempre le ponía cachondo.

No recordaba la última vez que había reaccionado así ante una mujer. En su defensa había que decir que últimamente pasaba tanto tiempo enclaustrado en su despacho que había conocido a muy pocas mujeres que pudieran obrar algún efecto en él. Llevaba ya varios meses en Londres, pero daba la impresión de que el Departamento de Guerra le adjudicaba siempre un documento u otro, y siempre necesitaban las traducciones lo antes posible. Y si se daba el milagro de que conseguía dejar su mesa despejada de papeles, entonces Edward decidía meterse en algún maldito lío (deudas, alcohol, mujeres que no le convenían). Edward no era selectivo en sus vicios, y él no lograba armarse de la suficiente crueldad como para dejar que su hermano se hundiera en sus propios errores.

Lo que significaba que él mismo raras veces tenía tiempo para equivocarse; o sea, para cometer deslices con el otro sexo. No es que se hubiese acostumbrado a vivir como un monje, pero a decir verdad ¿cuánto tiempo hacía…?

Como nunca se había enamorado, ignoraba si la carestía hacía el corazón más proclive a encariñarse, pero después de esta noche estaba totalmente convencido de que la abstinencia había hecho el resto en un hombre hosco como él.

Era preciso que encontrase a Sebastian. La agenda social de su primo nunca se limitaba a un evento por noche. Dondequiera que fuese tras el concierto, sin duda incluiría a mujeres de dudosa moral. Y Harry iría con él.

Se dirigió hacia el otro extremo de la sala con la intención de encontrar algo para beber, pero al dar un paso oyó varios gritos sofocados seguidos de la protesta:

– ¡Esto no estaba en el programa!

Harry miró a uno y otro lado, luego hacia el escenario siguiendo la dirección general de las miradas. Una de las chicas Smythe-Smith había retomado su posición y parecía que se preparaba para tocar un impromptu en solitario (pero no improvisado, ¡Dios no lo quisiera!).

– ¡Dios misericordioso! -oyó Harry. Y ahí estaba Sebastian, de pie a su lado, contemplando el escenario sin duda con más espanto que diversión.

– Me debes una -le dijo Harry, susurrando con maldad las palabras en el oído de Sebastian.

– Creía que habías dejado de contar.

– Esta deuda es impagable.

La chica empezó su solo.

– Puede que tengas razón -admitió Sebastian.

Harry miró hacia la puerta. Era una puerta preciosa, de proporciones perfectas y que conducía al exterior de la sala.

– ¿Podemos irnos?

– Todavía no -dijo Sebastian con pesar-. Falta mi abuela.

Harry alargó la vista hacia la anciana condesa de Newbury, que estaba sentada con el resto de viudas aristócratas, con una amplia sonrisa y aplaudiendo.

– ¿No estaba sorda? -recordó Harry volviéndose de nuevo hacia Sebastian.

– Prácticamente -confirmó Sebastian-. Pero no es tonta. Para la actuación ha guardado la trompetilla. -Se giró hacia Harry con ojos chispeantes-. Por cierto, he visto que has conocido a la encantadora lady Olivia Bevelstoke.

Harry no se molestó en contestar, nada que fuera más allá de una leve inclinación de cabeza.

Sebastian se acercó a él y su voz adoptó un molesto registro de bajo.

– ¿Lo ha reconocido todo? ¿Su insaciable curiosidad? ¿Su incontenible deseo?

Harry se volvió y lo miró directamente a los ojos.

– ¡Eres un imbécil!

– Me lo dices muchas veces.

– Las palabras no caducan.

– Tampoco mi inmadurez, es comodísimo ser inmaduro -dijo Sebastian con una media sonrisa.

El solo de violín llegó a lo que parecía un crescendo, y el público entero contuvo el aliento, esperando el consiguiente clímax seguido de lo que necesariamente tenía que ser el final.

Salvo que no lo era.

– ¡Qué crueldad! -exclamó Sebastian.

Harry hizo una mueca de dolor mientras el violín subía una octava chirriando.

– No he visto a tu tío -señaló.

Sebastian apretó los labios y en las comisuras se le formaron unas diminutas arrugas.

– Se ha excusado esta misma tarde. Estoy por plantearme si me ha tendido una trampa. Sólo que no es tan inteligente.

– ¿Lo sabías?

– ¿Lo de la música?

– Ése es un uso despiadado de la palabra música.

– Me habían llegado rumores -confesó Sebastian-. Pero nada podría haberme preparado para…

– ¿Esto? -musitó Harry, por algún motivo incapaz de apartar los ojos de la chica del escenario. Ésta sujetaba el violín cuidadosamente y su concentración en la música no era fingida. Parecía estar disfrutando, como si estuviese oyendo algo totalmente diferente a lo que oía el resto de la sala. Y quizás así fuese, ¡chica con suerte!

¿Cómo sería vivir en un mundo propio? ¿Ver las cosas como deberían ser y no como eran? Desde luego la violinista debería ser buena. Tenía pasión, y si era cierto lo que las matronas de la familia Smythe-Smith habían dicho al principio de la velada, ensayaba a diario.

¿Cómo debería ser la vida de Harry?

No debería haber tenido un padre que bebía más que respiraba.

No debería tener un hermano decidido a seguir sus mismos pasos.

Debería…

Rechinó los dientes. No debería sumirse en un abismo autocompasivo. Era más hombre que eso. Un hombre más fuerte, y…

Una escalofriante y repentina toma de conciencia lo sacudió y, como era ya su costumbre siempre que tenía la sensación de que algo no iba bien, miró hacia la puerta.

Lady Olivia Bevelstoke. Estaba sola, observando a la violinista con una expresión inescrutable. Sólo que…

Harry entornó los ojos. No estaba seguro, pero desde este ángulo casi parecía como si tuviese los ojos clavados en el ánfora griega que había detrás de la chica.

¿Qué estaba haciendo?

– No le sacas los ojos de encima. -La voz siempre chirriante de Sebastian llegó a su oído.

Harry lo ignoró.

– Es guapa.

Harry siguió ignorándolo.

– También es simpática y no está prometida.

Ni caso.

– Y no es que los serviciales solteros de Gran Bretaña no lo hayan intentado -continuó Sebastian, como siempre sin inmutarse ante la ausencia de respuesta de Harry-. Ellos le siguen pidiendo su mano, pero por desgracia ella siempre los rechaza. Tengo entendido que hasta el viejo Winterhoe…

– Es distante -le interrumpió Harry, con más acritud de la que había pretendido.

La voz de Sebastian rebosó de feliz ironía cuando preguntó:

– ¿Cómo dices?

– Que es distante -repitió Harry, rememorando el breve intercambio de palabras con Olivia Bevelstoke. Se había comportado como una maldita diva. Cada una de sus gélidas palabras se había cuarteado como el hielo y ahora ni siquiera se dignaba a mirar a la pobre chica que tocaba el violín.

Para ser honesto, le sorprendía que hubiese venido esta noche. No parecía el lugar más adecuado para los diamantes gélidos de máxima calidad. Con toda probabilidad alguien le habría obligado a asistir.

– Y yo que me había hecho grandes esperanzas sobre vuestro futuro juntos -musitó Sebastian.

Harry se giró para darle una respuesta mordaz o por lo menos con todo el sarcasmo que pudiera expresar, pero hubo un cambio en la música y la violinista llegó de nuevo a un crescendo. Esta vez tenía que ser el final, pero el público no pensaba jugársela y estalló una salva de aplausos antes siquiera de que ella hubiese tocado la última nota.

Harry caminó al lado de Sebastian, que se abría paso hacia su abuela. Sebastian le había dicho que ésta había venido en su propio carruaje, por lo que no hacía falta que esperasen a que estuviera lista para irse. Aun así Sebastian tenía que despedirse y aunque Harry no era pariente suyo, también debía saludarla.

Pero antes de que pudieran cruzar la sala, fueron abordados por una de las madres de la familia Smythe-Smith, que gritaba:

– ¡Señor Grey! ¡Señor Grey!

A juzgar por la intensidad de su voz, decidió Harry, el conde de Newbury debía de estar teniendo problemas para dar con una esposa fértil.

A favor de Sebastian había que decir que no manifestó ni pizca de su prisa por irse cuando se giró y dijo:

– Señora Smythe-Smith, ha sido una velada deliciosa.

– Me alegro mucho de que haya podido asistir -repuso ella con entusiasmo.

Sebastian le respondió con una sonrisa, la clase de sonrisa que daba a entender que no se imaginaba en sitio mejor. Y entonces hizo lo que hacía siempre que quería zanjar una conversación.

– Permítame que le presente a mi primo, sir Harry Valentine -dijo.

Harry la saludó con un movimiento de cabeza, diciendo su nombre en voz baja. Era evidente que la señora Smythe-Smith consideraba que Sebastian era el premio gordo. Lo miró directamente a los ojos y le preguntó:

– ¿Qué le ha parecido mi Viola? ¿A que ha estado sencillamente magnífica?

Harry no logró ocultar del todo su sorpresa. ¿Su hija se llamaba Viola?

– Toca el violín -explicó la señora Smythe-Smith.

– ¿Y cómo se llama la que toca la viola? -preguntó Harry sin poder evitarlo.

La señora Smythe-Smith lo miró con cierta impaciencia.

– Marianne. -Luego volvió a dirigirse a Sebastian-: Viola es la solista.

– ¡Ah…! -exclamó Sebastian-. Ha sido una sorpresa muy especial.

– ¡Ya lo creo! Estamos muy orgullosos de ella. Tendremos que programar solos para el año que viene.

Para no ser menos, Harry empezó a planear su viaje al Ártico.

– Estoy muy contenta de que haya podido venir, señor Grey -continuó la señora Smythe-Smith, al parecer sin darse cuenta de que eso ya lo había dicho-. Tenemos otra sorpresa para esta noche.

– ¿Le he comentado que mi primo es un baronet? -añadió Sebastian-. Tiene una finca preciosa en Hampshire, donde se caza maravillosamente.

– ¿En serio? -La señora Smythe-Smith se volvió a Harry mirándolo con otros ojos y una amplia sonrisa-. Le agradezco mucho su asistencia, sir Harry.

Sir Harry habría respondido con algo más que un asentimiento de cabeza, sólo que estaba tramando el fallecimiento inminente del señor Grey.

– Les contaré nuestra sorpresa -dijo emocionada la señora Smyhte-Smith-. Quiero que sean los primeros en saberlo. ¡Habrá baile! ¡Esta noche!

– ¿Baile? -repitió Harry, cuya sorpresa casi lo empujó a decir incoherencias-. Mmm… ¿tocará Viola?

– ¡Claro que no! No quisiera que se perdiera el baile. Pero da la casualidad de que contamos con otros músicos aficionados entre el público, y la espontaneidad es sumamente divertida ¿no creen?

Para Harry la espontaneidad era tan indeseada como las visitas al dentista. De lo que sí tenía una excelente opinión, sin embargo, era de la venganza rastrera.

– A mi primo -dijo con gran sentimiento- le encanta bailar.

– ¿Le gusta? -La señora Smythe-Smith se dirigió a Sebastian con regocijo-: ¿Le gusta, señor Grey?

– Sí -respondió Sebastian, tal vez con un poco más de tensión de la necesaria, teniendo en cuenta que no era mentira; le gustaba bailar, mucho más de lo que le había gustado nunca a Harry.

La señora Smythe-Smith miró a Sebastian con beatífica expectación. Harry los miró a ambos con complacida expectación; le encantaban los finales felices. Sobre todo cuando la balanza se inclinaba a su favor.

Consciente de que Harry había jugado mejor sus cartas, Sebastian le dijo a la señora Smyhte-Smith:

– Espero que su hija se reserve el primer baile para mí.

– Será un honor para ella hacerlo -dijo la señora Smyhte-Smith, juntando alegremente las manos-. Si me disculpan, debo ocuparme de que empiece la música.

Sebastian esperó a que ella se mezclara entre el público y entonces dijo:

– Ésta me la pagarás.

– No, creo que ahora estamos en paz.

– Bueno, en cualquier caso tú también tendrás que quedarte aquí conmigo -repuso Sebastian-. A menos que quieras ir andando a casa.

Harry habría contemplado esa posibilidad, si no estuviese lloviendo a cántaros.

– Te esperaré encantado -le dijo, con toda la alegría del mundo.

– ¡Vaya, mira! -exclamó Sebastian en un tono de sorpresa evidentemente falso-. Lady Olivia está justo ahí. ¡Apuesto a que le gusta bailar!

«¡A que no!», pensó en decirle Harry, pero ¿para qué, realmente? Sabía que su primo se apostaría cualquier cosa.

– ¡Lady Olivia! -gritó Sebastian.

La dama en cuestión se giró y hubiera sido imposible esquivarlos porque Sebastian se abrió paso entre el público para llegar hasta ella. Tampoco Harry supo encontrar el modo de evitar el encuentro, aunque no quería darle a Olivia esa satisfacción.

– Lady Olivia -volvió a decir Sebastian en cuanto estuvieron bastante cerca como para poder mantener una conversación-. Es un placer verla.

Ella hizo un leve movimiento de cabeza.

– Señor Grey.

– Está usted muy taciturna esta noche, ¿verdad, Olivia? -musitó Sebastian, pero antes de que Harry pudiera asombrarse por la familiaridad de semejante afirmación, continuó diciendo-: ¿Conoce a mi primo, sir Harry Valentine?

– Mmm… sí -balbució ella.

– He conocido a lady Olivia esta misma noche -intervino Harry, preguntándose qué tramaría Sebastian. Sabía perfectamente que lady Olivia y él ya habían hablado.

– Sí -dijo lady Olivia.

– ¡Ay…, pobre de mí! -exclamó Sebastian, cambiando de tema con asombrosa rapidez-. La señora Smythe-Smith me está haciendo señas. Debo encontrar a su Viola.

– ¿Ella toca también? -inquirió lady Olivia, con la mirada nublada por la confusión. Y quizá por cierta inquietud.

– No lo sé -contestó Sebastian-, pero está claro que ha organizado el futuro de su progenie. Viola es su querida hija.

– Toca el violín -intervino Harry.

– ¡Oh! -Olivia parecía divertida con la ironía del asunto. O tal vez sólo perpleja-. Naturalmente.

– Que disfruten del baile -deseó Sebastian, dedicándole a Harry una fugaz mirada de intenciones claramente malignas.

– ¿Hay baile? -preguntó lady Olivia, con aspecto un tanto alarmado.

Harry se compadeció de ella.

– Tengo entendido que el cuarteto Smythe-Smith no tocará.

– ¡Qué… bien! -Lady Olivia carraspeó-. Para ellas, naturalmente. Así podrán bailar. Estoy segura de que querrán bailar.

Harry sintió que un destello de malicia lo recorría por dentro (¿o era de amenaza?).

– Tiene los ojos azules -comentó.

Ella le miró espantada.

– ¿Cómo dice?

– Sus ojos -susurró-. Que son azules. Me lo había parecido, por el colorido de su piel y su pelo, pero desde tan lejos resultaba difícil saberlo.

Ella se quedó petrificada, pero Harry admiró su firme determinación cuando dijo:

– No tengo la menor idea de qué me habla.

Él se le acercó lo bastante como para que ella viera sus ojos.

– Los míos son marrones.

Dio la impresión de que ella estaba a punto de contestar, pero en lugar de eso parpadeó varias veces y casi pareció que lo escudriñaba más atentamente.

– Lo son -musitó-. ¡Qué raro!

Harry no sabía con seguridad si su reacción era graciosa o preocupante. Sea como fuere, la provocación no había terminado.

– Creo que ya empieza la música -anunció él.

– Debería buscar a mi madre -soltó ella.

Lady Olivia estaba empezando a desesperarse. A Harry eso le gustó.

Después de todo, tal vez la velada acabase siendo agradable.

Capítulo 5

Tenía que haber una manera de hacer que la velada llegase a su fin. A ella se le daba mucho mejor actuar que a Winston. Olivia decidió que, si él podía fingir un resfriado de forma convincente, ella podría sin duda hacer lo propio con la peste.

Oda a la peste,

por Olivia Bevelstoke.

Bíblica.

Bubónica.

Mejor que la lepra.

Porque lo era. Al menos en estas circunstancias. Necesitaba algo que no fuera sólo repugnante, también tenía que ser tremendamente contagioso. Con historia. ¿Acaso la peste no había matado a media Europa hacía unos cuantos siglos? La lepra nunca había sido tan eficaz.

Se le pasó por la cabeza qué ocurriría si se llevase la mano al cuello y murmurase: «¿Son pústulas esto?».

Resultaba tentador. Realmente tentador.

Y sir Harry, maldito fuera, parecía que estaba como unas pascuas, como si no hubiese sitio mejor en el que estar.

Más que aquí. Atormentándola.

– ¡Mire eso! -dijo él con familiaridad-. Sebastian esta bailando con la señorita Smythe-Smith.

Olivia escudriñó la sala con la mirada, decidida a no mirar hombre que tenía a su lado.

– Seguro que ella estará encantada.

Hubo una pausa y entonces sir Harry preguntó:

– ¿Busca a alguien?

– A mi madre -le espetó ella con astucia. ¿Acaso no había escuchado hacía un momento?

– ¡Ah…! -Afortunadamente, estuvo callado unos instantes y luego dijo-: ¿Se parece a usted?

– ¿Qué?

– Su madre.

Olivia desvió la mirada hacia él. ¿Por qué le preguntaba eso? ¿Por qué hablaba con ella siquiera? Ya había dicho lo que tenía decir, ¿verdad?

Era un hombre repugnante. No por los papeles de la chimenea, ni el estrafalario sombrero, pero sí por esto. Por el aquí y ahora. Era simplemente repugnante.

Arrogante.

Un pesado.

Y bastantes cosas más, seguro, sólo que estaba demasiado aturullada para pensar con claridad. La búsqueda de sinónimos requería una cabeza mucho más clara de lo que podía conseguir tener en su presencia.

– Se me había ocurrido ayudarle a buscarla -dijo sir Harry-, pero, lamentablemente, no la conozco.

– Se parece un poco a mí -explicó Olivia distraídamente. Y luego, por alguna razón que no supo identificar, añadió-: Bueno, más bien yo me parezco a ella.

Harry sonrió al oír eso, esbozó una sonrisa, y tuvo la extrañísima sensación de que por una vez él no se estaba riendo de ella. No trataba de provocarla, únicamente… sonreía.

Era desconcertante.

Olivia no pudo apartar la vista.

– Siempre he valorado la precisión lingüística -dijo él en voz baja.

Ella lo miró fijamente.

– Es usted un hombre muy extraño.

Se habría muerto de vergüenza, porque no era ésa la clase de cosas que decía normalmente en voz alta, sólo que él se lo tenía merecido. Y ahora se estaba riendo. Era de suponer que de ella.

Se tocó el cuello. Tal vez, si se pellizcaba a sí misma, la marca pasaría por una pústula.

Enfermedades que sé cómo fingir,

por Olivia Bevelstoke.

Resfriado.

Dolencia pulmonar.

Migraña.

Esguince de tobillo.

Lo último no era exactamente una enfermedad, pero en algunos momentos sin duda era útil.

– ¿Bailamos, lady Olivia?

Como ahora mismo. Sólo que se le había ocurrido demasiado tarde.

– Quiere bailar -repitió ella. Le parecía inconcebible que él quisiera bailar, y aún más inconcebible que creyera que ella lo haría.

– Así es -contestó él.

– ¿Conmigo?

A sir Harry pareció divertirle la pregunta, aunque se mostró amable.

– Había pensado en pedírselo a mi primo, puesto que es la única persona de la sala cuyo parentesco conmigo puedo afirmar, pero eso provocaría un pequeño escándalo ¿no cree?

– Creo que se ha acabado la música -dijo Olivia. Si no era cierto, faltaría poco para que acabase.

– Entonces bailaremos la siguiente.

– ¡No he accedido a bailar con usted! -Olivia se mordió el labio. Hablaba como una idiota. Una idiota irascible, la peor clase de idiota que había.

– Pero lo hará -repuso él con seguridad.

Desde que Winston le dijese a Neville Berbrooke que ella estaba «interesada» en él, no había tenido tantas ganas de pegar a un ser humano. Es más, lo habría hecho, de haber creído que podía salirse con la suya.

– La verdad es que no tiene otra opción -continuó él.

¿Dónde le dolería más? ¿En la mandíbula o en un lado de la cabeza?

– ¡Y quién sabe! -Sir Harry se acercó a ella, su mirada ardiente a la luz de las velas-. Puede que le guste.

En un lado de la cabeza. De todas todas. Si lo golpeaba con un movimiento amplio y arqueado, quizá le haría perder el equilibrio. Le haría gracia verlo despatarrado en el suelo. Sería una escena maravillosa. Puede que se diera un golpe con una mesa o, mejor aún, que en la caída se agarrase del mantel, llevándose consigo la ponchera y toda la cristalería tallada de la señora Smythe-Smith.

– ¿Lady Olivia?

Habría fragmentos de cristal por doquier. Tal vez sangre también.

– ¿Lady Olivia?

Si no podía llevarlo realmente a la práctica, podía al menos fantasear sobre ello.

– ¿Lady Olivia? -Sir Harry le ofreció la mano.

Ella desvió la vista hacia él. Seguía erguido y no había ni una mota de sangre ni cristales rotos a la vista. ¡Qué lástima! Y esperaba claramente que ella aceptase su invitación a bailar.

Por desgracia, se salió con la suya. Olivia no tuvo alternativa. Podía seguir insistiendo (y probablemente lo haría) en que jamás lo había visto con anterioridad a esta velada, pero ambos sabían la verdad.

No sabía con seguridad qué pasaría si sir Harry anunciaba ante la gente allí congregada que ella había estado espiándolo cinco días desde la ventana de su habitación, pero bueno, eso no pasaría. Los rumores serían brutales. En el mejor de los casos tendría que esconderse en casa durante una semana para evitar el chismorreo; en el peor, podría verse instada a casarse con el palurdo ése.

¡Santo Dios!

– Me encantaría bailar -se apresuró a decir Olivia, aceptando su mano extendida.

– Entusiasmo además de precisión -dijo él en voz baja.

Ese hombre era verdaderamente raro.

Se plantaron en la pista de baile momentos antes de que los músicos levantaran sus instrumentos.

– Es un vals -dijo sir Harry nada más oír las dos primeras notas. Olivia le lanzó una mirada de asombro y curiosidad. ¿Cómo podía saberlo tan deprisa? ¿Tenía dotes musicales? Eso esperaba. Significaba que la velada habría sido mayor tortura para él que para ella.

Sir Harry cogió su mano derecha y la sostuvo en el aire en la posición adecuada. Como si el contacto de sus manos no fuese lo bastante alarmante, puso la otra mano donde terminaba su espalda. Estaba tibia. No, caliente. Y Olivia sintió un hormigueo en lugares muy extraños.

Había bailado un montón de valses. Incluso tal vez cientos; pero nunca había sentido nada parecido a esto cuando le habían puesto una mano donde la espalda perdía su nombre.

Era porque aún estaba inquieta. En su presencia estaba nerviosa. Debía de ser por eso.

La agarraba con firmeza, aunque con bastante suavidad a la vez, y parecía un buen bailarín. No, era un magnífico bailarín, mucho mejor que ella. Olivia daba el pego, pero nunca sería una gran bailarina. La gente decía que sí, pero sólo por su belleza.

No era justo, ella era la primera en reconocerlo, pero en Londres una mujer podía conseguir bastantes cosas simplemente por ser guapa.

Claro que eso también quería decir que nunca la consideraban inteligente. Había sido así durante toda su vida. La gente siempre se había imaginado que era una especie de muñeca de porcelana, que estaba ahí para hacer bonito y que la vieran, y para no hacer absolutamente nada.

A veces Olivia se preguntaba si quizá por eso en ocasiones se portaba mal. Nunca nada por lo que llevarse las manos a la cabeza; era excesivamente prudente. Pero tenía fama de hablar con demasiada franqueza y de expresar sus opiniones con demasiada contundencia. En cierta ocasión Miranda le había dicho que por nada del mundo desearía ser tan guapa, y Olivia no lo había entendido, no del todo. No hasta que Miranda se hubo marchado y no quedó nadie con quien mantener una conversación verdaderamente deliciosa.

Levantó la vista hacia sir Harry, tratando disimuladamente de escudriñar su rostro. ¿Era guapo? Supuso que sí. Tenía una pequeña cicatriz, que apenas se le notaba en realidad, cerca de la oreja izquierda y unas mejillas un poco más prominentes de lo que marcaba la belleza clásica, pero aun así tenía algo. ¿Inteligencia? ¿Intensidad?

Se fijó en que también tenía unas cuantas canas junto a las sienes. Se preguntaba qué edad tendría.

– Baila usted con mucho garbo -dijo él.

Olivia puso los ojos en blanco. No pudo evitarlo.

– ¿Se ha vuelto usted inmune a los cumplidos, lady Olivia?

Ella lo fulminó con la mirada; no se merecía menos. También él le había hablado con dureza, en un tono rayano al insulto.

– Tengo entendido -dijo sir Harry, haciéndola girar con pericia hacia la derecha- que ha roto corazones por toda la ciudad.

Ella se puso tensa. Era justo la clase de frase que a la gente le gustaba decirle, creyendo que se enorgullecía de ello, pero no era así. Más aún, le dolía que todo el mundo pensara eso.

– No me parece un comentario amable ni apropiado.

– ¿Hace usted siempre lo apropiado, lady Olivia?

Ella lo miró indignada, pero únicamente unos segundos. Sus miradas se encontraron, y ahí estaba de nuevo esa inteligencia. Esa intensidad. Tuvo que apartar la mirada.

Era una cobarde. Una excusa lamentable, inconsistente y pobre para… para… en fin, para su conciencia. Jamás se había echado atrás en una batalla de voluntades. Y se odiaba a sí misma por hacerlo ahora.

Cuando volvió a oír la voz de sir Harry, fue más cerca del oído, su aliento caliente y húmedo.

– ¿Y es usted siempre amable?

Olivia apretó los dientes. Sir Harry la estaba provocando, y si bien le encantaría hacerle un desaire, se contuvo; al fin y al cabo, era lo que él trataba de conseguir. Quería que ella reaccionase para poder hacerle lo mismo.

Además, no se le ocurría nada convenientemente demoledor.

La mano de sir Harry se deslizó por su espalda; una presión sutil y experta que la guiaba en el baile. Giraron, volvieron a girar y Olivia vislumbró a Mary Cadogan, que tenía los ojos muy abiertos y la boca formando un óvalo perfecto.

Genial. Mañana por la tarde toda la ciudad sabría que había bailado con sir Harry Valentine. Bailar un solo baile con un caballero no debería ser motivo de escándalo, pero Mary estaba suficientemente fascinada con ese hombre como para encontrar la manera de contarlo de corrido y de que pareciese tremendamente au courant.

– ¿Cuáles son sus aficiones, lady Olivia? -le preguntó él.

– ¿Mis aficiones? -repitió ella, preguntándose si alguien le había preguntado eso con anterioridad. Desde luego no de una forma tan directa.

– ¿Canta? ¿Pinta acuarelas? ¿Clava agujas en esas telas que se enganchan en un aro?

– Se llama bordar -aclaró ella un tanto exasperada; el tono de sir Harry era casi burlón, como si no esperara que ella tuviera aficiones.

– ¿Borda?

– No. -Olivia detestaba el bordado. Siempre lo había detestado. Y tampoco se le daba bien.

– ¿Toca algún instrumento?

– Me gusta cazar -contestó ella sin rodeos, esperando poner fin a la conversación. No era del todo cierto, pero en realidad tampoco era mentira. No le gustaba la caza.

– Una mujer a la que le gustan las escopetas -dijo sir Harry en voz baja.

¡Por Dios bendito, esta velada no acabaría nunca! Frustrada, Olivia soltó un suspiro.

– ¿Es éste un vals extraordinariamente largo?

– Creo que no.

Hubo algo en su tono que le llamó la atención y Olivia alzó la vista justo a tiempo para ver sus labios curvándose mientras decía:

– Únicamente le parece largo porque no le caigo bien.

Ella ahogó un grito. Era verdad, por supuesto, pero sir Harry no debería haberlo dicho.

– Tengo un secreto, lady Olivia -susurró él, bajando la cabeza todo lo que pudo sin invadir su territorio-. Usted tampoco me cae bien.

Varios días después a Olivia seguía sin caerle bien sir Harry. Daba igual que no hubiera hablado con él, que ni siquiera lo hubiera visto. Sabía que existía y al parecer eso bastaba.

Cada mañana una de las doncellas entraba en su alcoba y descorría las cortinas, y cada mañana, en cuanto la doncella se iba, Olivia se levantaba de un salto y las volvía a correr de un tirón. Se negaba a darle motivos para que la acusara otra vez de espiarlo.

Además, así él dejaría de espiarla a ella.

Ni tan siquiera había salido a la calle desde la noche del recital. Había fingido un resfriado (fue muy fácil afirmar que Winston se lo había contagiado) y se había quedado en casa. No es que le preocupara toparse con sir Harry. ¿Qué probabilidades había realmente de que bajasen los escalones frontales de sus casas al mismo tiempo? ¿O de que regresaran a éstas a la vez? ¿O de que se vieran en Bond Street o en Gunther's? ¿O en una fiesta?

No tropezaría con él. Incluso pensaba muy poco en ello.

No, la cuestión principal pasaba por evitar a sus amigas. Mary Cadogan se había acercado a verla al día siguiente del recital y luego al otro y al otro. Finalmente, lady Rudland le dijo que cuando su hija se encontrase mejor, le mandaría un mensaje.

No se imaginaba teniendo que hablarle a Mary Cadogan de su conversación con sir Harry. Si ya era bastante horrible recordarla, cosa que al parecer hacía con todo detalle, tener que relatársela a otro ser humano…

Casi bastaba para hacer que un resfriado desembocase en la peste.

Lo que detesto de sir Harry Valentine,

por la normalmente benévola

lady Olivia Bevelstoke.

Creo que piensa que no soy muy inteligente.

Sé que piensa que no soy muy amable.

Me hizo chantaje para que bailase con él.

Baila mejor que yo.

Sin embargo, después de tres días de aislamiento autoimpuesto, Olivia se moría de ganas de sobrepasar los límites de su casa y su jardín. Tras decidir que el mejor momento para evitar a otras personas era a primera hora de la mañana, se puso el sombrero y los guantes, cogió el periódico matutino recién traído y se encaminó hacia su banco favorito de Hyde Park. Su doncella, quien a diferencia de ella le gustaba bordar, la acompañó agarrada con fuerza a su bordado y protestando por la hora.

Hacía una mañana espléndida: cielo azul, nubes esponjosas y una brisa ligera. Un tiempo perfecto, en realidad, y no había nadie a la vista.

– ¡Venga, Sally! -le gritó a su doncella, que iba al menos dos metros rezagada.

– Es muy pronto -se quejó ésta.

– Son las siete y media -le dijo Olivia, deteniéndose unos instantes para dejar que Sally le diese alcance.

– Eso es pronto.

– En circunstancias normales estaría de acuerdo contigo, pero resulta que creo que estoy empezando una nueva etapa. ¿Has visto lo bonito que está el día? El sol brilla, hay música en el aire…

– Yo no oigo ninguna música -refunfuñó Sally.

– Los pájaros, Sally. El trino de los pájaros.

La doncella siguió sin convencerse.

– Esa nueva etapa de la que habla… digo yo que no querría plantearse volver a la anterior, ¿verdad?

Olivia sonrió de oreja a oreja.

– No será tan horrible. En cuanto lleguemos al parque nos sentaremos y disfrutaremos del sol. Yo leeré el periódico, tú bordarás y nadie nos molestará.

Sólo que al cabo de apenas un cuarto de hora, Mary Cadogan apareció literalmente corriendo.

– Tu madre me ha dicho que estabas aquí -le dijo sin aliento-. ¿Ya te encuentras mejor?

– ¿Has hablado con mi madre? -preguntó Olivia, incapaz de dar crédito a su mala suerte.

– El sábado me dijo que me mandaría un mensaje en cuanto te encontraras mejor.

– Mi madre es increíblemente rápida -dijo Olivia entre dientes.

– ¿A que sí?

Sally se deslizó un poco en el banco, sin levantar la vista apenas de su bordado. Mary tomó asiento entre las dos y estuvo buscando la posición adecuada hasta que entre su falda rosa y la verde de Olivia pudieron verse un par de centímetros de banco.

– Quiero saberlo todo -le dijo Mary a su amiga, en voz baja y expectante.

A Olivia se le pasó por la cabeza fingir un desconocimiento absoluto, pero ¿para qué en realidad? Ambas sabían perfectamente de lo que le estaba hablando.

– No hay mucho que contar -le dijo, enrollando el periódico en un intento por recordarle a Mary que había venido al parque a leer-. Me identificó como vecina suya y me pidió que bailáramos. Fue todo muy civilizado.

– ¿Comentó algo de su prometida?

– Por supuesto que no.

– ¿Y sobre Julian Prentice?

Olivia puso los ojos en blanco.

– ¿De veras crees que le contaría a una absoluta desconocida, mujer además, que le puso un ojo morado a otro caballero de un puñetazo?

– No -contestó Mary con pesar-. Era demasiado pedir, la verdad. ¡No hay manera de que alguien me dé los detalles!

Olivia hizo lo posible por aparentar que todo el asunto la aburría.

– Muy bien -continuó Mary sin inmutarse ante la falta de respuesta de su amiga-. Háblame del baile.

– Mary. -Fue un pequeño gruñido, un pequeño chasquido; ordinario, sin duda, pero es que bajo ningún concepto quería Olivia contarle nada a Mary.

– Tienes que contármelo -insistió su amiga.

– Alguna otra cosa de interés habrá en Londres, aparte de mi único, brevísimo y aburridísimo baile con sir Harry Valentine ¿no?

– La verdad es que no -respondió Mary, que se encogió de hombros y luego reprimió un bostezo-. A Philomena se la ha llevado su madre a la fuerza a Brighton, y Anne está enferma. Probablemente haya pillado el mismo resfriado que pillaste tú.

«Probablemente no», pensó Olivia.

– Nadie ha visto a sir Harry desde el recital -añadió Mary-. No ha ido a ningún sitio más.

Cosa que no sorprendió a Olivia. Lo más probable es que estuviese sentado frente a su escritorio, garabateando con frenesí. Y posiblemente llevara puesto ese ridículo sombrero.

Aunque ella no podía saberlo. Llevaba días sin asomarse a la ventana, sin mirar hacia ella siquiera. Bueno, en cualquier caso no más de seis u ocho veces.

Diarias.

– ¿De qué hablasteis entonces? -inquirió Mary-. Sé que hablaste con él. Vi cómo movías los labios.

Olivia se giró hacia ella, los ojos encendidos de rabia.

– ¿Me estuviste leyendo los labios?

– ¡Oh, venga ya! Como si tú nunca hubieras hecho eso.

No solamente era cierto, sino además irrefutable, puesto que lo había hecho con Mary. Pero estaba claro que era pertinente una respuesta (no, una réplica), de modo que Olivia resopló ligeramente y dijo:

– Nunca te lo he hecho a ti.

– Pero lo harías -repuso Mary con rotundidad.

También cierto, pero no era algo que Olivia tuviese la intención de admitir.

– ¿De qué hablasteis? -volvió a preguntar Mary.

– De nada especial -mintió Olivia enrollando de nuevo el periódico, esta vez haciendo más ruido. Había echado un vistazo a las páginas de sociedad (siempre empezaba por el final), pero quería leer las noticias relacionadas con el parlamento. Siempre las leía. Todos los días. Ni siquiera su padre las leía a diario, y eso que era un miembro de la Cámara de los Comunes.

– Parecías enfadada -insistió Mary.

«Ahora lo estoy», quiso quejarse Olivia.

– ¿Lo estabas?

– Te habrás equivocado.

– No lo creo -dijo Mary con esa horrible voz cantarina con la que hablaba cuando creía que tenía razón.

Olivia desvió la mirada hacia Sally, que estaba pasando su aguja por la tela, fingiendo no escuchar. Entonces volvió los ojos hacia Mary, dedicándole una mirada de socorro, como diciendo: «Delante de los criados no».

No era una solución definitiva al problema de Mary, pero al menos la tendría un rato callada.

Volvió a enrollar el periódico y acto seguido se miró las manos consternada. Lo había cogido antes de que el mayordomo tuviera ocasión de planchar el papel y ahora la tinta se le estaba quedando pegada en la piel.

– ¡Qué asco! -exclamó Mary.

A Olivia no se le ocurrió ninguna respuesta, salvo:

– ¿Dónde está tu doncella?

– ¡Ah…, está ahí! -contestó Mary, señalando con la mano a un punto indefinido del espacio que quedaba a sus espaldas. Y entonces Olivia comprendió su tremendo error de cálculo, porque al instante Mary se giró hacia Sally y le dijo-: Conoces a Genevieve, ¿verdad? ¿Por qué no vas a hablar con ella?

Sally conocía a la doncella de Mary, y también sabía que sus conocimientos de la lengua inglesa eran, en el mejor de los casos, limitados, pero como Olivia no pudo intervenir e insistirle en que no hablase con Genevieve, Sally se vio obligada a dejar de bordar y acudir a su encuentro.

– ¡Bravo! -exclamó Mary con orgullo-. ¡Excelente táctica! Ahora cuéntame, ¿cómo es sir Harry? ¿Es guapo?

– Ya lo has visto.

– Sí, pero ¿es guapo de cerca? Tiene unos ojos… -Mary se estremeció.

– ¡Bah! -exclamó Olivia, recordando de pronto-. Son marrones, no de color gris azulado.

– No puede ser. Estoy convencida…

– Te equivocaste.

– No, nunca me equivoco en cosas como ésa.

– Mary, estuve a esto de su cara -dijo Olivia, señalando la distancia que las separaba-. Te aseguro que sus ojos son marrones.

Mary parecía horrorizada. Finalmente, sacudió la cabeza y dijo:

– Seguro que es por esa forma tan penetrante que tiene de mirar a las personas. Di por sentado que sus ojos eran azules. -Parpadeó pensativa-. O grises.

Olivia puso los ojos en blanco y miró al frente, esperando que ése fuera el fin de la conversación, pero Mary no era fácil de disuadir.

– Todavía no me has hablado de él -señaló.

– Mary, no hay nada que decir -insistió Olivia. Clavó los ojos en su regazo, consternada. Su periódico era ahora un bulto arrugado e ilegible-. Me pidió que bailara con él y yo acepté.

– Pero… -Y entonces Mary ahogó un grito.

– Pero ¿qué? -Lo cierto es que Olivia ya estaba empezando a perder la paciencia.

Mary le agarró del brazo, le agarró del brazo con fuerza.

– ¿Qué ocurre ahora?

Su amiga señaló con un dedo hacia el lago Serpentine.

– Mira allí.

Olivia no vio nada.

– A caballo -susurró Mary.

Olivia desvió la vista a la izquierda y entonces…

«¡Oh, no!» Imposible.

– ¿Es él?

Olivia no contestó.

– ¿Sir Harry? -aclaró Mary.

– Ya sé a quién te refieres -soltó Olivia.

– Creo que es sir Harry, sí -dijo Mary alargando el cuello.

Olivia sabía que era él, no tanto porque se parecía al caballero en cuestión, sino porque siempre le pasaba todo a ella.

– Monta bien -musitó Mary admirada.

Olivia decidió que había llegado el momento de actuar desde la fe y rezar. Tal vez él no las vería. Tal vez decidiría ignorarlas. Tal vez un rayo…

– Creo que nos ha visto -dijo Mary, toda contenta y feliz-. Deberías saludar con la mano. Yo lo haría, pero no hemos sido presentados.

– No le des ánimos -le espetó Olivia.

Mary no dudó en arremeter contra ella.

– Sabía que no te caía bien.

Olivia cerró los ojos apesadumbrada. Se suponía que tenía que haber sido un paseo tranquilo y solitario. Se preguntó cuánto tardaría Mary en pillar el resfriado de Anne.

Entonces se preguntó si había algo que pudiera hacer para acelerar el contagio.

– Olivia -le susurró Mary, hincándole el codo en las costillas.

Olivia abrió los ojos. Sir Harry estaba ahora bastante más cerca, cabalgaba claramente en dirección a ellas.

– Me pregunto si el señor Grey estará también aquí -comentó Mary esperanzada-. Puede que sea el heredero de lord Newbury, ¿lo sabías?

Olivia se pegó una sonrisa forzada en la cara mientras sir Harry se acercaba, al parecer sin su primo, el presunto heredero. Reparó en que montaba bien, sí, y su montura era magnífica; un precioso capón castaño de calcetines blancos. Iba vestido para montar, para montar de verdad, no para trotar majestuosamente por el sendero del parque. La brisa le había despeinado el pelo moreno y tenía un poco de color en las mejillas, lo cual debería haberle hecho parecer menos distante y más simpático, pero para ello necesitaría sonreír, pensó Olivia con cierto desdén.

Sir Harry Valentine no iba por ahí regalando sonrisas; desde luego a ella no.

– Señoras -dijo, deteniéndose frente a ellas.

– Sir Harry. -Fue cuanto Olivia logró decir, teniendo en cuenta lo poco que le apetecía hablar.

Mary le propinó una patada.

– Permítame que le presente a la señorita Cadogan -dijo Olivia.

Él ladeó la cabeza cortésmente.

– Encantado de conocerla.

– Sir Harry -dijo Mary, devolviéndole el saludo con un movimiento de cabeza-. Qué día tan agradable, ¿verdad?

– De lo más agradable -contestó él-, ¿no le parece, lady Olivia?

– Sí, ciertamente -exclamó ella con tensión. Se volvió hacia Mary con la esperanza de que él hiciera lo mismo y le dirigiera sus preguntas a ésta.

Pero, naturalmente, no lo hizo.

– No la había visto nunca por Hyde Park, lady Olivia -le dijo sir Harry.

– Normalmente no me atrevo a salir tan temprano.

– Claro -musitó él-, me imagino que tendrá cosas muy importantes que hacer en casa a estas horas de la mañana.

Mary miró a Olivia con curiosidad. La frase de Harry era críptica.

– Cosas que hacer -continuó él-, gente a la que observar…

– ¿Ha venido su primo también? -se apresuró a preguntarle Olivia.

Harry arqueó las cejas con aire burlón.

– Sebastian raras veces sale antes de mediodía -contestó.

– ¿Y usted madruga?

– Siempre.

Otra cosa que detestaba de él. A Olivia no le importaba levantarse pronto, pero odiaba a la gente que presumía de ello.

No hizo ningún comentario más, tratando decididamente de alargar el momento hasta que resultase incómodo. Tal vez él se daría por aludido y se iría. Cualquier persona sensata sabía que era imposible que dos damas sentadas en un banco y un caballero a lomos de un caballo mantuviesen una conversación. Ya estaba empezando a sentir calambres en el cuello de tanto estirarlo.

Alargó el brazo y se masajeó un lado de éste, esperando que él captase la indirecta. Pero entonces (como era evidente que todo el mundo estaba en su contra, incluida ella misma) su memoria le jugó una mala pasada. Recordó sus pústulas imaginarias y lo de la peste de variedad bubónica. Y se echó a reír, ¡horror!

Sólo que no podía reírse, no con Mary sentada precisamente a su lado y sir Harry mirándola con esa arrogancia, de modo que selló la boca. Pero eso hizo que el aire le subiera por la nariz y resoplara; sin ninguna elegancia. Y le hizo cosquillas.

Lo cual hizo que se riera de verdad.

– ¿Olivia? -preguntó Mary.

– No es nada -dijo, haciendo un gesto con la mano mientras se volvía hacia el otro lado, intentando ocultar la cara-. En serio.

Gracias a Dios, sir Harry no dijo nada. Aunque probablemente fuese sólo porque creía que estaba loca.

Pero lo de Mary era otra historia, nunca sabía dónde estaba el límite.

– ¿Estás segura, Olivia? Porqué…

Olivia seguía con la cabeza girada hacia un lado, porque en cierto modo sabía que de lo contrario volvería a reírse.

– Es que me ha venido algo a la cabeza, eso es todo.

– Pero…

Mary dejó de darle la lata; asombroso.

Olivia se habría sentido aliviada, sólo que parecía muy poco probable que Mary desarrollase de pronto tacto y sentido común. Y, de hecho, resultó tener razón porque Mary no había interrumpido su frase fruto de su compasión por Olivia, en absoluto. Había dejado de hablar porque…

– ¡Oh, mira, Olivia! Tu hermano.

Capítulo 6

Harry tenía previsto dirigirse a casa. Tenía por costumbre salir a montar a primera hora de la mañana, aun estando en la ciudad, y se disponía a salir del parque cuando divisó a lady Olivia sentada en un banco. Esto despertó la suficiente curiosidad en él como para detenerse y que ésta le presentara a su amiga, pero tras un rato de cháchara decidió que ninguna de las dos le parecía bastante fascinante como para distraerlo del trabajo.

Sobre todo teniendo en cuenta que, de entrada, era lady Olivia Bevelstoke la causante de que fuese tan atrasado en sus traducciones.

Era cierto que ella había dejado de espiarle, pero el daño ya estaba hecho, pues cada vez que se sentaba frente al escritorio notaba los ojos de ella en el cogote, aunque sabía a la perfección que Olivia había corrido completamente las cortinas. Pero estaba claro que la realidad tenía muy poco que ver con el asunto, porque al parecer era mirar hacia la ventana de ella y él perdía una hora de trabajo.

Sucedía de este modo: miraba hacia la ventana, porque la ventana estaba ahí y era imposible no acabar mirando hacia allí a menos que él también corriese completamente las cortinas, cosa que no estaba dispuesto a hacer, dada la cantidad de tiempo que pasaba en su despacho. Así que veía la ventana y pensaba en Olivia, porque ¿en qué más podía pensar realmente al ver la ventana de su dormitorio? En ese momento empezaba a enfadarse, porque a) Olivia no merecía ese gasto de energía, b) ni siquiera estaba allí y c) por su culpa no estaba trabajando nada.

La c siempre desembocaba en un ataque de rabia aún mayor, esta vez contra sí mismo, porque d) la verdad es que debería tener más poder de concentración; e) no era más que una estúpida ventana y f) si se ponía nervioso por una mujer, ésta al menos debería gustarle.

En la f generalmente se le escapaba un fuerte gruñido y se obligaba a sí mismo a retomar la traducción. Eso funcionaba normalmente durante un par de minutos y luego volvía a levantar la vista, veía casualmente la ventana y volvía a repetirse la maldita y absurda historia.

Que fue por lo que cuando vio la cara de espanto que puso lady Olivia Bevelstoke al oír nombrar a su hermano decidió que no, que no necesitaba volver al trabajo todavía. Después de todas las molestias que le había causado, estaba deseoso de verla pasar por un trance similar.

– ¿Conoce al hermano de Olivia, sir Harry? -preguntó la señorita Cadogan.

Harry bajó de su montura de un salto; todo indicaba que se quedaría allí un rato.

– No he tenido el placer.

Al oír la palabra «placer», la cara de pocos amigos de lady Olivia fue inequívoca.

– Es su hermano gemelo -continuó la señorita Cadogan-. Ha acabado hace poco el curso universitario.

Harry se volvió hacia lady Olivia y dijo:

– No había caído en que eran ustedes gemelos.

Ella se encogió de hombros.

– ¿Ha terminado sus estudios? -le preguntó.

Ella asintió secamente.

Al ver su actitud, Harry por poco cabeceó con desaprobación. Era una mujer realmente antipática. Lástima que fuese tan guapa, no se merecía el físico que tenía. Harry más bien creía que debería tener una enorme verruga en la nariz.

– En ese caso es posible que conozca a mi hermano -comentó Harry-. Seguramente tienen la misma edad.

– ¿Quién es su hermano? -preguntó la señorita Cadogan.

Harry les habló un poco de Edward y paró justo antes de que llegase el hermano de lady Olivia. Venía solo, a pie, tenía el paso ágil de un chico joven. Entonces reparó en que se parecía bastante a su hermana. Su pelo rubio era varios tonos más oscuros que el de ella, pero tenía exactamente el mismo brillo en la mirada, el mismo color y forma de ojos.

Harry hizo una reverencia; el señor Bevelstoke hizo lo propio.

– Sir Harry Valentine, mi hermano, el señor Bevelstoke; Winston, sir Harry -dijo lady Olivia con una falta de interés e inflexión en la voz asombrosa.

– Sir Harry -dijo Winston con educación-. Conozco a su hermano.

Harry no lo reconoció, pero supuso que el joven Bevelstoke pertenecía al círculo de Edward. Éste le había presentado a la mayoría de sus conocidos en uno u otro sitio, pero prácticamente ninguno era memorable.

– Tengo entendido que es usted nuestro nuevo vecino -dijo Winston.

Harry respondió diciendo algo en voz baja y asintiendo con la cabeza.

– El de la casa que queda al sur.

– Así es.

– Siempre me ha gustado esa casa -dijo Winston, o más bien pontificó. Desde luego parecía que estuviese a punto de hacer una gran revelación-. Es de ladrillo, ¿verdad?

– Winston -dijo Olivia con impaciencia-, sabes perfectamente que es de ladrillo.

– Sí, bueno -repuso él con un gesto de la mano, como quitándole importancia-, por lo menos estaba relativamente seguro de ello. No suelo prestar atención a esas cosas y, como bien sabes, mi dormitorio da al otro lado.

Harry notó que sus labios dibujaban lentamente una sonrisa. Esto no podía sino mejorar.

Winston se volvió a Harry y, sin motivo aparente, aparte del de torturar a su hermana, dijo:

– La habitación de Olivia da al sur.

– ¿Ah, sí?

Olivia puso cara de…

– Sí -confirmó Winston, acabando con las conjeturas de Harry acerca de cómo podía o no reaccionar lady Olivia. Pero pensó que una bronca espontánea estaba dentro de lo posible.

– Probablemente haya visto su ventana -siguió Winston-. Sería imposible no verla, en realidad. Está…

– Winston.

Harry retrocedió literalmente unos centímetros. Parecía que la violencia iba a estallar. Y aunque Winston era más alto que su hermana y pesaba más que ella, Harry creía que ganaría Olivia.

– Estoy segura de que a sir Harry no le interesa un plano del interior de nuestra casa -le espetó Olivia.

Winston se acarició el mentón pensativo.

– Yo no estaba pensando tanto en un plano del interior como en la fachada.

Harry se volvió a Olivia. No creía haber visto nunca una ira tan bien controlada. Era impresionante.

– Me alegro tanto de verte esta mañana, Winston -intervino la señorita Cadogan, muy posiblemente ajena a la tensión familiar-. ¿Sales a menudo tan temprano a la calle?

– No -contestó él-. Mi madre me ha enviado en busca de Olivia.

La señorita Cadogan sonrió alegremente y devolvió su atención a Harry.

– Entonces parece que es usted el único visitante matutino habitual por aquí, por el parque. Yo también he venido en busca de Olivia. Hace siglos que no tenemos ocasión de charlar. Ha estado enferma, ¿sabe?

– No lo sabía -dijo Harry-. Espero que se encuentre mejor.

– Winston también ha estado enfermo -explicó Olivia. Les dedicó una sonrisa aterradora-. Mucho más que yo.

– ¡Oh, no! -exclamó la señorita Cadogan con vehemencia-. ¡Cuánto lamento oír eso! -Se giró hacia Winston con gran preocupación-. De haberlo sabido, te habría traído una tintura.

– La próxima vez que caiga enfermo me aseguraré de decírtelo -le comentó Olivia. Se volvió a Harry, bajó el tono de voz y dijo-: Sucede con más frecuencia de la que querríamos. Es muy angustioso. -Y entonces susurró-: Le viene de nacimiento.

La señorita Cadogan se puso de pie, toda su atención puesta en Winston.

– ¿Ya te encuentras mejor? Porque debo decir que estás un poco pálido.

A Harry le parecía la viva estampa de la salud.

– Estoy bien -dijo Winston entre dientes. Su ira iba claramente dirigida hacia su hermana, quien seguía sentada en el banco, con aspecto de suma satisfacción por sus recientes logros.

La señorita Cadogan desvió la mirada hacia Olivia, que estaba cabeceando mientras movía los labios en silencio: «No lo está».

– Decididamente, te traeré la tintura -dijo la señorita Cadogan-. El sabor es un poco asqueroso, pero nuestra ama de llaves tiene una fe ciega en ella. E insisto en que vuelvas a casa de inmediato. Aquí fuera hace frío.

– De verdad que no es necesario -protestó Winston.

– De todas formas yo pensaba volver pronto -añadió la señorita Cadogan, demostrando que el joven Bevelstoke no tenía nada que hacer contra la suma de poderes de dos mujeres decididas-. Me puedes acompañar.

– Dile a mamá que volveré enseguida -dijo Olivia con dulzura.

Su hermano la fulminó con la mirada. Era evidente que había perdido, así que le ofreció el brazo a la señorita Cadogan y se fue con ella.

– Bien jugado, lady Olivia -dijo Harry admirado en cuanto los otros dos estuvieron fuera del alcance del oído.

Ella lo miró hastiada.

– No es usted el único caballero que me resulta irritante.

Como le fue imposible ignorar un comentario como ése, Harry se sentó a su lado, dejándose caer en el sitio recién desocupado por la señorita Cadogan.

– ¿Hay algo interesante? -preguntó señalando el periódico.

– ¡Cómo voy a saberlo, si no paran de interrumpirme! -repuso ella.

Él se rio entre dientes.

– Pues aprovecho para disculparme, por supuesto, pero no pienso darle la satisfacción de saberlo.

Ella apretó los labios, era de suponer que para reprimir una réplica.

Harry se reclinó y cruzó el tobillo derecho sobre la rodilla izquierda, dejando que su relajada postura indicase que no pensaba marcharse.

– Al fin y al cabo -reflexionó él en voz alta-, tampoco es que esté invadiendo su intimidad. Estamos sentados en un parque de Hyde Park, al aire libre, en un espacio público, etcétera.

Hizo un alto, dándole a Olivia la posibilidad de decir algo, pero como no dijo nada, él continuó:

– De haber querido intimidad, podría haberse llevado el periódico a su habitación o tal vez a su despacho. Son sitios donde presuntamente uno puede actuar en la intimidad ¿no cree?

Harry esperó de nuevo. Y, de nuevo, ella rehusó responder a la provocación. Así que redujo el tono de voz a un susurro y preguntó:

– ¿Tiene usted un despacho, lady Olivia?

Pensaba que no contestaría, puesto que Olivia tenía los ojos clavados al frente, decidida a no mirarlo a él, pero para gran sorpresa suya, soltó:

– No.

Harry la admiró por eso, pero no lo bastante para cambiar de táctica.

– ¡Qué pena! -musitó él-. Porque a mí me parece de lo más beneficioso tener un lugar para mí que no se utilice para dormir. Si desea leer el periódico lejos de miradas fisgonas, debería usted contemplar la posibilidad de tener un despacho, lady Olivia.

Ella se volvió a él con una expresión de extraordinaria indiferencia.

– Está sentado encima del bordado de mi doncella.

– Discúlpeme. -Harry miró hacia abajo, se sacó de debajo la tela (apenas había chafado el borde, pero decidió ser magnánimo y omitir comentario alguno) y la puso a un lado-. ¿Dónde está su doncella?

Olivia sacudió la mano en una dirección indeterminada.

– Se ha ido con la doncella de Mary. Estoy convencida de que volverá en cualquier momento.

Harry no tenía respuesta para eso, así que dijo:

– Tiene usted una relación curiosa con su hermano.

Ella se encogió de hombros, tratando claramente de deshacerse de él cuanto antes.

– A mí el mío me detesta.

Eso captó el interés de Olivia. Se giró, sonrió con excesiva dulzura y dijo:

– Me gustaría conocerlo.

– No me cabe duda -contestó él-. No suele venir por mi despacho, pero cuando se levanta a una hora razonable, desayuna en el comedor pequeño, cuyas ventanas están justo dos más allá que mi despacho, hacia la fachada frontal de la casa. Puede intentar encontrarlo allí.

Ella lo miró con dureza. Él, a cambio, le dedicó una sonrisa forzada.

– ¿Por qué está aquí? -inquirió Olivia.

Harry señaló su montura.

– He salido a cabalgar.

– No, ¿por qué está aquí? -dijo ella entre dientes-. En este banco. Sentado a mi lado.

Él pensó unos instantes en eso.

– Me saca usted de quicio.

Olivia frunció los labios.

– Bueno -dijo ella con cierta brusquedad-. Me imagino que es justo.

Expresó su opinión con bastante cordialidad, si bien el tono no fue cordial; al fin y al cabo, tan sólo unos minutos antes le había dicho a Harry que le resultaba irritante.

Entonces llegó su doncella. Harry la oyó antes de verla, porque caminaba pisoteando enfadada la hierba húmeda y tenía una pizca de evidente acento cockney en la voz.

– ¿Por qué esa mujer parece pensar que yo debería aprender francés? Es ella la que está en Inglaterra, digo yo. ¡Ohhh! -Hizo un alto, mirando a Harry con cierta sorpresa. Al continuar hablando, lo hizo con una voz y un acento considerablemente más refinados-. Lo lamento, señora. No me había dado cuenta de que tenía usted compañía.

– Sir Harry Valentine ya se va -dijo lady Olivia, con absoluta dulzura y naturalidad. Se giró hacia él con una sonrisa tan deslumbrante y alegre que acabó entendiendo el porqué de todos esos corazones rotos de los que no paraba de oír hablar-. Muchísimas gracias por la compañía, sir Harry -le dijo.

A él se le cortó la respiración y pensó que Olivia mentía sumamente bien. Si no acabase de pasar los últimos 10 minutos con la dama a la que en su mente se refería ya como «la chica arisca», él mismo se habría podido enamorar de ella.

– Como bien dice, lady Olivia -dijo él en voz baja-, me voy ya.

Y eso hizo, con la firme intención de no volverla a ver nunca más.

Como mínimo no intencionadamente.

Tras haber borrado de su mente todo pensamiento sobre lady Olivia, avanzada la mañana Harry volvió al trabajo y por la tarde se hallaba inmerso en un sinfín de modismos rusos.

Kogda rak na goryeh svistnyet = Cuando el cangrejo silbe en la montaña = Cuando las ranas críen pelo.

Sdelatz slona iz mukha = Hacer un elefante de una mosca = Hacer una montaña de un grano de arena.

S dokhlogo kozla i shersti klok = Incluso un jirón de lana de una cabra muerta tiene algún valor =

Equivale a…

Equivale a…

Estuvo varios minutos reflexionando sobre esto mientras repiqueteaba distraídamente la pluma contra el papel secante, y estaba a punto de rendirse y pasar a otra cosa cuando oyó que llamaban a la puerta.

– Adelante. -No levantó la vista. Hacía mucho que no era capaz de mantener la atención durante un párrafo entero; no iba a perder el ritmo ahora.

– Harry.

La pluma de Harry se detuvo. Se había imaginado que sería el mayordomo con el correo vespertino, pero ésa era la voz de su hermano pequeño.

– Edward -dijo, asegurándose de que sabía exactamente en qué punto de la traducción se había quedado antes de levantar los ojos-. ¡Qué agradable sorpresa!

– Ha llegado esto para ti. -Edward atravesó la habitación y dejó un sobre en su mesa-. Lo ha traído un mensajero.

En el exterior del sobre no aparecía indicado el remitente, pero la caligrafía le resultó familiar. Procedía del Departamento de Guerra y casi con toda seguridad sería importante; casi nunca le mandaban comunicados de esta índole directamente a su casa. Harry dejó el sobre a un lado con la intención de leer su contenido cuando estuviese solo. Edward sabía que su hermano traducía documentos, pero no sabía para quién. Hasta ahora Harry no había detectado en él indicio alguno de que le pudiera hacer depositario del asunto.

Sin embargo, la misiva podía esperar unos minutos. Ahora mismo Harry sentía curiosidad por la presencia de su hermano en su despacho. Edward no tenía por costumbre repartir cosas por la casa. Aun cuando la carta hubiera sido para él, con toda probabilidad la habría dejado en la bandeja del vestíbulo para que el mayordomo se ocupase de ella.

De hecho, Edward no se comunicaba con él a menos que se viese obligado a hacerlo por influencias externas o por necesidad; necesidad que normalmente era de índole pecuniaria.

– ¿Cómo estás hoy, Edward?

Éste se encogió de hombros. Parecía cansado, tenía los ojos rojos e hinchados. Harry se preguntó hasta qué hora habría salido la noche anterior.

– Esta noche Sebastian cenará con nosotros -anunció Harry. Edward casi nunca comía en casa, pero Harry pensó que quizá lo hiciese si sabía que Seb estaría allí.

– Tengo otros planes -dijo Edward, pero luego añadió-: aunque tal vez podría posponerlos.

– Te lo agradecería.

Edward se quedó plantado en el centro del despacho, era la viva imagen de un chico enfurruñado y hosco. Ahora tendría 22 años y Harry suponía que se consideraba todo un hombre, pero sus modales eran inmaduros y su mirada aún aniñada.

Aniñada, no juvenil. A Harry le preocupó lo demacrado que parecía. Edward bebía demasiado y probablemente durmiese demasiado poco, aunque no era como su padre. Harry no sabía con exactitud en qué se diferenciaban, salvo en que sir Lionel siempre fue alegre. Menos cuando estaba triste y le daba por pedir perdón sin parar, pero en general a la mañana siguiente no recordaba nada.

En cambio, Edward era diferente. El abuso del alcohol no lo volvía efusivo. Harry no se lo imaginaba encaramándose a una silla y deshaciéndose en elogios acerca de lo maravilloza que era una ezcuela. En las escasas ocasiones en que comían juntos, Edward no intentaba ser simpático y alegre; antes bien, se sentaba en un silencio pétreo, sin responder a nada más que a las preguntas que se le formulaban directamente, cosa que hacía tan sólo con las palabras indispensables.

Harry era plenamente consciente de que no conocía a su hermano, de que no sabía qué pensaba ni cuáles eran sus aficiones. La mayoría de los años de formación de Edward los había pasado fuera, en Europa, luchando junto a Seb en el decimoctavo regimiento de húsares. A su regreso trató de reencauzar la relación, pero Edward no quiso saber nada de él. Estaba aquí, en su casa, únicamente porque no podía permitirse una vivienda propia. Era el hermano pequeño ideal, básicamente sin herencia y sin aptitudes aparentes. Se había burlado de la sugerencia que le había hecho de que también se alistara en el ejército, acusándolo de querer únicamente deshacerse de él.

Harry no se molestó en sugerirle el clero. Resultaba difícil imaginarse a Edward guiando a alguien hacia la rectitud moral y, además, no quería deshacerse de él.

– A principios de esta semana recibí una carta de Anne -mencionó Harry. Su hermana, que se había casado con William Forbush a los 17 años y a la que todo le iba sobre ruedas, había ido a parar nada más y nada menos que a Cornualles. Cada mes le enviaba una carta a Harry repleta de novedades sobre su prole, y él le contestaba en ruso, insistiéndole en que si no practicaba el idioma lo acabaría olvidando del todo.

Una de las respuestas de Anne había sido la advertencia de su hermano, recortada de su carta y pegada en una nueva hoja de papel, seguida de la siguiente frase en inglés: «Ésa es mi intención, querido hermano».

Harry se había reído, pero no había dejado de escribirle en ruso. Seguramente ella se tomaba el tiempo de leer y traducir, porque cuando le contestaba a menudo le formulaba preguntas sobre cosas que él había escrito.

Era una correspondencia amena; Harry esperaba siempre ansioso sus cartas.

A Edward no le escribía. Antes solía hacerlo, pero paró al darse cuenta de que él nunca le devolvería el gesto.

– Los niños están bien -continuó Harry. Anne tenía cinco hijos, todos chicos menos la última. Él se preguntaba qué aspecto tendría ahora su hermana; no la había visto desde que se fue al ejército.

Entonces se reclinó en su silla, esperando. Lo que fuese. Que Edward hablara, que se moviera o que le diese una patada a la pared. Principalmente esperaba que le pidiese un adelanto de la mensualidad, ya que seguramente ésa era la razón de su presencia allí. Pero Edward no dijo nada y se limitó a arrastrar la punta del pie por el suelo, enganchando el borde de la alfombra de tonos oscuros y levantándolo antes de volver a bajarlo de un talonazo.

– ¿Edward?

– Será mejor que leas la carta -dijo Edward con brusquedad mientras se disponía a marcharse-. Han dicho que era importante.

Harry aguardó a que se hubiera marchado y a continuación cogió la misiva del Departamento de Guerra. No era habitual que contactasen con él de esta manera; normalmente mandaban a alguien que le entregaba los documentos en mano. Giró el sobre, usó el dedo índice para romper el sello y luego lo abrió.

La carta era breve, únicamente de dos frases, pero clara. Harry tenía que personarse de inmediato en las oficinas del Edificio de la Caballería Real Británica de Whitehall.

Refunfuñó. Algo que requiriese su presencia física no podía ser bueno. La última vez que lo convocaron fue para ordenarle que se hiciese pasar por la niñera de una anciana condesa rusa. No se separó de su lado en tres semanas. Ella se quejó del calor, de la comida, de la música… De lo único que no se quejó fue del vodka, pero porque se lo había traído consigo.

Y, además, insistió en compartirlo con él. Comentó que hablando Harry ruso tan bien como hablaba, no podía beber aquella bazofia británica. La verdad es que en ese aspecto le recordaba un poco a su abuela.

Pero Harry no bebió, ni siquiera una gota, y se pasó noche tras noche derramando el contenido de su vaso en una maceta.

Por extraño que parezca, la planta creció. Muy posiblemente el mejor momento de la misión fue cuando el mayordomo se quedó mirando con asombro el milagro botánico y dijo: «No pensé que esta planta daría flores».

Aun así, no tenía ganas de repetir la experiencia. Por desgracia, casi nunca podía permitirse el lujo de decir que no. Lo cual no dejaba de ser curioso, porque lo necesitaban. Los traductores del ruso no abundaban precisamente. Y, sin embargo, daban por sentado que cumpliría sus órdenes sin chistar.

Harry contempló fugazmente la posibilidad de concluir la página en la que estaba trabajando antes de salir, pero decidió no hacerlo. Lo mejor sería sacárselo de encima cuanto antes.

Y, además, la condesa había regresado a San Petersburgo, era de suponer que para protestar por el frío, el sol y la falta de caballeros ingleses obligados a atender todos sus deseos.

Sea lo que fuere lo que quisieran de él, seguro que no sería tan horrible como la misión anterior.

Capítulo 7

Fue peor.

– ¿El príncipe qué? -inquirió Harry.

– El príncipe Alexei Ivanovich Gomarovsky -contestó el señor Winthrop, el enlace habitual de Harry con el Departamento de Guerra. Puede que Winthrop tuviese un nombre de pila, pero de ser así no se lo habían comunicado. Era simplemente el señor Winthrop, de estatura media y complexión normal, de pelo castaño normal y una cara absolutamente gris. Que Harry supiera, jamás salía del edificio del departamento.

– No nos gusta -dijo Winthrop con muy poca inflexión de voz-. Nos pone nerviosos.

– ¿Qué creen que podría hacer?

– No estamos seguros -contestó el enlace, que no pareció captar el sarcasmo de Harry-. Pero hay una serie de aspectos de su visita que lo ponen bajo sospecha. El principal, su padre.

– ¿Su padre?

– Ivan Alexandrovich Gomarovsky. Ya fallecido. Era partidario de Napoleón.

– ¿Y el príncipe sigue siendo un peso influyente en la sociedad rusa? -A Harry le costaba creer eso. Habían pasado nueve años desde que los franceses invadieran Moscú, pero las relaciones franco-rusas seguían siendo cuando menos frías. El zar y sus seguidores no supieron entender la invasión napoleónica. Y los franceses tienen buena memoria; la humillante y devastadora retirada se les quedó grabada durante muchos años.

– Las actividades traicioneras de su padre nunca fueron descubiertas -explicó Winthrop-. Murió el año pasado por causas naturales y aún se consideraba que era un fiel servidor del zar.

– ¿Cómo sabemos que era un traidor?

Winthrop le quitó importancia a la pregunta haciendo un gesto indefinido con la mano.

– Tenemos información.

Harry decidió dar eso por válido, ya que probablemente no le contarían nada más.

– Asimismo, nos sorprende el momento exacto elegido para la visita del príncipe. Ayer llegaron a la ciudad tres conocidos simpatizantes de Napoleón, dos de ellos súbditos británicos.

– ¿Permiten que los traidores queden en libertad?

– Con frecuencia es en beneficio propio que dejamos que el adversario crea que pasa inadvertido. -Winthrop se inclinó hacia delante y apoyó los antebrazos en la mesa-. Bonaparte está enfermo, probablemente morirá. Se está consumiendo.

– ¿Bonaparte? -preguntó Harry no muy convencido. Había visto al tipo ése en una ocasión. De lejos, naturalmente. Era bajito, sí, pero tenía una barriga prominente. Resultaba difícil imaginárselo flaco y demacrado.

– Nos hemos enterado -Winthrop revolvió unos cuantos papeles de su escritorio hasta que dio con lo que buscaba- de que le han estrechado los pantalones doce centímetros prácticamente.

Muy a su pesar, Harry estaba impresionado. Nadie podría acusar al Departamento de Guerra de falta de atención a los detalles.

– No huirá de Santa Elena -continuó Winthrop-. Pero debemos mantener la alerta. Siempre habrá quienes conspiren en su nombre. Creemos que es posible que el príncipe Alexei sea una de esas personas.

Harry exhaló malhumorado, porque quería que Winthrop supiera que no deseaba en absoluto verse envuelto en esta clase de asuntos. Era traductor, ¡por el amor de Dios! Le gustaban las palabras. El papel. La tinta. No le gustaban los príncipes rusos y no tenía ganas de pasarse las tres semanas siguientes fingiendo lo contrario.

– ¿Qué quieren de mí? -preguntó-. Ya saben que no me involucro en actividades de espionaje.

– Ni pretendemos que lo haga -repuso Winthrop-. Sus dotes lingüísticas son demasiado valiosas para nosotros como para tenerlo escondido en algún oscuro rincón esperando que no le disparen.

– Cuesta creer que tengan problemas para contratar espías -musitó Harry.

A Winthrop se le volvió a escapar el sarcasmo.

– Su dominio del ruso, junto con su posición social, lo convierten en la persona ideal para vigilar al príncipe Alexei.

– No hago mucha vida social -le recordó Harry.

– No, pero podría hacerla.

Las palabras de Winthrop flotaron amenazadoramente en la sala. Harry sabía de sobras que tan sólo había otro hombre en el Departamento de Guerra cuya fluidez en ruso fuese equiparable a la suya. También sabía que George Fox era hijo de un posadero que había contraído matrimonio con una chica rusa que había venido a Inglaterra en calidad de criada de un diplomático. Fox era un buen hombre, perspicaz y valiente, pero jamás lograría acceder a las mismas reuniones sociales que un príncipe. Francamente, él tampoco estaba tan seguro de lograrlo.

Pero Sebastian, con su posible condado, quizá sí. Y no sería la primera vez que Harry lo acompañaba.

– No le pediremos que actúe directamente -dijo Winthrop-, aunque con sus antecedentes en Waterloo estamos convencidos de que sería más que capaz de hacerlo.

– Lo de combatir se acabó -le advirtió Harry. Y era verdad. Los siete años en Europa habían sido suficientes. No tenía la intención de volver a esgrimir un sable.

– Lo sabemos. Por eso lo único que le pedimos es que lo vigile. Que escuche sus conversaciones cuando pueda y que nos informe de cualquier cosa que le parezca sospechosa.

– Sospechosa -repitió Harry. ¿Acaso pensaban que el príncipe revelaría sus secretos en el club Almack's? Había pocos hablantes de ruso en Londres, pero seguramente el príncipe no sería tan estúpido como para dar por sentado que nadie entendería lo que dijera.

– La orden viene de Fitzwilliam -dijo Winthrop en voz baja.

Harry levantó la vista de golpe. Fitzwilliam era el director del Departamento de Guerra. Oficialmente no, por supuesto. Oficialmente ni siquiera existía. Harry no sabía su verdadero nombre y no estaba seguro de saber qué aspecto tenía; las dos veces que se habían visto, su aspecto estaba tan cambiado que no fue capaz de discernir qué era real y qué era parte del disfraz.

Pero sabía que si Fitzwilliam ordenaba algo, había que hacerlo.

Winthrop cogió una carpeta de su escritorio y se la entregó a Harry.

– Lea esto. Es nuestro dossier sobre el príncipe.

Harry cogió los documentos y se dispuso a levantare, pero Winthrop lo detuvo diciéndole con voz áspera:

– La carpeta no puede salir del edificio.

Harry fue consciente de pararse, la clase de interrupción del movimiento molesta y exagerada que uno hacía cuando se lo ordenaban. Se volvió a sentar, abrió la carpeta, extrajo las hojas de papel y empezó a leer.

Príncipe Alexei Ivanovich Gomarovsky, hijo de Ivan Alexandrovich Gomarovsky, nieto de Alexei Pavlovich Gomarovsky, etcétera, etcétera, soltero; no había constancia de que estuviese prometido. Estaba en Londres para visitar al embajador, su primo sexto.

– ¡Caray! Están todos emparentados -dijo Harry entre dientes-. Probablemente sea pariente mío.

– ¿Cómo dice?

Harry le lanzó una fugaz mirada a Winthrop.

– Disculpe.

Viajaba con un séquito de ocho personas, incluido un diplomático consorte asombrosamente corpulento e intimidatorio. Le gustaba el vodka (lógicamente), el té inglés (¡qué mente tan abierta la suya!) y la ópera.

Harry asintió mientras leía. Tal vez no sería tan horrible. La ópera le gustaba, pero nunca encontraba tiempo para ir. Ahora sería un requisito; magnífico.

Volvió la página. Había un retrato del príncipe. Lo sostuvo en el aire.

– ¿Se parece al del dibujo?

– No mucho -admitió Winthrop.

Harry puso el dibujo debajo de la última página. ¿Por qué se molestaban en dárselo entonces? Continuó leyendo, reuniendo retazos de la historia personal del príncipe. Su padre había muerto a los 63 años de una enfermedad cardiaca. No hubo sospechas de envenenamiento. Su madre aún vivía, repartiendo su tiempo entre San Petersburgo y Nizhni Nóvgorod.

Saltó a la última página. Al parecer, el príncipe era un mujeriego y se decantaba preferentemente por las rubias. En las dos semanas que llevaba en Londres había acudido seis veces al burdel más exclusivo de la ciudad. También había asistido a numerosos actos sociales, posiblemente en busca incluso de una esposa británica. Se rumoreaba que la fortuna que tenía en Rusia había disminuido y que quizá necesitase una novia de dote considerable. Se había fijado especialmente en la hija de…

– ¡Oh, no!

– ¿Hay algún problema? -inquirió Winthrop.

Harry levantó el papel, aunque desde el otro lado de su escritorio Winthrop no podía leer lo que estaba escrito.

– Lady Olivia Bevelstoke -dijo, su voz cargada de penosa incredulidad.

– Sí. -Eso fue todo. Un simple sí.

– La conozco.

– Lo sabemos.

– No me cae bien.

– Lamentamos oír eso. -Winthrop carraspeó-. No lamentamos, sin embargo, enterarnos de que la casa de los Rudland queda justamente al norte de la casa que acaba de alquilar usted.

Harry rechinó los dientes.

– No estamos equivocados al respecto, ¿verdad?

– No -contestó Harry a regañadientes.

– Bien. Porque es básico que la vigile a ella también.

Harry no fue capaz de disimular su disgusto.

– ¿Será eso un problema?

– ¡Por supuesto que no, señor! -dijo Harry, puesto que ambos sabían que la pregunta era puramente retórica.

– No es que sospechemos que lady Olivia esté en connivencia con el príncipe, pero sí creemos, a la vista del documentado talento seductor de éste, que ella podría caer en un error.

– ¿Tienen pruebas de su talento para seducir? -repitió Harry, que no quería ni saber cómo las habían conseguido.

De nuevo, el impreciso gesto de Winthrop rechazando su comentario.

– Tenemos nuestros métodos.

Harry estuvo a punto de decir que sería un alivio para Gran Bretaña que el príncipe lograra seducir a lady Olivia, pero algo se lo impidió. Un recuerdo fugaz, algo en sus ojos tal vez…

Fueran cuales fueran sus pecados, ella no merecía esto.

Sólo que…

– Contamos con usted para que lady Olivia no se meta en líos -estaba diciendo Winthrop.

Ella le había estado espiando.

– Su padre es un hombre ilustre.

Lady Olivia había dicho que le gustaban los revólveres. ¿Y no había dicho algo su doncella acerca del francés?

– Ella es muy conocida y querida entre la sociedad. Si le ocurriera algo, el escándalo sería irreparable.

Pero era imposible que ella supiese que Harry trabajaba para el Departamento de Guerra. Nadie lo sabía. Era un simple traductor.

– Nos resultaría imposible conducir nuestra investigación bajo las miradas que semejante desastre dirigiría hacia nosotros. -Winthrop hizo una pausa, por fin-. ¿Entiende lo que le digo?

Harry asintió. Seguía sin pensar que lady Olivia fuese una espía, pero, sin duda, le picaba la curiosidad; aunque se sentiría como un idiota si al final se equivocaba.

– Milady.

Olivia levantó la vista de la carta que le estaba escribiendo a Miranda. Se debatía entre hablarle o no de sir Harry. No se le ocurría nadie más a quien pudiera o quisiera contárselo, claro que tampoco era la clase de historia que tuviera sentido por escrito.

No estaba muy segura de que tuviera sentido alguno.

Alzó la vista. El mayordomo estaba en el umbral de la puerta, sosteniendo una bandeja de plata que contenía una tarjeta de visita.

– Un invitado, milady.

Levantó la mirada hacia el reloj que había sobre la repisa de la chimenea del salón. Era un poco pronto para las visitas y su madre aún estaba por ahí comprando sombreros.

– ¿Quién es, Huntley?

– Sir Harry Valentine, milady. Creo que ha alquilado la casa que queda al sur.

Olivia dejó lentamente la pluma. ¿Sir Harry? ¿Aquí?

«¿Por qué?»

– ¿Lo hago pasar?

Olivia no sabía por qué se lo preguntaba. Si sir Harry estaba en el recibidor, prácticamente podía ver a Huntley hablando con ella. No cabía la posibilidad de fingir que estaba ocupada. Asintió, ordenó las páginas de la carta, las metió en un cajón y luego se levantó porque tuvo la sensación de que necesitaba estar de pie cuando él llegase.

Harry apareció por la puerta instantes después, Vestido con sus habituales colores oscuros. Llevaba un pequeño paquete bajo el brazo.

– Sir Harry -dijo con naturalidad, ya de pie-. ¡Menuda sorpresa!

Él saludó con la cabeza.

– Siempre procuro ser un buen vecino.

Ella le devolvió el movimiento de cabeza, mirándolo con recelo mientras entraba en la sala.

Era incapaz de imaginarse por qué Harry habría decidido hacerle una visita. Había sido de lo más antipático con ella el día antes en el parque, y lo cierto era que ella no se había comportado mejor. No lograba recordar la última vez que había tratado tan mal a nadie, pero en su defensa cabía decir que le daba terror que él intentase volverla a chantajear, esta vez por algo mucho más peligroso que un baile.

– Espero no interrumpir nada -dijo él.

– En absoluto. -Olivia señaló el escritorio-. Estaba escribiéndole una carta a mi hermana.

– No sabía que tuviese una.

– Es mi cuñada -rectificó ella-, pero para mí es como si fuese mi hermana. La conozco de toda la vida.

Harry esperó a que ella se sentase en el sofá y a continuación hizo lo propio en la silla de estilo egipcio que había justo frente a Olivia. No parecía incómodo, lo que a ella le resultó curioso, ya que no le gustaba nada sentarse en esa silla.

– Le he traído esto -comentó él dándole el paquete.

– ¡Oh, gracias! -Lo cogió con cierta reticencia. No quería que este hombre le hiciera regalos, y desde luego no se fiaba de las motivaciones que lo llevaban a obsequiarla con uno.

– Ábralo -la instó él.

Había sido envuelto con sencillez y a Olivia le temblaban los dedos, aunque esperaba que no tanto como para que él pudiera verlo. Necesitó varios intentos para deshacer el nudo de la cinta, pero finalmente pudo abrir el papel.

– Un libro -dijo ella con cierta sorpresa. Por el peso y la forma del paquete, sabía que seguramente era un libro, pero no dejaba de ser una elección curiosa.

– Cualquiera puede traer flores -comentó él.

Olivia puso el libro del derecho (al desenvolverlo estaba al revés) y echó un vistazo al título. La señorita Butterworth y el barón demente. Esto sí que era una auténtica sorpresa.

– ¿Me ha traído una novela gótica?

– Una novela gótica escabrosa -matizó él-. Me pareció que era el tipo de regalo con el que quizá disfrutaría.

Ella levantó la vista hacia él, analizando el comentario.

Él le devolvió la mirada, como retándola a interpelarlo.

– La verdad es que no leo mucho -musitó ella.

Él arqueó las cejas.

– Quiero decir que sé leer -se apresuró a aclarar mientras la rabia crecía en su interior, tanto contra él como contra sí misma-. Pero no me gusta mucho.

Las cejas de Harry seguían arqueadas.

– ¿No está bien que lo reconozca? -preguntó ella con descaro.

Los labios de Harry se curvaron en una tenue sonrisa y transcurrió un momento angustiosamente largo antes de que dijera:

– Usted no piensa antes de hablar, ¿verdad?

– No muy a menudo -confesó ella.

– Pues intente hacerlo -replicó él señalando hacia el libro-. Pensé que le resultaría más ameno que el periódico.

Era justamente la clase de cosa que diría un hombre. Nadie parecía entender que ella prefería las noticias de la jornada a los absurdos productos de la imaginación ajena.

– ¿Usted lo ha leído? -inquirió Olivia, bajando la mirada para abrirlo por una página al azar.

– ¡No, por Dios! Pero mi hermana me ha hablado muy bien de él.

Ella levantó la vista de golpe.

– ¿Tiene usted una hermana?

– Parece que le sorprende.

Así era. No estaba segura del motivo, pero sus amigas habían considerado oportuno contarle todo sobre él y por alguna razón se habían dejado eso.

– Vive en Cornualles -explicó Harry-, rodeada de acantilados, leyendas y un montón de niños pequeños.

– ¡Qué descripción tan bonita! -Y lo decía en serio, además-. ¿Está muy unido a sus sobrinos?

– No.

A Olivia se le tuvo que reflejar la sorpresa en la cara, porque él dijo:

– ¿No está bien que lo reconozca?

Ella se rio sin pretenderlo.

– ¡Chapó, sir Harry!

– Me encantaría dedicarme más a mis sobrinos -le explicó él a Olivia con una sonrisa más cálida y sincera-, pero no se me ha presentado la oportunidad de conocer a ninguno de ellos.

– Lógico -musitó ella-, ha pasado muchos años en Europa.

Harry ladeó muy levemente la cabeza. Ella se preguntó si él hacía eso siempre que sentía curiosidad.

– Sabe usted bastantes cosas sobre mí -dijo.

– Eso lo sabe todo el mundo. -Lo cierto era que sir Harry no tenía de qué extrañarse.

– En Londres no hay demasiada privacidad, ¿verdad?

– Casi ninguna. -Las palabras salieron de su boca antes de caer en la cuenta de lo que había dicho, de lo que quizás acababa de reconocer-. ¿Le apetece un té? -le preguntó ella, cambiando hábilmente de tema.

– Me encantaría, gracias.

Una vez que Olivia hubo llamado a Huntley y le dio instrucciones, Harry dijo en un tono totalmente familiar:

– Es lo que más eché de menos en el ejército.

– ¿El té? -A Olivia le resultaba difícil de creer.

Él asintió.

– Me moría por tomar uno.

– ¿No se ocuparon de proporcionárselo? -Por alguna razón Olivia le pareció simplemente inaceptable.

– Algunas veces. Otras tuvimos que pasar sin él.

Hubo algo en su voz (melancólica y juvenil) que a Olivia le hizo sonreír.

– Espero que el nuestro obtenga su aprobación.

– No tengo manías.

– ¿En serio? Pensaba que gustándole tantísimo sería usted un entendido en té.

– Al contrario, me he quedado tantas veces sin tomarme uno que doy gracias por cada gota.

Ella se rio.

– ¿De veras fue el té lo que echó de menos? La mayoría de los caballeros que conozco dirían que el brandy. O el oporto.

– El té -dijo él con firmeza.

– ¿Toma café?

Harry sacudió la cabeza.

– Es demasiado amargo.

– ¿Chocolate?

– Únicamente con un montón de azúcar.

– Es usted un hombre muy interesante, sir Harry.

– Soy perfectamente consciente de que me encuentra usted interesante.

A Olivia se le sonrojaron las mejillas. Este hombre empezaba realmente a gustarle. Y lo peor de todo era que tenía algo. Ella lo había estado espiando, lo cual fue una grosería. Pero aun así no hacía falta que él hiciera nada especial para que ella se sintiera incómoda.

Llegó el té, que le dejó aparcar momentáneamente las conversaciones trascendentales.

– ¿Leche? -le preguntó a Harry.

– Por favor.

– ¿Azúcar?

– No, gracias.

Olivia no se molestó en alzar la vista mientras comentaba:

– ¿En serio? ¿No toma azúcar y, en cambio, endulza el chocolate?

– Y el café, si me veo obligado a beberlo. Pero el té es algo totalmente diferente.

Olivia le pasó su taza y procedió a preparase la suya. Ocuparse de tareas rutinarias le producía cierta tranquilidad. Sus manos sabían lo que hacer en cada momento, los recuerdos de los movimientos llevaban mucho tiempo grabados en sus músculos. También la conversación resultaba reconfortante. Era sencilla y trivial, y sin embargo restauró su serenidad. Tanto que cuando Harry iba por el segundo sorbo, ella pudo por fin alterarle a él la suya y sonreírle con dulzura mientras le decía:

– Dicen que mató usted a su prometida.

Él se atragantó, lo cual le produjo a ella una gran satisfacción (su sorpresa, no que se atragantase; esperaba no haberse vuelto tan despiadada), pero se recuperó rápidamente y habló con voz queda y regular cuando respondió:

– ¿Eso dicen?

– Sí.

– ¿Y dicen cómo la maté?

– No.

– ¿Dicen cuándo?

– Quizá lo hayan dicho -mintió ella- y yo no estuviera escuchando.

– Mmm… -Parecía reflexionar sobre ello. Era una escena desconcertante tener a este hombre alto y absolutamente viril sentado en el salón malva de su madre con una delicada taza de té en la mano, al parecer reflexionando sobre un asesinato.

Harry tomó un sorbo.

– ¿Alguien ha dicho por casualidad cómo se llamaba ella?

– ¿Su prometida?

– Sí. -Fue un «sí» suave y absolutamente cortés, como si estuviesen hablando del tiempo o tal vez de las probabilidades de que Bucket of Roses ganase la Copa de Ascot el día de las damas.

Olivia dio una pequeña sacudida con la cabeza y se llevó su propia taza a los labios.

Harry cerró los ojos tan sólo un instante, luego la miró directamente a la cara mientras movía con decepción la cabeza a uno y otro lado.

– Lo único que importa es que ahora descansa en paz.

Olivia no sólo se atragantó con el té, sino que al escupirlo prácticamente lo envió al otro extremo del salón. Y él, el muy miserable, se rio.

– ¡Santo Dios! Hacía años que no me divertía tanto -dijo, intentando recobrar el aliento.

– Es usted despreciable.

– ¡Y usted me ha acusado de asesinato!

– No es verdad. Tan sólo le he trasladado lo que alguien más me ha dicho.

– ¡Claro! -exclamó él en tono burlón-, la diferencia es realmente notable.

– Para su información, yo no me lo creí.

– Su confianza en mí me llega al alma.

– Pues que no le llegue -le espetó ella-, simplemente fue cuestión de sentido común.

Harry volvió a reírse.

– ¿Por eso me estaba espiando?

– No… -¡Oh, venga ya! ¿Por qué seguía negándolo?-. Sí. -Casi escupió-. ¿No haría usted lo mismo?

– Yo quizá llamaría primero a la policía.

– Yo quizá llamaría primero a la policía -lo imitó ella, poniendo una voz que normalmente se reservaba para sus hermanos.

– Es usted muy irascible. -Ella lo fulminó con la mirada-. Muy bien, ¿descubrió por lo menos algo interesante?

– Sí -contestó Olivia entornando los ojos-. Lo descubrí.

Harry esperó. Luego, dijo finalmente, no sin sarcasmo:

– Cuéntemelo.

Ella se inclinó hacia delante.

– Explíqueme lo del sombrero.

Él la miraba como si se hubiese vuelto loca.

– ¿De qué está hablando?

– ¡Del sombrero! -exclamó Olivia agitando las manos alrededor de su cabeza, con las muñecas más elevadas como para dibujar el contorno de un sombrero-. ¡Era ridículo, tenía plumas! Y lo llevaba dentro de casa.

– ¡Ah, eso! -Harry ahogó una risita-. Lo hice en su honor, en realidad.

– Pero ¡si no sabía que estaba ahí!

– Me perdonará, pero sí lo sabía.

Olivia se quedó literalmente boquiabierta y dio la impresión de que estaba un poco mareada cuando preguntó:

– ¿Cuándo me vio?

– La primera vez que se plantó delante de la ventana. -Harry se encogió de hombros y arqueó las cejas como diciendo: «Ahora intente contradecirme»-. Esconderse no se le da tan bien como cree.

Enfadada, se dio por vencida. Era absurdo, pero Harry se figuró que ella consideraba aquello un insulto.

– ¿Y lo de arrojar los papeles a la chimenea? -preguntó Olivia.

– ¿No tira usted nunca papeles al fuego?

– No con tanta violencia.

– Bueno, eso también lo hice en su honor. Se estaba tomando tantas molestias que pensé que lo mejor sería que el tiempo invertido fuera provechoso.

– ¡Si será…!

Olivia no parecía capaz de acabar la frase, de modo que él añadió, casi con indiferencia:

– Estuve a punto de saltar sobre la mesa y bailar una giga, pero pensé que sería demasiado descarado.

– Ha estado riéndose de mí todo el tiempo.

– A ver… -Harry pensó en ello-. Sí.

Olivia se quedó boquiabierta. Parecía ultrajada, y Harry por poco se deshizo en disculpas (sin duda, debía de ser un reflejo masculino sentirse avergonzado cuando una mujer ponía esa cara); aunque ella no tenía nada a lo que agarrarse.

– Permítame recordarle -señaló él- que usted me espió. Si alguien puede ofenderse aquí, soy yo.

– Bien, pues creo que ya se ha vengado -respondió ella remilgadamente con el mentón levantado hacia arriba.

– ¡Oh, no sé qué decirle, lady Olivia! Pasará mucho tiempo antes de que estemos empatados.

– ¿Qué está tramando? -inquirió ella recelosa.

– Nada. -Harry sonrió de oreja a oreja-. Todavía.

Olivia resopló con gracia (la verdad es que fue de lo más entrañable) y él decidió ir por el jaque mate diciendo:

– ¡Ah, por cierto, nunca he estado prometido!

Ella parpadeó varias veces, parecía un tanto confusa por su repentino cambio de tercio.

– ¿Recuerda a la prometida muerta? -aportó Harry solícito.

– Ya no está muerta entonces.

– Es que de entrada nunca ha estado viva.

Ella asintió lentamente con la cabeza y luego preguntó:

– ¿Por qué ha venido hoy a mi casa?

De ninguna manera pensaba Harry contarle la verdad, que ella era ahora su misión y que él debía asegurarse de que no cometiera inconscientemente una traición. De modo que se limitó a decir:

– Me ha parecido un acto de cortesía.

En las próximas semanas tendría que pasar un montón de tiempo con ella y si no con ella por lo menos cerca de su persona. Ya no sospechaba que lo hubiera estado espiando con algún objetivo innoble. En realidad, nunca lo había sospechado, pero habría sido una estupidez no ser prudente. Aun así, su historia acerca de la prometida muerta era tan absurda que debía de ser cierta. Parecía justo el motivo por el que una debutante aburrida espiaría a un vecino.

Tampoco es que él supiese gran cosa de lo que hacían las debutantes aburridas.

Pero supuso que pronto lo sabría.

Le dedicó una sonrisa a Olivia. Se lo estaba pasando mucho mejor de lo que se había imaginado.

Por su cara parecía que ella fuese a poner los ojos en blanco y por alguna razón Harry deseó que lo hiciera. Le gustaba mucho más cuando gesticulaba y su rostro se cargaba de emoción. En el recital de las Smythe-Smith se había mostrado distante e inflexiblemente reservada. Salvo por unos cuantos destellos de ira inútiles, su cara había sido inexpresiva.

Lo cual a Harry le había parecido enervante, y se quedó con esa imagen como si se tratase del picor que nunca se va por mucho que uno se rasque.

Olivia le ofreció más té, y él lo aceptó curiosamente contento de prolongar la visita. Sin embargo, mientras le servía, el mayordomo volvió a entrar en la sala llevando una bandeja de plata.

– Lady Olivia -dijo entonando-. Ha llegado esto para usted.

El mayordomo se inclinó para que lady Olivia pudiese coger una tarjeta de la bandeja. Parecía una invitación, sofisticada y elegante, llevaba un lazo y estaba lacrada.

¿Lacrada?

Harry cambió ligeramente de postura, intentando obtener un ángulo de visión mejor. ¿Era un sello real? A los rusos les gustaban los motivos de adorno de su familia real. Supuso que a los británicos también, pero eso no venía al caso. El rey Jorge no iba detrás de Olivia.

Ella echó un vistazo a la tarjeta que tenía en las manos y a continuación la dejó encima de la mesa de al lado.

– ¿No quiere abrirla?

– Estoy segura de que no es urgente. Y no quisiera parecer grosera.

– ¡Por mí no se preocupe! -le aseguró él. Señaló la tarjeta y dijo-: Parece interesante.

Ella parpadeó unas cuantas veces, mirando primero hacia la tarjeta y luego levantando la vista hacia él con expresión de curiosidad.

– Elegante -matizó Harry al pensar que su primera elección de adjetivos no había sido acertada.

– Ya sé quién la envía -replicó ella, visiblemente impasible pese a conocer la identidad del remitente.

Él ladeó la cabeza, esperando que el gesto sustituyese la pregunta que sería de mala educación formular en voz alta.

– ¡Bueno, está bien! -dijo ella, deslizando el dedo bajo el lacre-. Si insiste.

Harry no había insistido lo más mínimo, pero no tenía ninguna intención de decir nada que pudiese hacerle cambiar de idea.

Así pues, esperó pacientemente mientras ella leía, disfrutando con el abanico de emociones reflejadas en su cara. Olivia puso los ojos en blanco una vez, soltó una leve pero sentida exhalación y finalmente refunfuñó.

– ¿Malas noticias? -inquirió Harry con educación.

– No -contestó ella-. Sólo es una invitación que preferiría no aceptar.

– Pues no la acepte.

Ella sonrió con tensión o tal vez con pesar; imposible saberlo con seguridad.

– Es más bien una cita -le explicó Olivia.

– ¡Oh, venga ya! ¿Quién tiene autoridad para citar a la ilustre lady Olivia Bevelstoke?

Sin decir palabra, ella le entregó la tarjeta.

Capítulo 8

Razones por las que un príncipe podría fijarse en mí,

por lady Olivia Bevelstoke.

Porque está arruinado.

Porque se quiere casar conmigo.

Ninguna opción era especialmente apetecible. La ruina económica, por razones evidentes, y el matrimonio porque… en fin, por un sinfín de razones.

Razones por las que no me gustaría casarme

con un príncipe ruso,

por lady Olivia Bevelstoke.

Porque no hablo ruso.

Porque ni siquiera me defiendo en francés.

Porque no quiero irme a vivir a Rusia.

Porque tengo entendido que allí hace mucho frío.

Porque echaría de menos a mi familia.

Y por el té.

¿Tomaban té en Rusia? Alargó la mirada hacia sir Harry, que seguía estudiando la tarjeta que le había entregado. No sabía por qué, pero creía que él lo sabría. Había viajado mucho o por lo menos tanto como el ejército le había pedido que viajara, y le gustaba el té.

Su lista ni siquiera había mencionado de pasada los aspectos reales de un matrimonio con un príncipe. El protocolo. La formalidad. Parecía una auténtica pesadilla.

Una pesadilla en un clima muy frío.

Francamente, empezaba a pensar que la ruina económica era un mal menor.

– No sabía que se movía usted en tan altos círculos -dijo sir Harry en cuanto terminó de examinar con detenimiento la invitación.

– Y no lo hago. Lo he visto dos veces. No… -repasó las últimas semanas-, tres. Eso es todo.

– Pues debe de haberle causado muy buena impresión.

Olivia suspiró cansada. Se había dado cuenta de que el príncipe la encontraba atractiva. Ya habían tratado de cortejarla suficientes hombres como para no reconocer las señales. Había tratado de disuadirlo con la mayor educación posible, pero tampoco era fácil hacerle un desaire. Se trataba de un príncipe, ¡por Dios! No sería ella la causante de que en algún momento pudiese haber tensión entre las dos naciones.

– ¿Irá? -le preguntó sir Harry.

Olivia hizo una mueca de disgusto. El príncipe, quien al parecer no estaba al tanto de la costumbre inglesa de los caballeros de visitar a las damas, le había pedido que fuese a verlo. Había llegado incluso a especificarle cuándo, dentro de dos días a las tres de la tarde, lo cual a Olivia le hizo pensar que el hombre había hecho una interpretación más bien libre de la palabra «petición».

– No veo de qué modo podría negarme -contestó ella.

– No. -Harry volvió a descender la mirada hacia la invitación y cabeceó-. No puede negarse.

Ella gruñó.

– La mayoría de las mujeres se sentirían halagadas.

– Supongo que sí. Quiero decir que sí, claro que sí. Es un príncipe. -Olivia procuró hablar con un poco más de entusiasmo, pero no lo consiguió.

– Pero sigue sin querer ir.

– Es un fastidio, ¡eso es lo que es! -Lo miró directamente a la cara-. ¿Alguna vez han anunciado su presencia en un palacio? ¿No? Es espantoso.

Harry se rio, pero ella iba demasiado embalada como para no continuar:

– El vestido tiene que ser de determinada manera, con pollera y miriñaque, aunque nadie haya llevado esas tonterías en años. Tienes que marcar la reverencia con la intensidad exacta y ¡Dios no quiera que sonrías en el momento equivocado!

– No sé por qué, pero no creo que el príncipe Alexei espere que se ponga usted la pollera y el miriñaque.

– Sé que no, pero aun así será todo tremendamente formal y desconozco por completo el protocolo ruso. Lo que significa que mi madre insistirá en buscar a alguien que me lo enseñe, aunque no se me ocurre dónde podría encontrar un profesor particular con el tiempo tan justo. Y encima tendré que pasarme los dos próximos días aprendiendo cuánto se marcan las reverencias en Rusia, y si hay algún tema que sería desconsiderado tocar y… ¡ohhh!

Acabó con el «¡ohhh!», porque, francamente, con todo este asunto le estaba entrando dolor de barriga. Nervios. Eran nervios. Odiaba ponerse nerviosa.

Miró hacia sir Harry. Estaba sentado, completamente inmóvil y con una expresión indescifrable en el rostro.

– ¿Va a decirme que no será tan terrible? -inquirió.

Harry sacudió la cabeza.

– No. Será terrible.

Olivia se desplomó. A su madre le entrarían sofocos si la viera así, toda repanchigada en presencia de un caballero. La verdad: ¿No podía él haber mentido diciéndole que pasaría un rato maravilloso? Si sir Harry hubiese mentido, ella seguiría estando erguida.

Y si echándole la culpa a otra persona se sentía mejor, ¿qué?

– Por lo menos tiene un par de días por delante -la consoló él.

– Sólo dos -repuso ella con pesar-. Y probablemente también lo veré esta noche.

– ¿Esta noche?

– Hoy los Mottram dan un baile. ¿Irá usted? -Olivia agitó una mano a un palmo de la cara-. No, por supuesto que no.

– ¿Cómo ha dicho?

– ¡Vaya, lo siento! -Olivia notó que se ruborizaba. Eso había sido tremendamente desconsiderado por su parte-. Me refería simplemente a que no se prodiga usted mucho, no a que no pudiera asistir al baile. Ha decidido no hacerlo, nada más. O cuando menos me imagino que ésa es la razón.

Harry la miró fijamente durante tanto rato y con tal impasibilidad que ella se vio forzada a continuar:

– Recuerde que he estado cinco días observándolo.

– Es bastante improbable que lo olvide. -Seguramente se compadeció de ella, porque en lugar de seguir con el tema elijo-: Da la casualidad de que sí pensaba asistir al baile de los Mottram.

Ella sonrió, bastante sorprendida por las mariposas que notó en el estómago.

– Entones lo veré allí.

– No me lo perdería por nada del mundo.

Resultó que Harry no había previsto asistir al baile de los Mottram. Ni siquiera estaba seguro de haber recibido una invitación, pero era bastante fácil pegarse a Sebastian, que seguramente iría. Esto supuso verse forzado a soportar su interrogatorio: ¿Por qué quería salir de repente y quién podía ser la causante de su cambio de parecer? Pero Harry tenía experiencia de sobras eludiendo las preguntas de Sebastian, y cuando llegaron al baile había tal aglomeración de gente que pudo deshacerse enseguida de su primo.

Harry se quedó en un lateral de la sala de baile, estudiando a la muchedumbre. Resultaba difícil calcular el número de asistentes. ¿300? ¿400? Sería fácil pasar una nota sin ser descubierto o mantener una conversación furtiva actuando todo el rato como si nada sucediera.

Harry desechó esos pensamientos. ¡Por Dios! Empezaba a pensar como un maldito espía, cosa que no tenía que hacer. Las instrucciones eran vigilar a lady Olivia y al príncipe, juntos o por separado. No tenía que intentar impedir nada ni detener nada, nada de nada.

Observar e informar, eso era todo.

No vio a Olivia ni a nadie vagamente mayestático en realidad, de modo que se sirvió una copa de ponche y estuvo varios minutos bebiendo a sorbos mientras se entretenía observando a Sebastian, que se desplazaba por la sala embelesando a todo el mundo a su paso.

Lo suyo era un don. Un don que, sin duda alguna, él no tenía.

Aproximadamente media hora después de estar observando y esperando (no había nada en absoluto de lo que informar), se produjo un pequeño revuelo cerca de la entrada este, así que se encaminó hacia allí. Se acercó tanto como pudo, entonces se inclinó hacia el caballero que estaba a su lado y le preguntó:

– ¿Sabe usted a qué se debe tanto alboroto?

– A no sé qué príncipe ruso. -El hombre se encogió de hombros, impasible-. Lleva un par de semanas en la ciudad.

– Causando un gran revuelo -comentó Harry.

El hombre (Harry no lo conocía, pero parecía la clase de persona que dedicaba las noches a eventos de esta índole) resopló.

– Las mujeres se vuelven locas por él.

Harry devolvió la atención al corrillo que había cerca de la puerta. Se produjo el movimiento habitual de cuerpos, y de vez en cuando vislumbró al hombre que había en el centro de la escena, pero no durante el tiempo suficiente como para poder verlo bien.

El príncipe era completamente rubio, eso había sido capaz de verlo, y más alto que la media, aunque probablemente no tanto como él, comprobó con cierta satisfacción.

No había razón alguna por la que Harry tuviera que serle presentado al príncipe, y nadie a quien se le ocurriría hacerlo, de modo que se quedó atrás intentando formarse una idea del hombre mientras se abría paso entre la muchedumbre.

Era arrogante, eso seguro. Como mínimo le presentaron diez jóvenes damas y en cada ocasión ni tan siquiera saludó con la cabeza. Mantuvo el mentón elevado y se limitó a reconocer a cada una de ellas con una brusca mirada en su dirección.

A los caballeros los trató con semejante desdén y habló solamente con tres de ellos.

Harry se preguntó si habría alguien en la fiesta a quien el príncipe no considerara inferior a su condición.

– Está usted muy serio esta noche, sir Harry.

Él se volvió y sonrió sin pensarlo dos veces. No sabía cómo, pero lady Olivia se había acercado a él; estaba deslumbrante con un vestido de terciopelo azul noche.

– ¿No se supone que las mujeres solteras deben vestir con colores pastel? -inquirió él.

Olivia arqueó las cejas ante esa impertinencia, pero sus ojos destilaban humor.

– Sí, pero mi presentación en sociedad no fue ayer; como sabrá, hace tres años de eso. A este paso me quedaré para vestir santos.

– No sé por qué, pero me cuesta creer que la culpa de eso sea de nadie más que de usted.

– ¡Guau!

Él le sonrió de oreja a oreja.

– ¿Y qué tal lo está pasando esta noche?

– No lo sé todavía. Acabamos de llegar.

Harry lo sabía, naturalmente. Pero no podía decir que la había estado observando, así que le dijo:

– Su príncipe está aquí.

– Lo sé -repuso ella, que parecía tener ganas de gruñir.

Él se inclinó hacia ella con sonrisa cómplice.

– ¿Quiere que le ayude a esquivarlo?

A Olivia se le iluminaron los ojos.

– ¿Cree que puede hacerlo?

– Soy un hombre de muchas virtudes, lady Olivia.

– ¿A pesar de sus estrafalarios sombreros?

– A pesar de mis estrafalarios sombreros.

Y entonces, así sin más, ambos se echaron a reír. Los dos a la vez. El sonido salió de ellos como un acorde perfecto, claro y auténtico. Y, casi al mismo tiempo, ambos parecieron darse cuenta de lo significativo que era ese momento, aunque ninguno tuviese idea del porqué.

– ¿Por qué viste con colores tan oscuros? -inquirió ella.

Harry echó un vistazo a su atuendo nocturno.

– ¿No le gusta mi chaqueta?

– Me gusta -le aseguró ella-. Es muy elegante. Es sólo que el tema ha dado que hablar.

– ¿Mi gusto a la hora de vestir?

Olivia asintió.

– Esta semana no ha habido demasiados cotilleos. Además, usted ha hecho un comentario sobre mi vestido.

– Es verdad. Muy bien, me pongo colores oscuros porque eso me hace la vida más fácil.

Ella no dijo nada, se limitó a esperar con cara expectante, como diciendo: «Seguro que hay algo más».

– Le contaré un gran secreto, lady Olivia.

Harry se inclinó hacia delante, ella hizo lo propio, y ése fue otro de esos momentos de perfecta sintonía.

– Soy daltónico -le dijo él en voz baja y grave-. Soy negado para distinguir el rojo del verde.

– ¿En serio? -preguntó Olivia en voz alta, y miró a su alrededor avergonzada antes de continuar en voz más baja-: Es la primera vez que oigo hablar de una cosa así.

– Tengo entendido que no soy el único caso, pero no conozco a nadie a quien le pase esto.

– Pero seguro que no es necesario vestir siempre de oscuro. -Olivia hablaba y parecía totalmente fascinada. Le chispeaban los ojos y su voz mostraba absoluto interés.

De haber sabido Harry que sus problemas para distinguir los colores le ayudarían tanto a la hora de ligar, lo habría sacado a relucir hacía años.

– ¿No le puede elegir la ropa su ayuda de cámara? -dijo Olivia.

– Sí, pero para eso tendría que fiarme de él.

– ¿Y no se fía? -Parecía intrigada; divertida. Tal vez una combinación de ambas cosas.

– Tiene un sentido del humor bastante mordaz y sabe que no puedo despedirlo. -Harry se encogió de hombros-. En cierta ocasión me salvó la vida. Y lo que es quizá más importante, la de mi caballo también.

– ¡Oh! En ese caso está claro que no puede despedirlo, porque su caballo es una preciosidad.

– Le tengo bastante cariño -dijo Harry-. Al caballo. Y a mi ayudante, supongo.

Ella asintió con aprobación.

– Debería estar agradecido de que le sienten bien los colores oscuros. El negro no le favorece a todo el mundo.

– ¡Caramba, lady Olivia! ¿Es eso un cumplido?

– No es tanto un cumplido hacia usted como un insulto para los demás -le aseguró ella.

– Pues menos mal, porque no creo que supiera manejarme en un mundo en el que hiciera usted cumplidos.

Olivia le tocó suavemente el hombro, coqueta y atrevida; y le dijo con absoluta ironía:

– Yo pienso exactamente lo mismo.

– Muy bien. Y ahora que estamos de acuerdo, ¿qué hacemos con su príncipe?

Ella le miró de soslayo.

– Sé que se muere de ganas de que diga que no es mi príncipe.

– Esperaba que lo dijera, sí -musitó él.

– Con el fin de decepcionarlo, le diré que ese príncipe es tan mío como de cualquiera de los presentes. -Apretó los labios mientras barría la sala con la mirada-. Exceptuando a los rusos, me imagino.

En cualquier otro momento, Harry le habría dicho que era ruso o que por lo menos tenía un cuarto de sangre rusa. Habría hecho un comentario estelar, tal vez que no quería reconocer al príncipe como propio a pesar de todo o algo en esa línea, y luego la habría dejado boquiabierta con su dominio del idioma.

Pero no pudo. Y, a decir verdad, resultaba desconcertante porque se moría de ganas de hacerlo.

– ¿Puede verlo? -le preguntó Olivia. Estaba de puntillas y estirando el cuello, pero aunque era ligeramente más alta que la media, le fue imposible ver entre la multitud.

Sin embargo, Harry sí que pudo.

– Está allí -contestó moviendo la cabeza hacia las puertas que conducían al jardín. El príncipe se encontraba en el centro de un pequeño corro, parecía sumamente aburrido con las atenciones de la gente y, sin embargo, como si al mismo tiempo creyese que era su obligación.

– ¿Qué hace? -inquirió ella.

– Le están presentando a… -¡Caray! No tenía ni idea de quién era- alguien.

– ¿Hombre o mujer?

– Mujer.

– ¿Joven o mayor?

– ¿Es esto un interrogatorio?

– ¿Joven o mayor? -repitió Olivia-. Conozco a todos los presentes. Conocer a toda la gente que va a estos eventos es mi vocación.

Harry ladeó la cabeza.

– ¿Es algo de lo que se enorgullece especialmente?

– No mucho, no.

– Es de mediana edad -dijo él.

– ¿Qué lleva puesto?

– Un vestido -contestó Harry.

– ¿Me lo puede describir? -inquirió ella con impaciencia. Luego añadió-: Es usted tan desastroso como mi hermano.

– Pues su hermano me cae bastante bien -dijo él, básicamente para fastidiarla.

Olivia puso los ojos en blanco.

– No se preocupe, cuando le conozca mejor cambiará de idea.

Harry sonrió. No pudo evitarlo. No sabía muy bien cómo había podido pensar que Olivia era fría y distante; si acaso, rebosaba picardía y humor. Al parecer, lo único que necesitaba para ello era estar en compañía de un amigo.

– A ver… ¿qué clase de vestido lleva? -le pidió ella.

Él cambió el peso de un pie al otro para ver mejor.

– Algo abultado, con… -Llevó las manos hacia los hombros, como si abrigase la esperanza de saber describir un atuendo femenino. Sacudió la cabeza-. No sé de qué color es.

– Curioso. -Olivia arrugó el entrecejo-. ¿Significa eso que es rojo o verde?

– O de cualquiera de sus tonalidades.

Olivia cambió radicalmente de actitud.

– Lo de su daltonismo es realmente fascinante, ¿sabe?

– Pues la verdad es que a mí me ha parecido siempre más bien una lata.

– Ya me imagino -coincidió ella. Entonces preguntó-: ¿La mujer con la que el príncipe está hablando…?

– No, el príncipe no está hablando con ella -repuso Harry con un poco más de sentimiento del que pretendía.

Ella volvió a ponerse de puntillas, aunque eso no le permitiera ver mejor.

– ¿A qué se refiere?

– No habla con nadie. Con casi nadie, al menos. Lo que sobre todo hace es mirar con arrogancia.

– ¡Qué raro! Conmigo habló muchísimo.

Harry se encogió de hombros. No sabía qué decir a eso, aparte de lo evidente, que el príncipe quería llevársela a la cama, lo cual no parecía adecuado en ese momento.

Aun así había que reconocer que el príncipe tenía buen gusto.

– Muy bien -dijo Olivia-, ¿la mujer con la que no está hablando lleva un diamante de bastante mal gusto?

– ¿En el cuello?

– No, en la nariz. Por supuesto que en el cuello.

Él la escudriñó con la mirada.

– No es usted la persona que me había imaginado.

– Teniendo en cuenta la primera impresión que le causé, probablemente eso sea algo positivo. ¿Lleva un diamante o no?

– Sí.

– Entonces es lady Mottram -dijo con rotundidad-. Nuestra anfitriona. Lo que significa que él le dedicará unos cuantos minutos, sería descortés ignorarla.

– Yo no confiaría en que hiciese una excepción para mostrarse educado.

– Descuide, que no tiene escapatoria. Lady Mottram está dotada de tentáculos. Y dos hijas por casar.

– ¿Qué le parece si nos vamos en la dirección contraria?

Ella arqueó las cejas con picardía.

– ¡Vamos!

Olivia empezó a andar, abriéndose paso hábilmente entre la multitud. Él siguió el sonido de sus carcajadas y la deslumbrante sonrisa que le dedicaba cada pocos segundos, cuando se giraba para asegurarse de que aún estaba ahí.

Por fin llegaron a un cenador, y ella se desplomó en un asiento, sin aliento y sintiendo que le daba vueltas la cabeza. Él se quedó a su lado, con el semblante considerablemente más sereno. No quería sentarse. Todavía no. Tenía que estar pendiente del príncipe.

– ¡Aquí no nos encontrará! -exclamó Olivia alegremente.

Ni él ni nadie, no pudo evitar darse cuenta Harry. El cenador no tenía nada de indecente; estaba convenientemente abierto al salón de baile. Pero tal como estaba orientado (apartado de la esquina del edificio, con las paredes cóncavas formando una cavidad), uno tenía que estar justo en el ángulo adecuado para ver el interior.

Nunca podría constituir el escenario de un acto de seducción ni de ninguna clase de diablura, en realidad, pero daba una intimidad extraordinaria. Además, amortiguaba bien el ruido de la fiesta.

– Ha sido divertido -comentó Olivia.

A él le sorprendió coincidir con ella.

– Sí, ¿verdad?

Olivia soltó un leve suspiro de desánimo.

– Supongo que no podré esquivarlo toda la noche.

– Puede intentarlo.

Ella sacudió la cabeza.

– Mi madre me encontrará.

– ¿Acaso pretende que se case con él? -preguntó Harry, sentándose a su lado en el banco curvo de madera.

– No, no le gustaría que me fuese a vivir tan lejos. Pero se trata de un príncipe. -Olivia levantó la vista hacia él con expresión rayana en el fatalismo-. Es un honor. Sus atenciones, me refiero.

Harry asintió. No porque estuviera de acuerdo, sino por pura compasión.

– Y además… -Interrumpió la frase, luego abrió los labios como para volver a empezar. Pero no lo hizo.

– ¿Y además? -la aguijoneó él suavemente.

– ¿Puedo confiar en usted?

– Puede -le dijo él-, pero seguro que ya sabe que jamás debería confiar en un caballero que le diga que puede confiar en él.

Eso le arrancó a Olivia una sonrisa casi imperceptible.

– Estoy totalmente de acuerdo con usted, pero aun así…

– Adelante -le dijo él con dulzura.

– Está bien… -Olivia tenía la mirada perdida, como si estuviese buscando las palabras o quizá las hubiese encontrado, pero las frases le parecieran equivocadas. Y cuando por fin habló, lo hizo sin mirarle. Aunque tampoco es que estuviera esquivándole exactamente-. He… rechazado los intentos de acercamiento de bastantes caballeros.

A Harry le extrañó su prudente empleo de la palabra «rechazado», pero no le interrumpió.

– No es que me considerase superior a ellos. Bueno, supongo que a algunos de ellos sí. -Se volvió y lo miró directamente a los ojos-. Algunos eran terribles.

– Comprendo.

– Pero la mayoría… No había nada malo en ellos, sólo que no eran los adecuados. -Dejó escapar un suspiro con cierta tristeza.

A Harry eso le espantó.

– Naturalmente, nadie me ha dicho eso a la cara -continuó Olivia.

– Pero ¿se ha ganado la fama de ser excesivamente exigente?

Ella le lanzó una mirada de tristeza.

– «Quisquillosa» es la palabra que ha llegado a mis oídos. Bueno, una de ellas. -Se le empañaron los ojos-. La única que me atrevo a repetir.

Harry descendió la mirada hacia su mano izquierda. Fruto de la rabia, la había estirado al máximo y ahora la tenía cerrada en un puño. Olivia estaba haciendo lo que podía para desdramatizar, pero estaba dolida por los rumores.

Se reclinó en la pared que había a sus espaldas, su aliento melancólico flotó en el aire.

– Y esto… bueno, ésta es mi oportunidad para redimirme porque… -Meneó la cabeza y levantó los ojos al cielo, como si buscase orientación o compasión; o quizá tan sólo comprensión.

Alargó la vista hacia la multitud con una sonrisa, pero fue una sonrisa como triste y de desconcierto. Y dijo:

– Algunos incluso dijeron: «¿Quién se cree que va a aparecer? ¿Un príncipe?»

– Ya veo.

Olivia se giró hacia él, con las cejas enarcadas y una expresión de absoluta franqueza.

– ¿Entiende mi dilema?

– ¡Claro que lo entiendo!

– Si ven que lo rechazo, seré… -Olivia se mordió el labio mientras buscaba la palabra adecuada- el hazmerreír no… No sé lo que seré. Pero no sería agradable.

Harry no pareció mover un solo músculo y, sin embargo, su rostro mostró una ternura desgarradora cuando comentó:

– Digo yo que no es necesario que se case con él sólo para demostrarle a la sociedad que es usted encantadora.

– No, claro que no. Pero al menos tienen que verme dedicándole la debida atención. Si lo rechazo así sin más… -Olivia suspiró. Odiaba esto. Odiaba todo esto, y la verdad es que nunca le había hablado a nadie de ello, porque se limitarían a decirle algo horrible e insidioso como «¡Ojalá todos tuviéramos tus problemas!»

Y ella sabía que era una afortunada y sabía que era una privilegiada, y sabía que no tenía derecho a quejarse por la vida que le había tocado vivir y la verdad es que no se quejaba.

Salvo algunas veces.

Y algunas veces lo único que deseaba es que los hombres dejaran de fijarse en ella, que dejaran de decirle lo guapa, encantadora y elegante que era (porque no lo era). Quería que dejaran de ir a verla y que dejaran de pedirle permiso a su padre para cortejarla, porque ninguno de ellos era el hombre adecuado y, ¡maldita sea!, no quería conformarse con el menos malo de los malos.

– ¿Siempre ha sido usted guapa? -le preguntó Harry en voz muy baja.

La pregunta era extraña. Extraña e impactante, y no la clase de cosa que se plantearía contestar, sólo que en cierto modo…

– Sí.

En cierto modo, le pareció inofensivo viniendo de él.

Harry asintió.

– Me lo figuraba. Tiene usted unos bellos rasgos.

Ella se volvió hacia él con la curiosa sensación de haber renovado energías.

– ¿Le he hablado de Miranda?

– Creo que no.

– De mi amiga. La que se casó con mi hermano.

– ¡Ah…, sí! A la que estaba escribiendo una carta esta tarde.

Olivia asintió.

– Era un poco el patito feo. Estaba muy delgada y tenía las piernas muy largas. Solíamos bromear diciendo que eran tan largas que le llegaban hasta el cuello. Pero a mí nunca me pareció que fuese un patito feo. Era simplemente mi amiga. Mi amiga más querida, más divertida y más maravillosa. Estudiábamos juntas. Todo lo hacíamos juntas.

Ella alargó la mirada hacia él, tratando de calcular su grado de interés. A estas alturas, la mayoría de los hombres habría huido a esconderse entre los árboles con tal de no aguantar a una mujer que aburría a su interlocutor hablando de las amistades de la infancia. ¡Qué horror!

Pero él simplemente asintió con la cabeza. Y ella supo que él la entendía.

– A los once años, de hecho fue por mi cumpleaños, hice una fiesta (Winston también) y vinieron todos los niños del barrio. Supongo que la gente consideraba que era un prestigio asistir. En cualquier caso, había una niña allí, ni siquiera recuerdo su nombre, que le dijo a Miranda unas cosas horribles. Hasta ese día no creo que a Miranda se le hubiese pasado nunca por la cabeza que los demás no la consideraban guapa. Por lo menos yo no lo pensé nunca.

– Los niños pueden ser muy crueles -musitó él.

– Sí, bueno, y los adultos también -dijo ella enérgicamente-. Da igual, eso no viene al caso. Es sólo uno de esos recuerdos que me ha acompañado siempre.

Permanecieron unos instantes en silencio y luego él dijo:

– No ha terminado la historia.

Ella se volvió, sorprendida.

– ¿A qué se refiere?

– No ha terminado la historia -volvió a decir Harry-. ¿Qué hizo usted?

Olivia abrió la boca.

– No me puedo creer que no hiciera nada. Incluso con once años, seguro que hizo algo.

A ella se le dibujó lentamente una sonrisa en la cara, cada vez más ancha… hasta que la notó en las mejillas, luego en los labios y después en el corazón.

– Creo que tuve unas palabras con esa niña.

Sus miradas se encontraron en una especie de curiosa sintonía.

– ¿Volvió a invitarle a alguna de sus fiestas de cumpleaños?

Ella seguía sonriendo. De oreja a oreja.

– Me parece que no.

– Apuesto a que ella no ha olvidado su nombre.

Olivia sintió que la alegría bullía en su interior.

– Creo que no.

– Y quien ríe el último, ríe mejor -dijo Harry-, porque su amiga Miranda se ha casado con el futuro conde de Rudland. ¿Había un partido mejor en el barrio?

– No, no lo había.

– A veces -declaró él meditabundo- tenemos lo que nos merecemos.

Olivia siguió sentada junto a él, en silencio, felizmente sumida en sus pensamientos. Entonces, inesperadamente, se giró hacia Harry y le dijo:

– Estoy muy unida a mi sobrina.

– ¿Su hermano y Miranda han tenido hijos?

– Una hija, Caroline. Es lo que más quiero en este mundo. A veces creo que me la comería. -Miró hacia él-. ¿Por qué sonríe?

– Por su tono de voz.

– ¿Qué le pasa?

Harry meneó la cabeza.

– No lo sé. Habla como… como… no sé, casi como si estuviese pensando en un postre y se le hiciese la boca agua.

Ella soltó una carcajada.

– Tendré que aprender a dividirme, porque están esperando el segundo.

– Felicidades.

– No pensé que me gustaran los niños -dijo Olivia pensativa-, pero adoro a mi sobrina.

Volvió a permanecer en silencio, pensando en lo agradable que era estar con alguien sin tener que hablar en todo momento. Aunque, naturalmente, habló, porque nunca aguantaba mucho rato callada.

– Debería ir a ver a su hermana a Cornualles -le aconsejó a Harry-. Y conocer a sus sobrinos.

– Sí -convino él.

– La familia es importante.

Harry estuvo en silencio un rato más del que ella había esperado antes de decir:

– Sí, lo es.

Hubo algo raro. Su voz sonó un poco hueca; o tal vez no. Ella esperaba que no. Menudo chasco se llevaría si resultaba que no era un hombre familiar.

Pero Olivia no quería pensar en eso. No ahora mismo. La verdad es que si Harry tenía defectos, secretos o lo que fuera al margen de lo que percibía ella en este momento, no quería saberlo.

Esa noche, no.

¡Ni hablar!

Capítulo 9

No podían pasar toda la noche en el cenador, así que muy a su pesar Olivia se levantó, se enderezó y luego miró a Harry por encima de su hombro y dijo:

– Hay que seguir en la brecha, querido amigo.

Él también se puso de pie y la miró con una expresión cálida y burlona.

– Pensaba que no le gustaba leer.

– No me gusta, pero se trata de Enrique V de Shakespearse, ¡por Dios! Ni siquiera yo logré librarme de leerlo. -Olivia por poco sintió un escalofrío al recordar a su cuarta institutriz, la que insistió en que leyera a todos los Enriques, inexplicablemente en orden inverso-. Y lo intenté, créame, lo intenté.

– ¿Por qué tengo la sensación de que no fue usted una estudiante modélica? -preguntó él.

– Únicamente intenté no hacer sombra a Miranda. -No era exactamente cierto, pero a Olivia no le había importado que ése fuese el resultado de su mal comportamiento. No es que no le gustara aprender, era sólo que no le gustaba que le dijeran lo que tenía que estudiar. Miranda, que siempre andaba enfrascada en algún libro, no tenía inconveniente en empaparse de cualquier conocimiento que la institutriz du jour decidiese impartir. A Olivia lo que más le gustaba eran las épocas de transición entre una institutriz y otra, cuando les dejaban hacer a las dos lo que les daba la gana. En lugar de aprender algo a fuerza de repetirlo y memorizarlo, como les obligaban a hacer, habían inventado toda clase de juegos y reglas mnemotécnicas. A Olivia nunca se le dieron tan bien las matemáticas como cuando no hubo nadie que se las enseñara.

– Estoy empezando a pensar que su Miranda seguramente es santa -dijo Harry.

– Bueno, tiene sus cosas -repuso Olivia-. Es la persona más terca del mundo.

– ¿Más que usted?

– Mucho más. -Miró a Harry sorprendida. Ella no era terca. Impulsiva, sí, y con cierta frecuencia temeraria, pero no terca. Siempre había sabido cuándo aflojar o ceder.

Ladeó la cabeza y observó a Harry, que estaba mirando hacia la multitud. Había resultado ser un hombre muy interesante. ¿Quién iba a decir que tendría un sentido del humor tan agudo o que sería tan perspicaz que la desarmaría? Hablar con él era como reencontrarse con un viejo amigo, lo cual no dejaba de ser sorprendente. ¿Quién habría creído posible trabar amistad con un caballero?

Trató de imaginarse a sí misma reconociendo delante de Mary, Anne o Philomena que sabía que era guapa. Imposible. Sería considerado el mayor de los engreimientos.

Con Miranda habría sido distinto. Miranda lo habría comprendido. Pero Miranda ya casi no iba por Londres y Olivia no se había dado cuenta hasta ahora del enorme vacío que esto había dejado en su vida.

– La veo muy seria -le dijo Harry, y ella cayó en la cuenta de que en algún momento dado se había sumido tanto en sus pensamientos que no había reparado en que él se había girado hacia ella. La estaba mirando de hito en hito, sus ojos eran tan cálidos, la miraban tan fijamente.

Olivia se preguntó qué vería él en ellos.

Y se preguntó si estaría a la altura.

Y sobre todo se preguntó por qué le preocupaba tanto estarlo.

– No es nada -contestó Olivia, porque captó que él esperaba alguna clase de respuesta.

– Bien, pues. -Harry movió la cabeza, acto seguido miró de nuevo hacia la multitud y la intensidad del momento se esfumó-. ¿Quiere que busquemos a su príncipe?

Ella lo miró animada, agradecida por la oportunidad de devolver sus pensamientos a zonas más seguras.

– ¿Quiere que le dé finalmente el gusto de protestar diciéndole que no es mi príncipe?

– Le estaría muy agradecido.

– Muy bien, no es mi príncipe -recitó obedientemente.

Harry parecía casi decepcionado.

– ¿Eso es todo?

– ¿Esperaba quizás un gran drama?

– Eso como mínimo -musitó él.

Olivia se rio entre dientes y entró en la sala de baile propiamente dicha con la mirada al frente. Hacía una noche preciosa; no sabía muy bien por qué no se había dado cuenta de eso antes. La sala de baile estaba como solían estar las salas de baile, abarrotada, pero se respiraba algo distinto en el ambiente. ¿Serían las velas tal vez? Quizás había más velas de lo normal o quizás ardían con más intensidad. Pero su favorecedor y cálido resplandor bañaba a todo el mundo. Olivia reparó en que esta noche todo el mundo estaba guapo, todo el mundo.

¡Qué maravilla! ¡Y qué felices parecían todos!

– Está en la esquina de ahí al fondo -oyó que le decía Harry a sus espaldas-. A la derecha.

Su voz le llegó tibia y sedante al oído, y la recorrió por dentro como una curiosa y trémula caricia. Hizo que le entrasen ganas de reclinarse, de percibir el aire que rodeaba el cuerpo de Harry y entonces…

Caminó hacia delante. Esos pensamientos no eran seguros; no en el centro de una sala abarrotada. Seguro que no, si estaban relacionados con sir Harry Valentine.

– Creo que debería esperar aquí -le dijo Harry-. Deje que él venga a usted.

Ella asintió.

– No creo que me vea.

– Pronto lo hará.

De algún modo recibió sus palabras como un cumplido y quiso volverse y sonreír, pero no lo hizo, y no sabía por qué.

– Debería estar con mis padres -dijo ella-. Sería más adecuado que… bueno, que todo lo que he hecho esta noche. -Olivia levantó la vista hacia él, hacia sir Harry Valentine, su nuevo vecino e, increíblemente, su nuevo amigo-. Gracias por esta maravillosa aventura.

Él hizo una reverencia.

– Ha sido un placer.

Pero esa despedida sonó demasiado formal y Olivia no podía soportar marcharse de semejante modo. Así que le sonrió abiertamente con su sonrisa más sincera, no con la que se pintaba en la cara para los cumplidos de rigor, y le preguntó:

– ¿Le importaría que volviese a descorrer las cortinas en casa? Mi cuarto empieza a parecerse a una cueva.

Él se carcajeó lo bastante alto como para atraer las miradas ajenas.

– ¿Me espiará?

– Únicamente cuando lleve un sombrero estrafalario.

– Sólo tengo uno y nada más me lo pongo los martes.

Y, por alguna razón, ésa pareció la manera perfecta de finalizar su encuentro. Olivia le hizo una pequeña reverencia, se despidió y a continuación se mezcló entre la multitud antes de que ninguno de los dos pudiera decir nada más.

Menos de cinco minutos después de que Olivia localizase a sus padres, el príncipe Alexei Gomarovsky de Rusia la localizó a ella.

Tenía que reconocer que era un hombre sumamente fascinante. De belleza fría, eslava, con unos gélidos ojos azules y el pelo del mismo color que ella. Lo cual era singular, en realidad; no era frecuente ver unos cabellos tan rubios en un hombre adulto. Hacían que destacase entre una muchedumbre.

Bueno, eso y el séquito enorme que lo seguía a todas partes. Los palacios europeos podían ser lugares peligrosos, le había dicho el príncipe. Un hombre célebre como él no podía viajar sin escolta.

Olivia se colocó entre sus padres y observó cómo la gente hacía un pasillo para dejar pasar al príncipe. Éste se detuvo justo delante de ella, entrechocando los talones al curioso estilo de los militares. Se mantenía asombrosamente derecho, y Olivia tuvo la extraña idea de que dentro de muchos años, cuando no pudiese recordar los detalles de su cara, recordaría su postura erguida, arrogante y correcta.

Se preguntó si habría luchado en la guerra. Harry sí, pero lejos del ejército ruso, al otro lado de Europa ¿no?

No es que tuviese importancia.

El príncipe ladeó unos milímetros la cabeza y sonrió con los labios cerrados, una sonrisa no exactamente antipática, sino condescendiente.

O quizá se tratase de una simple diferencia cultural. Olivia sabía que no debía emitir juicios precipitados. Tal vez la gente sonriese de otra manera en Rusia. Y aun cuando no fuese así, él era un miembro de la realeza. Se imaginaba que un príncipe no podía desnudar su alma delante de muchas personas. Seguro que era un hombre sumamente simpático y un eterno incomprendido. ¡Qué vida tan solitaria debía de tener!

A ella le horrorizaría.

– Lady Olivia -le dijo él en un inglés que no tenía demasiado acento-. Me alegro sobremanera de volverla a ver esta noche.

Ella le hizo una media reverencia; agachando el cuerpo más de lo que normalmente haría en un evento de estas características, pero no tanto como para parecer servil y fuera de lugar.

– Vuestra Alteza -le contestó en voz baja.

Cuando se incorporó, él le cogió de la mano y le depositó un suave beso en los nudillos. A su alrededor los susurros hacían crepitar el aire, y Olivia se sintió incómoda al comprender que era el mismísimo centro de atención. Tuvo la sensación de que todos los presentes habían retrocedido un paso, dejando un espacio libre a su alrededor; lo mejor para ver cómo se desarrollaba la escena.

El príncipe le soltó la mano lentamente, luego dijo reduciendo su voz a un grave susurro:

– Como sabrá, es usted la mujer más hermosa del baile.

– Gracias, Vuestra Alteza. Es un honor oír eso.

– Me limito a decir la verdad. Es usted la estampa de la belleza.

Olivia sonrió y trató de ser la preciosa estatua que él parecía querer que fuese. La verdad es que no estaba segura de cómo debía responder a sus continuos cumplidos. Procuró imaginarse a sir Harry empleando tan efusivo lenguaje. Probablemente rompería a reír sólo para intentar pronunciar la primera frase.

– Me está sonriendo, lady Olivia -constató el príncipe.

Ella pensó deprisa, muy deprisa.

– Es simplemente por la dicha que me producen sus halagos, Vuestra Alteza.

¡Santo Dios! Si Winston pudiera oírla, ya estaría en el suelo revolcándose de risa. Como Miranda.

Pero saltaba a la vista que el príncipe aprobaba sus palabras, ya que la pasión encendió sus ojos y le ofreció su brazo.

– Venga a dar un paseo conmigo por la sala de baile, milaya. Tal vez bailemos.

Olivia no tuvo más remedio que colocar la mano sobre su brazo. El príncipe vestía un uniforme de gala de intenso color carmesí, con cuatro botones de oro en cada manga. La lana picaba y la lógica indicaba que el hombre debía de estar pasando un calor espantoso en la abarrotada sala de baile, pero no manifestó señal alguna de malestar; en todo caso, parecía irradiar cierta frialdad, como si estuviese ahí para ser admirado pero no tocado.

Sabía que todo el mundo lo observaba. Debía de estar habituado a semejante atención. Olivia se preguntó si se daría cuenta de lo incómoda que se sentía ella en este cuadro vivo. Y eso que estaba acostumbrada a que la miraran. Sabía que era popular, sabía que otras jóvenes damas la consideraban el árbitro de la moda y el estilo, pero esto… esto era algo completamente distinto.

– He estado disfrutando del clima que tienen en Inglaterra -dijo el príncipe mientras bordeaban una esquina. Olivia se dio cuenta de que tenía que concentrarse en su modo de andar para permanecer junto a él en la posición correcta. Cada paso era cuidadosamente medido, cada pisada absolutamente precisa, apoyando talón y luego punta con el mismo movimiento exacto cada vez.

– Dígame -añadió él-, ¿normalmente hace tanto calor en esta época del año?

– Hemos tenido más sol de lo habitual -contestó ella-. ¿Hace mucho frío en Rusia?

– Sí. Hace… cómo se dice… -El príncipe hizo un alto y Olivia detectó su fugaz expresión de concentración mientras intentaba dar con las palabras correctas. Apretó los labios frustrado y luego le preguntó-: ¿Habla francés?

– Me temo que pésimamente.

– Es una lástima. -Parecía ligeramente contrariado por su deficiencia-. Yo lo hablo con más mmmm…

– ¿Fluidez? -ofreció ella.

– Sí. En Rusia se habla mucho. En muchos círculos incluso más que el ruso.

Olivia encontró eso sumamente curioso, pero le pareció poco educado hacer comentarios al respecto.

– ¿Ha recibido esta tarde mi invitación?

– Sí, la he recibido -respondió ella-. Es para mí un honor aceptar.

No lo era. Bueno, quizá se sintiese honrada pero desde luego contenta no estaba. Como era de esperar, su madre le había insistido en que aceptaran ir y Olivia se había pasado tres horas de pruebas para hacer con urgencia un nuevo vestido. Acabó siendo de seda azul clara, el color exacto de los ojos del príncipe Alexei, cayó ella de pronto en la cuenta.

Confiaba en que él no pensara que lo había hecho intencionadamente.

– ¿Cuánto tiempo pretende quedarse en Londres? -le preguntó Olivia esperando parecer más ilusionada que desesperada.

– No es seguro. Depende de… muchas cosas.

Como el príncipe no parecía dispuesto a desarrollar su críptico comentario, ella sonrió (no con su verdadera sonrisa, estaba demasiado nerviosa como para ser capaz de dedicársela). Pero él no la conocía bastante para calarla.

– Se quede el tiempo que decida quedarse, espero que disfrute de su estancia -dijo ella encantadora.

Él asintió majestuosamente, rehusando hacer comentario alguno.

Bordearon otra esquina. Olivia podía ahora ver a sus padres, que seguían al otro lado de la sala. La estaban mirando, como todos los demás. Habían dejado incluso de bailar. La gente estaba hablando, pero en voz baja. Parecían insectos zumbando por ahí.

¡Dios! ¡Cómo deseaba irse a casa! Puede que el príncipe fuese un hombre sumamente agradable. Es más, esperaba que lo fuese. La historia tendría más miga si él era una persona encantadora, encerrada en una cárcel de ceremonias y tradición. Y si tan simpático era, ella no tenía inconveniente en conocerlo y hablar con él, pero no así, ¡por Dios!, delante de toda esa gente, con cientos de ojos observándola en todo momento.

¿Qué pasaría si tropezaba? ¿Si daba un traspié mientras bordeaban la siguiente esquina? Podría arreglarlo discretamente con una pequeña reverencia o exagerarlo y caerse al suelo estrepitosamente.

Sería espectacular.

O espantosamente terrible. Pero daba igual lo que fuera, porque en cualquier caso no tenía el valor de hacerlo.

«Sólo unos minutos más», se dijo. Estaban en la recta final. El príncipe la devolvería con sus padres o quizá tendría que bailar, pero ni siquiera eso sería tan horrible, porque no estarían solos en la pista de baile. Sería demasiado descarado, incluso para esta gente.

Sólo unos minutos más y luego todo habría acabado.

Harry observó a la bonita pareja acercándose todo lo que pudo, pero la decisión del príncipe de dar una vuelta a la sala le dificultó mucho el trabajo. No era imprescindible permanecer junto a ellos. Era poco probable que el príncipe hiciera o dijera nada que el Departamento de Guerra encontrase relevante, pero él no estaba dispuesto a perder a Olivia de vista.

Probablemente sólo fuera porque sabía que Winthrop sospechaba de aquel personaje, pero a él le había caído mal nada más verlo. No le gustaba su postura arrogante, le daba igual que los años pasados en el ejército le hubieran dejado una espalda increíblemente erguida. No le gustaba su mirada ni la forma en que sus ojos parecían entornarse cada vez que se topaba con alguien. Y no le gustaba la forma en que movía la boca al hablar, arqueando el labio superior en una perpetua mueca de disgusto.

Harry había conocido a gente como el príncipe. No a miembros de la realeza, es verdad, pero sí a grandes duques y demás que iban por Europa pavoneándose como si fueran los amos del lugar.

Y supuso que sí les pertenecía, pero en su opinión no por ello dejaban de ser una panda de burros.

– ¡Oh, estás aquí! -Era Sebastian, quien sostenía en la mano una copa de champán prácticamente vacía-. ¿Ya te has cansado?

Harry siguió pendiente de Olivia.

– No.

– ¡Qué curioso! -musitó Seb. Apuró su champán, dejó la copa en una mesa cercana y luego se inclinó hacia Harry para que éste pudiera oírlo-. ¿A quién buscas?

– A nadie.

– No, espera, lo he dicho mal. ¿A quién estás mirando?

– A nadie -dijo Harry dando un pasito a la derecha para intentar esquivar al conde sumamente corpulento que acababa de bloquearle la vista.

– ¡Vaya! Entonces me estás ignorando por… ¿por qué motivo?

– No te ignoro.

– Pero sigues sin mirarme.

Harry tuvo que darse por vencido, su primo era terriblemente tenaz y el doble de pesado. Miró a Sebastian directamente a los ojos.

– Ya te he visto otras veces.

– Y, sin embargo, nunca deja de ser una delicia mirarme. Peor para ti, si no me miras. -Sebastian le dedicó una sonrisa forzada-. ¿Quieres que nos vayamos ya?

– Aún no.

Sebastian arqueó las cejas.

– ¿Hablas en serio?

– Me lo estoy pasando bien -contestó Harry.

– Te lo estás pasando bien. En un baile.

– Tú lo consigues.

– Sí, pero yo soy yo. Y tú eres tú. A ti no te gustan estas cosas.

Harry vislumbró a Olivia por el rabillo del ojo. Ella captó su mirada, el captó la suya y, entonces, ambos apartaron la vista a la vez. Ella estaba ocupada con el príncipe y él con Sebastian, que estaba resultando más pesado de lo habitual.

– ¿Lady Olivia y tú acabáis de intercambiar miraditas? -inquirió Sebastian.

– No. -Harry no era el mejor de los mentirosos, pero si no pasaba de los monosílabos resultaba bastante creíble.

Sebastian se frotó las manos.

– La velada se pone interesante.

Harry lo ignoró. O lo intentó.

– Ya la llaman princesa Olivia -anunció Sebastian.

– ¿Quiénes, si puede saberse? -preguntó Harry, volviéndose para mirar a Sebastian-. También dicen que maté a mi prometida.

Sebastian parpadeó asombrado.

– ¿Cuándo te prometiste?

– Eso mismo me pregunto yo -prácticamente le espetó Harry-. Y ella no se casará con ese idiota.

– Pareces casi celoso.

– No seas absurdo.

Sebastian sonrió con complicidad.

– Antes me ha parecido verte con ella.

Harry no se molestó en negarlo.

– Ha sido una conversación de cortesía. Es mi vecina. ¿No me dices siempre que sea más sociable?

– Dime, ¿ya habéis aclarado todo el asunto ése del espionaje desde su ventana?

– Ha sido un malentendido -declaró Harry.

– Mmm…

Harry se puso en alerta al instante. Cada vez que Sebastian parecía pensativo (pero con aspecto de estar tramando algún plan diabólico, no con cara de buen niño), había que ir con pies de plomo.

– Me gustaría conocer a ese príncipe -dijo Sebastian.

– ¡Ah, no! -A Harry le agotaba su mera presencia-. ¿Qué pretendes hacer?

Sebastian se acarició la barbilla.

– No lo sé con seguridad, pero estoy convencido de que en el momento oportuno se me presentará la línea de actuación adecuada.

– ¿Piensas improvisar sobre la marcha?

– Suele funcionarme bastante bien.

Harry sabía que era imposible detenerlo.

– Escúchame -le susurró, cogiendo a su primo del brazo con la suficiente rapidez para obtener su inmediata atención. Harry no podía hablarle de su misión, pero era preciso que Seb supiese que aquí había algo más que un encaprichamiento de lady Olivia; de lo contrario, con una mera referencia a grandmère Olga, podría echar por tierra todo el asunto.

Harry siguió hablando en voz baja:

– Esta noche, delante del príncipe, yo no sé hablar ruso. Y tú tampoco. -Sebastian no hablaba con soltura ni mucho menos, pero aunque con dificultades podía sin duda mantener una conversación. Harry lo miró fijamente-. ¿Te ha quedado claro?

Los ojos de Seb se clavaron en los suyos y luego asintió, una vez, con una seriedad que raras veces exteriorizaba delante de los demás. Y entonces, en un abrir y cerrar de ojos, la seriedad desapareció y retomó su postura desgarbada junto con su sonrisa torcida.

Harry retrocedió y se puso tranquilamente a observar. Olivia y el príncipe habían completado tres cuartos de su majestuoso paseo y ahora se dirigían directamente hacia ellos. Los numerosos asistentes a la fiesta les abrieron camino como gotas de aceite en el agua, y Sebastian se quedó inmóvil, su único movimiento fue el de la mano izquierda frotando el pulgar distraídamente contra el resto de dedos.

Estaba pensando. Seb hacía eso siempre que pensaba.

Y entonces, con una sincronización tan perfecta que nadie podría creer nunca que no había sido un accidente, Sebastian cogió otra copa de champán de la bandeja de un lacayo que pasaba por ahí, echó la cabeza hacia atrás para tomar un sorbo y luego…

Harry no supo cómo consiguió hacerlo, pero todo acabó en el suelo con estrépito, los fragmentos de cristal y el champán que burbujeaba frenéticamente sobre el parqué.

Olivia dio un respingo; el líquido le había salpicado la orilla de su vestido.

El príncipe parecía furioso.

Harry no dijo nada.

Y entonces Sebastian sonrió.

Capítulo 10

– ¡Lady Olivia! -exclamó Sebastian-. ¡Cuánto lo siento! Le ruego que acepte mis disculpas. ¡Qué terrible torpeza la mía!

– No se preocupe -dijo ella, sacudiendo con discreción un pie y luego el otro-. No ha sido nada. Sólo es una mancha de champán. -Le dedicó una sonrisa de ésas de «no pasa absolutamente nada»-. Me han dicho que es bueno para la piel.

No le habían dicho nada semejante, pero ¿qué otra cosa podía decir? Tanta torpeza no era propia de Sebastian Grey y la verdad es que no le habían caído más que unas cuantas gotas en las chinelas. Sin embargo, el príncipe, que estaba a su lado, parecía furioso. Lo notaba por su postura. El champán le había salpicado más que a ella, aunque a decir verdad le había caído todo en las botas y, de todas formas ¿no le había dicho alguien que algunos hombres se limpiaban las botas con champán?

Aun así Olivia tenía la sensación de que los gruñidos que el príncipe Alexei soltó en ruso no eran elogiosos.

– ¿Para la piel? ¿En serio? -preguntó Sebastian, aparentando un interés total que ella estaba convencida de que no sentía-. No lo había oído nunca. ¡Fascinante!

– Lo decían en una revista para mujeres -mintió ella.

– Lo que explicaría por qué yo no lo sabía -repuso Sebastian con agudeza.

– Lady Olivia, ¿le importaría presentarme a su amigo? -pidió de sopetón el príncipe Alexei.

– Por-por supuesto -balbució Olivia, sorprendida por su petición. No había mostrado mucho interés en conocer a demasiada gente en Londres, a excepción de duques, miembros de la familia real y, en fin, ella misma. Tal vez no fuese tan arrogante y altivo como pensaba-. Vuestra Alteza, permítame que le presente a Sebastian Grey, señor Grey, el príncipe Alexei Gomarovsky de Rusia.

Los dos hombres hicieron una reverencia, la de Sebastian fue considerablemente más pronunciada que la del príncipe, que fue tan simbólica que rozó la mala educación.

– Lady Olivia -dijo Sebastian una vez acabada su reverencia al príncipe-, ¿conoce a mi primo, sir Harry Valentine?

Olivia se quedó boquiabierta. ¿Qué estaría tramando Sebastian? Sabía perfectamente que…

– Lady Olivia -saludó Harry, colocándose de pronto frente a ella. Sus miradas se cruzaron y en los ojos de Harry hubo un brillo que ella no logró identificar del todo, pero que la despertó por dentro haciendo que le entraran ganas de estremecerse. Y al instante ese brillo desapareció, como si ellos dos no fueran más que meros conocidos. Él la saludó atentamente con un movimiento de cabeza y acto seguido le dijo a su primo:

– Ya nos conocemos.

– ¡Ah, sí, claro! -repuso Sebastian-. Siempre olvido que sois vecinos.

– Vuestra Alteza -le dijo Olivia al príncipe-, permítame presentarle a sir Harry Valentine. Vive justo al sur de mi casa.

– ¡No me diga! -replicó el príncipe y entonces, mientras Harry le hacía una reverencia, le dijo algo rápido en ruso a un miembro de su séquito, quien asintió con brusquedad-. Hace un rato estaban hablando -comentó el príncipe.

Olivia se puso tensa. No se había dado cuenta de que él la había estado observando y tampoco sabía muy bien por qué eso le molestaba tanto.

– Sí -confirmó ella, ya que no había ninguna buena razón para negarlo-. Sir Harry se cuenta entre mis numerosos conocidos.

– Por lo que estoy sumamente agradecido -dijo Harry en un tono que no concordaba con el manso sentimentalismo de sus palabras. Pero más extraño aún fue que al hablar mirara todo el rato al príncipe.

– Sí -repuso el príncipe sin apartar en ningún momento la vista de Harry-, cómo no iba a estarlo, ¿verdad?

Olivia miró hacia Harry, luego al príncipe, luego otra vez a Harry, que sostuvo la mirada del príncipe al decirle:

– Verdad.

– Qué fiesta tan estupenda ¿no? -medió Sebastian-. Yo diría que lady Mottram se ha superado este año.

A Olivia estuvo a punto de escapársele una risita de lo más inapropiada. Había algo en el comportamiento de Sebastian, esa excesiva alegría, que podría haber cortado la tensión como un cuchillo. Pero no lo hizo. Harry estaba observando al príncipe con impasible recelo y el príncipe lo observaba a él con gélido desdén.

– ¿No notan que hace frío aquí? -preguntó Olivia en general.

– Un poco -contestó Sebastian, puesto que ellos dos parecían ser los únicos que hablaban en realidad-. Siempre he pensado que tiene que resultar difícil ser mujer, con todas esas prendas finas y vaporosas que llevan.

El vestido de Olivia era de terciopelo, pero de manga corta y tenía la piel de los brazos de gallina.

– Sí -repuso ella, porque nadie más habló. Entonces se dio cuenta de que no tenía nada más que añadir a eso, de modo que carraspeó y sonrió, primero a Harry y al príncipe, que seguían sin mirarla, y luego a la gente que tenía a sus espaldas, que en su totalidad la estaban mirando a ella, si bien fingían no hacerlo.

– ¿Es usted uno de los muchísimos admiradores de lady Olivia? -le preguntó el príncipe Alexei.

Olivia se volvió a Harry con los ojos muy abiertos. ¿Qué diantres podía decir a tan directa pregunta?

– Todo Londres admira a lady Olivia -respondió éste con habilidad.

– Es una de nuestras más admiradas damas -añadió Sebastian.

Tras semejante halago, Olivia debería haber dicho algo sencillo y modesto, pero cualquier cosa que pudiera decir se le antojó demasiado rara, demasiado estrambótica.

No estaban hablando de ella. Estaban diciendo su nombre y dirigiéndole cumplidos, pero todo formaba parte de una extraña y estúpida danza entre machos para ver quién se hacía con el territorio.

De no haberla incomodado tanto, habría sido halagador.

– ¿Es música eso que oigo? -dijo Sebastian-. Tal vez el baile vuelva a empezar pronto. ¿Bailan en Rusia?

El príncipe lo miró con frialdad.

– ¿Cómo dice?

– Vuestra Alteza -rectificó Sebastian, aunque no pareció lamentar especialmente el desliz-, ¿bailan en Rusia?

– Naturalmente -le espetó el príncipe.

– No en todas las sociedades se baila -reflexionó Sebastian en voz alta.

Olivia desconocía si eso era cierto. Más bien sospechaba que no.

– ¿Qué trae a Su Alteza por Londres? -inquirió Harry, entrando por primera vez en la conversación. Había contestado a preguntas, pero sólo eso; por lo demás, se había dedicado a observar.

El príncipe lo miró con dureza, pero fue difícil percibir si la pregunta le había parecido impertinente.

– He venido a ver a mi primo -respondió-. Su embajador.

– ¡Ah! No lo conozco -dijo Harry en un acto de gentileza.

– Por supuesto que no.

Fue un insulto, claro y directo, pero Harry no parecía ofendido lo más mínimo.

– Cuando serví en el ejército de Su Majestad conocí a muchos rusos. Sus compatriotas son de lo más honorable.

El príncipe agradeció el cumplido con un escueto asentimiento de cabeza.

– No podríamos haber derrotado a Napoleón, de no ser por el zar -continuó Harry-. Y por su orografía.

El príncipe Alexei lo miró a los ojos.

– Me pregunto si a Napoleón le habrían ido mejor las cosas si ese año el invierno no hubiese empezado tan pronto -prosiguió Harry-. Porque fue crudísimo.

– Para los más débiles, tal vez -repuso el príncipe.

– ¿Cuántos franceses perecieron en la retirada? -se preguntó Harry en voz alta-. No logro recordarlo. -Se volvió a Sebastian-. ¿Tú te acuerdas?

– Más del noventa por ciento -dijo Olivia antes de que se le ocurriera que quizá no debería haberlo dicho.

Los tres hombres la miraron con el mismo grado de sorpresa; estaban todos prácticamente anonadados.

– Me gusta leer el periódico -se limitó a decir. El consiguiente silencio le indicó que esta explicación no bastaba, así que añadió-: Estoy convencida de que no se nos dieron la mayoría de los detalles, pero aun así fue fascinante. Y muy triste, la verdad. -Se volvió al príncipe Alexei y le preguntó-: ¿Estuvo usted ahí?

– No -soltó él-. La marcha fue sobre Moscú y mi casa está al este, en Nizhny. Y no tenía edad suficiente para servir en el ejército.

Olivia se dirigió a Harry:

– ¿Usted ya estaba en el ejército?

Él asintió, ladeando la cabeza hacia Sebastian.

– Ambos acabábamos de obtener nuestros cargos de oficiales. Estuvimos en España, a las órdenes de Wellington.

– No sabía que habían servido juntos -dijo Olivia.

– En el decimoctavo regimiento de húsares -le explicó Sebastian con el orgullo contenido en la voz.

Hubo un incómodo silencio y entonces ella dijo:

– ¡Qué gallardía la suya! -Parecía la clase de frase que ellos esperarían oír, y hacía tiempo que Olivia había aprendido que en ocasiones como ésa lo más sensato era hacer lo que se esperaba de uno.

– ¿No fue Napoleón el que dijo que no dejaba de producirle estupor que los húsares llegaran a vivir treinta años? -musitó el príncipe. Se giró hacia Olivia y le dijo-: Tienen fama de… ¿cómo lo dicen ustedes…? -Dibujó movimientos circulares con los dedos cerca de la cara, como si eso fuese a refrescarle la memoria-. Temerarios -dijo de pronto-. Sí, eso es.

»Y es una lástima -continuó-. Se los considera muy valientes, pero casi siempre… -simuló que se cortaba el cuello con la mano- los matan.

Levantó la vista hacia Harry y Sebastian (pero principalmente hacia Harry) y les dedicó una sonrisa forzada.

– ¿Cree que eso es cierto, sir Harry? -preguntó con causticidad y en voz baja.

– No -respondió Harry. Nada más, sólo un «no».

Olivia fue alternando la mirada de un hombre al otro. Nada, ninguna objeción ni comentario sarcástico alguno podría haber irritado más al príncipe que ese «no» de Harry.

– ¿Es música lo que oigo? -inquirió ella. Pero nadie le estaba prestando atención.

– ¿Cuánto años tiene, sir Harry? -le preguntó el príncipe.

– ¿Cuántos años tiene Vuestra Alteza?

Olivia tragó saliva nerviosa. No era pertinente hacerle esa pregunta a un príncipe. Y ella sabía que Harry no había empleado el tono de voz adecuado. Trató de lanzarle una mirada de alarma a Sebastian, pero éste estaba contemplando a los otros dos hombres.

– No ha contestado a mi pregunta -dijo Alexei en tono amenazante y, de hecho, el escolta que estaba a su lado realizó un inquietante cambio de postura.

– Tengo veintiocho años -dijo Harry y a continuación, haciendo una pausa lo suficientemente larga como para indicar que se le había ocurrido después, añadió-: Vuestra Alteza.

La boca del príncipe Alexei esbozó una sonrisa.

– Entonces faltan dos años para que se cumpla la predicción de Napoleón, ¿verdad?

– Sólo si pretende declararle la guerra a Inglaterra -contestó Harry como si tal cosa-; de lo contrario, ya me he retirado de la caballería.

Los dos hombres se miraron fijamente durante lo que pareció una eternidad y entonces, de repente, el príncipe Alexei se echó a reír.

– Me divierte usted, sir Harry -le dijo, pero la ironía de su voz se contradecía con sus palabras-. Ya volveremos a intercambiar impresiones, usted y yo.

Harry asintió cortésmente, con el debido respeto.

El príncipe puso una mano encima de la de Olivia, que seguía descansando en el recodo de su brazo.

– Pero tendrá que ser más tarde -anunció, dedicándole una sonrisa triunfal-. Después de que haya bailado con lady Olivia.

Y entonces se giró, dándole la espalda a Harry y Sebastian, y se fue con Olivia.

Veinticuatro horas después Olivia estaba agotada. Del baile de los Mottram había llegado a casa cerca de las cuatro de la mañana, y encima su madre se había negado a dejarle dormir hasta tarde y se la había llevado a rastras a Bond Street para las últimas pruebas de su vestido de presentación ante el príncipe. Luego, naturalmente, los cansados no tuvieron derecho a siesta porque Olivia tenía que ir a presentarse ante el príncipe, lo cual le parecía un poco absurdo después de haber pasado gran parte de la noche anterior en su compañía.

¿Las «presentaciones» no se hacían entre gente que no se conocía aún?

Olivia y sus padres fueron a la residencia del príncipe Alexei, una serie de dependencias en casa del embajador. Fue terriblemente solemne, terriblemente formal y, con toda franqueza, terriblemente aburrido. Su vestido, que había requerido un corsé mucho más propio del siglo pasado, era incómodo y le daba calor (excepto en los brazos, que los llevaba desnudos y estaban helados).

Por lo visto los rusos no eran partidarios de calentar sus hogares.

Todo el suplicio duró tres horas durante las cuales su padre bebió varias copas de un licor transparente que lo había dejado sumamente soñoliento. El príncipe le había ofrecido también una copa a ella, pero su padre, que ya lo había probado, se lo quitó de las manos.

Se suponía que Olivia tenía que volver a salir esa noche (lady Bridgerton celebraba una pequeña soirée), pero alegó que estaba agotada y, para su gran sorpresa, su madre cedió. Olivia intuía que ella también estaba cansada; y su padre no estaba en condiciones de ir a ningún sitio.

Cenó en su habitación (tras una siesta, un baño y otra siesta más corta). Tenía previsto leer el periódico en la cama, pero justo al ir a cogerlo vio encima de su mesilla de noche La señorita Butterworth y el barón demente.

Era rarísimo, pensó mientras cogía el delgado volumen. ¿Por qué querría sir Harry darle semejante libro? ¿Qué contenían sus páginas como para que creyese que ella disfrutaría leyéndolo?

Lo hojeó, fijándose en algún que otro pasaje. Parecía un tanto frívolo. ¿Significaba esto que él la consideraba frívola?

Alargó la vista hacia la ventana, oculta por unas gruesas cortinas bien echadas para protegerse de la noche. Ahora que realmente la conocía, ¿seguía pensando Harry que era una frívola?

Se centró de nuevo en el libro que tenía en las manos. ¿Lo elegiría él ahora como regalo para ella? Era una novela gótica y escabrosa, así es como Harry la había definido.

¿Así la veía a ella?

Cerró el libro de golpe y a continuación lo colocó encima de su regazo sobre el lomo.

– Uno, dos y tres -contó en voz alta retirando rápidamente las manos para dejar que La señorita Butterworth se abriera por la página que quisiera.

Cayó hacia un lado.

– Estúpido libro -murmuró Olivia, volviendo a intentarlo. Porque lo cierto era que no le interesaba lo bastante como para elegir ella misma una página.

El libro volvió a caer hacia el mismo lado.

– ¡Vaya! Esto es ridículo. -Pero más ridículo fue todavía que Olivia bajara de la cama, se sentase en el suelo y se dispusiera a repetir el experimento por tercera vez, porque seguro que le saldría bien si el volumen estaba sobre una superficie debidamente lisa.

– Uno, dos y tr… -Pegó de nuevo las manos a las tapas; el maldito libro volvía a caer hacia un lado.

Ahora sí que se sintió realmente idiota. Cosa impresionante, teniendo en cuenta de entrada el grado de idiotez requerido para bajar literalmente de la cama. Pero se negaba a dejar que el maldito libro ganara, así que para su cuarto intento dejó que las páginas se entreabrieran sólo un poco antes de apartar las manos. Una pequeña ayuda, eso era lo que el libro necesitaba.

– ¡Uno, dos y tres!

Y por fin el libro se abrió. Olivia miró hacia abajo, se había abierto exactamente por la página 193.

Se tumbó boca abajo, se apoyó en los codos y empezó a leer.

Podía oírlo a sus espaldas. Él estaba acortando la distancia que había entre ellos y pronto le daría alcance. Pero ¿con qué fin?

¿Bueno o malo?

– Voto por el malo -musitó Olivia.

¿Cómo saberlo? ¿Cómo saberlo? ¿Cómo saberlo?

¡Oh, por el amor de Dios! Por eso se dedicaba a leer la prensa. Un ejemplo: El Parlamento fue llamado al orden. Al orden. Al orden.

Olivia sacudió la cabeza y continuó leyendo:

Y entonces recordó el consejo que le había dado su madre, antes de que la buena mujer pasase a mejor vida tras ser picoteada por unas palomas…

– ¿Qué?

Miró por encima de su hombro hacia la puerta, consciente de que prácticamente había gritado la palabra. Pero es que… ¿palomas?

Se levantó con dificultad, cogiendo La señorita Butterworth con la mano derecha y deslizando el dedo índice entre las páginas a modo de punto de lectura.

– Palomas -repitió-. ¿En serio?

Abrió de nuevo el libro. No pudo evitarlo.

En aquel entonces ella tenía sólo 12 años, demasiado joven para semejante conversación, pero quizá su madre había…

– ¡Qué aburrimiento! -Eligió otra página básicamente al azar, aunque la lógica sugería acercarse más al principio del libro.

Priscilla se agarró del alféizar de la ventana, sus manos desenguantadas se aferraron a la piedra con todas sus fuerzas. Al oír que el barón movía el pomo de la puerta, había sabido que sólo disponía de unos segundos para actuar. Si él la encontraba ahí, en su sanctasanctórum, ¿quién sabe de qué sería capaz? Era un hombre violento o eso le habían dicho.

Olivia deambuló hasta la cama y se medio apoyó o se medio sentó en ésta sin parar de leer.

Nadie sabía cómo había muerto su prometida. Algunos decían que de una enfermedad, pero la mayoría aseguraba que envenenada. ¡Asesinada!

– ¿De veras? -Olivia alzó la vista, parpadeando, luego se giró hacia la ventana. ¿Una prometida muerta? ¿Dimes y diretes? ¿Estaba sir Harry enterado de esto? El paralelismo era asombroso.

Pudo oír cómo entraba en la habitación. ¿Repararía en que la ventana estaba abierta? ¿Qué iba a hacer ella? ¿Qué podía hacer?

Olivia contuvo el aliento. Estaba en el aire (no en sentido literal, imposible, porque estaba literalmente sentada en el borde de la cama), lo que explicaba cualquier dificultad respiratoria.

Priscilla musitó una oración y luego, cerrando con fuerza los ojos, se soltó.

Fin del capítulo. Olivia pasó la página con avidez.

El suelo frío y duro estaba únicamente a menos de dos metros de distancia.

¿Cómo? ¿Priscilla estaba en el primer piso? El entusiasmo de Olivia dio rápidamente paso a la irritación. ¿Qué clase de cerebro de mosquito se tiraba por la ventana de un primer piso? Contando con los cimientos del edifico, cierta altura tendría que haber, pero realmente… En una caída tan suave sería difícil hasta hacerse un esguince en el tobillo.

– A eso se le llama manipular -dijo Olivia entornando los ojos. En cualquier caso, ¿quién era este escritor que intentaba asustar a los lectores por nada? ¿Sabía Harry siquiera lo que le había dado o se había limitado a seguir a ciegas la recomendación de su hermana?

Alargó la vista hacia la ventana. Seguía teniendo el mismo tamaño, las mismas cortinas… estaba intacta, aunque no sabía muy bien por qué eso le sorprendía.

De todas formas, ¿qué hora era? Las nueve y media casi. Probablemente Harry no estuviese en su despacho. Bueno, tal vez sí. Solía trabajar hasta tarde, aunque pensándolo bien, nunca le había dicho exactamente qué hacía allí con tanta diligencia.

Se levantó del borde de la cama y anduvo hacia la ventana; despacio, pisando con cuidado, lo cual era ridículo, ya que era imposible que Harry la viese a través de las cortinas.

Con La señorita Butterworth aún en la mano izquierda, alargó la mano derecha y descorrió las cortinas…

Capítulo 11

Bien mirado, Harry podía dar la jornada casi por finalizada. En un día normal habría traducido el doble de lo que había logrado hacer hoy, posiblemente más, pero se había distraído.

De pronto se había encontrado mirando hacia la ventana de Olivia, aunque sabía que no estaba ahí. Hoy se suponía que tenía que ir a ver al príncipe. A las tres de la tarde. Lo que significaba que probablemente había salido de casa poco antes de las dos. La residencia del embajador ruso no estaba muy lejos, pero el conde y la condesa no querrían correr el riesgo de llegar tarde. Siempre había tráfico, podía romperse una rueda o aparecer algún golfo en la calzada… Cualquier persona mínimamente prudente salía de casa con el tiempo suficiente por si había retrasos imprevistos.

Seguramente Olivia estaría allí encerrada dos horas, a lo mejor tres; nadie como los rusos para alargar estas cosas. Luego media hora para volver a casa y…

Bueno, ahora estaba en casa, eso seguro. A menos que se hubiese vuelto a ir, pero no había visto salir el carruaje de los Rudland.

No es que hubiese estado pendiente, pero tenía las cortinas descorridas. Y si se colocaba en un ángulo determinado, podía ver el resplandor de un pequeño haz de luz procedente de la calle. Y, por supuesto, cualquier carruaje que pasara casualmente por ahí.

Se levantó y se desperezó, alzando las manos por encima de la cabeza y dibujando círculos con ésta. Tenía la intención de traducir una página más esta noche (según el reloj de la repisa de la chimenea eran sólo las nueve y media), pero ahora mismo necesitaba mover un poco las piernas para activar la circulación sanguínea. Bordeó su escritorio y caminó hasta la ventana.

Y ahí estaba ella.

Durante unas décimas de segundo se quedaron los dos petrificados, como preguntándose si deberían fingir no haberse visto.

Y entonces Harry pensó que no, por supuesto que no.

Saludó a Olivia con la mano.

Ella sonrió y le devolvió el saludo, y luego…

Harry se quedó mirando atónito. Olivia estaba abriendo la ventana.

Así que, naturalmente, él hizo lo mismo.

– Sé que me dijo que no había leído esto -dijo ella sin preámbulos-, pero ¿le ha echado siquiera un vistazo?

– Buenas noches tenga usted -le dijo él en voz alta-. ¿Qué tal con el príncipe?

Ella meneó la cabeza con impaciencia.

– El libro, sir Harry, el libro. ¿Ha leído algún pasaje?

– Me temo que no. ¿Por qué?

Olivia lo levantó con las dos manos, sosteniéndolo justo delante de su cara, y luego lo movió hacia un lado para poder ver a Harry.

– ¡Es absurdo!

Él asintió en señal de aprobación.

– Ya me lo suponía.

– ¡La madre de la señorita Butterworth muere picoteada por unas palomas!

Harry reprimió la risa.

– ¿Sabe? Para mí eso lo vuelve considerablemente más interesante.

– ¡Palomas, sir Harry! ¡Hablamos de palomas!

Él levantó el rostro sonriendo de oreja a oreja. Se sentía un poco como Romeo y Julieta, quitando la enemistad de sus familias y el veneno.

Y añadiéndole las palomas.

– No me importaría escuchar esa parte -le dijo Harry-. Parece de lo más intrigante.

Ella lo miró con el ceño fruncido, apartándose de un manotazo un mechón de pelo que la brisa le había traído a la cara.

– Lo de la madre es anterior a la acción del libro. Con suerte, antes de que llegue al final la señorita Butterworth también será picoteada.

– Veo que ha estado leyéndolo.

– Algún que otro fragmento -confesó Olivia-. Eso es todo. El inicio del capítulo cuatro y… -bajó los ojos, pasando aprisa las páginas antes de volver a levantar la mirada- la página ciento noventa y tres.

– ¿No se ha planteado empezar por el principio?

Hubo una pausa. Una pausa bastante larga. Y entonces dijo ella con desdén:

– No pretendía leerlo.

– Pero, le ha llamado la atención, ¿eh?

– ¡No, en absoluto! -Cruzó los brazos, lo que hizo que se le cayera el libro. Desapareció unos instantes y luego volvió a aparecer en escena con La señorita Butterworth en la mano-. Era tan irritante que no he podido parar.

Harry se apoyó en el alféizar con una amplia sonrisa.

– Parece apasionante.

– Absurdo, eso es lo que es. Entre la señorita Butterworth y el barón, me quedo con el barón.

– ¡Oh, venga ya! Es una novela romántica, como mujer tiene que ponerse de parte de la dama.

– Es una idiota. -Volvió a bajar la mirada hacia el libro, pasando las páginas con extraordinaria rapidez-. Aún no sé si el barón además de estar loco es un asesino, pero de ser así espero que consiga sus propósitos.

– Imposible -le dijo Harry.

– ¿Qué le hace pensar eso? -Olivia se dio otro manotazo en la cara, tratando de apartarse el pelo de la nariz. La brisa era más fuerte y Harry estaba disfrutando bastante con todo esto.

– ¿Ha escrito el libro una mujer? -inquirió él.

Olivia asintió.

– Sarah Gorely. En mi vida he oído hablar de ella.

– ¿Y es una novela romántica?

Ella volvió a asentir con la cabeza.

Harry sacudió la suya en señal de negación.

– No se cargará a la heroína.

Olivia lo miró fijamente durante un largo instante, luego no dudó en abrir el libro por el final.

– ¡Oh, no haga eso! -la reprendió Harry-. ¡Así no tiene gracia!

– No pienso leerlo -replicó ella-. ¡Déjese de gracias!

– Créame -dijo él-, cuando un hombre escribe una novela de amor, la protagonista muere. Cuando la escribe una mujer, hay un final feliz.

Olivia abrió la boca, como sin saber muy bien si debía ofenderle la generalización. Harry reprimió una sonrisa burlona. Le gustaba desconcertarla.

– ¿Cómo va a ser romántico si la protagonista muere? -preguntó ella recelosa.

Él se encogió de hombros.

– Yo no he dicho que tenga sentido, sólo que es así.

Olivia no parecía saber cómo interpretar eso, y Harry disfrutó de lo lindo estando simplemente ahí, apoyado en el alféizar, y observando cómo ella miraba con rabia el libro que tenía en las manos. Olivia, de pie frente a su ventana, era absolutamente adorable, incluso enfundada en esa espantosa bata azul que llevaba. Sobre la espalda le colgaba una única y gruesa trenza, y Harry se preguntó por qué se le ocurría esto ahora, cuando la conversación entera era sumamente pintoresca. No conocía a sus padres, pero se imaginaba que no verían con buenos ojos que su hija charlase con un hombre soltero desde la ventana y en plena oscuridad.

Y en bata.

Pero se lo estaba pasando demasiado bien como para que ello le preocupara, así que decidió que si a Olivia no le importaba descuidar los modales, a él tampoco.

Ella puso cara de pilluela y a continuación miró de nuevo hacia el libro mientras sus dedos pasaban furtivamente las páginas hasta llegar a las últimas.

– No lo haga -le advirtió él.

– Sólo quiero ver si tiene razón.

– En ese caso empiece por el principio -le dijo Harry, básicamente porque sabía que eso la sacaría de quicio.

Ella soltó un gruñido.

– No quiero leer el libro entero.

– ¿Por qué no?

– Porque no me gustará y será una pérdida de tiempo.

– No sabe si le gustará o no -señaló él.

– Lo sé -repuso ella con absoluta convicción.

– ¿Por qué no le gusta leer? -quiso saber Harry.

– ¡Por esto! -exclamó Olivia, dando una pequeña sacudida a La señorita Butterworth-. Porque es un auténtico disparate. Si me diera usted un periódico, eso sí que lo leería. De hecho, leo la prensa de cabo a rabo, todos los días.

Harry estaba impresionado. No es que creyera que las mujeres no leían el periódico, era sólo que no había pensado mucho en el asunto. Desde luego su madre nunca había leído la prensa y si su hermana lo hacía, nunca le había comentado nada al respecto en su correspondencia mensual.

– Lea la novela -le sugirió él-. Puede que se lleve una sorpresa y le guste.

– ¿Por qué me insta a leer algo que a usted mismo no le interesa? -preguntó ella no con poco recelo.

– Porque… -Pero Harry se detuvo, porque no sabía por qué lo hacía. Sólo sabía que le había dado el libro y que disfrutaba metiéndose con ella-. Hagamos un trato, lady Olivia.

Ella ladeó la cabeza con expectación.

– Si usted lo lee entero, de principio a fin, yo haré lo mismo.

– Leerá La señorita Butterworth y el barón demente -repuso ella con desconfianza.

– Lo haré. En cuanto usted acabe el libro.

Parecía como si Olivia fuese a mostrar su conformidad y, de hecho, abrió la boca para hablar, pero entonces se quedó inmóvil y mirando con ojos sospechosamente entornados.

Esta mujer tenía dos hermanos, se recordó a sí mismo Harry. Seguramente sabía cómo pelear, con astucia.

– Creo que debería leerlo conmigo -le dijo ella.

Eso desencadenó toda clase de pensamientos en Harry, la mayoría de ellos avivados por su habitual costumbre de leer novelas antes de acostarse.

Antes de dormirse.

– Cómprese otro ejemplar -le insistió Olivia.

Su estupendo sueño llegó a su fin y se desintegró.

– Compararemos las notas que vayamos tomando. Será como en un club de lectura. Uno de esos salones literarios a los que siempre rehúso ir cuando me invitan.

– No se imagina la ilusión que me hace.

– ¡Ya puede estar ilusionado! -replicó ella-. Nunca le he sugerido a nadie algo semejante.

– No sé si en la tienda habrá otro ejemplar -pretextó él.

– Le encontraré uno. -Olivia esbozó una sonrisa de satisfacción-. Confíe en mí, sé comprar.

– ¿Por qué de pronto me ha entrado miedo? -musitó Harry.

– ¿Qué?

Él la miró fijamente y dijo en voz más alta:

– Me asusta usted.

Olivia pareció alegrarse de ello.

– Léame un pasaje -le pidió Harry.

– ¿Ahora? ¿En serio?

Él se sentó de lado en el alféizar con la espalda apoyada en el marco de la ventana.

– El principio, si le parece bien.

Olivia lo miró atentamente unos instantes, luego se encogió de hombros y dijo:

– Muy bien, vamos allá. -Carraspeó-. Era una noche oscura y ventosa.

– Tengo la sensación de que eso ya lo he oído antes -comentó Harry.

– Me ha interrumpido.

– Lo siento mucho. Siga.

Ella le lanzó una mirada y luego continuó:

– Era una noche oscura y ventosa, y la señorita Priscilla Butterworth estaba convencida de que de un momento a otro empezaría a llover, y caería del cielo una incesante cortina de agua que mojaría cuanto había dentro de su ámbito. -Alzó la vista-. Esto es horrible. Y no estoy segura de que la autora haya usado correctamente la palabra «ámbito».

– Se ajusta bastante a la idea que quiere dar -dijo Harry, aunque estaba completamente de acuerdo con ella-. Continúe.

Olivia cabeceó, pero aun así obedeció.

– Naturalmente, dentro de su diminuta habitación estaba guarecida de las inclemencias del tiempo, pero los marcos de las ventanas vibraban con tal estruendo que esa noche le sería imposible conciliar el sueño. Acurrucada en su estrecha y fría cama, bla, bla, bla, espere un segundo que me iré directamente a la parte donde se pone interesante.

– No puede hacer eso -la regañó él.

Olivia sostuvo La señorita Butterworth en alto.

– Soy yo la que tengo el libro.

– Pues tíremelo -dijo él de repente.

– ¿Cómo?

Harry se apartó del alféizar y se puso de pie asomando el tronco por la ventana.

– Tírelo.

Ella estaba sumamente indecisa.

– ¿Lo cogerá?

Él le arrojó el guante.

– Si usted se atreve a tirarlo, yo lo cogeré.

– ¡Pues claro que me atrevo a tirárselo! -replicó ella, visiblemente ofendida.

Harry sonrió satisfecho.

– No conozco a ninguna chica que se atreva.

En ese momento Olivia se lo lanzó y fue sólo gracias a sus rápidos reflejos, afilados tras años en el campo de batalla, que consiguió cogerlo a tiempo.

Gracias a Dios lo cogió, porque de lo contrario no estaba seguro de haber podido sobrevivir a semejante humillación.

– La próxima vez procure tirarlo con más suavidad -se quejó Harry.

– ¿Qué gracia tendría eso?

Nada de Romeo y Julieta. Esto se parecía mucho más a La fierecilla domada. Harry alzó la vista. Olivia se había acercado una silla y ahora estaba sentada junto a su ventana abierta, esperando con expresión de exagerada paciencia.

– Vamos allá -dijo él tras encontrar el punto en el que ella había interrumpido la lectura-. Acurrucada en su estrecha y fría cama, no pudo evitar recordar todos los acontecimientos que la habían conducido a este desolador momento, en esta desoladora noche. Pero no es aquí, queridos lectores, donde empieza nuestra historia.

– Detesto que los escritores hagan eso -anunció Olivia.

– ¡Chsss…! Tenemos que empezar por el principio, que no es cuando la señorita Butterworth llegó a Thimmerwell Hall, ni siquiera cuando llegó a Fitzgerald Place, su casa frente a Thimmerwell Hall. No, tenemos que empezar por el día en que nació, en un pesebre…

– ¡Un pesebre! -casi chilló Olivia.

Él levantó la vista sonriendo de oreja a oreja.

– Únicamente quería asegurarme de que me escuchaba.

– ¡Miserable!

Harry se rio entre dientes y continuó leyendo:

– … el día en que nació, en una casita de campo de Hampshire, rodeada de rosas y mariposas, el día antes de que la viruela causase estragos en la ciudad.

Levantó la mirada.

– No pare, no -dijo ella-. Ahora empieza a ponerse interesante. ¿Qué clase de viruela cree que es?

– ¿Sabe que es usted una sanguinaria?

Ella ladeó la cabeza en un gesto de conformidad.

– Me fascinan las epidemias. Siempre me han fascinado.

Harry echó un vistazo a las últimas líneas de la página.

– Me temo que se llevará usted un chasco. La escritora no da ninguna descripción médica en absoluto.

– ¿Tal vez en la página siguiente? -preguntó ella esperanzada.

– Continúo leyendo -anunció él-. La epidemia se llevó a su querido padre, pero el bebé y su madre salvaron milagrosamente la vida. Entre los que murieron se encontraban su abuela paterna, ambos abuelos, tres tías abuelas, dos tíos, una hermana y un primo segundo.

– Me está tomando el pelo otra vez -le acusó ella.

– ¡No! -insistió Harry-. Se lo juro, aquí lo pone todo. En Hampshire hubo una gran epidemia. Si no me hubiera lanzado el libro, podría verlo por sí misma.

– Nadie escribe tan mal.

– Por lo visto hay alguien que sí.

– No sé quién es peor, si la escritora por haber escrito esta tontería o nosotros por leerla.

– Yo me lo estoy pasando en grande -declaró él. Y así era. Resultaba insólito estar sentado en esta ventana leyéndole una novela pésima a lady Olivia Bevelstoke, la joven más solicitada del panorama social. Pero la brisa era sumamente agradable y Harry había pasado el día entero encerrado, y cuando ahora él levantaba la vista, ella a veces sonreía. No le sonreía a él, aunque eso también lo hacía. No, las sonrisas que al parecer le llegaban a Harry al alma eran las que aparecían en su cara cuando no se daba cuenta de que él la miraba, cuando ella estaba simplemente disfrutando del momento, sonriéndole a la noche.

No sólo era guapa, era hermosa, tenía esa clase de rostro que hacía suspirar a los hombres: con forma de corazón y una piel de porcelana perfecta. Y sus ojos… las mujeres matarían por tener los ojos de ese color, ese impresionante azul aciano.

Era hermosa y ella lo sabía, pero no utilizaba su belleza como un arma. Simplemente formaba parte de ella, era tan natural como tener dos manos y dos pies de cinco dedos cada uno.

Era hermosa y él la deseaba.

Capítulo 12

– ¿Sir Harry? -dijo Olivia con voz potente mientras se ponía de pie. Se apoyó en el alféizar y aguzó la vista en plena oscuridad tratando de ver mejor su ventana, donde Harry estaba sentado y su silueta recortada por un titilante rectángulo de luz. Se había quedado tan inmóvil y, además, tan de repente…

Harry dio un respingo al oír su voz y levantó la vista hacia la ventana de Olivia, pero no exactamente hacia ella.

– Lo siento -musitó él y devolvió rápidamente la atención al libro, repasando el texto para encontrar dónde se había quedado.

– No, no, no se disculpe -le tranquilizó ella. La verdad es que estaba un poco raro, como si acabase de comerse algo en mal estado-. ¿Se encuentra usted bien?

Harry alzó la vista hacia ella, y entonces fue realmente imposible describir o siquiera entender lo que pasó. Sus miradas se encontraron y aunque estaba oscuro, y ella no podía ver el color de sus ojos, de ese tono chocolate intenso y cálido, fue consciente de ello; notó la sensación. Y en ese momento, sencillamente, se quedó sin aliento. Sin más. Perdió también el equilibrio. Tropezó con su silla y se sentó unos instantes, preguntándose por qué tenía el pulso acelerado.

Lo único que él había hecho era mirarla.

Y ella… ella…

Ella casi se había desmayado.

¡Oh, Dios! Harry pensaría que era una auténtica idiota. No se había desmayado en toda su vida y… y, bueno, en realidad no se había desmayado, pero tenía esa sensación extraña de estar flotando, toda aturdida y mareada, y ahora él pensaría que ella era una de esas mujeres que necesitaba llevarse dondequiera que fuese un frasco con un preparado aromático.

Lo que de por sí ya era espantoso, sólo que encima ella se había pasado media vida criticando a esas mujeres. ¡Oh, Dios! ¡Oh, Dios! Se volvió a levantar con dificultad y asomó la cabeza por la ventana.

– Estoy bien -dijo en voz alta-. He perdido el equilibrio, eso es todo.

Él asintió despacio y Olivia comprendió que no estaba totalmente presente. Tenía la mente lejos, muy lejos. Y entonces, como si hubiese regresado discretamente, Harry levantó la vista y se disculpó.

– Estaba en las nubes -le ofreció a modo de explicación-. Es tarde.

– Lo es -musitó ella con aprobación, aunque no creía que fuese mucho más tarde de las diez. Y de pronto se dio cuenta de que no podría soportar que Harry le diera las buenas noches, que tendría que hacerlo ella primero. Porque… porque… Bueno, no sabía por qué, sólo sabía que era así-. Estaba a punto de decirle que debería irme ya -dijo Olivia hablando a borbotones-. Bueno, irme no, supongo, puesto que en realidad no tengo que ir a ningún sitio, dado que ya estoy aquí, en mi habitación, y no me voy sino a la cama, que está a menos de dos metros de distancia.

Le sonrió a Harry, como si eso pudiese compensar las bobadas que salían por su boca.

– Como bien ha dicho -continuó-, se hace tarde.

Él asintió de nuevo.

Y como él no dijo nada, ella quiso añadir algo más:

– En fin, buenas noches.

Él también se despidió, pero habló en voz tan baja que en realidad Olivia no lo oyó, más bien vio sus labios formando las palabras.

Y volvió a sentir lo mismo, como cuando sus ojos la miraban. Empezó en las yemas de los dedos y ascendió por sus brazos hasta que sintió escalofríos y exhaló, como si con la respiración pudiese librarse de aquella extraña sensación.

Pero permaneció en ella, produciéndole un hormigueo en los pulmones, danzando por su piel.

Se estaba volviendo loca. Tenía que ser eso. O estaba agotada, demasiado tensa tras haber pasado la tarde con un príncipe real.

Retrocedió y alargó los brazos para cerrar la ventana cuando…

– ¡Ah…! -Sacó de nuevo la cabeza-. ¡Sir Harry!

Éste levantó la mirada. No se había movido del sitio.

– El libro -dijo ella-. Se ha quedado con el libro.

Ambos contemplaron al unísono el vacío que mediaba entre los edificios.

– Lanzarlo hacia arriba no será tan fácil -comentó ella-, ¿verdad?

Él negó con la cabeza y sonrió, un poco nada más, como si supiese que no debería hacerlo.

– Tendré que ir mañana a verla para devolvérselo.

Y Olivia volvió a experimentar esa extraña sensación de ahogo, de burbujeo interno.

– Lo esperaré impaciente -contestó ella, y cerró la ventana.

Y corrió las cortinas.

Y acto seguido soltó un leve chillido y se abrazó la parte superior del cuerpo.

La velada había acabado siendo perfecta.

A la tarde siguiente, Harry se puso el libro de La señorita Butterworth y el barón demente bajo el brazo y se dispuso a realizar el cortísimo trayecto que había hasta el salón de lady Olivia. Había prácticamente la misma distancia en sentido vertical que horizontal, pensó mientras se dirigía hacia allí. Tenía que bajar 12 peldaños hasta el piso de abajo, otros seis hasta la calle, subir ocho hasta la puerta principal de Olivia…

La próxima vez contaría también los pasos en sentido horizontal. Sería interesante comparar unos con otros.

Casi se había recuperado por completo de la locura pasajera de la noche anterior. Lady Olivia Bevelstoke era asombrosamente hermosa; no era sólo una opinión personal, sino un hecho comúnmente aceptado. Todos los hombres la deseaban, sobre todo si habían llevado una vida monacal como la suya en estos últimos meses.

Cada vez estaba más convencido de que la clave para mantener la cordura pasaba por recordar por qué subía la escalera de acceso a la casa de Olivia. El Departamento de Guerra. El príncipe. La seguridad nacional… Ella formaba parte de la misión que le habían asignado. Winthrop casi le había ordenado que se infiltrara en su vida.

No, Winthrop le había ordenado que se infiltrara en su vida, sin el casi. Sin ambigüedad al respecto.

Harry obedecía órdenes, se dijo mientras levantaba la aldaba de la puerta. Una tarde con Olivia, ¡por la patria y el rey!

Y la verdad es que, en comparación con la condesa rusa y todo su vodka, a Olivia daba gusto verla.

Sin embargo, con la atención puesta en cumplir con su obligación, cabría pensar que se había alegrado aún más al entrar en el salón y ver que lady Olivia no estaba sola. Su otra misión asignada, Alexei de Rusia, el príncipe de movimientos increíblemente afectados, estaba también ahí, con sus aires petulantes, sentado frente a ella.

En lugar de pensar que así mataba dos pájaros de un tiro, le molestó.

– Sir Harry -saludó Olivia, dedicándole una radiante sonrisa cuando entró en el salón-. Recuerda al príncipe Alexei, ¿verdad?

¡Naturalmente que sí! Casi tan bien como recordaba a su gigante guardaespaldas, de pie en un rincón con una postura engañosamente relajada.

Harry se preguntó si el tipo entraría también en la habitación del príncipe; eso debía de ser incómodo para las mujeres.

– ¿Qué lleva en la mano? -le preguntó el príncipe.

– Un libro -contestó Harry mientras dejaba La señorita Butterworth encima de una mesa auxiliar-. Un libro que prometí prestarle a lady Olivia.

– ¿De qué trata? -solicitó el príncipe.

– No es más que una novelucha -intervino Olivia-. No creo que me guste, pero me la ha recomendado una amiga. -El príncipe no pareció inmutarse y ella le preguntó-: ¿A Su Alteza qué le gusta leer?

– No creo que esté familiarizada con la literatura que yo leo -dijo él con desdén.

Harry observó atentamente a Olivia. Se dio cuenta de que se le daba bien esta farsa de la llamada alta sociedad. Hubo en sus ojos un imperceptible destello de irritación que disimuló y cambió por una expresión tan absolutamente amable y alegre que parecía auténtica.

Sólo que él sabía que no lo era.

– Aun así me gustaría saber cuáles son sus preferencias literarias -insistió ella con cordialidad-. Me gusta aprender cosas de otras culturas.

El príncipe se volvió hacia ella y al hacerlo le dio la espalda a Harry.

– Uno de mis antepasados fue un gran poeta y filósofo. El príncipe Antiokh Dmitrievich Kantemir.

A Harry le pareció muy curioso; era bien sabido (entre los conocedores de la cultura rusa) que Kantemir murió sin descendencia.

– Asimismo, leí hace poco todas las fábulas de Ivan Krylov -continuó Alexei-. Es lectura obligada de todo ruso culto.

– Nosotros también tenemos escritores así -comentó Olivia-. Shakespeare. Todo el mundo lee a Shakespeare. Creo que sería casi antipatriótico no hacerlo.

El príncipe se encogió de hombros; ésa era al parecer su opinión de Shakespeare.

– ¿Ha leído a Shakespeare? -inquirió Olivia.

– He leído alguna cosa en francés -contestó él-, pero prefiero leer en ruso. Nuestra literatura es mucho más profunda que la suya.

– Yo he leído Poor Liza -dijo Harry, aun sabiendo que debería haber mantenido la boca cerrada. Pero el príncipe era tan imbécil y tan pretencioso que resultaba difícil no intentar bajarle los humos.

El príncipe Alexei se volvió a él sin disimular su sorpresa.

– No sabía que Bednaya Liza había sido traducido al inglés.

Tampoco Harry lo sabía; él lo había leído en ruso años atrás. Pero esta tarde ya había cometido un error por imprudente y no estaba dispuesto a cometer otro, de modo que dijo:

– Creo que no me estoy equivocando de libro. El autor es… ¡vaya, ahora no lo recuerdo…! Empieza por «k», creo, ¿Karmazanon?

– Karamzin -le espetó el príncipe-. Nikolai Karamzin.

– Sí, eso es -repuso Harry en un tono intencionadamente alegre-. Va de una campesina pobre a la que un aristócrata seduce y luego abandona, ¿verdad?

El príncipe asintió secamente.

Harry se encogió de hombros.

– Pues alguien lo habrá traducido.

– Tal vez intente encontrar un ejemplar -dijo el príncipe-. Quizás eso mejore mi inglés.

– ¿Es muy conocido? -intervino Olivia-. Si logramos encontrar un ejemplar en inglés, me encantaría leerlo.

Harry la miró con desconfianza. Era la misma mujer que había asegurado que no le gustaban ni Enrique V ni La señorita Butterworth y el barón demente.

Pasó un ángel fugaz antes de que Olivia dijera:

– He pedido que nos traigan el té justo antes de que usted llegara, sir Harry. ¿Se quedará a tomarlo con nosotros?

– Será un placer. -Harry tomó asiento frente al príncipe y le dedicó una sonrisa forzada.

– Confieso que se me dan fatal los idiomas -dijo Olivia-. Mis institutrices perdieron la esperanza de que algún día dominase el francés. Siento una gran admiración por aquellos que hablan más de una lengua. Su inglés es verdaderamente magnífico, Vuestra Alteza.

El príncipe agradeció el cumplido asintiendo con la cabeza.

– El príncipe Alexei también habla francés -le explicó Olivia a Harry.

– Como yo -respondió él, ya que no parecía que hubiese razón alguna para ocultarlo. Puede que al príncipe se le escapase algo en ruso, pero jamás haría eso en francés; había demasiados hablantes de francés en Londres. Además, después de pasar tantos años en Europa lo raro habría sido que Harry no aprendiese un poco el idioma.

– Eso no lo sabía -dijo Olivia-. Tal vez los dos puedan conversar; o mejor no. -Soltó una carcajada-. Tiemblo de horror sólo pensar en lo que podrían decir de mí.

– Únicamente los mayores cumplidos -repuso el príncipe zalamero.

– Dudo que mis conocimientos puedan equipararse con los de Vuestra Alteza -mintió Harry-. Estoy convencido de que sería una conversación frustrante para ambos.

De nuevo pasó un ángel, y de nuevo Olivia llenó el silencio.

– Tal vez nos pueda decir algo en ruso -le pidió al príncipe-. Creo que nunca he oído hablar esta lengua en voz alta, ¿y usted, sir Harry?

– Creo que sí -musitó.

– ¡Claro! Durante el tiempo que pasó en Europa. Me imagino que habrá oído hablar un montón de idiomas.

Harry asintió con educación, pero Olivia ya se había vuelto a girar hacia Alexei.

– ¿Le importaría decirnos algo? El francés lo reconozco, aunque a duras penas entiendo una palabra. Pero el ruso… vaya, que no tengo ni idea de cómo suena. ¿Se parece un poco al alemán?

– Nyet -contestó el príncipe.

– ¡Ny-oh! -Olivia sonrió-. Eso debe de ser no.

– Da -dijo el príncipe.

– ¡Y eso debe de ser sí!

Harry no sabía muy bien si le resultaba gracioso o nauseabundo.

– Diga algo más -le instó ella-. No puedo percibir bien el ritmo del idioma con palabras monosilábicas.

– Muy bien -concedió el príncipe-, veamos…

Harry y Olivia esperaron pacientemente mientras él pensaba en algo que decir. Al cabo de unos instantes habló.

Y Harry decidió que jamás había odiado tanto a otro ser humano como odiaba al príncipe Alexei Gomarovsky de Rusia.

– ¿Qué ha dicho? -preguntó Olivia sonriendo con expectación.

– Únicamente que es usted más hermosa que los océanos, el cielo y la niebla.

O en función de la traducción: «La penetraré hasta que grite».

– ¡Qué poético! -susurró Olivia.

Harry no se atrevió a hablar.

– ¿Puede decir algo más? -suplicó Olivia.

El príncipe se mostró reticente.

– No se me ocurre nada tan… ¿cómo se dice?

«Ofensivo».

– Delicado -concluyó el príncipe con cara de suma satisfacción por su elección de palabra-. Lo bastante delicado para usted.

Harry tosió. O eso o vomitaba. A lo mejor pareció un poco las dos cosas, porque Olivia lo miró con cara de pánico. Él, a su vez, no pudo evitar poner los ojos en blanco. Ningún hombre sensato podía escuchar tales bobadas sin reaccionar de algún modo.

– ¡Oh! Ya llega el té -dijo Olivia, que parecía bastante aliviada-. Mary, nos hará falta otro servicio. Sir Harry ha decidido unirse a nosotros.

Después de que Mary dejara la bandeja y se fuera a buscar otra taza, Olivia levantó la vista hacia Harry y dijo:

– No le importa si empiezo a servir, ¿verdad?

– Por supuesto que no -contestó él y miró casualmente hacia el príncipe, que lo estaba observando nada menos que con una sonrisa de satisfacción.

Harry le pagó con una expresión igualmente juvenil. No pudo evitarlo. Y razonó que serviría para mantener la farsa de que no era más que otro pretendiente celoso. Pero ¿en serio creía Alexei que Olivia, sirviéndole té antes de que a Harry le trajesen una taza, había dado a entender quién era su favorito?

– ¿Le gusta a Su Alteza el té inglés? -inquirió Olivia-. Aunque supongo que en realidad no es inglés, más bien creo que nos lo hemos apropiado.

– Me parece una tradición de lo más agradable -dijo el príncipe.

– ¿Lo toma con leche?

– Por favor.

– ¿Azúcar?

– Sí.

Le preparó su té, sin dejar de hablar mientras le servía una cucharadita de azúcar.

– Sir Harry me comentaba el otro día que lo que más echó de menos durante su servicio en el ejército fue el té.

– ¿Es eso cierto? -repuso el príncipe Alexei.

Harry no sabía con seguridad a quién se había dirigido el príncipe, pero aun así decidió contestar.

– Hubo muchas noches en las que habría matado por beber algo caliente.

– Sea como sea, me imagino que hubo muchas noches en las que sí mató -replicó el príncipe.

Harry lo miró con frialdad.

– Hubo muchos momentos en los que fui armado con un sable, un fusil y una bayoneta. Maté con frecuencia.

El príncipe lo miró con la misma frialdad.

– Habla como si hubiese disfrutado haciéndolo.

– En absoluto -le espetó Harry.

Las comisuras de un lado de la boca del príncipe se curvaron muy ligeramente.

– En muchas ocasiones es necesario el mal para que florezca el bien, ¿da?

Harry contestó a eso con un único asentimiento de cabeza.

El príncipe tomó un sorbo de té, si bien aún no habían servido a Harry.

– ¿Practica usted esgrima, sir Harry?

– Sólo medianamente bien. -Lo cual era cierto. En Hesslewhite no habían tenido un profesor de esgrima como Dios manda. A consecuencia de ello, la habilidad de Harry en el manejo de la espada era mucho más militar que competitiva. Se le daba regular esquivar los golpes, pero sabía cómo dar la estocada final.

– Aquí está la taza que faltaba -anunció Olivia y la cogió de manos de la doncella, que acababa de regresar-. Sir Harry, usted lo toma sin azúcar, ¿verdad?

– Veo que se acuerda -musitó él.

Ella le sonrió, fue una sonrisa alegre y absolutamente sincera que flotó hasta él como una suave brisa. Él sintió el impulso de devolverle la sonrisa, espontánea y también sincera. Olivia le miró, y él la miró a ella, y durante unos instantes asombrosos fue como si estuvieran solos en la sala.

Pero entonces ella apartó la vista y murmuró algo sobre el té. Se entretuvo preparándole una taza a Harry y él descubrió que estaba embelesado con sus manos, preciosas y elegantes, pero por algún motivo no muy gráciles. Lo cual le gustó. Toda diosa tenía sus imperfecciones.

Olivia levantó de nuevo los ojos y detectó que él la había estado observando. Le volvió a sonreír y entonces él hizo lo propio, y…

Y entonces el maldito príncipe tuvo que abrir la boca.

Capítulo 13

Cinco cosas que me encantan de sir Harry Valentine,

por Olivia Bevelstoke.

Su sonrisa,

su agudeza,

sus ojos,

que habla conmigo desde la ventana.

– ¡Vladimir! -vociferó de pronto el príncipe, dejando la enumeración de Olivia incompleta a falta de un elemento.

Vladimir cruzó al instante la sala hasta el príncipe Alexei, quien impartió en ruso lo que sin duda sonó como una orden. Vladimir gruñó su conformidad y luego añadió su propia sarta incomprensible de palabras.

Olivia alargó la vista hacia Harry, que tenía el entrecejo fruncido. Se imaginó que seguramente ella también lo había arrugado.

Vladimir emitió otro sonido ronco y regresó a su rincón, y Harry, testigo de toda la conversación, miró al príncipe y le dijo:

– Es muy cómodo contar con Vladimir.

El príncipe Alexei lo miró hastiado.

– No entiendo qué quiere decir.

– Viene, va, hace cualquier cosa que usted diga…

– Para eso está.

– Sí, naturalmente. -Harry dejó que su cabeza se inclinara muy levemente hacia un lado. Fue como si se hubiese encogido de hombros sin encogerlos, pero la falta de consideración era la misma-. Yo no he dicho lo contrario.

– Los que gozan de estatus de realeza necesitan viajar con un séquito.

– Estoy completamente de acuerdo -repuso Harry, pero su tono simpático al parecer no hizo más que echar leña al fuego.

– Aquí tiene su té -interrumpió Olivia mientras le ofrecía una taza a Harry. Éste la aceptó y le dio en voz baja las gracias antes de tomar un sorbo-. Yo tomaré el mío como sir Harry -comentó sin dirigirse a nadie en particular-. Antes me ponía azúcar, pero me he dado cuenta de que ya no me gusta el té dulce.

Harry la miró con expresión de curiosidad, lo que no sorprendió a Olivia, que no recordaba cuándo había mantenido una conversación tan soporífera por última vez. Aunque seguro que él entendería que no tenía otra alternativa.

Olivia inspiró hondo, ¡qué difícil era intentar navegar contra la corriente! Esos dos hombres se detestaban, eso era evidente, pero no era la primera vez que estaba en un salón con gente que se odiaba entre sí. Normalmente no era tan palpable.

Y si bien quería pensar que todo era debido a que tenían celos de ella, no pudo evitar la sensación de que se traían algo más entre manos.

– Hoy todavía no he salido a la calle -comentó Olivia, pues el tiempo era siempre un tema de conversación infalible-. ¿Hace calor?

– Yo creo que lloverá -dijo el príncipe.

– ¿Es eso lo que piensa de Inglaterra? Que cuando no llueve, diluvia. Y cuando no diluvia…

Pero el príncipe ya había trasladado la atención a su oponente.

– ¿Dónde vive usted, sir Harry?

– Desde hace poco, en la puerta de al lado -contestó Harry alegremente.

– Creía que los aristócratas ingleses tenían imponentes mansiones en el campo.

– Así es -repuso Harry afablemente-, pero yo no soy un aristócrata.

– ¿Qué tal está el té? -inquirió Olivia un tanto desesperada.

Los dos hombres contestaron con un gruñido. Ninguno de más de una sílaba. Y ninguna sílaba particularmente inteligible.

– Pero le llaman «sir» -constató el príncipe Alexei.

– Cierto -respondió Harry, al que no parecía preocuparle en absoluto su falta de estatus-. Pero eso no me convierte en aristócrata.

Los labios del príncipe se curvaron muy ligeramente.

– A los baronets no se les considera parte de la aristocracia -explicó Olivia, que le lanzó una mirada de disculpa a Harry. Era realmente grosero por parte del príncipe seguir insistiendo en el bajo nivel social de Harry, pero había que tener en cuenta las diferencias culturales.

– ¿Qué es un «baronet»? -preguntó el príncipe.

– No estamos ni en un lado ni en el otro -contestó Harry con un suspiro-. En realidad, es un poco como el purgatorio.

Alexei se volvió hacia Olivia.

– No le entiendo.

– Se refiere, o por lo menos eso creo… -Olivia miró a Harry indignada, le parecía increíble que estuviese llevándole deliberadamente la contraria al príncipe- a que los baronets no forman parte de la aristocracia, pero tampoco carecen de título. Por eso se los llama «sir».

Parecía que el príncipe Alexei seguía confuso, de modo que Olivia explicó:

– Por orden de rango, después de la realeza, naturalmente, están los duques, los marqueses, los condes, los vizcondes y por último los barones. -Hizo una pausa-. Luego vienen los baronets y sus esposas, pero se considera que forman parte de la pequeña nobleza.

– Estamos muy abajo -musitó Harry divertido-. A años luz de alguien como Vuestra Alteza.

El príncipe lo miró durante apenas un segundo, pero bastó para que Olivia detectara la aversión en sus ojos.

– En Rusia la aristocracia es el eje de la sociedad. Sin nuestras distinguidas familias, nos desmoronaríamos.

– Aquí muchos piensan lo mismo -dijo Olivia cortésmente.

– Se produciría… ¿cómo se dice…?

– ¿Una revolución? -ofreció Harry.

– ¿El caos? -intuyó Olivia.

– El caos -prefirió Alexei-. Sí, eso es. La revolución no me da miedo.

– Sería conveniente que todos aprendiésemos de la experiencia de los franceses -dijo Harry.

El príncipe Alexei se giró hacia él con la mirada encendida.

– Los franceses fueron unos estúpidos. Concedieron demasiadas libertades a la burguesía. En Rusia no cometeremos ese error.

– En Inglaterra tampoco tememos la revolución -replicó Harry en voz baja-, aunque me imagino que es por otros motivos.

Olivia contuvo el aliento. Harry había hablado con una convicción rotunda que contrastaba con su frivolidad anterior. Su tono serio acaparó inevitablemente toda la atención del momento. Hasta el príncipe Alexei se sobresaltó y se volvió hacia él con una expresión de… en fin, no de respeto exactamente, puesto que saltaba a la vista que no entendía el comentario; pero quizá sí de cierta admiración, reconociendo a Harry como digno adversario.

– La conversación está tomando un cariz muy serio -declaró Olivia-. A esta hora del día no se puede hablar de estos temas. -Y como con eso no logró obtener una respuesta inmediata, añadió-: No soporto discutir de política cuando brilla el sol.

En realidad, lo que no podía soportar era quedar como una auténtica boba. Le encantaban las discusiones políticas, a cualquier hora del día.

Y, además, no brillaba el sol.

– Hemos sido tremendamente groseros -dijo el príncipe mientras se levantaba de su asiento. Se puso delante de ella y clavó una rodilla en el suelo, dejando a Olivia sin habla. ¿Qué estaba haciendo?

– ¿Podrá perdonarnos? -susurró al tiempo que le cogía de la mano.

– Ehhh…, mmm…

Él se acercó los nudillos a los labios.

– Por favor.

– Naturalmente -consiguió decir ella al fin-. No es…

– Nada -intervino Harry-. Creo que ésa es la palabra que buscaba.

Lo habría fulminado con la mirada, de haber podido verlo, pero en ese momento Alexei llenaba por completo su campo de visión.

– Naturalmente que los perdono, Vuestra Alteza -dijo ella-. Lo que he dicho es una tontería.

– Las mujeres hermosas tienen derecho a decir todas las tonterías que deseen.

Entonces el príncipe se movió y Olivia vislumbró la cara de Harry. Parecía que fuese a vomitar.

– Seguramente tendrá que prodigarse mucho aquí en Londres -dijo Harry en cuanto Alexei volvió a su asiento.

– Me van a dar varios premios -contestó el príncipe, aparentemente confuso y molesto por el cambio de tema.

Olivia se apresuró a traducirle.

– Creo que lo que sir Harry quiere decir es que seguramente tendrá muchos compromisos, mucha gente a la que conocer.

– Sí -dijo Alexei.

– Tendrá la agenda muy llena -añadió Harry con voz levemente afectada y aduladora.

Olivia frunció las cejas. Intuyó lo que Harry estaba tramando, y no acabaría bien.

– Debe de llevar una vida muy emocionante -se apresuró a decir Olivia, intentando cambiar de tercio.

Pero con Harry no se podía jugar al despiste.

– Hoy, por ejemplo -reflexionó Harry en voz alta-. Seguro que tiene un programa apretado. ¡Qué honrada se siente lady Olivia de que haya sacado tiempo para verla!

– Para lady Olivia siempre tengo tiempo.

– ¡Cómo se prodiga siempre Su Alteza! -exclamó Harry-. ¿A qué se debe que nos haya visitado esta tarde?

– No he venido a visitarlo a usted.

Harry le dedicó una fugaz sonrisa cómplice, únicamente para demostrarle que el insulto, si bien lo había captado, no le había ofendido.

– ¿En qué otro sito podría estar Su Alteza esta tarde? ¿Con el embajador? ¿Con el rey?

– Podría estar en cualquier lugar que deseara.

– Ése es el privilegio de la realeza -concluyó Harry.

Olivia se mordió el labio. Vladimir había empezado a acercarse poco a poco; si había pelea, Harry no saldría victorioso.

– ¡Me honra tanto su presencia! -dijo Olivia. Fue la única frase entera que se le ocurrió en cuestión de segundos.

– ¡Vaya, gracias! -bromeó Harry.

«Basta», le dijo Olivia moviendo los labios.

«¿Por qué?», repuso él.

– Creo que me están excluyendo de la conversación -dijo Alexei enfadado.

Vladimir estaba cada vez más cerca.

– ¡Pues claro que no! -le aseguró Olivia-. Únicamente intentaba recordarle a sir Harry que su primo está…, mmm… esperándolo para, ehh… una reunión.

Alexei parecía dubitativo.

– ¿Todo ésto se han dicho?

Olivia notó que se ruborizaba.

– Más o menos -masculló.

– La verdad es que tengo que irme -anunció de pronto Harry poniéndose de pie.

Olivia también se levantó.

– Le ruego que me permita acompañarlo hasta la puerta -dijo ella, intentando que no pareciera que hablaba entre dientes.

– No se moleste, por favor -repuso Harry-. Por nada del mundo se me ocurriría pedirle a una dama tan hermosa que se levante.

Olivia palideció. ¿Se habría dado cuenta Alexei de que Harry se estaba burlando de él? Desvió la vista hacia el príncipe, procurando hacerlo sin mucho descaro. No parecía ofendido, sino más bien encantado. Bueno, encantado dentro de lo tenso y reservado que era siempre. Tal vez la palabra satisfecho fuese más acertada.

Harry salió solo del salón, privando a Olivia de la oportunidad de decirle exactamente lo que pensaba de su comportamiento infantil. Ella, furiosa, hundió los dedos en el borde del almohadón del sofá sobre el que estaba sentada. No se le escaparía tan fácilmente. Harry no tenía ni idea de lo que era capaz una mujer cuando hervía de rabia. Lo que sea que tuviera que decirle, sería mucho menos agradable esta noche de lo que habría sido por la tarde.

Entretanto, sin embargo, había que seguir atendiendo al príncipe. Estaba sentado frente a ella, su expresión a caballo entre la satisfacción y la suficiencia. Se alegraba de que Harry se hubiese ido, y probablemente aún más de que Olivia estuviese ahora a solas con él.

Y con Vladimir. Era realmente imposible olvidarse de Vladimir.

– Me pregunto dónde estará mi madre -dijo Olivia, porque era extraño que no se hubiese dejado ver. La puerta del salón había estado debidamente abierta durante todo el rato, de modo que su presencia como carabina no era necesaria, pero Olivia se había imaginado que su madre querría saludar al príncipe.

– ¿Es necesario que esté aquí?

– Bueno, en realidad, no. -Olivia alargó la vista hacia la puerta abierta-. Huntley está ahí mismo, en el recibidor…

– Me alegro de que estemos solos.

Olivia tragó saliva, no sabía muy bien qué decir a eso.

El príncipe esbozó una sonrisa, pero su mirada se volvió penetrante.

– ¿Le inquieta estar a solas conmigo?

«Hasta ahora no».

– Por supuesto que no -contestó ella-. Sé que es usted un caballero. Y, además, no estamos solos.

Alexei parpadeó varias veces seguidas y luego rompió a reír.

– ¿No lo dirá por Vladimir?

Olivia notó que sus ojos miraban varias veces hacia un lado y otro de la sala, hacia el príncipe y su criado respectivamente, y viceversa.

– Bueno, sí -respondió ella con voz entrecortada-. Está justo… ahí. Y…

Alexei hizo un gesto con la mano para quitarle importancia.

– Vladimir es invisible.

La inquietud de Olivia fue en aumento.

– No lo entiendo.

– Es como si no estuviese aquí. -Alexei le sonrió de un modo que a ella le incomodó-. Si eso es lo que yo quiero.

Olivia abrió la boca, pero no tenía absolutamente nada que decir.

– Por ejemplo -continuó Alexei-, si quisiera besarla… -Olivia ahogó un grito de asombro- sería igual que si estuviéramos solos. Él no se lo diría a nadie y usted tampoco se sentiría más… cómo se dice… incómoda.

– Creo que Su Alteza debería irse.

– Antes me gustaría darle un beso.

Olivia se levantó, golpeando la mesa con las espinillas.

– Eso no será necesario.

– Sí -repuso él, levantándose también-, creo que sí es necesario. Para demostrárselo.

– ¿Para demostrarme qué? -repitió ella sin dar crédito a la pregunta que acababa de hacer.

El príncipe señaló a Vladimir.

– Que es como si no estuviera aquí. Debo tener escolta a todas horas. Vladimir está siempre conmigo. Incluso cuando… no debería decir esto delante de una dama.

Había bastantes cosas ya que no debería haber dicho delante de una dama. Olivia trató de escabullirse bordeando la mesa para llegar hasta la puerta, pero el príncipe le bloqueó el paso.

– Le besaré la mano -dijo él.

– ¿Q-qué?

– Para demostrarle que soy un caballero. Usted está pensando en otra cosa, pero le besaré la mano.

Olivia notó que se le anudaba la garganta. Tenía la boca abierta, pero no parecía estar respirando. Alexei la había dejado anonadada.

Le cogió una mano. Olivia seguía demasiado perpleja como para retirarla. Él se la besó y antes de soltarle la mano le acarició los dedos con los suyos.

– La próxima vez -anunció el príncipe- le daré un beso en la boca.

¡Oh, Dios!

– ¡Vladimir! -Alexei soltó una retahíla de palabras en ruso y su criado apareció en el acto junto a él. Olivia se dio cuenta con horror de que se había olvidado de que estuviese ahí, aunque estaba convencida de que era únicamente por lo mucho que le habían sorprendido las escandalosas palabras del príncipe.

– Nos vemos esta noche -le dijo Alexei.

– ¿Esta noche? -repitió ella.

– Irá a la ópera, ¿verdad? Interpretan La flauta mágica. Es la primera representación de la temporada.

– Yo… ehh… -¿Iría a la ópera? No podía pensar con claridad. Un príncipe de la realeza había intentado seducirla en su propio salón, o por lo menos lo había intentado. En presencia del grandullón de su criado.

No era de extrañar que estuviese un poco aturdida.

– Hasta entonces, lady Olivia. -El príncipe Alexei salió majestuosamente de la sala y Vladimir siguió sus pasos. Lo único que se le ocurrió a Olivia fue que necesitaba contarle esto a sir Harry.

Sólo que estaba indignada con él.

¿Verdad?

Capítulo 14

Harry estaba de mal humor. El día había empezado de maravilla, augurando toda clase de alegrías, hasta que al entrar tranquilamente en el salón de casa de los Rudland se había topado con el príncipe Alexei Gomarovsky, presunto descendiente del poeta soltero más famoso de Rusia.

O, si no el más famoso, bastante famoso entonces.

Y, luego, había tenido que ver a Olivia adulando a ese grandísimo patán.

Además, había tenido que sentarse ahí y fingir no entender nada cuando el malnacido ése había dicho que quería violarla, y encima había intentado hacer pasar la maldita frase por no sé qué cursilada sobre el cielo y la niebla.

Después (ya en casa mientras trataba de averiguar qué hacer con respecto a la segunda intervención del príncipe en ruso, una orden dada a Vladimir, siempre atento, de que investigaran a Harry) había recibido instrucciones por escrito del Departamento de Guerra para asistir esa noche a la representación inaugural de La flauta mágica, que habría sido una delicia de haber podido mirar hacia el escenario en lugar de a la persona que más detestaba ahora mismo, el susodicho Alexei de Rusia.

Luego el maldito príncipe se había marchado pronto de la ópera. Se había largado, sin más, justo cuando la Reina de la Noche empezaba su aria llamada «La venganza del infierno hierve en mi corazón». ¡Por Dios! ¿Quién podía irse al comienzo de semejante aria?

Harry decidió que la venganza del infierno hervía también en su corazón.

Había seguido al príncipe (y a Vladimir, eternamente presente y cada vez más amenazador) hasta el burdel de madame Leroux, donde era de suponer que disfrutó de los favores de alguna que otra señorita.

Fue en ese momento cuando Harry decidió que estaba en su derecho de irse a casa.

Cosa que hizo, pero no antes de calarse hasta los huesos por el inusitado chaparrón que cayó.

Razón por la que cuando llegó a casa y se deshizo del abrigo y los guantes empapados, sólo pensaba en tomar un baño caliente. Soñaba con el vapor saliendo de la superficie del agua. El calor haría que le escociera la piel, que le doliese casi, hasta que su cuerpo se habituara a la temperatura.

Estaría en la gloria. La gloria herviría en la bañera.

Pero ciertamente no alcanzó la gloria, por lo menos no esa noche. Aún no había sacado los dos brazos del abrigo cuando el mayordomo entró en el recibidor y le informó de que un mensajero especial le había traído una carta, que estaba encima de su escritorio.

Así que se fue a su despacho, sus pies haciendo chof-chof dentro de las botas, y resultó que el mensaje no contenía nada de urgencia, únicamente unas cuantas nimiedades para completar las lagunas que había en el historial del príncipe. Harry soltó un gruñido y cuando le recorrió un escalofrío, deseó que hubiese una chimenea encendida a la que arrojar la misiva culpable de que se hubiera quedado sin su baño; así podría además entrar en calor frente al fuego. Tenía mucho frío y estaba empapado, y enfadadísimo con el mundo entero.

Y entonces alzó la vista.

Olivia estaba junto a su ventana, mirándolo fijamente.

En realidad, todo esto era culpa suya. O por lo menos la mitad de ello.

Harry caminó resueltamente hasta su ventana de guillotina y la subió de un tirón. Ella hizo lo mismo.

– Lo estaba esperando -dijo ella antes de que él pudiese hablar-. ¿Dónde esta… qué le ha pasado?

Del conjunto de preguntas estúpidas Harry decidió que ésta quedaría entre las primeras. Pero seguramente aún tenía los labios morados por el frío y era incapaz de decirle todo eso.

– Que ha llovido -dijo él entre dientes.

– ¿Y se le ha ocurrido salir a dar un paseo bajo la lluvia?

Harry se preguntó si haciendo un esfuerzo sobrehumano podría quizás estrangular a Olivia desde donde estaba.

– Tengo que hablar con usted -anunció ella.

Él se dio cuenta de que no sentía los dedos de los pies.

– ¿Tiene que ser precisamente ahora?

Olivia retrocedió con aspecto de estar tremendamente ofendida.

Lo cual no sirvió de mucho para mejorar el temperamento de Harry. Aun así debieron de inculcarle de pequeño los modales propios de un caballero, porque pese a que debería haber cerrado la ventana de golpe, se explicó a modo telegráfico:

– Tengo frío. Estoy empapado. Y de muy mal humor.

– ¡Pues ya somos dos!

– Muy bien -repuso él entre dientes-. ¿Cuál es el motivo de su desazón?

– ¿De mi desazón? -repitió ella con sorna.

Harry levantó una mano. Si Olivia pretendía discutirle su elección de vocabulario, se negaba a seguir con esta conversación.

Pero seguramente decidió cambiar de táctica, porque se puso en jarras y dijo:

– Muy bien, pues, ya que me pregunta, usted es la causa de mi desazón.

Más valía que esto mejorara. Harry aguardó unos instantes y luego dijo, destilando tanto sarcasmo como agua chorreaba de su ropa.

– ¿Y…?

– Y su comportamiento esta tarde… ¿En qué estaba pensando?

– ¿En qué estaba…?

Olivia se asomó literalmente a la ventana y agitó un dedo en el aire.

– Se ha dedicado a provocar deliberadamente al príncipe Alexei. ¿Tiene idea del brete en el que me ha puesto?

Él la miró fijamente unos segundos, acto seguido se limitó a decir:

– Es un idiota.

– No es un idiota -replicó ella con exasperación.

– Sí que lo es -insistió Harry-. No merece ni lamer sus pies. Algún día me lo agradecerá.

– No tengo ninguna intención de dejar que ni él ni nadie me lama en sitio alguno -repuso ella, que se puso toda roja al caer en la cuenta de lo que había dicho.

Harry empezaba a entrar en calor.

– No tengo ninguna intención de dejar que me haga la corte -declaró Olivia susurrando, aunque curiosamente en voz bastante alta como para que a Harry le llegasen todas las sílabas con absoluta claridad-. Pero eso no significa que en mi casa se le pueda tratar con desconsideración.

– Muy bien, lo siento. ¿Satisfecha?

Sus disculpas dejaron a Olivia sin habla, pero a Harry le duró poco la victoria. Tras abrir y cerrar la boca repetidas veces durante no más de cinco segundos, ella dijo:

– No lo ha dicho de corazón.

– ¡Oh, por Dios! -saltó él. No se podía creer que Olivia estuviese actuando como si él hubiese hecho algo malo. Únicamente seguía las malditas órdenes del maldito Departamento de Guerra. Y aun teniendo en cuenta el hecho de que ella ignoraba que él tuviese que cumplir unas órdenes, era ella la que se había pasado la tarde arrullando a un hombre que la había insultado con absoluta visceralidad.

Claro que Olivia tampoco sabía eso.

Aun así cualquiera con una pizca de sentido común podría apreciar que el príncipe Alexei era un sapillo empalagoso. Un sapo tremendamente guapo, es verdad, pero sapo a pesar de todo.

– ¿Por qué está tan enfadado? -preguntó Olivia.

Era estupendo que no estuviesen cara a cara, porque habría… hecho algo.

– ¿Por qué estoy tan enfadado? -casi le espetó él-. ¿Por qué estoy tan enfadado? Porque… -Pero se dio cuenta de que no podía decirle que le habían obligado a dejar la ópera a mitad de actuación, o que había seguido al príncipe hasta un burdel; o que…

Bueno, esa parte sí podía contársela.

– Estoy calado hasta los huesos, tengo todo el cuerpo tiritando y estoy discutiendo con usted desde una ventana cuando podría estar en una bañera de agua caliente.

La última parte más bien pareció un rugido, lo cual probablemente no fue lo más sensato, habida cuenta de que en teoría estaban en público.

Ella permaneció callada (al fin) y luego dijo en voz baja:

– Muy bien.

¿Muy bien? ¿Eso era todo? ¿Zanjaba el tema con un «muy bien»?

Y entonces Harry se quedó ahí plantado como un idiota. Ella le había dado la oportunidad perfecta para decirle adiós, cerrar la ventana y subir resueltamente a la bañera del piso de arriba, pero se limitó a quedarse ahí de pie.

Mirándola fijamente.

Observando cómo Olivia se rodeaba la parte superior del cuerpo con los brazos, como si tuviese frío. Observando su boca, que con la poca luz que había no podía ver con absoluta claridad, pero que de algún modo supo cuándo la cerraba exactamente apretando las comisuras con contenida emoción.

– ¿Dónde ha estado? -inquirió ella.

Él no podía dejar de mirarla.

– Esta noche -aclaró Olivia-. ¿Adonde ha ido para mojarse tanto?

Harry bajó la vista, como si de pronto hubiese recordado que estaba empapado.

¡Qué barbaridad!

– He ido a la ópera -le explicó.

– ¿Ah, sí? -Olivia se abrazó el tronco con más fuerza y, aun sin estar seguro, a Harry le pareció que se acercaba un poco más a la ventana-. Yo tendría que haber ido -dijo-. Quería ir.

Harry también se acercó más a su ventana.

– ¿Y por qué no ha ido?

Olivia titubeó, y apartó momentáneamente la vista de la cara de Harry antes de volver a mirarlo mientras le decía:

– Porque sabía que el príncipe estaría allí y no tenía ganas de verlo. Por eso.

¡Qué curioso! Harry se pegó más a la ventana y entonces…

Llamaron a la puerta del despacho.

– No se mueva -le ordenó a Olivia señalándola con un dedo. Cerró la ventana y luego fue hasta la puerta a paso largo y la abrió.

– Su baño está listo, señor -anunció el mayordomo.

– Gracias. ¿Podría ordenar que lo mantengan bien caliente? Aún tardaré varios minutos en subir.

– Ordenaré a los criados que sigan calentando agua. ¿Necesitará una manta, señor?

Harry se miró las manos. Era curioso porque no las sentía debidamente.

– Mmm… sí. Eso sería maravilloso. Gracias.

– Se la iré a buscar ahora mismo.

Mientras el mayordomo iba en busca de una manta, Harry se apresuró hasta la ventana y la abrió. Olivia estaba ahora de espaldas a él. Estaba sentada en el borde del alféizar, ligeramente apoyada en el marco de la ventana. Reparó en que también se había hecho con una manta, una manta suave de color azul pastel y…

Harry sacudió la cabeza. ¿Qué importaba su manta?

– Un minuto más -gritó él-. No se vaya.

Al oír su voz Olivia miró hacia abajo justo a tiempo de ver que la ventana de enfrente volvía a cerrarse. Esperó aproximadamente medio minuto más y entonces Harry regresó y la madera crujió cuando volvió a subir la ventana de guillotina.

– Veo que usted también tiene una manta -le dijo Olivia como si eso fuese importante.

– Bueno, es que tenía frío -se justificó él, como si eso también importara.

Permanecieron en silencio largo rato, y entonces él preguntó:

– ¿Por qué no quería ver al príncipe?

Olivia se limitó a menear la cabeza. No porque no fuese cierto, sino porque en realidad no creía que pudiese hablar con él del tema. Cosa curiosa, porque esa tarde su primer pensamiento fue que tenía que hablarle del extraño comportamiento del príncipe Alexei. Pero ahora, de ventana a ventana y con los ojos negros e insondables de Harry clavados en ella, no supo qué decir.

Ni cómo decirlo.

– No es nada importante -decidió ella por fin.

Harry no habló de inmediato. Pero cuando lo hizo fue en voz baja y con un tono que a Olivia la dejó muda.

– Si le ha hecho sentir incómoda, para mí es muy importante.

– Él… él… -No paraba de mover la cabeza mientras hablaba, hasta que finalmente consiguió quedarse quieta y decir-: Simplemente dijo algo acerca de besarme. No es nada, en realidad.

Olivia había estado evitando mirar hacia Harry, pero ahora lo miró. Estaba petrificado.

– No es la primera vez que un caballero hace algo así -añadió ella. Decidió omitir la parte sobre Vladimir; francamente, sólo pensar en ello ya sentía asco.

– ¿Harry? -gritó ella hacia la ventana de abajo.

– No quiero que vuelva usted a verlo -dijo él en voz baja.

Lo primero que se le pasó por la cabeza a Olivia fue decirle que no tenía ninguna autoridad sobre ella. Y, de hecho, su boca se abrió con las palabras en la punta de la lengua, pero entonces recordó algo que él le había dicho; en broma o tal vez en serio. Tal vez ella había creído que bromeaba cuando la acusó de no pensar antes de hablar.

Esta vez se pararía a pensar.

Ella tampoco quería ver al príncipe. ¿Para qué iba a llevarle la contraria a Harry cuando ambos querían lo mismo?

– No sé si esa decisión me corresponde a mí -dijo Olivia. Era verdad. A menos que se atrincherara en su habitación, no tenía forma de esquivarlo.

Harry alzó la vista, su mirada era muy seria.

– Olivia, no es trigo limpio.

– ¿Cómo lo sabe?

– Es que… -Harry se pasó la mano por el pelo y exhaló con aparente frustración-. No puedo decirle por qué lo sé. Me refiero a que no sé por qué lo sé. Es una especie de intuición masculina. Simplemente lo intuyo.

Ella lo miró mientras trataba de descifrar sus palabras.

Harry cerró brevemente los ojos y se frotó la frente con ambas manos. Al fin, levantó la mirada y dijo:

– ¿No sabe usted cosas de otras mujeres que los hombres son demasiado cazurros para captar?

Ella asintió. La había convencido y con un buen argumento, la verdad.

– Limítese a mantenerse alejada de él. Prométamelo.

– No puedo prometerle eso -dijo ella, aunque deseaba poder hacerlo.

– Olivia…

– Le puedo prometer intentarlo. Sabe que es lo máximo que puedo hacer.

Harry asintió.

– Muy bien.

Se produjo un silencio vacilante y tenso, y entonces ella dijo:

– Debería irse a tomar ese baño. Está tiritando.

– Usted también -repuso él en voz baja.

Era verdad. Olivia no se había dado cuenta, no había notado el tembleque, pero ahora… ahora que lo sabía… le pareció que se intensificaba más y más… y pensó que iba a gritar, aunque desconocía el motivo. Simplemente tenía ganas de desahogarse. Demasiados sentimientos. Demasiados…

Sencillamente demasiados; aquello la superaba.

Olivia asintió con brusquedad.

– Buenas noches -dijo a todo correr. Las lágrimas estaban a punto de brotar y no quería que él las viera.

– Buenas noches -repuso Harry, pero ella había logrado bajar la ventana de guillotina antes de que él terminara de hablar. Y Olivia corrió entonces hasta la cama y hundió el rostro en la almohada.

Pero no lloró, aunque ahora quería hacerlo.

Y aunque seguía sin saber el porqué.

Harry se arrebujó con la manta mientras salía penosamente de su despacho. Ya no tenía tanto frío, pero se encontraba fatal. Tenía una inquietante sensación de vacío en el pecho, que al parecer se intensificaba con cada respiración, extendiéndose hasta su garganta y encogiéndole los hombros con tensión y rigidez.

Comprendió que no era frío, sino miedo.

Hoy el príncipe Alexei había asustado a Olivia, y él no estaba exactamente seguro de lo que éste había hecho o dicho, y sabía que ella restaría importancia a sus sentimientos si la aguijoneaba, pero algo había pasado. Y volvería a pasar, si le daban rienda suelta al príncipe.

Harry se arrastró por el recibidor, sujetaba la manta con la mano izquierda mientras utilizaba la derecha para masajearse la nuca. Necesitaba tranquilizarse. Necesitaba recobrar el aliento y pensar con claridad. Subiría a bañarse y luego se metería en la cama, donde podría analizar con calma el problema y…

Empezaron a aporrear la puerta principal.

El corazón le dio un vuelco y se le despertaron los músculos de golpe, todos sus nervios preparados de pronto para la acción. Era tarde y había estado persiguiendo a rusos misteriosos por las calles, y…

Y era un idiota. Si alguien quisiera irrumpir en su casa, no lo haría por la maldita puerta principal. Harry se acercó a ella contrariado, descorrió el cerrojo y la abrió.

Edward se desplomó al entrar.

Harry se quedó mirando a su hermano pequeño con indignación.

– ¡Oh, por el amor de Dios!

– ¿Harry? -Edward alzó la vista con los ojos entornados y Harry se preguntó a quién demonios más esperaba encontrarse.

– ¿Cuánto has bebido? -le preguntó.

Edward procuró levantarse, pero al cabo de un momento se rindió y se sentó en el mismo centro del recibidor, parpadeando como si no estuviese seguro de cómo había adquirido esa postura.

– ¿Qué?

Harry habló en voz más baja, si cabe. Y más seria.

– ¿Cuánto has bebido?

– Mmm… ehh… -Edward movió la boca casi como si estuviese dándole vueltas al tema. Probablemente fuese así, pensó Harry asqueado.

– Déjalo -le espetó a su hermano. ¿Qué más daba el número de copas que se hubiese tomado Edward? Las suficientes para dejarlo inconsciente. A saber cómo había llegado a casa. Desde luego no era mejor que su padre. La única diferencia era que sir Lionel había limitado gran parte de sus borracheras al ámbito doméstico; Edward, en cambio, se estaba poniendo en evidencia por todo Londres.

– Levántate -le ordenó Harry.

Edward lo miró atónito.

– Levántate.

– ¿Por qué estás tan enfadado? -musitó éste al tiempo que alargaba un brazo. Pero Harry no le dio la mano, de modo que dificultosamente se puso de pie él solo, agarrándose a una mesa cercana para no perder el equilibrio.

Harry trató de controlar su malhumor. Tenía ganas de coger a Edward y zarandearlo una y otra vez, y decirle a voz en grito que se estaba matando, que cualquier día de estos moriría como había muerto sir Lionel, solo y tontamente.

Su padre se había caído por una ventana. Se asomó demasiado y en la caída se desnucó. En la mesita cercana habían encontrado una copa de vino y una botella vacía.

O eso es lo que le habían dicho, porque él estaba por entonces en Bélgica. El abogado de su padre le había escrito una carta con los detalles.

Su madre nunca le habló del asunto.

– Vete a la cama -ordenó Harry en voz baja.

Edward se tambaleó y sonrió desafiante.

– No tengo por qué hacer lo que tú digas.

– Muy bien, pues -lo soltó. Ya estaba harto. Era como revivir lo de su padre, sólo que ahora podía hacer algo al respecto. Podía decir algo. No tenía que quedarse ahí, indefenso, y recoger la vomitona ajena-. Haz lo que te dé la gana -le dijo en voz baja y temblorosa-. Pero no vomites dentro de mi casa.

– ¡Claro! Eso te gustaría, ¿verdad? -chilló Edward, dando bandazos hacia delante y apoyándose luego en la pared cuando tropezó-. Te gustaría que me fuera para que todo pudiera estar limpio y ordenado. Nunca me has querido.

– ¿De qué demonios hablas? Eres mi hermano.

– Me abandonaste. ¡Me abandonaste! -dijo Edward casi a gritos.

Harry lo miró fijamente.

– Me dejaste solo. Con él. Y con ella. Y sin nadie más. Tú sabías que Anne se casaría y se iría. Sabías que no se quedaría nadie más conmigo.

Harry sacudió la cabeza.

– Estabas a punto de irte al colegio. Nada más te faltaban unos meses para irte. Me aseguré de ello.

– ¡Oh, eso fue…! -Edward torció el gesto y su cabeza se movió sin control, y por un instante Harry creyó que su hermano iba a vomitar. Pero únicamente intentaba dar con la palabra adecuada, una palabra cargada de rabia y sarcasmo.

Sólo que estaba tan borracho que no pudo.

– Ni siquiera… ni siquiera te paraste a pensar. -Edward agitó un dedo repetidamente frente a Harry-. ¿Qué pensaste que pasaría cuando me dejase en el colegio?

– ¡No deberías haber dejado que él te llevase!

– ¡Y yo qué sabía! Tenía doce años. ¡Doce! -gritó Edward.

Harry hizo rápidamente memoria, intentando recordar la despedida, pero no recordaba casi nada. Había tenido tantas ganas de largarse, de alejarse de todo. Aunque antes había hablado con Edward, ¿verdad? Le había dicho que todo iría bien, que se iría a Hesslewhite y no tendría que tratar con sus padres. Y le había dicho que no dejase que su padre se acercara por el colegio, ¿verdad?

– Se meó en los pantalones -declaró Edward-. El primer día. Se quedó dormido en mi cama y se meó en los pantalones. Le ayudé a levantarse y le cambié de ropa. Pero no tenía sábanas de recambio y todos… -Se le anudó la voz y Harry pudo ver en su rostro a ese chico aterrorizado, confuso y solo-. Todos creyeron que había sido yo -dijo Edward-. Un comienzo estelar ¿no crees? -Entonces se bamboleó un poco, animado por su ímpetu-. Después de aquello me convertí en el chico más popular de todos. Todos querían ser mis amigos.

– Lo siento -dijo Harry.

Edward se encogió de hombros, luego dio un traspié. Harry alargó los brazos y esta vez lo sujetó. Y entonces (no supo con seguridad cómo sucedió ni por qué lo hizo) estrechó con fuerza a su hermano. Le dio un abrazo. Uno breve nada más. Sólo durante el tiempo que tardó en reprimir las lágrimas de sus ojos.

– Deberías irte a la cama -dijo Harry con voz ronca.

Edward asintió y se apoyó en Harry, quien le ayudó a llegar a la escalera. Los dos primeros escalones los subió bien, pero en el tercero tropezó.

– Lo ciento -masculló Edward mientras se esforzaba por enderezarse.

Pronunciaba las «eses» como «zetas», igual que su padre.

Harry sintió que se mareaba.

No fue rápido ni agradable, pero al fin logró tumbar a Edward en su cama, con las botas puestas y todo. Lo tumbó cuidadosamente de costado con la boca cerca del borde del colchón, por si acaso vomitaba. Y entonces hizo algo que no había hecho nunca en todos los años que había colocado a su padre en una posición similar.

Esperó.

Se quedó en la puerta hasta que Edward respiró suave y regularmente, y luego permaneció allí unos minutos más.

Porque las personas no debían estar solas. Y no debían tener miedo ni sentirse indefensas. Y no deberían tener que llevar la cuenta del número de veces que ocurría una desgracia ni debería preocuparles que pudiera repetirse.

Y estando ahí, en la oscuridad, entendió lo que tenía que hacer. No sólo por Edward, sino por Olivia. Y quizá también por sí mismo.

Capítulo 15

A la mañana siguiente Olivia ya no se encontraba tan mal. Al parecer, la luz del día y un sueño nocturno reparador podían levantar mucho los ánimos, aun cuando no hubiese llegado a ninguna gran conclusión.

Por qué lloré anoche.

Por Olivia Bevelstoke.

En realidad, no lloré,

pero lo parecía.

Decidió enfocarlo desde otro punto de vista:

Por qué no lloré anoche.

Por Olivia Bevelstoke.

Suspiró. No tenía ni idea.

Claro que puede que se engañase a sí misma. De modo que decidió no pensar en ello, por lo menos hasta que lograse desayunar algo. Con el estómago lleno pensaba con más criterio.

Estaba en pleno proceso de la rutina matinal, procurando quedarse quieta mientras su doncella le recogía el pelo, cuando llamaron a la puerta.

– ¡Adelante! -chilló, y a continuación le susurró a Sally-: ¿Has pedido que me suban chocolate?

Sally cabeceó y ambas levantaron la vista cuando entró una criada anunciándole a Olivia que sir Harry la esperaba en el salón.

– ¿A estas horas de la mañana? -Eran casi las 10, no es que rayase el alba precisamente, pero aun así era demasiado temprano para recibir la visita de un caballero.

– ¿Quiere que le pida a Huntley que le diga a sir Harry que está usted ocupada?

– No -contestó Olivia. Harry no vendría a verla tan temprano sin una razón de peso-. Dígale que enseguida bajo, por favor.

– Pero no ha desayunado, milady -dijo Sally.

– Estoy convencida de que no moriré de inanición por saltarme un desayuno. -Olivia levantó el mentón y observó su reflejo en el espejo. Sally le estaba haciendo un peinado bastante sofisticado, con trenzas, pasadores y al menos una docena de horquillas-. ¿Qué tal si me haces algo más sencillo esta mañana?

Sally se desinfló.

– Ya llevamos más de la mitad del peinado, se lo aseguro.

Pero Olivia ya se estaba sacando horquillas.

– Creo que bastará con un sencillo moño.

Sally suspiró y empezó a rehacerle el peinado. Aproximadamente al cabo de 10 minutos Olivia estuvo lista y se dirigió escaleras abajo, intentando ignorar el mechón de pelo que se le había soltado con las prisas y había que esconder detrás de la oreja. Cuando llegó al salón, sir Harry estaba sentado en el otro extremo, frente al pequeño escritorio que había junto a la ventana.

Daba la impresión de que estaba… ¿trabajando?

– Sir Harry -dijo ella mirándolo con cierta perplejidad-. Es muy pronto.

– He llegado a una conclusión -le dijo él poniéndose de pie.

Olivia lo miró con expectación. Parecía tan… categórico.

Harry juntó las manos frente al cuerpo, su postura relajada.

– No puedo consentir que esté usted a solas con el príncipe.

Eso mismo había dicho la noche anterior, pero ¡qué se le iba a hacer!

– Solamente hay una solución -continuó-. Seré su guardaespaldas.

Ella lo miró atónita.

– Él tiene a Vladimir y usted me tendrá a mí.

Ella seguía mirándolo, todavía atónita.

– Hoy me quedaré aquí con usted -explicó.

Olivia parpadeó varias veces y por fin fue capaz de hablar.

– ¿En mi salón?

– Sí, pero no piense que tiene que darme conversación -dijo Harry señalando los diversos papeles que había esparcido sobre el pequeño escritorio-. Me he traído cosas para hacer.

¡Santo cielo! ¿Acaso pretendía mudarse a su casa?

– ¿Se ha traído trabajo?

– Lo lamento, pero de verdad que no puedo perder todo un día.

Ella abrió la boca, pero tardó varios segundos en exclamar:

– ¡Oh!

Porque, ¿qué más podía haber dicho ante aquello?

Harry le dedicó lo que ella supuso que él consideraba una sonrisa alentadora.

– ¿Por qué no se va a buscar un libro y me hace compañía? -inquirió él, señalando la zona de estar del centro de la habitación-. ¡Vaya, si no le gusta leer! Bueno, el periódico también vale. Siéntese.

De nuevo tardó unos instantes en conseguir hablar.

– ¿Me está invitando a hacerle compañía en mi salón?

Harry la miró fijamente y luego dijo:

– Preferiría que estuviéramos en el mío, pero no creo que eso fuera aceptable.

Olivia asintió despacio, no porque estuviese de acuerdo con él, aunque se imaginaba que sí lo estaba, por lo menos en la última frase.

– Estamos de acuerdo, entonces -confirmó él.

– ¿Qué?

– Está asintiendo con la cabeza.

Olivia dejó de asentir.

– ¿Le importa si me siento? -le preguntó Harry.

– ¿Sentarse?

– Lo cierto es que debo seguir trabajando -le explicó él.

– Trabajando -repitió ella, que esa mañana estaba de lo más locuaz.

Harry la miró con las cejas arqueadas, y sólo entonces ella se dio cuenta de que lo que él quería decir era que no se podía sentar hasta que ella lo hiciera.

– Por favor… -Así empezó la frase Olivia para decirle: «Por favor, como si estuviese usted en su casa», porque tras más de veinte años tenía grabadas a fuego las fórmulas de cortesía. Pero el sentido común (y tal vez en buena medida el instinto de supervivencia) se impuso y optó por decir-: No debería sentirse en la obligación de pasar aquí el día entero, en serio.

Harry apretó los labios con fuerza y de las comisuras de la boca se desplegaron unas diminutas arrugas. Había cierta firmeza en su oscura mirada, fija y penetrante.

Olivia comprendió que no estaba pidiéndole permiso. Le estaba diciendo lo que tenía que hacer.

Eso debería haberla enfurecido. Era lo que más detestaba en un hombre. Pero lo único que hizo fue quedarse ahí… toda turbada. Cayó en la cuenta de que sus pies empezaban a retorcerse en las chinelas, querían ponerse de puntillas, y de pronto sintió que su cuerpo era demasiado ligero para seguir en contacto con el suelo.

Se agarró del respaldo de una silla. Tenía la sensación de que iba a flotar en el aire. Tal vez debería haber desayunado.

Aunque en realidad eso no explicaba la extraña sensación que se había apoderado de ella un poco… por debajo de su estómago.

Miró a Harry. Estaba diciendo algo, pero claramente ella no lo escuchaba. Ni siquiera le oía, no oía nada más que una perversa vocecilla interior que le decía que mirase la boca de Harry, que mirase esos labios y…

– ¿Olivia? ¿Olivia?

– Lo siento -dijo ella. Apretó una pierna contra otra, pensando que mover un poco los músculos la sacaría de su trance. Además, tampoco se le ocurrió ninguna otra parte del cuerpo que quedase fuera del alcance de la vista de Harry.

Pero al parecer lo único que eso hizo fue… inquietarla más.

Él ladeó ligeramente la cabeza, parecía… ¿preocupado? ¿Divertido? Difícil saberlo.

Olivia tenía que controlarse. Ya. Se aclaró la garganta.

– Me decía que…

– ¿Se encuentra usted bien?

– Perfectamente -respondió ella con sequedad. Le gustó su forma de decirlo, contundente y seria, pronunciando con claridad cada consonante.

Harry la observó unos instantes, pero Olivia no pudo llegar a descifrar su expresión. O quizá simplemente no quisiese descifrarla, porque, de hacerlo, intuía que descubriría que él la estaba mirando como si de repente ella fuese a ladrar como un perro.

Le dedicó a Harry una sonrisa forzada y dijo de nuevo:

– Me decía que…

– Le decía -dijo él lentamente- que lo siento, pero no puedo consentir que esté usted a solas con ese hombre. Y no me diga que Vladimir estaría presente, porque él apenas cuenta.

– No -replicó ella y se puso a pensar en su última e inquietante conversación con el príncipe-, no iba a decir eso.

– Bien, entonces, ¿estamos de acuerdo?

– Pues sí -contestó Olivia- en lo de no querer estar a solas con el príncipe Alexei, pero… -Carraspeó con la esperanza de que eso pudiera ayudarle a centrarse de nuevo. Necesitaba mantener mejor la calma delante de este hombre. Era asombrosamente inteligente y conseguiría de ella lo que se propusiera, si no permanecía con los pies en la tierra. Y eso quería decir en la tierra, no despegándose de ésta. Volvió a carraspear. Y luego una vez más, porque de tanto carraspear le estaba empezando a picar la garganta.

– ¿Necesita beber algo? -le preguntó Harry solícito.

– No, gracias. Lo que intentaba decir era que… seguramente entenderá que no estoy sola aquí. Tengo unos padres.

– Sí -replicó él, que no pareció excesivamente impresionado por su razonamiento-, eso tengo entendido, aunque yo no los he visto nunca; en todo caso, no aquí.

Ella frunció las cejas y miró hacia el recibidor por encima de su hombro.

– Creo que mi madre aún duerme.

– A eso me refería precisamente -dijo Harry.

– Le agradezco el gesto -dijo ella-, pero creo que debo puntualizar que es bastante improbable que el príncipe, ni nadie más en realidad, venga a verme a tan tempranas horas de la mañana.

– Estoy de acuerdo -le dijo Harry-, pero es un riesgo que no estoy dispuesto a correr. Aunque… -reflexionó unos instantes-. Si su hermano está dispuesto a bajar aquí y prometerme que no la perderá de vista en todo el día, yo me iré encantado.

– Eso presupone que yo quiera tenerlo cerca de mí durante todo el día -repuso Olivia con brusquedad.

– Entonces me temo que tendrá que conformarse conmigo.

Olivia miró a Harry.

Él la miró a ella.

Ella abrió la boca para hablar.

Él sonrió.

Olivia empezó a preguntarse por qué oponía tanta resistencia.

– Muy bien -dijo, apartándose al fin del umbral de la puerta y entrando en la sala-. Supongo que no tengo nada que perder.

– Ni siquiera notará que estoy aquí -le aseguró él.

Eso lo dudaba mucho.

– Pero sólo porque no tengo ningún otro plan para esta mañana -le informó ella.

– Entendido.

Olivia lo fulminó con la mirada. Resultaba desconcertante no saber cuándo Harry hablaba en tono sarcástico.

– ¡Esto es totalmente inadmisible! -musitó ella, pero fiel a su palabra Harry ya se había vuelto a sentar frente al escritorio y estaba leyendo detenidamente los papeles que se había traído consigo. ¿Serían los mismos documentos en los que había trabajado con tanta diligencia cuando ella lo espiaba?

Olivia se acercó a él despacio y cogió un libro de una mesa. Necesitaba tener algo en las manos, algo en lo que escudarse si él reparaba en la atención con que ella lo observaba.

– Veo que ha decidido leer La señorita Butterworth -comentó Harry sin levantar la vista hacia ella.

Olivia se quedó boquiabierta. ¿Cómo sabía Harry que había cogido un libro? ¿Cómo sabía siquiera que lo estaba observando? No había apartado los ojos de los papeles de la mesa.

¿Y en serio había cogido La señorita Butterworth? Indignada, Olivia descendió la mirada hacia el libro que tenía en las manos. Desde luego, podría haber cogido cualquier otro objeto al azar que no fuera ése.

– Estoy intentando abrir más la mente -dijo ella, arrellanándose en el primer asiento con el que topó.

– Una noble causa -repuso él sin alzar la vista.

Olivia abrió el libro y se concentró en él, pasando con fuerza las páginas hasta que dio con el punto en que se habían quedado dos días atrás.

– Palomas… palomas… -murmuró.

– ¿Qué?

– Nada, busco lo de las palomas -dijo ella con dulzura.

Harry meneó la cabeza y a ella le pareció verlo sonreír, pero seguía sin levantar la vista.

Olivia suspiró con fuerza, luego lo miró de reojo.

Harry ni se inmutó.

Entonces ella se autoconvenció de que la intención inicial del suspiro no había sido intentar atraer su atención. Había suspirado porque necesitaba sacar el aire, y si lo había hecho con fuerza, en fin, solía hacerlo así. Y como había hecho ruido, le había parecido lógico desviar la vista hacia él…

Volvió a suspirar. No deliberadamente, por supuesto.

Él siguió trabajando.

Posible contenido de los papeles de sir Harry,

por Olivia Bevelstoke.

Continuación de La señorita Butterworth

(¿acaso no sería una maravilla que él resultara ser el autor?).

Continuación no autorizada de La señorita Butterworth,

porque es sumamente improbable que él escribiera el original,

por magnífico que eso fuese.

Un diario secreto… ¡con todos sus secretos!

Algo totalmente distinto.

El pedido de un sombrero nuevo.

Olivia soltó una risita.

– ¿Qué es lo que encuentra tan divertido? -inquirió Harry, alzando por fin la mirada.

– Me es totalmente imposible explicárselo -contestó ella, procurando que no se le escapara la risa.

– ¿Se está riendo de mí?

– Sólo un poco.

Él enarcó una ceja.

– Vale, está bien, me estoy riendo a su costa, pero lo tiene merecido. -Olivia le sonrió esperando que él hiciese algún comentario, pero no hizo ninguno.

Lo cual fue decepcionante.

Retomó la lectura de La señorita Butterworth, pero aunque la pobre chica acababa de partirse ambas piernas en un terrible accidente en carruaje, la novela no era nada emocionante.

Olivia empezó a tamborilear sobre una de las páginas abiertas con los dedos. El ruido aumentó más… y más… hasta que pareció reverberar por toda la sala.

Al menos eso le pareció a ella, porque Harry ni se inmutó.

Entonces exhaló con fuerza y se concentró de nuevo en la señorita Butterworth y sus piernas rotas.

Volvió la página.

Y leyó. Y pasó otra. Y leyó. Y volvió la siguiente y…

– Ya va por el capítulo cuatro.

Olivia dio un respingo en el asiento sobresaltada por el sonido de la voz de Harry tan cerca de su oreja. ¿Cómo era posible que se hubiese levantado sin darse ella cuenta?

– Tiene que ser bueno el libro -declaró.

Ella se encogió de hombros.

– No está mal.

– ¿Se ha recuperado la señorita Butterworth de la viruela?

– ¡Oh! Han pasado siglos desde eso. Recientemente se ha roto las dos piernas, le ha picado una avispa y por poco la venden como esclava.

– ¿Todo eso en cuatro capítulos?

– Más bien tres -le dijo ella, señalando la cabecera visible en la página abierta-. Acabo de empezar el cuarto.

– Ya he acabado lo que tenía que hacer -anunció él bordeando el escritorio hasta plantarse frente al sofá.

¡Vaya! Ahora, por fin, podía preguntárselo.

– ¿Qué estaba haciendo?

– Nada especialmente interesante. Un informe sobre la contabilidad de la producción de cereales en mi finca de Hampshire.

Al lado de lo que se había imaginado Olivia, esto fue un tanto decepcionante.

Harry tomó asiento en el otro extremo del sofá y cruzó un tobillo sobre la rodilla contraria. Era una postura muy informal, que reflejaba comodidad y familiaridad, y algo más… algo que hizo que Olivia se sintiera a gusto, pero que la aturdía. Procuró pensar en otro hombre que pudiera sentarse junto a ella en tan relajada postura. Ninguno. Únicamente sus hermanos.

Y desde luego sir Harry Valentine no era su hermano.

– ¿En qué piensa? -preguntó él con picardía.

Ella seguramente puso cara de sorpresa, porque Harry añadió:

– Se ha sonrojado.

Olivia enderezó los hombros.

– No me he sonrojado.

– ¡Claro que no! -exclamó él sin titubeos-. Es que hace mucho calor aquí dentro.

No era verdad.

– Pensaba en mis hermanos -comentó ella. En parte era cierto y eso debería poner fin a las imaginaciones de Harry acerca de su supuesto rubor.

– Me cae bastante bien su hermano gemelo -dijo Harry.

– ¿Winston? -¡Cielos! Podría haberle dicho que le gustaba colgarse de los árboles con los monos o comerse sus cagarrutas.

– Cualquiera que sea capaz de exasperarla no puede sino merecer mi admiración.

Ella lo miró ceñuda.

– ¿Y me tengo que creer que era usted cariñoso e inofensivo con su hermana?

– En absoluto -repuso él sin vergüenza alguna-. Fui muy cruel. Pero… -Harry se inclinó hacia delante, su mirada era pura malicia-… siempre lo hice con discreción.

– ¡Venga, por favor! -Olivia tenía suficiente experiencia con sus hermanos varones como para saber que Harry no tenía ni idea de lo que hablaba-. Si lo que intenta es decirme que su hermana no estaba al tanto de sus trastadas…

– ¡Oh, sí, ella seguro que estaba enterada! Pero mi abuela no -susurró Harry.

– ¿Su abuela?

– Vino a vivir con nosotros cuando yo era pequeño. Sin duda, estaba más unido a ella que a mis padres.

Olivia se sorprendió a sí misma asintiendo con la cabeza, aunque no sabía muy bien por qué.

– Debía de ser adorable.

Harry soltó una carcajada.

– Mi abuela era muchas cosas, pero adorable, no.

Olivia no pudo evitar sonreír al preguntar:

– ¿A qué se refiere?

– A que era muy… -Agitó una mano en el aire mientras elegía las palabras-. Estricta. Y debería decir que de férreas convicciones.

Olivia pensó unos segundos en eso, luego dijo:

– Me gustan las mujeres de convicciones férreas.

– Me lo puedo imaginar.

Ella notó que sonreía e inclinó el tronco hacia delante con una sensación de afinidad maravillosa, casi eufórica.

– ¿Le habría caído bien yo?

Al parecer, la pregunta cogió desprevenido a Harry, que estuvo unos instantes con la boca abierta antes de decir, por fin, casi divertido por la pregunta:

– No. No, no creo que le hubiese caído bien.

Olivia notó que era ella la que se quedaba boquiabierta por la sorpresa.

– ¿Hubiese preferido que le mintiera?

– No, pero…

Él rechazó su protesta con un gesto de la mano.

– Mi abuela tenía muy poca paciencia con todo el mundo. Despidió a seis de mis profesores particulares.

– ¿Seis?

Harry asintió.

– ¡Dios mío! -Olivia estaba asombrada-. Pues a mí me habría caído bien -musitó-. Yo sólo conseguí zafarme de cinco institutrices.

En el rostro de Harry se dibujó lentamente una sonrisa.

– ¿Por qué será que no me sorprende?

Ella lo miró con el ceño fruncido; o eso intentó, porque probablemente le salió algo más parecido a una sonrisa.

– ¿Cómo es posible -replicó Olivia- que no me haya hablado de su abuela?

– No me lo ha preguntado.

¿Qué se creía Harry, que ella iba por ahí preguntándole a la gente por sus abuelos? Pero entonces se paró a pensar… ¿qué sabía de él en realidad?

Muy poco. La verdad es que muy poca cosa.

Y era curioso, porque conocía a Harry. Estaba convencida de que lo conocía. Y entonces comprendió que conocía al hombre, pero no las circunstancias que lo habían hecho ser como era.

– ¿Cómo eran sus padres? -preguntó ella de pronto.

Él la miró un tanto sorprendido.

– Es cierto, no le he preguntado si tuvo usted abuela -dijo ella a modo de explicación-. ¡Debería darme vergüenza no haber pensado en ello!

– Muy bien. -Pero Harry no contestó en el acto. Se le movieron los músculos de la cara, no lo bastante para desvelar lo que pensaba, pero más que suficiente para darle a entender a Olivia que estaba pensando y que no acababa de saber muy bien cómo responder. Y entonces dijo-: Mi padre era un borracho.

El libro de La señorita Butterworth, que Olivia ni siquiera había sido consciente de estar todavía sujetando, se le escurrió de los dedos y cayó sobre su regazo.

– Era un borracho bastante afable, pero curiosamente eso no parece mejorar mucho el asunto. -El rostro de Harry no revelaba emoción alguna. Incluso sonreía, como si todo fuese una broma.

Era más fácil así.

– Lo siento -le dijo ella.

Harry se encogió de hombros.

– No sabía controlarse.

– Es que es muy difícil -dijo Olivia en voz baja.

Harry se giró, bruscamente, porque hubo un no sé qué en su voz, cierta humildad, quizás hasta cierta… comprensión.

Pero no podía ser. Imposible viniendo de Olivia. Tenía una familia unida y feliz, un hermano que se había casado con su mejor amiga y unos padres que se preocupaban sinceramente de ella.

– Mi hermano -dijo ella-. El que se casó con mi amiga Miranda, no creo habérselo contado, pero estuvo casado con anterioridad. Su primera esposa era aborrecible. Y luego falleció. Y entonces… no sé, creímos que a él le alegraría librarse de ella, pero se le veía cada vez más hundido. -Hubo un silencio y a continuación dijo-: Bebió muchísimo.

«No es lo mismo», quiso decir Harry, porque a ella no le había pasado con su padre, con la persona que se supone que tiene que amarte y protegerte, y hacer que tu mundo sea un lugar justo y estable. No era lo mismo porque seguro que Olivia no había limpiado las vomitonas de su hermano 127 veces. Ni había tenido una madre que nunca parecía tener nada que decir, y no… No era lo mismo, maldita sea. No era…

– No es lo mismo -dijo Olivia en voz baja-. De ninguna manera.

Y con esas palabras, con esas dos breves frases, todo su mundo interior, todos esos sentimientos que habían estado atormentándolo se apaciguaron. Encontraron la paz.

Ella le dedicó una tímida sonrisa. Un conato de sonrisa, pero auténtico.

– Aunque creo que puedo hacerme una idea. Mínimamente, quizá.

Por alguna razón, él miró hacia abajo, hacia las manos de Olivia, que descansaban sobre el libro que tenía en el regazo, y a continuación hacia el sofá, de funda a rayas de color verde claro. No es que Olivia y él estuvieran sentados justo el uno al lado del otro; entre ellos aún hubiese cabido tranquilamente otra persona. Pero estaban en el mismo sofá, y si él alargaba la mano y ella alargaba la suya…

Harry contuvo el aliento.

Porque ella acababa de alargar la mano.

Capítulo 16

Harry no pensó en lo que hizo. Le habría sido imposible pensarlo, porque de ser así, jamás lo habría hecho. Pero cuando ella alargó la mano…

Él la agarró.

Sólo en ese momento se dio cuenta de lo que había hecho, y quizá sólo en ese momento ella también se dio cuenta de lo que había iniciado, pero para entonces ya era demasiado tarde.

Harry se acercó los dedos de Olivia a los labios y los besó uno a uno, justo en la base junto a los nudillos, donde ella llevaría un anillo. Donde en la actualidad no llevaba ninguno. Donde, en un ataque de imaginación que ponía los pelos de punta, la vio llevando un anillo que él le regalase.

Eso debería haber servido de aviso. Debería haberle provocado el miedo suficiente para hacer que le soltara la mano y huyese despavorido de la sala, de la casa y de su compañía para siempre.

Pero no le amedrentó. Harry no apartó la mano de Olivia de sus labios, incapaz de despegarse del tacto de su piel.

Olivia era afectuosa y dulce.

Temblaba.

Al fin, él la miró a los ojos. Los tenía muy abiertos, miraban a Harry con inquietud… y confianza… y… ¿deseo tal vez? No podía estar seguro, porque sabía que ella no podía estarlo. No conocía el deseo, no entendería la dulce tortura que suponía, lo que era desear físicamente a otro ser humano.

Él sí lo conocía, y cayó en la cuenta de que lo había sentido casi constantemente desde que la conoció. Se había producido ese primer momento de atracción química, era cierto, pero eso no era trascendental. En aquel entonces no la conocía, ni siquiera le caía bien.

Pero ahora… era distinto. No era solamente su belleza lo que él deseaba, ni la curva de su pecho o el sabor de su piel. La deseaba a ella. A todo su ser. Deseaba lo que fuese que la impulsaba a leer periódicos en lugar de novelas, y deseaba ese ligero espíritu transgresor que le hacía abrir una ventana y leerle a Harry noveluchas de un edificio a otro.

Deseaba su afilado ingenio, la expresión triunfal de su rostro cuando le arponeaba con una respuesta especialmente acertada. Y deseaba su cara de absoluto desconcierto cuando él se apuntaba un tanto.

Deseaba la pasión que escondía su mirada y deseaba el sabor de sus labios, y sí, deseaba tenerla bajo su cuerpo, encima de éste, rodeándolo… en todas las posturas posibles, de todas y cada una de las formas.

Se tenía que casar con ella; así de sencillo.

– ¿Harry? -susurró Olivia, y la mirada de éste se posó en sus labios.

– Voy a besarla -le dijo él en voz baja, sin pensar, sin siquiera contemplar la posibilidad de que pudiera ser algo que debiera preguntarle.

Se inclinó hacia delante y, en ese último segundo antes de que sus labios tocaran los de Olivia, se redimió. Sintió que volvía a nacer.

Entonces la besó, el primer contacto fue dolorosamente ligero, no pasó de un roce de sus labios contra los de ella; pero saltaron chispas. Fue impresionante en el sentido más amplio de la palabra. Harry echó el cuerpo hacia atrás, únicamente lo suficiente para ver la expresión de Olivia. Ésta lo miraba fijamente con asombro, sus ojos azul aciano engulléndolo.

Olivia susurró su nombre.

Y él perdió el control. La estrechó de nuevo contra su cuerpo, esta vez con la pasión corriendo por sus venas. La besó con avidez, perdiendo todo comedimiento, y antes de darse cuenta tenía las manos en el pelo de Olivia, del que empezaron a caer las horquillas, y lo único en lo que podía pensar era que quería volver a verla con el pelo suelto.

Con el pelo suelto cubriendo su piel. Y sin nada más.

El cuerpo de Harry, ya en tensión por el deseo, se puso increíblemente duro, y en un condenado arrebato de cordura comprendió que si no la apartaba de sí de inmediato, le desgarraría la ropa que llevaba puesta y la poseería allí mismo, en el salón de sus padres.

Con la puerta abierta.

¡Santo Dios!

Le puso las manos en los hombros, no tanto para empujarla a ella hacia atrás como para apartarse él.

Durante unos instantes no pudieron hacer otra cosa más que mirarse fijamente el uno al otro. A ella se le estaba deshaciendo el recogido y estaba divina y maravillosamente despeinada. Olivia se llevó una mano a la boca, sus dedos índice, corazón y anular tocando sus labios con asombro.

– Me ha besado -susurró ella.

Él asintió.

Los labios de Olivia esbozaron una sonrisa.

– Creo que le he devuelto el beso.

Harry asintió de nuevo.

– Así es.

Parecía que ella iba a decir algo más, pero entonces se giró hacia la puerta. Y desplazó la mano, que tenía aún cerca del rostro, hasta su pelo.

– Supongo que querrá rehacerse eso -dijo él, sus propios labios dibujando una temblorosa sonrisa.

Olivia asintió. Y de nuevo dio la impresión de que iba a hablar, pero no lo hizo. Reunió todo su pelo en la nuca formando con la mano una cola de caballo y entonces se levantó.

– ¿Estará aquí cuando vuelva? -le preguntó a Harry.

– ¿Quiere que esté?

Ella asintió.

– Entonces, aquí estaré -dijo él, aunque habría contestado lo mismo de haber dicho ella que no.

Olivia volvió a asentir y se apresuró hacia la puerta. Sin embargo, antes de marcharse, se giró por última vez y miró hacia Harry.

– Yo… -balbució, pero se limitó a sacudir la cabeza.

– ¿Usted, qué? -inquirió él, incapaz de ocultar la tierna alegría de su voz.

Ella se encogió de hombros con impotencia.

– No lo sé.

Harry se echó a reír. Y ella se rio. Y mientras escuchaba el sonido cada vez más lejano de los pasos de Olivia, decidió que era un momento perfecto.

En todos los sentidos posibles.

Harry estaba sentado aún en el sofá cuando minutos más tarde el mayordomo entró en el salón.

– El príncipe Alexei Gomarovsky solicita ver a lady Olivia -anunció. Hizo un alto y se asomó para echar un vistazo a la sala-. ¿Lady Olivia?

Harry empezó a decirle que volvería enseguida, pero el príncipe ya había entrado en la habitación con paso airado.

– Seguro que me recibirá -le estaba diciendo al mayordomo.

«Pero me ha besado a mí», quiso cacarear Harry. Era una sensación absolutamente maravillosa la suya. Había ganado; y el príncipe había perdido. Y si bien un caballero no debía presumir de sus conquistas, Harry estaba convencido de que para cuando Alexei saliera de casa de los Rudland, sabría quién se había ganado el favor de Olivia.

Entonces se sintió un poco culpable por lo mucho que ansiaba eso.

Nunca había dicho que no fuera un hombre competitivo.

– Usted… -dijo el príncipe Alexei. De hecho, sonó un poco acusatorio.

Harry sonrió con desgana al tiempo que se levantaba para saludarle.

– Yo.

– ¿Qué está haciendo aquí?

– He venido a ver a lady Olivia, naturalmente. ¿Qué hace usted aquí?

El príncipe decidió responder a eso con una mueca de desdén.

– ¡Vladimir! -bramó.

Vlad el Empalador (como había empezado a llamarlo Harry) entró en la sala aporreando el suelo con los pies y le dedicó a Harry una hosca mirada antes de volverse hacia su señor, que estaba preguntándole (en ruso, por supuesto) qué había averiguado hasta el momento sobre Harry.

– Poka nitchevo. (Aún nada).

Por lo que Harry estuvo enormemente agradecido. No era vox populi que hablaba ruso, pero tampoco era un secreto. No haría falta indagar mucho para descubrir que su abuela descendía de una familia rusa de abolengo.

Lo que no necesariamente implicaba que él hubiese aprendido el idioma, pero el príncipe tendría que ser idiota para no hacerse esa pregunta. Y si bien Alexei era un grosero y un lujurioso, y muy probablemente no tuviese virtud social alguna a su favor, no era idiota, al margen de lo Harry pudiese haber dicho de él hasta el momento.

– ¿Ha tenido Vuestra Alteza una mañana agradable? -le preguntó Harry con su voz más amable.

El príncipe Alexei le clavó una mirada con la clara intención de que ésa fuera toda su respuesta.

– Mi mañana está siendo estupenda -continuó Harry volviéndose a sentar.

– ¿Dónde está lady Olivia?

– Creo que ha subido arriba. Tenía algo que… mmm… hacer. -Harry hizo un pequeño movimiento junto a su pelo, que decidió dejar que el príncipe interpretase como quisiera.

– La esperaré -dijo Alexei en su tono entrecortado habitual.

– ¡Claro! -repuso Harry afablemente mientras señalaba el sillón de enfrente. Esto le valió otra mirada iracunda, seguramente merecida, ya que no le correspondía a él hacer de anfitrión.

Aun así la situación era divertidísima.

Alexei se dio un ligero golpe en el faldón de la levita y tomó asiento, sus labios sellados en una firme y tensa línea. Miró al frente con la clara intención de ignorar a Harry por completo.

Lo cual no habría supuesto ningún problema para Harry, puesto que no tenía especiales ganas de interactuar con el príncipe en cuestión, sólo que se sentía un poco superior a éste, ya que era a él a quien Olivia había decidido besar y no a Su Alteza, a pesar de que Harry no pertenecía a la realeza, ni a la aristocracia, ni a todo eso que el príncipe Alexei tanto valoraba.

Y esto mezclado con las actuales instrucciones de Harry procedentes del Departamento de Guerra, de las que podía inferirse que debía hacer lo posible para ser la peor pesadilla del príncipe ruso, en fin…

Nada más lejos de su intención que rehuir sus deberes patrióticos.

Harry se incorporó lo justo para alcanzar a coger La señorita Butterworth de la mesa y a continuación se volvió a sentar canturreando mientras daba con la página en la que Olivia y él se habían quedado dos días antes, cuando la pobre Priscilla perdía a su familia a causa de la viruela.

– Hmm hmm hmmm hmmmmmm hm hm…

Alexei le lanzó una brusca mirada de fastidio.

– Estoy cantando Dios salve al Rey -le dijo Harry-. Por si se lo estaba preguntando.

– No me lo estaba preguntando.

– Dios salve a nuestro gracioso Rey, larga vida a nuestro noble Rey. ¡Dios salve al Rey!

El príncipe movió los labios, pero entre dientes dijo:

– Conozco la melodía.

Harry dejó que el volumen de su voz aumentara ligeramente:

– Que le haga victorioso, feliz y glorioso. Que tenga un largo reinado sobre nosotros: ¡Dios salve al Rey!

– Acabe con su canto infernal.

– Sólo estaba siendo patriótico -dijo Harry, volviendo a la carga-: ¡Oh, Señor, nuestro Dios, dispersa a sus enemigos y hazlos caer!

– Si estuviésemos en Rusia, habría ordenado que lo arrestaran.

– ¿Por cantar el himno de mi propio país? -musitó Harry.

– No necesitaría razón alguna aparte de mi propia complacencia.

Harry pensó en ello, se encogió de hombros y prosiguió:

– Confunde sus políticas, frustra sus viles tretas, en ti depositamos nuestras esperanzas, ¡que Dios nos salve a todos!

Hizo una pausa porque decidió que el último verso no era necesario. Prefería terminar con las «viles tretas».

– Somos un pueblo sumamente justo -le dijo al príncipe-. Lo digo por si se ha sentido aludido por el «todos».

Alexei no respondió, pero Harry reparó en que tenía las dos manos cerradas en un puño.

Harry devolvió la atención a La señorita Butterworth tras decidir que esta parte del espionaje no le disgustaba. No se había divertido tanto fastidiando a alguien desde…

Nunca.

Al pensar eso se sonrió. Ni siquiera atormentando a su hermana había disfrutado tanto. Y Sebastian nunca se tomaba nada en serio, prácticamente era imposible hacerle enfadar.

Harry canturreó los primeros compases de La Marsellesa, únicamente para observar la reacción del príncipe (su cara se encendió por la ira), y luego se puso a leer. Fue pasando páginas porque de pronto consideró que no tenía ningún interés en los años de formación de Priscilla Butterworth, y por fin se decidió por la página 144, en la que por lo visto se hablaba de locura y desfiguración, y había insultos y lágrimas; todos los requisitos de una novela extraordinaria.

– ¿Qué lee? -preguntó el príncipe Alexei.

Harry alzó la vista distraídamente.

– ¿Cómo dice?

– ¿Qué lee? -le espetó el príncipe.

Harry desvió los ojos hacia el libro y luego los levantó de nuevo hacia Alexei.

– Me ha parecido intuir que no deseaba usted hablar conmigo.

– Cierto, pero siento curiosidad. ¿Qué libro es?

Harry sostuvo el libro en el aire para que el príncipe pudiese ver la cubierta.

– La señorita Butterworth y el barón demente.

– ¿Eso es lo que lee todo el mundo en Inglaterra? -se mofó el príncipe.

Harry pensó en ello.

– No lo sé. Lady Olivia lo está leyendo. Y creo que yo también lo haré.

– ¿No es éste el libro que ella dijo que no le gustaría?

– Sí, creo que sí -musitó Harry-. Y no la culpo.

– Léame un poco.

Primer tanto para el príncipe. Harry estaba casi tan sorprendido como si el príncipe se hubiese acercado hasta él y le hubiera besado en los labios.

– No creo que le guste -dijo Harry.

– ¿Le gusta a usted?

– No mucho -contestó él sacudiendo la cabeza. No era exactamente cierto, porque le encantaba escuchar a Olivia cuando le leía en voz alta o leerle en voz alta a ella. Pero por alguna razón dudaba que las palabras tuviesen la misma magia compartidas con el príncipe Alexei Gomarovsky de Rusia.

El príncipe levantó el mentón e inclinó muy ligeramente la cabeza. Fue como si estuviese posando para un retrato, observó Harry. Ese hombre se pasaba la vida actuando como si posara para un retrato.

Si no fuera tan imbécil, se habría compadecido de él.

– Si lady Olivia lo está leyendo -dijo el príncipe-, yo también quiero leerlo.

Harry hizo una pausa para asimilar eso. Supuso que por el bien de las relaciones anglo-rusas podía renunciar a La señorita Butterworth. Cerró el libro y se lo ofreció.

– No. Léamelo usted.

Harry decidió obedecer. Era una petición tan estrafalaria que no se atrevió a decir que no. Además, Vladimir había dado dos pasos hacia él y empezaba a gruñir.

– Como Su Alteza desee -dijo Harry, arrellanándose una vez más con el libro-. Me imagino que le gustaría empezar por el principio.

Alexei contestó con un simple y regio asentimiento de cabeza.

Harry volvió al principio.

– Era una noche oscura y ventosa, y la señorita Priscilla Butterworth estaba convencida de que de un momento a otro empezaría a llover, y caería del cielo una incesante cortina de agua que mojaría cuanto había dentro de su ámbito. -Alzó la vista-. Por cierto que la palabra «ámbito» no se ha empleado correctamente.

– ¿Qué es esa «cortina»?

Harry repasó el texto.

– Mmm… no es más que una forma de hablar. Parecida a la de «llover a cántaros».

– Eso sí que me parece una estupidez.

Harry se encogió de hombros. Nunca le había gustado mucho su idioma.

– ¿Continúo?

De nuevo un asentimiento de cabeza.

– Naturalmente, dentro de su diminuta habitación estaba guarecida de las inclemencias del tiempo, pero los marcos de las ventanas…

– El señor Sebastian Grey -anunció la voz del mayordomo.

Con cierta sorpresa, Harry levantó la mirada del libro.

– ¿Ha venido a ver a lady Olivia? -inquirió.

– Ha venido a verlo a usted -le informó el mayordomo, que parecía ligeramente desconcertado con todo el asunto.

– ¡Ah…, vale! En ese caso hágalo pasar.

Sebastian entró instantes después y ya iba por la mitad de la frase:

– … me ha dicho que te encontraría aquí. Debo decir que me ha venido muy bien. -Frenó en seco y parpadeó unas cuantas veces mirando atónito al príncipe-. Alteza -saludó con una reverencia.

– Es mi primo -dijo Harry.

– Lo recuerdo -repuso Alexei con mucha frialdad-. Es un poco torpe con el champán.

– ¡Qué vergüenza me dio! -dijo Sebastian, sentándose en un sillón-. Verá, soy un verdadero zopenco. La semana pasada sin ir más lejos manché de vino al Ministro de Hacienda.

Harry estaba bastante seguro de que Sebastian no había tenido nunca ocasión de estar con el Ministro de Hacienda en una misma sala, y mucho menos lo suficientemente cerca como para echarle vino en las botas.

Pero esto se lo guardó para sí.

– ¿Qué harán sus excelsas señorías esta tarde? -preguntó Sebastian.

– ¿Ya es por la tarde? -inquirió Harry.

– Casi.

– Sir Harry me está leyendo en voz alta -dijo el príncipe, y Sebastian miró a Harry con declarado interés.

– Dice la verdad -confirmó Harry mientras levantaba el libro de La señorita Butterworth.

– La señorita Butterworth y el barón demente -leyó Sebastian con aprobación-. Magnífica elección.

– ¿Lo ha leído? -preguntó Alexei.

– No es tan bueno como La señorita Davenport y el enigmático marqués, por supuesto, pero es infinitamente mejor que La señorita Sainsbury y el coronel misterioso.

Harry se quedó sin habla.

– En este momento estoy leyendo La señorita Truesdale y el caballero mudo.

– ¿Mudo? -repitió Harry.

– Es que hay una falta de diálogo considerable -confirmó Sebastian.

– ¿A qué ha venido? -le preguntó el príncipe sin rodeos.

Sebastian se volvió a él con expresión risueña, como si no percibiera que el príncipe sentía hacia él una aversión realmente palpable.

– Necesito hablar con mi primo, naturalmente. -Se arrellanó en su asiento y cualquiera hubiera dicho que pretendía pasarse allí el día entero-. Pero puedo esperar.

Harry no tenía una respuesta preparada para eso. Al parecer, el príncipe tampoco.

– Sigue -le instó Sebastian.

Harry no tenía ni idea de lo que hablaba.

– Leyendo. Creo que estaría bien escucharte. Hace siglos que no lo leo.

– ¿Te vas a quedar aquí sentado mientras te leo en voz alta? -preguntó Harry con recelo.

– A mí y al príncipe Alexei -le recordó Sebastian, y cerró los ojos-. No te preocupes por mí. Así visualizo mejor la escena.

Harry había creído que nada podría hacerle sentir cierta complicidad con el príncipe, pero cuando intercambiaron miradas quedó claro que ambos pensaban que Sebastian estaba loco.

Harry se aclaró la garganta, retrocedió al principio de la frase y leyó:

– Naturalmente, dentro de su diminuta habitación estaba guarecida de las inclemencias del tiempo, pero los marcos de las ventanas vibraban con tal estruendo que esa noche le sería imposible conciliar el sueño.

Harry levantó la vista. El príncipe escuchaba con atención pese a la expresión aburrida de su cara. Sebastian estaba absolutamente embelesado.

O eso o se había quedado dormido.

– Acurrucada en su estrecha y fría cama, no pudo evitar recordar todos los acontecimientos que la habían conducido a este desolador momento, en esta desoladora noche. Pero no es aquí, queridos lectores, donde empieza nuestra historia.

Los ojos de Sebastian se abrieron de golpe.

– ¿Aún vas por la primera página?

Harry arqueó una ceja.

– ¿Acaso esperabas que Su Alteza y yo hubiéramos estado reuniéndonos cada tarde para llevar a cabo sesiones secretas de lectura?

– Dame el libro -le dijo Sebastian mientras alargaba el brazo y le arrancaba a Harry la novela de las manos-. Declamas fatal.

Harry se dirigió al príncipe:

– Es que tengo poca práctica.

– Era una noche oscura y ventosa -empezó a leer Sebastian, y Harry tuvo que reconocer que su tono era muy teatral. Hasta Vladimir había inclinado el cuerpo hacia delante para escuchar, y eso que no hablaba inglés-, y la señorita Priscilla Butterworth estaba convencida de que de un momento a otro empezaría a llover, y caería del cielo una incesante cortina de agua que mojaría cuanto había dentro de su ámbito.

¡Santo Dios! Parecía casi un sermón. Estaba claro que Sebastian se había equivocado de profesión.

– La palabra «ámbito» no se ha empleado correctamente -comentó el príncipe Alexei.

Sebastian levantó la mirada, en sus ojos había destellos de irritación.

– Por supuesto que sí.

Alexei señaló con un dedo a Harry.

– Él me ha dicho que no.

– Y así es -replicó Harry encogiéndose de hombros.

– ¿Qué tiene de incorrecta? -solicitó saber Sebastian.

– Da a entender que lo que la protagonista ve está bajo su poder o control.

– ¿Y cómo sabes que no lo está?

– No lo sé -confesó Harry-, pero no da la impresión de que controle gran cosa. -Alargó la mirada hacia el príncipe-. Su madre muere picoteada por unas palomas.

– Cosas que pasan -dijo Alexei asintiendo.

Alarmados, tanto Harry como Sebastian desviaron la vista hacia él.

– No es fortuito -aclaró Alexei.

– Quizá convenga que revise mi deseo de viajar a Rusia -dijo Sebastian.

– Justicia rápida -declaró Alexei-. Es la única manera.

Harry no se podía creer lo que iba a preguntar, pero tenía que decirlo.

– ¿Las palomas son rápidas?

Alexei encogió los hombros, muy posiblemente el gesto menos conciso y exacto que Harry le había visto hacer.

– La justicia es rápida. El castigo, no tanto.

La frase fue acogida en silencio y con miradas de perplejidad, luego Sebastian se giró hacia Harry y le dijo:

– ¿Cómo sabías lo de las palomas?

– Me lo ha dicho Olivia. Lleva leídas más páginas que yo.

Sebastian apretó los labios con desaprobación. Harry, por su parte, se sorprendió. Era singularmente extraño ver esa expresión en el rostro de su primo. No recordaba la última vez que Sebastian había estado en contra de algo.

– ¿Puedo continuar? -preguntó éste, su voz preñada de amabilidad.

El príncipe asintió y Harry musitó:

– Continúa, por favor. -Y todos se arrellanaron en sus asientos para escuchar.

Hasta Vladimir.

Capítulo 17

La segunda vez que Olivia se arregló el pelo tardó bastante más tiempo que la primera. Sally, aún molesta por haber tenido que dejar una trenza a mitad, echó un vistazo a sus cabellos y dijo con absoluta severidad:

– Se lo advertí.

Y aunque no era propio de Olivia sentarse sumisamente y tolerar semejante falta de respeto, sí se sentó con sumisión, puesto que no sabía cómo explicarle a Sally que la única razón por la que se le estaba deshaciendo el moño por momentos era que sir Harry Valentine había metido las manos en él.

– Ya está -declaró Sally, poniendo la última horquilla con una fuerza que ella consideró innecesaria-. Esto no se le caerá en toda la semana, si así lo desea.

A Olivia no le habría sorprendido que Sally le aplicase una capa de cola únicamente para mantener cada pelo en su sitio.

– No salga si llueve -le advirtió Sally.

Olivia se levantó y se dirigió hacia la puerta.

– No llueve.

– Podría hacerlo.

– Pero no… -Olivia no terminó la frase. ¡Cielos! ¿Qué hacía ahí de pie discutiendo con su doncella? Sir Harry estaba aún en el piso de abajo, esperándola.

Sólo pensar en él le hizo sentir mariposas en el estómago.

– ¿Por qué salta? -preguntó Sally recelosa.

Olivia se detuvo con la mano en el pomo de la puerta.

– No he saltado.

– Estaba usted haciendo… -Sally dio un pequeño y gracioso salto- esto.

– Estoy saliendo tranquilamente de la habitación -comentó Olivia. Salió al pasillo-. ¡Muy tranquilamente! Soy como el portador de un féretro… -Se giró para asegurarse de que Sally estaba lo bastante lejos como para no oírla, y salió disparada escaleras abajo.

Al llegar a la planta baja sí que optó por un paso tranquilo al estilo de los portadores de féretros, y tal vez por eso sus pisadas fueron tan silenciosas que llegó al salón sin que nadie se hubiese dado cuenta de que se acercaba.

Lo que vio…

Realmente no había palabras para describirlo.

Se quedó en el umbral de la puerta, pensando que éste sería un momento estupendo para elaborar una lista titulada Cosas que no espero ver en mi salón, pero no estaba segura de que se le fuera a ocurrir nada que superara lo que sí estaba viendo en su salón; a Sebastian Grey, de pie, encima de una mesa, leyendo (con gran emoción) La señorita Butterworth y el barón demente.

Y, por si eso no fuera suficiente (y la verdad es que debería haber bastado, porque ¿qué hacía igualmente Sebastian Grey en casa de los Rudland?), Harry y el príncipe estaban sentados uno al lado del otro en el sofá, y ninguno parecía haber sufrido daños físicos a manos del otro.

Fue entonces cuando Olivia reparó en las tres criadas, que, sentadas en un sofá de un rincón, miraban a Sebastian absolutamente embobadas.

Puede que una de ellas hasta tuviera los ojos llorosos.

Y estaba Huntley, de pie en un lateral, boquiabierto y claramente embargado por la emoción.

– ¡Abuela! ¡Abuela! -decía Sebastian en un tono de voz más agudo de lo habitual-. No te vayas. Te lo suplico. Por favor, por favor, no me dejes aquí sola.

Una de las criadas empezó a llorar discretamente.

– Priscilla permaneció frente a la mansión durante varios minutos, una pequeña y solitaria figura que observó el carruaje alquilado por su abuela recorriendo a toda velocidad el sendero y desapareciendo de su vista. Había sido abandonada en la puerta de Fitzgerald Place, desechada como ese paquete que uno ya no quiere.

Otra de las criadas empezó a gimotear. Estaban todas cogidas de la mano.

– Y nadie -la voz de Sebastian adoptó un registro entrecortado y dramático- sabía que estaba allí. Su abuela ni siquiera había llamado a la puerta para alertar a sus primos de su llegada.

Huntley sacudía la cabeza, sus ojos muy abiertos por el susto y la pena. Era la emoción más grande que Olivia había visto exteriorizar nunca al mayordomo.

Sebastian cerró los ojos y se llevó una mano al pecho.

– No tenía más que ocho años.

Cerró el libro.

Silencio. Silencio total. Olivia recorrió la sala con la mirada, cayendo en la cuenta de que nadie sabía que estaba ahí.

Y entonces…

– ¡Bravo! -Huntley fue el primero en mostrar su entusiasmo, aplaudiendo con gran fervor. Las criadas fueron las siguientes en unirse a él, gimoteando entre aplauso y aplauso. Hasta Harry y el príncipe aplaudieron, si bien la cara del primero reflejaba más diversión que cualquier otra cosa.

Sebastian abrió los ojos y fue el primero en ver a Olivia.

– Lady Olivia -dijo con una sonrisa-. ¿Cuánto tiempo lleva ahí de pie?

– Desde que Priscilla le suplicaba a su abuela que no se fuera.

– Era una mujer despiadada -dijo Huntley.

– Hizo lo que había que hacer -defendió el príncipe.

– Con el debido respeto, Vuestra Alteza…

Olivia se quedó boquiabierta. ¿Estaba su mayordomo discutiendo con la realeza?

– … si se hubiese esforzado un poco más…

– No habría podido dar de comer a la niña -interrumpió el príncipe-. Cualquier idiota entendería eso.

– Ha sido desgarrador -dijo una de las criadas.

– Yo he llorado -dijo otra.

La tercera asintió, al parecer incapaz de hablar.

– Es usted un magnífico orador -continuó la primera.

Sebastian les dedicó a las tres una sonrisa arrebatadora.

– Gracias a ustedes por escuchar -musitó.

Ellas suspiraron.

Olivia se frotó los ojos, intentando todavía entender la escena. Se volvió a Harry con mirada escrutadora. Seguro que él tenía una explicación.

– La verdad es que leída por Sebastian la novela mejora bastante -le dijo a Olivia.

– Tampoco era difícil mejorarlo -susurró ella.

– Debería traducirse al ruso -dijo el príncipe-. Sería un gran éxito.

– Creía que había dicho que tenían ustedes una literatura tradicionalmente profunda -comentó Olivia.

– Esto es muy profundo -replicó él-. Como una zanja.

– ¿Quieren que empiece el siguiente capítulo? -preguntó Sebastian.

– ¡Sí! -La respuesta fue sonora.

– ¡Sí, por favor! -suplicó una de las criadas.

Olivia aún seguía petrificada, sólo sus ojos miraban frenéticamente de un lado al otro. Por espléndida que fuese la actuación de Sebastian, no estaba segura de poder aguantar sentada escuchando un capítulo entero sin reírse. Con lo que no se ganaría la simpatía de… bueno… de nadie. Lo que desde luego no quería era caer en desgracia ante Huntley. Todo el mundo sabía que era él quien dirigía la casa.

Tal vez eso significara que podía escabullirse. Aún no había desayunado y tampoco había acabado de leer el periódico. Si Sebastian se ocupaba de entretener a todos los invitados (y también al personal de la casa, aunque Olivia estaba dispuesta a pasar eso por alto), podría escaparse al salón de desayunos y leer.

O quizás irse de tiendas. Necesitaba un sombrero nuevo.

Estaba meditando sobre sus opciones cuando de pronto habló Vladimir. En ruso, por supuesto.

– Dice que debería usted haber sido actor -le dijo Alexei a Sebastian.

Sebastian sonrió complacido e hizo una reverencia en dirección a Vladimir.

– Spasibo -dijo, dándole las gracias.

– ¿Habla usted ruso? -preguntó el príncipe, girándose bruscamente hacia Sebastian.

– Sé sólo cuatro cosas básicas -contestó al punto Sebastian-. Sé decir «gracias» en catorce idiomas. Y «por favor» sólo en doce, lamentablemente.

– ¿De veras? -preguntó Olivia, mucho más interesada en eso que en la declamación de La señorita Butterworth-. ¿En qué idiomas?

– También me sería útil saber cómo se dice «necesito una copa» -le comentó Sebastian al príncipe.

– Da -le dijo éste con aprobación-. En ruso se dice: «Ya nuzhdayus v napitkyeh».

– Spasibo -contestó Sebastian.

– No, en serio -dijo Olivia, aunque nadie le prestaba atención-. Quiero saber en qué idiomas.

– ¿Alguien sabe qué hora es? -preguntó Harry.

– Hay un reloj en la repisa de la chimenea -contestó Olivia sin mirarle-. Señor Grey -insistió.

– Un momento -le dijo él antes de dirigirse al príncipe-: Su criado ha despertado mi curiosidad -comentó-, porque no habla inglés, ¿verdad? ¿Cómo ha seguido la declamación?

El príncipe y Vladimir mantuvieron una breve conversación en ruso y entonces el primero se volvió hacia Sebastian y dijo:

– Me ha comentado que puede percibir la emoción de su voz.

Sebastian parecía encantado.

– Y que además sabe unas cuantas palabras -añadió el príncipe.

– Aun así… -murmuró Sebastian.

– Portugués -dijo Olivia mientras se preguntaba si alguien tenía la intención de hacerle un poco de caso esa tarde-. Seguramente aprendió algo de portugués en el ejército. ¿Cómo se dice «gracias» en portugués?

– Obrigado -intervino Harry.

Ella se giró hacia él un tanto sorprendida.

Harry se encogió ligeramente de hombros.

– Yo también aprendí un poco.

– Obrigado -repitió Olivia.

– Usted tiene que decir obrigada -dijo él-. No es muy probable que la confundan con un hombre.

No era el más halagador de los cumplidos, pero a pesar de eso decidió aceptarlo.

– ¿Cuál es la lengua más rara en la que sabe dar las gracias? -le preguntó Olivia a Sebastian.

Este pensó en ello unos instantes y luego dijo:

– Köszönöm.

Olivia lo miró con expectación.

– Es magyar -dijo él, y al ver su cara de perplejidad añadió-: Lo hablan en algunas zonas de Hungría.

– ¿Cómo sabe eso?

– No tengo ni idea -contestó Sebastian.

– Se lo enseñó una mujer -dijo el príncipe con picardía-. Por si no lo recuerda, se lo enseñó una mujer.

Olivia decidió que no valía la pena gastar energías en ofenderse por eso.

– Kiitos -dijo el príncipe Alexei, lanzándole a Sebastian una mirada de ésas de «a ver si me ganas» antes de añadir-: Es finlandés.

– Mi agradecimiento más sincero -repuso Sebastian-. Mi repertorio es ahora de quince idiomas.

Olivia pensó en decir merci, pero decidió que sólo haría el ridículo.

– ¿Qué idiomas habla usted? -le preguntó el príncipe a Harry.

– Sí, Harry -dijo Sebastian-. ¿Qué idiomas sabes?

Harry miró a su primo con frialdad y después respondió:

– Me temo que no tengo ningún talento especial.

A Olivia le dio la impresión de que entre los dos primos había fluido cierta clase de diálogo no hablado, pero no tuvo ocasión de darle más vueltas porque Sebastian se giró hacia el príncipe y le preguntó:

– ¿Cómo se dice «por favor» en finlandés?

– Ole hyvä.

– Magnífico. -Asintió una sola vez, aparentemente archivando esa información en algún rincón de su mente-. Uno nunca sabe cuándo se puede topar con una preciosidad finlandesa.

Olivia se preguntaba cómo podría recuperar el control de su salón cuando oyó que llamaban a la puerta principal. Huntley se retiró en el acto para ir a abrir.

Regresó instantes después con un joven al que ella no conocía. Aunque… de estatura un poco superior a la media, pelo castaño oscuro… Casi con toda seguridad sería…

– Es Edward Valentine -anunció Huntley arqueando las cejas-. Ha venido a ver a sir Harry Valentine.

– ¡Edward! -dijo al instante Harry, levantándose-. ¿Va todo bien?

– Sí, naturalmente que sí -contestó Edward mientras echaba un vistazo a la sala abochornado. Era evidente que no se había imaginado tanta concurrencia. Le entregó un sobre a Harry-. Ha llegado esto para ti. Me han dicho que era urgente.

Harry cogió el sobre y se lo introdujo en el bolsillo de la chaqueta, y a continuación presentó a su hermano a todos los asistentes, incluyendo las tres criadas, que seguían sentadas en el sofá formando una ordenada fila.

– ¿Qué hace Sebastian subido a una mesa? -inquirió Edward.

– Estoy entreteniendo a la tropa -contestó él mismo saludándole a lo militar.

– Sebastian nos estaba leyendo La señorita Butterworth y el barón demente -explicó Harry.

– ¡Ah…! -exclamó Edward, y se le iluminó la cara de entusiasmo por primera vez desde que había entrado en la sala-. Ya lo he leído.

– ¿Te gustó? -le preguntó Sebastian.

– Es brillante. Divertidísimo. El lenguaje es un poco caprichoso en algunos pasajes, pero la historia es fantástica.

Al parecer, a Sebastian eso le pareció muy interesante.

– ¿Fantástica por buena o f