/ Language: Spanish / Genre:prose_contemporary

Historia del cerco de Lisboa

José Saramago

Raimundo Silva, corrector de pruebas de una editorial, introduce en el texto que está revisando -un libro de historia titulado Historia del cerco de Lisboa- un error voluntario, una partícula pequeñísima, un «no»: los cruzados no ayudaron a los portugueses a conquistar Lisboa. Es un no que subvierte la Historia, que la niega como conjunto de hechos objetivos, al mismo tiempo que exalta el papel del escritor, demiurgo capaz de modificar lo que ha sido fijado y consagrado. El acto de insubordinación del corrector significa la rebelión contra lo que se define como verdad absoluta y no censurable. No es la Lisboa mora la que está cercada, sino la propia Historia. El no de Raimundo Silva genera una propuesta de reflexión y un texto nuevo porque, como ha escrito el propio Saramago, «todo puede ser contado de otra manera», o «todo lo que no sea vida es literatura». Historia del cerco de Lisboa es también una hermosa historia de amor entre Raimundo Silva y María Sara, personajes contemporáneos sitiados y sitiadores, que acaban derribando los muros que los separan en el proceso de humanización de la historia oficial. Es, en definitiva, una novela apasionante de un escritor que al novelar busca respuesta para las grandes cuestiones que atañen a los seres humanos. Y de la rebeldía de Saramago surgen obras maestras. Como esta Historia del cerco de Lisboa, definida por la crítica internacional como el más acabado ejemplo de posmodernismo literario.

José Saramago

Historia del cerco de Lisboa

Traducció de Basilio Losada

A Pilar

Mientras no alcances la verdad, no podrás

corregirla. Pero si no la corriges, no la

alcanzarás. Mientras tanto, no te resignes.

Del Libro de los Consejos

Dijo el corrector, Sí, el nombre de este signo es deleátur, se usa cuando necesitamos suprimir y borrar, la misma palabra lo dice, y tanto vale para letras sueltas como para palabras completas, Me recuerda una serpiente que se hubiera arrepentido en el momento de morderse la cola, Bien visto, sí señor, realmente, por muy agarrados que estemos a la vida, hasta una serpiente vacilaría ante la eternidad, Vuélvame a hacer el dibujo, pero lentamente, Es facilísimo, sólo hay que cogerle el tranquillo, uno que mirara distraído creería que la mano va a trazar el terrible círculo, pero no, repare en que no terminé el movimiento aquí donde lo había iniciado, pasé al lado, por dentro, y voy ahora a seguir hacia abajo hasta cortar la parte inferior de la curva, realmente, lo que parece es la letra Q mayúscula, nada más, Qué pena, un dibujo que prometía tanto, Contentémonos con la ilusión del parecido, aunque, en verdad le digo, y perdone que me exprese en estilo profético, donde siempre estuvo el interés de la vida es en las diferencias, Qué tiene que ver eso con la corrección tipográfica, Los autores viven en las alturas, no malgastan su precioso saber en displicencias e insignificancias, letras heridas, cambiadas, invertidas, que así clasificábamos sus defectos en la época de la composición manual, diferencia y defecto, entonces, era todo uno, Confieso que mis deleátures son menos rigurosos, un rasgo me basta, confío en la sagacidad de los tipógrafos, esa tribu colateral de la edípica y celebrada familia de los farmacéuticos, capaces incluso de descifrar lo que ni siquiera llegó a escribirse, Y que vengan luego los correctores a resolver los problemas, Sois nuestros ángeles guardianes, en vos nos confiamos, usted, por ejemplo, me recuerda a mi extremosa madre, que me hacía y rehacía la raya del pelo hasta que quedaba como trazada con tiralíneas, Gracias por la comparación, pero, si su señora madre ha muerto ya, más le valía que empezara ahora a perfeccionarse por su cuenta, que siempre llega el día en que hay que corregir más en el fondo, Corregir, corrijo yo, pero las peores dificultades las resuelvo de manera expedita, escribiendo una palabra encima de otra, Ya me he dado cuenta, No lo diga con ese tono, que dentro de lo que cabe, hago lo que puedo, y quien hace lo que puede, No está obligado a más, sí señor, sobre todo, como en su caso, cuando falta el gusto por la modificación, el placer del cambio, el sentido de la enmienda, Los autores enmiendan siempre, somos los eternos insatisfechos, No hay más remedio, que la perfección tiene morada exclusiva en el reino de los cielos, pero el enmendar de los autores es otro, problemático, muy diferente de este nuestro, Quiere usted decir a su modo que la secta revisora gusta de lo que hace, No me atrevo a ir tan lejos, depende de la vocación, y corrector de vocación es fenómeno desconocido, aun así, lo que parece demostrado es que, en lo más secreto de nuestras almas secretas, nosotros, los correctores, somos voluptuosos, Eso sí que jamás lo había oído, Cada día trae su alegría y su pena, y también su provechosa lección, Habla por experiencia propia, Se refiere a la lección, Me refiero a la voluptuosidad, Claro que hablo por experiencia propia, alguna habría de tener, qué se cree, pero también me he beneficiado de la observación de los comportamientos ajenos, que es ciencia moral no menos edificante, Ciertos autores del pasado, de juzgarlos por su criterio, serían gente de esa especie, correctores magníficos, estoy acordándome de las pruebas revisadas por Balzac, un deslumbre pirotécnico de correcciones y añadidos, Lo mismo hacía nuestro doméstico Eça de Queirós, para que no quede sin mención un ejemplo patrio, Se me ocurre ahora que tanto Eça como Balzac se sentirían los más felices de los hombres, en los tiempos de hoy día, ante un ordenador, interpolando, transponiendo, recorriendo líneas, cambiando capítulos, Y nosotros, lectores, nunca sabríamos por qué caminos anduvieron y dónde se perdieron antes de alcanzar la forma definitiva, si es que tal cosa existe, Bueno, bueno, lo que cuenta es el resultado, de nada sirve conocer los tanteos y vacilaciones de Camões y Dante, Es usted un hombre práctico, moderno, está viviendo ya en el siglo veintidós, A ver, dígame, los otros signos llevan también nombres latinos, como ese deleátur, Si los llevan, o los llevaron, no lo sé, no llega a tanto mi ciencia, quizá eran tan difíciles de pronunciar que se perdieron, En la noche de los tiempos, Perdóneme si le contradigo, pero yo no emplearía esa frase, Supongo que por ser un tópico, Ni hablar de eso, los tópicos, las frases hechas, las muletillas, las palabras de relleno, las sentencias de almanaque, los adagios y los proverbios, todo puede parecer novedad a condición de que sepan manejarse adecuadamente las palabras que están antes y después, Entonces por qué no diría usted noche de los tiempos, Porque los tiempos dejaron de ser noche de sí mismos cuando la gente empezó a escribir, o a corregir, repito, que es obra de otro refinamiento y otra transfiguración, Me gusta la frase, A mí también, principalmente porque es la primera vez que la digo, la segunda tendrá ya menos gracia, Se habrá convertido en un lugar común, O tópico, que es vocablo erudito, Creo percibir en sus palabras cierta amargura escéptica, Véalas más bien como un escepticismo amargo, Quien dice una cosa dice la otra, Pero no dirá lo mismo, los autores solían tener buen oído para estas diferencias, Quizá se me estén endureciendo los tímpanos, Perdone, fue sin intención, No soy susceptible, además, dígame por qué se siente tan amargado, o escéptico, como quiera, Piense usted en la vida cotidiana de los correctores, piense en la tragedia de tener que leer una vez, dos, tres, cuatro o cinco veces, libros que, Probablemente no merecerían ni una sola lectura, Que conste que no he sido yo quien ha proferido tan graves palabras, sé muy bien cuál es mi lugar en la sociedad de las letras, voluptuoso, sí, pero también respetuoso, No veo dónde está eso tan terrible que yo he dicho, a mí me parecería la conclusión obvia de su frase, de aquellos elocuentes puntos suspensivos, pese a no vérseles las reticencias, Si quiere saberlo, vaya a los autores, provóquelos con la media frase mía y la media suya, y verá cómo le responden con el aplaudido apólogo de Apeles al zapatero, cuando el operario indicó el error en la sandalia de una figura y, después, tras comprobar que el artista había enmendado el error, se aventuró a opinar sobre la anatomía de la rodilla, Fue entonces cuando Apeles, furioso con el impertinente, le dijo Zapatero a tus zapatos, frase histórica, A nadie le gusta que le vengan con lecciones, En ese caso tenía razón Apeles, pero la tentación del zapatero es la más común entre los humanos, en fin, sólo el corrector aprendió que su trabajo de corregir es el único que nunca se acabará en el mundo, Ha sentido muchas tentaciones de zapatero al corregir mi libro, La edad nos trae una buena cosa que es una cosa mala, nos calma, y las tentaciones, incluso las imperiosas, nos resultan menos urgentes, En otras palabras, ve el defecto en la sandalia, pero calla, No, pero el error de la rodilla lo dejo pasar, Le gusta el libro, Me gusta, sí, Lo dice con poquísimo entusiasmo, Tampoco lo he notado en su pregunta, Cuestión de táctica, el autor, por mucho que le cueste, ha de exhibir cierto aire de modestia, Modesto, siempre lo habrá de ser el corrector, y, si un día le dio por no serlo, con eso se obligó a ser, en figura humana, la suma perfección, No ha corregido la frase, tres veces la palabra ser, es imperdonable, reconózcalo, Deje la sandalia en paz, que el habla todo lo disculpa, Bueno, pero lo que no le perdono es la avaricia de la opinión, Le recuerdo que los correctores son gente sobria, han visto ya mucha literatura y vida, Mi libro, se lo recuerdo, es de historia, Así lo designarían sin duda, de acuerdo con la clasificación tradicional de los géneros, pero no siendo mi propósito apuntar otras contradicciones, en mi modesta opinión es literatura todo lo que no es vida, La historia también, La historia sobre todo, y no se ofenda, Y la pintura, y la música, La música anda resistiéndose desde que nació, unas veces va, otras viene, quiere librarse de la palabra, supongo que por envidia, pero vuelve siempre a la obediencia, Y la pintura, Bueno, la pintura no es más que literatura hecha con pinceles, Espero que no olvide que la humanidad empezó a pintar mucho antes de saber escribir, Conoce aquel refrán «si no tienes perro, caza con el gato», en otras palabras, quien no puede escribir, pinta, o dibuja, es lo que hacen los chiquillos, Lo que usted quiere decir, con otras palabras, es que la literatura ya existía antes de haber nacido, Sí señor, como el hombre, con otras palabras, ya lo era antes de serlo, Me parece un punto de vista bastante original, No lo crea, el rey Salomón, que vivió hace tanto tiempo, ya afirmaba entonces que no había nada nuevo bajo el sol, y si ya en aquellas épocas tan remotas lo decían, qué no diremos hoy, pasados treinta siglos, si no me falla la memoria de la enciclopedia, Es curioso, yo pese a ser historiador, si me hicieran la pregunta así de repente, no recordaría que hubiera vivido hace tantos años, Es lo que tiene el tiempo, corre y no nos damos cuenta, anda uno ocupado en sus cosas, de pronto se le ocurre y exclama Dios mío, cómo pasa el tiempo, parece que era hoy aún cuando estaba Salomón vivo, y han pasado ya tres mil años, Tengo la impresión de que ha equivocado usted la vocación, lo que debía ser es filósofo, o historiador, tiene el talento y la pinta que tales artes requieren, Me falta la preparación, señor, qué puede hacer un pobre hombre sin preparación, mucha suerte ha sido el haber venido al mundo con toda mi genética concertada, aunque, por así decido, en bruto, y luego sin más pulimento que las primeras letras, que resultaron ser las únicas, Podía presentarse como autodidacta, producto de su propio y digno esfuerzo, no es ninguna vergüenza, antes la sociedad se enorgullecía de sus autodidactas, Eso se acabó, vino lo del desarrollo y se acabó, los autodidactas somos vistos con malos ojos, sólo quienes escriben versos o historias para distraer están autorizados para ser y seguir siendo autodidactas, suerte que tienen, pero yo, se lo confieso, nunca tuve maña para la creación literaria, Pues métase a filósofo, hombre, Es usted un humorista de fino espíritu, señor, y cultiva magistralmente la ironía, hasta me pregunto cómo se ha dedicado a la historia siendo tan grave y profunda ciencia, Soy irónico sólo en la vida real, Razón tenía yo al pensar que la historia no es la vida real, literatura sí, y nada más, Pero la historia fue la vida real en el tiempo en que aún no podía llamársele historia, Está seguro, Realmente es usted un interrogante con piernas y una duda con brazos, Sólo me falta la cabeza, Cada cosa a su tiempo, el cerebro fue lo último que se inventó, Es usted un sabio, No exagere, mi querido amigo, Quiere ver las últimas pruebas, No vale la pena, las correcciones de autor están ya hechas, el resto es la rutina de la corrección final, en sus manos queda, Gracias por la confianza, Muy merecida, Entonces, cree usted realmente que la historia es la vida real, Creo que sí, Que la historia fue vida real, quiero decir, No le quepa la menor duda, Qué sería de nosotros si no existiese el deleátur, suspiró el corrector.

Cuando sólo una visión mil veces más aguda que la que la naturaleza puede dar sería capaz de distinguir por el oriente del cielo la diferencia inicial que separa la noche de la madrugada, despertó el almuédano. Despertaba siempre a esta hora, según el sol, y le daba igual que fuese verano como invierno, y no precisaba de ningún artefacto de medir el tiempo, sólo de una infinitesimal mudanza en la oscuridad del cuarto, el presentimiento de la luz sólo adivinada en la piel de la frente, como un tenue soplo que pasara sobre las cejas o la primera y casi imponderable caricia que, por lo que se sabe o cree, es arte exclusivo o secreto, hasta hoy no revelado, de aquellas hermosísimas huríes que esperan a los creyentes en el paraíso de Mahoma. Secreto, y también prodigio, si no misterio impenetrable, es la virtud que ellas tienen de rehacer la virginidad apenas la pierden, bienaventuranza suprema, por lo visto, en la vida eterna, lo que definitivamente viene a demostrar que no se acaban con éste los trabajos propios y ajenos, otrosí los sufrimientos inmerecidos. El almuédano no abrió los ojos. Podía continuar tendido algún tiempo aún, mientras el sol, muy lentamente, se venía acercando desde el horizonte de la tierra, pero tan lejos de llegar que ningún gallo de la ciudad había alzado aún la cabeza para indagar los movimientos de la mañana. Cierto es que ladró un perro, sin resultado, que los demás dormían, tal vez soñando que en sueños ladraban. Es un sueño, pensaban, y se dejaban quedar durmiendo, rodeados por un mundo poblado de olores, sin duda estimulantes, pero ninguno tan urgente que los hiciese despertar en sobresalto, el olor inconfundible de la amenaza o del miedo, por no dar sino estos ejemplos elementales. El almuédano se levantó tanteando en la oscuridad, encontró la ropa con que acabó de cubrirse y salió del cuarto. La mezquita estaba silenciosa, sólo los pasos inseguros resonaban bajo los arcos, un arrastre de pies cautelosos, como si temieran ser engullidos por el suelo. A cualquier otra hora del día o de la noche jamás experimentaba esa angustia ante lo invisible, sólo en el momento matinal, éste, en que iría a subir la escalera del alminar para llamar a los fieles a la primera oración. Un escrúpulo supersticioso representaba en su imaginación la grave culpa de que siguieran los moradores durmiendo cuando estaba ya el sol sobre el río, y despertando supitaños, aturdidos por la luz clara, preguntaren a gritos dónde estaba el almuédano que no había alzado su clamor a la hora propia, alguien más caritativo diría, Por su mal estará enfermo, y no era verdad, que había desaparecido, sí, llevado hasta el interior de la tierra por un genio de las tinieblas mayores. La escalera, de caracol, era trabajosa de ascender, tanto más cuanto que este almuédano iba viejo ya, felizmente no precisaba que le vendasen los ojos como a las mulas de las norias se hace para que no les dé el mareo. Cuando llegó a lo alto sintió en la cara el frescor de la mañana y la vibración de la luz del alba, sin color aún, que no puede tenerlo aquella pura claridad que antecede al día y va a tocar la piel, estremecida sutilmente, como si de unos dedos invisibles se tratara, impresión única que hace pensar si la desacreditada creación divina no será en definitiva, para humillación de escépticos y ateos, un irónico hecho de la historia. El almuédano corrió la mano, lentamente, a lo largo del parapeto circular hasta dar con la marca, esculpida en la piedra, que señalaba la dirección de La Meca, ciudad santa. Estaba dispuesto. Unos instantes más para dar tiempo al sol de asomar a los balcones de la tierra su primer aura, y también para aclarar la voz, pues la ciencia proclamativa de un almuédano ha de quedar patente desde el primer grito, y en él ha de mostrarse, no cuando ya la garganta se ha suavizado con el trabajo del habla y el consuelo de la comida. A los pies del almuédano hay una ciudad, más abajo un río, todo duerme aún, pero con inquietud. Empieza la mañana a moverse sobre las casas, la piel del agua se vuelve espejo del cielo, y entonces el almuédano inspira hondo y grita, agudísimo, Allahu akbar, pregonando a los aires la sobre todas grandeza de Dios, y repite, como gritará y repetirá las fórmulas siguientes, en extático canto, tomando al mundo por testigo de que no hay más Dios que Alá y que Mahoma es el enviado de Alá, y en habiendo dicho estas verdades esenciales llama a la oración, Venid al azalá, pero siendo el hombre de naturaleza perezoso, aunque creyente en el poder de Aquel que nunca duerme, el almuédano reprende caritativo a aquellos a quienes los párpados aún pesan, La oración es mejor que el sueño, As-sala-tu jay-run min an-nawn, para quienes en esta lengua lo entienden, y concluyó al fin proclamando que Alá es el único Dios, La ilaha illa llah, pero ahora una sola vez, que es cuanto basta si se trata de verdades definitivas. La ciudad murmura las oraciones, el sol apuntó e ilumina las azoteas, no tardarán en aparecer los moradores en los patios. El alminar está a plena luz. El almuédano es ciego.

No lo ha descrito así el historiador en su libro. Sólo decía que el muecín subió al minarete y convocó desde allí a los fieles a la oración en la mezquita, sin detalles ocasionales, si era mañana o mediodía, o si estaba poniéndose el sol, porque, ciertamente, en su opinión, el menudo pormenor no importaría a la historia, sólo que quedase el lector sabiendo que el autor conocía de las cosas de aquel tiempo lo bastante para hacer de ellas responsable mención. Y esto le deberíamos agradecer porque su tema, siendo de guerra y de cerco, y por tanto de virilidades superiores, dispensaría bien las delicuescencias de la oración, que es de las situaciones la más sujeta, pues en ella se entrega el rezador sin lucha, rendido por una vez. Aunque, para que no quede sin examen y consideración lo que sería contrario a esta oposición entre oración y guerra, se podría recordar ya aquí, estando el tiempo tan próximo y siendo tantos y tan preclaros los testimonios aún vivos, se podría recordar aquí, repetimos, aquel milagro de Ourique, celebérrimo, cuando Cristo se apareció al rey portugués y éste le gritó, mientras el ejército postrado en el suelo lloraba, A los infieles, Señor, a los infieles, y no a mí, que creo lo que podéis, pero Cristo no quiso aparecerse a los moros, y lástima fue, que en vez de crudelísima batalla podríamos, hoy, registrar en estos anales la conversión maravillosa de los ciento cincuenta mil bárbaros que al fin perdieron allí la vida, un desperdicio de almas que clama al cielo. Es así, que no todo se puede evitar, y nunca a Dios faltamos con nuestros buenos consejos, pero tiene el destino sus leyes inflexibles, y cuántas veces con inesperados y artísticos efectos, como fue este de haber podido aprovechar Camoens el inflamado grito, distribuyéndolo tal cual en dos versos inmortales. Es bien verdad que en la naturaleza nada se crea y nada se pierde, todo se aprovecha.

Eran buenos aquellos tiempos, para recibir satisfacción, no teníamos más que pedir con las palabras apropiadas, incluso en casos difíciles, por así decir ya desahuciado el paciente y sin esperanza de remedio. Ejemplo de esto es este mismo rey, que, habiendo nacido encogido de piernas, o con ellas atrofiadas, en el decir de ahora, fue extraordinariamente sanado, sin que médico alguno le hubiera puesto la mano encima, y, si la pusieron, de nada le sirvió. E incluso, sin duda por ser persona llamada a la realeza, no hay señales de que fuera preciso importunar a altas potestades, a la Virgen y al Señor nos referimos, ni a los ángeles de la sexta jerarquía, para que se produjese el salutífero suceso gracias al cual, se sabe ya, tuvo tal vez Portugal su independencia. Fue el caso que estando dormido en su cama Don Egas Moniz, ayo del niño Afonso, apareció ante él Santa María en visión y dijo, Don Egas Moniz, duermes, y él, que no sabía si soñaba o estaba despierto, preguntó, para estar seguro, Señora, quién sois vos, y ella respondió, con buenos modos, Yo soy la Virgen, y te mando que vayas a Carquere, que queda en el concejo de Resende, y cava en ese lugar y hallarás una iglesia que en otro tiempo fue iniciada en mi nombre, y hallarás también una imagen mía, y restáurala, que bien lo necesita tras tan triste abandono, y luego harás allí vigilia, y pondrás al niño en el altar, y has de saber que en ese instante quedará sano y curado, y cuídalo bien luego, que mi Hijo sé que tiene idea de darle cargo de destruir a los enemigos de la fe, y claro está que no podría hacerla así de piernas cortas. Despertó Don Egas Moniz lo más alegre que se puede, reunió al personal y, caballero en su mula, fue desde allí a Carquere y mandó cavar en el lugar indicado por la Virgen, y allá estaba la iglesia, pero la sorpresa es nuestra, no de ellos, porque en aquellos benditos tiempos no eran nunca gratuitos o engañosos los avisos superiores. Verdad es que no cumplió Don Egas precisamente los dictados de la Virgen, que muy explicado quedó que fue ella quien le mandó que allí cavase, entendemos nosotros que con sus propias manos, y va él, y qué hizo, dio orden de que otros cavasen, siervos de la gleba, probablemente, ya en aquellos tiempos había estas desigualdades sociales. Agradecemos a la Virgen que no fuera puntillosa hasta el punto de hacer que se encogieran otra vez las piernas del chiquillo Afonso, porque, así como hay milagros para el bien, también los ha habido para el mal, y sean testimonio aquellos infelices puercos de la Escritura que se lanzaron al precipicio cuando el buen Jesús les metió en el cuerpo los demonios que en el endemoniado estaban, de lo que resultó que padecieron martirio los inocentes animales, y sólo ellos, pues mucho mayor fue la caída de los ángeles rebeldes, luego demonios, cuando lo del motín y, que se sepa, no murió ninguno, con lo que no se puede perdonar la imprevidencia de Dios Nuestro Señor, que por esta desatención dejó escapar la ocasión de acabar con su raza de una vez, de buen consejo es el proverbio que avisa, Quien a enemigo perdona de su mano muere, ojalá no tenga Dios que arrepentirse un día, que será tarde de más. Aun así, si en ese fatal instante tuviere tiempo de recordar su vida pasada, esperemos que se haga la luz en su espíritu y pueda comprender que a todos nosotros, frágiles puercos y humanos, debería habernos ahorrado esos vicios, pecados y sufrimientos de insatisfacción que son, se dice, obra y marca del maligno. Entre el martillo y el yunque, somos un hierro al rojo que de tanto batir en él se apaga.

De historia sacra, por ahora, nos basta ya. Importaría saber, eso sí, quién fue el que escribió el relato de aquel hermoso despertar del almuédano en la madrugada de Lisboa, con tal abundancia de pormenores realistas que llega a parecer obra de testigo presente, o, al menos, hábil aprovechamiento de cualquier documento coetáneo, no forzosamente referido a Lisboa, pues, para el caso, no se precisaría más que una ciudad, un río y una clara mañana, composición sobre todas banal, como sabemos. La respuesta, sorprendente, es que nadie escribió, que, aunque parezca que sí, no está escrito, todo aquello no fueron más que pensamientos vagos en la cabeza del corrector mientras iba leyendo y enmendando lo que escondidamente pasó en falso en las primeras y segundas pruebas. El corrector tiene ese doble talento de desdoblarse, traza un deleátur o introduce una coma indiscutible, y, al mismo tiempo, aceptemos el neologismo, se heteronomiza, es capaz de seguir el camino sugerido por una imagen, una comparación, una metáfora, no es raro que el simple sonido de una palabra repetida en voz baja lo lleve, por asociación, a organizar polifónicos edificios verbales que convierten su pequeño escritorio en un espacio multiplicado por sí mismo, aunque sea muy difícil explicar, en vulgar, qué quiere decir tal cosa. En tal caso le parece que es poco informar cuando el historiador se limita a hablar de muecín y minarete, sólo para introducir, si son permitidos juicios temerarios, un poco de color local y tinte histórico en el campo enemigo, imprecisión semántica que conviene corregir de inmediato, una vez que campo es el de los sitiadores, no el de los sitiados, que éstos están aún instalados con suficiente comodidad en la ciudad que, salvo alguna que otra intermitencia, es suya desde el año setecientos catorce, por las cuentas de los cristianos, que las del rosario moro son otras, como se sabe. Esta corrección la hizo el propio revisor, que posee ciencia más que satisfactoria en cuestión de calendarios, y sabe que la Hégira empezó, según la lección del Arte de Verificar las Fechas, obra disponible, en el día dieciséis de julio del seiscientos veintidós, después de Cristo, DC en abreviatura, sin olvidar, no obstante, que estando el año musulmán gobernado por la luna, y más corto, pues, que el de la cristiandad, gobernado por el sol, siempre es preciso descontar tres años por cada siglo andado. Buen corrector sería éste, tan escrupuloso, si cuidase de pararle alas a un discurrir propenso a fabulaciones ocasionalmente irresponsables, fue aquí el caso de haber pecado por facilitación, incurriendo en yerros evidentes y en dudosas aserciones, tres es lo que se desconfía, que, de probarse, muestran en definitiva que no tenía razón ninguna el historiador cuando le dio consejo, liviano, de que se dedicara a la historia. En cuanto a la filosofía, Dios nos libre.

El primer punto sospechoso, según el orden inverso del relato, es aquella idea peregrina de existir, en el parapeto de los alminares, señales en la piedra que apuntarían, probablemente en forma de flecha, hacia La Meca. Por muy adelantada que estuviera en aquella época la ciencia geográfica y agrimensora de los árabes y otros moros, es poco creíble que supieran determinar, con la exactitud que se insinúa, la posición de una caaba en la superficie del planeta, donde precisamente sobreabundan las piedras, unas más sagradas que otras. Todas estas cosas, sean ellas reverencias, o genuflexiones, o miradas para arriba o para abajo, se hacen por aproximación, a ojeo, si podemos permitirnos este lenguaje de pescador de caña, que lo que en definitiva importa es que Dios y Alá puedan leer en los corazones y no lleven a mal que, por ignorancia, les volvamos la espalda, y cuando decimos ignorantes tanto puede ser la nuestra como la de ellos, que no siempre están donde se comprometieron a estar. El corrector es hombre de este tiempo, lo acostumbraron a confiar y a firmemente creer en las señales de las carreteras, no es raro, pues, que haya caído en esta anacrónica tentación, impelido quizá por un arrebato de caridad, teniendo en cuenta la ceguera del almuédano. Sabido es que no es la calidad del paño lo que evita las manchas, y se dice incluso que en el mejor de ellos cae la mancha, y también que no hay una sin dos, pues ahí tenemos el segundo error, éste, sí, gravísimo, pues llevaría al lector inadvertido, si escritura hubiese, y felizmente no la hay, a tomar por correcta y conforme con los hechos de la vida musulmana la descripción de los actos del almuédano después de despertarse. Hay error, decimos, dado que el muecín, palabra preferida por el historiador, no procedió a las abluciones rituales antes de llamar a los clientes a oración, hallándose por consiguiente en estado de impureza, situación improbabilísima si se considera cuán próximos estamos aún, en el tiempo, a la primera fuente del Islam, cuatro siglos y pico, por así decir, de su cuna. Más adelante no faltarán relajos, escamoteo de ayunos, interpretaciones dudosas de reglas que parecen claras, y es que no hay nada que más fatigue a las personas que la observancia rigurosa de los principios, que antes de que la carne ceda ya flaqueó el espíritu, pero a él no le piden cuentas, es a la pobrecilla a quien cubren de improperios, a quien insultan y calumnian. Ahora aún se vive en un tiempo de fe completa, el almuédano sería el último de los hombres si osara subir al alminar sin llevar el corazón puro y las manos limpias, y queda proclamado así inocente de la culpa con que lo cargó la ligereza imperdonable del corrector. Pese a la competencia profesional con que le oímos expresarse durante su charla con el historiador, es hora de introducir aquí una primera duda sobre las consecuencias de la confianza con que fue investido por el autor de la Historia del Cerco de Lisboa, acaso en hora de fatigada displicencia, o con preocupaciones de próximo viaje, cuando permitió que la lectura final de las pruebas fuese tarea exclusiva del técnico de los deleátures, sin fiscalización. Temblamos sólo con imaginar que aquella descripción del amanecer del almuédano podría ocupar lugar, abusivo, en el científico texto del autor, frutos ambos de estudios detenidos, de pesquisas profundas, de confrontaciones minuciosas. Se duda, por ejemplo, aunque sea siempre cosa de buena prudencia dudar de la propia duda, que el historiador mencionase en su relato el ladrido de los perros y los perros mismos, pues él sabe que el perro, para los árabes, es impuro animal, como también lo es el cerdo, siendo así demostración de crasa ignorancia suponer que los moros de Lisboa, tan celosos, vivieron pared por medio con la perrada. Cuchitril a la puerta de la casa y caseta de mastín o canastillo de faldero son invenciones cristianas, y no es por casualidad indiferente el que los musulmanes llamen perros a los guerreros de la cruz, y mucha suerte es ya que no les hubieran llamado cerdos, por lo menos no consta. Claro que, si realmente así es, hay que lamentar que falte la gracia de un can ladrándole a la luna o rascándose la oreja atormentada de garrapatas, pero la verdad, si al fin la encontramos, debe ponerse por encima de cualquier otra consideración, sea en contra o a favor, con lo que deberíamos, aquí mismo, dar por no escritas las palabras que describieron la última madrugada pacífica de Lisboa, si no supiéramos ya que aquel discurso falso, aunque coherente, y ése es el peligro mayor, no salió nunca de la cabeza del corrector, y no pasó de ser devaneo suyo, fabulador e irrisorio.

Está demostrado, pues, que el corrector erró, que si no erró se confundió, que si no se confundió imaginó, pero acuda a tirarle la primera piedra aquel que no haya errado, confundido o imaginado nunca. Errar, lo dijo quien sabía, es propio del hombre, lo que significa, si no es yerro tomar las palabras a la letra, que no sería verdadero hombre quien no errara. No obstante, esta máxima suprema no puede usarse como disculpa universal que a todos nos absolvería de juicios cojos y opiniones mancas. Quien no sabe debe preguntar, tener esa humildad, y una precaución tan elemental debería tenerla siempre presente el corrector, tanto más cuanto que ni siquiera precisa salir de casa, del despacho donde está ahora trabajando, pues no faltan aquí libros que lo elucidarían si hubiera tenido la sensatez y la prudencia de no creer ciegamente en aquello que supone saber, que es de ahí de donde vienen los engaños peores, no de la ignorancia. En estos cargados estantes, miles y miles de páginas esperan el centelleo de una curiosidad inicial o la firme luz que es siempre la duda que busca su propio esclarecimiento. Valoremos, en fin, en el haber del corrector, el haber reunido, a lo largo de una vida, tantas y tan diversas fuentes de información, aunque una simple mirada nos revele que faltan en su registro las tecnologías de la informática, pero el dinero, desgraciadamente, no llega a todo, y este oficio, hora es ya de decirlo, se encuentra entre los peor pagados del orbe. Un día, Alá es grande, cualquier corrector de libros tendrá a su disposición una terminal de ordenador que lo mantendrá unido día y noche, umbilicalmente, al banco central de datos, sin que él y nosotros tengamos más que desear que el que entre esos datos del saber total no se haya insinuado, como diablo en el convento, el yerro tentador.

Sea como fuere, mientras ese día no llega, los libros están aquí como una galaxia latente, y las palabras, en ellos, son otra polvareda cósmica fluctuando, a la espera de la mirada que las irá a fijar en un sentido o en ellas buscará el sentido nuevo, porque así como van variando las explicaciones del universo, también la sentencia que antes pareció inmutable para todo y siempre ofrece súbitamente otra interpretación, la posibilidad de una contradicción latente, la evidencia de su propio error. Aquí, en este despacho donde la verdad no puede ser más que una cara sobrepuesta a las infinitas máscaras variantes, están los acostumbrados diccionarios de la lengua y vocabularios, los Morais y los Aurélios, los Morenos y los Torrinhas, algunas gramáticas, el Manual del Perfecto Corrector, vademécum del oficio, pero están también las historias del Arte, del Mundo en general, de los Romanos, de los Persas, de los Griegos, de los Chinos, de los Eslavos, de los Portugueses, en fin, de casi todo lo que es pueblo y nación particular, y las historias de la Ciencia, de las Literaturas, de la Música, de las Religiones, de la Filosofía, de las Civilizaciones, el Larousse pequeño, el Quillet resumido, el Robert conciso, la Enciclopedia Política, la Luso-Brasileira, la Británica, incompleta, el Diccionario de Historia y Geografía, un Atlas Universal de estas materias, el de João Soares, antiguo, los Anuarios Históricos, el Diccionario de los Contemporáneos, la Biografía Universal, el Manual del Librero, el Diccionario de Fábulas, la Biografía Mitológica, la Biblioteca Lusitana, el Diccionario de Geografía Comparada, Antigua, Medieval y Moderna, el Atlas Histórico de los Estudios Contemporáneos, el Diccionario General de las Letras, de las Bellas Artes y de Ciencias Morales y Políticas, y, para terminar, no el inventario general sino lo que más a la vista está, el Diccionario General de Biografía y de Historia, de Mitología, de Geografía Antigua y Moderna, de las Antigüedades y de las Instituciones Griegas, Romanas, Francesas y Extranjeras, sin olvidar el Diccionario de Rarezas, Inverosimilitudes y Curiosidades, donde, admirable coincidencia que viene al dedo en este aventurado relato, se da como ejemplo de error la afirmación del sabio Aristóteles de que la mosca doméstica común tiene cuatro patas, reducción aritmética que los autores siguientes vinieron repitiendo por los siglos de los siglos cuando ya los chiquillos sabían, por crueldad y experimentación, que son seis las patas de la mosca, pues desde Aristóteles las venían arrancando, voluptuosamente contándolas, una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, pero esos mismos chiquillos, cuando crecían e iban a leer al sabio griego, se decían unos a otros, La mosca tiene cuatro patas, tanto puede la autoridad magistral y tanto sufre la verdad con la lección de ella que siempre nos van dando.

Esta inesperada incursión por las fronteras de entomología nos muestra, de manera concluyente, que los errores atribuidos al corrector en definitiva no son suyos, sino de estos libros que no hicieron más que repetir, sin contraprueba, obras más antiguas, y, siendo así, compadezcamos a quien vino a ser víctima inocente de la buena fe propia y del ajeno error. Verdad es que, condescendiendo tanto, volveríamos a caer en la disculpa universal ya execrada, pero no la haremos sin previa condición, la de que, para su bien, atienda el corrector a la estupenda lección que sobre errores nos fue dada por Bacon, otro sabio, en el libro llamado Novum Organum. Divide él los errores en cuatro categorías, a saber idola tribus, o errores de la naturaleza humana, idola specus, o errores individuales, idola fori, o errores de lenguaje, y finalmente idola theatri, o errores de los sistemas. Resultan ellos, en el primer caso, de la imperfección de los sentidos, de la influencia de los prejuicios y pasiones, del hábito de juzgarlo todo según ideas adquiridas, de nuestra insaciable curiosidad a pesar de los límites impuestos a nuestro espíritu, de la inclinación que nos lleva a encontrar más analogías de las que realmente hay entre las cosas. En el segundo caso, la fuente de los errores viene de la diferencia entre los espíritus, unos que se pierden en los pormenores, otros en vastas generalizaciones, y también de la predilección que sentimos por ciertas ciencias, lo que nos inclina a querer reducirlo todo a ellas. En cuanto al tercer caso, el de los errores de lenguaje, el mal está en que muchas veces las palabras no tienen sentido, o lo tienen indeterminado, o pueden ser tomadas en acepciones diversas, y, finalmente, cuarto caso, son tantos los errores de los sistemas que no acabaríamos nunca si empezáramos a enumerarlos aquí. Válgase, pues, el corrector de este catálogo y prosperará, y sírvase también de los beneficios de aquella sentencia de Séneca, reticente como a los días de hoy conviene, Onerat discentem turba, non instruit, máxima lapidaria que la madre del corrector, hace muchos años, y sin saber latín y poquísimo de su lengua propia, traducía con natural escepticismo, Cuanto más lees, menos sabes.

Pero algo se está salvando de este examen y contestación, confírmese que no fue error escribir, porque, en fin, escrito está, que era ciego el almuédano. El historiador, que sólo habla de minarete y muecín, tal vez ignorase que casi todos los almuédanos, en aquel tiempo y por mucho tiempo después; eran ciegos. Y si lo sabe, quizá imagine que sería vocación particular de la invalidez el canto de la oración, o que las comunidades moras resolvían así, parcialmente, como siempre se hizo y seguirá haciéndose, el problema de dar trabajo a gente a quien faltaba el precioso don de la visión. Error suyo, ahora, que a todos invariablemente acaba afectando. La verdad histórica, y que lo aprenda, es que los almuédanos eran escogidos entre los ciegos, no por política humanitaria de empleo o encaminamiento profesional fisiológicamente adecuado, sino para que no pudieran indagar la intimidad de patios y azoteas que, desde lo alto del alminar, dominaban emblemáticamente. El corrector no se acuerda ya de cómo lo supo, seguro que lo leyó en libro de confianza que el tiempo no enmendó, por eso puede insistir ahora en que los almuédanos eran ciegos, sí señor. Casi todos. Sólo que, cuando en tal cosa le apetece pensar, no consigue rechazar de sí una duda, la de si a esos hombres no les arrancarían los ojos lúcidos, como se hacía y quizá aún se haga con los ruiseñores, para que de la luz no conocieran otra manifestación que una voz oída en las tinieblas, la suya, o, quizá, la de aquel Otro que no sabe más que repetir las palabras que vamos inventando, estas con las que intentamos decirlo todo, bendición y maldición, hasta lo que nombre no tendrá nunca, innominable.

El corrector tiene nombre, se llama Raimundo. Ya era hora de saber quién es la persona de quien hemos venido hablando indiscreta-mente, si es que nombre y apellidos han podido añadir alguna vez provecho que se viera a las acostumbradas referencias sinalécticas y otros diseños, edad, altura, peso, tipo morfológico, tono de la piel, color de ojos, y de cabellos, si lisos, crespos u ondulados, o simplemente perdidos, metal de la voz, límpida o ronca, gesticulación característica, manera de andar, dado que la experiencia de las relaciones humanas ha demostrado que, sabiendo eso nosotros y a veces mucho más, ni lo que sabemos nos sirve ni somos capaces de imaginar lo que nos falta. Tal vez sólo una arruga, o la forma de las uñas, o el grosor de la muñeca, o el trazo de las cejas, o una cicatriz antigua e invisible, o sólo el apellido que no había llegado a ser dicho, aquel que más se estima, en este caso Silva, nombre completo Raimundo Silva, así se presenta cuando tiene que hacerlo, omitiendo el de Bienvenido, que no le gusta. Nadie está satisfecho con lo que en suerte le cupo, general verdad es ésta, y Raimundo Silva, que debería apreciar por encima de todo lo demás el llamarse Bienvenido, que precisamente dice lo que quiere decir, bienvenido a la vida, hijo mío, pues no señor, no le gusta el nombre, afortunadamente, dice él, se perdió la tradición de que fueran los padrinos los que decidieran en la puntillosa cuestión de la onomástica, aunque reconozca que le gusta mucho ser Raimundo, por un no sé qué de solemne o de antiguo que hay en la palabra. De los bienes de la señora que fue madrina esperaban los padres de Raimundo alguna parte para el futuro del hijo, y por eso, faltando a la costumbre que mandaba dar al niño sólo el nombre del padrino, se añadió el nombre de la paraninfa, pasado a masculino. El destino no atiende a todo de la misma manera, lo sabemos bien, pero en este caso alguna concomitancia hay que reconocer entre unos bienes de los que nunca hubo beneficio y un nombre tan absolutamente repudiado, sin que debamos, no obstante, sospechar una relación de causa y efecto entre decepción y rechazo. En Raimundo Bienvenido Silva, los motivos, que en momento alguno de su vida habían sido de rencorosa frustración, son hoy, unos, meramente estéticos, por no sonarle bien la vecindad de los dos gerundios, y los otros, por así decirlo, éticos y ontológicos, porque, según su manera desengañada de entender, sólo una ironía muy negra pretendería hacer creer que alguien es realmente bienvenido a este mundo, cosa que no se contradice con la evidencia de que haya quien se encuentre bien instalado en él.

Desde el mirador, breve balcón antiguo bajo un alpende de madera aún con artesonados, se ve el río, y es un inmenso mar lo que los ojos alcanzan entre radio y radio, desde el trazo rojo del puente hasta los rasos fangales de Pancas y de Alcochete. Una neblina fría tapa el horizonte, lo aproxima casi al alcance de la mano, la ciudad visible está reducida a este lado, con la catedral abajo, mediada la ladera, y en escalones los tejados de las casas, descendiendo hasta el agua parda, turbia, donde una fugitiva estela blanca se abre cuando un barco rápido pasa, otros hay que navegan difícilmente, pesados, como si estuvieran luchando contra una corriente de mercurio, comparación ésta que resultaría más apropiada para la noche, no ahora. Raimundo Silva se levantó menos temprano de lo que suele, había trabajado hasta avanzada la noche, una velada larga, arrastrada, y cuando, de mañana, abrió la ventana, le golpeó en la cara la niebla, más cerrada de la que vemos a esta hora, mediodía, cuando el tiempo va a tener que decidir si carga o alivia, de acuerdo con el dicho popular. Entonces las torres de la catedral no eran más que un borrón apagado, de Lisboa poco más había que un rumor de voces y de sones indefinidos, el marco de la ventana, el primer tejado, un automóvil por la calle. El almuédano, ciego, había gritado al espacio de una mañana luminosa, arrebolada, y luego azul, el color del aire entre la tierra que aquí está y el cielo que nos cubre, si quisiéramos creer en los insuficientes ojos con que vinimos al mundo, pero el corrector, que hoy casi tan ciego se ve como él, sólo rezongó, con el malhumor de quien, habiendo dormido mal, anduviese en trabajosos sueños de cerco, montantes, alfanjes y hondas baleares, irritado, al despertar, por no lograr acordarse de cómo estaban hechas las tales máquinas de guerra, de las hondas hablamos, y hablaríamos de las profundas conversaciones de quienes habitaban el sueño, pero no caigamos en la tentación de anticipar los hechos, ahora sólo debemos lamentar la oportunidad perdida de saber al fin qué máquinas eran las dichas hondas, cómo se armaban y disparaban, porque no es tan extraño que se revelen en los sueños grandes misterios, y entre ellos no incluimos el número de la lotería, banalidad suprema e indigna de cualquier soñador que se respete. Aún en la cama, Raimundo Silva, perplejo, se preguntaba por qué razón insistía en pensar en hondas baleares, o fundíbulos, como también se diría, acertando por igual, Baleares no debe tener nada que ver con las islas del mismo nombre, vendrá de balas, y balas sabemos qué son, proyectiles, piedras que las máquinas tirarían contra los muros y por encima de ellos, para caer sobre las casas y la gente de dentro, despavorida, pero balas no es palabra de aquel tiempo, las palabras no pueden ser livianamente transportadas de aquí para allá y de allá para aquí, cuidado, aparece luego alguien que dice, No entiendo. Se adormeció, estuvo así diez minutos, y al despertar de nuevo, ahora lúcido, alejó del pensamiento las máquinas que se empeñaban en volver y dejó que las imágenes de las espadas y de las cimitarras ocuparan peligrosamente su espíritu, sonrió en la penumbra del cuarto porque bien sabía que se trataba de evidentes símbolos fálicos, cierto es que atraídos al sueño por la Historia del Cerco de Lisboa, pero en sí enraizados, quién lo duda, si armas de punta y filo tienen raíces, clavadas, sí, estarán, bastaba mirar la cama vacía a su lado para entenderlo todo. Tendido de espaldas, cruzó los brazos sobre los ojos, murmuró sin ninguna originalidad, Un día más, no había oído al almuédano, cómo se las arreglaría en esa religión un moro sordo para no faltar a las oraciones, sobre todo a las de la mañana, seguro que pediría a un vecino, En nombre de Alá, llama a la puerta con fuerza y no pares de golpear hasta que abra. La virtud no es tan fácil como el vicio, pero puede ser ayudada.

En esta casa no vive mujer. Dos veces por semana viene una de fuera, pero no se piense que aquel lugar vacío de la cama tiene que ver con la bisemanal visita, son diferentes precisiones, y quede ya explicado desde ahora que para alivio de los apremios más duros de la carne el corrector baja a la ciudad, contrata, se satisface y paga, siempre tuvo que pagar, qué remedio, hasta cuando no obtuvo complacencia, que el verbo no tiene un sentido sólo, como se cree vulgarmente. La mujer que viene de fuera es lo que llamamos una asistenta, le cuida la ropa, ordena y limpia lo más sustancial de la casa, pone al fuego una gran olla, siempre los ingredientes, habichuelas blancas y hortalizas, que dará para unos días, no es que al corrector no le caigan bien otras amenidades, pero las reserva para el restaurante, adonde va alguna que otra vez, sin exageraciones de asiduidad. No hay pues mujer en esta casa, ni nunca la hubo. El corrector Raimundo Bienvenido Silva es soltero y no piensa en casarse, Tengo más de cincuenta años, dice, quién me va a querer ahora, o a quién voy a querer yo, aunque, como todo el mundo sabe, es mucho más fácil querer que ser querido, y este último comentario, que parece el eco de un pasado dolor, convertido ahora en sentencia para lección de confiados, este comentario, más la pregunta que le precedió, los hace para sí, porque es hombre bastante reservado como para andar por ahí derramándose ante amigos y conocidos, que los tendrá, aunque probablemente, no va a ser preciso convocarlos al relato, visto como va. No tiene hermanos, sus padres murieron ni pronto ni tarde, la familia, si alguna queda, anda dispersa, noticias de ella, cuando llegan, poco añaden a la tranquilidad de no tenerla, pasó la alegría, el luto no vale la pena, y la única cosa que verdaderamente siente próxima a sí son las pruebas que está leyendo, mientras duran, la errata que hay que desemboscar, y también, si cuadra, una preocupación que no debiera ser suya, allá se las arreglen los autores, que para eso se llevan el honor, como este desasosiego de ahora por lo de las hondas baleares, que le ha vuelto al pensamiento y de él no quiere salir. Raimundo Silva se levantó al fin, buscó las babuchas con el pie, Chinelas, chinelas, que es palabra cristiana, llegada de Génova, y entró en el despacho mientras vestía la bata sobre el pijama. Muy de tiempo en tiempo, la asistenta le hacía una solemne declaración sobre la necesidad de limpiar el polvo de los libros, que, sobre todo en las estanterías altas, donde se alineaban los que raramente son consultados, más parece depósito aluvial de una acumulación de siglos, un polvo negro, como de ceniza, que no se sabe de dónde viene, del tabaco no puede ser, que el corrector hace ya tiempo que ha dejado de fumar, es el polvo del tiempo, y está todo dicho. Sin que se sepa bien por qué, la tarea es aplazada siempre, cosa que, se supone, no desagrada a la ancilar persona, absuelta a sus ojos por la intención, y que no pierde la ocasión de decir, Bueno, pues tenga en cuenta que la culpa no es mía.

Raimundo Silva busca en los diccionarios y en las enciclopedias, mira en Armas, en Edad Media, busca Máquinas de Guerra, y encuentra las descripciones vulgares del arsenal de la época, rudimentario, basta decir que entonces no se conseguía matar a un hombre elegido que estuviera a doscientos pasos de distancia, fuerte pérdida, ni nada que se le comparase, y para caza, si no había a mano arco o ballesta, tenía el cazador que aproximarse a los brazos del oso o a los cuernos del ciervo o a los dientes del jabalí, lo que aún hoy conserva semejanzas con tan arriesgadas aventuras es la corrida de toros, los toreros son los últimos hombres antiguos. En ningún lugar se explica en estos potentes volúmenes, ningún dibujo da una idea al menos aproximada de lo que fuese aquella mortífera fábrica que tanto amedrentaba a los moros, pero esta ausencia de información ya no es novedad para Raimundo Silva, lo que él quiere ahora es descubrir por qué se llamaba balear a la honda, y va de libro en libro, rebusca, se impacienta, hasta que al fin, el precioso, el inestimable Bouillet le enseña que los habitantes de las Baleares eran considerados, en la Antigüedad, los mejores honderos del mundo conocido, que era evidentemente, todo, y que de ahí habían tomado las islas el nombre, pues en griego disparar se dice balló, nada hay más claro, cualquier simple corrector es capaz de ver la etimológica línea recta que liga balló a Baleares, el error, tratándose de honda, está en haber escrito balear, cuando baleárica sería lo correcto, señor doctor. Pero Raimundo Silva no enmendará, el uso hace alguna ley, cuando no la hace toda, y, por encima de todo, primer mandamiento del decálogo del corrector que aspire a la santidad, a los autores se les debe evitar siempre el peso de vejaciones. Dejó el libro en su sitio, abrió la ventana, y fue entonces cuando la niebla le dio en la cara, densa, cerradísima, si en el lugar de las torres de la catedral estuviera aún el alminar de la mezquita mayor, seguro que no podría verlo, de tan delgado que era, aéreo, imponderable casi, y entonces, si ésa fuese la hora, la voz del almuédano descendería del cielo blanco, directamente de Alá, por una vez loador en causa propia, lo que del todo no podríamos censurarle porque, siendo quien es, con seguridad se conoce bien.

Iba mediada la mañana cuando sonó el teléfono. Era de la editorial, querían saber cómo iba la corrección, quien empezó a hablar fue Mónica, de Producción, que tiene, como todos los que trabajan en este sector, el hábito de la mención mayestática, así, Señor Silva, dijo, Producción pregunta, parece que estamos oyendo Su Alteza Real quiere saber, y repite como repetían los heraldos, Producción pregunta por las pruebas, si falta mucho para la entrega, pero ella, Mónica, aún no ha entendido, después de tanto tiempo de vida en parte común, que Raimundo Silva detesta que le llamen Silva sin más, no es que aborrezca la vulgaridad del apellido, que anda cerca de los Santos y Sousas, es que le falta el Raimundo, por eso respondió, seco, hiriendo injustamente a la delicada persona que es Mónica, Dígale que mañana estará listo el trabajo, Se lo diré, señor Silva, se lo diré, y no añadió más porque el teléfono fue tomado bruscamente por otra persona, Aquí Costa, Aquí Raimundo Silva, pudo responder el corrector, Ya lo sé, es que las pruebas las necesito hoy, tengo parada la programación, si no meto mañana en imprenta ese libro, se va a armar la de Dios es Cristo, y todo por la revisión de pruebas, Para este tipo de libro, tema, número de páginas, el tiempo de corrección está dentro de la media, No me venga con medias, quiero el trabajo acabado, subió de tono la voz de Costa, señal de que había un jefe cerca, un director, tal vez el patrón en persona. Raimundo Silva respiró hondo, argumentó, Las correcciones hechas deprisa siempre traen erratas, Y los libros que se retrasan significan pérdidas, no hay duda, el patrón asiste a la disputa, pero Costa añade, Vale más dejar pasar dos erratas que un día de ventas, a ver si se entera, no, el patrón no está, ni el director ni el jefe, Costa no admitiría con tanta naturalidad errores en la corrección en beneficio de la rapidez, Es cuestión de criterios, respondió Raimundo Silva, y Costa, implacable, No me hable de criterios, conozco bien el suyo, el mío es muy simple, necesito esas pruebas para mañana, sin falta, arrégleselas como quiera, la responsabilidad es suya, Ya le había dicho a Mónica que el trabajo estará listo mañana, Mañana tiene que entrar en máquinas, Entrará, puede enviar a buscarlo a las ocho, Demasiado temprano, a esa hora aún está cerrado esto, Entonces, mándelo a buscar cuando quiera, no puedo seguir perdiendo el tiempo, y colgó. Raimundo Silva está acostumbrado, no toma demasiado a pecho las impertinencias de Costa, groserías sin maldad, pobre Costa, que no para de hablar de Producción, Producción se las carga siempre, dice, sí señor, los autores, los traductores, los correctores, los de las portadas, pero si no fuera aquí por Producción, a ver de qué les servía tanta sabiduría, una editorial es como un equipo de fútbol, mucho floreo en la delantera, mucho pase, mucho dribling, mucho juego de cabeza, pero si el portero es de esos paralíticos o reumáticos, se va todo al carajo, adiós liga, y Costa sintetiza, algebraico esta vez, Producción es para la editorial como el portero para el equipo. Costa tiene razón.

Llegada la hora de la comida, Raimundo Silva se hará una tortilla de tres huevos con chorizo, exceso dietético que su hígado aún aguanta. Con un plato de sopa, una naranja, un vaso de vino, un café para terminar, no necesita más quien lleva esta vida sedentaria. Lavó los platos cuidadosamente, gasta más agua y detergente de lo que sería preciso, los secó, los metió en el armario de la cocina, es un hombre ordenado, un corrector en el más absoluto sentido de la palabra, si es que alguna palabra puede existir y seguir existiendo llevando consigo un sentido absoluto, para siempre, dado que lo absoluto no pide menos. Antes de volver al trabajo, echó un vistazo al tiempo, se había arreglado un poco, el otro lado del río empieza ya a ser visible, sólo una línea oscura, una mancha alargada, el frío no parece haber disminuido. Sobre la mesa hay cuatrocientas treinta y siete hojas de pruebas, ya ha corregido doscientas noventa y tres, lo que falta no es para asustarse, el corrector tiene toda la tarde, y la noche, sí, también la noche, porque es su profesional escrúpulo hacer siempre una última lectura, seguida, como un lector común, finalmente el placer y la felicidad de comprender de manera libre, suelta, sin desconfianzas, tenía mucha razón aquel autor que preguntó un día, Cómo sería la piel de Julieta para los ojos de un halcón, ahora bien, el corrector, en su agudísima tarea, es precisamente el halcón, aunque vaya teniendo ya la vista cansada, pero al llegar la hora de la lectura final, es como Romeo cuando miró por primera vez a Julieta, inocente, traspasado de amor.

En este caso de la Historia del Cerco de Lisboa, sabe ya que Romeo no encontrará motivos suficientes de embeleso, aunque Raimundo Silva, en la conversación preambular y algo laberíntica sobre la corrección de los errores y los errores de las correcciones, haya dicho al autor que le gustaba el libro, y, realmente, no mintió. Pero qué es gustar, preguntamos nosotros, entre el mucho gustar y el nada gustar está el menos y el poco, y no basta escribirlo para que sepamos qué partes de sí, de no y de quizá comporta todo aquello, sería preciso pronunciarlo en voz alta, el oído capta la vibración última, la capta siempre, y cuando nos engañamos o nos dejamos engañar es sólo porque no dimos oído suficiente al oído. Reconózcase, no obstante, que aquel diálogo nada tuvo de engañoso al respecto, pronto se notó que se trataba de un gustar sin color, alienado, dijo Raimundo Silva aquella palabra tibia, Me gusta, y apenas acabó de ser dicha ya está fría. En cuatrocientas treinta y siete páginas no encontró un hecho nuevo, una interpretación polémica, un documento inédito, ni siquiera un replanteamiento. Sólo una repetición más de las historias del cerco contadas ya mil veces, la descripción de los lugares, los dichos y las obras de la real persona, la llegada de los cruzados a Porto y su navegación hasta entrar en el Tajo, los acontecimientos del día de San Pedro, el ultimátum a la ciudad, los trabajos de sitio, los combates y los asaltos, la rendidón, finalmente el saqueo, die vero quo omnium sanctorum celebratur ad laudem et honorem nominis Christi et sanctissimae ejus genitricis purificatum et templum, dicen que escribió Osberno, entrando en la inmortalidad de las letras gracias al cerco y toma de Lisboa y a las historias que de estos hechos se contaron, significando ese latín traducido por encima del hombro de quien sabe, que en el Día de Todos los Santos pasó la corrupta mezquita a purísima iglesia católica, y ahora sí, ahora ya no podrá nunca más el almuédano llamar a los creyentes a la oración de Alá, van a sustituirlo por una campana o campanilla después de haber sustituido a un dios por otro, feliz caso sería que lo hubieran dejado ir, Es ciego, pobre hombre, salvo si de la ira sanguinaria ciego iba precisamente el cruzado Osberno, sólo igual de nombre, cuando vio frente a su espada a un moro viejo que ni para huir tenía fuerzas ya, allí en el suelo, revoleándose, agitando las piernas y los brazos como si quisiera hundirse tierra adentro, este miedo real en vez del otro, imaginario, y ha de conseguirlo, tan seguro como que está vivo ahora, pero no por mucho tiempo más, decimos nosotros, ni solo podrá, porque estará muerto entonces, pensó el corrector, pues están abriendo fosas comunes. A intervalos, procedente del río, se oye un mugido ronco de sirena, está así desde la mañana, avisando a la navegación, pero sólo en este instante Raimundo Silva lo nota, tal vez por el grande y súbito silencio que dentro de sí se hizo.

Es enero, anochece pronto. La atmósfera del despacho pesa, sofocada. Las puertas están cerradas para defenderse del frío, el corrector tiene una manta sobre las rodillas, la estufa al lado de la mesa, casi escaldándole los tobillos. Ya se ha dicho que la casa es antigua, sin comodidades, de un tiempo espartano y bronco, cuando salir a la calle, en los fríos mayores, era el mejor remedio para quien no dispusiera más que de un corredor gélido donde calentar el cuerpo en pequeños ejercicios de marcha. Pero, en esta última página de la Historia del Cerco de Lisboa puede Raimundo Silva encontrar la ardiente expresión de un patriotismo fervoroso, que seguramente reconocerá si no es que la vida monótona y vulgar no entibió el suyo propio, ahora se estremecerá, sí, pero con aquel soplo único que viene del alma de los héroes, repárese en lo que escribió el historiador, En lo alto del castillo el creciente musulmán fue arriado por última vez y, definitivamente, para siempre, al lado de la cruz que anunciaba al mundo el bautismo santo de la nueva ciudad cristiana, se elevó lento en el azul del espacio, besado por la luz, movido por la brisa, desplegándose triunfador con el orgullo de la victoria, el pendón de Don Afonso Henriques, las quinas de Portugal, mierda, y que nadie crea que esta palabrota la dirige el corrector al nacional emblema, sino que es más bien el legítimo desarrollo de quien, habiendo sido irónicamente reprendido por ingenuos errores de imaginación, va a tener que consentir que queden a salvo otros no suyos, cuando lo que ahora le apetecería, y con toda justicia, es lanzar en los márgenes del papel una lluvia de deleátures indignados, pero, ya sabemos que no lo hará, que con enmiendas de este tipo se vejaría al autor, Limítese el zapatero a la observación del empeine, que sólo para eso le pagan, ésas fueron las impacientes palabras de Apeles, definitivas. Ahora bien, estos errores no son como los de las hondas, simple bagatela entre un quizá sí y un quizá no, que en buena verdad tanto nos da hoy que les llamen baleáricas o baleares, lo que no se debería permitir de ningún modo es hablar de quinas en tiempo de Afonso el Primero, cuando las tales quinas no ocuparon lugar en la bandera hasta el reinado de su hijo Sancho, y aun así dispuestas no se sabe cómo, si en cruz al centro, si una ahí y las otras cada cual en su rincón, si ocupando el campo todo, siendo ésta, según las autoridades más serias, la hipótesis fuerte. Mancha grave, pero no la única, que para todo y siempre quedará manchando la página final de la Historia del Cerco de Lisboa, por lo demás tan ricamente instrumentada de tumbas retumbantes, tan de tambores, tan de histórico arrebato, con las tropas formadas en parada, así las imaginamos, pie a tierra infantes y caballeros, asistiendo al arriar del estandarte abominable y al izado de la insignia cristiana y lusitana, gritando en una sola voz Viva Portugal y batiendo con las espadas en los escudos, en enérgica algazara militar, y después el desfile ante el rey, que está hollando con sus pies, vindicador, aparte de la sangre mora, el creciente musulmán, segundo error y supremo disparate, que nunca tal bandera fue izada sobre los muros de Lisboa, pues como el historiador no debería ignorar, lo del creciente en la bandera fue invento del imperio otomano, dos o tres siglos más tarde. Raimundo Silva posó aún la punta del bolígrafo sobre las quinas, pero pronto pensó que si de allí las quitara, y al creciente con ellas, sería como un terremoto en la página, todo se vendría abajo, historia sin remate condigno con la grandeza del instante, y esta lección es muy buena para que la gente se instruya sobre la importancia de una cosa que, a primera vista, no pasa de ser un pedazo de paño de un color o varios, con figuras recortadas también diversamente coloridas, que tanto pueden ser castillos como estrellas, o leones, o unicornios, o águilas, o soles, u hoces, o martillos, o llagas, o rosas, o sables, o machetes, o compases, o ruedas, o cedros, o elefantes, o bueyes, o bonetes, o manos, o palmeras, o caballos, o candelabros, qué sé yo, se pierde uno en este museo si no lleva guía ni catálogo, peor aún si a las banderas une los blasones, que todo es una familia sola, entonces será un nunca acabar de flores de lis, de conchas, de hebillas, de leopardos, de abejas, de armas y pertrechos, de árboles, de báculos, de mitras, de espigas, de osos, de salamandras, de garzas, de anillos, de patos, de palomas, de jabalíes, de vírgenes, de puentes, de cuervos y carabelas, de lanzas, de libros, sí, hasta de libros, la Biblia, el Corán, el Capital, que adivine quien pueda, y más y más de todo esto, pudiéndose concluir que los hombres son incapaces de decir quiénes son si no pueden alegar que son otra cosa, motivo al fin suficiente, en este caso, para que ahí dejemos el episodio de las banderas, la decaída y la exaltada, pero sabedores de que todo no pasa de mentira, útil hasta cierto punto, oh máxima vergüenza, pues no tuvimos el coraje de enmendarla ni sabríamos poner en su lugar la verdad sustancial, aspiración sobre todas excesiva, pero extinguible, que Alá se apiade de nosotros.

Por primera vez en tantos años de oficio minucioso, Raimundo Silva no hará lectura final y completa de un libro. Son, como queda dicho, cuatrocientas treinta y siete páginas fortísimas de notas, para leerlo todo tendría que pasar en blanco la noche entera, o poco menos, y no le apetece el martirio, que ha cobrado resuelta antipatía hacia la obra y el autor, mañana dirán los lectores inocentes y repetirá la juventud de las escuelas que la mosca tiene cuatro patas, porque así lo ha dicho Aristóteles, y en el próximo centenario de la toma de Lisboa a los moros, en el año dos mil cuarenta y siete, si hay aún Lisboa y portugueses en ella, no faltará un presidente para evocar aquella suprema hora en la que las quinas, avantes en el orgullo de la victoria, ocuparan el lugar del impío creciente en el cielo azul de nuestra hermosa ciudad.

Mientras tanto, le exige la conciencia profesional que, al menos, vaya recorriendo lentamente las páginas, los ojos expertos vagando sobre las palabras, confiando en que, variando así el nivel de la atención, cualquier yerro de menor alzada se dejaría sorprender, como sombra que el movimiento del foco luminoso desplazó súbitamente, o aquel conocido vistazo lateral que capta, en el último instante, una imagen en fuga. Nada importa saber si Raimundo Silva consiguió limpiar del todo las enfadosas páginas, lo que sí valdría la pena es observarlo cuando relee el discurso que Don Afonso Henriques hizo a los cruzados, según la versión de Osberno, allí traducida del latín por el propio autor de la Historia, que no se fía de lecciones ajenas, mayormente tratándose de materia de tal responsabilidad, ni más ni menos que el primer discurso averiguado de nuestro rey fundador, que otro, por lo demás, no se conoce bastante autorizado. Para Raimundo Silva el discurso es, todo él, de punta a punta, un absurdo, no es que se permita dudar del rigor de la traducción, que no está la latinaria entre sus prendas de corrector apenas medio, sino porque no se puede, no se puede realmente creer que de la boca de este rey Afonso, sin prendas, él, de clérigo, haya salido la complicada arenga, más bien compuesta a semejanza de los sermones retorcidos que los frailes pronunciarán de aquí a seis o siete siglos, que de los cortos alcances de una lengua que justo ahora empezaba a balbucearse. Estaba el corrector, así, sonriendo sarcástico, cuando de súbito le dio el corazón un salto, al fin, si Egas Moniz fue tan buen ayo como de él proclamaban los anales, si no nació sólo para llevar al pobre infante lisiado a Carquere o, más tarde, para ir a Toledo con la soga al cuello, no le habrían faltado a su pupilo máximas suficientes cristianas y políticas, y siendo el latín, por excelencia, el vehículo de estos perfeccionamientos, es de suponer que el real chiquillo, aparte de explicarse naturalmente en gallego, latinizaría el quantum satis para poder declamar, llegada la hora, ante tantos y tan cultos cruzados extranjeros, la arenga supracitada, una vez que ellos, de lenguas, no entenderían entonces más que la suya de cuna e iguales rudimentos de la otra, con la ayuda de los frailes intérpretes. Por tanto sabría Don AfonsoHenriques latín y no precisó de pronunciarse hombre por él en la histórica asamblea, quizá incluso fuera él el autor de las célebres palabras, hipótesis muy plausible en persona que, por su mismo puño, y en el mismo latín, había escrito la Historia de la Conquista de Santarem, conforme gravemente nos explica Barbosa Machado en su Biblioteca Lusitana, informándonos además de que el manuscrito, en aquel tiempo, se conservaba en el Archivo del Real Convento de Alcobaça, al final de un libro de San Fulgencio. Hay que decir que el corrector no cree ni una sola palabra de lo que sus ojos están viendo, le sobra escepticismo, él mismo lo ha dicho ya, y para cortar derecho, y también para defenderse de los enfados de esta lectura obligada, fue a la fuente limpia de las Historiografías modernas, buscó y encontró, ya lo pensaba yo, que Machado, crédulo, copió sin comprobar lo que habían escrito Frei Bernardo de Brito y Frei António Brandão, que así es como se acomodan los equívocos históricos, Fulano dice que Zutano dijo que Perengano oyó, y con tres autoridades de ésas se monta una historia, siendo al fin cierto que la de la Conquista de Santarem la escribió un canónigo regular de la Santa Cruz de Coimbra, de quien ni el simple nombre ha quedado para ocupar en la biblioteca el lugar a que tiene justo derecho y retirar de allí el del rey usurpador.

Raimundo Silva está de pie, tiene sobre sus hombros la manta, pero de modo que una punta se arrastra por el suelo cuando se mueve, y en voz alta lee como un heraldo lanzando sus proclamas, esto es, el discurso que a los cruzados echó el rey nuestro señor de esta guisa, Bien sabemos, y tenemos ante los ojos, que sois sin duda hombres fuertes, denodados y de gran destreza, y, en verdad, vuestra presencia no ha disminuido a nuestra vista lo que de vosotros nos había dicho la fama. No os reunimos aquí para saber cuánto sería preciso prometeros a vosotros, hombres de tanta riqueza, para que, enriquecidos con nuestras dádivas, os quedaseis con nosotros para el cerco de esta ciudad. Siempre inquietados por los moros, nunca hemos podido acumular tesoros, con los que a veces acontece que no se pueda vivir en seguridad. Pero como no queremos que ignoréis nuestros recursos y cuáles son nuestras intenciones hacia vosotros, entendemos que no debéis despreciar nuestra promesa, pues consideramos como sujeto a vuestro dominio todo cuanto nuestra tierra posee. De una cosa sin embargo estamos ciertos, y es que vuestra piedad os invitará más a este trabajo y al deseo de realizar tan gran hecho que lo que pudiera atraeros la promesa de nuestro dinero y recompensa. Ahora bien, para que con la algazara de vuestros hombres no sea perturbado lo que os diga, elegid a quien queráis, a fin de que, retirados aparte unos y otros, benigna y sosegadamente determinemos en conjunto la causa de nuestra promesa, y resolvamos sobre aquello que os exponemos, para después ser explicado a todos en común con lo que hayamos resuelto, y así, dado el asentimiento de ambas partes, con juramento y garantías ciertas sea esto ratificado para interés de Dios.

No, este discurso no es obra de un rey principiante, sin excesiva experiencia diplomática, aquí hay dedo, mano y cabeza de eclesiástico mayor, tal vez el propio obispo de Porto, Pedro Pitões, y seguramente el arzobispo de Braga, João Peculiar, que juntos y concertados habían logrado persuadir a los cruzados, de paso por el Duero, de que bajaran hasta el Tajo para ayudar a la conquista, diciéndoles, por ejemplo, Al menos oigan las razones que a favor de la prestación de auxilio tenemos que darles, a la vista de la mercaduría. Y habiendo durado tres días el viaje de Porto a Lisboa, no es preciso estar dotado de una imaginación prodigiosa para suponer que los dos prelados, de camino, vinieron haciendo el borrador, para adelantar trabajo, ponderando los argumentos, insinuando mucho, cautelando lo posible, con promesas liberalísimas envueltas en prudentes reservas mentales, sin olvidar la lisonja, recurso envanecedor que generalmente fructifica en mil por uno, aunque estéril sea el terreno y torpe el sembrador. Raimundo Silva, acalorado, deja caer la manta con teatral ademán, sonríe sin alegría, Este discurso no hay quien se lo crea, más parece lance shakespeariano que obra de obispos menores, y vuelve a su mesa, se sienta, mueve la cabeza vencido, Pensar que nunca llegaremos a saber qué palabras dijo realmente Don Afonso Henriques a los cruzados, al menos buenos días, y qué más, y qué más, y la claridad ofuscante de esta evidencia, no poder saberlo, aparece de pronto ante él como una infelicidad, sería capaz de renunciar a algo, no se pregunta a qué ni cuánto, al alma, si la hay, a los bienes, si los tuviera, para encontrar, preferentemente en esta parte de Lisboa donde vive y que es precisamente lo que en aquel tiempo era la ciudad toda, un pergamino, un papiro, un papel suelto, un recorte de periódico, una grabación de poder ser, o una lápida esculpida, que registrara el verdadero discurso, el original, por así decirlo, quizá menos sutil en artes dialécticas que esta versión amanerada, en la que faltan justamente las fuertes palabras dignas de la ocasión.

La cena fue rápida, sencilla, aún más ligera que la comida, pero Raimundo Silva bebió dos tazas de café en vez de una, para defenderse del sueño que no tardaría en amenazarlo, vista la mal dormida noche anterior. Con ritmo seguro las páginas van cambiando de lugar, se suceden los episodios y los cuadros, ahora el historiador embanderó el estilo para tratar de la gran discordia que se levantó entre los cruzados, después de la arenga real, sobre si deberían, o no, ayudar a nuestros portugueses a tomar Lisboa, si se quedarían aquí o seguirían, como estaba previsto, hacia Tierra Santa, donde los estaba esperando Nuestro Señor Jesucristo, bajo los hierros turcos. Argumentaban aquellos a quienes seducía la idea de quedarse que lanzar fuera de la ciudad a estos moros y hacerla cristiana sería también servicio de Dios, contestaban los contrarios que, si ése era servicio de Dios, servicio menor sería, y que caballeros tan principales como allí todos se preciaban de ser, tenían por obligación acudir a donde más trabajosa fuese la obra, no en este culo del mundo, entre labrantines y tiñosos, que unos debían de ser los moros y otros los portugueses, pero no lo averiguó el historiador, tal vez porque no valiera la pena eligir entre los dos insultos. Gritaban los guerreros como posesos, Dios me perdone, violentos de palabras y de gestos, y los que defendían la idea de continuar viaje hacia los Santos Lugares afirmaban que muchos mayores lucros y provechos tendrían de la extorsión del dinero y mercadurías de las naos que en el mar encontrasen, tanto de España como de África, anacronismo de que sólo al historiador se deben pedir cuentas, hablar de naos en el siglo doce, que de la toma de esta ciudad de Lisboa, con menos peligro de vidas, que las murallas son altas y los moros muchos. Acertó Don Afonso Henriques de lleno cuando pronosticó que el examen de su propuesta acabaría en algazara, palabra que siendo árabe de nacionalidad igualmente sirve para cualquier gritar y vocear de renanos, flamencos, boloñeses, bretones, escoceses y normandos, mezclados. En fin, ya se acomodarán las contrarias partes al cabo de una disputa verbal prolongada durante todo este día de San Pedro, y a la mañana siguiente, que es el treinta de junio, irán los representantes de los cruzados, concordes ahora, a informar al rey de que sí señor lo auxiliarán en la conquista de Lisboa, a cambio de los haberes de los enemigos, que desde más allá de las murallas los observan, y otras facilidades directas e indirectas.

Dos minutos hace que Raimundo Silva mira, de un modo tan fijo que parece vago, la página donde se encuentran consignados estos inconmovibles hechos de la Historia, no por desconfiar de que en ella se oculte algún último error, cualquier pérfida errata que hubiera encontrado manera de esconderse en los repliegues de una subordinación tortuosa, y ahora, con artificios, lo provoque, a cubierto también de su cansada vista y del sueño general que lo invade y entorpece. Que lo invadía y entorpecía, serían los tiempos verbales exactos. Porque hace tres minutos que Raimundo Silva está tan despierto como si hubiese tomado una pastilla de benzedrina, de un resto que ahí tiene, tras los libros, lo que sobró de la receta de un médico idiota. Está como fascinado, lee, relee, vuelve a leer la misma línea, esta que cada vez rotundamente afirma que los cruzados auxiliarán a los portugueses a tomar Lisboa. Quiso el azar, o fue más bien la fatalidad, que estas unívocas palabras quedasen reunidas en una sola línea, presentándose así con la fuerza de una leyenda, son como un dístico, una inapelable sentencia, pero son también una provocación, como si estuviesen diciendo irónicamente, Haz de mí otra cosa, si eres capaz. La tensión llegó a un punto tal que Raimundo Silva, de repente, no pudo aguantar más, se levantó, empujando la silla hacia atrás, y camina ahora agitado de un lado a otro en el reducido espacio que las estanterías, el sillón y la mesa le dejan libre, dice y repite, Qué disparate, qué disparate, y como si precisara confirmar esta radical opinión, volvió a coger la hoja de papel, gracias a lo que podemos nosotros, ahora, que antes habíamos llegado a dudar, aseguramos de que no hay tal disparate, allí se dice muy explicadamente que los cruzados auxiliarán a los portugueses a tomar Lisboa, y la prueba de que así ocurrió la encontraríamos en las páginas siguientes, allí donde se describe el cerco, el asalto a las murallas, el combate en las calles y en las casas, la mortandad excesiva, el saqueo, Por favor, díganos usted dónde ve el disparate, ese error que se nos escapa, es natural, no nos beneficiamos de su gran experiencia, a veces miramos y no vemos, pero sabemos leer, creía, sí, tiene razón, no lo comprendemos siempre todo, ya se adivina por qué, la preparación técnica, claro, la preparación técnica, y también, confesémoslo, a veces nos da pereza ir al diccionario y ver los significados, cosa que no hace más que perjudicarnos. Es un disparate, insiste Raimundo Silva como si estuviera respondiéndonos, no haré tal cosa, y por qué iba a hacerla, un corrector es una persona seria en su trabajo, no juega, no es un prestidigitador, respeta lo que está establecido en gramáticas y prontuarios, se guía por las reglas y no las modifica, obedece a un código deontológico no escrito pero imperioso, es un conservador obligado por las conveniencias a esconder sus voluptuosidades, las dudas, si alguna vez las tiene, las guarda para sí, mucho menos pondrá un no donde el autor escribió un sí, este corrector no lo hará. Las palabras que el Dr. Jekyll acabó de decir intentan oponerse a otras que no llegamos a oír, ésas las dice Mr. Hyde, no será preciso mencionar estos dos nombres para darnos cuenta de que en esta vieja casa del barrio del Castillo asistimos una vez más a una lucha entre el campeón angélico y el campeón demoníaco, esos dos de que están compuestas y en que se dividen las criaturas, nos referimos a las humanas, sin excluir a los correctores. Pero esta batalla, desgraciadamente, va a ganarla Mr. Hyde, se nota en la manera como Raimundo Silva sonríe en este momento, con una expresión que no esperaríamos de él, de pura malignidad, han desaparecido de su rostro todos los rasgos del Dr. Jekyll, es evidente que acaba de tomar una decisión, y que fue mala, con mano firme sujeta el bolígrafo y añade una palabra a la página, una palabra que el historiador no escribió, que en nombre de la verdad histórica no podría haber escrito nunca, la palabra No, ahora lo que el libro dice es que los cruzados No auxiliarán a los portugueses a conquistar Lisboa, así está escrito y por tanto pasó a ser verdad, aunque diferente, lo que llamamos falso ha prevalecido sobre lo que llamamos verdadero, ocupó su lugar, alguien tendría que venir a contar la historia nueva, y cómo.

En tantos años de honrada vida profesional, jamás Raimundo Silva se había atrevido, con plena consciencia, a infringir el antes citado código deontológico no escrito que pauta las acciones del corrector en relación con las ideas y opiniones de los autores. Para el corrector que conoce su lugar, el autor, como tal, es infalible. Se sabe, por ejemplo, que el corrector de Nietzsche, siendo fervoroso creyente, resistió la tentación de introducir, también él, la palabra No en una página determinada, transformando en Dios no ha muerto el Dios ha muerto del filósofo. Los correctores, si pudieran, si no estuviesen atados de pies y manos por un conjunto de prohibiciones más impositivo que un código penal, sabrían mudar la faz del mundo, implantar el reino de la felicidad universal, dando de beber a quien tiene sed, de comer a quien tiene hambre, paz a los que viven agitados, alegría a los tristes, compañía a los solitarios, esperanza a quien la tenga perdida, por no hablar ya de la fácil liquidación de miserias y de crímenes, porque todo lo harían con un simple cambio de palabras, y si alguien tiene dudas sobre estas nuevas demiurgias no tiene más que recordar que así mismo fue el mundo hecho y hecho el hombre, con palabras, unas y no otras, para que así quedase y no de otra manera. Hágase, dijo Dios, e inmediatamente apareció hecho.

Raimundo Silva no seguirá leyendo. Está agotado, se le han ido todas las fuerzas en aquel No en que se jugaba, aparte de la inmaculada reputación bien merecida, la tranquilidad de una conciencia en paz. A partir de hoy vivirá para el momento, más tarde o más temprano, pero inevitable, en que aparezca alguien pidiéndole cuentas del error, podrá ser precisamente el enfadado autor, o el crítico irónico e implacable, o un lector atento en carta a la editorial, o incluso mañana mismo, Costa, cuando venga a buscar las pruebas, que es muy capaz de venir personalmente, con su aire heroico y sacrificado, He tenido que venir yo, siempre es mejor hacer cada uno más de lo que es su deber. Y si a Costa le diera por hojear las pruebas antes de meterlas en la cartera, si en ese momento le salta a sus ojos la página maculada por la mentira, si le sorprende la aparición de una nueva palabra en las pruebas que ya son cuartas, si se toma la molestia de leerla y entiende lo que ahora está escrito, el mundo, entonces reenmendado, habrá vivido diferente sólo un corto instante, Costa dirá, aunque vacilante, Señor Silva, me parece que hay aquí un error, y él fingirá mirar y no tendrá más remedio que decir que sí, Qué disparate, no sé cómo puede haber ocurrido esto, efectos del sueño, fue lo que fue. No será necesario trazar un deleátur para eliminar la ominosa palabra, basta tacharla, simplemente, como lo haría un niño, el mundo regresará a su antigua y tranquila órbita, lo que fue seguirá siendo, y, en adelante, Costa, aunque no vuelva a hablar de este extraño caso, tendrá un motivo más para proclamar que Producción está por encima de todas las cosas.

Raimundo Silva se ha acostado. Está tendido con las manos cruzadas bajo la nuca, no siente aún el frío. Tiene dificultades para pensar en lo que ha hecho, sobre todo no consigue reconocer la gravedad de su acción, y llega incluso a sorprenderse porque nunca antes se le hubiera ocurrido la idea de alterar el sentido de otros libros que revisó. En un momento determinado le parece como si estuviera desdoblándose, alejándose de sí, se ve pensando y se asusta un poco. Después se encoge de hombros, aplaza la preocupación que empezaba a insinuarse en su espíritu, Veremos, mañana decidiré si dejo la palabra, o la retiro. Iba a volverse hacia el lado derecho, dando la espalda a la mitad vacía de la cama, cuando se dio cuenta de que la sirena se había callado, sabe Dios cuánto tiempo hacía ya, No, la oí cuando estaba diciendo el discurso del rey, lo recuerdo exactamente, entre dos frases, el mugido ronco, como de toro que se hubiera perdido entre la niebla, bramando hacia el cielo blanco, lejos de la manada, es extraño que no haya animales marinos con voces capaces de llenar la amplitud del mar, o este ancho río, voy a ver cómo está el cielo. Se levantó, se cubrió con la bata de lana gruesa que, en invierno, extiende siempre sobre las mantas de la cama, y abrió la ventana. Había desaparecido la niebla, es increíble que hubiera tantos centelleos ocultos en ella, las luces por la ladera abajo, las otras del otro lado, amarillas y blancas proyectadas sobre el agua como lumbres trémulas. Hace más frío. Raimundo Silva pensó, penosamente, Si yo fumara, encendería ahora un pitillo, mirando al río, pensando que todo es vago y vario, pero así, al no fumar, pensaré que todo es vario y vago, realmente, pero sin pitillo, aunque el pitillo, si lo fumara, por sí mismo expresaría la variedad y la vaguedad de las cosas, como el humo, si fumase. El corrector se entretiene en la ventana, nadie lo llamará, Ven adentro, que te vas a enfriar, y él intenta imaginar que lo llaman dulcemente, pero se queda un minuto pensando, vago él, y vario, y al fin, como si otra vez lo hubieran llamado, Ven adentro, te lo ruego, condesciende, cierra la ventana y vuelve a la cama, se echa sobre el lado derecho, a la espera. Del sueño.

No eran aún las ocho cuando Costa llamó a la puerta. El corrector, que había tenido una noche difícil, de breves e inquietos sueños, dormía al fin pesadamente, así lo creía la parte de él que había accedido a un nivel de consciencia suficiente para pensar, y ese profundo sueño se sacaba como conclusión, vista la dificultad de despertar de la otra parte, pese a las estridencias insistentes del timbre, cuatro veces, cinco, ahora un toque prolongado hasta el infinito, como si el mecanismo del botón estuviese enclavado. Raimundo Silva sabía, evidentemente, que debería levantarse, pero no podía dejar en la cama la mitad de sí mismo, o tal vez más, qué diría Costa, porque seguro que es Costa, ahora la policía ya no viene a sacarnos de la cama matinalmente, sí, qué dirá Costa al ver aparecer sólo la mitad de Raimundo Silva, tal vez a Bienvenido, un hombre siempre debe ir completo a donde lo llamen, no puede alegar, Traigo aquí esta parte de quien soy, el resto se ha retrasado en el camino. El timbre seguía tocando, Costa empieza a preocuparse, Qué silencio en la casa, al fin la mitad despierta del corrector consigue gritar con voz ronca, Voy, y sólo entonces la parte dormida se deja mover, de mala gana. Ahora, precariamente reunidos, inseguros en piernas que no se sabe a quién pertenecen, atraviesan el cuarto, la puerta de la escalera forma ángulo recto con ésta, casi se podrían abrir las dos con un solo movimiento, es Costa, claramente arrepentido de la matinal alarma, Perdone, entonces se da cuenta de que no ha dicho buenos días, Buenos días, perdone, señor Silva, que venga tan temprano, pero es por culpa de las pruebecitas, Costa quiere realmente que le perdonen, el humilde diminutivo no significa otra cosa, Sí, sí, dice el corrector, pase ahí al despacho.

Cuando Raimundo Silva reaparece, ciñéndose el cinturón y acondicionando al cuello las solapas de la bata, que es de tonos azules, con dibujo escocés, Costa ya tiene en la mano el mazo de pruebas, las sostiene como si las sopesara, incluso dice, comprensivo, Realmente, esto es enorme, pero no las hojea propiamente, se limita a preguntar, un poco inquieto, Ha tenido que corregir mucho, y Raimundo Silva responde, No, al tiempo que sonríe, afortunadamente nadie puede preguntarle por qué, Costa no sabe que precisamente está siendo engañado por una palabra tan pequeña, ese No que en una misma emisión de voz esconde y revela, Costa preguntó, Ha tenido que corregir mucho, y el corrector respondió, No, sonriendo, ahora crispado cuando dice, Si quiere, puede verlas, a Costa le extraña la benevolencia, es un sentimiento vago que pronto se disipa, No vale la pena, las llevaré directamente a la imprenta, me han dicho que meten el libro en máquinas en cuanto lleguen las pruebas. Si Costa hojeara las páginas y se diera cuenta del error, piensa el corrector que aún podría convencerlo con dos o tres frases complicadas de contexto y negación, de contradicción y apariencia, de nexo e indeterminación, pero Costa ya sólo quiere marcharse, tiene una imprenta a su espera, está contento porque Producción consiguió una victoria más en la lucha contra el tiempo, Hoy es el primer día del resto de tu vida, debería, claro está, mostrarse severo, no es bueno que las cosas acaben por resolverse siempre a última hora, necesitamos trabajar con mayores márgenes de seguridad, pero el corrector tiene un aire tan desamparado metido en aquel batín de falso escocés, la barba crecida, el pelo grotescamente teñido, contrastando, triste, con los rastrojos blancos de la cara, que Costa, muchacho que está en la fuerza de la vida, pese a pertenecer a las generaciones que hicieron irrisión de la bondad, calla sus justísimas quejas y casi con afecto saca de la cartera el original de un nuevo libro para revisar, Éste es pequeño, poco más de doscientas páginas, y la prisa no es mucha. Raimundo Silva recibe y entiende el sentido del gesto y de las palabras, descifra el medio tono añadido o retirado de una vocal, su oído sabe leer tan bien como sus ojos, y por todo eso siente como un remordimiento de estar engañando así la inocencia de Costa, emisario y portador de un error del que no es responsable, como acontece a la mayoría de los hombres, que viven y mueren ingenuos, afirmando y negando por cuenta ajena, aunque pagando las cuentas como si propias fuesen, pero sabio es Alá, y lo demás fantasmas de la razón.

Se fue Costa, feliz por empezar tan bien el día, y Raimundo Silva va a la cocina a prepararse el café con leche y las tostadas con mantequilla. Las tostadas, para este hombre de normas y principios, son casi un vicio y verdaderamente una manifestación de gula irrefrenable, en la que entran múltiples sensaciones, tanto visuales como táctiles, tanto olfativas como gustativas, empezando por el brillo de la tostadora cromada, después el cuchillo cortando las rebanadas, el olor del pan tostado, la mantequilla derritiéndose y al fin el placer complejo de la boca, del paladar, de la lengua, de los dientes, a los que se pega la inefable película oscura, quemada y suave, y otra vez el olor, ahora dentro de él, en el cielo esté quien tan sublime cosa supo inventar. Raimundo Silva, un día, dijo estas exactas palabras en voz alta, en un rápido momento en el que le pareció estar transfundiéndosele a la sangre la obra perfecta del fuego y del pan, que, en verdad, para él, hasta la mantequilla sería superflua, dispensable sin mayor tristeza, aunque muy necio tendría que ser quien rechazase lo que, añadido a lo esencial, redobla los apetitos y los sabores, es ése el caso del pan tostado y de la mantequilla, de que venimos hablando, sería también el caso del amor, por ejemplo, si de él tuviera el corrector más amplia experiencia. Acabó Raimundo Silva de comer, fue al baño, a afeitarse, a cuidar de la apariencia. Mientras no tiene la cara bien cubierta de espuma, huye de mirarse directamente al espejo, hoy vive arrepentido de haber decidido teñirse el pelo, está como prisionero de sus propios artificios, porque, más que el desagrado que le causa su imagen, lo que no soporta es la idea de que, dejando de teñirse, las canas saldrán bruscarnente a la luz, de una sola vez, como una irrupción brutal, en lugar del lento avance natural que por vanidad loca decidió un día interrumpir. Son las pequeñas miserias del espíritu que el cuerpo tiene que pagar, él que no tiene culpas.

En el despacho, sólo para ver de qué se trata el nuevo trabajo, Raimundo Silva examina el original que Costa le dejó, ojalá no me salga una Historia de Portugal completa, que no faltarían en ella otras tentaciones de Sí y de No, o aquella, quizá más seductoramente especulativa, de un infinito Tal vez que no dejara piedra sobre piedra ni hecho sobre hecho. Por fin, es sólo una novela entre novelas, no tiene que preocuparse más con introducir en ella lo que en ella ya se encuentra, porque libros de éstos, las ficciones que cuentan, se hacen, todos y todas, con una continuada duda, con un afirmar reticente, sobre todo la inquietud de saber que nada es verdad y es necesario fingir que lo es, al menos por un tiempo, hasta que no pueda resistirse a la evidencia indudable del cambio, entonces se va uno al tiempo que pasó, que sólo él es verdaderamente tiempo, e intenta reconstruir el momento que no supimos reconocer, que pasaba mientras reconstruíamos otro, y así sucesivamente, momento tras momento, toda novela es eso, desesperación, intento frustrado de que el pasado no sea cosa definitivamente perdida. Lo que no se ha acabado aún de averiguar es si es la novela la que impide al hombre olvidarse, o si es la imposibilidad del olvido lo que lleva a escribir novelas.

Tiene Raimundo Silva el hábito higiénico de concederse a sí mismo un día de libertad cuando termina la corrección de un libro. Es como un desahogo, dice él, una purga, y así baja de su casa al mundo, pasea por esas calles, se demora en exposiciones, se sienta en un banco del jardín, se distrae dos horas en el cine, entra en un museo para rever un cuadro súbitamente urgente, en fin, hace la vida de quien vino de visita y tan pronto no va a volver. No siempre, pese a todo, cumple el programa entero. No es raro que regrese a casa cuando aún la tarde está mediada, ni cansado ni aburrido, sólo porque lo llamó la voz interior con la que ni vale la pena discutir, tiene ya un libro a la espera, otro, que la editorial, por lo mucho que lo considera y estima, nunca le dejó hasta ahora sin trabajo. Pese a llevar tantos años de esta monótona vida, aún siente la curiosidad de saber qué palabras lo estarán aguardando, qué conflicto, qué tesis, qué opinión, qué simple enredo, aconteció eso mismo con la Historia del Cerco de Lisboa, no sería de extrañar que desde los tiempos de la escuela nunca el azar o la propia voluntad le hubieran hecho interesarse por tan remotos episodios.

Esta vez, sin embargo, Raimundo Silva prevé que regresará tarde a casa, es probable incluso que vaya a una sesión de medianoche, y no necesitamos ser excesivamente perspicaces para percibir que su deseo es estar fuera del alcance inmediato de Costa si llega a descubrirse el fraude del que, al mismo tiempo, es autor y cómplice, porque siendo autor erró y siendo corrector no corrigió. Por otra parte, son casi las diez, en la imprenta deben de estar montando ya las primeras ramas, el impresor, con los gestos pausados y minuciosos que distinguen al especialista, procederá a los ajustes, y de aquí a poco empezarán a salir velozmente las hojas de papel que van a contar la falsa Historia del Cerco de Lisboa, y también de aquí a pocos minutos podrá sonar el teléfono, raro es que no haya sonado ya, y se oirá del otro lado a Costa gritando, Un error que no tiene explicación, señor Silva, menos mal que me he dado cuenta a tiempo, venga inmediatamente, tome un taxi, esto es asunto de su responsabilidad, no, no es cuestión que pueda tratarse por teléfono, exijo su presencia, con testigos, a Costa, del nerviosismo, le falla la voz, y Raimundo Silva, tan nervioso como él, o más, empujado por las imaginaciones, empieza a vestirse precipitadamente, se acerca a la ventana para ver cómo está el tiempo, frío pero descubierto. En la otra orilla, las altas chimeneas lanzan al aire rollos de humo que primero suben verticalmente, hasta que el viento quiebra su impulso y los abate en una lenta nube que va hacia el sur. Raimundo Silva baja los ojos hacia los tejados que cubren el antiguo suelo de Lisboa. Tiene las manos apoyadas en la barandilla del mirador, siente el hierro frío y áspero, ahora está tranquilo, apenas mira, no piensa, y es en este instante cuando acude a su espíritu vacío una idea para ocupar este su día libre, algo que nunca ha hecho en su vida, no tienen razón quienes se quejan de su brevedad si no la aprovechan como les ha sido dada.

Dejó el mirador, fue al despacho, buscó entre los papeles de un armario las primeras pruebas del Cerco, aún en su poder, como las segundas y las terceras, no el original, ése se queda en la editorial después de terminada la primera revisión, lo metió todo en una bolsa de papel, y es ahora cuando suena el teléfono. Raimundo Silva dio un respingo, la mano izquierda, guiada por el hábito, incluso se acercó, pero se paró a medio camino y se recogió, ese objeto negro es una bomba de relojería que va a estallar, una serpiente de cascabel vibrante dispuesta a atacar. Lentamente, como si temiera que los pasos pudiesen ser oídos desde donde le llaman, el corrector se aleja, murmura, Es Costa, pero está equivocado, y nunca sabrá quién le quiso hablar a esa hora de la mañana, quién y para qué, Costa no le dirá, dentro de unos días, Llamé a su casa, pero no atendió nadie el teléfono, y tampoco otra persona, pero quién, repetirá la declaración, Qué pena, tenía una buena noticia que darte, el teléfono sonó, sonó, y nada. El teléfono suena, suena, pero Raimundo Silva no responderá, ya está en el pasillo, dispuesto a salir, probablemente, después de tantas dudas y aflicciones, fue alguien que se equivocó de número, ocurre a veces, pero esto mismo no lo llegaremos a saber, es sólo un suponer, aunque apetece aprovechar la hipótesis, esa que dejaría más sosegado al corrector, lo que, por otra parte, bien vistas las cosas, no pasa de irreflexiva manera de decir, considerando que tal tranquilidad, en las presentes circunstancias, sería parecida, en todo, al precario alivio de un mero aplazamiento, aparta de mí este cáliz, dijo el otro, y no le serviría de nada, que de nuevo volverían a imponérselo.

Mientras baja la escalera, estrecha y empinada, Raimundo Silva va pensando que aún estaría a tiempo de evitar la mala hora que le espera cuando su temeraria acción sea descubierta, basta tomar un taxi y correr a la imprenta, donde Costa seguramente está, feliz por haber demostrado una vez más la eficacia que es su principal característica, Costa, que es Producción, adora ir a la imprenta a dar, por así decirlo, la voz de marcha, y va precisamente a darla cuando de pronto aparece en la puerta Raimundo Silva gritando, Alto, paren, parece el caso novelesco del emisario jadeante que trae al condenado a muerte, en el último segundo, el perdón real, qué alivio, cierto es que también éste precario, pero es abisal la diferencia entre saber que un día moriremos y tener ya ante los ojos el fin de todo, el pelotón apuntando armas, mejor que nadie lo dirá quien, habiendo escapado antes milagrosamente, esté ahora, sin remedio, en el trance definitivo, se libró de la primera vez Dostoievski, pero no de la segunda. A la luz clara y fría de la calle, Raimundo Silva parece ponderar aún lo que finalmente va a hacer, pero la ponderación es fingimiento, apariencia sólo, el corrector representa para sí mismo un debate cuya conclusión es conocida de antemano, aquí tuvo voz la acostumbrada frase de los jugadores de ajedrez intransigentes, pieza tocada, pieza jugada, mi querido Alekhine, lo que escribí, escrito está. Raimundo Silva respira hondo, mira las dos filas de edificios a izquierda y derecha, con un séntimiento extraño de posesión que abarca al propio suelo que pisa, él que no tiene bienes bajo el sol ni esperanzas de lograrlos, perdida que fue, en la lejanía del tiempo, la ilusión prebendaria representada por la madrina Bienvenida, que en gloria esté, si la están confortando las oraciones de los herederos legítimos y agraciados, ni más ni menos egoístas de lo que manda su general naturaleza, igual en todas partes. Pero verdad es que el corrector, que en este barrio junto al castillo vive hace, de tan largos, ya no contados años, no precisando de él más referencia que la suficiente para no perder el tino de la casa, experimenta ahora, a la par del mencionado gozo de novel propietario, una libre, una desahogada sensación de placer que quién sabe si se prolongará más allá de la próxima esquina, cuando dé la vuelta hacia la Rua Bartolomeu de Gusmão, en la zona de la sombra. Mientras camina, se pregunta a sí mismo de dónde le vendrá semejante seguridad, si tan bien sabe que lo sigue la famosa espada de Damocles, en forma de carta de despido, por causa más que justa, incompetencia, fraude deliberado, premeditación maliciosa, incitación a la perversión. Pregunta, e imagina recibir la respuesta de la propia falta que cometió, no de la falta en sí, sino de sus consecuencias obvias, esto es, Raimundo Silva, que justamente se encuentra en los lugares de la antigua ciudad mora, tiene, de esta coincidencia histórica y topográfica, una consciencia múltiple, caleidoscópica, sin duda gracias a la decisión que formalmente tomó de que los cruzados decidieran no auxiliar a los portugueses y, en consecuencia, que se las arreglen éstos como puedan, con sus parcas fuerzas nacionales, si nacionales podemos llamarlas ya, siendo cierto que hace siete años, pese a la ayuda de otra cruzada semejante, se dieron de narices contra las murallas, o ni siquiera intentaron aproximarse a ellas, quedándose todo en correrías, devastación de huertos y cercados y otros atropellos contra la propiedad privada. Ahora bien, estas consideraciones minuciosas tienen por único fin poner en claro, aunque mucho cueste admitirlo a la luz de la cruda realidad, que, para Raimundo Silva, y hasta nueva orden o hasta que Dios Nuestro Señor de otra manera lo disponga, Lisboa sigue siendo de moros, puesto que, sopórtese pacientemente la repetición, no han pasado aún veinticuatro horas sobre el fatal minuto en que los cruzados manifestaron su afrentosa negativa, y en tan escaso tiempo no podrían los portugueses resolver, por sí solos, las complejas cuestiones tácticas y estratégicas de cerco, asedio, batalla y asalto, esperemos que por decreciente orden de duración, cuando llegue el momento.

Evidentemente, la confitería A Graciosa, donde el corrector ahora está entrando, no se encontraba aquí en el año mil ciento cuarenta y siete en que estamos, bajo este cielo de junio, magnífico y cálido pese a la brisa fresca que viene del lado del mar por la boca de la barra. Una confitería es, desde siempre, buen lugar para saber las novedades, en general la gente no lleva mucha prisa, y siendo éste un barrio popular, donde todos se conocen y donde la familiaridad de lo cotidiano ya redujo al mínimo las ceremonias previas a la comunicación, salvo, claro está, algunas fórmulas sencillas, Buenos días, Cómo le va, Todo bien, que se dicen sin prestar gran atención al significado real de las preguntas y respuestas, es natural que en seguida se pase a las preocupaciones del día, que son varias y todas graves. La ciudad está convertida en un coro de lamentaciones, con toda esa gente que va entrando de huida, acosada por las tropas de Ibn Arrinque, el Gallego, a quien Alá fulmine y condene al infierno profundo, y vienen en lastimoso estado los infelices, chorreando sangre las heridas, llorando y gritando, no pocos con muñones en vez de manos, o cruelmente desorejados, o sin nariz, es el aviso que manda el rey portugués, y parece, dice el dueño de la confitería, que vienen cruzados por mar, malditos sean, corre que serán unos doscientos navíos, esta vez las cosas se ponen feas, no hay duda, Ay, pobrecillos, dice una mujer gorda, limpiándose una lágrima, que ahora mismo vengo de la Porta de Ferro, y es una ostentación de miserias y desgracias que ya no saben los médicos adónde acudir, vi personas con la cara convertida en un cuajarón de sangre, un pobre con los ojos vaciados, horror, horror, que caiga la espada del Profeta sobre los asesinos, Caerá, dijo un joven que, apoyado en la barra, bebía un vaso de leche, caerá si es nuestra mano quien la empuña, No nos rendiremos, dijo el dueño de la confitería, hace siete años vinieron también portugueses y cruzados y se llevaron que contar, Pues sí, volvió el joven, después de limpiarse la boca con el dorso de la mano, pero Alá no suele ayudar a quien a sí mismo no se ayuda, y esos cinco barcos de cruzados que llevan ahí en el río seis días fondeados, me pregunto por qué no los atacamos y echamos al fondo, Qué justa obra sería ésa, dijo la gorda, en pago de las miserias de los nuestros, En pago, no, dijo el dueño de la confitería, que las cuentas de nuestras venganzas nunca fueron menos que cien por uno, Pero mis ojos son como palomas muertas que no volverán a los nidos, dijo el almuédano.

Raimundo Silva entró, dio los buenos días sin reparar en quién estaba, y eligió una mesa detrás del escaparate donde se exhibían las seducciones de la dulcería habitual, los pasteles de nata, las palmeras, las cornucopias, los madalenas, los pastelillos de arroz, los jesuitas, e, inevitables, los cruasanes, con la forma que les dio el nombre en francés, creciente, luego convertido en decreciente a la primera dentellada, menguante pues, hasta no quedar en el plato más que migajas, ínfimos cuerpos celestes que el gigantesco dedo de Alá, humedecido, va llevándose a la boca, después no quedará más que el terrible vacío cósmico, si son compatibles el ser y la nada. El empleado, que dueño no es, interrumpe la limpieza de unos vasos, y trae el café que el corrector pidió, lo conoce pese a no ser parroquiano de todos los días, sólo de vez en cuando, y siempre da idea de venir aquí para rellenar un intervalo ocasional, ahora parece haberse sentado con más descanso, abre una bolsa de papel de donde saca un grueso mazo de hojas sueltas, el empleado busca espacio para posar la tacita y el vaso de agua, pone el terrón de azúcar en el platillo, y antes de retirarse repite el comentario que hizo a lo largo de la mañana, habla del frío que hace, Afortunadamente hoy no hay niebla, el corrector sonríe como si hubiera acabado de recibir una noticia agradable, Es verdad, afortunadamente no hay niebla, pero una mujer gorda, en la mesa de al lado, que acompaña con una leche manchada su bollo de hojaldre, informa que, según el boletín meteorológico, ella pronuncia, viciosamente, Metrológico, es probable que vuelva a aparecer la niebla al caer la tarde, quién lo diría, estando ahora el cielo tan claro, el sol reluciente, observación poetizante que ella no hizo, pero que, por irresistible, aquí se recoge. El tiempo, como la fortuna, es inconstante, dijo el corrector, consciente de la estupidez de la frase. No respondió el empleado, la mujer no respondió, que ésa es la más prudente actitud ante sentencias definitivas, oír y callar, esperando que el mismo tiempo las haga caer en pedazos, no siendo infrecuente que las haga más definitivas aún, como las de griegos y latinos, al fin condenadas al olvido cuando el tiempo haya pasado del todo. El empleado volvió al lavado de vasos, la mujer a lo que queda del hojaldre, dentro de poco, disimuladamente, por ser acto de mala educación, aunque irresistible, catará con el índice mojado las migajas del pastel, pero no conseguirá recogerlas todas, una a una, porque los fragmentos del hojaldre, lo sabemos por experiencia, son como polvillo cósmico, incontables, gotículas de una neblina infinita y sin remisión. En esta confitería también estaría un joven si no hubiera muerto en la guerra, y en cuanto al almuédano no hay más que recordar que íbamos empezando a saber cómo terminó, de misericordioso susto, cuando sobre él venía el cruzado Osberno, pero no el tal, de espada en alto, chorreando sangre fresca, que Alá se apiade de sus y a pesar de ello desgraciadas creaturas. Mientras tomaba el café, Raimundo Silva buscaba las pruebas de la Historia del Cerco de Lisboa que le interesaban, no el discurso del rey, no los episodios de la lucha, perdió todo el interés sobre la cuestión de las hondas baleares o baleáricas, y tampoco quiere ahora saber de rendición y saqueo. Ha encontrado ya lo que buscaba, cuatro páginas que separa del conjunto y relee atentamente, pasando sobre las referencias más importantes un trazador fluorescente, amarillo. La mujer gorda mira con desconfiado respeto la operación incomprensible, y luego, sin que nada lo hiciera prever, mucho menos por una relación directa de causa y efecto entre un acto ajeno y un pensamiento propio, reúne precipitadamente las migajas en un mantoncito y, con las pulpas de los dedos juntas, las recoge, las aprieta y se las lleva a la boca, aspirándolas con voluptuosidad. Molesto por el ruido, Raimundo Silva miró de lado, como reprendiéndola, no hay duda, piensa él, que la tentación regresiva es una constante de la especie humana, si Don Afonso Henriques come a la manera mora con los dedos, qué se le va a hacer, costumbre es ésa de los tiempos, aunque ya empiecen a notarse por ahí algunas innovaciones, como esta de clavar el cuchillo en la tajada y llevársela así a la boca, ahora sólo falta que se le ocurra a alguien la obvia idea de abrir unos dientes en la hoja, y es que ya tarda la invención, bastaría con que los inventores distraídos reparasen en las horquillas de tosco palo con que los labradores juntan y recogen el trigo segado, y la cebada, y los levantan y suben a los carros, demasiado ha mostrado la experiencia que nadie irá lejos en arte y vida si por los usos de la corte se ha dejado deslumbrar. Pero esta mujer de la confitería es que no tiene disculpa, seguro que los padres, con mucho trabajo, le enseñaron a comportarse en la mesa, y ahí está, reincidente, acaso vendrá de los groseros tiempos de entonces, cuando moros y cristianos se igualaban en los modos, opinión, por otra parte, muy controvertida, porque no falta quien afirme e intente probar que la ventaja en civilización la llevaban los seguidores de Mahoma, y que a los otros, cafres rematados, regalados en su tozudez, apenas empezaba aún a brotarles el prurito de las buenas maneras, pero todo cambiará el día en que les entre en el alma la fiebre del culto a la Virgen Nuestra Señora, tan arrebatado que hará descuidar el de Su Divino Hijo, por no hablar ya del poco caso que, en el trato cotidiano, insulta al Padre Eterno. Y así se evidencia cómo, naturalmente, sin esfuerzo, por un suave deslizarse de asunto en asunto, se asciende del pastel de hojaldre, comido por una mujer en A Graciosa, a Aquel que comer no precisa, pero que, irónicamente, puso en nosotros mil deseos y necesidades.

Raimundo Silva hace volver a la bolsa de papel las pruebas de la Historia del Cerco de Lisboa, con excepción de las cuatro elegidas páginas, que dobla y cuidadosamente guarda en el bolsillo inferior de la chaqueta, y va a la barra, donde el empleado sirve un vaso de leche y un bollo a un joven con cara de quien anda buscando empleo y la expresión concentrada de quien prevé que en ese día no va a tener más abundante refección. El corrector es un observador bastante competente y sensible para, de una simple mirada rápida, recoger información tan completa, podemos incluso admitir la hipótesis de que algún día habrá encontrado en el espejo de su casa unos ojos así, los suyos, no sería preciso decirlo, y no vale la pena preguntárselo, que, de él, lo que más nos interesa es el presente, y, si del pasado un recuerdo, mucho menos el suyo que, del pasado general, la parte modificada por la palabra impertinente. Ahora nos falta ver adónde nos llevará ella, sin duda, en primer lugar, a Raimundo Silva, pues la palabra, cualquiera, tiene esa facilidad o virtud de conducir siempre a quien la dijo, y luego, tal vez, tal vez, a nosotros, que estamos yendo tras ella, como perdigueros olfateando, consideraciones éstas evidentemente prematuras, si el cerco aún ni siquiera ha empezado, los moros que entran en la confitería entonan a coro, Venceremos, venceremos, con las armas que tenemos en la mano, puede ser, pero para tanto es preciso que Mahoma ayude lo mejor que sepa, pues armas no las vemos, y el arsenal, si la voz del pueblo es realmente la voz de Alá, no está numéricamente provisto en proporción a sus necesidades. Raimundo Silva le dice al empleado, Guárdeme hasta luego este paquete, vendré a buscarlo antes de cerrar, se entiende que se refiere a la confitería, y el empleado mete la bolsa de papel entre dos tarros de caramelos, a su espalda, Aquí no lo toca nadie, dice, no se le ocurrió la idea de preguntar por qué no deja Raimundo Silva la bolsa en casa, viviendo como vive cerca de allí, en la Rua do Milagre de Santo António, a la vuelta de la esquina, ahora bien, los camareros, en contra de lo que es general opinión, son personas discretas, oyen con santa paciencia los rumores que van corriendo, un día y otro, toda la vida, y empiezan ya a cansarse de la monotonía, verdad es que por un deber de cortesía profesional y para que no se moleste el parroquiano que es su razón de vivir, dan muestras de gran interés y atención, pero, en el fondo, están siempre pensando en otra cosa, a éste, por ejemplo, qué le podría importar la respuesta del corrector si se la diera, Tengo miedo de que suene el teléfono. El joven acabó de comer su bollo, ahora se enjuaga la boca disimuladamente con la leche para soltar los residuos que quedaron agarrados a dientes y encías, en el provecho está la ganancia, enseñaban nuestros padres, pero a ellos no los enriqueció tan extremada sabiduría, y, por lo que sabemos, tampoco fue ése el origen de los llorados bienes de la madrina Bienvenida, Dios la perdone, si puede.

Hace bien el empleado de la confitería en no dar oídos a lo que se dice. Por demás es sabido que, en caso de tensión internacional grave, la primera actividad industrial que da señal inmediata de inestabilidad y quiebra es el turismo. Ahora bien, si la situación, aquí, en esta ciudad de Lisboa, fuese efectivamente de inminencia de cerco y asalto, no estarían llegando estos turistas, son los primeros de la mañana, en dos autobuses, uno de japoneses, gafas y cámaras fotográficas, otro de americanos con sudaderas y bermudas. Se reúnen detrás de los intérpretes, y lado a lado, en dos columnas separadas, se lanzan a la subida, van a entrar por la Rua do Chão da Feira, por la puerta donde está la hornacina de San Jorge, admirarán al santo y al pavoroso dragón, ridículo de tamaño, éste, a ojo de japoneses habituados a más prodigiosas bestias de la especie. En cuanto a los americanos, será notoria la humillación de reconocer cuán pobre figura hace un vaquero del Oeste laceando un becerro recién destetado, en comparación con el caballero de armas de plata, invencible en todos los combates, aunque se empiece a sospechar que desistió de nuevas luchas y vive de la buena fama que en el pasado alcanzó. Ya han entrado los turistas, la calle se ha quedado súbitamente quieta, apetecería incluso escribir que en estado de modorra, si la palabra, que irresistiblemente insinúa en el espíritu y en el cuerpo las lasitudesde un ardiente estío, no resultase incongruente en la fría mañana de hoy, aunque en sosiego el lugar y yendo tan pacíficas las personas. Desde aquí se alcanza a ver el río, por encima de los merlones de la catedral que parecen de juguete sobre los campanarios que el desnivel del terreno hace invisibles, y, pese a la gran distancia, se percibe la serenidad que hay en él, se adivina incluso el vuelo de las gaviotas sobre el reluciente caminar de las aguas. Si fuese verdad que hay cinco barcos de cruzados más allá, sin duda habrían empezado a bombardear la ciudad inerme, pero tal cosa no podrá acontecer, que bien sabemos nosotros que de ese lado no vendrá peligro a los moros, una vez que fue dicho, y del dicho se hizo escrito para valer y dar fe, que no van los portugueses, en este caso, a contar con la ayuda de quien sólo aquí fondeó para hacer aguada y descansar de los trabajos de la navegación y de la aflicción de las tormentas, antes de seguir viaje para arrancar de manos de los infieles, no una vulgar ciudad, como ésta, sino el suelo precioso que sintió el peso de Dios y que de sus pies aún guarda, en algún sitio por donde nadie volvió a pasar y que la lluvia y el viento dejaron intacto, las propias divinas huellas, descalzas.

Raimundo Silva dobló la esquina hacia la Rua do Milagre de Santo António, y al pasar ante su casa, tal vez porque medio conscientemente aguzara el oído a los sonidos que le rodeaban, creyó percibir, por un instante, el timbre de un teléfono, Será el mío, pensó, pero el sonido había llegado de muy cerca, podría haber sido en la barbería del otro lado de la calle, y es en ese preciso segundo cuando se le ocurre otra posibilidad, qué imprudencia la suya, ha sido una estupidez rematada pensar que Costa empezaría precisamente por usar el teléfono, Quién sabe si no vendrá ya por ahí, y la imaginación, condescendiente, representó el cuadro de inmediato, Costa en el automóvil, subiendo furiosamente la Rua do Limoeiro, flotando aún en el aire el rechinar de los neumáticos en la curva de la catedral, si Raimundo Silva no se pone a salvo de inmediato, ahí aparece Costa con el motor rugiendo, frenando a fondo al llegar a la puerta y diciendo, sofocado, Suba, suba, que tenemos mucho de que hablar, no, aquí no quiero hablar, pese a todo, Costa es una persona educada, incapaz de montar una escena en la calle. El corrector no espera más, baja precipitadamente las Escadinhas de San Crispim y no se detiene hasta después de la curva, oculto al ansioso oteo de Costa. Se sienta en un escalón para recuperarse del susto, ahuyenta a un perro que se aproxima tendiendo el hocico, bebiéndole los aires, y saca del bolsillo los papeles que había separado del mazo de pruebas, los desdobla, los alisa sobre las rodillas.

Su idea, nacida cuando desde el mirador oteaba los tejados descendiendo como escalones hasta el río, es acompañar el trazado de la muralla mora, siguiendo las informaciones del historiador, pocas, dubitables, como tiene la honradez de reconocer. Pero aquí, ante los ojos de Raimundo Silva, está precisamente un trozo, si no de la propia e incorruptible muralla, por lo menos un muro que ocupa el exacto lugar del otro, descendiendo a lo largo de las escaleras, por debajo de una hilera de ventanas anchas sobre las que se alzan altos aleros. Raimundo Silva está en el lado de fuera de la ciudad, pertenece al ejército sitiador, no faltaría más que se abriera ahora uno de aquellos ventanales y apareciera una mocita mora cantando, Ésta es Lisboa preciada, Resguardada, Aquí tendrá perdición, El cristiano, y tras cantar, cerró de un portazo la ventana en señal de desprecio, pero si los ojos del corrector no le engañan, el visillo de muselina fue apartado sutilmente, y bastó este gesto simple para que se quebrara la amenaza que había en las palabras, a condición de que las tomásemos al pie de la letra, porque bien podría ser que Lisboa, al contrario de lo que parecía, no fuera ciudad, sino mujer, y la perdición sólo amorosa, si el restrictivo adverbio tiene cabida aquí, si no es ésa la única y feliz perdición. El perro se acercó otra vez, ahora Raimundo Silva lo miró aprensivo, no sea que esté rabioso, un día leyó, no recuerda dónde, que una de las señales del terrible mal es la cola caída, y este rabo no muestra gran vigor, pero será por culpa del hambre que bien se le marcan las costillas al animal, y es señal también, pero ésta decisiva, la siniestra baba cayéndole de fauces y colmillos, aunque, el chucho aquí presente, si deja caer la baba, será por estímulo de un olor a comida en el fuego aquí en las Escadinhas de San Crispim. El perro, tranquilicémonos, no está rabioso, si fuera en el tiempo de los moros, quizá, pero ahora, en una ciudad como ésta, moderna, higiénica, organizada, hasta esta misma muestra de perro vagabundo resulta extraña, probablemente se ha salvado de la red por frecuentar este camino desviado y pino, que requiere pierna ágil y huelgos de muchacho, bondades que no confluyen inevitablemente en los perreros.

Raimundo Silva va consultando los papeles, siguiendo mentalmente el itinerario, y mira a hurtadillas al perro, y recuerda entonces la descripción que el historiador hizo de los horrores del hambre de los sitiados al cabo de los meses, no quedó vivo ni can ni gato, hasta las ratas se comieron, pero en fin, siendo así, tenía razón quien dijo que un perro ladró en aquella serena madrugada en que el almuédano subió al alminar para llamar a los creyentes a la oración de la mañana, errado estaría, sí, quien argumentase que, por ser el perro impuro animal, no lo tolerarían a su vista los moros, aunque debamos admitir que lo excluyeran de las casas, de las caricias y de la escudilla, pero nunca del vasto Islam, porque, en verdad, si somos tan capaces de vivir la vida en paz con nuestras propias impurezas, por qué habríamos de rechazar violentamente las impurezas ajenas, en este caso de naturaleza perruna, por tanto mucho más inocente que la otra, la de los humanos, que tan mal uso hacen del nombre del perro, a diestro y siniestro tirándoselo a la cara a los enemigos, de moros a cristianos, de cristianos a moros, y ambos a los judíos. Por no hablar sino de quienes mejor conocemos, los hidalgos portugueses que ahí vienen, todo en ellos son cuidados y recomendaciones para sus dogos, y alanos, hasta el punto de ser adictos a dormir con ellos, con tanto o mayor gusto que con las concubinas, y, ya ven, para el más cruel adversario no eligen peor palabra que llamarle, Perro, dicen, y parece no haber otra ofensa que más duela, salvo Hijo de Perra. Y todo esto se va pasando por arbitrario criterio de hombres, ellos son los que hacen las palabras, los animales, pobrecillos, son ajenos a esas gramáticas, asisten a la disputa, Perro, dice el moro, Perro tú, responde el cristiano, y empiezan a batirse con lanza, espada y daga, mientras los perros se dicen los unos a los otros, Somos nosotros los perros, y no les importa.

Sabiendo ya el camino que ha de tomar, Raimundo Silva se levanta, se sacude los pantalones y empieza a bajar las escaleras. El perro lo siguió, pero de lejos, como quien tiene una vieja experiencia de cantazos, y le basta, para llevarse un susto, el ver que el hombre se inclina y finge agarrar una piedra. En el fondo de las escaleras vaciló, parecía pensar, Sigo, no sigo, pero se decidió y se fue tras el corrector, que va bajando ya la Calzada do Correio Velho. Por esos sitios, o un poco más adentro, para obedecer al alineamiento del tramo de S. Crispim, bajaba la muralla, en línea recta, se supone, hasta la famosa Porta de Ferro, otros dicen do Ferro, de la que no quedó rastro ni resto que hoy se diga, tal vez si levantásemos este empedrado moderno de la Plaza de Santo António da Sé, y excavásemos hondo aparecieran algunos fundamentos de aquel tiempo, algunas escamas de herrumbre de las antiguas armas, un olor a tumba, y dos confundidos esqueletos, de guerreros, no de amantes, gritarán al mismo tiempo, Perro, y al mismo tiempo uno y otro se mataran. Suben y bajan automóviles, los tranvías rechinan en la curva de la Magdalena, son de la línea veintiocho, particularmente estimados por los directores de cine, y allá delante, virando frente a la catedral, va otro autocar repleto de turistas, deben de ser franceses que se creen que están en España. El perro tiene dudas sobre si atravesar o no, su mundo más allegado y conocido es el de las calles altas, y a pesar de ver que el hombre mira para atrás mientras desciende por la Rua da Padaria, a lo largo de lo que sería, hace siglos, el lienzo de muralla que iba hasta la Rua dos Bacalhoeiros, no se atreve a continuar, tal vez el miedo ahora se le vuelva insoportable por recuerdo de un susto antiguo, gato escaldado del agua fría huye, el perro también, vuelve a las Escadinhas de San Crispim, a la espera de quien aparezca.

El revisor anda revisando, entra por el Arco Escuro, para conocer la escalera que el historiador dice ser una de las que en aquel tiempo daban acceso al adarve de la muralla, o mejor, ésta está en el sitio donde se hallaría la otra de origen, los escalones de la de ahora sólo han sido desgastados por dos o tres generaciones cuanto más. Raimundo Silva observa con detenimiento las ventanas oscuras, las fachadas salitrosas y carcomidas, los registros de azulejos, este que lleva la fecha de mil setecientos sesenta y cuatro, con una Santa Ana enseñando a su hija María a leer, y, en medallones laterales, como acólitos, San Marcial, que protege de los incendios, y San Antonio, restaurador de botijas y supremo hallador de objetos desencaminados. Los azulejos, a falta de certificado auténtico, sirven de documento aproximado, si la fecha que llevan es, como todo permite creer, la del año en que la casa fue construida, pasados nueve del terremoto. El corrector valora su caudal de conocimientos y lo encuentra más rico, por eso, volviendo a la Rua dos Bacalhoeiros, mirará con desdén superior a los transeúntes ignorantes, ajenos a estas curiosidades de la ciudad y vida, sin competencia siquiera para relacionar dos fechas tan explícitas. No obstante, poco después, cuando esté ante el Arco das Portas do Mar, creyendo en su interior que el nombre merecería otra traducción arquitectónica, no un prosaico indicador de agentes de aduanas, en ese momento, pensando en los desencuentros entre palabras y sentido, se observó a sí mismo y de sí mismo hizo severo juicio, En definitiva, qué derecho tengo yo a juzgar a los otros, vivo en Lisboa desde que nací, y nunca se me había ocurrido venir a ver, con mis propios ojos, cosas que están en libros, cosas que algunas veces miré y volví a mirar, sin ver, casi tan ciego como el almuédano, y si no fuera por la amenaza de Costa, probablemente nunca se me habría ocurrido comprobar el trazado de la muralla, las puertas, que estas de aquí supongo que serán de la muralla fernandina, claro que cuando llegue al fin de mi paseo sabré más, pero también es cierto que sabré menos, precisamente por saber más, en otras palabras, a ver si me explico, la consciencia de saber más me conduce a la consciencia de saber poco, además me apetece preguntar, qué es saber, tenía razón el historiador, mi vocación sería de filósofo, de los buenos, de esos que cogen una calavera y se pasan la vida entera interrogándose sobre la importancia que un cráneo tiene en el universo y si hay razón para que el universo se preocupe de esa calavera o para que alguien se interrogue sobre universo y calavera, y ahora llegamos, esto dice el guía indispensable, señoras y señores, turistas, viajeros, o simples curiosos, al Arco da Conceição, donde se alzó el célebre surtidor de la Pereza, dulcísimas aguas que mataron la sed y el apetito de trabajar de mucha gente, hasta hoy.

Raimundo Silva no tiene prisa. Consulta gravemente el itinerario, para satisfacción suya va tomando minuciosas notas mentales, complementarias por así decirlo, que atestiguan su propia contemporaneidad, allá en la Calçada do Correio Velho una soturna agencia funeraria, una espuma blanca en el cielo azul, de reactor, como en el azul del mar la larga estela de un barco rápido, la Pensão Casa Oliveira Bons Quartos da Rua da Padaria, el Restaurante Come, Petisca, Paga, Vai Dar Meia Volta, justo al lado de las Portas do Mar, la Cervecería Arco da Conceiçao, la alta piedra de armas de los Mascarenhas en la esquina de una casa del Arco de Jesús, donde habría estado una puerta de la muralla mora, la pintada en la pared, protestando, el portal neoclásico del palacio de los condes de Coculim, que Mascarenhas eran, almacén de hierros, en eso acabaron las grandezas, un mundo de cosas fugaces, transitorias, que ciertamente todas lo son, sin excepción, pues ya el rastro del avión se disipó y del resto dará el tiempo cuenta a su tiempo, basta sólo la paciencia de esperar. El corrector entró en Alfama por el Arco de Chafariz d’El-Rey, comerá por ahí, en una casa de comidas de la Rua de S. João da Praça, cerca de la torre de S. Pedro, una comida popular portuguesa de jureles fritos y arroz con tomate, con ensalada, y mucha suerte, que le tocaron en el plato las tiernísimas hojas del cogollo de la lechuga, donde, verdad que no todos saben, se recoge el frescor incomparable de las mañanas, el rocío, el orvallo, que todo es lo mismo, pero se deja repetido por el simple gusto de escribir las palabras y decirlas de modo sabroso. A la puerta del restaurante estaba una muchachita gitana, de unos doce años, tendiendo la mano, a la espera, sin pronunciar palabra, sólo mirando fijamente al corrector, que, prendido en los pensamientos que le ocupan, no vio gitana, sino mora, en la hora de la primera necesidad, cuando aún había a quien pedir, y los perros, los gatos y los ratones creían tener vida asegurada hasta su muerte natural, por enfermedad o guerra de las especies, finalmente el progreso es una realidad, hoy nadie anda en Lisboa a la caza de animales de éstos para comer, Pero el cerco no ha acabado, avisan los ojos de la gitana.

Raimundo Silva recorrerá más lentamente lo que aún le falta inspeccionar, otro lienzo de la muralla en el Patio do Senhor da Murça, la Rua da Adiça, por donde la muralla subía, y la Norberto de Araújo, de bautismo reciente, en lo alto un poderoso lienzo de muro, carcomido en la base, éstas son piedras vivas verdaderamente, están aquí hace nueve o diez siglos, si no más, del tiempo de los bárbaros, y resisten, aguantan impávidas el campanario de la iglesia de Santa Lucia o de San Blas, lo mismo da, en este lugar se abrían, ladies and gentlemen, las antiguas Portas do Sol, vueltas hacia el naciente, primeras en recibir el rosado hálito del amanecer, ahora no queda más que la plaza que de ellas tomó nombre, pero no han cambiado los efectos especiales de la aurora, que un milenio, para el sol, es como un breve suspiro nuestro, sic transit, claro está. La muralla continuaba por estos lados, en ángulo obtuso, muy abierto, directa a la muralla de la alcazaba, quedando así rematado el cerco de la ciudad, desde el borde de las aguas, abajo, hasta los nudos de encuentro en el castillejo, cabeza alta y robustos encajes, brazos arqueados, dedos entrelazados, firmes, como de mujer sosteniendo el vientre grávido. El corrector, cansado, sube la Rua dos Cegos, entra en el patio de Don Fadrique, el tiempo se abre en dos ramas para no tocar esta aldea rupestre, está igual, por así decir, desde los godos, o los romanos, o los fenicios, después fue cuando vinieron los moros, los portugueses de raíz, sus hijos y sus nietos, estos que somos, el poder y la gloria, las decadencias, primera, segunda y tercera, cada una de ellas dividida en géneros y subgéneros. Por la noche, en este espacio entre casas bajas, se juntan los tres fantasmas, el de lo que fue, el de lo que estuvo a punto de ser, el de lo que podría haber sido, no hablan, se miran como se miran los ciegos, y callan.

Raimundo Silva se sienta en un banco de piedra, a la fría sombra de la tarde, consulta por última vez los papeles y comprueba que nada más hay por ver, al castillo lo conoce lo bastante como para no tener que volver hoy, aunque sea día de inventario. El cielo empieza a ponerse blanco, tal vez un aviso de la niebla prometida por la meteorología, la temperatura baja rápidamente. El corrector sale del patio a la Rua do Chão da Feira, enfrente está la Porta de S. Jorge, incluso desde aquí se puede ver que hay personas fotografiando al santo, todavía. A menos de cincuenta metros, aunque invisible desde aquí, está su casa, y, al pensarlo, se da cuenta, por primera vez con evidencia luminosa, de que vive en el lugar exacto donde antiguamente se abría la Porta da Alfofa, si de la parte de dentro o de la de fuera es cosa que hoy no se puede averiguar e impide que sepamos, desde ya, si Raimundo Silva es sitiado o sitiador, vencedor futuro o perdedor sin remedio.

No había, bajo la puerta, ningún furioso recado de Costa. Se hizo de noche y no sonó el teléfono. Raimundo Silva ocupó tranquilamente la velada buscando en las estanterías libros que le hablaran de la Lissibona mora. Ya tarde, fue hasta el mirador, a ver cómo estaba el tiempo. Niebla, pero no tan densa como la de ayer. Oyó ladrar a dos perros, y eso, inexplicablemente, lo serenó aún más. Con diferencia de siglos, los perros ladraban, el mundo era el mismo. Se acostó. De tan cansado de los ejercicios del día, durmió pesadamente, pero algunas veces despertó, siempre cuando soñaba y volvía a soñar con una muralla sin nada dentro y que era como un saco de boca estrecha ensanchando la panza hasta la margen del río, y alrededor colinas arboladas, bosques y valles, arroyos, algunas casas dispersas, huertos, olivares, un amplio estuario avanzando tierra adentro. Al fondo, se distinguían claramente las torres de Amoreiras.

Trece largos y arrastrados días fue cuanto tardó la editorial, o alguien por ella, en descubrir la fechoría, y esa eternidad la vivió Raimundo Silva como si tuviese en el cuerpo un veneno de acción lenta, aunque, en definitiva, tan conclusiva como la del tóxico más fulminante, símil perfecto de la muerte que cada uno de nosotros va preparando en vida y de la que la misma vida es capullo protector, útero propicio y caldo de cultivo. Cuatro veces fue a la editorial sin motivo real que lo llamase, porque su trabajo, como sabemos, es individual y doméstico, exento de la mayoría de las servidumbres que amarran a los empleados comunes, adscritos a tareas de administración, dirección literaria, producción, distribución y almacén, un mundo vigilado para quien el oficio de corrector pertenece al reino de la libertad. Le preguntaban qué quería, y él respondía, Nada, pasaba por aquí cerca, se me ocurrió entrar. Permanecía unos minutos, atento a las conversaciones, a las miradas, intentando atrapar el hilo de una sospecha, una sonrisa disimulada y provocadora, una frase cuyo oculto sentido se pudiera percibir. Evitaba a Costa, no por temer que de él le viniese cualquier daño particular, sino precisamente porque lo había engañado, asumiendo así Costa la figura de la inocencia ultrajada a la que no somos capaces de enfrentarnos porque la ofendimos y ella todavía no lo sabe. Se podría decir que Raimundo Silva va a la editorial como el criminal que vuelve al lugar del crimen, pero no sería exacto, Raimundo Silva es, sí, atraído por el lugar donde se descubrirá el delito y donde se reunirán los jueces para dictar la sentencia que lo condenará, prevaricador, desnudo, falso y sin defensa.

No tiene dudas el corrector sobre que está cometiendo un error estúpido, de que estas visitas van a ser recordadas, en su justo momento, como expresiones particularmente odiosas de una malicia perversa, Sabía usted el mal que había hecho, y a pesar de ello no tuvo la hombría, dirían la hombría, la franqueza, la honradez de confesar por su propio arbitrio, dirían arbitrio, se quedó esperando los acontecimientos, riéndose por dentro, perversamente, insisto en la palabra, burlándose de nosotros, y la vulgaridad de estas últimas palabras desentonará del discurso reprensivo y moralizador. Sería inútil explicarles que están equivocados, que Raimundo Silva sólo iba en busca de una tranquilidad, de un alivio, Aún no lo saben, suspiraba cada vez, pero alivio y tranquilidad duraban poco, era sólo entrar en casa e inmediatamente se sentía más cercado de lo que Lisboa estuvo alguna vez.

Como no era supersticioso, no contaba con que algo desagradable pudiera ocurrirle en el día decimotercero, Sólo a la gente dada a agüeros le suceden contratiempos o infelicidades en el día número trece, yo nunca me he orientado por comportamientos inferiores, ésa sería probablemente su respuesta si alguien le hubiera sugerido la hipótesis. Este escepticismo de principio explica que su primer sentimiento fuera de irritada sorpresa al oír, en el teléfono, la voz de la secretaria del director, Señor Silva, queda convocado a una reunión, hoy a las cuatro, lo dijo así, secamente, como si estuviera leyendo un aviso escrito, cautelosamente redactado para que no faltase en él ninguna palabra indispensable ni otra se entrometiera que pudiese disminuir el efecto de aflicción mental, de lógico desgarro, ahora que sorpresa e irritación no tienen ya sentido ante la evidencia de que el día decimotercero tampoco ahorra sinsabores a los espíritus fuertes, aparte de gobernar a los que no lo son. Colgó el teléfono muy lentamente y miró alrededor, con la impresión de ver que la casa oscilaba, Bueno, ya está, dijo. En momentos como éste, el estoico sonreiría, si es que esa especie clásica no se ha extinguido completamente para dejar espacio libre a las evoluciones del cínico moderno, a su vez de mínima semejanza con su antepasado filosófico y pedestre. Sea como fuere hay una pálida sonrisa en el rostro de Raimundo Silva, su aire de víctima resignada se tempera con una viril tristeza, es lo que más se encuentra en las novelas de personaje, leyendo se aprende mucho.

Se pregunta el corrector si está o no angustiado, y no encuentra en sí respuesta. Lo que sí le parece insoportable es tener que esperar hasta las cuatro para saber qué giro impondrá la editorial a su destino de corrector culpable, cómo va a castigar el insolente atentado contra la solidez de los hechos históricos, que, muy al contrario, debe ser permanentemente reforzada, defendida de accidentes, bajo pena de que perdamos el sentido de nuestra propia actualidad, con grave perturbación de las opiniones que nos guían y de las convicciones derivadas. Ahora que se ha descubierto el error, es inútil especular sobre las consecuencias que podría tener cara al futuro la presencia de aquel No en la Historia del Cerco de Lisboa, si el azar le hubiera permitido una más demorada incubación, página contra página, inadvertido a los ojos de los lectores, pero abriéndose camino invisiblemente, como esos insectos de la madera que dejan un cascarón vacío donde aún creíamos que había un pesado mueble. Empujó hacia un lado las pruebas que estaba corrigiendo, no las de la novela que Costa le había dejado en aquel célebre día, éste es un delgado libro de poemas, y, al posar la cabeza desvaída sobre sus manos, se acordó de una historia de la que no recordaba el título ni el autor, aunque le pareciera que era algo así como Tarzán y el Imperio Perdido, y donde había una ciudad de romanos antiguos y de cristianos primeros, todo escondido en una selva de África, bien cierto es que la imaginación de los autores no tiene límites, y éste, si todo lo demás concuerda, sólo puede ser Edgar Rice Burroughs. Había un circo y los cristianos eran lanzados a las fieras, es decir a los leones, encima con la facilidad de ser aquélla su tierra, y el novelista escribía, aunque sin aducir pruebas ni citar autoridades, que los más nerviosos de aquellos infelices no se quedaban esperando a que los leones les atacasen, sino que corrían, por así decirlo, al encuentro de la muerte, no para ser los primeros en entrar en el paraíso, sino porque, simplemente, no tenían fuerza de ánimo para evitar la espera de lo inevitable. Este recuerdo de lecturas de juventud hizo pensar a Raimundo Silva, por los conocidos caminos de la recurrencia de ideas, que estaría en su mano precipitar el paso de la historia, acelerar el tiempo, ir inmediatamente a la editorial, apoyándose en una explicación cualquiera, por ejemplo, A las cuatro tengo consulta con el médico, díganme qué es lo que quieren de mí, éste sería el tono con que hablaría a Costa, pero está claro que no fue para un encuentro con Producción para lo que llamó la secretaria del director, su caso iba a ser tratado en las más altas esferas, y esta certeza, absurdamente, lisonjeó su vanidad, Debo de estar loco, murmuró, repitiendo palabras de hacía trece días. Le gustaría encontrar, en esta confusión, un sentimiento que prevaleciera sobre los otros, de modo que pudiera responder, más tarde, si vinieran a preguntarle, Y cómo se sintió usted en tan terrible situación, Me sentí preocupado, o indiferente, o divertido, o angustiado, o temeroso, o avergonzado, realmente no sabe lo que siente, sólo desea que lleguen de prisa las cuatro, el encuentro fatal con el león que lo espera con la boca abierta mientras los romanos aplauden, son así los minutos, aunque en general se apartan para dejarnos pasar después de arañarnos la piel, pero siempre habrá uno para devorarnos. Todas las metáforas sobre el tiempo y la fatalidad son trágicas y al mismo tiempo inútiles, pensó Raimundo Silva, tal vez no precisamente con estas palabras, pero siendo el sentido lo que verdaderamente cuenta, así lo notó, contento de haberlo pensado. No obstante, apenas fue capaz de almorzar, tenía un nudo en la garganta, sensación conocida, un agarrotamiento en el estómago, cosa no vulgar y que expresa la gravedad de la situación. La asistenta, era su día, lo encontró raro, e incluso le preguntó, Está enfermo, palabras que contrariamente tuvieron un efecto estimulante, pues si sus modos lo estaban reduciendo tanto ante los ojos de un extraño hasta el punto de que ya lo veían como enfermo, entonces era tiempo de dominarse, de rechazar la miseria que lo derrotaba, por eso respondió, Me encuentro muy bien, y en ese momento fue verdad.

Faltaban cinco minutos para las cuatro cuando entró en la editorial. Encontró todo lo que antes había buscado, los murmullos, las miradas, las risitas, y también, en uno o dos rostros, una expresión perpleja, de quien no se satisface con una evidencia, teniendo que creer en ella. Lo hicieron pasar a la sala de espera de la dirección y allí lo dejaron más de un cuarto de hora, lo que sirve para demostrar la vanidad de temores que poco tienen de puntuales. Miró el reloj, era patente que el león se había retrasado, hoy en día resulta muy difícil conducir por la selva incluso habiendo calzadas romanas, pero, en este caso, lo más probable es que alguien haya pensado que es buena idea recurrir a tácticas psicológicas comprobadas, hacerlo esperar para desgastar sus nervios, ponerlo al borde de la crisis, sin defensa al primer ataque. Raimundo Silva considera que, aun así, teniendo en cuenta las circunstancias, está bastante tranquilo, como quien toda su vida no ha hecho más que poner mentiras en lugar de verdades sin importarle demasiado la diferencia y ha aprendido a elegir entre los argumentos en pro y en contra acumulados a lo largo de las edades por cuantas dialécticas y casuísticas florecieron en la cabeza del homo sapiens. En la puerta, bruscamente abierta, apareció, no la secretaria del director, el general, sino la del otro, el literario, Haga el favor acompañarme, dijo ella, y Raimundo Silva, pese a haberse dado cuenta de lo defectuoso de la sintaxis, comprobó que la imaginada calma no pasaba de apariencia, y tenue, porque le temblaban las rodillas al levantarse del sofá, la adrenalina le agitaba la sangre, y empezaron a sudarle súbitamente las manos y las axilas, y hasta un difuso cólico dio señal de querer extenderse a todo el aparato digestivo, Parezco un ternero camino del matarife, pensó, y felizmente fue capaz de despreciarse a sí mismo.

La secretaria le abrió paso, Entre, y cerró la puerta, Raimundo Silva dijo, Buenas tardes, dos de las personas que allí estaban respondieron, Buenas tardes, la tercera, el director literario, dijo sólo, Siéntese, señor Silva. El león también está sentado y mira, podemos suponer que se lame el hocico y muestra los colmillos mientras valora la consistencia y el sabor de las carnes de este pálido cristiano. Raimundo Silva cruza la pierna, la descruza inmediatamente, y en ese momento se da cuenta de que no conoce a una de las personas que allí están, sentada a la izquierda del director literario, una mujer. El de la derecha es el director de Producción, pero a la mujer nunca la ha visto en la editorial, Quién será. Disimuladamente, intenta observarla, pero el director literario ha tomado la palabra, Supongo que sabe ya por qué lo hemos hecho venir, Lo imagino, El director general hubiera querido tratar personalmente este asunto, pero un problema urgente, que ha surgido a última hora, le ha obligado a ausentarse. El director literario se calló, como si quisiera dar tiempo a Raimundo Silva para lamentar su poca suerte, haber perdido así la oportunidad de ser interrogado por el director general en persona, pero, ante el silencio del corrector, dejó que su voz manifestara por primera vez una irritación reprimida, aunque diluyéndola en un tono en cierto modo conciliador, Le agradezco, dijo, que haya admitido implícitamente sus responsabilidades, evitándonos una situación muy penosa, como sería, por ejemplo, una negativa o una tentativa de justificación de lo hecho. Raimundo Silva pensó que debían de estar ahora esperando a que diese una respuesta más completa que aquellas simples palabras, Lo imagino, pero antes de que pudiera hablar, fue el jefe de Producción quien intervino, Yo no lo entiendo, señor Silva, usted que trabaja desde hace tantos años para esta casa, un profesional competente, cometer un error de ésos, No ha sido un error, cortó el director literario, no vale la pena tender esa mano misericordiosa al señor Silva, sabemos tan bien como él que fue un hecho deliberado, no es así, señor Silva, Y qué es lo que le lleva a decir que fue un hecho deliberado, señor director, Espero que no se esté volviendo atrás sobre lo que creo que fue su primera intención cuando entró, No me estoy volviendo atrás, sólo pregunto. La irritación del director literario se hizo obvia, más aún por la ironía con que cargó las palabras dichas, Creo que no hace falta decirle que el derecho a hacer preguntas y exigir disculpas, aparte de otras medidas que debamos tomar, no le corresponde a usted, sino a nosotros, y especialmente a mí, que represento aquí al director general, Tiene toda la razón, señor director, y retiro la pregunta, No precisa retirar la pregunta, yo le respondo que sabemos que se trató de un hecho deliberado por la manera de escribir el No en la prueba, con letras cargadas, perfiladas, en contraste con su caligrafía corriente, más suelta, aunque clara. En este punto el director literario se calló, como si se estuviera dando cuenta de que estaba hablando de más y, en consecuencia, debilitara su postura de juez. Hubo un silencio, a Raimundo Silva le pareció que durante todo el tiempo aquella mujer no le había quitado los ojos de encima, Quién será, pero ella se mantenía callada como si nada del asunto le incumbiese. A su vez, el jefe de Producción, puntilloso por la interrupción de que había sido objeto, parecía haberse desinteresado de una discusión que, evidentemente, iba por mal camino, Este idiota no se da cuenta de que ésta no es manera de llevar el caso, se pone a hablar y hablar, le encanta oírse, y le da todos los triunfos a Silva, que debe de estar pasándolo divinamente, sólo hay que ver cómo administra los silencios, tendría que estar asustadísimo y es la calma personificada. El jefe de Producción se engaña sobre la calma de Raimundo Silva, sobre el resto tal vez no, pues es verdad que no conocemos lo bastante al director literario para tener opinión nuestra, fundada. Raimundo Silva realmente no está tranquilo, sólo lo parece, gracias a la desorientación que le causa el inesperado rumbo de un diálogo que había imaginado literalmente catastrófico, la acusación formal y solemne, sus balbuceos en defensa de lo que defendido no podía ser, la vejación, la ironía pesada,la diatriba, la amenaza, quizá el despido culminándolo todo o todo esto dispensado, Está despedido, y no cuente con que nosotros le demos cartas de recomendación. Ahora Raimundo Silva se da cuenta de que tiene que hablar, tanto más cuanto que el león ya no está directamente delante suyo, se ha retirado un poco hacia el lado y se rasca distraído la melena con una uña partida, tal vez acabe por no morir ningún cristiano en este circo, aunque no haya señales de Tarzán. Dice, dirigiéndose primero al jefe de Producción, después de soslayo a la mujer, que continúa callada, No negué que la palabra hubiera sido escrita por mí, nunca pensé en negarlo cuando se descubriera, pero lo importante no es haberla escrito, lo importante debería ser, pienso yo, descubrir por qué lo hice, Supongo que no me va a decir que no lo sabe, ironizó el director literario, volviendo a tomar la dirección del caso, Es verdad, no lo sé, Pues sí que estamos bien, comete usted un error adrede, causa a la editorial y al autor un perjuicio material y moral, no ha dicho aún ni una palabra de disculpa, y con el aire más inocente del mundo, pretende que creamos que una fuerza desconocida, un espíritu del más allá guió su mano mientras estaba en trance hipnótico. El director literario sonreía, satisfecho de la fluencia de la frase, pero intentando hacer de la sonrisa una expresión de aplastante ironía. No creo que estuviese en trance, respondió Raimundo Silva, recuerdo bien las circunstancias en que pasó todo, pero esto no significa que esté claro para mí el motivo por el que escribí ese error deliberado, Ah, confiesa que fue deliberado, Naturalmente, Ahora sólo tiene que confesar que no fue error, sino fraude, y que, conscientemente, quiso perjudicar a la editorial y ridiculizar al autor del libro, Admito que se trata de un fraude, en cuanto a lo demás, nunca fue ésa mi intención, Tal vez fuese una perturbación momentánea, sugirió el jefe de Producción con el tono de quien quiere prestar ayuda. Raimundo Silva esperó la reacción, sin duda brusca, del director literario, pero ésta no vino, y entonces comprendió que la frase estaba prevista, que no habría despido, que todo iba a quedarse en palabras, sí, no, quizá, y la sensación de alivio fue tan intensa que sintió reblandecérsele el cuerpo, un desahogo del espíritu, ahora sólo tenía que decir las palabras precisas, por ejemplo, Sí, una perturbación momentánea, pero no podemos olvidar que pasaron algunas horas hasta entregar las pruebas a Costa, y Raimundo Silva se felicitó por la manera hábil con que había introducido aquel podemos, colocándose él mismo del lado de los jueces, como si les dijera, No nos dejemos engañar. Dijo el director literario, Bien, el libro va a ser distribuido con una errata, es una errata ridícula, donde se lee no léase no no, donde se lee los cruzados no ayudaron léase los cruzados ayudaron, lo que se van a reír a costa nuestra, pero en fin afortunadamente nos dimos cuenta a tiempo, y el autor se mostró comprensivo, incluso tuve la impresión de que lo estima mucho, me habló de una conversación que sostuvieron tiempo atrás, Sí, hablamos del deleátur, De qué, preguntó la mujer, Del deleátur, no sabe qué es eso, preguntó Raimundo Silva, agresivamente, Lo sé, pero no había oído bien. La intervención de la mujer, que nadie parecía esperar, obligó a un desvío de la conversación, Esta señora, dijo el director literario, a partir de ahora se hace cargo de la responsabilidad de dirigir a todos los correctores que trabajan para la editorial, tanto en lo que se refiere a los plazos y ritmos de trabajo como a la exactitud de las revisiones, todo pasará por ella, pero volvamos al asunto, la editorial ha resuelto dejar liquidado este desagradable incidente, teniendo en cuenta los buenos y leales servicios prestados hasta hoy por el señor Silva, vamos a admitir que la causa de todo esto sería la fatiga, una obliteración ocasional de los sentidos, en fin, echemos tierra sobre el caso, esperando que no se repita, aparte de eso tendrá que escribir una carta a la editorial y otra al autor presentando disculpas, el autor dice que no es necesario, que hablará un día con usted sobre el incidente, pero nosotros pensamos que es un deber suyo, señor Silva, escribir esa carta, La escribiré, Muy bien, el director literario estaba ahora francamente aliviado, no hace falta decir que en estos próximos tiempos su trabajo va a ser objeto de nuestra particular atención, no porque pensemos que pueda volver a alterar adrede los textos, sino para evitar la eventualidad de que persistan en su espíritu impulsos irrefrenables que puedan manifestarse otra vez, y, en ese caso, no es preciso decirle que nos encontraría menos tolerantes. El director literario se calló a la espera de que el corrector hiciera una declaración sobre sus futuras intenciones, al menos las conscientes, ya que las otras, si las había, pertenecían a los planos de la inconsciencia, indescifrables. Raimundo Silva percibió lo que se esperaba de él, verdad es que las palabras necesitan palabras, por eso se dice Palabra quiere palabra, pero también es cierto que Cuando uno no quiere, dos no discuten, imaginemos que el Peregrino dejaba sin respuesta [*] la curiosidad fatal del Escudero Telmo, lo más probable sería que se arreglasen las cosas y no habría conflicto, drama, muerte, desgracia moral, o supongamos que un hombre le pregunta a una mujer, Me quieres, y ella se calla, mirándolo solamente, esfíngica y distante, negándose a decir el No que lo destrozará, o el Sí que los destrozaría, concluyamos, pues, que el mundo iría mucho mejor si cada uno se contentase con lo que va diciendo, sin esperar a que le respondiesen, y, aún más, sin pedirlo ni desearlo. Pero Raimundo Silva debe decir, Comprendo que la editorial tome precauciones, quién soy yo para descalificar lo que hagan, en fin, les pido disculpas, y prometo que, mientras esté en mis cabales, no volverá a ocurrir, en este punto hizo una pausa como si se preguntase a sí mismo si debería continuar, pero después pensó que ya todo estaba dicho, y se calló. El director literario dijo, Bien, y se disponía a añadir las esperadas palabras, Queda cerrado el caso, ahora vamos a trabajar, al tiempo que se levantaría y le tendería su mano abierta a Raimundo Silva en señal de paces, sonriendo, pero la mujer sentada a su izquierda interrumpió el movimiento y la generosidad, Si me permiten, lo que me sorprende es que el señor Silva, éste es su nombre según creo, no haya intentado siquiera explicarnos por qué cometió un abuso tan grave, alterando el sentido de una frase que, como corrector, tenía el deber imperativo de respetar y defender, que para eso están los correctores. El león reapareció súbitamente, rugiendo, muestra sus dientes aterradores, las garras intactas y afiladas, ahora nuestra única esperanza, perdidos en la arena, es que al fin aparezca Tarzán colgado de una liana y gritando, Ah-ah-ah-o-o, si la memoria no falla, y hasta puede ser que traiga a los elefantes para ayudarlo, por la buena memoria que tienen. Ante el ahora inopinado ataque, el director literario y el jefe de Producción volvieron a cargar la expresión, tal vez para no verse acusados de flaqueza por una frágil mujer consciente de sus obligaciones profesionales, pese a haber sido investida de ellas recientemente, y miraron al corrector con la dureza adecuada. No repararon en que precisamente no había dureza en el rostro de la mujer, sino más bien una leve sonrisa, como si, en el fondo, se estuviera divirtiendo con la situación. Raimundo Silva, desconcertado, la miró, es una mujer aún joven, de menos de cuarenta años, se ve que es alta, tiene la piel mate, el pelo castaño, si el corrector estuviera más cerca podría ver algunos hilos blancos, y la boca llena, carnosa, pero los labios no son gruesos, extraño caso, una señal de inquietud suena en alguna parte del cuerpo de Raimundo Silva, perturbación sería la palabra justa, ahora deberíamos elegir el adjetivo adecuado para acompañarla, por ejemplo, sexual, pero no lo haremos, Raimundo Silva no puede tardar tanto en responder, aunque sea común en situaciones de este tipo decir que el tiempo quedó suspenso, cosa que el tiempo nunca hizo desde que el mundo es mundo. Aún está la sonrisa en el rostro de la mujer, pero la brusquedad, la crispación de las palabras no puede ser ignorada, ni siquiera los directores fueron tan directos, Raimundo Silva vacila entre responder con agresividad igual o usar el tono conciliador que su dependencia de esta mujer permite aconsejar, claro está que ella tiene medios para amargarle la vida en el futuro, servirán todos los pretextos, puesto que, habiendo ponderado tan precisamente cuanto le permitió el poco tiempo disponible, y además teniendo también en cuenta el que consumió en observaciones fisionómicas, respondió al fin, A nadie le gustaría más que a mí hallar una explicación satisfactoria, pero, si no lo he conseguido hasta ahora, dudo que acabe consiguiéndolo, creo que se debe de haber trabado en mí una lucha entre el lado bueno, si realmente lo tengo, y el lado malo, que ése todos lo tenemos, entre un Dr. Jekill y un Mr. Hyde, si puedo permitirme referencias clásicas, o mejor dicho, y con palabras mías, entre la tentación mutante del mal y el espíritu conservador del bien, a veces me pregunto qué errores habría cometido Fernando Pessoa, de revisión y otros, con aquella confusión suya de los heterónimos, una batalla de todos los diablos, supongo. La mujer mantuvo la sonrisa a lo largo de todo el discurso, y sonriendo preguntó, Y usted, aparte de Jekill y de Hyde, es algo más, Hasta ahora he conseguido ser Raimundo Silva, Perfecto, vea entonces si permite aguantarse como tal, en interés de esta editorial y de la armonía de nuestras futuras relaciones, Profesionales, Espero que no se le pase por la cabeza que puedan ser otras, Me he limitado a completar su frase, deber del corrector es sugerir soluciones que eviten ambigüedades, tanto de estilo como de sentido, Supongo que sabe que el lugar ambiguo es la cabeza de quien oye o lee, Especialmente si el estímulo le viene de quien escribe o habla, O si pertenece al tipo de los que se autoestimulan, No creo que sea ése mi caso, No cree, Raramente hago afirmaciones perentorias, Fue perentorio al escribir su No en la Historia del Cerco de Lisboa, y sólo no logra serlo cuando se trata de justificar el fraude, o al menos explicarlo, porque justificación no puede haber, Estamos volviendo al principio, perdone, Le agradezco la observación, me ahorra el trabajo de decirle otra vez lo que pienso de su acción. Raimundo Silva abrió la boca para responder, pero en ese momento se dio cuenta de la expresión de pasmo de los directores y decidió callarse. Hubo un silencio, la mujer seguía sonriendo, pero, tal vez por llevar tanto tiempo haciéndolo, había en su rostro una especie de crispación, y Raimundo Silva de repente sintió que se estaba ahogando, que la atmósfera de aquel despacho le pesaba sobre los hombros, Detesto a esta individua, pensó, y deliberadamente miró a los directores como dando a entender que, a partir de ahí, sólo de ellos aceptaba preguntas y sólo a ellos consentiría en dar respuestas. Sabía que por ese lado la partida estaba ganada, los directores, ambos, se estaban levantando ya, uno de ellos dijo, Damos por cerrada la cuestión, vamos a trabajar, pero no le tendió la mano a Raimundo Silva, esta dudosa paz no merecía celebración, cuando el corrector salió el director literario dijo al de producción, Creo que tendríamos que haberlo echado, hubiera sido más sencillo, y fue la mujer quien argumentó, Habríamos perdido un buen corrector, Por lo que aquí ha pasado, va a llevarse mal con él, Quizá no.

A la salida, Raimundo Silva se encontró con Costa, que venía de la imprenta. Le dio las buenas tardes bruscamente, e iba a seguir pero Costa lo retuvo por el brazo, sin violencia, sólo tirando levemente de la manga de la gabardina, los ojos de Costa eran serios, casi piadosos, y las palabras fueron terribles, Por qué me ha hecho una cosa de éstas, señor Silva, preguntó, y Raimundo Silva se quedó sin saber qué responder, se limitó a negar infantilmente, Pero si yo no le hice nada. Costa movió la cabeza, retiró la mano, y siguió corredor adelante, le parecía imposible que aquel hombre no se diera cuenta de que lo había ofendido personalmente, que la verdadera cuestión estaba entre ellos dos, Costa y Raimundo Silva, el engañado y el engañador, para éstos no podía haber una errata salvadora in extremis. Al fondo del corredor, Costa se volvió hacia atrás y preguntó, Lo han despedido, No, no me han despedido, Menos mal, si lo hubieran despedido me quedaría más rebotado de lo que estoy ahora, en definitiva Costa es mí gran hombre, y sobrio en sus declaraciones, no dijo ni triste ni amargado por no parecer solemne, sino rebotado, que es palabra chulesca según los diccionarios, pero sin rival, digan lo que digan los puristas. Costa, definitivamente, está rebotado, ninguna otra palabra expresaría mejor su estado de espíritu, ni tampoco el de Raimundo Silva que, habiéndose preguntado por milésima vez, Cómo me siento yo mismo, puede responder, también definitivamente, Estoy rebotado.

Cuando llegó a casa, ya la asistenta se había ido, dejándole el recado, siempre igual, cuando él estaba ausente, Me he ido, todo está en orden, me llevo la ropa para acabar de plancharla, esta manifestación de celo significaba que aprovechó la oportunidad para salir antes de la hora, pero no lo confesaría nunca, y Raimundo Silva, que sobre el expediente no tenía dudas, aceptaba la explicación y callaba. Ciertas relaciones armoniosas se crean y duran gracias a un complejo sistema de pequeñas no-verdades, de renuncias, una especie de baile cómplice de gestos y posturas, todo resumible en el nunca bastante citado refrán, o sentencia, que mucho mejor le cae esta designación, Tú que sabes y yo que sé, cállate tú que yo me callaré. No es que haya misterios, secretos, esqueletos en armarios cerrados que debieran ser rebelados cuando se habla de la relación entre señor y sierva en esta casa donde vive Raimundo Silva y adonde de vez en cuando asiste, aunque trabajando, una mujer de quien tal vez nunca sea necesario conocer el nombre completo. Pero es sumamente interesante reconocer cómo la vida de estos dos seres es al mismo tiempo opaca y transparente, para Raimundo Silva no hay nadie que le sea más próximo, y aun así, hasta hoy no se ha interesado por saber qué vida es la de esta mujer cuando no le asiste, y en cuanto al nombre, basta que diga, señora María, y ella aparece por la puerta preguntando, Sí, don Raimundo, quiere algo. La señora María es baja, flaca, morena hasta parecer oscura, y tiene un pelo naturalmente rizado que es su vanidad, otra no podría tener, pues en cuestión de belleza ha nacido mal servida. Cuando dice o escribe, Todo está arreglado, abusa evidentemente de las palabras, pues su sentido del orden consiste en la aplicación de una regla de oro según la cual basta que todo parezca ordenado, o, por artes interpretativas, que no quede a la vista lo que ordenado no llegó a ser y en algunos casos nunca lo será. Se exceptúa, evidentemente, el despacho de Raimundo Silva, donde el desorden parece condición del propio trabajo, así lo entiende él, al contrario del estilo de otros correctores que son maniáticos de la alineación, de la precisión, de la armonía geométrica, con ésos mucho iba a sufrir la señora María, dirían Este papel no está como lo dejé, los papeles del escritorio de Raimundo Silva están siempre tal como él los dejó, por la simple razón de que la señora María no puede ni tocarlos, y así protestará, No es mía la culpa, cuando Raimundo Silva no encuentre libros o pruebas.

Arrugó el papel, desdeñando el recado, y lo tiró al cesto. Luego se quitó la gabardina, se cambió, se puso una camisa gruesa, unos pantalones que sólo este servicio tenían, un chaleco de punto, no es sólo por el frío que hace, es por el frío que siente, verdad es que Raimundo Silva tiene esto de ser friolero, tanto que sobre todo lo puesto se coloca la bata de cuadros escoceses, muy envuelto quedó, pero confortable, aparte de que no espera visitas. Durante el trayecto de la editorial hasta la casa consiguió no pensar, hay quien no lo logra, pero Raimundo Silva aprendió el arte de hacer fluctuar ideas vagas, como nubes que se mantienen separadas, y sabe incluso soplar a las que se acerquen demasiado, lo que es preciso es que no se junten unas a las otras creando una sola, o, lo que aún sería peor, si hay electricidad en la atmósfera mental, la consecuente tormenta de relámpagos y truenos. Por algunos momentos había dejado que el pensamiento se ocupara de la señora María, pero ahora el cerebro está otra vez vacío. Para mantenerlo así, abrió la puerta de la salita donde tenía la televisión y encendió el aparato. El aire, allí, estaba aún más frío. Sobre la ciudad, gracias al cielo limpio, todavía brillaba el sol, puesto ya sobre el lado del mar, cayendo, lanzando una luz suave, una caricia luminosa a la que al cabo de un momento responderían los cristales de la ladera, primero como antorchas vibrantes, palideciendo luego, reduciéndose a un pedacito de espejo trémulo, hasta apagarse todo y empezar el crepúsculo a tamizar su ceniza lenta entre las casas, ocultando los aleros, borrando los tejados, al tiempo que el ruido de la ciudad baja se debilita y retrocede ante el silencio que se derrama desde estas calles altas donde vive Raimundo Silva. La televisión no tiene sonido, es decir, se lo ha quitado Raimundo Silva, hay sólo imágenes luminosas que se mueven, en la pantalla y también sobre los muebles, las paredes y sobre el rostro de Raimundo Silva que mira sin ver y sin pensar. Hace casi una hora que están pasando los videoclips de Tottaly Live, los cantantes, si esta palabra tiene lugar aquí, y los bailarines se agitan, expresan todos los sentimientos y todas las sensaciones humanas, dudosas algunas, todo lo tienen en la cara, no se oye lo que dicen pero no importa, es increíble la movilidad que puede tener un rostro, son crispaciones, sesgos, distensiones, carátulas amenazadoras, un pequeño ser andrógino, postizo y obsceno, mujeres maduras con largas melenas, frescas muchachitas de muslos, nalgas y tetas generosas, otras delgadas como mimbres y diabólicamente eróticas, señores maduros que muestran algunas arrugas interesantes y seleccionadas, todo esto fabricado con luces relampagueantes, todo sofocado en silencio, como si Raimundo Silva hubiese puesto las manos sobre esas gargantas, asfixiándolas más allá de una cortina de agua, también ella silenciosa, es el triunfo universal de la sordera. Ahora aparece un hombre solo, debe de estar cantando, pese a que apenas se le mueven los labios, el dístico decía Leonard Cohen, y la imagen mira a Raimundo Silva insistentemente, los movimientos de la boca articulan una pregunta, Por qué no quieres oírme, hombre solitario, y seguramente añade, Óyeme ahora porque después será demasiado tarde, tras un video clip viene otro, no se repiten, esto no es un disco que puedas hacer girar mil y una veces, es posible que yo vuelva, pero no sé cuándo y tal vez tú ya no estés aquí en ese momento, aprovéchate, aprovéchate, aprovéchate. Raimundo Silva se inclinó hacia delante, abrió el sonido, el gesto de Leonard Cohen fue como de agradecimiento, ahora podía cantar, y cantó, dijo las cosas que dice quien ha vivido y se pregunta cuánto y para qué, quien amó y se pregunta a quién y por qué, y, habiendo hecho ya las preguntas todas, se encuentra sin respuesta, aunque sólo fuese una, es lo contrario de aquel que afirmó un día que las respuestas están todas ahí y que nosotros no tenemos más que aprender a hacer las preguntas. Cuando se calló Cohen, Raimundo Silva volvió a cortar el sonido, e inmediatamente apagó el aparato. La salita, interior, se convirtió de pronto en noche negra, y el corrector pudo llevarse las manos a los ojos sin que nadie lo viera.

Ahora preguntará quien tenga preocupaciones de lógica si es creíble que a lo largo de tanto tiempo no haya pensado Raimundo Silva aunque sólo sea una vez en la escena humillante de la editorial, o, si lo pensó, por qué no se hizo de ella la competente mención en nombre de la coherencia de un personaje y de la verosimilitud de las situaciones. Verdad es que Raimundo Silva pensó, y algunas veces, en el desagradable episodio, pero pensar no es lo mismo en todos los casos, y lo más que él se permitió fue recordar, como con otras palabras quedó explicado antes, cuando se habló de nubes en el cielo y de electricidad en el aire, sueltas unas y de voltaje mínimo la otra. La diferencia está entre un pensamiento activo que excava pozos y galerías a partir y alrededor de un hecho, y esa otra forma de pensamiento, si merece tal nombre, inerte, enajenado, que cuando mira no se detiene y sigue, apostado en la creencia de que lo que no es mencionado no existe, como el enfermo que se considera saludable porque aún no ha sido pronunciado el nombre de su enfermedad. Se engaña, sin embargo, quien imagine que estos sistemas defensivos duran siempre, ahí viene ya el momento en que la vaguedad del pensar se transforma en idea fija, en general basta que duela un poco más. Fue esto lo que le sucedió a Raimundo Silva cuando, al lavar la poca loza que había ensuciado para cenar, se le encendió en el espíritu la súbita evidencia de que la editorial, al fin, no había tardado trece días en descubrir el engaño, cosa que tanto absolvería la superstición vieja como impondría la necesidad de una nueva superstición, cargando de energía negativa otro día, hasta ahora inocente. Cuando lo llamaron a la editorial ya todo había sido descubierto y discutido, Qué vamos a hacer con ese tipo, preguntó el director general, y el director literario telefoneó al autor para comunicarle el absurdo suceso disculpándose mucho, Es que no se puede confiar en nadie, a lo que el autor respondió, por increíble que parezca, No es un caso de muerte, una fe de erratas resuelve la cuestión, y se reía, Hay que ver lo que se le ha ocurrido a ese hombre, y Costa tuvo una idea, Debía haber alguien que controlara a los correctores, Costa sabe dónde le duele, y la sugerencia pareció tan buena que el director de Producción la elevó, como si fuese suya, a consideración superior, y con tan general aprobación que antes del decimotercer día la persona había sido buscada, elegida e instalada, hasta el punto de asistir con pleno derecho y autoridad plena al juicio sumarísimo que vino a deliberar sobre las culpas, evidentes, probadas y finalmente confesadas, si bien, en lo que toca a confesión, hayan sido más de lo que es admisible las reticencias y las reservas mentales del culpado, actitud que acabó por irritar a la nueva empleada, no puede tener otra explicación el ataque violento desencadenado en el último asalto, Pero le respondí como merecía, murmuró Raimundo Silva mientras se secaba las manos y se bajaba las mangas que se había subido para el trabajo doméstico.

Sentado ahora a la mesa de su despacho, con las pruebas del libro de poesía ante él, sigue tras el pensamiento, aunque tal vez fuese más exacto decir que lo antecede, pues, sabiendo nosotros cuán rápido es el pensamiento, si nos contentamos con ir detrás de él, en poco tiempo le perdemos el rastro, estamos aún inventando la passarola * y ella ya ha llegado a las estrellas. Raimundo Silva intenta, pensando y repensando, percibir por qué desde las primeras palabras no pudo reprimir la agresividad, No sabe qué es el deleátur, le molesta sobre todo el recuerdo del tono con que lanzó la pregunta, provocador, grosero incluso, y después el duelo final, de enemigos, como si se estuviera dirimiendo una cuestión personal, un rencor viejo, cuando se sabe que nunca antes se encontraron estos dos, y, si sí, ni se fijaron el uno en el otro, Quién será, pensó entonces Raimundo Silva, y al pensarlo aflojó, sin darse cuenta, la rienda con que venía guiando el pensamiento, eso fue suficiente para que él se le adelantara y empezara a pensar por cuenta propia, es una mujer aún joven, menos de cuarenta años, no tan alta como primero le pareció, el tono de la piel mate, el pelo suelto, castaño, los ojos del mismo color, un poco menos oscuros, y la boca pequeña y llena, la boca pequeña y llena, la boca pequeña, la boca llena, llena. Raimundo Silva está mirando el estante que tiene enfrente, se encuentran allí reunidos todos los libros que revisó a lo largo de una vida de trabajo, no los ha contado pero forman una biblioteca, títulos, nombres, él es la novela, él es la poesía, él es el teatro, él son los oportunismos políticos y biográficos, él son las memorias, títulos, nombres, nombres, títulos, unos célebres hasta los días de hoy, otros que tuvieron su momento y para ellos se paró el reloj, algunos aún suspendidos del destino, Pero el destino que tenemos es el destino que somos, murmuró el corrector, respondiendo a lo que antes había pensado, Somos el destino que tenemos. De repente, sintió calor, pese a no tener enchufada la estufa eléctrica, se desató el cinturón de la bata, se levantó de la silla, estos movimientos parecían tener un objetivo y pese a todo, no puede haber otra explicación, apenas eran expresión de un inesperado bienestar, un vigor casi cómico, una tranquilidad de dios sin remordimientos. La casa se volvió de súbito pequeña, hasta la propia ventana abierta hacia las tres amplitudes, la de la ciudad, la del río, la del cielo, le pareció como un postigo ciego, y es verdad que no había niebla, e incluso la frialdad de la noche era temperante frescor. No fue en este momento, sino antes, cuando Raimundo Silva pensó, Cómo se llamará, a veces ocurre, tenemos un pensamiento pero no queremos reconocerlo, darle confianza, lo aislamos con pensamientos laterales como este de haber recordado al fin que ni una sola vez se había mencionado el nombre de la mujer, Esta señora, dijo el director literario, a partir de ahora se hace cargo de la responsabilidad, y, o por improbable falta de educación, o por efecto del nerviosismo propio y general, no hizo la presentación, Raimundo Silva, doña Fulana de Tal. Con estas reflexiones había ido atrasando Raimundo Silva la pregunta directa, Cómo se llamará, y ahora que la hizo no es capaz de pensar en otra cosa, como si, al cabo de todas estas horas, hubiera llegado finalmente a su destino, palabra que es utilizada aquí en el sentido vulgar, de final de viaje, sin derivaciones ontológicas o existenciales, sólo aquel decir de viajeros, He llegado, creyendo saber todo lo que les espera.

Ahora no se espere ni se exija explicación para lo que Raimundo Silva hizo. Volvió al despacho, abrió sobre la mesa el Vocabulario de José Pedro Machado, se sentó y, lentamente, empezó a recorrer desde la letra A las columnas de la sección onomástica, el primer nombre es el antropónimo Aala, pero fue omitido el género, masculino, femenino, no se sabe, éste fue un caso de revisión desatenta, o será nombre común de los dos, de todos modos una responsable de correctores no puede llamarse Aala. Raimundo Silva se quedó dormido en la letra M, con el dedo sobre el nombre de María, sin duda de mujer, pero asistenta, como sabemos, lo que no excluye la hipótesis de una coincidencia en un mundo donde tan fáciles son.

La carta que Raimundo Silva escribió al autor de la Historia del Cerco de Lisboa contenía el quantum satis necesario de disculpas, y también la tenue pincelada de humor discreto que las relaciones cordiales entre remitente y destinatario admitirían sin abusar de la confianza, aunque al final debiera perdurar la impresión de una honesta perplejidad, de una austera interrogación sobre la irresistibilidad de algunos actos absurdos. Esta especie de meditación sobre la humana flaqueza quebrantaría las últimas resistencias, si alguna quedaba, en quien, al ser informado del lesivo atentado contra su propiedad intelectual, respondiera, dejando estupefacto al director literario, No es un caso de muerte, claro está que en la vida real no se encuentran tales abnegaciones, pero esta reflexión, excusado sería decirlo, no es de la responsabilidad del historiador, no pasa, pues, de mero añadido de doble sentido, tan a propósito introducido ahora como en cualquier otro momento y página de este relato. El cesto de los papeles quedó lleno de hojas arrugadas, de tentativas sin continuación, de borradores enmendados en todas direcciones, restos inútiles de un día entero de esfuerzos de estilo y de gramática, de milimétricas armonías para equilibrio de las partes constitutivas de la epístola, Raimundo Silva llegó incluso a desahogarse en voz alta, Si los autores siempre sufren así, pobrecillos, y halló algún contento en no ser más que un corrector de pruebas.

Subía Raimundo Silva la escalera de casa tras haber ido a echar la carta al correo, cuando oyó sonar el teléfono. No se apresuró, un tanto porque se sentía cansado, otro tanto por indiferencia o apatía, lo más probable es que fuese Costa que quería saber cómo iban las pruebas del librito de poesía o cómo iba la lectura previa de la novela que le había dejado en aquel negro día, Se acuerda. Dio tiempo para que Costa se aburriera de llamar sin resultado, pero el teléfono no callaba, sonaba con una especie de obstinación mansa, como quien está decidido a continuar sólo porque es su deber y no porque cuente con que le respondan. Metía tranquilamente la llave en la cerradura cuando recordó que no podía ser Costa el de la llamada, Costa ya no era su directo interlocutor, pobre Costa, víctima inocente, reducido ahora a una función casi mecánica de trae y lleva, él que, siendo preciso, era capaz de batirse de igual a igual con la camorra revisora. Raimundo Silva se detuvo en el umbral del despacho, y el teléfono, como si notara su presencia, redobló su estridencia hasta parecer un perrillo loco de entusiasmo al presentir al amo, sólo le faltaba tirarse mesa abajo y empezar a saltar con ansia de caricias, con la lengua fuera, jadeando, babándose de puro gozo. Raimundo Silva tiene por ahí algunos conocidos que de vez en cuando le telefonean, ha sucedido que alguna mujer sienta o finja sentir una necesidad de hablarle y oírlo, pero ésos son casos del pasado que en el pasado ocurrieron y en el pasado quedaron, voces que si de él llegaran ahora serían como algo sobrenatural del otro mundo.

Posó la mano en el teléfono, esperó aún, como si quisiera darle la última oportunidad de callarse, y al fin levantó el auricular creyendo saber exactamente qué le esperaba, Es el señor Silva, preguntó la telefonista, y él respondió, lacónico, Sí, Como nadie lo cogía, iba ya a colgar, Desea algo, Yo no, es la doctora María Sara quien quiere hablar con usted, un momento. Hubo una pausa, ruidos que debían ser de conmutación, tiempo bastante para que Raimundo Silva pudiera pensar, Se llama María Sara, en parte acertó, sin saberlo, porque si es verdad que se había quedado dormido con el dedo revelador sobre el nombre de María, también es cierto que de eso no guardaba recuerdo, que al despertar, levantando la cabeza de la mano abierta sobre el libro, y frotándose luego los ojos con las dos manos, retiró de la página aquella precaria señal de orientación, dispondría sólo de las dos referencias extremas y sabría, cuando mucho, que lo hallado estaría entre Manuela y Marula, nombres ésos, por otra parte, excluibles de inmediato por ser radicalmente inadecuados a la personalidad de la persona o personaje. La telefonista dijo, Le conecto, es un anuncio corriente entre telefonistas, lugar común de la profesión, y con todo son palabras que prometen consecuencias, tanto para bien como para mal, Le conecto, dijo, indiferente al destino que utiliza sus servicios, y no repara en lo que está diciendo, Junto, aprieto, tomo, ato, lío, fijo, uno, aproximo, vinculo, relaciono, asocio, en su idea se trata sólo de poner en comunicación a dos personas, pero ese mismo acto sencillísimo, observémoslo, transporta ya consigo riesgos más que suficientes para que no lo acometamos con liviandad. No obstante, de nada sirven los avisos, pese a que la experiencia nos demuestra diariamente que cada palabra es un peligroso aprendiz de brujo.

Raimundo Silva se dejó caer en la silla, en un instante se sintió dos veces más cansado. A nosotros, los viejos, nos dan la ley las trémulas rodillas, la cita obligatoria se rió de él injustamente, que no es viejo un hombre que apenas ha pasado los cincuenta, eso era antes, ahora nos cuidamos mejor, hay lociones, tintes, cremas, suavizantes diversos, por ejemplo, dónde se encontraría a un hombre en el mundo civilizado que después de afeitarse se aplicara todavía en la cara piedra alumbre, esa brutalidad contra la epidermis, hoy la cosmética es reina, rey y presidente, y si está visto que no podría disimular un temblor de piernas, al menos dará alguna compostura al rostro cuando haya testigos. No habiéndolos ahora, el propio rostro de Raimundo Silva se crispa mientras del otro lado la doctora María Sara, serena, con un gesto evidentemente gracioso, echa hacia atrás, con un movimiento de cabeza, el pelo del lado izquierdo para poder aproximar el auricular al oído, y dice al fin, No nos presentaron el otro día, pero me presento a mí misma ahora, me llamo María Sara, el suyo, iba a decir, Ya lo conozco, pero Raimundo Silva, arrastrado por el hábito, dijo su nombre, pero lo dijo completo, con el Bienvenido, y estuvo a punto de morirse de ridículo allí mismo. María Sara, no obstante, a pesar de no haber anunciado de su persona más que aquel poco, no pareció reparar en la confesión y lo trató de señor Raimundo Silva, sin poder adivinar cuánto bálsamo estaba derramando en la lacerada susceptibilidad del corrector, Me gustaría hablar con usted sobre la manera de organizar nuestro trabajo, estoy entrevistándome con todos los correctores, me interesa saber lo que piensan, sí, encuentros personales, no hay otra manera, mañana al mediodía, si le conviene, de acuerdo, le espero, hasta mañana. El teléfono ya ha sido colgado y Raimundo Silva aún no recupera por completo la serenidad, ahora está la casa llena de silencio, apenas se adivina una pulsación inaudible, tanto puede ser el jadeo de la ciudad como el movimiento del río, o simplemente el corazón del corrector.

Despertó algunas veces durante la noche, sobresaltado, como si alguien lo hubiera sacudido. Mantenía los ojos cerrados, tratando de defenderse del insomnio, y poco después pasaba del torpor inquieto a otro inquieto sueño, pero sin sueños. A última hora de la noche empezó a llover, el tejadillo del mirador era siempre el primero en dar la señal, aunque la lluvia fuera leve, y Raimundo Silva despertó con el rumor continuo de las gotas cayendo y resonando, lentamente abrió los ojos para recibir la luz cenicienta que apenas empezaba a insinuarse por los resquicios de la ventana. Como acontece casi siempre a quien despierta a esta hora, volvió a caer en el sueño, esta vez agitado de sueños, luchando con una preocupación, si tendría tiempo de teñirse el pelo, que lo necesitaba, y si sería capaz de hacerlo tan bien que no se viera que era teñido. Cuando despertó eran más de las nueve y su pensamiento inmediato fue, No tengo tiempo, luego encontró que sí. Entró en el cuarto de baño y, entornando los ojos, despeinado, con cara ceñuda, se examinó a la luz fuerte de las dos bombillas que iluminaban el espejo, una a cada lado. Las raíces blancas eran melancólicamente visibles, no bastaría ahuecarse el pelo para disimularlas, el remedio era teñirlo. Despachó en pocos segundos el desayuno, sacrificando el ya conocido apetito de tostadas con mantequilla, y volvió al cuarto de baño, donde se encerró para proceder a su particular acuñado de moneda falsa, en fin, a la aplicación del producto, como se decía en el prospecto de la caja. Cuando se teñía el pelo se encerraba siempre, aunque siempre estuviera solo en casa, hacía en secreto lo que, debería saberlo, no era secreto para nadie, y ciertamente caería muerto de vergüenza si un día lo sorprendiera alguien en lo que él mismo consideraba una lastimosa operación. Igual que el de la doctora María Sara, su pelo, en los tiempos de la verdad, era castaño, pero ahora sería imposible comparar los tonos de uno y otro, de naturaleza a naturaleza, porque el de Raimundo Silva se presenta con una tonalidad uniforme que recuerda irremisiblemente una peluca abandonada y roída de polillas, olvidada y de nuevo hallada en un sótano, confundida con antiguas imágenes, muebles, adornos, cachivaches, máscaras de otro tiempo. Faltaba poco para las once y media cuando estuvo dispuesto para salir, atrasadísimo, si no tenía la suerte de encontrar de inmediato un taxi, tendría que recordar una nueva cita, ésta de un viejo refrán, Sobre caída, coz, expresión sintética y penetrante que se puede traducir por Después de un no, un demasiado tarde, que sería, sin duda, la versión más adecuada al caso. Le favoreció vivir en la Rua do Milagre de Santo António, pues sólo un milagro podía hacer que, en calle tan yerma, y en un día así, de lluvia, apareciera un taxi libre que paró cuando le hicieron la señal y no hizo, él, señal de que llevaba otro destino. Raimundo Silva entró, feliz, dio la dirección de la editorial, pero luego, cuando tuvo ya el paraguas acomodado, se llamó idiota, su ansiedad se manifestaba de dos maneras distintas, el temor de ir, el deseo de llegar, la editorial había pasado a ser para él un sitio detestado, y, por otro lado, no era sólo por llegar puntualmente a las doce por lo que daba prisa al conductor, Tengo prisa, con riesgo de crearse un enemigo en alguien que había empezado a manifestarse como instrumento de milagro. Descender a la ciudad baja costó su tiempo, avanzar en medio de un tránsito que la lluvia demoraba fue chapotear en maleza, Raimundo Silva sudaba de impaciencia, al fin, pasaban ya diez minutos cuando entró en la editorial, bufando, en el peor estado de espíritu deseable para una cita en la que iban a discutirse responsabilidades nuevas y, seguramente, traer de nuevo a colación agravios recientes.

La doctora María Sara se levantó de la silla, acudió a su encuentro, cordial, Cómo está, señor Silva, Le ruego que disculpe mi retraso, la lluvia, el taxi, No tiene importancia, siéntese. El corrector se sentó pero hizo el ademán de levantarse de nuevo, porque la doctora María Sara volvía a su mesa, No se mueva, por favor, y cuando volvió llevaba un libro que dejó sobre la mesita baja, entre los dos sillones forrados de napa negra. Luego se acomodó, cruzó las piernas, llevaba una falda de tejido grueso, ceñida en la medida justa, y encendió un cigarrillo. Los ojos del corrector acompañaron el movimiento que animaba las regiones superiores, reconocía el rostro, el pelo suelto, caído sobre los hombros, y de repente sintió un choque al distinguir en él, nítidamente, unas canas que brillaban bajo la luz del techo, No se las tiñe, pensó, y tuvo ganas de huir de allí. La doctora María Sara le había preguntado si quería fumar, pero él no la oyó, sólo a la segunda vez, No fumo, gracias, respondió, y bajó los ojos, llevándose en ellos la imagen de una blusa de escote en pico, de un color que su perturbación le impidió definir. Ahora no quitaba los ojos de la mesa, fascinado, estaba allí la Historia del Cerco de Lisboa, vuelta hacia él, sin duda a propósito, todo, el nombre del autor, el título en letras grandes, una ilustración en medio de la portada en la que se percibían caballeros medievales con el símbolo de los cruzados, y sobre las murallas del castillo desproporcionadas figuras de moros, era difícil saber a esta distancia si se trataba de la reproducción de una miniatura antigua o de una composición moderna de estilo arcaizante, falsamente ingenuo. No quería seguir mirando la portada provocadora, pero tampoco deseaba enfrentarse con la doctora María Sara, que en aquel momento le estaría observando implacablemente, como una cobra dispuesta a lanzar el último y definitivo salto. Pero ella dijo, en tono de voz natural, sin ninguna entonación particular, deliberadamente neutra, tan simple como las cuatro palabras que pronunció, Este libro es suyo, hizo una pausa, demorada, y añadió, colocando esta vez un peso mayor en algunas sílabas, Digámoslo de otro modo, ese libro es el suyo. Confundido, Raimundo Silva levantó la cabeza, El mío, preguntó, Sí, es el único ejemplar de la Historia del Cerco de Lisboa que no lleva fe de erratas, en él continúa diciéndose que los cruzados no quisieron ayudar a los portugueses, No comprendo, Diga más bien que está intentando ganar tiempo para saber cómo se debe hablar conmigo, Perdón, pero mi intención, No necesita justificarse, no se va a pasar la vida dando explicaciones, lo que yo realmente esperaba era que me preguntase por qué motivo le entrego un ejemplar no enmendado, un libro que mantiene intacto el fraude, que insiste en el error, que persevera en la mentira, elija usted mismo el calificativo que más le guste, Se lo pregunto ahora, Ha tardado demasiado, ya no me apetece responderle, pero lo dijo sonriendo, aunque se le notase la tensión en la línea de la boca, Se lo ruego, insistió él, sonriendo a su vez, y quedó sorprendido consigo mismo, en una situación así mostrar los dientes a una mujer de quien no sé nada y que debe de estar burlándose de mí, seguro. La doctora María Sara apagó el cigarrillo, encendió otro, parecía nerviosa. Raimundo Silva la observó con atención, la balanza empezaba a inclinarse de su lado, pero él no entendía por qué, y mucho menos cuál era el sentido de todo aquello, porque estaba claro que no había sido convocado para debatir o simplemente recibir instrucciones sobre el nuevo procedimiento de corrección, lo que allí estaba pasando hacía evidente que el asunto del Cerco no quedó definitivamente arreglado en aquella negra hora del decimotercer día en que vino para ser juzgado, Pero no creas que vas a someterme a otra humillación, pensó, sin querer admitir que estaba siendo deshonesto con los hechos, cuando, verdaderamente, le había sido evitado el vejamen de un despido ignominioso, por ejemplo, aunque tampoco contaba con que fueran a condecorarlo o citarlo en la orden del día, ascendiéndolo a jefe de correctores, lugar que antes no existía y que, por lo visto, ahora sí.

La doctora María Sara, con un movimiento rápido, se levantó, era interesante observar que la rapidez de sus gestos no perjudicaba una especie de fluidez natural que les quitaba toda apariencia de brusquedad, y fue a la mesa a buscar una hoja de papel que entregó a Raimundo Silva, A partir de ahora, los trámites de trabajo de revisión serán los que constan en estas instrucciones, no hay alteraciones de fondo en el modo como las cosas se hacían hasta ahora, y, como podrá ver, lo más importante es que, en los casos en que el corrector trabaje solo, como usted, las pruebas pasarán por una revisión final, que tanto podré hacer personalmente yo como otro corrector, aunque siempre se respetarán por encima de todo los criterios del primero, lo que se pretende es sólo establecer una última revisión que impida errores y remedie faltas de atención, O desvíos intencionales, añadió Raimundo Silva, intentando una sonrisa amarga, Se equivoca, ése fue un episodio del que ni siquiera vale la pena decir que después del robo, trancas la puerta, porque tengo la seguridad de que los ladrones no volverán jamás y la puerta podrá seguir como estaba, las reglas que ahí tiene obedecen a simple sentido común, no es un código penal para disuadir y castigar atentados de criminales empedernidos, Como yo, Un único delito, que además, repito, no volverá a ocurrir, no hace de una persona normal un delincuente, y mucho menos empedernido, Gracias por la confianza, No necesita mi confianza, es una cuestión de lógica y de psicología elemental, sólo un niño no lo entendería, Tengo mis limitaciones, Cada uno tiene las suyas. Raimundo Silva no respondió, se quedó mirando el papel que sostenía en las manos, pero sin leerlo, para un corrector tan veterano como él era, difícilmente se inventaría una sorpresa capaz de durar más, en efectos, que el tiempo de su enunciación. La doctora María Sara permanecía sentada, pero había enderezado el tronco y se inclinaba un poquito hacia delante, como para hacer ver que, por su parte, había terminado la conversación, y que en el segundo inmediato, si nada en contra ocurría, estaría en pie para pronunciar las últimas palabras, esas palabras a las que no se suele prestar atención, esas fórmulas de despedida cuyo sentido han desgastado la repetición y el hábito, comentario, por otra parte, repetido, introducido aquí como eco de otro, hecho en diferente tiempo y lugar y que en consecuencia no merece desarrollo, vide Retrato del Poeta en el Año de su Muerte.

Raimundo Silva dobló la hoja de papel dos veces, demorándose en los ángulos, y la guardó en el bolsillo interior de la chaqueta. Luego hizo un movimiento que engañó a la doctora María Sara, parecía que se iba a levantar, pero no, era sólo una manera de tomar impulso, de modo que no se quedara a mitad de una frase que decidió decir, lo que, todo junto, más o menos significa que estos momentos, y los momentos son siempre muchos, aunque sean pocos los segundos, los habían vivido ellos en equilibrio inestable, compelido el corrector, contra su voluntad, a seguir el movimiento de la doctora, invirtiendo ésta su propio impulso al percibir que se había equivocado sobre las intenciones de él. Aún más que el teatro, sabría el cine mostrar estas sutiles danzas de gestos, pudiendo incluso descomponerlos y recomponerlos sucesivamente, pero la experiencia de la comunicación ha venido a probar que esa abundancia aparente de visualizaciones no disminuyó la necesidad de las palabras, cualquier palabra, incluso sabiendo ellas decir tan poco sobre las acciones e interacciones del cuerpo, de la voluntad que hay en él o que él es, de lo que llamamos instinto en ausencia de otro nombre, de la química de las emociones, y de lo demás que, precisamente por falta de palabras, no se mencionará. Pero, no tratando nosotros aquí de cine, ni de teatro, ni siquiera de vida, nos vemos forzados a decir en más tiempo del que necesitamos, sobre todo porque nos damos cuenta de que, después de una primera, una segunda y a veces una tercera tentativa, sólo una parte mínima de las sustancias habrá quedado explicada, y aun así muy dependiente de las interpretaciones, y, dicho esto, en meritorio esfuerzo de comunicación, perturbadamente volvemos al principio, a punto de, inhábiles, aproximar o distanciar el plano de enfoque, con riesgo de velar los contornos del motivo central y volverlo, por así decir, inidentificable. En este caso, sin embargo, afortunadamente, no habíamos perdido de vista a Raimundo Silva, lo dejamos en aquel movimiento ondulatorio que había de transportar la frase, ni la doctora María Sara, de algún modo sumisa, con perdón de la excesiva palabra, no por pérdida de su voluntad, sino por una última y quizá benevolente expectativa, la cuestión está en saber si va el corrector a pronunciar las palabras exactas, sobre todo evitando la peor de las cacofonías, que no condigan la palabra con el sonido, y los dos con la intención, vamos a ver cómo resuelve Raimundo Silva la dificultad, Por favor, dijo, y no hay duda de que ha empezado bien, mi reacción ante el libro, la sorpresa al oír que no está corregido, todo eso se comprende, es como cuando nos duele un punto y el cuerpo se encoge instintivamente si le tocan, sólo le digo que mi deseo sería que todo se borrara en la memoria, Lo encuentro hoy mucho menos desafiante que la otra vez que aquí estuvo, Las luces se apagan, las victorias pierden significado, los desafíos fatigan, repito que me gustaría olvidar lo sucedido, Temo que va a ser imposible si acepta la sugerencia que voy a hacerle, Una sugerencia, O una propuesta, si lo prefiere. La doctora María Sara cogió de un estante bajo que había a su lado un dossier que colocó en el regazo, y dijo, Aquí están reunidas sus opiniones sobre libros que la editorial, en años pasados, publicó o no, Esto es historia antigua, Hábleme de ella, Cree que vale la pena, Tengo mis propias razones para creer que sí, Bien, la editorial estaba entonces empezando, toda ayuda era bienvenida, y alguien en aquella época pensó que yo podía dar mi opinión sobre libros, francamente no podía pasárseme por la cabeza que esos papeles se hubieran conservado hasta hoy, Los encontré durante una inspección que hice en las partes del archivo que me interesaba para mi trabajo, Apenas me acuerdo de ellos, Los he leído todos, Espero que no se haya echado a reír ante tantos disparates, Nada de disparates, al contrario, son opiniones excelentes, bien pensadas y escritas, Supongo que no habrá encontrado cambios de sí por no, y Raimundo Silva se atrevió a sonreír, fue irresistible, pero sólo por las comisuras de la boca, para que no pareciera que se tomaba demasiadas confianzas. La doctora María Sara sonrió también, No, no había cambios, todos están puntualmente, religiosamente, en sus lugares. Hizo una pausa, hojeó al azar el dossier, pareció vacilar aún, y luego, Fueron estos informes, y el hecho, como dije ya, de estar bien escritos y mostrar, aparte de capacidad de observación crítica, una especie, cómo diré, de pensamiento oblicuo bastante singular, Pensamiento oblicuo, No me pida que se lo explique, más que sentido, lo veo, fue todo eso, repito, lo que se condensó en la sugerencia que he decidido hacerle, Y cuál es, La de que escriba una historia del cerco de Lisboa en la que los cruzados, precisamente, no hayan querido ayudar a los portugueses, tomando al pie de la letra su desvío, para emplear la palabra que le oído hace poco, Perdone, pero no entiendo bien su idea, Es muy clara, Tal vez sea eso mismo lo que me impide entenderla, Aún no ha tenido tiempo de acostumbrarse a ella, es natural que el primer movimiento sea de rechazo, No se trata de rechazo, más bien es que la veo como un absurdo, Le pregunto si conoce absurdo mayor que aquel desvío suyo, No hablemos de mi desvío, Aunque no habláramos más de él, aunque este ejemplar llevase, también él, la fe de erratas que está en los otros, aunque esta edición fuese enteramente destruida, incluso así, el No que aquel día escribió habrá sido el acto más importante de su vida, Qué sabe de mi vida, Nada, a no ser esto, Entonces no puede opinar sobre la importancia del resto, Es verdad, pero lo que yo dije no era para que se lo tomase en sentido literal, son expresiones enfáticas que siempre tienen que contar con la inteligencia del interlocutor, Soy poco inteligente, Eso es una expresión enfática más, a la que doy el valor que realmente tiene, es decir ninguno, Puedo hacerle una pregunta, Hágala, Sinceramente, está o no divirtiéndose a mi costa, Sinceramente, no lo estoy, Entonces por qué este interés, esta sugerencia, esta charla, Porque no todos los días encuentra una a alguien que haya hecho lo que usted hizo, Estaba realmente perturbado, Vaya, vaya, En definitiva, y sin querer ser maleducado, su idea no tiene ni pies ni cabeza, Entonces, en definitiva, haga como si nunca hubiera existido. Raimundo Silva se levantó, se compuso la gabardina que no se había quitado, Si no tiene otro asunto para tratar conmigo, me retiro, Llévese su libro, es ejemplar único. Las manos de la doctora María Sara no tienen anillos ni alianza. En cuanto a la blusa, chemisier o como se llame, parece de seda, de un tono pálido que permanece indefinible, beige, marfil-viejo, blanco-mañana, será posible que las puntas de los dedos vibren de modo diferente según los colores que tocan o acarician, no lo sabemos.

La lluvia no ha disminuido. En la puerta del edificio de la editorial, Raimundo Silva, de mal humor, miraba el cielo entre las ramas de los árboles, pero el cielo era una nube pesada, única, sin aberturas de azul, y la lluvia caía con una regularidad irritante, ni más ni menos. No vamos a tener otro día, murmuró, repitiendo un dicho antiguo de gente habituada a meteorologías prácticas, pero en el que no se debe creer completamente, porque después de aquel día otros vendrán, y para Raimundo Silva éste no es ciertamente el último. Mientras esperaba el improbable alivio de los meteoros, iban Saliendo empleados a comer, pasaba de la una, la charla había sido demorada. Pensó que no le gustaría ver aparecer a Costa, tener que hablar con él, oírle, soportar su mirada recriminatoria, y en este instante descubrió que aún menos quería ver a otra persona, a la doctora María Sara, que es posible que esté bajando ya en el ascensor, y que, viéndolo parado en la puerta, puede creer que se ha quedado a propósito, con el pretexto de la lluvia, para poder continuar la charla en otro ambiente, en un restaurante, por ejemplo, al que él la invitaría, o hipótesis aún más aterradora, que ella se ofrezca a llevarlo en coche, a casa, en actitud humanitaria y generosa, vista la lluvia que cae incesante, de ninguna manera, no es ninguna molestia, entre, entre que se está poniendo perdido. Claro que Raimundo Silva no sabe si la doctora María Sara tiene coche, pero las probabilidades de que lo tenga son muchas, su aire no engaña, es persona moderna y expeditiva, basta observar sus gestos metódicos, medidos, gestos de quien sabe manejar la caja de cambios en el segundo exacto y que se ha habituado, con una mirada rápida, a valorar distancias y espacios de maniobra. Oyó detenerse el ascensor y miró rápidamente hacia atrás, era el director literario que aguantaba la puerta para que pasara la doctora María Sara, venían los dos hablando animadamente, no había nadie más en el ascensor, entonces Raimundo Silva se metió el libro entre la chaqueta y la camisa, fue un reflejo de protección, y, abriendo bruscamente el paraguas, se deslizó rozando las casas, encogido como un perro ahuyentado a pedradas, su cuerpo era eso mismo, un perro que huye, con el rabo entre las piernas, Seguro que van a comer juntos, pensó. Retuvo el pensamiento mientras bajaba la calle, luego se examinó a sí mismo para entender la razón de aquel pensamiento, pero sólo encontró un muro blanco, sin inscripciones, él mismo un interrogante.

Para llegar a casa utilizó dos autobuses y un tranvía, ninguno de ellos lo dejaba a la puerta, daro está, pero no tenía otra manera de acercarse, taxis libres ni uno. De todos modos, la lluvia no le ahorró la mojadura, en definitiva no se moja uno más cayendo al mar océano que al río de nuestra aldea, quiere esto decir que si Raimundo Silva hubiera hecho todo el camino a pie no se mojaría más de lo que está, hecho una sopa. Durante el trayecto, pasó por un momento poco agradable, o casi terrible, si preferimos dramatizar la situación, cuando fantaseó con la doctora María Sara en el restaurante, contándole al director literario la jocosa historia del corrector, Entonces le dije que escribiese un libro y él se quedó desconcertado con la idea, y más aún, me respondió que la historia del No del Cerco de Lisboa había sido consecuencia de una perturbación mental, imagínate, Es cómico ese hombre, siempre con esa cara de palo, pero es competente en el trabajo, hay que reconocerlo, y el director literario, tras cometer, con notable franquía, este acto de caridad y de justicia, da el asunto por terminado y pasa a lo que más le interesa, Oye, María Sara, y si cenásemos un día de éstos, podíamos ir luego a cualquier lado, a bailar, a tomar una copa. Al doblar la esquina, un traidor golpe de viento volvió el paraguas, todo el agua que del cielo caía fue a dar contra la cara de Raimundo Silva, y el viento era ciclón, maelström, huracán, fue cosa de pocos segundos, pero de agónica desesperación, a salvo sólo el libro entre la chaqueta y la camisa. Pasó el remolino, volvió la calma, y el paraguas, pese a llevar ahora una varilla estropeada, pudo volver a cumplir con su función, verdad es que más simbólica que efectiva, No, pensó Raimundo Silva, y se quedó en esta palabra, luego no sabremos si fue de ésta de la que se sirvió la doctora María Sara para responder a la invitación del director literario, o si es este hombre que va subiendo las Escadinhas de San Crispim, donde no ve ni rastro del perro vagabundo, finalmente no cree que pueda haber en el mundo gente tan despiadada que ose burlarse así de un pobre corrector indefenso. Sin contar con que, posiblemente, la doctora María Sara irá a almorzar a su casa.

Cambiado de ropa, más o menos seco, Raimundo Silva preparó la comida, coció unas patatas para componer el plato de atún en conserva por el que acabó de decidirse tras un examen de las alternativas, escasas, y, adobando esa frugalidad con el acostumbrado plato de potaje, se sintió bastante reconfortado y restaurado de energías. Mientras comía, tropezó en su espíritu con una curiosa impresión de extrañeza, como si, experiencia sólo imaginaria, hubiera acabado de llegar de un largo y demorado viaje por tierras distantes y otras civilizaciones. Obviamente, en existencia tan poco dada a aventuras, cualquier novedad, insignificante para otros, puede pasar por revolucionaria, aunque, para proponer sólo este reciente ejemplo, su memorable atrevimiento contra el texto casi sagrado de la Historia del Cerco de Lisboa no le había causado un efecto que ni de lejos se le pareciera, ahora la casa está como si fuera pertenencia de otra persona, y él un extraño, hasta el olor es otro, y los muebles están como fuera de lugar o deformados por una perspectiva regida por leyes distintas. Preparó un café muy caliente, como era costumbre en él, y con el platillo y la taza en la mano, sorbiendo a traguitos recorrió la casa para sentirla otra vez suya, empezó por el cuarto de baño, donde habían quedado vestigios de la operación de tintorería a que se había sometido, sin adivinar que acabaría avergonzándose de ella, después la salita de estar donde casi nunca estaba, con la televisión, la mesa baja, un diván, un pequeño sillón y una estantería de puertas acristaladas, y luego el despacho, que le restituyó la familiaridad de lo que fue mil veces visto y tocado, y finalmente el dormitorio, la cama de caoba antigua, el ropero de la misma madera, la mesita de noche, muebles nacidos para mayores paredes y aquí contrahechos, encogiendo el espacio. Sobre la cama, donde lo había tirado al entrar, está el libro, último mohicano de la diezmada tribu, refugiado en la Rua do Milagre de Santo António por inexplicable deferencia de la doctora María Sara, inexplicable, se dice, que no es bastante haber propuesto, Escriba un libro, sólo por ironía, que una complicidad, por lo que tiene de íntimo, no tiene sentido aquí, a no ser que la doctora quiera sólo ver hasta qué punto es él capaz de llegar en los caminos de la locura, una vez que fue él mismo quien habló de perturbación mental. Raimundo Silva posó el platillo y la taza en la mesita de noche, Quién sabe si no será un síntoma esta impresión de extrañeza, como si no fuese mía la casa o no perteneciera yo a este lugar y a estas cosas, la pregunta quedó en suspenso, sin respuesta, como todas las que así comienzan, Quién sabe. Tomó el libro, la ilustración de la cubierta era realmente imitación de una miniatura antigua, francesa o alemana, y en ese instante, borrando todo lo demás, le invadió una sensación de plenitud, de fuerza, tenía en las manos algo que era exclusivamente suyo, cierto es que desdeñado por los otros, pero por esa misma razón, Quién sabe, aún más estimado, al final este libro no tiene quien lo quiera y este hombre no tiene, para querer, más que este libro.

Un tercio de nuestras cortas vidas lo pasamos durmiendo, no hay quien lo ignore, y tanto que basta tener ojos para nuestra propia experiencia, entre el acostarse y el levantarse las cuentas son fáciles de hacer, descontando los insomnios quien de ellos sufra, y, en general, el tiempo gastado en ejercicios nocturnos del arte amatorio, aún y siempre estimados y practicados en las dichas horas muertas, pese a la creciente divulgación de los horarios flexibles que, en éste y otros particulares, parecen encaminarnos finalmente a la realización de los dorados sueños de la anarquía, es decir, aquella edad apetecida en la que podrá cada quien hacer lo que le dé la real gana, con la única condición, elemental, de no herir o limitar la real gana de sus prójimos. Sí, no hay nada más simple, pero el hecho de que hasta hoy no hayamos conseguido siquiera identificar con perdurable certeza a nuestros prójimos entre la multitud de los ajenos, viene a demostrar, si preciso fuera, lo que por tradición sabíamos, que la dificultad de realizar lo sencillo sobrepasa en complejidad a todo oficio o técnica, o, en otras palabras, es menos dificultoso concebir, crear, construir y manipular un cerebro electrónico que encontrar en el nuestro propio la simple manera de ser feliz. Sin embargo, tras el tiempo, tiempo viene, decía el otro, y la esperanza es siempre lo último que se pierde. Desgraciadamente, somos nosotros los que podemos empezar a perderla desde ahora mismo, porque el tiempo que aún falta para la felicidad universal se cuenta por astronómicas medidas, y esta generación no aspira a vivir tanto, aparte de ser patente que se está desanimando mucho.

Tan largo rodeo, convertido en irresistible por esa manera que las palabras tienen de tirar unas de otras, de manera que parecen no hacer más que seguir el deseo de quien finalmente tendrá que responder por ellas, pero llevándolo al engaño, a punto de dejar, cuántas veces, la punta de la narración abandonada en un lugar sin nombre y sin historia, el puro discurso sin causa ni objetivo, cuya fluctuación precisamente lo irá a convertir en apto para servir como escenario o aderezo de no importa qué drama o ficción, este rodeo, que empezó por indagar sobre horas de sueño y horas de vigilia para acabar en gastada reflexión sobre la cortedad de las vidas y la longevidad de las esperanzas, este rodeo, acabemos, encontrará la justificación si, súbitamente, nos preguntásemos cuántas veces, a lo largo de la vida, va una persona a la ventana, cuántos días, semanas y meses allí ha pasado, y por qué. Generalmente, lo hacemos para saber cómo está el tiempo, para estudiar el cielo, para acompañar a las nubes, para devaneos con la luna, para responder a quien llamó, para observar a la vecindad, y también incluso para ocupar los ojos distrayéndolos, mientras el pensamiento acompaña las imágenes en su discurrir, nacidas como nacen las palabras, así. Son miradas, son momentos, y largas contemplaciones de lo que no llega a ser mirado, una pared lisa y ciega, una ciudad, el río ceniciento o el agua que cae de los aleros.

Raimundo Silva no abrió la ventana, mira por detrás de los cristales, y sostiene en sus manos el libro, abierto por la página falsa, como se dice que falsa es la moneda acuñada por quien para tal cosa no tenía legitimidad. Resuena la lluvia sordamente en el cinc del alpende, y él no la oye, puesto que, diríamos nosotros buscando comparación apropiada a las circunstancias, es como un rumor aún lejano de cabalgada, un batir de cascos en tierra blanda y húmeda, un remansarse las aguas en los charcos, extraño suceso éste, si en invierno siempre se sucedían las guerras, qué sería de los hombres de a caballo, poco arropados por debajo de lorigas y cotas de malla, con la lluvia entrándoles por rendijas, hendiduras e intersticios, y de la tropa de a pie ni hablamos, descalza en el barro o poco menos, y con las manos tan engarabitadas de frío que apenas pueden sostener las armas diminutas con las que vienen a conquistar Lisboa, qué idea la del rey, venir a la guerra con este tiempo, Pero el cerco fue en verano, murmuró Raimundo Silva. La lluvia en el cobertizo se había vuelto audible pese a caer con menos fuerza, el chapotear de los caballos se va alejando, irán a recogerse a sus cuarteles. Con un movimiento rápido, inesperado en persona habitualmente tan sobria de gestos, Raimundo Silva abrió la ventana de par en par, algunas gotas le salpicaron la cara, el libro no, porque lo había protegido, y la misma impresión de fuerza plena y desbordante se apoderó de su cuerpo y de su espíritu, ésta es la ciudad que fue cercada, las murallas descienden por allí hasta el mar, que siendo tan ancho el río bien merece tal nombre, y luego suben, empinadas, hasta donde no alcanzamos a ver, ésta es la mora Lisboa, si no fuese porque es pardusco el aire de este día de invierno, distinguiríamos mejor los olivares de la ladera que baja hacia el estero, y los de la otra margen, ahora invisibles como si los cubriera una nube de humo. Raimundo Silva miró y volvió a mirar, el universo murmura bajo la lluvia, Dios mío, qué dulce y suave tristeza, y que no nos falte nunca, ni siquiera en las horas de alegría.

Ciertos autores, quizá por adquirida convicción o complexión espiritual naturalmente poco aficionada a pacientes indagaciones, aborrecen la evidencia de no ser siempre lineal y explícita la relación entre lo que llamamos causa y lo que, por venir después, llamamos efecto. Alegan ésos, y no hay que negarles razón, que desde que el mundo es mundo, pese a que ignoremos cuándo comenzó, nunca se ha visto un efecto que no tuviera su causa, y que toda causa, sea por predestinación o simple acción mecánica, ocasionó y ocasionará efectos, los cuales, punto importante, se producen instantáneamente, aunque el tránsito de la causa al efecto haya escapado a la percepción del observador y sólo mucho tiempo después logre ser aproximadamente reconstituido. Yendo más lejos, con temerario riesgo, sustentan dichos autores que todas las causas hoy visibles y reconocibles han producido ya sus efectos, no teniendo nosotros más que esperar que ellos se manifiesten, también, que todos los efectos, manifestados o por manifestar, tienen sus ineluctables causalidades, aunque las múltiples insuficiencias de que padecemos nos hayan impedido identificarlas en términos de con ellos establecer la necesaria relación, no siempre lineal, ni siempre explícita, como comenzó por ser dicho. Hablando ahora como toda la gente, y antes de que tan laboriosos raciocinios nos empujen hacia problemas más arduos, como la prueba por la contingencia del mundo de Leibniz o la prueba cosmológica de Kant, con lo que de lleno nos encontraríamos preguntando a Dios si existe realmente o si anduvo confundiéndonos con vaguedades indignas de un ser superior que todo debería hacer y decir por lo claro, lo que esos autores proclaman es que no vale la pena que nos preocupemos con el día de mañana, porque, de cierta manera, o de manera cierta, todo cuanto acontezca ha acontecido ya, contradicción sólo aparente, como quedó demostrado, pues si no se puede hacer volver la piedra a la mano que la lanzó, tampoco escapamos nosotros del golpe y de la herida si fue buena la puntería y por desatención o inadvertencia del peligro no nos desviamos a tiempo. En fin, vivir no es sólo difícil, es casi imposible, mayormente en aquellos casos en que, no estando la causa a la vista, nos esté interpelando el efecto, si aún ese nombre le basta, reclamando que lo expliquemos en sus fundamentos y orígenes, y también como causa que ya ha empezado a ser, puesto que, como nadie ignora, en toda esta contradanza es a nosotros a quien compete encontrar sentidos y definiciones, cuando lo que nos apetecería sería cerrar sosegadamente los ojos y dejar correr un mundo que mucho más nos viene gobernando de lo que se deja, él, gobernar. Si tal sucede, es decir, si ante los ojos tenemos lo que, por toda señal y representación, tiene visos de efecto, y de él no percibimos una causa inmediata o próxima, el remedio está en contemporizar, en dar tiempo al tiempo, ya que la especie humana, sobre la cual, recordémoslo, aunque parezca venir a despropósito, no se conoce otra opinión que la que ella tiene de sí misma, está destinada a esperar infinitamente los efectos y a buscar infinitamente las causas, al menos eso es lo que, hasta hoy, infinitamente ha hecho.

Esta conclusión que tiene tanto de suspensiva como de providencial, nos permite, por hábil mudanza del plano narrativo, regresar al corrector Raimundo Silva en el momento preciso en que está ejecutando un acto de cuyos motivos no hemos podido enterarnos, entretenidos como estábamos en el enjundioso examen general de las causas y de los efectos, afortunadamente interrumpido cuando empezaba a deslizarse hacia ontológicas y paralizantes angustias. Ese acto es, como todos, un efecto, pero su causa, quién sabe si oscura para el propio Raimundo Silva, nos parece impenetrable, pues no se comprende, teniendo en cuenta los datos conocidos, por qué está este hombre vaciando en el fregadero de la cocina la benemérita loción restauradora con que había mitigado los estragos del tiempo. De hecho, y a falta de una explicación que sólo él mismo pertinentemente podría dar, y no queriendo arriesgarnos a hipótesis y suposiciones, que no pasarían de juicios temerarios y poco cautelosos, resulta imposible establecer aquella deseada y tranquilizadora relación directa que haría de cualquier humana vida un encadenamiento irresistible de hechos lógicos, todos perfectamente trabados, con sus puntos de apoyo y calculadas flechas. Contentémonos, al menos por ahora, con saber que Raimundo Silva, en la mañana siguiente a la de su ida a la editorial, y tras una noche de insomnio, entró en su despacho, agarró el escondido frasco de tinte capilar y, después de un brevísimo instante, lugar para la última vacilación, lo vertió entero en la pila de fregar, haciendo en seguida correr aguas abundantes que en menos de un minuto hicieron desaparecer de la faz de la tierra, literalmente, al artificioso líquido malamente denominado Fuente de Juvencia.

Cometido este notable gesto, los pasos siguientes repitieron la rutina habitual, por última vez referida aquí, salvo que ocurran variantes significativas, y estos pasos fueron afeitarse, bañarse, alimentarse, y luego abrir la ventana para airear la casa hasta sus rincones más profundos, la cama, por ejemplo, con las sábanas plenamente expuestas y ya frías, sin vestigios del inquieto insomnio, y menos aún de los sueños que el exhausto sueño acabó por traer, fragmentos sólo, imágenes insensatas a las que la luz no llega, invisibles hasta para los narradores, que las personas mal informadas creen que tienen todos los derechos y disponen de todas las llaves, si así fuese, se acababa una de las cosas buenas que el mundo aún tiene, la privacidad, el misterio de los personajes. El tiempo sigue lluvioso, pero no tan diluvianamente como ayer, la temperatura parece haber bajado, se cierra pues la ventana, tanto más cuanto que la atmósfera de la casa ya se ha purificado con el soplo vigorizante que venía del lado de la barra. Es hora de ponerse a trabajar.

La Historia del Cerco de Lisboa está sobre la mesita de noche, Raimundo Silva tomó el libro, dejó que se abriera por sí mismo, las páginas son las que sabemos, no habrá otra lectura. Luego se sentó a la mesa de trabajo, donde está esperando el inacabado libro de poemas, inacabada su revisión, quiere decirse, y también, leída sólo un tercio, corregidas algunas faltas de concordancia, propuestas algunas aclaraciones, e incluso, discretamente, enmendados ciertos yerros de ortografía, la novela que trajo Costa y no tenía urgencia. Raimundo Silva dejó de lado las obligaciones del deber, y, con la Historia del Cerco de Lisboa ante sí, descansó la frente en los dedos dispuestos en arco, mirando fijamente el libro, pero sin verlo, como se notaba por la expresión de ausencia que poco a poco se iba extendiendo por su rostro. La Historia del Cerco de Lisboa no tardó en ir a hacer compañía a la novela y al libro de poemas, el tablero de la mesa escritorio es una superficie lisa, limpia, una tabla rasa, para hablar con plena propiedad del lenguaje, el corrector se quedó así durante largos minutos, se oye el rumor vago de la lluvia allá fuera, nada más, la ciudad es como si no existiera. Entonces Raimundo Silva sacó una hoja de papel blanco, también ella lisa, limpia, también ella una tabla rasa, y, en lo alto, con su clara y cuidada caligrafía de corrector, escribió Historia del Cerco de Lisboa. Subrayó dos veces, retocó alguna letra, y en el instante siguiente la hoja ya estaba rasgada, rasgada cuatro veces, que menos que eso no es inutilización suficiente, y más que eso se entiende como precaución maníaca. Colocó otra hoja de papel, pero no para escribir en ella, pues la dispuso rigurosamente de modo que quedaran paralelos sus cuatro lados con los cuatro lados de la mesa, tendría que torcer el cuerpo todo, lo que él quiere es algo a lo que poder preguntar, Qué voy a escribir, y después esperar una respuesta, esperar hasta que se le confundan los ojos y no vea más la blanca, estéril superficie, sino una confusión de palabras surgiendo de la profundidad como cuerpos ahogados que luego vuelven a hundirse, no vieron bastante del mundo, vinieron sólo para eso, no vuelven más.

Qué voy a escribir, no es la única pregunta, pronto se le ocurrió otra, también ella imperiosa, y tan inmediata de urgencias que se volvería casi irresistible tomada como reflejo casi instantáneo, pero determina la prudencia que no volvamos al debate en que nos hemos perdido anteriormente, y que más exigiría, para que no recayésemos una y otra vez en confusiones conceptuales, la distinción entre relaciones íntimas y esenciales y relaciones accidentales, esto como mínimo, lo que finalmente importará del caso es saber que Raimundo Silva, después de haber preguntado, Qué voy a escribir, preguntó, Por dónde voy a empezar. Se diría que la primera pregunta era la más importante de las dos, porque es la que va a decidir sobre los objetivos y las lecciones de lo escrito en el futuro, pero, no pudiendo y no queriendo Raimundo Silva remontarse tanto que acabase por redactar una Historia de Portugal, felizmente corta por haber empezado hace tan pocos años y tan a la vista estar su límite próximo, que es, como queda dicho, el Cerco de Lisboa, y careciendo de suficiente marco narrativo un relato que empezase sólo en el momento en que los cruzados respondieron, Negativo, a la petición del rey, se perfila entonces la segunda pregunta como referencia factual y cronología ineludible, lo que equivale a preguntar, usando palabras del pueblo común, Por qué punta empieza esto.

De modo que parece necesario retroceder un poco, por ejemplo, empezar por el discurso de Don Afonso Henriques, lo que, por otra parte, permitiría una nueva reflexión sobre el estilo y las palabras del orador, y quizá por la invención de otro discurso, más de acuerdo con el tiempo, la persona y el lugar, o, simplemente, la lógica de la situación, y que, por su sustancia y particularidades, pudiera justificar la fatal negativa de los cruzados. Mas aquí se plantea una cuestión previa, conviene saberlo, quiénes fueron en aquel paso los interlocutores del rey, para quién hablaba él, qué gente tenía delante cuando soltó su plática. Afortunadamente, no se trata de un imposible, basta ir a la fuente limpia, a los cronistas, a la propia Historia del Cerco de Lisboa, esta que Raimundo Silva tiene sobre su mesa, es muy explícita, no hay más que hojear, buscar, encontrar, la información es de buena fuente, se dice que directamente del célebre Osberno, y así podemos enterarnos de que estaba el conde Arnoldo de Aarschot, que mandaba a los guerreros llegados de las diversas partes del imperio germánico, que estaba Cristiano de Gistell, jefe de flamencos y boloñeses, y que la tercera parte de los cruzados era gobernada por cuatro condestables, eran ellos Herveu de Glanvill, con el personal de Norfolk y Suffolk, Simón de Dover, con los navíos de Kent, André, con los londinenses, y Saherio de Archelles con el resto. Sin mando principal, pero dotados de autoridad, fuerza militar e influencia política para influir en las discusiones, tendremos que mencionar también al normando Guillermo Virulo y a un hermano suyo llamado Rodolfo, ambos duros de pelar.

Pero lo malo de las fuentes, aunque veraces de intención, es la imprecisión de los datos, la propagación alucinada de las noticias, ahora nos referíamos a una especie de facultad interna de germinación contradictoria que opera en el interior de los hechos o de la versión que de ellos se ofrece, propone o vende, y, convertida ésta en una especie de multiplicación de esporas, se da la proliferación de las propias fuentes segundas y terceras, las que copiaron, las que lo hicieron mal, las que repitieron porque lo habían oído decir, las alteradas de buena fe, las que de mala fe se alteraron, las que interpretaron, las que rectificaron, aquellas a las que tanto les daba, y también las que se proclamaron única, eterna e insustituible verdad, sospechosas éstas por encima de cualquier otra. Todo, naturalmente, depende de la mayor o menor cantidad de documentos por compulsar, de la mayor o menor atención que se preste a la enjundiosa tarea, pero, para que nos podamos hacer una idea moderna de la naturaleza del problema en causa, basta que fantaseemos, en estos días de ahora en que Raimundo Silva está viviendo, que él u otro de nosotros necesitáramos apurar una verdad cualquiera repetida, y en su misma repetición variada, en las noticias de los periódicos, y menos mal que éste es un país pequeño y de población no extremadamente dada a las letras, que con sólo enunciar los títulos de ellos, ya es causa de mareo mental, por la abundancia, claro está, por la abundancia, el Diário de Notícias, el Correio da Manhã, el Século, la Capital, el Dia, el Diário de Lisboa, el Diário Popular, el Diário, el Comércio do Porto, el Jornal de Notícias, el Europeu, el Prímeiro de Janeiro, el Diário de Coimbra, y esto por hablar sólo de los diarios, porque después, glosando, resumiendo, comentando, previendo, anunciando, imaginando, tenemos los semanarios y las revistas, el Expresso, el Jornal, el Semanário, el Tempo, el Diabo, el Independente, el Sábado, y el Avante, y la Acção Socialista, y el Povo Libre, y decididamente no llegaríamos al final si, aparte de lo principal que falte, o influyente, incluyéramos en el rol cuanto diario u hoja se publica por esas provincias de Dios, que también ellas tienen derecho a vida y opinión.

Afortunadamente para el corrector, son otras sus preocupaciones, a él lo que le interesa es saber quiénes eran los extranjeros que en aquellos ardientes días de verano estuvieron de charla con nuestro rey Afonso Henriques, parecía que todo había quedado elucidado por la consulta a la Historia del Cerco de Lisboa, a falta de lo que se le atribuye a Osberno y de esas semejantes antigüedades que fueron, para ésta y restantes materias, Arnulfo y Dodequino, y también, lateralmente, la narración del Indiculum Fundationis Monasterii Sancti Vicentii, pero no señor, no está nada explicado, pues, por ejemplo, en la Crónica dos Cinco Reis de Portugal, que ciertamente tuvo sus razones para decir lo que sólo dice, a veces se quita, a veces se añade, no se mencionan, de extranjeros importantes, más que a Guillén de la Larga Flecha, Gil de Rolim, y un tal Don Gil de quien no quedó registrado el apellido, repárese que no aparece ninguno de los mencionados en la Historia del Cerco de Lisboa, tributaria de la supuesta osbérnica fuente, en casos así se opta generalmente por el documento más antiguo, por estar más cerca del evento, pero no sabemos lo que hará Raimundo Silva, a quien sin duda le complace el gusto medieval del nombre de Guillén de la Larga Flecha, personaje sólo por eso destinado a las más estupendas caballerías. Un recurso es buscar desempate en la obra de mayor porte, como sería, en este caso, la Crónica del propio Don Afonso Henriques, de Frei António Brandão, sin embargo y desgraciadamente, no vendrá ella a desenredar el lío, o lo liará aún más, llamando a Guillén de la Larga Flecha Guillén de la Larga Espada, e introduciendo, según lección de Setho Calvisio, un Eurico rey de Damia, un obispo bremense, un duque de Borgoña, un Teodorico conde de Flandes, y también, con aceptable verosimilitud, el ya citado Gil de Rolim, igualmente llamado Childe Rolim, y Don Lichertes, y Don Ligel, y los hermanos Don Guillermo y Don Roberte de La Corni, y Don Jordán, y Don Alardo, unos franceses, otros flamencos, otros normandos, otros ingleses, aunque sea dudoso, en algunos casos, que así de nación se identificasen cuando preguntados, considerando que en aquel tiempo, y por mucho tiempo más, un hombre, fuese él hidalgo o plebeyo, o no sabía de qué tierra era o aún no había tomado la decisión final.

Sin embargo, habiendo reflexionado sobre estas discrepancias, concluyó Raimundo Silva que profundizar en una verdad de poco serviría al caso, dado que, de estos y de otros cruzados, nobles de primera o villanos de la última, no se oirá hablar más así que el rey acabe su discurso, pues a tal está obligando la negativa que se encuentra exagerada en este único ejemplar de la Historia del Cerco de Lisboa, con todas las consecuencias. Pero, no tratando nosotros de gente liviana de entendimientos, y aún más con ayuda de la multitud de clérigos que vienen como intérpretes y guía de almas, para la negativa de ayudar a los portugueses en el cerco y toma de Lisboa habría habido un motivo fuerte, o aquellos cientos de hombres ni se hubieran dado el trabajo de desembarcar, mientras más de doce mil esperan en los barcos orden de bajar a tierra con armas, arcas y mochilas, incluyendo los femeninos acompañamientos venidos en las naves, de quien un guerrero en caso alguno debe ser privado, por más que ande en luchas espirituales, si no cómo reposaría y consolaría al carecido cuerpo. Qué motivo haya sido el tal, eso es lo que ya es hora de averiguar, por mor de credibilidades y verosimilitudes del nuevo relato, por ahora escasas.

Vamos a ver. Una primera hipótesis podría ser el clima, pero ésa inmediatamente cae por su base, no se sustenta, pues es sabido que los extranjeros, sin excepción, adoran este rico sol, estas brisas suaves, este cielo de incomparable azul, basta reparar que estamos a finales de junio, ayer fue día de San Pedro, y eran una gloria ciudad y río, dudándose en todo caso si bajo la mirada del Dios de los cristianos o del Alá de los moros, si es que no estaban juntos gozando del espectáculo y cruzando apuestas. La segunda hipótesis pudiera ser, por ejemplo, una aridez de la tierra, una sequedad de los lugares, una desolación de los horizontes, pero disparate así sólo podría concebirse en cabeza de quien no conociera Lisboa y su término, un vergel en el que se regala cualquier alma de bien, véanse todas estas huertas que se extienden por las márgenes del brillante estuario que avanza tierra adentro, en esta Baixa acunada entre la colina donde se asienta la ciudad y la otra, frontera, del lado de poniente, manifestación perfecta de que para hortalizas en general no hay manos mejores que las de los moros. Tercera hipótesis, y última, para resumir, sería que surgiera por aquí una fatal pestilencia como las que de tiempo en tiempo barren de muerte a estos pueblos de Europa y adyacentes, sin excepción de los cruzados, que por algunos simples casos endémicos no sería caso de que cunda el pánico, las personas se acostumbran a todo, es como vivir inquieto agarrado a las faldas de un volcán, en fin, son comparaciones disparatadas, que ésta no es tierra de terremotos, lo sabremos mejor dentro de seiscientos y pico de años. Quedan ahí tres hipótesis, y ninguna plausible. Así que, por mucho que nos cueste aceptarlo, la razón, la causa, el origen, el motivo, el porqué tienen que ser buscados, y quizá encontrados, en el discurso del rey. Ahí y sólo ahí.

Volverá Raimundo Silva a las primeras páginas del libro, retornará la ya comentada arenga para leerla en sus entretelas, limpiada de excrecencias, adornos y proliferaciones hasta dejarla reducida al tronco y a las pernadas principales, y entonces, con un salto acrobático, en un esfuerzo de identificación con la mentalidad de gentes con tales nombres, orígenes y atributos, sentir manifestarse en sí mismo una cólera, una indignación, un desagrado que lo lleven a decir, terminante, Señor rey, nosotros no nos quedamos aquí, pese a este buen sol que tienen, a estas vegas fertilísimas, a estos límpidos aires, a este río tan hermoso donde saltan las sardinas, quédese vuestra merced y que buen provecho le haga, adiós. A Raimundo Silva, leyendo y volviendo a leer, le pareció que el busilis de la cuestión podría estar en aquel trozo del discurso en el que Don Afonso Henriques, lengua, como ya observamos de un habla que no era exclusivamente suya, intenta convencer a los cruzados para que hagan la operación por lo más barato, diciéndoles, se supone que con expresión inocente, De una cosa, sin embargo, estamos ciertos, y es que vuestra piedad os invitará más a este trabajo y al deseo de realizar tan gran hecho que lo que pudiera atraeros la promesa de nuestro dinero y recompensa. Esto oí yo, cruzado Raimundo Silva, lo oyeron mis oídos, y asombrado quedé de que rey tan cristiano no hubiera aprendido la divina palabra, aquella que por su mismo oficio debería habérsele convertido en indeclinable principio político, Dad a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César, que, aplicada al cuento, significa que el rey de Portugal no tiene por qué andar mezclando ajos con rastrojos, una cosa será que yo ayude a Dios y otra cosa es que me paguen bien en esta tierra por ése y todos los demás servicios, sobre todo habiendo peligro de dejar la piel en la empresa, y no sólo la piel, sino también todo lo que ella lleva dentro. Claro que hay contradicción evidente entre este pasaje del discurso real y aquel otro, algo anterior, cuando dice que se considera sujeto a vuestro dominio, de los cruzados, entiéndase, todo lo que nuestra tierra posee, pero no es de excluir la posibilidad de que se trate de una fórmula de cortesía usada en aquellos tiempos, que ninguna persona bien educada se atrevería a tomar al pie de la letra, tal como hoy cuando decimos a alguien a quien acabamos de conocer, Estamos enteramente a su disposición, imagínese si nos pillan la palabra y nos convierten en un mandado.

Raimundo Silva se levantó de la mesa, pasea por el pequeño espacio libre del despacho, va al corredor para desahogarse más ligeramente de la tensión de nueva especie que se está apoderando de él, y en voz alta piensa, El problema no es éste, aunque hubiese sido tal la causa de las diferencias entre los cruzados y el rey, es realmente más probable que todo aquel conflicto, insultos, desconfianzas, ayudamos, no ayudamos, tuviese como raíz la cuestión de la paga de los servicios, el rey queriendo ahorrar, los cruzados intentando sacar lo más posible, pero el problema que yo tengo que resolver es otro, cuando escribí No, los cruzados se fueron de inmediato, por eso no me sirve de nada buscar respuesta al Porqué en la historia que llaman verdadera, tengo que inventar yo mismo otra para que pueda ser falsa, y falsa para que pueda ser otra. Se cansó del ir y venir por el corredor, volvió al despacho, pero no se sentó, miró con nerviosa irritación las pocas líneas que habían quedado del destrozo, seis hojas, una tras otra, fueron rasgadas, y las enmiendas, las enmiendas como cicatrices por cerrar. Se daba cuenta de que mientras no resolviese la dificultad no sería capaz de avanzar, y se sorprendía, acostumbrado como estaba a que en los libros todo pareciese tan fácil, espontáneo, casi necesario, no porque efectivamente lo fuese, sino porque cualquier escrito, bueno o malo, siempre acaba por presentarse como una cristalización predeterminada, aunque no se sepa cómo ni cuándo ni por qué ni por quién, se sorprendía, decíamos, porque a él no se le ocurría lo que sería simplemente la idea siguiente, la idea que naturalmente debía haber nacido de la idea anterior, y, al contrario, se le negaba, o ni eso, simplemente no estaba allí, no existía, ni siquiera como probabilidad. La séptima hoja fue rasgada también, la mesa volvió a quedar limpia, lisa, tabla dos veces rasa, un desierto, ninguna idea. Raimundo Silva tomó las pruebas del libro de poesía, fluctuó aún durante unos minutos entre aquel nada y este algo, después, poco a poco, fue fijando la atención en el trabajo, pasó el tiempo, antes del almuerzo ya estaban las pruebas corregidas y releídas, listas para la editorial. Durante toda la mañana no había sonado el teléfono, el cartero viene raramente a esta casa, el sosiego de la calle sólo muy de tiempo en tiempo fue perturbado por el paso cauteloso de un coche, los autocares de los turistas no entran por aquí, dan la vuelta por el Largo dos Loios, y con la lluvia que ha caído habrán sido pocos los que se aventuraron tan alto para no ver más que horizontes cubiertos. Raimundo Silva se levantó, es hora de almorzar, pero antes fue a la ventana del dormitorio, al fin ha escampado, ya no llueve, y entre nubes rápidas aparecen y desaparecen pedazos de cielo azul, tan vivo como debía ser el de aquel día, pese a la diferencia de las estaciones. En ese momento no le apeteció a Raimundo Silva entrar en la cocina, a calentar el sempiterno potaje, a rebuscar entre las latas de atún y de sardinas, a atreverse a la manipulación con la sartén o el cazo, y no porque se le hubiese despertado el apetito de gastronomías más elaboradas, fue sólo, por así decir, un caso de hastío mental. Pero tampoco le apetecía buscar un restaurante. Mirar la carta, elegir entre plato y precio, permanecer sentado entre la gente, manejar el cuchillo y el tenedor, todos estos actos, tan sencillos, tan cotidianos le parecieron insoportables. Se acordó de que allí cerca, en la confitería A Graciosa, sirven unos emparedados mixtos, aceptables incluso para paladares más exigentes que el suyo, y con un vaso de vino para acompañar, y un café de remate, el estómago se daría por satisfecho.

Se decidió y salió. La gabardina aún estaba húmeda del chaparrón de la víspera, ponérsela le dio un estremecimiento, como si estuviera vistiéndose la piel de un animal muerto, sobre todo le molestaban los puños y el cuello, lo que debería tener era un buen abrigo para ocasiones como ésta, no es un lujo, es una necesidad, entonces quiso recordar cómo iba vestida la doctora María Sara, si con chaqueta ancha o con gabardina, cuando salió del ascensor con el director literario, y no lo consiguió, cómo iba a haberse fijado si salió huyendo en aquel mismo instante. No era ésa la primera vez que pensó en la doctora María Sara durante aquella mañana, pero ella se había comportado como una especie de vigilante, sentada en cualquier lugar de su pensamiento, observándolo. Ahora era alguien que se movía, que salía de un ascensor conversando, bajo la gabardina o el chaquetón llevaba una falda de tela gruesa y ceñida, y una blusa, o un chemisier, qué más da el nombre, tan francesa es una palabra como la otra, de un color indefinible, no, indefinible no, porque Raimundo Silva ya le ha encontrado el tono exacto, blanco-mañana, que no existe en la naturaleza realmente, tan diferentes entre sí son las mañanas iguales, pero que cualquier persona, queriéndolo, puede inventar para su propio uso y gusto, hasta el almuédano ciego, si ciego no vino del vientre de su madre mora.

En la confitería A Graciosa no servían copas de vino. Raimundo Silva tuvo que empujar el emparedado con una cerveza, poco agradable en este tiempo frío, pero que, remotamente, acababa por producir en el cuerpo un efecto semejante, una confortable lasitud interna. Un hombre ya mayor, con el pelo todo blanco, aire de jubilado, leía el periódico en una mesa próxima. No tenía prisa, seguramente almorzó en casa y vino luego a instalarse aquí para tomar un café y leer el periódico que el propietario del establecimiento, de acuerdo aún con una antigua tradición lisboeta, ponía al servicio de los parroquianos. Pero lo que atraía la atención de Raimundo Silva eran suscabellos blancos, qué nombre habría que dar a este tono de blanco, podría decir, por antítesis, blanco-crepúsculo, o de tarde, claro, teniendo en cuenta la avanzada edad del sujeto, pero la obviedad sería excesiva, inventar está muy bien, pero que sea algo que valga la pena. Se debe añadir, sin embargo, que la preocupación de Raimundo Silva no era exclusivamente de orden cromático, lo que sí lo estaba fascinando era la súbita idea de que, en definitiva, no sabía cuántos cabellos blancos tendría él mismo, si muchos, si muchísimos, hace más de diez años que empezó a teñírselos, persiguiéndolos con fiera saña, como si para esa única batalla hubiera nacido. Desconcertado, estupefacto, se descubrió deseando estúpidamente que el tiempo pasara de prisa para poder conocer su verdadera cara, la que surgiría como un recién llegado que lentamente se acercase, por debajo de cabellos que primero serían grotescos hilos de dos colores, el falso cada vez más deslavado y breve, el otro, auténtico desde la raíz, avanzando inexorablemente. En fin, pensó Raimundo Silva, bien podemos decir que es para el blanco adonde va el tiempo, e, imaginando más, vio el mundo en sus últimos días, extinguida la vida, como una enorme cabeza blanca barrida por el viento, era eso lo que había, viento y blancura. El jubilado tomó un trago de su café, sorbiendo con ruido, y luego la mitad de la copa de orujo que tenía delante, hizo, Aaah, y continuó leyendo. Raimundo Silva sintió una irritación sorda contra aquel hombre, una especie de envidia, de qué, quizá de lo que parecía ser una tranquilidad total, una crédula confianza en la estabilidad del universo, verdad es que el confort que el aguardiente da es infinitamente superior al que puede proporcionar una cerveza, y, véase en la práctica, el aguardiente es perfecto en su género hasta la última gota, y este resto de cerveza está muriendo en el fondo de la caña, no tiene otro destino que la pila de los despojos, como un agua podrida. Pidió un café, rápido, No, no quiero digestivo, es el nombre que el pueblo de los restaurantes da a la tribu de los aguardientes, brandis y orujos, y no falta quien jure por las estomacales virtudes de la medicina, el jubilado bebió de un trago lo que le quedaba en la copa, Aaaah, y, golpeando con la punta del dedo índice en el borde, le hizo señal al camarero para que la llenara otra vez. Raimundo Silva pagó y se fue, notando de pasada, que en el pelo del hombre había estrechos mechones amarillos, tal vez de un resto de tinte, tal vez la definitiva señal de la vejez, como en el marfil antiguo, que se oscurece y empieza a agrietarse.

Hace meses que Raimundo Silva no entra en el castillo, pero ahora va allí, acaba de decidirlo, aunque piense que, en definitiva, para eso salió de casa, o si no no se le habría ocurrido tan naturalmente la idea, su espíritu, recordemos, mostró un sentimiento de invencible repugnancia, de invencible resistencia a entrar en la cocina, pero lo hizo para llevarlo mejor al engaño, temió que a la sugerencia, Vamos al castillo, respondiera él de malos modos, Para hacer qué, y precisamente eso era lo que el espíritu o no sabía o no podía confesar. El viento sopla en ráfagas violentas, el pelo del corrector se agita en un remolino, los faldones de la gabardina restallan como sábanas mojadas. Es un disparate ir al castillo con un tiempo así, subir a las torres desabrigadas, puede incluso caerse en alguna de aquellas escaleras sin barandal, la ventaja es que no haya nadie, se puede disfrutar del sitio sin testigos, ver la ciudad, Raimundo Silva quiere ver la ciudad, aún no sabe para qué. La gran explanada está desierta, el suelo inundado de charcos que el viento empuja en minúsculas ondas, y los árboles gimen con las sacudidas del vendaval, esto es casi un ciclón, autorícese la exageración de esta expresión en ciudad que en el año mil novecientos cuarenta y uno sufrió los aun así más modestos efectos de una cola de tifón y todavía hoy habla de eso para quejarse de los perjuicios, como de aquí a cien años aún se quejará de que le haya ardido el Chiado. Raimundo Silva se acerca al muro, mira hacia abajo y a lo lejos, los tejados, las regiones superiores de las fachadas y de los aleros, a la izquierda el río sucio de barro, el arco triunfal de la Rua Augusta, la confusión de las calles cuadriculadas, un rincón u otro de una plaza, las ruinas del Carmo, las otras que quedaron del incendio. No permanece allí mucho tiempo, y no es porque le moleste demasiado el viento, oscuramente sabe que este su insólito paseo tiene un objetivo, no vino aquí para contemplar las torres de las Amoreiras, ya fue pesadilla suficiente que se le hayan aparecido en sueños. Entró en el castillo, siempre le sorprende que sea tan pequeño, una cosa que parece de juguete, como un lego, o un mecano. Los muros altos reducen el ímpetu mayor de la ventolera, la dividen en múltiples y contrarias corrientes que se engolfan por patios y pasajes. Raimundo Silva conoce los caminos, va a subir a la muralla por el lado de San Vicente, ver desde allí la disposición de los terrenos. Y allí está, el cabezo de la Graça, enfrentado a la torre más alta, y el rebaje hacia el Campo de Santa Clara, donde asentó acampada Don Afonso Henriques con sus soldados, que nuestros fueron, primeros padres de la nacionalidad, puesto que sus antepasados, por haber nacido demasiado pronto, portugueses no pudieron ser. Éste es un punto de genealogía que en general no merece consideración, averiguar lo que, no teniendo ninguna importancia, dio vida, lugar y ocasión a la importancia que pasó a tener lo que decimos que es importante.

No fue allí el encuentro de los cruzados con el rey, habrá sido allá abajo, al otro lado del estuario, pero lo que Raimundo Silva busca, si la expresión tiene sentido, es una impresión de tangibilidad visual, algo que no sabría definir, que, por ejemplo, podría haber hecho de él ahora mismo un soldado moro mirando las siluetas de los enemigos y el brillo de las espadas, pero que, en este caso, por un escondido camino mental, espera recibir, en demostrativa evidencia, el dato que al relato le falta, es decir, la causa indiscutible de que se marcharan los cruzados después de su rotundo No. El viento empuja y vuelve a empujar a Raimundo Silva, lo obliga a agarrarse a las almenas para mantener el equilibrio. En un momento dado, el corrector experimenta una sensación fuerte de ridículo, tiene consciencia de su postura escénica, mejor dicho, cinematográfica, la gabardina es manto medieval, el pelo suelto plumas, y el viento no es viento, sino corriente de aire producida por una máquina. Y es en ese preciso instante, cuando de una cierta manera se volvió inocente e indefenso por la ironía contra sí mismo dirigida, surgió en su espíritu, finalmente claro y también irónico, el motivo tan buscado, la razón del No, la justificación última e irrefutable de su atentado contra las históricas verdades. Ahora Raimundo Silva sabe por qué se negaron los cruzados a auxiliar a los portugueses a cercar y tomar la ciudad, y va a volver a casa para escribir la Historia del Cerco de Lisboa.

Dice la Historia del Cerco de Lisboa, la otra, que fue alborozo extremo entre los cruzados cuando hubo noticia de que venía el rey de Portugal para dar a conocer las propuestas con que pretendía atraer a la empresa a los esforzados combatientes que a Tierra Santa habían apuntado sus designios rescatadores, y dice también, fundamentándolo en la providencial fuente osbérnica, aunque no de Osberno, que casi todo aquel personal, ricos y pobres, así lo refiere explícitamente, oyendo que se aproximaba Don Afonso Henriques le fueron al encuentro festivamente, se entiende que sí, o sería que se quedaron a la espera, sin más, que tal es lo que acontece siempre en ayuntamientos de ésos, es decir, que en el resto de Europa, cuando viene el rey, corren todos a acortarle el camino, a recibirlo con palmas y vivas. Por suerte, esta explicación nos fue dada prestamente, morigeradora de las vanidades nacionales, no fuésemos a imaginar, ingenuamente, que los europeos de aquel tiempo, como los de ahora, ya se dejaban mover y conmover desmedidamente por un rey portugués, para colmo más de tan fresca data, porque viene ahí en su caballo con una tropa de gallegos como él, hidalgos unos, otros eclesiásticos, todos rústicos y poco instruidos. Quedamos sabiendo pues que la institución real aún tenía entonces prestigios bastantes para hacer salir a la gente a la calle, diciéndose unos a otros, Vamos a ver al rey, vamos a ver al rey, y el rey es este barbudo que huele a sudor, de armas sucias, y los caballos no pasan de acémilas peludas, sin raza, que a la batalla más van para morir que para florituras de alta escuela, pero, pese a ser todo en definitiva tan poco, no se debe perder la oportunidad, porque un rey que viene y va nunca se sabe si vuelve.

Venía pues Don Afonso Henriques, y los jefes de los cruzados, de quienes queda ya hecha mención completa, salva sea la insuficiencia de las fuentes, lo esperaban puestos en línea con algunas de sus gentes, porque el resto del ejército seguía en la flota a la espera de que los señores decidieran el destino que todos iban a tener, sin exclusión del suyo propio. Al rey lo acompañaban el arzobispo de Braga, João Peculiar, el obispo de aporto, Pedro Pitões, famosas lenguas para el latín, y una cantidad cabal de gente para formar, sin desdoro, el real séquito, y eran éstos Fernão Mendes, Fernão Cativo, Gonçalo Rodrigues, Martim Moniz, Paio Delgado, Pêro Viegas, también llamado Pêro Paz, Gocelino de Sousa, otro Gocelino, pero Sotero, o Soeiro, Mendo Afonso de Refoios, Múcio de Lamego, Pedro Pelagio, o Pais da Maia, João Rainho, o Ranha, y otros de los que no quedó registro, pero que estaban allí. Se acercaron los parlamentarios y, hechas las presentaciones, que tomaron su tiempo, pues aparte del nombre y los apellidos se enunciaban los atributos de señorío, anunció el obispo de aporto que el rey iba a discursear, y que él sería su fiel intérprete, según había jurado ante las leyes, la humana y la divina. Entretanto todos los de a caballo se habían bajado de las mulas, el rey se había subido a una piedra para estar más sobresaliente desde la cual, además, podría gozar de una magnífica vista sobre las cabezas de los cruzados, el estuario en toda su amplitud, las huertas abandonadas tras la asolación cometida por los portugueses que en los dos días anteriores hicieron razia general de frutas y verduras. Allá en lo alto, el castillo donde se distinguían minúsculas figuras en las almenas, y, descendiendo, la muralla de la ciudad, con sus dos puertas de este lado, la de Alfofa y la de Ferro, cerradas y atrancadas, detrás de ellas se presentía la inquietud de la gente mora murmurando, todavía a salvo, en qué iría a dar todo aquello, el río cuajado de barcos, y el ajuntamiento en la colina frontera, se veían los pendones y las flámulas ondeando al viento, bonito espectáculo, algunos fuegos ardiendo, no se sabe para qué, pues el tiempo está cálido y no es hora de comer, el almuédano oye las explicaciones que le está dando un sobrino y empieza a temer lo peor, manera de decir que lo malo aún sería más o menos soportable. Alzó entonces el rey la poderosa voz, Nosotros aquí, aunque vivamos en este culo del mundo, hemos oído grandes loores a vuestro respecto, que sois hombres de mucha fuerza y diestros en las armas lo más que se puede ser, y no lo dudamos, basta poner los ojos en las robustas complexiones que ostentáis, y en cuanto al talento para la guerra, nos fiamos del rol de vuestros hechos, tanto en lo religioso como en lo profano. Nosotros aquí, pese a las dificultades, que tanto nos vienen del ingrato suelo como de las varias imprevidencias de que padece el espíritu portugués en formación, vamos haciendo lo posible, ni siempre sardina ni siempre gallina, y para colmo hemos tenido la mala suerte de tener aquí a estos moros, gente de escasa riqueza si vamos a compararlos con los de Granada y Sevilla, por eso más vale echarlos de aquí de una vez para siempre, y en este punto se plantea una cuestión, un problema que paso a someter a vuestro criterio, y que es el siguiente, Realmente, lo que a nosotros nos convendría sería una ayuda así como gratuita, es decir, se quedan ustedes aquí durante un tiempo, a ayudar, y cuando todo esto acabe se conforman con una remuneración simbólica y siguen luego para los Santos Lugares, que allí serán pagados y repagados, tanto en bienes materiales, puesto que los turcos no se comparan en riqueza con estos moros, como en bienes espirituales, que se derraman sobre el creyente nada más que poniendo pie en esa tierra, Pedro Pitóes, mire que he aprendido el latín bastante para percibir cómo va la traducción, pero vosotros ahí, señores cruzados, por favor, no os impacientéis, que esto de la remuneración simbólica ha sido una manera de hablar, lo que yo quería decir es que para garantizar el futuro de la nación nos convendría mucho quedarnos con las riquezas todas que están en la ciudad, que no va a ser nada de asombro, pero es muy verdad el dicho que dice o llegará a decir, No hay mejor ayuda para el pobre que la del pobre, en fin, hablando se entiende la gente, nos dicen ustedes cuánto cobran por el servicio, y veremos luego si se puede llegar al precio, aunque mande la verdad que en todo habla por mi boca, yo tengo razones para pensar que, aunque no lleguemos a un acuerdo, solos seremos capaces de vencer a los moros y tomar la ciudad como hace tres meses tomamos Santarem con una escalera de mano y media docena de hombres, que habiendo entrado después el ejército, fue toda la población pasada a espada, hombres, mujeres y niños, sin diferencia de edades y de que tuvieren o no armas en mano, sólo escaparon los que consiguieron huir, y fueron pocos, ahora bien, si esto hicimos, también cercaríamos Lisboa, y si esto os digo no es porque desprecie vuestro auxilio, sino para que no nos veáis tan desprovistos de fuerzas y de coraje, y no he hablado aún de otras razones mejores, que es el contar nosotros, portugueses, con la ayuda de Nuestro Señor Jesús Cristo, cállate Afonso.

No se crea que nadie de la comitiva o de la ranchada extranjera se haya permitido la insolencia de mandar callar al rey, dirigiéndose a él sólo por su nombre de pila, como si hubiera comido alguna vez de su mismo plato, aquello fue, sí, un hablar del propio consigo mismo, como Cállate, boca, que, como no ignorara quien tuviere la costumbre de oír y buscar los entendimientos sutiles que vienen con las palabras y que son más que ellas, significa, realmente, que quien habla se muere por decir lo que aparentemente decide callar. Aun así hay que contar con la benévola curiosidad ajena para que se remueva el obstáculo táctico, lanzando, por ejemplo, una pregunta en estos términos aproximados, Bueno, bueno, acabe ya, no nos deje así en suspenso, pero también puede acontecer de muy distinta manera y conforme a la persona y a la circunstancia, en este caso el de la intervención fue Guillermo Vitulo, aquel malencarado, que habrá sido o no de la Larga Espada, quien, con cierta brutalidad, se atrevió a dudar, Nuestro Señor Jesús Cristo ayuda a todos los cristianos, y a ninguno más que a otro, no faltaba más, se acabaría la religión si algunos fueran hijos y otros hijastros. Algunos cruzados miraron reprensivamente al del aparte, sin embargo más por la forma que por el fondo, pues en cuanto a éste, debería ser general la concordancia de que, en la oratoria del rey, aparte de una censurable avaricia que quizá acabe echándolo todo a perder, hubo mucha petulancia, mucho orgullo, parecía más bien un arzobispo hablando que un simple rey que ni el título tiene derecho a usar, pues no se lo reconoce el papa, el cual, por mucho favor, tres años antes le dio tratamiento de dux, y que no se queje. No fue el silencio tan largo cuanto se imaginaría por el tiempo que tardó en decirse, pero lo fue por demás, y suficiente, para que quedara cargada de tempestad la atmósfera de la reunión, a Don Afonso Henriques no le agradó nada la desconfianza, e iba a abrir la boca, sin duda para soltar una palabrota, cuando un cruzado más diplomático, fue él Saherio de Archelles, lanzó un puente de conciliación, No dudamos de que hayan tomado Santarem los portugueses con sólo una escalera de mano y con la ayuda de Dios, como soberanamente lo hizo al permitir que se vinieran abajo las murallas de Jericó al toque de unas trompetas, sin necesitar siquiera que las tocaran siete guerreros sino siete sacerdotes, y tampoco es de mayor asombro que los portugueses hayan causado matanza semejante, si en la misma ciudad de Jericó fueron muertos, aparte de los hombres, de las mujeres, de los niños y de los viejos fueron muertos, digo, los bueyes, las ovejas y los jumentos, lo que a nosotros sí nos perturba es que un hombre comprometa, aunque rey sea, el nombre del Señor, cuya voluntad, bien sabemos, sólo se manifiesta donde y cuando quiere, no bastando pedir, rogar, suplicar, importunar, y sobre lo de hijos e hijastros no me pronuncio.

Complació a Don Afonso Henriques, aparte de lo ajustado de la cita bíblica, el tono mesurado con que se expresó Saherio de Archelles, cierto es que tan dudoso en cuanto a la sustancia como el de Guillén de la Larga Saeta, pero que, al contrario de éste, había tenido la precaución de cuidar tanto la forma como la música, y, tras haber concertado durante unos minutos con el arzobispo de Braga y con el obispo de Oporto, para lo que tuvo que bajar de la piedra, volvió a subir a ella y dijo, Sabed, señores, que esta tierra portuguesa adonde habéis venido fue lugar, no aquí, sino más para el meridiano, y hace sólo ocho años, de una prodigiosa aparición de Cristo Nuestro Señor, que, diferentemente, no siendo yo Josué ni hebrea mi gente, obró, sobre enemigos más formidables que estos que desde allí nos miran temblando de miedo, una victoria que en nada queda por debajo de la de Jericó y otras de calidad semejante, y si tal hecho fuimos capaces de acometer, bien pudiera ser que ante los muros de Lisboa volviera a manifestarse el Salvador del Mundo, caso en que, queriéndolo Él, tan poco valdría nuestro arte militar como el vuestro, y no seríamos, juntos todos, más que maravillados testigos del poder y de la majestad de Dios. Mientras el rey hablaba, asentían complacidos con la cabeza el arzobispo y el obispo, y cuando él tan brillantemente terminó su plática, aplaudieron arrebatados con ambas manos, acompañando la fiesta todos los demás portugueses con igual entusiasmo. Los cruzados se miraron, perplejos, por un momento no supieron qué responder, y fue Gil de Rolim quien al fin tomó la palabra, para decir, Tenéis razón, señor, que todo esto podría hacerlo sin esfuerzo Cristo Nuestro Señor, pero lo que nosotros queremos saber, llegados a donde estamos, no es lo que Él haría, sino lo que Él hizo, y por eso os rogamos que hagáis vos relato circunstanciado de tan gran victoria, que, por lo que tenemos entendido, oír de ella valdrá bien el largo y trabajoso viaje que a esta tierra, vuestra y por ahora también de moros, nos trajo. Consultó otra vez el rey con el arzobispo y el obispo, y, habiendo todos concordado, dijo, Oíd, pues.

Sonó el teléfono. Tiene un timbre antiguo, de los que atruenan toda la casa, y la concentración de Raimundo Silva era tan fuerte que, con el sobresalto inesperado, la mano hizo un movimiento brusco y un trazo en el papel, como si el mundo, acelerándose, se hubiera deslizado de súbito bajo la pluma. Atendió, preguntó, Dígame, y reconoció de inmediato la voz de la telefonista de la editorial, Le pongo con la doctora María Sara, dijo. Mientras esperaba, miró el reloj, faltaban diez minutos para las seis, Qué rápido ha pasado el tiempo, y era verdad que el tiempo había pasado rápido, pero pensarlo no tenía otra utilidad que servirle de precaria protección, como de cortina de delgado humo que la brisa extiende y barre, mientras Raimundo Silva se demorase pensando, Qué rápido ha pasado el tiempo, el otro tiempo, aquel hacia el que de repente se había visto lanzado, le daría la ilusión de dejarse retardar, pausa sustentada sobre una vibración, la mano derecha parece temblarle levemente, posada sobre el papel. Entonces la telefonista dijo, incorregible, La doctora María Sara está al aparato, Raimundo Silva cerró el puño, el tiempo se enturbió, confuso, después se explayó, fluyó en su corriente natural, Buenas tardes, señor Silva, Buenas tardes, Cómo le va, Bien, y usted, cómo está, Muy bien, gracias, sigo organizando el trabajo aquí, y precisamente quería saber cómo van las pruebas de ese libro de poesía, Ahora mismo he acabado la revisión, me pasé todo el día trabajándolo, mañana se lo llevo a la editorial, Ah, estuvo todo el día ocupado en el libro, No exactamente todo el día, dediqué unas horas a la lectura de la novela que el señor Costa me pasó, Pues ha aprovechado bien su tiempo, No tengo otra cosa en que aprovecharlo, La frase es interesante, Lo será, pero la dije sin intención, me ha salido sin pensar, Por lo visto se le da bien eso, Eso qué, Decir sin pensar, hacer sin pensar, Siempre me he tenido por un hombre reflexivo, creo que lo soy, un hombre reflexivo, Aun así, sujeto a impulsos, Señora, por favor, si voy a tener que estar oyendo constantes alusiones a lo que pasó, mejor será que me busque trabajo en otra editorial, No quise molestarlo, perdone, de mi boca no saldrá jamás otra palabra sobre el caso, Se lo agradezco, Bueno, entonces tráigame mañana esas pruebas, y en cuanto a la novela, visto que puede trabajar todo el día en ella, espero que me la pueda entregar también rápidamente, No tardaré, no se preocupe, No me preocupo, señor Silva, sé que puedo contar con su colaboración, Nunca he decepcionado a quien ha tenido confianza en mí, Entonces, no me decepcione a mí, Así lo haré, Hasta mañana, señor Silva, Hasta mañana, doctora María Sara. La mano que sostenía el teléfono planeó en el aire, descendió lentamente, y tras haber posado el auricular se quedó allí, como si de él no quisiera separarse o como si estuviera aún a la espera de una palabra que no pudiera ser dicha. Mejor hubiera sido que Raimundo Silva se preocupara de las otras, las pronunciadas, por ejemplo, cualquiera se daría cuenta de que la doctora María Sara no se creyó la declaración de que estuvo todo el día trabajando en el libro de poesía, ni siquiera cuando añadió el perfeccionamiento plausible de unas supuestas dos horas dedicadas a la lectura de la novela, pero ella no podía, positivamente no podía, saber cómo ocupó él su tiempo durante aquel día, lo que hizo fue ponerse a adivinarlo, en fin, cosas de mujeres, todas se tienen por sibilas y pitonisas prodigiosas y acaban engañándose como el más común de los hombrecillos a quien generalmente consideran con irónica y tolerante benevolencia. Pero lo que sobremanera perturbaba a Raimundo Silva era que ella hubiera dicho, y gravemente lo dijo, aunque sin acentuar demasiado el tono, No me decepcione, sin duda no estaba refiriéndose a la más que demostrada competencia profesional de quien, en una vida de trabajo, perdónese la repetición, pero es lo que siempre se olvida, la vida de trabajo, de quien no cometió más que un error, y ese mismo revelado, reconocido y felizmente disculpado. Ahora bien, excluidos, obviamente, aquellos motivos de naturaleza más íntima que las relaciones entre ambos, tal como están, liminarmente rechazan, lo que queda es la probabilidad, alta, de una alusión indirecta a la famosa sugerencia de que escribiera él la Nueva Historia del Cerco de Lisboa, a la que, de súbito y doblemente, se descubría obligado, no sólo por el hecho de haberla empezado ya, sino también porque, con seriedad al menos igual, había respondido No la decepcionaré, y en aquel momento todavía no sabía lo que estaba diciendo.

Raimundo Silva miró el papel, Oíd pues, agarró el bolígrafo para continuar el relato, pero se dio cuenta de que tenía el cerebro vacío, otra vez una página blanca, o negra de palabras superpuestas, entrecruzadas, indescifrables. Después de lo declarado por Don Afonso Henriques, no tenía más opción que, con palabras suyas, contar el milagro de Ourique, introduciendo en él, claro está, la esperada porción de escepticismo moderno, por otra parte autorizada por el gran Alexandre Herculano *, y dando sueltas al lenguaje, aunque sin exceder el comedimiento, por no ser los correctores habituales heraldos de osadías en materia tan vigilada por la opinión pública. Sin embargo, se quebró la tensión, o fue sustituida por otra, tal vez el impulso regresase más tarde, en horas nocturnas, como una inspiración nueva, que dicen autoridades que nada se puede hacer sin ella. Raimundo Silva ha oído que, en casos así, lo mejor es no forzar lo que llamamos la naturaleza, dejar que el cuerpo siga la fatiga del espíritu, sobre todo que no luchen uno contra otro, por heroicas y edificantes que sean las historias de tales batallas, y ésa es una opinión sabia, aunque no la más favorecida por aquellos que sobre todo tienen ideas en cuanto a lo que cada uno de nosotros ha de hacer, pero mucha menos voluntad de usarlas en sí mismos. El rey sigue anunciando, Oíd pues, pero es un disco rayado que se repite, se repite, hipnóticamente se repite. Raimundo Silva se frota los ojos cansados, la página del cerebro está en blanco, está escrita por la mitad, con la mano derecha coge la Crónica de Don Afonso Henriques, de Frei António Brandão, que ha de venir a servirle de guía cuando, esta noche o mañana, vuelva al relato, y, no siendo capaz de escribir ahora, lee para enterarse del mítico episodio, es el segundo capítulo, No eran de calidad las cosas que traía entre manos el esforzado príncipe Don Afonso Henriques que le consintieran tomar mucho reposo, ni los pensamientos ocupados en la grandeza del negocio presente daban lugar a poderse aquietar y tomar alivio. Y así, para divertir de algún modo aquella molestia, echó mano a una Biblia sacra, la cual en su tienda tenía, y, empezando a leer en ella, la primera cosa que encontró fue la victoria de Gedeón, insigne capitán del pueblo judaico, quien, con trescientos soldados, rompió a los cuatro reyes madianitas con sus ejércitos, pasando a espada ciento veinte mil hombres, sin contar muchos otros que murieron en el alcance. Alegre el infante con tan buen encuentro, y tomando de esta victoria pronóstico feliz de la que esperaba, se confirmó más en la resolución de dar batalla, y, con el corazón inflamado y los ojos puestos en el cielo, rompió en estas palabras: Bien sabéis vos, mi Señor Jesús Cristo, que por vuestro servicio y por la exaltación de vuestro santo nombre emprendí esta guerra contra vuestros enemigos; Vos, que sois todopoderoso, ayudadme en ella, animad y dad esfuerzo a mis soldados para que los venzamos, pues son blasfemadores de vuestro santísimo nombre. Dichas estas palabras le sobrevino un blando sueño, y comenzó a soñar que veía a un viejo de venerable presencia, el cual le decía que tuviera buen ánimo, porque ciertamente vencería en aquella batalla, y con evidente señal de ser amado y favorecido por Dios vería con sus ojos antes de entrar en ella al Salvador del mundo, el cual lo quería honrar con su soberana visión. Estando el infante en este alegre sueño, ni muy durmiendo, ni del todo despierto, entró en la tienda João Fernandes de Sousa, de su cámara, y le hizo saber cómo hasta allí había llegado un hombre viejo, el cual pedía audiencia y, según daba a entender, era sobre negocio de mucha importancia. Mandó el infante que entrase si era cristiano, y, en cuanto lo vio, reconoció en él al mismo que acababa de ver en sueños, con lo que quedó sumamente consolado. El buen viejo repitió al infante las mismas palabras que en sueños había oído, y, certificándolo de la victoria y de la aparición de Cristo, añadió que tuviera mucha confianza en el Señor, por ser de Él amado, y que en él y en sus descendientes había puesto los ojos de su misericordia hasta la decimosexta generación, en que se atenuaría la descendencia, pero en ella aún en ese estado pondría el Señor sus ojos, y la habría. Que de parte del mismo Señor le advertía que, cuando en la siguiente noche oyera tocar la campana de su ermita, en la que moraba hacía setenta años guardado por particular favor del Altísimo, saliera al campo, porque le quería Dios mostrar la grandeza de su misericordia. Oyendo el católico príncipe tan soberana embajada, trató al embajador con veneración y dio a Dios con profundísima humildad infinitas gracias. Salió fuera de la tienda el buen viejo y volvió a su ermita, y el infante, esperando la señal prometida, gastó en oración fervorosa todo el espacio de la noche hasta la segunda vigía, en la que oyó el son de la campana, armado entonces con su escudo y espada salió fuera del campamento, y, poniendo los ojos en el Cielo, vio de la parte oriental un resplandor hermosísimo, el cual poco a poco iba dilatándose y haciéndose mayor. En medio de él vio la salutífera señal de la Santa Cruz, y en ella clavado al Redentor del mundo, acompañado en circuito de gran multitud de ángeles, los cuales en figura de mancebos hermosísimos aparecían ornados de vestiduras blancas y resplandecientes, y pudo notar el infante ser la Cruz de grandeza extraordinaria, y estar levantada sobre la tierra casi diez codos. Con el asombro de visión tan maravillosa, con el temor, y la reverencia debidos a la presencia del Salvador, depuso el infante las armas que llevaba, se quitó la vestidura real, y descalzo se postró en tierra y, con abundancia de lágrimas comenzó a rogar al Señor por sus vasallos, y dijo: ¿Qué merecimientos hallaste, mi Dios, en un tan gran pecador como yo, para enriquecerme con merced tan soberana? Si lo hacéis para acrecentar mi fe, parece no ser ello necesario, pues os conozco desde la fuente del Bautismo como Dios verdadero, hijo de la Virgen sagrada, según la humanidad, y del Padre Eterno por generación divina. Mejor sería participar a los infieles la grandeza de esta maravilla, para que, abominando de sus errores, os conocieran. El Señor entonces, con suave tono de voz que el príncipe puede bien alcanzar, le dijo estas palabras: No me he aparecido de este modo para acrecentar tu fe, sino para fortalecer tu corazón en esta empresa y fundar los inicios de tu Reino en piedra firmísima. Ten confianza, porque no sólo vencerás esta batalla sino todas las más que dieres a los enemigos de la Fe católica. Tu gente hallarás pronta a la guerra, y con gran ánimo te pedirán que con título de rey comiences esta batalla; no dudes en aceptarlo, pero concede libremente la petición porque yo soy el fundador y destructor de los Imperios del mundo, y en ti y en tu generación quiero fundar para mí un reino en cuya industria será mi nombre notificado a gentes extrañas. Y para que tus descendientes conozcan de qué mano reciben el reino, comprarás tus armas al precio con que compré al género humano, el de aquel por el que fui comprado de los judíos, y quedará este reino santificado, amado por mí por la pureza de la Fe y la excelencia de la piedad. El infante Don Afonso, cuando oyó tan singular promesa, se postró de nuevo en tierra y, adorando al Señor, le dijo: ¿En qué merecimientos fundáis, mi Dios, una piedad tan extraordinaria como la que usáis conmigo? Pero ya que así es, poned los ojos de vuestra misericordia en los sucesores que me prometéis, conservad libre de peligros a la gente portuguesa, y, si contra ella tenéis algún castigo ordenado, os pido me lo deis antes a mí y a mis descendientes, y quede a salvo este pueblo a quien amo como a hijo único. A todo dio el Señor respuesta favorable, diciendo cómo nunca de él ni de los suyos apartaría los ojos de su misericordia, porque los había escogido como sus obreros y segadores para hacerle gran siembra en regiones apartadas. Con esto desapareció la visión, y el infante Don Afonso, lleno de fortaleza y de los júbilos del alma que se dejan entender, dio vuelta hacia el campo y se recogió en su tienda.

Raimundo Silva cerró el libro. Pese a estar fatigado, su voluntad sería continuar la lectura, seguir los episodios de la batalla hasta la derrota final de los moros, pero Gil de Rolim, tomando la palabra en nombre de los cruzados presentes allí, dijo al rey que, de este modo notificados del memorable prodigio obrado por el Señor Jesús en región también ella tan apartada, al sur de Castro Verde, en sitio que llaman de Ourique, provincia de Alentejo, en la mañana del día siguiente le daría respuesta. Por lo que, cumplidos los saludos y ceremonial de ordenanza, igualmente se recogieron a sus tiendas.

El rey durmió mal, con un sueño inquieto que constantemente se interrumpía, pero pesado y negro como si de él no tuviera que despertar jamás, y fue un dormir donde no acontecieron sueños ni pesadillas, ningún viejo de aspecto venerable anunciando el suave milagro, Aquí estoy, ninguna mujer gritando, No me maltrates que soy tu madre, sólo una densa e inexplicable negrura que parecía envolverle el corazón y cegarlo. Despertaba sediento y pedía agua, que bebía ávido, e iba a la entrada de la tienda para acechar la noche, impaciente con el tardo movimiento de los astros. Era luna llena, de aquellas que transforman el mundo en fantasma, cuando todas las cosas, las vivas y las inanimadas, murmuran misteriosas revelaciones, pero va diciendo cada cual la suya, y todas desencontradas, por eso no logramos entenderlas y sufrimos la angustia de casi saber y quedarnos no sabiendo. El estuario brillaba entre las colinas, el río llevaba las aguas como un resplandor, y las hogueras atizadas en las terrazas del castillo y los gruesos hachones que señalaban cada uno de los barcos de los cruzados eran como fuegos pálidos en la luminosa oscuridad. El rey miraba a un lado, miraba a otro, imaginaba cómo estarían aquellos moros y aquellos francos mirando las hogueras del campamento portugués, qué pensamientos, qué miedos y qué desdenes, qué planes de batalla, qué decisiones. Volvía a tumbarse en el catre, sobre la piel de oso en que solía dormir, y esperaba al sueño. Se oían voces alrededor, algún rumor de armas, el candil encendido en la tienda hacía danzar las sombras, después el rey entraba en el silencio y en un negro infinito, se quedaba dormido.

Pasaron las horas, la luna descendió y acabó por desaparecer. Entonces las estrellas cubrieron el cielo todo, centelleando como reflejos en el agua, abriendo espacio al blanco camino de Santiago, después, cuánto tiempo después, la primera luz de la mañana se fue abriendo lentamente detrás de la ciudad, negra en el contraluz, poco a poco se iban extinguiendo las almenaras, y cuando apuntó el sol, invisible aún desde este lugar en el que estamos, se oyeron las acostumbradas voces que resonaban entre las colinas, eran los almuédanos llamando a la oración a los creyentes de Alá. Son menos madrugadores los cristianos, en los barcos no hay aún señal de vida, y el campamento portugués, salvo los fatigados centinelas que cabecean, continúa inmerso en un inmenso sueño, una letargia entrecortada de ronquidos, de suspiros, de murmullos, que sólo mucho más tarde, salido ya el sol y levantado, liberará los miembros y soltará las voces, el remolón y desgarrador bostezo matinal, el interminable desperezarse que hace restallar los huesos, este día más, este día menos. Se avivan las hogueras, ahora están ya los calderos al fuego, los hombres se aproximan, cada uno con su escudilla, vienen los centinelas rendidos, otros de refresco se distribuyen por el campamento masticando el último bocado, al tiempo que, junto a las tiendas, los nobles comen sus apenas diferentes manjares, si no hablamos de carne, que es la diferencia mayor. Se sirven de grandes platos de madera, juntamente con ellos los eclesiásticos que entre el levantarse y el comer dijeron misa, y todos hacen pronósticos sobre lo que dirán los cruzados, dice uno que no se quedan si no se les prometen más rotundas riquezas, dice otro que tal vez se contenten con la gloria de servir al Señor, aparte de una propina razonable, por las molestias. Miran desde lejos los barcos, hacen augurios sobre los movimientos de los marineros, si maniobran para quedarse o, al contrario, alivian las anclas, son suposiciones inconsecuentes nacidas de la ansiedad, antes que de allí vengan a dar respuesta al rey no se moverán los barcos, e incluso después, dependiendo de la ocasión, acaso tengan que esperar aún el favor de la marea para fijar el fondeadero o largar mar adentro.

El rey está esperando. Se agita impaciente en el asiento colocado ante la tienda, está armado, aunque con la cabeza descubierta, y no dice palabra, mira y espera, nada más. Va mediada la mañana, el sol está alto, el sudor corre a chorros bajo las lorigas. Se nota que el rey está irritado pero que no quiere manifestarlo. Sobre él han armado un toldo que la brisa hace restallar suavemente, al compás con el estandarte real. Un silencio que no es como el de la noche, tal vez aún más inquietante porque del día lo que se espera es movimiento y ruido, un silencio de presagio cubre la ciudad, el río, las colinas de alrededor. Cierto es que cantan las cigarras, pero ése es un canto que viene de otro mundo, es el rechinar de la invisible sierra que está serrando los fundamentos de éste. Sobre las murallas, entre las almenas, los moros miran también, y esperan.

Al fin hay un movimiento de bateles entre las galeras principales fondeadas a la entrada del estero, de cada una de ellas baja gente que entra en las embarcaciones, y ahora vienen para acá, se oye sobre el agua lisa el batir de los remos, el chapoteo de las palas, poco falta para ser de puro lirismo la imagen general, un cielo limpio y azul, dos barquitos avanzando sin prisa, falta aquí el pintor para registrar estos suaves colores de la naturaleza, la oscura ciudad subiendo la colina y el castillo arriba, o, cambiando el punto de vista, el campamento portugués sobre un fondo de accidentada orografía, barrancos y costaneras, dispersos olivares, algunos rastrojos, vestigios de incendios recientes. El rey ya no está allí, se ha recogido en su tienda, porque, siendo real persona, no tiene que esperar a nadie, los cruzados, sí, y se reunirán aquí, aguardando respetuosamente, y luego saldrá Don Afonso Henriques, armado de pies a cabeza, para escuchar el mensaje. Se acercan algunos de los guerreros de calidad que estuvieron en la conferencia con el rey, y vienen con rostro cerrado, impenetrable, nosotros ya sabemos que van a negarse a auxiliar a los portugueses, pero éstos aún están en santa ignorancia, alimentan, como es costumbre decir, una esperanza, no pueden imaginar la justificación que darán como fundamento de resolución tan grave, alguna darán, bajo pena de ser tachados de livianos y faltos de consideración. Vienen Gil de Rolim, Ligel, Lichertes, los hermanos La Corni, Jordán, Alardo, viene también un alemán hasta ahora no mencionado, de nombre Enrique, natural de Bonn, caballero de buena fama y de virtuosa vida, como en su tiempo se probará, y un religioso inglés muy erudito, Gilberto de su gracia, y además, en funciones de portavoz, Guillermo Vitulo, el de la Larga Espada, o de la Larga Flecha, a los portugueses les dio un salto el corazón con el mal presentimiento cuando vieron que éste iba a ser el lengua, pues de sobra sabe cuánta mala voluntad tiene contra el rey, hay casos así, sin motivo que se perciba le tomamos manía a alguien, y no hay quien nos la quite, No me cae bien, no me cae bien, y basta.

Salió Don Afonso Henriques de la tienda, llevando de consejeros a Don Pedro Pitões y a Don João Peculiar, y fue éste, tras consultar con el rey, quien tomó la palabra para dar las bienvenidas a los emisarios, en latín las dio, claro está, que no quedan peores que las otras, y afirmar cuánto placería al rey oír la respuesta que le traían, cuya no dudaba ser la más provechosa en gloria de Dios Nuestro Señor. La fórmula es buena, porque no pudiendo nosotros, obviamente, saber qué es lo que a Dios más conviene, dejamos a su criterio la responsabilidad de elegir, compitiéndonos sólo ser humildes si ella viene a topar contra nuestros intereses y no exagerar las expresiones de contento si, al contrario, vienen a servir maravillosamente a nuestras conveniencias. La eventualidad de que a Dios le sean igualmente indiferentes el sí y el no, el bien y el mal, no puede entrar en cabezas como fueron hechas las nuestras, porque, en fin, Dios siempre ha servir para algo. No es, con todo, hora de navegar por tan torcidos meandros, porque ya Guillermo de la Larga Espada, en postura de cuerpo y movimiento de gestos que descaradamente pugnan con la actitud de reverente subalternidad que debería guardar, está diciendo que, gozando el rey de Portugal de tan eficaces y fáciles ayudas de Nuestro Señor Jesús Cristo, por ejemplo, en el peligroso paseo que se dijo fue la batalla de Ourique, mal le había de parecer al mismo Señor que presumieran los cruzados que estaban allí en tránsito, de sustituirlo en la nueva empresa, por lo que daba como consejo, si recibirlo querían, que fuesen los portugueses solos al combate, pues ya tenían segura la victoria y Dios les agradecería la oportunidad de demostrar Su poder, ésta y tantas veces cuantas para ello fuese solicitado. Habiéndose explicado en su lengua natal Guillermo Vitulo, lo oyeron los portugueses, mientras duró la arenga, poniendo cara de entendidos, como es costumbre en estos casos,sin poder imaginar que la decisión iba contra sus intereses y conveniencias, lo que, no obstante, vino a saberse luego en el siguiente y fatal minuto, con la exactitud que se puede, cuando el fraile intérprete que acompañaba al de la Larga Espada tradujo, reluctante, pues su propia boca se negaba a articular palabras de tanto sarcasmo, y algunas otras que están pidiendo segunda lectura, por los indicios que parece haber en ellas de calumniosa duda sobre el poder divino de cortar, tajar, poder y disponer, de dar y quitar victorias, de hacer que gane uno contra mil, las cosas sólo resultan difíciles cuando luchan cristianos contra cristianos, o moros contra moros, aunque, en el segundo caso, la cuestión sea con Alá, él se las arregle.

El rey oyó en silencio, y en silencio se quedó, con las manos aferradas al puño de la espada, derecha ésta y firme la punta contra el suelo, como si de ese mismo suelo ya hubiera tomado definitivamente posesión. Y fue Don João Peculiar quien, rojo de santa indignación, profirió la frase con que debería avergonzarse el provocador, No tentarás al Señor tu Dios, que todos muy bien te han entendido, hasta los flacos en doctrina, porque, en verdad, más que desdeñar a los portugueses, Guillermo Vitulo, en otra situación y por diferentes palabras, no había hecho más que repetir el nefando intento del Demonio al decir a Jesús, Tírate desde aquí, que viniendo los ángeles a ampararte, no correrás ningún peligro, y Jesús respondió, No tentarás al Señor tu Dios. Con lo que debería Guillermo avergonzarse, pero no se avergonzó, antes bien parecía retorcérsele en la boca una sonrisa de escarnio. Preguntó entonces Don Afonso Henriques, Es ésa la decisión de los cruzados, Ésta es, respondió el otro, Entonces, marchad, y que Dios os acompañe hasta Tierra Santa, donde ya no podréis invocar ningún pretexto para huir a la batalla como estáis huyendo de ésta, si no me engaño. Fue entonces cuando Guillermo Vitulo llevó la mano a la espada que le dio nombre, lo que habría podido tener las más funestas consecuencias si no se hubieran interpuesto sus compañeros, y más que el movimiento de los cuerpos se interpusieron las palabras que uno de ellos dijo, Gilberto fue él, único de aquella banda que, más que los intérpretes, podía expresarse en fluyente latín, como eclesiástico mayor, de estudios superiores, y lo que dijo fue esto, Señor, es verdad lo que Guillermo Vitulo acaba de deciros, que no se quedan aquí los cruzados, pero no hace mención de los motivos materiales que los mueven a la negativa, en fin, allá ellos, no obstante algunos han decidido quedarse, y ésos son los que aquí veis, que para eso vinimos en la embajada, Gil de Rolim, Ligel, Lichertes, los hermanos La Corni, Jordán, Alardo, Enrique, y yo, de todos el más insignificante y humilde, a tu servicio. Quedó Don Afonso Henriques tan contento que se le pasó de pronto la ira, y, allí mismo desprendiéndose de prejuicios jerárquicos, se fue hacia Gilberto y lo abrazó, lanzando de paso su desprecio al malvado Guillén, que de nombre va bien servido, y dijo en voz alta, Por esa resolución os prometo que seréis el primer obispo de Lisboa cuando sea cristiana la ciudad, y en cuanto a vosotros, señores, que habéis querido quedaros conmigo, os doy por seguro que no tendréis razón de queja de mi magnanimidad, y dicho esto volvió la espalda y entró en la tienda. Así se separaron las aguas, es decir, se quedó Guillén desamparado, que hasta su fraile se apartó de él tres prudentes pasos, mirando desconfiado si habría señal de pies de cabra o de cuernos de cabrón en el atrevido y ahora derrotado energúmeno.

Juntando lo que efectivamente fue escrito a lo que está sólo en la imaginación, llegó Raimundo Silva a este lance crítico, y muy adelantado va, si recordamos que, aparte de la ya más de una vez confesada falta de preparación para todo cuanto no sea la menuda tarea de revisar pruebas, es hombre de escritura lenta, siempre cuidando concordancias, avaro en la adjetivación, molesto en la etimología, puntual en el punto y otras señales, lo que delata de inmediato que cuanto aquí en su nombre se ha leído no pasa, a fin de cuentas, de versión libre y libre adaptación de un texto que probablemente pocas semejanzas tendrá con éste y que, en lo que podemos prever, se mantendrá reservado hasta la última línea, fuera del alcance de los aficionados a la historia naïf. Por otra parte, basta reparar en que la versión de que disponemos lleva ya doce páginas densísimas, y está claro que Raimundo Silva, que de escritor nada tiene, ni los vicios ni las virtudes, no podría, en día y medio, haber escrito tanto y tan variado, que sobre los méritos literarios de lo que hizo no hay que hablar, por ser esto historia, luego ciencia, y por carencia de autoridad propiamente dicha. Se recuerdan de nuevo estas prevenciones para que siempre tengamos presente la conveniencia de no confundir lo que parece con lo que seguramente estará siendo, pero ignoramos cómo, y también para qué dudamos, cuando creíamos estar seguros de una realidad cualquiera, si lo que de ella se muestra es preciso y justo, si no será sólo una versión entre otras, o peor aún, si es versión única y únicamente proclamada.

La tarde va mediada, son horas de visitar a la doctora María Sara, que está esperando las pruebas del libro de poesía. La asistenta está ordenando la cocina, o plancha, apenas se la nota, tan discreta es en su trabajo, probablemente piensa que escribir o enmendar lo que fue escrito es obra de religión, y Raimundo Silva, que desde la mañana no ha salido, le pregunta, Qué tal el tiempo, como nunca tiene mucho que decirle aprovecha las ocasiones, o inventa algunas, por eso no se acercó a la ventana como es costumbre suya inveterada, y debería haberlo hecho, siendo hoy el día especial que es, sin duda saben ya en la ciudad que los cruzados se van, el espionaje no es un invento de las guerras modernas, y la señora María responde, Está bien, expresión sintética que, en verdad, sólo significa que no llueve, pues diciendo nosotros tan frecuentemente Está bien, pero frío, o Está bien, pero hace viento, nunca dijimos ni diremos, Está bien, pero llueve. Raimundo Silva va a buscar información complementaria, si hay amenaza de lluvia, o viento como el de ayer, y cómo estamos de temperatura. Puede salir sin otras defensas que las moderadas, la gabardina, sequísima y ahora presentable, de los dos cachecoles, el más ligero, lástima que no se pueda decir manta de cuello, que tampoco sonaba bien, pero en fin, sería portugués de aquí y no como el francés, cachecol, que es el portugués de todas partes, lengua nueva, aunque aún en preparación, sobre todo en las playas del reino del Algarve, pero invadiendo ya poderosamente el reino de Portugal. Fue a la cocina para hacer las cuentas de la semana con la señora María, ella miró el dinero y suspiró, siempre lo hace, como si recibirlo fuese ya empezar a separarse de él, al principio Raimundo Silva se ponía nervioso, le parecía que ella recurría a aquella desolada mímica para expresar su enfado por ser tan mal pagada, por eso no descansó hasta que tuvo información suficiente sobre los baremos generalmente practicados por la clase media baja a la que pertenece, concluyendo que estaba razonablemente bien situado, verdaderamente no se podría decir de él que explotaba el trabajo ajeno, no obstante, por si acaso, aumentó el salario que venía pagando, lo que no pudo fue acabar con el suspiro.

Tres son los caminos principales que unen la casa de Raimundo Silva a la ciudad de los cristianos, uno que, siguiendo la Rua do Milagre de Santo António, y según la rama de la trifurcación que escoja, tanto puede acabar en Caldas o en la Madalena como en el Largo da Rosa, y sus adyacentes bajas y altas, en la Costa do Castelo, en el fondo las Escadinhas da Saúde y el Largo de Martim Moniz, y, por el medio, al arranque de la Calzada de Santo André, el Terreirinho y la Rua dos Cavaleiros, otro que por el Largo dos Lóios lo lleva en dirección a las Portas do Sol, y finalmente el más común, por las Escadinhas de San Crispim, todo en bajada, que en pocos minutos lo pone en la Porta de Ferro, donde espera el tranvía que lo llevará al Chiado, o de donde parte, a pie, hasta la Praza da Figueira, si pretende usar el metro, como es el caso de hoy. La editorial está cerca de la Avenida do Duque de Loulé, demasiado lejos, a esta hora ya declinante, para subir por la Avenida da Liberdade, en general por la acera de la derecha, pues nunca le ha gustado la otra, no sabe por qué, aunque la impresión de gusto y disgusto no sea constante, tiene altos y bajos, unas veces de un lado, otras del otro, pero realmente es en el lado derecho donde se siente mejor. Un día, mientras a sí mismo se iba llamando maníaco, decidió ir señalando en un plano de la ciudad las extensiones de acera de la avenida que le gustaban y las que le desagradaban, y descubrió, con sorpresa, que era más extensa la parte agradable del lado izquierdo, pero que, teniendo en cuenta el grado de intensidad de la satisfacción, el lado derecho acababa por prevalecer, lo que significaba que iba muchas veces subiendo por este lado de aquí y miraba la acera del otro lado con pena por no estar allí. Claro es que no toma estas pequeñas obsesiones demasiado en serio, de algo le sirvió ser corrector, aun hace pocos días, cuando estaba charlando con el autor de la Historia del Cerco de Lisboa, argumentó que los correctores han visto mucho de literatura y de vida, entendiéndose que lo que de la vida no supieron o no quisieron aprender en la literatura, ella se encargó de enseñarlo, especialmente en el capítulo de tics y de manías, que es de general conocimiento que no existen personajes normales, pues entonces no serían personajes, supongo, lo que, en conjunto, tal vez signifique que Raimundo Silva haya ido a buscar a los libros que corrigió algunos rasgos imprecisos que, pasado el tiempo, habrían acabado por formar en él, con lo que en él era de naturaleza, ese todo coherente y contradictorio a lo que solemos llamar carácter. Ahora que está en las Escadinhas de S. Crispim, mirando al perro, que lo mira a él, podría preguntarse uno a qué personaje de ficción se parece ahora, es una pena que no sea lobo el animal, pues entonces vendría inmediatamente a pelo la referencia a San Francisco, o puerco, y sería San Antón, o león, y sería San Marcos, o buey, y sería San Lucas, o pez, y podría ser San Antonio, o cordero, y sería el Bautista, o águila, y sería el Evangelista, no basta el haber dicho que el perro es el mejor amigo del hombre, tal como va el mundo, bien puede acabar siendo el último.

Con la condición de que le retribuyan la amistad, como ahora está pensando Raimundo Silva delante del escuálido animal, es por demás evidente que a los vecinos de San Crispim no les gusta la especie canina, acaso sean ellos aún, los vecinos, descendientes directos de los moros que por deber de religión detestaban aquí a los perros de aquel tiempo, pese a ser unos y otros hermanos en Alá. El perro, con más de ocho siglos de maltrato en la sangre y en la herencia genética, alzó de lejos la cabeza para iniciar un lamento prolongado, una voz exasperada y sin pudor, pero también sin esperanza, pedir de comer, gimiendo o tendiendo la mano, más que degradación sufrida por fuera es renuncia llegada de dentro. Raimundo Silva no tiene hora marcada, Hasta mañana, dijo la doctora María Sara, pero ya se va haciendo tarde, lo peor es este perro que no lo deja seguir su camino, del gemido pasó al llanto, al contrario de las personas que primero lloran y después aúllan, y lo que él pide, ruega, suplica e importuna, como si este simple hombre fuese la propia persona de Dios, es un mendrugo de pan, un hueso, ahora usan unos contenedores de basura trabajosos de abrir o derribar, de ahí que la necesidad sea tanta, mi Señor. Ante seguir adelante y el remordimiento de haberlo hecho, Raimundo Silva decide volver a casa para buscar algo que un perro hambriento no se atreva a rechazar, mientras sube la escalera mira el reloj, Se está haciendo tarde, repitió, entró de improviso, atemorizando a la asistenta, a quien sorprende viendo la televisión, pero, sin darle importancia, fue a la cocina, revolvió en los cajones, entre los cazos, abrió el frigorífico, la señora María no se atrevió a preguntar, Necesita algo, y menos aún a asombrarse como es su relativo derecho, porque, ya se sabe, fue sorprendida en flagrante delito de pereza para el trabajo, y ahora intenta recomponerse, ha apagado el televisor y empieza a cambiar muebles de sitio, hace ruidos demostrativos de una actividad frenética, en vano se afana, que Raimundo Silva, si efectivamente ha advertido la culpa cometida, ni pensó en eso, de tan preocupado como venía con la hora tardía y la idea de quedar bien cuando pusiera delante del perro el producto de la rebusca, que va envuelta en un diario, un trozo de chorizo cocido, un tajo de tocino, tres mendrugos, qué pena no haber tenido un hueso robusto para la sosiega, no hay nada mejor, mientras la digestión se va haciendo, que un hueso para excitar las glándulas salivares y fortalecer la dentadura de un perro. Se oye un portazo, Raimundo Silva baja ya la escalera, seguro que la señora María se asomó a la ventana a espiar, luego entró en la sala, volvió a encender el televisor, no había perdido ni cinco minutos de la telenovela, qué es eso.

El perro no se había movido, apenas dejó caer la cabeza, el hocico junto al suelo. Las costillas salientes, como de Cristo crucificado, le tiemblan en los encajes del espinazo, este animal es un idiota rematado, empeñado en vivir en las Escadinhas de San Crispim donde ha pasado hambres famosas, despreciando las abundancias de Lisboa, Europa y el Mundo, pero esto son juicios fáciles, no se trata de obstinación alguna, sino de un caso de timidez, por tanto respetable, los atrevidos nada perciben de dificultades, por ejemplo, qué terremoto produciría en la mente de este perro el descubrimiento de que a los ciento treinta y cuatro conocidos peldaños de la escalera se había añadido súbitamente otro, no es que haya ocurrido, se trata de una hipótesis, qué infeliz se sentiría el animal ante un abismo imposible de transponer, aún recordamos cuánto le costó seguir el otro día a este hombre hasta la Porta de Ferro, ciertas experiencias es mejor no repetirlas. Desde tres pasos más allá, Raimundo Silva ve al perro acercándose al periódico extendido, y el animal duda si debe mirarlo a él, para prevenir el probable puntapié, o lanzarse sobre la comida cuyo olor le retuerce las entrañas brutalmente, la saliva le inunda los dientes, oh dios de los perros, por qué has hecho tan difícil la vida para tantos de nosotros, siempre es así, echamos a los dioses la culpa de esto y de aquello, cuando somos nosotros los que inventamos y fabricamos todo, incluyendo las absoluciones de esas y más culpas. Raimundo Silva comprende que el perro tiene miedo, se aleja, el animal avanza un poco, le tiembla el morro de ansiedad, de repente la comida estaba y dejó de estar, en dos movimientos desapareció, y la lengua pálida y ancha lame la grasa impregnada en el papel. Es un espectáculo miserable este que el destino ofrece a los ojos de Raimundo Silva, olvidade ahora de la doctora María Sara, y de pronto se encuentra identificado con el personaje de las ficciones que faltaba, aquel San Roque a quien precisamente dio asistencia un perro, tiempo era de que el santo correspondiese al favor, y así no sufre desmentido la aserción de que todo en la vida tiene su correspondencia, aunque sea al revés, punto de vista nuestro, claro está, porque del de los perros nada sabemos, qué será Raimundo Silva a los ojos de éste, digamos que un viviente con cara de hombre, para que quede al fin completa la antes enunciada colección de animales apocalípticos y sea también Raimundo Silva el San Mateo que faltaba, cómo va a poder él con una carga tan pesada.

Que no le pesará tanto, si observamos la rapidez con que en un instante empezó a bajar la escalera, recordando de súbito a la doctora María Sara que lo estará esperando, ahora sólo en taxi llegará a tiempo, aunque no está la vida para gastos suntuarios, mal diablo se lleve al perro, yo en plan samaritano, seguramente no iría a casa a buscar comida si fuera una vieja la que estuviese pidiendo en las Escadinhas de San Crispim, bueno, si fuese una vieja, tal vez sí, pero apuesto a que no si fuese un viejo, es interesante comprobar cómo la propia bondad, suponiendo que estemos hablando de ella, varía con las circunstancias y los objetos, con la salud del momento, con el humor de la ocasión, la bondad, mal comparada, es como un elástico, se extiende, se encoge, capaz de envolver a la humanidad entera o sólo a la persona, egoísta, esto es, bondadosa para sí misma, con todo siempre una buena acción refresca el alma, el animal se ha quedado allí, agradecidísimo, aunque, siendo el hambre tanta, de poco más le habrá servido la pitanza que para llenar la caries de un diente, pobre animalillo, manera piadosa de decir, pues no es tan pequeño, qué raza, todas, salvo las más recatadas que nunca bajan a la calle, o si bajan vienen con correas y tapa-culo, éste al menos es libre, goza de perras libres, pero poco gozará si nunca sale de las Escadinhas de San Crispim, si nunca sale de las Escadinhas de San Crispim. En este punto, Raimundo Silva interrumpió conscientemente el discutir mental al que se había abandonado mientras el taxi lo llevaba, notó un repentino malestar, no físico, sino más bien como si alguien dormido dentro de sí se hubiera despertado súbitamente y gritado por encontrarse inmerso en la oscuridad profunda, por eso repitió, dando tiempo para que pasase el susto, Si nunca sale de las Escadinhas de San Crispim, de quién estoy hablando, preguntó, el taxi subía la Rua da Prata y él iba dentro, al fin pertenecía al reino de los hombres, no al de los perros, y podía salir de las Escadinhas de San Crispim siempre que le apeteciera o precisase, como ahora mismo se demuestra, va a la editorial para hablar con la doctora María Sara, que dirige a los correctores, le entregará las pruebas definitivas del libro de poesía, y luego puede que decida no regresar inmediatamente a casa, ha acabado un libro, aunque tan delgado que no tiene cuerpo de libro, hará pues como de costumbre, comer en el restaurante, ir al cine, aunque lo más probable es que no lleve encima dinero suficiente para un programa tan amplio, hace cuentas mentales, el contador del taxi, intenta recordar cuánto tendrá en la cartera, y está en estas aritméticas cuando comprenae que no saldrá esta noche, no puede olvidar que ha empezado un libro nuevo, no, no es la novela de Costa, miró el reloj, son casi las cinco, el taxi sube por la Avenida do Duque de Loulé, se para en un semáforo, avanza, ahí, por favor, y cuando Raimundo Silva saca el dinero para pagar, comprueba, en una mirada rápida, que el dinero no le llegaría para restaurante y cine, uno de los dos sí, pero uno sin el otro no tiene gracia ninguna, Ceno en casa y sigo con aquello, aquello es la Historia del Cerco de Lisboa, alguna vez lo habría dicho antes, cuando corregía las pruebas de un libro de ese título, en tiempo de su inocencia.

El ascensor es antiguo y estrecho, propicio a intimidades si no fuera por la transparencia de las puertas y de los paneles laterales, con todo, en el intervalo entre dos descansillos, prestando atención vigilante a los tramos de escalera que por un lado suben y por otro bajan, siempre es posible iniciar algún juego de manos, y hasta un furtivo beso si la urgencia aprieta. En años de trabajo que ya son muchos, Raimundo Silva ha utilizado esta jaula mecánica, a veces solo, otras acompañado, y nunca, hasta hoy, al menos no se acuerda, fue acometido por tan turbadores pensamientos, cierto es que al principio prefería subir por la escalera, por falta de paciencia cuando el ascensor tardaba, y también porque aún se sentía ágil de piernas y ligero de corazón, capaz de competir con la juventud de todas estas oficinas, incluyendo la editorial, aunque en ésta la media de edad siempre haya tirado más para lo alto. El trayecto es corto, sólo dos pisos, hay que tener en cuenta, no obstante, que tratándose como se trata de un edificio antiguo, los pisos son casi dos veces más altos de lo que ahora se estila, son éstos parecidos, en lo tocante a la altura, a los de su viejísima morada del Castelo, realmente no es esto novedad, a lo alto siempre siguió lo bajo y a lo bajo lo alto, probablemente sea una de las leyes de la vida, también nuestro padre un día nos pareció un gigante y ahora lo miramos por encima del hombro, y va decayendo de año en año, pobrecillo, pero callémonos, para que el pobre pueda sufrir en silencio. A Raimundo Silva le parece absurdo acordarse del fallecido padre en este ascensor, cuando habían empezado a asaltarlo aquellas eróticas sugestiones, verdad es que quien piensa apenas sabe lo que piensa, y no por qué lo pensó, pensamos desde que nacemos, supongo, y no sabemos cuál fue nuestro primer pensamiento, ese del que todos fueron después, y hasta hoy, consecuencia, la biografía definitiva de cada uno sería remontar el río de los pensamientos hasta su fuente primera, y cambiar de vida supongo que sería, si fuese posible venir andando y repitiendo el curso de ellos, tener súbitamente otro pensamiento e ir tras él, llegaríamos tal vez al día en que estamos, si al elegir otra vida no la hiciésemos más breve, y aunque de ésta se tratase no como corrector, y subiríamos en un ascensor distinto, quizá para hablar con otra persona, no con María Sara. Está ahora Raimundo Silva en el mismo lugar desde el que vio bajar al director literario con la doctora María Sara, y lo vemos ahora mirar el espejo vacío con severidad desdeñosa, como si fuese a reprochar a la mujer que allí estuvo su inmoral comportamiento, porque esas cosas, hay que decirlo, no son para hacerlas en un ascensor, no se deben hacer, digo, aunque bien sé que no falta por ahí quien las haga, y aún peores, Fue sólo un apretón, señor corrector, sólo un beso, señor corrector, Es igual, ya fue de más, en nombre de mi propia e incurable envidia os condeno, en los últimos centímetros de la subida Raimundo Silva se colocó en medio del ascensor, los otros no cabían, tuvieron que salir, muertos de vergüenza irían si todavía hubiera vergüenza en este mundo, lo más probable es que se estén riendo del moralista hipócrita, Están verdes, dijo la zorra.

Mirar, ver y reparar son maneras distintas de usar el órgano de la vista, cada cual con su intensidad propia, hasta en las degeneraciones, por ejemplo, mirar sin ver, cuando una persona se encuentra ensimismada, situación común en las antiguas novelas, o ver y no enterarse, si los ojos por cansancio o por hastío se defienden de sobrecargas incómodas. Sólo el reparar puede llegar a ser visión plena, cuando en un punto determinado o sucesivamente la atención se concentra, lo que tanto sucederá por efecto de una deliberación de la voluntad cuanto por una especie de estado sinestésico involuntario en el que lo visto solicita ser visto nuevamente, pasando así de una sensación a otra, reteniendo, arrastrando la mirada, como si la imagen tuviera que reproducirse en dos lugares distintos del cerebro con diferencia temporal de una centésima de segundo, primero la señal simplificada, luego el dibujo riguroso, la definición nítida, imperiosa, de un grueso pomo de latón brillante, en una puerta oscura, barnizada, que súbitamente se convierte en presencia absoluta. Ante esta puerta, muchas y muchas veces ha esperado Raimundo Silva a que le abran desde dentro, con el ruido de disparo del cierre eléctrico, y nunca como hoy tuvo consciencia tan aguda, atemorizante casi, de la materialidad de las cosas, un pomo que no es su simple superficie lúcida, pulida, sino un cuerpo cuya densidad puede comprobarse hasta el encuentro con esa otra densidad, la de la madera, y es como si todo fuese sentido, experimentado, palpado dentro del cerebro, como si sus sentidos, ahora todos ellos y no sólo la vista, reparasen en el mundo porque finalmente repararon en un pomo y en una puerta. Se oyó el restallido al saltar el resorte que abría, los dedos empujaron la puerta, dentro la luz parece fortísima, y no lo es, pero Raimundo Silva se siente como si flotara en un espacio sin referencias, como en una de esas atmósferas saturadas de claridad ahora de moda en los filmes de cosas sobrenaturales o de apariciones extraterrestres, con dispendio excesivo de voltios, espera que la telefonista dé un grito de terror o caiga en trance extático si por el lado de fuera de sí mismo se manifiesta, en una proliferación de tentáculos sensitivos o en una irradiación de belleza suprema, la vibración caleidoscópica en que, por un instante que ya se extingue, se ha convertido su sensibilidad. Pero la telefonista, cuyas obligaciones, aparte de manipular clavijas, incluyen abrir la puerta y atender a quien llega, le hace una señal con los dedos mientras acaba de hablar por teléfono, y luego, cordial, familiar y nada sorprendida, Hola, señor Silva, lo conoce desde hace años y cada vez que lo ve no le encuentra más diferencias que las del tiempo que pasa, si al cabo de un rato le preguntasen cómo encontró al corrector responderá, pero sin segura convicción, No sé, tal vez un poco nervioso, esto dirá y nada más, o no es buena observadora o Raimundo Silva ya ha vuelto a su ser natural, si es que desde fuera se podía descubrir lo que acontecía por dentro, incluso fijándose, Quisiera hablar con la doctora María Sara dijo, y la telefonista, que se llama también Sara, pero sin María y está muy orgullosa de aquella media coincidencia, le dice que la doctora María Sara está en el despacho del doctor, el doctor es el director literario, ni tiene que decir el nombre, siempre lo fue, los otros, desde el director de todos hasta Costa, son gente de a pie, y Raimundo Silva, más brusco que de costumbre, le dice que pregunte si lo puede recibir o si quiere que deje las pruebas del libro de poesía aquí mismo, ya sabe ella de qué se trata. Sara oye lo que le está diciendo la doctora María Sara, asiente con la cabeza, el diálogo es corto, pero tal vez por un resto de visión intensa, pese a la pálida sombra de lo que había sido al otro lado de la puerta, Raimundo Silva observa hilo por hilo, el pelo rubio de la telefonista, de un color como de paja molida, ella mantiene la cabeza baja, no puede adivinar qué ferocidad hay en esta mirada, ferocidad es una exageración expresiva, claro está, que el hombre no quiere mal a la mujer, son sus ojos irresponsables, él sólo espera que le digan qué tiene que hacer, vino de lejos y a toda prisa, y tendrá que dejar las pruebas en el mostrador de entrada, como cualquier mandado que trajo una carta sin respuesta, la doctora María Sara dice que la espere en el despacho, la telefonista ha alzado la cabeza, sonríe, Gracias, Sarita, la llaman Sarita desde siempre, ha quedado así, pese a haberse casado y enviudado, hay gente con mucha suerte, mujeres, evidentemente, que los hombres, por lo general, poco tiempo han tenido para ser niños, y algunos no lo han sido nunca, como se sabe y escribió, y otros se quedaron así para siempre pero no se atreven a decirlo.

Raimundo Silva no tuvo que esperar mucho, tres, cuatro minutos, quizá ni eso. Se quedó en pie, mirando, con la impresión extraña de haber entrado aquí por primera vez, no es sorprendente, la memoria no conservaba ningún recuerdo anterior de este despacho, probablemente estaría afecto a los servicios de administración antes de las recientes mudanzas, y tampoco, ahora se daba cuenta con sorpresa, le habían quedado imágenes de cuando fue llamado por la doctora María Sara, no recordaba, por ejemplo, si estaba ya entonces sobre la mesa aquel florero con una rosa blanca, y en la pared un panel de registro donde, podía verlo, se leía su nombre, en la línea superior, y debajo los nombres de otros correctores que trabajaban en casa, tenían todos ellos, en la cuadrícula siguiente, indicaciones abreviadas de los títulos de las obras, fechas, señales coloreadas, un organigrama sencillo, una especie de mapa de la ciudad de los correctores, sólo seis. Podemos imaginarlos, cada uno en su casa, en Castelo, en las Avenidas Novas, quizá en Almada o en Amadora, o en Campo de Ourique, o Graça, inclinados sobre las pruebas de un libro, leyendo y enmendando, y a la doctora María Sara pensando en ellos, alterando una fecha, cambiando un verde por un azul, dentro de poco ni dará importancia a los nombres, serán para ella un trazado gráfico que suscitará ideas, asociaciones, reflejos, pero por ahora cada uno de esos nombres representa aún una información por asimilar, Raimundo Silva primero, después Carlos Fonseca, Albertina Santos, Mario Rodrigues, Rita Pais, Rodolfo Xavier, tratándose de un organigrama sería natural que estuvieran dispuestos por orden alfabético, pues no lo están, no señor, Raimundo Silva es el de la primera línea, y la razón tal vez tenga una explicación fácil, quizá en el momento de hacer aquel cuadro sería él quien más preocupaba a la doctora María Sara.

Que viene entrando y dice, Perdone que le haya hecho esperar, el ruido de la puerta y las palabras sobresaltaron a Raimundo Silva, sorprendido de espaldas, y ahora se vuelve precipitadamente, No tiene importancia, responde, sólo vine para, no termina la frase, también a este rostro es como si lo viera por primera vez, tantas veces, en estos días, ha pensado en la doctora María Sara, y al final no era en su imagen en lo que pensaba, el simple nombre ocupaba todo el espacio disponible del recuerdo, y progresivamente fue invadiendo el lugar del pelo, de los ojos, de las facciones, el ademán de las manos, sólo podía reconocer de lejos la suavidad de la seda, no porque la hubiera tocado alguna vez, ya lo sabemos, y también hay que aclarar que no estaba recurriendo a sensaciones antiguas para imaginar mórbidamente lo que ésta podría ser, por imposible que parezca Raimundo Silva conoce todo de esta seda, el brillo, el movimiento blando del tejido, las fluctuantes arrugas, danzando como arena, aunque el color de ahora no sea el de entonces, también emergido en las brumas de la memoria, si no es falta de respeto citar el himno patrio. Aquí le traigo las pruebas, como acordamos, dijo Raimundo Silva, y la doctora María Sara las recibió, por así decir, distraída, está ahora sentada a la mesa, invitó al corrector a sentarse, pero él respondió, No vale la pena, y desvió la mirada hacia la rosa blanca, tan cerca de ella está que puede verle el corazón suavísimo, y, como palabra trae palabra, recuerda un verso que en tiempos revisó, uno que hablaba del íntimo rumor que abre las rosas, le pareció éste un hermoso decir, venturas que pueden acontecer incluso a poetas mediocres, El íntimo rumor que abre las rosas, repitió para sí, y oyó, aunque no se crea, el roce inefable de los pétalos, o habría sido el roce de la manga contra la curva del seno, Dios mío, apiadaos de los hombres que viven de imaginar.

La doctora María Sara dijo, Muy bien. Sólo estas palabras, en un tono que no prometía otras, y Raimundo Silva, tan buen entendedor hasta de medias palabras, comprendió, dichas estas dos, que nada más tenía que hacer allí, había venido para entregar las pruebas, las había entregado, no le quedaba más que despedirse, Buenas tardes, o preguntar, Necesita algo más de mí, pregunta muy común que tanto sirve para expresar una humildad subalterna como una impaciencia refrenada, y que, en el caso presente, usando el tono adecuado, se podría convertir en alusión picante, lo malo es que muchas veces el destinatario oye las frases pero no se entera de la intención, basta que estuviese hojeando con atención profesional unas pruebas tipográficas, y más aún si de versos se trataba, que exigen cuidado especial, No, no necesito nada, respondió, y se levantó, fue en este instante cuando Raimundo Silva, sin pensar ni premeditar, tan ajeno al acto como a sus consecuencias, tocó levemente con dos dedos la rosa blanca, y la doctora María Sara lo miró de frente, estupefacta, no lo estaría más si él hubiera hecho aparecer esta flor en el solitario vacío, o cometido cualquiera otra proeza similar, lo que del todo no se esperaría es que mujer tan segura de sí se perturbase de repente hasta el punto de cubrírsele de rubor el rostro, fue obra de un segundo, pero flagrante, realmente parece increíble que se pueda ruborizar así alguien en los tiempos que corren, qué habría pensado ella, si es que pensó algo, fue como si el hombre, al tocar la rosa, hubiese aflorado en la mujer una escondida intimidad, de las del alma, no del cuerpo. Pero lo más extraordinario fue que Raimundo Silva se ruborizó también, y más tiempo que ella permaneció con sus rubores, seguramente porque se sentía en un ridículo mortal, Qué vergüenza, se dijo a sí mismo o vendrá a decírselo. En situaciones como ésta, faltando la osadía, y no nos preguntemos, Osadía para qué, la salvación está en la fuga, es buen consejero el instinto de conservación, lo peor viene luego, cuando repetimos las horribles palabras, qué vergüenza, todos hemos pasado por errores así, de rabia y de humillación la emprendemos a puñetazos con la almohada, Cómo pude ser tan estúpido, y no sabemos responder, probablemente porque habría que ser muy inteligente para conseguir explicar la estupidez, menos mal que estamos protegidos por la oscuridad del cuarto, nadie nos ve, aunque tenga la noche, y por eso la tememos tanto, ese don protervo de hacer irremediables y monstruosas hasta las pequeñas contrariedades, cuanto más una desgracia como ésta. Raimundo Silva volvió la espalda bruscamente, con la idea vaga de que todo se había perdido en su vida y que nunca más podría volver a esta casa, Es absurdo, absurdo, repetía en silencio y le parecía que lo decía mil veces mientras huía hacia la puerta, En dos segundos saldré, estaré fuera, lejos, cuando en el último y preciso instante lo detuvo la voz de María Sara, inesperadamente tranquila, en tal contradicción con lo que en este momento está pasando aquí, que fue como si el significado de las palabras se hubiera perdido en el aire, si no fuese por la certeza final del ridículo, Raimundo Silva habría fingido que entendió mal, por tanto no tendría otro remedio que creer que ella dijo realmente, Salgo dentro de cinco minutos, sólo el tiempo de arreglar un asunto en la dirección literaria, puedo montármelo de chófer si quiere. Con la mano aferrada al pomo de la puerta, él buscaba desesperadamente aparentar naturalidad, y cuánto le estaba costando, una parte de sí le ordenaba, vete, la otra lo miraba como un juez y sentenciaba, no tendrás otra oportunidad, todos los rubores y sorpresas habían perdido importancia en comparación con el gran paso dado por María Sara, pero en qué dirección, Dios mío, en qué dirección, y hay que ver cómo nosotros, humanos, estamos hechos, que a pesar de la confusión en que se debatía, de sentimientos, ya se ve, aún le sobraba frialdad de espíritu para identificar la irritación que le causó lo de me lo monto de chófer, absolutamente inadecuado a la ocasión por su patente vulgaridad, lo llevo a donde quiera, podía haber dicho María Sara, pero probablemente no se le ocurrió, o creyó que debía evitar la ambigüedad de una frase semejante, Lo llevo a donde quiera, lo llevo a donde yo quiera, bien es verdad que el estilo elevado suele fallar cuando más lo precisamos. Raimundo Silva consiguió soltarse de la puerta y permanecer firme, observación que parecería de dudoso gusto si no fuese expresión de una ironía amigable mientras esperamos que responda, Gracias, pero no quiero desviarla de su camino, ahora bien, aquí sí que viene muy a propósito decir que el soneto está sufriendo con la enmienda y que al desastrado corrector sólo le quedaría morderse la lengua si el tardío sacrificio le valiera de algo, por suerte no lo percibió María Sara, o fingió no percibirlo, por la duplicidad maliciosa de la frase, al menos no le temblaba la voz cuando dijo, Vengo en seguida, siéntese, y él hace lo que puede para que no le tiemble la suya al responder, No vale la pena, me gusta estar de pie, por las palabras que antes dijo parecía que recusaba el ofrecimiento, vemos ahora que aceptó. Ella sale, volverá antes de que pasen los cinco minutos, entretanto se espera que recobren ambos el ritmo de la respiración, el sentido de la valoración de las distancias, la regularidad del pulso, lo que no será pequeña proeza después de tan peligrosa esgrima. Raimundo Silva mira la rosa, no son sólo las personas quienes no saben para qué nacen.

Un día, tal vez por efecto de una luz que hará recordar ésta, límpida y fría tarde que va cayendo, se dirá, Recuerdas, primero el silencio en el coche, las palabras difíciles, la mirada tensa y expectante, las protestas y las insistencias, Déjeme en la Baixa, por favor, tomaré un tranvía, De ninguna manera, lo llevo a casa, no me cuesta nada, Pero se sale de su camino, Yo no, el coche, No es cómodo subir al lugar donde vivo, Al pie del castillo, Sabe dónde vivo, En la Rua do Milagre de Santo António, lo he visto en su ficha, después un cierto y todavía vacilante desahogo, cuerpo y espíritu medio distendidos, pero las palabras cautelosas, hasta el momento en que María Sara dijo, Pensar que estamos en lo que fue ciudad mora, y Raimundo Silva, fingiendo que no percibía la intención, Sí, estamos, e intentando cambiar de conversación, pero ella, A veces me pongo a pensar cómo sería aquello, la gente, las casas, la vida, y él callado, obstinadamente callado ahora, sintiendo que la detestaba, como se detesta a un invasor, llegó al punto de decir, Me bajo aquí, estoy cerca, pero ella no paró ni respondió, y el resto del camino lo hicieron en silencio. Cuando el coche se detuvo en la puerta, Raimundo Silva, aunque sin tener la seguridad de que eso fuera un acto de buena educación, creyó que debía invitarla a subir y se arrepintió de inmediato, es una falta de delicadeza, pensó, y no debo olvidar que soy su subordinado, fue entonces cuando ella dijo, Otro día, hoy es tarde. Sobre esta frase histórica se hará extenso debate, porque Raimundo Silva es capaz de jurar que las palabras entonces dichas fueron otras, y no menos históricas. Aún no ha llegado el momento.

En estos últimos días, por pesado que tuviera el sueño el almuédano, sin duda se habría despertado, si es que logró dormirse, el rumor de una ciudad entera viviendo en estado de alerta, con gente armada subiendo a torres y adarves, mientras el pueblo menudo no se calla, en juntamientos de calles y mercados, preguntando si ya vienen los francos y los gallegos. Temen por sus vidas y haberes, claro está, pero los más afligidos son aquellos que tuvieron que abandonar las casas en que vivían, del lado de fuera de la cerca, todavía defendidas por la tropa, pero donde inevitablemente se van a trabar las primeras batallas, si ésa es la voluntad de Alá, loado sea, y, aunque venza Lisboa a los invasores, del próspero y desahogado arrabal no van a quedar más que ruinas. En lo alto del alminar de la mezquita mayor, como todos los días, el almuédano lanzó su grito estrídulo, sabiendo que ya no despertará a nadie, como mucho estarán durmiendo los niños inocentes, y, contra costumbre, cuando todavía flota en el aire el último eco de la llamada a la oración, comienza a oírse el murmullo de la ciudad rezando, en verdad mal tenía que salir del sueño quien en el sueño no acababa de entrar. La mañana tiene la hermosura de julio, de fina y suave brisa, y, si la experiencia no engaña, vamos a tener un día de calor. Terminada la oración, el almuédano se dispone a bajar cuando de súbito le llega desde abajo un alarido tan desordenado y asombroso que el ciego, asustado, cree por un momento que se desmorona la torre, en otro que están ya los malditos cristianos dando asalto a las murallas, para percibir al fin que son de júbilo los gritos que de todas partes irrumpen y hacen sobre la ciudad un como resplandor, ahora puede él decir que ya conoce lo que es la luz, si ella tiene en los ojos de quien ve el efecto que en sus oídos están causando estos alegres sonidos. Pero cuál es el motivo. Tal vez Alá, movido por las preces ardientes del pueblo, haya enviado a sus ángeles del sepulcro, Munkar y Nakir, a exterminar a los cristianos, tal vez haya hecho caer sobre el ejército de los cruzados el inextinguible fuego celestial, tal vez, de terrestre humanidad, el rey de Évora, avisado de los peligros que amenazan a sus hermanos de Lisboa, haya mandado mensajero con recado, Aguanten ahí a los malvados, que mi tropa de alentejanos está ya en camino, lo decimos así por venir esa gente alén del Tajo, quedando demostrado, de camino, que ya había alentejanos antes de que hubiera portugueses. Con riesgo de moler sus frágiles huesos contra los peldaños, el almuédano desciende a toda prisa la ceñida espiral, y cuando llega abajo lo derriba el vértigo, es un pobre viejo que otra vez parece querer meterse tierra adentro, ilusión nuestra nacida de ejemplos pasados, ahora se ve que todo el esfuerzo que hace es para levantarse, mientras pregunta a la oscuridad que le rodea, Qué ha pasado, díganme qué ha pasado. En el instante siguiente hay ya brazos ayudándole a alzarse, y una voz fuerte y joven casi grita, Se van los cruzados, los cruzados están retirándose. De fe y conmoción cayó allí de hinojos el almuédano, pero cada cosa a su tiempo, Alá no se escandalizará si tardan un poco más los agradecimientos que le son debidos, primero ha de difundirse la alegría. El buen samaritano levantó al viejo a pulso, lo puso definitivamente en pie, le compuso el turbante, descolocado con la agitación del descenso y la caída, y le dijo, Deja eso ahora, vamos a la muralla a ver cómo se desbandan los infieles, ahora bien, estas palabras, no siendo como son de consciente maldad, sólo se explican porque la ceguera del almuédano de gota serena, repárese, nos está mirando, es decir, tiene los ojos clavados en nuestra dirección y no puede vernos, qué tristeza, cuesta creer que tanta transparencia y limpidez sean, al fin, la piel de la opacidad absoluta. El almuédano levantó las manos y se tocó con ellas los ojos, Pero yo no veo, en este instante el hombre lo reconoce, Ah, eres el almuédano, y hace un movimiento como para alejarse, que enmienda de inmediato, No importa, ven conmigo a la muralla, yo te contaré lo que pasa, a hermosas actitudes como éstas solemos llamar nosotros caridad cristiana, lo que una vez más viene a demostrar hasta qué punto las palabras andan ideológicamente desorientadas.

El hombre abrió camino entre la gente que se apretaba para subir por una estalera que llevaba al adarve, Den paso al almuédano, den paso, hermanos, pedía, y la gente se apartaba y sonreía de puro amor fraterno, pero para que no todo sean rosas, o porque no son rosas todo, hubo allí un desconfiado que estropeó la buena obra, cierto es que no tuvo valor para mostrar la cara, pero soltó desde las filas de atrás, Mira qué vivo, lo que quiere es colarse, y el almuédano, consciente como estaba de que así no era, dijo hablando en dirección a la voz, Que Alá te castigue por tu maldad, y Alá debió de tomar buena nota del encargo, pues el calumniador será el primero que muera en el cerco de Lisboa, antes incluso que cualquier cristiano, lo que dice mucho de las iras del Altísimo. Arriba llegaron, pues, el viejo y su protector, y por el mismo método de aviso y petición, buenamente acogido sin excepciones, pudieron tomar lugar en camarote de primera, con vista abierta al estuario, el amplio río, el mar inmenso, pero no fue esta grandeza lo que hizo al hombre exclamar, Oh, qué maravilla, sí lo que dijo inmediatamente, Almuédano, sería capaz de darte mis ojos para que pudieras ver lo que yo veo, la armada de los cruzados navegando río abajo, el agua lisa y brillante como sólo ella puede ser, y toda azul, del color del cielo que la cubre, los remos suben y bajan acompasadamente, parecen las barcas un bando de aves que va bebiendo mientras vuela raso, doscientas aves de arribada que tienen nombre de galeras, fustas, galeotas y no sé qué más, que soy hombre de tierra, no de mar, y cómo van de rápidas, las llevan los remos y la marea, por ella madrugaron y ya parten, ahora los de delante deben de haber sentido el viento, están izando las velas, ah, qué otra maravilla serían si fuesen blancas, este día es de fiesta, almuédano, además, en la otra margen, están nuestros hermanos de Almada haciendo gestos, tan alegres como nosotros, salvados también por la voluntad de Alá, Él, el Más Alto, el Misericordioso, el Increado, el Viviente, el Confortador, el Clemente, por la gracia de Quien nos hemos libertado de la amenaza pavorosa de esos perros que están saliendo de la barra, cruzados son y atravesados sean, con ellos pueda morir y caer en el olvido la belleza de su salida, y que Malik, guardián del infierno, los tenga para siempre y castigue. Aplaudieron los circunstantes la maldición final, todos menos el almuédano, no por estar en desacuerdo, sino porque había cumplido antes su parte de vigilante moral cuando pidió el castigo del desconfiado y atrevido, mal parecía de hecho que reincidiese en soltar maldiciones quien tiene por oficio llamar a la oración a la comunidad de los hermanos, es que punir por una vez al día ya es de sobras para un simple ser humano, y el propio Dios no sabemos si va a aguantar tamaña responsabilidad eternamente. Por esa razón se quedó el almuédano callado, pero también por otra, que venía de ser ciego y por tanto no saber si había motivos para una alegría completa, Se han ido todos, preguntó, tras una pausa que fue tiempo para asegurarse, el compañero respondió, Los barcos sí, Explícate mejor, qué más hay que barcos, Es que están allá, a orillas del estero, y van ahora andando hacia el campo del gallego, unos cien que desembarcaron, llevan consigo armas y bagajes, desde aquí no es fácil contarlos, pero no serán más de cien. Dijo el almuédano, Si se quedaron ésos, o desistieron de ir a la cruzada, sin más, y cambiaron sus tierras por ésta, o habiendo cerco y batalla estarán con Ibn Arrinque cuando él venga contra nosotros, Crees tú, almuédano, que con tan poca gente suya y ésta casi ninguna que se le junta, Ibn Arrinque, maldito sea él y cuanto genere su sangre, pondrá cerco a Lisboa, Lo intentó una vez con los cruzados y falló, ahora querrá demostrar que no los necesitaba, sirviendo éstos de testigos, Dicen los espías que el gallego no tiene más que unos doce mil soldados, no llegan para rodear la ciudad y apretar el cerco, Tal vez no, si a nosotros no nos aprieta el hambre, Ves negro el futuro, almuédano, Veo, soy ciego. En este momento, otro hombre que allí estaba con ellos extendió el brazo, apuntó, Hay agitación en el campo cristiano, los gallegos se van, Parece que te has equivocado, dijo el compañero del almuédano, Sabré que me equivoqué cuando me digas que no se ve ni un solo bulto de soldado cristiano en toda la redondez de la tierra que te rodea, Me quedaré aquí vigilando e iré luego a la mezquita a decírtelo, Eres un buen musulmán, que Alá te dé en esta vida y en la eterna el premio que perfectamente mereces. Digamos nosotros ya, anticipando, que una vez más Alá tomó buena cuenta del voto del almuédano, pues, en lo que a esta vida toca, sabemos que éste a quien impropiamente llamamos Buen Samaritano será el penúltimo moro que muera en el cerco, y sobre la vida eterna no tenemos más que esperar que alguien mejor informado nos diga, llegado el tiempo, qué premio fue el tal y para qué. Por nuestra parte, aprovechamos la ocasión para mostrar que no estamos de menos en ejercicios de bondad, de caridad y de fraternidad, ahora que el almuédano preguntó, Quién me ayuda a bajar la escalera.

También el corrector Raimundo Silva va a precisar que le ayuden a explicar cómo, habiendo escrito que los cruzados no se quedaron para el cerco, aparecen ahora desembarcando unas tantas personas, un centenar más o menos si creemos el cálculo de los moros, hecho de lejos y a ojo. Cierto es que tal cosa no es completa novedad para nosotros, pues ya sabíamos, desde el feo lance en que Guillén de la Larga Espada abruptamente le habló al rey, que unos cuantos hidalgos extranjeros allí mismo habían declarado que podíamos contar con ellos, pero ni los dichos dieron entonces motivo de su decisión ni Don Afonso Henriques manifestó ganas de saberlo, por lo menos no las mostró públicamente, y si en privado le informaron, en privado quedó todo, no hay registro, ni tampoco interesaría a la trama de estos casos. Sea como fuere, lo que Raimundo Silva no puede es continuar en la suya, es decir, que ningún cruzado había querido hacer negocio con el rey, porque ahí está la Historia Acreditada diciéndonos que, dejando aparte alguna no conocida excepción, aquellos señores prosperaron mucho en tierra portuguesa, basta recordar, para que no se piense que hablamos en vano y también para que no sufra desmentido el refrán No dar punto sin nudo, que a Don Alardo, francés, le dio nuestro buen rey Vila Verde, y a Don Jordán, francés como él, la de Lourinha, y a los hermanos La Corni, que con el tiempo cambiaron su nombre por Correia, les tocó Atouguia, donde sí hay alguna confusión es en Azambuja, que no se sabe si fue dada entonces a Gil de Rolim o más tarde a un hijo suyo del mismo nombre, en este caso no se trata de un fallo de registro, sino de imprecisión en el que existe. Ahora bien, para que esta y otra gente pudiera cobrar sus prebendas, era necesario empezar por hacerla desembarcar, y ahí la tenemos, dispuesta a merecerlas con las armas, quedando de este modo más o menos conciliado el terminante No del corrector con el Sí, o el Quizá, o el Aun así, de que se hizo la historia patria. Se dirá que todos aquellos juntos y otros no mencionados apenas darán la media docena, y que se pueden contar por muchos más estos que vienen andando hacia el campamento, siendo por tanto natural curiosidad querer saber quiénes sean ellos y si también recibieron tierras y señoríos al cabo de sus trabajos. Reparo es éste que no cabe y que debería ser simplemente despreciado, pero es señal de buena formación moral ser tolerante con la ignorancia sin culpa, y paciente con la temeridad, por eso esclarecemos que lo más común de este personal, aparte de algunos hombres de armas a sueldo de los señores, son criados que vinieron de mandado para las operaciones de carga y descarga y para lo demás que se requiera, constando aún, en papel de concubinas o barraganas adscritas a los servicios particulares de tres hidalgos, otras tantas mujeres, una de ellas de origen, las restantes cogidas en desembarcas de refresco y aguada, que, verdad sea dicha, mejor fruta que ésta no se descubrió hasta hoy ni consta que crezca en los mundos desconocidos.

Raimundo Silva posó el bolígrafo, se frotó los dedos marcados por las aristas, después, con un movimiento lento, de cansancio, se recostó en la silla. Está en el cuarto donde duerme, sentado a una mesa pequeña que colocó al lado de la ventana, de manera que mirando a su izquierda puede ver los tejados del barrio y también, a trechos, entre los tejados, el río. Decidió que para su trabajo de corrección de obra ajena continuará sirviéndose del despacho interior, pero esto que está escribiendo, venga o no a ser la historia del cerco de Lisboa, lo hará a las claras, con la luz natural cayendo sobre sus manos, sobre las hojas de papel, sobre las palabras que vayan naciendo y quedando, que no quedan todas las que nacen, a su vez haciendo ellas luz sobre el entendimiento de las cosas, hasta donde se puede, y a donde, a no ser por ellas, no se llega. Apuntó en un papel suelto el pensamiento, si tanto se le puede llamar, con la idea de venir a utilizarlo más tarde, si es preciso, en alguna reflexión sobre el misterio de la escritura, que culminará probablemente, siguiendo la lección definitiva del poeta, en la precisa y sobria declaración de que el misterio de la escritura está en que no hay en ella misterio alguno, verificación que, de ser aceptada, nos conduciría a la conclusión de que si no hay misterio en la escritura, no lo habrá tampoco en el escritor. Se divierte Raimundo Silva con este remedo de meditación profunda, su memoria de corrector está llena de versos y de prosa, son trozos, fragmentos, y también frases completas, con sentido, que se quedan en el recuerdo como células quietas y resplandecientes venidas de otros mundos, la sensación es la de estar emergido en el cosmos, aprehendiendo el perfecto significado de todo, sin misterio. Si Raimundo Silva pudiera alinear, por orden cierto, todo cuanto su memoria contiene de palabras y frases sueltas, bastaría dictarlas, registrarlas en una grabadora, y tendría así, sin el penoso esfuerzo de escribir, la Historia del Cerco de Lisboa que aún está buscando, y, siendo otro el orden, otra sería la historia, otro el cerco, Lisboa otra, infinitamente.

Ya van los cruzados mar adentro, librándonos de la exigente e incómoda presencia de trece mil figurantes, pero la tarea de Raimundo Silva en poco se vio simplificada, pues tantos como aquéllos, por lo menos, son los portugueses, y muchísimos más que la suma de unos y otros son los moros de dentro de la ciudad, incluyendo los huidos de Santarem que aquí vinieron a parar, creyendo encontrar protección tras estas murallas, pobres de ellos, heridos y desgraciados. De qué manera ha de lidiar Raimundo Silva con toda esta gente, es la formal pregunta. Por su gusto, suponemos que tomaría a cada uno de ellos de por sí, estudiaría su vida, los precedentes y los consecuentes, los amores, las disputas, la maldad y la bondad que en ella hubo, y especialmente cuidaría mucho de los que van a morir en breve, pues no es de prever que en los tiempos más próximos surja otra oportunidad de dejar algún registro escrito de lo que fueron e hicieron. Tiene Raimundo Silva clara consciencia de que a tanto no pueden alcanzar sus limitados dones, en primer lugar porque no es Dios, y aunque lo fuese, sí incluso el otro, a pesar de la fama, no consiguió nada que se pareciera a este propósito, en segundo lugar porque no es historiador, categoría humana que más se acerca a la divinidad en el modo de mirar, y en tercer lugar, inicial confesión, porque la creación literaria nunca se le dio bien, debilidad ésta que obviamente dificultará un convincente manejo de la fabulación inventiva de la que todos, más o menos, participamos. Del lado de los moros, lo máximo conseguido hasta ahora es un almuédano que aparece de vez en cuando y que se encuentra en la menos satisfactoria situación posible, pues siendo algo más que un figurante, no lo es bastante para convertirse en personaje. Del lado de los portugueses, quitando al rey, al arzobispo, al obispo y a un puñado de hidalgos conocidos, y éstos interviniendo sólo como portadores de un nombre, lo que hay de patente y de indiscernible es una enorme confusión de caras que no se sabe a quién pertenecen, trece mil hombres que hablan sabe Dios cómo y qué, teniendo sentimientos, quién lo duda, los expresan de manera tan distinta a nuestra comprensión que más cerca estarán ellos de sus enemigos moros que de nosotros, que tenemos título y bandera de descendientes.

Raimundo Silva se levanta y abre la ventana. Desde aquí, y si las informaciones de la Historia del Cerco de Lisboa de que fue corrector no engañan, puede ver el lugar donde acamparon los ingleses, los aquitanos y los bretones, más allá de la cuesta de la Trindade hacia el lado sur y hasta el barranco de la Calçada de S. Francisco, metro más, metro menos, allí está la iglesia de los Mártires, que no deja mentir. Ahora, en la Nueva Historia, es el campamento de los portugueses, todos juntos de momento, a la espera de lo que el rey decida, si nos quedamos, si nos vamos, a ver qué pasa. Entre la ciudad y el campamento de los lusitanos, para llamarles como ellos aún no se llamaban a sí mismos, vemos el amplio estuario, tan extenso, tierra adentro, que para darle la vuelta a pie enjuto sería preciso pasar, en su brazo oriental, por donde empieza la Rua da Palma, y, en el brazo occidental, por alturas de la Rua das Pretas, una buena caminata a través de campos que aún ayer eran tratados con mimo y ahora, aparte de saqueados de todo cuanto se pudiera comer, se ven pisados y quemados como si la caballería del Apocalipsis hubiera pasado por allí con sus cascos de fuego. Había declarado el moro que el campamento portugués se estaba moviendo, y así era, pero poco después volverán a estar quedos, que quiso Don Afonso Henriques recibir con todo su ejército a los señores cruzados que se aproximaban, al frente de la menguada tropa desembarcada, así honrándolos especialmente, y tanto más cuanto que mucho lo enfadara la partida de los otros. Conociendo nosotros ya lo suficiente de estos encuentros y asambleas de gente granada en sangre y en poder, es tiempo de ver quién más está, qué soldados son éstos, nuestros, dispersos entre el Carmo y la Trindade, esperando órdenes, sin el refrigerio de un cigarro, están por ahí sentados o parados de pie o paseando entre amigos, a la sombra de los olivos, que con el buen tiempo que ha hecho son pocas las tiendas armadas, y la mayoría del personal ha dormido al relente, con la cabeza sobre el escudo, sintiendo, por algún tiempo, de noche, el calor de la tierra, y después calentándola a ella con su propio cuerpo, hasta el día en que acaben juntándose un frío y otro frío, que sea tarde. Fuerte motivo tenemos para andar mirando a estos hombres, toscamente armados, en comparación con los arsenales modernos de Bond, Rambo and Company, y éste es el motivo, encontrar por aquí a alguien que pueda servirle de personaje a Raimundo Silva, pues éste, tímido por naturaleza o talante, contrario a multitudes, se quedó en su ventana de la Rua do Milagre de Santo António sin atreverse a bajar a la calle, y muy mal hizo, si no era capaz de venir solo que pidiese compañía a la doctora María Sara, que ya hemos visto que es mujer de decisiones resolutas, o si no, tal vez más romántica e interesante señal de soledad, sino de ceguera, que trajera consigo al perro de las Escadinhas de S. Crispim, qué bonito cuadro sería una barquita de remos atravesando el manso estuario, en el agua de nadie, y un corrector remando, mientras el perro, sentado a popa, viene bebiendo los aires y, en los intervalos, mordiendo tan discretamente cuanto puede las pulgas que le clavan aguijones en sus partes más sensibles. Dejemos pues tranquilo a este hombre aún no del todo preparado para ver, él que de rever ha hecho profesión, y que sólo ocasionalmente, por pasajero disturbio psicológico, se fija, y busquémosle alguien que, no tanto por méritos propios, por otra parte siempre discutibles, como por una especie de predestinación adecuada, pueda tomar su lugar en el relato naturalmente, tan naturalmente que después venga a decirse, como se dice de una evidencia de coincidentes, que nacieron el uno para el otro. Sin embargo, no es fácil. Una cosa es tomar a un hombre y llevarlo a una multitud, como en otros casos se vio, y otra es buscar en la multitud a un hombre, y, con sólo verlo, decir, Es éste. Casi no hay viejos en el campamento, estamos en un tiempo en que se muere pronto y mucho, sin contar que para la guerra les pesarían las piernas y les flaquearían los brazos, no todos pueden aguantar tanto como Gonzalo Mendes de Maia, el Lidiador, que, teniendo ahora setenta años, parece estar en la flor de la edad, y a los noventa aún andará a mandobles en campaña contra el rey de Tánger, muriendo finalmente. Vamos buscando y oyendo, qué extraña lengua habla nuestra gente, es una dificultad añadida a todas, que tan difícilmente los entendemos a ellos como ellos a nosotros, pese a pertenecer todos a la misma portuguesa patria, en definitiva, eso que modernamente llamamos conflicto generacional quizá no sea más que una cuestión de diferencias de lenguaje, es un suponer. Está aquí un corro de hombres sentados en el suelo, bajo un frondoso olivo que, por lo retorcido del tronco y general vetustez del aspecto, debe al menos de doblar en años al Lidiador, y si él hiere y mata, éste se contenta con producir aceite, cada uno es para lo que nace, dicen, pero este dictado se inventó para los olivos, no para los hombres. Éstos de aquí, por ahora, no hacen más que escuchar a otro, joven alto de barba corta, de pelo negro. Algunos ponen cara de quien ya ha oído la historia mil veces, pero sin hastío, son soldados que estuvieron en Santarem cuando lo de la célebre toma, los otros, por la atención que prestan al relato, se ve en seguida que pertenecen a la incorporación reciente, vinieron uniéndose al ejército por el camino, con paga por tres meses como los demás, de sueldo se hace soldada y de soldada soldado, y, mientras no empieza la guerra, entretienen la sed de gloria propia con las hazañas de la gloria ajena. A este hombre habrá que reconocerle un nombre, que lo tiene, sin duda, como cualquiera de nosotros, pero el problema está en que tendremos que escoger entre el que él supone que es suyo, Mogueime, y el que le darán más tarde, Moigema será, no se piense que tales equívocos ocurrían sólo en las antiguas y bárbaras edades, de alguien de este siglo supimos que pasó treinta años diciendo llamarse Diego Luciano, hasta el día en que, precisando sacar papeles, descubrió que en definitiva no pasaba de Diocleciano, y no cambió con el cambio de nombre, pese a ser de emperador. Esta cuestión de los nombres no se debe tomar como insignificante, Raimundo no podría ser José, María Sara no querría ser Carlota, y Mogueime no merece que le llamemos Moigema. Y dado que podremos ahora aproximarnos, sentémonos en el suelo, y oigamos.

Dice Mogueime, Fue por la callada de la noche, estuvimos a la espera hasta la madrugada, en un valle encubierto y escondido, tan cerca de la villa que oíamos gritar a los centinelas en el muro, teníamos tomadas en los brazos las riendas con cuidado para que no relincharan los caballos, y cuando vino el cuarto de la luna, que los capitanes entendieron que estaban los vigías medio dormidos, nos fuimos todos de allí, quedaron los pajes en la vaguada, con las bestias, y por el sendero conseguimos llegar a la fuente de Atamarma, que este nombre le dieron por ser dulces sus aguas, y yendo más allá nos acercamos al muro, pero pasaba entonces por él la ronda, y tuvimos a la fuerza que esperar otra vez, callados callados en un campo de trigo, y cuando le pareció bien a Mem Ramires, que era el que mandaba en aquellos que estaban conmigo, empezamos a subir a toda prisa la ladera, la intención era prender en el muro una escala alzándola en una lanza, pero quiso la mala fortuna, o el Maligno para entorpecer la obra, que resbalase con grande estruendo yendo a caer en el tejado de un ollero, con aflicción mucha de todos, si los vigías despertaban había peligro de perder la empresa, nos encogimos cosidos a la sombra del muro, y luego, como no daban los moros señal, me llamó Mem Ramires por ser el más alto y me mandó que subiese a sus hombros, y yo prendí la escalera arriba, después subió él, y yo con él, y otro conmigo, y cuando esperábamos a que subieran los demás, despertaron los vigías y uno de ellos preguntó, Menfu, que quiere decir, Quién anda ahí, y Mem Ramires, que habla el arábigo como si fuera moro, dijo que éramos de la ronda y que habíamos vuelto atrás por unas órdenes, y habiendo el moro bajado de la torre, le cortó la cabeza, que lanzamos fuera, quedando así seguros los nuestros de que habíamos entrado en la plaza, pero el otro vigía descubrió quiénes éramos y empezó a gritar grandes voces, Anauchara, Anauchara, que en la lengua de ellos quiere decir, Celada de cristianos, pero entonces éramos ya diez sobre el muro, ahí empezó la ronda a correr y comenzaron las cuchilladas de una parte y de otra, gritaba Mem Ramires llamando en su ayuda a Santiago, patrón de España, y el rey Don Afonso,que estaba fuera, respondía con altas voces diciendo, Santiago y Santa María Virgen, acudidnos, y decía también, Matadlos a todos, que no escape uno, en fin, las consignas de costumbre, entretanto por otra parte subieron veinticinco de los nuestros, y se fueron a las puertas trabajando de abrirlas, pero sólo lo pudieron conseguir después que desde fuera les lanzaron un macho de hierro con el que rompieron embudos y cerraduras, y entró entonces el rey con los suyos e, hincado de hinojos en el suelo, en medio de la puerta, empezó a dar gracias a Dios, pero pronto se levantó porque venían los moros corriendo a defender la entrada, pero ya les había llegado la hora de la muerte, que los nuestros avanzando en rodillo los mataron, y con ellos a muchas mujeres y niños, y gran multitud de ganados, y fue tanta la sangre que corría por las calles como un río, y de esta guisa se ganó Santarem, a cuya toma fui, y otros que aquí están conmigo. Algunos de los nombrados asintieron con la cabeza confirmando, sin duda tendrían sus propios hechos que contar, pero siendo de esos a quienes las palabras faltan siempre, primero por no ser en número bastante, segundo porque no acuden cuando se les pide, se quedaron como estaban, callados en el corro, oyendo a aquel más locuaz y hábil en el iniciado arte de hablar portugués, perdonen la exageración, que tendríamos la más avanzada lengua del mundo si hace ocho siglos y medio un simple militar sin graduación pudiera ya construir discurso tan claro, donde ni las felicidades narrativas faltan, la alternancia de lo breve y lo largo, el corte súbito, la mudanza de plano, la suspensión, hasta la ironía levemente irrespetuosa de hacer que el rey se yerga de su oración de gracias, no fuera el caso de que llegase el alfanje antes del amén, o, para recurrir por milésima vez al inagotable tesoro de la sabiduría popular, fíate de la Virgen y no corras, verás lo que acontece, que se supone que no iba a ser cosa buena. Uno de los reclutas, sin más experiencia de guerra que ver pasar la tropa, pero dotado de perspicacia y buen sentido, entendiendo que ninguno de los de la vieja guardia quería tomar la palabra, dijo lo que sin duda todos estaban pensando, Pues para mí que Lisboa va a ser un hueso más duro de roer, interesante metáfora que hizo regresar al relato al perro y a los perros, pues serán precisos muchos y muchísimos para conseguir meter el diente en los altos y alentados muros que desde allá nos desafían, y donde están albeando albornoces y relampagueando armas. El aviso ennegreció de agüeros los ánimos de los compañeros, en esto de las guerras nunca se sabe quién va a morir, y realmente hay suertes que acontecen una vez y nunca más, muy locos estarían los moros de Lisboa si se acostaran a dormir cuando la hora fatal está llegando, apostemos a que esta vez no va a ser preciso que ningún centinela grite, Menfu, porque demasiado saben ellos quiénes están ahí y qué quieren. Menos mal que en este momento melancólico estaban presentes dos pajes de los que se quedaron a guardar los caballos en aquel escondido y encubierto valle de Santarem, y empezaron a holgar, con grandes risotadas, recordando lo que habían hecho ellos y los otros a unas cuantas moras fugitivas de la ciudad que el destino encaminó hacia esta parte, negro destino, que después de tomadas por fuerza una y muchas veces, las mataron sin duelo, como a infieles que eran. Disintió Mogueime usando de su autoridad de combatiente de primera línea, dijo que estaba bien, en el acceso de la batalla, matar sin mirar a quién, pero no así, después de haber disfrutado de los cuerpos de ellas, que de cristianos sería el haberlas dejado ir, declaración ésta, humanitaria, que los pajes contestaron argumentando que siempre las deberemos matar, jodidas o no, para que no puedan generar más moros perversos y rabiosos. Parecía que no iba a saber Mogueime dar respuesta a tan radical razón, pero de un repliegue oculto del entendimiento sacó unas pocas palabras que dejaron a los pajes sin habla, Pues quizá habéis matado en ellas a hijos de cristianos, y fue el caso que a éstos les faltaron también las palabras, pues bien podían haber respondido que hijo de cristiano sólo lo es si de cristiana también lo fuera, lo que debió enmudecerlos fue una súbita conciencia de su importancia de apóstoles, si donde quiera que dejen simiente dejan señal de cristiandad. Un clérigo que por azar pasase por allí, un capellán castrense, podría aclarar definitivamente el tema dejando limpias de dudas las almas y fortalecidas las razones y la fe, pero la gente de religión está toda con el rey, esperando a los hidalgos extranjeros, ahora deben de haber llegado, muestra de eso dieron las aclamaciones, cada uno hace la fiesta que puede, dentro de lo debido, en este caso tanto por tan poco.

A Raimundo Silva, que le importa sobre todo defender, lo mejor que sepa, la heterodoxa tesis de que los cruzados se negaron a ayudar en la conquista de Lisboa, tanto le da un personaje como otro, aunque, claro está, siendo persona de impulsos, no puede evitar aquellos movimientos de simpatía o repulsa instantáneos, por así decir periféricos al núcleo de las cuestiones, que no pocas veces acaban haciendo depender de acríticas preferencias o antipatías personales lo que debería decidirse conforme a los datos de la razón y, en este caso, de la historia. Del joven Mogueime le atrajo la desenvoltura, si no el brillo con que relató el episodio del asalto a Santarem, pero, más que las bondades literarias, aquel su humanitario impulso, demostrativo de un alma bien formada, o naturalmente relapsa a las influencias negativas del medio, que le llevó a apiadarse de las infelices moras, y no porque no le agraden las hijas de Eva, aunque degeneradas, si estuviera él en el valle en vez de andar a cuchilladas con sus maridos, refocilaría la carne tanto y tan regaladamente como hicieran los otros, sin embargo, lo de cortarles el cuello que un minuto antes había besado y mordido de placer, eso no. Acepta Raimundo Silva a Mogueime como personaje, pero considera que algunos puntos han de ser previamente esclarecidos para que no queden malentendidos que puedan perjudicar, más tarde, cuando ya los lazos del afecto inevitable que unen al autor a sus mundos se hayan hecho inquebrantables, perjudicar, decíamos, la plena asunción de causas y efectos que han de apretar ese nudo con la doble fuerza de la necesidad y de la fatalidad. Es preciso, efectivamente, saber quién miente aquí y quién dice la verdad, y no estamos pensando en la cuestión de los nombres, si es Mogueime o Moqueime, como tampoco falta quien le llame, o Moigema, como está dicho, cierto es que los nombres son importantes, pero sólo llegan a serlo después de conocerlos, antes de eso una persona no es sino una persona, y basta, la miramos, está allí, podemos reconocerla en otro lugar, la conozco, decimos, y basta. Y si, en fin, acabamos sabiendo cómo se llama, lo más seguro es que del nombre conjunto nos limitemos a escoger o recibir, como más precisa identificación, sólo una parte de él, lo que prueba que, siendo el nombre importante, no todo él tiene la misma importancia, que Einstein se llamara Alberto nos es relativamente indiferente, como tampoco nos pesa no saber qué otros nombres tenía Homero. Lo que sí querría Raimundo Silva averiguar es si las aguas de las fuentes de Atamarma eran realmente dulces, como afirmó Mogueime, anunciando la lección futura de la Crónica dos Cinco Reis de Portugal, o si, por el contrario, eran amargas, como expresamente declara el otras veces citado Fray António Brandão en su estimada Crónica de Don Afonso Henriques, el cual llega al extremo de decir que por ser aguas amargosas es por lo que a la fuente la llamaban de la Atamarma, lo que puesto en vernáculo inteligible equivale a decir, rigurosamente, Fuente de las Aguas Amargas. Aunque no sea una cuestión especialmente importante, se dio Raimundo Silva el trabajo de reflexionar lo suficiente para concluir que, lógicamente, aunque sepamos que no siempre la realidad sigue el recto camino de la lógica, no tendría sentido, siendo las aguas de la tierra en general dulces, pretender distinguir una fuente por aquello que pertenece al común de ellas, motivo por el que tampoco se llamaría fuente del culantrillo a una que estuviera rodeada de helechos, pensó entonces, hasta posterior verificación de otras fuentes, históricas y documentales, que serían amargas las aguas de la Atamarma, y, continuando sus pensamientos, que un día deberá ir a saberlo de manera práctica, es decir bebiéndolas, con lo que llegará, experimental y probablemente, a la conclusión, al fin definitiva, de que son salobres, satisfaciendo así a la gente toda, una vez que salobre se puede decir que está a medio camino entre lo dulce y lo amargo.

Sin embargo, de nombres y paladares no cuida Raimundo Silva tanto como parece, a pesar de la extensión y demora de estos debates más próximos, quizá sólo demostrativos de tal pensamiento oblicuo que la doctora María Sara creyó reconocer en él, conociéndolo todavía tan poco. Lo que realmente preocupa al corrector, ahora que ya ha aceptado a Mogueime como personaje, es encontrarlo en contradicción, si no en flagrante mentira, situación para lo que no puede haber otra alternativa que la verdad, pues aquí no ha quedado espacio para una nueva fuente de la Atamarma ofreciendo conciliadoramente unas aguas que no son ni sí ni no. Dijo Mogueime, y muy por lo claro lo explicó, que subió a los hombros de Mem Ramires para prender la escala en las almenas del moro, lo que, por otra parte, vendría a demostrar, por la vía del hecho histórico, lo que aún podíamos imaginar que eran aquellas edades, tan próximas a la de oro que de ella conservaban el brillo de ciertas acciones, en este caso haber dado un hidalgo de la corte de Don Afonso su precioso cuerpo para soporte, plinto y pedestal de los plebeyísimos pies de un soldado sin otros méritos aparentes que haber crecido más que los otros. Pero lo que Mogueime dijo, y, por otra parte, nos lo confirma Fray António Brandão, lo desmiente el texto más antiguo de la Crónica dos Cinco Reis, donde se escribe, sin quitar ni poner, que Don Mendo ouue gram dor em seu coração se por uentura se espantassê as vellas pello som e amergeosse e esteue quedo hû pouco amp; depois fez lançar curuo hû mancebo Mogueime e sobio açima com asina delrey e por cima delle fez lançar a escada ao muro, y queda la cosa muy límpida y clara, pese a las particularidades léxicas y ortográficas, lo que se lee es que Mogueime se curvó para que a su lomo se subiera Mem Ramires, y que por orden de éste lo hizo, no hay prestidigitaciones de interpretación ni casuísticas de lenguaje que admitan una lectura diferente. Raimundo Silva tiene ante él los dos textos, los compara, ninguna duda puede subsistir, Mogueime es indiscutiblemente mentiroso, tanto por lo que resulta de la lógica de las situaciones jerárquicas, él soldado, capitán el otro, cuanto por la autoridad particular de que se inviste, como texto anterior que es, la Crónica dos Cinco Reis. Las personas sólo interesadas en las grandes síntesis históricas tendrán estas cuestiones por irremediablemente ridículas, pero a lo que nosotros debemos atender es a Raimundo Silva, que tiene una tarea que cumplir y que de entrada se ve enfrentado con la dificultad de convivir con personaje tan dudoso, este Mogueime, Moqueime o Moigema, que, aparte de mostrar que no sabe exactamente quién es, por ventura anda maltratando la verdad que, como testigo presencial, sería deber suyo respetar y transmitir a los venideros, nosotros.

No obstante, dijo el otro, que tire la primera piedra quien se encuentre sin pecado. Realmente, es mucho más fácil acusar, Mogueime miente, Mogueime mintió, pero nosotros, aquí, mayormente instruidos en las mentiras y verdades de los últimos veinte siglos, con la psicología labrando las almas, y el mal traducido psicoanálisis, más el resto, para cuya simple enunciación se requerirían cincuenta páginas, no deberíamos marcar a fuego los defectos ajenos, si tan indulgentes solemos ser con los nuestros propios, la prueba es que no hay recuerdo de alguien que, severo y radical juzgador de los actos por sí cometidos, llevase su ánimo ejecutorio al extremo de apedrear su propio cuerpo. Por otra parte, regresando al pasaje evangélico, nos es lícito dudar de que el mundo estuviera en aquel tiempo tan empedernido de vicios que para salvarse necesitara del Hijo de un Dios, pues es el propio episodio de la adúltera el que está ahí demostrándonos que las cosas no iban tan mal allá en Palestina, ahora sí que están pésimas, véase cómo en aquel remoto día no fue lanzada ni una piedra más contra la infeliz mujer, bastó que profiriera Jesús las fatales palabras y de súbito se recogieron las manos agresoras, de esta manera declarando, confesando e incluso proclamando sus dueños que sí señor, que él tenía razón, que en pecado estaban. Ahora bien, una gente que fue capaz de reconocerse culpada públicamente, aunque de modo implícito, no estaría del todo perdida, sino que conservaba intacto en sí un principio de bondad, autorizándonos pues a concluir, con mínimo riesgo de error, que habrá habido quizá alguna precipitación en la venida del Salvador. Hoy, sí, habría valido la pena, pues no sólo los corruptos perseveran en el camino de su corrupción, sino que se va haciendo cada día más difícil encontrar razones para interrumpir una lapidación comenzada.

A primera vista, no parecerá que estas digresiones moralizantes tengan una relación suficiente con la resistencia que Raimundo Silva ha mostrado en aceptar a Mogueime como personaje, pero pronto se comprenderá la utilidad de ellas cuando recordemos que Raimundo Silva, suponiendo que esté libre de faltas mayores, tiene culpas habituales en otra, sin duda no menor, pero mundanalmente tolerada por mérito de su propia divulgación y accesibilidad, y que es el fingimiento. De sobras sabe él que no hay mayor diferencia entre mentir sobre quién subió sobre los hombros de quién, si yo a los de Mem Ramires o si Mem Ramires a los míos, y, sólo por dar un ejemplo, el acto banal de teñirse el pelo, todo es, al fin y al cabo, cuestión de vanidad, deseo de bien parecer, tanto en lo físico cuanto en lo moral, pudiendo incluso ya desde ahora, imaginarse un tiempo en que el comportamiento humano será todo él artificioso, postergándose, sin más contemplaciones, la sinceridad, la espontaneidad, la simplicidad, esas bonísimas y luminosas cualidades de carácter que tanto trabajo costaron definir e intentar practicar en las épocas ya distantes en que, aunque conscientes de haber inventado la mentira, todavía nos creíamos capaces de vivir la verdad.

Mediada la tarde, en una pausa, entre las dificultades del cerco y las futilidades de la novela, esa que la editorial espera, Raimundo Silva salió a la calle, a despejarse un poco. No pensaba más que en eso, en dar una vuelta, en distraerse, en ordenar ideas. Pero habiendo pasado ante la puerta de una florista, entró y compró una rosa. Blanca. Y ahora vuelve a casa, un poco avergonzado por llevar una flor en la mano.

Sin aviso ni advertencia, de saña, atacaron los aviones japoneses a la escuadra norteamericana que estaba remozando obras vivas en Pearl Harbour, y fue allí el destrozo que se sabe, regular en cuanto a pérdidas de gente, si comparamos con Hiroshima y Nagasaki, pero de consecuencias catastróficas en lo que toca a bienes materiales, acorazados, portaaviones, destructores y el resto, un perjuicio capaz de arrasar las finanzas, en total trece barcos enviados al fondo sin que alguna vez hubieran llegado a disparar un tiro en serio, quitando los de las maniobras. Fue una causa remota del naval desastre el haberse perdido, en una hora cualquiera de aquella noche de los tiempos que guarda los secretos, haberse perdido, decíamos, la costumbre caballeresca de mandar publicar las guerras con un aviso previo de tres días, para que al enemigo no le faltase tiempo de prepararse, o, prefiriéndolo, de ponerse a salvo, otrosí para que no cayese, sobre quien decidiera romper la tregua, la mancha infamante de desleal al honor militar. Tiempos aquellos que jamás volverán. Porque una cosa es atacar en silencio de la noche, sin tambores ni trompetas, pero habiendo antes mandado recado, otra sería, sin aviso ni advertencia, entrar con pisadas de gato y armas prestas hasta unos portones descuidadamente abiertos y meterse adentro a matar. Ya sabemos que nadie puede huir de su destino, y está muy claro que las mujeres y los niños de Santarem estaban marcados para morir aquella noche, ése era un punto en el que habían llegado a un acuerdo el Alá de los moros y el Dios de los cristianos, pero al menos no podrían quejarse los infelices de que no habían sido avisados, si se quedaron allí fue por su libre voluntad, que a la villa de Santarem mandó nuestro buen rey a Martim Moab y dos compañeros más para que publicasen la guerra a los moros de allí a tres días, por tanto no incurría Don Afonso Henriques en culpas mentales y reales cuando dijo, antes de la batalla, No perdonéis sexo ni edad, muera el niño en los brazos de su madre, y el viejo cargado de días, la doncella moza, la vieja decrépita, porque pensó, según el uso de la cautela prescrita en el código, que sólo lo estarían esperando a pie firme los guerreros moros, todos hombres y en el vigor de la edad.

Ahora bien, en este caso del que estamos ocupándonos, el cerco de Lisboa, cualquier aviso hubiera sido redundante, no sólo por, a buen decir, estar las paces rotas desde la toma de Santarem, como por ser evidentes y manifiestas las intenciones de quien juntó ejército tan numeroso en las colinas de más allá y si no puede añadirle unas cuantas divisiones más es por culpa de un error tipográfico agravado por sentimientos de despecho y de vanidad ofendida. No obstante, y aun así, hay que cumplir y respetar las formalidades, adaptándolas a cada caso, y por esto determinó el rey que fuesen a parlamentar con el gobernador de la ciudad Don João Peculiar y Don Pedro Pitães, acompañados de hidalguía bastante, con refuerzo de hombres de armas en proporción, tanto para el lucimiento como para la seguridad. Con vista a esquivar la sorpresa de una traición irreparable, no atravesaron el estero, pues no es necesario ser estratega como Napoleón o Clausewitz para darse cuenta de que, si a los moros les diese por echar mano a los emisarios y éstos quisieran huir, el estero allí estaría para cortar cualquier tentativa de retirada rápida, si es que las tropas de asalto moriscas, entretanto, en maniobra envolvente, no habían destruido ya las barcazas de desembarco. Dieron pues los nuestros la vuelta por donde fue dicho que la vuelta tenía que ser dada, siguiendo la Rua das Taipas abajo hasta el Salitre, después, con el susto natural de quien entra en campo enemigo, resbalando en el barro en dirección a la Rua das Pretas, luego subiendo y bajando, primero al Monte de Santa Ana, después por la Rua de S. Lázaro, pasando a vado el arroyo que viene de Almirante Reis, y otra vez fatigosamente trepando, qué idea ésta, venir a conquistar una ciudad toda ella en altos y bajos, por la Rua dos Carvaleiros y por la Calçada de Santo André, hasta las inmediaciones de la puerta hoy llamada de Martim Moniz, sin razón alguna. La caminata fue larga, peor con este calor, pese a la hora matinal en que salieron, las mulas tienen el pelo empapado en espuma, y los caballos, pocos, van en el mismo estado, si no peor, por cuanto les falta la resistencia de los híbridos, son bestias más delicadas. En cuanto a la infantería, aunque ya el sudor les chorrea, no se queja, pero si, mientras todos esperan que la puerta se abra, algún pensamiento entretiene a los de a pie, es que después de tal fatiga, a campo traviesa, no vaya a ser preciso pelear ni un poquito. Mogueime está aquí, le cayó en suerte ir en el destacamento, y delante, cerca del arzobispo, vemos también a Mem Ramires, es una coincidencia interesante que se hayan juntado en este histórico momento dos de los principales protagonistas del episodio de Santarem, ambos con igual influencia en el desenlace, por lo menos mientras no sea definitivamente averiguado a quién de ellos le tocó hacer de burro del otro. El personal que viene a este parlamento es todo de portugueses, no le pareció bien al rey servirse de extranjeros para refuerzo del ultimátum, aunque, dicho sea de paso, subsistan grandes dudas sobre si el arzobispo de Braga pertenecía, de hecho, a nuestra sangre lusitana, pero en fin, ya en esos antiguos tiempos había comenzado la fama que hemos mantenido hasta hoy de recibir bien a la gente de fuera distribuyéndoles cargos y prebendas, y este Don João Peculiar, por su parte, nos pagó multiplicado en servicios patrióticos. Y si, como también se dice, era realmente portugués, y de Coimbra, veámoslo como pionero de nuestra vocación migratoria, de la magnífica diáspora, pues toda su juventud la pasó en Francia, estudiando, debiendo notarse aquí una acentuada diferencia con relación a las tendencias recientes de nuestra emigración hacia aquel país, plutôt adscrita a trabajos sucios y pesados. Quien es indudablemente extranjero, pero contado aparte por venir en misión especial, ni parlamentario ni hombre de guerra, es aquel fraile de pelo apanochado y rostro pecoso, aquel a quien ahora mismo oímos que llaman Rogeiro, pero que realmente tiene por nombre Roger, lo que dejaría abierta la cuestión de si es inglés o normando, si no fuera ella despreciable para el asunto que nos ocupa. Avisado por el obispo de Oporto de que estuviera pronto a escribir, lo que significa que el tal Roger o Rogeiro vino como cronista, cosa que ahora se evidencia al sacar él de la alforja los materiales de escritura, sólo estiletes y tablillas, ya que con los meneos de la mula se derramaría la tinta y desparramaría la letra, todo esto, ya se sabe, son suposiciones de un narrador preocupado con la verosimilitud más que con la verdad, que tiene por inalcanzable. Este Rogeiro no conoce una palabra de arábigo ni de gallego, pero en este caso no será impedimento la ignorancia, pues todo el debate, vaya por donde vaya, se hará en latín, gracias a los intérpretes y a los traductores simultáneos. En latín hablará el arzobispo de Braga, para el arábigo traducirá uno de estos frailes que vinieron, si no se prefiere recurrir a Mem Ramires, representante del ejército ilustrado, que ya ha demostrado competencia más que suficiente, después responderá el moro en su lengua, que igualmente otro fraile transportará al latín, y así sucesivamente, lo que no sabemos es si habrá por aquí alguien encargado de pasar al gallego un resumen de cuanto se diga, para que se vayan enterando del debate los portugueses de una lengua sola. Lo cierto es que, con todas estas demoras, si los discursos les salen largos, vamos a pasar aquí el resto de la tarde.

Terrazas, almenas y caminos de ronda del alcázar están abarrotados de oscuros y barbados moros que hacen gestos de amenaza, aunque callados, ahorrando palabras, que tal vez los cristianos acaben por retirarse, como hicieron hace cinco años, y siendo así serían ofensas perdidas. Se abrieron de par en par las dos hojas de la puerta, reforzadas con clavos y trancas de hierro, y salieron por ellas unos cuantos moros a marcha lenta, uno de ellos, pasado de edad, podría ser el gobernador, título este que da para todo y en el caso usado a falta de certeza en cuanto al propio, exacto y preciso, al fin no mencionado por ser tan dudoso acertar entre los dos o tres posibles, aparte de que no se puede excluir la posibilidad que desde dentro hayan mandado a negociar, por ejemplo, a un alfaquí, a un cadí, a un emir, o incluso a un muftí, aunque la mayoría son funcionarios y hombres de guerra, en número rigurosamente igual al de los portugueses que están fuera, por eso habrán tardado tanto los moros en salir, primero fue preciso organizar el destacamento. En general, se imagina uno que las autoridades civiles, militares y religiosas de los antiguos tiempos estaban, todas ellas, dotadas de órganos vocales estentóreos, capaces de hacerse oír a grandes distancias, tanto así que en los relatos históricos cuando algún jefe tiene que arengar a las tropas o a otras multitudes, a nadie le extraña que sea oído sin dificultad por centenares y millares de oyentes rumorosos, muchas veces desasosegados, cuando bien sabemos el trabajo que hoy da instalar y afinar la electrónica para que lleguen al público de las últimas filas sin desfallecimientos acústicos, sin distorsiones y borrones de sonido que, evidentemente, afectarían los sentidos y alterarían los significados. Así pues, yendo contra la costumbre y convención, y con una infinita pena por tener que desmentir aplaudidísimas tradiciones de espectáculo y de históricas escenografías, somos obligados, por amor a la simple verdad, a declarar que los emisarios de un lado y del otro se encontraron a pocos pasos de distancia, y a ese fácil alcance hablaron, como única manera de hacerse oír, quedando los circunstantes, tanto los moros del castillo como los portugueses de la compaña, a la espera del desenlace del coloquio diplomático, o de lo que, durante él, vinieran los albriciareros a comunicar aprisa, unos fragmentos de frases, unos arrebatos retóricos, unas súbitas angustias, unas dudosas esperanzas. Así definitivamente quedaremos sabiendo que no resonaron sobre los valles los ecos del debate ni de monte en monte saltaron, los cielos no se conmovieron, no tembló la tierra, el río no se volvió atrás, y es que realmente a tanto no han podido llegar hasta hoy las palabras de los hombres, incluso siendo de guerra y amenaza como éstas, al contrario de lo que imaginábamos por ingenua confianza en las exageraciones de los épicos.

Dijo el arzobispo, y Rogeiro luego en modo abreviado y taquigráfico dejó registro, quedando para más tarde los embellecimientos oratorios con que brindará aquel su destinatario distante, Osberno llamado, dondequiera que esté y quienquiera que sea, aunque ya introduciendo redondeos de labra propia, fruto de la inspiración estimulada, Vinimos aquí para reconciliarnos, empezó el arzobispo, y continuó, pues hemos pensado que siendo todos, nosotros y vosotros, hijos de la misma naturaleza y de un mismo principio, mal parecería que prosiguiéramos en esta más que desagradable contienda, y así gustaríamos que creyeseis que no hemos venido acá para tomar la ciudad o despojaros de ella, por donde ya podéis ir empezando a apreciar la benignidad de los cristianos en general, que aun cuando exigen lo que es suyo, no roban lo ajeno, y si nos argumentáis que a eso mismo hemos venido, responderemos que sólo reivindicamos como de nuestro derecho la posesión de esta ciudad, y que si en vos existen ni que sean sólo vestigios de los principios de justicia natural, sin más ruegos, con vuestros bagajes, dinero y peculios, con vuestras mujeres e hijos, sin duda demandaréis la patria de los moros que sois y de donde malamente vinisteis, dejándonos lo que nuestro es, no, dejadme que acabe, bien veo que movéis la cabeza a un lado y otro, mostrando ya con el gesto el no que la boca aún no ha dicho, atended que vosotros, los de la raza de los moros y moabitas, fraudulentamente robasteis al vuestro y nuestro reino el reino de Lusitania, destruyendo, hasta hoy, villas y aldeas e iglesias, son pasados ya trescientos cincuenta y ocho años desde que injustamente tenéis nuestras ciudades y la posesión de las tierras, pero en fin, visto que ocupáis Lisboa desde tan larga data y en ella nacisteis, queremos usar con vosotros de la acostumbrada bondad y os pedimos que nos entreguéis sólo la fortaleza de vuestro castillo, quedando cada uno de vosotros con su antigua libertad, porque no queremos expulsaros de vuestras casas, donde os protesto que podréis vivir dentro de las costumbres, a no ser que, por la conversión, quisierais libremente aumentar la Iglesia de Dios, única y verdadera, quien os avisa amigo es, una ciudad como ésta de Lisboa está expuesta a la ambición de muchos, de tan rica que sabemos que es y de tan feliz como parece, ved ahí los campamentos, las naves, la multitud de hombres conjurados contra vosotros, por eso os imploro, evitad la desolación de los campos y de los frutos, compadeceos de vuestras riquezas, compadeceos de vuestra sangre, aceptad la paz ofrecida mientras aún os es favorable nuestra disposición, pues bien debéis saber que mejor es la paz que se obtiene sin lucha que la alcanzada con mucha sangre, como más agradable es la salud que nunca se perdió que la salud que a la fuerza y como que compelida se salva de dolencias graves y casi mortales, no por acaso os lo digo, reparad cuán grave y peligrosa es la dolencia que os ataca, que a no ser que toméis una resolución salutífera, una de dos acontecerá, o lográis debelar el mal, o seréis víctimas de él, y ya os digo que no os fatiguéis en buscar terceras alternativas, antes deberéis acautelaros, pues habéis llegado al fin, cuidad pues vuestra salud cuando aún es tiempo, recordad el dictado romano, En la arena se aconseja el gladiador, y no me respondáis que moros sois y no gladiadores, que yo os diría que el dictado os sirve como a ellos, si vais a morir, y dicho esto, no tengo más que argumentar con vosotros, si alguna cosa tenéis que decir, decidla ya, y breve.

No parecieron palabras propias de un pastor de almas, esta sequedad fría que se adivina bajo las blanduras y las melifluas, rompiendo al fin en intimación brutal, pero, antes de seguir adelante, dejemos constatar nueva mención, ahora subrayada, de aquel de algún modo inesperado reconocimiento de que la gente que aquí está, cristiana y mora, es toda ella hija de la misma naturaleza y de un mismo principio, lo que significará, suponemos, que Dios, de la naturaleza padre y único autor del principio del que los principios vinieron, es incuestionablemente padre y autor de estos desavenidos hijos, los cuales, al combatir unos con otros, ofenden gravemente a la paternidad común en su no repartido amor, pudiendo decirse incluso, sin exagerar, que es sobre el inerme cuerpo de Dios viejo donde vienen peleando hasta la muerte las criaturas sus hijos. Dio en aquellas palabras el arzobispo de Braga clara muestra de saber que Dios y Alá es todo lo mismo, y que remontándose en el tiempo en que nada y nadie tenía nombre, entonces no se encontrarían diferencias entre moros y cristianos sino las que se pueden encontrar entre hombre y hombre, color, corpulencia, fisonomía, pero lo que probablemente no habrá pensado el prelado, ni tanto le podemos exigir, teniendo en cuenta el atraso intelectual y el analfabetismo generalizado de aquellas épocas, es que los problemas siempre empiezan cuando entran en escena los intermediarios de Dios, se llamen ellos Jesús o Mahoma, por no hablar de profetas y de anunciadores menores. Ya es mucho de agradecerle que vaya tan hondo en la vía de la especulación teológica un arzobispo de Braga armado y equipado para la guerra, con su cota de malla, su montante suspenso del arzón de la mula, su yelmo de nasal, quizá no le permitan las mismas armas que lleva llegar a conclusiones de humanitaria lógica, pues ya entonces se podía ver hasta qué punto los artefactos de la guerra pueden conducir a un hombre a pensar de modo diferente, lo sabemos mucho mejor hoy, aunque aún no lo suficiente como para que retiremos las armas a quien, en general, de ellas se sirve como único cerebro. Pero lejos de nosotros la intención de ofender a esos hombres aún poco portugueses que andan combatiendo para crear una patria que les sirva, en campo abierto cuando fuere necesario, por traición cuando convenga, que las patrias así nacieron y fructificaron, sin excepción, por eso, habiendo caído en todas, puede la mancha pasar por adorno y señal de mutua absolución.

Divagando por estas posiblemente arriesgadas consideraciones, llegamos a perder el comienzo de la respuesta del gobernador moro, y lástima es, porque él, según lo que el albriciero fue capaz de sentir y resumir, habría empezado por lanzar algunas dudas sobre el derecho e incluso sobre la simple pertinencia geográfica de la alusión al reino de Lusitania. Fue una pena, repetimos, porque la controvertida cuestión de los límites y, más que ella, la de ser al fin nosotros todos descendientes y herederos históricos de los famosos lusitanos, habría recibido, tal vez, de la argumentación de gente tan ilustrada como eran, en aquel tiempo, los letrados moros, alguna claridad, aunque la acabasen rechazando, por desfavorable, el orgullo y la patriótica presunción de quien no puede reconocerse vivo sin llevar en la sangre, al menos, dos o tres gotas de la de Viriato. Y es incluso probable que, habiéndose concluido que de Lusitania tenemos aún menos que eso, y en consecuencia menos propenso debiéndose hallar André de Resende a extraer de Luso lusíada, es casi cierto, diremos, que Camões no encontrase mejor solución que llamar a su libro, banalmente, Los Portugueses. Que somos nosotros, por lo poco que nos aprovecha, y ahora sí, antes de que el resto del discurso se pierda también, démos oídos y atención al gobernador de los moros, notando ya cómo sale tranquila su voz, en el tono de quien sosegadamente discurre sobre algunos datos de evidencia y de ella no piensa apartarse, Cómo queréis, preguntaba él, que creamos en eso que dijisteis de que sólo deseáis que os entreguemos la fortaleza de nuestro castillo, quedando nosotros en libertad, y que no queréis expulsarnos de nuestras casas, si os desmiente el ejemplo de lo que habéis hecho en Santarem, donde por muerte atrocísima hasta a los viejos robasteis la poca vida que les quedaba, y a las indefensas mujeres degollasteis como a corderos inocentes, y a los niños descuartizasteis sin que os derritiera el corazón su débil clamor, no me digáis ahora que se han apagado de vuestra memoria los tristes sucesos, que si es verdad que no podemos traeros aquí a los muertos de Santarem, podemos, eso sí, llamar a todos cuantos, heridos, llagados y mutilados, tuvieron aún fuerzas para recogerse en nuestra ciudad, esos mismos a quienes queréis exterminar de una vez, y a nosotros con ellos, pues no os ha bastado el primer crimen, desengañaos pues, que nunca fue nuestra intención entregaros Lisboa pacíficamente o someterla a vuestro dominio, dejándonos quedar en ella, concordad que sería grande nuestra ingenuidad si cambiásemos lo cierto por lo incierto, lo seguro por lo dudoso, fiados sólo de esa palabra que tan poco vale, la vuestra. Hizo el obispo de aporto un gesto violento, como si fuese a interrumpir al moro, pero el arzobispo le cortó el arrebato, Estad quedo y oigamos lo que falta, vos tendréis la última palabra. El moro continuaba, Esta ciudad fue otrora de los vuestros, sin embargo ahora es nuestra, y en el futuro tal vez vuestra vuelva a ser, pero eso pertenece a Dios que nos la dio cuando quiso y nos la quitará cuando le apetezca, porque ninguna muralla es inexpugnable contra las deliberaciones de su voluntad, así lo hemos creído nosotros siempre, porque sólo queremos lo que fuera del agrado de Dios, que tantas veces salvó de vuestras manos nuestra sangre, y a quien, por tanto, y con razón, bien como a sus designios irrevocables, no dejamos de admirar, no sólo porque en su poder están todos los males, sino también porque, por su suprema razón, nos sujeta a desgracias, dolores e injurias, en fin, marchad de aquí, pues sólo a hierro se abrirán las puertas de Lisboa, y en cuanto a esas desgracias inevitables que nos prometéis, si tuvieren que acontecer, dependerán del futuro, y atormentarnos con lo que está por venir es sólo locura y atracción voluntaria de miserias. El moro hizo una pausa como para buscar otras razones, pero debió de parecerle inútil, se encogió de hombros, y concluyó, No os demoréis más tiempo, haced vos lo que podáis, y nos lo que fuere la voluntad de Dios.

Cayeron bien en el ánimo de Raimundo Silva estas ponderadas palabras, no por el hecho de entregar a Dios la resolución de las diferencias que en Nombre de él y precisamente por su exclusiva causa llevan a los hombres a luchar unos contra otros, sino por una serenidad tan admirable ante la previsible muerte, que, siendo siempre cierta, resulta por así decir fatal al venir con figura de probable, parece esto una contradicción, pero basta pensar un poco. Confrontando los dos discursos le pesó al corrector ver cómo un simple moro a quien faltaban las luces de la verdadera fe, si bien adornado con patente de gobernador, supo, en prudencia y en elocuencia, librar más alto vuelo que un arzobispo de Braga, pese a ser éste versado en concilios, bulas y doctrinales. Muy natural es propender en nosotros el deseo de que ganen en todo los nuestros, y a Raimundo Silva, aunque sospechando que haya en el cuerpo de la nación a la que pertenece más sangre de morisma que de arios lusitanos, le habría gustado aplaudir la dialéctica de Don João Peculiar en vez de tener que humillarse intelectualmente ante el discurso ejemplar de un infiel que no dejó nombre en la historia. No obstante, cabe aún la posibilidad de que prevalezcamos al fin sobre el enemigo en esta justa oratoria, porque el obispo de Oporto toma la palabra, también él armado, pone mano en el puño del montante, sobre la cruz que allí está, y dice, Benévolamente os hemos hablado, esperando encontrar en vosotros oídos benévolos, pero si irritados nos habéis escuchado, tiempo es que os digamos palabras irritadas, y ellas serán para que quedéis sabiendo cuánto desprecio sentimos por ese hábito vuestro de esperar el correr de los hechos y los males que nos vengan, cuando claramente se muestra qué frágil y flaca es la esperanza que no depende de la confianza en el valor propio, y sí de la desgracia ajena, es como si de antemano ya os reconocieseis vencido, y puesto que habéis hablado de lo incierto y del futuro, aprended que cuantas más veces nos fue desfavorable el resultado de una empresa, tantas más veces la retomaremos para que bien nos suceda, y habiendo sido frustradas contra vosotros todas nuestras tentativas hasta hoy, aquí estamos intentándolo de nuevo, para que al fin experimentéis el destino que os espera cuando entremos por esas puertas que ahora no nos queréis abrir, sí, vivid vos lo que sea de la voluntad de Dios, que a nosotros esa misma voluntad nos hará venceros, y sin más que valga la pena de deciros, nos retiramos sin saludaros, como tampoco queremos vuestros saludos. Dichas estas palabras de insultante despedida, volvió el obispo de Oporto las riendas de su montura, aunque según la jerarquía no competía a él tomar tales iniciativas que lo había movido un impulso de su airado ánimo, y ya llevaba en pos de sí la compañía toda, cuando inesperada se levantó la voz del moro, sin vestigio alguno de la insolente resignación que había puesto al prelado fuera de sí, ahora hablaba con no menor insolencia y orgullo, y he aquí lo que dijo, Peligroso error es el vuestro si confundís paciencia con timidez de espíritu y temor a la muerte, mirad que así no lo hicieron vuestros padres y abuelos, a quienes vencimos una y mil veces por la fuerza de las armas, por toda España, bajo ese mismo suelo que pisáis yacen algunos que creyeron poder oponerse a nuestro dominio, no creáis, pues, que han acabado para vosotros las derrotas, aquí contra estos muros se quebrarán vuestros huesos, aquí serán cortadas vuestras manos ávidas, id, y preparaos para morir, nosotros, lo sabéis ya, siempre lo estamos.

No hay una nube en el cielo, el sol brilla alto y ardiente, una bandada de golondrinas va y viene, ruedan sobre las cabezas de los dos enemigos, y gritan ásperamente. Mogueime mira para el cielo, siente un estremecimiento, tal vez la causa sea el loco chillar de las aves, tal vez la amenaza del moro, el calor del sol no conforta, entrechocándose los dientes con un frío súbito, vergüenza de un hombre que con una simple escalera de mano hizo caer Santarem.

En el silencio se oyó la voz del arzobispo de Braga, una orden dada al escribano, Fray Rogeiro, no dejaréis constancia de lo que ha dicho ese moro, fueron palabras lanzadas al viento y nosotros ya no estábamos aquí, íbamos bajando la cuesta de Santo André, camino del real donde el rey nos espera, él verá, sacando nosotros las espadas y haciéndolas brillar al sol, que ha comenzado la batalla, esto sí podéis escribirlo.

En los primeros días después de tirar los tintes con los que durante años había escondido los estragos del tiempo, Raimundo Silva, como un sembrador ingenuo a la espera de ver romper el primer tallo, observaba con atención obsesiva, de la mañana a la noche, la raíz de los cabellos, saboreando mórbidamente la expectativa del choque que ciertamente le iba a causar el surgimiento de su verdad capilar desnuda de artificio. Pero porque el cabello, a partir de cierta edad, es vagoroso en el crecer, o porque el último tinte hubiera alcanzado, o teñido, las propias capas subcutáneas, dígase de paso que todo esto no es más que suposición obligada por una necesidad de explicar lo que en definitiva poca importancia tiene, Raimundo Silva acabó por ir dando cada vez menos importancia al caso, y últimamente metía el peine al pelo tan libre de cuidados como si estuviera en su primera juventud, debiendo observarse no obstante que había en esta actitud cierta parte de mala fe, una especie de falsificación de sí consigo mismo, más o menos traducible en una frase que no fue dicha ni pensada, No veo porque soy capaz de fingir que no veo, lo que llegó a convertirse en una convicción aparente, aunque no formulada, si es posible, e irracional, de que el último tinte había sido definitivo, algo así como un premio concedido por el destino en pago de su valeroso gesto de renuncia a las futilidades del mundo. Hoy, sin embargo, que tiene que ir a la editorial a llevar la novela al fin leída y lista para la imprenta, Raimundo Silva, entrando en el cuarto de baño, acercó lentamente el rostro al espejo, con dedos cautelosos empujó hacia arriba el flequillo, y no quiso creer lo que veían sus ojos, allí estaban las raíces blancas, tan blancas que el contraste del color parecía volverlas fortísimas, y tenían un aire súbito, si tal se puede decir, como si hubieran brotado de la noche al día, mientras el sembrador, de puro cansancio, se había quedado dormido. En ese momento se arrepintió Raimundo Silva de la decisión que había tomado, es decir, no llegó exactamente a arrepentirse, pero pensó que podía haberla aplazado algún tiempo, eligió estúpidamente la ocasión menos oportuna, y la contrariedad que sintió fue tal que imaginó que podría tener por ahí algún frasco olvidado con un resto de tinte en el fondo, al menos hoy, mañana volveré a mis firmes resoluciones. Aun así, no buscó, en parte por saber que lo había tirado todo, en parte porque, suponiendo que encontrara algo, temía tener que decidir de nuevo, pues había la posibilidad de que acabara tomando la decisión contraria permaneciendo en este juego de ida y vuelta de una voluntad incapaz de ser suficientemente fuerte pero que se niega a ceder de una vez para siempre a la flaqueza que reconoce en sí mismo.

Cuando Raimundo Silva se puso por primera vez un reloj de pulsera, hace ya muchos años, era entonces un jovencísimo adolescente, quiso la fortuna lisonjear su vanidad, inmensa, de andar paseando por Lisboa con la hermosa novedad, colocando en su camino nada menos que a cuatro personas ansiosas de saber qué hora era, Tiene hora, preguntaban, y él, generoso, tenía horas y las daba. El movimiento de extender el brazo para hacer retroceder la manga y dejar a la vista el reloj reluciente le confería un sentimiento de importancia que nunca más volvería a experimentar. Y menos ahora cuando va en el camino de casa a la editorial, intentando pasar inadvertido en la calle y entre los pasajeros del autobús, recogiendo el mínimo gesto que pueda atraer atenciones de quien, queriendo también saber la hora, se quedase mirando con expresión burlona la indisimulable línea blanca de separación en lo alto de la frente mientras esperaba que él, nervioso, desembarazase el reloj de las tres mangas que hoy lo esconden, la camisa, la chaqueta, la gabardina, Son las diez y media, responde al fin Raimundo Silva, furioso y vejado. Un sombrero sería útil, pero es objeto que el corrector nunca usó, y aunque lo usara, con él resolvería sólo una pequeña parte de las dificultades, desde luego no va a entrar en la editorial con el sombrero encasquetado, Hola, cómo va eso, y pasar luego al despacho de la doctora María Sara con el sombrero en la cabeza, Aquí tiene la novela, lo mejor sin duda será hacer como si todo fuera natural, blanco, negro, teñido, se mira una vez, no se mira la segunda, a la tercera ya nadie se fija. Pero una cosa es reconocer esto por el intelecto, convocar a examen la relatividad que concilia todas las diferencias, preguntarse, con desprendimiento estoico, qué es, desde el punto de vista de Venus, una cana en la tierra, y otra cosa, terrible, enfrentarse con la telefonista, soportar su mirada indiscreta, imaginar las risitas y las murmuraciones que van a alimentar los ocios en los próximos días, Silva ha dejado de teñirse el pelo, está de un cómico subido, antes se habían reído porque se lo teñía, hay gente que en todo ve motivo de diversión. Y de repente todas esas preocupaciones ridículas se fueron agua abajo porque la telefonista Sara estaba diciendo, La doctora María Sara no está, está enferma, hace dos días que no viene, con tan simples palabras se vio Raimundo Silva dividido entre dos sentimientos contrarios, el contento de que ella no pudiera verle el pelo blanco despuntando, y una aflicción desmedida, que no venía de la enfermedad, de cuya gravedad aún no sabía nada, podía ser una gripe sin complicaciones, o una indisposición accidental, cosas de mujeres, por ejemplo, pero de repente se vio como perdido, uno arriesga tanto, se somete a humillaciones, todo para poder entregar en propia mano el original de una novela, y la mano no está allí, reposa tal vez en una almohada al lado del pálido rostro, dónde, hasta cuándo. Raimundo Silva, en un segundo, comprende que si demoró la entrega del trabajo fue para saborear, con voluptuosidad inconsciente, la espera de un momento que ahora se le escapa, La doctora María Sara no está, dijo la telefonista, y él hizo un movimiento para retirarse, pero después recordó que tenía que entregar el original a alguien, a Costa, evidentemente, El señor Costa está, preguntó, en ese momento se dio cuenta de que se había colocado de perfil con relación a la telefonista, con el propósito obvio de hurtarse a la contemplación, e, irritado ante la demostración de flaqueza, giró sobre los talones para enfrentarse con todas las curiosidades del mundo, pero Sarita ni lo miró, estaba ocupada metiendo y sacando clavijas de la central telefónica, aún de modelo antiguo, y se limitó a hacer un gesto afirmativo, al mismo tiempo que con un vago movimiento de cabeza apuntaba al corredor de entrada, significando todo aquello que Costa estaba y que para Costa no era necesario anunciar a este visitante, cosa que Raimundo Silva sabía muy bien, pues antes de que llegara allí la doctora María Sara no tenía más que entrar e ir en busca de Costa que, siendo Producción, podía estar en cualquiera de los otros despachos, pidiendo, reclamando, protestando, o simplemente, disculpándose en la administración, como siempre tenía que hacer, fuese o no fuese responsabilidad suya, cuando había fallos en el programa.

La puerta del despacho de la doctora María Sara está cerrada. Raimundo Silva la abre, mira adentro y siente una opresión en el diafragma, no por el hecho en sí mismo de la ausencia, sino por una impresión desoladora de vacío, de último abandono, sugerida tal vez por la ordenación rigurosa de los objetos, que, pensó él algún día, sólo es soportable cuando la perturba una presencia humana. Sobre la mesa se inclinaba, desmayada, una rosa blanca, dos pétalos se habían desprendido ya, Raimundo Silva cerró la puerta, no podía continuar allí, sujeto a que apareciese alguien, pero esta idea del despacho vacío, donde la única vida, la de la rosa, se marchitaba lentamente, traspasándose hacia la muerte por un largo desvanecimiento de las células, lo llenó de malos presentimientos, de negros agüeros, todo muy fuera de lugar, pensará poco después, Qué tengo que ver yo con esta señora, pero ni este fingido desprendimiento lo tranquilizará. Costa lo atendió cordialmente, Sí, la doctora María Sara está enferma, déme eso a mí, palabras inútiles todas ellas, que María Sara estaba enferma ya lo sabía Raimundo Silva, que Costa tomaría el original era algo más que previsible, y, en cuanto al resto, qué más daba, poco le importaba el destino próximo o remoto de la novela, lo que él quería era obtener informaciones, que nadie le daría, claro está, si por ellas no preguntaba, un empleado que ha enfermado no justifica la publicación por la casa de boletines médicos de hora en hora. Arriesgándose, pues, a ver la extrañeza de Costa ante su interés, Raimundo Silva se atrevió a preguntar, Es grave, Grave, qué, preguntó a su vez el otro, que no había entendido el alcance de la pregunta, La enfermedad de la doctora María Sara, ahora la angustia de Raimundo Silva es pensar que tal vez esté ruborizándose en este momento, Ah, creo que no, y llevando el asunto al campo de sus preocupaciones profesionales, Costa añadió, introduciendo una nota de levísima ironía dirigida tanto a la doctora ausente como al corrector presente, No se preocupe, que aunque sea larga la enfermedad, el trabajo de la editorial no va a interrumpirse. En este momento, Costa desvió ligeramente la mirada, una luz de malicia sonriente asomó a su rostro. Raimundo Silva frunció bruscamente el ceño y se quedó a la espera de un comentario, pero Costa ya había vuelto a la novela, la hojeaba como si estuviera buscando algo que no sabría definir, aunque la actitud, se notaba, no era del todo consciente, y entonces fue el corrector quien sonrió recordando aquel día en que Costa había hojeado otro libro, las pruebas erradas de la Historia del Cerco de Lisboa, de cuya falsificación, al fin frustrada, serían consecuencia todas estas grandes mudanzas, estos alborozados cambios, un cerco nuevo, un encuentro que nadie habría podido prever, unos sentimientos que empezaban a moverse, lentamente, como las olas pesadas de un mar de mercurio. De pronto, Costa vio que estaba siendo observado, creyó comprender por qué, y como quien ejecuta una venganza tardía, preguntó, También ha metido esta vez aquí algún no, y Raimundo Silva respondió con tranquila ironía, Puede estar tranquilo, esta vez metí un sí. Costa dejó de golpe el mazo de las pruebas y dijo secamente, Si no tiene más que tratar conmigo, dejó en suspenso la frase, con reticencias invisibles, pero Raimundo Silva, gracias a su larga experiencia de corrector, no precisaría de ellas para saber que debía retirarse.

Sarita aprovecha una pausa para arreglar con mil cuidados una uña que se le ha roto minutos antes con aquella infernal confusión de cables y clavijas, ya tiene el desgarrón igualado, y ahora pule sutilmente con la lima, está muy concentrada, seguro que no va a responder a Raimundo Silva como él desearía, él que cuando venía por el pasillo había tenido aquella brillante idea, ayudado quizá por el duelo dialéctico con Costa, son las ventajas de un ejercicio gimnástico intelectual, pero ahora se verá si va a servir de algo, la pregunta es ésta, Sabe si la doctora María Sara puede recibir llamadas, es que tengo un asunto, otra frase suspensa, la mirada ansiosa, realmente el momento no podría ser peor, la inevitable irritación de quien acaba de romperse una uña larga y ovalada, y encima va a tener que buscar en el listín el número de teléfono, suponiendo que la telefonista esté dispuesta a dárselo, Mala suerte, piensa Raimundo Silva, a mí tenía que pasarme esto, la uña, la lima, Ay, señor Silva, no sabe usted el trabajo que estas uñas me dan, a ver cuándo me quitan de aquí este trasto viejo y me ponen una centralita moderna, de esas de botoncitos, electrónica, saber si puede recibir llamadas, eso no lo sé, pero le doy el número, apunte. Lo sabía de memoria, era vanidad suya recordar cuantos más números mejor, hacer alarde de retentiva, tiene una retentiva fenomenal, esta Sara, y menos mal, porque lo tuvo que repetir dos veces, tan confuso estaba Raimundo Silva, primero sin encontrar donde escribir, después engañándose en las cifras, oyendo seis en vez de tres, al tiempo que el cerebro seguía prendido en el examen de una duda, luego expuesta, como quien no da importancia a la cosa, Claro que si no la han llamado de aquí es porque no puede recibirlas, Yo no la he llamado, pero pueden haberlo hecho desde dirección por el teléfono directo, claro, el teléfono directo no pasa por la telefonista, se puede hablar tranquilamente por los teléfonos directos, Raimundo Silva cree recordar incluso que hay un teléfono directo en el despacho del director literario. Sarita da por concluida la restauración de la uña y observa críticamente el resultado, teniendo en cuenta la gravedad del daño ha hecho todo lo que podía, incluso está moderadamente satisfecha, será por eso por lo que pregunta, Si quiere, llamo ahora desde aquí, y Raimundo Silva se quedó sin respuesta, movió negativamente y con fuerza la cabeza, en ese momento, providencia divina, la central dio señal de llamada, dos señales casi simultáneas, el mundo entró en su órbita rutinaria, así se lo parecerá a quien no sepa que Raimundo Silva ya lleva en el bolsillo el número de teléfono de María Sara, y ésa es la gran diferencia en el universo.

Contra sus hábitos de hombre ahorrativo, volvió a casa en taxi, y el caso realmente no era para menos, porque le tardaba el momento de poder sentarse a su mesa, descolgar el teléfono y marcar el número de María Sara, decir, Me he enterado de que está enferma, espero que no sea nada de cuidado, la novela se la he entregado a Costa, que se mejore, tiene razón, y es que para enfermar hay que tener salud, la frase es estúpida, qué le vamos a hacer, al menos la mitad de las cosas que decimos son poco inteligentes, no, Costa no me ha dado otro trabajo, es igual, no tiene importancia, aprovecho para descansar, sí, descansar, ordeno papeles, hago balance de mi vida, es una manera de hablar, evidentemente, lo que hago es pensar que estoy pensando en la vida y no estoy pensando en nada, pero no la he llamado para aburrirla con mis problemas y dificultades, de vivir, claro, que se mejore, espero verla pronto por la editorial, adiós. Pero la señora María, pese a no ser su día ha venido a trabajar, explica que mañana tiene que llevar a un sobrino al médico, que ése, sí, sería el día de estar aquí, y entonces pensó que lo mejor era trabajar hoy, Raimundo Silva no sabía que la asistenta tuviese un sobrino, Mi hermana no puede faltar al trabajo, Está bien, no tiene importancia, y se encerró en el despacho para telefonear. Pero la decisión acabó allí. En definitiva, e incluso con la puerta cerrada, no se sentía cómodo incluso para una conversación tan sencilla, informarse del estado de salud de un superior jerárquico, Cómo va, doctora, sería tal vez diferente, y sin duda más fácil, si en vez de doctora fuese doctor, aunque, Raimundo Silva tendría que confesarlo si en juicio se lo exigieran, de las veces que en tantos años estuvieron los varios directores enfermos, al corrector nunca se le ocurrió telefonearles a casa para saber noticias de su preciosa salud. Concluyendo, resumiendo, lo que Raimundo Silva parecía no querer, por alguna oscura razón, o por el contrario muy clara si tenemos en cuenta la personalidad que de este hombre se viene definiendo, retraída, perpleja, es que la señora María se diera cuenta de que su patrón estaba telefoneando a una mujer. El resultado del absurdo conflicto acabará siendo que él pida que le sirvan el almuerzo en la mesa de la cocina y que salga para liberarse de aquellas dos obsesivas presencias, la del teléfono y la de la señora María, obviamente inocentes y desconocedoras de la guerra en que los metieron. Está Raimundo Silva comiendo su acostumbrado potaje de habichuelas y hortalizas, mientras un guiso de patatas con carne espera en el cazo, cuando se oye dentro la voz de la señora María que pregunta, Puedo tirar esta rosa, que está ya mustia, y con un tono casi de pánico responde él, No, no, déjela, ya lo haré yo, no se llegó a oír el comentario con que terminó el diálogo la asistenta, pero algo dijo, palabras que si no fueron de despecho lo imitaban perfectamente, sin olvidar, una vez más, que es imposible engañar realmente a una mujer, aunque asistenta, si en casa de hombre donde nunca antes se había visto una flor en jarro aparece una rosa, y además blanca, es posible que la señora María dijese, Hay moros en la costa, expresión histórica y popular de una sustancial desconfianza originada en los tiempos en que los moros, ya entonces barridos de tierra portuguesa, venían a asolar nuestras costas y villas marineras, y hoy reducida a mera reminiscencia retórica, aunque de alguna utilidad, como acaba de verse.

Sin el auxilio de los cruzados, que van ya mar adentro, Raimundo Silva se ve privado del peso militar de esos doce mil hombres en que habíamos depositado tantas de nuestras esperanzas, y le quedan apenas, aproximadamente, no más que otros tantos portugueses, en número insuficiente para cercar todo en un frente continuo, y que, siempre estando a la vista de los moros, no podrán desplazarse en conjunto para, por ejemplo, dar asalto a cualquiera de las puertas, sin que de tal movimiento se den cuenta de inmediato los de dentro, que más tiempo tendrán de guarnecer poderosamente los blancos del ataque que los de fuera para ir de un lado a otro por montes, valles y no poca agua. Se hace por tanto necesario reconsiderar toda la estrategia, y para examinar in loco el teatro de operaciones, vuelve Raimundo Silva a subir al castillo, desde cuyas levantadas torres pueden los ojos abarcar la extensión, como un tablero de ajedrez donde pelearán, objetivamente hablando, los peones y los caballeros, bajo la mirada del rey y de los obispos, acaso con ayuda de otras construidas torres, si vale la sugerencia de uno de estos extranjeros que con nosotros se ha quedado, Las armamos a la altura de las murallas, y luego las llevamos empujando hasta unirlas, después, sólo falta saltar dentro y matar a los infieles, Dicho así parece fácil, respondió el rey, pero hay que ver si tenemos carpinteros bastantes, De eso no hay duda, respondió el otro, aquel Enrique de nombre y gran piedad, vivimos por suerte en un tiempo en que cualquier hombre puede hacerlo todo, sembrar el cereal, segarlo, moler el grano, hornearlo y al fin comer el pan, si no muere antes, o, como en este caso, construir una torre de madera y subir a ella espada en mano para matar moros o ser muerto.

Mientras el debate prosigue, aún sin conclusión pero ya con previsión de pérdidas, Raimundo Silva repasa mentalmente la localización de las puertas, la de Alfofa, sobre cuyo muro vive, la de Ferro, la de Alfama, la del Sol, que directamente dan a la ciudad, y la llamada de Martim Moniz, única del castillo que da para lo abierto. Está claro pues que los doce mil soldados del rey Afonso tendrán que ser divididos en cinco grupos para cubrir las puertas igualmente, y quien dice cinco debería decir seis, porque no podemos olvidarnos del mar, que verdaderamente mar no es, sino río, aunque el uso hace ley, los moros le llamaron mar, y nosotros, hasta hoy, también se lo llamamos, ahora bien, siendo así, de los grupos hablamos, qué es lo que tenemos, una ridiculez, dos mil hombres para cada frente de batalla. Sin contar, Dios nos ayude, con el problema que presenta el estuario. Por si no era suficiente lo escarpado de los accesos, si se exceptúa la puerta de la Alfama, que está en terreno llano, tenía que venir el estuario a entrometerse para agravar la ya de por sí complicada distribución de las tropas, por ahora dispersas en los altos y cuestas del monte de San Francisco, hasta San Roque, descansando, ahorrando fuerzas en la suavidad de las sombras, pero si desde tal distancia no se puede lanzar un ataque, ni las armas de tiro alcanzan, tampoco sería esto un cerco digno de tal nombre con aquel estuario allá abajo, desguarnecido, dando paso franco a refuerzos y abastecimientos llegados del Otro Lado, que contra ellos no llegaría a ser duradero obstáculo la frágil línea de bloqueo naval que pudiera establecerse. Siendo así, parece que no hay otra solución que pasar cuatro mil hombres al otro lado, mientras el resto irá rodeando por el camino que tomaron los parlamentarios de João Peculiar y Pedro Pitões, colocándose finalmente frente a las tres puertas vueltas hacia el norte y oriente, a saber, la de Martim Moniz, la del Sol y la de Alfama, como explicado ya quedó y ahora se repite, para comodidad del lector y redondeo del discurso. Volviendo a la cautelosa y dubitante frase de Don Afonso Henriques, dicho así parece fácil, no obstante, una simple mirada al mapa mostrará de inmediato la complejidad de los problemas de intendencia y logística que va a ser necesario poner en ecuación y resolver. El primero tiene que ver directamente con los medios navales disponibles, que son escasos, y es aquí cuando más se irá a notar la falta que nos hacen los cruzados, con su completa armada y aquellos centenares de botes y otros barquitos de servicio, que, si aquí estuvieran, en un abrir y cerrar de ojos transportarían a los soldados en un anchísimo frente de avance, obligando a los moros a dispersarse a lo largo de la margen y, en consecuencia, a enflaquecer la defensa. El segundo, y ahora decisivo, será la elección del punto o puntos de desembarco, cuestión de crucial importancia, pues hay que tener en cuenta no sólo la mayor o menor proximidad de las puertas, sino también las dificultades del terreno, desde el barrizal de la boca del estuario hasta las vertientes abruptas que defienden del lado sur el acceso a la Porta de Alfofa. Tercero, cuarto y quinto problemas, o sexto y séptimo, podríamos enunciar aún si no fueran todos ellos efecto más o menos matemáticamente derivado de los dos primeros, por ello nos limitaremos a mencionar un solo pormenor, rico por otra parte en consecuencias en lo que respecta a la veracidad de este relato en otros particulares, como luego veremos, y viene a ser, dicho pormenor, la pequeñísima distancia que separa la Porta de Ferro de la orilla del estuario, no más de cien pasos, o, en medida moderna, unos ochenta metros, lo que inviabiliza que el desembarco aquí se haga, pues todavía la flotilla de canoas vendría remando fatigosamente por medio del estuario, con tanta carga de armas y hombres, cuando ya los muros de la ciudad estarían guarnecidos de soldados por este lado, y otros, a pie firme, junto al agua, esperarían la aproximación de los portugueses para acribillarlos a saetazas. Dirá pues Don Afonso Henriques a su estado mayor, Realmente, no es fácil, y mientras discuten nuevas variantes tácticas, recordemos a aquella gorda mujer que en la confitería A Graciosa, al inicio de estos acontecimientos, hablando del mísero estado en que llegaban los huidos del avance, dijo que los vio entrar, sangrando, por la Porta de Ferro, cosa que entonces pareció a todos verdad pura, pues la publicaba una testigo presencial. No obstante, seamos lógicos. Está claro que, por su proximidad a la orilla del estuario, la Porta de Ferro serviría, sobre todo, al tráfico fluvial de personas y mercancías, lo que, obviamente, no sería motivo para no entrar por ella refugiados si no se diese la circunstancia de estar localizada, por así decir, en el extremo sur de la muralla, siendo por tanto, de todos los accesos, el más distante para quien llegara ahuyentado del norte y del lado de Santarem. Que algunos infelices, barridos de entre Cascais y Sintra, hubieran alcanzado la ciudad por caminos que venían a dar al estuario, y, allí llegados, encontrasen aún barqueros para transportarlos a esta margen, es perfectamente admisible. Sin embargo, no serían tantos esos casos que autorizasen a la mujer gorda a hacer una referencia especial a la Porta de Ferro, cuando ella, la mujer, tan cerca estaba de la Porta de Alfofa, que hasta el menos atento de los observadores de mapas y topografías reconocerá como más adecuada, junto con las del Sol y la de Alfama, para recibir el triste aluvión. Y lo más curioso es que ninguna de las otras personas presentes hubiera desautorizado la inexacta versión de los hechos para cuya confirmación no necesitarían más que dar algunos pasos, lo que muestra hasta qué punto pueden llegar la falta de curiosidad y la pereza intelectual ante cualquier afirmación perentoria, de dondequiera que venga y cualquiera que sea la autoridad, mujer gorda o Alá, por no citar otras conocidas fuentes.

Dijo el rey, Oídas vuestras doctas opiniones, y habiendo ponderado los inconvenientes y las ventajas de los varios planes propuestos, es mi real voluntad que todo el ejército se mueva de este lugar para ir a sitiar la ciudad desde más cerca, pues desde aquí no alcanzaríamos la victoria ni hasta el fin del mundo, y procederemos como ahora os diré, a las fustas irán mil hombres afectos a la navegación, que para más no tendríamos embarcaciones bastantes, ni contando con los barcos que los moros no pudieron llevarse dentro de los muros o destruir, y que nosotros capturamos, y esos hombres tendrán por misión cortar todas las comunicaciones por mar, que nadie pueda entrar o salir por ahí, y el grueso restante de las tropas irá a concentrarse en el Monte da Graça, donde finalmente nos dividiremos, dos quintos para el lado de poniente, y el sobrante quedará allí para guardar la puerta del norte. Pidió entonces Mem Ramires la palabra para notar que siendo mucho más ardua y peligrosa la tarea de los soldados que irían a atacar las puertas de Alfofa y del Ferro, por quedar, digámoslo así, atrapados entre la ciudad y el estuario, prudente sería reforzarlos, al menos durante el tiempo que tardasen en consolidar posiciones, pues gran desastre sería si los moros, haciendo una rápida surtida y encontrando flaca resistencia, empujasen a los portugueses hasta el agua, donde no tendríamos más que elegir entre morir ahogados o trucidados, puestos, y es un decir, entre el alfanje y el caldero. Le pareció bien al rey el consejo, y allí mismo nombró a Mem Ramires capitán del frente occidental, dejando para más tarde la designación de los otros mandos, En cuanto a mí, siendo por naturaleza y real deber de todos vosotros comandante, tomaré también bajo mis directas órdenes un cuerpo de ejército, precisamente el que va a quedarse en el Monte da Graça, donde se instalará el cuartel general. Fue la vez de intervenir el arzobispo Don João Peculiar para decir que a Dios no le parecería bien que los muertos de esta batalla por la conquista de la ciudad de Lisboa acabaran sepultados de cualquier manera por estos montes y valles, y que, al contrario, deberían recibir sepultura cristiana en camposanto, y que, una vez que desde que allí llegaran algunos ya habían muerto, por enfermedad o en peleas, y por ahí andaban enterrados, fuera del real, se consagrara un cementerio en este mismo lugar, ya que de hecho principiado estaba. Usó entonces de la palabra el inglés Gilberto, en nombre de los extranjeros, argumentando que sería indecente, por confuso, que en dicho cementerio se mezclasen portugueses y cruzados, pues éstos, si quisiera Dios que en estos parajes dejasen la vida, deberían a todo título ser considerados mártires, tal como prometidos mártires eran ya aquellos otros que, navegando ahora en el mar, a Tierra Santa fueron a morir, por lo que en su opinión se habrían de consagrar no uno sino dos cementerios, quedando cada cual muerto con su igual difunto. Agradó al rey la propuesta, aunque se notaron algunos murmullos de despecho entre los portugueses, que hasta muriendo se veían privados de las glorias del martirio, y al minuto siguiente, saliendo ya todos fuera, se marcaron los límites provisionales de los dos cementerios, dejándose la consagración de ellos para cuando el terreno quedara libre de estos vivos pecadores, ya dadas las órdenes para, en el momento propio, desenterrar y volver a enterrar a aquellos desgarrados muertos primeros, por una casualidad todos portugueses. El rey, cumplidos ya los trabajos de agrimensura, cerró la sesión, de la que, para constancia, se labró el acta competente, y Raimundo Silva regresó a casa, pasada la media tarde.

No estaba ya la señora María, lo que enfadó a Raimundo Silva, y no por haber ella abreviado sus tareas, si así lo hizo, sino porque ahora no había nadie entre él y el teléfono, ningún indiscreto testigo que, con su presencia, pudiera absolverlo de la cobardía, o timidez, opción vocabularia menos contundente, que lo derrotó al enfrentarse con aquel su otro yo que con tan fina astucia había arrancado a la telefonista de la editorial el número de la doctora María Sara, secreto, como se vio, de los mejor guardados del universo. Pero ese diferente Raimundo Silva no es compañía cierta, tiene sus días, o ni tanto, sólo horas y segundos, a veces irrumpe con una fuerza que parece capaz de remover mundos, los de fuera y los de dentro, pero no dura, tan deprisa viene luego la otra parte, fuego que apenas encendido ya se apaga. El Raimundo Silva que está delante del teléfono, impotente para levantar el auricular y marcar un número, fue hombre, desde lo alto del castillo, y teniendo a sus pies la ciudad, fue hombre, decimos, capaz de elaborar las tácticas más convenientes a la ingente tarea de cercar y conquistar Lisboa, pero ahora poco le falta para arrepentirse del momento de audacia loca en que cedió a la voluntad del otro, y llegando al punto de buscar en los bolsillos el papel donde tomó nota del número, no para utilizarlo, sino con la esperanza de haberlo perdido. No lo ha perdido, está ahí, en la mano abierta, arrugado, como si, y así había sido realmente, aunque de eso no se acuerde Raimundo Silva, durante todo el tiempo lo hubiera estado buscando y tocando, con miedo de perderlo. Sentado a la mesa, con el teléfono al lado, Raimundo Silva imagina lo que podría ocurrir si decidiera marcar el número, qué conversación trabaría diferente de la antes inventada, y cuando está pasando revista a las diversas posibilidades, se le ocurre y es absurdo que se le ocurra por primera vez, que nada sabe de la vida particular de María Sara, si está casada, viuda, soltera o divorciada, si tiene hijos, si vive con sus padres o sólo con uno de ellos, o con ninguno, y esa realidad ignorada se vuelve amenazadora, agita y derrumba las frágiles arquitecturas del sueño y la estúpida esperanza que ha andado levantando desde hace algunas semanas en suelo de arena y ninguna firmeza, Supongamos que marco el número y me sale una voz de hombre que me dice que no puede ponerse ella al teléfono, que está en la cama, pero que le diga lo que pretendo, si es recado, pregunta o información, que no, que sólo quería saber si la doctora María Sara está mejor, sí, un colega, y mientras estaba diciéndolo me preguntaría, una vez más, si realmente la palabra tiene aplicación en este caso, tratándose de la relación profesional existente entre un corrector y su jefe, y llegando la conversación al final yo preguntaría Con quién he hablado, y él respondería Soy el marido, aunque cierto es que ella no lleva alianza, pero eso no significa nada, no faltan por ahí matrimonios que no la usan y por eso no se consideran menos felices, o no lo son, qué más da, por otra parte, la respuesta del hombre sería igual en cualquier caso, diría Soy el marido, aunque no lo fuese, desde luego con seguridad no me iba a responder Soy su compañero, eso de compañero ha dejado de usarse, y mucho menos Soy el hombre con quien ella vive, nadie se expresaría de modo tan grosero, pero hay algo en María Sara que me dice que no está casada, no se trata sólo de la falta de alianza, es algo indefinible, una manera de hablar, una manera de estar atenta que en cada momento parece querer evadirse hacia otro lugar, y cuando digo casada también podría decir vivir con un hombre, o tener un hombre aunque no viva con él, eso a lo que suele llamarse una relación formal, o relaciones casuales, sin compromiso ni consecuencias, son las que más abundan en los tiempos de hoy, que de tales bienaventuranzas no puedo decir que tenga yo gran experiencia, poco más hago que observar el mundo y aprender de quien sabe, el noventa por ciento del conocimiento que creemos tener de ahí nos viene, no de lo que vivimos, y está también lo presentido, esa nebulosa informe donde ocasionalmente brilla una súbita luz a la que damos el nombre de intuición, ahora bien, yo presiento e intuyo que no hay hombre alguno en la vida de María Sara, aunque parezca imposible siendo tan bonita como es,no será ninguna suprema belleza, pero es bonita, digo de cara y de figura, en cuanto al cuerpo, a la vista, bueno, los cuerpos sólo se sabe lo que valen cuando están desnudos, ésta es buena ciencia, la de las evidencias, y aún mejor después, cuando ya se conoció lo que está cubierto y de él se ha gustado.

Enormes, desde luego, son los poderes de la imaginación, como en este caso se ha probado otra vez, cuando Raimundo Silva empezó a sentir su propio cuerpo, lo que en él estaba aconteciendo, primero un movimiento de seísmo lento, casi imperceptible, después la palpitación brusca, repetida, urgente, Raimundo Silva asiste, con los ojos entornados sigue el proceso como si estuviera recordando mentalmente una página conocida, y se queda quieto, a la espera, hasta que la sangre poco a poco refluye como marea que abandonara una caverna, lentamente, lanzando aún de tiempo en tiempo nuevas olas al asalto, pero es inútil, baja la marea, son los últimos sobresaltos, al fin no hay nada sino un manso correr de hilos de agua, las algas descienden dispersas sobre las piedras donde van a esconderse unos cangrejillos asustados que dejan en la arena mojada señales apenas perceptibles. Ahora, en un estado de medio torpor voluntario, Raimundo Silva se pregunta de dónde vienen y qué quieren decirle esos animales grotescos, con su modo insolente de caminar, inquietante, como si la naturaleza hubiese empezado por ellos su previsible desconcierto general, En el futuro seremos todos cangrejos, pensó, e inmediatamente la imaginación le mostró al soldado Mogueime en la orilla del estuario, lavándose las manos sucias de sangre y mirando los cangrejos de aquel tiempo que huían, derechitos, hacia el fondo, confundiendo con la sombra del agua su propio color terroso. La imagen desapareció rápidamente, vino otra, como diapositivas pasando, era una vez más el estuario, pero había una mujer lavando la ropa, Raimundo Silva y Mogueime sabían quién era, les habían dicho que era la manceba del tal caballero Enrique, alemán de Bonn, capturada en Galicia cuando unos cuantos cruzados desembarcaron allí para hacer aguada, la robó un criado de él, pero el caballero y el criado murieron en un asalto y la mujer anda ahora por ahí, más o menos con quien caiga, dígase más o menos, pero con cautela, porque algunas veces la han tomado contra su voluntad, dos que lo hicieron aparecieron unos días después muertos a puñaladas, no se llegó a saber quién los había matado, en tan gran juntamiento de hombres no se pueden evitar desórdenes y agresiones, sin contar con que puede haber sido también obra de moros infiltrados en el real, hiriendo por la callada y a traición. Mogueime se aproximó a la mujer, algunos pasos, se sentó en una piedra, mirando. Ella no se volvió, lo había visto de reojo cuando se acercaba, lo reconocía por la figura y el pelo y el modo de andar, pero no sabía cómo se llamaba, sólo que era portugués, en una ocasión le oyó hablar gallego. El movimiento cadencioso de las caderas de la mujer perturbaba a Mogueime. Además, no le quitaba ojo desde que el caballero murió, e incluso antes, pero un soldado raso, y más si es medieval, no se atrevería a andar metiéndose con la mujer del prójimo, aunque barragana. Cayó en tristeza y rabia al ver que luego se la llevaron otros, pero ella no se quedó con ninguno, aunque algunos la quisieran, como los apuñalados, que de tan bien que la querían la intentaron obligar. Obligarla a su vez era una idea que Mogueime no tenía, mucho menos en este descampado, con gente a la vista, unos soldados también de asueto, unos pajes que bañaban las mulas de sus señores, una escena en verdad pacífica que no parecía de cerco e intento de conquista, sobre todo si, como ahora, volvemos la espalda a la ciudad y al castillo y tenemos ante los ojos la tranquila superficie de las aguas del estuario, aquí tan metidas tierra adentro que ni llega la ondulación amplia del río, y enfrente las colinas con árboles dispersos en un suelo amarillo unas veces y otras verde oscuro, según lo cubra el mato perenne o el herbazal reseco por el verano. Hace calor, la hora es del mediodía, los ojos tienen que desviarse del agua para no quedar deslumbrados y ciegos con el resplandor fijo del sol, no los ojos de Mogueime, claro, que ésos no se despegan del bulto de la mujer. Ahora ella ha erguido el cuerpo, levanta y baja el brazo para batir la ropa, el ruido del golpe corre sobre el agua, es un sonido que no se confunde, y otro, y otro, y luego hay un silencio, la mujer descansa las dos manos sobre la piedra blanca, un viejo cipo funerario romano, Mogueime mira y no se mueve, es entonces cuando el viento trae el grito agudo de un almuédano, casi sumido en la distancia, pero aun así inteligible para quien, aunque no conozca la arábiga lengua, desde hace casi un mes los viene oyendo, tres veces al día. La mujer vuelve ligeramente la cabeza hacia la izquierda como para escuchar mejor la llamada, y estando Mogueime de ese lado, un poco más atrás, habría sido imposible que no se encontraran los ojos de él con los de ella. Todo el deseo físico de Mogueime se apagó en un ápice, sólo el corazón se desató a saltos en una especie de pánico, es difícil llevar más lejos el análisis de la situación porque hay que tener en cuenta el primitivismo de los tiempos y de los sentimientos, se corre siempre el riesgo de un anacronismo, por ejemplo, poner diamantes en coronas de hierro o inventar sutilezas de erotismo refinado en cuerpos que se contentan con ir derechos al fin empezando rápidamente por el principio. Pero este soldado Mogueime ya ha mostrado ser en algo diferente del resto cuando el debate sobre la conquista de Santarem y el forzamiento y degüello de las mujeres moras, y si es cierto que entonces se mostró propenso a tentaciones de loca fantasía, también puede ser que por eso mismo, contradictoriamente, si la verdad debe ir delante de todas las cosas, encontremos la raíz de su diferencia, en la duda, en la reordenación posterior de un hecho, en la averiguación oblicua de sus motivos, en la interrogación ingenua sobre la influencia que cada uno de nosotros tiene en los actos ajenos, sin que lo sepamos y deliberadamente despreciemos a quien de ellos pretende ser entero autor. Con los pies descalzos en la arena gruesa y húmeda, Mogueime siente el peso todo de su cuerpo como si hubiera pasado a formar parte de la piedra en que está sentado, bien podrían ahora las trompetas reales tocar al asalto que lo más seguro es que no las oyera, lo que sí resuena en su cabeza es el grito del almuédano, continúa oyéndolo mientras mira a la mujer, y cuando ella al fin desvía los ojos el silencio se hace absoluto, verdad es que hay ruidos alrededor, pero pertenecen a otro mundo, las mulas resuellan y beben en el arroyo de agua dulce que desagua en el estuario, y como probablemente no se encontraría otra manera mejor de empezar lo que ha de ser hecho, Mogueime pregunta a la mujer, Cómo te llamas, cuántas veces nos habremos preguntado unos a otros, desde el inicio del mundo, Cómo te llamas, añadiendo luego nuestro propio nombre, Yo soy Mogueime, para abrir un camino, para dar antes de recibir, y quedamos luego a la espera, hasta oír la respuesta, cuando viene, cuando no nos responden con el silencio, pero éste no es el caso ahora, Me llamo Ouroana, dijo ella.

El papel con el número de teléfono sigue allí, sobre la mesa, nada más fácil que marcar los seis números, y del otro lado, a kilómetros de distancia, se oirá una voz, tan sencillo, no nos importa ahora si de María Sara si del marido, lo que debemos es señalar las diferencias entre aquel tiempo y este tiempo, para hablar, como para matar, es preciso acercarse, así lo hicieron Mogueime y Ouroana, ella vino de Galicia traída a la fuerza para este cerco, manceba de un cruzado que ya murió y después lavandera de hidalgos para merecer lo que come, y él, habiendo conquistado Santarem, vino a la procura de una gloria mayor frente a los muros formidables de Lisboa. Raimundo Silva marca cinco cifras, no le falta más que una, pero no se decide, finge saborear la anticipación de un gusto, el estremecimiento de un temor, se dice a sí mismo que si quisiera completaría la serie, sólo un gesto, pero no quiere, murmura No puedo y posa el auricular como quien de repente dejara una carga que iba a aplastarlo. Se levanta, piensa Tengo sed, y va a la cocina. Llena un vaso en el grifo, bebe lentamente, disfruta del frescor del agua, es un placer sencillo, tal vez el más sencillo de todos, un vaso de agua cuando se tiene sed, y mientras bebe imagina el arroyo corriendo hacia el estuario, y las mulas rozando con el morro la flor de la corriente, hace setecientos cuarenta años, los pajes las estimulan con un silbido, verdad es que no hay muchas cosas realmente nuevas bajo la rosa del sol, ni siquiera el rey Salomón fue capaz de imaginar cuánta razón tenía. Raimundo Silva posó el vaso, se volvió, sobre la mesa de la cocina había un papel, la acostumbrada e innecesaria explicación de la asistenta, Me voy, lo dejo todo, ordenado, pero esta vez no es así, ni una palabra sobre sus obligaciones, es otro el recado, Le ha llamado una señora, dice que la llame al número, y Raimundo Silva no precisa correr al despacho para saber que el número es el mismo que está en el papel arrugado, aquel que tanto le costó encontrar. O no perder.

El motivo por el que Raimundo Silva consiguió no telefonear a María Sara tuvo tanto de sencillo como de tortuoso, lo que resulta una manera de decir que poco deberá a la exactitud, pues estos adjetivos se aplicarían con otro rigor al raciocinio con el que fue obligado dicho motivo a conformarse. Al igual que en las novelas policíacas clásicas, lo esencial de la cuestión residía en el factor tiempo, es decir la circunstancia de que la llamada de María Sara fuera hecha durante la ausencia de Raimundo Silva, a una hora no conocida, que tanto podría ser la del inmediato minuto después de haber salido de casa como la del minuto inmediatamente anterior a aquel en el que la asistenta se marchó, hora que igualmente se desconoce, por no mencionar sino esos minutos extremos. En el primer caso, habrían pasado más de cuatro horas hasta que Raimundo Silva se enteró del recado, en el segundo caso, juzgando por la costumbre, unas tres. Bien ponderado todo, significa que María Sara, si quedó a la espera de una llamada en respuesta a la suya, tuvo tiempo para pensar que tal vez Raimundo Silva regresase a casa muy tarde, a horas en que no sería de buen gusto telefonear a casa de nadie, y más si se trata de una persona enferma. Aunque, expresión restrictiva pero no irónica, no sería la enfermedad tan grave si pudo, con su propia mano y voz, llamar a esta casa vecina del castillo, donde Raimundo Silva busca y no encuenra respuesta a la pregunta inevitable, Para qué me querrá. El resto de la tarde y la noche antes de acostarse los pasó desarrollando innumerables variaciones sobre este tema, yendo de lo simple a lo complejo, de lo general a lo particular, desde una petición cualquiera de información, que sería absurda vistas las circunstancias, al absurdo aún mayor de que ella quisiera declararle su amor, asimismo, por teléfono, como quien no puede resistir más la deliciosa tentación. La irritación consigo mismo, por haberse dejado llevar por un pensamiento loco hasta esta hipótesis, alcanzó un extremo tal que, en un gesto de malhumor, se fue a la rosa blanca, que realmente se marchitaba en el solitario, y la tiró a la basura, golpeando luego con fuerza la tapa del recipiente, a manera de sentencia final, Soy un idiota, dijo en voz alta, pero no se explicó si lo era por haber dejado que los pensamientos fueran tan lejos o por haber maltratado así a una flor inocente que había durado lozana algunos días y merecía que la dejaran extinguirse, marchitándose, en una suavísima delicuescencia, con un resto de perfume y una última y escondida blancura en su íntimo corazón. Sin embargo debe añadirse que, estando acostado ya, avanzada la noche, y sin poder dormir, Raimundo Silva se levantó y fue a la cocina, abrió el cubo de la basura y recogió la mancillada rosa, que delicadamente limpió y lavó en un hilo de agua para no dañar sus frágiles pétalos, luego la restituyó al solitario, amparando su corola decaída con una pila de libros sobrepuestos, el último de los cuales, por interesante coincidencia, era la Historia del Cerco de Lisboa, ejemplar fuera de mercado. El último pensamiento de Raimundo Silva antes de quedarse dormido fue, Mañana llamo, declaración perentoria que está tan de acuerdo, en cuanto promesa, con su carácter vacilante como si hubiera sido proferida, con real decisión, por persona más resuelta, el caso está en que no todo se puede hacer hoy, ya es bastante la firmeza cuando no lo dejamos para pasado mañana.

Al día siguiente, Raimundo Silva despertó con ideas muy claras sobre cómo disponer las tropas en el terreno para el asalto, incluyendo ciertos pormenores tácticos de su propia labra. El sueño, que vino profundo, trajo sueños auxiliares por medio, que disiparon bruscamente las dudas que aún lo afligían, cosa natural en quien nunca había sido instruido en los peligros y azares de una guerra verdadera, y encima con no pequeñas responsabilidades de mando. Era por demás evidente que ya no podría obtenerse el llamado efecto sorpresa, ese que deja a las personas sin acción ni reacción, sobre todo a las cercadas, que, no habiéndolo sabido antes, comprenden que al saberlo después lo supieron demasiado tarde. Con todo este alarde de fuerzas, este ir y venir de emisarios, estas maniobras de envolvimiento, más que hartos están los moros de saber lo que les espera, y la prueba está en aquellas terrazas cubiertas de guerreros, en aquellos muros erizados de lanzas. Raimundo Silva se encuentra en una interesante situación, la de quien, jugando al ajedrez consigo mismo y conociendo de antemano el resultado final de la partida, se empeña en jugar como si no lo supiera y, más aún, en no favorecer conscientemente a ninguna de las partes en litigio, las negras o las blancas, en este caso moros y cristianos, según los colores. Y muy abiertamente lo ha venido a demostrar, véase si no la simpatía, e incluso diríamos el aprecio, con que ha tratado a los infieles, en particular al almuédano, sin hablar del respeto que manifestó al referirse al portavoz de la ciudad, aquel tono, aquella nobleza, en contraste con cierta sequedad, cierta impaciencia, e incluso ironía, que siempre aflora en el discurso cuando trata de cristianos. No se infiera de esto, sin embargo, que las inclinaciones de Raimundo Silva van todas del lado de los moros, entendámoslo más bien como un movimiento de espontánea caridad, porque, en fin, por más que lo intentase no podría olvidar que los moros van a ser vencidos, pero sobre todo porque siendo él también cristiano, aunque no practicante, le indignan ciertas hipocresías, ciertas envidias, ciertas infamias que en su propio tiempo tienen carta blanca. En fin, el juego está en la mesa, por ahora sólo se han movido los peones y algunos caballos, y según la advertida opinión de Raimundo Silva, se debe intentar un asalto simultáneo por las cinco puertas, que dos tiene Lisboa menos que Tebas, con el objetivo de probar las fuerzas de los sitiados, que, habiendo suerte, bien puede ser que en una de ellas esté un batallón más asustadizo, caso en el que tendríamos vencida la batalla en poco tiempo y con reducida pérdida de inocentes de uno y otro lado.

No obstante, antes de la gran empresa es preciso telefonear. Prolongar durante un día más el silencio, aparte de cosa de mala educación, sólo serviría para provocar dificultades en las relaciones futuras, profesionales, claro está. Raimundo Silva telefoneará pues. Con todo, para empezar, llamará a la editorial, porque es admisible la hipótesis, e incluso fuertemente presumible, de que María Sara, restablecida de su breve trastorno de salud, ya haya ido a trabajar hoy, y hasta no es de excluir que fuera ése el motivo de la llamada recibida por la asistenta, por ejemplo, pedirle que compareciera al día siguiente en la editorial a fin de tratar, sin más pérdida de tiempo, de otra corrección. Raimundo Silva cree que será así, y está tan convencido que al decirle la telefonista que la doctora no está, Está enferma, señor Silva, no recuerda que se lo dije ayer, responde, Está segura de que no ha ido a trabajar, compruébelo, y la telefonista, puntillosa, Sé muy bien quién está y quién no está, Podía haber entrado sin que usted se diera cuenta, Yo me doy cuenta de todo, señor Silva, me doy cuenta de todo, y Raimundo Silva se estremeció al oír estas sibilinas palabras, que le sonaron a amenaza, a algo equivalente a No crea que me dan gato por liebre, o No se imagine que soy tonta, no quiso averiguar adónde llegaba la insinuación, soltó atropelladamente una frase apaciguadora y colgó. Don Afonso Henriques arenga a las tropas reunidas en el Monte da Graça, les habla de la patria, ya entonces era así, de la tierra natal, del futuro que nos espera, si no habló de los antepasados es porque entonces aún casi no los había, pero dijo, Pensad que si no vencemos en esta guerra Portugal se acabará antes de haber empezado, y así no podrán ser portugueses tantos reyes que están por venir, tantos presidentes, tantos militares, tantos santos y poetas, y ministros y cavadores de azada, y obispos y navegantes, y artistas, y obreros, y oficinistas, y frailes, y directores, por comodidad de expresión hablo en masculino, porque no me olvido de las portuguesas, las reinas, las santas, las poetisas, las ministras, las cavadoras de azada, las oficinistas, las monjas, las directoras, pero para que lleguemos a tener todo eso en nuestra historia, y lo demás que no diré por no alargar el discurso y porque todo no se puede saber ya hoy, para llegar a tener todo eso, es preciso empezar por conquistar Lisboa, y, en consecuencia, vamos por ella. Aclamaron las tropas al rey y, después, a la orden de alféreces y capitanes, marcharon a ocupar las posiciones que les estaban destinadas, llevando los jefes instrucciones imperiosas para que al día siguiente, al mediodía, cuando los moros estuvieran en oración, fuera desencadenado el ataque al mismo tiempo en los cinco frentes, que Dios nos proteja a todos, que en su servicio vamos.

Súplica semejante, pasada a la primera persona del singular, habrá murmurado Raimundo Silva en el acto de marcar el número del destino, pero tan apagada fue ella que no se le oyó fuera de la boca, trémula como de adolescente, él mismo tiene ahora más en que pensar, si piensa, si no es, todo él, sólo un tímpano inmenso donde suena y resuena el timbre del teléfono, el timbre no, la señal electrónica, esperando la interrupción súbita de la llamada, y que una voz diga, Dígame, o Sí, o Hable, o tal vez Haló, o posiblemente Quién habla, no faltan posibilidades entre las fórmulas tradicionales y sus variantes modernas, pero tan aturdido estaba que no llegó Raimundo Silva a entender lo que dijeron, sólo que era una mujer, entonces preguntó, cuidando poco la cortesía, Es la doctora María Sara, no, no lo era, De parte de quién, fue lo que quiso saber la voz, De Raimundo Silva, de la editorial, no era ésta una verdad incontrovertible, pero sirvió como simplificación de la identidad, seguro que nadie pensaba que fuera a presentarse como Raimundo Bienvenido Silva, corrector de pruebas, trabajando en su casa, y aunque lo hiciese sería igual la respuesta, Espere un momento, por favor, voy a ver si la doctora María Sara se puede poner, nunca momento alguno fue tan breve, No cuelgue, voy a pasarle el teléfono, silencio. Raimundo Silva imaginó la escena, la mujer, seguramente una empleada, desconectando el enchufe de la toma, llevando el aparato con las dos manos, amparado contra el pecho, puerilmente así lo veía, y entrando en un cuarto en penumbra, luego inclinándose para enchufarlo en otra toma, Cómo está, la voz sonó inesperada, Raimundo Silva creyó oír aún a la criada decir algo como Voy a pasarle a la señora doctora, serían tres o cuatro segundos más de aplazamiento, en vez de eso la pregunta directa, Cómo está, invirtiendo la situación, a él, sí, era a quien correspondía expresar interés por el estado de la enferma, Estoy bien, gracias, y añadió rápidamente, Quería saber si está mejor, Y cómo se ha enterado de que estoy enferma, En la editorial, Cuándo, Ayer por la mañana, Entonces decidió llamar para saber cómo estoy, Sí, Gracias por su interés, hasta ahora ha sido el único corrector que se ha interesado por mi enfermedad, Bueno, creí que debía hacerlo, espero no haberla molestado, Al contrario, le estoy muy agradecida, estoy mejor, creo que mañana o pasado podré ira la editorial, No quiero molestarla más, le deseo que se mejore, Antes de colgar, cómo supo el número de mi teléfono, Me lo dio Sara, La otra, Sí, la telefonista, Cuándo, Ya se lo dije, ayer por la mañana, Y no me llamó hasta hoy, Tuve miedo de molestarla, Pero venció el miedo, Parece que sí, la prueba es que estoy hablando con usted, Pero seguro que le habrán dicho que también yo intenté hablar con usted. Durante unos segundos Raimundo Silva pensó en fingir que no había recibido el recado, pero acabó por responder, cuando ya había pasado el tercer segundo, Sí, Puedo pues admitir que me ha telefoneado porque no tenía otro remedio, al ver que había tomado yo la iniciativa, Admita lo que quiera, está en su derecho, pero admita también que yo le pedí el número a la telefonista y si lo hice no fue para quedarme con él en el bolsillo a la espera de no se sabe qué, Se quedó a la espera de no sabe qué, La razón fue otra, Cuál, Simplemente, falta de valor, Su valor, por lo visto, se limita a aquel episodio de la corrección del que no le gusta que se hable, De hecho, le telefoneo sólo para saber cómo va su salud y desearle que se mejore, Y no cree que ya es hora de preguntarme por qué le telefoneé yo, Por qué me telefoneó, No sé si me gusta ese tono, Dé importancia a las palabras, no al tono, Supuse que su experiencia de corrector le habría enseñado que las palabras no son nada sin el tono, Una palabra escrita es una palabra muda, La lectura le da voz, Excepto si se lee mentalmente, Incluso así, porque no creerá usted que el cerebro es un órgano silencioso, Soy sólo un corrector, hago como hace el zapatero, que se contenta con la sandalia, mi cerebro sabe de mí, yo no sé nada de él, Interesante observación, Aún no ha respondido a la pregunta, A qué pregunta, Por qué me telefoneó, Ahora no sé si me apetece decirlo, Veo que no soy yo el único cobarde, No recuerdo haber hablado de cobardía, Habló de falta de valor, No es lo mismo, Las dos caras de una moneda son diferentes, pero la moneda es una sola, El valor sólo está en un lado, No comprendo esta conversación, y creo que no debemos continuarla, sin olvidar que es una imprudencia, estando usted enferma, No le sienta bien el cinismo, No soy cínico, Lo sé,por lo tanto es inútil que finja, En serio, creo que no sabemos ya lo que estamos diciendo, Yo lo sé muy bien, Entonces explíquemelo, No necesita explicaciones, Está escapando de la cuestión, Es usted quien escapa de la cuestión, se esconde detrás de sí mismo, y quiere que le diga lo que ya sabe, Por favor, Por favor qué, Creo que es mejor que lo dejemos, este diálogo es casi un equívoco, Porque lo está empujando usted en ese sentido, Yo, Sí, Está usted equivocada, a mí me gustan las cosas claras, Entonces sea claro, dígame por qué es agresivo cuando habla conmigo, No soy agresivo con nadie, no tengo esa cualidad moderna, Es agresivo conmigo, por qué, No lo soy, Lo es desde el día en que nos conocimos, si precisa que se lo recuerde, Las circunstancias, Pero las circunstancias se modificaron después, y la agresividad continuó, Perdone, nunca he tenido esa intención, Ahora soy yo quien le pide que, por favor, no use palabras inútiles, Me callo, Entonces oiga, le llamé porque me sentía sola, porque tenía la curiosidad de saber si estaba trabajando, porque quería que me deseara que me mejorase, porque, María Sara, No diga mi nombre así, María Sara, usted me gusta, pausa larga, Es verdad, Es verdad, Pues le ha costado mucho decírmelo, Y tal vez nunca se lo hubiera dicho, Por qué, Porque somos diferentes, pertenecemos a mundos diferentes, Qué sabe usted de todas esas diferencias, nuestras y de los mundos, Imagino, veo, saco conclusiones, Esas tres operaciones tanto pueden llevar a la verdad como al error, Lo admito, y el error mayor, en este momento, habrá sido decirle que me gusta, Por qué, No sé nada de su vida, si está, Casada, Sí, o, Comprometida, como se decía antes, Sí, Imaginemos que estoy realmente casada, o comprometida de cualquier forma, impediría eso que yo le gustara, No, Y si yo estuviera realmente casada o tuviera otro tipo de compromiso, cree que impediría eso que usted me gustara si esto tenía que ocurrir, No lo sé, Entonces, tome nota de que me gusta, pausa larga, Es verdad, Es verdad, Oiga, María Sara, Diga, Raimundo, pero antes ha de saber que hace tres años que estoy divorciada, que hace tres años que he puesto fin a una relación y que no he empezado otra, que no tengo hijos, que quiero tenerlos, que vivo en casa de un hermano, que la persona que atendió el teléfono es mi cuñada, y que no necesita usted decirme quién fue la que cogió mi recado, porque sé que es la asistenta, y ahora, sí, tiene la palabra, señor corrector, no me haga caso, estoy casi estallando de alegría, Por qué le gusto, dígamelo, No lo sé, Y no teme que cuando lo empiece a saber pueda empezar a no gustarle, A veces ocurre eso, incluso muchas veces, Entonces, Entonces, nada, lo de después sólo después se conoce, Usted me gusta, Creo que sí, que le gusto, Cuándo nos vemos, En cuanto me levante de este lecho de dolor, Dónde, En todas partes, Ahora puedo preguntar qué enfermedad es ésa, Nada de importancia, o mejor dicho, sí, la gripe más importante de mi vida, Desde ahí no me puede ver, pero estoy sonriendo, Gran novedad ésa, la sonrisa es cosa que nunca he visto en su boca, Puedo decirle que la quiero, No, diga sólo que le gusto, Ya se lo he dicho, Entonces guarde el resto para el día en que sea verdad, si llega ese día, Llegará, No juremos sobre el futuro, mejor será esperarlo para ver si él nos reconoce, y ahora esta débil y febril mujer pide que la dejen descansar, necesita recuperar fuerzas para el caso, quizá probable, de que a alguien se le ocurra telefonear hoy, A quién, a usted, O a usted, el sentido de la frase admite dos destinatarios, depende, La ambigüedad no siempre es un defecto, Hasta luego, Deje que me despida con un beso, Está llegando el tiempo de ellos, Para mí ya tardaba, Sólo una pregunta más, Diga, Ha empezado a escribir la Historia del Cerco de Lisboa, Sí, No sé si me seguiría gustando si me dijera que no, adiós.

Adiós, fue la palabra. En su cuarto, acostada, María Sara cuelga lentamente el auricular, al mismo tiempo que Raimundo Silva, sentado a su mesa, cuelga lentamente el auricular. Con un movimiento ondulatorio, ella se hunde, perezosa, entre las sábanas, mientras él, con abandono, se recuesta en el respaldo de la silla. Están felices, ambos, y hasta tal punto que sería gran injusticia separarnos de uno para quedarnos hablando del otro, como más o menos estaremos obligados a hacer, pues conforme quedó demostrado en otro más fantasioso relato, es física y mentalmente imposible describir los actos simultáneos de dos personajes, mayormente si ellos están lejos el uno del otro, al sabor de los caprichos y preferencias de un narrador siempre más preocupado con lo que cree que son los intereses objetivos de su narración que con las esperanzas legítimas de este o de aquel personaje, aunque secundario, de ver preferidos sus más modestos decires y menudas ácciones a los importantes hechos y palabras de los protagonistas y los héroes. Y como de héroes hablamos, dense como ejemplo ilustrativo aquellos encuentros maravillosos de los caballeros de la Tabla Redonda o de la Demanda del Graal con sabios ermitaños o misteriosas doncellas puestas en su camino, que llegando al fin la plática y la lección, partía el caballero rumbo a nuevas aventuras y reuniones, y nosotros obligatoriamente con él, quedando en la página abandonados, cuántas veces del todo y para siempre, el ermitaño en una, la doncella en otra, cuando nos gustaría más saber qué destino tuvieron ésos, si al ermitaño, por amor, lo retiró una reina de su ermita, si la doncella, en vez de quedarse en el bosque a la espera del próximo caballero perdido, fue ella a ver si encontraba por el mundo un hombre. En este caso de María Sara y Raimundo Silva, la cuestión se complica mucho, visto que los dos son personajes principales, como principales estarán siendo, ahora mismo, sus gestos y pensamientos, de los cuales, al fin, vista la dificultad insuperable, no nos queda otra solución que elegir algo que el criterio del lector tenga a bien aceptar como esencial, por ejemplo, en cuanto a María Sara, observar que hubo también cierta voluptuosidad en el movimiento que primero nos limitamos a calificar de perezoso, y que Raimundo Silva tiene los labios secos como si una repentina fiebre hubiera entrado en su cuerpo, y todo él empezó a temblar, es la resaca de los nervios, tensos durante la conversación, engañosamente relajados en el instante brevísimo de los adioses, y zumbando ahora como alambres tensados, o respetando la belleza y la conmoción, arpa eólica que el viento aunque ciclónico, hace vibrar. Dígase también que durando la sonrisa de María Sara tanto, y siendo o pareciendo tan genuinamente feliz la expresión de él, la cuñada le preguntó, curiosa, Quién es ese Raimundo Silva que te ha puesto en ese estado, y María Sara, sin dejar de sonreír, respondió, Todavía no lo sé. Raimundo Silva no tiene con quien hablar, sonríe apenas, ahora que la tranquilidad regresa poco a poco, se levanta, es un hombre nuevo el que sale del despacho y se dirige al dormitorio, y que mirándose a un espejo no se reconoce, aunque, tan consciente de ser esto que aquí está, que al reparar en la línea blanca de la raíz de los cabellos se limita a encogerse de hombros, con una indiferencia que es real, quizá un poco impaciente, tal vez porque son lentos los progresos de la verdad. María Sara mira la hora en el reloj de pulsera, es pronto para que vuelva a sonar el teléfono o para que ella se decida a llamar, la gran prueba de la sabiduría es tener presente que hasta los sentimientos deben saber administrar el tiempo. Raimundo Silva mira la hora en el reloj de pulsera y sale. Pasó en la calle más tiempo del necesario para ir a la florista y comprar cuatro rosas, las más suavemente blancas que había. Cruzó con la dependienta un animado diálogo antes de conseguir lo que por añadidura pretendía y para lo que, al fin, tuvo que mostrarse mucho más generoso propinador de lo que es práctica común y aún menos costumbre propia, pues no persuadieron lo bastante a la dependienta los diversos argumentos usados, desde el intento de demostrarle que la diferencia entre dos rosas y doce rosas es puramente aritmética y no de valor, hasta algunas misteriosas y veladas alusiones al cumplimiento de una promesa sobre la cual un juramento solemne le impedía abrirse como le gustaría, Aunque sólo fuera para corresponder a tanta paciencia y amabilidad. Ya con la gratificación reconfortante en el bolsillo de la bata de servicio, la dependienta accedió a dejarse impresionar, y, prosiguiendo la conversación, no sorprendería nada que acabaran concluyendo que el dinero no tuvo ninguna influencia en el entusiasmo con que ella se adhirió al inusual requerimiento del cliente, inusual, sí, puesto que, por más vueltas que se le den, dos rosas no son doce, ni siquiera una orquídea, que ésa a sí misma se basta, y hasta se prefiere. Para no ser cogido en falso, en ausencia que sería doblemente frustradora, Raimundo Silva volvió a casa en taxi, subió las escaleras corriendo, proeza gimnástica que durante unos minutos dificultó su respiración, Imprudencia, pensó, a mi edad no se debe subir de esta manera la Calçada de la Gloria, dijo gloria sin pensarlo, luego, divirtiéndose con sus mismas exageraciones, físicas y vocabulares, retiró la flor marchita del solitario, cambió el agua, y dispuso en él, con arte y lentitud de japonés, las dos rosas que había traído.

Por la ventana del cuarto se veían pasar nubes, despacio, pardas y pesadas, en el cielo violeta del atardecer. Pese a ir adelantada, la primavera aún no se había decidido a abrir las puertas al calor, al Austro tibio que lleva a desahogar los cuellos y subir las mangas, en cierto modo Raimundo Silva anda viviendo en dos tiempos y dos estaciones, el julio ardentísimo que refulge e inflama las armas que cercan Lisboa, y este abril húmedo, gris, con un sol a veces destelleante que vuelva luz dura, como un diamante liso y cerrado. Abrió la ventana, apoyó los codos en la barandilla, se sentía bien pese a lo desabrido del tiempo, felizmente la casa da la espalda al Boreas, que es el que sopla en este momento, en súbitas y pequeñas ráfagas, que contornean la esquina y le rozan luego la cara como una caricia fría. Al poco, se siente aterido y piensa que debía recogerse, cuando en un instante queda transido, literalmente transido, al recordar que allí donde está no puede oír el timbre del teléfono, si suena. Entró deprisa y se precipitó hacia el despacho como si aún quisiera percibir las últimas vibraciones, el teléfono estaba allí, quieto, negro, como siempre, pero ahora había dejado de ser un animal amenazador, un insecto acorazado de espinos y aguijones, podía ser incluso comparado con un gato dormido, enroscado en su propio calor, que despierto no amenazará con uñas de pequeña y cuántas veces mortal fiera, sino que se quedará esperando la mano que se aproxima para rozarse en ella, voluptuoso y cómplice. Raimundo Silva volvió al cuarto, se sentó a la pequeña mesa junto a la ventana sin encender la luz, a la espera. Apoyó la frente entre las manos, gesto suyo característico, con las puntas de los dedos rozaba distraídamente la raíz de los cabellos donde otra historia estuvo escrita, porque ésta de ahora, comenzada, sólo podía leerla quien los ojos tuviera lúcidos y abiertos, no un ciego, a quien, por muy apurada que tuviera la sensibilidad táctil, no le dirían los dedos qué color es ése, nuevo, de unos cabellos. Pese a estar la tarde cayendo, la penumbra del cuarto no sería tan densa si no fuera por el alpende, que incluso en días claros cierra el paso a la luz cenital, y en este momento hace nacer aquí la noche cuando ahí fuera, entre los desgarrones lentos de las nubes, el cielo próximo aún se deja penetrar por los últimos rayos que el sol, pasando por detrás del mar, lanza hasta las regiones superiores del espacio. Erguidas en el estrecho solitario, las dos rosas albean en el oscuro azul del cuarto, las manos de Raimundo Silva se posan sobre la última hoja escrita, unas líneas negras indescifrables, tal vez de arábiga lengua, no estuvimos atentos a la voz del almuédano, en vano gritó él, el sol se demoró aún un largo minuto, posado sobre el horizonte nítido, esperando, después se dejó hundir, ahora cualquier palabra llegaría demasiado tarde. La silueta de Raimundo Silva se confunde poco a poco con el espesor de las sombras, las rosas aún recogen de la ventana la casi imperceptible luz retenida en los cristales y en ella se bañan, al tiempo que exhalan desde el corazón profundo de las corolas un perfume inesperado. Las manos de Raimundo Silva se levantan despacio y las tocan, una, otra, como si dos mejillas tocara, una, otra, preludio del movimiento siguiente, dos labios que lentamente se van aproximando y rozan los pétalos, la boca múltiple de la flor. Ahora que no suene el teléfono, que nada venga a interrumpir este momento antes de que por sí mismo se acabe, mañana los soldados reunidos en el Monte da Graça avanzarán como dos tenazas, a naciente y a poniente, hasta la margen del río, y pasarán a la vista de Raimundo Silva, que vive en la torre de la Porta de Alfofa, y cuando él se asome a la terraza, curioso, llevando una rosa en la mano, o dos, le gritarán desde abajo que es demasiado tarde, que ya no es tiempo de rosas, sino de sangre final y de muerte. Por este lado, en dirección a la Porta de Ferro, bajará el cuerpo de tropa que lleva por capitán a Mem Ramires y donde, en el tropel, va Mogueime, a quien su comandante, viéndolo al fin y reconociéndolo, imaginamos que por la altura, que la cara es barbada como la de todos, le gritará con una buena risa llana y medieval, Eh, hombre, altas son de más estas murallas para que a tus hombros pueda yo otra vez subir y lanzar la escala, como en Santarem hicimos y cuán bien nos aprovechó, y al rey nuestro señor, y Mogueime, puesto en confianzas, pero a quien, aun así, no se le pasa por la cabeza contradecir la versión de su oficial sobre la posición relativa de las partes constitutivas de la ya célebre escalera humana, responde con aquella filosofía de soldado que va a la guerra y contesta al general que pasa en jeep, Si ahí dentro nos volvemos a ver, será señal de que hemos ganado ambos la guerra, pero si alguno de nosotros falta al encuentro, ése la habrá perdido, y ahora, alce vuestra señoría el escudo, que ahí viene una lluvia de saetas. Raimundo Silva encendió la lámpara de la mesa, la rápida luz por un momento pareció apagar las rosas, después reaparecieron como si a sí mismas se reconstruyeran, pero sin aura ni misterio, al contrario de lo que se cree fue un botánico el autor de la célebre frase, Una rosa es una rosa es una rosa, un poeta habría dicho sólo, Una rosa, el resto cabría en el silencio de contemplarla.

Al fin, el teléfono. De un salto, Raimundo Silva se levanta, la silla empujada hacia atrás oscila y cae, y él ya está en el pasillo, un poco por delante de alguien que lo observaba sonriendo con suave ironía, Quién nos iba a decir, querido amigo, que tales cosas acabarían por ocurrirnos, no, no me respondas, es pérdida de tiempo responder a preguntas retóricas, ya varias veces hablamos de eso, vete, vete, que yo te sigo, nunca tengo prisa, lo que algún día tenga que ser tuyo, mío ha de ser, yo soy siempre aquel que llega después, vivo cada momento vivido por ti como si de ti respirase un perfume de rosas sólo guardado en la memoria, o, menos poéticamente, tu plato de hortalizas y judías blancas, donde en cada instante tu infancia renace, y no la ves, y no querría creerlo si te lo dijera. Raimundo Silva se lanzó sobre el teléfono, en un segundo de duda pensó, Y si no es ella, era ella, María Sara, que le decía, No debía haberlo hecho, Por qué, preguntó él desconcertado, Porque a partir de hoy no podré no recibir rosas todos los días, Nunca faltaré con ellas, No me refiero a rosas rosas, Entonces, Nadie debería dar menos de lo que ya dio una vez, no se dan rosas hoy para dar un desierto mañana, No habrá desierto, Es sólo una promesa, no lo sabemos, Es verdad, no lo sabemos, tampoco yo sabía que enviaría dos rosas, y usted, María Sara, por su parte, no sabe que dos rosas iguales a ésas están aquí, en un solitario, sobre una mesa donde hay unas hojas escritas con la historia de un cerco que nunca aconteció, al lado de una ventana que da hacia una ciudad que no existe tal como la veo, Quiero conocer esa casa, Probablemente no le va a gustar, Por qué, No sé decirlo, es una casa sencilla, o, menos aún, sin belleza, nos reunimos aquí yo y unos muebles, deshermanados, hay muchos libros, vivo de ellos, pero soy el que está siempre del lado de fuera, hasta cuando corrijo un error tipográfico o del autor, soy como aquel paseante que en un jardín, por escrúpulo de limpieza, levanta una hoja del suelo y, al no saber dónde dejarla, se la guarda en su bolsillo, es todo lo que llevo conmigo, hojas secas, marchitas, ningún fruto sano para la boca, Iré a hacerle una visita, No hay nada que más desee en el mundo, se interrumpió un instante breve y añadió, Por ahora, pero, como si se arrepintiese de lo que había dicho o hubiera encontrado que resultase demasiado inconveniente, corrigió, Perdone, no era ésa mi intención, y como ella seguía callada dejó salir palabras que nunca imaginaría que fuera capaz de pronunciar alguna vez, directas, francas, explícitas por sí mismas y no por cualquier juego de cautelosa insinuación, Claro que fue con intención, y no le pido disculpas. Ella se echó a reír, tosió un poco, Mi problema, en esta situación, es saber si debería haberme ruborizado antes o si es ahora cuando debo ruborizarme, Recuerdo que la vi ruborizada una vez, Cuándo, Cuando toqué la rosa que estaba en su despacho, Las mujeres se ruborizan más que los hombres, somos el sexo frágil, Ambos sexos son frágiles, también yo me ruboricé, Sabe usted mucho de la fragilidad de los sexos, Sé de mi propia fragilidad, y algo de la de los otros, si los libros saben, ellos, de lo que hablan, Raimundo, Diga, En cuanto pueda salir, iré a verlo, pero, La esperaré, Esas palabras son buenas, No entiendo, Cuando ahí esté, tendrá que continuar esperándome, y yo seguiré también a la espera, porque ni el uno ni el otro sabe cuándo llegaremos, Esperaré, Hasta pronto, Raimundo, No tarde, Qué va a hacer cuando colguemos, Acampar frente a la Porta de Ferro y rezar a la Virgen Santísima para que a los moros no se les ocurra atacarnos a la callada por la noche, Tiene miedo, Estoy temblando de pavor, Tanto, Antes de venir a esta guerra, yo era sólo un corrector de pruebas, sin mayores cuidados que trazar correctamente un deleátur para explicárselo al autor, Parece que hay interferencias en la línea, Lo que se oye son los gritos de los moros amenazando desde las almenas, Tenga cuidado, No he venido de tan lejos para morir ante los muros de Lisboa.

Si por buenos y averiguados tomamos los hechos tal como en su carta a Osberno nos relató el antes mencionado Fray Rogeiro, va a ser preciso explicar a Raimundo Silva que no se engañe sobre la supuesta facilidad de acampar, sin más, en la frontera de la Porta de Ferro, o en cualquier otra, porque esta perversa raza de moros no es tan timorata que, sin lucha, se haya encerrado a siete llaves, a la espera de un milagro de Alá capaz de desviar a los gallegos de sus funestas intenciones. Lisboa, lo hemos dicho, tiene casas fuera de sus muros, y no son ellas pocas, ni de simple veraneo o jardinaje, más bien es ésta una ciudad que rodea a la otra, y si es sabido que, dentro de unos días, cuando el cerco sea al fin una realidad geométrica, en ellas se instalarán cómodamente los cuarteles generales y las personalidades importantes, militares y religiosas, así dispensadas de soportar la relativa incomodidad de las tiendas, ahora va a ser necesario pelear duramente para expulsar a la marisma de estos apacibles arrabales, de calle en calle, de patio en patio, de azotea en azotea, batalla que no durará menos de una semana y que sólo será posible vencer porque los portugueses en esa ocasión eran superiores en número, una vez que los moros no sacaron todos sus batallones y las tropas de dentro no podían intervenir con las hondas y las ballestas, por miedo a herir o matar hermanos que a este combate de primera línea, de buen grado o sin él, se habían sacrificado. No censuremos, sin embargo, a Raimundo Silva, que, como él mismo no se ha cansado de recordarnos, no pasa de ser un simple corrector eximido del servicio militar, y sin conocimiento de estas artes, pese a que entre sus libros haya una edición resumida de las obras de Clausewitz, comprada de lance hace muchos años y que nunca abrió. Quizá haya querido abreviar su propio relato, considerando que, pasados tantos siglos, lo que cuenta son sólo los episodios principales. Hoy las personas no tienen ni tiempo ni paciencia para meterse en la cabeza pormenores y menudencias históricas, eso estaría bien para los contemporáneos de nuestro rey Don Afonso el Primero, que tenían, desde luego, mucha menos historia que aprender, una diferencia de ocho siglos a su favor no es juego ninguno, lo que a nosotros nos salva son los ordenadores, les metemos dentro todo cuanto sea enciclopedia y diccionario, y quedamos así dispensados de tener memoria propia, pero este modo de entender las cosas, digámoslo antes de que nos lo diga otro, es absoluta y condenatoriamente reaccionario, pues las bibliotecas de nuestros padres y abuelos para eso es para lo que servían, para que no sufriera carga excesiva el neopalio, que ya hace demasiado para el tamaño que tiene, minúsculo, allí en el fondo del cerebro, rodeado de circuitos por todas partes, cuando Mem Ramires le dijo a Mogueime, Ponte ahí, que voy a subirme en tus hombros, tal vez no se piense que fue esta frase obra del neopalio, donde, estando la memoria de escaleras y soldados disciplinados, está también la inteligencia, convergencia o relación de causa y efecto de la que no se puede envanecer el ordenador, pues, sabiéndolo todo, no entiende nada. Dicen.

Está Lisboa al fin cercada, ya han enterrado algunos muertos, los heridos han sido llevados en bateles hasta la otra orilla del estuario, y desde allí, por el monte arriba, unos a los cementerios, otros a los hospitales de sangre, éstos todos juntos, aquéllos según su nación y condición. En el campamento, si descontamos el pesar y el llanto por las pérdidas sufridas, nada exageradas, pues esta gente es dura de sentimientos y poco dada a lágrimas, se nota una gran confianza en el futuro y una extremada fe en las ayudas de Nuestro Señor Jesucristo, que esta vez no va a precisar darse el trabajo de aparecerse como en Ourique, ya obró prodigio bastante al hacer que los moros, en la prisa de la retirada, hubieran abandonado al apetito enemigo, nuestro, las muchas cargas de trigo, cebada, mijo y legumbres que, para provisión de la ciudad y por no caber en ella, estaban guardadas en bodegas subterráneas abiertas a media ladera, entre la Porta de Ferro y la Porta de Alfofa. Fue entonces, en esta feliz descubierta, cuando el rey Don Afonso, con una sabiduría que su poca edad no haría prever, pues tenía entonces treinta y ocho años, un chiquillo, pronunció la célebre sentencia que entró de inmediato en el circuito de las ideas portuguesas, Guardado está el bocado para quien lo ha de comer, y prudentemente mandó recoger los alimentos para no tener que inventar tan pronto otro dictado, Barriga de pobre, antes reventar que sobre, el mejor momento para racionar es el de la abundancia, remató.

Había pasado ya una semana sobre la errada previsión de Raimundo Silva, la de su primera estrategia, cuando pensó que al mediodía del día siguiente a aquel en que se movieron las tropas del Monte da Graça se daría asalto simultáneo a todas las puertas de la ciudad, con la esperanza de encontrar un punto débil en la defensa y por allí romper, o atrayendo hacia allí refuerzos que, desguarneciendo los otros frentes, los dejaran debilitados y entonces. No vale la pena terminar la frase. Sobre el papel todos los planes son más o menos buenos, no obstante, la realidad ha mostrado su irresistible vocación a desviar proyectos y desgarrar planes. No fue sólo el caso de los arrabales convertidos por los moros en baluartes, que ése acabó por ser resuelto. Aunque con grandes bajas, ahora la cuestión está en saber cómo se puede entrar por puertas tan cerradas, defendidas por piñas de guerreros encaramados a las altas torres que las flanquean y protegen, o cómo se asaltan muros de esta altura, donde las escaleras no consiguen llegar y donde nunca se quedarán dormidos los centinelas. En definitiva, Raimundo Silva está en excelentes condiciones para juzgar las dificultades de la empresa, pues desde su balcón percibe que no precisaría de una puntería rigurosa para matar o herir a cuantos cristianos intentaran acercarse a esta Porta de Alfofa, si aún aquí estuviese. Corre por el campamento el rumor de que hierven en divergencias los altos mandos, divididos entre dos tesis operativas, una que propone el asalto inmediato con todos los medios disponibles, empezando por un poderoso tiro de barrera para obligar a los moros a retirarse de las almenas, y terminando por el empleo de arietes gigantescos para embestir las puertas y derribarlas, y otra menos aventurada, que defiende el establecimiento de un cerco tan apretado que ni un ratón pueda o entrar o salir de Lisboa, o, con mayor precisión, que salgan los que quieran, pero que no entre ninguno, que al fin por hambre rendiríamos la ciudad. Argumentan los adversarios de la primera tesis que la conclusión, es decir, la entrada victoriosa en Lisboa, se asienta en una premisa falsa, que es la de suponer que el tiro de barrera sería suficiente para hacer retroceder a los moros de las almenas, A esto, caros señores, se llama vender el huevo en el culo de la gallina, lo más seguro es que ni se muevan, no precisarán más que armar unas coberturas, unos alpendes, bajo los cuales se abrigarían, y así, muy a su salvo, nos fusilarán desde arriba con todo sosiego o nos echarán aceite hirviendo encima, que es mala costumbre de ellos. Responden los defensores del ataque inmediato que quedar a la espera de que los moros se rindan por hambre no es cosa de hidalgos de tan alto linaje como los que allí se encuentran, y que fue ya inmerecida caridad proponerles que se retirasen llevándose haberes y pertenencias, ahora sólo la sangre podrá lavar los muros de Lisboa de la mancha infame que hace más de trescientos cincuenta años infecta estos lugares que puros a Cristo es hora de restituir. Ha oído el rey a unos y otros, a unos y otros reconoce un tanto de razón y se la niega, porque si es verdad que no le parece propio de su dignidad quedarse a la espera de que el fruto caiga maduro del árbol, tampoco cree que un ataque lanzado a lo bruto pueda causar efecto, aunque traigan para hundir las puertas de la ciudad a todos los carneros del reino. Pidió entonces el caballero Enrique licencia para recordar que en todos los cercos de Europa se han venido usando, con los mejores resultados, unas torres móviles de madera, es decir no tan móviles pues para mover un artefacto de ésos se precisa una multitud de gente y de bestias, lo que cuenta es que en lo alto de la torre, cuando alcance la altura conveniente, construiremos un pasadizo que, bien protegido de ataques, irá poco a poco avanzando en dirección al muro, y desde él se lanzarán nuestros soldados como torrente incontenible, llevándose por delante sin merced ni recurso a la nefanda marisma, y concluyó la explicación diciendo, Grandes son las ventajas que vendrán a Portugal de imitar, en éste como en otros casos, lo que en Europa se está haciendo de más moderno, aunque al principio experimentéis dificultades para meteros en la cabeza las tecnologías nuevas, y, por mí, sé de la construcción de tales torres lo suficiente para enseñar a los nativos, Vuestra Alteza no tiene más que darme órdenes, confiado que el día de la distribución de premios no quede en olvido la especial importancia de mi contribución en el marco de los apoyos con que, pese a las defecciones comprobadas, pudo contar Portugal en esta hora decisiva de su historia.

Inclinábase el rey a anunciar su decisión, oídos ya tan avisados consejos, cuando otros dos cruzados se levantaron y pidieron la palabra, uno normando, otro francés, para decir que también ellos eran peritos en levantar torres de aquéllas, y que allí mismo pedían reconocimiento de competencias al respecto, haciendo valer la economía de sus métodos, tanto en diseño como en construcción, con la confianza de que serían aceptadas sus propuestas. En cuanto a las condiciones, también ellos se entregaban a la magnanimidad del rey y a su gratitud se confiaban, uniéndose por tanto al caballero Enrique, y haciendo suyas sus palabras por las mismas causas y razones. A quienes no gustó este giro del debate fue a los portugueses, ni a los partidarios de la espera ni a los que lo eran de la acción inmediata, si bien por motivos diferentes, sólo de acuerdo unos y otros en rechazar la hipótesis, peligrosamente creíble, de que los extranjeros llevaran la primacía, sin que la gente de esta tierra sirviera más que de mano de obra anónima, sin derecho a dejar su nombre inscrito en la obra y en la lista de recompensas. Verdad era que a los defensores del cerco pasivo no les desagradaba del todo el proyecto de las torres, pues resultaba evidentísimo que no podrían ser construidas en el desorden de los ataques, sin embargo a estas consideraciones habría que sobreponer siempre el orgullo patriótico, y así acabaron aquéllos haciendo frente común con los impacientes y partidarios de una acción pronta y directa, intentando de esa manera aplazar la simple recepción de las propuestas extranjeras. Ahora bien, la prueba de que Don Afonso Henriques merecía verdaderamente ser rey, y no sólo rey, sino rey nuestro, está en que supo decidir como Salomón, otro ejemplo de despotismo ilustrado, al fundir en un solo plan estratégico las diferentes tesis, disponiéndolas en una armoniosa y lógica sucesión. Felicitó en primer lugar a los partidarios del ataque inmediato por las virtudes de valor y osadía que así demostraban, dio luego su enhorabuena a los ingenieros de las torres por su sentido práctico adornado por los modernos dones de la invención y la creatividad, se congratuló finalmente con los demás por encontrar en ellos el loable mérito de la prudencia y la paciencia, enemigas de riesgos innecesarios. Hecho esto, sintetizó, Determino, pues, que el orden de las operaciones sea el siguiente, primero, asalto general, segundo, en el caso de que falle, avanzarán las torres, la alemana, la francesa, la normanda, tercero, si todo falla, mantendremos el cerco indefinidamente, que algún día se rendirán. Los aplausos fueron unánimes, o porque hablando el rey así debe ser, o porque todos encontraron satisfacción bastante en la decisión tomada, lo que vino a expresarse por tres diferentes dictados, o divisas, cada cual para su facción, decían los primeros, Candela que va delante, alumbra dos veces, contestaban los segundos, El primer mijo, para los pardales, remataban irónicos los terceros, Reirá mejor quien ría el último.

La evidencia de la mayor parte de los acontecimientos que constituyeron, hasta ahora, lo más sustancial del meollo de este relato, ha venido a demostrar que a Raimundo Silva no le sirvió de nada intentar hacer valer sus puntos de vista propios, ni cuando ellos transcurrían por así decir en línea recta, obligatoriamente, de la negativa introducida en una historia que, hasta ése su acto, se mantenía presa de esa especie de fatalidad particular a la que llamamos hechos, ya tengan ellos sentido en su relación con otros, ya surjan como inexplicables en un determinado momento del estado de nuestro conocimiento. Se da cuenta él de que su libertad comenzó y acabó en aquel preciso instante en que escribió la palabra No, de que a partir de ahí se había puesto en movimiento una nueva fatalidad, igualmente imperiosa, y que no le queda ahora sino intentar comprender lo que, habiendo comenzado por parecer iniciativa y reflexión suya, resulta tan sólo de una mecánica que le era y continúa siendo exterior, de cuyo funcionamiento alimenta apenas una muy vaga idea y en cuya actividad interviene no más que por el manejo aleatorio de palancas o botones cuya real función se desconoce, sabiendo únicamente que ése es su papel, botón o palanca movidos aleatoriamente por la emergencia de impulsos no previsibles, o, si adivinables e incluso autoestimulados, fuera de toda previsión en lo que se refiere a sus consecuencias próximas o remotas. Por eso se puede comprobar que, no habiendo él previsto, efectivamente, contar la nueva historia del cerco de Lisboa como aquí viene contada, se ve de pronto confrontado con el resultado de una necesidad tan implacable como la otra, aquella de la que había creído huir por la simple inversión de un signo y en la que al fin volvía a caer, ahora en negativo, o para hablar en términos menos radicales, como si hubiera escrito la misma música bajando medio tono en todas las notas. Raimundo Silva está pensando, seriamente, en poner punto final a su relato, en hacer regresar a los cruzados al Tajo, que no deben de ir muy lejos, estarán tal vez entre el Algarve y Gibraltar, y dejar así que la historia se cumpla sin variaciones, como mera repetición de hechos, según consta en los manuales y en la Historia del Cerco de Lisboa. Considera que ha dado ya su fruto verdadero el pequeño árbol de la Ciencia del Error por él plantado, o lo tiene prometido, que ha sido colocar a este hombre ante aquella mujer, y si eso hecho está, que empiece un capítulo nuevo, tal como se interrumpe un diario de navegación en el momento del descubrimiento de la nueva tierra, claro está que nadie prohíbe que se continúe escribiendo el diario de a bordo, pero será ya otra historia, no la del viaje, terminado, sino la del encuentro y la de lo que fue encontrado. Sin embargo, Raimundo Silva sospecha que tal decisión, si la tomara, no le iba a gustar a María Sara, que ella lo miraría indignada, y quizá incluso con una insoportable expresión de decepción. Siendo así, no habrá, por ahora, punto final, sólo una suspensión hasta la anunciada visita, que, por otra parte, en este momento en que estamos, Raimundo Silva sería incapaz de escribir una sola palabra más, si tiene perdida la serenidad del todo al ponerse a imaginar que tal vez Mogueime, en la víspera del asalto en masa ya decidido, y teniendo ante los ojos los muros de Lisboa resplandecientes de hogueras en las terrazas, se pusiera, él, a pensar en una mujer algunas veces avistada en estos días, Ouroana, barragana de un cruzado alemán, y que a esta hora estará durmiendo con su señor, en el Monte da Graça, en casa cubierta sin duda, y en una estera tendida en los ladrillos frescos en los que nunca volverá a acostarse un moro. Mogueime se ahogaba dentro de la tienda y salió para refrescarse, los muros de Lisboa, iluminados por las hogueras, parecían hechos de cobre, Que yo no muera, Señor, sin probar el gusto de la vida. Se pregunta ahora Raimundo Silva qué semejanzas hay entre este imaginado cuadro y su relación con María Sara, que no es barragana de nadie, con perdón de la impropia palabra, sin cabida hoy en el vocabulario de nuestras costumbres, ella dijo, Hace tres meses he puesto fin a una relación, no he empezado otra, son situaciones obviamente distintas, se supone que de común está sólo el deseo, que tanto lo sentía el Mogueime de aquel tiempo como lo está sintiendo el Raimundo de ahora, las diferencias, que las hay, son culturales, sí señor.

En una de estas vueltas del pensamiento, Raimundo Silva fue distraído de sus preocupaciones por el recuerdo súbito de que en ninguna ocasión mostró María Sara curiosidad por saber cómo estaba él de relaciones sentimentales, para darles un nombre en el que todo cabe. Tal indiferencia, que al menos formalmente lo era, le provocó un movimiento de despecho, A fin de cuentas, no soy hombre acabado, qué se cree ella, y acto continuo se dio cuenta de que estaba dando voz a una especie de enfado infantil, disculpable según el conocido hecho de ser los hombres, todos, unos perfectos niños, agravado, ese enfado, por el malhumor de una virilidad ofendida, Orgullo de macho, orgullo de bestia, rezongó, y apreció la expresividad lapidaria de la fórmula, semánticamente intachable. Realmente, la actitud de María Sara podía ser explicada por su discreta naturaleza, hay personas absolutamente incapaces de forzar las puertas de la intimidad ajena, lo que, si bien se mira, no es el caso de ésta, que en todas las circunstancias, desde el principio, tomó las riendas y la iniciativa, sin contemplaciones. La explicación ha de ser pues otra, por ejemplo, considerar María Sara que su franqueza debía de ser espontáneamente retribuida, y, siendo así, no es imposible que a esta misma hora esté ella con malos pensamientos del tipo de Ojo con hombre que no habla y perro que no ladra. Tampoco se ha de excluir la probabilidad, más de acuerdo con la moral de los modernos tiempos, de haber encarado ella cualquier eventual relación con él como factor sin importancia, del género Yo sólo tengo que demostrar lo que siento, no voy a averiguar primero si el caballero está libre o no, que lo diga él. En todo caso, quien tuvo la idea de ir al fichero de personal para saber el domicilio de un corrector pudo también aprovechar la oportunidad para asegurarse de su estado civil, aunque se tratara de información antigua. Soltero es lo que está escrito en la ficha de Raimundo Silva, pero, si él se hubiera casado después, seguro que a nadie se le ocurriría registrar el cambio de estado. Aparte de eso, no se ignora que entre el estado de soltero y el de casado, o de divorciado, o de viudo, no son pocas las situaciones posibles, antes, durante y después, resumibles en las respuestas que cada uno va encontrando a la pregunta, A quién es a quien yo quiero, independientemente de querer a quien, incluyéndose aquí, claro está, todas las variantes principales y secundarias, tanto activas como pasivas.

En los dos días siguientes, María Sara y Raimundo Silva hablaron mucho por teléfono, repitiendo algo de lo que ya antes habían dicho, maravillándose a veces con lo que de nuevo iban encontrando y buscando las mejores palabras para expresarlo de modo diferente, proeza prácticamente imposible, como se sabe. Fue en la tarde del segundo día cuando María Sara anunció, Mañana voy a trabajar, saldré una hora antes y paso por su casa. A partir de este momento, Raimundo Silva empezó a confirmar todo cuanto se afirma sobre el carácter infantil de los hombres, inquieto como si sintiera la necesidad de expulsar de sí una sobrecarga de energía, impaciente por el hecho de que el tiempo sea la más vagarosa de las cosas de este mundo, caprichoso también, o antipático, como mentalmente le llamó la señora María, al ver confundida la rutina de sus servicios de limpieza y ordenación por las exigencias absolutamente absurdas de un hombre normalmente acomodaticio. La primera sospecha de ella, la de que había moros en la costa, manifestada cuando vio la rosa en el solitario, y que se convirtió en casi certeza, aunque certeza sin objeto, cuando las rosas pasaron a ser dos, se transformaba ahora en convicción firme ante el alboroto, por así decir impropio, de quien llegó incluso a exhibir un dedo índice sucio de polvo recogido en una moldura de la puerta, repitiendo así la desagradable tradición de las amas de casa maníacas de la higiene. Raimundo Silva sólo empezó a entender que debía dominrse cuando la señora María, provocativa, le preguntó, Quiere que cambie hoy las sábanas o espero hasta el viernes como de costumbre. Infantiles, los hombres son también transparentes. Menos mal que Raimundo Silva no estaba en aquel momento en el dormitorio, así la señora María no llegó a verlo tan aturdido, aunque a ella le bastaba, como confirmación de haber dado en el blanco, el afligido temblor de voz que su oído finísimo identificó, No veo motivo para alterar los hábitos de la casa, frase que no llegó a engañarla y que acabó por despertar en él otra inquietud, vaga, sinuosa, que intentaba repeler las únicas palabras con las que lealmente se expresaría, demasiado crudas para ser recibidas en su monólogo interior, Estarán las sábanas lo bastante limpias si acabamos en la cama, y no sabe qué responder, oye a la señora María que dice, chocarrera en su punto justo, ni más ni menos, Creí que querría que se las cambiara, y se calla cobardemente, si ella cambia las sábanas, que lo haga por su cuenta, será el destino quien decida. Sólo cuando la asistenta se vaya irá él a comprobar, y ve entonces que ha puesto las sábanas limpias, pese a todo la señora María es misericordiosa, pero él no acaba de decidirse entre quedar satisfecho o contrariado. Qué complicada es la vida.

Pasaba poco de las cinco cuando sonó el timbre. Un toque leve, como de pasada, que precisamente hizo correr a Raimundo a la puerta como si tuviese miedo de que fuese una vez para nunca más, sólo en la sinfonía de Beethoven el destino llama y vuelve a llamar, en la vida no es así, hay ocasiones en las que tuvimos la impresión de que alguien estaba esperando fuera, y cuando fuimos a ver no había nadie, y en otras llegamos sólo un segundo tarde, la diferencia es que, en este caso, aún podemos preguntarnos, Quién habrá sido, y pasarnos el resto de la vida soñando con eso. Raimundo Silva no necesitará soñar. María Sara está allí, en el umbral, y entra, Hola, dijo, él respondió, Hola, y se quedaron los dos en el estrecho pasillo, un poco sombrío ahora que la puerta se ha cerrado. Raimundo Silva encendió la luz murmurando, Perdón, como si hubiera adivinado un pensamiento a María Sara, suspicaz y equívoco, Lo que tú quieres es aprovecharte de la oscuridad, crees que no me doy cuenta, la verdad es que empieza mal la tan deseada visita, estos dos que al teléfono tantas veces fueron inteligentes y brillantes, hasta ahora sólo se han dicho Hola, cuesta creer que después de las promesas implícitas, del juego de las rosas, de estos valerosos pasos que ella dio, quién sabe si no estará desilusionada con la manera de recibirla. Afortunadamente, en situaciones como ésta, difíciles, el cuerpo es rápido en comprender que el cerebro no está en condiciones de dar órdenes y se mueve por su propia cuenta, en general hace lo que conviene, y por el camino más corto, sin palabras, o usando de ellas lo que les sobra de inocua y casual, fue así como Raimundo Silva y María Sara se encontraron en el despacho, ella no se ha sentado aún, tiene su mano en la mano de él, tal vez ni una ni otro tengan conciencia de que están así desde que ella entró, sólo saben que están cogidos de la mano, la derecha de él y la izquierda de ella, María Sara busca una silla con la mirada, es entonces cuando Raimundo Silva, como si no hubiera otra manera de retenerla aún un instante, se lleva la mano de ella a los labios, y dio resultado, sí señor, porque María Sara, en el instante siguiente, estaba mirándolo de frente y él podía atraerla un poco hacia sí, los labios rozándale apenas la frente, junto a la raíz de los cabellos. Tan cerca e inmediatamente después tan lejos, porque ella retrocedió, cierto es que sin brusquedad, al tiempo que decía, Es una visita, recuérdelo. Él la soltó suavemente, Lo recuerdo, dijo, e indicó una silla, Al lado hay una salita con asientos más confortables, pero creo que se sentirá mejor aquí donde estamos, y tras decir esto se sentó en la única silla que quedaba, la del escritorio, permanecieron separados por la mesa, como en un consulta, Dígame qué le pasa, pero María Sara no hablaba, sabían ambos que le competía hablar a él, aunque sólo fuera para dar la bienvenida a quien acababa de llegar. Y él habló. Lo hizo en un tono uniforme, prácticamente sin modulaciones de persuasión o insinuación, queriendo que cada palabra valiese por sí misma, por el significado desnudo que en aquel momento y en aquella situación pudiese alcanzar, Vivo solo en esta casa, hace ya muchos años, no tengo mujer excepto cuando la necesidad aprieta, y entonces sigo sin tenerla, soy una persona sin atributos especiales, normal hasta en los defectos, y no esperaba ya mucho de la vida, en fin, esperaba conservar la salud porque es una comodidad, y que el trabajo no faltase, a esto, que no es poco, lo reconozco, se limitaban mis ambiciones, ahora me gustaría que la vida me diese lo que nunca recuerdo haber tenido, el sabor que realmente tiene. María Sara lo oyó sin apartar los ojos de los de él, salvo por un rápido movimiento en el que la atención concentrada fue sustituida por una expresión de sorpresa y curiosidad, y dijo, cuando Raimundo Silva llegó al fin, No estamos, creo yo, estableciendo las condiciones de un contrato, ni necesita informarme de lo que ya sabía, Es ésta la primera vez que le hablo de cosas particulares de mi vida, Las cosas que creemos particulares casi siempre son de conocimiento general, no imagina lo que se acaba sabiendo al cabo de dos o tres conversaciones aparentemente desinteresadas, Estuvo haciendo preguntas sobre mí, Hice preguntas sobre los correctores que trabajan para la editorial, para ayudarme a tener una idea, comprende, pero la gente está siempre dispuesta a decir más de lo que se le pregunta, es cuestión de estimularla un poco, de encaminarla sin que se den cuenta, Ya había notado esa habilidad suya, desde el principio, Sólo la uso para fines buenos, No me estoy quejando. Raimundo Silva se pasó la mano por la frente, vaciló un segundo, luego dijo, Me teñía el pelo, dejé de teñírmelo, las raíces blancas no son un espectáculo agradable, perdone, pronto volveré a estar con mi pelo natural, Pues yo he dejado de estarlo, por su culpa he ido hoy a la peluquería a teñirme mis venerables canas, Eran tan pocas que creo que no valía la pena, Entonces se había fijado, La miré desde lo bastante cerca, como me habrá mirado a mí para preguntarse cómo un hombre de mi edad no tenía aún canas, Nunca me pregunté tal cosa, a primera vista se notaba que se teñía el pelo, a quién cree que podría engañar, Probablemente sólo a mí mismo, Como yo he decidido ahora empezar a engañarme, Es igual, Qué es lo que es igual, Sus razones para teñirse, las mías para dejar de hacerlo, Explíquese mejor, He dejado de teñirme el pelo para ser como soy, Y yo, por qué me lo teñí yo, Para seguir siendo como es, Casuística admirable, voy a tener que practicar gimnasia mental todos los días para estar a su altura, No soy yo el más alto de los dos, sí el más viejo. María Sara sonrió levemente, Es una evidencia inconmovible que, por lo visto, le preocupa mucho, No me ha preocupado, la edad de cada uno sólo tiene un significado real en relación con la edad del otro, supongo que seré joven para una persona de setenta años, pero no tengo la menor duda de que para un muchacho de veinte estoy en la vejez, Y con relación a mí, cómo se ve, Ahora que se ha teñido sus escasas canas y yo estoy dejando aparecer todas las mías, soy un hombre de setenta años ante una muchacha de veinte, Sus cuentas están equivocadas, sólo quince años nos separan, Entonces tengo treinta y cinco años. Se echaron a reír los dos, y María Sara dijo, Vamos a llegar a un acuerdo entre los dos, Qué acuerdo, Que el tema de la edad y de las edades ha quedado agotado con esta conversación, Intentaré no volver a él, Será conveniente que haga algo más que intentarlo, porque no seré yo la interlocurora, Hablaré con el espejo, Hablará consigo mismo, si le gusta, pero no he venido a su casa para esto, Imagino que preguntarle para qué vino sería pretencioso por mi parte, O grosero, No estoy diciendo lo que debería, de repente me sale una frase que lo echa todo a perder, Que no le asuste ese miedo, no ha echado a perder nada, la verdad es que los dos estamos asustados, Si yo me levantara de aquí y le diera un beso, quizá, No lo haga, pero si lo hace no lo anuncie primero, Cada vez peor, otro en mi lugar sabría cómo proceder, Otro en su lugar tendría aquí otra mujer, Me rindo, He dicho que era sólo una visita, le pedí que esperase, Es lo que hago, pero yo ya sé lo que quiero, Convengo en que es importante saber qué se quiere, todo el mundo tiene en la boca frases así, pero creo que es mucho mejor querer lo que se sabe, se tarda más, es cierto, y la gente no tiene paciencia, Me rindo otra vez, qué puedo hacer entonces, Puede mostrarme su casa, habitualmente se empieza por ahí, Dime cómo vives y te diré quién eres, Al contrario, te diré cómo no debes vivir si me dices quién eres, Estoy intentando decirle quién soy, Y yo intentando descubrir cómo vamos a vivir. Raimundo Silva se levantó, se levantó también María Sara, él dio la vuelta a la mesa, se acercó, pero no demasiado, sólo le rozó un brazo, como para indicarle que iba a empezar la visita, con todo, ella se demoraba, miraba la mesa, los objetos de encima, la lámpara, papeles, dos diccionarios, Es aquí donde trabaja, preguntó, Sí, aquí trabajo, No veo señales de cierto cerco, Las verá, el castillo no es sólo este despacho.

Sabemos que hay mucho más que esto, el cuarto de baño, hasta hace unas semanas también laboratorio de cosmética, la cocina, de las tostadas y de la comida repetitiva y frugal, el despacho, donde ahora mismo estábamos, la sala de estar, inhóspita y abandonada, esta puerta que da al dormitorio. Con la mano en el pomo, Raimundo Silva parece vacilar antes de abrirla, lo retiene una especie de respeto supersticioso, decididamente es un hombre de otros tiempos, y teme ofender el pudor de una mujer poniéndole delante de los ojos la libidinosa visión de la cama, aunque haya sido ella quien le ha pedido, Muéstreme su casa, lo que nos permite suponer que sabía muy bien lo que la esperaba. Al fin se abre la puerta, es el dormitorio con sus caobas excesivas, y enfrente, todo a lo ancho, la cama, la colcha blanca, gruesa, debajo de la almohada el embozo de la sábana, inmaculado, hay una luz que se filtra por la ventana y suaviza los contornos de las cosas, y también un silencio que parece respirar. Estamos en abril, las tardes son largas ya, los días se prolongan, será por eso por lo que Raimundo Silva no enciende la luz, también para que no se eche a perder esta penumbra apenas iniciada, que, a su vez, lo desasosiega, no irá María Sara a pensar mal de sus intenciones, lo sabemos de sobra, por experiencia y por oírlo contar, como tantas veces se llega al deslumbramiento por el camino de una oscuridad, en el corazón profundo de la oscuridad. María Sara vio inmediatamente las dos rosas en el solitario, sobre la pequeña mesa al lado de la ventana, y las hojas de papel, una medio escrita en el centro, a la izquierda una pequeña rima, ahora debía Raimundo Silva encender aquella lámpara para crear efecto y atmósfera, pero no lo hizo, se acercó a un lado, casi a los pies de la cama, como si quisiera esconderla, y esperaba las palabras, temblaba al no poder adivinar qué palabras iban a ser dichas, no pensaba en gestos, en actos, sólo en palabras, aquí, en este cuarto.

María Sara se acercó a la mesa, durante unos segundos se quedó allí, parada, como si aguardase la explicación siguiente del guía, él podía decirle, por ejemplo, Fíjese en las rosas, y ella tendría que desviar los ojos, interesarse por las flores, gemelas de las otras que tiene en casa, y, luego, una alusión cómplice por su parte, una discreta expresión de sentimiento tal vez amoroso, Nuestras rosas, acentuando el pronombre, pero él sigue callado y ella no hace más que mirar la página medio escrita, no necesita preguntar para saber que están aquí las señales del cerco, aún indescifrables a la media luz, pese a la buena caligrafía del cronista. Comprende que Raimundo Silva no va a hablar, y ella querría y al mismo tiempo no quiere que hable, que nada venga a interrumpir este silencio irreal, pero que ocurra algo que impida la irrupción de otro mundo en este en el que estamos, la misma muerte, tal vez, único otro mundo verdaderamente, que entre marcianos y terrestres, si se encontraran, siempre habría de común la vida. En el instante preciso aparta un poco la silla y se sienta, con la mano izquierda enciende la lámpara, la luz cubre la mesa y difunde por el cuarto un halo como de tenuísima e impalpable neblina. Raimundo Silva no se movió, intenta analizar una difusa impresión de que con aquel gesto María Sara acaba de tomar posesión material de algo ya antes poseído por la conciencia, inmediatamente piensa que por muchos años que viva no habrá nunca otro momento como éste, aunque ella vuelva a esta casa y a este cuarto muchas veces, aunque, idea absurda, aquí acabaran viviendo todos los momentos de la vida. María Sara no tocó el papel, tiene las manos juntas en el regazo, y lee desde la primera línea, no sabe qué fue escrito en la página anterior, y en las otras, desde el inicio de la historia, lee como si en estas diez líneas se contuviera todo cuanto le importase saber de la vida, una sentencia final, un último resumen, o, al contrario, la carta sellada donde se encuentra consignado el nuevo rumbo de su navegación. Ha acabado de leerlo, y sin volver la cabeza, pregunta, Quién es esta Ouroana, y ese Mogueime, quién es, estaban los nombres, y poco más, como sabíamos. Raimundo Silva dio dos pasos breves hacia la mesa, se detuvo, Aún no lo sé bien, dijo, y se calló, porque debería haberlo adivinado, las primeras palabras de María Sara eran para indagar quiénes eran ellos, éstos, aquéllos, cualesquiera otros, en definitiva, nosotros. María Sara pareció contentarse con la respuesta, tenía experiencia suficiente de lectora para saber que el autor sólo conoce de los personajes lo que ellos han sido, e incluso así no todo, y poquísimo de lo que serán. Dijo Raimundo Silva, como si respondiera a una observación hecha en alta voz, No creo que podamos llamarles personajes, Personas de libro personajes son, contestó María Sara, Los veo más bien como si pertenecieran a un escalón intermedio, diferentemente libres, por lo que no tendría sentido hablar ni de la lógica del personaje ni de la necesidad contingente de la persona, Si no puede decirme quiénes son, dígame al menos qué hacen, Él es soldado, estuvo en la toma de Santarem, a ella la raptaron en Galicia para servir de barragana a un cruzado, Hay una historia de amor, Si se le puede llamar así, Lo duda, Es que no sé cómo se amaba en aquel tiempo, es decir, soy capaz quizá de imaginar el sentimiento, pero no tengo idea ni información de cómo lo expresarían entonces un hombre y una mujer del pueblo, la lengua, en este caso, no sería obstáculo, los dos hablaban gallego, Invente una historia de amor sin palabras de amor, sans mots d’amour, supongo que alguna vez habrá ocurrido, Lo dudo, al menos en la vida real, y por lo que sé, es imposible, Y esa Ouroana, siendo barragana de un cruzado, imagino que hidalgo, cómo va a parar al soldado Mogueime, El mundo da muchas vueltas, y nos da a nosotros muchas más, y al fin está la muerte, el cruzado Enrique, que así se llama, va a morir pronto, Ah, ese cruzado suyo es el mismo de la Historia del Cerco de Lisboa, de la otra, Exactamente, Entonces va a contar también eso de los milagros que obró después de muerto, No perdería la oportunidad, El de los dos mudos, Sí, pero con una ligera modificación, la respuesta de Raimundo Silva vino acompañada de una sonrisa. María Sara puso la mano sobre el montoncito de cuartillas, Puedo mirar, preguntó, No querrá leer eso ahora, por otra parte, estoy aún lejos del final, la historia estaría incompleta, No tengo paciencia para esperar más, y tampoco son tantas las hojas, Por favor, hoy no, Tengo curiosidad por saber cómo ha resuelto el problema de la negativa de los cruzados, Mañana hago fotocopias y se las llevo a la editorial, Bien, de acuerdo, ya que no puedo convencerlo. Se levantó, Raimundo Silva estaba muy cerca, Es tarde, dijo María Sara, y miró hacia la ventana, Puedo abrirla, preguntó, No se preocupe, no voy a hacerle nada, dijo Raimundo Silva, tengo presente que ha venido de visita y nada más, Tenga también presente que eso es una tontería, quiero respirar, ver la ciudad desde aquí, nada más.

Era un crepúsculo suave, el frío del atardecer apenas se sentía. Lado a lado, con los codos apoyados en el alféizar, María Sara y Raimundo Silva miraban en silencio, conscientes de sus mutuas presencias, el brazo de uno sintiendo el brazo del otro, y, poco a poco, la tibieza de la sangre. El corazón de Raimundo Silva latía con fuerza, le resonaba en los oídos, el de María Sara parecía querer agitarla de la cabeza a los pies. El brazo de él se acercó un poco más, el de ella permaneció donde estaba, expectante, pero Raimundo Silva no se atrevió a ir más lejos, poco a poco lo iba invadiendo el miedo, Puedo fallar, pensaba, no veía muy claro, o no quería ver, en qué podría fallar, pero esa misma indeterminación aumentaba su pánico. María Sara sintió que todo él retrocedía, como un caracol que se recoge a la protección de la concha, cada vez más profundo, y dijo cautelosamente, Es bonita la vista. Las primeras luces aparecían en las ventanas tocadas aún por un resto de claridad diurna, los faroles de la calle acababan de encenderse, alguien cerca de allí, en el Largo dos Lóios, habló en voz alta, alguien respondió, pero las palabras eran incomprensibles. Raimundo Silva preguntó, Los ha oído, Sí, los oí, No conseguí oír lo que decían, Yo tampoco, Nunca sabremos hasta qué punto nuestras vidas cambiarían si algunas frases oídas pero no percibidas hubieran sido entendidas, Lo mejor, creo yo, sería empezar por no simular que no percibimos las otras, las claras y directas, Tiene toda la razón, pero hay gente a quien atrae más lo dudoso que lo cierto, menos el objeto que el vestigio de él, más la huella en la arena que el animal que la dejó, son los soñadores, Y ése es, evidentemente, su caso, Hasta cierto punto, aunque tenga que recordarle que no fue mía la idea de escribir esta nueva historia del cerco, Digamos que yo presentí que tenía delante a la persona indicada para hacerlo, O que, prudentemente, prefiere no cargar con la responsabilidad de sus sueños, Estaría aquí si eso fuese verdad, No, La diferencia es que yo no busco huellas en la arena. Sabía Raimundo Silva que no necesitaba preguntar qué era entonces lo que buscaba María Sara, ahora podría ponerle un brazo sobre los hombros, como sin intención, un gesto simple, sólo fraterno por ahora, y dejar que ella reaccionase, quizá que relajase el cuerpo, tal vez que se volviera, cómo decir, redonda, y se dejase caer un casi nada hacia el lado, inclinando un poco la cabeza, a la espera del gesto siguiente. O se quedaría tensa, protestando silenciosamente, deseando que él percibiese que aún no era el tiempo, Pero entonces, cuándo, se preguntaba Raimundo Silva a sí mismo, olvidado del miedo que había sentido, Después de lo que acabamos de decir, de lo que explícitamente nos prometimos, lo lógico sería que ya nos hubiéramos abrazado y besado, al menos, sí, al menos. Se enderezó como sugiriendo que debían retirarse hacia dentro, pero ella continuó inclinada en el alféizar, y él le preguntó, No tiene frío, No, nada de frío. Reprimiendo un movimiento de impaciencia, volvió a la posición anterior, sin saber ahora de qué hablar, imaginando viciosamente que ella estaba divirtiéndose a su costa, todo era mucho más fácil cuando le telefoneaba, pero no podía decirle, Váyase, que voy a llamarla. Entonces, para salir de aquella situación embarazosa, se le ocurrió la idea de buscar un tema neutro, Esa casa de enfrente ocupa el sitio de una de las torres que defendían la puerta que estaba en este lugar, aún se nota la forma en la base, Y la otra torre, dónde estaba, debía de haber dos, Aquí mismo, donde estamos, Está seguro, Con seguridad absoluta, no, pero todo indica que sí, considerando lo que se sabe sobre el trazado de lo que sería esta parte de la muralla, Entonces aquí en la torre, qué somos nosotros, moros o cristianos, De momento, moros, estamos aquí justamente para impedir que los cristianos entren, No lo conseguiremos, ni va a ser preciso esperar al final del cerco, fíjese en los paneles de azulejos con los milagros de San Antonio, a la entrada de la calle, Abominables, Los milagros, No, los azulejos, Por qué se llama esta calle del Milagre de Santo António, cuando sólo en los paneles hay tres, No sé, tal vez el santo haya hecho algún milagro especial a los concejales, verdad es que quedaría más bonito de los Milagros, lo que no es imaginable, por ejemplo, es que San Antonio haya contribuido militarmente a la conquista de Lisboa, porque entonces aún no había nacido, Dos de los milagros del panel son conocidos, el de la aparición del Niño Jesús y el de la cántara partida, el otro no lo conozco, hay un caballo, o una mula, no me he fijado bien, Es una mula, Y qué sabe del caso, Tengo aquí un libro, lo compré de lance hace tiempo, es del siglo XVIII, en el que se cuentan todos los milagros del santo, incluido éste, Y qué dice, Mejor sería que lo leyera, Queda para otra vez, Cuándo, No lo sé, mañana, pasado, un día. Raimundo Silva respiró hondo, era imposible simular que no entendía las palabras, y se juró a sí mismo recordárselas, inapelable, a María Sara como promesa definitiva que imperativamente reclama su cumplimiento propio. Quedó tan alegre, tan suelto y libre, que le puso sin pensarlo la mano en el hombro y dijo, No, seré yo quien le lea la historia de la mula, vamos adentro, Es muy larga, Como todo, se puede contar en diez palabras, o en cien o en mil, o no acabar nunca.

Raimundo Silva cerró la ventana y fue al despacho. María Sara lo oyó murmurar, No está aquí, dónde diablos lo he metido, y luego entró en la sala de estar, abría y cerraba las puertas de la librería, al fin, Aquí está. Reapareció con un tomo en cuarto, encuadernado en piel, vetusto de aspecto, con garantía de origen, y venía contento como quien buscó y ha encontrado, pero no el libro, Siéntese, dijo, y ella se sentó en la silla junto a la mesa, tenía la mano sobre la hoja de papel donde estaban los nombres de Ouroana y de Mogueime, él se quedó de pie, parecía mucho más joven, feliz, Oiga ahora atentamente, que vale la pena, empiezo por el título, ahí va, Sol Nacido a Occidente y Puesto al Nacer el Sol, San Antonio Portugués Luminaria Mayor en el Cielo de la Iglesia Entre los Astros Menores en la Esfera de Francisco, Epítome Histórico y Panegírico de Su Admirable Vida y Prodigiosas Acciones, Que Escribe y Ofrece a la Serenísima, Augusta, Excelsa, Soberana Familia de la Casa Real de Portugal, Cuyos Ínclitos Nombre y Apellidos se Felicitan y Esmaltan Con las Sagradas Denominaciones de Franciscos y Antonios, Por Mano del Reverendísimo Antonio Teixera Alveres, del Consejo de Su Majestad, Que Dios Guarde, Su Desembargador de Palacio, Magistrado Supremo del Consejo Real, del Consejo General del Santo Oficio, Canónigo Doctoral en la Catedral de Coimbra, y Lector de Prima Jubilado en las Dos Facultades de Cánones y Leyes, et coetera, Brás Luís Abreu, Cistagano Familiar del Santo Oficio, uff. María Sara se echó a reír, Espero haber entendido que el autor de la mirífica obra es ese Brás Luís de Abreu, Pues lo entendió muy bien, y la felicito, oiga ahora, página ciento veintitrés, atención, que empiezo, Con la noticia de que algunas Provincias de aquel Reino, el reino de que habla es Francia, se hallaban inficionadas de este contagio, el de la herética protervia, como se explica unas líneas más arriba, partió Antonio de Lemonges hacia Tolosa, Ciudad en este tiempo tan abundante de comercios como enriquecida de vicios, y lo que más es, pestilente seminario de los Herejes Sacramentarios que niegan la real presencia de Cristo en la Hostia Consagrada. Apenas se vio el Santo puesto en la palestra de los errores, cuando empezó a descender a la arena de los conflictos, sólo para subir de inmediato al carro de los triunfos. Picado por el ardiente celo de la gloria de Dios y de las verdades infalibles de su Fe, arboló en los pendones de la caridad las banderas de la doctrina, en los cuarteles de la penitencia las armas de la Cruz, y hecho trompeta Evangélica de la Divina palabra, tocó a marchar voces, a degollar vicios. Era el odio que tenía a los Heréticos tan implacable como incansable la actividad fogosa de su celo. Se sacrificó entero en aras de la Fe por víctima de su crueldad, como quien con tantas veras había ensayado la vida para la muerte, los afectos para el martirio. No se descuidaban aquellos Pájaros de mal agüero, que viviendo en la funesta noche de sus errores sólo rinden su altivez obstinada a las armas de la luz, de maquinar contra su vida venenos disfrazados, contra su honra diabólicos artificios, contra su reputación infernales inventos, solicitando, cuanto podían alcanzarlo las fuerzas de su malicia, desacreditar y oscurecer las luces de tanta doctrina, los trofeos de tamaña Santidad. Empezó a predicar Antonio con aplauso y admiración de todos los Católicos, y aún más porque, reconociéndolo Extranjero, lo veían hablar la propia lengua con tanta elegancia, fluencia y expedición que parece que se hubiera naturalizado en el Idioma, que, como él, se había legitimado en los afectos. Voló la Fama de los maravillosos productos que hacía en las Almas la eficacia de su Palabra, y los Herejes Predicantes, que empezaban a reconocer el gran daño, así lo entendían ellos, que se les seguía del nuevo predicador, porque en muchos, que se convertían de sus errores, iban perdiendo el crédito, con la soberbia y la presunción, vicios tan familiares en esta canalla, determinaron entrar con Antonio en Mercurial disputa, fiando de sus sofísticas cavilaciones una campal victoria.

Por ahora no se ven señales de mula, dijo María Sara, En aquel tiempo los caminos del mundo no eran cómodos, y los de la escritura lo eran aún menos, observó Raimundo Silva, y continuó, Fiáronse y se confiaron para este efecto de un insigne Dogmatizante Tolosano, entre ellos el más célebre y de mayor nombre, llamado Guialdo, hombre audaz, presuntuoso y muy versado en Sagradas Escrituras, inteligentísimo en la lengua Hebrea, en el ingenio acre, fogoso en el genio, y en todo aparejado siempre para las mayores disputas. No rechazó el Santo el cartel de desafío por satisfacer el duelo de la Fe, poniendo toda su confianza en Dios como único Agente de su causa. Se fijó día y sitio para la contienda. Fue innumerable el concurso, igualmente de Católicos que de Sectarios. Empezó el Hereje primero que Antonio, que siempre en el teatro del Mundo hizo primer papal la Malicia, orando con vanidosa ostentación de sus mal empleados estudios e introduciendo aliñadas parladurías con una abundante verbosidad de algunos cavilosos Silogismos. Dejó pasar la modestia del Santo aquella tormenta de palabras, llenas de artificio, vacías de verdad, y entró luego a rechazar sus depravados yerros, con tanta copia de lugares de la Sagrada Escritura, exornados con tan vivas razones, con tan legítimos sentidos, y con discursos tan apropiados, que ya la obstinación del Hereje se daba por vencida cuanto a los fatigados discursos del entendimiento, si aún no se mantuviera firme cuanto a los diabólicos caprichos de la voluntad. No individuo los agudos dilemas con que Antonio ennobleció este combate, porque superiores a la narración se entreguen al silencio de la historia como misterios de la fama, baste decir que procedió tan doctamente ilustre que, excediéndose a sí mismo, hizo más glorioso el suceso con la victoria de un imposible. Atención ahora, María Sara, ya se oye el batir de los cascos de la mula. Entre corrido y confuso se hallaba el perverso Dogmatizante por verse derrotado en la presencia de los mismos que con tanto orgullo esperaban ver triunfantes sus engaños. Y viendo totalmente deshechas las artificiosas redes de sus fraudulentas sofisterías, empezó a tentar la modestia y la humildad del Santo con este malintencionado discurso, En fin, Padre Antonio, dejémonos de las voces, conceptos y disputas, sólo nos queda ir a las obras, y ya que como preciado de Católico e hijo de la Iglesia Romana confías en los milagros, que en confirmación de los Artículos de la Fe fueron en los primitivos tiempos los motivos más poderosos de la prudente credulidad, yo me daré por últimamente derrotado si a favor de este artículo de la presencia Real del cuerpo de Cristo en el Sacramento obra Dios algún milagro. Antonio, que para coger en los conflictos la palma, tenía siempre a Dios de su mano, esperando en Él, respondió, Contento estoy, y confío en la misericordia de mi Señor Jesús Cristo, que por adquirir tu alma y las de tantos como siguen con abominable ceguera los impíos Dogmas de tus errores, ha de hacer ostentación de su poder infinito, a favor y en crédito de esta verdad Católica. A esta varonil y Santa resolución tornó el hereje, Pues yo soy el que he de elegir el milagro. Yo sustento en mi casa una Mula. Si ésta, después de tres días en que no haya comido ni bebido, a la vista de la Hostia Consagrada no le apetece ni mirar para el sustento por más que se lo ofrezcan, creeré firmemente ser verdad infalible que está Cristo en el Sacramento. Movido del Divino instinto, aceptó prontamente el Santo con un contento presagio del triunfo, que en su gran corazón sólo se admitía el desasosiego introducido por el alborozo. Y en confianza de que era tanto de Dios aquella causa, se prometió seguramente la victoria, previniéndose para el combate con las armas de la Humildad y con los aproches de la Oración.

Estoy estremecida, dijo María Sara, con la solemnidad del momento, y con el vernáculo, pero esos aproches me parecen un galicismo escandaloso, Así es, para que no olvidemos que hasta en el peor paño cae una mancha, continuemos, Llegó el día determinado, se juntó numeroso concurso de una y otra parte, la de los Católicos, confiada pero humilde, la de los Herejes, sobre incrédula, presuntuosa. Celebró Antonio el tremendo Sacrificio de la Misa en el más vecino Templo, y recibiendo en sus manos, con toda reverencia, la Hostia Consagrada, salió a donde el hambriento Bruto estaba prevenido. Le pusieron ante los ojos, y bien junto a la boca, una crecida ración de cebada, y, al mismo tiempo, con imperiosa voz, le dijo el Santo, En virtud y en nombre de Jesús Cristo, que tengo en mis indignas manos, te mando, Oh Creatura irracional, que, despreciado ese sustento, llegues a dar debida adoración a tu Creador, para que, convencida la proterva obstinación de los hombres, confiese las verdades de la Fe Católica Romana, obligada del instinto menos obstinado de los Brutos. Aún Antonio no había acabado de proferir semejantes palabras, cuando el Bruto torpe en esto no mostró que lo era, rechazando la comida que ya había empezado a devorar, y venciendo en sí las poderosas instancias de su natural apetito, se acercó al Santo y, postrado de rodillas, adoró a Cristo Sacramentado, con pasmo y admiración de todos los circunstantes. Atendían todos a este maravilloso espectáculo con lágrimas en los ojos, y siendo en todos un efecto, eran los afectos varios, porque las que en los Católicos eran lágrimas de devoción y ternura, en los Herejes eran de compunción y arrepentimiento. Celebraron los Católicos los triunfos de la Fe y detestaron más los Herejes los errores de la Secta. Sólo algunos rebeldes a la misma evidencia, enamorados aún de los absurdos, parece que galanteaban los oprobios. No obstante, no pudieron negarse, confundidos de estáticos, de modo que los mismos que antes de la batalla se prometían en los movimientos de su orgullo los aplausos del triunfo, fueron después, por la inmovilidad de sus acciones, las primeras estatuas ofrecidas a la victoria.

Raimundo Silva hizo una pausa para decir, Sigue un párrafo que describe la conversión de Guialdo y de sus parientes y amigos, ahorro la lectura, pero lo que no podemos perdernos es la perorata, Oh siempre admirable virtud la de Antonio. Ella hace que los Brutos se vuelvan humanos para confusión de los Hombres, ella hace que los Hombres dejen de ser fieras con la lección de los Brutos. Se quejaba David de que los irracionales domésticos sólo conocían el establo, donde hallaban el sustento, sin atender a la mano del Señor, que les hacía el beneficio, pero en esta ocasión a imperios de Antonio, olvidada la ingratitud de su naturaleza, despreció este viviente agradecido el sustento y el establo para adorar al verdadero Señor que le dio el ser y el sustento. Oh venturoso Animal. Ahora se conoce en ti que hay Brutos discretos, pues dejas a tantos Hombres brutos avisados. Una vez en Belén dejaste de comer la paja para agasajar a Dios nacido, ahora en Tolosa dejas de comer la cebada para adorar a Dios Sacramentado. Olvidaste la paja en el Pesebre para adorar al Niño manifiesto en la casa del pan, olvidaste la cebada en la Palestra por venerar a Cristo oculto en las especies del trigo. Ojalá fueras tú digno de razón como eres digno de aplauso. Tu instinto sí será fantasía, pero parece discurso, tu noción no será raciocinio, pero parece entendimiento. Sin tener memoria, parece que tienes advertencia en lo que veneras. Sin tener voluntad, parece que muestras afectos en lo que adoras. Sin tener entendimiento, parece que descubres juicio en lo que conoces. Dos milagros obró en ti Antonio en un solo prodigio para ser muchas veces prodigioso en este solo portento. Hizo que tu instinto bruto pareciera idea racional porque adoraste, hizo que tu animal voracidad pareciese abstinencia penitente porque no comiste. No fueron sólo dos los asombros, porque eran más en aquel paso los brutos. Era Guialdo ciego en la creencia de aquel misterio, manco en la Fe de aquella presencia, pero la fe que Antonio le dio la vista a la vista de aquella maravilla nunca rastreada, la fe que a Guialdo movió de inmediato con la palanca de tamaña novedad, nunca jamás vista. He aquí cómo, en una sola acción de Antonio Soberano, resultaron tres milagros estupendos, porque tres veces esmerado en la virtud fuese en él lo único triplicidad, porque tres veces milagroso en las obras fuese en él el admirable superlativo. Amén.

Raimundo Silva cerró el formidable libro con un movimiento de solemnidad burlesca y repitió, Amén, Está en el discurso del autor ese Amén, o es un añadido suyo, preguntó María Sara, Una tumefacción oratoria así no pedía menos, Qué mundo éste, en que tales cosas se creían y escribían, Yo diría más bien, este en que tales cosas no se escriben, pero todavía se creen, Definitivamente, estamos locos, Nosotros dos, Me refería a las personas en general, Yo soy de esos que siempre han tenido al ser humano por un enfermo mental, Como lugar común, no está mal, Tal vez le suene menos a lugar común mi hipótesis de que la locura es el resultado del choque producido en el hombre por su propia inteligencia, aún no nos hemos repuesto de la conmoción tres millones de años después, Y, según esa idea, iremos cada vez peor, No soy adivino, pero mucho me temo que sí. Fue a colocar el libro en la mesa en el exacto momento en que se levantaba María Sara, se quedaron los dos frente a frente, ninguno puede huir, y no lo quiere. Él le puso las manos en los hombros, era la primera vez que la tocaba así, ella alzó la cabeza, le brillaban mucho los ojos, tocados por la luz baja de la lámpara, y murmuró, No diga nada, ni una palabra, no me diga que le gusto, que me quiere, déme sólo un beso. Él la atrajo un poco hacia sí, pero no tanto que se tocasen sus cuerpos, y se inclinó lentamente hasta tocar con los labios los labios de ella, primero nada más que tocarlos, un roce levísimo, Y luego, tras una vacilación, las bocas se abrieron ligeramente, de pronto el beso total, intenso, ansioso. María Sara, María Sara, murmuró él, no se atrevió a decir otras palabras, ella no respondía, quizá no supiera decir aún Raimundo, muy equivocado está quien cree que es fácil pronunciar un nombre, en el amor, por primera vez. María Sara se retraía, él quiso seguirla, pero ella movió la cabeza, se alejó, sin brusquedad salió de los brazos de él, Tengo que irme, dijo, déme mi chaqueta, está en el despacho, y el bolso, por favor. Cuando Raimundo Silva volvió, ella tenía en la mano la hoja de papel y sonreía, El mundo está lleno de estos locos, dijo, y Raimundo Silva respondió, Mogueime, lo veo allí abajo, delante de la Porta de Ferro, a la espera de la orden de atacar, Ouroana, cuando caiga la noche, será llamada a la tienda del caballero Enrique para que éste goce en ella, en cuanto a nosotros, somos los moros que creen poder vigilar desde lo alto de una torre el avance del destino. María Sara recibió la chaqueta, que no se puso, el bolso, y se encaminó hacia la puerta del cuarto. Él la acompañó, hizo un ademán para retenerla, No, en un momento ella había abierto la puerta de la escalera, y desde allí anunció, Vuelvo mañana, no necesitas ir a la editorial a llevarme las fotocopias, y no me telefonees, por favor.

Raimundo Silva cenó poco, estuvo escribiendo hasta tarde, cuando llegó la hora de irse a la cama comprendió que no iba a sercapaz de abrirla, de acostarse en las sábanas limpias, ni siquiera de deshacer la armonía de la almohada sobre el embozo. Sacó del armario dos mantas de reserva y las llevó a la sala de estar, en el diván estrecho improvisó una cama, y allí durmió.

Generalmente, se considera demostración de insuperable bravura que sea el mismo condenado a muerte quien dé la orden de fuego al pelotón que lo va a fusilar, y hasta los más pacíficos o cobardes de nosotros, si puede ser y ayudan las circunstancias, habremos soñado alguna vez con ese fin glorioso, sobre todo si queda alguien para narrar el hecho, que glorias puertas adentro son menos estimadas. De hecho, es preciso haber venido al mundo con nervios de la más firme aleación, o, si son vibrátiles y estalladizos, estar poseído por una pasión por encima de lo común, patriótica o similar, para con nuestra ronca y luego para siempre callada voz gritar, Fuego, descargando así de culpa las conciencias de los matadores y alzando la nuestra propia, en el último destello, a las alturas sublimes del sacrificio y de la abnegación total. Es probable que el escenario habitual de estos actos, en particular en sus versiones cinematográficas, contribuya a una exaltación capaz de convertir a cualquier banal persona en un héroe, sólo por casualidad ausente del lugar dramático, precisamente por haber venido hoy al cine, a ver, bien en falso, bien en verdadero, cómo simuló morir el célebre actor, o cómo, documentalmente, muere un ajusticiado sin nombre. No hay ninguna insinuación maliciosa en esta duda, apenas lo que suponemos que es cierto, que ningún condenado a la silla eléctrica, o a la horca, o a la guillotina, o al garrote, o a la hoguera, habrá dado voz de acción para que enchufen la corriente, o abran la trampilla, o suelten la hoja afilada, o den vueltas al tornillo, o enciendan el fósforo, tal vez por no tener esas muertes dignidad, incluyendo las de más larga tradición en el arte, tal vez por faltar en ellas el factor militar, la institución de las armas, donde tantas veces suele hacer nido el heroísmo, que incluso cuando el condenado no pasaba de vulgar paisano, las balas que recibió en el pecho fueron rescate de la mediocridad y viático, o salvoconducto, gracias al cual le acabará siendo permitido, cuando llegue la hora, entrar en el paraíso de los héroes, sin querella de sentidos ni de causas, que allí se pierde la idea de tales diferencias terrenales.

Tan largo rodeo en la materia no ha tenido otra justificación que mostrar cómo, por inocencia, puede acontecer que alguien dé voz a su propia muerte, incluso aunque no siendo ella inmediata, y cómo, en este caso, palabras dichas con un santo propósito se convirtieron en sierpes furiosas que por nada de este mundo volverán atrás. Era mediodía, y los almuédanos habían subido a la terraza de los alminares para convocar a los creyentes a oración, que no por estar la ciudad cercada y puesta, en alborozos de guerra iban a dejar de cumplirse los ritos de la fe, pese a saber el de la mezquita mayor que de todos lados lo avistaban soldados cristianos, en particular los que asedian la Porta de Ferro, allí tan cerca, no le daba esto cuidado, en primer lugar por no ser la proximidad tanta que lo alcanzase un dardo perdido, en segundo lugar porque sus propias palabras lo habían de defender de los peligros, La ilaha illa lla, iba a clamar, Alá es el único Dios, y para qué le serviría sino lo fuese. Ahora bien, situado frente a las cinco puertas, el ejército de los portugueses no espera nada más que oír este grito para lanzar el ataque general y simultáneo, siendo éste el primer ítem en que, como sabemos, vino a articularse el plan definitivo de combate, conforme fue establecido por nuestro buen rey, oídos los pareceres de su estado mayor. Al irónico esmero de poner en boca de los moros inadvertidos la orden de asalto, deberemos resistir la tentación de, llevados por el hábito, llamarle maquiavélico, pues Maquiavelo, en ese tiempo, aún no había nacido y ninguno de sus antepasados, contemporáneos o anteriores a la toma de Lisboa, se había distinguido internacionalmente en el arte de engañar. Es necesario gran cuidado en el uso de las palabras, no empleándolas nunca antes de la época en que entraron en la circulación general de las ideas, bajo pena de que alguien se nos eche encima con inmediatas acusaciones de anacronismo, lo que, entre los actos reprensibles en la tierra de la escritura, viene a continuación del plagio. En verdad, si fuésemos ya entonces una nación importante, como lo somos hoy, no habría sido preciso esperar tres siglos a Maquiavelo para enriquecer la práctica y el vocabulario de la astucia política, sin más pensar llamaríamos afonsino a este golpe genial, Alá es el único Dios, grita el almuédano, y, como un solo hombre, avanzan los portugueses a paso de carga y dando voces para animarse contra las puertas de la ciudad, aunque un observador medianamente experto, a condición de ser imparcial, no podría dejar de observar cierta falta de convicción en las huestes corredoras, como quien no cree que con tan poco se vaya a llegar tan lejos. Cierto es que los arcos y las ballestas disparaban una verdadera lluvia de saetas, virotes y virotones sobre las almenas, para alejar de ellas a los moros de la guardia y dejar huelgo a los asaltantes de primera línea que, con hachas y martillos, intentan quebrar las puertas, mientras otros, manejando los pesados arietes, embisten rítmicamente contra ellas, pero los moros no se apartan, primero protegidos por los cobertizos que habían construido, y luego, cuando éstos empezaron a arder, incendiados por las teas atadas a las saetas mayores, los tiraron de los muros abajo sobre las cabezas de los portugueses, que así tuvieron que recular, chamuscados como cerdos después de la matanza. Apagados los fuegos más vivos, para lo que algunos soldados de Mem Ramires tuvieron que lanzarse a las aguas del estuario, de donde salieron rechinando y reclamando ungüentos, la artillería lanzó una nueva barrera, ahora más prudente, empleando con preferencia piedras y bolas de barro duro, porque los moros, diabólicamente maliciosos, nos daban el cambio con nuestras propias municiones, aconteciendo incluso que muriera un portugués, que visto está que nadie huye a su destino, con un virote de ida y vuelta del que había sido el primer tirador. Son casos que, aunque raros, acontecen en estos episodios de guerra, principalmente en trabajos de cerco, pues en éstos se aprovecha todo, flecha va, flecha viene, y si no fuese la depreciación resultante del uso ininterrumpido, una batalla como ésta podría no acabar nunca, incluso sin contar con las fábricas de elaboración continua de Braço de Plata, llegándose hasta el extremo de quedar un solo superviviente para un arsenal completo, tantas armas y nadie a quien matar.

Desde lo alto del alminar, el almuédano oía el fatal tumulto, cuán diferente del alarido de alegres voces que le había llegado a los oídos en aquel mismo lugar, cuando los cruzados partieron. Ahora no necesitaba bajar corriendo para saber qué pasaba, de sobras sabía que era la batalla que se reanudaba después de la pausa que siguió a la pérdida del arrabal, pero no se sentía inquieto, los gritos que oía, de sus hermanos, no eran de derrota y desesperación, sino de ánimo, así le parecían, y sin duda era así, que siendo ciego tenía la compensación de un oído finísimo, pese a la edad. En los otros minaretes de la ciudad, probablemente, estarían también sus almuédanos escuchando el tumulto, seis, ocho, diez ciegos de tantas otras mezquitas, colocados entre el cielo y la tierra, en negra oscuridad. Todos ellos eran responsables de este ataque, ellos eran los que habían dado la orden, pero, inocentes, no ligaban las palabras dichas con su efecto obvio, cada uno estaría diciendo, Qué coincidencia, y preferirían pensar que, aún en los aires los ecos de la santa llamada a la oración, si bien que confundidos ya con los bramidos y los juramentos de quienes combatían, era como si la presencia palpable de Alá protegiera la ciudad, enorme cúpula hecha de miríadas de otras pequeñas cúpulas vibrantes que iban descendiendo, desde el castillo, ladera abajo, hasta el río, mientras alrededor el Dios de los cristianos debería de estar con falta de escudos para defender de los proyectiles de arriba a sus escépticos soldados. Asustados por el tumulto, ladran los perros por estas laderas, buscan rincones y empiezan a enterrar huesos, para algo les ha de servir el instinto cuando hasta las personas dotadas de juicio presienten la aproximación de los días malos.

Esta alusión a los perros moros, es decir a los perros que con los moros aún convivían, cierto es que en su condición de impurísimos animales, pero que de aquí a poco comenzarán a alimentar con su sucia carne el cuerpo enflaquecido de las criaturas humanas de Alá, esta alusión, decíamos, hizo recordar a Raimundo Silva al de las Escadinhas de S. Crispim, si es que por el contrario, no fue un recuerdo no consciente de él lo que dio pie a la introducción del cuadro alegórico, con aquel breve comentario sobre juicio e instinto. Casi siempre, para tomar el tranvía, Raimundo Silva va hasta Portas do Sol, aunque sea mayor la distancia, y también por ahí regresa. Si le preguntásemos por qué lo hace, respondería que, teniendo una tan sedentaria profesión, le conviene mucho andar a pie, pero la razón verdadera no es precisamente ésa, de hecho no le importaría nada descender los ciento treinta y cuatro escalones, ganando tiempo y beneficiándose de las sesenta y siete flexiones de cada rodilla, si, por vanidad masculina, no se sintiera también obligado a subirlos, con la resultante cansera, que a todos toca si por aquí pasean, como se deja ver por la raridad de los alpinistas. Solución conciliatoria sería bajar por allí hasta la Porta de Ferro y tomar, para subir, el camino más largo y suave, pero hacerlo habría sido reconocer, de modo más que implícito, que pulmones y piernas ya no son lo que eran, valoración sólo presumible, porque el tiempo de la vida robusta de Raimundo Silva no entra en esta historia del cerco de Lisboa. En dos o tres veces que tomó, para bajar, en estas semanas, aquel camino, Raimundo Silva no encontró al perro, y pensó que, cansado de esperar de la avaricia de los vecinos la ración vital mínima, habría emigrado hacia otros parajes más abundantes de restos, o simplemente se le acabó la vida por haber esperado demasiado. Recordó su gesto de caridad y se dijo a sí mismo que bien lo podría haber repetido, pero esto de perros, se sabe cómo es, viven con la idea fija de tener un dueño que les dé confianza y pan y los tenga como reyes para siempre, se nos quedan mirando con aquella ansiedad neurótica y no hay más remedio que ponerles el collar, pagar la licencia y meterlos en casa. La alternativa será dejarlos morir de hambre, tan lentamente que no quede lugar para remordimientos, y, si es posible, en las Escadinhas de S. Crispim, por donde no pasa nadie.

Llegó noticia de que se había dispuesto otro camposanto en una planicie frontera al castillejo, bajo la ladera que está a mano izquierda del campamento real, por razón del trabajo que daba transportar a los muertos por barrancos y charcos hasta el monte de San Francisco, adonde llegaban molidos y, con este tiempo de gran calor, oliendo peor que los vivos. Como aquél, también el cementerio de San Vicente es doble, portugueses a un lado, extranjeros a otro, lo que, pareciendo desperdicio de espacio, responde en definitiva al deseo de ocupación inherente a la condición humana, que tanto sirve a los vivos como a los muertos. Aquí vendrá a parar, llegada su hora, el caballero Enrique, al que pronto le llegará esa otra hora suya, la de probar la excelencia táctica de las torres de asalto, confirmado como ya fue el malogro de los ataques directos contra puertas y murallas, ítem primero del plan estratégico. Lo que él no sabe, ni nadie se lo puede decir, es que el momento en que tendrá puestos en sí los esperanzados ojos del ejército, salvo los de los envidiosos, que ya en este tiempo los había, ese mismo momento, en el umbral de la gloria, será el de su infausta muerte, infausta militarmente hablando, digámoslo, porque a la otra gloria, más alta, estaba finalmente destinado quien de tan lejos viniera. Sin embargo, no anticipemos. Se trata ahora de enterrar a los treinta muertos nacionales que costó la tentativa contra la Porta de Ferro, y a ésos los llevarán las barcas al otro lado del estuario, y por la cuesta arriba cargándolos en angarillas improvisadas con palos toscamente aparejados. A la orilla de la fosa serán desnudados de las ropas que puedan aprovechar los vivos, si no están molestamente encortezadas en sangre, y aun así alguno menos escrupuloso y delicado las lavará, de donde viene a resultar que, en la generalidad de los casos, los muertos bajan a la sepultura tan desnudos como la tierra que los recibe.

Alineados, con los pies descalzos tocando la primera franja del lodo que las mareas altas y las olas mantienen fresco y blando, los muertos, bajo las miradas y burlas de los moros vencedores, allá en lo alto de los adarves, esperan la hora de embarcar. La tardanza está en ser, para el transporte, más los voluntarios que los necesarios, lo que podría sorprendernos tratándose de tarea tan penosa y lúgubre, contando incluso con el atractivo de la compensación vestimentaria, pero es el caso que todo el mundo quiere ir de barquero y camillero, porque al lado del cementerio se acababa de instalar, en estos días, el barrio del puterío, hasta ahora dispersas las mujeres por esos barrancos y revesas más escondidos a la espera de ver en qué paraba la guerra, si sería llegar, ver y vencer, ahí cualquier arreglo precario serviría, o si se iba a dar un cerco prolongado, como todo indica que vendrá a ser, apeteciendo entonces mayores comodidades, y en esta circunstancia se escoge un espacio sombreado, por estar caliente el tiempo y tirar del cuerpo el ejercicio, se arman unos cuantos chamizos de palos y ramajes sirviendo de toldo, para cama no se requiere más que una brazada de heno o unos rústicos hierbajos que con el tiempo se volverán terrizo confundido con el polvo de los muertos. No serían precisos extremos de erudición para notar, ahora, cómo ya en aquellos medievos tiempos, pese a la resistencia de la Iglesia a los símiles clásicos, andaban en confusión Eros y Tánatos, en este caso con Hermes como intermediario, pues no pocas veces con las mismas ropas de los muertos se pagaban los buenos servicios de mujeres que por estar en la infancia de su arte y en un país que se iniciaba, aún acompañaban con alegría y verdad los transportes del cliente. Ante esto, ya no sorprenderá el debate, Voy yo, voy yo, que no es señal de compasión por los compañeros perdidos ni pretexto para escapar por unas horas a las contingencias del frente de batalla, sí es apetito insoportable de la carne, dependiente, quién lo iba a decir, de los caprichos de favoritismo u obstinación de cualquier sargento-ayudante.

Y ahora pasemos un poco a lo largo de esta fila de cuerpos sucios y ensangrentados, tumbados hombro con hombro a la espera de la hora del embarque, algunos de ojos aún abiertos, desorbitados hacia el cielo, otros que con los párpados entornados parecen reprimir unas ganas enormes de reírse, es un muestrario de llagas, de heridas abiertas que las moscas devoran, no se sabe quiénes son o fueron estos hombres, sólo los amigos de más cerca conocen sus nombres, o porque de los mismos lugares vinieron o porque juntos se encontraron en un mismo peligro, Murieron por la patria, diría el rey si aquí viniera a rendir a los héroes el último homenaje, pero Don Afonso Henriques tiene en su propio campamento sus propios muertos, no precisa venir desde tan lejos, el discurso, si lo hace, deberá ser entendido como contemplando en partes iguales a cuantos más o menos a esta hora esperan despacho, mientras se están discutiendo cuestiones importantes para saber quién va de tripulante en las barcas o estará de fajina en el cementerio abriendo fosas. El ejército no tendrá que avisar a las familias por telegrama, En el cumplimiento de su deber cayó en el campo del honor, manera sin duda más elegante para explicar por lo claro, Murió con la cabeza aplastada por una piedra que un moro hijoputa le tiró desde allá arriba, y es que estos ejércitos no tienen aún catastro, y los generales, cuando mucho, y muy por encima, saben que al principio traían doce mil hombres y de ahora en adelante lo que tienen que hacer es ir descontando todos los días unos cuantos, soldado en el frente no precisa nombre, Oye tú, bestia, como retrocedas un paso te meto un tiro en los cuernos, y él no retrocedió, y cayó la piedra, y lo mató. Le llamaban Galindo, es éste, en estado tal que ni la madre que lo parió lo reconocería, aplastada la cabeza de un lado, el resto cubierto de sangre seca, y tiene a la derecha a Remigio, de flechas traspasado, dos de lado a lado, que los dos moros que al mismo tiempo lo eligieron como blanco tenían ojo de halcón y brazo de sansón, pero no van a tener que esperar mucho, que dentro de unos días les va a tocar la vez a ellos, y quedarán, como éstos, expuestos al sol, a la espera de sepultura, dentro de la ciudad, que estando cercada ya no se puede llegar al cementerio, donde los gallegos cometieron las más nefandas profanaciones. A su favor, si tal se pudiese decir, sólo tienen los moros las despedidas de la familia, el alarido de las mujeres, pero eso, quién sabe, hasta será peor para la moral de las tropas, sujetos a un espectáculo de lágrimas de dolor y sufrimiento, de lutos sin consolación, Hijo mío, hijo mío, mientras en el campamento cristiano todo pasa entre hombres, que las mujeres, si allí están, es para otros motivos y por otros fines, abrirse de piernas a quien venga, soldado muerto, soldado puesto, las diferencias de altura y grosor, con el hábito, ni se notan, salvo casos excepcionales. Galindo y Remigio van a atravesar por última vez el estuario, si es que ya lo habían atravesado en este sentido, que estando el cerco aún en sus inicios no faltan aquí hombres que no han llegado todavía a aliviar sus humores secretos y entraron en la muerte llenos de una vida que no aprovechó a nadie. Con ellos, tendidos en el fondo de la barca, unos sobre otros, comprimidos por la estrechez del espacio, irán también Diogo, Gonzalo, Fernán, Martinho, Mendo, García, Lourenço, Pêro, Sancho, Álvaro, Moço, Godinho, Fuas, Arnaldo, Soeiro, y los que aún faltan para la cuenta, algunos que tienen el mismo nombre, pero aquí no mencionados para que no se nos pueda protestar, De ése ya ha hablado, y no sería verdad, que bien podría ser que escribiéramos, Va en la barca Bernardo, y ser treinta los muertos con un nombre solo, nunca nos cansaremos de repetir, Un nombre no es nada, la prueba podemos encontrarla en Alá que, a pesar de los noventa y nueve que tiene, no ha conseguido ser más que Dios.

Va Mogueime en la barca, pero va vivo. Ha escapado ileso del asalto, ni un arañazo, y no fue porque se hubiera resguardado de la pelea, al contrario, de él se puede jurar que estuvo siempre en primera línea de fuego, de servicio en los arietes, como Galindo, pero ése no tuvo suerte. Ser mandado al funeral vale pues tanto como una citación en la orden, una alabanza con las tropas en parada, un día de holganza, que el sargento sabe muy bien cómo aprovecharán sus hombres el tiempo entre la ida y la vuelta, pena grande es la suya por no poder ir en el acompañamiento, va con su capitán Mem Ramires al campamento del príncipe, donde los jefes han sido llamados para hacer balance, obviamente negativo, del asalto, por aquí se ve que la vida de las patentes superiores no es siempre de rosas, y esto sin hablar de la hipótesis muy probable de que el rey eche la culpa del malogro a los capitanes, y éstos a su vez echen la culpa a los sargentos, que, pobrecillos, no podrán disculparse con la cobardía de los soldados, pues, como es sabido, lo que un soldado vale al sargento lo debe. Si tal viniera a acontecer, es de prever que sean canceladas las próximas licencias para entierro, que naveguen solos los muertos, a fin de cuentas no tienen más que un rumbo, y ya es hora de que empiece la historia de los buques fantasma. Desde la ladera de enfrente, las mujeres, en el umbral de las cancelas, miran las barcas que se acercan con su carga de muertos y deseos, y alguna que dentro esté con un hombre se agitará desleal para despacharlo pronto, pues estos soldados de las góndolas funerarias, tal vez por necesidad inconsciente de equilibrar la fatalidad de la muerte con los derechos de la vida, son mucho más ardientes que cualquier militar o paisano en acto de rutina, y ya se sabe que la generosidad siempre crece en proporción a la satisfacción del ardor. Por muy poco que valga un nombre, estas mujeres lo tienen también, aparte del general de putas con que las conocen, y son Tarejas, como la madre del rey, o Mafaldas, como la reina que vino de Saboya el año pasado, o Sanchas, o Mayores, o Elviras, o Dordias, o Enderquinas, o Urracas, o Doroteas, o Leonores, y dos de ellas tienen nombres preciosos, una que se llama Chamoa, otra Moninha, que da ganas de sacarlas de la vida y llevárselas a casa, no como Raimundo Silva habría hecho con el perro de las Escadinhas de S. Crispim, por piedad, sino para intentar saber qué secreto liga la persona al nombre que tiene, incluso cuando ella parece todavía menos que él.

Viene Mogueime en la travesía con dos objetivos públicos y uno reservado. De los públicos ya se ha hablado bastante, están ahí las fosas abiertas para recibir a los muertos y abiertas las mujeres para recibir a los vivos. Con las manos aún sucias de la tierra negra y fresca, Mogueime desatará los calzones, y sin más ropa quitada que el sayo alzado, se acercará a la mujer elegida, ella también de saya subida enrollada en la barriga, el arte amatorio está aún todo por inventar en tierras hace tan pocos días conquistadas, los moros se han llevado consigo lo mucho que de él saben, se dice, y si alguna de estas rabizas, siendo mora de origen, por casualidad y azares de la vida vino a dar en el trato internacional, de las artes de su raza hará secreto ahora, hasta que pueda empezar a vender a precio mayor las novedades. Claro está que los portugueses no son del todo brutos en la materia, al fin las posibilidades dependen de medios más o menos comunes a toda la gente, pero les falta evidentemente refinamiento e imaginación, talento para el movimiento sutil, maña para la suspensión sabia, en fin civilización y cultura. Por ser héroe de esta historia, no se crea que Mogueime es más competente y artista que cualquiera de los compañeros. Si a su lado roncó de placer Lorenzo y gritó Elvira, con igual vehemencia responderán aquí estos dos, Dorotea hace incluso cuestión de no quedarse tras la otra en prodigalidades de expansión, y Mogueime, si también le supo, no tiene motivo alguno para callarse. Mientras no llegue a rey el poeta Don Dinis, contentémonos con lo que hay.

Cuando las barcas regresan a la otra orilla, mucho más ligeras, no irá Mogueime en ellas. No porque haya decidido desertar, tal idea no le pasaría por la cabeza, mucho menos a una persona con su reputación y con lugar ya asegurado en la Gran Historia de Portugal, no son cosas que se pierdan por liviandad, una locura, él es Mogueime y estuvo en la toma de Santarem, y basta. Su motivo reservado, que ni a Galindo confiaría, es ir desde aquí, por caminos que quedaron explicados cuando el ejército se desplazó desde el Monte de San Francisco al Monte da Graça, hasta el campamento del rey, donde sabe que separadamente están las tiendas de los cruzados, a ver si por feliz acaso, al doblar una esquina, encuentra a la concubina del alemán. Ouroana se llama, en quien no para de pensar, aunque no tenga ilusiones en cuanto a ser ella bocado para su diente, pues un soldado sin graduación no puede aspirar más que a putas de todo el mundo, barraganas exclusivas es placer y derecho de señores, cuando mucho, cambiadas, y eso entre iguales. En el fondo, no cree que vaya a tener la suerte de verla, pero bien que le gustaría volver a oír aquel golpe en la boca del estómago por dos veces experimentado, pese a todo no se puede quejar, que en medio de tanto macho exasperado de celo, las hembras están en general guardadas, y más aún si salen a tomar el aire, la prueba es que llevaba Ouroana de acompañante a un criado del caballero Enrique, armado como para el combate, no obstante pertenecer al servicio interno.

Grandes son las diferencias entre la paz y la guerra. Cuando las tropas aquí estuvieron acampadas, mientras los soldados decidían si sí o si no se quedaban, las mayores luchas registradas no fueron más allá de escaramuzas rápidas, cambios aéreos de saetas y girándulas de insultos, Lisboa aparecía, por así decir, como una joya reclinada en la ladera, ofrecida a las voluptuosidades del sol, toda cubierta de centelleos, rematada en lo alto por la mezquita del castillo, rebrillante de mosaicos verdes y azules, y, en la vertiente vuelta hacia este lado, el arrabal, del que la población aún no se había retirado, si con algo podía compararse sería con la antecámara del paraíso. Ahora, fuera de los muros hay casas quemadas y paredes derruidas, e incluso desde tan lejos se contempla el caminar de la ruina, como si el ejército portugués fuese un enjambre de hormigas blancas tan capaces de roer madera como piedra, aunque se les partan los dientes y el hilo de la vida en el áspero trabajo, como ya se ha visto y se ha de ver. Mogueime no sabe si tiene miedo de morir. Encuentra natural que mueran otros, en las guerras pasa siempre, o para que pase son hechas las guerras, pero si fuese capaz de preguntarse a sí mismo qué es lo que realmente teme en estos días, respondería que no es tanto la posibilidad de la muerte, quién sabe si ya en el próximo asalto, si no a otra cosa a la que simplemente llamaríamos pérdida, no de la vida en sí, mas de lo que en ella sucede, por ejemplo, si pudiendo Ouroana llegar a ser suya pasado mañana, quisiera el destino, o la voluntad de Nuestro Señor, que a pasado mañana no llegase por tener que morir mañana mismo. Pensamientos de éstos ya sabemos que no los puede tener Mogueime, él va por un camino más directo, que venga la muerte tarde, que pronto venga Ouroana, y entre la hora de llegar ella y partir él esté la vida, pero también este pensamiento es demasiado complejo, resignémonos entonces a no saber qué piensa realmente Mogueime, entreguémonos a la aparente claridad de los hechos, que son los pensamientos traducidos, aunque en el paso de éstos a aquéllos siempre algunas cosas se quiten y añadan, lo que al fin viene a significar que sabemos tan poco de lo que hacemos como de lo que pensamos. El sol va alto, pronto será mediodía, seguro que están los moros observando los movimientos del campamento, a ver si como ayer vuelven los gallegos a atacar cuando los almuédanos llamen a oración, que por ahí se ve el ningún respeto que guardan los desalmados a la fe de los otros. Mogueime, para acortar camino, cruza el estuario por el vado a la altura de la Plaza de los Restauradores, aprovechando la marea baja. Andan por aquí, desahogando los miedos e intentando mariscar, soldados de los que se enfrentan con la Porta de Alfofa, vinieron de lejos, no hay duda, ya entonces se decía, Ojos que no ven, corazón que no siente, en este caso no se trata de las intermitencias de la pasión, sino de buscar alivios alejados del teatro de la guerra, cuya vista, tras la fiebre del combate, los más delicados no soportan. Y para evitar que éstos se escapen andan por ahí unos cabos, como pastores o perros vigilando el ganado, no hay otra manera, que la tropa tiene cobrada la soldada hasta agosto y dará su cuerpo a lo contratado, día tras día, hasta cumplido el plazo, salvo impedimento de haberse cumplido con anterioridad otro plazo, el de la vida. El segundo brazo del estuario no lo puede pasar Mogueime a vado, ni en bajamar, por ser más hondo, por eso va subiendo a lo largo de la orilla hasta llegar a los arroyos de agua dulce, donde un día de éstos verá a Ouroana lavando ropa y le preguntará, Cómo te llamas, pero es sólo un pretexto para sacar conversación, si hay algo en esta mujer que para Mogueime no tenga secretos es su nombre, tantas son las veces que lo ha dicho, los días no sólo se repiten, son iguales, Cómo te llamas, preguntó Raimundo Silva a Ouroana, y ella respondió, María Sara.

Eran casi las siete de la tarde cuando María Sara llegó. Raimundo Silva estuvo escribiendo hasta las cinco, siempre con la atención distraída, componía con dificultad dos o tres líneas y luego se ponía a mirar por la ventana, las nubes, una paloma que da vueltas y se posa en la barandilla y lo mira a través del cristal con su ojo colorado y duro, agitando la cabeza con movimientos que eran al mismo tiempo rápidos y fluidos, el cesto de los papeles, que se trajo del despacho, estaba lleno de hojas rotas, un destrozo, si todos los días, a partir de ahora, van a ser como éste, hay gran peligro de que su historia no acabe, quedándose los portugueses hasta el fin de los tiempos ante esta ciudad de Lisboa, invicta, sin ánimo para conquistarla y sin fuerzas para renunciar a ella. Durante el día tuvo que resistir mil veces la tentación de telefonear, lo que todavía contribuyó más para desviarle el tino de lo que quería escribir, viniendo a resultar que, en trabajo útil, no había adelantado más que una página, y aun así gracias a aquella benevolencia que tantas veces nos lleva a tolerar lo que no tiene otro mérito sino el de no ser insoportable. La última media hora la pasó casi toda en el balcón, una y otra vez mostrándose sin disfraz, como quien, estando a la espera, no le importa que se sepa y murmure, pero casi siempre apoyado en la moldura interior de la ventana, con medio cuerpo oculto, y acechando el lado del Largo dos Lóios, donde María Sara dejará el coche. La vio aparecer en la esquina de la casa de los paneles de San Antonio, con paso tranquilo, ni deprisa ni lenta, vestía la chaqueta y la falda que él ya le conocía, al hombro el bolso, el pelo suelto, danzando, y el deseo le puso un súbito nudo en la boca del estómago, no como le aconteció a Mogueime, que a ése fueron golpes. Se dio cuenta de que esto, sí, era deseo verdadero, que ayer había sido más bien una vibración convulsiva y continua de todo su ser, acaso resoluble por vía de un contacto físico expedito que, probablemente, de haberse consumado, dejaría señales de frustración o, todavía peor, de desencanto. Fue a abrir la puerta y salió al descansillo, María Sara estaba subiendo ya y miraba hacia arriba, sonriendo, y él sonrió, Qué tarde, dijo, Ya se sabe, el tráfico, ayer fue un día excepcional, salí antes de la editorial, respondió ella, y, avanzando, le dio un beso rápido en la mejilla, y entró. La puerta más próxima, como sabemos, es la del dormitorio, no tendría sentido alguno, en el estado en que están las cosas, buscar otra, tanto más cuanto que este dormitorio no es sólo dormitorio es también, aunque provisionalmente, lugar de trabajo, por eso, repetimos, neutralizado en cierto modo. Pero Raimundo Silva le quitó el bolso del hombro, lentamente, como si la estuviera desnudando, fue un gesto no premeditado, son esas ocasiones en las que la intuición ayuda a lo que de ciencia falta, Ayer, al despedirse, me trató de tú, dijo, Es la falta de hábito, no estoy acostumbrada aún, respondió María Sara, Quiere ir al despacho, No, aquí estamos bien, pero tú no tienes donde sentarte, Voy a buscar una silla. Cuando volvió, María Sara estaba leyendo la última página del manuscrito, Has avanzado poco, dijo, Por qué habrá sido, preguntó Raimundo Silva, Sí, por qué habrá sido, repitió ella, esta vez sin sonreír, y mirándolo como quien espera una respuesta, Mire la cama, Qué tiene la cama, y en otro tono, Sólo yo estoy usando el tú, Tal vez yo tenga más dificultades para habituarme, pero voy a repetir Mira la cama, Y yo respondo, Qué le pasa a la cama, Notas alguna diferencia en ella con relación a ayer, Es la misma cama, Claro que es la misma, pero lo que quiero que me digas es si crees que ha sido abierta y utilizada, siendo mujer, observarás que las dobleces y el embozo de la sábana están intactos, que la almohada no tiene ni una arruga, que la colcha está lisa, con todas las franjas alineadas, Sí, es verdad, Fue así como la asistenta la dejó ayer, Entonces no has dormido aquí, No, Por qué, dónde, Respondo primero a la segunda parte de la pregunta, dormí ahí dentro, en un diván, Y por qué, Porque soy un chiquillo, un adolescente a quien se le anticiparon las canas, porque no fui capaz de acostarme ayer aquí solo. Nada más. María Sara dejó la hoja en la mesa, se acercó a él y lo abrazó, Nunca precisarás decirme que te gusto, Lo diré, Pero no así, Usaré palabras, Y yo quiero oírlas, sé que voy a olvidar muchas de ellas, el momento, el lugar, la hora, pero lo que no podré olvidar es esto, y cuando tocaste la rosa. Estaban uno en brazos del otro, pero no se besaban aún, se miraban y sonreían mucho, el rostro alegre, y después la sonrisa se fue recogiendo lentamente como agua que la tierra estuviera sorbiendo y saboreando, hasta que al fin se quedaron serios los dos, mirándose, una rápida sombra sutil aleteó por el dormitorio, vino y huyó en seguida, y, entonces, unas alas inmensas y poderosas envolvieron a María Sara y a Raimundo Silva, apretándolos como a un único cuerpo, y el beso empezó, tan diferente de aquel que aquí se dieron ayer, eran las mismas personas, eran otras, pero decir esto es no haber dicho nada, porque nadie sabe lo que el beso es verdaderamente, tal vez la devoración imposible, tal vez una comunión demoníaca, tal vez el principio de la muerte. No fue Raimundo Silva quien condujo a María Sara a la cama, ni ella hacia allí lo impelió suavemente como distraída, allí se hallaron, sentados primero en el borde, arrugando la colcha blanca, después él la echó hacia atrás y continuaron besándose, ella le rodeaba la nuca con los brazos, el brazo derecho de él servía de apoyo a la cabeza de ella, pero el izquierdo parecía vacilar, sin saber qué hacer, o sabiéndolo y no atreviéndose, como si un final e invisible muro se hubiera interpuesto en el último segundo, lo guió finalmente la sabia mano, tocó la cintura de María Sara, descendió hasta la cadera y se posó, casi sin presión, en las redondeces del muslo, para subir después lentamente, cuerpo arriba, hasta el pecho, ahora la memoria de los dedos puede reconocer la suavidad del tejido de la blusa que tocaba por primera vez, la sensación fue rapidísima y en el mismo instante diluida por la conciencia tumultuosa de que bajo la mano banal del hombre estaba el prodigio de un seno. Aturdido por el contacto, Raimundo Silva levantó la cabeza, quería mirar, ver, saber, tener la certidumbre de que era su propia mano la que allí estaba, ahora sí, el muro invisible se desmoronaba, más allá de él quedaba la ciudad del cuerpo, calles y plazas, sombras, claridades, un cantar que viene de no se sabe dónde, las infinitas ventanas, la peregrinación interminable. María Sara colocó su mano sobre la de Raimundo Silva, y él la besó muchas veces, hasta que ella la retiró llevando la de él consigo, y el seno erguido, aún cubierto, se ofreció a los besos. Fue ella quien, sin prisas, disfrutando con su propio movimiento, se desabotonó la blusa y la abrió, sobre el encaje blanco del sujetador la piel era encaje mate, y rosado el pezón, Dios mío, entonces la mano de Raimundo Silva volvió, dulce, violenta, y con un solo gesto resuelto hizo salir el seno, elástico y denso. María Sara gimió cuando la boca de él, ansiosa, lo chupó, se estremeció todo su cuerpo, y luego más profundamente porque la mano de Raimundo Silva se había posado sobre su vientre, inesperadamente, para, ya sin sorpresa, llegar hasta el pubis, donde se crispó y forzó, invasora. Estaban aún vestidos, ella sólo con la chaqueta suelta y la blusa desabrochada, y fue Raimundo Silva quien recogió el seno descubierto, tan delicadamente que los ojos sorprendidos de María Sara se humedecieron de lágrimas. La penumbra del cuarto se iluminó súbitamente, seguro que por el lado de la barra se habían abierto las nubes del atardecer y el último sol entró por la ventana, oblicuo, lanzando sobre aquel lado de la pared una vibración de luz color cereza, que a su vez difundía por el dormitorio una invisible palpitación, un temblor conmovido de átomos despiertos por la claridad que se iba desvaneciendo, como si éste fuera un mundo apenas nacido y aún sin fuerzas, o viejo de haber vivido mucho, sin fuerzas ya. María Sara y Raimundo Silva, por pudor o por intuición, no se habían desnudado por completo, conservaban la última pieza íntima, y ella no se había quitado el sujetador. Estaban tumbados, cubiertos, y temblaban. Él le cogió las manos y las besó, ella repitió el gesto, se aproximaron con un movimiento ondulatorio del cuerpo, tan cerca que las respiraciones se confundían, después las bocas se tocaron y el beso se convirtió en un devorarse de labios y de lenguas, mientras las manos de uno buscaban el cuerpo del otro, apretaban, acariciaban, entonces empezaron a oírse palabras, sueltas, entrecortadas, jadeantes, amor mío, te quiero, cómo fue posible, no lo sé, tenía que ser, abrázame, te deseo, ese antiquísimo murmullo que, con estas u otras palabras, más dulces aún, o crudas, o toscas, o brutales, persigue desde la noche de los tiempos, séanos permitida la expresión una vez más, lo inefable. Torpe, la mano de Raimundo Silva luchaba con el cierre del sujetador, pero fue María Sara quien, con un simple toque y un movimiento de hombros, se liberó, y a los senos liberó de su prisión, ofreciéndolos a los ojos, las manos, a la boca de él. Después, al fin, se desnudaron del todo, cada uno ayudando al otro o a él entregándose, Desnúdame, dijeron, y en verdad ya estaban desnudos, pero ahora podían tocarse, palpar, sondear, de súbito Raimundo Silva echó la ropa hacia atrás, allí estaba María Sara, los senos, el vientre, el pubis alto, los muslos largos, y él, sin vergüenza, olvidado de miedos, mostrándose a la luz, aunque tan poca, sólo la sábana blanca brillaba como si la inundara la luz de la luna, la noche caía muy lentamente sobre la ciudad, parecía como si el mundo exterior se pusiera a la espera de un milagro nuevo, pero nadie se dio cuenta cuando aconteció, aquí, cuando los sexos de estos dos se sintieron por primera vez, cuando por primera vez gimieron juntos, cuando sordamente gritaron, cuando todas las compuertas del diluvio se abrieron sobre la tierra y las aguas de la tierra, y después la calma, el amplio estuario del Tajo, dos cuerpos lado a lado bogando, de manos dadas, uno dice, Oh, mi amor, y otro, Que nada en el futuro sea menos que esto, y de repente ambos tuvieron miedo de lo que habían dicho y se abrazaron, el cuarto estaba oscuro, Enciende la luz, dijo ella, quiero saber si esto es verdad.

María Sara pasó la noche en casa de Raimundo Silva. Después de haberle pedido que encendiera la luz, y asegurarse, con todos los sentidos, de la verdad de estar allí, desnuda y con este hombre desnudo al lado, mirándolo y tocándolo, y sin resguardo ofreciéndose a sus ojos y a sus manos, dijo, entre dos besos, Voy a llamar a mi cuñada. Se enrolló en la colcha blanca y corrió descalza al despacho, desde el dormitorio Raimundo Silva oyó marcar el número, e inmediatamente, Soy yo, luego hubo un silencio, probablemente la cuñada estaría manifestándole extrañeza por la tardanza, preguntando, por ejemplo, Hay alguna novedad, y María Sara, que precisamente de grandes y numerosas novedades estaba habilitada para hablar, respondió, No, sólo quería avisar de que no voy a ir a casa, lo que, a decir verdad, era una novedad absoluta, teniendo en cuenta que ocurría por primera vez desde que se fue a vivir a casa del hermano, después del divorcio. Otro silencio, la sorpresa discreta de la cuñada, inmediatamente cómplice, las palabras que dijo, María Sara se echó a reír, Luego te lo cuento y dile a mi hermano que no se ponga así, en plan de protector de viudas y doncellas, que mi caso no es de ésos. Del otro lado, la cuñada habría expresado una preocupación familiar razonable, Espero que sepas lo que estás haciendo, es lo mínimo que se puede decir en situaciones como ésta, y María Sara respondió, De momento me basta saber que es verdad, y después de una pausa, dijo simplemente, Sí, no precisó de más Raimundo Silva para entender que la cuñada de María Sara había preguntado, Es el corrector, y María Sara respondió, Sí. Después de haber colgado, ella se quedó allí unos momentos, súbitamente todo había adquirido un aire de irrealidad, estos muebles, estos libros, y dentro, en el dormitorio, estaba un hombre acostado, por la parte interna de los muslos sintió que se deslizaba una caricia fría, y pensó, Es de él, se estremeció y se enrolló más en la colcha, pero el gesto le hizo cobrar conciencia de la desnudez completa de su cuerpo, y ahora luchaba en ella el recuerdo de las recientes sensaciones con un pensamiento irritante que no quería dejarla, Si él se hubiera quedado desnudo encima de la cama, el pensamiento se interrumpía allí, o era ella que se negaba a seguir hasta el fin, pero se comprendía claramente que se trataba de una amenaza, de una decisión tomada, incluso sin estar el destinatario formalmente explícito. Le sorprendió que él no la llamara, la campanilla del teléfono dio señal del fin de la comunicación, parecía que el silencio se apoderaba de la casa como si fuese un enemigo furtivo e inquietante, y después pensó que había hallado el motivo, él no sabría cómo llamarla, sí, diría María Sara, pero la cuestión no estaba en las palabras, estaba en el tono con que fuesen dichas, cómo elegir entre el tono imperativo de quien cree ser ya el propietario de un cuerpo y la expresión de una dulzura sentimental que no diríamos fingida, pero en la que seguramente habría una parte de deliberación demasiado consciente para ser natural. Volvió al cuarto, pensando, mientras iba por el corredor, Él está cubierto, él está cubierto, tan ansiosamente como si de eso fuera a depender todo el futuro de las palabras y obras que aquí habían sido dichas y hechas, Raimundo Silva estaba cubierto hasta los hombros.

Cenaron en un restaurante de la Baixa, ella quiso saber cómo iba la historia del cerco, No va mal, me parece, para lo absurdo que es, Te falta aún mucho para terminarla, Podría acabarla en tres líneas, dentro de la fórmula, luego se casaron y fueron muy felices, en nuestro caso, los portugueses, en un supremo esfuerzo, tomaron la ciudad, o bien me pongo a enumerar armas y bagajes, a enredar personas y personajes, y nunca llegaré al final, una alternativa sería dejarla como está, ahora que ya nos hemos encontrado, Preferiría que la terminaras, tienes que resolver la vida de ese Mogueime y de esa Ouroana, el resto será menos importante, de todos modos sabemos cómo va a acabar la historia, la prueba es que estamos cenando en Lisboa, sin ser nosotros moros ni turistas en tierra de moros, Probablemente pasaron por aquí las barcas que llevaron al cementerio los muertos del ataque ante las puertas de la ciudad, Cuando volvamos a casa voy a ponerme a leerla desde el principio, Eso si no estamos ocupados en cosas más interesantes, Tenemos mucho tiempo, caro señor, Además, la historia es corta, en media hora la tienes leída toda, me limité, como verás, a lo que me parecía consecuencia del hecho de que los cruzados se hubieran ido sin querer ayudar a los portugueses, Y que daría una novela, Es posible, pero cuando me metiste en estos trabajos, sabías que yo no pasaba de un normal y modesto corrector, sin otras cualidades, Las suficientes para aceptar el reto, Mejor deberías llamarle provocación, Sea, provocación, Qué idea tenías en la cabeza cuando me desafiaste, qué buscabas, En aquel momento no lo veía con mucha claridad, por muchas explicaciones que pudiera haberme dado a mí misma, o a ti, cuando me las pediste, ahora ya es evidente que era a ti a quien buscaba, A este tipo flaco y serio, con el pelo mal teñido, que vive encerrado en casa, triste como un perro sin amo, Un hombre que me gustó desde que lo vi, un hombre que había puesto deliberadamente un error allí donde estaba obligado a enmendarlos, un hombre que se había dado cuenta de que la distinción entre el no y el sí es el resultado de una operación mental que sólo tiene como objetivo la supervivencia, Es una buena razón, Es una razón egoísta, Y socialmente útil, Sin duda, aunque todo dependa de quiénes fueran los dueños del sí y del no, Nos orientamos por normas generadas según consensos, y dominios, es evidente que variando el dominio varía el consenso, No dejas salida, Porque no hay salida, vivimos en un cuarto cerrado y pintamos el mundo y el universo en sus paredes, Recuerda que han ido ya hombres a la Luna, Su cuartito cerrado fue con ellos, Eres pesimista, No llego a tanto, me limito a ser un escéptico de la especie radical, Un escéptico no ama, Al contrario, el amor es probablemente la última cosa en la que el escéptico aún puede creer, Puede, Digamos más bien que necesita. Acabaron de tomar el café, Raimundo Silva pidió la cuenta, pero fue María Sara quien, con un gesto rápido, sacó de la cartera y colocó en el platillo la tarjeta de crédito, Soy tu directora, no puedo permitir que pagues la cena, se acabaría el respeto a la jerarquía si los subordinados empezaran a dárselas de generosos con sus superiores, Lo admito por esta vez, en todo caso te recuerdo que estoy en camino de convertirme en autor, y entonces, Entonces sí que no pagarás nada, dónde se ha visto que el autor pague la cena al editor, realmente no sabes nada de relaciones públicas, Siempre he oído decir que de los infelices autores sacan los editores almuerzo y cena, Calumnias indecentes, manifestaciones inferiores de un odio de clase, Yo no soy más que corrector, estoy fuera de esa guerra, Si lo tomas tan a pecho, No, no, paga tú, pero mis razones para admitir que pagues son otras, Cuáles son, Es que con toda esta arrastrada historia del cerco casi no he trabajado en la corrección y por tanto, siendo tú la responsable del estado periclitante de mi economía, es de justicia que pagues, para compensarte mañana te hago las tostadas del desayuno, Vas a dejarme con un saldo deudor tremendo.

María Sara tenía el coche en el Largo dos Lóios, a ambos les había apetecido dar un paseo a pie en la noche casi tibia, un poco húmeda. Antes de por el Limoeiro, se quedaron un rato en el mirador contemplando el Tajo, el ancho y misterioso mar interior. Raimundo Silva pusó su brazo en el hombro de María Sara, conocía este cuerpo, lo conocía, y de conocerlo le venía esta sensación de fuerza infinita, y otra, contraria, de infinito vacío, de lasitud perezosa, como una gran ave que pairase sobre el mundo aplazando el momento de posarse. Ahora volvían a casa, lentamente, la noche les parecía interminable, no tenían que correr para detener las horas, o empezarlas deprisa, que más que esto no permite el tiempo. Dijo María Sara, Tengo curiosidad por leer lo que has escrito, puede que tengas razón cuando dices que vas camino de convertirte en escritor, Pensaba que tenías la sensatez de no tomarme en serio, Nunca se sabe, nunca se sabe, Los mejores paños no sirven sólo para que en ellos caigan manchas, Si ya como corrector estoy condenado a las penas del infierno, imagina mi destino como autor, Peor que el infierno, supongo que sólo el limbo, También yo lo creo, pero para el limbo ya estoy pasado de edad, y como estoy bautizado, aunque logre escapar del castigo, del premio no escaparé, por lo visto no hay alternativa, aquí estaba la Porta de Ferro, la echaron abajo hace doscientos años, más o menos, lo que de ella quedaba, claro, que la de los moros nadie sabe cómo era, No cambies de conversación, la idea es buena, Qué idea, La de publicar esa novela, En nuestra editorial, Sería una hipótesis, Darías una pésima directora literaria, sobornable por los sentimientos, Parto del principio de que el libro tendrá calidad suficiente, Y crees que nuestros patronos, después de haberse visto ridiculizados, Si tienen algún sentido del humor, Nunca lo he comprobado, aunque puede que sea por culpa mía, por falta de cualidades receptivas, Acaba el libro y luego veremos, nada se pierde con intentarlo, Lo que tengo allí en casa no es un libro, son sólo unas decenas de páginas con episodios sueltos, Es un punto de partida, Muy bien, pero entonces pongo una condición, Cuál, Seré el corrector de mi propia obra, Para qué, el autor es siempre un mal corrector de sí mismo, Para que no pase un sí por un no. María Sara se echó a reír y dijo, Me gustas. Y Raimundo Silva, Estoy haciendo lo posible para seguir gustándote. Iban subiendo la Calçada do Correio Velho, el camino que él siempre evitaba, pero hoy se sentía alado, y la fatiga, que sin duda tenía, era diferente, no exigía reposo, pedía una fatiga nueva. A esta hora la calle estaba desierta, el lugar y la ocasión eran propicios, Raimundo Silva besó a María Sara, nada hay más común que esto en los días que corren, el beso en la vía pública, pero debemos tener en cuenta que Raimundo Silva viene de una generación discreta que no hacía demostración de sentimientos, y mucho menos de deseos. El atrevimiento, a fin de cuentas, no fue nada del otro mundo, una calle solitaria y poco iluminada, pero es un principio. Continuaron subiendo, se pararon al inicio de las escaleras, S. Crispim tiene ciento treinta y cuatro escalones, dijo Raimundo Silva, y empinados como los de los templos aztecas, pero llegando a lo alto en seguida estamos en casa, No me quejo, vamos, Allá arriba, debajo de aquellos ventanales, hay aún vestigios de la muralla construida por los godos, por lo menos eso dicen los entendidos, Entre los que ahora te cuentas tú, Ni pensarlo, sólo sé algunas cosas que he leído, he estado divirtiéndome o instruyéndome, poco a poco, descubriendo la diferencia entre mirar y ver y entre ver y reparar, Eso es interesante, Es elemental, supongo incluso que el verdadero conocimiento estará en la conciencia que tengamos del cambio de un nivel de percepción, por decirlo así, a otro nivel, Hombre bárbaro, el más godo de todos, quien viene cambiando de niveles soy yo desde que empezamos a trepar montaña arriba, parémonos un poco en este escalón, que necesito respirar, al menos un minuto, sentémonos. Esta palabra, y el acto subsiguiente, le trajeron de golpe a Raimundo Silva el recuerdo de aquel día en el que, huyendo del temor de ser interpelado por un Costa indignado y amenazador, bajó atropelladamente estas escaleras y se sentó ahí, en uno de los peldaños, escondiendo, de ojos imaginariamente acusadores, no sólo su cobardía sino también la vergüenza de sentirla. Un día, cuando esté lo bastante seguro del amor que está naciendo, tendrá que contarle a María Sara todas estas pequeñas miserias del espíritu, aunque puede ocurrir igualmente que resuelva quedarse callado para que no sufra ningún desdoro la imagen positiva que en el futuro consiga dar de sí mismo, y mantener. No obstante, ya en este mismo momento, cuando aún no ha tomado ninguna resolución sobre lo que hará en el futuro, siente la incomodidad de un escrúpulo desatendido, un remordimiento que se anticipa a la falta, una espina mental. Promete que no se olvidará de este aviso premonitorio de su conciencia, y de pronto se da cuenta del silencio que se ha interpuesto entre los dos, tal vez cierta incomodidad, pero no, el rostro de María Sara está tranquilo, sereno, tocado por la claridad de una luna escasa que diluye un poco las sombras en este lugar donde están y adonde no llega la iluminación pública, la incomodidad sólo reside en él, y sin ninguna otra razón que saber que está ocultando algo, digamos que no la vergüenza del miedo, sino el miedo de la vergüenza. Si María Sara no habla es sólo porque piensa que no tiene que hablar, si Raimundo Silva va a hablar es porque no quiere explicar la verdadera causa de estar callado, Hace tiempo había por aquí un perro vagabundo, pero ha desaparecido, y a partir de esta declaración compuso una historia de su encuentro con el animal, añadiéndole parte suficiente de imaginación para hacerla más auténtica y real, No quería irse de aquí, dos o tres veces le di comida, y creo que también lo alimentaban algunos vecinos, pero poco entre unos y otros, porque el animal parecía siempre a punto de morirse de hambre, no sé qué le habrá pasado, si tuvo el valor de irse a correr mundo y buscarse la vida, o si murió aquí mismo, poco a poco, hoy pienso que debería haberme ocupado más de él, nada me costaba traerle todos los días unos restos o comprarle incluso de esas comidas para perros que hay ahora, que la cosa tampoco iba a arruinarme. Durante unos minutos Raimundo Silva fue repitiendo sus responsabilidades y culpas, consciente, sin embargo, de que estaba encubriendo con un falso remordimiento el otro verdadero, dudoso éste, incierto el que vendrá, después, súbitamente, se calló, se sentía ridículo, pueril, tanta preocupación por un perro vagabundo, sólo le faltaba que María Sara hiciera un comentario cualquiera, sin interés, por ejemplo, Pobre animal, y fue exactamente esto lo que dijo, Pobre animal, y luego, levantándose, Vamos.

Sentado a la pequeña mesa donde ha escrito la Historia del Cerco de Lisboa, mirando la última página, a la espera de la palabra providencial que por atracción o choque reactivará el flujo interrumpido, Raimundo Silva debería decirse a sí mismo, como María Sara en las Escadinhas de S. Crispim ayer por la noche, Vamos, pero ahora en un tono diferente, como orden imperativa, Vamos, escribe, avanza, desarrolla, abrevia, comenta, remata, sin ninguna semejanza con la modulación suave de aquel otro Vamos, que, no perdurando en el espacio, continuó resonando dentro de ellos como un eco sucesivamente amplificado, paso a paso, hasta transformarse en un canto glorioso cuando la cama se abrió otra vez para recibirlos. El recuerdo de la noche magnífica distrae a Raimundo Silva, la sorpresa de despertar por la mañana y ver y sentir un cuerpo desnudo a su lado, el placer inexpresable de tocarlo, aquí, allí, suavemente, como si todo él fuese una rosa, decir para sí, Despacio, no la despiertes, deja que te conozca, rosa, cuerpo, flor, después la urgencia de las manos, la caricia prolongada e insistente, hasta que María Sara abre los ojos y sonríe, dijeron al mismo tiempo, Amor mío, y se abrazaron. Raimundo Silva busca la palabra, en otra ocasión podrían servir estas mismas, Amor mío, pero es dudoso que Mogueime y Ouroana sepan decirlas alguna vez, aparte de que, en el punto en que estamos, esos dos ni siquiera se han encontrado, cómo van a declarar tan abruptamente sentimientos cuya expresión parece fuera de su alcance.

Mientras tanto, instrumento del destino sin saberlo, el caballero Enrique debate, en su fuero íntimo, si llevará consigo a Ouroana al campamento de Mem Ramires o si la dejará en el campamento real, entregada a los cuidados y a la vigilancia de su criado favorito. Sin embargo, está tan acostumbrado a ese criado que no se siente inclinado a prescindir de él, y, considerándolo todo, lo llamó para decirle que preparase armas y bagajes porque mañana temprano bajarán de estas alturas protegidas para unirse a las tropas que luchan en la Porta de Ferro, donde, a su gobierno y mando, construirán una torre de asalto, A ver quién la acaba más deprisa, si nosotros o los franceses, o los normandos, en la Porta do Sol y en la Porta de Alfama, Y Ouroana, vuestra barragana, qué se hará de ella, preguntó el criado, Irá conmigo, son grandes los peligros, allí están frente a frente moros y cristianos, Luego veré lo que convenga, aunque es cierto que no se han atrevido los infieles a salir a dar batalla fuera de los muros. Así concertados, el criado avisó a Ouroana y organizó la mudanza, irían también con el caballero Enrique cinco de sus hombres de armas, que no era este alemán tan rico señor que a su cuenta hubiera llevado un ejército, su especialidad era más bien la ingeniería, la cual, si casi siempre depende de mucha gente para hacer las máquinas, depende siempre de lo que el ingeniero lleva dentro de su cabeza, ciencia, ingenio y arte. A la mañana siguiente, bien temprano como se dijo, después de oír misa, fue el caballero Enrique a besar las manos del rey, Adiós, señor, que me voy al trabajo. Un poco apartados, sin derecho a despedida real, estaban el privado y los hombres de armas, Ouroana en unas andas, éstas más por ostentación de su señor que por su delicada complexión, que en los campos de Galicia donde fue robada era hija de labradores y con ellos trabajaba en el riguroso amaño de la tierra. Don Afonso Henriques abrazó al caballero, Santa María te acompañe y te proteja, dijo, y te ayude a levantar esa torre hasta ahora nunca vista en estos parajes, vais a trabajar con carpinteros de barcos, que ha sido lo más semejante que pudimos encontrar, pero si ellos son tan buenos alumnos como yo tengo información de que tú eres buen maestro, mis próximos cercos, en eso de torres de asalto, se harán con mano de obra nacional, sin incorporación extranjera, Señor, a mi país llegó prolija fama de la modestia, de la humildad, de la frugalidad y del espíritu de abnegación de los portugueses, siempre bien dispuestos para el servicio de la familia y de la patria, ahora bien, si a tantas y tan raras cualidades añaden ellos alguna inteligencia y mucha fuerza de carácter y voluntad, entonces, señor, doy por seguro que no habrá torre que no seáis capaz de construir, tanto en este próximo día de mañana como en todos los que aún están por venir. Calaron hondo en el ánimo del rey estos esperanzados votos, tanto más cuanto que venían de quien venían, y fue tanto lo que le complacieron que, alejándose un poco con el caballero Enrique, en confianza, le confidenció el secreto de una preocupación suya, a saber, Os habéis dado cuenta, ciertamente, de que una parte de mi estado mayor no anda muy conforme con esa idea de las torres, es gente conservadora, aferrada al artesanado, por eso, si veis que alguien se os presenta con historias y trucos dilatorios o derrotistas venid a decírmelo en seguida, que yo tomo muy a pecho, como rey moderno que soy, llevar adelante esa empresa sin aplazamientos excusados, teniendo en cuenta que mis finanzas, devoradas por esta guerra, van de mal en peor, ya veis que no me convendría nada, lo que se dice nada, tener que pagar nueva soldada a finales de agosto, que es cuando vencen los tres meses, porque, aunque nuestra tropa gane poco, todos juntos son un gasto de mil diablos, que nos vendría como miel sobre hojuelas poder tomar esta ciudad antes de agosto, imaginad cuánta esperanza tengo puesta en esa vuestra torre y en las otras, y así os exhorto, estimulo y aplaudo para que realicéis firmemente nuestro designio, por cuya remuneración no tenéis que preocuparos, pues ahí están los bienes de los moros para que con vuestras propias manos os paguéis una y diez veces. El caballero Enrique respondió que podía quedar descansado el rey, que él lo haría todo de lo mejor con ayuda de Dios, y que de las dificultades de tesorería sería discreto confidente, y que nunca, nunca, se inquietara por el pago de sus servicios, Que el mejor pago, mi señor, está en el cielo, y allí para conquistar la ciudad del paraíso otras torres se precisan, las de las buenas obras, como esta que prometemos de no dejar aquí un moro vivo si se obstinan en la tozudez de no rendirse. Despidió el rey al caballero prometiéndose a sí mismo no perderlo de vista, pues tanto parece servir para obispo como para general, y si resulta afortunado el negocio de las torres, le hará propuesta de naturalización, condonación de tierras y título para poder empezar aquí su vida.

Que el caballero Enrique no estaba dispuesto a perder tiempo es algo que se vio en seguida, porque, apenas llegado al campamento de Porta de Ferro, se reunió en conferencia con Mem Ramires para que le fuesen consignados los hombres suficientes para la portentosa obra, comenzando inmediatamente por la tala de los árboles que había por allí, unos nacidos al azar de la naturaleza, otros plantados por las mismas manos de los moros, que entonces no podían adivinar que estaban, literalmente, juntando leña para quemarse, son, digámoslo una vez más, las ironías del destino. Pero no debemos seguir adelante en estas descripciones sin primero decir del alborozo causado por la llegada del caballero y sus acompañantes, no era el caso para menos, que venía un técnico extranjero, y además alemán, que es ser técnico dos veces, algunos, escépticos por naturaleza o por cuenta ajena, dudaban de los méritos y de los resultados, otros decían que no se debe juzgar mal lo que aún no ha habido tiempo de probar, finalmente, los prácticos y objetivos abundaban en el reconocimiento de la evidencia de que mejor se combate al moro teniéndolo delante y a nuestra altura que estando él arriba tirándonos piedras aprovechándose de la ventaja de la gravedad y nosotros abajo, sufriendo los efectos de una y otras, ajeno a tan polémicas cuestiones, referentes al complejo militar-industrial en formación, con ojos sólo para la mujer que venía en las andas, Mogueime apenas podía creer su suerte. Nunca más precisaría andar rondando por el campamento de Graça, siempre en peligro de que apareciera una patrulla de la policía militar interesada en saber, Qué estás haciendo aquí tan lejos de tu campamento, ahora ha venido la montaña a Moisés, no porque no hubiera querido Moisés ir a la montaña, todos somos testigos de cuánto se esforzó, sino porque por encima de Moisés sabemos que está el sargento ayudante, está el alférez, está el capitán, y, siendo éste tiempo de guerra, son las licencias menos que las oportunidades, aunque ayude la inventiva. Esta Ouroana que llega, no se va a pasar todo el tiempo encerrada en la tienda, a la espera de que el caballero Enrique interrumpa su trabajo de plancha y astillero para venir a desahogar en ella las inquietudes que tan fácilmente transitan de un espíritu que quiere ser místico con Dios a la carne que mística sólo con la carne ansía estar, esta Ouroana, teniendo en cuenta el reducido espacio del teatro de operaciones, estará muchas más veces y más fácilmente al alcance de la vista, en paseos y devaneos por el campamento y a la orilla del río viendo saltar los atunes, en aquellas sosegadas horas que son en general las del caer de la tarde, cuando las tropas andan por ahí intentando recomponerse del violento calor del día y de los ardores aún peores de la batalla. Es de esperar, con todo, que los esfuerzos del personal se concentren ahora en la construcción de las torres, pues siendo tan escasos los efectivos sería suicida dispersarlos en acciones sin probabilidades de éxito, salvo aquellas, de diversión, destinadas a mantener ocupado al enemigo, en orden a asegurar a los carpinteros la tranquilidad de que van a precisar para llevar a buen fin el arriesgado trabajo. En sus apuntes para la carta a Osberno, anotó Fray Rogeiro, aunque de tal cosa no viniera a hacer mención en la redacción definitiva, una minuciosa descripción de la llegada del caballero Enrique al campamento de Porta de Ferro, incluyendo cierta alusión, por lo visto irrefrenable, a la mujer que con él venía, Ouroana de nombre, hermosa como el amanecer, misteriosa como el nacer de la luna, fueron expresiones del fraile, que la prudencia disciplinaria, por un lado, y el pudor parece que puntilloso del destinatario, por otro, aconsejaron expurgar. Ahora bien, es muy posible que este y otros recalcados movimientos de alma hayan sido causa, por vía de sublimación, del cuidado con que Fray Rogeiro decidió acompañar los dichos y los hechos del caballero alemán, antes, pero sobre todo después de su infeliz muerte, infeliz pero no desgraciada, como a su debido tiempo se verá. Por claro, diremos que no pudiendo Fray Rogeiro satisfacer en Ouroana sus apetitos, no encontró mejor salida, salvo otro cualquier secreto, que exaltar hasta la desmesura al hombre que se gozaba en el cuerpo de ella. Todo se puede esperar de la complejidad del alma humana.

Vino la señora María a la hora de costumbre, después del almuerzo, y apenas entró se puso a resoplar de un modo que tanto tenía de discreto como de ostensivo, cometimiento en extremo difícil de alcanzar, pues lleva la doble finalidad de pretender disimular que se pretende saber algo, mostrando al mismo tiempo que no se está dispuesto a permitir que el otro se dé por desentendido. Es, por excelencia, un arte diplomático, pero dirigido por la intuición, si no por el instinto, y que, en general, alcanzaba su objetivo principal, que era el de crear en el corrector un vago sentimiento de pánico, como si de pronto se revelaran en público sus más ocultos secretos. La señora María es sádica y no lo sabe. Dio las buenas tardes desde la puerta del dormitorio, resopló dos veces más para que Raimundo Silva se diera cuenta de que no por ser ella una pobre asistenta carecía de olfato de bastante calidad para captar lo que en el aire pudiera haber quedado de un perfume. Raimundo Silva respondió al saludo y continuó escribiendo, limitándose a lanzar una mirada rápida hacia ella, decidido a no enterarse de lo que estaba pasando, la señora María, asombrada primero y luego con esa expresión especial que significa, Ya me parecía a mí, mirando a la cama, que, en vez del tirón sumario que Raimundo Silva había aprendido a darle para que no se confundiera con yacija de mendigo, se presentaba intachable, como sólo manos femeninas son capaces de dejar. Carraspeó para llamar la atención, pero Raimundo Silva se fingía distraído, aunque su corazón estuviese en estúpido alborozo, No tengo que dar cuentas de mi vida, pensaba, y se indignó consigo mismo por buscar justificaciones cobardes, él que había comenzado ahora un amor así, entero, entonces levantó la cabeza, preguntó, Quiere algo, en un tono seco, agresivo, que desarmó la impertinencia de la mujer, No señor, no quiero nada, sólo estaba mirando, Raimundo Silva podría haberse contentado con el desconcierto de la respuesta, pero prefirió desafiar, Mirando qué, Nada, la cama, Qué le pasa a la cama, Nada, que está hecha, Sí, lo está, y qué, Nada, nada, la señora María se volvió de espaldas, se había acobardado, no hizo la pregunta que le ardía en la lengua, Quién la hizo, y así no supo qué respuesta le daría Raimundo Silva, quien, a su vez, tampoco lo sabía. Durante todo el tiempo la señora María no volvió a aparecer por la habitación, como si estuviera indicándole a Raimundo Silva que consideraba que aquella parte de la casa quedaba ya fuera de su jurisdicción, pero, o no pudo o no quiso sofocar la frustración malhumorada, ni poner sordina a los ruidos propios de su trabajo, y, al contrario, exagerándolos. Raimundo Silva resolvió tomarse el caso a broma, pero el abuso se iba haciendo notorio, por eso fue hasta el pasillo, Menos ruido, por favor, que estoy trabajando, la señora María podía haberle respondido que también ella lo estaba, y que no tenía la suerte de otros, que se pueden ganar la vida sentados, quietos y callados, pero la necesidad, aunque sea tan conflictiva como ésta, puede más que la voluntad, y se calló. Lo que más irrita a la señora María es que tan grandes mudanzas estén pasando sin que ella sepa gran cosa, que si no fuera la expertísima persona que es, un día de éstos, inesperadamente, se daría de narices con otra mujer en casa sin poder siquiera hacerle la pregunta deseada, Quién es usted, quién la ha metido aquí, los hombres son unos insensibles y unos incompetentes, qué le costaba a Raimundo Silva media frase risueña de confidencia, por mucho que doliera siempre sería un lenitivo para tan amargos celos, que ése es el mal que sufre la señora María, y no lo sabe. Otras consideraciones, de las prácticas y prosaicas, ocupan también sus pensamientos, siendo la principal el peligro en que pueda estar su empleo si a esa mujer, suponiendo que no se trate de un apaño temporal, le da por empezar a meterse en su trabajo, Limpie eso otra vez, exhibiendo la punta de un dedo sucio del polvo de una moldura de una puerta, ese gesto odioso al que ninguna asistenta hasta hoy ha sabido responder con una frase que entraría en la historia, Pues métase ese dedo en el culo y verá como le sale aún más sucio. Pobre de quien ha venido al mundo para obedecer, piensa la señora María, y vuelve a limpiar lo que estaba limpio, mientras, sin ver por qué, se le suben las lágrimas del corazón a los ojos, quiso el azar que esto ocurriera ante el espejo del cuarto de baño, a la señora María, en este momento, ni sus lindos cabellos la consuelan. A media tarde sonó el teléfono, Raimundo Silva atendió, era de la editorial, se frustraron las expectativas de la asistenta, cosas del trabajo, Sí, estoy disponible, decía él, Mándeme el original cuando quiera, doctora María Sara, o si prefiere, voy a buscarlo yo, el resto de la conversación fue del mismo tenor, corrección, plazo, monólogos como éste los había oído la señora María muchas veces, la única diferencia estaba en el interlocutor inaudible, antes era un tal Costa, ahora una señora doctora cualquiera, tal vez por eso se quebró un poco el tono de voz de Raimundo Silva, y quebrado era el pensamiento de la señora María, Ay estos hombres, pero, a pesar de ser tan aguda, ni se le pasó por la cabeza que Raimundo Silva pudiera estar hablando precisamente con la mujer con quien aquella noche había dormido, gozando del placer inefable de emplear palabras neutras sólo por ellos traducibles a otro lenguaje, al de la emoción, evocadora de sentimientos, pronunciar libro y oír beso, decir sí y entender siempre, oír buenas tardes y entender te amo. Si tuviera la señora María algunas nociones del arte de la criptofonía, se iría de aquí sabedora del secreto todo, riéndose de quien cree poder reírse de ella, manera de pensar evidentemente forzada y que sólo el despecho explica, pues ni Raimundo Silva ni María Sara imaginan que están haciendo sufrir a la señora María, y si lo supieran no se burlarían de ella, o no serían merecedores de cuanto de bueno están viviendo. Con todo esto, no está excluido que a la señora María acabe cayéndole bien María Sara, también del corazón puede esperarse todo, hasta la armonía de sus contradicciones.

Raimundo Silva está solo otra vez, durante unos segundos se interrogó todavía, curioso, sobre el melifluo tono con que la señora María se ha despedido, mujer desconcertante que tan pronto aparece de mala cara como da muestras de querer metérsenos en el corazón, pero la Historia del Cerco de Lisboa lo llamó a la otra realidad, a la construcción de la torre destinada a liquidar de una vez por todas la resistencia de los moros, y sabiendo nosotros que de eso depende la existencia de una patria, no podemos dar el trabajo por interrumpido, aunque a Raimundo Silva le gustara mucho más tener aquí a María Sara que andar dando cuenta de operaciones de las que nada sabe, aparejo de troncos, desbastar las tablas, afinar las clavijas, trenzar las cuerdas, todos esos materiales que, reunidos, van levantando poco a poco una torre que no es la de Babel, ésta de ahora no aspira a subir más alto que el adarve de la muralla, y, en cuanto a las lenguas, la intención de Don Afonso Henriques no es repetir la multiplicidad de ellas, sino cortar ésta por la raíz, tanto en sentido figurado, alegórico, como en el propio y sangriento. Cuando vuelva María Sara, mañana por la tarde, como prometió al marcharse, para quedarse esa noche y la siguiente, y también el día entre ellas, que es domingo, la obra estará adelantada, pues otros sucesos esperan a su vez, y el tiempo cambió de nombre, ahora se llama urgencia, Calma, dirá María Sara, no caben más cosas en un año que en un minuto sólo por ser minuto y año, no es el tamaño del vaso lo que importa, sino lo que cada uno de nosotros pueda poner en él, aunque acabe por desbordarse y se pierda. Como también esta torre se perderá.

Más de una semana tardó la construcción. Entre la mañana y la noche, el caballero Enrique no vivía sino para su idea, e, incluso cuando en la tienda reposaba, se le cortaba el sueño con sólo pensar que podía haber quedado poco firme una viga de apoyo, y llegaba hasta el punto de levantarse en medio de la madrugada para asegurarse de la solidez de unos encajes y de la buena tensión de unas cuerdas. Tan excelente señor era y tan piadoso que en el acceso del trabajo, no le parecía indigno meter un hombro a la carga si a uno de los extenuados soldados se le quebraba, en un instante de flaqueza, el muelle de los riñones. En una de estas ocasiones se encontró Mogueime tras él, que también Mogueime andaba ayudando en lo de la torre, y fue el caso que venía Ouroana a ver la marcha de la obra y naturalmente a mirar para quien sólo ojos debería tener, su señor y amo, pero esto no impidió que notara la fijeza con que la miraba el soldado alto que estaba detrás, se había fijado en él desde el primer día, siempre mirándola donde quiera que la encontrase, primero en el campamento del Monte de San Francisco, después en el campamento del rey, ahora en esta estrecha punta de tierra, tan estrecha que parecía obra de milagro que cupieran allí todos sin tropezar unos con otros, por ejemplo, este hombre y esta mujer que no han hecho más que mirarse. Mogueime veía a un palmo de distancia la nuca ancha del alemán, sobre la que caían largos cabellos rubios empastados de polvo y de sudor, matarlo en medio de esta confusión quizá no fuera difícil y quedaría Ouroana libre, pero no más próxima que ahora. Tentaciones de muerte violenta, apretando mucho el remordimiento sólo de tenerlas, deberían ser llevadas al confesor, pero descubrir también al fraile que vivía codiciando la mujer de la víctima, aunque concubina, era más de lo que en su valor cabía. De furor y rabia hizo un gesto brusco y golpeó en la espalda del alemán, que miró hacia atrás, pero tranquilo y sin sorpresa, era frecuente el caso en ayuntamientos de tan descompasado esfuerzo, y ese mirar directo fue bastante para que se disolviera la ira de Mogueime, no podía odiar a un hombre que nunca le había hecho mal, sólo por desear tanto a la mujer que era de él.

Finalmente quedó terminada la torre. Era una pieza estupenda de ingeniería militar que se desplazaba sobre ruedas macizas y se componía de un complejo sistema de trabazones internos y externos que unían entre sí las cuatro plataformas que definían la estructura vertical, una inferior que se asentaba directamente en los ejes fijos de las ruedas, otra superior que se prolongaba amenazadora hacia el lado de la ciudad, y dos intermedias que servían para reforzar el conjunto y servirían de protección temporal a los soldados que se prepararan para subir. Una polea maniobrada desde abajo permitía hacer subir rápidamente serones llenos de armas, de modo que no faltasen en lo más duro del combate. Cuando la obra se dio por acabada, la tropa rompió en vivas y aclamaciones, ansiosa por lanzarse al asalto, tan fácil le parecía ahora la conquista. Los propios moros debían de estar asustados, un silencio estupefacto acalló los insultos que constantemente llovían desde arriba. El entusiasmo en el campamento de la Porta de Ferro aún se hizo mayor al saberse que las torres de los franceses y de los normandos llevaban atraso, por lo tanto, allí estaba la gloria al alcance de la mano, no había que hacer más que empujar el carro de asalto hasta pegarlo al muro, fue entonces cuando Mem Ramires como capitán dio la voz, Empujad, muchachos, vamos por ellos, y todos hicieron cuanta fuerza podían. Desgraciadamente, no habían tenido en cuenta que el terreno de delante era inclinado, y a medida que avanzaban ya bajo el fuego enemigo, la torre se iba inclinando hacia atrás por la parte de arriba, haciéndose evidente que, aunque consiguieran llegar al muro, la plataforma superior se quedaría demasiado apartada como para poder tener utilidad alguna. Entonces el caballero Enrique, avergonzado por su imprevisión, dio orden de volver al principio, ahora los carpinteros cederían lugar a los zapadores, se trataba de abrir un camino liso y derecho, tarea realmente peligrosa, pues los cavadores tendrían que trabajar al descubierto bajo la avalancha de proyectiles de todo tipo que caían desde la muralla, y tanto peor cuanto más se aproximasen. Incluso así, y a pesar de las bajas sufridas, se abrieron unos veinte metros por donde ya podría avanzar la torre, sirviendo de cobertura para el trecho siguiente. En esto estaban, haciendo cada cual lo mejor de que era capaz, moros de un lado, cristianos de otro, cuando de repente el suelo cedió de un lado y tres ruedas se enterraron hasta los cubos, haciendo que la torre se inclinara asustadoramente. Se oyó un grito general, de aflicción y de miedo en el campo de los portugueses, de diabólica alegría en los adarves donde la negra morisma asistía como desde un palco. En equilibrio periclitante, la torre rechinaba de arriba abajo, con todo el maderamen sujeto a tensiones que no habían sido previstas, y pronto algunas trabazones se rompieron. Perdida la cabeza, viendo a punto de malograrse lo que debería ser demostración magnífica de su ingenio, el caballero Enrique se desesperaba, soltaba en lengua germánica plagas que desde luego en nada condecían con la fama, pese a todo merecida, en que era tenido, pero que la grosería inherente a estos primitivos tiempos más que justificaba. Por fin, calmándose, fue a examinar de cerca la situación, los estragos, concluyendo que el remedio, si lo era, estaba en prender en las vigas superiores, del lado opuesto al sentido de la inclinación, unas cuerdas muy largas, y poner a toda la compañía a tirar de allí, para dar holgura a las ruedas enterradas y poder calzarlas con piedras, sucesivamente, hasta hacer que la torre volviera a la vertical. El plan era perfecto, pero, para que se alcanzase el desiderátum, era necesario, primero, proceder a una operación arriesgadísima, que consistiría en liberar las ruedas retirando precisamente la tierra que amparaba a la pesada construcción, pues en ella, aunque inclinada, se apoyaba la plataforma inferior. Era un riesgo, un albur, una ecuación con una enorme y aterradora incógnita, pero no se encontraba otra solución, aunque, en rigor, deberíamos llamarle ínfima probabilidad. Fue ésta la ocasión que los moros eligieron para lanzar desde arriba una lluvia de saetas y virotes con mechas inflamadas, que zumbaban en el aire como enjambres de abejas y venían a caer aquí, allí, dispersas, el viento que hacía perjudicaba afortunadamente la puntería de los arqueros, pero tantas veces va el cántaro a la fuente que al fin se rompe el asa, bastó que un virote acertase en el blanco para que los otros inmediatamente aprendieran el camino, queriendo al fin la mala suerte que la torre acabara despeñándose, no tanto por efecto de la inclinación, agravada por la excavación de la tierra, sino por causa de los agitados esfuerzos para apagar el fuego que había prendido en diversas partes. De la brutal caída quedaron muertos o malheridos los soldados que en lo alto de la torre estaban prendiendo las cuerdas, y también algunos de los que trabajaban con las palas en las ruedas, y finalmente, pérdida sin remedio, el caballero Enrique, alcanzado por un virote ardiente que su sangre generosa pudo apagar aún. Como él, pero por haber recibido de lleno en el pecho una viga que se había soltado en el derrumbe, murió también el fiel criado, quedando así Ouroana sola en el mundo, lo que, pudiendo ser recordado en otra ocasión, aquí se deja ya mencionado, teniendo en cuenta la importancia del hecho para la continuación de esta historia. No se describe el júbilo de los moros, seguros como estaban, y más en aquel momento, del mayor poder de Alá sobre Dios, comprobado por la derrota fragorosa de la torre maldita. Y tampoco es posible describir el pesar, la rabia y la humillación de la gente lusitana, aunque alguna de ella no se cohibiese de murmurar que cualquier persona con dos dedos de frente y experiencia de guerra debería saber que las batallas se ganan con la punta de la espada, y no con ingenios extranjeros que tanto pueden estar a favor como en contra. Destrozada, la torre ardía como una hoguera de gigantes, y en ella se reducían a torreznos y cenizas sabe Dios cuántos hombres que en la confusión del derrumbe habían quedado presos. Un desastre.

El cuerpo del caballero Enrique fue llevado a su tienda, donde Ouroana, sabedora ya del infortunio, hacía su planto obligado de concubina, sin más. Yacía el caballero en la tarima, con las manos en oración, atadas sobre el pecho, y habiendo sido tan rápida la muerte, allí estaba de rostro sereno, tan sereno que parecía dormir, e incluso, mirando más de cerca, diríamos que sonríe, como si estuviera ante las puertas del paraíso, sin más torre ni arma que la bondad de sus acciones en la tierra, pero tan seguro de entrar en la bienaventuranza como de estar muerto. Siendo el calor mucho, al cabo de unas horas ya se le desfiguraban los rasgos, se sumía su feliz sonrisa, entre este cadáver ilustre y cualquier otro destituido de méritos particulares no se notará diferencia, más tarde o más temprano acabaremos todos por quedar iguales ante la muerte. Ouroana se desgreñó el pelo, rubio de un rubio gallego, y lloraba, un tanto cansada de no sentir disgusto, sólo una discreta pena de un hombre contra quien no tenía más razones de queja que el haberla robado con violencia, que en cuanto al resto, siempre había sido bien tratada, según lo que hoy podemos imaginar de lo que hace ocho siglos pasaría entre una barragana y el hidalgo su dueño. Quiso Ouroana saber qué fin había tenido el criado fiel, que muerto o muy herido debería estar para no venir a lamentarse a la cabecera de su amo, y le dijeron que lo habían transportado inmediatamente al cementerio del otro lado del estuario, aprovechando la oportunidad de estarse despejando el terreno de las calcinadas vigas y troncos, para que no quedaran por allí dificultando los movimientos, y en una única maniobra de limpieza recogieron también y se llevaron los cadáveres completos, que de los trozos más pequeños encontrados se hizo sepultura expedita en un rebaje de esta cuesta, donde será difícil que puedan resucitar cuando suenen las trompetas del Juicio Final. Se encontró, pues, Ouroana libre de señores directos o indirectos, e hizo cuestión de demostrarlo a la primera ocasión, cuando uno de los hombres de armas del caballero Enrique, sin respeto al difunto, quiso allí mismo poner mano en ella, estando sola. Como un relámpago apareció en la mano de Ouroana un puñal que ella con previdente diligencia había retirado del cinto del caballero cuando lo trajeron, delito en el que afortunadamente no la sorprendió nadie, que un caballero debe ir al túmulo, si no con todas sus armas sí al menos con las menores. Ahora bien, un puñal en frágiles manos de mujer, aunque estén habituadas a los trabajos de laboreo y a los cuidados del ganado, no era amenaza que pudiera poner miedo a un guerrero teutón, sin duda consciente de la superioridad de su aria raza, pero hay ojos que valen por todos los armamentos del mundo, y si éstos no eran de los que podían aclarar los interiores del malvado, podían a tres pasos intimidarlos, añadiendo que el recado no podría ser más claro, Si me pones la mano encima, o te mato o me mato, dijo Ouroana, y él retrocedió, con menos miedo de morir que de ser culpado por la muerte de ella, aunque pudiese siempre alegar que la pobrecilla, no soportando las ascuas del pesar, allí, ante sus ojos, se había quitado la vida. Prefirió el soldado retirarse, pidiendo a Dios que si de estas aventuras en tierra extraña fuese él servido que escapara, le haga encontrar aquí, si aquí queda, o en la Germania distante, una mujer como esta Ouroana, que aunque no sea aria, la recibiría con mucho gusto.

Raimundo Silva posó el bolígrafo, se frotó los ojos cansados, después releyó las últimas líneas, las suyas. No le parecieron mal. Se levantó, se llevó las manos a los riñones y se inclinó hacia atrás, suspirando con alivio. Había trabajado horas seguidas, olvidándose incluso de cenar, tan absorbido por el asunto y por las palabras que a veces le huían, que ni se acordó de María Sara, olvido éste que sería muy de censurar si la presencia de ella en él, salvo la exageración de la metáfora, no fuera como la de la sangre en las venas, en la que realmente tampoco pensamos, pero que, estando allí y por allí circulando, es condición absoluta de la vida. Salvo la exageración de la metáfora, volvemos a decir. Las dos rosas del solitario se bañan en el agua, se alimentan de ella, verdad es que no duran mucho, pero nosotros, relativamente, no duramos tanto. Abrió la ventana y miró la ciudad. Los moros festejan la destrucción de la torre. Las Amoreiras, sonrió Raimundo Silva. Por aquel lado está la tienda del caballero Enrique, a quien enterrarán en el cementerio de San Vicente. Ouroana, sin lágrimas, vela el cadáver, que huele ya. De los cinco hombres de armas, falta uno que fue herido. El que intentó poner mano en Ouroana la mira de vez en cuando, y piensa. Fuera, escondido, Mogueime ronda alrededor de la tienda como una mariposa fascinada por la claridad de los hachones que sale por la abertura de los paños. Raimundo Silva mira el reloj, si dentro de media hora no ha telefoneado María Sara, llamará él, Cómo estás, amor mío, y ella responderá, Viva, y él dirá, Es un milagro.

Dice Fray Rogeiro que fue por este tiempo cuando hubo señales de que el hambre empezaba a apretar a los moros en la ciudad. Y no era de admirar, si pensamos que encerradas en aquellos muros como en un garrote, estaban más de sesenta mil familias, número que a primera vista asombra y a segunda aún asombra más, porque en aquellas eras remotas, familias de padre, madre y un hijo serían rarezas sospechosas, e incluso haciendo cuentas muy por bajo, llegaríamos a una población de doscientos mil habitantes, cálculo a su vez puesto en entredicho por otra fuente de investigación, según la cual sólo los hombres eran, en Lisboa, ciento cincuenta y cuatro mil. Ahora bien, si consideramos que el Corán autoriza que cada hombre tenga hasta cuatro mujeres, y en todas naturalmente haciendo hijos, y si no olvidamos los esclavos, que aunque poco tienen de persona también comen, por lo que debieron de ser los primeros en sentir carencias, la conclusión nos lanza hacia números de los que manda la prudencia desconfiar, algo así como cuatrocientas o quinientas mil personas, imagínese. De todos modos, si no eran tantas, sabemos al menos que eran muchas, y desde el punto de vista de quienes allí vivían hasta demasiadas.

De no ser por aquella continua sed de gloria que desde tiempos inmemoriales no deja una hora de sosiego a reyes, presidentes y jefes de guerra, esta conquista de Lisboa a los moros podría haberse hecho con la mayor tranquilidad de este mundo, pues tonto es quien entra en la jaula del león para luchar con él, en vez de cortarle el sustento y sentarse a verlo morir. Cierto es que con el paso de los siglos algo hemos ido aprendiendo, y hoy es práctica bastante común usar el arma de la privación de comida y otros bienes para disuadir a quien, por tozudez o falta de entendimiento, no se ha rendido a razones más clásicas. No obstante, esos quinientos son otros y otra tendría que ser su historia. Lo que importa, en este caso, es observar la concomitancia de las dos distintas ocurrencias, como fueron la destrucción y la quema de la torre de la Porta de Ferro y las primeras alarmas de hambre en la ciudad, que, reunidas y confrontadas en las mentes del estado mayor real, hicieron claro que, aunque debía continuarse la pelea, en el propio sentido del término para honra de las armas portuguesas, la buena táctica mandaría apretar aún más el cerco, puesto que, tras el tiempo conveniente, los moros no sólo se habrían comido hasta la última migaja y la última rata de alcantarilla, sino que acabarían devorándose entre sí. Que siguieran franceses y normandos construyendo sus torres, que aplicasen de este lado los lusitanos aquellos conocimientos aprendidos en las lecciones del caballero Enrique para montar su propia máquina, que hiciese la artillería sus bombardeos regulares, que lanzasen los arqueros dardos, saetas, virotes y virotones, para dar salida a la producción diaria de las fábricas de Braço de Prata, todo esto serían sólo simbólicos gestos para inscribirlos en las epopeyas, ante la solución final, última y completa, el hambre. Órdenes, pues, rigurosas, llevaron los diferentes capitanes a sus huestes para que vigilasen día y noche la cintura de murallas, no sólo las puertas, sino sobre todo los rincones más escondidos, ciertos ángulos escusados que podrían servir de mampara, y también frente al mar, no porque por ahí pudieran ser introducidas mantenencias en la ciudad, que para lo preciso siempre serían escasas, sino para evitar que burlasen el cerco mensajeros llevando a las villas del Alentejo imploraciones de auxilio, tanto en víveres como en ataques por la espalda a los sitiadores, que tan bienvenidos serían unos como otros. Se probó en poco tiempo que la cautela era buena, cuando en el silencio de una noche sin luna fue sorprendido un pequeño batel que intentaba sortear las galeotas de la armada, transportando a un correo que, conducido ante el almirante, no tuvo más remedio que denunciar las cartas de que era portador, dirigidas a los alcaides de Almada y Palmela, en las que por claro se veía hasta qué punto había llegado ya la necesidad del infeliz pueblo de Lisboa. Pese a la vigilancia, algún otro mensajero habrá atravesado las líneas, pues semanas más tarde vino a ser encontrado, boyando junto al muro que daba al río, un moro que, izado a bordo de la fusta más próxima, se reveló ser emisario de una carta del rey de Évora, que mejor le hubiera sido no haber llegado a su destino, tan cruel, tan inhumano era su contenido, y para colmo hipócrita, considerando que de hermanos de raza y de religión se trataba, y así era lo que decía, El rey de los evorenses desea a los lisbonenses la libertad de los cuerpos, hace ya tiempo que tengo treguas con el rey de los portugueses y no puedo quebrar el juramento para incomodarlo a él o a los suyos con la guerra, redimid vuestra vida con vuestro dinero para que no sirva para vuestra desgracia lo que debiera serviros para vuestra salvación, adiós. Éste era rey, y para no quebrar treguas que tenía tratadas con nuestro Afonso Henriques, olvidado de que este mismo Afonso las quebró para atacar y tomar Santarem, dejaba morir de negra muerte a la desgraciada gente de Lisboa, mientras que el correo que de Lisboa había salido con la petición de ayuda no sólo no aprovechó la ocasión para huir a tierras seguras, sino que volvió con la mala nueva, muriendo él antes de entregar el mensaje que anunciaba el abandono y la traición. Bien es verdad que no siempre los hombres están en los lugares donde deben, a Lisboa habría acudido este moro si él fuese rey de Évora, pero el rey de Évora habría obviamente huido en el primer viaje, no fuera a darse el caso de que lo trajeran escoltado hasta Cacilhas con la respuesta, y que le dijeran, Vamos, tírate al agua, y líbrate de la tentación de volver atrás.

Transportar el cuerpo del caballero Enrique al cementerio de San Vicente, por aquellos tortuosos caminos al pie de la escarpada ladera, a dos pasos del agua para prevenir apedreamientos o cosa peor, fue, como entonces probablemente empezó a decirse, el colmo de los trabajos. Pero la hidalguía del fallecido y la grandeza de este su último hecho justificaban la costosa diligencia, que en todo caso ni comparación tiene con los tormentos que pasaron las tropas que ahora se encuentran ante la Porta de Ferro y que este mismo camino tomaron, episodio a su tiempo descrito muy por encima. Llevaban las andas mortuorias los cuatro hombres de armas, con una guarda de soldados portugueses mandada por Mem Ramires, y Ouroana detrás, a pie, como debe ir quien ha dejado de tener a quien servir de ostentación y vanidad. A decir bien, siendo ella no más que barragana ocasional, nada la obligaba a acompañar el entierro, pero pensó, en su conciencia, que no parecía procedimiento de cristiana negar al difunto una última presencia, la muerte no los había separado más de lo que la vida los había tenido separados realmente, el señor y la mujer de algunos días. Otra vida instante y exigente viene detrás, un soldado que la sigue de lejos, no a la comitiva, sino a esta mujer que, dándose cuenta, se pregunta, Qué quieres de mí, hombre, qué quieres de mí, y no responde, pero ella sabe que es el lugar del caballero Enrique lo que pretende, no este donde ahora va, pesadamente sacudido en las andarillas, bajo una sucia mortaja, sino el otro, cualquier otro donde puedan darse vivos los cuerpos, una cama verdadera, un suelo de hierba, una brazada de heno, un regazo de arena. No ignoraba Mogueime que lo más seguro es que Ouroana acabase tomada por cualquier señor que en ella se gozara, pero esto no lo perturbaba, quizá porque, en el fondo, no creyese que algún día, incluso con ayuda del destino, pudiera tocarla con un dedo, y si ella, por no quererla nadie, no tuviera más remedio en la vida que unirse a las mujeres del otro lado, ni siquiera así empujaría él la cancela de la choza donde ella estuviera para gozar su gozo de hombre en un cuerpo que, por tener que ser de todos, no podría ser de él. Este soldado Mogueime, que no sabe leer ni escribir, que no recuerda en qué tierra nació ni por qué le fue dado un nombre que parece tener más de moro que de cristiano, este soldado Mogueime, simple peldaño de aquella escalera por donde se entró en Santarem y ahora en este cerco de Lisboa con sus flacas armas de peón, este soldado Mogueime va tras de Ouroana como quien de la muerte no ve otro medio de apartarse, sabiendo que con ella volverá a enfrentarse una y muchas veces, y no queriendo creer que la vida haya de ser nada más que una serie finita de aplazamientos. El soldado Mogueime no piensa en nada de esto, el soldado Mogueime quiere a aquella mujer, la poesía portuguesa no ha nacido aún.

Fue escrito, y atrás queda, gracias a una de esas penetraciones en el futuro tan clarividentes como inexplicables por la razón, que en las aguas del estuario se lavó un día Mogueime las manos ensangrentadas, y que dos soldados del campamento real, que habían tomado a Ouroana por la fuerza, aparecieron más tarde muertos a cuchillo. Sabiendo con qué ligereza manejó Ouroana el puñal del caballero Enrique contra el hombre de armas que primero le quiso poner la mano encima, nada más fácil que dejarnos tentar por la imaginación de que, en venganza de la honra ofendida, la dicha Ouroana, a salvo de testigos, por el crepúsculo de la tarde o de la mañana, en una ocasión propicia, pasando a su alcance los violadores, les haya espetado bien hondo el puñal en la barriga, allí donde apenas llega el faldellín de la cota de malla. Sin duda de esa muerte murieron los soldados, pero no los mató Ouroana. No obstante, como el fértil imaginar no se detiene, y teniendo en cuenta que el fuerte amor de Mogueime lo podría haber llevado, por celos, a cometer tales crímenes, el cuadro anticipado, el de Mogueime lavándose las manos manchadas, quedaría con su sentido completo si de los míseros asesinados fuese la sangre que la ola prontamente diluyó y llevó, como en el tiempo desaparece también la vida. Así podría haber sido, pero no fue, murieron estos hombres, y su muerte no pasó de coincidencia, ya entonces las había, aunque apenas en ellas se reparaba. Un día, cuando hayan llegado al habla y a otras más hondas intimidades, Ouroana le preguntará a Mogueime si fue él quien mató a los soldados prevaricadores, No, respondió, y se quedó pensando que probablemente debería haberlo hecho, para mejor merecer el amor de esta mujer.

No hay mal que por bien no venga, he aquí un famoso dictado, anterior a cuantos relativismos filosóficos se engendraron, y que sabiamente nos enseña que son penas perdidas querer juzgar los casos de la vida como si de separar el trigo de la cizaña se tratase. Temiera nuestro Mogueime perder la esperanza de conquistar a Ouroana si cualquier hidalgo, por alarde o capricho, o, quién sabe, por un sentimiento más serio aunque no duradero, la tomase para sí, quitándola del valle de la mala vida al menos por el tiempo de la guerra. No sucedió tal, y esto fue un bien, pero el motivo de no haber sucedido fue él un mal, pues se había hecho público y notorio que aquella solitaria mujer, no siendo puta confirmada, había tenido comercio carnal con soldados sin graduación, dos de los cuales acabaron muertos en condiciones misteriosas, lo que, no interesando especialmente a la historia, como ya sabemos, sirvió para reforzar las razones de desinterés por parte de señores que no andan a las sobras y tienen superstición bastante para no tentar al demonio, aunque él venga en figura de tan estupenda mujer. Entonces, dejada de todos por razones tan contrarias, estaba Ouroana lavando ropa en un arroyo que desaguaba en el estuario, oficio limpio del que había tenido que valerse para proveer a su sustento, cuando ve por el rabillo del ojo que se acerca aquel soldado que la sigue por dondequiera que vaya. Aun haciendo la barba crecida tan iguales las caras de los hombres, a éste no sería fácil confundirlo, pues de altura rebasa al mayor de los otros al menos en media cuarta, y la complexión general condice, todo a su favor. Se sentó él en una piedra, cerca, y allí se quedó, callado, observando, ahora ella alza el cuerpo, levanta y baja el brazo para batir la ropa, el ruido del golpe corre sobre el agua, es un sonido que no se confunde, y otro, y otro, y luego hay un silencio, la mujer descansa las dos manos sobre la piedra blanca, un viejo cipo funerario romano, Mogueime mira y no se mueve, es entonces cuando el viento trae el grito agudo de un almuédano. La mujer vuelve levemente la cabeza hacia la izquierda, como para escuchar mejor la llamada, y, estando Mogueime de ese lado, un poco hacia atrás, habría sido imposible que no se encontraran los ojos de él con los ojos de ella. Con los pies descalzos en la arena gruesa y húmeda, Mogueime siente el peso de todo su cuerpo como si hubiera pasado a formar parte de la piedra en que está sentado, bien podrían ahora las trompetas reales tocar al asalto, que lo más seguro es que no las oyera, lo que sí resuena en su cabeza es el grito del almuédano, continúa oyéndolo cuando mira a la mujer, y cuando por fin ella desvía los ojos, el silencio se hace absoluto, es verdad que hay ruidos alrededor pero pertenecen a otro mundo, las mulas resuellan y beben en el arroyo de agua dulce que desagua en el estuario, y como probablemente no se encontraría otra manera mejor de empezar lo que ha de ser hecho, Mogueime pregunta a la mujer, Cómo te llamas, cuántas veces nos habremos preguntado unos a otros, desde el inicio del mundo, Cómo te llamas, añadiendo luego nuestro propio nombre, Yo soy Mogueime, para abrir un camino, para dar antes de recibir, y después nos quedamos a la espera hasta oír la respuesta, cuando viene, cuando no es con silencio como nos responden, pero no fue éste el caso de ahora, Me llamo Ouroana, dijo ella, ya lo sabía él, pero dicho por esta boca fue la primera vez.

Mogueime se levantó y avanzó hacia ella, seis pasos, un hombre camina leguas y leguas durante una vida y de ésas no aprovechó más que fatiga y heridas en los pies, cuando no en el alma, y viene un día en que da apenas seis pasos y encuentra lo que buscaba, aquí, durante este cerco de Lisboa, esta mujer que de rodillas estaba y ahora para recibirle se ha levantado, tiene las manos mojadas, mojada la saya, y no sé cómo nos encontramos los dos en el agua, sintiendo el manso ahogo de la corriente en los tobillos, el rechinar de las piedrecillas menudas en el fondo, uno de los pajes que dan de beber a las mulas dice bromeando, Eh, hombre, como si dijera, Eh toro, y luego desapareció, Mogueime no oye, sólo ve el rostro de Ouroana, al fin lo ve, tan cerca que podría tocarlo como a una flor abierta, en silencio tocándole con sólo dos dedos que pasan lentamente por las mejillas y la boca, por las cejas, una, otra, dibujándole el dibujo que tiene, y después la frente y el pelo, hasta preguntarle, ya la mano toda posada en el hombro, Quieres, a partir de ahora, quedarte conmigo, y ella responde, Sí, quiero, entonces se abrieron los oídos de Mogueime, todas las trompetas del rey tocaron a gloria, con tan estentóreo sonido que es imposible que a ellas no se hayan juntado otras tantas del cielo. Acabó allí Ouroana de lavar la ropa, que por haber llegado el día prometido no se había acabado la obligación, mientras Mogueime le contaba su vida, de los parientes nada porque no los conocía, y ella, al contrario, de su vida después de robada no le habló, y en cuanto a la otra es lo común de la gente campestre, ya entonces era así, y no por coincidencia. Fue Ouroana a llevar la ropa al campamento de Monte da Graça, donde había vivido en estos días, le dijeron que pasase en otra ocasión que le darían el pago, en mantenencias, claro está, pero a ella no le importó, ni tienen que importarle las demoras a quien a hidalgos sirve, que de allí iba a partir para otra vida, con este hombre al lado, quien me quiera encontrar que me busque donde la guerra está más encendida, delante de la Porta de Ferro, pero esta noche no, por ser la primera en que estaremos juntos, mujer y hombre, apartados cuanto se pueda del campamento para que sea sin testigos nuestra entrega, bajo el cielo estrellado, oyendo el murmullo de la ola, y cuando la luna nazca aún estarán abiertos nuestros ojos, Mogueime dirá, No hay otro paraíso, y yo responderé, No fueron así Adán y Eva porque el Señor les dijo que habían pecado.

María Sara llegó a la hora prometida. Traía alguna comida, municiones de boca le llamaríamos con mayor propiedad vocabular, pues vino para una guerra, y muy consciente de sus responsabilidades, Sí, un beso, dos, tres, pero ahora no te distraigas, trabajando estabas, trabajando sigues, el tiempo llega para todo, hasta cuando es poco, y nosotros vamos a tener dos noches enteras y un día completo, la eternidad, dame sólo un beso más, y ahora siéntate, dime sólo cómo va la historia, se han encontrado ya Mogueime y Ouroana, Menos eufemísticamente, quieres decir si se han ido ya a la cama, En cierto modo, sí, Cómo en cierto modo, Es que no tenían cama, se acostaron a la luz de las estrellas, Qué suerte, Noche cálida, ellos estaban juntos y la marea subía, Espero que hayas escrito esas palabras, No, no las he escrito, pero aún estoy a tiempo. María Sara llevó los paquetes hacia dentro, mientras Raimundo Silva, de pie, miraba sus hojas con la expresión de quien sigue otro pensamiento, No puedes escribir más, preguntó ella al regresar, mi llegada te ha distraído, No es lo mismo si estás o si no estás, no somos un matrimonio viejo que ya ha perdido las emociones y hasta la memoria de haberlas tenido, al contrario somos Ouroana y Mogueime empezando, Te he distraído, Gracias a Dios, pero lo que estaba pensando es que no voy a seguir escribiendo aquí, Por qué, No sé muy bien, dejar el despacho fue huir de la rutina, una infracción a la costumbre que tal vez me ayudara a entrar en otro tiempo, pero ahora, que estoy casi regresando, me apetece volver a la silla y a la mesa de corrector, que es lo que soy a fin de cuentas, Por qué esa insistencia en lo de corrector, Para que todo quede claro entre Mogueime y Ouroana, Explícate, Igual que él nunca llegará a ser capitán, yo nunca seré escritor, Y tienes miedo de que Ouroana le dé la espalda a Mogueime cuando descubra que nunca será mujer de un capitán, Cosas así se han visto, Con todo, esa Ouroana vivió vida mejor cuando estaba con el caballero y ahora, aceptó a Mogueime y supongo que no la forzó él, No estoy hablando de Ouroana, Estás hablando de mí, bien lo sé, pero lo que dices no me gusta, Lo supongo, Que dure esta relación lo que ha de durar, pero quiero vivirla limpiamente, me gustaste tú por lo que tú eres, y supongo que lo que soy no impide que yo te guste, y basta, Discúlpame, De nada te sirve pedir disculpa, el mal está en vosotros, los hombres, todos, el machismo, cuando no es la profesión, es la edad, cuando no es la edad es la clase social, cuando no es la clase social es el dinero, es que no vais a decidiros nunca a ser naturales en la vida, Ningún ser humano es natural, No es preciso ser corrector para saberlo, una simple licenciada no lo ignora, Parece como si estuviéramos en guerra, Claro que estamos en guerra, y es guerra de sitio, cada uno de nosotros cerca al otro y es cercado por él, queremos echar abajo los muros del otro y continuar con los nuestros, el amor será que no haya más barreras, el amor es el fin del cerco. Raimundo Silva sonrió, Esa historia deberías haberla escrito tú, Nunca se me habría pasado por la cabeza la idea que a ti se te ocurrió, negar un hecho histórico absolutamente incontrovertido, Ni yo mismo sabría decir hoy por qué lo hice, Realmente, pienso que la gran división de la personas está entre las que dicen sí y las que dicen no, y tengo bien presente, antes de que me lo hagas notar, que hay pobres y ricos, que hay fuertes y débiles, pero lo que yo quiero decir no es eso, benditos los que dicen no porque de ellos debería ser el reino de la tierra, Debería, has dicho, El condicional fue deliberado, el reino de la tierra es de los que tienen el talento de poner el no al servicio del sí, o que, habiendo sido autores de un no, rápidamente lo liquidan para instaurar un sí, Bien dicho, Ouroana querida, Gracias, querido Mogueime, pero yo no soy más que una simple mujer, aunque doctora, Y yo un simple hombre, pese a ser corrector. Se echaron a reír los dos y después, ayudándose, llevaron al despacho los papeles, un diccionario, otros libros de consulta, Raimundo Silva se empeñó en ser él quien llevara el florero con las dos rosas, Esto es cosa mía, yo soy su inventor. Dispuso todo sobre la mesa, se sentó, miró muy serio a María Sara como si evaluara, por su presencia allí, el efecto de la mudanza de lugar, Ahora voy a escribir sobre los milagrosos casos de que fue autor, muerto ya y enterrado, el antes por otras admirables razones tan celebrado Enrique alemán, caballero de la ciudad de Bonn, según explicadamente se cuenta en la carta de Fray Rogeiro a aquel Osberno que acabó quedándose con la fama del cronista, carta que siendo en este punto digna de confianza mínima, es de máxima fe, y eso es lo que cuenta, Y yo, respondió María Sara mientras no llega la hora de la cena, que hoy será preparada y comida en casa, me quedaré sentada en este sofá leyendo la edificante obra de los milagros de San Antonio, para cuyo apetito me había preparado tu lectura del caso prodigioso de la mula que cambió la avena por el Santísimo Sacramento, fenómeno que no tuvo repetición, pues dicha mula, siendo estéril como todas las otras, no dejó descendencia, Principiemos, principiemos.

No había pasado más que una semana después de que el caballero Enrique fue sepultado en el cementerio de San Vicente, camposanto de los mártires extranjeros, cuando estaba Fray Rogeiro en su tienda compilando los apuntes que había tomado durante una vuelta que dio por los campamentos, caballero de su fiel mula, que en verdad tenía todas las cualidades propias de la especie, pero sufría de una gula incurable que no dejaba hierbajo ni grano de avena a salvo de sus dientes amarillos, estaba Fray Rogeiro así, de noche cerrada, cuando, por fatiga del viaje, después de haber dado tres dulces cabezadas, le entró un sueño tan profundo que parecía obra sobrenatural. Dice aquí que faltando al coro de la noche de Navidad, por asistir en la enfermería a un religioso agonizante, mereció San Antonio que se desunieran las paredes para adorar allí la hostia consagrada en el tiempo de la misa. Estaba durmiendo Fray Rogeiro, cuando entró en la tienda un caballero armado de todas sus armas menores, excepto la daga, y dirigiéndose a él lo sacudió por un hombro también tres veces, la primera con cuidado, la segunda con más ánimo, la tercera con fuerza. Dice aquí que estando San Antonio predicando al aire libre empezó a llover, e hizo entonces que lloviese sólo en derredor, quedando los oyentes en seco. Abrió Fray Rogeiro los ojos espantado y vio que tenía ante él al caballero Enrique, que le dijo, Levántate y ve a aquel lugar donde los portugueses enterraron a mi escudero, alejado de mí, y trae su cuerpo y entiérralo junto al mío, a la par de mi sepultura. Dice aquí que a una devota suya hizo oír San Antonio su voz a la distancia de una legua, y que a otra unió los cabellos cortados a los que en la cabeza continuaban. Miró Fray Rogeiro, y no viendo más al caballero ni sepultura alguna, creyó que estaba durmiendo y soñando, y para no desmentirse a sí mismo volvió a quedarse dormido. Dice aquí que habiendo San Antonio encontrado a un penitente y encontrando que él merecía absolución, se la dio, haciendo al mismo tiempo desaparecer todas las letras de un papel donde el dicho llevaba escritas sus culpas. Volvió Fray Rogeiro a dormir a sueño suelto, soñando que alguna comida averiada le había causado aquel molesto sueño, cuando volvió a entrar el caballero, otra vez lo sacudió para despertarlo, y dijo, No duermas, fraile, que te ordené que fueses a buscar a mi escudero a la tumba donde yace lejos de mí, y tú me oíste y no hiciste caso. Dice aquí que habiéndose derramado el vino en una bodega, San Antonio lo hizo volver a los toneles. Debía de estar Fray Rogeiro muy cansado para quedarse de inmediato dormido otra vez, despreciando, primero la petición, después la orden, pero ahora estaba inquieto en su sueño, como si adivinase que pronto le sería interrumpido, y así fue, que entró el caballero con suma ira y una espantosa y brava catadura, increpándolo con palabras de gran miedo, Vas a ver lo que te hago como no vayas inmediatamente a cumplir lo que tantas veces te he venido ya a decir. Dice aquí que con la señal de la cruz convirtió San Antonio un sapo en un capón, y después con la misma señal hizo de un capón un pez. No sería Fray Rogeiro digno de su sagrado ministerio si no hubiera aprendido con la lección de San Pedro, según la cual se puede negar y rechazar dos veces, pero que a la tercera, hasta sin que cante el gallo, se arriesga uno a sufrir brutales represalias, mayormente en casos en que intervengan espíritus, cuya fuerza material siempre rebasa la de los vivos en no sé qué tanto por ciento. Dice aquí que San Antonio con la señal de la cruz arrancó los ojos a un hereje por castigo, y por compasión volvió a restituírselos. Levantóse pues inmediatamente Fray Rogeiro de su conforto, y cogiendo una candela bajó al estero, asustando de paso a no pocos centinelas que creían que por allí pasaba un alma penada, tomó un batel y, esforzándose en los remos, atravesó al otro lado. Dice aquí que San Antonio unió prodigiosamente dos vasos rotos y devolvió el vino derramado al tonel de una devota, demostrando así que los milagros se pueden repetir sin que padezca mengua la potencia milagrosa. Adónde habrá ido Fray Rogeiro a buscar las fuerzas necesarias para el hercúleo trabajo que le había sido asignado, no se sabe, aunque se presume que al propio miedo que sentía, pero en poco tiempo abrió la sepultura y retiró al escudero, a quien a cuestas transportó al barco, y, empapado en sudores fríos y en sudores calientes, regresó al punto de partida, acarreó el tremendo peso cuesta arriba hasta San Vicente, y al lado del monumento del caballero hizo fosa y nueva sepultura. Dice aquí que estando San Antonio en Sicilia vio caer a una devota suya en un charco y que, incontinenti, la hizo salir de él compuesta y aseada. Entró Fray Rogeiro en su tienda y durmió el resto de la noche como una piedra, y cuando de mañana despertó y recordó lo que le había ocurrido, no sólo no dudó, pues tenía las manos y el hábito manchados de tierra y viscosidades sospechosas, sino que se escandalizó con el ingrato proceder del caballero, que ni se había dado el trabajo de venir a darle las gracias, él, que de aquel modo tan temprano lo había arrancado del precioso sueño. Dice aquí que San Antonio, estando en Roma, predicó en una sola lengua y lo entendieron perfectamente varias naciones. Ahora bien, no se acabaron así las manifestaciones maravillosas del caballero Enrique, antes bien ocurrió que a la cabecera de su tumba apareció una palma semejante a aquellas que tres siglos después traerán los romeros de Jerusalén en sus manos. Dice aquí que en Ferrara libró San Antonio a una inocente mujer de la injusta muerte maquinada por su marido, haciendo que un recién nacido hablase y declarase la inocencia de la madre. Creció la palma, empezó a echar hojas y se hizo alta, y vino el rey y todo el pueblo de soldados y de gente del común que por los campamentos andaba, y todos dieron muchas gracias a Dios. Dice aquí que en Arimino, siendo apedreado por los herejes, pasó San Antonio a las playas del mar y convocando a los peces les hizo un admirable sermón. Empezaron a venir los enfermos y cogían hojas de aquella palmera, y colgándoselas en el pecho eran curados inmediatamente de cualquier enfermedad que cada uno tuviese. Dice aquí que pasando de Arimino a Padua, convirtió San Antonio a veintisiete ladrones con un solo sermón. Qué prodigio, qué hermoso milagro. Dice aquí que, habiendo reprendido severamente San Antonio a un mozo que le había dado un puntapié a su propia madre, quedó el agresor tan compungido y arrepentido del mal que había hecho, que fue inmediatamente por un cuchillo y sin más advertencia se cortó el malicioso pie. Otros enfermos hubo que cogían las palmas y las tostaban y pisaban y mezclando el polvo con agua o vino, lo bebían, quedando luego sanos de cualquier dolor que en el cuerpo tuviesen. Dice aquí que se desangraba el mozo a punto de perder la lastimosa vida, y tantos gritos dio que se juntó pueblo alrededor de él queriendo saber el porqué, y él explicó, llorando mucho, que Fray Antonio le había dicho que aquél era el castigo que merecía, y en esto vino la madre quejándose de que el fraile había matado a su hijo, atribuyendo la imprudencia de éste al celo excesivo del santo. Corrió la fama de las virtudes curativas de la palma, y de tal manera que, en poco tiempo, de tanto llevar las hojas y los tallos, no le quedó nada sobre tierra, y como no le pusieron buena guardia, vinieron algunos de noche y arrancaron aquello que bajo tierra había quedado y se lo llevaron. Dice aquí que acudió San Antonio a la muchedumbre y, tomando el pie, que estaba separado de la pierna, con sus propias manos lo ajustó por los vestigios de la misma cisura, y haciendo sobre él la señal de la cruz, instantáneamente quedó unido con la misma solidez y la misma seguridad. No tendría fin el inventario bendito de las milagrosas obras del caballero Enrique si por extenso y con particularidades las discriminásemos todas, camino este que finalmente nos llevaría muy lejos del propósito de esté relato, que es, más que saber qué destino tuvo Lisboa, cosa que no es secreto para nadie, explicar cómo conseguimos nosotros, sin ayuda de los cruzados, llevar a buen fin el designio patriótico de nuestro rey Afonso, primero en este nombre y en todo. Dice aquí que, predicando San Antonio en Milán, apareció en Lisboa e hizo absolver a su padre de una deuda que no debía, y también dice que, estando predicando en Padua, apareció al mismo tiempo en Lisboa, donde hizo que un difunto hablara y de ello resultó el librar a su padre de la muerte. Ahora bien, testigos oculares de tales y tan maravillosos sucesos, dos hombres sordomudos que habían venido en la flota, pero no se sabe si ingleses, aquitanos, bretones, flamencos o renanos, fueron un día a la tumba del caballero y se acostaron al lado de ella, con gran devoción, pidiendo en sus voluntades que tuviera con ellos piedad y misericordia. Dice aquí que éstos fueron los milagros principales obrados por San Antonio en vida, pero que después de su muerte se observaron innúmeros y de tal calidad que en nada quedan a deber, hasta hoy, a los que operó por influjo de su presencia, en este papel sólo se mencionará uno de ésos como buena prueba de lo que queda dicho, y viene a ser que hizo pasar San Antonio a una devota suya de estéril a fecunda, y pariendo ella una mole informe la convirtió en creatura elegante, transformando así mitad de un milagro en milagro entero. Y estando los dos sordomudos así yaciendo, se quedaron dormidos ambos y en sueños les apareció el caballero Enrique en figura y traje de romero, y traía en su mano un bordón de palma, y habló a aquellos mancebos, y díjoles así, Levantaos y holgad y habed gran placer, id y sabed que por mis merecimientos y los de estos mártires que aquí yacen habéis ganado la gracia del Señor Dios, la cual gracia es con vosotros, y dicho esto, desapareció, y ellos, al despertar, notaron que podían oír, y hablar también, pero hablaban como tartajas, de manera que no se entendía en qué lengua estaban hablando, si la de los ingleses, la de los aquitanos, la de los flamencos, la de los renanos, o, conforme no pocos afirmaban, la de los portugueses, Y después, Después los dos tartajas volvieron a la sepultura del caballero con más devoción aún, si es posible, pero fueron oraciones perdidas, que tartajas quedaron para toda la vida, lo que a fin de cuentas no debiera extrañarnos, una vez que en cuestión de milagros no se puede comparar un caballero Enrique a San Antonio.

Vamos a cenar, dijo María Sara, y Raimundo Silva preguntó, Y qué tenemos hoy de cena, Será quizá pescado, quizá capón, pero si los milagros se hacen también de detrás hacia delante, no te extrañe que nos salte un sapo de la sartén.

Han pasado más de dos meses desde que se inició el cerco, tres meses del pago de la última soldada. Había esperado mucho Don Afonso Henriques, como en su tiempo fuimos informados, de las artes de ingeniería militar del caballero Enrique, y también de aquellos franceses y normandos no nombrados, pero la desastrosa muerte del santo hombre, aunque madre de otros prodigios, y la destrucción de la torre que debería atacar el muro sur de la Porta de Ferro, hicieron, en toda la gente, que el entusiasmo bélico pasara de fuego vivo a lumbre blanda, como es posible observar por lo atrasado que está el trabajo de aquellos extranjeros y por las interminables discusiones en que vienen gastando su tiempo los maestros carpinteros portugueses, que no logran ponerse de acuerdo sobre si más vale repetir tal cual la obra del alemán, respetando la patente, o introducir en ella modificaciones estructurales, por así decir, que den a la torre un toque nacional. Se robusteció la esperanza del rey con dos motivos, uno de ellos efecto directo del otro, y venía a ser, motivo primero, que si el asalto resultaba bien, quedaba la ciudad ganada, y por tanto, motivo segundo, podría licenciar a la tropa, mandarla a casa, hasta la próxima campaña, ahorrando una soldada general. Tuvo Don Afonso la honradez de no esconder los apuros por los que pasaba su tesorería, sin liquidez, lo que, por otra parte, sólo en su favor hablaba, pues sencillez y franqueza no son cualidades que habitualmente exornen a los gobernantes de todo el mundo, sin excepción de los nuestros. Pero esta manera de estar en la política nunca es compensada como merecería, y ahora tenemos aquí a un rey con la apetecida ciudad de Lisboa ante los ojos y sin poder llegarle, y encima obligado a rapar el fondo de las arcas para pagar sus haberes a un ejército que anda ya murmurando contra la tardanza. Claro está que no es ésta la primera vez que la corona se retrasa en los pagos, mayormente en estado de guerra, pensemos sólo en las vicisitudes de un conflicto, la recogida de dinero, el transporte, la cuestión de los cambios, el resultado de todo eso junto hace que la llamada a caja se haga generalmente tarde y a deshora, y no son raros los casos en los que la infelicidad es tanta que muere el soldado antes de recibir el sueldo, a veces por minutos.

Si hubiese Don Afonso Henriques conseguido el dinero unos días antes, la historia de este cerco hubiera sido diferente, no en su conocida conclusión, sino en sus trámites intermedios. Es que, con el paso del tiempo, estábamos ya a mediados de septiembre, y sin que se supiera cómo y de dónde había salido la inaudita idea, empezaron los soldados a decirse unos a los otros que, siendo tanto o tan poco hombres como los cruzados, también por igual deberían ser merecedores, y que estando sujetos a la misma muerte, les deberían ser reconocidos derechos en todo iguales a los de ellos, cuando llegase la hora del pago. Hablando claro, lo que ellos querían saber era por qué bulas iban los cruzados a tener derecho a saqueo, y aun así la mayoría se habían desinteresado de la empresa, mientras el soldadito portugués tendría que contentarse con un magro salario, asistiendo de bolsillos vacíos, al jolgorio, ocio y festival de los extranjeros. A los oídos de los capitanes llegaron ecos de estos movimientos y encuentros, pero la pretensión era tan absurda, iba en tal manera contra toda ley y usanza, tanto las escritas como las consuetudinarias, que la respuesta fue encogerse de hombros y un comentario displicente, Son parvos, con lo que pretendían significar, Son pequeños, que en aquel tiempo aún se daba importancia a la etimología, no es como hoy, que no puede llamársele parvo a nadie, aunque sea obviamente menguado, sin que le pongan de inmediato a uno una querella por ofensa. Por el sí o por el no, mandaron los capitanes recado a Don Afonso Henriques para que se diera prisa en liquidar los sueldos atrasados, porque andaba relajándose la disciplina y la tropa remoloneaba cada vez que los sargentos mandaban atacar, Por qué no va él, que tiene divisas, y era muy injusto el comentario, que nunca sargento alguno se quedó en la trinchera viendo en qué paraban los resultados del asalto, si debía avanzar para recoger los laureles o quedarse para reprender y castigar a los cobardes fugitivos. Al cabo de más de una semana, cuando las opiniones subversivas ya habían dejado de expresarse por la boca pequeña para ser proclamadas en voz alta en ayuntamientos espontáneos o convocados, corrió la noticia de que al fin iba a serles pagado el sueldo. Suspiraron de alivio los capitanes, pero pronto se les cortó la respiración cuando los de las cajas vinieron diciendo que no aparecía nadie a cobrar. En el propio campamento del rey la afluencia fue diminutísima, e incluso ésa debería ser interpretada como consecuencia de una intimidación, que en cualquier momento podía el quinto darse de narices con el rey y preguntarle éste, Has ido ya a cobrar, y de dónde iba a sacar el tímido recluta valor para responder, Sepa su alteza por qué no he ido, o me pagan lo mismo que a los cruzados, o no vuelvo a la guerra.

Todo el temor de los capitanes era que los moros se apercibieran de la bellaquería que circulaba por los campamentos de los cristianos, no fuera el caso que aprovechasen el desconcierto que en ellos reinaba para, en surtidas fulminantes, irrumpir al mismo tiempo por las cinco puertas y barrer a unos al mar y precipitar a los otros desde las alturas. Por eso, antes de que se hiciera irremediablemente tarde, mandaron llamar, no a los cabecillas, que no los había, sino a unos cuantos soldados que, por hablar más alto, habían ganado cierto imperio sobre los otros, y quiso el destino que en la Porta de Ferro fuese Mogueime uno de ellos, que su amor por Ouroana no le distraía de las responsabilidades cívicas y de los justos intereses personales y colectivos. Así que fueron los tres procuradores al capitán, a quien, preguntados, participaron de las sabidas razones. Usó Mem Ramires, y es de creer que en los otros campamentos haya sido éste también el discurso, de arrebatadoras exhortaciones patrióticas, las cuales, pese a ser una novedad, no conmovieron a los soldados de su firmeza, pasando después de los gritos a las amenazas, que tampoco produjeron efecto, y finalmente, tomando a Mogueime como interlocutor, exclamó Mem Ramires, con la voz embargada de emoción, Cómo es posible que tú, Mogueime, estés metido en esta conspiración, tú, que fuiste mi compañero de armas en Santarem, cuando generosamente me prestaste tus hombros y tu gran estatura para que yo pudiera lanzar a las almenas la escalera por donde después todos subimos, y ahora, olvidado del papel importantísimo que representaste en aquella gloriosa jornada, desagradecido a tu capitán, ingrato a tu rey, estás ahí, encuadrillado con unos vagabundos ambiciosos, cómo es posible, y Mogueime, sin desconcertarse, no respondió más que esto, Mi capitán, si necesita subir otra vez a caballo de mis hombros para llegar con la espada, las manos o la escalera al adarve más alto de Lisboa, cuente conmigo, vamos ya si quiere, pero la cuestión no es ésa, la cuestión es que queremos que se nos pague como a los extranjeros, y repare mi capitán hasta dónde llega nuestra sensatez, que no vinimos aquí a pedir que se pague a los extranjeros como nos pagan a nosotros. Los otros dos procuradores asintieron en silencio, que tal elocuencia no precisaba reiteración, y acabó la conferencia.

Hizo Mem Ramires su informe al rey, el cual, en lo esencial, coincidía con los de otros capitanes, sugiriendo, con todo respeto, que mandase su alteza que comparecieran en su presencia los delegados del movimiento de las fuerzas armadas, que tal vez ante la majestad real se les redujese el atrevimiento y se les encogiesen los ánimos. Dudó Don Afonso Henriques en condescender, pero la situación apretaba, en cualquier momento podían los moros darse cuenta de la inactividad de los enemigos, y, en desespero de causa, pero furioso, mandó venir a los procuradores. Cuando los cinco hombres entraron en la tienda, el rey, de cerrada catadura y con los potentes brazos cruzados sobre el pecho, los increpó sañudamente, No sé si mandar que os corten los pies que os han traído, o la cabeza, de donde saldrán, si a tal cosa os atrevéis, vuestras osadas palabras, y tenía los ojos llameantes puestos en el más alto de los delegados, que era, como se adivina, Mogueime. Fue hermosa cosa de ver, probablemente sólo posible en aquellos inocentes tiempos, cómo pareció crecer aún más la figura de Mogueime y cómo le vino clara la voz para decir, Si vuestra alteza nos manda cortar la cabeza y los pies, será todo vuestro ejército quien quedará sin pies ni cabeza. No quería Don Afonso Henriques creer a sus oídos, que un soldado de la infantería popular pretendiese reivindicar para su vil gremio méritos que sólo a la caballería de los nobles deberían ser reconocidos, que ella, sí, es verdadero ejército, sin que sirva la peonada más que para redondear las huestes en el campo de batalla o para hacer cordón en los cercos, como es el caso en el que estamos. Incluso así, y porque la naturaleza lo había dotado de algún sentido del humor, conformado, evidentemente, a las circunstancias del tiempo, encontró graciosa la respuesta del delegado, no tanto en cuanto al fondo de la cuestión, más que discutible, como por causa del feliz juego de palabras. Volviéndose hacia los cuatro capitanes, que también habían sido llamados, dijo en tono de sonriente escarnio, Este país, por lo visto, empieza mal, y después, cambiando de expresión y afirmándose mejor en Mogueime, añadió, Yo te conozco, quién eres tú, Estuve en la toma de Santarem, señor, respondió Mogueime, y a mis hombros subió el capitán Mem Ramires, que ahí está, Y por eso te crees autorizado para venir aquí a protestar y a reclamar lo que no puede ser tuyo, No es por eso, señor, sino porque lo quisieron mis compañeros, de quienes, como éstos, soy voz y lengua, Y qué queréis, ellos y tú, Ya lo sabéis, señor, queremos tener parte justa en el saqueo, como quien aquí vino a dar su sangre, que, derramada, es igual en color a la de los cruzados extranjeros, como igualmente a ellos hieden nuestros cuerpos si la muerte nos toca y podrecemos, Y si yo dijese que no, que no tendréis parte en el saqueo, Entonces, señor, tomaréis la ciudad con los pocos cruzados que os quedan de los que no se fueron, Es una rebelión esto que estáis cometiendo, Señor, os ruego que no lo toméis así, y si es verdad que hay alguna ganancia en nuestro espíritu, pensad también que es acto de justicia pagar igual a igual, y que este país en principio de vida empezará mal si no empieza justo, recordad, señor, lo que ya nuestros abuelos dijeron, que lo que torcido nace no hay quien lo enderece, no queráis que torcido nazca Portugal, no lo queráis, señor, Dónde te han enseñado a hablar así, que ni clérigo mayor, Las palabras, señor, están en el aire, cualquiera puede tomarlas. Don Afonso Henriques, que ya había calmado su furia, se quedó pensando, con la mano derecha prendida en la barba, y había en su mirada una cierta expresión de melancolía como si dudase de tantos actos que practicara, y los otros, desconocidos, que lo esperaban en el futuro para valorarlo según la medida del alma con que viniese a enfrentarse con ellos, y estando así unos minutos, en un silencio que ninguno de los presentes se atrevía a quebrantar, dijo por fin, Marchad, luego os instruirán vuestros capitanes sobre lo que con ellos voy a decidir.

Hubo fiesta en los cinco campamentos, que hasta en el Monte da Graça se perdió la timidez, cuando, reunidas las tropas en alarde, vinieron los heraldos a anunciar la merced que hacía el rey de que a todos los soldados, sin diferencia de graduación o antigüedad, les quedaba reconocido el derecho de saqueo en la ciudad, según las costumbres y salvaguardadas las partes que correspondían a la corona y las que se habían prometido a los cruzados. Las aclamaciones fueron tantas y tan prolongadas que definitivamente se convencieron los moros de que había llegado la hora del asalto final, aunque ningunos preparativos anteriores lo hicieran esperar. Tal no sucedió realmente, pero desde lo alto de los muros pudieron ver la actividad en los campamentos, igual que las hormigas alborotadas por el súbito descubrimiento de una mesa puesta y servida a la orilla del caminillo por el que no habían hecho más que acarrear barbas de espigas y migajas de compango. En una hora se pusieron de acuerdo los maestros carpinteros, en dos hervían de diligencia los astilleros donde, perezosamente, la carcoma iba acabando con las torres en construcción, manera figurada de decir, pues los hilótomos y los anobios no está dotados de instrumentos de corte y perforación capaces de enfrentarse con la madera verde y vencerla, y en tres tuvo alguien la idea de que, cavando por debajo de la muralla una mina honda y llenándola de leña y pegándole fuego, el calor de aquel horno haría dilatar las piedras y desencajarse las junturas, con lo que, empujando también Dios un poco, se vendría todo al suelo en un amén. Murmuran los escépticos y los que siempre están maldiciendo de la naturaleza humana que estos hombres, antes insensibles al amor de la patria e indiferentes al futuro de las generaciones, por el amor al satánico lucro se desvelaban ahora, no sólo en el duro trabajo del cuerpo, sino también en las invisibles y superiores operaciones del alma y de la inteligencia, pero habrá que decir que rematadamente se equivocan, pues lo que allí era motor de voluntades y generador de alegrías resultaba infinitamente más del contento que en el espíritu siempre hará nacer una justicia que sea igual para todos y que de que cada uno haga destinatario escogido de un integral e incorruptible derecho.

Con estas nuevas disposiciones de los cristianos, que incluso a distancia se hacían patentes, empezó el desánimo a filtrarse en el ánimo de los moros, y si en la mayor parte de los casos era a la propia y necesaria lucha contra la flaqueza despuntante adonde iban a buscar fuerzas nuevas, algunos hubo que cedieron a los miedos reales e imaginados e intentaron salvar el cuerpo buscando en un precipitado bautismo cristiano la condenación de su islámica alma. Por la callada de la noche, usando cuerdas improvisadas, bajaron de las murallas y, ocultos en las ruinas de las casas del arrabal y entre los arbustos, esperaron al nacer del día para surgir a la luz. Con los brazos en alto, con la cuerda que les había ayudado a bajar la muralla puesta alrededor del cuello como señal de sujeción y obediencia, caminaron hacia el campamento, al tiempo que daban altas voces, Bautismo, bautismo, creyendo en la virtud salvadora de una palabra que hasta entonces, firmes en su fe, habían detestado. Desde lejos, viendo a aquellos moros rendidos, creyeron los portugueses que venían a negociar la propia rendición de la ciudad, aunque les pareciera raro que no hubiesen abierto las puertas para que salieran, ni obedecido al protocolo militar prescrito en estas situaciones, y sobre todo, aproximándose más los supuestos emisarios, resultaba notorio, por lo andrajoso y sucio de las ropas, que no se trataba de gente principal, pero cuando al fin fue comprendido lo que ellos pretendían, no tiene descripción el furor, la saña enloquecida de los soldados, baste decir que en lenguas, narices y orejas cortadas fue aquello un matadero, y, como si tanto fuese nada, con golpes, puñetazos e insultos los hicieron volver a la ciudad, algunos, quién sabe, esperando sin esperar un imposible perdón de aquellos a quienes habían traicionado, pero fue un triste caso, que todos acabaron allí muertos, apedreados y acribillados a flechazos por sus propios hermanos. Después de esta trágica aventura cayó sobre la ciudad un silencio pesado, como si un luto más profundo tuviesen que purgar, tal vez el de una religión ofendida, tal vez el insoportable remordimiento de los actos fratricidas, y fue entonces cuando, rompiendo las últimas barreras de la dignidad y del recato, el hambre se mostró en la ciudad en su más obscena expresión, que menor obscenidad es la exhibición de los comportamientos íntimos del cuerpo que ver extinguirse ese cuerpo por mengua de alimento bajo la indiferente e irónica mirada de dioses que, habiendo dejado de guerrear unos contra otros por ser inmortales, se distraen del aburrimiento eterno aplaudiendo a los que ganan y a los que pierden, a unos porque matan, a otros porque mueren. Por orden inverso a las edades se apagaban las vidas como candelas agotadas, primero los niños pequeños, que no encontraban ni una sola gota de leche en los pechos marchitos de sus madres y se deshacían en podredumbres interiores causadas por alimentos impropios que en último recurso les querían hacer ingerir, después los más crecidos, a quienes, para sobrevivir, no bastaba lo que los adultos se quitaban de la boca, y de éstos más las mujeres que los hombres, que ellas se privaban para que ellos pudieran llevar una última energía a la defensa de los muros, incluso así los viejos eran los que mejor resistían, tal vez gracias a la poca exigencia de cuerpos que por sí mismos se disponían a entrar leves en la muerte para no sobrecargar la barca en que atravesarán el último río. Ya entonces habían desaparecido los gatos y los perros, las ratas eran perseguidas hasta en las tinieblas fétidas donde se refugiaban, y ahora por patios y jardines se raspaban las hierbas hasta las raíces, el recuerdo de una cena de perro o gato equivalía al sueño de una era de abundancia, cuando aún las personas se podían ofrecer el lujo de tirar los huesos mal descarnados. En los vertederos, ahora, se buscaban restos que diesen para el aprovechamiento inmediato o para transformarlos, por cualquier medio, en comida, y el ardor de la busca era tal que las últimas ratas, surgiendo de lo invisible en medio de la noche negra, casi nada encontraban que pudiese aprovechar a su voracidad indiscriminada. Lisboa gemía de miseria, y era una ironía grotesca y terrible que los moros tuvieran que celebrar su ramadán cuando el hambre hizo el ayuno imposible.

Y así se llegó a la Noche del Destino, esa de la que se habla en la sura noventa y siete del Corán que conmemora la primera revelación del profeta, y en la que, según la tradición, se revelan a su vez los acontecimientos de todo el año. Para estos moros de Lisboa, sin embargo, el destino no esperará tanto tiempo, va a cumplirse en estos días, y llegó sin ser esperado, pues no lo reveló la Noche de hace un año, o no lo supieron leer en sus arcanos, engañados por estar todavía tan al norte los cristianos, ese Ibn Arrinque de mala simiente y su tropa de gallegos. No se puede averiguar la razón por la que los moros atizaron en toda la extensión de los adarves grandes hogueras que, como una enorme corona de fuego rodeando la ciudad, ardieron durante toda aquella noche, llenando de espanto y de inquieto temor religioso los corazones de los portugueses, a quienes el asombroso espectáculo por ventura haría dudar de las esperanzas de victoria si no tuvieran buena información del desespero al que habían llegado los desgraciados. Con el alba, cuando los almuédanos llamaron a oración, las últimas columnas de humo negro se alzaban hacia un cielo purísimo y, teñidas de rojo por el sol naciente, eran empujadas por una brisa suave, sobre el río, en dirección a Almada, como una amenaza.

Eran, realmente, llegados los días. La excavación de la mina había terminado, las tres torres, la normanda, la francesa, y también la portuguesa, cuya construcción en breve tiempo alcanzó a las otras, se levantaban cerca de los muros como gigantes dispuestos a alzar el puño tremendo que iría a reducir a escombros y destrozos una barrera a la que va faltando el cemento de la voluntad y de la valentía de quienes hasta ahora la defendieron. Sonámbulos, los moros ven las torres que se aproximan, y sienten que ya sus brazos apenas pueden levantar la espada y tensar la cuerda del arco, que los ojos turbios confunden las distancias, es la derrota que ahí viene, peor qué la muerte. Abajo, el fuego roe la muralla, de la mina salen chorros de humo, como de dragón agonizando. Y es entonces cuando en un esfuerzo final, los moros, intentando sacar de su propia desesperación las últimas energías, irrumpen por la Porta de Ferro para una vez más incendiar la torre amenazadora, que desde arriba, por estar mejor protegida, no lograrían destruir. De un lado y otro se mata y muere. El fuego llega a prender en la torre, pero el incendio no se propagó, los portugueses la defienden con furia igual a la de los moros, aunque hubo un momento en el que, aterrorizados, heridos unos y otros fingiéndolo, dejando las armas o con ellas vestidos, algunos huyeron lanzándose al agua, una vergüenza, menos mal que no hay aquí cruzados para registrar la cobardía y llevar de ella afrentosa noticia al extranjero, que es donde las famas se hacen o se pierden. En cuanto a Fray Rogeiro, no hay peligro, anda de observación por otros parajes, si alguien le ha delatado lo que aquí pasó, siempre podremos argumentar, Cómo puede estar tan seguro, si no estaba allí. Flaquearon a su vez los moros, los portugueses de mayor coraje avanzaban ahora, pidiendo auxilio a todos los santos y a la Virgen Santa María, y, o por esto, o porque todos los materiales tienen un límite de resistencia, lo cierto es que con tremendo estruendo se vino abajo el muro, abriéndose un boquete enorme, por el que, disipados humo y polvo, se podía al fin ver la ciudad, las calles estrechas, las casas apiñadas, la gente presa de pánico. Los moros, amargados por el desastre, retrocedieron, se cerró la Porta de Ferro, era igual, que otro vano se había desgarrado casi al lado, para él no hay puerta, a no ser, tan precaria, los pechos de los moros que surgen para cubrir la abertura, con desesperada ira que hace vacilar de nuevo a los portugueses, menos mal que la torre de aquí pudo al fin alcanzar el muro, al tiempo que un alarido de miedo y agonía se oía en la otra parte de la ciudad, eran las otras dos torres embistiendo contra la muralla, y haciendo puentes por donde los soldados, gritando, Sus, sus, a ellos, invadían los adarves. Lisboa estaba ganada, se había perdido Lisboa. Tras la rendición del castillo, se estancó la sangría. Sin embargo, cuando el sol, descendiendo hacia el mar, tocó el nítido horizonte, se oyó la voz del almuédano de la mezquita mayor clamando por última vez desde lo alto, donde se había refugiado, Allahu akbar. Se estremecieron las carnes de los moros a la llamada de Alá, pero la llamada no llegó al fin porque un soldado cristiano, de más celosa fe, o pensando que aún le faltaba un muerto para dar por terminada su guerra, subió corriendo al alminar y de un tajo degolló al viejo, en cuyos ojos ciegos relampagueó una luz en el momento de apagársele la vida.

Son las tres de la madrugada. Raimundo Silva posa el bolígrafo, se levanta lentamente, ayudándose con las palmas de las manos apoyadas en la mesa, como si de repente le hubieran caído encima todos los años que tiene por vivir. Entra en el dormitorio, que una luz débil apenas ilumina, y se desnuda cautelosamente, evitando hacer ruido, pero deseando en el fondo que María Sara se despierte, para nada, sólo para poder decirle que la historia ha llegado a su fin, y ella, que al fin no estaba durmiendo, le pregunta, Has acabado, y él respondió, Sí, he acabado, Y cómo termina, Con la muerte del almuédano, Y Mogueime, y Ouroana, qué les ha pasado, Supongo que Ouroana volverá a Galicia, y Mogueime irá con ella, y antes de partir encontrarán en Lisboa un perro escondido que los acompañará en el viaje, Por qué crees que se van, No lo sé, por lógica debieran quedarse, Qué más da, quedamos nosotros. La cabeza de María Sara descansa en el hombro de Raimundo, con la mano izquierda él le acaricia el pelo y el rostro. Tardaron en dormirse. Bajo el alpende del mirador respiraba una sombra.

[*] El Romero y el Escudero Telmo son personajes centrales de la tragedia romántica Frei Luiz de Sousa, de Almeida Garrett (1799-1854).

* Bartolomeu Lourenço de Gusmão (1685?-1727). Sacerdote jesuita portugués, convertido al judaísmo en sus últimos años, envuelto en procesos de judería por la Inquisición, inventor de diversos instrumentos mecánicos, entre ellos un pájaro volante (a passarola), posiblemente un globo con el que se dice que realizó varias ascensiones. Es personaje destacado en la novela Memorial del convento, de José Saramago.

* Alexandre Herculano de Carvalho (1810-1877). Poeta, narrador, doctrinario del romanticismo y, sobre todo, autor de una gran Historia de Portugal.