/ Language: Español / Genre:detective

La tormenta de nieve

Johan Theorin

Un relato inquietante y fantasmagórico sobre la tragedia de una familia y los secretos enterrados en la isla de Öland. Un crudo invierno golpea la isla sueca de Öland. Katrine y Joakim Westin han abandonado la ciudad y se han mudado a la isla con sus hijos, donde han comprado la vieja y señorial casa de Eel Point, junto al faro. Sin embargo, su idílico retiro termina cuando el cadáver de Katrine es hallado en la playa. A partir de ese funesto día, Joakim tendrá que luchar para mantener la cordura y ocuparse de sus hijos. Además, la casa que a priori parecía el perfecto hogar se va convirtiendo en una maligna influencia para él. Joakim nunca ha sido supersticioso, pero ¿de dónde proceden los susurros que oye en Eel Point? ¿Con quién habla su hija en sueños una noche tras otra? El fin de año está al caer y una terrible tormenta de nieve se acerca a la isla; Joakim teme que las historias marineras que ha oído sobre maldiciones en Eel Point sean ciertas… Los muertos son nuestros vecinos en la isla, y hay que aprender a convivir con ellos. Un relato inquietante y fantasmagórico sobre la tragedia de una familia y los secretos enterrados en la isla de Öland. Un crudo invierno golpea la isla sueca de Öland. Katrine y Joakim Westin han abandonado la ciudad y se han mudado a la isla con sus hijos, donde han comprado la vieja y señorial casa de Eel Point, junto al faro. Sin embargo, su idílico retiro termina cuando el cadáver de Katrine es hallado en la playa. A partir de ese funesto día, Joakim tendrá que luchar para mantener la cordura y ocuparse de sus hijos. Además, la casa que a priori parecía el perfecto hogar se va convirtiendo en una maligna influencia para él. Joakim nunca ha sido supersticioso, pero ¿de dónde proceden los susurros que oye en Eel Point? ¿Con quién habla su hija en sueños una noche tras otra? El fin de año está al caer y una terrible tormenta de nieve se acerca a la isla; Joakim teme que las historias marineras que ha oído sobre maldiciones en Eel Point sean ciertas… Los muertos son nuestros vecinos en la isla, y hay que aprender a convivir con ellos.

Johan Theorin

La tormenta de nieve

El cuarteto de Öland – 2

Título original: Nattfåk

© 2008, Johan Theorin

© 2011, Carlos del Valle, por la traducción

Los muertos se reúnen cada invierno para celebrar la Navidad. Pero una vez, una vieja solterona los molestó. Su reloj se había parado, así que la noche de Navidad se levantó demasiado temprano y llegó a la iglesia a medianoche. Oyó un murmullo de voces, como si se celebrara una misa, y vio el templo repleto de gente. De repente, la solterona reconoció a su novio de juventud. Se había ahogado hacía muchos años, pero ahora estaba sentado en un banco entre la multitud.

Leyenda sueca del siglo XIX

Invierno de 1846

Aquí comienza mi libro, Katrine, el año en que se construyó la casa de ludden. Para mí, fue algo más que el lugar donde vivimos mi madre y yo, fue donde me hice mujer.

Ragnar Davidsson, el pescador de anguilas, me contó una vez que la mayor parte de la casa se construyó con los restos del naufragio de un barco alemán que transportaba madera. Le creo. En la pared corta del altillo del establo, sobre un grueso tablón, están grabadas las palabras: «EN RECUERDO DE CHRISTIAN LUDWIG».

He oído a los muertos susurrar a través de las paredes. Tienen tanto que contar…

Valter Brommesson está sentado en el interior de una casita de piedra en ludden y reza a Dios con las manos juntas. Ruega que las olas y el viento, que esta noche sopla desde el mar, no destrocen sus dos faros.

No es la primera vez que hace mal tiempo, pero nunca había visto una tormenta como esta. Una pared blanca de hielo y nieve procedente del nordeste, que ha detenido todo el trabajo de construcción.

Señor, permítenos finalizar las torres.

Brommesson es constructor de faros, pero esta es la primera vez que construye faros de lentes en el mar Báltico. Llegó a Öland el mes de marzo del año pasado e inmediatamente se puso a trabajar: contrató personal, encargó arcilla y piedra y alquiló fuertes caballos de tiro.

La fresca primavera, el caluroso verano y el soleado otoño fueron agradables en la costa. El trabajo marchó bien y ambos faros se elevaron lentamente hacia el cielo.

Luego desapareció el sol, llegó el invierno y, al descender la temperatura, la gente empezó a hablar de la tormenta de nieve. Y esta finalmente llegó. Una noche se abalanzó sobre la costa como un animal salvaje.

Al amanecer, el temporal comienza por fin a amainar.

Entonces, de repente, se oyen gritos en el mar. Llegan desde la oscuridad, más allá de ludden, largos y desgarradores gritos de socorro en una lengua extranjera.

Los gritos despiertan a Brommesson. Este, a su vez, despierta a los agotados obreros.

– Hay un barco varado -dice-. Tenemos que salir.

Los hombres están somnolientos y reacios, pero consigue levantarlos y sacarlos fuera, a la nieve.

Caminan con dificultad hacia la playa, con la cabeza agachada para protegerse del gélido viento que les viene de cara. Brommesson mira y ve que las dos torres de piedra a medio construir aguantan junto al mar.

Por el otro lado, hacia el oeste, no ve nada. El paisaje llano de la isla se ha transformado en un ondulado desierto de nieve.

Los trabajadores se detienen en la playa y fijan la vista en el mar.

No puede verse nada entre las sombras plomizas de la costa, pero aún se oyen débiles gritos mezclados con el rumor de las olas… y el crujido de los clavos al desprenderse y de la madera al resquebrajarse.

Un gran barco ha encallado en el arrecife, y zozobra.

Al final, lo único que los obreros pueden hacer es quedarse escuchando los ruidos y los gritos de socorro que vienen desde el barco. Tres veces han intentado sacar al mar una de las barcas, pero todos sus esfuerzos han fracasado. La visibilidad es muy mala y el oleaje fuerte, y, además, el agua está repleta de pesadas vigas de madera.

El barco encallado debía de llevar una enorme carga de madera en cubierta. Cuando el casco ha comenzado a hundirse, las olas han soltado las vigas, que han caído por la borda. Los maderos, largos como arietes, son empujados a tierra en gran número. Han empezado a llenar las calas de alrededor del cabo y chocan y se rozan entre sí.

Cuando el sol se levanta tras las brumosas nubes grisáceas, aparece el primer cadáver. Un joven flota sobre las olas a una docena de metros de la playa, con los brazos abiertos, como si hasta el final hubiera intentado agarrarse a una de las vigas de madera que le rodean.

Dos de los obreros del faro se meten en el agua poco profunda, lo agarran con fuerza de la basta camisa y arrastran el cuerpo hasta la playa.

En la orilla, cada uno lo sujeta de una de sus muñecas heladas y tiran de él. Sacan al muerto del agua, pero es largo y ancho de espaldas y difícil de cargar. Lo arrastran por la playa cubierta de nieve, con la ropa chorreando.

Los demás obreros se apiñan alrededor del cuerpo, sin tocarlo.

Al cabo de un rato, Brommesson se agacha y le da la vuelta.

El ahogado es un marinero de encrespado cabello negro y boca ancha ahora entreabierta, como si hubiera muerto a mitad de una espiración. Sus ojos miran fijamente el cielo gris.

Los obreros calculan que debe de tener unos veinte años. Seguramente estará soltero, o quizá mantiene una familia. Ha muerto en una costa extranjera; lo más probable es que ni siquiera supiera el nombre de la isla en la que el barco naufragó.

– Luego tendremos que llamar al pastor -dice Brommesson, y le cierra los ojos al muerto para no ver su mirada vacía.

Tres horas después, los cuerpos de cinco marineros más han sido empujados a tierra en los alrededores de ludden. También ha llegado a la playa un tablón que pone: «CHRISTIAN LUDWIG – HAMBURGO».

Y vigas de madera, gran cantidad de vigas de madera.

El pecio es un regalo. Ahora todo pertenece a la Corona sueca, la misma que sufraga los faros de ludden. De pronto, los obreros del faro tienen a su disposición madera de pino por valor de un centenar de reales.

– Todo el mundo tendrá que ayudar a sacar los tablones -dice Brommesson-. Los apilaremos lejos del alcance de las olas.

Asiente para sí y alza la vista hacia la pendiente cubierta de nieve. En la isla hay gran escasez de árboles, y en lugar de la pequeña casa de piedra que habían planeado levantar para los fareros y sus familias en ludden, ahora podrán construir una vivienda de madera mucho mayor.

Brommesson casi puede verla: una imponente casa llena de habitaciones y salones. Un hogar seguro para las personas que se ocuparán de sus faros allí, en el fin del mundo.

Pero estará construida con los restos de un naufragio, y eso puede traer mala suerte. Para contrarrestarla sería necesario realizar una ofrenda por la casa. E incluso hacer una sala de oración. Una habitación en recuerdo a los muertos de ludden, por todas las pobres almas que no fueron sepultadas en tierra consagrada.

La idea de edificar una casa mayor se afianza en Brommesson. Más tarde, ese mismo día, se pone a medir la base con largas zancadas.

Cuando la tormenta amaina y los helados obreros empiezan a sacar los maderos del agua y a apilarla en montones sobre la hierba, a muchos de ellos aún les parece oír el eco de los gritos de los ahogados.

Estoy segura de que los obreros del faro nunca olvidaron los gritos de los marineros moribundos. Y estoy igual de segura de que los más supersticiosos cuestionaron la decisión de Brommesson de construir una gran casa con los restos de un naufragio.

Una vivienda levantada con maderos a los que los desesperados marineros se habían aferrado antes de que el mar los arrastrara… ¿No deberíamos mi madre y yo haberlo sabido al mudarnos allí a finales de los años cincuenta? ¿Fue realmente una buena idea que tu familia y tú os mudarais allí treinta y cinco años después, Katrine?

MIRJA RAMBE

CAMBIE DE VIDA – VIVA EN EL CAMPO

Objeto: Finca ludden, nordeste de Öland.

Detalles: Magnífica casa de farero de mediados del siglo XIX, situada en un lugar aislado y tranquilo con maravillosas vistas al mar Báltico, a menos de trescientos metros de la playa y con el cielo como único vecino.

Gran parcela de hierba sobre la playa -perfecta para que jueguen los niños- rodeada de floresta al norte, un área de protección de aves al oeste (Offermossen) y prados y campos de cultivo al sur, a la orilla del mar.

Características de la casa: Bonita vivienda de dos plantas (sin sótano) de casi 280 m2. A reformar. Armazón, vigas y fachada de madera. Cubierta de tejas. Porche acristalado orientado al este. Cinco chimeneas en funcionamiento. Suelo de madera de pino en todas las habitaciones. Agua de suministro municipal, desagüe privado.

Edificios anexos: Casita de piedra de 80 m2 con agua y electricidad, perfecta para alquilar después de reformar. Establo de piedra y madera, 450 m2, sencillo y en relativo mal estado.

VENDIDA.

OCTUBRE

1

Una voz clara gritó a través de las habitaciones en penumbra.

– ¿Ma-má?

Él se sobresaltó a causa del grito. El sueño era como una cueva repleta de extraños ecos, cálida y oscura, y despertarse de pronto le resultó doloroso. Durante unos segundos, su conciencia no pudo atribuirse un nombre, un lugar; apenas algunos recuerdos y pensamientos confusos. ¿Ethel? No, Ethel no, sino… Katrine, Katrine. Y un par de ojos que parpadeaban desconcertados, buscando una luz en medio de toda aquella oscuridad.

Unos segundos más tarde, su propio nombre le vino de repente a la memoria: se llamaba Joakim Westin. Estaba tumbado en una cama de matrimonio, en ludden, al norte de Öland.

Joakim estaba en casa. Vivía allí desde hacía veinticuatro horas. Katrine, su mujer, y sus dos hijos se habían instalado en el lugar hacía dos meses. Él acababa de llegar.

01.23. Los números rojos del radio-despertador eran la única luz en la habitación sin ventanas.

Ya no se oía el sonido que lo había despertado, pero sabía que era real. Había oído quejidos y lamentos apagados de alguien que dormía intranquilo en otra parte de la casa.

Un cuerpo inmóvil yacía junto a él en la cama de matrimonio. Era Katrine; dormía profundamente y se había acurrucado al borde del lecho, llevándose el edredón consigo. Le daba la espalda, pero podía ver los suaves contornos de su cuerpo y sentir su calor. Durante dos meses, ella había dormido allí sola, mientras Joakim seguía viviendo y trabajando en Estocolmo e iba de visita cada dos fines de semana. A ninguno de los dos le había gustado esa solución.

Alargó la mano hacia la espalda de Katrine, pero entonces volvió a oír una llamada.

– ¿Ma-má?

Ahora reconoció la voz de Livia. Eso le hizo apartar el edredón y abandonar la cama.

La chimenea que se encontraba en un rincón del dormitorio aún despedía calor, pero al ponerse en pie notó helado el suelo de madera. Tenían que reparar y aislar aquel suelo al igual que habían hecho con el de la cocina y el de los cuartos de los niños, pero ese sería un proyecto de Año Nuevo. Podían comprar más alfombras para pasar el invierno. Y madera. Necesitaban encontrar leña barata para las chimeneas, pues el terreno carecía de bosque.

Katrine y él tendrían que comprar unas cuantas cosas para la casa antes de que llegara el frío de verdad; por la mañana harían una lista.

Joakim contuvo la respiración y escuchó. No se oía nada.

El albornoz colgaba del respaldo de una silla. Se lo puso en silencio encima del pijama, dio una larga zancada entre dos cajas de cartón de la mudanza y salió de la habitación.

Se equivocó en la oscuridad. En la casa de Estocolmo, siempre torcía a la derecha cuando se dirigía a las habitaciones de los niños, pero allí estas se encontraban a la izquierda.

El dormitorio de Joakim y Katrine era pequeño, uno más de la enorme red de cuartos de la casa. Nada más salir había un pasillo, con más cajas de cartón apiladas contra la pared, que acababa en un amplio recibidor con una hilera de ventanas. Estas daban al patio interior con suelo de piedra, flanqueado por dos alas.

La casa de ludden daba la espalda a tierra y estaba orientada al mar. Joakim se acercó a la ventana del recibidor y miró hacia la costa, al otro lado de la valla.

Una luz roja titilaba allí abajo, procedente de los dos faros de los islotes. Los rayos de luz del faro sur se desparramaban sobre los montones de algas marinas y a lo lejos hacia el Báltico, mientras que el faro norte permanecía a oscuras. Katrine le había contado que nunca llegó a funcionar.

Oyó el silbido del viento alrededor de la casa y vio elevarse inquietas sombras junto a los faros. Las olas. Siempre le recordaban a Ethel, a pesar de que la causa de su muerte no habían sido las olas sino el frío.

Solo habían pasado diez meses.

Oyó de nuevo un sonido apagado en la penumbra, detrás de él, pero ya no era un quejido. Sonaba como si Livia hablara para sí misma en voz baja.

Joakim retrocedió por el pasillo. Atravesó con cuidado un ancho umbral de madera y entró en el dormitorio de su hija, que solo tenía una ventana y estaba oscuro como boca de lobo. Un estor verde con cinco cerditos color rosa que bailaban felices en círculo colgaba de la ventana.

– Vete… -dijo una clara voz de niña en la oscuridad-. Vete.

El pie de Joakim tropezó con un suave animalito de tela que había en el suelo, junto a la cama. Lo recogió.

– ¿Mamá?

– No -respondió él-. Soy papá.

Oyó la débil respiración en la oscuridad y presintió los adormecidos movimientos del cuerpecito que yacía bajo el floreado edredón. Se inclinó sobre la cama.

– ¿Estás dormida?

Livia levantó la cabeza.

– ¿Qué?

Joakim puso el animal de tela sobre la cama, junto a ella.

– Foreman se había caído al suelo.

– ¿Se ha hecho daño?

– No…, no creo que se haya despertado siquiera.

Ella pasó el brazo alrededor de su muñeco favorito, un animal de tela con dos piernas y cabeza de oveja que había comprado en Gotland el verano anterior. Mitad oveja, mitad hombre. Joakim había bautizado al extraño objeto como Foreman, en recuerdo del boxeador que un par de años antes había regresado al ring después de cumplir los cuarenta y cinco años.

Alargó la mano hacia la frente de Livia y se la acarició con cuidado. Tenía la piel tibia. Ella se relajó, dejó caer la cabeza sobre la almohada y luego lo miró de reojo.

– ¿Llevas mucho rato aquí, papá?

– No -respondió Joakim.

– Había alguien aquí -dijo la niña.

– Era solo un sueño.

Livia asintió y cerró los ojos. Se quedó dormida.

Joakim se incorporó, giró la cabeza y vio de nuevo el débil brillo intermitente del faro sur a través del estor. Dio un paso hacia la ventana y lo levantó unos centímetros. La ventana daba al oeste y los faros no se veían desde allí, pero el resplandor rojo barría el campo vacío que había detrás de la casa.

La respiración de Livia se había vuelto acompasada: dormía profundamente. A la mañana siguiente no recordaría que él había estado en su habitación.

Echó un vistazo al cuarto del niño. Era el último dormitorio reformado; Katrine lo había empapelado y amueblado mientras Joakim se encargaba de limpiar la casa de Estocolmo tras la mudanza.

Todo estaba en silencio. Gabriel, de dos años y medio, yacía como un bulto inmóvil en su camita junto a la pared. Ese último año, el niño se acostaba a las ocho de la tarde y dormía casi diez horas seguidas. Un hábito así era la fantasía de cualquier familia con hijos pequeños.

Joakim se dio la vuelta y se alejó en silencio por el pasillo. La casa resonaba y se estremecía a su alrededor; los crujidos sonaban casi como pasos.

Cuando volvió a meterse en la cama, Katrine dormía profundamente.

Ese mismo día por la mañana, la familia había recibido la visita de un tranquilo y sonriente hombre de unos cincuenta años. Había llamado con los nudillos a la puerta de la cocina, en la parte norte de la casa. Joakim había abierto creyendo que era un vecino.

– Hola -saludó el extraño-. Soy Bengt Nyberg, del Ölands-Posten.

Nyberg llevaba una cámara colgada sobre su prominente estómago y un cuaderno en la mano. Joakim vaciló antes de estrecharle la mano.

– He oído que durante estas últimas semanas habían pasado unos cuantos camiones de mudanza en dirección a ludden -dijo el periodista-, así que he pensado que la casa estaría habitada.

– Solo yo me acabo de mudar -respondió Joakim-. El resto de mi familia se instaló aquí hace tiempo.

– ¿Se han mudado por etapas?

– Soy profesor -aclaró él-. No he tenido más remedio que trabajar hasta ahora.

Nyberg asintió.

– Comprenderá que tendremos que escribir algo sobre esto -dijo-. Publicamos una pequeña noticia sobre la venta de ludden, y ahora la gente querrá saber quién la ha comprado…

– Descríbanos como una familia normal -contestó Joakim enseguida.

– ¿De dónde son?

– De Estocolmo.

– Como la familia real -comentó el periodista, y miró a Joakim-. ¿Harán como el rey y solo vivirán aquí mientras haya sol y calor?

– No, viviremos aquí todo el año.

Katrine apareció en el recibidor y se colocó junto a su marido. Él la miró de reojo, ella asintió brevemente y entonces invitaron a Nyberg a entrar. Este traspasó el umbral lentamente, sin prisa.

Decidieron sentarse en la cocina, que con su nuevo mobiliario y el suelo de madera acuchillada era la estancia más reformada de la casa.

En agosto, mientras Katrine y el instalador de suelos ölandés trabajaron allí, encontraron algo interesante: un pequeño escondrijo debajo de las tablas del suelo, un cofrecillo de piedra caliza. En su interior, había una cuchara de plata y un mohoso zapato de niño. El instalador le había contado que se trataba de una ofrenda a la casa para asegurar a los habitantes de la misma muchos hijos y suficiente comida.

Joakim hizo café de puchero y Nyberg se sentó a la larga mesa de madera de encina. Abrió su bloc.

– ¿Cómo empezó todo esto?

– Bueno…, nos gustan las casas de madera -dijo Joakim.

– Nos encantan -puntualizó Katrine.

– Pero debió ser un gran paso… comprar ludden y mudarse de Estocolmo.

– Para nosotros no fue un gran paso -explicó Katrine-. Teníamos una casa en Bromma, pero queríamos cambiarla por otra en esta zona. Empezamos a buscar el año pasado.

– ¿Por qué el norte de Öland? -preguntó Nyberg.

Esta vez fue Joakim el que respondió:

– Katrine se siente un poco ölandesa…, su familia vivió aquí.

Su mujer le lanzó una rápida mirada, y él supo lo que pensaba: si alguien tenía que hablar de su pasado, debía ser ella. Y a Katrine no le gustaba hacerlo.

– Vaya, ¿de dónde?

– De diferentes lugares -respondió ella sin mirar al periodista-. Mi familia se mudó muchas veces.

Joakim podría haber añadido que su esposa era hija de Mirja Rambe y nieta de Torun Rambe -lo que quizá hubiera hecho que Nyberg escribiera un artículo mucho más largo-, pero guardó silencio. Katrine y su madre apenas se hablaban.

– Yo soy un urbanita -dijo entonces-. Me crié en un edificio de ocho plantas en Jakobsberg, y el tráfico y el asfalto me parecían aburridísimos. Así que deseaba mudarme al campo.

Al principio Livia permaneció sentada sobre las rodillas de su padre, pero pronto se cansó de la conversación y salió corriendo de la cocina hacia su habitación. Gabriel, al que Katrine tenía en el regazo, saltó al suelo y siguió a su hermana.

Joakim lo oyó alejarse, sus pequeñas sandalias de plástico resonando en el suelo y recitó la misma cantinela que, durante los últimos meses, les había soltado a sus amigos y vecinos de Estocolmo:

– Sabemos que este es un lugar fantástico para los niños. Praderas y bosque, aire limpio y agua fresca. Nada de resfriados. Nada de coches contaminando con sus gases… Es un sitio perfecto para todos.

Nyberg escribió esas sabias palabras en su cuaderno. Luego dieron una vuelta por la planta baja de la casa, por las habitaciones reformadas y todas las estancias que aún tenían el papel de la pared estropeado, el techo parcheado y el suelo sucio.

– Las chimeneas son maravillosas -dijo Joakim, y señaló el suelo-: la madera está en muy buen estado… Solo hay que fregarlo de vez en cuando.

Quizá su entusiasmo por la casa fuera contagioso, pues, tras un rato, el periodista dejó de hacer preguntas para la entrevista y comenzó a mirar con curiosidad alrededor. También insistió en ver el resto de la vivienda, aunque Joakim prefería no recordar lo mucho que aún les quedaba por hacer.

– En realidad, no hay gran cosa que ver -apuntó-. Solo cuartos vacíos.

– Será solo un vistazo rápido -insistió el otro.

Al fin, Joakim cedió y abrió la puerta que llevaba al piso de arriba.

Katrine y Nyberg lo siguieron por la empinada escalera de madera hasta llegar al piso superior. Allí reinaba la penumbra, a pesar de que había una serie de ventanas que daban al mar, pero los cristales estaban cubiertos con planchas de conglomerado que apenas dejaban pasar pequeños rayos de luz.

El silbido del viento se oía claramente en la oscuridad del lugar.

– Aquí arriba el viento corre a sus anchas -comentó Katrine, e hizo una mueca-. La ventaja de esta ventilación es que la casa se ha mantenido seca: apenas tiene humedades.

– Vaya, eso está bien. -El periodista observaba el suelo de corcho abombado, el papel de la pared manchado y estropeado y las telarañas que colgaban de las vigas del techo-. Aún queda mucho trabajo por hacer.

– Sí, lo sabemos -asintió Katrine.

– Estamos deseando empezar -añadió Joakim.

– Seguro que quedará bien… -dijo Nyberg, y a continuación preguntó-: ¿Qué saben de esta casa?

– ¿Se refiere a su historia? -inquirió Joakim-. No mucho, pero el agente inmobiliario nos contó algo. Se construyó a mediados del siglo diecinueve, al mismo tiempo que los faros. Pero luego se han hecho bastantes ampliaciones… El porche acristalado de la parte delantera parece ser del siglo veinte.

A continuación miró a Katrine con gesto interrogativo para ver si deseaba añadir algo más -quizá sobre cómo les fue a su madre y a su abuela cuando vivieron allí-, pero su mujer ni siquiera lo miró.

– Sabemos que los responsables y los guardas de los faros vivían en la casa con sus familias y el servicio -se limitó a decir Katrine-, así que ha correteado mucha gente por estas habitaciones.

Nyberg asintió y echó un vistazo general al sucio piso de arriba.

– No creo que demasiada durante los últimos veinte años -dijo-. Hace cuatro o cinco años, sirvió como centro de acogida de refugiados políticos, familias que habían huido de los Balcanes. Pero no se quedaron mucho tiempo. Es una pena que haya estado deshabitada…, es un lugar magnífico.

Comenzaron a bajar la escalera. De pronto, incluso las habitaciones más sucias de la planta baja parecían luminosas y acogedoras comparadas con las del piso de arriba.

– ¿Sabe si tiene algún nombre? -preguntó Katrine, y miró al periodista-. ¿Lo sabe?

– ¿Qué?

– Esta casa -contestó ella-. Siempre se llamó ludden, pero eso es solo el nombre del lugar.

– Sí, ludden en lgrundet, donde se reúnen las anguilas en verano… -dijo Nyberg como si recitara un poema-. No, no creo que la casa tenga nombre.

– En general, suelen tener uno -apuntó Joakim-. A nuestro hogar de Bromma lo llamábamos Åppelvillan.

– Esta casa no tiene nombre, por lo menos yo no lo conozco. -Nyberg acabó de bajar la escalera, y añadió-: Sin embargo, existen una serie de leyendas sobre ella.

– ¿Leyendas?

– Yo he oído unas cuantas… Se dice que cuando alguien estornuda aquí, el viento sopla con más fuerza en ludden…

Katrine y Joakim se echaron a reír.

– Entonces tendremos que quitar el polvo con frecuencia -bromeó ella.

– También circulan unas cuantas historias de fantasmas -añadió Nyberg.

Se hizo el silencio.

– ¿Historias de fantasmas? -repitió Joakim-. El agente inmobiliario debería habernos avisado.

Estaba a punto de sonreír y negar con la cabeza, pero su mujer se adelantó:

– Los Carlsson, nuestros vecinos, me contaron unas cuantas cuando me invitaron a tomar café. Pero me dijeron que no las creyera.

– La verdad es que no nos queda mucho tiempo para fantasmas -señaló Joakim.

Nyberg asintió y dio unos pasos hacia el recibidor.

– No, pero cuando una casa se queda deshabitada durante un tiempo, la gente empieza a hablar -dijo-. ¿Podemos salir y tomar unas fotos, ahora que aún hay luz?

Bengt Nyberg finalizó la visita con un paseo por el césped y los caminos de piedra del patio. Inspeccionó rápidamente las dos alas: a un lado el enorme establo, cuya planta baja era de piedra caliza con la parte superior de madera pintada de rojo; al otro lado estaba la pequeña cabaña.

– Me imagino que también reformarán esto -dijo al echar un vistazo por la ventana polvorienta de la cabaña.

– Por supuesto -contestó Joakim-. La iremos arreglando poco a poco.

– ¿Y luego la alquilarán en verano?

– Quizá. Habíamos pensado abrir un bed & breakfast dentro de unos años.

– A mucha gente en la isla se le ha ocurrido la misma idea -replicó Nyberg.

Lo último que hizo fue sacar una veintena de fotografías de la familia Westin sobre la explanada de hierba pajiza frente a la casa.

En el frío viento, Katrine y Joakim, de pie, miraron en la misma dirección, hacia los dos faros junto al agua. Joakim irguió la espalda cuando la cámara hizo clic y pensó en la casa de sus vecinos en Estocolmo, que había salido tres veces a doble página en la revista mensual Vackra villor del año pasado. Ellos se tendrían que conformar con un artículo en el Ölands-Posten.

Llevaba a Gabriel a hombros. El niño vestía un anorak verde que le iba demasiado grande, mientras Livia permanecía de pie entre Katrine y él, con un gorro blanco de lana calado hasta las cejas. Miraba a la cámara con recelo.

La casa de ludden se alzaba tras ellos como un castillo de madera y piedra que vigilara en silencio.

Más tarde, cuando el periodista se hubo marchado, toda la familia bajó a la playa. El viento era más frío que en los días precedentes y el sol ya alcanzaba el tejado de la casa, detrás de ellos. El aire transportaba un aroma a algas marinas.

Bajar a la playa de ludden era como llegar al fin del mundo, a la última etapa de un largo viaje, lejos de todo y de todos. A Joakim le gustaba esa sensación.

El nordeste de Öland parecía estar formado por un cielo enorme y una estrecha franja de tierra ocre. Los pequeños islotes semejaban arrecifes herbosos. La costa llana de la isla, con sus profundas calas y estrechos istmos, se sumergía imperceptiblemente en el agua formando un fondo poco hondo y regular de arena y barro, cuya profundidad aumentaba a medida que penetraba en el mar Báltico.

Un centenar de metros más allá, las blancas torres de los faros se alzaban hacia el cielo azul marino.

Los dos faros de ludden. A Joakim le parecían artificiales los dos islotes sobre los que se asentaban, como si alguien hubiera colocado dos pilas de piedras y grava en el agua y las hubiera unido con grandes bloques de cemento. Desde la playa un largo espigón se extendía cincuenta metros al norte: un muelle ligeramente curvado de grandes piedras, casi con toda seguridad construido para proteger los faros de las tormentas de invierno.

Livia llevaba a Foreman bajo el brazo y de pronto echó a correr hacia el rompeolas de un metro de ancho que conducía a los faros.

– ¡Yo también! ¡Yo también! -gritó Gabriel, pero Joakim le sujetaba con fuerza la mano.

– Iremos juntos -dijo.

Al cabo de una decena de metros, el rompeolas se bifurcaba sobre el mar, como una gran Y con dos brazos más estrechos que conducían uno a cada faro. Katrine gritó:

– ¡Livia, no corras! ¡Cuidado con el agua!

La niña se detuvo, señaló hacia el gran faro del sur y gritó con una voz que apenas se oía a causa del viento:

– ¡Es mi torre!

– ¡La mía también! -gritó Gabriel tras ella.

– ¡Y punto! -exclamó Livia.

Era su expresión favorita de ese otoño, algo que había aprendido en la guardería. Katrine se le acercó apresurada y señaló con la cabeza el faro norte.

– Entonces esa será la mía.

– De acuerdo, yo me encargaré de la casa -intervino Joakim-. Será coser y cantar si me echáis una mano de vez en cuando.

– Lo haremos -replicó Livia-. ¡Y punto!

La niña asintió entre risas, pero para Joakim no era una broma. Sin embargo, deseaba que llegara todo ese trabajo que iban a hacer el próximo invierno. Katrine y él intentarían encontrar empleo como profesores en la isla, y reformarían juntos la casa por las tardes y fines de semana. Ella ya había empezado.

Joakim se detuvo sobre la hierba, junto a la playa, y lanzó una mirada hacia los edificios a su espalda.

«Situada en un lugar aislado y tranquilo», como decía el anuncio.

Todavía no se había acostumbrado al tamaño de la casa; se elevaba en la cima de una leve pendiente herbosa, con sus esquinas blancas y sus paredes de madera roja. Dos hermosas chimeneas sobresalían del tejado como dos torres negras de hollín. Una cálida luz dorada brillaba en la ventana de la cocina y en el porche, mientras el resto de la casa permanecía a oscuras.

Todas las familias que habían vivido allí durante todos aquellos años habían desgastado paredes, umbrales y suelos: fareros, ayudantes de farero y asistentes, o como se llamaran. Todos habían dejado su huella en la casa.

«Recuerda que cuando nos mudamos a una vieja casa de madera, la casa también se muda a nosotros»; Joakim lo había leído en un libro sobre cómo reformar construcciones de madera. Pero ese no era su caso; ellos habían abandonado Bromma sin problema. Sin embargo, durante aquellos años sí era verdad que habían encontrado a algunas familias que cuidaban de sus casas como si de un hijo se tratara.

– ¿Os apetece ir a los faros? -preguntó Katrine

– ¡Sí! -exclamó Livia-. ¡Y punto!

– Las piedras pueden estar resbaladizas -apuntó Joakim.

No quería que sus hijos le perdieran el respeto al mar y bajaran solos a la playa. Livia apenas podía nadar unos cuantos metros y Gabriel aún no había aprendido.

Pero Katrine y Livia ya se dirigían de la mano por el camino de piedra que conducía al mar. Joakim cogió a Gabriel en brazos y las siguió cauteloso por los irregulares bloques de piedra.

No estaba tan resbaladizo como había pensado, solo eran rugosos e irregulares. En ciertos puntos, las olas los habían movido de su sitio y habían resquebrajado el cemento que los mantenía unidos. Ese día, el viento era suave, pero Joakim percibió el poder de las fuerzas de la naturaleza. Invierno tras invierno, con hielo a la deriva y fuertes tormentas: pese a todo, los faros habían aguantado.

– ¿Qué altura tendrán? -inquirió Katrine, y observó la torre.

– No tengo nada con qué medirlas…, pero diría que unos veinte metros -repuso Joakim.

Livia dobló el cuello hacia atrás y miró a lo alto de su faro.

– ¿Por qué no está iluminado?

– Se encienden cuando anochece -contestó Katrine.

– ¿Aquel de allí no se enciende nunca? -preguntó Joakim, y retrocedió para alzar la vista hacia la torre norte.

– Me parece que no -respondió su mujer-. Desde que nos mudamos, siempre ha estado apagado.

Cuando el rompeolas se bifurcó, Livia eligió el lado izquierdo, alejándose del faro de su madre.

– ¡Cuidado, Livia! -gritó Joakim, y bajó la vista al oscuro mar que quedaba por debajo del camino de piedras.

Quizá solo hubiera un par de metros de profundidad, pero no le gustaban las sombras ni la oscuridad de allí abajo. Sabía nadar bastante bien, aunque nunca había sido de esos que en verano se tiran alegremente al agua; ni siquiera en los días de mucho calor.

Katrine había llegado al islote y se acercó a la punta del mismo. Miró a ambos lados. Al norte solo se veían playas desiertas y bosquecillos, al sur praderas y, a lo lejos, cobertizos de pesca.

– Ni un alma -dijo-. Creía que por lo menos se verían algunas casas.

– Hay demasiados cabos e islotes en medio -apuntó Joakim. Señaló con la mano libre hacia la orilla norte-. Mirad. ¿Habéis visto?

Se trataba de los restos de un barco encallado a un kilómetro de distancia, en la costa rocosa; era tan antiguo que lo único que quedaba de él era un casco estropeado y tablones descoloridos por el sol. La embarcación había sido empujada hacia allí durante una tormenta invernal y lanzada a tierra, donde se quedó. El barco yacía tumbado de costado entre las rocas; el armazón que sobresalía le recordó a Joakim unas costillas gigantes.

– El pecio, sí -dijo Katrine.

– ¿No vieron los faros? -preguntó él.

– A veces los faros no bastan…, sobre todo en una tormenta -respondió ella-. Livia y yo fuimos allí hace unas semanas. Buscábamos piezas bonitas de madera, pero ya se lo habían llevado todo.

La entrada al faro consistía en una bóveda de piedra de un metro de grosor con una pesada puerta de hierro, bastante oxidada, en la que apenas quedaban restos de la pintura blanca original. No había cerradura, solo una traviesa con un candado asimismo oxidado, y cuando Joakim tiró de la puerta para abrirla, esta no se movió ni un milímetro.

– He visto un llavero con llaves viejas en el armario de la cocina -comentó-. Tendremos que probarlas alguna vez.

– Si no, podemos hablar con capitanía marítima -apuntó Katrine.

Joakim asintió y retrocedió un paso. Los faros no entraban en el precio de la casa.

– Mamá, ¿los faros no son nuestros? -preguntó Livia cuando regresaron a la playa.

Parecía decepcionada.

– Sí -contestó Katrine-, en cierto modo. Pero no tenemos que encargarnos de ellos. ¿No es cierto, Kim?

Sonrió a su marido, y él asintió.

– Tenemos de sobra con la finca.

Katrine se había dado la vuelta en la cama mientras Joakim estaba en la habitación de Livia, y cuando él se metió de nuevo bajo el edredón, tanteó entre sueños con los brazos, buscándolo. Él notó el olor de ella y cerró los ojos.

Todo esto, solo esto.

La vida en la gran ciudad parecía finiquitada por completo. Estocolmo había encogido hasta convertirse en un punto gris en el horizonte, y los recuerdos de la búsqueda de Ethel se habían difuminado.

Paz.

Una vez más, se oyeron débiles quejidos desde la habitación de Livia, y Joakim contuvo la respiración.

– ¿Mamá?

En esta ocasión, su grito sonó más alto que la vez anterior, y él soltó un cansado suspiro.

A su lado, Katrine levantó la cabeza y aguzó el oído.

– ¿Qué? -masculló.

– ¿Mamá? -gritó Livia de nuevo.

Katrine se sentó. A diferencia de Joakim, podía pasar del sueño a la vigilia en un par de segundos.

– Yo ya lo he intentado -dijo él en voz baja-. Creía que se había dormido, pero…

– Iré yo.

Katrine se levantó de la cama sin dudarlo, y se puso las zapatillas y la bata.

– ¿Mamá?

– Ya voy, mocosa -murmuró.

Joakim pensó que eso no estaba bien. No estaba bien que cada noche Livia quisiera dormir con su madre a su lado. Era una costumbre que había comenzado el año anterior, cuando el sueño de la niña se tornó inquieto -quizá debido a Ethel-. Le costaba dormirse y solo lo hacía realmente tranquila cuando Katrine estaba a su lado. Hasta el momento, no habían conseguido que se acostumbrara a dormir sola una noche entera.

– Hasta luego, lover boy -dijo Katrine, y salió de puntillas de la habitación.

El deber de los padres. Joakim yacía en la cama y ya no se oía ningún ruido desde el cuarto de Livia. Katrine había tomado el relevo, y él se relajó y cerró los ojos. Sintió que volvía a dormirse.

La finca estaba en silencio.

La vida en el campo había comenzado.

2

El barco dentro de la botella era una pequeña obra de arte, pensó Henrik: una fragata de tres mástiles con velas de tela blanca, casi quince centímetros de largo tallados en una sola pieza de madera. Cada vela tenía un cabo de hilo negro, y todas estaban atadas y aseguradas con pequeñas piezas de madera de balsa. El barco, con los mástiles tumbados, había sido introducido con cuidado en la vieja botella de ron con la ayuda de un alambre de acero y unas pinzas y empujado a un azulado mar de masilla. Después, con agujas de hacer punto dobladas, se habían levantado los mástiles y desdoblado las velas. Por último, la botella se había sellado con un corcho lacrado.

Seguro que todo ello había costado semanas de trabajo, pero los hermanos Serelius lo destrozaron en un par de segundos.

Tommy Serelius tiró la botella desde la estantería de forma que el cristal estalló en afiladas esquirlas en el pulido suelo de parqué de la casa. El barco aguantó la caída, pero debido al impulso continuó por el suelo un par de metros. Lo detuvo la bota de Freddy, el hermano pequeño. Lo iluminó con curiosidad durante un par de segundos con la linterna, después levantó el pie y aplastó el barco por completo con tres fuertes pisotones.

– ¡Trabajo en equipo! -exclamó luego.

– Odio esa jodida artesanía -dijo Tommy, que se rascó la mejilla y le dio una patada a los restos del barco que había en el suelo.

Henrik, el tercer hombre presente en la casa, salió de uno de los dormitorios donde había estado buscando cosas de valor en un armario. Vio los restos del barco y negó con la cabeza.

– ¡Dejad de romper cosas, joder! -exclamó en voz baja.

A Tommy y a Freddy les gustaba el ruido del cristal al romperse, de la madera al despedazarse; Henrik se había percatado de ello la primera noche de trabajo, cuando se metieron en media docena de casas de verano cerradas al sur de Byxelkrok. A los hermanos les gustaba destrozar; de camino al norte, Tommy había atropellado a un gato blanco y negro de ojos brillantes que se encontraba al borde de la carretera. La rueda derecha hizo un ruido sordo cuando la furgoneta pasó por encima del gato, y al segundo siguiente ambos hermanos estallaron en risas.

Henrik nunca rompía nada, para entrar en las casas levantaba la ventana con cuidado. Pero una vez dentro, los Serelius se volvían unos vándalos. Arrojaban el mueble bar al suelo, tiraban los vasos y los platos. También rompían los espejos. En cambio, los jarrones de cristal de Småland hechos a mano se salvaban, ya que podían venderse.

Por lo menos, eso no afectaba a los insulares. Desde el principio, Henrik había decidido que solo elegiría casas que fueran propiedad de gente del continente.

A Henrik no le gustaban los hermanos Serelius, pero tenía que cargar con ellos: como cuando unos parientes llegan de visita para quedarse una noche y después se niegan a partir.

Aunque Tommy y Freddy no eran de la isla y ni siquiera eran amigos o parientes suyos. Eran amigos de Morgan Berglund.

Habían llamado a la puerta de su pequeño apartamento de Borgholm a finales de septiembre, a las diez de la noche, cuando estaba a punto de acostarse. Al abrir, se encontró con dos jóvenes de su misma edad, anchos de espaldas y con el pelo al rape. Ambos saludaron con la cabeza y entraron en el recibidor sin pedir permiso. Olían a sudor, a aceite y a asiento sucio de automóvil, y el hedor se esparció por el apartamento.

– Hubba bubba, Henke -dijo uno de ellos.

Llevaba puestas unas grandes gafas de sol. Resultaba cómico, pero no era una persona de la que reírse. Tenía largas marcas rojas en las mejillas y la barbilla, como si alguien lo hubiera arañado.

– ¿Qué tal? -preguntó el otro, más alto y más ancho de espaldas.

– Bien -contestó él, despacio-. ¿Quiénes sois?

– Tommy y Freddy. Los hermanos Serelius. Joder, ¿no nos conoces, Henrik? Seguro que sí.

Tommy se recolocó las gafas y se rascó con fuerza la mejilla. Ahora Henrik sabía de dónde provenían los arañazos: no había tenido una pelea, se los causaba él mismo.

Luego, los hermanos se dieron una vuelta por el pequeño apartamento y se dejaron caer sobre el sofá, frente al televisor.

– ¿Tienes patatas fritas? -preguntó Freddy.

Puso las botas sobre la mesa de cristal de Henrik. Cuando se desabrochó el anorak, dejó al descubierto una barriga cervecera bajo una camiseta azul claro que ponía «SOLDIER OF FORTUNE FOREVER».

– Tu amigo Mogge te manda saludos -dijo Tommy, el hermano mayor, y se quitó las gafas. Era algo más delgado que Freddy, miraba fijamente a Henrik esbozando una media sonrisa y llevaba una bolsa de cuero en la mano-. A Mogge se le ocurrió que podríamos pasar por aquí.

– Por Siberia -añadió Freddy, que había cogido el bol con patatas fritas que Henrik había sacado.

– ¿Mogge? ¿Morgan Berglund?

– El mismo -respondió Tommy, y se sentó en el sofá junto a su hermano-. Sois amigos, ¿no?

– Lo éramos -replicó Henrik-. Mogge se mudó.

– Lo sabemos, está en Dinamarca. Trabajaba ilegalmente en un casino de Copenhague.

– Repartía cartas -dijo Freddy.

– Hemos estado por Europa -prosiguió Tommy-. Durante casi un año. Uno se da cuenta de que Suecia es pequeña de cojones.

– Un jodido patio -añadió Freddy.

– Primero estuvimos en Alemania. En Hamburgo y en Dusseldorf, nos lo pasamos de puta madre. Después nos fuimos a Copenhague, donde también lo pasamos bien. -Tommy echó un vistazo alrededor-. Y ahora estamos aquí.

Asintió y se llevó un cigarrillo a los labios.

– Aquí no se puede fumar -señaló Henrik.

Pensó en cuál sería la razón por la que los hermanos Serelius habrían abandonado las grandes ciudades europeas -donde se lo habían pasado tan cojonudamente- y habían regresado a un lugar tan poco poblado de Suecia. ¿Se habrían peleado con la persona equivocada? Tal vez.

– No podéis quedaros aquí -anunció, y miró la habitación-. Como veis, no tengo sitio.

Tommy se había guardado el cigarrillo. Parecía no escuchar.

– Somos satanistas -dijo-. ¿Te lo habíamos dicho?

– ¿Satanistas? -repitió Henrik.

Los dos hermanos asintieron.

– ¿Adoradores del diablo? -inquirió Henrik sonriendo.

Tommy no sonrió.

– No adoramos a nadie -respondió-. Satanás representa la fuerza del hombre, eso es en lo que creemos.

– The force -añadió Freddy acabándose las patatas.

– Exactamente -dijo Tommy-. Might makes right, ese es nuestro lema. Cogemos lo que queremos. ¿Conoces a Aleister Crowley?

– No.

– Un gran filósofo -apuntó Tommy-. Crowley veía la vida como una lucha constante entre los fuertes y los débiles. Entre los listos y los tontos. Donde los más fuertes y los más listos siempre ganan.

– Tiene su lógica -contestó Henrik, que nunca había sido religioso. Tampoco pensaba empezar a serlo entonces.

Tommy siguió estudiando el apartamento.

– ¿Cuándo se fue? -preguntó.

– ¿Quién?

– Tu chica. La que puso cortinas, flores secas y todas esas chorradas. No has sido tú, ¿verdad?

– Se marchó en primavera -reconoció Henrik.

Lo asaltó un involuntario recuerdo de Camilla leyendo tumbada en el sofá donde ahora se sentaban los hermanos Serelius. Comprendió que Tommy era más listo de lo que aparentaba: se fijaba en los detalles.

– ¿Cómo se llamaba?

– Camilla.

– ¿La echas de menos?

– Como a la mierda de perro -contestó al momento-. Sea como sea, no os podéis quedar aquí…

– Tranquilo, vivimos en Kalmar -apuntó Tommy-. Ya nos hemos instalado, pero pensábamos trabajar aquí, en Öland. Así que necesitaremos un poco de ayuda.

– ¿Con qué?

– Mogge nos contó a lo que os dedicabais durante el invierno. Nos contó sobre las casas de veraneo…

– Vaya.

– Dijo que no te importaría empezar de nuevo.

«Gracias, Mogge», pensó Henrik. Se había peleado con Morgan a la hora de repartir el dinero antes de que este se largara: quizá esa fuera su forma de vengarse.

– Fue hace mucho tiempo -dijo-. Cuatro años…, y en realidad solo lo hicimos durante dos inviernos.

– ¿Y? Mogge dijo que os fue bien.

– Nos fue bien -confirmó Henrik.

Casi todos los robos salieron bien, pero un par de veces fueron descubiertos por los vecinos y tuvieron que huir saltando los muros de piedra como ladrones de manzanas. Siempre fijaban de antemano al menos dos vías de escape, una a pie y otra en coche.

– A veces no había nada de valor… -prosiguió-, pero una vez encontramos un mueble, era antiguo de cojones. Una arquimesa alemana del siglo dieciocho. En Kalmar nos dieron treinta y cinco mil coronas por ella.

Mientras hablaba le invadía el fervor, casi la nostalgia. Tenía mucho talento para forzar puertas y ventanas sin romperlas. Su abuelo había sido carpintero en Marnäs y había estado igual de orgulloso que él de sus conocimientos.

Pero también recordaba lo enervante que le resultaba conducir por el norte de Öland una noche tras otra. En invierno hacía un frío helador, tanto a la intemperie como dentro de las casas cerradas. Y las urbanizaciones de veraneo estaban deshabitadas y en silencio.

– Las casa viejas son como mercadillos -comentó Tommy-. Entonces, ¿te apuntas? Te necesitamos para encontrar los caminos.

Henrik guardaba silencio. Pensó que quien llevaba una vida triste y predecible debía de ser también triste y predecible. Y él no deseaba serlo.

– Entonces, ¿estamos de acuerdo? -preguntó Tommy.

– Quizá -respondió él.

– Eso suena a un sí.

– Quizá.

– Hubba bubba -exclamó Tommy.

Henrik vaciló mientras asentía.

Deseaba ser excitante, llevar una vida excitante. Ahora que Camilla se había ido, las tardes eran tristes y las noches vacías, y sin embargo dudó. Lo que lo llevó a abandonar los robos no fue el peligro a ser detenido, se trataba de otra clase de miedo.

– El campo es muy oscuro -dijo.

– Eso suena bien.

– Oscuro de cojones -añadió Henrik-. En los pueblos no hay farolas y la electricidad de las casas suele estar cortada. Apenas se ve nada.

– Ningún problema -contestó Tommy-. Ayer robamos unas linternas en una gasolinera.

Henrik asintió despacio. Las linternas contrarrestaban la oscuridad, aunque solo en parte.

– Tengo un cobertizo que podríamos utilizar como almacén hasta que encontremos un comprador adecuado -dijo.

– Perfecto -asintió Tommy-. Entonces, solo tenemos que dar con la casa adecuada. Mogge dijo que tú conocías buenos sitios.

– Conozco unos cuantos -respondió-. Forma parte de mi trabajo.

– Danos las direcciones y nosotros controlaremos que sean seguras.

– ¿Cómo?

– Le preguntaremos a Aleister.

– ¿Qué has dicho? -preguntó Henrik.

– Solemos hablar con Aleister Crowley -dijo Tommy, y colocó la bolsa sobre la mesa. La abrió y sacó una pequeña caja plana de madera oscura-. Nos ponemos en contacto con esto.

Henrik observó en silencio mientras el otro abría la caja y la colocaba sobre la mesa. En el interior había letras, palabras y números grabados a fuego en la madera. Estaba todo el alfabeto, números del cero al nueve y las palabras «SÍ» y «NO». A continuación, Tommy sacó un pequeño vaso de la bolsa.

– Jugué a eso cuando era niño -comentó Henrik-. El espíritu del vaso, ¿verdad?

– Y una mierda, esto va en serio. -Tommy colocó el vaso sobre el tablero de madera-. Es un tablero de güija.

– ¿Uija?

– Así se llama -contestó Tommy-. La madera proviene de la tapa de un viejo féretro. ¿Puedes apagar la luz?

Henrik sonrió para sí, pero se acercó al interruptor.

Los tres se sentaron alrededor de la mesa. Tommy posó el dedo meñique sobre el vaso y cerró los ojos.

En la habitación se hizo el silencio. El mayor de los Serelius se rascó lentamente el cuello y aparentó escuchar algo.

– ¿Quién está ahí? -preguntó-. ¿Eres tú, Aleister?

Durante unos segundos no pasó nada. Luego, el vaso comenzó a moverse bajo el dedo de Tommy.

Al día siguiente al anochecer, Henrik condujo hasta el cobertizo de su abuelo para ponerlo en orden.

La pequeña cabaña de madera estaba pintada de rojo y se hallaba en una pradera, a una decena de metros de la playa, junto a otros dos cobertizos propiedad de veraneantes, y vacíos desde mediados de agosto. Allí nadie los molestaría.

Había heredado el cobertizo del abuelo Algot. Mientras este vivía, solían salir al mar varias veces durante el verano, tendían las redes y luego pasaban la noche en el cobertizo, para levantarse a las cinco y recoger la pesca.

Cuando se encontraba allí, en el Báltico, echaba de menos esos días, era una pena que su abuelo hubiera muerto. Algot siguió con la carpintería y la pequeña construcción después de jubilarse y hasta su último ataque cardíaco pareció satisfecho con su vida, a pesar de no haber salido de la isla más que un par veces.

Henrik abrió el candado del cobertizo y observó la oscuridad. Allí dentro todo estaba más o menos como cuando murió su abuelo, hacía seis años. Las redes colgaban de las paredes, el banco de carpintero seguía allí, igual que la estufa de hierro oxidada en un rincón. Camilla había querido limpiar el cobertizo y pintarlo de blanco, pero a Henrik le parecía bien dejarlo como estaba.

Apartó los bidones de aceite, las cajas de herramientas y el resto de cosas que había por el suelo de madera y cogió una lona para tapar la mercancía robada. A continuación, fue por el muelle cercano hasta el cabo, donde respiró el aroma a algas y agua salada. Al norte vio elevarse del mar los dos faros de ludden.

En el embarcadero se encontraba su barca a motor, un fueraborda, y al mirarla vio que la lluvia había inundado el fondo. Bajó hasta ella y empezó a achicar el agua.

Mientras tanto, pensó en lo sucedido la noche anterior, cuando los hermanos Serelius y él se sentaron en la cocina y realizaron una sesión de espiritismo. O lo que fuera.

El vaso sobre el tablero se había movido y respondió a todas las preguntas, pero seguro que era Tommy quien lo movía. Tenía los ojos cerrados, pero de vez en cuando debía de mirar a escondidas para hacer que el vaso acabara en el lugar correcto.

Resultó que el espíritu Aleister apoyaba de todo corazón sus planes de robo. Cuando Tommy le preguntó sobre Stenvik, la propuesta de Henrik, el vaso se movió hacia el SÍ, cuando inquirió si había cosas de valor en las casas de por allí, recibió la misma respuesta: «SÍ».

Finalmente, Tommy había preguntado:

– Aleister, ¿qué te parece… podemos confiar los unos en los otros?

El pequeño vaso permaneció inmóvil unos segundos. Luego se movió lentamente hacia el «NO».

Tommy soltó una carcajada, corta y ronca.

– Eso está bien -dijo, y miró a Henrik-, porque yo no confío en nadie.

Cuatro días después, Henrik y los hermanos Serelius realizaron el primer viaje al norte, a la zona residencial que él había elegido y Aleister, el espíritu, había aprobado. Allí solo había casas cerradas, negras como boca de lobo en la oscuridad.

Cuando forzaban una ventana y entraban en una vivienda no iban en busca de cosas pequeñas y caras (sabían que ningún veraneante era tan tonto como para dejar dinero, relojes de marca o cadenas de oro en su casa durante el invierno). Pero algunas cosas eran demasiado pesadas para llevárselas al acabar las vacaciones: aparatos de televisión, equipos de música, botellas de alcohol, cartones de cigarrillos y palos de golf. Y en los cobertizos de los jardines se podían encontrar motosierras, bidones de gasolina y taladradoras.

Después de que Tommy y Freddy destrozaran el barco de la botella y Henrik hubiera dejado de mascullar, se dividieron y prosiguieron la búsqueda de tesoros.

Henrik se dirigió a las habitaciones pequeñas. La parte delantera de la casa daba al estrecho y a la costa rocosa, y a través de una ventana panorámica vio que una luna creciente, blanca como la nieve, colgaba sobre el mar. Stenvik era uno de los pueblos de pescadores que había en la costa oeste de la isla, desierta durante el invierno.

Cada habitación lo recibía en silencio; no obstante, Henrik sintió que el suelo y las paredes lo vigilaban. Por eso se movía con cuidado, sin desordenar nada.

– ¿Hola? ¿Henke?

Era Tommy, Henrik respondió.

– ¿Dónde estás?

– Aquí, en la cocina… Hay una especie de oficina.

Henrik siguió su voz a través de la pequeña cocina. Tommy se hallaba junto a una pared, en un cuarto sin ventanas, y señalaba con la mano derecha enguantada.

– ¿Qué te parece esto?

No sonreía -casi nunca lo hacía-, pero tenía la vista fija en la pared, con la expresión de alguien que quizá ha hecho un gran descubrimiento. Miraba un gran reloj de madera oscura y números romanos tras la esfera de cristal.

Henrik asintió.

– Sí…, puede valer algo. ¿Es antiguo?

– Eso creo -respondió Tommy, y abrió el cristal-. Si tenemos suerte, quizá sea una antigüedad. Debe de ser alemán o francés.

– No funciona.

– Habrá que darle cuerda. -Cerró el cristal y gritó-: ¡Freddy!

Pasados unos segundos, apareció su hermano, arrastrando los pies por la cocina.

– ¿Qué?

– Echa una mano aquí -dijo Tommy.

Freddy era el que tenía los brazos más largos. Descolgó el reloj de los clavos y lo bajó. Después, Henrik lo ayudó a cargarlo.

– Venga, saquémoslo de aquí -ordenó Tommy.

La furgoneta estaba aparcada cerca de la casa, entre las sombras en la parte trasera.

En los laterales llevaba el rótulo «FONTANERÍA KALMAR». Tommy había comprado las letras de plástico y las había pegado. No existía tal empresa en Kalmar, pero por la noche resultaba menos sospechoso un vehículo de empresa que una vieja furgoneta anónima.

– La semana que viene abrirán una comisaría en Marnäs -anunció Henrik mientras pasaban el reloj a través de la ventana forzada del porche.

Aquella noche apenas corría aire, pero hacía frío.

– ¿Cómo lo sabes? -preguntó Tommy.

– Lo leí en el periódico.

Oyó la ronca risa de Freddy en la oscuridad.

– Vaya. Entonces se acabó -dijo Tommy-. Lo mejor será que los llames y nos delates a los dos, así tendrás una rebaja en la condena.

Bajó el labio inferior y mostró los dientes, esa era su manera de reír.

Henrik sonrió en la oscuridad. Había miles de casas de veraneo en la isla, la policía no podría vigilarlas todas, y además, los agentes casi siempre trabajaban de día.

Introdujeron el reloj en la furgoneta. En ella tenía ya una bicicleta estática, dos grandes jarrones de piedra caliza tallada, un aparato de vídeo, un pequeño motor fueraborda, un ordenador con impresora y un televisor con altavoces.

– ¿Nos vamos? -preguntó Tommy al cerrar la puerta trasera del vehículo.

– Sí…, creo que no nos dejamos nada.

Sin embargo, Henrik fue hasta la casa para cerrar la ventana forzada. Cogió un par de lascas de pizarra del suelo y las metió en el marco de madera para mantener la ventana en su sitio.

– Venga, vámonos -gritó Tommy tras él.

A los hermanos les parecía una pérdida de tiempo cerrar tras un robo. Pero Henrik sabía que podían pasar meses antes de que alguien regresara a la casa, y si dejaban la ventana abierta, la lluvia y la nieve estropearían los muebles.

Cuando Henrik se hubo sentado en el asiento del copiloto, Tommy puso en marcha el vehículo. Luego, apartó un trozo del panel de la puerta e introdujo la mano. Allí guardaba el cristal -metanfetamina-, envuelto en pequeños pedazos de papel de cocina.

– ¿Quieres otro? -le preguntó Tommy.

– No. Tengo suficiente.

Los hermanos habían traído la droga del continente, para venderla y para consumirla ellos mismos. El cristal le sentaba a Henrik como si le pusieran un cohete en el culo, pero si tomaba más de una dosis por noche, empezaba a temblar como el asta de una bandera y tenía dificultades para pensar con lógica. Sus pensamientos saltaban de un tema a otro y le resultaba imposible conciliar el sueño.

Él no era un drogadicto; aunque tampoco un tipo aburrido. Una dosis era suficiente.

Tommy y Freddy no parecían tener ese problema, o quizá planeaban pasar el resto de la noche sin dormir cuando regresaran a Kalmar. Se metieron los cristales en la boca con papel de cocina y todo, y se los tragaron con agua de una botella de plástico que había en el asiento trasero. Después, Tommy pisó el acelerador, dio la vuelta a la casa y salió al desierto camino vecinal.

Henrik consultó su reloj: eran casi las doce y media.

– Vayamos al cobertizo -dijo.

Al llegar a la carretera nacional, Tommy se detuvo obedientemente en la señal de stop, a pesar de que no pasaba ni un coche, y luego giró hacia el sur.

– Tuerce aquí -dijo Henrik diez minutos después, cuando apareció la señal de desvío a Enslunda.

No había nadie a la vista. El camino de grava terminaba en unos cobertizos y Tommy se acercó marcha atrás todo lo que pudo.

Junto al mar reinaba una oscuridad total, pero al norte parpadeaba el faro de ludden.

Henrik abrió la puerta del coche y oyó el rumor de las olas. El sonido fluía desde el negro mar. Eso le hizo pensar en su abuelo. Había muerto precisamente allí hacía seis años. Algot tenía ochenta y cinco y estaba enfermo del corazón y, sin embargo, se levantó de la cama y cogió un taxi un ventoso día de invierno. El taxista lo dejó en el camino, y justo después tuvo que darle el infarto. Pero Algot consiguió llegar hasta el cobertizo, y allí, junto a la puerta, lo encontraron muerto.

– Tengo una idea -dijo Tommy, tras haber descargado la mercancía robada a la luz de las linternas-. Una propuesta. Escuchad y decidme qué pensáis.

– ¿Qué?

Tommy no respondió enseguida. Se estiró hacia el interior de la furgoneta y tiró de algo. Parecía un gran gorro de lana negro.

– Conseguimos esto en Copenhague -explicó.

Después, iluminó la lana negra con la linterna y Henrik vio que no se trataba de un gorro.

Era un pasamontañas, con agujeros para los ojos y la boca.

– Mi propuesta es que la próxima vez nos pongamos esto -dijo Tommy-, y que pasemos de las casas de veraneo.

– ¿Sí? ¿Y qué hacemos entonces?

– Casas habitadas.

Durante unos instantes, se hizo el silencio entre las sombras junto a la playa.

– Claro -asintió Freddy.

Henrik observó el pasamontañas sin decir nada. Pensaba.

– Lo sé…, el riesgo aumenta -prosiguió Tommy-. Pero las ganancias también. Nunca encontraremos dinero ni joyas en las residencias de verano…, solo en casas habitadas todo el año. -Guardó el pasamontañas en la furgoneta y añadió-: Por supuesto, tendremos que consultar con Aleister si todo está bien. Y elegiremos casas seguras, alejadas y sin alarma.

– Y sin perros -añadió Freddy.

– Claro. Tampoco ningún jodido perro. Y con los pasamontañas puestos nadie nos reconocerá -dijo Tommy, y miró a Henrik-. ¿Qué te parece?

– No sé.

En realidad, lo importante no era el dinero -ahora Henrik tenía un buen trabajo artesanal-; lo que buscaba era excitación. Huir de la rutina.

– No importa, lo haremos Freddy y yo solos -decidió Tommy-. Así tocaremos a más.

Henrik negó enseguida con la cabeza. Quizá no haría muchos más viajes con Tommy y Freddy, pero quería ser él quien decidiera cuándo acabar.

Pensó en el barco dentro de la botella que habían destrozado contra el suelo al comienzo de la noche y dijo:

– Seguiré con vosotros…, si nos lo tomamos con calma. Si nadie sale herido.

– ¿A quién podríamos herir? -preguntó Tommy.

– A los dueños de las casas.

– Estarán durmiendo, joder…, y si alguien se despierta solo hablaremos en inglés. Entonces creerán que somos extranjeros.

Henrik asintió sin estar convencido del todo. Cubrió con la lona los objetos robados y cerró el cobertizo con el candado.

Se metieron en la furgoneta y condujeron hacia el sur de la isla, de vuelta a Borgholm.

Tardaron veinte minutos en llegar a la ciudad, donde hileras de farolas impedían el paso a la oscuridad otoñal. Pero las aceras estaban tan desiertas como la carretera nacional. Tommy redujo la velocidad y torció hacia el edificio en el que vivía Henrik.

– Bueno -dijo-, hasta la semana que viene. ¿Nos vemos el martes?

– Sí, claro…, pero pasaré por allí antes de eso.

– ¿Te gusta andar por sitios deshabitados?

Henrik asintió.

– Vale -contestó Tommy-, pero que no se te ocurra hacer negocio con las cosas. Encontraremos un comprador en Kalmar.

– Eso espero -repuso Henrik, y cerró la puerta del vehículo.

Se encaminó hacia la entrada en penumbra y miró el reloj. La una y media. Aún era bastante temprano, y podría dormir en su cama solitaria durante cinco horas antes de que el reloj lo despertara para ir al trabajo.

Pensó en todas las casas de la isla donde dormía alguien. Los residentes del lugar.

Si pasaba algo, se largaría. Si alguien se despertaba durante el robo, entonces sencillamente se largaría. Los hermanos y el espíritu del vaso se las tendrían que arreglar solos.

3

Tilda Davidsson estaba sentada en el pasillo de la residencia de Marnäs, sosteniendo la bolsa de la grabadora, al otro lado de la puerta de la habitación de Gerlof, su anciano pariente. No se encontraba sola; un poco más allá, en un sofá del pasillo, se habían sentado dos señoras de pelo cano que quizá esperaran el café de la tarde.

Las mujeres hablaban sin parar, y Tilda no tuvo más remedio que escuchar el murmullo de su conversación.

Conversaban en un tono descontento y preocupado, con una larga serie de prolongados suspiros.

– Sí, se pasan el día viajando -dijo la mujer más cercana a Tilda-. Un viaje al extranjero tras otro. Cuanto más lejos, mejor.

– Así es, no se privan de nada -añadió la otra-, así viven…

– Sí, y cuando compran cosas… tienen que ser caras -apuntó la primera-. La semana pasada, llamé a mi hija pequeña y me dijo que su marido y ella van a comprarse un coche nuevo. «Pero si tenéis un buen coche», dije. «Sí, pero este año todos los vecinos se han cambiado el suyo», respondió.

– Sí, hay que comprar y comprar sin parar.

– Ya. Y tampoco llaman por teléfono.

– No, no… Mi hijo nunca llama, ni siquiera el día de mi cumpleaños. Siempre soy yo quien llama, y entonces no tiene tiempo para hablar. Siempre está a punto de salir a alguna parte, o si no están dando algo interesante en la televisión.

– Sí, también compran televisores todo el tiempo, y tienen que ser bien grandes…

– Y neveras nuevas.

– También cocinas.

Tilda no tuvo tiempo de oír más, porque la puerta de la habitación de Gerlof se entreabrió.

Este tenía algo encorvada su larga espalda y las piernas le temblaban un poco, pero sonrió a Tilda de manera desenfadada y a ella su mirada le pareció más despierta que cuando se habían visto el invierno pasado.

Gerlof, que había nacido en 1915, celebró su ochenta cumpleaños en la casa de verano de Stenvik. Sus dos hijas estuvieron presentes: Lena, la mayor, con su marido y sus hijos, y Julia, la hermana pequeña, con su nuevo marido y los tres hijos de este. Ese día el reumatismo de Gerlof lo mantuvo recluido en el sillón toda la tarde. Pero ahora la recibía de pie en el umbral, apoyado en su bastón; vestía chaleco y pantalones de tela de gabardina.

– Bien, ya se ha acabado el pronóstico del tiempo -dijo en voz baja.

– Perfecto.

Tilda se levantó. Había tenido que esperar a que Gerlof terminara de escuchar la información meteorológica. Tilda no comprendía por qué le daba tanta importancia -no era probable que fuera a salir con aquel frío-; seguramente había adquirido esa costumbre en su época de capitán de barco en el mar Báltico.

– Pasa, pasa.

Le tendió la mano desde el otro lado del umbral: Gerlof no era una persona que abrazara a la gente. Tilda ni siquiera le había visto palmearle el hombro a nadie.

Sintió la aspereza de su mano al estrechar la suya. Gerlof había empezado a trabajar en el mar a los quince años y, a pesar de que llevaba en tierra más de veinticinco, aún tenía callos en las manos de todas las maromas de las que había tenido que tirar, de todas las cajas que había levantado y de todas las cadenas que habían arañado su piel.

– ¿Qué tiempo hará? -preguntó ella.

– No preguntes. -Gerlof suspiró y se sentó con dificultad en una de las sillas junto a la mesa del café-. Han cambiado de nuevo la hora de emisión, así que me he perdido el parte local. Pero hará más frío en Norrland, así que seguramente aquí también. -Dio un desconfiado vistazo al barómetro que había junto a la estantería y luego miró por la ventana el árbol sin hojas, y añadió-: Este año tendremos un invierno duro, frío y anticipado. Se puede ver en la claridad con que brillan las estrellas por la noche, sobre todo la Osa Mayor. Y también por el verano.

– ¿El verano?

– Un verano húmedo significa un invierno riguroso -contestó él-. Eso lo sabe todo el mundo.

– Yo no -reconoció Tilda-. Pero ¿eso es importante para nosotros?

– Sí, claro. Un invierno largo y duro influye en muchas cosas. La navegación por el Báltico, por ejemplo. El hielo retrasa los barcos y las ganancias son menores.

Tilda entró en la habitación y vio los recuerdos de la época marinera de Gerlof. De las paredes colgaban fotografías de sus barcos en blanco y negro, las placas con el nombre de los mismos estaban relucientes y los documentos de navegación enmarcados. También tenía pequeñas fotografías de sus difuntos padres y esposa.

«El tiempo no transcurre aquí dentro», pensó Tilda.

Se sentó frente a él y colocó la grabadora sobre la mesa del café. Después conectó el cable con el micrófono de mesa.

Gerlof lo miró del mismo modo en que había mirado el barómetro. La grabadora no era grande, y Tilda observó cómo él desviaba la mirada desde el aparato hasta ella.

– Entonces, ¿solo vamos a hablar? -preguntó-. ¿De mi hermano?

– Entre otras cosas -respondió Tilda-. Es sencillo, ¿no?

– Pero ¿por qué?

– Bueno, para conservar los recuerdos y las historias… antes de que desaparezcan -dijo ella, y enseguida añadió-: Vivirás muchos años más, Gerlof. No me refería a eso. Quiero grabar para estar segura. Papá no me contó gran cosa del abuelo antes de morir.

Él asintió.

– Podemos hablar. Pero cuando se graban las cosas, uno tiene que tener cuidado con lo que dice.

– No te preocupes -contestó Tilda-. Siempre podemos borrar la cinta.

Gerlof había aceptado la grabación casi sin pensarlo cuando ella lo llamó en agosto y le contó que se mudaría a Marnäs, pero ahora parecía que la grabadora lo inquietara.

– ¿Está encendida? -preguntó en voz baja-. ¿La cinta está rodando?

– No, todavía no -respondió Tilda-. Ya te avisaré.

Pulsó el botón de grabación, controló que la cinta empezara a girar y asintió con la cabeza alentando a Gerlof.

– Bien…, entonces comenzamos. -Tilda se irguió y le pareció que, al hacerlo, su voz adquiría un timbre más tenso y solemne-. Soy Tilda Davidsson y me encuentro en Marnäs con Gerlof, el hermano de mi abuelo Ragnar, para hablar de la vida en Marnäs de nuestra familia…, y la de mi abuelo.

Gerlof se inclinó hacia el micrófono y la corrigió con voz clara:

– Mi hermano Ragnar no vivía en Marnäs. Vivía junto al mar, a las afueras de Rörby, al sur de Marnäs.

– En efecto, Gerlof… ¿Qué recuerdos guardas de Ragnar?

Él dudó unos segundos.

– Muchos buenos recuerdos -dijo por fin-. Durante los años veinte, pasamos la infancia juntos en Stenvik, pero después elegimos oficios completamente distintos…, Regnar se compró una pequeña casa y se convirtió en campesino y pescador, y yo me mudé a Borgholm y me casé. Y compré mi primer barco.

– ¿Os veías con frecuencia?

– Bueno, cuando regresaba a casa después de una temporada en el mar, un par de veces al año. En Navidad y en alguna ocasión durante el verano. Generalmente, Ragnar venía a la ciudad para visitarnos.

– ¿Entonces celebrabais una fiesta?

– Sí, sobre todo en Navidad.

– ¿Cómo era?

– Éramos muchos, pero era divertido. Comíamos muchísimo. Arenques, patatas, jamón, pies de cerdo y kroppkakor. Y Ragnar, por supuesto, siempre traía anguilas, ahumadas y encurtidas, y grandes cantidades de bacalao remojado…

Cuanto más hablaba, más se relajaba. Y Tilda también.

Siguieron charlando durante media hora. Pero tras contar una larga historia sobre un incendio en un molino de Stenvik, Gerlof alzó la mano hacia ella y la agitó débilmente. Tilda comprendió que estaba cansado y apagó enseguida la grabadora.

– Muy bien -dijo-. Te acuerdas de muchísimas cosas, Gerlof.

– Sí, aún recuerdo las historias familiares, las he oído tantas veces. Contar historias es bueno para la memoria. -Miró la grabadora-. ¿Crees que se ha grabado algo?

– Sí, claro.

Tilda rebobinó y pulsó el botón de play. La voz grabada de Gerlof sonaba apagada, un poco temblorosa y monótona, pero se oía claramente.

– Bien -dijo él-. Será algo que los investigadores de la cultura popular podrán escuchar.

– Es sobre todo para mí -replicó Tilda-. Yo no había nacido cuando el abuelo se ahogó, y a papá no se le daba bien contar historias de la familia. Así que siento curiosidad.

– Eso pasa con los años. Cuando uno tiene más pasado a sus espaldas empieza a interesarse más por sus raíces -dijo Gerlof-. Lo he notado también en mis hijas… ¿Cuántos años tienes?

– Veintisiete.

– ¿Y ahora vas a trabajar en Öland?

– Sí. Mi año de prácticas ha terminado.

– ¿Cuánto tiempo te quedarás?

– Ya veremos. Por lo menos hasta el próximo verano.

– Fantástico. Está bien que los jóvenes vengan aquí y encuentren trabajo. ¿Y vives aquí, en Marnäs?

– Tengo un estudio en un edificio de la plaza. Desde él se divisa la costa sur…, casi puedo ver la casa del abuelo.

– Ahora es propiedad de otra familia -dijo Gerlof-, pero podemos ir a visitarla. Y también mi casa de Stenvik, claro.

Tilda abandonó la residencia de Marnäs a las cuatro y media pasadas, con la grabadora en la mochila.

Después de que se hubiese abrochado la chaqueta y hubiese entrado en el camino que conducía al centro de Marnäs, pasó un joven con una ruidosa motocicleta azul claro. Tilda negó con la cabeza, mirándolo, para mostrarle lo que pensaba de la gente que conducía demasiado rápido, pero él ni la miró. Se había alejado en menos de veinte segundos.

En otro tiempo, Tilda creía que los quinceañeros con moto eran el no va más. Hoy día le parecían mosquitos: pequeños e irritantes.

Se ajustó la mochila y emprendió el camino a Marnäs. Pensó pasar por el trabajo, aunque en realidad no empezaba hasta el día siguiente, y luego continuar hasta su apartamento y seguir desembalando. Y llamar a Martin.

El petardeo del motor no se había apagado del todo tras ella, y ahora volvía a aumentar. El joven motociclista había dado la vuelta en algún lugar junto a la iglesia y regresaba al pueblo.

Esta vez, se vio obligado a adelantar a Tilda por la acera. Redujo un poco la velocidad, pero luego aceleró al máximo e intentó pasarla. Ella clavó la mirada en él y se interpuso en su camino. La motocicleta se detuvo.

– ¿Qué pasa? -la increpó el muchacho por encima del estruendo del motor.

– No se puede circular en moto por la acera -contestó ella alzando también la voz-. Es conducción indebida.

– Sí, claro. -El muchacho asintió-. Pero se va más deprisa por aquí.

– Y también puedes atropellar a alguien.

– Vaya -respondió el chico, y le lanzó una mirada de hastío-. ¿Vas a llamar a la policía?

Tilda negó con la cabeza.

– No, no lo voy a hacer, pero…

– Hace tiempo que aquí no hay policía -la interrumpió él dando gas-. Cerraron hace dos años. No hay un solo policía en el norte de Öland.

Ella se cansó de intentar hablar por encima del ruido del motor. Se inclinó hacia delante y tiró del cable de la bujía. La moto se silenció al punto.

– Ahora sí lo hay -dijo en voz baja y tono calmado-. Yo soy policía.

– ¿Tú?

– Hoy es mi primer día.

El muchacho la miró fijamente. Tilda sacó su cartera del bolsillo de la chaqueta, la abrió y mostró su carnet. Él lo miró un buen rato, y luego le dirigió una mirada respetuosa.

La gente siempre miraba de manera diferente a una persona si sabía que era policía. Cuando Tilda vestía de uniforme, hasta ella misma se veía distinta.

– ¿Cómo te llamas?

– Stefan.

– Qué más.

– Stefan Ekström.

Ella sacó su cuaderno del bolso y anotó el nombre.

– Esta vez será solo un aviso, pero la próxima habrá multa -anunció-. Tu moto está trucada. ¿Has limado la culata?

Él asintió.

– Entonces tendrás que bajarte y empujarla hasta casa -ordenó Tilda-. Luego tendrás que arreglar el motor para que sea legal.

Stefan se apeó.

Caminaron en silencio hacia la plaza.

– Diles a tus amigos que la policía ha regresado a Marnäs -dijo Tilda-. La próxima moto trucada será multada y confiscada.

El chico asintió de nuevo. Ahora que lo habían pillado, parecía verlo como una especie de mérito.

– Tienes un arma, ¿verdad? -preguntó al llegar al pueblo.

– Sí -respondió ella-. Guardada bajo llave.

– ¿Qué modelo?

– Una Sig Sauer.

– ¿Le has disparado a alguien?

– No -dijo Tilda-. Y no pienso usarla aquí.

– Vale.

Stefan pareció decepcionado.

Había quedado con Martin en que llamaría a las seis, antes de que él regresara a casa. Hasta entonces, tenía tiempo para pasar por su nuevo lugar de trabajo.

La nueva comisaría se encontraba en una calle lateral, a un par de manzanas de la plaza, con el escudo de la policía encima de la puerta aún recubierto de plástico blanco.

Tilda se sacó las llaves de la oficina del bolsillo de la chaqueta. Las había recogido el día anterior en la comisaría de Borgholm, pero cuando fue a abrir, vio que no estaba cerrado. Oyó voces masculinas al otro lado de la puerta.

La comisaría constaba de una sola estancia sin recepción. Tilda recordaba vagamente, de cuando de pequeña visitó Marnäs, que allí había una tienda de caramelos. Las paredes estaban desnudas, las ventanas no tenían cortinas y el suelo de madera carecía de alfombras.

Dentro había dos hombres de mediana edad, con chaquetas y zapatos de calle. Uno de ellos vestía un uniforme azul oscuro, el otro iba de civil y llevaba un anorak verde. Guardaron silencio y volvieron lentamente la cabeza hacia Tilda, como si los hubiera interrumpido en medio de un chiste inoportuno.

Ella había visto antes a uno de ellos, el que vestía de civil: era el comisario Göte Holmblad, el jefe de la policía de proximidad. Llevaba el pelo gris muy corto y esbozaba una permanente sonrisa; pareció reconocerla.

– Hola, hola -dijo-. Bienvenida al nuevo distrito.

– Gracias. -Le tendió la mano a su jefe y se volvió hacia el otro hombre, de pelo negro ralo, cejas pobladas y unos cincuenta años-. Tilda Davidsson.

– Hans Majner. -El apretón de manos de Hans fue duro, seco y corto-. Supongo que tendremos que trabajar aquí juntos.

No sonaba muy convencido de que fuera a ir bien, pensó ella. Abrió la boca para contestar, pero Majner continuó:

– Al principio yo no estaré mucho por aquí. Pasaré de vez en cuando, pero trabajaré sobre todo desde Borgholm. Mantendré mi despacho allí -concluyó, y sonrió al jefe de la policía de proximidad.

– Vaya -dijo Tilda, y comprendió de repente que iba a ser la única policía del norte de Öland-. ¿En un proyecto especial?

– Sí, se puede llamar así -respondió Majner, y miró por la ventana hacia la calle, como si viera algo sospechoso allí fuera-. Se trata de drogas, claro. Esa mierda llega a la isla al igual que a todas partes.

– Esta será tu mesa, Tilda -dijo Holmblad, que se había acercado a la ventana-. También se instalarán ordenadores, fax…, y allí una unidad de radio móvil. De momento tendréis que apañaros con el teléfono.

– De acuerdo.

– Además no estarás mucho aquí, en la oficina, al contrario -añadió Holmblad-. Esa es la idea de la reforma de la policía local: tenéis que salir y ser vistos. Os dedicaréis a las infracciones de tráfico, vandalismo, hurtos y robos. Investigaciones sencillas. Y delincuencia juvenil, claro.

– Eso se me da bien -dijo Tilda-. He parado una moto trucada de camino.

– Bien, bien. -El jefe de policía asintió-. Entonces ya has mostrado que aquí hay policía de nuevo. La semana próxima será la inauguración. La prensa está invitada. Periódicos, radio local… ¿Podrás asistir, verdad?

– Sí, claro.

– Bien, bien. Luego había pensado que sería…, bueno, sé que antes estuviste en Växjö, pero aquí en la isla el trabajo será un poco más independiente. Para bien y para mal. Tendrás más libertad para organizar tu jornada de trabajo como prefieras, pero también más responsabilidad… Se tarda media hora desde Borgholm y la comisaría de allí no está siempre abierta. Así que si ocurre algo puede pasar un tiempo antes de que recibas ayuda.

Ella asintió.

– En la Escuela Superior de Policía practicábamos con frecuencia situaciones con refuerzos retrasados. Mis profesores tenían mucho cuidado…

Majner sonrió desde su mesa.

– Los profesores de la Escuela Superior no están muy al día -dijo-. Hace tiempo que no trabajan en la calle.

– En Växjö eran muy competentes -replicó Tilda enseguida.

Se sentía como cuando iba en la fila de atrás de la furgoneta antidisturbios; se esperaba de ella que cerrara la boca y dejara hablar a los mayores. Odiaba eso.

Holmblad la miró y dijo:

– Es importante que tengas en cuenta las largas distancias que hay en la isla antes de decidir enfrentarte sola a una situación de peligro.

Ella asintió.

– Espero poder afrontar todos los problemas.

El jefe de policía abrió de nuevo la boca, quizá para continuar con su sermón; pero entonces sonó el teléfono que colgaba de la pared.

– Yo contesto -dijo, y dio unos pasos hacia la mesa-. Puede ser de Kalmar.

Cogió el auricular.

– Comisaría de Marnäs, Holmblad.

Luego escuchó.

– ¿Qué? -preguntó.

Volvió a guardar silencio.

– Vaya -dijo por fin-. Tendremos que ir a echar un vistazo.

Colgó el auricular.

– Era de Borgholm. La central de emergencias ha recibido aviso de un accidente mortal en el norte de Öland.

Majner se levantó de su mesa vacía.

– ¿Cerca de aquí?

– En los faros de ludden -contestó Holmblad-. ¿Sabéis dónde quedan?

– ludden está al sur -respondió Majner-. A unos siete u ocho kilómetros de aquí.

– Entonces tendremos que coger el coche -dijo el jefe de policía-. La ambulancia está en camino… Al parecer, se trata de un ahogado.

Invierno de 1868

Con la construcción de los faros, ludden se volvió segura, tanto para los barcos como para las personas. Por lo menos, eso es lo que creyeron los hombres que los construyeron; estaban convencidos de que en el futuro la vida en la costa no entrañaría peligro. Las mujeres sabían que no siempre sería así.

En esa época la muerte estaba más próxima, entraba en las casas.

En el desván del granero hay un nombre de mujer grabado apresuradamente: «QUERIDA CAROLINA 1868». Carolina lleva muerta más de ciento veinte años, pero a través de las paredes me ha susurrado cómo era la vida en ludden: eso que a veces se llama los buenos viejos tiempos.

MIRJA RAMBE

La casa es grande, tan grande… Kerstin corre de una habitación a otra buscando a Carolina, pero hay tantos lugares en los que mirar. Demasiados sitios, demasiadas habitaciones en ludden.

Y la tormenta de nieve se aproxima, fuera se siente el aire pesado, Kerstin sabe que no queda mucho tiempo.

La casa está bien construida y la tormenta no le hará nada; la cuestión es cómo afectará a las personas. Cada tormenta de nieve los reúne alrededor de las estufas como pájaros extraviados, esperando a que amaine.

A un verano difícil, con malas cosechas en la isla, le ha seguido un invierno severo. Es la primera semana de febrero y en la costa hace un frío tan glacial que nadie sale si puede evitarlo. Solo se ve a los fareros y sus ayudantes, que tienen que ocupar su sitio de guardia en las torres. Pero ese día, todos los hombres sanos menos Karlsson, el farero jefe, se encuentran en el cabo, preparando los faros para la tormenta.

Las mujeres se han quedado en la casa, pero Carolina no aparece por ninguna parte. Kerstin ha mirado en todas las habitaciones de las dos plantas, incluso bajo las vigas del desván. No puede hablar con las otras sirvientas ni con las mujeres de los fareros, ya que nadie conoce el estado de Carolina. Quizá lo intuyan, pero no están seguras.

Carolina tiene dieciocho años, dos menos que Kerstin. Ambas son sirvientas de Sven Karlsson. Kerstin se considera una persona reflexiva y prudente. Carolina es más extrovertida y confía más en la gente; por eso a veces tiene problemas. Últimamente, los problemas se han multiplicado, y solo se lo ha contado a Kerstin.

Si ha abandonado la casa para adentrarse en el bosque o en la ciénaga, Kerstin no podrá encontrarla. Carolina sabía que la tormenta de nieve se aproximaba: ¿tan desesperada está?

Kerstin sale fuera. El viento azota el patio cubierto de nieve y el viento se arremolina alrededor de la casa como si no pudiese alejarse de allí. La tormenta se aproxima, eso es solo un aviso.

Oye un grito que se apaga enseguida. No ha sido el viento.

Es el grito de una mujer.

El vendaval tira del pañuelo y del delantal de Kerstin y la obliga a agacharse. Empuja la puerta del establo y se mete dentro.

Las vacas mugen y se mueven inquietas mientras la joven busca entre ellas. Nada. Luego sube la empinada escalera hacia el gran altillo del heno. El aire es helador.

Algo se mueve junto a una de las paredes, bajo el montón de paja. Unos débiles movimientos se adivinan entre el polvo y las sombras.

Es Carolina. Yace sobre el suelo cubierto de heno, con las piernas tapadas por una sucia manta. Su respiración es frágil y gime con expresión avergonzada cuando ella se acerca.

– Kerstin…, creo que ya ha pasado -dice-. Creo que ha salido.

Kerstin se le acerca aterrada y se arrodilla a su lado.

– ¿Hay algo? -murmura Carolina-. ¿O es solo sangre?

La manta que le cubre las piernas está pringosa y mojada, pero Kerstin la levanta y mira.

– Sí -dice-, ha salido.

– ¿Está vivo?

– No…, es prematuro.

Kerstin se inclina sobre el pálido rostro de su amiga.

– ¿Cómo te encuentras?

Carolina tiene la mirada perdida.

– Ha muerto sin estar bautizado -masculla-. Tenemos…, tenemos que enterrarlo en tierra bendita, para que no se quede vagando… Si no lo enterramos será un desdichado.

– Es imposible -dice Kerstin-. La tormenta de nieve ya está aquí…, moriremos si salimos al camino.

– Tenemos que ocultarlo -susurra Carolina, esforzándose por respirar-. Pensarán que he cometido adulterio… que lo he expulsado aposta.

– No te preocupes por lo que piensen. -Kerstin le acerca la mano a la frente, que nota caliente y dice en voz baja-. He recibido otra carta de mi hermana. Quiere que vaya con ella a América, a Chicago.

No parece que Carolina la escuche. Jadea débilmente, pero ella, sin embargo, prosigue:

– Cruzaré el Atlántico hasta Nueva York y continuaré viaje desde allí. Hasta ha depositado una cantidad de dinero en Gotemburgo para el billete. -Se le acerca aún más-. Y tú también puedes venir, Carolina. ¿Quieres?

Su amiga no responde. Ya no lucha por seguir respirando. El aire que exhala es apenas audible.

Finalmente, se queda inmóvil sobre el heno con los ojos abiertos. El establo permanece en silencio.

– Ahora mismo vuelvo -susurra Kerstin con la voz ahogada en llanto.

Aparta con determinación lo que yace en el heno y dobla la manta varias veces para ocultar las manchas de sangre y de líquido amniótico. Después se levanta y se lleva el bulto pegado al vientre.

Sale al patio. El viento ha arreciado, y tiene que luchar por avanzar pegada a la pared de piedra del establo para poder regresar a la casa. Se dirige directamente a su pequeño cuarto de sirvienta, empaqueta sus cosas y las pocas pertenencias de Carolina y se pone varias capas de ropa para afrontar el duro camino que les espera cuando la tormenta de nieve haya amainado.

Luego, Kerstin continúa sin dudarlo hacia el salón, donde los quinqués y la chimenea esparcen luz y calor en la penumbra invernal. Sven Karlsson, el farero jefe, está sentado en un sillón junto a la mesa comedor, en el centro de la sala; su protuberante barriga destacaba bajo su uniforme negro.

Como funcionario de la Corona, Karlsson es un feligrés privilegiado. Dispone de la mitad de las habitaciones de la casa y tiene banco propio en la iglesia de Rörby. Junto a él, su esposa Anna está sentada en una silla con reposabrazos. Al fondo se encuentran algunas criadas esperando que pase la tormenta. En un rincón se sienta la Vieja Sara, que vino de la casa de Beneficencia de Rörby después de que el farero jefe ganara la subasta para cuidar de ella.

– ¿Dónde has estado? -pregunta Anna al ver entrar a Kerstin.

La voz de la mujer del farero es siempre fuerte y aguda, pero ese día suena más estridente que de costumbre para hacerse oír sobre el ulular del viento.

Kerstin hace una reverencia, se para en silencio frente a la mesa y espera a que todos fijen sus ojos en ella. Piensa en su hermana mayor, que está en América.

Entonces, deja el bulto que ha traído sobre la mesa, justo delante de Sven Karlsson.

– Buenas tardes, farero jefe -dice en voz alta, y desdobla la manta-. Tengo aquí algo que al parecer se le ha perdido.

4

El tercer amanecer de Joakim en la finca de ludden fue el comienzo de su último día de felicidad en muchos años; quizá en toda su vida.

Por desgracia, estaba demasiado estresado para apreciar lo bien que se sentía.

La noche anterior, a Katrine y a él se les hizo tarde. Después de que los niños se durmieran, estudiaron la habitación sur de la planta baja y consideraron los colores que se adecuarían mejor a sus diferentes personalidades. Habían decidido que el blanco sería el tono base de toda la planta baja, tanto en paredes como techos, mientras que los elementos de madera, como las vigas y los marcos de las puertas, podían variar de una habitación a otra.

Se acostaron a las once y media. La casa quedó en silencio, pero un par de horas después, Livia comenzó a llamar. Katrine apenas suspiró y se levantó de la cama sin decir nada.

Toda la familia se levantó pasadas las seis. En ese momento, el horizonte del este aún estaba negro.

Joakim comprendió que la gran oscuridad invernal se acercaba. Apenas quedaban dos meses para Navidad.

Los cuatro se reunieron alrededor de la mesa de la cocina a las siete. Joakim quería salir cuanto antes hacia Estocolmo y se bebió el té antes de que Katrine y los niños se sentaran. Cuando metió su taza en el lavaplatos, vio una línea anaranjada de luz solar todavía oculta por el mar, y más arriba, en el cielo, una formación negra de pájaros en V que se mecía suavemente sobre el mar Báltico.

¿Eran gansos o grullas? Aún estaba demasiado oscuro para distinguirlas con claridad; además, él no sabía mucho de aves migratorias.

– ¿Veis los pájaros ahí fuera? -dijo, señalando por encima de su hombro-. Hacen lo mismo que nosotros…, se mudan al sur.

Nadie dijo nada. Katrine y Livia comían sus sándwiches, Gabriel se concentraba en succionar la papilla de arroz de su biberón.

Los dos faros, abajo sobre el mar, se elevaban hacia el cielo como estrechos castillos de cuento: el del sur titilaba regularmente con su luz roja. Desde las altas ventanas de la torre norte llegaba una débil luz blanca fija.

Era extraño, pues hasta entonces no había visto encendido ese faro. Joakim se acercó a la ventana. Quizá el brillo blanquecino fuera un reflejo del amanecer, aunque realmente parecía proceder del interior de la torre.

– ¿Hay más pájaros mudándose, papá? -preguntó Livia a su espalda.

– No.

Joakim dejó de observar los faros y regresó a la mesa del desayuno para recogerla.

A las aves migratorias les esperaba un largo viaje, lo mismo que a él. Ese día tenía que conducir cuatrocientos cincuenta kilómetros para recoger las últimas pertenencias de la casa de Bromma. Después, pasaría la noche en casa de su madre Ingrid, un adosado en Jakobsberg, y al día siguiente conduciría de vuelta a Öland.

Ese sería su último viaje a la capital, por lo menos en lo que quedaba de año.

Gabriel parecía alegre y contento, a Livia en cambio se la veía enfadada. Se había levantado de la cama con la ayuda de Katrine, pero aún tenía sueño y guardaba silencio. Sostenía el sándwich en una mano, acodada sobre la mesa, mirando fijamente su vaso de leche.

– Come de una vez, Livia.

– Mmm…

No era madrugadora, pero cuando llegaba a la guardería, su humor solía mejorar. La semana anterior la habían cambiado a un grupo de mayores y parecía sentirse a gusto.

– ¿Qué vais a hacer en la guardería hoy?

– No es una guardería, papá. -Levantó la mirada hacia él con irritación-. Gabriel va a la guardería. Yo voy al colegio.

– A preescolar, ¿no? -preguntó Joakim.

– Al colegio -insistió la niña.

– Vale…, ¿qué vais a hacer hoy?

– No sé -dijo ella, y volvió a fijar la vista en la mesa.

– ¿Jugarás con algún amigo nuevo?

– No lo sé.

– Bien, pero ahora bébete la leche. Tenemos que irnos a Marnäs, a la… colegio.

– Mmm…

A las siete y veinte el sol se elevaba en el horizonte. Los rayos dorados se extendían lentamente sobre el mar en calma, pero no proporcionaban nada de calor. Sería un día soleado, aunque frío: el termómetro colgado en el exterior de la casa marcaba tres grados.

Joakim estaba en el jardín, retirando la escarcha acumulada en los cristales del Volvo. Luego abrió las puertas traseras para que entraran los niños.

Livia se sentó en su silla sin ayuda de nadie y se puso a Foreman en el regazo. Joakim aseguró a Gabriel a una sillita más pequeña, junto a ella. A continuación, se acomodó en su asiento.

– ¿Mamá no nos va a decir adiós con la mano? -preguntó él.

– Tenía que ir al baño -dijo Livia-. Iba a hacer caca. Siempre tarda un buen rato.

La niña se había espabilado tras el desayuno y estaba más habladora. Una vez llegara a la guardería estaría llena de energía.

Joakim se recostó en el asiento y miró la pequeña bicicleta roja de Livia y el triciclo de Gabriel en el jardín. Observó que no tenían candado. Aquello no era la ciudad.

Katrine salió al jardín un par de minutos más tarde, apagó la lámpara del recibidor y cerró con llave la puerta principal. Llevaba puesto un anorak rojo brillante con capucha, y unos pantalones de chándal azul. En Estocolmo, solía vestir de negro, pero allí, en Öland, había empezado a usar ropa más cómoda y colorida.

Les dijo adiós con la mano y acarició la pared de madera pintada de rojo junto a la puerta. Tenía ojeras a causa de la falta de sueño, pero sonrió hacia el coche.

Su casa. Joakim le dijo adiós con la mano y ella volvió a sonreír.

– Ahora nos vamos -dijo Livia en el asiento trasero.

– ¡Vamos! ¡Vamos! -gritó Gabriel, y se despidió de la casa con la mano.

Joakim arrancó el motor y las luces del coche se encendieron. Una fina capa de escarcha cubría el suelo, un anuncio del frío que se acercaba. Dentro de poco, tendría que utilizar las ruedas de invierno.

En el asiento trasero, Livia se puso enseguida unos auriculares para oír las aventuras del oso Bamse: le habían regalado un pequeño casete y en unos minutos aprendió el funcionamiento de los botones. Cuando sonaban canciones en la cinta dejaba que Gabriel las escuchara.

El camino que conducía a la carretera de la costa era una senda cubierta de grava que discurría entre un pequeño y frondoso bosque y una zanja, junto a un viejo muro de piedra. Era estrecha y sinuosa, y Joakim condujo despacio cogiendo con fuerza el volante. Aún no se conocía bien todas las curvas.

Su nuevo buzón de chapa colgaba de un poste junto a la carretera nacional. Joakim redujo la velocidad y miró si se veían luces de otros coches. Pero todo estaba oscuro y vacío en ambos sentidos. Tan desierto como al otro lado de la carretera, por donde se extendía una ciénaga pajiza.

No encontraron nada de tráfico al atravesar el pequeño pueblo de Rörby y entrar en Marnäs, y apenas vieron gente en la calle. Solo los adelantaron una furgoneta de pescado y un par de colegiales de unos diez años que corrían hacia la escuela con las mochilas rebotándoles en la espalda.

Joakim dobló en la calle principal y continuó hasta la plaza desierta. Unos cuantos metros más allá, se encontraba el colegio de Marnäs, y junto a él, en un jardín vallado con toboganes y cajones de arena y algunos árboles, se hallaba la guardería de Livia y Gabriel. Era un edificio bajo de madera con una cálida luz amarilla en la ventana principal.

Unos cuantos padres se despedían de sus hijos en la acera, y Joakim se detuvo detrás de una hilera de coches sin apagar el motor.

Algunos de los padres le sonrieron y saludaron con un gesto de cabeza: tras el artículo del día anterior en el Ölands-Posten, mucha gente de Marnäs sabía quién era.

– Cuidado con los coches -les advirtió Joakim a sus hijos-. Id por la acera.

– ¡Adiós! -gritó Livia mientras abría la puerta del vehículo y se bajaba.

No fue una despedida prolongada, pues se había acostumbrado a que él no estuviera en casa.

Gabriel no dijo nada, y cuando Joakim lo ayudó a bajar de la sillita, simplemente salió corriendo.

– ¡Adiós! -le gritó él-. Hasta mañana.

Cuando se cerraron las puertas del coche, Livia ya se encontraba a unos metros, con Gabriel pisándole los talones. Joakim metió la primera, dio la vuelta y regresó a ludden.

Aparcó en el jardín, junto al coche de Katrine, y se bajó para recoger su bolsa de viaje y despedirse.

– ¿Hola? -gritó desde el recibidor-. ¿Katrine?

No hubo respuesta. La casa estaba en silencio.

Se dirigió al dormitorio. Cogió la bolsa y salió de nuevo. Se detuvo en la grava.

– ¿Katrine?

No oyó nada durante un rato, después percibió unas sordas rozaduras que venían del establo.

Volvió la cabeza. Procedían de la gran puerta negra de madera al abrirse. Katrine salió de la oscuridad y lo saludó con la mano.

– ¡Hola!

Él le devolvió el saludo y ella se acercó.

– ¿Qué hacías? -preguntó.

– Nada -contestó-. ¿Te marchas ya?

Joakim asintió.

– Conduce con cuidado -dijo, y se inclinó hacia un lado apretando deprisa su boca contra la de él; un cálido beso en medio del frío. Aspiró el aroma del pelo y la piel de ella una última vez.

– Saluda a Estocolmo -dijo Katrine, y le dedicó una larga mirada-. Cuando vuelvas a casa, te contaré una cosa sobre el establo.

– ¿El establo? -preguntó Joakim.

– El altillo del heno del establo -respondió ella.

– ¿De qué se trata?

– Te lo enseñaré mañana -le contestó.

Él la miró.

– Bien…, te llamaré esta tarde desde casa de mamá. -Abrió la puerta del coche-. No te olvides de ir a buscar a nuestras ovejitas.

A las ocho y veinte paró en una gasolinera a la entrada de Borgholm para recoger el remolque que había alquilado. Ya estaba reservado y pagado, y solo tuvo que engancharlo al coche y seguir camino.

El tráfico se intensificó pasado Borgholm y Joakim acabó circulando en una larga fila de vehículos: seguramente, la mayoría era gente que vivía en la isla y trabajaba en Kalmar, en el continente, y los isleños avanzaban a su pausado ritmo campestre.

La carretera giraba hacia el oeste y desembocaba en el puente. A Joakim le gustaba atravesarlo, conducir por el arco que unía la isla al continente, sobre el agua del estrecho. Esa mañana era difícil ver su superficie allá abajo; aún reinaba la penumbra. Al salir del puente y coger la carretera de la costa hacia Estocolmo el sol comenzó a elevarse sobre el mar Báltico. Pudo sentir su calor a través de las ventanillas.

Puso un canal de radio con música rock, pisó el acelerador y mantuvo una buena velocidad en dirección norte, pasando de largo los pequeños pueblos que bordeaban la costa. La serpenteante carretera era bonita incluso en un día frío y nublado. Discurría a través de poblados bosques de pinos y amplias arboledas junto al mar, calas y arroyos que desembocaban y desaparecían en el agua.

Poco a poco, la carretera torcía hacia el oeste y se alejaba de la costa para enfilar hacia Norrköping. Nada más dejar esta ciudad, Joakim se detuvo a comer un par de sándwiches en un desierto restaurante de hotel. En la nevera, podía elegir entre siete botellas distintas de agua mineral, sueca, noruega, italiana y francesa: comprendió que había regresado a la civilización, pero decidió tomar agua del grifo.

Después de comer, continuó su camino; primero pasó por Södertälje y más tarde llegó a Estocolmo. A la una y media, alcanzó los altos edificios de los suburbios del sudoeste, y su Volvo con remolque se convirtió en uno de los muchos vehículos, grandes y pequeños, que rodaban por los carriles hacia el centro. Pasó de largo interminables hileras de almacenes, edificios de viviendas y estaciones de tren de cercanías.

La bella Estocolmo se perfilaba en la lejanía, una gran ciudad junto al Báltico, construida sobre islas de diferentes tamaños. Pero Joakim, en realidad, no se sentía contento de regresar al lugar de su infancia. Solo pensaba en las aglomeraciones, las colas y la lucha por ser el primero. En la ciudad siempre había problemas de espacio; insuficientes viviendas, escasas zonas donde aparcar, pocas plazas de guardería. Faltaban incluso tumbas. Joakim había leído en el periódico que, actualmente, se recomendaba a la gente que incinerara a sus muertos para que así ocuparan menos espacio en los cementerios.

Ya echaba de menos ludden.

La autopista se bifurcaba constantemente en un infinito laberinto de puentes y cruces. Joakim eligió una de las salidas, giró y descendió a la cuadrícula de la ciudad, con sus señales de tráfico, ruido de motores y calles en obras. En un cruce, se encontró encajonado entre un autobús y un camión de la basura y vio a una mujer que cruzaba la calle empujando un cochecito. El niño le preguntó algo, pero la madre mantenía la mirada al frente, con expresión enfadada.

Joakim tenía un par de cosas que hacer en la capital. La primera, visitar una pequeña galería de arte en Östermaln y recoger un óleo, un paisaje, una herencia de la que él, en realidad, no quería responsabilizarse.

El dueño no estaba, pero sí la madre de este, que reconoció a Joakim. Después de que él firmara el recibo ella desapareció en el interior del local para abrir una puerta de seguridad y sacar el cuadro de Rambe. Este se encontraba dentro de una caja de madera atornillada.

– Lo estuvimos admirando ayer antes de guardarlo -comentó la mujer-. Es una maravilla.

– Sí, lo hemos echado de menos -contestó Joakim, a pesar de que no era cierto.

– ¿Hay alguno más en Öland?

– No lo sé. La familia real tiene uno, me parece, pero no creo que lo tengan colgado en Solliden.

Con el cuadro guardado en el portaequipajes, Joakim condujo hacia el oeste, hacia las casas de Bromma. A las dos y media, la hora punta aún no había empezado del todo, y tardó apenas un cuarto de hora en salir de la ciudad y llegar a la manzana donde se encontraba Åppelvillan.

Se acercó a su viejo hogar con más nostalgia de la que había sentido por Estocolmo. La casa estaba a solo cien metros del lago, dentro de un gran jardín rodeado por una valla y espesos setos de lilas. En la misma calle había otras cinco grandes casas, pero entre los árboles solo se vislumbraba una.

Åppelvillan era una alta y amplia casa de madera construida para un director de banco a principios del siglo XX. Pero antes de que Joakim y Katrine la compraran, estuvo habitada durante muchos años por un colectivo New-Age, jóvenes familiares de los propietarios que se habían dedicado a alquilar habitaciones y que, al parecer, se preocupaban más por meditar que por hacer trabajos de carpintería y pintura.

Ningún integrante del colectivo se había implicado o había mostrado el más mínimo respeto por el edificio, y los vecinos de las casas adyacentes lucharon durante años por echarlos de allí. Cuando finalmente la adquirieron Joakim y Katrine, la casa estaba en ruinas y el jardín cubierto de maleza. Ambos se aplicaron a la reforma de Åppelvillan con la misma energía con la que arreglaron su primer apartamento en Rörstrandsgatan, donde antes de ellos había vivido una vieja loca de ochenta y dos años con siete gatos.

Joakim trabajaba como profesor de manualidades y se ocupaba de restaurar Åppelvillan por las tardes y durante los fines de semana; Katrine aún conservaba su puesto de media jornada como profesora de dibujo y dedicaba el resto del tiempo a la casa.

Celebraron el segundo cumpleaños de Livia con Ethel e Ingrid en medio de una confusión de suelos levantados, botes de pintura, rollos de papel de pared y lijadoras. Solo tenían agua fría, pues el calentador se había estropeado ese mismo fin de semana.

Sin embargo, cuando Livia cumplió tres años pudieron celebrar una tradicional fiesta infantil con suelos recién acuchillados, paredes pulidas y empapeladas y escaleras y barandillas reparadas y enceradas. Y en el primer cumpleaños de Gabriel, la casa estaba prácticamente reformada.

En la actualidad la casa parecía de nuevo una mansión de fin de siglo, y podían entregarla en buen estado, a no ser por las hojas del jardín y el césped sin cortar. Sus nuevos propietarios iban a ser los Stenberg: una pareja en la treintena, sin hijos, que trabajaban en Estocolmo, pero no querían vivir en el centro.

Joakim detuvo el coche en la entrada de grava y dio marcha atrás de forma que el remolque quedara junto al garaje. Se apeó y miró alrededor.

Toda la manzana estaba en silencio. Los únicos vecinos cuya casa quedaba a la vista eran los Hesslin. Lisa y Michael Hesslin se habían hecho buenos amigos de Katrine y Joakim; pero esa tarde sus coches no estaban en la entrada. Habían pintado la fachada el verano anterior, en esa ocasión de amarillo. Cuando la revista Vackra villor hizo un reportaje sobre ella la tenían pintada de blanco.

Joakim volvió la cabeza y miró hacia la valla de madera y la entrada de grava de Åppelvillan.

Pensó sin querer en Ethel. Había pasado casi un año, pero aún recordaba sus gritos.

Junto a la valla, un estrecho sendero conducía a una arboleda. Aquella noche, nadie vio a Ethel recorrerlo, aunque fuera el camino más corto para llegar al lago.

Se encaminó hacia la casa y levantó la vista hacia la blanca fachada. El color aún conservaba su lustre, y Joakim recordó todos y cada uno de los largos brochazos que había dado cuando la pintara, con finas capas de aceite de linaza, hacía dos veranos.

Introdujo la llave en la cerradura, abrió y entró. Al cerrar tras de sí, permaneció inmóvil.

Tras la mudanza había limpiado, y el suelo aún aparecía libre de polvo. Todos los muebles, alfombras y cuadros habían desparecido del recibidor y de los salones: pero permanecían los recuerdos. Eran muchos. Durante más de tres años, Katrine y él se habían dejado la piel en aquella casa.

Las habitaciones que lo rodeaban estaban en completo silencio, pero en su interior él podía oír el eco de los martillazos y sierras. Se quitó los zapatos y entró en el recibidor. Aún flotaba en el aire un ligero olor a productos de limpieza.

Recorrió las habitaciones, quizá fuera la última vez que lo hacía. En el piso de arriba, en uno de los dos cuartos de invitados, se detuvo en el umbral durante unos segundos. Una pequeña habitación con una sola ventana. Papel pintado blanco brillante y el suelo desnudo. Allí había dormido Ethel mientras vivió con ellos.

En el sótano aún quedaban unas cuantas cosas, las que no habían cabido en el camión de la mudanza. Joakim bajó la empinada y estrecha escalera y comenzó a recogerlas: un sillón, unas cuantas sillas, un par de colchones, una pequeña escalera y una jaula polvorienta, recuerdo de William el periquito, muerto hacía unos años. No habían tenido tiempo de limpiar allí, pero encontró la aspiradora. La encendió y la pasó rápidamente por el suelo de cemento pintado y luego, con una bayeta, quitó el polvo de armarios y molduras.

De esta manera, la casa quedó casi vacía e impecable.

A continuación reunió todos los utensilios de limpieza -aspiradora, cubos, productos varios y bayetas- y los dejó al pie de la escalera del sótano.

En el cuarto de carpintería, a la izquierda, aún colgaban de la pared muchas de sus herramientas de reserva. Joakim empezó a colocarlas en una caja de mudanza. Martillo, limas, alicates, taladradoras, escuadras, destornilladores. Quizá los destornilladores modernos fueran mejores, pero no eran tan sólidos como los antiguos.

Pinceles, serruchos de punta, nivel, metro… Sostenía un cepillo en la mano cuando de pronto oyó que se abría la puerta principal en el piso de arriba. Enderezó la espalda y aguzó el oído.

– ¿Hola? -dijo una voz de mujer-. ¿Kim?

Era Katrine, y parecía preocupada. Oyó cómo cerraba la puerta de la calle tras sí y entraba en el recibidor.

– ¡Aquí abajo! -gritó-. En el sótano.

Volvió a aguzar el oído, pero no obtuvo respuesta.

Avanzó hacia la escalera del sótano y siguió escuchando. Al ver que arriba todo permanecía en silencio, subió apresuradamente al tiempo que comprendía lo improbable que sería ver a Katrine en el recibidor.

No había nadie. El lugar estaba tan desierto como a su llegada, hacía media hora. Y la puerta de la calle seguía cerrada.

Se acercó a ella e hizo un intento de abrirla. No estaba cerrada con llave.

– ¿Hola? -gritó hacia el interior de la casa.

Ninguna respuesta.

Durante los siguientes diez minutos Joakim recorrió la vivienda habitación por habitación, a pesar de saber que no encontraría a Katrine por ninguna parte. Era imposible, su esposa se encontraba en Öland.

¿Por qué habría cogido el coche y conducido tras él hasta Estocolmo, sin ni siquiera llamar antes?

Había oído mal. Tenía que haber oído mal.

Miró el reloj. Las cuatro y diez. Casi había anochecido al otro lado de la ventana.

Sacó su móvil y marcó el número de ludden. Katrine ya debería haber regresado a casa después de recoger a Livia y Gabriel.

Sonaron seis señales, luego siete y ocho. No hubo respuesta.

La llamó al móvil. No obtuvo respuesta.

Intentó no preocuparse mientras recogía las últimas herramientas y muebles y lo cargaba todo en el remolque. Pero cuando acabó, apagó las luces de la casa y cerró con llave, cogió de nuevo el teléfono y marcó un número local.

– Westin.

Su madre siempre sonaba preocupada al responder, pensó Joakim.

– Hola, mamá, soy yo.

– Hombre, Joakim. ¿Estás en Estocolmo?

– Sí, pero…

– ¿Cuándo vendrás?

Percibió su alegría al oír que era él, e igual de clara su desilusión cuando le dijo que no podría pasar a visitarla esa noche.

– ¿No puedes? ¿Ha ocurrido algo?

– No, qué va -contestó enseguida-. Pero creo que es mejor que regrese a Öland hoy. Tengo el cuadro de Ramble en el portaequipajes y muchas herramientas en el remolque. No quiero dejarlo en la calle durante la noche.

– Vaya -dijo Ingrid en voz baja.

– Mamá…, ¿te ha llamado Katrine hoy?

– ¿Hoy? No.

– Bien -dijo enseguida-. Solo era curiosidad.

– ¿Cuándo tienes previsto volver por aquí?

– No lo sé -respondió-. Ahora vivimos en Öland, mamá.

Nada más colgar, llamó de nuevo a ludden.

Ninguna respuesta aún. Eran las cuatro y media. Arrancó el coche y salió a la calle.

Lo último que Joakim hizo antes de conducir hacia el sur fue entregar las llaves de Åppelvillan a la inmobiliaria. Ahora Katrine y él carecían de toda propiedad en Estocolmo.

Cuando se incorporó a la autopista, la salida hacia los suburbios de las afueras se encontraba en plena hora punta, y tardó cuarenta y cinco minutos en dejar la capital. Cuando el tráfico finalmente se volvió más fluido eran las seis menos cuarto, y Joakim se detuvo en un aparcamiento cerca de Södertälje para llamar a Katrine de nuevo.

Sonaron cuatro señales, después descolgaron el auricular.

– Tilda Davidsson.

Era la voz de una mujer, aunque el nombre le resultó desconocido.

– ¿Hola? -dijo Joakim.

Tenía que haberse equivocado de número.

– ¿Quién es? -preguntó la mujer.

– Soy Joakim Westin -contestó lentamente-. Vivo en la finca de ludden.

– Comprendo.

Ella no dijo nada más.

– ¿Están mi mujer y mis hijos ahí? -preguntó entonces.

Una pausa al teléfono.

– No.

– ¿Y tú quién eres?

– Soy policía -contestó Tilda Davidsson-. Quisiera que…

– ¿Dónde está mi mujer? -la interrumpió él.

De nuevo una pausa.

– ¿Dónde se encuentra usted, Joakim? ¿Está aquí, en la isla?

La agente tenía una voz joven y algo tensa, y no le inspiró gran confianza.

– Estoy en Estocolmo -dijo-. O saliendo de allí, me encuentro a las afueras de Södertälje.

– ¿Así que viene de camino hacia Öland?

– Sí -contestó-. He ido a recoger las últimas cosas de nuestra casa de Estocolmo. -Quería parecer lúcido y conseguir que la mujer respondiera a sus preguntas-. ¿Me puede decir que ha ocurrido? ¿Le ha pasado…?

– No -lo interrumpió ella-. No puedo decirle nada. Pero lo mejor será que venga lo antes posible.

– ¿Le ha…?

– No sobrepase el límite de velocidad -le recomendó la policía, y colgó.

Joakim permaneció sentado, con el móvil en silencio pegado a la oreja y mirando fijamente el aparcamiento desierto. Coches con las luces encendidas y conductores solitarios pasaban zumbando por la autopista.

Puso la primera, salió a la carretera y continuó hacia el sur, conduciendo veinte kilómetros por encima del límite de velocidad. Pero empezó a ver imágenes de Katrine y los niños diciéndole adiós con la mano frente a la casa de ludden, y salió de la carretera y detuvo de nuevo el coche.

Esa vez sonaron solo tres señales.

– Davidsson.

Joakim no se preocupó por saludar o presentarse.

– ¿Ha ocurrido un accidente? -preguntó.

La policía guardó silencio.

– Tiene que contármelo -insistió él.

– ¿Está conduciendo? -quiso saber la mujer.

– Ahora no.

Se hizo el silencio durante unos segundos, y después llegó la respuesta:

– Alguien se ha ahogado.

– ¿Hay algún… muerto? -preguntó Joakim.

La agente volvió a quedarse callada y luego respondió como si recitara una letanía aprendida:

– No damos nunca esa información por teléfono.

Era como si el pequeño aparato que sujetaba en la mano pesara cien kilos, los músculos de su brazo derecho temblaban mientras lo sostenía.

– Esta vez tendrá que hacerlo -dijo despacio-. Quiero que me dé un nombre. Si alguien de mi familia se ha ahogado, tiene que decirme quién es. Si no, seguiré llamando.

De nuevo se hizo el silencio.

– Un momento.

La mujer dejó el teléfono y se ausentó durante lo que a Joakim le parecieron varios minutos. Temblaba dentro del coche. Luego algo chirrió en el auricular.

– Tengo un nombre -dijo la agente en voz baja.

– ¿De quién se trata?

La voz de ella sonaba mecánica, como si recitara de memoria.

– La accidentada se llama Livia Westin.

Joakim contuvo la respiración y agachó la cabeza. Tan pronto como oyó el nombre deseó alejarse de aquel instante, alejarse de aquella noche.

La accidentada.

– ¿Hola? -dijo la policía.

Joakim cerró los ojos. Deseaba taparse los oídos y silenciar todos los sonidos.

– ¿Joakim?

– Sí, estoy aquí -respondió-. He oído el nombre.

– Bien, entonces podemos…

– Tengo una pregunta más -la interrumpió-. ¿Dónde están Katrine y Gabriel?

– Están en casa de los vecinos, en la granja.

– Entonces voy para allá. Salgo ahora mismo. Dígale…, dígale a Katrine que voy de camino.

– Nos quedaremos aquí toda la noche -contestó la agente-. Alguien le estará esperando.

– De acuerdo.

– ¿Quiere que venga un sacerdote? Yo podría…

– No es necesario -la cortó él-. Nos apañaremos.

Joakim apagó el teléfono, puso en marcha el coche y se incorporó rápidamente a la carretera.

No quería hablar con ningún policía ni ningún sacerdote, solo deseaba estar junto a Katrine.

Estaba en la granja de los vecinos, le había dicho la mujer policía. Tenía que tratarse de la gran casa al sur de ludden, la de las vacas pastando en las praderas de la playa: pero no tenía su número de teléfono, ni siquiera sabía cómo se llamaba la familia que vivía allí. Al parecer, Katrine se relacionaba con ellos. Pero ¿por qué no lo había llamado ella misma? ¿Estaría conmocionada?

De pronto, Joakim comprendió que estaba pensando en la persona equivocada.

Ya no veía nada. Las lágrimas comenzaron a caer por sus mejillas y tuvo que detenerse en el arcén, encender las luces de emergencia y apoyar la frente sobre el volante.

Cerró los ojos.

Livia los había abandonado. Aquella misma mañana había estado escuchando un cuento en el asiento de atrás del coche.

Se sorbió los mocos y miró por la ventanilla. La carretera estaba a oscuras.

Joakim pensó en ludden, y en los pozos.

Debía de tratarse de un pozo. ¿Acaso no había encontrado una tapadera de uno en el jardín?

Viejos pozos con tapaderas partidas: ¿por qué no había mirado si existía alguno en su terreno? Livia y Gabriel habían corrido libremente por la finca. Debería haber hablado con Katrine sobre los riesgos que podía haber.

Ahora era demasiado tarde.

Tosió y arrancó el Volvo de nuevo. Ya no se detendría más.

Katrine lo esperaba.

Al regresar a la carretera, se le representó el rostro de su mujer frente a él. Todo comenzó cuando ambos se conocieron en aquella visita a un apartamento. Luego había llegado Livia.

Responsabilizarse del bebé había sido un gran paso. Querían tener hijos, pero no tan pronto. Katrine quería hacer las cosas en el orden correcto. Habían pensado vender el apartamento y comprarse una casa en las afueras de la ciudad antes de tener descendencia.

Recordó las horas que habían pasado sentados en la cocina, hablando en voz baja de Livia.

– ¿Qué podemos hacer? -había dicho Katrine.

– Me encantaría cuidar de ella -había respondido Joakim-. Aunque no estoy seguro de que sea el momento perfecto.

– No es perfecto -había replicado su mujer, irritada-. Al contrario. Pero es el momento en el que nos encontramos.

Finalmente, se decidieron por Livia. Compraron también la casa y tres años más tarde Katrine se quedó embarazada. Gabriel fue planeado, a diferencia de su hermana.

Y justo como Joakim había pronosticado, le encantó ver crecer a su hija. Le gustaba su voz clara, su energía y su curiosidad.

«Katrine.»

¿Cómo se sentiría ahora? En su cabeza lo había llamado; él la había oído.

Cambió de marcha y pisó el acelerador. Con el remolque detrás, el coche no podía mantener la velocidad máxima, pero casi.

Lo más importante era llegar cuanto antes a la finca, a Öland; a casa, con su mujer y su hijo. Necesitaban estar juntos.

El claro rostro de Katrine flotaba en la oscuridad frente al coche. La podía ver.

5

A las ocho de la tarde, había vuelto la calma a los faros de ludden. Tilda Davidsson se encontraba en la gran cocina de la casa.

Todo estaba en silencio. Incluso el débil viento del mar había cesado.

Echó un vistazo a la cocina y tuvo la sensación de encontrarse en otro siglo. De no haber sido por los modernos muebles de cocina, le habría parecido hallarse en una casa de finales del siglo XIX. Un hogar acomodado. La mesa era una pieza de encina grande y pesada. En las encimeras se veían cacerolas de cobre, porcelana oriental y botellas de cristal soplado. Las paredes y el techo estaban pintados de blanco, pero los armarios y listones de madera eran de color azul celeste.

A Tilda no le hubiera importado entrar en una cocina como aquella por las mañanas, en lugar de la que tenía en su cuchitril de la plaza, en Marnäs.

En aquel momento, se encontraba sola en la casa. Hans Majner y otros dos colegas que acudieron desde Borgholm al lugar del accidente se habían marchado en torno a las siete. Su jefe, Göte Holmblad, había estado en el lugar, pero se mantuvo en un discreto segundo plano y se fue a las cinco, casi al mismo tiempo que la ambulancia.

Joakim Westin, el padre de la familia que vivía allí, llegaría en coche de Estocolmo por la noche (había quedado claro que la policía debía esperarlo). Ella fue la única que se ofreció, gesto que sus colegas aprobaron enseguida.

Tilda esperaba que su conformidad no se debiera a que era una mujer, sino a que era la más joven y llevaba menos tiempo de servicio.

No le importaba hacer turno de noche. Su única ocupación durante toda la tarde, aparte de vigilar la radio y el teléfono, había sido impedir que un reportero del Ölands-Posten se acercara al lugar del accidente con su cámara. Lo remitió al responsable de prensa de Kalmar.

Cuando los hombres de la ambulancia bajaron a la playa con la camilla, ella los siguió. Se quedó en el rompeolas, viendo cómo sacaban lentamente el cadáver del agua que separaba el muelle del faro norte. Los brazos colgaban inermes, la ropa chorreaba. A pesar de que esa era la quinta muerte accidental que Tilda presenciaba estando de servicio, creía que nunca se acostumbraría al momento en que sacaban los cuerpos sin vida del agua o de los coches destrozados.

También fue ella la que respondió a la llamada de Joakim Westin. En realidad, iba contra las reglas policiales informar por teléfono a los parientes de un accidente mortal, pero todo había salido bien. Le dio la mala noticia -la peor posible-, pero la voz de Westin se mantuvo tranquila y serena durante toda la conversación. A menudo era mejor oír las malas noticias cuanto antes.

«Facilitar tanto a la víctima como a sus familiares la información más correcta posible lo antes posible»: Martin se lo había enseñado en la Escuela Superior de Policía.

Salió de la cocina y se dirigió al interior de la casa. Allí flotaba un ligero olor a pintura. La habitación más cercana estaba recién empapelada y el suelo recién acuchillado y era realmente acogedora, pero al seguir por el pasillo vio otras habitaciones frías, oscuras y sin muebles. Recordó el viejo apartamento que había tenido al salir de la escuela, un cuchitril sin calefacción donde las personas vivían como animales.

La casa de ludden no era un lugar en el que a Tilda le apeteciera vivir, especialmente en invierno. Era demasiado grande. Y la costa seguro que estaba preciosa cuando el sol brillaba, pero de noche la desolación era total. Marnäs, con su única calle de tiendas, le parecía una poblada metrópolis en comparación con el vacío de ludden.

Salió sin apagar la luz, se dirigió al porche acristalado y abrió la puerta de la calle.

Del mar soplaba un viento húmedo. El patio solo estaba iluminado por una bombilla cubierta por una pantalla rota de cristal que proyectaba una luz amarillenta sobre las baldosas y montículos de hierba del patio.

Tilda se refugió al socaire de la pared de piedra del gran establo, junto a un montón de hojas mojadas, y sacó su teléfono. Deseaba oír otra voz, pero esa noche no había podido llamar a Martin y ahora ya era demasiado tarde (se habría marchado ya a casa). Marcó el número de la casa vecina, la de los Carlsson; tras dos señales, respondió la madre.

– ¿Cómo están? -preguntó Tilda.

– Acabó de entrar a verlos y ambos dormían -contestó Maria Carlsson en voz baja-. Los he instalado en el cuarto de invitados.

– Bien -dijo ella-. ¿Cuándo se acostarán ustedes? Había pensado pasar por allí con Joakim Westin, pero no llegará de Estocolmo hasta dentro de tres o cuatro horas.

– Pase cuando sea. Roger y yo estaremos despiertos el tiempo que sea necesario.

En cuanto Tilda hubo apagado el teléfono, volvió a sentirse sola.

Eran las ocho y media. Pensó en ir a Marnäs y descansar un rato, pero corría el riesgo de que Westin o algún otro llamara a ludden.

Regresó al interior de la casa por el porche.

Esa vez, continuó por el corto pasillo y se detuvo en el umbral de una de las habitaciones. Era un cuarto pequeño y acogedor, como una luminosa capilla en un oscuro palacio. El papel de las paredes era amarillo con estrellas rojas y a lo largo de las paredes había una decena de peluches sentados en pequeñas sillas.

Se trataba sin duda de la habitación de la hija.

Tilda entró con cuidado y se quedó de pie en medio de la habitación, sobre la suave alfombra. Supuso que los padres habrían arreglado primero las habitaciones de los niños para que estos se sintieran rápidamente en casa. Recordó la pequeña habitación en la que ella había crecido, en un apartamento de Kalmar, y que había compartido con sus hermanos. Siempre deseó tener su propio dormitorio.

La cama era corta pero ancha, con una colcha amarilla y cantidad de mullidos cojines estampados con elefantes y leones que llevaban gorros de dormir y descansaban en sus camitas.

Tilda se sentó en ella. Emitió un débil chirrido, pero era blanda.

La casa seguía en completo silencio.

Se echó hacia atrás, donde la recibió el montón de cojines, y se relajó con la mirada fija en el techo. Si dejaba volar la imaginación, la superficie blanca se convertía en una pantalla en la que se veían sus recuerdos.

Tilda vio a Martin en el techo, en la misma postura en la que durmió a su lado la última vez. Fue en su antiguo apartamento, en Växjö, hacía casi un mes, y esperaba que dentro de poco fuera a visitarla a Märnas.

Nada es tan cálido y acogedor como una habitación infantil.

Respiró lentamente y cerró los ojos.

Si vienes a mí, yo iré a ti…

Tilda se incorporó de golpe, sobresaltada, sin saber dónde se encontraba. Pero papá estaba con ella, podía oír su voz.

Abrió los ojos.

No, su padre había muerto; se salió de la carretera hacía once años.

Parpadeó, miró a su alrededor y comprendió que se había quedado dormida.

Percibió el aroma a madera acuchillada y vio un techo recién pintado sobre su cabeza; entonces recordó que se encontraba en una cama pequeña, en ludden. Justo después, la asaltó el desagradable recuerdo del agua chorreando: cómo se escurría de la ropa del cuerpo en la playa.

Se había dormido en el cuarto de la niña.

Tilda se sacudió el sueño, miró el reloj y vio que eran las once y diez. Había dormido más de dos horas, y había tenido extraños sueños sobre su padre. Él había estado con ella en aquella habitación.

Captó algo y levantó la cabeza.

La casa ya no estaba en silencio. Oyó débiles sonidos que subían y bajaban, como la voz de una o varias personas. Un sonido de voces que susurraban.

Parecían murmullos amortiguados. Un grupo de personas que hablaban en voz baja e impetuosa en algún lugar del exterior.

Tilda se levantó en silencio de la cama, con la sensación de estar escuchando a escondidas.

Contuvo la respiración para oír mejor y dio un par de cautelosos pasos hacia la puerta. Salió de la habitación y aguzó el oído de nuevo.

Quizá solo fuera el sonido del viento.

Se encaminó de nuevo al porche, y, justo cuando empezaba a distinguir las voces con claridad a través del cristal de las ventanas, enmudecieron de golpe.

Fuera, todo permanecía en silencio y estaba en penumbra.

Al segundo siguiente, una potente luz barrió las habitaciones de la casa: los faros de un coche.

Oyó acercarse el débil sonido de un motor y comprendió que Joakim Westin había regresado a ludden.

Tilda lanzó una última mirada al patio para cerciorarse de que todo estaba en orden. Pensó en las voces que había oído y tuvo la vaga sensación de haber hecho algo prohibido, a pesar de que le había parecido obvio esperar al hombre dentro de la casa caldeada. Se puso los zapatos y salió a la oscuridad.

En ese momento, apareció un coche con un remolque y se detuvo en el jardín.

El conductor apagó el motor y se apeó. Joakim Westin. De unos treinta y cinco años, alto y delgado, con vaqueros y anorak. Tilda apenas podía distinguir su rostro en la oscuridad, pero le pareció que él la miraba severamente. Abandonó el coche con rápidos movimientos cargados de tensión.

Cerró la puerta del coche y se le acercó.

– Hola -la saludó. Hizo un gesto con la cabeza sin tenderle la mano.

– Hola. -Ella repitió el gesto-. Tilda Davidsson, de la policía de proximidad… Hemos hablado por teléfono.

Le habría gustado llevar el uniforme en lugar de ir vestida de civil. Habría resultado más apropiado en esa noche oscura.

– ¿Estás sola? -preguntó Westin.

– Sí, mis colegas ya se han marchado -respondió ella-. La ambulancia también.

Se hizo el silencio. Westin permaneció quieto, como si se sintiera inseguro, y a Tilda no se le ocurrió nada que decir.

– Livia, ¿no está…, aquí? -inquirió Westin al fin, con la mirada dirigida a la ventana con luz de la casa.

– Se la han llevado a Kalmar -contestó ella.

– ¿Dónde fue? -preguntó él, y la miró-. ¿Dónde ocurrió?

– En la playa…, junto a los faros.

– ¿Ocurrió en los faros?

– Bueno…, aún no estamos seguros.

Westin dejó vagar la mirada entre Tilda y la casa.

– ¿Y Katrine y Gabriel? ¿Siguen con los vecinos?

Ella asintió.

– Están durmiendo. He llamado hace un rato para ver cómo estaban.

– ¿Se trata de aquella casa de allí? -preguntó Westin, y miró hacia una luz al sudoeste-. ¿La granja?

– Sí.

– Voy para allá.

– Te puedo llevar -dijo Tilda-. Podemos…

– No, gracias. Necesito caminar.

Pasó a su lado, saltó el muro de piedra y se metió de lleno en la oscuridad a largas zancadas.

Una de las lecciones que había aprendido en la Escuela de Policía era: «Nunca hay que dejar solas a las personas en duelo», así que lo siguió a toda prisa. No era momento de intentar relajar el ambiente con preguntas sobre el viaje a Estocolmo u otra charla informal, así que caminó en silencio por los campos hacia la granja.

Deberían haber cogido una linterna, pues la oscuridad allí fuera era total. No obstante, Westin parecía no tener problemas para encontrar el camino.

Tilda creyó que el hombre se había olvidado de que ella lo seguía, pero de pronto volvió la cabeza y dijo en voz baja:

– Cuidado… aquí hay alambre de espino.

Joakim le indicó un camino junto a la valla y se acercaron a la carretera general. Tilda pudo oír el débil rumor del negro mar al este. Parecía casi un susurro y le recordó el sonido de la casa. Las voces que susurraban a través de las paredes.

– ¿Vive alguien más en la casa? -preguntó.

– No -contestó Westin, lacónico.

Él no preguntó a qué se refería, y ella no añadió nada más.

Tras un centenar de metros, llegaron a un camino de grava que conducía directamente a la granja. Pasaron una especie de silo y una hilera de tractores aparcados. Tilda notó el olor a estiércol y oyó débiles mugidos procedentes de un oscuro establo, al otro lado de la explanada.

Habían llegado a la casa de ladrillo de la familia Carlsson. Un gato negro abandonó la escalera, dobló una esquina y desapareció; Westin preguntó en voz baja:

– ¿Quién la encontró… fue Katrine?

– No -dijo Tilda-. Creo que fue una de las maestras de la guardería.

Joakim Westin volvió la cabeza y le lanzó una larga mirada, como si no entendiera lo que le decía.

Más tarde, comprendió que debería haberse quedado más tiempo al pie de la escalera para hablar con él. En cambio, subió dos escalones hacia la puerta y, con cuidado, golpeó con los nudillos uno de los cristales.

Al poco, apareció una mujer rubia, vestida con rebeca y falda, que les abrió la puerta. Se trataba de Maria Carlsson.

– Hola, pasad -saludó en voz baja-, iré a despertarlos.

– Deja que Gabriel siga durmiendo -dijo Joakim.

Maria Carlsson asintió y dio media vuelta; los dos visitantes la siguieron despacio. Se detuvieron ante la puerta del salón, una combinación de cuarto de estar y comedor. Había velas encendidas en las ventanas y un aparato de música emitía una suave melodía de flauta.

Reinaba un ambiente de solemne entierro, pensó Tilda, como si fuera allí donde había muerto alguien y no en los faros de ludden.

Maria Carlsson desapareció en una habitación sin luz. Se demoró un par de minutos, después, apareció una niña.

Llevaba puestos unos pantalones y un jersey, y sujetaba con fuerza un muñeco bajo el brazo. Los observó con una indiferente mirada somnolienta. Pero al descubrir quién se encontraba en la habitación, se espabiló enseguida y comenzó a sonreír.

– ¡Hola, papá! -exclamó, y correteó hacia él.

La niña no sabía nada, comprendió Tilda. Aún nadie le había contado que su madre se había ahogado.

Lo más extraño fue que el padre, Joakim Westin, permaneció inmóvil en la puerta, sin ir al encuentro de su hija.

Tilda lo miró y vio que ya no parecía decidido, sino asustado y desconcertado, casi aterrorizado.

La voz de Joakim Westin estaba cargada de pánico cuando dijo:

– Esta es Livia. -Y, mirando a Tilda, añadió-: ¿Y Katrine? ¡Mi mujer! ¿Dónde está Katrine?

NOVIEMBRE

6

Joakim esperaba en un banco de madera frente a un edificio bajo, el hospital provincial de Kalmar. El día era frío y soleado. Lo acompañaba un sacerdote del hospital que llevaba un anorak azul y una Biblia en la mano. Ninguno de los dos decía nada.

En una sala del edificio estaba Katrine. Junto a la entrada había un cartel con el texto: «VELATORIOS».

Joakim se negaba a entrar.

– Me gustaría que la viera -le había dicho la doctora al recibirlo-. Si tiene fuerzas para ello.

Él negó con la cabeza.

– Puedo explicarle lo que encontrará ahí dentro -prosiguió ella-. El ambiente es respetuoso y digno, iluminación atenuada y velas. La difunta yace sobre una camilla, cubierta por un lienzo.

– … cubierta por un sudario, con el rostro a la vista -dijo Joakim-. Lo sé.

Lo sabía, el año anterior había visto a Ethel. Pero no podía mirar a Katrine. Bajó los ojos y negó en silencio con la cabeza.

La doctora asintió finalmente.

– Espere aquí entonces. Tardaré un rato.

Ella entró en el edificio, y Joakim se sentó bajo el débil sol otoñal y esperó, con la vista alzada al cielo azul. A su lado, el sacerdote del hospital se removía nervioso embutido en el grueso anorak, como si el silencio le resultara incómodo.

– ¿Llevaban mucho tiempo casados? -pregunto al fin.

– Siete años -respondió Joakim-. Y tres meses.

– ¿Tienen hijos?

– Dos. Un niño y una niña.

– Los niños siempre son bienvenidos a los velatorios -dijo el hombre en voz baja-. Les puede servir…, para seguir adelante.

Joakim negó con la cabeza de nuevo.

– No pasarán por esto.

Se volvieron a quedar en silencio. Tras unos minutos, la doctora regresó con unas cuantas polaroid y un gran paquete marrón.

– He tardado un rato en encontrar la cámara -explicó.

Luego le tendió las fotografías a Joakim.

Él las cogió y vio que se trataba de primeros planos del rostro de Katrine. Dos de ellas estaban tomadas de frente, y dos de perfil. Tenía los ojos cerrados, pero Joakim no pudo engañarse y pensar que solo dormía. Su piel estaba pálida y sin vida, y tenía rasguños en la frente y en una mejilla.

– Está herida -comentó en voz baja.

– Es a causa de la caída -apuntó la doctora-. Resbaló en las piedras del faro y se golpeó antes de acabar en el agua.

– Pero… ¿se ahogó?

– Hipotermia…, un brusco descenso de la temperatura corporal. A estas alturas del año, el Báltico no sobrepasa los diez grados -continuó la mujer-. Al quedar bajo la superficie, se le encharcaron los pulmones.

– Pero se cayó al agua -dijo Joakim en voz baja-. ¿Por qué se cayó?

No recibió respuesta.

– Aquí está su ropa -continuó la doctora, y le dio el paquete marrón-. ¿De verdad no quiere verla?

– No.

– ¿Despedirse de ella?

– No.

Una semana después de la muerte de Katrine, los niños dormían cada uno en su cuarto. Se hacían muchas preguntas sobre la ausencia de su madre, pero acababan por dormirse enseguida.

Joakim se tumbaba en la cama de matrimonio y miraba fijamente el techo, una hora tras otra. Cuando por fin se dormía, no conseguía descansar. El mismo sueño se le repitió varias noches.

Soñaba que regresaba a ludden después de pasar una larga temporada fuera, quizá unos cuantos años.

Estaba en la desierta playa cerca de los faros; el cielo era gris. Luego empezaba a subir hacia la casa. Parecía deshabitada y en ruinas. La lluvia y la nieve habían aclarado el color rojo y la fachada tenía un tono gris perla.

Las ventanas del porche estaban rotas y la puerta entreabierta. En el interior todo era oscuridad.

Los alargados peldaños de piedra de la escalera del porche estaban torcidos y resquebrajados. Joakim subía despacio y entraba en la casa.

Temblaba y miraba a su alrededor a través la penumbra del vestíbulo, pero todo se veía tan desvencijado y deteriorado como en el exterior. El papel de las paredes estaba medio arrancado, el suelo de madera cubierto de gravilla y polvo, y no quedaba ningún mueble. No se veía ni rastro de las reformas que Katrine y él habían emprendido.

Oía sonidos en varias de las habitaciones.

De la cocina llegaba un murmullo de voces y chirridos.

Joakim caminaba por el pasillo y se detenía en el umbral.

Livia y Gabriel estaban sentados a la mesa de la cocina, inclinados sobre un juego de cartas. Sus hijos aún eran pequeños, pero sus rostros tenían una red de finas arrugas alrededor de la boca y los ojos.

– ¿Está mamá en casa? -preguntaba Joakim.

Livia asentía.

– Está en el granero.

– Vive en el altillo del granero -decía Gabriel.

Joakim asentía y retrocedía lentamente para salir de la cocina. Sus hijos permanecían sentados en silencio.

Salía al patio interior cubierto de hierba, y abría la puerta del granero.

– ¿Hola? -gritaba.

No recibía respuesta, pero aun así entraba.

Se detenía junto a la escalera que conducía al altillo del heno. Luego comenzaba a subir. Los escalones estaban fríos y húmedos.

Cuando llegaba arriba, no encontraba heno, solo charcos de agua sobre el suelo de madera.

Katrine se hallaba cerca de la pared más baja, dándole la espalda. Llevaba puesto un camisón blanco que se veía empapado.

– ¿Tienes frío? -le preguntaba él.

Ella negaba con la cabeza sin darse la vuelta.

¿Qué ocurrió en la playa?

– No preguntes -decía Katrine, y comenzaba a hundirse lentamente por las grietas del suelo.

Él se acercaba a ella.

– ¿Mamá? -gritaba una voz en la lejanía.

Katrine permanecía inmóvil cerca de la pared.

– Livia se ha despertado -decía entonces-. Tienes que ocuparte de ella, Kim.

Joakim se despertó sobresaltado.

El sonido que lo había despertado no era un sueño, eran los gritos de Livia.

– ¿Mamá?

Abrió los ojos en la oscuridad, pero permaneció en la cama. Solo.

Todo quedó de nuevo en silencio.

El despertador marcaba algo más de las tres. Joakim estaba seguro de que solo había dormido unos minutos; sin embargo, el sueño sobre Katrine parecía haber durado una eternidad.

Cerró los ojos. Si seguía en la cama y no hacía nada quizá Livia volviera a dormirse.

Como respuesta, un nuevo grito cruzó la casa:

– ¿Mamá?

Supo que era inútil seguir resistiéndose. Su hija estaba despierta y no dejaría de gritar hasta que su madre entrara en la habitación y se acostara a su lado.

Joakim se sentó despacio y encendió la lámpara de la mesilla de noche. La casa estaba fría y sintió una soledad paralizadora.

– ¿Mamá?

Sabía que tenía que ocuparse de los niños. No quería, no tenía fuerzas, pero no había nadie más con quien pudiera compartir la responsabilidad.

Abandonó la cálida cama y salió en silencio del dormitorio hacia el cuarto de Livia.

Esta levantó la cabeza cuando él se inclinó sobre la cama. Joakim le acarició la frente sin decir nada.

– ¿Mamá? -murmuró la niña.

– No, soy yo -dijo él-. Ahora duérmete, Livia.

Ella no respondió, pero se hundió lentamente en la almohada.

Joakim se quedó un rato en la oscuridad hasta que la respiración de su hija se acompasó. Dio un paso atrás, luego otro. A continuación se volvió hacia la puerta.

– No te vayas, papá.

Su voz clara lo detuvo sobre el frío suelo.

Había sonado completamente despierta a pesar de que aún reposaba como una sombra inmóvil en la cama. Se volvió despacio hacia ella.

– ¿Por qué no? -respondió en voz baja.

– Quédate -respondió Livia.

Joakim no dijo nada. Contuvo el aliento y escuchó. Había sonado como si estuviera despierta, sin embargo, le parecía que estaba dormida.

Tras permanecer inmóvil y en silencio algunos minutos, empezó a sentirse como un ciego en la habitación sin luz.

– ¿Livia? -susurró.

No recibió respuesta, pero su respiración sonaba agitada e irregular. Sabía que pronto volvería a llamarlo.

De repente, tuvo una idea. Primero le pareció desagradable, luego decidió probarla.

Cruzó el umbral en silencio y, a oscuras, se dirigió al cuarto de baño. Tanteó, se tropezó con el lavabo y encontró el cesto de la ropa sucia junto a la bañera. El cesto estaba casi repleto. Nadie había lavado en toda la semana. Joakim no había tenido fuerzas.

Entonces oyó el esperado grito de Livia.

– ¿Mamá?

Sería así noche tras noche. Nunca acabaría.

– Tranquila -masculló junto al cesto de la ropa sucia.

Lo abrió y empezó a rebuscar entre las prendas.

El aroma lo golpeó. La mayor parte de la ropa sucia era de ella; allí estaban todos los jerséis, pantalones, faldas y ropa interior que había utilizado los días previos al accidente. Joakim sacó algunas piezas: un par de vaqueros, un jersey rojo de lana, una falda blanca de algodón.

No pudo resistir la tentación de apretarlas contra su rostro.

«Katrine.»

Deseó demorarse en los intensos recuerdos que le traía el aroma de su mujer, recuerdos agradables y dolorosos, pero los quejidos de Livia lo acosaban.

– ¿Mamá?

Joakim cogió el jersey rojo de lana. Pasó ante el silencioso cuarto de Gabriel y entró en el de Livia.

Se había destapado y estaba a punto de despertarse: cuando entró, levantó la cabeza desconcertada y lo miró fijamente.

– Ahora, duérmete, Livia -dijo Joakim-. Mamá está aquí.

Colocó el jersey de Katrine pegado al rostro de la niña y la cubrió con el edredón hasta la barbilla. Se lo remetió con cuidado, como formando un capullo a su alrededor.

– Ahora duérmete -repitió en voz baja.

– Mmm…

Emitía confusos murmullos en sueños y se fue relajando poco a poco. Su respiración se tranquilizó, abrazada al jersey de su madre y con el rostro enterrado en la lana. Su muñeco de Götland yacía al otro lado de la almohada, pero Livia lo ignoró.

Dormía de nuevo.

El peligro había pasado y Joakim sabía que a la mañana siguiente Livia ni siquiera recordaría haberse despertado.

Resopló y se sentó en el borde de la cama de la niña, con la cabeza colgando.

Una habitación a oscuras, una cama, las cortinas corridas.

Deseaba acostarse, dormir tan profundamente como Livia y olvidarse de sí mismo. No tenía fuerzas para pensar ni para nada.

Y, sin embargo, no conseguía dormir.

Pensó en el cesto de la ropa, en la ropa de Katrine, y tras unos minutos, se levantó y se dirigió de nuevo al cuarto de baño. Al cesto de la ropa sucia.

Casi al fondo del todo, encontró lo que buscaba: el camisón de Katrine, blanco con un corazón rojo en el pecho. Lo sacó del cesto.

Se detuvo en el pasillo y escuchó, pero las habitaciones de los niños seguían en silencio.

Entró en su cuarto, encendió la luz e hizo la cama. Sacudió y estiró las sábanas, arregló las almohadas y apartó la colcha. Entonces se acostó de nuevo, cerró los ojos y sintió el aroma de Katrine en la habitación.

Alargó una mano y tocó la suave tela.

Un nuevo día. Joakim se despertó con el persistente pitido del despertador, lo que significaba que tenía que haber dormido.

«Katrine está muerta», se dijo.

Oyó que Gabriel y Livia se movían en sus camas, y luego que uno de ellos se levantaba y arrastraba los pies desnudos por el parqué hacia el cuarto de baño. De repente se dio cuenta de que notaba el aroma de su mujer, y que sus manos sujetaban algo fino y suave.

El camisón.

En la penumbra, casi avergonzado, se detuvo a mirar la prenda con detenimiento. Recordó lo que había hecho en el cuarto de baño la noche anterior y tiró deprisa de la colcha para ocultarla.

Joakim se levantó, se duchó, se vistió y luego se ocupó de los niños; a continuación, consiguió que se sentaran a desayunar. Los miraba de reojo para ver si lo estudiaban, pero ambos estaban inclinados sobre sus platos.

La oscuridad y el frío de la mañana parecían despabilar a Livia. Después de que Gabriel saliera de la cocina para ir al baño, ella miró a su padre.

– ¿Cuándo va a volver mamá?

Joakim cerró los ojos. Estaba junto a la encimera, dándole la espalda y calentándose las manos con la taza de café.

La pregunta quedó en el aire. No soportaba oírla, pero Livia se la hacía cada mañana y cada noche tras la muerte de Katrine.

– No lo sé con seguridad -respondió despacio-. No sé cuándo volverá.

– Pero ¿cuándo? -insistió la niña alzando la voz. Y esperó su respuesta.

Joakim permaneció en silencio, pero al fin se dio la vuelta. El momento ideal para contarlo no llegaría nunca. Miró a su hija.

– En realidad…, no creo que mamá vuelva -dijo-. Se ha ido, Livia.

Ella clavó la vista en él.

– No -replicó decidida-. No, no se ha ido.

– Livia, mamá no va a volver…

– ¡Sí que lo hará! -gritó Livia sobre la mesa-. Vendrá, ¡y punto!

Después siguió comiéndose el sándwich. Él bajó la vista y se bebió el café; se sentía derrotado.

Por la mañana, a las ocho, llevó a los niños a Marnäs, lejos del silencio de ludden.

Al entrar en la guardería de Gabriel, los recibió el sonido de risas claras y gritos. Joakim estaba agotado. Apenas logró despedirse de su hijo con un cansado abrazo. El niño le dio la espalda enseguida y corrió hacia las alegres voces de sus compañeros de clase.

Pero la energía de los niños desaparecería con el tiempo, pensó Joakim, se harían mayores y sus rostros envejecerían y su piel colgaría. Detrás de los alegres rostros había ya brillantes calaveras con las cuencas vacías.

Apartó esos pensamientos de su mente.

– Adiós, papá -dijo Livia cuando él la acompañó hasta el recibidor de su clase-. ¿Volverá mamá esta tarde a casa?

Se comportaba como si no lo hubiera oído durante el desayuno.

– No, esta tarde no -contestó él en voz baja-. Pero yo vendré a buscarte.

– ¿Temprano?

Livia siempre quería que la fueran a buscar pronto, pero cuando Joakim llegaba temprano, ella no quería dejar a sus amigos y regresar a casa.

– Sí, claro -dijo-. Vendré bastante temprano.

Asintió en silencio, y su hija desapareció en la clase con los otros niños. Al mismo tiempo, una mujer de pelo cano asomó la cabeza por la puerta.

– Hola, Joakim -saludó, y lo miró con la tristeza reflejada en el rostro.

– Hola.

La reconoció: era Marianne, la directora.

– ¿Qué tal?

– No muy bien -respondió Joakim.

En veinte minutos tenía que estar en la funeraria de Borgholm; y se dirigió a la puerta. Pero Marianne se acercó a él.

– Lo entiendo -le dijo-. Todos nos sentimos igual.

– ¿Dice algo? -preguntó Joakim, y con la cabeza señaló hacia la clase.

– ¿Livia? Sí, ella…

– Me refiero a si habla de su madre.

– No mucho. Y nosotros tampoco hablamos demasiado. Quiero decir… -Marianne guardó silencio durante unos segundos y luego prosiguió-: Si te parece bien, el personal seguirá tratando a Livia igual que antes. Es una más de la clase.

Joakim se limitó a asentir.

– Por si no lo sabías…, fui yo quien la encontró en el agua -continuó Marianne.

– ¿Ah, sí?

Joakim no formuló ninguna pregunta; sin embargo, ella siguió hablando como si necesitara contárselo.

– Ese día, solo quedaban aquí Livia y Gabriel después de que dieran las cinco; nadie había venido a buscarlos. Y nadie respondió al teléfono cuando llamé. Así que cogí el coche y fui a ludden. Los niños corrieron dentro de la casa, que estaba abierta…, pero vacía y en silencio. Salí y eché un vistazo, y entonces vi una mancha roja en el agua, junto a los faros. Un anorak rojo.

Joakim escuchaba y al mismo tiempo pensaba cómo sería el cráneo de Marianne bajo su fina piel. Un cráneo bastante pequeño, con elevados pómulos blancos, pensó.

– Vi el anorak -prosiguió Marianne-, y luego unos pantalones… y entonces comprendí que alguien flotaba en el agua. Llamé a urgencias y luego corrí hasta la playa. Era extraño…, había hablado con ella el día antes.

Marianne bajó la vista y guardó silencio.

– Y ¿no había nadie más? -preguntó Joakim.

– ¿A qué te refieres?

– ¿Los niños no estaban allí? ¿Nunca vieron a Katrine?

– No, estaban dentro de la casa. Luego me los llevé a la granja de los vecinos. No vieron nada.

– Bien.

– Los niños viven en el presente, se adaptarán -añadió Marianne-. Ellos… olvidarán.

Cuando Joakim regresó al coche, una cosa tenía clara: no quería que Livia olvidara a Katrine.

Él tampoco podía hacerlo. Olvidar a Katrine sería imperdonable.

Invierno de 1884

La llama del faro norte de ludden se apagó aquel año. Por lo que sé, nunca volvió a encenderse.

Pero Ragnar Davidsson me contó que, a veces, el faro aún alumbra: la noche que precede a la muerte de alguien.

Quizá sea un viejo fuego que a veces llamea en la torre, en recuerdo de un trágico accidente.

MIRJA RAMBE

El faro norte de ludden se apaga dos horas después de la puesta de sol.

Estamos a 16 de diciembre de 1884. El temporal que ha alcanzado la isla durante la tarde ha llegado a su punto culminante, y el estruendo del viento y el romper de las olas prevalecen sobre cualquier sonido procedente de la zona de los faros.

El farero Mats Bengtsson está a punto de adentrarse en la tormenta para ir al faro sur. Al salir de la casa, mira la playa y a través de la espesa nieve se da cuenta de que ha ocurrido algo. El faro sur parpadea como de costumbre, pero el norte ha dejado de brillar. Se ha apagado, como cuando alguien sopla una vela.

Bengtsson se lo queda mirando. Luego se da la vuelta en el patio y corre escaleras arriba. Abre de golpe la puerta de la casa.

– ¡La luz del faro se ha apagado! -grita hacia el interior-. ¡El del norte está apagado!

Alguien le responde desde la cocina, quizá Lisa, su mujer, pero él no se demora en el caldeado interior. Regresa a la tormenta de nieve.

Abajo, en la playa azotada por el viento y la nieve, debe inclinarse como un lisiado para avanzar; es como si el viento ártico le atravesara el cuerpo.

Jan Klackman, ayudante del farero, está solo de guardia en la torre; lleva trabajando desde las cuatro. Klackman y Bengtsson son buenos amigos. Bengtsson sabe que, sea lo que sea lo que haya ocurrido, Jan seguramente necesitará ayuda para volver a encender el faro.

A comienzos del invierno, ataron una cuerda a unos cuantos postes de hierro para marcar el camino desde la casa hasta los faros. Bengtsson se agarra a ella con ambas manos, como si fuera un cabo de salvamento. Lucha por bajar hasta la playa con el viento de frente, y llega al rompeolas que conduce a los faros. Allí hay una gruesa cadena a la que asirse, pero los bloques de piedra están resbaladizos y cubiertos de hielo.

Cuando finalmente alcanza el faro norte, alza la vista hacia la oscura torre. A pesar de que las luces se han apagado, observa un tenue brillo amarillento tras el gran cristal.

Algo arde allí arriba, o más bien centellea.

Queroseno. Es el nuevo combustible que ha reemplazado al carbón: seguro que se ha prendido el queroseno.

Bengtsson abre la puerta de acero del faro y entra. La puerta se cierra tras él. El viento se detiene, pero no el estruendo, pues la tormenta sigue.

Se apresura por la escalera de piedra que sube en espiral a lo largo de la pared.

Bengtsson comienza a resoplar. Ciento sesenta y cuatro peldaños: ha subido por allí innumerables veces y los ha contado. Mientras asciende, nota cómo la tormenta golpea las paredes de un metro de espesor. El faro parece mecerse con la fuerza del viento.

A medio camino le llega un penetrante olor.

Un hedor a carne quemada.

– ¿Jan? -grita Bengtsson-. ¡Jan!

El cuerpo aparece veinte escalones más arriba. Yace en la empinada escalera, con la cabeza hacia abajo, tirado como un trapo. Su uniforme negro aún está ardiendo.

De alguna manera, Klackman habrá perdido el equilibrio y le habrá caído queroseno ardiendo encima.

Bengtsson sube los últimos peldaños hasta alcanzarlo, se quita la chaqueta y comienza a apagar el fuego.

Alguien sube por la escalera detrás de él y Bengtsson grita sin darse la vuelta:

– ¡Se está quemando!

Continúa apagando el fuego del cuerpo de Klackman.

– ¡Aquí!

Nota una mano en el hombro, es Westerberg, otro ayudante de farero, que lleva una cuerda y la pasa deprisa por debajo de los brazos de Klackman.

– ¡Tenemos que cargarlo!

Westerberg y Bengtsson transportan su cuerpo humeante por la escalera en espiral.

Al llegar abajo, casi pueden volver a respirar con normalidad. Pero ¿respira Klackman? Westerberg llevaba un farol que ahora descansa en el suelo. A su luz, Bengtsson ve las graves quemaduras de su amigo. Tiene muchos dedos carbonizados y las llamas le han alcanzado el cabello y el rostro.

– Tenemos que sacarlo de aquí -dice.

Abren la puerta del faro y salen con paso vacilante a la tormenta, cargando a Klackman entre ambos. Bengtsson respira el aire gélido. La tormenta de nieve ha amainado, pero no las enormes olas.

Se queda sin fuerzas mientras suben por la playa. A Westerberg se le suelta la pierna de Klackman y resopla al hundirse de rodillas en la nieve. Bengtsson también suelta a su amigo, pero se inclina sobre él.

– ¿Jan? ¿Me oyes? ¿Jan?

Es demasiado tarde para hacer nada. El cuerpo gravemente quemado de Klackman yace inmóvil en el suelo, su alma lo ha abandonado.

Bengtsson oye gritos y voces preocupadas que se acercan. Ve a Jonsson, el farero jefe y al resto de fareros que avanzan a toda prisa contra el viento.

Los siguen las mujeres de la casa. Bengtsson reconoce a una de ellas, es la esposa de Klackman, Anne-Marie.

Tiene la mente en blanco. Debe decirle algo, pero ¿qué se dice cuando ha sucedido lo peor?

– ¡No!

Una mujer llega corriendo. Loca de pena, se inclina sobre Klackman y lo sacude con desesperación.

Pero no es Anne-Marie sino Lisa, la mujer de Bengtsson, la que se arrodilla llorando junto al cuerpo sin vida.

Mats Bengtsson comprende que nada es como él creía.

Cuando su mujer se incorpora, lo mira a los ojos. Ahora que se ha tranquilizado, comprende lo que ha hecho, pero Bengtsson asiente con la cabeza.

– Era mi amigo -dice lacónico, y vuelve la vista hacia el faro apagado.

7

– Así que piensas que antes todo era mejor, Gerlof -dijo Maja Nyman.

En la residencia de Marnäs, él dejó la taza sobre la mesa y meditó la respuesta durante algunos segundos, como solía hacer.

– No todo. Y no siempre. Pero muchas cosas estaban al menos mejor… planificadas -contestó-. Teníamos tiempo para pensar antes de actuar. Hoy día no es así.

– ¿Mejor planificadas? -repitió Maja-. Vaya, eso crees… ¿No recuerdas al viejo zapatero de Stenvik? ¿El que vivía en el pueblo cuando éramos pequeños?

– ¿Te refieres a Zapatos-Paulsson?

– Arne Paulsson, sí -confirmó ella-. El peor zapatero del mundo. Nunca aprendió la diferencia entre el zapato derecho y el izquierdo, o quizá pensara que era innecesario. Por eso solo hacía un tipo de zapatos.

– Sí -asintió Gerlof en voz baja-. Lo recuerdo.

– Como mínimo te acordarás del daño que hacían -añadió Maja, y esbozó una sonrisa-. Los zuecos de Paulsson apretaban y bailaban al mismo tiempo. Y siempre se nos salían cuando corríamos. ¿Eso era mejor?

Tilda estaba sentada a la mesa del comedor de la residencia de ancianos y escuchaba fascinada. Incluso había conseguido olvidar sus problemas de trabajo.

«Estas conversaciones sobre los viejos tiempos deberían conservarse», pensó, pero había dejado la grabadora en el escritorio de Gerlof.

– Bueno -dijo este, y levantó de nuevo la taza de café-. Quizá antiguamente no todo el mundo pensaba en el futuro. Pero la gente por lo menos pensaba.

Veinte minutos después, Tilda y Gerlof regresaron a la habitación de este, y encendieron de nuevo la grabadora. Él se puso a hablar sobre sus primeros tiempos como joven capitán en el Báltico; de fondo se escuchaba el tictac del reloj de pared.

Tilda comprendió que la residencia de ancianos no era triste ni monótona, sino que estaba llena de paz. Cada vez se sentía mejor en la pequeña habitación de Gerlof, allí casi podía olvidar los sucesos de los últimos días. Todo lo que había ido mal en ludden.

Nombre equivocado, notificación equivocada, acogida equivocada: un marido de duelo que no deseaba hablar con ella, y seguro que mucho chismorreo entre sus colegas desde sus primeros días como policía de proximidad.

Y, sin embargo, no era solo ella quien había cometido un error.

De pronto, se dio cuenta de que Gerlof había dejado de hablar y la observaba.

– Así es -dijo-. Todo cambia.

La cinta seguía girando en la grabadora, sobre la mesa.

– Sí, son nuevos tiempos -convino Tilda en voz alta-. ¿Qué te viene a la cabeza cuando recuerdas los viejos?

– Bueno…, en mi caso se trata de la marina mercante -contestó él, y de nuevo miró de reojo la grabadora con desconfianza-. Los hermosos barcos que atracaban en el puerto de Borgholm. Cómo olían cuando se subía a bordo…, a alquitrán de pino, a pintura, a fueloil…, al agua estancada del lastre en las bodegas, y al aroma del guiso de la cocina.

– ¿Qué era lo mejor de entonces? -preguntó Tilda.

– La tranquilidad… y el silencio. Que las cosas tomaran su tiempo. Cuando yo navegaba, la mayoría de los barcos tenían pequeños motores; los que solo tenían velas, no podían hacer nada cuando el viento se calmaba por la tarde. Entonces, se echaba el ancla y se esperaba a que volviera a soplar el viento a la mañana siguiente. Y nadie sabía con certeza dónde se encontraba el barco antes de que aparecieran el teléfono y las radios de onda corta. Sencillamente, un día aparecía en el horizonte, de camino a su puerto base, con las velas izadas. Y entonces las esposas podían respirar tranquilas por aquella vez.

Tilda asintió. De pronto, volvió a pensar en la notificación errónea de la muerte de la semana anterior, y preguntó:

– ¿Qué sabes de la casa de ludden, Gerlof?

– ¿ludden? Bueno, bastante. Desde el punto de vista de Stenvik, estaba en el lado equivocado de la isla, pero tu abuelo era vecino de ellos.

– ¿Sí?

– Casi. Su casa se encontraba a un par de kilómetros al norte. Ragnar pescaba anguilas en el cabo, y vigilaba los faros.

– ¿Existe alguna historia especial sobre ese lugar?

– Sí, la casa tuvo cierta fama -respondió él-. Se dice que las piedras de los cimientos proceden de una vieja capilla abandonada, y la madera de la vivienda de un naufragio. Ya entonces estaba de moda el reciclaje.

– ¿Por qué solo funciona uno de los faros? -preguntó Tilda.

– Ocurrió un accidente, creo que hubo un incendio… Se construyeron para diferenciar ludden de los otros lugares de Öland que tenían faro, pero finalmente resultó demasiado caro encender dos faros todas las noches. Con uno era suficiente. -Gerlof recapacitó un rato y añadió-: Además, hoy día los barcos navegan con la ayuda de satélites, así que ya no son necesarios.

– Tiempos modernos -apuntó ella.

– En efecto. El zapato derecho y el izquierdo.

En la habitación se hizo el silencio.

– ¿Has visitado el cabo? -preguntó Gerlof.

Tilda asintió. Habían abandonado la conversación sobre la familia Davidsson, y apagó la grabadora.

– Estuve en la casa la semana pasada -añadió-. Hubo un accidente.

– Sí, lo leí en el Ölands-Posten. Una mujer joven se ahogó. ¿No se trataba de la madre de la familia que ha comprado la casa?

– Sí.

– ¿Quién la encontró?

Tilda titubeó.

– No debería hablar de esto.

– No, claro. Es un asunto policial. Y una tragedia.

– Sí. Sobre todo para el marido y los hijos.

Sin embargo, finalmente optó por contarle a Gerlof la mayor parte de la historia. Que la habían llamado para que acudiera al lugar del accidente y los detalles sobre el cuerpo que habían sacado del mar, junto a los faros.

– La mujer, Katrine Westin, estaba sola. Almorzó y puso el lavaplatos. Después bajó a la playa y fue hasta el final del rompeolas. Y una vez allí, resbaló o se tiró al agua.

– Y se ahogó -añadió Gerlof.

– Sí. Murió ahogada, aunque en ese punto el agua no es nada profunda.

– En algunas partes, sí. En el rompeolas hay más profundidad; yo he visto veleros atracar allí. ¿Había alguien presente cuando ocurrió el accidente?

Ella negó con la cabeza.

– No ha llamado ningún testigo. La costa estaba desierta.

– La costa de Öland casi siempre está desierta en invierno -apuntó Gerlof-. ¿Y no había más indicios en ludden? ¿Pudo empujarla alguien?

– No, estaba sola en el rompeolas. Además, para acceder a él, hay que pasar por la playa, y no había más huellas en la arena. -Tilda miró la grabadora-. ¿Podrías contarme algo de Ragnar?

Gerlof no pareció escucharla. Se levantó con dificultad y se acercó al escritorio. Sacó una libreta negra de uno de los cajones.

– Siempre apunto el tiempo que hace -explicó. Pasó una hoja-. Ese día casi no hubo viento. Tenía una fuerza de cuatro nudos.

– Sí, es cierto. En ludden el mar estaba en calma.

– Así que ninguna ola pudo borrar las huellas -dijo Gerlof.

– No. Y las de los zapatos de la mujer aún seguían en la playa. Yo misma las vi.

– ¿Tenía heridas?

Tilda tardó en responder. La asaltó una imagen que no quería recordar.

– Apenas la vi un momento, pero tenía una pequeña herida en la frente.

– ¿Un arañazo?

– Sí…, seguramente a causa de la caída. Se golpearía con las piedras al caer.

Él se sentó despacio.

– ¿Tenía enemigos?

– ¿Qué?

– La mujer ahogada… ¿Tenía enemigos?

Ella suspiró.

– ¿Cómo voy a saberlo, Gerlof? ¿Suelen las madres de familia tener enemigos mortales en esta isla?

– Estaba pensando que…

– Cambiemos de tema. -Tilda miró con seriedad a su anciano pariente-. Sé que te gusta darle vueltas a las cosas, pero no voy a hablar más de esto contigo.

– De acuerdo, tú eres la policía -respondió él.

– Policía de proximidad, no de homicidios -apuntó ella enseguida-. Y, además, no se ha abierto ninguna investigación por homicidio. No hay indicios de que se haya cometido un crimen. El marido tampoco cree que haya sido un accidente, pero no sabe quién habría podido matarla.

– Sí, sí -dijo Gerlof-, solo pensaba un poco. Me gusta hacerlo, como tú dices.

– Vale. Pero ahora tenemos que grabar un rato más.

Él guardó silencio.

– Lo enciendo, ¿vale? -dijo Tilda.

– ¿Quizá por mar? -sugirió Gerlof.

– ¿Qué?

– Si alguien hubiera llegado en barca y atracado en el rompeolas del faro de ludden -señaló él-, no habría huellas en la playa.

Ella suspiró.

– Entonces tendré que buscar una barca. -Luego lo miró y preguntó-: Gerlof, ¿te resulta aburrida la grabación?

Él titubeó.

– No me gusta hablar de parientes muertos -respondió al cabo de un rato-. Tengo la sensación de que nos escuchan a través de las paredes.

– Yo creo que estarían orgullosos.

– Puede que sí, puede que no -dijo Gerlof-. Depende de lo que se cuente de ellos.

– Sobre todo quiero hablar del abuelo -le recordó Tilda.

– Lo sé. -El hombre asintió con semblante serio-. Pero quizá él también esté escuchando.

– ¿Ragnar era un hermano mayor difícil?

Gerlof guardó silencio durante unos segundos.

– Tenía sus cosas. Era bastante rencoroso. Si se sentía engañado, nunca volvía a tratar a esa persona… Jamás olvidaba un agravio.

– Yo no lo recuerdo -comentó ella-. Papá tampoco se acordaba mucho. Al menos, no solía hablar de él.

Se hizo de nuevo el silencio.

– Ragnar murió congelado durante una tempestad de invierno -prosiguió Gerlof-. Hallaron el cuerpo en la playa, al sur de su casa. ¿Te lo contó tu padre?

– Sí, fue él quien lo encontró. Creo que el abuelo había salido a pescar -dijo Tilda-. Eso me contó papá.

– Ese día había recogido las nasas -explicó el anciano-, y al arreciar el viento atracó en ludden. Era guarda de los faros y la gente solía verlo por allí. La barca debió de ser arrastrada por las olas, pues él volvía a casa a pie por la playa… y entonces llegó la tormenta. Ragnar murió en la nieve.

– Nadie se considera realmente fallecido hasta que se lo declara muerto en un sitio cálido -apuntó Tilda-. A veces, se ha encontrado a personas congeladas y sin pulso en la nieve, que han revivido al llevarlas a un lugar caldeado.

– ¿Quién te ha contado eso?

– Me lo dijo Martin.

– ¿Martin? ¿Quién es ese?

– Mi… novio -respondió ella.

Enseguida se arrepintió de la palabra elegida. A Martin no le habría gustado que lo presentara de ese modo.

– ¿Así que tienes novio?

– Sí…, o como se llame.

– Novio está bien. ¿Martin qué más?

– Se llama Martin Ahlquist.

– Estupendo -respondió Gerlof-. ¿Vive tu Martin aquí, en la isla?

«Mi Martin», pensó Tilda.

– Vive en Växjö. Es profesor.

– Pero quizá venga a visitarte de vez en cuando.

– Eso espero. Hemos hablado de ello.

– Me alegro. -Gerlof esbozó una sonrisa-. Pareces enamorada.

– ¿Ah, sí?

– Tu cara se ilumina cuando hablas de él, eso está bien.

Sonrió animándola desde el otro lado de la mesa y Tilda le devolvió la sonrisa.

Todo parecía muy sencillo mientras estaba allí sentada, hablando de Martin con Gerlof, en absoluto complicado.

8

Livia dormía cada noche con el jersey rojo de lana de Katrine a su lado, y Joakim con el camisón debajo de la almohada. Así se sentían mejor.

La vida en ludden seguía a medio gas. Joakim se ocupaba cada día de llevar a los niños a Marnäs y de recogerlos. Entre una hora y otra, pasaba siete horas solo en la casa, y sin embargo no conseguía estar en paz. Recibió varias llamadas de la funeraria para resolver algunas dudas sobre el entierro. Además, tuvo que ponerse en contacto con el banco y distintas empresas para que borraran a Katrine de sus archivos. Los amigos y familiares de la pareja le llamaron, amigos comunes de Estocolmo enviaron flores. Muchos de ellos deseaban acudir al entierro.

Joakim ansiaba desconectar el teléfono y encerrarse en ludden. Aislarse.

Dentro de la casa quedaban muchas reformas pendientes, y en el jardín y en la fachada también; pero lo único que él deseaba era tumbarse en la cama, aspirar el aroma de la ropa de Katrine y fijar la vista en el blanco techo.

Y luego estaba la policía. Si hubiera tenido fuerzas, habría hablado con ellos para que le dijeran quién era el responsable de asuntos internos, si es que tal persona existía; pero no tenía fuerzas.

La única funcionaria que se había puesto en contacto con él había sido aquella joven policía local de Marnäs. Tilda Davidsson.

– Lo siento -dijo la chica-. Lo siento muchísimo.

No le preguntó cómo se encontraba él, sino que volvió a pedirle perdón por el error cometido con los nombres. En la nota que le habían pasado aparecía el nombre equivocado, dijo; había sido un malentendido.

¿Un malentendido? Joakim había regresado a casa para consolar a su mujer y se la había encontrado muerta.

Escuchó a Davidsson en silencio, respondió con monosílabos y no hizo ninguna pregunta. La conversación fue breve.

Una vez finalizada, se sentó ante el ordenador familiar y escribió una carta al Ölands-Posten, donde relató brevemente lo sucedido tras la muerte de Katrine. Concluyó diciendo:

Durante muchas horas, creí que mi hija se había ahogado y que mi mujer estaba viva, cuando en realidad era al contrario. ¿Es demasiado pedir que la policía sepa distinguir entre los vivos y los muertos?

No lo creo; nos toca hacerlo a los familiares.

Joakim Westin, ludden

No había contado con que ningún responsable policial se pusiera en contacto con él, y, efectivamente, no lo hicieron.

Dos días después, se encontró con ke Högström, el pastor de Marnäs que oficiaría la ceremonia del entierro de su mujer.

– ¿Qué tal duerme? -le preguntó el hombre mientras tomaban una taza de café, después de repasar los detalles por última vez.

– Bien -respondió Joakim.

Intentó recordar lo que habían decidido. Llamaron al cantor para elegir los salmos que se tocarían, de eso se acordaba, pero había olvidado de cuáles se trataba.

El pastor de la parroquia de Marnäs frisaba los cincuenta, esbozaba una ligera sonrisa bajo una barba rala y vestía chaqueta negra y polo gris. Las paredes del despacho de la vicaría estaban cubiertas de estanterías repletas de toda clase de libros, y sobre la mesa había una fotografía del hombre, que sonreía a la cámara mientras mostraba un reluciente lucio.

– ¿No les molesta la luz de faro? -preguntó.

– ¿La luz? -repitió Joakim.

– El constante titilar del faro de ludden por las noches.

Él negó con la cabeza.

– Me imagino que uno se acaba acostumbrando -apuntó Högström-. Debe de ser como cuando pasa mucho tráfico bajo las ventanas. Ustedes vivían en el centro de Estocolmo, ¿no es así?

– A las afueras -respondió.

Se trataba de una charla informal, un intento de relajar el ambiente pero aun así, a Joakim le costaba encontrar las palabras.

– Entonces, empezaremos con el salmo 289, el 256 tras las exequias y el 297 para finalizar -dijo Högström-. Quedamos en eso, ¿no es cierto?

– Sí, muy bien.

La noche anterior al entierro llegaron una docena de invitados de Estocolmo: la madre de Joakim, un tío, dos primos y algunos amigos del matrimonio. Se movieron con discreción por la casa y hablaron sobre todo entre ellos. Livia y Gabriel se excitaron con tanta visita, pero no preguntaron a qué se debía su llegada.

Las exequias tuvieron lugar un jueves a las once, en la iglesia de Marnäs. Los niños no asistieron: Joakim los había llevado como de costumbre a la guardería a las ocho, sin decirles nada. Para ellos se trataba de un día cualquiera, pero él regresó a casa, se puso el traje negro y se tumbó de nuevo en la cama de matrimonio.

En el pasillo, el reloj de pared marcaba los segundos y Joakim recordó que su mujer era quien le daba cuerda. Ahora que ella ya no estaba no debería funcionar, pero lo hacía.

Clavó la vista en el techo y reflexionó sobre todas las cosas de Katrine que había en la casa. En su mente podía oír cómo lo llamaba.

Una hora después, Joakim, incómodo, estaba sentado en un banco de madera, con la vista fija en un gran mural. Mostraba a un hombre de su misma edad clavado en un instrumento de tortura romano. una cruz.

La iglesia de Marnäs era un edificio alto y lleno de ecos. El sonido de llantos ahogados reverberaba en la bóveda de piedra.

Joakim se encontraba en la primera fila de bancos, junto a su madre, que llevaba velo negro y lloraba con la cabeza inclinada, emitiendo quedos sollozos. Él sabía que no lloraría, como tampoco había derramado ni una sola lágrima en el entierro de Ethel, hacía un año. Las lágrimas llegaban siempre más tarde, después, por la noche.

Eran las once menos dos minutos cuando la puerta de la iglesia se abrió y entró una mujer alta y de anchas espaldas dando largas zancadas. Vestía un abrigo negro, lo mismo que el velo que ocultaba sus ojos, pero llevaba los labios pintados de un rojo brillante. Sus tacones resonaron sobre el suelo de piedra y muchos de los presentes volvieron la cabeza. La mujer avanzó y se sentó en el primer banco de la derecha, junto a las cuatro hermanastras de Katrine.

Se trataba de Mirja Rambe, la madre de las cinco. La suegra de Joakim, artista y cantante. No había vuelto a verla desde después de su boda con Katrine, hacía siete años. A diferencia de aquel día, ahora parecía sobria.

Justo cuando Mirja se sentó, las campanas comenzaron a sonar en lo alto de la torre de la iglesia.

Todo había terminado en menos de cuarenta y cinco minutos, y en realidad Joakim no recordaba nada de lo que el reverendo Högström había dicho ni qué salmos se habían cantado. Su mente había estado llena solo de imágenes y sonidos de agua corriendo y del romper de las olas.

Más tarde, cuando tras cruzar el cementerio helado se reunieron en la vicaría, multitud de personas se acercaron para hablar con él.

– Lo siento muchísimo, Joakim -dijo un hombre barbudo, y le acarició el hombro-. La apreciábamos mucho.

Él lo miró y lo reconoció al instante: era su tío de Estocolmo.

– Gracias…, muchas gracias.

No había mucho más que decir.

Varios de los asistentes al entierro le pasaban la mano por la espalda o le daban un abrazo contenido. Los dejó hacer, se convirtió en el peluche de todos.

– Es terrible… hablé con ella hace solo unos días -le dijo a Joakim un chica llorosa de unos veinticinco años.

La reconoció tras el pañuelo con el que se secaba los ojos, era la hermana pequeña de Katrine. Recordó que la llamaban Solros, «Girasol». Mirja les había puesto extraños apodos a todas sus hijas; a Katrine la llamaba Månstråle, «Rayo de luna», un nombre que ella odiaba.

– Y últimamente se la veía mucho más alegre -continuó Solros.

– Lo sé…, estaba contenta de que nos hubiéramos mudado aquí.

– Sí, y también de haber recibido noticias de su padre.

– ¿Su padre? -replicó-. Katrine nunca tuvo contacto con él.

– Lo sé -dijo Solros-. Pero mamá escribió un libro donde revelaba quién era.

Los ojos de la joven se llenaron de nuevo de lágrimas, lo abrazó y se dirigió hacia donde estaban sus hermanas.

Joakim se quedó donde estaba, y vio a Albin y Victoria Malm, amigos de Estocolmo, sentados a la mesa junto a la familia Hesslin, vecinos de Bromma.

También vio a su madre, sentada sola a otra mesa, con una taza de café, pero no se acercó a ella.

Al darse la vuelta vio de pie, al otro extremo de la sala, al reverendo Högström hablando con una mujer de baja estatura y pelo cano. Se encaminó hacia ellos.

Högström le dirigió una cálida mirada.

– Joakim -dijo-, ¿cómo se encuentra?

Él asintió varias veces. Era una respuesta apropiada, podía significar cualquier cosa. La mujer esbozó una sonrisa tensa y también asintió, pero parecía no saber qué añadir. Así que retrocedió un par de pasos y se marchó.

«Es lo que ocurre con las personas que están de duelo -pensó Joakim-, huelen a muerto y es mejor evitarlos.»

– He estado pensando una cosa -le dijo con expresión seria a Högström.

– ¿Sí?

– ¿Qué significa oír a alguien que pide ayuda en la isla, mientras uno se encuentra en el continente, a cientos de kilómetros de distancia?

El pastor lo observó desconcertado.

– A cientos de kilómetros de distancia… ¿Cómo podría oírlo?

Joakim negó con la cabeza.

– No lo sé. Pero fue lo que pasó -dijo-. Oí a mi mujer… a Katrine cuando murió. Me encontraba en Estocolmo, pero la oí mientras se ahogaba. Me llamó.

El pastor posó la vista en la taza de café.

– ¿Quizá oyó a otra persona?

Había bajado la voz, como si hablaran de cosas prohibidas.

– No -replicó Joakim-. Era la voz de Katrine.

– Entiendo.

– que oí su voz -insistió Joakim-. ¿Qué significa eso?

– Quién sabe, quién sabe -contestó Högström lacónico, y le dio una palmada en el hombro-. Descanse, Joakim. Podemos hablar dentro de unos días.

Luego se fue.

Joakim se quedó solo y clavó la vista en un anuncio colgado en la pared, sobre una campaña parroquial a favor de los afectados de Chernobyl. Se cumplían diez años de la catástrofe.

«El pan nuestro de cada día para las víctimas de la radiación», rezaba el cartel.

«Nuestro Chernobyl de cada día», pensó Joakim.

Por fin llegó la noche y se encontraba de vuelta en ludden. El largo día tocaba a su fin.

En el interior de la casa, la abuela acostaba a Livia y a Gabriel. Lisa y Michael Hesslin estaban en el jardín, junto al coche. Era tarde y les esperaba un largo viaje hasta Estocolmo, pero aun así lo habían acompañado hasta allí.

– Gracias por venir -les dijo.

– ¡Faltaría más! -contestó Michael, y colocó la funda de plástico con su traje negro en el asiento trasero del coche.

Se hizo el silencio, un silencio tenso.

– No tardes en pasar por Estocolmo -dijo Lisa-. O, si lo prefieres, podrías ir a vernos a Gotland, con los niños.

– Ya veremos.

– Hasta luego, Joakim -se despidió Michael.

Él asintió. Gotland sonaba mejor que Estocolmo. No quería volver nunca más por allí.

Lisa y Michael entraron en el coche, y Joakim dio un paso atrás sobre la gravilla y los vio partir.

Una vez que giraron por el camino y las luces traseras desaparecieron, se dio la vuelta y observó los faros.

A lo lejos, en su pequeño islote, la torre sur iluminaba el mar con una luz roja parpadeante. Pero el faro del norte, el de Katrine, apenas era una columna negra en la oscuridad. Solo lo había visto alumbrar una vez.

Después de algunos intentos, encontró el sendero que bajaba a la playa y tomó el mismo camino que había recorrido varias veces con Katrine y los niños durante el otoño.

Oyó el mar en la oscuridad, sintió el frío helador. Se acercó al agua con cuidado, pasó entre las matas de hierba y la franja de arena de la playa, y llegó a los grandes bloques de piedra que protegían los faros de las olas.

Joakim pensó que esa noche el rumor de las olas parecía una lenta respiración. Como Katrine. Cuando hacían el amor, tiraba de él hacia la cama, lo abrazaba con fuerza y respiraba en su oído.

Ella había sido más fuerte que él. Fue quien tomó la decisión de mudarse allí.

Joakim recordó la belleza de la costa la primera vez que la vieron. Era un claro y soleado día de primavera de principios de mayo, y la casa se alzaba como un castillo de madera sobre el agua resplandeciente.

Después de ver la casa por dentro, Katrine y él bajaron a la playa, recorrieron de la mano un estrecho sendero entre anémonas en flor.

Bajo el alto cielo de la costa, los planos islotes del norte flotaban en el mar como islas mágicas cubiertas de hierba fresca. Había pájaros por todas partes: bandadas de papamoscas, urracas y gorjeantes alondras. Pequeños grupos de patos moñudos blanquinegros se deslizaban entre los faros, y más próximos a la playa nadaban ánades y somorgujos.

Joakim recordó el rostro de Katrine a la intensa luz del sol.

«¡Oh! Me gustaría quedarme aquí», había dicho ella.

Sintió un escalofrío. A continuación, subió con cuidado al bloque de piedra más lejano del rompeolas y miró el agua negra.

Allí había estado Katrine.

Sus huellas en la arena demostraron que había ido sola. Después cayó o se tiró al mar, y en un instante desapareció bajo la superficie.

¿Por qué?

No tenía respuesta. Lo único que sabía era que al mismo tiempo que Katrine se ahogaba, él se encontraba en un sótano de Estocolmo y que la había oído entrar por la puerta.

Había oído cómo lo llamaba. Estaba seguro de ello, y eso significaba que el mundo era mucho más incomprensible de lo que pensaba.

Regresó a casa después de pasar media hora fuera, en el frío.

Ingrid, su madre, era el único familiar que se había quedado tras el entierro. Cuando él entró, estaba sentada a la mesa de la cocina y volvió sobresaltada la cabeza, con una arruga de preocupación en la frente. Con los años, la arruga se había vuelto más profunda, primero durante la enfermedad de su marido y después con cada nueva crisis con la que Ethel volvía a casa.

– Ahora ya se han ido todos -anunció Joakim-. ¿Los niños están dormidos?

– Sí, eso creo. Gabriel se ha tomado el biberón y se ha dormido al momento. Pero Livia estaba preocupada…, ha levantado la cabeza y me ha llamado cuando me he ido la primera vez.

Joakim asintió y se acercó a la encimera para preparar té.

– A veces se hace la dormida para ponernos a prueba.

– Ha hablado de Katrine.

– ¿Ah, sí? ¿Quieres un té?

– No, gracias. ¿Suele hacerlo, Joakim?

– No cuando se va a dormir.

– ¿Qué le has contado?

– ¿Sobre Katrine? -preguntó él-. No mucho. Les he dicho… que mamá se ha ido.

– ¿Se ha ido?

– Que se ha ido de viaje por un tiempo…, igual que cuando yo estaba en Estocolmo y Katrine y los niños se quedaban aquí. Ahora no tengo fuerzas para explicarles nada más. -Miró a Ingrid y sintió una angustia repentina-. Y tú, ¿qué le has dicho esta noche?

– Nada. Eso tendrás que hacerlo tú.

– Lo haré -dijo-. Cuando te hayas ido…, cuando esté solo con los niños.

Mamá está muerta, Livia. Se ha ahogado.

¿Cuándo estaría preparado? Resultaba tan difícil como darle una bofetada a Livia.

– ¿Ahora os mudaréis de nuevo? -preguntó Ingrid.

Joakim clavó la vista en ella. Sabía que quería que él abandonara aquello, pero no obstante fingió sorprenderse.

– ¿Regresar a Estocolmo? ¿Te refieres a eso?

«¿Abandonar a Katrine?», pensó.

– Sí…, quiero decir que, después de todo, yo estoy allí -apuntó Ingrid.

– En Estocolmo no tengo nada -replicó él.

– Puedes volver a comprar la casa de Bromma, ¿no?

– No puedo comprar nada -contestó-. Aunque quisiera, no tengo dinero, mamá. Lo invertimos todo en esto.

– Pero puedes venderla…

Ingrid guardó silencio y miró alrededor de la cocina.

– ¿Vender ludden? -repitió Joakim-. ¿Quién querría comprarla ahora? Primero hay que reformarla…, lo íbamos a hacer Katrine y yo.

Su madre guardó silencio y miró por la ventana con aire ausente. Luego preguntó:

– Esa mujer del entierro, la que ha llegado tarde… ¿Era la madre de Katrine? ¿La artista?

Joakim asintió.

– Era Mirja Rambe.

– Me ha parecido reconocerla de la boda.

– No sabía que vendría.

– ¿Cómo no iba a venir? -replicó Ingrid-. Era su hija.

– Pero apenas tenían contacto. Yo no la había visto ni una sola vez después de la boda.

– ¿Estaban enemistadas?

– No…, aunque tampoco creo que fueran amigas. Se llamaban por teléfono de vez en cuando, pero Katrine casi nunca hablaba de Mirja.

– ¿Vive aquí?

– No. Creo que vive en Kalmar.

– ¿No te vas a poner en contacto con ella? -preguntó Ingrid-. Deberías hacerlo.

– No creo -respondió Joakim-. Pero quizá nos encontremos alguna vez. La isla es pequeña.

Miró por la ventana hacia el patio en penumbra. No quería ver a nadie. Deseaba encerrarse allí en ludden, y no salir nunca más. No tenía ganas de buscar un nuevo trabajo como profesor, ni tampoco de seguir trabajando en la casa.

Solo quería dormir el resto de su vida, junto a Katrine.

9

Esa noche de noviembre no llovía, pero hacía frío y el cielo estaba nublado y oscuro. La única luz del firmamento procedía de una pálida media luna oculta tras velos de nubes finas como la seda.

El tiempo ideal para cometer un atraco.

La casa se encontraba en la costa rocosa del noroeste de la isla, en lo alto del cantil, y era de construcción reciente, tenía apenas un par de años. Era de diseño, con mucha madera y cristal. Debía de haber sido un veraneante con mucho dinero quien la había encargado y construido, pensó Henrik. Recordó que su abuelo llamaba «estocolmenses» a los ricos del continente, sin importarle su procedencia.

– Hubba bubba -dijo Tommy, y se rascó el cuello-. Vámonos.

Freddy y Henrik lo siguieron hasta la pendiente de grava, al pie de la casa. Los tres vestían pantalones vaqueros y chaquetas oscuras, Tommy y Henrik llevaban mochilas negras.

Antes de conducir hacia el norte de Borgholm, los hermanos Serelius habían organizado otra sesión de güija en la cocina de Henrik. Encendieron tres velas hora y media antes de la medianoche y Tommy colocó el tablero sobre la mesa de la cocina con el vaso en el centro.

Guardaron silencio, el ambiente se volvió tenso.

– ¿Hay alguien ahí? -preguntó Tommy con el dedo sobre el vaso.

La pregunta quedó en el aire un instante, luego el vaso se agitó desplazándose hacia un lado y se detuvo sobre la palabra «SÍ».

– ¿Eres Aleister?

El vaso no se movió.

– ¿Es esta una noche apropiada, Aleister? -preguntó Tommy.

El vaso permaneció sobre el SÍ unos segundos más, después empezó a moverse hacia la hilera de letras.

– ¡Escribe! -le ordenó Tommy a Henrik.

Este lo hizo con una sensación desagradable en el estómago.

– L-U-D-D.

El vaso se detuvo al fin en medio del tablero. Henrik bajó la vista al papel y leyó lo que había escrito.

«LUDDEN LUDDEN OBRA DE ARTE LUDDEN CAMINA EN SOLITARIO ALLÍ», leyó.

– ¿ludden? -repitió Tommy-. ¿Qué diablos es eso?

Henrik miró el tablero.

– Yo he estado allí… Es un faro.

– ¿Con muchas obras de arte?

– Yo no vi ninguna.

A las doce de la noche, Henrik y los hermanos Serelius aparcaron el coche detrás de un cobertizo, a quinientos metros de distancia de la casa. Luego permanecieron entre los bloques de roca de la playa hasta que se apagó la última luz en las brillantes ventanas panorámicas del piso de arriba. Esperaron casi media hora; se habían tomado una dosis de cristal antes de ponerse los pasamontañas y acercarse a la casa.

Henrik sentía un poco de frío, pero se le había acelerado el pulso a causa del cristal. A mayor riesgo, mayor emoción. Apenas pensaba en Camilla en una noche así.

El rumor de las olas que rompían rítmicamente contra la grava detrás de ellos amortiguó sus pasos al subir, casi en silencio, por la pendiente pedregosa.

Una valla de hierro rodeaba la casa, pero Henrik conocía una verja que no estaba cerrada con llave en la parte que daba al mar. Enseguida se encontraron bajo las sombras de la pared de la casa.

La puerta corrediza de la planta baja era de cristal, y estaba cerrada con un sencillo pestillo. Henrik sacó un martillo y un destornillador de la mochila. Un golpe corto y seco le bastó para forzarlo.

Las ruedecitas de la puerta chirriaron débilmente cuando Tommy la corrió por el raíl de acero, aunque el sonido no fue mucho más fuerte que el ulular del viento.

Ninguna alarma pitó en la oscuridad.

Tommy introdujo su cabeza cubierta por el vano de la puerta. A continuación, se dio la vuelta y asintió hacia Henrik.

Entraron al calor de la casa mientras Freddy se quedaba fuera de guardia. El ulular del viento marino desapareció, y las sombras del interior se cernieron sobre ellos.

Estaban en un gran sótano con suelo de cemento pintado. En medio del mismo había una mesa de billar. Allí había muchas cosas.

Como si fuera un soldado de las fuerzas especiales, Tommy le indicó con la mano a Henrik que se separaran, y este asintió y se dirigió a la izquierda. En el otro extremo de la estancia había un mueble-bar con una docena de botellas. Cinco de ellas estaban sin abrir, y, con cuidado, las guardó una a una en la mochila. Luego se adentró en la sala y pasó de largo la escalera de madera que conducía al piso de arriba.

Entró en una sala de estar con un sofá de piel enfrentado a un pequeño televisor con vídeo, aparatos que fue llevándole de uno en uno a Freddy. Luego regresó y echó un vistazo debajo del sofá.

Vislumbró algo grande. ¿Una bolsa de golf?

Se agachó y tiró de una lona con cierta dificultad. Sobre ella, había un equipo completo de submarinismo, con aletas, botellas amarillas, una especie de medidores de presión y un traje de buceo. No parecía usado. Quizá se lo habían comprado el verano anterior a algún quinceañero aburrido que quería aprender a bucear y que luego perdió el interés.

Había también algo más sobre la lona: una vieja escopeta de caza.

Tenía aspecto de estar bien cuidada, a juzgar por su reluciente culata de madera y la correa de cuero curtido. Al lado, había una cajita de cartón roja con cartuchos.

Henrik cogió una cosa cada vez. Comenzó por llevarse las botellas de oxígeno y se tropezó con Tommy, que cargaba con una pantalla de ordenador.

Este vio las botellas y asintió satisfecho.

– Hay más cosas -susurró Henrik, y regreso al interior.

Se colocó el resto del equipo de buceo bajo un brazo y se colgó la escopeta al hombro. Metió la caja de cartuchos en la mochila y luego se dirigió hacia la puerta corredera, donde encontró a Tommy con una bicicleta estática. Parecía asimismo completamente nueva, pero Henrik negó con la cabeza.

– No cabe -susurró.

– Sí -respondió Tommy-, la desmontamos y…

Se oyó un ruido sordo en la oscuridad.

Un ruido sordo seguido de pasos que provenían del piso de arriba.

A continuación, se encendió una luz en la escalera.

– ¿Hola? -exclamó una voz masculina.

– ¡A la mierda con la bicicleta! -susurró Henrik.

Tommy y él se pusieron en marcha al mismo tiempo. Salieron por la puerta de cristal, cruzaron el césped, atravesaron la verja y bajaron con Freddy a la playa. Los tres iban cargados de cosas, pero el trayecto de grava hasta el coche no era largo.

Henrik dejó la mercancía robada en el suelo, tomó aliento y miró tras de sí. Habían encendido todas las luces de la casa, pero no parecía que nadie los persiguiera.

– ¡A cargar! -gritó Tommy.

Se quitó el pasamontañas y se sentó al volante.

Arrancó el motor sin encender las luces.

Henrik y Freddy enseguida lo metieron todo en la furgoneta: mochilas, televisor, equipo de submarinismo… Habían conseguido llevarse todas las cosas excepto la bicicleta. Henrik aún tenía la escopeta colgada al hombro.

Tommy aceleró y el vehículo salió disparado. Llegaron a la carretera asfaltada y continuaron hacia el sur por la costa. No encendió las luces hasta que estuvieron lejos de la casa.

– Coge la carretera este -le indicó Henrik.

– ¿De qué tienes miedo? ¿De un control? -preguntó Tommy.

Él negó con la cabeza.

– Tú cógela por si acaso.

Era la una y media, pero Henrik se sentía totalmente despejado; su pulso galopaba. Lo habían conseguido. Habían encontrado oro en la costa. Casi había sido como antes, cuando andaba con Mogge.

– Tenemos que repetirlo -dijo Tommy al llegar a la carretera nacional-. ¡Ha sido facilísimo!

– Bastante fácil -matizó Henrik a su lado-. Pero los hemos despertado.

– Eso qué importa -replicó Tommy-. ¿Qué podían haber hecho? Hemos sido más rápidos, entrar y salir.

Apareció una señal que indicaba una carretera transversal, y Tommy frenó en seco. Después giró el volante.

– ¿Adónde vas?

– Solo una última cosa. Algo fácil antes de volver a casa.

Entre los árboles, a la izquierda del camino, apareció un edificio blanco de piedra. Alto y estrecho, e iluminado con focos.

Henrik advirtió que se trataba de una iglesia.

Era la blanca iglesia medieval de Marnäs. Recordó vagamente que su abuelo se había casado allí hacía muchísimos años.

– ¿Estará abierta? -dijo Tommy, y giró antes de llegar al muro del cementerio. Continuó una docena de metros por un pequeño camino de grava y aparcó a resguardo de unos frondosos árboles-. Normalmente, se puede entrar sin más.

– Por la noche no -indicó Henrik.

– ¿Y qué? En ese caso forzaremos la puerta.

Henrik negó con la cabeza cuando Tommy aparcó.

– Yo no voy -anunció.

– ¿Por qué no?

– Entrad vosotros.

No quiso decir nada de la boda de sus abuelos en aquella iglesia. Se limitó a clavar la vista en Tommy, y este asintió.

– De acuerdo, quédate vigilando, pues -dijo-, pero si encontramos algo ahí dentro, es nuestro. De mi hermano y mío.

Cogió la mochila con las herramientas, cerró la puerta de la furgoneta de un portazo y desapareció en la oscuridad, con Freddy pisándole los talones.

Henrik se recostó a esperar. La oscuridad era total en la arboleda. Pensó en su abuela, que se había criado en la zona.

La puerta de la furgoneta se abrió de repente, sobresaltándolo.

Era Freddy. Sus ojos brillaban, como después de una buena batida, y farfulló palabras entrecortadas.

– Mi hermano viene enseguida -dijo-. ¡Mira! Había un armario en la sacrins…, sacrast… ¿Cómo cojones se dice?

– Sacristía -apuntó Henrik.

– ¿Qué te parece, cuánto pueden valer?

Observó los viejos candelabros que Freddy le mostraba. Eran cuatro, y parecían de plata. ¿Estarían encendidos durante la boda de sus abuelos? Cabía la posibilidad.

Tommy también había regresado ya a la furgoneta; estaba sudoroso y excitado. Cuando tomó asiento en el lugar del copiloto, se oyó un alegre tintineo.

– Conduce tú -le dijo a Henrik-. Tengo que contar todo esto.

En la mano, llevaba una bolsa de plástico que vació entre sus piernas. Cayeron monedas y billetes.

– Las huchas eran de madera -explicó, y se rió-. Estaban justo a la entrada, solo he tenido que darles una patada.

– ¡Billetes de cien! -exclamó Freddy, y se inclinó hacia delante entre los asientos.

– Yo contaré el dinero -dijo su hermano, y miró a Henrik-. Recuerda que esta pasta es nuestra.

– Puedes quedártela -replicó en voz baja.

Ya no se sentía tan bien como antes. Eso de meterse en las iglesias y robar dinero destinado a los jubilados, o a los leprosos de Somalia o a quien fuera, era una mierda. Era una mierda. Pero ya estaba hecho.

– ¿Qué es eso? -preguntó Tommy volviendo la cabeza.

Había descubierto la escopeta en el suelo.

– La he encontrado en la casa -dijo Henrik.

– ¡Joder! -Tommy la cogió-. Es un viejo Máuser. A los coleccionistas les encantan estas cosas, pero la gente aún caza con ellas. Son de fiar.

Miró con curiosidad el cañón y tiró de la bola del cerrojo.

– Ten cuidado -dijo Henrik.

– No hay peligro… Tiene puesto el seguro.

– Así que eres un experto en armas.

– Claro -contestó el otro-. Soy un experimentado cazador de alces. Cuando mi viejo estaba sobrio, íbamos siempre al bosque.

– Entonces, lo mejor será que tú te encargues de ella -respondió Henrik.

Arrancó la furgoneta sin encender las luces. Dio la vuelta y salió del bosque sin prisa.

– Pronto habrá que dejarlo -comentó cuando se encontraban de nuevo en la carretera.

– ¿Dejar qué?

– Estos viajes. No aguanto más.

– Todavía nos quedan algunos. Cuatro más.

– Dos -dijo Henrik-. Haré dos viajes más con vosotros.

– De acuerdo. ¿Cuáles?

Él permaneció en silencio tras el volante.

– Conozco un par de sitios -contestó luego-. Una casa rectoral donde puede que encontremos unas cuantas joyas. Y quizá ludden.

– ¿ludden? -repitió Tommy-. Esa fue la casa que Aleister nos indicó.

Henrik asintió, aunque estaba seguro de que la persona que movía el vaso se llamaba Tommy, no Aleister.

– Tendremos que comprobar si tenía razón -añadió Tommy.

– Claro…, pero será el último.

Henrik clavó su triste mirada en la carretera desierta. Joder. Aquello era pura anarquía; nada que ver con sus andanzas con Mogge.

Tenía que haberse opuesto con más contundencia al último robo.

Robar en las iglesias traía mala suerte.

10

– La policía ha regresado a Marnäs, y tenemos a todos los delincuentes en el punto de mira. Quiero que todo el mundo en Öland sea consciente de ello.

Tilda se dio cuenta al escucharlo de que el comisario Holmblad poseía el don de la elocuencia; y daba la impresión de que le gustaba ser el centro de atención. El hombre echó un vistazo a la docena de oyentes que, pese al frío, se habían congregado en la calle junto a la nueva comisaría: periodistas, colegas y quizá dos o tres ciudadanos, y prosiguió con su discurso de inauguración:

– La policía de proximidad es un nuevo concepto de policía; más personalizada… comparable a los antiguos agentes a los que todo el mundo conocía en las comunidades donde trabajaban. La sociedad se ha vuelto más complicada desde entonces, las redes sociales han aumentado considerablemente, pero la policía de proximidad del norte de Öland está bien preparada. Trabajará en colaboración con asociaciones y empresas y dedicará especial atención a los delitos cometidos por jóvenes.

El comisario hizo una pausa.

– ¿Alguna pregunta?

– ¿Qué harán con los grafitis de la plaza? -preguntó un anciano del público-. Su estado es deplorable.

– La policía detendrá a todos los grafiteros a los que pille in fraganti -respondió Holmblad-. Tenemos derecho a registrarlos y confiscar sus botes de pintura, y actuaremos con tolerancia cero. Pero el vandalismo debe tratarse, sobre todo, desde la escuela y en la familia.

– ¿Y qué pasa con los robos? -preguntó otra voz de hombre-. Con todos esos asaltos a iglesias y casas de verano.

– Los robos de casas son competencia de la policía de proximidad -contestó Holmblad-. Nuestra prioridad es resolverlos y arrestar a los culpables.

Tilda estaba de pie como un maniquí detrás de su jefe, con la espalda rígida y la mirada al frente. Era la única mujer presente, y ese día deseaba estar en cualquier parte menos en Marnäs. También deseaba ser otra persona: al menos, no una policía. El uniforme era demasiado grueso y entallado, la asfixiaba.

Y, por otra parte, no deseaba estar tan cerca de Hans Majner, su nuevo colega.

Joakim Westin, el padre de la familia de ludden, había enviado una carta muy crítica al Ölands-Posten hacía tres días, sobre la confusión de la policía respecto a los nombres de su mujer fallecida y su hija viva. No había acusado a nadie en particular, pero después de la carta, a Tilda le parecía que la gente la miraba de otro modo, más escrutador. Y el día anterior por la tarde, Holmblad la había llamado por teléfono y le había notificado que tendría que acompañarlo a ludden para pedir disculpas.

– … y, para finalizar, entregaré un par de cosas a nuestros nuevos policías de proximidad, Hans Majner y Tilda Davidsson. Las llaves de la comisaría y esto… -Cogió un paquete marrón alargado que estaba apoyado en una mesa. Lo abrió y sacó un óleo con un barco de vela de tres mástiles en medio de una tormenta-. Es un regalo de la comisaría de Borgholm…, como símbolo de que todos navegamos en el mismo barco.

El comisario les entregó solemnemente el cuadro y las llaves a Majner y Tilda. El primero abrió la puerta de la comisaría e invitó a los presentes a entrar con un movimiento del brazo.

Tilda se puso a un lado y dejó entrar a los hombres primero.

La comisaría estaba reluciente, el suelo brillaba recién fregado. Varios mapas de Öland y del Báltico colgaban de las paredes. Holmblad había encargado cuatro pasteles de ensaladilla de gambas, que reposaban sobre una mesa entre los escritorios de trabajo de Majner y Tilda.

Sobre el de ella se amontonaban ya varias pilas de papeles. Cogió una de las carpetas de plástico y se dirigió hacia donde estaba su compañero de comisaría.

Majner estaba comiendo un trozo de pastel, sentado a su mesa. Hablaba con dos colegas de Borgholm, y estos se reían de algo que acababa de decir.

– Hans, ¿tienes un momento?

– Por supuesto, Tilda. -Sonrió a sus colegas y se dio la vuelta-. ¿De qué se trata?

– Me gustaría comentar tu mensaje.

– ¿Cuál de ellos?

– Sobre la muerte de ludden. -Tilda se apartó y Majner la siguió-. Reconoces esto, ¿verdad?

Sostenía la nota que había guardado en la carpeta el día después de que él se la diera. Era su prueba.

En ella figuraban tres nombres escritos con tinta. El primero era «LIVIA WESTIN». El segundo, «KATRINE WESTIN». El tercero, «GABRIEL WESTIN».

Junto al nombre de Livia había una cruz: †

– Sí -dijo Majner-. Son los nombres que me dieron en la central de emergencias.

– En efecto -respondió Tilda-. Y tú tenías que marcar el nombre de la persona ahogada. Eso fue lo que te pedí que hicieras.

Majner había dejado de sonreír.

– ¿Y?

– Que pusiste la cruz junto al nombre de Livia.

– ¿Y?

– Pues que te equivocaste. La que se ahogó fue la madre, Katrine Westin.

Él pinchó unas gambas con el tenedor y se las llevó a la boca. No parecía interesarle la conversación.

– Vale -dijo, y masticó las gambas-. Un error. Incluso la policía los comete a veces.

– Sí, pero fue tu error -apuntó ella-. No el mío.

Majner la miró.

– ¿Así que no confías en mí?

– Sí, pero…

– Bien -dijo él-. Y piensa que…

– ¿Empezando a conoceros? -los interrumpió una voz.

El comisario Holmblad se había acercado a ellos. Tilda asintió.

– Lo intentamos -respondió.

– Bien. No te olvides de la visita que tenemos que hacer después, Tilda.

El comisario asintió con la cabeza, sonrió y siguió su camino hacia donde lo esperaban el periodista y el fotógrafo del Ölands-Posten.

Majner le dio a Tilda unas suaves palmadas en el hombro.

– Es muy importante que uno pueda confiar en sus colegas, Davidsson -dijo-. ¿No te parece?

Ella asintió.

– Bien -prosiguió él-. Equivocado o no…, un policía tiene que saber que, en el caso de que ocurra algo, siempre será respaldado.

A continuación, dio media vuelta y regresó con sus colegas.

Tilda permaneció de pie. Su deseo de encontrarse en otro lugar persistía.

– Bien, Davidsson -dijo Göte Holmblad media hora más tarde, después de que dieran cuenta de tres pasteles de ensaladilla y hubieran guardado el cuarto en la nevera-. Es hora de que acudamos a nuestra pequeña reunión. Podemos coger mi coche.

El jefe de policía y Tilda eran las únicas personas que quedaban en la recién inaugurada comisaría. Hans Majner había sido uno de los primeros en irse.

A esas alturas, ella había desistido de intentar siquiera que le cayera bien su compañero.

Cogió la gorra, cerró la puerta y siguió a Holmblad hacia el coche.

– No tenemos ninguna obligación de hacer una visita como esta -explicó el comisario cuando estuvieron dentro del vehículo-. Pero Westin ha llamado a Kalmar un par de veces pidiendo hablar conmigo o con cualquier responsable policial, y he pensado que estaría bien mantener una charla con él en persona. -Puso en marcha el coche, se alejó de la acera y prosiguió-: Lo más importante es evitar denuncias e investigaciones. Estas visitas no son de carácter oficial, aunque suelen resolver la mayoría de los malentendidos.

– Yo me puse en contacto con Westin unos días después del accidente -apuntó Tilda-, pero entonces no le apeteció hablar.

– Seré yo quien intente razonar con él esta vez -señaló Holmblad-. Quizá funcione mejor. No se trata de pedir disculpas, sino de…

– Yo no tengo por qué pedir disculpas -lo interrumpió ella-. No fui yo quien entregó la nota equivocada.

– ¿No fuiste tú?

– Un compañero me entregó un papel con el nombre equivocado. Yo simplemente lo leí.

– Vaya. Pero, como sabes, no se puede dar esa información por teléfono. Todos somos responsables de que esta vez no se siguiera el protocolo.

– Mi compañero dijo lo mismo -señaló Tilda.

Abandonaron Marnäs y continuaron por la carretera de la costa en dirección sur, hacia ludden. Esa tarde, la carretera estaba desierta.

– He estado pensando en comprar una casa aquí, en la isla -comentó el comisario, y echó un vistazo a los prados que bordeaban la costa-. Aquí, en el este de la isla.

– ¿Ah, sí?

– Esta zona es increíblemente bonita.

– Sí -contestó ella-. Mi familia es de por aquí, de los alrededores de Marnäs. La familia de mi padre.

– Vaya. ¿Y por eso has regresado?

– Es una de las razones -respondió Tilda-. También me atraía el trabajo.

– El trabajo, sí -dijo Holmblad-. Hoy comienza de verdad.

Unos minutos más tarde, apareció la señal amarilla a ludden y se desviaron por un camino de grava.

Se divisaban los faros y la casa roja. Esa vez, Tilda pudo apreciar la gran mansión de los faros a la luz del día, aun cuando unas nubes grises tapaban el sol.

Holmblad entró en la explanada de grava y detuvo el coche frente a la casa.

– Recuerda -indicó-, no es necesario que digas nada si no quieres.

Ella asintió. El rango más bajo guarda silencio. Igual que cuando era pequeña y comía junto a sus dos hermanos mayores.

A la luz del día, ludden resultaba más agradable, pensó Tilda, pero la casa seguía siendo demasiado grande para su gusto.

Holmblad llamó con los nudillos al cristal de la puerta de la cocina, que se abrió al cabo de un momento.

– Buenas tardes -saludó Holmblad-. Aquí estamos.

A Tilda le pareció que el rostro de Joakim Westin se había vuelto más ceniciento. Sabía que tenía treinta y cuatro años, pero en ese momento aparentaba cincuenta. Tenía la mirada sombría y cansada. Apenas inclinó la cabeza para saludar a Holmblad y a ella la ignoró. Ni siquiera le dedicó una mirada.

– Pasen.

Desapareció en el interior, en la oscuridad, y ellos lo siguieron. La casa estaba limpia y ordenada, pero al echar un vistazo, a Tilda le pareció que una capa de polvo gris lo cubría todo.

– ¿Les apetece un café? -preguntó Westin.

– Sí, gracias -respondió Holmblad.

El hombre se encaminó hacia la cafetera.

– ¿Está usted solo con los niños? -preguntó el comisario-. ¿No le ayuda ningún familiar?

– Mi madre se quedó un par de días -contestó él-, pero ahora ya ha regresado a Estocolmo.

Se hizo el silencio. Holmblad se estiró el uniforme.

– Nos gustaría comenzar lamentando lo sucedido…, le aseguro que las cosas no deberían haber sido así -dijo-. En esta ocasión, los procedimientos que se siguen para la notificación de una muerte han fallado.

– Estoy de acuerdo -contestó Westin.

– Lo sentimos mucho, pero…

– Creí que se trataba de mi hija.

– ¿Disculpe?

– Creí que se había ahogado mi hija. Eso creí durante muchas horas, durante todo el trayecto entre Estocolmo y Öland. Y el único consuelo…, no es que fuera mucho consuelo, pero el único consuelo era que Katrine, mi esposa, estaría allí cuando yo llegara, y se sentiría mucho peor que yo. Y, al menos, yo podría intentar consolarla el resto de nuestra vida. -Hizo una pausa y prosiguió en voz baja-: Nos tendríamos el uno al otro.

Guardó silencio con la mirada fija en la ventana.

– Bueno, como he dicho, lo sentimos -dijo el comisario-. Pero ha sucedido… Tendremos que intentar que no vuelva a ocurrir con otra familia.

Westin apenas parecía escucharlo. Estudiaba sus manos y, cuando Holmblad guardó silencio, preguntó en voz baja:

– ¿Cómo va la investigación?

– ¿La investigación?

– La investigación policial. Respecto a la muerte de mi mujer.

– No se ha abierto ninguna investigación -replicó el jefe de policía rápidamente-. Las investigaciones o las diligencias preliminares solo se hacen si se sospecha que se ha cometido un crimen, y este no es el caso.

Westin alzó la vista de la mesa.

– ¿Así que lo que ocurrió no fue nada extraño?

– Por supuesto que no fue normal -convino Holmblad-, pero…

Westin tomó aliento y continuó:

– Mi mujer se despidió de mí por la mañana a la puerta de la casa. Luego entró y limpió las ventanas. Después se preparó el almuerzo y a continuación bajó a la playa. Llegó hasta el final del rompeolas y saltó al mar. ¿Le parece eso normal?

– Nadie dice que haya sido un suicidio -respondió el comisario-. Pero, como le dije, no hay nada que apunte a un delito. Si, por ejemplo, hubiera tomado un par de vasos de vino durante el almuerzo y luego hubiese salido a caminar por las piedras que estaban resbaladizas…

– ¿Ve alguna botella por aquí? -lo interrumpió Westin.

Tilda echó un vistazo. En la cocina no había botellas de vino.

– Katrine era abstemia -prosiguió él-. No bebía alcohol. Lo podrían haber confirmado con un simple análisis de sangre.

– Sí, pero…

– Yo tampoco bebo. En la casa no hay ni una gota de alcohol.

– ¿Le puedo preguntar por qué? -dijo Holmblad-. ¿Son religiosos?

Westin lo miró como si la pregunta le resultara insolente. Quizá lo fuera, pensó Tilda.

– Hemos visto los efectos que produce el alcohol y las drogas -dijo por fin-. No los queremos en nuestra casa.

– Comprendo -asintió el comisario.

La gran cocina se quedó en silencio. Tilda miró por la ventana y vio los faros y el mar. Pensó en Gerlof y su curiosidad permanente.

– ¿Su mujer tenía algún enemigo? -preguntó de repente.

Con el rabillo del ojo, vio que Holmblad la miraba como si se hubiera materializado de repente en la cocina.

Joakim Westin también pareció sorprenderse con la pregunta. No pareció enfadado, más bien extrañado.

– No -replicó-. Ninguno de los dos tiene enemigos.

Pero a Tilda le pareció que dudaba, como si hubiera algo más que añadir.

– Así que en la isla nadie la amenazó.

Él negó con la cabeza.

– Que yo sepa, no… Katrine pasó los últimos meses aquí sola con los niños. Yo venía de Estocolmo los fines de semana. Pero no me comentó nada por el estilo.

– ¿Y antes del accidente se comportó como de costumbre?

– Más o menos -contestó Joakim Westin, y bajó la vista a su taza de café-. Estaba quizá un poco cansada y abatida… No le gustaba quedarse sola mientras yo trabajaba en Estocolmo.

Volvió a hacerse el silencio.

– ¿Puedo utilizar su cuarto de baño? -preguntó ella.

Westin asintió.

– Al otro lado del recibidor, a la izquierda del pasillo.

Tilda salió de la cocina. Conocía el camino, ya había estado antes en la casa. Pero ahora el olor a pintura había desaparecido casi por completo, y le resultó algo más acogedora.

En el pasillo que conducía a los dormitorios habían colgado un cuadro. El óleo representaba un paisaje gris blanquecino: parecía el norte de Öland en invierno. Una tormenta de nieve que se acerca a la isla y difumina los contornos. No recordaba haber visto con anterioridad una representación tan sombría y lúgubre del lugar, y se quedó parada un rato delante de la pintura antes de continuar hacia el cuarto de baño.

Este era pequeño y cálido, alicatado del suelo al techo, con una gruesa alfombrilla azul y una vieja bañera que reposaba sobre cuatro patas de león de hierro forjado. Cuando hubo terminado, salió de nuevo al pasillo y pasó de largo ante los cuartos cerrados de los niños. Se detuvo en el dormitorio que había al lado, cuya puerta estaba entornada.

Echaría un vistazo rápido.

Asomó la cabeza y vio una pequeña habitación con una gran cama de matrimonio, una discreta cómoda junto a la misma, y una fotografía enmarcada de Katrine Westin saludando con la mano desde una ventana.

Luego vio la ropa.

Una docena de perchas con ropa de mujer colgaban como cuadros de las paredes del dormitorio. Jerséis, pantalones, camisetas, blusas.

La cama estaba cuidadosamente hecha, y un camisón doblado reposaba sobre una de las almohadas, como si esperara que su dueña fuera a entrar al caer la noche y ponérselo.

Tilda contempló un rato la extraña colección de prendas y luego salió retrocediendo de la habitación.

Al acercarse a la cocina, oyó la voz del comisario:

– Bueno, entonces tendremos que volver a nuestras obligaciones.

Göte Holmblad había terminado su café y se levantaba de la mesa.

El ambiente en la sala parecía más relajado. Joakim Westin también se puso en pie y les dirigió una breve mirada a los dos.

– Bien -dijo-. Gracias por venir.

– De nada -respondió Holmblad, y añadió-: Quiero que sepa que puede continuar con su reclamación, pero nosotros, la policía, apreciaríamos que…

Joakim Westin negó con la cabeza.

– No voy a hacer nada…, está bien así.

Los acompañó a la entrada. En el porche, les tendió la mano a los dos policías.

– Gracias por el café -dijo Tilda.

Estaba anocheciendo, y un olor a hojas quemadas flotaba en el aire. Abajo, en la playa, parpadeaba la luz del faro.

– Nuestro amigo inquebrantable -comentó Westin y señaló la luz con la cabeza.

– ¿Tiene que ocuparse de los faros? -preguntó el comisario.

– No, están automatizados.

– Hace poco me contaron que para construirlos se utilizaron las piedras de una vieja capilla abandonada -dijo Tilda, y señaló hacia el bosque, al norte-. Allí abajo, en el cabo.

Pareció como si estuviera presumiendo, jugando a guía turística, pero Westin le prestó atención.

– ¿Quién le ha contado eso?

– Gerlof -contestó ella, y añadió-: Es el hermano de mi abuelo. Vive en Marnäs, y sabe bastantes cosas sobre ludden. Si desea saber más, le puedo preguntar…

– Claro -dijo él-. Dígale que puede pasarse por aquí a tomar un café.

Una vez sentados en el coche, Tilda echó un vistazo a la imponente casa. Pensó en todas las habitaciones silenciosas que albergaba. Luego recordó la ropa que colgaba de las paredes del dormitorio.

– No está bien -dijo.

– Claro que no -replicó Holmblad-. Está de luto.

– Me preguntó cómo estarán los niños.

– Los niños pequeños olvidan enseguida -apuntó el comisario.

Giró hacia la carretera de Marnäs por la costa y miró a Tilda.

– Davidsson, en la cocina has hecho una serie de… preguntas inesperadas. ¿Por alguna razón especial?

– No… Era una manera de entablar contacto.

– Bueno, quizá haya funcionado.

– Le podríamos haber preguntado mucho más.

– ¿Ah, sí?

– Estoy segura de que nos habría contado más cosas.

– ¿Sobre qué?

– No sé -respondió-. Secretos de familia, quizá.

– Todo el mundo tiene secretos -contestó Holmblad-. ¿Suicidio o accidente? Esa es la cuestión… Pero investigarlo no es asunto nuestro.

– Podríamos buscar huellas.

– ¿Huellas de que?

– Bueno…, quizá hubiese alguien más.

– Las únicas huellas que había eran las de la accidentada -señaló su jefe-. Además, Westin fue el último en ver a su mujer. Nos lo acaba de decir. Si hubiese que buscar a un asesino, en ese caso tal vez deberíamos empezar por él.

– Había pensado que, si me da tiempo…

– No tendrás tiempo, Davidsson -la interrumpió Holmblad-. La falta de tiempo es una constante para la policía local. Tienes que visitar escuelas, detener a conductores ebrios, terminar con los grafitis, investigar delitos, patrullar las calles de Marnäs y vigilar el tráfico de la carretera nacional. Y, además, enviar informes a Borgholm.

Tilda recapacitó.

– En otras palabras -dijo-, si después de todo eso aún me queda tiempo libre, podría pasarme por las casas de los alrededores de ludden y buscar testigos de la muerte de Katrine Westin, ¿verdad?

El comisario miró a través del parabrisas sin sonreír.

– Presiento que estoy ante una futura inspectora de policía.

– Gracias -contestó ella-, pero no me interesa hacer carrera.

– Todos decimos eso. -Holmblad suspiró, como si aún pensara en su propia elección profesional-. Haz lo que quieras -dijo finalmente-. Como te dije, puedes organizar tu jornada laboral a tu gusto, pero si encuentras algo, tendrás que dejárselo a los expertos. Es muy importante que informes a Borgholm de todas tus actividades.

– Adoro el papeleo -respondió Tilda.

Invierno de 1900

Katrine, cuando el abismo se abre de pronto, ¿qué hay que hacer? ¿Quedarse ahí parado o saltar?

A finales de los años cincuenta, mientras viajaba en tren por el norte de Öland, una mujer que se dirigía a Borgholm se sentó a mi lado. Se llamaba Ebba Lind y era hija de un farero. Al enterarse de que yo vivía en ludden, me contó una historia de la casa. Trataba de lo que había sucedido antes de que ella subiera al desván con un cuchillo y grabara el nombre y las fechas de su hermano en un tablón de la pared: «PETTER LIND 1885-1900».

MIRJA RAMBE

Primer año del nuevo siglo. El día es tranquilo y soleado, último miércoles de enero. ludden se encuentra totalmente aislada del mundo.

La semana pasada, la tormenta de nieve se cernió sobre Öland y, durante doce horas, cubrió de nieve toda la costa. Ahora, el viento ha amainado, pero fuera hay quince grados bajo cero. La carretera ha desaparecido bajo grandes montañas de nieve, y, durante seis días, las familias de la casa no han recibido correo ni visitas. Los animales del establo aún tienen suficiente forraje, pero las patatas se están acabando y, como siempre, falta leña.

Los hermanos Petter y Ebba Lind han salido a cortar un bloque de hielo que enterrarán en la bodega de la casa para mantener la comida fresca durante la primavera. Tras desayunar, trepan por los blancos taludes. El sol sale e ilumina un interminable mar de hielo cubierto de nieve. A las nueve, dejan atrás el último islote y entran en un centelleante mundo de inmensas extensiones de nieve y rayos de sol.

Ahora caminan sobre las aguas, igual que hizo Jesús. La nieve que cubre el hielo cruje bajo sus botas.

Petter tiene quince años, dos más que Ebba. Va delante, pero de vez en cuando se detiene y se vuelve.

– ¿Estás bien? -pregunta.

– Bien -responde Ebba.

– ¿Vas bien abrigada?

Ella asiente, con apenas aliento para hablar.

– ¿Crees que veremos el sur de Gotland desde allí? -pregunta.

Petter niega con la cabeza.

– Es demasiado llana y está demasiado lejos.

Al fin, tras media hora más de camino, vislumbran el mar abierto más allá del límite del hielo. Las crestas de las olas relucen al sol, pero el agua está negra como el carbón.

Hay muchas aves. Una bandada de patos colilargos se ha reunido en el mar, y un pareja de cisnes nada cerca del hielo. Un águila marina vuela en círculos sobre el límite entre el hielo y el agua. Ebba cree que busca algo, quizá patos colilargos, pero de repente el águila se lanza en picado y, a continuación, remonta el vuelo con algo delgado y negro entre las garras. Entonces la niña le grita a Petter:

– ¡Mira! ¡Allí!

Anguilas. Sobre el hielo hay cientos de serpenteantes y relucientes anguilas. Han salido del mar y no pueden regresar a él. Petter se apresura hacia donde están y deja la sierra de hielo en la nieve.

– Atrapemos unas cuantas -grita, mientras se agacha y abre su mochila.

Las anguilas serpentean alejándose de él, intentan escapar reptando, pero él las persigue y consigue atrapar una. Después coge más, media docena. Su morral cobra vida y empieza a agitarse cuando las anguilas se revuelven intentando encontrar una salida.

Ebba se aleja hacia el norte y coge sus propias anguilas. Las sujeta por la cola aplanada para evitar los afilados dientes, aunque son escurridizas y difíciles de atrapar. Pero tienen mucha carne; cada anguila hembra pesa varios kilos.

Mete dos en el morral y persigue a una tercera, que al fin atrapa.

El aire se ha vuelto más frío. Levanta la vista y ve que los cirros se han desplazado hacia el oeste del horizonte y forman un velo delante del sol. Los siguen nubes de lluvia más bajas y oscuras y de nuevo sopla el viento.

Ebba no se ha dado cuenta de la fuerza que tiene el viento, pero ahora oye el rumor de las olas levantadas por él.

– ¡Petter! -grita-. ¡Petter, tenemos que regresar!

Su hermano se encuentra a unos cien metros, entre las anguilas, sobre el hielo, y no parece haberla oído.

Las olas son cada vez más grandes, y comienzan a cubrir el borde blanco, alzando y hundiendo despacio la capa de hielo. Ebba nota cómo se balancea.

Suelta las anguilas que ha atrapado y corre hacia Petter. Pero entonces se oye un sonido horrible. Estallidos que parecen truenos: pero no son las nubes del cielo, sino el hielo bajo sus pies.

Cuando el viento y las olas resquebrajan la capa de hielo se oye un estruendo penetrante.

– ¡Petter! -grita de nuevo, más asustada que nunca.

Su hermano ha dejado de atrapar anguilas y se da la vuelta. Pero aún está a cien metros de distancia.

Entonces, Ebba oye justo a su lado un estampido semejante al disparo de un cañón, y ve cómo el hielo se parte. Una negra grieta aparece sobre la superficie blanca, a una decena de metros de la playa.

El agua levanta el hielo, y la grieta se agranda con rapidez.

Instintivamente, se olvida de todo y corre. Cuando se detiene ante la grieta, esta mide ya casi un metro de ancho, y no cesa de aumentar.

Ebba no sabe nadar y le da miedo el agua. Mira la grieta y luego se da la vuelta desesperada.

Petter se dirige hacia ella. Corre mientras sujeta el zurrón con la mano, pero aún se encuentra a más de cincuenta pasos de distancia. Señala hacia tierra.

– ¡Salta, Ebba!

Ella toma impulso, y se lanza por encima del agua negra.

Aterriza justo al borde de la placa de hielo, tropieza y rueda por él.

Ahora, su hermano se ha quedado solo sobre el témpano de hielo. Ha alcanzado el borde apenas medio minuto después que Ebba, pero la grieta tiene ya varios metros de ancho. Se detiene y duda, pero esta sigue creciendo.

Los dos permanecen de pie y se miran aterrorizados. Petter mueve la cabeza y señala hacia la playa.

– ¡Ve a buscar ayuda, Ebba! ¡Tienen que sacar una barca!

Ella asiente y se da la vuelta. Se apresura.

El hielo sigue rompiéndose a causa de las olas y el viento, las grietas la persiguen. Un par de veces, se abre un nuevo abismo ante ella, pero consigue saltarlo.

Se da la vuelta y ve a Petter por última vez. Está solo sobre un inmenso témpano de hielo, tras un negro canal que crece sin cesar.

Luego tiene que correr de nuevo. El fragor del hielo al romperse resuena a lo largo de toda la costa.

Ebba corre y corre, perseguida por un viento cada vez más fuerte, hasta que por fin divisa la casa entre los faros: su hogar. Pero de momento el gran caserón es tan solo un pequeño cubo granate en la distancia, y ella aún se encuentra muy lejos, sobre el hielo. Reza a Dios por Petter y por ella, y se arrepiente de haberse alejado tanto.

Salta por encima de una nueva grieta, resbala, pero sigue corriendo.

Al fin, llega a los terraplenes junto a la playa. Gatea y se arrastra por encima de ellos, sollozando y sorbiéndose los mocos. Ahora se encuentra a salvo.

Ebba se pone en pie y mira alrededor. El horizonte ha desaparecido tras la neblina. Los témpanos de hielo también. Se han desplazado hacia el este, hacia Finlandia y Rusia.

Continúa sollozando mientras sube la cuesta. Sabe que debe llegar a la casa cuanto antes y conseguir que saquen una barca. Pero ¿por dónde irán a buscar a Petter?

Las fuerzas la abandonan y cae de rodillas sobre la nieve.

Desde lo alto de la colina observa la casa de ludden. La nieve ha cubierto de blanco el tejado, pero las ventanas siguen viéndose negras como el carbón.

Negras como los agujeros en la capa de hielo, o como ojos airados. Ebba no puede evitar pensar que los ojos de Dios deben de ser así.

11

Y pasaron los días.

Aunque nunca lo mencionaran, Livia y Gabriel parecían creer que su madre tan solo estaba de viaje y pronto regresaría. Eso no estaba bien, pero al mismo tiempo, el propio Joakim casi había empezado a creer en ello.

Katrine se había ido de vacaciones, y quizá aún podría volver a la finca.

El día siguiente a la visita de los policías estaba en la cocina y miraba por la ventana. En aquella mañana de noviembre, no se veía ninguna ave migratoria; solo unas cuantas gaviotas perdidas volaban en círculos sobre el mar.

Un par de horas antes había llevado a sus hijos a la guardería de Marnäs y después había decidido ir a comprar comida. Entró en la tienda de la plaza, pero se quedó paralizado.

Había tantos productos, tantos anuncios.

Un cartel junto al mostrador de la carne parecía ofrecer «CARNE MACHACADA, SOLO 79,90 KILO».

¿Machacada? Tenía que haber leído mal, pero le dio miedo acercarse y descubrir lo que el cartel decía en realidad. Retrocedió despacio y se fue de la tienda.

No tenía fuerzas para comprar comida.

Regresó a la casa. Al entrar lo envolvió un silencio sepulcral; se quitó el abrigo. Después, se quedó junto a la ventana. No tenía otro plan, solo permanecer allí el mayor tiempo posible.

Frente a él, sobre la encimera de madera clara de la cocina. había una lechuga olvidada. ¿La había comprado él o Katrine? No lo recordaba, pero los últimos días, la lechuga había comenzado a ponerse negra dentro del plástico. En la cocina, la descomposición no era buena señal; debería tirarla.

No tenía fuerzas.

Echó un último vistazo a través de la ventana, hacia la masa gris que formaban el mar desierto y el cielo nublado más allá de ludden, y se le ocurrió un nuevo plan: se acostaría y no se levantaría nunca más.

Entró en el dormitorio y se acostó en la cama de matrimonio, que estaba hecha. Clavó la vista en el techo. Katrine había quitado las feas placas de yeso y había recuperado el techo original; quizá datara del siglo XIX.

Resultaba bonito, tenía la sensación de estar tumbado bajo una nube blanca.

En medio del silencio, de repente oyó que alguien llamaba con los nudillos. Sonoros golpes contra el vibrante cristal.

Volvió la cabeza.

¿Malas noticias? Siempre estaba preparado para recibir más malas noticias.

Oyó los golpes de nuevo, ahora más enérgicos.

Procedían de la puerta de la cocina.

Se levantó lentamente de la cama, cruzó la cocina y salió al recibidor.

A través del cristal, vio a dos personas vestidas de negro fuera, en la escalera.

Se trataba de una pareja de la edad de Katrine y él. El hombre llevaba traje, la mujer una capa azul oscuro y falda. Ambos le sonrieron afablemente cuando les abrió la puerta.

– Hola -saludó ella-. Somos Filip y Marianne. ¿Podemos pasar?

Joakim asintió y abrió la puerta de par en par. ¿Venían de la funeraria de Marnäs? No los reconoció, pero durante las últimas semanas lo habían llamado varias personas de la funeraria. Todas habían sido muy consideradas.

– Vaya, qué bonito es esto -comentó la mujer al entrar en la cocina.

El hombre echó también un vistazo, asintió y se dio la vuelta hacia Joakim.

– Este mes estamos de viaje por la isla -dijo-, y hemos visto que había alguien en la casa.

– Vivimos aquí todo el año… Mi mujer, mis dos hijos y yo -contestó él-. ¿Desean tomar un café?

– Gracias, pero no tomamos cafeína -respondió Filip, y se sentó a la mesa de la cocina.

– ¿Cómo se llama, si me permite la pregunta? -inquirió Marianne.

– Joakim.

– Joakim, deseamos darle una cosa. Es importante.

La mujer sacó algo del bolso y lo dejó sobre la mesa, delante de él. Se trataba de un folleto.

– Échele un vistazo. ¿Verdad que es bonito?

Joakim miró el delgado folleto. Un dibujo en la parte delantera representaba una pradera florida bajo un cielo azul. En la pradera, estaban sentados un hombre y una mujer vestidos de blanco. Él pasaba el brazo sobre una oveja que estaba echada sobre la hierba mientras que la mujer sujetaba un gran león. Se sonreían el uno al otro.

– ¿No le parece el paraíso? -preguntó Marianne.

Joakim alzó la vista hacia ella.

– Yo creía que el paraíso era esta casa -respondió-. No ahora, antes.

La mujer lo miró desconcertada durante unos segundos. Luego sonrió de nuevo.

– Jesucristo murió por todos nosotros -dijo-. Murió para que pudiéramos alcanzar ese bienestar.

Joakim miró el dibujo de nuevo y asintió.

– Muy bonito. -Señaló la imponente montaña que había al fondo del dibujo-. Una montaña muy bonita.

– Es el paraíso celestial -explicó Marianne.

– Seguimos viviendo después de muertos, Joakim -intervino Filip, y se inclinó sobre la mesa como si fuera a revelarle un gran secreto-. Vida eterna… ¿No es fantástico?

Él asintió. No podía dejar de mirar el dibujo. No era la primera vez que veía aquellos folletos, pero nunca había advertido la belleza de las imágenes del paraíso representadas en ellos.

– Me gustaría vivir en esa montaña -dijo.

Fresco aire de montaña. Podría vivir allí con Katrine. Pero la isla a la que se habían mudado era completamente llana, allí no había montañas. Ni ninguna Katrine…

De repente, le costó respirar. Se inclinó hacia delante y sintió que las lágrimas anegaban sus ojos.

– ¿No se encuentra bien? -preguntó Marianne.

Él negó con la cabeza, se inclinó sobre la mesa y rompió a llorar. No, no se encontraba bien. No estaba bien, tenía la carne machacada.

¡Oh, Katrine… y Ethel!

Lloró y sollozó sin parar durante varios minutos, ajeno a lo que le rodeaba. Oyó voces susurrantes y sillas que se movían con cuidado, pero no podía detener el llanto. Sintió una mano cálida que se posaba sobre su hombro, donde permaneció unos segundos antes de retirarse. Después, la puerta de la cocina se cerró quedamente.

Cuando al fin pudo dejar de llorar, vio que estaba solo. El motor de un coche arrancaba en el jardín.

El folleto con la pareja y los animales en la pradera seguía sobre la mesa. Cuando desapareció el sonido del motor, Joakim se sorbió la nariz en silencio y miró el dibujo.

Tenía que hacer algo. Lo que fuera.

Suspiró con cansancio, se levantó y tiró el folleto a la basura, que estaba debajo del fregadero.

En la casa reinaba un profundo silencio. Salió al pasillo del salón vacío y observó durante un buen rato los botes, botellas y trapos que había ordenados en el suelo. Al parecer, la semana anterior Katrine había empezado a limpiar los marcos de las ventanas con natrón.

Al tener las ideas más claras que él respecto a la decoración su mujer había elegido los colores de las habitaciones, el papel de las paredes y decidido los detalles. Ya habían comprado el material, que se encontraba en el suelo, junto a las paredes, esperando ser usado.

Joakim suspiró de nuevo.

Después abrió una botella de natrón y cogió un trapo. Comenzó a trabajar concentrándose en los marcos de las ventanas.

El roce del trapo sobre la madera producía un ruido desolador en medio del silencio.

«No aprietes mucho, Kim», oyó que decía la voz de Katrine en su cabeza.

Llegó el fin de semana. Los niños no tenían guardería y jugaban en la habitación de Livia.

Joakim había acabado con las ventanas del salón, y el sábado comenzaría a empapelar la habitación esquinera del sudoeste. Tras el desayuno, preparó una mesa y un cubo con pegamento.

Se trataba de un pequeño dormitorio que, al igual que muchos otros, tenía una centenaria chimenea en un rincón. El papel de flores que cubría la mayoría de las habitaciones parecía de comienzos del siglo XX, pero desgraciadamente, estaba en tan mal estado que no se había podido salvar. Tenía innumerables manchas de humedad y en algunas zonas colgaba a tiras. Katrine lo había arrancado durante el otoño y después había lijado las paredes y aplicado masilla, dejándolo todo listo para el nuevo empapelado.

A Katrine le gustaba aquella habitación en particular.

Pero Joakim no iba a rememorar más cosas de ella. No debía pensar, sino empapelar.

Cogió los rollos de papel blanco de zinc: un grueso papel inglés hecho a mano, del mismo tipo que el que habían puesto en Åppelvillan. Después, sacó un cuchillo y la larga regla y empezó a cortar.

Katrine y él siempre habían empapelado juntos.

Suspiró, pero se puso manos a la obra. Las prisas no eran buenas cuando se realizaba aquel trabajo, por lo que la tarea se convirtió casi en meditación. Él era un monje, la casa su monasterio.

Cuando hubo colocado las cuatro primeras tiras en una de las paredes cortas de la habitación y las estaba alisando con un cepillo, de repente oyó unos golpes sordos. Se bajó de la escalera y aguzó el oído. El ruido era rítmico, con unos segundos de intervalo, y procedía de fuera de la casa.

Se acercó a la ventana que daba a la parte trasera y la abrió. Penetró un frío helador.

Debajo de la ventana había un niño sobre la hierba, uno o dos años mayor que Livia. A sus pies, había una pelota de fútbol de plástico. Tenía el pelo castaño rizado, que le sobresalía por debajo del gorro de lana, y llevaba un anorak mal abrochado. Observaba a Joakim con ojos curiosos.

– Hola -saludó este.

– Hola -dijo el niño.

– No es buena idea que juegues a la pelota justo aquí -prosiguió Joakim-. Si fallas, puedes romper un cristal.

– Apunto a la pared -contestó el niño-. Siempre acierto.

– Bien. ¿Cómo te llamas?

– Andreas.

Este se restregó con la palma de la mano la nariz roja a causa del frío.

– ¿Dónde vives?

– Allá lejos.

Señaló hacia la granja. Así que Andreas era uno de los hijos de Carlsson, el campesino, y ese sábado había salido de paseo por su cuenta.

– ¿Quieres entrar? -le preguntó Joakim.

– ¿Para qué?

– Puedes conocer a Livia y a Gabriel -contestó él-. Son mis hijos… Livia es de tu edad.

– Yo tengo siete años -anunció Andreas-. ¿Ella los ha cumplido?

– No. Pero tiene casi tu edad.

El niño asintió. Volvió a frotarse la nariz y se decidió a entrar.

– Solo un rato. Pronto comeremos.

Recogió la pelota y desapareció detrás de una esquina de la casa.

Joakim cerró la ventana y salió de la habitación.

– ¡Livia y Gabriel! -gritó-. Tenemos visita.

Pasaron unos segundos, luego apareció su hija con Foreman en la mano.

– ¿Qué?

– Hay alguien que quiere conocerte.

– ¿Quién?

– Un niño.

– ¿Un niño? -Livia abrió los ojos-. No quiero verlo. ¿Cómo se llama?

– Andreas. Vive en la granja de al lado.

– Pero ¡yo no lo conozco, papá!

Había pánico en su voz, pero antes de que Joakim pudiera decir algo sensato sobre las ventajas de conocer gente nueva, se abrió la puerta de la calle y el niño entró en el recibidor. Se quedó parado sobre la alfombrilla.

– Pasa, Andreas -dijo él-. Quítate el gorro y el abrigo.

– Vale.

Hizo lo que le decía y dejó la ropa tirada en el suelo.

– ¿Habías estado ya en esta casa?

– No. Siempre está cerrada.

– Ya no, ahora está abierta. Nosotros vivimos aquí.

Andreas miró a Livia y ella le devolvió la mirada, pero no se saludaron.

Gabriel observaba con timidez desde su habitación, pero tampoco dijo nada.

– He ayudado a recoger las vacas -explicó el niño al cabo de un rato, y echó un vistazo alrededor-. De la dehesa de aquí al lado.

– ¿Hoy? -inquirió Joakim.

– No, la semana pasada. Ahora tienen que quedarse dentro. Si no se morirían de frío.

Livia seguía mirándolo con curiosidad, pero sin participar en la conversación. Joakim también había sido tímido de pequeño, sería una pena que ella heredase ese rasgo de su carácter.

– Podéis jugar a la pelota -dijo entonces-. Sé de un cuarto perfecto para eso.

Empezó a andar por la casa y los niños lo siguieron. En el salón, que aún estaba sin amueblar, solo había un par de sillas y algunas cajas de cartón.

– Aquí podéis jugar -dijo, y colocó tres cajas de cartón ante la ventana como protección.

Andreas dejó caer su pelota de plástico, regateó con cuidado y a continuación chutó hacia Livia. El polvo se arremolinó creando una fina nube gris.

Livia le dio una patada a la pelota, pero falló. Gabriel la persiguió sin alcanzarla.

– Paradla primero con el pie -les explicó Joakim a su hijos-. Así la podréis controlar.

Livia lo miró enfadada, como si no aceptara consejos. Después, se dio la vuelta deprisa y atrapó la pelota con los pies en un rincón de la habitación; a continuación, le dio un fuerte puntapié.

– Buen disparo -dijo Andreas.

Vaya forma de flirtear, pensó Joakim, pero Livia sonrió satisfecha.

– Ponte allí -pidió entonces el niño, y señaló la otra puerta, en la pared de enfrente-, así podremos tirar a gol.

Livia corrió hacia la puerta doble, y Joakim abandonó el salón y regresó al empapelado. Oyó botar la pelota.

– ¡Gol! -gritó Andreas, y Livia y Gabriel aullaron con voz chillona antes de que los tres rompieran a reír.

A Joakim le gustaron los alegres chillidos y carcajadas que resonaban por la casa. Muy bien; había conseguido un amigo para sus hijos.

Metió la brocha en el bote de cola, lo revolvió unas cuantas veces y luego se puso manos a la obra en otra pared. Pegó tira tras tira, y la habitación fue cambiando de color, volviéndose poco a poco más clara. Alisó las burbujas del papel y eliminó la cola restante con una esponja húmeda.

Cuando apenas le quedaba por cubrir una franja de más o menos un metro, se dio cuenta de que ya no se oían las voces de los niños.

En la casa, el silencio era absoluto.

Joakim se bajó de la escalera y aguzó el oído.

– ¿Livia? -gritó-. ¿Gabriel? ¿Queréis un zumo? ¿Y galletas?

No hubo respuesta.

Escuchó un rato más y luego salió de la habitación y avanzó por el pasillo en dirección al salón. Pero a medio camino miró a través de la ventana, hacia el patio interior, y se detuvo.

La puerta del establo estaba entornada.

Antes estaba cerrada, ¿no?

Luego vio que el abrigo y el gorro de Andreas Carlsson habían desaparecido del suelo.

Joakim se puso la chaqueta y unas botas y salió al patio.

Los niños debían de haber abierto la pesada puerta juntos. Quizá también se habían adentrado en la oscuridad.

Joakim se acercó y se detuvo en el umbral del establo.

– ¿Hola?

Nadie respondió.

¿Jugaban al escondite? Caminó por el suelo de piedra y percibió el olor a heno viejo.

Katrine y él habían pensado convertir el establo en una galería de arte en el futuro, cuando hubieran retirado el heno, los excrementos y todo rastro de animales.

De nuevo estaba pensando en Katrine, a pesar de que no debería hacerlo. Pero se acordó de que la mañana del mismo día en que se había ahogado, la había visto salir del establo. Parecía avergonzada, como si él la hubiera sorprendido haciendo algo que no debía.

Nada se movía allí dentro, pero a Joakim le pareció oír chasquidos o crujidos, ruidos de pasos que procedían del altillo.

Una estrecha y empinada escalera conducía a él; se agarró a la barandilla y empezó a subir.

Llegar allí desde los pasillos oscuros y las cuadras de abajo era como entrar en una iglesia, pensó Joakim. En el altillo solo había un gran espacio donde antaño se secaba el heno -distribución diáfana, como solían llamarlo las inmobiliarias- y un techo puntiagudo que se elevaba en la oscuridad. A un metro por encima de su cabeza vio unas gruesas vigas de madera.

A diferencia del piso superior de la casa, allí era imposible perderse, aun cuando resultara difícil avanzar entre toda la basura acumulada en el suelo.

Pilas de periódicos, macetas, sillas rotas, viejas máquinas de coser: el altillo del heno se había convertido en un vertedero. Había también un par de ruedas de tractor, tan altas como un hombre, apoyadas contra la pared. ¿Cómo las habrían subido hasta allí?

Al ver el desorden, de repente recordó que había soñado que veía a Katrine en aquel lugar. Pero en su sueño el suelo estaba limpio y ella le daba la espalda, de pie junto a la pared del fondo. Joakim tenía miedo de acercarse a su mujer.

El viento invernal producía un débil susurro al atravesar el tejado del granero. No le acababa de gustar encontrarse solo en aquel sitio tan frío.

– ¿Livia? -llamó.

La única respuesta fue el crujido del suelo de madera. Quizá los niños se habían ocultado en la oscuridad, seguro que lo espiaban desde las sombras, que se escondían de él.

Miró a su alrededor y aguzó el oído.

– ¿Katrine? -dijo en voz baja.

No hubo respuesta. Esperó unos minutos en la oscuridad, pero en vista de que el silencio del altillo seguía igual, dio la vuelta y bajó la escalera.

Al regresar a la casa, encontró a los niños donde debería haber ido a buscarlos primero: en su habitación.

Livia estaba sentada en el suelo y dibujaba como si nada. Al parecer, Gabriel tenía permiso de su hermana para estar allí, pues se había llevado unos cochecitos de su habitación y jugaba con ellos sentado a su lado.

– ¿Dónde estabais? -le preguntó, con una voz más aguda de lo que había previsto.

Livia alzó la vista de su bloc de dibujo. A pesar de ser profesora de dibujo, Katrine nunca dibujaba por iniciativa propia, pero a la niña le gustaba hacerlo.

– Aquí -contestó sin vacilar.

– Pero antes… ¿Andreas, Gabriel y tú habéis salido al patio?

– Un ratito.

– No podéis entrar en el establo -dijo Joakim-. ¿Os habéis escondido allí dentro?

– No. Allí no hay nada que hacer.

– ¿Dónde está Andreas?

– Se ha ido a casa. Tenía que comer.

– Vale. Nosotros también comeremos dentro de un rato. Pero no salgas al patio sin decírmelo, Livia.

– No.

La noche del día en que Joakim estuvo en el granero, Livia comenzó de nuevo a hablar en sueños.

No había sido difícil acostarla. A las siete, Gabriel se había dormido, y Joakim ayudaba a Livia a lavarse los dientes en el cuarto de baño. La niña le miró la cabeza con curiosidad.

– Tienes unas orejas extrañas, papá -dijo al cabo de un rato.

Él dejó el vaso y el cepillo de su hija y preguntó:

– ¿Qué quieres decir?

– Tus orejas parecen tan… viejas.

– Vaya. Pues no son más viejas que yo. ¿Tienen pelos?

– No muchos.

– Menos mal -contestó Joakim-. No es muy bonito tener pelos en la nariz y las orejas…, en la boca tampoco.

Livia quería quedarse un rato más frente al espejo, haciendo muecas, pero él la sacó del cuarto de baño tirando con cuidado de ella. La acostó, le leyó dos veces la historia de un niño al que la cabeza se le queda metida en la sopera y luego apagó la luz de la mesilla. Al salir de la habitación, oyó cómo la niña se arrebujaba bajo la manta y hundía la cabeza en la almohada.

El jersey de lana de Katrine aún seguía a su lado, en la cama.

Joakim fue a la cocina, se tomó un par de sándwiches y puso el lavaplatos. A continuación, apagó todas las luces.

Anduvo a tientas en la oscuridad hasta su dormitorio y encendió la lámpara del techo.

La vacía y fría cama de matrimonio seguía allí, y la ropa colgando de las paredes. La ropa de Katrine, que ya había perdido todo su olor. Pensó que debería descolgarla, pero esa noche no.

Apagó la luz, se metió en la cama y yació inmóvil, a oscuras.

– ¿Mamá?

La voz de Livia hizo que Joakim alzara la cabeza, completamente despierto.

Aguzó el oído. El lavaplatos había acabado en la cocina y el visor del radiodespertador marcaba las 23.52. Había dormido algo más de una hora.

– ¿Mamá?

Se oyó de nuevo, y Joakim se levantó de la cama. Se dirigió a la habitación de Livia. Se detuvo en el umbral hasta que la oyó de nuevo.

– ¿Mamá?

Entró en el cuarto y se acercó a la cama. Livia estaba tumbada y tapada con la manta, con los ojos cerrados, pero a la luz de la lámpara del pasillo Joakim vio cómo agitaba la cabeza sobre la almohada. Tenía el jersey de lana de Katrine enrollado en la mano. Se acercó con cuidado y se lo desenrolló.

– Mamá no está aquí -dijo en voz baja, y dobló el jersey.

Se hizo el silencio durante unos segundos.

– Sí está.

– Livia, duérmete.

Entonces abrió los ojos y lo reconoció.

– No puedo dormir, papá -dijo.

– Claro que sí.

– No -insistió ella-. Tienes que dormir aquí.

Joakim suspiró, pero ahora Livia estaba completamente despierta y no había nada que hacer. Esa siempre había sido labor de Katrine.

Se tumbó en el borde de la cama con cuidado. Era demasiado corta, no conseguiría dormirse.

Tardó un par de minutos en conciliar el sueño.

Había alguien fuera de la casa.

Joakim abrió los ojos en la oscuridad. No oyó nada, pero sentía que tenían visitas.

Estaba otra vez completamente desvelado.

¿Qué hora era? No tenía ni idea. Podía llevar horas durmiendo.

Levantó la cabeza de la cama de Livia y escuchó. La casa estaba en silencio y tranquila. No se oía más que el ligero tictac de un reloj y la respiración apenas audible a su lado, en la oscuridad.

Se levantó en silencio y, con cuidado, empezó a alejarse. Pero tras dar apenas tres pasos, oyó la voz clara a su espalda:

– Papá, no te vayas.

Se detuvo y se dio la vuelta.

– ¿Por qué no?

– No te vayas.

Livia yacía intranquila, vuelta hacia la pared. Pero ¿estaba despierta?

Joakim no podía verle la cara, solo el cabello rubio. Volvió a la cama y se sentó a su lado con cuidado.

– Livia, ¿duermes? -preguntó en voz baja.

La respuesta llegó tras unos segundos.

– No.

Parecía despierta, aunque relajada.

– ¿Duermes?

– No…, veo cosas.

– ¿Dónde?

– En la pared.

Hablaba con voz monótona y su respiración era regular y tranquila. Joakim se inclinó aún más sobre su cabeza.

– ¿Qué ves? -preguntó.

– Luz, agua…, sombras.

– ¿Y qué más?

– Hay luz.

– ¿Ves a otras personas?

Guardó silencio de nuevo antes de responder:

– A mamá.

Él se quedó de piedra. Contuvo la respiración, de pronto asustado de que pudiera ser cierto: que Livia viese cosas dormida a través de la pared. «No preguntes más -pensó-. Vete a la cama.»

Pero tenía que seguir.

– ¿Dónde está mamá? -preguntó.

– Detrás de la luz.

– ¿Ves…?

Livia lo interrumpió y habló con mayor intensidad.

– Todos están esperando. Y mamá está entre ellos.

– ¿Quiénes? ¿Quiénes esperan?

No respondió.

Livia ya había hablado antes en sueños, pero nunca con tanta claridad. Joakim sospechó que estaba despierta, que solo jugaba con él. Aun así, no pudo dejar de preguntar:

– ¿Cómo está mamá?

– Nos echa de menos.

– ¿Nos echa de menos?

– Quiere entrar.

– Dile que… -Joakim tragó saliva, sintiéndose la boca seca-. Dile que puede entrar cuando quiera.

– No puede.

– ¿No puede encontrarnos?

– En casa, no.

– ¿Puedes hablar con ella?

Silencio. Joakim prosiguió lenta y claramente:

– ¿Le puedes preguntar a mamá… qué hacía junto al mar?

Su hija yacía intranquila en la cama. Joakim no recibió respuesta, pero no quería claudicar.

– ¿Livia? ¿Puedes hablar con mamá?

– Quiere entrar.

Joakim enderezó la espalda en la oscuridad y no preguntó nada más. Resultaba descorazonador.

– Procura…

– Quiere hablar -lo interrumpió la niña.

– ¿Eso quiere? -preguntó él-. ¿Sobre qué? ¿Qué quiere decir mamá?

Pero Livia no añadió nada más.

Joakim tampoco; se levantó despacio de la cama. Las articulaciones de sus rodillas crujieron: llevaba demasiado tiempo sentado en la misma postura con la espalda rígida.

Se acercó en silencio al estor y lo apartó un poco. Miró por la ventana hacia la parte trasera de la casa. Vio su imagen transparente reflejada en la ventana, como un personaje neblinoso, pero poco más.

No había luna, ni estrellas. Las nubes cubrían el cielo y la hierba de la pradera se agitaba débilmente mecida por el viento, pero no se movía nada más.

¿Había alguien allí fuera? Joakim soltó el estor. Salir a ver si había alguien significaba dejar a Livia y a Gabriel solos, y no quería hacerlo. Se quedó de pie junto a la ventana del dormitorio, indeciso, antes de volver la cabeza.

– ¿Livia?

No hubo respuesta. Dio un paso hacia ella, y vio que ahora dormía profundamente.

Deseaba seguir preguntando. Quizá incluso despertarla y averiguar si recordaba algo de lo que había visto en sueños, pero presionarla no sería bueno.

Arropó sus pequeños hombros con el floreado edredón.

Regresó en silencio a su cama. Al meterse en ella, sintió el edredón como una especie de protección contra la oscuridad.

Se mantuvo en tensión, acechante a cualquier sonido en el pasillo o en el cuarto de Livia. La casa estaba en silencio, pero Joakim pensaba en Katrine. Tardó varias horas en dormirse.

12

Un viernes por la tarde a finales de noviembre.

La gran casa parroquial de Hagelby tenía casi doscientos años y se encontraba al final de un camino forestal, a medio kilómetro del pueblo. El edificio ya no pertenecía a la Iglesia sueca; Henrik sabía que había sido adquirida por una pareja de médicos jubilados procedentes de Emmaboda.

Henrik y los hermanos Serelius aparcaron la furgoneta en una arboleda junto a la carretera nacional. Cogieron sus mochilas y algunas herramientas y dejaron el resto en el vehículo, junto a un amplio espacio para colocar el botín. Antes de adentrarse en el bosque, al pasar el muro de piedra de la iglesia y el cementerio, cada uno se introdujo en la boca una dosis de cristal, que tragaron con cerveza.

Henrik había bebido demasiada cerveza; esa noche tenía los nervios de punta. Era culpa de aquel jodido tablero: la güija de los hermanos Serelius.

A las once habían realizado una rápida sesión en la cocina de Henrik. Él apagó la luz cenital y Freddy encendió unas velas.

Tommy posó el índice en el vaso.

– ¿Hay alguien ahí?

El vaso comenzó a moverse en el acto. Fue a parar a la palabra SÍ. Tommy se inclinó hacia delante.

– ¿Aleister?

El vaso siguió deslizándose hacia la letra A, después la L…

– Está aquí -dijo Tommy en voz baja.

Pero el vaso continuó hasta la G, luego a la O y a la T. A continuación se detuvo.

– ¿Algot? -preguntó Tommy-. ¿Quién diablos es ese?

Henrik se quedó de piedra. El vaso se desplazó de nuevo sobre el tablero, y él alcanzó rápidamente un papel y comenzó a anotar las letras que señalaba.

«ALGOT ALGOT NO BUENO HENRIK SOLO NO BUENO VIVIR NO BUENO NO HENRIK NO.»

Dejó de escribir.

– No puedo más -dijo, y apartó el papel.

Tomó aliento y se levantó, encendió la luz y resopló.

Tommy apartó el dedo del vaso y lo observó.

– De acuerdo, tranquilízate -dijo-. El tablero es solo una ayuda… Venga, vámonos.

Eran las doce y media cuando por fin llegaron a la casa parroquial. El cielo estaba nublado y el edificio a oscuras.

Henrik aún pensaba en el mensaje del tablero. ¿Algot? Su abuelo se llamaba Algot.

– ¿Habrá alguien en la casa? -susurró Tommy entre las sombras de unos abedules, en la parte inferior del jardín.

Al igual que Freddy y Henrik, se había puesto el pasamontañas.

Henrik se estremeció. Tenía que espabilarse, concentrarse en el trabajo.

– Seguro que sí -dijo-. Pero estarán durmiendo en el piso de arriba. Allí, donde las ventanas están abiertas.

Señaló hacia una de las habitaciones esquineras.

– Bien, entonces manos a la obra -dijo Tommy-. Hubba bubba.

Fue el primero en adentrarse en el sendero y subir la escalera del porche. Luego se inclinó y estudió la cerradura con detenimiento.

– Parece muy sólida -le susurró a Henrik-. ¿Y si entramos por una ventana?

Él negó con la cabeza.

– Estamos en el campo -respondió entre susurros-. Y en una casa de jubilados… Mira.

Alargó la mano, cogió el pomo en silencio y abrió la puerta. No estaba cerrada con llave.

Tommy no dijo nada, apenas asintió, y fue el primero en cruzar el umbral. Henrik fue a seguirlo y, al darse la vuelta, vio a Freddy justo detrás.

Algo no iba bien: tres hombres dentro de la casa eran demasiados. Le indicó a Freddy que se quedara fuera, de guardia, pero este negó con la cabeza. A continuación, traspasó el umbral.

Tommy abrió la siguiente puerta, y desapareció en el interior. Henrik lo siguió.

Se encontraron en un amplio recibidor a oscuras. Allí dentro hacía calor; los jubilados eran una raza de frioleros, pensó Henrik, y siempre ponían la caldera al máximo.

El suelo estaba cubierto por una alfombra persa granate que silenciaba sus pasos y un enorme espejo con marco dorado colgaba de una de las paredes.

Henrik se detuvo. Una abultada cartera reposaba sobre la mesa de mármol, debajo del espejo. Alargó la mano con rapidez y se la guardó en el bolsillo del anorak.

Al levantar la vista, se vio reflejado de medio cuerpo; una figura encogida, con ropa tan oscura como el pasamontañas que le cubría la cabeza, y con una mochila a la espalda.

«Ladrón», pensó. Oyó la voz de su abuelo Algot en su cabeza. Era culpa del pasamontañas: cualquiera pareciera más peligroso con él.

En el recibidor había tres puertas, dos de ellas estaban entornadas. Tommy se detuvo delante de la del medio. Escuchó, negó con la cabeza y decidió abrir la de la derecha.

Henrik lo siguió. Oyó la respiración y los pesadas pasos de Freddy tras él.

La puerta daba a un salón: una estancia con varias mesitas de madera repletas de baratijas. Parecían objetos de poco valor, pero sobre una de ellas había un gran jarrón de cristal de Småland. Henrik lo metió en la mochila.

– ¿Henke?

Tommy lo llamó en susurros desde el otro extremo del salón. Henrik vio que había abierto una cómoda, sacado los cajones y hecho un gran descubrimiento: hileras de cubiertos de plata y una docena de servilleteros de oro. Collares y broches, incluso varios fajos de billetes de cien, así como billetes extranjeros.

Un tesoro escondido.

Vaciaron la cómoda entre los dos sin decir nada. La cubertería tintineó débilmente, y Henrik cogió unas cuantas servilletas para amortiguar el ruido.

Las mochilas ya estaban repletas, y pesaban.

¿Algo más que pudiera cambiar de dueño?

Las paredes estaban cubiertas de cuadros, aunque eran demasiado grandes. Henrik vio un objeto alto y delgado ante una ventana. Se acercó.

Era una vieja lámpara de cristal y madera lacada, de unos treinta centímetros de alto y quince de ancho. Interesante. Si ningún perista la quería, quedaría bien en su apartamento. Enrolló un mantel alrededor de la lámpara y la metió en la mochila.

Ya tenían de sobra.

Al regresar al recibidor, no vio a Freddy. ¿Habría entrado en la casa?

Una puerta se entreabrió -era la de la cocina, y Henrik estaba tan seguro de que se trataba de Freddy que ni siquiera volvió la cabeza-, cuando de repente notó que Tommy contenía la respiración.

Henrik se volvió y vio un duende de pelo cano de pie en el umbral.

El hombre llevaba un pijama marrón y unas gruesas gafas.

«Joder. Nos han vuelto a pillar.»

– ¿Qué hacéis?

Un pregunta estúpida que no obtuvo respuesta. Pero Henrik vio a Tommy inmóvil a su lado, como un robot preparado para atacar.

– Voy a llamar a la policía -dijo el propietario.

– Shut up!

Tommy se puso manos a la obra. Le sacaba una cabeza al hombre y lo empujó al interior de la cocina.

– No moves! -gritó Tommy, dándole una patada.

El viejo perdió las gafas al tropezar en el umbral de la puerta y se cayó al suelo. Solo acertó a emitir un prolongado bufido.

Tommy lo siguió, armado con un objeto afilado. Un cuchillo o un destornillador.

– ¡Ya vale!

Henrik se apresuró a frenar a Tommy, pero tropezó con una jarapa y pisó al anciano con la bota, en toda la mano. Se oyó un crujido.

– ¡Venga, vámonos! -gritó alguien, quizá él mismo.

– ¡Habla en inglés! -le espetó Tommy.

Mientras retrocedía, Henrik tropezó con la mesa de mármol del recibidor. El gran espejo cayó al suelo en una sucesión de choques. Diablos. Todo parecía tan borroso, intenso y espontáneo como en una pista de baile. La situación estaba fuera de control. ¿Y adónde diablos había ido Freddy?

Entonces oyó una voz más clara detrás de él.

– ¡Marchaos de aquí!

Henrik se dio la vuelta. Vio a una mujer de pie junto al hombre caído. Era aún más menuda que él y parecía aterrada.

– ¿Gunnar? -gritó, y se agachó-. ¡Gunnar, he llamado a la policía!

– ¡Vámonos!

Henrik salió huyendo sin mirar si Tommy lo seguía o no. Freddy seguía desaparecido.

Salió al porche, a la noche.

Corrió por la hierba endurecida a causa de la helada, dobló la esquina de la casa y continuó en dirección al bosque. Pequeñas ramas le arañaron el rostro, la mochila le desollaba los hombros y no encontraba el sendero; sin embargo, siguió corriendo.

El pie se le enganchó en algo y de repente voló por los aires.

Las hojas mojadas y la tierra lo recibieron entre las sombras.

Se golpeó la cabeza con fuerza. La noche se tornó borrosa.

Se sentía realmente mal.

Cuando Henrik se despertó, empezó a gatear a cuatro patas. Avanzaba despacio, con la cabeza dolorida. Distinguió una sombra negra que crecía ante sus ojos: una pequeña cueva. Se metió en ella y se acurrucó. Lo perseguían, pero allí dentro estaría a salvo.

Pasaron varios minutos antes de que se le aclararan las ideas. Levantó la cabeza y miró alrededor.

Silencio. Oscuridad total. ¿Dónde diablos se había metido?

Sintió tierra bajo los dedos y comprendió que se había arrastrado hasta el interior de un viejo sótano recubierto de piedra, en el bosque de la casa parroquial. Era frío y húmedo.

Olía a hongos, a moho.

De pronto, se le ocurrió que se encontraba en un viejo cobertizo funerario. Un subterráneo, donde los muertos yacían a la espera de ser enterrados en el cementerio.

Un bicho de largas patas aterrizó de repente sobre su oreja. Una araña somnolienta. La apartó rápidamente con la mano.

Empezó a sentirse encerrado y salió de la cueva arrastrándose despacio. La mochila se le atascó en el techo, pero se puso de lado y se deslizó hasta el suelo congelado.

Aspiró el aire fresco de invierno.

Se puso en pie y caminó, alejándose de las luces que brillaban en la casa parroquial entre los árboles. Cuando llegó al muro del cementerio, supo que estaba en el camino correcto.

De repente, oyó cómo se cerraba la puerta de un coche. Escuchó.

Un motor arrancaba a lo lejos, en la oscuridad.

Aceleró el paso entre los árboles, salió a un ancho sendero y echó a correr. Los árboles se despejaron y divisó la furgoneta de los hermanos Serelius que salía al camino marcha atrás.

Se apresuró hacia ella y abrió la puerta lateral.

Freddy y Tommy volvieron enseguida la cabeza, antes de reconocerlo.

– ¡Conduce!

Henrik entró y cerró la puerta. Resopló cuando el vehículo comenzó a rodar, y se recostó con el corazón desbocado.

– ¿Dónde diablos te habías metido? -le preguntó Tommy por encima del hombro.

Respiró hondo y sujetó el volante con fuerza. La tensión de la cólera agarrotaba sus hombros.

– Me he perdido -respondió Henrik, y se quitó la mochila-. He tropezado con la raíz de un árbol.

Freddy se rió para sí.

– ¡Yo he tenido que saltar por una ventana! -explicó-. He caído entre unos arbustos.

– Por lo menos, el botín ha valido la pena -dijo Tommy.

Henrik asintió, apretando los dientes. ¿Qué pasaría con el anciano al que Tommy había golpeado? No quería pensar en eso ahora.

– Conduce por la carretera del este -dijo-. Vamos al cobertizo.

– ¿Por qué?

– La policía pasará por aquí esta noche -contestó-. Cuando atacan a alguien, vienen volando de Kalmar… No quiero encontrármelos en la carretera nacional.

Tommy suspiró, aunque tomó la salida hacia la carretera de la costa.

Descargar el botín y esconderlo en el cobertizo les llevó apenas media hora, aunque la emoción había valido la pena. Al regresar a la furgoneta, en la mochila de Henrik ya solo quedaban los billetes y la vieja lámpara.

Dieron un rodeo por la carretera de la costa para regresar a Borgholm, pero no se cruzaron con ningún policía. A las afueras de la ciudad, Tommy atropelló un gato o un conejo, pero en esa ocasión estaba demasiado cansado para alegrarse.

– Paremos por hoy -dijo Tommy cuando entraron en las calles iluminadas de la ciudad-. Nos merecemos un descanso.

Llegaron al barrio de Henrik. Eran las tres y cuarto.

– De acuerdo -dijo este lacónico, y abrió la puerta-. Además tenemos que contar el dinero.

No iba a olvidar que los hermanos Serelius habían estado a punto de abandonarlo en el bosque.

– Te llamaremos -dijo Tommy a través de la ventanilla bajada.

Él asintió y se dirigió a su casa.

Una vez allí se miró y se dio cuenta de lo sucio que estaba. El anorak y los vaqueros tenían manchas negras de tierra. Los tiró al cesto de la ropa sucia y bebió un vaso de leche mirando ausente a través de la ventana.

Sus recuerdos de la casa parroquial eran borrosos y no deseaba avivarlos. Por desgracia, la imagen más nítida era la mano del anciano que él había aplastado con la bota. No lo había hecho a propósito, pero…

Apagó la luz y se acostó.

Le resultó difícil conciliar el sueño; le dolía la frente y tenía los nervios de punta, pero finalmente se sumió en la bruma en algún momento cerca de las cuatro.

Un débil golpeteo le despertó un par de horas más tarde.

Oía repicar contra cristal. Luego silencio.

Levantó la cabeza de la almohada y, desconcertado, escrutó la habitación en penumbra.

Oyó de nuevo el vago repiqueteo. El ruido parecía proceder del recibidor.

Abandonó el calor de la cama y se adentró en las sombras tambaleándose y aplicando el oído.

El sonido provenía de la mochila. Tres golpecitos y silencio. Luego otro par de golpes.

Se agachó y abrió la cremallera de la mochila. Dentro tenía la vieja lámpara de la casa parroquial, aún envuelta en el mantel.

Henrik la sacó.

Supuso que la madera se habría enfriado en la furgoneta, y que ahora se calentaba de nuevo. Esa era la razón del ruido y los crujidos.

Colocó la lámpara sobre la mesa de la cocina, cerró la puerta y se acostó de nuevo.

De vez en cuando, le llegaban débiles golpecitos desde la cocina. Resultaban tan irritantes como el goteo de un grifo, pero Henrik estaba tan cansado que aun así acabó durmiéndose.

13

Lo más importante era no olvidar nunca a Katrine.

Cada vez que Joakim lo hacía, aunque fuera solo un instante, el dolor regresaba inexorable cuando de repente recordaba que ella ya no existía. Por esa razón, intentaba tenerla constantemente en sus pensamientos: justo antes de cruzar la frontera de la pena, pero siempre presente.

El domingo de la tercera semana después del accidente, salió de excursión con los niños por los alrededores de la casa. Se dirigieron al oeste, hacia el interior. Joakim sintió la presencia de ludden tras sí e imaginó que Katrine se había quedado allí para colocar unas tiras de papel pintado. Enseguida saldría al campo y los alcanzaría.

Era un día de noviembre ventoso pero soleado, llevaban bollos y chocolate caliente. La mochila de Joakim tenía acoplada una sillita en la que Gabriel se podía sentar si se cansaba, pero la mayor parte del tiempo el niño corrió con Livia por la pradera.

Al llegar a la carretera nacional, les gritó que se detuvieran, y luego cruzaron juntos, después de mirar a ambos lados, como les habían enseñado a hacer a los niños.

Las últimas noches, Livia había dormido más tranquila y no parecía en absoluto cansada, a diferencia de Joakim, a quien la constante falta de sueño le provocaba una pesada hinchazón detrás de los ojos. Ahora que trabajaba de nuevo en la casa, se sentía algo mejor durante el día, pero las noches todavía le resultaban difíciles. Aun cuando Livia dormía profundamente, él permanecía despierto en la oscuridad, esperando. Escuchando.

A la niña no parecía afectarle hablar en sueños, más bien al contrario.

Había empezado a llevar a casa dibujos hechos en la guardería. Muchos de ellos mostraban a una mujer de pelo rubio que unas veces estaba frente al mar y otras delante de una gran casa roja. En la parte superior solía escribir «MAMÁ» con letras rudimentarias.

Livia seguía preguntando cada mañana y cada noche cuándo iba a volver Katrine a casa, y Joakim siempre daba la misma respuesta: «No lo sé».

Al otro lado de la carretera nacional se extendía un viejo muro de piedra. Después de saltarlo, se hallaron ante una extensión llana y plomiza de agua alternada con zonas de juncos y matorrales de hierba pajiza. No se podía determinar la profundidad de aquella agua negra y estancada.

– Esto es una ciénaga -explicó Joakim.

– ¿Alguien se podría ahogar aquí? -preguntó Livia.

La niña intentó clavar un palo en la charca embarrada, ajena al efecto que su pregunta había producido en Joakim.

– No…, solo si no supiera nadar.

– ¡Yo sé nadar! -exclamó ella.

Durante el verano, había recibido cuatro lecciones de natación en Estocolmo.

Gabriel gritó de repente y luego rompió a reír: se había quedado atrapado, con las botas de goma hundidas en la hierba, junto al agua. Cuando Joakim tiró de él el suelo embarrado lo soltó emitiendo un desilusionado gorgoteo. Dejó a su hijo en el suelo seco, observó el agua negra y recordó de pronto algo que el agente inmobiliario que les enseñó ludden les había contado al pasar junto a la ciénaga.

– ¿Sabéis qué se hacía aquí durante la Edad de Hierro, hace miles de años? -les preguntó Joakim.

– ¿Qué? -quiso saber Livia.

– He oído decir que ofrecían sacrificios a los dioses.

– Sacrificios… ¿Qué es eso?

– Significa que uno da algo que le gusta para recibir otras cosas a cambio -explicó Joakim.

– ¿Qué ofrecían, entonces? -preguntó la niña.

– Plata, oro, espadas y cosas por el estilo. Lo tiraban al agua como un regalo para los dioses.

Según el agente inmobiliario, a veces también se habían hecho sacrificios de animales y personas, pero esas no eran historias para niños.

– ¿Por qué? -inquirió Livia.

– No lo sé…, pero seguro que creían que así los dioses estarían contentos y harían que la vida fuera más fácil para ellos.

– ¿Qué clase de dioses eran? -siguió preguntando Livia.

– Dioses paganos.

– ¿Qué es eso?

– Bueno, son… dioses algo malvados -contestó Joakim, que no sabía mucho de mitología-. Dioses vikingos como Odín y Freya. Y los dioses de la naturaleza, de la tierra y de los árboles. Pero ahora ya no existen.

– ¿Por qué no?

– Porque la gente ha dejado de creer en ellos -respondió él, y retomó el camino-. Venga, vamos. Gabriel, ¿quieres sentarte en la mochila?

El niño negó alegremente con la cabeza y de nuevo echó a correr detrás de Livia. Un estrecho sendero de tierra seca corría a lo largo de la ciénaga, y lo siguieron hacia el norte. Al acabar la zona pantanosa encontraron campos de cultivo, y más allá de estos se veía Rörby, con su iglesia blanca alzándose en el horizonte.

A Joakim le hubiera gustado ir más lejos, pero cuando alcanzaron los campos de cultivo los niños redujeron notablemente el paso. Se quitó la mochila.

– Nos detendremos un rato a comer algo.

Les llevó un cuarto de hora vaciar el termo de chocolate caliente y comerse todos los bollos. Cada uno se sentó en una piedra seca. Todo era silencio a su alrededor. Joakim sabía que la ciénaga era una zona protegida para las aves, pero ese día no vieron un solo pájaro.

Tras la pausa, regresaron por la carretera nacional. Joakim eligió un sendero paralelo a esta, que discurría a través de un pequeño bosque que quedaba al noroeste de ludden. Estaba formado por árboles bajos y matorral, como todos los bosques que había visto en la isla; sobre todo había pinos, que se inclinaban levemente hacia el interior, para evitar los fuertes vientos marinos. Entre estos crecía una espesa maleza de avellano y espino blanco.

Bajaron hacia el mar, donde el viento era más fuerte y frío. El sol se ponía ya en el horizonte y el cielo había perdido su brillo azulado.

– ¡Ahí hay restos de un naufragio! -exclamó Livia cuando casi habían llegado a la playa.

– ¡Naufragio! -repitió Gabriel.

– ¿Podemos ir allí, papá?

Desde lejos, parecía el casco de un barco, pero al acercarse vieron que no era más que un montón de viejos tablones partidos. Lo único que seguía entero era la quilla; una retorcida viga de madera medio enterrada en la arena.

Livia y Gabriel dieron una vuelta alrededor de los restos, pero regresaron decepcionados.

– No se puede arreglar, papá -anunció Livia.

– No -respondió él-, no hay manera.

– ¿Se ahogaron todos los del barco?

A Joakim le dio la impresión de que su hija hablaba constantemente de gente ahogada.

– No, se salvaron -contestó Joakim-. Seguro que los fareros los ayudaron a alcanzar la playa.

Continuaron hacia el sur por la ventosa playa. Las olas rompían en la arena; Livia y Gabriel se aproximaron lo máximo posible sin mojarse. Cuando el agua se acercaba a ellos, saltaban hacia atrás entre gritos y risas.

Después de un cuarto de hora, llegaron al rompeolas que protegía los faros. Livia corrió hacia él por la playa y se subió al primer bloque de piedra.

Por allí pasó Katrine hacía apenas tres semanas. Directa por el rompeolas hacia el mar.

– No te subas ahí, Livia -gritó Joakim.

Ella se dio la vuelta y lo miró.

– ¿Por qué no?

– Te puedes resbalar.

– ¡Qué va!

– Sí que puedes. ¡Venga, vamos!

Al final, Livia se bajó de las piedras, en silencio y enfadada. Gabriel miró a su hermana y a su padre, inseguro sobre cuál de ellos tenía razón.

Pasaron de largo el camino que llevaba a los faros, y a Joakim se le ocurrió una idea para que la niña recuperara el buen humor.

– Quizá podríamos ir a ver uno de los faros -propuso.

Livia volvió la cabeza deprisa.

– ¿De verdad?

– Claro -dijo él-, si conseguimos abrir la puerta. Pero sé dónde hay un llavero.

Echó a andar hacia la casa con los dos niños pisándole los talones, abrió con la llave la puerta de la cocina y, como de costumbre, contuvo el impulso de llamar a Katrine al entrar.

En unos de los viejos armarios había una caja de hojalata que les había dejado el agente inmobiliario, con documentos sobre la historia de la finca. Y también un antiguo llavero: una anilla de hierro con una docena de llaves, algunas de ellas, las más grandes y pesadas que había visto nunca.

Gabriel prefería quedarse en el interior caldeado, quería ver una película de Pingu el pingüino. Joakim encendió el reproductor de vídeo.

– Ahora volvemos -anunció.

El niño apenas asintió, cautivado por las imágenes.

Joakim cogió el tintineante llavero y salió de nuevo al frío de fuera con Livia.

– ¿Cuál prefieres?

Ella recapacitó y dijo, señalando:

– Ese. El faro de mamá.

Joakim observó la torre norte. Era la que no alumbraba, aunque creía haberla visto iluminada una vez, el amanecer del mismo día en que Katrine fue al rompeolas.

– De acuerdo -contestó-. Iremos allí.

Así que se dirigieron al mar por el camino de piedras, y en la bifurcación se desviaron a la izquierda.

Llegaron al pequeño islote. Frente a la puerta de hierro, había una roca plana de piedra caliza, tan grande que padre e hija podrían ponerse de pie sobre ella.

– Veamos si podemos entrar, Livia…

Joakim estudió la cerradura y eligió una de las llaves. Cogió la que parecía encajar, pero resultó ser demasiado grande. Pudo meter la segunda llave elegida, pero una vez dentro, no giró.

La tercera también encajó, y con esfuerzo, Joakim consiguió hacerla girar, aunque la cerradura se resistió chirriando.

Tiró del picaporte con todas sus fuerzas y la puerta se abrió despacio sobre sus oxidados goznes, pero se quedó atascada tras desplazarse quince o veinte centímetros.

Era por culpa de la piedra pulida. Las olas invernales y el hielo -o quizá la hierba que había crecido alrededor- habían hecho que la piedra se elevara con el paso de los años, y ahora la parte inferior de la puerta chocaba con ella.

Joakim tiró hacia arriba de la parte superior de la puerta de acero, logrando que esta se elevara unos centímetros, pero aun así no llegó a abrirse.

Echó un vistazo por la rendija entreabierta con la sensación de estar mirando dentro de una oscura grieta en la roca.

– ¿Qué hay dentro? -preguntó Livia tras él.

– ¡Huy! -exclamó-. ¡Hay un esqueleto en el suelo!

– ¿Qué?

Volvió la cabeza y sonrió hacia su hija, que tenía los ojos abiertos como platos.

– Es una broma. No se ve gran cosa…, está muy oscuro.

Se apartó y dejó que Livia mirara.

– Veo una escalera -dijo.

– Sí, es la que lleva a lo alto de la torre.

– Está doblada -comentó la niña-. Da la vuelta… y sube.

– Hasta arriba del todo -asintió Joakim, y añadió-: Espera aquí.

Abajo, junto al agua, había visto un bloque de piedra alargado, y fue a buscarlo. La colocó en la abertura de la puerta, con lo que logró forzarla un poco más y abrir un espacio por el que colarse.

– ¿Puedes retroceder un poco, Livia? -dijo-. Voy a intentar entrar y tirar de la puerta desde dentro.

– ¡Yo también quiero entrar!

– Déjame a mí primero -contestó él.

Se situó sobre la piedra alargada, apretó la puerta todo lo que pudo y se escurrió por la abertura. Lo consiguió. En ese momento, se alegró de no tener una barriga cervecera.

Dentro del faro estaba oscuro, y no soplaba el viento del mar. Joakim vio un suelo de cemento plano y palpó unas sólidas paredes de piedra.

Poco a poco se acostumbró a la penumbra y miró a su alrededor. ¿Cuánto tiempo haría que nadie entraba en el faro? Quizá diez o veinte años. El aire era seco, como en todos los edificios de piedra caliza, y las superficies estaban recubiertas de una capa de polvo ceniciento.

La escalera de piedra que Livia había visto comenzaba casi a sus pies y ascendía en espiral entre la pared exterior y el grueso pilar central de la torre. Desaparecía en la penumbra, pero allí arriba, en alguna parte, se adivinaba una débil luz que con seguridad debía de proceder de las pequeñas ventanas de la torre.

Alguien había dejado algunos objetos en el suelo. Un par de botellas de cerveza vacías, una pila de periódicos, un bidón rojo y blanco en que se leía «CALTEX».

Junto a la escalera, había una pequeña puerta. Al entreabrirla, Joakim vio aún más chatarra: viejas cajas de madera apiladas, botellas vacías y redes de pescar verde oscuro colgadas en las paredes. Incluso había una especie de viejo rodillo.

Alguien había utilizado el faro como trastero.

– ¿Papá?

Livia lo llamaba.

– ¿Sí? -contestó él, y el eco de su voz reverberó en la escalera de caracol.

El rostro de la niña apareció por la rendija de la puerta.

– ¿Puedo entrar yo también?

– Podemos intentarlo… Si te subes a la piedra, tiraré de ti.

Pero tan pronto como su hija empezó a empujar para introducirse por la rendija, Joakim comprendió que no podría tirar de la puerta y de ella al mismo tiempo. Corría el riesgo de que la niña se quedara atascada.

– No creo que sea posible, Livia.

– Pero ¡yo quiero!

– Tendremos que ir al faro sur -dijo-, y quizá podamos…

De repente, oyó un ruido procedente de lo alto de la torre. Volvió la cabeza y aguzó el oído.

Pasos. Sonaba como el eco de unos pasos en la parte superior de la escalera de caracol.

El sonido procedía de la torre. Serían imaginaciones suyas, pero sonaban como pasos pesados, y parecía que descendieran despacio pero sin parar por la escalera.

No se trataba de Katrine, eran de alguien diferente.

Pasos pesados…, como de hombre.

– ¿Livia? -llamó.

– ¿Sí?

Ella seguía allí fuera, Joakim pensó lo cerca que estaba del agua. Si daba un paso atrás y se caía… Y Gabriel, Gabriel estaba solo en la casa. ¿Cómo había podido dejarlo solo?

– ¡Livia! -llamó de nuevo-. Quédate ahí, ahora mismo salgo.

Se subió a la piedra y apretó con ambas manos. Parecía que la puerta de acero quisiera retenerlo, pero él se esforzó por pasar a través de la abertura. La escena recordaba una comedia, la parodia de un parto, pero el corazón de Joakim latía con fuerza y Livia, desde fuera, lo miraba con el miedo reflejado en los ojos.

Lo logró al fin, y respiró la fresca y fría brisa marina.

– Bueno -dijo, cerrando rápidamente la puerta de la torre-. Ahora tenemos que volver con Gabriel. Ya iremos al faro otro día.

Esperó protestas mientras colocaba el candado a toda prisa y cerraba, pero Livia no dijo nada. Le cogió la mano en silencio y regresaron a tierra. Casi había anochecido.

Joakim pensó en los sonidos del faro.

Seguramente se trataba del viento del mar, que soplaba alrededor de la torre, o del pico de una gaviota que golpeteaba el cristal del faro. No eran pasos.

Invierno de 1916

Los muertos intentan ponerse en contacto con nosotros, Katrine. Quieren hablarnos, quieren que los escuchemos.

¿Qué desean contarnos? Quizá que no deberíamos buscar la muerte demasiado pronto.

En el desván del establo hay una fecha de la Primera Guerra Mundial grabada en la pared: 7 de diciembre de 1916. Después, hay una cruz y el comienzo de un nombre: † GEOR.

MIRJA RAMBE

Alma Ljunggren, la esposa del farero jefe, está sentada al telar en una habitación de la parte trasera del edificio. Detrás de ella, se oye el tictac del reloj de pared. Alma no puede ver el mar desde allí, pero no le importa. No desea ver lo que hacen su marido Georg y el resto de los fareros en la playa.

No se oyen voces en la casa; las demás mujeres están asimismo en la playa. Alma sabe que ella debería estar también alentando a los hombres, pero no se atreve. No tiene fuerzas para darles ningún apoyo, apenas se atreve a respirar.

El reloj de pared sigue con su tictac.

Esa mañana de invierno, un monstruo marino ha sido arrastrado a la orilla en ludden, están en el tercer año de la Gran Guerra. El monstruo apareció tras una noche de fuerte tormenta de nieve: es negro, con afilados pinchos de acero por todo su cuerpo redondo.

Suecia es neutral en la guerra que asola el continente, pero aun así se ve afectada por ella.

El monstruo de la playa es una mina. Rusa, con toda seguridad, colocada el año anterior para detener el tráfico de minerales por el Báltico. Por supuesto, el país de procedencia no importa; sigue siendo igual de peligrosa.

El tictac de la sala se detiene de pronto.

Alma vuelve la cabeza.

El reloj de pared se ha parado, y el péndulo cuelga inmóvil.

Alma coge unas tijeras de esquilar que hay en un cesto junto al telar, se levanta y sale de la habitación. Se coloca un chal sobre los hombros y se dirige al porche, en la parte delantera del edificio. Aún se niega a mirar hacia la playa.

Las olas levantadas por la tormenta nocturna han debido de soltar la mina de su sujeción en alta mar y la han empujado despacio a tierra. Ahora ha quedado encallada entre la arena del fondo y la nieve enfangada, a solo una decena de metros del faro sur.

El año anterior llegó también a tierra un torpedo alemán, en una playa al norte de Marnäs. Lo explosionaron, y las autoridades marítimas exigen que se haga lo mismo con las minas. Hay que destruir la mina rusa, pero no puede explotar tan cerca del faro. Es necesario remolcarla. Los fareros tendrán que pasarle una amarra alrededor y después retirarla de allí con cuidado.

Georg Ljunggren, el farero jefe, dirige el trabajo en el mar. Se ha colocado a proa de una motora y, desde el porche cubierto, Alma, su mujer, lo oye dar órdenes en la playa; su voz llega hasta la casa.

Cuando abre la puerta, todo se oye aún con mayor claridad.

Alma sale al frío del exterior y cruza el patio, con la nieve recién retirada, hacia el establo, sin mirar la playa.

Allí no hay nadie, pero al abrir la pesada puerta y entrar, las vacas y los caballos se remueven en la penumbra. La tormenta los pone nerviosos.

Sube despacio la escalera hasta el altillo, también desierto.

El heno llega casi hasta el techo, pero hay un estrecho pasillo a lo largo de la pared por el que se puede avanzar por el suelo de madera.

Alma se dirige a la pared del fondo y se detiene. Ha estado allí varias veces durante el último año, pero ahora lee de nuevo los nombres.

A continuación, coge las tijeras de esquilar, apoya la punta contra la viga de madera y empieza a grabar la fecha del día: 7 de diciembre de 1916. Y un nombre.

Los gritos de la playa se callan.

Y arriba, en el altillo del establo, Alma deja caer las tijeras. Junta las manos y reza al Señor.

ludden permanece silencioso.

Después llega la explosión.

Es como si el aire de alrededor de la casa se comprimiera al mismo tiempo que el estruendo se extiende desde la playa hacia el interior de la isla. La onda expansiva llega un segundo después; rompe varios cristales del establo y le tapona a Alma los oídos. La mujer cierra los ojos y cae de espaldas sobre el heno.

La mina ha explotado antes de tiempo. Ella lo sabe.

Tras unos segundos en suspenso, las vacas comienzan a mugir en el piso de abajo. Luego se oyen voces altas en la pradera de la playa. Se acercan a la casa a toda prisa.

Alma corre escaleras abajo.

Ve que los dos faros siguen en pie, imperturbables. La mina en cambio ha desaparecido, y en su lugar solo queda una agua gris y turbia. No se ve la barca por ninguna parte.

Alma ve a dos mujeres entrar en la casa. Se trata de Ragnhild y Eivor, esposas de los fareros, con la vista aturdida fija en ella.

– ¿El farero jefe? -pregunta.

Ragnhild sacude la cabeza con rigidez, y en ese momento Alma ve que tiene el delantal empapado de sangre.

– Mi Albert… estaba delante.

Se le doblan las rodillas. Alma se apresura hacia ella y la sujeta antes de que se desplome.

14

Livia descansó tranquila la noche del domingo. Joakim se despertó al amanecer, después de tres horas sin sueños. Últimamente, no podía dormir más tiempo seguido, y cada día se despertaba cansado y con dolor de cabeza.

A la mañana siguiente, llevó a los niños a Marnäs, como de costumbre, y luego regresó a la casa vacía y silenciosa. Siguió empapelando el dormitorio del lado sur del edificio.

Alrededor de la una, oyó el sonido de un motor acercándose. Miró fuera.

Un inmenso Mercedes rojo se aproximaba a gran velocidad por el camino de grava. Joakim lo reconoció; era uno de los primeros que abandonaron la iglesia de Marnäs después del entierro.

La madre de Katrine venía de visita.

Aunque el coche era imponente, en cierto modo la mujer que lo conducía parecía aún más grande que él. Hizo un gran esfuerzo para salir del vehículo, como si estuviera aprisionada entre el volante y el asiento. Pero al fin la vio de pie en el jardín. Vestía vaqueros ajustados, botas puntiagudas y una chaqueta de cuero con muchas hebillas. Una mujer de cincuenta años con los labios pintados de rojo y los ojos perfilados en negro.

Se arregló el pañuelo asimismo rojo y observó la casa con mirada severa. Luego encendió un cigarrillo.

Mirja Rambe, su suegra de Kalmar. No había llamado ni una sola vez desde el entierro.

Joakim inspiró, soltó lentamente el aire y luego cruzó la casa para ir a abrir la puerta de la cocina.

– Hola, Joakim -saludó ella, y expulsó el humo por la comisura de los labios.

– Hola, Mirja.

– Cómo me alegro de encontrarte en casa. ¿Qué tal estás?

– Regular.

– Comprendo… Ante una cosa así, uno se siente como una mierda.

Ese fue todo el consuelo que recibió por su parte. Mirja dejó caer el cigarrillo en la grava y se acercó a la puerta, él se apartó y ella entró, dejando una estela de tabaco y perfume.

Se detuvo en la cocina y echó un vistazo. Joakim sabía que todo había cambiado mucho desde que la mujer vivió en la casa, hacía más de treinta años; pero al no comentar nada de todo el trabajo que habían hecho, no pudo evitar preguntar:

– ¿Qué te parece? Fue Katrine la que hizo la mayor parte de la reforma durante el verano pasado.

– Bien -respondió ella-. Cuando Torun y yo alquilamos una habitación en la cabaña, aquí en la casa vivían unos hombres solteros. Entonces todo estaba hecho una pena. Con hollín por todas partes.

– ¿Eran fareros? -preguntó Joakim.

– En aquel tiempo ya no había fareros -contestó Mirja lacónica-. Los que vivían aquí eran unos vagos.

Se sacudió como si quisiera cambiar de tema, y preguntó:

– ¿Dónde están mis nietos?

– Livia y Gabriel están en el colegio. En Marnäs.

– ¿Ya?

– Sí, van a una guardería. Livia hace actividades preescolares.

Mirja asintió, aunque no sonrió.

– Nombres nuevos… -comentó-, pero el mismo criadero de perros.

– La guardería no es un criadero -dijo Joakim-. A ellos les gusta ir.

– Sí, claro -respondió ella-. En mi época, se llamaba parvulario. La misma mierda…, día tras día.

De pronto se dio la vuelta.

– Hablando de animales…

Salió al jardín.

Joakim permaneció en la cocina y se preguntó cuánto tiempo pensaría quedarse Mirja en la casa. Esta parecía mucho más pequeña desde que su suegra estaba allí, como si le faltara aire.

Oyó cerrarse la puerta del coche y luego la vio regresar a la cocina, llevando bolsas en ambas manos. Levantó una de ellas, en la que había una caja gris con asa.

– Me salió gratis, me la regaló un vecino -explicó-. Los accesorios tuve que comprarlos yo.

Joakim vio que la caja era una jaula para gatos, y que no estaba vacía.

– Será una broma -dijo.

Mirja negó con la cabeza y abrió la jaula. Un gato adulto gris con manchas estriadas negras salió y se estiró sobre el suelo de madera. Contempló a Joakim con desconfianza.

– Este es Rasputín -añadió ella-. Aquí vivirá como un monje ruso, ¿no es así?

Abrió una gran bolsa y empezó a sacar un montón de latas de comida, un comedero y una bandeja sanitaria con arena para gatos.

– No podemos tenerlo aquí -dijo Joakim.

– Claro que podéis -replicó su suegra-. Os dará vida.

Rasputín se frotó contra la pierna de Joakim y luego se fue al recibidor. Cuando Mirja abrió la puerta de la calle, el animal aprovechó para salir de la casa.

– Ahora irá a cazar ratones -anunció ella.

– No he visto un solo ratón por aquí -replicó Joakim.

– Eso es porque son más listos que tú. -Cogió una manzana del cuenco que había sobre la mesa y prosiguió-: ¿Cuándo vendréis a visitarme a Kalmar?

– No sabía que estuviéramos invitados.

– Por supuesto que lo estáis. -Mordió la manzana-. Venid cuando queráis.

– Por lo que sé, nunca invitaste a Katrine -dijo Joakim.

– Katrine nunca hubiera venido -contestó Mirja-. Pero nos llamábamos de vez en cuando.

– Una vez al año -la corrigió él-. Ella te llamaba en Navidad, pero siempre cerraba la puerta mientras hablabais.

La mujer negó con la cabeza.

– Hablé con Katrine hace apenas un mes.

– ¿Sobre qué?

– Nada en particular…, sobre mi última exposición en Kalmar. Y sobre mi nuevo novio, Ulf.

– En otras palabras, hablasteis de ti.

– También de ella.

– ¿Qué dijo?

– Que se sentía sola aquí -replicó-. Dijo que no echaba de menos Estocolmo…, pero que a ti sí te echaba de menos.

– No tuve más remedio que seguir trabajando un tiempo -replicó él.

En realidad, podría haber dejado antes su empleo como profesor. Podría haber hecho muchas cosas de manera distinta, pero eso era algo que no deseaba discutir con Mirja.

Esta continuó andando hacia el interior de la casa, pero se detuvo frente al cuadro de Rambe, colgado junto al dormitorio de Joakim.

– Se lo regalé a Katrine cuando cumplió veinte años -explicó-. Un recuerdo de su abuela.

– Le gustaba mucho.

– No debería estar colgado aquí -dijo Mirja-. Lo último que se vendió de Torun salió a subasta por trescientas mil coronas.

– ¿En serio? Bueno, nadie sabe que lo tenemos.

Mirja miró el cuadro con intensidad, y siguió con la vista las oscuras pinceladas grises del óleo.

– No hay ni una sola línea horizontal, por eso resulta difícil mirarlo -comentó-. Así pinta alguien que ha estado fuera durante la tormenta de nieve.

– ¿Y Torun salió?

– Sí. Fue en el primer invierno que pasamos aquí. Habían anunciado una nevasca, pero él igualmente se fue a la ciénaga. Le gustaba caminar por la isla y sentarse a pintar.

– Ayer estuvimos allí -comentó Joakim-. El lugar es muy bonito.

– No cuando hay tormenta -dijo Mirja-. El caballete de Torun salió volando antes de que ella consiguiera colocarlo, y de repente apenas podía ver a un metro de distancia. El sol desapareció. Había nieve por todas partes.

– Pero se salvó.

– Cuando salía de la ciénaga, sin darse cuenta metió los pies en el agua, pero entonces la tormenta amainó un momento y pudo ver las luces parpadeantes del faro. -Mirja miró el cuadro y continuó en voz baja-: Se salvó in extremis. Dijo que, mientras deambulaba por la ciénaga, vio a los muertos…, aquellos que habían sido sacrificados en la Edad de Hierro. Salían del agua y se estiraban detrás de ella.

Joakim escuchaba tenso. Empezó a comprender de dónde procedía el ambiente de los cuadros de Torun.

– Después de eso, empezó a tener problemas con la vista -siguió diciendo Mirja-. Al final acabó ciega.

– ¿A causa de la tormenta de nieve?

– Quizá… Durante varios días no pudo abrir los párpados. La tormenta levantaba arena de los campos que se mezclaba con la nieve. Era como si te clavaran agujas en los ojos.

Mirja retrocedió un paso.

– A la gente no le gustan los cuadros tan oscuros -dijo-. Aquí en Öland solo quieren altos cielos, mares azules y extensos campos de flores amarillas. Pinturas luminosas con marcos blancos.

– Como los tuyos -señaló Joakim.

– En efecto. -Mirja asintió con energía, y no parecía irritada en absoluto-. Soleados cuadros de estío para veraneantes. -Miró alrededor-. Pero no creo que haya cuadros de Mirja Rambe por aquí, ¿verdad?

– No. Katrine guarda unas postales en alguna parte.

– Eso está bien. Las postales también proporcionan ingresos.

Joakim deseaba abandonar la zona de los dormitorios: los consideraba demasiado íntimos. Se dirigió de nuevo hacia la cocina.

– ¿Cuántos cuadros de Torun había en un principio? -preguntó.

– Muchos. Seguro, unos cincuenta.

– Pero ahora solo quedan seis, ¿verdad?

– Seis, sí. -Se puso seria-. Los seis que se salvaron.

– Y la gente dice…

Ella lo interrumpió irritada:

– Ya sé lo que dice la gente…, que su hija los destruyó. Una colección que valdría millones… Dicen que los metí en la estufa una fría noche de invierno y los quemé para que no nos congeláramos.

– Lo que Katrine me contó era distinto -contestó Joakim.

– ¿Ah, sí?

– Dijo que envidiabas a tu madre…, y que tiraste los cuadros al mar.

– Katrine nació al año siguiente de eso, así que no pudo verlo. -Suspiró-. He oído muchas habladurías aquí, en la isla: Mirja Rambe es una vieja insoportable…, tiene novios demasiado jóvenes, es una alcohólica… Seguro que Katrine también decía algo así, ¿no?

Joakim negó con la cabeza, aunque recordó cómo su suegra se tambaleaba el día de su boda en Borgholm, y que intentó ligarse a su primo pequeño.

Ahora se hallaban en el porche. Mirja se abrochó la chaqueta de cuero.

– Ven -dijo-. Voy a enseñarte algo.

Joakim la siguió al patio. Vio a Rasputín escaparse sigilosamente por la verja, hacia el mar.

– Esto no ha cambiado nada -comentó ella, y caminó sobre las losas irregulares-. La misma cantidad de hierbajos.

Se detuvo, encendió un cigarrillo y luego miró a través de las ventanas llenas de polvo de la cabaña.

– No hay nadie en casa -dijo.

– El agente inmobiliario la llamaba la casa de invitados -explicó Joakim-. La reformaremos en primavera… Bueno, eso era lo que habíamos planeado.

Desde fuera, la cabaña encalada parecía una simple edificación alargada con cubierta de tejas. En el interior había una leñera, un trastero, un lavadero con manchas de humedad en el suelo, una sauna construida en 1970 y dos habitaciones de invitados con ducha. En el pasado, algunas familias se trasladaban a las habitaciones de invitados cuando la casa principal se volvía demasiado calurosa en verano.

Mirja miró la cabaña y negó con la cabeza.

– Torun y yo vivimos aquí tres años. Entre ratones y ratas de río. Durante el invierno, era como vivir en una nevera.

Le dio la espalda a la pequeña casa.

– Te quería enseñar una cosa…, allí.

Mirja se dirigió hacia el establo y abrió la puerta.

Luego apagó el cigarrillo y encendió la lámpara del techo. Joakim la siguió. Ella señaló el altillo del heno.

– Es ahí arriba -dijo.

Joakim dudó unos instantes, pero después la siguió por la empinada escalera de madera. El lugar estaba igual de descuidado que la última vez que él anduvo por allí.

– Por aquí no se va a ninguna parte -dijo.

– Sí -contestó Mirja.

Pasó decidida entre bolsas, cajas, viejos muebles y piezas de máquinas oxidadas. Encontró estrechos caminos entre la basura y continuó hasta el extremo opuesto. Allí se detuvo y señaló los tablones.

– Mira… Esto lo descubrí hace treinta y cinco años.

Joakim se acercó. A la débil luz de la ventana, vio que alguien había grabado unas letras en las tablas sin pintar de la pared. Hileras de nombres y fechas, a veces con una cruz y una cita de la Biblia.

En una viga justo tocando al techo, vio grabado «QUERIDA CAROLINA 1868». Debajo, «NUESTRO AÑORADO JAN PARTIÓ HACIA EL SEÑOR 1883», y un poco más abajo: «EN RECUERDO DE ARTHUR CARLSSON, AHOGADO 3 DE JUNIO DE 1911, JUAN 3,16».

Había muchos más nombres en la pared, pero Joakim dejó de leer y volvió la cabeza hacia Mirja.

– ¿Qué es esto?

– Son los muertos de la casa -respondió ella. Su voz, antes tan estridente, sonaba ahora mucho más apagada, casi reverencial-. Los familiares grabaron los nombres. Ya estaban aquí cuando yo era joven. Estos en cambio son nuevos.

Señaló un par de nombres cerca del suelo: en un lugar ponía «CIKI» con estrechas letras, y «SLAVKO» en otro.

– Puede tratarse de refugiados -apuntó Joakim-. ludden fue un centro de acogida para refugiados hace unos años. -Miró a Mirja-. Pero ¿por qué los han grabado aquí?

– Bueno -dijo su suegra-. ¿Por qué se levantan lápidas?

Él pensó en el bloque de granito que había elegido para Katrine la semana anterior. El cantero había prometido que entregaría la lápida antes de Navidad. Miró a Mirja.

– Para… no olvidar -respondió.

– En efecto -dijo ella.

– ¿Hablaste con Katrine de esta pared?

– Sí, este verano. Le interesó mucho…, pero no sé si estuvo aquí arriba.

– Creo que sí -contestó Joakim.

Mirja pasó los dedos por las letras grabadas en la madera.

– Cuando encontré estos nombres, tenía quince años; los leía una y otra vez -dijo-. Y luego empecé a pensar en quiénes serían. ¿Por qué vivieron aquí, en la casa, y por qué murieron? Es difícil dejar de pensar en los muertos, ¿no crees?

Él miró la pared y asintió en silencio.

– Y, además, yo los oía -continuó Mirja.

– ¿A quiénes?

– A los muertos. -La mujer se inclinó hacia las tablas-. Si se escucha… se los oye susurrar.

Joakim guardó silencio, pero no oyó nada.

– El verano pasado escribí un libro sobre ludden -le contó Mirja antes de salir del altillo.

– Vaya -dijo Joakim.

– Se lo di a Katrine cuando se mudó aquí.

– ¿Sí? Nunca me dijo nada.

De repente, la mujer se detuvo y pareció buscar algo en el suelo. Apartó una caja de madera rota y miró debajo.

Había dos nombres grabados, muy juntos, y también una fecha: «MIRJA & MAKUS 1961».

– Mirja -leyó Joakim, y la miró-. Tú grabaste esto?

Ella asintió.

– No queríamos grabar nuestros nombres en la pared, así que lo hicimos en el suelo.

– ¿Quién es Markus?

– Era mi chico. Markus Landkvist.

Ya no dijo nada más. Solo suspiró y saltó por encima de ambos nombres, de vuelta a la escalera.

Se separaron en el jardín. Ahora la energía de Mirja casi había desaparecido. Echó un último vistazo a la casa.

– Quizá vuelva por aquí -anunció.

– Hazlo -contestó Joakim.

– Y, como ya te he dicho, puedes venir a Kalmar con los niños. Os puedo invitar a un zumo.

– Bien. Si el gato no se encuentra a gusto, te lo devolveré.

Mirja sonrió burlona.

– Ni se te ocurra.

A continuación, entró en el Mercedes y arrancó.

Una vez que hubo desaparecido por la carretera de la costa, Joakim regresó despacio al patio. Miró el mar; ¿adónde habría ido el gato?

La gran puerta del establo estaba entreabierta, no la habían cerrado del todo.

Joakim se dirigió hacia allí y entró de nuevo. La penumbra y el silencio le conferían un cierto aire de catedral.

Volvió a subir la escalera y continuó hasta la pared opuesta. Una vez allí, leyó todos los nombres, uno por uno.

A continuación, escuchó pegado a la pared, pero no oyó ningún susurro.

Luego cogió un clavo que encontró en el suelo y grabó concienzudamente el nombre «KATRINE WESTIN» y la fecha en una de las vigas más bajas.

Cuando hubo acabado, dio un paso atrás para observar toda la pared.

Ahora el recuerdo de su mujer estaba grabado también en la casa. Se sintió bien.

Como era de esperar, a los niños les encantó Rasputín. Gabriel lo acariciaba y Livia le daba leche en un plato. No querían separarse ni un minuto de él, pero aquella tarde estaban invitados, sin gato, a la granja de sus vecinos. Los hijos mayores no estaban allí, pero Andreas, el de siete años, los acompañó a la mesa y luego se fue con Livia y Gabriel a comer un helado a la cocina.

Joakim se quedó en el comedor, sentado con Roger y Maria Carlsson, bebiendo café. El tema de conversación era inevitable: cuidar y reformar casas expuestas a las inclemencias del clima de la costa. Pero él tenía una pregunta pendiente, y al fin la hizo:

– Me gustaría saber si conocen alguna historia sobre ludden.

– ¿Historia?

– Sí, historias de fantasmas u otras leyendas -aclaró Joakim-. Katrine me dijo que el verano pasado os contó que… había fantasmas en la casa.

Era la primera vez que pronunciaba su nombre desde que había llegado: procuraba no hablar demasiado de su mujer fallecida. No quería parecer obsesionado. No estaba obsesionado.

– A mí no me contó nada de fantasmas -dijo Roger.

– Katrine y yo hablamos de eso cuando estuvo aquí tomando café -apuntó Maria-. Solo quería saber si ludden tenía mala fama. -Miró a su marido-. Cuando éramos pequeños los mayores decían que en la casa había un cuartito secreto con fantasmas. ¿Te acuerdas, Roger?

Su marido negó con la cabeza. Estaba claro que el tema no le interesaba lo más mínimo. Pero Joakim se inclinó hacia delante.

– ¿Dónde estaba ese cuarto? ¿Lo sabéis?

– Ni idea -contestó Roger, y tomó un sorbo de café.

– No, yo tampoco lo sé -dijo Maria-. Mi abuelo contaba que los fantasmas se encontraban allí por Navidad. Los muertos regresaban a la casa y se reunían en una habitación especial. Y luego tomaban…

– Eso son solo supersticiones -la interrumpió Roger, y alzó la cafetera hacia Joakim-. ¿Quieres otra taza?

15

Tilda yacía desnuda y sudorosa sobre su delgado colchón.

– ¿Te ha gustado? -preguntó.

Martin estaba sentado en el borde de la cama y le daba la espalda.

– Sí…, ha estado bien -contestó él.

Ese domingo por la mañana, Tilda debía haberse dado cuenta de lo que se avecinaba, cuando lo vio ponerse los calzoncillos y los vaqueros nada más salir de la cama, pero no lo pensó.

Martin miraba por la ventana.

– Creo que esto no funciona -dijo al cabo de un rato.

– ¿Qué no funciona? -preguntó ella, aún desnuda bajo el edredón.

– Esto…, todo. No funciona. -Siguió mirando por la ventana y dijo-: Karin hace muchas preguntas.

– ¿Sobre qué?

Tilda aún no había comprendido que la iban a dejar. La típica historia de usar y tirar.

Martin había llegado el viernes por la noche, y todo parecía como de costumbre. Tilda no le preguntó qué le había dicho a su mujer: nunca lo hacía. Esa noche se quedaron en su pequeño apartamento y cocinó sopa de pescado. Martin parecía relajado y le habló de la nueva promoción de alumnos de policía que había comenzado en la escuela ese curso, algunos eran buenos y otros menos.

– Pero los meteremos en cintura -concluyó.

Tilda recordó con todo detalle sus primeros meses en la Escuela de Policía: ella era una más entre una veintena de alumnos. Casi todos hombres, muy pocas chicas. Enseguida dividieron a sus nuevos profesores en tres categorías: profesores policías viejos y amables pero un poco anticuados, profesores civiles que enseñaban derecho y no tenían ni idea de en qué consistía el auténtico trabajo policial; y los profesores policías jóvenes que eran responsables de los ejercicios prácticos. Estos seguían en activo y tenían emocionantes historias que contar, eran los ejemplos de la clase. Martin Ahlquist era uno de ellos.

El sábado cogieron el coche de Martin y condujeron hacia el norte, hasta el cabo más septentrional de la isla. Tilda no había estado allí desde que era pequeña, pero recordó aquella sensación de llegar al fin del mundo. Ahora, en noviembre, desde el mar soplaba un viento gélido, y el faro estaba completamente desierto. La torre blanca que se elevaba sobre el cabo, Eric el largo la llamaban, le recordó los dos faros de ludden. Deseaba comentar el accidente con Martin, pero no lo hizo: ese día libraba.

Almorzaron en el único restaurante abierto durante el invierno, en Byxelkrok, luego regresaron a Marnäs y pasaron el resto de la tarde en casa.

Fue entonces cuando Martin se tornó más reservado, pensó Tilda, a pesar de que ella intentaba conversar con él.

Se acostaron en silencio, y por la mañana Martin se sentó al borde de la cama y empezó a hablar. Sin dirigirle una sola mirada, le explicó que había estado reflexionando mucho tras su marcha a Öland. Había pensado que tenía que elegir. Por fin lo había hecho y le parecía que era lo mejor.

– También será bueno para ti -dijo-. Es lo mejor para todos.

– ¿Quieres decir… que me abandonas? -preguntó ella en voz baja.

– No. Nos dejamos el uno al otro.

– Yo me mudé aquí por ti. -Tilda miraba la espalda peluda de Martin-. A mí no me apetecía irme de Växjö, pero lo hice por ti. Quiero que lo sepas.

– ¿A qué te refieres?

– La gente murmuraba sobre nosotros. Tenía que acabar con eso.

Él asintió.

– A todo el mundo le gusta cotillear -dijo Martin-. Pero ahora ya no tendrán de qué hablar.

En realidad no había mucho más que añadir. Cinco minutos después, estaba completamente vestido y recogía su bolsa del suelo sin mirar a Tilda.

– Bueno -dijo él.

– ¿Así que no ha valido la pena? -preguntó ella.

– Sí -respondió Martin, y salió al recibidor-. Sí durante mucho tiempo. Pero ya no.

– Te asustan los conflictos -dijo Tilda.

Él no contestó. Abrió la puerta de la calle.

Tilda contuvo el impulso de decirle que saludara a su mujer.

Oyó la puerta al cerrarse y pasos que se alejaban en la escalera. Ahora, Martin se metería en su coche, aparcado en la plaza, y volvería a casa, con su familia, como si nada hubiera ocurrido.

Permaneció sentada, desnuda en la cama.

Todo estaba en silencio. Había un condón usado en el suelo.

– ¿Vales la pena? -le preguntó a su reflejo borroso en la ventana.

No, ¿qué te creías?

Tú solo eres la otra.

Después de pasar más de media hora compadeciéndose y controlando el impulso de afeitarse la cabeza y hacer desaparecer su cabellera rubia, se levantó de la cama. Se duchó, se vistió y planeó acercarse a la residencia a visitar a Gerlof. Lo que más necesitaba en aquel momento era estar con ancianos sin problemas amorosos.

Pero antes de salir sonó el teléfono. Era el oficial de guardia de Borgholm, que llamaba por un asunto de trabajo. Durante el fin de semana, unos ladrones habían entrado en una casa parroquial, al norte de Marnäs. La pareja de jubilados que vivía allí los había sorprendido, y ahora el hombre se encontraba hospitalizado, con heridas en la cabeza y diversas fracturas.

Trabajo, eso aplacaría el dolor de Tilda.

Llegó a la casa a las dos, cuando el sol empezaba a ponerse en la isla.

La primera persona que encontró en el lugar de los hechos fue Hans Majner. Vestía de uniforme, a diferencia de ella, y se paseaba por el terreno con un rollo de cinta azul y blanca en la mano en la que se leía: «POLICÍA. NO PASAR».

– ¿Dónde te metiste ayer? -le preguntó él.

– Libraba -respondió ella-. No recibí ningún aviso.

– Es uno mismo quien tiene que estar alerta.

Tilda cerró la puerta del coche y le espetó:

– Cierra el pico.

Majner se dio la vuelta.

– ¿Qué has dicho?

– He dicho que cierres el pico -replicó-. No hace falta que me des lecciones todo el rato.

Ahora había estropeado definitivamente cualquier oportunidad de amistad con su compañero, pero no le importaba.

Él se quedó inmóvil y la observó durante algunos segundos, como si no hubiera comprendido del todo sus palabras.

– Yo no doy lecciones -replicó finalmente.

– Vale. Pásame la cinta.

En silencio, comenzó a acordonar la parte trasera de la casa parroquial y a buscar huellas de zapatos en el jardín, para sacar moldes. Los técnicos de la científica no llegarían de Kalmar hasta el lunes.

Encontró varias pisadas en el barro que rodeaba la vivienda. Parecían ser de zapatos de suelas estriadas o botas de hombre: y entre la maleza, al pie de los árboles, había también indicios de que alguien se había caído de bruces y se había arrastrado a gatas por el bosque.

Tilda observó y contó las huellas. Según sus cálculos, habían visitado el lugar tres personas.

Una mujer salió del porche. Resultó ser la vecina, que tenía la llave de la casa y la cuidaba mientras la pareja de ancianos permanecía en el hospital de Kalmar. La mujer les preguntó si querían acompañarla a su casa y tomar un café.

¿Un café con Majner?

– Mientras tanto le echaré un vistazo a la casa -contestó Tilda.

Después de despedir a la vecina, subió los peldaños de piedra.

En el recibidor, había un montón de trozos de cristal procedentes de un gran espejo que se había caído. La alfombra estaba arrugada y se veían manchas de sangre en el umbral y en el suelo de madera.

Encontró la puerta que daba al salón entornada. Tilda saltó por encima de los cristales rotos y echó un vistazo.

Estaba todo revuelto. El aparador tenía las puertas de cristal abiertas de par en par y habían sacado todos los cajones de una antigua cómoda. Vio rastros de zapatos embarrados en el suelo de madera pulida. «Los técnicos tendrán mucho trabajo aquí», pensó.

Cuando acabaron de inspeccionar el jardín, Majner y ella se separaron sin cruzar palabra. Tilda se sentó en el coche y condujo hasta la residencia de ancianos de Gerlof.

– Un robo -dijo Tilda para justificar su retraso.

– Vaya -contestó Gerlof-. ¿Dónde?

– En la casa parroquial de Hagelby. Golpearon al propietario.

– ¿Está grave?

– Bastante, también lo han apuñalado…, pero seguro que mañana podrás leerlo todo en el periódico.

Se sentó junto a la mesita del café, sacó la grabadora y pensó en Martin. Ahora ya debía de haber llegado a casa, habría entrado por la puerta, abrazado a Karin, su mujer, y a los niños, y se habría quejado de lo aburrida que había sido la conferencia de policía en Kalmar.

Gerlof estaba hablando.

– ¿Disculpa?

Tilda no lo había escuchado. Estaba pensando que Martin había salido por la puerta sin mirarla.

– ¿Habéis buscado huellas de los atracadores?

Tilda asintió sin entrar en detalles.

– Mañana harán un reconocimiento exhaustivo del lugar. -Accionó el micrófono-. ¿Hablamos ahora un poco de la familia?

Gerlof asintió, pero aun así, preguntó:

– ¿Y qué hacéis exactamente en los reconocimientos?

– Bueno…, los técnicos buscan indicios -contestó Tilda-. Fotografían y filman. Buscan huellas dactilares, pelos, restos textiles, es decir, fibras de ropa. Y luego están los rastros biológicos como la sangre, claro. Hacen moldes de escayola de las pisadas en el exterior de la casa. También se pueden conseguir huellas de calzado dentro, si se hace un análisis electrostático…

– Sois muy concienzudos -la interrumpió Gerlof.

Ella asintió.

– Intentamos trabajar con método. Probablemente llegaron en coche, un vehículo grande o una furgoneta. Pero de momento no tenemos muchas pistas.

– Es importante que encontréis a esos ladrones.

– Por supuesto.

– ¿Puedes coger una hoja del escritorio?

Tilda obedeció y observó en silencio cómo Gerlof hacía unas anotaciones en el papel. Acto seguido se lo devolvió.

Había tres nombres escritos con su pulcra caligrafía:

John Hagman

Dagmar Karlsson

Edla Gustafsson

Tilda los leyó y miró a Gerlof.

– Vaya -dijo-. ¿Son los ladrones?

– No. Son viejos conocidos míos.

– ¿Y?

– Te podrán ayudar -contestó.

– ¿Cómo?

– Ven cosas.

– ¿Sí?

– Todos ellos viven cerca de la carretera y se fijan en el tráfico -explicó Gerlof-. Para John, Edla y Dagmar un coche todavía es un gran acontecimiento, sobre todo en invierno. Edla y Dagmar dejan siempre lo que tengan entre manos para ver quién pasa cerca de sus casas.

– Vaya. Entonces tendré que hablar con ellos -asintió Tilda-. Agradecemos cualquier pista.

– Bien. Empieza por John, vive en Stenvik. Somos amigos…, salúdale de mi parte.

– Y le pregunto por los coches desconocidos -dijo ella.

– Pues sí. Seguro que John ha visto pasar algunos por la costa… Luego puedes ir a ver a Dagmar, que vive en las afueras de Altorp, y preguntarle lo mismo. Y también te convendría hablar con Edla Gustafsson, de Hultet. Vive junto a la carretera nacional que lleva a Borgholm, cerca de Speteby.

Tilda echó un vistazo a la lista de nombres.

– Gracias -dijo-. Si paso por allí, iré a visitarlos.

Puso en marcha la grabadora que reposaba sobre la mesa.

– Gerlof… Cuando piensas en tu hermano Ragnar, ¿qué te viene a la cabeza?

El anciano guardó silencio y recapacitó.

– Anguilas -dijo al cabo de un rato-. Le gustaba salir con su motora y vaciar las redes en otoño. También disfrutaba engañándolas. Probaba diferentes cebos para atraer a las hembras de noche y atraparlas con la caña.

– ¿Las hembras?

– Solo se capturan las hembras. -Gerlof sonrió-. Nadie quiere a los machos, son demasiado pequeños y débiles.

– Como muchos hombres -comentó Tilda.

16

– ¿Cuánto falta para Navidad, papá? -preguntó Livia una noche al acostarse.

– Poco… Un mes.

– ¿Cuántos días?

– Dentro de… -Joakim miró el calendario de Pippi Calzaslargas que había encima de la cama y contó- veintiocho días.

La niña asintió y se quedó callada.

– ¿Qué pasa? -dijo él-. ¿Piensas en los regalos de Navidad?

– No -respondió Livia-. Pero mamá volverá entonces, ¿no?

Joakim guardó silencio.

– No estoy tan seguro -contestó despacio.

– Sí.

– No, no creo que podamos esperar…

– ¡Sí! -gritó su hija-. Mamá vendrá entonces.

Luego se tapó con el edredón hasta la nariz y se negó a decir nada más.

El sueño de Livia experimentó una especie de cambio de patrón: Joakim lo había descubierto hacía un par de semanas. Dormía tranquila dos noches, pero a la tercera estaba inquieta y lo volvía a llamar.

– ¿Papá?

Solía comenzar una hora después de la medianoche, y por muy profundamente que Joakim durmiera, enseguida se despertaba.

Esa noche, el gato Rasputín también se despertó con los gritos de Livia. Saltó a una ventana y observó fijamente la oscuridad, como si viera algún movimiento fuera.

– ¿Papá?

«Al menos es un avance», pensó Joakim mientras se dirigía al dormitorio de su hija. Ya no llamaba a Katrine.

Ese jueves por la noche, se sentó en el borde de la cama de Livia y le acarició la espalda. La niña no se despertó, sino que se volvió hacia la pared y poco a poco se fue relajando.

Él permaneció sentado y esperó a que empezara a hablar. Lo hizo tras algunos minutos, con voz tranquila y algo monótona.

– ¿Papá?

– ¿Sí? -respondió en voz baja-. ¿Ves a alguien, Livia?

Seguía dándole la espalda.

– A mamá -dijo.

Ahora estaba más preparado. Pero aún no sabía si su hija dormía de verdad o solo se hallaba en una especie de sopor, de duermevela. Sentía la misma inseguridad al plantearse si aquella conversación era realmente beneficiosa para ella. O para él.

– ¿Dónde está? -preguntó él-. ¿Dónde está mamá?

Joakim vio que sacaba la mano derecha del edredón y gesticulaba débilmente. Volvió la cabeza, pero no vio nada entre las sombras.

Miró de nuevo a su hija.

– ¿Puede Katrine…? ¿Mamá quiere decirme algo?

No hubo respuesta. Cuando sus preguntas eran demasiado largas, casi nunca contestaba.

– ¿Dónde está? -preguntó otra vez-. ¿Dónde está mamá, Livia?

De nuevo, ninguna respuesta.

Joakim recapacitó, y luego preguntó despacio:

– ¿Qué hacía mamá en el faro? ¿Por qué fue al mar?

– Quería… recibir.

– ¿Recibir qué?

– La verdad.

– ¿La verdad? ¿De quién?

La niña guardó silencio.

– ¿Dónde está mamá ahora? -inquirió.

– Cerca.

– ¿Está… está en casa?

Livia guardó silencio. Joakim sintió que Katrine no estaba allí. Se mantenía a distancia.

– ¿Puedes hablar con ella ahora? -preguntó-. ¿Nos oye?

– Mira.

– ¿Nos ve?

– Quizá.

Joakim contuvo la respiración. Buscaba las preguntas correctas.

– ¿Qué ves ahora, Livia? -prosiguió.

– Hay alguien en la playa…, junto a los faros.

– Tiene que ser mamá. ¿Tiene…?

– No -contestó su hija-. Ethel.

– ¿Qué?

– Es Ethel.

Joakim se quedó de piedra.

– No -susurró-. No puede ser ella.

– Sí.

– No, Livia.

Había alzado la voz, casi gritado.

– Sí. Ethel quiere hablar.

Joakim seguía sentado en la cama, sin poder moverse.

– Yo…, no quiero hablar -dijo-. Con ella, no.

– Ella quiere…

– No -la interrumpió Joakim. Su corazón latía desbocado, tenía la boca seca-. Ethel no puede estar aquí.

Livia guardó silencio de nuevo.

– Ethel está en otro lugar -insistió él-. No puede estar aquí.

Ya no podía respirar, lo único que deseaba era escapar de la habitación. Pero continuaba sentado en el borde de la cama de su hija, rígido y aterrorizado. Y su mirada se desviaba una y otra vez hacia la puerta entornada.

La casa estaba en silencio.

Ahora Livia yacía inmóvil bajo el edredón, aún de espaldas a Joakim. Oyó su débil respiración.

Al fin, consiguió levantarse de la cama y se obligó a salir a la penumbra del pasillo.

Fuera, la noche era luminosa; la luna llena se había abierto camino entre las nubes y brillaba en las ventanas recién pintadas. Pero Joakim no quería mirar a través de ellas por miedo a ver el demacrado rostro de una mujer observándolo con ojos llenos de odio.

Mantuvo la vista fija en el suelo y continuó hasta el recibidor; vio que la puerta que daba al porche no estaba cerrada con llave. ¿Por qué nunca se acordaba de cerrar con llave antes de acostarse?

De ahora en adelante lo haría.

Se acercó deprisa y giró la llave, lanzando una rápida mirada a las sombras del patio.

Luego se dio la vuelta y regresó a la cama de puntillas. Sacó el suave camisón de Katrine de debajo de la almohada y lo estrechó con fuerza.

Después de esa noche, Joakim decidió no volver a preguntarle a Livia por sus sueños. No deseaba incitarla a hablar nunca más, y además empezaba a temer sus respuestas.

El viernes por la mañana, después de llevar a los niños a Marnäs y antes de proseguir con las reformas de la planta baja, hizo algo que le pareció tan ridículo como importante. Paseó por la casa hablándole a su difunta hermana mayor.

Fue a la cocina y se quedó de pie junto a la mesa.

– Ethel -dijo-, no puedes quedarte aquí.

Debería haberle parecido una acción estúpida por su parte, pero lo único que Joakim sintió fue pena y una intensa sensación de soledad. Luego salió al jardín, parpadeó a causa del viento frío que soplaba del mar y dijo en voz baja:

– Ethel…, perdona, pero no eres bienvenida aquí.

Por fin, se dirigió al establo, abrió la pesada puerta y desde el umbral susurró:

– Ethel, vete de aquí.

No esperaba respuesta de su hermana muerta, y tampoco la obtuvo. Pero se sintió mejor, un poco mejor: como si pudiera mantenerla a distancia.

El sábado de esa semana recibieron la visita de Lisa y Michael Hesslin, sus antiguos vecinos de Estocolmo. Telefonearon unos días antes y preguntaron si podían quedarse en Öland de camino a Dinamarca. Joakim se alegró: tanto a Katrine como a él les había gustado tenerlos de vecinos.

– Joakim -dijo Lisa tras aparcar el coche y entrar en el recibidor. Le dio un largo abrazo-. Teníamos tantas ganas de ver cómo… ¿Estás cansado?

– Un poco -contestó él, y la abrazó a su vez.

– Pareces cansado. Tienes que dormir más.

Él apenas asintió.

Michael le palmeó el hombro y entró en la casa mirando alrededor con curiosidad.

– Veo que has seguido trabajando -dijo-. Qué zócalos más maravillosos.

– Son los originales -explicó Joakim, y lo siguió por el pasillo-. Solo los he lijado y pintado.

– Y las cenefas del papel pintado son perfectas. Le va bien al espíritu de la casa.

– Gracias, esa era la intención.

– ¿Pintarás todas las habitaciones de blanco?

– En la planta baja sí.

– Queda bonito -comentó Michael-. Resulta fresco y agradable.

Por primera vez, Joakim sintió un cierto orgullo por lo que habían conseguido hacer en la casa. Lo que Katrine había comenzado lo había continuado él, a pesar de todo lo que había ocurrido.

Lisa traspasó el umbral de la cocina y asintió satisfecha.

– Preciosa… ¿Habéis contratado a un experto en feng shui?

– ¿Feng shui? -repitió él-. No lo creo, ¿es importante?

– Por supuesto. Sobre todo en la costa; es primordial saber cómo fluyen las corrientes por la casa. -Lisa miró a su alrededor y se puso la mano en el pecho-. Aquí hay también una intensa energía telúrica…, puedo sentirla. Y tiene que poder fluir sin obstáculos, para que entre y salga.

– Pensaré en ello.

– Conocemos a un experto en feng shui buenísimo, que redecoró nuestra casa de Gotland. Te podemos dar su número de teléfono.

Él asintió y le pareció oír la risa de Katrine en su cabeza. Siempre se había reído de la espiritualidad de Lisa.

Disfrutaron de una agradable cena sentados a la mesa de la cocina. Joakim preparó unas platijas asadas que había comprado en Marnäs. Michael y Lisa habían traído una botella de vino blanco, y él bebió una copa por primera vez en muchos años. No le supo bien, pero se relajó un poco y casi consiguió olvidar lo que Livia había dicho en sueños sobre su hermana muerta.

La niña parecía alegre y contenta. Estaba sentada a la mesa y le hablaba a Lisa de sus tres profesoras de la guardería; dos de ellas salían a fumar a escondidas, aunque a los niños les decían que solo iban a tomar el aire.

Michael les contó a los niños que, mientras pasaban por Småland, habían visto un alce y su cría corriendo por la carretera. Gabriel y Livia lo escuchaban excitados.

Los dos estaban excitados con las visitas, y no fue fácil ponerles el pijama y llevarlos a la cama. Gabriel se durmió al momento, pero Livia le pidió a Lisa que le leyera un cuento.

Veinte minutos más tarde, esta regresó a la cocina

– ¿Se ha dormido? -preguntó Joakim.

– Sí, estaba cansadísima. Dormirá como un tronco toda la noche.

– Eso espero.

Siguió sentado en la cocina con sus amigos una hora más, y luego los ayudó a llevar las maletas al cuarto esquinero contiguo al gran salón.

– Acabo de terminarlo -explicó-. Vosotros lo estrenáis.

Había encendido la chimenea durante el día, y el ambiente de la habitación resultaba cálido y acogedor.

Media hora más tarde, todos se habían acostado. Joakim yacía en la oscuridad y oía las voces susurrantes de Lisa y Michael a lo lejos, en el cuarto de invitados. Le gustaba tenerlos allí. ludden necesitaba más visitas.

Visitas de seres vivos.

Pensó en la leyenda sobre los muertos que le había contado Maria Carlsson. Livia había dicho lo mismo sobre Katrine: que iría a la casa en Navidad.

Poder verla de nuevo. Hablar con ella.

No. No debía pensar esas cosas.

Unos minutos después, la casa quedó en silencio.

Joakim cerró los ojos y se durmió.

Se oyeron unos gritos.

Joakim se despertó de golpe y con un solo pensamiento: «Livia».

Pero no, era la voz de un hombre.

Permaneció tumbado en la cama, somnoliento y desconcertado, y luego recordó que tenía visitas.

Era Michael Hesslin, quien gritaba en la oscuridad.

Oyó el sonido de unos pasos apresurados y luego la voz de Lisa preguntándole algo a su marido desde el pasillo.

Eran las dos menos veinte. Joakim se levantó de la cama, y primero de todo fue a ver a los niños. Los dos dormían tranquilos. Rasputín, por supuesto, había saltado de su cesto y se movía nervioso, pegado a la pared.

Continuó hasta la cocina. La luz del recibidor estaba encendida, y al llegar allí se encontró a Lisa, que se estaba poniendo el abrigo y las botas. Estaba muy seria.

– ¿Qué ha ocurrido? -preguntó.

– No lo sé… Michael se ha despertado y ha empezado a gritar. Luego se ha ido corriendo al coche. -Se abrochó el abrigo-. Tengo que ir a ver qué ha pasado.

Salió y Joakim regresó a la cocina, aún somnoliento.

Rasputín había desaparecido y la casa volvía a estar en completo silencio. Buscó un cazo para preparar té.

Cuando la infusión estuvo lista, se acercó a la ventana con su taza y vio que Lisa estaba sentada junto a su marido en el coche aparcado en el jardín. Los copos de una débil nevada brillaban en el aire.

Parecía que Lisa le preguntase algo a Michael, que estaba sentado al volante; él tenía la mirada fija en el parabrisas y negaba con la cabeza.

Después de unos minutos, ella volvió a entrar. Miró a Joakim.

– Michael ha tenido una pesadilla. Dice que había alguien junto a la cama que lo miraba.

Él contuvo la respiración. Asintió y preguntó en voz baja:

– ¿Volverá a entrar?

– Creo que quiere quedarse sentado un rato en el coche -dijo Lisa, y añadió-: Será mejor que nos vayamos al hotel de Borgholm. Está abierto en invierno, ¿verdad?

– Sí, eso creo -contestó y, tras una pausa, preguntó-: ¿Suele tener pesadillas?

– No -contestó ella-. En Estocolmo, no, pero aquí se ha sentido inquieto. La empresa no está yendo muy bien. No me cuenta mucho, pero…

– No hay nada peligroso en la casa -la interrumpió Joakim. Luego pensó en lo que Livia había dicho en sueños, y añadió-: Durante estas últimas semanas hemos estado algo tristes, pero no viviríamos aquí si no nos sintiéramos… seguros.

Lisa lanzó una rápida mirada a su alrededor.

– Aquí hay energías muy poderosas -dijo, y a continuación preguntó con delicadeza-: ¿Has sentido la presencia de Katrine? Como si os cuidara.

Él dudó, antes de asentir.

– Sí -reconoció finalmente-. A veces intuyo algo.

Guardó silencio. Le habría gustado hablar de las cosas que había experimentado, pero Lisa Hesslin no era la persona adecuada.

– Tengo que hacer las maletas -dijo ella.

Un cuarto de hora más tarde, Joakim estaba de nuevo junto a la ventana de la cocina, contemplando cómo el gran coche de los Hesslin abandonaba ludden. Permaneció un buen rato mirándolo, hasta que las luces traseras desaparecieron en la carretera nacional.

La casa seguía en silencio.

Joakim dejó encendida la luz del recibidor y, después de comprobar que los niños dormían tranquilos, regresó a su dormitorio. Se metió en la cama y permaneció tumbado en la oscuridad con los ojos abiertos.

El lunes por la mañana llevó a los niños a Marnäs y luego lijó, pintó y empapeló el penúltimo dormitorio que quedaba sin reformar de la planta baja. Mientras trabajaba, estuvo atento a los sonidos de la casa, pero no oyó nada.

Tardó cinco horas, incluido un breve almuerzo, en terminar tres de las paredes. A las dos de la tarde, concluyó el trabajo de la jornada y se preparó un café.

Salió al porche con la taza, aspiró el aire frío y vio que el sol ya se había puesto tras la cabaña.

El patio estaba en penumbra, pero pudo ver que la puerta del establo estaba entreabierta. ¿No la había cerrado el viernes, antes de que llegaran los Hesslin?

Se puso la chaqueta y salió fuera.

El establo se encontraba a veinte pasos. Al llegar allí, Joakim abrió la puerta de par en par y se metió dentro. El viejo interruptor negro se hallaba en la pared de su derecha. Al accionarlo, dos pequeñas bombillas derramaron una luz amarillenta por el suelo de piedra, las cuadras vacías y los pesebres del forraje.

Todo estaba en silencio. A pesar del frío, no parecía que las ratas se hubieran trasladado allí.

En cada visita que hacía a aquel lugar, descubría cosas nuevas, y ahora le pareció que el suelo parecía recién fregado. El otoño anterior, al hablar de los edificios de la finca, Katrine había mencionado que había limpiado el establo.

Joakim miró la escalera de madera que conducía al altillo y pensó en su última visita allí, con Mirja Rambe. Deseaba ver de nuevo la pared que le había enseñado, el homenaje a los muertos.

Solo una rápida ojeada.

Desde arriba, pudo ver de nuevo los rayos del sol. Daban justo en el tejado de la cabaña y entraban por las pequeñas ventanas de la fachada sur del establo.

Avanzó despacio, intentando bordear la basura.

Al fin se halló frente a la pared del fondo. A la luz amarillenta del sol de invierno, los nombres grabados en la madera se tornaron nítidos.

En una viga casi abajo del todo, estaba el nombre y la fecha de Katrine que él había grabado.

Su Katrine. Joakim leyó el nombre una y otra vez.

Las grietas entre las vigas eran estrechas y negras como el carbón, pero al cambiar de postura le pareció percibir una oscuridad detrás de ellas. De pronto se le ocurrió que aquella era la pared exterior del establo.

A pesar de que casi era la hora de ir a buscar a Livia y a Gabriel, salió deprisa al jardín, se apartó unos pasos y contó las ventanitas del piso de arriba. Una, dos, tres, cuatro, cinco. Luego subió de nuevo al altillo.

Allí había solo cuatro ventanas, debajo del tejado. La última debía de estar al otro lado de la pared.

No vio ninguna puerta ni trampilla. Apretó unos cuantos tablones, pero ninguno de ellos cedió.

17

Hola, Karin:

Esta es una carta de alguien que no te desea ningún mal, sino solo abrirte los ojos. En fin, el asunto es el siguiente: Martin te ha estado engañando durante mucho tiempo. Hace más de tres años, en la Escuela Superior de Policía de Växjö, dio clases a un grupo en el que había una alumna diez años más joven que él. Tras celebrar el final del primer curso, Martin inició una relación con ella que ha continuado hasta ahora.

Y que acabó hace apenas unos días.

Lo sé con toda seguridad, pues yo soy esa mujer. Al final no pude aguantar más sus mentiras, y espero que ahora que sabes la verdad, tú hagas lo mismo.

¿Necesitas alguna prueba para estar completamente segura? No entraré en intimidades, pero puedo describir, por ejemplo, la cicatriz de cinco centímetros en su ingle derecha, resultado de una operación de hernia hace algunos años. La tenía desde que movió unas piedras en vuestra casa de campo de Orrefors, ¿no es cierto?

Y estarás de acuerdo conmigo en que ya que es tan vanidoso y se siente tan orgulloso de poseer un cuerpo tan en forma, debería depilarse de vez en cuando la espalda, que tiene tan peluda como el culo.

Como ya te he dicho, no quiero hacerle daño a nadie, aunque entiendo que puede resultarte doloroso saber la verdad. Hay tantas mentiras en este mundo y tantos pérfidos mentirosos. Pero juntas, tú y yo podemos acabar, por lo menos, con uno de ellos.

Saludos,

«La otra»

Tilda se recostó en la silla y releyó la carta en la pantalla del ordenador por última vez.

Eran las ocho menos cuarto de la mañana. Había llegado a la comisaría a las siete para pasar a limpio el borrador que había garabateado en un papel la noche anterior. La oficina estaba desierta: Hans Majner, naturalmente, nunca llegaba temprano. Si aparecía, lo hacía sobre las diez.

Tilda solo había visto una vez a Karin Ahlquist. Fue un día en que Martin se vio obligado a tener a su hijo Anton unas horas en la Escuela de Policía, hasta que ella pudiera pasar a recogerlo. Llegó a las cuatro de la tarde al lugar donde realizaban unos ejercicios de tráfico. Le sacaba a Tilda una cabeza y tenía el pelo negro y rizado. Recordó cómo había sonreído a su marido, orgullosa y enamorada, al despedirse de él ese día.

Miró la calle desierta a través de la ventana de la comisaría.

¿Se encontraba mejor ahora? ¿Realmente le satisfacía vengarse de Martin?

Sí.

Estaba cansada, aunque quizá algo menos ahora que la carta estaba lista. Imprimió enseguida una copia.

Mientras cogía un sobre blanco sin distintivos, volvió a sentirse insegura. Martin le había dicho que Karin trabajaba en la oficina de medio ambiente del ayuntamiento, y Tilda había pensado enviar allí la carta, para que no acabara en manos de él. Pero el correo del ayuntamiento solía abrirse y catalogarse, así que optó por escribir en el sobre la dirección particular, con una esmerada letra mayúscula que creyó que Martin no reconocería. Sin remitente.

Guardó el sobre en el bolso de tela con la grabadora, se puso la chaqueta y la gorra del uniforme y salió de la comisaría.

Había un buzón amarillo junto al coche de policía. Tilda se detuvo delante, pero no echó la carta.

No la había cerrado ni tenía sello, y aún no estaba segura del todo de querer enviarla.

Ese día, le tocaba impartir clase de ciudadanía a tres grupos de la escuela después del almuerzo, pero antes tenía tiempo para darse una vuelta con el coche, controlar el tráfico y llamar a algunas puertas en el campo.

Edla Gustafsson vivía cerca de Altorp, en una casita roja con vistas al lapiaz. En su jardín escaseaban los árboles, y la carretera nacional pasaba justo delante de su casa.

Parecía que allí el tiempo se hubiese detenido. Así era como debería vivir todo el mundo, pensó Tilda, en plena naturaleza, lejos de todos los hombres.

Cogió la mochila y llamó a la puerta. La abrió una mujer robusta.

– Hola, me llamo Tilda…

– Sí, sí, está bien -la interrumpió-. Gerlof me dijo que vendrías a verme. Pasa, pasa.

Dos gatos negros desaparecieron en la cocina, pero en cambio Edla Gustafsson parecía contenta con la visita de una pariente de Gerlof. Era una mujer alegre y enérgica, y apenas escuchó la explicación que le dio Tilda sobre el motivo de su visita. Preparó enseguida café y sacó unas pastitas de la despensa. De mermelada, de azúcar cande, de chocolate; en total, diez clases diferentes en una fuente de plata, que sirvió en el pequeño salón. Al sentarse, Tilda miró de hito en hito la mesa del café.

– Nunca había visto tantas pastas juntas.

– ¿No? -preguntó Edla sorprendida-. ¿Nunca has estado en una pastelería?

– Sí, claro que sí…

Miró una fotografía de boda, en blanco y negro, colgada de la pared y pensó en la carta que le había escrito a la mujer de Martin. Había decidido enviarla esa misma tarde. Así Karin Ahlquist la recibiría a los pocos días y tendría todo el fin de semana para echar al marido de casa.

Carraspeó.

– Tengo unas preguntas que hacerle, Edla. No sé si habrá leído el periódico, pero ha habido un robo con violencia en Hagelby y la policía necesita un poco de ayuda.

– A mí también me han robado -contestó la mujer-. Entraron en el garaje y se llevaron un bidón de gasolina.

– Vaya. -Tilda sacó su libreta-. ¿Cuándo ocurrió?

– El otoño del setenta y tres.

– Ah…

– Lo recuerdo, porque mi marido aún vivía y teníamos coche.

– De acuerdo, pero ahora nos estamos ocupando de robos más recientes, cometidos en los últimos meses. -Hizo una pausa-. Así que me gustaría hacerle algunas preguntas sobre coches desconocidos… Gerlof me ha contado que controla el tráfico de la carretera.

– Por la ventana, sí. Siempre lo he hecho, los oigo acercarse. Pero ahora pasan tantos.

– En invierno pasan muchos menos, ¿verdad?

– Sí. En esta época del año es más fácil que cuando llegan los veraneantes…, pero ya no anoto las matrículas, no me da tiempo. Pasan muy deprisa. Y yo soy muy mala con las marcas de coches.

– Pero en estos últimos días, ¿ha visto algún coche que no le fuera familiar? Por la noche, a última hora… el viernes, por ejemplo.

Edla recapacitó.

– ¿Coches grandes?

– Es posible. En varias ocasiones han robado bastantes cosas, así que habrán necesitado un coche con bastante espacio para cargar.

– Pasan camiones con frecuencia. También camiones de la basura, y tractores.

– No creo que se trate de un camión -apuntó Tilda.

– El jueves pasó un gran coche negro. Se dirigía al norte.

– ¿Una furgoneta? ¿Fue por la noche?

– Sí, justo antes de las doce. La vi después de haber apagado la luz arriba, en el dormitorio -dijo Edla-. Era una furgoneta negra.

– Bien…, ¿era nueva o vieja?

– No muy nueva. Y en el lateral tenía un anuncio, «Kalmar», y algo sobre fontanería.

Tilda escribió.

– Muy bien. Muchas gracias por la ayuda.

– ¿Me darán alguna recompensa si los atrapan?

Tilda bajó la vista a la libreta e hizo un gesto negativo y triste con la cabeza.

Tras la visita a Edla, condujo hacia el norte. Al llegar al sur de Marnäs, giró hacia la carretera de la costa. Pasó por ludden, aunque no se dirigía allí. Quería echarle un rápido vistazo a la vieja casa del abuelo Ragnar en Saltfjärden antes de regresar a la comisaría.

«CAMINO PARTICULAR», indicaba un trozo de madera junto a la cuneta. Un sendero helado y lleno de vegetación llevaba hacia el mar. El coche patrulla de Tilda avanzó a trompicones por las profundas rodadas.

El camino pasaba junto a una antigua tumba prehistórica cubierta de piedras redondas y finalizaba ante una verja cerrada frente a una casa blanca. Al fondo se vislumbraba el mar entre un pinar.

Tilda aparcó junto a la verja y entró en la parcela cubierta de hierba silvestre. Sus recuerdos eran vagos y todo le parecía mucho más pequeño que cuando había estado allí con su padre, hacía quince años. En aquel tiempo, Ragnar llevaba muerto muchos años y la abuela de Tilda estaba en el hospital. La parcela estaba a la venta. Apenas tenía una vaga reminiscencia de olor a alquitrán y la imagen de varias nasas en el jardín. Ahora no estaban.

– ¿Hola? -gritó al viento susurrante.

No hubo respuesta.

La casa principal era pequeña, aunque en la parcela había varias construcciones más. Un cobertizo con las contraventanas cerradas, una leñera, un establo y algo que podía haber sido una sauna. La ubicación junto a la playa era fantástica, aunque todos los edificios requerían una mano de pintura y en general reinaba un ambiente sombrío y de abandono.

Llamó a la puerta de la casa y tampoco obtuvo respuesta, como era de esperar. Probablemente ahora fuera una residencia de verano, como le había dicho Gerlof. Todo rastro de la familia Davidsson había desaparecido.

Desde allí no se veía ludden, pero cuando Tilda fue más allá de los pinos y salió a la pradera de la playa, vio los restos de un antiguo naufragio a un centenar de metros, y al sur los dos faros elevándose en el horizonte.

Se acercó al agua, una gran ave reposaba en una piedra y alzó el vuelo despacio, con pesados aleteos. Un ave rapaz.

En la linde del bosque, vio que había una casa más, y frente ella, sobre el césped, una silla donde alguien había dejado una pila de mantas.

En ese instante, las mantas se movieron. Apareció una cabeza y Tilda comprendió que había una persona envuelta en ellas. Se acercó y vio que se trataba de un anciano de barba blanca y con un gorro de lana; a su lado había un termo, y sujetaba unos largos prismáticos verde oscuro.

– Has asustado a mi Haliaeetus albicilla -gritó el hombre.

Tilda se acercó a él.

– ¿Disculpe?

– El águila marina -explicó el hombre-. ¿No la has visto?

– Sí -contestó Tilda.

Un observador de aves. Los había a lo largo de la costa durante todas las estaciones del año.

– Acechaba a unos patos -prosiguió el ornitólogo. Dirigió los prismáticos hacia el mar, donde una docena de aves blancas y negras se dejaban mecer por las olas-. Nadan por aquí todo el año y se juntan para esquivar a las rapaces. Son unos pillines.

– Qué emocionante -dijo Tilda.

– ¿Verdad que sí? -El hombre envuelto en las mantas miró su uniforme y añadió-: Es la primera vez que un policía pasa por aquí.

– Sí, esto parece muy tranquilo.

– Bueno. Por lo menos durante el invierno. Solo pasan cargueros, y a veces alguna embarcación de motor.

– ¿A estas alturas del año?

– Este invierno no he visto ninguna -respondió el hombre-. Pero las he oído por la costa.

Tilda tuvo un sobresalto.

– ¿Se refiere a los alrededores de ludden?

– Sí, y algo más al sur. Si el viento sopla en la dirección apropiada, se oyen los motores a varios kilómetros de distancia.

– Una mujer se ahogó junto a los faros de ludden hace unas semanas -dijo Tilda-. ¿Estaba usted por aquí entonces?

– Creo que sí.

Ella lo miró con semblante serio.

– ¿Se acuerda del accidente?

– Leí algo en el periódico…, aunque no vi nada. No se puede ver el cabo a causa del pinar.

– ¿Recuerda si oyó el ruido de un motor ese día?

El ornitólogo recapacitó.

– Quizá -respondió.

– Si un barco se dirigiera hacia el sur por la ensenada, ¿lo habría visto usted?

– Es posible. Suelo venir por aquí.

Era un testimonio vago. Edla Gustafsson vigilaba la carretera nacional mucho mejor que aquel observador de aves el mar Báltico.

Agradeció su ayuda y empezó a irse hacia el coche.

– Quizá podríamos mantener el contacto.

Tilda se volvió.

– ¿Disculpe?

– Esto es algo solitario -dijo él, y sonrió-. Bonito pero solitario. Quizá te gustaría volver a pasar por aquí.

Ella negó con la cabeza.

– Lo siento -replicó-. Tendrá que buscarse la compañía de un cisne cantor.

Tras el almuerzo, Tilda fue a la escuela para hablarles de ciudadanía a los alumnos durante casi tres horas. Al regresar a la comisaría, estuvo ocupada con unos cuantos informes de tráfico, pero no logró quitarse de la cabeza el accidente en ludden.

Al cabo de un rato, descolgó el teléfono y llamó a la casa de ludden.

Joakim Westin respondió después de tres señales. Tilda oyó ruido de botes de pelota y alegres gritos de niños de fondo, una buena señal. Pero el hombre sonaba cansado y distante al responder. No parecía enfadado, más bien como si no tuviera fuerzas.

Fue directa al grano.

– Tengo que preguntarle una cosa -dijo-. ¿Conocía su mujer a alguien que tuviera una barca en Öland? ¿El dueño de una barca que viviera cerca de su casa?

– No conozco a nadie que tenga ninguna embarcación -contestó él-. Y Katrine…, tampoco habló nunca de nadie que tuviera una.

– ¿Qué hacía ella durante las semanas que usted pasó en Estocolmo? ¿Se lo contó?

– Reformaba y amueblaba la casa, y se ocupaba de los niños. Estaba muy atareada.

– ¿Recibió alguna visita?

– Por lo que sé, solo la mía.

– Gracias -dijo Tilda-. Ya le llamaré…

– Yo también tengo una pregunta -la interrumpió Westin.

– ¿Sí?

– Cuando estuvo aquí la última vez, dijo algo sobre un pariente suyo que conocía ludden…, alguien de la Asociación Local de Marnäs.

– Sí, Gerlof -respondió ella-. Es mi tío abuelo. Ha escrito bastantes artículos para el libro anual de la asociación.

– Me gustaría hablar con él un rato.

– ¿Sobre la casa?

– Sobre la historia de la misma…, y sobre una leyenda de ludden en particular.

– ¿Una leyenda?

– Una leyenda sobre los muertos -añadió.

– Vaya. No sé cuánto sabrá sobre leyendas populares -contestó Tilda-, pero puedo preguntarle. A Gerlof le gusta contar historias.

– Dígale que será bienvenido.

Eran las cuatro y media cuando Tilda colgó el auricular. Encendió el ordenador para redactar nuevas denuncias e informes, incluido uno sobre la furgoneta negra. Era un dato bastante concreto en la investigación sobre los robos. En cambio, lo que le había contado el observador de aves acerca de un ruido de motor en ludden era demasiado vago para incluirlo en un informe.

Escribió durante un buen rato, y cuando acabó eran las ocho menos cuarto.

Trabajo duro, la mejor manera de no pensar en Martin Ahlquist. De expulsarlo de su cuerpo y de su alma.

Aún no le había enviado la carta a su mujer.

Invierno de 1943

Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial el ejército ocupó ludden. Apagaron los faros y los soldados se instalaron en la casa para vigilar la costa.

En el altillo del establo se conserva un nombre de aquella época, pero no es de hombre.

«EN MEMORIA DE GRETA 1943», está grabado con finas letras.

MIRJA RAMBE

La alarma sobre la desaparición de la chica de dieciséis años llega al puesto de vigilancia aérea de ludden el día después de la gran tormenta de nieve.

– Se perdió durante la nevasca -dice Kaminen, el jefe del puesto, cuando los siete hombres se reúnen en la cocina por la mañana; todos visten el uniforme gris de la Corona.

En realidad, Kaminen se llama Bengtsson, pero le han puesto ese apodo, que significa «estufa», porque cuando hace viento prefiere quedarse junto a la estufa. Y en ludden en invierno siempre hace viento.

– No hay muchas esperanzas -prosigue-. Pero de cualquier manera tendremos que buscarla.

Kaminen se queda dentro, a cargo de la radio: todos los demás salen a la nieve. A Eskil Nilsson y Ludvig Rucker -que, con diecinueve años es el más joven del puesto- los envían al oeste a buscar por la ciénaga.

Es un día soleado, aunque están a quince grados bajo cero, y sopla un viento suave: mucho más suave que en los anteriores años de guerra, cuando el termómetro marcaba entre treinta y cuarenta grados bajo cero.

Dejando aparte la tormenta de nieve de la noche anterior, ludden ha vivido un invierno tranquilo. Los aviones Messerschmitt alemanes casi han dejado de verse por la costa, y después de la batalla de Stalingrado, el mayor temor de Suecia es la hegemonía de la Unión Soviética en el Báltico.

El hermano mayor de Eskil ha sido enviado a Gotland, donde ha tenido que vivir en una tienda de campaña todo el año. ludden tienen contacto por radio con Gotland: si la flota soviética ataca, serán los primeros en saberlo.

Ludvig enciende a toda prisa un cigarrillo cuando salen al campo y comienzan a avanzar con dificultad por la nieve. Fuma como una chimenea, pero nunca invita. Eskil se pregunta de dónde sacará tanto tabaco.

Hace tiempo que en la casa casi todo está racionado. Del mar obtienen pescado y de las dos vacas de ludden, leche, pero escasea el combustible, los huevos, las patatas, la tela y el café de verdad. Lo peor de todo es el racionamiento de tabaco, que ha quedado reducido a tres cigarrillos al día.

Pero no parece que Ludvig tenga problemas para conseguirlos, ya sea por correo o en alguno de los pueblos de los alrededores. ¿Cómo puede permitírselo? El sueldo de los reclutas es de una sola corona al día.

Eskil se detiene tras avanzar un centenar de metros y busca la carretera. No la ve: ha sido borrada por la tormenta de nieve. Clavaron ramas de pino a modo de señales para los trineos, pero las ramas han debido de salir volando durante la noche.

– Me pregunto de dónde vendría -dice Eskil, y se sube a un montículo de nieve.

– Venía de Malmtorp, a las afueras de Rörby -contesta Ludvig.

– ¿Estás seguro?

– También sé su nombre -añade su compañero-: Greta Friberg.

– ¿Greta? ¿Cómo lo sabes?

Ludvig se limita a sonreír y saca otro cigarrillo.

Ahora Eskil ve la torre de vigilancia del oeste. Una cuerda conduce hasta allí desde la carretera. Es una torre de madera, aislada con ramas de pino y camuflada con tela verde grisácea. La tormenta ha empujado la nieve contra ella, formando una pared casi vertical en el lado este.

El faro sur es la segunda torre de vigilancia aérea de ludden, se electrificó justo antes de que empezara la guerra, y tiene calefacción. Resulta bastante cómodo vigilar la aparición de aviones extranjeros desde allí. Pero Eskil sabe que Ludvig prefiere estar solo allí fuera, en la ciénaga.

Sospecha que su compañero no siempre está solo en la torre de vigilancia. Los muchachos de Rörby odian a Ludvig, y Eskil cree saber la razón. Las chicas del pueblo están locas por él.

Ludvig se acerca a la torre. Borra sus huellas en la nieve con el guante, sube y desaparece un minuto. Luego vuelve a bajar.

– Toma -dice, y le alarga a Eskil una botella.

Es aguardiente. El porcentaje de alcohol es bastante alto, porque no se ha congelado; Eskil desenrosca el tapón y bebe un reconfortante trago. Luego mira la botella, que está medio llena.

– ¿Conque ayer estuviste bebiendo en la torre? -pregunta.

– Ayer por la tarde -responde Ludvig.

– ¿Regresaste a casa en plena tormenta?

El otro asiente.

– Casi a gatas. Ni siquiera podía verme la mano. Es una suerte que tengamos la cuerda.

Guarda la botella en la torre y luego prosiguen avanzando con dificultad por la nieve hacia Rörby.

Quince minutos después, encuentran el cuerpo de la chica.

En medio de la nieve, al norte de la ciénaga, Eskil ve sobresalir algo que puede ser un rastrojo de abedul. Entorna los ojos y se acerca.

De pronto, ve que se trata de una mano pequeña.

Greta Friberg casi había llegado a Rörby cuando la nieve la atrapó. Al retirar la nieve, aparece el rostro helado con la vista clavada en el cielo y los ojos cubiertos de cristales de hielo.

Eskil no puede dejar de mirarla. Se agacha en silencio.

Ludvig está detrás de él, fumando.

– ¿Es ella? -le pregunta Eskil en voz baja.

Su compañero sacude la ceniza del cigarrillo y se inclina hacia delante para echar un vistazo.

– Sí, es Greta.

– Estuvo contigo, ¿verdad? -lo interroga Eskil-. Ayer, en la torre.

– Quizá -responde el otro, y añade-: Tendré que mentirle un poco a Kaminen sobre esto.

Eskil se pone en pie.

– Dime la verdad, Ludvig -le espeta.

Este se encoge de hombros y apaga el cigarrillo.

– Quería irse a casa. Tenía frío y le aterrorizaba pasar la noche conmigo en la torre. Así que cada uno siguió su camino en plena tormenta.

Eskil lo mira a él y luego al cuerpo en la nieve.

– Tenemos que buscar ayuda. No podemos dejarla aquí.

– Cojamos el trineo -propone Ludvig-. Solo tenemos que ponerla encima. Vamos.

Se da la vuelta y se encamina a la casa. Eskil retrocede despacio para no darle la espalda a la muerta, y luego se apresura a alcanzar a su compañero.

Avanzan por la nieve con dificultad y en silencio.

– ¿Grabarás el nombre en el establo? -pregunta-. ¿Como hicimos con Werner?

Werner era un recluta de diecisiete años que se cayó de una barca y se ahogó cerca del cabo durante el verano de 1942. Eskil cree que deberían grabar el nombre de Greta a su lado en el altillo del establo. Pero Ludvig niega con la cabeza.

– Apenas la conocía.

– Pero…

– Fue culpa suya -lo interrumpe el otro-. Debería haberse quedado conmigo en la torre. Yo la habría calentado.

Eskil no dice nada.

– Aunque hay chicas de sobra en los pueblos -prosigue Ludvig, y mira hacia el otro lado de la ciénaga-. Lo mejor de las chicas es que nunca se acaban.

Eskil asiente, pero ahora no puede pensar en chicas. Solo piensa en los muertos.

DICIEMBRE

18

Había comenzado un nuevo mes, el mes de Navidad, y era viernes por la tarde. Joakim había subido al helado altillo del establo y ahora se hallaba frente a la pared con los nombres de los muertos. En las manos sostenía un martillo y un escoplo recién afilado.

Subía allí una hora antes de ir a buscar a Livia y a Gabriel, cuando el sol se ponía y las sombras se apoderaban del patio. Era una especie de recompensa que se concedía a sí mismo cuando el trabajo de la reforma iba bien.

A pesar del frío, sentarse allí arriba en medio del silencio lo tranquilizaba. Le gustaba estudiar los nombres grabados en la pared. Leía una y otra vez el nombre de Katrine como si fuera un mantra.

Al tiempo que se aprendía muchos de los nombres de memoria, la propia pared, con sus nudos y anillos, empezó a resultarle familiar. A la izquierda, en el rincón, una de las vigas del medio de la pared tenía una profunda hendidura que llamó la atención de Joakim.

Al acercarse, observó que la madera se había resquebrajado a lo largo de uno de sus anillos. Luego, la fisura se había agrandado hacia abajo formando una línea diagonal. Al posar la mano en ella, la viga crujió y cedió.

Joakim decidió volver al altillo con las herramientas.

Colocó el escoplo en la hendidura, golpeó con el martillo y vio cómo el hierro afilado traspasaba la madera.

Apenas necesitó una docena de martillazos para que el extremo de la viga saltara. Al hacerlo cayó hacia el interior y el ruido sordo de la caída le indicó a Joakim que el suelo de madera proseguía al otro lado de la pared. Pero no alcanzaba a ver lo que había allí dentro.

Cuando se agachó para mirar por el agujero de unos centímetros de ancho, lo asaltó un olor familiar que le obligó a cerrar los ojos y apoyarse contra la pared.

Era el olor de Katrine.

Se puso de rodillas e introdujo la mano izquierda en la abertura. Primero los dedos, luego la muñeca y al final todo el brazo. Tanteó sin encontrar nada.

Pero al retirar la mano, sus dedos se toparon con algo blando.

Parecía una tela áspera: como unos pantalones o una chaqueta.

Joakim apartó el brazo enseguida.

En ese momento le llegó un ruido sordo procedente del exterior, y vio el reflejo de una luz en las ventanas heladas del establo. Un coche entraba en el jardín.

Lanzó un último vistazo a la abertura de la pared y luego se dirigió a la escalera y bajó del altillo.

En el jardín, la luz del coche lo deslumbró. Oyó una puerta cerrarse.

– ¡Hola, Joakim!

Era una voz enérgica y conocida. Marianne, la directora de la guardería.

– ¿Ha pasado algo? -preguntó.

Le lanzó una mirada desconcertada y luego se levantó la manga izquierda de la chaqueta para mirar el reloj. A la claridad de la luz del coche vio que ya eran las cinco y media.

La guardería cerraba a las cinco. Se había olvidado de ir a buscar a Gabriel y a Livia.

– Se me ha pasado… Me he olvidado del tiempo.

– No importa -dijo Marianne-. Tenía miedo de que hubiera sucedido algo. He llamado por teléfono, pero nadie ha contestado.

– Sí, estaba…, estaba en el establo trabajando.

– Esas cosas pasan -contestó la mujer, y sonrió.

– Gracias -dijo Joakim-. Gracias por traerlos a casa.

– No tiene importancia, vivo en Rörby. -Marianne se despidió con la mano y regresó al coche-. Hasta el lunes.

Después de que la mujer abandonara el jardín marcha atrás, Joakim se dirigió avergonzado hacia el recibidor. Oyó voces en la cocina.

Livia y Gabriel ya se habían quitado las botas y los abrigos, que estaban tirados por el suelo. Los niños se hallaban sentados a la mesa de la cocina y compartían una mandarina.

– Papá, te has olvidado de recogernos -dijo Livia en cuanto él traspasó el umbral.

– Lo sé -respondió en voz baja.

– Marianne nos ha traído.

No sonaba enfadada, más bien sorprendida por el cambio de rutina.

– Lo sé -dijo-. No era mi intención.

Gabriel comía los gajos de mandarina ajeno al suceso, pero Livia le dirigió una intensa mirada.

– Vamos a cenar -dijo Joakim, y se encaminó a toda prisa a la despensa.

La pasta con salsa de atún era un plato favorito de los niños, así que hirvió el agua y calentó la salsa. De vez en cuando miraba de reojo por la ventana de la cocina.

El establo se alzaba como un castillo negro al otro lado del patio.

Guardaba secretos. Una habitación oculta sin puerta.

Una habitación que durante un instante había estado repleta del olor de Katrine. Joakim estaba seguro de haberlo percibido; el aroma había fluido por el agujero de la pared y no había podido resistirlo.

Quería entrar en la habitación, pero la única manera sería cortando los gruesos tablones con una sierra. Y de ese modo destruiría los nombres grabados en ellos, algo que Joakim nunca haría. Sentía demasiado respeto por los muertos.

Cuando la temperatura descendió por debajo de cero grados, el frío también empezó a colarse en la casa. Joakim confiaba en los radiadores y las chimeneas de la planta baja, pero había corrientes de aire a ras del suelo y también en alguna ventana. Los días de viento, buscaba esas corrientes por suelos y paredes, y luego las aislaba desprendiendo parte del panel exterior e introduciendo estopa prensada entre la madera.

El primer fin de semana de diciembre, la temperatura se mantuvo alrededor de los cinco grados bajo cero mientras hubo sol, pero por la tarde descendió hasta los diez bajo cero.

El domingo por la mañana, Joakim miró por la ventana y vio que el mar tenía una capa de hielo. Cubría más de un centenar de metros. Debía de haberse formado durante la noche, junto a la playa, y luego se había extendido lentamente alrededor de los cabos hasta mar adentro.

– Dentro de poco podremos ir caminando hasta Gotland por el agua -les dijo a los niños, que estaban sentados a la mesa del desayuno.

– ¿Qué es Gotland? -preguntó Gabriel.

– Es una isla muy grande del mar Báltico.

– ¿Y podemos ir caminando hasta allí? -inquirió Livia.

– No, era una broma -aclaró Joakim enseguida-. Está demasiado lejos.

– Pero ¡yo quiero ir!

No se podía bromear con una niña de seis años: se lo tomaba todo al pie de la letra. Joakim miró por la ventana y le vino a la cabeza la imagen de Livia y Gabriel caminando sobre aquel hielo negro, alejándose más y más. Luego el hielo se partía de pronto, se abría un gran agujero y desaparecían…

Se dio la vuelta hacia su hija.

– Gabriel y tú no debéis ir al hielo. Jamás. Nunca se sabe si va a romper.

Por la tarde, Joakim llamó a sus vecinos de Estocolmo, Lisa y Michael Hesslin. No había sabido nada de ellos desde la noche en que abandonaron ludden.

– Hola, Joakim -saludó Michael-. ¿Estás en Estocolmo?

– No, seguimos en Öland. ¿Qué tal estáis?

– Bien. Me alegro de oírte.

Sin embargo, Joakim notó que Michael sonaba distinto. Quizá se sentía avergonzado por lo ocurrido la última vez que se vieron.

– ¿Te encuentras bien? -le preguntó-. ¿Qué tal la empresa?

– Perfectamente -respondió Michael-. Con muchos proyectos emocionantes. Antes de Navidad siempre hay mucho jaleo.

– Bueno…, solo quería saber cómo estabais. Tuvimos una despedida un poco precipitada la última vez que nos vimos.

– Sí -convino el otro, y dudó antes de proseguir-. Lo siento. No sé qué pasó. Me desperté en mitad de la noche y no pude volver a dormirme.

Guardó silencio.

– Lisa me contó que habías tenido una pesadilla -apuntó Joakim-. Que soñaste que había alguien junto a la cama.

– ¿Eso dijo? Bueno, no lo recuerdo.

– ¿No recuerdas a quién viste?

– No.

– Yo nunca he visto nada raro aquí, en la casa -dijo él-, aunque a veces he sentido cosas. Y en el altillo del establo he encontrado una pared donde la gente ha…

– ¿Qué tal las reformas? -lo cortó Michael-. ¿Cómo van?

– ¿Qué?

– ¿Has acabado de empapelar?

– No…, aún no.

Joakim perdió el hilo, pero comprendió que Michael no tenía ganas de comentar sensaciones raras o sueños inquietantes. Fuera lo que fuese lo que había sentido esa noche, había aislado ese recuerdo a cal y canto.

– ¿Qué haréis en Navidad? -le preguntó Joakim, cambiando de tema-. ¿Lo celebraréis en casa?

– Seguramente iremos al campo -contestó el otro-. Pero pasaremos el Año Nuevo aquí, en casa.

– Entonces quizá nos veamos.

La conversación no duró mucho más. Cuando Joakim colgó, miró por la ventana, hacia la tenue capa de hielo que cubría el mar y la playa desierta. Ante esa gélida desolación casi echó de menos las abarrotadas calles de Estocolmo.

– Hay una habitación secreta en la finca -le dijo Joakim a Mirja Rambe-. Una habitación sin puerta.

– ¿Sí? ¿Dónde?

– En el altillo del heno. Es grande…, he medido a pasos el establo, y la superficie del piso superior acaba casi cuatro metros antes que la pared exterior. -Miró a Mirja-. ¿No lo sabías?

Ella negó con la cabeza.

– Ya tengo suficiente con esa pared llena de nombres. Eso ya es lo bastante emocionante.

Mirja se inclinó hacia delante en el gran sofá y le sirvió café humeante. Luego cogió una botella de vodka y preguntó:

– ¿Quieres un poco en el café?

– No, gracias. No bebo alcohol y…

Ella esbozó una sonrisa.

– Entonces, yo tomaré mi ración -dijo, y se sirvió de la botella.

Mirja vivía en un amplio piso junto a la catedral de Kalmar y esa tarde había invitado a la familia a cenar.

Livia y Gabriel pudieron conocer por fin a su abuela. Cuando entraron en el recibidor, ambos guardaron silencio y permanecieron a la expectativa; Livia observó con desconfianza una estatua de mármol situada en un rincón, que representaba el torso desnudo de un hombre. Tardó un momento antes de empezar a hablar. Había llevado consigo a Foreman y dos ositos de peluche y le presentó los tres a su abuela. Esta los condujo a su estudio, donde había pinturas de Öland acabadas y a medio terminar en las paredes. Todas representaban una llanura florida bajo un despejado cielo azul.

Tratándose de alguien que apenas se había preocupado por sus nietos hasta ese momento, Mirja les mostró un inusitado interés. Después de comer koppkakor intentó convencer a Gabriel para que se sentara en su regazo, y al fin lo consiguió, aunque el niño apenas permaneció unos minutos con ella antes de salir corriendo detrás de Livia, para ver el programa infantil en el cuarto de la televisión.

– Nos hemos quedado solos con el café -comentó Mirja, y se sentó en el sofá del salón.

– Está bien -respondió Joakim.

En las paredes de toda la casa había cuadros de ella, pero en el salón tenía dos de la tormenta de nieve pintados por su madre, Torun. Ambos mostraban la ventisca que se aproximaba a la costa como una negra cortina a punto de caer sobre los dos faros. Al igual que el cuadro de ludden, esas dos pinturas de invierno irradiaban ocultas amenazas y malos presagios.

Joakim buscó en vano por el apartamento algún rastro del gusto de Katrine. Ella siempre prefería los espacios luminosos y limpios, en cambio su madre había decorado la estancia con papel pintado y cortinas oscuros, alfombras persas y un tresillo de cuero negro.

Mirja no tenía ninguna fotografía de su hija muerta ni de las hermanastras de esta. En cambio, tenía retratos de varios tamaños de sí misma y de un joven quizá veinte años menor que ella, con perilla y el pelo alborotado.

Vio que Joakim clavaba la vista en las fotografías y asintió con la cabeza mirando la del hombre.

– Ulf -dijo-. Juega al bandy, no sé si lo conoces.

– ¿Así que sois pareja? -inquirió Joakim-. ¿El jugador de bandy y tú?

Una pregunta más bien tonta. Mirja sonrió.

– ¿Te molesta?

Él negó con la cabeza.

– Bien, porque a muchos sí que les molesta -respondió ella-. Seguro que a Katrine no le gustaba, aunque nunca dijo nada. Se supone que las mujeres mayores no pueden tener vida sexual. Pero no parece que a Ulf le importe y yo no me quejo en absoluto.

– No, más bien pareces orgullosa -señaló Joakim.

Mirja se rió.

– El amor es ciego, dicen.

Bebió un sorbo de café y encendió un cigarrillo.

– Una policía de Marnäs quiere seguir con la investigación -comentó él al cabo de un rato-. Me ha llamado un par de veces.

No necesitó explicarle de qué investigación se trataba.

– Bueno -dijo Mirja-, no está mal que lo haga.

– No si nos proporciona más respuestas. Pero, en cualquier caso, Katrine no volverá.

– Yo sé por qué se ahogó -soltó entonces Mirja, y le dio una calada al cigarrillo.

Joakim alzó la vista.

– ¿Lo sabes?

– Fue la casa.

– ¿La casa?

Su suegra rió brevemente, pero no sonrió.

– Esa casa del diablo está repleta de desgracias -dijo-. Ha destrozado la vida de todas las familias que han vivido en ella.

Joakim la miró sorprendido.

– No se puede culpar a la casa del accidente.

Mirja apagó el cigarrillo.

Él cambió de tema.

– La semana que viene vendrá a verme un jubilado que sabe mucho de ludden. Se llama Gerlof Davidsson. ¿Lo conoces?

Ella negó con la cabeza.

– Pero creo que su hermano era vecino de la casa -dijo-. Ragnar. A él sí lo conocí.

– Gerlof me contará historias de ludden.

– Yo también puedo hacerlo, si es que tienes tanta curiosidad.

Mirja dio un nuevo sorbo a su taza de café. A Joakim le pareció que empezaban a vidriársele los ojos a causa del alcohol.

– ¿Cómo fuisteis a parar a ludden tu madre y tú? -preguntó.

– El alquiler era barato -respondió Mirja-. Eso para mamá era lo más importante. Con el dinero que ganaba limpiando compraba lienzos y óleos y siempre íbamos justas. Así que nuestras casas estaban acordes con nuestro nivel de ingresos.

– ¿Ya entonces la casa estaba tan deteriorada?

– Empezaba a estarlo -contestó ella-. Entonces, ludden aún pertenecía al Estado, creo, pero se la habían alquilado por poco dinero a alguien de la isla…, un campesino que no se gastó ni una corona en restaurarla. Mamá y yo éramos las únicas que queríamos vivir en la cabaña durante el invierno.

Bebió café.

Los niños reían en el cuarto de la televisión. Joakim se quedó pensativo un instante y luego preguntó:

– ¿Habló Katrine alguna vez contigo de Ethel?

– No -contestó Mirja-. ¿Quién es?

– Era mi hermana mayor. Murió el año pasado. Era adicta.

– ¿Al alcohol?

– A las drogas -dijo él-. Toda clase de drogas, pero en los últimos años sobre todo a la heroína.

– Yo nunca he tomado demasiadas drogas -comentó ella-. Pero estoy de acuerdo con personas como Huxley y Tim Leary…

– ¿En qué? -preguntó Joakim.

– Las drogas pueden abrir puertas a la mente. Sobre todo a nosotros, los artistas.

Él la miró de hito en hito. Pensó en la mirada perdida de Ethel y comprendió por qué Katrine nunca le había hablado de ella a su madre.

Luego apuró su café y miró el reloj, que marcaba las ocho y cuarto.

– Tenemos que volver a casa.

– ¿Qué os ha parecido la abuela? -preguntó Joakim en el coche, cuando regresaban a casa por el puente de Öland.

– Ha sido buena con nosotros -respondió Livia.

– Bien.

– ¿Volveremos a verla? -quiso saber la niña.

– Quizá -dijo Joakim-. Dentro de un tiempo.

Decidió no pensar más en Mirja Rambe.

19

– Mi hija me llamó ayer por la tarde -dijo una de las ancianas que se sentaban en el sofá junto a Tilda.

– ¿Ah, sí? ¿Y qué dijo? -preguntó la otra anciana.

– Quería cantarme las cuarenta.

– ¿Cantarte las cuarenta?

– Sí, cantarme las cuarenta -confirmó la primera anciana-. De una vez por todas. Aseguró que yo nunca la había apoyado. «Solo has pensado en ti y en papá», dijo. «Siempre. Y nosotros, tus hijos, siempre hemos estado en un segundo plano.»

– Mi hijo me hace lo mismo pero al contrario -apuntó la otra mujer-. Llama todos los años antes de Navidad y se queja de haber recibido demasiado amor. Dice que le arruiné la infancia. No te preocupes por esas cosas, Elsa.

Tilda dejó de escuchar y miró el reloj. Ya debía de haber acabado el pronóstico del tiempo. Se levantó y llamó a la puerta de Gerlof.

– Adelante.

Cuando Tilda entró en la habitación encontró al anciano sentado junto a la radio. Llevaba el abrigo, pero no parecía que tuviera intención de ponerse de pie.

– ¿Nos vamos? -preguntó ella, y alargó el brazo.

– Quizá -dijo él-. ¿Adónde teníamos que ir?

– A ludden -contestó.

– Ah, sí… ¿Y qué vamos a hacer allí en realidad?

– Bueno, hablaremos -le explicó Tilda-. El joven propietario quiere oír historias de la casa. Tú dijiste que conocías unas cuantas.

– ¿Historias? -Gerlof se puso en pie y la miró-. Así que me ven como el típico anciano sabihondo que se sienta en la mecedora y mira con ojos chispeantes antes de ponerse a contar historias de fantasmas y supersticiones.

– No te preocupes por eso, Gerlof -dijo ella-. Considérate un sanador de almas. Una persona en duelo te necesita.

– ¿Sí? «No hay alegría en la pena, dijo el viejo que lloraba en la tumba equivocada.»

Gerlof empezó a caminar apoyado en el bastón y añadió:

– Tendremos que hacerle entrar en razón.

Tilda lo sujetó del brazo libre.

– ¿Quieres que cojamos la silla de ruedas?

– Hoy no -respondió él-. Hoy me responden las piernas.

– ¿Tenemos que comunicarle a alguien que nos vamos?

Gerlof resopló.

– No es asunto suyo.

Era el miércoles de la segunda semana de diciembre, y se dirigían a tomar un café en ludden. Gerlof y el dueño de la casa por fin se conocerían.

– ¿Cómo te va por la comisaría? -le preguntó el anciano al salir del centro de Marnäs.

– Solo tengo un compañero -respondió ella-. Y apenas le veo el pelo. Pasa casi todo el tiempo en Borgholm.

– ¿Por qué?

Tilda guardó silencio unos segundos.

– Quién sabe. Pero ayer me tropecé con Bengt Nyberg del Ölands-Posten, y me contó que ya le han puesto un mote a la nueva comisaría.

– ¿Sí?

– La llaman la comisaría de las tías.

Gerlof negó con la cabeza con hastío.

– La estación de las tías…, así llamaban también a la estación de tren de la isla cuando solo había mujeres. Los jefes de estación no creían que pudieran trabajar igual de bien que los hombres.

– Seguro que lo hacían mejor -comentó ella.

Dejaron atrás Marnäs y siguieron por la carretea desierta. Estaban a cero grados y la llanura costera parecía haberse helado; ahora era un paisaje invernal de tonos grisáceos. Gerlof miró por la ventanilla.

– Cerca del mar todo es tan bonito.

– Sí -convino Tilda-. Pero tú no eres imparcial.

– Amo mi isla.

– Y odias el continente.

– No -replicó él-. No soy ningún regionalista corto de miras…, pero el amor empieza siempre en casa. Somos nosotros, los insulares, quienes tenemos que proteger y preservar la dignidad de Öland.

Su mal humor fue desapareciendo poco a poco y se volvió más hablador. Al pasar por el pequeño cementerio de Rörby, señaló hacia la cuneta.

– Hablando de fantasmas y supersticiones, ¿quieres oír una historia que mi padre contaba por Navidad?

– Me gustaría -respondió Tilda.

– El abuelo de tu padre se llamaba Carl Davidsson -dijo Gerlof-. De joven trabajaba como jornalero en Rörby y una vez vio algo extraño. Su hermano mayor había venido a visitarlo y habían salido a dar un paseo por la iglesia a la hora del crepúsculo. Era Año Nuevo, hacía mucho frío y había caído mucha nieve. Entonces oyeron el sonido de un trineo tirado por caballos que se acercaba por detrás. El hermano mayor echó una mirada por encima del hombro, dio un grito y sujetó a Carl por el brazo. Tiró de él, lo sacó del camino y se adentraron en la nieve. Carl no comprendió de qué se trataba hasta que vio el trineo acercarse por el camino.

– Conozco la historia -apuntó Tilda-. Papá me la contó.

Pero Gerlof prosiguió como si no la hubiera oído:

– Se trataba de una carreta de heno. La carreta más pequeña que Carl había visto nunca, y tiraban de ella cuatro caballitos. Y encima del heno había unos hombrecillos grises. No alcanzaban el metro de altura.

– Gnomos -dijo ella-, ¿verdad?

– Mi padre nunca usaba esa palabra. Según él eran geniecillos que vestían ropa gris y gorro. Carl y su hermano no se atrevieron a moverse, pues los hombres no parecían amables. Pero la carreta pasó junto a los chicos sin más, y una vez dejaron atrás el cementerio, los caballos salieron del camino y desaparecieron en la oscuridad del lapiaz. -Asintió para sí-. Mi padre juraba que era una historia real.

– ¿Y vuestra madre también vio gnomos?

– Pues sí. Ella vio a un hombrecillo gris entrar corriendo en el mar cuando era joven…, aunque ocurrió en el sur de Öland. -Gerlof miró a Tilda-. Vienes de una familia que ha visto muchos sucesos extraños. Quizá hayas heredado el ojo para esas cosas.

– ¡Ojalá! -respondió Tilda.

Cinco minutos más tarde casi habían llegado al desvío de ludden, pero Gerlof quiso parar y estirar las piernas. Señaló por la ventanilla el paisaje de hierba del otro lado del muro de piedra.

– La ciénaga ha empezado a helarse. ¿Le echamos un vistazo?

Tilda detuvo el coche en la cuneta y ayudó a Gerlof a salir; soplaba un viento muy frío. Una delgada capa de hielo cubría las arterias de agua de aquella zona pantanosa.

– Esta es una de las pocas ciénagas que aún quedan en la isla -comentó el anciano mirando por encima del muro de piedra-. La mayoría han sido desecadas y han desaparecido.

Tilda siguió su mirada y de pronto vio un movimiento en el agua, una sacudida negra entre dos espesos montículos de hierba que hizo que la capa de hielo vibrara y se resquebrajara.

– ¿Hay peces?

– Claro -contestó Gerlof-. Seguro que quedan unos cuantos viejos lucios. Y las anguilas vienen aquí en primavera, cuando deshiela y los riachuelos corren hacia el Báltico.

– ¿Se puede pescar?

– Se puede, pero nadie lo hace. Cuando yo era pequeño, se decía que la carne de los peces de la ciénaga sabía a podrido. Aquí se hacían sacrificios -prosiguió Gerlof-. Los arqueólogos han encontrado oro y plata de los romanos y esqueletos de cientos de animales que fueron lanzados al agua, sobre todo caballos. -Guardó silencio y añadió-: Y huesos humanos.

– ¿Había sacrificios humanos?

El anciano asintió.

– Esclavos quizá, o prisioneros de guerra. Algún personaje importante seguramente pensó que solo servían para eso. Por lo que tengo entendido, los sumergían vivos con la ayuda de unas largas varas… Los cuerpos permanecieron ahí hasta que los arqueólogos los encontraron. -Observó el agua y continuó-: Quizá las anguilas vienen aquí año tras año por eso. Recordarán el sabor; a esos animales les gusta comer carne de…

– Calla, Gerlof.

Tilda se apartó del muro y lo miró.

– Bueno, bueno, solo charlaba -dijo él-. ¿Vamos a la casa?

Después de aparcar, Gerlof recorrió despacio el camino de grava, apoyado en el bastón y en el brazo de Tilda. Ella lo soltó solo un instante, para golpear con los nudillos el cristal de la puerta de la cocina.

Joakim Westin abrió después de la segunda llamada.

– Bienvenidos.

A Tilda le pareció que hablaba en voz más baja y que estaba más cansado que la vez anterior. Pero él le tendió la mano y hasta esbozó una sonrisa; ya no parecía enfadado con ella.

– Mi más sincero pésame -dijo Gerlof.

Westin asintió.

– Gracias.

– Yo también soy viudo.

– ¿Ah, sí?

– Sí, pero no fue un accidente; mi mujer, Ella, murió después de una larga enfermedad. Tenía diabetes, y luego problemas de corazón.

– ¿Fue hace poco?

– No, hace muchos años -contestó Gerlof-. Pero claro, a veces sigue siendo duro. Los recuerdos aún son intensos.

Joakim lo miró y asintió en silencio.

– Pasen.

Los niños estaban en la guardería, y en las luminosas habitaciones reinaba una atmósfera silenciosa y solemne. Tilda vio que Westin había trabajado duro las últimas semanas. Casi toda la planta baja estaba pintada y empapelada y empezaba a adquirir el aspecto de un hogar acogedor.

– Es como un viaje en el tiempo -comentó al entrar en el salón-. Como penetrar en una casa del siglo diecinueve.

– Gracias -respondió Joakim.

Él lo había tomado como un cumplido, pero lo que Tilda envidiaba más era el tamaño de las habitaciones. A pesar de ello, no le gustaría vivir allí.

– ¿Dónde han encontrado los muebles? -preguntó Gerlof.

– Buscamos por todas partes…, aquí en la isla y en Estocolmo -contestó Joakim-. Las habitaciones más grandes precisan mobiliario de mayor envergadura que puedan llenarlas. Por lo general, queríamos muebles antiguos que luego hemos restaurado.

– Es una buena idea -dijo Gerlof-. Hoy día, la gente apenas da valor a sus pertenencias. No las arreglan cuando se estropean, sencillamente las tiran. Ahora lo importante es comprar, no conservar.

Tilda se dio cuenta de que al anciano le gustaba ver casas viejas. Parecía que, para Gerlof, el placer por los objetos bonitos y bien hechos llevaba aparejado el saber que había un trabajo duro detrás de ellos. Tilda lo había visto mirar sus pertenencias, un viejo baúl de marinero o una colección de toallas, como si pudiera sentir todos los recuerdos que atesoraban.

– Me imagino que crea adicción -comentó Gerlof.

– ¿Adicción a qué? -preguntó Westin.

– A reformar casas -contestó con una sonrisa.

Pero Joakim negó con la cabeza.

– No es adicción. Nosotros no necesitamos cambiar la cocina entera cada año, como hacen algunas familias en Estocolmo…, y esta es solo la segunda casa que compramos. Antes de eso, solo reformábamos apartamentos.

– ¿Dónde tenían su primera casa?

– En las afueras de Estocolmo, en Bromma. Una bonita vivienda que reformamos desde los cimientos.

– ¿Y por qué se mudaron? ¿Qué problema tenía la casa?

Joakim evitó la mirada de Gerlof.

– No tenía ningún problema…, nos gustaba mucho. Pero no viene mal mudarse a una casa más grande de vez en cuando. Sobre todo económicamente.

– ¿Ah, sí?

– Pides un préstamo y buscas un apartamento en ruinas bien situado, y lo reformas por las tardes y los fines de semana al mismo tiempo que vives allí. Luego, encuentras al comprador adecuado y lo vendes por un precio mucho más alto que el que has pagado…, y después pides un nuevo préstamo y compras otro apartamento aún mejor situado que también haya que reformar.

– ¿Que luego también vendes?

Joakim asintió.

– Claro que no se podría ganar dinero con eso si la demanda de pisos no fuera tan grande. Ahora todo el mundo quiere vivir en Estocolmo.

– Yo no -replicó Gerlof.

– Pero hay mucha gente que sí. Los precios suben sin parar.

– ¿Así que tu mujer y tú erais buenos reformando apartamentos? -preguntó Tilda.

– Nos conocimos visitando un piso -recordó con una energía nueva en la voz-. Pertenecía a una mujer mayor que vivía en un gran apartamento con muchos gatos. La ubicación era perfecta, y Katrine y yo fuimos los únicos que soportamos el hedor a gato y nos quedamos a verlo. Después fuimos a tomar café y hablamos sobre lo que se podría hacer con el piso…, fue nuestro primer proyecto en común.

Gerlof miró el salón con expresión severa.

– Y pensaron hacer lo mismo con ludden -señaló-. Mudarse, reformar y vender.

Joakim negó con la cabeza.

– Teníamos pensado vivir aquí muchos años. Alquilar habitaciones y quizá abrir un pequeño hostal. -Miró por la ventana y añadió-: No teníamos un plan sobre lo que queríamos hacer, pero sabíamos que aquí nos sentiríamos a gusto…

Tilda observó que volvían a flaquearle las fuerzas. El silencio en el salón blanco se hizo abrumador.

Después visitar la casa, tomaron café en la cocina.

– Tilda me dijo que querías oír historias sobre ludden -dijo Gerlof.

– Me gustaría -respondió Joakim-, si hay.

– Las hay -contestó el anciano-. Pero tú te refieres a historias de fantasmas, ¿verdad? ¿Son esas las que te interesan?

Se lo vio dudar, como si tuviera miedo de que alguien escuchara a escondidas, y luego dijo:

– Me gustaría saber si alguien más ha experimentado cosas extrañas -dijo-. He sentido…, o he imaginado sentir… a los muertos de ludden. Tanto en el faro como dentro de casa. Creo que les ha pasado lo mismo a otras personas.

Tilda guardó silencio, pero recordó la noche de octubre en que había esperado a Westin en la casa. Estuvo sola, pero no sintió nada de eso.

– La presencia de la gente que ha vivido antes aquí perdura -replicó Gerlof con la taza de café en la mano-. ¿Crees que solo descansan en el cementerio?

– Pero es allí donde están enterrados -contestó Joakim en voz baja.

– No siempre. -El anciano señaló con la cabeza la parte trasera de la casa, donde se extendían los campos de cultivo-. En toda la isla, los muertos son nuestros vecinos. Lo único que uno puede hacer es acostumbrarse a ello. Toda la región está repleta de viejas tumbas… sepulcros neolíticos, túmulos de la Edad del Bronce, cistas del megalítico y enterramientos vikingos.

Volvió la vista hacia el mar, donde la línea del horizonte había desaparecido tras la húmeda bruma invernal.

– Y ahí fuera también hay un cementerio -añadió-. Toda la costa este es una necrópolis donde encallaron y se partieron cientos de barcos; allí descansan todos los marineros que se ahogaron. Antiguamente, muchos no sabían nadar.

Joakim asintió y cerró los ojos.

– Yo no creía en nada -comentó-. Antes de venir aquí, no creía que los muertos pudieran regresar, pero ahora ya no sé qué pensar. Han ocurrido cosas muy extrañas.

Se quedaron en silencio.

– No importa lo que uno sienta o crea ver de los muertos -dijo Gerlof despacio-, pero dejar que nos dirijan puede resultar peligroso.

– Sí -respondió Westin en voz baja.

– Y también intentar contactar con ellos… y hacerles preguntas.

– ¿Preguntas?

– Uno nunca sabe qué respuestas recibirá -señaló el anciano.

Joakim bajó la vista hacia su taza de café y asintió.

– Pero he estado dándole vueltas a esa leyenda que dice que regresarán aquí.

– ¿Quiénes?

– Los muertos. Cuando fui a tomar un café a casa de los vecinos me contaron que las personas que murieron en la casa regresan aquí por Navidad. Me preguntaba si habría más historias de esas.

– Es una vieja leyenda -contestó Gerlof-. Se cuenta en muchos lugares, no solo aquí, en ludden. Se dice que la víspera de Navidad las personas muertas durante el año regresan para elevar una plegaria. Entonces, aquellos que turbaron su paz tienen que desaparecer.

Joakim asintió.

– Un encuentro con los muertos.

– En efecto. Existía la arraigada creencia de que uno podía volver a ver a los muertos… y no solo en la iglesia. También en la casa.

– ¿En la casa?

– Según la tradición popular, había que encender velas en las ventanas para que los muertos encontraran el camino a casa -explicó Gerlof.

Joakim se inclinó hacia delante.

– Pero ¿se trata solo de gente que había muerto en la casa o también de otros?

– ¿Te refieres a marineros ahogados? -preguntó el anciano.

– Sí, marineros…, u otros miembros de la familia que hayan muerto en otro lugar. ¿Esos también pueden regresar por Navidad?

Gerlof le lanzó una breve mirada a Tilda y luego negó con la cabeza.

– Son solo leyendas -respondió-. Existen muchas supersticiones sobre la Navidad. Era el momento del cambio, cuando la oscuridad era más intensa y la muerte se sentía más cercana. Luego, los días empezaban a ser más largos y la vida retornaba.

Joakim guardaba silencio.

– Estoy deseando que llegue -dijo finalmente-. Ahora es todo tan oscuro. Estoy deseando que empiece a cambiar.

Unos minutos después, se encontraban en el patio despidiéndose. Joakim le tendió la mano a Gerlof.

– Esto es muy bonito -dijo este-. Pero ten cuidado con la nevasca.

– La nevasca -repitió Joakim- es la gran tormenta de nieve, ¿no?

Gerlof asintió.

– No aparece cada año, pero estoy bastante seguro de que este invierno caerá. Y llega muy deprisa. Si te pilla aquí, junto al mar, no hay que salir de casa. Sobre todo los niños.

– ¿Cómo hace la gente de Öland para predecir esas cosas? -preguntó-. ¿Lo sienten en el aire?

– Miramos el termómetro y escuchamos el pronóstico del tiempo -respondió el anciano-. Este año, el frío ha llegado pronto; esa suele ser una mala señal.

– De acuerdo -dijo Joakim, y esbozó una sonrisa-. Tendremos cuidado.

– No lo olvide. -Gerlof asintió y se encaminó hacia el coche apoyado en Tilda, pero de pronto se soltó de su brazo y se dio la vuelta-. Una cosita más…, ¿qué ropa vestía su mujer el día del accidente?

Joakim dejó de sonreír.

– ¿Disculpe?

– ¿Se acuerda de la ropa que llevaba ese día?

– Sí…, pero no era nada particular -dijo-. Botas, vaqueros y un anorak.

– ¿Aún conserva las prendas?

Él asintió, y de nuevo pareció cansado y atormentado.

– Me la enviaron del hospital. En un paquete.

– ¿Podría verla? -inquirió Gerlof.

– ¿Se refiere a llevársela prestada?

– Sí, llevármela prestada. No haré nada con ella, solo quiero estudiarla.

– De acuerdo…, aún está empaquetada -contestó Joakim-. Iré a buscarla.

Regresó a la casa.

– ¿Puedes ocuparte del paquete, Tilda? -pidió el anciano, y continuó caminando hasta el coche.

Cuando Tilda arrancó y dejaron atrás la verja, Gerlof se recostó en el asiento.

– Ya hemos tenido nuestro momento de charla -dijo, y suspiró-. He acabado siendo el viejo sabihondo. Resulta difícil evitarlo.

Sobre sus rodillas, reposaba el paquete marrón con la ropa de Katrine Westin. Tilda le echó un vistazo.

– ¿Qué es eso de la ropa? ¿Por qué te la querías llevar?

Él bajó la vista a sus rodillas.

– Se me ha ocurrido cuando estábamos allí, en la ciénaga. Tiene que ver sobre cómo se realizaban los sacrificios.

– ¿Qué quieres decir? ¿Que Katrine Westin fue sacrificada?

Gerlof miró por el parabrisas hacia la ciénaga.

– Pronto, cuando le haya echado un vistazo a la ropa, te contaré más cosas,.

Salieron a la carretera nacional.

– La visita me ha dejado un poco preocupada -comentó Tilda.

– ¿Preocupada?

– Por Joakim Westin y sus hijos… Era como si tú estuvieras allí en la cocina, narrando leyendas populares, mientras él las escuchaba como reales.

– Sí -dijo Gerlof-, pero creo que le ha sentado bien hablar un poco. Aún llora la pérdida de su mujer, no es tan raro.

– No -respondió Tilda-. Pero me ha dado la impresión de que hablaba de ella como si aún estuviera viva…, como si contara con volver a verla.

20

Después del robo en la casa parroquial y la huida a través del bosque, los hermanos Serelius estuvieron dos semanas sin dejarse ver por Borgholm. Pero de pronto, una noche aparecieron en la puerta de Henrik, en el peor momento posible.

Porque, a esas alturas, los golpes sordos y rítmicos que este había empezado a oír en el apartamento eran ya insoportables; como un grifo que gotea y no se puede cerrar.

Al principio, estaba seguro de que procedían de la lámpara robada, y después de tres fatigosas noches de repiqueteos y crujidos la guardó en el coche. A la mañana siguiente, condujo dando un rodeo hasta la costa este y dejó la lámpara en el cobertizo.

Pero los golpes continuaron la noche siguiente, esa vez procedentes del recibidor, aunque no siempre de la misma pared: detrás del papel pintado el ruido se desplazaba lentamente.

Si no se trataba de la lámpara, tenía que ser alguna otra cosa que hubiera traído del bosque, o del jodido subterráneo donde se había refugiado.

A no ser que algo se hubiera introducido en el apartamento a través de la güija de los hermanos. Todas las veces que habían estado sentados a la mesa observando cómo se movía el vaso bajo el dedo de Tommy, a Henrik le pareció que había algo invisible en la cocina.

Fuera lo que fuese, lo sacaba de quicio. Todas las noches paseaba de aquí para allá; del dormitorio a la cocina, con miedo a irse a la cama y apagar la luz.

En un ataque de desesperación, había llamado a Camilla, su ex novia. No se hablaban desde hacía varios meses, pero pareció contenta de oírlo. Charlaron durante casi una hora.

Cuando tres días después llamaron a la puerta, Henrik estaba con los nervios de punta, y no le relajó descubrir a Freddy y a Tommy en el descansillo.

Este último llevaba gafas de sol y le temblaban las manos. No sonrió.

– Déjanos pasar.

No se trataba de una reunión amistosa. Henrik quería dinero de los hermanos Serelius, pero estos no tenían: aún no habían vendido ninguna de las mercancías robadas. Sabía que querían ir más al norte de la isla, pero él no estaba dispuesto a acompañarlos.

Sin embargo, no deseaba tratar el tema esa noche, pues tenía visita.

– Ahora no podemos hablar -dijo.

– Sí.

– No.

– ¿Quién es? -preguntó Camilla desde el sofá.

Los dos hermanos alargaron el cuello con curiosidad para ver a quién pertenecía la voz.

– Son solo… dos amigos -contestó Henrik por encima del hombro-. De Kalmar. Pero enseguida se marcharán.

Tommy se quitó las gafas de sol y clavó en Henrik una mirada elocuente. Este no tuvo más remedio que salir al descansillo y cerrar la puerta tras sí.

– Felicidades -dijo Tommy-. ¿Es una nueva adquisición o de hace tiempo?

– Es mi ex novia -respondió él en voz baja-. Camilla.

– Joder… ¿y te ha aceptado de nuevo?

– La llamé -explicó Henrik-. Pero fue ella quien quiso verme.

– Qué bien -dijo Tommy sin sonreír-. Y ahora ¿qué vamos a hacer?

– ¿Con qué?

– Con nuestra colaboración.

– Se ha terminado -contestó él-. Aparte del dinero.

– No.

– Sí.

Se miraron fijamente. Luego Henrik suspiró.

– No podemos hablar aquí, en el descansillo -dijo en voz baja-. Puede pasar uno.

Al fin, Freddy regresó a la furgoneta y Henrik entró con Tommy a la cocina y cerró la puerta. Bajó la voz:

– Arreglemos esto de una vez y luego os podéis marchar.

Pero el otro estaba más interesado en Camilla, y preguntó con voz alta y clara:

– Entonces, ¿se ha vuelto a mudar aquí? ¿Por eso pareces tan hecho polvo, capullo?

Henrik negó con la cabeza.

– No es eso -dijo-. Duermo mal.

– Seguramente te remuerde la conciencia -se burló Tommy-. Pero el viejo sobrevivirá; lo remendarán de nuevo.

– ¿Quién coño le golpeó? -le espetó Henrik-. ¿No lo recuerdas?

– Fuiste tú -replicó Tommy-. Tú lo pateaste.

– ¿Yo? ¡Pero si yo estaba detrás de ti, en el recibidor!

– Tú le pisaste la mano al viejo de mierda y se la rompiste, Henke. Si nos pillan, irás a la cárcel.

– ¡Nos meterán en el talego a todos, joder! -Lanzó una mirada a la puerta y bajó la voz de nuevo-. Ahora no puedo hablar más.

– Querrás el dinero, ¿no? -preguntó Tommy.

– Tengo dinero -le espetó Henrik-. Tengo un trabajo por las mañanas, joder.

– Pero necesitas más -replicó el otro, y señaló con la cabeza hacia el interior del apartamento-. Sale caro mantenerlas.

Henrik suspiró.

– El dinero no es el problema, sino toda esa mercancía robada que hay en el cobertizo. Tenemos que vender las cosas.

– Las venderemos -contestó Tommy-. Pero primero haremos un viaje más…, el último viaje al norte. A la casa.

– ¿Qué casa?

– Esa casa con todos esos cuadros, la que nos indicó Aleister.

– ludden -dijo Henrik en voz baja.

– Esa, sí. ¿Qué noche vamos?

– Espera un poco, estuve allí el verano pasado. Fui a casi todas partes, y no vi un puto cuadro. Y, además…

– ¿Qué?

Henrik no dijo nada más. Recordó las habitaciones de ludden y sus pasillos llenos de ecos. Le había gustado trabajar para Katrine Westin, la mujer que vivía allí con sus dos hijos pequeños. Pero la casa en sí, ya en agosto le había parecido sombría, a pesar de que la familia Westin había limpiado y empezado a restaurarla de arriba abajo. ¿Cómo estaría ahora, en diciembre?

– Nada -dijo-. Que no vi ningún cuadro.

– Entonces estarán escondidos -replicó Tommy.

Se oyeron unos golpecitos.

Henrik se sobresaltó, pero luego comprendió que alguien llamaba a la puerta de la cocina. Se acercó y abrió.

Era Camilla. Y no parecía nada contenta.

– ¿Os falta mucho? Si no es así, me marcho a casa, Henrik.

– Ya hemos terminado -respondió él.

La joven era menuda y delgada, los muchachos le sacaban casi dos cabezas. Tommy esbozó una amable sonrisa y le tendió la mano.

– Hola…, soy Tommy -dijo con una voz suave y cortés que Henrik nunca le había oído con anterioridad.

– Camilla.

Se estrecharon la mano y las hebillas de la chaqueta de Tommy tintinearon. Luego hizo un gesto con la cabeza hacia Henrik y se encaminó a la puerta.

– Entonces quedamos en eso -dijo-. Te llamaré por teléfono.

Cuando Tommy hubo salido, Henrik cerró la puerta y luego fue a sentarse junto a Camilla. Permanecieron en silencio y acabaron la película que estaban viendo cuando aparecieran los hermanos.

– Henrik, ¿quieres que me quede? -preguntó ella media hora más tarde, cuando eran casi las once.

– Si quieres -dijo-. Me encantaría.

Pasada la medianoche, estaban tumbados en el pequeño dormitorio, y Henrik sentía como si de repente hubiera retrocedido un año en el tiempo. Como si todo fuera como debía ser. Era maravilloso que Camilla hubiera regresado, y ahora su única preocupación consistía en librarse de los obstinados Serelius.

Y olvidarse de los golpes.

Aguzó el oído, pero solo oyó la tenue respiración de Camilla, que se había dormido tranquilamente.

Silencio. Ningún ruido en las paredes.

Ahora no quería pensar en eso. Ni en la visita de los hermanos. Ni en ludden.

Camilla había regresado, pero Henrik no se atrevió a preguntar qué clase de relación tenían en realidad. En todo caso, ya no vivían juntos.

Al día siguiente, por la mañana temprano, él se fue a trabajar a Marnäs y ella se quedó en el apartamento; pero cuando regresó, la casa estaba desierta. No obtuvo respuesta cuando la llamó por teléfono.

Por la noche volvió a dormir solo en la cama, y al apagar la luz comenzaron a oírse los golpes en el recibidor. Procedían del interior de la pared, y eran débiles pero persistentes.

Henrik levantó la cabeza de la almohada.

– ¡Silencio, joder! -gritó.

Los golpes cesaron unos minutos, pero luego continuaron.

Invierno de 1959

Último invierno de los años cincuenta: ahí comienza mi propia historia. La historia de Mirja en la finca de ludden, y de Torun y sus cuadros de tormentas de nieve.

Cuando llegué a los faros tenía dieciséis años y era huérfana de padre. Pero tenía a Torun. Me había enseñado una cosa que todas las chicas deberían aprender: a no depender nunca de los hombres.

MIRJA RAMBE

Los dos hombres que mi artística madre odiaba más eran Stalin y Hitler. Había nacido un par de años antes de la Primera Guerra Mundial y creció en Bondegatan, Estocolmo, pero era inquieta por naturaleza y quería conocer mundo. Le gustaba pintar, y a comienzos de los años treinta se fue, primero a la escuela de arte de Gotemburgo, y luego a París, donde la gente, según ella, la confundía constantemente con Greta Garbo. Sus cuadros despertaron cierto interés, pero al estallar la guerra quiso regresar a Suecia, y lo hizo vía Copenhague. Allí conoció a un artista danés, con quien tuvo tiempo de vivir un rápido idilio antes de que los soldados de Hitler irrumpieran en las calles de la ciudad.

Al llegar a Suecia, Torun descubrió que estaba embarazada. Según me contó le envió varias cartas al futuro padre, mi papá danés. Quizá fuera cierto. Fuera como fuese él nunca dio señales de vida.

Nací el invierno de 1941, cuando el miedo se extendía por el mundo. En aquella época, Torun vivía en un Estocolmo a oscuras, donde todo estaba racionado. Se mudaba de un alojamiento para madres solteras a otro, cuchitriles que alquilaban por poco dinero estrictas señoras, y se mantenía limpiando casas de postín de Östermalm. No tenía tiempo ni dinero para pintar.

No debió de ser fácil. Sé que no lo fue.

Cuando empecé a oír susurrar a los muertos en el establo de ludden no me asusté. Había pasado por cosas peores en Estocolmo.

Un día de verano, después de la guerra, cuando tengo siete u ocho años, me cuesta orinar. Siento un dolor terrible. Torun dice que me he bañado demasiado y me lleva a la consulta de un médico barbudo en una de las calles más anchas de Estocolmo. Es una buena persona, dice mamá. Atiende a los niños casi gratis.

El médico me saluda amablemente. Es viejo, por lo menos debe de tener cincuenta años, y lleva una bata arrugada. Huele a licor.

Tengo que entrar y tumbarme de espaldas en un cuarto especial de la consulta, en el que también flota un penetrante olor a alcohol, y el médico cierra la puerta.

– Desabróchate la falda -dice-. Levántatela y relájate.

Estoy sola con él, que se demora tocándome, hasta que al final consigue satisfacerse.

– Si se lo cuentas a alguien, te internarán -dice, y me acaricia la cabeza.

Se vuelve a abrochar la bata. Luego me da una reluciente moneda de una corona y salimos a la sala de espera, donde está Torun: me tiemblan las piernas y me siento aún más enferma, pero el médico dice que no me pasa nada preocupante. Soy una niña muy buena y me recetará la medicina adecuada.

Mamá se enfada cuando me niego a tomar las pastillas que nos da.

A comienzos de los años cincuenta, Torun me lleva a Öland. Es uno de sus raptos de inspiración. No creo que tuviera ningún lazo con la isla, pero al igual que cuando viajó a París, busca un entorno artístico. Öland es conocida por su luz, y por los pintores que han conseguido captarla. Mamá parlotea sobre Nils Kreuger, Gottfrid Kallstenius y Per Ekström.

Yo me alegro de abandonar la ciudad donde vive el viejo médico.

Llegamos a Borgholm en ferry. Llevamos todas nuestras pertenencias en tres maletas, además de un paquete con los lienzos y pinturas de Torun. Borgholm es una ciudad pequeña y bonita, pero mamá no se siente a gusto allí. La gente le parece estirada y arrogante. Además, es mucho más barato vivir en el campo, así que, después de un año, nos volvemos a mudar, a una casa roja en Rörby, donde tenemos que dormir con tres mantas, pues siempre hace frío y hay corrientes de aire.

Empiezo a ir a la escuela. Allí a todos los niños les parece que hablo el afectado lenguaje de la capital. Yo no les digo lo que pienso de su dialecto, pero tampoco hago amigos.

Al poco de mudarnos al campo, comienzo a pintar de verdad, dibujo figuras blancas con bocas rojas y Torun cree que son ángeles, pero yo sé que es el médico y su boca babosa.

Cuando nací, Hitler era el mayor canalla, pero crezco aterrorizada por Stalin y la Unión Soviética. Si los rusos quisieran, podrían conquistar Suecia con sus aviones en solo cuatro horas, me cuenta mamá. Primero ocuparían Gotland y Öland, luego el resto del país.

Pero para mí, que soy pequeña, cuatro horas es mucho tiempo, y no paro de darle vueltas a lo que haría durante esas últimas horas de libertad. Si llegara la noticia de que los aviones soviéticos estaban en camino, saldría disparada a la tienda de Rörby y me comería todo el chocolate que pudiera, vaciaría el almacén, y luego cogería ceras, papel y acuarelas y volvería corriendo a casa. Después de eso, podría soportar vivir como comunista el resto de mi vida, siempre que me dejaran seguir pintando.

Vamos de un lado a otro, alquilamos habitaciones en diferentes granjas, y todas las habitaciones en las que nos alojamos apestan a óleo y trementina. Torun se gana la vida limpiando, pero pinta cuadros durante su tiempo libre: sale con su caballete y pinta y pinta.

El otoño de 1959 volvemos a mudarnos, a un lugar todavía más barato. Está junto a una casa de más de cien años de antigüedad en ludden. Nuestro alojamiento es una cabaña de piedra caliza y paredes encaladas. Fresca y agradable durante los cálidos días del verano, pero gélida el resto del año.

Al enterarme de que vamos a vivir cerca de un faro, la cabeza se me llena de imágenes mágicas. Oscuras noches de tormenta, barcos en peligro en el mar y heroicos fareros.

Torun y yo nos mudamos un día gris de octubre y yo siento un rechazo inmediato. ludden es un sitio frío y ventoso. Pasear ante la gran casa de madera es como caminar por el patio de un castillo abandonado.

Los sueños no se hacen realidad. Los fareros han abandonado ludden y solo vienen de visita un par de veces al año; el faro es eléctrico desde después de la guerra y fue automatizado diez años después. Hay un viejo encargado. Se llama Ragnar Davidsson, y se pasea por allí como si fuera el dueño.

Un par de meses después de habernos mudado, asisto a mi primera tormenta de nieve; y al mismo tiempo estoy a punto de quedarme huérfana.

Estamos a mediados de diciembre, y al volver a casa del colegio Torun no está. Tampoco encuentro uno de sus caballetes ni el maletín de las pinturas. Anochece, empieza a nevar y el viento del mar arrecia.

Torun no regresa. Primero me enfado con ella, luego empiezo a asustarme. Nunca había visto tantos remolinos de nieve por la ventana. Los copos no caen, sino que surcan el aire. El viento sacude los cristales.

Al fin, media hora después de que empezara la tormenta, una pequeña figura se acerca abriéndose paso trabajosamente entre los montones de nieve del patio.

Me apresuro a salir, sujeto a Torun antes de que se desplome y la ayudo a llegar hasta la estufa.

El maletín de las pinturas cuelga de su hombro, pero la tormenta se ha llevado el caballete. Tiene los ojos hinchados; le han entrado granos de arena mezclados con hielo y apenas puede ver. Le quito la ropa empapada; está helada.

Estaba pintando al otro lado de la ciénaga cuando las nubes se cerraron y llegó la tormenta. Ha intentado tomar un atajo entre los montículos de hierba y la fina capa de hielo del suelo, pero se ha hundido en el agua y ha tenido que luchar para alcanzar la orilla. Susurra:

– Los muertos salían de la ciénaga…, muchos, intentaban arañarme, desgarraban y tiraban…, estaban fríos, muy fríos. Querían mi calor.

Mi madre delira. Consigo que beba té y la acuesto.

Duerme más de doce horas seguidas. Yo me quedo junto a la ventana y veo cómo la nevasca va amainando a lo largo de la noche.

Cuando Torun se despierta, sigue hablando de los muertos que se agitaban en la ciénaga.

Tiene los ojos irritados e inyectados de sangre, pero a la noche siguiente se sienta de nuevo frente a un lienzo y se pone a pintar.

21

Justo cuando Tilda había dejado de pensar en Martin Ahlquist noche y día sonó el teléfono en la diminuta cocina. Pensó que sería Gerlof y descolgó sin malos presentimientos.

Se trataba de Martin.

– Solo quería saber cómo estabas. Si todo va bien.

Ella guardó silencio; su dolor de barriga regresó al instante. Miró los muelles desiertos del puerto.

– Bien -dijo al cabo de un rato.

– ¿Bien o solo regular?

– Bien.

– ¿Quieres que vaya a verte? -preguntó él.

– No.

– ¿Ya no te sientes sola en el norte de Öland?

– Sí, pero me mantengo ocupada.

– Bien.

La conversación no fue desagradable, pero sí breve. Al final, Martin le preguntó si podía llamarla alguna vez, y ella dijo que sí en voz muy baja.

La herida, en alguna parte entre su corazón y su estómago, comenzó a sangrar de nuevo.

«No es Martin quien ha llamado sino sus hormonas -pensó-. Solo está caliente y echa de menos alejarse de su mujer, no soporta la vida cotidiana…»

Lo peor era que, pese a todo, ella deseaba verlo. A poder ser, aquella misma noche. Era enfermizo.

Tenía que haberle enviado la carta a su esposa hacía mucho tiempo, pero aún cargaba con ella en el bolso como si fuera un ladrillo.

Tilda trabajaba mucho. Trabajaba sin cesar para no pensar en Martin.

Por las tardes, se quedaba varias horas preparando las conferencias de tráfico y ciudadanía que impartía en escuelas y empresas. Y en cuanto se lo permitían las charlas, las patrullas a pie y el papeleo, salía a la carretera con el coche de policía.

Un martes por la tarde, mientras circulaba por la desierta carretera de la costa, frenó al ver los dos faros de ludden. Pero no se detuvo, sino que continuó hasta la casa vecina, donde vivía una familia de granjeros. Recordaba que se llamaban Carlsson. Les había hecho una única visita la larga y difícil noche que sucedió al accidente mortal de Katrine Westin, cuando el marido se había derrumbado en el recibidor de la granja.

Al llamar a la puerta, la mujer, Maria Carlsson, la reconoció al instante.

– No, no hemos visto mucho a Joakim este otoño -dijo cuando estuvieron sentadas a la mesa de la cocina-. No es que nos llevemos mal, pero él se mantiene apartado. Pero sus hijos juegan mucho con nuestro Andreas.

– ¿Cómo era Katrine, su mujer? -preguntó Tilda-. ¿Quedaban con ella cuando vivía sola con los niños?

– Vino a tomar café un par de veces…, pero creo que estaba muy ocupada en la finca. Y nosotros también tenemos mucho trabajo.

– ¿Sabe si recibía visitas?

– ¿Visitas? -repitió Maria-. Vinieron algunos obreros a finales de verano.

– ¿Llegó alguien en barco? -preguntó Tilda-. A ludden.

La mujer se pasó la mano por el flequillo e hizo memoria.

– No, no que yo recuerde. De todos modos, desde aquí no habría visto nada.

Señaló por la ventana hacia el nordeste, y Tilda vio que los faros quedaban ocultos tras el enorme establo del lado opuesto del patio.

– Pero ¿no han oído alguna vez el motor de un barco? -insistió-. ¿El sonido de un motor?

Maria negó con la cabeza.

– A veces, cuando no hace viento, se oyen pasar los barcos, pero no suelo fijarme en estas cosas…

Cuando Tilda salió al jardín se detuvo junto al coche y echó una mirada hacia el sur. Distinguió un grupo de cobertizos rojos a lo lejos, en el cabo más cercano, pero no se veía una alma.

Y ningún barco surcaba las aguas.

Se sentó de nuevo en el coche y comprendió que era hora de cerrar aquella investigación: en realidad, nunca se había abierto.

Cuando regresó a la comisaría, guardó la carpeta con sus anotaciones sobre Katrine Westin en el archivador que ponía «NO PRIORITARIO».

Sobre la mesa tenía tres grandes pilas de papeles y media docena de tazas de café sucias. En cambio, la mesa de Hans Majner, al otro lado de la sala, estaba impoluta. A veces sentía el impulso de dejarle un montón de informes de tráfico, pero se controlaba.

Por las tardes, Tilda se quitaba el uniforme, se metía en su pequeño Ford y conducía por los alrededores para ver la isla, al mismo tiempo que escuchaba las grabaciones de Gerlof. En la mayoría de los casos sonaban bien; el micrófono captaba claramente las voces de los dos, y Tilda se dio cuenta de que él se había acostumbrado a hablar cada vez que se veían.

Fue durante uno de esos paseos cuando por fin encontró la furgoneta de la que Edla Gustafsson le había hablado.

Estaba en Borgholm. Dio unas vueltas por las calles y luego continuó hacia el sur, pasando por el puente hasta Kalmar. Allí había más calles, aparcamientos más grandes, y condujo despacio, pasando por delante de cientos de vehículos sin ver una sola furgoneta oscura. Era desesperante.

Media hora después, al oír por la radio local que esa tarde había carreras de trotones, abandonó el centro y condujo en dirección al hipódromo de Kalmar. La pista vallada estaba iluminada con enormes focos. Allí dentro se jugaba y perdía dinero, pero Tilda se quedó en el Ford y condujo despacio a través de las hileras de coches aparcados.

De pronto frenó en seco.

Había pasado por delante de una furgoneta. Tenía rotulado «FONTANERÍA KALMAR» a ambos lados, y era negra.

Apuntó la matrícula y puso la marcha atrás y aparcó en una plaza libre, un poco más allá. Luego llamó a la central de la policía regional y pidió que comprobaran la matrícula. Le dijeron que pertenecía a un hombre de cuarenta y siete años, sin antecedentes penales, que vivía en un pueblo a las afueras de Helsingborg. La furgoneta no tenía multas de tráfico, pero había sido dada de baja en agosto.

«Vaya», pensó Tilda. También pidió que verificaran la empresa, Fontanería Kalmar, pero no parecía haber ninguna registrada con ese nombre.

Apagó el motor del coche y se quedó esperando.

– Sí, Ragnar practicaba con frecuencia la pesca furtiva en ludden -decía la voz de Gerlof en los auriculares-. A veces se metía en zonas de pesca ajenas, pero él lo negaba, claro…

Después de cincuenta minutos, el público empezó a salir. Dos jóvenes atléticos, de unos veinticinco años, se detuvieron junto a la furgoneta negra.

Tilda se quitó los auriculares y se enderezó.

Uno de los chicos era más alto y más ancho que el otro, pero desde allí no podía verles bien la cara. Cuando entraron en la furgoneta, Tilda entornó los ojos y clavó la mirada en la oscuridad del aparcamiento, y deseó haber llevado unos prismáticos.

¿Eran ladrones de casas? Difícil saberlo.

«Son albañiles corrientes, amiguita», oyó la segura voz de Martin resonar en su cabeza, pero lo ignoró.

Los jóvenes salieron del aparcamiento. Tilda arrancó el coche y metió la primera.

La furgoneta abandonó la pista de acceso al hipódromo y entró en la autovía, luego continuó hasta Kalmar. Ella los seguía a unos metros de distancia.

Al fin, llegaron a un edificio alto, a pocas manzanas del hospital. La furgoneta redujo la velocidad y se detuvo junto a la acera. Los dos jóvenes se bajaron y desaparecieron por una puerta.

Tilda permaneció sentada y esperó. Medio minuto después, vio encenderse las luces de un par de ventanas del segundo piso.

Anotó la dirección. Si eran los ladrones de casas, por lo menos ahora sabía dónde vivían. Por supuesto, lo mejor sería entrar en el apartamento y buscar la mercancía robada, pero lo único que tenía era el testimonio de la vieja Edla, que aseguraba que la furgoneta de los chicos había estado en Öland, y no era suficiente.

– He dejado de investigar la muerte de Katrine Westin -dijo Tilda mientras tomaba café con Gerlof, dos noches después.

– El asesinato, querrás decir.

– No fue un asesinato.

– Sí que lo fue -replicó él.

Tilda no dijo nada, solo suspiró y sacó su grabadora de la bolsa.

– Podríamos hacer una última…

Pero Gerlof la interrumpió:

– Una vez, vi cómo casi matan a un hombre sin que nadie lo tocara.

– ¿Sí?

Puso la grabadora sobre la mesa, pero no la encendió.

– Fue en Timmmernabben, unos años antes de la guerra -prosiguió él-. Dos barcas de carga de piedras navegaban una al lado de la otra, en perfecta armonía. Pero en una de ellas iba un segundo de Byxelkrok y en la otra un grumete de Degerhamn. Se enzarzaron en una pelea por algo, y se chillaban desde la borda. Al final, uno de ellos le escupió al otro… y entonces la situación se puso seria. Empezaron a tirarse piedras, hasta que el de Degerhamn se subió a la borda para saltar a la otra barca. Pero no llegó muy lejos, pues su adversario se enfrentó a él con un bichero.

Gerlof hizo una pausa, bebió un poco de café y prosiguió:

– Los bicheros de hoy día son frágiles objetos de plástico, pero aquel era un auténtico palo de madera con un gran gancho de hierro en la punta. Así que, cuando el luchador se subió a la borda, la camisa se le enganchó al bichero y se quedó suspendido en el aire. Luego, cayó como una piedra al agua entre las barcas, con la camisa aún prendida en el bichero. Y no podía salir a la superficie, porque el otro lo mantenía debajo del agua. -Miró a Tilda-. Le ocurrió casi lo mismo que a esos pobres a los que ahogaban con palos en la ciénaga.

– ¿Y sobrevivió?

– Sí. Los demás detuvimos la pelea y lo sacamos del agua. Pero sobrevivió de milagro.

Tilda miró la grabadora. Debería haberla encendido.

Gerlof se agachó y revolvió algo debajo de la mesa.

– Pensé en esa pelea cuando pedí ver la ropa de Katrine Westin -dijo-. Y ya la he analizado.

Sacó una prenda de vestir de la bolsa de papel. Era un jersey de algodón con capucha.

– El asesino llegó a ludden en barca -explicó Gerlof-. Atracó junto al muelle de piedra, donde esperaba Katrine Westin…, y ella se quedó allí, lo que indica que debía de confiar en él. Quien fuera, tenía un bichero en las manos, cosa que es normal, ya que se utiliza para atracar. Pero un bichero antiguo, un palo largo con un gancho de hierro, con el que atrapó la capucha del jersey y tiró de la mujer hacia el agua. Luego la retuvo en el fondo hasta que todo terminó.

Gerlof extendió el jersey sobre la mesa, y Tilda vio que la capucha estaba rota. Algo afilado había agujereado el tejido gris.

22

Cuando Joakim miraba de noche por la ventana de la cocina, con frecuencia veía a Rasputín salir a cazar. Pero otras veces le parecía vislumbrar otras figuras negras que se movían allí fuera: en ocasiones a cuatro patas, otras a dos.

¿Ethel?

Las primeras veces, se había apresurado hacia la escalera del porche para ver mejor, pero el patio interior siempre estaba desierto.

Cada noche, las sombras crecían alrededor de ludden, y Joakim sentía que a medida que se aproximaba la Navidad, también se acentuaba el desasosiego. El ulular del viento subía y bajaba por los rincones de la casa, y todo el edificio resonaba y crujía.

Si había allí algún visitante invisible, estaba seguro de que no se trataba de Katrine. Ella aún se mantenía lejos de él.

– Aquí está la ropa -dijo Gerlof, y le entregó el paquete marrón a Westin, sentado al otro lado de la mesa.

– ¿Encontró algo?

– Quizá.

– ¿Y no quiere contarme nada?

– Dentro de poco -respondió el anciano-. Cuando lo tenga más claro.

Joakim, por lo que alcanzaba a recordar, nunca antes había visitado una residencia de ancianos. Sus padres habían vivido en su casa hasta muy mayores y habían muerto en el hospital. Pero ahora estaba allí sentado, tomando café en la habitación de Gerlof Davidsson, en el Hogar Marnäs. Un candelabro con dos velas de Adviento encendidas era la única señal de que la Navidad se acercaba.

De las paredes colgaban una serie de objetos antiguos: placas con nombres de barcos, documentos marinos enmarcados y fotografías en blanco y negro de veleros de dos mástiles.

– Son fotografías de mis barcos -explicó Gerlof-. Tuve tres.

– ¿Queda alguno?

– Solo uno. Navega para un club náutico en Karlskrona. Los otros dos han desparecido. Uno se incendió, el otro se hundió.

Joakim bajó la vista hacia el paquete con la ropa de Katrine y luego miró por la única ventana de la habitación. Ya atardecía.

– Tengo que recoger a mis hijos dentro de una hora -dijo-. ¿Podemos hablar un rato?

– Con mucho gusto -dijo el anciano-. Lo único que tenía anotado en mi agenda para esta tarde era una charla sobre la incontinencia en la sala de reuniones.

Joakim llevaba mucho tiempo queriendo hablar con alguien sobre lo ocurrido ese otoño, con alguien que conociera ludden. El sacerdote de la iglesia de Marnäs era inflexible en sus opiniones y Mirja Rambe pensaba demasiado en sí misma. Tras la visita de Gerlof Davidsson a la casa, durante la cual este había demostrado ser un oyente excepcional, pensó haber encontrado a la persona ideal. Una especie de confesor.

– No se lo pregunté cuando nos vimos, pero… ¿cree usted en los fantasmas?

El anciano negó con la cabeza.

– Ni creo ni dejo de creer -contestó-. Yo colecciono historias de fantasmas, pero no pretendo demostrar nada con ellas. Y, además, hay muchas teorías sobre las apariciones… Que tienen que ver con los materiales de las casas viejas o con radiaciones electromagnéticas.

– O que son manchas en la córnea -apuntó Joakim.

– En efecto -dijo Gerlof. Guardó silencio unos segundos antes de proseguir-: Claro que podría contarte una historia sobre la que nunca he escrito en ningún libro de cultura popular, aunque es la única experiencia sobrenatural que he tenido.

Joakim lo escuchaba atentamente.

– Conseguí mi primer barco cuando tenía diecisiete años -comenzó Gerlof-. Había empezado a trabajar en el mar un par de años antes, y había ahorrado dinero; mi padre me ayudó con una parte. Sabía perfectamente qué barco quería comprar: se trataba de un velero de un mástil con motor que se llamaba Ingrid Maria, con base en Borgholm. El propietario, Gerhard Marten, frisaba los sesenta y había navegado toda su vida. Pero tuvo problemas de corazón y el médico le prohibió volver a embarcarse. El Ingrid Maria estaba en venta, y el precio era de tres mil quinientas coronas.

– Barato, ¿no? -comentó Joakim.

– Sí, era un buen precio para la época -asintió el anciano, y prosiguió-: La noche en que tenía que entregarle el dinero de la compra a Marten, me di un paseo por el puerto para echarle un vistazo a la embarcación. Era abril, hacía poco que el estrecho aún estaba helado, el sol se ponía y el puerto estaba desierto. La única persona a la vista era el viejo Gerhard. Se paseaba por la cubierta del Ingrid Maria como si costara mucho abandonarla, y yo subí a bordo. No recuerdo de qué hablamos, pero me di una vuelta con él por el barco y me señaló una serie de cosas que había que reparar. Luego me dijo que cuidara de él, y nos despedimos. Bajé a tierra y fui a casa de mis padres a cenar y a recoger el sobre con el dinero.

Gerlof guardó silencio y miró los barcos de la pared.

– A las siete, fui en bicicleta hasta la casa de los Marten, al norte de Borgholm -prosiguió-. Para mi sorpresa, al llegar encontré que estaban de luto. La mujer de Marten tenía los ojos arrasados de lágrimas. Resultaba que Gerhard Marten había muerto. Había firmado el contrato de compraventa la tarde anterior y luego, por la mañana temprano, había bajado a la playa con su escopeta y se había disparado en la sien.

– ¿Por la mañana? -repitió Joakim.

– Aquella misma mañana, sí. Así que, cuando me lo encontré en el puerto, llevaba muerto un día entero. No puedo explicarlo, pero sé que esa tarde lo vi. Incluso nos dimos la mano.

– Así que vio un espectro -dijo Joakim.

Gerlof lo miró.

– Quizá. Pero eso no demuestra nada. Por lo menos, no prueba que haya vida después de la muerte.

Joakim se removió en la silla y bajó la vista al paquete de ropa.

– Me preocupa mi hija Livia -comenzó-. Tiene seis años y habla en sueños. Siempre lo ha hecho, pero desde que murió mi mujer ha empezado a soñar con ella.

– ¿Y eso es tan extraño? -preguntó Gerlof-. Yo mismo sueño a veces con mi mujer fallecida, y lleva muerta muchos años.

– Sí, pero siempre se le repite el mismo sueño. Livia sueña que su madre regresa a ludden, pero no encuentra la casa.

El anciano escuchaba en silencio.

– A veces también sueña con Ethel -prosiguió Joakim-. Eso es lo que más me preocupa.

– ¿Quién es? -preguntó Gerlof.

– Ethel era mi hermana. Tenía tres años más que yo. -Suspiró-. En cierta manera, esa es mi propia historia de fantasmas.

– Puedes contármela si quieres -dijo Gerlof en voz baja.

Joakim asintió, cansado. Había llegado la hora de hacerlo.

– Ethel era drogadicta -dijo-. Murió hace un año, una noche de invierno, cerca de nuestra casa…, dos semanas antes de Navidad.

– Lo siento.

– Gracias -respondió él en voz baja, y continuó-: Le mentí cuando nos vimos la otra vez, cuando me preguntó por qué habíamos vendido la casa de Bromma y nos mudamos aquí. En gran parte se debió a lo que le sucedió a mi hermana. Al morir Ethel, no quisimos seguir viviendo en Estocolmo.

Guardó silencio de nuevo. Deseaba y no deseaba hablar de ello. En realidad, no quería recordar a Ethel ni su muerte. Tampoco la larga depresión de Katrine.

– Pero ¿la echas de menos? -preguntó Gerlof.

Joakim recapacitó.

– Un poco. -Eso había sonado terrible, así que añadió-: La echo de menos como era antes… antes de las drogas. Ethel hablaba mucho, siempre tenía infinidad de planes. Quería abrir una peluquería, quería ser profesora de música, pero después de un tiempo uno se cansaba de escucharla, pues ninguno de sus planes incluía acabar con las drogas. Era como ver a una persona en una casa ardiendo planeando celebrar una fiesta entre las llamas.

– ¿Cómo empezó todo? -preguntó Gerlof, y sonó casi como una disculpa-. Conozco tan poco ese mundo…

– Para Ethel comenzó con el hachís -dijo Joakim-. Chocolate, como se lo llamaba. Fumar en fiestas y conciertos era estar en la onda. Y durante su adolescencia, la vida fue una fiesta para Ethel; tocaba el piano y la guitarra y también me enseñó a tocar a mí.

Sonrió para sí mismo.

– Suena como si la quisieras -observó Gerlof.

– Sí, Ethel era alegre y divertida -contestó él-. También era guapa, y muy popular entre los chicos. Se pasaba el día de fiesta, y con las anfetaminas podía seguir de marcha más tiempo. Perdió por lo menos diez kilos, a pesar de que ya era delgada. Desaparecía cada vez más tiempo. Luego, nuestro padre murió de cáncer, y creo que fue entonces cuando empezó con la heroína… fumaba heroína marrón. Su risa se volvió más dura y ronca.

Bebió un sorbo de café y continuó:

– Nadie que fume heroína se considera a sí mismo drogadicto de verdad. Creen que no son yonquis. Pero tarde o temprano se pasan a la aguja, que es más barata, pues se necesita menos heroína por dosis. Pero hay que conseguir por lo menos mil quinientos pavos al día para droga. Eso es mucho dinero, sobre todo si no se tiene. Así que hay que robar. Se puede coger el dinero de la madre anciana, o robarle las joyas que heredó.

Joakim miró el candelabro de Adviento y añadió:

– En Nochebuena, cuando íbamos a comer jamón cocido y albóndigas a casa de mi madre, siempre había un asiento vacío. Ethel había prometido que iría, como de costumbre, pero andaba por la ciudad buscando droga. Para ella los días consistían en eso, era su rutina. Y las rutinas son muy difíciles de cambiar, no importa lo horribles que sean.

Estaba en plena confesión, y no tenía ni idea de si Gerlof seguía escuchándolo.

– Así que sabes que todo se ha ido a la mierda y que tu hermana está por ahí, reuniendo dinero para droga, y su asistente social nunca llama…, pero sigues con tu trabajo de profesor por las mañanas y cenas con la familia, y reformas la casa por las tardes, e intentas no pensar ni sentir demasiado. -Bajó la vista-. Y procuras olvidar, o bien procuras encontrarla. Mi padre salía mucho por las noches a buscarla antes de ponerse enfermo. Yo también lo hice. Por calles, plazas, estaciones de metro y en urgencias psiquiátricas… Aprendíamos deprisa los sitios que frecuentaba.

Guardó silencio. En sus recuerdos había regresado a la capital, y ahora se encontraba entre mendigos y yonquis, entre todos los solitarios y muertos vivientes que andan de caza por la noche.

– Tuvo que ser difícil -observó Gerlof en voz baja.

– Sí…, pero no salía todas las noches. Podría haber salido a buscarla más a menudo.

– También podrías haber dejado de hacerlo.

Joakim asintió con tristeza. Quedaba una cosa más que contar de Ethel, la más difícil.

– El comienzo del fin tuvo lugar hace dos años -dijo-. Ethel había pasado el invierno en un centro de rehabilitación, y todo había ido bien. Cuando llegó allí, pesaba menos de cuarenta y cinco kilos, tenía el cuerpo lleno de cardenales y las mejillas completamente hundidas. Pero al regresar a Estocolmo se la veía mucho más sana; llevaba casi tres meses sin probar las drogas y había ganado peso, así que Katrine y yo la dejamos instalarse en la habitación de invitados. Y funcionó bien. No dejamos que cuidara de Gabriel, aunque por las tardes jugaba mucho con Livia, se sentían a gusto la una con la otra.

Recordó que, entonces, Katrine y él comenzaron a tener de nuevo esperanzas. Empezaron a confiar en Ethel. No tanto como para invitar a amigos a cenar cuando ella estaba en casa, pero sí se iban a dar largos paseos por la tarde mientras Ethel se quedaba cuidando a Livia y Gabriel. Y siempre fue todo bien.

– Una tarde de marzo, mi mujer y yo fuimos al cine -prosiguió-. Al regresar a casa después de un par de horas, la encontramos a oscuras y desierta. Gabriel estaba solo dormido en la cuna, con el pañal empapado. Ethel se había largado y se había llevado dos cosas: mi móvil y a Livia.

Guardó silencio y cerró los ojos.

– Sabía adónde había ido -dijo-: Había sentido el deseo y había cogido el metro para ir al centro a comprar heroína. Ya lo había hecho antes muchas veces. Compraba una dosis por quinientos pavos, se la inyectaba en algún lavabo y tenía para unas horas, hasta que el deseo volvía… El problema esa vez fue que se había llevado a Livia.

Joakim revivió esa noche: un helado recuerdo del pánico creciente. Se había subido al coche a toda prisa y había conducido hasta los alrededores de la estación central. Ya lo había hecho antes, solo o con Katrine. Pero entonces solo les preocupaba lo que hubiese podido pasarle a Ethel.

Esa vez estaba aterrado por Livia.

– Al fin encontré a mi hermana -dijo, y miró a Gerlof-. Estaba en el oscuro cementerio de Klara. Se había acurrucado en un panteón y se había quedado frita. Livia estaba sentada a su lado, con ropa insuficiente; estaba helada y apática. Llamé a una ambulancia y me encargué de que Ethel entrara otra vez en un centro de desintoxicación. Luego regresé a Bromma con Livia.

Guardó silencio.

– Katrine me obligó a elegir -continuó en voz baja-. Y yo elegí a mi familia.

– Hiciste bien -opinó Gerlof.

Él asintió, aunque le habría gustado haber podido ahorrarse esa elección.

– Después de esa noche, le prohibí a Ethel que viniera a casa, pero siguió intentándolo. No la dejábamos entrar, y aun así, por las tardes, dos o tres veces por semana, se apostaba junto a la verja, con su gastada chaqueta vaquera y la vista fija en Åppelvillan. A veces abría nuestras cartas para ver si en los sobres había dinero o cheques. Y en alguna ocasión la acompañaba un chico…, otro esqueleto que se quedaba temblando junto a ella.

Hizo una pausa y pensó que aquel era uno de los últimos recuerdos que tenía de su hermana: de pie junto a la verja del jardín, con el rostro cadavérico y el pelo enmarañado.

– Ethel solía gritarnos -explicó-. Le gritaba cosas a Katrine. A veces también a mí, pero sobre todo a ella. Vociferaba y vociferaba hasta que los vecinos descorrían las cortinas y yo tenía que salir y darle dinero.

– ¿Servía de algo?

– Sí…, funcionaba un tiempo, pero claro, cuando se lo gastaba volvía a por más. Era un círculo vicioso. Katrine y yo nos sentíamos… acosados. A veces, me despertaba en mitad de la noche y oía gritar a Ethel desde la verja, pero cuando miraba fuera, la calle estaba desierta.

– ¿Estaba Livia en casa cuando tu hermana iba por allí?

– Sí, a menudo.

– ¿Oía sus gritos?

– Eso creo. No ha hablado nunca de ello, pero seguro que la oía.

Joakim cerró los ojos.

– Fueron unos meses negros…, una época terrible. Y Katrine empezó a desear que Ethel se muriera. Me lo decía por las noches, en la cama. Tarde o temprano Ethel tomaría una sobredosis. Cuanto antes mejor. Creo que ambos lo deseábamos.

– ¿Y ocurrió?

– Sí. Una noche, el teléfono sonó a las once y media. Cuando llamaban tan tarde sabíamos que se trataba de Ethel; siempre era así.

De eso hacía un año, pensó, pero parecían diez.

Fue Ingrid, su madre, quien le comunicó la noticia de la muerte. Habían encontrado a su hermana ahogada en Bromma, justo al lado de su casa.

Katrine la había oído esa misma tarde. Como de costumbre, Ethel había estado gritando desde la verja, luego los gritos habían cesado.

Cuando Katrine miró por la ventana, había desaparecido.

– Mi hermana fue hasta el paseo de la playa -prosiguió Joakim-. Se sentó en un cobertizo de bar